Pedro Calderón de la Barca
A secreto agravio, secreta vengaza.
Personas
EL REY DON SEBASTIAN.
DON LOPE DE ALMEIDA.
DON JUAN DE SILVA.
DON LUIS DE BENAVIDES.
DON BERNARDINO, viejo.
EL DUQUE DE BERGANZA.
DOÑA LEONOR, dama.
SIRENA, criada.
MANRIQUE, criado.
CELIO, criado.
UN BARQUERO.
ACOMPAÑAMIENTO.
SOLDADOS.
La escena es en Lisboa, en las cercanías de Aldea Gallega y en otros puntos.
Jornada primera
Vista exterior de una quinta del Rey
Escena primera.
EL REY DON SEBASTIAN, DON LOPE DE ALMEIDA,
MANRIQUE, acompañamiento
DON LOPE Otra vez, gran señor, os he pedido
esta licencia, y otra habéis tenido
por bien mi casamiento;
mas yo que siempre, a tanta luz atento, vivo en vuestro semblante, vengo a daros cuenta de mi elección, y a suplicaros
que en vuestra gracia pueda
colgar las armas, y que Marte ceda
a Amor la gloria, cuando en paz reciba,
en vez de alto laurel, sagrada oliva.
Yo os he servido, y solamente espero
esta merced por galardón postrero,
pues con esta licencia venturosa
hoy saldré a recibir mi amada esposa.
REY. Yo estimo vuestro gusto y vuestro aumento,
y me alegro de vuestro casamiento;
y a no estar ocupado
en la guerra que en Africa he intentado,
fuera vuestro padrino.
DON LOPE. Eterno dure ese laurel divino
que tus sienes corona.
REY. Estimo en mucho yo vuestra persona.
(V ase el Rey y el acompañamiento.)
Escena II
DON LOPE, MANRIQUE.
MANRIQUE. Contento estás.
DON LOPE. Mal supiera
la dicha y la gloria mía
disimular su alegría
¡Felice yo, si pudiera
volar hoy!
MANRIQUE. Al viento igualas.
DON LOPE. Poco aprovecha; que el viento
es perezoso elemento.
Diérame el amor sus alas,
volara abrasado y ciego;
pues quien al viento se entrega,
olas de viento navega,
y las de amor son de fuego.
MANRIQUE. Para que desengañanne
pueda, creyendo que tienes
causa, dime a lo que vienes
con tanta prisa.
DON LOPE. A casarme.
MANRIQUE. ¿Y no miras que es error,
digno de que al mundo asombre,
que vaya a casarse un hombre
con tanta prisa, señor?
Si hoy, que te vas a casar,
del mismo viento te quejas,
¿qué dejas que hacer, qué dejas
cuando vayas a enviudar?
Escena III
DON JUAN DE SILVA, en traje pobre, DON LOPE, MANRIQUE.
DON JUAN. (Para sí.) ¡Cuán diferente pensé
volver a ti, patria mía,
aquel infelice día
que tus umbrales dejé!
¡Quién no te hubiera pisado!
Pues siempre mejor ha sido,
adonde no es conocido,
vivir el que es desdichado.
Gente hay aquí, no es razón
verme en el mal que me veo.
DON LOPE. Aguárdate. No lo creo.
¿Si es verdad? ¿Si es ilusión?
¡Don Juan!
DON JUÁN. ¡Don Lope!
DONLOPE. Dudoso
de tanta dicha, mis brazos
han suspendido sus lazos.
DON JUAN. Deteneos, que es forzoso
que me defienda de quien
tanto honor y valor tiene;
que hombre que tan pobre viene,
don Lope amigo, no es bien
que toque (oh suerte importuna!)
pecho de riquezas lleno.
DON LOPE. Vuestras razones condeno,
porque si da la fortuna
humanos bienes del suelo,
el cielo un amigo da
como vos: ¡ved lo que va
desde la fortuna al cielo!
DON JUAN. Aunque hacéis que aliento cobre,
en mí mayor mal está.
¡Mirad cuán grande será
mal que es mayor que ser pobre!
Y porque mi sentimiento
algún alivio prevenga,
si es posible que le tenga,
escuchad, don Lope, atento.
A la conquista famosa
de la India, que eligió
para su tumba la noche
y para su cuna el sol,
amigos, y tan amigos,
pasamos juntos los dos,
que asistieron en dos cuerpos
un alma y un corazón.
No codicia de riqueza,
sino codicia de honor
obligó nuestros deseos
a tan atrevida acción,
como tocar con bajeles
la provincia que ignoró
por tantos años la ciencia,
nunca creída hasta hoy.
La nobleza lusitana
de su fortuna fió
naves, que ciertas exceden
las fingidas de Jasón.
Dejo esta alabanza a quien
pueda con más dulce voz
contar los famosos hechos
desta invencible nación;
porque el gran Luis de Camoens, escribiendo lo que obró,
con pluma y espada muestra
ya el ingenio y ya el valor
en esta parte. Después,
Don Lope invicto, que vos,
por muerte de vuestro padre,
volvisteis, me quedé yo,
bien sabéis con cuánta fama
de amigos y de opinión,
que ahora perdidos hacen
el sentimiento mayor.
Pero en efecto es consuelo.
¡Ved si desgraciado soy,
que nunca le di, malquisto,
a la fortuna ocasión!
Había en Goa una señora,
hija de un hombre a quien dio
grande cantidad de hacienda
codicia y contratación.
Era hermosa, era discreta;
que, aunque enemigas las dos,
en ella hicieron las paces
hermosura y discreción.
Servíla tan venturoso,
que merecí algún favor;
pero ¿quién ganó al principio,
que a la postre no perdió?
¿Quién fue antes tan felice,
que después no declinó?
Porque son muy parecidos
juego, fortuna y amor,
Don Manuel de Sosa, un hombre
(hijo del gobernador
Manuel de Sosa) por sí
de mucha resolución,
muy valiente, muy cortés,
bizano y cuerdo (que yo,
aunque le quite la vida,
no he de quitarle el honor),
de Violante enamorado
(que éste es el nombre que dio
ocasión a mi ventura
y a mi desdicha ocasión),
en Goa públicamente
era mi competidor.
Poco cuidado me daba
su amorosa pretensión;
porque siendo, como era,
el favorecido yo,
la pena del despreciado
hizo mi dicha mayor.
Un día, que el sol hermoso
saliera (¡pluguiera a Dios,
sepultara eterna noche
su continuo resplandor!),
salió con el sol Violante:
bastaba pedirle yo
que aun el uno no saliera,
para que salieran dos.
De criados rodeada
a la marina llegó
donde estaba mucha gente,
porque en aquella ocasión
había llegado una nave
al puerto, y su admiración
ido causa a aqueste concurso,
y a mi desdicha la dio.
Estábamos en un corro
de mucha gente los dos,
todos soldados y amigos,
cuando a la vista pasó
Violante. Iba tan airosa,
que allí ninguno dejó
de poner el alma en ella,
porque su planta veloz
era el móvil que llevaba
tras sí la imaginación.
Dijo un capitán: -¡Qué bella
mujer! -A quien respondió
don Manuel: -Y como tal
ha sido la condición.
-Será cruel. -No por eso
lo digo (le replicó),
sino por ver que ha escogido,
como hermosa, lo peor.-
Yo entonces dije: -Ninguno
sus favores mereció,
porque no hay quien los merezca;
y si hay alguno, soy yo.
-Mentís (dijo). Aquí no puedo
proseguir, porque la voz
muda, la lengua turbada,
frío el cuerpo, el corazón
palpitante, los sentidos
muertos y vivo el dolor,
quedan repitiendo aquella
afrenta. ¡ Oh tirano error
de los hombres! ¡Oh vil ley
del mundo! ¡Que una razón,
o que una sinrazón pueda
manchar el altivo honor
tantos años adquirido,
y que la antigua opinión
de honrado quede postrada
a lo fácil de una voz!
¡Que el honor, siendo un diamante,
pueda un frágil soplo (¡ay Dios!)
abrasarle y consumirle,
y que siendo su esplendor
más que el sol puro, un aliento
sirva de nube a este sol!
Mucho del caso me aparto,
llevado de la pasión.
Perdonad, vuelvo al suceso.
Apenas él pronunció
tales razones, don Lope,
cuando mi espada veloz
pasó de la vaina al pecho,
tal que a todos pareció
que imitaron trueno y rayo
juntas mi espada y su voz.
Bañado en su misma sangre,
muerto en la arena cayó,
cuando para mi defensa
tomé una iglesia, a quien dio
en aquel sitio lugar
la sagrada religión
de Francisco; que por ser
su padre el gobernador,
me fue forzoso esconderme
con tanto asombro y temor,
que tres días un sepulcro
habité vivo. ¿Quién vio
que siendo el contrario el muerto,
fuese el sepultado yo?
Al cabo de los tres días,
por amistad y favor,
el capitán de la nave
que a nuestro puerto llegó,
y que a Lisboa venía,
en ella me recibió
una noche, cuyo manto
fue de mi vida ocasión.
En esta nave escondido
estuve, hasta que el veloz
monstruo del viento y del agua
los piélagos dividió
de Neptuno. ¡Injusto engaño
de la vida! O su pasión
no dé por infame al hombre
que sufre su deshonor,
o le dé por disculpado
si se venga; que es error
dar a la afrenta castigo,
y no al castigo perdón.
Hoy he llegado a Lisboa,
adonde tan pobre estoy,
que no osaba entrar en ella.
Éstas mis fortunas son,
ya no tristes, sino alegres,
pues me dieron ocasión
de llegar a vuestros brazos.
Éstos mil veces os doy,
si un hombre tan infelice
puede merecer de vos,
¡oh gran don Lope de Almeida!,
tal merced, honra y favor.
DON LOPE. Atentamente escuché,
don Juan de Silva, las quejas,
que en lágrimas anegadas
dais desde el pecho a la lengua,
y atentamente he pensado
que no hay opinión que pueda,
por más sutil que discurra,
tener dudosa la vuestra.
¿Quién, en naciendo, no vive
sujeto a las inclemencias
del tiempo y de la fortuna?
¿Quién se libra, quién se excepta
de una intención mal segura,
de un pecho doble, que alienta
la ponzoña de una mano
y el veneno de una lengua?
Ninguno. Sólo dichoso
puede llamarse el que deja,
como vos, limpio su honor
y castigada su ofensa.
Honrado estáis: negras sombras
no deslustren, no oscurezcan
vuestro honor antiguo, y hoy
en nuestra amistad se vea
la virtud de aquellas plantas,
tan conformemente opuestas,
que una con calor consume,
y otra con frialdad penetra,
siendo veneno las dos,
y estando juntas, se templan
de suerte, que son entonces
salud más segura y cierta.
Vos estáis tristes, yo alegre:
partamos la diferencia
entre los dos, y templando
el contento y la tristeza,
queden en igual balanza
mi alegría y vuestra pena,
mi gusto y vuestro dolor,
mi ventura y vuestra queja,
porque el pesar o el placer
matar a ninguno pueda.
Yo me he casado en Castilla,
por poder, con la más bella
mujer... (Mas para ser propia
es lo menos la belleza).
Con la más noble, más rica,
más virtuosa y más cuerda
que pudo en el pensamiento
hacer dibujos la idea.
Doña Leonor de Mendoza
es su nombre, y hoy con ella
don Bernardino mi tío
llegará a Aldea Gallega,
donde salgo a recibirla
con tan venturosas muestras
como veis; y un bello barco
tan venturoso la espera,
que juzga por perezosas
hoy del tiempo las ligeras
alas; porque el bien que tarda
no llega bien cuando llega.
Ésta es mi dicha, mayor
por ver cuánto la acrecienta
vuestra venida don Juan.
No os dé temor, no os dé pena
venir pobre; rico soy;
mi casa, amigo, mi mesa,
mis caballos, mis criados,
mi honor, mi vida, mi hacienda,
todo es vuestro. Consolaos
de que la fortuna os deja
un amigo verdadero,
y que no ha tenido fuerza
contra vos quien os quitó
ese valor que os alienta,
esa alma que os anima,
y este brazo que os defienda.
No me respondáis, dejad
las cortesanas finezas,
entre amigos excusadas,
y venid adonde sea
testigo vuestra persona
de la dicha que me espera;
que hoy en Lisboa ha de entrar
mi esposa, y estas tres leguas
de mar (para mí de fuego)
hemos de venir con ella;
que de esotra parte está
sin duda.
DON JUAN. Pues no pretenda
con mi humildad deslucirse,
don Lope, vuestra nobleza,
porque el mundo, no la sangre,
sino el vestido, respeta.
DON LOPE. Ése es engaño del mundo,
que no ve ni considera
que al cuerpo le viste el oro,
pero al alma la nobleza.
Venid conmigo. (Ap.) Suspiros,
ofreced viento a las velas,
si es que en los mares del fuego,
bajeles de amor navegan.
(Vanse los dos)
MANRIQUE. Yo me quiero adelantar
en alguna barca destas,
que llaman muletes, y hoy,
siendo cojo con muletas,
pediré a mi nueva ama
las albricias de que llega
su esposo; que el primer día
da las albricias cualquiera,
porque sale de forzada,
si es lo mismo que doncella. (Vase.)
Campo cercano a Aldea Gallega.
Escena IV
DON BERNARDINO, DOÑA LEONOR, SIRENA
D. BERNARDINO. En la falda lisonjera
deste monte coronado
de flores, donde ha llamado
a cortes la primavera,
puedes descansar, en tanto,
bella Leonor, que dichoso
llega don Lope tu esposo.
Y perdona al dulce llanto,
aunque no es gran maravilla
que con sentimiento igual,
a vista de Portugal
te despides de Castilla.
DOÑA LEONOR. Ilustre don Bernardino
de Almeida, mi tierno llanto
no es ingratitud a tanto
honor como me previno
la suerte y la dicha mía.
Viendo tan cercano el bien,
gusto ha sido; que también
hay lágrimas de alegría.
D. BERNARDINO. Cuerdamente te disculpa
la discreción lisonjera;
y aunque por disculpa fuera,
te agradeciera la culpa.
Yo quiero dar más lugar
a divertir la porfía
de aquesta melancolía.
Aquí puedes descansar,
venciendo el rigor aquí
del sol, que en sus rayos arde.
El cielo tu vida guarde. (Vase.)
Escena V
DOÑA LEONOR, SIRENA.
DOÑA LEONOR. ¿Fuese ya, Sirena?
SIRENA. Sí.
DOÑA LEONOR. ¿Óyenos alguien?
SIRENA. Sospecho que estamos solas las dos.
DOÑA LEONOR. Pues salga mi pena (¡ay Dios!)
de mi vida y de mi pecho.
Salga en lágrimas deshecho
el dolor que me provoca,
el fuego que al alma toca,
remitiendo sus enojos
en lágrimas a los ojos,
y en suspiros a la boca.
Y sin paz y sin sosiego
todo lo abrasan veloces,
pues son de fuego mis voces
y mis lágrimas de fuego.
Abrasen, cuando navego
tanto mar y viento tanto,
mi vida y mi fuego cuanto
consume el fuego violento,
pues mi voz es fuego y viento,
mis lágrimas fuego y llanto.
SIRENA. ¿Qué dices, señora? Advierte
en tu peligro y tu honor.
DOÑA LEONOR. ¿Tú que sabes mi dolor,
tú que conoces mi muerte,
me reportas desta suerte?
¿Tú de mi llanto me alejas?
¿Tú que calle me aconsejas?
SIRENA. Tu inútil queja escuchando
estoy.
DOÑA LEONOR. ¡Ay Sirena! ¿Cuándo
son inútiles las quejas?
Quéjase una flor constante
si el aura sus hojas hiere
cuando el sol caduco muere
en túmulos de diamante;
quéjase un monte arrogante
de las injurias del viento
cuando le ofende violento;
y el eco, ninfa vocal,
quejándose de su mal,
responde el último acento.
Quéjase, porque amar sabe,
una hiedra, si perdió
el duro escollo que amó;
y con acento suave
se queja una simple ave
del que la cogió a traición,
y en la dorada prisión
así aliviarse pretende,
que al fin la queja se entiende,
si se ignora la canción.
Quéjase el mar a la tierra,
cuando en lenguas de agua
toca los labios de opuesta roca.
Quéjase el fuego, si encierra
rayos, que al mundo hacen guerra:
¿qué mucho, pues, que mi aliento
se rinda al dolor violento,
si se quejan monte, piedra,
ave, flor, eco, sol, hiedra,
tronco, rayo, mar y viento?
SIRENA. Sí, mas ¿qué remedio así
consigues desesperada?
Don Luis muerto y tú casada,
¿qué pretendes?
DOÑA LEONOR. ¡Ay de mí!
Di, Sirena amiga, di,
don Luis muerto y muerta yo.
Pues si el cielo me forzó,
me verás en esta calma,
sin gusto, sin ser, sin alma,
muerta sí, casada no.
Lo que yo una vez amé,
lo que una vez aprendí,
podré perderlo, ¡ay de mí!,
olvidarlo no podré.
¿Olvido donde hubo fe?
Miente amor. ¿Cómo se hallara
burlada verdad tan clara?
Pues la que constante fuera,
no olvidará si quisiera,
no quisiera si olvidara.
¡Mira tú lo que sentí
cuando su muerte escuché,
pues forzada me casé
sólo por vengarme en mi!
Ya la vez última aquí
se despida mi dolor.
Hasta las aras, amor,
te acompañé; aquí te quedas,
por que atreverte no puedas
a las aras del honor.
Escena VI
MANRIQUE. -DOÑA LEONOR, SIRENA
MANRIQUE. ¡ Dichoso yo que he llegado,
venturoso yo que he sido,
felice yo que he venido,
refelice yo que he dado
el primero labio mío
a la estampa dese pie,
que, lleno de flores,
fue primavera del estío!
Y pues he llegado a vos,
beso y vuelvo a rebesar
cuanto se puede besar,
sin ofender a mi Dios.
DOÑA LEONOR. ¿Quién sois?
MANRIQUE. El menor criado
de don Lope, mi señor
(mas no el hablador menor),
que veloz me he adelantado
por albricias de que viene.
DOÑA LEONOR. Descuido fue, bien decís,
tomad. Y ¿de qué servís
a don Lope?
MANRIQUE. Hombre que tiene
este humor, ¿ya no os avisa
que es gentilhombre su nombre?
DOÑA LEONOR. ¿Y de qué sois gentilhombre
MANRIQUE. De la boca de la risa.
Criado, a quien le prefieren
a los mayores cuidados,
y es pendanga de criados,
hecha del palo que quieren:
cuando guardo, mayordomo;
cuando algún vestido espero
de mi amo, camarero;
maestresala, cuando tomo
para mí el mejor bocado;
secretario, poco amigo,
cuando sus secretos digo;
caballerizo extremado,
cuando por no andar a pie,
con achaque de pasealle,
salgo a caballo a la calle;
cuando alguna cosa fue
tal que se guarda de mi,
soy entonces su vedor,
y después su contador;
pues a todos desde allí
lo cuento, a todos lo aviso;
cuando hurto lo que quiero
de la plaza, repostero;
despensero, cuando siso;
soy valiente cuando huyo;
y soy su cochero el día
que sus amores me fia;
y asi claramente arguyo
que soy por tan varios modos,
sirviéndole siempre así,
cada oficio de por sí,
y mnurándole, todos.
( Hablan aparte Doña Leonor y Sirena.)
Escena VII
DON BERNARDINO, DON LUIS y CELlO, que se quedan lejos de
DOÑA LEONOR, SIRENA, MANRIQUE
DON LUIS. Soy mercader, y trato en los diamantes, que hoy son piedras, y rayos fueron antes del sol, que perficiona y ilumina
rústico grano en la abrasada mina.
Paso desde Lisboa hasta Castilla,
y en esta aldea vila maravilla
del cielo, reducida en una dama
que acompañáis; y luego de la fama
supe que va casada o a casarse.
Y como suele en todas emplearse
este caudal más bien, porque las bodas
en la gala y la joya empiezan todas, enseñaros quisiera algunas dellas,
que no son más lucientes las estrellas,
por ver si la ocasión con el deseo
hacen en el camino algún empleo.
D . BERNARDINO . La prevención y la advertencia ha sido acertada. A buen tiempo habéis venido, pues yo, por divertirla y alegrarla
(que está triste), unajoya he de feriarla. Aquí esperad, y llegaré primero a prevenirla.
DON LUIS . Pues ahora quiero
que la llevéis, señor, para bastante
prueba de mi verdad, este diamante:
(Dásele.)
que visto su valor y su excelencia,
no dudo yo, señor, que os dé licencia
de llegar a sus pies.
D. BERNARDINO. ¡Es piedra rara!
¡ Qué fondo ! ¡ Qué caudal! ¡ Qué limpia y clara!
Aquí, divina Leonor. (Llégase a ella.)
Ha llegado un mercader,
en cuya mano has de ver
joyas de grande valor,
ricas, costosas y bellas.
Divierte un poco el pesar;
que yo te quiero feriar
lo que te agrade dellas.
Este diamante, farol
que con luz hermosa y nueva,
para su limpieza prueba
ser luciente hijo del sol,
viene por testigo aquí.
Toma el diamante. (Dásele.)
DOÑA LEONOR. (Ap.) ¿Qué veo?
¡Cielos!
D. BERNARDINO. Dime...
DOÑA LEONOR. (Ap.) Aún no lo creo.
D. BERNARDINO. Si ha de llegar.
DOÑALEONOR. (Ap.) (¡Hay de mi!
Este diamante es el mismo...)
Dile que llegue. - ¡ Sirena!
( Apártase Don Bernardino).
(Ap.) (Sáqueme amor desta pena,
deste encanto, deste abismo.)
Este diamante que ves,
luz que con el sol la mides,
di a don Luis de Benavides.
Prensa mía y suya es.
O mis lágrimas me ciegan,
o es el mismo. Hoy sabré yo
cómo a mis manos volvió.
SIRENA. Disimula, que ya llegan.
(Llega Don Luis).
DON LUIS. Yo soy, hermosa señora...
DOÑA LEONOR. (Ap.) Alma de la pena mía,
cuerpo de mi fantasía.
SIRENA. (Ap. a ella.) Disimula y calla ahora;
que ya veo la razón
que tienes para admirarte.
DON LUIS. Yo soy quien en esta parte
piensa lograr la ocasión,
habiendo a tiempo llegado
en que pueda mi deseo
hacer el feliz empleo
tantos años esperado.
Traigo joyas que vender
de innumerable riqueza;
y entre otras, una firmeza
sé que os ha de parecer
bien; porque della sospecho
que adorne esa bizarría,
si es que la firmeza mía
llega a verse en vuestro pecho.
Un Cupido de diamantes
traigo de grande valor;
que quise hacer al amor
yo de piedras semejantes,
porque labrándole así,
cuando alguno le culpase
de vario y fácil, le hallase
firme solamente en mí.
Un corazón traigo, en quien
no hay piedra falsa ninguna:
sortijas bellas, y en una
unas memorias se ven.
Una esmeralda que había,
me hurtaron en el camino,
por el color, imagino,
que perfecto le tenía.
Estaba con un zafiro;
mas la esmeralda llevaron
solamente, y me dejaron
esta azul piedra que miro;
y así dije en mis desvelos:
«¿Cómo con tanta venganza
me llevasteis la esperanza
para dejarme los celos?»
Si gusta vuestra belleza,
descubriré, por más glorias,
el corazón, las memorias,
el amor y la firmeza.
D. BERNARDINO. El mercader es discreto.
¡Qué bien a las joyas bellas,
para dar gusto de vellas,
las fue aplicando su efeto!
DOÑA LEONOR. Aunque vuestras joyas son
tales como encarecéis,
para mostrarlas habéis
llegado a mala ocasión.
Y yo, en ver su hermoso alarde,
contento hubiera tenido,
si antes hubierais venido;
pero habéis venido tarde.
¿Qué se dijera de mi,
si cuando casada estoy,
si cuando esperando estoy
a mi noble esposo, aquí
pusiera, no mi tristeza,
sino mi imaginación
en ver ese corazón,
ese amor y esa firmeza?
No los mostréis; que no es bien
que, tan sin tiempo miradas
agora, desestimadas
memorias vuestras estén.
Y tomad vuestro diamante;
que ya sé que pierdo en él
una luz hermosa y fiel,
al mismo sol semejante.
No culpéis la condición
que en mí tan esquiva hallasteis;
culpaos a vos, que llegasteis
sin tiempo y sin ocasión.
(Ruido dentro).
MANRIQUE. (Mirando dentro.) Ya don Lope mi señor llega.
DON LUIS. (Ap.) ¿Habrá en desdicha igual
mal que compita a mi mal,
ni dolor a mi dolor?
DOÑA LEONOR. (Ap.) ¡Qué veneno!
DONLUIS. (Ap.) ¡Qué crueldad!
D. BERNARDINO. A recibirle lleguemos. (Vase.)
MANRIQUE. Callen todos, y escuchemos
la primera necedad;
porque un novio a quien le place
la dama y a verla llega,
como necedades juega,
es tahúr que dice y hace. (Vase.)
Escena VIII
DOÑA LEONOR, DON LUIS, SIRENA, CELlO
DON LUIS. ¿Qué me podrás responder,
mujer tan fácil, liviana,
mudable, inconstante y yana,
y mujer, en fin, mujer,
que pueda satisfacer
a tu mudanza y olvido?
DOÑA LEONOR. Haber tu muerte creído,
haber tu vida llorado
causa a mi mudanza ha dado,
que a mi olvido no ha podido;
pues cuando te llego a ver,
a no estar ya desposada,
vieras hoy determinada
si soy mudable o mujer.
Desposéme por poder.
DON LUIS. Y bien por poder se advierte:
por poder borrar mi suerte,
por poder dejarme en calma,
por poder quitarme el alma,
por poder darme la muerte.
Ésta dices que creíste,
y no fue yana apariencia;
que si creíste mi ausencia,
es lo mismo: bien dijiste.
DOÑA LEONOR. No puedo, no puedo, ¡ay triste!,
responder; que está conmigo,
no mi esposo, mi enemigo.
Mas porque me culpas fiel,
lo que le dijere a él,
también hablaré contigo.
( Retirase Don Luis a un lado.)
Escena IX
DON LOPE, DON BERNARDINO, MANRIQUE. -DOÑA LEONOR,
SIRENA; DON LUIS y CELlO, retirados.
DON LOPE. Cuando la fama en lenguas dilatada vuestra rara hermosura encarecía,
por fe os amaba yo, por fe os tenía, Leonor, dentro del alma idolatrada. Cuando os mira, suspensa y elevada
el alma que os amaba y os quería
culpa la imagen de su fantasia,
que sois vista mayor que imaginada.
Vos sola a vos podéis acreditaros. ¡Dichoso aquel que llega a mereceros,
y más dichoso si acertó a estimaros!
Mas ¿cómo he de estimaros ni ofenderos? Que quien antes de veros pudo amaros, mal os podrá olvidar después de veros.
DOÑA LEONOR. Yo me firmé rendida antes que os viese,
y vivo y muerto sólo en vos estaba,
porque sola una sombra vuestra amaba; pero bastó que sombra vuestra fuese. ¡Dichosa yo mil veces, si pudiese
amaros como el alma imaginaba!
Que la deuda común así pagaba
la vida, cuando humilde me rindiese. Disculpa tengo, cuando temeroso
y cobarde mi amor, llegó a miraros,
si no pago un amor tan generoso.
De vos, y no de mí, podéis quejaros,
pues aunque yo os estime como a esposo, es imposible, como sois, amaros.
DON LOPE. Ahora, tío y señor,
me dad los invictos brazos.
D. BERNARDINO. Y serán eternos lazos
de deuda, amistad y amor.
Y porque no culpe ahora
la dilación, a embarcar
nos lleguemos.
DONLOPE. Hoy el mar
segunda Venus adora.
MANRIQUE. Y pues que con tanta gloria
dama y galán se han casado,
perdonad, noble Senado,
que aquí se acabe la historia.
(Vanse Don Lope, Doña Leonor, Don Bernardino, Manrique y Sirena.)
Escena X
DON LUIS, CELlO.
CELlO . Señor, pues que desta suerte
hallaste tu desengaño,
vuelve en ti, repara el daño
de tu vida y de tu muerte.
Ya no hay estilo ni medio
que tú debas elegir.
DON LUIS. Sí hay, Celio.
CELlO. ¿Cuáles?
DON LUIS. Morir,
que es el último remedio.
Muera yo, pues vi casada
a Leonor, pues que Leonor
dejó burlado mi amor
y mi esperanza burlada.
Mas ¿qué me podrá matar,
si los celos me han dejado
con vida? Aunque mi cuidado
me pretende consolar
dándome alguna esperanza;
pues cuando a su esposo habló,
conmigo se disculpó
de su olvido y su mudanza.
CELlO . ¿Cómo disculpar contigo?
A mil locuras te pones.
DON LUIS. Éstas fueron sus razones,
mira si hablaba conmigo:
Yo me firmé rendida antes que os viese
y vivo y muerto sólo en vos estaba,
porque sola una sombra vuestra amaba; pero bastó que sombra vuestra fuese. ¡Dichosa yo mil veces, si pudiese
amaros como el alma imaginaba!
Que la deuda común así pagaba
la vida, cuando humilde me rindiese.
Disculpa tengo cuando temeroso
y cobarde mi amor, llego a miraros,
si no pago un amor tan generoso.
De vos y no de mí, podéis quejaros,
pues, aunque yo os estime como a esposo, es imposible, como sois, amaros.
Y puesto que así me ha dado
disculpa de su mudanza,
sea mi loca esperanza
veneno y puñal dorado.
Si ha de matarme el dolor,
mejor es el gusto, ¡cielos!,
y si he de morir de celos,
mejor es morir de amor.
Siga mi suerte atrevida
su fin contra tanto honor,
porque he de amar a Leonor,
aunque me cueste la vida.
(Vase.)
Jornada segunda
Sala en casa de Don Lope en Lisboa.
Escena primera
SIRENA, MANRIQUE.
MANRIQUE. Sirena de mis entrañas,
que para aumentar mi pena
eres la misma Sirena,
que enamoras y engañas:
duélate ver el rigor
con que tratas mis cuidados;
que también a los criados
hiere de barato amor.
Dame un favor de tu mano.
SIRENA. Pues ¿qué puedo darte yo?
MANRIQUE. Mucho puedes; pero no
quiero bien más soberano
que aquese verde listón,
con que yaces declarada
por dama de la lazada
o fregona del tusón.
SIRENA. ¿Una cinta quieres?
MANRIQUE. Sí.
SIRENA. Ya aquese tiempo pasó,
que un galán se contentó
con una cinta.
MANRIQUE. Es así;
pero si yo la tuviera,
desparramando concetos,
mil y ciento y un sonetos
hoy en tu alabanza hiciera.
SIRENA. Por yerme tan soneteada
te la doy; y vete ahora,
porque viene mi señora.
(Vase Manrique.)
Escena II
DOÑA LEONOR. -SIRENA.
DOÑA LEONOR. Ya vuelvo determinada.
Esto, Sirena, es forzoso:
declárese mi rigor,
porque mi vida y mi honor
ya no es mío, es de mi esposo.
Dile a don Luis, que pues es
principal, noble y honrado,
por español y soldado
obligado a ser cortés,
que una mujer (no Leonor,
porque le basta saber
a una noble que una mujer)
le suplica que su amor
olvide: que maravilla
cuidado en la calle tal,
y no sufre Portugal
galanteos de Castilla:
que con lágrimas bañada
vuelvo a pedirle se vuelva
a Castilla, y se resuelva
a no hacerme mal casada;
porque fiera y ofendida,
si no lo hace, vive Dios,
que podrá ser que a los dos
nos venga a costar la vida.
SIRENA. Desa suerte lo diré,
si puedo verle y hablarle.
DOÑA LEONOR. ¿Cuándo falta de la calle?
Mas no hables en ella, ve
a buscarle a la posada.
SIRENA. Mucho, señora, te atreves.
(Vase.)
Escena III
DON LOPE, DON JUAN, MANRIQUE. -DOÑA LEONOR.
DON LOPE. (Ap.) ¡Ay honor, mucho me debes!
DON JUAN. Ya se acerca la jornada.
DON LOPE. No queda en toda Lisboa
fidalgo ni caballero,
que ser no piense el primero
que merezca eterna loa
con su muerte.
MANRIQUE. Justo es;
mas no pienso desa suerte
tener yo loa en mi muerte,
ni comedia ni entremés.
DON LOPE. ¿Luego tú no piensas ir
al Africa?
MANRIQUE. Podrá ser
que vaya; mas será a ver,
por tener más que decir;
no a matar, quebrando en vano
la ley en que vivo y creo;
pues allí explicar no veo
que sea moro ni cristiano.
No matar, dice. Y los dos
esto me veréis guardar;
que yo no he de interpretar
los mandamientos de Dios.
DON LOPE. ¡Mi Leonor!
DOÑA LEONOR. ¡Esposo mío!
¿Vos tanto tiempo sin yerme?
Quejoso vive el amor
de los Instantes que pierde.
DON LOPE. ¡Qué castellana que estáis!
Cesen las lisonjas, cesen
las repetidas finezas.
Mirad que los portugueses
al sentimiento dejamos
la razón, porque el que quiere,
todo lo que dice quita
de valor a lo que siente.
Si en vos es ciego el amor,
en mí es mudo.
MANRIQUE. Y desa suerte
en mí endemoniado ha sido.
DON LOPE. Siempre, Manrique, parece,
que al paso que yo estoy triste,
tú estás contento y alegre.
MANRIQUE. Y dime, ¿cuál es mejor,
en pasiones diferentes,
la alegría o la tristeza?
DON LOPE. La alegría.
MANRIQUE. Pues ¿qué quieres?
¿Que deje yo lo mejor
por lo peor? Tú, que tienes
la tristeza, que es la mala,
eres quien mudarte debes,
y pasarte a la alegría;
pues será más conveniente,
que el ir yo de alegre a triste,
venir tú de triste a alegre. (Vase.)
Escena IV
DON LOPE, DOÑA LEONOR, DON JUAN.
DOÑA LEONOR. ¿Vos estáis triste, señor?
Muy poco mi pecho os debe
o yo le debo muy poco,
pues vuestro dolor no siente.
DON LOPE. Forzosas obligaciones
heredadas dignamente
con la sangre, a quien obligan
divinas y humanas leyes,
me dan voces y recuerdan
desta blanda paz y deste
olvido, en que yacen hoy
mis heredados laureles.
El famoso Sebastián,
nuestro rey, que viva siempre,
heredero de los siglos
a la imitación del fénix,
hoy al Africa hace guerra.
No hay caballero que quede
en Portugal; que a las voces
de la fama nadie duerme.
Quisiérale acompañar
a la jornada; y por verme
casado, no me he ofrecido
hasta que licencia lleve
de tu boca, Leonor mía.
Esta merced has de hacerme,
en este caso has de honrarme,
y este gusto he de deberte.
DOÑA LEONOR. Bien con esas prevenciones
fue menester que me hicieseis
oraciones que me animen,
y discursos que me alienten.
Vos ausente, dueño mío,
y por mi consejo ausente,
fuera pronunciar yo misma
la sentencia de mi muerte.
Idos vos sin que lo diga
mi lengua; pues que no puede
negaros la voluntad
lo que la vida os concede.
Mas porque veáis que estimo
vuestra inclinación valiente,
ya no quiero que el amor
sino el valor me aconseje.
Servid hoya Sebastián,
cuya vida el cielo aumente;
que es la sangre de los nobles
patrimonio de los reyes;
que no quiero que se diga
que las cobardes mujeres
quitan el valor a un hombre,
cuando es razón que le aumenten.
Esto el alma os aconseja,
aunque como el alma os quiere;
mas como ajena lo dice,
si como propia lo siente. (Vase.)
Escena V
DON LOPE, DON JUAN.
DON LOPE. ¿Habéis visto en vuestra vida
igual valor?
DON JUAN. Dignamente
es bien que lenguas y plumas
de la fama la celebren.
DON LOPE. Y vos, ¿qué me aconsejáis?
DON JUAN. Yo, don Lope, de otra suerte
os respondiera.
DONLOPE. Decid.
DON JUAN. Quien ya colgó los laureles
de Marte, y en blanda paz
ciñe de palma las sienes,
¿para qué otra vez, decidme,
ha de limpiar los paveses
tomados de orín y polvo
en que hora yacen y duermen?
Yo fuera justo que fuera,
a no estar por esta muerte
retirado y escondido;
y no es razón ofrecerme,
porque a los ojos del rey
llega mal un delincuente.
Si esto me disculpa a mí,
bastante disculpa tiene
quien soldado fue soldado.
No os vais, amigo, y creedme,
aunque un hombre os acobarde
y una mujer os aliente. (Vase.)
Escena VI
DON LOPE. ¡Válgame Dios!, ¡quién pudiera
aconsejarse prudente,
si en la ocasión hay alguno
que a sí mismo se aconseje!
¿Quién hiciera de sí otra
mitad, con quien él pudiese
descansar? Pero mal digo:
¿quién hiciera cuerdamente
de sí mismo otra mitad,
porque en partes diferentes,
pudiera la voz quejarse
sin que el pecho lo supiese?
¡Pudiera sentir el pecho
sin que la voz lo dijese!
¡Pudiera yo, sin que yo
llegara a oírme ni a verme,
conmigo mismo culparme,
y conmigo defenderme!
Porque unas veces cobarde,
como atrevido otras veces,
tengo vergüenza de mí.
¡Que tal diga!, ¡que tal piense!,
¡que tenga el honormil ojos
para ver lo que le pese,
mil oídos para oírlo,
y una lengua solamente
para quejarse de todo!
Fuera todo lenguas, fuese
nada oídos, nada ojos,
porque oprimido de verse
guardado, no rompa el pecho,
y como mina viviente.
Ahora bien, fuerza es quejarme;
mas no sé por dónde empiece;
que, como en guerra y en paz
viví tan honrado siempre,
para quejarme ofendido,
no es mucho que no aprendiese
razones; porque ninguno
previno lo que no teme.
¿Osará decir la lengua
qué tengo?... Lengua, deténte,
no pronuncies, no articules
mi afrenta; que si me ofendes,
podrá ser que castigada,
con mi vida o con mi muerte,
siendo ofensor y ofendido,
yo me agravie y yo me vengue.
No digas que tengo celos...
Ya lo dije, ya no puede
volverse al pecho la voz.
¿Posible es que tal dijese
sin que, desde el corazón
al labio, consuma y queme
el pecho este aliento, esta
respiración fácil, este
veneno infame, de todos
tan distinto y diferente,
que otros desde el labio al pecho
hacer sus efectos suelen,
y éste desde el pecho al labio?
¿A qué áspid, a qué serpiente
mató su propio veneno?
A mi, ¡cielos!, solamente,
porque quiere mi dolor
que él me mate y yo le engendre.
Celos tengo, ya lo dije.
¡Válgame Dios! ¿Quién es este
caballero castellano
que a mis puertas, a mis redes
y a mis umbrales clavado,
estatua viva parece?
En la calle, en la visita,
en la iglesia atentamente
es girasol de mi honor,
bebiendo sus rayos siempre.
¡Válgame Dios! ¿Qué será
darme Leonor fácilmente
licencia para ausentarme,
y con un semblante alegre,
no sólo darme licencia,
sino decirme y hacerme
discursos tales, que aun ellos
me obligaran a que fuese,
cuando yo no lo intentara?
Y ¿qué será, finalmente,
decirme don Juan de Silva
que ni me vaya ni ausente?
¿En más razón no estuviera
que aquí mudados viniesen
de mi amigo y de mi esposa
consejos y pareceres?
¿No fuera mejor, si fuera
que se mudaran las suertes,
y que don Juan me animase
y Leonor me detuviese?
Sí, mejor fuera, mejor.
Pero ya que el cargo es éste,
hablemos en el descargo:
vaya, que el honor no quiere
por tan sutiles discursos
condenar injustamente.
¿No puede ser que Leonor
tales consejos me diese,
por ser noble como es,
varonil, sagaz, prudente,
porque quedándome yo,
mi opinión no padeciese?
Bien puede ser pues me dice
que da en consejo, y lo siente.
¿No puede ser que don Juan,
que me quedase dijese
por parecerle que estaba
excusado, y parecerle
que es dar disgusto a Leonor?
Sí, puede ser. Y ¿no puede
ser también que este galán
mire a parte diferente?
Y apretando más el caso,
cuando sirva, cuando espere,
cuando mire, cuando quiera,
¿en qué me agravia ni ofende?
Leonor es quien es y yo
soy quien soy; y nadie puede
borrar fama tan segura
ni opinión tan excelente.
Pero sí puede (¡ay de mi!)
que al sol claro y limpio siempre,
si una nube no le eclipsa,
por lo menos se le atreve,
si no le mancha, le turba,
y al fin, al fin le oscurece.
¿Hay, honor, más sutilezas
que decirme y proponerme?
¿Más tormentos que me aflijan,
más penas que me atormenten,
más sospechas que me maten,
más temores que me cerquen,
más agravios que me ahoguen
y más celos que me afrenten?
No. Pues no podrás matarme,
si mayor poder no tienes;
que yo sabré proceder
callado, cuerdo, prudente,
advertido, cuidadoso,
solicito y asistente,
hasta tocar la ocasión
de mi vida y de mi muerte:
y en tanto que ésta se llega,
¡valedme, cielos, valedme! (Vase.)
Calle con puerta de casa de Don Lope.
Escena VII
SIRENA, con manto; MANRIQUE, tras ella.
SIRENA. Escaparme no he podido
de Manrique, para entrar
en casa: todo el lugar
hoy siguiéndome ha venido.
¿Qué haré?
MANRIQUE. Tapada de azar,
que mira, camina y calla,
con el arte de batalla
y el tallazo de picar,
la de entrecano picote,
que con viento en popa vuelas,
con el manto de tres suelas
y chilenas de anascote,
habla y descúbrete, y sea
desengaño tu fachada;
porque callando y tapada,
dice boba sobre fea.
Aunque en tu brío, confieso
que indicio en todo das.
SIRENA. ¿No dice más?
MANRIQUE. No sé más.
SIRENA. ¿Y a cuántas ha dicho eso?
MANRIQUE. Antes soy muy recatado.
No he hablado, a fe de quien soy,
sino cinco en todo hoy;
que ya estoy muy reformado.
SIRENA. ¡Gracias al cielo que veo
un hombre firme y constante!
Yo tampoco soy amante
de más que nueve.
MANRIQUE. Sí creo;
y porque me creas a mí,
de todas mostrarte quiero
un favor. Sea el primero (Sácalos.)
el moño que sale aquí.
Este moño pecador
su papel un tiempo hizo,
y de rizado y postizo
fue mártir y confesor.
No es de aljófar lo ensartado;
liendres son con que me alegro,
que desde lejos mirado,
parece un penacho negro
de blancas moscas nevado.
Aquesta sutil varilla
es barba de la ballena
sacada de una cotilla,
que fue entregar a mi pena
lo mismo que una costilla.
Vara es de virtudes llena,
que hace bueno el pecho y buena
la espalda más eminente;
que ya todo talle miente
por la barba de ballena.
La zapatilla que estás
mirando ahora en mis manos,
casa fue, donde sabrás
que vivieron dos enanos
sin encontrarse jamás.
Éste es un guante, y no hay duda
de que, como ruiseñor,
mucho tiempo estuvo en muda;
pregúntaselo al olor:
sebo de cabrito suda.
Esta cinta es de una dama
de gran porte; pero yo
no la quiero.
SIRENA. ¿Por qué no?
MANRIQUE. Porque sé que ella me ama.
¿No es causa bastante?
SIRENA. Sí.
MANRIQUE. La que yo tengo de amar,
me ha de mentir, engañar,
y se ha de burlar de mí,
dar celos cada momento,
maltratarme, despedirme,
y en efecto ha de pedirme,
que es la cosa que más siento;
porque si al fin es costumbre
en ellas, tengo por justo
hacer desde luego gusto
lo que ha de ser pesadumbre.
SIRENA. ¿Y es hermosa esa señora?
MANRIQUE. No, pero es puerca.
SIRENA. En verdad
que es muy buena calidad.
MANRIQUE. Arrope un ojo la llora,
y otro aceite.
SIRENA. ¿Es entendida?
MANRIQUE. Cuanto dice entiendo yo;
mas cuanto la dicen, no,
que es entendida, entendida.
SIRENA. Por muestra de que es verdad,
que amarle a su gusto espero,
este listón sólo quiero.
MANRIQUE. De muy buena voluntad
SIRENA. ¡Ay triste de mí!
MANRIQUE. ¿Qué ha sido?
SIRENA. Mi marido viene allí;
váyase presto de aquí,
que es un diablo mi marido.
Dé vuelta a la calle presto,
que en tanto, señor, que él pasa,
le esperaré en esta casa.
MANRIQUE. En buen sagrado te has puesto;
que aquí vivo yo, y vendré
en estando asegurada. (Vase.)
SIRENA. A un bellaco, una taimada. (Vase.)
Sala en casa de Don Lope.
Escena VIII
SIRENA.
SIRENA. Bien dentro de casa entré
sin que fuese conocida.
Lindamente le he engañado,
aunque él más, pues me ha dejado
tan afrentada y corrida.
Que dijera que era fea
no importaba, aunque lo fuese,
ni importaba que dijese
que necia y que sucia sea;
pero ¡aceite un ojo a mí,
y otro arrope! No, por Dios.
Y aun si lloraran los dos
una cosa, entonces sí
que callara; mas ¿que tope
un picarón, un taimado,
que mis ojos han llorado
uno aceite y otro arrope?
Escena IX
DOÑA LEONOR, SIRENA.
DOÑA LEONOR. Sirena.
SIRENA. Señora mía.
DOÑA LEONOR. ¡ Cuánto tu ausencia me cuesta!
¿Hablástele?
SIRENA. Y la respuesta
en este papel te envía;
y de palabra me dijo,
que si él una vez te hablara,
él se fuera y te dejara.
DOÑA LEONOR. Con mayor causa me aflijo.
¿Para qué el papel tomaste?
SIRENA. Para traerte el papel.
DOÑA LEONOR. (Ap.) ¡Ay, pensamiento cruel,
qué fácil entrada hallaste
en mi pecho!
SIRENA. Pues ¿qué importa
que le tomes y le leas?
DOÑA LEONOR. ¿Eso es bien que de mi creas?
La voz, Sirena, reporta,
con abrasarle y romperle.
(Ap.) Entiéndeme, necia, y sea
rogándome que le vea;
que estoy muerta por leerle.
SIRENA. ¿Qué culpa tiene el papel
que viene mandado aquí,
señora, para que así
vengues tu cólera en él?
DOÑA LEONOR. Pues si le tomo, verás
que es sólo para rompelle.
SIRENA. Rómpele después de lêlle.
DOÑA LEONOR. (Ap.) Eso sí, ruégame más.
Pesadaestás, y por ti
rompo la nema y le leo,
por ti sola.
SIRENA. Ya lo veo.
Abrele, pues.
DOÑA LEONOR. Dice así:
( Abre el papelDoña Leonor, y lee.)
«Leonor, si yo pudiera obedecerte,
»y pudiera olvidar, vivir pudiera:
»fuera contigo liberal, si fuera
»bastante yo conmigo a no quererte.
»Mi muerte injusta tu rigor me ad-vierte,
»si mi vida en amarte persevera,
»¡pluguiera a Dios! y de una vez muriera
»quien de tantas no acierta con su muerte,
»¿Que te olvide pretendes? ¿Cómo puedo
»despreciado olvidar y aborrecido?
»¿No ha de quejarse del dolor el labio?
»Quiéreme tú; que si obligado quedo,
»yo olvidaré después, favorecido;
»que el bien puede olvidarse, no el agravio.»
SIRENA. ¿Lloras, leyendo el papel?
Son, en fin, pasadas glorias.
DOÑA LEONOR. Lloro unas tristes memorias
que vienen vivas en él.
SIRENA. Quien bien quiere, tarde olvida.
DOÑA LEONOR. Como el que muerte me dio
está presente, brotó
reciente sangre la herida.
Este hombre ha de obligarme,
con seguirme y ofenderme,
a matarme y a perderme
(que aun fuera menos matarme),
si no se ausenta de aquí.
SIRENA. Pues tú lo puedes hacer.
DOÑA LEONOR. ¿Cómo?
SIRENA. Oyéndole, que él dice
que en oyéndole una vez,
se ausentará de Lisboa.
DOÑA LEONOR. ¿Cómo, Sirena, podré?
Que a trueco de que se vaya,
imposibles sabré hacer.
¿Cómo vendrá?
SIRENA. Escucha atenta:
Ahora es el anochecer,
que es la hora más segura,
porque ni temprano es
para que a un hombre conozcan,
ni tarde para temer
que la vecindad lo note.
De mi señor, ya tú ves
que nunca viene a esta hora.
Don Luis, no dudo que esté
en la calle; podrá entrar
a esta sala, donde habléis
los dos, y entonces podrás
decirle tu parecer.
Óyele lo que dijere,
y obre fortuna después.
DOÑA LEONOR. Tan fácilmente lo dices,
que no le dejas que hacer
al temor, ni aun al honor
que dudar ni que temer.
Ve ya por don Luis. (Vase Sirena.)
Escena X
DOÑA LEONOR. Amor,
aunque en la ocasión esté,
soy quien soy, vencerme puedo.
No es liviandad, honra es
la que a esta ocasión me puso;
ella me ha de defender;
que cuando ella me faltara,
quedara yo, que también
supiera darme la muerte,
si no supiera vencer.
Temblando estoy; cada paso
que siento, pienso que es
don Lope, y el viento mismo
se me figura que es él.
¿Si me escucha? ¿Si me oye?
¡Qué propio del miedo fue!
¡Que a tales riesgos se ponga
una principal mujer!