Alejandro Dumas

El Conde de Montecristo

Revisado por : ABC

 

Sumario

 

PRIMERA PARTE                                                El castillo de If

 

SEGUNDA PARTE                                               Simbad el marino

                  

TERCERA PARTE                                                Extrañas coincidencias

 

CUARTA PARTE                                                 El mayor Cavalcanti

 

QUINTA PARTE                                                   La mano de Dios

 

 

 

 

PRIMERA PARTE

EL CASTILLO DE IF

 

Capítulo primero

Marsella. La llegada

 

El 24 de febrero de 1815, el vigía de Nuestra Señora de la Guarda dio la señal de que se hallaba a la vista el bergantín El Faraón procedente de Esmirna, Trieste y Nápoles. Como suele hacerse en tales casos, salió inmediatamente en su busca un práctico, que pasó por delante del castillo de If y subió a bordo del buque entre la isla de Rión y el cabo Mongión. En un instante, y también como de costum­bre, se llenó de curiosos la plataforma del castillo de San Juan, por­que en Marsella se daba gran importancia a la llegada de un buque y sobre todo si le sucedía lo que al Faraón, cuyo casco había salido de los astilleros de la antigua Focia y pertenecía a un naviero de la ciudad.

Mientras tanto, el buque seguía avanzando; habiendo pasado feliz­mente el estrecho producido por alguna erupción volcánica entre las islas de Calasapeigne y de Jaros, dobló la punta de Pomegue hendien­do las olas bajo sus tres gavias, su gran foque y la mesana. Lo hacía con tanta lentitud y tan penosos movimientos, que los curiosos, que por instinto presienten la desgracia, preguntábanse unos a otros qué accidente podía haber sobrevenido al buque. Los más peritos en na­vegación reconocieron al punto que, de haber sucedido alguna des­gracia, no debía de haber sido al buque, puesto que, aun cuando con mucha lentitud, seguía éste avanzando con todas las condiciones de los buques bien gobernados.

En su puesto estaba preparada el ancla, sueltos los cabos del bau­prés, y al lado del piloto, que se disponía a hacer que El Faraón enfilase la estrecha boca del puerto de Marsella, hallábase un jo­ven de fisonomía inteligente que, con mirada muy viva, observaba cada uno de los movimientos del buque y repetía las órde­nes del piloto.

Entre los espectadores que se hallaban reunidos en la explanada de San Juan, había uno que parecía más inquieto que los demás y que, no pudiendo contenerse y esperar a que el buque fondeara, saltó a un bote y ordenó que le llevasen al Faraón, al que alcanzó frente al muelle de la Reserva.

Viendo acercarse al bote y al que lo ocupaba, el marino abandonó su puesto al lado del piloto y se apoyó, sombrero en mano, en el filarete del buque. Era un joven de unos dieciocho a veinte años, de elevada estatura, cuerpo bien proporcionado, hermoso cabello y ojos negros, observándose en toda su persona ese aire de calma y de resolución peculiares a los hombres avezados a luchar con los peligros des­de su infancia.

‑¡Ah! ¡Sois vos Edmundo! ¿Qué es lo que ha sucedido? ‑pre­guntó el del bote‑ ¿Qué significan esas caras tan tristes que tienen todos los de la tripulación?

‑Una gran desgracia, para mí al menos, señor Morrel ‑respondió Edmundo‑. Al llegar a la altura de Civita‑Vecchia, falleció el valien­te capitán Leclerc...

‑¿Y el cargamento? ‑preguntó con ansia el naviero.

‑Intacto, sin novedad. El capitán Leclerc...

‑¿Qué le ha sucedido? ¾preguntó el naviero, ya más tranquilo¾. ¿Qué le ocurrió a ese valiente capitán?

‑Murió.

‑¿Cayó al mar?

‑No, señor; murió de una calentura cerebral, en medio de horri­bles padecimientos.

Volviéndose luego hacia la tripulación:

‑¡Hola! ¾dijo¾ Cada uno a su puesto, vamos a anclar.

La tripulación obedeció, lanzándose inmediatamente los ocho o diez marineros que la componían unos a las escotas, otros a las drizas y otros a cargar velas.

Edmundo observó con una mirada indiferente el principio de la maniobra, y viendo a punto de ejecutarse sus órdenes, volvióse hacia su interlocutor.

‑Pero ¿cómo sucedió esa desgracia? ‑continuó el naviero.

‑¡Oh, Dios mío!, de un modo inesperado. Después de una larga plática con el comandante del puerto, el capitán Leclerc salió de Ná­poles bastante agitado, y no habían transcurrido veinticuatro horas cuando le acometió la fiebre... y a los tres días había fallecido. Le hicimos los funerales de ordenanza, y reposa decorosamente envuelto en una hamaca, con una bala del treinta y seis a los pies y otra a la cabeza, a la altura de la isla de Giglio. La cruz de la Legión de Honor y la espada las conservamos y las traemos a su viuda.

‑Es muy triste, ciertamente ¾prosiguió el joven con melancólica sonrisa¾ haber hecho la guerra a los ingleses por espacio de diez años, y morir después en su cama como otro cualquiera.

‑¿Y qué vamos a hacerle, señor Edmundo? ¾replicó el naviero, cada vez más tranquilo¾; somos mortales, y es necesario que los viejos cedan su puesto a los jóvenes; a no ser así no habría ascensos, y puesto que me aseguráis que el cargamento...

‑Se halla en buen estado, señor Morrel. Os aconsejo, pues, que no lo cedáis ni aun con veinticinco mil francos de ganancia.

Acto seguido, y viendo que habían pasado ya la torre Redonda, gritó Edmundo:

‑Largad las velas de las escotas, el foque y las de mesana.

La orden se ejecutó casi con la misma exactitud que en un buque de guerra.

‑Amainad y cargad por todas partes.

A esta última orden se plegaron todas las velas, y el barco avanzó de un modo casi imperceptible.

‑Si queréis subir ahora, señor Morrel ¾dijo Dantés dándose cuenta de la impaciencia del armador¾, aquí viene vuestro encarga­do, el señor Danglars, que sale de su camarote, y que os informa­rá de todos los detalles que deseéis. Por lo que a mí respecta, he de vigilar las maniobras hasta que quede El Faraón anclado y de luto.

No dejó el naviero que le repitieran la invitación, y asiéndose a un cable que le arrojó Dantés, subió por la escala del costado del buque con una ligereza que honrara a un marinero, mientras que Dantés, volviendo a su puesto, cedió el que ocupaba últimamente a aquel que había anunciado con el nombre de Danglars, y que sa­liendo de su camarote se dirigía adonde estaba el naviero.

El recién llegado era un hombre de veinticinco a veintiséis años, de semblante algo sombrío, humilde con los superiores, insolente con los inferiores; de modo que con esto y con su calidad de sobrecargo, siempre tan mal visto, le aborrecía toda la tripulación, tanto como quería a Dantés.

‑¡Y bien!, señor Morrel ‑dijo Danglars‑, ya sabéis la desgra­cia, ¿no es cierto?

‑Sí, sí, ¡pobre capitán Leclerc! Era muy bueno y valeroso.

‑Y buen marino sobre todo, encanecido entre el cielo y el agua, como debe ser el hombre encargado de los intereses de una casa tan respetable como la de Morrel a hijos ‑respondió Danglars.

‑Sin embargo ¾repuso el naviero mirando a Dantés, que fondea­ba en este instante¾, me parece que no se necesita ser marino viejo, como decís, para ser ducho en el oficio. Y si no, ahí tenéis a nuestro amigo Edmundo, que de tal modo conoce el suyo, que no ha de me­nester lecciones de nadie.

‑¡Oh!, sí ‑dijo Danglars dirigiéndole una aviesa mirada en la que se reflejaba un odio reconcentrado‑; parece que este joven todo lo sabe. Apenas murió el capitán, se apoderó del mando del buque sin consultar a nadie, y aún nos hizo perder día y medio en la isla de Elba en vez de proseguir rumbo a Marsella.

‑Al tomar el mando del buque ‑repuso el naviero‑ cumplió con su deber; en cuanto a perder día y medio en la isla de Elba, obró mal, si es que no tuvo que reparar alguna avería.

‑Señor Morrel, el bergantín se hallaba en excelente estado y aque­lla demora fue puro capricho, deseos de bajar a tierra, no lo dudéis.

‑Dantés ‑dijo el naviero encarándose con el joven‑, venid acá.

‑Disculpadme, señor Morrel ‑dijo Dantés‑, voy en seguida.

Y en seguida ordenó a la tripulación: «Fondo»; a inmediatamente cayó el anda al agua, haciendo rodar la cadena con gran estrépito. Dantés permaneció en su puesto, a pesar de la presencia del piloto, hasta que esta última maniobra hubo concluido.

‑¡Bajad el gallardete hasta la mitad del mastelero! ‑gritó en seguida‑. ¡Iza el pabellón, cruza las vergas!

‑¿Lo veis? ‑observó Danglars‑, ya se cree capitán.

‑Y de hecho lo es ‑contestó el naviero.

‑Sí, pero sin vuestro consentimiento ni el de vuestro asociado, señor Morrel.

‑¡Diantre! ¿Y por qué no le hemos de dejar con ese cargo? ‑re­puso Morrel‑. Es joven, ya lo sé, pero me parece que le sobra expe­riencia para ejercerlo...

Una nube ensombreció la frente de Danglars.

‑Disculpadme, señor Morrel ‑dijo Dantés acercándose‑, y pues­to que ya hemos fondeado, aquí me tenéis a vuestras órdenes. Me llamasteis, ¿no es verdad?

Danglars hizo ademán de retirarse.

‑Quería preguntaros por qué os habéis detenido en la isla de Elba.

‑Lo ignoro, señor Morrel: fue para cumplir las últimas órde­nes del capitán Leclerc, que me entregó, al morir, un paquete para el mariscal Bertrand.

‑¿Pudisteis verlo, Edmundo?

‑¿A quién?

‑Al mariscal.

‑Sí.

Morrel miró en derredor, y llevando a Dantés aparte:

‑¿Cómo está el emperador? ‑le preguntó con interés.

‑Según he podido juzgar por mí mismo, muy bien.

‑¡Cómo! ¿También habéis visto al emperador?...

‑Sí, señor; entró en casa del mariscal cuando yo estaba en ella... ‑¿Y le hablasteis?

‑Al contrario, él me habló a mí ‑repuso Dantés sonriéndole.

‑¿Y qué fue lo que os dijo?

‑Hízome mil preguntas acerca del buque, de la época de su salida de Marsella, el rumbo que había seguido y del cargamento que traía. Creo que a haber venido en lastre, y a ser yo su dueño, su intención fuera el comprármelo; pero le dije que no era más que un simple se­gundo, y que el buque pertenecía a la casa Morrel a hijos. « ¡Ah ‑dijo entonces‑, la conozco. Los Morrel han sido siempre navieros, y uno de ellos servía en el mismo regimiento que yo, cuando estábamos de guarnición en Valence.»

‑¡Es verdad! ‑exclamó el naviero, loco de contento‑. Ese era Policarpo Morrel, mi tío, que es ahora capitán. Dantés, si decís a mi tío que el emperador se ha acordado de él, le veréis llorar como un niño. ¡Pobre viejo! Vamos, vamos ‑añadió el naviero dando cariñosas palmadas en el hombro del joven‑; habéis hecho bien en seguir las instrucciones del capitán Leclerc deteniéndoos en la isla de Elba, a pesar de que podría comprometeros el que se supiese que habéis entregado un pliego al mariscal y hablado con el emperador.

‑¿Y por qué había de comprometerme? ‑dijo Dantés‑. Puedo asegurar que no sabía de qué se trataba; y en cuanto al emperador, no me hizo preguntas de las que hubiera hecho a otro cualquiera. Pero con vuestro permiso ‑continuó Dantés‑: vienen los aduane­ros, os dejo...

‑Sí, sí, querido Dantés, cumplid vuestro deber.

El joven se alejó, mientras iba aproximándose Danglars.

‑Vamos ‑preguntó éste‑, ¿os explicó el motivo por el cual se detuvo en Porto‑Ferrajo?

‑Sí, señor Danglars.

‑Vaya, tanto mejor ‑respondió éste‑, porque no me gusta te­ner un compañero que no cumple con su deber.

‑Dantés ya ha cumplido con el suyo ‑respondió el naviero‑, y no hay por qué reprenderle. Cumplió una orden del capitán Le­clerc.

‑A propósito del capitán Leclerc: ¿os ha entregado una carta de su parte?

‑¿Quién?

‑Dantés.

‑¿A mí?, no. ¿Le dio alguna carta para mí?

‑Suponía que además del pliego le hubiese confiado también el capitán una carta.

‑Pero ¿de qué pliego habláis, Danglars?

‑Del que Dantés ha dejado al pasar en Porto‑Ferrajo.

‑Cómo, ¿sabéis que Dantés llevaba un pliego para dejarlo en Porto‑Ferrajo. .. ?

Danglars se sonrojó.

‑Pasaba casualmente por delante de la puerta del capitán, estaba entreabierta, y le vi entregar a Dantés un paquete y una carta.

‑Nada me dijo aún ‑contestó el naviero‑, pero si trae esa carta, él me la dará.

Danglars reflexionó un instante.

‑En ese caso, señor Morrel, os suplico que nada digáis de esto a Dantés; me habré equivocado.

En esto volvió el joven y Danglars se alejó.

‑Querido Dantés, ¿estáis ya libre? ‑le preguntó el naviero.

‑Sí, señor.

‑La operación no ha sido larga, vamos.

‑No, he dado a los aduaneros la factura de nuestras mercancías, y los papeles de mar a un oficial del puerto que vino con el práctico.

‑¿Conque nada tenéis que hacer aquí?

Dantés cruzó una ojeada en torno.

‑No, todo está en orden.

‑Podréis venir a comer con nosotros, ¿verdad?

‑Dispensadme, señor Morrel, dispensadme, os lo ruego, porque antes quiero ver a mi padre. Sin embargo, no os quedo menos recono­cido por el honor que me hacéis.

‑Es muy justo, Dantés, es muy justo; ya sé que sois un buen hijo.

‑¿Sabéis cómo está mi padre? ‑preguntó Dantés con interés.

‑Creo que bien, querido Edmundo, aunque no le he visto.

‑Continuará encerrado en su mísero cuartucho.

‑Eso demuestra al menos que nada le ha hecho falta durante vuestra ausencia.

Dantés se sonrió.

‑Mi padre es demasiado orgulloso, señor Morrel, y aunque hubie­ra carecido de lo más necesario, dudo que pidiera nada a nadie, ex­cepto a Dios.

‑Bien, entonces después de esa primera visita cuento con vos.

‑Os repito mis excusas, señor Morrel; pero después de esa pri­mera visita quiero hacer otra no menos interesante a mi corazón.

‑¡Ah!, es verdad, Dantés, me olvidaba de que en el barrio de los Catalanes hay una persona que debe esperaros con tanta impaciencia como vuestro padre, la hermosa Mercedes.

Dantés se sonrojó intensamente.

‑Ya, ya ‑repuso el naviero‑; por eso no me asombra que haya ido tres veces a pedir información acerca de la vuelta de El Faraón. ¡Cáspita! Edmundo, en verdad que sois hombre que entiende del asunto. Tenéis una querida muy guapa.

‑No es querida, señor Morrel ‑dijo con gravedad el marino‑; es mi novia.

‑Es lo mismo ‑contestó el naviero, riéndose.

‑Para nosotros no, señor Morrel.

‑Vamos, vamos, mi querido Edmundo ‑replicó el señor Mo­rrel‑, no quiero deteneros por más tiempo. Habéis desempeñado harto bien mis negocios para que yo os impida que os ocupéis de los vuestros. ¿Necesitáis dinero?

‑No, señor; conservo todos mis sueldos de viaje.

‑Sois un muchacho muy ahorrativo, Edmundo.

‑Y añadid que tengo un padre pobre, señor Morrel.

‑Sí, ya sé que sois buen hijo. Id a ver a vuestro padre.

El joven dijo, saludando:

‑Con vuestro permiso.

‑Pero ¿no tenéis nada que decirme?

‑No, señor.

‑El capitán Lederc, ¿no os dio al morir una carta para mí?

‑¡Oh!, no; le hubiera sido imposible escribirla; pero esto me recuerda que tendré que pediros licencia por unos días.

‑¿Para casaros?

‑Primeramente, para eso, y luego para ir a París.

‑Bueno, bueno, por el tiempo que queráis, Dantés. La operación de descargar el buque nos ocupará seis semanas lo menos, de manera que no podrá darse a la vela otra vez hasta dentro de tres meses. Para esa época sí necesito que estéis de vuelta, porque El Faraón ‑conti­nuó el naviero tocando en el hombro al joven marino‑ no podría volver a partir sin su capitán.

‑¡Sin su capitán! ‑exclamó Dantés con los ojos radiantes de ale­gría‑. Pensad lo que decís, señor Morrel, porque esas palabras ha­cen nacer las ilusiones más queridas de mi corazón. ¿Pensáis nom­brarme capitán de El Faraón?

‑Si sólo dependiera de mí, os daría la mano, mi querido Dantés, diciéndoos... «es cosa hecha»; pero tengo un socio, y ya sabéis el refrán italiano: Chi a compagno a padrone. Sin embargo, mucho es que de dos votos tengáis ya uno; en cuanto al otro confiad en mí, que yo haré lo posible por que lo obtengáis también.

‑¡Oh, señor Morrel! ‑exclamó el joven con los ojos inundados en lágrimas y estrechando la mano del naviero‑; señor Morrel, os doy gracias en nombre de mi padre y de Mercedes.

‑Basta, basta ‑dijo Morrel‑. Siempre hay Dios en el cielo para la gente honrada; id a verlos y volved después a mi encuentro.

‑¿No queréis que os conduzca a tierra?

‑No, gracias: tengo aún que arreglar mis cuentas con Danglars. ¿Os llevasteis bien con él durante el viaje?

‑Según el sentido que deis a esa pregunta. Como camarada, no, porque creo que no me desea bien, desde el día en que a consecuen­cia de cierta disputa le propuse que nos detuviésemos los dos solos diez minutos en la isla de Montecristo, proposición que no aceptó. Como agente de vuestros negocios, nada tengo que decir y quedaréis satisfecho.

‑Si llegáis a ser capitán de El Faraón, ¿os llevaréis bien con Dan­glars?

‑Capitán o segundo, señor Morrel ‑respondió Dantés‑, guar­daré siempre las mayores consideraciones a aquellos que posean la confianza de mis principales.

‑Vamos, vamos, Dantés, veo que sois cabalmente un excelente muchacho. No quiero deteneros más, porque noto que estáis ardien­do de impaciencia.

‑¿Me permitís... , entonces?

‑Sí, ya podéis iros.

‑¿Podré usar la lancha que os trajo?

‑¡No faltaba más!

‑Hasta la vista, señor Morrel, y gracias por todo.

‑Que Dios os guíe.

‑Hasta la vista, señor Morrel.

‑Hasta la vista, mi querido Edmundo.

El joven saltó a la lancha, y sentándose en la popa dio orden de abordar a la Cannebière. Dos marineros iban al remo, y la lancha se deslizó con toda la rapidez que es posible en medio de los mil buques que obstruyen la especie de callejón formado por dos filas de barcos desde la entrada del puerto al muelle de Orleáns.

El naviero le siguió con la mirada, sonriéndose hasta que le vio sal­tar a los escalones del muelle y confundirse entre la multitud, que desde las cinco de la mañana hasta las nueve de la noche llena la fa­mosa calle de la Cannebière, de la que tan orgullosos se sienten los modernos focenses, que dicen con la mayor seriedad: «Si París tuvie­se la Cannebière, sería una Marsella en pequeño.»

?          Al volverse el naviero, vio detrás de sí a Danglars, que aparente­mente esperaba sus órdenes; pero que en realidad vigilaba al joven marino. Sin embargo, esas dos miradas dirigidas al mismo hombre eran muy diferentes.

 

Capítulo segundo

El padre y el hijo

 

Y dejando que Danglars diera rienda suelta a su odio inventando alguna calumnia contra su camarada, sigamos a Dantés, que después de haber recorrido la Cannebière en toda su longitud, se dirigió a la calle de Noailles, entró en una casita situada al lado izquierdo de las alamedas de Meillán, subió de prisa los cuatro tramos de una escale­ra oscurísima, y comprimiendo con una mano los latidos de su cora­zón se detuvo delante de una puerta entreabierta que dejaba ver has­ta el fondo de aquella estancia; allí era donde vivía el padre de Dantés.

La noticia de la arribada de El Faraón no había llegado aún hasta el anciano, que encaramado en una silla, se ocupaba en clavar estacas con mano temblorosa para unas capuchinas y enredaderas que tre­paban hasta la ventana.

De pronto sintió que le abrazaban por la espalda, y oyó una voz que exclamaba:

‑¡Padre! ..., ¡padre mío!

El anciano, dando un grito, volvió la cabeza; pero al ver a su hijo se dejó caer en sus brazos pálido y tembloroso.

‑¿Qué tienes, padre? ‑exclamó el joven lleno de inquietud‑. ¿Te encuentras mal?

‑No, no, querido Edmundo, hijo mío, hijo de mi alma, no; pero no lo esperaba, y la alegría... la alegría de verte así..., tan de repen­te... ¡Dios mío!, me parece que voy a morir...

‑Cálmate, padre: yo soy, no lo dudes; entré sin prepararte, por­que dicen que la alegría no mata. Ea, sonríe, y no me mires con esos ojos tan asustados. Ya me tienes de vuelta y vamos a ser fe­lices.

‑¡Ah!, ¿conque es verdad? ‑replicó el anciano‑: ¿conque va­mos a ser muy felices? ¿Conque no me dejarás otra vez? Cuéntamelo todo.

‑Dios me perdone ‑dijo el joven‑, si me alegro de una desgra­cia que ha llenado de luto a una familia, pues el mismo Dios sabe que nunca anhelé esta clase de felicidad; pero sucedió, y confieso que no lo lamento. El capitán Leclerc ha muerto, y es probable que, con la protección del señor Morrel, ocupe yo su plaza... ¡Capitán a los vein­te años, con cien luises de sueldo y una parte en las ganancias! ¿No es mucho más de lo que podía esperar yo, un pobre marinero?

‑Sí, hijo mío, sí ‑dijo el anciano‑, ¡eso es una gran felicidad!

‑Así pues, quiero, padre, que del primer dinero que gane alqui­les una casa con jardín, para que puedas plantar tus propias enreda­deras y tus capuchinas..., pero ¿qué tienes, padre? parece que lo en­cuentras mal.

‑No, no, hijo mío, no es nada.

Las fuerzas faltaron al anciano, que cayó hacia atrás.

‑Vamos, vamos ‑dijo el joven‑, un vaso de vino lo reanimará. ¿Dónde lo tienes?

‑No, gracias, no tengo necesidad de nada ‑dijo el anciano procu­rando detener a su hijo.

‑Sí, padre, sí, es necesario; dime dónde está.

Y abrió dos o tres armarios.

‑No te molestes ‑dijo el anciano‑, no hay vino en casa.

‑¡Cómo! ¿No tienes vino? ‑exclamó Dantés palideciendo a su vez y mirando alternativamente las mejillas flacas y descarnadas del viejo‑. ¿Y por qué no tienes? ¿Por ventura lo ha hecho falta dinero, padre mío?

‑Nada me ha hecho falta, pues ya lo veo ‑dijo el anciano.

‑No obstante ‑replicó Dantés limpiándose el sudor que corría por su frente‑, yo le dejé doscientos francos... hace tres meses, al partir.

‑Sí, sí, Edmundo, es verdad. Pero olvidaste cierta deudilla que te­nías con nuestro vecino Caderousse; me lo recordó, diciéndome que si no se la pagaba iría a casa del señor Morrel... y yo, temiendo que esto lo perjudicase, ¿qué debía hacer? Le pagué.

‑Pero eran ciento cuarenta francos los que yo debía a Caderous­se... ‑exclamó Dantés‑. ¿Se los pagaste de los doscientos que yo lo dejé?

El anciano hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.

‑De modo que has vivido tres meses con sesenta francos... ‑mur­muró el joven.

‑Ya sabes que con poco me basta ‑dijo su padre.

‑¡Ah, Dios mío, Dios mío! ¡Perdonadme! ‑exclamó Edmundo arrodillándose ante aquel buen anciano.

‑¿Qué haces?

‑Me desgarraste el corazón.

‑¡Bah!, puesto que ya estás aquí ‑dijo el anciano sonriendo‑, todo lo olvido.

‑Sí, aquí estoy ‑dijo el joven‑, soy rico de porvenir y rico un tanto de dinero. Toma, toma, padre, y envía al instante por cualquier cosa.

Y vació sobre la mesa sus bolsillos, que contenían una docena de monedas de oro, cinco o seis escudos de cinco francos cada uno y va­rias monedas pequeñas.

El viejo Dantés se quedó asombrado.

‑¿Para quién es esto? ‑preguntole.

‑Para mí, para ti, para nosotros. Toma, compra provisiones, sé feliz; mañana, Dios dirá.

‑Despacio, despacito ‑dijo sonriendo el anciano‑; con lo per­miso gastaré, pero con moderación, pues creerían al verme comprar muchas cosas que me he visto obligado a esperar tu vuelta para tener dinero.

‑Puedes hacer lo que quieras. Pero, ante todo, toma una criada, padre mío. No quiero que lo quedes solo. Traigo café de contra­bando y buen tabaco en un cofrecito; mañana estará aquí. Pero, si­lencio, que viene gente.

‑Será Caderousse, que sabiendo tu llegada vendrá a felicitarte.

‑Bueno, siempre labios que dicen lo que el corazón no siente ‑murmuró Edmundo‑; pero no importa, al fin es un vecino y nos ha hecho un favor.

En efecto, cuando Edmundo decía esta frase en voz baja, se vio aso­mar en la puerta de la escalera la cabeza negra y barbuda de Cade­rousse. Era un hombre de veinticinco a veintiséis años, y llevaba en la mano un trozo de paño, que en su calidad de sastre se disponía a convertir en forro de un traje.

‑¡Hola, bien venido, Edmundo! ‑dijo con un acento marsellés de los más pronunciados, y con una sonrisa que descubría unos dientes blanquísimos.

‑Tan bueno como de costumbre, vecino Caderousse, y siempre dispuesto a serviros en lo que os plazca ‑respondió Dantés disimu­lando su frialdad con aquella oferta servicial.

‑Gracias, gracias; afortunadamente yo no necesito de nada, sino que por el contrario, los demás son los que necesitan algunas veces de mí (Dantés hizo un movimiento). No digo esto por ti, mucha­cho: te he prestado dinero, pero me lo has devuelto, eso es cosa corriente entre buenos vecinos, y estamos en paz.

‑Nunca se está en paz con los que nos hacen un favor ‑di­jo Dantés‑, porque aunque se pague el dinero, se debe la gra­titud.

‑¿A qué hablar de eso? Lo pasado, pasado; hablemos de tu feliz llegada, muchacho. Iba hacia el puerto a comprar paño, cuando me encontré con el amigo Danglars. « ¿Tú en Marsella? », le dije. « ¿No lo ves? », me respondió. « ¡Pues yo lo creía en Esmirna! » «¡Toma! , si ahora he vuelto de allá.» « ¿Y sabes dónde está Edmundo?» « En casa de su padre, sin duda», respondió Danglars. Entonces vine presuroso ‑continuó Caderousse‑, para estrechar la mano a un amigo.

‑¡Qué bueno es este Caderousse! ‑dijo el anciano‑. ¡Cuánto nos ama!

‑Ciertamente que os amo y os estimo, porque sois muy honrados, y esta clase de hombres no abunda... Pero a lo que veo vienes rico, muchacho ‑añadió el sastre reparando en el montón de oro y plata que Dantés había dejado sobre la mesa.

El joven observó el rayo de codicia que iluminaba los ojos de su ve­cino.

‑¡Bah! ‑dijo con sencillez‑, ese dinero no es mío. Manifesté a mi padre temor de que hubiera necesitado algo durante mi ausencia, y para tranquilizarme vació su bolsa aquí. Vamos, padre ‑siguió diciendo Dantés‑, guarda ese dinero, si es que a su vez no lo necesita el vecino Caderousse, en cuyo caso lo tiene a su disposición.

‑No, muchacho ‑dijo Caderousse‑, nada necesito, que a Dios gracias el oficio alimenta al hombre. Guarda tu dinero, y Dios te dé mucho más; eso no impide que yo deje de agradecértelo como si me hubiera aprovechado de él.

‑Yo lo ofrezco de buena voluntad ‑dijo Dantés.

‑No lo dudo. A otra cosa. ¿Conque eres ya el favorito de Morrel? ¡Picaruelo!

‑El señor Morrel ha sido siempre muy bondadoso conmigo ‑respondió Dantés.

‑En ese caso, has hecho muy mal en rehusar su invitación.

‑¡Cómo! ¿Rehusar su invitación? ‑exclamó el viejo Dantés‑. ¿Te ha convidado a comer?

‑Sí, padre mío ‑replicó Edmundo sonriéndose al ver la sorpresa de su padre.

‑¿Y por qué has rehusado, hijo? ‑preguntó el anciano.

‑Para abrazaros antes, padre mío ‑respondió el joven‑; ¡tenía tantas ganas de veros!

‑Pero no debiste contrariar a ese buen señor Morrel ‑replicó Caderousse‑, que el que desea ser capitán, no debe desairar a su naviero.

‑Ya le expliqué la causa de mi negativa ‑replicó Dantés‑, y espero que lo haya comprendido.

‑Para calzarse la capitanía hay que lisonjear un tanto a los pa­trones.

‑Espero ser capitán sin necesidad de eso ‑respondió Dantés.

‑Tanto mejor para ti y tus antiguos conocidos, sobre todo para alguien que vive allá abajo, detrás de la Ciudadela de San Nicolás.

‑¿Mercedes? ‑dijo el anciano.

‑Sí, padre mío ‑replicó Dantés‑; y con vuestro permiso, pues ya que os he visto, y sé que estáis bien y que tendréis todo lo que os haga falta, si no os incomodáis, iré a hacer una visita a los Catalanes.

‑Ve, hijo mío, ve ‑dijo el viejo Dantés‑, ¡Dios te bendiga en tu mujer, como me ha bendecido en mi hijo!

‑¡Su mujer! ‑dijo Caderousse‑; si aún no lo es, padre Dantés; si aún no lo es, según creo.

‑No; pero según todas las probabilidades ‑respondió Edmundo, no tardará mucho en serlo.

‑No importa, no importa ‑dijo Caderousse‑, has hecho bien en apresurarte a venir, muchacho.

‑¿Por qué? ‑preguntole.

‑Porque Mercedes es una buena moza, y a las buenas mozas nunca les faltan pretendientes, a ésa sobre todo. La persiguen a docenas.

‑¿De veras? ‑dijo Edmundo con una sonrisa que revelaba inquietud, aunque leve.

‑¡Oh! ¡Sí! ‑replicó Caderousse‑, y se le presentan también buenos partidos, pero no temas, como vas a ser capitán, no hay miedo de que lo dé calabazas.

‑Eso quiere decir ‑replicó Dantés, con sonrisa que disfrazaba mal su inquietud‑, que si no fuese capitán...

‑Hem... ‑balbució Caderousse.

‑Vamos, vamos ‑dijo el joven‑, yo tengo mejor opinión que vos de las mujeres en general, y de Mercedes en particular, y estoy convencido de que, capitán o no, siempre me será fiel.

‑Tanto mejor ‑dijo el sastre‑, siempre es bueno tener fe, cuando uno va a casarse; ¡pero no importa!, créeme, muchacho, no pierdas tiempo en irle a anunciar lo llegada y en participarle tus esperanzas.

‑Allá voy ‑dijo Edmundo, y abrazó a su padre, saludó a Caderousse y salió.

Al poco rato, Caderousse se despidió del viejo Dantés, bajó a su vez la escalera y fue a reunirse con Danglars, que le estaba esperando al extremo de la calle de Senac.

‑Conque ‑dijo Danglars‑, ¿le has visto?

‑Acabo de separarme de él ‑contestó Caderousse.

‑¿Y te ha hablado de sus esperanzas de ser capitán?

‑Ya lo da por seguro.

‑¡Paciencia! ‑dijo Danglars‑; va muy de prisa, según creo.

‑¡Diantre!, no parece sino que le haya dado palabra formal el señor Morrel.

‑¿Estará muy contento?

‑Está más que contento, está insolente. Ya me ha ofrecido sus servicios, como si fuese un gran señor, y dinero como si fuese un capitalista.

‑Por supuesto que habrás rehusado, ¿no?

‑Sí, aunque bastantes motivos tenía para aceptar, puesto que yo fui el que le prestó el primer dinero que tuvo en su vida; pero ahora el señor Dantés no necesitará de nadie, pues va a ser capitán.

‑Pero aún no lo es -observó Danglars.

‑Mejor que no lo fuese ‑dijo Caderousse‑, porque entonces, ¿quién lo toleraba?

‑De nosotros depende ‑dijo Danglars‑ que no llegue a serlo, y hasta que sea menos de lo que es.

‑¿Qué dices?

‑Yo me entiendo. ¿Y sigue amándole la catalana?

‑Con frenesí; ahora estará en su casa. Pero, o mucho me engaño, o algún disgusto le va a dar ella.

‑Explícate.

‑¿Para qué?

‑Es mucho más importante de lo que tú lo imaginas.

‑Tú no le quieres bien, ¿es verdad?

‑No me gustan los orgullosos.

‑Entonces dime todo lo que sepas de la catalana.

‑Nada sé de positivo; pero he visto cosas que me hacen creer, como lo dije, que esperaba al futuro capitán algún disgusto por los alrededores de las Vieilles‑Infirmeries.

‑¿Qué has visto? Vamos, di.

‑Observé que siempre que Mercedes viene por la ciudad, la acompaña un joven catalán, de ojos negros, de piel tostada, moreno, muy ardiente, y a quien llama primo.

‑¡Ah! ¿De veras? Y ¿te parece que ese primo le haga la corte?

‑A lo menos lo supongo. ¿Qué otra cosa puede haber entre un muchacho de veintiún años y una joven de diecisiete?

‑¿Y Dantés ha ido a los Catalanes?

‑Ha salido de su casa antes que yo.

‑Si fuésemos por el mismo lado, nos detendríamos en la Reserva, en casa del compadre Pánfilo, y bebiendo un vaso de vino, sabríamos algunas noticias...

‑¿Y quién nos las dará?

‑Estaremos al acecho, y cuando pase Dantés adivinaremos en la expresión de su rostro lo que haya pasado.

‑Vamos allá ‑dijo Caderousse‑, pero ¿pagas tú?

‑Pues claro ‑respondió Danglars.

?          Los dos se encaminaron apresuradamente hacia el lugar indicado, donde pidieron una botella y dos vasos. El compadre Pánfilo acababa, según dijo, de ver pasar a Dantés diez minutos antes. Seguros de que se hallaba en los Catalanes, se sentaron bajo el follaje naciente de los plátanos y sicómoros, en cuyas ramas una alegre bandada de pajarillos saludaba con sus gorjeos los primeros días de la primavera.

 

Capítulo tercero

Los catalanes

A cien pasos del lugar en que los dos amigos, con los ojos fijos en el horizonte y el oído atento, paladeaban el vino de Lamalgue, detrás de un promontorio desnudo y agostado por el sol y por el viento nordeste, se encontraba el modesto barrio de los Catalanes.

Una colonia misteriosa abandonó en cierto tiempo España, yendo a establecerse en la lengua de tierra en que permanece aún. Nadie supo de dónde venía, y hasta hablaba un dialecto desconocido. Uno de sus jefes, el único que se hacía entender un poco en lengua provenzal, pidió a la municipalidad de Marsella que les concediese aquel árido promontorio, en el coal, a fuer de marinos antiguos, acababan de dejar sus barcos. Su petición les fue aceptada, y tres meses después aquellos gitanos del mar habían edificado un pueblecito en torno a sus quince o veinte barcas.

Construido en el día de hoy de una manera extraña y pintoresca, medio árabe, medio española, es el mismo que se ve hoy habitado por los descendientes de aquellos hombres que hasta conservan el idioma de sus padres. Tres o cuatro siglos han pasado, y aún permanecen fieles al promontorio en que se dejaron caer como una bandada de aves marinas. No sólo no se mezclan con la población de Marsella, sino que se casan entre sí, conservando los hábitos y costumbres de la madre patria, del mismo modo que su idioma.

Es preciso que nuestros lectores nos sigan a través de la única calle de este pueblecito, y entren con nosotros en una de aquellas casas, a cuyo exterior ha dado el sol el bello colorido de las hojas secas, común a todos los edificios del país, y cuyo interior pule una capa de cal, esa tinta blanca, único adorno de las posadas españolas.

Una bella joven de pelo negro como el ébano y ojos dulcísimos como los de la gacela, estaba de pie, apoyada en una silla, oprimiendo entre sus dedos afilados una inocente rosa cuyas hojas arrancaba, y los pedazos se veían ya esparcidos por el suelo. Sus brazos desnudos hasta el codo, brazos árabes, pero que parecían modelados por los de la Venus de Arlés, temblaban con impaciencia febril, y golpeaba de tal modo la tierra con su diminuto pie, que se entreveían las formas puras de su pierna, ceñida por una media de algodón encarnado a cuadros azules.

A tres pasos de ella, sentado en una silla, balanceándose a compás y apoyando su codo en un mueble antiguo, hallábase un mocetón de veinte a veintidós años que la miraba con un aire en que se traslucía inquietud y despecho: sus miradas parecían interrogadoras; pero la mirada firme y fija de la joven le dominaba enteramente.

‑Vamos, Mercedes ‑decía el joven‑, las pascuas se acercan, es el tiempo mejor para casarse. ¿No lo crees?

‑Ya lo dije cien veces lo que pensaba, Fernando, y en poco lo estimas, pues aún sigues preguntándome.

‑Repítemelo, te lo suplico, repítemelo por centésima vez para que yo pueda creerlo. Dime que desprecias mi amor, el amor que aprobaba lo madre. Haz que comprenda que te burlas de mi felicidad; que mi vida o mi muerte no son nada para ti... ¡Ah, Dios mío, Dios mío!, haber soñado diez años con la dicha de ser tu esposo, y perder esta esperanza, la única de mi vida.

‑No soy yo por cierto quien ha alimentado en ti esa esperanza con mis coqueterías, Fernando ‑respondió Mercedes‑. Siempre lo he dicho: «Te amo como hermano; pero no exijas de mí otra cosa, porque mi corazón pertenece a otro. ¿No lo he dicho siempre esto?

‑Sí, ya lo sé, Mercedes ‑respondió Fernando‑; hasta el horrible atractivo de la franqueza tienes conmigo. Pero ¿olvidas que es ley sagrada entre los nuestros el casarse catalanes con catalanes?

‑Te equivocas, Fernando, no es una ley, sino una costumbre; y, créeme, no debes de invocar esta costumbre en lo favor. Has entrado en quintas. La libertad de que gozas la debes únicamente a la tolerancia. De un momento a otro pueden reclamarte tus banderas, y una vez seas soldado, ¿qué harías de mí, pobre huérfana, sin otra fortuna que una mísera cabaña casi arruinada y unas malas redes, herencia única de mis padres? Hace un año que murió mi madre, y desde entonces, bien lo sabes, vivo casi a expensas de la caridad pública. Tal vez me dices que lo soy útil, para partir conmigo tu pesca, y yo la acepto, Fernando, porque eres hijo del hermano de mi padre, porque nos hemos criado juntos, y porque además sé que lo disgustarías si la rehusase. Pero sé muy bien que ese pescado que yo vendo, y ese dinero que me dan por él, y con el cual compro el estambre que luego hilo, no es más que una limosna, y como tal la recibo.

‑¿Y eso qué importa, Mercedes? Pobre y sola como vives, me convienes más que la hija del naviero más rico de Marsella. Yo quiero una mujer honrada y hacendosa, y ninguna como tú posee esas cualidades.

‑Fernando ‑respondió Mercedes con un movimiento de cabeza‑, no puede responder de ser siempre honrada y hacendosa, la que ama a otro hombre que no sea su marido. Confórmate con mi amistad, porque te repito que esto es todo lo que yo puedo prometerte. Yo no ofrezco sino lo que estoy segura de poder dar.

‑Sí, sí, ya lo comprendo ‑dijo Fernando‑; soportas con resignación tu miseria, pero te asusta la mía. Pero, oye, Mercedes, si me amas probaré fortuna y llegaré a ser rico. Puedo dejar el oficio de pescador; puedo entrar de dependiente en alguna casa de comercio, y llegar a ser comerciante.

‑Tú no puedes hacer nada de eso, Fernando. Eres soldado, y si permaneces en los Catalanes todavía es porque no hay guerra; sigue con lo oficio de pescador, no hagas castillos en el aire, y confórmate con mi amistad, pues no puedo dar otra cosa.

‑Pues bien, tienes razón, Mercedes, me haré marinero, dejaré el trabajo de nuestros padres que tú tanto desprecias, y me pondré un sombrero de suela, una camisa rayada y una chaqueta azul con anclas en los botones. ¿No es así como hay que vestirse para agradarte?

‑¿Qué quieres decir con eso? No lo comprendo...

‑Quiero decir que no serías tan cruel conmigo, si no esperaras a uno que usa el traje consabido. Pero quizás él no te es fiel, y aunque lo fuera, el mar no lo habrá sido con él.

‑¡Fernando! ‑exclamó Mercedes‑, ¡te creía bueno, pero me engañaba! Eso es prueba de mal corazón. Sí, no te lo oculto, espero y amo a ese que dices, y si no volviese, en lugar de acusarle de inconstancia, creería que ha muerto adorándome.

Fernando hizo un gesto de rabia.

‑Adivino tus pensamientos, Fernando, querrás vengar en él los desdenes míos... querrás desafiarle... Pero ¿qué conseguirás con esto? Perder mi amistad si eres vencido, ganar mi odio si vencedor. Créeme, Fernando: no es batirse con un hombre el medio de agradar a la mujer que le ama. Convencido de que te es imposible tenerme por esposa, no, Fernando, no lo harás, lo contentarás con que sea tu amiga y tu hermana. Por otra parte ‑añadió con los ojos preñados de lágrimas‑, tú lo has dicho hace poco, el mar es pérfido: espera, Fernando, espera. Han pasado cuatro meses desde que partió... ¡cuatro meses, y durante ellos he contado tantas tempestades!...

Permaneció Fernando impasible sin cuidarse de enjugar las lágrimas que resbalaban por las mejillas de Mercedes, aunque a decir verdad, por cada una de aquellas lágrimas hubiera dado mil gotas de su sangre..., pero aquellas lágrimas las derramaba por otro. Púsose en pie, dio una vuelta por la cabaña, volvió, detúvose delante de Mercedes, y con una mirada sombría y los puños crispados exclamó:

‑Mercedes, te lo repito, responde, ¿estás resuelta?

‑¡Amo a Edmundo Dantés ‑dijo fríamente Mercedes‑, y ningún otro que Edmundo será mi esposo!

‑¿Y le amarás siempre?

‑Hasta la muerte.

Fernando bajó la cabeza desalentado; exhaló un suspiro que más bien parecía un gemido, y levantando de repente la cabeza y rechinando los dientes de cólera exclamó:

‑Pero, ¿y si hubiese muerto?

‑Si hubiese muerto... ¡Entonces yo también me moriría!

‑¿Y si lo olvidase?

‑¡Mercedes! ‑gritó una voz jovial y sonora desde fuera‑. ¡Mercedes!

‑¡Ah! ‑exclamó la joven sonrojándose de alegría y de amor‑; bien ves que no me ha olvidado, pues ya ha llegado.

Y lanzándose a la puerta la abrió exclamando:

‑¡Aquí, Edmundo, aquí estoy!

Fernando, lívido y furioso, retrocedió como un caminante al ver una serpiente, cayendo anonadado sobre una silla, mientras que Edmundo y Mercedes se abrazaban. El ardiente sol de Marsella penetrando a través de la puerta, los inundaba de sus dorados reflejos. Nada veían en torno suyo: una inmensa felicidad los separaba del mundo y solamente pronunciaban palabras entrecortadas que revelaban la alegría de su corazón.

De pronto Edmundo vislumbró la cara sombría de Fernando, que se dibujaba en la sombra, pálida y amenazadora, y quizá, sin que él mismo comprendiese la razón, el joven catalán tenía apoyada la mano sobre el cuchillo que llevaba en la cintura.

‑¡Ah! ‑dijo Edmundo frunciendo las cejas a su vez‑; no había reparado en que somos tres.

Volviéndose en seguida a Mercedes:

‑¿Quién es ese hombre? ‑le preguntó.

‑Un hombre que será de aquí en adelante lo mejor amigo, Dantés, porque lo es mío, es mi primo, mi hermano Fernando, es decir, el hombre a quien después de ti amo más en la tierra.

‑Está bien ‑respondió Edmundo.

Y sin soltar a Mercedes, cuyas manos estrechaba con la izquierda, presentó con un movimiento cordialísimo la diestra al catalán. Pero lejos de responder Fernando a este ademán amistoso, permaneció mudo a inmóvil como una estatua. Entonces dirigió Edmundo miradas interrogadoras a Mercedes, que estaba temblando, y al sombrío y amenazador catalán alternativamente. Estas miradas le revelaron todo el misterio, y la cólera se apoderó de su corazón.

‑Al darme tanta prisa en venir a vuestra casa, no creía encontrar en ella un enemigo.

‑¡Un enemigo! ‑exclamó Mercedes dirigiendo una mirada de odio a su primo‑; ¿un enemigo en mi casa? A ser cierto, yo lo cogería del brazo y me iría a Marsella, abandonando esta casa para no volver a pisar sus umbrales.

La mirada de Fernando centelleó.

‑Y si te sucediese alguna desgracia, Edmundo mío ‑continuó con aquella calma implacable que daba a conocer a Fernando cuán bien leía en su siniestra mente‑, si te aconteciese alguna desgracia, treparía al cabo del Morgión para arrojarme de cabeza contra las rocas.

Fernando se puso lívido.

‑Pero te engañas, Edmundo ‑prosiguió Mercedes‑. Aquí no hay enemigo alguno, sino mi primo Fernando, que va a darte la mano como a su más íntimo amigo.

Y la joven fijó, al decir estas palabras, su imperiosa mirada en el catalán, quien, como fascinado por ella, se acercó lentamente a Edmundo y le tendió la mano.

Su odio desaparecía ante el ascendiente de Mercedes. Pero apenas hubo tocado la mano de Edmundo, conoció que había ya hecho todo lo que podía hacer, y se lanzó fuera de la casa.

‑¡Oh! ‑exclamaba corriendo como un insensato, y mesándose los cabellos‑. ¡Oh! ¿Quién me librará de ese hombre? ¡Desgraciado de mí!

‑¡Eh!, catalán, ¡eh! ¡Fernando! ¿Adónde vas? ‑dijo una voz.

El joven se detuvo para mirar en torno y vio a Caderousse sentado con Danglars bajo el emparrado.

‑¡Eh! ‑le dijo Caderousse‑. ¿Por qué no te acercas? ¿Tanta prisa tienes que no te queda tiempo para dar los buenos días a tus amigos?

‑Especialmente cuando tienen delante una botella casi llena ‑añadió Danglars.

Fernando miró a los dos hombres como atontado y sin responderles.

‑Afligido parece ‑dijo Danglars tocando a Caderousse con la rodilla‑. ¿Nos habremos engañado, y se saldrá Dantés con su tema contra todas nuestras previsiones?

‑¡Diantre! Es preciso averiguar esto ‑contestó Caderousse; y volviéndose hacia el joven le gritó‑: Catalán, ¿te decides?

Fernando enjugóse el sudor que corría por su frente, y entró a paso lento bajo el emparrado, cuya sombra puso un tanto de calma en sus sentidos, y la frescura, vigor en sus cansados miembros.

‑Buenos días: me habéis llamado, ¿verdad? ‑dijo desplomándose sobre uno de los bancos que rodeaban la mesa.

‑Corrías como loco, y temí que te arrojases al mar ‑respondió Caderousse riendo‑. ¡Qué demonio! A los amigos no solamente se les debe ofrecer un vaso de vino, sino también impedirles que se beban tres o cuatro vasos de agua.

Fernando exhaló un suspiro que pareció un sollozo, y hundió la cabeza entre las manos.

‑¡Hum! ¿Quieres que te hable con franqueza, Fernando? ‑dijo Caderousse, entablando la conversación con esa brutalidad grosera de la gente del pueblo, que con la curiosidad olvidan toda clase de diplomacia‑, pues tienes todo el aire de un amante desdeñado.

Y acompañó esta broma con una estrepitosa carcajada.

‑¡Bah! ‑replicó Danglars‑; un muchacho como éste no ha nacido para ser desgraciado en amores: tú te burlas, Caderousse.

‑No‑replicó éste‑, fíjate, ¡qué suspiros!... Vamos, vamos, Fernando, levanta la cabeza y respóndenos. No está bien que calles a las preguntas de quien se interesa por tu salud.

‑Estoy bien ‑murmuró Fernando apretando los puños, aunque sin levantar la cabeza.

‑¡Ah!, ya lo ves, Danglars ‑repuso Caderousse guiñando el ojo a su amigo‑. Lo que pasa es esto: que Fernando, catalán valiente, como todos los catalanes, y uno de los mejores pescadores de Marsella, está enamorado de una linda muchacha llamada Mercedes; pero desgraciadamente, a lo que creo, la muchacha ama por su parte al segundo de El Faraón; y como El Faraón ha entrado hoy mismo en el puerto... ¿Me comprendes?

‑Que me muera, si lo entiendo ‑respondió Danglars:

‑El pobre Fernando habrá recibido el pasaporte.

‑¡Y bien! ¿Qué más? ‑dijo Fernando levantando la cabeza y mirando a Caderousse como aquel que busca en quién descargar su cólera‑. Mercedes no depende de nadie, ¿no es así? ¿No puede amar a quien se le antoje?

‑‑¡Ah!, ¡si lo tomas de ese modo ‑‑lijo Caderousse‑, eso es otra cosa! Yo te tenía por catalán. Me han dicho que los catalanes no son hombres para dejarse vencer por un rival, y también me han asegurado que Fernando, sobre todo, es temible en la venganza.

‑Un enamorado nunca es temible ‑repuso Fernando sonriendo.

‑¡Pobre muchacho! ‑replicó Danglars fingiendo compadecer al joven‑. ¿Qué quieres? No esperaba, sin duda, que volviese Dantés tan pronto. Quizá le creería muerto, quizás infiel, ¡quién sabe! Esas cosas son tanto más sensibles cuanto que nos están sucediendo a cada paso.

‑Seguramente que no dices más que la verdad ‑respondió Caderousse, que bebía al compás que hablaba, y a quien el espumoso vino de Lamalgue comenzaba a hacer efecto‑. Fernando no es el único que siente la llegada de Dantés, ¿no es así, Danglars?

‑Sí, y casi puedo asegurarte que eso le ha de traer alguna desgracia.

‑Pero no importa ‑añadió Caderousse llenando un vaso de vino para el joven, y haciendo lo mismo por duodécima vez con el suyo‑; no importa, mientras tanto se casa con Mercedes, con la bella Mercedes... se sale con la suya.

Durante este coloquio, Danglars observaba con mirada escudriñadora al joven. Las palabras de Caderousse caían como plomo derretido sobre su corazón.

‑¿Y cuándo es la boda? ‑preguntó.

‑¡Oh!, todavía no ha sido fijada ‑murmuró Fernando.

‑No, pero lo será -dijo Caderousse‑; lo será tan cierto como que Dantés será capitán de El Faraón: ¿no opinas tú lo mismo, Danglars?

Danglars se estremeció al oír esta salida inesperada, volviéndose a Caderousse, en cuya fisonomía estudió a su vez si el golpe estaba premeditado; pero sólo leyó la envidia en aquel rostro casi trastornado por la borrachera.

‑¡Ea! -dijo llenando los vasos‑. ¡Bebamos a la salud del capitán Edmundo Dantés, marido de la bella catalana!

Caderousse llevó el vaso a sus labios con mano temblorosa, y lo apuró de un sorbo. Fernando tomó el suyo y lo arrojó con furia al suelo.

‑¡Vaya! ‑exclamó Caderousse‑. ¿Qué es lo que veo allá abajo en dirección a los Catalanes? Mira, Fernando, tú tienes mejores ojos que yo: me parece que empiezo a ver demasiado, y bien sabes que el vino engaña mucho... Diríase que se trata de dos amantes que van agarrados de la mano... ¡Dios me perdone! ¡No presumen que les estamos viendo, y mira cómo se abrazan!

Danglars no dejaba de observar a Fernando, cuyo rostro se contraía horriblemente.

‑¡Calle! ¿Los conocéis, señor Fernando? ‑dijo.

‑Sí ‑respondió éste con voz sorda‑. ¡Son Edmundo y Mercedes!

‑¡Digo! ‑exclamó Caderousse‑. ¡Y yo no los conocía! ¡Dantés! ¡Muchacha! Venid aquí, y decidnos cuándo es la boda, porque el testarudo de Fernando no nos lo quiere decir.

‑¿Quieres callarte? ‑‑dijo Danglars, fingiendo detener a Caderousse, que tenaz como todos los que han bebido mucho se disponía a interrumpirles‑. Haz por tenerte en pie, y deja tranquilos a los enamorados. Mira, mira a Fernando, y toma ejemplo de él.

Acaso éste, incitado por Danglars, como el toro por los toreros, iba al fin a arrojarse sobre su rival, pues ya de pie tomaba una actitud siniestra, cuando Mercedes, risueña y gozosa, levantó su linda cabeza y clavó en Fernando su brillante mirada. Entonces el catalán se acordó de que le había prometido morir si Edmundo moría, y volvió a caer desesperado sobre su asiento.

Danglars miró sucesivamente a los dos hombres, el uno embrutecido por la embriaguez y el otro dominado por los celos.

‑¡Oh! Ningún partido sacaré de estos dos hombres ‑murmuró‑, y casi tengo miedo de estar en su compañía. Este bellaco se embriaga de vino, cuando sólo debía embriagarse de odio; el otro es un imbécil que le acaban de quitar la novia en sus mismas narices, y se contenta solamente con llorar y quejarse como un chiquillo. Sin embargo, tiene la mirada torva como los españoles, los sicilianos y los calabreses que saben vengarse muy bien; tiene unos puños capaces de estrujar la cabeza de un buey tan pronto como la cuchilla del carnicero... Decididamente el destino le favorece; se casará con Mercedes, será capitán y se burlará de nosotros como no... (una sonrisa siniestra apareció en los labios de Danglars), como no tercie yo en el asunto.

‑¡Hola! ‑seguía llamando Caderousse a medio levantar de su asiento‑. ¡Hola!, Edmundo, ¿no ves a los amigos, o lo has vuelto ya tan orgulloso que no quieres siquiera dirigirles la palabra?

‑No, mi querido Caderousse ‑respondió Dantés‑; no soy orgulloso, sino feliz, y la felicidad ciega algunas veces más que el orgullo.

‑Enhorabuena, ya eso es decir algo ‑replicó Caderousse‑. ¡Buenos días, señora Dantés!

Mercedes saludó gravemente.

‑Todavía no es ése mi apellido ‑dijo‑, y en mi país es de mal agüero algunas veces el llamar a las muchachas con el nombre de su prometido antes que se casen. Llamadme Mercedes.

‑Es menester perdonar a este buen vecino ‑añadió Dantés‑. Falta tan poco tiempo...

‑¿Conque, es decir, que la boda se efectuará pronto, señor Dantés? -dijo Danglars saludando a los dos jóvenes.

‑Lo más pronto que se pueda, señor Danglars: nos toman hoy los dichos en casa de mi padre, y mañana o pasado mañana a más tardar será la comida de boda, aquí, en La Reserva; los amigos asistirán a ella; lo que quiere decir que estáis invitados desde ahora, señor Danglars, y tú también, Caderousse.

‑¿Y Fernando? ‑dijo Caderousse sonriendo con malicia‑; ¿Fernando lo está también?

‑El hermano de mi mujer lo es también mío ‑respondió Edmundo‑, y con muchísima pena le veríamos lejos de nosotros en semejante momento.

Fernando abrió la boca para contestar; pero la voz se apagó en sus labios y no pudo articular una sola palabra.

‑¡Hoy los dichos, mañana o pasado la boda!... ¡Diablo!, mucha prisa os dais, capitán.

‑Danglars ‑repuso Edmundo sonriendo‑, dígo lo que Mercedes decía hace poco a Caderousse: no me deis ese título que aún no poseo, que podría ser de mal agüero para mí.

‑Dispensadme ‑respondió Danglars‑. Decía, pues, que os dais demasiada prisa. ¡Qué diablo!, tiempo sobra: El Faraón no se volverá a dar a la mar hasta dentro de tres meses.

‑Siempre tiene uno prisa por ser feliz, señor Danglars; porque quien ha sufrido mucho, apenas puede creer en la dicha. Pero no es sólo el egoísmo el que me hace obrar de esta manera; tengo que ir a París.

‑¡Ah! ¿A París? ¿Y es la primera vez que vais allí, Dantés?

‑Sí.

‑Algún negocio, ¿no es así?

‑No mío; es una comisión de nuestro pobre capitán Leclerc. Ya comprenderéis que esto es sagrado. Sin embargo, tranquilizaos, no gastaré más tiempo que el de ida y vuelta.

‑Sí, sí, ya entiendo ‑dijo Danglars. Y después añadió en voz sumamente baja‑: A París... Sin duda, para llevar alguna carta que el capitán le ha entregado. ¡Ah!, ¡diantre! Esa carta me acaba de sugerir una idea... una excelente idea. ¡Ah! ¡Dantés!, amigo mío, aún no tienes el número 1 en el registro de El Faraón. ‑Y volviéndose en seguida hacia Edmundo, que se alejaba:‑ ¡Buen viaje! ‑le gritó.

?          ‑Gracias ‑respondió Edmundo volviendo la cabeza, y acompañando este movimiento con cierto ademán amistoso. Y los dos enamorados prosiguieron su camino, tranquilos y alborozados como dos ángeles que se elevan al cielo.

 

Capítulo cuarto

Complot

Danglars siguió con la mirada a Edmundo y a Mercedes hasta que desaparecieron por uno de los ángulos del puerto de San Nicolás; y volviéndose en seguida vislumbró a Fernando que se arrojaba otra vez sobre su silla, pálido y desesperado, mientras que Caderousse en­tonaba una canción.

‑¡Ay, señor mío ‑dijo Danglars a Fernando‑, creo que esa boda no le sienta bien a todo el mundo!

‑A mí me tiene desesperado ‑respondió Fernando.

‑¿Amáis, pues, a Mercedes?

‑La adoro.

‑¿Hace mucho tiempo?

‑Desde que nos conocimos.

‑¿Y estáis ahí arrancándoos los cabellos en lugar de buscar reme­dio a vuestros pesares? ¡Qué diablo!, no creí que obrase de esa ma­nera la gente de vuestro país.

‑¿Y qué queréis que haga? ‑preguntó Fernando.

‑¿Qué sé yo? ¿Acaso tengo yo algo que ver con...? Paréceme que no soy yo, sino vos, el que está enamorado de Mercedes. «Buscad ‑dice el Evangelio‑, y encontraréis.»

‑Yo había encontrado ya.

‑¿Cómo?

‑Quería asesinar al hombre, pero la mujer me ha dicho que si lle­gara a suceder tal cosa a su futuro, ella se mataría después.

‑¡Bah!, ¡bah!, esas cosas se dicen, pero no se hacen.

‑Vos no conocéis a Mercedes, amigo mío, es mujer que dice y hace.

« ¡Imbécil! ‑murmuró para sí Danglars‑. ¿Qué me importa que ella muera o no, con tal que Dantés no sea capitán? »

‑Y antes que muera Mercedes moriría yo ‑replicó Fernando con un acento que expresaba resolución irrevocable.

‑¡Eso sí que es amor! ‑gritó Caderousse con una voz dominada cada vez más por la embriaguez‑. Eso sí que es amor, o yo no lo entiendo.

‑Veamos ‑dijo Danglars‑; me parecéis un buen muchacho, y llé­veme el diablo si no me dan ganas de sacaros de penas; pero...

‑Sí, sí ‑dijo Caderousse‑, veamos.

‑Mira ‑replicó Danglars‑, ya lo falta poco para emborracharte, de modo que acábate de beber la botella y lo estarás completamente. Bebe, y no lo metas en lo que nosotros hacemos. Porque para tomar parte en esta conversación es indispensable estar en su sano juicio.

‑¡Yo borracho ‑exclamó Caderousse‑, yo! Si todavía me atre­vería a beber cuatro de tus botellas, que por cierto son como frascos de agua de colonia... ‑Y añadiendo el dicho al hecho, gritó:‑ ¡Tío Pánfilo, más vino! ‑Caderousse empezó a golpear fuertemente la mesa con su vaso.

‑¿Decíais?... ‑replicó Fernando, esperando anheloso la conti­nuación de la frase interrumpida.

‑¿Qué decía? Ya no me acuerdo. Ese borracho me ha hecho per­der el hilo de mis ideas.

‑¡Borracho!, eso me gusta; ¡ay de los que no gustan del vino!, tienen algún mal pensamiento, y temen que el vino se lo haga re­velar.

Y Caderousse se puso a cantar los últimos versos de una canción muy en boga por aquel entonces.

Los que beben agua sola

son hombres de mala ley,

y prueba es de ello... el diluvio de Noé.

 

‑Conque decíais ‑replicó Fernando‑, que quisierais sacarme de penas; pero añadíais...

‑Sí, añadía que para sacaros de penas, basta con que Dantés no se case, y me parece que la boda puede impedirse sin que Dantés muera.

‑¡Oh!, sólo la muerte puede separarlos ‑dijo Fernando.

‑Raciocináis como un pobre hombre, amigo mío ‑exclamó Cade­rOusse‑; aquí tenéis a Danglars, pícaro redomado, que os probará en un santiamén que no sabéis una palabra. Pruébalo, Danglars, yo he respondido de ti, dile que no es necesario que Dantés muera. Por otro lado, muy triste sería que muriese Dantés; es un buen muchacho; le quiero mucho, mucho; ¡a tu salud, Dantés! ¡A tu salud!

Fernando se levantó dando muestras de impaciencia.

‑Dejadle ‑dijo Danglars deteniendo al joven‑. ¿Quién le hace caso? Además, no va tan desencaminado: la ausencia separa a las per­sonas casi mejor que la muerte. Suponed ahora que entre Edmundo y Mercedes se levantan de pronto los muros de una cárcel; estarán tan separados como si los dividiese la losa de una tumba.

‑Sí, pero saldrá de la cárcel ‑dijo Caderousse, que con la sombra de juicio que aún le quedaba se mezclaba en la conversación‑; y cuando uno sale de la cárcel y se llama Edmundo Dantés, se venga.

‑¿Qué importa? ‑murmuró Fernando.

‑Además ‑replicó Caderousse‑, ¿por qué han de prender a Dantés si él no ha robado ni matado a nadie?...

‑Cállate ‑dijo Danglars.

‑No quiero ‑contestó Caderousse‑; lo que yo quiero que me digan es por qué habían de prender a Dantés; yo quiero mucho a Dantés; ¡a tu salud, Dantés, a tu salud!

Y se bebió otro vaso de vino.

Danglars observó en los ojos extraviados del sastre el progreso de la borrachera, y volviéndose hacia Fernando, le dijo:

‑¿Comprendéis ya que no habría necesidad de matarle?

‑Desde luego que no, si pudiéramos lograr que lo prendiesen. Pero ¿por qué medio...?

‑Como lo buscáramos bien ‑dijo Danglars‑, ya se encontraría. Pero ¿en qué lío voy a meterme? ¿Acaso tengo yo algo que ver...?

‑Yo no sé si esto os interesa ‑dijo Fernando cogiéndole por el brazo‑; pero lo que sí sé es que tenéis algún motivo de odio parti­cular contra Dantés, porque el que odia no se engaña en los senti­mientos de los demás.

‑¡Yo motivos de odio contra Dantés!, ninguno, ¡palabra de ho­nor! Os vi desgraciado, y vuestra desgracia me conmovió; esto es todo. Pero desde el momento en que creéis que obro con miras intere­sadas, adiós, mi querido amigo, salid como podáis de ese atolladero.

Y Danglars hizo ademán de irse.

‑No ‑dijo Fernando deteniéndole‑, quedaos. Poco me importa que odiéis o no a Dantés; pero yo sí le odio; lo confieso francamen­te. Decidme un medio y lo ejecuto al instante..., como no sea matar­le, porque Mercedes ha dicho que se daría muerte si matasen a Dantés.

Caderousse levantó la cabeza que había dejado caer sobre la mesa, y mirando a Fernando y a Danglars estúpidamente:

‑¡Matar a Dantés...! ‑dijo‑ ¿Quién habla de matar a Dantés?

¡No quiero que le maten... !, es mi amigo... esta mañana me ofreció su dinero..., del mismo modo que yo partí en otro tiempo el mío con él... ¡No quiero que maten a Dantés... ! , no... , no...

‑Y ¿quién habla de matarle, imbécil? ‑replicó Danglars‑. Sólo se trata de una simple broma. Bebe a su salud ‑añadió llenándole un vaso‑, y déjanos en paz.

‑Sí, sí, a la salud de Dantés ‑dijo Caderousse apurando el conte­nido de su vaso‑; a su salud... a su salud... a su...

‑Pero ¿el medio...?, ¿el medio? ‑murmuró Fernando.

‑¿No lo habéis hallado aún?

‑No, vos os encargasteis de eso.

‑Es cierto ‑repuso Danglars‑, los franceses tienen sobre los es­pañoles la ventaja de que los españoles piensan y los franceses impro­visan.

‑Improvisad, pues ‑dijo Fernando con impaciencia.

‑Muchacho ‑dijo Danglars‑, trae recado de escribir.

‑¡Recado de escribir! ‑murmuró Fernando.

‑Puesto que soy editor responsable, ¿de qué instrumentos me he de servir sino de pluma, tinta y papel?

‑¿Traes eso? ‑exclamó Fernando a su vez.

‑En esa mesa hay recado de escribir ‑respondió el mozo señalan­do una inmediata.

‑Tráelo.

El mozo lo cogió y lo colocó encima de la mesa de los bebedores.

‑¡Cuando pienso ‑observó Caderousse, dejando caer su mano so­bre el papel‑ que con esos medios se puede matar a un hombre con mayor seguridad que en un camino a puñaladas! Siempre tuve más miedo a una pluma y a un tintero, que a una espada o a una pistola.

‑Ese tunante no está tan borracho como parece ‑dijo Danglars‑. Echadle más vino, Fernando.

Fernando llenó el vaso de Caderousse, observándole atentamente, hasta que le vio, casi vencido por ese nuevo exceso, colocar, o más bien, soltar su vaso sobre la mesa.

‑Conque... ‑murmuró el catalán, conociendo que ya no podía estorbarle Caderousse, pues la poca razón que conservaba iba a des­aparecer con aquel último vaso de vino.

‑Pues, señor, decía ‑prosiguió Danglars‑, que si después de un viaje como el que acaba de hacer Dantés tocando a Nápoles y en la isla de Elba, le denunciase alguien al procurador del rey como agente bonapartista...

‑Yo le denunciaré ‑dijo vivamente el joven.

‑Sí, pero os harán firmar vuestra declaración, os carearán con el reo, y aunque yo os dé pruebas para sostener la acusación, eso es poco; Dantés no puede permanecer preso eternamente; un día a otro ten­drá que salir, y en el día en que salga, ¡desdichado de vos!

‑¡Oh! Sólo deseo una cosa ‑dijo Fernando‑, y es que me venga a buscar.

‑Sí, pero Mercedes os aborrecerá si tocáis el pelo de la ropa a su adorado Edmundo.

‑Es verdad ‑repuso Fernando.

‑Nada, si nos decidimos, lo mejor es coger esta pluma simple­mente, y escribir una denuncia con la mano izquierda para que no sea conocida la letra ‑contestó Danglars; y esto diciendo, escribió con la mano izquierda y con una letra que en nada se parecía a la suya acos­tumbrada, los siguientes renglones, que Fernando leyó a media voz:

 

Un amigo del trono y de la religión previene al señor procurador del rey que un tal Edmundo Dantés, segundo de El Faraón, que llegó esta mañana de Esmirna, después de haber tocado en Nápoles y en Porto‑Ferrajo, ha recibido de Murat una misiva para el usurpador, y de éste otra carta para la junta bonapartista de París.

Fácilmente se tendrá la prueba de su crimen, prendiéndole, porque la carta se hallará sobre su persona, o en casa de su padre, o en su ca­marote, a bordo de El Faraón.

‑Está bien ‑añadió Danglars‑. De este modo vuestra venganza tendría sentido común, y de lo contrario podría recaer sobre vos mis­mo, ¿entendéis? Ya no queda sino cerrar la carta, escribir el sobre ‑y Danglars hizo como decía‑: Al señor procurador del rey, y asunto concluido.

‑Sí, asunto concluido ‑exclamó Caderousse, quien con los últimos resplandores de su inteligencia había escuchado la lectura, y comprendiendo por instinto todas las desgracias que podría causar tal denuncia; sí, negocio concluido; pero sería una infamia.

Y alargó el brazo para coger la carta.

‑Por supuesto ‑dijo Danglars, apartándole la mano‑, lo que digo no es más que una broma; y soy el primero que sentiría mucho que le sucediese algo a Dantés, a ese bueno de Dantés. Vamos, ¡no faltaba más...! ‑y cogiendo la carta, la estrujó entre los dedos, y la tiró a un rincón.

‑¡Muy bien! ‑exclamó Caderousse‑. Dantés es mi amigo, y no quiero que le hagan ningún daño.

‑¿Quién diablos piensa en hacerle daño? A lo menos no seremos ni Fernando ni yo ‑dijo Danglars levantándose y mirando al joven, cuyos ojos estaban clavados en el papel delator tirado en el suelo.

‑En tal caso ‑replicó Caderousse‑, que nos den más vino, quiero beber a la salud de Edmundo y de la bella Mercedes.

‑Bastante has bebido, ¡borracho! ‑dijo Danglars‑; y como sigas bebiendo lo verás obligado a dormir aquí, porque seguramente no podrás tenerte en pie.

‑¡Yo! ‑balbuceó Caderousse levantándose con la arrogancia del borracho‑; ¡yo no poder tenerme! ¿Apuestas algo a que me atrevo a subir al campanario de las Accoules derechito, sin dar traspiés?

‑Está bien ‑dijo Danglars‑, hago la apuesta; pero la dejaremos para mañana. Ya es tiempo de que nos vayamos; dame el brazo.

‑Vamos allá ‑dijo Caderousse‑; mas para andar no necesito de lo brazo. ¿Vienes, Fernando? ¿Vuelves a Marsella con nosotros?

‑No ‑respondió Fernando‑; me vuelvo a los Catalanes.

‑Haces mal; ven con nosotros a Marsella.

‑Nada tengo que hacer en Marsella, y no quiero ir.

‑Bueno, bueno, no quieres, ¿eh? Pues haz lo que lo parezca: libertad para todos en todo. Ven, Danglars, y dejémosle que vuelva a los Catalanes, si así lo quiere.

Danglars aprovechó este instante de docilidad de Caderousse para llevarle hacia Marsella; pero para dejar a Fernando más a sus anchas, en vez de irse por el muelle de la Rive‑Neuve, echó por la puerta de Saint‑Victor. Caderousse le seguía tambaleándose, cogido de su brazo. Apenas anduvieron unos veinte pasos, Danglars volvió la cabeza tan a tiempo, que pudo ver al joven abalanzarse al papel, que guardó en su bolsillo, dirigiéndose en seguida hacia Pillon.

‑¡Calla! ¿Qué está haciendo? ‑dijo Caderousse‑. Nos ha dicho que iba a los Catalanes, y se dirige a la ciudad. ¡Oye, Fernando, vas descaminado, oye!

‑Tú eres el que no ves bien ‑dijo Danglars‑. ¡Si sigue derecho el camino de las Vieilles Infirmeries.. . !

‑Es cierto ‑respondió Caderousse‑; pero hubiera jurado que iba por la derecha. Decididamente el vino es un traidor, que hace ver visiones.

?          ‑Vamos, vamos ‑murmuró Danglars‑, que la cosa marcha, y sólo cabe dejarla marchar.

 

Capítulo quinto

El banquete de boda

Amaneció un día magnífico: el tiempo estaba hermosísimo; el sol, puro y brillante, y sus primeros rayos, de un rojo purpúreo, doraban las espumas de las olas.

La comida había sido preparada en el primer piso de La Reserva, cuyo emparrado ya conocemos. Se componía aquél de un gran salón iluminado por cinco o seis ventanas; encima de cada una se veía escrito el nombre de una de las mejores ciudades de Francia. Todas estas ventanas caían a un balcón de madera: de madera era también todo el edificio.

Si bien la comida estaba anunciada para las doce, desde las once de la mañana llenaban el balcón multitud de curiosos impacientes. Eran éstos los marineros privilegiados de El Faraón y algunos soldados amigos de Dantés. Todos se habían puesto de gala para honrar a los novios. Entre los convidados circulaba cierto murmullo ocasionado porque los consignatarios de El Faraón habían de honrar con su presencia la comida de boda del segundo. Era tan grande este honor, que nadie se atrevía a creerlo, hasta que Danglars, que llegaba con Caderousse, confirmó la noticia, porque aquella mañana había visto al señor Morrel, y le dijo que asistiría a la comida de La Reserva.

Efectivamente, un instante después Morrel entró en la sala y fue saludado por los marineros con un unánime viva y con aplausos. La presencia del naviero les confirmaba las voces que corrían de que Dantés iba a ser su capitán; y como todos aquellos valientes marineros le querían tanto, le daban gracias, porque pocas veces la elección de un jefe está en armonía con los deseos de los subordinados. No bien entró Morrel, cuando eligieron a Danglars y a Caderousse para que saliesen al encuentro de los novios, y les previniesen de la llegada del personaje que había producido tan viva sensación, para que se apresuraran a venir pronto. Danglars y Caderousse se marcharon en seguida pero a los cien pasos vieron que la comitiva se acercaba.

Esta se componía de cuatro jóvenes amigas de Mercedes, catalanas también, que acompañaban a la novia, a quien daba el brazo Edmundo. junto a la futura caminaba el padre de Dantés, y detrás de ellos venía Fernando con su siniestra sonrisa. Ni Mercedes ni Edmundo se dieron cuenta de esa sonrisa: los pobres muchachos eran tan felices que sólo pensaban en sí mismos, y no tenían ojos más que para aquel hermoso cielo que los bendecía.

Danglars y Caderousse cumplieron con su misión de embajadores, y dando después un fuerte apretón de manos a Edmundo, Danglars se fue a colocar al lado de Fernando, y Caderousse al del padre de Dantés, objeto de la atención general. El anciano vestía una casaca de tafetán, con grandes botones de acero tallados. Cubrían sus delga­das, aunque vigorosas piernas, unas medias de algodón que a la legua olían a contrabando inglés. De su sombrero apuntado pendían con pintoresca profusión cintas blancas y azules; se apoyaba en fin, en un nudoso bastón de madera, encorvado por el puño como el pedum antiguo. Parecía uno de esos figurones que adornaban en 1796 los jardines de Luxemburgo y de las Tullerías.

junto a él habíase colocado, como ya hemos dicho, Caderousse, a quien la esperanza de una buena comida acabó de reconciliar con los Dantés; Caderousse conservaba un vago recuerdo de lo que había sucedido el día anterior, como cuando al despertar por la mañana nos representa la imaginación el sueño que hemos tenido por la noche.

Al acercarse Danglars a Fernando, dirigió una mirada penetrante al amante desdeñado. Este, que caminaba detrás de los novios, completamente olvidado de Mercedes, que con ese egoísmo sublime del amor sólo pensaba en Edmundo; Fernando, repetimos, pálido y sombrío, de vez en cuando dirigía una mirada a Marsella, y entonces un temblor convulsivo se apoderaba de sus miembros. Parecía como si esperase, o más bien previese algún acontecimiento.

Dantés vestía con elegante sencillez, como perteneciente a la marina mercante; su traje participaba del uniforme militar y del traje civil; y con él y con la alegría y gentileza de la novia, parecía más ale­gre y más bonita.

Mercedes estaba tan hermosa como una griega de Chipre o de Ceos, de ojos de ébano y labios de coral. Su andar gracioso y desenvuelto parecía de andaluza o de arlesiana. Una joven cortesana quizás hubiera procurado disimular su alegría; pero Mercedes miraba a todos sonriéndose, como si con aquella sonrisa y aquellas miradas les dijese: «Puesto que sois mis amigos, alegraos como yo, porque soy muy dichosa. »

Tan pronto como fueron divisados los novios desde La Reserva, salió el señor Morrel a su encuentro, seguido de los marineros y de los soldados, a los cuales renovó la promesa de que Dantés sucedería al capitán Leclerc. Al verle Edmundo dejó el brazo de su novia, y tomó el del naviero que con la joven dieron la señal subiendo los primeros la escalera de madera que conducía a la sala del banquete.

‑Padre mío ‑‑dijo Mercedes deteniéndose junto a la mesa‑, vos a mi derecha, os lo ruego. A mi izquierda pondré al que me ha servido de hermano ‑añadió con una dulzura que penetró como la punta de un puñal hasta lo más profundo del corazón de Fernando. Sus labios palidecieron, y bajo el matiz de su rostro fue fácil distinguir cómo se retiraba poco a poco la sangre para agolparse al corazón.

Dantés había hecho entretanto lo mismo con Morrel, colocándole a su derecha, y con Danglars, que colocó a su izquierda, haciendo en seguida señas con la mano a todos para que se colocaran a su gusto. Ya corrían de mano en mano por toda la mesa los salchichones de Arlés, las brillantes langostas, las sabrosas ostras del Norte, los ex­quisitos mariscos envueltos en su áspera concha, como la castaña en su erizo, y las almejas que las gentes meridionales prefieren a las an­choas; en fin, toda esa multitud de entremeses delicados que arrojan las olas a la arenosa playa, y los pescadores designan con el nombre genérico de frutos de mar.

‑¡Qué silencio! ‑dijo el anciano saboreando un vaso de vino amarillo como el topacio, que el tío Pánfilo acababa de traer a Mer­cedes‑. ¿Quién diría que hay aquí treinta personas que sólo desean hablar?

‑¡Bah!, un marido no siempre está alegre ‑dijo Caderousse.

‑El caso es ‑dijo Dantés‑, que soy en este momento demasiado feliz para estar alegre.

‑Tenéis razón, vecino; la alegría causa a veces una sensación extra­ña, que oprime el corazón casi tanto como el dolor.

Danglars observaba a Edmundo, cuyo espíritu impresionable ab­sorbía y devolvía toda emoción.

‑Qué ‑le dijo‑, ¿teméis algo? Me parece que todo marcha se­gún vuestros deseos.

‑Justamente es eso lo que me espanta ‑respondió Dantés‑, pa­réceme que el hombre no ha nacido para ser feliz con tanta facilidad. La dicha es como esos palacios de las islas encantadas, cuyas puertas guardan formidables dragones; preciso es combatir para conquistar, y yo, a la verdad, no sé que haya merecido la dicha de ser marido de Mercedes.

‑¡Marido! ¡Marido! ‑dijo Caderousse riendo‑; aún no, mi ca­pitán. Haz de marido un poco, y ya verás la que se arma.

Mercedes se ruborizó.

Fernando estaba muy agitado en su silla, estremeciéndose al menor ruido, y limpiándose las gruesas gotas de sudor que corrían por su frente como las primeras gotas de una lluvia de tormenta.

‑A fe mía, vecino Caderousse ‑dijo Dantés‑, que no vale la pena que me desmintáis por tan poca cosa. Mercedes no es aún mi mujer, tenéis razón ‑y sacó su reloj‑; pero dentro de hora y media lo será.

Los presentes profirieron un grito de sorpresa, excepto el padre de Dantés, cuya sonrisa dejaba ver una fila de dientes bien conser­vados. Mercedes sonrióse sin ruborizarse, y Fernando apretó convul­sivamente el mango de su cuchillo.

‑¡Dentro de hora y medía! ‑dijo Danglars, palideciendo tam­bién‑, ¿cómo es eso?

‑Sí, amigos míos ‑respondió Dantés‑; gracias al señor Morrel, al hombre a quien debo más en el mundo después de mi padre, todos los obstáculos se han allanado; hemos obtenido dispensa de las amo­nestaciones, y a las dos y media el alcalde de Marsella nos espera en el Ayuntamiento. Por lo tanto, como acaba de dar la una y cuarto, creo no haberme engañado mucho al decir que dentro de una hora y trein­ta minutos, Mercedes se llamará la señora Dantés.

Fernando cerró los ojos; una nube de fuego le abrasaba los párpa­dos; apoyóse sobre la mesa, y a pesar de todos sus esfuerzos no pudo contener un sordo gemido, que se perdió en el rumor causado por las risas y por las felicitaciones de la concurrencia.

‑A eso le llamo yo ser activo ‑dijo el padre de Dantés‑. Ayer llegó y hoy se casa..., nadie gana a los marinos en actividad.

‑Pero ¿y las formalidades? ‑preguntó tímidamente Danglars- ¿el contrato... ?

‑El contrato ‑le interrumpió Dantés riendo‑, el contrato está ya hecho. Mercedes no tiene nada, yo tampoco; nos casamos en iguales condiciones; conque ya se os alcanzará que ni se habrá tardado en es­cribir el contrato, ni costará mucho dinero.

Esta broma excitó una nueva explosión de alegría y de enhorabuenas.

‑Conque, es decir, que ésta es la comida de bodas ‑dijo Dan­glars.

‑No ‑repuso Dantés‑, no la perderéis por eso, podéis estar tranquilos. Mañana parto para París: cuatro días de ida, cuatro de vuelta y uno para desempeñar puntualmente la misión de que estoy encargado; el primero de marzo estoy ya aquí; el verdadero banquete de bodas se aplaza para el 2 de marzo.

La promesa de un nuevo banquete aumentó la alegría hasta tal punto, que el padre de Dantés, que al principio de la comida se queja­ba del silencio, hacía ahora vanos esfuerzos para expresar sus deseos de que Dios hiciera felices a los esposos.

Dantés adivinó el pensamiento de su padre, y se lo pagó con una sonrisa llena de amor. Mercedes entretanto miraba 1a hora en el reloj de la sala, haciendo picarescamente cierta señal a Edmundo. Reina­ba en la mesa esa alegría ruidosa y esa libertad individual que siempre se toman las personas de clase inferior al fin de la comida. Los que no estaban contentos en sus sitios, se habían levantado para ocupar otros nuevos.

Todos empezaban ya a hablar en confusión, y nadie respondía a su interlocutor, sino a sus propios pensamientos.

La palidez de Fernando se comunicaba por minutos a Danglars. Aquél, sobre todo, parecía presa de mil tormentos horribles. Había sido de los primeros en levantarse y se paseaba por la sala, procuran­do apartar su oído de la algazara, de las canciones y del choque de los vasos.

Acercóse a él Caderousse en el momento en que Danglars, de quien parecía huir, acababa de reunírsele en un ángulo de la sala.

‑En verdad ‑dijo Caderousse, a quien la amabilidad de Dantés, y sobre todo el vino del tío Pánfilo, habían hecho olvidar enteramen­te el odio que inspiró la repentina felicidad de Edmundo‑; en ver­dad que Dantés es un guapo mozo, y cuando le veo sentado junto a su novia, digo para mí, que hubiera sido una lástima jugarle la mala pasada que intentabais ayer.

‑Pero ya has visto ‑respondió Danglars‑ que aquello no pasó de una conversación. Ese pobre Fernando estaba ayer tan fuera de sí, que me causó lástima al principio; pero, desde que decidió asistir a la boda de su rival, no hay ya temor alguno.

Caderousse miró entonces a Fernando, que estaba lívido.

‑El sacrificio es tanto mayor ‑prosiguió Danglars‑ cuanto que la muchacha es de perlas. ¡Diantre!, miren si es dichoso mi futuro capitán. Quisiera llamarme Dantés, no más que por doce horas.

‑¿Vámonos? ‑dijo en este punto con dulce voz Mercedes‑; acaban de dar las dos, a las dos y cuarto nos esperan.

‑Sí, sí ‑contestó Dantés levantándose inmediatamente.

‑Vamos ‑repitieron a coro todos los convidados.

Fernando estaba sentado en el antepecho de la ventana, y Dan­glars, que no le perdía de vista un momento, le vio observar a Dan­tés con inquieta mirada, levantarse como por un movimiento con­vulsivo, y volver a desplomarse en el sitio donde se hallaba antes.

Oyóse en aquel momento un ruido sordo, como de pasos recios, voces confusas y armas, ahogando las exclamaciones de los convida­dos a imponiendo a toda la asamblea el silencio del estupor. El ruido se oyó más cerca: en la puerta resonaron tres golpes...; cada cual mira­ba a su alrededor con asombro.

‑¡En nombre de la ley! ‑gritó una voz sonora.

La puerta se abrió al punto, dando paso a un comisario con su faja y a cuatro soldados y un cabo. Con esto, a la inquietud sucedió el terror.

‑¿Qué se ofrece? ‑preguntó Morrel avanzando hacia el comisa­rio, a quien conocía‑;sin duda venís equivocado.

‑Si ha sido así, señor Morrel ‑respondió el comisario‑, creed que pronto se deshará la equivocación. Entretanto, y por muy sensi­ble que me sea, debo cumplir con la orden que tengo. ¿Quién de vos­otros, señores, se llama Edmundo Dantés?

Las miradas de todos se volvieron hacia el joven, que muy conmo­vido, aunque conservando toda su dignidad, dio un paso hacia de­lante y respondió:

‑Yo soy, caballero, ¿qué me queréis?

‑Edmundo Dantés ‑repuso el comisario‑, en nombre de la ley, daos preso.

‑¡Preso yo! ‑dijo Edmundo, cuyo rostro se cubrió de una leve palidez‑. ¡Preso yo!, pero ¿por qué?

‑Lo ignoro, caballero. Ya lo sabréis en el primer interrogatorio a que seréis sometido.

El señor Morrel comprendió que nada podía intentarse: un comi­sario con su faja no es ya un hombre, es la estatua de la ley, fría, sor­da, muda. El viejo, por el contrario, se precipitó hacia el comisario: hay ciertas cosas que nunca podrá comprender el corazón de un padre o de una madre. Rogó, suplicó; pero ruegos y lágrimas fueron inúti­les. Sin embargo, su desesperación era tan grande, que el comisario al fin se conmovió.

‑Tranquilizaos, caballero ‑le dijo‑, quizá se habrá olvidado vuestro hijo de algunos de los requisitos que exigen la aduana o la sa­nidad. Yo así lo creo. Cuando se hayan tomado los informes que se desean, le pondrán en libertad.

‑¿Qué significa esto? ‑preguntó Caderousse frunciendo el entre­cejo y mirando a Danglars, que aparentaba sorpresa.

‑¿Qué sé yo? ‑respondió Danglars‑; como tú, veo y estoy per­plejo, sin comprender nada de todo ello.

Caderousse buscó con los ojos a Fernando, pero éste había desapa­recido.

Toda la escena de la víspera se le representó entonces con todos sus pormenores. Aquella catástrofe acababa de arrancar el velo que la embriaguez había echado entre su entendimiento y su memoria.

‑¡Oh! ‑dijo con voz ronca‑, ¿quién sabe si esto será el resulta­do de la broma de que hablabais ayer, Danglars? En ese caso, des­graciado de vos, porque es muy triste broma por cierto.

‑Ya viste que rompí aquel papel ‑balbució Danglars.

-No lo rompiste; lo arrugaste y lo arrojaste a un rincón.

‑¡Calla! Tú estabas borracho.

‑¿Qué es de Fernando?

‑¡Qué sé yo! Habrá tenido que hacer. Pero en vez de ocuparte de él, consolemos a esos pobres afligidos.

Efectivamente, durante la conversación, Dantés había dado la mano sonriendo a sus amigos, y después de abrazar a Mercedes, se había entregado al comisario, diciendo:

‑Tranquilizaos, pronto se reparará el error, y probablemente no llegaré a entrar en la cárcel.

‑¡Oh!, seguramente ‑dijo Danglars, que, como ya hemos dicho, se acercaba en este momento al grupo principal.

Dantés bajó la escalera precedido del comisario de policía y rodea­do de soldados. Un coche los esperaba a la puerta, y subió a él, se­guido de los soldados y del comisario. La portezuela se cerró, y el carruaje tomó el camino de Marsella.

‑¡Adiós, Dantés! ¡Adiós, Edmundo! ‑exclamó Mercedes desde el balcón, adonde salió desesperada.

El preso escuchó este último grito, salido del corazón doliente de su novia como un sollozo, y asomando la cabeza por la ventanilla del coche, le contestó:

‑¡Hasta la vista, Mercedes!

Y en esto desapareció por uno de los ángulos del fuerte de San Ni­colás.

‑Esperadme aquí ‑dijo el naviero‑; voy a tomar el primer ca­rruaje que encuentre: corro a Marsella, y os traeré noticias suyas.

‑Sí, sí, id ‑exclamaron todos a un tiempo‑; id, y volved pronto.

A esta segunda marcha siguió un momento de terrible estupor en todos los que se quedaban. El anciano y Mercedes permanecieron al­gún tiempo sumidos en el más profundo abatimiento; pero al fin se encontraron sus ojos, y reconociéndose por dos víctimas heridas del mismo golpe, se arrojaron en brazos uno de otro.

En todo este tiempo, Fernando, de vuelta a la sala, bebió un vaso de agua y fue a sentarse en una silla. La casualidad hizo que Merce­des, al desasirse del anciano, cayese sobre una silla próxima a aquélla donde él se hallaba, por lo que Fernando, por un movimiento instin­tivo, retiró hacia atrás la suya.

‑Ha sido él ‑dijo Caderousse a Danglars, que no perdía de vista al catalán.

‑Creo que no ‑respondió Danglars‑; es demasiado tonto. En todo caso, suya es la responsabilidad.

‑Y del que se lo aconsejó ‑repuso Caderousse.

‑¡Ah! Si fuese uno responsable de todo lo que inadvertidamente dice...

‑Sí, cuando lo que se dice inadvertidamente trae desgracias como ésta.

Mientras tanto, los grupos comentaban de mil maneras el arresto de Dantés.

‑Y vos, Danglars ‑dijo una voz‑, ¿qué pensáis de este acontecimiento?

‑Yo ‑respondió Danglars‑ creo que traería algo de contrabando en El Faraón...

‑Pero si así fuera, vos lo sabríais, Danglars; ¿no sois vos el responsable?

‑Sí, pero no lo soy sino de lo que viene en factura. Lo que sé es que traemos algunas piezas de algodón, tomadas en Alejandría en casa de Pastret, y en Esmirna en casa de Pascal: no me preguntéis más.

‑¡Oh!, ahora recuerdo ‑murmuró el pobre anciano al oír esto‑, ahora recuerdo... Ayer me dijo que traía una caja de café y otra de tabaco.

‑Ya lo veis ‑dijo Danglars‑, eso será sin duda; durante nuestra ausencia, los aduaneros habrán registrado El Faraón y lo habrán des­cubierto. .

Casi insensible hasta el momento, Mercedes dio al fin rienda suelta a su dolor.

‑¡Vamos, vamos, no hay que perder la esperanza! ‑dijo el pa­dre de Dantés, sin saber siquiera lo que decía.

‑¡Esperanza! ‑repitió Danglars.

‑¡Esperanza! ‑murmuró Fernando; pero esta palabra le ahogaba; sus labios se agitaron sin articular ningún sonido.

‑¡Señores! ‑gritó uno de los invitados que se había quedado en una de las ventanas‑; señores, un carruaje... ¡Ah! ¡Es el señor Morrel! ¡Valor! Sin duda trae buenas noticias.

Mercedes y el anciano saliéronle al encuentro, y reuniéronse con él en la puerta: el señor Morrel estaba sumamente pálido.

‑¿Qué hay? ‑exclamaron todos a un tiempo.

‑¡Ay!, amigos míos ‑respondió Morrel moviendo la cabeza‑, la cosa es más grave de lo que nosotros suponíamos...

‑Señor ‑exclamó Mercedes‑, ¡es inocente!

‑Lo creo ‑respondió Morrel‑; pero le acusan...

‑¿De qué? ‑preguntó el viejo Dantés.

‑De agente bonapartista.

Aquellos de nuestros lectores que hayan vivido en la época de esta historia recordarán cuán terrible era en aquel tiempo tal acusación. Mercedes exhaló un grito, y el anciano se dejó caer en una silla.

‑¡Oh! ‑murmuró Caderousse‑, me habéis engañado, Danglars, y al fin hicisteis lo de ayer. Pero no quiero dejar morir a ese anciano y a esa joven, y voy a contárselo todo.

‑¡Calla, infeliz! ‑exclamó Danglars agarrando la mano de Ca­derousse‑, ¡calla!, o no respondo de ti. ¿Quién lo dice que Dantés no es culpable? El buque tocó en la isla de Elba; él desembarcó, per­maneciendo todo el día en Porto‑Ferrajo. Si le han hallado con alguna carta que le comprometa, los que le defiendan, pasarán por cómplices suyos.

Con el rápido instinto del egoísmo, Caderousse comprendió lo ati­nado de la observación, miró a Danglars con admiración, y retrocedió dos pasos.

‑Esperemos, pues ‑murmuró.

‑Sí, esperemos ‑dijo Danglars‑; si es inocente, le pondrán en libertad; si es culpable, no vale la pena comprometerse por un cons­pirador.

‑Vámonos, no puedo permanecer aquí por más tiempo.

‑Sí, ven ‑dijo Danglars, satisfecho al alejarse acompañado‑; ven, y dejemos que salgan como puedan de ese atolladero.

Tan pronto como partieron, Fernando, que había vuelto a ser el apoyo de la joven, cogió a Mercedes de la mano y la condujo a los Ca­talanes. Los amigos de Dantés condujeron a su vez a la alameda de Meillán al anciano casi desmayado.

En seguida se esparció por la ciudad el rumor de que Dantés aca­baba de ser preso por agente bonapartista.

‑¿Quién lo hubiera creído, mi querido Danglars? ‑dijo el señor Morrel reuniéndose a éste y a Caderousse, en el camino de Marsella, adonde se dirigía apresuradamente para adquirir algunas noticias directas de Edmundo por el sustituto del procurador del rey, señor de Villefort, con quien tenía algunas relaciones‑. ¿Lo hubierais vos creído?

‑¡Diantre! ‑exclamó Danglars‑, ya os dije que Dantés hizo escala en la isla de Elba sin motivo alguno, lo cual me pareció sos­pechoso.

‑Pero ¿comunicasteis vuestras sospechas a alguien más que a mí?

‑Líbreme Dios de ello, señor Morrel ‑dijo en voz baja Dan­glars‑; bien sabéis que por culpa de vuestro tío, el señor Policarpo Morrel, que ha servido en sus ejércitos, y que no oculta sus opiniones, sospechan que lamentáis la caída de Napoleón, y mucho me disgustaría el causar algún perjuicio a Edmundo o a vos. Hay ciertas cosas que un subordinado debe decir a su principal, y ocultar cuidadosa­mente a los demás.

‑¡Bien! Danglars, ¡bien! ‑contestó el naviero‑, sois un hombre honrado. Hice bien al pensar en vos para cuando ese pobre Dantés hubiese llegado a ser capitán del Faraón.

‑Pues ¿cómo...?

‑Sí, ya había preguntado a Dantés qué pensaba de vos y si tenía alguna repugnancia en que os quedarais en vuestro puesto, pues, yo no sé por qué, me pareció notar que os tratabais con alguna frial­dad.

‑¿Y qué os respondió?

‑Que creía efectivamente que, por una causa que no me dijo, le guardabais cierto rencor; pero que todo el que poseía la confianza del consignatario, poseía la suya también.

‑¡Hipócrita! ‑murmuró Danglars.

‑¡Pobrecillo! ‑dijo Caderousse‑,era un muchacho excelente.

‑Sí, pero entretanto ‑indicó el señor Morrel‑, tenemos al Fa­raón sin capitán.

‑¡Oh! ‑dijo Danglars‑, bien podemos esperar, puesto que no partimos hasta dentro de tres meses, que para entonces ya estará libre Dantés.

‑Sí, pero mientras tanto...

‑¡Mientras tanto..., aquí me tenéis, señor Morrel! ‑dijo Dan­glars‑. Bien sabéis que conozco el manejo de un buque tan bien como el mejor capitán. Esto no os obligará a nada, pues cuando Dan­tés salga de la prisión volverá a su puesto, yo al mío, y pax Christi.

‑Gracias, Danglars, así se concilia todo, en efecto. Tomad, pues, el mando, os autorizo a ello, y presenciad el desembarque. Los asun­tos no deben entorpecerse porque suceda una desgracia a alguno de la tripulación.

‑Sí, señor, confiad en mí. ¿Y podré ver al pobre Edmundo?

‑Pronto os lo diré, Danglars. Voy a hablar al señor de Villefort, y a influir con él en favor del preso. Bien sé que es un realista furio­so; pero, aunque realista y procurador del rey, también es hombre, y no le creo de muy mal corazón.

‑No ‑repuso Danglars‑; pero me han dicho que es ambicioso, y entonces...

‑En fin ‑repuso Morrel suspirando‑, allá veremos. Id a bordo, que yo voy en seguida.

Y se separó de los dos amigos para tomar el camino del Palacio de Justicia.

‑Ya ves el sesgo que va tomando el asunto ‑dijo Danglars a Ca­derousse‑; ¿piensas todavía en defender a Dantés?

‑No a fe; pero, sin embargo, terrible cosa es que tenga tales con­secuencias una broma.

‑¿Y quién ha tenido la culpa? No seremos ni tú ni yo, ciertamen­te; en todo caso, la culpa es de Fernando. Bien viste que yo, por mi parte, tiré el papel a un rincón; y hasta creo haberlo roto.

‑No, no ‑dijo Caderousse‑; en cuanto a eso estoy seguro, lo vi en un rincón, doblado y arrugado; ojalá estuviese aún allí.

‑¿Qué quieres? Si Fernando lo cogió lo habrá copiado o hecho copiar, y aun sabe Dios si se tomaría esa molestia. Ahora que caigo en ello, ¡Dios mío!, quizás envió mi propia carta. Afortunadamente yo desfiguré mucho la letra.

‑Pero ¿sabías tú que Dantés conspiraba?

‑¿Qué había de saber? Aquello fue una broma, como ya lo dije. Pero me parece que, al igual que los arlequines, dije la verdad al bromear.

‑Lo mismo da ‑replicó Caderousse‑. Yo, sin embargo, daría cualquier cosa por que no ocurriera lo que ha ocurrido, o por lo me­nos por no haberme metido en nada: ya verás como por esto nos su­cede también a nosotros alguna desgracia, Danglars.

‑En todo caso, la desgracia caerá sobre el verdadero culpable, y el verdadero culpable es Fernando y no nosotros. ¿Qué desgracia quie­res que nos sobrevenga? Vivamos tranquilos, que ya pasará la tem­pestad.

¡Amén! ‑dijo Caderousse, haciendo una señal de despedida a Danglars y dirigiéndose a la alameda de Meillan, moviendo la cabeza y hablando consigo mismo, como aquellas personas que están muy preocupadas con sus pensamientos.

‑¡Magnífico! ‑murmuró Danglars‑, las cosas toman el giro que yo esperaba. De momento ya soy capitán, y si ese imbécil de Ca­derousse se calla, capitán para siempre... Sólo me atormenta el pen­sar que si la justicia diera libertad a Dantés... ¡Oh...!, no ‑añadió, sonriendo con satisfacción‑, la justicia es la justicia, y en ella confío.

Y dicho esto saltó a una barca y dio orden al barquero para que le condujera a bordo del Faraón, adonde, como ya recordará el lector, le había citado el señor Morrel.

 

Capítulo sexto

El sustituto del procurador del rey

En la calle de Grand‑Cours, lindando con la fuente de las Medusas, en una de esas antiguas casas de arquitectura aristocrática, edificadas por Puget, se celebraba también en el mismo día y en la misma hora un banquete de bodas, con la diferencia de que en lugar de ser los personajes y anfitriones gente del pueblo, marineros y soldados, pertenecían a la más alta sociedad de Marsella.

Tratábase de antiguos magistrados que habían dimitido sus empleos en tiempo del usurpador, antiguos oficiales desertores de sus filas para pasarse a las del ejército de Condé, y jóvenes de ilustre alcurnia, todavía poco elevados a pesar de lo que habían sufrido ya por el odio hacia aquel a quien cinco años de destierro debían convertir en un mártir, y quince de restauración en un dios.

Se hallaban sentados a la mesa, y la conversación chispeaba a im­pulsos de todas las pasiones de la época, pasiones tanto más terrible y encarnizadas en el Mediodía de Francia, cuanto que al cabo de qui­nientos años, los odios religiosos venían a añadirse a los odios po­líticos.

El emperador rey de la isla de Elba, que después de haber sido so­berano en una parte del mundo, reinaba sobre una población de cinco a seis mil almas, y después de haber oído gritar ¡Viva Napoleón! por ciento veinte millones de vasallos, en diez lenguas diferentes, era tratado allí como un hombre perdido sin remedio para Francia y para el trono. Los magistrados anatematizaban sus errores políticos; los militares murmuraban de Moscú y de Leipzig; las mujeres, de su divorcio de Josefina; y no parecía sino que aquel mundo alegre y triunfante, no por la caída del hombre, sino por la derrota del prínci­pe, creyese que la vida comenzaba de nuevo para él, que despertaba de un sueño penoso.

Un anciano condecorado con la cruz de San Luis se levantó brin­dando por la salud del rey Luis XVIII. Era el marqués de Saint­Meran. Con este brindis, que recordaba a la vez al desterrado de Hart­well y al rey pacificador de Francia, se aumentó el barullo, los vasos chocaron unos con otros, las mujeres se quitaron las flores de la cabeza y las esparcieron sobre el mantel; momento fue éste en verdad de entusiasmo casi poético.

‑Ya confesarían de plano si estuviesen aquí ‑dijo la marquesa de Saint‑Meran, mujer de mirada dura, labios delgados y continente aristocrático, mujer aún a la moda, a pesar de sus cincuenta años‑ ya confesarían de plano todos esos revolucionarios que nos han secuestrado, a quienes dejamos a nuestra vez conspirar tranquilamente en nuestros castillos antiguos comprados por un pedazo de pan en tiempo del Terror; ya confesarían que el verdadero desinterés estaba de nuestra parte, puesto que nosotros nos uníamos a la agonizante monarquía, mientras ellos, por el contrario, saludaban al sol que nacía, y labraban sus fortunas, mientras que nosotros perdíamos la nuestra; confesarían que nuestro soberano era verdaderamente Luis, el muy amado, mientras que su usurpador no fue nunca más que Napoleón el maldito. ¿No es verdad, Villefort?

‑¿Qué decís..., señora marquesa...? ‑respondió aquel a quien se dirigía esta pregunta‑. Perdonadme, no atendía a la conversación.

‑Dejad a esos jóvenes, marquesa ‑replicó el viejo que había brindado‑. Van a casarse, y naturalmente tendrán que hablar de otra cosa que no de política.

‑Dispensadme, mamá ‑dijo una preciosa joven de cabellos rubios y ojos azules‑. Os devuelvo al señor de Villefort, al que entretuve un instante. Señor de Villefort, mamá os preguntaba...

‑Estoy pronto a responder a la señora marquesa, si se digna re­petir su pregunta que antes no oí.

‑Estáis dispensada, Renata ‑dijo la marquesa con una sonrisa de ternura que rara vez brillaba en su rostro áspero y seco‑; sin embar­go, el corazón de la mujer es de tal naturaleza que aunque árido y en­durecido por las exigencias sociales, siempre guarda un rincón fértil y amable, el que Dios ha consagrado al amor de madre.

‑Estáis perdonada... Ahora oíd, Villefort: dije que los bonapar­tistas no tenían ni nuestra convicción, ni nuestro entusiasmo, ni nues­tro desinterés.

‑¡Oh, señora! Por lo menos tienen algo que reemplace a eso: el fanatismo. Napoleón es el Mahoma de Occidente; es para todos esos hombres vulgares, aunque ambiciosos como nunca los hubo, no sólo un legislador, sino un tipo, el tipo de la igualdad.

‑¡De la igualdad! ‑exclamó la marquesa‑. ¡Napoleón, tipo de la igualdad! Y entonces, ¿qué es el señor de Robespierre? Creo que le quitáis de su lugar para colocar en él al corso; bastábale con su usurpación.

‑No, señora ‑repuso Villefort‑, dejo a cada cual en su puesto: a Robespierre en la plaza de Luis XV sobre el cadalso; a Napoleón, en la plaza de Vendôme sobre su columna; con la diferencia de que el uno ha creado la igualdad que abate; el otro, la igualdad que eleva; el uno ha puesto a los reyes al nivel de la guillotina; el otro ha elevado al pueblo al nivel del trono. Pero eso no impide ‑añadió Villefort riendo‑ que los dos sean unos infames revolucionarios, y que el 9 de Termidor y el 4 de abril de 1814 sean dos días felices para Francia, y dignos de ser igualmente celebrados por los amigos del or­den y de la monarquía; pero esto explica también cómo, aunque caí­do para no levantarse jamás, Napoleón ha conservado sus adeptos. ¿Qué queréis, marquesa? Cromwell, que no fue ni la mitad de lo que Napoleón, tuvo también los suyos.

‑¿Sabéis, Víllefort, que lo que estáis diciendo presenta un matiz algo revolucionario? Pero os perdono: le es imposible a un hijo de un girondino no conservar cierto apego al terror.

Villefort, sonrojándose, repuso:

‑Es cierto que mi padre era girondino, señora, es verdad; pero mi padre no votó la muerte del rey; estuvo proscrito por ese mismo terror que os proscribía, y poco le faltó para perder la cabeza en el mismo cadalso en que la perdió vuestro padre.

‑Sí ‑dijo la marquesa, sin alterarse por este horrible recuerdo‑; con la diferencia que hubieran alcanzado un mismo fin por diferentes medios, como lo demuestra el que toda mi familia haya permanecido siempre unida a los príncipes desterrados, mientras que vuestro padre ha tenido a bien unirse al nuevo gobierno, y tras haber sido girondino el ciudadano Noirtier, el conde Noirtier se haya hecho senador.

‑¡Mamá! ¡Mamá! ‑balbució Renata‑. Bien sabéis que hemos convenido en no renovar tristes recuerdos.

‑Señora ‑respondió Villefort‑, uno mis ruegos con los de la señorita de Saint‑Meran para que olvidéis lo pasado. ¿A qué echar­nos unos a otros en cara cosas que el mismo Dios no puede impedir? Porque Dios puede cambiar el porvenir, mas no el pasado. Lo que nosotros, los hombres, podemos solamente es cubrirlo con un velo. ¡Pues bien!, yo me he separado no solamente de la opinión, sino del nombre de mi padre. Mi padre ha sido o es aún bonapartista, y se llama Noirtier; yo soy realista y me llamo de Villefort. Dejad que en el caduco tronco se seque un resto de savia revolucionaria, y no miréis, señora sino al retoño que se separa de este mismo tronco, sin poder, y acaso diga... sin querer separarse enteramente.

‑¡Muy bien, Villefort! ‑dijo el marqués‑, ¡muy bien! ¡Buena respuesta! Yo suplico continuamente a la marquesa que olvide lo pasado, sin poder conseguirlo: veremos si vos sois más afortunado.

‑Sí, está bien ‑respondió la marquesa‑; olvidemos lo pasado; no deseo otra cosa; mas, por lo menos, que Villefort sea inflexible en adelante. No os olvidéis de que hemos respondido de vos a S. M.; que S. M. ha tenido a bien olvidarlo todo, de la misma manera que yo lo hago accediendo a vuestra súplica. Pero si cayese en vuestras manos un conspirador, cuenta con lo que hacéis, porque habéis de daros cuenta de que se os vigila muy particularmente, por pertenecer a una familia que puede estar relacionada con los conspiradores.

‑¡Ay, señora! ‑dijo Villefort‑; mi profesión, y sobre todo los tiempos en que vivimos me obligan a ser muy severo. Pues bien, lo seré. He tenido que sostener algunas acusaciones políticas, y estoy ya como quien dice probado. Por desgracia, todavía no hemos con­cluido.

‑Pues ¿cómo? ‑dijo la marquesa.

‑Tengo temores casi ciertos. Napoleón en la isla de Elba no está muy lejos de Francia; su presencia casi a vista de nuestras costas sos­tiene la esperanza de sus partidarios. Marsella está llena de oficiales sin colocación, que disputan todos los días con los realistas, de lo cual resultan duelos entre personas de clase elevada, asesinatos entre el vulgo.

‑A propósito ‑dijo el conde de Salvieux, antiguo amigo del señor de Saint‑Meran y chambelán del conde de Artois‑; ¿ignoráis que la Santa Alianza desaloja a Napoleón de donde está?

‑Sí, cuando salimos de París no se hablaba de otra cosa ‑respon­dió el señor de Saint‑Meran‑. ¿Y adónde le envían?

‑A Santa Elena.

‑¿A Santa Elena? ¿Y eso qué es? ‑preguntó la marquesa.

‑Una isla situada a dos mil leguas de aquí, más allá del Ecua­dor ‑respondió el conde.

‑Gran locura era en verdad, como dice Villefort, dejar a seme­jante hombre entre Córcega, donde ha nacido, entre Nápoles, donde aún reina su cuñado, y enfrente de Italia, de la que iba a formar un reino para su hijo.

‑Por desgracia ‑dijo Villefort‑, los tratados de 1814 impiden que se toque ni aun el pelo de la ropa de Napoleón.

‑Pues se faltará a esos tratados ‑repuso el señor de Salvieux ­¿Tuvo él tantos escrúpulos en fusilar al desgraciado duque le En­ghien?

‑Sí ‑añadió la marquesa‑, está convenido. La Santa Alianza li­bra a Europa de Napoleón, y Villefort libra a Marsella de sus partida­rios. O el rey reina o no reina. Si reina, su gobierno debe ser fuerte y sus agentes inflexibles; único medio de impedir el mal.

‑Desgraciadamente, señora ‑dijo Villefort sonriendo‑, un sus­tituto del procurador del rey acude siempre cuando el mal está hecho.

‑Entonces su deber es repararlo.

‑También pudiera yo deciros, señora, que a él no le toca repa­rarlo, aunque sí vengarlo.

‑¡Oh, señor de Villefort! ‑dijo una hermosa joven, hija del con­de de Salvieux y amiga de la señorita de Saint‑Meran‑; procurad que se vea alguna causa de ésas mientras residimos en Marsella. Nunca he asistido a un tribunal, y me han dicho que es cosa curiosa.

‑¡Oh!, sí, muy curiosa en efecto, señorita ‑respondió el susti­tuto‑, porque en lugar de una tragedia fingida, lo que allí se re­presenta es un verdadero drama; en lugar de los dolores aparentes, son dolores reales. El hombre que se presenta allí, en lugar de volver, cuando se corre el telón, a entrar tranquilamente en su casa, a cenar con su familia, a acostarse y conciliar pronto el sueño para volver a sus tareas al día siguiente, entra en una prisión donde le espera tal vez el verdugo. Bien veis que para las personas nerviosas que desean emociones fuertes no hay otro espectáculo mejor que ése. Descuidad, señorita, si se presentase la ocasión, ya os avisaré.

‑¡Nos hace temblar..., y se ríe! ‑dijo Renata palideciendo.

‑¿Qué queréis? ‑replicó Villefort‑; esto es como si dijéra­mos... un desafío... Por mi parte he pedido ya cinco o seis veces la pena de muerte contra acusados por delitos políticos... ¿Quién sabe cuántos puñales se afilan a esta hora o están ya afilados contra mí?

‑¡Oh, Dios mío! ‑dijo Renata cada vez más espantada‑; ¿ha­bláis en serio, señor de Villefort?

‑Lo más serio posible ‑replicó el joven magistrado sonriéndo­se‑. Y con los procesos que desea esta señorita para satisfacer su curiosidad, y yo también deseo para satisfacer mi ambición, la situa­ción no hará sino agravarse. ¿Pensáis que esos veteranos de Napoleón que no vacilaban en acometer ciegamente al enemigo, en quemar cartuchos o en cargar a la bayoneta, vacilarán en matar a un hombre que tienen por enemigo personal, cuando no vacilaron en matar a un ruso, a un austriaco o a un húngaro a quien nunca habían visto? Además, todo es necesario, porque a no ser así no cumpliríamos con nuestro deber. Yo mismo, cuando veo brillar de rabia los ojos de un acusado, me animo, me exalto; entonces ya no es un proceso, es un combate; lucho con él, y el combate acaba, como todos los combates, en una victoria o en una derrota. A esto se le llama acusar; ésos son los resultados de la elocuencia. Un acusado que se sonriera después de mi réplica me haría creer que hablé mal, que lo que dije era pálido, flojo, insuficiente. Figuraos, en cambio, qué sensación de orgullo experimentará un procurador del rey cuando, convencido de la culpabilidad del acusado, le ve inclinarse bajo el peso de las prue­bas y bajo los rayos de su elocuencia... La cabeza que se inclina caerá inevitablemente.

Renata profirió una exclamación.

‑Eso es saber hablar ‑dijo uno de los invitados.

‑Ese es el hombre que necesitamos en estos tiempos ‑añadió otro.

‑Cuando estuvisteis inspiradísimo, querido Villefort ‑indicó un tercero‑ fue cuando... esa última causa..., ¿no recordáis?, la de aquel hombre que asesinó a su padre. En realidad, primero lo matas­teis vos que el verdugo.

‑¡Oh...!, para los parricidas no debe haber perdón ‑dijo Re­nata‑; para esos crímenes no hay suplicio bastante grande; mas para los desgraciados reos políticos...

‑¡Para los reos políticos, mucho menos aún, Renata ‑exclamó la marquesa‑, porque el rey es el padre de la nación, y querer destro­nar o matar al rey, es querer matar al padre de treinta y dos millones de almas!

‑También admito eso, señor Villefort ‑repuso Renata‑, si me prometéis ser indulgente con aquellos que os recomiende yo.

‑Descuidad ‑dijo Villefort con una sonrisa muy tierna‑, sen­tenciaremos juntos.

‑Hija mía‑dijo la marquesa‑, atended vos a vuestras fruslerías caseras y dejad a vuestro futuro esposo cumplir con su deber. Hoy las armas han cedido su puesto a la toga, como dice cierta frase latina.. .

Cedant arma togae ‑añadió Villefort inclinándose.

‑No me atrevía a hablar en latín ‑prosiguió la marquesa.

‑Me parece que estaría más contenta si fueseis médico ‑re­plicó Renata‑. El ángel exterminador, aunque ángel, me asusta mu­cho.

‑¡Qué buena sois! ‑murmuró Villefort con una mirada amorosa.

‑Hija mía ‑añadió el marqués‑, el señor Villefort será médico moral y político de este departamento. El cargo no puede ser más honroso.

‑Y así hará olvidar el que ejerció su padre ‑añadió la incorregible marquesa.

‑Señora ‑repuso Villefort con triste sonrisa‑, ya he tenido el honor de deciros que mi padre abjuró los errores de su vida pasada; que se ha hecho partidario acérrimo de la religión y del orden, realista, y acaso mejor realista que yo, pues lo es por arrepentimiento, y yo lo soy por pasión.

Dicha esta frase, para juzgar Villefort del efecto que producía, miró alternativamente a todos lados, como hubiera mirado en la audiencia a su auditorio tras una frase por el estilo.

‑Exactamente, querido Villefort ‑repuso el conde de Salvieux‑, eso mismo decía yo anteayer en las Tullerías al ministro que se admi­raba de este enlace singular entre el hijo de un girondino y la hija de un oficial del ejército de Condé: mis razones le convencieron. Luis XVIII profesa también el sistema de fusión, y como nos estuvie­se escuchando sin nosotros saberlo, salió de repente y dijo: «Ville­fort (reparad que no pronunció el apellido Noirtier, sino que recalcó el de Villefort), Villefort hará fortuna. Además de pertenecer en cuerpo y alma a mi partido, tiene experiencia y talento. Pláceme que el marqués y la marquesa de Saint‑Meran le concedan la mano de su hija, y yo mismo se lo aconsejaría de no habérmelo ellos consultado y pedido mi autorización.»

‑¿Eso dijo el rey? ‑exclamó Villefort lleno de gozo.

‑Textualmente, y si el marqués es franco os lo confirmará. Una escena semejante le ocurrió con S. M. cuando le habló de esta boda hace seis meses.

‑Es verdad ‑añadió el marqués.

‑¡Todo en el mundo lo deberé a ese gran monarca! ¿Qué no haría yo por su servicio?

‑Así me gusta ‑añadió la marquesa‑. Vengan ahora conspirado­res y ya verán...

‑Yo, madre mía ‑dijo al punto Renata‑, ruego a Dios que no os escuche, y que solamente depare al señor de Villefort rateros y asesi­nos. Así dormiré tranquila.

‑Es como si para un médico deseara calenturas, jaquecas, saram­piones, enfermedades, en fin, de nonada ‑repuso Villefort sonrien­do‑. Si deseáis que ascienda pronto a procurador del rey, pedid por el contrario esos males agudos cuya curación honra.

En aquel momento, como si hubiese la casualidad esperado el deseo de Villefort para satisfacérselo, un criado entró a decirle algunas pa­labras al oído. Inmediatamente se levantó de la mesa el sustituto, excusándose, y regresó poco después lleno de alegría.

Renata le contemplaba amorosa, porque en aquel momento Ville­fort, con sus ojos azules, su pálida tez y sus patillas negras, estaba, en verdad, apuesto y elegante. La joven parecía pendiente de sus labios, como en espera de que explicase aquella momentánea desapa­rición.

‑A propósito, señorita ‑dijo al fin Villefort‑, ¿no queríais te­ner por marido un médico? Pues sabed que tengo siquiera con los discípulos de Esculapio (frase a la usanza de 1815) una semejanza, y es que jamás puedo disponer de mi persona, y que hasta de vuestro lado me arrancan en el mismo banquete de bodas.

‑¿Y para qué? ‑le preguntó la joven un tanto inquieta.

‑¡Ay! Para un enfermo, que si no me engaño está in extremis. La enfermedad es tan grave que quizá termine en el cadalso.

?          ‑¡Dios mío! ‑exclamó Renata palideciendo.

‑¿De veras? ‑dijeron a coro todos los presentes.

‑Según parece, se acaba de descubrir un complot bonapartista.

‑¿Será posible? ‑exclamó la marquesa.

‑He aquí lo que dice la delación ‑y leyó Villefort en voz alta‑: «Un amigo del trono y de la religión previene al señor procurador del rey que un tal Edmundo Dantés, segundo de El Faraón, que llegó esta mañana de Esmirna, después de haber tocado en Nápoles y en Porto‑Ferrajo, ha recibido de Murat una carta para el usurpador, y de éste otra carta para la junta bonapartista de París.

»Fácilmente se tendrá la prueba de su delito, prendiéndole, por­que la carta se hallará en su persona, o en casa de su padre, o en su camarote, a bordo de El Faraón.»

‑Pero esta carta ‑dijo Renata‑, además de ser un anónimo, no se dirige a vos, sino al procurador del rey.

‑Sí, pero con la ausencia del procurador, el secretario que abre sus cartas abrió ésta, mandóme buscar, y como no me encontrasen, dispuso inmediatamente el arresto del culpable.

‑¿De modo que está preso el culpable? ‑preguntó la marquesa.

‑Decid mejor el acusado ‑repuso Renata.

‑Sí, señora, y conforme a lo que hace unos instantes tuve el ho­nor de deciros, si damos con la carta consabida, el enfermo no tiene cura.

‑¿Y dónde está ese desdichado? ‑le preguntó Renata.

‑En mi casa.

‑Pues corred, amigo mío ‑dijo el marqués‑. No descuidéis por nuestra causa el servicio de S. M.

‑¡Oh, Villefort! ‑balbució Renata juntando las manos‑. ¡In­dulgencia! Hoy es el día de nuestra boda.

Villefort dio una vuelta a la mesa, y apoyándose en el respaldo de la silla de la joven, le dijo:

‑Por no disgustaros, haré cuanto me sea posible, querida Renata; pero si no mienten las señas, si es cierta la acusación, me veré obli­gado a cortar esa mala hierba bonapartista.

Estremecióse Renata al oír la palabra cortar, porque la hierba en cuestión tenía una cabeza sobre los hombros.

‑¡Bah! ‑dijo la marquesa‑, no os preocupéis por esa niña, Villefort; ya se irá acostumbrando.

Diciendo esto, presentó al sustituto una mano descarnada, que él besó, aunque con los ojos clavados en Renata, como si le dijese:

“Vuestra mano es la que beso..., o la que quisiera besar ahora”.

‑¡Mal agüero! ‑murmuró Renata.

‑¿Qué bobadas son ésas? ‑le contestó su madre‑. ¿Qué tiene que ver la salud del Estado con vuestro sentimentalismo ni con vuestras manías?

‑¡Oh, madre mía! ‑murmuró Renata.

‑Disculpad a esa mala realista, señora marquesa ‑dijo Ville­fort‑. Yo, en cambio, os prometo cumplir mis obligaciones de sus­tituto de procurador del rey a conciencia, es decir, con atroz seve­ridad.

Pero al decir estas palabras, las miradas que a hurtadillas dirigía a su novia decíanle a ésta:

‑«Tranquilizaos, Renata: por vuestro amor seré indulgente.»

?          Renata pagóle estas miradas con una tan dulce sonrisa, que Ville­fort salió de la estancia lleno de alborozo.

 

Capítulo séptimo

El interrogatorio

Apenas hubo salido del comedor, despojóse el sustituto de su ri­sueña máscara, tomando el aspecto grave de quien va a decidir la vida o la muerte de un hombre. Sin embargo, aunque obligado a mudar su fisonomía, cosa que alcanzó el sustituto a fuerza de trabajo y tal vez ensayándose al espejo como los cómicos, en esta ocasión le fue doblemente difícil fruncir las cejas y dar a sus facciones la gra­vedad oportuna.

Puesto que, dejando a un lado el recuerdo de las opiniones polí­ticas de su padre, que podían en lo futuro impedirle su fortuna, Ge­rardo de Villefort era completamente feliz en aquel momento. Rico de suyo, además de gozar a los veintinueve años de una posición brillante en la magistratura, iba a casarse con una joven hermosa, a quien amaba, si no con ciega pasión, por lo menos razonablemente, como puede amar un sustituto del procurador del rey. Además de su belleza, notable sin duda alguna, la señorita de Saint‑Meran, su futu­ra esposa, pertenecía a una de las familias más importantes por aquel entonces, y con la influencia de su padre, que por ser hija única Rena­ta pasaría al yerno enteramente, llevaba en dote cincuenta mil escu­dos, que con las esperanzas ‑palabra horrible inventada por los que hacen del matrimonio un juego de cubiletes‑ podía aumentarse un día hasta medio millón con una herencia. Todos estos elementos reunidos componían, pues, para Villefort, una suma increíble de felicidad, de tal manera que le faltaba poco para escupir al sol.

El comisario de policía le esperaba a la puerta. La vista de este hombre hízole caer de su cielo a nuestro mundo material. Reformó su semblante de la manera que hemos dicho, y acercándose al oficial de justicia:

‑Ya me tenéis aquí ‑le dijo‑ He leído vuestra carta: hicisteis bien al prender a ese hombre. Referidme ahora cuanto sepáis de él y de su conspiración.

‑De la conspiración, señor, no sabemos nada todavía. En un lega­jo sellado tenéis sobre vuestro bufete cuantos papeles le hemos en­contrado. Del preso tan sólo podré deciros que, según reza la carta que habéis visto, es un tal Edmundo Dantés, segundo de El Faraón, bergantín propio de la casa Morrel, que hace el comercio de algodón con Alejandría y Esmirna.

‑Antes de pertenecer a la marina mercante, ¿había servido qui­zás en la de guerra?

‑No, señor. ¡Si es muy joven!

‑¿Qué edad tiene?

‑Diecinueve o veinte años, a lo sumo.

En este momento llegaba Villefort con el comisario a la parte de la calle Grande en que desemboca la de los Consejos. Un hombre que estaba como esperándole, salió a su encuentro. Era el señor Morrel.

‑¡Ah!, señor de Villefort ‑exclamó el buen hombre al ver al sustituto‑. ¡Gracias a Dios que os encuentro! Sabed que acaba de cometerse la más escandalosa, la más terrible arbitrariedad. Acaban de prender al segundo de mi Faraón, al joven Edmundo Dantés.

‑Ya lo sé, caballero ‑respondió Villefort‑; y ahora voy a tomar­le declaración.

‑¡Oh, caballero! ‑prosiguió el naviero, llevado de su amistad ha­cia el joven‑, vos no conocéis al acusado, yo sí, yo le conozco. Es el hombre más honrado y digno, y aún diré más entendido en su oficio que haya en toda la marina mercante. ¡Oh, señor de Villefort! ¡Os lo recomiendo encarecidamente!

Como ya habrán comprendido los lectores, pertenecía Villefort al partido noble de la ciudad, y Morrel al plebeyo: con lo que el prime­ro era ultrarrealista, y al segundo se le tildaba de bonapartista.

Miró Villefort desdeñosamente a Morrel, y le dijo con frialdad:

‑Debéis comprender, caballero, que puede un hombre ser ama­ble en su vida privada, honrado en sus relaciones comerciales, y ser, sin embargo, un gran culpable en política. Lo comprendéis así, ¿no es verdad?

Y recalcó el magistrado estas últimas palabras, como queriéndolas aplicar al armador, mientras con su mirada escrutadora penetraba al fondo del corazón de aquel hombre, que se atrevía a interceder por otro, necesitando él mismo de indulgencia. Morrel se sonrojó, por­que en punto a cosas políticas no tenía muy limpia la conciencia, y porque no se le apartaba de la memoria lo que Edmundo le había dicho de su entrevista con el gran mariscal, y de las palabras del em­perador. Sin embargo, añadió con el interés más vivo:

‑Suplícoos, señor de Villefort, que justo como debéis de serlo, y bondadoso como sois, nos devolváis pronto al pobre Dantés.

Este nos devolváis resonó revolucionariamente en los oídos del sus­tituto.

‑¡Vaya! ¡Vaya! ‑murmuró para su capote‑: nos devolváis... ¿Si estará afiliado este Dantés en alguna sociedad secreta? Cuando su protector usa sencillamente de la fórmula colectiva... Creo que el co­misario dice que le prendió en una taberna en medio de mucha gente... Esto merece la pena de pensarlo seriamente.

Luego añadió en voz alta:

‑Podéis, caballero, estar tranquilo, que no en vano apeláis a mi justicia si el preso es inocente; pero si es culpable, me veré obligado a cumplir con mi obligación, pues en las circunstancias difíciles y aza­rosas en que nos hallamos, sería la impunidad muy mal ejemplo.

Y habiendo llegado Villefort a la puerta de su casa, inmediata al Palacio de Justicia, entró en ella majestuosamente, después de saludar con mucha ceremonia al desdichado naviero, que se quedó como pe­trificado.

Estaba llena la antecámara de gendarmes y agentes de policía, y entre ellos el preso, de pie, inmóvil y tranquilo, aunque todos le mi­raban con expresión rencorosa.

Atravesó Villefort la antecámara mirando a Dantés de reojo, y des­pués de recibir un legajo de manos de un agente, desapareció di­ciendo:

‑Que conduzcan aquí al preso.

Por rápida que fuese, aquella mirada bastó a Villefort para for­marse una idea del hombre a quien iba a interrogar. En aquella frente despejada y ancha había adivinado la inteligencia, el valor en aquellos ojos fijos y aquel fruncido entrecejo, y la franqueza en aquellos labios gruesos y entreabiertos, que dejaban ver sus dientes, blancos como el marfil.

La primera impresión había sido favorable a Dantés; pero como Villefort había oído asegurar muchas veces como máxima de profunda política, que es bueno desconfiar de nuestro primer impulso, aplicó a la ocasión la máxima, sin tener en cuenta la diferencia que va del im­pulso a la impresión.

Por lo tanto, ahogó los sanos instintos que se despertaban en su corazón, compuso al espejo su fisonomía como para caso tan grave, y sombrío y amenazador sentóse delante de su bufete.

Un instante después entró Edmundo, que estaba muy pálido, aun­que tranquilo y sonriendo. Saludó a su juez con cortés desembarazo, y se puso a buscar con los ojos una silla, como si estuviese en casa de su armador.

Entonces sus ojos tropezaron con la mirada impasible de Villefort, con aquella impasible mirada propia de los hombres de mundo, sin transparencia. Y esto hizo que el pobre joven reconociese cuál era su verdadera situación.

‑¿Quién sois, y cómo os llamáis? ‑le preguntó Villefort hojean­do las notas que recibiera del agente al entrar, notas que en una hora habían alcanzado más que mediano volumen: tanto obra la corrup­ción de los espías en esto de prisiones.

‑Me llamo Edmundo Dantés ‑respondió el joven con voz sonora y tranquila‑; soy segundo de El Faraón, buque perteneciente a los señores Morrel e hijos.

‑¿Vuestra edad?

‑Diecinueve años ‑respondió Dantés.

‑¿Qué hacíais cuando os prendieron?

‑Hallábame en la comida de mi boda, señor ‑repuso el joven con voz literalmente conmovida, por el contraste que hacía aquel re­cuerdo con su situación, y el sombrío rostro del sustituto, con la hermosa figura de Mercedes.

‑¡Comida de boda! ‑repitió Villefort, estremeciéndose a pesar suyo.

‑Sí, señor; voy a casarme pronto con una mujer a quien amo hace tres años.

A pesar de su ordinario estoicismo, conmovió a Villefort esta coin­cidencia, que junto con la voz melancólica de Dantés, despertaba en el fondo de su alma una dulce simpatía. El también, como aquel joven, se casaba; él también era dichoso, y fueron a turbar su dicha para que él turbara a su vez la de aquel joven.

«Esta homogeneidad filosófica ‑pensó interiormente‑ sorprende­rá mucho a los convidados, cuando yo vuelva a casa de Saint‑Meran.»

En seguida, mientras Dantés esperaba que siguiese el interrogatorio, se puso a componer en su imaginación el discurso que debía de pronunciar, lleno de antítesis sorprendentes, y de esas frases pretencio­sas que tal vez son tenidas por la verdadera elocuencia.

Terminada en su mente la elocuente perorata, sonrió Villefort seguro de su éxito, y encarándose con Dantés:

‑Proseguid ‑le dijo.

‑¿Qué queréis que diga?

‑Todo aquello que pueda ilustrar a la justicia.

‑Dígame la justicia en qué quiere que la ilustre, y obedeceré de todo en todo: aunque le prevengo ‑añadió con una sonrisa‑ que cuanto puedo decir es de poca monta.

‑¿Habéis servido bajo el mando del usurpador?

‑Su caída estorbó que me viese incorporado a la marina de guerra.

‑Dicen que vuestras opiniones políticas son exageradas ‑prosi­guió Villefort, que aunque nada sabía de esto, quiso darlo por seguro, porque le sirviera de añagaza.

‑¡Yo opiniones políticas, señor! ¡Ah!, casi me da vergüenza el decirlo, pero nunca he tenido opinión. Con mis diecinueve años es­casos, como ya os dije, ni sé nada, ni estoy destinado a otra cosa que a la plaza que mis navieros quieran otorgarme. Así, pues, todas mis opiniones, no digo políticas, sino privadas, se resumen en tres sen­timientos: el cariño de mi padre, el respeto al señor Morrel y el amor de Mercedes. Es cuanto puedo decir a la justicia. Supongo que no le debe de importar mucho.

A medida que Dantés hablaba, Villefort estudiaba aquel rostro tan franco y dulce a la vez, y recordaba las palabras de Renata, que sin conocerle intercedió por aquel preso. Ayudado del conocimiento que ya tenía de los crímenes y de los criminales, hallaba en cada frase de Dantés una prueba de su inocencia. Aquel joven, o mejor dicho, aquel muchacho sencillo, natural, elocuente, con esa elocuencia del corazón que jamás encuentra el que la busca, henchido de afectos para todos, porque era dichoso, cosa que trueca en buenos a los hombres malos, contagiaba en su dulce afabilidad hasta a su mismo juez. A pesar de lo severo que se le mostraba Villefort, ni en sus miradas, ni en su voz, ni en sus acciones, tenía Edmundo para él más que bondad y dulzura.

‑¡Cáspita! ‑exclamó para sí Villefort‑. ¡Qué joven tan intere­sante! No me costará mucho trabajo cumplir el primer deseo de Re­nata..., lo que me valdrá además un buen apretón de manos de todo el mundo.

De tal modo serenó esta esperanza el ceño de Villefort, que cuando volvió a ocuparse de Dantés, el joven, que había observado atenta­mente las mudanzas de su rostro, le sonreía también como su pen­samiento.

‑¿Tenéis enemigos? ‑le preguntó Villefort.

‑¡Enemigos yo! ‑repuso Dantés‑. Afortunadamente valgo poco para tenerlos. Aunque mi carácter es tal vez demasiado vivo, procu­ro siempre refrenarlo con mis subordinados. Diez o doce marineros tengo a mis órdenes. Que se les pregunte y os responderán que me aprecian y me respetan, no diré como a un padre, que soy muy joven para eso, sino como a un hermano mayor.

‑Si no enemigos, podéis tener rivales. Vais a ser capitán a los die­cinueve años, lo que para los vuestros es una posición elevada: ibais a casaros con una mujer que os quiere, felicidad rarísima en la tierra. Estos favores del destino os pueden acaso granjear envidias.

‑Sí, tenéis razón. Es muy posible, cuando vos lo decís: vos, que debéis conocer el mundo mejor que yo; pero si estos rivales fuesen amigos míos, os declaro que no deseo conocerlos por no verme obliga­do a aborrecerlos.

‑Os equivocáis, Dantés. Importa mucho conocer el terreno que pi­samos, y de mí sé decir que me parecéis tan bueno, que por vos me separaré de las ordinarias fórmulas de la justicia, ayudándoos a descu­brir quién sea el que os denuncia. Aquí tenéis la carta que me han dirigido. ¿Reconocéis la letra?

Y sacando la denuncia de su bolsillo la presentó Villefort a Dantés. Al leerla éste pasó como una sombra por sus ojos, y respondió:

‑No conozco la letra, porque está de propósito disfrazada, aunque correcta y firme. De seguro la trazó mano habilísima. ¡Cuán feliz soy ‑añadió, mirando a Villefort con gratitud‑, cuán feliz soy en haber dado con un hombre como vos, pues reconozco en efecto que el que ha escrito ese papel es un verdadero enemigo!

Y en la fulminante mirada con que acompañó el joven estas frases, pudo comprender Villefort cuánta energía se ocultaba bajo aquella apariencia de dulzura.

‑Seamos francos ‑dijo el sustituto‑, habladme no como preso al juez, sino como hombre en una posición falsa a otro que se interesa por él. ¿Qué hay de verdad en esto de la acusación anónima?

Y Villefort arrojó con disgusto sobre su bufete la carta que Dan­tés acababa de devolverle.

‑Todo y nada, señor: voy a deciros la pura verdad, por mi honor de marino, por el amor de Mercedes y por la vida de mi padre.

‑Hablad ‑dijo en voz alta Villefort.

Luego añadió para sí:

«Si Renata me viese, creo que quedaría contenta de mí, y no me llamaría ya corta‑cabezas.»

‑Oíd, señor. Al salir de Nápoles, el capitán Leclerc se sintió atacado de calentura cerebral. Como no había médico a bordo, y el capi­tán se negaba a que desembarcásemos en cualquier punto de la costa, porque tenía prisa en llegar a la isla de Elba, su enfermedad subió de punto hasta que a los tres días, sintiéndose acabar, me llamó y me dijo:

«‑Querido Dantés, juradme por vuestro honor que haréis lo que os voy a encargar ahora. De ello dependen los mayores intereses.

»‑Lo juro, capitán‑le respondí.

»‑Pues oíd. Como después de que yo muera os pertenece el mando del Faraón, en calidad de segundo, lo tomaréis, y haciendo rumbo a la isla de Elba desembarcaréis en Porto‑Ferrajo, preguntaréis por el gran mariscal y le entregaréis esta carta. Acaso entonces os darán otra con una comisión, que me estaba reservada a mí. La cumpliréis y todo el honor será vuestro.

»‑Así lo haré, mi capitán; pero supongo que no será tan fácil como pensáis el llegar hasta el gran mariscal.

»‑Esta sortija os abrirá todas las puertas, y allanará todas las di­ficultades ‑respondió Leclerc.

»Y me entregó la sortija. Ya era tiempo, porque dos horas después deliraba, y a la mañana siguiente había ya muerto.

‑¿Qué hicisteis entonces?

‑Lo que debía, señor, lo que otro cualquiera en mi lugar hubiera hecho. Siempre son sagrados los deseos de un moribundo, y entre los marinos, órdenes. Hice, pues, rumbo a la isla de Elba, adonde llegué a la mañana siguiente, desembarcando yo solo, después de mandar que nadie se moviese. Conforme había previsto se me presentaron algunas dificultades para ver al gran mariscal, pero todas las allanó la sortija. Tras rogarme que le refiriera los detalles de la muerte de Leclerc, como el pobre capitán había sospechado, me entregó una carta encargándome que la llevara en persona a París. Prometíselo resueltamente porque así cumplía también la última voluntad de mi capitán.

»Lo demás ya lo sabéis. Desembarqué en Marsella, arreglé todos los asuntos de aduana y sanidad, y corrí por último a ver a mi novia, que he encontrado más bella y más encantadora que nunca. Gracias al señor Morrel todas las diligencias eclesiásticas se apresuraron, de modo que cuando me prendieron asistía como dije a la comida de boda. Una hora después pensaba casarme y partir mañana a París, cuando esta maldita denuncia que parece despreciáis tanto como yo...

‑Sí, sí ‑murmuró Villefort‑, todo lo creo, y a ser culpable lo sois de imprudencia, aunque imprudencia legítima, pues vuestro ca­pitán os la impuso. Por consiguiente, dadme esa carta de la isla de Elba, y con palabra de presentaros así que os llame, podéis volver al lado de vuestros amigos.

‑¿Conque, es decir, que ya estoy libre, señor? ‑exclamó Dantés lleno de júbilo.

‑Sí, pero dadme primero esa carta.

‑Debe de estar en vuestro poder, porque en ese paquete reco­nozco algunos papeles de los que me cogieron.

‑Aguardad ‑dijo el sustituto a Dantés, que ya cogía su sombre­ro y sus guantes‑; ¿a quién iba dirigida?

Al señor Noirtier, calle de Coq‑Heron, París.

Un rayo que hiriera a Villefort no le trastornara más que este im­previsto golpe. Dejóse caer sobre su asiento, del que se había sepa­rado un si es no es para asir el legajo, y ojeándolo precipitadamente, entresacó la carta fatal, contemplándola con terror indescriptible.

‑¡Al señor Noirtier, calle de Coq‑Heron, número 13! ‑murmuró palideciendo cada vez más.

‑Sí, señor -respondió Dantés‑. ¿Le conocéis?

‑No ‑respondió el sustituto vivamente‑. Un fiel servidor del rey no conoce a los conspiradores.

‑¿Es una conspiración? ‑le preguntó Edmundo, que después de haberse creído libre empezaba de nuevo a asustarse‑. De todos mo­dos, os lo repito, señor, ignoraba el contenido de esa carta.

. ‑Sí ‑repuso Villefort con voz sorda‑, pero no ignorabais el nom­bre de la persona a quien va dirigida.

‑Era preciso que lo supiese para poder entregársela a él mismo.

‑¿Y no se la habéis enseñado a nadie? ‑dijo Villefort leyendo y demudándose al mismo tiempo.

‑A nadie; os lo juro por mi honor.

‑¿Ignora todo el mundo que sois portador de una carta de la isla de Elba para el señor Noirtier?

‑Todo el mundo, señor..., salvo la persona que me la entregó.

‑Eso ya es mucho..., muchísimo‑murmuró Villefort.

Su frente fruncíase cada vez más, a medida que proseguía la lec­tura de la carta: sus labios blancos, sus manos temblorosas, sus ojos sanguinolentos, hacían cruzar por el cerebro de Dantés las más doloro­sas fantasías.

Terminada la lectura, el sustituto dejó caer la cabeza entre las ma­nos, permaneciendo un instante como fuera de sí.

‑¡Dios mío! ¿Qué ocurre de nuevo? ‑preguntó tímidamente Dantés.

Villefort no respondió, y al cabo de un rato volvió a levantar su rostro descompuesto para releer la misiva.

‑¿Decís que no sabéis el contenido de esta carta? ‑volvió a preguntar a Edmundo.

‑Os juro por mi honor ‑respondió Dantés‑, que lo ignoraba, pero, ¡Dios mío!, ¿qué tenéis? ¿Estáis malo? ¿Queréis que llame?

‑No, señor ‑dijo el sustituto levantándose vivamente‑; no abráis la boca, no digáis una palabra. Yo soy quien manda aquí, no vos.

‑Era, señor, no más que por ayudaros ‑dijo Dantés un tanto he­rido en su amor propio.

‑De nada necesito; fue un mareo pasajero. Ocupaos de vos: dejadme a mí. Responded.

Dantés esperó el interrogatorio que auguraba este mandato; pero vanamente. Volvió el sustituto a caer en el sillón, y pasándose por la frente su mano fría se puso a leer la carta por tercera vez.

‑¡Oh! ¡Si sabe lo que contiene esta carta, si sabe que Noirtier es padre de Villefort, estoy perdido, perdido para siempre!

Y de vez en cuando miraba de reojo a Dantés, como si quisiese penetrar ese velo impenetrable que cubre en el corazón los secre­tos que no suben a los labios.

‑¡Oh! No vacilemos ‑exclamó de repente.

‑Pero en nombre del cielo ‑exclamó el desdichado joven‑, si dudáis de mí, si sospecháis de mi honradez, interrogadme, que estoy dispuesto a contestaros.

Hizo Villefort un violento esfuerzo sobre sí mismo, y con un acen­to que en vano procuraba fuese firme:

‑Caballero ‑le dijo‑, resultan contra vos los más graves cargos. No está ya en mi poder, como creía antes, el poneros en libertad aho­ra mismo. Antes de paso tan grave, debo consultar al juez de instruc­ción. Mientras tanto, ya habéis visto de qué manera os traté...

‑¡Oh!, sí, señor ‑exclamó Dantés‑, y os lo agradezco en el alma que habéis sido para mí más un amigo que un juez.

‑Pues, amigo, voy a teneros preso algún tiempo todavía, lo me­nos que pueda. El principal cargo que existe contra vos es esta carta, y ahora veréis...

Villefort se acercó a la chimenea, y arrojó la carta al fuego, sin apar­tarse de allí hasta verla convertida en cenizas.

‑Mirad..., ya no existe.

‑¡Oh, señor! ‑exclamó Dantés‑; no sois la justicia: sois la Pro­videncia.

‑Escuchadme ‑prosiguió Villefort‑: con lo que acabo de hacer me parece que confiaréis en mí, ¿no es verdad?

‑¡Oh, señor! Mandad y seréis obedecido.

No ‑dijo Villefort, aproximándose al joven‑; no son órdenes lo que quiero daros, sino consejos.

‑Pues bien, los miraré como si fueran órdenes.

‑Hasta la noche os tendré aquí en el palacio de justicia: si otra persona viniese a interrogaros, decidle todo lo que me habéis dicho, excepto lo de la carta.

‑Os lo prometo, señor.

Era como si el juez rogase y el preso concediese.

‑Ya comprendéis ‑añadió mirando las cenizas que aún conser­vaban la forma de papel, y revoloteaban en torno a la llama‑; ya comprendéis que destruida esta carta y guardando el secreto por vos y por mí, nadie os la volverá a presentar. Negad, pues, si os hablan de ella, negadlo todo, y os habréis salvado.

‑Os lo prometo, señor ‑dijo Dantés.

‑¡Bien! ¡Bien! ‑añadió Villefort llevando la mano al cordón de la campanilla; pero se detuvo al ir a cogerlo.

‑¿No teníais más carta que ésa? ‑le preguntó.

‑No, señor, era la única.

‑Juradlo.

‑Lo juro ‑dijo Dantés extendiendo la mano.

Villefort llamó, y apareció un comisario de policía.

Acercóse Villefort al comisario para decirle al oído ciertas pala­bras, a las que respondió aquél con una leve inclinación de cabeza.

‑Seguidle ‑dijo Villefort a Dantés.

Hizo el joven una genuflexión, y con una postrera mirada de grati­tud salió de la estancia.

Apenas se cerró tras él la puerta, cuando faltaron las fuerzas al sus­tituto, y cayendo en un sillón casi desvanecido, murmuró:

‑¡Oh, Dios mío! ¡De qué sirven la vida y la fortuna! Si hubiese estado en Marsella el procurador del rey, si hubieran llamado al juez de instrucción en lugar mío, segura era mi ruina. Y todo por ese papel, ¡por ese papel maldito! ¡Ah, padre mío, padre mío! ¿Habéis de ser siempre un obstáculo para mi felicidad en este mundo? ¿He de luchar yo siempre con vuestra vida pasada?

De repente, brilló en toda su fisonomía un fulgor extraordinario: dibujóse en sus labios contraídos aún una sonrisa; sus ojos vagos pa­recían como si se fijasen con un solo pensamiento.

‑Eso es, sí... ‑dijo‑. Esa carta, que debía perderme, labrará acaso mi fortuna. Ea, Villefort, manos a la obra.

Y asegurándose de que el reo no estaba ya en la antecámara, salió a su vez el sustituto del procurador del rey, y se encaminó apresurada­mente hacia la casa de su prometida.

 

Capitulo octavo

El castillo de If

Al atravesar la antecámara, el comisario de policía hizo una seña a dos gendarmes, que en seguida se colocaron a la derecha y a la izquier­da de Dantés. Abrióse una puerta que conducía desde la habitación del procurador del rey al tribunal de Justicia, y echaron por uno de esos pasadizos sombríos que hacen temblar a los que por ellos pasan, aunque no tengan por qué temblar.

Así como el despacho de Villefort comunicaba con el tribunal de Justicia, éste comunicaba con la cárcel, edificio sombrío pegado al palacio. Por todas sus ventanas y balcones se ve el famoso campanario de los Acoules, que se eleva enfrente.

Tras haber andado un sinnúmero de corredores, vio Dantés abrirse una puerta con un candado de hierro, como en respuesta a tres gol­pes que dio el comisario con un martillo de hierro, y que sonaron lú­gubremente en el corazón del preso. Recelaba éste en entrar; pero los dos gendarmes le empujaron ligeramente, y la puerta volvió a ce­rrarse. Ya respiraba otro aire, pesado y mefítico: ya estaba en los calabozos.

Se le condujo a uno, aunque decente, bien guardado de barrotes y cerrojos; pero su aspecto no era para infundir serios temores. Por otra parte, las palabras del sustituto del procurador del rey, que habían parecido tan sinceras a Dantés, resonaban en sus oídos todavía como una promesa de esperanza.

Eran las cuatro cuando Dantés entró en su prisión, de manera que la noche llegó muy pronto. Corría, como hemos dicho, el primero de marzo.

Falto de empleo el sentido de la vista, se le aumentó grandemente el del oído. Creyendo que venían a ponerle en libertad al rumor más leve, se levantaba al punto encaminándose a la puerta; pero bien pronto el rumor se perdía en otra dirección, y el preso volvía a caer desesperado sobre su banquillo.

A las diez de la noche, en fin, cuando iba ya perdiendo toda espe­ranza le pareció que un nuevo ruido se acercaba en efecto a su prisión. Y así fue. Oyéronse en el corredor unos pasos, que junto a su puerta cesaron; giró una llave, rechinaron los cerrojos, la pesada puer­ta de encina se abrió, inundando de luz deslumbradora la estan­cia.

Al resplandor veía Edmundo brillar los sables y las alabardas de cuatro gendarmes.

Había dado ya un paso hacia la puerta; pero se detuvo al ver aquel inusitado aparato militar.

‑¿Venís a buscarme? ‑inquirió.

‑Sí ‑respondió uno de los gendarmes.

‑¿De parte del sustituto del procurador del rey?

‑Eso es lo que creo.

‑Estoy pronto a seguiros ‑lijo entonces Dantés.

Persuadido de que le buscaban de parte de Villefort, no tenía nin­gún recelo. Adelantóse, pues, con rostro tranquilo y paso firme, y se colocó él mismo en medio de su escolta.

En la puerta de la calle esperaba un coche. Junto al cochero estaba sentado un guardia municipal.

‑¿Es para mí ese carruaje? ‑preguntó Dantés.

‑Para vos ‑respondió un gendarme‑, subid.

Quiso Dantés hacer algunas observaciones; pero la portezuela se abrió, sintiéndose empujado para que subiese, y como no tenía ni posibilidad ni intención de resistirse, hallóse al punto en el fondo del carruaje, sentado entre dos gendarmes. Ocuparon los otros dos el asiento de la delantera, y el pesado vehículo se puso en marcha, causando un ruido sordo y siniestro.

El preso dirigió sus ojos a las ventanillas, pero todas tenían rejas: no había hecho sino mudar de prisión; solamente que ésta se mo­vía, transportándole a un sitio de él ignorado. A través de los barro­tes, tan espesos que apenas cabía la mano entre ellos, reconoció Dantés que pasaban por la calle de la Tesorería, y que bajaban al muelle por la calle de San Lorenzo y la de Taramis.

Luego, a través de la reja del coche, vio brillar las luces de la Con­signa.

El carruaje se paró, apeóse el municipal y se acercó al cuerpo de guardia, de donde salió al punto una docena de soldados que se pu­sieron en fila, viendo Dantés relucir sus fusiles al resplandor de los reverberos del muelle.

‑¿Se desplegará para mí ese aparato de fuerza militar? ‑mur­muró para sus adentros.

Al abrir el municipal la portezuela, que estaba cerrada con llave, respondió a la pregunta de Dantés sin pronunciar una sola palabra, porque pudo ver entonces entre las dos filas de soldados un como camino preparado para él desde el carruaje al puerto.

Los dos gendarmes que ocupaban el asiento delantero bajaron los primeros, haciéndole a su vez apearse, en lo que le imitaron luego los dos que llevaba al lado. Dirigiéronse hacia una lancha que un adua­nero de la marina sujetaba a la orilla con una cadena, mientras los soldados contemplaban al preso con aire de estúpida curiosidad. Inmediatamente encontróse instalado en la popa, siempre entre los cuatro gendarmes, y el municipal a la proa. Una violenta sacudida separó el barco de la orilla, y cuatro remeros vigorosos lo enderezaron hacia el Pillón. A un grito de los remeros bajó la cadena que cierra el puente, y se encontró Edmundo en lo que se llama el freón, es decir, fuera del puerto.

Al salir al aire libre el primer impulso del preso fue de alborozo, porque el aire significa libertad. Así, pues, respiró a sus anchas esa brisa ligera que lleva en sus alas los dulcísimos a incomprensibles misterios de la noche y del mar. Pronto, sin embargo, exhaló un sus­piro, porque pasaba por delante de aquella Reserva donde tan feliz había sido aquella misma mañana, antes de su prisión. Para mayor dolor, a través de las luminosas rendijas de dos ventanas, los alegres rumores de un baile llegaban a sus oídos.

Dantés, con las manos puestas en actitud de orar, levantó los ojos al cielo.

El bote proseguía su camino, y pasada ya la Téte‑de‑More, hallá­base enfrente de la columna del Faro, donde dobló. Esta maniobra era incomprensible para Dantés.

‑Pero ¿adónde me lleváis? ‑preguntó a uno de los gendarmes.

‑Ahora lo sabréis.

‑Pero...

‑Nos está prohibido dar ninguna explicación.

Tenía Dantés mucho de soldado, y calló por parecerle cosa absur­da el preguntar a hombres a quienes estaba prohibido responder, y en­tonces las más bizarras fantasías cruzaron por su imaginación. Como en tal barco era humanamente imposible hacer una larga travesía, y como no se veía ningún otro buque anclado por aquellos alrededores, se imaginó que le iban a desembarcar en algún punto lejano de la costa, diciéndole que estaba libre. Todo contribuía a reforzar con buenos agüeros esta imaginación. Ni estaba atado, ni intentaron si­quiera ponerle grillos. Luego, el sustituto, que tan bien le tratara, ¿no le había dicho que con tal de que nunca pronunciase aquel nom­bre fatal de Noirtier nada le sucedería? Ante sus mismos ojos, ¿no había quemado Villefort aquella carta peligrosa, única prueba que había contra él?

Decidióse, pues, a esperar mudo y pensativo. Sus ojos, acostumbra­dos a las tinieblas como los de todo marino, devoraban la oscuridad y el espacio.

Habían dejado a la derecha la isla de Ratonmeau con su faro, y bor­deando la costa llegaban a la sazón a la altura de los Catalanes. Aquí fueron dobles y devoradoras las miradas del preso; porque estaba cerca de Mercedes, y a cada instante creía ver dibujarse entre las tinie­blas de la orilla la forma indecisa y vaga de una mujer.

¿Cómo el corazón no decía a Mercedes que pasaba su amado a tres­cientos pasos de ella?

Una luz solamente brillaba en los Catalanes. Al buscar Dantés la posición de esta luz, llegó a comprender que alumbraba a su novia: Mercedes era, a no dudar, la única que velaba en la colonia. Con un solo grito que él diera podía oírle y reconocerle.

Un falso amor propio le detuvo, sin embargo. ¿Qué dirían los gen­darmes oyéndole gritar como un demente?

Silencioso y con los ojos clavados en la luz quedó, mientras el barco proseguía su camino, sin pensar ni en el barco ni en el camino, sino sólo en Mercedes.

Un accidente topográfico hizo que la luz se perdiese de vista. Vol­vióse Dantés al punto, y conoció que la embarcación entraba en alta mar.

A pesar de la repugnancia que experimentaba Dantés en dirigir nue­vas preguntas al gendarme, acercándose a él, y tomándole una mano:

‑Camarada ‑le dijo‑, suplícoos por vuestra conciencia y a fuer de soldado que tengáis piedad de mí y me respondáis. Yo soy el capi­tán Edmundo Dantés, francés bueno y leal, aunque acusado de no sé qué traición. ¿Adónde me lleváis? Decídmelo, que os doy mi palabra de marino de resignarme a mi suerte.

El gendarme se rascó la oreja mirando a su camarada, que hizo un ademán como si dijese:

‑A la altura en que nos hallamos creo que ya no hay peligro.

Y volviéndose el primero a Edmundo:

‑¡Siendo marino y marsellés preguntáis adónde vamos! ‑le dijo.

‑Sí, puesto que lo ignoro, palabra de honor.

‑¿No sospecháis nada?

‑No lo sospecho.

‑Es imposible.

‑Os lo juro por lo más sagrado. Contestadme en nombre del cielo.

‑Pero la consigna...

‑La consigna no os prohíbe decirme lo que yo sabré dentro de diez minutos, o tal vez antes. Con decírmelo me ahorráis siglos de incerti­dumbre. Os lo pregunto como si fueseis mi amigo. Mirad: ni puedo ni quiero moverme ni huir. ¿Adónde vamos?

‑Si no estáis ciego, como hayáis salido alguna vez por mar de Mar­sella, podréis adivinarlo.

‑Pues no acierto.

‑Mirad a vuestro alrededor.

Púsose Dantés de pie, y mirando hacia donde el barco parecía dirigirse, distinguió en la oscuridad, a cien toesas, la negra y descarnada roca en que campea como una esfinge el sombrío castillo de If.

Esta mole informe, esta prisión terrorífica que provee a Marsella de consejas y tradiciones lúgubres, como Dantés no pensaba en ella, le hizo al distinguirla aquel efecto que el cadalso hace al que va a morir.

‑¡Dios mío! ‑exclamó‑. ¡El castillo de If! ¿Qué vamos a hacer allí?

El gendarme se sonrió.

‑No se me conducirá allí para dejarme preso ‑prosiguió Dan­tés‑, porque el castillo de If es una prisión de Estado donde entran sólo los grandes criminales políticos. ¿Hay allí quizá jueces o magis­trado?

‑Yo supongo ‑dijo el gendarme‑ que no hay sino murallas de piedra, gobernador, carceleros y guarnición. Ea, ea, amiguito, no os hagáis el sorprendido, que no parece sino que me agradecéis con burlas mi complacencia.

Dantés apretó la mano del gendarme.

‑¿Sospecháis que me llevan a encerrar al castillo de If?

‑Es probable, camarada; pero no sé a qué viene el apretarme tanto la mano.

‑¿Sin más formalidades? ¿Sin más averiguaciones?

‑Las formalidades están cumplidas, y las averiguaciones hechas.

‑¿De modo que a pesar de la promesa del señor de Villefort...?

‑Ignoro si el señor de Villefort os ha prometido algo ‑dijo el gendarme‑, pero sé que vamos al castillo de If. ¡Eh! ¿Qué hacéis? ¡Camaradas, a mí!

Rápido como el rayo, Dantés había querido arrojarse al mar; pero los ojos infatigables y peritos del gendarme lo habían adivinado, y cua­tro brazos vigorosos le sujetaron cuando ya sus pies iban a abandonar el suelo de la barca, después de lo cual volvió a caer en el fondo de ésta, rugiendo de cólera.

‑¡Muy bien! ‑exclamó el gendarme poniéndole sobre el pecho una rodilla‑. ¡Muy bien! ¡Así cumplís vuestras palabras de marino! ¡Quién se fía de moscas muertas! Ahora, amiguito, si os movéis tan siquiera, os soplo una bala en el cráneo. Falté a la primera parte de mi consigna, pero os juro que no faltaré a la segunda.

Y Dantés sintió, en efecto, apoyado en su sien el cañón del mosque­tón.

De momento estuvo tentado de hacer el movimiento que se le pro­hibía para acabar de una vez con aquella serie de inesperadas desgra­cias; pero por lo mismo que eran inesperadas, no pudo creerlas du­raderas, y con esto, y con recordar las promesas de Villefort, y con parecerle indigna, preciso es decirlo, aquella muerte a manos de un gendarme en el fondo de una lancha, volvió a su sitio primero, sollo­zando de ira y retorciéndose las manos con furor.

Casi en el mismo instante hizo temblar el barco un choque violen­tísimo. Saltó uno de los remeros a la roca en que acababa de tocar la proa; crujió una maroma enroscándose en una polea, y pudo com­prender Edmundo que había llegado al término del viaje y amarraban el bote.

En efecto, sus guardias, que le sujetaban a la vez por los brazos y por el cuello, obligáronle a levantarse y a saltar a tierra, impeliéndo­le hacia los escalones que conducían a la ciudadela, mientras que el municipal los seguía detrás con la bayoneta calada.

Ya no hizo Dantés vanas resistencias. Su lentitud en el andar más le producía la inercia que la resistencia, y daba traspiés como un bo­rracho. Veía escalonarse soldados por el camino; conoció que subía una escalera que le obligaba a alzar los pies, y que entraba por una puerta, y que esta puerta se cerraba detrás de él; pero todo maqui­nalmente, como a través de una nube, sin distinguir nada con claridad. Ya ni siquiera veía el mar, esa fuente de dolores para los presos, que contemplan su espacio afligidos por no poderlo salvar.

En un momento que hicieron alto, procuró Edmundo recogerse en sí mismo, y darse cuenta de su situación. Miró en derredor, y vio que se encontraba en un patio cuadrado de altísimas paredes; oíase a lo lejos el paso acompasado de los centinelas, y tal vez cuando pa­saban al resplandor proyectado en los muros por dos o tres luces que había dentro del castillo, veía brillar el cañón de sus fusiles.

Aguardaron allí como por espacio de diez minutos. Seguros de que ya no podría escapárseles, los gendarmes habían abandonado a Dantés. Parecía que esperasen órdenes, órdenes que al fin llega­ron.

‑¿Dónde está el preso? ‑preguntó una voz.

‑Aquí ‑respondieron los gendarmes.

‑Que venga conmigo, voy a llevarle a su departamento.

‑Id ‑dijeron los gendarmes a Dantés.

Siguió el preso a su guía, que, en efecto, le condujo a una sala casi subterránea, cuyas paredes negras y húmedas parecía que sudasen lágrimas. Una especie de lámpara, de fétida grasa en vez de aceite, ardía sobre un banco iluminando aquella mansión horrible. Con su luz pudo reconocer Dantés a su conductor, carcelero subalterno, mal vestido y de mala facha.

‑He aquí vuestro cuarto para esta noche ‑le dijo‑ Es ya tarde y el señor gobernador está acostado. Cuando mañana se levante, se­gún las órdenes que tenga, acaso os mudarán de domicilio. Mientras tanto, aquí tenéis pan, agua en ese cántaro, y paja allí en un rincón. Es cuanto puede un preso desear. Buenas noches.

Y antes de que Dantés hubiera pensado en contestar, antes que reparase dónde ponía el pan el carcelero, antes que comprendiese dónde estaba el cántaro ni en qué rincón la paja, había el carcelero cogido la lamparilla, y cerrando la puerta, le había robado aquella mez­quina luz, que como la de un relámpago hizo distinguir al preso las grasientas paredes de su calabozo.

Por consiguiente, encontróse solo, en silencio y oscuridad, mudo y triste como aquellas paredes cuyo frío glacial helaba el sudor de su frente.

Cuando el primer albor de la aurora envió a aquel antro un poco de claridad, volvió el carcelero con orden de dejarle en el mismo cala­bozo. Dantés ni siquiera había mudado de sitio, cual si una mano de hierro le hubiese clavado en él la víspera. Inmóvil y con la cabeza baja, notábasele una alteración solamente: casi cubiertos los ojos por una hinchazón producida por la humedad.

Así había pasado toda la noche: de pie, sin dormir un solo instante.

Acercósele el carcelero, y aún dio en torno suyo algunas vueltas: pero parecía que Dantés no le veía. Al fin le dio un golpecito en la espalda, que le hizo estremecer.

‑¿Habéis dormido? ‑le preguntó el carcelero.

‑No lo sé ‑respondió Dantés.

El carcelero le miró sorprendido.

‑¿Tenéis hambre? ‑prosiguió.

‑No lo sé ‑respondió de nuevo Dantés.

‑¿Queréis algo?

‑Quisiera ver al gobernador.

El carcelero se encogió de hombros y se marchó.

Siguióle Dantés con la vista, extendiendo los brazos a la puerta entreabierta, pero ésta se cerró de repente.

Entonces su pecho se desgarró, por decirlo así, en un interminable sollozo. Corrieron a torrentes las lágrimas que hinchaban sus pupilas; púsose de hinojos con la frente pegada al suelo, y a rezar por largo rato, repasando en su imaginación toda su vida pasada, y preguntándo­se qué crimen había cometido en aquella vida tan corta aún para me­recer tan duro castigo, y así pasó todo el día.

Algunos bocados de pan y algunas gotas de agua fueron todo su alimento. Ora se sentaba absorto en sus meditaciones, ora giraba en torno de su cuarto como una fiera enjaulada.

Una idea le atormentaba sobre todas. Durante la travesía, ignorando su destino, permaneció tranquilo a inmóvil, cuando pudo muchas veces arrojarse al mar, donde gracias a que era gran nadador y buzo de los más célebres de Marsella, hubiera escapado por debajo del agua a la persecución de los gendarmes, y ganada la costa, huido a una isla desierta, con la esperanza de que algún navío genovés o cata­lán le llevase a Italia o a España. Desde allí escribiría a Mercedes que viniera a reunirse con él. Ni por asomo le inquietaba la miseria en ninguna parte del mundo a que fuese, pues los buenos marinos en todas son raros, sin contar que hablaba el italiano como un toscano, y el español como un castellano viejo. De este modo, pues, habría vivido libre y feliz con Mercedes y con su padre, que también se les juntaría, mientras en la presente situación, encerrado en el castillo de If, sin esperanzas, ni aun el consuelo tendría de saber de su padre y de Mercedes. ¡Y todo por haberse fiado de las palabras de Villefort! Motivo era para perder el juicio.

A la misma hora de la mañana siguiente volvió el carcelero.

‑¿Seréis ya más razonable? ‑le preguntó.

Dantés no le respondía.

‑Vamos, valor ‑prosiguió aquél‑. ¿Deseáis algo que yo pueda proporcionaros? Decidlo.

‑Deseo ver al gobernador.

‑¡Ea!, ya os dije que es imposible ‑repuso el carcelero con im­paciencia.

‑¿Por qué?

‑Porque el reglamento no lo permite a los presos.

‑¿Qué es lo que les permite, entonces?

‑Que coman mejor, si lo pagan, que salgan a pasear y tal vez lean.

‑Ni quiero leer, ni pasear, ni comer mejor. Sólo quiero ver al go­bernador.

‑Si me fastidiáis repitiéndome lo mismo ‑prosiguió el carcele­ro‑, no os traeré de comer.

‑Pues me moriré de hambre, no me importa ‑dijo Dantés.

El acento de estas palabras dio a entender al carcelero que no sería el morir desagradable a Edmundo; y como por cada preso tenía diez cuartos diarios sobre poco más o menos, calculando el déficit que su falta le ocasionaría, respondió en tono más dulce:

‑Escuchad: ese deseo es imposible; desechadlo, porque no hay ejemplo de que haya bajado una sola vez el gobernador al calabozo de un preso; pero si os portáis cuerdamente se os concederá pasear, con lo que acaso algún día veáis al gobernador, y entonces podréis hablar con él.

‑Pero ¿cuánto tiempo ‑dijo Edmundo‑ tendré que esperar a que se presente esa ocasión?

‑¡Diantre! ‑respondió el carcelero‑: Un mes, tres meses, medio año o quizás un año entero.

‑Eso es mucho ‑exclamó Dantés‑. Quiero verle en seguida.

‑No seáis terco; no os empeñéis en ese imposible, o antes de quin­ce días os habréis vuelto loco.

‑¿Lo creéis así? ‑dijo Dantés.

‑Sí, loco; así es como empieza la locura. Aquí tenemos un ejem­plar. Con el tema de ofrecer un millón al gobernador si le ponía en libertad, ha perdido el seso un abate que antes que vinierais ocupa­ba este calabozo.

‑¿Y cuánto tiempo hace que salió de aquí?

‑Dos años.

‑¿En libertad?

‑No, se le ha trasladado al subterráneo.

‑Escucha ‑dijo Dantés‑; yo no soy abate ni loco, que por des­dicha tengo aún completo mi juicio...; voy a hacerte una proposi­ción.

‑¿Cuál?

‑No voy a ofrecerte un millón, porque no podría dártelo, pero sí cien escudos, como quieras el primer día que vayas a Marsella llegar a los Catalanes con una carta mía, para una joven que se llama Merce­des... ¿Qué digo carta? Cuatro letras.

‑Si se descubriera que había llevado esas cuatro letras, perdería mi destino, que vale mil libras anuales, sin contar las propinas y la comida. ¿No será imbecilidad que yo aventure mil libras por tres­cientas?

‑Pues oye, y tenlo presente ‑dijo Edmundo‑. Si te niegas a avi­sar al gobernador de que deseo hablarle; si te niegas a llevar mi carta a Mercedes, o siquiera a notificarle que estoy preso aquí, te esperaré el día menos pensado detrás de la puerta, y cuando entres te rompe­ré el alma con ese banco.

‑¡Amenazas a mí! ‑exclamó el carcelero retrocediendo y ponién­dose en guardia‑. Por lo visto se os trastorna el juicio. Como vos principió el abate: dentro de tres días estaréis como él, loco de atar. Por fortuna hay subterráneos en el castillo de If.

Dantés cogió el banco y lo hizo girar en ademán amenazador.

‑¡Está bien! ¡Está bien! ‑dijo el carcelero‑; vos lo habéis que­rido. Voy a prevenir al gobernador.

‑¡Enhorabuena! ‑respondió Dantés colocando el banco en su sitio, y sentándose con la cabeza baja y la mirada vaga, como si real­mente se hubiera vuelto loco.

Salió el carcelero, y un momento después volvió con cuatro solda­dos y un cabo.

‑De orden del gobernador ‑les dijo‑, llevad a este hombre a los calabozos del piso bajo.

‑¿Al subterráneo? ‑preguntó el cabo.

‑Al subterráneo: los locos deben estar con los locos.

Los cuatro soldados se apoderaron de Dantés, que los seguía sin ofrecer resistencia.

Bajaron quince escalones, y se abrió la puerta de un subterráneo, en el que entró murmurando:

‑Tienen razón: los locos, con los locos.

La puerta se cerró y Dantés caminó hacia delante hasta tropezar con la pared: entonces se acurrucó inmóvil en un ángulo, mientras sus ojos, acostumbrados a la oscuridad, comenzaban a distinguir los objetos.

?          El carcelero tenía razón. Poco le faltaba a Dantés para perder el juicio.

 

Capítulo noveno

La noche de bodas

Como hemos dicho, Villefort tomó el camino de la plaza del Grand­Cours, y de la casa de la marquesa de Saint‑Meran, donde encontró a los convidados tomando café en el salón, después de los postres.

Renata le aguardaba con una impaciencia de que participaban todos, por lo que la acogida que tuvo fue una exclamación general.

‑¡Hola, señor corta‑cabezas, columna del Estado, moderno Bruto realista! ‑exclamó uno de los presentes‑; ¿qué hay de nuevo?

‑¿Nos amenaza quizás otro régimen del Terror? ‑preguntó otro.

‑¿Ha salido de su caverna el ogro de Córcega? ‑añadió un ter­cero.

‑Señora marquesa ‑dijo Villefort acercándose a su futura sue­gra‑,vengo a suplicaros que me perdonéis. La necesidad me obliga a dejaros... ¿Tendré el honor, señor marqués, de hablaros un instante en secreto?

‑¿Tan grave es el asunto...? ‑murmuró la marquesa al notar la nube que ensombrecía el rostro de Villefort.

‑Tan grave que me obliga a despedirme de vos para una corta ausencia. ¡Mirad si será grave! ‑añadió volviéndose a Renata.

‑¿Vais a partir? ‑exclamó Renata, sin poder ocultar la emoción que le causaba esta noticia inesperada.

‑¡Ay, señorita!, es necesario‑ respondió Villefort.

‑¿Adónde vais? ‑preguntó la marquesa.

‑Es un secreto, señora; sin embargo, si alguno de estos señores tiene algo que mandar para París, sepa que un amigo mío, que está a sus órdenes, partirá esta misma noche.

Todos se miraron unos a otros.

‑¿No me habéis pedido una entrevista? ‑preguntó el marqués.

‑Sí, pasemos, si os place, a vuestro gabinete.

El marqués cogió del brazo a Villefort y salió con él.

‑Vamos, hablad, ¿qué es lo que ocurre? ‑exclamó el marqués cuando llegaron al gabinete.

‑Cosas que creo de alta importancia, y que exigen que me traslade a París inmediatamente. Ante todo, marqués, y perdonadme lo indis­creto de la pregunta que os hago, ¿tenéis papel del Estado?

‑Tengo en papel toda mi fortuna. Unos seiscientos o setecientos mil francos.

‑Pues vendedlo, vendedlo en seguida, o de lo contrario os vais a ver arruinado.

‑¿Cómo queréis que desde aquí lo venda?

‑¿Verdad que tenéis un corresponsal banquero?

‑Sí.

‑Dadme una carta para él, encargándole que venda esos créditos sin perder tiempo. Quizá llegaré tarde.

‑¡Diablo! ‑exclamó el marqués‑; entonces no perdamos ni un minuto.

Y sentándose a la mesa se puso a escribir a su banquero una carta, encargándole que vendiera a cualquier precio.

‑Ahora que tengo esta carta ‑dijo Villefort guardándola cuidado­samente en su camera‑, necesito otra.

‑¿Para quién?

‑Para el rey.

‑¿Para el rey?

‑Sí.

‑Pero yo no me atrevo a escribir directamente a Su Majestad.

‑Tampoco os la pido a vos, sino que os encargo que se la pidáis al señor de Salvieux. Es necesario que me dé una carta que me ayude a llegar hasta el rey sin las formalidades y etiquetas que me harían per­der un tiempo precioso.

‑Pero ¿no podría serviros el guardasellos de intermediario? Tiene entrada en las Tullerías a todas horas.

‑Sí, mas no quiero partir con otro el mérito de la nueva de que soy portador. ¿Comprendéis? El guardasellos se lo apropiaría todo, hasta mi parte en los beneficios. Baste, marqués, con esto que digo. Mi fortuna está asegurada si llego antes que nadie a las Tullerías, porque voy a prestar al rey un servicio que jamás podrá olvidar.

‑En ese caso, amigo mío, id a hacer vuestros preparativos, mien­tras hago yo que Salvieux escriba esa carta.

‑No perdáis tiempo. Dentro de un cuarto de hora tengo que estar en la silla de postas.

‑Haced parar el carruaje en la puerta.

‑Me disculparéis, ¿no es verdad?, con la señora marquesa y con Renata, a quien dejo en ocasión tan grata con el más profundo senti­miento.

‑En mi gabinete las encontraréis a la hora de vuestra partida.

‑Gracias mil veces. No olvidéis la carta.

El marqués llamó y poco después se presentó un lacayo.

‑Decid al conde de Salvieux que le espero aquí. Ya podéis iros ‑continuó el marqués dirigiéndose a Villefort.

‑Bueno; al instante estoy de regreso.

Y Villefort salió de la estancia apresuradamente; pero ocurriósele al llegar a la calle que un sustituto del procurador del rey podría oca­sionar la alarma de un pueblo con que se le viese andar muy de pri­sa. Volvió, pues, a su paso ordinario, que era en verdad, digno de un juez.

Junto a la puerta de su casa parecióle distinguir una cosa como un fantasma blanco que le esperaba inmóvil.

Era la linda catalana, que al no tener noticias de Edmundo, iba a enterarse por sí misma de la causa del arresto de su amante.

Al acercarse Villefort salióle al paso, destacándose de la pared en que se apoyaba. Como Dantés le había hablado ya de su novia, nada tuvo que hacer Mercedes para que la reconociera. Villefort, sorpren­dido de la belleza y dignidad de aquella mujer, y cuando le preguntó el paradero de su amado, le pareció que él era el acusado y ella el juez.

‑El hombre de quien habláis ‑dijo Villefort‑ es un gran crimi­nal, y en nada puedo favorecerle, señorita.

Mercedes lanzó un gemido, y detuvo a Villefort al ver que éste intentaba proseguir su camino.

‑Pero decidme al. menos dónde está, para que pueda siquiera in­formarme de si vive aún o ha muerto.

‑Ni lo sé, ni eso me atañe a mí ‑respondió Villefort.

Y molestado por aquellos ojos penetrantes y aquel ademán de sú­plica, rechazó Villefort a Mercedes, y entró en su casa cerrando apre­suradamente la puerta y dejando a la joven entregada al dolor y a la desesperación.

Pero el dolor no se deja rechazar tan fácilmente. Parecido a la fle­cha mortal de que habla Virgilio, el hombre herido por él lo lleva siempre consigo.

Aunque había cerrado la puerta, al llegar Villefort a su gabinete sintió que sus piernas flaqueaban, y lanzando, más que un suspiro, un sollozo, dejóse caer en un sillón.

Entonces brotó en el fondo de aquel pecho enfermo el primer ger­men de una úlcera mortal. Aquel hombre sacrificado a su ambición, aquel inocente que pagaba culpas de su propio padre, apareciósele pálido y amenazador, acompañado de su novia, pálida como él, y se­guido del remordimiento, no del remordimiento que hace enloque­cer al que lo sufre como en los antiguos sistemas fatalistas, sino de ese sordo y doloroso golpear sobre el corazón, que a veces nos hiere como el recuerdo de un crimen casi olvidado, herida cuyos dolores ahondan la llaga que nos conduce a la muerte.

El alma de Villefort todavía vaciló un instante. Había pronunciado muchas sentencias de muerte sin otra emoción que la de la lucha mo­ral del juez con los reos; y aquellos reos ajusticiados gracias a su te­rrible elocuencia, que convenció al jurado y a los jueces, no puso en su frente una sola arruga, porque aquellos hombres eran criminales, por lo menos en la opinión del sustituto. Mas ahora variaba la cues­tión; acababa de aplicar la reclusión perpetua a un inocente que iba a ser feliz, arrebatándole la felicidad y además la libertad; ya no era juez, era verdugo. Y al pensar en esto empezaba a sentir ese sordo golpear que hemos descrito, desconocido de él hasta entonces; oído en el fondo de su corazón, llenando su mente de quimeras. De este modo un dolor instintivo y violento notifica a los que sufren que no deben sin temblar poner el dedo en sus llagas antes que se cicatricen.

Pero la de Villefort era de esas que no se cicatrizan nunca, o que se cierran aparentemente para volver a abrirse más enconadas y do­lorosas.

Si en esta situación la dulce voz de Renata le hubiera recomendado clemencia; si entrara la bella Mercedes a decirle: “En nombre de Dios que nos ve y nos juzga, devolvedme a mi prometido” ¡Oh!, sí, aquella voluntad doblegada al cálculo hubiese cedido, y sin duda con sus manos frías, a riesgo de perderlo todo, hubiera firmado inmedia­tamente la orden de poner a Dantés en libertad; sin embargo, nin­guna voz le habló al oído, ni se abrió la puerta sino para el criado que vino a anunciarle que los caballos estaban ya enganchados a la silla de posta.

El sustituto se levantó, o mejor dicho, saltó de la silla como aquel que triunfa de una lucha secreta, y corriendo a su bufete puso en sus bolsillos todo el oro que encerraban sus cajones. Luego dio por la es­tancia dos o tres vueltas con las manos en la frente, articulando pala­bras sin sentido, hasta que los pasos del ayuda de cámara que venía a ponerle la capa, le sacaron de su éxtasis, y lanzándose al carruaje ordenó lacónicamente que parara en la calle de Grand‑Cours, en casa del marqués de Saint‑Meran.

El infortunado Dantés estaba condenado.

Como le había prometido el señor de Saint‑Meran, Renata y la mar­quesa estaban en su gabinete. Al ver a la joven tembló el sustituto: porque pensaba que le pediría de nuevo la libertad del preso; pero, ¡ay!, que es forzoso decirlo para afrenta de nuestro egoísmo, la linda joven sólo pensaba en una cosa: en el viaje que Villefort iba a em­prender.

Le amaba, y Villefort iba a partir en el mismo instante en que habían de enlazarse para siempre, y sin anunciar cuándo volvería. En vez de compadecer a Edmundo, Renata maldijo al hombre que con su crimen la separaba de su amado.

¿Qué era entretanto de Mercedes?

La pobre había encontrado a Fernando en la esquina de la calle de la Logia, a Fernando, que había seguido sus huellas, y volviendo a los Catalanes se arrojó en su lecho moribunda y desesperada. De rodillas y acariciando una de sus heladas manos, que Mercedes no pensaba en retirar, Fernando la cubría de ardientes besos, ni siquiera sentidos de ella.

Así transcurrió la noche. Cuando no tuvo aceite se apagó la lámpa­ra; pero Mercedes no advirtió la oscuridad, como no había advertido la luz. Hasta la aurora vino sin que ella la advirtiese.

El dolor había puesto en sus ojos una venda que no la dejaba ver más que a Edmundo.

‑¡Ah! ¿Estáis aquí? ‑exclamó al fin volviéndose a Fernando.

‑Desde ayer no os he abandonado un momento ‑respondió éste lanzando un suspiro.

El señor Morrel, por su parte, no se había desanimado: supo que Dantés, después de su interrogatorio, fue conducido a una prisión, y entonces corrió a casa de todos sus amigos, y con todas aquellas personas de Marsella que gozaban de alguna influencia; pero ya corría el rumor de que Dantés había sido preso por agente bonapartis­ta, y como en esa época hasta los visionarios tenían por insensatez cualquier tentativa de Napoleón para recobrar su trono, el buen Morrel, acogido con frialdad de todos, regresó a su casa desesperado, aunque confesando que el lance era crítico, y que nadie podría dis­minuir su gravedad.

Caderousse también se había inquietado mucho por su parte. En lugar de revolver el mundo como Morrel, en vez de hacer algo por Edmundo, encerróse con dos botellas en su cuarto, a intentó ahogar su inquietud por medio de la embriaguez.

Pero en la situación moral en que se hallaba era poco dos botellas para hacerle perder el juicio. Lo perdió, sin embargo, lo suficiente para impedirle que fuese a buscar más vino, y demasiado poco para borrar sus recuerdos; con lo que, puesta la cabeza entre las manos so­bre la mesa coja, y al lado de sus dos botellas, se quedó como si dijé­ramos entre dos luces, viendo danzar a la de su candil aquellos espec­tros de que ha henchido Hoffman sus libros empapados en ron.

Danglars era el único que no estaba inquieto ni atormentado, sino más bien alegre, por haberse vengado de un enemigo, asegurando en El Faraón su empleo que temía perder. Danglars era uno de esos hombres calculistas que nacen con una pluma detrás de la oreja y un tintero por corazón. Para él todas las cosas del mundo eran sumas o restas, y un número de más importancia que un hombre, cuando el número podía aumentar la suma que el hombre podía disminuir.

Danglars se había acostado a la hora de costumbre y durmió tran­quilamente.

Después de recibir Villefort la carta del señor Salvieux, y besado a Renata en las dos mejillas y en la mano a la marquesa de Saint‑Me­ran, y de despedirse del marqués con un apretón de manos, corría la posta por el camino de Aix.

El padre de Dantés se moría de dolor y de inquietud.

En cuanto a Edmundo, ya sabemos cuál era su suerte.

 

Capítulo diez

El gabinete de las Tullerías

Dejemos entretanto a Villefort camino de París, gracias a ir derramando dinero, y atravesando los dos o tres salones que le preceden, penetremos en aquel gabineti­to ovalado de las Tullerías, famoso por haber sido la estancia favorita de Napoleón, de Luis XVIII y de Luis Felipe.

Sentado a una mesa, que procedía de Hartwel, y que por una de esas manías comunes a los altos personajes tenía en particular esti­mación, el rey Luis XVIII escuchaba distraído a un hombre de cin­cuenta a cincuenta y dos años, cabello cano y continente aristocráti­co y pulcro.

Sin dejar de escucharle iba haciendo anotaciones en el margen de un volumen de Horacio, de. la edición de Griphins, que aunque inco­rrecta es la más estimada, y que se prestaba mucho a las sagaces obser­vaciones filosóficas del rey.

‑¿Decíais, pues, caballero...? ‑murmuró el rey.

‑Que estoy muy inquieto, señor.

‑¿De veras? ¿Habéis visto acaso en sueños siete vacas gordas y siete flacas?

‑No, señor, pues esto anunciaría solamente siete años de abun­dancia y otros siete de hambre, que con un rey tan previsor como Vuestra Majestad no se deben de temer.

‑Pues ¿qué otros cuidados os apenan, mi querido Blacas?

‑Creo, señor, y lo creo fundamentalmente, que se va formando una tempestad hacia el lado del Mediodía.

‑Y bien, mí querido conde ‑respondió Luis XVIII‑; os creo mal informado, y sé positivamente que hace muy buen tiempo allá abajo.

Aunque hombre de talento, Luis XVIII gustaba a veces de burlarse.

‑Señor ‑dijo el señor de Blacas‑, aunque no fuese sino para tranquilizar a un fiel servidor, ¿no podría Vuestra Majestad enviar al Languedoc, a la Provenza y al Delfinado hombres fíeles que informa­ran sobre la situación política de aquellas tres provincias.

Canimus surdis ‑respondió el rey, prosiguiendo en sus notas a Horacio.

‑Señor ‑repuso el cortesano, sonriéndose para dar a entender que comprendía el hemistiquio del poeta de Venusa‑; señor, Vues­tra Majestad puede confiar en el espíritu público reinante en Francia; pero yo creo tener también mis razones para temer alguna tenta­tiva desesperada.

‑¿De quién?

‑De Bonaparte, o por lo menos, de sus partidarios.

‑Mí querido Blacas ‑dijo el rey‑, vuestros temores no me de­jan trabajar.

?          ‑Y vos, señor, con vivir tan tranquilo, me quitáis el sueño.

‑Esperad, esperad. Se me ocurre una excelente nota acerca de aquello del Pastor cum traheret. Ya continuaréis luego.

Hobo un momento de silencio, durante el cual Luis XVIII escribió con una letra todo lo microscópica que pudo, una nota nueva al mar­gen de su Horacio, y dijo luego, levantándose con la satisfacción del que se imagina haber concebido una idea, cuando no ha hecho sino comentar las de otro:

‑Proseguid, querido conde, proseguid.

‑Señor ‑dijo Blacas, que por un momento abrigó la esperanza de explotar a Villefort en su favor‑, obligado me veo a deciros que no son simples rumores lo que sin fundamento me inquieta. Un hom­bre merecedor de mi confianza, un hombre de saber, a quien he dado el encargo de vigilar el Mediodía (el conde vaciló al pronunciar estas palabras), llega en posta en este mismo instante a decirme: «El rey está amenazado de un gran peligro.» Por eso he venido a advertiros, señor.

Mala ducis avi domum ‑continuó anotando Luis XVIII.

‑¿Me ordena Vuestra Majestad que no insista en eso otra vez?

‑No, mi querido conde, pero alargad la mano.

‑¿Cuál?

‑La que queráis..., ahí a la izquierda...

‑¿Aquí, señor?

‑Dígoos que a la izquierda y buscáis a la derecha... guise decir a mi izquierda. Hallaréis ahí un informe del ministro de policía con fecha de ayer. Pero, ¡calla!, aquí aparece en persona el señor Dan­dré... ¿No habéis dicho que era el señor Dandré? ‑‑exclamó Luis XVIII dirigiéndose al ujier, que en efecto acababa de anunciar al ministro de la policía.

‑Sí, señor, el barón de Dandré‑repuso el ujier.

‑Justamente ‑repuso Luis XVIII con imperceptible sonrisa‑. Entrad, barón, entrad, y decid al duque lo que sepáis más reáente del señor de Bonaparte. No disimuléis la gravedad de la situación, si la tiene, sea lo que fuere... Veamos: ¿es en efecto la isla de Elba un volcán pronto a vomitar sobre nosotros las llamas de la guerra: bella, horrida bella?

 

El señor Dandré pavoneóse con gracia, apoyando las manos en el respaldo de un sillón, y contestó:

‑¿Se ha dignado Vuestra Majestad pasar los ojos por mi informe de ayer?

‑Sí, sí, pero decídselo al conde, decidle lo que reza este informe, que no puede encontrar. Explicadle lo que hace el usurpador en su isla.

‑Señor ‑dijo el barón al conde‑, todos los vasallos de Su Ma­jestad deben de regocijarse con las noticias que tenemos de la isla de Elba. Bonaparte...

Y el señor Dandré fijó los ojos en Luis XVIII, que, ocupado en es­cribir una nota, no levantó la cabeza.

‑Bonaparte ‑continuó el barón‑ se aburre mucho, y pasa los días de sol a sol viendo trabajar a los mineros de Porto‑Longonne.

‑Y se rasca para distraerse ‑añadió el monarca.

‑¿Se rascal ‑preguntó el conde‑; ¿qué quiere decir Vuestra Majestad?

‑¿Olvidáis, mi querido conde, que ese coloso, ese héroe, ese se­midiós sufre de una enfermedad cutánea que le consume?

‑Y hay más, señor conde ‑continuó el ministro de policía‑: estamos casi seguros de que dentro de poco tiempo estará loco,

‑¿Loco?

‑De remate: su cabeza se debilita. Tan pronto llora a mares como ríe a carcajadas. Otras veces se pasa las horas muertas arrojando al agua piedrecitas, y al verlas rebotar en la superficie se queda tan sa­tisfecho como si hubiera ganado otro Marengo a otro Austerlitz. No me negaréis que éstos son síntomas de locura.

‑O de sobrado juicio, señor barón ‑dijo Luis XVIII riendo‑; arrojando piedrecitas a la mar se solazaban los grandes capitanes del tiempo antiguo. Leed si no en Plutarco la vida de Escipión el Afri­cano.

A la vista de estos dos hombres tan tranquilos, el señor de Blacas vaciló unos instantes; porque Villefort no había querido decirle todo lo que sabía, sino lo que bastaba a alarmarle, para no perder todo el valor de su secreto.

‑Vamos, vamos, Dandré ‑‑dijo Luis XVIII‑, Blacas aún no está convencido. Contadle la conversión del usurpador.

El ministro de policía se inclinó.

‑¿Conversión del usurpador? ‑murmuró el conde mirando al rey y a Dandré‑. ¿El usurpador se ha convertido?

‑Del todo, querido conde.

‑Pero ¿a qué?

‑A los buenos principios. Vamos, explicádselo, barón.

‑Escuchad, pues... ‑dijo el ministro con mucha gravedad‑. Hace unos días, ha pasado Napoleón una revista, en que dos o tres de sus viejos gruñones, como él los llama, manifestaron deseos de vol­ver a Francia, en lo que consintió exhortándoles a servir a su buen rey. Tales fueron sus propias palabras, señor conde, lo sé de buena tinta.

‑Y ahora, Blacas, ¿qué diréis? ‑exclamó el triunfante monarca dejando de compulsar el volumen que tenía abierto delante de él.

‑Digo, señor, que o el ministro de policía o yo nos equivocamos; peso como es imposible que el equivocado sea él, que tiene el cargo de velar por Vuestra Majestad, es más probable que yo lo sea. No obstante, señor, yo en lugar vuestro interrogaría por mí mismo a la persona que aludo; y por mi parte insistiré en que siga Vuestra Ma­jestad este consejo.

‑Enhorabuena, conde. Presentádmelo y lo recibiré; pero con las armas en la mano. Señor ministro, ¿tenéis algún parte de fecha más moderna que éste, que es del 20 de febrero y estamos a 3 de marzo?

‑No, señor; pero lo estaba esperando de un momento a otro, cuando salí esta mañana, y es posible que haya llegado durante mi ausencia.

‑Id, pues, a la prefectura, y si no ha llegado..., ejem..., ejem... ‑dijo riendo Luis XVIII‑, inventad uno. ¿Sería la primera vez...? ¿Eh?

‑¡Oh, señor! ‑‑dijo el ministro‑, a Dios gracias, nada hay que inventar en cuanto a eso; porque todos los días nos llueven denun­cias, y muy detalladas, de infelices que creen hacer un servicio y es­peran que se les pague. La mayor parte ven visiones; pero esperan que la casualidad las convierta hoy o mañana en realidad.

‑Está bien, id, y tened en cuenta que os espero ‑dijo el rey Luis XVIII.

‑No haré sino it y volver. Antes de diez minutos estoy de vuelta.

‑Yo, señor, voy en busca de mi mensajero ‑dijo el señor de Blacag.

‑Aguardad, aguardad un instante ‑respondió Luis XVIII‑. A decir verdad, conde, debo cambiaros las armas del escudo: pondréis desde ahora un águila volando con una presa entre sus garras que pugna en vano por escapársele, y esta divisa: Tenax.

‑Ya escucho, señor‑dijo impaciente el señor de Blacas.

‑Quería consultaros sobre este pasaje: Molli fugies anhelitu..., ya sabéis..., se trata del ciervo que huye del lobo. ¿No sois cazador, y de lobos? Entonces, ¿qué os parece el molli anhelitu?

 

‑¡Admirable, señor!, pero mi hombre es como el ciervo de que habláis. En tres días escasos ha recorrido doscientas veinte leguas, en silla de posta.

‑Buena tontería, cuando el telégrafo sin cansarse nada gasta tres o cuatro horas solamente.

‑¡Ah, señor!, qué mal pagáis a ese pobre joven, que viene tan apresurado a dar a Vuestra Majestad un aviso útil. Aunque no sea sino por el señor de Salvieux que me lo recomienda, os ruego que le re­cibáis bien.

‑¿El señor de Salvieux, el chambelán de mi hermano?

‑El mismo.

‑Está efectivamente en Marsella.

‑Desde allí me ha escrito,

‑¿Os habla también de esa conspiración?

‑No; pero me recomienda al señor de Villefort, encargándome que le traiga a la presencia de Vuestra Majestad.

‑¡El señor de Villefort! ‑exclamó el rey‑. ¿Ese mensajero es el señor de Villefort?

‑Sí, señor.

‑¿Y es el que viene de Marsella?

‑En persona.

‑¿Por qué no me dijisteis su nombre desde un principio? ‑ex­clamó el rey, cuyo semblante reflejó de repente cierto aire de in­quietud.

‑Creía que os era desconocido.

‑No, no, Blacas; es un hombre de talento, de miras elevadas y so­bre todo ambicioso. Me parece que vos conocéis de nombre a su padre.

‑¿A su padre?

‑Sí, a Noirtier.

‑¿Noirtier, el girondino? ¿Noirtier, el senador?

‑Exacto.

‑¡Y Vuestra Majestad emplea al hijo de semejante hombre!

‑Blacas, amigo mío, vos no sabéis vivir. ¿No os dije que Villefort es ambicioso? Por medrar sacrificará hasta a su padre.

‑Conque ¿le traigo?

‑En seguida, en seguida... ¿Dónde está?

‑Debe de esperarme abajo, en su carruaje.

‑Id a buscarle.

‑Voy en seguida.

El conde salió de la cámara con la rapidez de un joven, porque su sincero realismo le prestaba el ardor propio de los veinte años, y se

quedó Luis XVIII solo, volviendo a hojear el libro entreabierto y murmurando:

Justum et tenacem propositi virum.

Con la misma rapidez volvió el señor de Blacas; pero en la ante­cámara se vio obligado a invocar la autoridad del rey, porque el traje empolvado y no conforme a la etiqueta de Villefort alarmó al señor de Brezé, que no comprendía cómo un hombre pudiera atreverse a presentarse al rey de aquella manera.

Pero el conde allanó todos los obstáculos con esta sola frase: Por orden de Su Majestad; y a pesar de cuantas reflexiones hizo el maes­tro de ceremonias, penetró Villefort en la cámara regia.

El rey se hallaba sentado donde le dejara Blacas, por lo que al abrir la puerta Villefort hallóse frente a frente del monarca. En el primer momento, el joven magistrado se detuvo, titubeando.

‑Entrad, señor de Villefort ‑le dijo el rey‑, entrad.

Saludó el sustituto adelantándose algunos pasos y esperando que le interrogaran.

‑Señor de Villefort ‑continuó Luis XVIII‑, asegura el señor de Blacas que tenéis que hacernos importantes revèlaciones.

‑Señor, el conde tiene razón, y espero que Vuestra Majestad se la dará también por su parte.

‑Pero, ante todo, decidme, ¿es en vuestra opinión el mal tan gra­ve como me lo quieren hacer creer?

‑Señor, yo lo creo gravísimo, pero no irreparable, merced a mis precauciones. Así lo espero.

‑Hablad, hablad todo lo que queráis, caballero ‑dijo el rey, que empezaba a contagiarse del temor del señor Blacas y del que revelaba también la voz de Villefort‑; hablad y, sobre todo, comenzad por el principio, porque me gusta el orden en todas las cosas.

‑Señor ‑dijo Villefort‑, haré a Vuestra Majestad una relación muy fiel del asunto; pero suplicándole de paso que disculpe la oscuri­dad que acaso ponga en mis palabras mi presente turbación.

Una mirada del rey después de este exordio insinuante, aseguró a Villefort de que se le escuchaba con benevolencia.

‑Señor ‑continuó‑, he venido a París con toda la celeridad po­sible, a anunciar a Vuestra Majestad que en el ejercicio de mis fun­ciones he descubierto, no una de esas conspiraciones vulgares a insig­nificantes, como las que se urden todos los días, así por el ejército como por las gentes del pueblo, sino una verdadera conspiración que amenaza nada menos que al trono de Vuestra Majestad. Señor, el usurpador se ocupa en armar tres navíos: medita un proyecto, insen­sato quizá, pero por esto mismo, terrible. En estos momentos debe de

 

haber salido de la isla de Elba, ignoro en qué dirección, pero segura­mente intentará un desembarco en Nápoles, en las costas de Tosca­na, o quizás en nuestro mismo suelo. Vuestra Majestad no ignora que el soberano de la isla de Elba mantiene aún relaciones con Italia y con Francia.

‑Sí, lo sé, caballero ‑dijo el rey muy conmovido‑, y hace poco nos avisaron de que en la calle de Santiago se efectuaban reuniones bonapartistas. Pero continuad, os lo ruego. ¿Cómo obtuvisteis esas noticias?

‑Son el resultado de un interrogatorio que hice a un hombre de Marsella a quien de mucho tiempo atrás vigilaba. Le hice prender el mismo día de mi marcha. Aquel hombre, marino revoltoso, y bona­partista acérrimo, ha ido a la isla de Elba secretamente, donde el gran mariscal le encargó una misión verbal para cierto bonapartista de París, cuyo nombre no he podido arrancarle: esta misión se redu­cía a encargar al bonapartista que preparase los ánimos a una restau­ración (tened presente, señor, que copio el interrogatorio), restaura­ción que no puede menos de estar próxima.

‑¿Y qué ha sido de ese hombre? ‑preguntó Luis XVIII.

‑Está preso, señor.

‑Así, pues, ¿os parece tan grave el asunto?

‑Tan grave, señor, que la primera noticia me sorprendió en una fiesta de familia, el día de mi boda, y lo he abandonado todo en el mismo momento para venir a demostrar a Vuestra Majestad mis temo­res y mi adhesión.

‑Es cierto ‑dijo Luis XVIII‑. ¿No existía un proyecto de ma­trimonio entre vos y la señorita de Saint‑Meran?

‑Hija de uno de los más fieles servidores de Vuestra Majestad.

‑Sí, sí; pero volvamos a ese complot, señor de Villefort.

‑Temo que sea más que un complot, una conspiración.

‑Una conspiración en estos tiempos ‑repuso sonriendo Luis XVIII‑, es cosa muy fácil de proyectar, pero difícil de llevar a cabo, porque restablecidos como quien dice ayer en el trono de nues­tros abuelos, estamos amaestrados por el presente, por el pasado y para el porvenir. De diez meses a esta parte redoblan mis ministros su vigilancia en el litoral del Mediterráneo. Si desembarcara Napoleón en Nápoles, antes de que llegase a Piombino, se levantarían en masa los pueblos coaligados; si desembarca en Toscana, aquel país es su enemigo; si en Francia, ¿quién le seguiría?: un puñado de hombres, y fácilmente le haríamos desistir de su intento, mayormente cuando tanto le aborrece el pueblo. Tranquilizaos pues, caballero; mas no por eso estéis menos seguro de nuestra real gratitud.

‑Aquí está el señor barón de Dandré ‑exclamó en esto el conde de Blacas.

En efecto, en este mismo instante asomaba en la puerta el ministro de policía, pálido y tembloroso: sus miradas vacilaban como si estu­viese a punto de desmayarse.

?          Villefort dio un paso para salir; pero le retuvo un apretón de manos del señor de Blacas.

 

Capítulo once

El ogro de Córcega

Al contemplar aquel rostro tan alterado, el rey Luis XVIII re­chazó violentamente la mesa a que estaba sentado.

‑¿Qué tenéis, señor barón? ‑exclamó‑. ¡Estáis turbado y vaci­lante! ¿Tiene alguna relación eso con lo que decía el conde de Bla­cas, y lo que acaba de confirmarme el señor de Villefort?

Por su parte el conde de Blacas se acercó también al barón; pero el miedo del cortesano impedía el triunfo del orgullo del hombre. En efecto, en aquella sazón era más ventajoso para él verse humillado por el ministro de policía, que humillarle en cosa de tanto interés.

‑Señor... ‑balbució el barón.

‑Acabad ‑dijo Luis XVIII.

Cediendo entonces el ministro de policía a un impulso de desespe­ración, corrió a postrarse a los pies del rey, que dio un paso hacia atrás frunciendo las cejas.

‑¿No hablaréis? ‑dijo.

‑¡Oh, señor! ¡Qué espantosa desgracia! ¿No soy digno de lástima? Jamás me consolaré.

‑Caballero ‑dijo Luis XVIII‑, os mando que habléis.

‑Pues bien, señor, el usurpador ha salido de la isla de Elba el 26 de febrero, y ha desembarcado el 1 de marzo.

‑¿Dónde? ‑preguntó el rey vivamente.

‑En Francia, señor, en un puertecillo cercano a Antibes, en el gol­fo Juan.

‑¡Cómo! El usurpador ha desembarcado en Francia, cerca de An­tibes, en el golfo Juan, a doscientas cincuenta leguas de París el día 1 de marzo, y hasta hoy, 3, no sabéis esta noticia... ¡Eso es imposible, caballero! Os han informado mal o estáis loco.

 

‑¡Ay, señor! Ojalá fuera como decís.

Hizo Luis XVIII un inexplicable gesto de cólera y de espanto, le­vantándose de repente como si este golpe imprevisto le hiriese a la par en el corazón y en el rostro.

‑¡En Francia! ‑exdamó‑. ¡El usurpador en Francia!, pero ¿no se vigilaba a ese hombre? ¿Quién sabe si estarían de acuerdo con él?

‑¡Oh, señor! ‑‑exclamó el conde de Blacas‑, a una persona como el barón de Dandré no se le puede acusar de traición. Todos estába­mos ciegos, alcanzando también nuestra ceguera al ministro de poli­cía. Este es todo su crimen.

‑Pero... ‑dijo Villefort, y repuso al momento reportándose‑. Perdón, señor, perdón, mi celo me hace audaz. Dígnese Vuestra Ma­jestad excusarme.

‑Hablad, caballero, hablad libremente ‑contestó el rey Luis XVIII‑. Ya que nos habéis prevenido del mal, ayudadnos a buscarle el remedio.

‑Todo el mundo, señor, aborrece a Bonaparte en el Mediodía; paréceme que si osa penetrar en su territorio, fácilmente se logrará que la Provenza y el Languedoc se subleven contra él.

‑Sin duda ‑dijo el ministro‑; pero viene por Gap y Sisteron.

‑¡Viene! ‑exclamó Luis XVIII‑. ¿Viene a París?

El silencio del ministro equivalía a una confesión.

‑¿Y creéis, caballero, que podamos sublevar el Delfinado como la Provenza? ‑preguntó el rey a Villefort.

‑Lamento infinito, señor, decir a Vuestra Majestad una verdad cruel; pero las opiniones del Delfinado son muy diferentes de las de la Provenza y el Languedoc. Los montañeses, señor, son bonapartistas.

‑Vamos ‑murmuró Luis XVIII‑, bien sabe lo que se hace. ¿Y cuántos hombres tiene?

‑Señor, me es imposible decirlo a Vuestra Majestad porque lo ig­noro‑dijo el ministro de policía.

‑¡No lo sabéis! ¿No os habéis informado de esta circunstancia? En verdad que no es importante ‑añadió el rey con una sonrisa irónica.

‑No pude informarme, señor. El despacho anunciaba solamente el desembarco y el camino que trae el usurpador.

‑¿Por qué medio habéis recibido ese despacho?

El ministro bajó la cabeza, y el bochorno se pintaba en su sem­blante.

‑Por el telégrafo, señor ‑dijo Dandré.

Luis XVIII dio un paso hacia atrás cruzándose de brazos, como Napoleón hubiera hecho, y dijo pálido de cólera:

‑¡Conque una coalición de siete ejércitos ha derrocado a ese hom­bre, conque un milagro de Dios me ha restituido el trono de mis pa­dres tras veintitrés años de exilio, conque he estudiado, sondeado y analizado en ese destierro los hombres y las cosas de esta Francia, mi tierra de promisión, para que, al llegar al goce de mis anhelos, el mis­mo poder de que dispongo se escape de mis manos para aniquilarme!

‑Señor, es la fatalidad... ‑murmuró el ministro, aplastado por aquellas abrumadoras palabras.

‑¿De modo que es verdad lo que murmuraban nuestros enemi­gos? ¿Nada hemos aprendido? ¿Nada hemos olvidado? Si me vendie­sen como a él le vendieron, me consolaría; pero estar rodeado de per­sonas encumbradas por mí, que deben velar por mí, con más cuidado que por ellas mismas, porque mi fortuna es su fortuna, porque no eran nada antes que yo subiese al trono, porque nada serán si yo cai­go, y caer, y por torpeza, y por incapacidad. ¡Ah! ¡Cuánta razón te­néis, señor mío, la fatalidad... !

El ministro se inclinaba bajo el peso de tan terrible anatema; Bla­cas se limpiaba la frente cubierta de sudor, y Villefort, viendo crecer su importancia, estaba satisfecho en su fuero interno.

‑¡Caer...! ‑prosiguió Luis XVIII, que de una sola mirada son­deó el abismo que amenazaba tragar su trono‑. ¡Caer! ¡Y saber por el telégrafo la noticia! ¡Oh!, mejor quisiera subir al cadalso de mi her­mano Luis XVI, que bajar así las escaleras de las Tullerías, expuesto de ese modo al ridículo... ¿Sabéis, caballero, lo que el ridículo puede en Francia? No lo sabéis, aunque debíais de saberlo.

‑Señor, ¡señor! ‑murmuró el ministro‑, ¡por piedad!

‑Acercaos, señor de Villefort ‑continuó el rey encarándose con el joven, que de pie y un tanto retirado observaba el desarrollo de esta conversación, en que se trataba el destino de un reino‑, acer­caos y decid a este caballero que pudo saber antes lo que no supo.

‑Señor, era materialmente imposible adivinar proyectos que el usurpador ocultaba a todo el mundo.

‑¡Materialmente imposible! ¡Gran palabra! Desgraciadamente hay palabras tan grandes como grandes hombres: ya conozco a ellas y a ellos. ¡Imposible a un ministro que cuenta con una administra­ción, con oficinas, con agentes, con gendarmes, con espías, con un mi­llón y quinientos mil francos de fondos secretos, imposible saber lo que pasa a sesenta leguas de las costas de Francia! Pues oíd: este ca­ballero no contaba con ninguno de tales recursos; este caballero, sim­ple magistrado, sabía más que vos con toda vuestra policía, y hubiese salvado mi corona a tener como vos el derecho de dirigir un telé­grafo.

El ministro miró con una expresión de despecho a Villefort, que in­clinó la cabeza con la modestia del triunfo.

No lo digo por vos, Blacas ‑continuó Luis XVIII‑, pues si bien nada habéis descubierto, tuvisteis al menos la cordura de sospe­char, y sospechar con perseverancia. Otro hombre, acaso hubiera te­nido por intrascendente la revelación del señor Villefort, o por hija de una innoble ambición.

Estas palabras aludían a las que el ministro de policía pronunció tan sobre seguro una hora antes.

Villefort comprendió perfectamente al rey. Otro en su lugar acaso se desvaneciera con el humo de la alabanza; pero temió, crearse un enemigo mortal en el ministro de policía, aunque lo tuviese por hom­bre perdido sin remedio. En efecto, aquel ministro que en la plenitud de su poder no supo adivinar el secreto de Napoleón, podía en sus últimos instantes de vida política descubrir el de Villefort, solamen­te con interrogar a Dantés. Por esto, en vez de cebarse en el caído le alargó la mano.

‑Señor ‑dijo‑‑, la rapidez de este suceso debe probar a Vuestra Majestad que sólo Dios podía impedirlo. Lo que Vuestra Majestad achaca en mí a una perspicacia notable, es hijo del acaso pura y sim­plemente. Lo he aprovechado como un servidor fiel, y nada más. No me concedáis mérito mayor que el que tengo, para no veros obligado a recobrar la primera opinión que formasteis de mí.

El ministro de policía, agradecido, dirigió al joven una elocuente mirada, con lo que conoció Villefort que había logrado su deseo, es decir, que sin perder la gratitud del rey, acababa de ganar un amigo con quien podía contar siempre.

‑Está bien ‑dijo Luis XVIII.

Y añadió luego, volviéndose al ministro de policía y al señor de Blacas:

‑Podéis retiraros, señores. Lo que hay que hacer ahora atañe al ministro de la Guerra.

‑Afortunadamente ‑dijo el señor de Blacas‑, podemos contar con la marina, Vuestra Majestad sabe cuán adicta es a su gobierno, según todos los informes.

‑No me habléis, conde, de informes, que ya sé la confianza que puedo poner en ellos. Y a propósito de informes, señor barón, ¿habéis sabido algo nuevo sobre el asunto de la calle de Santiago?

‑¡El asunto de la calle de Santiago! ‑exclamó el sustituto sin po­der reprimir una exclamación.

Pero en seguida repuso:

‑Perdón, señor, si mi adhesión a Vuestra Majestad hace que me olvide, no del respeto que le debo, que ése está grabado profunda­mente, en mi corazón, sino de la etiqueta de palacio.

‑Decid y haced lo que queráis, caballero ‑respondió el rey Luis XVIII‑; en esta ocasión habéis adquirido el derecho de inte­rrogar.

‑Señor ‑respondió el ministro de policía‑, venía justamente ahora a comunicar a Vuestra Majestad las últimas noticias que he ad­quirido sobre el asunto que nos ocupa. La muerte del general Quesnel nos va a dar el hilo de un gran complot.

El nombre del general Quesnel hizo estremecer a Villefort.

‑En efecto, señor ‑prosiguió el ministro de policía‑, todo indu­ce a creer que esta muerte no ha sido suicidio, como al principio creía todo el mundo, sino asesinato. Cuando desapareció, salía, al parecer, el general Quesnel de un club bonapartista. Un hombre desconocido le fue a buscar aquella misma mañana, citándole en la calle de San­tiago: desgraciadamente el ayuda de cámara del general, que le estaba peinando al entrar el desconocido en el gabinete, aunque recuerda bien que la calle era la de Santiago, no se acuerda del número de la casa.

A medida que el ministro daba estos pormenores al rey, Vinefort, como pendiente de sus labios, mudaba instantáneamente de color.

El monarca se volvió hacia él.

‑¿No suponéis como yo, señor de Villefort, que el general, a quien se tenía justamente por adicto al usurpador, pero que en el fondo era todo mío, haya muerto víctima de una venganza bonapar­tista?

‑Es probable, señor ‑respondió Villefort‑; pero ¿no se conocen más detalles?

‑Hemos dado con el hombre de la cita, y se le sigue la pista.

‑¡Se le sigue la pista! ‑repitió el sustituto.

‑Sí; el ayuda de cámara dio sus señas. Es un hombre de cincuenta a cincuenta y dos años; moreno, ojos negros, cejas espesas y bigote. Lleva un levitón azul abotonado, y en un ojal la insignia de oficial de la Legión de Honor. Ayer la policía siguió a un individuo exactamen­te igual en todo a ese sujeto; pero le perdió de vista en la esquina de la calle de Coq‑Heron.

Villefort tuvo que apoyarse en el respaldo de un sillón, porque a medida que el ministro hablaba, negábanse sus piernas a sostenerle; pero cuando supo que el desconocido había escapado al agente que le seguía, respiró a sus anchas.

‑Buscad a ese hombre, caballero ‑dijo el rey al ministro de po­licía‑, porque si es verdad, como todo hace suponer, que el general Quesnel que tan útil nos hubiera sido en estas circunstancias, ha caí­do bajo el puñal de un asesino, bonapartistas o no, quiero que los cri­minales sean castigados como se merecen.

Villefort necesitó de toda su sangre fría para no dejar traslucir los terrores que le inspiraban estas palabras del rey.

‑¡Cosa extraña! ‑prosiguió el rey, como bromeando‑; la poli­cía cree haberlo dicho todo cuando dice: se ha cometido un asesinato; y haberlo hecho todo cuando añade: he encontrado la pista de los cul­pables.

‑Señor, confío en que Vuestra Majestad quede completamente sa­tisfecho esta vez.

‑Ya veremos. No quiero deteneros más, barón; iréis a descansar, señor de Villefort, que debéis hallaros muy fatigado del viaje. ¿Os alo­jáis en casa de vuestro padre?

Villefort se turbó visiblemente.

‑No, señor ‑dijo‑. Me hospedo en el hotel de Madrid, situado en la calle de Tournon.

‑Pero supongo que le habréis visto.

‑Señor, en cuanto llegué fui a buscar al conde de Blacas.

‑Pero ¿le veréis?

‑Ni siquiera trataré de hacerlo.

‑¡Ah!, es justo ‑dijo el rey sonriéndose como para probar que to­das sus preguntas encerraban intención‑; olvidábame de que estáis algo reñido con el señor Noirtier, nuevo sacrificio a la causa real, que debo recompensaros.

‑La bondad con que me trata Vuestra Majestad es ya recompensa tan sobre todos mis desos, que nada más tengo que pedir al rey.

‑No importa, caballero, os tendremos presente, descuidad: entre­tanto, esta cruz...

Y quitándose el rey la cruz de la Legión de Honor que solía llevar en el pecho cerca de la cruz de San Luis, y por encima de las placas de la orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo y de San Lázaro, se la dio a Villefort, que repuso:

‑Señor, Vuestra Majestad se equivoca: esta cruz es de oficial.

‑Tomadla, a fe mía, sea la que fuere ‑dijo el rey‑, que no tengo tiempo para pedir otra. Blacas, haced que extiendan el diploma al se­ñor de Villefort.

Los ojos de éste se humedecieron con una lágrima de orgullosa ale­gría; tomó la cruz y la besó.

‑¿Qué órdenes ‑dijo‑ tiene Vuestra Majestad que darme en este momento?

‑Descansad el tiempo que os haga falta, y tened presente que si en París no podéis servirme en nada, en Marsella puede ser muy al contrario.

‑Señor ‑respondió inclinándose Villefort‑, dentro de una hora habré salido de París.

‑Marchad, caballero ‑dijo el rey‑, y si yo os olvidase, que los reyes son desmemoriados, no temáis el hacer por recordaros... Señor barón, ordenad que busquen al ministro de la Guerra. Blacas, quedaos.

‑¡Ah, señor! ‑dijo al magistrado el ministro de policía, cuando salieron de palacio‑. ¡Entráis con buen pie: vuestra fortuna es cosa hecha!

‑¿Durará mucho? ‑murmuró el magistrado saludando al minis­tro, cuya fortuna se deshacía, y buscando con los ojos un coche para volver a su casa.

A una seña de Villefort se acercó un fiacre, a cuyo conductor dio las señas de su casa, lanzándose al fondo en seguida, donde se entregó a sus sueños ambiciosos.

Diez minutos más tarde, el magistrado estaba ya en su casa, y man­dó a par que le sirviesen el almuerzo y que preparasen los caballos para dentro de dos horas.

Iba ya a sentarse a la mesa, cuando sonó fuertemente la campanilla, como agitada por una mano vigorosa. El ayuda de cámara fue a abrir, y Villefort pudo oír que pronunciaban su nombre.

‑¿Quién puede saber que estoy en París? ‑murmuró.

En este momento entró el ayuda de cámara.

‑¿Y bien? ‑le dijo Villefort‑. ¿Quién ha llamado? ¿Quién pre­gunta por mí?

‑Una persona que no quiere decir su nombre.

‑¡Una persona que no quiere decir su nombre! ¿Y qué quiere?

‑Desea hablaros.

‑¿A mí?

‑Sí, señor.

‑¿Ha dado mis señas? ¿Sabe quién soy yo?

‑Indudablemente.

‑¿Qué trazas tiene?

‑Es un hombre de unos cincuenta años.

‑¿Alto? ¿Bajo?

‑De la estatura del señor, sobre poco más o menos.

‑¿Blanco o moreno?

‑Muy moreno; de cabellos, ojos y cejas negros.

‑¿Y cómo va vestido? ‑preguntó vivamente el magistrado.

‑Un levitón azul, abotonado hasta arriba, con la roseta de la Le­gión de Honor.

‑¡Él es! ‑murmuró Villefort palideciendo.

‑¡Diantre! ‑dijo asomando en la puerta el hombre que hemos descrito ya dos veces‑. ¡Diantre! ¡Qué conducta tan extraña! ¿Así hacen en Marsella esperar los hijos a sus padres en la antecámara?

‑¡Padre mío...! ‑exclamó el sustituto‑, no me engañé..., sos­pechaba que fueseis vos.

‑Si lo sospechabas ‑contestó el recién llegado dejando el bastón en un rincón y el sombrero en una silla-, permíteme entonces, que­rido Gerardo, hacerte ver que has obrado mal haciéndome esperar.

‑Dejadnos, Germán ‑dijo Villefort.

El criado se retiró, y veíase que le sorprendía lo ocurrido.

 

Capítulo doce

Padre a hijo

El señor Noirtier, porque, en efecto, era él quien acababa de llegar, siguió con la vista al criado hasta que cerró la puerta, y luego, sin duda receloso de que se quedase a escuchar en la antecámara, la volvió a abrir por su propia mano. No fue inútil esta precaución, y la presteza con que salía Germán de la antecámara dio a entender que no estaba puro del pecado que perdió a nuestro primer padre. El señor Noirtier se tomó entonces el trabajo de cerrar por sí mismo la puerta de la an­tecámara, y echando el cerrojo a la de la alcoba, acercóse, tendiéndole la mano, a Villefort, que aún no había dominado la sorpresa que le causaban aquellas operaciones.

‑¿Sabes, querido Gerardo ‑le dijo mirándole de una manera in­definible‑, sabes que me parece que no lo alegras mucho de verme?

‑Padre mío ‑respondió Villefort‑, me alegro con toda el alma; pero no esperaba vuestra visita y me ha sorprendido.

‑Mas ahora que caigo en ello ‑respondió el señor Noirtier‑, que yo os podría decir otro tanto. Me anunciáis desde Marsella vues­tra boda para el 28 de febrero, ¡y estáis en Paris el 3 de marzo!

‑No os quejéis, padre mío, de mi estancia en París ‑dijo Gerardo acercándose al señor Noirtier‑. He venido por vos, y mi viaje puede salvaros.

‑¿De veras? ‑dijo el señor Noirtier acomodándose en un si­llón‑; ¿de veras? Contadme eso, señor magistrado, que debe de ser cosa curiosa.

‑¿Habéis oído hablar, padre mío, de cierto club bonapartista de la calle de Santiago?

‑¿Número 53? ¡Ya lo creo! Como que soy su vicepresidente.

‑Vuestra sangre fría me hace temblar, padre.

‑¿Qué quieres? Quien ha sido proscrito por la Montaña, quien ha huido de París en un carro de heno, quien ha corrido por las Lan­das de Burdeos perseguido por los sabuesos de Robespierre, se acos­tumbra a todo en esta vida. Sigue. ¿Qué ha pasado en ese club de la calle de Santiago?

‑Lo que ha pasado es que han citado a él al general Quesnel, y éste, que salió a las nueve de la noche de su casa, ha sido hallado muer­to en el Sena.

‑¿Y quién os contó esa historia?

‑El mismo rey, señor.

‑Pues a cambio de ella voy a daros una noticia ‑prosiguió Noir­tier.

‑Supongo que ya sé de qué se trata.

‑¡Ah! ¿Sabéis el desembarco de Su Majestad el emperador?

‑¡Silencio, padre! Os lo suplico por vos y por mí. Ya sabía yo esa noticia, y aún antes que vos, porque hace tres días que bebo los vien­tos desde Marsella a París, rabioso por no poder apartar de mi ima­ginación esa idea que me la trastorna.

‑¡Hace tres días! ¿Estáis loco? Hace tres días no se había embar­cado todavía el emperador.

‑No importa. Yo sabía su intento.

‑¿Cómo?

‑Por una carta que os dirigían a vos desde la isla de Elba.

‑¿A mí?

‑A vos: la he sorprendido, así como al mensajero. Si aquella carta hubiera caído en otras manos, quizás estaríais fusilado a estas horas, padre mío.

El señor Noirtier se echó a reír.

‑No parece ‑dijo‑ sino que la restauración haya aprendido del imperio el modo de dar remate pronto a los asuntos. ¡Fusilado! ¿Adón­de vamos a parar? ¿Y qué es de esa carta? Os conozco bastante bien para temer que hayáis dejado de destruirla.

‑La quemé, temeroso de que hubiese en el mundo un solo frag­mento; porque aquella carta era vuestra perdición.

‑Y la pérdida de vuestra carrera ‑repuso fríamente Noirtier‑. Ya lo comprendo todo; pero no hay por qué temer, pues me prote­géis por vuestro interés.

‑Más que eso aún: os salvo.

‑¡Vaya, vaya! El interés dramático sube de punto. Explicaos.

‑Volvamos a hablar del club de la calle de Santiago.

‑Parece que el tal club ocupa mucho a la policía. Si lo buscasen mejor ya darían con él.

Ya han dado con la pista.

‑Esa es la frase sacramental. Cuando la policía no ve más allá de sus narices en un asunto, asegura que ha dado con la pista; y con esto espera el gobierno tranquilamente a que venga a decirle con las orejas gachas: he perdido la pista.

‑Sí, pero encontró un cadáver. El general ha sido muerto: en to­das partes del mundo se llama eso un asesinato.

‑¿Un asesinato decís? ¿Quién prueba que el general ha sido víc­tima de un asesinato? Todos los días se encuentran en el Sena cadá­veres de desesperados o de personas que no saben nadar.

‑Sabéis muy bien, padre mío, que el general no se ha suicidado, así como que en el mes de enero nadie se baña. No, no, no os enga­ñéis a vos mismo. Su muerte está bien calificada de asesinato.

‑¿Y quién la califica así?

‑El propio rey.

‑¿El rey? Lo tenía por filósofo: ¿cómo cree que en política haya asesinatos? En política, querido mío, y vos lo sabéis tan bien como yo, no hay hombres, sino ideas; no sentimientos, sino intereses; en política no se mata a un hombre, sino se allana un obstáculo. ¿Que­réis que os diga cómo ha acaecido lo del general Quesnel? Pues voy a decíroslo. Creíamos poder contar con él, y aun nos lo habían reco­mendado de la isla de Elba. Uno de nosotros fue a su casa a invitarle para que asistiera a una reunión de amigos en la calle de Santiago. Accede a ello, se le descubre el plan, la fuga de la isla de Elba, el desembarco, todo en fin; y cuando lo sabe, cuando ya nada le queda por saber, nos declara que es realista. Entonces nos miramos unos a otros; le hacemos jurar, pero jura de tan mala gana que parecía como si tentase a Dios... Pues oye, a pesar de esto, se le deja salir en liber­tad, en libertad absoluta... Si no ha vuelto a su casa..., ¿qué sé yo? Habrá errado el camino, porque él se separó de nosotros sano y salvo. ¡Asesinato decís! Me sorprende en verdad, Villefort, que vos, sustitu­to del procurador del rey, baséis una acusación en tan malas pruebas. ¿Me ha ocurrido nunca a mí, cuando cumpliendo vuestro deber de realista cortáis la cabeza a uno de los míos, me ha ocurrido nunca el iros a decir: habéis cometido un asesinato? No, sino que os he dicho: bien, muy bien; mañana tomaremos el desquite.

‑Pero tened en cuenta, padre mío, que cuando nosotros la tome­mos será terrible.

‑No os comprendo.

‑¿Vos contáis con la vuelta del usurpador?

‑Confieso que sí.

‑Pues os engañáis. No avanzará diez leguas al corazón de Francia, sin verse perseguido y acosado como un animal feroz.

.‑Mi querido amigo, el emperador está ahora camino de Grenoble; el día 10 ó 12 llegará a Lyon, y el 20 ó 25, a París.

‑Los pueblos van a sublevarse en masa.

‑En su favor.

‑Sólo trae algunos hombres y se enviarán ejércitos numerosos con­tra él.

‑Que le escoltarán el día de su entrada en la capital. En verdad, querido Gerardo, que sois un niño todavía, pues os creéis bien infor­mado porque el telégrafo dice con tres días de atraso: “El usurpador ha desembarcado en Cannes con algunos hombres. Ya se le persigue”. Sin embargo, ignoráis lo que hace y la posición que ocupa. Ya se le persigue, es el non plus de vuestras noticias. Si son ciertas se le per­seguirá hasta París sin quemar un cartucho.

‑Grenoble y Lyon son dos ciudades fieles que le opondrán una barrera infranqueable.

‑Grenoble le abrirá sus puertas con entusiasmo, y Lyon le saldrá al encuentro en masa. Creedme: estamos tan bien informados como vosotros, y nuestra policía vale tanto como la vuestra... ¿Queréis que os lo pruebe? Intentabais ocultarme vuestra llegada y sin em­bargo la he sabido a la media hora. A nadie sino al cochero disteis las señas de vuestra casa, y no obstante yo las sé, pues que llego precisa­mente cuando os ibais a sentar a la mesa. A propósito, pedid otro cubierto y almorzaremos juntos.

‑En efecto ‑respondió Villefort mirando a su padre con asom­bro‑; en efecto estáis bien informado.

‑Es muy natural. Vosotros estáis en el poder, no disponéis de otros recursos que los que procura el oro, mientras nosotros, que es­peramos el poder, disponemos de los que proporciona la adhesión.

‑¿La adhesión? ‑repuso riendo Villefort.

‑Sí, la adhesión, que así en términos decorosos se llama a la am­bición que espera.

Y esto diciendo Noirtier alargó la mano al cordón de la campanilla para llamar al criado, viendo que su hijo no le llamaba; pero éste le detuvo, diciéndole:

‑Esperad, padre mío, oíd una palabra.

‑Decidla.

‑A pesar de su torpeza, la policía realista sabe una cosa terrible.

‑¿Cuál?

‑Las señas del hombre que se presentó en casa del general Quesnel la mañana del día en que desapareció.

‑¡Ah! ¿Conque sabe eso? ¡Miren la policía! ¿Y cuáles son sus señas?

‑Tez morena, cabellos, ojos y patillas negros, levitón azul aboto­nado hasta la barba, roseta de oficial de la Legión de Honor, sombre­ro de alas anchas y bastón de junco.

‑¡Vaya! ¿Conque se sabe eso? ‑dijo Noirtier‑. ¿Y por qué no le ha echado la mano?

‑Porque ayer le perdió de vista en la esquina de la calle de Coq­Heron.

‑¡Cuando yo os digo que es estúpida la policía!

‑Sí, pero de un momento a otro puede dar con él.

‑Sí, si no estuviese sobre aviso ‑dijo Noirtier mirando a su alre­dedor con la mayor calma‑; pero como lo está, va a cambiar de ros­tro y de traje.

Y levantándose al decirlo, se quitó el levitón y la corbata, tomó del neceser de su hijo, que estaba sobre una mesa, una navaja de afeitar, se enjabonó la cara, y con mano firme quitóse aquellas patillas negras que tanto le comprometían.

Su hijo le miraba con un terror que tenía algo de admiración.

Cortadas las patillas, peinóse Noirtier de modo diferente, cambió su corbata negra por otra de color que había en una maleta abierta, su gabán azul cerrado, por otro de su hijo de color claro, observó ante el espejo si le caería bien el sombrero de alas estrechas de Ville­fort, y dejando el bastón de junco en el rincón de la chimenea donde lo había puesto agitó en su nerviosa mano un ligerísimo junco del cual Villefort se servía para presentarse y andar con desenvoltura, que era una de sus principales cualidades distintivas.

‑¿Y ahora crees que me reconocerá la policía? ‑preguntó vol­viéndose hacia su estupefacto hijo.

‑No, señor ‑balbució el sustituto‑. A lo menos, así lo espero.

‑Encomiendo a la prudencia ‑prosiguió Noirtier‑ estos trastos que dejo aquí.

‑¡Oh! Id tranquilo, padre mío ‑respondió Villefort.

‑Ya lo creo. Oye: empiezo a comprender que en efecto puedes haberme salvado la vida; pero, anda, que muy pronto te lo pagaré.

Villefort inclinó la cabeza.

‑Creo que os engañáis, padre mío.

‑¿Volverás a ver al rey?

‑¿Quieres pasar a sus ojos por profeta?

‑Los profetas de desgracias no son en la corte bien recibidos, padre.

‑Pero a la corta o a la larga se les hace justicia. En el caso de una segunda restauración pasarás por un gran hombre.

‑¿Y qué he de decir al rey?

‑‑«Señor, os engañan acerca del espíritu reinante en Francia, y en las ciudades y en el ejército. El que en París llamáis el ogro de Cór­cega, el que se llama todavía en Nevers el usurpador, se llama ya en Lyón Bonaparte, y el emperador en Grenoble. Os lo imagináis fugi­tivo, acosado, y en realidad vuela como el águila de sus banderas. Sus soldados, que creéis muertos de hambre y de fatiga, dispuestos a desertar, multiplícanse como los copos de nieve en torno del alud que cae. Partid, señor, abandonad Francia a su verdadero dueño, al que no la ha comprado, sino conquistado; partid, señor, y no porque estéis en peligro, que él es bastante poderoso para no tocaros el pelo de la ropa; sino porque sería una mengua para un nieto de San Luis, deber la vida al hombre de Arcolea, de Marengo de Austerlitz.» Dile esto, Gerardo..., o mejor será que no le digas nada. Disimula tu viaje a todo el mundo; no te vanaglories de lo que has venido a hacer, ni de lo que hiciste en París; si has bebido los vientos a la venida, devóralos a la vuelta, entra en tu casa de modo que nadie lo sospeche y en par­ticular sé desde ahora humilde, inofensivo, astuto; porque te juro que obraremos como aquel que conoce a sus enemigos y es fuerte de suyo. Andad, andad, mi querido Gerardo, que con obedecer las órdenes paternales, o mejor dicho, si queréis, con atender a los consejos de un amigo, os sostendremos en vuestro destino. Así podréis ‑añadió Noirtier sonriendo‑, salvarme por segunda vez si la rueda de la for­tuna política vuelve a levantaros y a bajarme a mí. Adiós, mi querido Gerardo: en el primer viaje que hagáis, venid a parar en mi casa.

Y con esto se marchó tranquilo, como no había dejado de estarlo un solo momento durante esta conversación, mientras que Villefort, pálido y agitado, corrió a la ventana, desde donde le pudo ver pasar impasible entre dos o tres hombres de mala traza, que emboscados detrás de la esquina, y en los portales, esperaban quizás al de las pati­llas negras, el gabán azul y el sombrero de alas anchas, para echarle el guante.

Villefort permaneció de pie y lleno de ansiedad, hasta que, viéndole desaparecer en la encrucijada de Bussy, se precipitó sobre el malhada­do traje, ocultó en el fondo de su maleta el levitón azul y la corbata negra, aplastó el sombrero escondiéndolo debajo de un armario, hizo pedazos el bastón arrojándolos al fuego, y poniéndose la gorra de viaje llamó al ayuda de cámara, vedándole con un gesto las mil preguntas que éste ansiaba hacer; pagóle la cuenta y se precipitó al carruaje que ya le estaba aguardando. En Lyón supo que Bonaparte acababa de entrar en Grenoble, y participando de la agitación que reinaba en los pueblos del tránsito llegó a Marsella henchida el alma con las an­gustias con que la ambición y los primeros medros suelen envene­narla.

 

Capítulo trece

Los cien días

?          El señor Noirtier resultó un profeta verídico. Tal cual los auguró pasaron los sucesos. Todo el mundo conoce lo de la vuelta de la isla de Elba, suceso extraño, milagroso, que no tiene ejemplo en lo pasado ni tendrá imitadores en lo porvenir probablemente.

Luis XVIII no trató parar golpe tan duro sino con mucha parsi­monia. Su desconfianza de los hombres le hacía desconfiar de los acontecimientos. El realismo, o mejor dicho, la monarquía restaura­da por él vaciló en sus cimientos mal afirmados aún; un solo gesto del emperador acabó de demoler el caduco edificio, mezcla heterogé­nea de preocupaciones y de nuevas ideas. Villefort no alcanzó de su rey sino aquella gratitud inútil a la sazón y hasta peligrosa, y aque­lla cruz de la Legión de Honor, que tuvo la prudencia de no ense­ñar a nadie, aunque el señor de Blacas le envió el diploma a vuelta de correo, cumpliendo la orden de Su Majestad.

Napoleón hubiera destituido a Villefort, de no protegerle Noirtier, que gozaba de mucha influencia en la corte de los Cien Días, tanto por los peligros que había corrido, como por los servicios que había prestado. El girondino del 93, el senador de 1806, protegió pues a su protector de la víspera; tal como se lo había prometido.

Durante la resurrección del imperio, resurrección que hasta a los menos avisados se alcanzaba poco duradera, se limitó Villefort a aho­gar el terrible secreto que Dantés había estado en trance de divulgar.

El procurador del rey fue destituido de su cargo por sospechas de tibieza en sus opiniones bonapartistas. Sin embargo, restablecido apenas el imperio, es decir, apenas habi­tó Napoleón en las Tullerías que acababa de abandonar Luis XVIII, apenas lanzó sus numerosas y diferentes órdenes desde aquel gabinete que conocemos, donde encontró abierta aún y casi llena sobre la mesa de nogal la caja de tabaco del rey Luis XVIII, Marsella, a pesar del vigor de sus magistrados, empezó a dejar traslucir en su seno las chis­pas de la guerra civil, nunca apagadas enteramente en el Mediodía. Muy poco faltó para que las represalias fuesen algo más que cence­rradas a los realistas metidos en su concha, los cuales se vieron obli­gados a no poder salir de su casa, porque en las calles los perseguían cruelmente si se dejaban ver.

Por un cambio natural, el naviero, que como dijimos pertenecía al partido del pueblo, llegó a ser en esta ocasión, si no muy poderoso, porque Morrel era prudente y algo tímido, como aquel que con su laborioso trabajo va amasando lentamente una fortuna, por lo menos, alentado por los bonapartistas furibundos que criticaban su modera­ción, hallóse, repetimos, bastante fuerte para levantar la voz y hacer una reclamación, que como ya se adivinará, fue en favor de Dantés.

Villefort continuaba siendo sustituto, a pesar de la caída del pro­curador: su boda, aunque resuelta, habíase aplazado para mejores tiempos. Si el emperador se afianzaba en el trono, necesitaba Gerardo de otra alianza, que su padre buscaría y ajustaría; pero como una se­gunda restauración devolviese Francia al rey Luis XVIII, crecería la influencia del marqués de Saint‑Meran, y la suya propia, con lo que llegara a ser la proyectada unión más ventajosa que nunca.

El sustituto del procurador del rey era el primer magistrado de Marsella, cuando una mañana se abrió la puerta de su despacho y le anunciaron al señor Morrel.

Otro cualquiera se hubiera alarmado con el solo anuncio de se­mejante visita; pero el sustituto era un hombre superior, que tenía, si no la práctica, el instinto de todas las cosas. Hizo aguardar al señor Morrel en la antecámara, tal como había hecho en otro tiempo, y no porque estuviera ocupado con alguien, sino porque es costumbre que se haga antesala al sustituto del procurador del rey. Hasta des­pués de un cuarto de hora, pasado en leer tres o cuatro periódicos de diferentes colores políticos, no dio orden de que entrase el na­viero, que esperaba encontrar a Villefort abatido, y le halló como seis semanas antes, firme, grave, y con esa ceremoniosa política que es la más alta de todas las barreras que separan al hombre vulgar del hombre encumbrado.

Había entrado en el despacho de Villefort convencido de que el magistrado iba a temblar a su vista, y como sucedió al revés, él fue quien se vio tembloroso y conmovido ante aquel personaje interro­gador, que le esperaba con el codo apoyado en la mesa y la barba en la palma de la mano.

El señor Morrel se detuvo a la puerta. Miróle Villefort como si le costase trabajo reconocerle, y después de una larga pausa, durante la cual no hacía el digno naviero sino darle vueltas y más vueltas a su sombrero entre las manos, el sustituto dijo:

‑Si no me engaño..., sois... el señor Morrel.

‑Sí, señor; el mismo‑respondió Morrel.

‑Acercaos, pues ‑prosiguió el juez, haciéndole con la mano un signo protector‑; acercaos y decidme a qué debo el honor de esta visita.

‑¿No lo sospecháis, caballero? ‑le preguntó el señor Morrel.

‑No, ni remotamente; aunque eso no impide que esté dispuesto a serviros en cuanto de mí dependa.

‑Todo depende de vos ‑repuso el naviero.

‑Explicaos, pues.

‑Señor ‑prosiguió Morrel animándose a medida que iba hablan­do y conociendo así lo fuerte de su posición, como la justicia de su causa‑; señor, ya recordaréis que pocos días antes de saberse el des­embarco de Su Majestad el emperador, vine a recomendar a vuestra indulgencia a un desdichado joven, segundo de mi barco, a quien se acusaba, como seguramente recordaréis, se acusaba de mantener rela­ciones en la isla de Elba. Aquellas relaciones, entonces criminales, son hoy títulos de favor. Entonces servíais a Luis XVIII y le castigas­teis, caballero..., fue vuestro deber. Hoy servís a Napoleón, debéis protegerle, porque también es vuestro deber. Vengo a preguntaros qué ha sido de aquel joven.

Villefort hizo un violento esfuerzo para decir:

‑¿Cuál es su nombre? Tened la bondad de decírmelo.

‑Edmundo Dantés.

De seguro Villefort hubiera preferido batirse en duelo a veinti­cinco pasos, que oír pronunciar este nombre así a boca de jarro; pero ni pestañeó.

«Con esto ‑dijo para sí‑, nadie me podrá acusar de haber hecho una cuestión personal de la prisión de ese hombre.»

‑¿Dantés? ‑repitió‑: ¿Decís Edmundo Dantés?

‑Sí, señor.

Abrió entonces Villefort un grueso libro que yacía en un cajón de su mesa, y después de hojearlo mil y mil veces, se volvió a decir al naviero, con el aire más natural del mundo:

‑¿Estáis bien seguro de no engañaros?

Si Morrel hubiese sido un hombre más versado en estas materias, le chocara que el sustituto del procurador del rey se dignase respon­derle en cosas ajenas de todo en todo a su jurisdicción. Entonces se hubiera preguntado por qué no le hacía Villefort recurrir al registro general de cárceles, a los gobernadores de las prisiones, o al prefecto del departamento.

Pero Morrel, que había esperado encontrar a Villefort temeroso, creía hallarle condescendiente. El sustituto lo había comprendido.

‑No, caballero, no me equivoco ‑respondió Morrel‑. Conozco hace diez años a ese joven, y hace cuatro que le tengo a mi servicio. Hace seis semanas, ¿no os acordáis?, vine a rogaros que fuerais con él clemente, así como hoy vengo a rogaros que seáis justo. ¡Harto mal me recibisteis entonces, y aún me contestasteis peor; que los realistas entonces trataban a la baqueta a los bonapartistas!

‑¡Caballero! ‑respondió Villefort parando el golpe con su acos­tumbrada sangre fría‑, yo era entonces realista porque creía ver en los Borbones no solamente los herederos legítimos del trono, sino los electos del pueblo; pero las jornadas milagrosas de que hemos sido testigos pruébanme que me engañaba. El genio de Bonaparte sale vencedor. El monarca legítimo es el monarca amado.

‑Enhorabuena ‑exclamó Morrel con su natural franqueza‑; me da gusto oíros hablar así, y ya pronostico buenas cosas al pobre Ed­mundo.

‑Aguardad ‑repuso Villefort hojeando otro registro‑: ya cai­go..., ¿no es un marino que se iba a casar con una catalana? Sí..., sí..., ya recuerdo. Era un asunto muy grave.

‑¿Cómo?

‑¿No sabéis que desde mi casa se le llevó a las prisiones del Pa­lacio de Justicia?

‑Sí; ¿y bien?

‑Di cuenta a París, enviando los papeles que le hallé..., ¿qué queréis? Mi deber lo exigía. Ocho días después de su prisión me arre­bataron al reo.

‑¿Os lo arrebataron? ‑exclamó Morrel‑; ¿y qué han hecho con él?

‑¡Oh, tranquilizaos! Seguramente habrá sido transportado a Fe­nestrelles, a Pignerol o a las islas de Santa Margarita..., lo que se llama deportación en lenguaje jurídico, y el día menos pensado le veréis volver a tomar el mando de su buque.

‑Que venga cuando quiera, le reservo su puesto. Pero ¿cómo no ha venido ya? Paréceme que el primer cuidado de la policía debió de ser poner en libertad a los presos de la justicia realista.

‑Mi querido señor Morrel, ésa es una acusación temeraria ‑res­pondió Villefort‑. Para todo hay una fórmula legal. La orden de pri­sión vino de arriba y de arriba ha de venir la de ponerle en libertad.

Ahora bien, como apenas hace quince días de la vuelta de Napoleón, todavía no es tarde.

‑Pero habrá algún medio de activar el asunto, ahora que nosotros mandamos, ¿verdad? Tengo amigos y alguna influencia: puedo lo­grar que se eche tierra a la sentencia.

‑No ha sido sentencia.

‑Pues que le borren del registro general de cárceles.

‑En materia de política tampoco hay registros. Muchas veces im­porta a los gobiernos que un hombre desaparezca sin dejar rastro alguno. Las anotaciones del registro general podrían servir de hilo conductor al que le buscara.

‑Eso sucedería quizás en tiempo de los Borbones; pero ahora...

‑En todos tiempos sucede lo mismo, mi querido señor Morrel. Los gobiernos se suceden unos a otros imitándose siempre. La máquina penitenciaria inventada por Luis XIV sigue hoy en uso, y es muy parecida a la Bastilla. El emperador ha sido más severo al reglamen­tar sus prisiones que el gran rey mismo, y el número de los presos que no constan en el registro general de cárceles es incalculable.

Tanta benevolencia hubiese borrado hasta las sospechas más evi­dentes, que Morrel no tenía por otra parte.

‑Pero, en fin, señor de Villefort ‑le dijo‑, ¿qué os parece que haga para apresurar la vuelta del pobre Dantés?

‑Una sola cosa: haced una solicitud al ministro de Justicia.

‑¡Oh!, caballero, ya sabemos el destino de las solicitudes; el mi­nistro recibe doscientas cada día y no lee cuatro.

‑Sí ‑respondió Villefort‑, pero leería una dirigida por mi con­ducto, recomendada al margen por mí, y remitida directamente por mí.

‑¿De modo que os encargaríais de que llegara a sus manos esa so­licitud?

‑Con mucho gusto. Dantés podía ser entonces culpable; pero ahora es inocente, y es mi deber el devolverle la libertad, como enton­ces lo fue quitársela.

Villefort evitaba así una requisitoria, aunque poco probable, posi­ble; requisitoria que sin remedio le perdería.

‑¿Cómo se escribe al ministro?

‑Sentaos ahí, señor Morrel ‑dijo Villefort levantándose y cedién­dole su asiento‑. Voy a dictaros.

‑¿Tendríais tanta bondad?

‑Desde luego. No perdamos tiempo, que ya hemos perdido de­masiado.

‑Sí, caballero. Pensemos en que el pobre muchacho aguarda, su­fre y quizá se desespera.

Villefort tembló al recuerdo de aquel desgraciado que le maldeci­ría desde el fondo de su prisión; pero había ya avanzado mucho para retroceder. Dantés debía desaparecer ante su ambición.

‑Dictad ‑dijo el naviero sentado en la silla de Villefort y con la pluma en la mano.

Villefort dictó entonces una instancia, en la que exageraba el pa­triotismo de Dantés, sus servicios a la causa bonapartista, y pintán­dole, en fin, como uno de los agentes más activos de la vuelta de Na­poleón. Era evidente que a tal solicitud el ministro haría al punto jus­ticia, si ya no la había hecho.

Terminada la solicitud, Villefort la volvió a leer en voz alta.

‑Así está bien ‑dijo‑ Ahora confiad en mí.

‑¿Y partirá pronto esta solicitud, caballero?

‑Hoy mismo.

‑¿Recomendada por vos?

‑La mejor recomendación que yo podría ponerle es certificar que es cierto cuanto decís en la solicitud.

Y sentándose a su vez, escribió Villefort al margen su certificado.

‑Y ahora ¿qué hay que hacer, caballero? ‑le preguntó el armador.

‑Esperar ‑repuso Villefort‑ yo me encargo de todo.

Esta seguridad volvió las esperanzas a Morrel; de modo que cuan­do dejó al sustituto le había ganado enteramente. El naviero fue en seguida a anunciar al padre de Edmundo que no tardaría en volver a ver a su hijo.

En cuanto a Villefort, guardó cuidadosamente aquella solicitud que para salvar en lo presente a Dantés le comprometía tanto en lo futuro, caso de que sucediese una cosa que ya los sucesos y el aspec­to de Europa dejaban entrever: otra restauración.

Por lo tanto, Edmundo continuó en la cárcel. Aletargado en su ca­labozo no oyó el rumor espantoso de la caída del trono de Luis XVIII, ni el más espantoso aún de la del trono del emperador.

Sin embargo, el sustituto lo había observado todo con ojo avizor. Durante esta corta aparición imperial llamada los Cien Días, Morrel había vuelto a la carga insistiendo siempre por la libertad de Dantés; pero Villefort le había tranquilizado con promesas y esperanzas. AI fin llegó el día de Waterloo.

Morrel había hecho por su joven amigo cuanto humanamente le había sido posible. Ensayar nuevos medios durante la segunda res­tauración hubiese sido comprometerse en vano.

Luis XVIII volvió a subir al trono. Villefort, para quien Marsella estaba llena de recuerdos que eran para él otros tantos remordimien­tos, solicitó y obtuvo la plaza de procurador del rey en Tolosa.

 

Quince días después de su instalación en esta ciudad se verificó su matrimonio con la señorita Renata de Saint‑Meran, cuyo padre tenía más influencia que nunca.

Y con esto Dantés permaneció preso, así durante los Cien Días como después de Waterloo, y olvidado, si no de los hombres, de Dios a lo menos.

Danglars comprendió toda la extensión del golpe con que había perdido a Dantés, al ver volver a Francia a Napoleón. Su denuncia acertó por casualidad, y como aquellos hombres que tienen cierta aptitud para el crimen y un mediano arte de saber vivir, llamó a esta rara casualidad decreto de la Providencia.

Pero cuando Napoleón volvió a París, y al resonar su voz impe­riosa y potente, Danglars tuvo miedo, ya que esperaba a cada instante ver aparecer a Dantés, a su víctima, enterado de todo, y amenazador y terrible en la venganza. Manifestó entonces al señor Morrel su deseo de abandonar la vida marítima, logrando que el naviero le re­comendase a un comerciante español, a cuyo servicio entró a fin de marzo, es decir, diez o doce días después de la vuelta de Napoleón a las Tullerías.

Partió, pues, para Madrid, y ninguno de sus amigos volvió a saber de su paradero.

Fernando no comprendió nada de lo sucedido. Dantés estaba au­sente. Con esto se contentaba.

¿Qué le había sucedido?

No trató de averiguarlo; sólo con el respiro que le dejaba su ausen­cia se ingenió como pudo, ora para engañar a Mercedes sobre las cau­sas de la desaparición de Edmundo, ora para meditar planes de emi­gración y robo. Quizás, y eran estos momentos los más tristes de su vida, se sentaba a la punta del cabo Pharo, desde donde se distin­guen a la par Marsella y los Catalanes, contemplándolos triste e in­móvil como un ave de rapiña, y soñando a cada instante ver venir a su rival vivo y erguido, y para él también nuncio de terribles vengan­zas. Para entonces estaba tomada su decisión: mataba a Edmundo de un tiro, y después se suicidaba; pero esto se lo decía a sí mismo para disculpar su asesinato.

Fernando se engañaba a sí mismo. Nunca se hubiera él suicidado, porque tenía esperanzas aún.

En medio de estos tristes y dolorosos acontecimientos, el impe­rio llamó a sus banderas la última quinta, y todos cuantos podían em­puñar las armas se lanzaron fuera del territorio francés a la voz del emperador. Fernando fue de éstos; abandonó a Mercedes y su cabaña con doble dolor, pues temía que en su ausencia volviese su rival y se casase con la que adoraba. Si alguna vez debió Fernando matarse fue al abandonar a su amada Mercedes. Sus atenciones con ella, la compasión que demostraba a su desdi­cha, el cuidado con que adivinaba sus menores deseos, habían produ­cido el efecto que producen siempre las apariencias de adhesión en los corazones generosos. Mercedes había querido mucho a Fernando como amigo; y su amistad creció con el agradecimiento.

‑Hermano mío ‑le dijo atando a la espalda del catalán la mochi­la del quinto‑ hermano mío, mi único amigo, no lo dejes matar, no me dejes sola en este mundo en que lloro, y en el que estaré entera­mente abandonada si tú me faltas.

Estas palabras, dichas por despedida, fueron para Fernando un rayo de esperanza. Si Dantés no regresaba, quizá Mercedes llegaría a ser suya.

Esta se quedó, pues, enteramente sola en aquella tierra árida, que nunca se lo había parecido tanto, con el mar inmenso por único hori­zonte. Bañada en lágrimas, como aquella loca cuya doliente vida cuenta el pueblo, veíasela de continuo errante en torno a los Catala­nes; ora quedándose muda a inmóvil como una estatua bajo el ar­diente sol del Mediodía, para contemplar a Marsella; ora sentándose a la orilla del mar, como si escuchara sus gemidos, eternos como su dolor, y preguntándose al propio tiempo a sí misma si no le fuera mejor que esperar sin esperanza, inclinarse hacia delante y dejarse caer por su propio peso en aquel abismo que la tragaría. Mas no fue valor lo que le faltó, sino que vino en su ayuda la reli­gión a salvarla del suicidio.

Caderousse fue, como Fernando, llamado por la patria; pero tenía ocho años más y era casado, con lo que se le destinó a las costas. El viejo Dantés, a quien sólo la esperanza sostenía, la perdió con la caída del imperio, y cinco meses más tarde, día por día de la ausencia de su hijo, y a la misma hora en que Edmundo fue preso, expiró en brazos de Mercedes. El señor Morrel cubrió todos los gastos del entierro y las mezqui­nas deudas que el pobre viejo había contraído durante su enfermedad. Esto, más que filantropía, era valor, porque el país estaba en lla­mas, y socorrer, aunque moribundo, al padre de un bonapartista tan peligroso como Dantés, podía ser tomado por un verdadero crimen político.

 

Capítulo catorce

El preso furioso y el preso loco

Al cabo de un año aproximadamente después de la vuelta de Luis XVIII, el inspector general de cárceles efectuó una visita a las del reino.

Desde su calabozo, Dantés percibía el rumor de los preparativos que se hacían en el castillo, y no por el alboroto que ocasionaban, aun­que no era grande, sino porque los presos oyen en el silencio de la noche hasta la araña que teje su tela, hasta la caída periódica de la gota de agua que tarda una hora en filtrarse por el techo de su cala­bozo, y adivinó que algo nuevo sucedía en el mundo de los vivos: hacía tanto tiempo que le habían encerrado en una tumba, que podía muy bien tenerse por muerto.

En efecto, el inspector iba visitando una tras otra las prisiones, ca­labozos y subterráneos. A muchos presos interrogaba, particularmen­te a aquellos cuya dulzura o estupidez los hacía recomendables a la benevolencia de la administración: sus preguntas se redujeron a cómo estaban alimentados y qué reclamaciones tenían que hacer a su autoridad. Todos convinieron unánimemente en que la comida era detestable, y pedían la libertad. El inspector les preguntó entonces si tenían otra cosa que decirle. Su respuesta fue un ademán de cabeza. ¿Qué otra cosa que la li­bertad pueden pedir los presos?

El inspector se volvió sonriendo, y dijo al gobernador del castillo:

‑No sé para qué nos obligan a estas visitas inútiles. Quien ve a un preso los ve a todos. ¡Siempre lo mismo! Todos están mal alimenta­dos y son inocentes por añadidura. ¿Hay algunos más?

‑Sí, tenemos los peligrosos y los dementes, que están en los sub­terráneos.

‑Vamos ‑dijo el inspector con aire de aburrimiento‑. Cumpla­mos nuestra obligación en regla. Bajemos a los subterráneos.

‑Aguardad por lo menos a que vayan a buscar dos hombres ‑res­pondió el gobernador‑ que los presos, sea por hastío de la vida, sea para hacerse condenar a muerte, intentan tal vez crímenes desespera­dos, y podríais ser víctima de alguno.

‑Tomad, pues, precauciones ‑dijo el inspector.

En efecto, enviaron a buscar dos soldados, y comenzaron a bajar una escalera, tan empinada, tan infecta y tan húmeda, que el olfato y la respiración se lastimaban a la par.

‑¡Oh! ¿Quién diablos habita este calabozo? ‑dijo el inspector a la mitad del camino.

‑Un conspirador de los más temibles: nos lo han recomendado particularmente como hombre capaz de cualquier cosa.

‑¿Está solo?

‑Sí.

‑¿Y cuánto tiempo hace?

‑Un año, con corta diferencia.

‑¿Y desde su entrada en el castillo está en el subterráneo?

‑No, señor, sino desde que quiso matar al llavero encargado de traerle la comida.

‑¿Ha querido matar al llavero?

‑Sí, señor: a ese mismo que nos viene alumbrando. ¿No es cierto, Antonio? ‑le preguntó el gobernador.

‑Como lo oye, señor ‑respondió el llavero.

‑¿Está loco este hombre?

‑Peor que loco, es el diablo.

‑¿Queréis que demos cuenta a la superioridad? ‑preguntó el inspector al gobernador.

‑Es inútil. Bastante castigado está. Ya raya en la locura, y según la experiencia que nuestras observaciones nos dan, dentro de un año estará completamente loco.

‑Mejor para él ‑dijo el inspector‑, pues sufrirá menos.

Como se ve, era este inspector un hombre muy humano, y digno del filantrópico empleo que gozaba.

‑Tenéis razón, caballero ‑repuso el gobernador‑ y vuestra re­flexión da a entender que habéis estudiado la materia a fondo. En otro subterráneo que está separado de éste unos veinte pies y al cual se desciende por otra escalera, tenemos un viejo abate, jefe del partido de Italia in illo tempore, preso aquí desde 1811. Desde fines de 1813 se le ha trastornado la cabeza, y ya nadie le podría reconocer física­mente. Antes lloraba, ahora ríe; antes enflaquecía, ahora engorda. ¿Queréis verle antes que a éste? Su locura es divertida y os aseguro que no os entristecerá.

‑A uno y otro veré ‑respondió el inspector‑. Hagamos las co­sas como se deben hacer.

Era ésta la primera vez que el inspector hacía una visita de cárce­les, por lo que deseaba dar a sus jefes buena idea de sí.

‑Entremos, pues, en éste ‑dijo.

‑Bien ‑respondió el gobernador, haciendo una seña al llavero, el cual abrió la puerta.

A1 rechinar de las macizas cerraduras; al rumor de los pesados cerrojos, Dantés, que estaba acurrucado en un rincón del calabozo re­creándose deleitosamente en el exiguo rayo de luz que penetraba por un tragaluz con gruesísimos barrotes, Dantés, repetimos, levantó la cabeza. Viendo a un desconocido alumbrado por dos llaveros que llevaban antorchas encendidas, custodiado por dos soldados y respetado por el gobernador de tal manera que le hablaba con el sombrero en la mano, comprendió Dantés el objeto de su visita, y viendo en fin que se le presentaba coyuntura de hablar a una autoridad superior, saltó hacia él con las manos en actitud de súplica. Los soldados calaron bayoneta, temiendo que el preso se dirigiese al inspector con malas intenciones; éste retrocedió un paso, asus­tado. Dantés comprendió que le habían pintado a sus ojos como un hom­bre temible. Procuró entonces poner en su mirada cuanto de humildad y manse­dumbre hay en el corazón humano, y con una elocuencia piadosa que admiró a todos los circunstantes trató de conmover al recién llegado. Escuchó hasta el fin el inspector el discurso de Dantés, y volvién­dose al gobernador le dijo en voz baja:

‑Ya va haciéndose humano, y los sentimientos dulces empiezan a dominarle. Observad cómo el temor obra en él su efecto; retrocedió ante las bayonetas, y el loco no retrocede ante peligro alguno. Sobre este síntoma he hecho ya en Charentón observaciones muy curiosas. Después, volviéndose al preso:

‑En resumen‑le dijo‑, ¿qué pedís?

‑Pido que me digan el crimen que he cometido; que se me nom­bren jueces; que se me juzgue; que se me fusile si soy culpable, pero que me pongan en libertad si soy inocente.

‑¿Coméis bien? ‑le preguntó el inspector.

‑Sí, yo lo creo..., no lo sé; pero eso importa poco. Lo que debe importar, no solamente a mí, pobre preso, sino a todos los que se ocupan en hacer justicia, y sobre todo al rey que nos manda, es que el inocente no sea víctima de una delación infame, y no muera entre ce­rrojos maldiciendo a sus verdugos.

‑¡Qué humilde estáis hoy! ‑le dijo el gobernador‑. No siem­pre sucede lo mismo, de otra manera hablabais el día que quisisteis asesinar a vuestro guardián.

‑Es verdad, señor ‑respondió Dantés‑, y por ello pido humil­demente perdón a este hombre, que ha sido siempre bondadoso con­migo. Pero ¿qué queréis? Yo estaba loco, yo estaba furioso.

‑¿Y ahora, ya no lo estáis?

‑No, señor; porque la prisión me doma, me anonada. ¡Hace tanto tiempo que estoy aquí!

‑¡Mucho tiempo! ¿En qué época os detuvieron? ‑le preguntó el inspector.

‑El 28 de febrero de 1815, a las dos de la tarde.

El inspector se puso a calcular.

‑Estamos a 30 de julio de 1816; no hace más que diecisiete meses que estáis preso.

‑¿No hace más? ‑repuso Dantés‑. ¿Os parecen pocos diecisiete meses? ¡Ah!, señor, ignoráis lo que son diecisiete meses de cárcel; diecisiete años, diecisiete siglos, sobre todo para un hombre como yo, que estaba próximo a ser feliz; para un hombre que vela abierta una carrera honrosa, y que todo lo pierde en aquel mismo instante, que del día más claro y hermoso pasa a la noche más profunda, que ve su carrera destruida, que no sabe si le ama aún la mujer que antes le amaba, que ignora en fin si su anciano padre está muerto o vivo. Die­cisiete meses de cárcel para un hombre acostumbrado al aire del mar, a la independencia del marino, al espacio, a la inmensidad, a lo infi­nito; caballero, diecisiete meses de cárcel es el mayor castigo que pueden merecer los crímenes más horribles del vocabulario humano. Compadeceos de mí, caballero, y pedid para mí no indulgencia, sino rigor, no indulto, sino justicia. Justicia, señor, yo no pido más que justicia. ¿Quién se la niega a un preso?

‑Está bien, ya veremos ‑dijo el inspector.

Y volviéndose hacia su acompañante añadió:

‑En verdad me da lástima este pobre diablo. Luego me enseñaréis en el libro de registro su partida.

‑Con mucho gusto ‑respondió el gobernador‑, pero creo que hallaréis notas tremendas contra él.

‑Caballero ‑prosiguió Edmundo‑, bien sé que vos no podéis hacerme salir de aquí por vuestra propia decisión, pero podéis trans­mitir mi súplica a la autoridad, provocar una requisitoria, hacer en fin que se me juzgue. ¡Justicia es todo lo que pido! Sepa yo al menos de qué crimen se me acusa, y a qué castigo se me sentencia. La incer­tidumbre es el peor de todos los suplicios.

‑Contadme, pues, detalles del asunto ‑dijo el inspector.

‑Señor ‑exclamó Dantés‑, por vuestra voz comprendo que es­táis conmovido. ¡Señor! ¡Decidme que tenga esperanza!

‑No puedo decíroslo ‑respondió el inspector‑, sino solamente prometeros examinar vuestra causa.

‑¡Oh! Entonces, caballero, estoy libre, ¡me he salvado!

‑¿Quién os mandó detener? ‑preguntó el inspector.

‑El señor de Villefort ‑respondió Edmundo Dantés‑. Vedle y entendeos con él.

‑Desde hace un año que el señor de Villefort no está en Marsella, sino en Tolosa.

‑¡Ah! , no me extraña ‑balbució Dantés‑. ¡He perdido a mi úni­co protector!

?          ‑¿Tenía el señor de Villefort algún motivo para estar resentido con vos?

‑Ninguno, señor; antes al contrario, fue muy bondadoso conmigo.

‑¿Podré fiarme de las notas que haya dejado escritas sobre vos, o que me proporcione él mismo?

‑Sí, señor.

‑Pues bien: tened esperanza.

Dantés cayó de rodillas levantando las manos al cielo, y recomen­dándole en una oración aquel hombre que había bajado a su calabozo como el Salvador a sacar almas del infierno. La puerta se volvió a cerrar, pero la esperanza que acompañaba al inspector se quedó encerrada en el calabozo de Dantés.

‑¿Queréis ver ahora el libro de registro ‑dijo el gobernador‑, o bajamos antes al calabozo del abate?

‑Acabemos la visita ‑respondió el inspector‑. Si volviese a salir al aire libre quizá no tendría valor para acabarla.

‑Este preso no es por el estilo del otro, que su locura entristece menos que la razón de su vecino.

‑¿Cuál es su locura?

‑¡Oh!, muy extraña. Se cree poseedor de un tesoro inmenso. El primer año ofreció al gobierno un millón si le ponía en libertad; el segundo año le ofreció dos millones; el tercero, tres, y así progresi­vamente. Ahora está en el quinto año: es probable que os pida una entrevista, y os ofrezca cinco millones.

‑Manía rara es, en efecto ‑dijo el inspector‑. ¿Y cómo se llama ese millonario?

‑El abate Faria.

‑Número 27 ‑dijo el inspector.

‑Aquí es. Abrid, Antonio.

El llavero obedeció, con lo que pudo el inspector pasear su mirada curiosa por el calabozo del abate loco, que así solían llamar a aquel preso.

En mitad de la estancia, dentro de un círculo trazado en el suelo con un pedazo de yeso de la pared, veíase agazapado un hombre casi desnudo, tan roto estaba su traje. Ocupábase en aquellos momentos en hacer dentro del círculo líneas geométricas muy bien trazadas, y parecía tan preocupado con su problema como Arquímedes cuando le mató el soldado de Marcelo. Ni siquiera pestañeó al rumor de la puerta que se abría, ni dio muestra alguna de sorpresa cuando el res­plandor de las antorchas iluminó con desusado brillo el húmedo sue­lo en que trabajaba. Volvióse entonces y vio con gran sorpresa la nu­merosa comitiva que acababa de entrar en su calabozo.

Acto continuo se puso en pie y cogió un cobertor que yacía a los pies de su miserable lecho para envolverse y recibir con mayor decen­cia a los recién venidos.

‑¿Qué es lo que pedís? ‑le dijo el inspector sin alterar la fórmula.

‑¿Yo, caballero...?, no pido nada ‑respondió el abate como ad­mirado.

‑Sin duda no me comprendéis ‑dijo el inspector‑. Yo soy un delegado del gobierno para visitar las cárceles y atender las reclama­ciones de los presos.

‑¡Oh!, entonces es otra cosa, caballero ‑exclamó vivamente el abate‑ Espero que vamos a entendernos.

‑¿Lo veis? ‑dijo el gobernador por lo bajo‑ El principio, ¿no os indica que va a parar a lo que yo os decía?

‑Caballero ‑prosiguió el preso‑, yo soy el abate Faria, natural de Roma. A los veinte años era secretario del cardenal Rospigliossi. Sin saber por qué, me detuvieron a principios de 1811, y desde enton­ces suplico vanamente mi libertad a las autoridades italianas y fran­cesas.

‑¿Y por qué a las francesas? ‑le preguntó el gobernador.

‑Porque me prendieron en Piombino, y supongo que, como Milán y Florencia, Piombino será actualmente capital de un departamento francés.

El inspector y el gobernador se miraron sonriendo.

‑¿Sabéis, amigo mío ‑le dijo el inspector‑, que no son muy frescas vuestras noticias de Italia?

‑Datan del día en que fui preso, caballero ‑repuso el abate Fa­ria‑ y como Su Majestad el emperador había creado el reino de Roma para el hijo que el cielo acababa de darle, supongo que, siguien­do el curso de sus conquistas, haya realizado el sueño de Maquiavelo y de César Borgia, que era hacer de Italia entera un solo y único reino.

‑Caballero ‑dijo el inspector‑, la Providencia, por fortuna, ha modificado ese gigantesco plan de que parecéis partidario tan ardiente.

‑Ese es el único medio de hacer de Italia un Estado fuerte, inde­pendiente y feliz ‑respondió el abate.

‑Puede ser ‑repuso el inspector‑; pero yo no he venido a estu­diar un curso de política ultramontana, sino a preguntaros, como ya lo hice, si tenéis algo que reclamar sobre vuestra habitación, trato y comida.

‑La comida es igual a la de todas las cárceles, quiero decir, malísi­ma ‑respondió el abate‑ la habitación ya lo veis, húmeda a insa­lubre, aunque muy buena para calabozo. Pero no tratemos de eso sino de revelaciones de la más alta importancia que tengo que hacer al gobierno.

‑Ya va a su negocio ‑dijo en voz baja el gobernador al inspector.

‑Me felicito, pues, de veros ‑prosiguió el abate‑, aunque me habéis interrumpido un cálculo excelente que a no fallarme cambia­ría quizás el sistema de Newton. ¿Podéis concederme una entrevista secreta?

‑¿Eh? ¿Qué decía yo? ‑dijo el gobernador al inspector.

‑Bien conocéis a vuestra gente ‑respondió este último sonriéndo­se, y volviéndose a Faria le dijo:

‑Caballero, lo que me pedís es imposible.

‑Sin embargo, ¿y si se tratase, caballero ‑repuso el abate‑, de hacer ganar al gobierno una suma enorme, una suma de cinco mi­llones?

‑A fe mía que hasta la cantidad adivinasteis ‑dijo el inspector volviéndose otra vez hacia el gobernador.

‑Vamos ‑prosiguió el abate, conociendo que el inspector iba a marcharse‑, no hay necesidad de que estemos absolutamente solos. El señor gobernador puede asistir a nuestra entrevista.

‑Amigo mío ‑dijo el gobernador‑, sabemos por desgracia de an­temano lo que queréis decirnos. De vuestros tesoros, ¿no es verdad?

Miró Faria a este hombre burlón con ojos en que un observador desinteresado hubiera leído la razón y la verdad.

‑Sin duda alguna ‑le respondió‑. ¿De qué queréis que yo os hable, sino de mis tesoros?

‑Señor inspector ‑repuso el gobernador‑, puedo contaros esa historia tan bien como el abate, porque hace cuatro o cinco años que no me habla de otra cosa.

‑Eso demuestra, señor gobernador ‑dijo Faria‑, que sois como aquellos de que habla la Escritura, que tienen ojos y no ven, oídos y no oyen.

‑Amigo ‑añadió el inspector‑, el gobierno es rico, y a Dios gra­cias no necesita de vuestro dinero. Guardadlo, pues, para cuando sal­gáis de vuestro encierro.

Dilatáronse los ojos del abate, y asiendo de la mano al inspector, le dijo:

‑Pero, ¿y si no salgo nunca? ¿Y si contra toda justicia permanezco siempre en este calabozo? ¿Y si muero sin haber legado a na­die mi secreto? ¡El tesoro se perderá! ¿No es preferible que lo posea­mos el gobierno y yo? Daré hasta seis millones, caballero, sí, le daré hasta seis millones, y me contentaré con el resto si se me pone en libertad.

‑A fe mía ‑dijo a media voz el inspector‑, habla con tal acento de convicción, que se le creería a no saber que está loco.

‑No estoy loco, caballero, digo la verdad ‑repuso Faria, que con ese oído finísimo de los presos no perdió una sola palabra‑. El te­soro de que hablo existe ciertamente, y me comprometo a firmar con vos un tratado por el cual me llevaréis adonde yo designe, se cavará en la tierra, y si yo miento, si no se encuentra nada, si estoy loco como decís, consentiré en volver al calabozo, y en permanecer toda mi vida, y en esperar la muerte sin volver a pedir nada ni a vos ni a nadie.

El gobernador se echó a reír.

‑¿Y está muy lejos el lugar de vuestro tesoro?

‑A cien leguas de aquí, sobre poco más o menos.

‑No está mal imaginado ‑dijo el gobernador‑. Si todos los pre­sos se divirtiesen en pasear a sus guardias por un espacio de cien leguas, y si los guardias consintiesen en tales paseos, sería un mag­nífico motivo para que los presos tomaran las de Villadiego a la primera ocasión, que no dejaría de presentarse, ciertamente, en tan larga correría.

‑Es un ardid muy gastado ‑dijo el inspector‑. Ni siquiera tiene el mérito de la invención.

Después, volviéndose al abate, le dijo:

‑Ya os he preguntado si os dan bien de comer.

‑Caballero ‑respondió Faria‑, juradme por Cristo nuestro Se­ñor que me pondréis en libertad si no miento, y os diré dónde está el tesoro.

‑¿Os dan buen alimento? ‑repitió el inspector.

‑Nada aventuráis, caballero, y no será un truco para escaparme, pero consiento en permanecer aquí mientras vos vayáis...

‑¿No contestáis a mi pregunta? ‑repuso impaciente el inspector.

‑¡Ni vos a mi solicitud! ‑respondió el abate‑. ¡Maldito seáis como los insensatos que no han querido creerme! ¿No queréis mi oro? Para mí será. ¿Me negáis la libertad? Dios me la dará. Idos. Ya nada tengo que decir.

Y el abate tiró el cobertor sobre la cama, recogió su pedazo de yeso, y fue a sentarse en medio de su círculo, donde continuó trazando sus figuras.

‑¿Qué hace? ‑decía el inspector al irse.

‑Cuenta sus tesoros ‑le contestó el gobernador.

Faria respondió a este sarcasmo con una mirada sublime de des­precio.

Salieron y el llavero cerró la puerta.

‑¿Si habrá poseído, en efecto, algún tesoro? ‑decía el inspector subiendo la escalera.

‑O habrá soñado que lo poseía, y despertó demente ‑repuso el gobernador.

‑Si realmente fuera tan rico, no estaría preso ‑añadió el inspec­tor con la sencillez del hombre corrompido.

Así concluyó para el abate Faria esta aventura. Siguió preso sin que lograse con la visita otra cosa que afirmar su fama de loco.

Caligula o Nerón, aquellos célebres rebuscadores de tesoros, que se dieron de cabezadas por todo lo imposible, hubiesen atendido a este pobre hombre, le hubiesen concedido el aire que deseaba, el espacio que en tanto tenía, la libertad que tan cara quería pagar; pero los reyes de ahora, encerrados en los límites de lo probable, no tienen la audacia de la voluntad, temen el oído que escucha las órdenes que ellos mismos dan, el ojo que ve sus acciones; no sienten en sí lo supe­rior de la esencia divina, son hombres coronados, en una palabra. En otro tiempo se creían o a lo menos se decían hijos de Júpiter, y conservaban algo del ser de su padre; que no se plagian fácilmente las cosas de ultra‑nubes. Ahora los reyes se hacen muy a menudo vulga­res. Sin embargo, como ha repugnado siempre al gobierno despótico que se vean a la luz pública los efectos de la prisión y de la tortura; como hay pocos ejemplos de que una víctima de la inquisición haya podido pasear por el mundo sus huesos triturados y sus sangrientas llagas, así la locura, esta úlcera causada por el fango de los calabozos, se esconde casi siempre cuidadosamente en el sitio en que ha nacido, o si sale de él es para enterrarse en un hospital sombrío, donde el médico no puede distinguir ni al hombre ni al pensamiento entre las informes ruinas que el carcelero le entrega.

Vuelto loco en la prisión el abate Faria, por su misma locura, esta­ba condenado a no salir nunca de ella. En cuanto a Dantés, el inspector le cumplió su palabra, examinando el libro de registro cuando volvió a los aposentos del gobernador. Así decía la nota referente a él:

Edmundo Dantés: Bonapartista acérrimo. Ha tomado una parte muy activa en la vuelta de Napoleón. Téngase muy vigilado y con el mayor secreto. Esta nota era de otra letra y de otra tinta que las demás del registro, lo que prueba que no ha sido anotada de la prisión de Edmundo. La acusación era bastante positiva para dudar de ella. El inspector escribió, pues, debajo:

«Nada se puede hacer por él.»

Esta visita había hecho revivir a Dantés. Desde su entrada en el calabozo se había olvidado de contar los días; pero el inspector le había dado una fecha nueva, y no la olvidó esta vez, sino que arran­cando de la pared un pedazo de yeso escribió en el muro: «30 de julio de 1816.» Desde este momento señaló con una raya cada día que pasaba para poder calcular el tiempo.

Transcurrieron días, semanas y meses, y Dantés seguía confiado. Empezó por fijar para su salida de la cárcel un término de quince días, pues suponiendo que el inspector no tuviese en su asunto sino la mitad del interés que él mismo tenía, le bastaba con ese plazo. Transcurrido también éste, pensó que era absurdo creer que el ins­pector se ocupase en tal cosa antes de su regreso a París, y como su vuelta era imposible sin terminar la visita, que debía durar lo menos un mes o dos, alargó Edmundo su plazo hasta tres meses. Pasados éstos hizo otro cálculo, prolongándolos hasta seis; pero cuando éstos pasaron también, halló que juntos los primeros días con los meses había esperado diez y medio.

Durante dicho tiempo en nada había mudado su situación; ningu­na nueva de consuelo había tenido, y seguía como siempre mudo su carcelero. Dantés empezó a dudar de sus sentidos, a creer que lo que tomaba por un recuerdo no era sino una visión de su fantasía, y que aquel ángel consolador solamente había bajado a su calabozo en alas de un sueño.

Al cabo de un año trasladaron al gobernador del castillo, obtenien­do el antiguo el mando de la fortaleza de Ham, a la que se llevó mu­chos de sus dependientes, entre ellos el carcelero de Edmundo. Lle­gó el nuevo gobernador, y como le costase mucho trabajo recordar los nombres de los presos, se los hizo representar por números. Este horrible hotel tenía unas cincuenta habitaciones, cuyos números res­pectivos tomaron sus habitantes. ¡El desgraciado marino dejó de llamarse Edmundo Dantés, cono­ciéndose tan sólo por el número 34!

 

Capítulo quince

El número 34 y el número 27

Dantés pasó por todos los grados de desventura que experimentan los presos olvidados en el fondo de sus calabozos. Comenzó por recurrir al orgullo, que es una consecuencia de la es­peranza y un íntimo convencimiento de la propia inocencia; después dudó de su inocencia, lo que no dejaba de justificar un tanto las supo­siciones de locura del gobernador, y por último cayó del pedestal de su orgullo, y no para implorar a Dios, sino a los hombres. Dios es el último recurso. El desgraciado que debería comenzar por él, no llega a implorarle sino después de haber agotado todas sus esperanzas.

Pidió, pues, que le sacasen de su calabozo para ponerle en otro, aunque fuese más negro y más oscuro. Un cambio, aunque perdiendo, era siempre un cambio, y le proporcionaría por algún tiempo distrac­ción. Pidió asimismo que le concediesen el pasear, y el tomar el aire, y libros a instrumentos. Nada le fue concedido; pero no por eso dejó de pedir, pues se había acostumbrado a hablar con su carcelero, que era más mudo que el anterior si es posible. Hablar con un hombre, aunque no le respondiese, había llegado a parecerle una gran felici­dad. Hablaba para escuchar su propia voz, pues cierta vez que ensayó en hablar a solas, su voz le dio miedo.

Muchas veces, cuando estaba en libertad, se había horrorizado Dantés al recuerdo de esas cárceles comunes de las poblaciones, don­de los vagabundos están mezclados con los bandoleros y con los ase­sinos, que con innoble placer contraen horribles lazos, haciendo de la vida de la cárcel una orgía espantosa. Pues, a pesar de todo, llegó in­cluso a sentir deseos de encontrarse en uno de estos antros, por ver otras caras que la de aquel carcelero impasible y mudo; llegó a echar de menos el presidio con su infamante traje, su cadena asida al pie, y la marca en la espalda. Los presidiarios al menos viven en sociedad con sus semejantes, respiran el aire libre y ven el cielo: los presidia­rios deben ser muy dichosos.

Un día suplicó a su guardián que pidiese para él un compañero, aunque fuese el abate loco de que había oído hablar. Bajo la corteza de un carcelero, por más que sea muy ruda, queda siempre algo de humanidad, y éste, a pesar de que nunca lo había demostrado osten­siblemente, en lo íntimo de su alma compadeció muchas veces a aquel desgraciado joven, sujeto a tan dura cautividad, por lo que transmitió al gobernador la solicitud del número 34; pero el gobernador, pru­dentísimo como si fuera un hombre político, se figuró que Dantés quería insurreccionar a los presos, fraguar una conspiración, contar con algún amigo para alguna tentativa; y le negó lo que pedía.

Habiendo agotado todos los recursos humanos, y no encontrando remedio de ninguna clase para sus males, fue cuando se dirigió a Dios. Vinieron entonces a vivificar su alma todos esos pensamientos pia­dosos que baten sus alas sobre los desgraciados. Recordó las oracio­nes que le enseñaba su madre, hallándoles una significación entonces de él desconocida, porque las oraciones para el hombre que es dicho­so son a veces palabras vacías de sentido, hasta que el dolor viene a explicar al infortunio ese lenguaje sublime con que nos habla Dios.

Oró, pues, mas no con fervor sino con rabia. Rezando en alta voz no le asustaban sus palabras: caía en una especie de éxtasis; a cada palabra que pronunciaba se le aparecía Dios; sacaba lecciones de todos los hechos de su vida humilde y oscura, atribuyéndolos a Dios, im­poniéndose deberes para el porvenir, y al final de cada rezo interca­laba ese deseo egoísta que los hombres dirigen a sus semejantes más a menudo que a Dios:

«... Y perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores... »

Y esto le puso sombrío, y un velo cubrió sus ojos. Dantés era un hombre sencillo y sin educación. Lo pasado permanecía para él en­vuelto en ese misterio que la ciencia desvanece. En la soledad de un calabozo, en el desierto de su imaginación, no le era posible resucitar los tiempos pasados, reanimar los pueblos muertos, restaurar las an­tiguas ciudades, que el pensamiento poetiza y agiganta, y que pasan delante de los ojos alumbradas por el fuego del cielo, como los cua­dros babilónicos de Martin. Dantés no conocía más que su pasado, tan breve; su presente, tan sombrío, y su futuro tan dudoso. ¡A la luz de los diecinueve años ver la oscuridad de una noche eterna! Como ninguna distracción le entretenía, su espíritu enérgico, a cuyas aspiraciones bastara solamente el tender su vuelo a través de las edades, se veía obligado a ceñirse a su calabozo como un águila en­cerrada en una jaula. Entonces se aferraba, por decirlo así, a una idea, a la de su ventura, desvanecida sin causa aparente por una fatalidad inconcebible; aferrábase, pues, a este pensamiento, le daba mil vuel­tas examinándolo bajo todas sus fases, devorándolo como el impla­cable Ugolino devora el cráneo del arzobispo Roger en el Infierno del Dante. Edmundo, que sólo tenía una fe pasajera en el poder, la perdió como la pierden otros después del triunfo, con la única dife­rencia de que él no había sabido aprovecharla.

La rabia sucedió al ascetismo. Tales blasfemias decía Edmundo, que el carcelero retrocedía espantado: se daba golpes contra las paredes, y con cuanto tenía a la mano, principalmente en sí mismo se vengaba de las contrariedades que le hacía sufrir un grano de arena, una paja o una ráfaga de viento. Entonces aquella carta acusadora que él había visto, que él había to­cado, que le enseñó Villefort, volvía a clavársele en el magín y cada línea brillaba en la pared como el Mane Thécel Pharés, de Baltasar. Decía para sí que era el odio de los hombres, no la venganza de Dios el que lo hundió en aquella sima; entregaba aquellos hombres des­conocidos a todos los suplicios que inventaba su exaltada imaginación, y aún le parecían dulces los más tremendos, y sobre todo livianos para ellos, porque tras el suplicio viene la muerte, y la muerte es, si no el reposo, la insensibilidad, que se le parece mucho.

A fuerza de repetirse a sí mismo, a propósito de sus enemigos, que la calma es la muerte, y el que desea castigar con crueldad nece­sita de otros recursos que no son los de la muerte, cayó en el horrible ensimismamiento que ocasiona la idea del suicidio. ¡Pobre de aquel a quien detienen en la pendiente de la desgracia estas tristes ideas! ¡Son como uno de esos mares muertos que reflejan el purísimo azul del cielo; pero que si el nadador se arroja a ellos, siente hundirse sus pies en un suelo fangoso, que le atrae, le aspira y le traga! En esta situación, sin auxilio divino, no hay remedio para él, y cada esfuerzo que hace le hunde más, y le arrastra más y más a la muerte.

Esta agonía moral es, sin embargo, menos terrible que el dolor que la precede y el castigo que acaso la sigue; es una especie de consuelo vertiginoso, que nos muestra la profundidad del abismo, pero que también en su fondo nos muestra la nada. Edmundo se consoló, pues, un tanto con esta idea. Todos sus dolores, todos sus sufrimientos, con su lúgubre cortejo de fantasmas, huyeron hacia aquel rincón del ca­labozo, donde parecía que el ángel de la muerte pudiese fijar su si­lenciosa planta. Contempló ya con tranquilidad su vida pasada, con terror su vida futura, y eligió ese término medio que le ofrecía un asilo.

‑Tal vez en mis lejanas correrías, cuando yo era aún hombre, y cuando este hombre libre y potente daba a otros hombres órdenes que eran ejecutadas en el acto, tal vez (decía para sí) he visto nublar­se el cielo, bramar las olas y encresparse, nacer la tempestad en un extremo del espacio, y como un águila gigantesca venir llenando con sus alas los dos horizontes. Quizá conocía ya entonces que mi barco era un refugio despreciable, puesto que parecía temblar y estreme­cerse, ligero como una pluma en la mano de un gigante. Después el terrible mugido de las olas, la vista de los escollos me anunciaban la muerte, y la muerte me espantaba, y hacía inauditos esfuerzos para librarme de ella, y reunía en un punto todas las energías del hombre y toda la inteligencia del marino para luchar con Dios. Y esto, porque yo entonces era feliz; porque volver a la vida era para mí volver a la felicidad; porque aquella muerte yo no la había llamado ni la había elegido; porque el sueño, en fin, me parecía intolerable en aquel le­cho de algas y de légamo..., era que me indignaba a mí, criatura, imagen de Dios, el servir de pasto a los albatros o a los tiburones. Pero hoy ya es otra cosa: he perdido cuanto me encariñaba con la existencia; hoy la muerte me sonríe como una nodriza al niño que va a amamantar; hoy muero como se me antoja; muero cansado, como dormía en aquellas noches de desesperación y rabia después de haber dado tres mil vueltas en mi camarote; es decir, treinta mil pasos; es decir, diez leguas sobre poco más o menos.

En cuanto esta idea germinó en la imaginación del joven, púsose un tanto más alegre, más risueño, se conformó más con su pan negro y con su dura cama, comió menos, dejó de dormir, y comenzó a pare­cerle soportable aquel resto de existencia, que podría dejar cuando quisiese, como se deja un vestido viejo.

Dos maneras tenía de morir; una era sencilla: atar su pañuelo a un hierro de la ventana y ahorcarse; otra era dejarse morir de hambre, sin que su carcelero se diera cuenta de ello. La primera repugnaba mucho a Dantés, porque recordaba a los piratas que mueren ahorca­dos en las vergas de los navíos que los apresan: tenía pues a la horca por un suplicio infamante y no quería aplicárselo a sí mismo, por lo que adoptó el segundo medio, empezando desde aquel día a ponerlo en práctica.

Cerca de cuatro años habían transcurrido en las alternativas que hemos referido. A fines del segundo dejó de contar los días, y había vuelto a esa ignorancia del tiempo, de que le sacara en otra época el inspector.

Habiendo dicho Dantés «quiero morir», y habiendo elegido hasta la muerte que se daría, lo calculó bien todo, y por temor de arre­pentirse hizo juramento consigo mismo de morir de aquella manera. «Cuando me traigan las provisiones las tiraré por la ventana ‑decía­se‑, y aparentaré que las he comido.»

Hízolo como se lo había prometido. Dos veces cada día tiraba su comida por la ventanilla con reja, que apenas le dejaba ver el cielo, primeramente con alegría, después con reflexión, y por último con pesar. Para fortalecerse en tan horrible lucha, necesitaba recordarse a cada instante el juramento que se había hecho. Aquella comida que otras veces le repugnaba, gracias al aguijón del hambre, le pare­cía tentadora a la vista, exquisita al olfato, y más de una vez pasó horas enteras con la cazuela en las manos contemplando fijamente iba a cesar para él, hízole figurarse que Dios se compadecía al fin de aquella carne nauseabunda, aquel pescado podrido, y aquel pan negro sus sufrimientos. Dominaban aún en él los postreros instintos de la vida. Su calabozo de sus amigos, alguno de esos seres amados, en quien tantas veces le parecía entonces menos sombrío, y su situación menos desesperada. pensó, siempre que pensaba, no se ocuparía de él en aquellos mo­mentos. Todavía era joven, puesto que debía contar veinticinco o veintiséis años, y le quedaban con corta diferencia cincuenta que vivir, o sea el doble de lo que había vivido. Pero no, sin duda Edmundo se engañaba; aquello no era más que una de esas visiones fantásticas que se forjan a las puertas de lamentos, y no trataría de disminuir la distancia que los separaba?

Durante este tiempo, ¡cuántos acontecimientos podrían abrir las murallas del castillo de If, y romper las puertas, y volverle a la liber­tad! Entonces aproximaba a su boca aquella comida que, Tántalo voluntario, apartaba al punto con mano firme, pues con el recuerdo de su juramento, esta generosa naturaleza temía despreciarse a sí mis­mo si lo quebrantaba. Riguroso a implacable consigo mismo, gastó, pues, el asomo de existencia que le quedaba, llegando un día en que no tuvo fuerzas para levantarse a arrojar la comida. Al día siguiente ya no veía, y oía con mucha dificultad. El carcelero creyó que estaba enfermo de gravedad, y Edmundo confió ya en su muerte próxima. Así pasó todo el día. Cierto aturdimiento vago y un si es no es agradable, empezaba a apoderarse de él.

Ya se habían adormecido las convulsiones nerviosas de su estóma­go; se habían calmado los ardores de su sed. Al cerrar los ojos veía una multitud de resplandores brillantes, como esos fuegos fatuos que oscilan por la noche a flor de los terrenos fangosos: era el crepúsculo de ese ignoto país que se llama la muerte.

De repente, a las nueve de aquella misma noche, oyó en la pared en que se apoyaba su cama un ruido sordo y lento. Venían tantos animales inmundos a hacer ruido por aquel lado, que poco a poco se había acostumbrado Dantés a no despertar siquie­ra de sus sueños por cosa tan común allí; pero esta vez, ya que la abs­tinencia tuviese exaltados sus sentidos, ya que fuese el ruido, en efecto, extraordinario, o ya porque en los momentos supremos todo tiene importancia, Edmundo levantó la cabeza para oír mejor. Era una especie de frotamiento acompasado, que parecía provenir, o de unas enormes uñas o de unos dientes fortísimos, o en fin, de un instrumento que chocara con la piedra. Aunque debilitada, en la imaginación del joven bulló al punto esta idea falaz, fija constantemente en la de todo preso: ¡La libertad! La ocasión en que escuchaba aquel ruido, justamente cuando todo ruido muere. El ruido seguía oyéndose, sin embargo, y duró hasta tres horas sobre por más o menos, terminando en una especie de roce, como al arras­trar una cosa.

Horas más tarde se repitió más fuerte y más cercano. Empezaba Edmundo a interesarse en aquel trabajo que le hacía compañía, cuan­do entró el carcelero.

Habían pasado ocho días desde que decidió morir, y cuatro desde que empezó a poner en práctica su proyecto, y en todo este tiempo no había Edmundo dirigido la palabra a aquel hombre, ni respondido a las que él le dirigía preguntándole por su enfermedad, sino que por el contrario, siempre se volvía del otro lado cuando el carcelero le contemplaba atentamente. Mas hoy podía el carcelero oír aquel sordo ruido y alarmarse, y des­truir acaso aquel yo no sé qué de esperanza, cuya idea deleitaba los últimos momentos de Dantés.

El carcelero le traía el almuerzo y Edmundo se incorporó en su cama, y ahuecando la voz se puso a hablar de todas las cosas posibles, de la mala calidad de su alimento, del frío que reinaba en el calabozo, maldiciendo y gruñendo, para tener el derecho de gritar más fuerte­mente, y agotando la paciencia del carcelero, que precisamente aquel día había pedido para el preso enfermo caldo y pan tierno, y le lleva­ba ambas cosas. Por fortuna creyó que Dantés deliraba, y salió del calabozo, po­niendo el almuerzo en la mesilla coja donde lo solía dejar. Libre entonces Edmundo, volvió a escuchar con deleite. El ruido era ya tan claro que el joven lo escuchaba sin trabajo al­guno.

‑¡No hay dada! ‑exclamó para sí‑; puesto que, a pesar de la luz del día prosigue este ruido, lo ocasiona algún desdichado preso para escaparse. ¡Oh! ¡Si yo estuviera con él, cómo le ayudaría!

De pronto, una nube sombría pasó eclipsando esta aurora de es­peranza por aquella mente, sólo habituada a la desgracia, y que no podía sin macho trabajo volver a concebir la felicidad. Era, pues, la idea de que quizás aquel rumor lo ocasionaban algunos albañiles que se ocupasen por orden del gobernador, en arreglar el calabozo in­mediato.

Fácil era cerciorarse; pero ¿cómo se atrevía a preguntarlo? Nada más fácil, repetimos, que esperar la llegada del carcelero, hacerle dar­se cuenta del ruido, y observar la impresión que le causaba; pero con esta nimia satisfacción de su curiosidad, ¿no podría arriesgar intere­ses muy altos? Por desgracia, la cabeza de Edmundo, como una cam­pana vacía, estaba aturdida, y tan débil, que su cerebro, flotante como un vapor, no podía condensarse para concebir una idea. No vio más que un medio para dar fuerza a su reflexión y lucidez a su juicio; vol­vió los ojos hacia el caldo, humeante aún, que el carcelero acaba­ba de poner sobre la mesa, y levantándose como pudo tomó la taza y bebió de un sorbo, sintiendo al punto un indecible bien­estar.  Y tuvo fuerzas para contenerse, aunque había ya cogido el pan para comerlo; pero el recuerdo de que muchos náufragos, extenuados de hambre, habían muerto por comer mucho de repente, hízole dejar el pan sobre la mesa y volver a acostarse. Edmundo ya no quería morir.

Pronto sintió penetrar la luz en su cerebro. Sus ideas vagas e in­comprensibles empezaban a reflejarse en ese espejo maravilloso cuya lucidez distingue al hombre del animal. Pudo, pues, pensar, fortifi­cando su pensamiento con el raciocinio.

‑Puedo hacer una prueba ‑dijo entonces para sí‑, pero sin comprometer a nadie. Si el ruido procede de un albañil, en cuanto yo golpee la pared, cesará, porque él intentará saber quién llama y por qué llama; pero como será su trabajo no solamente lícito sino obligatorio, al punto lo proseguirá. Si, por lo contrario, es un preso, el ruido que yo haga debe sobresaltarle, y temiendo ser descubierto abandonará su trabajo hasta la noche cuando todos duerman en el castillo.

Acto seguido volvió a levantarse Edmundo, y esta vez, ni sus pier­nas vacilaban ni sus ojos se desvanecían. Dirigióse a un rincón del ca­labozo, arrancó una piedra, que con la humedad iba ya desprendién­dose, y con ella dio tres golpes en la pared, donde parecía sentirse más cercano el ruido. Al primer golpe, el ruido cesó como por ensalmo. Púsose a escuchar Edmundo con toda su alma, y pasó una hora, y pasaron dos, sin que el ruido prosiguiese. Del otro lado de la pared respondía a sus golpes un silencio absoluto. Lleno de esperanza, comió algunos bocados de pan, bebió unos sorbos de agua, y gracias a la poderosa constitución de que le dotara la naturaleza, hallóse poco más o menos como antes. Llegó la noche y no se oyó el ruido.

‑¡Es un preso! ‑exclamó Dantés con indecible júbilo.

Desde entonces su cabeza fue un volcán, y se hizo su vida violenta a fuerza de ser activa. Pasó la noche sin que él cerrara los ojos ni se oyera el más leve ruido. Con el alba llegó el carcelero a traer las provisiones. Edmundo había agotado las del día anterior, y agotó también las nuevas, escuchando incesantemente aquel ruido que no continuaba, temiendo que no vol­viese a repetirse, andando al día diez o doce leguas en su calabozo, asiéndose a la reja de hierro de la ventanilla para recobrar la elastici­dad de sus miembros, y disponiéndose, en fin, a luchar cuerpo a cuerpo con el porvenir, al igual que los gladiadores, que ejercitaban su cuerpo y lo frotaban con aceite antes de bajar a la arena. En los intervalos de esta febril actividad, escuchaba por si volvía el ruido, impacientándose con la prudencia de aquel preso, que no adivinaba que quien le había interrumpido en sus tareas de libertad era otro preso que deseaba recobrarla tanto como él.

Transcurrieron tres días... setenta y dos horas mortales contadas minuto por minuto. A1 fin una noche, cuando el carcelero acababa de hacerle su última visita, tenía Edmundo por centésima vez pegado el oído a la pared, y le pareció que un rumor imperceptible vibraba sordamente en su cabeza, puesta en contacto con la pared. Apartóse un poco para refrescar su cerebro exaltado, dio algunas vueltas por la habitación, y volvió a colocarse en el mismo sitio. No había duda: algo pasaba en el otro lado. El preso había recono­cido lo arriesgado de su empresa y la proseguía de otro modo. Sin duda había sustituido el cincel por la palanca. Animado por este descubrimiento, Edmundo decidió ayudar a aquel obrero infatigable. Empezando por apartar su cama, pues detrás de ella creía que sonaba el rumor, buscó con los ojos un objeto que le sirviese para rascar la pared y arrancar una piedra de sus húmedos cimientos. No tenía cuchillo ni instrumento cortante alguno, sino sólo los ba­rrotes de la reja, y como más de una vez se había convencido de que era imposible arrancarlos, ni siquiera lo intentó. Todos sus muebles reducíanse a la cama, una silla, una mesa, un jarro y un cántaro. La cama tenía los pies de hierro; pero los tenía unidos a las tablas con tornillos. Para poder arrancarlos necesitaba de un destornillador.

Sólo le quedaba un recurso: romper el cántaro, y emprender su ta­rea con uno de los pedazos que tuviesen forma puntiaguda. Dicho y hecho: dejó caer el cántaro al suelo, con lo que se hizo mil peda­zos. Eligió dos o tres de los más agudos y los ocultó en su jergón, dejando los otros en el suelo. El romperse el cántaro era una cosa tan natural, que no le daba cuidado alguno. Edmundo tenía toda la noche para trabajar; pero con la oscuridad no se daba mucha maña, pues tenía que trabajar a tientas, y conoció bien pronto que su primitiva herramienta se embotaba contra un cuerpo más duro. Volvió, pues, a acostarse y esperó que amanecie­ra: con la esperanza había recobrado la paciencia, y durante toda la noche no dejó de oír al zapador anónimo que continuaba su trabajo subterráneo.

Al amanecer entró el carcelero. Díjole el joven que bebiendo, la víspera, con el cántaro, se le había caído de las manos, rompién­dose. El carcelero, refunfuñando, fue a traer otra vasija nueva, sin to­marse el trabajo de llevarse los restos de la rota. Volvió con ella un instante después, encargando al preso que tu­viese más cuidado, y se marchó.

Dantés escuchó con alegría inexplicable rechinar la cerradura, que en otros tiempos cada vez que se cerraba le oprimía el corazón. Oyó alejarse el ruido de los pasos, y cuando se extinguieron ente­ramente corrió a retirar la cama de su sitio, con lo que pudo ver, al débil rayo de luz que penetraba en el calabozo, lo inútil de su tarea de la noche anterior, ya que había rascado la piedra y no la cal que por sus extremos la rodeaba y que la humedad había reblandecido bas­tante. Latiéndole con fuerza el corazón observó Dantés que se caía a pedazos, y que aunque los pedazos eran átomos, en realidad, en media hora arrancó un puñado poco más o menos. Un matemático hubiera podido calcular que con dos años de este trabajo, si no se tropezaba con piedra viva, podría practicarse un bo­quete de dos pies cuadrados y veinte de profundidad. Entonces el preso se reprendió a sí mismo por no haber ocupado en aquella manera las largas horas que había perdido esperando, re­zando y desesperándose. Eran cerca de seis años que llevaba en el calabozo. ¿Qué trabajo no hubiera podido acabar por lento que fuese? Esta idea le infundió alientos.

A los tres días logró, con infinitas precauciones, arrancar todo el cimiento, dejando la piedra al aire. La pared se componía de morri­llos interpolados de piedras para mayor solidez. Una de estas piedras era la que había casi desprendido y que ahora anhelaba arrancar de su base. Recurrió Dantés a sus dedos, pero fueron insuficientes, y los pe­dazos del cántaro, introducidos a manera de palanca en los huecos, se rompían cuando él apretaba. Después de una hora de inútiles tentativas se levantó con la frente bañada en sudor, lleno de angustia el corazón, preguntándose si ten­dría que renunciar al principio de su empresa. ¿Tendría que esperar, inerte y pasivo, a que su compañero, que quizá se cansaría, lo hiciese todo por su parte?

Pasó entonces por su imaginación una idea que le hizo quedarse parado y sonriendo. Su frente húmeda de sudor se secó al punto. El carcelero le llevaba todos los días la sopa en una cacerola de cinc. Además de su sopa, contenía esta cacerola seguramente la de otro preso, puesto que había observado Dantés que unas veces estaba enteramente llena y otras hasta la mitad únicamente, según que su conductor empezaba a distribuir por él o por su compañero.

La cacerola tenía un mango de hierro, que era justamente lo que Edmundo necesitaba, y lo que hubiera pagado con diez años de su vida. El carcelero solía vaciar la cacerola en la cazuela de Dantés, quien después de comerse la sopa con una cuchara de palo, lavaba la cazuela para que le sirviera al siguiente día. Aquella noche Edmundo colocó la cazuela en el suelo entre la puer­ta y la mesilla, de modo que al entrar el carcelero la pisó y la hizo mil pedazos sin que pudiese decir nada a Dantés: si éste había come­tido la torpeza de dejarla en el suelo, el carcelero había cometido la de no mirar dónde ponía los pies; por lo que tuvo que contentarse con refunfuñar. Miró luego a su alrededor para hallar donde dejarle la comida; pero Dantés no tenía más vasija que la cazuela.

‑Dejadme la cacerola ‑dijo Edmundo‑, mañana podréis reco­gerla cuando me traigáis el desayuno.

Este consejo convenía tanto a la pereza del carcelero, como que así no necesitaba subir y bajar otra vez la escalera. Dejó pues la cacerola. Edmundo tembló de alegría, y comiendo esta vez a toda prisa la sopa y el resto de sus provisiones, que, según costumbre de las cárce­les, se juntaban en una sola vasija, esperó más de una hora para cer­ciorarse de que el carcelero no volvería; separó la cama de la pared, cogió la cacerola, a introduciendo el mango por la junta de piedra, sir­vióse de él como de una palanca.

Una ligera oscilación de la piedra le probó que su ensayo tenía buen j resultado; al cabo de una hora, la piedra había salido de la pared, dejando un hueco como de un pie de diámetro. Recogió con cuidado toda la cal, y la esparció en los rincones del calabozo. Luego raspó el suelo con uno de los pedazos del cántaro y mezcló aquella cal con tierra negruzca. Queriendo después aprovechar aquella noche, en que la casuali­dad, o mejor dicho, su sabia combinación le proveyera de tan pre­cioso instrumento, siguió cavando con mucho afán. Al amanecer volvió a colocar la piedra en su agujero, colocó tam­bién la cama en su sitio y se acostó. Su almuerzo consistía en un pedazo de pan, que poco después vino a traerle el carcelero.

‑¡Cómo! ¿No me bajáis otra cazuela? ‑le preguntó Edmundo.

‑No, porque todo lo rompéis ‑respondió aquél‑. Habéis roto a un cántaro, y tenido la culpa de que yo rompiese la cazuela. Si todos los presos hiciesen tanto gasto como vos, el gobierno no podría so­portarlo. Os dejaré la cacerola, y en ella os echaré la sopa de hoy en adelante: acaso no la romperéis.

Dantés levantó los ojos al cielo y cruzó las manos debajo de su co­bertor porque aquel pedazo de hierro, de que dispondría ya a todas horas, le inspiraba una gratitud al cielo, más viva que la que le habían inspirado todas las venturas de su vida anterior. Había observa­do solamente que su compañero no trabajaba desde que él había co­menzado su tarea. Pero ni esto importaba, ni era razón para desmayar: si su compa­ñero no llegaba hasta él, él llegaría hasta su compañero. Todo el día trabajó sin descanso, de manera que por la noche, gra­cias a su nuevo instrumento, había arrancado de la pared sobre diez puñados, entre morrillos, cal y piedra del cimiento.

A la hora de la visita enderezó lo mejor que pudo el mango de su cacerola, colocándola en su sitio. Vertió en ella el llavero su ordinaria ración de sopa y de provisiones, o por mejor decir de pescado, porque aquel día, así como tres veces por semana, hacían comer de viernes a los presos. Este habría sido un medio de calcular el tiempo, si Edmun­do no hubiera renunciado a él desde hacía mucho.

Fuese el carcelero y esta vez quiso Dantés asegurarse de si su veci­no había en efecto renunciado o no a su empresa, y se puso a escuchar atentamente. Todo permaneció en silencio como durante aquellos tres días en que los trabajos se habían interrumpido. Suspiró, convencido de que el preso desconfiaba de él. Con todo, no por esto dejó de trabajar toda la noche; pero a las dos o tres horas tropezó con un obstáculo. El hierro no se hundía, sino que resbalaba sobre una superficie plana. Metió la mano, y pudo cerciorarse de que había tropezado con una viga que atravesaba, o, mejor dicho, cubría enteramente el agujero comenzado por él. Era preciso cavar por debajo de ella o por encima. El desgraciado no había pensado en este obstáculo.

‑¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ‑exclamó‑, tanto os recé, que con­fié que me oyeseis. ¡Dios mío!, después de haberme quitado la liber­tad en vida... ¡Dios mío!, después de haber hecho renunciar al repo­so de la muerte... ¡Dios mío!, que me habéis devuelto al mundo... ¡Dios mío! ¡Apiadaos de mí, no me dejéis morir entregado a la deses­peración!

‑¿Quién es el que habla de Dios y se desespera? ‑murmuró una voz, que como salida del centro de la tierra, llegaba a Edmundo opa­ca, por decirlo así, y con un acento sepulcral.

Erizáronsele los cabellos y retrocedió, aunque estaba de rodillas.

‑¡Ah! ‑dijo‑, oigo la voz de un hombre.

Ya hacía cuatro o cinco años que Edmundo no hablaba sino con el carcelero, y para los presos el carcelero no es un hombre, es una puer­ta viva que se aumenta a la puerta de encina, es una barra de carne sujetada a los hierros de su ventana.

‑En nombre del cielo, quienquiera que seáis el que habló, imploro que sigáis hablando, aunque vuestra voz me asuste: ¿quién sois?

‑¿Y vos, quién sois? ‑le preguntó la voz.

‑Un preso desdichado ‑respondió Edmundo, que no tenía nin­gún inconveniente en responder.

‑¿De dónde sois?

‑Francés.

‑¿Os llamáis?

‑Edmundo Dantés.

‑¿Vuestra profesión?

‑Marino.

‑¿Cuánto tiempo hace que estáis preso?

‑Desde el 28 de febrero de 1815.

‑¿Cuál es vuestro delito?

‑Soy inocente.

‑Pero ¿de qué os acusan?

‑De haber conspirado para que volviera el emperador.

‑¿El emperador no está ya en el trono?

 ‑Abdicó en Fontainebleau en 1814, y fue desterrado a la isla de Elba. Pero ¿desde cuándo estáis vos aquí que ignoráis todo esto?

‑Desde 1811.

Dantés se estremeció; aquel hombre estaba preso cuatro años antes que él.

‑Está bien: no cavéis más ‑dijo la voz muy aprisa‑. Decidme solamente: ¿a qué altura está vuestra excavación?

‑Al nivel del suelo.

‑¿Y cómo puede ocultarse?

‑Con mi cama.

‑¿No os han mudado la cama desde que estáis preso?

Nunca.

‑¿Adónde cae vuestro calabozo?

‑A un corredor.

‑¿Y el corredor?

‑Al patio.

‑¡Ay! ‑murmuró la voz.

‑¡Dios mío! ¿Qué ocurre? ‑preguntó Dantés.

‑Que me equivoqué; que lo imperfecto de mi croquis me enga­ñó; que la falta de compás me ha perdido, pues una línea equivocada en mi croquis equivale en realidad a quince pies. He creído que esta pared que nos separa era la muralla.

‑Pero entonces hubierais salido al mar.

‑Era lo que yo quería.

‑¿Y si lo hubieseis logrado?

‑Nadaría hasta llegar a una de esas islas que rodean al castillo de If, la isla de Daume o la de Tiboulen, o la costa, y me hubiera sal­vado.

‑¿Habríais podido nadar tanto?

‑Dios me habría dado fuerzas. Ahora todo está perdido.

‑¿Todo?

‑Sí, tapad muy bien ese agujero, no trabajéis más, no os ocupéis en nada, y esperad que yo os avise...

‑¿Quién sois? Decidme quién sois, por lo menos.

‑Soy... soy el número 27.

‑¿Desconfiáis de mí? ‑le preguntó Dantés.

Y creyó oír por toda respuesta una risa amarga.

‑¡Oh! Soy buen cristiano ‑exclamó en seguida, adivinando ins­tintivamente que aquel hombre pensaba abandonarle‑. Os juro por Cristo que primero consentiré que me maten, que dejar entrever a vuestros verdugos y a los míos un átomo de la verdad; pero, en nombre del cielo, no me privéis de vuestra presencia, no me privéis de vuestra voz, porque, os lo juro, me van abandonando ya las fuer­zas... porque me estrellaría contra la pared y tendríais que reprocha­ros mi muerte.

‑¿Qué edad tenéis? Vuestra voz parece la de un joven.

‑No sé mi edad a punto fijo, como no sé el tiempo que he pasado aquí. Solamente sé que iba a cumplir diecinueve años cuando me prendieron en 1815.

‑No ha cumplido aún veintiséis años ‑murmuró la voz. A esa edad el hombre no es traidor todavía.

‑¡Oh! No, no, os lo juro ‑repitió Dantés‑. Os lo dije, consenti­ré que me despedacen antes que haceros traición.

‑Hicisteis bien en hablarme, hicisteis bien en rogarme, porque ya iba yo a trazar otro plan y a separarme de vos. Pero vuestra edad me tranquiliza; esperadme, que me reuniré con vos.

‑¿Cuándo?

‑Antes calcularé nuestros recursos: dejad a mi cargo el avisaros.

‑Pero no me abandonaréis, no me dejaréis solo, ¿verdad? Os ven­dréis a reunir conmigo o consentiréis en que vaya a reunirme con vos. Huiremos juntos, y si no podemos huir, hablaremos, vos de las perso­nas a quienes améis, yo de aquellas a quienes amo. Vos debéis de amar a alguien.

‑Estoy solo en el mundo.

‑Entonces me amaréis a mí. Si sois joven seré vuestro amigo; si viejo, vuestro hijo. Mi padre debe de contar ahora setenta años, si aún vive; yo sólo amaba a él y a una joven llamada Mercedes. Estoy seguro de que mi padre no me ha olvidado; pero ella... sabe Dios si aún piensa en mí. Os amaré como amaba a mi padre.

‑Está bien ‑dijo el preso‑. Hasta mañana.

Aunque pocas, el acento de estas palabras convenció a Dantés, que sin hacer ninguna pregunta más se levantó, y tomando para ocul­tar los escombros las mismas precauciones de otros días, volvió a arri­mar su cama a la pared. Desde aquel instante se entregó en cuerpo y alma a su felicidad: ya no estaría solo, quizás iba a ser libre; y lo peor que podría sucederle, si seguía preso, era tener un compañero, y como es sabido, la prisión en compañía es sólo media prisión. Las quejas exhaladas en común son casi oraciones; las oraciones en común son casi himnos de gra­titud.

?          Dantés no hizo en todo el día más que pasear de un extremo al otro de su calabozo, saltándosele el corazón de júbilo, júbilo que en algu­nos intervalos le ahogaba. Sentábase en la cama, apretándose el pe­cho con las manos, y al menor ruido que se oía en el corredor lanzabase hacia la puerta; porque una o dos veces le pasó por su imagina­ción la idea horrible de que le separasen de aquel hombre, a quien ya amaba aún sin conocerle. Entonces tomó una resolución: si el carcelero separaba su cama de la pared, y veía la excavación, y se inclinaba para examinarla, él le asesinaría al punto con la baldosa en que colocaba el cántaro de agua.

Le condenarían a muerte, bien lo sabía; pero ¿no iba él a morir de fastidio y desesperación cuando aquel ruido milagroso le volvió a la vida?

A la noche volvió el carcelero. Dantés estaba acostado, porque le parecía que así ocultaba mejor la excavación. Con ojos muy extra­ñados debió de mirar sin duda al inoportuno carcelero, porque éste le dijo:

‑Vamos, ¿vais a volveros loco otra vez?

Dantés no respondió, porque temía que lo conmovido de su acento le delatase. El carcelero se fue, moviendo la cabeza. Al llegar la noche creyó Dantés que su vecino se aprovecharía del silencio y de la oscuridad para reanudar la conversación; pero nada menos que eso: transcurrió la noche sin que ningún ruido respondiese a su febril ansiedad; pero, por la mañana, después de la visita de cos­tumbre, cuando ya él había separado su cama de la pared, sonaron tres golpecitos acompasados, que le hicieron ponerse apresuradamente de radillas.

‑¿Sois vos? ‑dijo‑ ¡Aquí estoy!

‑¿Se ha marchado ya el carcelero? ‑preguntó la voz.

‑Sí, y no volverá hasta la noche ‑contestó Dantés‑. Tenemos doce horas a nuestra disposición.

‑¿Puedo, pues, trabajar? ‑preguntó la voz.

‑Sí, sí, ¡al instante! ¡Al instante! Yo os lo suplico.

?          Y en el mismo momento la tierra en que apoyaba Dantés ambas manos, pues tenía la mitad del cuerpo metido en el agujero, vaciló como si le faltara la base. Echóse hacia atrás Dantés, y una porción de tierra y piedras se precipitó por otro agujero que acababa de abrirse debajo del que había abierto él. Entonces, en el fondo de aquel ló­brego antro, cuya profundidad no podía calcularse a primera vista, apareció una cabeza, unos hombros, y un hombre, por último, que salía con bastante agilidad.

 

Capítulo dieciséis

Un sabio italiano

Dantés recibió en sus brazos a aquel nuevo amigo, por tanto tiem­po esperado, y lo llevó junto a su ventana para que le alumbrase por entero la tenue luz del calabozo.

Era un hombre pequeño de estatura, encanecido más por las penas que por los años, ojos de mirada penetrante ocultos por espesas cejas, también un tanto canas, y de larguísima barba que todavía se con­servaba negra. Lo demacrado de su rostro, que surcaban arrugas profundísimas, la línea atrevida de sus facciones, todo en él, en fin, revelaba al hombre más acostumbrado a ejercer las facultades del alma que las del cuerpo. La frente del recién llegado estaba bañada en sudor y en cuanto al traje, era imposible distinguir la forma primitiva, porque se le caía a pedazos. Lo menos representaba sesenta y cinco años, aunque cierto vigor en las acciones .demostraba que tal vez tenía menos edad que la que le hacía representar su prolongado encierro.

Acogió el recién llegado las entusiastas protestas del joven con una especie de agrado, y parecía como si su alma helada reviviese por un instante para confundirse con aquella alma ardiente. Agradecióle, pues, efusivamente su cordialidad, aunque le había causado una im­presión muy terrible hallar un segundo calabozo donde creyó encon­trar la libertad.

‑Veamos primeramente ‑le dijo‑ si hay medio de que los car­celeros no den con el quid de nuestras entrevistas. Nuestra tranqui­lidad futura consiste en que ellos ignoren lo que ha pasado.

Y, al decir esto, se inclinó hacia la excavación, y alzando la pie­dra en vilo, aunque era grande su peso, la volvió a colocar en su sitio.

‑Esta piedra ha sido arrancada con poca precaución ‑dijo al incli­narse‑. ¿Tenéis herramientas?

‑¿Y vos ‑le respondió Dantés admirado‑, las tenéis acaso?

‑He construido algunas. A excepción de lima, tengo todas las que necesito: escoplo, tenazas y palanca.

‑¡Oh! Cuánta curiosidad tengo de ver esos productos de vuestra paciencia y de vuestra industria ‑dijo Dantés.

‑Mirad, aquí traigo el escoplo.

Y diciendo esto, le enseñó una hoja de hierro fuerte y aguda: el mango era de madera.

‑¿Cómo habéis hecho esto? ‑le dijo Dantés.

‑Con uno de los goznes de mi cama. Con esta herramienta he abierto todo el camino que me condujo aquí: cerca de cincuenta pies.

‑¡Cincuenta pies! ‑exclamó el preso con una especie de terror.

‑Hablad más quedo, joven, hablad más quedo. Muchas veces hay detrás de las puertas quien escucha a los presos.

‑Saben que estoy solo.

‑No importa.

‑¿Y decís que habéis cavado cincuenta pies para llegar hasta aquí?

‑Tal es, poco más o menos, la distancia que separa mi calabozo del vuestro. Empero, como me faltaban instrumentos de geometría para tirar la escala de proporción, he trazado mal una curva, de modo que en vez de cuarenta pies de elipse he hallado cincuenta. Mi inten­ción, como ya os dije, era salir a la muralla exterior, horadarla también y arrojarme al mar. En vez de pasar por debajo de vuestro calabozo, he costeado el corredor a que sale, lo que hace que todo mi trabajo sea inútil, pues el corredor cae a un patio lleno de centinelas.

‑Es verdad ‑dijo Dantés‑, pero ese corredor sólo pertenece a una de las paredes de este calabozo, y éste, como veis, tiene cuatro.

‑Desde luego; pero esta pared primera está edificada en la piedra viva: necesitarían para horadarla diez mineros con buenas herramien­tas diez años: esta otra debe empalmar con los cimientos de las ha­bitaciones del gobernador; saldríamos a las cuevas, que están cerra­das con llave: allí nos atraparían. La pared cae..., esperad, esperad..., ¿adónde cae la otra pared?

Esta pared era la del tragaluz por donde entraba la luz. A imita­ción de laa troneras, este respiradero iba estrechándose hasta el fin de un modo tal, que sin contar las tres hileras de hierros, capaces de hacer dormir tranquilo al gobernador más pusilánime, no hubiera podido escaparse ni un niño por allí. Al hacer esta pregunta el recién llegado, arrastró la mesa hasta colo­carla debajo del tragaluz.

‑Subid‑ dijo a Dantés.

Dantés obedeció, subió sobre la mesa, y adivinando el intento de su compañero apoyó la espalda en la pared y le alargó ambas manos des­de encima de la mesa. Entonces el hombre que se había llamado a sí mismo con el núme­ro de su calabozo, y cuyo verdadero nombre ignoraba Dantés aún, con más ligereza que la que su edad hacía presumir, subió del suelo a la mesa, y luego, flexible como un gato o un reptil, de la mesa a las ma­nos de Dantés, y de las manos a las espaldas. De este modo, doblándose extremadamente, porque no le permitía otra cosa el techo del calabozo, pudo meter la cabeza entre la primera fila de hierros y mirar arriba y abajo, retirando al momento la cabeza con mucha pri­ma a la vez que exclamaba:

‑¡Oh!, ¡oh! ¡Ya lo sospechaba yo!

Y volvió a bajar a la mesa, y de la mesa saltó al suelo.

‑¿Qué sospechabais? ‑le preguntó ansioso el joven, saltando también.

El anciano se quedó meditabundo.

‑Sí ‑dijo‑, eso es... la cuarta pared del calabozo da a una gale­ría exterior, a una especie de ronda por donde pasan patrullas y donde hay centinelas.

‑¿Estáis seguro de ello?

‑He visto el morrión de un soldado y la boca de su fusil. Me reti­ré tan pronto por miedo de que él también me viese.

‑En resumen... ‑dijo Dantés.

‑Ya veis que es imposible huir por vuestro calabozo.

‑¿De modo que...? ‑preguntó el joven con acento interrogador.

‑Conque ¡hágase la voluntad de Dios! ‑contestó. Y las facciones del anciano se cubrieron de un aspecto de resignación.

Dantés no pudo menos de mirar con extrañeza que rayaba en admi­ración, a un hombre que con tanta filosofía renunciaba a una esperan­za alimentada tantos años.

‑¿Queréis decirme ahora quién sois? ‑le preguntó.

‑¡Oh!, sí, como os interese todavía, aunque no pueda ya serviros para nada.

‑Podéis servirme de consuelo y de sostén, puesto que me parece sin igual vuestra fortaleza de espíritu.

‑Yo soy ‑dijo el anciano sonriendo tristemente‑ el abate Faria, preso, como ya sabéis, desde 1811 en el castillo de If; pero antes de esa fecha llevaba ya tres años en la fortaleza de Fenestrelle. En esa fecha me trasladaron del Piamonte a Francia. Supe entonces que el destino, hasta allí su vasallo, había dado un hijo al emperador Napo­león, hijo que en la misma cuna se llamaba ya rey de Roma. Estaba yo entonces muy lejos de sospechar lo que me habéis dicho, a saber: que cuatro años más tarde el coloso se haría pedazos. ¿Quién reina ahora en Francia? ¿Es acaso Napoleón II?

‑No; Luis XVIII.

‑¿El hermano de Luis XVI? ¡Extraños y misteriosos decretos del Altísimo! ¿Cuál es el objeto de la Providencia haciendo caer al hombre que había elevado, y elevar al que había hecho caer?

Dantés seguía con la vista a aquel hombre que olvidaba un momento su propio destino para ocuparse de tal del mundo.

‑Sí, sí ‑prosiguió‑, lo mismo que en Inglaterra. Después de Carlos I, Cromwell; después de Cromwell, Carlos II, y quizá después de Jacobo II, algún pariente, algún príncipe de Orange, algún Statu­der que se corone rey, y con él nuevas concesiones al pueblo, y ¡cons­titución y libertad! Vos lo veréis, joven ‑dijo volviéndose hacia Dan­tés, y mirándole con ojos brillantes y profundos, como debían de tenerlos los profetas. Vos lo veréis, puesto que todavía tenéis edad para verlo.

‑¡Ay!, si salgo de aquí.

‑Justamente ‑respondió el abate Faria‑. Estamos presos aunque hay momentos en que lo olvido y que me creo libre, atravesando mi vista por entre los muros que me encierran.

‑Pero ¿por qué estáis preso?

‑Por haber soñado en 1807 lo que Napoleón quiso realizar en 1811; porque como él, quise formar con todos esos principados que hacen de Italia un nido de reyezuelos tiránicos y débiles, un imperio compacto y fortísimo; porque creí hallar mi César Borgia en un bobo coronado que aparentó comprenderme para engañarme mejor. Mi pro­yecto era el de Alejandro VI y el de Clemente VII; siempre fracasará, puesto que ellos lo emprendieron inútilmente, y Napoleón no pudo acabar de realizarlo. No hay duda: ¡Italia está maldita!

El anciano inclinó la cabeza... Dantés no comprendía cómo un hombre puede arriesgar su existen­cia por semejantes intereses; bien que a decir verdad, si conocía a Napoleón por haberle visto y haberle hablado, en cambio, ignoraba completamente quiénes fuesen Clemente VII y Alejandro VI. Con lo cual fue contagiándose de la creencia de su carcelero, creen­cia general en el castillo de If, y dijo al anciano:

‑¿No sois vos el eclesiástico a quien se cree... enfermo?

‑A quien se cree loco, queréis decir, ¿no es verdad?

‑No me atrevía ‑dijo sonriendo Dantés.

‑Sí, sí ‑prosiguió el abate con amarga sonrisa‑ yo soy el que pasa por loco, soy el que divierte hace tanto tiempo a los huéspedes de este castillo, y el que divertiría a los niños, si los hubiera en esta mansión del duelo sin esperanza.

Quedóse Dantés un momento inmóvil y mudo.

‑¿Conque renunciáis a huir? ‑dijo al cabo.

‑Lo reconozco imposible. Es volverse contra Dios intentar lo que Dios no quiere.

‑¿Por qué os desanimáis? También es pedir mucho a la Providencia querer a la primera tentativa, de manera que ¿no podéis volver a la excavación por otro lado?

‑Pero ¿así habláis de volver? ¿No sabéis lo que ya he hecho? ¿Ignoráis que he necesitado cuatro años pare construir las herramien­tas que poseo? ¿No sabéis que hace diez años que pico y cavo una tierra tan dura como el granito? ¿Sabéis que he necesitado desencajar piedras que en otro tiempo hubiera yo creído imposible mover; que he pasado días enteros en esa empresa titánica, creyéndome dichoso por la noche con haber minado una pulgada en cuadro de ese vetusto cimiento, que hoy está ya tan duro como la misma piedra? ¿Ignoráis acaso que pare ocultar los escombros que sacaba, he necesitado hora­dar la bóveda de una escalera, y que en ella los he ido depositando hasta el punto de que hoy no puede ya contener un puñado de pol­vo más? ¿No sabéis, por último, que ya creía tocar al fin de mi tra­bajo, que no me quedaban más fuerzas que las precisas pare esto, cuan­do Dios no solamente lo aleja sino que lo alarga indefinidamente? Así, os repito lo que os dije: nada haré desde ahora pare alcanzar mi libertad, puesto que Dios quiere que por siempre la haya per­dido.

Edmundo bajó la cabeza pare no reveler a aquel hombre que la ale­gría de tener un compañero le impedía compartir como debiera el dolor que experimentaba el preso, de no haber podido salvarse. El abate se dejó caer sobre la cama de Edmundo, que permaneció de pie. Jamás había pensado en la fuga el joven. Tienen algunas cosas tal aire de imposibles, que no se nos ocurre la idea de intentarlas, y hasta las evitamos instintivamente. Efectuar una mina de cincuenta pies, empleando tres años pare salir por todo triunfo a un precipicio que cae al mar; arrojarse desde cincuenta, sesenta, setenta o acaso cien pies de altura, pare hacerse pedazos en una roca, si antes la bala del centinela no ha hecho su oficio; verse obligado, si se escape de tantos peligros, nada menos que a nadar una legua, era lo bastante pare que cualquiera se resignara, y ya hemos visto que a Dantés le faltó poco pare llevar esta resignación hasta el suicidio.

Pero ahora que el joven había visto a un anciano agarrarse a su vide con tanta energía, dándole ejemplo de resoluciones desesperadas, se puso a reflexionar y hacer cuentas con su valor. Otro hombre había intentado lo que él no se imaginó siquiera; otro, menos joven, me­nos fuerte, menos atrevido que él, a fuerza de astucia y de paciencia, se había procurado cuantas herramientas necesitaba pare esta opera­ción increíble, que sólo pudo fracasar por una línea mal trazada; todo esto lo había hecho otro hombre, conque nada era imposible a Dantés; Faria había minado cincuenta pies; él minaría ciento; Faria, con cincuenta años de edad, había consagrado tres a su obra; él, que sólo tenía la mitad de los años de Faria, consagraría seis; Faria, hombre de iglesia, abate y sabio, no había temido aventurarse a ir nadando des­de el castillo de If a la isla de Daume, de Ratonneau, o de Lamaire; ¿cómo él, Edmundo el marino, el hábil nadador que tantas veces había bajado al fondo del mar a coger una rama de coral, vacilaría para pasar una legua a nado? ¿Una hora solamente, cuando él había estado horas enteras en el mar sin hacer pie ni descanso alguno? No, no, Dantés no tenía necesidad más que de ser estimulado por un ejem­plo. Todo lo que pudiese hacer otro hombre lo haría él. Se quedó pensativo diciendo al cabo al anciano:

‑Ya encontré lo que buscabais.

Faria se conmovió.

‑¿Vos? ‑exclamó levantando la cabeza, como si diera a enten­der a Edmundo que a decir verdad, su desaliento no sería de gran duración‑. Veamos, ¿qué encontrasteis?

‑El túnel que hicisteis para llegar hasta aquí tiene la misma dirección que la galería exterior, ¿no es verdad?

‑Sí.

‑¿Debe de estar a una distancia de cincuenta pasos?

‑A lo sumo.

‑Pues bien, hacia la mitad del túnel abrimos otro que forme como los brazos de una cruz. Esta vez tomáis mejor vuestras medidas; sali­mos a la galería exterior, matamos al centinela y nos escapamos. Sólo dos cosas se necesitan para llevar adelante este plan: ánimo, vos le tenéis; fuerzas, no me faltan a mí. No hablo de paciencia, vos me habéis probado ya la vuestra, y yo os probaré la mía.

‑Aguardad, que aún no sabéis, mi querido compañero, de qué es­pecie son mis ánimos ‑respondió el abate‑, y qué use puedo hacer de mis fuerzas. En cuanto a la paciencia, creo que demostré bastante al volver a empezar por la mañana la tarea de la noche, y por la noche la tarea del día. Pero cuando lo hice, me imaginaba servir a Dios dando libertad a una de sus criaturas, que por ser inocente no podía ser condenado.

‑Y ¿no sucede lo mismo ahora que entonces? ‑le preguntó Dan­tés‑. ¿O es que os reconocéis culpable desde que me habéis en­contrado?

‑No; pero no quiero llegar a serlo. Hasta ahora no creí tener que habérmelas sino con las cosas, pero según vuestro plan, tendré que habérmelas con los hombres. Yo he podido muy bien atravesar una pared y destruir una escalera, pero no atravesaré un pecho ni destrui­ré una existencia.

‑¡Cómo! ‑le dijo Dantés haciendo un leve ademán de sorpresa- ¡pudiendo escaparos, renunciaríais por semejante escrúpulo!

‑Y vos ‑repuso Faria‑, ¿por qué no habéis asesinado a vuestro carcelero y habéis huido disfrazado con su traje?

‑Porque nunca se me ocurrió tal cosa.

‑No; no lo hicisteis porque el crimen os inspira horror instintivo, por eso no se os ocurrió tal cosa ‑replicó el anciano‑. Nuestro mis­mo instinto nos advierte que lo natural y lo sencillo es no apartarnos de la línea del deber. El tigre que se alimenta de sangre, y cuyo destino es bañarse en sangre, sólo necesita que le indique su olfato dónde hay una presa que devorar. Al punto se abalanza contra ella y la des­troza. Este es su instinto, obedece a él, pero al hombre, por el contra­rio, le repugna la sangre, y no creáis que son las leyes sociales las que le prohiben el asesinato, no, que son las leyes de la Naturaleza.

Dantés se quedó confundido. Aquellas palabras eran en efecto la explicación de las ideas que habían pasado por su cerebro, o dicho mejor, por su alma, porque hay ideas que brotan del cerebro a ideas que brotan del corazón.

‑Además ‑añadió Faria‑, en los doce años que llevo de calabozo, he recordado las fugas célebres, y aunque pocas, las que ha coronado el éxito fueron las meditadas a sangre fría y preparadas lentamente. Así huyó de Vincennes el duque de Beaufort, así de Fort PEveque el abate de Buquoi, y así Latude de la Bastilla. Ha habido además otras fugas deparadas por la casualidad, y ésas son las mejores. Creedme, esperemos una ocasión, y si se presenta aprovechémosla.

‑A vos os ha sido fácil esperar ‑dijo Dantés suspirando‑. Vues­tra continua tarea os ocupaba todos los instantes, y cuando no, teníais esperanza para consolaros.

‑Tened presente que no me ocupaba sólo en eso ‑dijo el abate.

‑Pues ¿qué hacíais?

‑Escribir o estudiar.

‑¿Os dan papel, tinta y plumas?

No, pero yo me lo he hecho.

‑¡Vos hacéis papel, tinta y plumas! ‑exclamó Dantés.

‑Sí.

Dantés, admirado, miró a aquel hombre, aunque costándole trabajo creer lo que le decía. Faria notó esta ligera duda y le dijo:

‑Cuando vengáis a mí cuarto, os enseñaré una obra completa, resultado de todos los pensamientos, reflexiones a indagaciones de toda mi vida. La había imaginado a la sombra del Coliseo, en Roma, al pie de la columna de San Marcos, en Venecia, y a orillas del Arno, en Florencia. Entonces yo no sospechaba siquiera que mis verdugos me obligarían a escribirla en un calabozo del castillo de If. Intitú­lase mi libro Tratado sobre la posibilidad de una sola monarquía ita­liana. Formará un volumen en cuarto muy abultado.

‑¿Y la habéis escrito...?

‑En dos camisas. He inventado una preparación que pone al lien­zo liso y compacto como el pergamino.

‑¿Sois también químico?

‑Poca cosa. He conocido a Lavoisier, y tratado amistosamente a Cabanis.

‑Pero para esa obra habréis necesitado algunos apuntes históri­cos. ¿Tenéis libros?

‑En Roma tenía una biblioteca de cerca de cinco mil volúmenes, y a fuerza de leerlos y releerlos comprendí que con ciento cincuenta obras elegidas con inteligencia, se posee, si no el resumen completo del saber humano, lo más útil tan siquiera. Dediqué tres años de mi vida a leer y releer esas ciento cincuenta obras, de modo que cuando me prendieron las sabía casi de memoria, y con un leve esfuerzo las he ido recordando todas en mi prisión. De cabo a rabo podría recitaros a Tucídides, Jenofonte, Plutarco, Tito Livio, Tácito, Strada, Jornan­dés, Dante, Montaigne, Shakespeare, Espinosa, Maquiavelo y Bos­suet. Solamente os cito los más importantes.

‑¿Sabéis muchos idiomas?

‑Hablo cinco lenguas: el alemán, el francés, el italiano, el inglés y el español. Con ayuda del griego antiguo comprendo el griego moder­no; aunque lo hablo mal, lo estoy al presente estudiando.

‑¿Lo estáis estudiando? ‑dijo Dantés.

‑Sí, ciertamente. He hecho un vocabulario de las palabras que sé, combinándolas de todas las maneras para que puedan expresar lo que pienso. Sé cerca de mil palabras, y en rigor no necesito de más, aun­que haya cien mil en los diccionarios, si no me equivoco. No seré quizás elocuente, pero me daré a entender, y con esto me basta.

Cada vez más asombrado, Edmundo empezaba a juzgar sobrenatu­rales las facultades de aquel hombre. Puso empeño en cogerle en des­cubierto en algún punto y continuó:

‑Pero si no os han dado plumas, ¿cómo habéis podido escribir esta obra tan voluminosa?

‑He hecho plumas excelentes que, a ser conocidas, las preferiría todo el mundo, con los cartílagos de la cabeza de esas enormes pesca­dillas que algunas veces nos dan a comer los días de vigilia. Por lo cual, veo con mucho placer llegar los miércoles, los viernes y los sábados, porque espero aumentar mi provisión de plumas, y porque son mi tarea más dulce los trabajos históricos, yo lo confieso. Absorbién­dome en el pasado me olvido del presente, volando libre y a mis an­chas por la historia, me olvido de que no tengo libertad.

‑Pero ¿y la tinta? ¿Con qué hacéis la tinta? ‑dijo Dantés.

‑En otro tiempo ‑contestó Faria‑ había en mi calabozo una chimenea, que sin duda estuvo tapiada antes de mi venida, pero por espacio de muchos años han encendido en ella lumbre, puesto que todo el cañón está cubierto de hollín. He disuelto este hollín en el vino que me dan todos los domingos, y he ahí una tinta magnífica. Para las notas, y para aquellos pasajes que han de atraer poderosamente la atención de los lectores, me pico los dedos con un alfiler y los es­cribo con mi sangre.

‑Y ¿cuándo podré yo ver todo eso? ‑le preguntó Dantés.

‑Cuando queráis ‑respondió Faria.

‑¡Oh! ¡Ahora! ¡Ahora mismo! ‑exclamó el joven.

‑Pues seguidme ‑dijo Faria, y se metió en el camino subte­rráneo. Dantés le siguió.

 

Capítulo diecisiete

El calabozo del abate Faria

?          Después de haber pasado encorvado, pero con bastante facilidad, por el camino subterráneo, llegó Dantés al extremo opuesto, que lin­daba con el calabozo del abate. Allí el paso era más difícil, y tan estre­cho, que apenas bastaba a un hombre.

El calabozo del abate estaba embaldosado, y levantando una de estas baldosas del rincón más oscuro fue como empezó la maravillosa empresa cuyo término vio Dantés, y de pie todavía, púsose a examinar el cuarto con suma atención. A primera vista no presentaba nada de particular.

‑Bueno ‑dijo el abate‑, no son más que las doce y cuarto, po­demos disponer aún de algunas horas.

Dantés miró en torno suyo buscando el reloj, en qu