Aristóteles
La Ética
Primer libro
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Los diez libros
De las Éticas o Morales de Aristóteles, escritas a su hijo Nicomaco,
traducidos fiel y originalmente del mismo texto griego en lengua vulgar
castellana, por Pedro Simón Abril, profesor de letras humanas y filosofía,
y dirigidos a la S. C. R. M. del rey don Felipe, nuestro señor; los
cuales, así para saberse cada uno regir a sí mismo, como para entender
todo género de policía, son muy importantes.
A la S. C. R. M. del Rey Don Felipe, nuestro señor, Pedro Simón Abril,
profesor de Letras humanas y Filosofía, S. Y P. F.
Cuando me paro a considerar las cosas que del gobierno y policía
humana los historiadores antiguos, griegos y latinos, han dejado escritas,
S. C. R. M., las graves consultas sobre casos muy importantes, las
discretas y dulces oraciones y prudentes pareceres, que se cuentan del
Ateniense, del Bizancio, del Lacedemonio, del Corcireo, del Romano, de
otros muy muchos pueblos, cuyos hechos los historiadores dejaron en
perpetua memoria por sus célebres historias, y, por el contrario, veo
cuántos siglos ha que en los gobiernos de los pueblos y ciudades hay tanto
silencio en esta parte, y ni se dicen ni se escriben cosas prudente y
discretamente dichas en los senados y ayuntamientos dellos, no poco, en
realidad de verdad, me maravillo; y como el maravillarse de las cosas,
como Aristóteles en su Metafísica escribe, es la causa de inquirir la
causa dellas, póngome también a considerar de dónde procede esto, y en qué
viene. Porque no son más indóciles ni rudos los entendimientos de los
hombres destos tiempos que los de aquéllos; antes bien (como se puede ser
por los ingenios de la guerra, y de otras muchas cosas que vemos en estos
tiempos tan sutiles, que casi con razón nos reímos de la rudeza de
aquéllos cuanto a esto), parecen ser más aptos que no aquéllos. Pues no
menor ocasión para ello hay agora, y ha habido siempre, que la hubo
entonces, pues así en la guerra como en la paz se han ofrecido en el
mundo, y ofrecen, cosas en que la elocuencia y prudencia pueden desplegar
anchamente sus banderas. Sola una causa hallo, y ésta tengo para mí que es
la total causa desto, que es la diversidad de los lenguajes. Porque
aquellas naciones, en su propia y vulgar lengua, en la cual nacían, y en
que se criaban dende los pechos de sus madres, en la que trataban
comúnmente en casa, de fuera, con el siervo, con el amigo, con el padre,
tenían escritas las doctrinas de los sabios, las oraciones de los
elocuentes, los graves pareceres de los prudentes senadores; de manera que
ninguna dificultad les podía causar para entenderlos el tener poco uso y
experiencia de la lengua, cuya ignorancia del todo impide el llegar al
cabo de entender el ser y naturaleza de las cosas, las cuales tratan los
hombres mediante los vocablos, como las contrataciones mediante los
dineros. Y así, con mediana diligencia que ponían, venían a ser doctos: ni
les era forzado para sólo entender el lenguaje, como agora lo hacemos,
gastar los mejores años de la vida. Pero agora, después que el vulgar uso
de hablar es tan diferente, los hombres no tienen comúnmente noticia
destas cosas, y todo aquello en que varones muy sabios, para común
provecho de todos, echaron el resto de sus habilidades, ha venido a
reducirse en provecho de muy pocos, y aun de algunos que el saberlo ellos
importa no mucho para la común utilidad de la república. Porque, considere
V. M. cuán pocos son en número los que aprenden las Letras griegas y aun
latinas, en comparación de tantos millares de hombres como hay en tanto
número de pueblos y ciudades que al señorío y gobierno de V.M. están
subjetas, que ni entienden la una lengua ni la otra. Pues de los que las
estudian, ¡cuántos son los que, espantados del trabajo que se ofrece pasar
hasta llegar a entender del todo el propio modo del hablar de los griegos
o latinos, se paran en mitad de la corrida! ¡Cuántos que, teniendo por fin
último la exterior utilidad, toman de la lengua latina sólo aquello que
para las sciencias que ennoblecen más las bolsas que los ánimos, les
basta; y destas cosas de la filosofía, como cosas al parecer dellos poco
provechosas, del todo se descuidan! ¡Cuántos que, por ser hombres ajenos
de negocios y aficionados a la contemplación, ya que estudian estas cosas,
las estudian más por su curiosidad que no para ponerlas en uso, lo cual
hacer es del todo pervertir la moral filosofía! De manera que si queremos
bien echar la cuenta, habiéndose escrito y trabajado estas cosas para bien
y utilidad generalmente de todos, por la diversidad de las lenguas ha
sucedido que sirvan para pocos, y déstos para los que menos importaba que
sirviesen. Pues ¿qué será si consideramos la dificultad que para el
entenderlo bien, aun a los que lo tratan, les pone el no ser estas lenguas
usadas vulgarmente? ¿Cuántos lugares están puestos en disputa, por no
saberse bien del todo qué es lo que aquel pueblo por aquellas palabras
entendía comúnmente? Porque de la misma manera que acontece a muchos, que
topando una moneda extranjera, y que no corre por aquella tierra,
comúnmente unos dicen ser moneda de tal o de tal rey, otros de tal o de
tal príncipe, otros dicen que no, sino de tal o de tal pueblo, así también
acerca del interpretar de los vocablos hay muy grande contienda y diversas
opiniones, en las cuales examinar se gasta gran parte de la vida. Por
estas y por otras muchas dificultades parece que convernía al bien común
de toda la república y reinos de V. M. que, ya que las sciencias que se
aprenden por sola curiosidad y contemplación del entendimiento, como son
las matemáticas y físicas, quedasen en estas lenguas, al vulgo peregrinas,
a lo menos la parte de la filosofía que toca a la vida y costumbres de
todos, y a la común administración della, la entendiesen los nuestros en
su vulgar lengua, la cual yo no hallo por dónde sea menos capaz de recebir
en sí las sciencias que en aquel tiempo fue la de los romanos. Porque
entendiendo todos lo que, en lo que a su oficio toca, deben hacer para ser
tales cuales desean ser reputados y tenidos, menos dificultad terná V. M.
y su Supremo Consejo en regirlos, de manera que hagan lo que deben. A más
desto, que el pueblo tiene de sí dadas muchas muestras de que cosas
semejantes las abrazará con mucha voluntad, pues los libros de muchos que
de las cosas naturales y matemáticas han querido escrebir, de suyo, con
mucho regocijo y voluntad los ha abrazado y tiene en Mucha estima, por
donde es de creer no terná en menos, sino en mucho mayor, las cosas de
aquellos sabios antiguos, escritas y vertidas de tal manera en lenguaje de
todos, que se dejen entender, pues la autoridad dellos lo merece así, y el
deseo que de aprovechar a todos tuvieron comúnmente; y aun tengo por
cierto lo acertarían más los que de suyo quieren escrebir, en declararles
al pueblo las doctrinas dellos en lengua que se entendiese, que no en
escrebir de suyo cosas que ya están dichas por muchos, acrecentando las
librerías, no por ventura con tanta utilidad. Por estas y otras causas me
pareció vertir de griego en lengua vulgar castellana los Morales del
filósofo Aristóteles y los libros de República, como libros de cuya lición
entiendo redundará al pueblo gran provecho, pues podrán entender por aquí
las cosas de que los más ninguna noticia tienen vulgarmente, y que son de
preciar a cualquier buen entendimiento mucho más que los grandes tesoros y
riquezas, pareciéndome ser cosa conveniente que, pues el pueblo no se
podía acomodar a la lengua en que ellas se escribieron, se acomoden ellas
a la lengua en que el pueblo pueda percibirlas; y para que más fácilmente
puedan entenderse, porque el modo de escrebir de Aristóteles es muy
artificioso, tuve por útil, con propios escolios o argumentos,
declararlos. Esta versión y trabajos por muchas razones, me pareció que a
sola V. M. debía dedicarse, y señaladamente porque cosa que toca a buen
gobierno y lustre de muchas y muy esclarecidas virtudes, a nadie se debía
dirigir con tanta razón con cuanta a V. M., cuya prudencia en tanta paz y
quietud mantiene y rige tantos y tan distantes reinos, y cuya bondad y
justicia en tantas partes del mundo es tan amada de los buenos cuanto
temida de los malos. Aunque en alguna manera temo no tome este mi trabajo
ya a V. M. fatigado con tantas dedicaciones como varones de célebre
doctrina han hecho a V. M. de sus trabajos y me acontescerá lo del
papagayo con César, que lo tomó ya cansado de oír salutaciones. Pero la
gravedad del auctor y la utilidad de la obra, y el ser el primer fruto que
de este filósofo sale en lengua castellana, me da ánimo a que crea V. M.
lo tomará debajo su protección y amparo; ni el ser el intérprete persona
no afamada será parte para que el autor pierda la reputación que con tanta
razón tiene entre los doctos, de tantos años a esta parte ganada y
adquirida.
Prólogo
Del intérprete al lector
En el cual se le declara el modo del filosofar deste filósofo, y la orden
que ha de seguir en leer estos libros con los de república.
El allanar un camino y reparar los malos pasos dél, cosa cierta es
que, aunque ello sólo no es bastante para llevar a uno al puesto para
donde lleva aquel camino, convida, cierto, a lo menos para que más gentes
se aficionen a lo andar, que se aficionarían si no estuviese reparado. De
la misma manera, si el modo de proceder de un auctor y la orden de sus
escritos se declara en el principio, muchos más se aficionarán a lo leer,
que no si sin luz ni declaración ninguna se hobiese de andar por su
lectura. Por esto me ha parecido declarar al benigno lector el modo de
proceder Aristóteles en toda su moral filosofía, para que, animado con
este general conocimiento, con mejor esperanza de aprovechar, entre en su
lectura. Trátase, pues, Aristóteles en la moral filosofía, de la misma
manera que un prudente arquitecto en el hacer de un edificio. Porque el
arquitecto lo primero que hace es trazar en su entendimiento la forma y
traza que le ha de dar al edificio, las alturas, los repartimientos de
aposentos, y todo lo demás que requiere aquella suerte de edificio que
determina edificar. Hecha ya su traza, procura los medios y materiales de
que lo ha de edificar: la madera, el ladrillo, la teja, la clavazón, la
piedra, y las demás cosas de que se ha de hacer el edificio, las cuales
procura reconocer si son tales cuales deben ser para el edificio, y así
hace labrar la madera, picar la piedra, cocer bien el ladrillo, y,
después, conforme a la traza de su entendimiento, echa sus cimientos,
levanta sus paredes, hace sus pilares, cubre su tejado, reparte sus
estancias: y así da el remate a su edificio. Desta misma manera se trata
este filósofo en su moral filosofía, en la cual pone como por su último
fin, dibujar una república regida bien y con prudencia, porque éste es el
último fin de la felicidad humana, digo de la que se puede alcanzar en
esta vida, que de la otra él poca noticia tuvo, o, por mejor decir,
ninguna. Pero como los materiales de que se ha de edificar esta república
son los hombres, como en el edificio las piedras y maderos, antes de hacer
su edificio de república, la cual es la materia de la otra obra, procura
en ésta, que a la otra precede, disponer la materia, que son los hombres y
tratar de sus costumbres y obras y de las demás cosas que para alcanzar
los hombres su último fin han menester. Esta es, pues, la materia o
argumento deste libro: tratar de la felicidad del hombre, en qué consiste
y por qué medios se alcanza; y porque los medios son los hábitos de
virtud, mediante quien fácilmente los hombres en buenos actos y ejercicios
se ejercitan, por esto trata de las virtudes, como de medios por donde se
alcanza la felicidad. Disputa, pues, en el primer libro, cuál es el fin o
blanco adonde todos los hombres procuran de enderezar sus obras para
alcanzarlo, como el ballestero sus tiros para dar en el blanco, y prueba
ser éste de común parecer de todos la felicidad, aunque cuál sea esta
felicidad, no todos concordan; pero dejadas aparte opiniones de juicios
lisiados, de parecer de todos los que bien sienten de las cosas, prueba
consistir en el obrar conforme a razón perfeta, pues lo mejor que en los
hombres hay, y aquello con que en alguna manera frisan con Dios, es el uso
de razón; y cabe en razón que nuestro bien haya de fundarse en lo mejor
que en nosotros hay, y no en lo peor; y porque obrar conforme a razón
perfeta y conforme a virtud es todo una misma cosa, por eso muestra cómo
toca a esta materia tratar de las virtudes, y hace dos géneros de virtudes
según las dos partes con que el alma obra: virtudes morales, que son
hábitos de la voluntad, y virtudes contemplativas, que tocan al
entendimiento, y desta manera da fin al primer libro, dejando para los
otros el tratar de las virtudes. Presupuesto ya por el primer libro cuál
es la verdadera felicidad, y cómo para ella importa entender los hábitos
de virtud, así moral como contemplativa, comienza en el segundo a tratar
de las virtudes, y trata las cosas que comúnmente pertenecen para todas,
sin descender a ningún género dellas en particular. Declara las causas de
las unas y de las otras, y cómo las virtudes morales se alcanzan obrando,
y las contemplativas aprendiendo; cómo las virtudes morales son medios
entre exceso y delecto, y la materia en que consisten son deleites y
tristezas. Demuestra cómo los actos antes de alcanzar hábito son
imperfetos. Pone la difinición de la virtud. Propone cómo en semejantes
ejercicios hay dos maneras de contrarios: extremo con extremo, y cada
extremo con el medio. Da por consejo que nos arrimemos al extremo que más
fuere semejante al medio, para más fácilmente alcanzar el medio que
buscamos. Estas cosas que comúnmente a todas las virtudes tocan, trata en
el segundo. En el tercero, particularmente, viene ya a tratar de cada
género de virtud por sí. Primeramente disputa qué cosa es acto voluntario,
y qué cosa es voluntad libre y cuál forzada; declara cuál es elección o
libre albedrío; qué cosa es consulta y qué manera de cosas vienen en
consulta; cómo todo lo que escogemos lo escogemos en cuanto o es bueno o
nos parece serlo; cómo el libre albedrío consiste en la potencia a dos
contrarios. Tras de esto declara qué cosa es la fortaleza del ánimo y en
qué difiere de la temeridad, y también de la cobardía, y con qué señales
la discerniremos: cuál es la propia materia de la fortaleza. Después trata
de la virtud de la templanza, mostrando consistir en el regirse bien en lo
que toca a los deleites sensuales, y cómo hay deleites necesarios, y otros
vanos y sin necesidad, y cómo se peca más en éstos que en aquéllos.
Últimamente hace comparación entre los contrarios destas dos especies de
virtudes, y esta es la suma de lo que se trata en el tercero. En el cuarto
trata de la liberalidad y de las virtudes anexas a ella, como son
magnificencia, magnanimidad y otras desta suerte. Declara cuál es la
materia en que se emplea esta virtud, y qué extremos viciosos le son
contrarios, qué diferencia hay de la liberalidad a la magnificencia; en
qué géneros de cosas consiste la magnanimidad o grandeza de ánimo; qué
extremos viciosos le son contrarios; cómo se deben apetecer las honras y
qué falta puede haber en cuanto a esto. Después trata de la mansedumbre y
de los extremos viciosos que le son contrarios; de la buena conversación y
los vicios que en ella puede haber; de la llaneza de la verdad y vicio de
la lisonja; de las gracias y burlas cortesanas y de los extremos viciosos
que puede haber en ellas, de la vergüenza, si es virtud y en quién se
requiere haber vergüenza. Esta es la suma de lo que trata el cuarto libro.
En el quinto libro disputa de sola la justicia. Primeramente
distingue de cuántas maneras se entiende la justicia y de cuál se ha de
tratar aquí, que es de la particular, que consiste en los contractos, y
qué vicios le son contrarios; divídela en lo que toca a lo público, que
son las honras, y en lo que a lo particular, que son los contractos y
intereses. Declara cómo se han de repartir, y a quién, las honras públicas
en cada género de república; cómo se han de haber los hombres en hacer
justos contractos; qué cosa es la pena de pena del Talión, y cómo el
dinero es la regla de los contractos. Muestra cómo el que hace por hábito
es digno de mayor premio o castigo que el que comienza de obrar; cómo hay
justo natural y justo positivo; cuántas maneras de agravios puede hacer un
hombre a otro; cómo ninguno puede voluntariamente recebir agravio; qué
cosa es o moderación de justicia, y cómo alguna vez la ley se ha de
interpretar conforme a ella; cómo a sí mismo nadie puede agraviar. Esto
es, en suma, lo que en el quinto de la justicia Aristóteles declara.
Declaradas en los libros pasados las virtudes morales tocantes a la
voluntad, que eran las del primer género, en el sexto libro emprende
tratar de las virtudes del entendimiento, que son las contemplativas.
Primeramente declara qué cosa es recta razón, cuántas son las partes del
alma, qué manera de virtudes corresponde a cada una, por qué vías viene el
ánimo a entender la verdad de las cosas, cuántas maneras de hábito se
hallan en nuestro entendimiento. Después declara qué cosa es sciencia, de
qué géneros de cosas tenemos sciencia, qué cosa es arte, y cuántas maneras
hay de artes, qué cosa es prudencia, y en qué cosas consiste, y cómo de
los demás hábitos difiere, qué conocimiento es el que llamamos
entendimiento, y qué cosas conocemos con él, qué hábito es sabiduría, y
quién se ha de llamar sabio. Tras desto pone cuatro, partes de la
prudencia: regir bien una familia, hacer buenas y saludables leyes, juzgar
bien de las causas, proveer en común lo necesario, qué cosa es consulta,
qué el buen juicio, qué el buen parecer, y a quién cuadra, en qué manera
son útiles estos hábitos para la felicidad. Al fin pone diferencia entre
la bondad natural y la adquisita, y da fin al libro sexto. En el séptimo
trata de la extrema bondad, que es divina, y de la extrema malicia, que es
bestialidad; qué cosa es continencia e incontinencia, y en qué difieren de
la templanza y disolución; cómo puede ser que uno sienta bien de las cosas
y obre mal; en qué género de cosas se dice uno propriamente continente o
incontinente; en qué difieren la continencia y la perseverancia; si puede
haber alguno que sea del todo incontinente; cómo el refrenarse de
bestiales apetitos no es absolutamente continencia; cuál incontinencia es
más o menos afrentosa; cuántas maneras hay de deleites; cómo la
continencia e incontinencia consisten en los deleites, y la perseverancia
y flaqueza de ánimo en los trabajos; qué diferencia hay del disoluto al
incontinente; qué diferencia hay entre el constante y el terco o porfiado;
cómo ni la prudencia ni otra virtud alguna puede estar en compañía de la
incontinencia, ni de otro cualquier vicio; qué opiniones hubo acerca del
deleite, si es o no es cosa buena; cómo las razones de los que decían no
ser cosa buena no concluyen bien, y cómo es bueno el deleite; cómo hay
algún deleite que es el sumo bien, y que hay deleites fuera de los
sensuales; cómo los deleites sensuales engañan con aparencia falsa de
bien. Esto es la suma de lo que en el séptimo se trata. En el octavo trata
de la amistad, cuán necesaria cosa es a todo género de hombres; cómo todo
lo que se ama es por razón de bondad, de utilidad, o de deleite verdadero
o aparente; cómo hay tres diferencias de amistad: honesta, útil,
deleitosa, y cómo la perfeta es la honesta; cuán necesaria es entre los
amigos la presencia; cómo no se puede con muchos tener amistad perfeta;
qué manera de amistad hay entre las personas diferentes en estado,:y cómo
se ha de conservar; qué manera de amistad es la de los lisonjeros; cómo
entre los pueblos hay amistad útil; qué diferencias hay de repúblicas, y
qué manera de amistad en cada una; de la amistad de compañeros y de la de
los parientes más o menos cercanos; de la de entre el marido y la mujer;
cómo de todas las amistades la más subjeta a mudanzas es la útil; de las
faltas que puede haber en las amistades entre superiores y inferiores.
Esta es la materia y suma del octavo.
En el libro nono se trata de cómo se han de conservar las amistades
de cualquier género que sean; qué está obligado a hacer un amigo por otro;
cómo en perderse la causa de las amistades, se pierden también ellas, y
cómo la más durable de todas es la fundada en virtud; que para tratarse
bien el amistad ha de hacer cuenta cada uno que el amigo es otro él, y
tratarse con el amigo como tal; de qué maneras se puede difinir el amigo;
qué diferencia hay entre ser amigo de uno y tenerle buena voluntad; qué
cosa es concordia, y en qué se dice propriamente, cómo el que hace el bien
ama más que el que lo recibe; qué cosa es amor proprio, y cómo se ha de
distinguir, y en qué cosas es bueno y de alabar, y en qué malo y de
vituperar; qué manera de amigos ha menester el próspero, y qué el que está
puesto en adversidades y trabajos; cómo en sola la amistad civil y popular
se pueden tener muchos amigos, pero en las demás, no; cómo ambas a dos
maneras de fortuna requieren amigos, pero diferentes la una de la otra;
cómo el sello de cualquier manera de amistad es vivir en conversación y
compañía, y cómo cada amistad ama los ejercicios que le son semejantes.
Esta es la suma de lo que en el nono se declara.
En el décimo se da el remate a la materia de las costumbres, y trata
del deleite primeramente, proponiendo las varias opiniones que acerca dél
tuvieron los pasados; cómo el deleite es de suyo cosa buena; aunque no
conviene seguir todo deleite; y cómo las razones de los que tienen lo
contrario no concluyen; qué cosa es el deleite, y debajo de qué género de
cosas se debe comprender, y en qué difiere de otras de aquel género; cómo
los deleites unos de otros difieren en especie. Después trata de la
felicidad, la cual puso al principio como por blanco, adonde se habían de
encaminar todas las humanas obras y ejercicios. Primeramente declara qué
cosa es la felicidad humana; después hace dos especies della: una que
consiste en contemplación, la cual prueba ser la más perfeta felicidad;
otra que consiste en el tratar bien los negocios, conforme a lo que de las
virtudes morales está dicho, la cual no es tan perfeta; cómo el
contemplativo, por la parte que tiene de corporal, tiene alguna necesidad
de lo activo, cómo el varón sabio es el más bien afortunado. Finalmente,
concluye probando cómo en esta filosofía lo menor de todo es el saber, si
no se pone en práctica y uso lo que se sabe; lo cual es de la misma manera
que en nuestra religión cristiana, la cual saber y creer conviene para la
salvación; pero si la vida no conforma con el nombre de cristianos, la tal
fe es sin fruto. Porque dice nuestro Cristo, que no el que le dice Señor,
Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de
su Padre, que está en el cielo, y a sus discípulos les dice que serán
bienaventurados, si hicieren lo que él les enseñaba, y en la sentencia del
juicio final da el premio eterno por las buenas obras, aunque ellas de
suyo no lo merecen, sino que él por su misericordia las acepta como si lo
mereciesen.
Todo lo que hasta aquí ha hecho Aristóteles, ha sido disponer los
materiales para su edificio de república, que son los hombres y sus obras;
los cuales, si están persuadidos que conviene vivir conforme a uso de
razón y no a su voluntad, poco queda que hacer en ordenar una república,
porque todos serán obedientes al buen uso de razón. Pero porque, en fin,
en tanta variedad de hombres no se pueden todos reglar por razón, es
menester la potestad, fuerza y gobierno para que, por temor de su daño,
dejen los hombres de hacer lo que no dejan por amor de la virtud y uso de
razón. Por esto en la otra obra se trata de la república y gobierno común,
la cual, con el favor divino, también daremos de tal manera interpretarla,
que puedan los nuestros entenderla.
Resta brevemente advertir a qué parte de la filosofía pertenece esta
materia, para que el lector mejor entienda lo que trata. Filosofía, pues,
quiere decir afición de saber, el cual nombre dicen que inventó Pitágoras
por huir el nombre de arrogancia. Porque como la verdadera sabiduría esté
en Dios, y los hombres no tengamos sino un rastro o sombra della, mezclada
con muchos errores y varias opiniones, pareciole, y con razón, a
Pitágoras, que llamarse un hombre sabio era grande arrogancia; preguntado
por Leonte, príncipe de los Fliasios, qué profesión tenía, respondió que
era filósofo. Replicando Leonte que le dijese qué cosa era filósofo, dijo
Pitágoras que la vida humana le parecía a él ser semejante a las fiestas
olímpicas que los griegos celebraban, a las cuales, unos iban por ganar
los premios que se daban a los que vencían en las contiendas, otros por
vender allí sus mercaderías, otros, y éstos parecía que eran los más
generosos de todos, iban no más de por ver lo que pasaba. De la misma
manera, en la vida, unos pretendían cargos y dignidades, que eran como los
que querían ganar la joya; otros ganar la hacienda, que eran como los que
iban a vender; otros que gustaban de sólo considerar y entender las cosas,
y que éstos llamaba él filósofos. De aquí quedó el nombre de filosofía, y
así, hasta el tiempo de Sócrates, todos los filósofos se empleaban en
contemplar el ser y naturaleza de las cosas, sus movimientos, números y
cantidades, en lo cual consiste la fisiología y aquellas sciencias que,
por la excelencia de sus demonstraciones, se llaman matemáticas. Pero
Sócrates (como en sus Tusculanas escribe Marco Tulio), viendo que las
cosas naturales ya tenían quien las gobernase sin que los hombres hobiesen
de tener cuidado dellas, derribó, como el mismo Tulio dice, la filosofía
del cielo, y la introdujo en las casas y república, y comenzó a disputar
de lo bueno y de lo malo. De aquí vino a partirse la filosofía como en dos
bandos o parcialidades, y comenzaron a llamarse unos filósofo, naturales,
porque ponían su estudio en considerar y contemplar la naturaleza de las
cosas, y otros morales, porque trataban de las costumbres de los hombres,
que en latín se llaman mores, y del gobierno de la república y de lo que
cada uno debe hacer para cumplir con lo que está obligado. Nació después
otro estudio, comenzando de Platón, y reformado después por Aristóteles,
que fue del modo de disputar y demostrar la verdad en cada cosa, y los que
la trataban se llamaron lógicos o dialécticos, al cual estudio unos
llamaron parte, otros instrumento de la filosofía. Pero esto para lo
presente importa poco. Estos libros, pues, y los de república, pertenecen
a la parte moral y filosofía activa, ni tienen que ver con la
contemplativa y natural.
Cuánto trabajo sea verter de una lengua en otra, y especialmente
abriendo camino de nuevo y virtiendo cosas que hasta hoy en nuestra lengua
no han sido vistas ni entendidas, cualquier justo y prudente lector puede
conocerlo. Porque el que vierte ha de transformar en sí el ánimo y
sentencia del auctor que vierte, y decirla en la lengua en que lo vierte
como de suyo, sin que quede rastro de la lengua peregrina en que fue
primero escrito, lo cual, cuán dificultoso sea de hacer, la tanta variedad
de traslaciones que hay lo muestran claramente. Esle también forzado, en
cosas nuevas, usar de vocablos nuevos, los cuales, recebidos, no acarrean
mucho aplauso, y repudiados, dan ocasión de murmurar a los demasiadamente
curiosos y que van contando las sílabas a dedos, y leen más los libros por
tener que murmurar, que por aprovecharse dellos, y antes ven un lunar para
reprender, que las buenas aposturas para alabar, haciendo el oficio de las
parteras que, sin parir ellas nada, escudriñan partos ajenos. Pues ¿qué,
diré de la dificultad en el verter de los lugares, cuya sentencia depende
de la propriedad y etimología del vocablo, lo cual en griego acaece a cada
paso, donde si el mismo vocablo no se queda, parece cosa de disparate?
Todo esto he dicho, no por encarecer mucho mi trabajo, sino por advertir
al lector de que no se enfade si algunos vocablos leyere nuevos en nuestra
lengua, que son bien pocos, como son los nombres de especies de república,
Aristocracia, Monarquía, Timocracia, Oligarquía, Democracia, pues en la
lengua latina le fue también forzado a Marco Tulio usar de muchos vocablos
griegos, no sólo en las sciencias, las cuales sacarlas de sus vocablos es
perderlas, pero aun también en las forenses oraciones. También si algunos
lugares hallare que no tengan la cadencia de la oración tan dulce como él
la quisiera (lo cual yo he procurado cuanto posible me ha sido de hacer),
entienda que es muy diferente cosa vertir ajenas sentencias que decir de
suyo, porque en el decir de suyo cada uno puede cortar las palabras a la
medida y talle de las sentencias; pero en el vertir sentencias ajenas de
una lengua en otra, no pueden venir siempre tan a medida como el
intérprete quiere las palabras. Finalmente, por la común humanidad, ruego,
y con buen derecho pido, que si algo hobiere no tan limado, se acuerden
que es hombre el que lo ha vertido, y que no puede estar siempre tan en
centinela, que no diese alguna cabezada.
Libro primero
De los morales de Aristóteles, escritos a Nicomaco, su hijo, y por esta
causa llamados nicomaquios
En el primer libro inquiere Aristóteles cuál es el fin de las humanas
acciones, porque entendido el fin, fácil cosa es buscar los medios para lo
alcanzar; y el mayor peligro que hay en las deliberaciones y consultas, es
el errar el fin, pues, errado éste, no pueden ir los medios acertados.
Prueba el fin de las humanas acciones ser la felicidad, y que la verdadera
felicidad consiste en hacer las cosas conforme a recta razón, en que
consiste la virtud. De donde toma ocasión para tratar de las virtudes.
En el primer capítulo propone la difinición del bien, y muestra cómo
todas las humanas acciones y elecciones van dirigidas al bien, ora que en
realidad de verdad lo sea, ora que sea tenido por tal. Pone asimismo dos
diferencias de fines: unos, que son acciones, como es el fin del que
aprende a tañer o cantar, y otros, que son obras fuera de las acciones,
como es el fin del que aprende a curar o edificar. Demuestra asimismo cómo
unas cosas se apetecen y desean por sí mismas, como la salud, y otras por
causa de otras, como la nave por la navegación, la navegación por las
riquezas, las riquezas por la felicidad que se cree o espera hallar en las
riquezas.
Capítulo primero
Cualquier arte y cualquier doctrina, y asimismo toda acción y
elección, parece que a algún bien es enderezada. Por tanto, discretamente
difinieron el bien los que dijeron ser aquello a lo cual todas las cosas
se enderezan. Pero parece que hay en los fines alguna diferencia, porque
unos de ellos son acciones y otros, fuera de las acciones, son algunas
obras; y donde los fines son algunas cosas fuera de las acciones, allí
mejores son las obras que las mismas acciones. Pero como sean muchas las
acciones y las artes y las sciencias, de necesidad han de ser los fines
también muchos. Porque el fin de la medicina es la salud, el de la arte de
fabricar naves la nave, el del arte militar la victoria, el de la
disciplina familiar la hacienda. En todas cuantas hay desta suerte, que
debajo de una virtud se comprenden, como debajo del arte del caballerizo
el arte del frenero, y todas las demás que tratan los aparejos del
caballo; y la misma arte de caballerizo, con todos los hechos de la
guerra, debajo del arte de emperador o capitán, y de la misma manera otras
debajo de otras; en todas, los fines de las más principales, y que
contienen a las otras, más perfectos y más dignos son de desear que no los
de las que están debajo de ellas, pues éstos por respecto de aquéllos se
pretenden, y cuanto a esto no importa nada que los fines sean acciones, o
alguna otra cosa fuera dellas, como en las sciencias que están dichas.
Presupuesta esta verdad en el capítulo pasado, que todas las acciones
se encaminan a algún bien, en el capítulo II disputa cuál es el bien
humano, donde los hombres deben enderezar como a un blanco sus acciones
para no errarlas, y cómo éste es la felicidad. Demuestra asimismo cómo el
considerar este fin pertenece a la disciplina y sciencia de la república,
como a la que más principal es de todas, pues ésta contiene debajo de sí
todas las demás y es la señora de mandar cuáles ha de haber y cuáles se
han de despedir del gobierno y trato de los hombres.
Capítulo II
Pero si el fin de los hechos es aquel que por sí mismo es deseado, y
todas las demás cosas por razón de aquél, y si no todas las cosas por
razón de otras se desean (porque desta manera no ternía fin nuestro deseo,
y así sería vano y miserable), cosa clara es que este fin será el mismo
bien y lo más perfeto, cuyo conocimiento podrá ser que importe mucho para
la vida, pues teniendo, a manera de ballesteros, puesto blanco,
alcanzaremos mejor lo que conviene. Y si esto así es, habemos de probar,
como por cifra, entender esto qué cosa es, y a qué sciencia o facultad
toca tratar dello. Parece, pues, que toca a la más propria y más principal
de todas, cual parece ser la disciplina de república, pues ésta ordena qué
sciencias conviene que haya en las ciudades, y cuáles, y hasta dónde
conviene que las aprendan cada uno. Vemos asimismo que las más honrosas de
todas las facultades debajo de ésta se contienen, como el arte militar, la
sciencia que pertenece al regimiento de la familia, y la retórica. Y pues
ésta de todas las demás activas sciencias usa y se sirve, y les pone regla
para lo que deben hacer y de qué se han de guardar, síguese que el fin
désta comprenderá debajo de sí los fines de las otras, y así será éste el
bien humano. Porque aunque lo que es bien para un particular es asimismo
bien para una república, mayor, con todo, y más perfeto parece ser para
procurarlo y conservarlo el bien de una república. Porque bien es de amar
el bien de uno, pero más ilustre y más divina cosa es hacer bien a una
nación y a muchos pueblos. Esta doctrina, pues, que es sciencia de
república, propone tratar de todas estas cosas.
En el capítulo III nos desengaña que en esta materia no se han de
buscar demonstraciones ni razones infalibles como en las artes que llaman
matemáticas, porque esta materia moral no es capaz dellas, pues consiste
en diversidad de pareceres y opiniones, sino que se han de satisfacer con
razones probables los lectores. Avísanos asimismo cómo esta doctrina
requiere ánimos libres de pasión y sosegados, ajenos de toda codicia y
aptos para deliberaciones, cuales suelen ser los de los que han llegado a
la madura edad. Y así los mozos en edad o costumbres no son convenientes
lectores ni oyentes para esta doctrina, porque se dejan mucho regir por
sus proprios afectos, y no tienen, por su poca edad, experiencia de las
obras humanas.
Capítulo III
Pero harto suficientemente se tratará desta materia, si conforme a la
subjeta materia se declara. Porque la claridad no se ha de buscar de una
misma suerte en todas las razones, así como ni en todas las obras que se
hacen. Porque las cosas honestas y justas de que trata la disciplina de
república, tienen tanta diversidad y escuridad, que parece que son por
sola ley y no por naturaleza, y el mismo mal tienen en sí las cosas
buenas, pues acontece muchos por causa dellas ser perjudicados. Pues se ha
visto perderse muchos por el dinero y riquezas, y otros por su valentía.
Habémonos, pues, de contentar con tratar destas cosas y de otras
semejantes, de tal suerte, que sumariamente y casi como por cifra,
demostremos la verdad; y pues tratamos de cosas y entendemos en cosas que
por la mayor parte son así, habémonos de contentar con colegir de allí
cosas semejantes; y desta misma manera conviene que recibamos cada una de
las cosas que en esta materia se trataren. Porque de ingenio bien
instruido es, en cada materia, hasta tanto inquirir la verdad y
certidumbre de las cosas, cuanto la naturaleza de la cosa lo sufre y lo
permite. Porque casi un mismo error es admitir al matemático con dar
razones probables, y pedirle al retórico que haga demostraciones. Y cada
uno, de aquello que entiende juzga bien, y es buen juez en cosas tales y,
en fin, en cada cosa el que está bien instruido, y generalmente el que en
toda cosa está ejercitado. Por esta causa el hombre mozo no es oyente
acomodado para la disciplina de república, porque no está experimentado en
las obras de la vida, de quien han de tratar y en quien se han de emplear
las razones de esta sciencia. A más desto, como se deja mucho regir por
las pasiones de su ánimo, es vano e inútil su oír, pues el fin de esta
sciencia no es oír, sino obrar. Ni hay diferencia si el hombre es mozo en
la edad, o si lo es en las costumbres, porque no está la falta en el
tiempo, sino en el vivir a su apetito y querer salir con su intención en
toda cosa. Porque a los tales esles inútil cita sciencia, así como a los
que en su vivir no guardan templanza. Pero para los que conforme a razón
hacen y ejecutan sus deseos, muy importante cosa les es entender esta
materia. Pues cuanto a los oyentes, y al modo que se ha de tener en el
demostrar, y qué es lo que proponemos de tratar, basta lo que se ha dicho.
En el capítulo IV vuelve a su propósito, que es a buscar el fin de
las obras de la vida, y muestra cómo en cuanto al nombre de todos
convenimos, pues todos decimos ser el fin universal de nuestra humana vida
la felicidad, pero en cuanto a la cosa discrepamos mucho. Porque en qué
consiste, esta felicidad, no todos concordamos, y así recita varias
opiniones acerca de en qué consiste la verdadera felicidad; después
propone el modo que ha de tener en proceder, que es de las cosas más
entendidas y experimentadas por nosotros, a las cosas más escuras y menos
entendidas, porque ésta es la mejor manera de proceder para que el oyente
más fácilmente perciba la doctrina.
Capítulo IV
Digamos, pues, resumiendo, pues toda noticia y toda elección a bien
alguno se dirige, qué es aquello a lo cual se endereza la sciencia de
república y cuál es el último bien de todos nuestros hechos. En cuanto al
nombre, cierto casi todos lo confiesan, porque así el vulgo, como los más
principales, dicen ser la felicidad el sumo bien, y el vivir bien y el
obrar bien juzgan ser lo mismo que el vivir prósperamente; pero en cuanto
al entender qué cosa es la felicidad, hay diversos pareceres, y el vulgo y
los sabios no lo determinan de una misma manera. Porque el vulgo juzga
consistir la felicidad en alguna destas cosas manifiestas y palpables,
como en el regalo, o en las riquezas, o en la honra, y otros en otras
cosas. Y aun muchas veces a un mismo hombre le parece que consiste en
varias cosas, como al enfermo en la salud, al pobre en las riquezas; y los
que su propria ignorancia conocen, a los que alguna cosa grande dicen y
que excede la capacidad dellos, tienen en gran precio. A otros algunos les
ha parecido que fuera destos muchos bienes hay algún bien que es bueno por
sí mismo, por cuya causa los demás bienes son buenos. Relatar, pues, todas
las opiniones es trabajo inútil por ventura, y basta proponer las más
ilustres, y las que parece que en alguna manera consisten en razón.
Pero habemos de entender que difieren mucho las razones que proceden
de los principios, de las que van a parar a los principios. Y así Platón,
con razón, dudaba y inquiría esto, si es el camino de la doctrina desde
los principios, o si ha de ir a parar a los principios; así como en la
corrida, dende el puesto al paradero, o al contrario. Porque se ha de
comenzar de las cosas más claras y entendidas, y éstas son de dos maneras:
porque unas nos son más claras a nosotros, y otras, ellas en sí mismas,
son más claras. Habremos, pues, por ventura, de comenzar por las cosas más
entendidas y claras a nosotros. Por tanto, conviene que el que conveniente
oyente ha de ser en la materia de cosas buenas y justas, y, en fin, en la
disciplina de república, en cuanto a sus costumbres sea bien acostumbrado.
Porque el principio es el ser, lo cual si bastantemente se muestra, no hay
necesidad de demostrar el por qué es; y el que desta suerte está
dispuesto, o tiene, o recibe fácilmente los principios; y el que ninguna
destas cosas tiene, oiga lo que Hesíodo dice en estos versos:
Aquel que en toda cosa está instruido,
varón será perfecto y acabado;
siempre aconsejará lo más valido.
Bueno también será el que, no enseñado,
en el tratar sus cosas se rigiere
por parecer del docto y buen letrado.
Mas el que ni el desvío lo entendiere,
ni tomare del docto el buen consejo,
turbado terná el seso y mientras fuere,
será inútil en todo, mozo y viejo.
En el capítulo V refuta las opiniones de los que ponen la felicidad
en el regalo mostrando ser esta opinión más de gente servil y afeminada
que de generosos corazones. Ítem de los que piensan que consiste en ser
muy honrados y tenidos en estima. Porque ponen el fin de su felicidad
fuera de sí mismos y de su potestad, pues la honra más está en mano del
que la hace que del que la recibe. Asimismo la de los que pretenden que
consiste en la virtud, porque con la virtud se compadece sufrir trabajos y
fatigas, lo cual es ajeno de la felicidad. Al fin reprehende a los que
ponen la felicidad en las riquezas, pues la felicidad por sí misma es de
desear, y las riquezas por causa de otro siempre se desean.
Capítulo V
Pero nosotros volvamos al propósito. Porque el bien y la felicidad
paréceme que con razón la juzgan, según el modo de vivir de cada uno.
Porque el vulgo y gente común por la suma felicidad tienen el regalo, y
por esto aman la vida de regalo y pasatiempo. Porque tres son las vidas
más insignes: la ya dicha, y la civil, y la tercera la contemplativa. El
vulgo, pues, a manera de gente servil, parece que del todo eligen vida más
de bestias que de hombres, y parece que tienen alguna excusa, pues muchos
de los que están puestos en dignidad, viven vida cual la de Sardanápalo.
Pero los ilustres y para el tratar las cosas aptos, la honra tienen por su
felicidad; porque éste casi es el fin de la vida del gobierno de
república. Pero parece que este fin más sumario es que no aquel que
inquirimos, porque más parece que está en mano de los que hacen la honra,
que no en la del que la recibe, y el sumo bien paréceme que ha de ser
proprio y que no pueda así quitarse fácilmente. A más de esto, que parece
que procuran la honra para persuadir que son gente virtuosa, y así
procuran de ser honrados de varones prudentes, y de quien los conoce, y
por cosas de virtud. Conforme, pues, al parecer déstos, se colige ser la
virtud más digna de ser tenida en precio que la honra, por donde alguno
por ventura juzgará ser ésta con razón el fin de la vida civil. Pero
parece que la virtud es más imperfeta que la felicidad, porque parece que
puede acontecer que el que tiene virtud duerma o que esté ajeno de las
obras de la vida, y allende desto, que se vea en trabajos y muy grandes
desventuras, y al que desta suerte viviere, nenguno lo terná, creo, por
bienaventurado, sino el que esté arrimado a su opinión. Pero desta materia
basta; pues en las Circulares Cuestiones bastante ya tratamos dello. La
tercera vida es la contemplativa, la cual consideraremos en lo que
trataremos adelante. Porque el que se da a adquirir dineros, es persona
perjudicial; y es cosa clara que el dinero no es aquel sumo bien que aquí
buscamos, porque es cosa útil y que por respecto de otra se desea. Por
tanto, quien quiera con más razón juzgará por fin cualquiera de las cosas
arriba ya propuestas, pues por sí mismas se aman y desean. Pero parece que
ni aquéllas son el sumo bien, aunque en favor dellas muchas razones se han
propuesto. Pero esta materia quede ya a una parte.
Lo que en el capítulo VI trata, más es cuestión curiosa y metafísica,
que activa ni moral [cuestión activa se llama la que trata de lo que se
debe o no debe hacer, porque consiste en actos exteriores, y por esto se
llama activa, como si es bien casarse o edificar], y para aquel tiempo en
que aquellas opiniones había, por ventura necesaria, pero para el de agora
del todo inútil. Y así el lector pasará por ella ligeramente, y si del
todo no la entendiere, ninguna cosa pierde por ello de la materia que se
trata. Disputa, pues, si hay una Idea o especie o retrato común de todos
los bienes en las cosas. Para entender esto así palpablemente, se
presupone, que por no haber cierto número en las cosas singulares, y
porque de día en día se van mudando y sucediendo otras en lugar dellas,
como en el río una agua sucede a otra, y así el río perpetuamente se
conserva, nuestro entendimiento, como aquel que tiene la fuerza del
conocimiento limitada, no puede tener dellas certidumbre, que esto a solo
Dios, que es el hacedor de ellas, pertenece; y así consideralas en una
común consideración, en cuanto son de naturaleza semejante; y a las que
vee que tienen tanta semejanza en su ser, que en cuanto a él no hay
ninguna diferencia entre ellas, hácelas de una misma especie o muestra;
pero a las que vee que en algo se parecen y en algo difieren, como el
hombre y el caballo, hácelas de un mismo género y de diversa especie, y
cuanto mayor es la semejanza, tanto más cercano tienen el género común, y
cuanto mayor la diferencia, más apartado; como agora digamos que entre el
hombre y el caballo mayor semejanza de naturaleza hay, que no entre el
hombre y el ciprés, y mayor entre el hombre y el ciprés, que entre el
hombre y los metales, pues el hombre y el caballo se parecen en el
sentido, de que el ciprés carece, y el hombre y el ciprés en el vivir,
nacer y morir, lo que no tienen los metales. Y así más cercano parentesco
o género o linaje habrá entre el ser del hombre y del caballo, que no
entre ellos y el ciprés; y más entre ellos y el ciprés, que entre ellos y
los metales, y esto es lo que llaman categoría o predicamento de las
cosas. Pero si vee que no convienen en nada, hácelos de género diverso,
como el hombre y la blancura, entre cuyo ser no hay ninguna semejanza. Y
de las cosas debajo destas comunes consideraciones entendidas, tiene
sciencia nuestro entendimiento; que de las cosas así por menudo tomadas
(como arriba dijimos), no puede tener noticia cierta ni segura, por ser
ellas tantas y tan subjetas a mudanza. Esta filosofía los que no
entendieron cayeron en uno de dos errores, porque unos dijeron que no se
podía tener sciencia ni certidumbre de las cosas, como fueron los
filósofos scépticos, cuyos capitanes fueron Pirrón y Herilo, y los nuevos
Académicos dieron también en este error; otros, como Parménides y Zenón,
por no negar las sciencias, dijeron que las muestras o especies de las
cosas realmente estaban apartadas de las cosas singulares, por cuya
participación se hacen las cosas singulares, como con un sello se sellan
muchas ceras, y que éstas ni nacían ni morían, sino que estaban
perpetuamente, y que dellas se tenía sciencia. Pero esta opinión o error
ya está por muchos refutado, y también nosotros, en los comentarios que
tenernos sobre la Lógica de Aristóteles, lo refutamos largamente.
Viniendo, pues, agora al propósito de las palabras de Aristóteles:
presupuesto que hobiese ideas o especies de cada cosa, como decía
Parménides, prueba que no puede haber una común idea de todos los bienes,
pues no tienen todos una común naturaleza, ni todos se llaman bienes por
una misma razón, lo cual había de ser así en las cosas que tuviesen una
común idea. Y también que donde una cosa se dice primeramente de otra y
después por aquélla se atribuye a otra, no pueden las dos tener una común
natura. Como los pies se dicen primero en el animal, y después por
semejanza se dicen en la mesa y en la cama; los pies de la mesa y de la
cama no ternán una común idea con los del animal; y lo mismo acontece en
los bienes, que unos se dicen bienes por respectos de otros, y así no
pueden tener una común idea. Pero ya, en fin, dije al principio, que esta
disputa era fuera del propósito, y que no se debe tener con ella mucha
cuenta.
Capítulo VI
Mejor será, por ventura, en general, considerarlo y dudar cómo se
dice esto. Aunque esta, cuestión será dificultosa, por ser amigos nuestros
los que ponen las Ideas. Aunque parece que, por conservación de la verdad,
es más conveniente y cumple refutar las cosas proprias, especialmente a
los que son filósofos; porque siendo ambas cosas amadas, como a más divina
cosa es bien hacer más honra a la verdad. Pues los que esta opinión
introdujeron, no ponían Ideas en las cosas en que dijeron haber primero y
postrero, y por esto de los números no hicieron Ideas; lo bueno, pues,
dícese en la sustancia y ser de la cosa, y en la calidad, y en la
comparación o correlación. Y, pues, lo que por sí mismo es y sustancia,
naturalmente es primero que lo que con otro se confiere, porque esto
parece adición y accidente de la cosa. De suerte que éstos no ternán una
común Idea. A más desto, pues, lo bueno de tantas maneras se dice como hay
géneros de cosas (pues se dice en la sustancia como Dios y el
entendimiento, y en la cualidad como las virtudes, y en la cantidad como
la medianía, y en los que se confieren como lo útil, y en el tiempo como
la ocasión, y en el lugar como el cenador, y otros semejantes), cosa clara
es que no ternán una cosa común, y universalmente una; porque no se diría
de todas las categorías, sino de una sola. Asimismo, que pues los que
debajo de una misma Idea se comprehenden, todos pertenecen a una misma
sciencia, una misma sciencia trataría de todas las cosas buenas. Pero
vemos que hay muchas aun de aquellos bienes que pertenecen a una misma
categoría, como de la ocasión, la cual en la guerra la considera el arte
militar, en la enfermedad la medicina. Y de la medianía en el manjar,
trata la medicina, y en los ejercicios, la gimnástica. Pero dudaría
alguno, por ventura, qué quieren decir, cuando dicen «ello por sí mismo»,
si es que en el mismo hombre y en el hombre hay una misma definición, que
es la del hombre, porque en cuanto al ser del hombre, no difieren en nada.
Porque si esto es así, ni un bien diferiría de otro en cuanto bien, ni aun
por ser bien perpetuo será por eso más bien, pues lo blanco de largo
tiempo no es por eso más blanco, que lo blanco de un día. Más
probablemente parece que hablan los pitagóricos del bien, los cuales ponen
el uno en la conjugación que hacen de los bienes, a los cuales parece que
quiere seguir Espeusippo. Pero, en fin, tratar desto toca a otra materia.
Pero en lo que está dicho parece que se ofrece una duda, por razón que no
de todos los bienes tratan las propuestas razones, sino que los bienes que
por si mismos se pretenden y codician, por sí mismos hacen una especie, y
los que a éstos los acarrean o conservan, o prohíben los contrarios, por
razón déstos se dicen bienes en otra manera. Por donde parece cosa
manifiesta, que los bienes se dirán en dos maneras: unos por sí mismos, y
otros por razón de aquéllos. Dividiendo, pues, los bienes que son por sí
buenos de los útiles, consideremos si se dicen conforme a una común Idea.
Pero ¿cuáles dirá uno que son bienes por sí mismos, sino aquellos que,
aunque solos estuviesen, los procuraríamos haber, como la discreción, la
vista, y algunos contentamientos y honras? Porque estas cosas, aunque por
respecto de otras las buscamos, con todo alguno las contaría entre los
bienes que por sí mismos son de desear, o dirá que no hay otro bien sino
la Idea, de manera que quedará inútil esta especie. Y, pues, si éstos son
bienes por sí mismos, de necesidad la difinición del bien ha de parecerse
una misma en todos ellos, de la misma manera que en la nieve y en el
albayalde se muestra una difinición misma de blancura. Pues la honra, y la
discreción, y el regalo, en cuanto son bienes, tienen definiciones
diferentes. De manera que lo bueno no es una cosa común según una misma
Idea. Pues ¿de qué manera se dicen bienes? Porque no parece que se digan
como las cosas que acaso tuvieron un mismo nombre, sino que se llamen así,
por ventura, por causa que, o proceden de una misma cosa, o van a parar a
una misma cosa, o por mejor decir, que se digan así por analogía o
proporción. Porque como sea la vista en el cuerpo, así sea el
entendimiento en el alma, y en otra cosa otra. Pero esta disputa, por
ventura, será mejor dejarla por agora, porque tratar della de propósito y
asimismo de la Idea, a otra filosofía y no a ésta pertenece. Porque si el
bien que a muchos comúnmente se atribuye, una cosa es en sí y está
apartado por sí mismo, cosa clara es que ni el hombre lo podrá hacer, ni
poseer, y aquí buscamos el bien que pueda ser capaz de lo uno y de lo
otro. Por ventura, le parecerá a alguno ser más conveniente entender el
mismo bien conferiéndolo con los bienes que se hacen y poseen. Porque
teniéndolo a éste como por muestra, mejor entenderemos las cosas que a
nosotros fueren buenas, y, entendiéndolas, las alcanzaremos. Tiene, pues,
esta disputa alguna probabilidad, aunque parece que difiere de las
sciencias. Porque aunque todas ellas a bien alguno se refieren, y suplir
procuran lo que falta, con todo se les pasa por alto la noticia dél, lo
cual no es conforme a razón que todos los artífices ignoren un tan gran
socorro y no procuren de entenderlo. Porque dirá alguno ¿qué le
aprovechará al tejedor o al albañir para su arte el entender el mismo sumo
bien, o cómo será mejor médico o capitán el que la misma Idea ha
considerado? Porque ni aun la salud en común no parece que considera el
médico, sino la salud del hombre, o por mejor decir la de este particular
hombre, pues en particular cura a cada uno. Pero, en fin, cuanto a la
presente materia, basta lo tratado.
Concluida ya la disputa, si hay una común Idea de todos los bienes,
la cual, como el mismo Aristóteles lo dice, es ajena de la moral
filosofía, y por esto se ha de tener con ella poca cuenta, vuelve agora a
su propósito y prueba cómo la felicidad no puede consistir en cosa alguna
de las que por causa de otras se desean, porque las tales no son del todo
perletas, y la felicidad parece, conforme a razón, que ha de ser tal, que
no le falte nada.
Capítulo VII
Volvamos, pues, otra vez a este bien que inquirimos qué cosa es:
porque en diferentes hechos y diferentes artes parece ser diverso, pues es
uno en la medicina y otro en el arte militar, y en las demás artes de la
misma suerte, ¿cuál será, pues, el bien de cada una, sino aquel por cuya
causa se trata todo lo demás? Lo cual en la medicina es la salud, en el
arte militar la victoria, en el edificar la casa, y en otras cosas, otro,
y, en fin, en cualquier elección el fin; pues todos, por causa déste,
hacen todo lo demás. De manera que si algo hay que sea fin de todo lo que
se hace, esto mismo será el bien de todos nuestros hechos, y si muchas
cosas lo son, estas mismas lo serán. Pero pasando adelante, nuestra
disputa ha vuelto a lo mismo; pero habemos de procurar de más
rnanifiestamente declararlo. Pues por cuanto los fines, según parece, son
diversos, y déstos los unos por causa de los otros deseamos, como la
hacienda, las flautas y, finalmente, todos los instrumentos, claramente se
vee que no todas las cosas son perfetas; pero el sumo bien cosa perfeta
parece que ha de ser; de suerte que si alguna cosa hay que ella sola sea
perfeta, ésta será sin duda lo que buscamos, y si muchas, la que más
perfeta dellas. Más perfeto decimos ser aquello que por su proprio
respecto es procurado, que no aquello que por causa de otro, y aquello que
nunca por respecto de otro se procura, más perfeto que aquello que por sí
mismo y por respecto de otro se procura, y hablando en suma, aquello es
perfeto que siempre por su proprio respecto es escogido y nunca por razón
y causa de otra cosa. Tal cosa como ésta señaladamente parece que haya de
ser la felicidad, porque ésta siempre por su proprio respecto la
escogemos, y por respecto de otra cosa nunca. Pero la honra, y el
pasatiempo, y el entendimiento, y todos géneros de virtudes, escogémoslos
cierto por su proprio respecto, porque aunque de allí ninguna cosa nos
hobiese de redundar, los escogeríamos por cierto, pero también los
escogemos por causa de la felicidad, teniendo por cierto que con el favor
y ayuda déstos habemos de vivir dichosamente. Pero la felicidad nadie por
causa destas cosas la elige, ni, generalmente hablando, por razón de otra
cosa alguna. Pero parece que lo mismo procede de la suficiencia, porque el
bien perfeto parece que es bastante. Llamamos bastante, no lo que basta
para uno que vive vida solitaria, pero también para los padres, hijos y
mujer, y generalmente para sus amigos y vecinos de su pueblo, pues el
hombre, naturalmente, es amigo de vivir en comunidad. Pero hase de poner
en esto tasa, porque si lo queremos extender hasta los padres y agüelos, y
hasta los amigos de los amigos, será nunca llegar al cabo dello. Pero
desto trataremos adelante. Aquello, pues, decimos ser bastante, que sólo
ello hace la vida digna de escoger, y de ninguna cosa falta, cual nos
parece ser la felicidad. Demás desto, la vida que más de escoger ha de
ser, no ha de poder ser contada, porque si contar se puede, claro está que
con el menor de los bienes será más de desear, porque, lo que se le añade,
aumento de bienes es, y de los bienes el mayor siempre es más de desear.
Cosa perfeta pues, y por sí misma bastante, parece ser la felicidad, pues
es el fin de todos nuestros hechos; pero por ventura parece cosa clara y
sin disputa decir que lo mejor es la felicidad, y se desea que con más
claridad se diga qué cosa es, lo cual por ventura se hará si presuponemos
primero cuál es el proprio oficio y obra del hombre. Porque así como el
tañedor de flautas, y el entallador, y cualquier otro artífice, y
generalmente todos aquellos que en alguna obra y hecho se ejercitan, su
felicidad y bien parece que en la obra lo tienen puesto y asentado, de la
misma manera parece que habemos de juzgar del hombre, si alguna obra hay
que propria sea del hombre. Pues, ¿será verdad que el albañir y el
zapatero tengan sus proprias obras y oficios, y que el hombre no lo tenga,
sino que haya nacido como cosa ociosa y por demás? No es así, por cierto,
sino que así como el ojo, y la mano, y el pie, y generalmente cada una de
las partes del cuerpo parece que tiene algún oficio, así al hombre, fuera
destas cosas, algún oficio y obra le habemos de asignar. ¿Cuál será, pues,
ésta? Porque el vivir, común lo tiene con las plantas, y aquí no buscamos
sino el proprio. Habémoslo, pues, de quitar de la vida del mantenimiento y
del aumento. Síguese tras désta la vida del sentido; pero también ésta
parece que le es común con el caballo y con el buey y con cualquiera
manera otra de animales. Resta, pues, la vida activa del que tiene uso de
razón, la cual tiene dos partes: la una que se rige por razón, y la otra
que tiene y entiende la razón. Siendo, pues, ésta en dos partes dividida,
habemos de presuponer que es aquella que consiste en el obrar, porque ésta
más propriamente parece que se dice. Pues si la obra o oficio del hombre
es el usar del alma conforme a razón, o a lo menos no sin ella, y si la
misma obra y oficio decimos en general que es de tal, que del perfeto en
aquello, corno el oficio del tañedor de citara entendemos del bueno y
perfeto tañedor, y generalmente es esto en todos, añadiendo el aumento de
la virtud a la obra (porque el oficio del tañedor de cítara es tañerla y
el del buen tañedor tañerla bien), y si desta misma manera presuponemos
que el proprio oficio del hombre es vivir alguna manera de vida, y que
ésta es el ejercicio y obras del alma hechas conforme a razón, el oficio
del buen varón será, por cierto, hacer estas cosas bien y honestamente.
Vemos, pues, que cada cosa conforme a su propria virtud alcanza su remate
y perfeción, lo cual si así es, el bien del hombre consiste, por cierto,
en ejercitar el alma en hechos de virtud, y si hay muchos géneros de
virtud, en el mejor y más perfeto, y esto hasta el fin de la vida. Porque
una golondrina no hace verano, ni un día sólo, y de la misma manera un
solo día ni un poquillo de tiempo no hace dichosos a los hombres ni les da
verdadera prosperidad. Hase, pues, de describir o difinir el bien conforme
a ésta. Porque conviene, por ventura, al principio darlo así a entender,
como por cifras o figuras, y después tratar dello más al largo. Pero
parecerá que quien quiera será bastante para sacar a luz y disponer las
cosas que bien estuvieren definidas, y que el tiempo es el inventor y
valedor en estas cosas, de donde han nacido las perficiones en las artes,
porque quien quiera es bastante para añadir en las cosas lo que falta.
Habémonos sí, pues, de acordar de lo que se dijo en lo pasado, y que la
claridad no se ha de pidir de una misma manera en todas las cosas, sino en
cada una según lo sufre la materia que se trata, y no más de cuanto baste
para lo que propriamente a la tal sciencia pertenece. Porque de diferente
manera considera el ángulo recto el arquitecto que el geómetra, porque
aquél considéralo en cuanto es útil para la obra que edifica, pero estotro
considera qué es y qué tal es, porque no pretende más de inquirir en esto
la verdad; y de la misma manera se ha de hacer en las demás, de manera que
no sea mis lo que fuera del propósito se trate, que lo que a la materia
que se trata pertenece. Ni aun la causa por que se ha de pedir en todas
las cosas de una misma suerte, porque en algunas cosas basta que
claramente se demuestre ser así, como en los principios el primer
fundamento es ser así aquello verdad. Y los principios unos se prueban por
inducción y otros por el sentido, y otros por alguna costumbre, y otros de
otras maneras diferentes. Y hase de procurar que los principios se
declaren lo más llanamente que ser pueda, y hacer que se difinan bien,
porque importan mucho para entender lo que se sigue, pues parece que el
principio es más de la mitad del todo, y que mediante él se entienden
muchas cosas de las que se disputan.
En el capítulo VIII hace distinción entre los bienes de alma y los
del cuerpo y los exteriores, que llamamos bienes de fortuna, para ver en
cuáles déstos consiste la felicidad. Relata asimismo las opiniones de los
antigos acerca de la felicidad, y muestra en qué concordaron y en qué
fueron diferentes.
Capítulo VIII
Habemos, pues, de tratar de la felicidad, no sólo por conclusiones ni
por proposiciones de quien consta el argumento, pero aun por las cosas que
della hablamos dichas. Porque con la verdad todas las cosas que son
cuadran, y la verdad presto descompadra con la mentira. Habiendo, pues,
tres diferencias de bienes, unos que se dicen externos, otros que
consisten en el alma, y otros en el cuerpo, los bienes del alma más
propriamente y con más razón se llaman bienes, y los hechos y ejercicios
espirituales, en el alma los ponemos. De manera que conforme a esta
opinión, que es antigua y aprobada por todos los filósofos, bien y
rectamente se dirá que el fin del hombre son ciertos hechos y ejercicios,
porque desta manera consiste en los bienes del alma y no en los de
defuera. Conforma con nuestra razón esto: que el dichoso se entiende que
ha de vivir bien y obrar bien, porque en esto casi está propuesto un bien
vivir y un bien obrar. Veese asimismo a la clara que todas las cosas que
de la felicidad se disputan consisten en lo que está dicho. Porque a unos
les parece que la suma felicidad es la virtud, a otros que la prudencia, a
otros que cierta sabiduría, a otros todas estas cosas o alguna dellas con
el contento, o no sin él; otros comprehenden también juntamente los bienes
de fortuna. Destas dos cosas, la postrera afirma el vulgo y la gente de
menos nombre, y la primera los pocos y más esclarecidos en doctrina. Pero
ningunos déstos es conforme a razón creer que del todo yerran, sino en
algo, y aciertan casi en todo lo demás. Pues con los que dicen que el sumo
bien es toda virtud o alguna dellas, concorda la razón, porque el
ejercicio que conforme a virtud se hace, proprio es de la virtud. Pero
hay, por ventura, muy grande diferencia de poner el sumo bien en la
posesión y hábito, a ponerlo en el uso y ejercicio; porque bien puede
acaecer que el hábito no se ejercite en cosa alguna buena, aunque en el
alma tenga hecho asiento, como en el que duerme o de cualquier otra manera
está ocioso. Pero el ejercicio no es posible, porque en el efecto y buen
efecto consiste de necesidad. Y así como en las fiestas del Olimpo no los
más hermosos ni los más valientes ganan la corona, sino los que pelean
(pues algunos destos vencen), desta misma manera aquellos que se ejercitan
bien, alcanzan las cosas buenas y honestas de la vida. Y la vida destos
tales es ella por sí misma muy suave, porque la suavidad uno de los bienes
es del alma, y a cada uno le es suave aquello a que es aficionado, como al
aficionado a caballos el caballo, al que es amigo de veer las cosas que
son de veer, y de la misma manera al que es aficionado a la justicia le
son apacibles las cosas justas, y generalmente todas las obras de virtud
al que es a ella aficionado. Las cosas, Pues, que de veras son suaves, no
agradan al vulgo, porque, naturalmente, no son tales; pero a los que son
aficionados a lo bueno, esles apacible lo que naturalmente lo es, cuales
son los hechos virtuosos. De manera que a éstos les son apacibles, y por
sí mismos lo son, ni la vida dellos tiene necesidad de que se le añada
contento como cosa apegadiza, sino que ella misma en sí misma se lo tiene.
Porque conforme a lo que está dicho, tampoco será hombre de bien el que
con los buenos hechos no se huelga, pues que tampoco llamará ninguno justo
al que el hacer justicia no le da contento, ni menos libre al que en los
libres hechos no halla gusto, y lo mismo es en todas las demás virtudes. Y
si esto es así, por sí mismos serán aplacibles los hechos virtuosos, y
asimismo los buenos y honestos, y cada uno dellos muy de veras, si bien
juzga dellos el hombre virtuoso, y pues juzga bien, según habemos dicho,
síguese que la felicidad es la cosa mejor y la más hermosa y la más suave,
ni están estas tres cosas apartadas como parece que las aparta el epigrama
que en Delos está escrito:
De todo es lo muy justo más honesto,
lo más útil, tener salud entera,
lo más gustoso es el haber manera
como goces lo que amas, y de presto.
Porque todas estas cosas concurren en los muy buenos ejercicios, y
decimos que o éstos, o el mejor de todos ellos, es la felicidad. Aunque
con todo eso parece que tiene necesidad de los bienes exteriores, como ya
dijimos. Porque es imposible, a lo menos no fácil, que haga cosas bien
hechas el que es falto de riquezas, porque ha de hacer muchas cosas con
favor, o de amigos, o de dineros, o de civil poder, como con instrumentos,
y los que de algo carecen, como de nobleza, de linaje, de hijos, de
hermosura, parece que manchan la felicidad. Porque no se puede llamar del
todo dichoso el que en el rostro es del todo feo, ni el que es de vil y
bajo linaje, ni el que está sólo y sin hijos, y aun, por ventura, menos el
que los tiene malos y perversos, o el que teniendo buenos amigos se le
mueren. Parece, pues, según habemos dicho, que tiene necesidad de
prosperidad y fortuna semejante. De aquí sucede que tinos dicen que la
felicidad es lo mismo que la buenaventura, y otros que lo mismo que la
virtud.
Levantado a resolución en el capítulo pasado, Aristóteles, cómo la
prosperidad consiste principalmente en el vivir conforme a razón y virtud,
aunque para mejor hacerlo esto se requiere también la prosperidad en las
cosas humanas, disputa agora cómo se alcanza la prosperidad, si por
sciencia, o por costumbre, o por voluntad de Dios, y concluye, que, pues,
en la prosperidad tantas cosas contienen, dellas vienen por fortuna, como
la hermosura, dellas por divina disposición, como las inclinaciones, y
dellas por hábito y costumbres de los hombres, como las virtudes.
Capítulo IX
De donde se duda si la prosperidad es cosa que se alcance por
doctrina, o por costumbre y uso, o por algún otro ejercicio, o por algún
divino hado, o por fortuna. Y si algún otro don de parte de Dios a los
hombres les proviene, es conforme a razón creer que la felicidad es don de
Dios, y tanto más de veras, cuanto ella es el mejor de los dones que darse
pueden a los hombres. Pero esto a otra disputa por ventura más
propriamente pertenece. Pero está claro que aunque no sea don de Dios,
sino que o por alguna virtud y por alguna sciencia, o por algún ejercicio
se alcance, es una cosa de las más divinas. Porque el premio y fin de la
virtud está claro que ha de ser lo mejor de todo, y una cosa divina y
bienaventurada. Es asimismo común a muchos, pues la pueden alcanzar todos
cuantos en los ejercicios de la virtud no se mostraren flojos ni cobardes,
con deuda de alguna doctrina y diligencia. Y si mejor es desta manera
alcanzar la felicidad que no por la fortuna, es conforme a razón ser así
como decimos, pues aun las cosas naturales es posible ser desta manera muy
perfetas, y también por algún arte y por todo género de causas, y
señaladamente por la mejor dellas. Y atribuir la cosa mejor y más perfeta
a la fortuna, es falta de consideración y muy gran yerro. A más de que la
razón nos lo muestra claramente esto que inquirimos. Porque ya está dicho
qué tal es el ejercicio del alma conforme a la virtud. Pues de los demás
bienes, unos de necesidad han de acompañarlo, y otros como instrumentos le
han de dar favor y ayuda. Todo esto es conforme a lo que está dicho al
principio. Porque el fin de la disciplina de la república dijimos ser el
mejor, y ésta pone mucha diligencia en que los ciudadanos sean tales y tan
buenos, que se ejerciten en todos hechos de virtud. Con razón, pues, no
llamamos dichoso ni al buey, ni al caballo, ni a otro animal ninguno, pues
ninguno dellos puede emplearse en semejantes ejercicios. Y por la misma
razón ni un mochacho tampoco es dichoso, porque por la edad no es aún apto
para emplearse en obras semejantes, y si algunos se dicen, es por la
esperanza que se tiene dellos, porque, como ya está dicho, requiérese
perfeta virtud y perfeta vida. Porque succeden mudanzas y diversas
fortunas en la vida, y acontece que el que muy a su placel esta, venga a
la vejez a caer en muy grandes infortunios, como de Príamo cuentan los
poetas. Y al que en semejantes desgracias cae y rniserablemente fenece,
ninguno lo tiene por dichoso.
En el décimo capítulo, tomando ocasión de un dicho que Solón
Ateniense dijo a Creso, Rey de Lidia, que ninguno se había de decir
dichoso mientras viviese, por las mudanzas que succeden tan varias en la
vida, disputa cuándo se ha de llamar un hombre dichoso. Demuestra que si
la felicidad depende de las cosas de fortuna, ni aun después de muerto no
se puede decir uno dichoso, por las varias fortunas que a las prendas que
acá deja: hijos, mujer, padres, hermanos, amigos, les pueden succeder, y
que por esto es mejor colocar la felicidad en el uso de la recta razón,
donde pueda poco o nada la fortuna.
Capítulo X
Por ventura, pues, es verdad, que ni aun a otro hombre ninguno no lo
hemos de llamar dichoso mientras viva, sino que conviene, conforme al
dicho de Solón, mirar el fin. Y si así lo hemos de afirmar, será dichoso
el hombre después que fuere muerto. Lo cual es cosa muy fuera de razón,
especialmente poniendo nosotros la felicidad en el uso y ejercicio. Y si
al muerto no llamamos dichoso, tampoco quiso decir esto Solón, sino que
entonces habemos de tener a un hombre por dichoso seguramente, cuando de
males y desventuras estuviere libre. Pero esto también tiene alguna duda,
porque el muerto también parece que tiene sus males y sus bienes como el
vivo, que no siente cómo son honras y afrentas, prosperidades y
adversidades de hijos o de nietos, y esto parece que causa alguna duda.
Porque bien puede acaecer que uno viva hasta la vejez prósperamente y que
acabe el curso de su vida conforme a razón y con todo esto haya muchas
mudanzas en sus descendientes, y que unos dellos sean buenos y alcancen la
vida cual ellos la merecen, y otros al contrario. Cosa es, pues, cierta,
que es posible quellos caminen en la vida muy fuera del camino de sus
padres. Cosa, pues, cierto sería muy fuera de razón, que el muerto mudase
juntamente de fortuna, y que unas veces fuese dichoso y otras desdichado;
pero también es cosa fuera de razón decir que ninguna cosa de las de los
hijos por algún tiempo no toque a los padres. Pero volvamos a la primera
duda nuestra, porque por ventura della se entenderá lo que agora
disputábamos. Pues si conviene considerar el fin y entonces tener a uno
por dichoso, no como a hombre que lo sea entonces, sino como a quien lo ha
sido primero, ¿cómo no, será esto disparate, que cuando uno es dichoso no
se diga con verdad que lo es siéndolo, por no querer llamar dichosos a los
que viven, por las mudanzas de las cosas y por entender que la felicidad
es una cosa firme y que no se puede fácilmente trastrocar, y que las cosas
de fortuna se mudan a la redonda en los mismos muchas veces?; porque cosa
cierta es que, si seguimos las cosas de fortuna, a un mismo unas veces le
diremos dichoso y otras desdichado, y esto muchas veces, haciendo al
dichoso un camaleón sin seguridad ni firmeza ninguna, puesto no es bien
decir que se han de seguir las cosas de fortuna. Porque no está en ellas
el bien o el mal, sino que tiene dellas necesidad la vida humana, como
habemos dicho. Pero lo que es proprio de la felicidad son los actos y
ejercicios virtuosos, y de lo contrario los contrarios. Conforma con
nuestra razón lo que agora disputábamos. Porque en ninguna cosa humana
tanta seguridad y firmeza hay como en los ejercicios de virtud, los cuales
aun parecen más durables que las sciencias, y de estos mismos los más
honrosos y más durables, porque en éstos viven y se emplean más a la
continua los dichosos; y esta es la causa por donde no pueden olvidarse
dellos. Todo esto que habemos inquirido se hallará en el dichoso, y él
será tal en su vivir, porque siempre y muy continuamente hará y
contemplará las obras de virtud, y las cosas de la fortuna pasarlas ha muy
bien y con muy gran discreción, como aquel que es de veras bueno y de
cuadrado asiento, sin haber en él que vituperar. Siendo, pues, muchas las
cosas de la fortuna, y en la grandeza o pequeñez diversas, las pequeñas
prosperidades, y de la misma manera sus contrarias, cosa cierta es que no
hacen mucho al caso para la vida; pero las grandes y que succeden bien en
abundancia, harán más próspera la vida y más dichosa, porque éstas
puédenla esclarecer mucho y el uso de ellas es bueno y honesto; y las que,
por el contrario, succeden, afligen y estragan la felicidad, porque
acarrean tristezas y impiden muchos ejercicios. Aunque, con todo esto, en
éstas resplandece la bondad, cuando uno sufre fácilmente muchos y graves
infortunios, no porque no los sienta, sino por ser generoso y de grande
ánimo. Pues si los ejercicios son proprios de la vida, como habemos dicho,
ningún dichoso será en tiempo alguno desdichado, porque jamás hará cosas
malas ni dignas de ser aborrecidas. Porque aquel que de veras fuere bueno
y prudente, entendemos que con mucha modestia y buen semblante sufrirá
todas las fortunas, y conforme a su posibilidad hará siempre lo mejor;
porque así como un prudente capitan usa lo mejor que puede del ejército
que tiene en perjuicio de sus enemigos, y un zapatero del cuero que
alcanza procura hacer bien un zapato, de la misma manera los demás
artífices procuran de hacerlo. De manera que el de veras dichoso nunca
volverá a ser desdichado; pero tampoco será dichoso si en las desdichas de
Príamo cayere, pero no será variable ni caerá de su firmeza fácilmente,
porque de su prosperidad no le derribarán fácilmente y de ligero ni con
cualesquiera desventuras, sino con muy muchas y muy grandes. Y de la misma
manera, por el contrario, no se hará dichoso en poco tiempo, sino si por
algún largo tiempo viniere a alcanzar en sí mismo cosas grandes y
ilustres. ¿Por qué no podrá, pues, llamarse dichoso el que conforme a
perfeta virtud obra, y de los exteriores bienes es bastantemente dotado,
no por cualquier espacio de tiempo, sino por todo el discurso de su vida?
O ¿habrase de añadir que ha de vivir desta manera, y acabar su vida
conforme a razón, pues lo porvenir no lo sabemos, y la prosperidad ponemos
que es el fin y total perfición del todo y donde quiera? Y si esto es así,
aquéllos diremos que entre los que viven son dichosos, los cuales tienen y
ternán todo lo que habemos dicho. Digo dichosos, conforme a la felicidad y
dicha de los hombres. Y, cuanto a esto, basta lo tratado.
En el XI capítulo, disputa si las prosperidades de los amigos, hijos
o nietos, o las adversidades, hacen o deshacen la felicidad. Y concluye
ser lo mismo en esto, que en los bienes de fortuna, y que, por sí solos,
ni la hacen ni deshacen, sino que valen para más o menos adornarla.
Capítulo XI
Pero decir que las fortunas de los hijos o nietos, y las de todos los
amigos, no hacen nada al caso, cosa, cierto, parece muy ajena de amistad y
contra las comunes opiniones de las gentes. Pero como son muchas cosas las
que acaecen, y de muchas maneras, y unas hacen más al caso y otras, menos,
tratar en particular de cada una, sería cosa prolija y que nunca ternía
fin. Pero tratandolo así en común y por ejemplos, por ventura se tratará
bastantemente. Porque de la misma manera que en las proprias desgracias,
unas hay que tienen algún peso y fuerza para la vida, y otras que parecen
de poca importancia, de la misma manera es en las cosas de todos los
amigos. Pero hay mucha diferencia en cada una de las desgracias, si
acaecen a los vivos, o a los que ya son muertos, harto mayor que hay de
representarse en las tragedias las cosas ajenas de razón y ley, y fuertes,
al hacerlas. Pero de esta manera habemos de sacar por razón la diferencia,
o, por mejor decir, habemos de disputar de los muertos, si participan de
algún bien, o de mal alguno. Porque parece que se colige de lo que está
dicho, que, aunque les toque cualquier bien, o su contrario, será cosa de
poca importancia y tomo, o en sí, o, a lo menos, cuanto a lo que toque a
ellos, o si no, a lo menos tal y tan grande, que no baste a hacer dichosos
a los que no lo eran, ni, a los que lo eran, quitarles su felicidad.
Parece, pues, que las prosperidades de los amigos importan a los muertos
algo, y asimismo las desdichas; pero hasta tanto y de tal suerte, que ni a
los dichosos hagan desdichados, ni a los desdichados les acarreen
felicidad, ni cosa otra alguna desta manera.
En el capítulo XII disputa si la felicidad es cosa de alabar, o
despreciable, y prueba que no se ha de alabar, sino preciar, porque lo que
se alaba es por razón que importa para algún bien, y así tiene manera de
oficio menor; pero la felicidad, como sea último fin, no importa para
nada, antes las otras cosas importan para ella. Cuestión es del vocablo, y
no muy útil, y aun ajena del común modo de hablar, porque bien puedo yo
alabar una cosa de todas las grandezas que en sí tiene, sin dirigirla a
fin alguno, y nuestra religión cristiana está llena de alabanzas de Dios,
que es nuestra verdadera felicidad, la cual nunca acabó de conocer la
gentil Filosofía.
Capítulo XII
Declaradas ya estas cosas, disputemos de la misma felicidad, si es
una de las cosas que se han de alabar, o de las que se han de tener en
precio y estima. Porque manifiesta cosa es que no es de las cosas que
consisten en facultad; y parece que todo lo que es de alabar, se alaba por
razón de ser tal o tal, y porque en alguna manera a otra cosa alguna se
refiere. Porque al varón justo y al valeroso, y generalmente al buen varón
y a la virtud misma, por razón de las obras y de los efectos la alabamos;
y al robusto y al ligero, y a cada uno de los demás, por ser de tal
calidad y valer algo para alguna cosa buena y virtuosa. Veese esto
claramente en las alabanzas de los dioses, las cuales parecen dignas de
risa atribuidas a nosotros. Lo cual succede porque las alabanzas se dan,
como habemos dicho, conforme al respecto de lo que se alaba. Pues si la
alabanza es deste jaez, manifiesta cosa es que de las cosas mejores no hay
alabanza, sino alguna cosa mayor y mejor que la alabanza, como se vee a la
clara. Porque a los dioses juzgamos los por bienaventurados y dichosos, y
asimismo entre los hombres, a los más divinos juzgamos por
bienaventurados; y esto mismo es en las cosas buenas, porque ninguno alaba
la felicidad como quien alaba lo justo, sino que como a cosa mejor y, más
divina la bendice. Y así parece que Eudoxo favorece muy bien al regalo en
cuanto a los premios. Porque en decir que siendo una de las cosas buenas
no se ha de alabar, parecíale que daba a entender ser cosa de más ser que
las que se alaban, y que tal era Dios y el sumo bien, porque a estas todas
las demás cosas se refieren. Porque la alabanza es de la virtud, pues
della salen pláticos los hombres en el hacer cosas ilustres, y las
alabanzas por las obras se dan, y de la misma manera en las cosas del
cuerpo y del espíritu. Pero tratar particularmente destas cosas, por
ventura les toca mis propriamente a los que se ejercitan en escribir
oraciones de alabanzas, que a nosotros; cónstanos de lo que está dicho que
la felicidad es una de las cosas dignas de ser en precio tenidas y
perfetas. Parece asimismo ser esto así por razón de ser ella el principio,
pues por causa désta todos hacemos todo lo demás, y el principio y causa
de todos los bienes presuponemos que es cosa digna de preciar y muy
divina.
Mostrado ha Aristóteles cómo la verdadera felicida, consiste en vivir
conforme a perfeta razón, aunque para mejor poder poner las cosas buenas
en ejecución, es bien que juntamente con ello haya prosperidad en las
cosas exteriores que llamamos de fortuna, muestra agora por qué parte toca
a la disciplina de la república tratar de las virtudes, y es porque no es
otra cosa virtud, sino hecho conforme a recta y perfecta razón; de manera
que vivir felice y prósperamente y vivir conforme a recta y perfecta
razón, y vivir conforme a virtud, todo es una cosa. Y como la virtud sea
la perfección del alma, y el alma, según Platón y según todos los graves
filósofos, tenga dos pares: una racional, en que consiste el entendimiento
y uso de, razón, y otra apetitiva, en que se ponen todos los afectos, hace
dos maneras de virtudes: unas del entendimiento, y otras tocantes al
reprimir los afectos, que se llaman virtudes morales, y así de las unas
como de las otras pretende tratar en los libros siguientes, de manera que
queda ya trazada obra para ellos.
Capítulo XIII
Y pues la felicidad es un ejercicio del alma conforme a perfecta
virtud, habremos de tratar de la virtud, porque por ventura desta manera
consideraremos mejor lo de la felicidad. Y el que de veras trata la
disciplina y materia de la república, parece que se ha de ejercitar en
esta consideración y disputa muy de veras, porque pretende hacer buenos
los ciudadanos y obedientes a las leyes, en lo cual tenemos por ejemplo y
muestra a los legisladores de los Candiotas o Cretenses y a los de los
Lacedemonios, y si otros ha habido de la misma suerte. Y si esta
consideración es aneja a disciplina de república, manifiesta cosa es que
esta disputa es conforme al propósito que tomamos al principio. Y
entiéndese, que habemos de tratar de la virtud humana, pues inquirimos el
sumo bien humano y la felicidad humana. Y llamamos virtud humana, no a la
del cuerpo, sino a la del alma, y la felicidad decimos que es ejercicio
del alma. Y si esto es desta manera, claramente se vee que le cumple al
que tratare esta materia las cosas del alma tenerlas entendidas de la
misma manera que el que ha de curar los ojos y todo el cuerpo, y tanto más
de veras, cuanto de mayor estima y mejor es la disciplina de la república
que no la medicina. Y los más insignes médicos de la noticia del cuerpo
tratan largamente. De manera que, el que trata esta materia, está obligado
a considerar las cosas del alma, pero por razón de las virtudes y no más
de lo que sea menester para lo que se disputa. Porque quererlo declarar
por el cabo, más aparato por ventura requiere que lo que está propuesto, y
ya dellas se trata bastantemente en nuestras Disputas vulgares, de quien
se habrá de servir. Como agora que una parte della es incapaz de razón y
otra que usa de razón. Y si estas dos partes están así divisas como las
partes del cuerpo, y como todo lo que partes tiene, o si son dos cosas
sólo en cuanto a la consideración, no estando, en realidad de verdad,
partidas la una de la otra, como en la redondez del círculo la concavidad
y extremidad, para la presente disputa no hace nada al caso. Pero en la
parte que no es capaz de razón, hay algo que parece a lo común y vital,
digo aquello que es causa del mantenerse y del crecer, porque esta
facultad del alma a todas las cosas que toman mantenimiento la dará quien
quiera, y aun a lo que se forma en el vientre de la madre, y la misma les
atribuirá a los ya perfectos, a quien conforme a razón se les ha de
conceder si se ha de conceder alguna otra. La virtud, pues, desta común
virtud parece, y no propria de los hombres. Porque esta parte y facultad
en el tiempo del sueño parece que tiene más vigor, y el bueno y el malo no
tienen diferencia ninguna mientras duermen, por lo cual dicen que los
prósperos y los miserables en cuanto a la mitad de la vida en ninguna cosa
difieren. Lo cual parece conforme a razón, porque el sueño es un reposo o
sosiego del alma, así de la virtuosa como de la viciosa, excepto, si
acaso, por algún poco de tiempo les pasan algunos movimientos, en lo cual
mejores son los ensueños de los modestos que los de los otros
cualesquiera. Pero en fin, en cuanto a esta materia, baste lo dicho.
Habemos, pues, de dejar a una parte, la facultad del mantenimiento, pues
no tiene parte de la virtud humana. Pero parece haber, otra alguna
naturaleza del alma, también incapaz, de razón, pero que en alguna manera
tiene alguna como sombra della. Porque alabamos la razón, así del hombre
templado en su vivir como la de el disoluto; y asimismo en el alma aquella
parte que capaz es de razón, porque induce muy bien y inclina a lo mejor.
Pero en éstos parece haber otra cosa hecha fuera de razón, lo cual se pone
contra la razón y pelea contra ella. Porque en realidad de verdad, así
como cuando las partes de nuestro cuerpo están fuera de su lugar, si las
queremos mover hacia la parte derecha, ellas, al contrario, se mueven a la
izquierda, de la misma manera acontece en lo del alma, porque los deseos
de los disolutos siempre se encaminan al contrario. Sino que en los
cuerpos vemos lo que va fuera de su movimiento, y en el alma no lo vemos.
Pero no menos habemos de creer que hay en el alma alguna cosa fuera de
razón que contradice y resiste a la razón. La cual, como sea diferente, no
hace al caso disputarlo. Pero aun esta parte parece que alcanza, como
habernos dicho, alguna manera de razón; porque en el varón templado en su
vivir obedece a la razón, y aun por ventura en el templado y juntamente
valeroso ya obedece más, porque todas las cosas conforman con la razón.
Consta, pues, que lo que en nosotros no es capaz de razón, tiene dos
partes. Porque la vital parte en ninguna manera alcanza uso ni parte de
razón. Pero la parte en que consisten los deseos y apetitos, en alguna
manera alcanza parte de razón, en cuanto se subjeta a ella y la obedece.
Porque desta manera decimos que nos regimos por la razón del padre y de
los amigos, y no de la manera que los matemáticos toman la razón. Y que
sea verdad que la parte que es sin razón se subjete a la razón, claramente
nos lo muestran las exhortaciones y todas las reprehensiones y consuelos.
Y pues si conviene decir que ésta alcanza parte de razón, lo que consiste
en razón terná dos partes: la una que en sí misma tiene la razón, y
propriamente se dice tener uso de razón, y la otra que es como el que
escucha los consejos de su padre. Conforme a esta división y diferencia se
divide asimismo la virtud, porque unas dellas decimos que consisten en el
entendimiento, y otras en las costumbres. Porque la sabiduría y el
conocimiento y la prudencia llámanse virtudes del entendimiento, pero la
liberalidad y la templanza virtudes de costumbres. Porque hablando de las
costumbres de uno, no decimos que es sabio ni que es discreto, sino que es
benigno y templado en su vivir. Y también alabamos al sabio conforme al
hábito que tiene, y todos los hábitos dignos de alabanza llamámoslos
virtudes.
Fin del primer libro
Aristóteles
La Ética
Libro segundo
*********
De los morales de Aristóteles, escritos a Nicomaco
En el libro primero ha mostrado Aristóteles ser el último fin de los
hechos la felicidad, y consistir la verdadera felicidad en el vivir
conforme a buen uso de razón, que es conforme a virtud perfecta, aunque
para mejor ponerla en uso se requiere tener favor de las cosas de fortuna;
y que toca a la disciplina de la república tratar de las virtudes, como de
aquellas que son medio para alcanzar la felicidad, y que, pues son dos las
partes del alma, una racional y otra apetitiva, que hay dos maneras de
virtudes de que se ha de tratar, unas tocantes al entendimiento, y otras a
los afectos y costumbres. En el segundo disputa y considera otras cosas
tocantes en común a todas las virtudes, como es de dónde proceden las
virtudes, qué es lo que las estraga y destruye, en qué materia consisten,
cómo se alcanzan, y otras cosas como éstas.
En el primer capítulo demuestra cómo las virtudes del entendimiento
se alcanzan con doctrina, tiempo y ejercicio, y las morales con ejercicios
de actos virtuosos.
Capítulo primero
Habiendo, pues, dos maneras de virtudes, una del entendimiento y otra
de las costumbres, la del entendimiento, por la mayor parte, nace de la
doctrina y crece con la doctrina, por lo cual tiene necesidad de tiempo y
experiencia; pero la moral procede de la costumbre, de lo cual tomó el
nombre, casi derivándolo, en griego, deste nombre: ethos, que significa,
en aquella lengua, costumbre. De do se colige que ninguna de las morales
virtudes consiste en nosotros por naturaleza, porque ninguna cosa de las
que son tales por naturaleza, puede, por costumbre, hacerse de otra
suerte: como la piedra, la cual, naturalmente, tira para abajo, nunca se
acostumbrará a subir de suyo para arriba, aunque mil veces uno la avece
echándola hacia arriba; ni tampoco el fuego se avezará a bajar de suyo
para abajo, ni ninguna otra cosa de las que de una manera son naturalmente
hechas, se podrá acostumbrar de otra diferente. De manera que ni
naturalmente ni contra natura están las virtudes en nosotros, sino que
nosotros somos naturalmente aptos para recebirlas, y por costumbre después
las confirmamos. A más desto, en todas las cosas que nos provienen por
naturaleza primero recebimos sus facultades o potencias, y después hacemos
los efectos, como se vee manifiestamente en los sentidos. Porque no de ver
ni de oír muchas veces nos vino el tenor sentidos, antes al contrario, de
tenerlos nos provino el usar dellos, y no del usar el tenerlos. Pero las
virtudes recebímoslas obrando primero, como en las demás artes. Porque lo
que habemos de hacer después de doctos, esto mismo haciéndolo aprendemos,
como edificando se hacen albañires, y tañendo cítara tañedores della. De
la misma manera, obrando cosas justas nos hacemos justos, y viviendo
templadamente templados, y asimismo obrando cosas valerosas valerosos, lo
cual se prueba por lo que se hace en las ciudades. Porque los que hacen
las leyes, acostumbrando, hacen a los ciudadanos buenos, y la voluntad de
cualquier legislador es esta misma, y todos cuantos esto no hacen bien, lo
yerran del todo. Y en esto difiere una república de otra, digo la buena de
la mala. Asimismo toda virtud con aquello mismo con que se alcanza se
destruye, y cualquier arte de la misma suerte. Porque del tañer cítara
proceden los buenos tañedores y los malos, y a proporción desto los
albañires y todos los demás, porque de bien edificar saldrán buenos
albañires o arquitectos, y de mal edificar malos. Porque si así no fuese,
no habría necesidad de maestros, sino que todos serían buenos o malos. Y
de la misma manera acaece en las virtudes, porque obrando en las
contrataciones que tenemos con los hombres, nos hacemos unos justos y
otros injustos; y obrando en las cosas peligrosas, y avezándose a temer o
a osar, unos salen valerosos, y cobardes otros. Y lo mismo es en las
codicias y en las iras, porque unos se hacen templados y mansos, y otros
disolutos y alterados: los unos, de tratarse en aquéllas desta suerte, y
los otros desta otra. Y, por concluir con una razón: los hábitos salen
conformes a los actos. Por tanto, conviene declarar qué tales han de ser
los actos, pues conforme a las diferencias dellos los hábitos se siguen.
No importa, pues, poco, luego dende los tiernos años acostumbrarse desta
manera o de la otra, sino que es la mayor parte, o, por mejor decir, el
todo.
En el capítulo II trata cómo las virtudes son medianias entre excesos
y defectos, y pruébalo por analogía o proporción de las cosas corporales,
pues vemos que, de exceso de demasiado mantenimiento, vienen a estragar
los hombres su salud, y también de falta dél: y lo mismo es en las demás
cosas.
Capítulo II
Pero por cuanto la presente disputa no se aprende por sólo saberla,
como las otras sciencias (porque no por saber qué cosa es la virtud
disputamos, sino por hacernos buenos, porque en otra manera no fuera útil
la disputa), de necesidad habemos de considerar los actos cómo se han de
hacer, porque, como habemos dicho, ellos son los señores y la causa de que
sean tales o tales los hábitos. Presupongamos, pues, que el obrar conforme
a recta razón es común de todas ellas. Porque después trataremos dello, y
declararemos cuál es la recta razón y cómo se ha con las demás virtudes.
Esto asimismo se ha de conceder, que toda disputa, donde se trate de los
hechos, conviene que se trate por ejemplos, y no vendiendo el cabello,
como ya dijimos al principio, porque las razones se han de pedir conforme
a la materia que se trata, pues las cosas que consisten en acción y las
cosas convenientes, ninguna certidumbre firme tienen, de la misma manera
que las cosas que a la salud del cuerpo pertenecen. Y pues si lo que se
trata así en común y generalmente es tal, menos certidumbre y firmeza
terná lo que de las cosas en particular y por menudo se tratare, porque
las cosas menudas y particulares no se comprehenden debajo de arte alguna
ni preceptos, sino que los mismos que lo han de hacer han de considerar
siempre la oportunidad, como se hace en la medicina y arte de navegar.
Pero aunque esta disciplina sea desta manera, con todo esto se ha de
procurar de darle todo el favor que posible fuere. Primeramente, pues,
esto se ha de entender, que todas las cosas deste jaez se pueden gastar y
errarse por defecto y por exceso (porque en lo que no se vee ocularmente
conviene usar de ejemplos manifiestos), como vemos que acontece en la
fuerza y la salud. Porque los demasiados ejercicios, y también la falta
dellos, destruyen y debilitan nuestras fuerzas. De la misma manera el
beber y el comer, siendo más o menos de lo que conviene, destruye y
estraga la salud; pero tomados con regla y con medida, la dan y
acrecientan, y conservan. Lo mismo, pues, acontece en la templanza y en la
fortaleza, y en todas las otras maneras de virtudes. Porque el que de toda
cosa huye y toda cosa teme y a ninguna cosa aguarda, hácese cobarde, y,
por el contrario, el que del todo ninguna cosa teme, sino que todas cosas
emprende, hácese arriscado y atrevido. De la misma manera, el que a todo
regalo y pasatiempo se da, y no se abstiene de ninguno, es disoluto; pero
el que de todo placer huye, como los rústicos, hácese un tonto sin
sentido. Porque la templanza y la fortaleza destrúyese por exceso y por
defecto, y consérvase con la medicina. Y no solamente el nacimiento y la
crecida y la perdición dellas procede destas cosas y es causa dellas, pero
aun los ejercicios mismos consisten en lo mismo, pues en las otras cosas
más manifiestas acaece desta suerte, como vemos en las fuerzas, las cuales
se alcanzan comiendo bien y ejercitándose en muchas cosas de trabajo, y el
hombre robusto puédelo esto hacer muy fácilmente. Lo mismo, pues, acontece
en las virtudes, porque absteniéndonos de los regalos y pasatiempos nos
hacemos templados, y siendo templados nos podemos abstener dellos
fácilmente. Y de la misma manera en la fortaleza, porque acostumbrándonos
a tener en poco las cosas temerosas y esperarlas, nos hacemos valerosos, y
siendo valerosos, podremos fácilmente aguardar las cosas temerosas.
En el capítulo III propone la materia de los vicios y virtudes, la
cual dice ser contentos y tristezas. Porque la misma acción que es pesada
por su mal hábito al vicioso, y por la misma razón le causa tristeza, esta
misma al virtuoso, por su buen hábito y costumbre, le es fácil y le da
contento.
Capítulo III
Habemos de tener por cierta señal de los hábitos el contento o
tristeza que en las obras se demuestra, porque el que se abstiene de los
regalos y pasatiempos corporales, y halla contento en el abstenerse, es
templado; pero el que del abstenerse se entristece, es disoluto. Y el que
aguarda las cosas peligrosas y se huelga con aquello, o a lo menos no se
entristece dello, es valeroso; pero el que se entristece, dícese cobarde.
Porque la moral virtud en contentos y tristezas se ejercita, pues por el
regalo hacemos cosas malas, y por la tristeza nos abstenemos de las
buenas. Por lo cual conviene, como dice Platón, que luego dende la niñez
se avecen los hombres a holgarse con lo, que es bien que se huelguen, y a
entristecerse de lo que es bien que se entristezcan, porque ésta es la
buena doctrina y crianza de los hombres. A más desto, si las virtudes
consisten en las accioney afectos, y en toda acción y afecto se sigue
contento o tristeza, colígese de aquí que la virtud consiste en contentos
y tristezas. Veese claro esto por los castigos que por estas cosas se dan,
los cuales son como unas curas, y las curas hanse de hacer por los
contrarios. Asimismo cualquier hábito del alma, como poco antes dijimos, a
las cosas que lo pueden hacer peor o mejor endereza su naturaleza y
consiste en ellas, pues manifiesto está que por los halagos del regalo y
temores de la tristeza se hacen cosas malas, por seguir o huir de las que
no conviene, o cuando no conviene, o como no conviene, o de cualquier otra
manera que la razón juzga destas cosas. Por esto difinen las virtudes ser
unas seguridades de pasiones y sosiegos del espíritu, pero no bien, por
hablar así generalmente y no añadir, como conviene, y como no conviene, y
cuando conviene, y todas las demás cosas que se añaden. Presupónese, pues,
que la virtud esta de que se trata, es cosa que en materia de contentos y
tristezas nos inclina a que hagamos lo mejor, y que el vicio es lo que nos
inclina a lo contrario. Pero por esto que diremos se entenderá más claro.
Tres cosas hay que nos mueven a elegir una cosa: lo honesto, lo útil, lo
suave, y sus tres contrarios a aborrecerla: lo deshonesto, lo dañoso, y lo
pesado y enfadoso; en lo cual el bueno siempre acierta tanto cuanto yerra
el malo, pero especialmente en lo que al contento toca y al regalo. Porque
éste es común a todos los animales, y a todo lo que elección de cosas hace
le es anejo. Porque lo honesto y lo útil también parece suave y aplacible.
A más desto, base criado dende la niñez juntamente con nosotros, por lo
cual es cosa dificultosa despedir de nosotros este afecto, si una vez en
el alma está arraigado. Todos también, cuál más, cuál menos, reglamos
nuestras obras con el contento y la tristeza, por lo cual hay necesidad
que en esta disputa se trate destas cosas, por lo que no importa poco el
alegrarse o entristecerse para el hacer las cosas bien o mal. Asimismo es
más dificultoso resistir al regalo que a la ira, como dice Heráclito, y en
las más dificultosas cosas se emplea siempre el arte y la virtud, porque
el acertar en ellas es cosa más insigne. De manera que, siquiera por esto,
ha de tratar curiosamente de los contentos y desabrimientos o tristezas,
así la disciplina moral como también la de república, porque el que bien
déstas usare, será bueno, y malo el que mal en ellas se empleare. Ya,
pues, está declarado cómo la virtud consiste en contentos y tristezas, y
cómo, lo mismo que la causa, la hace crecer y la destruye cuando de una
misma manera no se hace, y también cómo en los mismos actos de donde nace,
en aquellos mismos se ejercita.
En el capítulo IV propone una objeción que parece que se colige de lo
dicho, para probar que los hábitos no nacen de los actos. Porque si el que
adquiere hábito de justicia ha de obrar cosas de justicia para adquirirlo,
ya, pues obra justicia, será justo, y, por el consiguiente, terná hábito
de justicia. Esta objeción, fácilmente se desata con decir que los actos
del que no está aún habituado son imperfetos, como se vee en el que
aprende a tañer vihuela o cualquier otro instrumento, y por esto no bastan
a darle nombre de perfeto en aquel hábito o arte en que se ejercitare.
Capítulo IV
Dudará por ventura alguno cómo se compadece lo que decimos, que
conviene que ejercitándose en cosas justas se hagan justos, y empleándose
en cosas de templanza templados. Porque si en cosas justas y templadas se
emplean, ya serán justos y templados, así como, si hacen las cosas de
gramática y de música, serán ya gramáticos y músicos. O diremos que no
pasa en las artes desta suerte, porque puede ser que acaso haga uno una
cosa tocante a la gramática, o diciéndole otro cómo ha de hacerlo.
Entonces, pues, será gramático, cuando como gramático hiciere alguna cosa
tocante a la gramática. Quiero decir conforme a la gramática que en sí
mismo tuviere. A más desto, no es todo de una manera en las artes y en las
virtudes, porque lo que en las artes se hace, en sí mismo tiene su remate
y perfición, de manera que basta que se haga como quiera que ello sea;
pero lo que se hace en las cosas de virtud, no de cualquier manera que se
haga, justa y templadamente estará hecho, sino que es menester que el que
lo haga de cierta manera esté dispuesto, porque primeramente ha de
entender lo que hace. A más desto halo de escoger de su propria voluntad y
por sólo fin de aquello, y no por otra causa; terceramente, halo de hacer
con firmeza y constancia. Todas estas cosas en las demás artes ni se miran
ni se consideran, sino que basta sólo el entenderlas. Pero en las cosas de
la virtud, lo que menos hace o nada al caso es el entenderlas, sino que lo
más importante, o por mejor decir el todo, consiste en lo demás, pues del
ejercitarse muchas veces en las cosas justas y templadas, proceden las
virtudes. Entonces, pues, se dicen las cosas justas y templadas, cuando
son tales, cuales las haría un hombre justo y templado en su vivir. Y
aquél es justo y templado en su vivir, que no solamente hace estas obras,
pero las hace como los hombres justos y moderados en el vivir las
acostumbran hacer. Bien, pues, y conforme a razón se dice, que haciendo
cosas justas se hace el hombre justo, y ejercitándose en cosas de
templanza, templado en su vivir. Pero no ejercitándose, por mucho que lo
considere, ninguno se hará bueno. Pero esto los más lo dejan de hacer, y
contentándose con solo tratar las razones, les parece que son filósofos y
que saldrán desta manera virtuosos. A los cuales les acaece lo mismo que a
los enfermos, que escuchan lo que el médico dice atentamente, y después no
hacen nada de lo que él les manda. Y así como aquéllos, curándose de
aquella manera, jamás ternán el cuerpo sano ni de buen hábito dispuesto,
de la misma manera éstos, filosofando desta manera, nunca ternán el alma
bien dispuesta.
Ya que Aristóteles ha declarado ser los buenos ejercicios la origen y
fuente de donde nacen y manan las virtudes, inquiere agora la difinición
de la virtud, y procura darnos a entender qué cosa es la virtud. Y como
toda difinición consta de género y diferencia, como los lógicos lo
enseñan, en el capítulo V prueba ser hábito el género de la virtud, y que
las virtudes ni son facultades naturales ni tampoco son afectos, porque
los afectos no nos dan nombres de buenos, ni malos, lo cual hacen las
virtudes y los vicios, y la misma razón vale para probar que no son
facultades naturales.
Capítulo V
Tras desto habemos de inquirir qué cosa es la virtud. Y pues en el
alma hay tres géneros de cosas solamente: afectos, facultades y hábitos,
la virtud de necesidad ha de ser de alguno destos tres géneros de cosas.
Llamo afectos la la codicia, la ira, la saña, el temor, el atrevimiento,
la envidia, el regocijo, el amor, el odio, el deseo, los celos, la
compasión, y generalmente todo aquello a que es aneja tristeza o alegría.
Y facultades, aquellas por cuya causa somos dichos ser capaces destas
cosas, como aquellas que nos hacen aptos para enojarnos o entristecernos o
dolernos.Pero hábitos digo aquellos conforme a los cuales, en cuanto a los
afectos, estamos bien o mal dispuestos, como para enojarnos. Porque si
mucho nos enojamos o remisamente, estamos mal dispuestos en esto, y bien
si con rienda y medianía, y lo mismo es en todo lo demás. De manera que ni
las virtudes ni los vicios son afectos, porque, por razón de los afectos,
ni nos llamamos buenos ni malos, como nos llamamos por razón de las
virtudes y vicios. Asimismo por razón de los afectos ni somos alabados ni
vituperados, porque ni el que teme es alabado, ni el que se altera, ni
tampoco cualquiera que se altera o enoja comúnmente así es reprehendido,
sino el que de tal o de tal manera lo hace; pero por causa de las virtudes
y los vicios somos alabados o reprehendidos. A más desto, en el enojarnos
o temer no hacemos elección; pero las virtudes son elecciones o no, sin
elección. Finalmente, por causa de los afectos decimos que nos alteramos o
movemos; pero por causa de las virtudes o vicios no decimos que nos
movemos, sino que estamos de cierta manera dispuestos. Por las mismas
razones se prueba no ser tampoco facultades; pues por sólo poder hacer una
cosa, ni buenos ni malos nos llamamos, ni tampoco somos por ello alabados
ni reprehendidos. Asimismo las facultades, naturalmente las tenemos, pero
buenos o malos no somos por naturaleza. Pero desto ya arriba se ha
tratado. Pues si las virtudes ni son afectos ni tampoco facultades, resta
que hayan de ser hábitos. Cuál sea, pues, el género de la virtud, desta
manera está entendido.
Ya que en el capítulo V ha demostrado ser el hábito género de la
virtud, en el sexto demuestra cuál es su diferencia, para que la
difinición de la virtud quede desta manera declarada. Prueba, pues, la
diferencia de la virtud, ser perficionar al hombre para que su proprio
oficio perfetamente haga, lo cual prueba por muchas virtudes y ejemplos.
Capítulo VI
No sólo, pues, conviene decir qué es hábito, sino también qué manera
de hábito. Esto, pues, se ha de confesar ser verdad, que toda virtud hace
que aquello cuya virtud es, si bien dispuesto está, se perficione y haga
bien su proprio oficio. Como la virtud del ojo perficiona el ojo y el
oficio dél, porque con la virtud del ojo vemos bien, de la misma manera la
virtud del caballo hace al caballo bueno y apto para correr y llevar
encima al caballero y aguardar a los enemigos. Y si esto en todas las
cosas es así, la virtud del hombre será hábito que hace al hombre bueno y
con el cual hace el hombre su oficio bien y perfetamente. Lo cual como
haya de ser ya lo habemos dicho, y aun aquí se verá claro si consideramos
qué tal es su naturaleza. En toda cosa continua y que puede dividirse, se
puede tomar parte mayor y parte menor y parte igual, y esto, o en sí
misma, o en respecto nuestro. Es igual lo que es medio entre el exceso y
el defecto; llamo el medio de la cosa, el que igualmente dista de los dos
extremos, el cual en todas las cosas es de una misma manera; pero el medio
en respecto de nosotros es aquello que ni excede ni falta de lo que
conviene, el cual ni es uno, ni el mismo en todas las cosas. Como agora si
diez son muchos y dos pocos, en cuanto a la cosa será el medio seis,
porque igualmente excede y es excedido, y éste, en la proporción
aritmética, es el medio. Pero el medio en respecto nuestro no lo habemos
de tomar desta manera, porque no porque sea mucho comerse cien ducados, y
comerse veinte poco, por eso el que gobierna los cuerpos les dará a comer
sesenta; porque por ventura esto es aún mucho o poco para el que lo ha de
recibir. Porque para uno como Milón, poco sería, pero para el que comienza
a ejercitarse, sería demasiado; y lo mismo es en los ejercicios de la
corrida y de la lucha. Desta manera todo artífice huye del exceso y del
defecto, y busca y escoge lo que consiste en medianía; digo el medio, no
el de la cosa, sino lo que es medio en respecto nuestro. De manera que
toda sciencia desta suerte hace lo que a ella toca perfetamente,
considerando el medio y encaminando a él todas sus obras. Por lo cual
suelen decir de todas las obras que están hechas como deben, que ni se les
puede quitar ni añadir ninguna cosa; casi dando a entender que el exceso y
el defecto estragan la perfición de la cosa, y la medianía la conserva. Y
los buenos artífices, como poco antes decíamos, teniendo ojo a esto hacen
sus obras. Pues la virtud, como más ilustre cosa y de mayor valor que toda
cualquier arte, también inquire el medio como la naturaleza misma. Hablo
de la virtud moral, porque ésta es la que se ejercita en los afectos y
acciones, en las cuales hay exceso y defecto, y su medio, como son el
temer y el osar, el codiciar y el enojarse, el dolerse, y generalmente el
regocijarse y el entristecerse, en todo lo cual puede haber más y menos, y
ninguno dellos ser bien. Pero el hacerlo cuando conviene y en lo que
conviene y con los que conviene y por lo que conviene y como conviene, es
el medio y lo mejor, lo cual es proprio de la virtud. Asimismo en las
acciones o ejercicios hay su exceso y su defecto, y también su medianía; y
la virtud en las acciones y afectos se ejercita, en las cuales el exceso
es error y el defecto afrenta, y el tomar el medio es ganar honra y
acertarlo; las cuales dos cosas son proprias de la virtud. De manera que
la virtud es una medianía, pues siempre al medio se encamina. A más desto,
que el errar una cosa, de varias maneras puede acaecer, porque lo malo es
de las cosas que no tienen fin, como quisieron significar los pitagóricos;
pero lo bueno tiene su remate, y para acertar las cosas no hay más de una
manera. Por donde el errar las cosas es cosa muy fácil, y el acertarlas
muy dificultosa. Porque cosa fácil es dar fuera del blanco, y acertar en
él dificultosa. Y por esto el exceso y el defecto son proprios del vicio,
y de la virtud la medianía:
Porque para la virtud sólo un camino
se halla; y los del vicio son sin tino.
Es, pues, la virtud hábito voluntario, que en respecto nuestro
consiste en una nuedianía tasada por la razón y como la tasaría un hombre
dotado de prudencia; y es la medianía de dos extremos malos, el uno por
exceso y el otro por defecto; asimismo por causa que los unos faltan y los
otros exceden de lo que conviene en los afectos y también en las acciones;
pero la virtud halla y escoge lo que es medio. Por tanto, la virtud,
cuanto a lo que toca a su ser y a la difinición que declara lo que es
medianía, es cierto la virtud, pero cuanto a ser bien y perfección, es
extremo. Pero no todo hecho ni todo afecto es capaz de medio, porque,
algunos, luego en oírlos nombrar los contamos entre los vicios, como el
gozarse de los males ajenos, la desvergüenza, la envidia, y en los hechos
el adulterio, el hurto, el homicidio. Porque todas estas cosas se llaman
tales por ser ellas malas de suyo, y no por consistir en exceso ni en
defecto. De manera que nunca en ellas se puede acertar, sino que siempre
se ha de errar de necesidad. Ni en semejantes cosas consiste el bien o el
mal en adulterar con la que conviene, ni cuando conviene, ni como
conviene, sino que generalmente el hacer cualquier cosa déstas es errar.
De la misma manera es el pretender que en el agraviar y en el cobardear y
en el vivir disolutamente hay medio y exceso y asimismo defecto. Porque
desta manera un exceso sería medio de otro exceso y un defecto medio de
otro. Pues así como en la templanza y en la fortaleza no hay exceso ni
defecto, por ser, en cierta manera, medio entre dos extremos, de la misma
manera en aquellas cosas ni hay medio ni exceso ni defecto, sino que de
cualquier manera que se hagan es errarlas. Porque, generalmente hablando,
ningún exceso ni defecto tiene medio, ni ningún medio exceso ni defecto.
Ya que en el capítulo VI ha sacado en limpio Aristóteles la
definición de la virtud y ha mostrado consistir en la medianía que hay
entre dos extremos viciosos, en el capítulo VII trata, más en particular,
esto de la medianía, y especificándolo más en cada género de virtud, con
ejemplos manifiestos lo da a entender más claramente.
Capítulo VII
Todo esto conviene que se trate, no solamente así en común, pero que
se acomode también a las cosas en particular; porque en materia de hechos
y negocios, lo que se dice ansí en común es más universal, pero lo que se
trata en particular tiene la verdad más manifiesta. Porque los hechos en
las cosas particulares acaecen. Conviene, pues, que la verdad cuadre
también con éstas y concorde. Éstas, pues, hanse de tomar contándolas de
una en una, por menudo. Es, pues, la fortaleza una medianía entre los
temores y los atrevimientos. Pero de los que della exceden, el que excede
en no temer no tiene vocablo proprio (y aun otras muchas cosas hay que no
tienen proprio nombre); el que excede en osar llámase atrevido, mas el que
excede en el temer y falta en el osar, llámase cobarde. Pero entre los
placeres y tristezas no se halla siempre medio, porque solamente se halla
en los placeres y pasatiempos del cuerpo; y entre éstos señaladamente en
aquellos que consisten en el tacto, y en las molestias o tristezas no
tanto. Es, pues, el medio entre éstos la templanza, y el exceso la
disolución. Faltos en el tomar y gozar de los placeres, no se hallan así,
y por esto ni éstos tampoco tienen nombre, pero llámense insensatos o
gente falta de sentido. Asimismo en el dar y recebir dineros es el medio
la liberalidad, y el exceso y defecto la prodigalidad y la escaseza. Estas
dos se han contrariamente en el exceso y el defecto, porque el pródigo
excede en el dar y falta en el recibir, pero el escaso, por el contrario,
es falto en el dar y demasiado en el recibir. Tratamos desto agora así en
suma y por ejemplos, pareciéndonos que para lo presente basta esto. Porque
después se tratará de todo ello más de propósito y al largo. Hay asimismo
en las cosas del interese y dinero otros afectos. Porque la generosidad es
medianía, y difiere el generoso del liberal en esto: que el generoso es el
que bien emplea su dinero en cosas graves, y el liberal el que hace lo
mismo en cosas de no tanto tomo ni de tanta calidad. El exceso de la
generosidad llámase, en griego, muy bien apirokalia, ques como si
dijésemos ignorancia de lo que es perfeto o falta de experiencia de lo
bueno, y también banausía, ques huequeza, y el defecto es vileza y
poquedad de ánimo. Todas éstas difieren de las cosas que consisten en lo
de la liberalidad, pero en qué difieran después lo trataremos. En lo de la
honra y afrenta, la medianía es la magnanimidad o grandeza de ánimo, el
exceso aquel vicio que llamamos hinchazón de ánimo, y el defecto
abatimiento de ánimo. De la misma manera que dijimos que se había la
liberalidad con la generosidad o magnificencia, que diferían en emplearse
la una en cosas de más calidad y la otra en cosas de menos, de la misma se
ha otra medianía que en honras pequeñas se emplea, con la magnanimidad,
que consiste en honras de gran tomo. Porque acontece pretenderse una honra
como conviene, y más y menos de lo que conviene. Y el que en los deseos de
la honra excede, llámese ambicioso, y el que falta despreciador de honra,
y el que entre éstos es medio, no tiene nombre proprio, ni menos lo tienen
tampoco los afectos mismos, si no es la ambición del ambicioso. De do
sucede que los extremos se usurpan el derecho del medio, y nosotros, al
que en esto sigue el medio, algunas veces lo llamamos ambicioso, y otras
veces despreciador de la honra, y unas veces alabamos al que pretende las
honras, y otras al que las desprecia. Lo cual por qué razón lo hagamos,
tratarse ha en lo de adelante. Agora tratemos de las que restan de la
manera que habemos comenzado. En la ira hay también su exceso, su defecto
y su medianía, y como casi todos carecen de nombres, pues al que en esto
tiene el medio llamamos manso, la medianía dello llamarla hemos
mansedumbre, y de los extremos el que excede llámese colérico y el vicio
dello cólera, y el que falta simple, y el defecto simplicidad. Hay
asimismo otras tres medíanías que se parecen mucho las unas a las otras,
aunque difieren entre sí. Porque todas ellas consisten en obras y
palabras, y en el uso dellas; pero difieren en que la una consiste en la
verdad que en ellas hay, y las otras en la suavidad. Desto, parte consiste
en la conversación, y parte en las demás cosas tocantes a la vida.
Habemos, pues, de tratar también de todo esto, para que mejor entendamos
cómo en todo es de alabar la medianía, y que los extremos ni son buenos ni
dignos de alabanza, sino de reprehensión. Muchas, pues, destas cosas no
tienen nombre proprio, pero habemos de probar cómo en lo demás de darles y
fingirles nombres, por amor de su declaración y para que vaya bien
continuada la materia. Pues en cuanto a la verdad, el que tiene la
medianía llámase verdadero o hombre de crédito y verdad, y la medianía
digamos que es la misma verdad, y la que la quiere remedar en lo que
excede, fanfarronería, y el que della usa fanfarrón, y el que en lo que es
menos la quiere remedar, disimulado, y el vicio disimulación. En lo que
toca a cosas de suavidad, lo que es cosa de burlas o gracias, el que en
ello guarda medianía llámase gracioso o cortesano, y el tal afecto
cortesanía, pero el exceso truhanería, y el que la trata truhán, y el
defecto grosería, y el que en él cae, rústico o grosero. En la tercera
suavidad que hay en la vida, el que en lo que es bien da gusto y contento,
dícese amigo, y la medianía en esto amistad. Pero el que excede, si por su
proprio interese no lo hace, llámase halagero, y si por su proprio
interese, lisongero, y el que falta y en ninguna cosa es amigo de dar
contento a nadie, dícese terrible y incomportable. En los afectos también,
y en las cosas a ellos anexas hay sus medianías. Porque la vergüenza no es
cierto virtud, pero el que es vergonzoso es alabado. Pero déstos uno
decimos que tiene el medio y otro que el extremo, casi notando de tonto al
que de todas las cosas tiene empacho. Mas el que falta, o el que de
ninguna cosa tiene vergüenza, es desvergonzado, y el que entre éstos tiene
el medio, llámase vergonzoso. La indignación es también medio entre la
invidia y el vicio del que de ajenos males se huelga. Consisten estas
cosas en la tristeza y contento de las cosas que a los vecinos o conocidos
acaecen. Porque el que se indigna, entristécese por los prósperos sucesos
de los que dellos son dignos: el envidioso, excediendo a éste, de todos
los bienes ajenos se entristece, pero el que de males ajenos se huelga,
está tan lejos de entristecerse, que se alegra. Pero desto en otro lugar
habrá mejor oportunidad para tratarlo. Mas de la justicia, pues, tiene
varias partes su consideración; dividiéndola en seis partes, trataremos
por sí de cada una, mostrando cómo son asimismo medianias. Y de la misma
manera de las demás virtudes que tocan al entendimiento.
En el capítulo VIII declara cómo son contrarias estas virtudes y
estos vicios, y asimismo los afectos en que se ejercitan. Demuestra cómo
cada una destas cosas tiene dos contrarios: el medio tiene por contrarios
los extremos, y cada uno de los extremos tiene también por contrarios al
otro extremo con el medio. Pero aquí no es el medio como en los contrarios
naturales, que se hacen por participación de los extremos, como lo tibio,
de participación de caliente y frío, sino que es como regla entre exceso y
defecto, o como peso entre más y menos, o como el camino derecho entre los
que se desinan a mano derecha o a la izquierda.
Capítulo VIII
Siendo, pues, tres estas disposiciones, dos de los vicios, la una por
exceso y la otra por defecto, y una de la virtud, que es la medianía, las
unas a las otras en cierta manera son contrarias. Porque los extremos son
contrarios del medio y el uno del otro por lo mismo, y el medio también de
los extremos. Porque así como lo igual es mayor que lo menor y menor que
lo mayor, asimismo los hábitos, que consisten en el medio, en comparación
de los defectos, son excesos, y en comparación de los excesos, son
defectos, en los afectos y en las obras. Porque el valeroso, comparado con
el cobarde, parece atrevido, y puesto al parangón con el atrevido, parece
cobarde. De la misma manera el templado, conferido con el tonto y
insensato, parece disoluto, y comparado con el disoluto, parece tonto y
insensato. Y el liberal, comparado con el escaso, parece pródigo, y
conferido con el pródigo, parece ser escaso. Por esto los extremos
rempujan al medio, el uno para el otro, y el cobarde llama atrevido al
valeroso, y el atrevido dícele cobarde, y por la misma proporción acaece
en los demás. Siendo, pues, éstos desta manera contrarios en sí, mayor
contrariedad tienen entre sí que con el medio los extremos. Porque más
distancia hay del uno al otro, que de cualquiera dellos al medio, de la
misma manera que lo grande dista más de lo pequeño, y lo pequeño de lo
grande, que cualquiera de ellos de lo igual. A más desto, algunos de los
extremos parece que tienen alguna semejanza y parentesco con el medio,
como el atrevido con la valerosidad o fortaleza, y la prodigalidad con la
liberalidad. Pero los extremos son entre sí muy diferentes; y aquéllos
difinen ser contrarios, que tienen entre sí la mayor distancia; de manera
que las cosas que entre sí mayor distancia tengan, más contrarias serán.
Pero con el medio, en unos tiene mayor contrariedad el defecto, y en otros
el exceso, como a la fortaleza no le es tan contrario el atrevimiento,
siendo exceso, como la cobardía, que es defecto; pero a la templanza no le
es tan contraria la tontedad, siendo defecto, corno la disolución, que es
el exceso, lo cual acaece por dos causas: la una consiste en las mismas
cosas, porque por ser el uno de los extremos más cercano y más semejante
al medio, no aquél, sino el otro le asignamos antes por contrario, como
agora, que porque el atrevimiento parece más a la fortaleza o valerosidad
y le es más cercano, y la cobardía le es más diferente, se la asignamos
más de veras por contrario, porque las cosas que del medio están más
apartadas y remotas, más parecen ser contrarias. Una, pues, de las causas
consiste en la misma cosa, pero la otra de nuestra parte procede. Porque
aquellas cosas a que nosotros de nuestro, naturalmente, más somos
inclinados, parecen ser del medio más contrarias. Como agora nosotros de
nuestro más inclinados somos al regalo, y por esto, con facilidad nos
dejamos caer en la disolución más que en la templanza. Aquellas cosas,
pues, decimos ser más contrarias, en que más fácilmente nos acrecentamos.
Y por esto la disolución, aunque es exceso, es más contraria a la
templanza.
En el nono y último capítulo da Aristóteles un muy prudente consejo
para alcanzar la medianía en los hechos morales y de virtud, y es que, si
no acertamos a tomar el medio perfetamente en nuestros hechos, nos
arrimemos más al extremo con quien el medio menor contrariedad y
diferencia tiene. Como antes a huir de todo pasatiempo, que a querer gozar
de todos los regalos, y antes a osar las cosas arduas, que a temerlas.
Capítulo IX
Cumplidamente está ya declarado cómo la moral virtud es medianía, y
de qué manera y cómo es medianía de dos vicios, el uno por exceso y el
otro por defecto; asimismo cómo la virtud es desta calidad, por
encaminarse siempre al medio en los afectos y en las obras. Por lo cual el
proprio oficio del hombre es ser virtuoso en cada cosa, pues es su oficio
buscar y tomar en cada cosa el medio. Como el hallar el medio en el
círculo no es hecho de quien quiera, sino del que es docto en geometría,
desta misma manera, el enojarse cosa es que quien quiera la hará y fácil,
y asimismo el dar dineros y gastarlos, pero a quién, y cuánto, y cuándo, y
por qué, y cómo, no es hecho de quien quiera ni fácil de hacer; y por esto
el obrar bien es cosa rara y alabada y ilustre. Por tanto, al que al medio
se quiere allegar, conviénele primeramente huir del extremo más contrario,
de la misma manera que en Homero la nimfa Calipso exhorta a Ulises:
Lejos del humo y de las ondas ata
tu nave, do no así se desbarata.
Porque de los extremos, uno es mayor yerro y otro no tan grave. Pero,
pues, alcanzar el medio es negocio muy dificultoso, habemos de tomar en la
no próspera navegación (como dicen vulgarmente) del mal lo menos, lo cual,
sin duda, alcanzaremos de la manera que está dicho. También habemos de
mirar a qué cosas nosotros de nuestro somos más inclinados; porque unos
somos inclinados a uno, y otros a otro, y esto entenderlo hemos fácilmente
del contento o tristeza que en nosotros se causare. Habemos, pues, de
procurar de remar hacia la parte contraria, porque apartándonos lejos de
lo que es errar, iremos al medio; como lo hacen los que enderezan los
maderos que están tuertos. Sobre todo, en cualquier cosa que hiciéremos,
nos habemos de guardar del cebo del regalo. Porque no juzgamos dél como
jueces libres. Y hanos de acaecer lo mismo a nosotros con el regalo, que
les aconteció a los senadores de Troya con Helena, y en todas las cosas
servirnos del parecer y palabras dellos. Porque echándolo de nosotros
desta suerte, menos erraremos. Haciendo, pues, esto (hablando así, en
suma) muy bien podremos alcanzar el medio. Pero por ventura es esto cosa
dificultosa, y más particularmente en cada cosa. Porque no es fácil cosa
determinar cómo, y con quién, y en qué, y cuánto tiempo nos habemos de
enojar; pues aun nosotros algunas veces alabamos a los que faltan en esto,
y los llamamos mansos, y otras veces, a los que se enojan y sienten mucho
las cosas, les decimos que son hombres de rostro y de valor. Pero lo que
excede poco de lo que se debe hacer, no se reprehende, ora sea en exceso,
ora en defecto, sino el que excede mucho, porque éste échase mucho de ver.
Mas determinar con palabras hasta dónde y en cuánto es uno digno de
reprehensión, no es cosa fácil de hacer, como el determinar cualquier otra
cosa de las que con el sentido se perciben. Porque estas cosas en los
negocios particulares y en la experiencia tienen su determinación. Esto a
lo menos se muestra abiertamente, que en todas las cosas es de alabar el
hábito que consiste en medianía, aunque de necesidad alguna vez nos
habemos de derribar a la parte del exceso, y otras a la del defecto,
porque desta manera muy fácilmente alcanzaremos el medio y lo que debemos
hacer para ser buenos.
Fin del segundo libro
Aristóteles
La Ética
Libro tercero
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De los morales de Aristóteles, escritos a Nicomaco y por esto llamados
nicomaquios
Por cuanto en el precedente libro se ha probado ser la virtud acto
voluntario y consistir en la elección y aceptación de nuestra voluntad,
para que mejor se entienda esto, trata en el tercero de los actos de
nuestra voluntad cuáles se hayan de decir libres y cuáles forzados, y si
lo que se hace por temor es voluntario, o no, y en qué consiste la
potestad del libre albedrío. Tras desto comienza de tratar, en particular,
de cada género de virtud, y echa mano primero de las más estimadas, que es
de la fortaleza o valerosidad; y tras della trata de la templanza, con las
cosas que a ambas virtudes son anexas. En el primer capítulo propone la
utilidad desta disputa. Después divide los actos forzosos en dos especies:
unos que se hacen por violencia y otros por ignorancia; y propone sus
diferencias. Disputa asimismo si las cosas que por temor de algunos males
se hacen son voluntarias o forzosas, y prueba la acción dellas ser
voluntaria, pues el principio dellas es la aceptación de nuestra voluntad;
aunque si libre estuviese no las escogería, y por esto concluye ser
acciones mezcladas de elección y violencia, y no ser del todo violentas.
Porque si lo fuesen, no ternían alabanza ni reprehensión.
Capítulo primero
Pues la virtud consiste en los afectos y en las obras, y las
alabanzas y reprehensiones consisten asimismo en cosas voluntarias, y en
las forzosas el perdón, y aun algunas veces duelo y compasión, por ventura
que a los que tratan de cosa de virtud les es necesario definir cuáles
cosas son forzosas y cuáles voluntarias. Esles asimismo útil a los
legisladores para tasar las honras y castigos. Aquellas cosas, pues,
parecen ser forzosas, que por violencia se hacen o por ignorancia.
Violento es aquello cuyo principio procede de fuera, de tal suerte que no
pone de suyo cosa alguna el que lo hace ni el que lo padece, como si el
viento llevase algo a alguna parte, o los hombres que son señores dello.
Mas las cosas que se hacen por temor de algunos males mayores, o por causa
de algún bien, como si un tirano le mandase a uno que hiciese alguna cosa
fea, teniéndole en rehenes sus padres y sus hijos, de tal suerte que si lo
hace se librarán, y si no lo hace morirán, hay disputa si son cosas
voluntarias o forzosas. En las cuales acontece lo mismo que en las
tormentas y borrascas de la mar, cuando se alivian en ellas los navíos.
Porque allí ninguno de su voluntad echa al hondo su hacienda, pero hácenlo
todos los que buen seso tienen, por salvar su vida y las de los que van
con ellos. Son, pues, los hechos semejantes mezclados, aunque más parecen
voluntarios, porque cuando se hacen, consisten en nuestra mano y elección.
Pero el fin de la obra consiste en la ocasión, y hase de decir así lo
voluntario como lo forzoso cuando se hace. Y hacelo voluntariamente, pues
las partes que son instrumento de aquel movimiento y su principio en las
tales acciones, están en el mismo que lo hace, y cuando en el que lo hace
está el principio del hacerlo, también está en mano del mismo el hacerlo o
dejarlo de hacer. De manera que las tales obras son voluntarias. Aunque
generalmente hablando, por ventura son forzosas, pues ninguno por sí mismo
aceptaría el hacer ninguna cosa como aquellas. Aunque en hechos semejantes
algunas veces son alabados los que alguna cosa torpe o triste sufren, por
causa de algunos grandes bienes, y si lo contrario hacen son
reprehendidos. Porque sufrir cosas muy feas, si no es por razón de algún
grande o mediano bien, es, cierto, hecho de ruines. Pero en algunos hechos
déstos no alabamos a los que los hacen, antes nos dolemos dellos, cuando
por causa desto hace uno lo que no debría, y lo que a la natura humana
excede, y lo que, en fin, ninguno sufriría. Porque cosas hay a que los
hombres no han de ser forzados, antes han de morir sufriendo los más
graves tormentos del mundo. Porque en aquel Almeon de Eurípides son dignas
de risa las cosas que dice que le habían forzado, a matar a su madre. Es,
cierto, algunas veces cosa dificultosa juzgar cuál se ha de escoger antes
que cual, y cuál antes que cual habemos de sufrir, y más dificultoso el
sufrirlo después que se entiende. Porque por la mayor parte acontece que
lo que nos parece hacedero sea cosa triste y pesada, y a lo que nos
fuerzan cosa fea y afrentosa. De do procede que los que se dejan o no se
dejan vencer, son vituperados o alabados. ¿Qué cosas, pues, habemos de
confesar ser violentas? ¿Generalmente no diremos que lo son aquellas cuya
causa viene de fuera, y el que las hace no pone nada de su casa? Pero las
cosas que de suyo son forzosas y violentas, pero en comparación de otras
son más de escoger, y cuyo principio está en mano de quien las hace, ¿no
diremos que de suyo cierto son forzosas y que en respecto de otras son
voluntarias? Aunque más parecen cierto voluntarias, porque los tales
hechos consisten en cosas particulares, las cuales son voluntarias. No es,
pues, fácil cosa determinar cuál cosa primero que cuál habemos de aceptar,
porque en esto hay en las cosas particulares muy gran diversidad. Mas si
alguno quiere decir que las cosas apacibles y buenas son forzosas, pues
estando fuera del alma nos competen, estará obligado a confesar que por la
misma razón todas las cosas son forzosas, porque todos los que algo hacen,
lo hacen por alguno destos fines. Y los que por fuerza y contra su
voluntad lo hacen, entristécense de aquello; mas los que obran lo malo,
por razón de su dulzura, hácenlo con contentamiento. Es cosa, pues, de
risa dar la culpa a las cosas de defuera, y no a sí mismo, de que así tan
fácilmente se deje cazar de cosas semejantes de las cosas buenas por sí
mismo y de las deshonestas por su suavidad. Aquello, pues, parece ser
forzoso, cuyo principio y origen está defuera, no poniendo de suyo nada el
que es forzado. Pero de las cosas que por ignorancia se hacen, no son
todas voluntarias, mas aquellas en que el haberlas hecho da tristeza y
causa arrepentimiento, son forzosas. Pero el que hace por ignorancia
alguna cosa y de haberla hecho no se duele, no diremos que la hizo
voluntariamente, pues no lo sabía, mas tampoco diremos que la hizo
forzosamente, pues no le pesa dello. De manera que de lo que por
ignorancia se hace, lo que causa arrepentimiento forzoso parece, mas el
que no se arrepintió, pues es diferente déste, es no voluntario; porque,
pues es diferente, mejor es que tenga su nombre proprio. Pero parece cosa
diferente el hacer una cosa por ignorancia del hacerla ignorantemente.
Porque el borracho o el colérico no parece que por ignorancia hacen lo que
hacen, sino por alguna otra causa de las ya tratadas; pero tampoco lo
hacen a sabiendas, sino ignorantemente. Cualquier malo, pues, ignora lo
que hacer debe y de lo que le conviene guardarse, y por semejante error se
hacen injustos y perversos. No se debe, pues, decir forzoso, si uno no
entiende lo que le conviene, porque la ignorancia en la elección o
aceptación no es causa de lo que es forzoso, sino de la perversidad y
tacañería; ni tampoco la ignorancia universal (que también se vitupera),
sino la que acontece en una cosa particular, en la cual y acerca de la
cual se ha de emplear nuestro oficio. Porque en tales el que lo hace, más
es digno de misericordia y de perdón, pues el que tal cosa ignora, la hace
contra su voluntad y forzosamente. No es, pues, cosa por ventura la peor
de todas tratar de todo esto, qué cosas son y qué, tan grandes, y quién, y
qué, y acerca de qué, y en qué lo hace, y aun algunas veces con qué como
con instrumento, y por qué, como por salvar la vida, y cómo, si despacio o
con prisa y fervor. Todas, pues, estas cosas el que algún juicio tiene no
las ignora, cuanto más el que las hace. Porque, ¿cómo ha de tener
ignorancia de sí mismo? Pero puede acaecer que uno ignore lo que hace.
Como los que oran suelen decir, o que se les escapó algo de la lengua, o
que no sabían que aquello era cosa que se había de callar, como le
aconteció a Esquilo en las ceremonias de Ceres, o que queriéndolo mostrar
se le cayó o soltó, como el que suelta una ballesta. Alguno también habrá
que a su proprio hijo lo tome por otro y piense que es su enemigo, como le
acaeció a Merope; otro que le parezca que la lanza tiene la punta roma
teniéndola aguda, o que la piedra es tosca; otro que hiriendo a uno, por
curarle, lo mate; otro que quiriendo hacer de sí demostración, hiera, como
acaece a los que luchan con las puntas de los dedos. Habiendo, pues, lugar
de ignorancia en todas las cosas desta suerte en que haya obras, el que
algo desto hizo no entendiéndolo, forzosamente parece haberlo hecho, y
señaladamente en las más principales obras, cuales parecen ser aquellas en
las cuales consiste la obra y el fin della. Pero aunque lo que por
semejante ignorancia se haga, se diga ser forzoso conviene con todo eso
que la obra le dé pena y se arrepienta de habella hecho. Si lo forzoso,
pues, es lo que por violencia o ignorancia se hace, aquello se entenderá
ser voluntario, cuyo principio y origen consiste en el mismo que lo hace,
y que entiende particularmente las cosas, en que las tales obras consisten
y se emplean. Porque no es por ventura bien decir que lo que por enojo o
por codicia se hace, es forzoso y violento. Porque cuanto a lo primero,
ninguno de los otros animales se puede decir, que obra de su voluntad, ni
menos los mochachos, si no esto, ¿cómo diremos que obran? Pues ni tampoco
se puede bien decir que lo que por codicia o por enojo hacemos, lo hacemos
de nuestra voluntad. ¿Diremos, pues, que lo bueno hacemos de nuestro grado
y voluntad, y lo malo por fuerza y contra voluntad? ¿O es hablar de gracia
y sin fundamento decir esto, siendo una misma la causa? Cosa, pues, por
ventura parece fuera de razón decir que las cosas que se han de desear son
violentas y forzosas, y vemos que por algunas cosas conviene que nos
enojemos, y que algunas cosas deseemos, como la salud y la doctrina.
Asimismo parece que las cosas forzosas nos son tristes y pesadas, pero las
que apetecemos sonnos suaves y aplacibles. Finalmente, ¿qué diferencia hay
entre ser forzosas las cosas que se yerran por deliberación o las que se
yerran por enojo, pues ambas a dos maneras de cosas son de aborrecer? Y
pues las pasiones y afectos que son fuera de razón no menos parece que
hayan de ser humanos que los otros, y las obras del hombre también
proceden de enojo y de codicia, cosa, pues, es fuera, de razón decir que
tales cosas sean violentas y forzosas.
Ya que en el primer capítulo ha declarado cuál obra se ha de llamar
forzosa y cuál voluntaria, y ha mostrado cuál manera de ignorancia hace la
obra forzosa y cuál viciosa, y asimismo ha probado que lo que se hace por
turbación de ánimo, no se puede llamar verdaderamente forzoso, en el
capítulo II, por cuanto la virtud, como ya está dicho, consiste en
elección y libre aceptación de nuestra voluntad, trata de la elección, que
es lo que vulgarmente llamamos libre albedrío, y prueba ser éste proprio
del hombre, y que no es todo uno ser voluntario y proceder de libre
albedrío. Ítem que no es todo uno voluntad y elección.
Capítulo II
Ya que habemos determinado cuál cosa se ha de decir voluntaria y cuál
forzosa, síguese el tratar de la elección o aceptación, porque más proprio
oficio parece que es de la virtud juzgar de las costumbres, que no de las
obras. La elección, pues, cosa clara es que consiste en las cosas
voluntarias, pero no es lo mismo que ellas; antes lo voluntario es cosa
más general. Porque los niños y los demás animales participan de las
acciones voluntarias, pero no de la elección. Y las cosas que
repentinamente hacemos y sin deliberación, bien decimos que son
voluntarias, mas no decimos que proceden de elección. Los que dicen que la
elección es codicia, o que es enojo, o querer a cierta opinión, no me
parece que lo aciertan. Porque la elección no es cosa común a los hombres
y a los animales que carecen de razón, y eslo la codicia y el enojo, y el
disoluto hace sus obras con codicia, mas no con elección, y el templado,
al contrario, obra con elección, mas no cierto con codicia. Y la codicia
es contraria a la elección, mas una codicia a otra no es contraria. A más
desto la codicia consiste en lo suave y en lo triste, pero la elección ni
en lo triste ni en lo suave. Pero .menos es la elección enojo, porque lo
que con enojo se hace, en ninguna manera parece ser hecho por elección.
Mas ni tampoco es querer, aunque le parece mucho. Porque la elección no
consiste en cosas imposibles, y si se entendiese que une, las elige, nos
parecería que está fuera de juicio. Pero la voluntad bien puede desear
cosas imposibles, como si desease ser inmortal. Asimismo la voluntad bien
se puede emplear en las cosas que el mismo hombre no las hace, como si yo
quiero que algún representante gane la joya, o algún luchador; pero tales
cosas ninguno las elige, sino las cosas que entiende él mismo haberlas de
hacer. Finalmente, la voluntad enderézase al fin más particularmente, pero
la elección consiste en las cosas que pertenecen para el fin. Como el
tener salud querémoslo, más las cosas con que conservemos la salud,
escogémoslas. También el vivir prósperamente querémoslo y lo decimos así
que lo queremos, mas no cuadra bien decir que lo escogemos. En fin,
generalmente hablando, la elección parece que consiste en las cosas que
están en nuestra mano. Tampoco es opinión la elección, porque la opinión
en todas las cosas parece que se halla, y no menos en las cosas perpetuas
y en las imposibles, que en las que están en nuestra mano. Y la opinión
divídese en verdadera y falsa, y no en buena y mala, mas la elección más
se distingue con estotras diferencias. Ninguno, pues, creo dirá ni creerá
ser todo uno opinión y elección. Mas ni tampoco es la elección particular
especie de opinión. Porque por razón de elegir lo bueno o lo malo somos
tales o tales, mas por creerlo no lo somos. También la lección consiste en
escoger una cosa o huir della, o en cosa como ésta, mas la opinión en el
entender qué cosa es, o a quién le cumple, o de qué manera. Mas en el
tomar o dejar no consiste tanto nuestra opinión. Asimismo la elección es
alabada por ser hecha en lo que más conviene, o por ser bien hecha, más la
opinión por: ser verdadera. Por la misma razón escogemos aquellas cosas
que sabemos ser mejores, pero pensamos ser así lo que de cierto no
sabemos. Parece también que no son todos unos los que eligen las cosas
mejores y los que las creen ser tales, sino que algunos hay que juzgan
bien dellas, y por su vicio eligen lo que no les cumple. Ni importa
disputar si la opinión precede a la elección o si se sigue, porque aquí no
consideramos eso, sino si es lo mismo elección que opinión particular.
¿Qué diremos, pues, que es, o qué tal es, pues ninguna cosa de las ya
tratadas es? Cosa voluntaria ya se vee que, es, pero no toda cosa
voluntaria es eligible, sino aquella que está primero consultada. Porque
la elección con razón se hace y con entendimiento, lo cual el nombre que
en griego tiene nos lo significa, porque prohereton quiere decir: cosa que
es a otra preferida.
Estas materias morales van unas de otras dependiendo. Porque de la
felicidad dependió el inquirir la virtud. De ser la virtud hábito
voluntario, dependió el inquerir qué cosas son voluntarias y qué forzosas.
Del ser las cosas voluntarias, las que consisten en nuestra aceptación o
elección, salió el tratar de la elección. Del decir que no toda cosa
voluntaria tiene elección, sí no es primero consultada, nace agora el
tratar de la consulta. Trata, pues, en este tercer capítulo Aristóteles de
la consulta de nuestro entendimiento, y declara cuáles cosas vienen en
consulta y cuáles hombres son aptos para consulta, y cómo la consulta es
de cosas que pueden acaecer de varias maneras. Ítem que las consultas no
son de los fines, sino de los medios, y cómo el verdadero consultar es
inquirir primero el fin, y después buscar los medios para alcanzarlo;
asimismo como sean de contraria manera la consulta y la ejecución; porque
lo que en la consulta es lo primero, es en la ejecución lo postrero; y lo
que allá lo postrero, en ésta lo primero, como se vee en el que edifica.
Capítulo III
Es de considerar si hay consulta en todas las cosas, y si se puede
toda cosa consultar, o si hay algunas cosas que no admiten consulta.
Aquello, pues, se ha de decir que cae en consulta, no lo que consulta un
necio, ni lo que un furioso, sino lo que consultaría un hombre de juicio y
entendimiento. Primeramente, pues, ninguno consulta de las cosas
perpetuas, como digamos del mundo, o de cómo ternán proporción en un
cuadrado el diámetro y el lado. Ni de las cosas que consisten en
movimiento, y que siempre se hacen de una misma manera, ora por necesidad,
ora por naturaleza, ora por otra cualquier causa como de los solsticios o
términos del sol, o de sus salidas. Ni tampoco de las cosas que en
diversas partes acaecen de diversas maneras, como de las sequedades o
lluvias. Ni menos de las cosas que consisten en fortuna, como del hallarse
un tesoro. Pero ni aun de todas las cosas humanas, como agora ningún
lacedemonio consulta de qué manera los scitias gobernarían bien su
república. Porque ninguna cosa déstas está a nuestra disposición ni
gobierno. Consultamos, pues, o deliberamos de aquellas cosas que toca a
nosotros el haberlas de hacer, porque éstas son las que restan por decir.
Porque la naturaleza, y la necesidad, y la fortuna, y también el
entendimiento, parecen tener ser de causas, y todo lo que tiene ser
mediante el hombre, y cada cual de los hombres delibera de las cosas que a
él toca el hacerlas y tratarlas. En las sciencias, pues, que son
manifiestas, y que ellas para sí mismas son bastantes, no hay consulta;
como en el escrebir de las letras (porque nunca disputarnos cómo se han de
escrebir las letras), sino en aquellas que de nuestra deliberación
dependen. Aunque no siempre destas cosas de una misma manera consultamos,
como de las cosas de la medicina, o del arte de hacer moneda, y tanto más
consultamos del arte de navegar que del arte de luchar, cuanto menos
cierta es aquélla que ésta; y de las demás de la misma suerte. Y en las
artes consultamos más que no en las sciencias; porque más dudamos en ellas
que no en éstas, y el consultar acaece en las cosas que por la mayor parte
son así, pero en alguna manera inciertas, y que, en fin, no hay en ellas
cosa firme y cierta, y tomamos consejeros en las cosas graves, no
confiando de nuestros proprios juicios como de no bastantes para
entenderlo bien. Consultamos, pues, no de los fines, sino de las cosas que
para ellos se requieren. Porque nunca el médico consulta si ha de sanar,
ni el retórico si ha de persuadir, ni el gobernador de la república si ha
de poner buenas leyes, ni, en fin, otro ninguno jamás consulta del fin,
sino que, propuesto algún fin, consultan de qué manera y por qué medios lo
alcanzarán. Y si parece que se puede alcanzar por muchos medios, deliberan
por cuál medio más fácilmente y mejor se alcanzará, y si en un medio se
resuelven, deliberan cómo se alcanzará por éste. Finalmente, aquella
consulta, «¿por qué medio?» hasta tanto la. tratan, que lleguen a la
primera causa, la cual en la invención era la postrera. Porque el que
consulta, parece que inquiere y resuelve de la manera que está dicho, así
como en la geometría una descripción. Pero parece que no toda cuestión es
consulta, como las cuestiones matemáticas, mas toda consulta es cuestión,
y lo que es lo último en la resolución, es lo primero en la ejecución. Y
si en la consulta topan con alguna cosa imposible, no pasa adelante la
consulta. Como si son menester dineros, y de ninguna parte se pueden
haber. Mas si pareciere posible haberse, pónenlo por obra; llamo posible
lo que podemos hacer nosotros, porque, lo que con favor de amigos hacemos,
en cierta manera, nosotros mismos lo hacemos; pues el principio dello está
en nuestra mano. Muchas veces consultamos de los instrumentos, y otras
veces del uso dellos. Y de la misma manera en todo lo demás, unas veces se
delibera por qué medio, otras de qué manera, y otras con cuyo favor. En
todo lo cual, como habemos dicho, el hombre parece ser el principio de las
obras, y la consulta es de lo que el hombre ha de hacer, y las obras
siempre se hacen por otro fin. De manera que nunca el fin se pone en
consulta, sino lo que conviene para alcanzar el fin. Tampoco se consultan
las cosas particulares, como si esto es pan o si está cocido o hecho como
debe. Porque estas cosas con el sentido se juzgan. Porque si siempre
hubiésemos de estar consultando, sería nunca acabar; lo que se consulta,
pues, y lo que se elige todo es una misma cosa; sino que lo que se elige
ya es cosa determinada, porque lo que en la consulta se determina que se
haga, aquello es lo que se escoge. Porque cuando uno reduce a si mismo el
principio, y todo lo que precedió, para en él deliberar cómo lo ha de
hacer, porque esto fue lo que escogió; véese esto claramente, por los
antiguos gobiernos de república, que Homero imitó en sus poesías, en las
cuales introduce a los reyes que dan razón al pueblo de las cosas en que
se han determinado. Y, pues, lo que se elige es cosa que cae en consulta y
deliberación, y que entre las cosas que a nuestro cargo y gobierno están,
es digna de ser apetecida, la elección será un apetito consultado en las
cosas que tocan a nosotros. Porque por haber desta manera juzgado en la
consulta, sucede que apetecemos conforme a la consulta. Qué cosa es, pues,
elección, y en qué cosas la hay, y cómo consiste en lo que pertenece para
el fin, quede así sumariamente declarado.
Porque en lo pasado se ha dicho que la elección no es voluntad, pues
ya está tratado de la elección, trata brevemente en el capítulo IV de la
voluntad; llamamos voluntad en romance, no sólo la potencia del querer,
que en griego se llama thelema, sino el mismo acto también del querer, que
los griegos llaman bulesin, y en nuestra lengua, por no tener tanta
diferencia de vocablos, lo uno y lo otro, llamamos de una misma manera.
Declara, pues, cómo el querer o voluntad tira al fin, y cómo todo lo que
queremos lo queremos por razón de ser bueno, o a lo menos, por parecernos
a nosotros ser tal.
Capítulo IV
Que la voluntad o querer sea proprio del fin, ya está dicho arriba.
Pero hay algunos que tienen por opinión, que la voluntad va enderezada
siempre a lo que es bueno, y otros que no, sino a lo que ella le parece
bueno. Y los que dicen que a lo bueno, han de confesar de necesidad que no
es querido lo que quiere el que buena elección no ha hecho. Porque si
querido fuese, sería bueno, y era, si acaso así acaesció, malo. Mas los
que dicen que lo que se quiere es lo que se tiene por bueno, han de
confesar, que las cosas no son naturalmente amadas, sino que cada uno ama
lo que bien le parece, y a uno le parece bien una cosa y a otro otra; y
aun acaece parecer bien a unos lo uno y a otros lo contrario. Mas, en fin,
no basta esto, sino que habemos de decir que, en general y en realidad de
verdad, aquello es de amar, que es de su naturaleza bueno, pero que cada
uno ama lo que le parece bien, y que el bueno ama lo que es de veras
bueno, y el malo lo que le da gusto. Como acaece también en los cuerpos,
en los cuales a los que bien dispuestos están y salud tienen, les son
sanas las cosas que son de suyo tales; mas a los enfermizos las
contrarias. De la misma manera lo amargo y lo dulce, lo caliente y lo
pesado, y todas las cosas desta misma manera. Porque el bueno de todas las
cosas juzga bien, y la verdad que en cada cosa hay, él la conoce, y en
todo género de hábito hay cosas buenas y también cosas aplacibles. Y en
esto difiere el bueno muy mucho de los demás: en que en todas las cosas
entiende la verdad, y es como una regla y medida dellas. Pero en el vulgo
parece que el contento es causa del error, porque el contento o regalo, no
siendo bien, lo parece ser. De suerte que eligen el contento o regalo como
cosa buena, y huyen de la pesadumbre y fatiga como de cosa mala.
En el capítulo V demuestra Aristóteles en qué consiste la fuerza de
la elección o libre albedrío, que es en tener facultad la voluntad de amar
una cosa o su contraria, y seguir la una o la otra. Porque donde tal
libertad no hay, no se dice haber libre albedrío. Como en el respirar no
se dice tener libre albedrío, porque no está en nuestra mano el dejar de
respirar. Pruébalo primero por razón, mostrando que no hay otra causa a
quien atribuir estas obras sino la voluntad del hombre, y después por
autoridad de los que hacen leyes, los cuales asignan premio para el bueno
y castigo para el malo, en lo cual dan a entender ser obras libres la
bondad y la malicia.
Capítulo V
Consistiendo, pues, el fin en la voluntad, y los medios que para él
se requieren en la consulta y elección, las obras que acerca destos medios
se hacen, conforme a elección serán, y voluntarias, en la cuales se emplea
el ejercicio de las virtudes. Está asimismo en nuestra mano la virtud y
también el vicio. Porque en las cosas donde en nuestra mano está el
hacerlas, está también el dejarlas de hacer, y donde está el no, también
el sí. De manera que si el hacer algo, siendo bueno, está, en nuestra
mano, también estará en la misma el no hacerlo, siendo malo; y si el no
hacer lo que es bueno está en nuestra mano, el hacer lo que es malo
también estará en la misma. Y si en nuestra mano está el obrar bien y el
obrar mal, y asimismo el dejarlo de obrar (pues en esto consiste el ser
los hombres buenos o malos), también estará en nuestra mano ser buenos o
malos. Y lo que algunos dicen que ninguno voluntariamente es malo, ni
contra su voluntad próspero y dichoso, en parte parece falso y en parte
verdadero. Porque verdad es que ninguno es dichoso o bienaventurado contra
su voluntad. Pero el vicio cosa voluntaria es, o habemos de poner duda en
lo que agora habemos dicho, y decir que el hombre no es el principio ni el
padre de sus proprias obras como lo es de sus proprios hijos. Mas pues
esto se vee claro ser verdad, y no tenemos otros principios a quien
reducir las tales obras sino aquellos que en nuestra mano están, las
obras, cuyos principios están en nuestra mano, también estarán en nuestra
mano y serán voluntarias. Parece que conforma con esto lo que
particularmente en cada una dellas cada uno juzga, y también lo que los
legisladores han determinado, pues castigan, y dan la pena que merecen, a
los que hacen las cosas ruines, si ya no las hacen por fuerza o por
ignorancia, que no estuvo en su mano el remediarla; y a los que se
ejercitan en buenas obras, hónranlos, casi exhortando a éstos y refrenando
a aquéllos. Vemos, pues, que ninguno, exhorta a otro en las cosas que, ni
están en nuestra mano, ni dependen de nuestra voluntad; porque superflua
cosa sería persuadir a uno que no se caliente, o que no tenga dolor, o que
no esté hambriento, o cosa alguna déstas, porque, no obstante la
persuasión, lo padecerá. Y aun la misma ignorancia es castigada, si el
mismo ignorante es causa della; como en los borrachos, a los cuales les
ordenaron el castigo doblado. Porque el principio dello esta en su mano,
pues pueden abstenerse del vino y borrachez, la cual les es causa de su
ignorancia. Castigan asimismo a los que, de las leyes que están obligados
a saber, ignoran algo, si ya no es muy dificultoso de saber, y lo mismo es
en todas las otras cosas que parece que por descuido y negligencia se
dejan de saber, pues esta en su mano no ignorarlas, siendo señores del
considerarlo y poner en saberlo diligencia. Mas, por ventura, alguno es de
tal calidad que no por no considerarlo es tal, sino que ellos mismos se
son a sí mismos la causa de ser tales, viviendo disolutamente. Y de ser
unos injustos o disolutos en la vida, es la causa elevarse los unos a
hacer agravios, y los otros al comer y beber demasiado, y a cosas
semejantes. Porque cada uno sale tal, cuales son las obras en que se
emplea y ejercita. Lo cual se vee claro en los que se ejercitan en
cualquier ejercicio de fuerzas corporales y en sus obras, en las cuales,
con el ejercicio, vienen a hacerse perfetos. Es pues, de hombre harto
falto de sentido no entender, que los hábitos proceden del ejercitarse en
los particulares ejercicios. Asimismo es cosa fuera de razón decir que el
que agravia no quiere agraviar, y que el que disolutamente vive no quiere
ser disoluto. Y si el que hace agravio lo hace entendiendo lo que hace, de
su propia voluntad es injusto. Mas el que una vez ya es injusto, aunque
quiera, no se podrá abstener de hacer agravio y ser justo; de la misma
manera que el que ha caído enfermo, aunque quiera, no puede estar sano,
aunque sea verdad que de su voluntad haya caído enfermo viviendo
disolutamente y no dejándose regir por el consejo de los médicos. Porque
al principio estuvo en su mano el no enfermar, mas después que fue
negligente en conservar su salud, ya no está en su mano; como el que
arroja la piedra, ya no está, en su mano de detenerla; pero en su mano
estuvo el echarla y arrojarla. Porque el principio dello en él estuvo. De
la misma manera acontece al injusto y al disoluto: que al principio estuvo
en su mano no ser tales, y por esto voluntariamente lo son tales; pero
después que ya lo son, no está así en su mano dejarlo de ser. Ni solamente
los vicios del alma son libres y voluntarios, mas aun, en algunos, los del
cuerpo, a quien solemos reprender. Porque los que de su naturaleza son
feos, ninguno los reprende, sino los que lo son por flojedad y descuido. Y
lo mismo es en la flaqueza, debilitación de miembros y ceguedad. Porque
del que naturalmente es ciego, o por enfermedad, o por algún golpe de
desgracia, ninguno hay que se burle: antes se duelen de su infortunio
todos. Mas al que por beber mucho, o por otra alguna disolución, viniese a
cegar, todos, con muy justa razón, lo reprenderían. De manera que de las
faltas o vicios, aquéllos son dignos de reprensión, que, acaecen por
nuestra propria culpa; mas los que no suceden por culpa nuestra, no
merecen ser reprendidos. Lo cual, si así es, también en las demás cosas
los vicios que merecen reprensión estarán en nuestra mano. Y si alguno
hobiere que diga que todos apetecen aquello que les parece ser bueno, y
que ninguno es señor de su aparencia o imaginación, sino que a cada uno le
parece tal el fin cual cada uno es, decirle hemos que pues cada uno es a
sí mismo causa de sus hábitos en alguna manera, también en alguna manera
será él mismo causa de su aparencia. Y si ninguno es a sí mismo causa de
obrar mal, sino que lo hace por no entender el fin, pretendiendo que con
estas cosas podrá alcanzar el sumo bien, y que el deseo del fin no es cosa
fácil de quitar, sino que lo ha de tener como vista, con que juzgue bien y
escoja el bien que en realidad de verdad lo sea, y que aquél es de su
natural bien inclinado, que de su natural alcanzó esto perfectamente y
cual conviene (porque aquello que es lo mejor y lo más perfeto, y que de
otrie no se puede recebir ni menos aprender, halo de tener cada uno tal
cual le cupo por su suerte), y que el alcanzar esto bien y perfetamente es
la perfeta y verdaderamente buena inclinación: si alguno, en fin, hay que
diga que todo esto es así, querría me dijese por qué más razón la virtud
ha de ser voluntaria que no el vicio. Porque lo uno y lo otro tiene el fin
de la misma manera, naturalmente, o de cualquier otra manera, puesto lo
uno en lo bueno y el otro en lo malo; y todo lo demás que hacen, a este
fin lo encaminan, de cualquiera manera que lo hagan. Ora pues el fin
naturalmente no se les represente a cada uno tal, sino que sea algo que el
en sí mismo tenga, ora sea el fin natural, y por hacer voluntariamente lo
que al fin pertenece sea uno virtuoso, siempre la virtud será voluntaria,
y por la misma razón lo será el vicio. Porque de la misma manera cuadra al
malo tener facultad por sí mismo para las obras, que para conseguir su
fin. Y pues si las virtudes, como se dice, son voluntarias (pues nosotros
mismos somos, en alguna manera, causa de nuestros hábitos, y por ser tales
nos proponemos tal fin), también serán los vicios voluntarios. Porque todo
es de una misma manera. Habemos, pues, tratado hasta agora así, en
general, de las virtudes, y propuesto su género casi como por ejemplos,
diciendo que eran medianías y que eran hábitos, y de dónde procedían, y
cómo se empleaban en los mismos ejercicios de donde procedían, y por sí
mismas, y cómo consistían en nuestro libre albedrío, y cómo eran
voluntarias, y cómo habían de ser tales cuales la recta y buena razón
determinase. Aunque no son de la misma manera voluntarias las obras que
los hábitos, porque de las obras, dende el principio hasta el fin, somos
señores, entendiendo las cosas en particular y por menudo; mas de los
hábitos no, sino al principio. Aunque el acrecentamiento de las
particulares cosas no se echa de ver sensiblemente, de la misma manera que
en las enfermedades. Mas porque estuvo en nuestra mano hacerlas desta
manera o de la otra, por eso se dicen ser voluntarias. Tornándolas, pues,
a tomar de propósito, tratemos en particular de cada una, qué cosa es, y
qué tal y de qué manera, y juntamente se entenderán cuántas son. Y sea la
primera de que tratemos la valerosidad o fortaleza.
Todo lo que hasta agora Aristóteles de las virtudes ha tratado y
propuesto, ha sido en común, como él mismo, en el epílogo que al fin del
precedente capítulo ha hecho, lo ha mostrado. Pero porque las cosas así en
común dichas y tratadas no dan entera certidumbre, si mas en particular no
se declaran, agora en todo lo que resta de las Éticas o Morales, trata de
cada virtud en particular lo que conviene entender della. Y primeramente
echa mano de la más generosa y más importante de las virtudes, que es de
la fortaleza de ánimo; llámole las más generosa, porque todos los que en
el mundo son de veras generosos han comenzado por aquí, haciendo grandes
hazañas en cosas de la guerra por la honra y libertad de su patria; de lo
cual muchas naciones, pero señaladamente la española nación, puede dar
ejemplos muy ilustres. Pues habiendo venido casi al cabo, como un enfermo
ya de los médicos desconfiado, con el divino favor y sin ayuda de
extranjeras naciones, no sólo tornó a cobrar su perdida tierra, pero ha
extendido su poder hasta las más remotas partes del Oriente y del
Poniente, descubriendo nuevas tierras y naciones, de que quedaran atónitos
todos los pasados si hoy día fueran vivos. Declara, pues, cuál es la
verdadera fortaleza de ánimo, y cuál no es fortaleza, sino atrevida
necedad.
Capítulo VI
Que la fortaleza de ánimo, pues, sea una medianía entre los temores y
los atrevimientos, ya está dicho en lo pasado (porque allí se mostró ya
claramente). Tememos, pues, las cosas espantosas, las cuales, hablando así
generalmente y en común, son cosas malas. Por lo cual, definiendo el
temor, dicen desta manera: que es una aprensión del mal venidero. De
manera que todas las cosas malas nos ponen temor: como son la infamia, la
pobreza, la enfermedad, la falta de amigos, la muerte. Mas no en todas
estas cosas parece que se emplea el hombre valeroso. Porque algunas cosas
hay que las conviene temer, y el hacerlo así es honesto y el no hacerlo es
afrenta, como la infamia. La cual el que la teme es hombre bien inclinado
y de vergüenza, y el que no la teme es desvergonzado. Aunque a éste,
algunos, como por metáfora, lo llaman valiente, porque tiene algo en que
parece al hombre valeroso, pues también el hombre valeroso es ajeno de
temor. Mas la pobreza ni la enfermedad no son cosas tanto de temer ni,
generalmente hablando, todas aquellas cosas que, ni proceden de vicio, ni
están en nuestra mano. Mas ni tampoco por no temer estas cosas se puede
decir un hombre valeroso, aunque también a éste, por alguna manera de
semejanza, lo llamamos valeroso. Porque bien hay algunos que en las cosas
de la guerra y sus peligros son cobardes, y con todo eso son liberales y
en cosa del gastar su dinero francos y animosos. Ni tampoco se puede decir
uno cobarde por temer no le hagan alguna injuria y fuerza en hijos o en
mujer, o que no le tengan envidia, y cosas desta manera. Ni menos será
valeroso el que habiéndole de azotar muestra grande ánimo. ¿En qué cosas
temerosas, pues, se muestra un hombre valeroso sino en las mayores?; pues
ninguno hay que más aguarde que él las cosas terribles. La cosa más
terrible de todas es la muerte, porque es el remate de todo, y parece que
para el muerto no hay ya más bien alguno ni más mal. Parece, pues, que ni
aun en todo género de muerte se muestra el hombre valeroso, como en el
morir en la mar, o de enfermedad. ¿En cuál, pues?: en el más honroso, cual
es el morir en la batalla, pues se muere en el mayor y más honroso
peligro. Lo cual se muestra claro por las honras que a los tales les hacen
las ciudades, y asimismo los reyes y monarcas. De manera que, propriamente
hablando, aquél se dirá hombre valeroso, que en la honrosa muerte y en las
cosas que a ella le son cercanas no se muestra temeroso, cuales son las
cosas de la guerra. Aunque, con todo eso, el hombre valeroso, así en la
mar como en las enfermedades, no mostrará cobardía. Aunque como lo son los
marineros. Porque los valerosos ya tienen la esperanza de su salvación
perdida y les pesa de morir de aquella manera, pero los marineros, por la
experiencia que de las cosa de la mar tienen, están con esperanza de
salvarse. A más desto, donde hay esperanza de valerse de sus fuerzas o
donde es honrosa la muerte, anímanse más las gentes; de las cuales dos
cosas, ni la una ni la otra se halla en el morir de tales géneros de
muerte.
En este, capítulo parece haber negado este filósofo la inmortalidad
del alma, pues dice que no hay bien ni mal después de la muerte, y así ha
de ser corregido con la regla de la verdad cristiana.
En el séptimo capítulo declara las diferencias que hay entre los
hechos del hombre valeroso y los del cobarde, y los del atrevido. Y
muestra cómo el valeroso ha de encaminar siempre sus hechos a fin honesto,
y que las cosas peligrosas se aguardan por el fin. Del cual el que falta o
excede, ya pierde el nombre de valeroso, y cobra el de cobarde o atrevido.
Capítulo VII
Pero no a todos son unas mismas cosas temerosas y terribles, sino que
decimos que hay cosas que exceden a las humanas fuerzas, las cuales las
teme cualquier hombre de juicio. Mas las cosas que al hombre tocan,
difieren en la cantidad y en el ser más o menos. Y de la misma manera las
cosas de osadía. El hombre, pues, valeroso en cuanto hombre, no se
espanta, pero teme las tales cosas como conviene y como le dicta la razón,
y esto por causa de lo bueno, porque éste es el fin de la virtud. Y estas
cosas puede acontecer que se teman más y menos, y también que, lo que no
es de temer, se tema como si fuese cosa de temer. En las cuales cosas
acontece errar unas veces porque se teme lo que no conviene, otras porque
no como conviene, y otras porque no cuando conviene, y otras cosas desta
manera. Y de la misma manera habemos de juzgar de cosas de osadía. Aquel,
pues, que aguarda y que teme lo que conviene, y por lo que conviene, y
como conviene, y de la misma manera osa cuando conviene, aquel tal se dice
hombre valeroso. Porque el valeroso sufre y obra conforme a su honra, y
conforme a lo que la buena razón le dicta y aconseja; y el fin de toda
obra es alcanzar el hábito; y la valerosidad y fortaleza de ánimo del
hombre valeroso es el bien, y por la misma razón el fin; porque cada cosa
se define por el fin; y el valeroso, por causa del bien, sufre y hace lo
que toca a su valor. Pero de los que exceden, el que excede en no temer no
tiene nombre (y ya habemos dicho en lo pasado, que muchas cosas hay que no
tienen proprio vocablo), mas puédese decir hombre loco y sin sentido, y
tonto, el que ninguna cosa teme: ni el terremoto, ni las crecidas de las
aguas, como dicen que lo hacen los franceses. Mas el que en las cosas de
temer excede en el osar, dícese atrevido o arriscado. Parece, pues, el
arriscado hombre fanfarrón, y que quiere mostrarse valeroso; porque de la
misma manera que el valeroso se ha en las cosas de temer, desta misma
quiere mostrarse el atrevido; de manera que lo imita en lo que puede. Y
así hay muchos dellos juntamente arriscados y cobardes. Porque en
semejantes cosas son atrevidos, y las cosas temerosas no las osan
aguardar. Y el que en el temer excede llámase cobarde, porque le es anexo
el temer lo que no conviene, y como no conviene, y todas las demás cosas
deste género. Falta, pues, el cobarde en el osar, pero más se muestra
exceder en las cosas de molestia. Es, pues, el cobarde un desesperado,
porque todas las cosas teme; en lo cual es al revés el valeroso, porque el
osar, de buena esperanza procede. De manera que así el cobarde como el
atrevido, y también el valeroso, todos se emplean en unas mismas cosas;
pero hanse en ellas de diferente manera, porque aquéllos o exceden o
faltan; pero el valeroso trátase con medianía y como conviene. Y los
atrevidos son demasiadamente anticipados, y que antes del peligro ya
muestran querer estar en él, y cuando están en él retíranse. Mas los
valerosos en el hacer son fuertes, y antes dél moderados y quietos. Es,
pues, la valerosidad o fortaleza (como está dicho) una medianía en las
cosas de osadía, y de temor en las cosas que están dichas, las cuales
escoge y sufre por ser cosa honesta el hacerlo y afrentosa el dejarlo de
hacer. Pero el matarse uno a sí mismo, por salir de necesidad y pobreza, o
por amores, o por otra cualquier cosa triste, no es hecho de hombre
valeroso, sino antes de cobarde. Porque es gran flaqueza de ánimo el huir
las cosas de trabajo y muerte, no por ser cosa honrosa el morir, sino por
huir del mal. Es pues, la fortaleza de ánimo tal cual aquí la habemos
dibujado.
Cosa es averiguada lo que Aristóteles dice en el principio de las
Reprensiones de los sofistas, que unas cosas hay que de suyo son tales, y
otras que, no siéndolo, quieren parecer ser tales. Como la mujer que de
suyo no es hermosa, y con afeites quiere parecerlo. Y como el alatón, que
no siendo oro, parece serlo, y como algunos hombres, que siendo bofos y de
mal hábito de cuerpo, parece que están gordos. Y no sólo es esto verdad en
las cosas exteriores, pero aun en las del ánimo; porque la malicia y
astucia quiere imitar a la prudencia, y la crueldad a la justicia y otras
cosas desta manera. Enseña, pues, Aristóteles en este octavo capítulo cómo
discerniremos la verdadera fortaleza de ánimo de la que, no siendo, quiere
parecerlo, y muestra no haberse de decir fuerte el que por temor es
fuerte; como los que en la guerra temen de desamparar la orden militar por
el castigo, o los que lo son por vergüenza, o los que con saña o cólera
hacen cosas peligrosas. Todos éstos y los que desta manera fueren, no son
fuerte, ni valerosos, porque no obran por elección ni lo hacen por fin
honesto.
Capítulo VIII
Hay también cinco maneras de obras que se dicen tener nombre de
fortaleza. La primera de las cuales es la fortaleza o valerosidad civil,
la cual las parece más que otra ninguna a la verdadera fortaleza. Porque
los ciudadanos parece que aguardan los peligros por las penas estatuidas
por las leyes, y por las afrentas y honras. Por lo cual aquella nación se
señala sobre todas las otras en fortaleza, donde los cobardes en ningún
precio ni honra son tenidos, y los valerosos son muy estimados. Tales nos
los pinta Homero en su poesía, como a Diómedes y a Héctor. Porque dice
Héctor así:
Porque haciendo eso, el mismo Polidamas
Verná por me afrentar luego el primero.
Y Diómedes, en el mismo Homero, desta manera:
Héctor, que es el mejor de los Troyanos,
Dirá, si eso yo hago, que a las naves
Huigo por escaparme de sus manos.
Es, pues, esta manera de fortaleza en esto muy semejante a la primera
de que se ha tratado: en que procede de virtud; pues procede de vergüenza
y de apetito o deseo de la honra, que es uno de los bienes, y del
aborrecimiento de la afrenta, que es cosa vergonzosa. Contaría también
entre éstos alguno a los que son forzados por los capitanes a ser fuertes.
Mas éstos tanto peores son que aquéllos, cuanto no lo hacen de vergüenza,
sino de temor, y quiriendo evitar, no la afrenta, sino el daño. Porque los
fuerzan a hacerlo los que tienen el gobierno, como en Homero, Héctor:
Al que ir de la batalla huyendo viere,
Mostrando al enemigo cobardía,
A los buitres y perros, si lo hiciere,
Daré a comer sus carnes este día.
Lo mismo hacen los que tienen el gobierno o oficio militar,
hiriéndoles si se apartan de la orden; y los que delante de alguna cava, o
algunos otros lugares semejantes, ordenan algún escuadrón; porque todos
hacen, en fin, fuerza. Y el que ha de ser valeroso, no lo ha de ser por
fuerza, sino porque el serlo es ilustre cosa. Pero parece que la
experiencia de las particulares cosas es una manera de fortaleza. Por lo
cual tuvo Sócrates por opinión que la fortaleza consistía en sciencia.
Porque en otras cosas otros son tales, y en las cosas de la guerra los
soldados, pues hay muchas cosas que comúnmente tocan a la guerra, en las
cuales éstos más particularmente están ejercitados; y porque los otros no
entienden qué tales son, por esto ellos parecen valerosos. A mas desto,
por la destreza que ya tienen, pueden mejor acometer y defenderse, y
guardarse, y herir; como saben mejor servirse de las armas, y las tienen
más aventajadas para acometer y para defenderse. Pelean, pues, con los
otros como armados con desarmados, y como esgrimidores con gente que no
sabe de esgrima; pues en semejantes contiendas no los más valerosos son
más aptos para pelear, sino los más ejercitados y los más sueltos de
cuerpo. Hácense, pues, cobardes los soldados cuando el peligro es excesivo
y se veen ser inferiores en número y en bagaje, y ellos son los primeros
al huir. Mas la gente de la tierra muestra rostro y muere allí, como le
acaeció a Hermeo en el pueblo Corone a de Beocia. Porque la gente de la
tierra, teniéndolo por afrenta el huir, quieren más morir que con tal
vergüenza salvarse. Pero los soldados, al principio, cuando pretenden que
son más poderosos, acometen; mas después, entendiendo lo que pasa, huyen,
temiendo más la muerte que la vergüenza. Mas el hombre valeroso no es
desta manera. Otros hay que la cólera la atribuyen a la fortaleza, porque
los airados y coléricos parece que son valientes, como las fieras, que se
arremeten contra los que las han herido, y esto porque los hombres
valerosos también son, en alguna manera, coléricos. Porque la cólera es
una cosa arriscada para los peligros. Por lo cual dice Homero:
Dio riendas a la cólera y esfuerzo
Y despertó la ira adormecida.
Y en otra parte:
La furia reventó por las narices,
La sangre se encendió con saña ardiente.
Porque todo esto parece que quiere dar a entender el ímpetu y
movimiento de la cólera. Los valerosos, pues, hacen las cosas por causa de
lo honesto, y en el hacerlas acompáñales la cólera; pero las fieras
hácenlo por el dolor, pues lo hacen o porque las han herido, o porque
temen no las hieran. Pues vemos que estando en los bosques y espesuras no
salen afuera. No son, pues, valerosas porque salgan al peligro movidas del
dolor y de la cólera, ni advertiendo el peligro en que se ponen. Porque
desa manera también serían los asnos, cuando están hambrientos, valerosos,
pues no los pueden echar del pasto por muchos palos que les den. Y aun los
adúlteros, por satisfacer a su mal deseo, se arriscan a hacer muchas cosas
peligrosas. No son, pues, cosas valerosas las que por dolor o cólera se
mueven al peligro. Mas aquella fortaleza que, juntamente con la cólera,
hace elección, y considera el fin porque lo hace, aquélla parece ser la
más natural de todas. Y los hombres, cuando están airados, sienten pena, y
cuando se vengan, quedan muy contentos. Lo cual, los que lo hacen, hanse
de llamar bregueros o cuistioneros, mas no cierto valerosos: porque no
obran por causa de lo honesto, ni como les dicta la razón, sino como les
incita la pasión. Casi lo mismo tienen los que por alguna esperanza son
valientes; mas no por tener buena esperanza son los hombres valerosos.
Porque los tales, por estar vezados a vencer a muchos y muchas veces, son
osados en los peligros. Mas en esto parecen semejantes los unos y los
otros a los valerosos, que los unos y los otros son osados. Pero los
valerosos sonlo por las razones que están dichas; mas los otros, por
presumir que son más poderosos, y que no les verná de allí mal ninguno, ni
trabajo. Lo cual también acaece a los borrachos. Porque también éstos son
gente confiada. Mas cuando el negocio no les sale como confiaban, luego
huyen. Mas el oficio proprio del hombre valeroso era aguardar las cosas
que al hombre le son y parecen espantosas, por ser el hacerlo cosa
honesta, y vergonzosa el dejarlo de hacer. Por lo cual más valeroso hecho
parece mostrarse uno animoso y quieto en los peligros que repentinamente
se ofrecen, que no en los que ya estaban entendidos porque tanto más
aquello procede de hábito, cuanto menos en ellos estaba apercebido. Porque
las cosas manifiestas puede escogerlas uno por la consideración y uso de
razón; mas las repentinas por el hábito. Los ignorantes también parecen
valientes, y parecen mucho a los confiados, aunque en esto son peores, que
no tienen ningún punto de honra, como los otros. Y así, los confiados,
aguardan por algún espacio de tiempo; pero los que se han engañado, si
saben o sospechan ser otra cosa, luego huyen. Como les aconteció a los
argivos cuando dieron en manos de los lacedemonios creyendo ser los
sicionios. Dicho, pues, habemos cuáles son los verdaderamente valerosos, y
cuáles, no siéndolo, quieren parecerlo.
En el capítulo nono hace comparación entre el osar y el temer, y
muestra ser más propria materia suya 1as cosas de temor, que las de
osadía.
Capítulo IX
Consiste, pues, la fortaleza en osadías y temores pero no en ambas