Alejandro Dumas

La Reina Margot


 

 

 

ÍNDICE

 

PRIMERA PARTE

 

I.              El latín del duque de Guisa

II.            Las habitaciones de la reina de Navarra

III.       Un rey poeta

IV.       La noche del 24 de agosto de 1572

V.        Del Louvre en particular y de la virtud en general

VI.       La deuda pagada

VII.     La noche del 24 de agosto de 1572

VIII.    Las víctimas

IX.      Los asesinos

X.        Muerte, misa o Bastilla

XI.      El espino blanco del cementerio de los Inocentes

XII.     Las confidencias

XIII.    De cómo hay llaves que abren puertas a las que no estaban destinadas

XIV.    Segunda noche de bodas

XV.     Lo que la mujer quiere, Dios lo quiere

XVI.    El cadáver de un enemigo siempre huele bien

XVII.  Un colega de Ambrosio Paré

XVIII. Los aparecidos

XIX.            La casa de Renato, el perfumista de la reina madre

XX.       Las gallinas negras Las habitaciones de la señora de Sauve

XXII. «Sire, vos seréis rey»

XXIII. El nuevo converso

XXIV. La calle Tizon y la calle de Cloche‑Percée

XXV.          La capa color cereza

XXVI. Margarita

XXVII. La mano de Dios

XXVIII. Una carta de Roma          

XXIX. La cacería            

XXX. Maurevel              

XXXI. Caza mayor. .

 

SEGUNDA PARTE

 

I.              Fraternidad

II.            La gratitud del rey Carlos IX

III.          Dios dispone IV. La noche de los reyes . . .

VI.       El regreso al Louvre

VII.               El cordón de la reina madre

VIII.      Proyectos de venganza     

IX.          Los atridas.          

X.            El horóscopo       

XI.          Confidencias.

XII.        Los embajadores

XIII.            Orestes y Pílades

XIV.      Orthon

XV.     La posada A la Belle Etoile

XVI.    De Mouy de Saint‑Phale

XVII. Dos cabezas para una corona

XVIII. El libro de cetrería

XIX.   La caza con halcones

XX.     El pabellón de Francisco I

XXI.            Investigaciones

XXII.   Acteón

XXIII. El bosque de Vincennes

XXIV. La figura de cera

XXV. Escudos invisibles

XXVI. Los jueces

XXVII. El tormento de los borceguíes

XXVIII. La capilla

XXIX. La plaza de Saint‑Jean‑en‑Grève

XXX. La picota

XXXI. Sudor sanguíneo

XXXII. La plataforma del castillo de Vincennes

XXXIII La regencia

XXXIV El rey ha muerto. ¡Viva el rey!

XXXV Epílogo

 

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

I

EL LATÍN DEL DUQUE DE GUISA

 

El lunes 18 de agosto de 1572 se celebraba en el Louvre una gran fiesta.

Las ventanas de la gran residencia, habitualmente a oscuras, se hallaban profusamente iluminadas; las calles y las plazas contiguas, siempre solitarias en cuanto se oían las nueve campanadas en Saint‑Germain d'Auxe­rre, estaban, aun siendo ya media noche, atestadas de gente. Aquella multitud apretujada, amenazadora y es­candalosa parecía en la oscuridad de la noche un mar tenebroso y revuelto, cuyo ímpetu rompía en oleadas murmuradoras y cuyo caudal, desembocando por la calle de Fossés‑Saint‑Germain y por la de l'Astruce, fluía al pie de los muros del Louvre, batiendo con su reflujo las paredes del palacio de Borbón, que se elevaba enfrente.

A pesar de la fiesta real, o quizá debido a ella, la mu­chedumbre ofrecía un aspecto poco tranquilizador. El pueblo ignoraba que semejante solemnidad, en la que tan sólo tomaba parte como simple espectador, no era sino el preludio de otra, aplazada para ocho días des­pués, a la que sí sería convidado y a la que asistiría sin recelo alguno.

Celebraba la corte las bodas de doña Margarita de Valois, hija del rey Enrique II y hermana del rey Carlos IX, con Enrique de Borbón, rey de Navarra. Aque­lla misma mañana, el cardenal de Borbón los había ca­sado, sobre una tribuna erigida frente a la puerta de Nótre‑Dame, siguiendo el ceremonial de rigor en las bodas de las princesas de Francia.

Este matrimonio sorprendió a todo el mundo y dio mucho que pensar a los más perspicaces. Nadie se expli­caba cómo se habían reconciliado dos partidos como el protestante y el católico, que tanto se odiaban en aquella época. ¿Perdonaría el joven príncipe de Condé al duque de Anjou, hermano del rey, la muerte de su padre, ase­sinado en Jarnac por Montesquieu? Y el joven duque de Guisa ¿perdonaría al almirante Coligny la muerte del suyo, asesinado en Orleáns por Poltrot de Meré? Más aún: Juana de Navarra, la valiente esposa del débil An­tonio de Borbón, que condujera a su hijo Enrique a es­te regio enlace, había muerto, apenas hacía dos meses, y corrían singulares rumores acerca de tan repentina muer­te. En todas partes se comentaba a media voz, y en algu­nos lugares se llegó a decir en voz alta que Catalina de Médicis, temerosa de que revelara algún terrible secreto, la había envenenado con unos guantes perfumados, obra de un tal Renato, florentino muy hábil en tales meneste­res. El rumor se propagó, adquiriendo mayores visos de verosimilitud cuando, después de la muerte de la reina, a petición de su hijo, dos médicos, uno de los cuales era el famoso Ambrosio Paré, fueron autorizados para abrir y estudiar el cadáver, excepción hecha del cerebro. Como quiera que Juana de Navarra había sido envenenada por la vía del olfato, sólo el cerebro, única parte del cuerpo excluida de la autopsia, podía presentar huellas del cri­men. Y empleamos esta palabra porque nadie dudó que se trataba de un crimen.

No acababan aquí los motivos de extrañeza. Seña­lemos particularmente con qué empeño, lindante con la obstinación, había tomado el rey Carlos esta boda; bien es verdad que no solamente restablecía la paz en su reino, sino que atraía a París a los principales hugo­notes de Francia.

Como los desposados pertenecieran, uno a la reli­gión católica y otro a la reformada, hubo de recurrirse para la autorización a Gregorio XIII, que ocupaba por entonces la Sede Pontificia. Pero la dispensa tardaba y tal retraso llegó a inquietar en sumo grado a la reina de Navarra, quien un día expresó al rey Carlos IX sus te­mores de que no fuera concedida, a lo que el rey tuvo a bien contestar:

‑No os preocupéis, mi buena tía: os respeto más que al Papa y amo a mi hermana más de lo que parece. No soy hugonote, pero tampoco soy tonto, y si el se­ñor Papa pretende hacerse el remolón, yo mismo co­geré a Margarita del brazo y la llevaré hasta el templo protestante para que se case con vuestro hijo.

Estas palabras circularon por el palacio y por la ciudad, regocijando profundamente a los hugonotes y procurando graves motivos de intranquilidad a los ca­tólicos, que ya se preguntaban en secreto si el rey les traicionaría o si sólo estaba representando una comedia que tendría a la postre cualquier desenlace inesperado.

Sobre todo al almirante Coligny, quien desde cinco o seis años atrás no había cesado en su encarnizada opo­sición al rey, la conducta de Carlos IX parecía inexplica­ble. Luego de haber puesto a precio su cabeza ofreciendo por ella ciento cincuenta mil escudos de oro, el rey no brindaba más que a su salud, llamándole padre y decla­rando ante todo el mundo que sólo a él confiaría en ade­lante la dirección de la guerra. Llegaron las cosas a tal punto, que la propia Catalina de Médicis, que hasta en­tonces dirigió los actos, la voluntad y hasta los deseos del joven príncipe, parecía empezar a inquietarse seriamen­te; no sin motivo, ya que, en un momento de desahogo, Carlos IX había dicho al almirante a propósito de la gue­rra de Flandes:

‑Padre mío, será preciso que cuidemos de que la reina madre, que como sabéis en todo quiere meter la nariz, no se entere de nada. Hemos de mantener este asunto tan en secreto, que ella no lo pueda adivinar, pues embrolladora como es, nos lo echaría todo a perder.

A pesar de su buen sentido y de su experiencia, Co­ligny no supo mantenerse fiel a una confianza tan ilimi­tada. Había llegado a París con grandes sospechas, pues, al salir de Chátillon, un campesino se arrojó a sus pies gritando: «¡oh señor, nuestro buen amo, no vayáis a París, porque, si vais, moriréis lo mismo que todos los que os acompañan!» Sin embargo, aquellos recelos se apagaron poco a poco en su corazón y en el de su yerno, Teligny, a quien el rey también daba grandes muestras de amistad llamándole su hermano, así como llamaba padre al almirante, y tuteándole como solía hacer con sus mejores amigos.

Los hugonotes, pues, excepto algunos de espíritu melancólico y desconfiado, se hallaban por completo tranquilos. La muerte de la reina de Navarra se había atribuido a una pleuresía, y los espaciosos salones del Louvre se veían llenos de todos aquellos valientes pro­testantes que esperaban del matrimonio de su joven jefe Enrique un inesperado cambio de fortuna. El almirante Coligny, La Rochefoucauld, el príncipe de Condé hijo, Teligny, en fin, todos los capitostes del partido se con­sideraban triunfantes al ver todopoderosos en el Louvre y tan bien acogidos en París a aquellos mismos a quienes tres meses antes el rey Carlos y la reina Catalina querían colgar de horcas más altas que las empleadas para los reos de asesinato. No faltaban más que el mariscal de Montmorency, a quien en vano se hubiera buscado en­tre sus pares. Ninguna promesa pudo seducirlo ni se dejó engañar por ningún gesto. Retirado en su castillo de L'Isle‑Adam, daba por excusa de su ausencia el dolor que aún le causaba la falta de su padre, el condestable Anio de Montmorency, muerto de un tiro de pistola por Robert Stuart en la batalla de San Dionisio. Como habían transcurrido ya más de tres años desde tan des­dichado acontecimiento y la sensibilidad no era una virtud muy en boga en aquella época, cada cual inter­pretó como quiso aquel luto que prolongaba más de lo común.

Nada daba la razón al mariscal de Montmorency: el rey, la reina y los duques de Anjou y de Alençon cum­plían a las mil maravillas con los honores de la fiesta.

El duque de Anjou recibía de los propios hugonotes alabanzas muy merecidas con motivo de las dos batallas de Jarnac y de Montcontour, que supo ganar cuando to­davía no había cumplido los dieciocho años, siendo en esto más precoz que César y Alejandro, a quienes se les comparaba, cuidando muy bien de situar en un plano in­ferior a los vencedores de Issus y de Farsalia. El duque de Alençon veía todo esto con su mirada seductora y falsa. La reina Catalina, resplandeciente de alegría, hecha una dulzura, felicitaba al príncipe Enrique de Condé por su reciente matrimonio con María de Cleves. En fin, hasta los señores de Guisa sonreían a los seculares enemigos de su casa, y el duque de Mayenne conversaba con el señor de Tavannes y el almirante sobre la próxima guerra que, ahora más que nunca, era llegado el momento de declarar a Felipe II.

Por en medio de los grupos iba y venía, con la cabeza ligeramente ladeada y el oído atento a todas las conversa­ciones, un joven barbilampiño de dieciocho años, de in­teligente mirada, cabello negro muy corto, cejas espesas, nariz aguileña y sonrisa maliciosa. Este joven, que tan sólo se había distinguido en el combate de Arnay‑le­Duc, donde expuso valientemente su vida, y que ahora recibía múltiples felicitaciones, era el alumno preferido de Coligny y el héroe del día. Tres meses antes, es decir, cuando todavía su madre no había muerto, le llamaban príncipe de Bearne; ahora era rey de Navarra, hasta tanto no fuese Enrique IV.

De vez en cuando, una nube sombría y rápida cruzaba por su frente; sin duda recordaba que hacía ape­nas dos meses que su madre había muerto y que él era quien menos podía dudar que había sido envenena­da, pero la nube debía ser pasajera, puesto que desapa­recía como una sombra flotante; precisamente quienes le dirigían la palabra, le felicitaban y se codeaban con él, eran los mismos que habían asesinado a la valiente Juana de Albret.

A pocos pasos del rey de Navarra, casi tan pensa­tivo y preocupado como alegre y expansivo aparentaba estar el rey, el joven duque de Guisa conversaba con Teligny. Más afortunado que el bearnés, su fama, a los veintidós años, era casi tan grande como la de su padre, el gran Francisco de Guisa. Era un distinguido mozo, de elevada estatura, de mirada altiva y orgullosa y do­tado de tan natural majestuosidad, que a su paso los demás príncipes parecían plebeyos. Pese a su juventud, los católicos le consideraban jefe de su partido, mien­tras que los hugonotes reconocían como jefe del suyo a Enrique de Navarra, cuyo retrato se acaba de esbozar.

Comenzó usando el título de príncipe de Joinvi­lle, habiendo hecho sus primeras armas en el sitio de Orleáns, al lado de su padre, que murió en sus brazos acusando al almirante Coligny de ser su asesino. Enton­ces, el joven duque hizo, como Annibal, un solemne jura­mento: vengar la muerte de su padre en la persona del almirante o en la de algún miembro de su familia, y per­seguir a los de su religión sin tregua ni reposo, prome­tiendo a Dios convertirse en su ángel exterminador so­bre la tierra hasta concluir con el último hereje. Por fuerza había de producir gran asombro el ver a este prín­cipe, siempre tan fiel a su palabra, estrechar la mano de quienes juró ser enemigo mortal y charlar amistosamen­te con el yerno de aquél a quien, ante su padre agonizan­te, prometió dar muerte.

Pero, como ya hemos dicho, ésta era la noche de las sorpresas. El observador privilegiado, que hubiese podido asistir a la fiesta provisto de ese conocimiento del porvenir del que por fortuna carecen los hombres y de esa facultad de leer en los corazones que, por desdi­cha, solo pertenece a Dios, habría gozado sin duda del más curioso espectáculo que ofrecen los anales de la tris­te comedia humana.

Este observador, que faltaba en las galerías interio­res del Louvre, continuaba en la calle, mirando con ojos llameantes y rugiendo con voz amenazadora: este ob­servador era el pueblo, quien, con su instinto maravillo­so agudizado por el odio, seguía desde lejos el ir y venir de las sombras de sus enemigos implacables, deducien­do sus pasiones tan claramente como pueda hacerlo un espectador situado ante las ventanas de un salón de baile en el que no puede entrar. La música embriaga y mar­ca el compás al bailarín, mientras que el espectador de fuera, como no la oye y tan sólo advierte el movimien­to, ríe de ese muñeco que parece agitarse caprichosa­mente.

La música que embriagaba a los hugonotes era la voz de su orgullo. Aquellas luminarias que a media no­che veían los parisienses eran los relámpagos de su odio que iluminaban el porvenir. Sin embargo, todo reía en el interior del Louvre, y ahora un murmullo más dulce y halagador que nunca se dejó sentir: la joven desposada, después de quitarse su traje de boda, su manto y su largo velo, acababa de entrar en el salón de baile, acompañada por la hermosa duquesa de Nevers, su mejor amiga, y conducida por su hermano Carlos IX, que la presenta­ba a sus principales invitados.

La recién casada, hija de Enrique II, era la perla de la corona de Francia, es decir, Margarita de Valois, a quien el rey Carlos IX, con su familiar ternura, llamaba siem­pre «mi hermana Margot».

Jamás un recibimiento, por halagador que fuese, había sido tan merecido como el que ahora se dispen­saba a la nueva reina de Navarra. Margarita, que entonces apenas contaba veinte años, era ya el objeto de las alabanzas de todos los poetas. Unos la comparaban a la aurora, otros a Citerea. Era, en efecto, la belleza sin rival en aquella corte donde Catalina de Médicis había reunido, para convertirlas en sus Sirenas, a las mujeres más hermosas que pudo hallar. Tenía los cabellos ne­gros, el color encendido, la mirada voluptuosa y velada por largas pestañas, la boca roja y delicada, el cuello airoso, el talle firme y flexible y, ocultos en calzado de raso, unos pies de niña. Los franceses se sentían orgu­llosos de tenerla con ellos, viendo cómo se abría en su tierra una flor tan magnífica... Los extranjeros que pa­saban por Francia regresaban a sus países deslumbrados por su belleza si sólo la habían visto y admirados de su saber si habían logrado hablar con ella. Margarita no so­lamente era la más bella, sino también la más culta de las mujeres de su tiempo. Se citaba la frase de un sabio ita­liano que le había sido presentado y que, después de ha­ber conversado una hora con ella en italiano, español, latín y griego, se había ido diciendo lleno de entusiasmo: «Ver la corte de Francia sin ver a Margarita de Valois, ni es ver Francia ni es ver la corte».

No escasearon, por lo tanto, los murmullos de apro­bación al rey Carlos IX y a la reina de Navarra; ya se sabe lo aficionados que eran los hugonotes a tales demostra­ciones. No faltaron infinidad de alusiones al pasado y hubo no pocas preguntas acerca del porvenir que fueron hábilmente deslizadas hasta el oído del rey en medio de los cumplidos.

A todas estas alusiones respondía el monarca con sus labios pálidos y su falsa sonrisa:

‑Al entregar a mi hermana Margarita en brazos de Enrique de Navarra, entrego mi corazón en brazos de todos los protestantes del reino.

Esta frase tranquilizaba a unos y hacía sonreír a otros, porque en realidad tenía dos sentidos: uno pater­nal, en el que Carlos IX no quería insistir demasiado; otro injurioso, para la desposada, para su marido y has­ta para el rey mismo, porque aludía a ciertos escándalos privados con que la crónica de la corte había encontra­do ya el medio de manchar el velo nupcial de Margarita de Valois.

Entre tanto, el señor de Guisa conversaba, como decíamos, con Teligny, pero sin prestar al diálogo tanta atención como para no poder dirigir de vez en cuando una mirada al grupo de damas en cuyo centro resplan­decía la reina de Navarra.

Cuando la mirada de la princesa chocaba con la del joven duque, una nube parecía oscurecer la encantado­ra frente coronada por una aureola temblorosa de ruti­lantes estrellas, y un oculto designio parecía descubrir­se en su actitud impaciente y agitada.

La princesa Claudia, hermana mayor de Margarita, casada desde hacía varios años con el duque de Lorena, había notado esa inquietud, y ya se acercaba a ella para preguntarle la causa, cuando, al apartarse todos para dar paso a la reina madre, que entraba apoyándose en el brazo del joven príncipe de Condé, la princesa se halló de nuevo alejada de su hermana.

Se produjo entonces un movimiento general que el duque de Guisa aprovechó para acercarse a su cuñada, la señora de Nevers, y, por consiguiente, a Margarita.

La señora de Lorena, que no había perdido de vista a la joven reina, vio desaparecer de su frente la nube que hasta entonces la velara y subir hasta sus mejillas una encendida llama. El duque continuaba aproximándose y, cuando estuvo a dos pasos de Margarita, esta, que más parecía sentirle que verle, se volvió, no sin hacer un violento esfuerzo para dar a su semblante una expresión calmosa a indiferente. El duque se inclinó ante ella en un respetuoso saludo mientras murmuraba a media voz:

‑Ipse attuli.

Lo que significaba: «Lo he traído» o «Lo he traído yo mismo».

Margarita devolvió su reverencia al joven duque y al incorporarse pronunció esta respuesta:

‑Noctu pro more.

O lo que es igual: «Esta noche, como de costumbre».

Estas dulces palabras, apagadas por el enorme cue­llo almidonado del vestido de la princesa, cual lo hubie­ran sido por una mampara, no fueron oídas más que por la persona a quien iban dirigidas. Por corto que fuese, el diálogo encerraba, sin duda, cuanto tenían que decirse, ya que, terminado este intercambio de dos palabras por tres, se separaron, Margarita más pensativa y el du­que con el rostro más radiante que antes de haberse acercado.

Tuvo lugar esta pequeña escena sin que el más inte­resado en observarla pareciera prestar la menor aten­ción. El rey de Navarra no tenía ojos más que para una sola persona, que reunía en torno suyo una corte casi tan numerosa como Margarita de Valois: esta persona era la bella señora de Sauve.

Carlota de Beaune‑Semblancay, nieta del desdi­chado Semblancay y esposa de Simón de Fizes, barón de Sauve, era una de las damas de honor de Catalina de Médicis y una de las más temibles colaboradoras de esta reina, que ofrecía a sus enemigos el filtro del amor cuando no se atrevía a darles el veneno florentino. Pe­queña, rubia, tan pronto chispeante como melancólica, siempre dispuesta al amor y a la intriga, esos dos gran­des quehaceres que desde hacía cincuenta años ocupa­ban a la corte de los tres últimos reyes, mujer en toda la acepción de la palabra y con todo el encanto que esto implica, desde los ojos azules lánguidos o llameantes hasta los piececitos inquietos y arqueados en su calza­do de terciopelo, la señora de Sauve era dueña desde hacía algunos meses de todos los pensamientos del rey de Navarra, que se iniciaba entonces tanto en la carrera amorosa como en la política; de modo que Margarita de Navarra, belleza magnífica y real, ni siquiera pudo despertar la admiración en el fondo del corazón de su esposo. Cosa extraña y que asombraba a todo el mun­do, incluso a este alma llena de tinieblas y de misterios, era que Catalina de Médicis, al mismo tiempo que perseguía su proyecto de unión entre su hija y el rey de Navarra, no había dejado de favorecer, casi abierta­mente, los amores de éste con la señora de Sauve. Mas a pesar de ayuda tan poderosa y a despecho de las cos­tumbres fáciles de la época, la bella Carlota había re­sistido hasta entonces.

De esta resistencia sin precedentes, increíble, in­audita, más aún que de la belleza y de la inteligencia de la que resistía, nació en el corazón del bearnés una pa­sión que, no pudiendo satisfacerse, se replegó sobre sí misma, devorando en el corazón del joven rey la timi­dez, el orgullo y hasta aquella despreocupación mitad filosófica, mitad perezosa, que constituía el fondo de su carácter.

La señora de Sauve hacía unos minutos que acababa de entrar en el salón de baile; fuera por desprecio o por resentimiento, había resuelto en un principio no asistir al triunfo de su rival y, pretextando una indisposición, había consentido que su esposo, secretario de Estado desde hacía cinco años, fuera solo al Louvre. Pero, al ver al barón de Sauve sin su esposa, Catalina de Médicis se informó de la causa que mantenía alejada a su amada Carlota. Al saber que sólo se trataba de una leve indis­posición, le escribió unas líneas rogándole que se pre­sentara, ruego que ésta se apresuró a obedecer. Enrique, aunque muy triste al principio por su ausencia, respiró con más libertad al ver entrar solo al señor de Sauve; pero en el momento en que, no esperando ni remo­tamente su llegada, se acercaba suspirando a la amable criatura a la que estaba condenado si no a amar, por lo menos a tratar como esposa, vio aparecer a la señora de Sauve en el extremo de la galería. Entonces se quedó clavado en su sitio con los ojos fijos en aquella Circe que lo encadenaba con un lazo mágico. Luego, en lugar de dirigirse a su esposa, se acercó a la señora de Sauve con un movimiento de vacilación que más parecía de asom­bro que de temor.

Los cortesanos, por su parte, viendo que el rey de Navarra, cuyo corazón ardiente conocían, se aproxi­maba a la hermosa Carlota, no se atrevieron a impe­dirlo, y se alejaron. Así, al mismo tiempo que Margari­ta de Valois y el señor de Guisa intercambiaban las pocas palabras latinas que hemos mencionado, Enri­que entablaba con la señora de Sauve, en un francés muy inteligible, aunque salpicado de acento gascón, una charla menos misteriosa.

‑¡Oh, amiga mía ‑le dijo‑, aparecéis aquí en el momento en que acaban de informarme que estabais en­ferma y cuando había perdido ya la esperanza de veros!

‑¿Pretenderá Vuestra Majestad‑respondió la se­ñora de Sauve‑hacerme creer que le habría costado mu­cho perder esa esperanza?

‑¡Cómo! Ya lo creo ‑repuso el bearnés‑. ¿Aca­so no sabéis que vos sois mi sol durante el día y mi es­trella durante la noche? Os aseguro que me creía en la oscuridad más profunda. Al llegar vos iluminasteis todo de pronto.

‑Entonces, ¿os he hecho una mala pasada?

‑¿Qué queréis decir, amiga mía?

‑Quiero decir que, cuando se es dueño de la mu­jer más hermosa de Francia, lo único que se debe de­sear es que la luz deje paso a la oscuridad, porque es en la oscuridad donde nos espera la dicha.

‑Esta dicha, querida, sabéis muy bien que depende de una sola persona y que esta persona se ríe y se burla del pobre Enrique.

‑¡Oh! ‑replicó la baronesa‑. Yo había creído que, por el contrario, esa persona era el juguete y la burla del rey de Navarra.

Enrique se quedó estupefacto ante aquella actitud hostil, pero después cayó en la cuenta de que era pro­ducto del despecho, y pensó que éste no es más que la máscara del amor.

‑En verdad, querida Carlota‑dijo‑, me acusáis muy injustamente y no comprendo cómo una boca tan bella pueda ser a un mismo tiempo tan cruel. ¿Creéis por ventura que soy yo quien se casa? ¡Oh, no, de nin­guna manera! ¡Qué voy a ser yo!

‑Seré yo entonces ‑repuso la baronesa con acri­tud, si es que puede parecer agria la voz de la mujer que nos ama y se queja de no sentirse correspondida.

‑¿Con unos ojos tan bellos, no alcanzáis a ver más allá? No, no, no es Enrique de Navarra quien se casa con Margarita de Valois.

‑¿Pues quién es?

‑¡Por Dios, baronesa! Es la religión reformada la que se casa con el Papa. ¡Ni más ni menos!

‑Nada de eso, señor, no pienso dejarme engañar por vuestros juegos de ingenio; Vuestra Majestad ama a Mar­garita y no soy yo, Dios me libre, quien puede reprochá­roslo. Ella es lo bastante hermosa como para ser amada.

Enrique reflexionó un instante, durante el cual las comisuras de sus labios fingieron una sonrisa.

‑baronesa ‑dijo‑, según veo, buscáis querella. No tenéis derecho a ello. ¿Qué habéis hecho, decidme, para impedir que me case con Margarita? Nada. Por el contrario, me habéis hecho perder toda esperanza.

‑¡Bien castigada estoy! ‑respondió la señora de Sauve.

‑¿Por qué?

‑Por la sencilla razón de que hoy os casáis con otra.

‑¡Si me caso con ella es porque vos no me amáis...!

‑Si os amase, Sire, moriría antes de una hora.

‑¡Dentro de una hora! ¿Qué queréis decir? ¿Cuál sería la causa de vuestra muerte?

‑¡Los celos!... Dentro de una hora, la reina de Navarra despedirá a sus damas y Vuestra Majestad a sus gentiles hombres.

‑¿Es ésta la idea que en realidad os tortura, amiga mía?

‑No he querido decir eso; lo que sí digo es que, si os amara, me torturaría horriblemente.

‑¡Pues bien! ‑exclamó Enrique lleno de júbilo al oír tal confesión, la primera que recibía de aquellos la­bios‑. ¿Y si el rey de Navarra no despidiera a ninguno de sus gentiles hombres esta noche?

‑Sire ‑dijo la señora de Sauve, mirando al rey con un asombro que por esta vez no era fingido‑, es­táis diciendo cosas imposibles y sobre todo increíbles.

‑Para que las creyerais, ¿qué tendría que hacer?

‑Tendríais que darme una prueba que no podéis darme.

‑¡Oh, señora, por san Enrique, os la daré, estad segura! ‑exclamó el rey devorando a la joven con una mirada amorosa.

‑¡Majestad!... ‑murmuró la bella Carlota bajan­do la voz y los ojos‑. No comprendo... ¡No, no, es imposible que renunciéis a la felicidad que os espera!

‑Hay cuatro Enriques en esta sala, mi bien ‑re­puso el rey‑: Enrique de Francis, Enrique de Condé, Enrique de Guisa y Enrique de Navarra.

‑¿Y qué?

‑Que Enrique de Navarra no hay más que uno. ¿Si le tuvierais a vuestro lado toda la noche...?

‑¿Toda la noche?

‑Sí, toda la noche. ¿Estaríais segura de que no está con otra?

‑¡Ah, si sois capaz de hacer eso! ‑exclamó a su vez la señora de Sauve.

‑Palabra de caballero.

La señora de Sauve levantó sus grandes ojos llenos de voluptuosas promesas y sonrió al rey, cuyo corazón se colmó de alegría.

‑En ese caso, ¿qué diríais? ‑preguntó Enrique. ‑¡Oh! En ese caso diría que Vuestra Majestad ver­daderamente me ama ‑respondió Carlota.

‑¡Cuerpo de Baco! Entonces decidlo, porque así es.

‑Pero ¿cómo haremos? ‑prosiguió la señora de Sauve.

‑¡Por Dios, baronesa, no os faltará alguna cama­rera, alguna doncella o alguna joven de la que podáis estar segura!

‑Tengo a Dariole, que me sirve con tanta devoción que con gusto se dejaría cortar en pedazos por mí. ¡Un verdadero tesoro!

‑Decidle, ¡por Satanás!, baronesa, que haré su for­tuna cuando se cumpla lo que han predicho los astrólo­gos y yo sea rey de Francia.

Carlota sonrió; ya en esa época estaba formada la reputación gascona del bearnés en lo que respecta a sus promesas.

‑¿Qué deseáis de Dariole?

‑Muy pocas cosa. Lo que para ella no será nada lo será todo para mí.

‑¿En resumen?

‑Vuestro departamento está situado encima del mío, ¿no es cierto?

‑Sí.

‑Decidle que espere detrás de la puerta. Daré tres golpes suaves. Cuando me abra, vos tendréis la prueba que os he prometido.

La señora de Sauve guardó silencio unos segundos; luego, como si hubiera mirado a su alrededor para ase­gurarse de que nadie la oía, fijó por un instante los ojos en el grupo donde se encontraba la reina madre, instan­te que bastó para que Catalina y su dama de honor cam­biaran una mirada.

‑¡Ah! Si yo quisiera ‑dijo la señora de Sauve con un acento de Sirena que hubiese derretido la cera en los oídos de Ulises‑, si yo quisiera sorprender en una mentira a Vuestra Majestad...

‑Tratad de hacerlo, amiga mía, es cuestión de que lo intentéis...

‑Os confieso que tengo que luchar contra la ten­tación.

‑Daos por vencida, nunca son tan fuertes las mu­jeres como después de haber cedido.

‑Señor, os cojo la palabra en nombre de Dariole para el día en que seáis rey de Francia.

Enrique lanzó un grito de alegría.

En el preciso momento en que este grito se esca­paba de los labios del bearnés, la reina de Navarra res­pondía al duque de Guisa:

‑Noctu pro more: esta noche, como de costumbre.

Enrique se alejó entonces de la señora de Sauve tan dichoso como el duque de Guisa de Margarita de Va­lois.

Una hora después de esta doble escena que acaba­mos de relatar, el rey Carlos y la reina madre se retira­ban a sus aposentos. Inmediatamente, los salones co­menzaron a despoblarse y las galerías dejaron ver la base de sus columnas de mármol.

El almirante y el príncipe de Condé salieron escol­tados por cuatrocientos gentiles hombres, abriéndose paso entre la multitud que murmuraba. Luego, Enrique de Guisa y los caballeros loreneses y católicos salieron a su vez acompañados por los gritos de alegría y los aplausos de la multitud.

En cuanto a Margarita de Valois, Enrique de Na­varra y la señora de Sauve, ya se sabe que habitaban en el mismo palacio del Louvre.

 

II

 

LAS HABITACIONES

DE LA REINA DE NAVARRA

 

El duque de Guisa acompañó a su cuñada, la du­quesa de Nevers, a su casa, sita en la calle de Chaume, frente a la de Brac. Después de haberla dejado al cuida­do de sus doncellas, entró en su cuarto para cambiarse de ropa, coger una capa y armarse de uno de esos puña­les cortos y agudos llamados «fe de caballero», que se llevaban sin la espada. En el momento en que iba a cogerlo de encima de la mesa, vio entre la hoja y la vaina un papel.

Lo abrió y leyó lo que sigue:

«Espero que el señor de Guisa no vuelva esta noche al Louvre, o, si lo hace, tome al menos la precaución de armarse con una buena cota de malla y una buena espada. »

‑¡Ah! ‑dijo el duque, volviéndose hacia su ayu­da de cámara‑. ¡Singular advertencia, Robin! Espero que me digas quién entró aquí durante mi ausencia.

‑Una sola persona, monseñor.

‑¿Quién?

‑El señor Du Gast.

‑¡Perfectamente! Me pareció reconocer la letra. ¿Estás seguro de que Du Gast ha venido? ¿Le has visto?

‑Más todavía, monseñor, he hablado con él.

‑¡Muy bien! Seguiré su consejo. Tráeme la cota y la espada.

El criado, habituado a estos cambios de indumenta­ria, le entregó al instante lo que pedía. El duque se puso la cota tejida con mallas tan flexibles que la trama de acero no era más gruesa que el terciopelo. Ciñóse las calzas y se vistió con un jubón gris y plata, sus colores favoritos. Se calzó unas altas botas que le llegaban hasta la mitad del muslo, se caló un gorro de terciopelo negro sin plumas ni pedrerías, se envolvió en una capa oscura, colgó su puñal al cinto y poniendo su espada en manos de un paje, única escolta que eligió como compañía, tomó el camino del Louvre.

Al poner los pies en la calle, el sereno de Saint­ Germain d'Auxerre acababa de cantar la una de la ma­drugada.

Pese a lo avanzado de la noche y a las pocas seguri­dades que ofrecían las calles en aquella época, el prín­cipe aventurero no tuvo ningún tropiezo por el cami­no, llegando sano y salvo ante la masa colosal del viejo Louvre, cuyas luces se habían apagado una tras otra y ahora se erguía, sombrío y formidable, en medio del si­lencio y la oscuridad.

Delante del castillo real se extendía un profundo foso, al que daban la mayoría de las habitaciones de los príncipes. Las habitaciones de Margarita estaban si­tuadas en el primer piso.

Este primer piso hubiera sido muy accesible a no ser por el foso, de cuyo fondo le separaba una distancia de cerca de treinta pasos. Por consiguiente, quedaba fuera del alcance de los amantes y de los ladrones, lo que no impidió que el señor de Guisa bajara resuelta­mente al foso.

En el momento en que lo hacía se oyó abrirse una ventana en la planta baja. Esta ventana estaba enrejada, pero una mano levantó uno de los barrotes, falseado con premeditación, y dejó caer un cordón de seda.

‑¿Sois vos, Guillonne? ‑preguntó el duque en voz baja.

‑Sí, monseñor ‑respondió una voz femenina en tono todavía más bajo.

‑¿Y Margarita?

‑Os espera.

‑Magnífico.

Dichas estas palabras, el duque hizo una señal a su paje, quien, abriendo su capa, desenrolló una pequeña escala de cuerda. El príncipe ató uno de los extremos de la escala al cordón. Guillonne atrajo hacia sí la esca­la y la sujetó sólidamente. El señor de Guisa, luego de ceñirse la espada, comenzó la ascensión, que hizo sin tropiezo alguno. Detrás de él volvió a su sitio el barro­te, la ventana se cerró de nuevo y el paje, después de contemplar cuán tranquilamente entraba su señor en el Louvre, fue a tenderse, arrebujado en su capa, sobre la hierba del foso, al amparo de la muralla.

La noche era muy cerrada y caían algunas gotas de lluvia, tibias y gruesas, procedentes de unos nubarro­nes cargados de electricidad.

El duque de Guisa siguió a su guía, que era nada menos que la hija de Jacques de Matignon, mariscal de Francia. Pasaba por ser la confidente de Margarita, quien no tenía secretos para ella y, según las malas len­guas de la corte, entre los misterios que ocultaba su in­corruptible fidelidad, había algunos tan terribles que le obligaban a guardar los otros.

Ninguna luz había quedado encendida en las habi­taciones del piso bajo ni en los corredores. Sólo de vez en cuando un tenue relámpago iluminaba las oscuras habitaciones con un reflejo azulado y fugaz.

El duque, siempre guiado por la muchacha que lo llevaba de la mano, llegó por fin a una escalera de cara­col que se abría en el espesor de un muro y que iba a dar a una puerta secreta a invisible de la antecámara de las habitaciones de Margarita. Esta antecámara, como las demás cámaras del piso bajo, estaba sumergida en la más completa oscuridad.

Al llegar allí, Guillonne se detuvo.

‑¿Habéis traído lo que la reina desea? ‑inquirió en voz baja.

‑Sí ‑respondió el duque de Guisa‑, pero sólo se lo entregaré a Su Majestad en persona.

‑Venid, pues, sin perder un instante ‑dijo en­tonces, en medio de la oscuridad, una voz que hizo es­tremecer al duque, pues reconoció en ella a la de Mar­garita.

Al mismo tiempo, al levantarse un cortinaje de terciopelo violeta con doradas flores de lis, el duque distinguió en la sombra a la reina en persona que, im­paciente, le salía al encuentro.

‑Heme aquí, señora ‑dijo entonces el duque, y traspuso rápidamente la cortina, que se cerró tras él.

Tocó el turno a Margarita de Valois de servir de guía al príncipe en estas habitaciones, que él conocía de sobra, mientras Guillonne, quedándose en la puerta, se llevaba un dedo a los labios para tranquilizar a su au­gusta señora.

Como si hubiera comprendido las celosas inquie­tudes del duque, Margarita le condujo hasta su dormi­torio, donde le dijo:

‑¿Estáis contento, duque?

‑¿Contento, señora? ‑preguntó éste‑. ¿Y de qué, si puede saberse?

‑De esta prueba que os doy ‑repuso Margarita con un imperceptible tono de despecho‑, pues perte­nezco a un hombre que la misma noche de bodas hace tan poco caso de mí, que ni siquiera ha venido a agrade­cerme el honor que le he hecho, no ya eligiéndole por esposo, sino aceptándole como tal.

‑¡Oh, señora! ‑dijo tristemente el duque‑. Tran­quilizaos: vendrá, sobre todo si vos lo deseáis.

‑¡Y sois vos quien dice eso, Enrique! –exclamó Margarita‑. ¡Vos, que sabéis mejor que nadie lo con­trario de lo que estáis diciendo! ¿Os hubiera yo pedido que vinierais al Louvre si tuviera este deseo?

‑Me habéis pedido que viniera al Louvre, Marga­rita, porque deseáis borrar todo vestigio de nuestro pa­sado, pasado que no sólo vivía en mi corazón, sino tam­bién en este cofre de plata que os traigo.

‑¿Queréis que os diga una cosa, Enrique?‑repu­so Margarita mirando fijamente al duque‑. ¡Más que un príncipe, me parecéis un colegial! ¿Yo negar que os he amado? ¿Yo querer apagar una llama que quizá se extinga, pero cuya luz perdurará siempre? Sabed que los amores de las personas de mi rango iluminan y a veces incendian toda una época. ¡No, no, mi dueño! Podéis conservar las cartas de vuestra Margarita y el cofre que ella os dio. De todas esas cartas, ella no reclama más que una sola, que es tan peligrosa para vos como para ella misma.

‑Todo es vuestro ‑replicó el duque‑; elegid, pues, y destruid lo que queráis.

Margarita registró con rapidez el cofre abierto. Fue cogiendo con sus manos febriles hasta una docena de cartas, limitándose a ver los sobres, como si con esto su memoria recordara cuál era su contenido, pero, al lle­gar al final de su examen, miró al duque y, palidecien­do, le dijo:

‑Señor, no está aquí la que busco. ¿Acaso la ha­béis perdido? Porque si la habéis entregado...

‑‑¿Qué carta buscáis, señora?

‑Aquella en que os decía que os casarais sin tardanza.

‑¿Para excusar vuestra infidelidad?

Margarita se limitó a encogerse de hombros:

‑No, por cierto, sino para salvaros la vida. Busco la carta en la que os decía que el rey, enterado de nues­tro amor y viendo los esfuerzos que yo hacía para romper vuestra futura unión con la infanta de Portugal, había llamado a su hermano, el bastardo de Angu­lema, y le había dicho, mostrándole dos espadas: «Con ésta matarás a Enrique de Guisa esta noche o yo lo ma­taré mañana con esta otra». Decidme, ¿dónde está esa carta?

‑Vedla aquí‑dijo el duque sacándola de su pecho.

Margarita casi se la arrebató de las manos, la abrió con avidez, se cercioró de que era realmente la que bus­caba, lanzó una exclamación de alegría y la acercó a una vela. La llama se comunicó enseguida al papel, que ar­dió en un instante. Luego, como si Margarita temiese que pudieran descubrirla, aplastó las cenizas con su pie.

Durante toda esta febril escena, el duque de Guisa había seguido con la mirada a su amante.

‑¿Y ahora, Margarita? ‑le dijo cuando ella hubo terminado‑. ¿Estáis contenta?

‑Sí, porque ahora que estáis casado con la princesa de Porcian, mi hermano me perdonará vuestro amor, mientras que antes no me hubiese perdonado el haberos revelado un secreto como el que, en mi debilidad por vos, no tuve el valor de ocultaros.

‑Es verdad ‑respondió el duque de Guisa‑. Claro que en aquel tiempo me amabais...

‑Y os amo todavía, Enrique, tanto o más que antes.

‑¿Vos?

‑Sí, yo. Nunca he necesitado tanto un amigo sin­cero y fiel como ahora que soy una reina sin trono y una esposa sin marido.

El joven príncipe ladeó tristemente la cabeza.

‑Os digo y os repito, Enrique, que mi marido no solamente no me ama, sino que me odia, me desprecia. ¿Queréis mejor prueba de ese odio y de ese desprecio que vuestra presencia aquí, en la habitación donde él debería estar a estas horas?

‑Aún no es tarde, señora, y el rey de Navarra ne­cesita tiempo para despedir a sus gentiles hombres. Si no ha venido, no tardará en llegar.

‑¿Cómo queréis que os diga que no vendrá? ‑ex­clamó Margarita con creciente despecho.

‑Señora ‑dijo Guillonne abriendo la puerta y le­vantando las cortinas‑, el rey de Navarra sale en este momento de sus habitaciones.

‑¡Estaba seguro de que vendría! ‑gritó el duque de Guisa.

‑Enrique ‑dijo Margarita con voz cautelosa, co­giéndole de la mano‑. Enrique, vais a ver si soy una mu­jer de palabra y si se puede confiar en mis promesas; entrad en ese gabinete.

‑¡Señora, dejadme partir si es tiempo todavía, por­que a la primera prueba de amor que el rey os dé, saldré de mi escondite y... desdichado de él!

‑¡Entrad os digo! ¡Estáis loco! ¡Entrad! Yo res­ponderé de todo.

Y empujó al duque hacia el gabinete. ¡Con qué oportunidad! Apenas se cerró la puerta detrás del du­que, apareció sonriente el rey de Navarra, escoltado por dos pajes que llevaban ocho velas de cera amarilla.

Margarita disimuló su turbación en una profunda reverencia.

‑¿Todavía no estáis acostada, señora? ‑preguntó el bearnés con su aspecto franco y jovial‑. ¿O es que por ventura me esperabais?

‑No, señor ‑respondió Margarita‑, ayer mis­mo me dijisteis que sabíais perfectamente que nuestro matrimonio era una alianza política y que nunca ejer­ceríais vuestros derechos sobre mí.

‑Desde luego, pero esto no es razón para que no conversemos un poco los dos. Guillonne, cerrad las puertas y dejadnos.

Margarita, que se había sentado, levantóse y exten­dió la mano como para ordenar a los pajes que se que­daran.

‑¿Será preciso que llame a vuestras damas? ‑pre­guntó el rey‑. Así lo haré si es vuestro deseo, pero os confieso que, por las cosas que tengo que deciros, pre­feriría que estuviésemos solos. ‑Y el rey de Navarra se adelantó hacia el gabinete.

‑¡No! ‑gritó Margarita, interceptándole violen­tamente el paso‑. Es inútil; estoy dispuesta a escu­charos.

El bearnés sabía ya cuanto deseaba saber. Dirigió una rápida mirada hacia el gabinete, como si a través de los cortinajes hubiese querido penetrar en sus más som­brías profundidades. Y luego, volviendo sus ojos hacia su bella esposa, pálida de terror:

‑En ese caso, señora ‑le dijo con voz perfecta­mente tranquila‑, podremos conversar un momento.

‑Como guste Vuestra Majestad ‑dijo la joven, dejándose caer en el sillón que le indicaba su marido.

El bearnés se colocó cerca de ella.

‑Señora, a pesar de lo que diga la gente, creo que nuestro matrimonio es un buen matrimonio. Yo soy vuestro y vos sois mía.

‑Pero... ‑dijo Margarita.

‑Debemos, por consiguiente ‑continuó el rey de Navarra, sin advertir al parecer la vacilación de Mar­garita‑, obrar como buenos aliados, puesto que hoy nos hemos jurado alianza ante Dios. ¿No es esta vues­tra opinión?

‑Sin duda, señor.

‑Conozco, señora, cuán grande es vuestra inteli­gencia. No ignoro de cuántos peligrosos abismos está sembrado el terreno de la corte; soy joven y, aunque nunca hice mal a nadie, tengo muchos enemigos. ¿En qué bando, señora, debo colocar a quien lleva mi nom­bre y me ha jurado fidelidad al pie del altar?

‑¡Oh, señor! Podíais pensar...

‑No pienso nada, señora, espero y quiero asegu­rarme de que mi esperanza es fundada. Es indudable que nuestro casamiento no es más que un pretexto o una trampa.

Margarita se estremeció, sin duda porque también a su mente había acudido la misma idea.

‑Ahora bien, ¿en cuál de los dos bandos? ‑con­tinuó Enrique de Navarra‑. El rey me odia, el duque de Anjou me odia, el duque de Alençon me odia, Ca­talina de Médicis odiaba demasiado a mi madre para no odiarme a mí también.

‑¡Oh, señor! ¿Qué estáis diciendo?

‑La verdad, señora ‑prosiguió el rey‑, y de­searía, para que nadie creyera que me engaño acerca del asesinato del señor De Mouy y del envenenamien­to de mi madre, que hubiese aquí alguien que pudiera oírme.

‑Señor‑interrumpió Margarita, con el tono más tranquilo y sonriente que pudo‑, sabéis muy bien que aquí no hay nadie más que vos y yo.

‑Por eso justamente me atrevo a deciros que no me engañan los halagos que me hace la Casa de Francia ni los que me prodiga la Casa de Lorena.

‑¡Sire, Sire! ‑exclamó Margarita.

‑¿Qué hay, amiga mía? ‑preguntó sonriendo, a su vez, Enrique.

‑Hay, señor, que tales palabras son muy peligro­sas...

‑De ningún modo estando... solos como estamos ‑repuso el rey‑. Os decía, pues...

Margarita, visiblemente atormentada, hubiera que­rido detener cada palabra en los labios del bearnés. En­rique proseguía con su aparente ingenuidad:

‑Os decía, pues, que estoy amenazado por todas partes: amenazado por el rey, amenazado por el duque de Alençon, amenazado por el duque de Anjou, ame­nazado por la reina madre, amenazado por el duque de Guisa, por el de Mayenne, por el cardenal de Lorena, por todo el mundo, en fin. Esto se sabe por instinto, de sobra lo comprendéis, señora. Pues bien, contra todas esas amenazas, que no tardarán en convertirse en ataques, puedo defenderme con vuestro apoyo. A vos os quieren todas esas personas que a mí me detestan.

‑¿A mí? ‑preguntó Margarita.

‑Sí, a vos ‑respondió Enrique de Navarra con la mayor naturalidad‑. Os quiere el rey Carlos, os quiere ‑añadió recalcando el nombre‑ el duque de Alençon, os quiere la reina Catalina, os quiere el duque de Guisa.

‑Señor... ‑murmuró Margarita.

‑Nada tiene de extraño que todo el mundo os quie­ra. Quienes acabo de nombrar son vuestros hermanos o vuestros parientes. Amar a los parientes y a los herma­nos es vivir conforme a la ley de Dios.

‑Terminad ya, de una vez ‑dijo Margarita sofo­cada‑. ¿Hasta dónde queréis llegar, señor?

‑Quiero llegar hasta donde os he dicho y es que si os convertís, no diré en mi amiga, sino en mi aliada, podré afrontarlo todo; pero si, por el contrario, prefe­rís ser mi enemiga, estoy perdido.

‑¡Oh! Jamás seré vuestra enemiga‑exclamó Mar­garita.

‑Por lo que se ve, ¿tampoco seréis nunca mi amiga?

‑Puede ser.

‑¿Y mi aliada?

‑Eso sí.

Y Margarita se volvió, tendiendo la mano al rey.

Enrique la cogió, la besó con galantería y, guar­dándola entre las suyas más por un deseo de investiga­ción que por un sentimiento de ternura, dijo:

‑Os creo, señora, y desde ahora os tengo como alia­da. Nos han casado sin que nos conociéramos, sin que nos amásemos, incluso sin consultarnos. No nos debe­mos, por lo tanto, nada como marido y mujer. Ya veis, señora, que, anticipándome a vuestros deseos, vengo a confirmaros esta noche lo que os dije ayer. Ahora noso­tros nos aliamos libremente sin que nadie nos obligue a ello; nos aliamos como dos corazones leales que se de­ben mutua protección. ¿Lo entendéis así?

‑Sí, señor ‑dijo Margarita, tratando de retirar la mano.

‑Si es así‑continuó el bearnés sin apartar los ojos de la puerta del gabinete‑, como quiera que la primera prueba de una sincera alianza es la confianza más ab­soluta, voy a contaros, señora, en sus más secretos de­talles, el plan que tengo concebido para salir victorioso de tantas enemistades.

‑Señor... ‑susurró Margarita, volviendo a pesar suyo los ojos hacia el gabinete, mientras el bearnés, al ver que su treta surtía efecto, sonreía para sus adentros.

‑He aquí mi plan ‑prosiguió, fingiendo no ad­vertir la confusión de la reina‑. Voy a...

‑Señor ‑gritó Margarita, levantándose súbita­mente y cogiendo del brazo al rey‑; ¡permitidme que respire... la emoción... el calor..., no sé..., me ahogo!

En efecto, Margarita se hallaba pálida y temblorosa como si hubiera estado a punto de desmayarse.

Enrique se dirigió hacia una ventana situada a cierta distancia y la abrió. La ventana daba sobre el río.

Margarita le siguió con la mirada.

‑Silencio, silencio, Sire. Os lo suplico, por vuestro bien.

‑Pero, señora, ¿no me habéis dicho que estamos solos? ‑dijo el bearnés, sonriendo a su manera.

‑Sí, señor, pero ¿no habéis oído decir que por me­dio de un tubo introducido a través de un techo o de una pared se puede escuchar todo?

‑Está bien, señora ‑replicó en voz baja el bear­nés‑. No me amáis, es cierto, pero sois una mujer hon­rada.

‑¿Qué queréis decir, señor?

‑Que si fuerais capaz de traicionarme, me hubie­seis dejado continuar, puesto que yo mismo me trai­cionaba. Me habéis hecho callar. Sé ahora que hay al­guien escondido aquí, que sois una esposa infiel, pero una fiel aliada, y en este momento ‑agregó sonriendo el bearnés‑ os confieso que me hace más falta la fideli­dad política que amorosa.

‑Sire... ‑murmuró confusa Margarita.

‑Bueno, bueno, ya hablaremos de todo esto más adelante, cuando nos conozcamos mejor ‑dijo Enri­que. Y luego, elevando la voz‑: ¿Respiráis más libre­mente ahora?

‑Sí, Sire ‑afirmó Margarita.

‑En ese caso‑agregó el rey‑no quiero importu­naros por más tiempo. Os presento mis respetos y os ofrezco por anticipado mi buena amistad. Os ruego que la aceptéis como os la ofrezco, es decir, de todo corazón. Descansad y buenas noches.

Margarita levantó hacia su esposo unos ojos bri­llantes de gratitud a la vez que le tendía la mano.

‑Queda convenido ‑le dijo.

‑¿Alianza política, franca y leal?

‑Franca y leal ‑respondió la reina.

Atrayendo la mirada de Margarita, que parecía fascinada, el bearnés se dirigió hacia la puerta. Luego, cuando los cortinajes cayeron entre ellos y la alcoba, añadió:

‑Gracias, Margarita, gracias. Sois una verdadera princesa de Francia. Me marcho tranquilo. A falta de vuestro amor, cuento con vuestra amistad, cuento con vos, como vos podéis contar conmigo. Adiós, señora.

Enrique besó la mano de su esposa, oprimiéndola suavemente. Luego, con pasos ligeros, regresó a sus ha­bitaciones, preguntándose para sus adentros:

«¿Quién demonios estará con ella? ¿El duque de Anjou? ¿El duque de Alençon? ¿El de Guisa? ¿Será su hermano, su amante o las dos cosas a la vez? En verdad casi estoy arrepentido de haberme citado con la baro­nesa, pero empeñé mi palabra y Dariole me espera... Sospecho que será ella la que haya salido perdiendo con mi paso por el dormitorio de mi esposa antes de ir al suyo. Y es que, ¡voto a Satanás!, esta "Margot", como la llama mi cuñado Carlos IX, es una adorable criatura.»

Con un andar en el que se delataba cierta vacila­ción, Enrique de Navarra subió la escalera que condu­cía a las habitaciones de la señora de Sauve.

Margarita le siguió con los ojos hasta que desapa­reció. Al entrar de nuevo en su alcoba, encontró al du­que en la puerta del gabinete. Su presencia le produjo casi un remordimiento.

El duque, por su parte, estaba serio y su entrecejo fruncido denotaba una amarga preocupación.

‑Margarita es hoy neutral‑dijo‑, Margarita se­rá hostil dentro de ocho días.

‑¡Ah! ¿Conque habéis escuchado?

‑¿Qué otra cosa queríais 'que hiciese encerra­do ahí?

‑¿Y os parece que me he conducido de distinto mo­do a como debía conducirse la reina de Navarra?

‑No, pero sí de otro modo a como debía hacerlo la amante del duque de Guisa.

‑Señor ‑repuso la reina‑, podré no amar a mi marido, pero nadie tiene derecho a exigirme que le traicione. Decidme de buena fe si traicionaríais vos el secreto de vuestra esposa, la princesa de Porcian.

‑Vamos, señora ‑dijo el duque moviendo la ca­beza‑, creo que ya está bien. Comprendo que ya no me amáis como en aquellos días en que me contabais lo que tramaba el rey contra mí y contra los míos.

‑Entonces, el rey era el fuerte y vosotros erais los débiles. Ahora, Enrique es el débil y vosotros sois los fuertes. Como veréis, desempeño siempre el mismo papel.

‑Salvo que os cambiéis de bando.

‑Es un derecho que he adquirido salvándoos la vida.

‑Perfectamente, señora, y como entre los aman­tes, cuando uno se separa, se le devuelve todo lo que ha dado, os salvaré la vida a mi vez si se presenta la oca­sión y estaremos en paz.

Después de pronunciar estas palabras, el duque se inclinó y abandonó la estancia sin que Margarita hicie­ra un solo gesto para retenerle. En la antecámara en­contró a Guillonne, que le condujo hasta la ventana de la planta baja, y en el foso a su paje, con el cual regresó a su casa.

Entre tanto, Margarita se acercó pensativa a la ven­tana.

‑¡Qué noche de bodas! ‑murmuró‑. ¡El espo­so me rehuye y el amante me abandona!

En este momento pasó del otro lado del foso, vi­niendo de la Tour du Bois y en dirección a la Casa de la Moneda, un colegial, que, con las manos puestas en la cintura, cantaba:

 

Pourquoi doncques, quan je veux

ou mordre tes beaux cheveux

ou baiser lo bouche aimée,

ou toucher à ton beau sein,

contrefais‑tu la nonnain

dedans un cloître enfermée?

 

Pour qui gardes‑tu tes yeux

et ton sein délicieux,

ton front, lo lèvre jumelle?

En veux‑lo baiser Pluton,

là‑bas, après que Caron

t'aura mise en sa nacelle?

Après ton dernier trépas,

belle, lo n'auras là‑bas

ou'une bouchette blémie;

et quand, mort, je te verrai,

aux ombres je n'avoûrai

que jadis lo fus ma mie.

Doncques, tandis que tu vis,

change, maîtresse, d'avis,

et ne m'épargne te bouche;

 car au jour où tu mourras.

Lors tu te repentiras

de m'avoir été farouche[L1] .

 

Margarita escuchó esta canción sonriendo con me­lancolía; luego, cuando la voz del colegial se hubo per­dido en lontananza, cerró la ventana y llamó a Guillon­ne para que la ayudara a meterse en la cama.

 

III

 

UN REY POETA

 

Los días siguientes a la boda transcurrieron entre fiestas, bailes y torneos. Continuaba estrechándose la unión entre los dos partidos rivales. Se prodigaron fi­nezas y ternuras capaces de hacer perder la cabeza a los más fanáticos hugonotes; se vio al padre Gotton cenar y divertirse en compañía del barón de Courtaumer y al duque de Guisa remontar el Sena con el príncipe de Condé, en un barco con música.

El rey Carlos parecía haber olvidado su habitual melancolía y no se alejaba ni un minuto de su cuñado Enrique. Hasta la reina madre llegó a perder el sueño, tan alegre y entretenida estaba con sus bordados, joyas y plumas.

Los hugonotes, cediendo un tanto a la molicie de esta nueva Capua, comenzaron a lucir jubones de seda, a enarbolar sus divisas y a pavonearse ante ciertos bal­cones como si hubieran sido católicos. Por doquier se advertía tal reacción a favor de la religión reformada que pudo creerse por un momento que toda la corte se iba a convertir al protestantismo.

Incluso el almirante, a pesar de su experiencia, se dejó engañar como los demás y, tan aturdido estaba, que una tarde, durante dos horas, se olvidó de morder su palillo de dientes, ocupación a la que solía dedicarse desde las dos de la tarde, hora en que concluía su al­muerzo, hasta las ocho de la noche, en que se sentaba a la mesa para cenar.

La noche en que el almirante, faltando a sus costum­bres, cometió tan increíble descuido, el rey Carlos IX había invitado a Enrique de Navarra y al duque de Gui­sa a una merienda íntima. Terminada la colación, pasó con ellos a su dormitorio, donde comenzó a explicarles el ingenioso mecanismo de un cepo para cazar lobos, que él mismo había inventado, cuando se interrumpió repentinamente:

‑¿No viene el señor almirante esta noche? ‑pre­guntó‑. ¿Quién le ha visto hoy y puede darme nuevas suyas?

‑Yo ‑dijo el rey de Navarra‑, y si Vuestra Ma­jestad se interesa por su salud, tranquilícese, porque le he visto esta mañana a las seis y esta tarde a las siete.

‑¡Ah, ah! ‑comentó el rey, cuya mirada, por un momento distraída, se clavó con penetrante curiosidad en su cuñado‑. Sois demasiado madrugador, Enrique, para ser un recién casado.

‑Sí, Sire ‑respondió el rey de Navarra‑, quería saber a través del almirante, que todo lo sabe, si están ya en camino hacia aquí algunos gentiles hombres que aún espero.

‑¡Más gentiles hombres! Teníais ya ochocientos el día de vuestra boda, y a diario llegan nuevos contingen­tes. ¿Queréis, acaso, invadirme? ‑dijo Carlos riendo.

El duque de Guisa frunció el ceño.

‑Sire ‑replicó el bearnés‑, se habla de una cam­paña contra Flandes. Por eso reúno en torno mío a todos aquellos de mi país y sus alrededores que creo puedan ser útiles a Vuestra Majestad.

El duque, acordándose del proyecto que el bearnés comunicara a Margarita el día de sus bodas, escuchó con mayor atención.

‑¡Bueno, bueno! ‑respondió el rey con su sonrisa felina‑. Mientras más haya, más contentos estaremos. Traedlos, pues, Enrique, traedlos. Pero ¿quiénes son esos gentiles hombres? Supongo que serán valientes...

‑Ignoro, Sire, si mis gentiles hombres valdrán tan­to como los de Vuestra Majestad, los del duque de An­jou o los del señor de Guisa, pero los conozco y sé que, llegado el caso, harán lo que puedan.

‑¿Esperáis a muchos?

‑A diez o doce todavía.

‑¿Cuáles son sus nombres?

‑Sire, sus nombres escapan a mi memoria y, ex­cepto uno que me ha sido recomendado por Teligny como cabal gentilhombre y que se llama La Mole, to­dos los demás...

‑¡La Mole! ¿No es un Lerac de La Mole? ‑pregun­tó el rey, muy versado en genealogía‑. ¿Un provenzal?

‑Precisamente, Sire; como veis, los recluto hasta en Provenza.

‑Todavía voy yo más lejos que Su Majestad el rey de Navarra ‑intervino el duque de Guisa con sonrisa burlona‑, porque voy a buscar hasta Piamonte a cuan­tos católicos de confianza pueda hallar.

‑Católicos o hugonotes ‑terminó el rey‑. Me importa muy poco con tal de que sean valientes.

Para decir estas intencionadas palabras que preten­dían confundir a católicos y hugonotes, el rey adoptó tal expresión de indiferencia, que hasta el duque de Guisa quedóse asombrado.

‑¿Vuestra Majestad se ocupa de nuestros flamen­cos? ‑dijo el almirante, a quien el rey, desde hacía unos días, había concedido el favor especial de entrar en sus habitaciones sin ser anunciado, y que acababa de oír las últimas palabras del rey.

‑¡Oh! He aquí a mi padre el almirante ‑exclamó Carlos IX abriendo los brazos‑. Se habla de guerra, de gentiles hombres, de valientes, y él se presenta. El imán atrae al hierro. Mi cuñado, el rey de Navarra, y mi primo, el duque de Guisa, esperan refuerzos para vuestro ejército. A esto nos referíamos.

‑Pues sabed que esos refuerzos están al llegar‑di­jo el almirante.

‑¿Habéis tenido noticias, señor? ‑preguntó el bearnés.

‑Sí, hijo mío, y en particular del señor de La Mole; estaba ayer en Orleáns y mañana o pasado mañana esta­rá en París.

‑¡Demonios! ¿Acaso es un brujo el señor almi­rante para saber así lo que ocurre a treinta o cuarenta leguas de distancia? Por lo que a mí respecta, me inte­resaría saber con igual certeza lo que pasa ahora en Orleáns, y más aún lo que pasó.

Coligny aguantó impasiblemente la sangrienta pu­ya del duque de Guisa, quien sin duda aludía a la muerte de su padre, don Francisco de Guisa, asesinado por Pol­trot de Meré, sospechándose que fue el almirante quien aconsejó este crimen.

‑Señor ‑replicó éste fría y dignamente‑, soy brujo o nigromante siempre que deseo saber con exac­titud lo que concierne a mis asuntos o a los del rey. Mi correo de Orleáns llegó hace una hora, y gracias a la posta, ha recorrido treinta y dos leguas en el día. El se­ñor de La Mole, que viaja a caballo, no hace sino diez por día, así es que llegará el veinticuatro. He aquí a lo que se reduce toda mi magia.

‑¡Bravo, padre mío! Muy bien contestado ‑dijo Carlos IX‑; demostradles a estos jóvenes que la sabi­duría, al mismo tiempo que los años, ha hecho blan­quear vuestra barba y vuestra cabellera. Enviémosles a que hablen de sus torneos y de sus amores y quedemos nosotros hablando de nuestras guerras. Los buenos sol­dados son quienes resultan buenos reyes. Conque ya lo sabéis, señores, tengo que conversar con el almirante.

Los dos jóvenes salieron. El rey de Navarra, prime­ro; el duque de Guisa, después.

En cuanto traspusieron la puerta, cada uno se fue por su lado, luego de cambiar una fría reverencia.

Coligny los siguió con la mirada, no sin abrigar cierta inquietud. Siempre que veía aproximarse aque­llos dos odios, temía el choque que hiciera surgir el re­lámpago. Carlos IX, comprendiendo lo que turbaba su mente, se le acercó y, cogiéndole por el brazo:

‑Estad tranquilo, padre ‑le dijo‑. Aquí estoy yo para mantener a cada uno dentro de la obediencia y del respeto debido. Soy rey desde que mi madre dejó de ser reina, esto es, desde que Coligny es mi padre.

‑¡Oh, Sire! ‑dijo el almirante‑. La reina Cata­lina...

‑... Es una intrigante. Con ella no hay paz posible. Esos católicos italianos son fanáticos y no entienden de otra cosa que no sea exterminar. Yo, por el contrario, no sólo quiero pacificar, sino que, además, deseo fortalecer a los de la religión reformada. Los otros, padre mío, son demasiado disolutos y me escandalizan con sus amoríos y desvergüenzas. Mira, ¿quieres que lo hable con fran­queza? ‑continuó Carlos IX, cada vez más expansi­vo‑. Pues bien: desconfío de todos los que me rodean, exceptuando a mis nuevos amigos. La ambición de Tavannes me resulta sospechosa. A Vieilleville sólo le interesa el buen vino, y sería capaz de traicionar a su rey por un tonel de malvasía. Montmorency no tiene más preocupación que la caza y pierde todo su tiempo con sus perros y sus halcones. El conde de Retz es español, los Guisa son loreneses; creo que no hay más verdade­ros franceses en Francia, ¡Dios me perdone!, que yo, mi cuñado, el de Navarra, y tú. Pero yo estoy encadenado al trono y no puedo mandar ejércitos, a lo sumo me dejan cazar a gusto en Saint‑Germain y en Rambouillet. Mi cuñado, el de Navarra, es demasiado joven a inex­perto. Por otra parte, parece el vivo retrato de su padre Antonio, a quien las mujeres echaron a perder. Tan sólo tú, padre mío, eres al mismo tiempo valiente como Julio César y sabio como Platón. Por eso dudo, en verdad, qué debo hacer: si conservarte aquí como consejero o enviar­te allá como general. Si tú me aconsejas, ¿quién mandará el ejército? Y si tú combates, ¿quién me aconsejará?

‑Sire ‑respondió Coligny‑, lo primero es ven­cer; el consejo vendrá después de la victoria.

‑¡Sea! El lunes partirás para Flandes y yo para Amboise.

‑¿Se aleja Vuestra Majestad de París?

‑Sí, estoy fatigado de todas estas fiestas y de tanto bullicio. Yo no soy un hombre de acción sino un soña­dor. No nací para ser rey, sino para ser poeta. Formarás una especie de Consejo que gobernará mientras tú haces la guerra; y siempre que mi madre no intervenga en él, todo marchará perfectamente. Yo he prevenido a Ronsard para que vaya a reunirse conmigo y, allá, los dos juntos, lejos del ruido, lejos del mundo, lejos de los in­oportunos, a la sombra de nuestros grandes bosques, junto a la orilla del río y oyendo el murmullo de los arroyos, hablaremos de Dios, única compensación que tiene el hombre en este mundo. Escucha estos versos, en los cuales le invito a que me acompañe. Los hice esta mañana.

Coligny sonrió. Carlos IX se pasó la mano por su frente amarillenta y tersa como el marfil. Con ritmo cadencioso recitó los versos siguientes:

 

Ronsard, je connais bien que si lo ne me vois

lo oublies soudain de ton grand rot la voix.

Mais, pour ton souvenir, pense que je n'oublie

continuer toujours d'apprendre en poésie,

et pour ce j'ai voulu t'envoyer cet écrit,

pour enthousiasmer ton fantastique esprit.

Donc ne t'amuse plus aux soins de ton ménage,

maintenant n'est plus temps de faire jardinage;

il faut suivre ton rot, qui t'aime par sus tous,

pour les vers qui de tot coulent braves et doux,

et crois, si lo ne viens me trouver à Amboise,

qu'entre nous adviendra une bien grande noise[L2] .

 

‑¡Bravo, Sire! ‑dijo Coligny‑. Soy más enten­dido en cosas de guerra que en poesía, pero creo que esos versos pueden compararse a los más bellos de Ronsard, Dorat y hasta de Miguel de L'Hôpital, canci­ller de Francia.

‑¡Ay, padre mío! ‑exclamó Carlos IX‑. ¡Si fue­ra verdad lo que dices! El título de poeta es el que ambi­ciono por encima de todo. Como le decía hace pocos días a mi maestro de poesía:

 

L'art de faire des vers, dût‑on s'en indigner,

doit être à plus haut prix que celui de régner;

 tous deux également nous portons des couronnes

mats rot, je les reçus, poéte, lo les donnes;

ton esprit, enflammé d'une celeste ardeur

éclate par sot‑méme et mot par ma grandeur.

Si du côté des dieux je cherche l'avantage,

Ronsard est leur mignon et je suis leur image,

ta lyre, qui ravit par de si doux accords,

te soumet les esprits dont je n'ai que les corps;

elle t'en rend le maître et lo fait introduire

oú le plus fier tyran n'a jamais eu d'empire[L3] .

 

‑Sire‑dijo Coligny‑, sabía que Vuestra Majes­tad se entretenía con las musas, pero ignoraba que hu­biese hecho de ellas sus principales consejeras.

‑Después de ti, padre mío, después de ti; y para no turbar mis relaciones con ellas voy a darte el go­bierno de todos los asuntos. Escucha, pues: en este mo­mento tengo que responder a un nuevo madrigal que mi querido y gran poeta me ha enviado...; no puedo, por lo tanto, entregarte todos los papeles necesarios para que lo pongas al corriente de la gran cuestión que nos separa a Felipe II y a mí. Tengo, además, una es­pecie de plan de campaña que proyectaron mis minis­tros. Buscaré todo eso y lo entregaré mañana por la mañana.

‑¿A qué hora, señor?

‑Alas diez; y si por casualidad me hallara ocupa­do con mis versos y estuviese encerrado en mi despa­cho... ¡No importa! Entra de todos modos y coge cuantos papeles encuentres sobre esta mesa, dentro de esa carpeta roja: su color es tan llamativo que no po­drás equivocarte. Voy a escribir ahora mismo a Ron­sard.

‑Adiós, señor.

‑Adiós, padre mío.

‑¿Vuestra mano?

‑¿Mi mano? ¡Ven a mis brazos, junto a mi cora­zón! Es el lugar que lo corresponde. ¡Ven acá, viejo guerrero, ven!

Y Carlos IX, atrayendo hacia sí a Coligny cuando éste se inclinaba, le besó sus blancos cabellos.

El almirante salió enjugándose una lágrima.

Carlos IX le siguió mirando hasta perderlo de vis­ta, aguzó el oído hasta que no oyó sus pasos y, cuando ya no veía ni oía nada, inclinó, como acostumbraba, su cabeza sobre el hombro y pasó lentamente a la sala de armas.

Aquél era el lugar favorito del rey; allí recibía las lecciones de esgrima de Pompeyo y aprendía con Ron­sard las reglas de la poesía. Había reunido una gran co­lección de las más perfectas armas ofensivas y defensi­vas que pudo hallar.

Todas las paredes estaban cubiertas de hachas, es­cudos, picas, alabardas, pistolas y mosquetes. Aquel mismo día, un célebre armero le había traído un mag­nífico arcabuz, en cuyo cañón, incrustados en letras de plata, podían leerse estos cuatro versos compuestos por el rey poeta:

 

Pour maintenir la foy,

Je suis belle et fidèle;

Aux ennemis du roy

Je suis belle et cruelle[L4] .

 

Carlos IX entró, como hemos dicho, en esta sala y, después de cerrar la puerta principal por donde había entrado, fue a levantar un tapiz que disimulaba el paso a otra habitación, donde una mujer, arrodillada en un reclinatorio, rezaba sus oraciones.

Como este movimiento fue efectuado con lentitud y los pasos del rey, ahogados por la alfombra, no hicie­ron más ruido que los de un fantasma, la mujer arrodi­llada no oyó nada, continuando su rezo sin volver la cabeza. Carlos permaneció un instante de pie, pensati­vo y contemplándola.

Era una mujer de treinta y cuatro o treinta y cinco años, cuya enérgica belleza se veía realzada por el traje de las aldeanas de los alrededores de Caux. Llevaba un gorro alto que estuvo muy de moda en la corte de Fran­cia durante el reinado de Isabel de Baviera. Su corpiño encarnado estaba completamente bordado en oro, tal y como lo usan hoy las aldeanas de Nettuno y de Sora. El departamento contiguo al dormitorio del rey, que ocupaba desde hacía casi veinte años, ofrecía una mez­cla singular de elegancia y rusticidad, debido a que el palacio se había introducido en la cabaña en las mismas proporciones que ésta en el palacio. Así, la habitación era un término medio entre la sencillez de la campesina y el lujo de la gran dama. En efecto, el reclinatorio sobre el cual estaba arrodillada era de madera de roble prodi­giosamente tallada y tapizado de terciopelo con hilos de oro; mientras que la Biblia en que leía sus oraciones, pues esta mujer pertenecía a la religión reformada, era uno de esos viejos libros, medio destrozados, como los que se encuentran en las casas más pobres. Todo lo de­más se hallaba de acuerdo con este reclinatorio y esta Biblia.

‑¡Eh, Madelón! ‑dijo el rey.

La mujer arrodillada levantó sonriendo la cabeza al oír aquella voz familiar.

Luego, incorporándose:

‑¡Ah, eres tú, hijo mío! ‑exclamó.

‑Sí, nodriza, ven aquí.

Carlos IX dejó caer el tapiz y fue a sentarse en el brazo de un sillón. No tardó en volverse a levantar el tapiz para dar paso a la nodriza.

‑¿Qué quieres, pequeño? ‑preguntó.

‑Ven aquí y responde en voz baja.

La nodriza se acercó con esa familiaridad que muy bien podía provenir de la ternura maternal que siente la mujer por el niño que ha amamantado, pero que los li­belos de la época atribuían a un origen infinitamente menos puro.

‑Aquí estoy ‑dijo‑, hablad.

‑¿Está ahí el hombre a quien mandé llamar?

‑Desde hace media hora.

Carlos se levantó, se dirigió a la ventana, observan­do si había algún curioso, se acercó a la puerta para ase­gurarse de que nadie escuchaba, sacudió el polvo de sus trofeos guerreros y acarició a un gran lebrel que le se­guía paso a paso, deteniéndose cuando su amo se dete­nía y continuando su camino cuando éste se ponía en marcha. Luego, volviéndose hacia su nodriza:

‑Está bien, hazlo entrar.

La buena mujer salió por el mismo pasadizo por donde había entrado, mientras el rey se reclinaba sobre una mesa en la que había una colección de armas de to­da clase.

Inmediatamente volvió a levantarse el tapiz, dando paso al hombre que el rey esperaba. Tenía unos cua­renta años, ojos grises y falsos, nariz de lechuza, rostro alargado y pómulos salientes. Quiso parecer respetuo­so, mas su gesto se quebró en sus labios descoloridos por el miedo con una sonrisa hipócrita.

Carlos alargó pausadamente el brazo, apoyando su mano sobre el mango de una pistola de reciente inven­ción, que disparaba mediante una piedra puesta en con­tacto con una rueda de acero, en lugar de hacerlo mer­ced a una mecha. Miró con sus ojos turbios al nuevo personaje que acabamos de presentar. Durante el exa­men silbaba con una justeza y un oído admirables uno de sus aires de caza favoritos.

Después de algunos segundos, durante los cuales se descompuso cada vez más el rostro del desconocido, preguntó el rey:

‑¿Vuestro nombre es Francisco Louviers Maurevel?

‑Sí, señor.

‑¿Sois jefe de petarderos?

‑Sí, señor.

‑Os quiero hablar.

Maurevel se inclinó.

‑Sabréis ‑continuo Carlos subrayando cada pa­labra‑ que quiero por igual a todos mis súbditos.

‑Sé que Vuestra Majestad es el padre de su pueblo ‑balbuceó Maurevel.

‑Y que tanto a los hugonotes como a los católicos les considero mis hijos...

Maurevel se quedó callado; sólo el temblor que agi­taba su cuerpo se hizo visible a las miradas penetrantes del rey, que descubrían a su interlocutor aun cuando se hallase casi por completo oculto en las sombras.

‑Quizás os contraríe lo que digo ‑continuo el rey‑, ya que habéis librado guerra sin cuartel a los hugonotes.

Maurevel cayó de rodillas.

‑Sire ‑balbuceó‑, creedme, yo...

‑Creo ‑continuo Carlos IX, clavando en Maure­vel una mirada vidriosa que se fue iluminando hasta tor­narse de fuego‑ que tuvisteis muchos deseos de matar en Moncontour al señor almirante, que acaba de salir de aquí; creo que errasteis vuestro golpe y os pasasteis en­tonces al ejército de nuestro hermano, el duque de An­jou; creo, en fin, que os volvisteis a pasar al bando de los príncipes y entrasteis en compañía del señor De Mouy de Saint‑Phale...

‑¡Oh, Sire!

‑¿Un valiente gentilhombre picardo?

‑¡No me abruméis, Sire! ‑exclamó Maurevel.

‑Era un digno oficial ‑‑continuo Carlos IX y, a medida que hablaba, una expresión de crueldad casi fe­roz se pintaba en su rostro‑, que os acogió como a un hijo, os dio albergue, os vistió y alimentó...

Maurevel dejó escapar un suspiro de desesperación.

‑Creo que le llamabais vuestro padre ‑continuo implacablemente el rey‑ y que una tierna amistad os unía a su hijo, el joven De Mouy.

Maurevel, siempre de rodillas, se inclinaba cada vez más abrumado por las palabras de Carlos IX, quien per­manecía de pie, impasible, semejante a una estatua en la que solamente los labios estuviesen dotados de vida.

‑A propósito ‑continuo el rey‑, ¿no eran diez mil escudos los que debíais recibir del señor de Guisa si matabais al almirante?

El asesino, consternado, tocaba el suelo con la frente.

‑En cuanto al señor De Mouy, vuestro buen pa­dre, tengo entendido que un día lo escoltasteis en un reconocimiento que efectuaba por el lado de Chevreux. Se le cayó el látigo y bajó del caballo para recogerlo. Tan sólo vos estabais con él; desenfundasteis una pistola y mientras se agachaba le disparasteis por la espalda; lue­go, viéndolo muerto, huisteis en el mismo caballo que él os había regalado. Ésta es la historia, según creo.

Y como Maurevel permaneciera mudo ante esta acusación, cuyos detalles todos eran ciertos, Carlos IX volvió a silbar con igual justeza y ritmo el mismo aire de caza.

‑¿Sabéis que con esto, señor asesino ‑dijo al ca­bo de un instante‑, me están entrando ganas de hace­ros colgar? .

‑¡Por favor, Majestad! ‑gritó Maurevel.

‑El joven De Mouy me lo suplicaba ayer mismo y, en verdad, no supe qué decirle, porque tiene mucha razón.

Maurevel juntó sus manos.

‑Tanto más justa sería vuestra condena cuanto que, como vos lo habéis dicho, soy el padre de mi pue­blo y que, como os he respondido ahora que estoy re­conciliado con los hugonotes, los considero tan hijos míos como a los católicos.

‑Sire ‑dijo Maurevel completamente desarma­do‑, mi vida está en vuestras manos, haced con ella lo que queráis.

‑Sólo os digo que yo no daría ni un céntimo por ella.

‑Pero, Sire, ¿no habría algún medio para que se me perdonara mi crimen? ‑preguntó el asesino.

‑No conozco ninguno. Sin embargo, si estuviera en vuestro lugar, cosa que no es así, ¡gracias a Dios!...

‑¿Si estuvierais en mi lugar...? ‑murmuró Mau­revel, la mirada suspensa de los labios de Carlos IX.

‑Creo que saldría del paso.

Maurevel levantó una rodilla y se apoyó con una mano en el suelo, sin dejar de mirar a Carlos para ase­gurarse de que no se burlaba.

‑Quiero mucho, sin duda, al joven De Mouy‑con­tinuó el rey‑, pero también quiero mucho a mi primo el duque de Guisa, y si él me pidiera la vida de un hom­bre cuya muerte me implorase el otro, confieso que me hallaría en un aprieto. Sin embargo, tanto en buena po­lítica como en buena religión debería complacer a mi primo, pues, por valiente capitán que sea De Mouy no puede comparársele a un príncipe de Lorena.

Conforme oía estas palabras, Maurevel se iba in­corporando lentamente como si volviese a la vida.

‑Por lo tanto, lo más importante para vos en la difícil situación en que os halláis es ganar la confianza de mi primo, y a este respecto recuerdo una cosa que me contó ayer: «Figuraos, Sire ‑me decía‑, que todas las mañanas, a eso de las diez, pasa por la calle de Saint­ Germain d'Auxerre, de vuelta del Louvre, mi enemigo mortal; le veo desde una ventana enrejada de la planta baja que corresponde a la habitación de mi antiguo preceptor el canónigo Pedro Piles, y cada vez ruego al diablo que le hunda en las entrañas de la tierra. De­cidme, pues, Maurevel ‑prosiguió Carlos‑, si vos fueseis el diablo o si por un momento ocupaseis su lu­gar, ¿le desagradaría a mi primo el de Guisa?

Maurevel recuperó su infernal sonrisa, y sus labios, pálidos aún de terror, dejaron caer estas palabras:

‑¡Pero, Sire, yo no tengo poder para abrir la tierra! ‑Sin embargo, si no recuerdo mal, la abristeis para el bravo De Mouy. Me diréis que fue con una pistola... ¿La habéis perdido?...

‑Perdonad, Sire ‑repuso el truhán, ya casi tranqui­lizado‑, pero manejo mejor el arcabuz que la pistola.

‑¡Oh! ‑exclamó Carlos IX‑. Poco importa que sea pistola o arcabuz, estoy seguro de que mi primo no hará cuestión por esto.

‑Pero ‑dijo Maurevel‑ precisaría un arma muy segura, porque probablemente tendré que tirar de lejos.

‑Tengo diez arcabuces en esta sala ‑dijo Carlos IX‑; con cualquiera de ellos soy capaz de dar a un escudo de oro a cincuenta pasos. ¿Queréis ensayar alguno?

‑¡Oh, Sire, con el mayor placer! ‑exclamó Mau­revel, aproximándose a un rincón donde se hallaba el arcabuz que aquel mismo día habían entregado a Car­los IX.

‑No, ése no ‑dijo el rey‑. Lo reservo para mí. Uno de estos días tendré una importante partida de caza donde espero que me sea útil. Todos los demás están a vuestra disposición.

Maurevel descolgó un arcabuz de una panoplia.

‑¿Y quién será la víctima, si puede saberse? ‑pre­guntó el asesino.

‑¿Acaso lo sé yo? ‑respondió Carlos IX, aplas­tando al miserable bajo una desdeñosa mirada.

‑Se lo preguntaré entonces al señor de Guisa‑bal­buceó Maurevel.

El rey se limitó a encogerse de hombros.

‑Más vale que no preguntéis nada. El señor de Gui­sa no os responderá. ¿Por ventura se contestan esa clase de preguntas? Corresponde a aquellos que no quieren ser ahorcados adivinarlo.

‑Pero, en fin, ¿cómo podré reconocer a la víctima?

‑Ya os dije que todas las mañanas, a eso de las diez, pasa por delante de la ventana del canónigo.

‑¡Pasarán tantos frente a esa ventana! Dígnese Vuestra Majestad indicarme siquiera alguna señal.

‑¡Oh! Es muy fácil. Mañana, por ejemplo, llevará bajo el brazo una cartera de cuero rojo.

‑Basta con eso, Sire.

‑¿Conserváis aún aquel caballo tan ligero que os regaló el señor De Mouy?

‑Tengo uno, árabe, de los más veloces.

‑No creáis que os compadezco: sin embargo, os convendrá saber que el claustro tiene una puerta trasera.

‑Gracias, Sire. Ahora rogad a Dios por mí.

‑¡Que os lleven los demonios! Y encomendaos a ellos, porque sólo con su protección podréis evitar la horca.

‑Adiós, Sire.

‑Adiós. Y a propósito, señor de Maurevel, quiero que sepáis que si por cualquier motivo se oye hablar de vos mañana antes de las diez o si no se oye hablar des­pués de esa hora, hay una mazmorra en el Louvre.

Y Carlos IX se puso a silbar tranquilamente, y con mejor entonación que nunca, su canción favorita.

 

IV

 

LA NOCHE DEL 24 DE AGOSTO DE 1572

 

Nuestro lector no habrá olvidado que en el capítulo anterior se habla de un gentilhombre apellidado La Mo­le, a quien esperaba con cierta impaciencia Enrique de Navarra. Tal y como había anunciado el almirante, di­cho gentilhombre entraba en París al anochecer del día 24 de agosto de 1572 por la puerta de Saint‑Marcel. Lue­go de contemplar desdeñosamente las numerosas po­sadas que a derecha a izquierda de su camino ostentaban pintorescos letreros, dejó que su fogoso caballo pene­trase hasta el corazón de la ciudad. Después de atravesar la plaza Maubert, el Petit‑Pont, el puente de Nôtre­ Dame y de seguir la orilla del río, se detuvo en la esquina de la calle de Bresec, que se llamó luego calle de l'Arbre­ Sec, nombre que adoptaremos, para mayor comodidad del lector, por ser más moderno.

Debió agradarle el nombre de la calle, porque do­bló por ella descubriendo a su izquierda una magnífi­ca plancha de metal que se balanceaba con acompaña­miento de campanillas. Como llamase su atención el rótulo, se detuvo por segunda vez para leer estas pala­bras: A la Belle Etoile, escritas bajo una pintura que re­presentaba el espectáculo más atrayente para un viajero hambriento. En medio de un cielo negro se distinguía un ave asándose, mientras un hombre con capa colo­rada tendía hacia tan apetitoso astro de nueva especie sus brazos, su bolsa y sus ansias.

‑¡Vaya! ‑se dijo el gentilhombre‑. Ésta es una posada que se anuncia bien, cuyo dueño ha de ser, ¡por mi honor!, un ingenioso compadre. Siempre he oído de­cir que la calle de l'Arbre‑Sec pertenece al mismo barrio que el Louvre, y, por poco que el establecimiento esté de acuerdo con la muestra, estaré perfectamente aquí.

Mientras el recién llegado monologaba así, otro ca­ballero que había entrado por el extremo opuesto de la calle, es decir, por la de Saint‑Honoré, se detenía, per­maneciendo también en éxtasis ante el letrero de A la Belle Etoile.

Aquel a quien conocemos por lo menos de nombre montaba un caballo blanco de raza española y vestía un jubón negro adornado de azabache. Su capa era de terciopelo color violeta oscuro; llevaba botas de cue­ro negro, una espada con puño de acero cincelado y un puñal que hacía juego. Si pasamos del traje al rostro diremos que era un hombre de veinticuatro o veinti­cinco años, de tez bronceada, de ojos azules, finos bi­gotes, dientes brillantes que parecían iluminar su ros­tro cuándo sus labios se entreabrían al sonreír, con una boca de forma perfecta y de la más notable distinción. En cuanto al segundo viajero, digamos que formaba el más absoluto contraste con el primero. Bajo el sombre­ro de alas levantadas aparecían, abundantes y rizados, unos cabellos más bien rojos que rubios. Bajo sus cabe­llos, unos ojos grises brillaban a la menor contrariedad con tan resplandeciente llama que llegaban a parecer negros.

El resto de su cara, por lo demás de un tinte rosado, se componía de unos dientes admirables y de unos labios finos bajo un bigote rojizo. En suma, con sus anchos hombros era lo que se dice un apuesto caballero. Hacía más de una hora que levantaba la nariz hacia todas las ventanas, con el pretexto de buscar letreros de posadas, y durante este tiempo las mujeres le habían mirado mucho y los hombres que quizás experimentaran tenta­ciones de reír al ver su capa raquítica, sus calzas arruga­das y sus botas de forma anticuada, habían concluido con un « ¡Dios os guarde! » de lo más gracioso ante aque­lla fisonomía que cambiaba en un minuto diez veces de expresión sin adoptar nunca la que es peculiar al rostro bonachón del provinciano cohibido.

Él fue quien, primero se dirigió al otro gentilhom­bre, el cual, como hemos dicho, contemplaba la posada de A la Belle Etoile.

‑¡Pardiez, señor! ‑dijo con ese horrible acento de la montaña que permitiría reconocer con una sola palabra a un piamontés entre cien extranjeros‑. ¿Es­tamos cerca del Louvre? En todo caso creo que habéis tenido el mismo gusto que yo, lo que para mí es un honor. . .

‑Señor‑respondió el otro con un acento proven­zal que no tenía nada que envidiar al acento piamontés de su compañero‑, creo, en efecto, que esta posada está cerca del Louvre. Sin embargo, aún me pregunto si ten­dré el honor de ser de vuestra misma opinión. Lo estoy pensando.

‑¿No os habéis decidido, señor? El aspecto de la posada es atrayente. Además, quizá yo me haya dejado influir por vuestra presencia, pero reconoced, por lo menos, que la pintura del rótulo es prometedora.

‑¡Oh! Sin duda, y eso es justamente lo que me hace desconfiar de la realidad. París está lleno de píca­ros, según me han dicho, y esa muestra bien puede ser un reclamo para cazar incautos.

‑¡Por Dios, señor! ‑repuso el piamontés‑. No seré yo quien se deje engañar. Si el dueño no me sirve un ave tan bien asada como la de su letrero, le pondré a él mismo en el asador y no le dejaré hasta que quede convenientemente tostado.

‑Acabáis de decidirme ‑dijo el provenzal rien­do‑.Indicadme el camino, señor, os lo ruego.

‑¡Oh, señor! Por mi alma que no lo haré; no soy sino vuestro humilde servidor, el conde Annibal de Coconnas.

‑Y yo, señor, no soy más que el conde Joseph­-Hyacinte‑Boniface de Lerac de la Mole, para serviros.

‑En ese caso, cojámonos del brazo y entremos juntos.

El resultado de esta conciliadora proposición fue que los dos jóvenes, descendiendo de sus cabalgaduras y entregando las bridas en manos de un palafrenero, se ci­ñeron las espadas y, cogidos del brazo, se encaminaron hacia la puerta de la posada, en cuyo umbral estaba el dueño. Contra la costumbre de esta clase de gente, el dig­no propietario no debía de haber reparado en ellos, pues se hallaba ocupado en conversar muy interesadamente con un sujeto flaco y amarillo envuelto en una capa de color ceniciento, tal que un búho bajo sus plumas.

Los dos gentiles hombres se habían aproximado tan­to al posadero y a su interlocutor, que Coconnas, impaciente por la poca importancia que el tal posadero les otorgaba, le dio un tirón de la manga. Éste pareció en­tonces despertar sobresaltado y despidió a su compinche diciéndole: «Hasta la vista. Volved pronto y, sobre todo, tenedme al corriente de la hora.»

‑¡Eh, señor estúpido! ‑dijo Coconnas‑. ¿No veis que nos dirigimos a vos?       

‑Perdón, señores, no les había visto.

‑¡Cristo! Tendríais que habernos visto, y ahora en lugar de decir «Señor» a secas, deberíais haber dicho

«Señor conde». Digo, si os place.

La Mole se mantenía aparte, dejando hablar a Cocon­nas, que parecía haber tomado el asunto por su cuenta.

Sin embargo, al ver su ceño fruncido era fácil darse cuenta de que estaba dispuesto a ir en su ayuda en cuan­to se presentara la ocasión.

‑¿Y qué es lo que deseáis, señor conde? ‑pre­guntó el posadero, con calma.

‑Así, esto ya es otra cosa, ¿no es cierto? ‑dijo Coconnas volviéndose hacia La Mole, quien hacía con su cabeza un signo afirmativo‑. El señor conde y yo, atraídos por vuestro anuncio, deseamos comer y alo­jarnos en vuestra posada.

‑Lo siento infinitamente, señores ‑repuso el po­sadero‑, pero no tengo más que una habitación dispo­nible y temo que no os convenga.

‑¡Tanto mejor, a fe mía! ¡Nos iremos a otra par­te! ‑dijo La Mole.

‑¡Ah! No, no, de ninguna manera ‑añadió Co­connas‑. Yo me quedo aquí; mi caballo está reventa­do. Tomo, pues, ese cuarto si vos no lo queréis.

‑Éste es otro inconveniente ‑respondió el dueño con la misma calma a igual impertinencia‑. Si no sois más que uno no puedo admitiros de ningún modo.

‑¡Gran Dios! ‑exclamó Coconnas‑. A fe mía que nunca he visto un tipo tan gracioso. Antes éramos demasiados dos y ahora uno no es bastante. ¿Es que no quieres darnos albergue, bribón?

‑Puesto que lo tomáis tan a la tremenda, os res­ponderé con franqueza.

‑Responde entonces, pero date prisa.

‑¡Sea! Prefiero no tener el honor de alojaros.

‑¿Por qué? ‑preguntó Coconnas, pálido de ira.

‑Porque no tenéis lacayo, y por un cuarto de amo ocupado tendré dos cuartos de lacayo vacíos, de modo que, si os doy el cuarto principal, corro el riesgo de no alquilar los otros.

‑Señor de La Mole ‑dijo Coconnas volviéndose hacia su acompañante‑, ¿no os está pareciendo que vamos a tener que dar una paliza a este pícaro?

‑La cosa es muy sencilla ‑dijo La Mole prepa­rándose como su compañero a moler a latigazos al po­sadero.

A pesar de esta doble amenaza, que no tenía nada de tranquilizadora tratándose de dos gentiles hombres que parecían tan dispuestos a llevarla a cabo, el posa­dero no se inmutó, contentándose con retroceder un paso y ganar la puerta de su casa.

‑Se ve que estos caballeros ‑dijo con aire bur­lón‑ llegan de provincias. En París ya pasó la moda de apalear a los posaderos que se niegan a alquilar sus cuar­tos. Ahora son los grandes señores los apaleados y no los burgueses, y si gritáis demasiado llamaré a mis veci­nos, de modo que os molerán a golpes, tratamiento ver­daderamente indigno para dos gentiles hombres.

‑¡Se burla de nosotros! ‑exclamó Coconnas exas­perado‑. ¡Maldito sea!

‑Gregorio, mi arcabuz ‑dijo el hombre dirigién­dose a su criado con el mismo tono que si hubiera dicho: «Una silla para estos señores.»

‑¡Por las tripas del Papa! ‑aulló Coconnas, des­envainando la espada‑. ¿No os indignáis, señor de La Mole?

‑No, si me lo permitís, ¡mientras peleamos noso­tros la cena se enfría!

‑¡Cómo! ¿Eso decís? ‑exclamó Coconnas.

‑Digo que me parece que el patrón de A la Belle Etoile tiene razón, aunque no sabe recibir a los viajeros, sobre todo cuando éstos son gentiles hombres. En lugar de decirnos brutalmente: «Señores, no quiero daros al­bergue», habría hecho mejor en decir con amabilidad: «Entrad, señores», y poner luego en su cuenta: «Cuarto de amo, tanto; cuarto de criado, tanto.».Puesto que si no tenemos lacayos, pensamos tenerlos.

Y al decir esto, La Mole apartó suavemente al po­sadero, que ya alargaba la mano para coger su arcabuz, hizo pasar a Coconnas al mesón y entró tras él.

‑No importa ‑dijo Coconnas‑, pero siento te­ner que envainar la espada antes de saber si pincha tan bien como los tenedores de este bandido.

‑Paciencia, estimado compañero, paciencia‑dijo La Mole‑. Todas las posadas están llenas de gentiles hombres atraídos a París por las fiestas de la boda o por la próxima guerra de Flandes y será difícil que encon­tremos otra. Además, quizá sea costumbre en París re­cibir de este modo a los extranjeros que llegan.

‑¡Bendito seáis con vuestra maldita paciencia! ‑murmuró Coconnas, retorciéndose con furia sus bi­gotes y fulminando al posadero con su mirada‑. ¡Ya puede cuidarse el pícaro! Si su cocina es mala, si su vino no tiene tres años de embotellado, si su criado no es tan dócil como un junco...

‑¡Vaya, vaya, señor mío! ‑dijo el hombre, afi­lando contra una piedra el cuchillo que llevaba en la cintura‑. Tranquilizaos, esto es jauja.

Luego, en voz baja y moviendo la cabeza:

‑Debe de ser un hugonote ‑murmuró‑. ¡Se han vuelto tan insolentes los traidores desde el casamiento de su Bearnés con nuestra Margarita!...

Y con una sonrisa, que hubiera hecho estremecer a sus huéspedes si la hubieran visto, agregó:

‑¡Ja, ja! Sería gracioso que hubiera caído un hu­gonote... y que...

‑¿Qué, no cenamos? ‑preguntó con acritud Co­connas, interrumpiendo las cavilaciones del posadero.

‑Cuando gustéis, señor ‑contestó éste, satisfe­cho por el último pensamiento que había tenido.

‑Cuanto antes ‑repuso Coconnas.

Después, dirigiéndose a La Mole, dijo:

‑Decidme, señor conde, mientras nos preparan el cuarto: ¿por ventura os parece. París una ciudad alegre?

‑No, a fe mía‑respondió La Mole‑, creo no ha­ber visto hasta ahora más que rostros huraños o repulsi­vos. Quizá los parisienses tengan también miedo de la tormenta. Mirad qué negro y plomizo está el cielo.

‑Decidme otra cosa, señor conde, buscáis el Lou­vre, ¿no es cierto?

‑Y vos también, según creo, señor de Coconnas. ‑Pues si queréis lo buscaremos juntos.

‑¡Ahora! ¿No es un poco tarde para salir? ‑dijo La Mole.

‑Tarde o no es preciso que yo vaya. Las órdenes que he recibido son concluyentes. Llegar cuanto an­tes a París y en seguida entrevistarme con el duque de Guisa.

Al oír este nombre, el hostelero se acercó intere­sado.

‑Me parece que este pájaro nos está escuchando ‑dijo Coconnas, quien, como buen piamontés, era muy rencoroso y no podía olvidar la forma poco ama­ble con que recibía a los viajeros el dueño de A la Belle Etoile.

‑Sí, señores, os estoy escuchando ‑asintió, lle­vándose la mano al gorro‑, pero es para serviros. Oigo hablar del gran duque de Guisa y heme aquí, ¿en qué puedo serviros, caballeros?

‑¡Ah! ¡Ah! Este nombre es mágico, por lo visto, porque de insolente se ha vuelto obsequioso. ¡Caram­ba con el posadero!... ¿Y cómo lo llamas?

‑Maese La Hurière ‑respondió el aludido incli­nándose.

‑Pues bien, maese La Hurière. ¿Crees que mi bra­zo es menos pesado que el del señor duque de Guisa, que tiene la virtud de volverte tan amable?

‑No, señor conde, pero es menos largo ‑replicó La Hurière‑. Además, debo deciros que ese gran En­rique es el ídolo de nosotros los parisienses.

‑¿Qué Enrique? ‑dijo La Mole.

‑Me parece que no hay más que uno ‑dijo el po­sadero.

‑Excusadme, amigo mío, hay otro de quien os ad­vierto que no debéis hablar mal y es Enrique de Nava­rra, sin contar a Enrique de Condé, que también tiene su mérito.

‑A esos no los conozco ‑respondió La Hurière. ‑Pues yo sí‑dijo La Mole‑, y como vengo a pre­sentarme al rey Enrique de Navarra, os invito a que no habléis mal de él en mi presencia.

El hombre, sin contestar a La Mole, se limitó a tocarse ligeramente el gorro y siguió adulando a Co­connas:

‑¿Conque vais a hablar con el gran duque de Gui­sa? Realmente sois dichoso; sin duda vendréis para...

‑¿Para qué? ‑preguntó Coconnas.

‑Para la fiesta ‑respondió el posadero con ex­traña sonrisa.

‑Para las fiestas diréis, porque París entero arde en fiestas, según he oído decir. Al menos no se habla más que de baffles, festines y paradas. ¡Todo París se divierte!

‑No mucho, señor, por lo menos hasta este mo­mento ‑contestó el aludido‑, pero creo que nos va­mos a divertir de lo lindo.

‑Las bodas de Su Majestad el rey de Navarra han atraído mucha gente a esta ciudad ‑dijo La Mole.

‑Muchos hugonotes, sí señor ‑respondió brus­camente La Hurière.

Luego, conteniéndose, añadió:

‑Perdón, ¿acaso pertenecen los señores a la reli­gión reformada?

‑¡Yo a la religión reformada! ‑exclamó Cocon­nas‑. ¡Vamos, al diablo se le ocurre! Soy tan católico como nuestro Santo Padre el Papa.

La Hurière se volvió hacia La Mole como para in­terrogarle, pero o éste no comprendió su mirada o no juzgó conveniente responder de mejor modo que con otra pregunta.

‑Ya que no conocéis a Su Majestad el rey de Na­varra, maese La Hurière, tal vez conozcáis al señor al­mirante. He oído decir que el señor almirante goza de algún favor en la corte, y como vengo recomendado a él desearía, si es que la dirección de su casa no os que­ma la lengua, que me dijerais dónde vive.

Vivía en la calle Bethisy, señor, aquí a la derecha ‑respondió el posadero con una satisfacción interior que no pudo mantener oculta.

‑¿Cómo que vivía? ‑preguntó La Mole‑. ¿Aca­so se ha mudado?

‑De este mundo es muy probable.

‑¿ Qué significa esto? ‑exclamaron a un tiempo los dos caballeros‑. ¿El almirante ya no es de este mundo?

‑¡Cómo, señor de Coconnas! ‑continuó el hom­bre con maliciosa sonrisa‑. ¿Sois de los de De Guisa y no lo sabíais?

‑¿Saber qué?

‑Que anteayer, al pasar por la plaza de Saint­Germain d'Auxerre, frente a la casa del canónigo Pe­dro Piles, el almirante recibió un balazo de arcabuz.

‑¿Y ha muerto? ‑preguntó La Mole.

‑No, el tiro sólo le rompió un brazo y le cortó dos dedos, pero se espera que la bala estuviese envene­nada.

‑¡Cómo, miserable! ‑exclamó La Mole‑. Se es­pera...

‑Quiero decir que se cree. No disputemos por una palabra; se me ha trabucado la lengua.

Y maese La Hurière, volviendo la espalda a La Mo­le, sacó la lengua a Coconnas de la manera más burlesca, acompañando el gesto de una mirada de inteligencia.

‑¿Será cierto? ‑dijo Coconnas, radiante de ale­gría.

‑¿Será cierto? ‑murmuró La Mole, con dolorosa estupefacción.

‑Es... tal y como he tenido el honor de deciros ‑dijo La Hurière.

‑En ese caso ‑dijo La Mole‑, me voy al Louvre sin perder un segundo. ¿Encontraré allí al rey Enrique?

‑Es muy posible, pues allí vive.

‑Y yo también me voy al Louvre ‑añadió Co­connas‑. ¿Encontraré al duque de Guisa?

‑Es probable, porque acabo de verle pasar, no hará todavía un instante, con doscientos gentiles hombres.

‑Entonces, venid conmigo, señor de Coconnas ‑di­jo La Mole.

‑Ya os sigo, señor.

‑¿Y vuestra cena, señores? ‑preguntó maese La Hurière.

‑¡Ah! ‑repuso La Mole‑. Yo cenaré tal vez con el rey de Navarra.

‑Y yo con el duque de Guisa ‑dijo Coconnas.

‑Y yo ‑murmuró el posadero después de haber seguido con la vista a los dos gentiles hombres que se encaminaban al Louvre‑ voy a limpiar mi casco, a poner una mecha en el arcabuz y a afilar la partesana. Nadie sabe lo que puede ocurrir.

 

V

 

DEL LOUVRE EN PARTICULAR Y DE LA VIRTUD EN GENERAL

 

Los dos gentiles hombres, informados por la prime­ra persona que encontraron, tomaron por la calle de Averon, luego por la de Saint‑Germain d'Auxerre y no tardaron en hallarse ante el Louvre, cuyas torres se con­fundían ya con las primeras sombras de la noche.

‑¿Qué os ocurre? ‑preguntó Coconnas a La Mo­le que, absorto a la vista del viejo castillo, miraba con profundo respeto los puentes levadizos, las ventanas estrechas y los campanarios puntiagudos que se presen­taban ante sus ojos.

‑¡A fe mía que no lo sé! ‑dijo La Mole‑. Pero el corazón me late agitado. No soy cobarde, pero no sé por qué este palacio me parece sombrío y hasta diría terrible.

‑Pues a mí no sé lo que me pasa ‑dijo Cocon­nas‑, pero siento una alegría extraña. Mi aspecto es algo descuidado‑continuó observando su traje de via­je‑;pero ¡bah!, tengo apostura de caballero. Además, las órdenes me indicaban rapidez. Seré, pues, bien aco­gido, ya que obedezco puntualmente.

Y los dos jóvenes continuaron su camino, preocupa­do cada cual por los sentimientos que había expresado.

Había numerosa guardia en el Louvre; todos los puestos parecían reforzados. Nuestros dos viajeros se quedaron al principio un tanto perplejos. Pero Co­connas, que había notado que el nombre del duque de Guisa era una especie de talismán para los parisienses, se acercó a un centinela y, mencionando este nombre omnipotente, preguntó si, gracias a él, podría entrar en el Louvre.

El nombre pareció ejercer sobre el centinela el efecto acostumbrado; sin embargo, también preguntó a Coconnas el santo y seña.

Coconnas se vio obligado a confesar que no lo sabía.

‑Retiraos entonces, caballero ‑dijo el soldado.

En este momento, un hombre que conversaba con el oficial de guardia y oyó a Coconnas pedir permiso para entrar en el Louvre, interrumpiendo su charla se le acercó y le dijo:

‑¿Qué quiere vos del sinnior de Güise?

‑Yo querer hablarle ‑respondió Coconnas son­riendo.

‑Imposible, el dugue estar con el rey.

‑Sin embargo, tengo una carta llamándome a París.

‑¡Ah! ¿Fos tener una cagta?

‑Sí, y vengo desde muy lejos.

‑¡Ah! ¿Fos llegar teste muy lejos?

‑Vengo del Piamonte.

‑¡Pien, pien! Esto es otra cosa. ¿Y cómo os llamáis

‑Soy el conde Annibal de Coconnas.

‑¡Pueno! ¡Pueno! Tadme la cagta, sinior Annibal, y tádmela.

‑Vaya un hombre amable ‑se dijo La Mole‑. ¡Si pudiera encontrar otro igual que me condujera ante el rey de Navarra!

‑Pero tadme la cagta ‑continuó el gentilhombre alemán extendiendo la mano hacia Coconnas, que vaci­laba.

‑¡Cáspita! ‑dijo el piamontés desconfiado como un semi‑italiano‑. No sé si debo. Tan siquiera tengo el honor de conoceros, señor.

‑Soy Pesme; bertenezco al serficio del sinior de Güise.

‑Pesme... ‑murmuró Coconnas‑. No conozco ese nombre.

‑Es el señor de Besme ‑dijo el centinela‑. La pronunciación os confunde. Dadle vuestra carta, yo respondo.

‑¡Ah! ¡Es el señor Besme! ‑exclamó Coconnas‑. ¡Ya lo creo que lo conozco! ¡Cómo no! Con el mayor placer. Aquí tenéis mi carta y perdonad mi duda. Es preciso dudar cuando se quiere ser fiel.

‑¡Pien, pien! ‑dijo Besme‑. No hafía necesidad de esgusa.

‑Señor ‑dijo La Mole aproximándose‑. Ya que sois tan amable, ¿querríais encargaros de mi carta co­mo acabáis de hacer con la de mi compañero?

‑¿Quién sois fos?

‑El conde Lerac de La Mole.

‑¿El gonde Lerac de La Mole?

‑Sí, señor.

‑No gonosgo ese nombre.

‑Es muy fácil que yo no tenga el honor de que me conozcáis, pues soy extranjero y, lo mismo que el conde de Coconnas, acabo de llegar de muy lejos.

‑¿De dónde fenís?

‑De Provenza.

‑¿Y con una cagta?

‑Sí, con una carta.

‑¿Para el sinior de Güise?

‑No, para Su Majestad el rey de Navarra.

‑Yo no servir al rey de Naparra, sinior ‑respon­dió Besme con súbita frialdad‑. Yo no poder llefar puestra cagta.

Y volviendo la espalda a La Mole, Besme entró en el Louvre haciendo señas a Coconnas de que le siguiera de cerca.

La Mole se quedó solo.

En el mismo momento en que desaparecían Besme y Coconnas por una puerta del Louvre, un grupo for­mado por un centenar de caballeros salía por otra.

‑¡Ah, ah! ‑dijo el centinela a un compañero de servicio‑. Es De Mouy con sus hugonotes. ¡Están ra­diantes! El rey les habrá prometido la muerte del ase­sino del almirante y, como es el mismo que mató al padre de De Mouy, el hijo matará dos pájaros de un tiro.

‑Perdón ‑dijo La Mole dirigiéndose al solda­do‑. Creo haber oído que ese oficial es el señor De Mouy.

‑En efecto.

‑Y que los que le acompañan son...

‑Herejes.

‑Gracias ‑dijo La Mole sin dar muestras de ha­ber oído el término despectivo empleado por el centi­nela‑. Eso es todo cuanto deseaba saber.

Y dirigiéndose al jefe de los caballeros:

‑Señor‑dijo abordándole‑, acabo de saber que sois el señor De Mouy.

‑El mismo, caballero ‑respondió el oficial cor­tésmente.

‑Vuestro nombre, tan conocido por los de mi re­ligión, me anima a dirigirme a vos, señor, para pediros un favor.

‑¿De qué se trata? Pero ante todo, ¿con quién ten­go el honor de hablar?

‑Con el conde de Lerac de La Mole.

Los dos jóvenes se saludaron.

‑Os escucho, señor‑dijo De Mouy.

‑Acabo de llegar de Aix y soy portador de una carta del señor Auriac, gobernador de Provenza. Esta car­ta va dirigida al rey de Navarra y contiene noticias importantes y urgentes. ¿Cómo podré entregarla? ¿Có­mo podré entrar en el Louvre?

‑Nada más fácil que entrar en el Louvre, señor ‑replicó De Mouy‑. Únicamente temo que el rey de Navarra esté demasiado ocupado en este momento para recibiros. Pero no importa; si queréis seguirme, os con­duciré hasta sus habitaciones. El resto corre por vuestra cuenta.

‑Mil gracias.

‑Venid, pues ‑dijo De Mouy.

El oficial dejó las riendas de su caballo en manos de un lacayo y, encaminándose hacia la garita, se dio a co­nocer al centinela. Luego introdujo a La Mole en el cas­tillo y, abriendo la puerta que daba paso a las habitacio­nes del rey:

‑Entrad ‑le dijo‑, a informaos.

Y saludándole se retiró.

Apenas estuvo solo, La Mole miró a su alrededor. La antecámara estaba vacía y una de sus puertas inte­riores abierta. Dio algunos pasos y se encontró en un pasillo. Golpeó y llamó sin que nadie le respondie­ra. El más profundo silencio reinaba en esta parte del Louvre.

« ¡Y pensar que me habían hablado de un rígido pro­tocolo! ‑dijo para sí‑. En este palacio todo el mundo entra y sale como en una plaza pública.»

Y volvió a llamar sin obtener mejor resultado que la primera vez.

«¡Adelante, pues! ‑pensó‑. ¡Ya tropezaré con alguien! »

Y se metió por el pasillo, que se hacía cada vez más oscuro.

De pronto, la puerta que quedaba enfrente de aqué­lla por donde había entrado se abrió y aparecieron dos pajes llevando antorchas con las que iluminaban el ca­mino a una mujer de estatura imponente, porte majes­tuoso y, sobre todo, de una admirable belleza.

La luz dio de lleno sobre La Mole, que permaneció inmóvil.

La dama se detuvo al verle.

‑¿Queríais algo, señor? ‑le preguntó con una voz que en los oídos del joven hizo el efecto de una música deliciosa.

‑¡Oh, señora! ‑dijo La Mole bajando la vista‑. Excusadme, os lo ruego. Acabo de dejar al señor De Mouy, que ha tenido la gentileza de conducirme hasta aquí, y buscaba al rey de Navarra.

‑Su Majestad no se encuentra aquí, señor; está con su cuñado. Pero en su ausencia podríais decir a la reina...

‑Sí, sin duda, señora, con tal de que alguien se dignara llevarme hasta ella.

‑Estáis en su presencia.

‑¡Cómo! ‑exclamó La Mole.

‑Soy la reina de Navarra‑dijo Margarita.

La Mole, asustado, hizo un gesto de estupor que pro­vocó la risa de la reina.

‑Hablad pronto, señor, que me está esperando la reina madre.

‑¡Oh! Señora, si tenéis prisa, permitidme que me retire, porque me sería imposible hablaros en este mo­mento. Me siento incapaz de concebir una idea; vuestra presencia me ha deslumbrado. Ya no pienso, admiro.

Margarita se acercó llena de gracia y de belleza a aquel joven que, sin saberlo, acababa de expresarse co­mo un refinado cortesano.

‑Serenaos, señor. Esperaré y me esperarán.

‑Perdonadme, señora, si no he saludado antes a Vuestra Majestad con todo el respeto que tiene dere­cho a esperar de uno de sus más humildes servidores, pero...

‑Pero ‑continuó Margarita‑, ¿me tomasteis por una de mis damas?

‑No, no, señora: por la sombra de la bella Diana de Poitiers. Me han dicho que suele aparecerse en el Louvre.

‑Vamos, señor ‑dijo Margarita‑, ya no necesi­táis que me preocupe más de vos: ¡seguro que haréis fortuna en la come! ¿Dijisteis que teníais una carta para el rey? Es inútil que esperéis, pero no importa, podéis dármela y yo se la entregaré... Pero daos prisa, os lo ruego.

En un abrir y cerrar de ojos, La Mole desató los cordones de su jubón y sacó del pecho una carta ence­rrada en un sobre de seda.

Margarita la cogió y observó la Tetra.

‑¿Sois el señor de La Mole? ‑preguntó.

‑‑Sí, señora. ¡Dios mío! ¿Tendré la dicha de que mi nombre sea conocido por Vuestra Majestad?

‑Se lo he oído pronunciar al rey mi marido y a mi hermano el duque de Alençon. Sé que os esperan.

Y deslizó en su corpiño recamado de bordados y diamantes aquella carta que le entregaba el joven y que aún conservaba el calor de su pecho. La Mole seguía ávidamente con los ojos cada uno de los movimientos de Margarita.

‑Ahora ‑le dijo‑, descended a la galería y es­perad hasta que vayan a buscaros de parte del rey de Navarra o del duque de Alençon. Uno de mis pajes os va a conducir.

Después de pronunciar estas palabras Margarita con­tinuó su camino. Aunque La Mole se apretó contra la pared, el pasillo era tan estrecho y el miriñaque de la reina de Navarra tan ancho que su vestido de seda rozó con el joven. Quedó tras ella una estela de penetrante perfume.

La Mole se estremeció por entero y, sintiéndose a punto de caer desvanecido, se apoyó contra la pared.

Margarita desapareció como una quimera.

‑¿Venís, señor? ‑dijo el paje encargado de acom­pañar a La Mole hasta la galería inferior. .

‑Sí, sí ‑respondió La Mole entusiasmado. Precisamente, el muchacho le indicaba el camino por donde acababa de alejarse Margarita, con lo que pensó que, apresurándose, aún la vería.               

En efecto; al llegar a lo alto de la escalera logró verla cuando llegaba al piso de abajo, y, sea por casualidad o porque el ruido de sus pasos llegara hasta ella, lo cierto es que levantó la cabeza y el joven La Mole pudo contemplar otra vez aquellos ojos.

‑¡Oh! ‑exclamó‑. No es una mortal, es una diosa, y como dijo Virgilio: Et vera incessu patuit dea.

‑¿Me seguís? ‑preguntó el paje.

‑Aquí estoy, perdonad, ya os sigo –respondió La Mole.

El paje, precedido de La Mole, descendió un piso, abrió una puerta, luego otra y, deteniéndose en el um­bral, dijo:

‑Éste es el lugar donde debéis esperar.

La Mole entró en la galería y la puerta se cerró a sus espaldas.

En la galería tan sólo halló a otro gentilhombre que se paseaba y parecía esperar también.

Ya la noche comenzaba a enviar espesas sombras desde lo alto de las bóvedas y, aunque los dos hombres estaban apenas a veinte pasos de distancia uno de otro, no podían distinguir sus rostros. La Mole se acercó.

‑¡Dios me perdone! ‑exclamó cuando estuvo a pocos pasos del otro‑. ¡Si es el señor conde de Coconnas!

Al oír sus pasos, el piamontés se había vuelto y le miraba con el mismo asombro con que era mirado.

‑¡Pardiez! ¡Que el diablo me lleve si no sois el señor conde de La Mole! ¡Uf! ¿Qué estoy haciendo? ¿Jurar en la casa del rey? Pero ¡bah! Tengo entendido que el rey jura más que yo y hasta en la iglesia. Nos en­contramos de nuevo en el Louvre...

‑Tal como lo estáis viendo. ¿Os introdujo el se­ñor Besme?

‑Sí, es un alemán sumamente amable... Y a vos ¿quién os sirvió de introductor?

‑El señor De Mouy. No me equivocaba al deciros que los hugonotes tenían prestigio en la corte... ¿Ha­béis visto al duque de Guisa?

‑Aún no. Y vos ¿obtuvisteis vuestra audiencia con el rey de Navarra?

‑No, pero no tardaré en conseguirla. Me trajeron hasta aquí diciéndome que esperara.

‑¡Ya veréis cómo se trata de algún magnífico festín al que seremos invitados! ¡Pero qué singular casualidad, a fe mía! Desde hace dos horas el destino nos une. Pero ¿qué tenéis? Parecéis preocupado...

‑¿Yo? ‑dijo en seguida La Mole, estremeciéndo­se porque, efectivamente, seguía como en éxtasis recor­dando la visión que se le había aparecido‑. No, pero el lugar en que nos hallamos trae a mi espíritu multitud de sugerencias.

‑Filosóficas, ¿no es cierto? Lo mismo me ocurre a mí. Justamente cuando entrasteis, acudían a mi mente todas las recomendaciones de mi preceptor. ¿Habéis leído a Plutarco, señor conde?

‑¡Cómo no! ‑dijo La Mole sonriendo‑. Es uno de mis autores predilectos.

‑Pues bien ‑continuo gravemente Coconnas‑, creo que ese gran hombre no se equivoca cuando com­para los dones de la naturaleza con flores brillantes pero efímeras, mientras que considera a la virtud como una planta balsámica de perfume imperecedero y de sobera­na eficacia para curar las heridas.

‑¿Sabéis griego, señor Coconnas? ‑dijo La Mole, mirando fijamente a su interlocutor.

‑No, pero mi preceptor sabía y me recomendó con mucho interés que, cuando estuviese en la corte, no deja­ra de discurrir sobre la virtud: «Eso‑me dijo‑ está bien visto.» En cuanto a eso, he venido bien pertrechado, os lo advierto. Y a propósito ¿tenéis apetito?

‑No.

‑Me parece, sin embargo, que os atraía bastante el ave asada de A la Belle Etoile. Yo me muero de ina­nición.

‑Señor Coconnas, ésta es una buena ocasión para sacar a relucir vuestros argumentos sobre la virtud y probar vuestra admiración por Plutarco. Este buen es­critor dice en alguna parte: «Es bueno acostumbrar el alma al dolor y el estómago al hambre.» Prepon esti tên men psuchên odunê, ton de gastéra sem askeïn.

‑¡Ah! ¿Sabíais el griego? ‑exclamó Coconnas, estupefacto.

‑Ya lo creo; mi preceptor me lo enseñó.

‑¡Voto al diablo, conde! Entonces tenéis asegu­rada la fortuna: haréis versos con el rey Carlos IX y hablaréis en griego con la reina Margarita.

‑Sin contar ‑añadió La Mole riendo‑ con que, además, puedo hablar en gascón con el rey de Navarra.

En aquel momento se abrió una puerta de la galería que comunicaba con las habitaciones del rey; resona­ron unos pasos y se vio en la oscuridad una sombra que avanzaba. Esta sombra se convirtió en un cuerpo. Y es­te cuerpo era el del señor de Besme.

Olfateó a los dos jóvenes para. reconocer al que buscaba a hizo señas a Coconnas para que le siguiera.

Coconnas se despidió de La Mole agitando el brazo.

Besme condujo a Coconnas al extremo de la gale­ría, abrió una puerta y se encontraron ante el primer peldaño de una escalera.

Llegados allí, Besme se detuvo, y luego de mirar al­rededor, arriba y abajo, preguntó:

‑Sinior de Cogonnas, ¿dónde fifís?

‑En la posada de A la Belle Etoile, calle de l'Ar­bre‑Sec.

‑¡Pueno! ¡Pueno! Estar a dos basos de aquí... Fol­fed bronto a fuestro hotel y esta noche...

Miró otra vez en torno suyo.

‑¿Esta noche? ‑preguntó Coconnas.

‑Pien, esta noche folfed aquí con una puena es­bada. La consigna es Güise. ¡Silencio! Poca cerrada.

‑¿Pero a qué hora debo venir?

‑Cuando oigáis la cambana.

‑¿Cómo, la cambana?

‑Sí, la cambana, ¡tam! ¡tam!

‑¡Ah! ¿La campana?

‑Sí, esto es lo que decía.

‑Así será‑dijo Coconnas.

Y saludó a Besme, preguntándose en voz baja cuan­do se alejaba:

‑¿Qué diablos querrá decir y con qué motivo to­carán las campanas? De todos modos mantengo mi opinión: el señor Besme es un tedesco muy amable. ¿Si esperara al conde de La Mole?... Pero no; es probable que cene con el rey de Navarra.

Y Coconnas se dirigió hacia la calle de l'Arbre‑Sec, donde el anuncio de A la Belle E'toile le atraía como un imán. Entre tanto, la puerta de la galería correspondien­te a las habitaciones del rey de Navarra se abrió y un paje se adelantó hacia La Mole.

‑¿Sois el conde de La Mole? ‑preguntó.

‑El mismo.

‑¿Dónde vivís?

‑En la calle de l'Arbre‑Sec, posada de A la Belle Etoile.

‑Bien, está a las puertas del Louvre. Escuchad... Su Majestad os envía decir que no puede recibiros en este momento; quizás esta noche os mande llamar. En todo caso, si mañana por la mañana no habéis recibido noticias suyas, venid al Louvre.

‑¿Y si el centinela me niega la entrada?

‑¡Ah! Es cierto. El santo y seña es Navarra; pro­nunciad esta palabra y se os abrirán todas las puertas.

‑Gracias.

‑Esperad, caballero; tengo orden de acompañaros hasta la salida para que no os extraviéis por el palacio. ‑¿Qué será de Coconnas? ‑se preguntó La Mole cuando estuvo en la calle‑. ¡Oh! Seguramente se ha­brá quedado a cenar con el duque de Guisa.

Pero al volver a casa de maese La Hurière, la pri­mera persona que vio nuestro hombre fue Coconnas, sentado ante una gigantesca tortilla con tocino.

‑¡Oh, oh! ‑exclamó Coconnas, riendo a carca­jadas‑. Parece que os quedasteis sin la cena del rey de Navarra, así como yo sin la del duque de Guisa.

‑Así parece.

‑¿Y os volvió el apetito?

‑Creo que sí.

‑¿A pesar de Plutarco?

‑Señor conde ‑dijo riendo La Mole‑, Plutarco dice en otra parte que el que tiene debe repartir con el que no tiene. ¿Queréis, por amor a Plutarco, compartir vuestra tortilla conmigo? Hablaremos de la virtud mientras cenamos.

‑¡Oh, no! ‑dijo Coconnas‑. Eso está bien para cuando uno se halla en el Louvre, temiendo ser escu­chado y con el estómago vacío. Sentaos ahí y cenemos.

‑Veo que la suerte nos ha hecho inseparables. ¿Dormiréis aquí?

‑No sé todavía.

‑Yo tampoco.

‑En todo caso sé muy bien dónde pasaré la noche.

‑¿Dónde?

‑Pues en el mismo sitio donde la paséis vos. ¡No fallará!

Ambos se echaron a reír, haciendo los honores a la tortilla de maese La Hurière.

 

VI

 

LA DEUDA PAGADA

 

Si el lector siente la curiosidad de saber por qué el señor de La Mole no fue recibido por el rey de Navarra y cuál fue la razón por la cual Coconnas no pudo ver al señor de Guisa, y, por último, por qué, en lugar de ce­nar los dos en el Louvre con faisanes, perdices y cor­zos, se contentaron con la tortilla de tocino de A la Belle Etoile, será preciso que tenga la bondad de volver con nosotros al viejo palacio de los reyes y de seguir a la reina Margarita de Navarra, a quien La Mole perdió de vista a la entrada de la galería.

Mientras Margarita descendía la escalera, el duque Enrique de Guisa, a quien ella no había vuelto a ver des­de la noche de su boda, se hallaba en el gabinete del rey. La escalera salía a un corredor que comunicaba directa­mente con las habitaciones de la reina madre, Catalina de Médicis. El gabinete donde se encontraba el duque tenía una puerta que daba a este mismo corredor.

Se hallaba Catalina de Médicis sola, sentada junto a una mesa, con el codo apoyado sobre un libro de misa entreabierto y la cabeza reclinada sobre una mano to­davía notablemente hermosa, gracias al cosmético que le preparaba el florentino Renato, que desempeñaba el doble cargo de perfumista y proveedor de venenos de la reina madre.

La viuda de Enrique II llevaba el mismo luto que adoptó a la muerte de su marido. Era una mujer de cin­cuenta y dos o cincuenta y tres años, que conservaba, gracias a su lozana robustez, algunos rasgos de su anti­gua belleza. Su cuarto, como su vestido, era el de una viuda. Todo tenía en él igual carácter sombrío: tapices, paredes y muebles. Tan sólo encima de una especie de dosel que cubría un sillón real, donde en aquel momen­to dormía la perra favorita de la reina madre, regalo de su yerno Enrique de Navarra y a la que habían puesto el nombre mitológico de Febe, se veía pintado al fresco un arco iris rodeado de esta divisa griega que el rey Francis­co I había dedicado a la reina: Phôs pherei a de kai aïth­zen, y que puede traducirse así:

 

Lleva la luz y la serenidad.

 

De pronto, y cuando más absorta parecía la reina en sus pensamientos, que dibujaban en sus labios pintados con carmín una sonrisa lenta y vacilante, un hombre abrió la puerta, levantó un tapiz y mostró su rostro pá­lido, al mismo tiempo que decía:

‑Todo va mal.

Catalina levantó la cabeza y reconoció al duque de Guisa.

‑¿Cómo que todo va mal? ‑respondió‑. ¿Qué queréis decir, Enrique?

‑Que el rey está cada vez más engañado con sus malditos hugonotes y que, si esperamos su consenti­miento para ejecutar la gran empresa, tendremos para largo o para nunca.

‑¿Qué ha ocurrido? ‑preguntó Catalina, conser­vando aquel rostro impasible que le era habitual, aun­que tan divinamente sabía, según la ocasión, darle las expresiones más opuestas.

‑Ocurre que acabo de hacer a Su Majestad por vi­gésima vez la pregunta de si habremos de continuar soportando las insolencias que se permiten desde el aten­tado contra el almirante los señores de la religión refor­mada.

‑¿Y qué os ha respondido, hijo mío?

‑Textualmente: «Señor duque, el pueblo debe sos­pechar que sois vos el autor del asesinato cometido en la persona de mi segundo padre el almirante, defendeos como os plazca. En cuanto a mí, ya sabré defenderme si me insultan...» Y, después de estas palabras, me ha vuel­to la espalda para ir a dar de comer a sus perros.

‑¿Y no habéis intentado retenerlo?

‑Sí, pero me ha contestado con esa voz que ya conocéis y mirándome de ese modo especial que sólo él sabe: «Señor duque, mis perros tienen hambre y no son hombres para que los haga esperar...» En seguida he venido a preveniros.

‑Habéis hecho bien ‑dijo la reina madre.

‑Pero ¿qué hacer ahora?

‑Intentar un último esfuerzo.

‑¿Quién será el que lo intente?

‑Yo. ¿El rey está solo?

‑No, está con el señor de Tavannes.

‑Esperadme aquí, o mejor, seguidme de lejos.

Catahna se levantó en seguida y fuese hacia la ha­bitación donde, sobre alfombras turcas y almohadones de terciopelo, estaban los lebreles favoritos del rey. So­bre algunas perchas sujetas a la pared había dos o tres halcones elegidos y un pequeño alcaudón, con el cual Carlos IX solía divertirse en cazar pajaritos en los jar­dines del Louvre y en los de las Tullerías, que empeza­ban a construirse.

Por el camino, la reina madre dio un aspecto de angustia a su fisonomía, dejando rodar por su artificial palidez una última lágrima que era sin duda la primera.

Se acercó sin hacer ruido a Carlos IX, que a la sa­zón repartía entre sus perros un pastel dividido en tro­zos iguales.

‑¡Hijo mío! ‑dijo Catalina con un temblor en la voz, tan bien fingido que hizo estremecerse al rey.

‑¿Qué tenéis, señora? ‑preguntó Carlos, volvién­dose bruscamente.

‑Vengo a pediros, hijo mío, que me permitáis re­tirarme a uno de vuestros castillos, cualquiera que sea, con tal de que esté situado muy lejos de París.

‑¿Por qué razón, señora? ‑preguntó Carlos IX, clavando en su madre aquella vidriosa mirada que en ciertas ocasiones se hacía tan penetrante.

‑Porque todos los días recibo nuevos ultrajes de los partidarios de la religión reformada; porque hoy he oído a los protestantes amenazaros hasta en vuestro propio Louvre y no quiero asistir más a semejantes es­pectáculos.

‑Pero, en fin, madre ‑dijo Carlos IX con convic­ción‑, han querido matarles a su almirante. Un infame asesino ya les mató al valiente De Mouy. ¡Pobre gente! ¡Por vida mía! Es preciso que haya justicia en mi reino.

‑¡Oh! Estad tranquilo, hijo mío ‑dijo Catali­na‑. No les faltará justicia, porque si vos se la negáis, ellos se la tomarán por su mano. Hoy, sobre el duque de Guisa, mañana sobre mí, al otro día sobre vos...

‑¿Creéis esto, señora?‑respondió Carlos IX de­jando traslucir en su voz un primer acento de duda.

‑Hijo mío ‑añadió Catalina abandonándose por entero a la violencia de sus pensamientos‑, ¿no veis que ya no se trata de la muerte de Francisco de Guisa ni de la del almirante, de la religión protestante ni de la católica, sino simplemente de la sustitución del hijo de Enrique II por el de Antonio de Borbón?

‑Vamos, madre mía, reportaos; ya volvéis a caer en vuestras exageraciones de siempre ‑dijo el rey.

‑¿Cuál es vuestra opinión, hijo mío?

‑Esperar, madre, esperar. Toda la sabiduría huma­na reside en esta palabra. El más grande, el más fuerte. el más hábil es aquel que, sobre todo, sabe esperar.

‑Esperad, pues; pero yo no esperaré.

Y sin más, haciendo una reverencia, Catalina se acer­có a la puerta para volver a sus habitaciones.

Carlos IX la detuvo.

‑¿Qué queréis que haga entonces? Porque, ante todo, soy justo y quisiera que todo el mundo estuviese contento de mí.

Catalina regresó a su lado.

‑Venid, señor conde ‑le dijo a Tavannes que es­taba acariciando un halcón‑, y decid al rey cuál es vuestro punto de vista.

‑Si Su Majestad me lo permite‑insinuó el conde.

‑Di, Tavannes, di.

‑¿Qué hace Vuestra Majestad en una cacería si se ve atacado por un jabalí?

‑¡Pardiez! Señor, le espero a pie firme y le atra­vieso la garganta con un venablo.

‑Sólo para evitar que os haga daño ‑agregó Ca­talina.

‑¡Y para divertirme! ‑dijo el rey, dando un suspi­ro que indicaba un valor llevado a la temeridad‑. Pero no me divertiré matando a mis súbditos, porque, des­pués de todo, los hugonotes son mis vasallos lo mismo que los católicos.

‑Entonces, Sire ‑dijo Catalina‑, vuestros vasa­llos los hugonotes harán como el jabalí cuando no se le clava un venablo en la garganta: echarán abajo el trono.

‑¡Bah! ¿Eso creéis, señora? ‑dijo el rey en un tono revelador de que no daba mucho crédito a las pre­dicciones de su madre.

‑¿Pero no habéis visto hoy al señor De Mouy y a los suyos?

‑Sí, los he visto; acabo de dejarlos; ¿acaso me han pedido algo que no sea justo? De Mouy me ha rogado el castigo del asesino de su padre y del que atentó con­tra el almirante. ¿Acaso no condenamos al señor de Montmorency por la muerte de mi padre y vuestro esposo, aunque esta última se debiera a un simple acci­dente?

‑Está bien, Sire ‑dijo Catalina secamente‑. No hablemos más de este asunto. Vuestra Majestad goza de la protección de Dios, que le da fuerza, sabiduría y confianza; pero yo, pobre mujer abandonada de Dios, sin duda a causa de mis pecados, debo temer y cedo.

Al decir esto, Catalina saludó por segunda vez y salió haciendo señas al duque de Guisa, que había entra­do en la habitación, de que se quedara para hacer una última tentativa.

Carlos IX siguió con la mirada a su madre, pero esta vez no intentó detenerla, sino que se puso a acari­ciar sus perros mientras silbaba una melodía de caza. De repente se interrumpió:

‑¡La verdad es que mi madre es todo un carácter! De nada duda. Pero ¿quién se atreve a matar deliberada­mente a unas cuantas docenas de hugonotes sólo por­que vienen a pedir justicia? ¿Acaso no están en su per­fecto derecho?

‑¡Unas cuantas docenas! ‑murmuró el duque de Guisa.

‑¡Ah! ¿Estáis ahí, señor? ‑preguntó el rey fin­giendo advertir entonces su presencia‑. Sí, unas cuan­tas docenas; ¡buena caza!... ¡Ah! Si alguien viniera a de­cirme: «Sire, os libraréis de todos vuestros enemigos de tal modo que mañana no quedará uno solo para re­procharos la muerte de Los demás», entonces no me opondría.

‑¿Entonces?...

‑Tavannes ‑interrumpió el rey‑, estás fasti­diando a Margot; vuelve a ponerla en su perchera; por­que lleve el nombre de mi hermana la reina de Navarra no es razón para que todo el mundo la acaricie.

Tavannes dejó a Margot en su sitio y se entretuvo en enrollar y desenrollar Las orejas de un lebrel.

‑Pero, señor‑replicó el duque de Guisa‑, si dijesen a Vuestra Majestad: «Sire, Vuestra Majestad se verá libre mañana de todos sus enemigos...»

‑¿Y por intervención de qué santo se haría tan gran milagro?

‑Sire, hoy es veinticuatro de agosto; sería por obra y gracia de San Bartolomé.

‑¡Bonito santo ‑dijo el rey‑, que se dejó deso­llar vivo!

‑¡Tanto mejor! Mientras más haya sufrido, ma­yor rencor guardará a sus verdugos.

‑¿Y sois vos, primo ‑dijo el rey‑, vos, con esa Lin­da espadita de dorada empuñadura, quien matará de aquí a mañana a diez mil hugonotes? ¡Ja, ja, ja! ¡Me muero de risa! ¡Sois muy gracioso, señor duque!

Con esto lanzó el rey una carcajada tan falsa, que Las paredes devolvieron un eco lúgubre.

‑Sire, una sola palabra, una señal y todo está dis­puesto ‑respondió el duque, estremeciéndose a pesar suyo al oír aquella risa que no tenía nada de humana‑. Cuento con Los suizos, mil cien gentiles hombres, la ca­ballería ligera, Los burgueses. Vuestra Majestad, por su parte, tiene sus guardias, sus amigos, su nobleza católi­ca... ¡Seremos veinte contra uno!

‑Entonces, si sois tan fuerte, primo, ¿por qué dia­blos venís a zumbarme Los oídos con esta historia? Ha­ced lo que os parezca sin contar conmigo...

Y el rey tornó a ocuparse de sus perros.

En aquel momento se levantó el tapiz y reapareció Catalina.

‑Todo va bien ‑le susurró al duque‑ ¡insistid y cederá!

Y el tapiz volvió a caer ocultando a Catalina, sin que Carlos IX la viese o al menos demostrara haberla visto.

‑Sólo quiero saber‑dijo el duque de Guisa‑, si, obrando conforme a mis deseos, complaceré a Vuestra Majestad.

‑En verdad os digo, primo Enrique, que eso es ponerme un puñal al pecho. Pero resistiré, ¡pardiez! ¿Acaso no soy el rey?

‑Todavía no, señor; pero lo seréis mañana si queréis.

‑¡Ah! Pero entonces habrá que matar también al rey de Navarra, al príncipe de Condé... ¡Y en mi pala­cio!... ¡Es demasiado!

Luego agregó con voz apenas inteligible:

‑Fuera de mi casa yo no digo nada.

‑¡Sire! ‑exclamó el duque‑. Esta noche salen los dos con vuestro hermano el duque de Alençon a di­vertirse.

‑Tavannes ‑dijo el rey simulando admirable­mente un gesto de impaciencia‑. ¿No veis que estáis molestando a ese perro? ¡Ven aquí, Acteón, ven!

Sin querer oír más, Carlos IX salió de la pieza en dirección a su dormitorio, dejando al duque de Guisa y a Tavannes con la misma incertidumbre que antes.

Mientras tanto, en los aposentos de la reina madre se desarrollaba una escena de muy distinto género. Ca­talina, después de aconsejar al duque de Guisa que insistiera en sus propósitos, había regresado a su al­coba, donde halló reunidas a las personas que solían acompañarla mientras se acostaba. Tenía ahora una expresión tan risueña como afligida la tuvo al salir. Despidió paulatinamente y con la mayor amabilidad a sus damas y cortesanos hasta quedar sola con Margari­ta, quien, sentada sobre un cofre cerca de la ventana abierta, contemplaba el cielo entregada a sus pensa­mientos.

Al verse sola con su hija, la reina madre abrió dos o tres veces la boca con intención de hablar, pero cada vez una sombría idea hizo retroceder hasta el fondo de su pecho aquellas palabras que parecían a punto de es­caparse de sus labios.

A todo esto se levantó el tapiz y entró en la estancia Enrique de Navarra. La perrita que dormía en el si­llón real dio un salto y corrió a su encuentro.

‑¿Vos aquí, hijo mío? ‑exclamó Catalina, estre­meciéndose‑. ¿Vais a cenar en el Louvre?

‑No, señora ‑respondió Enrique‑. Iré a reco­rrer la ciudad esta noche con los duques de Alençon y de Condé. Creí que estarían aquí haciéndoos la corte.

Catalina sonrió.

‑Id, señor... Los hombres tienen la dicha de po­der divertirse así... ¿No es cierto, hija mía?

‑Así es, señora ‑respondió Margarita‑. ¡Es tan bella y tan valiosa la libertad!

‑¿Queréis decir que yo encadeno la vuestra? ‑di­jo Enrique, inclinándose ante su esposa.

‑No, señor, no me quejo por mí, aludo a la con­dición de la mujer en general.

‑¿Iréis a ver al señor almirante, hijo mío? ‑pre­guntó Catalina.

‑Sí, tal vez.

‑No dejéis de ir; será un buen ejemplo, y mañana me diréis cómo se encuentra.

‑Iré, pues, ya que aprobáis tal visita.

‑Yo no apruebo nada ‑dijo Catalina‑. Pero ¿quién anda ahí? Despedid a quienquiera que sea.

Enrique dio un paso hacia la puerta para ejecutar la orden de Catalina, pero en este instante se levantó el tapiz y apareció la rubia cabeza de la señora de Sauve.

‑Señora ‑anunció‑, es Renato, el perfumista, a quien Vuestra Majestad mandó llamar.

Catalina lanzó una mirada tan rápida como el rayo a Enrique de Navarra.

El joven príncipe enrojeció y, al momento, quedóse pálido de un modo horrible. Acababa de oír pronunciar el nombre del asesino de su madre. Como sintiera que su rostro traicionaba su emoción, fue a apoyarse contra el barrote de una ventana.

La perrita lanzó un gemido.

En seguida entraron dos personas, una que había sido anunciada y otra que no tenía necesidad de serlo.

Era la primera Renato, el perfumista, quien se acer­có a Catalina con la obsequiosidad característica de los sirvientes florentinos; llevaba una caja que al abrirse de­jó ver una serie de divisiones llenas de polvos y algunos frascos.

La otra, era la señora de Lorena, hermana de Mar­garita. Entró por una puertecita secreta que comunica­ba con el gabinete del rey y, pálida y temblorosa, trató de ocultarse a la vista de Catalina, que estaba exami­nando con la señora de Sauve el contenido de la caja llevada por Renato. Fue a sentarse al lado de Margarita, junto a la cual estaba, con una mano en la frente, como quien trata de reponerse de algún desvanecimiento, el rey de Navarra.

Catalina volvió la cabeza.

‑Hija mía‑dijo a Margarita‑, podéis retiraros a vuestras habitaciones. Y vos ‑agregó dirigiéndose a Enrique‑ id a divertiros.

Margarita se levantó y Enrique se volvió a medias.

La señora de Lorena cogió de la mano a Margarita.

‑Hermana mía ‑dijo en voz baja y apresurada­mente‑: en nombre del duque de Guisa, que os quiere salvar la vida como vos se la salvasteis a él, no salgáis de aquí, no vayáis a vuestras habitaciones.

‑¿Eh? ¿Qué dices, Claudia? ‑preguntó Catalina, volviendo la cabeza.

‑Nada, madre.

‑¿No estabas hablando en voz baja con Margarita?

‑Le deseaba buenas noches, señora; y le daba re­cuerdos de parte de la señora de Nevers.

‑¿Dónde está la bella duquesa?

‑Con su cuñado el señor de Guisa.

Catalina miró a las dos mujeres con aire de des­confianza y dijo, frunciendo el ceño:

‑Acércate, Claudia.

Claudia obedeció. Catalina le cogió la mano.

‑¿Qué le habéis dicho? Sois una indiscreta ‑aña­dió apretando por la muñeca a su hija hasta que la hizo gritar.

‑Señora‑dijo a su esposa Enrique, que, aunque sin oír una palabra, no había perdido ningún movi­miento de la escena de la que fueron protagonistas la reina, Claudia y Margarita‑, ¿me haríais el honor de darme a besar vuestra mano?

Margarita le tendió una mano temblorosa.

‑¿Qué os ha dicho? ‑murmuró Enrique mien­tras se inclinaba para rozar su mano con los labios.

‑Que no debo salir. ¡En nombre del Cielo, no sal­gáis vos tampoco!

No fue más que un relámpago, pero por fugaz que fuese, Enrique adivinó que se trataba de un complot.

‑Esto no es todo ‑añadió Margarita‑; aquí te­néis una carta que os trajo un gentilhombre provenzal.

‑¿El señor de La Mole?

‑Sí.

‑Gracias ‑dijo el rey, cogiendo la carta y guar­dándola en su jubón. Y, pasando por delante de su atri­bulada esposa, fue al encuentro del florentino, y po­niéndole la mano en el hombro, dijo‑: Qué tal, maese Renato, ¿cómo marchan vuestros asuntos?

‑No del todo mal, señor ‑respondió el envene­nador con su pérfida sonrisa.

‑No me extraña‑continuó Enrique‑cuando se es, como sois vos, proveedor de todas las testas coro­nadas de Francia y del extranjero.

‑Excepto del rey de Navarra ‑respondió cínica­mente el florentino.

‑A fe que tenéis razón ‑dijo Enrique‑, y eso que mi pobre madre, que también compraba vuestros perfumes, me recomendó al morir a maese Renato. Ve­nid a verme mañana o pasado mañana y traedme vues­tros mejores productos.

‑No estará de más ‑dijo sonriendo Catalina‑, porque dicen...

‑¿Que sudo mucho? ‑concluyó Enrique rien­do‑. ¿Quién os lo dijo, madre? ¿Margot?

‑No, hijo mío ‑respondió Catalina intenciona­damente‑‑, la señora de Sauve.

En aquel momento, la duquesa de Lorena, que a pesar de los esfuerzos que hacía no podía contenerse, rompió a llorar.

Enrique ni siquiera se volvió.

‑¡Hermana mía! ‑gritó Margarita, lanzándose hacia donde estaba Claudia‑. ¿Qué tenéis?

‑Nada‑dijo Catalina colocándose entre las dos jóvenes‑ es un acceso de esa fiebre nerviosa que Ma­zille le ha aconsejado que combata con aceites aromá­ticos.

Dicho lo cual apretó de nuevo, con más fuerza que lo hizo la primera vez, el brazo de su hija mayor. Lue­go, volviéndose hacia la menor, dijo:

‑Margot, ¿no habéis oído que os he invitado a que os retiréis? Si no basta con esto, sabed que os lo ordeno.

‑Perdonad, señora‑dijo Margarita pálida y tem­blorosa‑. Deseo que duerma bien Vuestra Majestad.

‑Y yo espero que sea cumplido vuestro deseo. Buenas noches.

Margarita salió tambaleándose, buscando en vano la mirada de su esposo, quien ni siquiera se dignó vol­ver la cabeza.

Hubo un instante de silencio, durante el cual tuvo Catalina clavados los ojos en la duquesa de Lorena, quien, por su parte, miraba a su madre sin pronunciar palabra, uniendo las manos en actitud de súplica.

Enrique, aunque se hallaba de espaldas, veía la es­cena reflejada en un espejo, ante el cual fingía alisarse el bigote con una pomada que acababa de darle Renato.

‑¿Y vos, Enrique, no ibais a salir por fin? ‑pre­guntó Catalina.

‑¡Ah, sí! ‑exclamó el rey de Navarra‑. ¡Por Bel­cebú! Olvidaba que me esperan el duque de Alençon y el príncipe de Condé. Estos admirables perfumes me embriagan de tal manera, que hasta creo que me hacen perder la memoria. Hasta la vista, señora.

‑Adiós. Mañana me daréis noticias del almirante. ¿No es cierto?

‑No faltaré. Vamos, Febe, ¿qué hay?

‑¡Febe! ‑exclamó la reina madre con impaciencia.

‑Llamadla, señora‑dijo el bearnés‑, porque no quiere dejarme salir.

La reina madre se levantó y la sujetó por el collar, mientras Enrique se alejaba con el rostro tan sereno y risueño como si no hubiera sentido en el fondo de. su corazón que corría un peligro de muerte.

La perrita, dejada ya en libertad por Catalina de Médicis, corrió detrás de él para alcanzarlo; pero la puer­ta se había cerrado y sólo pudo alargar el hocico por de­bajo del tapiz para lanzar un aullido lúgubre y prolon­gado.

‑Ahora, Carlota‑dijo la reina a la señora de Sau­ve‑, id a buscar al duque de Guisa y al señor Tavannes, que están en mi oratorio, y volved con ellos a hacer compañía a la duquesa de Lorena, que se halla indis­puesta.

 

VII

 

LA NOCHE DEL 24 DE AGOSTO DE 1572

 

Cuando La Mole y Coconnas concluyeron su fru­gal comida, pues las aves de la posada de A la Belle Etoile no existían más que en el anuncio, Coconnas hizo girar su silla sobre una pata, estiró las piernas, apoyó el codo sobre la mesa y, saboreando el último vaso de vino:

‑¿Pensáis acostaros inmediatamente, señor de La Mole? ‑preguntó.

‑¡A fe mía! Puesto que es muy posible que ven­gan a despertarme a medianoche.

‑A mí también ‑dijo Coconnas‑; por eso creo que en lugar de acostarnos y luego hacer esperar a quien venga en busca nuestra, haríamos mejor en pedir una baraja y jugar. Así estaremos prevenidos en todo momento.

‑Aceptaría complacido vuestra proposición, pero tengo poco dinero para jugar: escasamente cien escu­dos de oro en mi maleta. Y ése es todo mi tesoro. Con tan poco trataré de hacer fortuna en París.

‑¡Cien escudos de oro! ‑exclamó Coconnas‑. ¿Y os quejáis? ¡Pardiez! ¡Qué diré yo, que sólo poseo seis!...

‑¡Vaya! ‑repuso La Mole‑. Os he visto sacar de vuestro bolsillo una bolsa que me ha parecido no sólo bien redondeada, sino a punto de estallar.

‑¡Ah! ‑dijo Coconnas‑. Eso lo traigo para can­celar una antigua deuda con un amigo de mi padre, de quien sospecho, igual que de vos, que es algo hugonote. Sí, aquí hay cien apetitosas libras ‑continuó golpeando la bolsa‑, pero estas cien opulentas damas le pertene­cen a maese Mercandon. En cuanto a mi patrimonio per­sonal, ya os he dicho que se reduce a seis escudos.

‑¿Cómo vamos a jugar entonces?

‑Precisamente por eso quiero jugar. Además, se me ocurre una idea.

‑¿Cuál?

‑¿No hemos venido los dos a París con un mismo objetivo?

‑Sí.

‑¿No contáis con el vuestro tanto como yo con el mío?

‑Sí.

‑Pues bien, se me ocurre que juguemos por lo pron­to nuestro dinero y luego el primer favor que reciba­mos, sea de la corte, sea de nuestras queridas...

‑Realmente es un procedimiento muy ingenioso ‑dijo La Mole sonriendo‑, pero confieso que no soy tan hábil jugador como para arriesgar mi vida entera a una carta o a los dados; puesto que de ese primer fa­vor que aludís dependerá probablemente mi vida o la vuestra.

‑Suprimamos entonces el primer favor de la corte y juguemos el primero de nuestras queridas.

‑No veo más que un inconveniente ‑repuso La Mole.

‑¿Y es?

‑Que no tengo querida.

‑Yo tampoco; pero pronto tendré alguna. ¡Gra­cias a Dios no estoy hecho a pasarme sin mujeres!

‑No os faltarán a vos, señor de Coconnas, pero como yo no tengo la misma confianza en mi estrella amorosa, creo que sería un robo apostar mis posibili­dades contra las vuestras. Juguemos, pues, los seis es­cudos que poseéis y si os los gano por desdicha vuestra y aún queréis seguir el juego... ¡Pardiez! Sois un caba­llero y vuestra palabra vale oro.

‑¡En buena hora! ‑exclamó Coconnas‑. ¡Así se habla! Y tenéis razón; la palabra de un gentilhombre vale oro, sobre todo cuando ese gentilhombre tiene cré­dito en la corte. Creedme que no arriesgaría mucho ju­gando contra vos el primer favor que obtenga.

‑Sólo que podríais perderlo y yo no lo podría ganar, puesto que siendo yo del rey Enrique de Nava­rra no puedo recibir nada del señor duque de Guisa.

‑¡Ah, el impío! Ya lo suponía ‑murmuró el po­sadero limpiando su viejo casco.

Y se interrumpió para hacer la señal de la cruz.

‑¿Conque decididamente sois de los otros? ‑pre­guntó Coconnas mientras barajaba los naipes que le ha­bía traído el mozo.

‑¿De qué otros?

‑Dé los protestantes.

‑¿Yo?

‑Sí, vos.

‑Suponed que así sea ‑dijo sonriendo La Mo­le‑. ¿Tenéis algo en contra nuestra?

‑No, a Dios gracias, no. Podéis ser lo que queráis, me es igual. Odio profundamente el protestantismo, pero no detesto a los hugonotes. Además, ahora están de moda.

‑Sí‑repuso La Mole, riendo con sorna‑; prueba de ello es el atentado al señor almirante. ¿Queréis que también apostemos las balas de nuestros arcabuces?

‑Como gustéis ‑replicó Coconnas‑;con tal de jugar, poco me importa el qué.

Juguemos, pues ‑dijo La Mole, recogiendo sus cartas y acomodándolas en su mano.

Jugad y hacedlo con confianza, porque aunque pierda cien escudos de oro como los vuestros, mañana tendré con qué pagarlos.

‑¿Vendrá a veros la fortuna mientras dormís?

‑No, seré yo quien vaya a su encuentro.

‑Decidme dónde y os acompañaré.

‑Al Louvre.

‑¿Volveréis allí esta noche?

‑Sí, tengo una audiencia particular con el duque de Guisa.

Desde que Coconnas hubo mencionado su propó­sito de ir al Louvre a buscar fortuna, La Hurière dejó de frotar su casco y fue a colocarse detrás de la silla de La Mole, de modo que sólo el otro jugador pudiera verlo, y desde allí empezó a hacerle señas al piamontés, quien, atento a su juego y pendiente de la conversación, no las veía.

‑¡Es milagroso! ‑exclamó La Mole‑. Teníais razón al decir que habíamos nacido bajo la misma es­trella. Yo también tengo una cita esta noche en el Lou­vre; pero no con el duque de Guisa, sino con el rey de Navarra.

‑¿Sabéis el santo y seña?

‑Sí.

‑¿Y tenéis algún distintivo?

‑No.

‑Pues yo sí: el santo y seña es...

Al oír estas palabras del piamontés, La Hurière hizo un gesto tan expresivo, precisamente en el momento en que el indiscreto gentilhombre levantaba la cabeza, que Coconnas se quedó petrificado más por la cara del po­sadero que por la jugada en que acababa de perder tres escudos. Viendo el asombro que se pintaba en el rostro de su adversario, La Mole miró hacia atrás, pero no vio sino al posadero cruzado de brazos y cubierto con el casco que hacía un momento estaba limpiando.

‑¿Qué os pass? ‑preguntó La Mole a Coconnas.

Coconnas miraba al posadero y a su compañero sin responder, pues era incapaz de descifrar las reiteradas s señas de maese La Hurière.

Éste comprendió que debía sacarle de apuros.

‑Es que yo también soy muy aficionado al juego

‑dijo rápidamente‑, y como me acerqué para ver la baza que acabáis de ganar, os habrá sorprendido sin duda este aspecto belicoso en un pobre burgués como yo.

‑¡Tenéis un gran tipo, a fe mía! ‑exclamó el conde de La Mole riendo a carcajadas.

‑¡Pues, señor! ‑replicó La Hurière con una inocencia admirablemente fingida y un encogimiento de hombros lleno del sentimiento de su propia inferiori­dad‑. Nosotros no tenemos por qué ser valientes ni poseer esa esbeltez refinada. Esto está bien para los nobles gentiles hombres como vos, que lucen cascos

dorados y elegantes espadas. Nosotros con montar puntualmente las guardias...

‑¡Ah! ‑dijo La Mole barajando‑. ¿Hacéis guardias?

‑¡Por Dios, señor conde! ¡Naturalmente! Soy sargento de las milicias burguesas.

Dicho esto, y mientras La Mole Baba las cartas, se retiró llevándose un dedo a los labios para recomendar discreción a Coconnas, que cada vez se hallaba más de­sorientado.

Esta precaución fue causa sin duda de que Coconnas perdiera la segunda jugada con tanta rapidez como la primera.

‑Con esto ‑dijo La Mole‑ habéis perdido vuestros seis escudos. ¿Queréis jugar la revancha y respon­der con vuestra futura fortuna?

‑Encantado ‑dijo Coconnas.

‑Pero antes de empezar, ¿no teníais una cita con

el señor de Guisa?

Coconnas miró hacia la cocina, donde tropezó con los abultados ojos de La Hurière, que repetía la misma advertencia.

‑Sí ‑dijo‑, pero aún no es la hora. Hablemos un poco de vos, señor de La Mole.

‑Mejor haríamos hablando del juego, querido se­ñor Coconnas, porque o mucho me equivoco o voy a ganaros otros seis escudos.

‑¡Es verdad, voto al diablo!..: Siempre he oído de­cir que los hugonotes son afortunados en el juego. ¡Que el diablo me lleve, pero me están entrando ganas de ha­cerme protestante!

Los ojos de La Hurière brillaron como dos carbo­nes encendidos; pero Coconnas, distraído, no se dio cuenta.

‑Hacedlo, conde, hacedlo; y aunque es bastante singular la forma en que os ha entrado la vocación, se­réis bien recibido entre nosotros.

Coconnas se rascó una oreja.

‑Si estuviese seguro de que vuestra suerte se debe a eso ‑dijo‑, os aseguro que... Porque, en fin, no tengo demasiado apego a la misa y, desde que al rey tampoco le gusta...

‑Además, es una religión hermosa, tan sencilla, tan pura... ‑agregó La Mole.

‑Además... está de moda ‑dijo Coconnas‑ y da suerte en el juego, porque ¡que me lleve el diablo!, no hay ases en la baraja más que para vos. Sin embargo, os estoy observando desde que empezamos a jugar y veo que no hacéis trampas... ¡Tiene que ser influencia de la religión!...

‑Me debéis seis escudos más ‑dijo tranquila­mente La Mole.

‑¡Ah! ¡Cómo me tentáis! ‑dijo Coconnas‑. Si esta noche el duque de Guisa no me satisface...

‑¿Qué haréis?

‑¿Qué? Pues mañana os pediré que me presentéis al rey de Navarra, y estad tranquilo, si llego a hacerme hugonote, seré más hugonote que Lutero, Calvino, Melanchthon y todos los protestantes de la tierra.

‑¡Silencio! ‑observó La Mole‑, nos vamos a disgustar con nuestro posadero.

‑¡Cierto! ‑dijo Coconnas mirando a la cocina‑. Pero no nos escucha; está demasiado ocupado en este

momento.

‑¿Qué hace? ‑preguntó La Mole. No podía ver­le desde su sitio.

‑Conversa con.. ¡Lléveme el diablo! ¡Si es él!

‑¿Quién?

‑Aquella especie de lechuza con quien estaba ha­blando cuando llegamos; el hombre del jubón amarillo y la capa color ceniciento. ¡Voto al diablo! ¡Con qué fuego discute! Decidme, maese La Hurière, ¿habláis de política por casualidad?

Pero esta vez la respuesta de La Hurière fue un ges­to tan enérgico a imperioso que Coconnas, pese a su afición por la baraja, se levantó y se acercó a él.

‑¿Qué os pasa? ‑preguntó La Mole.

‑¿Pedís vino, caballero? ‑dijo La Hurière, ti­rando de la manga a Coconnas‑. Ahora os lo servirán.

¡Gregorio: vino para estos señores!

Luego al oído del piamontés:

‑¡Silencio! ‑bisbiseó‑. ¡Silencio! ¡Por vuestra vida, separaos de vuestro compañero!

La Hurière estaba tan pálido y el individuo vestido de amarillo tan lúgubre, que Coconnas sintióse traspa­sado por un escalofrío y volviéndose a La Mole:

‑Os ruego que me excuséis, querido señor de La Mole ‑le dijo‑. He perdido ya cincuenta escudos.

Tengo mala suerte esta noche y temo comprometerme demasiado.

‑Muy bien, señor, como os plazca. Además, no me disgusta la idea de echarme un rato en la cama. ¡Maese La Hurière!

‑¿Señor conde?

‑Si vienen a buscarme de parte del rey de Nava­rra, despertadme. Me acostaré vestido para estar listo en un momento.

‑Lo mismo haré yo ‑dijo Coconnas‑; voy a preparar mi distintivo para no hacer esperar a Su Alte­za un solo instante. La Hurière, traedme tijeras y papel blanco.

‑¡Gregorio! ‑gritó La Huriére‑. ¡Papel para cartas y unas tijeras para cortar un sobre!

«Decididamente ‑dijo para sí el piamontés‑, aquí ocurre algo muy misterioso.»

‑¡Buenas noches, señor de Coconnas! Y vos, po­sadero, tened la bondad de indicarme el camino de mi cuarto. ¡Buena suerte, amigo!

Y La Mole desapareció por una escalera de caracol, seguido de La Hurière. Entonces, el hombre misterio­so cogió del brazo a Coconnas y atrayéndole hacia sí le dijo sin transición:

‑Señor, cien veces habéis estado a punto de revelar un secreto del que depende la suerte del reino. Dios ha querido que vuestra boca se cerrara a tiempo. Una pala­bra más y os hubiera hecho callar con una bala de mi arcabuz. Ahora, felizmente, estamos solos : escuchad.

‑¿Pero quién sois vos para hablarme con ese tono de mando? ‑preguntó Coconnas.

‑¿Habéis oído hablar por casualidad del señor Maurevel?

‑¿Del asesino del almirante?

‑Y del capitán De Mouy.

‑Sí, por cierto.

‑¡Pues bien! El señor Maurevel soy yo.

‑¡Oh! ‑exclamó Coconnas.

‑Escuchadme, pues.

‑¡Voto al diablo! Ya lo creo que os escucho.

‑¡Chist! ‑dijo Maurevel, poniéndose un dedo en los labios.

Coconnas aguzó el oído.

Se oyó en aquel momento al posadero cerrar la puerta de un cuarto, luego la del corredor, echar los ce­rrojos y volver precipitadamente al lugar donde estaban Coconnas y Maurevel.

Ofrecióles a cada uno una silla, y cogiendo otra para él, dijo:

‑Podéis hablar, señor Maurevel. Todo está cerrado.

Dieron las once en Saint‑Germain d'Auxerre. Mau­revel contó una por una las campanadas, que resonaron vibrantes y lúgubres en la noche. Cuando la última se perdió en el espacio:

‑Señor ‑dijo, volviéndose a Coconnas, asustado al ver las precauciones que tomaban‑, ¿sois buen ca­tólico?

‑Por tal me tengo ‑respondió Coconnas.

‑¿Sois adicto al rey?

‑En cuerpo y alma. Hasta os diré que me ofendéis al hacerme semejante pregunta.

‑No disputemos por eso. Sólo sé que habréis de seguirnos.

‑¿Adónde? .

‑Poco os importa. Dejaos guiar. Depende de ello vuestra fortuna y tal vez vuestra vida.

‑Os advierto que a las doce tengo que estar en el Louvre.

‑Precisamente vamos allí.

‑El señor de Guisa me espera.

‑A nosotros también.

‑Tengo un santo y seña particular‑continuó Coconnas, un poco mortificado al ver que tenía que com­partir una audiencia con Maurevel y maese La Huriére.

‑Nosotros también.

‑Pero yo poseo además un distintivo para darme a conocer.

Maurevel sonrió; sacó de su capa un puñado de cruces de tela blanca, dio una a La Huriére, otra a Co­connas y se quedó con una tercera para él. La Hurière prendió la suya a su casco. Maurevel hizo lo mismo con la suya en su sombrero.

‑¡Oh! ‑exclamó Coconnas estupefacto‑. ¿De modo que la cita, el santo y seña y el distintivo son para todo el mundo?

‑Sí, señor; es decir, para los buenos católicos.

‑¿Hay entonces fiesta en el Louvre? ¿Algún ban­quete real? ‑dijo Coconnas‑. Y quieren excluir a esos perros de hugonotes, ¿no es cierto? ¡Bueno! ¡Está bien! ¡Magnífico! Hace ya demasiado tiempo que gozan de favor.

‑En efecto, hay fiesta en el Louvre‑afirmó Mau­revel‑. Hay banquete real y los hugonotes están convi­dados... Más aún: serán los héroes de la fiesta, ¡pagarán el festín! Conque si queréis ser de los nuestros, venid. Comenzamos invitando a su principal campeón, a su Ge­deón, como ellos le llaman.

‑¿Al almirante? ‑preguntó Coconnas.

‑Sí, al viejo Gaspar, a quien no pude acertar con mi puntería. ¡Imbécil de mí! Y eso que tiré con el arca­buz del rey.

‑Aquí tenéis la causa, señor mío, de que lustrara mi casco, afilara mi espada y dispusiera mis cuchillos ‑‑dijo con voz estridente maese La Hurière, disfraza­do de guerrero.

Al oír estas palabras, Coconnas se estremeció y se puso sobremanera pálido. Empezaba a comprender.

‑Pero ¿es posible?... Esta fiesta, este banquete..., es que... van a...

‑Habéis tardado mucho en adivinarlo, señor‑‑di­jo Maurevel‑. Se ve que no estáis harto como nosotros de las impertinencias de esos herejes.

‑¿Y vosotros os encargáis de ir a casa del almi­rante y de...?

Maurevel sonrió y llevando a Coconnas hacia una ventana:

‑Mirad ‑le dijo‑: ¿veis allá en la placita, al extremo de la calle, detrás de la iglesia, esa tropa que se alinea sigilosamente en la oscuridad?

‑Sí.

‑Los hombres que la forman llevan como maese La Hurière y como nosotros una cruz blanca en el sombrero.

‑¿Y qué?

‑Esos hombres pertenecen a un batallón de sui­zos de los pequeños cantones mandado por Toquenot. Ya sabéis que esos suizos de los pequeños cantones son compadres del rey.

‑¡Ajá! ‑dijo Coconnas.

‑¿Y no veis ahora ese escuadrón de caballería que entra por la calle? ¿Reconocéis a su jefe?

‑¿Cómo queréis que lo reconozca ‑repuso Co­connas estremeciéndose‑si he llegado a París esta mis­ma noche?

‑Pues es el mismo con quien tenéis una cita a me­dianoche en el Louvre. Vedle: se dirige a esperaros.

‑¿Es el duque de Guisa?

‑¡El mismo! Los que le escoltan son Marcelo, ex  preboste de los mercaderes, y J. Cheron, preboste ac­tual. Los dos van a movilizar sus batallones de paisa­nos: allí tenéis al capitán del barrio, que viene por esta calle; observad bien lo que hace.

‑Viene llamando a las puertas. Pero ¿qué es lo que tienen pintado encima las puertas donde llama?

‑Una cruz blanca, joven; una cruz igual a la que llevamos en los sombreros. Antes se encomendaba a Dios el trabajo de reconocer a los suyos, hoy somos más civilizados y le ahorramos esta molestia.

‑Todas las puertas donde llama se abren, y de cada casa salen hombres armados.

‑Llamará también a la nuestra y saldremos cuan­do nos toque el turno.

‑¿Pero toda esa gente se pone en pie para ir a ma­tar a un anciano hugonote? ¡Esto es vergonzoso! Es una faena propia de asesinos y no de soldados.

Joven ‑dijo Maurevel‑, si os repugnan los an­cianos, podréis elegir entre los maduros. Habrá para todos los gustos. Si despreciáis el puñal, podréis re­querir la espada; porque los hugonotes no son hom­bres que se dejen degollar sin defenderse, y sabréis que todos ellos, jóvenes o viejos, tienen el pellejo duro.

‑¿Pero van a matarlos a todos? ‑exclamó Co­connas.

‑A todos.

‑¿Por orden del rey?

‑Por orden del rey y del duque de Guisa.

‑¿Cuándo?

‑Cuando oigáis la campana en Saint‑Germain d'Auxerre.

‑¡Ah! Por eso aquel amable alemán que está al ser­vicio del señor de Guisa... Por cierto, ¿cómo se llama?

‑¿El señor de Besme?

‑¡Exacto! Por eso me dijo que fuese al Louvre cuan­do oyera la campana.

‑¿Habéis visto al señor de Besme?

‑Le he visto y he hablado con él.

‑¿Dónde?

‑En el Louvre. Fue quien me facilitó la entrada, me dio el santo y seña y me...

‑Mirad.

‑¡Pardiez! ¡Si es él!

‑¿Queréis hablarle?

‑¡Por mi alma! No me disgustaría.

Maurevel abrió la ventana sin hacer ruido. Precisa­mente pasaba Besme con una veintena de hombres.

‑¡Guisa y Lorena! ‑dijo Maurevel.

Besme se volvió, y comprendiendo que le llama­ban, acercóse a la ventana.

‑¡Ah! ¡Ah! ¿Sois fos, sinior Maurefel?

‑Sí, yo soy, ¿qué buscáis?

‑Busco la bosada de A la Pelle Etoile, para avisar a un tal sinior Gogonnas.

‑¡Aquí estoy, señor Besme! ‑exclamó el joven.

‑¡Pueno! ¡Muy pien!... ¿Estáis listo?

‑Sí, ¿qué debo hacer?

‑Lo que os tiga el sinior Maurefel. Estar un puen católico.

‑¿Oís? ‑preguntó Maurevel.

‑Sí ‑respondió Coconnas‑. Pero vos, señor de Besme, ¿dónde vais?

‑¿Yo? ‑preguntó Besme riendo.

‑Sí, vos.

‑A decir un balabrita al almirante.

‑Decidle dos si es preciso ‑dijo Maurevel‑. Si con la primera se despierta, que se quede dormido con la segunda.

‑Estad tranquilo, sinior Maurefel, estad tranquilo y aleccionad pien a este joven.

‑No temáis. Los Coconnas son buenos sabuesos de fino olfato y cazadores de pura sangre.

‑Atiós.

‑Adiós.

‑¿Y fos?

‑Comenzad la caza; nosotros llegaremos para el festín.

Besme se alejó y Maurevel cerró la ventana.

‑¿Habéis oído, joven? ‑dijo Maurevel‑. Si te­néis algún enemigo particular, aunque no sea del todo hugonote, ponedlo en la lista y caerá con los demás.

Coconnas, más aturdido que nunca por lo que oía y presenciaba, miró alternativamente al posadero, que adoptaba bélicas actitudes, y a Maurevel, que tranqui­lamente sacaba un papel de su bolsillo.

‑Aquí está mi lista ‑dijo‑:son trescientos. Que cada buen católico haga esta noche la décima parte de lo que haré yo y mañana no quedará un solo hereje en el reino.

‑¡Silencio! ‑previno La Hurière.

‑¿Qué pasa? ‑preguntaron a la vez Coconnas y Maurevel.

Se oyó vibrar en aquel momento la campana de Saint‑Germain d'Auxerre.

‑¡La señal! ‑gritó Maurevel‑. Por lo visto han adelantado la hora. Me dijeron que sería a mediano­che... ¡Tanto mejor! Cuando se trata de la gloria de Dios y del rey, más vale que adelanten los relojes y no que atrasen.

Retumbó el toque lúgubre de las campanas de la iglesia. Casi al mismo tiempo sonó un tiro a inmedia­tamente el resplandor de muchas antorchas iluminó como un relámpago la calle de l'Arbre‑Sec.

Coconnas se pasó por la frente su mano sudorosa.

‑¡Ya empezó! ‑gritó Maurevel‑. ¡Vamos!

‑¡Un momento! ¡Un momento! ‑dijo el posade­ro‑. Antes de entrar en campaña aseguremos la reta­guardia. No quiero que degüellen a mi mujer y a mis hijos mientras yo no esté. Aquí dentro hay un hugonote.

‑¿El señor de La Mole? ‑preguntó Coconnas sobresaltado.

‑Sí, ¡el muy impío se ha metido en la boca del lobo!

‑¿Cómo? ¿Atacaréis a vuestro huésped? ‑pre­guntó Coconnas.

‑Para él afilé mi tizona.

‑¡Oh! ¡Oh! ‑dijo el piamontés frunciendo el entrecejo.

‑Hasta ahora no he matado más que conejos, pa­tos y pollos ‑replicó el digno hostelero‑. No sé có­mo me las arreglaré para matar a un hombre. Ensayaré con él. Si cometo alguna torpeza, nadie podrá burlarse de mí.

‑¡Voto al diablo! ¡Es demasiado! ‑objetó Co­connas‑. El señor, de La Mole es mi compañero. Ha cenado y jugado conmigo.

‑Sí, pero el señor de La Mole es un hereje ‑intervino Maurevel‑y está condenado. Si nosotros le dejamos, otros le matarán.

‑Sin contar ‑añadió el posadero‑ que os ha ganado cincuenta escudos.

‑Muy cierto ‑repuso Coconnas‑, pero en bue­na ley.

‑Os los haya ganado honradamente o no, el caso es que se los tendréis que pagar, mientras que, muerto el perro, se acabó la rabia.

‑¡Vamos! ¡Vamos! Apresurémonos, señores‑gri­tó Maurevel‑. Matadlo de un balazo, de una estocada, de un martillazo, de un palo o de un golpe cualquiera, con lo que más os guste, pero acabemos si queréis llegar a tiempo como hemos prometido, para ayudar al señor de Guisa en casa del almirante.

Coconnas suspiró.

-¡Vengo volando! ‑gritó La Hurière‑. Espe­radme.

‑¡Maldita sea! ‑exclamó Coconnas‑. Va a ha­cer sufrir a ese pobre muchacho y es capaz de robarle. Acabaré con él si es preciso; pero impediré que toque su dinero.

Y movido por tan generosa idea, Coconnas subió la escalera detrás de maese La Hurière, a quien pronto dio alcance, ya que el posadero, a medida que se acercaba a la habitación de su huésped, sin duda por efecto de la reflexión, acortaba el paso. En el momento en que llegaba a la puerta seguido de Coconnas, se oyeron va­rios disparos en la calle.

Al oírlos, La Mole saltó de la cama y sus pasos hi­cieron crujir el suelo.

‑¡Diablo! ‑murmuró La Hurière un poco per‑

plejo‑. Parece despierto.

‑Así lo creo ‑dijo Coconnas.

‑¿Y se defenderá?

‑Es capaz. Sería gracioso que os matase, maese La Hurière.

‑¡Hum! ‑contestó el aludido.

Pero viéndose armado de un buen arcabuz, cobró ánimos y derribó la puerta de un vigoroso puntapié.

Apareció entonces La Mole, sin sombrero, pero completamente vestido. Se hallaba atrincherado detrás de la cama con la espada entre los dientes y una pistola en cada mano.

‑¡Oh! ‑exclamó Coconnas dilatando las narices como fiera que huele la sangre‑. Esto se está ponien­do muy interesante, maese La Hurière. ¡Adelante!

‑¡Pretenden asesinarme, a lo que veo! ‑gritó La Mole mientras sus ojos echaban chispas‑. ¿Y eres tú, miserable?

Maese La Hurière respondió cargando el arcabuz y apuntando al joven. Gracias a que, vista la maniobra, La Mole se encogió de rodillas, la bala pasó por encima de su cabeza.

‑¡A mí! ¡A mí, señor de Maurevel! ‑gritó La Hurière.

‑A fe mía, señor de La Mole ‑repuso Cocon­nas‑. Lo más que puedo hacer en este caso es no to­mar parte en la pelea. Por lo visto esta noche matamos a los hugonotes en nombre del rey. Salid como podáis del apuro.

‑¡Traidores! ¡Asesinos! ¿Conque es así? ¡Está bien!¡Esperad!

Y La Mole, apuntando a su vez, apretó el gatillo de una de sus pistolas. La Hurière, que no le quitaba ojo, tuvo tiempo de hacerse a un lado; pero Coconnas, que no esperaba esta respuesta, permaneció inmóvil y la bala le rozó un hombro.

‑¡Voto al diablo! ‑gritó apretando los dientes‑. Estoy herido. Te verás con los dos, puesto que así lo quieres.

Y, desenvainando su espada, se lanzó contra La Mole.

Si hubiera estado solo, La Mole le habría hecho frente; pero Coconnas tenía a sus espaldas a La Hurière, que cargaba de nuevo su arcabuz, sin contar con que Maurevel, al oír la invitación del posadero, subía de cua­tro en cuatro los peldaños de la escalera. La Mole se me­tió en otra habitación y atrancó la puerta.

‑¡Ah! ¡Desalmado! ‑exclamó Coconnas furioso golpeando la puerta con la empuñadura de su espada‑. ¡Espera! ¡Espera! ¡Voy a agujerearte el pellejo tantas ve­ces como escudos me ganaste anoche! ¿De modo que vengo para impedir que lo hagan daño, para que no lo ro­ben, y me recompensas con un tiro en el hombro? ¡Espe­ra! ¡Canalla! ¡Espera!...

Entre tanto maese La Hurière se acercó a la puerta, haciéndola saltar en astillas con un culatazo de su ar­cabuz.

Coconnas se precipitó por el hueco y fue a dar con la nariz en la pared de enfrente.

La pieza estaba vacía y la ventana abierta.

‑Se ha tirado a la calle ‑dijo el posadero‑, y como estamos en el cuarto piso se habrá matado.

‑O se habrá escapado por el techo de la casa veci­na ‑añadió Coconnas, saltando por encima del barro­te de la ventana y dispuesto a seguirle por aquel escar­pado y resbaladizo terreno.

Maurevel y La Hurière se precipitaron tras él con ánimo de obligarle a desistir de sus propósitos.

‑¿Estáis loco? ‑le dijeron los dos a la vez‑. Vais a mataros.

‑¡Bah! ‑dijo Coconnas‑. Soy de la montaña y estoy acostumbrado a correr sobre el hielo. Además, cuando un hombre me ha insultado una vez, soy capaz de subir hasta el cielo o de bajar hasta los infiernos con tal de alcanzarle. ¡Dejadme!

‑Id, si queréis ‑dijo Maurevel‑, pero si no se ha muerto, ya estará muy lejos. Mejor será que vengáis con nosotros; si ése se escapa ya encontraréis otros mil que le reemplacen.

‑Tenéis razón ‑aulló Coconnas‑. ¡Mueran los hugonotes! ¡Necesito vengarme y cuanto antes mejor!

Los tres bajaron la escalera como un alud.

‑¡A casa del almirante! ‑gritó Maurevel.

‑¡A casa del almirante! ‑repitió La Hurière.

‑¡A casa del almirante, pues! ‑terminó Cocon­nas.

Y juntos los tres salieron de A la Belle Etoile, de­jando de guardia en la posada a Gregorio y a los demás

mozos. Se encaminaron hacia la casa del almirante, si­tuada en la calle Bethisy. El fulgor de las antorchas y el ruido de las armas les orientaban.

‑¿Eh? ¿Quién viene ahí? ‑gritó Coconnas‑. Un hombre sin jubón y sin capa.

‑Alguien que trata de escapar‑dijo Maurevel.

‑¡Tiradle vos, que tenéis arcabuz! ‑dijo Cocon­nas.

‑¡Quiá! ‑respondió Maurevel‑. Guardo la pól­vora para caza mayor.

‑Esperad, esperad ‑repuso el posadero apun­tando.

‑Sí, y mientras tanto, se os irá de las manos –dijo Coconnas.

Y se lanzó en persecución del infeliz, a quien no tardó en dar alcance, pues se hallaba herido.

En el momento en que, para no matarle por la espal­da, le gritaba: «¡Volveos! ¡Volveos!», sonó un tiro, pasó silbando una bala de arcabuz y el fugitivo cayó rodando como una liebre alcanzada en plena carrera por el plomo certero del cazador.

Se oyó un grito de triunfo y, al volverse, el pia­montés vio a La Hurière blandiendo su arma.

‑¡Ah! ‑gritaba‑. ¡Al menos me he estrenado!

‑Sí, pero estuvisteis a punto de atravesarme de parte a parte.

‑¡Cuidado, caballero, cuidado! ‑advirtió La Hu­rière.

Coconnas dio un salto hacia atrás. El herido se ha­bía levantado apoyándose en una rodilla y, dispuesto a vengarse, iba a dar una puñalada a Coconnas en el pre­ciso instante en que la advertencia del posadero puso en guardia al piamontés.

‑¡Ah, víbora! ‑gritó Coconnas, y arrojándose sobre el herido le hundió tres veces la espada en el pe­cho hasta la empuñadura‑. ¡Y ahora, a casa del almi­rante! ‑añadió dejando al hugonote debatiéndose en las últimas convulsiones de la agonía.

‑¡Ah! ¡Ah, señor mío, parece que os vais aficio­nando! ‑dijo Maurevel.

‑Sí, por cierto. No sé si será el olor de la pólvora lo que me embriaga o la vista de la sangre lo que me excita; pero, ¡voto al diablo!, os juro que le estoy tomando gus­to a la matanza. Es como si fuera una batida de hombres. Hasta ahora sólo había participado en las de osos o de lobos; pero ¡por mi honor! que la batida de hombres me resulta más divertida.

Y los tres siguieron animosos su camino.

 

VIII

 

LAS VÍCTIMAS

 

La mansión que habitaba el almirante se hallaba, como ya hemos dicho, en la calle Bethisy. El cuerpo principal del edificio se elevaba al fondo de un patio.

Las dos alas de esta gran construcción miraban a la calle. Daban acceso a este patio una puerta grande y dos pequeñas abiertas en el muro.

Cuando los tres partidarios del duque de Guisa lle­garon a la esquina de la calle Bethisy, qué es una prolon­gación de la de Saint‑Germain d'Auxerre, vieron el palacio rodeado de suizos, soldados y paisanos arma­dos; todos empuñaban en el brazo derecho espadas, pi­cas o arcabuces, y algunos llevaban en la mano izquier­da antorchas que iluminaban aquella escena con un resplandor fúnebre y vacilante que tan pronto se pro­yectaba sobre el suelo o las paredes como sobre aquel mar viviente en el que relampagueaban las armas con su brillo metálico.

Alrededor del palacio y en las calles Tirechappe, Etienne y Bertin‑Poirée, la terrible empresa se ponía en práctica. Se oían gritos prolongados, resonaban descargas de mosquetes y a ratos cruzaba algún desdichado semides­nudo, pálido y cubierto de sangre, saltando como un gamo perseguido en medio de un círculo de lúgubre penumbra en el que parecía agitarse un mundo de demonios.

Coconnas, Maurevel y La Hurière, a quienes se dis­tinguía desde lejos por sus cruces blancas, fueron acogi­dos con gritos de bienvenida, y pronto se hallaron en lo más compacto de aquella multitud jadeante y apretada como una jauría.

A no ser porque algunos reconocieron a Maurevel y le abrieron paso, seguramente ni él ni Coconnas y La Hurière, que se deslizaron detrás, hubieran consegui­do introducirse en el patio.

En el centro de este patio, cuyas tres puertas ha­bían sido derribadas, se hallaba de pie un hombre, en torno del cual los asesinos dejaban libre un respetuoso espacio.

Apoyado en una espada desnuda, tenía los ojos cla­vados en el balcón principal del palacio, que se elevaba a unos quince pies del suelo. Este hombre golpeaba impa­ciente el suelo con un pie y a cada momento se volvía para interrogar a quienes encontraba más cerca.

‑¡Todavía, nada! ‑murmuraba‑. Nadie apare­ce... ¿ Le habrán avisado y habrá huido? ¿Qué os parece, Du Gast?

‑Que es imposible, señor.

‑¿Por qué? ¿No me dijisteis que un momento an­tes de que llegáramos, un hombre sin sombrero, con la espada desenvainada y corriendo como si le persiguie­sen, vino a golpear la puerta y le abrieron?

‑Sí, monseñor; pero casi en seguida llegó el señor de Besme, derribó las puertas a hizo rodear el edificio. El hombre entró, pero os aseguro que no ha podido salir.

‑Pero... ‑dijo Coconnas a La Hurière‑, si no me equivoco, aquel que veo allí es el señor de Guisa.

‑El mismo, caballero. El gran Enrique de Guisa en persona, que sin duda espera que salga el almirante para hacer con él lo que el almirante hizo con su padre. A cada cual le llega su turno, señor mío, y gracias a Dios, hoy nos ha llegado el nuestro.

‑¡Hola, Besme! ¡Hola! ‑gritó el duque con su voz potente‑. ¿No habéis terminado aún?

Y la punta de su espada, tan impaciente como él, sacaba chispas contra las piedras del suelo.

Se oyeron entonces en el palacio gemidos ahoga­dos, algunos tiros, luego un gran rumor de pisadas y chocar de armas, hasta que por último volvió a hacerse el silencio.

El duque hizo ademán de precipitarse dentro de la casa.

‑¡Monseñor! ¡Monseñor! ‑le dijo Du Gast, acer­cándose y cerrándole el paso‑. Vuestra dignidad os obliga a quedaros aquí a esperar.

‑Tienes razón, Du Gast; gracias, esperaré. Pero en verdad me muero de impaciencia a inquietud. ¡Ah! ¡Si se me escapara!

De pronto, el ruido de pasos se oyó más cerca..., los cristales del primer piso se iluminaron con reflejos de incendio.

La ventana hacia la que el duque alzara tantas veces sus ojos se abrió, o mejor dicho, voló en astillas, y un hombre, con el rostro pálido y el cuello blanco empa­pado de sangre, apareció en el balcón.

‑¡Besme! ‑gritó el duque ‑¡Por fin! ¡Eres tú! ¿Qué hay?

‑¡Mirad, mirad! ‑respondió con calma el alemán, que, agachándose, volvió a levantarse, pareciendo so­portar un peso considerable.

‑¿Y los demás? ‑preguntó con impaciencia el duque‑. ¿Dónde están?

‑Los demás acafan con los otros.

‑¿Y tú qué estás haciendo?

‑Ya feréis, retiraros un poco.

El duque retrocedió un paso.

Pudo ver entonces el objeto que Besme sostenía con tan extraordinario esfuerzo.

Era el cuerpo de un anciano. Lo puso sobre la barandilla, lo balanceó un instante en el vacío y lo arrojó a los pies de su amo.

El ruido sordo de la caída y las gotas de sangre que salpicaron el suelo produjeron honda impresión, hasta en el mismo duque.

Pero tal sentimiento no duró mucho; la curiosidad hizo que todos avanzaran algunos pasos y el resplan­dor de una antorcha iluminó con su luz vacilante a la víctima.

Se distinguió entonces una barba blanca, un rostro venerable y dos manos crispadas por la inminencia de la muerte.

‑¡El almirante! ‑exclamaron a un tiempo veinte voces, volviendo a guardar silencio en seguida.

‑Sí, el almirante. ¡Es él! ‑dijo el duque, acercán­dose al anciano para contemplarlo con silenciosa satis­facción.

‑¡El almirante! ¡El almirante! ‑repitieron en voz baja todos los testigos de la terrible escena, apretándo­se unos contra otros y aproximándose tímidamente al gran anciano vencido.

‑¡Ah, hete aquí, Gaspar! ‑dijo el duque de Guisa en tono de triunfo‑. ¡Hiciste asesinar a mi padre y ésta es mi venganza!

Y se atrevió a poner el pie sobre el pecho del héroe protestante.

Los ojos del moribundo se abrieron penosamente, su mano ensangrentada se crispó por última vez y el almirante, sin romper su rigidez cadavérica, dijo al sa­crílego con voz sepulcral:

‑Enrique de Guisa, algún día también sentirás so­bre lo pecho la bota de un asesino. Yo no maté a lo pa­dre. ¡Maldito seas!

El duque, pálido y tembloroso a pesar suyo, sintió un escalofrío por todo el cuerpo. Se pasó la mano por la frente como para apartar la fúnebre visión; cuando la dejó caer y osó dirigir sus ojos hacia el almirante, éste había cerrado ya los suyos, sus manos se habían vuelto inertes, y un coágulo de sangre negra saliendo de su bo­ca y manchando su blanca barba, había sucedido a las terribles palabras que acababa de pronunciar.

El duque levantó su espada con un gesto de trágica resolución.

‑Y bien, señor ‑le dijo Besme‑. ¿Estáis con­tento?

‑Sí, mi amigo ‑repuso Enrique‑, porque has vengado...

‑Al duque Francisco, ¿no es cierto?

‑A la religión ‑contestó Enrique con voz ron­ca‑. Y ahora‑continuó volviéndose hacia los suizos, soldados y paisanos que llenaban el patio y la calle‑: ¡Manos a la obra, amigos, manos a la obra!

‑Buenas noches, señor de Besme ‑dijo entonces Coconnas acercándose con cierta admiración al alemán, que, todavía en el balcón, limpiaba parsimoniosamente su espada.

‑¿Sois vos quien lo mató? ‑gritó La Hurière en éxtasis‑. ¿Cómo lo hicisteis, digno señor mío?

‑¡Oh! Muy sincillamente: él haber oído un ruido, él haber apierto la buerta y yo haberle hundido mi es­bada en su cuerpo. Pero eso no es toto; creo que Telig­ny tatapía resiste, le oigo gritar.

En efecto; oyéronse entonces gritos de angustia que parecían salir de una garganta de mujer; reflejos rojizos iluminaron una de las dos alas que formaban la galería. Dos hombres huían perseguidos por una larga fila de asesinos. Un tiro de arcabuz acabó con uno de ellos; el otro encontró en su camino una ventana abierta y, sin medir la altura ni preocuparse de los ene­migos que le esperaban abajo, saltó intrépidamente al patio.

‑¡Matadlo! ¡Matadlo! ‑gritaron los perseguido­res, viendo que su presa se escapaba.

El hombre se levantó recogiendo su espada, que al caer se le había escurrido de la mano, reanudó su carre­ra agachando la cabeza entre los espectadores, derribó a tres o cuatro, atravesó a uno con la espada y en medio de los disparos de pistola, de las imprecaciones de los soldados, furiosos por haber fallado la puntería, pasó como un rayo junto a Coconnas, que le esperaba en la puerta con un puñal en la mano.

‑¡Tomad! ‑gritó el piamontés atravesándole el brazo con su afilado y puntiagudo acero.

‑¡Cobarde! ‑respondió el fugitivo, golpeando el rostro de su agresor con la hoja de su espada, ya que carecía de espacio para herirle con la punta.

‑¡Mil demonios! ‑gritó Coconnas‑. ¡Si es el se­ñor de La Mole!

‑¡El señor de La Mole! ‑repitieron La Hurière y Maurevel.

‑¡Es el que previno al almirante! ‑gritaron va­rios soldados.

‑¡Muera! ¡Muera! ‑aullaron por todas partes.

Coconnas, La Hurière y diez más se lanzaron en persecución de La Mole que, cubierto de sangre y ya en ese estado de exaltación que es la última reserva del vigor humano, atravesaba las calles sin otro guía que su instinto. Detrás de él, los pasos y gritos de sus enemi­gos le espoleaban y parecían prestarle alas. A veces, una bala silbaba junto a su oído a imprimía a su carrera, ya próxima a agotarse, nueva velocidad. Ya no era respi­ración ni aliento lo que salía de su pecho, sino un sordo ronquido. El sudor y la sangre corrían por sus cabellos y empapaban su rostro.

Pronto su jubón fue demasiado estrecho para con­tener los latidos de su corazón y hubo de arrancárselo. Su espada se hizo tan pesada para su mano que la tiró lo más lejos que pudo. A veces le parecía que los pasos se alejaban y que se libraría de sus verdugos. Pero, al oír los gritos de éstos, otros asesinos que encontraba a su paso abandonaban su sangrienta tarea y acudían. De pronto, a su izquierda, vio el río que se deslizaba silenciosamen­te; por un momento pensó que, como el ciervo en el bosque, experimentaría un indecible placer arrojándose al agua, idea de la que sólo la fuerza suprema de la razón pudo disuadirle. A su derecha estaba el Louvre, som­brío, inmóvil, pero lleno de ruidos sordos y siniestros. Por los puentes levadizos entraban y salían soldados cubiertos de cascos y corazas que reflejaban con vivos destellos la luz de la luna. La Mole se acordó del rey de Navarra, así como se había acordado de Coligny: eran sus dos únicos protectores. Reunió todas sus fuerzas, miró al cielo, haciéndose a sí mismo la promesa de abju­rar si escapaba con vida de la matanza, dio un rodeo para hacer perder tiempo a sus perseguidores, luego se dirigió derecho hacia el Louvre, atravesando el puente entre la confusión de soldados, recibió otra puñalada de refilón que le rozó las costillas y a pesar de los gritos « ¡Matadlo! ¡Matadlo! » que oía a sus espaldas y de la actitud ofensiva que adoptaban los centinelas, se precipitó como una fle­cha en el patio, llegó hasta el vestíbulo, subió por la esca­lera hasta el segundo piso, reconoció una puerta y, apo­yándose contra ella, golpeó con pies y manos.

‑¿Quién es? ‑preguntó una voz femenina.

‑¡Dios mío! ¡Dios mío! ‑murmuró La Mole‑. Ya vienen..., los oigo..., aquí están..., los veo... Soy yo...

‑¿Quién sois vos? ‑preguntó la voz.

La Mole recordó el santo y seña.

‑¡Navarra! ¡Navarra! ‑gritó.

La puerta se abrió inmediatamente. La Mole, sin ver ni dar las gracias a Guillonne, se precipitó a un vestíbulo, atravesó un corredor y dos o tres departamentos y llegó .por último a una habitación iluminada por una lámpara suspendida del techo.

Bajo unos cortinajes de terciopelo bordado con flo­res de lis de oro, en un lecho de roble tallado, una mujer semidesnuda, con la cabeza apoyada sobre una mano, tenía los ojos dilatados por el terror.

La Mole corrió hacia ella.

‑¡Señora! ‑exclamó‑. Están matando y estran­gulando a mis hermanos; quieren asesinarme y dego­llarme a mí también. Sois la reina. ¡Salvadme!

Y se precipitó a sus pies, dejando sobre la alfombra un reguero de sangre.

Al ver a aquel hombre pálido y deshecho arrodi­llado ante ella, la reina de Navarra se levantó asustada, ocultando su rostro entre las manos y pidiendo auxilio.

‑Señora‑dijo La Mole, haciendo un esfuerzo pa­ra incorporarse‑. ¡En nombre del Cielo no llaméis, porque, si os llegan a oír, estoy perdido! Los asesinos me persiguen, subían las escaleras detrás de mí. Los oi­go. Ahí están...

‑¡Socorro! ‑repitió la reina de Navarra fuera de sí‑. ¡Socorro!

‑¡Ah! Sois vos quien me ha matado ‑dijo La Mo­le con desesperación‑. ¡Morir por tan hermosa voz, morir por tan bella mano! ¡Ah, hubiera creído que era imposible!

En aquel mismo momento la puerta se abrió y una jauría de hombres jadeantes, furiosos, con las caras manchadas de sangre y de pólvora, armados de arca­buces, alabardas y espadas, se precipitó dentro de la habitación.

Al frente del grupo estaba Coconnas, con sus cabe­llos rojizos erizados, sus claros ojos azules desmesura­damente abiertos, con la mejilla señalada por la espada de La Mole, que había trazado en ella un surco sangrien­to. Así, desfigurado de aquel modo, el piamontés tenía un aspecto terrible.

‑¡Voto al diablo! ‑gritó‑. ¡Aquí está! ¡Ahora no se nos escapará!

La Mole buscó un arma en torno suyo y no halló ninguna. Clavó los ojos en la reina y vio la más profun­da conmiseración reflejada en su semblante. Compren­dió entonces que sólo ella podía salvarlo; de un salto estuvo a su lado y, una vez allí, la estrechó entre sus brazos.

Coconnas avanzó tres pasos y con la punta de su enorme espada hirió de nuevo el hombro de su enemi­go; algunas gotas de sangre tibia y roja salpicaron, como espeluznante rocío, las sábanas blancas y perfumadas de Margarita.

La reina vio correr la sangre, sintió palpitar aquel cuerpo enlazado al suyo y, por defenderlo, creyó lo mejor arrojarse con él sobre la cama. A tiempo lo hizo. La Mole, agotadas hasta el límite sus fuerzas, era inca­paz de hacer un solo movimiento para huir o defender­se. Apoyó su rostro lívido sobre el hombro de la joven y sus dedos crispados se asieron, desgarrándola, a la fina batista bordada que cubría como un velo el cuerpo de Margarita.

‑¡Señora! ‑murmuró con voz moribunda‑. ¡Sal­vadme!

Fue cuanto pudo decir. Una nube, semejante a la que precede a la muerte, veló sus ojos, su cabeza cayó hacia atrás, abrió los brazos, dobló el cuerpo y cayó al suelo bañado en su propia sangre y arrastrando a la rei­na consigo.

Coconnas, exaltado por los gritos, embriagado por el olor de la sangre, exasperado por la febril carrera que acababa de realizar, estiró su brazo hacia el lecho real. Un momento antes y su espada hubiera atravesado el corazón de La Mole, junto quizá con el de la reina.

Al ver aquel acero desnudo, o más bien ante aquella brutal insolencia, la hija de los reyes se levantó con ges­to majestuoso y lanzó un grito en el que había tanto horror, rabia a indignación, que el piamontés se quedó petrificado por un sentimiento desconocido. Cierto que si esta escena se hubiera prolongado entre los mismos actores, dicha sensación se habría fundido como la es­carcha matinal bajo el sol de abril.

Pero apareció de pronto, por una puerta disimulada en la pared, un joven de dieciséis o diecisiete años, vestido de negro, pálido y con los cabellos en des­orden.

‑¡Espera, hermana mía, espera! ‑gritó‑. ¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy!

‑¡Socorredme, Francisco! ‑rogó Margarita.

‑¡El duque de Alençon! ‑murmuró La Hurière bajando su arcabuz.

‑¡Voto al diablo! ¡Un príncipe de la familia real! ‑refunfuñó Coconnas retrocediendo.

El duque de Alençon miró a su alrededor. Vio a Mar­garita despeinada, más bella que nunca, apoyada en la pared, rodeada de hombres con los ojos encendidos de rabia, las frentes cubiertas de sudor, echando espuma por la boca.

‑¡Miserables! ‑gritó.

‑¡Salvadme, hermano! ‑dijo Margarita extenua­da‑. Quieren asesinarme.

El rostro pálido del duque enrojeció de ira.

Aunque estaba desarmado, sostenido sin duda por la conciencia de su rango, avanzó con los puños cerra­dos hacia Coconnas y sus compañeros, que retroce­dieron atemorizados al ver los relámpagos que despe­dían sus ojos.

‑¿Asesinaréis también a un príncipe de Francia?

Y luego, como continuaban retrocediendo ante él, gritó:

‑¡Aquí, capitán de mi guardia, venid y haced ahor­car a todos estos bandidos!

Más asustado ante este joven desarmado que hubie­ra podido estarlo ante toda una compañía de guardias o de lansquenetes, Coconnas ya había salido de la habita­ción. La Hurière bajaba las escaleras con la rapidez de un gamo. Los soldados se empujaban y atropellaban en el vestíbulo para huir cuanto antes, siendo muy estrecha la puerta, comparada con las ansias que tenían de ver­se fuera. Entre tanto, Margarita cubrió instintivamente con su colcha de damasco al joven desmayado y se alejó de él.

Cuando desapareció el último de los asesinos, el duque de Alençon se volvió hacia la reina.

‑¡Hermana! ‑exclamó al ver a Margarita toda manchada de sangre‑, ¿estáis herida?

Y se acercó a ella con una inquietud que hubiese hecho honor a su ternura si ésta no encerrara la sospe­cha de ser mayor de la que corresponde a un hermano.

‑No ‑dijo Margarita‑, creo que no, o si lo es­toy, ha de ser levemente.

‑Pero ¿y esta sangre? ‑preguntó el duque reco­rriendo con manos temblorosas todo el cuerpo de Mar­garita‑. ¿De quién es?

‑Lo ignoro ‑respondió la joven‑. Uno de esos miserables me puso la mano encima. Quizás estuviese herido.

‑¡Tocar a mi hermana! ‑exclamó el duque‑. ¡Oh! Si me hubieras dicho quién era, si me lo hubieras señalado, ya sabría yo castigarle...

‑¡Silencio! ‑dijo Margarita.

‑¿Por qué? ‑preguntó Francisco.

‑Porque si lo sorprendieran a estas horas en mi habitación...

‑¿Es que un hermano no puede visitar a su her­mana?

La reina clavó en el duque de Alençon una mirada tan fija y amenazadora, que el joven retrocedió.

‑Sí, sí ‑dijo‑, tienes razón, vuelvo a mi cuarto. ¿Pero podrás quedarte sola durante esta terrible no­che? ¿Quieres que llame a Guillonne?

‑No, no, a nadie: vete, Francisco, vuelve por don­de viniste. '

El joven príncipe obedeció y, no bien hubo desapa­recido, Margarita oyó un suspiro que partía de debajo del lecho. Corrió hacia la puerta del pasaje secreto, echó los cerrojos, fue luego hacia la otra puerta a hizo lo mismo en el preciso momento en que un grupo de arqueros y de soldados, que perseguían a otros hugonotes aloja­dos en el palacio, pasaban como un huracán por el extre­mo del corredor.

Entonces, después de haber mirado atentamente a su alrededor para asegurarse de que estaba sola, volvió hacia su cama y, levantando la colcha de damasco que ocultaba el cuerpo de La Mole a la vista del duque de Alençon, arrastró con esfuerzo la masa inerte y, viendo que el infeliz respiraba todavía, se sentó, le apoyó la cabeza en sus rodillas y le echó un poco de agua en la cara para que volviera en sí.

Sólo cuando el agua hizo desaparecer el velo de tie­rra, pólvora y sangre que cubría el rostro del herido, reconoció Margarita en él al hermoso gentilhombre que, Reno de vida y de esperanza, había ido tres o cuatro horas antes a pedirle su protección cerca del rey de Na­varra y se había separado de ella deslumbrado por su belleza luego de causarle una honda emoción.

Margarita lanzó un grito de terror, porque lo que ahora sentía por el herido era algo más que compasión, era interés.

Ya no se trataba de un simple desconocido, sino casi de un amigo. Por sus cuidados, el hermoso rostro de La Mole apareció pronto tal cual era, aunque pálido y demacrado por el sufrimiento.

La reina, casi tan pálida como él y con un temor mortal, le puso una mano sobre el corazón y, al sentir que todavía latía, extendió el brazo hasta un frasco de sales que estaba sobre la mesa y se lo hizo aspirar.

La Mole abrió los ojos.

‑¡Dios mío! ‑murmuró‑. ¿Dónde estoy?;

‑A salvo ‑dijo Margarita‑. Tranquilizaos.

La Mole dirigió con esfuerzo sus ojos a la reina, la devoró un instante con la mirada y balbució:

‑¡Oh! ¡Qué bella sois!

Y casi desvanecido cerró los párpados suspirando.

Margarita dio un grito. El joven se había puesto más pálido aún si cabe y ella creyó que aquel suspiro era el último.

‑¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ‑imploró‑. ¡Te­ned piedad de él!

En aquel momento golpearon violentamente la puerta.

Margarita se levantó a medias sosteniendo a La Mo­le por debajo del brazo.

‑¿Quién es? ‑preguntó.

‑¡Señora, soy yo! ‑gritó una voz de mujer‑. Yo, la duquesa de Nevers.

‑¡Enriqueta! ‑exclamó tranquilizadora Margari­ta‑. ¡Oh! No hay peligro, es una amiga, ¿oís, señor?

La Mole, haciendo un esfuerzo, se apoyó sobre una rodilla.

‑Tratad de sosteneros mientras yo abro la puerta ‑le dijo la reina.

La Mole apoyó una mano en el suelo y logró man­tenerse en equilibrio.

Margarita dio un paso hacia la puerta, pero se de­tuvo de pronto estremeciéndose de terror.

‑¡Ah! ¿No estáis sola? ‑preguntó al oír ruido de armas.

‑No, me acompañan doce guardias que me dio mi cuñado, el señor de Guisa.

‑¡El señor de Guisa! ‑murmuró La Mole‑. ¡Ase­sino! ¡Asesino!

‑¡Silencio! ‑le ordenó Margarita‑. No pro­nunciéis ni una sola palabra.

Y miró a su alrededor buscando donde esconder al herido.

‑Dadme una espada o un puñal ‑murmuró La Mole.

‑¿Para defenderos? Es inútil. ¡No habéis oído? Ellos son doce y vos estáis solo.

‑No, para no caer vivo entre sus manos.

¡No! ¡No! ‑‑dijo Margarita‑. Yo os salvaré. ¡Ah! Ese gabinete. Venid.

La Mole hizo un esfuerzo y, sostenido por Margari­ta, se arrastró hasta el gabinete. Margarita cerró la puerta y guardó la llave en la limosnera.

‑No deis un grito, una queja ni un suspiro y esta­réis salvado ‑le dijo a través del tabique.

Y echándose sobre los hombros una bata, fue a abrir la puerta a su amiga, que se precipitó en sus brazos pre­guntando:

‑¿No os ha pasado nada, señora?

‑No, nada ‑dijo Margarita, cruzándose la bata para que no viese las manchas de sangre de su camisón.

‑Más vale así; pero de todos modos, como el señor duque de Guisa me dio doce guardias para que me acompañaran hasta su palacio y no necesito tanta escol­ta, dejaré seis a Vuestra Majestad. Seis guardias del du­que de Guisa valen más esta noche que un regimiento entero de guardias del rey.

Margarita no se atrevió a rechazar este ofrecimien­to; instaló a los seis hombres en el corredor y abrazó a la duquesa, quien, con el resto de sus guardias, se fue al palacio del duque de Guisa, donde habitaba durante la ausencia de su marido.

 

IX

 

LOS ASESINOS

 

Coconnas no había huido, se había retirado. La Hu­rière no había huido, se había precipitado. Uno desapa­reció como el tigre, el otro como el lobo.

A esta razón se debe el que La Hurière estuviese ya en la plaza de Saint‑Germain d'Auxerre mientras Co­connas apenas había salido del Louvre.

La Hurière, al verse solo con su arcabuz en medio de la gente que corría, del silbido de las balas y de los cadá­veres que caían desde los balcones, unos enteros, otros despedazados, empezó a sentir miedo y se encaminó prudentemente hacia su posada. Pero, al desembocar por la calle de Averon en la de l'Arbre‑Sec, tropezó con una compañía de suizos y de caballería ligera; precisa­mente la que mandaba Maurevel.

‑¡Hola! ‑exclamó quien se había puesto a sí mismo el apodo de «asesino del rey»‑. ¿Terminasteis ya? ¿Vol­véis a vuestra posada? ¿Qué diablos habéis hecho de nues­tro hidalgo piamontés? ¿Le ha ocurrido alguna desgracia? Sería una lástima, porque se portó como un valiente.

‑No, creo que no ‑repuso La Hurière‑. Espero que pronto se reunirá con nosotros.

‑¿De dónde venís?

‑Del Louvre, donde, por cierto, me recibieron bastante mal.

‑¿Quién?

‑El señor duque de Alençon. ¿No iba a ser de los que participasen en la matanza?

‑Querido, el duque de Alençon no participa más que en las cosas que le interesan personalmente; pro­ponedle que trate como hugonotes a sus dos hermanos mayores y lo hará siempre que con ello no resulte él comprometido. ¿Pero no vais con esta buena gente, mae­se La Hurière?

‑¿Adónde va?

‑¡Oh, Dios mío! A la calle de Montorgueil; allí vive un pastor protestante, a quien conozco, que tiene mujer y seis hijos. Será un curioso espectáculo.

‑¿Y vos? ¿Adónde vais?

‑Tengo un asunto particular.

‑No vayáis sin mí ‑dijo una voz que hizo estre­mecer a Maurevel‑. Conocéis buenos lugares y quie­ro acompañaros.

‑¡Ah, si es nuestro piamontés! ‑dijo Maurevel.

‑Es Coconnas ‑corroboró La Hurière‑. Creí que no me seguíais.

‑¡Cáspita! Corréis demasiado ligero; además, me desvié un poco de la línea recta para ir a arrojar al río a un condenado muchacho que gritaba: « ¡Abajo los papistas, viva el almirante! » Desgraciadamente, creo que el mal­dito sabía nadar. Si se quiere exterminar a estos impíos miserables habrá que arrojarlos al agua de recién naci­dos, como a los gatos.

‑¿Conque venís del Louvre? ‑preguntó Maure­vel‑. ¿Se refugió allí vuestro hugonote?

‑¡Sí, Dios mío, sí!

‑Le disparé un pistoletazo en el momento en que se inclinaba para recoger su espada en el patio de casa del almirante; no sé cómo no le di.

‑Por mi parte ‑añadió Coconnas‑, puedo ase­gurar que le he acertado; le he hundido mi espada en el hombro y al sacarla estaba la hoja húmeda hasta cinco pulgadas de la empuñadura. Cayó en brazos de Marga­rita: linda mujer, ¡voto al diablo! Sin embargo, confieso que no me disgustaría saber con seguridad que ha muerto, porque me parece que es un hombre muy ren­coroso y sería capaz de odiarme durante toda su vida. Pero ¿no hablabais de ir no sé adónde?

‑¿Insistís en venir conmigo?

‑Insisto en no quedarme quieto, ¡voto al diablo! Todavía no he matado más que a tres o cuatro y en cuan­to me enfrío me duele el hombro. ¡Vamos!

‑Capitán ‑dijo Maurevel al jefe de la tropa‑. Dadme tres hombres y con el resto id a despachar al sacerdote.

Del pelotón se destacaron tres suizos que fueron a reunirse con Maurevel. Los dos contingentes marcharon juntos hasta la altura de la calle Tirechappe. Allí, la caba­llería ligera y los suizos doblaron por la calle de la Ton­nellerie, mientras que Maurevel, La Hurière y sus tres soldados tomaban por la de la Ferronnerie, seguían por la de Trousse‑Vache y llegaban hasta la de Saint‑Avoye.

‑Pero ¿dónde diablos me lleváis? ‑preguntó Co­connas, que empezaba a aburrirse de tan larga camina­ta sin sentido.

‑Os conduzco a una aventura brillante y prove­chosa a la vez. Después del almirante de Teligny y de esos príncipes hugonotes, nada mejor podría ofreceros. Tened paciencia. Nos dirigimos a la calle de Chaume y llegaremos allí dentro de un momento.

‑Decidme ‑preguntó Coconnas‑, ¿la calle de Chaume queda cerca del Temple?

‑Sí, ¿por qué?

‑Porque en ella vive un antiguo acreedor de nues­tra familia, un tal Lambert Mercandon, a quien mi padre me encargó que devolviese cien libras que con tal objeto llevo en el bolsillo.

‑Ahora tenéis una excelente ocasión para quedar en paz con él.

‑¿Cómo?

‑Hoy es el día en que se saldan todas las viejas cuentas. ¿Es hugonote Mercandon?

‑¡Ah! ¡Ah! ¡Ya comprendo ‑dijo Coconnas‑. Debe de serlo.

‑¡Silencio! Hemos llegado.

‑¿Qué edificio es ése del mirador?

‑El palacio de Guisa.

‑Realmente ‑‑dijo Coconnas‑, no podía dejar de venir aquí, puesto que llegué a París para ponerme al servicio del gran Enrique. Pero, ¡voto al diablo!, en este barrio todo parece tan tranquilo y, si no fuera por las descargas de los arcabuces, podría creerse que esta­mos en una ciudad de provincias. ¡Que el diablo me lleve si aquí no duerme todo el mundo!

En efecto, hasta el palacio de Guisa parecía tan tranquilo como de ordinario. Todas las ventanas esta­ban cerradas y una sola luz brillaba tras la persiana de aquel mirador que había llamado la atención de Co­connas desde que entró en la calle.

Un poco más allá del palacio de Guisa, es decir, en la esquina de la calle Petit‑Chantier y de la de Quatre­Fils, Maurevel se detuvo.

‑Aquí vive quien buscamos.

‑Quien buscáis... ‑dijo La Hurière.

‑Puesto que venís conmigo, todos buscamos al mismo.

‑¿Cómo? ¿En esta casa que parece sumida en pro­fundo sueño?...

‑Precisamente. Vos, La Hurière, utilizaréis esa ca­ra de hombre honrado, que por equivocación os dio el cielo, llamando a la puerta. Pasad vuestro arcabuz al se­ñor de Coconnas, porque hace una hora que veo que lo está deseando. Si lográis entrar, pedid que os dejen ha­blar con el señor De Mouy.

‑¡Vaya! ‑exclamó Coconnas‑. Ya comprendo; vos también tenéis un acreedor en el barrio del Temple.

‑Así es ‑contestó Maurevel‑. Subiréis hacién­doos pasar por hugonote y advertiréis a De Mouy de todo lo que ocurre; como es valiente, bajará...

‑¿Y cuando baje? ‑preguntó La Hurière.

‑Le pediré que mida su espada con la mía.

‑¡Esto es lo propio de un caballero, por mi vida! ‑dijo Coconnas‑. Y pienso hacer exactamente lo mismo con Lambert Mercandon; si es demasiado viejo para aceptar, desafiaré a alguno de sus hijos o de sus sobrinos.

La Hurière, sin replicar, llamó a la puerta. Sus gol­pes, vibrando en el silencio de la noche, hicieron que se abrieran las puertas del palacio de Guisa y que asoma­ran por las ventanas algunas cabezas. Se vio entonces que el palacio estaba tan tranquilo como pudiera es­tarlo una fortaleza: porque estaba lleno de soldados.

Aquellas cabezas desaparecieron en seguida, adi­vinando sin duda de qué se trataba.

‑¿Vive aquí el señor De Mouy? ‑preguntó Co­connas señalando la casa donde La Hurière estaba lla­mando.

‑No, quien vive aquí es su amante.

‑¡Voto al diablo! ¡Qué galantería la vuestra! Le ofrecéis una oportunidad de batirse ante los ojos de su querida. Nosotros seremos los jueces de campo. Y eso que mucho me gustaría pelear a mí también. Tengo el hombro que me quema.

‑¿Y la herida de la cara? ‑preguntó Maurevel‑. También parece muy profunda.

Coconnas lanzó una especie de rugido.

‑¡Voto a...! ‑dijo‑. Espero que habrá muerto, porque, de lo contrario, volveré al Louvre a rematarle.

La Hurière seguía llamando.

Al cabo de un rato se abrió una ventana del primer piso y apareció en el balcón un hombre en calzoncillos y gorro de dormir.

‑¿Quién es? ‑gritó.

Maurevel hizo señas a los suizos para que se alinea­ran debajo de una cornisa, mientras Coconnas se arri­maba contra la pared.

‑¡Ah, señor De Mouy! ¿Sois vos? ‑dijo el posa­dero con voz melosa.

‑Sí, soy yo, ¿qué queréis?

‑¡Es él! ‑murmuró Maurevel estremeciéndose de placer.

‑¿No sabéis lo que pasa, señor? ‑continuó La Hurière‑. Han asesinado al almirante y están matan­do a nuestros hermanos. ¡Venid pronto en su auxilio! ¡Venid!

‑¡Ah! ‑exclamó De Mouy‑. Ya sospechaba que se estaba tramando algo para esta noche. No debiera haber abandonado a mis buenos compañeros. Ahora voy, amigo mío, ahora voy; esperadme.

Y sin cerrar de nuevo la ventana, por la cual se es­caparon algunos gritos de mujer atemorizada y algunas tiernas súplicas, el señor De Mouy se puso el jubón y cogió su capa y sus armas.

‑¡Ya baja! ¡Ya baja! ‑murmuró Maurevel, páli­do de alegría‑. Atención vosotros ‑agregó al oído de los suizos.

Luego, cogiendo el arcabuz de manos de Cocon­nas y soplando la mecha para asegurarse de que estaba bien encendida:

‑Toma, La Hurière ‑le dijo al posadero, que se había retirado hacia el grueso de la tropa‑. Aquí tie­nes lo arcabuz.

‑¡Voto al diablo! ‑exclamó Coconnas‑. Ahora sale la luna de entre las nubes para ser testigo de este noble encuentro. Daría cualquier cosa porque Lambert Mercandon estuviese aquí y sirviera de segundo al se­ñor De Mouy.

‑¡Esperad! ¡Esperad! ‑dijo Maurevel‑. El señor De Mouy vale por diez y quizá nosotros seis seamos pocos para dar cuenta de él. Adelante vosotros ‑continuó, haciendo señas a los suizos para que se deslizaran hasta la puerta a fin de atacarlo cuando saliera.

‑¡Oh! ‑exclamó Coconnas viendo los preparati­vos‑. Me parece que no van a suceder las cosas como yo esperaba.

Se oía ya el ruido que hacía De Mouy al levantar la barra de hierro que atrancaba la puerta. Los suizos ha­bían salido de su escondite para ocupar el puesto seña­lado. Maurevel y La Hurière se acercaban de puntillas mientras que, por un resto de caballerosidad, Cocon­nas se quedaba en el mismo lugar, cuando apareció en el balcón la joven, de quien ya nadie se acordaba, y lan­zó un grito terrible al ver a los suizos, a Maurevel y a La Hurière.

De Mouy, que ya había entreabierto la puerta, se detuvo.

‑¡Sube! ¡Sube! ‑gritó la joven‑. Veo relucir las espadas y brillar la mecha de un arcabuz. Es una em­boscada.

‑¡Oh! ¡Oh! –respondió la voz del caballero hu­gonote‑. Vayamos con calma hasta ver qué significa todo esto.

Y volvió a cerrar la puerta poniendo la barra de hierro y echando el cerrojo. Luego subió a su piso.

Maurevel cambió el orden de batalla al ver que De Mouy no saldría. Los suizos fueron a apostarse en la ace­ra de enfrente y La Hurière, con su arcabuz en alto, espe­raba a que el enemigo asomara de nuevo al balcón. No tuvo que esperar mucho tiempo. Apareció De Mouy precedido por dos pistolas de tan respetable calibre que La Hurière, que ya le apuntaba a la cara, cayó de pronto en la cuenta de que las balas del hugonote no tenían que recorrer más distancia para llegar a la calle que las suyas para llegar al balcón.

«Es cierto que puedo matarlo ‑se dijo‑, pero también él puede matarme a mí al mismo tiempo.»

Y como, a fin de cuentas, maese La Hurière, posadero de profesión, no era soldado más que por casuali­dad, su reflexión le determinó a retirarse buscando re­fugio en la esquina de la calle de Braque, desde donde difícilmente podría, y más siendo de noche, calcular la trayectoria que habría de recorrer su bala hasta llegar a De Mouy.

De Mouy miró alrededor y se asomó en actitud de guardia, como quien se prepara a un duelo; pero vien­do que nadie aparecía:

‑Oíd, señor mensajero ‑dijo‑, no parece sino que habéis dejado olvidado el arcabuz en la puerta de mi casa. ¡Aquí estoy! ¿Qué me queréis?

«¡Ah! ‑se dijo Coconnas‑. Es sin duda un va­liente. »

‑Amigos o enemigos ‑continuó De Mouy‑ sea quien sea, ¿no veis que aquí os espero?

La Hurière guardó silencio. Maurevel no respon­dió y los tres suizos permanecieron quietos.

Coconnas esperó un momento. Luego, viendo que nadie seguía la conversación iniciada por La Hurière y continuada por De Mouy, salió hasta el centro de la ca­lle y con el sombrero en la mano dijo:

‑Señor, no hemos venido aquí a cometer un ase­sinato, como acaso supongáis, sino a proponeros un desafío... Acompaño a un enemigo vuestro que querría medirse con vos para terminar caballerescamente una vieja diferencia. ¡Eh! ¡Por Dios! Venid, señor de Mau­revel, en lugar de volver la espalda: el señor acepta.

‑¡Maurevel! ‑gritó De Mouy‑. ¡Maurevel! ¡El asesino de mi padre! ¡El «asesino del rey»!... ¡Ya lo creo que acepto!

Y apuntando a Maurevel, que iba a llamar al pala­cio de Guisa para buscar refuerzos, atravesóle el som­brero de un balazo.

Al oír la descarga y los gritos de Maurevel, salieron los guardias que habían acompañado a la duquesa de Nevers seguidos por tres o cuatro caballeros y sus pajes, y avanzaron hacia la casa de la amante del joven De Mouy.

Un segundo pistoletazo dirigido hacia el grupo de soldados mató al que se hallaba más cerca de Maurevel, después de lo cual De Mouy, viéndose desarmado o al menos con armas inútiles, pues sus dos pistolas estaban ya descargadas y sus adversarios fuera del alcance de su espada, se protegió detrás del quicio de su ventana.

Entre tanto comenzaban a abrirse las puertas de las casas de los alrededores y, según fuese pacífico o beli­coso el carácter de sus moradores, volvían a cerrarse o se erizaban de mosquetes y arcabuces.

‑¡A mí, valiente Mercandon! ‑gritó De Mouy haciendo señas a un hombre ya viejo que, desde una ventana que acababa de abrirse frente al palacio de Guisa, intentaba enterarse del significado de aquel es­cándalo.

‑¿Me llamáis, señor De Mouy? ‑respondió el an­ciano‑. ¿Es a vos a quien atacan?

‑A mí, a vos y a todos los protestantes. ¿Queréis mejor prueba que ésta?

En aquel momento, De Mouy vio que el arcabuz de La Hurière apuntaba hacia donde él estaba. Partió el tiro, pero el joven tuvo tiempo de agacharse, de modo que la bala fue a estrellarse contra el vidrio por encima de su cabeza.

‑¡Mercandon! ‑gritó Coconnas, que en medio del combate rebosaba de placer y había olvidado a su acreedor, hasta que al oír el apóstrofe de De Mouy lo recordó de nuevo‑. Mercandon y calle de Chaume, aquí es. ¡Oh! Así cada uno se entenderá con el hombre que le interesa.

Y en tanto los hombres del palacio de Guisa derriba­ban las puertas de la casa donde estaba De Mouy, Maure­vel, con una antorcha en la mano, trataba de prender fue­go al edificio. Y, mientras, echadas abajo las puertas, se entablaba un terrible combate contra un solo hombre que a cada estocada abatía a un enemigo, Coconnas tra­ba de derribar la puerta de Mercandon, ayudándose con una piedra del pavimento, sin que el anciano, inti­midado por tan solitario ataque, cesase de disparar desde su ventana.

Aquel barrio desierto y oscuro se iluminó entonces como en pleno día, poblándose como el interior del hormiguero; desde el palacio de Montmorency, seis ocho caballeros hugonotes, acompañados de sus sirvientes, hicieron una furiosa descarga y, ayudados por fuego de los balcones, comenzaron a hacer retroceder a Maurevel y a la gente del palacio de Guisa hasta que consiguieron meterlos en el mismo lugar de donde habían salido.

Coconnas, que no había logrado aún derribar la cerca de Mercandon, fue envuelto por la brusca ma­niobra. Apoyándose entonces en la pared, espada en mano, comenzó no sólo a defenderse, sino a atacar, lan­zando terribles imprecaciones que dominaban todo el estruendo. Golpeó con su acero a derecha a izquierda, riendo a amigos y enemigos hasta que se hizo sitio libr­e a su alrededor. A medida que su espada atravesaba un pecho y la sangre tibia le salpicaba las manos o el rostro, con los ojos abiertos, la nariz dilatada y los dien­tes apretados, recuperaba el terreno perdido y se aproxi­maba a la casa sitiada.

De Mouy, después de librar un tremendo combate en la escalera y en él vestíbulo, había acabado por salir como un héroe, en medio de toda aquella lucha, de su  casa incendiada. Ni un momento había dejado de gri­tar: «¡A mí, Maurevel! ¿Dónde estás?» insultándolo con los epítetos más injuriosos.

Apareció por último en la calle sosteniendo con un brazo a su querida, semidesnuda y casi desmayada. Lle­vaba un puñal entre los dientes.

Su espada, resplandeciente por el movimiento de rotación que le imprimía, trazaba círculos blancos o rojos, según que la luz de la luna plateara el acero o que una antorcha hiciera brillar la sangre de que estaba teñida.

Maurevel había huido. La Hurière, empujado por De Mouy hasta donde se hallaba Coconnas, que no le reconocía y le recibía con la punta de su espada, pedía a ambos bandos que le perdonasen la vida. En aquel mo­mento le vio Mercandon, reconociendo en él, por su blan­co distintivo, a uno de los asesinos.

Disparó contra él. La Hurière dio un grito, exten­dió los brazos, dejó caer su arcabuz y, después de tratar de acercarse a la pared para sostenerse, cayó boca abajo al suelo.

De Mouy, aprovechando esta circunstancia, se me­tió por la calle de Paradis y desapareció.

La resistencia de los hugonotes fue tal, que los par­tidarios de Guisa hubieron de replegarse de nuevo en palacio,, atrancando las puertas por temor de ser cogidos en su propia casa.

Coconnas, aturdido y ebrio de sangre, había llega­do a ese punto de exaltación en que el valor, sobre todo en los temperamentos meridionales, suele convertirse en locura. No había visto ni oído nada. A sus oídos no llegaban sino rumores atenuados y advirtió que la san­gre de su rostro y de sus manos empezaba a secarse. Bajando su espada no vio por allí cerca más que a un hombre tendido en el suelo, con la cara en un charco rojizo. El incendio que provocara Maurevel se había propagado a las casas vecinas.

Fue una tregua muy breve. En el momento en que se disponía a acercarse a aquel hombre, en quien creyó reconocer a La Hurière, se abrió la puerta en la que tan baldíamente acababa de golpear con un pedrusco y el anciano Mercandon, acompañado de su hijo y de sus dos sobrinos, se lanzó hacia el piamontés, que estaba tomando aliento.

‑¡Aquí está! ¡Aquí está! ‑gritaron todos a un tiempo.

Se hallaba, en efecto, Coconnas en medio de la calle y, temeroso de verse rodeado por los cuatro hombres que le atacaban a la vez, dio un salto hacia atrás con la misma agilidad que uno de aquellos gamos que tantas veces persiguiera por la montaña. Se apoyó contra la pared del palacio de Guisa y, repuesto de la sorpresa, púsose en guardia y recuperó su tono burlón.

‑¡Hola, papá Mercandon! ¿No me reconocéis? ‑preguntó.

‑¡Ah, miserable! ‑gritó el anciano hugonote‑. ¡Ya lo creo que lo reconozco! ¡Quieres matarme, a mí, el amigo, el compañero de lo padre!

‑Y su acreedor, ¿no es cierto?

‑Así es, ya que lo dices.

‑Pues bien, vengo a arreglar cuentas ‑respondió Coconnas.

‑¡Cogedlo y atadlo! ‑dijo el viejo a los jóvenes que le acompañaban, quienes, al oírlo, avanzaron hacia el muro en que el piamontés guardaba sus espaldas.

‑¡Un momento! ¡Un momento! ‑dijo riendo Co­connas‑. Para detener a un hombre es necesario poseer una orden de arresto, y vosotros habéis de solicitarla al preboste.

Y después de pronunciar estas palabras cruzó su espada con la del joven que halló más próximo. A la primera estocada le rompió la muñeca y el infeliz re­trocedió gimiendo.

‑¡Uno menos! ‑dijo Coconnas.

En aquel instante se abrió rechinando la ventana debajo de la cual el piamontés había buscado refugio. De pronto se sobresaltó, temiendo un nuevo ataque, pero en lugar de un enemigo apareció una mujer y, en lugar del arma mortífera que se preparaba a combatir, cayó un ramo de flores a sus pies.

‑¡Una mujer! ‑exclamó.

Y saludó a la dama con la punta de su espada, in­clinándose para recoger el regalo.

‑¡Cuidado, valiente católico! ¡Cuidado! ‑gritó la dama.

Coconnas se irguió, pero no tan rápidamente co­mo para poder evitar que el puñal del otro sobrino atra­vesara su capa a hiriera su hombro.

La señora lanzó un grito agudo.

Coconnas, agradecido, la tranquilizó con un gesto. Inmediatamente se lanzó contra el segundo sobrino, que le hizo frente. A la segunda embestida el pie de su ene­migo resbaló en un charco de sangre. Coconnas dio un salto con la velocidad de un gato montés y le atravesó el pecho con su espada.

‑¡Muy bien! ¡Muy bien, valiente caballero! ‑gri­tó la dama del palacio de Guisa‑. ¡Muy bien! Os envío ayuda.

‑No merece la pena de que os molestéis, señora ‑dijo Coconnas‑. Mirad más bien hasta el final si os interesa y veréis cómo el conde de Coconnas despacha a los hugonotes.

El hijo del anciano Mercandon aprovechó este mo­mento para dispararle casi a boca de jarro un pistoleta­zo que le hizo caer de rodillas.

La dama de la ventana dio un grito, pero Coconnas ya estaba en pie; se había arrodillado simplemente para librarse de la bala, que fue a dar contra la pared, a dos pies de distancia de la bella espectadora.

Casi al mismo tiempo, de la ventana correspondien­te a la casa de Mercandon partió una exclamación de furia y una señora anciana, que reconoció en Coconnas a un católico por su cruz blanca, le arrojó una maceta con flores, que le pegó al piamontés en una rodilla.

‑¡Bueno! ‑exclamó Coconnas‑. ¡Una me tira flores y otra macetas! Si esto continúa así, van a termi­nar por tirar sus casas.

‑Gracias, madre mía ‑gritó el muchacho.

‑Está bien, mujer ‑dijo el viejo Mercandon‑, defiéndenos.

‑Esperad, señor Coconnas, esperad ‑dijo la da­ma del palacio de Guisa‑. Haré que tiren a las venta­nas.

‑Parece que éste es un infierno de mujeres, en el que unas están de mi parte y otras en contra mío ‑dijo Coconnas‑. ¡Voto al diablo, acabemos!

La escena, efectivamente, había cambiado mucho y llegaba a su desenlace. Frente a Coconnas, herido, pero con todo el vigor de sus veinticuatro años, acostumbra­do a manejar las armas y más irritado que debilitado por los tres o cuatro rasguños que había recibido, no queda­ban más que Mercandon y su hijo. Mercandon, anciano de sesenta o setenta años; su hijo, un muchacho de die­ciséis o diecisiete. Este último, pálido, rubio y delicado, había arrojado su pistola descargada y, por lo tanto, in­útil, y agitaba, temblando, una espada que tenía a lo sumo la mitad del largo que la del piamontés. El padre, armado únicamente de un puñal y de un arcabuz sin mecha, pedía auxilio. Una mujer anciana, la madre del muchacho, asomada a una ventana, tenía en las manos un trozo de mármol que se disponía a arrojar.

Coconnas, excitado de un lado por las amenazas y de otro por los aplausos, orgulloso de su doble victoria, embriagado de pólvora y de sangre, iluminado por los reflejos de una casa en llamas, exaltado por la idea de que combatía ante una mujer cuya belleza le había parecido tan extraordinaria como debía de ser su alcurnia, sintió, como el último de los Horacios, que sus fuerzas se du­plicaban, y viendo vacilar a su joven enemigo, corrió a cruzar su terrible y sangrienta espada con la pequeña y trémula que su contrincante blandía.

Dos golpes bastaron para hacérsela saltar de las manos. Entonces Mercandon trató de hacer retroceder a Coconnas para que los proyectiles lanzados desde la ventana pudieran alcanzarle.

Coconnas, por el contrario, para paralizar el doble ataque del viejo Mercandon, que trataba de hundirle su puñal, y de la madre del muchacho, que pretendía par­tirle su cabeza con la piedra que estaba a punto de ti­rarle, cogió entre sus brazos a su adversario y, presen­tándolo a todos los golpes, le utilizaba como escudo oprimiéndole entre sus brazos hercúleos.

‑¡A mí! ¡A mí! ‑gritó el joven‑. ¡Me rompe el pecho! ¡Socorro! ‑Y su voz empezó a perderse en un ronquido sordo y ahogado,

Mercandon dejó entonces de amenazar y suplicó:

‑¡Por favor! ¡Por favor! ¡Señor Coconnas! ¡Es mi único hijo!

‑¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ‑gritó la madre‑. ¡Es el consuelo de nuestra vejez! ¡No le matéis, señor! ¡No le matéis!

‑¡Ah! ¿Me pedís que no le mate? ‑respondió Co­connas echándose a reír‑. ¿Y qué pretendía hacer él con su pistola?

‑Señor ‑continuó Mercandon, uniendo las ma­nos en actitud de ruego‑. Tengo en mi casa el pagaré firmado por vuestro padre; os lo devolveré; poseo diez mil escudos de oro que os daré junto con las joyas de la familia, pero ¡no le matéis! ¡No le matéis!...

‑Y yo os daré mi amor ‑dijo la dama del palacio de Guisa‑, os lo prometo.

Coconnas reflexionó por espacio de un segundo y, sin rodeos, le preguntó al muchacho:

‑¿Sois hugonote?

‑Sí ‑murmuró éste.

‑En ese caso tendréis que morir‑respondió Co­connas, frunciendo el ceño y acercando al pecho de su adversario su amenazadora espada.

‑¡Morir! ‑exclamó el anciano‑. ¡Pobre hijo mío! ¡Morir!

Se oyó un grito de mujer tan lastimero y profundo que hizo vacilar por un momento la salvaje resolución del piamontés. .

‑¡Señora duquesa! ‑gritó el padre dirigiéndose a la dama asomada en el balcón del palacio de Guisa‑. Interceded por nosotros y todos los días vuestro nom­bre será pronunciado en nuestras oraciones.

‑¡Que se convierta entonces! ‑dijo la dama.

‑Soy protestante ‑replicó el chico.

‑¡Muere, pues! ‑gritó Coconnas levantando su daga‑. Muere, ya que no aceptas la vida que una boca tan bella lo ofrece.

Mercandon y su esposa vieron brillar el terrible ace­ro como un relámpago encima de la cabeza de su hijo.

‑¡Oliverio, hijo mío, abjura..., abjura! –imploró la madre.

‑¡Abjura, hijo querido! ‑gritó Mercandon echán­dose a los pies de Coconnas‑. No nos dejes solos en el

mundo.

‑¡Abjurad todos juntos! ‑gritó Coconnas‑. Por un credo se salvarán tres almas y una vida.

‑¡Acepto! ‑dijo el joven.

‑Así lo haremos‑dijeron Mercandon y su mujer.

‑¡De rodillas, entonces! ‑ordenó Coconnas‑. Y que tu hijo repita la oración que voy a decir.

El padre obedeció primero.

‑Estoy dispuesto ‑dijo el joven.

Y se arrodilló a su vez.

Coconnas comenzó entonces a dictarle en latín las palabras del credo. Pero, ya sea por casualidad o cálculo, el joven Oliverio se había arrodillado cerca del sitio don­de cayera su espada. Apenas vio el arma al alcance de su mano, sin dejar de repetir las palabras de Coconnas, ex­tendió el brazo para cogerla. Coconnas advirtió el movi­miento, aunque fingió no verlo, y en el momento en que el muchacho tocaba la empuñadura con la punta de sus dedos crispados se lanzó sobre él derribándole.

‑¡Ah! ¡Traidor! ‑le dijo.

Y le hundió su daga en la garganta.

El joven lanzó un grito, se levantó convulsivamen­te sobre una rodilla y cayó muerto.

‑¡Ah, verdugo! ‑aulló Mercandon‑. Nos matas para robarnos los escudos que nos debes.

‑No, a fe mía‑dijo Coconnas‑. Y la prueba...

Al decir estas palabras, Coconnas arrojó a los pies del anciano la bolsa que antes de partir le entregara su padre para saldar su deuda.

‑La prueba ‑continuó‑ es que aquí tenéis vues­tro dinero.

‑¡Y aquí times tú lo muerte! ‑gritó la madre desde la ventana.

‑¡Cuidado, señor de Coconnas, cuidado! ‑dijo la señora del palacio de Guisa.

Pero antes de que el piamontés pudiese volver la cabeza para atender a este último aviso o para sustraerse a la primera amenaza, una pesada maza cruzó el aire sil­bando y le cayó sobre el sombrero, le rompió la espada en la mano y le tendió en tierra aturdido, lelo, aplastado, sin que pudiera oír el doble grito de alegría y de aflicción que sonó a derecha a izquierda. Mercandon se lanzó en seguida, puñal en mano, hacia Coconnas, desvanecido. Pero en aquel momento se abrió la puerta del palacio de Guisa y el anciano, al ver brillar las partesanas y las es­padas, huyó, mientras que la dama, a quien Coconnas había dado el título de duquesa, mostrando una belleza que parecía terrible a la luz del incendio, resplandecien­te de diamantes y pedrerías, sacó medio cuerpo fuera del balcón para gritar a los recién llegados, señalando a Coconnas:

‑¡Allí! ¡Allí! Frente a mí; un caballero vestido con jubón rojo. ¡Ese, sí, sí, ése...!

 

X

 

MUERTE, MISA O BASTILLA

 

Como ya hemos dicho, Margarita, después de en­trar en su habitación, había cerrado la puerta. Pero al hacerlo, llena de temor, vio a Guillonne que, inclinada junto a la puerta del gabinete, contemplaba atónita las manchas de sangre esparcidas por el lecho, los muebles y la alfombra.

‑¡Ah, señora! ‑exclamó al ver a la rema‑. ¿Ha muerto?

‑¡Silencio, Guillonne! ‑dijo Margarita, con ese tono de voz que indica la importancia de la recomen­dación.

Guillonne no despegó los labios.

Margarita sacó entonces de su limosnera una lla­vecita dorada y, abriendo la puerta del gabinete, señaló con el dedo al joven.

La Mole había conseguido levantarse y acercarse a la ventana. Por casualidad encontró un puñalito de los que en aquella época usaban las mujeres y, al oír que se abría la puerta, lo empuñó.

‑Nada temáis, señor ‑dijo Margarita‑. Os juro por mi alma que estáis seguro.

El caballero se arrodilló.

‑¡Señora! ‑exclamó‑. Sois para mí más que una reina, sois para mí una diosa.

‑No os agitéis así ‑gritó Margarita‑ ¡Todavía sangran vuestras heridas...! ¡Oh, Guillonne! ¡Mira qué pálido está! Veamos, ¿dónde estáis herido?

‑Señora ‑dijo La Mole, tratando de reconocer los puntos principales del dolor que sentía por todo el cuerpo‑. Creo que recibí una estocada en el hombro y otra en el pecho; las otras heridas ni siquiera merecen.' que os ocupéis de ellas.

‑Ya veremos ‑repuso Margarita‑. Guillonne, alcánzame la caja de los bálsamos.

Obedeció la muchacha y volvió llevando en una mano la caja y en la otra una vasija dorada y un fino lien­zo de Holanda.

‑Ayudadme a levantarlo, Guillonne ‑prosiguió la reina‑. Porque el infeliz se ha quedado sin fuerzas al incorporarse.

‑Señora ‑dijo La Mole‑. Estoy confundido; ver­daderamente yo no puedo permitir...

‑Supongo que os dejaréis curar ‑interrumpió Margarita‑. Pudiendo salvaros, sería un crimen que os dejásemos morir.

‑¡Oh! ‑exclamó La Mole‑. Prefiero morir antes que ver cómo os mancháis vuestras manos con una

sangre tan indigna como la mía... ¡Eso, jamás!

Y retrocedió respetuosamente.

‑¿Vuestra sangre, señor mío? –preguntó sonriendo Guillonne‑. Así que no habéis manchado bastante el lecho y la alcoba de Su Majestad...

Margarita se cruzó la bata sobre su camisón de ba­tista todo salpicado de gotas de sangre. Y este gesto, lle­no de pudor femenino, recordó a La Mole que había tenido entre sus brazos y oprimido contra su pecho a aquella reina tan bella y tan amada. Este recuerdo hizo acudir a sus pálidas mejillas un fugitivo rubor.

‑Señora ‑balbuceó‑, ¿no podríais dejarme al cuidado de un cirujano?

‑De un cirujano católico, ¿no es cierto? ‑preguntó la reina con una expresión que comprendió La Mole y que le hizo estremecerse.

‑¿Ignoráis acaso ‑continuó la reina con una voz y una sonrisa de infinita dulzura‑ que nosotras, las prin­cesas de Francia, aprendemos a conocer el valor de las plantas y a preparar bálsamos? Porque nuestro deber como mujeres y como reinas ha sido siempre el de aliviar los dolores. Por eso valemos tanto como el mejor ciruja­no del mundo; esto es, al menos, lo que dicen nuestros aduladores. ¿Mi reputación en este aspecto no llegó has­ta vuestros oídos? Vamos, Guillonne, manos a la obra.

La Mole trató de resistir aún; repitió de nuevo que prefería morir antes que ocasionar a la reina un trabajo que podía comenzar por la compasión y terminar por el hastío... Esta lucha no tuvo otro resultado que el de agotar completamente sus fuerzas. Se tambaleó, cerró los ojos y dejó caer hacia atrás la cabeza, desmayándo­se por segunda vez.

Margarita, cogiendo el puñal que había soltado el herido, cortó rápidamente la cinta que cerraba su ju­bón, mientras Guillonne, con otro cuchillo, descosía o más bien rasgaba las mangas.

Luego, con un trapo mojado en agua fresca, limpió la sangre que salía del hombro y del pecho del joven, mientras que Margarita, con una aguja de oro sin pun­ta, exploraba las heridas con toda la delicadeza y habi­lidad que el propio Ambrosio Paré hubiese podido emplear en iguales circunstancias.

La herida del hombro era profunda y la del pecho se extendía a lo largo de las costillas, interesando sola­mente los músculos. Ninguna de las dos penetraba en las cavidades de esa fortaleza natural que protege el co­razón y los pulmones. .

‑Herida dolorosa, no mortal. Acerrzmun humeri vulnus, non autem lethale‑murmuró la bella y diestra cirujana‑. Alcánzame el bálsamo y prepara vendas, Guillonne.

Entre tanto, ésta, a quien la reina acababa de dar la nueva orden, ya había limpiado y perfumado el pecho del joven, lo mismo que sus brazos, que parecían mode­lados conforme algún dibujo antiguo. Sus hombros, graciosamente echados hacia atrás y su cuello sombrea­do por espesos bucles, parecían pertenecer más bien a una estatua de mármol de Paros que al cuerpo de un hombre moribundo.

‑¡Pobre joven! ‑murmuró Guillonne mirando, más que a su obra, a quien acababa de ser objeto de ella.

‑¿No es cierto que es hermoso? ‑preguntó Mar­garita con la franqueza que le permitía su rango.

‑Sí, señora. Pero me parece que en lugar de dejarlo así, tendido en el suelo, deberíamos levantarlo y acos­tarlo en ese mismo diván en que está apoyado.

‑Sí ‑contestó Margarita‑, tienes razón.

Y las dos mujeres, inclinándose y juntando sus fuerzas, levantaron a La Mole, depositándolo sobre un gran sofá de respaldo tallado que estaba junto a una ventana, que entreabrieron para que le entrase aire.

El movimiento reanimó a La Mole y le hizo lanzar un suspiro y, abriendo los ojos, comenzó a experimen­tar ese increíble bienestar que acompaña todas las sen­saciones del herido cuando, al volver a la vida, siente frescura en lugar del terrible ardor, y los perfumes del bálsamo en lugar del tibio y nauseabundo olor de la sangre.

Murmuró algunas palabras sin sentido, a las cuales respondió Margarita sonriendo y poniéndole un dedo sobre los labios.

En aquel momento se oyó llamar con insistencia a una puerta.

‑Golpean en el pasaje secreto ‑dijo Margarita.

‑¿Quién puede ser, señora? ‑preguntó Guillon­ne aterrada.

‑Voy a ver‑dijo Margarita‑. Quédate con él y no le abandones ni un solo instante.

Margarita entró en su dormitorio y, cerrando la puerta del gabinete, abrió la del pasaje que daba a los departamentos del rey y de la reina madre.

‑¡La señora de Sauve! ‑exclamó, retrocediendo vivamente y con una expresión que reflejaba si no es­panto, odio al menos: de tal modo es cierto el que una mujer, aun cuando no ame a un hombre, no perdona jamás el que otra se lo quite.

‑Sí, Majestad ‑dijo ésta juntando las manos.

‑¿Vos aquí, señora? ‑continuó Margarita, cada vez más asombrada, pero con un tono más imperativo.

Carlota cayó de rodillas.

‑Señora‑dijo‑, perdonadme, reconozco hasta qué punto soy culpable para con vos; pero, si supierais... La culpa no es del todo mía. Una orden expresa de la reina madre...

‑Levantaos ‑repuso Margarita‑. Y como no creo que hayáis venido solamente a justificaros ante mí, decidme qué os ocurre.

‑He venido, señora ‑dijo Carlota siempre de rodillas y con una mirada medio enloquecida‑, he venido a preguntaros si está aquí...

‑¿Aquí? ¿Quién? ¿A quién os referís, señora?... Porque realmente no comprendo.

‑Al rey.

‑¿Al rey? ¿Lo perseguís hasta mis aposentos? Sin embargo, sabéis muy bien que no viene nunca.

‑¡Ah! ¡Señora! ‑continuó la baronesa de Sauve, sin responder a semejantes ataques y aparentando no sentirlos tan siquiera‑. ¡Ojalá estuviese aquí!

‑¿Por qué?

‑¡Dios mío, porque están degollando a los hugo­notes y el rey de Navarra es su jefe!

‑¡Oh! ‑gritó Margarita, cogiendo de la mano a la señora de Sauve y obligándola a levantarse‑ ¡Oh, lo había olvidado! Además, no creí que un rey pudiese correr los mismos peligros que los demás hombres.

‑¡Más, señora, mil veces más! ‑exclamó Carlota. ‑En efecto, la señora de Lorena me lo advirtió. Le dije que no saliera. ¿Habrá salido?

‑No, no; está en el Louvre. Pero no se le encuen­tra. Y si no está aquí...

‑No está.

‑¡Oh! ‑exclamó la señora de Sauve, con una ex­presión de dolor‑. Entonces ya no tiene remedio, por­que la reina madre ha jurado darle muerte.

‑¡Oh, me espantáis, es imposible! ‑dijo Margarita.

‑Señora ‑respondió la señora de Sauve con esa energía que sólo puede producir la pasión‑, os digo que no se sabe dónde está el rey de Navarra.

‑¿Y la reina madre, dónde está?

‑Me envió a buscar al señor de Guisa y al de Ta­vannes, que estaban en su oratorio, y después me des­pidió. Entonces volví a mi cuarto y, perdonadme, se­ñora, como de costumbre, esperé...

‑A mi esposo, ¿no es cierto? ‑dijo Margarita.

‑Y no ha venido, señora. Entonces lo he buscado por todas partes y he preguntado a todo el mundo. So­lamente un soldado me ha respondido que creía haberle visto entre unos guardias que le acompañaban con las espadas desenvainadas un rato antes de comenzar la matanza, y ésta empezó hace una hora.

‑Gracias ‑repuso Margarita‑. Y aunque quizás el sentimiento que os mueve suponga una nueva ofensa para mí, gracias.

‑¡Oh! Perdonadme entonces, señora, y volveré más tranquila con vuestro perdón, porque no me atre­vo a seguiros ni siquiera de lejos.

Margarita le tendió la mano.

‑Voy a buscar a la reina Catalina‑dijo‑; volved a vuestro cuarto. El rey de Navarra está bajo mi pro­tección, le prometí alianza y seré fiel a mi promesa.

‑Pero ¿y si no podéis llegar hasta la reina madre, señora?

‑Entonces, recurriré a mi hermano Carlos y le hablaré.

‑Id, id, señora ‑dijo Carlota dejándole paso li­bre a Margarita‑, y que Dios guíe a Vuestra Majestad.

Margarita salió apresuradamente al corredor, pero, al llegar al extremo de éste se volvió para asegurarse de que la señora de Sauve no la seguía. La reina de Nava­rra la vio subir la escalera que conducía a sus habita­ciones y después siguió su camino hacia las habitacio­nes de la reina madre.

Todo había cambiado; en lugar de la multitud de cortesanos obsequiosos que habitualmente se inclina­ban al paso de la reina saludándola con respeto, Marga­rita no encontró más que guardias con sus partesanas enrojecidas y los trajes manchados en sangre, o gentiles hombres con las capas desgarradas y los rostros ennegrecidos por la pólvora, que entraban y salían por­tadores de órdenes y mensajes. Estas idas y venidas pro­ducían un hormigueo terrible a inmenso en las galerías, lo que no impidió que Margarita, continuando su cami­no, llegase hasta la antecámara de su madre. Esta antecá­mara estaba guardada por una doble fila de soldados, que sólo dejaban entrar a quienes conocían determinado santo y seña.

Margarita intentó en vano franquear la barrera vi­viente. Vio varias veces abrirse la puerta y cada vez pudo distinguir por la rendija a Catalina, rejuvenecida por la acción, activa como si tuviera veinte años, escri­biendo, recibiendo cartas, abriéndolas, dando órdenes, dirigiendo a éste una palabra amable, al otro una son­risa, y las sonrisas más amables eran para los que veía más cubiertos de polvo y de sangre.

En medio de aquella confusión que reinaba en todo el Louvre, llenándolo de lúgubres rumores, se oían en la calle, cada vez más frecuentes, las descargas.

«Jamás podré llegar hasta ella ‑se dijo Margarita después de hacer tres inútiles tentativas con los alabarderos‑. En vez de perder el tiempo aquí, voy a buscar a mi hermano.»

En aquel momento pasó el duque de Guisa; había ido a anunciar a la reina la muerte del almirante y re­gresaba de nuevo para seguir tomando parte en la car­nicería.

‑¡Oh, Enrique! ‑exclamó Margarita‑. ¿Dónde está el rey de Navarra?

El duque la contempló sonriendo y, con expresión de asombro, se inclinó y, sin responder, salió con sus guardias.

Margarita se dirigió a un capitán que iba a salir del Louvre y mandaba cargar los arcabuces a sus soldados.

‑El rey de Navarra, señor, ¿dónde está el rey de Navarra?

‑No sé, señora ‑respondió éste‑. No perte­nezco a los guardias de Su Majestad.

‑¡Oh, mi querido Renato! ‑gritó Margarita re­conociendo al perfumista de Catalina‑. Sois vos... Acabáis de salir del cuarto de mi madre... ¿Sabéis qué ha sido de mi esposo?

‑Su Majestad, el rey de Navarra, no es amigo mío, señora... Deberíais recordarlo. Hasta aseguran ‑aña­dió con un gesto que más parecía una mueca de una sonrisa‑ que se atreve a acusarme de haber envenena­do a su madre en complicidad con la reina Catalina.

‑¡No, no! ‑gritó Margarita‑. No creáis eso, mi buen Renato.

‑¡Oh, poco me importa, señora! ‑dijo el perfu­mista‑. Ni el rey de Navarra ni los suyos son de temer en estos momentos.

Y volvió la espalda a Margarita.

‑¡Señor de Tavannes! ¡Señor de Tavannes! ‑gri­tó Margarita‑. ¡Una palabra, una sola, os lo ruego!

Tavannes se detuvo.

‑¿Dónde está el rey de Navarra? ‑le preguntó Margarita.

‑¡A fe mía! ‑dijo en voz alta‑. Creo que salió con los señores de Alençon y de Condé.

Y luego, de forma que sólo Margarita pudiera oírle:

‑Hermosa reina, si queréis ver a la persona que ocupa un lugar por el que yo daría mi vida, id a la sala de armas del rey.

‑¡Oh, gracias, Tavannes! ‑dijo Margarita, que de todo lo que le había dicho tan sólo había oído lo más importante‑. Gracias, ya voy.

Y Margarita continuó su camino murmurando:

‑Después de mi promesa, después de la forma en que se portó conmigo cuando el ingrato Enrique esta­ba escondido en mi gabinete, no puedo dejarle morir.

Fue a golpear la puerta de las habitaciones del rey, pero estaban custodiadas interiormente por dos com­pañías de guardias.

‑No se puede entrar en las habitaciones del rey ‑dijo el oficial adelantándose rápidamente.

‑¿Pero yo?... ‑dijo Margarita.

‑La orden es general.

‑¡Yo, la reina de Navarra! ¡Yo, su hermana!...

‑Mi consigna no admite excepciones, señora; re­cibid, pues, mis excusas.

El oficial cerró la puerta.

‑¡Oh, está perdido! ‑exclamó Margarita al ver aquellas caras siniestras que, cuando no respiraban ven­ganza, expresaban inflexibilidad‑. Sí, sí, lo comprendo todo... Me han utilizado como un cepo. Soy el lazo con el que cazan y degüellan a los hugonotes... ¡Oh, entraré aunque me maten!

Y Margarita siguió corriendo como una loca por los corredores y las galerías del palacio, cuando, de repen­te, al pasar frente a una pequeña puerta, oyó un canto suave, casi lúgubre de tan monótono. Era una salmo calvinista que entonaba una voz temblorosa en la pieza vecina.

‑¡La nodriza de mi hermano el rey, la buena Ma­delón, está aquí! ‑exclamó Margarita, dándose una palmada en la frente, inspirada por una sola idea‑. ¡Está aquí! ¡Ayudadme, Dios de los cristianos!

Y llena de esperanza llamó suavemente a la puerta. En efecto, Enrique de Navarra, luego de recibir el aviso que le dio Margarita después de su conversación con Renato, cuando hubo salido de la alcoba de la reina madre, a lo que había querido oponerse la pobre Febe como un genio benéfico, había encontrado a unos gentiles hombres que, con el pretexto de agasajarle, le acom­pañaron hasta su habitación, donde le esperaban una veintena de hugonotes, los cuales se obstinaban en no abandonarle: tan grande era desde hacía algunas horas en el Louvre el presentimiento de lo que iba a ocurrir. Allí se quedaron sin que nadie intentara molestarles. Por fin, al oírse la primera campanada de la iglesia de Saint‑Germain d'Auxerre, que resonó en todos los co­razones como un toque fúnebre, entró Tavannes y, en medio de un silencio de muerte, anunció a Enrique que el rey Carlos IX quería hablarle.

Era imposible intentar cualquier resistencia, y a na­die se le ocurrió semejante idea.

Se oían crujir los techos, las galerías y los corredo­res del Louvre bajo los pies de los soldados reunidos en los patios y habitaciones casi en número de dos mil. Enrique, después de despedirse de sus amigos, a los que no volvería a ver, siguió a Tavannes, que le condu­jo a una pequeña galería contigua al departamento del rey y allí lo dejó solo, sin armas y con el corazón hen­chido de desconfianza.

El rey de Navarra vio transcurrir así, minuto a mi­nute, hasta dos horas mortales. Oyó con creciente te­rror el toque de rebato y las descargas de los arcabuces. Asomándose a la mirilla de la puerta vio, al resplandor de los incendios y de las antorchas, pasar a los fugitivos perseguidos por sus asesinos.

No podía comprender el significado de aquellos clamores de victoria ni de aquellos gritos de angustia, pues, a pesar del profundo conocimiento que tenía de los caracteres de Carlos IX, de la reina madre y del du­que de Guisa, no suponía el horrible drama que se desa­rrollaba en aquel momento.

Enrique no tenía valor físico, pero poseía algo me­jor: fuerza moral. Temía el peligro pero lo arrastraba sonriendo cuando se trataba de un peligro en un campo de batalla, al aire libre, a la luz del día, a la vista de todo el mundo, acompañado por la estridente armonía de las trompetas y la voz sorda y vibrante de los tambores... Pero allí estaba solo, encerrado, sin armas, perdido en una semioscuridad que apenas bastaba para ver al ene­migo que podía deslizarse hasta él o para distinguir el acero que podía herirle. Aquellas dos horas fueron sin duda para él las más crueles de su vida.

Cuando más intenso era el tumulto y Enrique co­menzaba a comprender que, según todas las probabi­lidades, se trataba de una matanza organizada, entró a buscarle un capitán que le condujo por un corre­dor hasta el departamento del rey. Cuando se acerca­ron a él, la puerta se abrió y, una vez que entraron, se cerró tras ellos como por arte de encantamiento. Lue­go, el oficial introdujo a Enrique en presencia de Car­los IX, que se hallaba en la sala de armas, sentado en un gran sillón con las manos apoyadas sobre los dos brazos del asiento y la cabeza inclinada sobre el pecho.

Al ruido que hicieron los recién llegados Carlos IX alzó la frente, sobre la cual vio brillar Enrique gruesas gotas de sudor.

‑Buenas noches, Enrique ‑dijo el joven monarca en tono brutal‑. Vos, La Chastre, dejadnos.

El capitán obedeció.

Se hizo un silencio lúgubre.

Durante este momento, Enrique miró a su alrededor con inquietud, dándose cuenta de que se hallaba a solas con el rey.

Carlos IX se levantó de pronto.

‑¡Por los clavos de Cristo! ‑dijo, alisándose con gesto rápido sus rubios cabellos al tiempo que se enju­gaba la frente‑. Estaréis contento de hallaros cerca de mí, ¿verdad, Enrique?

‑Sin duda, Sire ‑respondió el rey de Navarra‑. Para mí siempre es un placer estar junto a Vuestra Ma­jestad.

‑Más contento que allá abajo, ¿eh? ‑agregó Car­los IX, siguiendo sus propios pensamientos más que respondiendo a la cortesía de Enrique.

‑No comprendo, señor... ‑dijo Enrique.

‑Mirad y comprenderéis.

Con rápido movimiento, Carlos IX se acercó o me­jor dicho dio un salto hasta la ventana.

Y atrayendo también a su cuñado, que cada vez es­taba más aterrorizado, le mostró la horrible silueta de los asesinos que sobre la cubierta de un barco degolla­ban o ahogaban a las víctimas que les llevaban a cada momento.

‑¡En nombre del Cielo! ‑gritó Enrique muy pá­lido‑. ¿Qué pasa esta noche?

‑Esta noche, señor ‑dijo Carlos IX‑, ¡me li­bran de todos los hugonotes! ¿Veis allá, al fondo, aquel humo y aquellas llamas que salen por encima del pala­cio de Borbón? Son las llamas y el humo de la casa del almirante, que está ardiendo. ¿Veis aquel cuerpo que unos buenos católicos arrastran sobre un jergón roto? Es el cadáver del yerno del almirante, de vuestro amigo Teligny.

‑¿Qué significa todo esto? ‑exclamó el rey de Navarra, buscando inútilmente la empuñadura de su daga y temblando de vergüenza y de cólera viendo a la vez que se burlaban de él y le amenazaban.

‑Esto significa ‑gritó Carlos IX furioso sin transición y palideciendo de una manera espantosa ­que no deseo ya verme rodeado de hugonotes. ¿Oís, Enrique? ¿No soy yo el rey? ¿No soy el amo?

‑Pero Vuestra Majestad...

‑Mi Majestad mata y extermina hoy a todo el que no es católico, porque así le place. ¿Sois católico? ‑gri­tó Carlos, cuya cólera aumentaba sin cesar como una marea terrible.

‑Sire ‑dijo Enrique‑, recordad vuestras propias palabras: «¿Qué me importa la religión del que me sir­ve bien?»

‑¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ‑exclamó Carlos lanzando una si­niestra carcajada. ¡Que recuerde mis palabras! Verba volant, como dice mi hermana Margarita. Mira‑aña­dió señalando la ciudad‑, ¿acaso todos ésos no me sir­vieron bien? ¿No eran también valientes en el combate, prudentes en sus consejos y fieles en todo momento? Todos ellos eran súbditos útiles, pero eran hugonotes y no quiero más que católicos.

Enrique permaneció callado.

‑¡Comprendedme, pues, Enrique! ‑exclamó Car­los IX.

‑Ya os comprendo, señor.

‑¿Y qué?

‑Que no veo por qué razón el rey de Navarra va a hacer algo distinto a lo que han hecho tantos caballeros y tantos infelices. Porque, al fin, si mueren todos esos desgraciados, es porque también les han propuesto lo que Vuestra Majestad me propone y lo han rechazado como lo rechazo yo.

Carlos cogió del brazo al joven príncipe y clavan­do en él una mirada cuya atonía se transformaba gra­dualmente en acerado brillo, le preguntó:

‑¡Oh! ¿Crees que me he tomado la molestia de ofrecerles la misa a todos los que están pereciendo allí?

‑Sire ‑dijo Enrique retirando su brazo‑, ¿no moriríais vos en la religión de vuestros padres?

‑¡Sí, vive Dios! ¿Y tú?

‑Yo también, Sire ‑respondió Enrique.

Carlos lanzó un rugido de furia y cogió con mano temblorosa su arcabuz, que se hallaba encima de una mesa. Enrique, pegado a un tapiz, sentía correr un sudor de angustia por su frente, pero, gracias al dominio que ejercía sobre sí mismo, pudo seguir, tranquilo en apa­riencia, con el ávido estupor del pájaro fascinado por la serpiente, todos los movimientos del terrible monarca.

Carlos cargó su arcabuz y pateando el suelo con ciego furor:

‑¿Aceptas la misa? ‑preguntó a su cuñado, ilu­minándole con el resplandor del arma fatal.

Enrique no contestó.

Carlos IX conmovió las bóvedas del Louvre con el más terrible juramento que haya salido jamás de la boca de un hombre, y de pálido que estaba se puso lí­vido.

‑¡Muerte, misa o Bastilla! ‑gritó apuntando al rey de Navarra.

‑¡Oh, Sire! ¿Vais a matarme a mí, a vuestro her­mano?

Enrique acababa de eludir, con aquella incompara­ble presencia de ánimo que constituía una de sus más poderosas facultades, la respuesta que le exigía Car­los IX; ya que, sin duda, en el caso de haber sido negati­va, habría muerto.

Así como al paroxismo de la cólera sucede siempre el comienzo de la reacción, Carlos IX no reiteró la pregunta que acababa de formular al príncipe de Na­varra y, después de un instante de vacilación, durante el cual dejó oír un sordo rugido, se volvió hacia la venta­na abierta y apuntó a un hombre que corría por la ori­lla del río.

‑Es preciso que mate a alguien ‑gritó Carlos IX, lívido como un cadáver y con los ojos inyectados de sangre.

Y apretando el gatillo dejó muerto al hombre que corría.

Enrique dejó escapar un gemido.

Entonces, animado por una terrible excitación, Car­los cargó y descargó sin descanso su arcabuz, lanzando exclamaciones de placer cada vez que acertaba a dar a un hombre.

«Estoy perdido ‑pensó el rey de Navarra‑. Cuando no encuentre a nadie a quien tirar, me matará a mí.»

‑¿Ya terminó todo? ‑preguntó de repente una voz detrás de los príncipes.

Era Catalina de Médicis, que acababa de entrar sin ser oída en el mismo momento en que sonaba la última detonación.

‑¡No, por mil demonios! ‑aulló Carlos, arro­jando al suelo su arcabuz‑. ¡No, el testarudo no quiere!...

Catalina no respondió.

Volvió lentamente sus ojos hacia donde se hallaba Enrique, tan inmóvil como las figuras pintadas en el ta­piz contra el cual se apoyaba. Después miró a su hijo con una expresión que significaba: «Entonces, ¿por qué vive?»

‑Vive..., vive... ‑murmuró Carlos IX, que com­prendía perfectamente aquella mirada y que respondía, como se ve, sin titubear‑. Vive..., porque es pariente mío.

Catalina sonrió.

Al ver Enrique aquella sonrisa comprendió que contra quien tenía que combatir era, sobre todo, contra Catalina.

‑Señora ‑le dijo‑, vos sois la culpable de todo, ahora lo veo, y no mi cuñado Carlos. Vos habéis con­cebido la idea de tenderme un lazo; vos habéis ideado convertir a vuestra hija en el cebo que nos perdería a todos; vos me habéis separado de mi esposa para que ella no sufriera la afrenta de que me mataran ante sus ojos.

‑¡Sí, pero eso no sucederá! ‑gritó otra voz ja­deante y apasionada y que hizo estremecer de sorpresa a Carlos IX y de furor a Catalina.

‑¡Margarita! ‑exclamó totalmente sorprendido Enrique.

‑¡Margot! ‑dijo Carlos IX.

‑¡Mi hija! ‑murmuró Catalina.

‑Señor‑dijo Margarita dirigiéndose a Enrique‑, vuestras últimas palabras me acusan y son a la vez justas e injustas. justas porque, en efecto, soy el instrumento de que se han servido para perderos a todos; a injustas porque yo ignoraba que marchabais a vuestra perdi­ción. Yo misma, señor, tal como me veis, debo la vida a la casualidad o quizás al olvido de mi madre; pero no bien me he enterado del peligro que corríais, recordé mi deber. Y el deber de una esposa es el de compartir la suerte de su marido. Si os destierran, os acompañaré al destierro; si os encierran en una prisión, haré que me lle­ven presa; si os matan, moriré con vos.

Y tendió la mano a su marido, que éste cogió si no con amor, al menos con gratitud.

‑¡Ah, mi pobre Margot! ‑dijo Carlos IX‑. Mejor sería que le aconsejaras que se convirtiera al ca­tolicismo.

‑Sire ‑respondió Margarita con aquella altiva dignidad tan natural en ella‑.Sire, creedme: en consi­deración a vos mismo, no exijáis una cobardía a un príncipe de vuestra casa.

Catalina lanzó a su hijo una significativa mirada.

‑Hermano ‑exclamó Margarita, que, como el rey Carlos, comprendía perfectamente la terrible pan­tomima de Catalina‑, pensad que vos hicisteis de él mi esposo.

Carlos IX, asediado por las miradas imperativas de Catalina y las suplicantes de Margarita, como por dos

fuerzas opuestas, quedó indeciso un instante, pero, al fin, venció Ormaz, el genio del bien.

‑En realidad, señora ‑‑lijo inclinándose al oído de Catalina‑, Margot tiene razón y Enrique es mi .cuñado.

‑Sí ‑respondió Catalina, aproximándose a su vez al oído de su hijo‑, es cierto..., pero ¿y si no lo fuera?

 

 

XI

 

EL ESPINO BLANCO DEL CEMENTERIO DE LOS INOCENTES

 

Al volver de su habitación, Margarita trató en vano de adivinar las palabras que Catalina de Médicis pro­nunciara al oído de Carlos IX y que había dado térmi­no al terrible consejo de vida o muerte que se celebraba en aquel momento.

Una parte de la mañana la empleó en cuidar a La Mole y la otra en resolver el enigma que su mente no acertaba a comprender.

El rey de Navarra quedó prisionero en el Louvre. Los hugonotes eran perseguidos más que nunca. A la terrible noche había sucedido un día de matanza más espantoso aún. Las campanas ya no tocaban a rebato. Los gloriosos acentos de los Te Deum, en medio del crimen y de los incendios, resonaban más tristes a la luz del sol que los toques a muertos en la oscuridad de la noche anterior. Pero había algo más. Había sucedido una cosa extraña: un espino blanco, ya florecido en pri­mavera, y que, como de costumbre, perdiera sus perfu­madas galas al llegar al mes de junio, acababa de florecer durante la noche. Los católicos, que veían en este acon­tecimiento un milagro, tomando a Dios por cómplice de sus desmanes, iban en procesión, con cruces y banderas, al cementerio de los Inocentes, donde florecía el espino. Esta especie de aprobación dada por el Cielo a la matan­za había duplicado el ardor de los asesinos. Y mientras la ciudad seguía ofreciendo en cada una de sus calles y de sus plazas una escena de desolación, el Louvre había servido ya de fosa común a todos los protestantes que se encontraban dentro en el momento de la señal.

El rey de Navarra, el príncipe de Condé y La Mole eran los únicos supervivientes.

Tranquilizada con respecto a la salud de La Mole, cuyas heridas, como dijera la víspera, eran peligrosas, pero no mortales, Margarita no se preocupó más que de una cosa: salvar la vida de su esposo, que seguía amena­zada. Sin duda, el primer sentimiento que la movió fue el de leal compasión por un hombre a quien, como dije­ra el mismo bearnés, acababa de jurar si no amor, al menos alianza.

Pero detrás de este sentimiento, otro menos puro había penetrado en el corazón de la reina.

Margarita era ambiciosa. Margarita había visto la posibilidad de reinar en su casamiento con Enrique de Borbón. Navarra, ambicionada por los reyes de Francia de una parte y por los reyes de España de otra, que pe­dazo a pedazo se habían apoderado de la mitad de su territorio, podía, si Enrique de Borbón no defraudaba las esperanzas que su valor había permitido abrigar en las pocas ocasiones que hubo de usar su espada, conver­tirse en un reino verdadero con los hugonotes de Fran­cia por sus súbditos. Gracias a su espíritu fino y cultiva­do, Margarita había entrevisto y calculado todo esto. Al perder a Enrique, no sólo perdería a un marido, sino también un trono.

Se hallaba en lo más íntimo de sus reflexiones cuan­do oyó llamar a la puerta del pasadizo secreto. Se estre­meció, porque únicamente tres personas podían entrar por aquella puerta: el rey, la reina madre y el duque de Alençon.

Entreabrió la puerta del gabinete, indicó por señas a Guillonne y a La Mole que guardaran silencio y fue a ver quién llamaba.

El visitante era el duque de Alençon, que no había vuelto desde la noche anterior.

Por un instante, Margarita pensó pedirle su inter­cesión en favor del rey de Navarra; pero la detuvo una terrible idea.

El