El Tulipán Negro

Alejandro Dumas

 

 

 

 

I
Un Pueblo Agradecido

 

El 20 de agosto de 1672, la ciudad de La Haya, tan animada, tan blanca, tan coquetona que se diría que todos los días son domingo, la ciudad de La Haya con su parque umbroso, con sus grandes árboles inclinados sobre sus casas góticas, con los extensos espejos de sus canales en los que se reflejan sus campanarios de cúpu­las casi orientales; la ciudad de La Haya, la capital de las siete Provincias Unidas, llenaba todas sus calles con una oleada negra y roja de ciudadanos apresurados, jadean­tes, inquietos, que corrían, cuchillo al cinto, mosquete al hombro o garrote en mano, hacia la Buytenhoff, for­midable prisión de la que aún se conservan hoy día las ventanas enrejadas y donde, desde la acusación de ase­sinato formulada contra él por el cirujano Tyckelaer, languidecía Corneille de Witt, hermano del ex gran pen­sionario de Holanda.

Si la historia de ese tiempo, y sobre todo de este año en medio del cual comenzamos nuestro relato, no estu­viera ligada de una forma indisoluble a los dos nombres que acabamos de citar, las pocas líneas explicativas que siguen podrían parecer un episodio; pero anticipamos enseguida al lector, a ese viejo amigo a quien prometemos siempre el placer en nuestra primera página, y con el cual cumplimos bien que mal en las páginas siguien­tes; anticipamos, decimos, a nuestro lector, que esta explicación es tan indispensable a la claridad de nuestra historia como al entendimiento del gran acontecimien­to político en la cual se enmarca.

Corneille o Cornelius de Witt, Ruart de Pulten, es decir, inspector de diques de este país, ex burgomaestre de Dordrecht, su ciudad natal, y diputado por los Esta­dos de Holanda, tenía cuarenta y nueve años cuando el pueblo holandés, cansado de la república, tal como la entendía Jean de Witt, gran pensionario de Holanda, se encariñó, con un amor violento, del estatuderato que el edicto perpetuo impuesto por Jean de Witt en las Pro­vincias Unidas había abolido en Holanda para siempre jamás.

Si raro resulta que, en sus evoluciones caprichosas, la imaginación pública no vea a un hombre detrás de un príncipe, así detrás de la república el pueblo veía a las dos figuras severas de los hermanos De Witt, aquellos romanos de Holanda, desdeñosos de halagar el gusto nacional, y amigos inflexibles de una libertad sin licen­cia y de una prosperidad sin redundancias, de la misma manera que detrás del estatuderato veía la frente incli­nada, grave y reflexiva del joven Guillermo de Orange, al que sus contemporáneos bautizaron con el nombre de El Taciturno, adoptado para la posteridad.

Los dos De Witt trataban con miramiento a Luis XIV, del que sentían crecer el ascendiente moral sobre toda Europa, y del que acababan de sentir el ascendiente ma­terial sobre Holanda por el éxito de aquella campaña maravillosa del Rin, ilustrada por ese héroe de romance que se llamaba conde De Guiche, y cantada por Boileau, campaña que en tres meses acababa de abatir el poderío de las Provincias Unidas.

Luis XIV era desde hacía tiempo enemigo de los holandeses, que le insultaban y ridiculizaban cuanto podían, casi siempre, en verdad, por boca de los france­ses refugiados en Holanda. El orgullo nacional hacía de él el Mitrídates de la república. Existía, pues, contra los De Witt la doble animadversión que resulta de una enérgica resistencia seguida por un poder luchando con­tra el gusto de la nación, y de la fatiga natural a todos los pueblos vencidos, cuando esperan que otro jefe pueda salvarlos de la ruina y de la vergüenza.

Ese otro jefe, dispuesto a aparecer, dispuesto a me­dirse contra Luis XIV, por gigantesca que pareciera ser su fortuna futura, era Guillermo, príncipe de Orange, hijo de Guillermo II, y nieto, por parte de Henriette Stuart, del rey Carlos I de Inglaterra, ese niño tacitur­no, del que ya hemos dicho que se veía aparecer su som­bra detrás del estatuderato.

Ese joven tenía veintidós años en 1672. Jean de Witt había sido su preceptor y lo había educado con el fin de hacer de este antiguo príncipe un buen ciudadano. En su amor por la patria que lo había llevado por encima del amor por su alumno, por un edicto perpetuo, le había quitado la esperanza del estatuderato. Pero Dios se había reído de esta pretensión de los hombres, que hacen y deshacen las potencias de la Tierra sin consultar con el Rey del cielo; y por el capricho de los holandeses y el terror que inspiraba Luis XIV, acababa de cambiar la política del gran pensionario y de abolir el edicto per­petuo restableciendo el estatuderato en Guillermo de Orange, sobre el que tenía sus designios, ocultos todavía en las misteriosas profundidades del porvenir.

El gran pensionario se inclinó ante la voluntad de sus conciudadanos; pero Corneille de Witt fue más re­calcitrante, y a pesar de las amenazas de muerte de la plebe orangista que le sitiaba en su casa de Dordrecht, rehusó firmar el acta que restablecía el estatuderato.

Bajo las súplicas de su llorosa mujer, firmó al fin, añadiendo solamente a su nombre estas dos letras: V. C. (Vi coactus), lo que quería decir: «Obligado por la fuerza.»

Por un verdadero milagro, aquel día escapó a los golpes de sus enemigos.

En cuanto a Jean de Witt, su adhesión, más rápida y más fácil a la voluntad de sus conciudadanos apenas le fue más provechosa. Pocos días después resultó víc­tima de una tentativa de asesinato. Cosido a cuchilladas, poco faltó para que muriera de sus heridas.

No era aquello lo que necesitaban los orangistas. La vida de los dos hermanos era un eterno obstáculo para sus proyectos; cambiaron, pues, momentáneamente, de táctica, libres, en un momento dado, para coronar la segunda con la primera, a intentaron consumar, con ayuda de la calumnia, lo que no habían podido ejecutar con el puñal.

Resulta bastante raro que, en un momento dado, se encuentre, bajo la mano de Dios, un gran hombre para ejecutar una gran acción, y por eso, cuando se produce por casualidad esta combinación providencial, la Histo­ria registra en el mismo instante el nombre de ese hom­bre elegido, y lo recomienda a la posteridad.

Pero cuando el diablo se mezcla en los asuntos hu­manos para arruinar una existencia o trastornar un Im­perio, es muy extraño que no se halle inmediatamente a su alcance algún miserable al que no hay más que so­plarle una palabra al oído para que se ponga seguida­mente a la tarea.

Ese miserable, que en esta circunstancia se encontró dispuesto para ser el agente del espíritu malvado, se lla­maba, como creemos haber dicho ya, Tyckelaer, y era cirujano de profesión.

Declaró que Corneille de Witt, desesperado, como había demostrado, además, por su apostilla, de la dero­gación del edicto perpetuo, a inflamado de odio contra Guillermo de Orange, había encargado a un asesino que librase a la república del nuevo estatúder, y que ese ase­sino era él, Tyckelaer, quien, atormentado por los re­mordimientos ante la sola idea de la acción que se le pedía, había preferido revelar el crimen que cometerlo.

Pueden imaginarse la explosión que se originó entre los orangistas ante la noticia de este complot. El procu­rador fiscal hizo arrestar a Corneille en su casa, el 16 de agosto de 1672; el Ruart de Pulten, el noble hermano de Jean de Witt, sufrió en una sala de la Buytenhoff la tor­tura preparatoria destinada a arrancarle, como a los más viles criminales, la confesión de su pretendido complot contra Guillermo.

Pero Corneille tenía no solamente un gran talento, sino también un gran corazón. Pertenecía a la gran fa­milia de mártires que, teniendo la fe política, como sus antepasados tenían la fe religiosa, sonríen en los tormen­tos, y, durante la tortura, recitó con voz firme y espa­ciando los versos según su metro, la primera estrofa de Justum et tenacem de Horacio, no confesó nada, y ago­tó no solamente la fuerza sino también el fanatismo de sus verdugos.

No por ello los jueces exoneraron menos a Tycke­laer de toda acusación, ni dejaron de pronunciar contra Corneille una sentencia que le degradaba de todos sus cargos y dignidades, condenándole a las costas del jui­cio y desterrándole a perpetuidad del territorio de la república.

Ya era algo para la satisfacción del pueblo, a los in­tereses del cual se había dedicado constantemente Cor­neille de Witt, ese arresto realizado no solamente con­tra un inocente, sino también contra un gran ciudadano. Sin embargo, como se verá, esto no fue bastante.

Los atenienses, que han dejado una hermosa reputa­ción de ingratitud, cedían en este punto ante los holan­deses. Aquellos se contentaron con desterrar a Arístides.

Jean de Witt, a los primeros rumores‑de la acusación formulada contra su hermano, había dimitido de su car­go de gran pensionario. Así era dignamente recompen­sado por su devoción al país. Se llevaba a su vida privada sus disgustos y sus heridas, únicos beneficios que con­siguen en general las personas honradas culpables de laborar por su patria olvidándose de ellas mismas.

Durante este tiempo, Guillermo de Orange espera­ba, no sin apresurar los acontecimientos por todos los medios en su poder, a que el pueblo del que era ídolo le construyera con los cuerpos de los dos hermanos los dos peldaños que le hacían falta para alcanzar la silla del estatuderato.

Ahora bien, el 29 de agosto de 1672, como hemos dicho al comenzar este capítulo, toda la ciudad corría hacia la Buytenhoff para asistir a la salida de Corneille de Witt de la prisión, partiendo para el exilio, y ver qué señales había dejado la tortura sobre el cuerpo de ese hombre que conocía tan bien a Horacio.

Apresurémonos a añadir que toda aquella multitud que se dirigía hacia la Buytenhoff no acudía solamente con esta inocente intención de asistir a un espectáculo, sino que muchos, en sus filas, tenían que representar un papel, o más bien completar un trabajo que creían ha­bía sido mal realizado.

Nos referimos al trabajo del verdugo.

Había otros, en verdad, que acudían con intenciones menos hostiles. Para ellos se trataba solamente de ese espectáculo, siempre atrayente para la multitud, con el que se halaga el instintivo orgullo de ver arrastrándose por el polvo al que ha estado mucho tiempo de pie.

Ese Corneille de Witt, ese hombre sin miedo, se decían, ¿no estaba encerrado, debilitado por la tortura? ¿No iban a verlo, pálido, sangrante, avergonzado? ¿No era un hermoso triunfo para esta burguesía, más envi­diosa todavía que el pueblo, y del que todo buen ciuda­dano de La Haya debía tomar parte?

Y, además, se decían los agitadores orangistas hábil­mente mezclados en aquel gentío al que esperaban ma­nejar como un instrumento decisivo y contundente a la vez, ¿no se encontrará, desde la Buytenhoff a la puerta de la ciudad, una ocasión para lanzar un poco de barro, incluso algunas piedras, a ese Ruart de Pulten, que no solamente no ha dado el estatuderato al príncipe de Orange más que vi coactus, sino que todavía ha queri­do hacerlo asesinar?

Sin contar, añadían los feroces enemigos de Francia, que, si se hacían las cosas bien y se mostraban valientes en La Haya, no dejarían siquiera partir para el exilio a Corneille de Witt, quien, una vez libre, tramaría todas sus intrigas con Francia y viviría del oro del marqués de Louvois con su perverso hermano Jean.

En semejantes disposiciones, como es de prever, los espectadores corren más que caminan. Por ello, los ha­bitantes de La Haya corrían tan de prisa hacia la Buyten­hoff.

En medio de los que más se apresuraban, lo hacía, con rabia en el corazón y sin proyectos en la mente, el honrado Tyckelaer, jaleado por los orangistas como un héroe de probidad, de honor nacional y de caridad cris­tiana.

Este valiente facineroso contaba, embelleciéndolas con todas las flores de su alma y todos los recursos de su imaginación, las tentativas que Corneille de Witt había hecho contra su virtud, las sumas que le había prometido y la infernal maquinación preparada de an­temano para allanarle a él, a Tyckelaer, todas las dificul­tades del asesinato.

Y cada frase de su discurso, ávidamente recogida por el populacho, levantaba rugidos de entusiástico amor por el príncipe Guillermo, y alaridos de ciega ira contra los hermanos De Witt.

El populacho se dedicaba a maldecir a aquellos inicuos jueces que con el arresto dejaban escapar sano y salvo a un abominable criminal como era ese malvado Corneille.

Y algunos instigadores repetían en voz baja:

‑¡Va a partir! ¡Se nos va a escapar!

A lo que otros respondían:

‑Un barco le espera en Schweningen, un barco francés. Tyckelaer lo ha visto.

‑¡Valiente Tyckelaer! ¡Honrado Tyckelaer! ‑gri­taba la muchedumbre a coro.

‑Sin contar ‑decía una voz‑ conque durante esta huida de Corneille, Jean, que no es menos traidor que su hermano, se salvará también.

‑Y los dos bribones se comerán en Francia nues­tro dinero, el dinero de nuestros barcos, de nuestros arsenales, de nuestras fábricas vendidas a Luis XIV.

‑¡Impidámosles partir! ‑gritaba la voz de un pa­triota más avanzado que los otros.

‑¡A la prisión! ¡A la prisión! ‑repetía el coro.

Y con estos gritos, los ciudadanos corrían más, los mosquetes se cargaban, las hachas relucían y los ojos brillaban.

Sin embargo, no se había cometido todavía ningu­na violencia, y la línea de jinetes que guardaba los acce­sos a la Buytenhoff permanecía fría, impasible, silencio­sa, más amenazadora por su flema que toda aquella horda burguesa lo era por sus gritos, su agitación y sus amenazas; inmóvil bajo la mirada de su jefe, capitán de caballería de La Haya, el cual sostenía la espada fuera de su vaina, pero baja y con la punta en el ángulo de su estribo.

Esta tropa, único escudo que defendía la prisión, contenía, con su actitud, no solamente a las masas po­pulares desordenadas y ardientes, sino también al des­tacamento de la guardia burguesa que, colocada enfrente a la Buytenhoff para mantener el orden, juntamente con la tropa, daba el ejemplo a los perturbadores con sus gritos sedicentes:

‑¡Viva Orange! ¡Abajo los traidores!

La presencia de Tilly y de sus jinetes era, ciertamen­te, un freno saludable para todos aquellos soldados bur­gueses; mas, poco después, se exaltaron con sus propios gritos y como no comprendían que se puede tener va­lor sin gritar, imputaron a la timidez el silencio de los jinetes y dieron un paso hacia la prisión arrastrando tras de sí a toda la turba popular.

Pero entonces, el conde De Tilly avanzó solo ante ellos, levantando únicamente su espada a la vez que fruncía las cejas.

‑¡Eh, señores de la guardia burguesa! ‑les incre­pó‑. ¿Por qué camináis, y qué deseáis?

Los burgueses agitaron sus mosquetes repitiendo:

‑¡Viva Orange! ¡Muerte a los traidores!

‑¡Viva Orange, sea! ‑dijo el señor De Tilly‑. Aunque yo prefiero los rostros alegres a los desagrada­bles. ¡Muerte a los traidores! Si así lo queréis y mientras no lo queráis más que con gritos, gritad tanto como gustéis: ¡Muerte a los traidores! Pero en cuanto a matar­los efectivamente, estoy aquí para impedirlo, y lo impe­diré ‑y volviéndose hacia sus soldados, gritó‑: ¡Arri­ba las armas, soldados!

Los soldados de De Tilly obedecieron al mandato con una tranquila precisión que hizo retroceder in­mediatamente a los burgueses y al pueblo, no sin una confusión que hizo sonreír con desdén al oficial de ca­ballería.

‑¡Vaya, vaya!‑exclamó con ese tono burlón de los que pertenecen a la carrera de las armas‑. Tranquili­zaos, burgueses; mis soldados no se batirán, mas por vuestra parte no deis un paso hacia la prisión.

‑¿Sabéis, señor oficial, que nosotros tenemos mos­quetes? ‑replicó furioso el comandante de los burgueses.

‑Ya lo veo, pardiez, que tenéis mosquetes ‑dijo De Tilly‑. Me los estáis pasando por delante de los ojos; pero observad también por vuestra parte que no­sotros tenemos pistolas, que la pistola alcanza admira­blemente a cincuenta pasos, y que vos no estáis más que a veinticinco.

‑¡Muerte a los traidores! ‑gritó la compañía de los burgueses exasperada.

‑¡Bah! Siempre decís lo mismo ‑gruñó el ofi­cial‑. ¡Resulta fatigante!

Y recuperó su puesto a la cabeza de la tropa mien­tras el tumulto iba en aumento alrededor de la Buyten­hoff.

Y, sin embargo, el pueblo enardecido no sabía que en el mismo momento en que rastreaba la sangre de una de sus víctimas, la otra, como si tuviera prisa por ade­lantarse a su suerte, pasaba a cien pasos de la plaza por detrás de los grupos y de los jinetes, dirigiéndose a la Buytenhoff.

En efecto, Jean de Witt acababa de descender de la carroza con un criado y atravesaba tranquilamente a pie el patio principal que precede a la prisión.

Llamó al portero, al que, además, conocía, diciendo:

‑Buenos días, Gryphus, vengo a buscar a mi her­mano Corneille de Witt para llevármelo fuera de la ciu­dad, condenado, como tú sabes, al destierro.

Y el portero, especie de oso dedicado a abrir y ce­rrar la puerta de la prisión, lo había saludado y deja­do entrar en el edificio, cuyas puertas se habían cerrado tras él.

A diez pasos de allí, se había encontrado con una bella joven de diecisiete o dieciocho años, vestida de frisona, que le había hecho una encantadora reverencia; y él le había dicho pasándole la mano por la barbilla:

‑Buenos días, buena y hermosa Rosa, ¿cómo está mi hermano?

‑¡Oh, Mynheer Jean! ‑había respondido la jo­ven‑. No es por el daño que le han causado por lo que temo por él: el mal que le han hecho ya ha pasado.

‑¿Qué temes entonces, bella niña?

‑Temo el daño que le quieren causar Mynheer Jean.

‑¡Ah, sí! ‑dijo De Witt‑. El pueblo, ¿verdad?

‑¿Lo oís?

‑Está, en efecto, muy alborotado; pero cuando nos vea, como nunca le hemos hecho más que bien, tal vez se calme.

‑Ésta no es, desgraciadamente, una razón ‑mur­muró la joven alejándose para obedecer una señal impe­rativa que le había hecho su padre.

‑No, hija mía, no; lo que dices es verdad ‑luego, continuando su camino, murmuró‑: He aquí una chi­quilla que probablemente no sabe leer y que por consi­guiente no ha leído nada, y que acaba de resumir la his­toria del mundo en una sola palabra.

Y, siempre tan tranquilo, pero más melancólico que al entrar, el ex gran pensionario siguió caminando hacia la celda de su hermano.


 

II
Los Dos Hermanos

 

Como había dicho la bella Rosa en una duda llena de presentimientos, mientras Jean de Witt subía la esca­lera de piedra que conducía a la prisión de su hermano Corneille, los burgueses hacían cuanto podían por ale­jar la tropa de De Tilly que les molestaba.

Lo cual, visto por el pueblo, que apreciaba las bue­nas intenciones de su milicia, se desgañitaba gritando:

‑¡Vivan los burgueses!

En cuanto al señor De Tilly, tan prudente como fir­me, parlamentaba con aquella compañía burguesa ante las pistolas dispuestas de su escuadrón, explicándoles de la mejor manera posible que la consigna dada por los Estados le ordenaba guardar con tres compañías de sol­dados la plaza de la prisión y sus alrededores.

‑¿Por qué esa orden? ¿Por qué guardar la prisión? ‑gritaban los orangistas.

‑¡Ah! ‑respondió el señor De Tilly‑. Me pre­guntáis algo que no puedo contestar. Me han dicho: «Guardad»; y guardo. Vosotros, que sois casi militares, señores, debéis saber que una consigna no se discute.

‑¡Pero os han dado esta orden para que los traido­res puedan salir de la ciudad!

‑Podría ser, ya que los traidores han sido conde­nados al destierro ‑respondió De Tilly.

‑Pero ¿quién ha dado esta orden?

‑¡Los Estados, pardiez!

‑Los Estados nos traicionan.

‑En cuanto a eso, yo no sé nada.

‑Y vos mismo nos traicionáis.

‑¿Yo?

‑Sí, vos.

‑¡Ah, ya! Entendámonos, señores burgueses; ¿a quién traicionaría? ¡A los Estados! Yo no puedo traicio­narlos, ya que siendo su soldado, ejecuto fielmente su consigna.

Y en esto, como el conde tenía tanta razón que re­sultaba imposible discutir su respuesta, redoblaron los clamores y amenazas; clamores y amenazas espantosas, a las que el conde respondía con toda la educación po­sible.

‑Pero, señores burgueses, por favor, desarmad los mosquetes; puede dispararse uno por accidente, y si el tiro hiere a uno de mis jinetes, os derribaremos doscien­tos hombres por tierra, lo que lamentaríamos mucho; pero vosotros mucho más, ya que eso no entra en vues­tras intenciones ni en las mías.

‑Si tal hicierais ‑gritaron los burgueses‑, a nues­tra vez abriríamos fuego sobre vosotros.

‑Sí, pero aunque al hacer fuego sobre nosotros nos matarais a todos desde el primero al último, aquéllos a quienes nosotros hubiéramos matado, no estarían por ello menos muertos.

‑Cedednos, pues, la plaza, y ejecutaréis un acto de buen ciudadano.

‑En primer lugar, yo no soy un ciudadano ‑dijo De Tilly‑, soy un oficial, lo cual es muy diferente; y además, no soy holandés, sino francés, lo cual es más diferente todavía. No conozco, pues, más que a los Estados que me pagan; traedme de parte de los Estados la orden de ceder la plaza y daré media vuelta al instante, contando con que me aburro enormemente aquí.

‑¡Sí, sí! ‑gritaron cien voces que se multiplicaron al instante por quinientas más‑. ¡Vamos al Ayun­tamiento! ¡Vamos a buscar a los diputados! Vamos, vamos!

‑Eso es ‑murmuró De Tilly mirando alejarse a los más furiosos‑. Id a buscar una cobardía al Ayuntamien­to y veamos si os la conceden; id, amigos míos, id.

El digno oficial contaba con el honor de los magis­trados, los cuales a su vez contaban con su honor de soldado.

‑Estará bien, capitán ‑dijo al oído del conde su primer teniente‑, que los diputados rehúsen a esos energúmenos lo que les pidan; pero que nos enviaran a nosotros algún refuerzo, no nos haría ningún mal, creo yo.

Mientras tanto, Jean de Witt, al que hemos dejado subiendo la escalera de piedra después de su conversa­ción con el carcelero Gryphus y su hija Rosa, había lle­gado a la puerta de la celda donde yacía sobre un col­chón su hermano Corneille, al que el fiscal había hecho aplicar, como hemos dicho, la tortura preparatoria.

La sentencia del destierro había hecho inútil la apli­cación de la tortura extraordinaria.

Corneille, echado sobre su lecho, con las muñecas dislocadas y los dedos rotos, no habiendo confesado nada de un crimen que no había cometido, acabó por respirar al fin, después de tres días de sufrimientos, al saber que los jueces de los que esperaba la muerte, ha­bían tenido a bien no condenarlo más que al destierro.

Cuerpo enérgico, alma invencible, hubiera decep­cionado a sus enemigos si éstos hubiesen podido, en las profundidades sombrías de la celda de la Buytenhoff, ver brillar sobre su pálido rostro la sonrisa del mártir que olvida el fango de la Tierra después de haber entre­visto los maravillosos esplendores del Cielo.

El Ruart había recuperado todas sus fuerzas, más por el poder de su voluntad que por una asistencia real, y calculaba cuánto tiempo todavía le retendrían en pri­sión las formalidades de la justicia.

Precisamente en aquel momento los clamores de la milicia burguesa mezclados a los del pueblo, se elevaban contra los dos hermanos y amenazaban al capitán De Tilly, que les servía de escudo. Este alboroto, que venía a romperse como una marea ascendente al pie de las murallas de la prisión, llegó hasta el prisionero.

Mas, por amenazante que fuera ese rumor, Cornei­lle despreció informarse ni se tomó el trabajo de levan­tarse para mirar por la ventana estrecha y enrejada que dejaba entrar la luz y los murmullos de fuera.

Estaba tan embotado por la continuidad de su mal, que ese mal se había convertido casi en una costumbre. Finalmente, sentía con tanta delicia a su alma y a su razón tan cerca de desprenderse de los estorbos corpo­rales, que le parecía ya que esta alma y esta razón esca­padas a la materia, planeaban por encima de ella como flota por encima de un hogar casi apagado la llama que lo abandona para subir al cielo.

Pensaba también en su hermano.

Probablemente, era que su proximidad, por los mis­terios desconocidos que el magnetismo ha descubierto después, se hacía sentir también. En el mismo momen­to en que Jean se hallaba tan presente en el pensamien­to de Corneille, que casi murmuraba su nombre, la puerta se abrió; Jean entró, y con paso apresurado se acercó al lecho de su hermano, el cual tendió sus brazos martirizados y sus manos envueltas en vendas hacia aquel glorioso hermano al que había conseguido sobre­pasar, no por los servicios prestados al país, sino por el odio que le profesaban los holandeses.

Jean besó tiernamente a su hermano en la frente y depositó suavemente sobre el colchón sus manos en­fermas.

‑Corneille, mi pobre hermano ‑dijo‑, sufrís mucho, ¿verdad?

‑No sufro ya, hermano mío, porque os veo.

‑¡Oh, mi pobre, querido Corneille! Entonces, en su defecto, soy yo el que sufre por veros así, os lo ase­guro.

‑Por eso he pensado más en vos que en mí mismo, y mientras me torturaban, no pensé en lamentarme más que una vez para decir: «¡Pobre hermano!» Pero ya que estáis aquí, olvidémoslo todo. Venís a buscarme, ¿verdad?

‑Sí.

‑Estoy curado; ayudadme a levantar, hermano mío, y veréis cómo camino bien.

‑No tendréis que caminar mucho tiempo, herma­no mío, porque tengo mi carroza en el vivero, detrás de los jinetes de De Tilly.

‑¿Los jinetes de De Tilly? ¿Por qué están en el vivero?

‑¡Ah! Es que se supone ‑dijo el ex gran pensio­nario con esa sonrisa de fisonomía triste que le era ha­bitual‑ que las gentes de La Haya desearán vernos partir, y se teme algún tumulto.

‑¿Un tumulto? ‑repitió Corneille clavando su mirada en su turbado hermano‑. ¿Un tumulto?

‑Sí, Corneille.

‑Entonces, esto es lo que oía hace un momento ‑dijo el prisionero como hablándose a sí mismo. Lue­go, volviéndose hacia su hermano‑: Hay mucha gen­te en la Buytenhoff, ¿no es verdad? ‑pregunté.

‑Sí, hermano mío.

‑Pero entonces, para venir aquí...

‑¿Y bien?

‑¿Cómo os han dejado pasar?

‑Sabéis bien que no somos muy queridos, Cornei­lle ‑explicó el ex gran pensionario con melancólica amargura‑. He venido por las calles apartadas.

‑¿Os habéis ocultado, Jean?

‑Tenía el deseo de llegar hasta vos sin pérdida de tiempo, y he hecho lo que se hace en política y en el mar cuando se tiene el viento de cara: he bordeado.

En ese momento, el ruido ascendió más furioso de la plaza a la prisión. De Tilly dialogaba con la guardia burguesa.

‑¡Oh! ¡Oh! ‑exclamó Corneille‑. Sois realmente un gran piloto, Jean; pero no sé si sacaréis a vuestro hermano de la Buytenhoff, con esta marejada y con las rompientes populares, tan felizmente como condujisteis la flota de Tromp a Amberes, en medio de los bajos fondos del Escalda.

‑Con la ayuda de Dios, Corneille, trataremos de hacerlo, por lo menos ‑respondió Jean‑. Mas, prime­ro, una palabra.

‑Decid.

Los clamores ascendieron de nuevo.

‑¡Oh! ¡Oh! ‑continuó Corneille‑. ¡Qué encole­rizada está esa gente! ¿Es contra vos? ¿Es en contra mía?

‑Creo que es contra los dos, Corneille. Os decía, pues, hermano mío, que lo que los orangistas nos repro­chan en medio de sus burdas calumnias, es el haber ne­gociado con Francia.

‑Sí, nos lo reprochan.

‑¡Los necios!

‑Pero si esas negociaciones hubieran tenido éxito, nos habrían evitado las derrotas de Rees, de Orsay, de Veel y de Rhemberg; les hubieran impedido el paso del Rin, y Holanda podría creerse todavía invencible en medio de sus pantanos y de sus canales.

‑Todo eso es verdad, hermano mío, pero lo que es una verdad más absoluta todavía es que si se hallara en este momento nuestra correspondencia con el señor De Louvois, por buen piloto que yo fuera, no podría salvar el frágil esquife que va a llevar a los De Witt y su for­tuna fuera de Holanda. Esta correspondencia, que pro­baría a esas honradas gentes cuánto amo a mi país y qué sacrificios ofrecía realizar personalmente por su liber­tad, por su gloria, nos perdería ante los orangistas, nues­tros vencedores. Así pues, querido Corneille, me gusta­ría saber que la habéis quemado antes de abandonar Dordrecht para venir a buscarme a La Haya.

‑Hermano mío ‑respondió Corneille‑, vuestra correspondencia con el señor De Louvois prueba que vos habéis sido en los últimos tiempos el más grande, el más generoso y el más hábil ciudadano de las siete Pro­vincias Unidas. Amo la gloria de mi país; amo sobre todo vuestra gloria, hermano mío, y me he guardado mucho de quemar esa correspondencia.

‑Entonces estamos perdidos para esta vida terrenal ‑comentó tranquilamente el ex gran pensionario acer­cándose a la ventana.

‑No, muy al contrario, Jean, y obtendremos a la vez la salvación del cuerpo y la resurrección de la popu­laridad.

‑¿Qué habéis hecho, pues, con esas cartas?

‑Se las he confiado a Cornelius van Baerle, mi ahi­jado, al que vos conocéis y que vive en Dordrecht.

‑¡Oh! ¡Pobre muchacho, ese querido a inocente niño! ¡A ese erudito que, cosa rara, sabe tantas cosas y no piensa más que en las flores que saludan a Dios, y en Dios que hace nacer las flores, le habéis encomenda­do ese depósito mortal! Pero ¡ese pobre, querido Cor­nelius, está perdido, hermano mío!

‑¿Perdido?

‑Sí, porque o será fuerte o será débil. Si es fuerte, porque por inaudito que sea lo que nos suceda; porque, aunque sepultado en Dordrecht, aunque distraído, ¡éste es el milagro!, un día a otro sabrá lo que nos pasa, si es fuerte, se alabará de nosotros; si es débil, tendrá miedo de nuestra intimidad; si es fuerte, gritará el secreto; si es débil, se lo dejará coger. En uno a otro caso, Corneille, está perdido y nosotros también. Así pues, hermano mío, huyamos de prisa, si todavía estamos a tiempo.

Corneille se incorporó de su lecho y, cogió la mano de su hermano, que se estremeció al contacto de las vendas.

‑¿Acaso no conozco a mi ahijado? ‑dijo‑. ¿Es que no he aprendido a leer cada pensamiento en la ca­beza de Van Baerle, cada sentimiento en su alma? ¿Me preguntas si es débil, si es fuerte? No es ni lo uno ni lo otro, ¡pero no importa lo que sea! Lo importante es que guardará el secreto, teniendo en cuenta que ese secreto, ni siquiera lo conoce.

Jean se volvió sorprendido.

‑¡Oh! ‑continuó Corneille con su dulce sonrisa‑. El Ruart de Pulten es un político educado en la escuela de Jean; os repito, hermano mío, Van Baerle ignora la natu­raleza y el valor del depósito que le he confiado.

‑¡De prisa, entonces! ‑exclamó Jean‑. Todavía estamos a tiempo, démosle la orden de quemar el legajo.

‑¿Con quién le damos esa orden?

‑Con mi criado Craeke, que debía acompañarnos a caballo y que ha entrado conmigo en la prisión para ayudaros a descender la escalera.

‑Reflexionad antes de quemar esos títulos glorio­sos, Jean.

‑Pienso que antes que nada, mi valiente Corneille, es preciso que los hermanos De Witt salven su vida para salvar su renombre. Muertos nosotros, ¿quién nos de­fenderá, Corneille? ¿Quién nos comprenderá tan solo?

‑¿Creéis, pues, que nos matarían si encontraran esos papeles?

Jean, sin contestar a su hermano, extendió la mano hacia la ventana, por la que ascendían en aquel momen­to explosiones de clamores feroces.

‑Sí, sí ‑dijo Corneille‑, ya oigo esos clamores; pero ¿qué dicen?

Jean abrió la ventana.

‑¡Muerte a los traidores! ‑aullaba el populacho.

‑¿Oís ahora, Corneille?

‑¡Y los traidores, somos nosotros! ‑exclamó el prisionero levantando los ojos al cielo y encogiéndose de hombros.

‑Somos nosotros ‑repitió Jean de Witt.

‑¿Dónde está Craeke?

‑Al otro lado de esta puerta, imagino.

‑Hacedle entrar, entonces.

Jean abrió la puerta; el fiel servidor esperaba, en efecto, ante el umbral.

‑Venid, Craeke, y retened bien lo que mi herma­no va a deciros.

‑Oh, no, no basta con decirlo, Jean, es preciso que lo escriba, desgraciadamente.

‑¿Y por qué?

‑Porque Van Baerle no entregará ese depósito ni lo quemará sin una orden precisa.

‑Pero ¿podéis escribir, mi querido hermano? ‑preguntó Jean, ante el aspecto de aquellas pobres ma­nos quemadas y martirizadas.

‑¡Oh! ¡Si tuviera pluma y tinta, ya veríais!‑dijo Corneille.

‑Aquí hay un lápiz, por lo menos.

‑¿Tenéis papel? Porque aquí no me han dejado nada.

‑Esta Biblia. Arrancad la primera hoja.

‑Bien.

‑Pero vuestra escritura ¿será legible?

‑¡Adelante! ‑dijo Corneille mirando a su hermano‑. Estos dedos que han resistido las mechas del ver­dugo, esta voluntad que ha dominado al dolor, van a unirse en un común esfuerzo y, estad tranquilo, herma­no mío, las líneas serán trazadas sin un solo temblor.

Y en efecto, Corneille cogió el lápiz y escribió.

Entonces pudo verse aparecer bajo las blancas ven­das unas gotas de sangre que la presión de los dedos sobre el lápiz dejaba escapar de las carnes abiertas.

El sudor perlaba la frente del ex gran pensionario.

Corneille escribió:

 

20 de agosto de 1672

Querido ahijado:

Quema el depósito que te he confiado, quémalo sin mirarlo, sin abrirlo, a fin de que continúe desconocido para ti. Los secretos del género que éste contiene ma­tan a los depositarios. Quémalo, y habrás salvado a Jean y a Corneille.

Adiós, y quiéreme.

CORNEILLE DE WITT.

 

Jean, con lágrimas en los ojos, enjugó una gota de aquella noble sangre que había manchado la hoja, la en­tregó a Craeke con una última recomendación y se vol­vió hacia Corneille, a quien el sufrimiento le había hecho palidecer más, y que parecía próximo a desvanecerse.

‑Ahora ‑explicó‑, cuando ese valiente Craeke deje oír su antiguo silbato de contramaestre, es que se hallará fuera de los grupos del otro lado del vivero... Entonces, partiremos a nuestra vez.

No habían transcurrido cinco minutos, cuando un largo y vigoroso silbido rasgó con su retumbo marino las bóvedas de follaje negro de los olmos y dominó los clamores de la Buytenhoff.

Jean levantó los brazos al cielo para dar las gracias.

‑Y ahora ‑dijo‑ partamos, Corneille.

 


 

III
El Discípulo De Jean De Witt

 

Mientras los aullidos de la muchedumbre reunida en la Buytenhoff, subiendo siempre más espantosos hacia los dos hermanos, determinaban a Jean de Witt a apre­surar la salida de su hermano Corneille, una comisión de burgueses se había dirigido, como hemos dicho, al Ayuntamiento, para pedir la retirada del cuerpo de ca­ballería de De Tilly.

No estaba muy lejos la Buytenhoff de la Hoog­straet; así vemos a un extraño que, desde el momento en que aquella escena había comenzado seguía los detalles con curiosidad, dirigirse con los otros, o más bien de­trás de los otros, hacia el Ayuntamiento, para conocer la nueva de lo que iba a suceder.

Este extraño era un hombre muy joven, de unos veintidós o veintitrés años apenas, sin vigor aparente. Ocultaba, porque sin duda tenía sus razones para no ser reconocido, su rostro pálido y alargado bajo un fino pañuelo de tela de Frisia, con el cual no cesaba de enju­garse la frente húmeda de sudor o sus labios ardientes.

Con la mirada fija como un pájaro de presa, la na­riz aquilina y larga, la boca fina y recta, abierta o más bien hendida como los labios de una herida, este hombre hubiera ofrecido a Lavater, si Lavater hubiese vivi­do en aquella época, un sujeto de estudios fisiológicos que al principio no habrían hablado mucho en su favor.

Entre el rostro de un conquistador y el de un pira­ta, decían los antiguos, ¿qué diferencia se hallará? La que se encuentra entre el águila y el buitre.

La serenidad o la inquietud.

Así, aquella fisonomía lívida, ese cuerpo delgado y miserable, ese paso inquieto con el que iba de la Buyten­hoff a la Hoogstraet siguiendo a todo aquel pueblo au­llante, constituía el tipo y la imagen de un amo suspicaz o de un ladrón inquieto; y un policía habría ciertamen­te optado por esta última creencia, a causa del cuidado que ponía en ocultarse.

Por otra parte, vestía sencillamente y sin armas apa­rentes; su brazo delgado pero nervioso, su mano seca pero blanca, fina, aristocrática, se apoyaba no en un brazo, sino en el hombro de un oficial que, con el puño en la espada, había, hasta el momento en que su compa­ñero se puso en camino y lo arrastrara con él, contem­plado todas las escenas de la Buytenhoff con un interés fácil de comprender.

Llegado a la plaza de la Hoogstraet, el hombre del rostro pálido empujó al otro bajo el resguardo de una contraventana abierta y fijó los ojos en el balcón del Ayuntamiento.

A los frenéticos gritos del pueblo, la ventana de la Hoogstraet se abrió y un hombre avanzó para dialogar con el gentío.

‑¿Quién aparece en el balcón? ‑preguntó el joven al oficial, señalándole solamente con el ojo al orador, que parecía muy emocionado y que se sostenía en la ba­laustrada más bien que se inclinaba sobre ella.

‑Es el diputado Bowelt ‑explicó el oficial.

‑¿Qué tal hombre es ese diputado Bowelt? ¿Le conocéis?

‑Es un hombre valiente, según creo al menos, monseñor.

El joven, al oír esta apreciación del carácter de Bowelt hecha por el oficial, dejó escapar un movimiento de desagrado tan extraño, un descontento tan visible, que el oficial lo notó y se apresuró a añadir:

‑Por lo menos, así se dice, monseñor. En cuanto a mí, no puedo afirmar nada, no conociendo personal­mente al señor de Bowelt.

‑Hombre valiente ‑repitió el que era llamado monseñor‑. ¿Es un hombre valiente, queréis decir, o un valiente hombre?

‑¡Ah!, Monseñor me perdonará; no me atrevería a establecer esta distinción frente a un hombre que, repito a Vuestra Alteza, no conozco más que de vista.

‑Al grano ‑murmuró el joven‑, esperemos, y vamos a ver.

El oficial inclinó la cabeza en señal de asentimiento y se calló.

‑Si ese Bowelt es un hombre valiente ‑continuo Su Alteza‑, recibirá de mal grado la petición que estos enfurecidos vienen a hacerle.

Y el movimiento nervioso de su mano, que se agi­taba a su pesar sobre el hombro de su compañero, como hubieran hecho los dedos de un instrumentista sobre las teclas de un piano, traicionaba su ardiente impaciencia, tan mal disfrazada en ciertos momentos, y sobre todo en esta ocasión, bajo el aspecto glacial y sombrío del rostro.

Se oyó entonces al jefe de la comisión burguesa in­terpelar al diputado para hacerle decir dónde se hallaban los otros diputados, sus colegas.

‑Señores ‑repitió por segunda vez De Bowelt‑, os digo que en este momento estoy solo con el señor D'Asperen, y no puedo tomar una decisión por mí mismo.

‑¡La orden! ¡La orden! ‑gritaron varios millares de gargantas.

El señor De Bowelt hablaba, pero no se oían sus palabras y solamente se le veía agitar sus brazos en ges­tos múltiples y desesperados.

Pero viendo que no podía hacerse entender, se vol­vió hacia la ventana abierta y llamó al señor D'Asperen.

D'Asperen apareció a su vez en el balcón, donde fue saludado con gritos más enérgicos todavía que los que habían acogido, diez minutos antes al señor De Bowelt.

Emprendió también la difícil tarea de dialogar con la multitud, pero ésta prefirió forzar la guardia de los Estados, que por otra parte no opuso ninguna resisten­cia al pueblo soberano, a oír el discurso del señor D'As­peren.

‑Vamos ‑dijo fríamente el joven mientras el pue­blo se introducía por la puerta principal de la Hoog­straet‑ parece que la deliberación tendrá lugar en el in­terior, coronel. Vamos a oírla.

‑¡Ah, monseñor, monseñor! ¡Tened cuidado!

‑¿A qué?

‑Entre esos diputados, hay muchos que han teni­do relaciones con vos, y basta con que uno solo reco­nozca a Vuestra Alteza.

‑Sí, para que se me acuse de ser el instigador de todo esto. Tienes razón ‑dijo el joven, cuyas mejillas enrojecieron un instante lamentando haber demostrado tanta precipitación en sus deseos‑. Sí, tienes razón; quedémonos aquí. Desde aquí les veremos volver con o sin la autorización y juzgaremos así si el señor De Bowelt es un hombre valiente o un valiente hombre, que es lo que tengo que saber.

‑Pero ‑observó el oficial mirando con asombro al que daba el título de monseñor‑ Vuestra Alteza no supondrá por un solo instante, imagino, que los dipu­tados ordenen alejarse a los jinetes de De Tilly, ¿verdad?

‑¿Por qué? ‑preguntó fríamente el joven.

‑Porque si lo ordenaran, esto significaría simple­mente firmar la sentencia de muerte de los señores Cor­neille y Jean de Witt.

‑Ya veremos ‑respondió fríamente Su Alteza‑. Sólo Dios puede saber lo que pasa en el corazón de los hombres.

El oficial miró a hurtadillas el rostro impasible de su compañero, y palideció.

Este oficial era a la vez un hombre valiente y un valiente hombre.

Desde el lugar donde permanecían, Su Alteza y su compañero oían los rumores y los pisoteos del pueblo en las escaleras del Ayuntamiento.

Luego se oyó crecer ese ruido y extenderse sobre la plaza por las ventanas abiertas de aquella sala en cuyo balcón habían aparecido De Bowe1t y D'Asperen, los cuales habían entrado al interior, ante el temor sin duda, de que empujándolos, el pueblo no les hiciera saltar por encima de la balaustrada.

Después se vieron unas sombras arremolinadas y tumultuosas pasar por delante de aquellas ventanas.

La sala de las deliberaciones se llenaba de revoltosos.

De repente, cesó el ruido; luego más de repente to­davía, redobló en intensidad y alcanzó tal grado de ex­plosión que el viejo edificio tembló hasta los cimientos.

Después, finalmente, el torrente volvió a rodar por las galerías y las escaleras hasta la puerta, bajo cuya bóveda se le vio desembocar como una tromba.

En cabeza del primer grupo, volaba, más que corría, un hombre horrorosamente desfigurado por la alegría.

Era el cirujano Tyckelaer.

‑¡La tenemos! ¡La tenemos! ‑gritó agitando un papel en el aire.

‑¡Tienen la orden! ‑murmuró el oficial estupe­facto.

‑¡Y bien! Ya me he fijado ‑dijo tranquilamente Su Alteza‑. No sabíais, mi querido coronel, si el señor De Bowelt era un hombre valiente o un valiente hom­bre. No es ni lo uno ni lo otro.

Luego, mientras seguía con la mirada, sin pestañear, a toda aquella muchedumbre que corría delante de él, ordenó:

‑Ahora venid a la Buytenhoff, coronel; creo que vamos a ver un extraño espectáculo.

El oficial se inclinó y siguió a su amo sin responder.

El gentío era inmenso en la plaza y en los accesos a la prisión. Pero los jinetes de De Tilly lo contenían siempre con la misma fortuna y sobre todo con la mis­ma firmeza.

Pronto oyó el conde el rumor creciente originado por el flujo de hombres que se aproximaba, de los que percibió enseguida las primeras oleadas avanzando con la rapidez de una catarata que se precipita.

Al mismo tiempo, vio el papel que flotaba en el aire, por encima de las manos crispadas y de las armas res­plandecientes.

‑¡Eh! ‑exclamó levantándose sobre sus estribos y tocando a su teniente con el pomo de la espada‑. Creo que los miserables han conseguido su orden.

‑¡Cobardes bribones! ‑gritó el teniente.

Era en efecto la orden, que la compañía de burgue­ses recibió con rugidos de alegría.

Enseguida se puso en movimiento y marchó con las armas bajas y lanzando grandes gritos al encuentro de los jinetes del conde De Tilly.

Pero el conde no era hombre que les dejara aproxi­marse más de lo conveniente.

‑¡Alto! ‑gritó‑. ¡Alto! Y separaos del pecho de mis caballos, o cargo contra vosotros.

‑¡Aquí está la orden! ‑respondieron cien voces insolentes.

La cogió con estupor, lanzó por encima una ojeada rápida, y en voz alta dijo:

‑Los que han firmado esta orden son los verdade­ros verdugos del señor Corneille de Witt. En cuanto a mí, no quisiera por mis dos manos haber escrito una sola letra de esta infame orden ‑y rechazando con el pomo de su espada al hombre que quería cogérsela, añadió‑: Un momento. Un escrito como éste es de importancia, y se guarda.

Plegó el papel y lo metió con cuidado en el bolsillo de su casaca.

Luego, volviéndose hacia su tropa, gritó:

‑¡Jinetes de De Tilly, desfilad por la derecha!

Luego, a media voz, y no obstante, de forma que sus palabras no se perdieran para todo el mundo, dijo:

‑Y ahora, asesinos, realizad vuestro trabajo.

Un grito furioso compuesto de todos los odios se­dientos y de todas las alegrías feroces que reinaban en la Buytenhoff, acogió esta partida.

Los jinetes desfilaron lentamente.

El conde se quedó atrás, haciendo frente hasta el último momento al populacho enloquecido que ganaba terreno a medida que lo perdía el caballo del capitán.

 

Como se ve, Jean de Witt no había exagerado el peligro cuando, ayudando a su hermano a levantarse, le apre­miaba a salir.

Corneille descendió, pues, apoyado en el brazo del ex gran pensionario, la escalera que conducía al patio.

Al pie de la escalera halló a la bella Rosa toda tem­blorosa.

‑¡Oh, Mynheer Jean! ‑exclamó‑. ¡Qué des­gracia!

‑¿Qué ocurre, hija mía? ‑preguntó De Witt.

‑Dicen que han ido a buscar a la Hoogstraet la orden que debe alejar a los jinetes del conde De Tilly.

‑¡Oh! ¡Oh! ‑exclamó Jean‑. En efecto, hija mía, si los jinetes se van, la posición es mala para nosotros.

‑Si me atreviera a daros un consejo... ‑aventuró la joven temblando.

‑Dalo, hija mía. ¿Qué habría de asombroso que Dios me hablara por tu boca?

‑¡Pues bien! Mynheer Jean, yo no saldría por la calle. Mayor.

‑¿Y por qué, ya que los jinetes de De Tilly perma­necen en su puesto?

‑Sí, pero mientras no sea revocada, la orden es de quedarse delante de la prisión.

‑Sin duda.

‑¿Tenéis una orden para que os acompañen hasta las afueras de la ciudad?

‑No.

‑¡Pues bien! Desde el momento en que hayáis so­brepasado a los primeros jinetes caeréis en manos del pueblo.

‑Pero ¿y la guardia burguesa?

‑¡Oh! La guardia burguesa es la más enfurecida.

‑¿Qué hacer, entonces?

‑En vuestro lugar, Mynheer Jean ‑continuó tími­damente la joven‑, saldría por la poterna. Da a una calle desierta, porque todo el mundo está en la calle Mayor, esperando en la entrada principal, y desde allí alcanzaría la puerta de la ciudad por la que queráis salir.

‑Pero mi hermano no podrá caminar ‑objetó Jean.

‑Lo intentaré ‑respondió Corneille con una ex­presión sublime de firmeza.

‑Pero ¿no tenéis vuestro coche? ‑preguntó la joven.

‑El coche está en el umbral de la gran puerta.

‑No ‑replicó la joven‑. Pensé que vuestro cochero sería un hombre fiel y le dije que fuera a espera­ros en la poterna.

Los dos hermanos se miraron con ternura, y su doble mirada, llevando toda la expresión de su recono­cimiento, se concentró sobre la joven.

‑Ahora ‑dijo el ex gran pensionario‑ queda por saber si Gryphus querrá abrirnos esa puerta.

‑¡Oh, no! ‑exclamó Rosa‑. No querrá.

‑¡Y bien! ¿Entonces?

‑Entonces, yo he previsto su negativa y, hace un momento, mientras él conversaba por la ventana de la cár­cel con un jinete de De Tilly, cogí la llave del manojo.

‑¿Y la tienes?

‑Aquí está, Mynheer Jean.  ‑

‑Hija mía ‑dijo Corneille‑, no tengo nada que ofrecerte a cambio del servicio que me rindes, excepto la Biblia que hallarás en mi celda: éste es el último regalo de un hombre honrado; espero que te traiga la felicidad.

‑Gracias, Mynheer Corneille, no me abandonará jamás ‑respondió la joven.

Luego para sí misma y suspirando, añadió:

‑¡Qué desgracia que no sepa leer!

‑Los clamores se están redoblando, hija mía ‑lijo Jean‑. Creo que no hay un instante que perder.

‑Venid, pues ‑invitó la bella frisona, y por un pasillo interior condujo a los dos hermanos al lado opuesto de la prisión.

Siempre guiados por Rosa, descendieron una esca­lera de una docena de peldaños, atravesaron un peque­ño patio de murallas almenadas y, habiendo abierto la puerta cimbrada, se hallaron al otro lado de la prisión en la calle desierta, frente al coche que les esperaba con el estribo bajado.

‑¡Eh! De prisa, de prisa, mis amos, ¿los oís? ‑gri­tó el cochero asustado.

Pero después de haber hecho subir a Corneille el primero, el ex gran pensionario se volvió hacia la joven.

‑Adiós, hija mía –dijo-. Todo lo que pudiéra­mos decirte expresaría sólo muy pobremente nuestro reconocimiento. Te recomendaremos a Dios, que recor­dará que acabas de salvar la vida de dos hombres, como espero.

Rosa cogió la mano que le tendía el ex gran pensio­nario y la besó respetuosamente.

‑Marchaos ‑apremió‑, marchaos; se diría que están hundiendo la puerta.

Jean de Witt subió precipitadamente al coche, tomó asiento al lado de su hermano, y cerró el capotillo, gri­tando:

‑¡A la Tol‑Hek!

La Tol‑Hek era la verja que cerraba la puerta que conducía al pequeño puerto de Schweningen, en el cual un pequeño buque esperaba a los dos hermanos.

El coche partió al galope de dos vigorosos caballos flamencos y se llevó a los fugitivos.

Rosa los siguió con la mirada hasta que hubieron doblado la esquina de la calle.

Después entró para cerrar la puerta a su espalda y echó la llave a un pozo.

Aquel ruido que había hecho presentir a Rosa que el pueblo hundía la puerta, procedía en efecto del pue­blo que, después de hacer evacuar la plaza de la prisión, se lanzaba contra la entrada de la misma.

Por sólida que fuera, y aunque el carcelero Gryphus, hay que rendirle esta justicia, se rehusaba obstinadamente a abrirla, veíase a las claras que la puerta no resistiría mucho tiempo y Gryphus, muy pálido, se preguntaba si no sería mejor abrir cuando sintió que le tiraban suavemente del vestido.

Se volvió y vio a Rosa.

‑¿Oyes a esos furiosos? ‑dijo.

‑Les oigo tan bien, padre mío, que en vuestro lugar. ..

‑Abrirías, ¿verdad?

‑No, les dejaría hundir la puerta.

‑Pero van a matarme.

‑Sí, si os ven.

‑¿Cómo quieres tú que no me vean?

‑Escondeos.

‑¿Dónde?

‑En el calabozo secreto.

‑Pero ¿y tú, hija mía?

‑Yo, padre mío, descenderé con vos. Cerraremos la puerta tras nosotros y, cuando abandonen la prisión, ¡pues bien!, saldremos de nuestro escondite.

‑Tienes razón, pardiez ‑exclamó Gryphus‑. Resulta asombroso ‑añadió‑ cuánto juicio hay en esta pequeña cabeza.

Pronto, la puerta se estremeció con gran alegría del populacho.

‑Venid, venid, padre mío ‑apremió Rosa abrien­do una pequeña trampilla.

‑Pero ¿y nuestros prisioneros? ‑preguntó Gry­phus. ,

‑Dios velará por ellos, padre mío ‑contestó la joven‑. Permitidme velar por vos.

Gryphus siguió a su hija, y la trampilla cayó sobre sus cabezas, justo en el momento en que la puerta rota daba paso al populacho.

Por lo demás, este calabozo al que Rosa hacía des­cender a su padre y que llamaban el calabozo secreto, ofrecía a los dos personajes, a los que nos vemos forza­dos a abandonar por unos instantes, un refugio seguro, al no ser conocido más que por las autoridades, que a voces encerraban en él a algunos de aquellos reos de los cuales se temía alguna revuelta o algún rapto.

El pueblo se precipitó en la prisión gritando:

‑¡Muerte a los traidores! ¡A la horca Corneille de Witt! ¡A muerte! ¡A muerte!

 


 

IV
Los Asesinos

 

El joven, siempre protegido por su gran sombrero, siempre apoyándose en el brazo del oficial, siempre enjugando su frente y sus labios con su pañuelo, inmó­vil, desde un rincón de la Buytenhoff, perdido en la sombra de un saledizo de una tienda cerrada, contem­plaba el espectáculo que le ofrecía aquel populacho fu­rioso, que parecía aproximarse a su desenlace.

‑¡Oh! ‑le dijo al oficial‑. Creo que teníais razón, Van Deken, y que la orden que los señores diputados han firmado es la verdadera sentencia de muerte del señor Corneille. ¿Oís a esa gente? ¡Decididamente, se­ñor coronel, quieren mucho a los señores De Witt!

‑En verdad ‑replicó el oficial‑ yo nunca he oído clamores parecidos.

‑Es de suponer que han hallado la celda de nues­tro hombre. ¡Ah! Observad aquella ventana. ¿No es la del aposento donde ha sido encerrado el señor Cor­neille?

En efecto, un hombre agarraba con ambas manos y sacudía violentamente el enrejado que cerraba la ventana del calabozo de Corneille, y que éste acababa de aban­donar no hacía más de diez minutos.

‑¡Eh! ¡Eh! ‑gritaba aquel hombre‑. ¡No está aquí!

‑¿Cómo que no está? ‑preguntaron desde la ca­lle los que, llegados los últimos, no podían entrar de tan llena como estaba la prisión.

‑¡No! ¡No! ‑repetía el hombre, furioso‑. No está, debe de haber huido.

‑¿Qué dice ese hombre? ‑preguntó palideciendo Su Alteza.

‑¡Oh, monseñor! Anuncia una noticia que sería muy afortunada si fuese verdad.

‑Sí, sin duda, sería una afortunada noticia si fuese verdad ‑asintió el joven‑. Desgraciadamente, no pue­de serlo. .

‑Sin embargo, mirad... ‑señaló el oficial.

En efecto, otros rostros furiosos, gesticulando de cólera, se asomaban a las ventanas gritando:

‑¡Salvado! ¡Evadido! Lo han dejado escapar.

Y el pueblo que quedaba en la calle, repetía con es­pantosas imprecaciones:

‑¡Salvados! ¡Evadidos! ¡Corramos tras ellos, per­sigámosles!

‑Monseñor, parece que el señor Corneille de Witt se ha salvado realmente ‑observó el oficial.

‑Sí, de la prisión, tal vez ‑respondió aquél‑, pero no de la ciudad; veréis, Van Deken, cómo el pobre hombre hallará cerrada la puerta que él cree encontrar abierta.

‑¿Ha sido dada la orden de cerrar las puertas de la ciudad, monseñor?

‑No, no lo creo, ¿quién habría dado esa orden?

‑¡Pues bien! ¿Qué os hace suponer...?

‑Existen fatalidades ‑respondió negligentemente Su Alteza‑ y los más grandes hombres han caído a veces víctimas de estas fatalidades.

Ante esas palabras, el oficial sintió correr un temblor por su cuerpo, porque comprendió que, de una forma o de otra, el prisionero estaba perdido.

En aquel momento, los rugidos de la muchedum­bre estallaban como un trueno, porque quedaba bien demostrado que Corneille de Witt no estaba ya en la prisión.

En efecto, Corneille y Jean, después de haber pasa­do el vivero, rodaban por la gran calle que conduce a la Tol‑Hek, mientras recomendaban al cochero que retar­dara la andadura de sus caballos para que el paso de su carroza no despertara ninguna sospecha.

Pero llegado a la mitad de esta calle, cuando vio a lo lejos la verja, cuando sintió que dejaba tras él la prisión y la muerte y que tenía delante la vida y la libertad, el cochero olvidó toda precaución y puso la carroza al galope.

De repente, se detuvo.

‑¿Qué ocurre? ‑preguntó Jean sacando la cabeza por la portezuela.

‑¡Oh, mis amos! ‑exclamó el cochero‑. Es que...

El terror sofocaba la voz del animoso hombre.

‑Vamos, acaba ‑dijo el ex gran pensionario.

‑Es que la verja está cerrada.

‑¿Cómo que la verja está cerrada? No es costum­bre cerrar la verja durante el día.

‑Pues, vedlo vos mismo.

Jean de Witt se inclinó fuera del coche y vio que, en efecto, la verja estaba cerrada.

‑Sigue adelante ‑ordenó Jean‑. Llevo la orden de conmutación encima; el portero abrirá.

El vehículo reemprendió su carrera, pero era eviden­te que el cochero no azuzaba ya a sus caballos con la misma confianza.

Porque, al sacar su cabeza por la portezuela, Jean de Witt había sido visto y reconocido por un cervecero que, con retraso respecto a sus compañeros, cerraba su puerta a toda prisa, para reunirse con ellos en la Buy­tenhoff.

Lanzó un grito de sorpresa, y siguió en pos de otros dos hombres que corrían delante de él.

Al cabo de cien pasos se les unió y les habló; los tres hombres se detuvieron, mirando alejarse el coche, pero todavía no muy seguros de lo que en él se encerraba.

El coche, durante ese tiempo, llegaba a la Tol‑Hek.

‑¡Abrid! ‑gritó el cochero.

‑Abrir ‑replicó el portero apareciendo en el um­bral de su casa‑. Abrir, ¿y con qué quieres que abra?

‑¡Con la llave, pardiez! ‑exclamó el cochero.

‑Con la llave, sí; mas para ello sería preciso tenerla.

‑¿Cómo? ¿No tenéis la llave de la puerta? ‑pre­guntó el cochero.

‑No.

‑¿Qué habéis hecho de ella, pues?

‑¡Cáspita! Me la han quitado.

‑¿Quién?

‑Alguien que probablemente desea que nadie sal­ga de la ciudad.

‑Amigo mío ‑dijo el ex gran pensionario, sacan­do la cabeza del coche y arriesgando el todo por el todo‑, amigo mío, es por mí, Jean de Witt y por mi hermano Corneille, a quien llevo al exilio.

‑¡Oh, señor De Witt! Estoy desesperado ‑contes­tó el portero precipitándose hacia el coche‑, mas por mi honor que me han quitado la llave.

‑¿Cuándo?

‑Esta mañana.

‑¿Quién?

‑Un joven de veintidós años, pálido y delgado.

‑¿Y por qué se la habéis entregado?

‑Porque traía una orden debidamente firmada y sellada.

‑¿De quién?

‑De los señores del Ayuntamiento.

Vaya ‑comentó tranquilamente Corneille‑, pa­rece que decididamente estamos perdidos.

‑¿Sabes si se ha tomado la misma precaución en todas partes?

‑No lo sé.

‑Vamos ‑dijo Jean al cochero‑. Dios ordena al hombre que haga todo lo que pueda por conservar su vida; llégate a otra puerta.

Luego, mientras el cochero hacia girar el carruaje, saludó al portero:

‑Gracias por tu buena voluntad, amigo mío. La intención se considera como el hecho; tú tenías la inten­ción de salvarnos y, a los ojos del Señor, es como si lo hubieras conseguido.

‑¡Ah! ‑exclamó el portero‑. ¿Veis ese grupo allá abajo?

‑Crúzalo al galope ‑ordenó Jean al cochero‑ y toma la calle de la izquierda: es nuestra única espe­ranza.

El grupo del que hablaba Jean había tenido por nú­cleo los tres hombres a los que vimos seguir con los ojos al coche, y que desde entonces y mientras Jean parla­mentaba con el portero; se había engrosado con siete u ocho nuevos individuos.

Aquellos recién llegados tenían evidentemente in­tenciones hostiles con respecto a la carroza.

Así, viendo a los caballos venir hacia ellos a galope tendido, se cruzaron en la calle agitando sus brazos, armados de garrotes y gritando:

‑¡Deteneos! ¡Deteneos!

Por su parte, el cochero se inclinó hacia ellos y los fustigó con el látigo.

El coche y los hombres chocaron al fin.

Los hermanos De Witt no podían ver nada, encerra­dos como estaban en el coche. Pero sintieron encabritarse a los caballos, y luego experimentaron una violenta sacudida. Hubo un momento de vacilación y de temblor en el coche que arrancó de nuevo, pasando sobre algo redondo y flexible que podía ser el cuerpo de un hom­bre derribado, y se alejó en medio de blasfemias.

‑¡Oh! ‑exclamó Corneille‑. Temo que hayamos causado alguna desgracia.

‑¡Al galope! ¡Al galope! ‑gritó Jean.

Mas, a pesar de esta orden, el cochero se detuvo de repente.

‑¿Y bien? ‑preguntó Jean.

‑Mirad ‑dijo el cochero.

Jean miró.

Todo el populacho de la Buytenhoff aparecía en la extremidad de la calle que debía seguir el coche, y avan­zaba aullante y rápida como un huracán.

‑Detente y sálvate tú ‑ordenó Jean al cochero‑. Es inútil ir más lejos; estamos perdidos.

‑¡Aquí están! ¡Aquí están! ‑gritaron conjunta­mente quinientas voces.

‑¡Sí, aquí están los traidores! ¡Los asesinos! ¡Los criminales! ‑respondieron a los que venían por delante del coche, los que corrían detrás de él, llevando en sus brazos el cuerpo magullado de uno de sus compañeros, que habiendo querido saltar a la brida de los caballos, había sido derribado por ellos.

Era sobre aquel por quien los dos hermanos habían sentido pasar el coche.

El cochero se detuvo; mas a pesar de las instancias que le hizo su amo, no quiso ponerse a salvo.

En un instante, la carroza se halló cogida entre dos fuegos: los que corrían a su alcance y los que venían por delante.

Por un momento, el coche dominó a toda aquella muchedumbre agitada como una isla flotante.

Mas de pronto, la isla flotante se detuvo. Un herrero acababa de matar, de un mazazo, a uno de los caba­llos, que cayó entre las varas del tiro.

En ese momento se entreabrió el postigo de una ventana y se pudo ver los ojos sombríos del joven, de rostro lívido, clavándose sobre el espectáculo que se adivinaba.

Tras él apareció el rostro del oficial, casi tan pálido como el de aquél.

‑¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío, monseñor! ¿Qué va a suceder? ‑murmuró el oficial.

‑Algo terrible, evidentemente ‑respondió el joven.

‑¡Oh! Ved, monseñor, sacan al ex gran pensiona­rio del coche, le golpean, le desgarran.

‑En verdad, es preciso que esas gentes estén anima­das por una violenta indignación ‑comentó el joven con el mismo tono impasible que había conservado has­ta entonces.

‑Y ahora sacan a su vez a Corneille de la carroza, a un Corneille ya roto, mutilado por la tortura. ¡Oh! Mirad, mirad.

‑Sí, en efecto, es realmente Corneille.

El oficial lanzó un débil gemido y volvió la cabeza.

Es que en el último escalón del estribo, incluso an­tes de que hubiera tocado el suelo, el Ruart acababa de recibir un golpe con una barra de hierro, que le quebró la cabeza.

Se levantó, sin embargo, mas para caer enseguida.

Luego, unos hombres, cogiéndole por los pies, lo arrojaron al gentío, en medio del cual se pudo seguir el rastro sangriento que trazaba en él y que se cerraba por detrás con grandes gritos de alegría.

El joven palideció más ‑todavía, lo que se hubiera creído imposible, y sus ojos se velaron un instante bajo sus párpados.

El oficial vio ese movimiento de piedad, el primero que su severo compañero había dejado escapar y que­riendo aprovecharse de este enternecimiento, dijo:

‑Venid, venid, monseñor, porque van a asesinar también al ex gran pensionario.

Pero el joven ya había abierto los ojos.

‑¡En verdad! ‑comentó‑. Este pueblo es impla­cable. No resulta bueno traicionarlo.

‑Monseñor ‑dijo el oficial‑, ¿es que no se podría salvar a ese pobre hombre, que ha educado a Vuestra Alteza? Si hay algún medio, decidlo, y estaré dispuesto a perder ahí la vida...

Guillermo de Orange, porque era él, plegó su frente de una forma siniestra, apagó el relámpago de sombrío furor que centelleaba bajo sus párpados y respondió:

‑Coronel Van Deken, id, os lo ruego, a buscar a mis tropas, con el fin de que tomen las armas por lo que pueda ocurrir.

‑Pero... dejaré entonces a monseñor solo aquí, frente a esos asesinos...

‑No os inquietéis por mí más de lo que yo mismo me inquieto ‑contestó bruscamente el príncipe‑. Partid.

El oficial partió con una rapidez que testimoniaba menos su obediencia que el alivio de no asistir al horro­roso asesinato del segundo de los hermanos.

No había aún cerrado la puerta de la habitación, cuando Jean, quien con un supremo esfuerzo había al­canzado la escalinata de una casa situada frente a aqué­lla donde estaba oculto su discípulo, se tambaleó bajo las acometidas del populacho.

‑Mi hermano, ¿dónde está mi hermano? ‑im­ploró.

Uno de aquellos enfurecidos le arrancó el sombre­ro de un puñetazo.

Otro, que acababa de destripar a Corneille, le mos­tró la sangre que tenía sus manos, y corrió para no perder la ocasión de hacer otro tanto con el ex gran pensio­nario, mientras arrastraban a la horca lo que quedaba del muerto.

Jean lanzó un gemido lastimero y se tapó los ojos con las manos.

‑¡Ah! Cierras los ojos ‑dijo uno de los soldados de la guardia burguesa‑. ¡Pues bien, yo te los voy a reventar!

Y le lanzó al rostro una lanzada con la pica.

‑¡Mi hermano! ‑clamó De Witt intentando ver lo que había sido de Corneille, a través de la oleada de sangre que le cegaba‑. ¡Mi hermano!

‑¡Ve a reunirte con él! ‑aulló otro asesino apli­cándole su mosquete en la sien y soltando el gatillo.

Pero el disparo no salió.

Entonces, el asesino invirtió su arma, y cogiéndola con las dos manos por el cañón, asestó a Jean de Witt un culatazo.

Jean de Witt vaciló y cayó a sus pies.

Pero enseguida, volviéndose a levantar con un su­premo esfuerzo, gritó con voz tan lastimera que el jo­ven cerró la contraventana ante él.

‑¡Mi hermano!

Por otra parte, quedaba poca cosa que ver, porque un tercer asesino le disparó a Jean de Witt a bocaja­rro un pistoletazo que le hizo saltar el cráneo.

Jean de Witt cayó para no levantarse más.

Entonces, cada uno de aquellos miserables, enarde­cido por esta caída, quiso descargar su arma sobre el cadáver. Cada uno quiso darle un golpe con la maza, con la espada o con el cuchillo; cada uno quiso obtener su gota de sangre, arrancar su jirón del traje.

Luego, cuando ambos fueron bien martirizados, bien desgarrados, bien despojados, el populacho los arrastró desnudos y sangrantes a una horca, donde los aficionados a verdugo les colgaron por los pies.

Tras éstos acudieron los más cobardes, que no ha­biéndose atrevido a golpear la carne viviente, cortaron en tiras la carne muerta, y luego se fueron a vender por la ciudad los pedazos de Jean y de Corneille a diez sous[1] el trozo.

No podríamos decir si a través de la abertura casi imperceptible del postigo el joven vio el final de aquella terrible escena, pero lo cierto es que en el mismo momen­to en que colgaban a los dos mártires en la horca, él atra­vesaba la muchedumbre, que se hallaba demasiado ocu­pada con la alegre tarea que realizaba para ocuparse de su presencia, y llegaba a la Tol‑Hek, siempre cerrada.

‑¡Ah, señor! ‑exclamó el portero‑. ¿Me traéis la llave?

‑Sí, amigo mío, aquí está ‑respondió el joven.

‑¡Oh! Es una gran desgracia que no me hayáis traí­do esta llave solamente media hora antes ‑dijo el por­tero suspirando.

‑¿Y por qué? ‑preguntó el joven.

‑Porque hubiese podido abrir a los señores De Witt. Mientras que, habiendo encontrado la puerta ce­rrada, se han visto obligados a volver atrás. Han caído en manos de los que les perseguían.

‑¡La puerta! ¡La puerta! ‑exclamó una voz que parecía pertenecer a un hombre con prisas.

El príncipe se volvió y reconoció al coronel Van Deken.

‑¿Sois vos, coronel? ‑dijo‑. ¿No habéis salido todavía de La Haya? Esto es cumplir tardíamente mi orden.

‑Monseñor ‑respondió el coronel‑, ésta es la tercera puerta ante la que me presento. Las otras dos las he hallado cerradas.

‑¡Pues bien! Este valiente nos abrirá ésta. Abrid, amigo mío ‑ordenó el príncipe al portero que se había quedado pasmado ante el título de monseñor que acaba­ba de darle el coronel Van Deken a aquel joven tan pá­lido al que había tratado tan familiarmente.

Así, para reparar su falta, se apresuró a abrir la Tol-­Hek, que giró chirriando sobre sus goznes.

‑¿Monseñor quiere mi caballo? ‑preguntó el co­ronel a Guillermo.

‑Gracias, coronel, tengo una montura que me es­pera a unos pasos de aquí.

Y cogiendo un silbato de oro de su bolsillo, sacó de este instrumento, que en aquella época servía para lla­mar a los criados, un sonido agudo y prolongado, al cual acudió un escudero a caballo, llevando una segun­da montura de la brida.

Guillermo saltó sobre el caballo sin utilizar los es­tribos, y picando espuelas tomó el camino de Leiden.

Cuando estuvo en él, se volvió.

El coronel le seguía a un largo de caballo.

El príncipe le hizo señal de que se pusiera a su lado.

‑¿Sabéis ‑dijo sin detenerse‑ que aquellos bribo­nes han matado también al señor Jean de Witt al igual que acababan de matar a Corneille?

‑¡Ah, monseñor! ‑exclamó tristemente el coro­nel‑. Preferiría por vos que todavía quedasen esas dos dificultades a franquear para ser de hecho el estatúder de Holanda.

‑Evidentemente, hubiese sido mejor ‑dijo el jo­ven‑ que lo que acaba de suceder no hubiera ocurrido. Pero en fin, lo hecho, hecho está, y nosotros no tenemos la culpa. Apresurémonos, coronel, para llegar a Alphen antes que el mensaje que seguramente los Estados van a enviarme al campamento.

El coronel se inclinó, dejó pasar a su príncipe delan­te, y tomó a continuación el lugar que tenía antes de que él le dirigiera la palabra.

‑¡Ah! Me gustaría ‑murmuró siniestramente Guillermo de Orange frunciendo las cejas, apretando sus labios y hundiendo sus espuelas en el vientre de su caballo‑, me gustaría ver la cara que pondrá Luis el Sol, cuando sepa de qué forma acaban de tratar a sus buenos amigos los señores De Witt. ¡Oh! Sol, sol, como me llamo Guillermo el Taciturno; ¡sol, guarda tus rayos!

Y galopó sobre su buen caballo ese joven príncipe, el encarnizado rival del gran rey, ese estatúder tan poco firme todavía la víspera en su nuevo poderío, pero al que los burgueses de La Haya acababan de ponerle un estribo con los cadáveres de Jean y Corneille, dos nobles príncipes tanto delante de los hombres como ante Dios.

 


 

V
El Aficionado A Los Tulipanes Y Su Vecino

 

Entretanto, mientras los burgueses de La Haya tro­ceaban los cadáveres de Jean y de Corneille, mientras Guillermo de Orange, después de haberse asegurado que sus dos antagonistas estaban bien muertos, galopaba por el camino de Leiden seguido del coronel Van De­ken, al que hallaba demasiado compasivo para continuar otorgándole la confianza con que le había honrado hasta entonces, Craeke, el fiel servidor, montado por su par­te en un buen caballo, y muy lejos de imaginarse los terribles sucesos que habían acontecido desde su parti­da, galopó sobre las calzadas bordeadas de árboles hasta que estuvo fuera de la ciudad y de los pueblos vecinos.

Una vez en seguridad, para no despertar sospechas, dejó su caballo en una cuadra y continuó tranquilamen­te su viaje en barcos que por etapas le condujeran a Dordrecht pasando con habilidad por los caminos más cortos de esos brazos sinuosos del río los cuales estre­chan bajo sus caricias húmedas aquellas islas encantado­ras bordeadas de sauces, juncos y hierbas floridas, en las que ramoneaban indolentemente los gordos rebaños reluciendo al sol.

Craeke reconoció desde lejos a Dordrecht, la ciudad alegre, al pie de su colina sembrada de molinos. Vio las bellas casas rojas con líneas blancas, bañando en el agua sus pies de ladrillos, y dejando flotar por los balcones abiertos sobre el río sus tapices de seda salpicados de flores de oro, maravillas de India y China, y al lado de aquellos tapices, esos grandes sedales, trampas perma­nentes para coger las voraces anguilas atraídas ante las viviendas por los desperdicios cotidianos que las coci­nas lanzan al agua por sus ventanas.

Craeke, desde el puente de la barca, a través de to­dos aquellos molinos de aspas giratorias, percibía en el declive de la colina la casa blanca y rosa, final de su misión. Los caballetes del tejado se perdían en el folla­je amarillento de una cortina de álamos, destacando sobre el fondo sombrío que le proporcionaba un bos­que de olmos gigantescos. Se hallaba situada de tal modo que el sol, cayendo sobre ella como en un embu­do, venía a secar, templar a incluso fecundar las últimas neblinas que la barrera de vegetación no podía impedir al viento del río que llevara cada mañana y cada noche.

Desembarcado en medio del tumulto ordinario de la ciudad, Craeke se dirigió enseguida hacia la casa de la que vamos a ofrecer a nuestros lectores una indispensa­ble descripción.

Blanca, limpia, reluciente, más propiamente lavada, más cuidadosamente encerada en los lugares ocultos que lo estaba en los sitios visibles, aquella casa encerraba un feliz mortal.

Este feliz mortal, rara avis, como dice Juvenal, era el doctor Van Baerle, ahijado de Corneille. Habitaba en la casa que acabamos de describir, desde su infancia; porque aquélla era la casa natal de su padre y de su abuelo, antiguos mercaderes nobles de la noble ciudad de Dordrecht.

El señor Van Baerle, el padre, había amasado en el comercio de las Indias de tres a cuatrocientos mil flori­nes que Van Baerle, hijo, había hallado completamente nuevos, en 1668, a la muerte de sus buenos y queridos padres, aunque aquellos florines estuvieran graba­dos con las milésimas de 1640 unos, y 1610 otros; lo que probaba que había florines del padre Van Baerle y flo­rines del abuelo Van Baerle esos cuatrocientos mil florines, apresurémonos a decirlo, no eran más que el efectivo, el dinero de bolsillo de Cornelius van Baerle, el héroe de esta historia ya que sus propiedades en la provincia le proporcionaban unos intereses de alrededor de los diez mil florines.

Cuando el digno ciudadano que era el padre de Cornelius pasó a mejor vida, tres meses después de los funerales de su mujer, que parecía haber partido la pri­mera para hacerle más fácil el camino de la muerte, como le había hecho más fácil el camino de la vida, dí­jole a su hijo abrazándole por última vez:

‑Bebe, come y gasta si quieres vivir en realidad, porque no es vivir el trabajar todo el día en una silla de madera o en un sillón de cuero, en un laboratorio o en un almacén. Morirás a tu vez y, si no tienes la dicha de tener un hijo, se extinguirá nuestro nombre, y mis flo­rines se asombrarán al hallarse con un amo desconoci­do, esos florines nuevos que nadie ha pesado nunca más que mi padre, yo y el fundidor. Sobre todo, no imites a tu padrino, Corneille de Witt, que se ha lanzado a la política, la más ingrata de las carreras y que seguramente acabará mal.

Luego, el digno señor Van Baerle murió, dejando completamente desolado a su hijo Cornelius, el cual amaba muy poco los florines y mucho a su padre.

Cornelius se quedó, pues, solo en la gran casa.

En vano su padrino Corneille le ofreció un empleo en los servicios públicos; en vano quiso hacerle gustar de la gloria cuando Cornelius, por obedecer a su padrino, se embarcó con De Ruyter en el navío Les Sept Pro­vinces, que mandaba a los ciento treinta y nueve barcos con los cuales el ilustre almirante iba a liquidar solo las fortunas de Francia y de Inglaterra reunidas. Cuando, conducido por el piloto Léger, llegó al alcance de mos­quete del navío Le Prince, sobre el que se hallaba el duque de York, hermano del rey de Inglaterra, el ataque de De Ruyter, su jefe, fue realizado tan brusca y hábil­mente que, sintiendo su barco a punto de ser destruido, el duque de York no tuvo tiempo más que para retirarse a bordo del Saint‑Michel; cuando vio al Saint‑Michel, roto, triturado bajo las balas holandesas, salirse de la línea; cuando vio saltar un navío, Le Comte de Sanwick, y perecer en las olas o en el fuego a cuatrocientos ma­rineros; cuando vio que al final de todo aquello, después de ser destrozados veinte barcos, muertos tres mil hom­bres, heridos cinco mil, nada se había decidido ni a fa­vor ni en contra, que cada uno se atribuía la victoria, que había que comenzar de nuevo, y que solamente un nombre más, la batalla de Southwood‑Bay, se había añadido al catálogo de las batallas; cuando hubo calcu­lado el tiempo que pierde tapándose los ojos y los oídos un hombre que quiere reflexionar incluso cuando sus semejantes se cañonean entre sí, Cornelius dijo adiós a De Ruyter, al Ruart de Pulten y a la gloria, besó las rodillas del gran pensionario, por el que sentía una pro­funda veneración, y regresó a su casa de Dordrecht, rico por su descanso adquirido, por sus veintiocho años, por una salud de hierro, por una vista aguda y más que por sus cuatrocientos mil florines de capital y sus diez mil florines de renta, por la convicción de que un hom­bre ha recibido siempre del cielo mucho para ser feliz, bastante para no serlo.

En consecuencia, y para labrarse una felicidad a su modo, Cornelius se puso a estudiar las plantas y los insectos, recogió y clasificó toda la flora de las islas, pinchó a toda la entomología de su provincia, sobre la que compuso un tratado manuscrito con dibujos reali­zados por su mano, y finalmente, no sabiendo ya qué hacer con su tiempo y, sobre todo, con su dinero, que iba aumentando de una forma espantosa, escogió entre todas las locuras de su país y de su época una de las más elegantes y de las más costosas.

Se dedicó al cultivo de los tulipanes.

Aquél era el momento, como se sabe, en que los fla­mencos y los portugueses, explotando a cual más este género de horticultura, habían llegado a divinizar el tulipán y a hacer de esta flor venida de Oriente lo que jamás naturalista alguno se había atrevido a hacer con la raza humana, por miedo de dar celos a Dios.

Muy pronto, desde Dordrecht a Mons, no se habló más que de los tulipanes de Mynheer[2] Van Baerle; y sus parterres, sus fosos, sus cámaras de secado, sus cuader­nos de bulbos fueron visitados como antiguamente lo fueron las galerías y las bibliotecas de Alejandría por los ilustres viajeros romanos.

Van Baerle comenzó por gastar sus rentas del año en establecer su colección, luego mermó sus florines nue­vos en perfeccionarla; así, su trabajo fue recompensado con un magnífico resultado: halló cinco especies dife­rentes a las que llamó la Jeanne, por el nombre de su madre, la Baerle, por el nombre de su padre, la Cornei­lle, por el nombre de su padrino... los otros nombres no los sabemos, pero los aficionados podrán seguramente encontrarlos en los catálogos de la época.

En 1672, al comienzo del año, Corneille de Witt vino a Dordrecht para vivir tres meses en su antigua casa familiar; porque se sabe que no solamente Corneille había nacido en Dordrecht, sino que la familia de los De Witt era originaria de esta ciudad.

Corneille comenzaba entonces, como decía Guiller­mo de Orange, a gozar de la más perfecta impopulari­dad. Sin embargo, para sus conciudadanos, los buenos habitantes de Dordrecht, no era todavía un facineroso a prender, y aquellos, poco satisfechos de su republica­nismo algo demasiado puro, pero orgullosos de su va­lor personal, quisieron ofrecerle el vino de la ciudad cuando llegó.

Después de haber dado las gracias a sus conciudada­nos, Corneille fue a ver su vieja casa paterna, y ordenó algunas reparaciones antes de que madame De Witt, su mujer, viniera a ella para instalarse con sus hijos.

Luego, el Ruart se dirigió a la casa de su ahijado, que tal vez era el único en Dordrecht que ignoraba todavía la presencia del Ruart en su ciudad natal.

Tanto como Corneille de Witt había levantado los odios manejando esas semillas nocivas que se llaman las pasiones políticas, otro tanto había amasado Van Baer­le simpatías olvidando completamente el cultivo de la política, absorbido como estaba en el cultivo de los tu­lipanes.

Por eso, Van Baerle era querido por sus criados y por sus obreros; por eso no podía suponer que existiera en el mundo un hombre que quisiera mal a otro hombre.

Y sin embargo, digámoslo para vergüenza de la Humanidad, Cornelius van Baerle tenía, sin saberlo, un enemigo mucho más feroz, mucho más encarnizado, mucho más irreconciliable, de los que hasta entonces habían contado el Ruart y su hermano entre los oran­gistas más hostiles a esta admirable fraternidad que, sin nube durante la vida, acababa de prolongarse por el sa­crificio más allá de la muerte.

En el momento en que Cornelius comenzó a entre­garse a los tulipanes, arrojó en ellos sus rentas del año y los florines de su padre. Había en Dordrecht y vivien­do puerta a puerta con él, un burgués llamado Isaac Boxtel, el cual, desde el día en que había alcanzado la edad del conocimiento seguía la misma pendiente y se pasmaba al solo enunciado de la palabra tulban, que, como asegura el floriste français, es decir, el historiador más erudito de esta flor, es la primera palabra que, en la lengua de Chingulais, ha servido para designar esa obra muestra de la creación que se llama tulipán.

Boxtel no tenía la suerte de ser rico como Van Baer­le. Había conseguido, pues, con gran trabajo, a fuerza de cuidados y de paciencia, un jardín adecuado para el cultivo en su casa de Dordrecht; había preparado el te­rreno según las prescripciones requeridas y dado a sus bancales precisamente tanto calor y frescor como la far­macopea de los jardineros autoriza.

Con la casi veinteava parte de un grado, Isaac sabía la temperatura de sus parterres. Conocía el peso del viento y lo tamizaba de forma que lo acomodaba al balanceo de los tallos de sus flores. Así, sus productos comenzaban a gustar. Eran bellos, incluso poco comu­nes. Varios aficionados habían venido a visitar los tuli­panes de Boxtel. Por último, Boxtel había lanzado al mundo de los Limé y de los Tournefort un tulipán con su nombre. Aquel tulipán viajó, atravesó Francia, entró en España, penetró hasta Portugal, y el rey don Alfon­so VI que, expulsado de Lisboa, se había retirado a la isla de Terceira, donde se divertía, como el gran Conde, regando claveles, sino cultivando tulipanes, dijo: «No está mal», contemplando el susodicho Boxtel.

De pronto, como continuación a todos los estudios a que se había dedicado, y habiendo invadido a Corne­lius van Baerle la pasión por los tulipanes, decidió éste modificar su casa de Dordrecht que, como hemos dicho, era vecina a la de Boxtel a hizo elevar un piso a cierto edificio de su patio, el cual, al alzarse, robó medio gra­do de calor y, en cambio, produjo medio grado de frío al jardín de Boxtel, sin contar con que cortó el viento y trastornó todos los cálculos y toda la economía hortí­cola de su vecino.

Después de todo, esa desgracia no era nada a los ojos del vecino Boxtel. Van Baerle no era más que un pintor, es decir, una especie de loco que intenta repro­ducir sobre la tela, desfigurándolas, las maravillas de la Naturaleza. El pintor hacía levantar un piso a su taller para tener mejor luz, lo que entraba en su derecho. El señor Van Baerle era pintor como el señor Boxtel era florista‑tulipanero; quería sol para sus cuadros, y le robaba medio grado a los tulipanes del señor Boxtel.

La ley estaba de parte del señor Van Baerle. Bene sit.

Por otra parte, Boxtel había descubierto que dema­siado sol perjudicaba al tulipán, y que esta flor crece mejor y más coloreada con el tibio sol de la mañana o de la tarde que con el ardiente sol del mediodía.

Tuvo, pues, casi que agradecer a Cornelius van Baerle el haberle proporcionado gratis un parasol.

Tal vez no fuera esto enteramente verdad, y lo que decía Boxtel respecto a su vecino Van Baerle no fuese la total expresión de su pensamiento. Sin embargo, las grandes almas hallan en la filosofía asombrosos recur­sos en medio de las grandes catástrofes.

Pero desgraciadamente, ¡qué fue de este infortuna­do Boxtel, cuando vio los vidrios del nuevo piso edifi­cado llenarse de cebollas, de bulbos, de tulipanes en plena tierra, de tulipanes en botes, en fin de todo lo que concierne a la profesión de un monómano tulipanero!

Había paquetes de etiquetas, casilleros, cajas con compartimientos y los enrejados de hierro destinados a cerrar esos casilleros para renovarles el aire sin permi­tir el acceso a las ratas, a los lirones, a los hurones[3] y a los ratones, curiosos aficionados a los tulipanes de dos mil francos la cebolla.

Boxtel quedó muy impresionado cuando vio todo aquel material, pero todavía no comprendía la extensión de su desgracia. Se sabía que Van Baerle era amigo de todo lo que alegraba la vista. Estudiaba a fondo la Na­turaleza para sus cuadros, acabados como los de Gérard Dow, su maestro, y los de Miéris, su amigo. ¡No era posible que teniendo que pintar el interior de un tulipa­nero, hubiera reunido en su nuevo taller todos los acce­sorios de la decoración!

Sin embargo, aunque tranquilizado por esta engaño­sa idea, Boxtel no pudo resistir la ardiente curiosidad que le devoraba. Llegada la noche, aplicó una escala contra el muro medianero y, mirando la casa de su ve­cino Baerle, se convenció de que la tierra de un enorme cuadrado, poblado hacía poco de plantas diferentes, había sido removido, dispuesto en platabandas de man­tillo mezclado con lodo de río, combinación esencial­mente simpática a los tulipanes, todo rodeado con un borde de césped para impedir los desmoronamientos. Además, al sol naciente, al sol poniente, sombra dis­puesta para tamizar el sol del mediodía; agua en abun­dancia y al alcance, exposición al sur suroeste, en fin, condiciones completas, no solamente para el éxito, sino para el progreso. Sin ningún género de duda, Van Baerle se había convertido en un tulipanero.

Boxtel se representó inmediatamente a ese sabio de cuatrocientos mil florines de capital y diez mil de ven­ta, empleando sus recursos morales y físicos en el cul­tivo de los tulipanes al por mayor. Entrevió su éxito en un vago pero cercano porvenir, y concibió, por adelan­tado, tal dolor por ese éxito, que sus manos se relajaron, las rodillas se debilitaron, y cayó desesperado al pie de su escala.

Así pues, no era por tulipanes pintados, sino por tulipanes reales por lo que Van Baerle le robaba medio grado de calor. Así pues, Van Baerle iba a tener la más admirable de las exposiciones solares y, además, una vasta habitación donde conservar sus cebollas y sus bulbos: habitación alumbrada, aireada, ventilada, rique­za prohibida a Boxtel, que se había visto obligado a dedicar a ese use su dormitorio y que, para no perjudi­car con la influencia de los espíritus animales a sus bul­bos y sus tubérculos, se resignaba a acostarse en el gra­nero.

Así, puerta a puerta, pared por pared, Boxtel iba a tener un rival, un emulador, un vencedor tal vez, y ese rival, en lugar de ser cualquier oscuro jardinero, desco­nocido, ¡era el ahijado del amo Corneille de Witt, es decir, una celebridad!

Boxtel, como se ve, tenía un espíritu menos fuerte que el de Porus, que se consolaba por haber sido ven­cido por Alejandro justamente a causa de la celebridad de su vencedor.

En efecto, ¡qué sucedería si alguna vez Van Baerle hallaba un tulipán nuevo y lo llamaba el Jean de Witt, después de haber llamado a uno el Corneille! Era como para ahogarse de rabia.

Así, en su envidiosa prevención, Boxtel, profeta de la desgracia para sí mismo, adivinaba lo que iba a su­ceder.

Hecho este descubrimiento, Boxtel pasó la más exe­crable noche que imaginarse pueda.

 

 

VI
El Odio De Un Tulipanero

 

A partir de aquel momento, en lugar de una preocu­pación, Boxtel tuvo un temor. Lo que da vigor y noble­za a los esfuerzos del cuerpo y del espíritu, el cultivo de una idea favorita, lo perdió Boxtel rumiando todo el daño que iba a causarle la acción del vecino.

Van Baerle, como pueden imaginarse, desde el mo­mento en que aplicó a esa idea la perfecta inteligencia con que la Naturaleza le había dotado, consiguió obte­ner los más bellos tulipanes.

Mejor que los que se hallaban en Haarlem y en Lei­den, ciudades que ofrecen los mejores terrenos y los climas más sanos, Cornelius consiguió variar los colo­res, modelar las formas, multiplicar las especies.

Pertenecía a aquella escuela ingeniosa y sencilla que tomó por divisa, desde el siglo XVII, este aforismo desa­rrollado en 1653 por uno de sus adeptos:

«Despreciar las flores es ofender a Dios.»

Premisa con la que la escuela tulipanera, la más ex­clusivista, enunció en 1653 el siguiente silogismo:

«Despreciar las flores es ofender a Dios.»

«Cuanto más bella es la flor, más al despreciarla se ofende a Dios.»

«El tulipán es la más bella de todas las flores.»

«Por lo tanto, quien desprecia al tulipán ofende des­mesuradamente a Dios.»

Razonamiento con ayuda del cual, según se ve con mala voluntad, los cuatro o cinco mil tulipaneros de Holanda, de Francia y de Portugal, no hablemos ya de los de Ceilán, de India y China, hubieran puesto al Universo fuera de la ley, y declarados cismáticos, heré­ticos y dignos de muerte a varios centenares de millo­nes de hombres indiferentes al tulipán.

No cabe la menor duda que, por una causa semejan­te, Boxtel, aunque enemigo mortal de Van Baerle, hu­biera marchado bajo la misma bandera que aquél.

Así pues, Van Baerle obtuvo numerosos éxitos que le dieron cierta fama, y Boxtel desapareció para siempre de la lista de los tulipaneros notables de Holanda, y la tulipanería de Dordrecht fue representada por Corne­lius van Baerle, el modesto e inofensivo sabio.

Así, de la más humilde rama, el injerto hizo brotar los vástagos más orgullosos, como el escaramujo de cuatro pétalos incoloros dio origen a la rosa gigantesca y perfumada. Así las casas reales han nacido a veces en la choza de un leñador o en la cabaña de un pescador.

Van Baerle, entregado por entero a sus trabajos de semillero, de plantador, de cosechero, mimado por toda la tulipanería de Europa, ni siquiera sospechó que a su lado hubiera un desgraciado destronado, y que él era el usurpador. Continuó sus experimentos, y por consi­guiente sus victorias, y en dos años cubrió sus planta­bandas de especies tan maravillosas que puede decirse que nadie, excepto tal vez Shakespeare y Rubens, había creado tanto después de Dios.

Con tal motivo, era preciso ver a Boxtel durante ese tiempo para darse uno una idea de un condenado olvi­dado por Dante. Mientras Van Baerle escarbaba, abona­ba, humedecía sus platabandas, mientras arrodillado sobre los taludes de césped, analizaba cada nervio del tulipán en floración y meditaba sobre las modificacio­nes que se podían hacer, las combinaciones de color que podían ensayarse, Boxtel, oculto tras un pequeño sico­moro que había plantado a lo largo del muro y que le hacía de pantalla, seguía, con los ojos dilatados, la boca espumante, cada paso, cada gesto de su vecino, y, cuan­do creía verle alegre, cuando sorprendía una sonrisa en sus labios, un destello de felicidad en sus ojos, entonces le enviaba tantas maldiciones, tantas furiosas amenazas, que no puede concebirse cómo esos alientos emponzo­ñados de envidia y de cólera no se filtraban en los tallos de las flores para llevarles los principios de decadencia y los gérmenes de muerte.

Una vez el mal adueñado de un alma humana, hace en ella tan rápidos progresos, que pronto Boxtel no se conformó con ver a Van Baerle, y quiso ver también sus flores: en el fondo era un artista, y la obra de arte de un rival tan calificado le atenazaba y corroía el corazón.

Compró un telescopio con ayuda del cual, tan bien como al mismo rival, pudo seguir cada evolución de la flor, desde el momento en que saca, el primer año, su pálida yema fuera de la tierra, hasta que, después de ha­ber cumplido su período de cinco años, redondea su no­ble y gracioso cilindro sobre el que aparece el incierto matiz de su color y se desarrollan los pétalos de la flor, que solamente entonces revela los tesoros secretos de su cáliz.

¡Oh, cuántas veces el desgraciado celoso, inclinado sobre su escala, percibió en las platabandas de Van Baer­le tulipanes que le cegaban por su belleza, le sofocaban por su perfección!

Entonces, después del período de admiración que no podía vencer, sufría la fiebre de la envidia, ese mal que roe el pecho y que transforma el corazón en una miríada de pequeñas serpientes que se devoran la una a la otra, fuente infame de horribles dolores.

Cuántas voces en medio de sus torturas, de las que ninguna descripción podría dar una idea, Boxtel estuvo tentado de saltar por la noche al jardín, destrozar las plantas, devorar las cebollas con los dientes, y sacrificar a su cólera al mismo propietario si se atrevía a defender sus tulipanes.

¡Pero matar un tulipán, a los ojos de un verdadero horticultor, es un crimen tan espantoso!

Matar a un hombre, puede ser excusable.

Sin embargo, gracias a los progresos que realizaba todos los días Van Baerle en la ciencia que parecía adi­vinar por instinto, Boxtel llegó a tal paroxismo de furor que pensó tirar piedras y palos en los parterres de tuli­panes de su vecino.

Pero como reflexionó que al día siguiente, a la vis­ta del destrozo, Van Baerle se informaría, que se com­probaría entonces que la calle estaba lejana, que las pie­dras y los palos no caen del cielo en el siglo XVII como en los tiempos de los amalecitas, que el autor del crimen, aunque hubiera operado por la noche, sería descubier­to y no solamente castigado por la ley, sino también deshonrado para siempre a los ojos de la Europa tulipa­nera, Boxtel aguzó el odio por la astucia y resolvió emplear un medio que no le comprometiera.

Una noche, ató dos gatos, cada uno por una pata trasera con un bramante de tres metros de longitud, y los lanzó desde lo alto del muro, en medio de la plata­banda maestra, de la platabanda magnífica, de la pla­tabanda real, que no solamente contenía el Corneille de Witt, sino también el Babançonne, blanco de leche, púr­pura y rojo; el Marbrée, de Rotre, gris amarillo, rojo y encarnado brillante; y el Merveille, de Haarlem; el tu­lipán Colombin obscur y Colombin clair terni.

Los asustados animales, cayendo de lo alto al pie del muro, rodaron primero sobre la platabanda, intentando huir cada uno por su lado, hasta que el hilo que los retenía juntos quedó tenso; pero entonces, sintiendo la imposibilidad de ir más lejos, vagaron inciertos con es­pantosos maullidos, segando con su cuerda las flores en medio de las cuales se debatieron hasta que, por último, después de un cuarto de hora de lucha encarnizada, habiendo conseguido romper el hilo que los unía, de­saparecieron.

Boxtel, oculto detrás de su sicomoro, no veía nada a causa de la oscuridad de la noche; pero a juzgar por los maullidos rabiosos de los dos gatos, lo suponía todo, y su corazón, aliviado de la hiel, se hinchaba de alegría.

El deseo de asegurarse del destrozo cometido era tan grande en el corazón de Boxtel, que se quedó hasta el alba para juzgar por sus propios ojos del estado en que la lucha de los dos gatos por la libertad había deja­do las platabandas de su vecino.

Estaba helado por la neblina de la madrugada, pero no sentía el frío: la esperanza de su venganza le mante­nía caliente.

El dolor de su rival iba a pagarle todas sus penas.

A los primeros rayos del sol, la puerta de la casa blanca se abrió, apareció Van Baerle y se acercó a sus platabandas, sonriendo como un hombre que ha pasa­do la noche en su lecho, teniendo buenos sueños.

De repente, percibió los surcos y los montículos en aquel terreno la víspera más liso que un espejo; ensegui­da, percibió las filas simétricas de sus tulipanes, desor­denadas como quedan las picas de un batallón en medio del cual hubiera caído una bomba.

Acudió muy pálido.

Boxtel se estremecía de alegría. Quince o veinte tu­lipanes yacían desgarrados, destrozados, los unos cur­vados, los otros completamente rotos y ya descoloridos; la savia corría de sus heridas; la savia, esa sangre preciosa que Van Baerle hubiera querido rescatar al precio de la suya.

Pero, ¡oh sorpresa!, ¡oh alegría de Van Baerle!, ¡oh dolor inexpresable de Boxtel! Ninguno de los cuatro tulipanes amenazados por el atentado de aquél había sido alcanzado. Alzaban orgullosamente sus nobles ca­bezas por encima de los cadáveres de sus compañeros. Esto era bastante para consolar a Van Baerle, bastante para hacer reventar de disgusto al asesino, que se arran­caba los cabellos a la vista de su crimen cometido inú­tilmente.

Van Baerle, mientras deploraba la desgracia que acababa de golpearle, desgracia que, por lo demás, por la providencia de Dios, era menos grande de lo que hu­biera podido ser, no pudo adivinar la causa de la misma. Se informó solamente y supo que toda la noche había sido turbada por maullidos terribles. Por lo demás, re­conoció el paso de los gatos por el rastro dejado por sus garras, por el pelo que había en el campo de batalla y en el cual las gotas indiferentes del rocío temblaban como lo hacían al lado, sobre las hojas de una flor rota, y para evitar que desgracia semejante se reprodujera en el por­venir, ordenó que un muchacho jardinero se acostara todas las noches en el jardín, en una caseta, al lado de las platabandas.

Boxtel oyó dar la orden. Vio alzarse la caseta en el mismo día, y muy feliz por no haber sido considerado como sospechoso del estropicio y más animado que nunca contra el feliz horticultor, esperó mejores oca­siones.

Fue hacia aquella época cuando la sociedad tulipa­nera de Haarlem propuso un premio para el descubri­miento, no nos atrevemos a decir para la fabricación, del gran tulipán negro y sin mácula, problema no resuelto y considerado como insoluble, si se considera que en aquella época ni siquiera existía la especie de color par­do en la Naturaleza.

Lo que hacía decir a todos, que los fundadores del premio hubieran podido ofrecer dos millones en lugar de las cien mil libras, dado que la cosa resultaba impo­sible.

El mundo tulipanero, sin embargo, no se quedó menos emocionado por la posibilidad de su realización.

Algunos aficionados acogieron la idea, pero sin creer en su aplicación; tal es el poder imaginativo de los horticultores que, aun considerando su especulación como fallida por adelantado, no pensaron al principio más que en este gran tulipán negro reputado quiméri­camente como el cisne negro de Horacio, y como el mirlo blanco de la tradición francesa.

Van Baerle fue uno de los tulipaneros que acogieron la idea; Boxtel fue de los que pensaron en la especula­ción. Desde el momento en que Van Baerle tuvo incrus­tada esta tarea en su perspicaz é ingeniosa cabeza, comenzó lentamente las siembras y las operaciones ne­cesarias para llevar del rojo al pardo, y del pardo al marrón oscuro, los tulipanes que había cultivado hasta entonces.

A partir del año siguiente, obtuvo especies de un pardo perfecto, y Boxtel los percibió en su platabanda, cuando él no había encontrado todavía más que el cas­taño claro.

Tal vez resultaría interesante explicar a los lectores las bellas teorías que tienden a demostrar que el tulipán toma sus colores de los elementos; tal vez nos agrada­ría establecer que nada es imposible para el horticultor que pone a contribución, con su paciencia y su genio, el fuego del sol, el candor del agua, los jugos de la tierra y los soplos del aire. Pero éste no es un tratado del tuli­pán en general; es la historia de un tulipán en particu­lar lo que hemos resuelto escribir; nos ceñiremos a él por atrayentes que sean los incentivos del sujeto yuxta­puesto al que nos proponemos.

Boxtel, una vez más vencido por la superioridad de su enemigo, se aburrió del cultivo y, medio loco, se dedicó por entero a la observación.

La casa de su rival era una claraboya jardín abier­to al sol, cuartos vidriados penetrables a la vista, casille­ros, armarios, botes y etiquetas en los cuales el telesco­pio se sumergía fácilmente; Boxtel dejó pudrirse las cebollas en sus camas, secar los capullos en sus cajas, morir los tulipanes en sus platabandas, y, desde enton­ces, concentrando su vida en su vista, no se ocupó más que de lo que ocurría en casa de Van Baerle: respiró por el tallo de sus tulipanes, apagó su sed con el agua que les echaban, y se sació con la tierra blanda y fina que espol­voreaba el vecino sobre sus queridas cebollas. Pero lo más curioso del trabajo no se operaba en el jardín.

Sonaba una hora, la una de la noche, y Van Baerle subía a su laboratorio, en el cuarto vidriado donde el telescopio de Boxtel penetraba también, y allí, cuando las luces del sabio sucediendo a los rayos del día ilumi­naban paredes y ventanas, Boxtel veía funcionar el ge­nio inventivo de su rival.

Le contemplaba escoger sus granos, regándolos con sustancias destinadas a modificarlos o a colorearlos. Lo adivinaba, cuando calentando algunos de aquellos gra­nos, humedeciéndolos luego, combinándolos después con otros en una especie de injerto, operación minucio­sa y maravillosamente realizada, encerraba en las tinie­blas los que debían dar el color negro, exponía al sol o a la lámpara los que debían dar el color rojo, miraba en el eterno reflejo del agua los que debían proporcionar el color blanco, cándida representación hermética del ele­mento húmedo.

Esta magia inocente, fruto del sueño infantil y del genio viril conjuntamente, ese trabajo paciente, eterno, del que Boxtel se reconocía incapaz, vertía en el telesco­pio del envidioso toda su vida, todo su pensamiento, toda su esperanza.

¡Cosa extraña! Tanto interés y el amor propio del arte no había apagado en Isaac la feroz envidia, la sed de venganza. Algunas veces, teniendo a Van Baerle bajo su telescopio, se hacía la ilusión que lo apuntaba con un mosquete infalible, y buscaba con el dedo el gatillo para soltar el disparo que debía matarlo; pero ya es tiempo de que volvamos de aquella época de los trabajos de uno y del espionaje del otro a la visita que Corneille de Witt, Ruart de Pulten, acababa de hacer a su ciudad natal.

 


 

VII
El Hombre Feliz Entabla
Conocimiento Con La Desgracia

 

Corneille después de haber atendido los asuntos de su familia, llegó a casa de su ahijado, Cornelius van Baerle, en el mes de enero del año de gracia de 1672.

Caía la noche.

Corneille, aunque poco dado a la horticultura, y me­nos todavía a las artes, visitó toda la casa, desde el taller hasta el invernadero; desde los cuadros hasta los tulipanes. Agradeció a su sobrino el haberle dejado en buen lugar sobre el puente de la nave almirante Les Sept Provinces durante la batalla de Southwood‑Bay, y el haber dado su nombre a un magnífico tulipán, y todo ello con la compla­cencia y la afabilidad que pudiera tener un padre hacia su hijo; y mientras inspeccionaba así los tesoros de Van Baer­le, la muchedumbre se estacionaba con curiosidad, inclu­so con respeto, delante de la puerta del hombre feliz.

Todo este ruido despertó la atención de Boxtel, que cenaba cerca de su fuego.

Se informó de lo que ocurría, lo supo y trepó a su laboratorio.

Y allí, a pesar del frío, se instaló, con el ojo en el telescopio.

Este telescopio no le era ya de gran utilidad desde el otoño de 1671. Los tulipanes, frioleros como verdade­ros hijos de Oriente, no se cultivan en la tierra en invier­no. Necesitan el interior de la casa, el lecho mullido de los cajones y las dulces caricias de la estufa. Así, Corne­lius se pasaba todo el invierno en su laboratorio, en medio de sus libros y de sus cuadros. Raramente iba a la habitación de las cebollas si no era para dejar entrar allí algunos rayos de sol, que sorprendía en el cielo, y a los que forzaba, abriendo una trampilla vidriada, a caer de buen o mal grado en su casa.

La noche de la que hablamos, después de que Cor­neille y Cornelius hubieron visitado juntos los aparta­mentos, seguidos de algunos criados, aquél le confió en voz baja a Van Baerle:

‑Hijo mío, alejad a vuestras gentes y procurad que nos quedemos unos momentos a solas y sin oídos indis­cretos.

Cornelius se inclinó en señal de obediencia.

‑Señor‑preguntó luego en voz alta‑, ¿os agrada­ría visitar ahora mi secadero de tulipanes?, os agradará.

¿El secadero? Ese pandemónium de la tulipanería, ese tabernáculo, ese sanctasanctórum estaba, como Del­fos antiguamente, prohibido para los no iniciados.

Jamás criado alguno había puesto allí un pie audaz, como hubiera dicho el gran Racine, que florecía por aquella época. Cornelius no dejaba penetrar en él más que la escoba inofensiva de una vieja sirvienta frisona, su nodriza, la cual, desde que Cornelius se dedicaba al cultivo de los tulipanes, no se atrevía a poner cebollas en los guisos, por temor a mondar y condimentar el «co­razón de su niño».

Así, a la sola palabra «secadero», los criados que lle­vaban las antorchas se apartaron respetuosamente. Cor­nelius cogió las velas de manos del primero y precedió a su padrino en la habitación.

Añadamos a lo que acabamos de decir que el seca­dero era aquel mismo cuarto vidriado sobre el que Box­tel asestaba incesantemente su telescopio.

El envidioso estaba más que nunca en su lugar.

Vio primero iluminarse las paredes y las vidrieras.

Luego aparecieron dos sombras.

Una de ellas, grande, majestuosa, severa, se sentó al lado de la mesa donde Cornelius había depositado las velas.

En esta sombra, Boxtel reconoció el pálido rostro de Corneille de Witt, cuyos largos cabellos negros separa­dos en la frente caían sobre sus hombros.

El Ruart de Pulten, después de haber dicho a Cor­nelius algunas palabras de las que el envidioso no pudo comprender el sentido por el movimiento de los labios, sacó de su pecho y le tendió un paquete blanco cuida­dosamente sellado, paquete que Boxtel, por la forma con que Cornelius lo cogió y lo depositó en un arma­rio, supuso eran papeles de la mayor importancia.

Pensó en principio que aquel precioso paquete en­cerraba algunos bulbos recién llegados de Bengala o de Ceilán, pero enseguida recordó que Corneille apenas cultivaba tulipanes y no se ocupaba casi más que del hombre, mala planta, mucho menos agradable de ver y sobre todo mucho más difícil de hacerla florecer.

Entonces le vino la idea de que ese paquete conte­nía pura y simplemente papeles y que estos papeles se referían a la política.

Mas ¿por qué entregar unos papeles que se relacio­naban con la política a Cornelius, que no solamente era, sino que se alababa de ser enteramente extraño a aque­lla ciencia, por otra parte más oscura, a su parecer, que la química, la astronomía a incluso que la alquimia?

Aquél era sin duda un depósito que Corneille, ya amenazado por la impopularidad con la que comenzaban a honrarle sus compatriotas, entregaba a su ahijado Van Baerle, y la cosa era tanto más hábil por parte del Ruart por cuanto no sería en la casa de Cornelius, extraño a toda intriga, donde irían a perseguir este depósito.

Por otra parte; si el paquete hubiera contenido bul­bos, otra hubiera sido la reacción de su vecino: Corne­lius no lo habría guardado, y en el mismo instante ha­bría apreciado, como estudiante aficionado el valor de los regalos que recibía.

Por el contrario, Cornelius había recibido respetuo­samente el depósito de manos del Ruart, y, siempre res­petuosamente, lo había metido en un cajón, empujándo­lo hasta el fondo, primero, seguramente para que no fuera visto, luego, para que no ocupara un espacio de­masiado grande al lugar reservado a sus cebollas.

Una vez el paquete en el cajón, Corneille de Witt se puso de pie, estrechó las manos de su ahijado y se en­caminó hacia la puerta.

Cornelius agarró vivamente las velas y se adelantó para pasar el primero y alumbrar convenientemente.

Entonces la luz se extinguió insensiblemente en el cuarto vidriado para reaparecer en la escalera, luego en el vestíbulo y por último en la calle, todavía llena de gente que quería ver al Ruart subir a su carroza.

El envidioso no se había equivocado en sus suposi­ciones. El depósito entregado por el Ruart a su ahijado y cuidadosamente encerrado por éste, era la correspon­dencia de Jean con el señor De Louvois.

Sólo que era confiado, como le había dicho Cornei­lle a su hermano, sin que Corneille hubiese dejado su­poner en lo más mínimo a su ahijado la importancia política que tenía.

La única recomendación que le hizo era la de no entregar este depósito más que a él, o con una palabra de él, a cualquiera que fuera que viniera a reclamarlo.

Y Cornelius, como hemos visto, había encerrado el depósito en el armario de los bulbos raros.

Luego, una vez partido el Ruart y los ruidos y las luces extinguidas, nuestro hombre no había pensado más en ese paquete, en el que por el contrario pensaba mucho Boxtel que, parecido a un piloto hábil, veía en él la nube lejana a imperceptible que crece al avanzar y encierra la tormenta.

Y ahora, ya tenemos todos los jalones de nuestra historia plantados en esta fértil tierra que se extiende de Dordrecht a La Haya. Los seguirá el que quiera, en el porvenir de los capítulos siguientes; en cuanto a noso­tros, hemos sostenido nuestra palabra, probando que jamás ni Corneille ni Jean de Witt habían tenido tan feroces enemigos en toda Holanda como el que tenía Van Baerle en su vecino, Mynheer Isaac Boxtel.

Sin embargo, floreciendo en su ignorancia, el tulipa­nero había seguido su camino hacia el fin propuesto por la sociedad de Haarlem: había pasado del tulipán pardo al tulipán café tostado; y volviendo a él, ese mismo día en que ocurría en La Haya el gran suceso que hemos narrado, vamos a hallarle hacia la una de la tarde sacan­do de su platabanda las cebollas, infructuosas todavía de una siembra. de tulipanes café tostado, tulipanes cuya floración malograda hasta entonces estaba fijada para la primavera del año 1673, y que no podían por menos que dar el gran tulipán negro pedido por la sociedad de Haarlem.

El 20 de agosto de 1672, a la una de la tarde, Cor­nelius estaba pues en su secadero, con los pies sobre la barra de la mesa y los codos sobre el tapete, contem­plando con delicia tres bulbos que acababa de separar de su cebolla: bulbos puros, perfectos, intactos, principios inapreciables de uno de los más maravillosos productos de la ciencia y de la Naturaleza, en esta combinación cuyo éxito debía ennoblecer para siempre el nombre de Cornelius van Baerle.

«Hallaré el gran tulipán negro ‑decía para sí Cornelius mientras separaba sus bulbos‑. Ganaré los cien mil florines de premio ofrecidos. Los distribuiré a los pobres de Dordrecht; de esta forma, el odio que todo rico inspira en las guerras civiles se apaciguará, y yo podré, sin temer nada de los republicanos o de los oran­gistas, continuar teniendo mis platabandas en magnífi­co estado. No temeré tampoco que un día de alboroto, los tenderos de Dordrecht y los marineros del puerto vengan a arrancar mis cebollas para alimentar a sus fa­milias, como me han amenazado por lo bajo a veces, cuando recuerdan que he comprado una cebolla a dos o trescientos florines. Esto está resuelto, daré pues a los pobres los cien mil florines del premio de Haarlem.

»Aunque... »

Y a este «aunque», Cornelius van Baerle hizo una pausa y suspiró.

«Aunque ‑continuó pensando‑ hubiera sido real­mente un hermoso destino el de los cien mil florines aplicados al engrandecimiento de mi parterre o incluso a un viaje al Oriente, patria de bellas flores.

»Mas, ¡por desgracia!, no hay que pensar en todo eso; ¡mosquetes, banderas, tambores y proclamaciones, es lo que domina la situación en este momento!»

Van Baerle levantó los ojos al cielo y lanzó otro suspiro.

Luego, volviendo la mirada hacia sus cebollas, que en su espíritu pasaban muy por delante de aquellos mosquetes, de aquellas banderas, de aquellos tambores y de aquellas proclamaciones, cosas todas ellas propias solamente para turbar el espíritu de un hombre honra­do, se dijo:

«He aquí, mientras tanto, unos bulbos bien bonitos. ¡Qué lisos son, qué bien hechos están, cómo tienen ese aire melancólico que promete el negro de ébano a mi tulipán! Sobre su piel, los nervios de circulación ni si­quiera aparecen a simple vista. ¡Oh! Evidentemente, ni una mancha estropeará la ropa de luto de la flor que me deberá su existencia.

»¿Cómo se llamará esta hija de mis desvelos, de mi trabajo, de mi pensamiento? Tulipa nigra Barloensis.

»Sí, Barloensis; bonito nombre. Toda la Europa tu­lipanera, es decir, toda la Europa inteligente se estreme­cerá cuando este rumor corra como el viento por los cuatro puntos cardinales del globo.

»¡Ha sido hallado el gran tulipán negro! ¿Su nom­bre, preguntarán los aficionados? Tulipa nigra Barloen­sis. ¿Por qué Barloensis? A causa de su inventor Van Baerle, se responderá. ¿Quién es ese Van Baerle? El que ha hallado cinco especies nuevas: la Jeanne, la Jean de Witt, la Corneille, etcétera. Pues bien, ésta es mi ambi­ción. No costará nunca lágrimas a nadie. Y se hablará todavíá de la Tulipa nigra Barloensis cuando tal vez mi padrino, ese sublime político, no sea ya conocido más que por el tulipán al que le di su nombre.»

¡Los admirables bulbos...!

«Cuando mi tulipán haya florecido ‑continuó pen­sando Cornelius‑, quiero, si la tranquilidad ha vuelto a Holanda, dar solamente a los pobres cincuenta mil flo­rines; a fin de cuentas, ya es mucho para un hombre que no debe absolutamente nada. Luego, con los otros cin­cuenta mil, realizaré experimentos. Con esos cincuenta mil florines, quiero llegar a perfumar el tulipán. ¡Oh! Si llegara a dar al tulipán el olor de la rosa o del clavel, o incluso un olor completamente nuevo, lo cual aún sería mejor; si devolviera a este rey de las flores ese perfume natural genérico que ha perdido al pasar de su trono de Oriente a su trono europeo, el que debe de tener en India, en Goa, en Bombay, en Madrás, y sobre todo en aquella isla donde antiguamente, según me aseguran, es­tuvo el paraíso terrenal y que se llama Ceilán. ¡Ah! ¡Qué gloria! Preferiría, digo, preferiría ser entonces Cornelius van Baerle que Alejandro, César o Maximiliano.»

¡Los admirables bulbos...!

Y Cornelius se deleitaba en su contemplación, ab­sorbiéndose en los más dulces sueños.

De repente, la campanilla de su cuarto sonó más fuerte que de costumbre.

Cornelius se sobresaltó, extendió la mano sobre sus bulbos y se volvió.

‑¿Quién va? ‑preguntó.

‑Señor ‑respondió el servidor‑, es un mensajero de La Haya.

‑Un mensajero de La Haya... ¿Qué quiere?

‑Señor, es Craeke.

‑¿Craeke, el criado de confianza del señor Jean de Witt? ¡Bueno! Que espere.

‑No puedo esperar ‑dijo una voz en el corredor.

Y al mismo tiempo, forzando la consigna, Craeke se precipitó en el secadero.

Esta aparición casi violenta era una infracción tal a las costumbres establecidas en la casa de Cornelius van Baerle, que éste, al percibir a Craeke que se precipitaba en el secadero, hizo con la mano, que cubría los bulbos, un movimiento casi convulsivo, que envió rodando a dos de las preciosas cebollas, una bajo una mesa vecina a la gran mesa, y la otra a la chimenea.

‑¡Al diablo! ‑exclamó Cornelius precipitándose en persecución de sus bulbos‑. ¿Qué ocurre, Craeke?

‑Ocurre, señor ‑contestó Craeke, depositando el papel sobre la gran mesa donde seguía la tercera cebo­lla‑, ocurre que se os invita a leer este papel sin perder un solo instante.

Y Craeke, que había creído notar en las calles de Dordrecht los síntomas de un tumulto parecido al que acababa de dejar en La Haya, huyó sin volver la cabeza.

‑¡Está bien! ¡Está bien, mi querido Craeke! ‑dijo Cornelius, extendiendo el brazo bajo la mesa para recu­perar la preciosa cebolla‑. Se leerá tu papel.

Luego, recogiendo el bulbo, que colocó en el hue­co de su mano para examinarlo, pensó:

«¡Bueno! Éste está intacto. ¡Vaya con el diablo de Craeke! ¡Entrar así en mi secadero! Veamos el otro, ahora.»

Y sin soltar la cebolla fugitiva, Van Baerle avanzó hacia la chimenea, y de rodillas, con la punta de los de­dos, se puso a palpar las cenizas que afortunadamente estaban frías.

A1 cabo de un instante, sintió el segundo bulbo.

«Bueno. Aquí está.»

Y contemplándolo con una atención casi paternal dijo en voz alta:

‑Intacto como el primero.

En el mismo instante, y cuando Cornelius, todavía de rodillas, examinaba el segundo bulbo, la puerta del secadero fue sacudida rudamente y se abrió de tal for­ma a continuación que sintió subir a sus mejillas, a sus orejas, la llama de esta mala consejera que se llama có­lera.

‑¿Qué más hay? ‑preguntó‑. ¿Se han vuelto lo­cos todos los de ahí dentro?

‑¡Señor! ¡Señor! ‑exclamó un criado precipitán­dose en el secadero con el rostro más pálido y el aspecto más asustado aún del que tenía Craeke momentos antes.

‑¿Y bien? ‑preguntó Cornelius, presagiando una desgracia ante esta doble infracción de todas las reglas.

‑¡Ah, señor! ¡Huid, huid de prisa! ‑gritó el criado.

‑Huir, ¿y por qué?

‑Señor, la casa está llena de guardias de los Estados.

‑¿Qué quieren?

‑Os buscan.

‑¿Para qué?

‑Para arrestaros.

‑¿Para arrestarme, a mí?

‑Sí, señor, vienen precedidos de un magistrado.

‑¿Qué significa esto? ‑preguntó Van Baerle apre­tando sus dos bulbos en la mano y dirigiendo su mira­da asombrada hacia la escalera en la que se oía gran tu­multo.

‑¡Suben, suben! ‑gritó el servidor.

‑¡Oh! Mi querido niño, mi digno amo ‑exclamó la nodriza entrando a su vez en el secadero‑. ¡Recoged vuestro oro, vuestras joyas, y huid, huid!

‑Mas, ¿por dónde quieres que huya, nodriza? ‑preguntó Van Baerle.

‑Saltad por la ventana.

‑Siete metros.

‑Caeréis sobre dos metros de tierra blanda.

‑Sí, pero caeré sobre mis tulipanes.

‑No importa, saltad.

Cornelius cogió el tercer bulbo, se acercó a la ven­tana, la abrió, pero ante el destrozo que iba a ocasionar en sus platabandas, mucho más todavía que a la vista de la distancia que tenía que franquear, resolvió:

Jamás.

Y dio un paso hacia atrás.

En este momento se veía apuntar a través de los barrotes de la barandilla de la escalera las alabardas de los soldados.

La nodriza alzó los brazas al cielo.

En cuanto a Cornelius van Baerle, hay que decirlo en elogio, no del hombre, sino del tulipanero, su única preocupación fue para sus inestimables bulbos.

Buscó con los ojos un papel donde envolverlos, percibió la hoja de la Biblia depositada por Craeke so­bre el secadero, la cogió sin acordarse, tan grande era su turbación, de dónde procedía aquella hoja, envolvió en ella sus tres bulbos, los ocultó en su pecho y esperó.

Los soldados, precedidos por el magistrado, entra­ron en el mismo instante.

‑¿Sois vos el doctor Cornelius van Baerle? ‑preguntó el magistrado, aunque reconoció perfectamente al joven; pero en esto, se ajustaba a las reglas de la justi­cia, lo que daba, como se ve, una gravedad a la interro­gación.

‑Lo soy, maese Van Spennen ‑respondió Corne­lius saludando graciosamente al juez‑, y vos lo sabéis bien.

‑Entonces, entregadnos los papeles sediciosos que ocultáis en vuestra casa.

‑¿Papeles sediciosos? ‑exclamó Cornelius com­pletamente aturdido por el apóstrofe.

‑¡Oh! No os hagáis el sorprendido.

‑Os juro, maese Van Spennen ‑replicó Corne­lius‑, que ignoro completamente lo que vos queréis decir.

‑Entonces, voy a explicároslo, doctor ‑dijo el juez‑. Entregadnos los papeles que el traidor Cornei­lle de Witt depositó en vuestra casa en el mes de enero último.

Un relámpago cruzó por la mente de Cornelius.

‑¡Oh! ¡Oh! ‑exclamó Van Spennen‑. Ahora comenzáis a recordar, ¿verdad?

‑Sin duda; pero vos habláis de papeles sediciosos, y yo no poseo ningún papel de ese género.

‑¡Ah! ¿Lo negáis?

‑Naturalmente.

El magistrado se volvió para abarcar de una ojeada todo el cuarto.

‑¿Cuál es la habitación de vuestra casa que se lla­ma el secadero? ‑preguntó.

Justamente ésta en la que nos hallamos, maese Van Spennen.

El magistrado miró de reojo una pequeña nota co­locada en la primera fila de sus papeles.

‑Está bien ‑dijo como un hombre que está con­vencido.

Luego, volviéndose hacia Cornelius, preguntó:

‑¿Queréis entregarme esos papeles?

-Pero no puedo, maese Van Spennen. Esos pape­les no son míos: me los han entregado a título de depó­sito, y un depósito es sagrado.

Doctor Cornelius ‑dijo el juez‑, en nombre de los Estados, os ordeno abrir aquel cajón y entregar­me los papeles que están allí encerrados. No me obli­guéis a usar la violencia.

Y con el dedo el magistrado señalaba justo el tercer cajón de un cofre‑armario situado al lado de la chi­menea.

Era en aquel tercer cajón, en efecto, donde se halla­ban los papeles entregados por el Ruart de Pulten a su ahijado, prueba de la que la policía había sido perfecta­mente informada.

‑¡Ah! ¿No queréis? ‑dijo Van Spennen, viendo que Cornelius permanecía inmóvil de estupefacción‑. Pues voy a abrir yo mismo.

Y abriendo el cajón en toda su longitud, el magistra­do puso al descubierto primeramente una veintena de cebollas, alineadas y etiquetadas con cuidado, luego el paquete de papeles que seguían en el mismo estado exactamente como había sido entregado a su ahijado por el desgraciado Corneille de Witt.

El magistrado rompió los sellos, desgarró el sobre, lanzó una ávida mirada sobre las primeras hojas que apa­recieron ante sus ojos, y exclamó con una voz terrible:

‑¡Ah! ¡La justicia no había, pues, recibido un fal­so aviso!

‑‑¡Cómo! ‑dijo Cornelius‑. ¿Qué es esto?

‑¡Ah! No os hagáis más el ignorante, señor Van Baerle ‑respondió el magistrado‑, y seguidme.

‑¡Cómo! ¡Que os siga! ‑exclamó el doctor.

‑Sí, porque en nombre de los Estados, yo os arresto.

No se arrestaba todavía en nombre de Guillermo de Orange. No hacía bastante tiempo que era estatúder para esto.

‑¡Arrestadme! ‑exclamó Cornelius‑. Pero ¿qué he hecho entonces?

‑Esto no me compete, doctor, os explicaréis ante vuestros jueces.

‑¿Dónde?

‑En La Haya.

Cornelius, estupefacto, abrazó a su nodriza, que perdió el conocimiento, dio la mano a sus servidores; que se deshacían en lágrimas, y siguió al magistrado, el cual lo encerró en un coche como un prisionero de Estado, y lo hizo conducir al galope a La Haya.


 

VIII
Una Desaparición

 

Lo que acababa de suceder era, como se supone, la obra diabólica de Mynheer Isaac Boxtel. Recordamos que con la ayuda de su telescopio, no había perdido un solo detalle de aquella entrevista de Corneille de Witt con su ahijado.

Recordamos que no había oído nada, pero que lo había visto todo.

Recordamos que había adivinado la importancia de los papeles confiados por el Ruart de Pulten a su ahija­do, viendo a éste encerrar cuidadosamente el paquete a él entregado en el cajón donde guardaba las cebollas más preciosas.

Resultaba, pues, que cuando Boxtel, que seguía la política con mucha más atención que su vecino Corne­lius, supo que Corneille de Witt había sido arrestado como culpable de alta traición hacia los Estados, pensó que, por su parte, no tendría probablemente más que decir una palabra para hacer arrestar también al ahijado.

Sin embargo, por feliz que se sintiera el corazón de Boxtel, tembló al principio ante la idea de denunciar a un hombre, máxime porque aquella denuncia podía conducirle al patíbulo.

Pero lo terrible de las malas ideas, es que, poco a poco, los malos espíritus se familiarizan con ellas. Por otra parte, Mynheer Isaac Boxtel se envalentonaba con este sofisma:

«Corneille de Witt es un mal ciudadano, ya que es acusado de alta traición y arrestado.»

«Yo soy un buen ciudadano, ya que no soy acusa­do absolutamente de nada y soy libre como el aire.»

«Ahora bien, si Corneille de Witt es un mal ciuda­dano, lo cual es cosa cierta, ya que es acusado de alta traición y arrestado, su cómplice, Cornelius van Baer­le, no es menos mal ciudadano que él.»

«Así pues, como soy un buen ciudadano, y es deber de los buenos ciudadanos denunciar a los malos ciuda­danos, es deber mío, Isaac Boxtel, denunciar a Corne­lius van Baerle.»

Pero este razonamiento no hubiera tal vez, por es­pecioso que fuera, adquirido un imperio completo so­bre Boxtel, y quizá el envidioso no hubiese cedido al simple deseo de venganza que le roía el corazón, si al unísono del demonio de la envidia no hubiera surgi­do el demonio de la codicia.

Boxtel no ignoraba hasta qué punto había llegado Van Baerle en su búsqueda del gran tulipán negro.

Por modesto que fuera Cornelius, no había podido ocultar a sus más íntimos que tenía la casi certeza de ganar en el año de gracia de 1673 el premio de cien mil florines instituido por la Sociedad Hortícola de Haarlem.

Y esta casi certeza de Cornelius van Baerle hacía consumir en fiebre a Isaac Boxtel.

Si Cornelius era arrestado, esto ocasionaría eviden­temente un gran trastorno en la casa. En la noche que siguiera al arresto, nadie pensaría en vigilar los tulipanes del jardín.

Y en aquella noche, Boxtel saltaría el muro, y como sabía dónde encontrar la cebolla que debía dar el gran tulipán negro, se la llevaría; en lugar de florecer en la casa de Cornelius, el tulipán negro florecería en la suya, y él sería quien consiguiera el premio de los cien mil florines, en vez de Cornelius, sin contar con ese honor supremo de llamar a la nueva flor Tulipa nigra Boxtellensis.

Resultado que satisfacía no solamente su venganza, sino su codicia.

Despierto, no pensaba más que en el gran tulipán negro; dormido, no soñaba más que con él.

Por último, el 19 de agosto, hacia las dos de la tar­de, la tentación fue tan fuerte que Mynheer Isaac no pudo resistirla más tiempo.

En consecuencia, envió una denuncia anónima, la cual reemplazaba la autenticidad por la precisión, y la echó al correo.

Jamás papel venenoso deslizado en los buzones de Venecia produjo un más rápido y terrible efecto.

Aquella misma noche, el principal magistrado reci­bió la comunicación; en el mismo instante convocó a sus colegas para la mañana siguiente. Al día siguiente por la mañana estaban reunidos, habían decidido el arresto y entregado la orden, a fin de que fuera ejecutada, a maese Van Spennen, que la había desempeñado, como hemos visto, con el deber de un digno holandés, arrestando a Cornelius van Baerle en el preciso momento en que los orangistas de La Haya asaban los despojos de los cadá­veres de Corneille y de Jean de Witt.

Pero, sea por vergüenza o por debilidad ante el cri­men, Isaac Boxtel no había tenido el valor de asestar aquel día su telescopio, ni sobre el jardín, ni sobre el taller, ni sobre el secadero.

Sabía muy bien lo que iba a pasar en la casa del po­bre Cornelius para tener necesidad de mirar en ella. Incluso no se levantó cuando su único criado que envi­diaba la suerte de los criados de Cornelius no menos amargamente que Boxtel envidiaba la suerte del amo, entró en su habitación. Boxtel le dijo:

‑Hoy no me levantaré; estoy enfermo.

Hacia las nueve, oyó un gran ruido en la calle y tem­bló ante lo que significaba; en ese momento estaba más pálido que un verdadero enfermo, más tembloroso que un verdadero febril.

Entró su criado y Boxtel se ocultó bajo la sábana.

‑¡Ah, señor! ‑exclamó el criado, no sin imaginar­se que iba, aun deplorando la desgracia ocurrida a Van Baerle, a anunciar una buena noticia a su amo‑. ¡Ah, señor! ¿No sabéis lo que pasa en este momento?

‑¿Cómo quieres tú que lo sepa? ‑respondió Box­tel con voz casi ininteligible.

‑¡Pues bien! En este momento, mi señor Boxtel, están arrestando a vuestro vecino el doctor Cornelius van Baerle, como culpable de alta traición a los Estados.

‑¡Bah! ‑murmuró Boxtel con voz débil‑. ¡No es posible!

‑¡Cáspita! Esto es lo que se dice, por lo menos; por otra parte, acabo de ver entrar en su casa al juez Van Spennen y a los arqueros.

‑¡Ah! Si los has visto ‑dijo Boxtel‑ es otra cosa.

‑En todo caso, voy a informarme ‑anunció el criado‑ y estad tranquilo, os mantendré al corriente.

Boxtel se contentó con aprobar con un signo el celo de su criado.

Éste salió y volvió a entrar quince minutos después.

‑¡Oh, señor! Todo lo que os he contado ‑dijo­- es la pura verdad.

‑¿Cómo?

‑Han arrestado al señor Van Baerle; lo han meti­do en un coche y acaban de expedirlo a La Haya.

‑¡A La Haya!

‑Sí, donde, si lo que dicen es verdad, no hará buen tiempo para él.

‑¿Y qué dicen? ‑preguntó Boxtel.

‑¡Cáspita, señor! Se dice, pero no es muy seguro, que los burgueses deben de estar a esta hora asesinan­do a los señores Corneille y Jean de Witt.

‑¡Oh! ‑murmuró o más bien hipó Boxtel cerran­do los ojos para no ver la terrible imagen que se ofrecía sin duda a su mirada.

«¡Cáspita! ‑exclamó para sí el criado al salir‑. Es preciso que Mynheer Isaac Boxtel esté muy enfermó para no haber saltado del lecho ante semejante noticia.»

En efecto, Isaac Boxtel estaba muy enfermo; enfer­mo como un hombre que acaba de asesinar a otro.

Pero él había asesinado a ese hombre con una doble finalidad; la primera estaba cumplida, faltaba cumplir la segunda.

Llegó la noche. La noche que esperaba Boxtel.

Se levantó del lecho y poco después se subía al sico­moro.

Había calculado bien: nadie pensaba en guardar el jardín; casa y criados estaban trastornados.

Oyó sonar sucesivamente las diez, las once y media­noche.

A la medianoche, con el corazón brincándole, las manos temblorosas y el rostro lívido, descendió del ár­bol, cogió una escalera, la aplicó contra el muro, subió hasta el penúltimo escalón y escuchó.

Todo estaba tranquilo. Ni un ruido turbaba el silen­cio de la noche.

Una sola luz brillaba en toda la casa.

La de la nodriza.

Ese silencio y esta oscuridad enardecieron a Boxtel.

Pasó una pierna por encima del muro, deteniéndo­se un momento sobre el remate; luego, bien seguro de que no había nada que temer, pasó la escalera de su jar­dín al de Cornelius y descendió.

Después, como sabía exactamente el lugar donde se hallaban enterrados los bulbos del futuro tulipán negro, corrió en su dirección, siguiendo sin embargo los sen­deros para no ser traicionado por la huella de sus pasos, y, llegado al sitio preciso, con una alegría salvaje, hun­dió sus manos en la tierra blanda.

No encontró nada y creyó haberse equivocado.

Mientras tanto, el sudor perlaba su frente.

Buscó al lado: nada.

Buscó a la derecha, a la izquierda: nada.

Buscó por delante y por detrás: nada.

Le faltó poco para volverse loco, cuando se dio cuenta por último que la tierra estaba removida ya desde aquella misma mañana.

En efecto, mientras Boxtel se hallaba en el lecho, Cornelius había descendido a su jardín desenterrando la cebolla, y como hemos visto, la había dividido en tres bulbos.

Boxtel no podía decidirse a abandonar el lugar. Había revuelto con sus manos más de tres metros cua­drados.

Finalmente, ya no le quedó ninguna duda de su desgracia.

Ebrio de cólera, alcanzó la escalera, pasó la pierna por encima del muro, alzó la escalera, tirándola a su jar­dín y saltó tras ella.

De repente, le embargó una última esperanza.

Que los bulbos estuvieran en el secadero.

Sólo se trataba de penetrar en el secadero como ha­bía penetrado en el jardín.

Allí los encontraría.

Por lo demás, la tarea no era mucho más difícil.

Las vidrieras del secadero se alzaban como las de un invernadero.

Cornelius van Baerle las había abierto aquella mis­ma mañana y a nadie se le había ocurrido cerrarlas.

Todo consistía en procurarse una escalera bastante larga, una escalera de seis metros en lugar de cuatro.

Boxtel había observado que en la calle donde vivía había una casa en reparación; a lo largo de aquella casa habían levantado una escalera gigantesca.

Esa escalera era la que necesitaba Boxtel, si los obre­ros no se la habían llevado.

Corrió a la casa; la escalera estaba allí.

La cogió y se la llevó con gran trabajo a su jardín; con más trabajo todavía, la apoyó contra el muro que dividía su casa de la de su vecino Cornelius van Baerle.

La escalera alcanzaba de justeza las celosías.

Boxtel se metió una linterna sorda encendida en su bolsillo, subió por la escalera y penetró en el secadero.

Llegado a ese tabernáculo, se detuvo, apoyándose contra la mesa; las piernas le flaqueaban y su corazón latía hasta ahogarle.

Allí, era todavía peor que en el jardín: se diría que el aire del campo quitaba a la propiedad lo que tenía de respetable; el que salta por encima de un seto o escala un muro, se detiene ante la puerta o la ventana de una ha­bitación.

En el jardín, Boxtel no era más que un merodeador; en la habitación, era un ladrón.

Sin embargo, recobró el valor: no había llegado has­ta allí para regresar a su casa con las manos vacías.

Y se puso a buscar, a abrir y cerrar todos los cajo­nes, a incluso el cajón privilegiado donde había estado el depósito que acababa de ser tan fatal a Cornelius; encontró, como en un jardín, etiquetadas las plantas, la Joannis, la Witt, el tulipán marrón, el tulipán café tos­tado, pero del tulipán negro o más bien de los bulbos donde estaba todavía dormido y oculto en los limbos de la floración, no había ninguna señal.

Y, sin embargo, en el registro de las simientes y de los bulbos llevado por partida doble por Van Baerle con más cuidado y exactitud que el registro comercial de las primeras firmas de Amsterdam, Boxtel leyó estas líneas:

Hoy, 20 de agosto de 1672, he desenterrado la cebo­lla del gran tulipán negro que he separado en tres bul­bos perfectos.

‑¡Esos bulbos! ¡Esos bulbos! ‑aulló Boxtel devas­tando todo el secadero‑. ¿Dónde ha podido ocultarlos?

Luego, de repente, golpeándose la frente hasta aplas­tarse el cerebro, exclamó en voz alta:

‑¡Oh! ¡Miserable de mí! ¡Ah, tres veces perdido Boxtel! ¿Es que alguien se separa de sus bulbos, es que alguien los abandona en Dordrecht cuando se parte para La Haya, es que alguien puede vivir sin esos bulbos, cuando esos bulbos son los del gran tulipán negro? ¡Habrá tenido tiempo de cogerlos, el muy infame! ¡Los tiene encima, se los ha llevado a La Haya!

Fue como un relámpago que mostrara a Boxtel el abismo de un crimen inútil.

Cayó fulminado sobre aquella misma mesa, en aquel mismo lugar donde, unas horas antes, el infortunado Baerle había admirado tan largo rato y tan deliciosa­mente los bulbos del tulipán negro.

«¡Pues bien! Después de todo ‑se dijo el envidio­so, levantando su lívida cabeza‑, si él los tiene, sólo puede guardarlos mientras esté vivo, y...»

El resto de su horrible pensamiento se absorbió en una espantosa sonrisa.

«Los bulbos están en La Haya ‑pensó‑. No es, pues, en Dordrecht donde he de vivir.

»¡A La Haya a por los bulbos! ¡A La Haya!»

Y Boxtel, sin prestar atención a las inmensas rique­zas que abandonaba, preocupado por aquella otra ines­timable riqueza, salió por la celosía, se dejó deslizar a lo largo de la escalera, llevó el instrumento de robo adon­de lo había cogido, y, parecido a un animal de presa, entró rugiendo en su casa.


 

IX
La Habitación Familiar

 

Era alrededor de la medianoche cuando el pobre Van Baerle fue encarcelado en la prisión de la Buyten­hoff.

Lo que previera Rosa había sucedido. Al hallar la celda de Corneille vacía, la cólera del pueblo había sido grande, y si su padre Gryphus se hubiera encontrado al alcance de aquellos furiosos habría pagado evidente­mente por su prisionero.

Pero aquella cólera se había saciado largamente en los dos hermanos, que habían sido alcanzados por los asesinos, gracias a la precaución tomada por Guillermo, el hombre de las precauciones, de hacer cerrar las puer­tas de la ciudad.

Había llegado, pues, el momento en que la prisión se había vaciado y donde el silencio había sucedido al espantoso tronar de aullidos que rodaba por las esca­leras.

Rosa había aprovechado aquel momento para salir de su escondrijo y había hecho salir a su padre.

La prisión estaba completamente desierta; ¿para qué quedarse en la prisión cuando se degollaba en la Tol‑Hek?

Gryphus salió todo tembloroso detrás de la valien­te Rosa. Fueron a cerrar bien que mal la gran puerta, y decimos bien que mal, porque estaba medio desvencija­da. Se veía que el torrente de una poderosa cólera había pasado por allí.

Hacia las cuatro, se oyó volver el ruido, pero ese ruido no tenía nada de inquietante para Gryphus y su hija. Ese ruido era el de los cadáveres que arrastraban y que venían a ocupar el lugar acostumbrado de las ejecu­ciones.

Rosa se ocultó una vez más, para no ver el horrible espectáculo.

A medianoche llamaron a la puerta de la Buyten­hoff, o más bien a la barricada que la reemplazaba.

Traían a Cornelius van Baerle.

‑Ahijado de Corneille de Witt ‑murmuró Gry­phus con su sonrisa de carcelero tras leer en la tarjeta de registro la calidad del prisionero‑. Ah, joven, aquí tenemos justamente la habitación familiar; os la va­mos a dar.

Y encantado por el chiste que acababa de hacer, el feroz orangista cogió su farol y las llaves para conducir a Cornelius a la celda que aquella misma mañana había abandonado Corneille de Witt para ir al exilio tal como lo entienden en tiempo de revolución esos grandes moralistas que dicen como un axioma de alta política:

‑Solamente los muertos no vuelven.

Gryphus se preparó, pues, para conducir al ahijado a la celda de su padrino.

Por el camino que tenía que recorrer para llegar a esa habitación, el desesperado florista no oyó nada más que el ladrido de un perro, ni vio nada más que el ros­tro de una joven.

El perro salió de su caseta excavada en el muro sacu­diendo una gruesa cadena, y olfateó a Cornelius a fin de reconocerlo en el momento en que le ordenaran devorarlo.

La joven, cuando el prisionero hizo gemir la baran­dilla de la escalera bajo su mano entorpecida, entreabrió el postigo de la habitación en la que vivía en el hueco de esa misma escalera. Y con la lámpara en la mano dere­cha, alumbró al mismo tiempo su encantador rostro rosado enmarcado por una admirable cabellera rubia de espesas guedejas, mientras con la izquierda cruzaba so­bre el pecho su blanco camisón, porque había sido des­pertada de su primer sueño por la inesperada llegada de Cornelius.

Aquel era realmente un hermoso cuadro para pintar y en todo digno del maestro Rembrandt: esa espiral negra de la escalera iluminada por el farol rojizo de Gryphus, con la sombría figura del carcelero en lo alto, la melancólica figura de Cornelius que se inclinaba so­bre la barandilla para mirar; por debajo de él, encuadra­do por el postigo luminoso, el suave rostro de Rosa, y su gesto púdico un poco inútil tal vez por la posición elevada de Cornelius, colocado sobre aquellos escalones desde donde su mirada acariciaba vaga y tristemente los hombros blancos y redondos de la joven.

Y, abajo, completamente en la sombra, en ese lugar de la escalera donde la oscuridad hace desaparecer los detalles, los ojos de carbunclo del moloso[4], sacudiendo su cadena de eslabones a la cual la doble luz de la lám­para de Rosa y del farol de Gryphus venía a agregarle unas brillantes lentejuelas.

Pero lo que el sublime maestro no habría podido plasmar en su cuadro, era la expresión dolorosa que apa­reció en el rostro de Rosa cuando vio a aquel hermoso joven, pálido, subir la escalera lentamente y pudo aplicar­le esas siniestras palabras pronunciadas por su padre:

‑Tendréis la habitación familiar.

Esta visión duró un momento, mucho más corto del que hemos empleado en describirla. Luego, Gryphus continuó su camino, Cornelius se vio obligado a seguir­le, y cinco minutos después entraba en el calabozo que resulta inútil describir, porque el lector ya lo conoce.

Gryphus, después de haber mostrado con el dedo al prisionero el lecho sobre el que tanto había sufrido el mártir que en aquella misma jornada había rendido su alma a Dios, recogió su farol y salió.

En cuanto a Cornelius, una vez solo, se arrojó so­bre el lecho, pero no se durmió. No cesó de fijar su mirada en la estrecha ventana enrejada que tomaba su día de la Buytenhoff; de esta forma vio blanquear más allá de los árboles ese primer rayo de luz que el cielo deja caer sobre la tierra como un blanco manto.

Aquí y allá, durante la noche, algunos rápidos caba­llos habían galopado por la Buytenhoff; los pasos pesa­dos de las patrullas habían golpeado los pequeños guija­rros redondos de la plaza, y las mechas de los arcabuces, encendiéndose al viento del oeste, habían lanzado hasta los vidrios de la prisión intermitentes destellos.

Pero cuando el naciente día argentó la techumbre acaballada de las casas, Cornelius, impaciente por saber si algo vivía a su alrededor, se acercó a la ventana y pa­seó circularmente una triste mirada.

En el extremo de la plaza, se alzaba una masa ne­gruzca teñida de azul oscuro por las brumas matinales, destacando sobre las pálidas casas su silueta irregular.

Cornelius reconoció el patíbulo.

De este patíbulo colgaban dos informes pingajos que no eran más que unos esqueletos todavía sangrantes.

El buen pueblo de La Haya había despedazado las carnes de sus víctimas, pero las había traído fielmente al patíbulo para dar pretexto a una doble inscripción tra­zada sobre una enorme pancarta.

Y sobre aquella pancarta, con sus ojos de veintiocho años, Cornelius consiguió leer las líneas trazadas con el grueso pincel de algún embadurnador de rótulos:

Aquí cuelgan: el gran criminal llamado Jean de Witt, y el pequeño bribón Corneille de Witt, su hermano, dos enemigos del pueblo, pero grandes amigos del rey de Francia.

Cornelius lanzó un grito de horror, y en un trans­porte de terror delirante golpeó la puerta con pies y manos, tan rudamente y tan precipitadamente que Gryphus acudió furioso, con su manojo de enormes lla­ves en la mano.

Abrió la puerta profiriendo horribles imprecaciones contra el prisionero que le importunaba en horas en las que no se acostumbraba a importunar.

‑¡Encima esto! Otro De Witt furioso ‑exclamó‑. ¡Pero estos De Witt tienen el diablo en el cuerpo!

‑Señor, señor‑dijo Cornelius agarrando al carce­lero por el brazo y arrastrándole hacia la ventana‑ ‑ . Señor, ¿qué he leído allá abajo?

‑¿Dónde?

‑En aquella pancarta.

Y temblando, pálido y jadeante, le señaló, en el fon­do de la plaza, el patíbulo coronado por la cínica ins­cripción.

Gryphus se echó a reír.

‑¡Ah, eso! ‑respondió‑. Sí, la habéis leído... ¡Pues bien, mi querido señor!, ahí es donde se llega cuando se mantienen relaciones con los enemigos del señor príncipe de Orange.

‑¡Los señores De Witt han sido asesinados! ‑murmuró Cornelius, el sudor bañándole la frente y dejándose caer sobre el colchón, los brazos colgando, los ojos cerrados.

‑Los señores De Witt han sufrido la justicia del pueblo ‑replicó Gryphus‑. ¿Llamáis a eso asesinato? Yo digo mejor, ejecutados.

Y, viendo que el prisionero no sólo se había calma­do, sino que permanecía postrado, salió de la celda, ti­rando de la puerta con violencia, y haciendo correr los cerrojos con ruido.

Volviendo en sí, Cornelius se halló solo y recono­ció el aposento en el que se encontraba, la «habitación familiar, como la había llamado Gryphus, como el paso fatal que había de conducirle a una triste muerte.

Y como era un filósofo, como era sobre todo un cristiano, comenzó por rogar por el alma de su padrino, luego por la del ex gran pensionario; después, por últi­mo, se resignó él mismo a todos los males que Dios quisiera enviarle.

Luego, después de haber descendido del cielo a la tierra, de haber entrado de la tierra a su calabozo, de haberse asegurado bien de que en el calabozo estaba solo, sacó de su pecho los tres bulbos del tulipán negro y los ocultó detrás de la piedra de arenisca sobre la que se colocaba el cántaro tradicional, en el rincón más os­curo de la celda.

¡Inútil labor de tantos años! ¡Destrucción de tan dulces esperanzas! ¡Su descubrimiento iba pues a de­sembocar en la nada como él en la muerte...! En esta prisión, sin una brizna de hierba, sin un átomo de tie­rra; sin un rayo de sol.

Ante ese pensamiento, Cornelius entró en una som­bría desesperanza de la que no salió más que por una circunstancia extraordinaria.

¿Cuál fue esa circunstancia?

Esto es lo que nos reservamos para explicar en el capítulo siguiente.


 

X
La Hija Del Carcelero

 

Aquella misma tarde, cuando traía la pitanza del prisionero, Gryphus, al abrir la puerta de la prisión, resbaló en el húmedo enlosado y trastabilló intentando sostenerse. Pero, apoyando la mano en falso, se rompió el brazo por encima de la muñeca.

Cornelius hizo un movimiento hacia el carcelero.

‑No es nada ‑dijo Gryphus no dándose cuenta de la gravedad del accidente‑. No os mováis.

Y quiso levantarse apoyándose sobre su brazo, pero el hueso se le dobló; solamente entonces sintió Gry­phus el dolor y lanzó un grito.

Comprendió que tenía el brazo roto, y este hombre tan duro para los demás cayó desmayado sobre el um­bral de la puerta, donde se quedó inerte y frío, pareci­do a un muerto.

Durante ese tiempo, la puerta de la prisión había permanecido abierta, y Cornelius se hallaba casi libre.

Pero no se le ocurrió la idea de aprovecharse de este accidente; había visto la forma en que el brazo se había doblado y el ruido que había hecho; sabía que existía fractura y dolor; no pensó en otra cosa que en socorrer al herido, por mal intencionado que le hubiera parecido en la única entrevista que había tenido con él. Al ruido que Gryphus hizo al caer, al gemido que había dejado escapar, se oyó un paso precipitado en la escalera, y a la aparición que siguió inmediatamente al rumor de ese paso, Cornelius profirió un pequeño gri­to al que respondió el grito agudo de una joven.

La que había respondido al grito lanzado por Cor­nelius era la bella frisona, que viendo a su padre tendi­do en el suelo y al prisionero inclinado sobre él, creyó al principio que Gryphus, cuya brutalidad conocía, ha­bía caído a continuación de una lucha sostenida entre aquél y su padre.

Cornelius comprendió lo que ocurría en el corazón de la joven en el mismo momento en que la sospecha entraba en la mente de aquélla.

Pero traída por la primera ojeada a la verdad, y aver­gonzada por lo que había llegado a pensar, levantó ha­cia el joven sus bellos ojos húmedos, diciendo:

‑Perdón y gracias, señor. Perdón por lo que había pensado, y gracias por lo que vos hacéis.

Cornelius enrojeció.

‑No hago más que cumplir con mi deber de cris­tiano ‑contestó‑, al socorrer a mi semejante.

‑Sí, y al socorrerlo esta tarde, habéis olvidado las injurias que os dirigió esta mañana. Señor, esto es más que humanidad, es más que cristianismo.

Cornelius alzó la mirada hacia la bella niña, comple­tamente asombrado por haber oído salir de la boca de una hija del pueblo una palabra a la vez tan noble y tan compasiva.

Pero no tuvo tiempo de testimoniarle su sorpresa. Gryphus, recobrado de su desmayo, abrió los ojos, y su acostumbrada brutalidad le volvió con la vida:

‑¡Ah! Ved lo que ocurre ‑dijo‑. Se da uno pri­sa en traer la cena, me caigo al apresurarme, al caer me rompo el brazo, y vos me dejáis aquí sobre los ladrillos.

‑Silencio, padre mío ‑intervino Rosa‑. Sois injusto con este joven, al que he hallado ocupado en socorreros.

‑¡Él! ‑exclamó Gryphus con aire de duda.

‑Es verdad, señor, y estoy dispuesto a socorre­ros más.

‑¿Vos? ‑dijo Gryphus‑. ¿Sois, pues, médico?

‑Ésa es mi carrera primitiva ‑contestó el prisionero.

‑¿De forma que podríais componerme el brazo?

‑Perfectamente.

‑¿Y qué necesitáis para ello, veamos?

‑Dos cuñas de madera y unas tiras de tela.

‑Ya oyes, Rosa ‑comentó Gryphus‑. El prisio­nero va a arreglarme el brazo; esto es una economía; vamos, ayúdame a levantarme, parezco de plomo.

Rosa presentó su hombro al herido; éste rodeó el cuello de la joven con su brazo intacto, y haciendo un esfuerzo, se puso de pie, mientras Cornelius, para aho­rrarle camino, empujaba hacia él un sillón.

Gryphus se sentó y luego, volviéndose hacia su hija dijo:

‑¡Y bien! ¿No has oído? Ve a buscar lo que se te pide.

Rosa descendió y regresó un instante después con dos duelas de barril y una gran venda de tela.

Cornelius había empleado aquel tiempo en quitar la chaqueta al carcelero y en subirle las mangas.

‑¿Esto es lo que deseáis, señor? ‑preguntó Rosa.

‑Sí, señorita ‑asintió Cornelius posando los ojos sobre los objetos traídos‑. Sí, eso es. Ahora, acercad esta mesa mientras sostengo el brazo de vuestro padre.

Rosa empujó la mesa. Cornelius colocó el brazo roto encima, a fin de que se hallara plano, y con una habilidad perfecta, reajustó la fractura, adaptó la cuña y apretó las vendas.

Con el último alfiler, el carcelero se desmayó por segunda vez.

‑Id a buscar vinagre, señorita ‑pidió Cornelius‑, le frotaremos las sienes y volverá en sí.

Pero en lugar de cumplir la prescripción que le ha­bía hecho, Rosa, después de asegurarse de que su padre se hallaba realmente sin conocimiento, avanzó hacia Cornelius.

‑Señor ‑dijo‑, servicio por servicio.

‑¿Es decir, mi bella niña? ‑preguntó Cornelius.

‑Es decir, señor, que el juez que debe interrogaros mañana ha venido a informarse hoy de la celda en la que os hallábais; que le han dicho que ocupábais la del señor Corneille de Witt, y que a esa respuesta, se ha reído de una forma tan siniestra que me hace creer que no os espera nada bueno.

‑Pero ‑preguntó Cornelius‑, ¿qué pueden ha­cerme?

‑¿Véis desde aquí ese patíbulo?

‑Pero yo no soy culpable en absoluto ‑replicó Cornelius.

‑¿Lo eran ellos, los que están allá abajo, colgados, mutilados, desgarrados?

‑Es verdad ‑dijo Cornelius entristeciéndose.

‑Por otra parte ‑continuo Rosa‑ la opinión pú­blica quiere que seáis culpable. Pero en fin, culpable o no, vuestro proceso comenzará mañana, pasado maña­na seréis condenado: las cosas van de prisa en los tiem­pos que corren.

‑¡Y bien! ¿Qué opináis de todo esto, señorita?

‑Opino que yo estoy sola, que soy débil, que mi padre está desmayado, que el perro tiene el bozal pues­to, que nada, por consiguiente, os impide salvaros. Sal­vaos, pues, esto es lo que opino.

‑¿Qué decís?

‑Digo que no he podido salvar a los señores Corneille y Jean de Witt, por desgracia, y que me gustaría salvaros a vos. Solo que, actuad de prisa, mirad cómo respira ya mi padre, dentro de un minuto tal vez abrirá los ojos, y entonces será ya demasiado tarde. ¿Dudáis?

En efecto, Cornelius permanecía inmóvil, contem­plando a Rosa, pero como si la mirara sin oírla.

‑¿No comprendéis? ‑insistió la joven impaciente.

‑Sí, claro que comprendo ‑contestó Cornelius‑. Pero...

‑¿Pero...?

‑Rehúso. Os acusarían.

‑¿Qué importa? ‑dijo Rosa ruborizándose.

‑Gracias, niña ‑replicó Cornelius‑, pero me quedo.

‑¡Os quedáis! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡No habéis comprendido, pues, que seréis condenado... condena­do a muerte, ejecutado sobre un patíbulo y tal vez ase­sinado, destrozado como han asesinado y destrozado al señor Jean y al señor Corneille! En nombre del cielo, no os ocupéis de mí y huid de esta celda en que os halláis. Tened cuidado, trae la desgracia a los De Witt.

‑¡Eh! ‑exclamó el carcelero despertándose‑. ¿Quién habla de esos bribones, de esos miserables, de esos criminales De Witt?

‑No os importa, buen hombre ‑dijo Cornelius con su dulce sonrisa‑. Lo peor que hay para las frac­turas es calentarse la sangre ‑luego, por lo bajo, dijo a Rosa‑: Niña mía, yo soy inocente, esperaré a mis jue­ces con la tranquilidad y la calma de un inocente.

‑Silencio ‑advirtió Rosa.

‑Silencio, ¿y por qué?

‑Es preciso que mi padre no sospeche que hemos conversado.

‑¿Qué mal habría?

‑¿Qué mal habría...? Me impediría volver aquí para siempre ‑explicó la joven.

Cornelius recibió esta inocente confidencia con una sonrisa, le parecía que un poco de felicidad lucía en su infortunio.

‑¡Y bien! ¿Qué masculláis los dos ahí? ‑dijo Gryphus levantándose y sosteniendo su brazo derecho con el brazo izquierdo.

‑Nada ‑respondió Rosa‑. El señor me prescri­be el régimen que habéis de seguir.

‑¡El régimen que debo seguir! ¡El régimen que debo seguir! ¡Vos también, vos también tenéis uno que seguir, bonita!

‑¿Cuál, padre mío?

‑No venir a la celda de los prisioneros, o, al menos, salir lo más aprisa posible; ¡caminad, pues, delante de mí, y ligerita!

Rosa y Cornelius intercambiaron una mirada.

La de Rosa quería decir:

«Ya veis.»

La de Cornelius significaba:

«¡Que sea lo que el Señor quiera!»


 

XI
El Testamento De Cornelius
Van Baerle

 

Rosa no se había equivocado. Los jueces acudieron al día siguiente a la Buytenhoff, e interrogaron a Cor­nelius van Baerle. Por lo demás, el interrogatorio no fue muy largo; estaba comprobado que Cornelius había guardado en su casa aquella correspondencia fatal de los De Witt con Francia.

No lo negó en absoluto.

Solamente existía, a los ojos de los jueces, la duda de que aquella correspondencia le hubiera sido entregada por su padrino, Corneille de Witt.

Pero como, después de la muerte de los dos márti­res, Cornelius van Baerle no tenía nada que ocultar, no solamente no negó que el depósito le había sido confia­do por Corneille en persona, sino que todavía contó cómo, de qué forma y en qué circunstancias le había sido confiado.

Esta confidencia implicaba al ahijado en el crimen de su padrino.

Existía complicidad patente entre Corneille y Cor­nelius.

Cornelius no se limitó a esta confesión: dijo toda la verdad con respecto a sus simpatías, sus costumbres y sus familiaridades. Explicó su indiferencia en políticas, su amor por el estudio, por las artes, por las ciencias y por las flores. Contó que nunca, desde el día en que Corneille había venido a Dordrecht y le había confiado aquel depósito, lo había tocado ni incluso mirado.

Se le objetó que a ese respecto era imposible que dijera la verdad, ya que los papeles estaban encerrados justamente en un armario donde cada día se hundían las manos y los ojos.

Cornelius respondió que eso era verdad, pero que él no metía la mano en el cajón más que para asegurarse de que sus cebollas estaban bien secas; y que solamente dirigía la mirada a él para asegurarse de si sus cebollas comenzaban a germinar.

Se le objetó que su pretendida indiferencia con res­pecto a ese depósito no podía sostenerse razonablemen­te, porque resultaba imposible que habiendo recibido semejantes documentos de mano de su padrino, no conociera su importancia.

A lo que él respondió que su padrino Corneille le amaba mucho y, sobre todo, que era un hombre dema­siado prudente como para haberle dicho nada acerca del contenido de aquellos papeles, ya que esta confidencia no hubiera servido más que para atormentar al deposi­tario.

Se le objetó que si el señor De Witt hubiera actua­do de esa forma, habría añadido al paquete en caso de accidente, un certificado constatando que su ahijado era completamente extraño a esa correspondencia, o bien, durante su proceso, le habría escrito alguna carta que pudiese servir para su justificación.

Cornelius respondió que probablemente su padrino no había pensado que su depósito corriera ningún pe­ligro, oculto como estaba en un armario que era consi­derado tan sagrado como el Arca por toda la casa Van Baerle; que por consiguiente había juzgado el certifica­do inútil; que, en cuanto a una carta, tenía algún recuer­do de que un momento antes de su arresto, y cuando estaba absorto en la contemplación de una cebolla de las más raras, el servidor del señor Jean de Witt había en­trado en el secadero y le había entregado un papel; pero que de todo aquello no le había quedado más que un recuerdo parecido al que se tiene de una visión, que el sirviente había desaparecido, y que en cuanto al papel, tal vez se encontraría si se le buscaba bien.

En cuanto a Craeke, era imposible hallarlo, tenien­do en cuenta que había abandonado Holanda.

Y en lo tocante al papel, era tan poco probable que se encontrara, que no se tomaron el trabajo de buscarlo.

El mismo Cornelius no insistió mucho sobre ese punto, ya que, suponiendo que aquel papel se hallara, podía no tener ninguna relación con la correspondencia que constituía el cuerpo del delito.

Los jueces parecieron querer empujar a Cornelius a defenderse mejor de lo que lo hacía; utilizaron frente a él aquella benigna paciencia que denota o bien a un magistrado interesado por el acusado, o bien a un ven­cedor que abate a su adversario, y que, siendo comple­tamente dueño de él, no tiene necesidad de oprimirlo para perderlo.

Cornelius no aceptó en absoluto esta hipócrita pro­tección, y en la última respuesta que profirió con la nobleza de un mártir y la calma de un justo, dijo:

‑Me preguntáis, señores, cosas a las que no tengo nada que responder, sino la exacta verdad. Ahora bien, la exacta verdad es ésta. El paquete entró en mi casa por el camino que he explicado; protesto delante de Dios que ignoraba y que ignoro todavía su contenido; que solamente en el día de mi arresto supe que ese depósi­to era la correspondencia del ex gran pensionario con el marqués de Louvois. Protesto, finalmente, que ignoro cómo ha podido saberse que ese paquete estaba en mi casa, y sobre todo cómo puedo ser culpable por haber recogido lo que me traía mi ilustre y desgraciado pa­drino.

Éste fue todo el alegato de Cornelius. Los jueces deliberaron.

Consideraron:

Que todo brote de disensión civil es funesto por cuanto resucita la guerra que a todos interesa extinguir.

Uno de ellos, y era un hombre que pasaba por un profundo observador, estableció que ese joven tan fle­mático en apariencia, debía de ser muy peligroso en realidad, supuesto que debía ocultar bajo su manto de hielo que le servía de envoltura un ardiente deseo de vengar a los señores De Witt, sus allegados.

Otro hizo observar que el amor a los tulipanes se alía perfectamente con la política, y que está histórica­mente probado que varios hombres de los más peligro­sos han trabajado en un jardín ni más ni menos como si fuera su oficio, aunque en el fondo estuvieran ocupados realmente en otra cosa. Ejemplo, Tarquino el Viejo, que cultivaba adormideras en Cumas, y el gran Condé, que regaba sus claveles en la fortaleza de Vicennes, y ello en el momento en que el primero meditaba su re­greso a Roma y el segundo su salida de la prisión.

El juez concluyó con este dilema:

O Cornelius van Baerle quiere mucho a los tulipa­nes o quiere mucho a la política; en uno a otro caso, nos ha mentido: en primer lugar porque está probado que se ocupaba de la política y ello por las cartas que se han hallado en su casa; a continuación porque se ha proba­do que se ocupaba de los tulipanes. Los bulbos que es­tán allí dan fe de ello. Finalmente, y aquí está la enor­midad; ya que Cornelius van Baerle se ocupaba a la vez de los tulipanes y de la política, el acusado era, pues, de una naturaleza híbrida, de una organización anfibia, trabajando con igual ardor la política y el tulipán, lo que le otorgaría todos los caracteres de la especie de hom­bres más peligrosos para la tranquilidad pública, y una cierta o más bien, una completa analogía con los gran­des cerebros de los que Tarquino el Viejo y el señor De Condé proporcionaban hace un momento un ejemplo.

El resultado de todos esos razonamientos fue que el príncipe estatúder de Holanda sentiría, sin duda alguna, un agradecimiento infinito hacia la magistratura de La Haya por simplificarle la administración de las Siete Provincias, al destruir hasta el menor germen de cons­piración contra su autoridad.

Este argumento privó sobre todos los otros, y para destruir eficazmente el germen de las conspiraciones, fue pronunciada por unanimidad la pena de muerte contra Cornelius van Baerle, culpable y convicto de haber participado, bajo las inocentes apariencias de un aficionado a los tulipanes, en las detestables intrigas y en los abominables complots de los señores De Witt con­tra la nacionalidad holandesa, y en sus secretas relacio­nes con el enemigo francés.

La sentencia llevaba subsidiariamente que el susodi­cho Cornelius van Baerle sería sacado de la prisión de la Buytenhoff para ser conducido al cadalso erigido en la plaza del mismo nombre, donde el ejecutor de las condenas le cortaría la cabeza.

Como esta deliberación había sido formal, había durado una media hora, y durante esta media hora, el prisionero había sido reintegrado a su prisión.

Fue allí donde el escribano de los Estados vino a leerle el fallo.

Maese Gryphus estaba retenido en su lecho por la fiebre que le causaba la fractura de su brazo. Sus llaves habían pasado a las manos de uno de sus criados su­pernumerarios, y detrás de ese criado, que había intro­ducido al escribano, Rosa, la bella frisona, había venido a colocarse en el rincón de la puerta, con un pañuelo so­bre la boca para ahogar sus suspiros y sus sollozos.

Cornelius escuchó la sentencia con un rostro más asombrado que triste.

Leída la sentencia, el escribano le preguntó si tenía algo que objetar.

‑Por mi fe, no ‑respondió‑. Confieso solamen­te que entre todos los motivos de muerte que un hom­bre precavido puede prever para evitarlos, no hubiese sospechado jamás éste.

Tras esta respuesta, el escribano saludó a Cornelius van Baerle con toda la consideración que ese tipo de funcionarios conceden a los grandes criminales de todo género.

‑A propósito, señor escribano ‑dijo Cornelius, cuando aquél se disponía a salir‑. ¿Para qué día es la cosa, si me hacéis el favor?

‑Pues, para hoy ‑respondió el escribano, un poco molesto por la sangre fría del condenado.

Un sollozo estalló detrás de la puerta.

Cornelius se inclinó para ver quién había dejado escapar aquel sollozo, pero Rosa, adivinando el movi­miento, se había echado hacia atrás.

‑Y ‑añadió Cornelius‑, ¿a qué hora es la eje­cución?

‑Al mediodía, señor.

‑¡Diablo! ‑exclamó Cornelius‑. Me parece que he oído dar las diez hace menos de veinte minutos. No tengo tiempo que perder.

‑Para reconciliaros con Dios, sí, señor ‑dijo el escribano inclinándose hasta el suelo‑, y podéis solici­tar al ministro de vuestra preferencia.

Diciendo estas palabras, salió andando hacia atrás, y el carcelero suplente iba a seguirle, cerrando la puerta de Cornelius cuando un brazo blanco y tembloroso se in­terpuso entre ese hombre y la pesada puerta.

Cornelius no vio más que el casco de oro con ore­jeras de puntillas blancas, tocado de las bellas frisonas; no oyó más que un murmullo al oído del carcelero; pero éste entregó sus pesadas llaves a la blanca mano que se le tendía y, descendiendo unos escalones, se sentó en medio de la escalera, guardada así en lo alto por él, y abajo por el perro.

El casco de oro dio media vuelta, y Cornelius reco­noció el rostro surcado de lágrimas y los grandes ojos azules anegados de la bella Rosa.

La joven avanzó hacia Cornelius apoyando sus dos manos sobre su desgarrado pecho.

‑¡Oh, señor, señor! ‑exclamó.

Y no acabó.

‑Mi bella niña ‑replicó Cornelius emocionado‑, ¿qué deseáis de mí? De ahora en adelante no tengo ya ningún poder sobre nada, os lo advierto.

‑Señor, vengo a reclamar de vos una gracia ‑dijo Rosa tendiendo sus manos mitad hacia Cornelius, mi­tad hacia el cielo.

‑No lloréis así, Rosa ‑advirtió el prisionero‑, porque vuestras lágrimas me enternecen mucho más que mi próxima muerte. Y, vos lo sabéis, cuanto más ino­cente es el prisionero, con más calma debe morir a in­cluso con alegría, ya que muere mártir. Vamos, no llo­réis más y decidme vuestro deseo, mi bella Rosa.

La joven se dejó caer de rodillas.

‑Perdonad a mi padre ‑pidió.

‑¡A vuestro padre! ‑exclamó Cornelius asom­brado.

‑Sí, ¡ha sido tan duro con vos! Pero es así por na­turaleza, es así con todos, y no es a vos particularmen­te a quien ha tratado con brutalidad.

‑Ha sido castigado, querida Rosa, incluso más que castigado por el accidente que le sobrevino, y yo le per­dono.

‑¡Gracias! ‑contestó Rosa‑. Y ahora, decidme, ¿puedo hacer a mi vez algo por vos?

‑Podéis secar vuestros bellos ojos, querida niña ‑respondió Cornelius con su dulce sonrisa.

‑Pero por vos... por vos...

‑El que no dispone más que de una hora para vi­vir, es un gran sibarita si tiene necesidad de alguna cosa, querida Rosa.

‑¿Ese ministro que os han ofrecido?

‑He adorado a Dios toda mi vida, Rosa. Le he adorado en sus obras, bendecido en su voluntad. Dios no puede tener nada contra mí. No os pediré, pues, un ministro. El último pensamiento que me ocupa, Rosa, se relaciona con la glorificación de Dios. Ayudadme, que­rida, os lo ruego, en el cumplimiento de este último pensamiento.

‑¡Ah, señor Cornelius, hablad, hablad! ‑exclamó la joven inundada en lágrimas.

‑Dadme vuestra bella mano, y prometedme no reíros, niña mía.

‑¡Reír! ‑exclamó Rosa desesperada‑. ¡Reír en este momento! Pero entonces ¿vos no me habéis mira­do, señor Cornelius?

‑Os he mirado, Rosa, con los ojos del cuerpo y los ojos del alma. Jamás mujer más bella, jamás alma más pura se había ofrecido a mí; y si no os miro más a par­tir de este momento, perdonadme, es porque, dispues­to a salir de la vida, prefiero no tener nada que echar de menos en ella.

Rosa se sobresaltó. Cuando el prisionero decía es­tas palabras, sonaban las once en la torre de la Buyten­hoff.

Cornelius comprendió.

‑Sí, sí, apresurémonos ‑dijo‑. Tenéis razón, Rosa.

Entonces, sacando de su pecho, donde lo había ocultado de nuevo cuando pasó el temor de ser registra­do, el papel que envolvía los tres bulbos, explicó:

‑Mi bella amiga, he amado mucho las flores. Era en los tiempos en que ignoraba se pudiera amar otra cosa. ¡Oh! No os ruboricéis, no interpretéis mal, Rosa, aun­que os hiciera una declaración de amor, esto, pobre niña, no tendría ninguna consecuencia; abajo, en la Buyten­hoff, hay un cierto acero que dentro de sesenta minutos dará cuenta de mi temeridad. Así pues, decía que amaba las flores, y había hallado, por lo menos así lo creo, el se­creto del gran tulipán negro que se creía imposible, y que es, lo sepáis o no, el objeto de un premio de cien mil flo­rines propuesto por la Sociedad Hortícola de Haarlem. Esos cien mil florines, y Dios sabe que no me lamento por ellos, esos cien mil florines los tengo aquí en este papel; están ganados con los tres bulbos que encierra, y que podéis coger, Rosa, porque os los doy.

‑¡Señor Cornelius!

‑¡Oh! Podéis cogerlos, Rosa, no causáis ningún mal a nadie, niña mía. Estoy solo en el mundo; mi pa­dre y mi madre han muerto; no he tenido nunca herma­na ni hermano; no he pensado nunca en enamorarme de nadie, y si alguien se ha enamorado de mí, no lo he sa­bido jamás. Por otra parte, ya podéis ver, Rosa, que estoy abandonado, ya que en esta hora solamente vos estáis en mi calabozo, consolándome y socorriéndome.

‑Pero, señor, cien mil florines...

‑¡Ah! Seamos formales, querida niña ‑dijo Cor­nelius‑. Cien mil florines serán una hermosa dote a vuestra belleza; obtendréis los cien mil florines porque estoy seguro de mis bulbos. Los tendréis pues, querida Rosa, y no os pido a cambio más que la promesa de casaros con un muchacho valiente, joven, al que vos améis y que os ame tanto a vos como yo amaba las flo­res. No me interrumpáis, Rosa, que no dispongo más que de unos minutos...

La pobre chica se ahogaba bajo sus sollozos.

Cornelius le cogió la mano.

‑Escuchadme ‑continuó‑, así es cómo procede­réis. Coged tierra en mi jardín de Dordrecht. Pedid a Butruysheim, mi jardinero, tierra de mi platabanda nú­mero 6; plantad en ella y en una caja profunda esos tres bulbos, que florecerán en el próximo mayo, es decir, dentro de siete meses, y cuando veáis la flor en su tallo, pasad las noches protegiéndola del viento, los días sal­vándola del sol. Florecerá negra, estoy seguro. Enton­ces haced llamar al presidente de la Sociedad Hortícola de Haarlem. Hará constatar por el congreso el color de la flor, y os entregará los cien mil florines.

Rosa lanzó un gran suspiro.

‑Ahora ‑continuó Cornelius enjugando una temblorosa lágrima en el borde de su párpado y que era causada más bien por este maravilloso tulipán negro que no debía ver nunca‑ no deseo ya nada, sino que el tuli­pán se llame Rosa Barloensis, es decir, que recuerde al mismo tiempo vuestro nombre y el mío, y como no sa­biendo latín, podríais olvidar seguramente esta palabra, procuradme un lápiz y un papel para que os la escriba.

Rosa estalló en sollozos y le tendió un libro encua­dernado en piel, que llevaba las iniciales C. W.

‑¿Qué es esto? ‑preguntó el prisionero.

‑¡Ay! ‑respondió Rosa‑, es la Biblia de vuestro pobre padrino, Corneille de Witt. De ella tomó la fuerza para sufrir la tortura y oír sin palidecer su sentencia. La hallé en esta habitación después de la muerte del már­tir, y la he guardado como una reliquia; hoy os la traía, porque me parecía que había en este libro una fuerza verdaderamente divina. No habéis tenido necesidad de esta fuerza que Dios ya había puesto en vos. ¡Dios sea loado! Escribid encima lo que debéis escribir, señor Cornelius, y aunque tengo la desgracia de no saber leer, lo que escribáis será cumplido.

Cornelius cogió la Biblia y la besó respetuosamente. ‑¿Con qué escribiré? ‑preguntó.

‑Hay un lápiz en la Biblia ‑contestó Rosa‑. Es­taba ahí y lo he conservado.

Era el lápiz que Jean de Witt había prestado a su hermano y que éste no había pensado en devolverle.

Cornelius lo cogió, y en la segunda página ‑por­que, como se recuerda, la primera había sido arranca­da‑, próximo a morir a su vez como su padrino, escri­bió con una mano no menos firme:

 

Este 23 de agosto de 1672, a punto de rendir, aun­que inocente, mi alma a Dios sobre un cadalso, lego a Rosa Gryphus el único bien que me queda de todos mis bienes en este mundo, ya que los otros han sido confis­cados; lego, digo, a Rosa Gryphus, tres bulbos que, en mi convicción profunda, deben dar en el mes de mayo próximo el gran tulipán negro, objeto del premio de cien mil florines ofrecido por la Sociedad de Haarlem, de­seando que ella cobre esos cien mil florines en mi lugar y como mi única heredera, con la sola condición de ca­sarse con un hombre joven de aproximadamente mi edad, que la ame y a quien ella ame, y de dar al gran tu­lipán negro que creará una nueva especie el nombre de Rosa Barloensis, es decir, su nombre y el mío reunidos.

¡Dios me halle en gracia y a ella en salud!

 

CORNELIUS VAN BAERLE.

 

Luego, devolviendo la Biblia a Rosa:

‑Leed ‑dijo.

‑Ya os he dicho ‑respondió la joven‑ que, por desgracia, no sé leer.

Entonces Cornelius leyó a Rosa el testamento que acababa de hacer.

Los sollozos de la pobre niña se redoblaron.

‑¿Aceptáis mis condiciones? ‑preguntó el prisionero sonriendo con melancolía y besando la punta de los dedos temblorosos de la bella frisona.

‑¡Oh! No sabría, señor ‑balbuceó ella.

‑No sabríais, niña mía, y ¿por qué?

‑Porque hay una condición que no podría man­tener.

‑¿Cuál? Creo, sin embargo, haber hecho lo conve­niente para nuestro tratado de alianza.

‑¿Me dais vos los cien mil florines a título de dote?

‑Sí.

‑¿Y para casarme con el hombre que ame?

‑Sin duda.

‑¡Pues bien!, señor, ese dinero no puede ser para mí. No amaré jamás a nadie y no me casaré.

Y después de estas palabras penosamente pronun­ciadas, Rosa dobló las rodillas y estuvo a punto de des­mayarse de dolor.

Cornelius, asustado al verla tan pálida y desfalleci­da, iba a cogerla en sus brazos, cuando un paso pesado, seguido de otros ruidos siniestros, sonó en las escaleras acompañado por los ladridos del perro.

‑¡Vienen a buscaros! ‑exclamó Rosa retorciéndo­se las manos‑. ¡Dios mío! ¡Dios mío! Señor, ¿no tenéis nada más que decirme?

Y cayó de rodillas, con la cabeza hundida en sus brazos, y completamente sofocada por los sollozos y las lágrimas.

‑Tengo que deciros que guardéis celosamente vuestros tres bulbos y los cuidéis según las prescripcio­nes que os he dado, y por mi amor. Adiós, Rosa.

‑¡Oh, sí! ‑murmuró ésta, sin levantar la cabeza‑. ¡Oh, sí! Haré todo lo que vos habéis dicho. Excepto ca­sarme ‑añadió por lo bajo‑. Porque esto, ¡oh!, esto, lo juro, es para mí una cosa imposible.

Y hundió en su seno palpitante el querido tesoro de Cornelius.

Este ruido que habían oído Cornelius y Rosa, era el que hacía el carcelero que volvía a buscar al condenado, seguido del ejecutor, de los soldados destinados a la guardia del patíbulo, y de los curiosos habituales de la prisión.

Cornelius, sin debilidad, pero sin fanfarronería, los recibió como amigos más que como perseguidores y se dejó imponer las condiciones que quisieron aquellos hombres para la ejecución de su oficio.

Luego, de una ojeada lanzada sobre la plaza por su pequeña ventana enrejada, percibió el patíbulo, y a vein­te pasos del patíbulo, la horca, de la cual habían sido descolgadas por orden del estatúder, las reliquias ultra­jadas de los dos hermanos De Witt.

Cuando se dispuso a descender para seguir a los guardias, Cornelius buscó con los ojos la mirada angelical de Rosa; pero no vio detrás de las espadas y las ala­bardas más que un cuerpo tendido al lado de un banco de madera y un rostro lívido medio velado por unos largos cabellos.

Pero al caer inanimada, Rosa, para seguir obedecien­do a su amigo, había apoyado su mano sobre su corpi­ño de terciopelo, a incluso en el olvido de toda vida, continuaba recogiendo instintivamente el precioso de­pósito que le había confiado Cornelius.

Y al abandonar el calabozo, el joven pudo entrever en los dedos crispados de Rosa la hoja amarillenta de aquella Biblia sobre la que Corneille de Witt había es­crito tan penosa y dolorosamente aquellas líneas que, si Cornelius las hubiese leído, habrían salvado infalible­mente a un hombre y a un tulipán.


 

XII
La Ejecución

 

Cornelius no tenía que dar más de trescientos pasos fuera de la prisión para llegar al pie del patíbulo.

Al final de la escalera, el perro lo miró pasar tran­quilamente; Cornelius creyó incluso observar en los ojos del moloso una cierta expresión de dulzura que lin­daba con la compasión.

Tal vez el perro conociera a los condenados y no mordiera más que a los que salían libres.

Se comprende que cuanto más corto fuera el trayec­to de la puerta de la prisión al pie del patíbulo, más lle­no estuviera de curiosos.

Eran aquellos mismos que, mal apagada la sed de sangre de la que habían bebido ya tres días antes, espe­raban una nueva víctima.

Así, apenas apareció Cornelius, un aullido inmenso se prolongó por la calle, se extendió por toda la super­ficie de la plaza, y se alejó en diferentes direcciones, por las calles que conducían al patíbulo, y que la muche­dumbre llenaba.

De este modo, el patíbulo parecía una isla que estu­viera batida por el oleaje de cuatro o cinco tumultuosos ríos.

En medio de aquellas amenazas, de esos aullidos y de estas vociferaciones, para no oírlas, sin duda, Corne­lius se había absorbido en sí mismo.

¿En qué pensaba ese justo que iba a morir?

No era ni en sus enemigos, ni en sus jueces, ni en sus verdugos.

Era en los bellos tulipanes que vería desde lo alto del cielo, bien en Ceilán, bien en Bengala, bien más lejos, cuando sentado con todos los inocentes a la derecha de Dios, pudiera contemplar con piedad esta tierra donde habían degollado a los señores Jean y Corneille de Witt por haber pensado demasiado en la política, y donde iban a degollar al señor Cornelius van Baerle por haber pensado demasiado en los tulipanes.

«Cuestión de un golpe de espada ‑decía el filóso­fo‑, y mi bello sueño comenzará.»

Solamente quedaba por saber si como al señor De Chalais, al señor De Thou, y otras gentes mal ajusticia­das, el verdugo no le reservaba más de un golpe, es de­cir, más de un martirio, al pobre tulipanero.

No por ello Van Baerle subió menos resueltamente los escalones del patíbulo.

Subió orgullosamente, porque lo estaba, de ser el amigo de aquel ilustre Jean y el ahijado de aquel noble Corneille que los bellacos, reunidos para verle, habían despedazado y quemado tres días antes y colgado en aquel mismo lugar.

Se arrodilló, rezó su oración, y observó no sin experimentar una viva alegría que al posar su cabeza sobre el tajo y manteniendo sus ojos abiertos, vería hasta el últi­mo momento la ventana enrejada de la Buytenhoff.

Por fin llegó la hora de hacer ese terrible movimien­to: Cornelius posó su mentón sobre el bloque húmedo y frío. Pero en ese momento, a su pesar, sus ojos se ce­rraron para sostener más resueltamente el horrible alud que iba a caer sobre su cabeza y a engullir su vida.

Un destello brilló sobre el piso del patíbulo; el ver­dugo levantaba su espada.

Van Baerle dijo adiós al gran tulipán negro, seguro de despertarse diciendo buenos días a Dios en un mun­do hecho de otra luz y de otro color.

Tres veces sintió pasar por su cuello tembloroso el viento frío de la espada.

Pero ¡oh, sorpresa!

No sintió ni dolor ni conmoción.

No vio ningún cambio de matiz.

Luego, de repente, sin saber por quién, Van Baerle se sintió levantado por unas manos bastante dulces y se encontró pronto sobre sus pies, un poco vacilante.

Volvió a abrir los ojos.

Alguien leía algo a su lado, sobre un gran pergami­no sellado con un gran timbre de cera roja.

Y el mismo sol, amarillo y pálido como conviene a un sol holandés, lucía en el cielo; y la misma ventana enrejada le miraba desde lo alto de la Buytenhoff; y los mismos bellacos, ya no aullantes sino pasmados, le con­templaban desde abajo, en la plaza.

A fuerza de abrir los ojos, de mirar, de escuchar, Van Baerle comenzó a comprender esto:

Que monseñor Guillermo, príncipe de Orange, te­mía sin duda que las diecisiete libras de sangre que Van Baerle, con unas onzas más tenía en el cuerpo, no hicie­ran desbordar la copa de la justicia celeste; que había sentido piedad por su carácter y sus apariencias de ino­cencia.

En consecuencia, Su Alteza le había otorgado la gracia de la vida... Por eso la espada que se había alza­do con aquel reflejo siniestro había volteado tres veces alrededor de su cabeza cómo el pájaro fúnebre alrede­dor de la de Turnus, pero no se había abatido sobre ella y había dejado intactas sus vértebras.

Por eso era que no había sentido ni dolor ni conmoción. Por eso, que el sol continuaba riendo en el medio­cre azul, cierto, aunque muy soportable de las bóvedas celestes.

Cornelius, que había esperado a Dios y al panora­ma tulípido del Universo, quedó realmente un poco decepcionado; pero se consoló haciendo jugar con cier­to bienestar los resortes inteligentes de esa parte del cuerpo que los griegos llamaban trachelos y que noso­tros denominamos modestamente cuello.

Y luego Cornelius esperó que la gracia sería comple­ta, y que se le iba a devolver la libertad y sus plataban­das de Dordrecht.

Pero en eso se equivocó, porque como decía por aquel tiempo madame De Sévigné, había un post scrip­tum en la carta, y lo más importante de esta carta esta­ba encerrado en el post scriptum.

Por ese post scriptum, Guillermo, estatúder de Holanda, condenaba a Cornelius van Baerle a prisión perpetua.

No era demasiado culpable para la muerte, pero sí lo era para la libertad.

Cornelius escuchó, pues, el post scriptum, y luego, después de la primera contrariedad producida por la decepción que aquél aportaba, pensó:

«¡Bah! No se ha perdido todo. La reclusión perpe­tua tiene algo de bueno. Está Rosa en la reclusión per­petua. Están también mis tres bulbos del tulipán negro.»

Pero Cornelius olvidaba que las Siete Provincias pueden tener siete prisiones, una por provincia, y que el pan del prisionero es menos caro en cualquier parte que en La Haya, que es una capital.

Su Alteza Guillermo, que no tenía, al parecer, los medios para alimentar a Van Baerle en La Haya, lo en­viaba a cumplir su prisión perpetua a la fortaleza de Loevestein, muy cerca de Dordrecht y, sin embargo, por desgracia, muy lejos.

Porque Loevestein, dicen los geógrafos, está situa­da en la punta de la isla que forman, frente a Gorcum, el Waal y el Mosa.

Van Baerle sabía bastante historia de su país para no ignorar que el célebre Grotius había sido encerrado en ese castillo después de la muerte de Barneveldt, y que los Estados, en su generosidad hacia el célebre publicis­ta, jurisconsulto, historiador, poeta y teólogo; le habían concedido la suma de veinticuatro sous en Holanda por día para su alimentación.

«A mí, que estoy muy lejos de valer lo que Grotius ‑se dijo Van Baerle‑, me asignarán doce sous con gran trabajo, y viviré muy mal, pero en fin, viviré.»

Luego, de repente, golpeado por un terrible recuer­do, exclamó en voz alta:

‑¡Ah! ¡Ese país es húmedo y nubloso! ¡Y el terreno es malo para los tulipanes! Y, además, Rosa, Rosa que no estará en Loevestein ‑murmuró ya en tono menor, dejando caer sobre el pecho la cabeza a la que tan poco había faltado para que cayera más abajo.

 

 


 

XIII
Lo Que Ocurría Durante Ese Tiempo
En El Alma De Un Espectador

 

Mientras Cornelius reflexionaba sobre su suerte, una carroza se había aproximado al patiíbulo.

Aquella carroza era para el prisionero. Se le invitó a subir a ella; obedeció.

Su última mirada fue para la Buytenhoff. Esperaba ver en la ventana el rostro consolado de Rosa, pero la carroza estaba enganchada a buenos caballos que se llevaron ense­guida a Van Baerle del seno de las aclamaciones que voci­feraba aquella multitud en honor del muy magnánimo es­tatúder, con una cierta mezcla de invectivas dirigidas a los De Witt y a su ahijado salvado de la muerte.

Lo cual hacía decir a los espectadores:

‑Ha sido una suerte que nos hayamos apresurado a hacer justicia con aquel gran criminal de Jean y el muy bribón de Corneille, pues de no haber obrado así, la clemencia de Su Alteza nos los hubiera quitado como acaba de quitarnos a ése.

Entre todos aquellos espectadores que la ejecución de Van Baerle había atraído a la Buytenhoff, y a los que el giro de los acontecimientos había contrariado un poco, el que más era, evidentemente, cierto burgués vestido adecuadamente y que, desde la mañana, había empleado tan bien los pies y las manos, que había llega­do a no estar separado del patíbulo más que por la fila de soldados que rodeaban el instrumento de suplicio.

Muchos se habían mostrado ávidos de ver correr la sangre pérfida del culpable Cornelius; pero nadie había puesto en la expresión de este funesto deseo el encarni­zamiento que había empleado el burgués en cuestión.

Los más furiosos habían acudido a la Buytenhoff al rayar el día para obtener un buen puesto; pero él, ade­lantándose a los más furiosos, había pasado la noche en el umbral de la prisión, y de la prisión había llegado a la primera fila, como hemos dicho, unguibus et rostro, acariciando a los unos y golpeando a los otros.

Y cuando el verdugo había conducido a su conde­nado al patíbulo, el burgués, subido a un mojón de la fuente para mejor ver y ser visto mejor, había hecho al verdugo un gesto que significaba:

«Está convenido, ¿verdad?»

Gesto al que el verdugo había respondido con otro que quería decir:

«Estad tranquilo.»

¿Quién era, pues, ese burgués que parecía estar tan a bien con el verdugo, y qué quería decir ese intercam­bio de gestos?

Nada más natural; aquel burgués era Mynheer Isaac Boxtel que desde el arresto de Cornelius había venido, como hemos visto, a La Haya para tratar de apropiarse de los tres bulbos del tulipán negro.

Boxtel había intentado primero inclinar a Gryphus hacia sus intereses, pero éste tenía algo de bulldog por la fidelidad, la desconfianza y la vigilancia de sus presas. En consecuencia, había tomado a contrapelo el odio de Box­tel, al que había considerado como un ferviente amigo que se interesaba por cosas indiferentes para preparar seguramente algún medio de evasión del prisionero.

Así, a las primeras proposiciones que Boxtel le ha­bía hecho, para sustraer los bulbos que Cornelius van Baerle debía de ocultar, si no en su pecho, al menos en algún rincón de su calabozo, Gryphus sólo había res­pondido con una expulsión acompañada de las caricias del perro de la escalera.

Boxtel no se había descorazonado por un fondillo de los pantalones dejado en los dientes del moloso. Había vuelto a la carga.

Al estar Gryphus en su lecho, febril y con el brazo roto, Boxtel se había vuelto hacia Rosa, ofreciendo a la joven, a cambio de los tres bulbos, un tocado de oro puro. A lo que la noble joven, aunque ignorando toda­vía el valor del robo que se le proponía y por el que le ofrecían pagar tan bien, había enviado al tentador al verdugo, no solamente el último juez, sino también el último y macabro heredero del condenado a muerte.

El envío hizo nacer una idea en la mente de Boxtel.

Entretanto, el fallo se había pronunciado, fallo expe­ditivo, como se vio. Isaac se detuvo en consecuencia en la idea que le había sugerido Rosa; fue a buscar al verdugo.

Isaac no se imaginaba que Cornelius no muriera con sus tulipanes sobre el corazón.

En efecto, Boxtel no podía adivinar dos cosas:

Rosa, es decir, el amor.

Guillermo, es decir, la clemencia.

Menos Rosa y Guillermo, los cálculos del envidio­so eran exactos.

Menos Guillermo, Cornelius moriría.

Menos Rosa, Cornelius moriría, con sus bulbos so­bre el corazón.

Mynheer Boxtel fue, pues, a buscar al verdugo, se presentó a él como un gran amigo del condenado, y menos las joyas de oro y el dinero que dejaba al ejecu­tor, compró todos los expolios del futuro muerto por la suma un poco exorbitante de cien florines.

Pero ¿qué eran cien florines para un hombre casi seguro de adquirir por esa suma el premio de la Socie­dad de Haarlem?

Aquello era dinero invertido al mil por uno, lo que resulta, hay que convenir en ello, una bonita imposición.

La tarea del verdugo, por su parte, era casi nula para ganarse sus cien florines. Sólo debía, acabada la ejecu­ción, dejar a Mynheer Boxtel subir al patíbulo con sus criados para recoger los restos inanimados de su amigo.

Lo que, por lo demás, estaba en uso entre los fieles cuando uno de sus maestros moría públicamente en la Buytenhoff.

Un fanático como Cornelius podía muy bien tener otro fanático que diera cien florines por sus reliquias.

Así pues, el verdugo aceptó la proposición. No ha­bía puesto más que una condición: que sería pagado por adelantado.

Boxtel, como las gentes que entran en las barracas de feria, podía no quedar contento y, por consiguiente, no querer pagar al salir.

Boxtel pagó por adelantado y esperó.

Juzguemos después de esto si Boxtel estaba emocio­nado, si vigilaba a los guardias y al carcelero, si los movimientos de Van Baerle le inquietaban: cómo se colocaría éste sobre el tajo, cómo caería; si al caer no aplastaría en su caída los inestimables bulbos; ¿habría tenido cuidado al menos de encerrarlos en una caja de oro, por ejemplo, ya que el oro era el más duro de to­dos los metales?

No intentaremos describir el efecto producido en este digno mortal por la detención producida en la eje­cución de la sentencia. ¿Para qué perdía el tiempo el verdugo haciendo brillar su espada por encima de la cabeza de Cornelius, en lugar de abatir aquella cabeza? Pero cuando vio al carcelero coger la mano del conde­nado, levantarlo mientras sacaba de su bolsillo un pergamino; cuando oyó la lectura pública de la gracia con­cedida por el estatúder, Boxtel no fue ya un hombre. La rabia del tigre, de la hiena y de la serpiente estalló en sus ojos, en su grito, en su gesto; si se hubiera hallado al alcance de Van Baerle, se habría lanzado sobre él y lo habría asesinado.

Así pues, Cornelius viviría, Cornelius iría a Loeve­stein; y se llevaría sus bulbos a la prisión, y tal vez encon­traría un jardín donde hacer florecer el tulipán negro.

Existen ciertas catástrofes que la pluma de un pobre escritor no puede describir, viéndose obligado a dejar suelta la imaginación de sus lectores en toda la simpli­cidad del hecho.

Boxtel, pasmado, cayó de su mojón sobre algunos orangistas descontentos como él del giro que acababa de tomar el asunto, los cuales, creyendo que los gritos lan­zados por Mynheer Isaac, lo eran de alegría, le colma­ron de puñetazos, que, ciertamente, no hubieran sido mejor dados por el bando contrario.

Pero ¿qué podían añadir algunos puñetazos al dolor que sentía Boxtel?

Quiso entonces correr hacia la carroza que se lleva­ba a Cornelius con sus bulbos. Pero en su apresuramien­to, no vio un adoquín que sobresalía, tropezó, perdió su centro de gravedad, rodó diez pasos y sólo se levantó enloquecido, magullado, cuando todo el fangoso popu­lacho de La Haya hubo pasado por encima de su cuerpo.

Dentro de estas circunstancias, Boxtel, que se halla­ba en vena de desgracias, lo fue también por sus ropas desgarradas, su espalda martirizada y sus manos arañadas.

Podría creerse que esto ya era bastante para Boxtel.

Nos equivocaríamos.

Boxtel, puesto en pie, se arrancó cuantos cabellos pudo, y los lanzó en holocausto a esa divinidad feroz e insensible que se llama Envidia.


 

XIV
Los Palomos De Dordrecht

 

Constituía ya ciertamente un gran honor para Cor­nelius van Baerle el ser encerrado justamente en aque­lla misma prisión que había recibido al sabio Grotius.

Pero una vez llegado a la prisión, le esperaba un honor mucho más grande. Ocurrió que la celda ocupada por el ilustre amigo de Barneveldt estaba vacante en Loevestein cuando la clemencia del príncipe Guillermo de Orange envió allí al tulipanero Cornelius van Baerle.

Esa celda tenía realmente una mala reputación en el castillo desde que, gracias a la imaginación de su mujer, Grotius había huido en el famoso baúl de libros que se habían olvidado de registrar.

Por otro lado, el que le dieran aquella celda por alo­jamiento, le pareció de muy buen augurio a Van Baerle, porque nunca, según su punto de vista, un carcelero hu­biera debido hacer habitar a un segundo palomo la jaula de donde un primero había volado tan fácilmente.

La celda es histórica. No perderemos, pues, nuestro tiempo consignando aquí los detalles, salvo un hueco que había sido practicado por madame Grotius. Era una cel­da de prisión como las otras, más alta tal vez; así, por la ventana enrejada, se disponía de una encantadora vista.

Por otra parte, el interés de nuestra historia no re­side en un cierto número de descripciones de interiores. Para Van Baerle, la vida era otra cosa que un aparato respiratorio, El pobre prisionero amaba más allá de su máquina neumática dos cosas de las que sólo el pensa­miento, este libre viajero, podía en lo sucesivo conse­guirle la posesión artificial:

Una flor y una mujer, la una y la otra perdidas para siempre para él.

¡Por fortuna, el bueno de Van Baerle se equivocaba! Dios, que en el momento en que caminaba hacia el pa­tíbulo, le había mirado con la sonrisa de un padre, le reservaba en el seno mismo de su prisión, en la celda de Grotius, la existencia más venturosa que jamás tulipane­ro alguno hubiera podido vivir.

Una mañana, desde su ventana, mientras aspiraba el aire fresco que subía del Waal y admiraba en la lejanía, tras un bosque de chimeneas, los molinos de Dordrecht, su patria, vio una bandada de palomos que venían des­de ese punto del horizonte a posarse, agitándose al sol, sobre los remates agudos de Loevestein.

«Estos palomos ‑se dijo Van Baerle‑ vienen de Dordrecht, y por consiguiente deben de regresar allí.» Alguien que fijara un mensaje en el ala de uno de esos palomos tendría la oportunidad de comunicar sus noti­cias a Dordrecht, donde alguien debía llorarlo.

«Ese alguien ‑añadió Van Baerle para sí después de un momento de meditación‑ sere yo.»

Se es paciente cuando se tienen veintiocho años y se está condenado a prisión perpetua, es decir, a algo como veintidós o veintitrés mil días de prisión.

Van Baerle, siempre pensando en sus tres bulbos, porque este pensamiento latía siempre en el fondo de su pecho, confeccionó una trampa para palomos. Intentó capturar esos volátiles con todos los recursos de su ha­cienda, dieciocho sous de Holanda por día ‑doce sous de Francia‑ y al cabo de un mes de infructuosas ten­tativas, cazó una hembra.

Tardó otros dos meses para capturar un macho; lue­go los encerró juntos, y hacia principios del año 1673, habiendo obtenido unos huevos, soltó a la hembra que, confiando en el macho que los cubría en su lugar, se dirigió alegremente hacia Dordrecht con su mensaje bajo el ala.

Regresó por la noche.

Había conservado el mensaje.

Lo guardó así quince días, con gran decepción de Van Baerle al principio y luego con gran desesperación.

Al decimosexto día, por fin, regresó de vacío.

Ahora bien, Van Baerle dirigía esa nota a su nodri­za, la vieja frisona, y suplicaba a las almas caritativas que la hallaran, que la entregaran con la mayor seguridad y rapidez posible.

En esta carta, dirigida a su nodriza, había una pe­queña nota destinada a Rosa.

Dios, que transporta con su aliento las simientes de alhelíes a las murallas de los viejos castillos y las hace florecer con un poco de lluvia, permitió que la nodriza de Van Baerle recibiera aquella carta.

Sucedió así:

Dejando Dordrecht por La Haya y La Haya por Gorcum, Mynheer Isaac Boxtel había abandonado no solamente su casa, a su criado, su observatorio, su teles­copio, sino también sus palomos.

El criado, al que había dejado sin dinero, comenzó por comerse los pocos ahorros que tenía y a continua­ción se puso a comerse los palomos.

Viendo lo cual, los palomos emigraron del tejado de Isaac Boxtel al tejado de Cornelius van Baerle.

La nodriza poseía un bondadoso corazón y tenía necesidad de amar algo. Sintió una buena amistad por los palomos que habían acudido demandándole hospitalidad, y cuando el criado de Isaac reclamó para comér­selos a los doce o quince últimos como se había comi­do los doce o quince primeros, le ofreció rescatarlos mediante seis sous de Holanda el ejemplar.

Esto era el doble de lo que valían los palomos; así pues, el criado lo aceptó con gran alegría.

La nodriza pasó a ser entonces la legítima propieta­ria de los palomos del envidioso.

Estos palomos estaban mezclados con aquellos que en sus peregrinaciones visitaban La Haya, Loevestein y Rótterdam, yendo a buscar sin duda trigo de otra natu­raleza, cañamones de otro gusto.

El azar, o más bien Dios, Dios al que vemos en el fondo de todas las cosas, había hecho que Cornelius van Baerle cazara precisamente uno de aquellos palomos.

Resulta de ello que si el envidioso no hubiera aban­donado Dordrecht para seguir a su rival a La Haya pri­mero, luego a Gorcum o a Loevestein, como se verá, no estando separadas las dos localidades más que por la unión del Waal y del Mosa, hubiera sido en sus manos y no en las de la nodriza donde habría caído la nota escrita por Van Baerle, de suerte que el pobre prisione­ro, como el cuervo del remendón romano, habría per­dido su tiempo y su trabajo, y en lugar de tener que contar los variados sucesos que, semejantes a un tapiz de mil colores van a desarrollarse bajo nuestra pluma, no hubiéramos tenido que describir más que una serie de días pálidos, tristes y sombríos como el manto de la noche.

La nota cayó, pues, en manos de la nodriza de Van Baerle.

De este modo, hacia los primeros días de febrero, cuando las primeras horas de la noche descendían del cielo dejando tras ellas las estrellas nacientes, Cornelius oyó en la escalera de la torrecilla una voz que le hizo estremecer.

Se llevó la mano al corazón y escuchó.

Aquélla era la voz dulce y armoniosa de Rosa.

Confesémoslo, Cornelius no hubiera quedado tan aturdido por la sorpresa, tan loco de alegría como lo hubiese estado sin la historia del palomo. El palomo le había traído la esperanza bajo su ala vacía a cambio de su carta, y como conocía a Rosa esperaba tener cada día, si le habían entregado la nota, noticias de su amor y de sus bulbos.

Se levantó, aguzando el oído, inclinando el cuerpo hacia la puerta.

Sí, aquellos eran realmente los acentos que tan dul­cemente le habían emocionado en La Haya.

Pero ahora, Rosa, que había realizado el viaje de La Haya a Loevestein; Rosa, que había conseguido, Corne­lius no sabía cómo, penetrar en la prisión, ¿lograría lle­gar felizmente hasta el prisionero?

Mientras Cornelius, a ese respecto, amontonaba pensamiento sobre pensamiento, deseos sobre inquietu­des, el postigo colocado en la puerta de su celda se abrió, y Rosa, resplandeciente de alegría, de compostu­ra, bella sobre todo por la pena que había empalideci­do sus mejillas desde hacía cinco meses, pegó su rostro al enrejado de Cornelius diciéndole:

‑¡Oh, señor! Señor, aquí estoy.

Cornelius extendió el brazo, miró al cielo y lanzó un grito de alegría.

‑¡Oh! ¡Rosa, Rosa! ‑exclamó.

‑¡Silencio! Hablemos bajo, mi padre me sigue ‑advirtió la joven.

‑¿Vuestro padre?

‑Sí, está en el patio, al pie de la escalera, recibe las instrucciones del gobernador, va a subir.

‑¿Las instrucciones del gobernador...?

‑Escuchadme, voy a tratar de decíroslo todo en dos palabras: El estatúder tiene una casa de campo a una legua de Leiden, una gran lechería no es otra cosa: mi tía, su nodriza, es la que lleva la dirección de todos los animales que están encerrados en esa granja. Cuando recibí vuestra carta no pude leerla, por desgracia, pero cuando vuestra nodriza me la leyó, corrí a casa de mi tía; allí me quedé hasta que el príncipe vino a la lechería, y cuando vino, le pedí que mi padre cambiara sus funcio­nes de primer portallaves de la prisión de La Haya por las funciones de carcelero de la fortaleza de Loevestein. No se imaginaba mi propósito; de haberlo sabido, tal vez hubiera rehusado; por el contrario, lo concedió.

‑De forma que estáis aquí.

‑Como véis.

‑¿De forma que os veré todos los días?

‑Lo más a menudo que pueda.

‑¡Oh, Rosa! ¡Mi bella madona Rosa! ‑dijo Cor­nelius‑. ¿Me amáis, pues, un poco?

‑Un poco... ‑contestó ella‑. ¡Oh! No sois bas­tante exigente, señor Cornelius.

Cornelius le tendió apasionadamente las manos, pero sólo sus dedos pudieron tocarse a través del enre­jado.

‑¡Aquí está mi padre! ‑exclamó la joven.

Y Rosa abandonó vivamente la puerta y se lanzó hacia el viejo Gryphus que apareció en lo alto de la escalera.


 

XV
El Postigo

 

Gryphus iba seguido del moloso.

Le hacía realizar su ronda para que cuando llegara la ocasión reconociera a los prisioneros.

‑Padre mío, ‑dijo Rosa‑ aquí está la famosa cel­da de la que el señor De Grotius se evadió. ¿Recordáis al señor De Grotius?

‑Sí, sí, ese bribón de De Grotius; un amigo de aquel bandido de Barneveldt al que vi ejecutar cuando yo era niño. ¡Ah! ¡Ah! Así que ésta es la celda de la que se evadió. Pues bien, yo respondo de que nadie se eva­dirá de ella jamás.

Y, abriendo la puerta, comenzó en la oscuridad su discurso al prisionero.

En cuanto al perro, se dirigió gruñendo a olfatear las pantorrillas de Van Baerle, como preguntándole con qué derecho no estaba muerto, él a quien había visto salir entre el escribano y el verdugo, camino del cadalso.

Pero la bella Rosa lo llamó, y el moloso acudió al lado de la muchacha.

‑Señor ‑dijo Gryphus levantando su farol para tratar de proyectar un poco de luz alrededor de él‑ , ved en mí a vuestro nuevo carcelero. Soy jefe de los portallaves y tengo las celdas bajo mi vigilancia. No soy malo, pero sí inflexible en lo que concierne a la disci­plina.

‑Os conozco perfectamente, mi querido señor Gryphus ‑‑contestó el prisionero entrando en el círculo de luz que proyectaba el farol.

‑Vaya, vaya, sois vos, señor Van Baerle ‑se asom­bró Gryphus‑. ¡Ah! Sois vos; ¡vaya, vaya, vaya, como nos encontramos!

‑Sí, y veo con gran placer, mi querido señor Gryphus, que vuestro brazo va de maravilla, ya que es el brazo con el que sostenéis el farol.

Gryphus frunció el entrecejo.

‑Ved lo que ocurre en política ‑comentó‑; siem­pre se cometen faltas. Su Alteza os ha dejado la vida, yo no lo habría hecho.

‑¡Bah! ‑exclamó Cornelius‑. ¿Y por qué?

‑Porque vos sois de los hombres que siempre cons­piran; vosotros los sabios tenéis tratos con el diablo.

‑¡Ah, maese Gryphus! ¿Estáis descontento de la forma en que os arreglé el brazo, o del precio que os pedí? ‑preguntó riendo Cornelius.

‑¡Por el contrario, voto a bríos! ¡Por el contrario! ‑refunfuñó él carcelero‑. Me habéis arreglado muy bien el brazo; hay alguna brujería en esto: al cabo de seis semanas me servía de él como si nada le hubiera suce­dido. Con tal motivo el médico de la Buytenhoff, que conoce su oficio, quería rompérmelo de nuevo para arreglármelo según las reglas, prometiendo que, esta vez, estaría tres meses sin poderlo utilizar.

‑¿Y vos no habéis querido?

‑Yo dije: «No.» Mientras pueda hacer la señal de la cruz con este brazo ‑Gryphus era católico‑, mien­tras pueda hacer la señal de la cruz, me río del diablo.

‑Pero si os reís del diablo, maese Gryphus, con mayor razón debéis reíros de los sabios.

‑¡Oh! ¡Los sabios, los sabios! ‑exclamó Gryphus sin responder a la interpelación‑. ¡Los sabios! Preferi­ría tener diez militares a guardar, que un solo sabio. Los militares fuman, beben, se emborrachan; son dulces como corderos cuando se les da aguardiente o vino del Mosa. Pero un sabio, ¿beber, fumar, emborracharse? ¡Pues sí! Es sobrio, no gasta nada en eso, y así mantie­ne su cabeza fresca para conspirar. Pero empiezo por deciros que no os resultará fácil conspirar. En primer lugar nada de libros, nada de papeles, nada de galimatías. Fue con los libros como el señor De Grotius se salvó.

‑Yo os aseguro, maese Gryphus ‑replicó Van Baerle‑ que tal vez haya tenido por un instante la idea de salvarme, pero ciertamente ya no la tengo.

‑¡Está bien! ¡Está bien! ‑concedió Gryphus‑. Vigilaos vos mismo, yo haré otro tanto. Esto es igual, es igual. Su Alteza cometió una falta grave.

‑¿No dejando que me cortaran la cabeza...? Gra­cias, gracias, maese Gryphus.

‑Sin duda. Ved si los señores De Witt no están ahora bien tranquilos.

‑Es espantoso eso que decís, señor Gryphus ‑re­plicó Van Baerle volviéndose para ocultar su desagra­do‑. Olvidáis que uno era mi amigo, y el otro... el otro mi segundo padre.

‑Sí, pero recuerdo que tanto el uno como el otro eran unos conspiradores. Y además, hablo por filan­tropía.

‑¡Ah! ¿De veras? Explicad, pues, un poco esto, querido Gryphus, pues no lo comprendo muy bien.

‑Sí. Si vos os hubiérais quedado en el tajo de maese Harbruck...

‑¿Y bien?

‑¡Pues bien! No sufriríais ya. Mientras que aquí, no os oculto que voy a haceros la vida muy dura.

‑Gracias por la promesa, maese Gryphus.

Y mientras el prisionero sonreía irónicamente al vie­jo carcelero, Rosa detrás de la puerta le respondía con una sonrisa llena de angélica consolación.

Gryphus se dirigió a la ventana.

Había todavía bastante luz para que se viera, sin distinguirlo, un horizonte inmenso que se perdía en una bruma grisácea.

‑¿Qué vista hay desde aquí? ‑preguntó el carce­lero.

‑Muy hermosa ‑contestó Cornelius mirando a Rosa.

‑Sí, sí, demasiada vista, demasiada vista.

En este momento, los dos palomos, espantados por la aparición y, sobre todo, por la voz de aquel descono­cido, salieron de su nido, y desaparecieron asustados en la niebla.

‑¡Oh! ¡Oh! ¿Qué es esto? ‑preguntó el carcelero.

‑Mis palomos ‑respondió Cornelius.

‑¡Mis palomos! ‑exclamó el carcelero‑. ¡Mis palomos! ¿Es que un prisionero tiene alguna cosa suya?

‑Entonces ‑dijo Cornelius‑ ¿los palomos que el Buen Dios me ha prestado...?

‑He aquí una infracción ‑replicó Gryphus‑. ¡Unos palomos! ¡Ah!, joven, joven, os prevengo de una cosa, y es que, no más tarde de mañana, estos pájaros hervirán en mi olla.

‑Sería preciso primero que vos los cogierais, maese Gryphus ‑dijo Van Baerle‑. Vos no queréis que sean mis palomos; todavía son menos vuestros, os lo juro, que lo son míos.

‑Lo que está diferido, no está perdido ‑refunfu­ñó el carcelero‑ y no más tarde de mañana, les retor­ceré el cuello.

Y mientras profería esta maligna promesa a Corne­lius, Gryphus se inclinó hacia fuera para examinar la estructura del nido. Lo que dio tiempo a Van Baerle para correr a la puerta y estrechar la mano de Rosa que le dijo:

‑Esta noche, a las nueve.

Gryphus, enteramente ocupado con el deseo de coger al día siguiente los palomos como había prome­tido hacer, no vio nada, no oyó nada; y como había cerrado la ventana, agarró a su hija por el brazo, salió, dio una doble vuelta a la llave, empujó los cerrojos, y se fue a hacer las mismas promesas a otro prisionero.

Apenas hubo desaparecido, Cornelius se acercó a la puerta para escuchar el ruido decreciente de los pasos. Luego, cuando se apagaron, corrió a la ventana y demo­lió de punta a rabo el nido de los palomos.

Prefería alejarlos para siempre de su presencia que exponer a la muerte a los gentiles mensajeros a los que debía la dicha de haber vuelto a ver a Rosa.

Aquella visita del carcelero, sus brutales amenazas, la sombría perspectiva de su vigilancia de la que cono­cía los abusos, nada de todo eso pudo distraer a Corne­lius de los dulces pensamientos y, sobre todo, de la dulce esperanza que la presencia de Rosa acababa de resucitar en su corazón.

Esperó impacientemente a que sonaran las nueve horas en el torreón de Loevestein.

Rosa había dicho: «A las nueve, esperadme.»

La última nota de bronce vibraba todavía en el aire cuando Cornelius oyó en la escalera el paso ligero y la ropa susurrante de la bella frisona, y enseguida el enre­jado de la puerta sobre la que Cornelius van Baerle fijaba ardientemente los ojos se iluminó.

El postigo acababa de abrirse por fuera.

‑Aquí estoy ‑dijo Rosa todavía completamente sofocada por haber tenido que subir la escalera‑. ¡Aquí estoy!

‑¡Oh, buena Rosa!

‑¿Estáis contento de verme?

‑¡Me lo preguntáis! Pero ¿cómo os las habéis arre­glado para venir? Decidme.

‑Escuchad, mi padre se duerme cada noche casi enseguida después de cenar; entonces, le acuesto un poco aturdido por la ginebra; no se lo digáis a nadie porque, gracias a este sueño, podré venir cada noche a charlar una hora con vos.

‑¡Oh! Os lo agradezco, Rosa, querida Rosa.

Y diciendo estas palabras, Cornelius acercó tanto su rostro al postigo que Rosa retiró el suyo.

‑Os he traído vuestros bulbos de tulipán ‑dijo.

El corazón de Cornelius saltó. No se había atrevi­do a preguntar todavía a Rosa lo que había hecho con el precioso tesoro que le había confiado cuando creyó que iba a la muerte.

‑¡Ah! ¡Los habéis, pues, conservado!

‑¿No me los habíais dado como una cosa que os era muy querida?

‑Sí, pero precisamente porque os los había dado, me parece que son vuestros.

‑Hubieran sido míos después de vuestra muerte y estáis vivo, por fortuna. ¡Ah! Cómo he bendecido a Su Alteza. Si Dios concede al príncipe Guillermo to­das las felicidades que le he deseado, el rey Guillermo será ciertamente no sólo el hombre más dichoso de su reino sino de toda la tierra. Vos estáis vivo, digo, y aun­que conservando la Biblia de vuestro padrino Corneille, estaba resuelta a traeros vuestros bulbos; solamente, que no sabía cómo hacerlo. Ahora bien, acababa de tomar la resolución de ir a pedir al estatúder la plaza de carcele­ro de Gorcum para mi padre, cuando la nodriza me trajo vuestra carta. ¡Ah! Lloramos mucho juntas, os res­pondo de ello. Pero vuestra carta no hizo más que re­afirmarme en mi resolución. Entonces fue cuando par­tí para Leiden; ya sabéis el resto.

‑¿Cómo, querida Rosa ‑exclamó Cornelius‑ pensabais, antes de recibir mi carta, venir a reuniros conmigo?

‑¡Sí, pensaba en ello! ‑respondió Rosa dejando que su amor pasara por delante de su pudor‑. ¡Pero si no pensaba en otra cosa!

Y diciendo estas palabras, Rosa se puso tan bella que, por segunda vez, Cornelius precipitó su frente y sus labios contra el enrejado, sin duda para agradecér­selo a la hermosa joven.

Rosa retrocedió como la primera vez.

‑En verdad ‑dijo con aquella coquetería que late en el corazón de toda joven‑ en verdad, he lamentado muy a menudo no saber leer; pero nunca tanto y de la misma forma que cuando vuestra nodriza me trajo vues­tra carta; tenía en mi mano esa carta que hablaba para los demás y que, pobre tonta que soy, estaba muda para mí.

‑¿Habéis lamentado a menudo no saber leer? ‑preguntó Cornelius‑. ¿Y con qué motivo?

‑Toma ‑dijo la joven riendo‑ para leer todas la cartas que me escribían.

‑¿Vos recibíais cartas, Rosa?

‑Por centenares.

‑Pero ¿quién os las escribía...?

‑¿Quién me escribía? Primero, todos los estudian­tes que pasaban por la Buytenhoff, todos los oficiales que iban a la plaza de armas, todos los dependientes e incluso los mercaderes que me veían en mi ventana.

‑¿Y con todas esas notas, querida Rosa, qué ha­cíais vos?

‑Unas veces ‑respondió Rosa‑ me las hacía leer por alguna amiga, y esto me divertía mucho, pero al cabo de cierto tiempo, ¿para qué perderlo escuchando todas esas tonterías? Las quemaba.

‑¡Al cabo de cierto tiempo! ‑exclamó Cornelius con una mirada turbada a la vez por el amor y la alegría.

Rosa bajó los ojos, ruborizada.

De forma que no vio acercarse los labios de Corne­lius que no encontraron, por desgracia, más que el en­rejado; pero que a pesar de este obstáculo, enviaron hasta los labios de la joven el aliento ardiente del más tierno de los besos.

Ante esa llama que quemó sus labios, Rosa se puso muy pálida, más pálida tal vez que en la Buytenhoff, el día de la ejecución. Lanzó un gemido lastimero, cerró sus bellos ojos y huyó con el corazón palpitante, inten­tando en vano comprimir con la mano los latidos de su corazón. Cornelius, al quedarse solo, se vio reducido a aspirar el dulce perfume de los cabellos de Rosa, que permaneció como cautivo entre el enrejado.

Rosa había huido tan precipitadamente que se había olvidado de devolver a Cornelius los tres bulbos del tulipán negro.


 

XVI
Maestro Y Alumna

 

El infeliz Gryphus, como ha podido verse, se halla­ba lejos de participar de la buena voluntad de su hija por el ahijado de Corneille de Witt.

No había más que cinco prisioneros en Loevestein; la tarea de guardián no era, pues, difícil de realizar, y la cárcel era una especie de sinecura dada la edad de Gryphus.

Pero en su celo, el digno carcelero había agrandado con toda la potencia de su imaginación la tarea que le habían impuesto. Para él, Cornelius había adquirido la proporción gigantesca de un criminal de primer orden. Se había convertido, en consecuencia, en el más peligro­so de sus prisioneros. Vigilaba cada uno de sus pasos, no le abordaba más que con el rostro airado, haciéndole sentir la carga de lo que él llamaba su espantosa rebelión contra el elemento estatúder.

Entraba tres veces por día en la celda de Van Baer­le, esperando sorprenderlo en falta, pero Cornelius ha­bía renunciado a sus corresponsales desde que tenía su correspondencia bajo mano. Era incluso probable que Cornelius, si hubiera obtenido su libertad entera y el permiso completo para retirarse donde hubiese querido, le habría parecido preferible el domicilio de la prisión con Rosa y sus bulbos a cualquier otro domicilio sin sus bulbos y sin Rosa.

Y es que, en efecto, cada noche a las nueve, Rosa había prometido venir a charlar con el querido prisio­nero, y desde la primera noche, como hemos visto, mantuvo su palabra.

Al día siguiente, subió como la víspera, con el mis­mo misterio y las mismas precauciones. Sólo que se había prometido a sí misma no acercar demasiado su rostro al enrejado. Por otra parte, para abordar desde el primer momento una conversación que pudiera ocupar seriamente a Van Baerle, comenzó por tenderle a través del enrejado sus tres bulbos siempre envueltos en el mismo papel.

Mas, con gran asombro de Rosa, Van Baerle recha­zó su blanca mano con la punta de los dedos.

El joven había reflexionado.

‑Escuchadme ‑dijo‑, arriesgaríamos demasiado, creo, poniendo toda nuestra fortuna en el mismo saco. Pensad que se trata, mi querida Rosa, de realizar una empresa que se considera hasta hoy como imposible. Se trata de hacer florecer el gran tulipán negro. Tomemos, pues, todas nuestras precauciones, con el fin de que, si fracasamos, no tengamos nada que reprocharnos. Así es como he calculado que conseguiremos nuestro objetivo.

Rosa prestó toda su atención a lo que iba a decirle el prisionero, y ello más por la importancia que le con­cedía el desgraciado tulipanero que por la que le conce­día ella misma.

‑Así es ‑repitió Cornelius‑ cómo he calculado nuestra común cooperación en este gran asunto.

‑Escucho ‑dijo Rosa.

‑Vos ¿tendréis en esta fortaleza un pequeño jardín, a falta de jardín un patio cualquiera y a falta de patio una terraza?

‑Tenemos un bonito jardín ‑explicó Rosa‑. Se extiende a lo largo del Waal y está lleno de añosos ár­boles.

‑¿Podéis, querida Rosa, traerme un poco de la tie­rra de ese jardín, a fin de que la examine?

‑Mañana mismo.

‑La cogeréis de la sombra y del sol para que la juz­gue en sus dos cualidades, bajo las dos condiciones de sequedad y de humedad.

‑Estad tranquilo.

‑Una vez escogida la tierra por mí y modificada si es preciso, haremos tres partes de nuestros tres bulbos, tomaréis uno que plantaréis el día que os diga; florece­rá ciertamente si lo cuidáis según mis indicaciones.

‑No me alejaré de él ni un segundo.

‑Me daréis otro que intentaré criar aquí en mi ha­bitación, lo que me ayudará a pasar estas largas horas durante las cuales no os veo. Apenas tengo esperanzas de conseguirlo, os lo confieso, y por adelantado, consi­dero a ese desgraciado como sacrificado a mi egoísmo. Sin embargo, el sol me visita alguna que otra vez. Saca­ré artificialmente partido de todo, incluso del calor y de la ceniza de mi pipa. Por último tendremos, o más bien tendréis en reserva el tercer bulbo, nuestro último re­curso en el caso de que nuestras dos primeras experien­cias fracasen. De esta manera, mi querida Rosa, es im­posible que no lleguemos a ganar los cien mil florines de vuestra dote y procurarnos la suprema dicha de ver el éxito de nuestra obra.

‑He comprendido ‑dijo Rosa‑. Mañana os trae­ré la tierra, vos escogeréis la mía y la vuestra. En cuan­to a la vuestra, necesitaré vanos viajes, porque no podré traeros más que un poco cada vez.

‑¡Oh! No tenemos prisa, querida Rosa; nuestros tulipanes no deben ser enterrados antes de un mes. Así pues, ya veis que disponemos de mucho tiempo; sólo que, para plantar vuestro bulbo, seguiréis todas mis ins­trucciones, ¿no?

‑Os lo prometo.

‑Y una vez plantado, me participaréis todas las cir­cunstancias que pueden interesar a nuestro discípulo, tales como los cambios atmosféricos, rastros en los sen­deros, señales en las platabandas. Escucharéis si por la noche, nuestro jardín es frecuentado por los gatos. Dos de estos animales me destrozaron en Dordrecht dos platabandas.

‑Escucharé.

‑Los días de luna... ¿La habéis visto sobre el jar­dín, querida niña?

‑La ventana de mi dormitorio da allí.

‑Bueno. Los días de luna miraréis si de los aguje­ros del muro salen ratas. Las ratas son roedores muy de temer, y yo he visto a desgraciados tulipaneros repro­char amargamente a Noé el haber metido un par de ra­tas en el arca.

‑Miraré, y si hay gatos o ratas...

‑¡Pues bien! Tendréis que avisarme. Después ‑continuó Van Baerle, suspicaz desde que se hallaba en prisión‑, ¡hay un animal mucho más de temer todavía que el gato y la rata!

‑¿Cuál es?

‑¡El hombre! ¿Comprendéis, querida Rosa? Se roba un florín, y se arriesga el penal por semejante mi­seria; con mucha mayor razón se puede robar un bul­bo de tulipán que vale cien mil florines.

‑Nadie más que yo entrará en el jardín.

‑¿Me lo prometéis?

‑¡Os lo juro!

‑¡Bien! ¡Gracias, querida Rosa! ¡Oh! ¡Toda la ale­gría me va a provenir, pues, de vos!

Y, como los labios de Van Baerle se acercaron al enrejado con el mismo ardor de la víspera, y como por otra parte, la hora de la retirada había llegado ya, Rosa alejó la cabeza y alargó la mano.

En esta linda mano, en la que la coqueta joven tenía un cuidado particular, estaba el bulbo.

Cornelius besó apasionadamente la punta de los de­dos de esa mano. ¿Fue porque contenía uno de los bul­bos del gran tulipán negro? ¿Fue por ser la mano de Rosa? Esto es lo que dejamos para que lo adivinen otros más sagaces que nosotros.

Rosa se retiró, pues, con los otros dos bulbos, apre­tándolos contra su pecho.

¿Los apretaba contra su pecho porque eran los bul­bos del gran tulipán negro, o porque los bulbos prove­nían de Cornelius van Baerle? Creemos que este punto sería más fácil de precisar que el otro.

Fuera lo que fuese, a partir de aquel momento, la vida se hizo dulce y llena para el prisionero.

Rosa, como hemos visto, le había entregado uno de los bulbos.

Cada noche le traía puñado a puñado la tierra de la porción de jardín que había hallado ser la mejor y que, en efecto, era excelente.

Una ancha vasija que Cornelius había roto hábil­mente le proporcionó un fondo propicio, lo llenó has­ta la mitad y mezcló la tierra traída por Rosa con un poco de lodo del río que dejó secar, con lo cual se pro­veyó de un excelente terreno.

Decir todo lo que Cornelius desplegó en cuidados, en habilidad y en añagazas para escamotear a la vigilan­cia de Gryphus la alegría de sus trabajos, no lo conse­guiríamos. Media hora es un siglo de sensaciones y de pensamientos para un prisionero filósofo.

No pasaba día sin que Rosa viniera a charlar con Cornelius.

Los tulipanes, de los que la joven realizaba un cur­so completo, constituían el fondo de la conversación; mas, por interesante que este tema sea, no se puede ha­blar siempre de tulipanes.

Entonces se hablaba de otra cosa, y para su mayor asombro el tulipanero percibía la inmensa extensión que podía tomar el círculo de la conversación.

Sólo que Rosa había adquirido una costumbre: mantenía su bello rostro invariablemente a veinte cen­tímetros del postigo, porque la bella frisona desconfia­ba sin duda de ella misma, desde que había sentido a través del enrejado cuánto puede quemar el aliento de un prisionero el corazón de una joven.

Había una cosa que inquietaba en aquel momento al tulipanero casi tanto como sus bulbos y sobre la cual volvía sin cesar. Era la dependencia en que se hallaba Rosa con respecto a su padre.

Así, la vida de Van Baerle ‑el doctor sabio, el pin­tor pintoresco, el hombre superior‑ de Van Baerle que era el primero que había descubierto, según toda proba­bilidad, esa obra de arte de la creación que se llamaría, como se había dispuesto por adelantado, Rosa Barloen­sis, la vida, mucho más que la vida, la felicidad de este hombre dependía del más simple capricho de otro hom­bre, y este hombre era un ser de un espíritu inferior, de una casta ínfima; era un carcelero, algo menos inteligen­te que la cerradura que manipulaba, más duro que la falleba que corría. Era algo como el Caliban de La Tem­pestad, un paso entre el hombre y el bruto.

¡Pues bien! La felicidad de Cornelius dependía de ese hombre; ese hombre podía una hermosa mañana aburrirse de Loevestein, encontrar que el aire era allí malsano, que la ginebra no era buena, y abandonar la fortaleza, y llevarse a su hija... y una vez más, Corne­lius y Rosa se verían separados. Dios, que se cansa de hacer mucho por sus criaturas, acabaría tal vez enton­ces por no reunirlos más.

‑Y entonces, ¡para qué los palomos viajeros!‑decía Cornelius a la joven‑. Ya que, querida Rosa, vos no sabríais ni leer lo que yo os escribiera, ni escri­birme lo que hubierais pensado.

‑Pensad ‑respondía Rosa, que en el fondo de su corazón temía la separación tanto como Cornelius­ que disponemos de una hora todas las noches; em­pleémosla bien.

‑Me parece ‑replicó Cornelius‑ que no la em­pleamos muy mal.

‑Empleémosla mejor todavía ‑insistió Rosa son­riendo‑. Enseñadme a leer y a escribir; aprovecharé vuestras lecciones, creedme; y de esta forma no estare­mos ya nunca separados más que por nuestra propia voluntad.

‑¡Oh! ‑exclamó Cornelius‑. Con eso tendremos la eternidad ante nosotros.

Rosa sonrió y se encogió levemente de hombros.

‑¿Es que vais a permanecer siempre en prisión? ‑respondió‑. ¿Es que después de haberos concedido la vida, Su Alteza no os concederá la libertad? ¿Es que no recuperaréis nunca vuestros bienes? ¿Es que ya no seréis rico? ¿Os dignaréis mirar, cuando paséis a caba­llo o en carroza, a la pequeña Rosa, una hija de carce­lero, casi una hija de verdugo?

Cornelius quiso protestar, y ciertamente lo hubiera hecho con todo su corazón y con la sinceridad de un alma llena de amor, si la joven no hubiera preguntado, sonriendo:

‑¿Cómo va vuestro tulipán?

Hablar a Cornelius de su tulipán, era un medio para que Cornelius lo olvidara todo, incluso a Rosa.

‑Bastante bien ‑dijo‑. La piel se ennegrece, el trabajo de fermentación ha comenzado, los nervios del bulbo se calientan y crecen; de aquí a ocho días, antes tal vez, se podrán distinguir las primeras protuberancias de la germinación. ¿Y el vuestro, Rosa?

‑¡Oh! Yo he hecho las cosas en grande y según vuestras indicaciones.

‑Veamos, Rosa, ¿qué habéis hecho? ‑preguntó Cornelius, con los ojos casi tan ardientes, el aliento casi tan jadeante como la noche en que esos ojos habían quemado el rostro y aquel aliento el corazón de Rosa.

‑Yo he hecho las cosas en grande ‑repitió la jo­ven sonriendo, porque en el fondo de su corazón no podía impedir el considerar ese doble amor del prisio­nero por ella y por el tulipán negro‑. Me he prepara­do un cuadrado desnudo, lejos de los árboles y de los muros, en una tierra ligeramente arenosa, más bien hú­meda que seca, sin un grano de piedra, sin un guijarro; he dispuesto una platabanda como vos me habéis descrito.

‑Bien, bien, Rosa.

‑El terreno está preparado de suerte que no espera más que vuestro aviso. Al primer día bueno en que me digáis que plante mi bulbo, lo plantaré; sabéis que debo ir retrasada con respecto a vos, ya que yo dispongo de todas las oportunidades de un aire bueno, el sol y de abundancia de jugos terrestres.

‑Es verdad, es verdad ‑exclamó Cornelius, gol­peándose con alegría las manos‑, y sois una buena alumna, Rosa, y ganaréis ciertamente vuestros cien mil florines.

‑No olvidéis ‑dijo riendo Rosa‑ que vuestra alumna, ya que me llamáis así, tiene todavía que apren­der otra cosa que el cultivo de los tulipanes.

‑Sí, sí, y estoy tan interesado como vos, bella Rosa, en que sepáis leer.

‑¿Cuándo comenzaremos?

‑Enseguida.

‑No, mañana.

‑¿Por qué mañana?

‑Porque hoy ya ha pasado nuestra hora, y es pre­ciso que os deje.

‑¡Ya! Pero ¿en qué leeremos? ‑¡Oh! ‑dijo Rosa‑. Tengo un libro, un libro que, espero, nos traiga felicidad.

‑¿Hasta mañana, pues?

‑Hasta mañana.

Al día siguiente, Rosa acudió con la Biblia de Cor­neille de Witt.


 

XVII
El Primer Bulbo

 

Al día siguiente, como hemos dicho, Rosa vino con la Biblia de Corneille de Witt.

Entonces comenzó entre el maestro y la alumna una de aquellas encantadoras escenas que son la alegría del novelista cuando tiene la dicha de hallarlas bajo la pluma.

El postigo, única abertura que servía de comunica­ción a los dos amantes, era demasiado elevado para que, los que hasta entonces se habían contentado con leerse mutuamente en el rostro todo lo que tenían que decir­se, pudieran leer cómodamente en el libro que Rosa había traído.

En consecuencia, la joven tuvo que apoyarse en el postigo, con la cabeza ladeada, el libro a la altura de la luz que sostenía con la mano derecha y que, para des­cansarla un poco, Cornelius ideó fijarla con un pañue­lo a la reja de hierro. Desde entonces, Rosa pudo seguir con sus dedos sobre el libro las letras y las silabas que le hacía deletrear Cornelius, el cual, provisto de una paja, a guisa de puntero, señalaba esas letras por el agu­jero del postigo a su atenta alumna.

La luz de aquella lámpara iluminaba los ricos colores de Rosa, sus azules y profundos ojos, sus rubias trenzas bajo el casco de oro bruñido que, como hemos dicho, sirve de tocado a las frisonas; sus dedos levanta­dos en el aire y de los que la sangre descendía, tomaban ese tono pálido y rosado que resplandece a las luces y que indica la vida misteriosa que se ve circular bajo la carne.

La inteligencia de Rosa se desarrollaba rápidamen­te bajo el contacto vivificante del espíritu de Cornelius y, cuando la dificultad parecía demasiado ardua, aque­llos ojos que se sumergían el uno en el otro, aquellas pestañas que se rozaban, aquellos cabellos que se mez­claban, despedían chispas relampagueantes capaces de alumbrar las mismas tinieblas del idiotismo.

Y Rosa, al descender a su cuarto, repasaba sola en su mente las lecciones de lectura, y al mismo tiempo en su alma las lecciones no confesadas del amor.

Una noche llegó media hora más tarde que de cos­tumbre.

Esta media hora de retraso constituía un suceso muy grave para que Cornelius no se informara antes que nada sobre la causa del mismo.

‑¡Oh! No me regañéis ‑imploró la joven‑, no ha sido por mi culpa. Mi padre ha renovado conocimien­to en Loevestein con un buen hombre que iba frecuen­temente a visitarlo en La Haya. Es un pobre diablo, amigo de la botella, y que cuenta divertidas historias, además de ser un gran pagador que no retrocede ante una invitación.

‑¿No le conocíais de antes? ‑preguntó Cornelius asombrado.

‑No ‑respondió la joven‑. Fue al cabo de unos quince días cuando mi padre se apasionó por ese recién llegado, tan asiduo en sus visitas.

‑¡Oh! ‑exclamó Cornelius moviendo la cabeza con inquietud, porque todo nuevo suceso presagiaba para él una catástrofe‑. Tal vez se trate de algún espía del tipo de los que envían a las fortalezas para vigilar conjuntamente a los prisioneros y a los guardianes.

‑No lo creo ‑contestó Rosa sonriendo‑. Si ese hombre espía a alguien, no es a mi padre.

‑¿A quién, entonces?

‑A mí, por ejemplo.

‑¿A vos?

‑¿Por qué no? ‑dijo riendo Rosa.

‑¡Ah! Es verdad ‑suspiró Cornelius‑. Vos no tendréis pretendientes siempre en vano, Rosa, y ese hombre puede convertirse en vuestro marido.

‑No digo que no.

‑¿Y en qué fundáis esta ventura?

‑Decid este temor, señor Cornelius.

‑Gracias, Rosa, porque tenéis razón; este temor...

‑Lo fundo en...

‑Escucho, decid ‑apremió Cornelius.

‑Este hombre había venido ya varias veces a la Buytenhoff, en La Haya; mirad, justo en el momento en que vos fuisteis encerrado allí. Salida yo, salió él a su vez; venida yo aquí, él viene. En La Haya tomaba como pretexto que quería veros.

‑¿Verme, a mí?

‑¡Oh! Un pretexto, seguramente, porque hoy que todavía podía hacer valer la misma razón, ya que vos os habéis convertido en el prisionero de mi padre, o más bien, mi padre se ha convertido en vuestro carcelero, no se acuerda ya de vos, sino al contrario. Le oí decir ayer a mi padre que no os conocía.

‑Continuad, Rosa, os lo ruego, que intento adivi­nar quién es ese hombre y qué quiere.

‑¿Estáis seguro, señor Cornelius, que ninguno de vuestros amigos puede interesarse por vos?

‑Yo no tengo amigos, Rosa, no tenía más que a mi nodriza, vos la conocéis y ella os conoce. ¡Ay! Esa pobre Zug vendría por sí misma y sin fingimientos diría llorando a vuestro padre o a vos misma: «Querido se­ñor, o querida señorita, mi niño está aquí, ved cuán desesperada estoy, dejádmelo ver una hora solamente y rogaré a Dios toda mi vida por vos.» ¡Oh, no! ‑conti­nuó Cornelius‑. ¡Oh, no! Aparte de mi buena Zug, no, no tengo amigos.

‑Vuelvo, pues, a lo que pensaba, tanto más cuan­to ayer, al ponerse el sol, cuando arreglaba la plataban­da donde debo plantar vuestro bulbo, vi una sombra que, por la puerta entreabierta, se deslizaba tras los saú­cos y los álamos. No tuve que mirarlo, era nuestro hombre. Se ocultó, me vio remover la tierra y, en ver­dad, era realmente a mí a quien había seguido; era real­mente a mí a quien espiaba. Me daba yo un golpe con el rastrillo, no tocaba un átomo de tierra, que él no se diera cuenta.

‑¡Oh, sí, sí! Es un enamorado ‑dijo Cornelius‑. ¿Es joven, es guapo?

Y miró ávidamente a Rosa, esperando impaciente su respuesta.

‑¡Joven, guapo...! ‑exclamó Rosa estallando de risa‑. Tiene un rostro horrible, el cuerpo encorvado; se acerca a los cincuenta años, y no se atreve a mirarme de frente ni a hablar alto.

‑¿Y se llama?

Jacob Gisels.

‑No le conozco.

‑Ya veis, entonces, que no es por vos por quien viene.

‑En todo caso, si él os ama, Rosa, lo que es muy probable, porque veros es amaros, ¿vos no le amáis?

‑¡Oh! ¡No por cierto!

‑¿Queréis que me tranquilice, no es eso?

‑Os lo prometo.

‑¡Pues bien! Ahora que comenzáis a saber leer,

Rosa, ¿leeréis todo lo que os escriba, verdad, sobre los tormentos de los celos y los de la ausencia?

‑Lo leeré si escribís con letra bien grande.

Luego, como el giro que tomaba la conversación comenzara a inquietar a Rosa, dijo:

‑A propósito, ¿cómo se porta vuestro tulipán?

Juzgad mi alegría, Rosa. Esta mañana lo miraba al sol, después de haber separado cuidadosamente la capa de tierra que cubre al bulbo, y he visto asomar la punta del primer brote; ¡ah, Rosa! Mi corazón se ha fundido de alegría. Esa imperceptible yema blancuzca, que un ala de mosca destrozaría al rozarla, esa sospe­cha de existencia que se revela por un incomprensi­ble testimonio, me ha emocionado más que la lectura de aquella orden de Su Alteza que me devolvía la vida deteniendo la espada del verdugo, sobre el patíbulo de la Buytenhoff.

‑Entonces ¿esperáis? ‑dijo Rosa sonriente.

‑¡Oh! ¡Sí, espero!

‑¿Y a mí, cuándo me llegará el turno de plantar mi bulbo?

‑Os avisaré cuando llegue el primer día favorable; pero, sobre todo, no vayáis a haceros ayudar por nadie, no confiéis vuestro secreto a nadie; un aficionado, ¿comprendéis?, sería capaz, con sólo inspeccionar ese bulbo, de reconocer su valor; y sobre todo, sobre todo, mi querida Rosa, guardad cuidadosamente la tercera cebolla que os queda.

‑Todavía está en el mismo papel donde vos la pu­sisteis y tal como me la disteis, señor Cornelius, escon­dida en el fondo de mi armario y bajo mis encajes que la conservan en seco sin alteraciones. Pero, adiós, pobre prisionero.

‑¿Cómo, ya?

‑Es preciso.

‑¡Venir tan tarde y marchar tan pronto!

‑Mi padre podría impacientarse al no verme regre­sar; el enamorado podría imaginarse que hay un rival.

Y escuchó, inquieta.

‑¿Qué os ocurre? ‑preguntó Van Baerle.

‑Me ha parecido oír...

‑¿Qué?

‑Algo como un paso que crujía en la escalera.

‑En efecto ‑dijo el prisionero‑, no puede ser otro que Gryphus. Se le oye de lejos.

‑No, no es mi padre, estoy segura, pero...

‑Pero...

‑Podría ser el señor Jacob.

Rosa se lanzó hacia la escalera, y se oyó, en efecto, una puerta que se cerraba rápidamente antes de que la joven hubiera descendido los diez primeros escalones.

Cornelius se quedó muy quieto, pero esto no era para él más que un preludio.

Cuando la fatalidad comienza a realizar una mala obra, es raro que no prevenga caritativamente a su víc­tima, como un espadachín hace con su adversario para darle tiempo a ponerse en guardia.

Casi siempre, estos avisos emanan del instinto del hombre o de la complicidad de los objetos inanimados, a menudo menos inanimados de lo que generalmente se cree; casi siempre, decimos nosotros, estos avisos se desatienden. El golpe ha silbado en el aire y cae sobre una cabeza a la que ese silbido hubiera debido de adver­tir, y que, advertida, habría tenido que precaverse.

El día siguiente transcurrió sin que nada notable se señalara. Gryphus hizo sus tres visitas. No descubrió nada. Cuando oía venir a su carcelero ‑con la esperan­za de sorprender los secretos de su prisionero, Gryphus no acudía nunca a las mismas horas‑, Van Baerle, con la ayuda de un mecanismo que había inventado, y que se parecía a aquellos con ayuda de los cuales se suben y descienden los sacos de trigo en las granjas, hacía descender su vasija por debajo de la cornisa de tejas prime­ro, y luego de las piedras que había por debajo de su ventana. En cuanto a los hilos, con ayuda de los cuales realizaba el movimiento, nuestro mecánico había halla­do el modo de ocultarlos entre los musgos que vegeta­ban en las tejas y en los huecos de las piedras.

Gryphus no veía ni podía sospechar nada.

Este manejo tuvo éxito durante ocho días.

Pero una mañana que Cornelius, absorto en la con­templación de su bulbo, en donde aparecía ya un pun­to de vegetación, no había oído subir al viejo Gryphus ‑hacía mucho viento aquel día y todo crujía en el to­rreón‑, la puerta se abrió de repente, y Cornelius fue sorprendido con su vasija entre las rodillas.

Gryphus, viendo un objeto desconocido, y por con­secuencia prohibido en manos de su prisionero, se lan­zó sobre el objeto con más rapidez que el halcón sobre su presa.

El azar o aquella habilidad fatal que el espíritu del mal concede a veces a los seres maléficos, hizo que su gruesa mano callosa se posara desde el principio en medio de la vasija, sobre la porción de tierra deposita­ria de la preciosa cebolla, aquella mano rota por encima de la muñeca y que Cornelius van Baerle le había arre­glado tan bien.

‑¿Qué tenéis ahí? ‑gritó.

Y hundió su mano en la tierra.

‑¿Yo? ¡Nada, nada! ‑exclamó Cornelius muy tembloroso.

‑¡Ah! ¡Una vasija! ¡Tierra! ¡Hay algún secreto oculto aquí! .

‑¡Cuidado, señor Gryphus! ‑suplicó Van Baerle, inquieto como la perdiz a la que el segador acaba de quitarle su pollada.

Y es que Gryphus comenzaba a escarbar en la tie­rra con sus ganchudos dedos.

‑¡Señor, señor! ¡Tened cuidado! ‑imploró Corne­lius palideciendo.

‑¿A qué? ¡Voto a Dios! ¿A qué? ‑aulló el carce­lero.

‑¡Tened cuidado, os digo! ¡Vais a lastimarlo!

Y con un rápido movimiento, casi desesperado, arrancó de las manos del carcelero la vasija, que ocultó como un tesoro bajo el amparo de sus dos brazos.

Pero Gryphus, testarudo como viejo, y cada vez más convencido de que acababa de descubrir una cons­piración contra el príncipe de Orange, corrió hacia su prisionero con el garrote levantado, y viendo la impa­sible resolución del cautivo en proteger su recipiente de flores, comprendió que Cornelius temblaba mucho menos por su cabeza que por su vasija.

Trató, pues, de arrancársela a viva fuerza.

‑¡Ah! ‑decía el carcelero furioso‑. Ved que os estáis rebelando.

‑¡Dejadme mi tulipán! ‑gritaba Van Baerle.

‑Sí, sí, tulipán ‑replicaba el viejo‑. Conocemos las tretas de los prisioneros.

‑Pero yo os juro...

‑Soltad ‑repetía Gryphus pataleando‑. Soltad, o llamo a la guardia.

‑Llamad a quien queráis, pero no obtendréis esta pobre flor más que con mi vida.

Gryphus, exasperado, hundió sus dedos por segun­da vez en la tierra, y esta vez sacó el bulbo todo negro, y mientras Van Baerle se sentía feliz por haber salva­do el continente, no imaginándose que su adversario poseía el contenido, Gryphus lanzó violentamente el bulbo reblandecido que se aplastó sobre la baldosa y desapareció casi enseguida triturado, casi convertido en papilla, bajo el grueso zapato del carcelero.

Van Baerle vio el crimen, entrevió los restos húme­dos, comprendió aquella alegría feroz de Gryphus y lanzó un grito desesperado que conmovió a ese carce­lero asesino que, unos años antes, había matado la ara­ña de Pellison.

La idea de golpear a aquel mal hombre cruzó como un relámpago por el cerebro del tulipanero. El fuego y la sangre le subieron conjuntamente hasta la frente, le cega­ron, y levantó con sus dos manos la pesada vasija con toda la inútil tierra que quedaba en ella. Un instante más, y la dejaría caer sobre el calvo cráneo del viejo Gryphus.

Un grito le detuvo, un grito lleno de lágrimas y de angustia, el grito que lanzó detrás del enrejado del pos­tigo la pobre Rosa, pálida, temblorosa, con los brazos elevados al cielo y colocada entre su padre y su amigo.

Cornelius arrojó la vasija que se rompió en mil pe­dazos con un estrépito terrible.

Y entonces, Gryphus comprendió el peligro que acababa de correr y se entregó a terribles amenazas.

‑¡Oh! ‑exclamó Cornelius‑. Es preciso que seáis un hombre muy cobarde y muy villano para arrancarle a un pobre prisionero su único consuelo, una cebolla de tulipán.

‑¡Apartaos, padre mío! ‑añadió Rosa‑. Es un crimen lo que acabáis de cometer.

‑¡Ah! Sois vos, cotorra ‑gritó el viejo hirviendo de cólera, volviéndose hacia su hija‑. Meteos en lo que os importe, y, sobre todo, bajad enseguida.

‑¡Desgraciado! ¡Desgraciado! ‑continuaba Cor­nelius desesperado.

‑Después de todo, no se trata más que de, un tuli­pán ‑añadió Gryphus un poco avergonzado‑. Os daremos tantos tulipanes como deseéis, tengo trescien­tos en mi desván.

‑¡Al diablo vuestros tulipanes! ‑exclamó Corne­lius‑. No valen más de lo que vos mismo valéis. ¡Oh! ¡Cien mil millones de millones! Si los tuviera, los daría por el que habéis aplastado.

‑¡Ah! ‑exclamó Gryphus triunfante‑. Ya veis que no es un tulipán lo que vos teníais. Ya veis que en esta falsa cebolla había alguna brujería, tal vez un me­dio de correspondencia con los enemigos de Su Alteza, que os perdonó. Ya decía yo que se había equivocado al no cortaros el cuello.

‑¡Padre mío! ¡Padre mío! ‑exclamaba Rosa.

‑¡Pues bien! ¡Tanto mejor! ¡Tanto mejor! ‑repe­tía Gryphus animándose‑. Yo lo he destruido, yo lo he destruido. ¡Y así lo haré cada vez que vos comencéis de nuevo! ¡Ah! Ya os había avisado, mi guapo amigo, que os haría la vida dura.

‑¡Maldito! ¡Maldito! ‑gritó Cornelius mientras completamente desesperado revolvía con sus dedos temblorosos los últimos vestigios de su bulbo, cadáver de tantas alegrías y tantas esperanzas.

‑Plantaremos el otro mañana, querido señor Cor­nelius ‑dijo en voz baja Rosa, que comprendía el in­menso dolor del tulipanero y que lanzó ‑corazón san­to‑ aquellas dulces palabras como una gota de bálsamo en la herida sangrante de Cornelius.


 

XVIII
El Enamorado De Rosa

 

Apenas había pronunciado Rosa aquellas palabras de consuelo a Cornelius, cuando se oyó en la escalera una voz que pedía a Gryphus noticias de lo que ocurría.

‑Padre mío ‑dijo Rosa‑, ¿oís?

‑¿Qué?

‑El señor Jacob os llama. Está inquieto.

‑Se ha hecho tanto ruido ‑exclamó Gryphus‑. ¡Se hubiera dicho que este sabio me estaba asesinando! ¡Ah! ¡Cuánto daño proporcionan siempre los sabios!

Luego, señalando con el dedo la escalera a Rosa, ordenó:

‑¡Caminad por delante, señorita! ‑y cerrando la puerta, acabó‑: Ya voy con vos, amigo Jacob.

Y Gryphus salió, llevándose a Rosa y dejando en su soledad y en su amargo dolor al pobre Cornelius que murmuraba:

‑¡Oh! Tú eres el que me has asesinado, viejo ver­dugo. ¡No sobreviviré a esto!

Y, en efecto, el pobre prisionero cayó enfermo sin ese contrapeso que la Providencia había puesto en su vida y que se llamaba Rosa.

Por la noche, regresó la joven.

Su primera palabra fue para anunciar a Cornelius que de allí en adelante su padre no se oponía a que él cultivara flores.

‑¿Y cómo sabéis esto? ‑preguntó el prisionero con aire doliente a la joven.

‑Lo sé porque lo ha dicho.

‑¿Para engañarme, tal vez?

‑No, se arrepiente.

‑¡Oh! Sí, pero demasiado tarde.

‑Este arrepentimiento no le ha venido de sí mismo.

‑¿Y cómo le ha venido, pues?

‑¡Si vos supierais cuánto le ha reñido su amigo!

‑¡Ah! El señor Jacob. ¿No os deja, pues, ese caba­llero?

‑En todo caso, nos deja lo menos que puede.

Y sonrió de tal forma que aquella pequeña nube de celos que había oscurecido la frente de Cornelius se disipó.

‑¿Cómo ha ocurrido? ‑preguntó el prisionero con interés.

‑Pues bien, interrogado por su amigo, mi padre, a la hora de cenar le contó la historia del tulipán o más bien del bulbo, y la bonita explosión que hizo al aplas­tarse.

Cornelius lanzó un suspiro que podía pasar por un gemido.

‑¡Si hubierais visto en aquel momento a maese Ja­cob...! ‑continuó Rosa‑. En verdad, creí que iba a pegar fuego a la fortaleza; sus ojos eran dos antorchas ardientes, sus cabellos se erizaron, crispaba sus puños. Por un instante creí que quería estrangular a mi padre. «¿Vos habéis hecho esto ‑gritó‑, vos habéis aplastado el bul­bo?» «Sin duda», dijo mi padre. «¡Esto es una infamia! ‑continuó‑, ¡es odioso! ¡Es un crimen lo que habéis co­metido!», aulló Jacob. Mi padre se quedó estupefacto. «¿Es que vos también estáis loco?», preguntó a su amigo.

‑¡Oh! Es un hombre digno, ese Jacob ‑murmu­ró Cornelius‑. Un corazón honrado, un alma escogida.

‑Lo cierto es que resulta imposible tratar a un hombre más duramente de lo que él ha tratado a mi padre ‑añadió Rosa‑. Por su parte, sentía una verda­dera desesperación; repetía sin cesar: «Aplastado, el bul­bo aplastado; ¡oh, Dios mío, Dios mío! ¡Aplastado!», luego, volviéndose hacia mí, me preguntó: «¿Pero no sería el único que tenía?»

‑¿Os ha preguntado eso? ‑inquirió Cornelius, prestando atención.

‑«¿Vos creéis que no era el único?», dijo mi padre. «Bueno, buscaremos los otros.» «Vos buscaréis los otros», gritó Jacob cogiendo a mi padre por el cuello; pero enseguida lo soltó. Y luego, volviéndose hacia mí, preguntó: «¿Y qué ha dicho el pobre hombre?» Yo no sabía qué responder. Vos me habíais recomendado que no dejase de sospechar jamás el interés que teníais en ese bulbo. Afortunadamente mi padre me sacó del aprieto. «¿Lo que ha dicho...? Se puso furioso.» «¿Cómo no iba a estar furioso ‑le dije‑, si vos fuisteis tan injusto y tan brutal?» «¡Vaya! Pero ¿están todos locos? ‑gritó mi padre a su vez‑. ¡Por haber aplastado una cebolla de tulipán!; las hay a centenares por un florín en el mer­cado de Gorcum.» «Pero tal vez menos preciosos que éste», tuve la desgracia de responder.

‑¿Y qué dijo Jacob a esas palabras? ‑preguntó Cornelius.

‑Debo confesar que, a esas palabras, me pareció que su mirada lanzaba destellos.

‑Sí ‑apremió Cornelius‑. Pero esto no sería todo. ¿Dijo algo?

‑Dijo con voz melosa: «Así pues, bella Rosa, ¿vos creéis que esa cebolla era preciosa?» Entonces comprendí que había cometido una falta. «¿Qué sé yo? ‑respondí negligentemente‑. ¿Acaso conozco los tulipanes? Solamente sé que, por desgracia, estamos condenados a vivir con los prisioneros... y sé que para este prisionero cons­tituía todo su pasatiempo. El pobre señor Van Baerle se entretenía con esa cebolla. Y por ello digo que es una crueldad quitarle esa diversión.» «Pero, en primer lugar, ‑dijo entonces mi padre‑ ¿cómo se había procurado esa cebolla? Esto es lo que me gustaría saber.» Desvié la mirada para evitar la de mi padre. Pero me topé con los ojos de Jacob. Se diría que deseaba perseguir mi pensa­miento hasta el fondo de mi corazón. Un gesto displicen­te exime a menudo una respuesta. Me encogí de hom­bros, me volví de espaldas y me dirigí hacia la puerta. Pero me detuve al oír pronunciar una palabra que oí en voz baja. Jacob le dijo a mi padre: «No es cosa difícil ase­gurarse, pardiez. Es cuestión de registrarle, y si tiene los otros bulbos los hallaremos. Generalmente, hay tres.»

‑¡Hay tres! ‑exclamó Cornelius‑. ¡Dijo que ha­bía tres bulbos!

‑Podéis comprender que la frase me asombró tan­to como a vos ahora. Me volví. Estaban los dos tan ocu­pados que no vieron mi movimiento. «Pero ‑dijo mi padre‑ tal vez no tenga sus cebollas consigo.» «Enton­ces sacadle de la celda con un pretexto cualquiera. Du­rante ese tiempo, yo la registraré», concluyó Jacob.

‑¡Oh! ¡Oh! ‑exclamó Cornelius‑. Pero vuestro maese Jacob es un bandido.

‑Tengo miedo.

‑Decidme, Rosa ‑continuó Cornelius, pensati­vo‑. ¿No me habéis contado que el día en que prepa­rabais vuestra platabanda, ese hombre os había seguido?

‑Sí.

‑¿Que se había deslizado como una sombra tras los saúcos?

‑Sin duda.

‑¿Que no había perdido ni uno de vuestros golpes de rastrillo?

‑Ni uno.

‑Rosa... ‑dijo Cornelius palideciendo.

‑No era a vos a quien seguía.

‑¿A quién, pues?

‑No es de vos de quien está enamorado.

‑¿De quién, entonces?

‑Era a mi bulbo a quien seguía; es de mi tulipán de quien está enamorado.

‑¡Ah! ¡Naturalmente! Eso podría ser ‑exclamó Rosa.

‑¿Queréis aseguraros?

‑¿Cómo?

‑¡Oh! Es cosa fácil.

‑Decidme.

‑Id mañana al jardín; procurad, como la primera vez, que Jacob sepa que vais allí. Procurad, como la primera vez, que os siga; haced el ademán de enterrar el bulbo, salid del jardín, pero mirad a través de la puer­ta, y ved lo que hace.

‑¡Bien! Pero ¿y después?

‑¿Después? Según él actúe, actuaremos nosotros.

‑¡Ah! ‑exclamó Rosa lanzando un suspiro‑. Realmente, amáis mucho a vuestras cebollas, señor Cornelius.

‑El hecho es ‑dijo el prisionero con un suspiro­ que, desde que vuestro padre aplastó ese desgraciado bulbo, me parece que una parte de mi vida se ha para­lizado.

‑¡Veamos! ‑indicó Rosa‑. ¿Queréis intentar otra cosa todavía?

‑¿Qué?

‑¿Queréis aceptar la proposición de mi padre?

‑¿Qué proposición?

‑Os ha ofrecido cebollas de tulipanes por centenares.

‑Es verdad.

‑Aceptad dos o tres, y en medio de estas dos o tres cebollas, podéis criar el tercer bulbo.

‑Sí, no estaría mal ‑aprobó Cornelius con el ceño fruncido‑ si vuestro padre estuviera solo; pero ese otro, ese Jacob, que nos espía...

‑¡Ah! Es cierto. Sin embargo, ¡reflexionad! Os priváis aquí, lo veo, de una gran distracción.

Y pronunció estas palabras con una sonrisa que no estaba enteramente exenta de ironía.

En efecto, Cornelius reflexionó un instante, y era fácil de comprender que luchaba contra un gran deseo.

‑¡Pues bien! ¡No! ‑exclamó estoicamente‑. ¡No, esto sería una debilidad, una locura, una cobardía! Si así entrego a todas las malvadas oportunidades de la cólera y de la envidia el último recurso que nos queda, sería un hombre indigno de perdón. ¡No, Rosa, no! Mañana to­maremos una resolución respecto a vuestro tulipán; lo cultivaréis según mis instrucciones; y en cuanto al tercer bulbo ‑suspiró profundamente‑, en cuanto al tercero, ¡guardadlo en vuestro armario! Guardadlo como el ava­ro guarda su primera o su última moneda de oro, como la madre guarda a su hijo, como el herido guarda la úl­tima gota de sangre de sus venas; ¡guardadlo, Rosa! ¡Algo me dice que en él está nuestra salvación, que en él está nuestra riqueza! ¡Guardadlo! Y si el fuego del cielo cayera sobre Loevestein, juradme, Rosa, que en lugar de vuestros anillos, de vuestras joyas, de este her­moso casco de oro que enmarca tan bien vuestro rostro, juradme, Rosa, que os llevaríais este último bulbo que encierra mi tulipán negro.

‑Estad tranquilo, señor Cornelius ‑asintió Rosa con una dulce mezcla de tristeza y de solemnidad‑. Estad tranquilo, vuestros deseos son órdenes para mí.

‑E incluso ‑continuó el joven enardeciéndose cada vez más‑, si percibieseis que erais seguida, que se espían vuestros pasos, que vuestras conversaciones des­piertan las sospechas de vuestro padre o de ese espan­toso Jacob a quien detesto, ¡pues bien!, Rosa, sacrificad­me enseguida, a mí que no vivo más que para vos, que no tengo a nadie más que a vos en el mundo, sacrificad­me... no me veáis más.

Rosa sintió oprimírsele el corazón en su pecho; las lágrimas brotaron de sus ojos.

‑¡Ay! ‑exclamó.

‑¿Qué? ‑preguntó Cornelius.

‑Veo una cosa.

‑¿Qué veis?

‑Veo ‑dijo la joven estallando en sollozos‑, veo que vos amáis tanto a los tulipanes, que no queda lugar en vuestro corazón para otros afectos.

Y huyó.

Cornelius pasó una de las peores noches que jamás había pasado.

Ahora, ¿cómo vamos a explicar este extraño carác­ter a los tulipaneros perfectos como los que todavía existen en este mundo?

Lo confesamos para vergüenza de nuestro héroe y de la horticultura; de sus dos amores, el que Cornelius sentía más inclinado a lamentar, era el de Rosa; y cuan­do hacia las tres de la madrugada se durmió cansado de sus afanes, atormentado por los temores, lleno de re­mordimientos, el gran tulipán negro cedió el primer lugar, en sus sueños, a los bellos ojos azules de la rubia frisona.


 

XIX
La Mujer Y La Flor

 

Pero la pobre Rosa, encerrada en su habitación, no podía saber en qué o con quién soñaba Cornelius.

Por consiguiente, después de lo que él le había dicho, Rosa se sentía más inclinada a creer que pensaba más en su tulipán que en ella, y, sin embargo, se engañaba.

Pero como nadie estaba allí para decirle que se en­gañaba, y las palabras imprudentes de Cornelius habían caído sobre su alma como gotas de veneno, Rosa no soñaba, lloraba.

En efecto, como Rosa era una criatura de espíritu elevado, de sentir recto y profundo, se hacía justicia a sí misma, no en cuanto a sus cualidades morales y físicas, sino en cuanto a su posición social.

Cornelius era sabio, Cornelius era rico, o por lo menos lo había sido antes de la confiscación de sus bie­nes; Cornelius pertenecía a aquella burguesía del comer­cio, más orgullosa de sus rótulos pintados en las tiendas, convertidos en blasón, de lo que había estado jamás la nobleza de raza de sus escudos hereditarios. Cornelius podía, pues, considerar a Rosa buena para una distrac­ción, pero seguramente cuando se tratara de empeñar el corazón, sería más bien a un tulipán, es decir, a la más noble y más orgullosa de las flores a quien se lo empe­ñaría, que a Rosa, la humilde hija de un carcelero.

Comprendía, pues, esta preferencia que Cornelius concedía al tulipán negro sobre ella, pero no estaba menos desesperada porque lo comprendiera.

Así pues, Rosa tomó una resolución durante aquella noche terrible, durante aquella noche de insomnio. Esta resolución consistía en no volver nunca más al postigo.

Mas como sabía el ardiente deseo que sentía Corne­lius por tener noticias de su tulipán, mas como no que­ría exponerse a ver de nuevo a un hombre por el que sen­tía acrecentarse su piedad hasta el punto de que después de haber pasado por la simpatía, esta piedad se encami­naba recta y a grandes pasos hacia el amor; mas como no quería que ese hombre se desesperara, resolvió proseguir sola las lecciones de lectura y escritura comenzadas, pues felizmente había llegado a un punto de su aprendizaje en que ya no le hubiera sido necesario un maestro si ese maestro no se hubiese llamado Cornelius.

Rosa, pues, se puso a leer con encarnizamiento en la Biblia del pobre Corneille de Witt, en la segunda pági­na, convertida en primera después que la otra fue arran­cada, donde estaba escrito el testamento de Cornelius van Baerle.

«¡Ah! ‑murmuraba para sí releyendo este testa­mento que nunca terminaba sin que una lágrima, perla de amor, rodara de sus ojos límpidos por sus pálidas mejillas‑. ¡Ah! En ese tiempo creí, sin embargo, por un instante que él me amaba.»

¡Pobre Rosa! Se equivocaba. Jamás el amor del pri­sionero había sido real hasta el momento, ya que, como hemos dicho con vergüenza, en la lucha entre el gran tulipán negro y Rosa, era el gran tulipán negro el que había sucumbido.

Pero Rosa, repitámoslo, ignoraba la derrota del gran tulipán negro.

Así pues, terminada su lectura, operación en la cual Rosa había realizado grandes progresos, cogía la pluma y se dedicaba con encarnizamiento no menos loable a la obra bastante más difícil de la escritura.

Pero en fin, como Rosa escribía ya casi legiblemente el día en que Cornelius había dejado hablar a su cora­zón tan imprudentemente, no desesperó de realizar unos progresos bastante rápidos para dar noticias de su tulipán al prisionero en ocho días lo más tarde.

No había olvidado ni una palabra de las recomenda­ciones que le había hecho Cornelius. Por otra parte, Rosa no olvidaba nunca una palabra de lo que decía el joven, incluso cuando lo que le decía no tomaba la apa­riencia de una recomendación.

Por su parte, él se despertó más enamorado que nunca. El tulipán estaba todavía luminoso y vivo en su pensamiento; pero finalmente, no lo veía ya como un tesoro al que debiera sacrificarlo todo, incluso a Rosa; sino como una flor preciosa, una maravillosa combina­ción de la Naturaleza y del arte, que Dios le concedía para el corpiño de su dueña.

Sin embargo, durante toda la jornada le persiguió una vaga inquietud. Se parecía a aquellos hombres cuyo espíritu es lo bastante fuerte para olvidar momentánea­mente que un gran peligro les amenaza por la noche o al día siguiente. Una vez vencida la preocupación, viven una vida ordinaria. Solamente, de cuando en cuando, ese peligro olvidado les muerde el corazón de repente con su agudo diente. Se sobresaltan, se preguntan por qué se han sobresaltado, y luego, recordando lo que habían olvidado, dicen con un suspiro:

‑¡Oh, sí! ¡Es esto!

El esto de Cornelius era el temor de que Rosa no viniera aquella noche como de costumbre.

Y a medida que la tarde avanzaba, la preocupación se hacía más viva y más presente, hasta que al fin esta preocupación se apoderó de todo el cuerpo de Corne­lius, y no hubo nada más que viviera en él.

Así pues, saludó la oscuridad con un fuerte latido de su corazón; a medida que la oscuridad crecía, las palabras que había dicho la víspera a Rosa, y que tanto habían afligido a la pobre chica, se hacían más presentes en su mente; y se preguntaba cómo había podido decir a su consoladora que la sacrificaba a su tulipán, es decir, a renunciar a verla si era preciso, cuando en él la vista de Rosa se había convertido en una necesidad de su vida.

En la celda de Cornelius se oían sonar las horas del reloj de la fortaleza. Dieron las siete, las ocho, luego las nueve. Nunca un timbre de bronce vibró más profun­damente en el fondo de un corazón como lo hizo el martillo al golpear por novena vez señalando esta hora.

Después, todo quedó en silencio. Cornelius apoyó la mano sobre su corazón para ahogar los latidos, y escuchó.

El rumor del paso de Rosa, el roce de su ropa en los peldaños de la escalera, le eran tan familiares que, des­de el primer escalón subido por ella, se decía:

«¡Ah! Ya viene Rosa.»

Aquella noche, ningún ruido turbó el silencio del corredor; el reloj señaló las nueve y cuarto. Luego, en dos sonidos diferentes, las nueve y media; después las nueve y tres cuartos; y finalmente, con su voz grave anunció no sólo a los huéspedes de la fortaleza, sino también a los habitantes de Loevestein, que eran las diez.

Aquella era la hora en la que Rosa abandonaba ha­bitualmente a Cornelius. Había sonado la hora, y Rosa no había venido todavía.

Así pues, sus presentimientos no le habían engaña­do: Rosa, irritada, se encerraba en su habitación y le abandonaba.

‑¡Oh! Realmente me he merecido lo que me suce­de ‑dijo Cornelius en voz alta‑. Ya no vendrá, y hará bien; en su lugar, yo hubiera hecho lo mismo.

Mas a pesar de esto, Cornelius escuchaba, esperaba, y seguía esperando.

Escuchó y esperó hasta la medianoche, pero a me­dianoche dejó de esperar y, completamente vestido, y con el corazón transido de dolor, se echó sobre el lecho.

La noche fue larga y triste, hasta la llegada del día; pero el día no trajo ninguna esperanza al prisionero.

A las ocho de la mañana se abrió la puerta; pero Cornelius ni siquiera giró la cabeza; había oído el paso pesado de Gryphus en el corredor, pero había percibi­do perfectamente que ese paso se aproximaba solo.

Ni siquiera miró hacia el carcelero.

Y, sin embargo, hubiera querido interrogarle para pedirle noticias de Rosa. Estuvo a punto, por extraña que esta demanda le hubiera parecido al padre de la joven, de hacerle esta pregunta. Esperaba, en su egoísmo, que Gryphus le respondería que su hija estaba enferma.

A menos que hubiera algún suceso extraordinario, Rosa no venía nunca durante la jornada. Cornelius, mientras duró el día, no esperaba, pues, nada en reali­dad. Sin embargo, en sus súbitos sobresaltos, en su oído tendido hacia la puerta, en su rápida mirada interrogan­do al postigo, se comprendía que el prisionero tenía la sorda esperanza de que Rosa cometiera una alteración en sus costumbres.

A la segunda visita de Gryphus, Cornelius, contra su costumbre, solicitó al viejo carcelero, con su voz más dulce, noticias sobre su salud; pero Gryphus, lacónico como un espartano, se limitó a responder:

‑Va bien.

En la tercera visita, Cornelius varió la pregunta.

‑¿No hay nadie enfermo en Loevestein? ‑pre­guntó.

‑¡Nadie! ‑contestó Gryphus más lacónicamente todavía que la primera vez, cerrando la puerta en las narices del prisionero.

Gryphus, mal acostumbrado a semejantes afabilida­des por parte de Cornelius, había imaginado de parte de su prisionero un comienzo de tentativa de corrupción.

Cornelius volvió a encontrarse solo; eran las siete de la tarde. Entonces se renovaron en un grado más intenso que la víspera las angustias que hemos intentado des­cribir.

Pero, como la víspera, las horas transcurrieron sin traer la dulce visión que alumbraría, a través del posti­go, el calabozo del pobre Cornelius, y que, al retirarse, dejaría allí la luz durante todo el tiempo de su ausencia.

Van Baerle pasó la tarde en una verdadera desespera­ción. Al día siguiente, Gryphus le pareció más feo, más brutal, más desesperante todavía que de costumbre: le había cruzado por la mente o más bien por el corazón, la esperanza de que era él el que impedía venir a Rosa.

Le entraron unos deseos feroces de estrangular a Gryphus; pero con Gryphus estrangulado por Corne­lius, todas las leyes divinas y humanas impedirían a Rosa volver a ver jamás a Cornelius.

El carcelero escapó pues, sin imaginárselo, a uno de los más grandes peligros que hubiera corrido jamás en su vida.

Llegó la noche, y la desesperación se tornó en melan­colía; esta melancolía era tanto más sombría por cuanto que, a pesar de Van Baerle, los recuerdos de su pobre tulipán se mezclaban al dolor que experimentaba. Se ha­bía llegado justamente a aquella época del mes de abril en que los jardineros más expertos indican como el momen­to preciso para la plantación de los tulipanes; había dicho a Rosa: «yo os indicaré el día en que deberéis meter el bulbo en la tierra». Ese día debía fijarlo mañana para el atardecer siguiente. El tiempo era bueno, la atmósfera, aunque todavía un poco húmeda, comenzaba a estar atemperada por esos pálidos rayos del sol de abril que, llegando los primeros, parecen tan suaves, a pesar de su palidez. Pensó que Rosa iba a dejar pasar el tiempo de la plantación. Si al dolor de no ver a la joven se unía el de ver abortar el bulbo, por haber sido plantado demasiado tar­de, ¡o incluso por no haber sido plantado...!

Con estos dos dolores reunidos, había ciertamente para perder el apetito.

Que fue lo que sucedió al cuarto día.

Daba lástima ver a Cornelius, mudo de dolor y pá­lido de inanición, inclinarse fuera de la ventana enreja­da, con el peligro de no poder retirar su cabeza de los barrotes, para tratar de percibir a la izquierda el peque­ño jardín del que le había hablado Rosa, y cuyo parape­to confinaba, según le había dicho, con el río, y todo ello con la esperanza de descubrir, bajo esos primeros rayos del sol de abril, a la joven o al tulipán, sus dos amores desgraciados.

Por la tarde, Gryphus se llevó el desayuno y la co­mida de Cornelius; éste apenas los había tocado.

Al día siguiente, no los tocó en absoluto, y Gryphus descendió los comestibles destinados a esas dos comi­das, completamente intactos.

Cornelius no se había levantado en toda la jornada.

‑Bueno ‑comentó Gryphus al descender después de la última visita‑, creo que vamos a vernos desemba­razados del sabio.

Rosa se sobresaltó.

‑¡Bah! ‑exclamó Jacob‑. ¿Por qué?

‑Ya no bebe, ya no come, no se levanta... ‑expli­có Gryphus‑. Como el señor Grotius, saldrá de aquí en un cofre, sólo que ese cofre será un ataúd.

Rosa se puso pálida como la muerte.

«¡Oh! ‑murmuró para sí‑. Ya comprendo; está inquieto por su tulipán.»

Y levantándose completamente deprimida, entró en su habitación, donde cogió pluma y papel, y durante toda la noche se ejercitó en trazar unas letras.

Al día siguiente, al levantarse para arrastrarse hasta la ventana, Cornelius percibió un papel que habían des­lizado por la noche bajo la puerta de su calabozo.

Se lanzó sobre el papel, lo abrió, y leyó, con una escritura que apenas pudo reconocer como pertenecien­te a Rosa, de tanto como había mejorado durante aque­lla ausencia de siete días:

Estad tranquilo, vuestro tulipán se porta bien.

Aunque aquella pequeña frase de Rosa calmara una parte de los dolores de Cornelius, no fue por ello menos sensible a la ironía. Así pues, era realmente eso, Rosa no estaba enferma en absoluto, Rosa estaba herida; no era por la fuerza por lo que Rosa no venía, sino que había permanecido voluntariamente alejada de Cornelius.

Así pues, Rosa libre, Rosa hallaba en su voluntad la fuerza de no venir a ver al que se moría de pena por no haberla visto.

Cornelius tenía papel y un lápiz que le había traído Rosa. Comprendió que la joven esperaba una respues­ta, pero que no vendría a buscar esta respuesta hasta la noche. En consecuencia, escribió sobre un papel pare­cido al que había recibido:

No es la inquietud que me causa el tulipán lo que me pone enfermo; es la pena que experimento por no veros.

Luego, una vez que Gryphus hubo salido, y llegada la noche, deslizó el papel bajo la puerta y escuchó.

Pero, por mucha atención que puso, no oyó ni el paso ni el rozamiento de la ropa de la hija del carcelero.

No oyó más que una voz débil como un suspiro, y dulce como una caricia, que le lanzaba por el postigo estas dos palabras:

‑Hasta mañana.

Mañana... era el octavo día.

Durante ocho días, Cornelius y Rosa no se habían visto.


 

XX
Lo Que Había Ocurrido Durante
Esos Ocho Días

 

Al día siguiente, en efecto a la hora habitual, Van Baerle oyó rascar en su postigo como tenía Rosa por costumbre hacer durante los felices días de su amistad.

Imaginamos que Cornelius no se hallaba lejos de esta puerta a través de cuyo enrejado iba a volver a ver, por fin, el encantador rostro desaparecido desde hacía tantos días.

Rosa, que esperaba con su lámpara en la mano, no pudo retener un estremecimiento cuando vio al prisio­nero tan triste y pálido.

‑¿Sufrís, señor Cornelius? ‑preguntó.

‑Sí, señorita ‑respondió Cornelius‑, sufro de espíritu y de cuerpo.

‑Ya he visto, señor, que no coméis ‑dijo Rosa‑. Mi padre me ha dicho que no os levantáis; por eso os he escrito, para tranquilizaros sobre la suerte del precioso objeto de vuestras inquietudes.

‑Y yo ‑replicó Cornelius‑ os he contestado. Creía, al veros venir, querida Rosa, que habíais recibi­do mi carta.

‑Es verdad, la he recibido.

‑No daréis por excusa esta vez que no sabéis leer. No sólo leéis correctamente, sino que también habéis aprovechado enormemente las lecciones de escritura.

‑En efecto, no solamente he recibido, sino que también he leído vuestra nota. Por eso es por lo que he venido, para ver si habría algún medio para devolveros la salud.

‑¡Devolverme la salud! ‑exclamó Cornelius‑. Entonces ¿tenéis alguna buena noticia que darme?

Y al hablar así, el joven clavaba en Rosa dos ojos brillantes de esperanza.

Sea que ella no comprendiera esa mirada, sea que no quisiera comprenderla, la joven respondió gravemente:

‑Solamente puedo hablaros de vuestro tulipán que es, como sé, la más grave preocupación que vos tenéis.

Rosa pronunció estas pocas palabras con un acento helado que hizo sobresaltar a Cornelius.

El celoso tulipanero no comprendía todo lo que ocultaba, bajo el velo de la indiferencia, la pobre niña siempre a la greña con su rival, el adorado tulipán negro.

‑¡Ah! ‑murmuró Cornelius‑. ¡Todavía, todavía! Rosa, no os he dicho, ¡Dios mío!, que no pienso más que en vos, que era a vos sola a quien echaba de menos, vos sola quien me faltaba, vos sola quien, con vuestra ausen­cia, me retiraba el aire, el día, el calor, la luz, la vida.

Rosa sonrió melancólicamente.

‑¡Ah! ‑dijo‑. Es que vuestro tulipán ha corrido un peligro muy grande.

Cornelius se sobresaltó a su pesar, y se dejó coger en la trampa si es que aquello lo era.

‑¡Un peligro muy grande! ‑exclamó tembloro­so‑. Dios mío, ¿cuál?

Rosa le miró con una dulce compasión, sintiendo que lo que ella quería estaba por encima de las fuerzas de aquel hombre, y que había que aceptar a éste con su debilidad.

‑Sí ‑dijo‑. Adivinasteis precisamente que el pre­tendiente amoroso, Jacob, no venía por mí.

‑¿Y por quién venía, pues? ‑preguntó Cornelius con ansiedad.

‑Por el tulipán.

‑¡Oh! ‑exclamó Cornelius palideciendo ante esta noticia más de lo que había palidecido cuando Rosa, equivocándose, le había anunciado quince días antes que Jacob acudía a la fortaleza por verla a ella.

Rosa vio este terror, y Cornelius percibió por la expresión de su rostro que ella pensaba lo que acabamos de decir.

‑¡Oh! Perdonadme, Rosa ‑se excusó‑. Yo os co­nozco, sé la bondad y la honestidad de vuestro corazón. A vos, Dios os ha dado el pensamiento, el juicio, la fuerza y el movimiento para defenderos, pero a mi pobre tuli­pán amenazado, Dios no le ha dado nada de todo eso.

Rosa no respondió a esta excusa del prisionero y continuó:

‑Desde el momento en que ese hombre, que me había seguido al jardín y al que había reconocido como Jacob, os inquietaba, me inquietaba a mí mucho más todavía. Hice, pues, lo que me habíais dicho, a la maña­na siguiente del día en que os vi por última vez y en el que me dijisteis...

Cornelius la interrumpió.

‑Perdón, una vez más, Rosa ‑exclamó‑. Me equivoqué al deciros lo que os dije. Ya os he pedido mi perdón por aquella fatal palabra. Os lo pido de nuevo. ¿Será, pues, siempre en vano?

‑A la mañana siguiente a aquel día ‑prosiguió Rosa‑, acordándome de lo que me habíais dicho... de la trampa a emplear para asegurarme si era a mí o al tu­lipán a quien ese odioso hombre seguía...

‑Sí, odioso... No es verdad ‑murmuró él‑ que vos odiéis realmente a ese hombre.

‑Sí, le odio ‑afirmó Rosa‑ ¡porque es la causa de que esté sufriendo tanto desde hace ocho días!

‑¡Ah! ¿Vos también habéis sufrido, entonces? Gra­cias por esta hermosa palabra, Rosa.

‑A la mañana siguiente de aquel desgraciado día ‑continuó Rosa‑ bajé al jardín, y avancé hacia la pla­tabanda donde debía plantar el tulipán, siempre miran­do detrás de mí si, esta vez como la otra, era seguida.

‑¿Y bien? ‑preguntó Cornelius.

‑¡Pues bien! La misma sombra se deslizó entre la puerta y la muralla, y desapareció también detrás de los saúcos.

‑Simulasteis no verla, ¿verdad? ‑inquirió Corne­lius, recordando con todo detalle el consejo que le ha­bía dado a Rosa.

‑Sí, y me incliné sobre la platabanda que excavé con una azada como si plantara el bulbo.

‑¿Y él... él... durante ese tiempo?

‑Yo veía brillar sus ojos ardientes como los de un tigre a través de las ramas de los árboles.

‑¿Veis? ¿Veis? ‑exclamó Cornelius.

‑Luego, acabado ese remedo de operación, me retiré.

‑Pero detrás de la puerta del jardín solamente, ¿verdad? De forma que a través de las grietas o de la cerradura de esa puerta pudierais ver lo que hacia él una vez vos hubieseis partido.

‑Esperó un instante sin duda para asegurarse de que yo no volvería, luego salió a paso de lobo de su escondrijo, se acercó a la platabanda dando un largo rodeo, llegó por fin a su meta, es decir, frente al lugar donde la tierra aparecía recién removida, se detuvo con aire indiferente, miró hacia todos lados, interrogó cada ángulo del jardín, interrogó cada ventana de las casas vecinas, interrogó la tierra, el cielo, el aire, y creyendo que se hallaba realmente solo, fuera de la vista de todo el mundo, se precipitó sobre la platabanda, hundió sus dos manos en la tierra blanda, recogió una porción que deshizo suavemente entre sus manos para ver si el bul­bo se encontraba allí, repitió tres veces el mismo ma­nejo y cada vez con una acción más ardiente, hasta que al fin, comenzando a comprender que podía haber sido engañado con alguna superchería, calmó la agitación que le devoraba, cogió el rastrillo, igualó el terreno para dejarlo en el mismo estado en que se hallaba an­tes de que lo hubiera registrado y, completamente avergonzado, completamente corrido, cogió el camino de la puerta afectando el aspecto inocente de un pa­seante ordinario.

‑¡Oh, el miserable! ‑murmuró Cornelius, enju­gando las gotas de sudor que perlaban su frente‑. ¡Oh, el miserable! Lo había adivinado. Pero entonces, Rosa, ¿qué habéis hecho con el bulbo? ¡Ay! Ya es un poco tarde para plantarlo.

‑El bulbo está en la tierra desde hace seis días.

‑¿Dónde? ¿Cómo? ‑exclamó Cornelius‑. ¡Oh, Dios mío! ¡Qué imprudencia! ¿Dónde está? ¿En qué tierra se halla? ¿Está bien o mal expuesto? ¿No hay peligro de que ese espantoso Jacob nos lo robe?

‑No hay peligro de que nos lo roben, a menos que Jacob fuerce la puerta de mi habitación.

‑¡Ah! Está con vos, está en vuestra habitación, Rosa ‑dijo Cornelius un poco tranquilizado‑. Pero ¿en qué tierra, en qué recipiente? No le haréis germinar en el agua como las buenas mujeres de Haarlem y de Dordrecht que se empeñan en creer que el agua puede reemplazar a la tierra, como si el agua, que está com­puesta de treinta y tres partes de oxígeno y de sesenta y seis partes de hidrógeno, pudiera reemplazar... Pero ¡qué es lo que os digo, Rosa!

‑Sí, esto es un poco técnico para mí ‑respondió sonriendo, la joven‑. Me contentaré, pues, con responderos, para tranquilizaros, que vuestro bulbo no está en el agua.

‑¡Ah! Respiro.

‑Está en una buena vasija de mayólica, justo del ancho del recipiente donde habíais enterrado el vuestro. Está en un terreno compuesto de tres cuartas partes de tierra ordinaria cogida del mejor lugar del jardín, y de un cuarto de tierra de la calle. ¡Oh! ¡He oído decir tan a menudo a vos y a ese infame de Jacob, como vos le llamáis, en qué tierra debe crecer el tulipán, que ya lo sé como el primer jardinero de Haarlem!

‑¡Ah! Ahora queda la exposición. ¿Qué exposición tiene, Rosa?

‑Está al sol toda la jornada, los días en que luce. Pero cuando haya salido de la tierra, cuando el sol sea más caliente, haré como vos hacíais aquí, querido señor Cornelius. Lo expondré en mi ventana al levante desde las ocho de la mañana a las once, y en mi ventana al ponente, desde las tres de la tarde hasta las cinco.

‑¡Ah! ¡Eso es, eso es! ‑exclamó Cornelius‑. Sois una jardinera perfecta, mi bella Rosa. Pero pienso que el cultivo de mi tulipán va a tomaros todo vuestro tiempo.

‑Sí, es verdad ‑concedió Rosa‑, pero no impor­ta; vuestro tulipán es mi hijo. Le dedico el tiempo que dedicaría a mi niño, si fuera madre. Solamente convir­tiéndome en su madre ‑añadió Rosa sonriendo‑ pue­do dejar de considerarme su rival. ¿No os parece?

‑¡Buena y querida Rosa! ‑murmuró Cornelius lanzando sobre la joven una mirada donde había más de amante que de horticultor, y que consoló un poco a Rosa.

Luego, al cabo de un instante de silencio, durante el cual Cornelius había buscado por las aberturas del en­rejado la mano fugitiva de Rosa:

‑Así pues ‑continuó Cornelius‑ ¿ya hace seis días que el bulbo está en la tierra?

‑Seis días, sí, señor Cornelius ‑asintió la joven. ‑¿Y no aparece todavía?

‑No, pero creo que mañana aparecerá.

‑Mañana entonces, me daréis noticias de él al dar­me las vuestras, ¿verdad, Rosa? Me inquieto mucho por el hijo, como vos decíais hace un momento; pero me intereso muy de otro modo por la madre.

‑Mañana ‑dijo Rosa, desviando la vista de la de Cornelius‑, no sé si podré.

‑¿Eh? ¡Dios mío! ‑exclamó Cornelius‑. ¿Por qué mañana no podréis?

‑Señor Cornelius, tengo mil cosas que hacer.

‑Mientras que yo, no tengo más que una ‑mur­muró Cornelius.

‑Sí ‑respondió Rosa‑, amar vuestro tulipán.

‑Amaros a vos, Rosa.

Rosa movió la cabeza.

Se hizo un nuevo silencio.

‑En fin ‑continuó Van Baerle, interrumpiendo ese silencio‑ todo cambia en la Naturaleza: a las flores de la primavera suceden otras flores, y vemos a las abe­jas, que acarician tiernamente a las violetas y a los alhe­líes, posarse con el mismo amor sobre las madreselvas, las rosas, los jazmines, los crisantemos y los geranios.

‑¿Qué quiere decir esto? ‑preguntó Rosa.

‑Esto quiere decir, señorita, que vos habéis queri­do primero oír el relato de mis alegrías y de mis penas; habéis acariciado la flor de nuestra mutua juventud; pero la mía se marchita en la sombra. El jardín de las esperanzas y los placeres de un prisionero no tiene más que una estación. No ocurre como en esos bellos jardi­nes al aire libre y al sol. Una vez realizada la siega de mayo, una vez cosechado el botín, las abejas como vos, Rosa, las abejas de fino talle, de antenas de oro, de alas diáfanas, pasan por entre los barrotes, desertan del frío, de la soledad, de la tristeza, para ir a buscar más lejos los perfumes y las calientes exhalaciones. ¡La felicidad, en fin!

Rosa miraba a Cornelius con una sonrisa que éste no veía, tenía la vista levantada al cielo.

Continuó con un suspiro:

‑Vos me habéis abandonado, señorita Rosa, para gozar de vuestras cuatro estaciones de placeres. Habéis hecho bien; no me lamento. ¿Qué derecho tenía para exigir vuestra fidelidad?

‑¡Mi fidelidad! ‑exclamó Rosa anegada en lágri­mas, y sin tomarse el trabajo de ocultar por más tiem­po a Cornelius aquel rosario de perlas que rodaba por sus mejillas‑. ¡Mi fidelidad! ¿No os he sido fiel?

‑¡Ay! ¿Es serme fiel ‑preguntó Cornelius abandonarme, dejarme morir aquí?

‑Pero, señor Cornelius ‑protestó Rosa‑, ¿no he hecho por vos todo lo que podía para agradaros, no me he ocupado de vuestro tulipán?

‑¡Con amargura, Rosa! Me reprocháis la única ale­gría sin mancha que he tenido en este mundo.

‑No os reprocho nada, señor Cornelius, sino la única pena profunda que he sentido desde el día en que vinieron a decirme a la Buytenhoff que íbais a ser ajus­ticiado.

‑Os desagrada, Rosa, mi dulce Rosa, os desagrada que yo ame a las flores.

‑No me desagrada que vos las améis, solamente me entristece que las améis más de lo que me amáis a mí misma.

‑¡Ah! Querida, querida bienamada ‑exclamó Cornelius‑, mirad cómo tiemblan mis manos, mirad cuán pálida está mi frente, escuchad, escuchad cómo late mi corazón; ¡pues bien!, no es porque mi tulipán negro me sonríe y me llama, no. Es porque vos me sonreís, es porque vos inclináis vuestra frente hacia mí; es porque ‑no sé si esto es verdad‑, es porque me parece que, aun rehusándolas, vuestras manos aspiran a las mías y siento el calor de vuestras bellas mejillas tras el frío en­rejado. Rosa, amor mío, romped el bulbo del tulipán negro, destruid la esperanza de esta flor, apagad la dul­ce luz de este sueño casto y encantador con el que me había habituado cada día. ¡Sea! Nada de flores de ricos vestidos, de gracias elegantes, de caprichos divinos, des­pojadme de todo esto, flor celosa de otras flores, despo­jadme de todo esto, pero no me quitéis vuestra voz, vuestro gesto, el rumor de vuestros pasos por la pesa­da escalera, no me quitéis el fuego de vuestros ojos en el sombrío corredor, la certeza de vuestro amor que acaricia perpetuamente mi corazón; amadme, Rosa, porque realmente yo siento que os amo.

‑Después del tulipán negro ‑suspiró la joven, cu­yas manos tibias y acariciantes consentían por fin en en­tregarse a través del enrejado a los labios de Cornelius.

‑Antes que nada, Rosa...

‑¿He de creeros?

‑Como creéis en Dios.

‑Sea, ¿no os compromete mucho el amarme?

‑Muy poco, desgraciadamente, querida Rosa, pero os compromete a vos.

‑¿A mí? ‑preguntó Rosa‑. ¿Y a qué me compro­mete esto?

‑En primer lugar, a no casaros.

Ella sonrió.

‑¡Ah! Así es como sois los hombres ‑dijo‑: ti­ranos. Adoráis a una belleza: no pensáis más que en ella, no soñáis más que con ella. Sois condenados a muer­te, y al marchar hacia el patíbulo le consagráis vuestro último suspiro, y exigís de mí, pobre chica, exigís el sa­crificio de mis sueños, de mi ambición.

‑Pero ¿de qué belleza me habláis, Rosa? ‑pregun­tó Cornelius buscando en sus recuerdos, inútilmente, una mujer a la cual Rosa pudiera hacer alusión.

‑Pues de la belleza negra, señor, de la belleza ne­gra de talle flexible, de pies finos, de cabeza llena de nobleza. Me refiero a vuestra flor, naturalmente.

Cornelius sonrió.

‑Belleza imaginaria, mi buena Rosa, mientras que vos, sin contar a vuestro enamorado, o más bien a mi enamorado Jacob, estáis rodeada de galanes que os ha­cen la corte. ¿Recordáis, Rosa, lo que me habéis dicho de los estudiantes, de los oficiales, de los dependientes de La Haya? Pues bien, ¿no hay en Loevestein depen­dientes, oficiales, estudiantes?

‑¡Oh! Sí que los hay por cierto, y hasta demasia­dos ‑dijo Rosa.

‑¿Que escriben?

‑Que escriben.

Y Cornelius lanzó un suspiro al pensar que era a él, pobre prisionero, a quien Rosa debía el privilegio de leer las notas que recibía.

‑¡Pues sí! ‑prosiguió Rosa‑. Pero me parece, se­ñor Cornelius, que al leer las notas que me escriben, al examinar los galanes que se me presentan, no hay más que seguir vuestras instrucciones.

‑¿Cómo mis instrucciones?

‑Sí, vuestras instrucciones. Olvidáis ‑continuo Rosa suspirando a su vez‑, olvidáis el testamento es­crito por vos en la Biblia del señor Corneille de Witt. ¡Yo no lo olvido! Porque, ahora que sé leer, lo releo todos los días, y más bien dos veces que una. ¡Pues bien! En ese testamento, me ordenáis amar y casarme con un guapo joven de veintiséis a veintiocho años. Yo busco a ese joven, y como toda mi jornada está consagrada a vuestro tulipán, es preciso que me dejéis la noche para hallarlo.

‑¡Ah, Rosa! El testamento se hizo en previsión de mi muerte y, gracias al Cielo, estoy vivo. Por lo tanto queda sin efecto, si así lo deseáis.

‑¡Pues bien! Entonces, no buscaré a ese guapo jo­ven de veintiséis a veintiocho años, y vendré a veros.

‑¡Ah! ¡Sí, Rosa, venid! ¡Venid!

‑Mas con una condición.

‑¡Está aceptada de antemano!

‑Que durante tres días no hablemos del tulipán negro.

‑No hablaremos nunca si lo exigís, Rosa.

‑¡Oh! ‑exclamó la joven‑. No hay que pedir lo imposible.

Y, como por descuido, aproximó su fresca mejilla tan cerca del enrejado que Cornelius pudo rozarla con sus labios.

Rosa lanzó un pequeño grito lleno de amor, y de­sapareció.


 

XXI
El Segundo Bulbo

 

La noche fue buena y la jornada del día siguiente mejor todavía.

En los días precedentes, la prisión se había hecho pesada, sombría, deprimente; oprimía con todo su peso al pobre prisionero. Sus muros eran negros, su aire era frío, los barrotes estaban dispuestos de forma que ape­nas dejaban pasar la luz del día.

Pero cuando Cornelius despertó al nuevo día, un rayo de sol matinal jugaba en los barrotes, los palomos hendían el aire con sus alas extendidas, mientras que otros se arrullaban amorosamente sobre el tejadillo de la ventana todavía cerrada.

Cornelius corrió hacia aquella ventana y la abrió; le pareció que la vida, la alegría, casi la libertad, entraban con ese rayo de sol en la sombría celda.

Es que el amor florecía y hacía florecer cada cosa a su alrededor; el amor, flor del cielo de otro brillo, per­fumaba de forma distinta a todas las flores de la Tierra.

Cuando Gryphus entró en la celda del prisionero en lugar de encontrarlo taciturno y acostado como los otros días, lo halló de pie y cantando un aria de ópera.

‑¡Eh! ‑exclamó aquél.

‑¿Cómo estamos esta mañana?

Gryphus le miró con desdén.

‑El perro, y el señor Jacob, y nuestra bella Rosa, ¿cómo están todos?

Gryphus rechinó los dientes.

‑Aquí está vuestro desayuno ‑dijo.

‑Gracias, amigo carcelero ‑contestó el prisione­ro‑. Llegáis a tiempo porque tengo mucha hambre.

‑¡Ah! ¿Tenéis hambre? ‑comentó Gryphus.

‑Toma, ¿por qué no? ‑preguntó Van Baerle.

‑Parece que la conspiración marcha ‑dijo Gry­phus.

‑¿Qué conspiración? ‑inquirió Van Baerle.

‑¡Bueno! Sabemos lo que se dice, pero vigilaremos, señor sabio: estad tranquilo, vigilaremos.

‑¡Vigilad, amigo Gryphus! ‑replicó Van Baerle‑. ¡Vigilad! Mi conspiración, como mi persona, se halla toda a vuestro servicio.

‑Veremos esto a mediodía ‑aseguró Gryphus.

‑A mediodía ‑repitió Cornelius‑. ¿Qué querrá decir? Sea, esperemos al mediodía; a mediodía veremos.

Era fácil para Cornelius esperar hasta mediodía. Cornelius esperaba hasta las nueve.

Mediodía llegó y se oyó en la escalera, no solamente el paso de Gryphus, sino los pasos de tres o cuatro sol­dados que subían con él.

La puerta se abrió, Gryphus entró, introdujo a los hombres y cerró la puerta detrás de ellos.

‑¡Aquí! Ahora, busquemos.

Buscaron en los bolsillos de Cornelius, entre su chaqueta y su chaleco, entre su chaleco y su camisa, entre su camisa y su piel; no se halló nada.

Buscaron en las sábanas, en el colchón, en el jergón del lecho y no se halló nada.

Fue entonces cuando Cornelius se felicitó por no haber aceptado el tercer bulbo. Gryphus, en esta pesquisa, lo hubiera encontrado ciertamente, por muy oculto que estuviese, y lo habría tratado como al pri­mero.

Por lo demás, jamás asistió un prisionero con un rostro más sereno a una pesquisa realizada en su celda.

Gryphus se retiró con el lápiz y las tres o cuatro hojas de papel blanco que Rosa había dado a Cornelius; éste fue el único trofeo de la expedición.

A las seis, Gryphus regresó, pero solo; Cornelius quiso calmarle, pero Gryphus gruñó, mostró el colmi­llo que sobresalía en una comisura de la boca, y salió andando hacia atrás, como un hombre que tiene miedo de que le ataquen.

Cornelius estalló en risas.

Lo cual hizo que Gryphus, que conocía los refranes, le gritara a través de la reja:

‑Está bien, está bien; mejor reirá quien ría el úl­timo.

El que debía reír el último, aquella noche por lo menos, era Cornelius, porque Cornelius esperaba a Rosa.

Rosa acudió a las nueve; pero acudió sin farol; Rosa no tenía ya necesidad de la luz, sabía leer.

Además, la luz podía denunciar a Rosa, espiada más que nunca por Jacob.

Por último, bajo la luz, se veía demasiado el rubor de Rosa cuando se ruborizaba.

¿De qué hablaron los dos jóvenes aquella noche? De las cosas de que hablan los enamorados en el umbral de una puerta en Francia, de uno a otro lado de una celo­sía en España, de lo alto al pie de una terraza en Oriente.

Hablaron de esas cosas que ponen alas a los pies de las horas, que añaden plumas a las alas del tiempo.

Hablaron de todo, excepto del tulipán negro..

Luego, a las diez, como de costumbre, se separaron.

Cornelius era feliz, tan completamente feliz como puede serlo un tulipanero a quien no se le ha hablado de su tulipán.

Encontraba a Rosa bonita como todos los amores de la Tierra; la hallaba buena, graciosa, encantadora.

Mas ¿por qué Rosa prohibía que se hablara del tu­lipán?

Ésta era una gran falta que Rosa cometía.

Cornelius se dijo, suspirando, que la joven no era absolutamente perfecta.

Una parte de la noche la pasó meditando sobre esta imperfección. Lo que quiere decir que, mientras estuvo despierto, pensó en Rosa.

Una vez dormido, soñó con ella.

Pero la Rosa de sus sueños era mucho más perfecta que la Rosa de la realidad. Aquélla no solamente habla­ba del tulipán, sino que, además, traía a Cornelius un magnífico tulipán negro nacido en un jarro de China.

Cornelius se despertó temblando de alegría y mur­murando: «Rosa, Rosa, te amo.»

Y como se hacía ya de día, Cornelius no juzgó oportuno volverse a dormir.

Conservó, pues, todo el día la idea que había teni­do en su despertar.

¡Ah! Si Rosa le hubiera hablado del tulipán, Corne­lius la hubiese preferido a la reina Semiramis, a la reina Cleopatra, a la reina Isabel, a la reina Ana de Austria, es decir, a las más grandes o a las más bellas reinas del mundo.

Pero Rosa había prohibido, bajo pena de no volver más, que se hablara del tulipán antes de tres largos días.

Eran setenta y dos horas concedidas al amante, es verdad; pero eran setenta y dos horas restadas al horti­cultor.

Cierto que de esas setenta y dos horas, ya habían transcurrido treinta y seis.

Las otras treinta y seis pasarían muy pronto, dieciocho horas esperando, dieciocho horas para recordar.

Rosa volvió a la misma hora; Cornelius soportó heroicamente su penitencia. Hubiera sido un pitagóri­co más distinguido que Cornelius, y con tal de que se le hubiese permitido pedir una vez por día noticias de su tulipán, se habría quedado cinco años, según los estatu­tos de la Orden, sin hablar de otra cosa.

Por lo demás, la bella visitante comprendía realmen­te que cuando se ordena por un lado, hay que ceder por el otro. Rosa dejaba a Cornelius atraer sus dedos por el postigo; Rosa dejaba a Cornelius besar sus cabellos a través del enrejado.

¡Pobre niña! Todas esas delicadezas del amor eran mucho más peligrosas para ella que hablar del tulipán.

Lo comprendió al regresar a su habitación con el corazón palpitante, las mejillas ardientes, los labios se­cos y los ojos húmedos.

Por eso al día siguiente por la noche, después de cambiar las primeras palabras, después de prodigarse las primeras caricias, miró a Cornelius á través del enreja­do, y en la oscuridad, dijo:

‑¡Bien! ¡Ya se ha levantado!

‑¡Se ha levantado! ¿Qué? ¿Quién? ‑inquirió Cor­nelius no atreviéndose a creer que la misma Rosa abre­viara la duración de su prueba.

‑El tulipán ‑contestó la joven.

‑¿Cómo? ‑exclamó Cornelius‑. ¿Permitís, pues?

‑¡Sí! ‑concedió Rosa en el tono de una madre cariñosa que permite una alegría a su hijo.

‑¡Ah, Rosa! ‑se alborozó Cornelius alargando sus labios a través del enrejado, con la esperanza de to­car una mejilla, una mano, la frente, cualquier cosa.

Tocó algo mejor que todo eso, tocó dos labios en­treabiertos.

Rosa lanzó un pequeño grito.

Cornelius comprendió que debía apresurarse a con­tinuar la conversación, sentía que ese contacto inespe­rado había asustado mucho a Rosa.

‑¿Se ha levantado muy derecho? ‑preguntó.

‑Derecho como un huso de Frisia ‑dijo Rosa.

‑¿Y está muy alto?

‑Seis centímetros por lo menos.

‑¡Oh! Rosa, tened mucho cuidado y veréis cómo crece de prisa.

‑¿Puedo tener más cuidado? ‑explicó Rosa‑. No pienso más que en él.

‑¿Sólo en él, Rosa? Tened cuidado, soy yo el que voy a sentirme celoso a mi vez.

‑Y vos sabéis ya que pensar en él es pensar en vos. No lo pierdo de vista. Lo veo desde mi lecho; al desper­tarme es el primer objeto que miro, al dormirme es el último objeto que retengo en la mirada. Durante el día me siento y trabajo a su lado, porque desde que se en­cuentra en mi habitación, no lo abandono.

‑Tenéis razón, Rosa, es vuestra dote, ¿sabéis?

‑Sí, y gracias a ella podré casarme con un hombre joven de veintiséis a veintiocho años que me guste.

‑Callaos, malvada.

Y Cornelius consiguió coger los dedos de la joven, lo cual hizo, si no cambiar de conversación, por lo me­nos que el silencio siguiera al diálogo.

Aquella noche, Cornelius fue el más feliz de los hombres. Rosa le dejó su mano cuanto quiso retenerla, y le habló del tulipán a su entera satisfacción.

A partir de aquel momento, cada día trajo un pro­greso en el tulipán y en el amor de los dos jóvenes. Una vez eran las hojas que se habían abierto, otra, era la misma flor que había cuajado. Ante esta noticia la ale­gría de Cornelius fue grande, y sus preguntas se su­cedieron con una rapidez que testimoniaba su impa­ciencia.

‑Cuajada ‑exclamó Cornelius‑. ¡Ha cuajado!

‑Ha cuajado ‑repitió Rosa.

Cornelius se tambaleó de alegría y se vio obligado a agarrarse al postigo.

‑¡Ah! ¡Dios mío! ‑exclamó, y volviéndose a Rosa‑‑. ¿Es regular el óvalo, está lleno el cilindro, es­tán bien verdes las puntas?

‑El óvalo tiene casi tres centímetros y está afilado como una aguja, el cilindro hincha sus flancos, las pun­tas están listas para abrirse.

Aquella noche, Cornelius durmió poco; era un mo­mento supremo aquel en el que las puntas se abrieran.

Dos días después, Rosa anunció que se habían en­treabierto.

‑Entreabiertas, Rosa ‑exclamó Cornelius‑. ¡El involucro se ha entreabierto! Pero ¿entonces se ve, se puede distinguir ya?

Y el prisionero se detuvo jadeante.

‑Sí ‑respondió Rosa‑; sí, se puede distinguir una línea de un color diferente, delgada como un cabello.

‑¿Y el color? ‑preguntó Cornelius temblando.

‑¡Ah! ‑contestó Rosa‑. Es muy oscuro.

‑¿Pardo?

‑¡Oh! Más oscuro.

‑¡Más oscuro, buena Rosa, más oscuro! Gracias. Oscuro como el ébano, oscuro como...

‑Oscuro como la tinta con la cual os he escrito.

Cornelius lanzó un grito de loca alegría.

‑¡Oh! ‑exclamó juntando las manos‑. ¡Oh! No hay un ángel que pueda compararse a vos, Rosa.

‑¿De veras? ‑dijo Rosa sonriendo ante esta exal­tación.

‑Rosa, habéis trabajado tanto, habéis hecho tanto por mí; Rosa, mi tulipán va a florecer, y mi tulipán flo­recerá negro, Rosa, Rosa, ¡sois lo más perfecto que Dios ha creado sobre la Tierra!

‑¿Después del tulipán, sin embargo?

‑¡Ah! Callaos, malvada. Callaos, por piedad, no echéis a perder mi alegría. Pero, decidme, Rosa, si el tulipán ha llegado a ese punto, dentro de dos o tres días a más tardar florecerá.

‑Mañana o pasado mañana, sí.

‑¡Oh! Y yo no lo veré ‑exclamó Cornelius, echándose hacia atrás‑. Y no lo besaré como una maravilla de Dios a la que se debe adorar, como beso vues­tras manos, Rosa, como beso vuestros cabellos, como beso vuestras mejillas, cuando por azar se hallan al alcance del postigo.

Rosa acercó su mejilla, no por azar, sino voluntaria­mente; los labios del joven se pegaron a ella con avidez.

‑¡Vaya! Lo traeré si vos queréis ‑dijo Rosa, emo­cionada.

‑¡Ah! ¡No! ¡No! Tan pronto como se abra, poned­lo bien a la sombra, Rosa, y en el mismo instante, inme­diatamente, enviad a Haarlem a prevenir al presidente de la Sociedad Hortícola que el gran tulipán negro ha florecido. Haarlem está lejos, lo sé, pero con dinero ha­llaréis un mensajero. ¿Tenéis dinero, Rosa?

Rosa sonrió.

‑¡Oh, sí! ‑dijo.

‑¿Bastante? ‑preguntó Cornelius.

‑Trescientos florines.

‑¡Oh! Si tenéis trescientos florines, no es un men­sajero a quien tenéis que enviar, sino vos misma, vos misma, Rosa, quien debe ir a Haarlem.

‑Pero durante ese tiempo, la flor...

‑¡Oh, la flor! Lleváosla, comprended que no de­béis separaros de ella ni un instante.

‑Pero, aunque no me separe de ella, me separaré de vos, Cornelius ‑dijo Rosa entristecida.

‑¡Ah! Es verdad, mi dulce, mi querida Rosa. ¡Dios mío! ¡Qué malvados son los hombres! ¿Qué les he hecho yo y por qué me han privado de la libertad? Te­néis razón, Rosa, yo no podría vivir sin vos. ¡Pues bien! Enviad alguien a Haarlem, eso es. ¡Por mi fe! El mila­gro es lo bastante grande como para que el presidente se moleste; él mismo vendrá a Loevestein a buscar el tulipán.

Luego, deteniéndose de repente, fue con voz tem­blorosa que murmuró:

‑¡Rosa! ¡Rosa! Si no fuese negro...

‑¡Vaya! Eso lo sabréis mañana o pasado mañana por la noche.

‑¡Esperar hasta la noche para saberlo, Rosa! Mo­riré de impaciencia. ¿No podríamos convenir una señal?

‑Lo haré mejor.

‑¿Qué haréis?

‑Si es por la noche cuando se abra, vendré para decíroslo yo misma. Si es por el día, pasaré por delante de la celda y os deslizaré una nota, bien por debajo de la puerta, bien por el postigo, entre la primera y la se­gunda inspección de mi padre.

‑¡Oh, Rosa! ¡Eso es! Una palabra vuestra anun­ciándome esta noticia, será una doble felicidad.

‑Son ya las diez ‑dijo Rosa‑, es preciso que os abandone.

‑¡Sí! ¡Sí! ‑exclamó Cornelius‑. ¡Sí! ¡Marchaos, Rosa, marchaos!

Rosa se retiró cabizbaja.

Cornelius casi la había despedido.

Cierto que era para vigilar el tulipán negro.


 

XXII
La Floración

 

La noche transcurrió muy lenta y al mismo tiempo muy agitada para Cornelius. A cada instante le parecía que la dulce voz de Rosa lo llamaba: se despertaba sobresaltado, iba a la puerta, acercaba su rostro al postigo; no había nada en el postigo, el corredor esta­ba vacío.

Sin duda, Rosa velaba por su parte, pero más afor­tunada que él, velaba al tulipán. Tenía allí, bajo sus ojos, a la noble flor, esta maravilla de las maravillas, no sola­mente todavía desconocida, sino creída imposible.

¿Qué diría el mundo cuando supiera que se había logrado el tulipán negro, que existía, y que era Corne­lius van Baerle, el prisionero, quien lo había logrado?

¡Cómo Cornelius hubiera arrojado lejos de sí al hombre que hubiese venido a proponerle la libertad a cambio de su tulipán!

El día llegó sin noticias. El tulipán no había floreci­do todavía.

La jornada transcurrió como la noche.

La noche vino y con la noche una Rosa alegre, ligera como un pájaro.

‑¿Y bien? ‑preguntó Cornelius.

‑¡Pues bien! Todo va de maravilla. ¡Esta noche sin falta florecerá vuestro tulipán!

‑¿Y florecerá negro?

‑Negro como el azabache.

‑¿Sin una sola mancha de otro color?

‑Sin una sola mancha.

‑¡Bondad del Cielo! Rosa, he pasado la noche pen­sando primero en vos...

Rosa esbozó un gesto de incredulidad.

‑Luego, en lo que teníamos que hacer.

‑¿Y bien?

‑Esto es lo que he decidido. Una vez el tulipán haya florecido, cuando se compruebe que es negro y perfectamente negro, tenéis que encontrar un mensa­jero.

‑Si no es más que esto, ya he encontrado un men­sajero.

‑¿Un mensajero seguro?

‑Un mensajero del que respondo, uno de mis ena­morados.

‑¿No será Jacob, supongo?

‑No, no temáis. Es el barquero de Loevestein, un muchacho despierto, de veinticinco a veintiséis años.

‑¡Diablo!

‑Estad tranquilo ‑repitió Rosa riendo‑. Todavía no tiene la edad, ya que vos mismo la habéis fijado en­tre veintiséis y veintiocho años.

‑En fin, ¿creéis poder contar con ese joven?

‑Como conmigo. Se arrojaría de su barca al Waal o al Mosa, a mi elección, si se lo ordenara.

‑¡Pues bien, Rosa! En diez horas ese muchacho puede estar en Haarlem; me daréis un lápiz y un papel, mejor aún sería una pluma y tinta, y escribiré, o más bien, escribiréis vos. En mí, pobre prisionero, tal vez verían, como ve vuestro padre, una conspiración en todo esto: Escribiréis al presidente de la Sociedad Hortícola y, estoy seguro que el presidente vendrá.

‑Pero, ¿y si tarda?

‑Suponed que tarde un día, hasta dos; pero esto es imposible, un aficionado a los tulipanes como él no tar­dará ni una hora, ni un minuto, ni un segundo en ponerse en camino para ver la octava maravilla del mundo. Pero, como decía, tarde un día, tarde dos, el tulipán estará to­davía en todo su esplendor. Una vez visto el tulipán por el presidente, y todo quede dicho en el atestado dirigido por él, guardaréis una copia de ese atestado, Rosa, y le confiaréis el tulipán. ¡Ah! Si hubiésemos podido llevar­lo nosotros mismos, Rosa, no habría abandonado mis brazos más que para pasar a los vuestros; pero esto es una ilusión en la que no hay que soñar ‑continuó Cornelius suspirando‑. Otros ojos lo verán marchitarse. ¡Oh! Sobre todo, Rosa, antes de que lo vea el presidente, no lo dejéis ver a nadie. ¡El tulipán negro, buen Dios! ¡Si al­guien viera el tulipán negro, lo robaría...! Oh!

‑¿No me habéis dicho vos misma lo que temíais con respecto a vuestro enamorado Jacob? Si se roba un florín, ¿por qué no robarían cien mil?

‑Vigilaré, estad tranquilo.

‑¿Y si en este momento se está abriendo?

‑El caprichoso es muy capaz de ello ‑bromeó Rosa.

‑Si lo hallarais abierto al entrar...

‑¿Y bien?

‑¡Ah, Rosa! Desde el momento en que se abra, recordad que no habrá ni un momento que perder para advertir al presidente.

‑Y para preveniros a vos. Sí, comprendo.

Rosa suspiró, pero sin amargura y como una mujer que no solamente comienza a comprender una debili­dad, sino a habituarse a ella.

‑Regreso al lado del tulipán, señor Van Baerle, y tan pronto florezca, seréis advertido; una vez vos adver­tido, el mensajero partirá.

‑¡Rosa, Rosa, ya no sé a qué maravilla del Cielo o de la Tierra compararos!

‑Comparadme al tulipán negro, señor Cornelius, y quedaré muy halagada, os lo juro. Hasta la vista, señor Cornelius.

‑¡Oh! Decid: hasta la vista, amigo mío.

‑Hasta la vista, amigo mío ‑repitió Rosa un poco consolada.

‑Decid: Amigo mío bienamado.

‑¡Oh! Amigo mío...

‑Bienamado, Rosa, os lo suplico, bienamado, bienamado, ¿verdad?

‑Bienamado, sí, bienamado ‑dijo Rosa palpitan­te, embriagada, loca de alegría.

‑Entonces, Rosa, ya que habéis dicho bienamado, decid también bienaventurado, decid feliz como jamás hombre alguno haya sido feliz y bajo el cielo. No me falta más que una cosa, Rosa.

‑¿Cuál?

‑Vuestra mejilla, vuestra mejilla fresca, vuestra mejilla rosada, vuestra mejilla aterciopelada. ¡Oh, Rosa! Voluntariamente, no por sorpresa, no por accidente, Rosa. ¡Ah!

El prisionero terminó su ruego con un suspiro; acababa de encontrar los labios de la joven, no por ac­cidente, no por sorpresa, como cien años más tarde Saint‑Preux debía encontrar los labios de Julie.

Rosa huyó.

Cornelius se quedó con el alma suspendida en sus labios, el rostro pegado al postigo.

Se ahogaba de alegría y de felicidad. Abrió la venta­na y contempló largo tiempo, con el corazón rebosan­te de dicha, el azul sin nubes del cielo, la luna que pla­teaba el doble río, destellando más allá de las colinas. Se llenó los pulmones del aire generoso y puro, el espíri­tu de dulces ideas, el alma de reconocimiento y de ad­miración religiosa.

‑¡Oh! ¡Vos estáis siempre allá arriba, Dios mío! ‑exclamó, medio prosternado, con los ojos ardiente­mente tendidos hacia las estrellas‑. Perdonadme por haber casi dudado de Vos en estos últimos días. Vos os ocultabais detrás de vuestras nubes, y por un instante dejé de veros, Dios bueno, Dios eterno, Dios misericor­dioso. ¡Pero hoy!, esta tarde, esta noche, ¡oh!, Os veo todo entero en el espejo de vuestros cielos y, sobre todo, en el espejo de mi corazón.

¡Estaba curado, el pobre enfermo; estaba libre, el pobre prisionero!

Durante una parte de la noche, Cornelius permane­ció colgado de los barrotes de su ventana, con el oído presto; concentrando sus cinco sentidos en uno solo, o más bien, en dos solamente, miraba y escuchaba.

Miraba el cielo y escuchaba a la tierra.

Luego, con la mirada vuelta de cuando en cuando hacia el corredor, se decía:

«Allá abajo está Rosa, Rosa que vela como yo, que como yo espera de minuto en minuto; allá abajo, ante los ojos de Rosa está la flor misteriosa, que vive, que se entreabre, que se abre. Tal vez en este momento Rosa tiene el tallo del tulipán entre sus delicados y tibios de­dos. Toca ese tallo suavemente. Tal vez roce con sus labios su cáliz entreabierto; rózalo con precaución, Rosa, tus labios arden; tal vez en este momento, mis dos amores se acarician bajo la mirada de Dios.»

En aquel momento, una estrella se inflamó en lo alto, atravesó todo el espacio que separaba el horizon­te de la fortaleza y vino a abatirse sobre Loevestein.

Cornelius se estremeció.

‑¡Ah! ‑exclamó‑. Es Dios que envía un alma a mi flor.

Y como si lo hubiera adivinado, casi en el mismo instante, el prisionero oyó en el corredor unos pa­sos ligeros, como los de una sílfide, el roce de una ropa que parecía un batir de alas y una voz bien conocida que decía:

‑Cornelius, amigo mío, amigo mío bienamado y bienaventurado, venid, venid enseguida.

Cornelius no dio más que un salto de la ventana al postigo; una vez más sus labios encontraron los labios murmuradores de Rosa, que le dijo en un beso:

‑Se ha abierto, es negro, aquí está.

‑¿Cómo, aquí está? ‑exclamó Cornelius, separan­do sus labios de los labios de la joven.

‑Sí, sí, es preciso correr un pequeño peligro para dar una gran alegría, aquí está, tened.

Y, con una mano, levantó a la altura del postigo un pequeño farol que acababa de encender; mientras que a la misma altura, levantaba con la otra el milagro­so tulipán.

Cornelius lanzó un grito y creyó desmayarse de emoción.

‑¡Oh! ‑murmuró‑. ¡Dios mío! ¡Dios mío! Me recompensáis mi inocencia y mi cautividad, ya que ha­béis hecho crecer estas dos flores en el postigo de mi prisión.

‑Besadla ‑dijo Rosa‑ como yo la he besado hace un momento.

Cornelius, reteniendo el aliento, tocó con la punta de los labios el extremo de la flor, y jamás beso dado a los labios de una mujer, aunque fuera a los labios de Rosa, le entró tan profundamente en el corazón.

El tulipán era bello, espléndido, magnífico; su tallo tenía más de treinta centímetros de altura; se alzaba del seno de cuatro hojas verdes, lisas, derechas como pun­tas de lanza; toda su flor era negra y brillante como el azabache.

‑Rosa ‑dijo Cornelius jadeante‑, Rosa, no hay un instante que perder, es preciso escribir la carta.

‑Ya está escrita, mi bienamado Cornelius ‑con­testó Rosa.

‑¿De veras?

‑Mientras el tulipán se abría, yo escribía, porque no quería que se perdiera ni un solo instante. Mirad la carta, y decidme si la encontráis bien.

Cornelius cogió la carta y leyó, en una escritura que había hecho grandes progresos desde la primera frase que había recibido de Rosa:

 

Señor presidente:

El tulipán negro va a abrirse dentro de diez minu­tos tal vez. Tan pronto se abra, os enviaré un mensaje­ro para rogaros vengáis vos mismo en persona a buscar­lo a la fortaleza de Loevestein. Soy la hija del carcelero Gryphus, casi tan prisionera como los prisioneros de mi padre. No podré, pues, llevaros esta maravilla. Por eso es por lo que me atrevo a suplicaros que vengáis a buscarlo vos mismo.

Mi deseo es que se llame Rosa Barloensis.

Acaba de abrirse; es perfectamente negro...

Venid, señor presidente, venid.

Tengo el honor de ser vuestra humilde servi­dora.

 

ROSA GRYPHUS.

 

‑Eso es, eso es, querida Rosa. Esta carta es una maravilla. Yo no la hubiera escrito con esta simpl