Mansfield Park

Jane Austen 


 

CAPÍTULO I

 

 

Hará cosa de treinta años, miss María Ward, de Huntingdon, con una dote de siete mil libras nada más, tuvo la buena fortuna de cautivar a sir Thomas Bertram, de Mansfield Park, condado de Northampton, viéndose así elevada al rango de baronesa, con todas las comodidades y consecuencias que entraña el disponer de una hermosa casa y una crecida renta. Todo Huntingdon se hizo lenguas de lo magníficamente bien que se casaba, y hasta su propio tío, el abogado, admitió que ella se encontraba en inferioridad por una diferencia de tres mil libras cuando menos, en relación con toda niña casadera que pudiera justamente aspirar a un partido como aquél. Tenía dos hermanas que bien podrían beneficiarse de su encumbramiento; y aquellos de sus conoci­dos que consideraban a miss Ward y a miss Frances tan hermosas como miss María no tenían reparos en predecirles un casamiento casi tan ventajoso como el suyo. Pero en el mundo no existen ciertamente tantos hombres de gran fortuna como lindas mujeres que los merezcan. Miss Ward, al cabo de seis años, se vio obligada a casarse con el reverendo Mr. Norris, amigo de su cuñado y hombre que apenas si disponía de algunos bienes particulares; y a miss Frances le fue todavía peor. El enlace de miss Ward, llegado el caso, no puede decirse que fuera tan despreciable; sir Thomas tuvo ocasión, afortuna­damente, de proporcionar a su amigo una renta con los beneficios eclesiásti­cos de Mansfield; y el matrimonio Norris emprendió su carrera de felicidad conyugal con poco menos de mil libras al año. Pero miss Frances se casó, según expresión vulgar, para fastidiar a su familia; y al decidirse por un teniente de marina sin educación, fortuna ni relación, lo consiguió plena­mente. Dificilmente hubiese podido hacer una elección más desastrosa. Sir Thomas Bertram era hombre de gran influencia y, tanto por cuestión de principio como por orgullo, tanto por su natural gusto en favorecer al prójimo como por un deseo de ver en situación respetable cuanto con él se relacionase, la hubiese ejercido con sumo placer en favor de su cuñada; pero el marido de ésta tenía una profesión que escapaba a los alcances de toda influencia; y antes de que pudiera discurrir algún otro medio para ayudarles, se produjo entre las hermanas una ruptura total. Fue el resultado lógico del comportamiento de las respectivas partes y la consecuencia que casi siempre se deriva de un casamiento imprudente. Para evitarse reconvenciones inútiles, la señora Price no escribió siquiera a su familia participando su boda hasta después de casada. Lady Bertram, que era mujer de espíritu tranquilo y carácter marcadamente indolente y acomodaticio, se hubiera contentado simplemente con prescindir de su hermana y no pensar más en el asunto. Pero la señora Norris tenía un espíritu activo al que no pudo dar reposo hasta haber escrito a Fanny una larga y colérica carta, poniendo de relieve lo disparatado de su conducta y amenazándola con todas las peores consecuen­cias que de la misma cabía esperar. La señora Price, a su vez, se sintió ofendida e indignada; y una contestación que comprendía a las dos hermanas en su acritud, y en la que vertían unos conceptos tan irrespetuosos para sir Thomas que la señora Norris no supo en modo alguno guardar para sí, puso fin a toda correspondencia entre ellas durante un largo período.

Sus respectivos puntos de residencia eran tan distantes y los medios en que se desenvolvían tan distintos como para que se considerase casi excluida toda posibilidad de tener siquiera noticia de sus vidas unos de otros, en el curso de los once años que siguieron, o al menos para que sir Thomas se maravillase de veras de que la señora Norris tuviera la facultad de comunicarles, como hacía de cuando en cuando con voz irritada, que Fanny tenía otro bebé. Al cabo de once años, sin embargo, la señora Price no pudo seguir alimentando su orgullo o su resentimiento, o no se resignó a perder para siempre a unos seres que quizá pudieran ayudarla. Una familia numerosa y siempre en aumento, un marido inútil para el servicio activo, aunque no para las tertulias de amigos y el buen licor, y unos ingresos muy menguados para atender a sus necesidades, hicieron que deseara con avidez ganarse de nuevo los afectos que tan a la ligera había sacrificado; y se dirigió a lady Bertram en una carta que reflejaba tal contrición y desaliento, tal superfluidad de hijos y tal escasez de casi todo lo demás, que su efecto no pudo ser otro que el de predisponer­los a todos a una reconciliación. Precisamente, se hallaba en vísperas de su noveno alumbramiento; y después de deplorar el caso e implorar que quisie­ran ser padrinos del bebé que esperaba, sus palabras no podían ocultar la importancia que ella atribuía a sus parientes para el futuro sostenimiento de los ocho restantes que ya se encontraban en el mundo. El mayor de los hijos era un muchacho de diez años, excelente y animoso chaval, ansioso de lanzarse a correr mundo; pero, ¿qué podía hacer ella? ¿Había acaso alguna probabilidad de que pudiese ser útil a sir Thomas en el negocio de sus propiedades de las Antillas? ¿O qué le parecería Woolwich a sir Thomas? ¿O cómo podía enviarse un muchacho a Oriente?

La carta no resultó infructuosa. Restableció la paz y el mutuo afecto. Sir Thomas cursó amables consejos y recomendaciones, lady Betteam envió dinero y pañales y la señora Norris escribió las cartas.

Éstos fueron los efectos inmediatos, y antes de que transcurriese un año la señora Price obtuvo alguna ventaja más importante aún. La señora Norris manifestaba a los otros, con harta frecuencia, que no podía quitarse de la cabeza a su pobre hermana y a su familia y que, no obstante lo mucho que todos habían hecho por ella, parecía que necesitaba todavía más; y al fin no pudo menos que expresar su deseo de que se aliviase a la señora Price de uno de los muchos hijos que tenía.

––¿Qué os parece si, entre todos, tomásemos a nuestro cuidado a la hija mayor, que tiene ahora nueve años, edad que requiere más atención de la que su pobre madre puede dedicarle? Las molestias y gastos consiguientes no representarían nada para ellos, comparados con la bondad de la acción.

Lady Bertram estuvo de acuerdo en el acto.

––Creo que no podríamos hacer nada mejor ––dijo––; mandaremos por la niña.

Sir Thomas no pudo dar un consentimiento tan instantáneo y absoluto. Reflexionaba y vacilaba. Aquello representaría una carga muy seria. Encargar­se de la formación de una muchacha en aquellas condiciones implicaba el proporcionarle todo lo adecuado, pues de lo contrario seria crueldad y no bondad el apartarla de los suyos. Pensó en sus propios cuatros hijos, en que dos de ellos eran varones, en el amor entre primos, etc.; pero, apenas había empezado a exponer abiertamente sus reparos, la señora Norris le interrum­pió para rebatirlos todos, tanto los que ya habían sido expuestos como los que todavía no.

––Querido Thomas, te comprendo perfectamente y hago justicia a la generosidad y delicadeza de tus intenciones, que, en realidad, forman un solo cuerpo con tu norma general de conducta; y estoy completamente de acuer­do contigo en lo esencial, como es lo de hacer cuanto se pueda para proveer de lo necesario a una criatura que, en cierto modo, ha tomado uno en sus manos; y puedo asegurar que yo sería la última persona del mundo en negar mi óbolo para una obra así. No teniendo hijos propios, ¿por quiénes iba yo a procurar, de presentarse alguna menudencia que entre dentro de mis posibilidades, sino por los hijos de mis hermanas? Y estoy segura de que mi esposo es demasiado justo para... Pero ya sabes que soy persona enemiga de parloteo y chismerías. El caso es que no nos arredre la perspectiva de una buena obra por una minucia. Dale a una muchacha buena educación, pre­séntala al mundo de debida forma, y apuesto diez contra uno a que estará en posesión de medios suficientes para casarse bien, sin ulteriores gastos para nadie. Una sobrina nuestra, Thomas, o cuando menos una sobrina vuestra, bien puede decirse que no tendría pocas ventajas al crecer y formarse en los medios de esta vecindad. No diré que vaya a ser tan guapa como sus primas. Me atrevería a decir que no lo será. Pero tendría ocasión de ser presentada a la sociedad de esta región en circunstancias tan favorables que, según todas las probabilidades humanas, habrían de proporcionarle un honroso casamien­to. Piensas en tus hijos, pero ¿no sabes tú bien que, de cuantas cosas pueden ocurrir en el mundo, ésa es la menos probable, después de haberse criado siempre juntos como hermanos? Es algo virtualmente imposible. Nunca supe de un solo caso. De hecho, es el único medio seguro para precaverse contra este peligro. Vayamos a suponer que es una linda muchacha y que Tom o Edmund la ven por primera vez dentro de siete años: casi me atrevería a afirmar que entonces sería perjudicial. La mera reflexión de que se hubiera consentido que creciera tan distanciada de todos nosotros, pobre y necesitada, bastaría para que cualquiera de los dos tiernos y bondadosos muchachos se enamorase de ella. Pero, edúcala junto a ellos desde ahora y, aun suponiendo que tuviera la hermosura de un ángel, nunca representará para tus hijos más que una hermana.

––Hay mucha verdad en lo que dices ––dijo sir Thomas––, y nada más lejos de mi pensamiento que poner un caprichoso impedimento a la realización de un plan tan magnífico para ambas partes, respectivamente. Lo único que he querido manifestar es que no debemos comprometemos a la ligera y que, para hacer de ello algo efectivamente provechoso para ella y honroso para nosotros, debemos asegurar a la niña o considerarnos obligados a proporcio­narle después, cuando llegue el caso, los medios necesarios para desenvolver­se cual corresponde a una dama, de no presentársele por otro lado la ventajosa proposición que tú esperas con tanta confianza.

––Te comprendo perfectamente ––contestó la señora Norris––; eres todo generosidad y consideración, y estoy segura de que nunca discreparemos en este punto. Cuanto está en mi mano, bien lo sabes, estoy siempre dispuesta a hacerlo en favor de los seres que amo; y aunque jamás pueda sentir por esa chiquilla ni la centésima parte del cariño que tengo puesto en tus queridos hijos, ni puedo en modo alguno considerarla tan mía, abominaría de mí misma si fuese capaz de volverle la espalda. ¿No es, acaso, la hija de una hermana? ¿Y podría yo soportar que ella pasase necesidades, teniendo un pedazo de pan que darle? Querido Thomas, a pesar de todos mis defectos poseo un tierno corazón y, aunque soy pobre, me privaría hasta de lo nece­sario para vivir, antes que cometer una acción poco generosa. Así es que, si no te opones, mañana escribiré a mi pobre hermana haciéndole la proposi­ción; y, en cuanto esté todo convenido, yo me comprometo a traer la niña a Mansfield. Tú no tendrás que molestarte para nada. Las molestias que yo me tomo, bien lo sabes, nunca las tengo en cuenta. Mandaré a Nanny a Londres al efecto, donde podrá alojarse en casa de su primo, el talabartero, y citaremos a la niña para que se reúna allí con ella. Fácilmente podrán enviarla desde Portsmouth a la capital, confiándola al cuidado de alguna persona de con­fianza que coincida en el mismo viaje. Sin duda habrá siempre una mujer de algún honrado menestral que deba trasladarse a Londres.

Excepto la impugnación del plan en la parte en que se hacía intervenir al primo de Nanny, sir Thomas no opuso más objeciones, y una vez sustituido el punto de reunión por otro más respetable, aunque no tan económico, se consideró que todo estaba arreglado y se saboreó ya la satisfacción derivada de tan humanitarios propósitos. El reparto de sensaciones gratas, en estricta justicia, no debía ser por partes iguales; porque sir Thomas estaba completa­mente resuelto a ser un auténtico y firme protector de la muchacha elegida, mientras que la señora Norris no tenía la menor intención de contribuir, ni con la más mínima aportación, al sostenimiento de la misma. En cuanto a moverse, charlar y discurrir, era cabalmente caritativa, y nadie sabía mejor que ella cómo enseñar liberalidad a los otros; pero su amor al dinero y su afición a mandar y disponer eran iguales, y sabía guardar el suyo tanto como gastar del de sus amigos. No habiendo podido disponer, al casarse, de unos ingresos tan crecidos como se había acostumbrado a imaginar, desde el principio consideró necesario sujetarse a un plan de economía muy estricto; y lo que había empezado como medida de prudencia pronto se convirtió en afición, en el objeto de esa especial solicitud que se prodiga a los niños, donde no los había. Si hubiese tenido hijos que mantener, puede que la señora Norris no hubiese ahorrado jamás; pero, no teniendo obligaciones de esta índole, nada podía impedir su austeridad o escatimarle el consuelo de incrementar anualmente una renta que jamás había necesitado para vivir. Dominada por esta creciente pasión, que no podía aminorar un afecto no sentido hacia su hermana, le era imposible aspirar a más que a la reputación de haber proyec­tado y tramitado una obra de caridad tan costosa; aunque tal vez se conocía tan poco como para regresar a su hogar de la rectoría, terminada esta conver­sación, con la feliz creencia de ser la hermana y tía de espíritu más liberal que existía en el mundo.

Cuando se habló de nuevo del asunto, sus intenciones pudieron apreciarse con mayor claridad; y, en contestación a la pregunta que tranquilamente le hizo lady Bertram sobre «¿adónde irá primero la niña, a tu casa o a la nuestra?», dijo, y sir Thomas lo escuchó no poco sorprendido, que a ella le seria totalmente imposible encargarse personalmente de la protegida. Él se había figurado que la niña sería bien acogida como un aumento de familia en la rectoría, como una compañía deseable para una tía que no tenía hijos; pero vio que estaba totalmente equivocado. La señora Norris afirmó que lamentaba tener que manifestar que, al menos tal como iban entonces las cosas, eso de quedarse ellos con la niña era algo que estaba fuera de toda discusión. La salud algo delicada del pobre Mr. Norris lo hacía imposible: era tan incapaz de soportar el ruido de un chiquillo como de volar. Desde luego, si llegase a mejorar de sus dolencias artríticas, ya seria distinto... Entonces la acogería con mucho gusto, sin reparar en los inconvenientes; pero ahora, justamente, el pobre Mr. Norris reclamaba constantemente sus cuidados, y estaba segura de que la sola mención de una cosa así sería suficiente para volverle loco.

––Entonces será mejor que se quede con nosotros ––dijo lady Bertram con la mayor compostura.

Después de una corta pausa, sir Thomas añadió con dignidad:

––Sí, que sea esta casa su hogar. Procuraremos cumplir nuestro deber para con ella y, al menos, tendrá la ventaja de contar con unos compañeros de su edad y con una institutriz regular.

––¡Muy cierto! ––exclamó la señora Norris––; y ambos aspectos son de gran importancia. En definitiva, a miss Lee le será lo mismo enseñar a tres mucha­chas que a dos; en esto no puede haber diferencia. Lo único que yo desearía es poder ser más útil; pero ya veis que hago cuanto puedo. No soy de esas personas que sólo procuran ahorrarse molestias. Nanny irá a buscarla, aunque ello me suponga el inconveniente de quedarme tres días sin mi mejor consejera. Supongo, hermana, que instalarás a la niña en el pequeño cuarto blanco del ático, junto al antiguo aposento de los chicos. Será, con mucho, el mejor sitio para ella, tan cerca de miss Lee, no lejos de las otras niñas y al lado mismo de las criadas, pudiendo cualquiera de ellas ayudarla a vestirse, ¿no te parece?, y cuidar de su ropa; pues supongo que no te parecería bien esperar que Ellis se cuidase de ella, como de las otras. Realmente, no veo en qué otro lugar podrías colocarla.

Lady Bertram no hizo la menor oposición.

––Espero que demostrará ser una chica bien dispuesta ––añadió la señora Norris–– y apreciará la extraordinaria buena suerte de tener estos amigos.

––Si sus inclinaciones naturales no fuesen buenas ––dijo sir Thomas––, no deberíamos, para el bien de nuestros hijos, consentir que permaneciera en el seno de la familia; pero no hay razón para esperar un mal tan grande. Es probable que observemos en ella mucho que deje que desear, y podemos prepararnos a considerar su gran ignorancia, algunas vulgaridades de opinión y unos modales lamentablemente ordinarios; pero estos defectos no son incorregibles, ni serán, cono, perniciosos para sus compañeros. Si mis niñas fuesen más jóvenes que ella, hubiera considerado el momento muy delicado para juntarlas a una compañía de esta clase; pero, no siendo éste el caso, espero que el roce no habrá de entrañar peligro alguno para ellas y, en cambio, será muy beneficioso para Fanny.

––¡Esto es exactamente lo que yo pienso! ––exclamó la señora Norris––. Es lo mismo que esta mañana le decía <r mi marido. Sólo por el hecho de convivir con sus primas, le dije, la niña se educará; aunque miss Lee no le enseñase nada, de ellas aprendería a ser buena e inteligente.

––Espero que no atormentará a mi pobre falderillo ––dijo lady Bertram––; precisamente, hasta ahora no había conseguido que Julia lo dejase tranquilo.

––Tropezaremos con alguna dificultad, señora Norris ––observó sir Tho­mas––, con respecto a la conveniente distinción que deberá hacerse entre las niñas a medida que vayan siendo mayores: la de mantener en el ánimo de mis hijas la conciencia de quiénes son, sin que por eso consideren demasiado humilde a su prima; y la de que ésta tenga siempre presente, sin que se sienta en exceso humillada, que ella no es una miss Bertram. Me gustaría verlas buenas amigas, y en modo alguno habré de permitir en mis hijas el menor grado de arrogancia hacia su prima; sin embargo, no pueden ser iguales. Los respectivos rangos, fortunas, derechos y aspiraciones serán siempre diferentes. Es un punto muy delicado, y deberás ayudamos en nuestro propósito de escoger con acierto la línea de conducta adecuada.

La señora Norris quedó a su entera disposición y, aunque estaba comple­tamente de acuerdo con su cuñado en que se trataba de algo en extremo dificultoso, le animó a confiar en que entre todos lo resolverían fácilmente.

Ya se supondrá que la señora Norris no escribió en vano a su hermana. A la señora Price pareció que le causaba cierta sorpresa esto de que eligieran a una niña, cuando tenía una excelente colección de muchachos; pero aceptó el ofrecimiento, agradecidísima, asegurándoles que su hija era una chiquilla muy bien dispuesta, de excelente carácter, y expresando su convicción de que nunca les daría motivos para echarla. Por lo demás, hablaba de ella como de algo endeble y delicado, pero manifestaba la ilusionada esperanza de que mejorarían sus condiciones fisicas con el cambio de aires. ¡Pobre mujer! Seguramente pensaba que un cambio de aires era lo que convenía a la mayoría de sus hijos.

 

 

CAPÍTULO II

 

 

 

La muchacha efectuó el largo viaje felizmente. En Northampton se reunió con la señora Norris, que así pudo envanecerse de ser la primera en darle la bienvenida y saborear la importancia de conducirla a la casa de sus parientes, para recomendarla a su benevolencia.

Fanny Price tenía entonces diez años nada más y, aunque en su aspecto no se apreciaba nada que pudiera cautivar a primera vista, tampoco había, cuan­do menos, nada que pudiera disgustar a sus parientes. Era pequeña para su edad, no había color en sus mejillas, ni se apreciaba en ella otro encanto que pudiera impresionar. En extremo tímida y esquiva, procuraba siempre pasar inadvertida. Pero su aire, aunque desgarbado, no era vulgar; su voz era dulce y cuando hablaba quedaba graciosa su actitud. Sir Thomas y lady Bertram la acogieron muy cariñosamente, y, al notar él cuán falta estaba de ánimos, trató de mostrarse todo lo conciliador que pudo; y lady Bertram, sin esforzarse la mitad siquiera, sin pronunciar apenas una palabra por cada diez que empleaba él, con la simple ayuda de una cariñosa sonrisa, resultó enseguida el menos temible de los dos personajes.

Toda la gente joven se hallaba en casa y se portó muy bien en el acto de la presentación, mostrándose de buen talante y sin sombra de apocamiento, al menos por parte de los muchachos, que, con sus dieciséis y diecisiete años y más altos de lo corriente a esa edad, tenían a los ojos de su primita el tamaño de hombres hechos y derechos. Las dos niñas se mostraron algo más cohibi­das, debido a que eran más jóvenes y temían mucho más a su padre, el cual se refirió a ellas en aquella ocasión con preferencia un tanto imprudente. Pero estaban demasiado acostumbradas a la sociedad y al elogio para que sintieran nada parecido a la natural timidez; y, como su seguridad fuese en aumento al ver que su prima carecía por completo de ella, no tardaron en sentirse capaces de examinarle detenidamente la cara y el traje con tranquila des­preocupación.

Todos ellos eran notablemente hermosos: los muchachos muy bien pare­cidos, las niñas francamente bellas, y tanto unos como otras con un magnífico desarrollo y una estatura ideal para su edad, lo que establecía entre ellos y su prima una diferencia tan acusada en el aspecto fisico como la que la educa­ción recibida había producido en sus maneras y trato respectivos; y nadie hubiera sospechado que la diferencia de edad entre las muchachas fuese tan poca como la que se llevaban en realidad.

Concretamente, sólo dos años separaban a Fanny de la más joven. Julia Bertram tenía doce años tan sólo y Maria era un año mayor. Entretanto, la pequeña forastera se sentía tan infeliz como quepa imaginar. Asustada de todos, avergonzada de sí misma, llena de añoranzas por el hogar que había dejado atrás, no sabía levantar la mirada del suelo y apenas podía decir una palabra que pudiera oírsele, sin llorar. La señora Norris no había cesado de hablarle durante todo el camino, desde Northampton, de su maravillosa suerte y de la extraordinaria gratitud que había de sentir y manifestar con su comportamiento; pero esto sólo consiguió aumentar la conciencia de su infortunio, al convencerla de que el no sentirse feliz era una perversidad suya. Además, la fatiga de un viaje tan largo no tardó en aumentar sus males. Fueron en vano la condescendencia mejor intencionada de sir Thomas y todos los oficiosos pronósticos de la señora Norris en el sentido de que demostraría ser una buena niña; en vano le prodigó lady Bertram sus sonrisas y le hizo sentar en el sofá con ella y el falderillo, y en vano fue hasta la presencia de una tarta de grosellas con que se la obsequió para consolarla: apenas pudo engullir un par de bocados sin que las lágrimas viniesen a interrumpirla. Y, como al parecer era el sueño su amigo preferido, la llevaron a la cama para que diera allí fin a su pena.

––No es un comienzo muy halagüeño ––manifestó la señora Norris, cuando Fanny hubo salido de la habitación––. Después de todo lo que le dije antes de llegar, creía que iba a portarse mejor. Le advertí de la gran importancia que podía tener para ella el portarse bien desde el primer momento. Seria de desear que no tuviese un carácter algo huraño... Su pobre madre lo tiene, y no poco. Pero debemos ser indulgentes con una niña de esa edad. Al fin y al cabo, no creo que lo de estar apenada por haber dejado su casa se le pueda censurar; pues, con todos sus defectos, aquélla era su casa y aún no ha podido darse cuenta de lo mucho que ha ganado con el cambio. Pero, de todos modos, creo que está mejor un poco de moderación en todas las cosas.

Sin embargo, fue necesario más tiempo que el que la señora Norris había tendido a suponer para reconciliar a Fanny con la novedad de su vida en Mansfield Park, y para que se acostumbrara a la separación de los seres de que hasta entonces se había visto rodeada. Su sensibilidad estaba muy agudizada y sus sentimientos eran muy poco comprendidos, demasiado poco para que se los tratara en forma conveniente. Nadie se proponía ser poco amable con ella, pero nadie daba un paso para proporcionarle algún consuelo.

El día de asueto, que, después del de su llegada, se concedió a las niñas Bertram para que tuvieran ocasión de alternar e intimar con su primita, produjo poca unión. No pudieron por menos que despreciarla al enterarse de que sólo tenía dos cinturones y nunca había aprendido francés; y, al notar lo poco que se admiraba del dúo que tuvieron la amabilidad de cantar para ella, consideraron oportuno limitarse a regalarle algunos de sus juguetes menos valiosos y dejarla sola, para dedicarse ellas al pasatiempo del día: hacer flores artificiales o recortar papel dorado.

Fanny, ya estuviera cerca o lejos de sus primas, lo mismo en la sala de estudio que en el salón, que en el plantío de árboles, siempre se sentía igualmente abandonada, siempre le parecía que tenía algo que temer de todo el mundo y por todas partes. La anonadaba el silencio de lady Bertram, la aterrorizaba el aspecto grave de sir Thomas y la sobrecogían las advertencias de la señora Norris. Sus primos, tan grandotes, la mortificaban con reflexio­nes sobre su tamaño y la confundían subrayando su timidez; miss Lee se admiraba de su ignorancia y las sirvientas se burlaban de sus trajes. Y cuando a todas esas amarguras se mezclaba el recuerdo de sus hermanos y hermanas para los que ella siempre había sido un elemento importante como compa­ñera de juegos, institutriz o niñera, la angustia que oprimía su corazón se hacía todavía más cruel.

La magnificencia de la casa la asombraba, pero no podía consolarla. Las salas le parecían demasiado grandes para moverse en ellas a gusto; no se atrevía a tocar nada sin temor a ofensa, y se escurría de un lado para otro constante­mente atemorizada por cualquier cosa, y a menudo se retiraba a su habitación para llorar. Y la muchachita, de la que decían en el salón, por la noche, después que ella lo había abandonado para ir a descansar, que parecía afortu­nadamente tan sensible a su extraordinaria buena suerte, ponía un broche a sus amarguras de todos los días llorando hasta dormirse. Así pasó una semana, sin que nada de ello se trasluciera por su traza sosegada, pasiva, cuando una mañana la encontró Edmund, el más joven de sus primos, sentada en la escalera del ático, llorando.

––Querida primita ––dijo el muchacho, con toda la ternura de un natural bondadoso––, ¿qué puede haberte ocurrido?

Y sentándose a su lado intentó vencer su vergüenza por haber sido sor­prendida y persuadirla para que hablase francamente, lo que sólo pudo conseguir con gran esfuerzo. «¿Estaba enferma? ¿Se había enfadado alguien con ella? ¿Acaso se había peleado con Julia o con María? ¿Tal vez se había hecho un embrollo al repasar la lección, que él le pudiera explicar? ¿Nece­sitaba, en fin, algo que tal vez él podría proporcionarle o hacer por ella?» Durante un buen rato no consiguió más contestación que «No, no... en absoluto... no, gracias». Pero él siguió porfiando; y, en cuanto Fanny empezó a referirse a su hogar y a los suyos, sus crecientes sollozos le indicaron a Edmund dónde estaba el mal. Intentó consolarla.

––Te apena dejar a tu mamá, querida Fanny ––le dijo––, lo cual demuestra que eres una niña muy buena; pero debes tener presente que te encuentras entre parientes y amigos, que todos te quieren y desean hacerte feliz. Vamos a pasear por el parque y me hablarás de tus hermanos y hermanas.

Al profundizar en el tema, Edmund descubrió que, no obstante lo mucho que ella quería a todos esos hermanos y hermanas en general, uno de ellos ocupaba su mente con preferencia sobre los demás: William era el hermano de quien más hablaba y a quien más deseaba ver, William, el mayor, que tenía un año más que ella, su constante compañero y amigo, el que siempre abogaba por ella cerca de su madre (de quien era el preferido) cuando se encontraba en algún apuro.

––William no quería que los dejase; le dijo a mamá que me echaría de menos, desde luego.

––Pero William te escribirá, supongo.

––Sí, me prometió que lo haría, pero me pidió que lo hiciera yo primero.

––¿Y cuándo piensas hacerlo?

Ella bajó la cabeza y contestó, vacilante:

––No lo sé... no tengo papel.

––Si la dificultad está sólo en esto, yo te proporcionaré papel y todo lo demás, y podrás escribir la carta cuando quieras. ¿Te gustaría escribirle?

––Sí, mucho.

––Pues hazlo enseguida. Ven conmigo al comedor auxiliar; allí encontra­remos todo lo necesario y de seguro que nadie nos molestará.

––Pero, querido primo, ¿irá al correo la carta?

––Sí, de eso respondo yo... junto con las otras cartas; y, como tu tío la franqueará, no le costará nada a William.

––¿Mi tío? ––repitió Fanny con cara de espanto.

––Sí; cuando hayas escrito la carta, la llevaré a mi padre para que le ponga el franqueo.

A Fanny le pareció un atrevimiento, pero no opuso más resistencia; y ambos se dirigieron al pequeño comedor donde se tomaba el desayuno. Enseguida Edmund preparó el papel y trazó en el mismo los renglones, poniendo en ello toda su buena voluntad, tanto como hubiese puesto el propio hermano de su primita, y probablemente con mayor regularidad. Permaneció a su lado durante todo el tiempo que duró el redactado de la carta para ayudarla con su cortaplumas o su ortografia en cuanto le fuese preciso; y a estas atenciones, que ella agradeció muchísimo, añadió unos amables saludos para su hermano, que colmaron su gratitud. Edmund escribió de su puño y letra este testimonio de afecto a su primo William y le envió media guinea bajo sobre cerrado. Los sentimientos de Fanny eran tales en aquellos momentos, que se sintió incapaz de expresarlos; pero en su rostro y en unas pocas palabras sencillas y espontáneas, desprovistas de toda afectación, iba implícita toda su gratitud y alegría, y su primo empezó a ver en ella algo interesante. Siguieron hablando y, a través de cuanto ella manifestaba, se convenció de que poseía un tierno corazón y sentía unos grandes deseos de portarse bien. Y Edmund se dio cuenta de que era digna de una mayor atención, tanto por lo muy sensible de su situación como por su gran timidez. Él nunca la había apenado a sabiendas, pero ahora se daba cuenta de que ella necesitaba de una benevolencia más positiva; y en consecuencia intentó, ante todo, quitarle el miedo que todos le inspiraban y darle, especialmente, muchos y buenos consejos a fin de que pudiera jugar con Julia y María y se mostrase lo más alegre posible.

A partir de aquel día, Fanny empezó a sentirse más a gusto. Sabía que contaba con un amigo, y las atenciones de su primo Edmund la hacían más animosa ante los demás. El lugar se le hizo menos extraño y las personas menos pavorosas; y, si alguien había a quien ella no podía dejar de temer, empezó cuando menos a conocer los caracteres de todos ellos y a discernir el mejor modo de adaptarse a su medio. Las pequeñas rusticidades y torpezas, que al principio producían una penosa impresión en el ánimo de todos, y no menos en el suyo propio, fueron desapareciendo, como no podía ser de otro modo, y la niña ya no temía presentarse ante su tío, ni la voz de su tía Norris le causaba gran sobresalto. Para sus primas se convirtió en una com­pañera eventual, que no dejaba de ser aceptable. Aunque la consideraban indigna, por su inferioridad en edad y en fuerza, de asociarla constantemente a sus juegos, para sus planes y diversiones resultaba a veces muy útil una tercera persona, sobre todo si esa tercera persona tenía un carácter dócil y complaciente. Y no podían menos de manifestar, cuando su tía les pregun­taba sobre los defectos de la niña, o cuando Edmundo reclamaba que fuesen más amables con ella, que «Fanny era bastante bonachona y no se tomaba nada a mal».

Edmund era amable de por sí, invariablemente; y, en cuanto a Tom, lo peor que Fanny tuvo que aguantarle era esa especie de irónico regocijo que un jovenzuelo de diecisiete años siempre considera oportuno en el trato con una niña de diez. Puede decirse que justamente empezaba a asomarse a la vida, lleno de alegría y vivacidad, y con toda la liberal predisposición de un primogénito que se cree nacido tan sólo para gastar y divertirse. Las atencio­nes que dedicaba a la primita estaban de acuerdo con su posición y sus derechos: le hacía algunos bonitos regalos y se reía de ella.

A medida que su aspecto y su ánimo iba mejorando, sir Thomas y la señora Norris consideraban los alcances de su plan benéfico con creciente satisfacción, y muy pronto coincidieron en dejar sentado que, si bien no tenía nada de inteligente, la niña demostraba tener un carácter tratable y parecía que no iba a causarles grandes molestias. Desde luego, la pobre opinión que les merecían sus talentos no tenía límites para ellos. Fanny sabía leer, bordar y escribir, pero no había aprendido nada más; y al ver sus primas que ignoraba tantas cosas que a ellas les eran familiares desde hacía tiempo, la consideraron un prodigio de estupidez, y durante las dos o tres primeras semanas no hacían más que llevar de continuo al salón nuevas referencias del caso.

––Figúrate, mamaíta: mi prima no sabe componer el mapa de Europa... Mi prima no sabe nombrar los principales ríos de Rusia... Nunca ha oído hablar del Asia Menor... No sabe distinguir entre una acuarela y un dibujo al creyón... ¡Qué raro! ¿Viste nunca algo tan estúpido?

––Querida ––solía replicar su considerada tía––, esto es muy lamentable, pero no debes esperar que todas las niñas estén tan adelantadas ni aprendan con tanta facilidad como tú.

––Pero, tía, ¡si es que es tan ignorante! Sólo te diré que, anoche mismo, le preguntamos qué camino seguiría para ir a Irlanda, y dijo que atravesaría la isla de Wight. No se le ocurre otra cosa que la isla de Wight, a la que llama la Isla, como si no existiera otra en el mundo. Estoy segura de que a mí me hubiera dado vergüenza saber tan poco, aun mucho antes de tener su edad. Ya ni me acuerdo del tiempo en que yo no había aprendido todavía muchas cosas, de las que ella aun ahora no tiene la menor noción. ¡Cuánto tiempo ha pasado, tía, desde que solíamos repasar el orden cronológico de los reyes de Inglaterra, con las fechas de su proclamación y los principales hechos de su reinado!

––Sí ––añadió la otra––, y de los emperadores romanos, hasta los de la categoría de Severus, además de lo mucho referente a la mitología pagana, así como todos los metales, metaloides, planetas y filósofos notables.

––Muy cierto, desde luego, queridas mías; pero vosotras tenéis el don de una memoria privilegiada, mientras que vuestra pobre prima, es probable que no tenga ni pizca. Entre su capacidad de retención y la vuestra existe una diferencia enorme, como en todo lo demás; por esto debéis ser indulgentes con vuestra prima y compadeceros de su deficiencia. Y no olvidéis que, por lo mismo que sois tan cultas e inteligentes, debéis ser siempre modestas; pues, aunque sepáis ya mucho, todavía os queda mucho más que aprender.

––Sí, ya sé que es así, hasta que cumpla los diecisiete años. Pero debo contarte otra cosa de Fanny, que ya no puede ser más sorprendente y estúpida. ¡Imagínate, dice que no quiere aprender música ni dibujo!

––Efectivamente, querida, es algo muy estúpido y que revela una total carencia de sentido artístico y de espíritu de emulación. Pero, si bien se considera, tal vez sea mejor así; pues, aunque ya sabéis que los papás (debido a mí) son tan buenos que han querido educarla con vosotras, no es del todo necesario que su educación sea tan completa como la vuestra; al contrario, seria mucho más deseable que hubiera alguna diferencia.

Éstos eran los consejos de que se valía la señora Norris para formar la mentalidad de sus sobrinas; así, no hay que maravillarse de que, no obstante lo adelantadas en sus estudios y a pesar de sus prometedores talentos, carecie­ran totalmente de otras virtudes menos corrientes, como el conocimiento de sí mismas, la humildad y la generosidad. Se había cuidado de su educación admirablemente en todos los aspectos, menos en el de sus inclinaciones. Sir Thomas ignoraba lo que convenía, porque, aun siendo un padre celoso de verdad, no exteriorizaba sus íntimos afectos, y su actitud reservada hacía que se reprimiese ante él toda manifestación de sentimientos.

Lady Bertram no dedicaba la menor atención a la educación de sus hijas. No tenía tiempo para esta clase de cuidados. Era una mujer que pasaba los días sentada en un sofá, muy bien compuesta y haciendo alguna labor de aguja poco útil y nada primorosa; pensando más en su perro faldero que en sus hijos, pero muy indulgente con éstos siempre que ello no le reportase alguna incomodidad; guiándose por sir Thomas en todo lo importante y por su hermana en las cuestiones menores. De haberle quedado más tiempo para dedicarlo a sus hijas, seguramente lo hubiese considerado innecesario, pues estaban bajo el cuidado de una institutriz, tenían buenos profesores y no podían necesitar nada más. En cuanto a lo de que Fanny era torpe para aprender, «tan sólo podía decir que era muy lamentable, pero ya se sabía que hay gente así, y que lo que Fanny podía hacer era esforzarse más... no veía otra solución; y, dejando aparte esto de que fuera obtusa, podía afirmar que no encontraba nada ofensivo en la pobrecita; al contrario, siempre la tenía a mano y era muy diligente en llevar recados y traerle lo que le pedía».

Fanny, con todos sus pecados de ignorancia y timidez, quedó establecida en Mansfield Park y, habiendo aprendido a transferir al lugar mucho de su afecto por su antiguo hogar, fue creciendo entre sus primos sin sentirse desgraciada. María y Julia no le eran decididamente aviesas; y, aunque Fanny se sentía a menudo mortificada por el trato que de ellas recibía, se decía que era demasiado insignificante para considerarse ofendida.

Por la época en que Fanny fue a vivir con ellos, lady Bertram, a conse­cuencia de una ligera enfermedad y de su gran indolencia, prescindió de la casa de Londres, a donde solía trasladarse todos los años en primavera, y desde entonces permaneció siempre en el campo, dejando que sir Thomas atendie­ra sus obligaciones en el Parlamento, cualesquiera fuesen las ventajas o los inconvenientes que a él pudiera significarle el no tenerla a su lado. Por ello, en el campo siguieron las niñas Bertram ejercitando la memoria, cantando sus dúos y creciendo hasta convertirse en mujeres; y su padre las veía progre­sar en su desarrollo físico, talentos y refinamiento, o sea en todo lo que pudiera satisfacer sus anhelos. Su hijo mayor era manirroto y despreocupado, y le había causado ya muchos disgustos; pero de los otros no cabía esperar más que excelencias. En lo tocante a sus hijas, consideraba que mientras llevasen el nombre de Bertram no harían más que prestarle mayor lustre, y al abandonarlo lo harían aportando a la familia nuevos apellidos ilustres; y el carácter de Edmund, su firme buen sentido y su rectitud de pensamiento prometían, sin lugar a dudas, provecho, honor y ventura, así para él como para todos sus deudos: sería clérigo.

Entre las inquietudes y satisfacciones que le procuraban sus propios hijos, sir Thomas no se olvidaba de hacer cuanto podía por los de la señora Price: la ayudaba generosamente a educarlos en cuanto tenían edad para una deter­minada vocación; y Fanny, aunque separada casi por completo de los suyos, sentía la más profunda satisfacción al enterarse de cualquier fineza que se les hiciera, o de cualquier giro prometedor para su prosperidad y bienestar. Una vez, una sola vez en el decurso de muchos años, gozó la felicidad de tener a William a su lado. Nadie más se dejó ver; parecía que nadie pensaba en reunirse con ella otra vez, ni siquiera en la brevedad de una visita; nadie parecía echarla de menos en la casa. Pero William, habiendo resuelto ser marino poco después que ella se fue, quedó invitado a pasar una semana con Fanny en Northamptonshire, antes de hacerse a la mar. La vehemente efusión de sentimientos al encontrarse de nuevo, la dulce emoción de verse otra vez juntos, sus horas de jovial felicidad y sus momentos de grave conversación pueden ser fácilmente imaginados, así como los briosos propósitos y alientos del muchacho, puestos de manifiesto hasta el último instante, y la pena de la niña cuando él partió. Afortunadamente, esos días coincidieron con las vaca­ciones de Navidad, lo que permitió a Fanny hallar consuelo en la compañía de su primo Edmund; y éste le contó cosas tan maravillosas sobre lo que William haría y llegaría a ser en el curso de su carrera, que poco a poco fue reconociendo que la separación podía ser provechosa. La amistad de Ed­mund nunca le faltó. El cambio de Eton por Oxford no alteró en absoluto su comportamiento amable, sino que le dio oportunidad para reiterarlo con más frecuencia. Sin hacer ostentación alguna de que se ocupaba de ella más que nadie, ni temor alguno de que pareciese que hacía demasiado, era siempre fiel a sus intereses y considerado para sus sentimientos, procurando que sus buenas cualidades fuesen reconocidas y, al propio tiempo, vencer la cortedad que impedía hacerlas más patentes, y le daba consejos, consuelo y alientos.

Amilanada por el trato de todos los demás, su único apoyo no podía darle la seguridad deseada; pero, por otra parte, las atenciones de Edmund fueron de gran importancia para un mejor aprovechamiento de su inteligencia, proporcionándole a la vez un nuevo medio de esparcimiento. Él veía que Fanny era inteligente, que tenía una gran facilidad de comprensión y buen discernimiento, junto con una gran afición a la lectura, la cual, convenientemente orientada, podría proporcionarle una excelente instrucción. Miss Lee le enseñaba francés y le hacía recitar diariamente su lección de Historia; pero él le recomendaba los libros que hacían sus delicias en sus horas de ocio, él fomentaba su inclinación y rectificaba sus opiniones. Él hacía provechosa la lectura hablándole de lo que leía, y ensalzaba sus alicientes con sensatos elogios. En correspondencia a estos favores, Fanny le quería más que a nadie en el mundo, exceptuando a William. Entre los dos repartía su corazón.

 

 

CAPÍTULO III

 

 

 

El primer acontecimiento de importancia que se dio en la familia fue la muerte de Mr. Norris, cuando Fanny andaba alrededor de los quince años, y ello dio lugar a inevitables cambios e innovaciones. La señora Norris, al abandonar la rectoría, se trasladó a Mansfield Park, y después a una casita propiedad de sir Thomas, en el pueblo. Se consoló de la pérdida de su esposo al considerar que podía pasar muy bien sin él, y de la reducción de los ingresos al juzgar la evidente necesidad de llevar una economía más estricta.

El beneficio eclesiástico tenía que ser para Edmund; y, de haber muerto su tío unos años antes, se habría otorgado a algún amigo que lo disfrutase hasta que él tuviera la edad para ordenarse. Pero los despilfarros de Tom, anteriores a este suceso, habían sido tan importantes como para hacer nece­saria una cesión de la vacante, de modo que el hermano menor tuvo que ayudar a pagar los placeres del mayor. Existía otro beneficio familiar, del que ya se había posesionado Edmund; pero, aunque esta circunstancia hacía que el forzoso arreglo no pesara tanto sobre la conciencia de sir Thomas, no por ello dejaba de considerarlo como un acto injusto, y procuró inculcar a su hijo mayor la misma convicción, con la esperanza de que diera mejor resultado que todo lo que hasta entonces había tenido ocasión de decir o hacer.

––Me sonrojo por ti, Tom ––le dijo con la mayor seriedad––; me avergüenzo del extremo a que me he visto obligado a recurrir; y fío en que mereces que te compadezca por tus sentimientos de hermano en esta ocasión. Has privado a Edmund por diez, veinte, treinta años... quizás para toda la vida, de más de la mitad de la renta que debía corresponderle. Puede que más adelante esté en mi mano o en la tuya (así lo espero) el procurarle alguna compensación; pero no debes olvidar que ningún beneficio de esta clase sería superior a lo que por derecho natural podría reclamamos, y que en realidad nada podría ser para él un equivalente de las ventajas positivas que ahora se ve obligado a ceder, debido a lo apremiante de tus deudas.

Tom escuchó estas palabras con cierta vergüenza y aflicción; pero escabu­lléndose tan pronto como pudo, no tardó en dejarse llevar de un confortador egoísmo para decirse primero, que sus deudas no llegaban ni a la mitad de las que habían contraído algunos de sus amigos; segundo, que su padre había hecho del tema la conferencia más aburrida, y tercero, que el futuro benefi­ciado, quienquiera que fuese, era de esperar que muriese muy pronto.

A la muerte de Mr. Norris, el derecho de presentación recayó en un tal doctor Grant, que, en consecuencia, fue a vivir a Mansfield; y, resultando ser un hombre robusto de cuarenta y cinco años, había para creer que defraudaría los cálculos de Tom. Pero... «no; tenía el cuello corto y todo su aspecto era de apopléjico; además, surtido como estaba de cosas buenas, no tardaría en estirar la pata».

Su esposa tenía unos quince años menos que él, y carecían de hijos. Ambos llegaron al lugar con el favorable y acostumbrado informe de que eran personas muy respetables y agradables.

Sir Thomas creía llegado el momento de que su hermana política recla­mase su parte en la protección de la sobrina. La nueva situación de la señora Norris y el hecho de que Fanny fuese ya mayorcita parecían no tan sólo anular todas sus anteriores objeciones con respecto a lo de vivir juntas, sino que lo hacían decididamente recomendable; y como él atravesaba unas circunstan­cias menos favorables que un tiempo atrás, debido a ciertas recientes pérdidas en sus posesiones de las Antillas, tras de los derroches de su primogénito, no dejaba de parecerle bastante deseable verse relevado de los gastos de su sostenimiento y de sus obligaciones para asegurarle el porvenir. Con el pleno convencimiento de que así había de ser, habló a su esposa de esta probabili­dad; y a la primera ocasión en que ésta volvió a acordarse del asunto, lo que por cierto ocurrió en un momento en que Fanny se hallaba presente, le dijo con toda su calma:

––Así es, Fanny, que vas a dejamos para ir a vivir con mi hermana. ¿Te gustará?

Fanny quedó demasiado perpleja para hacer otra cosa que no fuera repetir las palabras de su tía:

––¿Que voy a dejarlos?

––Sí, querida; ¿por qué había de asombrarte? Has vivido cinco años con nosotros, y mi hermana siempre dio a entender que te recogería cuando muriese Mr. Norris. Pero tendrás que dejarte ver y ayudarme a puntear mis patrones, lo mismo que ahora.

La noticia le resultó a Fanny tan desagradable como inesperada. Su tía Norris nunca se había mostrado bondadosa con ella y no podía quererla.

––Sentiré mucho irme ––dijo, con un temblor en la voz.

––Sí, así lo creo; eso me parece muy natural. Supongo que desde que llegaste a esta casa has tropezado con menos motivos de enojo que cualquier criatura del mundo.

––No quisiera parecer ingrata, tía ––dijo Fanny humildemente.

––No, querida; espero que no lo seas. Siempre me has parecido una buena chica.

––¿Y nunca más volveré a vivir aquí?

––Nunca, querida. Pero ten la seguridad de que hallarás una casa cómoda.

Poca diferencia puede representar para ti el vivir en cualquiera de las dos casas.

Fanny abandonó la habitación con el corazón oprimido: ella no podía considerar que la diferencia fuese tan insignificante... La perspectiva de vivir con su tía no le proporcionaba nada parecido a la satisfacción. En cuanto tuvo ocasión de hablar con Edmund le contó su pena.

––Primito ––le dijo––, algo va a ocurrir que a mí no me gusta nada; y, aunque muchas veces has llegado a persuadirme hasta conseguir que me reconciliara con algunas cosas que al principio me disgustaban, ahora no va a serte posible. Me voy a vivir definitivamente con tía Norris.

––¡Qué dices!

––Sí; tu mamá acaba de decírmelo. Ya está decidido. Voy a dejar Mansfield Park para instalarme en la Casa Blanca, supongo que en cuanto ella se traslade allí.

––Verás, Fanny, si el proyecto no te disgustase, yo diría que es excelente.

––¡Oh, Edmund!

––Por lo demás, lo tiene todo a su favor. Tía Norris se porta como una persona sensible al desear tenerte. Se decide por la mejor amiga y compañera que podría escoger, y celebro que su amor al dinero no se lo impida. Serás para ella lo que debes ser. Espero que no te pesará demasiado, Fanny.

––Desde luego que me pesa; no puede gustarme. Quiero a esta casa y todo lo que hay en ella; allí nada podré querer. Bien sabes lo a disgusto que me siento con ella.

––No diré de su trato mientras fuiste una chiquilla, pero te advierto que con todos nosotros hacía lo mismo, o poco menos. Nunca supo cómo hacerse agradable a los niños. Pero ahora ya tienes edad para recibir otro trato... y me parece que ya se porta mejor; y, cuando seas su única compañera, tendrá que considerarte muy importante.

––Yo nunca podré tener importancia para nadie.

––¿Qué puede impedirlo?

––Todo. Mi situación... mi necedad y torpeza.

––Querida Fanny, en cuanto a necedad y torpeza, créeme, no tienes sombra de lo uno ni de lo otro, como no sea al aplicar estas palabras tan impropia­mente. No existe razón en el mundo para que no se te conceda importancia donde te conozcan. Tienes buen juicio y un carácter dulce, y estoy seguro de que posees un corazón agradecido que en ningún caso sabría recibir bonda­des sin desear corresponder a las mismas. No conozco mejores cualidades para una amiga y compañera.

––Me favoreces demasiado ––dijo Fanny, ruborizándose ante tal alabanza––. ¡Cómo podré nunca agradecer bastante la buena opinión que tienes de mí! ¡Oh, Edmund, si he de marcharme, recordaré tus bondades hasta el último momento de mi vida!

––Vaya, desde luego, Fanny; debo esperar que me recuerdes a una distancia tan corta como la de la Casa Blanca. Hablas como si te fueras a doscientas millas de aquí, en vez de atravesar tan sólo el parque; pero nos pertenecerás casi lo mismo que ahora. Las dos familias habrán de reunirse todos los días del año. La única diferencia estará en que, viviendo con tía Norris, forzosa­mente tendrás que destacar como mereces. Aquí hay demasiadas personas tras de las cuales puedes ocultarte; pero al lado de ella te verás obligada a poner de manifiesto tu personalidad.

––¡Oh, no digas eso!

––Debo decirlo, y decirlo con alegría. Tía Norris está mucho más indicada que mi madre para encargarse ahora de ti. Tiene carácter para hacer mucho por quien realmente le interese, y te obligará a que hagas justicia de tus dotes naturales.

Fanny suspiró y dijo:

––Yo no puedo ver las cosas como tú; pero habré de creer que la razón está más de tu parte que de la mía, y te agradezco muchísimo que trates de conciliarme con lo que tiene que suceder. ¡Si yo pudiera suponer que en realidad le importo a mi tía, qué delicioso séria sentirme importante para alguien! Aquí, bien sé que no lo soy para nadie; y, sin embargo, me es tan querido el lugar...

––El lugar, Fanny, es precisamente lo que no vas a dejar, aunque dejes la casa. Podrás disponer libremente del parque y los jardines, lo mismo que hasta ahora. Ni siquiera tu fiel corazoncito debe asustarse por ese cambio tan meramente nominal. Podrás frecuentar los mismos paseos, escoger tus lectu­ras en la misma biblioteca, ver la misma gente y montar el mismo caballo.

––Tienes razón; sí, mi querida jaca gris. ¡Ah!, primito, cuando recuerdo el miedo que me daba montar, el terror que sentía cuando oía decir que ello sería tan provechoso para mi salud (¡oh!, sólo de ver a mi tío desplegar los labios para hablar de caballos, me ponía a temblar), y luego pienso en el trabajo que te diste con tus razonamientos, para quitarme el miedo y conven­cerme de que me gustaría al poco tiempo, y reconozco la mucha razón que tenías, según quedó demostrado después... Casi me inclino a creer que tus predicciones serán siempre lo mismo de acertadas.

––Y yo estoy plenamente convencido de que el vivir al lado de tía Norris será tan beneficioso para tu espíritu como el montar lo ha sido para tu salud... y, en último término, para tu misma felicidad.

Así terminó la conversación que, por la utilidad que de la misma pudo sacar Fanny, podían muy bien haberse ahorrado, ya que la señora Norris no tenía la menor intención de llevársela, ni se le había ocurrido pensar en ello últimamente, como no fuera para eludir el compromiso. Para evitar que se hicieran ilusiones, había elegido la vivienda más reducida de las que podían considerarse aceptables entre las pertenecientes a la parroquia de Mansfield, la Casa Blanca, que contaba con el justo espacio para albergarla a ella y a sus sirvientes, sobrando un solo cuarto para un forastero, extremo éste que cuidó mucho de subrayar. En la rectoría jamás se hizo uso de las habitaciones sobrantes; pero ahora resultaba que la absoluta necesidad de reservar un cuarto para el caso debía tenerse muy en cuenta. Todas sus precauciones, sin embargo, no pudieron salvarla de que se le atribuyesen mejores intenciones; o, quizá, sus mismas propagandas sobre la importancia de un cuarto de repuesto habían inducido a sir Thomas a suponer que, en realidad se desti­naba a Fanny. Lady Bertram no tardó en poner las cosas en claro, al observar con indiferencia, hablando con su hermana:

––Creo que no necesitaremos retener por más tiempo a miss Lee, cuando Fanny vaya a vivir contigo.

La señora Norris casi dio un respingo.

––¡Vivir conmigo, hermana mía! ¿Qué quieres decir?

––¿No va a vivir contigo? Creía que lo habías convenido así con mi marido.

––¿Yo? ¡Nunca! Jamás le dije una palabra de esto a sir Thomas, ni él a mí. ¡Vivir Fanny conmigo! Seria la última cosa de este mundo que a mí se me iba a ocurrir, o que podría desear cualquiera que nos conozca a las dos. ¡Santo cielo! ¿Qué haría yo con Fanny? Yo, una pobre viuda desvalida, desampara­da, inútil para todo, sin ánimos para nada... ¿qué podría hacer por una niña de su edad, una muchacha de quince años, que es cuando más necesitan de atención y cuidados, como para poner a prueba al espíritu más animoso? ¡Vaya, estoy segura de que sir Thomas no puede en serio esperar tal cosa! Me aprecia demasiado para eso. Nadie que me quiera bien me lo propondría, estoy convencida. ¿Cómo fue que te habló del asunto?

––La verdad es que no lo sé. Sin duda porque debió de parecerle bien.

––Pero ¿qué dijo? No pudo decir que deseaba que me llevase a Fanny. Estoy segura de que no podía desearlo de corazón.

––No; sólo dijo que lo consideraba muy probable. Y yo lo creía también así. Los dos pensamos que seria un consuelo para ti. Pero, si no te gusta, no hay más que hablar. Aquí no estorba.

––Querida hermana, teniendo en cuenta mi lamentable estado, ¿cómo podría ser un consuelo para mí? Aquí me tienes convertida en una pobre viuda desamparada, privada del mejor de los maridos, perdida la salud en cuidarle y atenderle, peor de ánimos todavía, destruida mi paz en este mun­do, contando apenas con lo suficiente para mantenerme en el rango de una dama y llevar una vida que no deshonre la memoria del que se fue: ¿qué posible consuelo podría hallar tomando sobre mis hombros una carga como Fanny? Si pudiera desearlo en mi provecho, sería incapaz de causar tanto perjuicio a la pobre niña. Ella está en buenas manos y no le falta nada. Yo tengo que abrirme paso como puedo entre mis penas y dificultades.

––¿Piensas acaso vivir completamente sola?

––Hermana mía, ¿para qué sirvo sino para la soledad? Espero verme acom­pañada por unos días, de vez en cuando, en mi pobre casita, por alguna amistad; siempre tendré una cama para una amiga. Pero la mayor parte de mis días transcurrirá en el más absoluto aislamiento. Mientras pueda conjugar ambas aspiraciones, no pido más.

––Espero, hermana mía, que no te irán tan mal las cosas, teniendo en cuenta que mi marido dice que podrás disponer de seiscientas libras al año.

––No es que me queje. Sé que no podré vivir como antes, pero me limitaré en lo que pueda y aprenderé a llevar una mejor economía doméstica. He sido un ama de casa bastante liberal, pero ahora no me avergonzaré de practicar el ahorro. Mi situación ha variado en la misma proporción que mi renta. Un sinfin de cosas que se hacían teniendo en cuenta la condición de rector de mi pobre esposo no pueden esperarse ahora de mí. Nadie sabe lo que se llegaba a consumir en nuestra cocina en atención a los invitados. En la Casa Blanca habrá que mirar mucho más. Tendré que vivir de mi renta, pues de lo contrario no tendría perdón; y sería para mí una gran satisfacción poder conseguir algo más... guardar un poquito al final del año.

––Estoy segura de que lo harás. Lo haces siempre, ¿verdad?

––Mi deseo es beneficiar a los que quede, cuando yo haya abandonado este mundo. Es por el bien de tus hijos por lo que deseo ser más rica. Por nadie más tengo que preocuparme; pero me ilusionaría mucho pensar que puedo dejarles una bagatela que no desmereciera de lo que posean.

––Eres muy buena, pero no tienes que preocuparte por ellos. De seguro que tendrán bastante. Thomas se encargará de eso.

––Sí, bueno; pero no olvides que sus posibilidades quedarán bastante mermadas si la hacienda de la Antigua ha de darle unos beneficios tan menguados.

––¡Bah! Esto pronto quedará arreglado. Thomas ha escrito para solucionar el asunto. Me consta.

––Bueno, querida ––dijo la señora Norris, disponiéndose para salir––, tan sólo puedo decirte que mi único afán es el de ser útil a tu familia; de modo que si a tu marido se le ocurriese hablar otra vez sobre lo de llevarme a Fanny puedes decirle que mi salud y mi postración moral ponen el asunto fuera de toda discusión; aparte de que, en realidad, no tendría siquiera cama que darle, pues necesito un cuarto de repuesto para las amistades.

Lady Bertram repitió a su marido lo suficiente de esta conversación para convencerle de lo mucho que se había equivocado en cuanto a las intencio­nes de su cuñada. Y ésta, a partir de aquel momento, quedó perfectamente a salvo de toda suposición y de la menor alusión por parte de él al respecto. Sir Thomas no pudo por menos que maravillarse de que ella rehusara hacer algo por una sobrina en cuya adopción había puesto tanto interés; pero, como ella se apresurase a darle a entender, lo mismo que a lady Bertram, que cuanto poseía estaba destinado a sus hijos, no tardó en conformarse ante esta distin­ción, que, a la par que era ventajosa y halagadora para ellos, le permitiría favorecer a Fanny con más holgura por sus propios medios.

Fanny no tardó en saber lo inútiles que habían sido sus temores por el cambio anunciado; y su felicidad sincera, espontánea, ante el descubrimiento, proporcionó a Edmund algún consuelo en su desencanto acerca de lo que esperaba había de ser tan esencialmente beneficioso para ella. La señora Norris tomó posesión de la Casa Blanca, los Grant llegaron a la rectoría y, después de estos acontecimientos, todo siguió en Mansfield como de cos­tumbre por algún tiempo.

Los Grant resultaron ser unas personas sociables, propicias a la buena amistad, y cayeron muy bien a casi la totalidad de su nueva relación. Desde luego, tenían sus defectos, y la señora Norris pronto los descubrió. El doctor Grant era muy aficionado al buen yantar, y le hubiera gustado tener un banquete todos los días; y la señora Grant, en vez de procurar darle satisfac­ción gastando poco, pagaba a su cocinera un salario tan elevado como el que tenía la de Mansfield Park, y apenas se dejaba ver en la cocina. La señora Norris no podía hablar con calma de tales desaguisados, como tampoco de la cantidad de huevos y manteca que regularmente se consumía en la casa. «Nadie amaba más que ella la esplendidez y la hospitalidad... Nadie odiaba más los procedimientos mezquinos... La rectoría, estaba segura, nunca había carecido de comodidades de toda clase, nunca había tenido mala fama en su tiempo, pero ahora las cosas iban allí de un modo que no podía comprender... Una dama elegante en una rectoría de pueblo estaba totalmente fuera de lugar... Su despensa, por supuesto, era lo bastante buena para no dar lugar a que la señora Grant pudiese despreciarla... Por más indagaciones que hiciera, no pudo hallar que la señora Grant hubiese tenido nunca más de quinientas libras.»

Lady Bertram escuchaba sin gran interés esta especie de invectivas. Ella no podía penetrar los errores de un economista, pero sentía lo injurioso que era para la belleza eso de que la señora Grant se hubiese situado tan bien en la vida sin ser bella, y expresaba su asombro sobre este punto casi tan a menudo, aunque no tan prolijamente, como su hermana debatía el otro.

Estos temas fueron aireados durante casi un año, cuando en la familia se produjo otro suceso de tal importancia como para reclamar justamente un lugar en la mente y la conversación de las damas. Sir Thomas juzgó conve­niente desplazarse a la Antigua para mejor ordenar sus negocios personalmen­te; y se llevó consigo a su hijo mayor, con la esperanza de despegarlo de algunas malas compañías de la metrópoli. Abandonaron Inglaterra con la probabilidad de no volver hasta al cabo de unos doce meses.

Lo necesario de la medida desde el punto de vista pecuniario y la esperan­za de que redundase en beneficio de su hijo, compensaron a sir Thomas del sacrificio de separarse del resto de la familia y de tener que dejar a sus hijas bajo la custodia de otras personas, precisamente ahora, cuando las dos habían entrado en la época más interesante de la vida. No pudo considerar idónea a su esposa para sustituirle ante ellas o, mejor, para desempeñar las funciones que en todo caso le hubieran correspondido. Pero en la atenta vigilancia de la señora Norris, así como en el buen juicio de Edmund, sí podía confiar para marcharse sin recelar por ellas.

A lady Bertram no le hacía ninguna gracia que su marido se ausentase; pero no la alteró la menor inquietud por su seguridad, ni preocupación alguna por su bienestar, ya que era una de esas personas que creen que nada puede ser peligroso, dificil o cansado para nadie, excepto para ellas mismas.

Las niñas Bertram se hicieron muy dignas de compasión en la coyuntura: no por su pena, sino porque no la conocieron siquiera. Su padre no era para ellas motivo de cariño; nunca había parecido amigo de sus diversiones y, desgraciadamente, la noticia de su marcha fue muy bien acogida. Así se verían libres de toda coerción; y, sin que aspirasen a ninguna clase de expansión de las que seguramente les hubiera prohibido sir Thomas, en el acto se sintieron a sus anchas y seguras de tener todas las complacencias a su alcance. El alivio de Fanny y su conocimiento del mismo fue en un todo igual al de sus primas; pero un natural más tierno le indicaba que sus sentimientos eran ingratos y, en realidad, se afligía de no poder afligirse. ¡Sir Thomas, que tanto había hecho por ella y por sus hermanos, y que se había ido quizá para nunca volver! ¡Y que ella pudiera verle partir sin derramar una lágrima... era de una insensibilidad vergonzosa! Él le había dicho además, la misma mañana de su partida, que esperaba que podría ver de nuevo a William en el curso del siguiente invierno, y le había encargado que le escribiera invitándole a pasar unos días en Mansfield, en cuanto la Escuadra a que pertenecía se supiera que estaba en Inglaterra. ¡Aquello era el colmo de la amabilidad y la previsión! Tan sólo con que le hubiese sonreído y llamado «querida Fanny» mientras le hablaba, todo el ceño y frío tratamiento de anteriores ocasiones hubiera podido quedar borrado de su mente. Por el contrario, terminó su discurso de un modo que la sumió en amarga mortificación, al añadir:

––Si William viene a Mansfield, espero que podrás convencerle de que los muchos años transcurridos desde vuestra separación no han pasado totalmen­te sin algún provecho para ti; aunque mucho me temo que encuentre a su hermana, a los dieciséis años, demasiado parecida en muchos aspectos a la de diez.

Ella lloró amargamente a causa de esta reflexión cuando su tío hubo partido; y sus primas, al verla con los ojos enrojecidos, la consideraron una hipócrita.

 

 

CAPÍTULO IV

 

 

 

 

Tom Bertram pasaba últimamente tan poco tiempo en casa, que sólo pudieron echarle de menos nominalmente; y lady Bertram pronto se asom­bró de lo bien que iba todo aun sin el padre, de lo bien que le suplía Edmund manejando el trinchante en la mesa, hablando con el mayordomo, escribiendo al procurador, entendiéndose con los criados y, en fin, ahorrán­dole igualmente a ella toda posible fatiga o molestia en todas las cuestiones, menos en la de poner la dirección en las cartas que ella escribía.

Pronto llegó la noticia del feliz arribo de padre e hijo a la Antigua después de una excelente travesía, pero no sin que antes la señora Norris hubiese abundado en la exposición de sus espantosos temores e intentado que Ed­mund se hiciera partícipe de ellos siempre que podía sorprenderle a solas; y, como presumía de ser siempre ella la primera persona en enterarse de toda fatal catástrofe, ya había discurrido el modo de comunicarla a los demás, cuando, al recibir del propio sir Thomas la certeza de que ambos habían llegado a puerto sanos y salvos, se vio obligada a arrinconar por algún tiempo su excitación y sus conmovidas palabras de preparación.

Llegó y pasó el invierno sin que le fuera preciso recurrir a ellas; las noticias seguían siendo buenas y la señora Norris, preparando diversiones a sus sobri­nas, ayudándolas en sus tocados, poniendo de manifiesto sus prendas y buscándoles los futuros maridos, tenía tanto que hacer, sin contar el gobierno de su propia casa, alguna que otra injerencia en los asuntos de la de su hermana y la fiscalización de los ruinosos despilfarros de la señora Grant, que poco tiempo le quedaba para dedicarlo siquiera a temer por los ausentes.

Las niñas Bertram habían quedado definitivamente clasificadas entre las bellezas de aquellos contornos; y como unían a su hermosura y brillantes conocimientos unos modales naturales y fáciles, cuidadosamente inculcados para el trato en general y entre la buena sociedad, gozaban del favor y la admiración de todos sus conocidos. Tenían una vanidad tan bien disciplinada que parecían estar completamente exentas de ella y no darse importancia alguna; mientras que las alabanzas por tal conducta, tan llevadas y traídas por su tía, servían para afirmarlas en la creencia de que no tenían un solo defecto.

Lady Bertram nunca acompañaba a sus hijas fuera de casa. Era demasiado indolente, aun para regalarse con la satisfacción de una madre al presenciar sus éxitos y alegrías, si ello tenía que ser a costa del más pequeño sacrificio personal, y la carga recayó sobre su hermana, que no deseaba cosa mejor que ostentar tan honrosa representación y saboreaba con fruición la oportunidad que le brindaba de alternar con la sociedad sin tener más atributos para ello.

Fanny no participaba en las fiestas de la temporada, pero gustaba de ser manifiestamente útil como compañera de su tía cuando los demás se marcha­ban atendiendo a alguna invitación; y, como miss Lee ya no estaba en Mansfield, ella lo era todo para lady Bertram en las noches de baile o de reunión fuera de la casa. Ella le hablaba, la escuchaba, le leía; y la paz de esas veladas, la seguridad absoluta de que en aquellos tête––d––tête estaba a salvo de cualquier aspereza o desatención, resultaban algo en extremo grato para un espíritu que raras veces había conocido una pausa en sus alarmas y zozobras. En cuanto a las diversiones de sus primas, le gustaba escuchar un relato de sus incidencias y pormenores, especialmente de los bailes y de con quién había bailado Edmund; pero consideraba demasiado humilde su propia condición para imaginar que podría algún día ser admitida en alguno de ellos y, por lo tanto, escuchaba sin pensar que pudieran tener para ella otro interés más inmediato. En su conjunto, el invierno resultó bastante grato para ella, pues, aunque William no llegó a Inglaterra, la inagotable esperanza de verle llegar ya valía mucho.

En la siguiente primavera se vio privada de su valiosa amiga, la vieja jaca gris, y por algún tiempo estuvo en peligro de que la pérdida repercutiera en su salud tanto como en sus sentimientos; pues, no obstante la reconocida importancia que para ella tenía el montar a caballo, nada se dispuso para que pudiera seguir haciéndolo, «porque ––según consideraban sus tías–– podía utilizar cualquiera de los dos caballos de sus primas siempre que éstas no los necesitasen». Y, como las señoritas Bertram necesitaban regularmente sus caballos todos los días buenos para salir y no tenían la menor intención de llevar sus maneras corteses hasta el sacrificio de un verdadero placer, la ocasión, desde luego, nunca se presentaba. Ellas daban sus agradables paseos a caballo en las deliciosas mañanas de abril y mayo, mientras Fanny se pasaba todo el día sentada en casa, al lado de una tía, o bien daba paseos agotadores para sus fuerzas a instancias de la otra. Lady Bertram sustentaba el criterio de que el ejercicio era tan innecesario para los demás como desagradable era para ella; y tía Norris, que caminaba todos el día de un lado para otro, opinaba que todo el mundo debía hacer lo mismo. Edmund estaba ausente por entonces; en otro caso, el mal se hubiera remediado más pronto. A su regreso, una vez enterado de la situación de Fanny y notando sus malos efectos, pareció que para él no había sino una cosa que hacer; y con la resuelta declaración de que «Fanny necesita un caballo» se opuso a todo cuanto podía argüir la indolencia de su madre o la economía de su tía para quitarle importancia al asunto. La señora Norris no podía evitar el pensar que podría encontrarse algún viejo y pesado animal entre los muchos pertenecientes al parque, más que suficiente para el caso; o que podían pedirle uno prestado al administrador; o que acaso el doctor Grant podría dejarles de vez en cuando la jaca que enviaba para el correo. La señora Norris no podía menos que considerar absolutamente innecesario, y hasta impropio, que Fanny hu­biese de tener siempre a su disposición un caballo propio de señora, al estilo de sus primas. Estaba segura de que sir Thomas nunca había tenido tal intención, y debía manifestar que hacer semejante compra en su ausencia, con el consiguiente aumento del mucho gasto que le reportaba la cuadra en un momento en que gran parte de sus rentas aparecían inestables, le parecía algo por demás injustificable. «Fanny necesita un caballo» era la única réplica de Edmund. La señora Norris no podía ser de la misma opinión. Lady Bertram, sí: estaba totalmente de acuerdo con su hijo en que era necesario y en que su padre lo consideraba así; pero no coincidía en lo de la urgencia. Ella sólo quería esperar la vuelta de sir Thomas, y entonces sir Thomas lo arreglaría todo personalmente. Se le esperaba para septiembre, ¿y qué mal podría hacer a nadie el esperar tan sólo hasta septiembre?

Aunque Edmund se disgustó mucho más con su tía que con su madre, por mostrar aquélla menos consideración a su sobrina, no tuvo más remedio que atender a sus razonamientos, hasta que al fin decidió adoptar una fórmula que evitaría el riesgo de que su padre pudiera creer que se había excedido y, al propio tiempo, procuraría inmediatamente a Fanny el medio de hacer ejercicio, cuya falta él no podía tolerar. Edmund disponía de tres caballos, pero ninguno de ellos era apropiado para una mujer. Dos eran caballos de caza; el tercero, un útil animal de aguante. Y éste, decidió cambiarlo por otro que pudiera montarlo su prima. Él sabía dónde encontrar uno que sirviera para el caso y, una vez resuelto a poner en práctica su idea, no tardó en dejarlo todo arreglado. La nueva yegua resultó un tesoro; con muy poco esfuerzo se consiguió convertirla en el ideal para el fin deseado, y Fanny entró entonces en casi plena posesión de ella. Aunque había supuesto que nada podría nunca acomodarle tanto como la vieja jaca gris, resultó que su placer con la yegua de Edmund sobrepasó en mucho todo goce anterior en aquel aspecto; satisfacción que en todo momento sentía acrecentada al considerar la fineza de la cual se derivaba el mismo placer, hasta tal punto que no le hubiera sido posible hallar palabras para expresarla. Veía en su primo un ejemplo de todo lo bueno y grande, considerándolo portador de unos valores que nadie más que ella podría apreciar jamás, y acreedor de una gratitud tan inmensa por parte de ella, que no podía haber sentimientos lo bastante fuertes para saldar tal deuda. Su sentir por él se componía de todo lo que pueda ser respeto, gratitud, confianza y ternura.

Como el caballo continuaba siendo, tanto de nombre como de hecho, propiedad de Edmund, la señora Norris pudo tolerar que Fanny lo usara; y de haber pensado lady Bertram alguna vez en sus objeciones, Edmund hubiera quedado excusado a sus ojos por no haber esperado a que sir Thomas regresase en septiembre, pues cuando septiembre llegó, sir Thomas seguía ausente y sin perspectiva inmediata de resolver sus negocios. Unas circunstan­cias desfavorables surgidas de pronto, justamente cuando empezaba a poner todos sus pensamientos en el regreso a Inglaterra, y la gran inseguridad que entonces lo envolvió todo, determináronle a enviar a su hijo a la metrópoli y a esperar él solo el arreglo definitivo. Tom llegó sin novedad, trayendo excelentes referencias de la salud que gozaba su padre, pero no muy convin­centes para la señora Norris. Esto de que sir Thomas hiciera volver a su hijo le pareció hasta tal punto una medida de cuidado paternal, que habría tomado influido por el presagio de algún mal que, sin duda, le amenazaba, que no pudo evitar que se apoderasen de su espíritu los más negros presen­timientos; y al llegar el otoño con sus largas veladas, se veía de tal modo perseguida por esas ideas en la soledad de su casita, que no encontró más solución que la de refugiarse todos los días en el comedor de Mansfield Park. Pero los compromisos que traía aparejados la temporada de invierno produ­jeron su efecto; y, a medida que iban en aumento, su mente hubo de ocuparse tan a gusto en velar por el futuro de su sobrina mayor, que sus nervios consiguieron aplacarse hasta el punto de resultar tolerables.

––Si el Destino impidiese que el pobre Thomas volviese jamás, sería un gran consuelo dejar bien casada a su querida María ––solía decirse a menudo.

Esto lo pensaba siempre que se hallaban en compañía de muchachos acaudalados y, especialmente, se le ocurrió al serles presentado un joven que acababa de heredar una de las propiedades más extensas, sita en uno de los lugares más hermosos de la comarca.

Mister Rushworth quedó, desde el primer instante, prendado de la belleza de miss Bertram; y, como se sentía inclinado al matrimonio, no puso obstá­culos a su rápido enamoramiento. Era un joven insulso, sin más que sentido común; pero como ni en su figura ni en su porte había nada desagradable, la damisela quedó satisfecha de su conquista. Habiendo cumplido sus vein­tiún años, María Bertram empezaba a considerar el matrimonio como un deber; y, como casándose con míster Rushworth gozaría de una renta supe­rior a la de su padre y tendría casa asegurada en la ciudad, lo que constituía entonces su objetivo primordial, se le hizo evidente, por la misma fuerza de su obligación moral, que debía casarse con míster Rushworth... si podía. La señora Norris puso todo su celo en impulsar el noviazgo mediante toda suerte de insinuaciones y estratagemas tendentes a encarecer, respectivamente, lo apetecible de las dos partes y, entre otros procedimientos, procurando intimar con la madre del gentleman, que a la sazón vivía con él, para lo cual llegó al extremo de forzar a lady Bertram a hacer un recorrido de diez millas con toda su desgana, a fin de hacerle una visita. No tardó mucho tiempo en establecerse una buena inteligencia entre la viuda Norris y aquella señora. Mistress Rushworth se manifestó muy deseosa de que su hijo se casara pronto y aseguró que, de todas las damiselas que había tenido ocasión de conocerlo, miss Bertram le parecía, por sus admirables prendas y virtudes, la más ade­cuada para hacerle feliz. La señora Norris admitió el cumplido, admirando el magnífico discernimiento de la persona que tan bien sabía apreciar el mérito. María era, desde luego, el orgullo y el encanto de todos... no tenía un solo defecto... era un ángel; y viéndose, naturalmente, tan rodeada de admiradores, se le haría muy dificil la elección; no obstante, por lo que ella, la señora Norris, podía atreverse a suponer, aunque hacía poco que habían trabado conocimiento, míster Rushworth parecía ser precisamente el joven más digno y capaz de lograrla.

Después de bailar juntos cierto número de veces, tanto él como ella justificaron estas opiniones y se entabló un compromiso, dando de ello la debida referencia al ausente sir Thomas, con gran satisfacción por parte de las familias respectivas y de los curiosos de la vecindad en general, que desde hacía bastantes semanas habían percibido la conveniencia de un casamiento entre mister Rushworth y miss Bertram.

Habían de transcurrir algunos meses antes de que llegara el consentimien­to de sir Thomas, pero entretanto, como nadie dudaba que daría su más cordial aquiescencia al compromiso, la relación entre ambas familias se inten­sificó sin vacilación, y no hubo más intento para mantener la cosa en secreto que el de tía Norris, al hablar por doquier del asunto como de algo de lo cual no debía hablarse aún.

Edmund fue el único de la familia que vio un defecto en aquella cuestión, y ningún argumento de su tía pudo inducirle a considerar a míster Rush­worth como un compañero deseable. Admitía que su hermana era quien mejor podía juzgar en lo relativo a su propia felicidad, pero no le gustaba que esta felicidad se cifrase en una gran renta; ni tampoco podía evitar el decirse a menudo a sí mismo, cuando se hallaba en compañía de míster Rushworth: «Si este hombre no tuviese doce mil libras al año, sería un sujeto bien estúpido».

Sir Thomas, no obstante, se sintió muy dichoso ante el proyecto de una alianza tan indiscutiblemente ventajosa, respecto de la cual sólo pudo tener referencias de lo positivamente bueno y agradable. El caso ya no pudo parecerle más ideal ––una familia del mismo condado y con los mismos intereses––, y no tardó en hacer llegar su decidido asentimiento. Puso la única condición de que la boda no se celebrase antes de su regreso, cuya fecha procuraba adelantar con todo el afán. Esto lo escribió en el mes de abril, manifestando que tenía fundadas esperanzas de dejar todos los asuntos resuel­tos a su entera satisfacción y abandonar la Antigua antes de terminar el verano.

Tal era el estado de las cosas en el mes de julio. Fanny acababa de cumplir dieciocho años, cuando vinieron a sumarse a la sociedad del pueblo el hermano y la hermana de la señora Grant, míster y miss Crawford, hijos del segundo matrimonio de su madre. Eran jóvenes y acaudalados. Él tenía unas magníficas posesiones en Norfolk, y ella veinte mil libras. De pequeños, su hermana siempre los había querido mucho; pero como poco después de casarse ella sobrevino la muerte de la madre, quien los dejó al cuidado de un tío paterno que la señora Grant no conocía siquiera, apenas había vuelto a verlos desde entonces. Los dos encontraron en la casa de su tío un hogar amable. El almirante y su esposa, la señora Crawford, aunque nunca habían conseguido ponerse de acuerdo en cuestión alguna, se unieron en el efecto a los pequeños huérfanos o, cuando menos, la discrepancia de sus sentimien­tos no alcanzó más allá de la elección de sus respectivos favoritos, a los que, cada uno por su lado, mostraban especial predilección. El almirante se encantaba con el muchacho, y su esposa chocheaba por la niña. Fue la muerte de la señora Crawford lo que obligó a su protegida, después de unos meses más de prueba en casa de su tío, a buscar otro hogar. El almirante Crawford era hombre de costumbres depravadas que prefirió, en vez de retener a su sobrina, traer a su querida bajo el mismo techo; y, ante esto, la señora Grant se vio obligada a llevarse a su hermana atendiendo su petición, medida tan bien acogida por una parte como oportuna pudo considerarse por la otra; ya que la señora Grant, agotados todos los recursos de distracción que puede hallar en el campo una dama sin descendencia (ya había más que llenado de bonitos muebles su sala favorita y reunido una escogida colección de plantas y aves de corral), estaba muy necesitada de que se produjera algún cambio en su casa. Por lo tanto, la llegada de una hermana a la que siempre había querido y a la, que esperaba poder ahora retener a su lado, en tanto fuese soltera, resultó en extremo agradable para ella: y su principal inquietud estaba en el temor de que Mansfield no pudiera satisfacer los hábitos de una joven tan hecha a la vida de Londres.

La propia miss Crawford no estaba totalmente exenta de tales aprensiones, aunque éstas se derivaban principalmente de sus dudas acerca del estilo de vida y tono social de su hermana; y tan sólo después de haber intentado en vano persuadir a su hermano de la conveniencia de instalarse con ella en su propia casa de campo, se arriesgó a convivir con el matrimonio Grant. Por todo cuanto se pareciese a un domicilio fijo o a una limitación de la vida de sociedad, Henry Crawford sentía, desgraciadamente, una gran aversión: no podía acomodarse a los deseos de su hermana en una cuestión de tal impor­tancia. Pero la acompañó, muy amablemente, hasta Northamptonshire, y al propio tiempo se comprometió a recogerla de nuevo a la media hora de tener noticias de que ella se había cansado del lugar.

El contacto resultó muy satisfactorio para ambas partes. Miss Crawford encontró a una hermana desprovista de afectación o rudeza, un cuñado que tenía todo el aspecto de un gentleman, y una casa cómoda y bien provista de todo. Por su lado, la señora Grant vio en los seres que ahora esperaba tener ocasión de amar más que nunca, a un joven y a una muchacha de cautivadora presencia. Mary Crawford era notable por su belleza; Henry, aun sin ser guapo, tenía figura y prestancia; los dos eran de un talante animado y simpá­tico, y la señora Grant consideró enseguida que poseían todas las buenas cualidades. Los dos la encantaron, pero Mary fue su preferida; y, como nunca había podido gloriarse de su propia belleza, le proporcionaba una inmensa satisfacción el poder enorgullecerse de la de su hermana. No había esperado su llegada para buscarle una pareja adecuada; se había fijado en Tom Bertram. El primogénito de un barón no podía ser demasiado para la gran dama que la señora Grant preveía en ella; y, como era mujer franca e impulsiva, no llevaba Mary tres horas en la casa cuando le contó lo que había planeado.

Miss Crawford se alegró de saber que tenían tan cerca a una familia de tal importancia, y no se disgustó en absoluto por eso de que su hermana se hubiese cuidado del asunto con anticipación, ni por la elección que había hecho. El matrimonio era su objetivo, con tal de poder casarse bien; y, habiendo visto a Tom en Londres, sabía que a su persona cabía poner tan pocas objeciones como a su posición social. Aunque hablase de ello como de una broma, no podía evitar, sin embargo, el pensar en serio sobre el asunto. El proyecto fue pronto comunicado a Henry.

––Y, además ––añadió la señora Grant––, he pensado en algo para comple­tarlo. Me gustaría muchísimo colocaros a los dos en esta región; y por lo tanto, Henry, debes casarte con la menor de las Bertram, una muchacha gentil, hermosa, alegre y de todas prendas, que te hará feliz.

Henry se inclinó y le dio las gracias.

––Querida hermana ––dijo Mary––, si fueras capaz de convencerle en este terreno, seria para mí un nuevo motivo de satisfacción el verme unida a una persona tan inteligente, y sólo me cabría lamentar que no tuvieras media docena de hijas disponibles. Si eres capaz de conseguir que Henry se case, será que tienes la habilidad de una francesa. Todo lo que pueden hacer las habilidades inglesas se ha probado ya. Tengo tres amigas muy íntimas que han estado muriéndose por él, las tres por turno; y el trabajo que ellas, sus madres (personas de mucho talento), mi tía y yo misma nos hemos tomado en razonarle, engatusarle o embaucarle para que se casara, es inconcebible. Es el coquetón más terrible que quepa imaginar. Si a esas niñas Bertram no les gusta que les destrocen el corazón, que huyan de Henry.

––Querido hermano, no voy a creer eso de ti.

––No; estoy seguro de que eres demasiado buena. Sin duda no serás tan rigurosa como Mary. Te harás cargo de la indecisión de la juventud y la inexperiencia. Soy por temperamento, enemigo de arriesgar mi felicidad obrando con precipitación. Nadie puede tener del matrimonio un concepto más elevado que el que tengo yo. Considero la bendición de una esposa como un tanto acierto se describe en los discretos versos del poeta: «Del cielo el mejor y último don».

––Ahí tienes: ya ves cómo subraya cierta palabra. Y sólo tienes que fijarte en su sonrisa. Te aseguro que es detestable; las lecciones del almirante le han estropeado por completo.

––Hago muy poco caso ––dijo la señora Grant–– de lo que un joven diga respecto al matrimonio. Lo que manifiestan aversión por él, es que todavía no han tropezado con la persona que les conviene.

El doctor Grant se congratuló, riéndose, de que miss Crawford no sintiera tal aversión por el estado matrimonial.

––¡Ah, desde luego! No me avergüenza decirlo. Me gustaría que todo el mundo se casara, con tal de poder hacerlo dignamente. No me gusta que la gente se precipite a un fracaso; pero todos deberían contraer matrimonio en cuanto pudiera hacerlo en condiciones ventajosas.

 

 

 

CAPÍTULO V

 

 

 

 

 

Entre el elemento joven se estableció desde el primer momento una corriente de simpatía. Por cada lado había mucho motivo de atracción, y el incipiente trato prometió convertirse en intimidad, tan pronto como la práctica de las buenas costumbres pudiera autorizarlo. La belleza de miss Crawford no perjudicaba la de las dos miss Bertram. Éstas eran demasiado hermosas para que pudieran ofenderse de que otra lo fuera también, y quedaron casi tan prendadas como sus hermanos de sus ojos negros y avispa­dos, su tez morena y la gentileza de toda su persona. De ser alta, llena de figura y rubia, hubiese podido dar lugar a más de un disgusto; pero, tal como era, no cabía la comparación. Y con mayor facilidad se la pudo considerar una muchacha agraciada y gentil, mientras ellas seguían siendo las más her­mosas de la comarca.

El hermano no era guapo. No; cuando le vieron por primera vez les pareció de lo más vulgar: feo y vulgar. Pero, no obstante, no dejaba de ser un gentleman, de trato agradable. En una segunda ocasión ya resultó que no era tan vulgar: lo era, sin duda alguna, pero tenía en cambio tanta prestancia, y una dentadura tan magnífica, y tan buena figura, que pronto hacía olvidar su vulgaridad. Y en la tercera ocasión, después de comer con él en la rectoría, ya no se admitió que nadie le calificase así. Resultó ser, en definitiva, el joven más agradable que las hermanas habían tenido ocasión de conocer, y ambas quedaron igualmente encantadas de él. El compromiso de María hizo que, como correspondía, se inclinase por Julia, y ésta se dio perfecta cuenta de ello; y antes de que Henry llevara una semana en Mansfield, estaba ya dis­puesta a enamorarse de él.

Las ideas de María al respecto eran más vagas y confusas. A ella no le hacía falta ver ni comprender. «No puede haber nada malo ––se decía–– en que me guste un hombre agradable... todo el mundo conoce mi situación... míster Crawford es quien debe tener cuidado». Pero mister Crawford estaba lejos de considerarse en peligro. Las encantadoras Bertram eran dignas de ser compla­cidas y él estaba dispuesto a complacerlas; así empezó él sin otro objeto que el de hacerse querer. No pretendía que muriesen de amor por él; pero con un sentido y una sangre fria que hubieran debido hacerle sentir y juzgar mejor, se permitía en estas cuestiones una gran laxitud.

––Esas miss Bertram me gustan demasiado, hermana mía ––dijo cuando regresó de acompañarlas al coche, después de la citada comida––; son unas chicas muy elegantes y muy agradables.

––Así es, en efecto, y me complace mucho oírtelo decir. Pero te gusta más Julia.

––¡Oh, sí! Julia me gusta más.

––¿Lo dices de veras? Porque, en general, se considera más guapa a María.

––Lo supongo. La aventaja en todas sus facciones, y yo prefiero su cara, pero Julia me gusta más. Es cierto que María es la más hermosa, y además yo la he encontrado más agradable; pero a mí siempre me gustará más Julia, porque tú me lo ordenas.

––No te diré nada, Henry; pero sé que al fin te gustará más.

––¿No te digo que ya me gusta más al principio?

––Y además, María está prometida. No lo olvides, querido. Ha elegido ya.

––Sí, y me gusta más por esto. Una mujer prometida resulta siempre más agradable que una sin compromiso. Ya está satisfecha de sí misma. Para ella no existen más preocupaciones, y sabe que puede ejercer todo su poder de atracción sin despertar sospechas. Con una mujer prometida todo está a salvo; no hay daño posible.

––Verás, en cuanto a esto, mister Rushworth es un muchacho de excelentes cualidades, y se trata de una gran boda para ella.

––Pero, a María, lo que es él no le importa un comino; esto es lo que tú piensas de tu gran amiga. Esta opinión, yo no la suscribo. Estoy seguro de que miss Bettiam se siente muy unida a mister Rushworth. Pude leerlo en sus ojos, cuando se le mencionó. Tengo formado un concepto demasiado bueno de María para suponerla capaz de conceder su mano sin dar el corazón.

––Mary, ¿cómo habría de tratarle?

––Mejor será dejarlo solo, creo yo. Hablando no sacaremos ningún prove­cho. Al fin caerá en la trampa.

––Pero yo no quisiera que cayese en la trampa, que le engañasen. Desearía que todo se llevara a cabo limpia y honradamente.

––¡Ah, querido! Deja que corra su suerte y que le engañen. Le valdrá lo mismo. Nadie se escapa de que le engañen alguna vez.

––No es siempre así en los casamientos, querida Mary.

––Especialmente en los casamientos. Con todo el respeto debido a los presentes que tuvieron la suerte de casarse, querida hermana Grant, no hay uno entre ciento, de los dos sexos, que no sea engañado cuando va al matrimonio. Por dondequiera que mire, veo que es así; y comprendo que así tiene que ser al considerar que, de todas las transacciones, es en ésta donde cada uno espera el máximo del otro y procede con menos honradez.

––¡Ah, qué mala escuela para el matrimonio habéis tenido en Hill Street!

––Es cierto que nuestra pobre tía tenía pocos motivos para querer ese estado; pero, aparte de ello, hablando sólo por lo que he podido observar, creo que es un negocio de intrigas. ¡Conozco a tantos que se han casado esperando y confiando hallar alguna determinada ventaja al hacerlo, o algunas prendas o cualidades en la persona elegida, y que se han visto totalmente defraudados y obligados a resignarse con todo lo contrario! ¿Qué es esto, sino un engaño?

––Niña, en todo eso que dices tiene que haber algo de tu imaginación. Perdona, querida, pero no puedo creerte del todo. Te aseguro que sólo ves por un lado la cuestión. Descubres el mal, pero no aciertas a ver el consuelo. Habrá ligeros roces y desengaños por todas partes, y todos estamos capacita­dos para esperar siempre más; pero luego, si fracasa un proyecto de felicidad, la naturaleza humana se orienta hacia otro; si el primer cálculo resulta equi­vocado, hacemos otro mejor... siempre hallaremos consuelo en alguna parte. Y esos observadores mal pensados, querida Mary, que convierten todo lo poco en mucho, quedan más engañados y decepcionados que los mismos cónyuges.

––¡Muy bien, hermana! Respeto y admiro tu espíritu de compañerismo. Cuando yo sea casada, intentaré ser tan constante como tú; y desearía que todas mis amigas en general lo fuesen también. Así me ahorraría muchos pesares e inquietudes.

––Estás tan enferma como tu hermano, Mary; pero aquí os curaremos a los dos. Mansfield os curará, y sin nada de engaños. Quedaos con nosotros y hallaréis el remedio.

Los Crawford, sin desear que los curasen, se quedaron muy a gusto. A Mary le gustaba la rectoría como hogar en su presente, y Henry estaba igualmente dispuesto a prolongar su permanencia allí. Había llegado con el propósito de quedarse unos pocos días tan sólo; pero Mansfield le ofrecía buenas perspectivas y nada le llamaba a otra parte. A la señora Grant le encantó que se quedaran los dos y al doctor Grant le satisfizo enormemente que fuera así: una jovencita lista y habladora como Mary Crawford siempre es una compañía agradable para un hombre casero e indolente; y el tener como huésped a Henry le servía de excusa para beber clarete todos los días.

No es probable que miss Crawford, debido a sus costumbres, pudiera sentir ningún género de admiración tan arrebatada como la de las hermanas Bertram por Henry. Reconocía, no obstante, que los Bertram eran unos muchachos muy apuestos, que aun en el mismo Londres no era fácil ver juntos a dos jóvenes de sus condiciones y que sus modales, en particular los del mayor, eran excelentes. Este había residido largas temporadas en Londres y era más listo y galante que Edmund y, por consiguiente, debía ser el preferido. Aparte de que aquello de ser el mayor era otro motivo poderoso, desde luego. Ella tuvo enseguida el presentimiento de que habría de gustarle más el mayor. Sabía que éste era su camino.

Desde luego, Tom Bertram tenía que ser considerado un muchacho agradable por todos los conceptos; era el tipo de hombre joven que general­mente gusta; poseía esa clase de simpatía que a menudo convence más que ciertas dotes de orden más elevado, pues sus maneras eran naturales, su humor excelente, su trato familiar y tenía mucha conversación; y la herencia de Mansfield Park y de una baronía, que habían de corresponderle por derecho de sucesión, no perjudicaba en absoluto su atractivo personal. Miss Crawford no tardó en darse cuenta de que tanto él como su situación podían muy bien convenirle. Oteó las perspectivas que se le ofrecían con la debida atención, y acabó por decirse que, de todos sus posibles pretendientes, él era el que más ventajas ofrecía: un parque, un verdadero parque con cinco millas de perímetro; una casa espaciosa, de construcción moderna, tan bien situada y resguardada que merecía figurar en cualquier colección de grabados de residencias señoriales del reino, y que sólo requería ser totalmente amueblada de nuevo; unas hermanas agradables, una madre pacífica y, en fin, él mismo, hombre atrayente, con la ventaja de que entonces se había desligado bastante de su afición al juego debido a una promesa hecha a su padre, y la de que en lo futuro se llamaría sir Thomas. No estaba nada mal... decididamente, debía aceptarle. Y, en consecuencia, comenzó a interesarse un poco por el caballo de Tom que había de correr en las carreras de B...

Estas carreras le obligarían a marcharse poco después de haberse conocidos los dos; y como parecía que su familia, debido al proceder habitual en él, no esperaba que regresase antes de haber transcurrido buen número de semanas, la pasión del galán se vería sometida a una prueba inmediata. Mucho insistió él para inducirla a que asistiera a las carreras, y se hicieron planes para organizar una gran partida campestre, a fin de presenciarlas, con todo el entusiasmo de la afición; pero todo quedó en hablar.

Y Fanny, ¿qué hacía y pensaba entretanto? ¿Y qué opinión tenía de los recién llegados? Pocas muchachas de dieciocho años hubieran podido verse menos llamadas que Fanny a dar su opinión. De un modo discreto, y sin que sus palabras hallasen mucho eco, rendía su tributo de admiración a la belleza de Mary Crawford; pero como seguía considerando muy vulgar a Mr. Craw­ford, a pesar de que sus dos primas habían demostrado en repetidas ocasiones que ya no pensaban así, a él nunca le mencionaba. A su convicción, cada vez más arraigada en ella, respondía tal actitud.

––Empiezo a comprenderlos a todos, excepto a miss Price ––dijo Mary, mientras paseaba con los hermanos Bertram––. A ver: ¿ha sido o no ha sido presentada en sociedad? Estoy intrigada. Asistió a la comida en la rectoría, como los demás, lo que parecía indicar que sí había sido presentada; pero, sin embargo, dijo tan poca cosa, que me cuesta creer que lo haya sido.

Edmund, a quien principalmente se dirigía la pregunta, contestó:

––Creo que sé lo que quiere decir, pero no quiero comprometerme a responder a esa pregunta. Mi prima es ya mayor. Tiene la edad y el juicio de una mujer; pero lo de las presentaciones o no presentaciones es algo que escapa a mis alcances.

––Y, no obstante, en general, nada tan fácil de acertar. ¡La diferencia es tan notoria! La actitud y las maneras resultan, siempre hablando en términos generales, completamente dispares. Hasta ahora, nunca había supuesto que pudiera engañarme en lo de si una muchacha había sido presentada o no. La que no, lleva siempre la misma clase de indumentaria (una capota cerrada, por ejemplo), se muestra muy recatada y nunca dice una palabra. Aunque se sonrían ustedes, así es, no lo duden. Y, aunque a veces se exagera, hay que reconocer que está muy bien. Las jovencitas deben ser discretas y modestas. Lo más censurable que tiene el hecho de la presentación de una joven en sociedad es que el cambio resulta con frecuencia demasiado brusco. A veces, en tan corto plazo, pasan de la discreción a todo lo contrario... ¡al atrevimien­to! Ésta es la parte flaca del sistema. No agrada ver a una joven de dieciocho o diecinueve años tan súbitamente familiarizada con todo, cuando, a lo mejor, se la ha visto casi incapaz de desplegar los labios un año antes. Yo diría que también usted se ha encontrado alguna vez con cambios parecidos.

––Creo que sí; aunque esto no me parece muy leal. Ya veo por dónde va usted. Se está burlando de mí y de miss Anderson.

––¡No lo crea! ¿Miss Anderson? No sé a qué ni a quién se refiere. Estoy completamente a obscuras. Pero me burlaré con mucho gusto si me cuenta de qué se trata.

––¡Ah! Lo disimula usted muy bien, pero no crea que yo me dejé embau­car así. A la fuerza tenía usted en su imaginación a miss Anderson al describir la metamorfosis de una jovencita. Hizo de ella un retrato demasiado real para que pueda haber engaño. Fue exactamente así... ¡Vaya con los Anderson, de Baker Street! El caso coincide exactamente con la descripción que acaba de hacernos Mary. El día en que Anderson me presentó a su familia, hará de eso cosa de un par de años, su hermana no había sido aún presentada en sociedad, y no me fue posible conseguir de ella ni una sola palabra. Una mañana permanecí una hora sentado en su casa, esperando a Charles, sin más que ella y un par de niñas en el salón, pues la institutriz estaría enferma o se habría marchado, y su madre entraba y salía a cada momento con cartas de negocios; pues bien, apenas me fue posible conseguir una palabra o una mirada de la damisela. Echó el cerrojo a su boca... ¡y me volvió la cara con unos aires! No volví a verla hasta un año después. Entonces ya había sido presentada en sociedad. La encontré en c sa, de la señora Holford y no la reconocí. Vino a mi encuentro, me llamó como si fuésemos viejos amigos, me clavó la mirada con desparpajo y se puso a charlar y a reír de tal modo, que acabé por no saber qué actitud adoptar. Me di cuenta de que yo era también, junto a ella, motivo de risa en la sala; y está claro que a miss Crawford le contaron la historia.

––Una historia muy divertida que hace más honor a la verdad, diría yo, que a miss Anderson. Es un defecto demasiado frecuente. Las madres, cierta­mente, no han dado con la fórmula acertada para educar a sus hijas. Yo no sé dónde está el error. No pretendo corregir a nadie, pero veo que en muchos casos se procede erróneamente.

––Las personas que saben demostrar al mundo cómo debía portarse toda mujer ––dijo Tom galantemente–– hacen ya mucho en favor de un mejora­miento general.

––No es dificil descubrir el error ––dijo Edmund, menos galante––; tales jovencitas están mal criadas. Desde el principio les inculcaron ideas equivo­cadas. Obran siempre influenciadas por motivos de vanidad y en su conducta no hay más auténtica modestia antes, que después de ser presentadas en so­ciedad.

––No sé, no sé ––dijo miss Crawford, indecisa––. Francamente, no puedo estar de acuerdo con usted en este punto. Para mí, éste es el aspecto menos censurable de la cuestión. Mucho peor resulta ver a ciertas muchachas que ya antes de ser presentadas tienen el mismo aire y se toman las mismas libertades que si lo hubieran sido, como he podido apreciar en más de un caso. Esto es lo peor de todo... ¡en extremo desagradable!

––Sí, eso lo encuentro muy inconveniente ––dijo Tom Bertram––. Además, desorienta mucho; hasta tal punto que, a veces, uno no sabe lo que debe hacer. La capota cerrada y el aire de recato que tan bien describe usted (y nunca se dijo nada tan acertado) le advierten a uno a las claras. Pero el año pasado cometí un tremendo error debido a la ausencia de esos distintivos en una muchacha. En septiembre último fui con un amigo a pasar una semana en Ramsgate, a mi regreso de las Antillas. Allí estaban mi amigo Sneyd (tú me has oído hablar de Sneyd, Edmund), su padre, su madre y sus hermanas, a quienes no tenía el gusto de conocer. Cuando llegamos a Albion Place, todos habían salido. Fuimos en su busca y encontramos en el embarcadero a la señora con sus dos hijas y varios conocidos suyos. Saludé en debida forma y, como fuese que la señora Sneyd estaba rodeada de caballeros, me uní a una de las hijas y fui caminando a su lado durante todo el camino de regreso, procurando hacerme lo más agradable que pude. Ella se desenvolvía con la mayor naturalidad, mostrándose tan dispuesta a escuchar como a hablar. Yo no tenía la menor sospecha de que pudiera estar cometiendo alguna incorrección. Las dos hermanas tenían exactamente el mismo aspecto; iban vestidas y llevaban velos y parasoles, lo mismo que las otras. Pero después supe que había dedicado por entero mis atenciones a la más joven, que no había sido presentada en sociedad, y había ofendido muchísimo a la mayor. En Augusta, la menor, no había que reparar hasta seis meses después; creo que su hermana no me lo perdonará jamás.

––Eso estuvo mal, desde luego. ¡Pobrecita! Aunque yo no tengo una hermana menor, me pongo en el sitio de ella. El verse postergada antes de tiempo debe ser muy humillante; pero la culpa fue toda de la madre. Miss Augusta tenía que haber ido acompañada de su institutriz. Eso de hacer las cosas de un modo que se presta a confusionismos nunca da buen resultado. Pero ahora desearía ver satisfecha mi curiosidad acerca de miss Price. ¿Asiste Fanny a los bailes? ¿Va siempre a todos los convites, como asistió a la comida en casa de mi hermana?

––No ––contestó Edmund––, no creo que haya ido nunca a un baile. Nuestra misma madre raras veces asiste a reuniones de sociedad ni come nunca fuera, como no sea en casa de la señora Grant, y Fanny se queda en casa con ella.

––¡Oh! Entonces la cosa está clara: miss Price no ha sido presentada en sociedad.

 

 

 

CAPÍTULO VI

 

 

 

 

Tom Bertram se fue... y Mary Crawford se dispuso a encontrar un gran vacío en su círculo de amistades y a echarlo decididamente en falta en las reuniones, ahora casi diarias, de las dos familias; y en la comida a que asistió en Mansfield Park, poco después de su partida, volvió a ocupar su puesto preferido casi a un extremo de la mesa, plenamente convencida de que notaría la más lamentable diferencia en el cambio de anfitrión. Estaba segura de que la cosa resultaría muy aburrida. Comparado con su hermano, Ed­mund no tendría nada que decir. Se repartiría la sopa en medio del silencio más insípido, se bebería el vino sin que surgieran sonrisas ni gratos comenta­rios, y se trincharía el venado sin que se escuchase una divertida anécdota sobre tal o cual pierna servida en una pasada ocasión, o una simple y amena historia sobre «mi amigo fulano». Intentaría hallar distracción ocupándose de lo que pudiera ocurrir en el otro extremo de la mesa y observando a Mr. Rushworth, que aparecía por primera vez en Mansfield después de la llegada de los Crawford. Había estado en casa de un amigo, en un condado vecino; y, como este amigo había proyectado recientemente unas mejoras en sus terrenos, Mr. Rushworth volvía de allí con la cabeza llena de todas esas cosas y con una gran impaciencia por aplicarlas de igual modo a su propia hacien­da. Y, aunque poco dijo sobre este tema, no supo hablar de otra cosa. El asunto se comentó ya en el salón y, luego, se sacó a relucir de nuevo en el comedor. El interés y la opinión de María Bertram era, evidentemente, lo que más le importaba; y aunque la actitud de ella era más demostrativa de una consciente superioridad que de una predisposición a complacerle, la sola mención de Southerton Court, con las ideas que este nombre suscitaba en ella, le proporcionaba una sensación muy grata que le impedía mostrarse en exceso despectiva.

––Me gustaría que vieses Compton ––decía él––. ¡Es la cosa más perfectamente acabada que puedas imaginarte! En ningún sitio he visto un cambio tan radical. Le dije a Smith que no sabía dónde me encontraba. El acceso es, ahora, una de las cosas más bellas del país: la casa ha cobrado una perspectiva sorprendente. Confieso que cuando regresé ayer a Sotherton me pareció una cárcel... una lúgubre y vieja cárcel.

––¡Oh, deberia avergonzarse de lo que dice! ––exclamó la señora Norris––. ¡Una cárcel! Sotherton es el lugar más hermoso que pueda haber en el mundo.

––Requiere mejoras, señora mía, ante todo. Jamás vi un lugar que estuviera tan necesitado de mejoras. Y está tan abandonado que no sé qué partido podrá sacarse de él.

––No le extrañe que Rushworth hable ahora así ––dijo la señora Grant a la viuda Norris, con una sonrisa––; esté usted segura: en Sotherton se harán todas las mejoras que sean precisas en el momento en que pueda desearlo su corazón.

––Intentaré hacer algo ––dijo Mr. Rushworth––, aunque no sé cómo. Confio en que algún buen amigo me ayudará.

––Tu mejor amigo para el caso ––sugirió María Bertram, hablando con calma–– seria Mr. Repton, me parece a mí.

––Es lo que estaba pensando. Puesto que lo ha hecho tan bien en el caso de Smith, creo que lo mejor hubiera sido contratarlo inmediatamente. Sus honorarios son de cinco guineas diarias.

––¡Bueno, y aunque fueran diez! ––exclamó la señora Norris––. Estoy segura de que usted no precisa mirar esto. El gasto no habría de ser obstáculo. Si yo estuviera en su lugar, no pensaría en el presupuesto. Me gustaría que se hiciera, dándole a todo el mejor estilo y todo el relieve posible. Un lugar como Sotherton Court merece cuanto el buen gusto y las posibilidades económicas puedan hacer. Usted dispone allí de buen espacio del que sacar partido y de buenas tierras que sobradamente le recompensarán. Lo que es yo, si poseyera algo así como la quinta parte de la extensión de Sotherton, siempre estaría plantando y mejorando, pues es algo que me gusta en extre­mo, por inclinación natural. Seria ridículo que lo intentase donde estoy ahora, con sólo medio acre de terreno. Resultaría bufo. Pero, si dispusiera de más espacio, con verdadera delicia me dedicaria a plantar y cultivar. Mucho fue lo que hicimos en este aspecto en la rectoría: la convertimos en algo totalmente distinto de lo que era cuando nos posesionamos de ella. Vosotros, los jóvenes, quizá no lo recordéis muy bien; pero si nuestro querido sir Thomas estuviera aquí podría contaros las mejoras que se llevaron a cabo. Y mucho más se hubiera hecho, de no haberlo impedido el delicado estado de salud de mi pobre esposo. Apenas si podía salir, el pobre, para gozar de esas cosas, y esto me desanimaba para hacer otras muchas, de las que sir Thomas y yo solíamos hablar. De no haber sido por eso, hubiéramos termi­nado el muro del jardín y plantado los árboles para cercar el cementerio de la parroquia, tal como ha hecho el doctor Grant. Siempre hacíamos algo, a pesar de todo. No fue más allá de la primavera anterior del año en que murió mi esposo cuando plantamos el albaricoquero junto a la pared de la cuadra, que es ahora un árbol magnífico... y que va ganando día a día ––añadió, dirigiéndose al doctor Grant.

––El árbol se desarrolla bien, sin duda, señora ––replicó él––. La tierra es buena. Y nunca paso por allí sin lamentar que el fruto valga tan poco la pena de cogerlo.

––Señor mío, es un Moor Park; se adquirió en el bien entendido de que era un Moor Park y nos costó.... es decir, fue un regalo de sir Thomas, pero vi la factura y sé que costó siete chelines, e iba facturado como un Moor Park.

––Les hicieron a ustedes un fraude, señora ––replicó el doctor Grant : estas patatas que estamos comiendo saben tanto a los albaricoques de un Moor Park como la fruta de ese árbol. Cuando mejor, resulta insípida; en cambio, un buen albaricoque es siempre sabroso, cosa que no ocurre con ninguno de los que tengo en mi jardín.

––La verdad es ––terció la señora Grant, intentando dirigirse con un susurro a la señora Norris a través de la mesa–– que mi marido apenas sabe qué gusto tienen nuestros albaricoques al natural; difícilmente habrá conseguido probar uno siquiera, pues es un fruto tan preciado, con poco que se le añada, y los nuestros son de un tamaño tan grande, de una calidad tan excelente y tan adecuados para tartas y conservas tempranas, que mi cocinera se da buena maña en cogerlos todos antes de que pueda hacerlo él.

La señora Norris, cuyo rostro había empezado a congestionarse, se apaci­guó; y, por unos momentos, otros temas vinieron a desplazar el de las mejoras de Sotherton. El doctor Grant y la señora Norris raras veces hacían buenas migas; su trato se había iniciado en un régimen de dilapidación, y sus hábitos eran totalmente dispares.

Después de una corta interrupción, Mr. Rushworth empezó de nuevo:

––La hacienda de Smith se ha convertido en la admiración de todo el país; y no era nada antes de que Repton pusiera allí la mano. Creo que llamaré a Repton.

––Si yo tuviera que encargarme de esto ––dijo lady Bertram––, haría plantar un campo de arbustos. Es muy agradable pasear entre los arbustos cuando hace buen tiempo.

Mr. Rushworth se apresuró a asegurar a su señoría que estaba de acuerdo, e intentó pronunciar alguna palabra galante; pero, entre el deseo de manifes­tar su sumisión a ella y de hacer constar que él ya tenía de tiempo aquel proyecto, con la sobreañadida intención de atender a los gustos de las damas en general, pero insinuando que sólo había una a quien ansiaba complacer, se hizo un embrollo tremendo; y Edmund tuvo la satisfacción de poner fin a su discurso, llenando las copas y proponiendo un brindis. No obstante, Mr. Rushworth, aunque no era un gran hablador, tenía todavía algo que decir sobre el tema que tan caro le era a su corazón:

––Smith no cuenta en su propiedad con más de cien acres en total, lo que no es mucho y hace más sorprendente que el lugar haya mejorado tanto. Pues bien, en Sotherton tenemos setecientos de paso, sin contar las praderas de regadío. Por esto pienso que, si tanto se ha logrado en Compton, no debe­mos desesperar. Allí había dos o tres viejos árboles, muy hermosos por cierto, pero demasiado pegados a la casa, que han sido talados, lo cual abre una perspectiva asombrosa; y esto me ha sugerido la idea de que Repton, o quien sea que se encargue del asunto, sin duda habrá de talar la avenida de Sother­ton... La avenida que conduce de la fachada del oeste a la cima de la colina, ¿recuerdas? ––preguntó, dirigiéndose a María Bertram.

Pero a miss Bertram le pareció que le sentaba muy bien contestar:

––¡La avenida! ¡Oh!, no la recuerdo. En realidad, es muy poco lo que conozco de Sotherton.

Fanny, que se sentaba al otro lado de Edmund, o sea exactamente enfrente de Mary Crawford, y que seguía atentamente la conversación, dirigió a él la mirada y dijo en voz baja:

––¡Talar una avenida! ¡Qué lástima! ¿No te recuerda a Cowper?: Avenidas caídas, una vez más deploro vuestra inmerecida suerte.

Él contestó sonriendo:

––Me temo que esa avenida se halla en grave peligro, Fanny.

––Me gustaría ver Sotherton antes de que se lleve a cabo la reforma, para conocer el lugar tal cual ha sido hasta ahora, en su estado antiguo; pero no creo que sea posible.

––¿Nunca estuviste allí? No, no has tenido ocasión; y, por desgracia, está demasiado lejos para un trote a caballo. Desearía poder combinarlo.

––¡Oh!, no tiene importancia. Cuando lo vea, tú me contarás lo que haya sido cambiado.

––De todo ello deduzco ––dijo miss Crawford–– que Sotherton es un lugar antiguo, dotado de cierta grandeza.

––La casa fue construida en tiempos de Elizabeth, y es un edificio de ladrillo, grande, de líneas regulares... de aspecto un tanto macizo, pesado, pero señorial, y tiene muchas salas buenas. Está mal situada. Se levanta en uno de los puntos más hondos del parque, aspecto éste desfavorable para todo plan de mejora. Pero el bosque es hermoso y hay un arroyo del que, me parece a mí, se podría sacar mucho partido. Opino que Mr. Rushworth está muy acertado en su propósito de modernizar la finca, y no dudo de que resultará algo magnífico.

Miss Crawford escuchaba la palabra de Edmund con gran interés, y dijo para sí: «Es hombre bien educado; hace cuanto puede para poner las cosas bien».

––No deseo influenciar a Mr. Rushworth ––prosiguió Edmund––; pero, de tener yo una finca que modernizar, no me pondría en manos de un profesio­nal. Preferiría alcanzar un grado inferior de belleza en la realización, pero que fuese de mi gusto y lograda progresivamente. Y soportaría mejor mis propios errores que los de otro.

––Usted sabría lo que le conviene, desde luego; pero, a mí, eso no me daría buen resultado. No tengo vista ni idea para estas cosas, sino cuando las veo terminadas ––dijo Mary––. Y, si yo tuviera en el campo una finca de mi propiedad, le quedaría enormemente agradecida a cualquier Mr. Repton que se encargara de ella y embelleciera el lugar todo lo posible a cambio de mi dinero; y nunca miraría su obra hasta que estuviera terminada.

––Pues a mí me encantaría ver cómo se va desarrollando ––expresó Fanny.

––¡Ah!, será que a usted la han educado para eso. Es un aspecto que no formó parte de mi educación; y, como la única dosis que recibí en la vida me fue administrada por una persona que, ciertamente, no puede conside­rarse la más favorecida del mundo, me ha llevado a considerar las reformas entre manos como el mayor de los engorros. Hace tres años, el almirante, mi honroso tío, compró una casita en Twickenham para los veranos. Mi tía y yo nos trasladamos allí entusiasmadas; pero, por lo visto, era demasiado bonita la casa y pronto se consideró necesario mejorarla. Resultado, que durante tres meses todo se convirtió en porquería y desorden, y nos quedamos sin un paseo enarenado por donde poder pasear, ni un banco en condiciones para sentamos. A mí me gustaría tenerlo todo en el campo lo mejor posible: arbustos, macizos de flores y bancos rústicos en abundancia; pero que todo se hiciera sin yo preocuparme. Henry es diferente: a él le gusta hacer.

A Edmund le apenó que Mary, a la que estaba muy propenso a admirar, hablase con tanta ligereza de su tío. Era algo que chocaba con su sentido de la corrección, y permaneció callado, hasta que sonrisas y retozos le indujeron a despreocuparse por el momento del particular.

––Edmund ––dijo ella––, al fin he tenido noticias de mi arpa. Me aseguran que está a salvo en Northampton; y probablemente se encuentre allí desde hace diez días, a pesar de las formales seguridades tan a menudo recibidas de que no era así.

Edmund expresó su agrado y sorpresa.

––La verdad ––prosiguió Mary–– es que nuestras gestiones eran demasiado directas: enviamos un criado, fuimos nosotros mismos a informarnos. Esto no da resultado a setenta millas de Londres. En cambio, esta mañana recibi­mos la noticia por el conducto que corresponde. El arpa fue vista por algún granjero, éste lo dijo al molinero, el molinero lo dijo al carnicero, y el yerno del carnicero dejó recado en la tienda.

––Celebro mucho que haya llegado a usted la noticia, no importa por qué medio, y espero que ya no habrá más dilaciones.

––Mañana la tendré; pero, ¿cómo cree usted que la traerán? No en carro ni en carreta. ¡Oh, no! Nada de eso ha sido posible alquilar en el pueblo. Como si hubiera pedido unos mozos con unas angarillas.

––Supongo que encontraría usted dificultad en alquilar un carro y un caballo, precisamente ahora, en plena recogida del heno, que se lleva a cabo con bastante retraso, por cierto.

––¡Quedé asombrada de las dramáticas reacciones que provocó el asunto! Parecía imposible no encontrar un caballo y un carro de sobra en el campo, de modo que mandé enseguida a mi doncella para que los contratase; y como no puedo asomarme a la ventana de mi tocador sin ver el corral de una granja, ni pasear por el sendero de arbustos sin pasar por delante de otro; creí que la cosa se reduciría a pedir y tener, y más bien lamentaba no poder favorecer­los a todos con mi propuesta. Figúrese mi sorpresa cuando me encontré que había pretendido lo más insensato, lo más imposible del mundo; que había ofendido a todos los granjeros, a todos los labradores, a todo el heno de la parroquia. En cuanto al ministril del doctor Grant, creo que hubiera hecho mejor de no ponerme en su camino; y hasta mi cuñado, que en general es todo amabilidad, me miró con no poco ceño al enterarse de mis preten­siones.

––Es natural que no se le ocurriese a usted pensar en la gravedad del caso; pero cuando lo piense tendrá que reconocer la importancia que tiene la recogida de la hierba. Alquilar un carro no le seria, en cualquier época del año, tan fácil como usted supone; nuestros granjeros no tienen costumbre de cederlos; pero durante la recogida tiene que serles totalmente imposible prescindir de un caballo.

––Con el tiempo, sin duda llegaré a comprender ese modo de hacer que impera aquí, en el campo; pero al llegar de Londres, trayendo de allí el axiomático principio de que con dinero todo se consigue, quedé al principio un poco desconcertada ante esta recia independencia de costumbres. A pesar de todo, mañana me traerán el arpa. Henry, que es la bondad personificada, me ha ofrecido traerla en su birlocho. ¿No será honrosamente transportada?

Edmund habló del arpa como de su instrumento favorito, y dijo que esperaba tener pronto ocasión de oírsela tocar. Fanny no había oído nunca tocar el arpa, y manifestó que lo deseaba con el mayor anhelo.

––Será para mí un gran placer tocar para los dos ––dijo miss Crawford––; al menos, mientras no se cansen de escucharme... y seguramente más también, porque adoro la música; cuando el gusto natural es idéntico por ambas partes, el ejecutante lleva siempre ventaja, pues goza por más conceptos. Ahora, Edmund, si escribe a su hermano dígale, se lo ruego, que mi arpa ha llegado ya..., ¡me oyó quejarme tanto de lo desgraciada que me sentía sin ella! Y también puede decirle, si le parece bien, que prepararé las piezas más elegía­cas de mi repertorio para cuando vuelva, por compasión a sus sentimientos, pues sé que su caballo perderá la carrera.

––Si le escribo, le diré cuanto usted desea; aunque de momento no creo que se presente motivo para escribirle.

––No, me lo figuro; aunque estuviera un año fuera no le escribiría usted nunca, ni él a usted, de poderlo evitar. Nunca se presentaría la ocasión. ¡Que extrañas criaturas son los hermanos! Jamás se escribirían, a no ser por la necesidad más urgente; y cuando se ven obligados a tomar la pluma para decir que tal caballo está enfermo, o tal pariente ha fallecido, lo hacen con las menos palabras posibles. Todos los hermanos tienen el mismo sistema. Lo conozco muy bien. Henry, que en todos los demás aspectos es exactamente lo que un hermano debe ser, que me quiere, que se aconseja conmigo, que hace de mí su confidente y estaría hablando conmigo horas seguidas, nunca ha llegado a dar vuelta a la hoja en las cartas que me ha dirigido; y con frecuencia no pone más que: «Querida Mary, acabo de llegar. Bath parece que está lleno, y todo lo demás como de costumbre. Tuyo afectísimo». He aquí el auténtico estilo masculino... He aquí una perfecta carta de her­mano.

––Cuando se encuentran muy lejos de toda la familia ––dijo Fanny, sonro­jándose en honor a William––, saben escribir las más largas cartas.

––Fanny tiene un hermano marino ––explicó Edmund––, cuyo excelente comportamiento como corresponsal le hace a ella suponer que es usted demasiado severa en sus juicios contra nosotros.

––¡Marino! ¿De veras? De la Armada Real, claro está...

Fanny hubiera preferido que Edmund se encargase de contar la historia; pero, como él se impuso el más absoluto silencio, se vio obligada a describir ella la situación de su hermano. El tono de su voz se fue animando al hablar de la profesión del muchacho y de los lugares exóticos que había visitado, pero no pudo mencionar el número de años que llevaba ausente sin que a sus ojos acudieran las lágrimas. Miss Crawford le deseó cortésmente un rápido ascenso.

––¿No conoce usted a mi primo, el capitán? ––preguntó Edmund––. ¿El capitán Marshall? Usted tiene muchos conocidos en la marina, según creo.

––Entre los almirantes, bastantes; pero ––y adoptó un aire de grandeza–– poco sabemos de las jerarquías inferiores. Dentro del grado de capitán puede que haya gente de muy buena clase, pero no pertenecen a nuestro mundo. De varios almirantes podría contarle muchas cosas... De ellos y de sus insignias, de la importancia de sus pagas, de sus rivalidades y disputas. Pero puedo asegurarle que, en general, están todos mal acostumbrados y peor considera­dos. Sí, desde luego, viviendo en casa de mi tío tuve ocasión de conocer a muchos almirantes y a bastantes contras y vices. Bueno, no crea que me he propuesto hacer un juego de vocablos, por favor.

Edmund volvió a ponerse serio, y sólo replicó:

––Es una noble profesión.

––Sí, la profesión es bastante buena, mientras concurran dos circunstancias: que proporcione fortuna y que haya discreción para gastarla. Pero en resu­men, no es la profesión que yo prefiero. A mis ojos nunca ha tenido un aspecto agradable.

Edmund volvió al tema del arpa, y otra vez se sintió dichoso ante la perspectiva de que oiría tocar a Mary.

Entretanto, la cuestión del mejoramiento de fincas seguía acaparando la atención de los demás; y la señora Grant no pudo evitar el dirigirse a su hermano, aunque fuera interrumpiendo sus galanteos dedicados a Julia Ber­tram.

––Querido Henry, ¿y tú, no tienes nada que decir? También tú te has dedicado a hacer mejoras, y por las referencias que tengo de Everingham, sé que puede rivalizar con cualquier mansión de Inglaterra. Las bellezas natura­les del lugar son grandes, sin duda alguna. Everingham, tal como era antes, merecía ya toda mi admiración. ¡Aquel precioso declive del terreno y aquel arbolado! ¡Qué no daría yo por verlo otra vez!

––Nada podría serme tan grato como oír esa opinión tuya ––contestó él––; pero me temo que quedarías algo decepcionada... lo verías distinto a como lo recuerdas actualmente. En extensión es una nadería..., te sorprendería su insignificancia; y, en cuanto a mejoras, pocas fueron las que pude introducir... demasiado pocas. Hubiera preferido poderme ocupar en ello mucho más tiempo.

––¿Es usted aficionado a esas cosas? ––preguntó Julia.

––Excesivamente; pero teniendo en cuenta las ventajas naturales del terre­no, que eran evidentes, incluso a los ojos de un inexperimentado, muy poco era lo que quedaba por hacer; y, llevando rápidamente a la práctica mis conclusiones, me faltaban todavía tres meses para alcanzar la mayoría de edad cuando Everingham quedó totalmente convertido en lo que es ahora. Mi plan fue proyectado en Westminster, se alteró acaso un poco en Cambridge, y se ejecutó a mis veintiún años. Me siento inclinado a envidiar a Mr. Rushworth por tener ante sí, todavía, tanta felicidad. Yo he sido un devorador de la mía.

––Los que conciben las cosas con rapidez, pueden resolver y actuar rápida­mente ––dijo Julia––. A usted nunca podrá faltarle ocupación. En vez de envidiar a Mr. Rushworth, debería ayudarle con su opinión.

La señora Grant, atenta a las últimas palabras de este diálogo, las apoyó calurosamente, persuadida de que ningún juicio igualaría al de su hermano; y como María Bertram acogió la idea con el mismo entusiasmo, manifestan­do que, en su opinión, era infinitamente mejor consultar a los amigos y consejeros desinteresados que echar el asunto, sin pensarlo más, en manos de un profesional, Mr. Rushworth se apresuró a requerir de Henry el favor de su ayuda; y Mr. Crawford, después de rebajar, como era propio que hiciese, el valor de sus propios méritos y aptitudes, se puso a su entera disposición para todo aquello en que pudiera serle útil. Mr. Rushworth empezó entonces por proponer a Mr. Crawford que le hiciera el honor de trasladarse a Sother­ton y aceptar alojamiento en su finca; pero la señora Norris, como si leyera en la mente de sus sobrinas la poca aprobación que les merecía un plan que las separaría de Henry, se interpuso con una enmienda.

––No cabe dudar del mucho gusto que tendría Mr. Crawford en compla­cerle; pero, ¿por qué no agregamos algunos más? ¿Por qué no organizar una pequeña partida? Aquí hay muchos que se interesarían por las mejoras, amigo Rushworth, y que gustaría de oír la opinión de Mr. Crawford sobre el terreno, y que tal vez podrían ayudarle, aunque fuera muy poco, con sus pareceres. Por mi parte, hace tiempo que deseo hacer otra visita a su madre; sólo la falta de caballos propios ha hecho que pareciese tan remisa. Pero así podría ir y pasar unas horas en compañía de la señora Rushworth, mientras los demás paseasen y decidieran lo que hay que hacer; y después podríamos volver todos para cenar aquí a última hora, o bien cenaríamos en Sotherton... en fin, ello depende de lo que pudiera serle más agradable a su madre, y gozaríamos de un delicioso regreso bajo la luz de la luna. Creo que Mr. Crawford no tendría inconveniente en llevamos a mis dos sobrinas y a mí en su birlocho; Edmund podría ir a caballo, ¿no te parece, hermana?, y Fanny se quedaría en casa contigo.

Lady Bertram no tuvo nada que objetar; y todos los incluidos en la excursión se apresuraron a manifestar su entera conformidad, excepto Ed­mund, que lo escuchó todo y no dijo nada.

 

 

 

CAPÍTULO VII

 

 

 

 

––Bueno, Fanny, ¿qué te parece ahora Mary Crawford? ––dijo Edmund al día siguiente, después de haber estado pensando él en lo mismo durante algún tiempo––. ¿Te pareció bien, ayer?

––Muy bien... mucho. Me gusta oírla hablar. Me entretiene su conversa­ción; y es tan sumamente linda que me causa un gran placer mirarla.

––Es su fisonomía lo que resulta tan atractivo. Tiene un juego de facciones maravillosamente expresivo. Pero en su conversación, ¿no te chocó algo que no estaba bien, Fanny?

––¡Oh, sí! No debió hablar de su tío como lo hizo. Me sorprendió mucho. Un tío con el que ha vivido tantos años y que, cualesquiera sean sus defectos, quiere tanto a su hermano y lo considera, según ellos dicen, como un hijo... ¡Nunca lo hubiera creído!

––Ya supuse que te causaría mal efecto. Estuvo muy mal..., muy irres­petuosa.

––Y me pareció muy poco agradecida.

––Decir que es desagradecida tal vez sería demasiado. Yo no sé que su tío tenga derecho alguno a su gratitud; pero su esposa lo tenía, desde luego; y es su fervoroso respeto a la memoria de su tía lo que despista a Mary en este punto. Su ánimo se halla torpemente influenciado. Con la vehemencia de sus sentimientos y un espíritu tan arrebatado, tiene que serle difícil hacer patente su afecto por la difunta señora Crawford, sin echar una sombra sobre el almirante. No pretendo saber cuál de los dos llevaba más parte de culpa en sus desavenencias, aunque la actual conducta del almirante pueda inclinar­le a uno a favor de la esposa; pero resulta natural y simpático que Mary quiera eximir de toda censura a su tía. Yo no condeno su criterio, pero lo que sí está mal es que lo exponga públicamente.

––¿No te parece ––observó Fanny, después de una breve reflexión–– que la responsabilidad de esta falta recae precisamente sobre su tía, puesto que ella se encargó por completo de su educación? No pudo inculcarle unas ideas justas en cuanto a lo que debía al almirante.

––Es muy acertada la observación. Sí, hemos de suponer que los defectos de la sobrina fueron los de la tía; y esto hace que uno lamente con más motivo las desventajas de su anterior situación, pero creo que su actual hogar habrá de hacerle mucho bien. El carácter de la señora Grant es ideal para el caso. Y cuando habla de su hermano lo hace en unos términos afectuosos y muy gratos.

––Sí, excepto en lo tocante a las cartas tan breves que suele escribirle. Casi me hizo reír; pero yo no podría tasar muy alto el cariño o la bondad de un hermano que no se toma la molestia de escribir a su hermana algo que valga la pena de ser leído, cuando están separados. Estoy segura de que William nunca me hubiera tratado así, en ningún caso. ¿Y qué derecho tiene a suponer que tú no escribirías cartas largas si estuvieras ausente?

––El derecho que le da su espíritu vivaz, Fanny, que aprovecha todo cuanto pueda contribuir a su diversión o a la de los otros; es algo perfectamente disculpable, siempre que no aparezca matizado con un tinte de mal humor o aspereza, y de esto no hay ni sombra en la expresión o en la actitud de Mary: nada agrio, ni chillón, ni grosero. Es perfectamente femenina, excepto en el aspecto a que nos hemos referido. Ahí no se la puede justificar. Me alegra que lo notases lo mismo que yo.

Puesto que él había formado su espíritu, al tiempo que se había ganado sus efectos, no era de extrañar la coincidencia de sus respectivas apreciaciones; aunque, por aquel entonces y sobre el mismo punto, comenzaba a perfilarse un peligro de disparidad, pues él admiraba ya a Mary Crawford de un modo que acaso pudiera llevarle adonde Fanny no podría seguirle. Los atractivos de Mary no disminuían. Llegó el arpa, que vino a añadir no poco a su aureola de belleza, ingenio y buen humor; pues se prestaba a tocar con la mayor complacencia en cuanto se lo pedían, lo hacía con una expresión y un gusto muy peculiares en ella, y siempre tenía algo acertado que decir al final de cada pieza. Edmund acudía a diario a la rectoría para deleitarse con su instrumento favorito. La primera mañana logró que se le invitara para la del día siguiente, pues a la damisela no podía desagradarle tener un oyente, y así un día y otro, quedando la cosa establecida como una costumbre normal.

Una mujer joven, bonita, brillante, junto a un arpa tan elegante como ella misma, recortándose ambas en el marco de un balcón abierto a la perspectiva de un césped rodeado de arbustos con su rico follaje estival, era suficiente para cautivar el corazón de cualquier hombre. La estación, la escena, el ambiente, todo era favorable a la ternura y el sentimiento. La presencia de la señora Grant con su bastidor de bordar no estorbaba... Todo quedaba armó­nico. Y, como nada carece de encanto cuando empieza a insinuarse el amor, hasta la bandeja de emparedados y el doctor Grant haciendo los honores eran otros tantos motivos en que se posaba con gusto la mirada. Aunque sin reflexionar sobre el caso, o tal vez sin darse cuenta de nada, al cabo de una semana de esta frecuentación Edmund empezó a estar no poco enamorado; y en honor de su dama debemos añadir que, sin ser él un hombre de mundo ni el primogénito de una familia acaudalada, sin ninguna de las artes de la adulación o las amenidades de las conversaciones frívolas, Edmund empezó a gustarle. Mary lo notó, aunque no lo había previsto y apenas podía com­prenderlo; porque él no era un hombre atractivo según las reglas de aplica­ción general, ni decía tonterías, ni gastaba cumplidos, sus opiniones eran inflexibles y sus atenciones moderadas y simples. Acaso hubiera un encanto en su sinceridad, su firmeza, su integridad, aspectos éstos que Mary podía igualar en su sentir, pero no al debatirlos en su fuero interno. Sin embargo, no pensó mucho en ello; por lo pronto, Edmund le agradaba... a ella le gustaba tenerlo cerca. Era suficiente.

Fanny no podía extrañarse de que Edmund fuese todas las mañanas a la rectoría; también a ella le hubiera gustado ir, de poder hacerlo sin que la invitaran y sin ser vista, por el placer de oír tocar el arpa. Tampoco le podía extrañar que, al finalizar el paseo de las tardes, a Edmund le pareciera bien acompañar a la señora Grant y a su hermana hasta su casa, mientras Henry se dedicaba al elemento femenino de Mansfield Park. Pero consideraba que nada bueno podía esperarse de aquella especie de intercambio; y que, si Edmund no llegaba a tiempo de mezclarle el vino con agua, mejor hubiera sido que no existiera tan situación. Lo que sí le parecía un tanto sorprendente era que él pudiera pasar tantas horas al lado de miss Crawford sin descubrirle más defectos de la clase que tan pronto había observado en ella, y del que Fanny tenía que acordarse, debido a alguna manifestación de la misma índo­le, siempre que se encontraba en su compañía. Pero era así. A Edmund le gustaba hablar con ella de miss Crawford, mas parecía que ya se contentaba con que desde aquel día hubieran cesado las alusiones al almirante y ella tenía reparo en comunicarle sus propias observaciones, por temor a que pareciese malignidad de su parte. El primer motivo de verdadero pesar que le ocasionó Mary Crawford fue la consecuencia de un deseo de aprender a montar que se apoderó de ésta a poco de haber llegado a Mansfield, ante el ejemplo de las hermanas Bertram; deseo que, al estrecharse los lazos de amistad entre ella y Edmund, él mismo se prestó a fomentar, llegando a brindarle su mansa yegua para las primeras lecciones, por ser el animal más apropiado para cualquier principiante, que pudiera hallarse en caballeriza alguna. Pero en este ofrecimiento no podía haber daño ni ofensa para su prima: ella no iba a perder por eso ni un solo día de ejercicio. La yegua pasaría a la rectoría tan sólo media hora antes de que ella hubiese de iniciar su paseo; y Fanny, al ser consultada en primer lugar, lejos de sentirse desairada, quedó casi anonadada de gratitud por haberle pedido Edmund permiso para ello.

Miss Crawford realizó con gran éxito su primer ensayo, y sin el menor inconveniente para Fanny. Edmund, que se había llevado la yegua y lo había dirigido todo, volvió con el animal muy a tiempo, antes de que Fanny y el viejo cochero que la acompañaba siempre que no salía con sus primas estuvieran listos para la marcha. Al segundo día de prueba ya no se procedió con tanto escrúpulo. Tal era el gusto de Mary por montar, que no sabía como dejarlo. Ágil, valerosa, aunque algo pequeña, de firme complexión, parecía nacida para amazona; y al puro y genuino placer del ejercicio quizás habría de añadir algo consistente en la presencia e instrucciones de Edmund, y aún algo más relativo a la convicción de que ella superaba en mucho a las personas de su sexo en general por la rapidez de sus progresos, todo lo cual contribuía sin duda a que sintiera muy pocas ganas de descabalgar. Fanny estaba lista y esperando. La señora Norris empezaba a regañarla por no haber salido, y todavía no se anunciaba la llegada del caballo ni Edmund aparecía. Para esquivar a su tía y buscarle a él, Fanny salió.

Las dos casas, aunque apenas distaban media milla, no quedaban a la vista una de otra; pero andando cincuenta yardas desde la puerta del vestíbulo, pudo dominar el parque y echar una ojeada a la rectoría y su heredad, que se extendía en suave declive al otro lado de la carretera; y en la pradera del doctor Grant descubrió enseguida el grupo: Edmund y Mary, ambos a caballo, cabalgando hombro con hombro, y el doctor Grant con su esposa, Henry y dos o tres palafreneros, todos de pie, mirándolos. A ella le pareció una feliz concentración: todos interesados en un solo objeto. Y que lo pasaban bien, sin duda alguna, pues hasta ella llegaba el ruido de sus anima­das voces. Ruido de voces alegres que no podía alegrarla. Se sorprendió de que Edmund se hubiera olvidado por completo de ella, y esto la afligió muchísimo. No podía apartar los ojos de la pradera, no pudo dejar de observar cuanto allí ocurría. Primero, miss Crawford y su acompañante die­ron la vuelta al circuito del campo, que no era pequeño, a paso lento; después, sugerido por ella a lo que parecía, se lanzaron a un medio galope, y Fanny, debido a su natural algo medroso, quedó asombrada al ver lo bien que la otra se mantenía en la montura. Al cabo de unos minutos se pararon por completo. Edmund estaba muy junto a ella... le decía algo; evidentemen­te, le estaba enseñando el manejo de la brida... le tenía la mano cogida. Fanny lo vio, o tal vez la imaginación suplía lo que la vista no alcanzaba a distinguir. No tenía que asombrarse por todo ello. ¿Podía haber algo más natural que eso de que Edmund procurara ser útil e hiciera gala de sus bondades cerca de quien fuese? Fanny hubo de decirse, eso sí, que Henry hubiese muy bien podido ahorrarle la molestia... que hubiera sido muy propio y muy correcto en un hermano el encargarse de aquel asunto; pero Mr. Crawford, a pesar de todas sus cacareadas bondades y todo su presunto arte de manejar, probable­mente no entendía nada en el asunto y, desde luego, no tenía nada de efectivamente amable comparado con Edmund. Después, Fanny pensó que era bastante duro para la yegua atender a aquella doble obligación que le había sido impuesta; si de ella se olvidaban, había que acordarse de la pobre yegua.

No tardó en tranquilizarse algo su espíritu, al ver que se dispersaba el grupo de la pradera y que miss Crawford, siempre a caballo, pero guiada ahora por Edmund a pie, salía por un portalón a la callejuela, se introducía en el parque y se dirigía seguidamente hacia el punto donde ella se encon­traba. Entonces empezó a invadirla el temor de parecer descortés en su impaciencia, y salió a su encuentro, ansiosa de evitar tal sospecha.

––Querida Fanny ––dijo miss Crawford, en cuanto pudo hacerse oír––, he venido a fin de presentarle mis excusas personalmente por haberla tenido aguardando; pero no sé qué decirle. Me daba cuenta de que era ya muy tarde y de que me estaba portando enormemente mal; y por lo mismo debe usted perdonarme, yo se lo ruego. El egoísmo tiene que perdonarse siempre, porque es un mal que no tiene remedio, ¿no cree?

La contestación de Fanny fue en extremo cortés, y Edmund añadió que estaba seguro de que a ella no le coma ninguna prisa:

––Pues ––dijo–– a mi prima le queda tiempo más que suficiente para dar un paseo dos veces más largo de lo que acostumbra, y usted ha contribuido a su mayor comodidad al evitar que saliera media hora antes, ya que el cielo se está nublando y, así, Fanny no padecerá el calor que hubiera tenido que soportar en aquel caso. Desearía que no se sintiera usted fatigada por el mucho ejercicio. Podía haberse evitado este paseo hasta aquí.

––Nada de ello me fatiga, como no sea dejar el caballo, se lo aseguro ––replicó Mary, mientras descabalgaba ayudada por él––. Soy muy fuerte. Nunca me fatiga nada, excepto el tener que hacer lo que no me gusta. Miss Price: le cedo a usted la vez con muy mala gracia, pero sinceramente le deseo un paseo agradable, y que sólo tenga que contarme excelencias de este querido, delicioso y bello animal.

En aquel momento llegó junto a ellos el viejo cochero, que había estado aguardando cerca con su caballo; Fanny montó en el suyo y ambos partieron atravesando el parque en otra dirección... sin que en ella disminuyera su desazón al darse vuelta y ver a los otros dos, caminando juntos por la pendiente de la colina hacia el pueblo; ni le hicieron mucho bien los comentarios de su acompañante sobre las excelentes disposiciones de miss Crawford para amazona, cosa que el hombre había estado observando casi con tanto interés como ella misma.

––¡Da gusto ver a una mujer con tanto arrojo para montar! ––decía el buen hombre––. Jamás conocí a otra que se mantuviera tan bien a caballo. Parece que no tenga ni idea del miedo. Muy diferente de usted, señorita, cuando empezó, seis años hará en la próxima Pascua. ¡Bendito sea Dios! ¡Cómo temblaba usted cuando sir Thomas la sentó en la montura por primera vez!

En el salón, Mary Crawford fue también muy celebrada. Los dones del valor y la fuerza con que la había dotado la naturaleza eran muy apreciados por las hermanas Bertram; el gusto de Mary por montar era igual al de ellas; su precocidad para aprender era, también, igual a lo que se había manifestado en ellas, y se complacían en elogiarla.

––Estaba segura de que enseguida aprendería a montar perfectamente ––dijo Julia––; parece hecha para eso. Tiene una figura tan esbelta como la de su hermano.

––Sí ––agregó María––, y su espíritu es igualmente admirable, y tiene un carácter tan enérgico como él. No puedo menos que pensar que la buena disposición para montar tiene mucho que ver con el temperamento.

Cuando se separaron aquella noche, Edmund preguntó a Fanny si tenía intención de dar su paseo a caballo el día siguiente.

––No, no sé... No, si necesitas la yegua ––fue su contestación.

––No la necesito para mí ––dijo él––; pero, siempre que prefirieses mañana quedarte en casa, creo que a Mary le gustaría poderla disfrutar más tiempo... toda una mañana, en fin. Tiene unos grandes deseos de llegarse hasta los pastos comunes de Mansfield. La señora Grant le ha hablado de su magnífica panorámica, y no dudo que ella sabrá apreciarla igualmente. Pero, para eso, lo mismo da una mañana que otra. Ella sentiría muchísimo perjudicarte. Y estaría muy mal que no le importase. Ella sólo monta por placer; tú, por la salud.

––No pienso pasear a caballo mañana, la verdad ––dijo Fanny––. He salido muy a menudo últimamente, y con más gusto me quedaré en casa. Ya sabes que ahora estoy bastante fuerte para andar.

Vio que Edmund quedaba complacido, y esto le sirvió de consuelo. El paseo a los pastos comunales de Mansfield tuvo lugar a la mañana siguiente. El grupo lo integraba toda la gente joven, excepto Fanny, y todos disfrutaron mucho durante la excursión y después, por la noche, al comentarla. Cuando un plan de esta clase resulta un éxito, lleva generalmente a otro; y la visita a los pastos comunales de Mansfield los animó a todos a planear una nueva excursión a otra parte cualquiera para el día siguiente. Había otras muchas panorámicas que admirar; y, aunque el tiempo era caluroso, no faltaban veredas sombreadas que conducían adonde quisiera ir. Un grupo juvenil siempre encuentra caminos sombreados. Cuatro mañanas deliciosas se em­plearon sucesivamente de ese modo, mostrando a los Crawford la comarca y haciendo los honores a sus más bellos rincones. Todo respondía magnífica­mente, todo era júbilo y buen humor, el calor no proporcionaba más moles­tia que la necesaria para referirse al mismo con placer... hasta que al cuarto día se nubló la dicha de un miembro del grupo. Nos referimos a María Bertram. Edmund y Julia fueron invitados a comer en la rectoría, y a ella se la excluyó. La idea y el hecho se debían a la señora Grant; medida que adoptó con la mejor intención y por deferencia a Mr. Rushworth, cuya llegada a Mansfield estaba anunciada como probable para aquel día; pero María lo tomó como una grave ofensa y tuvo que emplear a fondo el freno de su buena crianza, sometida a la más dura prueba, para ocultar su rencor y su rabia hasta llegar a casa. Como Rushworth no se presentó, se hizo más duro el agravio, y ni siquiera tuvo el consuelo de demostrar el poder que sobre él ejercía; tuvo que conformarse con mostrar su mal humor ante su madre, su tía y su prima, y proyectar toda la melancolía posible sobre la comida y los postres.

Entre diez y once Edmund y Julia entraron en el salón, tonificados por el aire fresco de la noche, animados y contentos, personificando el reverso mismo de lo que observaron en las tres damas allí sentadas. María se molestó apenas en levantar los ojos del libro que estaba leyendo, lady Bertram se hallaba medio dormida, y hasta la señora Norris, destemplada por el mal humor de su sobrina, y no habiendo recibido inmediata respuesta a las dos o tres preguntas que hizo acerca de la comida, parecía totalmente resuelta a no decir una palabra más. Durante unos minutos hermano y hermana estu­vieron demasiado entregados al mutuo comentario sobre la magnificencia de la noche y el intenso brillo de las estrellas, para pensar más que en sí mismos; pero, al producirse el primer silencio, Edmund, mirando en derredor, dijo:

––¿Dónde está Fanny? ¿Se ha acostado ya?

––No; que yo sepa, no ––contestó la señora Norris––; hace un momento estaba aquí.

Su dulce voz, al hacerse oír desde el otro extremo de la sala, que era muy espaciosa, les indicó que estaba en el sofá. Tía Norris empezó a gruñir:

––Es un truco muy tonto, Fanny, esto de arrinconarse para pasarse la noche holgazaneando en un sofá. ¿Por qué no te acercas y te sientas aquí, y te empleas en algo como hacemos nosotras? Si no tienes labor tuya, yo puedo proporcionártela de la cesta de los pobres. Allí está todo el percal nuevo, comprado la semana pasada, todavía intacto. Te aseguro que casi se me quebró el espinazo al cortarlo. Tienes que aprender a pensar en los demás; y, puedes creerme, es un hábito muy feo en una persona joven el estar siempre recostada en un sofá.

Antes de que dijera la mitad del discurso, Fanny había vuelto a su sitio en la mesa y había tomado de nuevo su labor; y Julia, que gozaba aún del excelente humor que le habían proporcionado las diversiones del día, quiso hacer justicia a su prima exclamando:

––¡Pero, tía, si Fanny se sienta en el sofá menos que nadie de la casa!

––Fanny ––dijo Edmund, después de observarla con atención––, estoy segu­ro de que te ha dado la jaqueca.

Ella no pudo negarlo, pero dijo que no era muy fuerte.

––Me cuesta creerlo ––replicó él––; conozco demasiado bien tu semblante. ¿Desde cuándo te duele la cabeza?

––Desde un poco antes de la cena. No será más que un poco de insolación.

––¿Saliste a pasear con el calor de hoy?

––¡Que si ha salido! Claro que salió ––terció tía Norris––; ¿querías que se quedase en casa con este día tan espléndido? ¿Acaso no salimos todos? Hasta tu madre salió hoy y estuvo fuera más de una hora.

––Sí, es cierto, Edmund ––agregó lady Bertram, a quien había desvelado por completo la enérgica reprimenda de tía Norris a Fanny––; estuve fuera más de una hora. Durante tres cuartos de hora permanecí sentada en el jardín, mientras Fanny cortaba las rosas. Me resultó muy agradable, te lo aseguro, pero hacía demasiado calor. Allí estaba bastante sombra, por supuesto, pero la verdad es que temía el regreso hasta casa.

––¿Y dices que Fanny estuvo cogiendo rosas?

––Sí; y me temo que serán las últimas del año. ¡Pobrecita! Ella no pasó poco calor. Pero las rosas estaban tan abiertas que no era posible esperar más.

––No podía evitarse, ciertamente ––dijo tía Norris, en un tono de voz bastante más suave––; pero me pregunto si su jaqueca no provendrá de entonces. No hay nada que dé tanta jaqueca como ajetrearse bajo un sol ardiente; pero yo creo que mañana estará bien. ¿Qué te parece si le dejases tu vinagrillo? Yo nunca me acuerdo de llenar mi frasco.

––Ya lo tiene ––dijo lady Bertram––. Lo tiene desde la segunda vez que regresó de tu casa.

––¡Cómo! ––exclamó Edmund––. ¿Además de coger rosas ha hecho estas caminatas, atravesando el parque bajo este sol abrasador, y nada menos que por dos veces? No es raro que le duela la cabeza.

La señora Norris se puso a hablar con Julia y no oyó nada.

––Ya me temí que sería demasiado para ella ––dijo lady Bertram––. Pero, cuando tuvimos las rosas en la mano, tu tía manifestó deseos de quedarse con ellas; y, como comprenderás, fue preciso llevárselas a su casa.

––Pero, ¿tantas rosas había como para obligarla a hacer dos viajes?

––No, pero había que ponerlas a secar en el cuarto para forasteros y, por desgracia, Fanny se olvidó de cerrarlo y traer la llave; por eso tuvo que volver.

Edmund se puso en pie y empezó a pasear por la habitación diciendo:

––¿Y no se pudo emplear a nadie más que a Fanny para esta diligencia? A fe mía que ha sido un asunto muy mal llevado.

––Pues te aseguro que no veo cómo hubiera podido hacerse mejor ––gritó la señora Noms, incapaz de hacerse la sorda por más tiempo––, a no ser que hubiese ido yo misma, claro. Pero yo no puedo estar en dos sitios a la vez; y en aquel preciso instante estaba hablando con Mr. Green acerca de la lechera de tu madre, por deseo de ésta, y había prometido a John Groom escribir a la señora Jefferies dándole noticias de su hijo, y el pobre muchacho llevaba ya media hora esperándome. Me parece que nadie puede acusarme justamen­te de que me desentienda de las cosas en ninguna ocasión, pero la verdad es que no puedo hacerlo todo a un tiempo. Y, en cuanto a que Fanny haya ido andando por mí hasta mi casa (no hay mucho más de un cuarto de milla), no creo que fuera pedirle nada irrazonable. ¿Cuántas veces no hago yo el mismo recorrido hasta tres veces al día, mañana y tarde... sí, haga el tiempo que haga?... ¡Y no me quejo por eso!

––¡Ojalá tuviera Fanny la mitad de tus fuerzas, tía!

––Si Fanny hiciera sus ejercicios fisicos con más regularidad, no se rendiría tan pronto. No ha salido a caballo desde no sé cuántos días, y estoy conven­cida de que cuando no monta le conviene pasear. De haber salido antes con el caballo, yo no le hubiera dado el encargo. Pero creí que incluso le haría bien después de haber estado tanto rato con la cabeza inclinada sobre las rosas, tomando el sol; pues nada hay tan refrescante como un paseo después de una fatiga de esta clase, y, aunque el sol era fuerte, no hacía un calor exagerado. Entre nosotros, Edmund ––terminó, indicando con un movimiento de cabeza a su madre––, fue el cortar las rosas y vaguear al sol entre las flores lo que le hizo daño.

––Me temo que esto fue, en efecto ––dijo lady Bertram, mucho más cándida que su hermana y que casualmente oyó algo de lo que ésta acababa de manifestar––. Mucho me temo que fue allí donde cogió el dolor de cabeza, pues hacía un calor como para matar a cualquiera. No sé cómo pude sopor­tarlo. Estarme allí sentada, y llamar a Pug, y vigilar que no se metiera en los macizos de flores, fue casi demasiado para mí.

Edmund no dijo más a las dos señoras. Se dirigió con paso lento a otra mesa, en la que estaba aún la bandeja de la cena, llenó un vaso de Madeira para Fanny y la obligó a bebérselo casi entero. Ella hubiera querido ser capaz de rehusarlo; pero las lágrimas, que asomaron a sus ojos impulsadas por diversos y encontrados sentimientos, hicieron que le fuera más fácil engullir que hablar.

A pesar de lo enojado que Edmund estaba con su madre y su tía, más lo estaba aún consigo mismo. Su propio olvido de ella era peor que todo cuanto las dos habían hecho. Nada de esto hubiera ocurrido de haberle guardado la debida consideración; pero se la había dejado cuatro días seguidos sin opción al ejercicio ni al trato con amigos y sin excusa alguna para eludir cualquier insensatez que pudieran encargarle sus tías. Se avergonzó al pensar que duran­te cuatro días se había visto imposibilitada de montar y se hizo la firme promesa, por mucho que le contrariase privar de un placer a miss Crawford, de no permitir que aquello volviese a ocurrir nunca más.

Fanny fue a acostarse con el corazón tan repleto de emociones como en la noche de su llegada a Mansfield Park. Su estado de ánimo había sin duda influido en su indisposición; pues durante los últimos días se había sentido abandonada y había estado luchando contra todo sentimiento de disgusto y envidia. Al recostarse en el sofá., en el que se había refugiado con el deseo de pasar inadvertida, el dolor de su alma superaba en mucho al de su cabeza; y el súbito cambio que en el estado de su espíritu habían producido las atenciones de Edmund hizo que casi no supiera cómo soportar su emoción.

 

 

 

CAPÍTULO VIII

 

 

 

 

Los paseos a caballo de Fanny se reanudaron al día siguiente; y como la mañana era fresca, agradable, menos calurosa que las inmediatas anteriores, Edmund confió en que no tardaría en resarcirse de la salud y el goce perdidos. A poco de haber salido ella de paseo, llegó Mr. Rushworth en compañía de su madre, que acudió en visita de cortesía y dispuesta a mostrar­se especialmente cortés al insistir para que se llevara inmediatamente a la práctica el plan de visitar Sotherton, que se había esbozado quince días atrás y que se había dejado dormir, a causa de haber tenido que ausentarse ella de la finca. A la señora Norris y a sus sobrinas les hizo mucha ilusión que se sacudiera el polvo del citado proyecto, y se señaló una fecha próxima, que fue aceptada, a condición de que Henry Crawford no tuviera otro compro­miso contraído con anterioridad. El joven elemento femenino tuvo buen cuidado de introducir esta salvedad, y aunque tía Norris de buena gana hubiera respondido por él, ellas no quisieron autorizar esta libertad ni correr el riesgo. Al fin, después de atender a una insinuación de María Bertram, Mr. Rushworth descubrió que lo más propio era que él se llegara a la rectoría sin perder más tiempo, hablase directamente con Henry y le preguntase si el jueves le iría bien.

Antes de que él volviera, se presentaron la señora Grant y Mary Crawford. Como llevaban algún tiempo fuera de casa y habían seguido un camino distinto hasta allí, no se habían tropezado con él. Sin embargo se dieron confortadoras esperanzas de que encontraría en casa a Mr. Crawford. Se habló, naturalmente, de la proyectada excursión a Sotherton. Era casi impo­sible, desde luego, que se hablara de otra cosa, pues tía Norris estaba la mar de ilusionada por ello; y la señora Rushworth, mujer ingenua, afable, insulsa y pomposa, que no concedía importancia a nada que no estuviera relacionado con sus propios asuntos y los de sus hijos, no había abandonado aún su insistencia cerca de lady Bertram para que se uniera a la partida. Lady Bertram no hacía más que rehusar; pero su modo suave al negarse hacía que la señora Rushworth siguiera pensando que deseaba aceptar, hasta que el mayor núme­ro de palabras y el tono más alto empleados por tía Norris la convencieron de lo contrario.

––Sería muy fatigoso para mi hermana, excesivamente fatigoso, se lo asegu­ro, mi querida señora Rushworth. Son diez millas de ida y otras diez de vuelta, bien lo sabe usted. Debe excusar a mi hermana en esta ocasión y aceptamos a nuestras queridas niñas y a mí, sin ella. Sotherton es el único lugar que podría suscitar en ella un deseo de ir tan lejos, pero no puede ser, desde luego. Ella tendrá la compañía de Fanny Price, ¿sabe usted?, de modo que todo se combinará perfectamente bien; y, en cuanto a Edmund, como no está aquí para decirlo personalmente, yo puedo responder de lo mucho que le encantará unirse a la partida. Él podrá ir a caballo, ¿sabe usted?

La señora Rushworth, viéndose obligada a admitir que lady Bertram se quedara en casa, sólo pudo lamentarlo:

––El verme privada en tal ocasión de su honrosa compañía será para mí un gran pesar, y me hubiera causado una gran satisfacción recibir también a esta jovencita, miss Price, que nunca ha estado en Sotherton, y es una lástima que no conozca el lugar.

––Es usted muy amable, toda amabilidad, señora mía ––expresó tía Norris––; pero, por lo que a Fanny se refiere, ya tendrá infinidad de ocasiones de conocer Sotherton; tiene mucho tiempo ante––si. Y de que pudiera ir ahora, ni hablar. A mi hermana le sería totalmente imposible prescindir de ella.

––¡Oh, no! No puedo pasarme sin Fanny.

La señora Rushworth procedió acto seguido, bajo la convicción de que todo el mundo tenía que estar ansioso por conocer Sotherton, a incluir a miss Crawford en la invitación; y la señora Grant, que no se había tomado la molestia de visitar a la señora Rushworth cuando ésta se instaló en su finca de la cercanía, rehusó cortésmente por su parte, satisfecha de asegurar un motivo de placer a su hermana Mary, la cual, previos los convenientes ruegos e insistencias, no tardó en aceptar la atención. Mr. Rushworth volvió de la rectoría con resultados positivos de su visita, y Edmund compareció después, llegando justo a tiempo para enterarse de lo que se había acordado para el jueves, acompañar a la señora Rushworth hasta su carruaje y bajar hasta la mitad del parque con la señora Grant y su hermana.

A su regreso al comedor auxiliar de la casa, encontró a tía Norris intentan­do esclarecer en su concepto si la integración de Mary en la partida sería conveniente o no, o si el birlocho de su hermano no iría lo bastante completo sin ella. Las hermanas Bertram se rieron de sus temores, asegurándole que en el birlocho cabrían cuatro personas perfectamente, sin contar el pescante, donde podría ir una al lado de él.

––Pero, vamos a ver, ¿por qué es necesario emplear el carruaje de Craw­ford, o solamente el suyo? ––consideró Edmund––. ¿Por qué no hemos de hacer uso del calesín de nuestra madre? Ya el otro día, cuando se habló del proyecto por primera vez, no pude entender por qué una visita de la familia no ha de hacerse con el carruaje de la familia.

––¡Vaya! ––exclamó Julia––. ¡Ir hasta tres personas encajonadas en un calesín en este tiempo, pudiendo disponer de asientos en un birlocho! No, mi querido Edmund, esto sí que no resultaría.

––Además ––agregó María––, sé que Mr. Crawford cuenta con llevamos. Después de lo que se habló al principio, reclamaría este derecho por consi­derarlo un compromiso.

––Y, mi buen Edmund ––añadió tía Norris––, sacar dos carruajes cuando con uno basta sería buscarse molestias inútiles. Y, entre nosotros, el cochero no es muy amigo de las carreteras que nos unen a Sotherton; siempre se queja con mal humor de que por lo angosto de los caminos se araña el coche, y se comprende que no nos gustaría que vuestro padre, a su regreso, se encontrara con el barniz completamente rayado.

––Ésta no seria una razón muy noble para hacer uso del de Mr. Crawford ––opinó María––; pero la verdad es que Wilcox es un pedazo de viejo estúpido que no tiene noción de cómo hay que conducir. Apostaria a que lo angosto de los caminos no representará ningún inconveniente el jueves próximo.

––No creo que sea un sacrificio ––dijo Edmund–– ni nada desagradable ir en el pescante del birlocho.

––¡Desagradable! ––exclamó María––. ¡Por Dios! Yo creo que todo el mun­do lo consideraría el asiento favorito. Es como mejor pueden apreciarse las bellezas del paisaje. Es probable que la misma Mary Crawford prefiera reser­varse la plaza del pescante para ella.

––Entonces no puede haber obstáculo que impida a Fanny ir con vosotras; no cabe ya dudar de que dispondréis de un sitio para ella.

––¡Fanny! ––exclamó la señora Norris––. Querido Edmund, no hay que pensar en que venga con nosotras. Se quedará con su tía. Así lo dije a la señora Rushworth. No la esperan.

––No puedes tener motivo, supongo, madre ––dijo él, dirigiéndose a lady Bertram––, para desear que Fanny no se una a la partida, como no sea por ti, por tu comodidad. Pero si pudieras prescindir de ella no tendrías el menor empeño en que se quedara en casa, ¿verdad?

––Claro que no; pero no puedo prescindir de ella.

––Podrás, si me quedo yo en casa, como pienso hacer.

Estas palabras provocaron un clamor general.

––Sí ––prosiguió él––; no es necesario, en absoluto, que yo vaya, y pienso quedarme en casa. A Fanny le gustaría conocer Sotherton. Me consta que lo desea muchísimo. Pocas veces se le da una satisfacción como ésta, y estoy convencido, madre, de que te gustaría proporcionarle ahora este placer.

––Oh, claro, mucho me gustaría... siempre que tu tía no vea algún in­conveniente.

Tía Norris se apresuró mucho a exponer el único inconveniente que podía existir aún: el de haber asegurado decididamente a la señora Rush­worth que Fanny no podría ir, y el efecto tan raro que, por consiguiente, produciria el llevarla, lo que le pareció una dificultad totalmente imposible de superar. ¡Causaría el efecto más desastroso! Sería un proceder tan suma­mente descortés, tan rayano en falta de respeto para la señora Rushworth, cuyo modo de comportarse era precisamente ejemplo de hidalguía y buena educación, que ella no se veía capaz de afrontarlo. La señora Norris no le tenía ningún afecto a Fanny, ni jamás había sentido deseos de proporcionarle satisfacción alguna; pero la oposición que en este caso hacía a Edmund provenía más de un partidismo por su plan, porque era el que ella había concebido, que de otra cosa. Consideraba que lo había combinado todo magníficamente bien y que cualquier alteración sólo serviria para estropearlo. Por eso al replicarle Edmund, lo que hizo en cuanto ella tuvo a bien prestarle oídos, que no tenía por qué preocuparse de lo que diría la señora Rushworth, pues al cruzar con ella el vestíbulo había aprovechado la oportunidad para decirle que Fanny Price se uniría probablemente a la partida y había recibido en el acto una invitación más que suficiente para su prima, tía Norris se sintió demasiado humillada para rendirse con mucha elegancia y se limitó a decir:

––Está bien, está bien, como tú quieras; combínalo a tu manera. Te aseguro que a mí tanto me importa.

––Es de un efecto bastante raro ––dijo María–– que te quedes tú en casa en lugar de Fanny.

––Creo que Fanny deberia agradecértelo muchísimo ––añadió Julia, apre­surándose a abandonar la habitación apenas acabó de pronunciar estas pala­bras, al darse cuenta de que también pudiera ser ella quien se ofreciese para quedarse en casa.

––Fanny sentirá toda la gratitud que pueda merecer una cosa así ––dijo Edmund por toda réplica, y quedó agotado el tema.

La gratitud de Fanny al enterarse del plan fue, de hecho, muy superior a su satisfacción. Su sensibilidad vibró por la atención de Edmund, con toda, y aun más que con toda, la fuerza que él, ignorando los amorosos sentimien­tos de su prima, pudiera imaginar; pero le dolía que él tuviera que sacrificar su diversión por ella, y hasta su misma ilusión por conocer Sotherton se convertía en desencanto si no podía ir con él.

La siguiente reunión de las dos familias de Mansfield introdujo en el plan otra modificación, que fue acogida con general aplauso. La señora Grant ofreció quedarse aquel día en Mansfield Park para acompañar a lady Bertram, en vez de Edmund; su esposo, el doctor Grant, se reuniría con ellas para comer. A lady Bertram le pareció muy bien que se hiciera así, y las damiselas recobraron su buen humor. También Edmund quedó muy agradecido por un arreglo que le permitía ocupar de nuevo su puesto en la expedición; y la señora Norris manifestó que era un plan excelente, que lo tenía en la punta de la lengua y que estaba a punto de proponerlo cuando la señora Grant se le anticipó.

El jueves amaneció con un tiempo magnífico, y poco después del desayu­no llegó Henry Crawford conduciendo a sus hermanas en el birlocho. Como todos estaban dispuestos, sólo faltaba que la señora Grant se apease y los demás ocuparan sus puestos. El asiento de los asientos, la plaza envidiada, el puesto de honor, estaba aún por adjudicar. ¿A quién caería en suerte? Mien­tras las hermanas Bertram, cada una por su lado, estaban meditando cómo mejor asegurárselo, dando la sensación de que lo cedían a los demás, la señora Grant se encargó de resolver la cuestión diciendo, al tiempo que se apeaba del coche:

––Como ustedes son cinco, mejor será que una se siente al lado de Henry; y como usted, Julia, dijo no hace mucho que le gustaría saber conducir, creo que se le presenta una buena oportunidad para tomar una lección.

¡Julia dichosa! ¡Desdichada María! La primera subió al pescante del birlo­cho sin pensarlo más, la segunda ocupó un sitio en el interior, triste y mortificada; y el coche arrancó entre las despedidas de las dos señoras que se quedaban y los ladridos del faldero en los brazos de su ama.

El camino discurría por un delicioso paisaje; y Fanny, que nunca se había distanciado mucho en sus paseos a caballo, no tardó en descubrir horizontes ignorados por ella, sintiéndose feliz al observar todo lo nuevo y admirar todo lo bello. No se la invitaba con frecuencia a participar en la conversación general, ni ella lo deseaba. Sus propios pensamientos y reflexiones solían ser sus mejores compañeros; y observando el aspecto de la campiña, la orienta­ción de los caminos, las variaciones del terreno, el estado de las cosechas, las cabañas, los rebaños, los chiquillos, halló un entretenimiento que sólo hu­biera podido sublimarse teniendo al lado a Edmund para hablarle de las sensaciones que experimentaba. Éste era el único punto de coincidencia entre ella y la damisela que iba sentada a su lado; aparte la estimación que profesaba a Edmund, miss Crawford era en todo muy distinta a ella. Mary no tenía nada de la delicadeza de gustos, de espíritu, de sentimientos, que poseía Fanny; veía la naturaleza, la inanimada natura, sin observarla apenas; su aten­ción se concentraba toda en los hombres y las mujeres, su inteligencia captaba sólo lo superficial y animado. Pero en cuanto a ocuparse de Edmund, tratando de descubrirle cuando dejaban atrás una recta en la carretera, o cuando él los adelantaba en el ascenso a alguna loma de respetable altura, iban las dos muy unidas, y algún que otro «¡ahí está!» se les escapó a ambas simultáneamente más de una vez.

Durante las siete primeras millas, el viaje tuvo muy poco aliciente para María Bertram; su mirada siempre iba a dar con el espectáculo de Henry Crawford y su hermana Julia, sentados uno al lado de la otra en el pescante, conversando animadamente y divirtiéndose de lo lindo; y el solo hecho de ver el expresivo perfil de Henry cuando se daba vuelta para sonreír a Julia, o de oír las risas que ésta soltaba de vez en cuando, era para ella un motivo constante de irritación que su sentido de lo correcto apenas conseguía disi­mular. Cuando Julia se daba vuelta, era con una expresión de deleite en el rostro, y cuando hablaba lo hacía con extraordinaria animación. «¡Aquí se disfruta de una vista espléndida!» «Me gustaría que todos pudiesen ver el paisaje tan bien como yo», etc., etc. Pero su única oferta de permuta la hizo a miss Crawford, cuando lentamente alcanzaban la cima de un extenso colla­do, y cuanto en sus palabras hubo de invitación no pasó de esto:

––Aquí se quiebra el paisaje en un estallido de magnificencia. Quisiera ofrecerle mi asiento; pero ya veo que no querrá aceptarlo, ni siquiera permi­tirá que insista.

Y miss Crawford apenas pudo contestarle antes de que se encontrasen ya corriendo a buena marcha por la otra vertiente.

Al adentrarse en la zona de influencia de Sotherton, María Bertram, de quien pudiera haberse dicho que tenía un arco con dos cuerdas, empezó a sentirse mejor. Tenía «sentimientos Rushworth» y «sentimientos Crawford»; y, en la vecindad de Sotherton, los primeros ejercían una influencia conside­rable. La importancia de Mr. Rushworth era también la de ella. No pudo decir a Mary Crawford que aquellos bosques pertenecían a Sotherton, ni comentar distraídamente que creía que los campos que ahora atravesaban eran todos, a uno y otro lado de la carretera, propiedad de Mr. Rushworth, sin que latiera con júbilo su corazón; y su satisfacción iba en aumento a medida que se aproximaban a la importante mansión feudal y antigua residencia solariega de la familia.

––A partir de ahora ya no tendremos mal camino; se acabaron las molestias. Lo que queda de carretera es como debe ser. Mr. Rushworth lo ha hecho, después de heredar la finca. Aquí empieza la aldea. Aquellas cabañas son, realmente, una ignominia. La aguja de la iglesia es conocida por su notable hermosura. Me gusta que la iglesia no esté tan pegada a la casa grande como ocurre a menudo en lugares antiguos. El fastidio de las campanas ha de ser terrible. Allí está la rectoría... casas de aspecto muy pulcro; y tengo entendido que el rector y su esposa son personas muy respetables. Aquello son casas de beneficencia, fundadas por miembros de la familia. A la derecha está la casa del administrador; es hombre muy respetable. Ahora llegamos al pabellón del guarda; pero nos queda todavía casi una milla de parque. Como usted ve, no es feo en este extremo; hay algunos árboles preciosos. Pero la situación de la casa es desastrosa. Para llegar a ella hemos de recorrer media milla cuesta abajo; y es una lástima, porque no tendría mal aspecto si tuviera mejor acceso.

Miss Crawford no regateó su admiración; fácilmente adivinó cuáles eran los sentimientos de María y se empeñó en aumentar su gozo todo lo posible. La señora Norris era toda entusiasmo y volubilidad; y hasta Fanny tenía algo que expresar, admirada, y era escuchada con agrado. Su mirada captaba con avidez cuanto se le ofrecía a su alcance; y después que hubo logrado, no sin algún esfuerzo, descubrir la casa, observando que «era una clase de edificio que ella no podía mirar sino con respeto», añadió:

––Bueno, ¿y dónde está la avenida? La casa está orientada al Este, según veo. La avenida, por tanto, tiene que hallarse detrás. Mr. Rushworth habló de la fachada del Oeste.

––Sí, está exactamente detrás de la casa; se inicia a corta distancia y descien­de, en una extensión de media milla, hasta el límite del parque. Algo de ella puede verse desde aquí... algo de los árboles más distantes. Es todo roble.

Miss Bertram podía hablar ahora con plena suficiencia de lo que nada sabía unos días atrás, cuando Mr. Rushworth le preguntó su opinión; y en su espíritu se agitaba toda la felicidad que puedan proporcionar el orgullo y la vanidad, cuando se detuvieron ante la amplia escalinata de piedra de la entrada principal.

 

 

 

CAPÍTULO IX

 

 

 

 

Mr. Rushworth estaba en la puerta para recibir a su hermosa dama y a todos dio la bienvenida con la debida atención. En el salón viéronse acogidos con la misma cordialidad por la madre, y María Bertram fue objeto de todos los honores que podía desear. Una vez terminadas las ceremonias motivadas por la llegada se hizo preciso, ante todo, comer; y las puertas se abrieron de par en par, a fin de que los invitados pasaran, atravesando un par de salas intermedias, al salón comedor, donde les esperaba una colación preparada con abundancia y buen gusto. Mucho se habló, mucho se comió, y todo fue bien. Luego se tomó en consideración lo referente al especial motivo de la visita. ¿Qué le parecía a Mr. Crawford, qué medio preferiría emplear para dar un vistazo a los terrenos? Mr. Rushworth hizo mención de su carrocín. Mr. Crawford sugirió la mayor conveniencia de un carruaje que admitiera más de dos personas, y añadió:

––Vemos privados del favor de otros ojos y otros pareceres sería un perjui­cio, incluso superior al sacrificio de estos deliciosos momentos.

La señora Rushworth propuso que se empleara también el calesín; pero esto fue considerado apenas como una solución: las damiselas no sonrieron ni dijeron palabra. La siguiente proposición de la señora Rushworth, ofre­ciendo mostrar la casa a los que nunca habían estado allí, resultó más acepta­ble; pues María Bertram gustaba de que se exhibiera toda su grandeza, y los demás acogieron con agrado la perspectiva de hacer algo.

Así, pues, todos se levantaron de la mesa y, guiados por la señora Rush­worth, fueron recorriendo gran número de habitaciones, todas altas de techo, muchas de ellas amplias, profusamente amuebladas al gusto de cincuenta años atrás, dotadas de relucientes pavimentos, sólida caoba, ricos damascos, mármoles, tallas y dorados, todo muy bonito dentro de su estilo. Cuadros los había en abundancia, y algunos de ellos buenos, pero la mayoría eran retratos de familia que no interesaban más que a la propia señora Rushworth, la cual se había tomado el mucho trabajo de aprenderse cuanto el ama de llaves pudo enseñarle, y estaba ahora casi tan bien preparada como ésta para mostrar la casa. En la presente ocasión se dirigió principalmente a miss Crawford y a Fanny, aunque no podía compararse la atención que ponían la una y la otra; pues miss Crawford, que había visto docenas de grandes casas sin interesarse por el contenido de ninguna de ellas, daba la impresión de que se limitaba a escuchar por cortesía, mientras que Fanny, para la cual era todo tan intere­sante como nuevo, atendía con buena fe desprovista de toda afectación a cuanto la señora Rushworth pudo relatar de la familia en épocas pretéritas: su origen y grandeza, las visitas regias, los méritos de lealtad..., y se deleitaba al relacionarlo con hechos históricos que ya le eran conocidos, o animando su imaginación con escenas del pasado.

La ubicación de la casa excluía la posibilidad de grandes perspectivas desde cualquiera de las habitaciones; y, mientras Fanny y algunos más acom­pañaban a la señora Rushworth, Henry Crawford fruncía el ceño y meneaba la cabeza al mirar por las ventanas. Todas las habitaciones de la fachada oeste daban a una verde extensión de césped limitada por el comienzo de la avenida, que desde allí podía divisarse en su parte inmediata a la alta verja de hierro.

Cuando hubieron recorrido muchas más habitaciones, de las que cabía suponer que no tenían otra utilidad que la de contribuir al impuesto de ventanas y dar trabajo a las criadas, dijo la señora Rushworth:

––Ahora nos dirigimos a la capilla, en la que, propiamente, deberíamos entrar por arriba para verla desde un punto dominante; pero como estamos en confianza los guiaré por aquí, si me lo permiten.

Entraron. La imaginación de Fanny había previsto algo más grandioso que una simple sala espaciosa, rectangular, sin que al adaptarla a los fines de la devoción se la hubiera provisto de algo más impresionante o más solemne que la profusión de caoba y almohadillas de terciopelo carmesí en la galería superior, destinada a la familia.

––Estoy decepcionada ––dijo, hablando a Edmund en voz baja––. Esto no se compagina con la idea que yo tengo formada de una capilla. No tiene nada de imponente, de grandioso, nada que invite al recogimiento. Aquí no hay naves, ni arcos, ni inscripciones, ni estandartes... No hay estandartes, primo mío, que tremolen en la noche al soplo de un aliento celestial, ni indicios de que un monarca escocés duerma debajo.

––Olvidas, Fanny, lo reciente de esta construcción y lo limitado de su finalidad, en comparación con las viejas capillas de castillos y monasterios. Ésta se hizo tan sólo para uso particular de la familia. Supongo que los grandes personajes estarán enterrados en la iglesia parroquial. Allí es donde puedes buscar estandartes y ambientación.

––He sido tonta al no pensar todo eso; pero me ha desilusionado.

La señora Rushworth empezó su relato:

––Esta capilla se arregló tal como ustedes la ven ahora, en tiempos de Jacobo II. Antes de esta época los bancos eran, según tengo entendido, simples tablones de madera; y hay algunos motivos para creer que los para­mentos y almohadillas del púlpito y de los reclinatorios de la familia eran sólo de tela morada; pero esto no es del todo seguro. Es una hermosa capilla, de la que antes se hacía uso mañana y tarde. Siempre leía en ella los rezos el capellán de la casa, como muchos recuerdan. Pero el último Mr. Rushworth suprimió la costumbre.

––Cada generación tiene sus mejoras ––dijo Mary, con una sonrisa, a Ed­mund.

La señora Rushworth se había alejado para recitar su lección a Mr. Craw­ford; y Edmund, Fanny y Mary quedaron en un grupo aparte.

––Es una lástima ––consideró Fanny–– que la costumbre se haya interrum­pido. Era un aspecto muy estimable de los tiempos pasados. En una capilla con su capellán hay algo que está muy de acuerdo con una gran casa, según la idea que una se ha formado de lo que una gran casa debe ser. ¡Qué bonito ver a toda una familia que se reúne regularmente para rezar!

––¡Muy bonito, ya lo creo! ––exclamó miss Crawford, riendo––. Debe hacer un gran bien a los cabezas de familia eso de obligar a las pobres criadas y a los lacayos a que dejen su trabajo o su recreo para venir aquí, a rezar, dos veces al día, mientras ellos mismas inventan excusas para escabullirse.

––Fanny apenas puede concebir así una reunión de familia ––observó Ed­mund––. Si el señor y la señora de la casa no asisten, la costumbre reportará más daños que beneficios.

––De todos modos, es preferible dejar que la gente proceda de acuerdo con su conciencia en estas cuestiones. A cada cual le gusta seguir su camino... escoger la hora y el modo de practicar la religión. La obligación de asistir, la ceremonia, la coerción, la duración... todo eso resulta algo espantoso que a nadie gusta. Y si las buenas gentes que solían arrodillarse y bostezar en esa galería hubiesen llegado a prever que vendrían tiempos en que hombres y mujeres podrían permanecer otros diez minutos en la cama a la hora de levantarse, cuando despertasen con dolor de cabeza, sin temor a verse repro­bados por haber faltado a la capilla, hubieran saltado de gozo y de envidia. ¿No os imagináis lo muy contrariadas que las bellas, antiguas moradoras de la casa de Rushworth, acudirían más de una vez a esta capilla? ¿A las jóvenes damitas, Leonoras o Brígidas, muy tiesas y envaradas para fingir piedad, pero con las cabezas llenas de algo muy distinto, especialmente si el capellán no era hombre digno de que se le mirase? Y me figuro que, en aquellos tiempos, los sacerdotes eran aun inferiores a los de ahora.

Pasaron unos momentos sin que nadie contestara. Fanny se sonrojó y miró a Edmund, pero estaba demasiado enojada para hablar; y él necesitó concen­trarse un poco antes de poder decir:

––Su espíritu animado y bullicioso apenas le permite estar seria aun tratan­do de cosas serias. Nos ha trazado usted un esbozo divertido, y desde un punto de vista humano no puede decirse que no fuera así. Todos tropezamos, a veces, con la dificultad de no poder fijar nuestra atención como desearíamos. Pero si supone usted que es cosa frecuente, es decir, una debilidad convertida en hábito por negligencia, ¿qué podría esperarse de la piedad privada de esas personas? ¿Cree usted que las mentes a las que se les permite, a las que se les consiente que divaguen en la capilla, se recogerían mejor en un gabinete íntimo?

––Sí, es muy probable. Cuando menos tendrían dos contingencias a su favor: habría menos motivos para distraer su atención y la prueba no sería tan larga.

––La mente que no lucha contra sí misma en una de las circunstancias, creo yo que hallaría motivos de distracción en la otra; y la influencia del lugar y del ejemplo puede muchas veces suscitar mejores intenciones que las que se tuvieron a entrar. Sin embargo, admito que la mayor duración del servicio represente, a veces, un esfuerzo excesivo para la atención. Uno desearía que no fuese así; pero aún no ha transcurrido bastante tiempo desde que abando­né Oxford para olvidar lo que son los rezos de la capilla.

Mientras así se hablaba, los demás invitados se habían esparcido por la capilla; y Julia hizo que Mr. Crawford se fijara en María, diciendo:

––Fíjate en Mr. Rushworth y en mi hermana, uno al lado del otro, lo mismo que si fuera a celebrarse la ceremonia. ¿Verdad que parecen comple­tamente dispuestos?

Henry sonrió, como asintiendo, adelantóse hasta María y dijo, con voz que sólo ella podía oír:

––No me gusta ver a miss Bertram tan cerca del altar.

María dio un respingo, se apartó instintivamente unos dos pasos, pero se recobró en el acto, aparentó reír y le preguntó, en un tono de voz no mucho más alto:

––¿Quisiera usted apartarme?

––Temo que lo haría muy torpemente ––fue su respuesta, que acompañó de una mirada muy significativa.

Julia, que al momento se reunió con ellos, siguió adelante con su broma:

––La verdad, es realmente una lástima que no tenga lugar ahora mismo. Sólo falta la correspondiente licencia. Pues aquí nos hallamos todos reunidos, de modo que sería lo más práctico y agradable del mundo.

Y más dijo y rió sin prevención, como para recabar la atención de Mr. Rushworth y su madre en tomo al tema, dando ocasión a que él susurrara sus galanteos al oído de su amada, y la señora Rushworth dijese, con dignidad y sonrisa apropiadas, que sería para ella el suceso más feliz cuando tuviese lugar.

––¡Si Edmund ya estuviera ordenado! ––exclamó Julia; y, corriendo hacia donde él se encontraba con miss Crawford y Fanny, añadió––: Querido Edmund, si ya hubieses sido ordenado podría efectuarse la ceremonia ahora mismo. ¡Qué desgracia que todavía no lo estés! Mr. Rushworth y María están dispuestos.

El rostro de Mary Crawford, mientras Julia hablaba, hubiera divertido a cualquier observador desinteresado. Parecía casi horrorizada ante la noticia que acababa de recibir, Fanny la compadeció; por su mente cruzó esta reflexión: «¡Qué mal le sabrá haber dicho lo de hace un momento!»

––¡Ordenarse! ––exclamó miss Crawford––. ¿De modo que va usted a ser sacerdote?

––Sí; voy a ordenarme poco después del regreso de mi padre. Probable­mente por Navidad.

Miss Crawford, rehaciendo su ánimo y recobrando su temple, tan sólo replicó:

––De haberlo sabido antes, hubiese hablado del clero con más respeto ––y cambió de tema.

Poco después abandonaron todos la capilla, dejándola sumida en la paz y el silencio que reinaban en ella, con pocas interrupciones, en el curso de todo el año. María Bertram, disgustada con su hermana, fue la primera en salir; y todos parecían sentir que habían permanecido ya allí bastante tiempo.

Habían visitado toda la planta de la casa, y la señora Rushworth, incansable en sus funciones, los hubiera llevado al piso principal dispuesta a mostrarles todas sus habitaciones, si su hijo no se hubiese interpuesto con la duda de que les quedase tiempo suficiente.

––Ya que ––dijo, incurriendo en esa especie de argumentación redundante que otros muchos cerebros más preclaros no siempre consiguen eludir––, si alargamos demasiado el recorrido por el interior de la casa, luego no nos quedará tiempo para lo que tenemos que hacer fuera. Son más de las dos, y hay que cenar a las cinco.

La señora Rushworth se sometió. La cuestión de proceder al examen de los terrenos, con quién y en qué forma, parecía que iba a debatirse en agitada sesión, y la señora Norris empezaba a disponer la combinación de carruajes y caballos más factible, cuando la gente joven, al encontrarse ante una puerta tentadora abierta a un tramo de escalera que conducía inmediatamente al césped y a los arbustos y a todas las delicias de un jardín de recreo, como obedeciendo a un mismo impulso, a un mismo anhelo de aire y libertad, se deslizó por ella al exterior.

––Podríamos dar una vuelta por aquí, de momento ––propuso la señora Rushworth, haciéndose cortésmente eco de aquel deseo, y siguiéndoles––. Aquí está la mayor parte de nuestras plantas, y aquí los curiosos faisanes.

––Me pregunto ––dijo Henry Crawford, observando en derredor––, ¿no podríamos hallar algo en que empleamos aquí, antes de ir más lejos? Mr. Rushworth, veo unos bancos de roca natural que prometen mucho. ¿No podríamos convocar a la junta en este prado?

––James ––dijo la señora Rushworth a su hijo––, creo que a todos les gustaría recorrer el bosque. María y Julia Bertram no lo conocen todavía.

Nadie objetó nada, pero por algún tiempo pareció que no había propen­sión a moverse para ningún plan ni a distancia alguna. Todos mostraron al principio su interés por las plantas o los faisanes, y todos se dispersaron gozando de la feliz independencia. Mr. Crawford fue el primero en alejarse para examinar las posibilidades que en aquel extremo ofrecía la casa. El terreno, limitado a ambos lados por altos muros, contenía, a continuación de la primera área con plantas, una bolera, y a continuación de la bolera una terraza sostenida por columnas de hierro, desde donde se descubrían las copas de los árboles del bosque contiguo. Era un ángulo excelente para la observación con espíritu crítico. A Mr. Crawford le siguieron pronto María Bertram y James Rushworth; y cuando, poco después, los demás se reunieron en sendos grupos, Edmund, miss Crawford y Fanny hallaron a los primeros en atareada consulta sobre las mejoras. Después de una breve participación en sus deliberaciones, los dejaron y siguieron paseando. Los tres restantes personajes ––la señora Rushworth, la señora Norris y Julia–– quedaban aún muy atrás; pues Julia, cuya buena estrella no prevaleció mucho tiempo, se vio obligada a caminar al lado de la señora Rushworth y a refrenar la impaciencia de sus pies para acompasarlos a la marcha lenta de la dama; y tía Norris, habiendo establecido contacto con el ama de llaves, que había salido para dar comida a los faisanes, se demoraba comadreando con ella. ¡Pobre Julia! La única de los nueve que no estaba medianamente satisfecha de su suerte, sentíase ahora como si la hubieran castigado y tan distinta de la Julia que vino en el pescante del birlocho como quepa imaginar. La cortesía que había aprendido a practicar como un deber, le hacía imposible la escapatoria: mientras que la carencia de otros móviles más elevados para el dominio de sí mismo, de un sentido de la debida consideración al prójimo, de un conocimiento de su propio corazón, de esos principios de derecho, en fin, que no había formado parte esencial de su educación, hacían sentirse desgra­ciada bajo la esclavitud de aquel deber.

––Hace un calor insoportable ––dijo miss Crawford, cuando hubieron dado una vuelta por la terraza y se dirigían nuevamente a la puerta que daba acceso a la floresta––. ¿Acaso alguno de nosotros hallaría inconveniente en sentirse a gusto bajo la sombra de los árboles? Ahí tenemos un delicioso bosquecillo... mientras podamos penetrar en él. ¡Qué felicidad si la puerta no estuviera cerrada...! Pero lo está, desde luego. En estas grandes mansiones sólo los jardineros pueden ir adonde les place.

No obstante, resultó que la puerta no estaba cerrada, y todos se avinieron a franquearla con gran alegría, zafándose de los inclementes ardores del sol. Un largo tramo de escalera les condujo a la floresta, que era un bosque plantado en unos dos acres de terreno, y, aunque todo eran alerces y laureles, y hayas recortadas, allí había sombra y belleza natural, en comparación con la terraza y la bolera. Todos acusaron su grato influjo refrigerante y, por algún tiempo, se limitaron a pasear y admirar. Al fin, rompiendo el silencio, miss Crawford comentó:

––De modo que va a convertirse usted en un sacerdote, Mr. Bertram. Es una sorpresa para mí.

––¿Por qué había de sorprenderla? Tenía usted que suponerme destinado a alguna profesión, y pudo darse cuenta de que yo no era abogado, ni militar, ni marino.

––Muy cierto; pero, en definitiva, no se me había ocurrido. Y ya sabe usted que suele haber un tío o un abuelo que deja una fortuna al segundón de una familia.

––Una costumbre muy encomiable ––dijo Edmund––, pero no universal. Yo soy una de las excepciones y, por serlo, debo hacer algo por mi cuenta.

––Pero, ¿por qué ha de ser clérigo? Yo creí que, en todo caso, eso era el destino del hermano más joven, cuando había muchos otros con derecho de prioridad en la elección de carrera.

––¿Cree usted, entonces, que ésta nunca se elige por vocación natural?

––Nunca es palabra atroz. Pero, sí: aplicando el nunca de la conversación, que quiere decir no muy a menudo, yo lo creo así. A los hombres les gusta distinguirse, y en cualquier parte pueden conseguirse distinciones, menos en el clero. Un clérigo no es nadie.

––Supongo que el nadie de las conversaciones tendrá sus gradaciones, como el nunca. Unos sacerdote podrá no destacar por su brillantez o su elegancia. No deberá acaudillar turbas ni dar la pauta en la moda. Pero me es imposible admitir que no es nadie el individuo que labora en el terreno de mayor importancia para la humanidad, individual o colectivamente considerada, así para lo temporal como para lo eterno, quien cuida de la religión y la moral y, en consecuencia, de las costumbres que resultan de su influencia. En este aspecto, no hay quien pueda tachar de nadie al que ejerce este ministerio; y si, en realidad, mereciera tan pobre concepto, sería porque descuida sus deberes, porque se concede más importancia de la que tiene, pisando fuera de su terreno a fin de aparentar lo que no debe.

––Usted concede más importancia a un sacerdote de la que una está acos­tumbrada a que le reconozcan, o de la que yo misma pueda atribuirle. Poco se notan los efectos de esa influencia benéfica en el seno de la sociedad, y ¿cómo pueden adquirir tal prestigio y ejercer tal influencia en unos medios en que raramente se los ve? ¿Cómo pueden dos sermones a la semana, aun suponiéndolos dignos de ser escuchados, conseguir todo eso que usted dice: moderar la conducta y ordenar las costumbres de una numerosa feligresía para todos los días restantes? Apenas se ve a un sacerdote fuera del púlpito.

––Usted está hablando de Londres; yo me refiero a la nación entera.

––Me figuro que la metrópoli es una bonita muestra de lo que ocurre por doquier.

––No, le aseguro que no lo es de la proporción entre la virtud y el vicio que pueda registrarse en el conjunto del reino. No buscamos en las grandes ciudades el mejor ejemplo de moralidad. No es allí donde las gentes de cualquier condición tienen más probabilidades de obrar bien; y, en efecto, no es allí donde más pueda acusarse la influencia de la Iglesia. Al buen predicador se le sigue y admira; pero no es sólo con hermosos sermones como un buen sacerdote puede ser útil a su parroquia, cuando ésta no abarca una demarcación excesivamente extensa y un número demasiado crecido de feligreses, de modo que los mismos tengan ocasión de conocer el carácter personal y observar la línea de conducta de su pastor, caso que raramente puede darse en Londres. Allí, la clerecía se pierde entre la multitud de feligreses. A los más, se les conoce tan sólo como predicadores. Y, en cuanto a lo de influir en las costumbres, Mary, no debe usted interpretarme errónea­mente ni suponer que les confiero el carácter de árbitros de la buena educa­ción, artífices del refinamiento y la cortesía o maestros en las ceremonias mundanas. Las costumbres de que le hablo podrían más bien llamarse conducta, quizás el resultado de los buenos principios... el efecto, en fin, de aquellas doctrinas que ellos tienen el deber de enseñar y recomendar; y creo que en todas partes se hallará que, según el clero sea o no sea como debe ser, así será el resto de la nación.

––Muy cierto ––dijo Fanny con gentil gravedad.

––¡Vaya! ––exclamó Mary––. Ya ha convencido del todo a Fanny.

––Desearía poder convencer a Mary también.

––No creo que lo consiga jamás ––dijo ella, con una picaresca sonrisa––; estoy tan sorprendida ahora como al principio de que tenga la intención de ordenar­se. Realmente, usted tiene condiciones para algo mejor. Vamos, cambie de idea; todavía no es demasiado tarde. Hágase abogado..., métase en leyes.

––¡Que me meta en leyes! Y lo dice con la misma naturalidad con que me invitó a meterme en esta floresta.

––Ahora va a decimos algo acerca de que la jurisprudencia es el más salvaje de los dos bosques, pero yo me anticipo; conste que lo he prevenido.

––No es necesario que se apresure usted, si su única finalidad es la de impedirme que diga algo ocurrente, porque en mí no existe el menor ingenio. Soy hombre claro, sólo sé decir las cosas por su nombre y puedo andar perdido en los ribetes de una agudeza durante media hora seguida, sin dar con ella.

Se hizo un silencio general. Los tres quedaron pensativos. Fanny fue la primera en hablar de nuevo:

––No creo que vaya a cansarme mucho con sólo pasear por este delicioso bosque; pero cuando descubramos otro banco, si no os desagrada, me gusta­ría sentarme un poco.

––¡Mi querida Fanny! ––exclamó Edmund, brindándole enseguida el apo­yo de su brazo––. ¡Qué descuido el mío! Espero que no te sientas demasiado fatigada. Acaso ––añadió, dirigiéndose a Mary–– mi otra compañera me haga el honor de aceptar también mi brazo.

––Gracias, pero yo no siento el menor cansancio.

Mientras esto decía aceptó, sin embargo, el ofrecimiento.

Y la satisfacción de Edmund, por ello, unida a su emoción al sentir esta clase de contacto por primera vez, hizo que se olvidara un poco de Fanny.

––¡Si apenas se apoya usted! ––dijo él––. Así no le presto ningún servicio. ¡Qué diferente el peso de un brazo femenino comparado con el de un hombre! En Oxford solía muchas veces pasear con algún compañero que se apoyaba en mi brazo, y, en comparación, no pesa usted más que una mosca.

––Le aseguro que no estoy cansada, lo que casi me extraña, pues al menos hemos andado una milla por este bosque. ¿No le parece?

––Ni media milla ––fue la tajante contestación de Edmund; pues no estaba aún tan enamorado como para medir las distancias o computar el tiempo con irresponsabilidad femenina.

––¡Oh!, no tiene en cuenta los muchos rodeos que hemos dado. ¡Si ha sido un continuo serpenteo! El bosque ya debe de tener la media milla en línea recta, porque no hemos vuelto a verle el fin todavía, desde que abandonamos el sendero ancho.

––Pero sin duda recordará que, antes de abandonar el sendero ancho, veíamos el final a cuatro pasos. Miramos hacia abajo contemplando el pano­rama y vimos que quedaba cerrado por una verja de hierro, de la que no podía separamos más que un octavo de milla.

––Bueno, yo no estoy por discutir esos quebrados; lo que sí sé es que es un bosque muy extenso... y que no hemos cesado de dar vueltas y revueltas desde que nos internamos en él; por lo tanto, cuando digo que hemos recorrida una milla, lo hago prescindiendo de la brújula.

––Llevamos exactamente un cuarto de hora en el bosque ––dijo Edmund, sacando su reloj––. ¿Cree acaso que andamos a cuatro millas por hora?

––¡Oh!, no me ponga nerviosa con su reloj. Los relojes siempre se atrasan o se adelantan. Yo no puedo someterme a las arbitrariedades de un reloj.

Unos pasos más, y salieron al extremo del sendero a que acababan de referirse; y arrimado a un lado, muy sombreado y protegido, mirando al parque se extendía a continuación de un foso escarpado, los esperaba un cómodo banco, en el que se sentaron los tres.

––Temo que te sentirás muy cansada, Fanny ––dijo Edmund, observándo­la––; ¿por qué no lo dijiste antes, Será para ti un mal día de asueto, si al fin quedas rendida. Toda clase de ejercicio la fatiga, Mary; excepto la equitación.

––Entonces, ¡qué abominable su comportamiento al permitir que yo aca­parase su caballo, como hice la semana pasada! Me avergüenzo por usted, así como de mí misma; pero nunca volverá a suceder.

––Su miramiento y consideración hacen que me sienta más culpable de mi propio descuido. Los intereses de Fanny parece que están más seguros en sus manos que en las mías.

––No obstante, que se encuentre cansada ahora no me sorprende; porque, de todas las obligaciones que puedan existir, no hay otra tan pesada como la que hemos cumplido esta mañana, viendo una casa inmensa, vagando duran­te horas de una sala a otra, forzando la vista y la atención, escuchando lo que uno no entiende, admirando lo que a uno no le importa... En general, todo el mundo reconoce que es una de las cosas más cargantes del mundo, y para Fanny lo ha sido también, aunque no se haya dado cuenta­

––Pronto habré descansado bastante ––dijo Fanny––; sentarse a la sombra en un día magnífico y contemplar la vegetación es lo que más alivia.

Poco rato llevaba sentada Mary, cuando se puso de nuevo en pie.

––Necesito moverme ––dijo––; la inactividad me fatiga. He estado mirando al parque por encima del foso, hasta aburrirme. Voy a contemplarlo ahora a través de aquella verja, aunque no lo vea tan bien.

Edmund abandonó también el asiento.

––Ahora, Mary, podrá ver el trazado del paseo que en línea recta une los dos extremos del parque, y se convencerá de que no puede tener media milla de longitud, ni acaso la mitad de media milla.

––¡Es una distancia enorme! ––replicó ella––. Con una ojeada tengo bastante.

Él siguió razonando, pero en vano. Ella no quería calcular, no quería comparar; sólo quería sonreír y discutir. Un mayor grado de consistencia racional no hubiese podido resultar más atractivo, y ambos continuaron hablando con mutua satisfacción. Al fin convinieron que debían intentar la verificación de las dimensiones del bosque paseando un poco más. Se llega­rían hasta uno de sus extremos por la parte en que ahora se encontraban (pues había un sendero recto, cubierto de césped, que se extendía a lo largo de la parte baja bordeando el foso), y acaso se internarían por alguna vereda orien­tada en otra dirección si ello podía ayudarles, pero a los pocos minutos estarían de vuelta. Fanny dijo que ya había descansado y se disponía a marchar también, pero no lo consintieron. Edmund la instó para que permaneciera donde estaba, con tanta seriedad que ella no se pudo resistir, y la dejaron en el banco pensando con placer en los cuidados de su primo, aunque muy apenada por no sentirse más fuerte. Los observó hasta que doblaron por otro camino, y escuchó hasta que cesaron los últimos ecos de sus voces.

 

 

 

CAPÍTULO X

 

 

 

 

Pasaron quince minutos, veinte... y Fanny seguía pensando en Edmund, en Mary y en sí misma, sin que nadie la interrumpiera. Empezó a extrañarle que la dejaran sola tanto tiempo y a escuchar con ansias de oír de nuevo sus pasos y sus voces. Escuchaba, escuchaba y al fin pudo oír... sí, eran voces y pasos que se acercaban; pero, apenas acabó de percatarse de que no se trataba de los que ella esperaba, aparecieron María Bertram, Mr. Rushworth y Henry Crawford, procedentes del mismo sendero que ella había seguido antes.

––¡Fanny sola...! Querida Fanny, ¿cómo ha sido esto? ––fueron los primeros saludos.

Ella lo contó.

––¡Pobrecita Fanny! ––exclamó su prima––. ¡Qué mal te han tratado! Hubie­ra sido mejor que te quedaras con nosotros.

Después, sentándose en el banco con un caballero a cada lado, reanudó la conversación que antes sostenían, estudiando la posibilidad de las mejoras con gran animación. Nada se concretó, pero Henry Crawford tenía la cabeza llena de ideas y proyectos; y, en términos generales, cuanto él proponía quedaba inmediatamente aprobado, primero por ella y luego por Mr. Rush­worth, cuya principal ocupación era, a lo que parecía, escuchar a los demás, sin arriesgarse apenas a exponer alguna sugerencia propia, como no fuera su deseo de que vieran ellos también la finca de su amigo Smith.

Después de dedicar unos minutos a ese tema, miss Bertram, observando la verja de hierro, expresó su deseo de entrar por ella en el parque, a fin de obtener nuevas perspectivas para sus planes. Henry opinó que sería lo mejor que podían hacer, el único medio que les permitiría decidir con algún acierto. Enseguida descubrió una loma a menos de media milla, desde cuya cima tendrían la exacta visión de conjunto que se requería para el caso. Por lo tanto, era incontestable que tenían que ir a la loma y pasar por la verja; pero la verja estaba cerrada. Mr. Rushworth lamentó no llevar encima la llave; dijo que estuvo muy cerca de pensar, antes de salir, en si debía cogerla; que estaba resuelto a no volver jamás por allí sin la llave. Sin embargo, todo esto no resolvía la dificultad presente. No podían atravesar la verja. Y, como en María no menguaban los deseos de hacerlo, Mr. Rushworth acabó por manifestar que estaba dispuesto a ir a buscar la llave y separóse de ellos acto seguido.

––Indudablemente, es lo mejor que podemos hacer, ahora que nos hemos alejado tanto de la casa ––dijo Henry, cuando el otro se hubo marchado.

––Sí, no cabe hacer otra cosa. Pero, sinceramente, ¿no encuentra el lugar, en su conjunto, peor de lo que esperaba?

––No, por cierto; muy al contrario. Lo encuentro mejor, más grandioso, más completo en su estilo, aunque acaso este estilo no sea el ideal. Y, si quiere que le diga la verdad ––añadió, hablando bastante más bajo––, no creo que jamás vuelva a ver Sotherton con el placer de ahora. Dificilmente otro verano podrá mejorarlo para mí.

Después de una breve turbación, la damisela replicó:

––Es usted un hombre demasiado mundano para no ver las cosas con los ojos del mundo. Si los demás creen que Sotherton ha mejorado, usted también lo considerará así.

––Temo que no soy tan hombre de mundo como me convendría en algunos casos. Mis sentimientos no son tan deleznables, ni mis recuerdos del pasado tan fáciles de dominar, como es el caso, según uno puede ver por ahí, de los hombres de mundo.

Se siguió un corto silencio. Miss Bertram empezó de nuevo:

––Parece que esta mañana se divirtió usted mucho mientras guiaba el coche. Celebré verle tan entretenido. Usted y Julia no cesaron de reír en todo el camino.

––¿Nos reíamos? Sí, creo que sí; pero no me acuerdo en absoluto de qué. ¡Ah!, creo que le estuve contando unas ridículas anécdotas de un viejo palafrenero irlandés que tiene mi tío. A su hermana le gusta mucho reír.

––¿Le parece ella más alegre que yo?

––Creo que se la divierte con mayor facilidad ––replicó Henry––, y por tanto, ¿comprende usted? ––agregó sonriendo––, me parece mejor compañera. A usted, no me hubiera visto capaz de divertirla con anécdotas irlandesas durante un recorrido de diez millas.

––Creo que mi carácter, corrientemente, es tan animado como el de Julia, pero ahora tengo más cosas en qué pensar.

––Sin duda; y, en determinadas circunstancias, un exceso de alegría denota insensibilidad. Sin embargo, las perspectivas que a usted se le ofrecen son demasiado halagüeñas para justificar una pérdida de humor. Se halla usted ante un panorama risueño.

––¿Habla usted en sentido literal o figurado? Deduzco que literal. Sí, en efecto. Luce el sol y el parque tiene un aspecto muy alegre. Pero, por desgracia, esa verja de hierro, ese foso escarpado, me dan idea de opresión y limitación. No puedo salir, como dice el estornido de la fábula ––mientras esto decía, poniendo vehemencia en sus palabras, se aproximó a la verja; él la siguió––. ¡Tarda tanto James en volver con la llave!

––Y por nada del mundo se atrevería usted a salir sin la llave y sin el consentimiento y la protección de Mr. Rushworth; de lo contrario, creo que sin mucha dificultad saltaría usted por este extremo de la verja, con mi ayuda. Creo que podríamos hacerlo, si usted deseara realmente sentirse menos prisionera y tuviera el valor de considerarlo como cosa no prohibida.

––¡Prohibida! ¡Qué tontería! Claro que puedo salir así, y lo haré. James no tardará en llegar, por supuesto; no nos alejaremos mucho, para que nos vea.

––Y, si no nos viera, miss Price tendrá la amabilidad de decirle que nos encontrará cerca de aquella loma... en el robledal de la loma.

Fanny, dándose cuenta de que todo aquello no estaba nada bien, no pudo menos que esforzarse en evitarlo.

––María, te vas a lastimar ––porfiaba––; seguro que te lastimarás con esos clavos; te rasgarás el vestido; corres el riesgo de caerte al foso. Mejor sería que no fueras...

Al decir esto último, su prima se hallaba ya en el otro lado y, sonriendo con todo el buen humor que proporciona el éxito, replicó:

––Gracias, querida Fanny, pero tanto mi traje como yo hemos llegado sanos y salvos; de modo que... ¡adiós!

Fanny se quedó otra vez sola y no de mejor humor, pues la apenaba casi todo lo que había visto y oído. Estaba asombrada de María y enojada con Henry. Como no tomaron el camino recto, sino otro que les obligaría a dar un rodeo y, según a ella le pareció, muy irrazonable para dirigirse a la loma, pronto quedaron fuera del alcance de su vista. Transcurrieron unos minutos más sin que oyera ni viese a nadie. Le parecía tener todo el bosquecillo para ella sola. Casi tenía motivo para suponer que Edmund y miss Crawford la habían abandonado; pero no era posible que Edmund se olvidase tan por completo de ella.

Un repentino rumor de pisadas la distrajo de sus inquietantes suposicio­nes; alguien se acercaba a paso rápido, bajando por el sendero principal. Esperaba que aparecería Mr. Rushworth, pero era Julia, la cual, acalorada y sin resuello, y evidentemente contrariada, exclamó al verla:

––¡Hola! ¿Dónde se han metido los demás? Creí que María y Henry estaban contigo.

Fanny explicó lo ocurrido.

––¡Bonito truco, a fe mía! No los veo por ninguna parte ––añadió, mirando con impaciencia al interior del parque––. Pero no pueden estar muy lejos, y creo que puedo saltar tan bien como María, hasta sin que me ayuden.

––Pero, Julia: Mr. Rushworth estará aquí dentro de un momento, con la llave. Espérale, por favor.

––¿Esperarle yo? No es fácil. Demasiado he tenido que aguantar a esa familia, por una mañana. ¡Vamos, niña! Justamente ahora acabo de librarme de su horrible madre. ¡Menuda condena he tenido que soportar, mientras tú estabas aquí sentadita, tan compuesta y feliz! Tal vez te hubiera dado lo mismo encontrarte en mi sitio, pero el caso es que siempre te las arreglas para escabullirte de esos compromisos.

La acusación no podía ser más injusta, pero Fanny prefirió no darle importancia y pasar por ella. Julia estaba picada y se dejaba llevar de su temperamento impulsivo; pero Fanny estaba segura de que no le duraría el mal humor, y por tanto, haciendo caso omiso de sus palabras, le preguntó si había visto a Mr. Rushworth.

––Sí, sí, le vimos. Iba disparado, como si fuera cuestión de vida o muerte, y perdió el tiempo justo para decimos a lo que iba y dónde estabais. ––Es lástima que se haya tomado tanta molestia para nada.

––De esto debe preocuparse María. Yo no estoy obligada a sufrir por sus pecados. De la madre no pude huir mientras tía Norris, siempre tan pesada, anduvo danzando por ahí con el ama de llaves, pero al hijo puedo eludirlo en todo momento.

Inmediatamente trepó por la verja, saltó al otro lado y se alejó sin atender a la última pregunta de Fanny sobre si había visto algún rastro de Edmund y de Mary. La especie de temor que ahora sentía Fanny de encontrarse ante Mr. Rusworth le impidió pensar mucho en la prolongada ausencia de la pareja, como hubiera hecho en otro caso. Se daba cuenta de que le habían tenido muy poca consideración, y le resultaba violento tener que explicarle lo ocurrido. James se presentó cinco minutos después que Julia había desapare­cido; y, aunque Fanny hizo cuanto pudo para referir el caso de modo que no resultara tan desagradable, él no pudo ocultar la enorme mortificación y el profundo disgusto que sentía. Al principio apenas dijo nada; sólo en su actitud se reflejó la sorpresa y el enojo que aquello le causaba. Se llegó a la verja y quedó allí, inmóvil, como sin saber qué hacer.

––Me rogaron que me quedase; María me encargó que le dijera, en cuanto usted llegase, que los encontraría en aquella loma o en sus inmediaciones.

––Me parece que no voy a ir más lejos ––dijo él, desalentado––. No se ven por ninguna parte. Cuando yo llegase a la loma, ellos ya se habrían marchado a otro sitio. Me he paseado bastante.

Y fue a sentarse con aire sombrío junto a Fanny.

––Lo siento mucho ––dijo ella––; es muy lamentable.

Y hubiera dado cualquier cosa para que se le ocurriese algo más que poder decir, a propósito.

Después de un prolongado silencio, él se quejó:

––Creo que bien hubieran podido esperarme.

––María pensó que usted la seguiría.

––Yo no tenía por qué seguirla, si ella se hubiese quedado.

Esto no podía negarse, y Fanny se calló. Al cabo de otra pausa, él reanudó:

––Por favor, miss Price, ¿podría decirme si es usted tan admiradora de ese Mr. Crawford como otras personas? Lo que es yo, no le veo nada de par­ticular.

––A mí no me parece nada guapo.

––¡Guapo! Nadie puede decir que sea guapo un individuo corto de talla como él. No alcanza cinco pies con nueve. Y no me extrañaría que sólo llegase a los cinco con ocho. Además, le encuentro un aspecto muy poco agradable. Opino que esos Crawford no son una buena adquisición, en absoluto. Lo pasábamos muy bien sin ellos.

Aquí le escapó a Fanny un leve suspiro, y no supo contradecirle.

––Si yo hubiera puesto algún reparo en lo de ir a buscar la llave, cabría alguna excusa; pero fui en cuanto ella manifestó sus deseos.

––Su amable atención obligaba mucho, desde luego, y estoy segura de que se apresuró usted tanto como pudo; no obstante, la distancia es bastante larga desde aquí a la casa, como usted sabe, y quien espera juzga mal el tiempo; en estos casos, cada medio minuto pesa como cinco.

Él se puso en pie y volvió a la verja, diciendo:

––Ojalá hubiese tenido la llave entonces.

Fanny creyó ver en su actitud un indicio de apaciguamiento que la animó para otra tentativa. Con tal propósito dijo:

––Es una lástima que no vaya a reunirse con ellos. Buscaban una perspectiva mejor de la casa por aquel lado del parque, y estarán estudiando las mejoras que cabría hacer; pero, como usted sabe, no pueden decidir nada sin contar con su parecer.

Fanny comprobó que tenía más garbo en despachar que en retener a sus acompañantes. Mr. Rushworth quedó convencido.

––Bueno ––dijo––, si a usted le parece mejor que vaya... Sería tonto haber traído la llave para no utilizarla.

Franqueó la verja y se marchó sin más ceremonia.

Entonces, los pensamientos de Fanny se concentraron por entero en tomo a los que la habían dejado allí hacía tanto tiempo, y, como creciera su impaciencia, resolvió ir en su busca. Siguió el mismo camino que ellos habían tomado, paralelamente al foso, y apenas lo dejó para internarse por otra vereda llegaron de nuevo a su oído la voz y las risas de Mary. Resonaban cada vez más cerca, y unos momentos después se encontró ante ellos. Acababan de regresar al bosque desde el parque, al que habían pasado, tentados por una puerta lateral que hallaron abierta, poco después de separarse de Fanny, y cruzando un sector del parque habían llegado hasta la mismísima avenida que tanto había anhelado Fanny, en el curso de toda la mañana, alcanzar al fin, y allí se habían sentado bajo uno de los árboles. Esto fue lo que contaron. Era evidente que el tiempo había transcurrido muy agradablemente para ellos y no se habían dado cuenta de lo prolongado de su ausencia. El mejor consuelo para Fanny fue que le aseguraran lo mucho que Edmund la había echado de menos y que, desde luego, hubiera vuelto por ella ni no hubiese sido por lo cansada que ya estaba a causa del paseo por el bosque. Pero no era esto suficiente para borrar su pena por haberse visto abandonada durante una hora entera, cuando él había hablado tan sólo de unos minutos, ni para ahuyentar la especie de curiosidad que sentía por saber de qué habrían estado hablando durante todo aquel tiempo; y el resultado fue que se sintiera desilusionada y deprimida cuando decidieron, por acuerdo general, regresar a la casa.

Cuando llegaron al pie de la escalera que conducía a la terraza, aparecieron en lo alto la señora Rushworth y tía Norris, que se disponían a ir entonces a la floresta, cuando hacía una hora y media que ellos habían salido. La señora Norris estuvo ocupada en cosas demasiado interesantes para ponerse en marcha con mayor prontitud. Cualesquiera que fuesen los contratiempos que hubiesen podido frustrar la diversión de sus sobrinas, el caso es que para ella la mañana había sido de gozo completo; pues el ama de llaves, después de mostrarse en extremo atenta y amable al informarla de todo lo referente a los faisanes, la había llevado a la vaquería, ilustrándola sobre cuanto hace referen­cia a las vacas y dándole la receta de un famoso queso de crema; y después que Julia las había dejado se encontraron con el jardinero, tropiezo que resultó en extremo satisfactorio para la señora Norris, pues tuvo ocasión de rectificar el erróneo criterio del buen hombre acerca de la enfermedad que padecía su nieto, convenciéndole de que tenía una calentura intermitente, y le prometió un amuleto para el caso; y él, en justa correspondencia, le enseñó su plantel más escogido y hasta la obsequió con un ejemplar de brezo muy curioso.

Al encontrarse las damas con el terceto que regresaba, todos volvieron a la casa para, una vez allí, dedicarse a pasar el tiempo lo más distraídamente posible, bien charlando, ya leyendo alguna Revista Trimestral, cómodamente arrellenados en los sofás, esperando la llegada de los otros y la hora de la cena. Era ya bastante tarde cuando se presentaron las hermanas Bertram y los dos caballeros; y, al parecer, su paseo no había resultado agradable más que a medias, y en modo alguno fecundo en consecuencias positivas con respecto al motivo de la excursión. Según ellos refirieron, no habían hecho más que ir unos en pos de otros, y el encuentro le pareció a Fanny que se había producido demasiado tarde para restablecer la armonía lo mismo que para, según reconocieron, tomar decisiones sobre las mejoras a realizar. Al mirar a

Julia y a Mr. Rushworth, notó que no era sólo en el pecho de ella donde se ocultaba el descontento por la conducta de los otros dos; también en el rostro de él se apreciaba un rictus de disgusto. Henry y María aparecían más satisfechos, y creyó ver que él ponía especial empeño, durante la cena, en disipar toda sombra de resentimiento en los otros y restablecer el buen humor general.

A la cena sucedió inmediatamente el té y el café, pues la perspectiva de un recorrido de diez millas para volver a casa no permitía desperdiciar el tiempo. A partir del momento en que se sentaron a la mesa todo fue una bulliciosa sucesión de naderias, hasta que el coche estuvo a la puerta y la señora Norris, después de afanarse y obtener del ama de llaves unos huevos de faisán y un queso de crema y abundar en corteses discursos de cumplido por las atenciones de la señora Rushworth, estuvo dispuesta a iniciar la marcha. En aquel momento, Henry se aproximó a Julia para decirle:

––Espero que no voy a perder a mi compañera, a menos que ella tema el aire de la tarde en un sitio tan expuesto.

La instancia no estaba prevista, pero fue gratamente acogida, y era de prever que para Julia la jornada iba a terminar tan bien como había empezado. María, por su lado, esperaba algo muy distinto, y quedó un tanto decepcio­nada; pero su convicción de que, en realidad, era ella la preferida le bastó para conformarse y la capacitó para acoger como debía las atenciones de despedida de James Rushworth. Sin duda a él había de satisfacerle más dejarla en el interior del birlocho que ayudarla a montar en el pescante, y sus deseos parecieron cumplirse con este arreglo.

––¡Vamos, Fanny, que éste ha sido un magnífico día para ti! ––dijo tía Norris, mientras atravesaban el parque––. ¡Un completo recreo, desde el principio hasta el fin! Ya te digo que puedes estar muy agradecida a tía Bertram y a mí, por haber buscado la manera de que pudieses venir. ¡Nada, que has podido disfrutar un bonito día de constante diversión!

María estaba lo bastante disgustada para decir sin ambages:

––Me parece que usted no lo ha aprovechado del todo mal, tía. Yo diría que en el regazo lleva un montón de cosas buenas; y entre las dos hay una cesta con algo que me está torturando el codo sin piedad.

––Querida, no es más que un pequeño y hermoso brezo que el viejo jardinero, tan amable, se empeñó en que me llevara; pero, si te estorba, ahora mismo lo pongo en mi regazo. Mira, Fanny, tú podrías llevarme este paquete. Pon mucho cuidado... no se te vaya a caer; es un queso de crema, exactamente igual que ése tan excelente que hemos probado en la comida. No hubo manera de que la Whitaker, la buena ama de llaves, se resignase a que no me lo llevara. Me resistí todo lo que pude, hasta que las lágrimas asomaron casi a sus ojos y yo me di cuenta de que el queso era precisamente de la clase que hace las delicias de mi hermana. ¡Esta señora Whitaker es un tesoro! Se horrorizó de veras cuando le pregunté si se les permitía beber vino a los de la segunda mesa, y echó a dos criadas por llevar vestidos blancos. Cuidado con el queso, Fanny. Así puedo llevar muy bien el otro paquete y la cesta.

––¿Y qué más ha pescado por allí? ––preguntó María, en cierto modo satisfecha de que Sotherton mereciera tantos elogios.

––¡Pescar, querida! Nada más que esos cuatro hermosos huevos de faisán me obligó a aceptar, quieras o no quieras; no admite que se le desprecie nada. Dijo que sin duda sería una distracción para mí, enterada de que vivo sola, tener unos cuantos seres vivientes de esta especie; y lo será, de seguro. Haré que la granjera se los ponga a la primera clueca libre que tenga, y si llegan a buen fin me los llevaré a casa y los pondré en una caponera que alguien me prestará; y será para mí delicioso cuidarlos en mis horas de soledad. Y, si tengo suerte, habrá algunos para tu madre.

Era un bello anochecer, dulce y apacible, y el regreso venía a ser un paseo con todos los encantos que pudiera prestarle el sosiego de la naturaleza; pero, cuando tía Norris cesaba de hablar, en el coche se hacía un silencio absoluto. Los ánimos, en general, estaban agotados; y definir si el día les había procu­rado más penas que alegría, o viceversa, era la cuestión que sin duda ocupaba la mente de casi todos.

 

 

 

CAPÍTULO XI

 

 

 

 

El día pasado en Sotherton, a pesar de todos sus defectos, procuró a las hermanas Bertram sensaciones mucho más gratas que las cartas de la Antigua que poco después llegaron a Mansfield. Resultaba más agradable pensar en Henry Crawford que en el padre y, especialmente, que imaginarle de nuevo en Inglaterra dentro de un plazo no muy largo, como habían de creerlo por el contenido de esas cartas.

Noviembre era el mes fatídico: para noviembre se había fijado su llegada. Sir Thomas escribía sobre este punto con toda la seguridad que podían darle la experiencia y las ansias de volver. Sus asuntos estaban tan próximos a resolverse como para que pudieran ser justificadas sus esperanzas de tomar su pasaje para el correo de septiembre y, por consiguiente, preveía con ilusión que estaría de nuevo al lado de los seres queridos a primeros de noviembre.

María era más digna de compasión que Julia, porque el retorno del padre le aportaría un esposo, y el retorno del amigo más celoso de su felicidad la uniría al galán que ella misma había elegido como depositario de esa felici­dad. Era una perspectiva muy negra, y no pudo hacer más que correr una cortina de humo sobre la misma y esperar que, cuando el humo se disipara, pudiese ver algo distinto, un panorama más consolador. Era de creer que no sería a primeros de noviembre; siempre se producen retrasos, siempre cabe una mala travesía, o algo..., ese algo propicio que sirve de consuelo a todos los que cierran los ojos cuando miran, o el entendimiento cuando razonan. Proba­blemente sería a mediados de noviembre, por lo menos; para la mitad de noviembre faltaban todavía tres meses. Tres meses que comprendían trece semanas. Y en el transcurso de trece semanas muchas cosas podían ocurrir.

Sir Thomas hubiera sentido un profundo pesar de haber sospechado tan sólo la mitad de lo que pensaban sus hijas ante la perspectiva de su regreso, y poco se hubiera consolado al enterarse del interés que tal anuncio despertaba en el pecho de otra joven damisela. Miss Crawford, al dirigirse con su hermana a Mansfield Park para pasar la tarde con sus amigos, tuvo conoci­miento de la buena nueva. Y aunque parecía que el particular sólo podía atañerle en el terreno de la cortesía, y que había dado escape a toda la emoción que pudiera sentir con su sosegada enhorabuena, lo cierto es que prestó oídos a la noticia con un interés no tan fácil de satisfacer. La señora Norris refirió el contenido de las cartas, y después se habló de otra cosa; pero cuando hubieron dado fin al té, hallándose Mary de pie junto a un ventanal abierto, en compañía de Edmund y de Fanny, contemplando el paisaje envuelto en la media luz crepuscular, mientras las hermanas Bertram, Mr. Rushworth y Henry Crawford se ocupaban en encender los candelabros del piano, miss Crawford resucitó el tema volviéndose súbitamente cara al grupo y exclamando:

––¡Qué feliz se le ve a Mr. Rushworth! Está pensando en el próximo noviembre.

Edmund dióse también vuelta para mirar a Mr. Rushworth, pero no dijo nada.

––Será un gran acontecimiento, el regreso de vuestro padre ––agregó ella. ––Lo será, desde luego, después de una ausencia así... una ausencia no sólo larga, sino sembrada de peligros.

––Además, será el anuncio de otros importantes acontecimientos: el casa­miento de su hermana, la ordenación de usted...

––Sí.

––No se ofenda ––dijo ella, riéndose––, pero esto me hace pensar en los viejos héroes paganos que, después de realizar grandes proezas en tierra extraña, ofrecían sacrificios a los dioses a su feliz regreso.

––No hay sacrificio en este caso ––replicó Edmund, esbozando una especie de grave sonrisa y dando otra ojeada al piano––; ella ha elegido libremente.

––¡Oh!, sí, ya lo sé. Sólo fue una broma. Su hermana hace exactamente lo que quisiera hacer toda mujer joven; y no dudo que será en extremo feliz. Era otro el sacrificio a que me refería; y usted, por supuesto, no me entiende.

––Mi ordenación, se lo aseguro, será algo tan voluntario como el casamien­to de María.

––Es una gran suerte que su inclinación y las conveniencias de su padre armonicen tan bien. Hay un excelente beneficio eclesiástico reservado para usted, según tengo entendido, por estos alrededores.

––Y usted supone que me he dejado influir por esto.

––¡Oh, no! Yo estoy segura que esto no ha influido para nada en su vocación ––terció Fanny.

––Gracias por tu buena opinión, Fanny; pero dices más de lo que yo mismo podría afirmar. Al contrario, la seguridad de contar con tal destino es probable que influyese en mí. Ni creo que haya ningún mal en ello. Nunca hubo en mí una aversión natural que fuera preciso forzar, y creo que no hay razón para suponer que un hombre será peor clérigo por saber que podrá situarse enseguida. Estuve en buenas manos. Tengo la esperanza de no haber errado el camino con mi propia elección, y me consta que mi padre ha sido siempre demasiado escrupuloso para permitirlo. No tengo la menor duda de que se me ha influido, pero creo que el hecho no merece censura.

––Es lo mismo que ocurre ––dijo Fanny, después de una corta pausa––, con el hijo de un almirante que ingresa en la Armada, o el de un general que ingresa en el Ejército, sin que nadie vea que haya algún mal en ello. Nadie se extraña de que elijan el campo donde hallarán más amigos dispuestos a ayudarles, ni hay quien sospeche que su entusiasmo por la profesión sea inferior a lo que correspondería.

––No, querida Fanny, y hay sus razones para que así sea. La profesión, ya sea en la Marina o en el Ejército, se justifica por sí misma. No deja nada que desear: incluye heroísmo, riesgo, dinamismo, buen tono. A los soldados y a los marinos siempre se les admite en sociedad. Nadie puede extrañarse de que los hombres sean soldados o marinos.

––En cambio, los móviles de un hombre que va a ordenarse teniendo un destino asegurado son muy sospechosos; esto es lo que usted piensa, ¿no es cierto? ––observó Edmund––. Para que este hombre tuviera una justificación a los ojos de usted, tendría que hacerlo en la más completa incertidumbre sobre su porvenir.

––¡Cómo! ¡Ordenarse sin tener un destino asegurado! No; esto sería una locura, una verdadero locura.

––¿Debo preguntarle cómo se nutrirían las filas de la Iglesia, si un hombre no ha de ordenarse contando con un beneficio ni sin contar con él? No, no se le pregunto, porque es seguro que no sabía usted qué contestar. Pero de sus propios argumentos cabe deducir alguna consecuencia favorable al cléri­go. Ya que éste no puede estar influenciado por esos sentimientos que usted considera tan elevados como el afán de gloria y honores que empujan a soldados y marinos a la elección de su carrera; ya que ni heroísmo, ni fama, ni galardones cuentan para él, debería estar menos expuesto a sospecha de que hay falta de sinceridad o buenas intenciones en su vocación.

––Claro, sin duda será muy sincero al preferir unos ingresos asegurados, al esfuerzo de trabajar para obtenerlos, y tendrá las mejores intenciones de pasarse el resto de la vida sin hacer nada más que comer, beber y engordar. Es indolencia, Mr. Bertram, vaya que sí... indolencia y amor a la comodidad... una falta de toda loable ambición, de gusto por la sociedad, o de inclinación a tomarse la molestia de hacerse agradable, lo que lleva a un hombre a ser clérigo. Un clérigo no tiene nada que hacer como no sea leer el periódico, observar el tiempo, mostrarse desaliñado y egoísta y pelear con su mujer. El cura auxiliar le hace todo el trabajo, y toda su ocupación se reduce a comer.

––Los hay que son así, sin duda alguna, pero me parece que el caso no es tan comente como para justificar la opinión de miss Crawford, cuando considera que estas características son de aplicación general. Sospecho que al formular esta crítica global y, diría yo, comprensiva de lugares comunes, no juzga usted por sí misma, sino a través de los prejuicios de otras personas cuyas opiniones se ha habituado usted a escuchar. Es imposible que por propia observación conozca usted mucho de la clerecía. No habrá tratado más que a poquísimos de esos hombres que usted condena de un modo concluyente. Habla, simplemente, por lo que ha oído en las conversaciones de sobremesa en casa de su tío.

––Hablo, haciéndome eco de lo que considero la opinión general; y cuando una opinión es general suele ser correcta. Aunque personalmente poco he podido observar de la vida privada de los clérigos, son muchas las personas que los conocen en la intimidad del hogar para que quepa una deficiencia de información.

––Cuando un cuerpo de hombres cultos, cualquiera que sea su función, es censurado en peso, sin hacer distinciones, tiene que haber una deficiencia de información o ––y aquí sonrió–– de otra cosa. Su tío, y sus colegas almirantes, acaso supieran muy poca cosa de clérigos fuera de los capellanes que, buenos o malos, siempre deseaban tener lejos.

––¡Pobre William! Él ha encontrado mucha bondad en el capellán del Antwerp ––fue un tierno comentario de Fanny, muy a propósito de sus senti­mientos, si no de la conversación.

––Tuve siempre tan poca propensión a formar mis opiniones con las de mi tío ––replicó miss Crawford––, que dificilmente puede ser cierta su suposición; y, si tanto me apura, deberé hacer constar que no me hallo tan privada de medios para observar qué clase de personas son los clérigos, siendo actual­mente huésped de mi propio hermano, el doctor Grant. Y, aunque el doctor Grant es muy amable y atento conmigo, y no puede negarse que es un auténtico gentleman, y me atrevería a decir que muy erudito e inteligente, y a menudo son muy buenos sus sermones, y es una persona muy respetable, no por eso dejo de ver en él al indolente, al egoísta bon vivant, que no puede dar un paso sin consultar su paladar, que es incapaz de mover un dedo por la conveniencia de otra persona y que, además, si la cocinera hace una patocha­da, se pone de mal humor con su excelente esposa. Si he de confesar la verdad, diré que Henry y yo nos hemos visto casi obligados a salir esta tarde por su disgusto ante una gansa cruda, de la que no pudo aprovechar la mejor parte. Mi pobre hermana tuvo que quedarse y soportarle.

––No me sorprende su desaprobación, se lo aseguro. Es un gran defecto de carácter, agravado por una falta de hábito a la sobriedad muy censurable; y ver a su hermana sufriendo por esta causa tiene que ser muy penoso para una sensibilidad como la de usted. Bueno, Fanny: en este punto nos ha vencido miss Crawford. No podemos intentar la defensa del doctor Grant.

––No ––replicó Fanny––, pero no debemos achacar todo esto a su carrera; porque, cualquiera que fuese la profesión elegida, su carácter hubiera sido igualmente... no hubiera sido mejor; y como lo mismo en la Armada que en el Ejército hubiera tenido mucho más personal bajo sus órdenes que el que ahora tiene, creo que más le hubiera perjudicado ser soldado o marino que clérigo. Además, he de suponer que cualesquiera sean los defectos que puedan imputarse al doctor Grant, tales defectos hubieran corrido un mayor riesgo de acentuársele en el ejercicio de una profesión más activa y mundana, en la que hubiese tenido menos tiempo y obligación de estudiarse a sí mismo..., en la que no se le hubiera presentado la ocasión, con tanta frecuencia al menos, de ahondar en ese conocimiento de sí mismo, aspecto éste del que ahora no puede prescindir. Un hombre... un hombre sensible como el doctor Grant, es imposible que tenga adquirido el hábito de enseñar todas las semanas al prójimo sus obligaciones, de acudir dos veces a la capilla todos los domingos y exhortar a los fieles con unos sermones tan excelentes como los suyos, sin que en él mismo repercuta el efecto de todas las verdades que predica. Sin duda tendrá que reflexionar, y estoy segura de que procura refrenarse más a menudo que si en vez de ser clérigo se hubiera dedicado a otra cosa.

––No es posible demostrar lo contrario, por supuesto: pero le deseo mejor suerte, Fanny, que la de casarse con un hombre cuya amabilidad dependa de sus propios sermones; pues, aunque se predicara a sí mismo hasta ponerse del mejor humor de todos los domingos, ya seria bastante pena tenerle discutien­do sobre si los gansos han quedado crudos desde el lunes por la mañana hasta el sábado por la noche.

––Si existe un hombre capaz de pelear a menudo con Fanny ––dijo Ed­mund cariñosamente––, será que no hay sermones que vengan para él.

Fanny se acercó más a la ventana.

––Me figuro que miss Price está más acostumbrada a merecer elogios que a escucharlos ––observó Mary, empleando un tono algo divertido.

Y no tuvo tiempo de decir más, pues en aquel momento fue requerida insistentemente por las hermanas Bertram para que se uniera a ellas en la interpretación de una canción alegre para voces solas. Accediendo, se dirigió al piano, mientras Edmund quedaba como sumido en un éxtasis de admira­ción ante sus muchos encantos, empezando por su espíritu complaciente y acabando por lo grácil y alado de su porte.

––¡Qué carácter tan animado! ––dijo, contemplándola––. Con un tempera­mento así, no habrá quien pueda entristecerse a su lado. ¡Y qué complacien­te! Enseguida accede al deseo de los demás, uniéndose a ellos en cuanto se la requiere. ¡Qué lástima ––agregó, después de una breve reflexión–– que haya tenido que estar en tan malas manos!

Fanny convino en eso, y tuvo la satisfacción de ver que él permanecía a su lado, junto a la ventana, a pesar de la anunciada canción, y que volvía como ella los ojos al exterior, cuyo espectáculo se ofrecía solemne, sedante, cauti­vador en la luminosidad de una noche estrellada, contrastando sobre la profunda negrura de los bosques. Fanny habló por sus sentimientos:

––¡Esto es armonía! ––dijo––. ¡Esto es paz! ¡He aquí algo que deja atrás todo lo que la música y la pintura puedan expresar, y que sólo la poesía puede intentar describir! ¡Esto puede calmar toda inquietud y exaltar el espíritu hasta el arrobamiento! Cuando contemplo una noche como esta, tengo la sensación de que ni la maldad ni el dolor pueden existir en el mundo; y es seguro que de las dos cosas habría menos si se atendiera más a la sublimidad de la naturaleza y la humanidad llevara su mirada un poco más allá del círculo de mezquindades en que se encierra, contemplando un espectáculo como éste.

––Me gusta ver tu entusiasmo, Fanny. Es una noche deliciosa, y muy dignos de compasión son aquellos que no han aprendido, aunque fuera hasta cierto punto, a sentir como tú... Aquellos a los que ni tan sólo se les ha iniciado en el gusto por las bellezas de la naturaleza desde la más tierna edad. No es poco lo que se pierden.

––Tú fuiste quien me enseñó a pensar y sentir estas cosas, Edmund.

––Y tuve una discípula muy aprovechada. Allí está Arturo, con su intenso brillo.

––Sí, y la Osa. Me gustaría localizar a Casiopea.

––Para eso tendríamos que salir y llegarnos al prado. ¿Te daría miedo? ––En absoluto. Hemos pasado mucho tiempo sin dedicamos a la observa­ción de las estrellas.

––Es verdad; no entiendo cómo ha podido ser así ––en aquel momento empezó la canción––. Esperaremos a que hayan terminado, Fanny ––dijo entonces Edmund, poniéndose de espaldas a la ventana; y mientras adelanta­ba la interpretación, Fanny hubo de mortificarse al ver que también él avanzaba, aproximándose lenta y gradualmente al instrumento; y, cuando sonó el último acorde, él se hallaba ya junto a las cantoras, insistiendo más que nadie en que concedieran un bis.

Fanny quedó suspirando sola junto a la ventana, hasta que la sacaron de allí los regaños de tía Norris pronosticándole un resfriado.

 

 

 

CAPÍTULO XII

 

 

 

 

El regreso de sir Thomas estaba anunciado para noviembre, y antes tenía que volver su primogénito para atender a las obligaciones que le reclamaban en Mansfield Park. Al aproximarse septiembre llegaron noticias de Tom Bertram: primero, por una carta que escribió al guardabosque y, después, por otra que mandó a Edmund. Y a fines de agosto llegó él, para mostrarse de nuevo alegre, simpático y galante si se presentaba la ocasión o miss Crawford lo requería; para hablar de carreras y de Weymouth, de reuniones y amigos... temas que hubieran suscitado en ella algún interés unas semanas antes, pero que ahora sirvieron, en total, para dejarla plenamente convencida, por la fuerza de una efectiva comparación, de que prefería al hermano menor.

Era muy lamentable, y ella lo sintió mucho, pero era así; y estaba ahora tan lejos de pensar en casarse con el primogénito, que ni siquiera se proponía desarrollar ante él atractivo alguno, excepto los que los más elementales derechos de una belleza consciente exigen. Tom, con su prolongada ausencia de Mansfield, sin más objetivo que el placer ni más consejero que su libre albedrío, había demostrado a las claras que no se interesaba por ella; y la indiferencia de Mary superaba a la de él hasta tal punto que, aunque Tom se hubiera convertido de pronto en el señor de Mansfield Park, en todo el sir Thomas que un día habría de ser, ella no creía que hubiese podido aceptarle.

El inicio de la temporada y las obligaciones que reintegraron a Tom a Mansfield se llevaron a Henry Crawford a Norfolk. Everingham no podía pasar sin él a principios de septiembre. Se marchó para una quincena... una quincena tan insípida para las hermanas Bertram, que hubiera debido bastar para que ambas se pusieran en guardia y para que Julia, celosa como estaba de su hermana, reconociera la absoluta necesidad de no fiar en las atenciones del galán y deseara que no volviese más por allí; y una quincena que brindó al caballero ocasión bastante, durante las muchas horas de ocio que mediaban entre las dedicadas al sueño y a la caza, para que pensara en la conveniencia de permanecer más tiempo alejado, lo que sin duda hubiera hecho, de estar más habituado a examinar sus propias intenciones y a reflexionar sobre las posibles consecuencias de su estúpida vanidad; pero, irreflexivo e indiferente ante los perjuicios y el mal ejemplo, no quería ver más allá del momento presente. Las Bertram, bonitas, inteligentes e incitantes, eran una diversión para su espíritu saciado; y, al no encontrar en Norfolk nada que igualase el alicientes social de Mansfield, allí volvió alegremente y sin retraso sobre la fecha señalada, viéndose acogido no menos alegremente por las mismas de las que se proponía seguir burlándose.

María, teniendo sólo a Mr. Rushworth que se dedicara a ella, y condenada a los reiterados detalles que éste le daba sobre sus cotidianas actividades deportivas, lo mismo si ganaba que si perdía, las jactanciosas alabanzas que dedicaba a sus perros, los celos que le inspiraban los vecinos, sus recelos sobre la calidad de los mismos y sus inquietudes por si alguien se atrevía a robar caza o pesca en vedado (temas éstos que no pueden abrirse camino en los sentimientos femeninos sin algo de talento por una parte y algo de afecto por la otra), había echado de menos a Henry Crawford de una manera atroz; y Julia, sin compromiso ni ocupación, se consideró con todo el derecho a echarle de menos mucho más. Cada una e imaginaba ser ella la favorita. La creencia de Julia podía tener su justificación en las insinuaciones de la señora Grant, muy propensa a ver las cosas tal como las deseaba; y la de María, en las insinuaciones del propio Henry Crawford. Todo volvió a encauzarse lo mismo que antes de la partida de éste, que siguió mostrándose tan animado y simpático con la una como con la otra, a fin de no perder terreno con ninguna de las dos, deteniéndose justamente al borde de toda preferencia, de toda constancia, efusión o arrebato que pudiera llamar la atención general.

Fanny era la única del grupo que veía algo que no le gustaba; ya desde el día que pararon en Sotherton no podía ver a Henry con cualquiera de las dos hermanas sin reparo; y si su confianza en el propio criterio hubiese sido igual a la aplicación que daba al mismo en todo lo demás, si hubiera tenido la seguridad de que estaba viendo claro y juzgando cándidamente, tal vez habría comunicado algunas cosas importantes a su confidente habitual. Pero, como no era así, sólo se permitía aventurar alguna insinuación; insinuación que, por lo demás, caía en el vacío.

––Me sorprende bastante ––dijo una vez–– que Mr. Crawford haya vuelto tan pronto, después de haber pasado ya tanto tiempo aquí... nada menos que siete semanas; pues yo tenía entendido que le gustaba tanto la variación y trasladarse continuamente de un lado para otro, que me figuré que algo habría de mantenerle distanciado desde el momento en que partió. Está acostumbrado a otros lugares mucho más divertidos que Mansfield.

––Esto de ahora habla en su favor ––contestó Edmund––, y afirmaria que satisface no poco a su hermana. A ella no le gustan sus hábitos tan poco estables.

––¡Cuánto le miman mis primas!

––Sí, tiene el carácter que agrada a las mujeres. La señora Grant, me parece, sospecha que siente alguna inclinación por Julia; yo nunca he apreciado síntoma alguno que pueda dar pie a esta suposición, pero desearía que fuese así. Henry no tiene más defectos que los que desaparecerían con un enamo­ramiento formal.

––Si María no estuviese prometida ––dijo Fanny, prudentemente––, a veces casi llegaría a pensar que él siente más admiración por ella que por Julia.

––Lo que tal vez sea una prueba de que prefiere a Julia más de lo que tú, Fanny, puedas suponer; pues a menudo se da el caso que un hombre, antes de decidirse, distinga a la hermana o a la amiga íntima de la mujer que ocupa su mente más que a ella misma. Demasiado buen sentido tiene Crawford para permanecer aquí si corriera algún peligro de enamorarse de María; y ella no me inspira ningún temor, después de la prueba que ha dado de que sus sentimientos no son fuertes.

Fanny se dijo que estaría equivocada y se propuso pensar de otro modo en lo sucesivo; pero, no obstante todo lo que podía hacer su sumisión a Edmund, a pesar de todo el concurso de insinuaciones y miradas de inteli­gencia que eventualmente sorprendía en los demás y que, al parecer, querían significar que Julia era la elegida de Mr. Crawford, no siempre sabía qué pensar. Una noche pudo enterarse de las ilusiones de tía Norris sobre este particular, así como de sus sentimientos y de los de la señora Rushworth sobre un punto muy similar, y no pudo menos de asombrarse mientras escuchaba; y no poco contenta hubiera estado de no tener que escuchar, pues, mientras todo el resto de la gente joven estaba bailando, ella no tuvo más remedio que permanecer allí sentada, muy en contra de su voluntad, entre las viejas que charlaban junto al fuego, anhelando que regresara el mayor de sus primos, de quien dependían en aquel momento todas sus esperanzas de tener pareja. Era el primer baile de Fanny, aunque sin la preparación o el esplendor del primer baile de otras jovencitas. Tuvo lugar por la tarde y se montó en la sala del servicio, aprovechando la última adquisición de un violinista y la posibilidad de combinar cinco parejas con la colaboración de la señora Grant y de un nuevo amigo íntimo de Tom Bertram, que acababa de llegar de visita. La cosa, sin embargo, había resultado muy agradable para Fanny a lo largo de cuatro danzas, y le dolía no poco llevar perdido aunque sólo fuera un cuarto de hora. Mientras aguardaba con ansiedad, ya mirando a las parejas que bailaban, bien en dirección a la puerta, tuvo que escuchar forzosamente este diálogo entre las dos damas citadas.

––Creo ––dijo tía Norris, dirigiendo la mirada hacia donde se hallaban James Rushworth y María Bertram, que formaban pareja por segunda vez­ que ahora volveremos a ver algunas caras alegres.

––Sí, señora, desde luego ––manifestó la otra, acompañándose de una dis­tinguidísima sonrisa afectada––; ahora nos proporcionará alguna satisfacción mirar a las parejas, y pienso que fue una verdadera lástima que se vieran obligados a separarse. Los jóvenes que se encuentran en su situación deberían estar excusados de observar las reglas generales. Me extraña que mi hijo no lo haya propuesto.

––Sin duda lo hizo. Mr. Rushworth nunca se quedó atrás. Pero nuestra querida María tiene un sentido tan estricto de las formas, posee en tal alto grado esa genuina delicadeza que tanto escasea hoy en día, ese deseo de evitar que se particularice con ella... Fíjese, señora Rushworth, fijese usted ahora en su rostro. ¡Qué expresión tan distinta de la que puso durante los dos últimos bailes!

María parecía estar satisfecha, en efecto: en sus ojos había un brillo ilusio­nado y hablaba con gran animación, pues Julia y la pareja de ésta, Mr. Crawford, se encontraban a su mismo lado. Los cuatro formaban un grupo. En cuanto a la anterior expresión de su rostro, Fanny no pudo recordarla, pues había estado bailando con Edmund y no se había ocupado de su prima. Tía Norris prosiguió:

––¡Es verdad delicioso, señora Rushworth, ver a los jóvenes tan perfecta­mente felices, tan idealmente emparejados, tan... tal para cual! No hago más que pensar en la satisfacción de sir Thomas. ¿Y qué me dice usted, señora Rushworth, de la probabilidad de otro noviazgo? Mr. Rushworth ha dado un buen ejemplo, y estas cosas se contagian pronto.

La señora Rushworth, que nunca veía más que a su hijo, se mostró totalmente desorientada.

––La pareja que está junto a ellos, señora mía ––indicó tía Norris––. ¿No ve usted también algún síntoma por ese lado?

––¡Ah, vaya...! Miss Julia y Mr. Crawford. Sí, desde luego... una pareja muy linda. ¿Qué fortuna tiene él?

––Cuatro mil al año.

––No está mal. Los que no tienen más deben contentarse con lo que tienen. Cuatro mil al año ya representa una buena situación, y él parece un joven muy sano y agradable, de modo que auguro a Julia mucha felicidad.

––Todavía no es cosa hecha, señora Rushworth. Sólo hablamos de ello entre los íntimos. Pero casi no tengo la menor duda de que será. Él se muestra cada vez más significativo en sus atenciones.

Fanny no pudo seguir escuchando y asombrándose, pues Tom Bertram se presentó de nuevo en el salón; y, aunque se daba cuenta del gran honor que él le haría sacándola a bailar, sabía que así iba a suceder. Tom se dirigió al pequeño círculo de Fanny. Pero en vez de requerirla para el baile corrió una silla a su lado y empezó a contarle el estado en que se hallaba un caballo enfermo y la opinión del mozo de cuadra, a quien acababa de dejar. Fanny comprendió que se había equivocado y, en la modestia de su espíritu, sintió inmediatamente que había sido grande su insensatez al esperar otra cosa. Cuando él hubo agotado el tema del caballo tomó un periódico de la mesa y, mirando por encima del mismo, dijo con lánguida entonación:

––Si deseas bailar, Fanny, estoy dispuesto a acompañarte.

Con más que igual cortesía, ella rehusó el ofrecimiento: que no, que no sentía deseos de bailar.

––Lo celebro ––dijo él entonces, en un tono mucho más animado, al tiempo que abandonaba el periódico––, porque estoy rendido de cansancio. Lo que me admira es que los demás puedan resistir tanto tiempo. Tendrían que estar enamorados para hallar diversión en una chifladura como esta; y lo están, sin duda alguna. Si te fijas, verás que aquí todas las parejas son de enamorados... todas, menos la de mi amigo Yates y la señora Grant. Y, entre nosotros, Fanny, me parece que lo que es ella, pobre mujer, necesita un enamorado tanto como las otras. ¡Triste y desesperada vida debe ser la suya al lado del doctor Grant! ––y al decir esto volvió el rostro, con una mueca significativa, del lado de la butaca que ocupaba el aludido; pero, como descubriera que estaba a su lado, se vio en la imperiosa necesidad de recurrir a un cambio de expresión y de tema tan brusco, que Fanny, a pesar de todo, apenas pudo contener la risa––. ¡Vaya cosas raras ocurren en América, doctor Grant! ¿Cuál es su opinión? Siempre recurro a usted para saber a qué atener­me en las cuestiones públicas.

––Mi querido Tom ––díjole su tía, hablando en voz alta, unos momentos después––, como no bailas, supongo que no tendrás inconveniente en unirte a nosotros para jugar una partida, ¿verdad?

Dejó su asiento y, aproximándose a él para dar más fuerza persuasiva a su proposición, añadió en un susurro:

––Conviene formar una mesa para la señora Rushworth, ¿comprendes? Tu madre lo desea muchísimo, pero casi no dispone de tiempo para jugar ella, debido al fleco que está confeccionando. Ahora bien, entre tú, yo y el doctor Grant seremos bastantes; y, aunque nosotros sólo jugamos a media corona, ten en cuenta que debes hacer las apuestas de media guinea jugando con él.

––Aceptaría con muchísimo gusto ––replicó él en voz alta, al tiempo que se ponía en pie con presteza––; seria para mí un gran placer... pero en este mismo instante me disponía a bailar. Vamos, Fanny ––agregó, tomando a su prima de la mano––, no pierdas más tiempo, o empezaremos cuando el baile ya habrá terminado.

Fanny se dejó llevar de muy buena gana, aunque le era imposible sentirse muy agradecida a su primo o distinguir, como él hizo por cierto, entre el egoísmo de otra persona y el propio.

––¡Bonita proposición, válgame Dios! ––exclamó él, indignado, mientras se alejaban––. ¡Intentar coserme a una mesa de cartas por un par de horas con ella y el doctor Grant, que siempre están peleando, y esa vieja pesada que entiende tanto de whisi como de álgebra! Seria de desear que mi tía no fuese tan entrometida. ¡Y además, proponérmelo en esa forma... sin ninguna cere­monia, delante de todos, para comprometerme! Esto es lo que me disgusta más que nada. ¡Es lo que más me saca de quicio, esa ficción de que me consulta, de que me da a elegir, mientras lo hace de un modo como para obligarle a uno a hacer lo que a ella se le antoja... ¡sea lo que sea! De no habérseme ocurrido felizmente salir a bailar contigo, no hubiera podido escabullirme. ¡Vaya mala suerte! Pero cuando a mi tía se le mete una idea en la cabeza no hay quien la detenga.

 

 

 

CAPÍTULO XIII

 

 

 

 

El ilustre John Yates, ese nuevo amigo de quien hemos hablado, no poseía más virtudes que las de vestir a la moda y gastar, y la de ser el hijo menor de un lord de mediana posición; y sir Thomas seguramente no hubiese consi­derado nada deseable su introducción en Mansfield. Tom lo había conocido en Weymouth, donde habían pasado juntos diez días con el mismo grupo; y su amistad, si amistad podía llamarse, quedó demostrada y ratificada, al ser invitado Mr. Yates a dejarse caer por Mansfield y al prometer éste que así lo haría. Y así lo hizo antes de lo que se esperaba, a consecuencia de la súbita dispersión de una gran pandilla reunida para hacer vida alegre en casa de otro amigo, el cual había tenido que abandonar Weymouth. Llegó Mr. Yates en alas de la desilusión y con la cabeza llena de arte dramático, pues había sido una partida de aficionados al teatro; y para la función, en la que él había de tomar parte, faltaban tan sólo dos días, cuando el súbito fallecimiento de uno de los más próximos parientes de la familia desbarató el plan y dispersó a los componentes del cuadro escénico. Tener tan cerca la felicidad, tan cerca la fama, tan cerca el largo párrafo haciendo el panegírico de las funciones de aficionados de Ecclesford, sede del muy honorable lord Ravenshaw, de Cornualles, que hubiera inmortalizado... por un año al menos, el nombre de todos los participantes; tenerlo tan cerca, y perderlo todo, constituía un fracaso que dolía en el alma. Y Mr. Yates no sabía hablar de otra cosa: Ecclesford y su teatro, los preparativos y los vestuarios, los ensayos y el jolgorio que se hacía en los mismos, eran su inagotable tema de conversación; y jactarse del pasado, su único consuelo.

Afortunadamente para él, la afición al teatro es tan generalizada, la ilusión por actuar tan viva en la juventud, que dificilmente podía fatigar la atención de sus oyentes. Desde el reparto de los papeles hasta el epílogo, todo había sido encantador, y pocos eran los que no hubieran querido ser parte interesada, o los que hubieran dudado en probar su aptitud. La obra elegida había sido «Promesas de Enamorados», y Mr. Yates tenía que encarnar el conde Cassel.

––Es un papel insignificante ––decía–– y nada de mi gusto, de modo que no volvería a aceptarlo otra vez; pero resolví no poner obstáculos. Lord Ravens­haw y el duque se habían asignado los dos únicos papeles que vale la pena interpretar antes de que yo llegara a Ecclesford; y, aunque lord Ravenshaw ofreció cederme el suyo, ya comprenderán ustedes que me fue imposible aceptarlo. Sentí por él que hubiera medido tan mal sus fuerzas, pues no sirve para el papel de barón... tan bajito, con su voz tan débil, que siempre se ponía ronca a los diez minutos de haber empezado; hubiera destrozado material­mente la obra; pero yo estaba resuelto a no poner obstáculos. Sir Henry creía que tampoco el duque servía para hacer de Frederick, pero esto era debido a que deseaba interpretar él este personaje; por el contrario, así hubiera sido aún peor. Quedé pasmado al comprobar que sir Henry era tan mal actor. Afortunadamente, la fuerza de la obra no recaía sobre él. Nuestra Agata era insuperable, y muchos consideraron que el duque estaba magnífico en su papel. En total, que hubiera sido algo maravilloso.

«Fue una verdadera lástima, vaya que sí» y «sinceramente le compadezco, no hay para menos», eran los amables comentarios del auditorio simpatizante.

––No vale la pena quejarse por esto; pero cabe afirmar que la pobre viuda no hubiera podido escoger peor momento para morir, y uno no pudo evitar el deseo de que la noticia se ocultara hasta justamente después de los tres días que nos hacían falta. Eran tres días nada más, y por tratarse sólo de una abuela, y teniendo en cuenta que aquello se montaba a una distancia de doscientas millas, creo que no hubiera sido un mal tan grande; y alguien lo sugirió, me consta. Pero lord Ravenshaw, que sin duda es uno de los más correctos hombres de Inglaterra, no quiso siquiera oír hablar de ello.

––Un entremés en lugar de una comedia ––dijo Mr. Bertram––. Las «Pro­mesas de Enamorados» se terminaron, y lord y lady Ravenshaw se quedaron solos interpretando «Mi Abuela». En fin, él se consolará sin duda con la herencia; y tal vez, dicho sea entre nosotros, empezaba a inquietarse por su prestigio y sus pulmones en el papel de barón y no le haya sabido mal tener que retirarse. Y para meterme también contigo, Yates, creo que deberíamos montar un pequeño teatro en Mansfield y rogarte que fueras nuestro director escénico.

La idea, aunque instantánea, no se extinguió en un instante; pues en todos se había despertado el deseo de actuar, y en nadie con tanto ímpetu como en él, que era ahora el jefe de la casa, y que, teniendo tantas horas libres como para ver algo de bueno en casi todo aquello que representase una novedad, tenía al propio tiempo un grado de sensibilidad temperamental y afición a la escena que se adaptaba exactamente a la novedad de hacer teatro. Acariciaba la idea una y otra vez. «¡Oh, si se pudiera hacer algo semejante al teatro y los decorados de Ecclesford!» El deseo halló eco en las dos hermanas; y Henry Crawford, que veía en ello un nuevo motivo de fiesta no gustada aún para su completo programa de licencia y diversión, se sumó entusiásticamente a la idea:

––En estos momentos ––dijo–– creo que seria capaz de hacer el payaso lo bastante para encargarme de cualquier interpretación, de cualquiera de los personajes que han creado los dramaturgos, desde Shylock o Ricardo III hasta el héroe cantante de una farsa, con su traje escarlata y sombrero de candil. Me siento con ánimos para hacer cualquier cosa, para hacerlo todo, para declamar o rugir, para suspirar o cabriolar, en cualquier tragedia o comedia escritas en lengua inglesa. El caso es hacer algo. Aunque sólo sea una media representa­ción... un acto... una escena. ¿Qué podría impedirlo? No esos rostros, estoy seguro ––mirando a las hermanas Bertram––. Y en cuanto al teatro, ¿qué significa un teatro? Lo que nos proponemos es divertimos por nuestra cuenta. Cualquier habitación de esta casa sería suficiente.

––Necesitaremos un telón ––dijo Tom Bertram––, unos pocos metros de bayeta verde para un telón, y tal vez nada más.

––Sí, esto bastará ––consideró Mr. Yates––, con sólo una cortina que se recoja a un lado, o bien partida para correrla hacia los extremos, quitando las puertas, y tres o cuatro decorados, tendremos todo lo necesario para un plan así. Tratándose de una simple diversión entre nosotros, no hace falta más.

––Yo creo que debemos contentarnos con menos ––terció María––. No habría tiempo para tanto y surgirían otras dificultades. Será preferible que adoptemos el punto de vista de Mr. Crawford, dejando que sea la representa­ción, no el teatro, nuestro objetivo. Muchos fragmentos de nuestras mejores obras teatrales son independientes de la escenografia.

––Nada, nada ––dijo Edmund, que empezaba a escuchar alarmado––. No vayamos a hacer las cosas a medias. Si hay que hacer función, que sea en un teatro de verdad, dotado de platea, palcos y galería, y demos una representa­ción completa, desde el principio hasta el fin, como si fuese de una obra alemana, no importa cuál, con un entremés a base de muchos trucos y tramoya, y una exhibición de danza, y un hornpipe[1], y unas canciones en los entreactos. Si no superamos a Ecclesford no haremos nada.

––Vamos, Edmund, no te pongas antipático ––dijo Julia––. Todos gustamos de una buena representación, tanto como tú, y hemos tenido ocasión de desplazamos algo más para presenciarla.

––Claro, para ver a auténticos artistas, a buenos y experimentados actores y actrices; pero difícilmente me desplazaría de esta habitación a la de al lado para presenciar los ímprobos esfuerzos de unos individuos que no han sido preparados para el oficio..., de un grupo de damas y caballeros que tienen todas las desventajas de la educación y el decoro, contra las que se ven precisados a luchar en estos casos.

Después de una corta pausa, a pesar de todo, el tema se reanudó y siguió discutiéndose con el mismo afán, mientras los respectivos entusiasmos no hacían más que aumentar en el curso del debate y al comprobar cada uno la ilusión de los demás; y aunque nada se determinó, excepto que Tom Bertram preferiría una comedia, y sus hermanas y Henry Crawford una tragedia, y que nada en el mundo podía ser más fácil que dar con una obra que complaciera a todos, lo de llevar a cabo el plan parecía algo tan decidido, que Edmund empezó a inquietarse de veras. Estaba resuelto a evitarlo, en tanto le fuese posible; a pesar de que su madre, que igualmente escuchó la conversación sostenida en tomo a la mesa, no evidenció el menor síntoma de desapro­bación.

Aquella misma tarde se le ofreció la oportunidad de poner a prueba sus fuerzas. María, Julia, Henry Crawford y Mr. Yates se hallaban en el salón de billar. Tom los dejó para volver a la sala donde estaba Edmund pensativo, de pie junto a la chimenea, y también lady Bertram sentada en un sofá a corta distancia, con Fanny a su lado preparándole la labor. Aquél entró diciendo:

––¡Otra mesa de billar como la nuestra no se podría encontrar, creo yo, sobre la faz del mundo! No puedo resistirla más, y creo que nada podrá tentarme a volver jamás a ella. Pero algo bueno acaban de descubrir: es la sala ideal para teatro, la que reúne precisamente las condiciones de forma y profundidades requeridas; y como las puertas del fondo pueden transformar­se en una sola, lo que puede conseguirse en cinco minutos, simplemente corriendo la librería del despacho de nuestro padre, tenemos exactamente lo mejor que se nos hubiese podido ocurrir de haber permanecido horas y más horas sentados y meditando sobre el caso. Y el despacho de papá será un excelente escenario. Parece unido al salón de billar a propósito.

––No será en serio que hablas de la representación, ¿verdad? ––dijo Ed­mund en voz baja, al aproximarse su hermano a la chimenea.

––¡Que no hablo en serio! Tan en serio como cuando más, te lo aseguro. ¿Qué hay en ello que pueda sorprenderte?

––Considero que estaría muy mal. Desde un punto de vista general, las funciones de teatro casero dan motivo a algunos reparos; pero, teniendo en cuenta nuestras particulares circunstancias, seria altamente imprudente, y más que imprudente, intentar algo parecido. Pondría de manifiesto una total falta de sentimiento por la ausencia de nuestro padre, que hasta cierto punto se encuentra en constante peligro; y sería imprudente, me parece a mí, con respecto a María, cuya situación es no poco delicada... en extremo delicada, si bien se considera todo.

––¡Hay que ver si lo tomas en serio! Como si nos propusiéramos actuar tres veces por semana hasta el regreso de mi padre, e invitar a toda la comarca. Pero no se trata de una exhibición de esta clase. No pretendemos otra cosa que divertimos un poco entre nosotros, justamente para dar variedad a la monotonía del escenario doméstico y ejercitar nuestras facultades en algo nuevo. No precisamos de público, ni de publicidad. Creo que puede con­fiarse en nosotros en cuanto a la elección de una obra perfectamente intacha­ble. Y no concibo que pueda haber más daño o peligro en conversar em­pleando el elegante lenguaje de algún respetable autor que en charlar con un vocabulario de cosecha propia. No tengo temores ni aprensión. Y, en cuanto a lo de que nuestro padre está ausente, es algo que está tan lejos de representar un obstáculo que casi lo considero un motivo; pues la impaciencia por su retomo tiene que constituir para nuestra madre un período de intensa ansie­dad. Y, si nosotros podemos ser el medio que sirva de distracción a su inquietud y conseguimos sostener su ánimo durante las pocas semanas que faltan, creo que habremos empleado muy buen el tiempo, y sin duda papá lo creerá así también. No olvidemos que para ella es éste un período de intensa ansiedad.

Al decir esto, los dos miraron a su madre. Lady Bertram, hundida en el sofá, cual auténtica representación de la salud, el bienestar, la comodidad y la tranquilidad, estaba precisamente sumiéndose en un dulce sopor, mientras Fanny iba solventando las escasas dificultades de su labor, para ella.

Edmund sonrió y meneó la cabeza.

––¡Por Júpiter! ¡Esto sí que es un fracaso! ––exclamó Tom dejándose caer en una butaca, al tiempo que soltaba una franca carcajada––. Vaya, madrecita querida, lo que es tu ansiedad... en esto me colé.

––¿Qué te pasa? ––inquirió lady Bertram, con la torpe pronunciación de una persona soñolienta––. No estaba durmiendo.

––¡No, mamá, por Dios! Nadie sospechó tal cosa. Bueno, Edmund ––pro­siguió, volviendo al tema, la postura y la entonación anteriores, tan pronto como lady Bertram empezó de nuevo a dar cabezadas––; pero eso estoy dispuesto a mantenerlo... puesto que no es ningún mal.

––No puedo estar de acuerdo contigo. Tengo el pleno convencimiento de que nuestro padre lo desaprobaría rotundamente.

––Y yo estoy convencido de lo contrario. A nadie le satisface más que a nuestro padre que se ejerciten las facultades de los jóvenes, no hay quien tanto procure fomentarlas; y por cuanto se relaciona con la buena dicción, la entonación y los gestos declamatorios, creo que siente una verdadera pasión. No dudo de que la alentaba en nosotros, cuando chiquillos. ¡Cuántas veces nos hizo recitar versos sobre el cadáver de julio Cesar y «ser o no sen», en esta misma sala, para su diversión! Y ten muy presente que he recitado «Mi nombre era Norval» todas las noches de mi vida, a partir de unas vacaciones de Navidad.

Aquello era muy distinto. Debes darte cuenta de la diferencia. Nuestro padre quería que nosotros, como escolares, supiéramos hablar y pronunciar correctamente, pero nunca pudo desear que sus hijas ya mayores hicieran teatro. Su sentido del decoro es estricto.

––Todo esto ya lo sé ––replicó Tom, malhumorado––. Conozco a papá tan bien como tú; y ya cuidaré yo de que sus hijas no hagan nada que pueda disgustarle. Ocúpate de tus asuntos, Edmund, que yo ya cuidaré del resto de la familia.

––Si estás resuelto a hacer función ––dijo el perseverante Edmund––, espero que será en un plan muy íntimo y reservado, y creo que no debería intentarse montar un teatro. Sería tomarse unas libertades en casa de nuestro padre, durante su ausencia, que no podrían tener justificación.

––De todo lo que con esto se relacione me hago yo responsable ––replicó Tom con decidido acento––. No habrá perjuicio para su casa. Tengo tanto interés como puedas tenerlo tú en velar por el buen nombre de la casa de nuestro padre; y en cuanto a esas alteraciones que hace un momento sugerí... eso de retirar una librería o abrir una puerta, o incluso emplear el salón de billar por espacio de una semana sin que sea precisamente para jugar al billar en él, podrías igualmente suponer que pondría objeción a que hagamos más uso de esta sala y menos del comedor auxiliar, donde solíamos reunimos habitualmente para charlar antes de que se fuera, o a que el piano de mis hermanas se traslade continuamente de un lado para otro. ¡Totalmente ab­surdo!

––Pero este cambio, aunque no fuera inoportuno como tal, sería inopor­tuno por el gasto que supone.

––¡Claro, como que el gasto de una empresa así seria fenomenal! Acaso suponga un desembolso de veinte libras, nada menos. Que hay que montar algo parecido a un teatro es indudable, pero se hará en el plan más sencillo: una cortina verde, algo de obra de carpintería... y nada más. Y en cuanto a la obra de carpintería se hará toda en casa por el propio Cristóbal Jackson, de modo que pasa de absurdo hablar del gasto. Además, mientras se emplee a Jackson, ya no hay inconvenientes por parte de sir Thomas. No vayas a figurarte que en esta casa nadie más que tú puede ver y juzgar las cosas. No tomes tú parte en la función, si eso no te gusta, pero no pretendas imponerte a los demás.

––No, desde luego, en cuanto a intervenir yo ––dijo Edmund––, me niego rotundamente.

Mientras esto decía, Tom abandonó la habitación y Edmund quedó sentado junto al fuego, removiéndolo, pensativo y enojado.

Fanny, que había escuchado toda la conversación y se adhería a todos los sentimientos expresados por Edmund en el curso de la misma, se aventuró a decir entonces, en su anhelo de proporcionarle algún consuelo:

––Quizás no consigan encontrar una obra que les convenga. Los gustos de Tom y de tus hermanas parecen muy distintos.

––En esto no confío, Fanny. Si persisten en su empeño, algo encontrarán. Hablaré con mis hermanas e intentaré disuadirlas a ellas. Es lo único que puedo hacer.

––Me imagino que tía Norris se pondría de tu parte.

––Yo diría que sí, pero ni sobre Tom ni sobre mis hermanas tiene alguna influencia que valga para el caso; y si no logro convencerlas por mí mismo dejaré que las cosas sigan su curso, sin intentarlo mediante su intervención. Las querellas familiares son lo peor de todo, y es preferible cualquier cosa a suscitar esa clase de violencias.

Sus hermanas, a las que tuvo oportunidad de hablar el siguiente día por la mañana, se mostraron tan refractarias a sus consejos, tan reacias a sus razonamientos, tan resueltas a hacer su gusto, como el mismo Tom. Adujeron que su madre no ponía el menor reparo al plan y que no habían de temer en absoluto la desaprobación de su padre; que no podía haber dañado en algo que se había visto en tantas familias respetables, con la intervención de tantas damas dignas de toda consideración, y que tenía que ser una escrupulosidad rayana en la locura la que pudiese ver algo censurable en un plan como el suyo, que comprendía sólo a hermanos y hermanas y algunos amigos íntimos, y del que jamás se hablaría fuera de su propio círculo. Julia no ocultó cierta tendencia a admitir que la situación de María requería que procediese con especial cuidado y prudencia, si bien esto no podía hacerse extensivo a ella: ella gozaba de absoluta libertad. Y María puso claramente de manifiesto que su compromiso no hacía más que elevarla muy por encima de toda cohibi­ción, y que se viera menos obligada que Julia a consultar al padre o a la madre. Pocas esperanzas le quedaban a Edmund, pero seguía porfiando aún cuando se presentó Henry Crawford, procedente de la rectoría, que se intro­dujo en la habitación diciendo a plena voz:

––No escasearán las mediocridades en nuestro teatro, miss Bertram... no nos faltarán elementos infames: mi hermana le ofrece sus respetos y espera ser admitida en la compañía y se considerará dichosa si se le concede el papel de alguna vieja dueña o sumisa confidente que a vosotros no os guste interpretar.

María dirigió a Edmund una mirada que quería decir: «¿Qué dices ahora? ¿Puede estar mal lo que a Mary Crawford le parece bien?» Y Edmund, acorralado, se vio obligado a reconocer que el hechizo de las tablas podía muy bien cautivar el espíritu de las personas geniales; y, con la ingenuidad de un enamorado, se puso a pensar, más que en otra cosa, en el ánimo complaciente y servicial que se traslucía en el mensaje.

El proyecto seguía adelante. Toda oposición fue inútil y, en cuanto a tía Norris, se la juzgó erróneamente al atribuirle una tendencia oposicionista. No expuso inconveniente que no fuera rebatido a los cinco minutos por su sobrino Tom y su sobrina María, que eran todopoderosos ante ella. Por otra parte, como el total de la habilitación no significaría un gran dispendio para nadie, y ninguno para ella; como previniese en la realización del proyecto todas las delicias de los apresuramientos, el bullicio y la presunción, y dedujese la inmediata ventaja de considerarse obligada a abandonar su casa, donde había vivido un mes completo a sus expensas, para trasladarse a la de ellos a fin de que a todas horas pudieran contar con sus servicios... se comprenderá que, de hecho, estuviera en extremo encantada de que se llevara a efecto.

 

 

 

CAPÍTULO XIV

 

 

 

 

Fanny parecía estar más cerca de tener razón de lo que Edmund había supuesto. La cuestión de hallar una obra que satisficiera a todos resultaba un verdadero problema; y el carpintero ya había recibido el encargo y tomado sus medidas, ya había puesto de manifiesto y allanado por lo menos dos colecciones completas de dificultades y, después de demostrar hasta la evi­dencia la necesidad de una ampliación del proyecto y del presupuesto, había ya puesto manos a la obra, sin que se supiera aún qué drama o comedia se iba a representar. Otros preparativos estaban también en marcha de Northampton había llegado un enorme rollo de bayeta verde, que tía Norris se encargó de cortar (con un ahorro, gracias a sus buenas disposiciones, de tres cuartos de yarda enteros y verdaderos) y se estaba ya transformando en una cortina en manos de las sirvientas, pero seguía ignorándose la obra a repre­sentar. Y, viendo que así transcurrían dos o tres días, Edmund empezó casi a esperar que no llegarían a encontrarla jamás.

Había, en realidad, tantos extremos a tener en cuenta, tantas personas que contentar; eran tantos los papeles buenos que se requerían y, sobre todo, era tan necesario que la obra fuese una comedia y una tragedia al mismo tiempo, que no parecían existir más probabilidades de que se llegara a una decisión que las que puedan hallarse en cualquier quimera perseguida por la juventud y el tesón.

Del lado trágico estaban las hermanas Bertram, Henry Crawford y Mr. Yates; del cómico, Tom Bertram, no completamente solo, porque era evidente que los deseos de Mary Crawford, aunque cortésmente silenciados, se incli­naban en el mismo sentido; pero, a lo que parecía, él tenía suficiente poder y decisión para no necesitar aliados. Y, aparte de esta profunda, irreconcilia­ble diferencia, deseaban que en la obra interviniesen muy pocos personajes en total, pero todos de máxima importancia, y tres principales figuras femeninas. Todas las mejores obras se revisaron en vano. Ni «Hamlet», ni «Mac­beth», ni «Otelo», ni «Douglas», ni «El Jugador» brindaban característica alguna que pudiera satisfacer siquiera al grupo de los trágicos; y «Los Rivales», «La Escuela del Escándalo», «La Rueda de la Fortuna», «El Heredero Legal» y un largo etcétera fueron sucesivamente rechazadas con protestas más calurosas aún. No se proponía obra que no presentara algún inconveniente para al­guien, y por un lado y por otro todo era repetir: «¡Oh, no!, ésta sí que no sirve». «Dejémonos de tragedias retumbantes.» «Demasiados personajes.» «No hay un papel femenino medianamente aceptable en toda la obra.» «Cualquier cosa menos eso, querido Tom.» «Sería imposible completar el reparto.» «Es de suponer que nadie querría aceptar esta parte.» «No es más que una pura astracanada desde el principio hasta el fin.» «Esta serviría, tal vez, si no fuera por los papeles insignifica