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Desde mi celda
Cartas literarias
Gustavo Adolfo Bécquer
(1836-1870)
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Carta primera
Monasterio de Veruela, 1864.
Queridos amigos:
Heme aquí transportado de la noche a la mañana a mi escondido valle
de Veruela; heme aquí instalado de nuevo en el oscuro rincón del cual salí por
un momento para tener el gusto de estrecharos la mano una vez más, fumar un
cigarro juntos, charlar un poco y recordar las agradables, aunque inquietas
horas de mi antigua vida. Cuando se deja una ciudad por otra, particularmente
hoy, que todos los grandes centros de población se parecen, apenas se
percibe el aislamiento en que nos encontramos, antojándosenos, al ver la
identidad de los edificios, los trajes y las costumbres, que al volver la primera
esquina vamos a hallar la casa a que concurríamos, las personas que
estimábamos, las gentes a quienes teníamos costumbre de ver y hallar de
continuo. En el fondo de este valle, cuya melancólica belleza impresiona
profundamente, cuyo eterno silencio agrada y sobrecoge a la vez; diríase, por
el contrario, que los montes que lo cierran como un valladar inaccesible me
separan por completo del mundo. ¡Tan notable es el contraste de cuanto se
ofrece a mis ojos; tan vagos y perdidos quedan al confundirse entre la multitud
de nuevas ideas y sensaciones los recuerdos de las cosas más recientes!
Ayer, con vosotros en la tribuna del Congreso, en la redacción, en el
teatro Real, en La Iberia; hoy, sonándome aún en el oído la última frase de una
discusión ardiente la última palabra de un artículo de fondo, el postrer acorde
de un andante, el confuso rumor de cien conversaciones distintas, sentado a la
lumbre de un campestre hogar donde arde un tronco de carrasca que salta y
cruje antes de consumirse, saboreo en silencio mi taza de café, único exceso
que en estas soledades me permito sin que turbe la honda calma que me rodea
otro ruido que el del viento que gime a lo largo de las desiertas ruinas y el agua
que lame los altos muros del monasterio o corre subterránea atravesando sus
claustros sombríos y medrosos. Una muchacha con su zagalejo corto y
naranjado, su corpiño oscuro, su camisa blanca y cerrada, sobre la que brillan
dos gruesos hilos de cuentas rojas, sus medias azules y sus abarcas atadas
con un listón negro, que sube cruzándose caprichosamente hasta la mitad de la
pierna, va y viene cantando a media voz por la cocina, atiza la lumbre del
hogar, tapa y destapa los pucheros donde se condimenta la futura cena, y
dispone el agua hirviente, negra y amarga que me mira beber con asombro. A
estas alturas, y mientras dura el frío, la cocina es el estrado, el gabinete y el
estudio.
Cuando sopla el cierzo, cae la nieve o azota la lluvia los vidrios del
balcón de mi celda, corro a buscar la claridad rojiza y alegre de la llama, y allí,
teniendo a mis pies al perro, que se enrosca junto a la lumbre, viendo brillar en
el oscuro fondo de la cocina las mil chispas de oro con que se abrillantan las
cacerolas y los trastos de la espetera, al reflejo del fuego, ¡cuántas veces he
interrumpido la lectura de una escena de La Tempestad, de Shakespeare, o del
Caín, de Byron, para oír el ruido del agua que hierve a borbotones,
coronándose de espuma y levantando con sus penachos de vapor. azul y ligero
la tapadera de metal que golpea los bordes de la vajilla! Un mes hace que falto
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de aquí y todo se encuentra lo mismo que antes de marcharme. El temeroso
respeto de estos criados hacia todo lo que me pertenece, no puede menos de
traerme a la imaginación las irreverentes limpiezas, los temibles y frecuentes
arreglos de cuarto de mis patronas de Madrid. Sobre aquella tabla, cubiertos de
polvo, pero con las mismas señales y colocados en el orden que yo los tenía,
están aún mis libros y mis papeles. Más allá cuelga de un clavo la cartera de
dibujo; en un rincón veo la escopeta, compañera inseparable de mis filosóficas
excursiones, con la cual he andado mucho, he pensado bastante y no he
matado casi nada. Después de apurar mi taza de café, y mientras miro danzar
las llamas violadas, rojas y amarillas a través del humo del cigarro que se
extiende ante mis ojos como una gasa azul, he pensado un poco sobre qué
escribiría a ustedes para El Contemporáneo, ya que me he comprometido a
contribuir con una gota de agua, a fin de llenar ese océano sin fondo, ese
abismo de cuartillas que se llama periódico, especie de tonel que, como al de
las Danaidas, siempre se le está echando original y siempre está vacío. Las
únicas ideas que me han quedado como flotando en la memoria y sueltas de la
masa general que ha oscurecido y embotado el cansancio del viaje, se refieren
a los detalles de éste, que carecen en sí de interés, que en otras mil ocasiones
he podido estudiar, pero que nunca, como ahora, se han ofrecido a mi
imaginación en conjunto y contrastando entre sí de un modo tan extraordinario
y patente.
Los diversos medios de locomoción de que he tenido que servirme para
llegar hasta aquí, me han recordado épocas y escenas tan distintas, que
algunos ligeros rasgos de lo que de ellas recuerdo, trazados por pluma más
avezada que la mía a esta clase de estudios bastarían a bosquejar un curioso
cuadro de costumbres.
Como por todo equipaje no llevaba más que un pequeño saco de noche,
después de haberme despedido de ustedes llegué a la estación del ferrocarril a
punto de montar en el tren. Previo un ligero saludo de cabeza dirigido a las
pocas personas que de antemano se encontraban en el coche y que habían de
ser mis compañeros de viaje, me acomodé en un rincón, esperando el
momento de partir, que no debía de tardar mucho, a juzgar por la precipitación
de los rezagados, el ir y venir de los guardas de la vía y el incesante golpear de
las portezuelas. La locomotora arrojaba ardientes y ruidosos resoplidos, como
un caballo de raza impaciente hasta ver que cae al suelo la cuerda que lo
detiene en el hipódromo. De cuando en cuando una pequeña oscilación hacía
crujir las coyunturas de acero del monstruo; por último sonó la campana, el
coche hizo un brusco movimiento de delante atrás y de atrás adelante, y
aquella especie de culebra negra y monstruosa partió arrastrándose por el
suelo a lo largo de los raíles y arrojando silbidos estridentes que resonaban de
una manera particular en el silencio de la noche. La primera sensación que se
experimenta al arrancar un tren es siempre insoportable. Aquel confuso
rechinar de ejes, aquel crujir de vidrios estremecidos, aquel fragor de ferretería
ambulante, igual aunque en grado máximo, al que produce un simón
desvencijado al rodar por una calle mal empedrada, crispa los nervios, marea y
aturde. Verdad que en ese mismo aturdimiento hay algo de la embriaguez de la
carrera, algo de lo vertiginoso que tiene todo lo grande; pero como quiera que
aunque mezclado con algo que place, hay mucho que incomoda, también es
cierto que hasta que pasan algunos minutos y la continuación de las
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impresiones embota la sensibilidad, no se puede decir que se pertenece uno a
sí mismo por completo.
Apenas hubimos andado algunos kilómetros, y cuando pude enterarme
de lo que había a mi alrededor, empecé a pasar revista a mis compañeros de
coche; ellos, por su parte, creo que hacían algo por el estilo, pues con más o
menos disimulo todos comenzamos a mirarnos unos a otros de los pies a la
cabeza.
Como dije antes, en el coche nos encontrábamos muy pocas personas.
En el asiento que hacia frente al que yo me había colocado, y sentada de modo
que los pliegues de su amplia y elegante falda de seda me cubrían casi los
pies, iba una joven como de diez y seis a diez y siete años, la cual, a juzgar por
la distinción de su fisonomía y ese no sé qué aristocrático que se siente y no
puede explicarse, debía de pertenecer a una clase elevada. Acompañábala un
aya, pues tal me pareció una señora muy atildada y fruncida que ocupaba el
asiento inmediato, y que de cuando en cuando le dirigía la palabra en francés
para preguntarle cómo se sentía, qué necesitaba, o advertirle de qué manera
estaría más cómoda. La edad de aquella señora y el interés que se tomaba por
la joven, pudieran hacer creer que era su madre; pero, a pesar de todo, yo
notaba en su solicitud algo de afectado y mercenario, que fue el dato de que
desde luego tuve en cuenta para clasificarla.
Haciendo vis-à-vis con el aya francesa y medio enterrado entre los
almohadones de un rincón, como viajero avezado a las noches de ferrocarril,
estaba un inglés alto y rubio como casi todos los ingleses, pero más que
ninguno grave, afeitado y limpio. Nada más acabado y completo que su traje de
touriste; nada más curioso que sus mil cachivaches de viaje, todos blancos y
relucientes; aquí la manta escocesa, sujeta con sus hebillas de acero; allá el
paraguas y el bastón con su funda de vaqueta, terciada al hombro la cómoda y
elegante bolsa de piel de Rusia. Cuando volví los ojos para mirarle, el inglés,
desde todo lo alto de su deslumbradora corbata blanca, paseaba una mirada
olímpica sobre nosotros, y luego que su pupila verde, dilatada y redonda, se
hubo empapado bien en los objetos, entornó nuevamente los párpados, de
modo que, heridas por la luz que caía de lo alto, sus pestañas largas y rubias
se me antojaban a veces dos hilos de oro que sujetaban por el cabo una
remolacha, pues no a otra cosa podía compararse su nariz. Formando
contraste con este seco y estirado gentleman, que, una vez entornados los ojos
y bien acomodado en su rincón, permanecía inmóvil como una esfinge de
granito, en el extremo opuesto del coche, y ya poniéndose de pie, ya
agachándose para colocar una enorme sombrerera debajo del asiento, o
recostándose alternativamente de un lado y de otro, como el que siente un
dolor agudo y de ningún modo se encuentra bien, bullía sin cesar un señor de
unos cuarenta años, saludable, mofletudo y rechoncho, el cual señor, a lo que
pude colegir por sus palabras, vivía en un pueblo de los inmediatos a
Zaragoza, de donde nunca había salido sino a la capital de su provincia, hasta
que, con ocasión de ciertos negocios propios del Ayuntamiento de que formaba
parte, había estado últimamente en la corte como cosa de un mes.
Todo esto y mucho más, se lo dijo él solo sin que nadie se lo preguntara,
porque el bueno del hombre era de lo más expansivo con que he topado en mi
vida, mostrando tal afán por enredar conversación sobre cualquier cosa, que no
perdonaba coyuntura.
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Primero suplicó al inglés le hiciese el favor de colocar un cestito con dos
botellas en la bolsa del coche que tenía más próxima; el inglés entreabrió los
ojos, alargó una mano, y lo hizo sin contestar una sola palabra a las expresivas
frases con que le agradeciera el obsequio. De seguida se dirigió a la joven para
preguntarle si la señora que la acompañaba era su mamá. La joven le contestó
que no con una desdeñosa sobriedad de palabras. Después se encaró
conmigo, deseando saber si seguiría hasta Pamplona: satisfice esta pregunta,
y él, tomando pie de mi contestación, dijo que se quedaba en Tudela; y a
propósito de esto, habló de mil cosas diferentes y todas a cual de menos
importancia, sobre todo para los que le escuchábamos.
Cansado de su desesperante monólogo o agotados los recursos de su
imaginación, nuestro buen hombre, que por lo visto se fastidiaba a más no
poder dentro de aquella atmósfera glacial y afectada, tan de buen tono entre
personas que no se conocen, comenzó a poco, sin duda para distraer su
aburrimiento, una serie de maniobras a cual más inconvenientes y originales.
Primero cantó un rato a media voz alguna de las habaneras que había oído en
Madrid a la criada de la casa de pupilos; después comenzó a atravesar el
coche de un extremo a otro, dando aquí al inglés con el codo o pisando allí el
extremo del traje de las señoras para asomarse a las ventanillas de ambos
lados; por último, y ésta fue la broma más pesada, dio en la flor de bajar los
cristales en cada una de las estaciones para leer en alta voz el nombre del
pueblo, pedir agua o preguntar los minutos que se detendría el tren. En unas y
otras, ya nos encontrábamos cerca de Medinaceli, y la noche se había entrado
fría, anubarrada y desagradable; de modo que cada vez que se abría una de
las portezuelas, se estaba en peligro inminente de coger un catarro.
El inglés, que hubo de comprenderlo así, se envolvió silenciosamente en
su magnífica manta escocesa; la joven, por consejo del aya, que se lo dijo en
alta voz, se puso un abrigo; yo, a falta de otra cosa, me levanté el cuello del
gabán y hundí cuanto pude la cabeza entre los hombros. Nuestro hombre sin
embargo, prosiguió impertérrito practicando la misma peligrosa operación
tantas veces cuantas paraba el tren, hasta que al cabo, no sé si cansado de
este ejercicio o advertido de la escena muda de arropamiento general que se
repetía tantas veces cuantas él abría la ventanilla, cerró con aire de visible mal
humor los cristales, tornando a echarse en su rincón donde a los pocos minutos
roncaba como un bendito, amenazando aplastarme la nariz con la coronilla en
uno de aquellos bruscos vaivenes que de cuando en cuando le hacían salir
sobresaltado de su modorra para restregarse los ojos, mirar el reloj y volverse a
dormir de nuevo. El peso de las altas horas de la noche comenzaba a dejarse
sentir. En el vangón reinaba un silencio profundo, interrumpido sólo por el
eterno y férreo crujir del tren y algún que otro resoplido de nuestro amodorrado
compañero, que alternaba en esta tarea con la máquina.
El inglés se durmió también; pero se durmió grave y dignamente sin
mover pie ni mano, como si a pesar del letargo que le embargaba tuviese la
conciencia de su posición. El aya comenzó a cabecear un poco, acabando por
bajar el velo de su capota oscura y dormirse en estilo semiserio. Quedamos,
pues, desvelados como las vírgenes prudentes de la parábola, tan sólo la joven
y yo. A decir verdad, yo también me hubiera rendido al peso del aturdimiento y
a las fatigas de la vigilia si hubiese tenido la seguridad de mantenerme en mi
sueño en una actitud, si no tan grave como la del inmóvil gentleman, al menos
no tan grotesca como la del buen regidor aragonés, que ora dejándose caer la
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gorra de una cabezada, ora roncando como un órgano o balbuceando palabras
ininteligibles, ofrecía el espectáculo más chistoso que imaginarse puede. Para
despabilarme un poco resolví dirigir la palabra a la joven; pero por una parte
temía cometer una indiscreción, mientras por otra; y no era esto lo menos para
permanecer callado, no sabía como empezar. Entonces volví los ojos, que
había tenido clavados en ella con alguna insistencia, y me entretuve en ver
pasar a través de los cristales, y sobre una faja de terreno oscuro y monótono,
ya las blancas nubes de humo y de chispas que se quedaban al paso de la
locomotora rozando la tierra y como suspendidas e inmóviles, ya los palos del
telégrafo, que parecían perseguirse y querer alcanzarse unos a otros lanzados
a una carrera fantástica. No obstante, la aproximación de aquella mujer
hermosa que yo sentía aun sin mirarla, el roce de su falda de seda que tocaba
a mis pies y crujía a cada uno de sus movimientos, el sopor vertiginoso del
incesante ruido, la languidez del cansancio, la misteriosa embriaguez de las
altas horas de la noche, que pesan de una manera tan particular sobre el
espíritu, comenzaron a influir en mi imaginación, ya sobreexcitada
extrañamente.
Estaba despierto, pero mis ideas iban poco a poco tomando esa forma
extravagante de los ensueños de la mañana, historias sin principio ni fin, cuyos
eslabones de oro se quiebran con un rayo de enojosa claridad y vuelven a
soldarse apenas se corren las cortinas del lecho. La vista se me fatigaba de ver
pasar, eterna, monótona y oscura como un mar de asfalto, la línea del
horizonte, que ya se alzaba, ya se deprimía, imitando el movimiento de las
olas. De cuando en cuando dejaba caer la cabeza sobre el pecho, rompía el
hilo de las historias extraordinarias que iba fingiendo en la mente y entornaba
los ojos; pero apenas los volvía a abrir encontraba siempre delante de ellos a
aquella mujer, y tornaba a mirar por los cristales; y tornaba a soñar imposibles.
Yo he oído decir a muchos, y aun la experiencia me ha enseñado un poco, que
hay horas peligrosas, horas lentas y cargadas de extraños pensamientos y de
una voluptuosa pesadez, contra la que es imposible defenderse: en esas horas,
como cuando nos turban la cabeza los vapores del vino, los sonidos se
debilitan y parece que se oyen muy distantes, los objetos se ven como velados
por una gasa azul, y el deseo presta audacia al espíritu, que recobra para sí
todas las fuerzas que pierde la materia. Las horas de la madrugada, esas horas
que deben tener más minutos que las demás, esas horas en que entre el caos
de la noche comienza a forjarse el día siguiente, en que el sueño se despide
con su última visión y la luz se anuncia con ráfagas de claridad incierta, son sin
duda alguna, las que en más alto grado reúnen semejantes condiciones. Yo no
sé el tiempo que trascurrió mientras a la vez dormía y velaba, ni tampoco me
sería fácil apuntar algunas de las fantásticas ideas que cruzaron por mi
imaginación, porque ahora sólo recuerdo cosas desasidas y sin sentido, como
esas notas sueltas de una música lejana que trae el viento a intervalos en
ráfagas sonoras: lo que sí puedo asegurar es que gradualmente se fueron
embotando mis sentidos, hasta el punto que cuando un gran estremecimiento,
una bocanada de aire frío y la voz del guarda de la vía me anunciaron que
estaba en Tudela, no supe explicarme cómo me encontraba tan pronto en el
término de la primera parte de mi peregrinación.
Era completamente de día, y por la ventanilla del coche, que había
abierto de par en par el señor gordo, entraban a la vez el sol rojizo y el aire
fresco de la mañana. Nuestro regidor aragonés que por lo que podía colegirse
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no veía la hora de dejar tan poco agradable reunión, apenas se convenció de
que estábamos en Tudela, torciose la capa al hombro, cogió en una mano su
sombrerera monstruo, en la otra el cesto, y saltó al andén con una agilidad que
nadie hubiera sospechado en sus años y en su gordura. Yo torné asimismo el
pequeño saco, que era todo mi equipaje; dirigí una última mirada a aquella
mujer a quien acaso no volvería a ver más y que había sido la heroína de mi
novela de una noche, y después de saludar a mis compañeros, salí del vagón
buscando a un chico que llevase aquel bulto y me condujese a una fonda
cualquiera.
Tudela es un pueblo grande, con ínfulas de ciudad, y el parador adonde
me condujo mi guía, una posada con ribetes de fonda. Senteme y almorcé; por
fortuna, si el almuerzo no fue gran cosa, la mesa y el servicio estaban limpios.
Hagamos esta justicia a la navarra que se encuentra al frente del
establecimiento. Aún no había tomado los postres, cuando el campanilleo de
las colleras, los chasquidos del látigo y las voces del zagal que enganchaba las
mulas, me anunciaron que el coche de Tarazona iba a salir muy pronto. Acabé
deprisa y corriendo de tomar una taza de café bastante malo y clarito por más
señas, y ya se oían los gritos de ¡al coche, al coche! unidos a las despedidas
en alta voz, al ir y venir de los que colocaban los equipajes en la baca, y las
advertencias mezcladas de interjecciones del mayoral, que dirigía las
maniobras desde el pescante como un piloto desde la popa de su buque.
La decoración había cambiado por completo, y nuevos y característicos
personajes se encontraban en escena. En primer término, y unos recostados
contra la pared, otros sentados en los marmolillos de las esquinas o agrupados
en derredor del coche, veíanse hasta quince o veinte desocupados del lugar
para quienes el espectáculo de una diligencia que entra o sale es todavía un
gran acontecimiento. Al pie del estribo algunos muchachos, desarrapados y
sucios, abrían con gran oficiosidad las portezuelas, pidiendo indirectamente
una limosna, y en el interior del ómnibus, pues éste era propiamente el nombre
que debiera darse al vehículo que iba a conducirnos a Tarazona, comenzaban
a ocupar sus asientos los viajeros. Yo fui uno de los primeros en colocarme en
mi sitio al lado de las dos mujeres, madre e hija, naturales de un pueblo
cercano, y que venían de Zaragoza, a donde, según me dijeron, habían ido a
cumplir no sé qué voto a la Virgen del Pilar: la muchacha tenía los ojos
retozones, y de la madre se conservaba todo lo que a los cuarenta y pico de
años puede conservarse de una buena moza. Tras mí entró un estudiante del
seminario, a quien no hubo de parecer saco de paja la muchacha, pues viendo
que no podía sentarse junto a ella, porque ya lo había hecho yo, se compuso
de modo que en aquellas estrecheces se tocasen rodilla con rodilla. Siguieron
al estudiante otros dos individuos del sexo feo, de los cuales el primero parecía
militar en situación de reemplazo, y el segundo uno de esos pobres empleados
de poco sueldo, a quienes a cada instante trasiega el ministerio de una
provincia a otra. Ya estábamos todos, y cada uno en su lugar correspondiente,
y dándonos el parabién porque íbamos a estar un poco holgados, cuando
apareció en la portezuela, y como un retrato dentro de su moldura, la cabeza
de un clérigo entrado en edad, pero guapote, y de buen color, al que
acompañaba una ama o dueña, como por aquí es costumbre llamarles, que en
punto a cecina de mujer era de lo mejor conservado y apetitoso a la vista que
yo he encontrado de algún tiempo a esta parte.
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Sintieron unos y se alegraron otros de la llegada de los nuevos
compañeros, siendo de los segundos el escolar, el cual encontró ocasión de
encajarse más estrechamente con su vecina de asiento, mientras hacía un sitio
al ama del cura, sitio pequeño para el volumen que había de ocuparlo, aunque
grande por la buena voluntad con que se le ofrecía. Sentose el ama,
acomodose el clérigo, y ya nos disponíamos a partir, cuando, como llovido del
cielo o salido de los profundos, hete aquí que se nos aparece mi famoso
hombre gordo del ferrocarril, con su imprescindible cesto y su monstruosa
sombrerera. Referir las cuchufletas, las interjecciones, las risas y los murmullos
que se oyeron a su llegada, sería asunto imposible, como tampoco es fácil
recordar las maniobras de cada uno de los viajeros para impedir que se
acomodase a su lado. Pero aquél era el elemento de nuestro hombre gordo: allí
donde se reía, se empujaba, y unos manoteando, otros impasibles, todos
hablaban a un tiempo, se encontraba el buen regidor como el pez en el agua o
el pájaro en el aire. A las cuchufletas respondía con chanzas; a las
interjecciones, encogiéndose de hombros, y a los envites de codos, con
codazos, de manera que a los pocos minutos ya estaba sentado y en
conversación con todos, como si los conociese de antigua fecha. En esto partió
el coche, comenzando ese continuo vaivén al compás del trote de las mulas,
las campanillas del caballo delantero, el saltar de los cristales, el revolotear de
los visillos y los chasquidos del látigo del mayoral, que constituyen el fondo de
armonía de una diligencia en marcha. Las torres de Tudela desaparecieron
detrás de una loma bordada de viñedos y olivares. Nuestro hombre gordo,
apenas se vio engolfado camino adelante y en compañía tan franca, alegre y
de su gusto, desenvainó del cesto una botella y la merienda correspondiente
para echar un trago. Dada la señal del combate, el fuego se hizo general en
toda la línea, y unos de la fiambrera de hoja de lata, otros de un canastillo o del
número de un periódico, cada cual sacó su indispansable tortilla de huevos con
variedad de tropezones. Primero la botella, y cuando ésta se hubo apurado,
una bota de media azumbre del seminarista, comenzaron a andar a la ronda
por el coche. Las mujeres, aunque se excusaban tenazmente, tuvieron que
humedecerse la boca con el vino; el mayoral, dejando el cuidado de las mulas
al delantero, sentose de medio ganchete en el pescante y formó parte del
corro, no siendo de los más parcos en el beber; yo, aunque con nada había
contribuido al festín, también tuve que empinar el codo más de lo que
acostumbro.
A todo esto no cesaba el zarandeo del carruaje; de modo que con el
aturdimiento del vinillo, el continuo vaivén, el tropezón de codos y rodillas, las
risotadas de éstos, el gritar de aquéllos, las palabritas a media voz de los de
más allá, un poco de sol enfilado a los ojos por las ventanillas y un bastante de
polvo del que levantaban las mulas, las tres horas de camino que hay desde
Tarazona a Tudela pasaron entre gloria y purgatorio, ni tan largas que me
dieran lugar a desesperarme, ni tan breves que no viera con gusto el término
de mi segunda jornada.
En Tarazona nos apeamos del coche entre una doble fila de curiosos,
pobres y chiquillos. Despedímonos cordialmente los unos de los otros, volví a
encargar a un chicuelo de la conducción de mi equipaje y me encaminé al azar
por aquellas calles estrechas, torcidas y oscuras, perdiendo de vista, tal vez
para siempre, a mi famoso regidor, que había empezado por fastidiarme,
concluyendo al fin por hacerme feliz con su eterno buen humor, su incansable
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charla y su inquietud increíble en una persona de su edad y su volumen.
Tarazona es una ciudad pequeña y antigua; más lejos del movimiento que
Tudela, no se nota en ella el mismo adelanto, pero tiene un carácter más
original y artístico. Cruzando sus calles con arquillos y retablos, con caserones
de piedra llenos de escudos y timbres heráldicos, con altas rejas de hierro de
labor exquisita y extraña, hay momentos en que se cree uno transportado a
Toledo, la ciudad histórica por excelencia.
Al fin, después de haber discurrido un rato por aquel laberinto de calles,
llegamos a la posada, que posada era con todos los accidentes y el carácter de
tal el sitio a que me condujo mi guía. Figúrense ustedes un medio punto de
piedra carcomida y tostada en cuya clave luce un escudo con un casco que en
vez de plumas tiene en la cimera una pomposa mata de jaramagos amarillos,
nacida entre las hendiduras de los sillares; junto al blasón de los que fueron un
día señores de aquella casa solariega, hay un palo, con una tabla en la punta a
guisa de banderola, en que se lee con grandes letras de almagre el título del
establecimiento; el nudoso y retorcido tronco de una parra que comienza a
retoñar, cubre de hojas verdes, transparentes e inquietas, un ventanuquillo
abierto en el fondo de una antigua ojiva rellena de argamasa y guijarros de
colores; a los lados del portal sirven de asiento algunos trozos de columnas,
sustentados por rimeros de ladrillos o capiteles rotos y casi ocultos entre las
yerbas que crecen al pie del muro, en el cual, entre remiendos y parches de
diferentes épocas, unos blancos y brillantes aún, otros con oscuras manchas
de ese barniz particular de los años, se ven algunas estaquillas de madera
clavadas en las hendiduras. Tal se ofreció a mis ojos el exterior de la posada;
el interior no parecía menos pintoresco.
A la derecha, y perdiéndose en la media luz que penetraba de la calle,
veíase una multitud de arcos chatos y macizos que se cruzaban entre sí,
dejando espacio en sus huecos a una larga fila de pesebres, formados de
tablas mal unidas al pie de los postes, y diseminados por el suelo, tropezábase
aquí con las enjalmas de una caballería, allá con unos cuantos pellejos de vino
o gruesas sacas de lana, sobre las que merendaban, sentados en corro y con
el jarro en primer lugar, algunos arrieros y trajinantes.
En el fondo, y caracoleando, pegada a los muros o sujeta con puntales,
subía a las habitaciones interiores una escalerilla empinada y estrecha, en cuyo
hueco, y revolviendo un haz de paja, picoteaban los granos perdidos hasta una
media docena de gallinas; la parte de la izquierda, a la que daba paso un arco
apuntado y ruinoso, dejaba ver un rincón de la cocina iluminado por el
resplandor rojizo y alegre del hogar, en donde formaban un gracioso grupo la
posadera, mujer frescota y de buen temple, aunque entrada en años, una
muchacha vivaracha y despierta como de quince a diez y seis, y cuatro o cinco
chicuelos rubios y tiznados, amén de un enorme gato rucio y dos o tres perros
que se habían dormido al amor de la lumbre.
Después de dar un vistazo a la posada, hice presente al posadero el
objeto que en su busca me traía, el cual estaba reducido a que me pusiese en
contacto con alguien que me quisiera ceder una caballería para trasladarme a
Veruela, punto al que no se puede llegar de otro modo.
Hízolo así el posadero, ajusté el viaje con unos hombres que habían
venido a vender carbón de Purujosa y se tornaban de vacío, y héteme aquí otra
vez en marcha y camino del Moncayo, atalajado en una mula como en los
buenos tiempos de la Inquisición y del absoluto. Cuando me vi en mitad del
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camino, entre aquellas subidas y bajadas tan escabrosas, rodeado de los
caborneros, que marchaban a pie a mi lado cantando una canción monótona y
eterna; delante de mis ojos la senda, que parecía una culebra blancuzca e
interminable que se alejaba enroscándose por entre las rocas, desapareciendo
aquí y tornando a aparecer más allá, y a un lado y otro los horizontes inmóviles
y siempre los mismos, figurábaseme que hacía un año me había despedido de
ustedes, que Madrid se había quedado en el otro cabo del mundo, que el
ferrocarril que vuela, dejando atrás las estaciones y los pueblos, salvando los
ríos y horadando las montañas, era un sueño de la imaginación o un
presentimiento de lo futuro. Como la verdad es que yo fácilmente me acomodo
a todas las cosas, pronto me encontré bien con mi última manera de caminar, y
dejando ir a la mula a su paso lento y uniforme, eché a volar la fantasía por los
espacios imaginarios, para que se ocupase en la calma y en la frescura
sombría de los sotos de álamos que bordan el camino, en la luminosa
serenidad del cielo, o saltase, como salta el ligero montañés, de peñasco en
peñasco, por entre las quiebras del terreno, ora envolviéndose como en una
gasa de plata en la nube que viene rastrera, ora mirando con vertiginosa
emoción el fondo de los precipicios por donde va el agua, unas veces ligera,
espumosa y brillante, y otras sin ruido, sombría y profunda.
Como quiera que cuando se viaja así, la imaginación desasida de la
materia tiene espacio y lugar para correr volar y juguetear como una loca por
donde mejor le parece, el cuerpo, abandonado del espíritu, que es el que lo
percibe todo, sigue impávido su camino hecho un bruto y atalajado como un
pellejo de aceite, sin darse cuenta de sí mismo, ni saber si se cansa o no. En
esta disposición de ánimo anduvimos no sé cuántas horas, porque ya no tenía
ni conciencia del tiempo, cuando un airecillo agradable, aunque un poco fuerte,
me anunció que habíamos llegado a la más alta de las cumbres que por la
parte de Tarazona rodean el valle, término de mis peregrinaciones. Allí,
después de haberme apeado de la caballería para seguir a pie el poco camino
que me faltaba, pude exclamar como los Cruzados a la vista de la ciudad
santa: Ecco apparir Gerusalem si vede
En efecto, en el fondo del melancólico y silencioso valle, al pie de las
últimas ondulaciones del Moncayo, que levantaba sus aéreas cumbres
coronadas de nieve y de nubes, medio ocultas entre el follaje oscuro de sus
verdes alamedas y heridas por la última luz del sol poniente, vi las vetustas
murallas y las puntiagudas torres del monasterio, en donde ya instalado en una
celda, y haciendo una vida mitad por mitad literaria y campestre, espera
vuestro compañero y amigo recobrar la salud, si Dios es servido de ello, y
ayudaros a soportar la pesada carga del periódico en cuanto la enfermedad y
su natural propensión a la vagancia se lo permitan.
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Carta segunda
Queridos amigos:
Si me vieran ustedes en algunas ocasiones con la pluma en la mano y el
papel delante, buscando un asunto cualquiera para emborronar catorce o
quince cuartillas, tendrían lástima de mí. Gracias a Dios que no tengo la
perniciosa, cuanto fea costumbre, de morderme las uñas es caso de
esterilidad, pues hasta tal punto me encuentro apurado e irresoluto en estos
trances, que ya sería cosa de haberme comido la primera falange de los dedos.
Y no es precisamente porque se hayan agotado de tal modo mis ideas, que
registrando en el fondo de la imaginación, en donde andan enmarañadas e
indecisas, no pudiese topar con alguna y traerla, a ser preciso, por la oreja,
como dómine de lugar a muchacho travieso. Pero no basta tener una idea; es
necesario despojarla de su extraña manera de ser, vestirla un poco al uso para
que esté presentable, aderezarla y condimentarla, en fin, a propósito, para el
paladar de los lectores de un periódico, político por añadidura. Y aquí está lo
espinoso del caso, aquí la gran dificultad.
Entre los pensamientos que antes ocupaban mi imaginación y los que
aquí han engendrado la soledad y el retiro, se ha trabado una lucha titánica,
hasta que, por último, vencidos los primeros por el número y la intensidad de
sus contrarios, han ido a refugiarse no sé dónde, porque yo los llamo y no me
contestan, los busco y no parecen. Ahora bien: lo que se siente y se piensa
aquí en armonía con la profunda calma y el melancólico recogimiento de estos
lugares, ¿podrá encontrar un eco en los que viven en ese torbellino de
intereses opuestos, de pasiones sobreexcitadas, de luchas continuas que se
llama la Corte?
Yo juzgo de la impresión que pueden hacer ideas que nacen y se
desarrollan en la austera soledad de estos claustros, por la que a su vez me
producen las que ahí hierven y de las cuales diariamente me trae El
Contemporáneo como un abrasado soplo. Al periódico que todas las mañanas
encontramos en Madrid sobre la mesa del comedor o en el gabinete de estudio,
se le recibe como a un amigo de confianza que viene a charlar un rato,
mientras se hace hora de almorzar con la ventaja de que si saboreamos un
veguero, mientras él nos refiere, comentándola, la historia del día de ayer, ni
siquiera hay necesidad de ofrecerle otro, como al amigo. Y esa historia de ayer
que nos refiere, hasta cierto punto la historia de nuestros cálculos, de nuestras
simpatías o de nuestros intereses; de modo que su lenguaje apasionado, sus
frases palpitantes, suelen hablar a un tiempo a nuestra cabeza, a nuestro
corazón y a nuestro bolsillo: en unas ocasiones repite lo que ya hemos
pensado, y nos complace hallarle acorde con nuestro modo de ver; otras nos
dice la última palabra de algo que comenzábamos a adivinar, o nos da el tema
en armonía con las vibraciones de nuestra inteligencia para proseguir
pensando. Tan íntimamente está enlazada su vida intelectual con la nuestra;
tan una es la atmósfera en que se agitan nuestras pasiones y las suyas. Aquí,
por el contrario, todo parece conspirar a un fin diverso. El periódico llega a los
muros de este retiro como uno de esos círculos que se abren en el agua
cuando se arroja una piedra, y que poco a poco se van debilitando a medida
que se alejan del punto de donde partieron, hasta que vienen a morir en la orilla
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con un rumor apenas perceptible. El estado de nuestra imaginación, la soledad
que nos rodea, hasta los accidentes locales parecen contribuir a que sus
palabras suenen de otro modo en el oído. Juzgad si no por lo que a mí me
sucede.
Todas las tardes, y cuando el sol comienza a caer, salgo al camino que
pasa por delante de las puertas del monasterio para aguardar al conductor de
la correspondencia que me trae los periódicos de Madrid. Frente al arco que da
entrada al primer recinto de la abadía, se extiende una larga alameda de
chopos tan altos que, cuando agita las ramas el viento de la tarde, sus copas
se unen y forman una inmensa bóveda de verdura. Por ambos lados del
camino, y saltando y cayendo con un murmullo apacible por entre las retorcidas
raíces de los árboles, corren dos arroyos de agua cristalina y transparente, fría
como la hoja de una espada y delgada como su filo. El terreno sobre el cual
flotan las sombras de los chopos, salpicadas de manchas inquietas y
luminosas, está a trechos cubierto de una yerba alta, espesa y finísima, entre la
que nacen tantas margaritas blancas, que semejan a primera vista esa lluvia de
flores con que alfombran el suelo los árboles frutales en los templados días de
abril. En los ribazos, y entre los zarzales y los juncos del arroyo; crecen las
violetas silvestres, que, aunque casi ocultas entre sus rastreras hojas, se
anuncian a gran distancia con su intenso perfume; y, por último, también cerca
del agua y formando como un segundo término, déjase ver por entre los
huecos que quedan de tronco a tronco una doble fila de nogales corpulentos
con sus copas redondas, compactas y oscuras.
Como a la mitad de esta alameda deliciosa, y en un punto en que varios
olmos dibujan un círculo pequeño, enlazando entre sí sus espesas ramas, que
recuerdan, al tocarse en la altura, la cúpula de un santuario; sobre una
escalinata formada de grandes sillares de granito, por entre cuyas hendiduras
nacen y se enroscan los tallos y las flores trepadoras, se levanta gentil, artística
y alta, casi como los árboles, una cruz de mármol, que, merced a su color, es
conocida en estas cercanías por la Cruz negra de Veruela. Nada más
hermosamente sombrío que este lugar. Por un extremo del camino limita la
vista el monasterio con sus arcos ojivales, sus torres puntiagudas y sus muros
almenados e imponentes; por el otro, las ruinas de una pequeña ermita se
levantan al pie de una eminencia sembrada de tomillos y romeros en flor. Allí,
sentado al pie de la cruz, y teniendo en las manos un libro que casi nunca leo,
y que muchas veces dejo olvidado en las gradas de piedra, estoy una o dos y a
veces hasta cuatro horas aguardando el periódico. De cuando en cuando veo
atravesar a lo lejos una de esas figuras aisladas que se colocan en un paisaje
para hacer sentir mejor la soledad del sitio. Otras veces, exaltada la
imaginación, creo distinguir confusamente, sobre el fondo oscuro del follaje, a
los monjes blancos que van y vienen silenciosos alrededor de su abadía, o a
una muchacha de la aldea que pasa por ventura al pie de la cruz con un
manojo de flores en el halda, se arrodilla un momento y deja un lirio azul sobre
los peldaños. Luego, un suspiro que se confunde con el rumor de las hojas;
después..., ¡qué sé yo!..., escenas sueltas de no sé qué historia que yo he oído
o que inventaré algún día; personajes fantásticos, que, unos tras otros; van
pasando ante mi vista, y de los cuales cada uno me dice una palabra o me
sugiere una idea: ideas y palabras que más tarde germinarán en mi cerebro y
acaso den fruto en el porvenir.
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La aproximación del correo viene siempre a interrumpir una de estas
maravillosas historias. En el profundo silencio que me rodea, el lejano rumor de
los pasos de su caballo que cada vez se percibe más distinto, lo anuncia a
larga distancia; por fin llega a donde estoy, saca el periódico de la bolsa de
cuero que trae terciada al hombro, me lo entrega, y después de cambiar
algunas palabras o un saludo, desaparece por el extremo opuesto del camino
que trajo.
Como lo he visto nacer, como desde que vino al mundo he vivido con su
vida febril y apasionada, El Contemporáneo no es para mí un papel como otro
cualquiera, sino que sus columnas son ustedes todos, mis amigos, mis
compañeros de esperanzas o desengaños, de reveses o de triunfos, de
satisfacciones o de amarguras. La primera impresión que siento, pues, al
recibirle, es siempre una impresión de alegría, como la que se experimenta al
romper la cubierta de una carta en cuyo sobre hemos visto una letra querida, o
como cuando en un país extranjero se estrecha la mano de un compatriota y se
oye hablar el idioma nativo. Hasta el olor particular del papel húmedo y la tinta
de imprenta, olor especialísimo que por un momento viene a sustituir el
perfume de las flores que aquí se respira por todas partes, parece que hiere la
memoria del olfato, memoria extraña y viva que indudablemente existe, y me
trae un pedazo de mi antigua vida; de aquella inquietud, de aquella actividad,
de aquella fiebre fecunda del periodismo. Recuerdo el incesante golpear y crujir
de la máquina que multiplicaba por miles las palabras que acabábamos de
escribir y que salían aún palpitando de la pluma; recuerdo el afán de las últimas
horas de redacción, cuando la noche va de vencida y el original escasea;
recuerdo, en fin, las veces que nos ha sorprendido el día corrigiendo un artículo
o escribiendo una noticia última sin hacer más caso de las poéticas bellezas de
la alborada que de la carabina de Ambrosio. En Madrid, y para nosotros en
particular, ni sale ni se pone el sol: se apaga o se enciende la luz, y es por la
única cosa que lo advertimos.
Al fin rompo la faja del periódico, y comienzo a pasar la vista por sus
renglones hasta que gradualmente me voy engolfando en su lectura, y ya ni
veo ni oigo nada de lo que se agita a mi alrededor. El viento sigue suspirando
entre las copas de los árboles, el agua sonriendo a mis pies, y las golondrinas,
lanzando chillidos agudos, pasan sobre mi cabeza; pero yo, cada vez más
absorto y embebido con las nuevas ideas que comienzan a despertarse a
medida que me hieren las frases del diario, me juzgo transportado a otros sitios
y a otros días. Paréceme asistir de nuevo a la Cámara, oír los discursos
ardientes, atravesar los pasillos del Congreso, donde entre el animado
cuchicheo de los grupos se forman las futuras crisis; y luego veo las secretarias
de los ministerios en donde se hace la política oficial; las redacciones donde
hierven las ideas que han de caer al día siguiente como la piedra en el lago, y
los círculos de la opinión pública que comienzan en el casino, siguen en las
mesas de los cafés y acaban en los guardacantones de las calles. Vuelvo a
seguir con interés las polémicas acaloradas, vuelvo a reanudar el roto hilo de
las intrigas, y ciertas fibras embotadas aquí, las fibras de las pasiones
violentas, la inquieta ambición, el ansia de algo más perfecto, el afán de hallar
la verdad escondida a los ojos humanos, tornan a vibrar nuevamente y a
encontrar en mi alma un eco profundo. «El Diario Español, El Pensamiento o
La Iberia, hablan de esto, afirman aquello o niegan lo de más allá», dice El
Contemporáneo; y yo sin saber apenas dónde estoy, tiendo las manos para
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cogerlos, creyendo que están allí a mi alcance, como si me encontrara sentado
a le mesa de la redacción.
Pero esa tromba de pensamientos tumultuosos, que pasan por mi
cabeza como una nube de tronada, se desvanecen apenas nacidos. Aún no he
acabado de leer las primeras columnas del periódico, cuando el último reflejo
del sol, que dobla lentamente la cumbre del Moncayo, desaparece de la más
alta de las torres del monasterio, en cuya cruz de metal llamea un momento
antes de extinguirse. Las sombras de los montes bajan a la carrera y se
extienden por la llanura; la luna comienza a dibujarse en el Oriente como un
círculo de cristal que transparenta el cielo, y la alameda se envuelve en la
indecisa luz del crepúsculo. Ya es imposible continuar leyendo. Aún se ven por
una parte y entre los huecos de las ramas chispazos rojizos del sol poniente, y
por la otra una claridad violada y fría. Poco a poco comienzo a percibir otra vez,
semejante a una armonía confusa, el ruido de las hojas y el murmullo del agua,
fresco, sonoro y continuado, a cuyo compás vago y suave vuelven a ordenarse
las ideas y se van moviendo con más lentitud en una danza cadenciosa, que
languidece al par de la música, hasta que por último se aguzan unas tras otras
como esos puntos de luz apenas perceptibles que de pequeños nos
entreteníamos en ver morir en las pavesas de un papel quemado. La
imaginación entonces, ligera y diáfana; se mece y flota al rumor del agua, que
la arrulla como una madre arrulla a un niño. La campana del monasterio, la
única que ha quedado colgada en su ruinosa torre bizantina, comienza a tocar
la oración, y una cerca, otra lejos, éstas con una vibración metálica y aguda,
aquéllas con un tañido sordo y triste, les responden las otras campanas de los
lugares del Somontano. De estos pequeños lugares, unos están en las puntas
de las rocas colgados como el nido de una águila, y otros medio escondidos en
las ondulaciones del monte o en lo más profundo de los valles. Parece una
armonía que a la vez baja del cielo y sube de la tierra, y se confunde y flota en
el espacio, mezclándose al último rumor del día que muere el primer suspiro de
la noche que nace.
Ya todo pasó, Madrid, la política, las luchas ardientes, las miserias
humanas, las pasiones, las contrariedades, los deseos, todo se ha ahogado en
aquella música divina. Mi alma está ya tan serena como el agua inmóvil y
profunda. La fe en algo más grande, en un destino futuro y desconocido, más
allá de esta vida, la fe de la eternidad, en fin, aspiración absorbente, única e
inmensa, mata esa fe al por menor que pudiéramos llamar personal, la fe en el
mañana, especie de aguijón que espolea los espíritus irresolutos, y que tanto
se necesita para luchar y vivir y alcanzar cualquier cosa en la tierra.
Absorto en estos pensamientos doblo el periódico y me dirijo a mi
habitación. Cruzo la sombría calle de árboles y llego a la primera cerca del
monasterio, cuya dantellada silueta se destaca por oscuro sobre el cielo en un
todo semejante a la de un castillo feudal; atravieso el patio de armas con sus
arcos redondos y timbrados, sus bastiones llenos de saeteras y coronados de
almenas puntiagudas, de las cuales algunas yacen en el foso, medio ocultas
entre los jaramagos y los espinos. Entre dos cubos de muralla, altos, negros e
imponentes, se alza la torre que da paso al interior; una cruz clavada en la
punta indica el carácter religioso de aquel edificio, cuyas enormes puertas de
hierro y muros fortísimos, más parece que deberían guardar soldados que
monjes.
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Pero apenas las puertas se abren rechinando sobre sus goznes
enmohecidos, la abadía aparece con todo su carácter. Una larga fila de olmos,
entre los que se elevan algunos cipreses, deja ver en el fondo la iglesia
bizantina con su portada semicircular llena de extrañas esculturas, por la
derecha se extiende la remendada tapia de un huerto, por encima de la cual
asoman las copas de los árboles, y a la izquierda se descubre el palacio
abacial, severo y majestuoso en medio de su sencillez. Desde este primer
recinto se pasa al inmediato por un arco de medio punto, después del cual se
encuentra el sitio donde en otro tiempo estuvo el enterramiento de los monjes.
Un arroyuelo, que luego desaparece y se oye gemir por debajo de tierra, corre
al pie de tres o cuatro árboles viejos y nudosos: a un lado se descubre el
molino medio agazapado entre unas ruinas, y más allá, oscura como la boca de
una cueva, la portada monumental del claustro con sus pilastras platerescas
llenas de hojarascas, bichos, ángeles, cariátides y dragones de granito que
sostienen emblemas de la Orden, mitras y escudos.
Siempre que atravieso este recinto cuando la noche se aproxima y
comienza a influir en la imaginación con su alto silencio y sus alucinaciones
extrañas, voy pisando quedo y poco a poco las sendas abiertas entre los
zarzales y las yerbas parásitas, como temeroso de que al ruido de mis pasos
despierte en sus fosas y levante la cabeza alguno de los monjes que duermen
allí el sueño de la eternidad. Por último, entro en el claustro; donde ya reina
una oscuridad profunda: la llama del fósforo que enciendo para atravesarlo
vacila agitada por el aire, y los círculos de luz que despide luchan
trabajosamente con las tinieblas. Sin embargo, a su incierto resplandor, pueden
distinguirse las largas series de ojivas, festoneadas de hojas de trébol, por
entre las que asoman, con una mueca muda y horrible, esas mil fantásticas y
caprichosas creaciones de la imaginación que el arte misterioso de la Edad
Media dejó grabadas en el granito de sus basílicas: aquí un endriago que se
retuerce por una columna y saca su deforme cabeza por entre la hojarasca del
capitel; allí un ángel que lucha con un demonio y entre los dos soportan la
recaída de un arco que se apunta al muro; más lejos, y sombreadas por el
batiente oscuro del lucillo que las contiene, las urnas de piedra donde bien con
la mano en el montante o revestidas de la cogulla, se ven las estatuas de los
guerreros y abades más ilustres que han patrocinado este monasterio o lo han
enriquecido con sus dones.
Los diferentes y extraordinarios objetos que unos tras otros van hiriendo
la imaginación, la impresionan de una manera tan particular, que cuando,
después de haber discurrido por aquellos patios sombríos, aquellas alamedas
misteriosas y aquellos claustros imponentes penetro al fin en mi celda y
desdoblo otra vez El Contemporáneo para proseguir su lectura, paréceme que
está escrito en un idioma que no entiendo. Bailes, modas, el estreno de una
comedía, un libro nuevo, un cantante extraordinario, una comida en la
embajada de Rusia, la compañía de Price, la muerte de un personaje, los
clownes, los banquetes políticos, la música, todo revuelto: una obra de caridad
con un crimen, un suicidio con una boda, un entierro con una función de toros
extraordinaria.
A esta distancia y en este lugar me parece mentira que existe aún ese
mundo que yo conocía, el mundo del Congreso y las redacciones, del casino y
de los teatros, del Suizo y de la Fuente Castellana, y que existe tal como yo le
dejé, rabiando y divirtiéndose, hoy en una broma, mañana en un funeral, todos
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deprisa, todos cosechando esperanzas y decepciones, todos corriendo detrás
de una cosa que no alcanzan nunca, hasta que corriendo den en uno de esos
lazos silenciosos que nos va tendiendo la muerte, y desaparezcan como por
escotillón con una gacetilla por epitafio.
Cuando me asaltan estas ideas, en vano hago esfuerzos por templarme
como ustedes y entrar a compás de la danza. No oigo la música que lleva a
todos envueltos como en un torbellino; no veo en esa agitación continua, en
ese ir y venir, más que lo que ve el que mira un baile desde lejos; una
pantomima muda e inexplicable, grotesca unas veces, terrible otras.
Ustedes, sin embargo, quieren que escriba alguna cosa, que lleve mi parte en
la sinfonía general, aun a riesgo de salir desafinado. Sea, y sirva esto de
introducción y preludio: quiere decir que si alguno de mis lectores ha sentido
otra vez algo de lo que yo siento ahora, mis palabras le llevarán el recuerdo de
más tranquilos días, como el perfume de un paraíso distante; y los que no,
tendrán en cuenta mi especial posición para tolerar que de cuando en cuando
rompa con una nota desacorde la armonía de un periódico político.
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Carta tercera
Queridos amigos:
Hace dos o tres días, andando a la casualidad por entre estos montes, y
habiéndome alejado más de lo que acostumbro en mis paseos matinales,
acerté a descubrir casi oculto entre las quiebras del terreno y fuera de todo
camino un pueblecillo, cuya situación, por extremo pintoresca, me agradó tanto
que no pude por menos de aproximarme a él para examinarlo a mis anchas. Ni
aun pregunté su nombre; y si mañana o el otro quisiera buscarlo por su
situación en el mapa, creo que no lo encontraría: tan pequeño es y tan olvidado
parece entre las ásperas sinuosidades del Moncayo. Figúrense ustedes, en el
declive de una montaña inmensa y sobre una roca que parece servirle de
pedestal, un castillo del que sólo quedan en pie la torre del homenaje y algunos
lienzos de muro carcomidos y musgosos: agrupadas alrededor de este
esqueleto de fortaleza, cual si quisiesen todavía dormir seguras a su sombra
como en la edad de hierro en que debió de alzarse, se ven algunas casas,
pequeñas heredades con sus bardales de heno, sus tejados rojizos, y sus
chimeneas desiguales y puntiagudas, por cima de las que se eleva el
campanario de la parroquia con su reloj de sol, su esquiloncillo que llama a la
primera misa, y su gallo de hoja de lata que gira en lo alto de la veleta a
merced de los vientos.
Una senda que sigue el curso del arroyo que cruza el valle serpenteando
por entre los cuadros de los trigos, verdes y tirantes como el paño de una mesa
de billar, sube dando vueltas a los amontonados pedruscos sobre que se
asienta el pueblo, hasta el punto en que un pilarote de ladrillos con una cruz en
el remate señala la entrada. Sucede con estos pueblecitos tan pintorescos,
cuando se ven en lontananza tantas líneas caprichosas, tantas chimeneas
arrojando pilares de humo azul, tantos árboles y peñas y accidentes artísticos,
lo que con otras muchas cosas del mundo, en que todo es cuestión de la
distancia a que se miran; y la mayor parte de las veces, cuando se llega a ellos,
la poesía se convierte en prosa. Ya en la cruz de la entrada, lo que pude
descubrir del interior del lugar no me pareció, en efecto, que respondía ni con
mucho a su perspectiva; de modo que, no queriendo arriesgarme por sus
estrechas, sucias y empinadas callejas, comencé a costearlo, y me dirigí a una
reducida llanura que se descubre a su espalda, dominada sólo por la iglesia y
el castillo. Allí, en unos campos de trigo, y junto a dos o tres nogales aislados
que comenzaban a cubrirse de hojas, está lo que por su especial situación y la
pobre cruz de palo enclavada sobre la puerta, colegí que sería el cementerio.
Desde muy niño concebí, y todavía conservo, una instintiva aversión a
los camposantos de las grandes poblaciones: aquellas tapias encaladas y
llenas de huecos, como la estantería de una tienda de géneros de ultramarinos;
aquellas calles de árboles raquíticos, simétricas y enarenadas, como las
avenidas de un parque inglés; aquella triste parodia de jardín con flores sin
perfume y verdura sin alegría, me oprimen el corazón y me crispan los nervios.
El afán de embellecer grotesca y artificialmente la muerte, me trae a la
memoria a esos niños de los barrios bajos, a quienes después de expirar
embadurnan la cara con arrebol, de modo que, entre el cerco violado de los
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ojos, la intensa palidez de las sienes y el rabioso carmín de las mejillas, resulta
una mueca horrible.
Por el contrario, en más de una aldea he visto un cementerio chico,
abandonado, pobre, cubierto de ortigas y cardos silvestres, y me ha causado
una impresión siempre melancólica, es verdad, pero mucho más suave, mucho
más respetuosa y tierna. En aquellos vastos almacenes de la muerte, siempre
hay algo de esa repugnante actividad del tráfico; la tierra, constantemente
removida, deja ver fosas profundas que parecen aguardar su presa con
hambre. Aquí nichos vacíos, a los que no falta más que un letrero: «Esta casa
se alquila»; allí huesos que se retrasan en el pago de su habitación, y son
arrojados qué sé yo adónde para dejar lugar a otros; y lápidas con filetes de
relumbrones, y décimas y coronas de flores de trapo, y siemprevivas de
comerciantes de objetos fúnebres. En estos escondidos rincones, último
albergue de los ignorados campesinos, hay una profunda calma: nadie turba su
santo recogimiento, y después de envolverse en su ligera capa de tierra, sin
tener siquiera encima el peso de una losa, deben de dormir mejor y más
sosegados.
Cuando, no sin tener que forcejear antes un poco, logré abrir la
carcomida y casi deshecha puerta del pequeño cementerio que por casualidad
había encontrado en mi camino, y éste se ofreció a mi vista, no pude menos de
confiarme nuevamente en mis ideas. Es imposible ni aun concebir un sitio más
agreste, más solitario y más triste, con una agradable tristeza, que aquél. Nada
habla allí de la muerte con ese lenguaje enfático y pomposo de los epitafios;
nada la recuerda de modo que horrorice con el repugnante espectáculo de sus
atavíos y despojos. Cuatro lienzos de tapia humilde, compuestos de arena
amasada con piedrecillas de colores, ladrillos rojos y algunos sillares cubiertos
de musgo en los ángulos, cercan un pedazo de tierra, en el cual la poderosa
vegetación de este país, abandonada a sí misma, despliega sus silvestres
galas con un lujo y una hermosura imponderables. Al pie de las tapias y por
entre sus rendijas, crecen la hiedra y esas campanillas de color de rosa pálido
que suben sosteniéndose en las asperezas del muro hasta trepar a los
bardales de heno, por donde se cruzan y se mecen como una flotante guirnalda
de verdura. La espesa y fina hierba que cubre el terreno y marca con suave
claroscuro todas sus ondulaciones, produce el efecto de un tapiz bordado de
esas mil florecillas cuyos poéticos nombres ignora la ciencia, y sólo podrían
decir las muchachas del lugar que en las tardes de mayo las cogen en el halda
para engalanar el retablo de la Virgen.
Allí, en medio de algunas espigas cuya simiente acaso trajo el aire de las
eras cercanas, se columpian las amapolas con sus cuatro hojas purpúreas y
descompuestas; las margaritas blancas y menudas, cuyos pétalos arrancan
uno a uno los amantes, semejan copos de nieve que el calor no ha podido
derretir, contrastando con los dragoncillos corales y esas estrellas de cinco
rayos amarillas e inodoras que llaman de los muertos, las cuales crecen
salpicadas en los camposantos entre las ortigas, las rosas de los espinos, los
cardos silvestres y las alcachoferas puntiagudas y frondosas. Una brisa pura y
agradable mueve las flores, que se balancean con lentitud, y las altas yerbas,
que se inclinan y levantan a su empuje como las pequeñas olas de un mar
verde y agitado. El sol resbala suavemente sobre los objetos, los ilumina o los
transparenta, aumentando la intensidad y la brillantez de sus tintas, y parece
que los dibuja con un perfil de oro para que destaquen entre sí con más
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limpieza. Algunas mariposas revolotean de acá para allá haciendo en el aire
esos giros extraños que fatigan1a vista, que inútilmente se empeña en seguir
su vuelo tortuoso; y mientras las abejas estrechan sus círculos zumbando
alrededor de los cálices llenos de perfumada miel, y los pardillos picotean los
insectos que pululan por el bardal de la tapia, una lagartija asoma su cabeza
triangular y aplastada y sus ojos pequeños y vivos por entre sus hendiduras, y
huye temerosa a guarecerse en su escondite al menor movimiento.
Después que hube abarcado con una mirada el conjunto de aquel
cuadro, imposible de reproducir con frases siempre descoloridas y pobres, me
senté en un pedrusco, lleno de esa emoción sin ideas que experimentamos
siempre que una cosa cualquiera nos impresiona profundamente y parece que
nos sobrecoge por su novedad o su hermosura. En esos instantes rapidísimos
en que la sensación fecunda la inteligencia, y allá en el fondo del cerebro tiene
lugar la misteriosa concepción de los pensamientos que han de surgir algún día
evocados por la memoria, nada se piensa, nada se razona: los sentidos todos
parecen ocupados en recibir y guardar la impresión que analizarán más tarde.
Sintiendo aún las vibraciones de esta primera sacudida del alma, que la
sumerge en un agradable sopor, estuve, pues, largo tiempo, hasta que
gradualmente comenzaron a extinguirse, y poco a poco fueron levantándose
las ideas relativas. Estas ideas, que ya han cruzado otras veces por la
imaginación y duermen olvidadas en alguno de sus rincones, son siempre las
primeras en acudir cuando se toca su resorte misterioso. No sé si a todos les
habrá pasado igualmente: pero a mí me ha sucedido con bastante frecuencia
preocuparme en ciertos momentos con la idea de la muerte; y pensar largo rato
y concebir deseos y formular votos acerca de la destinación futura, no sólo de
mi espíritu, sino de mis despojos mortales. En cuanto al alma, dicho se está
siempre he deseado se encaminase al Cielo. Con el destino que darían a mi
cuerpo es con lo que más he batallado, y acerca de lo cual he echado más a
menudo a volar la fantasía. En aquel punto en que todas aquellas viejas
locuras de mi imaginación salieron en tropel de los desvanes de la cabeza
donde tengo arrinconados, como trastos inútiles, los pensamientos extraños,
las ambiciones absurdas y las historias imposibles de la adolescencia, ilusiones
rosadas que, como los trajes antiguos, se han ajado ya y se han puesto de
color de ala de mosca con los años, fue cuando pude apreciar sonriendo al
compararlas entre sí, la candidez de mis aspiraciones juveniles.
En Sevilla, y en la margen del Guadalquivir que conduce al convento de
San Jerónimo, hay cerca del agua una especie de remanso que fertiliza un
valle en miniatura formado por el corte natural de la ribera, que en aquel lugar
es bien alta y tiene un rápido declive. Dos o tres álamos blancos, corpulentos y
frondosos, entretejiendo sus copas, defienden aquel sitio de los rayos del Sol,
que rara vez logra deslizarse entre las ramas, cuyas hojas producen un ruido
manso y agradable cuando el viento las agita y las hace parecer ya plateadas,
ya verdes: según del lado que las empuja. Un sauce baña sus raíces en la
corriente del río, hacia el que se inclina como agobiado de un peso invisible, y a
su alrededor crecen multitud de juncos y de esos lirios amarillos y grandes que
nacen espontáneos al borde de los arroyos y las fuentes.
Cuando yo tenía catorce o quince años, y mi alma estaba henchida de
deseos sin nombre, de pensamientos puros y de esa esperanza sin límites que
es la más preciada joya de la juventud; cuando yo me juzgaba poeta; cuando
mi imaginación estaba llena de esas risueñas fábulas del mundo clásico, y
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Rioja en sus silvas a las flores, Herrera en sus tiernas elegías y todos mis
cantores sevillanos, dioses penates de mi especial literatura, me hablaban de
continuo del Betis majestuoso, el río de las ninfas, de las náyades y los poetas,
que corre al Océano escapándose de un ánfora de cristal, coronado de
espadañas y laureles, ¡cuántos días, absorto en la contemplación de mis
sueños de niño, fui a sentarme en su ribera, y allí, donde los álamos me
protegían con su sombra, daba rienda suelta a mis pensamientos y forjaba una
de esas historias imposibles en las que hasta el esqueleto de la muerte se
vestía a mis ojos con galas fascinadoras y espléndidas! Yo soñaba entonces
una vida independiente y dichosa, semejante a la del pájaro, que nace para
cantar y Dios le procura de comer; soñaba esa vida tranquila del poeta que
irradia con suave luz de una en otra generación; soñaba que la ciudad que me
vio nacer se enorgulleciese con mi nombre, añadiéndolo al brillante catálogo de
sus ilustres hijos; y cuando la muerte pusiera un término a mi existencia, me
colocasen para dormir el sueño de oro de la inmortalidad a la orilla del Betis, al
que yo habría cantado en odas magníficas, y en aquel mismo punto donde iba
tantas veces a oír el suave murmullo de sus ondas. Una piedra blanca con una
cruz y mi nombre, serían todo el monumento.
Los álamos blancos, balanceándose día y noche sobre mi sepultura,
parecerían rezar por mi alma con el susurro de sus hojas plateadas y verdes,
entre las que vendrían a refugiarse los pájaros para cantar al amanecer un
himno alegre a la resurrección del espíritu a regiones más serenas; el sauce,
cubriendo aquel lugar de una flotante sombra, le prestaría su vaga tristeza,
inclinándose y derramando en derredor sus ramas desmayadas y flexibles
como para proteger y acariciar mis despojos; y hasta el río, que en las horas de
creciente casi vendría a besar el borde de la losa cercada de juncos, arrullaría
mi sueño con una música agradable. Pasado algún tiempo, y después que la
losa comenzara a cubrirse de manchas de musgo, una mata de campanillas,
de esas campanillas azules con un disco de carmín en el fondo que tanto me
gustaban, crecería a su lado enredándose por entre sus grietas y vistiéndola
con sus hojas anchas y transparentes, que no sé por qué misterio tienen la
forma de un corazón: los insectos de oro con alas de luz, cuyo zumbido
convida a dormir en la calurosa siesta, vendrían a revolotear en torno de sus
cálices; para leer mi nombre, ya borroso por la acción de la humedad y los
años, sería preciso descorrer un cortinaje de verdura. Pero ¿para qué leer mi
nombre? ¿Quién no sabría que yo descansaba allí? Algún desconocido
admirador de mis versos plantaría un laurel que descollando altivo entre los
otros árboles, hablase a todos de mi gloria; y ya una mujer enamorada que
halló en mis cantares un rasgo de esos extraños fenómenos del amor que sólo
las mujeres saben sentir y los poetas descifrar, ya un joven que se sintió
inflamado con el sacro fuego que hervía en mi mente, y a quien mis palabras
revelaron nuevos mundos de la inteligencia, hasta entonces para él ignotos, o
un extranjero que vino a Sevilla llamado por la fama de su belleza y los
recuerdos que en ella dejaron sus hijos, echaría una flor sobre mi tumba,
contemplándola un instante con tierna emoción, con noble envidia o respetuosa
curiosidad; a la mañana, las gotas del rocío resbalarían como lágrimas sobre
su superficie.
Después de remontado el Sol, sus rayos la dorarían, penetrando tal vez
en la tierra y abrigando con su dulce calor mil huesos. En la tarde y a la hora en
que las aguas del Guadalquivir copian temblando el horizonte de fuego, la
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árabe torre y los muros romanos de mi hermosa ciudad, los que siguen la
corriente del río en un ligero bote que deja en pos una inquieta línea de oro,
dirían al ver aquel rincón de verdura donde la piedra blanqueada al pie de los
árboles: «allí duerme el poeta». Y cuando él gran Betis dilatarse sus riberas
hasta los montes; cuando sus alteradas ondas cubriendo el pequeño valle,
subiese hasta la mitad del tronco de los álamos, las ninfas que viven ocultas en
el fondo de sus palacios, diáfanos y transparentes, vendrían a agruparse
alrededor de mi tumba: yo sentiría la frescura y el rumor del agua agitada por
sus juegos; sorprendería el secreto de sus misteriosos amores; sentiría tal vez
la ligera huella de sus pies de nieve al resbalar sobre el mármol en una danza
cadenciosa, oyendo, en fin, como cuando se duerme ligeramente se oyen las
palabras y los sonidos de una manera confusa, el armonioso coro de sus voces
juveniles y las notas de sus liras de cristal.
Así soñaba yo en aquella época. ¡A tanto y a tan poco se limitaban
entonces mis deseos! Pasados algunos años, luego que hube salido de mi
ciudad querida; después de mis ideas tomaron poco a poco otro rumbo, y la
imaginación, cansada ya de idilios, de ninfas, de poesías y de flores, comenzó
a remontarse a épocas distantes, complaciéndose en vestir con sus galas las
dramáticas escenas de la historia, fingiendo un marco de oro para cada uno de
sus cuadros y haciendo un pedestal para cada uno de sus personajes volví a
soñar, y, como en las comedias de magia, nuevas decoraciones de fantasía
sustituyeron a las antiguas y la vara mágica del deseo hizo posible en la mente
nuevos absurdos.
¡Cuántas veces, después de haber discurrido por las anchurosas naves
de alguna de nuestras inmensas catedrales góticas, o de haberme sorprendido
la noche en uno de esos imponentes y severos claustros de nuestras históricas
abadías, he vuelto a sentir inflamada mi alma con la idea de la gloria, pero una
gloria más ruidosa y ardiente que la del poeta! Yo hubiera querido ser un rayo
de la guerra, haber influido poderosamente en los destinos de mi patria, haber
dejado en sus leyes y sus costumbres la profunda huella de mi paso; que mi
nombre resonase unido, y como personificándola, a alguna de sus grandes
revoluciones, y luego, satisfecha mi sed de triunfos y de estrépito, caer en un
combate, oyendo como el último rumor del mundo el agudo clamor de la
trompetería de mis valerosas huestes para ser conducido sobre el pavés,
envuelto en los pliegues de mi destrozada bandera, emblema de cien victorias,
a encontrar la paz del sepulcro en el fondo de uno de esos claustros santos,
donde viven el eterno silencio y al que los siglos prestan su majestad y su color
misterioso e indefinible. Una airosa ojiva, erizada de hojas revueltas y
puntiagudas, por entre las cuales se enroscaran, asomando su deforme
cabeza, por aquí un grifo, por allá uno de esos monstruos alados, engendro de
la imaginación del artífice, bañaría en oscura sombra mi sepulcro: a su
alrededor, y debajo de calados doseletes, los santos patriarcas, los
bienaventurados y los mártires con sus miembros de hierro y sus emblemáticos
atributos, parecerían santificarle con su presencia. Dos guerreros inmóviles y
vestidos de su fantástica y blanca armadura velarían día y noche de hinojos a
sus costados; y mientras que mi estatua de alabastro riquísimo y transparente,
con arreos de batallar, la espada sobre el pecho y un león a los pies, dormiría
majestuosa sobre el túmulo, los ángeles que envueltos en largas túnicas y con
un dedo en los labios, sostuviesen el cojín sobre que descansaba mi cabeza,
parecerían llamar con sus plegarias a las santas visiones de oro que llenan el
22
desconocido sueño de la muerte de los justos, defendiéndome con sus alas de
los terrores y de las angustias de una pesadilla eterna.
En los huecos de la urna y entre un sinnúmero de arcos con caireles y
grumos de hojas de trébol, rosetas caladas, haces de columnillas y esas largas
procesiones de plañideras que, envueltas en sus mantos de piedra, andan, al
parecer, en torno del monumento llorando con llanto sin gemidos, se verían mis
escudos triangulares soportados, por reyes de armas con sus birretes y sus
blasonadas casullas, y en los cuarteles, realzados con vivos colores, merced a
un hábil iluminador, las bandas de oro, las estrellas, los veros y los motes
heráldicos cor una larga inscripción en esa letra gótica, estrecha y puntiaguda,
donde el curioso, lleno de hondo respeto, leería con pena, y casi
descifrándolos, mi nombre, mis títulos y mi gloria. Allí, rodeado de esa
atmósfera de majestad que envuelve a todo lo grande, sin que turbara mi
reposo más que el agudo chillido de una de esas aves nocturnas de ojos
redondos y fosfóricos que acaso viniera a anidar entre los huecos del arco,
viviría todo lo que vive un recuerdo histórico y glorioso unido a una magnífica
obra de arte; y en la noche, cuando un furtivo rayo de luna dibujase en el
pavimento del claustro los severos perfiles de las ojivas; cuando sólo se oyesen
los gemidos del aire extendiéndose de eco en eco por sus inmensas bóvedas;
después de haberse perdido la última vibración de la campana que toca la
queda, mi estatua, en la que habría algo de lo que yo fui, un poco de ese soplo
que anima el barro encadenado por un fenómeno incomprensible al granito,
¡quién sabe si se levantarla de su lecho de piedra para discurrir por entre
aquellas gigantes arcadas con los otros guerreros que tendrían su sepultura
por allí cerca, con los prelados revestidos de sus capas pluviales y sus mitras, y
esas damas de largo brial y plegagados monjiles que, hermosas aun en la
muerte, duermen sobre las urnas de mármol en los más oscuros ángulos de los
templos!...
Desde que, impresionada la imaginación por la vaga melancolía o la
imponente hermosura de un lugar cualquiera, se lanzaba a construir con
fantásticos materiales uno de esos poéticos recintos, último albergue de mis
mortales despojos, hasta el punto aquel en que, sentado al pie de la humilde
tapia del cementerio de una aldea oscura, parecía como que se reposaba mi
espíritu en su honda calma y se abrían mis ojos a la luz de la realidad de las
cosas, ¡qué revolución tan radical y profunda no se ha hecho en todas mis
ideas! ¡Cuántas tempestades silenciosas no han pasado por mi frente; cuántas
ilusiones no se han secado en mi alma; a cuántas historias de poesía no les he
hallado una repugnante vulgaridad en el último capítulo! Mi corazón, a
semejanza de nuestro Globo, era como una masa incandescente y líquida, que
poco a poco se va enfriando y endureciendo. Todavía queda algo que arde allá
en lo más profundo, pero rara vez sale a la superficie. Las palabras amor,
gloria, poesía no me suenan al oído como me sonaban antes. ¡Vivir!...
Seguramente que deseo vivir, porque la vida, tomándola tal como es sin
exageraciones ni engaños, no es tan mala como dicen algunos; pero vivir
oscuro y dichoso en cuanto es posible, sin deseos, sin inquietudes, sin
ambiciones, con esa felicidad de la planta que tiene a la mañana su gota de
rocío y su rayo de sol; después un poco de tierra echada con respeto y que no
apisonen y pateen los que sepultan por oficio; un poco de tierra blanda y floja
que no ahogue ni oprima; cuatro ortigas, un cardo silvestre y alguna yerba que
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me cubra con su manto de raíces, y, por último, un tapial que sirva para que no
aren en aquel sitio ni revuelvan los huesos.
He aquí, hoy por hoy, todo lo que ambiciono: ser un comparsa en la
inmensa comedia de la Humanidad; y concluido mi papel de hacer bulto,
meterme entre bastidores sin que me silben ni me aplaudan, sin que nadie se
dé cuenta siquiera de mi salida.
No obstante esta profunda indiferencia, se me resiste el pensar que
podrían meterme preso en un ataúd formado con las cuatro tablas de un cajón
de azúcar en uno de los huecos de la estantería de una sacramental, para
esperar allí la trompeta del Juicio, como empapelado, detrás de una lápida con
una redondilla elogiando mis virtudes domésticas e indicando precisamente, el
día y la hora de mi nacimiento y de mi muerte. Esta profunda e instintiva
preocupación ha sobrevivido, no sin asombro por mi parte, a casi todas las que
he ido abandonando en el curso de los años, pero, al paso que voy,
probablemente mañana no existirá tampoco; y entonces me será tan igual que
me coloquen debajo de una pirámide egipcia, como que me aten una cuerda a
los pies y me echen a un barranco como a un perro.
Ello es que cada día voy creyendo más que de lo que vale, de lo que es
algo, no ha de quedar ni un átomo aquí.
24
Carta cuarta
Queridos amigos:
El tiempo, que hasta aquí se mantenía revuelto y mudable, ha sufrido
últimamente una nueva e inesperada variación, cosa, a la verdad, poco extraña
a estas alturas, donde la proximidad del Moncayo nos tiene de continuo como a
los espectadores de una comedia de magia, embobados y suspensos con el
rápido mudar de las decoraciones y de las escenas. A las alternativas de frío y
de calor, de aires y de bochorno de una primavera, que en cuanto a desigual y
caprichosa nada tiene que envidiar a la que disfrutan ustedes en la coronada
villa, ha sucedido un tiempo constante, sereno y templapo. Merced a estas
circunstancias y a encontrarme bastante mejor de las dolencias que, cuando no
me imposibilitan del todo, me quitan por lo menos el gusto para las largas
expediciones, he podido dar una gran vuelta por estos contornos y visitar los
pintorescos lugares del Somontano. Fuera del camino, ya trepando de roca en
roca, ya siguiendo el curso de alguna huella o las profundidades de una
cañada, he vagado tres o cuatro días de un punto a otro por donde me
llamaban el atractivo de la novedad, un sitio inexplorado, una senda quebrada,
una punta al parecer inaccesible.
No pueden ustedes figurarse el botín de ideas e impresiones que, para
enriquecer la imaginación, he recogido en esta vuelta por un país virgen aún y
refractario a las innovaciones civilizadoras. Al volver al monasterio, después de
haberme detenido aquí para recoger una tradición oscura de boca de una
aldeana, allá para apuntar los fabulosos datos sobre el origen de un lugar o la
fundación de un castillo, trazar ligeramente con el lápiz al contorno de una
casuca medio árabe, medio bizantina, un recuerdo de las costumbres o un tipo
perfecto de los habitantes, no he podido menos de recordar el antiguo y
manoseado símil de las abejas que andan revoloteando de flor en flor y vuelven
a su colmena cargadas de miel. Los escritores y los artistas debían hacer con
frecuencia algo de esto mismo. Sólo así podríamos recoger la última palabra de
una época que se va, de la que sólo quedan hoy algunos rastros en los más
apartados rincones de nuestras provincias, y de la que apenas restará mañana
un recuerdo confuso.
Yo tengo fe en el porvenir: me complazco en asistir mentalmente a esa
inmensa e irresistible invasión de las nuevas ideas que van transformando
poco a poco la faz de la Humanidad, que merced a sus extraordinarias
invenciones fomentan el comercio de la inteligencia, estrechan el vínculo de los
países, fortificando el espíritu de las grandes nacionalidades, y borrando, por
decirlo así, las preocupaciones y las distancias, hacen caer unas tras otras las
barreras que separan a los pueblos. No obstante, sea cuestión de poesía, sea
que es inherente a la naturaleza frágil del hombre simpatizar con lo que parece
y volver los ojos con cierta triste complacencia hacia lo que ya no existe, ello es
que en el fondo de mi alma consagro como una especie de culto, una
veneración profunda a todo lo que pertenece al pasado, y las poéticas
tradiciones, las derruidas fortalezas, los antiguos usos de nuestra vieja España,
tienen para mí todo ese indefinible encanto, esa vaguedad misteriosa de la
puesta del sol de un día espléndido, cuyas horas, llenas de emociones, vuelven
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a pasar por la memoria vestidas de colores y de luz, antes de sepultarse en las
tinieblas en que se han de perder para siempre.
Cuando no se conocen ciertos períodos de la Historia más que por la
incompleta y descarnada relación de los enciclopedistas, o por algunos restos
diseminados como los huesos de un cadáver, no pudiendo apreciar ciertas
figuras desasidas del verdadero fondo del cuadro en que estaban colocadas,
suele juzgarse de todo lo que fue con un sentimiento de desdeñosa lástima o
un espíritu de aversión intransigente; pero si se penetra, merced a un estudio
concienzudo, en algunos de sus misterios, si se ven los resortes de aquella
gran máquina que hoy juzgamos absurda al encontrarla rota, si, merced a un
supremo esfuerzo de la fantasía ayudada por la erudición y el conocimiento de
la época, se consigue condensar en la mente algo de aquella atmósfera de
arte, de entusiasmo, de virilidad y de fe, el ánimo se siente sobrecogido ante el
espectáculo de su múltiple organización, en que las partes relacionadas entre
sí correspondían perfectamente al todo, y en que los usos, las leyes, las ideas
y las aspiraciones se encontraban en una armonía maravillosa. No es esto
decir que yo desee para mí ni para nadie la vuelta de aquellos tiempos. Lo que
ha sido no tiene razón de ser nuevamente, y no será.
Lo único que yo desearía es un poco de respetuosa atención para
aquellas edades, un poco de justicia para los que lentamente vinieron
preparando el camino por donde hemos llegado hasta aquí, y cuya obra colosal
quedará acaso olvidada por nuestra ingratitud e incuria. La misma certeza que
tengo de que nada de lo que desapareció ha de volver, y que en la lucha de las
ideas, las nuevas han herido de muerte a las antiguas, me hace mirar cuanto
con ellas le relaciona con algo de esa piedad que siente hacia el vencido un
vencedor generoso. En este sentimiento hay también un poco de egoísmo. La
vida de una nación, a semejanza de la del hombre, parece como que se dilata
con la memoria de las cosas que fueron y a medida que es más viva y más
completa su imagen, es más real esa segunda existencia del espíritu en lo
pasado, existencia preferible y más positiva tal vez que la del punto presente.
Ni de lo que está siendo ni de lo que será, puede aprovecharse la
inteligencia para sus altas especulaciones: ¿qué nos resta, pues, de nuestro
dominio absoluto, sino la sombra de lo que ha sido? Por eso al contemplar los
destrozos causados por la ignorancia, el vandalismo o la envidia durante
nuestras últimas guerras; al ver todo lo que en objetos dignos de estimación, en
costumbres peculiares y primitivos recuerdos de otras épocas, se ha extraviado
y puesto en desuso de sesenta años a esta parte; lo que las exigencias de la
nueva manera de ser social trastornan y desencajan; lo que las necesidades y
las aspiraciones crecientes desechan u olvidan, un sentimiento de profundo
dolor se apodera de mi alma, y no puedo menos de culpar el descuido o el
desdén de lo que a fines del siglo pasado pudieron aún recoger para
transmitírnoslas íntegras las últimas palabras de la tradición nacional,
estudiando detenidamente nuestra vieja España, cuando aún estaban de pie
los monumentos testigos de sus glorias, cuando aún en las costumbres y en la
vida interna quedaban huellas perceptibles de su carácter.
Pero de esto nada nos queda ya hoy; y sin embargo, ¿quién sabe si
nuestros hijos a su vez nos envidiarán a nosotros, doliéndose de nuestra
ignorancia o nuestra culpable apatía para trasmitirles siquiera un trasunto de lo
que fue un tiempo su patria? ¿Quién sabe si, cuando con los años todo haya
desaparecido, tendrán las futuras generaciones que contentarse y satisfacer su
26
ansia de conocer el pasado con las ideas más o menos aproximadas de algún
nuevo Cuvier de la arqueología, que partiendo de algún mutilado resto o una
vaga tradición lo reconstruya hipotéticamente? Porque no hay duda: el prosaico
rasero de la civilización va igualándolo todo. Un irresistible y misterioso impulso
tiende a unificar los pueblos con los pueblos, las provincias con las provincias,
las naciones con las naciones, y quién sabe si las razas con las razas. A
medida que la palabra vuela por los hilos telegráficos, que el ferrocarril se
extiende, la industria se acrecienta y el espíritu cosmopolita de la civilización
invade nuestro país, van desapareciendo de él sus rasgos característicos, sus
costumbres inmemoriales, sus trajes pintorescos y sus rancias ideas. A la
inflexible línea recta, sueño dorado de todas las poblaciones de alguna
importancia, se sacrifican las caprichosas revueltas de nuestros barrios
moriscos, tan llenos de carácter, de misterio y de fresca sombra: de un retablo
al que vivía unida una tradición, no queda aquí más que el nombre escrito en el
azulejo de una bocacalle; a un palacio histórico con sus arcos redondos y sus
muros blasonados, sustituye más allá una manzana de casas a la moderna; las
ciudades, no cabiendo ya dentro de su antiguo perímetro, rompen el cinturón
de fortalezas que las ciñe, y una tras otras vienen al suelo las murallas fenicias,
romanas, godas o árabes.
¿Dónde están los canceles y las celosías morunas? ¿Dónde los pasillos
embovedados, los aleros salientes de maderas labradas, los balcones con su
guardapolvo triangular, las ojivas con estrellas de vidrio, los muros de los
jardines por donde rebosa la verdura, las encrucijadas medrosas, los carasoles
de las tafurerías y los espaciosos atrios de los templos? El albañil, armado de
su impacable piqueta, arrasa los ángulos caprichosos, tira los puntiagudos
tejados o demuele los moriscos miradores, y mientras el brochista roba a los
muros el artístico color que le han dado los siglos, embadurnándolos de cal y
almagra, el arquitecto los embellece a su modo con carteles de yeso y
cariátides de escayola, dejándolos más vistosos que una caja de dulces
franceses. No busquéis ya los cosos donde justaban los galanes, las piadosas
ermitas albergue de los peregrinos, o el castillo hospitalario para el que llamaba
de paz a sus puertas. Las almenas caen unas tras otras de lo alto de los muros
y van cegando los fosos; de la picota feudal sólo queda un trozo de granito
informe, y el arado abre un profundo surco en el patio de armas. El traje
característico del labriego comienza a parecer un disfraz fuera del rincón de su
provincia: las fiestas peculiares de cada población comienzan a encontrarse,
ridículas o del mal gusto por los más ilustrados, y los antiguos usos caen en
olvido, la tradición se rompe y todo lo que no es nuevo se menosprecia.
Estas innovaciones tienen su razón de ser, y por tanto no seré yo quién
las anatematice. Aunque me entristece el espectáculo de esa progresiva
destrucción de cuanto trae a la memoria épocas que, si en efecto no lo fueron,
sólo por no existir ya nos parecen mejores, yo dejaría al tiempo seguir su curso
y completar sus inevitables revoluciones, como dejamos a nuestras mujeres o a
nuestras hijas que arrinconen en un desván los trastos viejos de nuestros
padres para sustituirlos con muebles modernos y de más buen tono; pero ya
que ha llegado la hora de la gran transformación, ya que la sociedad animada
de un nuevo espíritu se apresura a revestirse de una nueva forma, debíamos
guardar, merced al esfuerzo de nuestros escritores y nuestros artistas, la
imagen de todo eso que va a desaparecer, como se guarda después que
muere el retrato de una persona querida. Mañana, al verlo todo constituido de
27
una manera diversa, al saber que nada de lo que existe existía hace algunos
siglos, se preguntarán los que vengan detrás de nosotros de qué modo vivían
sus padres, y nadie sabrá responderles; y no conociendo ciertos pormenores
de localidad, ciertas costumbres, el influjo de determinadas ideas en el espíritu
de una generación, que tan perfectamente reflejaran sus adelantos y sus
aspiraciones, leerán la Historia sin saberla explicar; y verán moverse a nuestros
héroes nacionales con la estupefacción con que los muchachos ven moverse a
una marioneta sin saber los resortes a que obedece.
A mí me hace gracia observar cómo se afanan los sabios, qué grandes
cuestiones enredan y con qué exquisita diligencia se procuran los datos acerca
de las más insignificantes particularidades de la vida doméstica de los egipcios
o los griegos, en tanto que se ignoran los más curiosos pormenores de
nuestras costumbres propias; cómo se remontan y se pierden de inducción en
inducción, por entre el laberinto de las lenguas caldaicas, sajonas o sánscritas,
en busca del origen de las palabras, en tanto que se olvidan de investigar algo
más interesante: el origen de las ideas.
En otros países más adelantados que el nuestro, y donde, por
consiguiente, el ansia de las innovaciones lo ha trastornado todo más
profundamente, se deja ya sentir la reacción en sentido favorable a este género
de estudios; y aunque tarde, para que sus trabajos den el fruto que se debió
esperar, la Edad Media y los períodos históricos que más de cerca se
encadenan con el momento actual, comienzan a ser estudiados y
comprendidos. Nosotros esperaremos regularmente a que se haya borrado la
última huella para empezar a buscarla. Los esfuerzos aislados de algún que
otro admirador de esas cosas, poco o casi nada pueden hacer. Nuestros
viajeros son en muy corto número, y por lo regular no es su país el campo de
sus observaciones. Aunque así no fuese, una excursión por las capitales, hoy
que en su gran mayoría están ligadas con la gran red de vías férreas,
escasamente lograría llenar el objeto de los que desean hacer un estudio de
esta índole. Es preciso salir de los caminos trillados, vagar al acaso de un
lugar en otro, dormir medianamente y no comer mejor; es preciso fe y
verdadero entusiasmo por la idea que se persigue para ir a buscar los tipos
originales, las costumbres primitivas y los puntos verdaderamente artísticos a
los rincones donde su oscuridad les sirve de salvaguardia, y de donde poco a
poco los van desalojando la invasora corriente de la novedad y los adelantos
de la civilización. Todos los días vemos a los Gobiernos emplear grandes
sumas en enviar gentes que no sin peligros y dificultades recogen en lejanos
países, bichitos, florecitas y conchas.
Porque yo no sea un sabio, ni mucho menos, no dejo de conocer la
verdadera importancia que tienen las ciencias naturales; pero la ciencia moral,
¿por qué ha de dejarse en un inexplicable abandono? ¿Por qué al mismo
tiempo que se recogen los huesos de un animal antediluviano no se han de
recoger las ideas de otros siglos traducidas en objetos de arte y usos extraños,
diseminados acá y allá como los fragmentos de un coloso hecho mil pedazos?
Este inmenso botín de impresiones, de pequeños detalles, de joyas
extraviadas, de trajes pintorescos, de costumbres características animadas y
revestidas de esa vida que presta a cuanto toca una pluma inteligente o un
lápiz diestro, ¿no creen ustedes, como yo, que sería de grande utilidad para los
estudios particulares y verdaderamente filosóficos de un período cualquiera de
la Historia? Verdad que nuestro fuerte no es la Historia. Si algo hemos de saber
28
en este punto casi siempre se ha de tomar algún extranjero el trabajo de
decírnoslo del modo que a él mejor le parece. Pero ¿por qué no se ha de abrir
este ancho campo a nuestros escritores, facilitándoles el estudio y despertando
y fomentando su afición? Hartos estamos de ver en obras dramáticas, en
novelas que se llaman históricas y cuadros que llenan nuestras exposiciones,
asuntos localizados en este o el otro período de un siglo cualquiera, y que,
cuando más, tienen de ellos un carácter muy dudoso y susceptible de severa
crítica, si los críticos a su vez no supieran en este punto lo mismo o menos que
los autores y artistas a quienes han de juzgar.
Las colecciones de trajes y muebles de otros países, los detalles que
acerca de costumbres de remotos tiempos se hallan en las novelas de otras
naciones, o lo poco o mucho que nuestros pensionados aprenden relativo a
otros tipos históricos y otras épocas, nunca son idénticos ni tienen un sello
especial; son las únicas fuentes donde bebe su erudición y forma su conciencia
artística la mayoría. Para remediar este mal, muchos medios podrían
proponerse más o menos eficaces, pero que al fin darían algún resultado
ventajoso. No es mi ánimo, ni he pensado lo suficiente sobre la materia, el
trazar un plan detallado y minucioso que, como la mayor parte de los que se
trazan, no llegue a realizarse nunca. No obstante, en esta o la otra forma, bien
pensionándolos, bien adquiriendo sus estudios o coadyuvando a que se diesen
a luz, el Gobierno debía fomentar la organización periódica de algunas
expediciones artísticas a nuestras provincias. Estas expediciones, compuestas
de grupos de un pintor, un arquitecto y un literato, seguramente recogerían
preciosos materiales para obras de grande entidad. Unos y otros se ayudarían
en sus observaciones mutuamente, ganarían en esa fraternidad artística, en
ese comercio de ideas tan continuamente relacionadas entre sí, y sus trabajos
reunidos serían un verdadero arsenal de datos, ideas y descripciones útiles
para todo género de estudios.
Además de la ventaja inmediata que reportaría esta especie de
inventario artístico e histórico de todos los restos de nuestra pasada grandeza,
¿qué inmensos frutos no daría más tarde esa semilla de impresiones, de
enseñanza y de poesía, arrojada en el alma de la generación joven, donde iría
germinando para desarrollarse tal vez en lo porvenir? Ya que el impulso de
nuestra civilización, de nuestras costumbres, de nuestras artes y de nuestra
literatura viene del Extranjero, ¿por qué no se ha de procurar modificarlo poco
a poco, haciéndolo más propio y más característico con esa levadura
nacional?...
Como introducción al rápido bosquejo de uno de esos tipos originales de
nuestro país, que he podido estudiar en mis últimas correrías, comencé a
apuntar de pasada y a manera de introducción algunas reflexiones acerca de la
utilidad de este género de estudios. Sin saber cómo ni por dónde, la pluma ha
ido corriendo, y me hallo ahora con que para introducción es esto muy largo, si
bien ni por sus dimensiones y su interés parece bastante para formar artículo
de por sí. De todos modos, allá van estas cuartillas, valgan por lo que valieren:
que si alguien de más conocimientos e importancia, una vez apuntada la idea,
la desarrolla y prepara la opinión para que fructifique, no serán perdidas del
todo. Yo, entretanto, voy a trazar un tipo bastante original y que desconfío de
poder reproducir. Ya que no de otro modo, y aunque poco valga, contribuiré al
éxito de la predicación con el ejemplo.
29
Carta quinta
Queridos amigos:
Entre los muchos sitios pintorescos y llenos de carácter que se
encuentran en la antigua ciudad de Tarazona, la plaza del Mercado es sin duda
alguna el más original y digno de estudio. Parece que no ha pasado para ella el
tiempo que todo lo destruye o altera. Al verse en mitad de aquel espacio de
forma irregular y cerrado por lienzos de edificios a cual más caprichoso y
vetusto, nadie diría que nos hallamos en pleno siglo XIX, siglo amante de la
novedad por excelencia, siglo aficionado hasta la exageración a lo flamante, lo
limpio y lo uniforme. Hay cosas que son más para vistas que para trasladadas
al lienzo, siquiera el que lo intente sea un artista consumado, y esta plaza es
una de ellas. Adonde no alcanza, pues, ni la paleta del pintor con sus infinitos
recursos, ¿cómo podrá llegar mi pluma sin más medios que la palabra, tan
pobre, tan insuficiente para dar idea de lo que es todo un efecto de líneas, de
claroscuro, de combinación de colores, de detalles que se ofrecen juntos a la
vista, de rumores y sonidos que se perciben a la vez, de grupos que se forman
y se deshacen, de movimiento que no cesa, de luz que hiere, de ruido que
aturde, de vida, en fin, con sus múltiples manifestaciones, imposibles de
sorprender con sus infinitos accidentes ni aun merced a la cámara fotográfica?
Cuando se acomete la difícil empresa de descomponer esa extraña
armonía de la forma, el color y el sonido; cuando se intenta dar a conocer sus
pormenores, enumerando unas tras otras las partes del todo; la atención se
fatiga, el discurso se embrolla y se pierde por completo la idea de la íntima
relación que estas cosas tienen entre sí, el valor que mutuamente se prestan al
ofrecerse reunidas a la mirada del espectador, para producir el efecto del
conjunto, que es, a no dudarlo, su mayor atractivo.
Renuncio, pues, a describir el panorama del mercado con sus extensos
soportales, formados de arcos macizos y redondos sobre los que gravitan esas
construcciones voladas tan propias del siglo XVI, llenas de tragaluces
circulares; de rejas de hierro labradas a martillo, de balcones imposibles de
todas formas y tamaños, de aleros puntiagudos y de canes de madera, ya
medio podrida y cubierta de polvo, que deja ver a trechos el costoso entalle,
muestra de su primitivo esplendor.
Los mil y mil accidentes pintorescos que a la vez cautivan el ánimo y
llaman la vista como reclamando la prioridad de la descripción; las dobles
hileras de casuquillas de extraño contorno y extravagantes proporciones, éstas
altas y estrechas como un castillo, aquéllas chatas y agazapadas entre el
ángulo de un templo y los muros de un palacio como una verruga de argamasa
y escombros; los recortados lienzos de edificios con un remiendo moderno, un
trozo de piedra que acusa su antigüedad, un escudo de pizarra que oculta casi
el rótulo de una mercería, un retablillo con una imagen de la Purísima y su farol
ahumado y diminuto, o el retorcido tronco de una vid que sale del interior por un
agujero practicado en la pared y sube hasta sombrear con un toldo de verdura
el alféizar de un ajimez árabe, confundidos y entremezclados en mi memoria
con el recuerdo de la monumental fachada de la casa-ayuntamiento, con sus
figuras colosales de granito, sus molduras de hojarasca, sus frisos por donde
se extiende una larga y muda procesión de guerreros de piedra, precedidos de
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timbales y clarines, sus torres cónicas, sus arcos chatos y fuertes y sus
blasones soportados por ángeles y grifos rampantes, forman en mi cabeza un
caos tan difícil de desembrollar en este momento, que si ustedes con su
imaginación no hacen en él la luz y lo ordenan, y colocan a su gusto todas
estas cosas que yo arrojo a granel sobre las cuartillas, las figuras de mi cuadro
se quedarán sin fondo, los actores de mi comedia se agitarán en un escenario
sin decoración ni acompañamiento.
Figúrense ustedes, pues, partiendo de estos datos y como mejor les
plazca, el mercado de Tarazona: figúrense ustedes que ven por aquí cajones
formados de tablas y esteras, tenduchos levantados de improviso con estacas
y lienzos, mesillas cojas y contrahechas, bancos largos y oscuros, y por allá
cestos de frutas que ruedan hasta el arroyo, montones de hortalizas frescas y
verdes, rimeros de panes blancos