AMOR Y AMISTAD

Jane Austen

 

 

INDICE

 

NOTA AL TEXTO

 

PRÓLOGO

por G. K. Chesterton

 

VOLUMEN I (Selección)

JACK Y ALICE

EDGAR Y EMMA

HENRY Y LIZA

LA BELLA CASSANDRA

LAS TRES HERMANAS

UNA BELLA DESCRIPCIÓN

 

 

VOLUMEN II

AMOR Y AMISTAD

EL CASTILLO DE LESLEY

LA HISTORIA DE INGLATERRA

UNA COLECCIÓN DE CARTAS 

[FRAGMENTOS]

LA MUJER FILÓSOFO

PRIMER ACTO DE UNA COMEDIA

CARTA DE UNA JOVEN DAMA

UN VIAJE A TRAVÉS DE GALES  

UN CUENTO

 

VOLUMEN III

EVELYN

CATHARINÉ, O EL CENADOR

 

NOTAS

 

 

 

 

 

 

 


 

 

NOTA AL TEXTO

 

 

Los autógrafos de las obras juveniles de Jane Austen se hallan reunidos en tres cuadernos que la autora personalmente llamó «volúmenes» y numeró correlativamente del I al III. Aunque los especialistas dan como fecha de composición más temprana el año de 1787, la mayoría de los textos, varios de ellos fechados, cabe situarlos entre 1791 y 1793, cuando Jane Austen tenía entre 16 y 18 años; sin embargo, hay indicios igualmente de que vol­vió a trabajar algunos (los contenidos en el volumen III) entre 1809 y 1811, es decir, poco antes de la publicación de su primera novela aceptada por un editor, Juicio y sentimiento. Esto quiere decir que los manuscritos comprenden piezas realmente muy tempranas, casi infantiles, escritas a los 13 o 14 años, junto con otras ya muy evolucionadas, y revisadas con el criterio de una novelista que, aunque sin suerte todavía con los editores, podía ya considerarse formada.

Los cuadernos no estaban concebidos para salir del ámbito familiar o del círculo más próximo de amistades y no se publica­ron evidentemente en vida de la autora. No fue hasta 1922 cuan­do un editor se decidió a sacar a la luz parte de ellos, concreta­mente los que constituyen el volumen II. Posteriormente, R. W. Chapman, al que aún hoy se considera la máxima autoridad en Jane Austen desde el punto de vista de la edición textual, publicó el volumen I en 1933 y el III en 1951. Recientemente, los tres volúmenes han sido editados juntos por Margaret Anne Doody y Douglas Murray en el volumen Catharine and Other Writings (OUP, 1993), que ha servido de base para nuestra traducción.

La presente edición incluye los textos completos de los volú­menes II y III, y seis de los quince reunidos en el primero.

 


 

 

 

 

VOLUMEN I

 

 

 

JACK Y ALICE

novela

 

 

 

 

Dedicada con todo respeto al señor Francis William Austen1,
Guardia Marina a bordo del Barco Real Perseverance,
por su fiel y humilde Servidora,

LA AUTORA

 


 

 

CAPÍTULO PRIMERO

 

 

Hace mucho tiempo, el señor Johnson tenía unos 53 años; doce meses más tarde cumplió 54, algo que le hizo tan feliz que decidió celebrar su siguiente Cumpleaños con una Mascarada para sus Hijos y sus Amigos. Con tal motivo, el Día de su quin­cuagésimo cumpleaños se enviaron invitaciones a todos sus Vecinos. Lo cierto es que sus conocidos en esa parte del Mundo no eran demasiado numerosos, y se limitaban a Lady Williams, al Señor y la Señora Jones, a Charles Adams y a las 3 Señoritas Simpson, quienes componían el vecindario de Tramposería y a su vez la comitiva de la Mascarada.

Antes de ofrecer un relato de aquella Noche, será mejor que haga una descripción a mis lectores de las personas y Personajes que formaban el grupo de sus conocidos.

El Señor y la Señora Jones eran ambos bastante altos y muy apasionados, si bien, por otra parte, tenían bastante buen carácter y eran Personas de buena educación. Charles Adams era un Joven amable, instruido y cautivador; de una Belleza tan deslumbrante que solamente las águilas podían mirarle de frente.

La Señorita Simpson era una persona agradable, tanto por sus Modales como por su Disposición, siendo su única falta una ili­mitada ambición. Su hermana Sukey era Envidiosa, Resentida y Maliciosa. Su cuerpo era pequeño, gordo y desagradable. Cecilia (la más pequeña) era muy bonita pero demasiado afectada para resultar agradable.

En Lady Williams se daban cita todas las virtudes. Era una viuda con una dote nada despreciable y el eco de lo que había sido una cara muy bonita. Aunque era Benevolente y Franca, era Generosa y sincera; aunque Pía y Buena, era Religiosa y amable, y Aunque Elegante y Agradable, era Refinada y Divertida.

Los Johnson eran una familia de Amor, y aunque tenían cierta adicción a la Botella y a los Dados, también contaban con mu­chas Cualidades estupendas.

Así era el grupo que se reunía en el elegante Salón de la Corte de Johnson, en el cual y dentro del grupo de las Máscaras feme­ninas, la encantadora figura de una Sultana era la más notable. Del grupo Masculino, la Máscara que representaba el Sol era la más admirada de todas. Los rayos que despedían sus ojos eran como los del glorioso Luminario, aunque infinitamente superio­res. Tan intensos eran que nadie se atrevía a moverse a menos de media milla de distancia de ellos; de esa forma, su propietario contaba con la mejor parte del Salón para él, ya que éste no medía más de tres cuartos de milla de largo por media de ancho. Finalmente, los Caballeros encontraron que la fiereza de sus rayos era de lo más inconveniente para la concurrencia, ya que los obligaba a apiñarse en una esquina de la habitación con los ojos medio cerrados, por medio de los cuales, por cierto, la Compañía descubrió que se trataba de Charles Adams vestido con su Capa verde de todos los días, y sin máscara de ningún tipo.

Una vez ligeramente disminuido su asombro, su atención se vio atraída por 2 Dominós que avanzaban presos de un estado terriblemente apasionado. Ambos eran muy altos, si bien pare­cían tener muchas cualidades estupendas.

-Éstos son el Señor y la Señora Jones -dijo el ingenioso Charles.

Y ciertamente lo eran. ¡Nadie podía imaginar quién podía ser la Sultana! Hasta que, por fin, al dirigirse a una bella Flora que estaba reclinada en un sofá en estudiada pose, con un «¡Oh, Cecilia, ojalá fuera de verdad lo que pretendo ser!», el genio siempre vivo de Charles Adams descubrió que se trataba de la elegante pero ambiciosa Caroline Simpson, de la misma forma en que, con toda razón, imaginó que la persona a la que dirigía estas palabras era su encantadora pero afectada hermana Cecilia.

A continuación, la Compañía avanzó hacia una Mesa de Juegos donde se sentaban 3 Dominós (cada uno de ellos con una botella en la mano) muy concentrados en lo que hacían; pero una fémina que representaba la Virtud huyó con apresurados pasos de aquella tremenda escena, mientras una mujer pequeñi­ta y gorda que representaba la Envidia se saciaba contemplando, alternativamente, las frentes de los 3 Jugadores. Charles conti­nuó mostrándose tan brillante como siempre y pronto descubrió que el grupo que se hallaba jugando estaba formado por los 3 Johnson, que la Envidia era Sukey Simpson y que la Virtud era Lady Williams.

Los miembros de la Compañía se quitaron entonces las Máscaras y se dirigieron a otra habitación para participar en una Diversión elegante y bien organizada, tras lo cual, y después de que los 3 Johnson hubiesen zarandeado bien la Botella, la comi­tiva al completo, sin exceptuar siquiera a la Virtud, fue transpor­tada de vuelta a su casa, Borracha como una Cuba.

 

 

 

CAPÍTULO SEGUNDO

 

 

La Mascarada dio generoso tema de conversación a los habi­tantes de Tramposería -tanto como para tres meses-, si bien nin­guno de los participantes fue objeto de tantos comentarios como Charles Adams. La singularidad de su aspecto, los rayos que des­pedían sus ojos, el resplandor de su Ingenio, y el tout ensemble de su persona habían robado el corazón de tantas de las jóvenes Damas, que de las seis presentes en la Mascarada, sólo cinco no se habían enamorado de él. Alice Johnson era la desgraciada sexta, cuyo corazón no había podido resistir el poder de sus Encantos. Por extraño que pueda parecer a mis Lectores que tanta calidad y Excelencia como el hombre poseía sólo hubiese conquistado el corazón de esta Dama, será necesario recordarles que el corazón de las señoritas Simpson estaba a resguardo de su Poder, gracias a la Ambición, la Envidia y la Vanidad.

Todos los deseos de Caroline se centraban en un Marido con título, mientras que para Sukey, tanta excelencia superior sólo podía despertar en ella la Envidia, no el Amor; en cuanto a Cecilia, sentía un apego demasiado tierno por ella misma para fijarse en otra persona. Por lo que se refiere a Lady Williams y a la Señora Jones, la primera era demasiado sensata para enamo­rarse de alguien mucho más Joven que ella, y la última, aunque muy alta y muy apasionada, estaba demasiado encantada con su Marido para pensar en algo así.

Sin embargo, y a pesar de todos los esfuerzos de la Señorita Johnson por descubrir en él un signo de interés hacia ella, el frío e indiferente corazón de Charles Adams, inmutable ante cual­quier ser viviente, preservó la libertad que le era propia. Educado con todos, parcial ante nadie, continuó siendo el encantador y encantado, pero insensible Charles Adams.

Una noche en la que Alice se encontraba un tanto enardecida por el vino (casualidad no del todo infrecuente), decidió buscar consuelo para su desordenada Cabeza y su Corazón Enfermo de Amor en la Conversación de la inteligente Lady Williams.

Encontró a la Señora en casa, como era costumbre en ella, ya que no era muy aficionada a salir y a que, como el gran Sir Charles Grandison,2 rechazaba decir que no estaba en Casa si lo estaba, pues consideraba ese método, que entonces estaba en boga y que consistía en desembarazarse de los Visitantes desagra­dables, no menos que lo que lisa y llanamente se conoce por Bigamia.

A pesar del vino que había estado bebiendo, la pobre Alice estaba extrañamente animada. No podía pensar en nada que no fuera Charles Adams, no podía hablar de nada que no fuera él, y en seguida se puso a hablar tan abiertamente del tema que Lady Williams no tardó en descubrir el afecto no correspondido que la muchacha sentía por él, lo cual despertó su Piedad y su Com­pasión tan intensamente que se dirigió a ella de la manera si­guiente:

-Percibo con demasiada claridad, mi querida Señorita John­son, que su Corazón no ha podido resistir los fascinantes En­cantos de este joven y la compadezco sinceramente. ¿Se trata de su primer amor?

-En efecto.

-Siento un pesar aún mayor al escuchar eso. Yo misma soy un triste ejemplo de las Miserias de la vida, en general en lo concer­niente a un primer Amor, y estoy decidida a evitar una Desgracia similar en el futuro. Espero que no sea demasiado tarde para que usted haga lo mismo. Si es así, esfuércese, mi querida Niña, para protegerse de un Peligro tan grande. Un segundo afecto raras veces se vive con serias consecuencias; contra eso, por tanto, no tengo nada que decir. Protéjase contra un primer Amor y no ten­drá nada que temer contra un segundo.

-Señora, mencionó usted algo sobre haber sufrido usted mis­ma la desgracia de la que con tanta bondad quiere que yo me libre. ¿Me favorecería usted con el relato de su Vida y de sus Aventuras?

-Será un placer, corazón.

 

 

 

CAPÍTULO TERCERO

 

 

-Mi Padre era un caballero de considerable Fortuna en Berk­shire, siendo yo y unos cuantos más sus únicos hijos. Tenía sólo seis años cuando tuve la desgracia de perder a mi Madre y, sien-

do por aquel entonces joven y Tierna, en vez de enviarme a la Escuela, mi padre contrató a una mañosa Institutriz para que velara por mi Educación en Casa. Mis Hermanos fueron envia­dos a Escuelas acordes con su Edad y mis Hermanas, todas más pequeñas que yo, quedaron todavía al Cuidado de su Niñera.

»La Señorita Dickins era una Institutriz excelente, que me ins­truyó en los Senderos de la Virtud. Bajo su tutela me hacía cada día más amable, y quizá hubiera alcanzado la perfección de no ser porque mi valiosa Preceptora me fue arrancada de los brazos. Tenía yo diecisiete años. Nunca olvidaré sus últimas palabras: "Mi querida Kitty -me dijo- buenas noches". No la volví a ver -continuó Lady Williams, secándose las lágrimas-. Se fugó aque­lla misma noche con el Mayordomo.

»Al año siguiente, fui invitada a pasar el invierno en la Ciudad en casa de una parienta lejana de mi Padre. La Señora Watkins era una Dama con Distinción, Familia y fortuna. En general se la consideraba una Mujer bonita, aunque, por mi parte, yo nunca la creí muy hermosa. Tenía una frente muy ancha, Sus ojos eran demasiado pequeños y tenía demasiado color en las mejillas.

-¿Cómo es posible? -interrumpió la Señorita Johnson, enroje­ciendo de rabia-, ¿Cree usted que alguien puede tener demasia­do color en las mejillas?

-Desde luego que lo creo, y le diré por qué, mi querida Alicia. Cuando una persona tiene un grado demasiado elevado de rojo en su Tez, su cara ofrece, a mi juicio, un aspecto dema­siado rojo.

-Pero, Señora mía, ¿puede tener una cara un aspecto demasia­do rojo?

-Sin duda, mi querida Señorita Johnson, y le diré por qué. Cuando una cara tiene un aspecto demasiado rojo, no tiene las mismas ventajas que cuando es más pálida.

-Le ruego que continúe con su historia.

-Pues bien, como le decía antes, fui invitada por esta Dama a pasar varias semanas con ella en la ciudad. Muchos Caballeros la consideraban Hermosa pero, en mi opinión, Su frente era dema­siado ancha, sus ojos demasiado pequeños y tenía demasiado color en las mejillas.

-En ese punto, Señora, y como dije antes, debe de estar equi­vocada. La Señora Watkins no podía tener demasiado color en las mejillas ya que nadie puede tener demasiado color en las mejillas.

-Perdóneme, corazón, si no coincido con usted en ese particu­lar. Déjeme que me explique con claridad. Mi idea del caso es la siguiente: cuando una mujer tiene una gran proporción de color rojo en las Mejillas, es que tiene mucho color.

-Pero, Señora, yo niego que sea posible para alguien tener demasiada proporción de color rojo en las Mejillas.

-¿Y qué pasa, corazón, si lo tienen?

La Señorita Johnson había perdido por entonces toda su paciencia, algo que se acentuaba quizá por el hecho de que Lady Williams continuaba inflexiblemente fría. Deberá recordarse, sin embargo, que la Dama, al menos en un respecto, contaba con una gran ventaja sobre Alice; quiero decir, por el hecho de no estar borracha, ya que cuando se acaloraba con el vino y se enar­decía de Pasión, tenía muy poco control sobre su Temperamento.

La Disputa terminó por ser tan encendida por parte de Alice que «De las Palabras casi pasó a las Manos». Afortunadamente, el Señor Johnson entró en la habitación y con cierta dificultad con­siguió arrancarla de Lady Williams, de la Señora Watkins y de sus sonrosadas mejillas.

 

 

CAPÍTULO CUARTO

 

 

Mis lectores imaginarán quizá que después de un fracaso semejante no podía subsistir la menor relación entre los Johnson y Lady Williams, pero en eso se equivocarán, porque esta Dama era demasiado inteligente para enfadarse por una conducta que no podía dejar de ver como consecuencia natural de la ebriedad, y Alice sentía un respeto demasiado sincero por Lady Williams y una inclinación demasiado grande por su Clarete para no hacer todas las concesiones que estuvieran en su mano.

Unos días después de su reconciliación, Lady Williams llamó a la Señorita Johnson para proponerle un paseo por un Bosque de Limoneros que se extendía desde la pocilga de la Dama hasta los Abrevaderos de Caballos de Charles Adams. Alice era muy cons­ciente de la amabilidad de Lady Williams al proponerle un paseo como aquél y se sentía demasiado feliz con la perspectiva de ver al final de este paseo uno de los Abrevaderos de Caballos de Charles para no aceptar la invitación con visible contento. No habían caminado mucho cuando la reflexión sobre la felicidad que le aguardaba se vio interrumpida por estas palabras de Lady Williams.

-Me he abstenido hasta ahora de continuar con la historia de mi Vida, mi querida Alicia, porque no deseaba traerle a la Me­moria una escena que (ya que parece producirle más rechazo que crédito) creí mejor olvidar que recordar.

Alice ya había empezado a ponerse colorada y a hablar, cuan­do la Dama, dándose cuenta de su incomodidad, continuó de la siguiente manera:

-Me temo, mi querida Niña, que acabo de ofenderla con mis palabras. Le aseguro que no es mi intención perturbarla con el recuerdo de algo que ya no puede remediarse. Al contrario de lo que mucha gente piensa, no creo que pueda culpársele demasia­do, porque cuando una persona se encuentra bajo los efectos del Licor, nunca se sabe lo que puede hacer.

-Señora, esto es demasiado. Insisto en que...

-Mi querida Niña, no se angustie más por el asunto, le aseguro que he olvidado por completo cualquier cosa relacionada con él. No me sentí enfadada en aquel momento, porque me di cuenta todo el tiempo de que estaba usted borracha como una cuba, y sabía que no podía evitar decir las extrañas cosas que decía. Pero veo que la perturbo, de modo que cambiaré de tema y desearé que no vuelva a mencionarse. Recuerde que está todo olvidado. Y ahora continuaré con mi historia, pero debo insistir en que no le haré una descripción de la Señora Watkins. Eso no haría sino revivir viejas historias y, como al fin y al cabo usted nunca la conoció, le dará igual que su frente fuera demasiado ancha, sus ojos fuesen demasiado pequeños, o que tuviese demasiado color en las mejillas.

-¡Otra vez! Lady Williams, esto es demasiado.

Tan irritada estaba la pobre Alice con el recordatorio de la vieja historia, que no sé lo que hubiera sucedido de no ser por­que otro asunto atrajo la atención de ambas. Una encantadora Joven, que yacía bajo un Limonero, aparentamente presa de un gran dolor, era un asunto demasiado interesante para no atraer su atención. Olvidando su disputa, ambas avanzaron hacia ella con compasiva Ternura y le hablaron en estos términos:

-Bella Ninfa, parece usted acosada por alguna desgracia que, si nos informara sobre su naturaleza, nos gustaría poder aliviar. ¿Nos favorecería con la historia de su Vida y de sus aventuras?

-Con mucho gusto, Señoras, si son ustedes tan amables de sentarse.

Ambas tomaron asiento y ella comenzó a hablar de esta manera.

 

 

CAPÍTULO QUINTO

 

 

-Procedo del Norte de Gales, donde mi Padre es uno de sus Sastres más principales. Teniendo una familia muy numerosa, no le costó mucho que una hermana de mi Madre, una viuda bien situada, que posee una taberna en un Pueblo vecino al nuestro, le convencieran de que esta última me tomara a su cargo y corriera con los gastos de mi educación. En consecuen­cia, he vivido con ella los últimos 8 años de mi Vida, durante los cuales contrató para mí a los más cualificados Maestros, los cua­les me enseñaron todas las cosas que debe conocer una persona de mi sexo y de mi rango. Bajo su tutela aprendí Baile, Solfeo, Dibujo y varios Idiomas, gracias a lo cual me convertí en la Hija de Sastre mejor educada de Gales. Nunca hubo una Criatura más feliz que yo, hasta que hace medio año... Pero quizá debería haberles dicho antes que la Propiedad más importante de nues­tra Vecindad pertenece a Charles Adams, el propietario de la Casa de ladrillo, aquella casa que ven ustedes.

-¡Charles Adams! -exclamó la asombrada Alice-. ¿Conoce usted a Charles Adams?

-Sí, Señora, para mi desgracia. Vino hará medio año a cobrar las rentas de la Propiedad que acabo de mencionar. Fue entonces cuando le vi por primera vez. Como parece conocerle, Señora, no necesito describirle lo maravilloso que es. No pude resistir sus encantos...

-¡Ah! ¿Quién podría? -dijo Alice con un profundo suspiro.

-Como mi tía mantenía una íntima amistad con su cocinera, decidió, a petición mía, intentar averiguar, por medio de su amiga, si había alguna posibilidad de que éste correspondiera a mi afecto. Con este fin, fue una tarde a tomar el té con la Señora Susan, quien en el curso de la Conversación hizo mención de la bondad de su Posición y de la Bondad de su Amo; tras lo cual, mi Tía comenzó a sonsacarla con tanta destreza que, en poco tiem­po, Susan le dijo que no creía que su Amo se casara nunca, «por­que -dijo- me ha declarado muchas, muchas veces, que su espo­sa, quienquiera que fuese, debía poseer Juventud, Belleza, Alta Cuna, Ingenio, Merecimientos y Dinero. Muchas veces he inten­tado -continuó- razonar con él sobre esta resolución y conven­cerle de la improbabilidad de que encuentre a una Dama seme­jante, pero mis argumentos no han tenido el menor efecto y continúa tan firme en su resolución como siempre».

»Pueden imaginarse, Señoras, mi desconsuelo al escuchar esto; pues, a pesar de verme provista de juventud, Belleza, In­genio y Merecimientos, y a pesar de ser la probable Heredera de

la Casa de mis Tías y de su negocio, él podía considerarme defi­ciente en términos de Rango y, por lo tanto, inmerecedora de su mano.

»No obstante, decidí dar un paso muy atrevido y le escribí una carta sumamente amable, ofreciéndole con gran ternura mi mano y mi corazón. Como contestación, recibí una furiosa y dis­plicente negativa. Creyendo que quizá se trataba más del efecto de su modestia que de otra cosa, volví a insistir sobre el asunto; pero él no contestó nunca más a mis Cartas y poco después abandonó el Condado. Tan pronto como supe de su marcha, le escribí aquí, informándole de que en poco tiempo tendría el honor de esperarle en Tramposería, sin recibir respuesta alguna. Elegí entonces tomar su Silencio como muestra de Consenti­miento. Dejé Gales, sin decírselo a mi Tía, y llegué aquí esta Ma­ñana después de un fatigoso Viaje. Al preguntar dónde estaba su Casa, me indicaron que cruzara este Bosque, y la casa es aquella que ustedes pueden ver. Con el corazón alborozado por la espe­rada felicidad de contemplarle, entré en la casa y continué avan­zando por su interior, cuando me sentí repentinamente cogida por una pierna y al examinar la causa, me encontré con que había caído en una de esas trampas de acero tan comunes en las tierras de los caballeros.

-¡Ah! -exclamó Lady Williams-. ¡Cuánta suerte hemos tenido de encontrarla, porque de otra forma quizá hubiésemos compar­tido con usted la misma suerte!

-Sí, Señoras, verdaderamente es una suerte para ustedes que yo les haya precedido. Grité como pueden fácilmente imaginar, hasta que los bosques resonaron con mis gritos y hasta que uno de los criados del Despreciable vino en mi ayuda y me liberó de la terrible prisión, pero no antes de que una de mis piernas se rompiera totalmente.

 

 

CAPÍTULO SEXTO

 

 

Ante este melancólico recital, los bellos ojos de Lady Williams se encontraban arrasados en lágrimas y Alice no pudo evitar la siguiente exclamación:

-¡Oh, qué crueldad la de Charles, que rompe los corazones y las piernas de todas las que le quieren bien!

Lady Williams, entonces, la interrumpió y observó que la pier­na de la joven Dama debía ser atendida sin la menor dilación. Tras examinar la fractura, se puso manos a la obra inmediata­mente y llevó a cabo la operación con gran habilidad, algo de todo punto maravilloso teniendo en cuenta que nunca antes había hecho nada semejante. Entonces Lucy se levantó del suelo y, dándose cuenta de que podía caminar con una enorme facili­dad, las acompañó hasta la casa de Lady Williams a petición par­ticular de la Dama.

La perfecta figura, el bello rostro y las elegantes maneras de Lucy ganaron de tal modo el afecto de Alice que cuando se sepa­raron, lo que no sucedió hasta después de la Cena, le aseguró que después de su Padre, Hermano, Tíos, Tías, Primos y otros parientes, Lady Williams, Charles Adams y media docena de amigos particulares, la amaba casi más que a cualquier otra per­sona en el mundo.

Una afirmación tan halagadora hubiera proporcionado lógica­mente un gran placer a Lucy, de no ser porque se había dado per­fecta cuenta de que la amable Alice se había despachado a gusto con el clarete de Lady Williams.

Esta Dama (cuya capacidad de discernimiento era grande) leyó en el inteligente rostro de Lucy lo que pensaba sobre el asunto y, tan pronto como la Señorita Johnson se marchó, se dirigió a ella de esta manera.

-Cuando conozca un poco mejor a mi Alice, no se sorprende­rá, Lucy, de ver cómo la querida Criatura bebe un poco más de la cuenta; porque cosas como ésta pasan todos los días. Esta mu­chacha tiene muchas raras y encantadoras cualidades, pero la Sobriedad no es una de ellas. En realidad, la familia en pleno es un triste ejemplo de borrachos. Lamento decir que nunca conocí a tres más viciosos del Juego que ellos, Alice en particular. Pero es una niña encantadora. Me imagino que su temperamento no es uno de los más dulces del mundo -¡la verdad es que la he visto en cada arrebato!-, pero es una joven encantadora. Estoy segura de que le gustará. Me cuesta pensar en alguien más amable. ¡Si hubiese podido verla la otra Noche! ¡Qué manera de desvariar! ¡Y por una cosa tan nimia! Realmente es una Niña encantadora y siempre la querré.

-Según su descripción, parece tener muy buenas cualidades -replicó Lucy.

-¡Oh, miles! -contestó Lady Williams-. Aunque es posible que sea demasiado parcial y a la hora de ver sus verdaderos defectos me ciegue el afecto que siento por ella.

 

 

CAPÍTULO SÉPTIMO

 

 

A la mañana siguiente, las tres Señoritas Simpson se dirigieron a la casa de Lady Williams, quien las recibió con la mayor educa­ción y les presentó a Lucy, con la cual la mayor de las hermanas estaba tan encantada que, al despedirse de ella, declaró que su única ambición en la vida era que las acompañara a Bath a la mañana siguiente, donde se disponían a pasar varias semanas.

-Lucy -dijo Lady Williams- es muy libre de hacer lo que quie­ra y espero que no dude en aceptar tan amable invitación por ningún tipo de consideración hacia mí. Realmente, no sé cómo podré separarme de ella. Nunca ha estado en Bath y creo que dis­frutaría muchísimo con ese viaje. Hable, querida -continuó, diri­giéndose a Lucy-, ¿qué le parece acompañar a estas Damas? Me sentiré terriblemente mal sin su compañía... aunque, claro, sería muy agradable para usted y de verdad espero que vaya. Si decide ir, para mí será como la Muerte... pero, por favor, que esto no la detenga.

Lucy les rogó que le dieran permiso para declinar el honor de acompañarlas, con muchas expresiones de gratitud hacia la extrema generosidad que la Señorita Simpson había demostrado al invitarla.

La Señorita Simpson se mostró muy defraudada ante la negati­va. Lady Williams insistió en que debía ir, declaró que nunca la perdonaría si no lo hacía y que nunca sobreviviría al hecho de que fuera. En resumen, utilizó argumentos tan persuasivos que, finalmente, se resolvió que debía ir. Las Señoritas Simpson en­viaron a buscarla a las diez de la mañana del día siguiente y Lady Williams tuvo pronto la satisfacción de recibir de su joven amiga la grata noticia de que había llegado a Bath sana y salva.

Quizá sea oporturno volver ahora al Héroe de esta Novela, el hermano de Alice, de quien creo que apenas he tenido ocasión de hablar, lo que en parte se deba probablemente a su triste afi­ción al Licor; algo que de forma tan absoluta le privaba del uso de aquellas facultades con las que la Naturaleza le había dotado y que explica que no hiciera nunca algo digno de mención. Su Muerte se produjo poco después de la marcha de Lucy y fue la Consecuencia natural de esta perniciosa práctica. Con el falleci­miento de éste, su hermana se convirtió en heredera única de una enorme fortuna, algo que, al darle renovadas Esperanzas de parecer una esposa aceptable ante los ojos de Charles Adams, no podía dejar de agradarle muchísimo. De modo que como el efecto era motivo de Alegría, la Causa apenas podía lamentarse.

Consciente de que la violencia de su afecto no hacía sino aumentar día a día, decidió por fin confiarse a su Padre y expre­sarle su deseo de que propusiera a Charles una unión entre a­mbos. Su padre le dio su consentimiento y partió una mañana a exponer el caso al joven. Siendo el Señor Johnson un hombre de pocas palabras, no tardó mucho en decir lo que tenía que decir. La respuesta que recibió fue la siguiente:

-Señor, quizá se espere de mí que me muestre contento y agradecido por la oferta que me acaba de hacer, pero permítame que le diga que la considero una afrenta. Señor mío, sepa usted que me considero lo que se dice una Belleza perfecta..., me pre­gunto dónde podría usted encontrar una figura más hermosa o una cara más encantadora que las mías. Por otra parte, creo que mis Modales y mi Trato son de la más exquisita finura: hay en ellos una elegancia y una peculiar delicadeza que no he encon­trado en ninguna otra persona y que me resulta imposible des­cribir. Modestia aparte, mis dotes para todas las Lenguas, todas las Ciencias, todas las Artes y para todo, son superiores a las de cualquier otra persona en Europa. Mi temperamento es equili­brado, mis virtudes innumerables: no tengo igual. Siendo ésta mi condición, caballero, ¿puede decirme qué significa eso de que desea verme casado con su Hija? Permítame que haga un rápido esbozo de usted y de ella. Le considero a usted, caballero, algo así como un muy buen hombre, en general; sin duda es usted un Borrachuzo, pero eso no me importa. En cuanto a su hija, no es ni suficientemente bella, ni suficientemente amable, ni suficien­temente inteligente, ni suficientemente rica para mí. De mi esposa no espero sino lo que mi esposa encontrará en mí: Per­fección. Éstos son, señor mío, mis sentimientos, de los cuales me honro. Sólo tengo una amiga, y me enorgullezco de tener sólo una. En estos momentos se encuentra preparándome la Cena, pero si desea usted verla, la llamaré. Ella podrá informarle de que éstos han sido siempre mis sentimientos.

El Señor Johnson quedó satisfecho con la explicación y, expre­sando su agradecimiento al Señor Adams por el retrato que había hecho de él y de su Hija, se marchó.

Al escuchar de su padre el triste relato del poco éxito que había tenido la visita, la desgraciada Alice apenas pudo soportar su frustración y corrió a agarrarse a su Botella, con lo que la frus­tración quedó en poco tiempo olvidada.

 

 

CAPÍTULO OCTAVO

 

 

Mientras se trataban estos asuntos en Tramposería, Lucy se dedicaba a conquistar todos los Corazones de Bath. Quince días de estancia allí habían borrado en ella casi todo recuerdo del cautivador Charles. La memoria de lo que había sufrido su Co­razón a causa de sus encantos, y su Pierna por la trampa de caza de su propiedad, la permitían olvidar con tolerable Facilidad; algo que estaba decidida a hacer. Con tal propósito, dedicaba cinco minutos cada día a apartarlo de su recuerdo.

Su segunda carta a Lady Williams contenía la agradable no­ticia de que había cumplido su empresa satisfactoriamente, mencionando también la proposición de matrimonio que ha­bía recibido del Duque de..., un Hombre mayor, de noble for­tuna, cuya mala salud era la razón principal de su Viaje a Bath.

 

Realmente no sé -continuaba- si quiero o no aceptar esta proposición, lo cual me hace sufrir. Veo las miles de ventajas que se derivarían de un matrimonio con el Du­que, pues, al margen de otras menos importantes relacio­nadas con el Rango y la Fortuna, este matrimonio me pro­porcionaría un hogar, que es lo que deseo por encima de todo. Su amable deseo, Señora, de que permanezca siem­pre a su lado es noble y generoso, pero no puedo aceptar convertirme en una carga tan pesada para alguien a quien tanto estimo y valoro. Que uno sólo debería recibir favo­res de la gente que desprecia es un sentimiento que me inculcó mi respetable tía en la niñez, y que, en mi opi­nión, no puedo llevar a cabo estrictamente. Según tengo entendido, la excelente mujer de la que hablo está ahora demasiado enfadada por mi imprudente marcha de Gales, como para recibirme de nuevo. Deseo ardientemente de­jar a las Damas con las que me encuentro ahora. Dejando

a un lado la ambición, la Señorita Simpson es verdadera­mente muy amable, pero su 2.á hermana, la envidiosa y malvada Sukey, es demasiado desagradable para la convi­vencia. Tengo razones para creer que la admiración que he despertado en los círculos de las gentes principales de este Lugar, ha despertado su Odio y su Envidia, porque a menudo me ha amenazado, habiendo incluso intentado cortarme la garganta. Comprenderá, Señora, que tengo razones para desear abandonar Bath y tener un hogar que me acoja. Aguardaré impaciente su consejo sobre el Duque.

Su muy agradecida, etc., etc.

 

LUCY

 

Lady Williams le envió su opinión sobre el asunto de la si­guiente Forma:

 

Mi queridísma Lucy, ¿por qué duda un momento sobre el Duque? He hecho algunas averiguaciones sobre su Persona y he sabido que se trata de un Hombre analfabeto y sin principios. ¡Jamás mi Lucy se unirá a un hombre semejante! Esta persona posee una enorme fortuna que no deja de crecer cada día. ¡Con cuánta nobleza la gastaría usted! ¡Qué crédito le daría a los ojos de todo el mundo! ¡Cuánto le respetarían por la cuenta de su Esposa! Pero no entiendo, mi queridísima Lucy, ¿por qué no toma una decisión inmediatamente y regresa a mí, para nunca más separarse de mi lado? Aunque admiro sus nobles senti­mientos con respecto a los favores, le ruego que éstos no le impidan hacerme feliz. Sin duda esto me acarreará gran­des gastos, tenerla siempre junto a mí... gastos que no podré soportar, pero ¿qué es eso en comparación con la felicidad que me procurará su compañía? Sé que me arrui­nará, por lo cual no creo que acepte usted superar estos argumentos o rechazar volver al lado de su más ferviente, etc., etc.

C. WILLIAMS

 

 

CAPÍTULO NOVENO

 

 

Cuál habría sido el efecto del consejo de Lady Williams, de haberlo recibido Lucy, es algo que no podemos saber, ya que éste llegó a Bath pocas Horas después de que hubiera exhalado su último aliento. Lucy fue la víctima de la Envidia y de la Malicia de Sukey, quien, celosa de la superioridad de sus encantos y haciendo uso del veneno, la arrancó del Mundo que se había rendido a sus pies, a la edad de diecisiete años.

Así murió la amable y encantadora Lucy, cuya Vida no había sido marcada por ningún Crimen, ni mancillada por falta algu­na, salvo su imprudente marcha del lado de sus Tías, y cuya muerte fue sinceramente lamentada por todos los que la cono­cieron. Entre sus amigos más afligidos se encontraban Lady Williams, la Señorita Johnson y el Duque, de los cuales los 2 pri­meros sentían un gran afecto por ella, especialmente Alice, quien había pasado una tarde entera en su compañía y nunca había vuelto a pensar en ella desde entonces. La aflicción de su Gracia puede también entenderse, ya que perdió a alguien por quien, en el curso de los últimos diez días, había experimentado un tierno afecto y un sincero interés. El Duque lloró su pérdida con inquebrantable constancia durante quince días, al final de los cuales gratificó la ambición de Caroline Simpson elevándola al rango de Duquesa. De aquella forma vio por fin Caroline grati­ficada su máxima pasión y se sintió plenamente dichosa. Poco después, su hermana, la pérfida Sukey, se vio también gratificada de la forma que verdaderamente merecía, y que sus acciones demuestran que fue su eterno deseo. Su brutal Asesinato fue des­cubierto y, a pesar de la intercesión de todos sus amigos, fue rápi­damente llevada a la Horca. La bella pero afectada Cecilia era demasiado consciente de la superioridad de sus propios encantos para imaginar que si Caroline se había podido comprometer con un Duque, ella podría aspirar sin problema al afecto de algún Príncipe, y sabiendo que los de su País natal estaban archicom­prometidos, dejó Inglaterra y he oído decir que es ahora la Sultana favorita del gran Mogul.

Mientras tanto, los habitantes de Tramposería se vieron sumi­dos en un estado de enorme sorpresa y Perplejidad, ya que comenzó a circular la noticia del proyectado matrimonio de Charles Adams. El nombre de la Dama era todavía un secreto. El Señor y la Señora Jones imaginaron que se trataba de la Señorita Johnson; pero ésta estaba mejor informada.Todos sus temores se centraban en la Cocinera de Charles, cuando, para el asombro de todos, éste se unió públicamente a Lady Williams.

 

Finis

 

 

 

 

 

 

 

 

EDGAR Y EMMA

Cuento

 

 

 

CAPÍTULO PRIMERO

 

 

-No puedo entender -dijo Sir Godfrey a Lady Marlow- por qué continuamos en un Alojamiento tan deplorable como éste, en una sucia ciudad de provincias, cuando tenemos 3 Casas estu­pendas de nuestra propiedad, en los mejores sitios de Inglaterra, y en perfectas condiciones para ser habitadas.

-Tengo la seguridad, Sir Godfrey -replicó Lady Marlow-, de que ha sido muy en contra de mi deseo que hemos permanecido aquí tanto tiempo; y el simple hecho de que estemos aquí ha sido siempre para mí un absoluto misterio, ya que ninguna de nuestras Casas necesita la menor reparación.

-No, querida -contestó Sir Godfrey-, eres la última persona que podría sentirse descontenta por lo que ha significado siem­pre un cumplido hacia ti, porque es imposible que no te des cuenta de los grandes inconvenientes a los que tus Hijas y yo nos hemos visto sometidos durante los 2 años que hemos permane­cido apiñados en este Alojamiento para darte placer.

-Pero, querido -replicó Lady Marlow-, ¡cómo puedes decir semejantes falsedades, cuando sabes muy bien que fue por ti y por las Niñas, por lo que dejé una Casa extremadamente cómo­da, situada en el Lugar más delicioso y rodeada de la Vecindad más agradable, para vivir 2 años apiñada en un tercer piso, en una ciudad insalubre y llena de humo, que me ha provocado una fiebre constante y casi me lleva a la Muerte!

Como después de varios intercambios más ninguno de los dos podía determinar quién tenía la culpa, dejaron prudentemente a un lado el tema y, después de empacar su Ropa y de pagar la renta, partieron a la mañana siguiente con sus 2 Hijas a su casa de Sussex.

Sir Godfrey y Lady Marlow eran en verdad personas muy sen­satas, y aunque, como muchas otras Personas sensatas, algunas veces hicieran alguna tontería (como en este caso), sus acciones estaban por lo general guiadas por la Prudencia y regidas por la discreción.

Después de un Viaje de dos Días y medio, llegaron a Mar­lhurst, en buen estado y con buen ánimo. Tan contentos estaban todos de volver a habitar una casa que habían abandonado du­rante dos años, que ordenaron tocar las campanas y distribuye­ron nueve peniques entre los tañedores.

 

 

CAPÍTULO SEGUNDO

 

 

La noticia de su llegada, que se extendió rápidamente por toda la Región, hizo que en el curso de pocos días recibieran visitas de felicitación de todas las familias de la zona.

Entre los últimos, se encontraban los habitantes de Willmot Lodge, una hermosa Villa no muy distante de Marlhurst. El Señor Willmot era el representante de una Familia muy antigua y, además de los Bienes de su padre, poseía buena parte de las acciones de una mina de Plomo y un billete de Lotería. Su Esposa era una Mujer agradable. Sus hijos eran tantos que no podemos describirlos aquí uno a uno; baste decir que, en gene­ral, tenían inclinación por la virtud y no eran dados a la mal­dad. Siendo la familia demasiado numerosa para ir de visita a un tiempo, los padres llevaban a nueve hijos en cada una, de forma alternativa.

Cuando el Coche se detuvo a la puerta de Sir Godfrey, los corazones de las Señoritas Marlow comenzaron a latir intensa­mente ante la enorme expectación que en ellas despertaba la idea de volver a ver a una familia que tanto querían. Emma, la más joven (que estaba particularmente interesada en su llegada, dado su afecto por el Hijo mayor) permaneció en la ventana de su Vestidor, con la nerviosa Esperanza de ver descender del Ca­rruaje al joven Edgard.

El Señor y la Señora Willmot hicieron su aparición en primer lugar, junto con las tres Hijas mayores: Emma comenzó a tem­blar. Robert, Richard, Ralph y Rodolphus aparicieron a continua­ción: Emma palideció. Sacaron a las Niñas más pequeñas del Coche: Emma se hundió sin aliento en el Sofá. Un lacayo vino a la habitación para anunciarle la llegada del Grupo: su corazón estaba demasiado lleno para contener su aflicción. Necesitaba un confidente, y pensó que en Thomas podría encontrar a un confidente fiel, porque necesitaba uno y Thomas era el único que tenía a Mano. A él le abrió su corazón sin guardarse nada y después de declararle la pasión que sentía hacia el joven Will­mot, le pidió que le aconsejara sobre la mejor forma de sobrelle­var el melancólico Dolor que padecía.

Thomas, quien de buen gusto se habría excusado para no es­cuchar sus quejas, le rogó que le diera permiso para no darle nin­gún tipo de consejo sobre el asunto, cosa que ella tuvo que aca­tar muy en contra de su voluntad.

Después de despedirle con numerosos ruegos de que le guar­dara el secreto, bajó con el corazón oprimido a la Sala, donde encontró a la buena Compañía sentada según la costumbre so­cial en torno a un fuego llameante.

 

 

 

CAPÍTULO TERCERO

 

 

Emma permaneció en la Sala cierto tiempo, antes de reunir el suficiente valor para preguntar a la Señora Willmot sobre el resto de su familia; y cuando lo hizo, fue con una voz tan baja y tan titubeante, que nadie supo que estaba hablando. Abatida por el escaso éxito de su primer intento, no hizo ningún otro, hasta que, cuando la Señora Willmot pidió a una de sus Hijas peque­ñas que tocara la campana para pedir el Coche, cruzó a toda velocidad la habitación y apoderándose del cordón de la campa­na dijo con gran decisión.

-Señora Willmot, no saldrá usted de esta Casa sin decirme cómo se encuentra el resto de su familia, en particular su hijo mayor.

Todos se mostraron muy sorprendidos ante aquellas palabras tan inesperadas, más aún teniendo en cuenta la forma en que las había dicho; pero la determinación de Emma, que no estaba dis­puesta a quedarse otra vez sin respuesta, hizo que la Señora Willmot pronunciara con gran elocuencia la siguiente alocución:

-Todos nuestros hijos se encuentran perfectamente bien, aun­que la mayoría están fuera de casa. Amy está con mi hermana Clayton. Sam en Eton. David con su Tío John. Jem y Will están en Winchester. Kitty en Queen's Square. Ned con su Abuela. Hetty y Patty están en un convento en Bruselas. Edgard está en la universidad, Peter con la Nodriza, y el resto (excepto los nueve que están aquí) en casa.

Sólo con dificultad pudo Emma contener las lágrimas al escu­char la ausencia de Edgard. No obstante, consiguió mantener cierta compostura hasta que los Willmot se marcharon, después de lo cual, no encontrando ya freno alguno al desbordamiento de su tristeza, dejó que ésta fluyese libremente y se retiró a su habi­tación, donde continuó llorando el resto de su Vida.

 

finis

 

 

 

 

 

 

HENRY Y ELIZA

Novela

 

 

Dedicada humildemente a la Señorita Cooper'
por su obediente y Humilde Servidora

LA AUTORA

 

 

Mientras Sir George y Lady Harcourt supervisaban el Trabajo de sus Segadores, recompensando el esfuerzo de unos con sonri­sas de aprobación, y castigando la ociosidad de otros con una caña, descubrieron, en el suelo y casi oculta tras un montón de heno, a una bonita Niña de no más de tres meses de edad.

Conmovidos por la encantadora Gracia de su cara y deleitados por las respuestas, infantiles pero vivaces, que daba a sus nume­rosas preguntas, resolvieron llevársela a casa y, no teniendo Hijos propios, cuidar de ella y educarla a sus expensas.

Siendo ellos mismos buenas Personas, su primer y principal Cometido fue inculcarle el Amor a la Virtud y el Odio al Vicio; algo en lo que tuvieron tanto éxito (también Eliza tenía un ins­tinto natural para el bien) que cuando creció se convirtió en el deleite de todos los que la conocían.

Adorada por Lady Harcourt y por Sir George, y admirada por todo el Mundo, su vida transcurrió en un flujo de ininterrumpi­da Felicidad, hasta que cumplió los dieciocho años, momento en el cual, descubierta cuando robaba un cheque de cincuenta libras, fue puesta de patitas en la calle por sus inhumanos Be­nefactores. Una transición como ésa, en alguien que no poseyera una inteligencia tan noble y exaltada como la de Eliza, hubiera significado la Muerte, pero ella, feliz y consciente de su propia Excelencia, decidió divertirse, sentada bajo un árbol, compo­niendo y cantando las siguientes Líneas.

Canción

Aunque las desgracias vayan conmigo

Espero que nunca necesite un amigo.

Inocente el Corazón seguiré mi camino

Nunca de la Virtud se apartará el paso mío.

 

Después de haberse divertido durante varias ñoras con esta canción y con sus propias y agradables reflexiones, se levantó y tomó el camino hacia M., una pequeña ciudad de provincias, en la cual su amiga más íntima regentaba El León Rojo.

Tan pronto como la Señora Wilson, que era la criatura más amable de la tierra, conoció los Deseos de Eliza, se sentó en el Bar y se puso a escribir la siguiente Carta a la Duquesa de F., la mujer a quien, entre todas las demás, más Estimaba.

 

A la duquesa de E:

 

Reciba en el seno de su Familia, a petición mía, a una joven de excepcional Personalidad, que es tan buena como para elegir su Compañía antes de ponerse a Servir. Apresúrese y tómela de los brazos de su

 

SARAH WILSON

 

La Duquesa, cuya amistad con la Señora Wilson la hubiera hecho recorrer cualquier distancia, se sintió regocijada ante aquella oportunidad de hacer un favor a su amiga y, por lo tanto, se puso en marcha inmediatamente después de recibir la carta, y llegó al León Rojo aquella misma Noche. La Duquesa de E tenía unos cuarenta y cinco años y medio. Sus pasiones eran fuertes, sus amistades firmes y sus Enemigos inconquistables. Era viuda y tenía sólo una Hija que estaba a punto de casarse con un joven de considerable fortuna.

Tan pronto contempló la Duquesa a nuestra Heroína, le rodeó el cuello con sus brazos, le declaró que estaba encantada con ella y que estaba resuelta a que nunca más se separasen. Eliza se mos­tró feliz con tal demostración de amistad, y después de despedir­se de la forma más afectuosa de su querida Señora Wilson, acom­pañó a su gracia a su casa de Surry, a la mañana siguiente.

La Duquesa presentó a Eliza a Lady Harriet muy afectuosa­mente, mostrándose esta última tan encantada con ella que le rogó que la considerase su Hermana, algo que Eliza prometió hacer con la mayor de las Condescendencias.

Estando a menudo con la familia, el Señor Cecil, el Amante de Lady Harriet, estaba a menudo con Eliza, desencadenándose en­tre ambos un mutuo Amor. Después de declarar Cecil la priori­dad del suyo, convenció a Eliza para que accediese a una unión privada, algo que resultó muy sencillo, ya que, como el capellán de la Duquesa estaba él mismo muy enamorado de Eliza, sabían que haría cualquier cosa por complacerla.

Una noche en que la Duquesa y Lady Harriet tenían el com­promiso de asistir a una reunión, aprovecharon su ausencia para que el enamorado Capellán llevara a cabo su unión.

El asombro de las Damas fue grande, cuando, al regresar a su casa, se encontraron, en vez de con Eliza, con la siguiente Nota.

 

Señora:

Nos hemos casado y nos hemos ido.

HENRY Y ELIZA CECIL

 

Una vez hubo leído la carta, que explicaba muy bien todo el asunto, su Gracia estalló en un ataque extremadamente violento y, después de pasar una buena media hora llamándoles por los Nombres más sorprendentes que su rabia le dictara, envió tras ellos a 300 Hombres armados, con órdenes de no volver si no era con sus Cuerpos, muertos o vivos; con la intención de que si los traían en este último estado, les procuraría la Muerte por medio de algún sistema de tortura, después de algunos años de Con­finamiento.

Mientras tanto, Cecil y Eliza continuaban con su fuga al Continente, un lugar que les parecía más seguro que su Tierra natal, debido a los terribles efectos de la venganza de la Duquesa, que hacían bien en temer.

En Francia permanecieron 3 años, tiempo durante el cual fue­ron padres de dos Niños. Al final de este período Eliza se encon­tró viuda y sin nada con lo que sostener ni a sus Hijos y ni a ella misma. Desde su Matrimonio, habían vivido cpn una renta de 18.000 libras al año. Ahora, encontrándose los bienes del Señor Cecil muy por debajo de la veinteava parte del valor de éstos y habiendo vivido hasta el límite de sus Ingresos, no habían podi­do ahorrar sino una auténtica minucia.

Inmediatamente después de la muerte de su esposo, y cons­ciente de la precariedad de sus asuntos, Eliza partió para In­glaterra en un barco de Guerra de 55 Cañones que mandaran construir en Días más prósperos. Pero no acababa de desembar­car en Dover, con un Niño en cada mano, cuando fue apresada por los oficiales de la Duquesa y conducida por ellos a una con­fortable y pequeña Newgate2 propiedad de la Dama, que había mandado erigir para la recepción de sus Prisioneros privados.

No bien acababa de entrar en su Mazmorra, lo primero que le vino a Eliza a la cabeza fue la idea de cómo salir de allí.

Se dirigió hacia la Puerta, pero estaba cerrada. Miró hacia la ventana, pero estaba cruzada con barras de hierro. Viendo frus­tradas ambas expectativas, sintió cómo la desesperanza ante la idea de poder llevar a cabo su Escapada se apoderaba de ella. Por fortuna, descubrió en la Esquina de la Celda una pequeña sierra y una Escala de cuerda. Ayudándose con la sierra, se puso inme­diatamente a trabajar y en pocas semanas había cortado todas las Barras excepto una, a la cual ató la Escala.

Surgió entonces una dificultad, que durante algún tiempo no supo cómo resolver. Sus hijos eran demasiado pequeños para descender por la Escala por ellos mismos, y tampoco podía lle­varlos en brazos en su descenso. Por fin, decidió arrojar todos sus Vestidos, los que tenía en gran Cantidad, y, después de tirar una buena Carga para que no se hirieran, arrojó a sus Hijos tras ellos. Hecho lo cual, descendió la Escala con facilidad, teniendo el pla­cer de hallar a sus niños, al final de ésta, en perfecto estado de Salud y profundamente dormidos.

Se encontró entonces en la fatal necesidad de vender su guar­darropa, tanto para la preservación de sus Hijos como para la suya propia. Con lágrimas en los ojos, se separó de estas últimas reliquias de su antigua Gloria, y con el dinero que obtuvo por ellas, compró otras más útiles, algunos juguetes para Sus Niños y un Reloj de oro para ella.

Pero apenas había terminado de comprar los útiles arriba mencionados, comenzó a sentir bastante hambre, y tuvo razo­nes para creer, por los mordiscos que recibió en dos de sus dedos, que sus Niños se encontraban en una situación muy parecida.

Para remediar esta inevitable desgracia, decidió volver al lado de sus antiguos amigos, Sir George y Lady Harcourt, cuya gene­rosidad había experimentado tan a menudo y con la esperanza de experimentarla otra vez con la misma frecuencia.

Eliza tenía que viajar unas 40 millas para llegar a la hospitala­ria Mansión. Después de haber caminado 30 sin parar, se encon­tró a la Entrada de un Pueblo al que, en tiempos más felices, ha­bía acompañado a Sir George y a Lady Harcourt a tomar una comida fría en una de sus Fondas.

Los recuerdos de sus aventuras desde la última vez que había participado en una de aquellas felices Comilonas ocuparon su pensamiento durante algún tiempo, mientras permanecía senta­da a la puerta de la casa de un Caballero. Tan pronto como estas reflexiones tocaron a su fin, se levantó y decidió apostarse ante aquella misma fonda que tan bien recordaba, y de cuya Clien­tela, en su entrar y salir de la fonda, esperaba recibir alguna cari­tativa Propina.

Acababa de tomar su puesto ante la Fonda cuando un Coche salió por la puerta y, al volver la Esquina en la que estaba aposta­da, se detuvo para dar al Postillón una oportunidad de admirar la belleza del panorama. Eliza avanzó entonces hacia el coche y se disponía a pedir una Caridad, cuando, al fijar sus Ojos en la Da­ma que se encontraba en su interior, exclamó:

-¡Lady Harcourt!

A lo cual replicó la dama:

-¡Eliza!

-Sí, Señora, la desdichada Eliza en persona.

Sir George, que también estaba en el interior del Coche, pero que se encontraba demasiado sorprendido _ara hablar, se dis­ponía a pedir a Eliza una explicación sobre la Situación en la que se hallaba, cuando Lady Harcourt, transportada de Alegría, ex­clamó:

-¡Sir George, Sir George, Eliza no es sólo nuestra hija adopta­da, sino también nuestra verdadera Hija!

-¡Nuestra verdadera Hija! ¿Qué quiere decir, Lady Harcourt? Sabe usted bien que nunca ha tenido hijos. Explíquese, se lo ruego.

-Debe recordar, Sir George, que cuando embarcó hacia Amé­rica, me dejó encinta.

-Lo recuerdo, lo recuerdo... continúe, querida Polly.

-Cuatro meses después de que se marchara, tuve a esta niña, pero temiendo su justo resentimiento hacia ella por no ser el Niño que deseaba, la llevé junto a un montón de heno y allí la dejé acostada. Pocas semanas más tarde, regresó usted, y afortu­nadamente para mí, no me hizo ninguna pregunta sobre el asun­to. Feliz en mi interior por el bienestar de mi Niña, pronto olvidé que la había tenido. Tanto fue así que, cuando poco después la encontramos junto al mismo montón de heno donde la había dejado, tenía la misma idea que usted de que fuese mía, es decir ninguna, y creo que nada me hubiese recordado tal circunstancia de no haber escuchado ahora su voz accidentalmente, y que me parece el verdadero duplicado de la de mi propia Niña.

-El Relato convincente y racional que ha hecho de todo el asunto -dijo Sir George- no deja lugar a dudas de que es nuestra Hija, y como tal, la perdono totalmente del robo que llevara a cabo.

A continuación, se produjo una mutua Reconciliación y Eliza, subiendo al Coche con sus dos Hijos, volvió al hogar del que había estado ausente durante casi cuatro años.

Tan pronto como volvió a gozar de su antiguo poder en Harcourt Hall, reunió un Ejército con el cual derribó por comple­to la Newgate de la Duquesa -a pesar de lo confortable del edifi­cio-, y con este acto se ganó las Bendiciones de miles, y el Aplauso de su propio Corazón.

 

finis

 

 

LA BELLA CASSANDRA

novela en doce capítulos

 


Dedicada a la Señorita Austen*

 

Dedicatoria

 

Señora:

Es usted un Fénix. Su gusto es refinado, sus Sentimientos nobles, y sus Virtudes innumerables. Su Físico es hermoso, su Figura elegante, y sus Formas majestuosas. Sus Modales son pulidos, su Conversación racional y su apariencia singular. Si por esta razón el siguiente Relato le proporciona un momento de diversión, satisfará todos los deseos de su más obediente y humilde servidora

LA AUTORA

 

 

CAPÍTULO 1 o

 

 

Cassandra era la Hija y la única Hija de una celebrada Cos­turera de Bond Street. Su Padre era de noble Cuna, pues estaba emparentado de cerca con el Mayordomo de la Duquesa de...

 

 

CAPÍTULO 2

 

 

Cuando Cassandra cumplió los 16 años, y era hermosa y sim­pática y dispuesta a correr el riesgo de enamorarse de un Gorro elegante, su Madre justo acababa de terminar uno a medida por encargo de la Condesa de... Se lo puso en su gentil Cabeza y salió de la tienda de su Madre a hacer Fortuna.

 

 

CAPÍTULO 3°

 

 

La primera persona con que se encontró fue el Vizconde de..., un joven no menos celebrado por sus Logros y Virtudes que por su Elegancia y Hermosura. Le hizo una reverencia y siguió su camino.

 

 

CAPÍTULO 4°

 

 

Seguidamente se dirigió a una Pastelería donde devoró seis helados, se negó a pagarlos, atizó al Pastelero y huyó.

 

 

CAPÍTULO 5°

 

 

A continuación se subió a un Coche de Alquiler y ordenó que la llevaran a Hamsptead, donde no bien hubo llegado ordenó al Cochero que diera la vuelta y regresase.

 

 

CAPÍTULO 6°

 

 

De regreso al mismo sitio de la misma Calle de donde había partido, el Cochero solicitó su Paga.

 

 

CAPÍTULO 7°

 

 

Buscó en sus bolsillos una y otra vez; pero por más que buscó todo fue en vano. Ni una moneda pudo encontrar. El hombre se puso exigente. Ella se puso el gorro en la cabeza y empezó a correr.

 

 

CAPÍTULO 8°

 

 

Por muchas calles seguió su camino y en ninguna encontró la menor Aventura hasta que, al doblar una esquina de Bloomsbury Square, se tropezó con Maria.

 

 

CAPÍTULO 9°

 

 

Cassandra se sobresaltó y Maria pareció soprendida; las dos temblaron, se sonrojaron, palidecieron y pasaron de largo sin dirigirse una palabra.

CAPÍTULO 1O°

 

 

Cassandra fue abordada a continuación por su amiga la Viuda, la cual, asomando su pequeña Cabeza por la estrecha ventana inferior, le preguntó qué tal le iba. Cassandra le hizo una reve­rencia y siguió su camino.

 

 

CAPÍTULO 11°

 

 

Un cuarto de milla después se encontraba en el hogar paterno de Bond Street, del que llevaba ahora ausente casi 7 horas.

 

 

CAPÍTULO 1

 

 

Al entrar fue estrechada contra el seno de su Madre por aque­lla valiosa Mujer. Cassandra sonrió y se dijo en un suspiro: «He aquí un día bien aprovechado».

 

 

finis

 

 

 

 

 

LAS TRES HERMANAS

Novela

 

 

 

La siguiente Novela inacabada
está dedicada respetuosamente al Caballero
Edward Austen'
por su humilde y obediente servidora

LA AUTORA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRIMERA CARTA

 

De la Señorita Stanhope a la Señora...

 

 

Mi querida Fanny:

 

Soy la criatura más feliz del Mundo, ya que acabo de recibir una proposición de matrimonio del Señor Watts. Es la primera que recibo en mi vida y no sé cómo valorarla. ¡Qué triunfo el mío sobre las Dutton! No tengo intención de aceptarla, al menos eso creo, pero como no estoy del todo segura le di una respuesta un tanto equívoca y me fui. Y ahora, mi querida Fanny, quisiera que me aconsejaras sobre si debo aceptar o no su proposición. Pero para que puedas juzgar sus méritos y la situación del asunto, te haré un relato del mismo. Se trata de un Hombre bastante mayor, de unos treinta y dos años, muy feo, tan feo que apenas puedo soportar mirarlo. Es bastante desagradable y le odio más que a cualquier otra persona en el mundo. Tiene una fortuna enorme y se propone poner muchos bienes a mi nombre en el contrato prenupcial, pero... goza de muy buena salud. En resu­men, no sé qué hacer. Si le rechazo, tan verdad como que me lo dijo, pedirá en matrimonio a Sophia, y si ella le rechaza, a Geor­giana, y no podría soportar ver casadas antes que yo a ninguna de las dos. Si le acepto, sé que seré una desgraciada el resto de mi Vida, porque tiene un temperamento terrible, es irritable, extremadamente celoso y tan tacaño, que vivir a su lado no es vivir. Me dijo que le mencionaría el asunto a Mamá. Yo insistí en que no lo hiciera, porque con toda seguridad ella me obligará a casar­me, lo quiera o no. No obstante, lo más probable es que ya lo haya hecho, porque es de ésos que hacen todo lo que se desea que no hagan. Creo que será mío. ¡Qué triunfo, casarme antes que Sophy, Georgiana y las Dutton! Y me prometió que tendría un nuevo Coche para la ocasión,-pero casi tenemos una discusión sobre el color, porque yo insistí en que debía ser de lunares azu­les y plateados, y él declaró que debía ser Chocolate liso y, para provocarme aún más, me dijo que debía ser tan bajo como el antiguo de su propiedad. Afirmo que no me casaré con él. Me dijo que volvería mañana para recibir mi contestación final, de modo que debo agarrarlo mientras pueda. Sé que las Dutton me envidiarán y que me correspondería ser la Chaperona de Sophy y de Georgina en todos los Bailes de Invierno. Pero no sé para qué, porque lo más probable es que no me deje ir, y es que sé que odia bailar, y es incapaz de pensar que a alguien le pueda gustar algo que él odia. Por otra parte, se pasa el día diciendo que las Mujeres deberían estar siempre en casa, y tonterías de ésas. Creo que no me casaré nunca con él. Le debería rechazar de inmedia­to, si estuviera segura de que ninguna de mis Hermanas le acep­taría, y de que si eso sucediera, no les haría una proposición a las Dutton. No puedo correr ese riesgo, de modo que, si me promete mandar hacer el Coche como se lo he pedido, me casaré con él. Si no, bien puede viajar en él con su propia compañía. Espe­ro que te parezca bien mi decisión. No puedo pensar en nada mejor.

Tu afectuosa amiga,

 

MARY STANHOPE

 

 

De la Misma a la Misma

 

Querida Fanny:

 

Acababa de sellar mi última carta para ti, cuando mi Madre subió a mi habitación y me dijo que quería hablarme de un asun­to muy particular.

-¡Ah, ya sé de qué se trata! -dije yo-. Ese viejo loco del Señor Watts te lo ha contado todo, aunque le rogué que no lo hiciera. En cualquier caso, no podrás obligarme a casarme con él si no quiero.

-No pienso obligarte, Mi Niña, sólo quiero saber qué piensas sobre su Proposición, e insistir en que te decidas por una cosa o por la otra, porque si no lo aceptas, Sophy podría hacerlo.

-¡Vaya! -repliqué inmediatamente-. Sophy no tiene que de­dicarle tiempo al asunto porque, por supuesto, pienso casarme con él.

-Si ésa es tu decisión -dijo mi Madre-, ¿por qué temías que forzase tus deseos?

-Pues porque no estoy segura de querer casarme o no con él.

-Eres la Niña más extraña del Mundo, Mary. Lo que dices en un momento, lo desdices al siguiente. Dime de una vez por todas si tienes intenciones o no de casarte con el Señor Watts.

-¡Por Dios, Mamá! ¿Cómo podría decirte lo que ni yo mis­ma sé?

-Entonces, es mi deseo que lo sepas y en seguida, porque el Señor Watts dice que no piensa permanecer en suspenso.

-Eso depende de mí.

-No, no es así, porque si no le das tu respuesta final mañana cuando se encuentre tomando el Té con nosotros, pretende ha­blar con Sophy.

-Entonces, le diré a todo el Mundo que se ha comportado muy mal conmigo.

-¿Y qué bien haría eso? El Señor Watts ha sido el blanco de todo el Mundo demasiado tiempo para que empiece a importarle ahora.

-Ojalá tuviera yo un Padre o un Hermano, porque entonces se batirían con él.

-Serían listos si lo consiguieran, porque el Señor Watts saldría corriendo antes. Y por lo tanto, debes decidir, y vas a decidir un sí o un no antes de mañana por la tarde.

-Pero ¿por qué, si lo rechazo, tiene_ que hacerle proposiciones a mis Hermanas?

-¿Qué por qué? Pues porque desea ligarse a la Familia, y por­que ellas son tan bonitas como tú.

-Pero, Mamá, ¿se casará Sophy con él si se lo propone?

-Muy probablemente. ¿Por qué no habría de hacerlo? En cual­quier caso, si no lo acepta, Georgiana lo hará, porque estoy deci­dida a no dejar escapar una oportunidad como ésta de ver si­tuada a una de mis Hijas de forma tan ventajosa. De modo que piénsalo bien. Te dejo para que decidas el Asunto con tu con­ciencia.

Y dicho esto se marchó. La única cosa en la que puedo pensar, mi querida Fanny, es en preguntar a Sophy y a Georgiana si le aceptarían en el caso de que les hiciera una proposición, y si me dicen que no lo harían, estoy decidida a rechazarle yo también, porque le odio más de lo que puedas imaginar. En cuanto a las Dutton, si se casa con una de ellas, todavía tendré la satisfacción de haberlo rechazado antes. De modo que, adeiu mi querida Amiga.

Siempre tuya,

M. S.

 

 

De la Señorita Georgiana Stanhope a la Señorita xxx

 


Mi querida Anne:                                                                                            Miércoles

 

Sophy y yo acabamos de idear una pequeña trampa para nues­tra Hermana mayor, con la que no estamos del todo de acuerdo, pero las circunstancias eran tales que, si es cierto que es inexcu­sable, éstas hacen que lo sea. Nuestro vecino el Señor Watts le ha hecho una proposición de matrimonio a Mary; una Proposición que ella no sabía muy bien cómo tomar, porque, aunque siente un Rechazo particular por él (algo que por otra parte no tiene nada de particular), se casaría inmediatamente con esta persona antes de arriesgarse a que nos hiciera la misma proposición a Sophy o a mí, algo que éste prometió hacer, en caso de que ella le rechazara; porque debes saber que la pobre Niña considera el hecho de que una de nosotras se case antes que ella como una de las mayores desgracias que podrían recaer sobre ella, y para evi­tarla aceptaría gustosa el eterno Castigo de un Matrimonio con el Señor Watts. Hace una hora vino a vemos para sondear nues­tra posición sobre el asunto, la cual debía determinar la suya. Poco antes, había venido mi Madre y nos había hecho un relato de lo sucedido, diciéndonos que de ningún modo permitiría que encontrara una Esposa más allá del círculo de nuestra familia.

-Y por lo tanto -dijo-, si Mary no le acepta, Sophy debe hacer­lo, y si Sophy no lo hiciera, Georgiana lo hará.

¡Pobre Georgiana! Ninguna de las dos nos atrevimos a hacer la menor objeción a la resolución de mi Madre, la cual, lamento decir, es por lo general más el resultado de la obcecación que el de la racionalidad. No obstante, tan pronto salió de la habita­ción, rompí el silencio para asegurar a Sophy que si Mary recha­zaba al Señor Watts, no esperaba que ella sacrificara su felicidad, convirtiéndose en su Esposa, por un acto de Generosidad hacia mí, algo que temía que la Bondad de su naturaleza y su afecto Fraternal le indujeran a hacer.

-Soñemos -replicó ella- con que Mary no le rechaza. Pero ¿có­mo aceptar que mi Hermana se case con un Hombre que no pue­de hacerla feliz?

-Que él no puede es cierto, pero su Fortuna, su Nombre, su Casa y su Coche sí que pueden, y no dudo un momento de que Mary se casará con él. ¿Por qué no iba a hacerlo? No tiene más de treinta y dos años, una edad muy apropiada para casarse; es bas­tante feo, desde luego, pero qué es la Belleza en un Hombre; no tiene más que una figura proporcionada y una Cara inteligente, lo que es más que suficiente.

-Tienes toda la razón, Georgiana, pero la figura del Señor Watts es desgraciadamente en extremo vulgar y su Cara es muy som­bría. Por lo que se refiere a su temperamento, se ha considerado siempre malo, aunque es posible que el Mundo entero se engañe al enjuiciarlo. Hay una abierta Franqueza en su Disposición, de ésas que favorecen a un Hombre. Dicen que es tacaño: llamare­mos a eso Prudencia. Dicen que es receloso: eso le viene de un Corazón cálido, algo siempre excusable en la juventud. En resu­men, no veo ninguna razón por la cual no pueda convertirse en un Marido estupendo, o por la cual Mary no pudiera ser muy feliz a su lado.

Sophy se rió y yo seguí hablando.

-En cualquier caso, le acepte Mary o no, yo estoy resuelta y mi decisión ya ha sido tomada: nunca me casaré con el Señor Watts, ni aunque la Mendicidad sea la única alternativa. ¡No hay por dónde cogerlo! Es una persona odiosa y no tiene una sola Cua­lidad que lo redima. Sin duda tiene una buena fortuna, ¡pero tampoco es para tanto! Tres mil al año. ¿Qué son tres mil al año? No son más que seis veces la renta de mi Madre. Eso no me ten­tará.

-Pero será una estupenda fortuna para Mary -dijo Sophy vol­viendo a reírse.

-¡Para Mary! De verdad que me producirá un enorme placer verla rodeada de tales riquezas.

Y así continué para gran Entretenimiento de mi Hermana, hasta que Mary entró en la habitación, aparentemente muy agi­tada. Se sentó. Le hicimos sitio junto al fuego. Parecía no saber cómo empezar. Finalmente dijo un poco confundida:

-Por favor, Sophy, dime, ¿tienes intención de casarte?

-¡De casarme! No tengo la menor intención. Pero ¿por qué me lo preguntas? ¿Conoces a alguien que quiera hacerme una pro­posición?

-¿Yo? Esto... no. ¿Por qué tendría que conocer a alguien? ¿Es que no puedo hacerte una pregunta normal y corriente?

-A mí no me parece en absoluto una pregunta normal y corrien­te, Mary -dije yo.

Mary hizo una pausa y, tras unos momentos de silencio, con­tinuó:

-¿Qué te parecería casarte con el Señor Watts, Sophy?

Guiñé el ojo a Sophy y contesté por ella.

-¿Quién no se alegraría de casarse con un hombre que tiene tres mil al año?

-Bien cierto -replicó ella-. Eso es muy cierto. De modo que si te lo propusiera tú, Georgiana, te casarías con él. ¿Y tú, Sophy?

A Sophy no le gustaba la idea de mentir y engañar a su Her­mana. Lo que sucedió fue que evitó lo primero y salvó la mitad de su conciencia por equivocación.

-Yo actuaría de la misma forma que Georgiana.

-Bien, en ese caso -dijo Mary con un aire de triunfo en su mirada-, debo deciros que he sido yo la que ha recibido una pro­posición del Señor Watts.

Naturalmente nos mostramos muy sorprendidas.

-¡Por favor, no le aceptes! -dije yo-. ¡A lo mejor, entonces, me lo pide a mí!

Mi plan funcionó en seguida y ahora Mary está resuelta a lle­var el asunto adelante. Todo con tal de evitar nuestra supuesta felicidad, pues por asegurarla la verdad es que no hubiera movi­do un dedo. Sin embargo, no consigo perdonármelo y Mary se siente aún más culpable. Tranquiliza nuestras conciencias, queri­da Anne, escribiéndonos una carta y diciéndonos que apruebas nuestra conducta. Considera el asunto desde todos sus ángulos. Mary estará encantada de verse convertida en una Mujer casada, con autoridad para vigilarnos, lo que sin duda hará, entre otras cosas porque estoy decidida a contribuir todo lo posible a que sea feliz en ese Estado que le he hecho elegir. Lo más probable es que tengan un nuevo Coche, lo que para ella será como el paraí­so, y si conseguimos convencer al Sr. W. de que arregle su Faetón, su felicidad será ya ilimitada. Debo decir, sin embargo, que estas cosas no supondrían ningún consuelo para la Aflicción de Sophy o la mía. Por favor, recuerda todo esto y no nos condenes.

 

 

Viernes

 

Ayer por la tarde el Señor Watts vino a tomar el té con noso­tros, después de pedir una cita. Tan pronto como el Coche se detuvo ante la Puerta, Mary se dirigió a la ventana.

-¡Te puedes creer, Sophy -me dijo-, que el viejo Loco quiere que el nuevo Calesín tenga el mismo color que el antiguo, y el mismo tamaño! Pero no lo permitiré..., llevaré el asunto hasta donde haga falta. Y si no hace que sea tan alto como el de las Dutton, y que se pinte de azul con lunares plateados, no me casaré con él. Eso es lo que haré. Ahí viene. Sé perfectamente que se comportará como un grosero, que no me dirá una sola palabra amable, ni por supuesto se comportará como un Amante.

Dicho esto, se sentó y el Señor Watts entró en la habitación.

-Señoras, mis respetos.

Nosotras devolvimos cortésmente el saludo y él tomó asiento. -Parece que tenemos buen tiempo, Señoras. Y, después, volviéndose hacia Mary, añadió:

-Bien, Señorita Stanhope, confío en que por fin haya conside­rado bien el Asunto y que sea tan amable de decirme si piensa condescender o no a casarse conmigo.

-Me parece, Caballero -dijo Mary-, que podría habérmelo pre­guntado de una forma un poco más amable. No sé cómo voy a casarme con usted si se comporta de una manera tan extrava­gante.

-¡Mary! -exclamó mi madre.

-Mamá, si empieza de esa manera...

-Calla inmediatamente, Mary. No te permito que seas grosera con el Señor Watts.

-Por favor, Señora, no fuerce a la Señorita Stanhope a compor­tarse con educación. Si no acepta mi mano, puedo ofrecerla en otra parte, pues si es cierto que siento por ella una particular pre­dilección por encima de sus Hermanas, me da igual casarme con otra de las tres.

¡Es posible imaginar a alguien más Canalla! Sophy se puso colorada de rabia y yo me sentí completamente despechada.

-Bien, en ese caso -dijo Mary en tono despreciativo-, y si es que debo hacerlo, me casaré con usted.

-Siempre había pensado, Señorita Stanhope, que cuando se hace una Oferta de la clase que yo le he hecho a usted, y en con­diciones tan ventajosas, no debería existir mayor dificultad en aceptarla.

Mary murmuró algo que acerté a escuchar porque estaba sen­tada cerca de ella, algo así como: «¿Y de qué sirve un contrato prematrimonialz ventajoso si los Hombres viven eternamente?». Y después, de forma audible, añadió:

-Acuérdese de la asignación para mi ropero: doscientas al año.

-Ciento setenta y cinco, Señora.

-Doscientas, Señor mío -dijo mi Madre.

-Y Acuérdese de que me prometió un nuevo Coche tan alto como el de las Dutton, y pintado de azul con lunares plateados. Y espero que me compre una nueva silla de montar, un vestido del mejor encaje y un número infinito de Joyas valiosísimas. Diamantes como nunca se hayan visto, y Perlas, Rubíes, Esme­raldas y Abalorios sin número. Y debe arreglar su Faetón, que quiero de color crema y adornado con una corona de flores pla­teadas. Y tiene que comprar 4 de los mejores Caballos bayos del

Reino y llevarme en el Coche todos los días. Y eso no es todo: debe redecorar toda su Casa a mi Gusto, contratar a dos Lacayos más para mi exclusivo servicio, y a dos Mujeres para que me atiendan. Tiene que dejarme hacer siempre lo que se me antoje y ser un marido excelente.

Dicho esto se calló, creo que falta de aire.

-En mi opinión, lo que mi Hija espera de usted, Señor Watts, es muy razonable.       -

-Y también es muy razonable, Señora Stanhope, que su hija se vea decepcionada.

El Señor Watts se disponía a continuar, cuando Mary le inte­rrumpió diciendo:

-Debe construirme un Invernadero muy elegante y llenarlo de plantas hasta arriba. Tiene que permitirme pasar todos los In­viernos en Bath, todas las Primaveras en la Ciudad, Todos los Veranos haciendo algún Viaje, y todos los Otoños en un Bal­neario. Y si pasamos en casa el resto del año (Sophy y yo nos reí­mos), tiene, que encargarse de organizar Bailes y Mascaradas todo el tiempo. Tiene que construir un salón para ese propósito y un Teatro donde se pueda representar. La primera Obra de Teatro que se representará en él será Which is the Man,3 y yo interpretaré a Lady Bell Bloomer.

-Y, Señorita Stanhope, ¿puede decirme qué es lo que yo obten­dré a cambio de todo eso? -dijo el Señor Watts.

-¿Que qué obtendrá? ¡Pues que me tendrá contenta!

-Sería extraño que no lo estuviese. Sin embargo, Señora, sus expectativas son demasiado altas para mí, y ahora debo dirigir­me a la Señorita Sophy. Quizá las suyas no sean tan elevadas.

-Se equivoca al suponer tal cosa, Caballero -dijo Sophy-, por­que, aunque mis expectativas no estén tanto en la Línea de las de mi hermana, son tan elevadas como las de ella, ya que espero que mi Esposo tenga buen carácter y sea Alegre; que en todas sus Acciones piense en mi Felicidad, y que me ame con Constancia y Sinceridad.

El Señor Watts se quedó mirándola, perplejo.

-Ciertamente tiene usted ideas muy extrañas, jovencita. Haría bien en descartarlas antes de casarse, porque sin duda estaría obligada a hacerlo después.

Mientras tanto, mi Madre reconvenía a Mary, que se había da­do cuenta de que había ido demasiado lejos, y cuando el Señor Watts se volvía hacia mí, imagino que para hablarme, Mary se dirigió a él con voz mitad humilde, mitad rencorosa.

-Se equivoca, Señor Watts, si cree que hablaba en serio cuando dije que esperaba tantas cosas. En cualquier caso, sí debo tener un nuevo Calesín.

-Sí, Caballero, debe admitir que Mary tiene razón en esperar una cosa así.

-Señora Stanhope, es mi intención y siempre lo ha sido adquirir un nuevo Calesín para mi Matrimonio, pero tiene que ser del color del que poseo ahora.

-Me parece, Señor Watts, que debería tener la delicadeza de consultar el Gusto de mi Niña en tales Asuntos.

El Señor Watts no estaba de acuerdo, y durante cierto tiempo insistió en que debía ser de color Chocolate, mientras Mary in­sistía con la misma vehemencia en que debía ser azul con Lu­nares plateados. Finalmente, Sophy propuso que, para com­placer al Señor Watts podía ser de color marrón oscuro y para complacer a Mary podía ser muy alto y tener Ribetes plateados. Este plan terminó por aceptarse, sin bien a regañadientes por ambas partes, ya que los dos se habían mostrado decididos a que las cosas se hicieran según el criterio de cada uno. Pasamos en­tonces a estudiar otros Asuntos, y se decidió que se casarían una vez que se completaran las Escrituras. Mary se mostró decidida a obtener una Licencia Especial,4 mientras el Señor Watts hablaba de Amonestaciones.5 Finalmente se acordó una Licencia común.6 Mary tendrá todas las joyas de la Familia, que me parece que son bastante poca cosa, y el Sr. W. le prometió comprarle una Silla de montar; pero, a cambio, ella no debe contar con ir a la Ciudad o a cualquier otro lugar público durante los próximos tres Años. Mary no tendrá Invernadero, ni Teatro, ni Faetón; tampoco tendrá el Lacayo adicional y deberá contentarse con una Doncella. Nos llevó toda la Tarde zanjar todos estos asuntos. El Sr. W. cenó con nosotras y no se marchó hasta las doce. Tan pronto como se fue, Mary exclamó:

-¡Gracias a Dios que se ha marchado! ¡Cómo le odio!

En vano Mamá le explicaba lo impropio que resulta que le dis­guste tanto la persona que va aNser-su Esposo. Ella continuó ha­blando de su aversión hacia él y de lo mucho que le gustaría no verle nunca más. ¡Menuda Boda va a ser ésta! Adeiu, mi querida Anne.

Tu afectuosa amiga,

GEORGIANA STANHOPE

 

 

De la misma a la misma


Querida Anne:                                                                                                            Sábado

 

Mary, ansiosa de que todo el mundo supiera de su próxima Boda, especialmente de triunfar, según ella, sobre las Dutton, nos pidió esta mañana que la acompañáramos caminando hasta Stoneham. Como no teníamos otra cosa que hacer, accedimos en seguida, y tuvimos un paseo todo lo agradable que un paseo puede ser en compañía de Mary, cuya conversación se limita a insultar al Hombre con el que pronto va a casarse y a hablar de lo mucho que deseaba un Calesín azul con lunares plateados. Cuando llegamos a la casa de los Dutton, encontramos a las dos Niñas en el vestidor con un Joven muy apuesto, a quien natural­mente nos presentaron. Se trataba del hijo de Sir Henry Bru­denell de Leicestershire. El Señor Brudenell es el Hombre más apuesto que he visto en mi Vida, y a las tres nos encantó. Una vez nos sentamos, Mary, que desde el momento en que entra­mos en el Vestidor estaba inflada como un pavo real por su im­portante noticia y por el Deseo de comunicarla, no pudo silen­ciar por más tiempo el Asunto y se dirigió en seguida a Kitty, diciendo:

-¿No crees que habrá que poner nuevos engarces a todas las joyas?

-¿Para qué?

-¿Para qué? ¡Pues para mi primera aparición en público!

-Perdona, pero no te entiendo muy bien. ¿De qué joyas hablas y cuándo vas a hacer tu primera aparición en público?

-Pues en el primer Baile que se organice después de mi Boda.

Puedes imaginarte la Sorpresa de ambas. Al principio se mos­traron incrédulas, pero, al corroborar nosotras la Historia, termi­naron por creerla.

-¿Y con quién te casas? -fue naturalmente la primera Pre­gunta.

Mary adoptó un tono de pretendida Timidez y contestó, presa de Confusión y mirando al suelo:

-Con el Señor Watts.

También esto requirió nuestra confirmación, porque nadie que tuviera la Belleza y la fortuna (aunque pequeña, nada desde­ñable) de Mary se casaría con el Señor Watts por propia volun­tad, y apenas resultaba creíble. Una vez que el asunto quedó claro, y viéndose convertida en el centro de toda la atención, Mary dejó a un lado su confusión y, abandonando sus reservas, se mostró de lo más comunicativa.

-Me extraña que no hayáis oído hablar de ello antes, porque cuando se trata de asuntos de esta Naturaleza, las noticias se pro­pagan rápidamente por la Vecindad.

-Te aseguro -dijo Jemima- que no tenía la menor idea del asun­to. ¿Y hace mucho tiempo que se sabe?

-¡Oh, sí! Desde el Miércoles.

Todos sonrieron, especialmente el Señor Brudenell.

-Debo decir que el Señor Watts está enamoradísimo de mí, de modo que está muy contento.

-No sólo él, supongo -dijo Kitty.

-Bueno, cuando existe tanto Amor en una de las partes, no hace falta que se produzca lo mismo en la otra. Por otra parte, tampoco me disgusta tanto, aunque debo decir que desde luego es bastante simple.

El Señor Brudenell la miró, perplejo; las Señoritas Dutton se echaron a reír, y Sophy y yo casi nos morimos de vergüenza por nuestra Hermana. Ella siguió hablando.

-Vamos a tener una nueva Diligencia y muy probablemente un Faetón.

Bien sabíamos que esto era falso, pero la pobre Niña estaba encantada con la idea de convencer a los presentes de que tal cosa iba a suceder, y no iba a ser yo quien la privara de una Di­versión tan inofensiva. Mary siguió hablando:

-El Señor Watts me va a regalar las Joyas de su familia, que según tengo entendido son muy valiosas (A esto, no pude evitar susurrar a Sophy: «Yo tengo entendido lo contrario»). No pienso ponérmelas hasta el primer Baile al que vaya después de mi Boda. Si la Señora Dutton no pudiera ir, espero que me permitáis ser vuestra acompañante. Naturalmente, yo llevaré a Sophy y a Georgiana.

-Eres muy amable -dijo Kitty-, y ya que te gusta tanto la idea de tomar bajo tu tutela el Cuidado de Jovencitas, quizá podrías convencer a la Señora Edgecumbe de que te diera también la tutela de sus seis Hijas, lo que, junto con tus dos Hermanas y con nosotras haría de tu Entrée una muy respetable.

Kitty hizo sonreír a todo el mundo, salvo a Mary, que no en­tendió el Significado de sus palabras y respondió fríamente que a nadie le podía gustar cuidar de tantas personas. Sophy y yo intentamos entonces cambiar el tema de la conversación, pero sólo lo conseguimos durante unos Minutos, porque Mary se en­cargó de volver a llamar la atención sobre su próxima boda. Sentía lástima por mi hermana, sobre todo al darme cuenta de que el Señor Brudenell parecía encantado escuchándola, e inclu­so la animaba con sus Preguntas y sus Comentarios, aunque era evidente que lo único que perseguía era reírse de ella. Me temo que la encontraba bastante ridícula. Se mantenía muy serio, pero era fácil adivinar que lo conseguía sólo con gran esfuerzo. Por fin, dio muestras de estar cansado y Aburrido de la ridícula Con­versación de ella, y volviéndose hacia nosotras, apenas le dirigió la palabra en la siguiente media hora, pasada la cual abandonó Stoneham. Tan pronto salimos de la Casa, todas nos pusimos a alabar la Persona y Modales del Señor Brudenell.

Al llegar a casa, nos encontramos con el Señor Watts.

-Bien, Señorita Stanhope -dijo-, verá que he venido a corte­jarla como hace un verdadero Amante.

-No hacía falta que me lo dijera. Sé perfectamente por qué ha venido.

Sophy y yo salimos de la habitación, imaginando que, si iba a dar comienzo una Escena de Cortejo, lo más apropiado era au­sentarse. Cuál sería nuestra sorpresa cuando nos vimos casi in­mediatamente seguidas por Mary.

-¿Ya se ha acabado el Cortejo? -dijo Sophy.

-¿Cortejo? -replicó Mary-. Hemos estado discutiendo. ¡Watts es tan Estúpido! Espero no verle nunca más.

-Me temo que tendrás que hacerlo -dije yo-, porque cena aquí esta noche. Pero ¿por qué habéis discutido?

-¡Sólo porque le dije que había visto a un Hombre mucho más guapo que él esta mañana, se puso como un loco y me llamó Zorra! De modo que sólo me quedé para llamarle Canalla y salí de la habitación.

-Dulce y breve -dijo Sophy-. Pero, Mary, ¿cómo vas a arreglar esto?

-Debería pedirme perdón; aunque, si lo hace, no pienso per­donarle.

-De modo que su sumisión no serviría de mucho.

Una vez nos cambiamos para la cena, volvimos a la Salita, donde Mamá y el Señor Watts estaban conversando íntimamen­te. Parece ser que él se había estado quejando sobre el comporta­miento de su Hija, y ella le había persuadido de que no pensara más en el asunto. Por lo tanto, el Señor Watts trató a Mary con su acostumbrado Civismo y, salvo por un comentario sobre el Faetón y otro sobre el Invernadero, la Noche transcurrió con gran Armonía y Cordialidad. Watts se dispone a ir a la Ciudad para acelerar las preparaciones de la Boda.

Tu afectuosa amiga,

G. S.

 

 

UNA BELLA DESCRIPCIÓN

 

SOBRE LOS DISTINTOS
EFECTOS QUE LA SENSIBILIDAD PRODUCE
EN MENTALIDADES DIFERENTES

 

 

Acabo de abandonar la cabecera de Melissa, y en toda mi Vida -y ésta va siendo ya muy larga y en el curso de ella he estado a la cabecera de muchas camas-, en toda mi Vida he visto una ima­gen tan conmovedora como la que ella ofrece. Está vestida con un camisón de muselina, una mañanita de gasa de Cambray y un gorro de dormir francés. Sir William está junto a su lecho día y noche. El único descanso que se permite es un duermevela en el Sofá del Salón durante cinco minutos cada quince días, del cual se levanta a cada Momento para exclamar «¡Melissa! ¡Ah, Me­lissa!», volver a hundirse en él, levantar su brazo izquierdo y ras­carse la cabeza. La aflicción de la pobre Señora Burnaby va más allá de toda medida y suspira de vez en cuando -una vez a la semana, más o menos- mientras el melancólico Charles dice a cada Momento: «Melissa, ¿cómo estás?». Las encantadoras Her­manas son dignas de verdadera lástima. Julia se lamenta cons­tantemente de la situación de su amiga, mientras permanece tumbada tras su almohada, sujetándole la cabeza. Maria, más moderada en su sufrimiento, habla de ir a la Ciudad la semana que viene, y Anna no hace sino recordar los placeres que una vez disfrutamos cuando Melissa estaba bien. Normalmente yo estoy junto al fuego, cocinando alguna exquisitez para la infeliz enfer­ma. Quizá haciendo un picadillo con los restos de un viejo Pato, fundiendo queso o preparando un Curry, los Platos favoritos de nuestra pobre amiga. Así nos encontrábamos esta mañana, cuan­do nos vimos sorprendidos por la visita del Doctor Dowkins.

-Vengo a ver a Melissa -dijo-. ¿Cómo se encuentra?

-Muy débil -dijo la desfalleciente Melissa.

-Muy débil -repitió el Doctor, aficionado a los retruécanos-. Sí, ya hace más de una semana que está en la cama. ¿Cómo está su apetito?

-Mal, muy mal -dijo Julia.

-Muy mal -replicó él-. ¿Y su ánimo es bueno, Señora?

-Su ánimo está tan decaído, Doctor, que nos vemos obligados a fortalecerla con licor cada Minuto.

-Bueno, al menos su compañía la reconforta. ¿Y duerme? -Apenas.

-E imagino que cuando lo hace, no es sino de forma muy po­co profunda. ¿Piensa en la muerte?

-No tiene fuerzas para Pensar en nada.

-Entonces, menos aún las tiene para pensar en tener Fuerzas.

 

 

VOLUMEN II

 

 

 

 

 

 

Ex dono me¡ Patris1

 

 

 

AMOR Y AMISTAD

Una novela dividida en un conjunto de Cartas

 

 

Esta Novela está dedicada
A la Señora Condesa De Feullide1, por su Obediente
y Humilde Servidora,

 

 

LA AUTORA

 

«Engañado en la Amistad y Traicionado en el Amor»

 

 

PRIMERA CARTA


De Isabel a Laura

 

Cuántas veces, como respuesta a mis repetidos intentos de que hicieras a mi Hija un detallado relato de las Aventuras y Des­venturas de tu Vida, me has contestado: «No, amiga mía, nunca atenderé a tu petición; no, hasta que no me encuentre libre del Peligro de verme expuesta una vez más a experimentar tales ho­rrores».

Estoy convencida de que ese momento ha llegado. Hoy cum­ples 55 años. Si alguna vez puede decirse que una mujer está a salvo de la firme Perseverancia de desagradables Amantes y de la cruel Persecución de Padres obstinados, es sin duda en ese mo­mento de su Vida.

ISABEL

 

 

SEGUNDA CARTA


De Laura a Isabel

 

Aunque no estoy de acuerdo contigo cuando supones que nunca más estaré expuesta a Desgracias tan inmerecidas como las que ya he experimentado, para evitar que me acuses de Obstinación o de maldad, he decidido satisfacer la curiosidad de tu Hija. Confío en que la fortaleza con la que he sufrido las nume­rosas Aflicciones de mi Vida pasada sea para ella una Lección provechosa a la hora de afrontar las que puedan sobrevenirle en la suya.

LAURA

 

 

TERCERA CARTA

 

De Laura a Marianne

 

Como Hija de mi amiga más íntima, creo que tienes derecho a conocer mi triste Historia, la cual tu Madre me ha pedido que te contara tan a menudo.

Mi Padre era natural de Irlanda y vivía en Gales; mi Madre era la Hija ilegítima de un Par Escocés y de una Bailarina de la Ópera. Yo nací en España y me eduqué en un Convento en Francia.

Cuando cumplí los dieciocho Años, mis Padres me hicieron volver bajo el techo paterno, en Gales. Nuestra mansión estaba situada en uno de los parajes más románticos del Valle de Uske. Aunque hoy mis Encantos se han reducido considerablemente y se han visto también maltratados por las Desgracias que he pade­cido, una vez fui bella. Pero, encantadora como era, las Gracias que adornaban mi Persona eran las menos relevantes de mis Perfecciones. Era Dueña de todas las cualidades más destacadas y usuales de mi sexo. Durante mi vida en el Convento, el progreso que hacía en el estudio excedía siempre a la enseñanza recibida, mis Conocimientos eran muy superiores a los propios de mi Edad, y pronto dejé atrás a mis Maestros.

Poseía, al más alto nivel, todas las Virtudes con las que una personalidad puede verse adornada. En mí se daban cita todas las buenas Cualidades y todos los sentimientos nobles.

Mi única falta, si es que así puede llamarse, era una sensibili­dad demasiado viva hacia las penas de mis Amigos, de mis Co­nocidos y, en especial, hacia las mías. ¡Ay, cuánto he cambiado! Aunque es cierto que mis desgracias siguen haciéndome sufrir como entonces, ya nunca sufro por las de otros. También mi ta­lento empieza a desvanecerse y ya no puedo cantar tan bien como solía, o bailar con la gracia con la que acostumbraba a ha­cerlo: he olvidado completamente el Minuet Dela Cour.

Adeiu.

LAURA

 

 

CUARTA CARTA

 

De Laura a Marianne

 

Nuestro vecindario era pequeño, ya que se reducía a tu Madre. Quizá ella te ha contado ya que, siendo abandonada por sus Padres en la Indigencia, se había retirado a Gales por motivos eco­nómicos. Allí fue donde comenzó nuestra amistad. Isabel tenía entonces veintiún años. Aunque tanto su Persona como sus Modales eran agradables, nunca poseyó una centésima parte de mi Belleza o de mis Perfecciones. Isabel había visto el Mundo; había pasado 2 Años en uno de los mejores Internados de Londres, dos semanas en Bath y había cenado una noche en Southampton.

-Ten cuidado, mi querida Laura -me decía a menudo-. Ten cuidado de la insípida Vanidad y de la ociosa Disipación de la Metrópolis de Inglaterra. Ten cuidado de los Lujos superficiales de Bath y del apestoso pescado de Southampton.

-¡Ay! -exclamaba yo-. ¿Cómo podría evitar males a los que nunca estaré expuesta? ¿Qué probabilidades tengo de comprobar la Disipación de Londres, los Lujos de Bath o el apestoso pescado de Southampton? ¡Yo, que estoy condenada a malgastar los Días de mi Juventud y mi Belleza en una humilde Casa del Valle de Uske!

¡Ah, qué poco pensaba entonces que pronto se me ordenaría abandonar esa humilde Casa por los Engañosos Placeres del Mundo!

Adeiu.

LAURA

 

 

 

QUINTA CARTA

 

De Laura a Marianne

 

Una Noche de Diciembre, mientras mi Padre, mi Madre y yo conversábamos en torno al Fuego, nos vimos muy sorprendidos, por la violencia con que alguien llamaba a la Puerta principal de nuestra Casa rústica. Mi padre se puso en pie.

-¿Qué ruido es ése? -dijo.

-Suena como si llamaran a la Puerta -replicó mi Madre. -Sí, suena a eso -dije yo.

-Comparto vuestra opinión -dijo mi Padre-. Realmente el sonido parece causado por una violencia inusitada que se ejercie­ra sobre nuestra inofensiva Puerta.

-Sí -exclamé yo-. No puedo evitar pensar que debe de tratarse de alguien que desea ser Admitido en nuestra Casa.

-Ésa es otra cuestión -replicó él-. No debemos pretender determinar cuál es la causa por la cual la persona llama a la Puer­ta, aunque estoy parcialmente convencido de que alguien llama a la Puerta.

En ese momento, el discurso de mi Padre se vio interrumpido por un tremendo 2.° golpe, que de algún modo nos asustó a mi Madre y a mí.

-¿No haríamos mejor en ir a ver quién es? -dijo ella-. Los Criados han salido.

-Creo que haríamos bien -repliqué yo.

-Sin duda -añadió mi Padre-. En todos los sentidos.

-¿Vamos ya? -dijo mi madre.

-Cuanto antes mejor -contestó él.

-¡Oh, no perdamos más tiempo! -exclamé yo.

En ese momento, nuestros oídos se vieron asaltados por un tercer Golpe más violento aún que los precedentes.

-Estoy segura de que alguien llama a la Puerta -dijo mi Madre. -Sí, debe de ser eso -replicó mi Padre.

-Creo que los criados han vuelto -dije yo-. Me parece escu­char a Mary que se dirige hacia la Puerta.

-Me alegro -exclamó mi Padre-, porque tengo muchas ganas de saber de quién se trata.

Mi Suposición había sido correcta, porque Mary entró inme­diatamente en la Habitación y nos informó de que un joven

Caballero y su Criado se encontraban ante la Puerta; se habían perdido, tenían mucho frío y rogaban que se les permitiera ca­lentarse junto al fuego.

-¿No vas a permitirles entrar? -dije yo.

-¿Tienes alguna objeción, querida? -dijo mi Padre. -Absolutamente ninguna -replicó mi Madre.

Sin esperar nuevas órdenes, Mary salió inmediatamente de la habitación y volvió en seguida, acompañada por el joven más apuesto y encantador que jamás hubiera visto. Ella se quedó con el criado.

Mi Sensibilidad natural ya se había visto muy afectada por los sufrimientos del desdichado Extraño y en cuanto le contemplé por primera vez, me di cuenta de que la felicidad o la Desgracia de mi Vida futura dependía totalmente de él.

Adeiu.

LAURA

 

 

SEXTA CARTA

 

De Laura a Marianne

 

El noble joven nos informó de que su nombre era Lindsay, aunque por razones particulares lo llamaré aquí Talbot. Nos dijo que era el hijo de un barón Inglés, que su Madre había muerto hacía muchos años y que tenía una Hermana de estatura media.

-Mi padre -continuó diciendo- es un miserable canalla y un mercenario. Sólo puedo traicionar de este modo sus flaquezas ante Personas tan Queridas como las que aquí se congregan. Sus Virtudes, mi estimado Polidoro -dijo dirigiéndose a mi padre-; las suyas, Querida Claudia, y las suyas, mi Encantadora Laura, hacen que les entregue así mi Confianza. -Hicimos una inclinación de cabeza-. Mi Padre, seducido por el falso brillo de la Fortuna y la Delusoria Pompa de un Título, insistió en ofrecer mi mano a Lady Dorothea. No, nunca, exclamé yo. Lady Dorothea es Agraciada y cautivadora; no hay mujer que yo prefiera a ella; pero Sepa usted, Sir, que rehúso a casarme con ella por acceder a sus Deseos. No, nunca podrá decirse que complací los deseos de mi Padre.

La Masculinidad de su respuesta provocó nuestra admiración. El Joven siguió hablando:

-Sir Edward quedó muy sorprendido. Quizá no esperaba en­contrarse con una oposición tan decidida a su voluntad.

»¡Por todos los santos, Edward! ¿Dé dónde has sacado tantas ridículas Monsergas? Sospecho que te has dedicado al estudio de Novelas.

»Yo me negué a contestar: eso estaba por debajo de mi Dig­nidad. Monté mi caballo y, seguido por mi fiel William, me dirigí a casa de mi Tía.

»La casa de mi Padre está situada en Bedforshire, la de mi Tía en Middlesex, y aunque me considero un notable conocedor de la Geografía, no acierto a entender cómo, cuando esperaba haber llegado a la Casa de mi Tía, me encuentro a mí mismo en este hermoso Valle, y descubro que estamos en el Sur de Gales.

»Después de vagar algún tiempo por las Orillas del río Uske, sin saber qué dirección tomar, comencé a lamentar mi cruel Destino de la Forma más patética y amarga. La Oscuridad era total, no había una sola Estrella que guiara mis pasos, y no sé qué hubiera sido de mí si, finalmente, y en medio de aquella solem­ne Penumbra que me rodeaba, no hubiese discernido una Luz distante, la cual, a medida que avanzaba, resultó provenir de la alegre Llamarada de su Chimenea. Impelido por la suma de las Desgracias que me acuciaban -a saber: el Miedo, el Frío y el Hambre-, no dudé en buscar refugio en su casa, algo que final­mente he conseguido.

»Y ahora, Adorable Laura -continuó diciendo, tomando mi Mano-, ¿cuándo podré, si es que es posible albergar esa esperan­za, obtener una recompensa por todos los terribles sufrimientos que he padecido durante el tiempo que ha durado mi Afecto por tí, objeto de todas mis aspiraciones? ¡Oh! ¿Cuándo me recom­pensarás con tu persona?

-En este instante, Querido y Encantador Edward -repliqué yo.

Nuestra unión fue inmediatamente bendecida por mi Padre, que, aunque nunca se ordenara sacerdote, había sido educado para ingresar en el seno de la Iglesia.

Adeiu.

LAURA

 

 

SÉPTIMA CARTA

 

De Laura a Marianne

 

Después de nuestro Matrimonio, permanecimos sólo unos días en el Valle de Uske. Una vez me hube despedido afectuosa­mente de mi Padre, mi Madre y mi Isabel, me dirigí con Edward a casa de su Tía en Middlesex. Philippa nos recibió con grandes muestras de Cariño. Mi llegada constituyó sin duda una agradabilísima sorpresa para ella, no sólo porque no sabía nada de mi Matrimonio con su Sobrino, sino también porque no tenía la más remota idea de mi existencia.

Augusta, la hermana de Edward, estaba de visita en la casa cuando llegamos. Encontré que era exactamente como su Her­mano me la había descrito: de estatura media. Augusta me reci­bió con la misma sorpresa que Philippa, aunque no con la misma Cordialidad. Había una Desagradable Frialdad y una Reserva Amenazante en la forma en que me recibió, igualmente Per­turbadora e Inesperada. Ni rastro de la interesante Sensibilidad o amable Simpatía que debían haber Distinguido sus Modales y sus Palabras en el momento en que fuimos presentadas. Su lenguaje no era ni cálido, ni afectuoso; sus miradas no eran ni alegres, ni cordiales; sus brazos no se abrieron para recibirme en su Corazón, aunque yo tendiera los míos para estrecharla contra el mío.

Una breve Conversación entre Augusta y su Hermano, que escuché accidentalmente, aumentó mi Rechazo hacia ella y me convenció de que su Corazón estaba tan poco preparado para los dulces lazos del Cariño como para el atractivo intercambio de la Amistad.

-¿Crees que mi Padre te perdonará alguna vez este impruden­te enlace? -decía Augusta.

-Augusta -replicó el noble joven-, creía que tenías una opi­nión más alta de mí. Deberías imaginar que no iba a degradarme de forma tan abyecta como para considerar la Opinión de mi Padre en ninguno de mis Asuntos, más aún tratándose de un asunto de importantes consecuencias para mí. Dime con sinceri­dad, Augusta, ¿alguna vez me has visto consultar su parecer o se­guir su Consejo sobre cualquier menudencia, desde que tenía quince años?

-Edward -replicó ella-, eres demasiado modesto a la hora de elogiarte a ti mismo. ¿Sólo desde que tenías quince años? Mi Querido Hermano, te concedo que desde que tenías cinco años no has contribuido voluntariamente a la más mínima Satis­facción de nuestro Padre. Aun así, no dejo de sospechar que pronto te verás obligado a degradarte ante ti mismo y a buscar Ayuda para tu Mujer en la Generosidad de Sir Edward.

-¡Nunca jamás, Augusta, me degradaré de ese modo! -dijo Edward-. ¡Ayuda! ¿Qué clase de Ayuda crees que Laura puede recibir de él?

-Sólo la muy insignificante que se traduce en poder Comer y Beber -contestó ella.

-¡Comer y beber! -replicó mi Esposo, en un tono noble y des­preciativo-. ¿Imaginas que la única Ayuda que una Personalidad elevada como la de mi Laura puede recibir consiste en el bajo y grosero suministro de Comida y Bebida?

-No conozco ninguna otra tan eficaz -contestó Augusta.

-¿Es que nunca has sentido los deliciosos Dardos del Amor, Augusta? -replicó mi Edward-. ¿Acaso tu vil y corrupto Paladar cree imposible vivir del Amor? ¿Te resulta inconcebible el Lujo que es vivir las Dificultades que inflige la Pobreza junto al objeto de tu más tierno Afecto?

-Resultas demasiado ridículo -dijo Augusta- y no me molesta­ré en discutir contigo. Sin embargo, quizá con el tiempo te con­venzas de que...

La Aparición de una Joven muy Hermosa, que fue conducida a la Habitación en cuya Puerta yo estaba escuchando, me impidió oír el resto. Al anuncio de «Lady Dorothea», abandoné inmedia­tamente mi Puesto y la seguí a la Salita, porque recordaba muy bien que era ella la Dama que había sido propuesta como Esposa a mi Edward por el Cruel e Implacable Barón.

Aunque la visita de Lady Dorothea era nominalmente para Philippa y para Augusta, tenía ciertas razones para pensar que (sabedora del Matrimonio y de la llegada Edward) el principal motivo de la misma era verme.

Pronto me di cuenta de que, aunque encantadora y Elegante en su Persona, aunque Educada y de Palabra fácil, por lo que se refiere a los sentimientos Tiernos y Delicados y a la refinada Sensibilidad, pertenecía a ese grupo de Seres inferiores de los que Augusta formaba parte.

Dorothea permaneció en nuestra compañía durante una media hora, sin que en el Curso de su Visita me confiara uno solo de sus Secretos pensamientos, ni me pidiera que le confiara los Míos. Te será fácil imaginar, mi Querida Marianne, que no pudiera sentir ningún tipo de Afecto o de sincero Cariño hacia Lady Dorothea.

Adeiu.

LAURA

 

 

OCTAVA CARTA

 

De Laura a Marianne

continuación

 

Lady Dorothea no acababa sino de dejarnos, cuando fue anun­ciada una nueva visita, tan inesperada como la anterior. Se trata­ba de Sir Edward, quien, informado por Augusta del matrimonio de su hermano, venía sin duda a reprochar a su Hijo que se hu­biera atrevido a unirse a mí sin su Conocimiento. Pero Edward, previendo sus Intenciones, y tan pronto como entró en la Habi­tación, se dirigió hacia él con paso heroico y le habló de la siguiente Manera:

-Conozco el motivo de su Visita, Sir Edward. Viene aquí con el bajo Deseo de reprocharme el enlace indisoluble que he llevado a cabo con mi Laura sin su Consentimiento. Pero sepa usted, Sir, que me vanaglorio de este Acto y que me jacto sobremanera de haber causado la Insatisfacción de mi Padre.

Dicho esto, tomó mi mano y, mientras Sir Edward, Philippa y Augusta se quedaban sin duda reflexionando con Admiración sobre la intrepidez del Valor de mi Esposo, éste me condujo de la Salita al Coche de su Padre, que seguía detenido ante la Puerta y en el cual nos pusimos inmediatamente a salvo de la persecución de Sir Edward.

En un principio, los Postillones habían recibido órdenes de tomar la carretera de Londres. Después de reflexionar un poco sobre el asunto, les ordenamos que nos condujeran a M..., donde estaba la morada del amigo más íntimo de Edward y que se en­contraba a sólo unas millas de distancia.

Llegamos a M... pocas horas más tarde y, después de anunciar­nos, Sophia, la Esposa del amigo de Edward, vino a recibirnos. Después de haberme visto privada durante 3 semanas de una verdadera amiga (pues así considero a tu Madre), puedes imagi­nar mi gozo al contemplar a una persona, sin duda, digna de ese Nombre. Sophia estaba muy por encima de una estatura media y era muy elegante. Una dulce Languidez cubría sus encantadoras facciones, sólo para aumentar su Belleza. Esa misma Languidez era la Característica de su Personalidad: pura Sensibilidad y Sen­timiento. Nos arrojamos la una en los brazos de la otra, y des­pués de hacer votos de mutua Amistad para el resto de nuestras Vidas, intercambiamos los Secretos más preciosos de nuestros Corazones. A este Gozoso Entretenimiento nos dedicábamos cuando nos interrumpió la entrada de Augustus (el amigo de Edward), que regresaba de un paseo solitario.

-¡Mi Vida! ¡Mi Alma! -exclamó el primero.

-¡Mi Adorable Ángel! -replicó el segundo, volando el uno en brazos del otro.

La escena era demasiado patética para los sentimientos de Sophia y los míos propios, de modo que nos desmayamos alter­nativamente sobre el Sofá.

Adeiu.

LAURA

 

 

 

NOVENA CARTA

 

De la Misma a la Misma

 

Concluía el Día cuando recibimos la siguiente Carta de Philippa:

 

Sir Edward está furioso por vuestra brusca marcha y se ha llevado a Augusta con él de vuelta a Bedfordshire. A pesar de lo mucho que deseo disfrutar de nuevo de vuestra encan­tadora Compañía, no puedo arrancaros del lado de vuestros queridos y dignos Amigos. Cuando vuestra Visita haya con­cluido, confío en que volveréis a los brazos de vuestra

 

PHILIPPA

 

 

Escribimos una respuesta apropiada a esta afectuosa Nota y, después de agradecerle su amable invitación, le aseguramos que naturalmente la aceptaríamos, siempre que no tuviéramos otro sitio adonde ir. Aunque nuestra agradecida respuesta a su invita­ción sólo podía agradar a un Ser razonable, lo cierto es que, no sé cómo, la caprichosa Dama se sintió molesta por nuestro compor­tamiento y, pocas semanas más tarde, no sé si por venganza por nuestra Conducta o para llenar su propia soledad, se casó con un Cazadotes joven e iletrado.

Este Paso imprudente (aunque nos dimos cuenta de que proba­blemente nos privaría de la fortuna que Philippa siempre nos había dicho que un día sería nuestra) no arrancó de nuestras ele­vadas Personalidades un solo suspiro. No obstante, sabíamos que aquella unión podría ser una fuente inagotable de tristeza para la engañada Novia, y nuestra temblorosa Sensibilidad se vio profun­damente afectada cuando supimos por primera vez del Acon­tecimiento. Los afectuosos Ruegos de Augustus y de Sophia de que consideráramos su Casa como nuestro Hogar para siempre nos convencieron en seguida y decidimos no abandonarlos nunca.

En la Compañía de mi Edward y de esta Amable Pareja, pasé los momentos más felices de mi Vida. El tiempo transcurría de la forma más deliciosa, entre Muestras de mutua Amistad y votos de Amor inalterable, sentimientos que nunca se veían interrum­pidos por la llegada de desagradables Visitantes, pues Augustus y Sophia habían tenido buen cuidado en, al llegar por primera vez a aquel Vecindario, informar a las Familias de los alrededores de que, como su felicidad se centraba totalmente en ellos mismos, no deseaban otro tipo de relaciones. Pero ¡ay, mi Querida Ma­rianne! Aquella Felicidad de la que gocé entonces era demasiado perfecta para durar. El más severo e inesperado de los Golpes vino a destruir en un instante toda Sensación de Placer. Con­vencida como debes estarlo, por todo lo que te he dicho hasta ahora sobre Augustus y Sophia, de que nunca hubo una pareja más feliz, no tengo casi que decirte que su unión había sido con­traria a los deseos de sus Crueles y Mercenarios Padres, quienes en vano habían tratado, con obstinada Perseverancia, de obligar­les a casarse con personas a las que odiaban; si bien, con una Fortaleza Heroica, digna de ser relatada y Admirada, habían re­chazado constantemente someterse a un Poder tan despótico.

Después de haberse desprendido tan noblemente de los Gri­lletes de la Autoridad Paterna, por medio de un Matrimonio Clandestino, decidieron no traicionar jamás la buena opinión que se habían ganado en el Mundo por este comportamiento y no aceptar ningún tipo de propuesta de reconciliación que pu­diera proceder de sus Padres, si bien su noble independencia nunca se vio expuesta a esta última prueba.

Llevaban sólo unos meses casados cuando dio comienzo nues­tra visita, y durante ese tiempo habían vivido muy bien gracias a una considerable suma de Dinero que Augustus había graciosa­mente birlado del Escritorio de su Indigno Padre, pocos días an­tes de su unión con Sophia.

Con nuestra llegada, sus Gastos aumentaron considerable­mente, aunque sus medios para cubrirlos estaban casi agotados. Pero ellos, ¡Elevadas Criaturas!, se negaron a reflexionar por un momento sobre su Problemas pecunarios y se hubieran sonroja­do ante la sola idea de pagar sus Deudas. ¡Ay, cuál fue su Re­compensa por tan desinteresado Comportamiento! El bello Augustus fue arrestado y todos nos vimos en la ruina. El ignomi­nioso comportamiento de quienes perpetraton tan ruin Traición sorprenderá a tu dulce naturaleza, Queridísima Marianne, tanto como entonces afectó a la Delicada Sensibilidad de Edward, de Sophia, de tu Laura y del mismo Augustus. Y para completar aquella Barbaridad sin igual, fuimos informados de que pronto se llevaría .a cabo un Embargo de la Casa. ¡Ah, qué podíamos hacer sino lo que hicimos! Todos suspiramos y nos desmayamos sobre el sofá.

Adeiu.

 

LAURA

 

 

DÉCIMA CARTA

 

Laura

continuación

 

Una vez algo repuestos de las abrumadoras Efusiones de nues­tra Pena, Edward expresó su deseo de que nos detuviéramos a pensar cuál era el paso más prudente que, en nuestra desdichada situación, podíamos tomar, mientras él ayudaba a su encarcela­do amigo a lamentarse sobre sus desgracias. Después de prome­terle que lo haríamos, se dirigió a la Ciudad. Durante su Au­sencia, nos dedicamos a cumplir fielmente con su Deseo y, tras un exhaustivo ejercicio de Deliberación, finalmente acordamos que lo mejor sería abandonar la Casa, en la cual se esperaba la llegada de los Oficiales de la justicia en cualquier momento, con el fin de tomar posesión de ella.

Llenas de gran impaciencia, esperamos por tanto la llegada de Edward, con la idea de hacerle partícipe del resultado de nuestras Deliberaciones. Pero ningún Edward hizo su aparición. En vano contamos los tediosos Momentos de Ausencia; en vano llora­mos; en vano, incluso, suspiramos... ningún Edward volvió. Fue éste un Golpe demasiado cruel, demasiado inesperado para nuestra Tierna Sensibilidad. No pudiendo soportarlo, sólo pudi­mos desmayarnos. Por último, haciendo acopio de toda la Re­solución de la que fui Capaz, me levanté y, tras empacar lo míni­mo imprescindible para Sophia y para mí, la arrastré hasta el Coche que había enviado llamar y nos dirigimos en seguida ha­cia Londres.

Como la Residencia de Edward estaba a unas doce millas de la Ciudad, no tardamos mucho en llegar y, en cuanto entramos en Holbourn, bajando una de las Ventanillas del Coche, comencé a preguntar a toda Persona de aspecto decente que nos cruzába­mos si había visto a mi Edward.

No obstante, como quiera que el Coche iba demasiado deprisa para escuchar las respuestas que mi permanente Pregunta reci­bía, la información que obtuve sobre su paradero fue muy pe­queña o prácticamente nula.

-¿A dónde voy? -preguntó el Cochero.

-A Newgate, Amable Joven -repliqué yo-, a ver a Augustus.

-¡Oh, no, no! -exclamó Sophia-. No puedo ir a Newgate. No podría soportar la visión de mi Augustus en tan cruel confina­miento. Mis sentimientos ya han sido fuertemente golpeados por el recital de su Desgracia, pero contemplarla sería una impre­sión demasiado abrumadora para mi Sensibilidad.

Como entendí perfectamente la justicia de sus Sentimientos, el Cochero se dirigió de nuevo hacia el Campo.

Es posible, Queridísima Marianne, que estés un poco sorpren­dida de que, después de los Sufrimientos que había padecido, privada de cualquier tipo de apoyo y desprovista de una Resi­dencia, ni una sola vez recordara a mi Padre y a mi Madre, o pen­sara en mi Casa Rústica del Valle de Uske. Para que comprendas este aparente olvido, debo informarte de una Circunstancia sin importancia que está relacionada con ellos y que no he mencionado hasta ahora. La circunstancia aludida es la muerte de mis Padres, acaecida pocas semanas después de mi Marcha. A su muerte, me convertí en la legítima Heredera de su Casa y de su Fortuna. Pero, ¡ay!, la Casa nunca les había pertenecido y su For­tuna era sólo usufructuaria. ¡Tal es la Depravación del Mundo! Hubiera vuelto contenta al lado de tu Madre, llevando conmigo a la Encantadora Sophia; hubiera sido maravilloso pasar el resto de mi Vida en la querida Compañía de ambas en el Valle de Us­ke, si no fuera porque un obstáculo se interpuso en la ejecución de tan agradable Plan: el Matrimonio de tu Madre y su Partida a un lugar Remoto de Irlanda.

Adeiu.

Laura

 

 

UNDÉCIMA CARTA

 

Laura

continuación

 

-Tengo un Familiar en Escocia -me dijo Sophia al abandonar Londres- que, estoy segura, no dudará en recibirme.

-¿Le digo entonces al Mozo que nos lleve allí? -dije yo.

Aunque, después de pensarlo mejor, añadí:

-¡Ay, quizá sea un Viaje demasiado largo para los Caballos!

No queriendo, sin embargo, actuar movida por mi inadecuado Conocimiento de la Fuerza y las Cualidades de los Caballos, con­sulté con el Cochero, quien se mostró completamente de acuer­do conmigo sobre el particular. Decidimos, por tanto, cambiar de Caballos en la siguiente Ciudad y hacer rápidos Relevos durante el resto del Viaje.

Al llegar a la última Hospedería de nuestro camino, que se encontraba sólo a unas cuantas millas de la Casa del Familiar de Sophia, y para evitar imponerle nuestra Compañía desconsidera­da e inesperadamente, escribimos con muy buena caligrafía una Nota muy elegante en la que le hacíamos un relato de nuestra Menesterosa y melancólica Situación, así como de nuestra inten­ción de pasar algunos meses con él en Escocia. Tan pronto como enviamos esta carta, nos preparamos para seguirla en persona y, nos disponíamos a subir al Coche con tal propósito, cuando nuestra Atención se vio atraída por la Entrada de un Coche, coronado con escudo y tirado por cuatro caballos, en el patio de la Hospedería. Un Caballero bastante entrado en años descendió de él. Su primera Aparición hizo que mi Sensibilidad se viera maravillosamente afectada, y cuando le miré por 2.a vez, una Simpatía instintiva me susurró al Corazón que se trataba de mi Abuelo.

Convencida de que no podía equivocarme en aquella conjetu­ra, salté inmediatamente del Coche en el que acababa de entrar y, siguiendo al Venerable Extraño hasta la Habitación a la que fue conducido, me arrodillé ante él y le rogué que me reconocie­ra como a su Nieta. Él se detuvo y, después de haber examinado detenidamente mis rasgos, me levantó del Suelo y, tendiéndome sus familiares brazos, se abrazó a mi cuello, exclamando:

-¡Te reconozco! Sí, querida resemblanza de mi Laurina, y la hija de mi Laurina; dulce imagen de mi Claudia y de la Madre de mi Claudia, te reconozco como la Hija de la una y la Nieta de la otra.

Mientras me abrazaba de manera tan tierna, Sophia, sorpren­dida por mi precipitada Partida, entró en la Habitación, buscán­dome. Tan pronto el venerable Par posó su mirada en ella, excla­mó lleno de Sorpresa:

-¡Otra Nieta! Sí, sí, veo que eres la Hija de la Hija mayor de mi Laurina. Tu parecido con la bella Matilda lo proclama con cla­ridad.

-¡Oh! -replicó Sophia-. Cuando le vi por primera vez, el ins­tinto de la Naturaleza me susurró que teníamos algún lazo de parentesco, pero si se trataba de Abuelos o de Abuelas era algo que no podía determinar.

El la rodeó con sus brazos y, mientras permanecían abrazados tiernamente así, la Puerta de la Habitación se abrió y el más Hermoso joven hizo su aparición. Al percibir su presencia, Lord St. Clair se quedó perplejo y, retrocediendo unos pasos y levan­tando las Manos, dijo:

-¡Otro Nieto! ¡Qué Felicidad tan inesperada, descubrir en el espacio de 3 minutos el mismo número de descendientes! Seguro estoy de que se trata de Philander, el Hijo de la 3.a Hija de mi Laurina, la amable Berta; sólo falta la presencia de Gustavus para completar la Unión de los Nietos de mi Laurina.

-¡Y aquí está! -dijo un Agraciado Joven, que en ese momento entraba en la habitación-. Aquí está el Gustavo que deseabais ver. Soy el hijo de Agatha, la 4.4 y más joven de las Hijas de Laurina.

-En verdad lo eres -replicó Lord St. Clair-. Pero, dime, ¿tengo más nietos en la Casa?

-Ninguno más, mi Señor.

-Entonces, cuidaré de vosotros sin más dilación. Aquí tenéis 4 billetes de 50 libras cada uno. Tomadlos y recordad que he cum­plido con el Deber de un Abuelo.

Y, dicho esto, salió enseguida de la Habitación, e inmediata­mente después de la Casa.

Adeiu.

LAURA

 

 

DUODÉCIMA CARTA

 

Laura

continuación

 

Puedes imaginarte la enorme sorpresa que nos produjo la repentina marcha de Lord St. Clair. -¡Innoble Caballero! -exclamó Sophia.

-¡Indigno Abuelo! -dije yo.

Tras lo cual, nos desmayamos la una en los brazos de la otra. Cuánto tiempo permanecimos en aquella situación, no lo sé; pero cuando nos recobramos, nos encontramos solas, sin Gus­tavo, sin Philander y sin los Billetes. Comenzábamos a deplorar nuestro desdichado destino cuando la Puerta de la Habitación se abrió y «Macdonald» fue anunciado. Se trataba del primo de Sophia.

La premura con la que había venido en nuestro auxilio, tan pronto recibiera nuestra Nota, hablaba tan bien a su favor que no dudé en juzgarlo a primera vista como a un tierno y simpáti­co Amigo. ¡Ay, bien poco merecía ese nombre! Pues, aunque nos dijo que se sentía muy preocupado por nuestras Desgracias, pare­cía que éstas no le habían arrancado ni un solo suspiro, ni le habían inducido a lanzar un juramento contra nuestra mala Estrella. Macdonald le dijo a Sophia que su Hija esperaba que la llevara con él de regreso a Macdonald Hall,2 y que a mí, como amiga de su Prima, también tendría gusto en verme. De modo que nos dirigimos a Macdonald Hall, donde fuimos recibidas con gran amabilidad por Janetta, hija de Macdonald y Señora de la Mansión.

Janetta tenía entonces sólo quince años; poseía una buena dis­posición natural; estaba dotada de un Corazón susceptible y era Simpática. De haber sido estimuladas apropiadamente, estas Cualidades habrían sido un verdadero adorno en su Naturaleza humana. Desgraciadamente, su Padre no poseía un alma lo sufi­cientemente elevada para admirar una Disposición tan promete­dora y se había esforzado con todos los medios a su alcance por prevenir que sus buenas cualidades se desarrollaran con los Años. En realidad, había eliminado de tal forma la noble y natural Sensibilidad de su Corazón, que había conseguido incluso que aceptara la proposición de matrimonio de un joven de su Recomendación. El Matrimonio debía celebrarse en pocos me­ses, y Graham se encontraba en la Casa cuando llegamos. En seguida nos dimos cuenta de la clase de persona que era: exactamente el tipo de Hombre que hubiera elegido Macdonald. Di­jeron que era Sensible, instruido y Agradable; nosotras decidi­mos no juzgar tales naderías. Convencidas de que no poseía alma, de que nunca había leído Los lamentos de Werter y de que su Pelo no guardaba el menor parecido con el de Auburn, pensa­mos que con toda claridad Janetta no podía sentir el menor afec­to por él o, al menos, que no debía sentirlo. La misma circuns­tancia de que el joven era la elección de su padre hablaba tanto en su contra que, incluso si en todo lo demás hubiese podido merecer ser su esposo, aquella circunstancia debería ser causa suficiente a los Ojos de Janetta para rechazarle. Decidimos expo­nerle estas consideraciones a una luz adecuada, sin dudar del Éxito que obtendríamos ante una persona de naturaleza tan bien dispuesta, cuyos errores tan sólo habían sido inducidos por falta de una apropiada confianza en sí misma y de un oportuno des­dén por su padre.

Su respuesta fue todo lo favorable que habíamos esperado; no tuvimos ninguna dificultad en convencerla de que era imposible que amara a Graham y de que era su Deber desobedecer a su Pa­dre. La única cosa que parecía hacerle dudar era nuestro conven­cimiento de que debía unirse a otra Persona. Durante algún tiem­po, declaró una y otra vez que no conocía a ningún Joven por el cual sintiera el menor Afecto; sin embargo, después de explicarle que aquello era imposible, terminó por afirmar que creía que el Capitán M'Kenzie le gustaba más que ningún otro. Esta confesión nos satisfizo y, después de enumerar las buenas Cualidades de M'Kenzie y de asegurarle que estaba locamente enamorada de él, deseamos saber si alguna vez éste le había declarado su Afecto.

-Además de que nunca me lo ha declarado, no tengo razones para creer que haya sentido nunca algo por mí -dijo Janetta.

-De que te adora -replicó Sophia- no hay ninguna duda. El Afecto debe de ser mutuo. ¿No te ha mirado nunca con admira­ción? ¿Alguna vez te ha apretado la mano con ternura, se le ha escapado una lágrima involuntaria y ha salido de la habitación de forma brusca?

-Nunca, que yo recuerde -replicó ella-. Siempre ha salido de la habitación cuando su visita había terminado y no se ha mar­chado de forma brusca o sin hacer una reverencia antes.

-Sin duda, querida, debes estar equivocada -dije yo-, porque es absolutamente imposible que se haya separado de ti sin Con­fusión, Desesperación y Precipitación. Considéralo un momen­to, Janetta, y te convencerás de lo absurdo que es suponer que pudiera hacer una Reverencia o comportarse como cualquier otra Persona.

Después de dejar este Punto bien atado para nuestra satisfac­ción, el siguiente paso era determinar la forma en que debíamos informar a M'Kenzie de la favorable Opinión que Janetta tenía de él. Finalmente, decidimos hacérsela conocer por medio de una Carta anónima, que Sophia redactó de la siguiente manera:

 

¡Oh, feliz Amante de la bella Janetta! ¡Oh, envidiable Po­seedor de su Corazón, cuya mano ha sido destinada a otro! ¿Por qué prolongas de esta forma la confesión de tu Afecto al amable Objeto del mismo? ¡Oh, considera que en pocas semanas habrá concluido toda soñada Esperanza que ahora puedas albergar, al unirse la infortunada Víctima de la Cru­eldad de su Padre al execrable y odioso Graham!

¡Ay! ¿Por qué favoreces tan cruelmente la proyectada Miseria de su vida y de la tuya propia, retrasando esa confe­sión que sin duda te atormenta desde hace tiempo? Una Unión secreta podrá asegurar de inmediato la felicidad de ambos.

 

Al recibir el Billete, el encantador M'Kenzie, cuya modestia -como reconoció más tarde- había sido la única razón que le había hecho ocultar tanto tiempo la vehemencia de su afecto por Janetta, voló sobre las alas del Amor a Macdonald Hall, y con tanta pasión razonó su Afecto por quien lo inspiraba que, des­pués de pocas entrevistas privadas más, Sophia y yo experimen­tamos la Satisfacción de verles partir hacia Gretna-Green,3 lugar que eligieron antes que cualquier otro para la celebración de sus Esponsales, a pesar de que se encontraba a una considerable dis­tancia de Macdonald Hall.

Adeiu.

LAURA

 

 

DECIMOTERCERA CARTA

 

Laura

continuación

 

Habían pasado casi dos Horas desde su marcha, sin que Mac­donald o Graham hubiesen sospechado nada del asunto. Y esto ni siquiera hubiera llegado a suceder de no haber sido por un pequeño Accidente. Un día en que Sophia, con su propio juego de llaves, abrió un Cajón privado de la Biblioteca de Macdonald, descubrió que era ése el Lugar donde guardaba sus Documentos importantes, entre ellos algunos billetes de banco de gran valor. Sophia me hizo partícipe de aquel descubrimiento y, después de acordar ambas que privar a un vil Canalla como Macdonald de su dinero, quizá ganado deshonestamente, sería un acto de justicia, decidimos que la próxima vez que alguna de las dos pasara por allí tomaría un billete o dos del cajón. Más de una vez habíamos llevado a cabo este plan tan bien trazado; pero, ¡ay!, el mismo día de la escapada de Janetta, mientras Sophia se dedicaba a trasva­sar elegantemente un billete de cinco libras del Cajón a su pro­pio monedero, vio impertinentemente interrumpida esta tarea por la entrada, brusca y precipitada, del mismo Macdonald.

Sophia (que, a pesar de ser toda dulzura, podía, cuando la oca­sión lo requería, hacer alarde de la Dignidad de su Sexo) adoptó inmediatamente una expresión amenazante y, lanzando una mirada enfadada al impertérrito Acusado, le preguntó de forma altiva:

-¿Por qué mi retiro se ha visto interrumpido de manera tan insolente?

El imperturbable Macdonald, sin intentar siquiera disculparse del crimen del que se le acusaba, se dedicó por el contrario a recriminar a Sophia por privarle de su dinero de forma tan inno­ble. Sophia se sintió herida en su dignidad.

-¡Canalla! -exclamó ella, volviendo a poner el Billete en el Cajón-. ¿Cómo te atreves a acusarme de un Acto cuya sola idea me hace sonrojar?

El ruin Canalla seguía sin convencerse y continuó recriminan­do a la justamente ofendida Sophia en un Lenguaje tan lamenta­ble que, finalmente, la encantadora Dulzura de su Naturaleza se vio provocada en exceso y la indujo a vengarse de él, informán­dole de la Escapada de Janetta y de la Parte tan activa que ambas habíamos tomado en el Asunto. En aquel punto de la Disputa, entré en la Biblioteca y, como podrás imaginar, me sentí tan ofendida como Sophia ante las retorcidas Acusaciones del male­volente y despreciable Macdonald.

-¡Ruin Villano! -grité-. ¿Cómo se atreve a ensuciar la inmacu­lada reputación de tan Excelsa y brillante mujer? ¿Y por qué no sospecha igualmente de mi inocencia?

-Tranquilícese a ese respecto, Señora -replicó él-, y permítame que le diga que sí sospecho y que, por lo tanto, deseo que ambas abandonen esta Casa en menos de media hora.

-Lo haremos encantadas -contestó Sophia-. Hace mucho tiempo que nuestros corazones sienten un gran odio por vos, y nada salvo nuestra amistad por vuestra Hija nos ha retenido tanto tiempo bajo vuestro techo.

-Su amistad por mi Hija se ha visto enormemente ejemplifica­da, al haberla arrojado en los brazos de un vulgar Cazadotes -replicó él.

-Sí -exclamé yo-, entre tantas desgracias, pensar que por medio de este acto de Amistad hacia Janetta, no tenemos ya nin­guna obligación con su padre, nos proporcionará sin duda cierto consuelo.

-No dudo que para sus Mentes Elevadas, éste sea un pensa­miento muy gratificante -dijo él.

Tan pronto como empacamos nuestro guardarropa y nuestros objetos de valor, abandonamos Macdonald Hall. Después de caminar una milla y media, nos sentamos junto a la orilla de un claro y límpido arroyo para refrescar nuestros miembros agota­dos. El lugar se prestaba a la meditación. Un bosque de grandes Olmos nos protegía del Este. Un Lecho de grandes Ortigas, del Oeste. Ante nosotras corría el arroyo susurrante y a nuestra es­palda transcurría la carretera. Nuestro estado de ánimo se incli­naba a la contemplación y a disfrutar de la belleza del lugar. El Silencio que reinó entre nosotras por algún tiempo se rompió por fin cuando exclamé:

-¡Qué Escena tan bonita! ¡Ay! ¿Por qué no estarán Edward y Augustus aquí para disfrutar de esta Belleza con nosotras?

-¡Ah, mi adorada Laura! -exclamó Sophia-. Ten piedad de mí y evita traer a mi recuerdo la desdichada situación de mi encarce­lado Esposo. ¡Ay, qué no daría yo por conocer el destino de mi Augustus! ¡Por saber si todavía está en Newgate o si ya lo han col­gado! Pero mi tierna sensibilidad me lo impide y no soy capaz de indagar sobre su estado. ¡Oh, te ruego que nunca más me obli­gues a escuchar su adorado Nombre! ¡Me afecta tan profunda­mente! ¡No puedo soportar la idea de volver a escucharlo! ¡De tal forma hiere mis sentimientos!

-Perdona, Sophia, por haberte herido de esta forma sin querer -repliqué yo.

Y después de cambiar de conversación, le pedí que admirara la Noble Grandeza de los Olmos que nos Protegían del Zéfiro del Este.

-¡Ay, mi Laura! -volvió a exclamar-. ¡Evita hablar de un tema tan melancólico, te lo ruego! No vuelvas a herir mi Sensibilidad con observaciones sobre esos olmos. Me recuerdan a Augustus. Él era como esos árboles: alto, majestuoso, poseía esa noble gran­deza que tú admiras en ellos.

Me quedé en silencio, temerosa de perturbarla involuntaria­mente hablando de algún tema que pudiese recordarle a Au­gustus.

-¿Por qué no hablas, mi Laura? -dijo tras una breve pausa-. No puedo soportar este silencio. No me dejes sola con mis refle­xiones, porque todas giran en torno a Augustus.

-¡Qué Cielo tan bonito! -dije yo-. ¡De qué forma tan encanta­dora el azul se rompe con delicadas franjas de blanco!

-¡Oh, mi Laura! -replicó ella, desviando inmediatamente sus Ojos de una fugaz visión del cielo-. ¡No me aflijas así, llamando mi Atención sobre un objeto que tan cruelmente me recuerda el Chaleco de satén azul con franjas blancas de mi Augustus! Ten piedad de tu desdichada amiga y evita un tema tan perturbador para ella.

¿Qué podía hacer? Los sentimientos de Sophia eran en aquel momento tan exquisitos, y la ternura que sentía por Augustus tan intensa, que no me atrevía a conversar sobre nada, temiendo con justicia que el tema pudiese despertar en ella, de alguna forma imprevisible para mí, toda su sensibilidad, dirigiendo sus pensamientos hacia su Esposo. Y, sin embargo, permanecer en silencio era cruel, ya que me me había pedido que hablara.

Por suerte, un accidente muy apropos vino a librarme de este Dilema: el Faetón de un Caballero volcó felizmente en la carrete­ra que se encontraba a nuestra espalda. El Accidente fue muy afortunado porque apartó la atención de Sophia de las melancó­licas reflexiones a las que se había entregado.

Abandonando instantáneamente nuestro asiento, corrimos a rescatar a aquellos que, sólo unos minutos antes, ocupaban una situación tan elevada -viajando como viajaban en un alto Faetón muy a la moda- y que ahora yacían en el suelo, cubiertos de Polvo.

-¡Qué gran tema para la reflexión sobre las inciertos Placeres de este Mundo no hubiesen sugerido ese Faetón y la Vida del Cardenal Wolsey a una Cabeza pensadora! -dije a Sophia, mien­tras corríamos hacia el campo de Batalla.

Sophia no tuvo tiempo de contestarme porque todos sus pensamientos estaban ahora centrados en el horrible Espectáculo que teníamos ante nosotras. La imagen de dos Caballeros, vesti­dos con gran elegancia, que se revolcaban en su propia sangre fue la primera que impactó nuestros Ojos. Nos acercamos. ¡Eran Edward y Augustus! ¡Sí, mi queridísima Marianne, se trataba de nuestros Esposos!

Sophia lanzó un grito y se desmayó sobre la Tierra. Yo grité y me volví loca en un instante. Así, privadas de nuestros Sentidos, permanecimos durante algunos minutos, sólo para, al recobrar­los, vernos privadas de ellos de nuevo. Esta desdichada Situación se prolongó por espacio de una Hora y Cuarto. Sophia se desma­yaba a cada instante y yo enloquecía como ya había hecho antes. Por fin, un Lamento del desventurado Edward (el único a quien le quedaba un soplo de Vida) nos devolvió a la realidad. Si hubiéramos imaginado que alguno de los dos estaba con vida todavía, seguramente hubiéramos reservado parte de nuestro Dolor, pero como, al contemplarles por primera vez, supusimos que habían muerto, pensamos que lo único que podíamos hacer era dedicamos a lo que nos dedicamos.

Tan pronto como escuchamos el lamento de mi Edward, y posponiendo nuestras lamentaciones por el momento, corrimos sin pausa hacia el Querido Joven y, arrodillándonos una a cada lado de él, le imploramos que no muriera.

-Laura -dijo, fijando sus ahora lánguidos Ojos en mí-, me temo que he tenido un accidente.

Yo me sentí felicísima de comprobar que todavía razonaba.

-¡Oh!, dime, Edward -dije yo-, te ruego que me digas antes de morir qué fue lo que sucedió después del desdichado Día en que Augustus fue arrestado y nos separamos.

-Lo haré -dijo él. Y, dejando escapar un Profundo suspiro, Expiró.

Sophia cayó inmediatamente en un nuevo desfallecimiento. Mi Dolor se hizo más audible; Mi voz tembló, Mis Ojos adquirie­ron una Mirada vacía, Mi rostro empalideció como la Muerte y mis Sentidos se vieron considerablemente deteriorados.

-No me hables de los Faetones -dije yo, desvariando de forma frenética e incoherente-. Dame un violín. Tocaré para él y le tranquilizaré en sus Horas melancólicas. ¡Tened cuidado, voso­tras, dulces Ninfas, de los Dardos de Cupido! ¡Esquivad las acera­das Lanzas de Júpiter! ¡Mirad el Bosque de los Abetos! ¡Veo una Pierna de Cordero! ¡Me dijeron que Edward no estaba Muerto, pero me engañaron! ¡Le confundieron con un Pepino!

Y así continué, gritando salvajemente por la Muerte de mi Edward. Así desvarié locamente durante dos Horas, y no me hubiera detenido nunca -porque no estaba cansada en absoluto­- de no haber sido porque Sophia, que acababa de despertarse de su desmayo, me rogó que considerara que la Noche se acercaba y que comenzaba a haber humedad.

-¿Y adónde nos dirigiremos para protegernos de ambas? -di­je yo.

-A esa Casa blanca -replicó ella, señalando un bonito Edificio que se elevaba por encima del Bosque de Olmos y en el cual yo no había reparado antes.

Yo me mostré de acuerdo y en seguida nos dirigimos hacia allí. Llamamos a la puerta y ésta nos fue abierta por una Anciana. Tras preguntarle si nos podría dar Alojamiento por una Noche, nos informó de que su Casa era muy pequeña y de que sólo tenía dos Dormitorios; sin embargo, nos ofrecía uno de ellos. Satis­fechas, acompañamos a la buena Mujer al interior de la Casa, donde nos vimos gratamente reconfortadas por la visión de un agradable fuego. La mujer era Viuda y tenía sólo una Hija de die­cisiete años. Una de las mejores edades, sin duda, pero ¡ay!, era bastante tonta y se llamaba Bridget. Nada, por tanto, podía espe­rarse de ella: ni Ideas exaltadas, ni Sentimientos Delicados, ni una Sensibilidad refinada. No era sino una simple joven de buen carácter, educada y bien dispuesta. Como tal, era difícil que nos disgustase: sólo podía ser Objeto de Desdén.

Adeiu.

LAURA

 

 

DECIMOCUARTA CARTA

 

Laura

continuación

 

Ármate, mi amable y Joven Amiga, de toda la filosofía de que seas capaz y reúne toda la fortaleza que poseas, porque, ¡ay!, en el transcurso de las próximas Páginas, tu sensibilidad será puesta a prueba con la máxima dureza. ¡Ah, las Desgracias que había experimentado hasta entonces y que te he relatado, qué eran comparadas con la que me propongo contarte ahora! La Muerte de mi Padre, de mi Madre y de mi Esposo, a pesar de ser más de lo que mi dulce Naturaleza podía soportar, eran simples bagate­las en comparación con la desgracia que paso a relatarte.

A la mañana siguiente de nuestra llegada a la Casa, Sophia se quejó de un dolor violento en sus delicados miembros, dolor que se acompañaba de una desagradable Jaqueca. Ella atribuyó este malestar al frío cogido durante sus constantes desmayos al Aire libre y al Rocío que cayera la Noche anterior. Mucho me temí que, efectivamente, ése fuera el caso. No podía ser de otra mane­ra: si yo no padecía los mismos síntomas era sin duda porque el gran Ejercicio físico que había llevado a cabo en mis ataques de locura había calentado y hecho circular mi Sangre de forma muy efectiva, protegiéndome de la fría Humedad de la Noche; mien­tras que Sophia, totalmente inactiva en el Suelo, debió de expo­nerse a todo su Rigor. Su enfermedad me alarmó muy seriamen­te. Si a tus Ojos quizá aparezca como algo sin importancia, una especie de Sensibilidad instintiva me susurró que aquello podía tener un fatal Desenlace.

¡Ay, mis temores eran más que justificados! Sophia empeoró gradualmente, y yo me sentía cada vez más alarmada por su esta­do. Por fin, se vio obligada a permanecer confinada todo el tiem­po en la Cama que nuestra generosa Casera nos había asignado; su enfermedad se agravó de forma galopante y en pocos días acabó con ella. En medio de todas mis Lamentaciones (y podrás imaginar que eran muy vehementes), no dejé de recibir cierto consuelo del hecho de haberla atendido en todo momento du­rante su enfermedad. Había llorado sobre ella todos los Días; había bañado con mis lágrimas su dulce rostro y había tomado constantemente sus manos entre las mías.

-Mi adorada Laura -me dijo pocas horas antes de morir-, toma ejemplo de mi desdichado Final y evita la imprudente conducta que lo ha ocasionado... Ten cuidado con los desvane­cimientos... Aunque al principio puedan parecer reconfortan­tes y Agradables, al final, sobre todo si se repiten demasiado y en estaciones poco apropiadas, son destructivos para el Or­ganismo... Mi destino te enseñará esta lección... Muero, Mártir de mi dolor por la pérdida de mi Augustus... Un Desmayo fatal me ha costado la Vida... Ten cuidado con los desmayos, Que­rida Laura... Un ataque de frenesí no es ni la cuarta parte de pernicioso; es un ejercicio físico y, si no es demasiado violento, me atrevería a decir que incluso tiene consecuencias favorables para la Salud. Enloquece cuantas veces quieras, pero no te des­mayes...

Éstas fueron las últimas palabras que me dirigió en vida... Fue el último consejo a su afligida Laura, quien lo ha seguido fiel­mente desde entonces.

Después de acompañar a mi llorada amiga hasta su última Morada, abandoné inmediatamente (aunque la noche estaba avanzada) la odiosa Aldea en la que había muerto y en la que habían expirado mi Esposo y Augustus. No había caminado un largo trecho cuando pasó por mi lado un Coche de Postas, en cuyo interior tomé asiento en seguida, decidida a continuar mi camino hasta Edimburgo, lugar donde confiaba en encontrar a algún Amigo piadoso que pudiera recibirme y consolarme de mis Aflicciones.

La oscuridad era tan grande que, al entrar en el Coche, no pude distinguir el Número de sus Ocupantes. Sólo pude percibir que eran Muchos. En cualquier caso, ajena a su presencia, me entregué a mis tristes Reflexiones. El Silencio era la nota dominante, un Silencio sólo roto por los profundos y sonoros ronqui­dos de un miembro de la Compañía.

«¡Qué patán analfabeto debe de ser ese Hombre! -pensé para mis adentros-. ¡Qué Falta total de delicadeza y de refinamiento debe de tener una persona capaz de destrozar nuestros sentidos con un Ruido tan brutal! ¡Estoy segura de que es capaz de las peores Acciones! ¡Seguro que no hay crimen, por terrible que sea, que un Personaje como éste no sea capaz de perpetrar!» Así razo­naba para mis adentros y, sin duda, aquéllas debían de ser las reflexiones de mis compañeros de viaje.

Por fin, la luz del Día me permitió contemplar al Villano sin conciencia que había perturbado tan violentamente mis sen­timientos. Se trataba de Sir Edward, el padre de mi Fallecido Es­poso. A su lado, se sentaba Augusta y, en el mismo lado del asiento, iban sentadas tu Madre y Lady Dorothea. Imagina mi Sorpresa al encontrarme así sentada entre mis antiguos Cono­cidos. Si mi Perplejidad era ya grande, ésta se vio en gran medida incrementada cuando, al mirar por la Ventanilla, descubrí al Es­poso de Philippa y a la misma Philippa sentada a su lado, sobre el Pescante, y cuando, al mirar hacia atrás, vi a Philander y a Gustavus en el Asiento Exterior.

-¡Oh, cielos! -exclamé-. ¡Es posible que tan inesperadamente me vea rodeada de mis Familiares y mis Conocidos más directos!

Estas palabras despertaron al resto de la Compañía, y todas las miradas se dirigieron a la esquina del coche en la que iba sen­tada.

-¡Oh, mi Isabel! -continué, arrojándome, por encima de Lady Dorothea, en sus brazos-. ¡Recibe una vez más en tu Seno a la infortunada Laura! ¡Ay, la última vez que nos vimos, en el Valle de Uske, yo era feliz por haberme unido al mejor de los Edwards, tenía un Padre y una Madre, y no conocía la desdicha! Pero, ahora, privada de toda amistad salvo la tuya...

-¡Cómo! -interrumpió Augusta-. ¿Significa eso que mi Her­mano ha muerto? Dinos, te suplico, ¿qué ha sido de él?

-Sí, fría e insensible Ninfa -repliqué yo-, aquel infortunado

Zagal, tu Hermano, ya no existe, y ahora puedes alegrarte de ser la Heredera de la fortuna de Sir Edward.

Aunque la había despreciado desde el Día en que escuché su conversación con mi Edward, me conporté civilizadamente y, ante los ruegos de Sir Edward y de ella misma, les prometí con­tarles todo el melancólico Asunto. Ambos se sintieron muy a­fectados. Incluso el pétreo Corazón de Sir Edward y el insensible de Augusta dieron muestras de haber sido tocados por el Dolor de aquella historia. A petición de tu Madre, hice un relato de todas las desgracias que habían recaído sobre mí desde que nos separásemos. Y, así, hablé del encarcelamiento de Augustus y de la ausencia de Edward, de nuestra llegada a Escocia, del inespera­do encuentro con nuestro Abuelo y con nuestros primos, de nuestra visita a Macdonald Hall, de la singular Ayuda que había­mos prestado a Janetta, de la ingratidud de su Padre, de su inhu­mano Comportamiento, de sus inexplicables sospechas y del sal­vaje trato que nos dispensara, obligándonos a abandonar la Casa..., de nuestros Lamentos ante la pérdida de Edward y de Augustus y, finalmente, de la triste Muerte de mi adorada Compañera.

La Pena y la Sorpresa aparecieron intensamente dibujadas en el Rostro de tu Madre durante todo el relato, aunque lamento decir que, para eterno reproche a su Sensibilidad, la última pre­dominó en todo momento. A pesar de que mi Conducta había sido irreprochable en el Curso de todas mis Aventuras y Des­venturas, ella intentó ver faltas en mi Comportamiento ante muchas de las situaciones en las que me había hallado. Segura como estaba de que había actuado siempre de una forma que reflejaba el Honor de mis Sentimientos y de mi Refinamiento, presté poca atención a sus palabras y pasé a pedirle que, en vez de dedicarse a herir mi reputación sin tacha con injustificables reproches, satisficiera mi Curiosidad y me explicara qué hacía allí. Tan pronto como hubo cumplido mis deseos sobre este par­ticular y ofrecido un detallado informe sobre todo lo que le había acontecido desde nuestra separación (particulares que, si aún no conoces, puede dártelos a conocer tu Madre), pedí a Augusta que hiciera lo propio con respecto a ella, a Sir Edward y a Lady Dorothea.

Augusta me dijo que, teniendo como tenía un considerable gusto por las Bellezas de la Naturaleza, su curiosidad por contem­plar algunos paisajes como los que ésta exhibía en aquella parte del Mundo se había visto intensificada por el Viaje a las Tierras Altas, de Gilpin, y que, por lo tanto, había convencido a su Padre de que hicieran un Viaje por Escocia y persuadido a Lady Dorothea de que los acompañara. También me dijo que habían llegado a Edimburgo unos días antes y que, desde allí, habían hecho Excursiones diarias al Campo en el Coche de Postas en el que nos encontrábamos. De una de aquellas excursiones regresa­ban ahora.

Mis siguientes pesquisas se dirigieron entonces hacia Philippa y su Esposo. Del último supe que, habiendo gastado toda la for­tuna de ella, había recurrido como medio de subsistencia a aquel talento en el que siempre había destacado, a saber, el de la Con­ducción; y que, habiendo vendido todo lo que les había pertene­cido, salvo el Coche, habían convertido éste en Diligencia, y que, para evitar que cualquier día se lo arrebatara alguno de sus antiguos Conocidos, lo había llevado a Edimburgo, desde donde iba a Sterling uno de cada dos Días; y que Philippa, quien aún sentía afecto por su desagradecido Esposo, le había seguido hasta Escocia y que, generalmente, le acompañaba en sus pequeñas Excursiones a Sterling.

-Desde nuestra llegada a Escocia, mi Padre -continuó Au­gusta- ha viajado siempre en su Coche para ver las bellezas del País, sólo por dejarles algo de dinero en los Bolsillos; porque, desde luego, hubiese sido mucho más agradable para noso­tros visitar las Tierras Altas en una Silla de Posta, y no viajar de Edimburgo a Sterling y de Sterling a Edimburgo un Día sí y otro no, en una Diligencia tan atestada de gente y tan incómoda.

Yo estuve totalmente de acuerdo con su punto de vista sobre el Particular y secretamente culpé a Sir Edward por sacrificar el bienestar de su Hija, a causa de una ridícula Mujer mayor cuya estupidez -casarse con un Hombre tan joven- sólo merecía el reproche de todos. Su Comportamiento, sin embargo, concorda­ba perfectamente con su Carácter: qué otra cosa cabía esperar de un Hombre que no poseía un solo átomo de Sensibilidad, que desconocía el significado de la palabra Simpatía casi por comple­to, y que roncaba.

Adeiu.

LAURA

 

 

DECIMOQUINTA CARTA

 

Laura

continuación

 

Cuando llegamos al pueblo donde debíamos tomar nuestro Desayuno, decidí hablar con Philander y con Gustavus. Con ese propósito, tan pronto como bajé del Carruaje, me dirigí hacia el Asiento Exterior y les pregunté con gran gentileza sobre su Salud, expresándoles mi preocupación por la incomodidad de su Es­tado. En un principio parecieron confundidos por mi Aparición, temiendo sin duda que les reclamara el dinero que nuestro Abuelo me había entregado y del que tan injustamente ellos me habían privado. Sin embargo, al ver que no mencionaba una palabra sobre el Asunto, me pidieron que subiera con ellos para que pudiéramos conversar con mayor comodidad. Así lo hice entonces y, mientras el resto del grupo se dedicaba a ingerir grandes cantidades de Té Verde y de tostadas con mantequilla, nosotros nos agasajamos, de una Forma mucho más refinada y Sentimental, con una Conversación íntima. Yo les informé sobre todas las cosas que me habían sucedido en el transcurso de la Vida y, a petición mía, ellos me relataron todos los incidentes de la suya.

-Como ya sabes, somos los hijos de las dos Hijas pequeñas que Lord St. Clair tuvo con Laurina, una bailarina de ópera de origen italiano. Ninguna de nuestras madres llegó a estar nunca com­pletamente segura de la identidad de nuestros padres; aunque se cree que Philander es el hijo de un tal Philip Jones, Albañil, y que mi padre era Gregory Staves, un Fabricante de corsés de Edim­burgo. Esto, sin embargo, no tiene demasiadas consecuencias porque, como nuestras Madres nunca se casaron con ellos, no Deshonraron nuestra Sangre, que es de la más pura y antigua clase. Bertha (la Madre de Philander) y Agatha (mi propia Madre) vivieron siempre juntas. Ninguna de las dos era demasiado rica. Originalmente, sus fortunas juntas sumaban nueve mil Libras, pero como siempre hicieron buen uso de ellas, cuando teníamos quince años, éstas habían descendido a las Novecientas. Estas Novecientas estaban siempre guardadas en el Cajón de una de las Mesas que decoraban nuestro Salón, con el objeto de que estuvieran siempre a Mano. Movidos bien por la circunstancia de que fuera tan fácil de tomar, bien por un deseo de indepen­dencia o por un exceso de Sensibilidad (que siempre hemos po­seído de manera notable), es difícil de saber, lo que es seguro es que, al cumplir los 15 años, cogimos las Novecientas Libras y nos escapamos.

»Una vez con el dinero en la mano, decidimos dividirlo-en nueve partes. La primera la destinamos a la Comida, la segunda a la Bebida, la tercera al Alojamiento, la cuarta al Transporte, la quinta a los Caballos, la sexta a los Criados, la séptima a los Entretenimientos, la octava a la Ropa y la novena a las Hebillas de Plata. Después de disponer de nuestros Gastos para dos Meses de esta forma (porque esperábamos que las Novecientas Libras nos duraran ese tiempo) nos dirigimos rápidamente a Londres y tuvimos la buena suerte de gastarlo en 7 semanas y un Día, es decir, 6 Días antes de lo que habíamos previsto. Tan pronto como nos desembarazamos del peso de tanto Dinero, comenza­mos a pensar en volver al lado de nuestras Madres, pero tras escuchar accidentalmente que ambas habían Muerto de hambre, abandonamos la idea y decidimos unirnos a alguna Compañía de Actores ambulantes, ya que siempre habíamos sentido cierta inclinación por los Escenarios. Así, ofrecimos nuestros servicios a una de éstas y fuimos aceptados.

»Nuestra Compañía era en verdad pequeña, reduciéndose al Director, a su Esposa y a nosotros mismos. Claro que así éramos menos a pagar. El único inconveniente era la gran Escasez de Obras que podíamos representar, Escasez debida a la falta de Ac­tores para interpretar Papeles.

»En cualquier caso, nosotros no nos preocupamos por ese tipo de menudencias. Una de nuestras Actuaciones de mayor éxito fue Macbeth, en la que ambos estábamos realmente magníficos. El Director interpretaba siempre a Banquo; su Esposa a mi Lady Macbeth; yo interpretaba a las Tres Brujas y Philander al resto. A decir la verdad, esta tragedia no fue sólo la Mejor, sino también la única Obra que representamos; y, después de haberla llevado por los escenarios de toda Inglaterra y del País de Gales, vinimos a Escocia para cubrir el resto de Gran Bretaña. Casualmente, nos encontrábamos acuartelados en aquel Pueblo al que llegaste y donde conociste a tu Abuelo. Cuando su Coche entró en el patio de la Hospedería, reconociendo el Escudo de Armas al que perte­necía y sabiendo que Lord St. Clair era nuestro Abuelo, decidi­mos intentar sacar algo de él descubriéndole nuestro Parentesco. Ya conoces el éxito que tuvimos en esta empresa. Después de obtener las Doscientras Libras, abandonamos inmediatamente el Pueblo, dejando que nuestro Director y su esposa interpretaran Macbeth ellos solos, y tomamos la carretera de Sterling, donde gastamos nuestra pequeña fortuna con gran éclat. Ahora, nos dirigimos hacia Edimburgo con la intención de medrar en nues­tra carrera Interpretativa. Y ésta es, mi Querida Prima, nuestra Historia.

Después de agradecer al amable Joven su entretenido Relato y de expresar a ambos mis mejores Deseos de Bienestar y Felicidad, los dejé en su pequeño Habitáculo y volví al lado de mis otros Amigos, quienes me esperaban con impaciencia.

Y así, mi queridísima Marianne, mis Aventuras tocan casi a su fin; al menos por el momento.

Cuando llegamos a Edimburgo, Sir Edward me dijo que, como Viuda de su Hijo, deseaba que aceptase de sus Manos Cuatro­cientas al año. Yo le prometí indulgentemente que lo haría, aun­que no pude evitar darme cuenta de que el antipático Barón lo hacía más por el hecho de que fuese Viuda de Edward que por el de ser la refinada y amable Laura.

Instalé mi Residencia en una romántica Aldea de las Tierras Altas escocesas en la que vivo desde entonces y donde, libre de indeseables Visitas, puedo abandonarme, en melancólica sole­dad, a llorar incesantemente las Muertes de mi Padre, de mi Madre, de mi Esposo y de mi Amiga.

Augusta lleva varios Años unida a Graham, el Hombre que mejor conviene a su personalidad, y al que conoció durante su estancia en Escocia.

Con la esperanza de tener un Heredero para su Título y para su Fortuna, Sir Edward se casó al mismo tiempo con Lady Dorothea. Sus deseos se han visto cumplidos.

Incrementada su reputación tras sus Actuaciones en el Theatrical Line, de Edimburgo, Philander y Gustavus se mudaron a Covent Garden,s donde todavía actúan bajo los nombres de Lewis y Quick 6

Philippa hace tiempo que pagó su Deuda con la Naturaleza. Por otra parte, su Esposo sigue conduciendo la Diligencia de Edimburgo a Sterling.

Adeiu mi Queridísima Marianne.

 

LAURA

finis
13 de junio de 1790

 

 

EL CASTILLO DE LESLEY

novela inacabada en forma de Epistolario

 


Al Caballero Henry Thomas Austen1

 

Señor:

Me permito la Libertad, con la que tantas veces me ha honrado, de dedicarle una de mis Novelas. Me temo que la presente esté inacabada y me temo también que siempre permanecerá así. El hecho de que hasta donde ha llegado pueda ser tan insignificante y tan poco digna de usted es

otra de las preocupaciones

de su agradecida y humilde

Servidora

 

LA AUTORA

 

 

A los Señores Empleados de Demanda y Cía:

Por favor, páguese a la Señorita Jane Austen la suma de cien guineas por orden de su Humilde Servidor.

H. T. AUSTEN

 

£105.00

 

 

 

 

PRIMERA CARTA

 

De la Señorita Margaret Lesley a la Señorita Charlotte Lutterell

 

Castillo de Lesley, 3 de enero de 1792

 

Mi Hermano acaba de dejarnos.

 

-Estoy seguro -nos dijo al partir- de que Matilda, Margaret y tú cuidaréis muy bien de mi adorada pequeña, y de que le daréis lo que hubiese recibido de una Madre indulgente, afectuosa y amable.

Las lágrimas rodaban por sus mejillas mientras pronunciaba estas palabras, y el recuerdo de aquella que tan caprichosamente había empañado el sentido de la Maternidad y violado tan grave­mente los Deberes conyugales le impidió añadir nada más. Tras abrazar a su dulce Retoño y despedirse de Matilda y de Mí, se separó bruscamente de nosotras y, sentándose en su Calesín, tomó la carretera de Aberdeen.

¡Nunca hubo un joven más bueno! ¡Ah, qué poco merecía las desgracias que experimentó en su Vida de Casado! ¡Un Esposo tan bueno para una Esposa tan mala! Porque debes saber, mi querida Charlotte, que la Indigna Louisa abandonó Esposo, Hijo y reputación hace pocas semanas en compañía del Señor Danvers y del Deshonor.*

¡Nunca hubo una cara más bonita, una figura más encantadora y un Corazón más cruel que los de Louisa! Su hija ya posee los Encantos personales de su desdichada Madre. ¡Espero que herede los mentales de su Padre! Lesley sólo tiene veinticinco años y ya vive entregado a la Melancolía y a la Desesperación. ¡Qué dife­rencia entre él y su Padre! Sir George tiene 57 y continúa siendo el Apuesto y alocado mozo, el alegre Muchacho y el joven vivaz que su Hijo era hace unos cinco años, y que él es desde que le recuerdo. Mientras nuestro padre se dedica a corretear por las calles de Londres, alegre, disipada e Inconscientemente a la edad de 57, Matilda y yo continuamos apartadas de la Humanidad en nuestro viejo y Polvoriento Castillo, situado a dos millas de Perth, sobre una imponente Roca, desde la que se domina una extensa vista del Pueblo y de sus deliciosos Alrededores. No obs­tante, aunque vivimos separadas de prácticamente todo el Mun­do (porque sólo visitamos a los M'Leod, a los M'Kenzie, a los M'Pherson, a los M'Cartney, a los M'donald, a los M'Kinnon, a los M'lellan, a los M'Kay a los Macbeth y a los Macduff), no somos ni aburridas ni tristes; por el contrario, nunca ha habido dos Muchachas más alegres, agradables e ingeniosas que noso­tras, y no hay una sola hora del Día que nos pese. Leemos, traba­jamos, paseamos y, cuando nos sentimos cansadas de estas Ocupaciones, aligeramos nuestro espíritu con una alegre canción, un Baile elegante, una ocurrencia o una charla ingeniosa. Somos bellas, mi querida Charlotte, muy bellas, y la mayor de nuestras Perfecciones es que nos conducimos como si no lo supiéramos.

Pero ¿por qué me entretengo hablando así de mí misma? Permíteme que, en su lugar, haga aquí el elogioso retrato de nuestra querida Sobrinita, la inocente Louisa, que en este mo­mento sonríe dulcemente mientras duerme una pequeña Siesta en el sofá. La adorable Criatura acaba de cumplir los dos años y es tan bonita como una de 22, tan inteligente como una de 32 y tan prudente como una de 42. Para convencerte de esto, debo informarte de que tiene un cutis y unas facciones muy bonitas, de que ya conoce las dos primeras Letras del Alfabeto y de que nunca estropea sus vestidos. Si todavía no te he convencido de su Belleza, Inteligencia y Prudencia, no hay nada que pueda aña­dir para apoyar esta afirmación y, si quieres decidir sobre el Asunto, tendrás que venir al Castillo de Lesley, donde, en contacto direc­to con Louisa, podrás decidir por ti misma. ¡Ah, mi querida Amiga, qué feliz me haría verte entre estos venerables Muros! Hace ya cuatro años desde que mi marcha del Colegio me separó de ti. Que dos Corazones tan tiernos e íntimamente unidos por los lazos de la simpatía y la Amistad se hayan visto así, tan lejos el uno del otro, es algo realmente conmovedor. Yo vivo en Perthshire, Tú en Sussex. Podríamos encontrarnos en Londres, si mi Padre quisiera llevarme y si tu Madre se encontrara allí al mismo tiempo. Podríamos encontrarnos en Bath, en Tunbridge o en cualquier otro sitio, si pudiéramos coincidir en el mismo lugar. Sólo nos queda confiar en que ese momento llegue alguna vez. Mi Padre no volverá a nuestro lado hasta Otoño; mi Her­mano dejará Escocia en pocos Días, deseoso de viajar. ¡Qué joven tan confundido! ¡Cuán vanamente sueña que un cambio de Aires pueda curar las Heridas de un Corazón roto!

Estoy segura, mi querida Charlotte, de que te unirás a mis ora­ciones para que el desdichado Lesley recupere la paz de su Alma, esencial para la de tu sincera amiga

 

M. LESLEY

 

 

SEGUNDA CARTA

 

De la Señorita C. Lutterell a la Señorita M. Lesley
como contestación

 

 

Glenford, 12 febrero

 

Tengo que rogarte mil perdones por el retraso en agradecerte, mi querida Peggy, tu amable Carta, la cual, debes creerme, no hubiera tardado tanto en contestar si no fuera porque, durante las últimas cinco semanas, todo mi tiempo ha estado ocupado en los preparativos de la Boda de mi hermana, y no me ha que­dado ni un minuto para dedicarte a ti o a mí misma. Y ahora, lo que más me fastidia es que el Compromiso se ha roto y todo mi Trabajo no sirve de nada. Puedes imaginarte el tamaño de mi Frustración cuando, después de haber trabajado Día y Noche para tener la comida de la Boda a tiempo, cuando, después de haber asado carne de Buey, preparado Cordero a la Parrilla y gui­sado Sopa suficiente para que la Pareja de recién casados comiese durante toda la Luna de Miel, me encuentro con el mortificante hecho de que he estado Asando, Guisando y haciendo picadillo de Carne y de mí misma sin ningún propósito. De verdad te di­go, mi querida Amiga, que no recuerdo haber sufrido una frus­tración igual a la que experimenté el Lunes pasado cuando mi Hermana vino corriendo a mi encuentro, en la Despensa, con la cara tan Blanca como un pastel glaseado, y me dijo que Hervey se había caído de su Caballo, se había roto el Cráneo y su Médico había dicho que se encontraba en Peligro mortal eminente.

-¡Dios mío, no me digas! -exclamé yo-. ¡Por todos los Cielos! ¿Qué va a ser de toda esta Comida? Es imposible que no se eche a perder en parte. En cualquier caso, podemos llamar al Médico para que nos ayude. Creo que yo puedo dar cuenta de la Carne; mi Madre puede tomarse el Caldo, y Tú y el Médico podéis aca­bar con el resto.

En este punto me interrumpí, al ver cómo mi pobre Hermana se desplomaba, aparentemente sin Vida, sobre uno de los Arcones donde guardamos los Manteles de hilo. Inmediatamente, llamé a mi Madre y a las Doncellas, y al fin logramos reanimarla. Tan pronto como recobró el conocimiento, expresó su determina­ción de reunirse inmediatamente con Henry, y estaba tan decidi­da sobre el Particular que no fue sino con la mayor Dificultad del Mundo como conseguimos evitar que lo llevara a la práctica. Por fin, más por medio de la Fuerza que por el de la Sugestión, la convencimos de que entrara en su habitación; la metimos en la Cama y, durante Horas, estuvo allí presa de las más terribles Convulsiones. Mi Madre y yo permanecimos con ella en la habi­tación y, siempre que un intervalo de cierta Compostura en el comportamiento de Eloísa nos lo permitía, nos entregamos a las más sentidas quejas sobre el terrible Desperdicio que este Evento iba a ocasionar en nuestras provisiones, y a la elaboración de algún plan para deshacernos de la comida. Decidimos que lo mejor que podíamos hacer era comenzar a comer inmediata­mente. Así, ordenamos que nos trajeran el jamón y la Caza, y pusimos en marcha nuestro Plan Devorador con gran Presteza. Intentamos convencer a Eloísa de que se tomara una Alita de Pollo, pero no hubo forma. No obstante, se mostraba más tran­quila que antes; las Convulsiones habían cedido y se hallaba en un estado muy próximo a la total Inconsciencia. Intentamos animarla por todos los medios a nuestro alcance, pero fue inútil. Le hablé de Henry.

-Querida Eloísa -le dije-, no tiene sentido llorar tanto por tan poca cosa -porque yo quería por todos los medios restar impor­tancia al asunto para consolarla-. Te ruego que no te preocupes más. De verdad que no me molesta lo más mínimo, y eso que tal vez sea una enorme carga, porque no sólo tendré que comerme toda esa Comida que ya he preparado, sino que, en el caso de que Hervey se recuperara -lo que, por otra parte, no parece muy probable-, tendría que volver a prepararla, y si muriera -lo que supongo que sucederá-, tendré que preparar un Banquete para cuando te cases con cualquier otro. De modo que, aunque ahora pueda afligirte pensar en los sufrimientos de Henry, me atrevo a decir que morirá pronto, que su dolor desaparecerá y que tú vol­verás a estar bien; mientras que mi Problema durará mucho más, ya que, después de todo lo que he trabajado, estoy segura de que llevará más de dos semanas vaciar la despensa.

Intenté consolarla de esta manera, con todos los medios a mi alcance, sin ningún resultado y, por fin, como me di cuenta de que no me escuchaba, me callé; y, dejándola con mi Madre, reco­gí los restos del Jamón y del Pollo y envié a William a interesarse por el estado de Hervey. No se creía que viviera muchas Horas, y de hecho murió aquel mismo día. Hicimos todo lo posible por transmitir el Triste Acontecimiento de la forma más tierna; sin embargo, y a pesar de todas nuestras precauciones, el Sufrimien­to que le produjo la noticia fue demasiado violento para su con­ciencia, y permaneció durante muchas horas en un intenso Delirio.

Eloísa se encuentra todavía extremadamente enferma y los Médicos temen que su estado empeore aún más. Es por ello por lo que nos disponemos a viajar a Bristol, donde esperamos en­contrarnos en el curso de la Semana que viene.

Y, ahora, mi querida Margaret, déjame que te hable un poco de tus asuntos. En primer lugar, debo informarte de que, confi­dencialmente, se dice que tu Padre va a casarse. Me cuesta creer en una noticia tan desagradable, pero, al mismo tiempo, no puedo negarle todo crédito. He escrito a mi amiga Susan Fitzge­rald para que me informe sobre el asunto; una información que, encontrándose en la Ciudad, no dudo de que podrá facilitarme. No sé quién es la dama.

Creo que tu Hermano ha hecho muy bien en decidirse a via­jar; quizá el movimiento le ayude a mitigar los recuerdos de esos Acontecimientos tan desagradables que tanto le han afligido úl­timamente.

Me alegra mucho saber que, aunque separada del Mundo, ni Matilda ni tú seais aburridas o tristes. Que nunca experimentéis lo que es ser ninguna de las dos cosas es el deseo de tu sincera Amiga

C. L.

 

P. S. Acabo de recibir la respuesta de mi amiga Susan, que te adjunto, y sobre la cual podrás sacar tus propias conclusiones.

 

 

Carta Adjunta

 

Mi querida Charlotte:

 

No podías haber pedido información sobre la boda de Sir George Lesley a una persona más indicada. Puedo asegurarte que Sir George se ha casado. Yo misma estuve presente en la Ceremonia. Espero no sorprenderte demasiado al firmar como tu afectuosa Amiga

SUSAN LESLEY

 

 

 

TERCERA CARTA

 

De la Señorita Margaret Lesley a la Señorita C. Lutterell

 

 

Castillo de Lesley, 16 de febrero

 

 

Mi querida Charlotte:

 

Después de sacar mis propias conclusiones sobre la carta que me adjuntaste, me propongo informarte sobre el contenido de ellas.

He llegado a la conclusión de que, si por este segundo Matrimonio, Sir George tiene una segunda familia, nuestra fortuna se verá considerablemente disminuida; de que si su Esposa es manirrota, le alentará a perseverar en un Alegre y Disipado estilo de Vida que poco aliento necesita y que, me temo, ha de­mostrado ir en detrimento de su salud y de su fortuna; de que esa mujer se convertirá en la Dueña de las Joyas que una vez adorna­ron a mi Madre y que Sir George siempre nos prometió; de que si no vienen a Perthshire no podré satisfacer mi curiosidad de con­templar a mi Madrastra, y de que si lo hacen Matilda no podrá sentarse nunca más a la cabecera de la mesa de su Padre.

Éstas fueron, mi querida Charlotte, las melancólicas reflexio­nes que me vinieron a la cabeza después de examinar la carta que Susan te enviara; las mismas que, tras leerla, se le ocurrieron a Matilda. Las mismas ideas, los mismos temores se apoderaron en seguida de su Pensamiento, y no sé qué reflexión la perturba­ba más, si la probable Disminución de nuestra Fortuna o la de su Rango. A las dos nos gustaría mucho saber si Lady Lesley es boni­ta y cuál es tu opinión sobre ella. Ya que la honras llamándola tu amiga, nos imaginamos que debe de ser una persona amable. Mi Hermano ya está en París. Tiene la intención de abandonar esta ciudad en pocos Días y de dirigirse a Italia. Sus cartas son muy alegres y dice que el aire de Francia le ha ayudado mucho a recu­perar tanto su Salud como su Ánimo; también, que ha dejado completamente de pensar en Louisa, que no siente ya el menor grado de Piedad o de Afecto por ella, y que incluso se siente agra­decido por su Fuga, ya que encuentra muy agradable verse solte­ro de nuevo. Comprobarás que ha recuperado por completo esa animosa Alegría e Ingenio vivaz que antaño hicieran de él una persona tan notable. Cuando conoció a Louisa, hace poco más de tres Años, era uno de los Jovenes más alegres y agradables de su época. Creo que no conoces los pormenores de ese primer encuentro. La relación comenzó en la casa de nuestro primo, el Coronel Drummond, en Cumberland, donde mi Hermano pasa­ba las Navidades y acababa de cumplir los veintidós años. Louisa Burton era la Hija de un Familiar lejano de la Señora Drummond que, a su muerte, acaecida pocos meses antes en un estado de extrema pobreza, había dejado a su única Hija, de dieciocho años por aquel entonces, a cargo de cualquier Familiar que qui­siera hacerse cargo de ella. La Señora Drummond fue la única que aceptó esta responsabilidad y Louisa cambió así su pobre Casa rústica de Yorkshire por una elegante Mansión en Cum­berland, y todas las Dificultades que inflige la Pobreza por todas las Diversiones que el Dinero puede comprar.

Louisa era una persona astuta y de mal genio, pero había aprendido a esconder su verdadero Carácter bajo una aparente Dulzura, instruida por un padre demasiado consciente de que el matrimonio era la única oportunidad que su Hija tenía de no morir de hambre, y convencido de que, dotada de tan extraordi­naria cantidad de encantos personales, unidos a unos buenos Modales y a una personalidad cautivadora, tenía muchas posibi­lidades de agradar a algún joven rico al que no le importara ca­sarse con una Muchacha sin un Chelín en el bolsillo.

Louisa comprendió perfectamente los planes de su padre y se mostró decidida a llevarlos a cabo con el mayor celo. Gracias a una enorme Perseverancia y Aplicación, terminó por ocultar su natural carácter bajo una máscara de Inocencia y Dulzura que todo aquel que la trataba con asiduidad creía verdaderas. Ésa era la Louisa que el desventurado Lesley conoció en la mansión de los Drummond. Su corazón, que (haciendo uso de tu metáfora favorita) era tan dulce, tierno y delicado como un pastel glasea­do, no pudo resistir sus encantos. En pocos días se enredaba en los lazos del amor, poco después se había enredado por completo y en menos de un Mes se había casado con ella.

Al principio, mi padre se mostró muy contrariado ante la pre­mura e imprudencia de este matrimonio. No obstante, cuando se dio cuenta de lo poco que su opinión les importaba, aceptó la unión sin la menor reticencia. La Propiedad que mi hermano posee cerca de Aberdeen, y que heredó de la fortuna de su Tío Abuelo (fortuna independiente de la de Sir George), era más que suficiente para que él y mi Hermana gozaran de todo tipo de Lujo y Comodidades. Durante los doce primeros meses, no hubo una persona más feliz que Lesley y una persona más amable en apariencia que Louisa. Representaba tan bien su papel y con tanto cuidado que, aunque en varias ocasiones Matilda y yo pasamos con ellos varias semanas, ninguna de las dos sospechó nada de su verdadero Carácter. No obstante, después del naci­miento de Louisa, que supuestamente debería haber aumentado su amor por Lesley, la máscara que había llevado tanto tiempo desapareció de manera fulminante y, como seguramente se cre­yó segura del afecto que su Esposo sentía por ella (un afecto que, si cabe, pareció aumentar con el nacimiento de su Hija), dejó de molestarse en prevenir que disminuyera. Nuestras visitas a Dun­beath se hicieron por tanto menos frecuentes y dejaron de ser tan agradables como habían sido. Por otra parte, Louisa nunca se quejó o lamentó de nuestra ausencia, infinitamente más conten­ta como estaba en compañía de Danvers, a quien había conocido en Aberdeen (estudiaba en una de las Universidades de esta loca­lidad), que en la de Matilda y tu amiga, a pesar de que nunca hubo Muchachas tan agradables como nosotras. Ya conoces el triste final de la felicidad matrimonial de Lesley. No lo repetiré.

Adeiu, mi querida Charlotte. Aunque todavía no he mencio­nado nada sobre el asunto, espero que me creerás cuando te digo que lamento y pienso mucho en la aflicción de tu Hermana. Estoy segura de que el aire sano de las colinas de Bristol le hará mucho bien y la ayudará a borrar de su Mente el recuerdo de Henry.

Recibe, mi querida Charlotte, el eterno afecto de tu

M. L.

 

 

 

 

 

 

CUARTA CARTA

 

De la Señorita C. Lutterell a la Señorita M. Lesley

 

Bristol, 27 de febrero

 

Mi querida Peggy:

 

Acabo de recibir tu carta, la cual, habiendo sido dirigida a Su­ssex cuando me encontraba en Bristol, tuvo que serme remitida aquí con enorme Retraso, y no ha llegado a mis manos sino has­ta este instante.

Quisiera agradecerte vivamente el relato que haces del en­cuentro, Enamoramiento y Matrimonio de Lesley con Louisa, el cual me ha entretenido mucho a pesar de que ya lo conocía, por habérmelo contado tú en repetidas ocasiones.

Tengo la satisfacción de comunicarte que, según todo hace pensar, al día de hoy nuestra despensa debe estar casi vacía, ya que dejamos instrucciones precisas a los Criados de que comie­ran tanto como les fuera posible y de que contrataran los servi­cios de dos Asistentas para que los ayudasen. Aquí trajimos un pastel frío de Paloma, un pavo frío, una lengua fría y media docena de Aspics con los que nos manejamos bastante bien gra­cias a la ayuda de nuestra Casera, su marido y sus tres hijos, de los que pudimos deshacernos en menos de dos días después de nuestra llegada. La pobre Eloisa continúa en el mismo estado de Salud y de Ánimo, y mucho me temo que el aire de las colinas de Bristol, al margen de lo sano que sea, no la ha ayudado nada a apartar al pobre Henry de su recuerdo.

Me preguntas si tu nueva Madrastra es bonita y amable, y me dispongo a hacerte un retrato preciso de sus encantos físicos y Mentales. Es pequeña y tiene una extraordinaria figura; su tez es pálida pero se pone bastante colorete; tiene los ojos y los dientes bonitos -un detalle que ella se encarga de hacerte notar en cuanto te ve- y, en conjunto, es muy agraciada. Tiene muy buen ca­rácter cuando las cosas se hacen a su gusto y cuando no está de mal humor es una persona alegre. Es manirrota por naturaleza y no muy afectada; sus lecturas se reducen a las cartas que yo le escribo, y lo único que escribe son contestaciones a las mías. To­ca el piano, canta y Baila, aunque no tiene el menor gusto ni des­taca en ninguno de estos ejercicios; eso sí, ella dice que es muy amante de todos ellos. Quizá te preguntes cómo una persona de la que hablo con tan poco afecto puede ser una amiga íntima; pero, si debo ser franca, nuestra amistad es más el fruto de su Capricho que el de mi Estima hacia ella. Coincidimos dos o tres días en Berkshire, en la casa de una Señora a la que ambas conocíamos. Durante nuestra visita -en la que reinó un Tiempo muy malo y en la que el resto de los invitados era particularmente estúpido­fue tan amable como para desarrollar un vehemente afecto por mí, un afecto que pronto se convirtió en declarada Amistad y terminó en una correspondencia regular. Imagino que en estos momentos debe de sentirse tan cansada de mí como yo de ella, pero es demasiado educada y yo demasiado civilizada para reco­nocerlo, de modo que nuestras cartas continúan siendo tan fre­cuentes y cariñosas como siempre, y nuestro Afecto, tan firme y sincero como el del primer día.

Me atrevería a decir que, siendo tan aficionada como es a los placeres de Londres y de Brighthelmstone, encontrará difícil sa­tisfacer la curiosidad que, me atrevería a decir, siente por cono­certe y abandonar esos nidos de la Disipación que adora por la melancólica, si bien venerable, tristeza del castillo en el que vi­ves. No obstante, en el caso de que tanta diversión haya dañado algo su salud, es posible que reúna las fuerzas necesarias para hacer un Viaje a Escocia, con la esperanza de que éste pudiera ser beneficioso, si no para su felicidad, sí para su salud.

Siento comunicarte que, en relación a la naturaleza mani­rrota de tu padre, a vuestra fortuna, a las Joyas de tu Madre y al Rango de tu Hermana, mucho me temo que tus temores sean más que fundados. Mi amiga cuenta con cuatro mil libras y, si puede, probablemente gastará esa misma cantidad en Ropa y Viajes cada año; tampoco creo que haga nada por impedir que Sir George abandone el estilo de vida al que lleva tanto tiempo acostumbrado, y tengo algún motivo para sospe­char que tendrás mucha suerte si es que te queda algo de su fortuna. Con respecto a las Joyas, me atrevería a decir que sin duda serán para ella, y todo apunta a que será también ella la que ocupe la cabecera de la mesa de su Esposo en vez de su Hija. Pero, como imagino que este melancólico asunto debe de ser extraordinariamente penoso para ti, no me extenderé más sobre él.

La indisposición de Eloisa nos ha traído a Bristol en una época del año tan fuera de moda, que sólo hemos podido ver a una familia educada desde que llegamos. El Señor y la Señora Marlowe son personas muy agradables, y están aquí a causa de la mala salud de su hijito. Puedes imaginarte que, siendo la única familia con la que se puede hablar, hemos establecido una estrecha relación con ellos; nos vemos casi todos los días y ayer cenamos en su compañía. Pasamos un Día muy agradable y tuvimos una Cena estupenda, aunque lo cierto es que la Ternera estaba terriblemente cruda y al guiso al Curry le faltaba condimento. No pude evitar pasarme toda la cena pensando en lo mucho que me hubiera gustado poder aderezarla. Un herma­no de la Señora Marlowe, el Señor Cleveland, se encuentra con ellos estos días. Es un Joven muy atractivo y parece muy con­vencido de serlo. Le he dicho a Eloísa que debería conquistarlo, pero ella no parece muy entusiasmada con mi proposición. Me gustaría ver a la niña casada y Cleveland posee unos bienes nada despreciables. Quizá te preguntes por qué al considerar mis Proyectos matrimoniales, no me tengo en cuenta a mí misma y sólo pienso en mi Hermana, pero si debo serte franca lo que más me gusta de una Boda es la organización y la direc­ción del Banquete. Por tanto, mientras pueda evitarlo, nunca pensaré en casarme, teniendo como tengo profundas razones para sospechar que para organizar mi propio Banquete de Bodas no dispondría de la mitad de tiempo del que dispongo para organizar el de mis familiares.

Con todo mi afecto

C. L.

 

 

QUINTA CARTA

 

De la Señorita Margaret Lesley a la Señorita Charlotte Lutterell

 

 

Castillo de Lesley, 18 de febrero

 

El mismo día en que recibí tu última y atenta carta, Matilda recibió una de Sir George, fechada en Edimburgo, en la que nos comunicaba que tendría el placer de presentarnos a Lady Lesley la tarde del día siguiente.

Como puedes imaginarte, esto nos sorprendió mucho, espe­cialmente después de que tu retrato de esta Señora nos hiciera pensar que existían muy pocas posibilidades de que viajara a Escocia en una época del año en la que Londres debe de estar tan animado. No obstante, como era nuestro deber estar encantadas ante un gesto de condescendencia como el que mostraban Sir George y Lady Lesley al venir a visitarnos, decidimos enviar una respuesta a su carta y expresarles la enorme alegría con la que esperábamos tal Bendición. Por fortuna recordamos que llega­rían al Castillo al día siguiente y que, por tanto, sería imposible que mi padre la recibiera antes de abandonar Edimburgo, con lo cual nos contentamos con dejar que imaginaran que nos sentía­mos tan felices como debíamos.

Al día siguiente, a las nueve de la Noche, llegaron acompaña­dos por uno de los hermanos de Lady Lesley. Esta Señora respon­de perfectamente al retrato que me hicieras de ella, aunque en mi opinión no es tan bonita como tú la consideras. No tiene una cara fea, pero hay algo tan vulgar en su diminuto cuerpo que, ante la elegante altura de Matilda o de mí misma, la hace pare­cer como una insignificante Enana.

Ahora que ha satisfecho su curiosidad por vernos (curiosidad que debe de haber sido grande cuando la ha obligado a recorrer más de cuatrocientas millas), comienza a mencionar su deseo ¿le volver a la ciudad y nos ha pedido que la acompañemos. No­sotras no podemos rechazar esta petición, ya que viene secunda­da por las órdenes de nuestro Padre y se apoya también en los ruegos del Señor Fitzgerald, sin duda uno de los jóvenes más agradables que he conocido nunca. Todavía no se ha decidido el día de nuestra partida, pero cuando quiera que nos vayamos es seguro que llevaremos a nuestra pequeña Louisa con nosotros.

Adeiu, mi querida Charlotte. Matilda se une a mí para envia­ros a Ti y a Eloisa nuestros mejores Deseos

 

M. L.

 

 

SEXTA CARTA

 

De Lady Lesley a la Señorita Charlotte Lutterell

 

 

Castillo de Lesley, 20 de marzo

 

Mi querida amiga:

 

Llegamos aquí hace unas dos semanas y ya me arrepiento de todo corazón de haber tenido que dejar nuestra encantadora Casa de Portman Square por un Castillo tan deprimente, tan viejo y tan deteriorado por la intemperie como éste. Se levanta sobre una Roca de apariencia tan inaccesible que creí que ten­drían que subirme hasta él con una cuerda. Nada más verlo lamenté sinceramente la curiosidad que había sentido por conocer a mis Hijas, que me obligaba a entrar en su prisión de una Forma tan peligrosa y ridícula. No obstante, tan pronto como me en­contré en el interior de este tremendo edificio, comencé a conso­larme con la idea de que pronto me vería reconfortada por la imagen de dos bellas Niñas, porque así me fueron descritas las dos Señoritas Lesley en Edimburgo. Y aquí, de nuevo, sólo Sor­presa y Desilusión. Matilda y Margaret Lesley son dos Niñas grandes, altas e, indiscutiblemente, demasiado desarrolladas, de una talla sólo apropiada para habitar un Castillo casi tan Grande como ellas. No sabes cuánto me gustaría, mi querida Charlotte, que pudieras contemplar a estas dos Gigantas Escocesas. Estoy segura de que te asustarían mortalmente. Como su fealdad hace realzar tanto mi belleza, las he invitado a acompañarme a Lon­dres, donde espero estar en el curso de dos semanas. Además de estas dos Damiselas, vive aquí una Mocosa de mal genio que, según parece, tiene algún parentesco con ellos. Me dijeron quién era y me soltaron una larga monserga sobre su padre y sobre una tal Señorita Nosequé a quien he olvidado completamente. Odio el Escándalo y odio a los Niños.

Desde mi llegada, me vi invadida por una verdadera plaga de aburridas visitas de un grupo de infelices escoceses con nombres dificilísimos. Se comportaron de forma tan civilizada, me hicie­ron tantas invitaciones y me amenazaron con visitarme otra vez tan pronto, que no tuve más remedio que plantarme. Supongo que no volveré a verlos, aunque lo cierto es que la compañía familiar es tan estúpida que no sé qué hacer. Estas niñas no sa­ben nada de Música y sólo conocen Tonadas Escocesas; no tie­nen Paisajes, sólo Montañas Escocesas; no tienen Libros, sólo Poemas Escoceses. ¡Y yo odio todo lo Escocés!

Por lo general, puedo pasar la mitad del Día en mi Cuarto de Baño, lo cual me produce un gran placer, pero ¡para qué voy a arreglarme aquí, si no hay una sola criatura en la Casa a la que tenga el menor deseo de agradar!

Acabo de tener una conversación con mi Hermano, que me ha ofendido muchísimo, y de la cual, como no tengo nada mejor que escribirte, paso a contarte los pormenores. Debes saber que durante los últimos 4 o 5 Días he sospechado que William sentía cierta inclinación por mi Hija mayor. Tengo la absoluta seguri­dad de que, de haber podido enamorarme de una mujer, jamás hubiera elegido a Matilda Lesley como objeto de mi pasión; por­que no hay nada que odie más que una Mujer alta. No obstante, hay cosas inexplicables en el gusto de algunos hombres y, te­niendo en cuenta que William mide casi seis pies, quizá no sea tan extraordinario que actúe de forma parcial ante esa altura. Ahora bien, siento un gran Afecto por mi Hermano y sentiría muchísimo que fuera desdichado, que es exactamente lo que se propone ser si no puede casarse con Matilda, cosa que forzosa­mente tiene que suceder, pues en sus Circunstancias no puede casarse con una mujer sin fortuna, la de Matilda depende total­mente de su Padre, éste no dará su aprobación al matrimonio, ni yo mi consentimiento para que le done una cantidad. Así las cosas, consideré una buena acción comunicar a mi Hermano la realidad de la situación, con el fin de que pudiera elegir por sí mismo entre el sometimiento de su pasión o el Amor y la Desesperación; y, por lo tanto, encontrándome esta Mañana sola con él en una de las horribles habitaciones de este Castillo, le expuse el Caso de la siguiente Manera.

-Bien, mi querido William, ¿qué piensas de estas niñas? Por mi parte, no las encuentro tan feas como esperaba. Aunque quizá tú creas que soy parcial, siendo como son las Hijas de mi Esposo, y es posible que estés en lo cierto. Se parecen tanto a Sir George que es natural pensar que...

-Mi querida Susan -exclamó en un tono de extraordinaria incredulidad-. ¡No pensarás que se parecen lo más mínimo a su Padre! ¡Él es feísimo! Pero, perdona, había olvidado completa­mente con quién estaba hablando...

-¡Oh, no te preocupes! -repliqué yo-. Todo el mundo sabe que Sir George es monstruosamente feo y te aseguro que siempre le consideré un horror.

-Me sorprenden sobremanera tus palabras sobre Sir George y sus Hijas -contestó William-. No es posible que veas a tu Esposo tan falto de Encantos personales como dices, y tampoco es posi­ble que encuentres el menor parecido entre él y las Señoritas Lesley, quienes, a mi juicio, no se parecen a él en nada y son muy Bonitas.

-Si ésa es tu opinión sobre las Niñas, no veo cómo pueda de­fenderse la belleza de su Padre, porque, si ellas no se le parecen en nada y son muy bonitas al mismo tiempo, sería natural pen­sar que él es muy feo.

-De ningún modo -dijo él-, porque lo que puede ser bonito en una Mujer puede ser muy desagradable en un Hombre.

-¡Pero si hace sólo unos minutos tú mismo aceptaste que era muy feo! -repliqué yo.

-Los Hombres no pueden juzgar la Belleza de los de su propio Sexo -dijo él.

-Ni los Hombres ni las Mujeres pueden encontrar a Sir George ni siquiera pasable.

-Bueno, bueno -dijo él-, no discutamos sobre su Belleza; pero tu opinión sobre sus Hijas es realmente singular, porque, si te he entendido bien, ¡has dicho que no las encontrabas tan feas como esperabas!

-¿Y qué tiene de extraordinario? ¿Es que esperabas que fue­ran más feas todavía? -dije yo.

-Me cuesta creer que hables en serio -me contestó- cuando te refieres a ellas de esa extraordinaria Manera. ¿Acaso no encuen­tras a las Señoritas Lesley dos jóvenes encantadoras?

-¡Por Dios, claro que no! -exclamé-. ¡Las encuentro horroro­sas!

-¡Horrorosas! -replicó él-. ¡Mi querida Susan, es imposible que pienses algo semejante! ¿Podrías mencionar un solo Rasgo de su cara que pueda criticarse?

-¡Oh, desde luego que sí! -repliqué yo-. Veamos, empezaré por la mayor..., por Matilda. ¿Te parece bien, William? -y le lan­cé una mirada socarrona para avergonzarle.

-Se parecen tanto -dijo él-, que supongo que las faltas de una serán las de la otra.

-Bien, en primer lugar, las dos son terriblemente altas.

-Sin duda, las dos son más altas que tú -dijo él, con una sonri­sa insolente.

-No sé qué me quieres decir -dije yo.

-Bueno -continuó él-, en el caso de que sean más altas de lo común, tienen una figura muy elegante, y en cuanto a su cara, ¡tienen unos ojos tan bonitos!

-Es imposible encontrar elegancia en figuras tan tremendas y apabullantes, y en cuanto a sus ojos, son tan altas que hubiera tenido que romperme el cuello para mirárselos.

-¡Qué lástima! -replicó él-. Aunque quizá es mejor que no lo hagas, porque podrías quedar deslumbrada por su Brillo.

-¡Sí, claro, es muy posible! -dije yo, en tono complaciente.

Porque te aseguro, mi queridísima Charlotte, que no me sentí para nada ofendida, aunque, por lo que sigue, alguien podría su­poner que William creía haberme dado pie para sentirme así; ya que, tomándome la mano, me dijo:

-¡No te pongas tan seria, Susan, o me harás pensar que te he ofendido!

-¡A mí! Querido Hermano, ¿cómo has podido suponer algo semejante? -contesté yo-. ¡Por supuesto que no! Te aseguro que no me sorprende en absoluto tu ardiente defensa de la Belleza de estas Niñas...

-Está bien -me interrumpió William-, pero recuerda que no . hemos terminado nuestra discusión sobre ellas. ¿Qué falta pue­des encontrar en su cutis?

-Son terriblemente pálidas.

-Siempre tienen un poco de color y, además, después de un poco de ejercicio físico, éste sube mucho de tono.

-De acuerdo, pero no sé cómo iban a subirlo de tono, si algu­na vez le da por llover en esta parte del mundo, a no ser que se divirtieran corriendo de aquí para allá por estas horribles y viejas Galerías y antecámaras.

-Bien -replicó mi Hermano en tono de fastidio y lanzándome una Mirada impertinente-, si tienen poco color, al menos es todo suyo.

Esto era demasiado, mi querida Charlotte, porque estoy segura de que con esa mirada insolente pretendía poner en duda la rea­lidad del mío. Aunque sé bien que, en el caso de que escucharas una falsedad tan cruel como ésa, me defenderías; pues a menudo has sido testigo de lo mucho que desapruebo el Colorete y siem­pre me has oído decir que no me gusta. Puedo asegurarte, ade­más, que mi opinión sigue siendo la misma.

Como las sospechas de mi Hermano eran más de lo que podía soportar, salí de la habitación inmediatamente y desde entonces me encuentro en mi Vestidor, desde donde te escribo. ¡Qué carta tan larga me ha salido! Por favor, no esperes recibir cartas tan lar­gas desde la Ciudad, porque es sólo en el castillo de Lesley donde una tiene tiempo de escribir, incluso a una Charlotte Lutterell. Me sentí tan humillada por la Mirada de William que no tuve la Paciencia de quedarme y aconsejarle sobre su Atracción por Matilda, cuando sólo ese gesto de Amor fraternal me había indu­cido a comenzar la conversación. Ahora, estoy tan convencida de la violenta pasión que siente por ella que, estoy segura, no prestará oídos a ningún tipo de razonamiento sobre el Asunto; de modo que no pienso molestarme más por él ni por su favo­rita.

Adeiu, mi querida Niña. Tu afectuosa amiga,

SUSAN L.

 

SÉPTIMA CARTA

 

De la Señorita C. Lutterell a la Señorita M. Lesley

 

 

Bristol, 27 de marzo

 

Esta semana he recibido una Carta tuya y otra de tu Madrastra que me han divertido mucho, porque me doy cuenta de que cada una está celosísima de la Belleza de la otra. Resulta bastante absurdo que dos Mujeres bonitas, aunque se trate de Madre e Hija, no puedan estar bajo el mismo techo sin discutir sobre su belleza. Por favor, convenceos de que las dos sois muy bonitas y olvidad el Asunto.

Supongo que debo de dirigir esta Carta a Portman Square, donde probablemente (por grande que sea tu amor por el Castillo de Lesley) no te desagradará encontrarte. A pesar de lo que todo el mundo dice sobre los Verdes prados y sobre el Campo, siempre he creído que Londres y sus Diversiones deben ser muy agradables para pasar una temporada; y me encantaría que la renta de mi Madre la permitiera llevarnos a allí en Invierno para disfrutar de sus Edificios y Jardines Públicos. Siempre he soñado con ir a Vaux-halle para comprobar si la carne asada se corta en lonchas tan finas como dicen, porque tengo la ligera sospecha de que poca gente entiende el arte de cortar la carne asada tan bien como yo. Sería difícil que no supiera algo del Asunto, cuando me he esforzado tanto en esa parte de mi Educación.

Mamá siempre ha creído que soy la más completa de las her­manas, aunque en vida Papá defendía que era Eloisa. Nunca hubo dos Naturalezas más dispares en el Mundo. De pequeñas, a las dos nos gustaba Leer. Ella prefería la Historia y yo los Libros de Recetas. A ella le encantaba Dibujar y a mí guisar Gallinas. Nadie cantaba una Canción mejor que Ella y nadie hacía un Pastel mejor que yo. Y así han seguido las cosas desde que dejamos de ser Niñas. La única diferencia es que han desaparecido las disputas sobre la superioridad de nuestras Actividades, tan frecuentes entonces. Hace muchos años que llegamos al acuerdo de admirar mutuamente nuestro trabajo. Yo no dejo nunca de escuchar su Música, y ella es igual de constante a la hora de comer­se mis pasteles. Esto fue así al menos hasta que Henry Hervey hizo su aparición en Sussex.

Antes de la llegada de su Tía a la vecindad, donde ya sabes que se estableció hace unos doce meses, sus visitas se producían en fechas concretas y tenían siempre la misma Duración; pero cuando ella se mudó a la Casa Señorial que está cerca de la nues­tra, éstas se hicieron más frecuentes y más largas.

Como puedes suponer, esto no podía agradar a la Señora Diana, que es Enemiga declarada de todo lo que no se rige por el Decoro y la Formalidad, o no guarda el menor parecido con la Finura y la Buena Educación. No, era tan grande su rechazo hacia el comportamiento de su Sobrino que a menudo la escu­ché reconvenirle a la cara con indirectas, las cuales, de no haber estado Henry en tales momentos enzarzado en una conversación con Eloisa, estoy segura de que habrían llamado su Atención y le hubieran perturbado mucho.

La alteración del comportamiento de mi Hermana, a la que ya he aludido, comenzó entonces a producirse. Dejó de respetar el Acuerdo que teníamos de admirar mutuamente nuestras produc­ciones y, aunque yo aplaudía cada una de sus Danzas Populares, ninguno de mis pasteles de paloma obtenía una sola palabra de aprobación de su parte. Esto hubiera sido razón suficiente para que cualquier otra persona hubiese montado en cólera; sin em­bargo, yo me mantuve fría como un Queso fresco y, después de pensar en un plan y de trazar una estrategia de Venganza, decidí que siguiese actuando a su manera sin hacerle un solo reproche. Mi plan consistía en tratarla como ella me trataba a mí e, incluso si pintaba mi propio Retrato o tocaba Malbrook (la única balada que de verdad me gusta), no decir nada más que «Gracias, Eloisa», a pesar de haberla aclamado falsamente durante años cada vez que tocaba diciendo: Bravo, Bravissimo, Encora, Da Capo, allegretto, con espressione, Poco presto, y otras muchas palabras igualmente extranjeras, las cuales, según me explicó Eloisa, ex­presaban mi Admiración. Y debe de tener razón, porque las veo repetidas en cada Página de todos los libros de Música. Me imagi­no que deben de reflejar el Sentimiento del Compositor.

Ejecuté mi Plan con gran exactitud; no puedo decir que con gran éxito porque, ¡ay!, mi silencio cuando tocaba no parecía molestarle en absoluto. Por el contrario, un día llegó incluso a decirme:

-Me encanta, Charlotte, que por fin hayas abandonado esa ri­dícula costumbre de aplaudir mi Ejecución del Clavicordio hasta levantarme dolor de cabeza y quedarte ronca. Te agradezco mu­chísimo que guardes tu Admiración para ti.

Nunca olvidaré la ingeniosísima respuesta que di a su comen­tario.

-Eloisa -dije-, te ruego que estés muy Tranquila con respecto a esos temores en el futuro, porque puedo asegurarte que siempre guardaré mi Admiración para mí y para mis propios proyectos y que no la extenderé a los tuyos.

Ésta era la primera frase severa que decía en mi Vida; no por­que no me sienta a menudo una persona extremadamente satíri­ca, sino porque era la primera vez que hacía públicos mis senti­mientos.

Creo que no hubo nunca dos jóvenes que se profesaran mayor afecto que Henry y Eloisa. No, el Amor de tu Hermano por la Señorita Burton pudo ser más violento, pero no más fuerte. Puedes imaginarte, por tanto, lo mal que le sentó a mi Hermana la jugada que él le hizo. ¡Pobre Niña! Sigue lamen­tando su Muerte con igual Constancia, sin prestar atención al hecho de que han pasado ya más de seis semanas desde que se produjera. Pero algunas personas sienten estas cosas más que otras. El estado de Salud originado por esta Pérdida la ha deja­do tan débil, tan incapaz de hacer el menor esfuerzo, que se ha pasado toda la Mañana llorando por la Partida de la Señora

Marlowe, quien junto a su Esposo, su Hermano y su Hijito ha abandonado Bristol esta Mañana. Lamento su marcha porque era la única familia que conocíamos aquí; pero, desde luego, nunca se me hubiera ocurrido llorar. La verdad es que la Señora Marlowe y Eloisa pasaban más tiempo juntas que con­migo; y el afecto que creció entre ambas hace que las Lágrimas fueran más disculpables en ellas de lo que hubieran sido en mi caso.

Los Marlowe se dirigen a la Ciudad, y Cleveland les acompa­ña. Ya que ni Eloisa ni yo hemos sido capaces de cazarle, espero que tú o Matilda tengáis más Suerte.

No sé cuándo nos iremos de Bristol. Eloisa se encuentra tan poco animada que no quiere moverse, aunque estar aquí tampo­co parece ayudarla demasiado. Confío en que una o dos semanas más pondrán fin a esta Estancia.

Mientras tanto, y sin otro particular, etc., etc.

CHARLOTE LUTTERELL

 

OCTAVA CARTA

 

De la Señorita Lutterell a la Señora Marlowe

Bristol, 4 de abril

 

Mi querida Emma:

No sé cómo agradecerte tu ofrecimiento de que mantuviéra­mos una relación Epistolar, en el que veo un enorme gesto de amistad por tu parte. Te aseguro que escribirte será para mí un gran desahogo y, en tanto en cuanto mi Salud y mi Ánimo me lo permitan, encontrarás en mí, si no una Corresponsal entre­tenida, sí muy constante. Conoces demasiado bien mi situa­ción para saber que en mí la Alegría sería impropia, y conozco mi Corazón demasiado bien para saber que sería ficticia. No esperes recibir Noticias, porque no vemos a nadie conocido o en cuya vida tengamos el más mínimo Interés. Tampoco espe­res conocer algún Escándalo a través de mí, porque, debido a lo mismo, no podemos escucharlos ni inventarlos. Lo único que puedes esperar son las efusiones melancólicas de un Corazón roto, que una y otra vez se vuelve hacia la Felicidad que una vez disfrutó, y cuyo recuerdo tan mal ayuda a soportar su pre­sente desdicha.

La Posibilidad de escribirte o de hablarte sobre mi desapare­cido Henry será un Lujo para mí, y sé bien que tu Bondad no rechazará la lectura de cosas que tanto bien me hará escribir. Una vez pensé que nunca desearía tener lo que generalmente se llama una Amiga (quiero decir una persona de mi propio Sexo con quien poder hablar con menos reserva que con cual­quier otra persona) al margen de mi Hermana. ¡Qué equivoca­da estaba! Charlotte está demasiado ocupada con dos Co­rresponsales íntimas de esa clase para dedicarme esa atención y, por otra parte, espero que no me consideres una infantil romántica si te digo que tener una Amiga piadosa que pudiera escuchar mis Lamentos sin intentar consolarme era lo que durante tanto tiempo había deseado, cuando nuestro encuen­tro, la intimidad que lo siguió y la afectuosa Atención que me dedicaste desde el principio, me hizo albergar la feliz Espe­ranza de que si aquellas atenciones crecían, gracias a un cono­cimiento más íntimo, llegarían a convertirse en una Amistad, algo que, si realmente eras la persona que yo deseaba, me pro­curaría la mayor Felicidad que pudiese soñar. Saber que tal Esperanza se ha visto cumplida significa para mí una enorme satisfacción, una satisfacción que es ahora la única que puedo experimentar. Me siento tan débil que estoy segura de que si estuvieras conmigo me rogarías que dejara de escribir, y no puedo darte una muestra mayor de mi Afecto por ti que actuar como sé que tú, Ausente o Presente, desearías que hiciera. Tu sincera amiga

 

E. L.

 

NOVENA CARTA

 

De la Señora Marlowe a la Señorita Lutterell

 

 

Grosvenor Street, 10 de abril

 

¿Necesito decirte, mi querida Eloisa, cómo agradecí la llegada de tu Carta? No puedo darte una mejor muestra del placer que me procuró, o de mi Deseo de que nuestra Correspondencia sea regular y frecuente, que la que te doy al responderte antes de que termine la semana. Pero no creas que reclamo ningún mérito por mi puntualidad. Por el contrario, te aseguro que escribirte es más grato para mí que pasar la tarde en un Concierto o en un Baile.

El Señor Marlowe se muestra tan deseoso de que le acompañe a algunos lugares Públicos todas las tardes que no me gusta decir­le que no, pero, al mismo tiempo, me gusta tanto quedarme en Casa, que, al margen del Placer que experimento al dedicar parte de mi Tiempo a mi Querida Eloisa, la Libertad que reclamo para escribir una Carta o de pasar una Tarde en casa con mi Pequeño, me conoces bien para saberlo, serían Motivo suficiente (si es que hace falta tener alguno) para mantener con Placer una Correspondencia contigo. Por lo que respecta a los Temas de tus Cartas, sean Tristes o Alegres, si están relacionados contigo serán igualmente interesantes para mí. No creo, sin embargo, que abandonarse melancólicamente a los propios Lamentos, repi­tiéndolos y haciéndome partícipe de ellos, haga otra cosa que intensificarlos, y pienso que harías mejor en evitar un tema tan triste. No obstante, sabiendo como sé el Melancólico y reparador Placer que puede reportarte, no te negaré ese Capricho, y sólo insistiré en que no esperes que te anime a ello en mis Cartas. Por el contrario, me propongo llenarlas de un Ingenio tan vivo y de un Humor tan vivificador que espero ser capaz incluso de susci­tar una Sonrisa en el Rostro dulce pero triste de mi Eloisa.

En primer lugar, debes saber que, desde mi llegada, me he encontrado dos veces con las tres amigas de tu Hermana -Lady Lesley y sus Hijas- en lugares Públicos. Me imagino que estarás impaciente por conocer mi opinión sobre la Belleza de las tres Damas sobre las que tanto has oído hablar. Ahora bien, como estás demasiado enferma y eres demasiado desgraciada para co­mentarios banales, creo que puedo atreverme a comentar que no me gusta ninguna de sus caras tanto como la tuya. En cualquier caso todas son muy bonitas. A Lady Lesley naturalmente ya la conocía; en cuanto a sus Hijas, creo que podría decirse que, en general, son más guapas que ella, aunque me atrevería a decir que con los encantos de un Cutis Sonrosado, cierta Afectación y bastante conversación trivial (y en todo ello la Señora supera a las Señoritas) se ganan más Admiradores que con la perfección de los rasgos de Matilda y de Margaret. Por otra parte, estoy segu­ra de que coincidirás conmigo al afirmar que ninguna de ellas tiene un tamaño apropiado para considerarse una verdadera Belleza; pues ya sabes que dos de ellas son más altas y otra más baja que nosotras. A pesar de este Defecto (o mejor, gracias a él), hay algo muy noble y majestuoso en la figura de las Señoritas Lesley, y algo agradablemente Vivaz en el Aspecto de su bonita Madrastra. En cualquier caso, aunque unas sean majestuosas y la otra Vivaz, ninguna de sus caras posee la Cautivadora Dulzura de la de mi Eloisa, una dulzura que su actual Languidez no disminu­ye en absoluto. Me pregunto qué dirían mi Marido y mi Her­mano de nosotras si supieran todas las cosas bonitas que te he dicho en esta Carta. Es muy difícil de creer que una Mujer bonita sea reconocida como tal por una persona de su propio Sexo, a no ser que la persona sea su Enemiga o su reconocida Aduladora.

¡Cuánto más amables son las mujeres en ese particular! Un Hom­bre puede decir cuarenta cosas agradables a otro sin que nosotras supongamos que le han pagado por hacerlo y, siempre que cum­plan con su Deber con nuestro Sexo, no nos importa lo Educa­dos que sean con las personas del suyo.

Te ruego que transmitas mis Cumplidos a la Señora Lutterell y mi cariño a Charlotte. Y tú, Eloisa, recibe los mejores deseos de recuperación de tu Salud y de tu Ánimo que te ofrece tu Amiga que te quiere

E. MARLOWE

 

Me temo que esta Carta es un Ejemplo muy pobre del Poder de mi Ingenio, y que tu opinión sobre éste no va a aumentar demasiado cuando te diga que he hecho todo lo posible por resultar entretenida.

 

 

DÉCIMA CARTA

 

De la Señorita Margaret Lesley a la Señorita Charlotte Lutterell

 

 

Portman Square, 13 de abril

 

Mi querida Charlotte:

 

Partimos del Castillo de Lesley el día 28 del Mes Pasado y lle­gamos a Londres tras un Viaje de siete Días, Sanos y Salvos. Tuve el placer de encontrar tu Carta esperando mi Llegada, por la cual te doy vivamente las Gracias.

¡Ah, mi querida Amiga, cada día lamento más haber cambiado los serenos y tranquilos Placeres del Castillo por las inciertas y desiguales Diversiones de esta jactanciosa Ciudad!

No quiero dar a entender que estas inciertas y desiguales Di­versiones me resulten desagradables; por el contrario, disfruto mucho con ellas y las disfrutaría aún más si no fuera porque, en cada una de mis apariciones Públicas, hago más pesadas las Cadenas de esos pobres infelices de cuya Pasión es imposible no apiadarse, aunque no pueda corresponderla en ningún modo. En resumen, mi querida Charlotte, mi sensibilidad ante los sufrimientos de tantos jóvenes amables, mi Disgusto ante la extrema Admiración que despierto y mi Aversión ante el hecho de ser tan celebrada en Público, en Privado, en Diarios y en Estamperías, constituyen el motivo por el cual no puedo disfru­tar completamente de las Diversiones tan variadas y agradables de Londres.

¡Cuántas veces he deseado poseer tan poca Belleza personal como tú, que mi figura fuera tan poco elegante, mi cara tan poco agraciada y mi Aspecto tan desagradable como el tuyo! Pero ¡ay, qué lejos estoy de un Hecho tan deseable! Ya he pasado la Vi­ruela y debo por tanto someterme a mi triste destino.

Y ahora, mi querida Charlotte, me dispongo a revelarte un secreto que lleva mucho tiempo perturbando la tranquilidad de mis días, y que es de esa clase que requiere de ti la mayor e inviolable Discreción. El pasado Lunes por la noche, Matilda y yo acompañamos a Lady Lesley a una Recepción en la casa de la Honorable Señora Sinparar. Nos escoltaba el Señor Fitzgerald, que es un joven muy amable en conjunto, aunque quizá de Gusto un poco extraño (está enamorado de Matilda). Acabábamos de presentar nuestros Respetos a la Señora de la Casa y de saludar a media veintena de personas, cuando mi Atención se vio atraída por la aparición de un Joven guapísimo, que en ese momento entraba en la Habitación con otro Caballero y una Dama. Desde el momento en que le vi, supe que de él dependía la futura Felicidad de mi Vida. Imagina mi sorpresa cuando me fue presentado como Cleveland. Inmediatamente le reconocí como al Hermano de la Señora Marlowe y la persona que mi Charlotte había conocido en Bristol. El Señor y la Señora M. eran quienes le acompañaban. (¿No te parece que la Señora Marlowe es bonita?) La elegante Presencia del Señor Cleveland, sus educados Modales y la forma deliciosa en que se inclina, confirmaron inmediatamen­te la causa de mi atracción. No dijo nada, pero puedo imaginar cada cosa que hubiera dicho de haber abierto la Boca. Puedo adivinar la Inteligencia cultivada, los Nobles Sentimientos y el elegante Lenguaje que hubieran brillado de forma tan sobresa­liente en la conversación del Señor Cleveland. La llegada de Sir James Gower (uno de mis múltiples Admiradores) evitó el Des­cubrimiento de aquella Fuerza, poniendo fin a una conversa­ción que nunca llegó a dar comienzo y atrayendo mi atención hacia su persona. Mas, ¡oh, cuán por debajo se encuentran las perfecciones de Sir James de las de su envidiadísimo Rival! Sir James es uno de nuestros Visitantes más frecuentes, y casi siem­pre está en nuestras Fiestas. Desde entonces, nos hemos encon­trado muchas veces con el Señor y la Señora Marlowe, pero no con Cleveland, que siempre tiene un compromiso en otra parte. La Señora Marlowe me cansa mortalmente cada vez que me la encuentro con sus aburridas conversaciones sobre ti y sobre Eloisa. ¡Es tan tonta! Vivo con la esperanza de ver a su irresistible Hermano esta noche, porque vamos a casa de Lady Flambeau, que sé que es íntima de los Marlowe. Nuestro grupo estará formado por Lady Lesley, Matilda, Fitzgerald, Sir James Gower y yo misma.

Vemos muy poco a Sir George, que casi siempre está en la Mesa de Juegos. ¡Ah, mi pobre Fortuna! ¿Dónde estarás hoy? Vemos más a Lady L., que siempre aparece (pintada con mucho colorete) a la hora de la Cena. ¡Ay, con qué joyas tan Bellas se adornará esta noche en Casa de Lady Flambeau! Aunque me pregunto cómo le puede gustar llevarlas; porque tiene que darse cuenta de lo ridículamente impropio que resulta cargar su diminuta figura con adornos tan superfluos. ¿Es posible que no sepa cuánto más elegante resulta la simplicidad frente al rebuscado adorno? Si nos las regalara a Matilda y a mí, le que­daríamos muy agradecidas. ¡Qué bien sentarían los Diamantes a nuestras figuras majestuosas! ¡Y qué extraño resulta que esa Idea nunca se le haya ocurrido! Creo que si no he reflexionado cincuenta veces sobre este asunto, no lo he hecho ninguna. Cada vez que veo a Lady Lesley con ellas, me vienen las mis­mas reflexiones a la cabeza. ¡Y además son las joyas de mi pro­pia Madre! Pero no diré más sobre un Tema tan melancólico. Déjame que te entretenga con algo más agradable. Matilda reci­bió esta Mañana una carta de Lesley, por la cual hemos sabido que se encuentra en Nápoles, que se ha convertido al Cato­licismo, que ha obtenido una Bula Papal para anular su primer Matrimonio y que se ha casado con una Dama Napolitana de alto Rango y Fortuna. Nos cuenta que algo muy parecido le ha sucedido a su primera mujer, la desdichada Louisa, quien tam­bién se encuentra en Nápoles, también se ha convertido al Catolicismo y se dispone a contraer matrimonio en breve con un Noble Napolitano de gran Renombre. Dice que ahora son muy buenos Amigos, que se han perdonado sus pasados errores y que se proponen convertirse en el futuro en buenos Vecinos. Nos invita a Matilda y a mí a visitarle y a llevar con nosotros a la pequeña Louisa, a quien su Madre, su Madrasta y él mismo tie­nen grandes deseos de ver. Por lo que se refiere a aceptar su in­vitación, no sé lo que sucederá. Lady Lesley nos aconseja que vayamos sin tardanza. Fitzgerald se ofrece a escoltarnos, pero Matilda no sabe muy bien si el Plan es Correcto. Ella cree que sería muy agradable. Yo estoy segura de que le gusta ese Tipo. Mi Padre desea que no nos apresuremos, porque piensa que quizá, si esperamos algunos meses, él y Lady Lesley tendrían el placer de acompañarnos.

Lady Lesley dice que no, que nada en el mundo la apartaría de las Diversiones de Brighthelmstone por un Viaje a Italia cuyo único fin es simplemente ver a mi Hermano.

-No -dice la desagradable mujer-, una vez en mi vida fui lo bastante loca para viajar no sé cuántos centenares de Millas para ver a dos de la Familia y la cosa no funcionó. ¡Qué me aspen si vuelvo a ser tan loca!

Eso es lo que dice su Señoría, pero Sir George insiste en que quizá dentro de un Mes o dos nos acompañen. Adeiu mi Querida Charlotte.

Tu fiel amiga

 

MARGARET LESLEY

 

 

 

LA HISTORIA DE INGLATERRA

 

DESDE EL REINADO DE ENRIQUE IV
A LA MUERTE DE CARLOS I

 

 

Escrita por una Historiadora parcial,
ignorante y con prejuicios

 

Esta Obra está dedicada a la Señorita Austen, hija mayor del Reverendo
George Austen, con el debido respeto, por parte de

LA AUTORA

N. B. Esta Historia contiene muy pocas Fechas.

 

 

ENRIQUE IV

 

Para su gran satisfacción, Enrique IV ascendió al trono de Inglaterra en el año 1399, después de haber convencido a su primo y predecesor, Ricardo II, de que renunciara al mismo y se retirara para el resto de su Vida al Castillo de Pomfret, donde resultó ser asesinado. Es de suponer que Enrique estaba Casado, ya que se sabe con seguridad que tuvo cuatro hijos, pero no me es posible informar al Lector sobre quién era su Esposa. Sea como fuere, Enrique no iba a vivir para siempre y, tras contraer una enfermedad, su hijo, el Príncipe de Gales, hizo su aparición en escena y le arrebató la corona; después de lo cual el Rey pronun­ció un largo discurso -sobre cuyo contenido debo remitir al Lector a las Obras de Shakespeare- y el Príncipe otro aún más largo. Estando así las cosas entre ellos, el Rey murió y le sucedió su hijo Enrique, quien previamente había derrotado a Sir Wi­lliam Gascoigne.

 

 

ENRIQUE V

 

Después de acceder al trono, este Príncipe se reformó y se vol­vió bastante Amable, abandonando a sus disipados Compañeros y no volviendo a machacar a Sir William. Durante su reinado, Lord Cobham fue quemado vivo, aunque no recuerdo por qué.

Su Majestad puso entonces sus pensamientos en Francia, país al que se dirigió y donde luchó en la famosa Batalla de Agincourt. Después se casó con Catharine, la hija del Rey, una Mujer muy agradable según el retrato que de ella hace Shakespeare. A pe­sar de todas estas cosas, murió y le sucedió en el trono su hijo Enrique.

 

 

ENRIQUE VI

 

No es mucho lo que puedo decir a favor de la Inteligencia de este Monarca. Tampoco lo haría si pudiera, porque era Lancas­teriano. Imagino que lo sabéis todo sobre las Guerras entre él y el Duque de York. Si no es así, haréis mejor en leer alguna otra His­toria, porque no deseo extenderme demasiado sobre este tema, con lo que quiero decir que no deseo descargar mi Bilis o mi Odio contra todos los grupos o los principios con los que no co­mulgo, y no dar información. Este Rey se casó con Margarita de Anjou, una Mujer cuyas desdichas y Desventuras fueron tan grandes que casi me obligan a sentir piedad por ella, cuando en realidad la odio. Fue durante su reinado cuando vivió Juana de Arco, la que tantos líos causara entre los Ingleses. No debieran haberla quemado, pero lo hicieron. Hubo varias Batallas entre Yorkistas y Lancasterianos, de las que los primeros salieron casi siempre victoriosos, como tenía que ser. Al final, fueron comple­tamente derrotados. El Rey fue asesinado, a la Reina la manda­ron de vuelta a casa y Eduardo IV Ascendió al Trono.

 

 

EDUARDO IV

 

Este Monarca se distinguió sólo por su Belleza y por su Valor, de los cuales el Retrato que aquí ofrecemos y su intrépido Com­portamiento -casarse con una Mujer cuando estaba comprome­tido con otra- deben ser pruebas suficientes. Su esposa fue Eli­sabeth Woodville, una Viuda que -¡pobre Mujer!- después fue confinada en un Convento por ese Monstruo de la Iniquidad y la Avaricia que fue Enrique VII. Una de las Amantes de Eduardo fue Jane Shore, que cuenta con una obra sobre su vida, pero debo decir que se trata de una tragedia y que, por lo tanto, no merece la pena leerla. Después de llevar a cabo todas estas nobles accio­nes, su Majestad murió y le sucedió su Hijo.

 

 

EDUARDO V

 

Este desafortunado Príncipe vivió tan poco que nadie tuvo tiempo de pintar su retrato. Fue asesinado por las Maquinacio­nes de su Tío, de nombre Ricardo III.

 

 

RICARDO III

 

El carácter de este Príncipe ha sido tratado, en general, con bastante severidad por los Historiadores, pero como era un York, me inclino a pensar que fue un Hombre muy respetable. Al pare­cer existen pruebas irrefutables de que mató a sus dos Sobrinos y a su Esposa, pero también se dice que no mató a sus dos So­brinos, cosa que yo me inclino a creer. Si esto último fuera cierto, podría también afirmarse que no mató a su Esposa, porque si Perkin Warbecki fue realmente el Duque de York, no veo por qué Lambert Simnel no iba a ser la Viuda de Ricardo. Inocente o cul­pable, no reinó mucho tiempo en paz, porque Enrique Tudor, Earlz de Richmond y uno de los mayores Villanos de la Historia, se puso bastante pesado con que quería la Corona y, después de matar al Rey en la batalla de Bosworth, lo consiguió.

 

 

 

 

ENRIQUE VII

 

Poco después de su ascensión al trono, este Monarca se casó con la Princesa Elisabeth de York, alianza con la cual, a pesar de pretender lo contrario, demostró con creces que pensaba que sus derechos eran inferiores a los de ella. Por medio de este Matri­monio, tuvo dos hijos y dos hijas. La mayor de las hijas se casó con el Rey de Escocia y tuvo la suerte de ser la abuela de uno de los Personajes más importantes del Mundo. Pero de ella tendré ocasión de hablar en profundidad más adelante. La más joven, María, se casó primero con el Rey de Francia y después con el Duque de Suffolk, con el cual tuvo una hija, más tarde la Madre de Lady Jane Grey, quien, aunque inferior a su adorable Prima, la Reina de los Escoceses, fue una joven muy amable y famosa por leer Griego mientras otra gente se dedicaba a cazar. Fue durante el reinado de Enrique VII cuando los ya mencionados Perkin Warbeck y Lambert Simnel hicieron su aparición. El primero fue torturado en el Potro, buscó refugio en la Abadía de Beaulieu y fue decapitado junto con el Earl de Warwick; y el segundo fue llevado a la Cocina del Rey. Su Majestad murió y le sucedió su hijo Enrique, cuyo único mérito fue no ser tan rematadamente malo como su hija Isabel.

 

 

ENRIQUE VIII

 

Sería una afrenta para mis Lectores suponer que no conocen los pormenores del reinado de este Rey tan bien como yo. Por tanto, les ahorraré la molestia de volver a leer lo que ya han leído y a mí misma la de escribir algo de lo que no me acuerdo del todo bien, ofreciendo simplemente un breve resumen de los principa­les Acontecimientos que marcaron su reinado. Entre éstos, quizá quepa destacar la frase del Cardenal Wolsey al Padre Abad de la Abadía de Leicester, según la cual «había venido a dejar reposar sus huesos entre ellos», la reforma religiosa, y las cabalgatas del Rey por las Calles de Londres con Ana Bolena. Por sentido de Justicia, es mi Deber declarar que esta amable Mujer fue comple­tamente inocente de los Crímenes que le fueron imputados, ver­dad de la cual su Belleza, su Elegancia y su Vivacidad son pruebas suficientes, por no mencionar la solemnidad con la que tantas veces declaró su Inocencia, la debilidad de los Cargos contra ella y el Carácter del Rey. Estas últimas añaden veracidad a lo expues­to, aunque resulten insignificantes si se las compara con las ale­gadas a su favor en primer lugar. Aunque no soy amante de dar muchas fechas, hay algunas que me parecen importantes y elegi­ré por tanto aquellas que considero necesarias para el Lector, como en este caso, en que debo informarle de que la carta del Rey fue fechada el 6 de mayo. Los Crímenes y las Crueldades de este Príncipe son demasiado numerosos para ser mencionados aquí (como confío que esta historia ha demostrado ya con clari­dad) y nada puede decirse a su favor, salvo que la abolición de las Casas Religiosas y su posterior abandono a la labor depredadora del tiempo han sido muy útiles para el paisaje de Inglaterra en general, muy probablemente el motivo de que actuara así. Y si no, ¿por qué iba a molestarse tanto, un Hombre que no profesa­ba religión alguna, en abolir una que llevaba tanto tiempo esta­blecida en el Reino? La quinta esposa de su Majestad fue la Sobrina del Duque de Norfolk y, a pesar de haber sido universal­mente exonerada de los crímenes por los cuales fue decapitada, mucha gente cree que llevó una Vida de perdición antes de su Matrimonio. Debo decir que yo tengo mis dudas al respecto, ya que esta mujer era pariente de aquel noble Duque de Norfolk que tan ardiente papel jugara en la causa de la Reina de Escocia y del que acabó siendo víctima. La última esposa del Rey luchó por sobrevivirle, cosa que sólo consiguió con dificultades. A éste le sucedió su hijo Eduardo.

 

 

EDUARDO VI

 

Como este príncipe sólo tenía nueve años a la muerte de su Padre, mucha gente le consideró demasiado joven para gober­nar, y ya que el difunto Rey había sostenido lo mismo, el Her­mano de su madre, el Duque de Somerset, fue elegido Protector del reino durante su minoría de edad. Este hombre, en conjunto, tenía un Carácter muy amable, y es de alguna forma de mis favo­ritos, aunque ni mucho menos le compararía con aquellos Ro­bert Earl de Essex, Delamere o Gilpin, los mejores de los Hom­bres. El Duque fue decapitado, un hecho del cual, de haber sabido que así murió María, Reina de Escocia, quizá se hubiera sentido orgulloso. Por otra parte, como es imposible que fuera consciente de algo que no había sucedido, parece poco probable que se sintiera especialmente encantado con aquellas maneras. Tras su muerte, el Duque de Northumberland se responsabilizó del cuidado del Rey y del Reino, y se tomó tan en serio su trabajo que el Rey murió y el Reino quedó en poder de su nuera, esa Lady Jane Grey que ya hemos mencionado que leía Griego. Si realmente entendía esa lengua o profesaba aquel Estudio sólo por un exceso de vanidad -en la que, según tengo entendido, destacó siempre- es algo que no sabemos. Sea como fuere, se mantuvo fiel toda la Vida a ese conocimiento aparente y al des­precio de todo lo que generalmente se considera fuente de pla­cer, ya que declaró sentirse descontenta por haber sido nombra­da Reina y, de camino al Patíbulo, escribió una Máxima en Latín y otra en Griego, al ver el Cuerpo muerto de su Esposo que, acci­dentalmente, pasaba por allí.

 

 

MARIA

 

Esta Mujer tuvo la buena fortuna de subir al trono de Ingla­terra a pesar de los mayores derechos, Mérito y Belleza de sus Primas, Maria, Reina de Escocia, y Jane Grey. No puedo sentir lástima por las calamidades que sus súbditos experimentaron durante su Reinado, ya que las merecieron de sobra por permitir­le suceder a su Hermano -que era el doble de loco que ella- sin prever que moriría sin tener hijos y le sucedería por aquella des­gracia de la humanidad, aquella peste de la sociedad que fue Isabel. Muchas fueron las personas que se convirtieron en Már­tires de la Religión protestante durante su reinado; creo que no menos de una docena. Se casó con Felipe, Rey de España, quien durante el reinado de su Hermana se hizo famoso por la cons­trucción de Armadas. Murió sin descendencia, y de este modo llegó el terrible momento, aquel en el que la destructora de la paz, la Traidora de la confianza que se había depositado en ella, y la Asesina de su Prima ascendió al Trono.

 

 

ISABEL

 

Una de las Desventuras particulares de esta Mujer fue la de estar rodeada de malos Ministros. Ya que, a pesar de lo perversa que era ella, no es posible que cometiera tantos atropellos de no haber contado con la aprobación y el apoyo de estos Hombres viles y disipados. Ya sé que mucha gente cree y sostie­ne que Lord Burleigh, Sir Francis Walsingham y el resto de los que ocupaban los principales puestos del Estado fueron Ministros dignos, experimentados y capaces. Pero ¡ay!, qué cie­gos al verdadero Mérito, al Mérito despreciado y vilipendiado, son tales Escritores y tales Lectores, si persisten en esa opinión cuando se piensa que estos Hombres, estos Hombres tan alaba­dos, se convirtieron en la Vergüenza de su País y de su Sexo al permitir y ayudar a su Reina a confinar por espacio de dieci­nueve Años a una Mujer que, si los derechos de Parentesco y Mérito no eran ya suficientes, al menos tenía, como Reina y como persona digna de confianza, toda la razón para esperar

Ayuda y protección; y, por último, al permitir a Isabel que 11e­vara a esta amable Mujer a una Muerte intempestiva, inmereci­da y escandalosa. ¿Es posible que alguien que reflexione por un momento sobre esta mancha, sobre la eterna mancha que pende sobre estos hombres, pueda elogiar mínimamente a Lord Burleigh o a Sir Francis Walsingham? ¡Ah, cuánto sufriría esta cautivadora Princesa, cuyo único amigo fue el Duque de Norfolk, y cuyos únicos defensores somos ahora el Señor Whi­taker,3 la Señora Lefroy,' la Señora Knights y yo misma, que fue abandonada por su hijo, confinada por su Prima, Engañada, culpabilizada y vilipendiada por todos, cuánto sufriría esta extraordinaria inteligencia al ser informada de que Isabel había ordenado su Muerte! Y, sin embargo, todo lo soportó con in­quebrantable fortaleza, con la Cabeza firme, con Fe en su Religión, y se preparó para encontrarse con su cruel destino con una magnanimidad que sólo podía proceder de una con­ciencia Inocente. ¿Podrá creer el Lector que, a pesar de todo, algunos Protestantes de corazón duro y celoso han querido ultrajarla por esa Fidelidad a la Religión Católica que en ella brillaba de tal forma? Pero ésta no es sino una sorprendente prueba más de la estrechez de Espíritu y de los Prejuicios de quienes la acusan. María fue ejecutada en el Salón de Embajadas del Castillo de Fortheringay (¡sagrado Lugar!) el Miércoles, 8 de febrero de 1586, para el eterno Reproche de Isabel, de sus Ministros y de Inglaterra en general. Quizá no esté de más que, antes de concluir mi relato sobre la vida de esta desventurada Reina, comente cómo, durante su reinado en Escocia, fue acusada de varios crímenes, de los cuales aseguro terminantemente que fue inocente, no habiendo sido esta reina jamás culpable sino de Imprudencias que pagó por la grandeza de su Corazón, por su Juventud y por su Educación. En la confianza de haber borrado con esta afirmación toda Sospecha y toda duda que pudiera haber surgido en la mente del Lector a raíz de lo que otros Historiadores han escrito sobre ella, procederé a mencionar el resto de los Acontecimientos que marcaron el reinado de Isabel. Fue más o menos por enton­ces cuando, para Honra de su País y de su profesión, vivió Sir Francis Drake, el primer Marino Inglés que navegó alrededor del Mundo. No obstante, a pesar de su grandeza y de su justa­mente celebrada fama de gran Navegante, no puedo dejar de prever que, en este o en el próximo Siglo, será igualado por alguien, que, aunque ahora es demasiado joven, promete ya cumplir con todas las ardientes y apasionadas expectativas de sus Amistades y Parientes, entre las cuales puedo incluir a la amable Dama a quien está dedicada esta obra y a mi no menos amable persona.

Aunque se dedicara a otra profesión y brillara en un Ámbito diferente, tan brillante en el Papel de Earl como Drake lo fuera en el de Navegante, fue Robert Devereux, Lord Essex. Este desdi­chado joven no desmerece en nada al igualmente desdichado Frederic Delamere. El símil puede llevarse aún más lejos e Isabel, tormento de Essex, puede compararse con Emmeline de Delamere.' Relatar las desgracias de este noble y galante Earl sería una tarea infinita. Baste decir que fue decapitado el 25 de febrero, después de haber sido Lord Teniente de Irlanda, de haber aferrado su mano a la espada y de haber hecho otros muchos servicios por su País. Isabel no sobrevivió su pérdida mucho tiempo y murió tan miserablemente que, si no fuera por el insulto que representaría para la memoria de María, sen­tiría lástima por ella.

 

 

JAIME I

 

Aunque este Rey cometió algunas faltas, entre las cuales y la principal se encuentra el hecho de haber permitido la muerte de su Madre, no puedo evitar que me guste en conjunto. Se casó con Ana de Dinamarca y tuvo varios Hijos. Por fortuna para él, su hijo mayor, el Príncipe Enrique, murió antes que su padre, pues de otra forma quizá habría experimentado las maldades que recayeron en su desdichado Hermano.

Como soy parcial en relación con la religión católica romana, me cuesta sobremanera censurar el Comportamiento de cual­quiera de sus Miembros. No obstante, siendo, según creo, la Ver­dad muy excusable en un Historiador, me veo obligada a decir que durante este reinado, los Católicos romanos de Inglaterra no se comportaron como Caballeros con los protestantes. Su Com­portamiento con la Familia Real y con las dos Cámaras del Par­lamento debe considerarse, sin lugar a dudas, muy poco civiliza­do; e incluso Sir Henry Percy, el mejor educado del grupo por otra parte, no dio demasiadas muestras de esa gentileza que todo el mundo reconoce como muy agradable, ya que sus Atenciones se concentraron totalmente en Lord Mounteagle.

Sir Walter Raleigh prosperó en este reinado y en el precedente, y es venerado y respetado por muchos. No obstante, como fue enemigo del noble Essex, no tengo ninguna palabra de elogio para él, y debo pedir a todos aquellos que deseen conocer los par­ticulares de su Vida que consulten la obra La crítica, del Señor Sheridan, donde encontrarán muchas e interesantes Anécdotas, tanto sobre él como sobre su amigo Sir Christopher Hatton. Su Majestad tenía un carácter amable, de esos que favorecen la Amistad, y en ese particular destacaba por tener mayor penetra­ción que otra gente para Descubrir Méritos en las personas. Una vez escuché una estupenda Charada sobre una Alfombra, que me ha hecho recordar el tema que estamos tratando ahora, y como creo que mis Lectores podrían encontrar cierta Diversión en ella, me permito reproducirla aquí.

 

CHARADA

 

Mi primera es lo que mi segunda era para el Rey Jaime I, y usted camina sobre mi yo entero.

Los principales favoritos de su Majestad fueron Car -que des­pués sería nombrado Earl de Somerset y cuyo nombre puede tener algo que ver con la Charada arriba mencionada-* y George Villiers, más tarde Duque de Buckingham. A su muerte, sucedió al rey su hijo Carlos.

 

 

CARLOS I

 

Todo apunta a que este amable Monarca nació para sufrir Des­venturas tan grandes como las de su encantadora Abuela, Desventuras inmerecidas de todo punto ya que era descendiente de ésta. Sin duda, no hubo un período en la Historia de Ingla­terra en la que se dieran cita tantos Personajes detestables, y nunca los Hombres amables fueron tan poco numerosos. En to­tal, en todo el Reino no sumaban más de cinco, al margen de los habitantes de Oxford, que siempre fueron leales al Rey y fieles a sus intereses. Los nombres de estos nobles que nunca olvidaron sus deberes de Súbditos, ni quebrantaron su compromiso con su Majestad, son los siguientes: El mismo Rey, siempre fiel a su pro­pia causa; el Arzobispo de Laud, el Earl de Strafford, El Vizconde de Faulkland y el Duque de Ormond, estos últimos casi tan infa­tigables y celosos por la causa como el primero. Como la lista de Villanos de aquel tiempo sería demasiado larga para ser escrita o leída, me contentaré con mencionar a los principales personajes de esta Panda. Cromwell, Fairfax, Hampden y Pym pueden ser considerados los principales Causantes de todos los problemas y Guerras Civiles en los que Inglaterra se vio envuelta durante muchos años. A pesar de mi Afecto por los Escoceses, debo decir que durante este reinado, igual que durante el de Isabel, también ellos se comportaron de manera indigna con los Ingleses, ya que se atrevieron a pensar de manera distinta que su Soberano, a olvidar la Adoración que como Estuardos les debían, a rebelarse contra ellos, a destronar y a encarcelar a la desventurada María, a oponerse, a engañar y a vender al no menos desventurado Carlos. Los Acontecimientos que se produjeron en el reinado de este Monarca son demasiado numerosos para mi pluma, y la ver­dad es que dedicarme a dar un recital de Acontecimientos, cua­lesquiera que sean (excepto los que aquí menciono), no me resulta nada interesante. La principal causa que me animó a escribir esta Historia de Inglaterra fue demostrar la inocencia de la Reina de Escocia -algo que me jacto de haber hecho- y denos­tar a Isabel, aunque mucho me temo que en esta última parte de mi Plan me he quedado corta. Como, por lo ya dicho, no es mi intención ofrecer un relato pormenorizado sobre los problemas en los que este Rey se vio envuelto por la mala conducta y la Crueldad de su Parlamento, me contentaré con defenderle de los Cargos de Arbitrariedad y tiránico Gobierno de los que a menu­do se le acusó. No creo que ésta sea una tarea difícil, porque poseo un argumento que bastará para satisfacer a cualquier per­sona inteligente y bien dispuesta, cuyas opiniones hayan sido guiadas con propiedad por una buena Educación, y este Argumento consiste en que este Rey era un Estuardo.

 

finis

 

Sábado, 26 de noviembre de 1791

 

 

 

UNA COLECCIÓN DE CARTAS

 

A la Señorita Cooper

 

Prima:

Consciente de la Reputación de Persona Encantadora de la que Gozas en todos los Países y en todos los Climas de la Cristiandad, te Encomiendo, con Precaución y Cuidado, la Caritativa Crítica de esta Inteligente Colección de Curiosos Comentarios, que han sido Cuidadosamente Seleccionados, Recogidos y Clasificados por tu Cómica Prima

LA AUTORA1

 

 

PRIMERA CARTA

 

De una Madre a su Amiga

 

 

Mis Hijas comienzan a reclamar de mí una clase de atención diferente de la que hasta ahora conocían, y es que han alcanza­do esa edad en la que necesitan, en cierta medida, conocer el Mundo.

Mi Augusta tiene 17 años y su Hermana es apenas un año más pequeña. Quiero pensar que su educación ha sido tan buena que no perjudicará su aparición en el Mundo, y tengo múltiples razones para creer que el Mundo no perjudicará su Educación. Realmente son unas Niñas muy dulces; Inteligentes sin Afectación; Dotadas pero Sencillas; Despiertas pero Sumisas. Como su aprendizaje en todo ha discurrido simultáneamente, no voy a considerar la dife­rencia de edad, y me propongo presentarlas en Sociedad al mis­mo tiempo. Esta misma Tarde se ha fijado su primera entrée en la Vida, y vamos a tomar el té con la Señora Cope y su Hija. Me ale­gro por mis Hijas de que no nos encontremos con nadie más, porque sería difícil para ellas entrar en un Círculo demasiado grande el primer día. Pero iremos poco a poco. Mañana vendrá a tomar el té la familia del Señor Stanly, y quizá las Señoritas Phillip se unan a ellos. El Martes vamos a cenar a Westbrook. El Jueves recibimos en casa. El Viernes vamos a un Concierto priva­do en casa de Sir John Wynne, y el Sábado esperamos a la Señorita Dawson por la Mañana, con lo cual se habrá completado la Introducción a la Vida de mis Hijas. Cómo soportarán tanta disipación, no lo sé. No tengo miedo por su Espíritu, sólo temo por su Salud.

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El importante asunto ha acabado felizmente, y mis Niñas ya han sido presentadas en sociedad. No puedes imaginarte la forma en que las dulces Criaturas temblaban cuando se acercaba el momento de salir. Antes de que el Coche se parara ante la puerta, las llamé al vestidor y, una vez que estuvieron sentadas, les hablé de esta manera: «Mis queridas Niñas, ha llegado el momento en el que debo recoger la recompensa por todas mis Preocupaciones y por todo el Esfuerzo puesto en vuestra Edu­cación. Os disponéis a entrar esta Tarde en un Mundo en el que vais a encontrar muchas Cosas maravillosas. Sin embargo, dejad­me que os alerte y aconseje para que no os veáis arrastradas por las Locuras y los Vicios de otros; porque, mis adoradas Niñas, si lo hacéis, podéis creer que lo lamentaré mucho.» Ambas me asegu­raron que siempre recordarían mi Consejo con Gratitud y que lo seguirían atentamente; que estaban preparadas para encontrarse con un Mundo lleno de cosas que las sorprenderían y confundi­rían, pero que confiaban en que nunca me darían motivos para que lamentara el Atento Cuidado que había presidido su infancia y con el que había formado sus Entendimientos. «Si seguís estas indicaciones y os mantenéis firmes en ellas -dije- no tengo nada que temer, y podré llevaros a casa de la Señora Cope sin miedo a que os veáis seducidas por su Ejemplo o contaminadas por sus Locuras. Vamos, pues, Niñas mías -añadí-, el Coche está a punto de llegar a la puerta y no quiero retrasar la felicidad que estáis tan impacientes de disfrutar.»

Cuando llegamos a Warleigh, la pobre Augusta casi no podía respirar, y Margaret era pura Alegría y Emoción. «El Momento tanto tiempo esperado ha llegado por fin -dije- y pronto nos encontraremos con el Mundo.»

Momentos más tarde, estábamos en el saloncito de la Señora Cope, quien, con su hija, esperaba sentada para recibirnos.

Observé con enorme placer la impresión que mis Hijas les cau­saban. Realmente se comportaron como dos Niñas dulces y ele­gantes, y, aunque quizá un poco confundidas por la peculiaridad de la Situación, sus Modales y su manera de hablar no podían dejar de cautivarlas. Puede imaginarse, mi querida Señora, lo contenta que me sentí al comprobar lo atentamente que mira­ban cada objeto que veían; la gran repugnancia que sentían ante unos, lo mucho que disfrutaban de otros, ¡y su enorme sorpresa ante todo! Debo decir que, en conjunto, volvieron maravilladas del Mundo, de sus Habitantes y de sus Modales.

Su fiel amiga

A.     F.

 

 

SEGUNDA CARTA

 

De una joven dama desengañada en el Amor a su amiga

 

 

¿Por qué este último desengaño pesa tanto en mi estado de ánimo? ¿Por qué lo siento más? ¿Por qué me hiere más profun­damente que otros ya vividos? ¿Es posible que sienta por Wi­lloughby un afecto mayor que el que sentí por sus predecesores? ¿O es posible que nuestros sentimientos se agudicen por haber sido heridos con frecuencia? Imagino, mi querida Belle, que éste es el Caso, ya que no creo que mi sincero afecto por Willoughby sea mayor que el que sentí por Neville, por Fitzowen, ni siquiera por el de los Crawford, y por todos ellos sentí el afecto más firme que nunca palpitara en el corazón de una Mujer.

Dime entonces, mi querida Belle, por qué todavía suspiro cuando pienso en el pérfido Edward, o por qué lloro cuando veo a su Novia, porque mucho me temo que éste es el caso.

Mi familia está muy preocupada por mí, teme por mi declinan­te salud, lamenta mi falta de Ánimo y está asustada por el efecto de ambas cosas. Con la esperanza de aliviar mi Melancolía, obli­gándome a dirigir mis pensamientos a otras cosas, han invitado a varios amigos a pasar las Navidades con nosotros. Esperamos la llegada de Lady Bridget Dashwood y de su Cuñada, la Señorita Jane, el próximo Viernes, y la familia del Coronel Seaton vendrá a visitarnos la próxima semana. Mi Tío y mis Primos hacen esto con la mejor voluntad, pero qué puede hacer por mí la presencia de media docena de personas que me son indiferentes, sino afli­girme y causarme una enorme perturbación. No terminaré esta Carta hasta que no haya llegado alguno de nuestros Visitantes.

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Viernes por la tarde

 

Lady Bridget llegó esta Mañana en compañía de su dulce Hermana, la Señorita Jane. Aunque conozco a esta encantadora Mujer desde hace más de quince años, nunca antes me había dado cuenta de lo maravillosa que es. Tiene ahora 35 años y, a pesar de la enfermedad, de la Tristeza y del paso del Tiempo, tiene una vitalidad mayor que la que nunca he visto en una Niña de 17. Me sentí encantada con su compañía desde que entró en la casa, y ella pareció igualmente encantada conmigo, y no se separó de mí en el resto del día. Hay algo tan dulce y tierno en su Cara que no parece Mortal. Su Conversación es tan cautivadora como su aspecto, y me resultó difícil no decirle de qué forma despertaba mi Admiración.

-¡Oh, Señorita Jane! -dije yo.

Y tuve que parar por no encontrar la forma de expresarme como quería.

-¡Oh, Señorita Jane! -repetí.

No podía pensar en las palabras que correspondían a mis senti­mientos. Ella parecía esperar que continuara. Me sentía confusa, alterada, abrumada por mis pensamientos. Y sólo pude añadir:

-¿Cómo está usted?

Ella se dio cuenta de mi Embarazo y, con admirable presencia de ánimo, me ayudó a salir de él, diciendo:

-Mi querida Sophia, no se sienta incómoda por haberse ex­puesto ante mí de esta manera. Cambiemos de Conversación. ¡Oh, cuánto le agradecí su amabilidad!

-¿Sigue montando a caballo tanto como antes? -me preguntó.

-Mi Médico me ha recomendado que monte. Hay sitios muy bonitos para montar por aquí. Tengo un caballo Encantador. Me gusta muchísimo esta Actividad -repliqué yo, bastante recupera­da de la Confusión-. En resumen, monto mucho.

-Hace usted muy bien, querida -dijo ella.

Y después repitió la siguiente Línea improvisada, que servía para recomendar tanto la Monta como el Candor:

-Monte a caballo siempre que pueda y sea Candorosa siempre que tenga ocasión.

Y añadió:

-Yo montaba a caballo, pero hace muchos años.

Dijo esto en Voz tan Baja y trémula que yo me quedé en silen­cio. Tan impresionada estaba por su Forma de hablar que no podía articular palabra.

-No monto a caballo -continuó, fijando sus Ojos en mí- des­de que me casé.

Nunca en mi vida algo me había sorprendido tanto.

-¡Desde que se casó, Señora! -repetí.

-No me extraña que ponga esa cara de sorpresa -dijo ella-, ya que lo que acabo de decir debe de parecerle imposible. Sin em­bargo, nada es más cierto como que una vez estuve casada.

-Entonces, ¿por qué la llaman Señorita Jane?

-Porque, mi querida Sophia, me casé sin el consentimiento ni el conocimiento de mi padre, el difunto Admirante Annesley. Era por tanto necesario guardar este secreto ante él y ante todo el mundo, hasta que surgiera alguna oportunidad afortunada para revelarlo. Aquella oportunidad, ¡ay!, llegó demasiado pronto y fue la muerte de mi querido Capitán Dashwood. Y perdone estas lágrimas -continuó la Señorita Jane, secándose el llanto-, que brotan por el Recuerdo de mi Marido, quien, mi querida Sophia, cayó en América peleando por su País, después de una Unión felicísima que duró siete años. Mis Hijos, dos Niños y una Niña encantadores, que siempre habían vivido con mi Padre y conmi­go, pasando ante los ojos de éste y de todo el mundo como los Hijos de un Hermano (¡aunque yo había sido hija única!), habí­an sido hasta entonces el Consuelo de mi Vida. Pero, nada más morir mi Henry, estas dulces Criaturas enfermaron y murieron. Puede imaginar, mi querida Sophia, lo que sentí al acompañar a mis Hijos a su tumba como una Tía. Mi Padre no les sobrevivió más de una semana y murió, pobre Buen Anciano, ignorando felizmente y hasta su última hora la verdad de mi Matrimonio.

-Pero si lo tenía, ¿cómo no adoptó su nombre al morir su esposo?

-No, no tuve valor. Sobre todo cuando no lo había tenido para dárselo a mis Hijos. Lady Bridget y usted son las únicas personas que saben que una vez estuve Casada y fui Madre. Como no fui capaz de adoptar el nombre de Dashwood (un nombre que, desde la muerte de mi Henry, no puedo escuchar sin emoción), y como sentía que no tenía derecho a llevar el de Annesley, me olvidé de los dos y, a la muerte de mi Padre, decidí terminante­mente no utilizar más que mi nombre de pila.

Aquí hizo una pausa.

-¡Oh, mi querida Señorita Jane -dije yo-, cuánto le agradezco una Historia tan entretenida! ¡No puede imaginarse qué bien me lo ha hecho pasar! Pero ¿ha terminado ya?

-Sólo tengo que añadir, mi querida Sophia, que, al morir el Hermano mayor de mi Henry, casi al mismo tiempo, Lady Brid­get se quedó Viuda como yo y, como siempre nos habíamos pro­fesado mentalmente un gran afecto por lo bien que nos habían hablado a la una de la otra, aunque nunca nos habíamos conoci­do, decidimos vivir juntas. Nuestras cartas, en las que escribía­mos sobre las mismas cosas, se cruzaron. ¡De tal forma coincidí­an nuestros sentimientos y nuestras Acciones! Ambas aceptamos regocijadas las proposiciones que hicimos y recibimos de formar una sola familia, y desde entonces hemos vivido juntas, profe­sándonos el mayor de los afectos.

-¿Y eso es todo? -dije yo-. ¡Espero que no haya terminado!

-La verdad es que sí, y me pregunto si alguna vez ha escucha­do una Historia más patética.

-Nunca, y ésa es la razón por la cual me ha agradado tanto, porque cuando uno se siente infeliz no hay nada tan placentero como las sensaciones que le produce escuchar una historia tan Triste como la propia.

-Pero, mi querida Sophia, ¿por qué es usted infeliz?

-¿No ha oído hablar, Señora, del Matrimonio de Willoughby?

-Pero, querida, ¿por qué lamenta tanto la perfidia de éste, cuando llevó tan bien la de tantos otros jóvenes?

-¡Ah, Señora, entonces estaba acostumbrada, pero cuando Wi­lloughby rompió su Compromiso, llevaba medio año sin sufrir una decepción!

-¡Pobre Niña! -dijo la Señorita Jane.

 

 

TERCERA CARTA


De una joven Dama en Circunstancias difíciles a su amiga

 

 

Hace algunos días, me encontraba en el Baile privado ofrecido por el Señor Ashburnham. Como mi Madre nunca sale, me con­fió al cuidado de Lady Greville, quien me hizo el honor de reco­germe de camino y me permitió ir en el coche sentada de frente; un favor que me molesta bastante, sobre todo cuando se consi­dera como una deferencia enorme hacia mí.

-Vaya, Señorita María -me dijo la Señora, mientras yo avanza­ba hacia el Coche-, está muy elegante esta noche. ¡Mis pobres Niñas van a estar en desventaja con respecto a usted! Sólo espero que su Madre no se haya arruinado para vestirla. ¿Es un Vestido nuevo?

-Sí, Señora -contesté con toda la indiferencia que fui capaz de aparentar.

-Sí, y de bastante calidad, creo yo -dijo, tocándolo, mientras yo me sentaba a su lado, después de pedir su permiso-. También es muy bonito. Pero debo decir, porque ya sabe que siempre digo lo que pienso, que me parece un gasto innecesario. ¿Es que no podía llevar el viejo de rayas? No es mi costumbre censurar a la gente porque sea pobre (siempre he creído que ser pobre es más motivo de desprecio y de lástima que de censura, especialmente si no puede evitarse), pero al mismo tiempo debo decir que, en mi opinión, su viejo Vestido de rayas hubiera sido más que suficiente para su Propietaria. Porque, si le digo la verdad (y yo siempre digo lo que pienso), mucho me temo que la mitad de la gente que habrá en el salón no se dará cuenta de si lleva usted un Vestido o no. Pero imagino que tiene usted la intención de hacer su fortuna esta noche. Bueno, cuanto antes mejor, y le deseo suerte.

-La verdad, Señora, es que no tengo tal intención.

-¿Quién ha oído a una joven Dama decir alguna vez que era una Cazafortunas?

La Señorita Greville se echó a reír, pero creo que Ellen sintió pena por mí.

-¿Se había ido ya su Madre a la cama cuando se marchó? -dijo la Señora.

-Mi querida Madre -dijo Ellen-, ¡pero si no son más que las nueve!

-Es verdad, Ellen, pero las Velas cuestan dinero, y la Señora Williams es demasiado sensata para despilfarrar.

-Se acababa de sentar a cenar, Señora.

-¿Y qué tenía de cena?

-No me fijé. Pan y Queso, supongo.

-No puedo pensar en una cena mejor -dijo Ellen.

-No tienes que pensar en nada -replicó su Madre- porque la que tú tienes es siempre mejor.

La Señorita Greville se echó a reír estruendosamente, como hace siempre ante el ingenio de su Madre.

Tal es la humillante Situación que me veo obligada a sufrir cuando viajo en el Coche de la Señora. No me atrevo a ser imper­tinente, porque mi Madre siempre me previene de que, si quiero abrirme paso en el mundo, debo comportarme de forma humil­de y paciente. Ella insiste en que acepte todas las invitaciones de Lady Greville; de otra forma te aseguro que nunca entraría ni en su Casa ni en su Coche, tan tristemente segura estoy de que, mientras esté en una o en otro, siempre me insultará por mi Po­breza.

Cuando llegamos a Ashburnham, eran cerca de las diez, una hora y media más tarde que lo que habíamos previsto; pero Lady Greville no es demasiado estricta con la puntualidad (o al menos eso cree). No obstante, el Baile no había comenzado, porque esperaban a la Señorita Greville.

No llevaba mucho tiempo en la habitación cuando el Señor Bernard me pidió que bailara con él, pero, justo cuando nos le­vantábamos, se acordó de que su Criado tenía sus Guantes blan­cos y salió corriendo a buscarlos. Mientras tanto, el Baile dio co­mienzo y me encontré frente a Lady Greville, que se dirigía hacia otra habitación. Nada más verme, se paró y, a pesar de que había varias personas cerca de nosotras, me dijo:

-¡Vaya, Señorita Maria! ¿No puede conseguir pareja? ¡Pobre­cita! Me temo que se ha puesto su Vestido nuevo para nada. Pero no desespere, quizá consiga un baile antes de que termine la Noche.

Y dicho esto, pasó de largo sin escuchar mis repetidas protes­tas de que tenía un compromiso, y dejándome bastante mortifi­cada por verme así expuesta ante todos. No obstante, el Señor Bernard volvió en seguida y, como se dirigió hacia mí y me con­dujo hasta la pista de Baile, confío en haber quedado libre de la imputación que Lady Greville arrojara sobre mí, ante la mirada de todas las Damas de edad que escucharon sus palabras.

El placer de bailar y el hecho de tener la pareja más agradable de la habitación me hicieron olvidar pronto mi irritación. Como además es el heredero de una enorme Fortuna, pude ver cómo el hecho de que me hubiera elegido no hacía muy feliz a Lady Greville. Estaba decidida a mortificarme y, por lo tanto, cuando estábamos sentadas entre baile y baile, vino hacia mí y, con un aire más insultante que el de costumbre y apoyada en la Señorita Mason, me preguntó de forma que pudiera escucharla la mitad de la gente que estaba en la habitación:

-Por favor, Señorita Maria, ¿a qué se dedicaba su Abuelo? Ni yo ni la Señorita Mason podemos recordar si era Carnicero o En­cuadernador de Libros.

Me di cuenta de que quería mortificarme y decidí que, si podía evitarlo, no permitiría que lo hiciera.

-Ninguna de las dos cosas, Señora. Comerciaba con Vino. -Ah, sí, yo sabía que se dedicaba a uno de esos trabajos de la clase baja. ¿Se arruinó, verdad?

-Creo que no, Señora.

-¿No se fugó?

-Nunca he oído que lo hiciera.

-Bueno, al menos murió en la indigencia, ¿no es verdad?

-No tengo noticia de ello.

-Pero ¿no era su Padre tan pobre como una Rata?

-No lo creo.

-No estuvo una vez en la Prisión de Bench.

-Nunca le vi allí.

La Señora me lanzó una mirada fulminante y se dio la vuelta, furiosa, mientras yo me sentía contenta de mi impertinencia y preocupada, pensando que quizá se me considerase demasiado insolente. Como la Señora Greville estaba enfadadísima conmi­go, no me prestó la menor atención durante el resto de la Noche, aunque la verdad es que, aunque hubiera estado contenta tam­poco lo habría hecho, porque estaba en medio de un grupo de grandes amigas y nunca me habla cuando puede hacerlo con cualquier otra persona. La Señorita Greville se sentó con el grupo de su Madre durante el tentempié, pero Ellen prefirió quedarse con los Bernard y conmigo. Fue un Baile muy agradable, y como Lady G. durmió durante todo el camino de vuelta, tuve un viaje muy agradable.

Al día siguiente, mientras estábamos cenando, el Coche de Lady Greville se detuvo ante la puerta, porque ésta es la hora del día en que ella cree que debe detenerse. Envió un mensaje con el Criado, en el que decía que mi Madre no debía levantarse de la mesa, pero que «la Señorita Maria debía acercarse a la puerta del Coche, porque quería hablarle», que me diera prisa y que fuera inmediatamente.

-¡Qué Mensaje tan impertinente, Mamá! -dije.

-Ve, Maria -replicó ella.

Por lo tanto, no tuve más remedio que ir y estar ahí de pie, pa­ra satisfacción de la Señora, aunque soplaba un Viento intenso y frío.

-Vaya, Señorita Maria, hoy no está tan elegante como ayer. Pero, en fin, no he venido para examinar su vestido, sino para decirle que puede venir a cenar con nosotras pasado mañana. No mañana, acuérdese bien, no venga mañana porque esperamos a Lord y a Lady Clermont y a la familia de Sir Thomas Stanley. No se ponga muy elegante porque no pienso enviarle el Coche. Si llueve, puede coger el paraguas.

Apenas pude contener la risa cuando me dio permiso para no mojarme.

-Y le ruego que sea puntual, porque no pienso esperar. Odio que se pase la comida. Aunque tampoco hace falta que llegue usted antes. ¿Qué hace su madre? ¿Estará cenando, no?

-Sí, Señora, estábamos en mitad de la cena cuando llegó usted.

-¡Debe estar usted cogiendo frío, Maria! -dijo Ellen.

-Sí, hace un terrible viento del Este -dijo su Madre-. Le asegu­ro que casi no puedo soportar la ventanilla bajada. Pero usted está acostumbrada a moverse al aire libre, Señorita Maria. Ima­gino que será por eso por lo que tiene un Cutis tan enrojecido y tan basto. A ustedes, las Señoritas que no pueden ir mucho en Coche, no les importa el tiempo que haga ni que el viento les descubra las piernas. Yo no permitiría que mis Niñas estuviesen fuera de casa, como hace usted, en un día como éste. Pero alguna clase de gente no tiene idea de lo que son ni el frío ni la Delica­deza. Bueno, recuerde que la esperamos el jueves a las 5 en pun­to. Dígale a su Doncella que venga a recogerla por la noche. No habrá Luna y tendrá un camino de vuelta bastante horrible. Mis Respetos a su Madre. Me temo que se le habrá enfriado la cena. Cochero, ¡vámonos!

Y se marchó, dejándome furiosa como siempre.

 

MARIA WILLIAMS

 

 

CUARTA CARTA


De una joven Dama bastante impertinente a su amiga

 

 

Ayer cenamos en casa del Señor Evelyn, donde nos presenta­ron a su prima, una joven muy bonita. Yo estaba maravillada con su aspecto porque, además de los encantos propios de una cara agraciada, había algo especialmente interesante en sus modales y en su voz. Tanto que despertaron en mí una gran curiosidad por conocer la historia de su Vida: quiénes fueron sus Padres, dónde nació y qué cosas le habían sucedido, porque sólo sabíamos que era una pariente de la Señora Evelyn y que se lla­maba Grenville.

Por la noche, se me presentó una gran oportunidad para in­tentar averiguar al menos lo que quería averiguar porque, excep­to la Señora Evelyn, Mi Madre, el Doctor Drayton, la Señorita Grenville y yo misma, todo el mundo jugaba a las cartas, y como las dos primeras estaban enfrascadas en una Conversación que transcurría entre susurros, y el Doctor se quedó dormido, nos vimos en la necesidad de entretenernos la una a la otra. Eso era en realidad lo que yo deseaba y, decidida a no quedarme sin sa­ber por no preguntar, empecé la Conversación de la siguiente Manera:

-¿Lleva mucho tiempo en Essex, Señora?

-Llegué el Martes.

-¿Venía de Derbyshire?

-¡No, Señora! -dijo, aparentemente sorprendida por mi pre­gunta-. Venía de Suffolk.

Pensarás que éste fue un buen golpe de mi parte, pero ya sa­bes, mi querida Mary, que cuando tengo algo en la cabeza, no paro en mientes.

-¿Le gusta esta región, Señorita Grenville? ¿Le parece tan bo­nita como la que ha dejado atrás?

-En términos de Belleza, la encuentro muy superior, Señora.

Suspiró. Yo me moría por saber por qué.

-Claro que la apariencia de una región, por muy bonita que sea, no puede ser sino un pobre consuelo ante la pérdida del Amigo más querido -dije yo.

Ella meneó la cabeza, como si asintiera a la verdad de mis palabras. Mi curiosidad creció tanto que decidí satisfacerla a cualquier precio.

-¿Lamenta entonces haber dejado Suffolk, Señorita Grenville?

-Desde luego que sí.

-Supongo que nació allí.

-Sí, Señora, nací allí y allí pasé muchos años felices.

-Es un gran consuelo -dije yo-. Espero, Señora, que ninguno de ellos fuera infeliz.

-La Felicidad perfecta no es propia de los Mortales, y nadie puede esperar una Felicidad ininterrumpida. Naturalmente he conocido algunas Desdichas.

-¿Qué Desdichas, querida Señora? -repliqué yo, ardiendo de impaciencia por saberlo todo.

-Espero que Ninguna que una falta intencional mía haya aca­rreado, Señora.

-Me atrevería a decir que no, Señora, y estoy segura de que cualquier sufrimiento que haya padecido sólo ha podido surgir de la crueldad de Conocidos o del error de un Amigo.

Suspiró.

-Parece triste, mi querida Señorita Grenville. ¿Hay algo que pueda hacer por aliviar su Tristeza?

-¿Hacer algo por mí? -replicó sorprendidísima-. Nadie puede hacer nada por mí.

Pronunció estas palabras en un tono tan triste y solemne que, durante un rato, no tuve valor para responder. Me quedé en si­lencio. Poco más tarde, sin embargo, me recobré y, mirándola con todo el afecto que pude, le dije:

-Mi querida Señorita Grenville, parece usted muy joven y quizá necesite el consejo de alguien cuyo afecto por usted, sus Años y quizá superior capacidad de Juicio, podrían autorizarle a dárselo. Yo soy esa persona, y le ruego que acepte este ofreci­miento que le hago, que nace de mi Confianza y de mi Amistad, y a cambio de las cuales sólo le pediré las mismas cosas.

-Es usted extremadamente generosa, Señora -dijo Ella-, y me siento muy halagada por su interés. Pero no tengo problemas, ni dudas, ni me encuentro en una situación incierta necesitada de Consejo. No obstante, a partir de ahora, si alguna vez me encon­trara en esa situación -continuó, mostrándome una cortés sonri­sa- sabré a qué puerta llamar.

Yo incliné la cabeza, pero me sentí terriblemente mortificada por su negativa. Sin embargo, no me había rendido todavía. Pen­sé que nada perdía por renovar mis Ataques, con Preguntas y Suposiciones que lanzaba como efecto de mi Interés y Amistad.

-¿Y tiene pensado quedarse mucho tiempo en esta parte de Inglaterra, Señorita Grenville?

-Si, Señora, creo que me quedaré algún tiempo.

-Pero ¿y cómo podrán soportar su Ausencia el Señor y la Se­ñora Grenville?

-Ninguno de los dos vive, Señora.

Ésta fue una respuesta del todo inesperada. No sabía qué decir y realmente nunca me había sentido tan embarazada en mi Vida.

 

 

QUINTA CARTA


De una joven Dama muy enamorada a su Amiga

 

 

Mi Tío está cada día más tacaño, mi Tía más rara, y yo más enamorada. ¡Me pregunto en qué estado nos encontraremos cuando termine el año si seguimos así! Esta mañana tuve la feli­cidad de recibir la siguiente Carta de mi querido Musgrove.

 

Sackville St., 7 de enero

 

Hoy se cumple un mes desde que contemplé a mi encan­tadora Henrietta por primera vez y el sagrado aniversario debe preservarse y se preservará siempre de una forma digna de ese día, es decir, escribiéndole. Nunca olvidaré el momento en que su Belleza apareció ante mi vista por pri­mera vez. Sabe bien que el paso del tiempo jamás podrá borrarlo de mi Memoria. Fue en casa de Lady Scudamore. ¡Dichosa Lady Scudamore, por vivir a sólo una milla de la divina Henrietta! ¿Qué sentí cuando la encantadora Cri­atura entró en la habitación? Su visión fue como la visión de Algo maravilloso. Me levanté, la miré con Admiración. Sus Encantos parecían crecer a cada momento y, antes de que pudiera mirar a mi alrededor, el desventurado Mus­grove se convirtió en el Cautivo de su Hechizo. Sí, Señora, tuve la felicidad de adorarla, una desgracia a la cual nunca podré estar demasiado agradecido. «¿Le estará permitido a Musgrove morir de amor por Henrietta? -me preguntaba-. ¿Puede anhelar a alguien que es objeto de Admiración uni­versal, que es adorada por un Coronel y celebrada por un Barón?»

Adorable Henrietta, ¡qué hermosa es usted! ¡Declaro que es usted divina! Es usted más que Mortal. Es usted un Ángel. Es usted la misma Venus. En resumen, Señora, es usted la muchacha más hermosa que he visto en mi Vida, y su Belleza aumenta a los ojos de su Musgrove al permitirle que la ame y que abrigue una esperanza con respecto a usted. ¡Ay, Angelical Señorita Henrietta! El Cielo es Testigo de cuán ardientemente deseo la muerte de su villano Tío y de su Disipada Esposa, Ya que mi adorada no consentirá en ser mía hasta que el fallecimiento de éstos no la sitúe en una posición de abundancia de medios superior a la que mi for­tuna puede procurarle. Estoy ahora en casa de mi Hermana, donde pretendo continuar hasta que la mía -que aunque es excelente, necesita algunas reparaciones- esté lista para recibirme.

Adiós, amable princesa de mi Corazón, se despide de usted ese Corazón que tiembla al firmar esta carta como su más ardiente Admirador, su más devoto y humilde Servidor

 

T. MUSGROVE

 

 

¡Qué modelo de Carta de Amor, Matilda! ¿Habías leído alguna vez una obra maestra de la Escritura como ésta? ¿Alguna vez tal Inteligencia, tal Sentimiento, tal pureza de Pensamiento, tal flui­dez de Lenguaje y un Amor genuino semejante en una sola Pá­gina? No, puedo responder por ti que nunca, ya que no todas las chicas pueden encontrarse con un Musgrove. ¡Oh, cómo anhelo estar con él! Tengo la intención de enviarle mañana la siguiente Carta como respuesta a la suya.

 

Mi queridísimo Musgrove:

 

Las palabras no pueden expresar lo feliz que me hizo su Carta. Pensé que iba a llorar de Alegría, porque le amo a usted más que a nadie más en el Mundo. Creo que es usted el Hombre más amable y más guapo de Inglaterra, y sin duda lo es. No he leído una Carta más dulce que la suya en mi Vida. Escríbame otra como ésa y dígame que me amacada dos líneas. Me muero por verle. ¿Qué haremos para encontrarnos? Porque estamos tan enamorados que no po­demos vivir separados. ¡Oh, mi querido Musgrove, no pue­de imaginar lo impacientemente que espero la muerte de mi Tío y de mi Tía! Si no mueren pronto, creo que me vol­veré loca, porque cada día que pasa me siento más enamo­rada de usted.

¡Qué dichosa es su Hermana por poder disfrutar el placer de su Compañía, y qué dichoso debe de ser todo el mundo en Londres ya que usted se encuentra allí! Espero que sea tan amable de escribirme pronto de nuevo, porque nunca había leído unas Cartas tan dulces como las suyas.

Sincera y fielmente Suya, mi queridísimo Musgrove, por siempre jamás

 

HENRIETTA HALTON

 

Espero que le guste mi respuesta. Es la mejor que he podido escribir, aunque nada comparada con la suya. La verdad es que ya había oído decir que era todo un experto en Cartas de Amor. Ya sabes que le vi por primera vez en casa de Lady Scudamore. Cuando me encontré con ella más tarde, me preguntó qué me había parecido su Primo Musgrove.

-Le aseguro -dije- que me parece un joven muy guapo.

-Me alegra mucho que se lo parezca -replicó ella- porque está locamente enamorado de usted.

-¡Por Dios, Lady Scudamore! -dije yo-. ¿Cómo puede decir algo así?

-Porque le aseguro que es verdad -respondió Ella-. Se enamo­ró de usted en el instante en que la vio.

-¡Ojalá sea verdad! -dije yo-. Porque es la única clase de Amor por la que daría un cuarto de penique. Creo que enamorarse a primera vista tiene cierto Sentido.

-Bien, la felicito por su conquista -replicó Lady Scudamore-, que me parece que ha sido completa. Le aseguro que lo que ha hecho no es nada desdeñable, porque mi Primo es un joven encantador, ha visto mucho Mundo y escribe las mejores Cartas de Amor que he leído nunca.

Esto me hizo muy feliz y me sentí muy contenta por mi con­quista. No obstante, me pareció apropiado darme un poco de Aires, de modo que le dije:

-Todo eso está muy bien, Lady Scudamore, pero usted sabe que las Damas jóvenes que son Herederas no deben arrojarse en brazos de Hombres que no tienen ninguna Fortuna.

-Mi querida Señorita Halton -dijo ella-, estoy tan convenci­da de ello como usted, y le aseguro que sería la última persona en el mundo en animarla a casarse con alguien que no tuviera visos de heredar una fortuna como la suya. El Señor Musgrove está lejos de ser una persona pobre, ya que posee rentas de Varios cientos al año, que muy plausiblemente hará crecer, y una Casa excelente, aunque ahora mismo necesita algunas reparaciones.

-Si eso es así -repliqué yo-, no tengo nada más en su contra, y si usted dice que es un Hombre de mundo y que sabe escribir buenas Cartas de Amor, no veo por qué iba a impedir que me admirara, aunque quizá no me case con él por eso, Lady Scuda­more.

-Sin duda, no está usted obligada a casarse con él -respondió la Dama-, a no ser que escuche los dictados de su corazón, por­que si no me equivoco mucho, está usted acariciando un afecto muy tierno hacia él sin saberlo.

-¡Por Dios, Lady Scudamore! -repliqué yo, enrojeciendo-. ¿Cómo puede creer algo así?

-Porque cada mirada y cada palabra la traicionan -contestó Ella-. Vamos, mi querida Henrietta, considéreme su amiga y sin­cérese conmigo. ¿No prefiere al Señor Musgrove por encima de cualquier hombre que conozca?

-Le ruego que no me haga preguntas como ésa, Lady Scuda­more -dije, volviendo la cabeza-, porque no estoy en posición de contestarlas.

-Veo, querida -replicó-, que confirma mis sospechas. Pero, Henrietta, ¿por qué se avergüenza de sentir un Amor que es her­moso? ¿Y por qué no quiere confiarse a mí?

-No me avergüenzo de sentirlo -dije, armándome de Valor-. Tampoco me niego a confiar en usted, ni me sonroja decir que amo a su primo el Señor Musgrove, o que me siento sincera­mente atraída por él, porque no es ninguna desgracia amar a un Hombre guapo. Si fuera feo, tendría sobrados motivos para avergonzarme de una pasión que sería lamentable, ya que su Objeto sería indigno. Pero con esa figura y esa cara, con ese pelo tan bonito como el que tiene su Primo, ¿por qué iba a enrojecer al afirmar que esas Cualidades Superiores han hecho mella en mí?

-¡Mi dulce Niña! -dijo Lady Scudamore, abrazándome muy Afectuosamente-. ¡Qué manera tan delicada de pensar tiene usted en estos Asuntos, y qué rápido discernimiento para una persona de su edad! ¡Cómo la honra tener tan Nobles Senti­mientos!

-¿Cree usted, Señora? -dije yo-. Es usted muy generosa. Pero, Lady Scudamore, le ruego que me diga, ¿fue su Primo en persona quien le habló de su Afecto por mí? Me gustaría aún más si lo hubiese hecho, porque ¿qué es un Amante sin un Confidente?

-¡Oh, querida! -replicó Ella-. ¡Han nacido el uno para el otro! Cada palabra que dice me convence más de que sus Mentes actúan por el poder invisible de la simpatía, porque sus opiniones y sus Sentimientos coinciden de una manera total. Y el color de su Pelo es bastante parecido. Sí, mi querida Niña, el pobre y desesperado Musgrove me reveló la historia de su Amor. No crea que me sorprendió porque, no sé por qué, tenía una especie de presentimiento de que se enamoraría de usted.

-Bueno, pero ¿cómo se lo dijo?

-No fue hasta después de la cena. Estábamos sentados junto al fuego, hablando de cosas sin importancia, aunque he de decir que yo hablaba casi todo el tiempo, mientras él se mostra­ba silencioso y pensativo, cuando de repente me interrumpió en medio de una frase, exclamando en un tono de lo más Tea­tral:

 

«¡Sí, estoy enamorado, ahora lo siento!

¡Y es Henrietta Halton quien así me ha herido!»

-¡Oh, qué Manera tan dulce de declarar su Pasión! ¡Hacer unos versos tan encantadores por mí! ¡Qué pena que no rimen!

-Me alegra mucho que le gusten -respondió Ella-. Sin duda son de un Gusto exquisito. «Y ¿estás enamorado de ella, Primo? -le pregunté-. No sabes cuánto lo siento porque, a pesar de lo excepcional que eres en todos los respectos, de que poseas un buen Capital que puede mejorar, y una Casa excelente, aunque quizá necesite unas reformas, ¿quién puede aspirar a la adorable Henrietta, que ha recibido una oferta de matrimonio de un Co­ronel y ha sido celebrada por un Barón?»

-Así ha sido -exclamé yo.

Lady Scudamore continuó:

-«¡Ah, querida Prima! -replicó él-. Estoy tan convencido de las pocas Oportunidades que tengo de conseguir a quien es adorada por miles, que no necesito que me lo confirmes aún más. Sin embargo, ni tú ni la bella Henrietta podréis negarme la exquisita Gratificación de morir por ella, o de haberme convertido en la víctima de sus Encantos. Y cuando esté muerto...» -continuó él.

-¡Oh, Lady Scudamore! -dije yo, frotándome los ojos-. ¡Que una Criatura tan dulce pueda hablar de morir!

-Sí, sin duda es una Circunstancia dolorosa -replicó Lady Scu­damore-. «Cuando esté muerto -dijo-, permitidme que lleven mi cuerpo hasta sus pies. Quizá no se niegue a derramar una lá­grima piadosa sobre mis pobres restos.»

-Querida Lady Scudamore -la interrumpí-, le ruego que no diga nada más sobre este Tema tan triste. No puedo soportarlo.

-¡Oh, cómo admiro la dulce sensibilidad de su Alma! Y co­mo no quiero herirla demasiado con mis Palabras, guardaré silencio.

-Le ruego que continúe -dije,yo.

Y así lo hizo.

-«Y entonces -añadió él-, ¡ah, Prima, imagina cómo me sen­tiré cuando sienta esas preciosas lágrimas rodando por mi ros­tro! ¡Quién no moriría por conocer un éxtasis semejante! Y cuando esté enterrado, ¡que la divina Henrietta bendiga con su afecto a un joven más afortunado que sienta por ella el mismo tierno afecto que el desdichado Musgrove y que, mientras él se reduce a polvo, ellos vivan un ejemplo de Felicidad de la vida Conyugal!»

¿Habías oído nunca algo tan patético? ¡Qué deseo tan encan­tador, yacer a mis pies cuando estuviese muerto! ¡Oh, qué mente tan elevada debe de tener para ser capaz de sentir un deseo seme­jante! Lady Scudamore continuó:

-«¡Ah, mi querido Primo -le dije-, un comportamiento tan noble como éste debe derretir el corazón de cualquier Mujer, por muy frío que sea! Si la divina Henrietta pudiera oír tus generosos deseos de felicidad, siendo tan dulce como es, no dudo de que se apiadaría de tu afecto y se esforzaría por corres­ponderlo.» «¡Oh, Prima -respondió él-, no quieras hacer crecer mis esperanzas con Afirmaciones tan halagadoras! No, no puedo confiar en agradar a ese ángel de Mujer, y lo único que me queda por hacer es morir.» «El verdadero Amor es siempre un amor desesperanzado -repliqué yo-, pero, mi querido Tom, te daré esperanzas de que puedes conquistar el corazón de esa hermosa Mujer aún mayores de las que te he dado hasta ahora, asegurándote que la he estado observando con extrema aten­ción durante todo el día, y que he descubierto claramente que, aunque ella no lo sabe, alberga en su seno un afecto muy tierno por ti.»

-Querida Lady Scudamore -exclamé yo-, ¡no tenía ni idea!

-¿No le dije que ese sentimiento era desconocido para usted misma? «No te quise animar diciéndotelo desde el principio -continué- porque pensé que la Sorpresa te daría un placer To­davía Mayor.» «No, Prima -replicó él con voz lánguida-, nada puede convencerme de que he tocado el corazón de Henrietta Halton, y si tú te engañas a ti misma, te ruego que no intentes engañarme a mí.» Para resumir, querida, me llevó varias horas persuadir al desesperado Muchacho de que usted sentía cierta preferencia por él. Sin embargo, cuando por fin no pudo ya ne­gar la fuerza de mis argumentos o rechazar lo que le decía... ¡des­cribirle sus Delirios, sus Raptos o sus Estados de Éxtasis, va más allá de mi poder!

-¡Oh, querida Criatura! -exclamé yo-. ¡Cuán apasionadamen­te.me ama! Pero, querida Lady Scudamore, ¿le dijo que yo de­pendía totalmente de mi Tío y de mi Tía?

-Sí, se lo conté todo.

-¿Y qué dijo él?

-Estalló con virulencia contra Tíos y Tías, acusó a las Leyes de Inglaterra por permitirles poseer Bienes que desean sus Sobrinos y Sobrinas, y deseó formar parte de la Cámara de los Comunes para reformar la Ley y rectificar sus abusos.

-¡Oh, qué Hombre tan dulce! ¡Qué espíritu el suyo! -dije yo.

-Añadió que no podía soñar con que la adorable Henrietta condescendiera a prescindir por él de los Lujos y el Esplendor a los que se había acostumbrado, y que aceptara a cambio las Co­modidades que sus limitados Ingresos podían permitirle, supo­niendo incluso que su casa estuviera en Condiciones de recibirla. Le dije que no podía esperar tal cosa, que sería una injusticia suponerla capaz de perder los bienes que ahora poseía y con los que tan noblemente ayudaba a las Criaturas más desvaforecidas, solamente por agradarnos a él y a mí misma.

-La verdad es que soy una persona muy Caritativa de vez en cuando -dije yo-. ¿Y qué dijo el Señor Musgrove?

-Dijo que se encontraba en la melancólica Necesidad de saber la verdad de mis palabras y que, si es que podía ser la feliz Cri­atura destinada a ser el Esposo de la Bella Henrietta, debía armar­se de valor para esperar, aunque fuese con impaciencia, ese afor­tunado día en el que ella se viera libre del poder de indignos Parientes y pudiera entregarse a él.

¡Qué Criatura tan noble! ¡Oh, Matilda, qué afortunada soy, yo que un día seré su Esposa! Mi tía me llama para que baje a prepa­rar pasteles. De modo que adeiu mi querida amiga.

Tu sincera, etc., etc..

 

H. HALTON

 

 

finis

 

 

[FRAGMENTOS]

A la Señorita Fanny Catharine Austen'

 

Mi querida Sobrina:

Como la gran distancia que separa Rowling de Steventon me impide asumir Personalmente Tu Educación, la cual imagino que correrá a Cargo de tu Padre y de tu Madre, creo mi Deber particular evitar en la medida de lo posible que sien­tas la falta de mis enseñanzas personales, dirigiéndote por escrito mis Opiniones y Admoniciones sobre la conducta de las Jóvenes, que encontrarás expresadas en las siguientes páginas.

Tu amante Tía

LA AUTORA

 

 

LA MUJER FILÓSOFO

 

UNA CARTA

 

 

Mi querida Louisa:

 

Tu amigo, el Señor Millar, nos vino a visitar ayer, de camino a Bath, adonde se dirigía por motivos de salud. Dos de sus hijas viajaban con él, mientras la mayor y los tres Niños se han queda­do con su Madre en Sussex.

Aunque siempre me habías dicho que la Señorita Millar era extraordinariamente guapa, nunca mencionaste la belleza de sus Hermanas, y realmente son muy bonitas.

Permíteme que te las describa: Julia tiene dieciocho años y posee un semblante en el cual la Modestia, la Inteligencia y la Dignidad se combinan de manera muy afortunada; también su figura es un regalo de Gracia, Elegancia y Simetría a un tiempo. Charlotte tiene sólo Dieciséis años y es más baja que su Her­mana, pero, aunque su figura no alcanza la dignidad natural de la de Julia, tiene unas redondeces que, de manera distinta, pose­en un estimable encanto. Es bonita y la expresión de su cara es de la más cautivadora dulzura en ocasiones, y de la más sorpren­dente Vivacidad en otras. Parece tener un Ingenio extraordinario y un inalterable buen humor. Su conversación, durante la media hora que pasaron con nosotros, estuvo repleta de Salidas, Chascarrillos y repartées muy ingeniosos, mientras la inteligente y amable Julia pronunció Reflexiones Morales dignas de un cora­zón como el suyo. El Señor Millar responde perfectamente al retrato que me había hecho de él. Mi Padre le recibió con una mirada Afectuosa, un Apretón de manos y un beso amistoso que eran muestra de la alegría que sentía al contemplar a un viejo y querido amigo del cual, por distintas circunstancias, había esta­do separado durante casi veinte Años. El Señor Millar comentó (y muy bien, por cierto) que eran muchos los acontecimientos que habían sucedido en la vida de ambos durante aquel interva­lo de tiempo, lo cual dio ocasión a la encantadora Julia de hacer algunas reflexiones profundísimas sobre los numerosos cambios que aquel largo período de tiempo había operado en sus situa­ciones, sobre las ventajas de unos y las desventajas de otros. De este tema pasó a hacer una breve digresión sobre la inestabilidad de los placeres humanos y sobre la incertidumbre de su dura­ción, lo cual la llevó a comentar que todas las Alegrías terrenales deben ser imperfectas. Se disponía a ilustrar esta doctrina con ejemplos de las Vidas de grandes Hombres, cuando el Coche llegó a la Puerta y la amable Moralista, junto con su Padre y su Hermana, se vio obligada a abandonar la casa, no sin prometer que a su regreso pasaría cinco o seis meses con nosotros.

Por supuesto te mencionamos en la conversación y te aseguro que todos hicimos Justicia a tus múltiples Cualidades. «Louisa Clarke -dije yo- es en general una Niña muy agradable, aunque algunas veces su buen humor se ensombrece por el Mal Genio, la Envidia y el Desprecio. No carece de Inteligencia y posee cierta Belleza, pero éstas son tan insignificantes que el valor que conce­de a sus encantos personales y la adoración que espera obtener por ellos son a un tiempo un sorpendente ejemplo de su vani­dad, de su orgullo y de su tontería.»

Eso fue lo que dije y, en mi opinión, todo el mundo añadió peso a este juicio con comentarios propios. Afectuosamente,

ARABELLA SMYTHE

 

 

PRIMER ACTO DE UNA COMEDIA


Personajes

 

Pistola                                                                Maria

Charles                                                              Pistoletta

Postillón                                                             Posadera

Coro de Yunteros                                              Cocinera

y                                                                        y

Strephon                                                            Cloe

 

 

ESCENA EN UNA POSADA

 

Entran la Posadera, Charles, Maria y la Cocinera

Posadera (a Maria): Si los aristócratas del León2 quieren camas, enséñales la número 9.

Maria: Sí, Señora.

Posadera (a la Cocinera): Si los Honorables de la Luna piden el menú, dáselo.

Cocinera: Así lo haré, así lo haré.

Posadera (a Charles): Si las Damas del Sol hacen sonar la Campana, ve a ver qué quieren.

Charles: Sí, Señora.

 

(Salen cada uno por su lado.)

 

La Escena se desarrolla ahora en la Luna, donde aparecen.
Pistola y Pistoletta

Pistoletta: Dime papá, ¿falta mucho para Londres?

Pistola: Mi Niña, mi Amor, favorita de todos mi Hijos, retrato de su pobre Madre, que murió hace dos meses, con quien me dirijo a la Ciudad para casarla con Strephon y a quien pretendo dejar todos mis Bienes, faltan siete Millas.

 

La Escena se desarrolla ahora en el Sol.
Entran
Cloe y el coro de yunteros

Cloe: ¿Dónde estoy? En Hounslow. ¿Hacia dónde me dirijo? Ha­cia Londres. ¿A hacer qué? A casarme. ¿Con quién? Con Stre­phon. ¿Quién es él? Un joven. Pues bien, cantaré una Canción.

 

Canción

Cuando a la ciudad llegue,

Y del coche me apee,

Con Strephon me casaré

Lo cual estará muy bien.

Coro:                     Muy bien, muy bien, muy bien,

                               Lo cual estará muy bien

 

Entra la Cocinera.

Cocinera: Aquí está el menú.

Cloe (leyendo): 2 Patos, una pierna de buey, una perdiz apestosa' y una tarta... Tomaré la pierna de buey y la perdiz.

 

(Sale la Cocinera.)

 

Y ahora cantaré otra canción.

 

Canción

A cenar me dispongo,

Y de mi figura no respondo.

Oh, circunstancia feliz

Si Strephon estuviera aquí,

Porque me trincharía la perdiz

Si fuera de carne dura.

Coro:                           Dura, dura, dura,

Porque me trincharía la perdiz