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Desde mi celda

Cartas literarias

Gustavo Adolfo Bécquer

(1836-1870)

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Carta primera

Monasterio de Veruela, 1864.

Queridos amigos:

Heme aquí transportado de la noche a la mañana a mi escondido valle

de Veruela; heme aquí instalado de nuevo en el oscuro rincón del cual salí por

un momento para tener el gusto de estrecharos la mano una vez más, fumar un

cigarro juntos, charlar un poco y recordar las agradables, aunque inquietas

horas de mi antigua vida. Cuando se deja una ciudad por otra, particularmente

hoy, que todos los grandes centros de población se parecen, apenas se

percibe el aislamiento en que nos encontramos, antojándosenos, al ver la

identidad de los edificios, los trajes y las costumbres, que al volver la primera

esquina vamos a hallar la casa a que concurríamos, las personas que

estimábamos, las gentes a quienes teníamos costumbre de ver y hallar de

continuo. En el fondo de este valle, cuya melancólica belleza impresiona

profundamente, cuyo eterno silencio agrada y sobrecoge a la vez; diríase, por

el contrario, que los montes que lo cierran como un valladar inaccesible me

separan por completo del mundo. ¡Tan notable es el contraste de cuanto se

ofrece a mis ojos; tan vagos y perdidos quedan al confundirse entre la multitud

de nuevas ideas y sensaciones los recuerdos de las cosas más recientes!

Ayer, con vosotros en la tribuna del Congreso, en la redacción, en el

teatro Real, en La Iberia; hoy, sonándome aún en el oído la última frase de una

discusión ardiente la última palabra de un artículo de fondo, el postrer acorde

de un andante, el confuso rumor de cien conversaciones distintas, sentado a la

lumbre de un campestre hogar donde arde un tronco de carrasca que salta y

cruje antes de consumirse, saboreo en silencio mi taza de café, único exceso

que en estas soledades me permito sin que turbe la honda calma que me rodea

otro ruido que el del viento que gime a lo largo de las desiertas ruinas y el agua

que lame los altos muros del monasterio o corre subterránea atravesando sus

claustros sombríos y medrosos. Una muchacha con su zagalejo corto y

naranjado, su corpiño oscuro, su camisa blanca y cerrada, sobre la que brillan

dos gruesos hilos de cuentas rojas, sus medias azules y sus abarcas atadas

con un listón negro, que sube cruzándose caprichosamente hasta la mitad de la

pierna, va y viene cantando a media voz por la cocina, atiza la lumbre del

hogar, tapa y destapa los pucheros donde se condimenta la futura cena, y

dispone el agua hirviente, negra y amarga que me mira beber con asombro. A

estas alturas, y mientras dura el frío, la cocina es el estrado, el gabinete y el

estudio.

Cuando sopla el cierzo, cae la nieve o azota la lluvia los vidrios del

balcón de mi celda, corro a buscar la claridad rojiza y alegre de la llama, y allí,

teniendo a mis pies al perro, que se enrosca junto a la lumbre, viendo brillar en

el oscuro fondo de la cocina las mil chispas de oro con que se abrillantan las

cacerolas y los trastos de la espetera, al reflejo del fuego, ¡cuántas veces he

interrumpido la lectura de una escena de La Tempestad, de Shakespeare, o del

Caín, de Byron, para oír el ruido del agua que hierve a borbotones,

coronándose de espuma y levantando con sus penachos de vapor. azul y ligero

la tapadera de metal que golpea los bordes de la vajilla! Un mes hace que falto

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de aquí y todo se encuentra lo mismo que antes de marcharme. El temeroso

respeto de estos criados hacia todo lo que me pertenece, no puede menos de

traerme a la imaginación las irreverentes limpiezas, los temibles y frecuentes

arreglos de cuarto de mis patronas de Madrid. Sobre aquella tabla, cubiertos de

polvo, pero con las mismas señales y colocados en el orden que yo los tenía,

están aún mis libros y mis papeles. Más allá cuelga de un clavo la cartera de

dibujo; en un rincón veo la escopeta, compañera inseparable de mis filosóficas

excursiones, con la cual he andado mucho, he pensado bastante y no he

matado casi nada. Después de apurar mi taza de café, y mientras miro danzar

las llamas violadas, rojas y amarillas a través del humo del cigarro que se

extiende ante mis ojos como una gasa azul, he pensado un poco sobre qué

escribiría a ustedes para El Contemporáneo, ya que me he comprometido a

contribuir con una gota de agua, a fin de llenar ese océano sin fondo, ese

abismo de cuartillas que se llama periódico, especie de tonel que, como al de

las Danaidas, siempre se le está echando original y siempre está vacío. Las

únicas ideas que me han quedado como flotando en la memoria y sueltas de la

masa general que ha oscurecido y embotado el cansancio del viaje, se refieren

a los detalles de éste, que carecen en sí de interés, que en otras mil ocasiones

he podido estudiar, pero que nunca, como ahora, se han ofrecido a mi

imaginación en conjunto y contrastando entre sí de un modo tan extraordinario

y patente.

Los diversos medios de locomoción de que he tenido que servirme para

llegar hasta aquí, me han recordado épocas y escenas tan distintas, que

algunos ligeros rasgos de lo que de ellas recuerdo, trazados por pluma más

avezada que la mía a esta clase de estudios bastarían a bosquejar un curioso

cuadro de costumbres.

Como por todo equipaje no llevaba más que un pequeño saco de noche,

después de haberme despedido de ustedes llegué a la estación del ferrocarril a

punto de montar en el tren. Previo un ligero saludo de cabeza dirigido a las

pocas personas que de antemano se encontraban en el coche y que habían de

ser mis compañeros de viaje, me acomodé en un rincón, esperando el

momento de partir, que no debía de tardar mucho, a juzgar por la precipitación

de los rezagados, el ir y venir de los guardas de la vía y el incesante golpear de

las portezuelas. La locomotora arrojaba ardientes y ruidosos resoplidos, como

un caballo de raza impaciente hasta ver que cae al suelo la cuerda que lo

detiene en el hipódromo. De cuando en cuando una pequeña oscilación hacía

crujir las coyunturas de acero del monstruo; por último sonó la campana, el

coche hizo un brusco movimiento de delante atrás y de atrás adelante, y

aquella especie de culebra negra y monstruosa partió arrastrándose por el

suelo a lo largo de los raíles y arrojando silbidos estridentes que resonaban de

una manera particular en el silencio de la noche. La primera sensación que se

experimenta al arrancar un tren es siempre insoportable. Aquel confuso

rechinar de ejes, aquel crujir de vidrios estremecidos, aquel fragor de ferretería

ambulante, igual aunque en grado máximo, al que produce un simón

desvencijado al rodar por una calle mal empedrada, crispa los nervios, marea y

aturde. Verdad que en ese mismo aturdimiento hay algo de la embriaguez de la

carrera, algo de lo vertiginoso que tiene todo lo grande; pero como quiera que

aunque mezclado con algo que place, hay mucho que incomoda, también es

cierto que hasta que pasan algunos minutos y la continuación de las

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impresiones embota la sensibilidad, no se puede decir que se pertenece uno a

sí mismo por completo.

Apenas hubimos andado algunos kilómetros, y cuando pude enterarme

de lo que había a mi alrededor, empecé a pasar revista a mis compañeros de

coche; ellos, por su parte, creo que hacían algo por el estilo, pues con más o

menos disimulo todos comenzamos a mirarnos unos a otros de los pies a la

cabeza.

Como dije antes, en el coche nos encontrábamos muy pocas personas.

En el asiento que hacia frente al que yo me había colocado, y sentada de modo

que los pliegues de su amplia y elegante falda de seda me cubrían casi los

pies, iba una joven como de diez y seis a diez y siete años, la cual, a juzgar por

la distinción de su fisonomía y ese no sé qué aristocrático que se siente y no

puede explicarse, debía de pertenecer a una clase elevada. Acompañábala un

aya, pues tal me pareció una señora muy atildada y fruncida que ocupaba el

asiento inmediato, y que de cuando en cuando le dirigía la palabra en francés

para preguntarle cómo se sentía, qué necesitaba, o advertirle de qué manera

estaría más cómoda. La edad de aquella señora y el interés que se tomaba por

la joven, pudieran hacer creer que era su madre; pero, a pesar de todo, yo

notaba en su solicitud algo de afectado y mercenario, que fue el dato de que

desde luego tuve en cuenta para clasificarla.

Haciendo vis-à-vis con el aya francesa y medio enterrado entre los

almohadones de un rincón, como viajero avezado a las noches de ferrocarril,

estaba un inglés alto y rubio como casi todos los ingleses, pero más que

ninguno grave, afeitado y limpio. Nada más acabado y completo que su traje de

touriste; nada más curioso que sus mil cachivaches de viaje, todos blancos y

relucientes; aquí la manta escocesa, sujeta con sus hebillas de acero; allá el

paraguas y el bastón con su funda de vaqueta, terciada al hombro la cómoda y

elegante bolsa de piel de Rusia. Cuando volví los ojos para mirarle, el inglés,

desde todo lo alto de su deslumbradora corbata blanca, paseaba una mirada

olímpica sobre nosotros, y luego que su pupila verde, dilatada y redonda, se

hubo empapado bien en los objetos, entornó nuevamente los párpados, de

modo que, heridas por la luz que caía de lo alto, sus pestañas largas y rubias

se me antojaban a veces dos hilos de oro que sujetaban por el cabo una

remolacha, pues no a otra cosa podía compararse su nariz. Formando

contraste con este seco y estirado gentleman, que, una vez entornados los ojos

y bien acomodado en su rincón, permanecía inmóvil como una esfinge de

granito, en el extremo opuesto del coche, y ya poniéndose de pie, ya

agachándose para colocar una enorme sombrerera debajo del asiento, o

recostándose alternativamente de un lado y de otro, como el que siente un

dolor agudo y de ningún modo se encuentra bien, bullía sin cesar un señor de

unos cuarenta años, saludable, mofletudo y rechoncho, el cual señor, a lo que

pude colegir por sus palabras, vivía en un pueblo de los inmediatos a

Zaragoza, de donde nunca había salido sino a la capital de su provincia, hasta

que, con ocasión de ciertos negocios propios del Ayuntamiento de que formaba

parte, había estado últimamente en la corte como cosa de un mes.

Todo esto y mucho más, se lo dijo él solo sin que nadie se lo preguntara,

porque el bueno del hombre era de lo más expansivo con que he topado en mi

vida, mostrando tal afán por enredar conversación sobre cualquier cosa, que no

perdonaba coyuntura.

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Primero suplicó al inglés le hiciese el favor de colocar un cestito con dos

botellas en la bolsa del coche que tenía más próxima; el inglés entreabrió los

ojos, alargó una mano, y lo hizo sin contestar una sola palabra a las expresivas

frases con que le agradeciera el obsequio. De seguida se dirigió a la joven para

preguntarle si la señora que la acompañaba era su mamá. La joven le contestó

que no con una desdeñosa sobriedad de palabras. Después se encaró

conmigo, deseando saber si seguiría hasta Pamplona: satisfice esta pregunta,

y él, tomando pie de mi contestación, dijo que se quedaba en Tudela; y a

propósito de esto, habló de mil cosas diferentes y todas a cual de menos

importancia, sobre todo para los que le escuchábamos.

Cansado de su desesperante monólogo o agotados los recursos de su

imaginación, nuestro buen hombre, que por lo visto se fastidiaba a más no

poder dentro de aquella atmósfera glacial y afectada, tan de buen tono entre

personas que no se conocen, comenzó a poco, sin duda para distraer su

aburrimiento, una serie de maniobras a cual más inconvenientes y originales.

Primero cantó un rato a media voz alguna de las habaneras que había oído en

Madrid a la criada de la casa de pupilos; después comenzó a atravesar el

coche de un extremo a otro, dando aquí al inglés con el codo o pisando allí el

extremo del traje de las señoras para asomarse a las ventanillas de ambos

lados; por último, y ésta fue la broma más pesada, dio en la flor de bajar los

cristales en cada una de las estaciones para leer en alta voz el nombre del

pueblo, pedir agua o preguntar los minutos que se detendría el tren. En unas y

otras, ya nos encontrábamos cerca de Medinaceli, y la noche se había entrado

fría, anubarrada y desagradable; de modo que cada vez que se abría una de

las portezuelas, se estaba en peligro inminente de coger un catarro.

El inglés, que hubo de comprenderlo así, se envolvió silenciosamente en

su magnífica manta escocesa; la joven, por consejo del aya, que se lo dijo en

alta voz, se puso un abrigo; yo, a falta de otra cosa, me levanté el cuello del

gabán y hundí cuanto pude la cabeza entre los hombros. Nuestro hombre sin

embargo, prosiguió impertérrito practicando la misma peligrosa operación

tantas veces cuantas paraba el tren, hasta que al cabo, no sé si cansado de

este ejercicio o advertido de la escena muda de arropamiento general que se

repetía tantas veces cuantas él abría la ventanilla, cerró con aire de visible mal

humor los cristales, tornando a echarse en su rincón donde a los pocos minutos

roncaba como un bendito, amenazando aplastarme la nariz con la coronilla en

uno de aquellos bruscos vaivenes que de cuando en cuando le hacían salir

sobresaltado de su modorra para restregarse los ojos, mirar el reloj y volverse a

dormir de nuevo. El peso de las altas horas de la noche comenzaba a dejarse

sentir. En el vangón reinaba un silencio profundo, interrumpido sólo por el

eterno y férreo crujir del tren y algún que otro resoplido de nuestro amodorrado

compañero, que alternaba en esta tarea con la máquina.

El inglés se durmió también; pero se durmió grave y dignamente sin

mover pie ni mano, como si a pesar del letargo que le embargaba tuviese la

conciencia de su posición. El aya comenzó a cabecear un poco, acabando por

bajar el velo de su capota oscura y dormirse en estilo semiserio. Quedamos,

pues, desvelados como las vírgenes prudentes de la parábola, tan sólo la joven

y yo. A decir verdad, yo también me hubiera rendido al peso del aturdimiento y

a las fatigas de la vigilia si hubiese tenido la seguridad de mantenerme en mi

sueño en una actitud, si no tan grave como la del inmóvil gentleman, al menos

no tan grotesca como la del buen regidor aragonés, que ora dejándose caer la

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gorra de una cabezada, ora roncando como un órgano o balbuceando palabras

ininteligibles, ofrecía el espectáculo más chistoso que imaginarse puede. Para

despabilarme un poco resolví dirigir la palabra a la joven; pero por una parte

temía cometer una indiscreción, mientras por otra; y no era esto lo menos para

permanecer callado, no sabía como empezar. Entonces volví los ojos, que

había tenido clavados en ella con alguna insistencia, y me entretuve en ver

pasar a través de los cristales, y sobre una faja de terreno oscuro y monótono,

ya las blancas nubes de humo y de chispas que se quedaban al paso de la

locomotora rozando la tierra y como suspendidas e inmóviles, ya los palos del

telégrafo, que parecían perseguirse y querer alcanzarse unos a otros lanzados

a una carrera fantástica. No obstante, la aproximación de aquella mujer

hermosa que yo sentía aun sin mirarla, el roce de su falda de seda que tocaba

a mis pies y crujía a cada uno de sus movimientos, el sopor vertiginoso del

incesante ruido, la languidez del cansancio, la misteriosa embriaguez de las

altas horas de la noche, que pesan de una manera tan particular sobre el

espíritu, comenzaron a influir en mi imaginación, ya sobreexcitada

extrañamente.

Estaba despierto, pero mis ideas iban poco a poco tomando esa forma

extravagante de los ensueños de la mañana, historias sin principio ni fin, cuyos

eslabones de oro se quiebran con un rayo de enojosa claridad y vuelven a

soldarse apenas se corren las cortinas del lecho. La vista se me fatigaba de ver

pasar, eterna, monótona y oscura como un mar de asfalto, la línea del

horizonte, que ya se alzaba, ya se deprimía, imitando el movimiento de las

olas. De cuando en cuando dejaba caer la cabeza sobre el pecho, rompía el

hilo de las historias extraordinarias que iba fingiendo en la mente y entornaba

los ojos; pero apenas los volvía a abrir encontraba siempre delante de ellos a

aquella mujer, y tornaba a mirar por los cristales; y tornaba a soñar imposibles.

Yo he oído decir a muchos, y aun la experiencia me ha enseñado un poco, que

hay horas peligrosas, horas lentas y cargadas de extraños pensamientos y de

una voluptuosa pesadez, contra la que es imposible defenderse: en esas horas,

como cuando nos turban la cabeza los vapores del vino, los sonidos se

debilitan y parece que se oyen muy distantes, los objetos se ven como velados

por una gasa azul, y el deseo presta audacia al espíritu, que recobra para sí

todas las fuerzas que pierde la materia. Las horas de la madrugada, esas horas

que deben tener más minutos que las demás, esas horas en que entre el caos

de la noche comienza a forjarse el día siguiente, en que el sueño se despide

con su última visión y la luz se anuncia con ráfagas de claridad incierta, son sin

duda alguna, las que en más alto grado reúnen semejantes condiciones. Yo no

sé el tiempo que trascurrió mientras a la vez dormía y velaba, ni tampoco me

sería fácil apuntar algunas de las fantásticas ideas que cruzaron por mi

imaginación, porque ahora sólo recuerdo cosas desasidas y sin sentido, como

esas notas sueltas de una música lejana que trae el viento a intervalos en

ráfagas sonoras: lo que sí puedo asegurar es que gradualmente se fueron

embotando mis sentidos, hasta el punto que cuando un gran estremecimiento,

una bocanada de aire frío y la voz del guarda de la vía me anunciaron que

estaba en Tudela, no supe explicarme cómo me encontraba tan pronto en el

término de la primera parte de mi peregrinación.

Era completamente de día, y por la ventanilla del coche, que había

abierto de par en par el señor gordo, entraban a la vez el sol rojizo y el aire

fresco de la mañana. Nuestro regidor aragonés que por lo que podía colegirse

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no veía la hora de dejar tan poco agradable reunión, apenas se convenció de

que estábamos en Tudela, torciose la capa al hombro, cogió en una mano su

sombrerera monstruo, en la otra el cesto, y saltó al andén con una agilidad que

nadie hubiera sospechado en sus años y en su gordura. Yo torné asimismo el

pequeño saco, que era todo mi equipaje; dirigí una última mirada a aquella

mujer a quien acaso no volvería a ver más y que había sido la heroína de mi

novela de una noche, y después de saludar a mis compañeros, salí del vagón

buscando a un chico que llevase aquel bulto y me condujese a una fonda

cualquiera.

Tudela es un pueblo grande, con ínfulas de ciudad, y el parador adonde

me condujo mi guía, una posada con ribetes de fonda. Senteme y almorcé; por

fortuna, si el almuerzo no fue gran cosa, la mesa y el servicio estaban limpios.

Hagamos esta justicia a la navarra que se encuentra al frente del

establecimiento. Aún no había tomado los postres, cuando el campanilleo de

las colleras, los chasquidos del látigo y las voces del zagal que enganchaba las

mulas, me anunciaron que el coche de Tarazona iba a salir muy pronto. Acabé

deprisa y corriendo de tomar una taza de café bastante malo y clarito por más

señas, y ya se oían los gritos de ¡al coche, al coche! unidos a las despedidas

en alta voz, al ir y venir de los que colocaban los equipajes en la baca, y las

advertencias mezcladas de interjecciones del mayoral, que dirigía las

maniobras desde el pescante como un piloto desde la popa de su buque.

La decoración había cambiado por completo, y nuevos y característicos

personajes se encontraban en escena. En primer término, y unos recostados

contra la pared, otros sentados en los marmolillos de las esquinas o agrupados

en derredor del coche, veíanse hasta quince o veinte desocupados del lugar

para quienes el espectáculo de una diligencia que entra o sale es todavía un

gran acontecimiento. Al pie del estribo algunos muchachos, desarrapados y

sucios, abrían con gran oficiosidad las portezuelas, pidiendo indirectamente

una limosna, y en el interior del ómnibus, pues éste era propiamente el nombre

que debiera darse al vehículo que iba a conducirnos a Tarazona, comenzaban

a ocupar sus asientos los viajeros. Yo fui uno de los primeros en colocarme en

mi sitio al lado de las dos mujeres, madre e hija, naturales de un pueblo

cercano, y que venían de Zaragoza, a donde, según me dijeron, habían ido a

cumplir no sé qué voto a la Virgen del Pilar: la muchacha tenía los ojos

retozones, y de la madre se conservaba todo lo que a los cuarenta y pico de

años puede conservarse de una buena moza. Tras mí entró un estudiante del

seminario, a quien no hubo de parecer saco de paja la muchacha, pues viendo

que no podía sentarse junto a ella, porque ya lo había hecho yo, se compuso

de modo que en aquellas estrecheces se tocasen rodilla con rodilla. Siguieron

al estudiante otros dos individuos del sexo feo, de los cuales el primero parecía

militar en situación de reemplazo, y el segundo uno de esos pobres empleados

de poco sueldo, a quienes a cada instante trasiega el ministerio de una

provincia a otra. Ya estábamos todos, y cada uno en su lugar correspondiente,

y dándonos el parabién porque íbamos a estar un poco holgados, cuando

apareció en la portezuela, y como un retrato dentro de su moldura, la cabeza

de un clérigo entrado en edad, pero guapote, y de buen color, al que

acompañaba una ama o dueña, como por aquí es costumbre llamarles, que en

punto a cecina de mujer era de lo mejor conservado y apetitoso a la vista que

yo he encontrado de algún tiempo a esta parte.

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Sintieron unos y se alegraron otros de la llegada de los nuevos

compañeros, siendo de los segundos el escolar, el cual encontró ocasión de

encajarse más estrechamente con su vecina de asiento, mientras hacía un sitio

al ama del cura, sitio pequeño para el volumen que había de ocuparlo, aunque

grande por la buena voluntad con que se le ofrecía. Sentose el ama,

acomodose el clérigo, y ya nos disponíamos a partir, cuando, como llovido del

cielo o salido de los profundos, hete aquí que se nos aparece mi famoso

hombre gordo del ferrocarril, con su imprescindible cesto y su monstruosa

sombrerera. Referir las cuchufletas, las interjecciones, las risas y los murmullos

que se oyeron a su llegada, sería asunto imposible, como tampoco es fácil

recordar las maniobras de cada uno de los viajeros para impedir que se

acomodase a su lado. Pero aquél era el elemento de nuestro hombre gordo: allí

donde se reía, se empujaba, y unos manoteando, otros impasibles, todos

hablaban a un tiempo, se encontraba el buen regidor como el pez en el agua o

el pájaro en el aire. A las cuchufletas respondía con chanzas; a las

interjecciones, encogiéndose de hombros, y a los envites de codos, con

codazos, de manera que a los pocos minutos ya estaba sentado y en

conversación con todos, como si los conociese de antigua fecha. En esto partió

el coche, comenzando ese continuo vaivén al compás del trote de las mulas,

las campanillas del caballo delantero, el saltar de los cristales, el revolotear de

los visillos y los chasquidos del látigo del mayoral, que constituyen el fondo de

armonía de una diligencia en marcha. Las torres de Tudela desaparecieron

detrás de una loma bordada de viñedos y olivares. Nuestro hombre gordo,

apenas se vio engolfado camino adelante y en compañía tan franca, alegre y

de su gusto, desenvainó del cesto una botella y la merienda correspondiente

para echar un trago. Dada la señal del combate, el fuego se hizo general en

toda la línea, y unos de la fiambrera de hoja de lata, otros de un canastillo o del

número de un periódico, cada cual sacó su indispansable tortilla de huevos con

variedad de tropezones. Primero la botella, y cuando ésta se hubo apurado,

una bota de media azumbre del seminarista, comenzaron a andar a la ronda

por el coche. Las mujeres, aunque se excusaban tenazmente, tuvieron que

humedecerse la boca con el vino; el mayoral, dejando el cuidado de las mulas

al delantero, sentose de medio ganchete en el pescante y formó parte del

corro, no siendo de los más parcos en el beber; yo, aunque con nada había

contribuido al festín, también tuve que empinar el codo más de lo que

acostumbro.

A todo esto no cesaba el zarandeo del carruaje; de modo que con el

aturdimiento del vinillo, el continuo vaivén, el tropezón de codos y rodillas, las

risotadas de éstos, el gritar de aquéllos, las palabritas a media voz de los de

más allá, un poco de sol enfilado a los ojos por las ventanillas y un bastante de

polvo del que levantaban las mulas, las tres horas de camino que hay desde

Tarazona a Tudela pasaron entre gloria y purgatorio, ni tan largas que me

dieran lugar a desesperarme, ni tan breves que no viera con gusto el término

de mi segunda jornada.

En Tarazona nos apeamos del coche entre una doble fila de curiosos,

pobres y chiquillos. Despedímonos cordialmente los unos de los otros, volví a

encargar a un chicuelo de la conducción de mi equipaje y me encaminé al azar

por aquellas calles estrechas, torcidas y oscuras, perdiendo de vista, tal vez

para siempre, a mi famoso regidor, que había empezado por fastidiarme,

concluyendo al fin por hacerme feliz con su eterno buen humor, su incansable

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charla y su inquietud increíble en una persona de su edad y su volumen.

Tarazona es una ciudad pequeña y antigua; más lejos del movimiento que

Tudela, no se nota en ella el mismo adelanto, pero tiene un carácter más

original y artístico. Cruzando sus calles con arquillos y retablos, con caserones

de piedra llenos de escudos y timbres heráldicos, con altas rejas de hierro de

labor exquisita y extraña, hay momentos en que se cree uno transportado a

Toledo, la ciudad histórica por excelencia.

Al fin, después de haber discurrido un rato por aquel laberinto de calles,

llegamos a la posada, que posada era con todos los accidentes y el carácter de

tal el sitio a que me condujo mi guía. Figúrense ustedes un medio punto de

piedra carcomida y tostada en cuya clave luce un escudo con un casco que en

vez de plumas tiene en la cimera una pomposa mata de jaramagos amarillos,

nacida entre las hendiduras de los sillares; junto al blasón de los que fueron un

día señores de aquella casa solariega, hay un palo, con una tabla en la punta a

guisa de banderola, en que se lee con grandes letras de almagre el título del

establecimiento; el nudoso y retorcido tronco de una parra que comienza a

retoñar, cubre de hojas verdes, transparentes e inquietas, un ventanuquillo

abierto en el fondo de una antigua ojiva rellena de argamasa y guijarros de

colores; a los lados del portal sirven de asiento algunos trozos de columnas,

sustentados por rimeros de ladrillos o capiteles rotos y casi ocultos entre las

yerbas que crecen al pie del muro, en el cual, entre remiendos y parches de

diferentes épocas, unos blancos y brillantes aún, otros con oscuras manchas

de ese barniz particular de los años, se ven algunas estaquillas de madera

clavadas en las hendiduras. Tal se ofreció a mis ojos el exterior de la posada;

el interior no parecía menos pintoresco.

A la derecha, y perdiéndose en la media luz que penetraba de la calle,

veíase una multitud de arcos chatos y macizos que se cruzaban entre sí,

dejando espacio en sus huecos a una larga fila de pesebres, formados de

tablas mal unidas al pie de los postes, y diseminados por el suelo, tropezábase

aquí con las enjalmas de una caballería, allá con unos cuantos pellejos de vino

o gruesas sacas de lana, sobre las que merendaban, sentados en corro y con

el jarro en primer lugar, algunos arrieros y trajinantes.

En el fondo, y caracoleando, pegada a los muros o sujeta con puntales,

subía a las habitaciones interiores una escalerilla empinada y estrecha, en cuyo

hueco, y revolviendo un haz de paja, picoteaban los granos perdidos hasta una

media docena de gallinas; la parte de la izquierda, a la que daba paso un arco

apuntado y ruinoso, dejaba ver un rincón de la cocina iluminado por el

resplandor rojizo y alegre del hogar, en donde formaban un gracioso grupo la

posadera, mujer frescota y de buen temple, aunque entrada en años, una

muchacha vivaracha y despierta como de quince a diez y seis, y cuatro o cinco

chicuelos rubios y tiznados, amén de un enorme gato rucio y dos o tres perros

que se habían dormido al amor de la lumbre.

Después de dar un vistazo a la posada, hice presente al posadero el

objeto que en su busca me traía, el cual estaba reducido a que me pusiese en

contacto con alguien que me quisiera ceder una caballería para trasladarme a

Veruela, punto al que no se puede llegar de otro modo.

Hízolo así el posadero, ajusté el viaje con unos hombres que habían

venido a vender carbón de Purujosa y se tornaban de vacío, y héteme aquí otra

vez en marcha y camino del Moncayo, atalajado en una mula como en los

buenos tiempos de la Inquisición y del absoluto. Cuando me vi en mitad del

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camino, entre aquellas subidas y bajadas tan escabrosas, rodeado de los

caborneros, que marchaban a pie a mi lado cantando una canción monótona y

eterna; delante de mis ojos la senda, que parecía una culebra blancuzca e

interminable que se alejaba enroscándose por entre las rocas, desapareciendo

aquí y tornando a aparecer más allá, y a un lado y otro los horizontes inmóviles

y siempre los mismos, figurábaseme que hacía un año me había despedido de

ustedes, que Madrid se había quedado en el otro cabo del mundo, que el

ferrocarril que vuela, dejando atrás las estaciones y los pueblos, salvando los

ríos y horadando las montañas, era un sueño de la imaginación o un

presentimiento de lo futuro. Como la verdad es que yo fácilmente me acomodo

a todas las cosas, pronto me encontré bien con mi última manera de caminar, y

dejando ir a la mula a su paso lento y uniforme, eché a volar la fantasía por los

espacios imaginarios, para que se ocupase en la calma y en la frescura

sombría de los sotos de álamos que bordan el camino, en la luminosa

serenidad del cielo, o saltase, como salta el ligero montañés, de peñasco en

peñasco, por entre las quiebras del terreno, ora envolviéndose como en una

gasa de plata en la nube que viene rastrera, ora mirando con vertiginosa

emoción el fondo de los precipicios por donde va el agua, unas veces ligera,

espumosa y brillante, y otras sin ruido, sombría y profunda.

Como quiera que cuando se viaja así, la imaginación desasida de la

materia tiene espacio y lugar para correr volar y juguetear como una loca por

donde mejor le parece, el cuerpo, abandonado del espíritu, que es el que lo

percibe todo, sigue impávido su camino hecho un bruto y atalajado como un

pellejo de aceite, sin darse cuenta de sí mismo, ni saber si se cansa o no. En

esta disposición de ánimo anduvimos no sé cuántas horas, porque ya no tenía

ni conciencia del tiempo, cuando un airecillo agradable, aunque un poco fuerte,

me anunció que habíamos llegado a la más alta de las cumbres que por la

parte de Tarazona rodean el valle, término de mis peregrinaciones. Allí,

después de haberme apeado de la caballería para seguir a pie el poco camino

que me faltaba, pude exclamar como los Cruzados a la vista de la ciudad

santa: Ecco apparir Gerusalem si vede

En efecto, en el fondo del melancólico y silencioso valle, al pie de las

últimas ondulaciones del Moncayo, que levantaba sus aéreas cumbres

coronadas de nieve y de nubes, medio ocultas entre el follaje oscuro de sus

verdes alamedas y heridas por la última luz del sol poniente, vi las vetustas

murallas y las puntiagudas torres del monasterio, en donde ya instalado en una

celda, y haciendo una vida mitad por mitad literaria y campestre, espera

vuestro compañero y amigo recobrar la salud, si Dios es servido de ello, y

ayudaros a soportar la pesada carga del periódico en cuanto la enfermedad y

su natural propensión a la vagancia se lo permitan.

11

Carta segunda

Queridos amigos:

Si me vieran ustedes en algunas ocasiones con la pluma en la mano y el

papel delante, buscando un asunto cualquiera para emborronar catorce o

quince cuartillas, tendrían lástima de mí. Gracias a Dios que no tengo la

perniciosa, cuanto fea costumbre, de morderme las uñas es caso de

esterilidad, pues hasta tal punto me encuentro apurado e irresoluto en estos

trances, que ya sería cosa de haberme comido la primera falange de los dedos.

Y no es precisamente porque se hayan agotado de tal modo mis ideas, que

registrando en el fondo de la imaginación, en donde andan enmarañadas e

indecisas, no pudiese topar con alguna y traerla, a ser preciso, por la oreja,

como dómine de lugar a muchacho travieso. Pero no basta tener una idea; es

necesario despojarla de su extraña manera de ser, vestirla un poco al uso para

que esté presentable, aderezarla y condimentarla, en fin, a propósito, para el

paladar de los lectores de un periódico, político por añadidura. Y aquí está lo

espinoso del caso, aquí la gran dificultad.

Entre los pensamientos que antes ocupaban mi imaginación y los que

aquí han engendrado la soledad y el retiro, se ha trabado una lucha titánica,

hasta que, por último, vencidos los primeros por el número y la intensidad de

sus contrarios, han ido a refugiarse no sé dónde, porque yo los llamo y no me

contestan, los busco y no parecen. Ahora bien: lo que se siente y se piensa

aquí en armonía con la profunda calma y el melancólico recogimiento de estos

lugares, ¿podrá encontrar un eco en los que viven en ese torbellino de

intereses opuestos, de pasiones sobreexcitadas, de luchas continuas que se

llama la Corte?

Yo juzgo de la impresión que pueden hacer ideas que nacen y se

desarrollan en la austera soledad de estos claustros, por la que a su vez me

producen las que ahí hierven y de las cuales diariamente me trae El

Contemporáneo como un abrasado soplo. Al periódico que todas las mañanas

encontramos en Madrid sobre la mesa del comedor o en el gabinete de estudio,

se le recibe como a un amigo de confianza que viene a charlar un rato,

mientras se hace hora de almorzar con la ventaja de que si saboreamos un

veguero, mientras él nos refiere, comentándola, la historia del día de ayer, ni

siquiera hay necesidad de ofrecerle otro, como al amigo. Y esa historia de ayer

que nos refiere, hasta cierto punto la historia de nuestros cálculos, de nuestras

simpatías o de nuestros intereses; de modo que su lenguaje apasionado, sus

frases palpitantes, suelen hablar a un tiempo a nuestra cabeza, a nuestro

corazón y a nuestro bolsillo: en unas ocasiones repite lo que ya hemos

pensado, y nos complace hallarle acorde con nuestro modo de ver; otras nos

dice la última palabra de algo que comenzábamos a adivinar, o nos da el tema

en armonía con las vibraciones de nuestra inteligencia para proseguir

pensando. Tan íntimamente está enlazada su vida intelectual con la nuestra;

tan una es la atmósfera en que se agitan nuestras pasiones y las suyas. Aquí,

por el contrario, todo parece conspirar a un fin diverso. El periódico llega a los

muros de este retiro como uno de esos círculos que se abren en el agua

cuando se arroja una piedra, y que poco a poco se van debilitando a medida

que se alejan del punto de donde partieron, hasta que vienen a morir en la orilla

12

con un rumor apenas perceptible. El estado de nuestra imaginación, la soledad

que nos rodea, hasta los accidentes locales parecen contribuir a que sus

palabras suenen de otro modo en el oído. Juzgad si no por lo que a mí me

sucede.

Todas las tardes, y cuando el sol comienza a caer, salgo al camino que

pasa por delante de las puertas del monasterio para aguardar al conductor de

la correspondencia que me trae los periódicos de Madrid. Frente al arco que da

entrada al primer recinto de la abadía, se extiende una larga alameda de

chopos tan altos que, cuando agita las ramas el viento de la tarde, sus copas

se unen y forman una inmensa bóveda de verdura. Por ambos lados del

camino, y saltando y cayendo con un murmullo apacible por entre las retorcidas

raíces de los árboles, corren dos arroyos de agua cristalina y transparente, fría

como la hoja de una espada y delgada como su filo. El terreno sobre el cual

flotan las sombras de los chopos, salpicadas de manchas inquietas y

luminosas, está a trechos cubierto de una yerba alta, espesa y finísima, entre la

que nacen tantas margaritas blancas, que semejan a primera vista esa lluvia de

flores con que alfombran el suelo los árboles frutales en los templados días de

abril. En los ribazos, y entre los zarzales y los juncos del arroyo; crecen las

violetas silvestres, que, aunque casi ocultas entre sus rastreras hojas, se

anuncian a gran distancia con su intenso perfume; y, por último, también cerca

del agua y formando como un segundo término, déjase ver por entre los

huecos que quedan de tronco a tronco una doble fila de nogales corpulentos

con sus copas redondas, compactas y oscuras.

Como a la mitad de esta alameda deliciosa, y en un punto en que varios

olmos dibujan un círculo pequeño, enlazando entre sí sus espesas ramas, que

recuerdan, al tocarse en la altura, la cúpula de un santuario; sobre una

escalinata formada de grandes sillares de granito, por entre cuyas hendiduras

nacen y se enroscan los tallos y las flores trepadoras, se levanta gentil, artística

y alta, casi como los árboles, una cruz de mármol, que, merced a su color, es

conocida en estas cercanías por la Cruz negra de Veruela. Nada más

hermosamente sombrío que este lugar. Por un extremo del camino limita la

vista el monasterio con sus arcos ojivales, sus torres puntiagudas y sus muros

almenados e imponentes; por el otro, las ruinas de una pequeña ermita se

levantan al pie de una eminencia sembrada de tomillos y romeros en flor. Allí,

sentado al pie de la cruz, y teniendo en las manos un libro que casi nunca leo,

y que muchas veces dejo olvidado en las gradas de piedra, estoy una o dos y a

veces hasta cuatro horas aguardando el periódico. De cuando en cuando veo

atravesar a lo lejos una de esas figuras aisladas que se colocan en un paisaje

para hacer sentir mejor la soledad del sitio. Otras veces, exaltada la

imaginación, creo distinguir confusamente, sobre el fondo oscuro del follaje, a

los monjes blancos que van y vienen silenciosos alrededor de su abadía, o a

una muchacha de la aldea que pasa por ventura al pie de la cruz con un

manojo de flores en el halda, se arrodilla un momento y deja un lirio azul sobre

los peldaños. Luego, un suspiro que se confunde con el rumor de las hojas;

después..., ¡qué sé yo!..., escenas sueltas de no sé qué historia que yo he oído

o que inventaré algún día; personajes fantásticos, que, unos tras otros; van

pasando ante mi vista, y de los cuales cada uno me dice una palabra o me

sugiere una idea: ideas y palabras que más tarde germinarán en mi cerebro y

acaso den fruto en el porvenir.

13

La aproximación del correo viene siempre a interrumpir una de estas

maravillosas historias. En el profundo silencio que me rodea, el lejano rumor de

los pasos de su caballo que cada vez se percibe más distinto, lo anuncia a

larga distancia; por fin llega a donde estoy, saca el periódico de la bolsa de

cuero que trae terciada al hombro, me lo entrega, y después de cambiar

algunas palabras o un saludo, desaparece por el extremo opuesto del camino

que trajo.

Como lo he visto nacer, como desde que vino al mundo he vivido con su

vida febril y apasionada, El Contemporáneo no es para mí un papel como otro

cualquiera, sino que sus columnas son ustedes todos, mis amigos, mis

compañeros de esperanzas o desengaños, de reveses o de triunfos, de

satisfacciones o de amarguras. La primera impresión que siento, pues, al

recibirle, es siempre una impresión de alegría, como la que se experimenta al

romper la cubierta de una carta en cuyo sobre hemos visto una letra querida, o

como cuando en un país extranjero se estrecha la mano de un compatriota y se

oye hablar el idioma nativo. Hasta el olor particular del papel húmedo y la tinta

de imprenta, olor especialísimo que por un momento viene a sustituir el

perfume de las flores que aquí se respira por todas partes, parece que hiere la

memoria del olfato, memoria extraña y viva que indudablemente existe, y me

trae un pedazo de mi antigua vida; de aquella inquietud, de aquella actividad,

de aquella fiebre fecunda del periodismo. Recuerdo el incesante golpear y crujir

de la máquina que multiplicaba por miles las palabras que acabábamos de

escribir y que salían aún palpitando de la pluma; recuerdo el afán de las últimas

horas de redacción, cuando la noche va de vencida y el original escasea;

recuerdo, en fin, las veces que nos ha sorprendido el día corrigiendo un artículo

o escribiendo una noticia última sin hacer más caso de las poéticas bellezas de

la alborada que de la carabina de Ambrosio. En Madrid, y para nosotros en

particular, ni sale ni se pone el sol: se apaga o se enciende la luz, y es por la

única cosa que lo advertimos.

Al fin rompo la faja del periódico, y comienzo a pasar la vista por sus

renglones hasta que gradualmente me voy engolfando en su lectura, y ya ni

veo ni oigo nada de lo que se agita a mi alrededor. El viento sigue suspirando

entre las copas de los árboles, el agua sonriendo a mis pies, y las golondrinas,

lanzando chillidos agudos, pasan sobre mi cabeza; pero yo, cada vez más

absorto y embebido con las nuevas ideas que comienzan a despertarse a

medida que me hieren las frases del diario, me juzgo transportado a otros sitios

y a otros días. Paréceme asistir de nuevo a la Cámara, oír los discursos

ardientes, atravesar los pasillos del Congreso, donde entre el animado

cuchicheo de los grupos se forman las futuras crisis; y luego veo las secretarias

de los ministerios en donde se hace la política oficial; las redacciones donde

hierven las ideas que han de caer al día siguiente como la piedra en el lago, y

los círculos de la opinión pública que comienzan en el casino, siguen en las

mesas de los cafés y acaban en los guardacantones de las calles. Vuelvo a

seguir con interés las polémicas acaloradas, vuelvo a reanudar el roto hilo de

las intrigas, y ciertas fibras embotadas aquí, las fibras de las pasiones

violentas, la inquieta ambición, el ansia de algo más perfecto, el afán de hallar

la verdad escondida a los ojos humanos, tornan a vibrar nuevamente y a

encontrar en mi alma un eco profundo. «El Diario Español, El Pensamiento o

La Iberia, hablan de esto, afirman aquello o niegan lo de más allá», dice El

Contemporáneo; y yo sin saber apenas dónde estoy, tiendo las manos para

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cogerlos, creyendo que están allí a mi alcance, como si me encontrara sentado

a le mesa de la redacción.

Pero esa tromba de pensamientos tumultuosos, que pasan por mi

cabeza como una nube de tronada, se desvanecen apenas nacidos. Aún no he

acabado de leer las primeras columnas del periódico, cuando el último reflejo

del sol, que dobla lentamente la cumbre del Moncayo, desaparece de la más

alta de las torres del monasterio, en cuya cruz de metal llamea un momento

antes de extinguirse. Las sombras de los montes bajan a la carrera y se

extienden por la llanura; la luna comienza a dibujarse en el Oriente como un

círculo de cristal que transparenta el cielo, y la alameda se envuelve en la

indecisa luz del crepúsculo. Ya es imposible continuar leyendo. Aún se ven por

una parte y entre los huecos de las ramas chispazos rojizos del sol poniente, y

por la otra una claridad violada y fría. Poco a poco comienzo a percibir otra vez,

semejante a una armonía confusa, el ruido de las hojas y el murmullo del agua,

fresco, sonoro y continuado, a cuyo compás vago y suave vuelven a ordenarse

las ideas y se van moviendo con más lentitud en una danza cadenciosa, que

languidece al par de la música, hasta que por último se aguzan unas tras otras

como esos puntos de luz apenas perceptibles que de pequeños nos

entreteníamos en ver morir en las pavesas de un papel quemado. La

imaginación entonces, ligera y diáfana; se mece y flota al rumor del agua, que

la arrulla como una madre arrulla a un niño. La campana del monasterio, la

única que ha quedado colgada en su ruinosa torre bizantina, comienza a tocar

la oración, y una cerca, otra lejos, éstas con una vibración metálica y aguda,

aquéllas con un tañido sordo y triste, les responden las otras campanas de los

lugares del Somontano. De estos pequeños lugares, unos están en las puntas

de las rocas colgados como el nido de una águila, y otros medio escondidos en

las ondulaciones del monte o en lo más profundo de los valles. Parece una

armonía que a la vez baja del cielo y sube de la tierra, y se confunde y flota en

el espacio, mezclándose al último rumor del día que muere el primer suspiro de

la noche que nace.

Ya todo pasó, Madrid, la política, las luchas ardientes, las miserias

humanas, las pasiones, las contrariedades, los deseos, todo se ha ahogado en

aquella música divina. Mi alma está ya tan serena como el agua inmóvil y

profunda. La fe en algo más grande, en un destino futuro y desconocido, más

allá de esta vida, la fe de la eternidad, en fin, aspiración absorbente, única e

inmensa, mata esa fe al por menor que pudiéramos llamar personal, la fe en el

mañana, especie de aguijón que espolea los espíritus irresolutos, y que tanto

se necesita para luchar y vivir y alcanzar cualquier cosa en la tierra.

Absorto en estos pensamientos doblo el periódico y me dirijo a mi

habitación. Cruzo la sombría calle de árboles y llego a la primera cerca del

monasterio, cuya dantellada silueta se destaca por oscuro sobre el cielo en un

todo semejante a la de un castillo feudal; atravieso el patio de armas con sus

arcos redondos y timbrados, sus bastiones llenos de saeteras y coronados de

almenas puntiagudas, de las cuales algunas yacen en el foso, medio ocultas

entre los jaramagos y los espinos. Entre dos cubos de muralla, altos, negros e

imponentes, se alza la torre que da paso al interior; una cruz clavada en la

punta indica el carácter religioso de aquel edificio, cuyas enormes puertas de

hierro y muros fortísimos, más parece que deberían guardar soldados que

monjes.

15

Pero apenas las puertas se abren rechinando sobre sus goznes

enmohecidos, la abadía aparece con todo su carácter. Una larga fila de olmos,

entre los que se elevan algunos cipreses, deja ver en el fondo la iglesia

bizantina con su portada semicircular llena de extrañas esculturas, por la

derecha se extiende la remendada tapia de un huerto, por encima de la cual

asoman las copas de los árboles, y a la izquierda se descubre el palacio

abacial, severo y majestuoso en medio de su sencillez. Desde este primer

recinto se pasa al inmediato por un arco de medio punto, después del cual se

encuentra el sitio donde en otro tiempo estuvo el enterramiento de los monjes.

Un arroyuelo, que luego desaparece y se oye gemir por debajo de tierra, corre

al pie de tres o cuatro árboles viejos y nudosos: a un lado se descubre el

molino medio agazapado entre unas ruinas, y más allá, oscura como la boca de

una cueva, la portada monumental del claustro con sus pilastras platerescas

llenas de hojarascas, bichos, ángeles, cariátides y dragones de granito que

sostienen emblemas de la Orden, mitras y escudos.

Siempre que atravieso este recinto cuando la noche se aproxima y

comienza a influir en la imaginación con su alto silencio y sus alucinaciones

extrañas, voy pisando quedo y poco a poco las sendas abiertas entre los

zarzales y las yerbas parásitas, como temeroso de que al ruido de mis pasos

despierte en sus fosas y levante la cabeza alguno de los monjes que duermen

allí el sueño de la eternidad. Por último, entro en el claustro; donde ya reina

una oscuridad profunda: la llama del fósforo que enciendo para atravesarlo

vacila agitada por el aire, y los círculos de luz que despide luchan

trabajosamente con las tinieblas. Sin embargo, a su incierto resplandor, pueden

distinguirse las largas series de ojivas, festoneadas de hojas de trébol, por

entre las que asoman, con una mueca muda y horrible, esas mil fantásticas y

caprichosas creaciones de la imaginación que el arte misterioso de la Edad

Media dejó grabadas en el granito de sus basílicas: aquí un endriago que se

retuerce por una columna y saca su deforme cabeza por entre la hojarasca del

capitel; allí un ángel que lucha con un demonio y entre los dos soportan la

recaída de un arco que se apunta al muro; más lejos, y sombreadas por el

batiente oscuro del lucillo que las contiene, las urnas de piedra donde bien con

la mano en el montante o revestidas de la cogulla, se ven las estatuas de los

guerreros y abades más ilustres que han patrocinado este monasterio o lo han

enriquecido con sus dones.

Los diferentes y extraordinarios objetos que unos tras otros van hiriendo

la imaginación, la impresionan de una manera tan particular, que cuando,

después de haber discurrido por aquellos patios sombríos, aquellas alamedas

misteriosas y aquellos claustros imponentes penetro al fin en mi celda y

desdoblo otra vez El Contemporáneo para proseguir su lectura, paréceme que

está escrito en un idioma que no entiendo. Bailes, modas, el estreno de una

comedía, un libro nuevo, un cantante extraordinario, una comida en la

embajada de Rusia, la compañía de Price, la muerte de un personaje, los

clownes, los banquetes políticos, la música, todo revuelto: una obra de caridad

con un crimen, un suicidio con una boda, un entierro con una función de toros

extraordinaria.

A esta distancia y en este lugar me parece mentira que existe aún ese

mundo que yo conocía, el mundo del Congreso y las redacciones, del casino y

de los teatros, del Suizo y de la Fuente Castellana, y que existe tal como yo le

dejé, rabiando y divirtiéndose, hoy en una broma, mañana en un funeral, todos

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deprisa, todos cosechando esperanzas y decepciones, todos corriendo detrás

de una cosa que no alcanzan nunca, hasta que corriendo den en uno de esos

lazos silenciosos que nos va tendiendo la muerte, y desaparezcan como por

escotillón con una gacetilla por epitafio.

Cuando me asaltan estas ideas, en vano hago esfuerzos por templarme

como ustedes y entrar a compás de la danza. No oigo la música que lleva a

todos envueltos como en un torbellino; no veo en esa agitación continua, en

ese ir y venir, más que lo que ve el que mira un baile desde lejos; una

pantomima muda e inexplicable, grotesca unas veces, terrible otras.

Ustedes, sin embargo, quieren que escriba alguna cosa, que lleve mi parte en

la sinfonía general, aun a riesgo de salir desafinado. Sea, y sirva esto de

introducción y preludio: quiere decir que si alguno de mis lectores ha sentido

otra vez algo de lo que yo siento ahora, mis palabras le llevarán el recuerdo de

más tranquilos días, como el perfume de un paraíso distante; y los que no,

tendrán en cuenta mi especial posición para tolerar que de cuando en cuando

rompa con una nota desacorde la armonía de un periódico político.

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Carta tercera

Queridos amigos:

Hace dos o tres días, andando a la casualidad por entre estos montes, y

habiéndome alejado más de lo que acostumbro en mis paseos matinales,

acerté a descubrir casi oculto entre las quiebras del terreno y fuera de todo

camino un pueblecillo, cuya situación, por extremo pintoresca, me agradó tanto

que no pude por menos de aproximarme a él para examinarlo a mis anchas. Ni

aun pregunté su nombre; y si mañana o el otro quisiera buscarlo por su

situación en el mapa, creo que no lo encontraría: tan pequeño es y tan olvidado

parece entre las ásperas sinuosidades del Moncayo. Figúrense ustedes, en el

declive de una montaña inmensa y sobre una roca que parece servirle de

pedestal, un castillo del que sólo quedan en pie la torre del homenaje y algunos

lienzos de muro carcomidos y musgosos: agrupadas alrededor de este

esqueleto de fortaleza, cual si quisiesen todavía dormir seguras a su sombra

como en la edad de hierro en que debió de alzarse, se ven algunas casas,

pequeñas heredades con sus bardales de heno, sus tejados rojizos, y sus

chimeneas desiguales y puntiagudas, por cima de las que se eleva el

campanario de la parroquia con su reloj de sol, su esquiloncillo que llama a la

primera misa, y su gallo de hoja de lata que gira en lo alto de la veleta a

merced de los vientos.

Una senda que sigue el curso del arroyo que cruza el valle serpenteando

por entre los cuadros de los trigos, verdes y tirantes como el paño de una mesa

de billar, sube dando vueltas a los amontonados pedruscos sobre que se

asienta el pueblo, hasta el punto en que un pilarote de ladrillos con una cruz en

el remate señala la entrada. Sucede con estos pueblecitos tan pintorescos,

cuando se ven en lontananza tantas líneas caprichosas, tantas chimeneas

arrojando pilares de humo azul, tantos árboles y peñas y accidentes artísticos,

lo que con otras muchas cosas del mundo, en que todo es cuestión de la

distancia a que se miran; y la mayor parte de las veces, cuando se llega a ellos,

la poesía se convierte en prosa. Ya en la cruz de la entrada, lo que pude

descubrir del interior del lugar no me pareció, en efecto, que respondía ni con

mucho a su perspectiva; de modo que, no queriendo arriesgarme por sus

estrechas, sucias y empinadas callejas, comencé a costearlo, y me dirigí a una

reducida llanura que se descubre a su espalda, dominada sólo por la iglesia y

el castillo. Allí, en unos campos de trigo, y junto a dos o tres nogales aislados

que comenzaban a cubrirse de hojas, está lo que por su especial situación y la

pobre cruz de palo enclavada sobre la puerta, colegí que sería el cementerio.

Desde muy niño concebí, y todavía conservo, una instintiva aversión a

los camposantos de las grandes poblaciones: aquellas tapias encaladas y

llenas de huecos, como la estantería de una tienda de géneros de ultramarinos;

aquellas calles de árboles raquíticos, simétricas y enarenadas, como las

avenidas de un parque inglés; aquella triste parodia de jardín con flores sin

perfume y verdura sin alegría, me oprimen el corazón y me crispan los nervios.

El afán de embellecer grotesca y artificialmente la muerte, me trae a la

memoria a esos niños de los barrios bajos, a quienes después de expirar

embadurnan la cara con arrebol, de modo que, entre el cerco violado de los

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ojos, la intensa palidez de las sienes y el rabioso carmín de las mejillas, resulta

una mueca horrible.

Por el contrario, en más de una aldea he visto un cementerio chico,

abandonado, pobre, cubierto de ortigas y cardos silvestres, y me ha causado

una impresión siempre melancólica, es verdad, pero mucho más suave, mucho

más respetuosa y tierna. En aquellos vastos almacenes de la muerte, siempre

hay algo de esa repugnante actividad del tráfico; la tierra, constantemente

removida, deja ver fosas profundas que parecen aguardar su presa con

hambre. Aquí nichos vacíos, a los que no falta más que un letrero: «Esta casa

se alquila»; allí huesos que se retrasan en el pago de su habitación, y son

arrojados qué sé yo adónde para dejar lugar a otros; y lápidas con filetes de

relumbrones, y décimas y coronas de flores de trapo, y siemprevivas de

comerciantes de objetos fúnebres. En estos escondidos rincones, último

albergue de los ignorados campesinos, hay una profunda calma: nadie turba su

santo recogimiento, y después de envolverse en su ligera capa de tierra, sin

tener siquiera encima el peso de una losa, deben de dormir mejor y más

sosegados.

Cuando, no sin tener que forcejear antes un poco, logré abrir la

carcomida y casi deshecha puerta del pequeño cementerio que por casualidad

había encontrado en mi camino, y éste se ofreció a mi vista, no pude menos de

confiarme nuevamente en mis ideas. Es imposible ni aun concebir un sitio más

agreste, más solitario y más triste, con una agradable tristeza, que aquél. Nada

habla allí de la muerte con ese lenguaje enfático y pomposo de los epitafios;

nada la recuerda de modo que horrorice con el repugnante espectáculo de sus

atavíos y despojos. Cuatro lienzos de tapia humilde, compuestos de arena

amasada con piedrecillas de colores, ladrillos rojos y algunos sillares cubiertos

de musgo en los ángulos, cercan un pedazo de tierra, en el cual la poderosa

vegetación de este país, abandonada a sí misma, despliega sus silvestres

galas con un lujo y una hermosura imponderables. Al pie de las tapias y por

entre sus rendijas, crecen la hiedra y esas campanillas de color de rosa pálido

que suben sosteniéndose en las asperezas del muro hasta trepar a los

bardales de heno, por donde se cruzan y se mecen como una flotante guirnalda

de verdura. La espesa y fina hierba que cubre el terreno y marca con suave

claroscuro todas sus ondulaciones, produce el efecto de un tapiz bordado de

esas mil florecillas cuyos poéticos nombres ignora la ciencia, y sólo podrían

decir las muchachas del lugar que en las tardes de mayo las cogen en el halda

para engalanar el retablo de la Virgen.

Allí, en medio de algunas espigas cuya simiente acaso trajo el aire de las

eras cercanas, se columpian las amapolas con sus cuatro hojas purpúreas y

descompuestas; las margaritas blancas y menudas, cuyos pétalos arrancan

uno a uno los amantes, semejan copos de nieve que el calor no ha podido

derretir, contrastando con los dragoncillos corales y esas estrellas de cinco

rayos amarillas e inodoras que llaman de los muertos, las cuales crecen

salpicadas en los camposantos entre las ortigas, las rosas de los espinos, los

cardos silvestres y las alcachoferas puntiagudas y frondosas. Una brisa pura y

agradable mueve las flores, que se balancean con lentitud, y las altas yerbas,

que se inclinan y levantan a su empuje como las pequeñas olas de un mar

verde y agitado. El sol resbala suavemente sobre los objetos, los ilumina o los

transparenta, aumentando la intensidad y la brillantez de sus tintas, y parece

que los dibuja con un perfil de oro para que destaquen entre sí con más

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limpieza. Algunas mariposas revolotean de acá para allá haciendo en el aire

esos giros extraños que fatigan1a vista, que inútilmente se empeña en seguir

su vuelo tortuoso; y mientras las abejas estrechan sus círculos zumbando

alrededor de los cálices llenos de perfumada miel, y los pardillos picotean los

insectos que pululan por el bardal de la tapia, una lagartija asoma su cabeza

triangular y aplastada y sus ojos pequeños y vivos por entre sus hendiduras, y

huye temerosa a guarecerse en su escondite al menor movimiento.

Después que hube abarcado con una mirada el conjunto de aquel

cuadro, imposible de reproducir con frases siempre descoloridas y pobres, me

senté en un pedrusco, lleno de esa emoción sin ideas que experimentamos

siempre que una cosa cualquiera nos impresiona profundamente y parece que

nos sobrecoge por su novedad o su hermosura. En esos instantes rapidísimos

en que la sensación fecunda la inteligencia, y allá en el fondo del cerebro tiene

lugar la misteriosa concepción de los pensamientos que han de surgir algún día

evocados por la memoria, nada se piensa, nada se razona: los sentidos todos

parecen ocupados en recibir y guardar la impresión que analizarán más tarde.

Sintiendo aún las vibraciones de esta primera sacudida del alma, que la

sumerge en un agradable sopor, estuve, pues, largo tiempo, hasta que

gradualmente comenzaron a extinguirse, y poco a poco fueron levantándose

las ideas relativas. Estas ideas, que ya han cruzado otras veces por la

imaginación y duermen olvidadas en alguno de sus rincones, son siempre las

primeras en acudir cuando se toca su resorte misterioso. No sé si a todos les

habrá pasado igualmente: pero a mí me ha sucedido con bastante frecuencia

preocuparme en ciertos momentos con la idea de la muerte; y pensar largo rato

y concebir deseos y formular votos acerca de la destinación futura, no sólo de

mi espíritu, sino de mis despojos mortales. En cuanto al alma, dicho se está

siempre he deseado se encaminase al Cielo. Con el destino que darían a mi

cuerpo es con lo que más he batallado, y acerca de lo cual he echado más a

menudo a volar la fantasía. En aquel punto en que todas aquellas viejas

locuras de mi imaginación salieron en tropel de los desvanes de la cabeza

donde tengo arrinconados, como trastos inútiles, los pensamientos extraños,

las ambiciones absurdas y las historias imposibles de la adolescencia, ilusiones

rosadas que, como los trajes antiguos, se han ajado ya y se han puesto de

color de ala de mosca con los años, fue cuando pude apreciar sonriendo al

compararlas entre sí, la candidez de mis aspiraciones juveniles.

En Sevilla, y en la margen del Guadalquivir que conduce al convento de

San Jerónimo, hay cerca del agua una especie de remanso que fertiliza un

valle en miniatura formado por el corte natural de la ribera, que en aquel lugar

es bien alta y tiene un rápido declive. Dos o tres álamos blancos, corpulentos y

frondosos, entretejiendo sus copas, defienden aquel sitio de los rayos del Sol,

que rara vez logra deslizarse entre las ramas, cuyas hojas producen un ruido

manso y agradable cuando el viento las agita y las hace parecer ya plateadas,

ya verdes: según del lado que las empuja. Un sauce baña sus raíces en la

corriente del río, hacia el que se inclina como agobiado de un peso invisible, y a

su alrededor crecen multitud de juncos y de esos lirios amarillos y grandes que

nacen espontáneos al borde de los arroyos y las fuentes.

Cuando yo tenía catorce o quince años, y mi alma estaba henchida de

deseos sin nombre, de pensamientos puros y de esa esperanza sin límites que

es la más preciada joya de la juventud; cuando yo me juzgaba poeta; cuando

mi imaginación estaba llena de esas risueñas fábulas del mundo clásico, y

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Rioja en sus silvas a las flores, Herrera en sus tiernas elegías y todos mis

cantores sevillanos, dioses penates de mi especial literatura, me hablaban de

continuo del Betis majestuoso, el río de las ninfas, de las náyades y los poetas,

que corre al Océano escapándose de un ánfora de cristal, coronado de

espadañas y laureles, ¡cuántos días, absorto en la contemplación de mis

sueños de niño, fui a sentarme en su ribera, y allí, donde los álamos me

protegían con su sombra, daba rienda suelta a mis pensamientos y forjaba una

de esas historias imposibles en las que hasta el esqueleto de la muerte se

vestía a mis ojos con galas fascinadoras y espléndidas! Yo soñaba entonces

una vida independiente y dichosa, semejante a la del pájaro, que nace para

cantar y Dios le procura de comer; soñaba esa vida tranquila del poeta que

irradia con suave luz de una en otra generación; soñaba que la ciudad que me

vio nacer se enorgulleciese con mi nombre, añadiéndolo al brillante catálogo de

sus ilustres hijos; y cuando la muerte pusiera un término a mi existencia, me

colocasen para dormir el sueño de oro de la inmortalidad a la orilla del Betis, al

que yo habría cantado en odas magníficas, y en aquel mismo punto donde iba

tantas veces a oír el suave murmullo de sus ondas. Una piedra blanca con una

cruz y mi nombre, serían todo el monumento.

Los álamos blancos, balanceándose día y noche sobre mi sepultura,

parecerían rezar por mi alma con el susurro de sus hojas plateadas y verdes,

entre las que vendrían a refugiarse los pájaros para cantar al amanecer un

himno alegre a la resurrección del espíritu a regiones más serenas; el sauce,

cubriendo aquel lugar de una flotante sombra, le prestaría su vaga tristeza,

inclinándose y derramando en derredor sus ramas desmayadas y flexibles

como para proteger y acariciar mis despojos; y hasta el río, que en las horas de

creciente casi vendría a besar el borde de la losa cercada de juncos, arrullaría

mi sueño con una música agradable. Pasado algún tiempo, y después que la

losa comenzara a cubrirse de manchas de musgo, una mata de campanillas,

de esas campanillas azules con un disco de carmín en el fondo que tanto me

gustaban, crecería a su lado enredándose por entre sus grietas y vistiéndola

con sus hojas anchas y transparentes, que no sé por qué misterio tienen la

forma de un corazón: los insectos de oro con alas de luz, cuyo zumbido

convida a dormir en la calurosa siesta, vendrían a revolotear en torno de sus

cálices; para leer mi nombre, ya borroso por la acción de la humedad y los

años, sería preciso descorrer un cortinaje de verdura. Pero ¿para qué leer mi

nombre? ¿Quién no sabría que yo descansaba allí? Algún desconocido

admirador de mis versos plantaría un laurel que descollando altivo entre los

otros árboles, hablase a todos de mi gloria; y ya una mujer enamorada que

halló en mis cantares un rasgo de esos extraños fenómenos del amor que sólo

las mujeres saben sentir y los poetas descifrar, ya un joven que se sintió

inflamado con el sacro fuego que hervía en mi mente, y a quien mis palabras

revelaron nuevos mundos de la inteligencia, hasta entonces para él ignotos, o

un extranjero que vino a Sevilla llamado por la fama de su belleza y los

recuerdos que en ella dejaron sus hijos, echaría una flor sobre mi tumba,

contemplándola un instante con tierna emoción, con noble envidia o respetuosa

curiosidad; a la mañana, las gotas del rocío resbalarían como lágrimas sobre

su superficie.

Después de remontado el Sol, sus rayos la dorarían, penetrando tal vez

en la tierra y abrigando con su dulce calor mil huesos. En la tarde y a la hora en

que las aguas del Guadalquivir copian temblando el horizonte de fuego, la

21

árabe torre y los muros romanos de mi hermosa ciudad, los que siguen la

corriente del río en un ligero bote que deja en pos una inquieta línea de oro,

dirían al ver aquel rincón de verdura donde la piedra blanqueada al pie de los

árboles: «allí duerme el poeta». Y cuando él gran Betis dilatarse sus riberas

hasta los montes; cuando sus alteradas ondas cubriendo el pequeño valle,

subiese hasta la mitad del tronco de los álamos, las ninfas que viven ocultas en

el fondo de sus palacios, diáfanos y transparentes, vendrían a agruparse

alrededor de mi tumba: yo sentiría la frescura y el rumor del agua agitada por

sus juegos; sorprendería el secreto de sus misteriosos amores; sentiría tal vez

la ligera huella de sus pies de nieve al resbalar sobre el mármol en una danza

cadenciosa, oyendo, en fin, como cuando se duerme ligeramente se oyen las

palabras y los sonidos de una manera confusa, el armonioso coro de sus voces

juveniles y las notas de sus liras de cristal.

Así soñaba yo en aquella época. ¡A tanto y a tan poco se limitaban

entonces mis deseos! Pasados algunos años, luego que hube salido de mi

ciudad querida; después de mis ideas tomaron poco a poco otro rumbo, y la

imaginación, cansada ya de idilios, de ninfas, de poesías y de flores, comenzó

a remontarse a épocas distantes, complaciéndose en vestir con sus galas las

dramáticas escenas de la historia, fingiendo un marco de oro para cada uno de

sus cuadros y haciendo un pedestal para cada uno de sus personajes volví a

soñar, y, como en las comedias de magia, nuevas decoraciones de fantasía

sustituyeron a las antiguas y la vara mágica del deseo hizo posible en la mente

nuevos absurdos.

¡Cuántas veces, después de haber discurrido por las anchurosas naves

de alguna de nuestras inmensas catedrales góticas, o de haberme sorprendido

la noche en uno de esos imponentes y severos claustros de nuestras históricas

abadías, he vuelto a sentir inflamada mi alma con la idea de la gloria, pero una

gloria más ruidosa y ardiente que la del poeta! Yo hubiera querido ser un rayo

de la guerra, haber influido poderosamente en los destinos de mi patria, haber

dejado en sus leyes y sus costumbres la profunda huella de mi paso; que mi

nombre resonase unido, y como personificándola, a alguna de sus grandes

revoluciones, y luego, satisfecha mi sed de triunfos y de estrépito, caer en un

combate, oyendo como el último rumor del mundo el agudo clamor de la

trompetería de mis valerosas huestes para ser conducido sobre el pavés,

envuelto en los pliegues de mi destrozada bandera, emblema de cien victorias,

a encontrar la paz del sepulcro en el fondo de uno de esos claustros santos,

donde viven el eterno silencio y al que los siglos prestan su majestad y su color

misterioso e indefinible. Una airosa ojiva, erizada de hojas revueltas y

puntiagudas, por entre las cuales se enroscaran, asomando su deforme

cabeza, por aquí un grifo, por allá uno de esos monstruos alados, engendro de

la imaginación del artífice, bañaría en oscura sombra mi sepulcro: a su

alrededor, y debajo de calados doseletes, los santos patriarcas, los

bienaventurados y los mártires con sus miembros de hierro y sus emblemáticos

atributos, parecerían santificarle con su presencia. Dos guerreros inmóviles y

vestidos de su fantástica y blanca armadura velarían día y noche de hinojos a

sus costados; y mientras que mi estatua de alabastro riquísimo y transparente,

con arreos de batallar, la espada sobre el pecho y un león a los pies, dormiría

majestuosa sobre el túmulo, los ángeles que envueltos en largas túnicas y con

un dedo en los labios, sostuviesen el cojín sobre que descansaba mi cabeza,

parecerían llamar con sus plegarias a las santas visiones de oro que llenan el

22

desconocido sueño de la muerte de los justos, defendiéndome con sus alas de

los terrores y de las angustias de una pesadilla eterna.

En los huecos de la urna y entre un sinnúmero de arcos con caireles y

grumos de hojas de trébol, rosetas caladas, haces de columnillas y esas largas

procesiones de plañideras que, envueltas en sus mantos de piedra, andan, al

parecer, en torno del monumento llorando con llanto sin gemidos, se verían mis

escudos triangulares soportados, por reyes de armas con sus birretes y sus

blasonadas casullas, y en los cuarteles, realzados con vivos colores, merced a

un hábil iluminador, las bandas de oro, las estrellas, los veros y los motes

heráldicos cor una larga inscripción en esa letra gótica, estrecha y puntiaguda,

donde el curioso, lleno de hondo respeto, leería con pena, y casi

descifrándolos, mi nombre, mis títulos y mi gloria. Allí, rodeado de esa

atmósfera de majestad que envuelve a todo lo grande, sin que turbara mi

reposo más que el agudo chillido de una de esas aves nocturnas de ojos

redondos y fosfóricos que acaso viniera a anidar entre los huecos del arco,

viviría todo lo que vive un recuerdo histórico y glorioso unido a una magnífica

obra de arte; y en la noche, cuando un furtivo rayo de luna dibujase en el

pavimento del claustro los severos perfiles de las ojivas; cuando sólo se oyesen

los gemidos del aire extendiéndose de eco en eco por sus inmensas bóvedas;

después de haberse perdido la última vibración de la campana que toca la

queda, mi estatua, en la que habría algo de lo que yo fui, un poco de ese soplo

que anima el barro encadenado por un fenómeno incomprensible al granito,

¡quién sabe si se levantarla de su lecho de piedra para discurrir por entre

aquellas gigantes arcadas con los otros guerreros que tendrían su sepultura

por allí cerca, con los prelados revestidos de sus capas pluviales y sus mitras, y

esas damas de largo brial y plegagados monjiles que, hermosas aun en la

muerte, duermen sobre las urnas de mármol en los más oscuros ángulos de los

templos!...

Desde que, impresionada la imaginación por la vaga melancolía o la

imponente hermosura de un lugar cualquiera, se lanzaba a construir con

fantásticos materiales uno de esos poéticos recintos, último albergue de mis

mortales despojos, hasta el punto aquel en que, sentado al pie de la humilde

tapia del cementerio de una aldea oscura, parecía como que se reposaba mi

espíritu en su honda calma y se abrían mis ojos a la luz de la realidad de las

cosas, ¡qué revolución tan radical y profunda no se ha hecho en todas mis

ideas! ¡Cuántas tempestades silenciosas no han pasado por mi frente; cuántas

ilusiones no se han secado en mi alma; a cuántas historias de poesía no les he

hallado una repugnante vulgaridad en el último capítulo! Mi corazón, a

semejanza de nuestro Globo, era como una masa incandescente y líquida, que

poco a poco se va enfriando y endureciendo. Todavía queda algo que arde allá

en lo más profundo, pero rara vez sale a la superficie. Las palabras amor,

gloria, poesía no me suenan al oído como me sonaban antes. ¡Vivir!...

Seguramente que deseo vivir, porque la vida, tomándola tal como es sin

exageraciones ni engaños, no es tan mala como dicen algunos; pero vivir

oscuro y dichoso en cuanto es posible, sin deseos, sin inquietudes, sin

ambiciones, con esa felicidad de la planta que tiene a la mañana su gota de

rocío y su rayo de sol; después un poco de tierra echada con respeto y que no

apisonen y pateen los que sepultan por oficio; un poco de tierra blanda y floja

que no ahogue ni oprima; cuatro ortigas, un cardo silvestre y alguna yerba que

23

me cubra con su manto de raíces, y, por último, un tapial que sirva para que no

aren en aquel sitio ni revuelvan los huesos.

He aquí, hoy por hoy, todo lo que ambiciono: ser un comparsa en la

inmensa comedia de la Humanidad; y concluido mi papel de hacer bulto,

meterme entre bastidores sin que me silben ni me aplaudan, sin que nadie se

dé cuenta siquiera de mi salida.

No obstante esta profunda indiferencia, se me resiste el pensar que

podrían meterme preso en un ataúd formado con las cuatro tablas de un cajón

de azúcar en uno de los huecos de la estantería de una sacramental, para

esperar allí la trompeta del Juicio, como empapelado, detrás de una lápida con

una redondilla elogiando mis virtudes domésticas e indicando precisamente, el

día y la hora de mi nacimiento y de mi muerte. Esta profunda e instintiva

preocupación ha sobrevivido, no sin asombro por mi parte, a casi todas las que

he ido abandonando en el curso de los años, pero, al paso que voy,

probablemente mañana no existirá tampoco; y entonces me será tan igual que

me coloquen debajo de una pirámide egipcia, como que me aten una cuerda a

los pies y me echen a un barranco como a un perro.

Ello es que cada día voy creyendo más que de lo que vale, de lo que es

algo, no ha de quedar ni un átomo aquí.

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Carta cuarta

Queridos amigos:

El tiempo, que hasta aquí se mantenía revuelto y mudable, ha sufrido

últimamente una nueva e inesperada variación, cosa, a la verdad, poco extraña

a estas alturas, donde la proximidad del Moncayo nos tiene de continuo como a

los espectadores de una comedia de magia, embobados y suspensos con el

rápido mudar de las decoraciones y de las escenas. A las alternativas de frío y

de calor, de aires y de bochorno de una primavera, que en cuanto a desigual y

caprichosa nada tiene que envidiar a la que disfrutan ustedes en la coronada

villa, ha sucedido un tiempo constante, sereno y templapo. Merced a estas

circunstancias y a encontrarme bastante mejor de las dolencias que, cuando no

me imposibilitan del todo, me quitan por lo menos el gusto para las largas

expediciones, he podido dar una gran vuelta por estos contornos y visitar los

pintorescos lugares del Somontano. Fuera del camino, ya trepando de roca en

roca, ya siguiendo el curso de alguna huella o las profundidades de una

cañada, he vagado tres o cuatro días de un punto a otro por donde me

llamaban el atractivo de la novedad, un sitio inexplorado, una senda quebrada,

una punta al parecer inaccesible.

No pueden ustedes figurarse el botín de ideas e impresiones que, para

enriquecer la imaginación, he recogido en esta vuelta por un país virgen aún y

refractario a las innovaciones civilizadoras. Al volver al monasterio, después de

haberme detenido aquí para recoger una tradición oscura de boca de una

aldeana, allá para apuntar los fabulosos datos sobre el origen de un lugar o la

fundación de un castillo, trazar ligeramente con el lápiz al contorno de una

casuca medio árabe, medio bizantina, un recuerdo de las costumbres o un tipo

perfecto de los habitantes, no he podido menos de recordar el antiguo y

manoseado símil de las abejas que andan revoloteando de flor en flor y vuelven

a su colmena cargadas de miel. Los escritores y los artistas debían hacer con

frecuencia algo de esto mismo. Sólo así podríamos recoger la última palabra de

una época que se va, de la que sólo quedan hoy algunos rastros en los más

apartados rincones de nuestras provincias, y de la que apenas restará mañana

un recuerdo confuso.

Yo tengo fe en el porvenir: me complazco en asistir mentalmente a esa

inmensa e irresistible invasión de las nuevas ideas que van transformando

poco a poco la faz de la Humanidad, que merced a sus extraordinarias

invenciones fomentan el comercio de la inteligencia, estrechan el vínculo de los

países, fortificando el espíritu de las grandes nacionalidades, y borrando, por

decirlo así, las preocupaciones y las distancias, hacen caer unas tras otras las

barreras que separan a los pueblos. No obstante, sea cuestión de poesía, sea

que es inherente a la naturaleza frágil del hombre simpatizar con lo que parece

y volver los ojos con cierta triste complacencia hacia lo que ya no existe, ello es

que en el fondo de mi alma consagro como una especie de culto, una

veneración profunda a todo lo que pertenece al pasado, y las poéticas

tradiciones, las derruidas fortalezas, los antiguos usos de nuestra vieja España,

tienen para mí todo ese indefinible encanto, esa vaguedad misteriosa de la

puesta del sol de un día espléndido, cuyas horas, llenas de emociones, vuelven

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a pasar por la memoria vestidas de colores y de luz, antes de sepultarse en las

tinieblas en que se han de perder para siempre.

Cuando no se conocen ciertos períodos de la Historia más que por la

incompleta y descarnada relación de los enciclopedistas, o por algunos restos

diseminados como los huesos de un cadáver, no pudiendo apreciar ciertas

figuras desasidas del verdadero fondo del cuadro en que estaban colocadas,

suele juzgarse de todo lo que fue con un sentimiento de desdeñosa lástima o

un espíritu de aversión intransigente; pero si se penetra, merced a un estudio

concienzudo, en algunos de sus misterios, si se ven los resortes de aquella

gran máquina que hoy juzgamos absurda al encontrarla rota, si, merced a un

supremo esfuerzo de la fantasía ayudada por la erudición y el conocimiento de

la época, se consigue condensar en la mente algo de aquella atmósfera de

arte, de entusiasmo, de virilidad y de fe, el ánimo se siente sobrecogido ante el

espectáculo de su múltiple organización, en que las partes relacionadas entre

sí correspondían perfectamente al todo, y en que los usos, las leyes, las ideas

y las aspiraciones se encontraban en una armonía maravillosa. No es esto

decir que yo desee para mí ni para nadie la vuelta de aquellos tiempos. Lo que

ha sido no tiene razón de ser nuevamente, y no será.

Lo único que yo desearía es un poco de respetuosa atención para

aquellas edades, un poco de justicia para los que lentamente vinieron

preparando el camino por donde hemos llegado hasta aquí, y cuya obra colosal

quedará acaso olvidada por nuestra ingratitud e incuria. La misma certeza que

tengo de que nada de lo que desapareció ha de volver, y que en la lucha de las

ideas, las nuevas han herido de muerte a las antiguas, me hace mirar cuanto

con ellas le relaciona con algo de esa piedad que siente hacia el vencido un

vencedor generoso. En este sentimiento hay también un poco de egoísmo. La

vida de una nación, a semejanza de la del hombre, parece como que se dilata

con la memoria de las cosas que fueron y a medida que es más viva y más

completa su imagen, es más real esa segunda existencia del espíritu en lo

pasado, existencia preferible y más positiva tal vez que la del punto presente.

Ni de lo que está siendo ni de lo que será, puede aprovecharse la

inteligencia para sus altas especulaciones: ¿qué nos resta, pues, de nuestro

dominio absoluto, sino la sombra de lo que ha sido? Por eso al contemplar los

destrozos causados por la ignorancia, el vandalismo o la envidia durante

nuestras últimas guerras; al ver todo lo que en objetos dignos de estimación, en

costumbres peculiares y primitivos recuerdos de otras épocas, se ha extraviado

y puesto en desuso de sesenta años a esta parte; lo que las exigencias de la

nueva manera de ser social trastornan y desencajan; lo que las necesidades y

las aspiraciones crecientes desechan u olvidan, un sentimiento de profundo

dolor se apodera de mi alma, y no puedo menos de culpar el descuido o el

desdén de lo que a fines del siglo pasado pudieron aún recoger para

transmitírnoslas íntegras las últimas palabras de la tradición nacional,

estudiando detenidamente nuestra vieja España, cuando aún estaban de pie

los monumentos testigos de sus glorias, cuando aún en las costumbres y en la

vida interna quedaban huellas perceptibles de su carácter.

Pero de esto nada nos queda ya hoy; y sin embargo, ¿quién sabe si

nuestros hijos a su vez nos envidiarán a nosotros, doliéndose de nuestra

ignorancia o nuestra culpable apatía para trasmitirles siquiera un trasunto de lo

que fue un tiempo su patria? ¿Quién sabe si, cuando con los años todo haya

desaparecido, tendrán las futuras generaciones que contentarse y satisfacer su

26

ansia de conocer el pasado con las ideas más o menos aproximadas de algún

nuevo Cuvier de la arqueología, que partiendo de algún mutilado resto o una

vaga tradición lo reconstruya hipotéticamente? Porque no hay duda: el prosaico

rasero de la civilización va igualándolo todo. Un irresistible y misterioso impulso

tiende a unificar los pueblos con los pueblos, las provincias con las provincias,

las naciones con las naciones, y quién sabe si las razas con las razas. A

medida que la palabra vuela por los hilos telegráficos, que el ferrocarril se

extiende, la industria se acrecienta y el espíritu cosmopolita de la civilización

invade nuestro país, van desapareciendo de él sus rasgos característicos, sus

costumbres inmemoriales, sus trajes pintorescos y sus rancias ideas. A la

inflexible línea recta, sueño dorado de todas las poblaciones de alguna

importancia, se sacrifican las caprichosas revueltas de nuestros barrios

moriscos, tan llenos de carácter, de misterio y de fresca sombra: de un retablo

al que vivía unida una tradición, no queda aquí más que el nombre escrito en el

azulejo de una bocacalle; a un palacio histórico con sus arcos redondos y sus

muros blasonados, sustituye más allá una manzana de casas a la moderna; las

ciudades, no cabiendo ya dentro de su antiguo perímetro, rompen el cinturón

de fortalezas que las ciñe, y una tras otras vienen al suelo las murallas fenicias,

romanas, godas o árabes.

¿Dónde están los canceles y las celosías morunas? ¿Dónde los pasillos

embovedados, los aleros salientes de maderas labradas, los balcones con su

guardapolvo triangular, las ojivas con estrellas de vidrio, los muros de los

jardines por donde rebosa la verdura, las encrucijadas medrosas, los carasoles

de las tafurerías y los espaciosos atrios de los templos? El albañil, armado de

su impacable piqueta, arrasa los ángulos caprichosos, tira los puntiagudos

tejados o demuele los moriscos miradores, y mientras el brochista roba a los

muros el artístico color que le han dado los siglos, embadurnándolos de cal y

almagra, el arquitecto los embellece a su modo con carteles de yeso y

cariátides de escayola, dejándolos más vistosos que una caja de dulces

franceses. No busquéis ya los cosos donde justaban los galanes, las piadosas

ermitas albergue de los peregrinos, o el castillo hospitalario para el que llamaba

de paz a sus puertas. Las almenas caen unas tras otras de lo alto de los muros

y van cegando los fosos; de la picota feudal sólo queda un trozo de granito

informe, y el arado abre un profundo surco en el patio de armas. El traje

característico del labriego comienza a parecer un disfraz fuera del rincón de su

provincia: las fiestas peculiares de cada población comienzan a encontrarse,

ridículas o del mal gusto por los más ilustrados, y los antiguos usos caen en

olvido, la tradición se rompe y todo lo que no es nuevo se menosprecia.

Estas innovaciones tienen su razón de ser, y por tanto no seré yo quién

las anatematice. Aunque me entristece el espectáculo de esa progresiva

destrucción de cuanto trae a la memoria épocas que, si en efecto no lo fueron,

sólo por no existir ya nos parecen mejores, yo dejaría al tiempo seguir su curso

y completar sus inevitables revoluciones, como dejamos a nuestras mujeres o a

nuestras hijas que arrinconen en un desván los trastos viejos de nuestros

padres para sustituirlos con muebles modernos y de más buen tono; pero ya

que ha llegado la hora de la gran transformación, ya que la sociedad animada

de un nuevo espíritu se apresura a revestirse de una nueva forma, debíamos

guardar, merced al esfuerzo de nuestros escritores y nuestros artistas, la

imagen de todo eso que va a desaparecer, como se guarda después que

muere el retrato de una persona querida. Mañana, al verlo todo constituido de

27

una manera diversa, al saber que nada de lo que existe existía hace algunos

siglos, se preguntarán los que vengan detrás de nosotros de qué modo vivían

sus padres, y nadie sabrá responderles; y no conociendo ciertos pormenores

de localidad, ciertas costumbres, el influjo de determinadas ideas en el espíritu

de una generación, que tan perfectamente reflejaran sus adelantos y sus

aspiraciones, leerán la Historia sin saberla explicar; y verán moverse a nuestros

héroes nacionales con la estupefacción con que los muchachos ven moverse a

una marioneta sin saber los resortes a que obedece.

A mí me hace gracia observar cómo se afanan los sabios, qué grandes

cuestiones enredan y con qué exquisita diligencia se procuran los datos acerca

de las más insignificantes particularidades de la vida doméstica de los egipcios

o los griegos, en tanto que se ignoran los más curiosos pormenores de

nuestras costumbres propias; cómo se remontan y se pierden de inducción en

inducción, por entre el laberinto de las lenguas caldaicas, sajonas o sánscritas,

en busca del origen de las palabras, en tanto que se olvidan de investigar algo

más interesante: el origen de las ideas.

En otros países más adelantados que el nuestro, y donde, por

consiguiente, el ansia de las innovaciones lo ha trastornado todo más

profundamente, se deja ya sentir la reacción en sentido favorable a este género

de estudios; y aunque tarde, para que sus trabajos den el fruto que se debió

esperar, la Edad Media y los períodos históricos que más de cerca se

encadenan con el momento actual, comienzan a ser estudiados y

comprendidos. Nosotros esperaremos regularmente a que se haya borrado la

última huella para empezar a buscarla. Los esfuerzos aislados de algún que

otro admirador de esas cosas, poco o casi nada pueden hacer. Nuestros

viajeros son en muy corto número, y por lo regular no es su país el campo de

sus observaciones. Aunque así no fuese, una excursión por las capitales, hoy

que en su gran mayoría están ligadas con la gran red de vías férreas,

escasamente lograría llenar el objeto de los que desean hacer un estudio de

esta índole. Es preciso salir de los caminos trillados, vagar al acaso de un

lugar en otro, dormir medianamente y no comer mejor; es preciso fe y

verdadero entusiasmo por la idea que se persigue para ir a buscar los tipos

originales, las costumbres primitivas y los puntos verdaderamente artísticos a

los rincones donde su oscuridad les sirve de salvaguardia, y de donde poco a

poco los van desalojando la invasora corriente de la novedad y los adelantos

de la civilización. Todos los días vemos a los Gobiernos emplear grandes

sumas en enviar gentes que no sin peligros y dificultades recogen en lejanos

países, bichitos, florecitas y conchas.

Porque yo no sea un sabio, ni mucho menos, no dejo de conocer la

verdadera importancia que tienen las ciencias naturales; pero la ciencia moral,

¿por qué ha de dejarse en un inexplicable abandono? ¿Por qué al mismo

tiempo que se recogen los huesos de un animal antediluviano no se han de

recoger las ideas de otros siglos traducidas en objetos de arte y usos extraños,

diseminados acá y allá como los fragmentos de un coloso hecho mil pedazos?

Este inmenso botín de impresiones, de pequeños detalles, de joyas

extraviadas, de trajes pintorescos, de costumbres características animadas y

revestidas de esa vida que presta a cuanto toca una pluma inteligente o un

lápiz diestro, ¿no creen ustedes, como yo, que sería de grande utilidad para los

estudios particulares y verdaderamente filosóficos de un período cualquiera de

la Historia? Verdad que nuestro fuerte no es la Historia. Si algo hemos de saber

28

en este punto casi siempre se ha de tomar algún extranjero el trabajo de

decírnoslo del modo que a él mejor le parece. Pero ¿por qué no se ha de abrir

este ancho campo a nuestros escritores, facilitándoles el estudio y despertando

y fomentando su afición? Hartos estamos de ver en obras dramáticas, en

novelas que se llaman históricas y cuadros que llenan nuestras exposiciones,

asuntos localizados en este o el otro período de un siglo cualquiera, y que,

cuando más, tienen de ellos un carácter muy dudoso y susceptible de severa

crítica, si los críticos a su vez no supieran en este punto lo mismo o menos que

los autores y artistas a quienes han de juzgar.

Las colecciones de trajes y muebles de otros países, los detalles que

acerca de costumbres de remotos tiempos se hallan en las novelas de otras

naciones, o lo poco o mucho que nuestros pensionados aprenden relativo a

otros tipos históricos y otras épocas, nunca son idénticos ni tienen un sello

especial; son las únicas fuentes donde bebe su erudición y forma su conciencia

artística la mayoría. Para remediar este mal, muchos medios podrían

proponerse más o menos eficaces, pero que al fin darían algún resultado

ventajoso. No es mi ánimo, ni he pensado lo suficiente sobre la materia, el

trazar un plan detallado y minucioso que, como la mayor parte de los que se

trazan, no llegue a realizarse nunca. No obstante, en esta o la otra forma, bien

pensionándolos, bien adquiriendo sus estudios o coadyuvando a que se diesen

a luz, el Gobierno debía fomentar la organización periódica de algunas

expediciones artísticas a nuestras provincias. Estas expediciones, compuestas

de grupos de un pintor, un arquitecto y un literato, seguramente recogerían

preciosos materiales para obras de grande entidad. Unos y otros se ayudarían

en sus observaciones mutuamente, ganarían en esa fraternidad artística, en

ese comercio de ideas tan continuamente relacionadas entre sí, y sus trabajos

reunidos serían un verdadero arsenal de datos, ideas y descripciones útiles

para todo género de estudios.

Además de la ventaja inmediata que reportaría esta especie de

inventario artístico e histórico de todos los restos de nuestra pasada grandeza,

¿qué inmensos frutos no daría más tarde esa semilla de impresiones, de

enseñanza y de poesía, arrojada en el alma de la generación joven, donde iría

germinando para desarrollarse tal vez en lo porvenir? Ya que el impulso de

nuestra civilización, de nuestras costumbres, de nuestras artes y de nuestra

literatura viene del Extranjero, ¿por qué no se ha de procurar modificarlo poco

a poco, haciéndolo más propio y más característico con esa levadura

nacional?...

Como introducción al rápido bosquejo de uno de esos tipos originales de

nuestro país, que he podido estudiar en mis últimas correrías, comencé a

apuntar de pasada y a manera de introducción algunas reflexiones acerca de la

utilidad de este género de estudios. Sin saber cómo ni por dónde, la pluma ha

ido corriendo, y me hallo ahora con que para introducción es esto muy largo, si

bien ni por sus dimensiones y su interés parece bastante para formar artículo

de por sí. De todos modos, allá van estas cuartillas, valgan por lo que valieren:

que si alguien de más conocimientos e importancia, una vez apuntada la idea,

la desarrolla y prepara la opinión para que fructifique, no serán perdidas del

todo. Yo, entretanto, voy a trazar un tipo bastante original y que desconfío de

poder reproducir. Ya que no de otro modo, y aunque poco valga, contribuiré al

éxito de la predicación con el ejemplo.

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Carta quinta

Queridos amigos:

Entre los muchos sitios pintorescos y llenos de carácter que se

encuentran en la antigua ciudad de Tarazona, la plaza del Mercado es sin duda

alguna el más original y digno de estudio. Parece que no ha pasado para ella el

tiempo que todo lo destruye o altera. Al verse en mitad de aquel espacio de

forma irregular y cerrado por lienzos de edificios a cual más caprichoso y

vetusto, nadie diría que nos hallamos en pleno siglo XIX, siglo amante de la

novedad por excelencia, siglo aficionado hasta la exageración a lo flamante, lo

limpio y lo uniforme. Hay cosas que son más para vistas que para trasladadas

al lienzo, siquiera el que lo intente sea un artista consumado, y esta plaza es

una de ellas. Adonde no alcanza, pues, ni la paleta del pintor con sus infinitos

recursos, ¿cómo podrá llegar mi pluma sin más medios que la palabra, tan

pobre, tan insuficiente para dar idea de lo que es todo un efecto de líneas, de

claroscuro, de combinación de colores, de detalles que se ofrecen juntos a la

vista, de rumores y sonidos que se perciben a la vez, de grupos que se forman

y se deshacen, de movimiento que no cesa, de luz que hiere, de ruido que

aturde, de vida, en fin, con sus múltiples manifestaciones, imposibles de

sorprender con sus infinitos accidentes ni aun merced a la cámara fotográfica?

Cuando se acomete la difícil empresa de descomponer esa extraña

armonía de la forma, el color y el sonido; cuando se intenta dar a conocer sus

pormenores, enumerando unas tras otras las partes del todo; la atención se

fatiga, el discurso se embrolla y se pierde por completo la idea de la íntima

relación que estas cosas tienen entre sí, el valor que mutuamente se prestan al

ofrecerse reunidas a la mirada del espectador, para producir el efecto del

conjunto, que es, a no dudarlo, su mayor atractivo.

Renuncio, pues, a describir el panorama del mercado con sus extensos

soportales, formados de arcos macizos y redondos sobre los que gravitan esas

construcciones voladas tan propias del siglo XVI, llenas de tragaluces

circulares; de rejas de hierro labradas a martillo, de balcones imposibles de

todas formas y tamaños, de aleros puntiagudos y de canes de madera, ya

medio podrida y cubierta de polvo, que deja ver a trechos el costoso entalle,

muestra de su primitivo esplendor.

Los mil y mil accidentes pintorescos que a la vez cautivan el ánimo y

llaman la vista como reclamando la prioridad de la descripción; las dobles

hileras de casuquillas de extraño contorno y extravagantes proporciones, éstas

altas y estrechas como un castillo, aquéllas chatas y agazapadas entre el

ángulo de un templo y los muros de un palacio como una verruga de argamasa

y escombros; los recortados lienzos de edificios con un remiendo moderno, un

trozo de piedra que acusa su antigüedad, un escudo de pizarra que oculta casi

el rótulo de una mercería, un retablillo con una imagen de la Purísima y su farol

ahumado y diminuto, o el retorcido tronco de una vid que sale del interior por un

agujero practicado en la pared y sube hasta sombrear con un toldo de verdura

el alféizar de un ajimez árabe, confundidos y entremezclados en mi memoria

con el recuerdo de la monumental fachada de la casa-ayuntamiento, con sus

figuras colosales de granito, sus molduras de hojarasca, sus frisos por donde

se extiende una larga y muda procesión de guerreros de piedra, precedidos de

30

timbales y clarines, sus torres cónicas, sus arcos chatos y fuertes y sus

blasones soportados por ángeles y grifos rampantes, forman en mi cabeza un

caos tan difícil de desembrollar en este momento, que si ustedes con su

imaginación no hacen en él la luz y lo ordenan, y colocan a su gusto todas

estas cosas que yo arrojo a granel sobre las cuartillas, las figuras de mi cuadro

se quedarán sin fondo, los actores de mi comedia se agitarán en un escenario

sin decoración ni acompañamiento.

Figúrense ustedes, pues, partiendo de estos datos y como mejor les

plazca, el mercado de Tarazona: figúrense ustedes que ven por aquí cajones

formados de tablas y esteras, tenduchos levantados de improviso con estacas

y lienzos, mesillas cojas y contrahechas, bancos largos y oscuros, y por allá

cestos de frutas que ruedan hasta el arroyo, montones de hortalizas frescas y

verdes, rimeros de panes blancos y rubios, trozos de carne que cuelgan de

garfios de hierro, tenderentes de ollas, pucheros y platos, guirnaldas de telas

de colorines, pañuelos de tintas rabiosas, zapatos de cordobán y alpargatas de

cáñamo que engalanan los soportales, sujetos con cordeles de columna a

columna, y figúrense ustedes circulando por medio de ese pintoresco cúmulo

de objetos, producto de la atrasada agricultura y la pobre industria de este

rincón de España, una multitud abigarrada de gentes que van y vienen en

todas direcciones, paisanos con sus mantas de rayas, sus pañuelos rojos

unidos a las sienes, su faja morada y su calzón estrecho, mujeres de los

lugares circunvecinos con sayas azules, verdes, encarnadas y amarillas; por

este lado un señor antiguo, de los que ya sólo aquí se encuentran, con su

calzón corto, su media de lana oscura y su sombrero de copa; por aquél un

estudiante con sus manteos y su tricornio, que recuerdan los buenos tiempos

de Salamanca, y chiquillos que corren y vocean, caballerías que cruzan,

vendedores que pregonan, una interjección característica por acá, los

desaforados gritos de los que disputan y riñen, todo envuelto y confundido con

ese rumor sin nombre que se escapa de las reuniones populares, donde todos

hablan, se mueven y hacen ruido a la vez, mientras se codean, avanzan,

retroceden, empujan o resisten, llevados por el oleaje de la multitud.

La primera vez que tuve ocasión de presenciar este espectáculo lleno de

animación y de vida, perdido entre los numerosos grupos que llenaban la plaza

de un extremo a otro, apenas pude darme cuenta exacta de lo que sucedía a

mi alrededor. La novedad de los tipos, los trajes y las costumbres; el extraño

aspecto de los edificios y las tiendecillas, encajonadas unas entre dos pilares

de mármol, otras bajo un arco severo e imponente, o levantadas al aire libre

sobre tres o cuatro palitroques; hasta el pronunciado y especial acento de los

que voceaban pregonando sus mercancías, nuevo completamente para mí,

eran causa más que bastante a producirme ese aturdimiento que hace

imposible la percepción detallada de un objeto cualquiera. Mis miradas,

vagando de un punto a otro sin cesar un momento, no tenían ni voluntad propia

para fijarse en un sitio. Así estuve cerca de una hora cruzando en todos

sentidos la plaza, a la que, por ser día de fiesta y uno de los más clásicos de

mercado, había acudido más gente que de costumbre, cuando en uno de sus

extremos y cerca de una fuente donde unos lavaban las verduras, otros

recogían agua en un cacharro o daban de beber a sus caballerías, distinguí un

grupo de muchachas que, en su original y airoso atavío, en sus maneras y

hasta en su particular modo de expresarse, conocí que sería de alguno de los

pueblos de las inmediaciones de Tarazona, donde más puras y primitivas se

31

conservan las antiguas costumbres y ciertos tipos del Alto Aragón. En efecto,

aquellas muchachas, cuya fisonomía especial, cuya desenvoltura varonil, cuyo

lenguaje mezclado de las más enérgicas interjecciones, contrastaba de un

modo notable con la expresión de ingenua sencillez de sus rostros, con su

extremada juventud y con la inocencia que descubren a través del somero

barniz de malicia de su alegre dicharacheo, se distinguían tanto de las otras

mujeres de las aldeas y lugares de los contornos que, como ellas, vienen al

mercado de la ciudad, que desde luego se despertó en mí la idea de hacer un

estudio más detenido de sus costumbres, enterándome del punto de que

procedían y el género de tráfico en que se ocupaban.

So pretexto de ajustar una carga de leña de las varias que tenían sobre

algunos borriquillos pequeños, huesosos y lanudos, trabé conversación con

una de las que me parecieron más juiciosas y formales, mientras las otras nos

aturdían con sus voces, sus risotadas o sus chistes, pues es tal la fama de

alegres y decidoras que tienen entre las gentes de la ciudad, que no hay

seminarista desocupado o zumbón que al pasar no les diga alguna cosa,

seguro de que no ha de faltarles una ocurrencia oportuna y picante para

responderles.

Mi conversación, en la que por incidencia toqué dos o tres puntos de los

que deseaba aclarar, fue por lo tanto todo lo insuficiente que, dadas las

condiciones del sitio y de mis interlocutoras, se podía presumir. Supe, no

obstante, que eran de Añón, pueblecito que dista unas tres horas de camino de

Tarazona y que, en mis paseos, alrededor de esta abadía, he tenido ocasión de

ver varias veces muy en lontananza y casi oculto por las gigantescas

ondulaciones del Moncayo, en cuya áspera falda tiene su asiento, y que su

ocupación diaria consistía en ir y venir desde su aldea a la ciudad, donde traían

un pequeño comercio con la leña que en gran abundancia les suministran los

montes, entre los cuales viven. Estas noticias, aunque vulgares, escasas y

unidas a las que después pude adquirir por el dueño del parador en que estuve

los dos o tres días que permanecí en Tarazona, en aquella ocasión sólo

sirvieron para avivar mi deseo de conocer más a fondo las costumbres de este

tipo particular de mujeres, en las que desde luego llaman la atención sus

rasgos de belleza nada comunes y su aire resuelto y gracioso.

Esto aconteció hará cosa de tres o cuatro meses, en el intervalo de los

cuales, todas las mañanas, antes de salir el sol, y confundiéndose con la

algarabía de los pájaros, llegaban hasta mi celda, sacándome a veces de mi

sueño, las voces alegres y sonoras, aunque un tanto desgarradas, de esas

mismas muchachas que, mordiendo un tarugo de pan negro, cantando a grito

herido, e interrumpiendo su canción para arrear el borriquillo en que conducen

la carga de leña, atraviesan impávidas con fríos y calores, con nieves o

tormentas, las tres leguas mortales de precipicios y alturas que hay desde su

lugar a Tarazona. Últimamente, como ya dije a ustedes en mi anterior, el

tiempo y mis dolencias, poniéndose de acuerdo para dar un punto de reposo, el

uno en sus continuas variaciones y las otras en sus diarias incomodidades, me

han permitido satisfacer en parte la curiosidad, visitando los lugares del

Somontano, entre los que se encuentra Añón, sin duda alguna el más original

por sus costumbres y el más pintoresco por sus alrededores y posición

topográfica. En mi corta visita a este lugar, me expliqué perfectamente por qué

en el aire y en la fisonomía de las añoneras hay algo extraordinario, algo que

las particulariza y distingue de entre todas las mujeres del país. Sus

32

costumbres, su educación especial y su género de vida, son, en efecto,

diversos de los de aquellos pueblos. Añón, que en otra época perteneció a los

caballeros de San Juan, cuya Orden mantiene aún en él un priorato, está

situado sobre una altura en el punto en que comienza el áspero bosque de

carrascas que cubre como una sábana de verdura la base del monte.

Cuando lo tenían por sí los caballeros de la Orden hospitalaria, debió de ser

lugar fuerte y cerrado; hoy sólo quedan como testigos de su pasado esplendor

las colosales ruinas de un castillo de inmensas proporciones y algunos lienzos

de muro que ya se esconden, ya aparecen por entre los rojizos tejados de las

casas que se agrupan en derredor de estos despojos. Cada uno de los pueblos

de estas cercanías tiene una reducida llanura propia para el cultivo, sólo Añón,

encaramado sobre sus rocas; sin el recurso siquiera del monte, que ya no le

pertenece, sin otras tierras para sembrar que los pequeños remansos que

forman una de sus laderas que se degrada en ásperos escalones, necesita

apelar a su genio y a un trabajo rudo y peligroso para sostenerse. Yo no sabré

decir a ustedes si esto proviene de que los hombres se ocupaban de muy

antiguo en el servicio de los caballeros, por lo cual tenían abandonadas sus

casas al dominio de las mujeres, o de otra causa cualquiera que yo no me he

podido explicar; ello es que en este pueblo hay algo de lo que nos refieren las

fábulas de las amazonas o de lo que habrán ustedes tenido ocasión de ver en

la Isla de San Balandrán.

No es esto decir que el sexo feo y fuerte deje de serlo tanto cuanto es

necesario para justificar ampliamente estos apelativos; pero la población

femenina se agita tan en primer término, desempeña un papel tan activo en la

vida pública, trabaja y va y viene de un punto a otro con tal resolución y

desenfado, que puede asegurarse que ella es la que da el carácter al lugar y la

que lo hace conocido y famoso en veinte leguas a la redonda. En la plaza de

Tarazona, teatro de sus habilidades, en los caminos que atraviesa cantando,

en el monte, a donde va a buscar furtivamente su mercancía, en las fiestas del

lugar, en cualquier parte que se encuentre, si una vez se ha visto a una

añonera, es imposible confundirla con las demás aldeanas.

La escasa comunicación que tienen estos pueblecillos entre sí es el

origen de las radicales diferencias que se notan a primera vista entre los

habitantes, aún de los más próximos. Dentro del tipo aragonés, que es el

general a todos ellos, hay infinitos matices que caracterizan a cada región de la

provincia, a cada aldea de por sí. El tipo de las añoneras es uno, con muy leves

alteraciones; su traje, idéntico; sus costumbres y su índole, las mismas

siempre.

Más esbeltas que altas, en lo erguido del talle, en el brío con que

caminan, en la elasticidad de sus músculos, en la prontitud de todos sus

movimientos, revelan la fuerza de que están dotadas y la resolución de su

ánimo. Sus facciones, curtidas por el viento y el sol, ofrecen rasgos

perfectamente regulares, mezclándose en ellas con extraña armonía la

volubilidad y ese no sé qué imposible de definir que constituye la gracia, con

esa leve expresión de la osadía que dilata imperceptiblemente la nariz y pliega

el labio en ademán desdeñoso. Nada más pintoresco y sencillo a la vez que su

traje. Un apretador de colores vivos les ciñe la cintura y deja ver la camisa,

blanca como la nieve, que se pliega en derredor del cuello, sobre el que se

levanta erguida, morena y varonil, la cabeza coronada de cabellos oscuros y

abundantes. Una saya corta, airosa y encarnada o amarilla, les llega

33

justamente hasta el punto de la pierna en que se atan las abarcas con un listón

negro, que sube serpenteando sobre la media azul hasta bastante más arriba

del tobillo.

Acostumbradas casi desde que nacen a saltar de roca en roca por entre

las quebraduras del monte, su pie adquiere esa firmeza peculiar de todos los

habitantes de las montañas, hasta el punto de que algunas veces da miedo

cuando se las mira atravesar un sendero estrecho que bordea un barranco,

emparejadas con el borriquillo que conduce la leña, y saltando de una piedra

en otra de las que costean el camino. Así andan las leguas, tal vez en ayunas,

pero siempre riendo, siempre cantando, siempre de humor para cambiar una

cuchufleta con sus compañeros de viaje. Y no hay miedo de que su cabeza

vacile al atravesar un sitio peligroso, o su ligero paso se acorte al llegar a lo

último de la penosa jornada; su vista tiene algo de la fijeza e intensidad de la

del águila, acaso porque como ella se ha acostumbrado a medir indiferente los

abismos; sus miembros endurecidos con la costumbre del trabajo, soportan las

fatigas más rudas sin que el cansancio los entorpezca un instante.

Sólo de este modo les es posible vivir en medio de la miseria que las

agobia. Cuando la noche es más oscura; cuando la nieve borra hasta las lindes

de los senderos, cuando supone que los guardas de los montes del Estado no

se atreverán a aventurarse por aquellas brechas profundas y aquellos bosques

de árboles intrincados y sombríos, entonces la añonera, desafiando todos los

peligros, adivinando las sendas, sufriendo el temporal, escuchando por uno y

otro lado los aullidos de los lobos, sale furtivamente de su lugar. Más bien que

baja, puede decirse que se descuelga de roca en roca hasta el último valle que

lo separa del Moncayo; armada del hacha penetra en el laberinto de carrascas

oscuras, a cuyo pie nacen espinos y zarzas en montón, y descargando rudos

golpes con una fuerza y una agilidad inconcebibles, hace su acopio de leña,

que después oculta para conducirla poco a poco, primero a su casa y más

tarde a Tarazona, donde recibe por su trabajo material, por los peligros que

afronta y las fatigas que sufre, seis o siete reales a lo sumo. Francamente

hablando, hay en este mundo desigualdades que asustan.

¿Quién puede sospechar que a la misma hora en que nuestras grandes

damas de la corte se agrupan en el peristilo del teatro Real, envueltas en sus

calientes y vistosos albornoces, y esperan el carruaje que ha de conducirlas

sobre blandos almohadones de seda a su palacio, otras mujeres, hermosas

quizás como ellas, como ellas débiles al nacer, sacuden de cuando en cuando

la cabeza de un lado a otro para esparcir la nieve que se les amontona encima,

en tanto que rodeadas de oscuridad profunda, de peligros y de sobresaltos,

hacen resonar el bosque con el crujido de los troncos que caen derribados a

los golpes del hacha?

Grandes, inmensas desigualdades existen, no cabe duda; pero también

es cierto que todas tienen su compensación. Yo he visto levantarse agitado y

dejar escapar un comprimido sollozo a más de un pecho cubierto de leve gasa

y seda; yo he visto más de una altiva frente inclinarse triste y sin color como

agobiada bajo el peso de su espléndida diadema de pedrería; en cambio, hoy

como ayer, sigue despertándome el alegre canto de las añoneras que pasan

por delante de las puertas del monasterio para dirigirse a Tarazona; mañana

como hoy, si salgo al camino o voy a buscarlas al mercado, las encontraré

riendo y en continua broma, felices con sus seis reales, satisfechas, porque

34

llevarán un pan negro a su familia, ufanas con la satisfacción de que a ellas se

deben la burda saya que visten y el bocado de pan que comen.

Dios, aunque invisible, tiene siempre una mano tendida para levantar por

un extremo la carga que abruma al pobre. Si no, ¿quién subiría la áspera

cumbre de la vida con el pesado fardo de la miseria al hombro?

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Carta sexta

Queridos amigos:

Hará cosa de dos o tres años, tal vez leerían ustedes en los periódicos

de Zaragoza la relación de un crimen que tuvo lugar en uno de los pueblecillos

de estos contornos. Tratábase del asesinato de una pobre vieja a quien sus

convecinos acusaban de bruja. Últimamente, y por una coincidencia extraña,

he tenido ocasión de conocer los detalles y la historia circunstanciada de un

hecho que se comprende apenas en mitad de un siglo tan despreocupado

como el nuestro.

Ya estaba para acabar el día. El cielo, que desde el amanecer se

mantuvo cubierto y nebuloso, comenzaba a oscurecerse a medida que el Sol,

que antes transparentaba su luz a través de las nieblas, iba debilitándose,

cuando, con la esperanza de ver su famoso castillo como término y remate de

mi artística expedición, dejé a Litago para encaminarme a Trasmoz, pueblo del

que me separa una distancia de tres cuartos de hora por el camino más corto.

Como de costumbre, y exponiéndome, a trueque de examinar a mi gusto los

parajes más ásperos y accidentados, a las fatigas y la incomodidad de perder

el camino por entre aquellas zarzas y peñascales, tomé el más difícil, el más

dudoso y más largo, y lo perdí en efecto, a pesar de las minuciosas

instrucciones de que me pertreché a la salida del lugar.

Ya enzarzado en lo más espeso y fragoso del monte, llevando del

diestro la caballería por entre sendas casi impracticables, ora por las cumbres

para descubrir la salida del laberinto, ora por las honduras con la idea de cortar

terreno, anduve vagando al azar un buen espacio de tarde, hasta que, por

último, en el fondo de una cortadura tropecé con un pastor, el cual abrevaba su

ganado en el riachuelo que, después de deslizarse sobre un cauce de piedras

de mil colores, salta y se retuerce allí con un ruido particular que se oye a gran

distancia, en medio del profundo silencio de la Naturaleza que en aquel punto y

a aquella hora parece muda o dormida.

Pregunté al pastor el camino del pueblo, el cual, según mis cuentas, no

debía de distar mucho del sitio en que nos encontrábamos, pues, aunque sin

senda fija, yo había procurado adelantar siempre en la dirección que me habían

indicado. Satisfizo el buen hombre mi pregunta lo mejor que pudo, y ya me

disponía a proseguir mi azarosa jornada, subiendo con pies y manos y tirando

de la caballería como Dios me daba a entender, por entre unos pedruscos

erizados de matorrales y puntas, cuando el pastor, que me veía subir desde

lejos, me dio una gran voz advirtiéndome que no tomara la senda de la tía

Casca, si quería llegar sano y salvo a la cumbre. La verdad era que el camino,

que equivocadamente había tomado, se hacía cada vez más áspero y difícil, y

que por una parte la sombra que ya arrojaban las altísimas rocas, que parecían

suspendidas sobre mi cabeza, y por otra el ruido vertiginoso del agua que

corría profunda a mis pies, y de la que comenzaba a elevarse una niebla

inquieta y azul, que se extendía por la cortadura borrando los objetos y los

colores, parecían contribuir a turbar la vista y conmover el ánimo con una

sensación de penoso malestar que vulgarmente podría llamarse preludio de

miedo. Volví pies atrás, bajé de nuevo hasta donde se encontraba el pastor, y

mientras seguíamos juntos por una trocha que se dirigía al pueblo, adonde

36

también iba a pasar la noche mi improvisado guía, no pude menos de

preguntarle con alguna insistencia por qué, aparte de las dificultades que

ofrecía el ascenso, era tan peligroso subir a la cumbre por la senda que llamó

de la tía Casca.

-Porque antes de terminar la senda -me dijo con el tono más natural del

mundo- tendríais que costear el precipicio a que cayó la maldita bruja que le da

su nombre, y en el cual se cuenta que anda penando el alma que, después de

dejar el cuerpo, ni Dios ni el diablo han querido para suya.

-¡Hola! -exclamé entonces como sorprendido, aunque, a decir verdad, ya

me esperaba una contestación de esta o parecida clase-. Y ¿en qué diantres

se entretiene el alma de esa pobre vieja por estos andurriales?

-En acosar y perseguir a los infelices pastores que se arriesgan por esa

parte del monte, ya haciendo ruido entre las matas, como si fuese un lobo, ya

dando quejidos lastimeros como de criatura, o acurrucándose en las quiebras

de las rocas que están en el fondo del precipicio, desde donde llama con su

mano amarilla y seca a los que van por el borde, les clava la mirada de sus

ojos de búho, y cuando el vértigo comienza a desvanecer su cabeza, da un

gran salto, se les agarra a los pies y pugna hasta despeñarlos en la sima... ¡Ah,

maldita bruja! -exclamó después de un momento el pastor tendiendo el puño

crispado hacia las rocas, como amenazándola-; ¡ah, maldita bruja!, muchas

hiciste en vida y ni aun muerta hemos logrado que nos dejes en paz; pero no

hay cuidado, que a ti y a tu endiablada raza de hechiceras os hemos de

aplastar una a una, como a víboras.

-Por lo que veo -insistí, después que hubo concluido su extravagante

imprecación-, está usted muy al corriente de las fechorías de esa mujer. Por

ventura, ¿alcanzó usted a conocerla? Porque no me parece de tanta edad

como para haber vivido en el tiempo en que las brujas andaban todavía por el

mundo.

Al oír estas palabras el pastor, que caminaba delante de mí para

mostrarme la senda, se detuvo un poco, y fijando en los míos sus asombrados

ojos, como para conocer si me burlaba, exclamó con un acento de buena fe

pasmosa:

-¡Que no le parezco a usted de edad bastante para haberla conocido!

Pues ¿y si yo le dijera que no hace aún tres años cabales que con estos

mismos ojos, que se ha de comer la tierra, la vi caer por lo alto de ese

derrumbadero, dejando en cada uno de los peñascos y de las zarzas un jirón

de vestido o de carne, hasta que llegó al fondo, donde se quedó aplastada

como un sapo que se coge debajo del pie?

-Entonces -respondí asombrado a mi vez de la credulidad de aquel

pobre hombre- daré crédito a lo que usted dice, sin objetar palabra; aunque a

mí se me había figurado -añadí recalcando estas últimas frases para ver el

efecto que le hacían- que todo eso de las brujas y los hechizos no eran sino

antiguas y absurdas patrañas de las aldeas.

-Eso dicen los señores de la ciudad, porque a ellos no les molestan; y,

fundados en que todo es puro cuento, echaron a presidio a algunos infelices

que nos hicieron un bien de caridad a la gente del Somontano, despeñando a

esa mala mujer.

-¿Conque no cayó casualmente ella, sino que la hicieron rodar que

quieras que no? ¡A ver, a ver! Cuénteme usted cómo pasó eso, porque debe de

ser curioso -añadí, mostrando toda la credulidad y el asombro suficiente, para

37

que el buen hombre no maliciase que sólo quería distraerme un rato oyendo

sus sandeces; pues es de advertir que hasta que no me refirió los pormenores

del suceso no hice memoria de que, en efecto, yo había leído en los periódicos

de provincia una cosa semejante.

El pastor, convencido, por las muestras de interés con que me disponía

a escuchar su relato, de que yo no era uno de esos señores de la ciudad,

dispuesto a tratar de majaderías su historia, levantó la mano en dirección a uno

de los picachos de la cumbre, y comenzó así, señalándome una de las rocas

que se destacaba oscura e imponente sobre el fondo gris del cielo, que el Sol,

al ponerse tras las nubes, teñía de algunos cambiantes rojizos.

-¿Ve usted aquel cabezo alto, alto, que parece cortado a pico y por entre

cuyas peñas crecen las aliagas y los zarzales? Me parece que sucedió ayer.

Yo estaba algunos doscientos pasos camino atrás de donde nos

encontramos en este momento: próximamente sería la misma hora, cuando

creí escuchar unos alaridos distantes, y llantos e imprecaciones que se

entremezclaban con voces varoniles y coléricas, que ya se oían por un lado, ya

por otro, como de pastores que persiguen un lobo por entre los zarzales. El Sol,

según digo, estaba al ponerse, y por detrás de la altura se descubría un jirón

del cielo, rojo y encendido como la grana, sobre el que vi aparecer alta, seca y

haraposa, semejante a un esqueleto que se escapa de su fosa, envuelto aún

en los jirones del sudario, a una vieja horrible, en la que conocí a la tía Casca.

La tía Casca era famosa en todos estos contornos, y me bastó distinguir

sus greñas blancuzcas que se enredaban alrededor de su frente como

culebras, sus formas extravagantes, su cuerpo encorvado y sus brazos

disformes, que se destacaban angulosos y oscuros sobre el fondo de fuego del

horizonte, para reconocer en ella a la bruja de Trasmoz. Al llegar ésta al borde

del precipicio, se detuvo un instante sin saber qué partido tomar. Las voces de

los que parecían perseguirla sonaban cada vez más cerca, y de cuando en

cuando se la veía hacer una contorsión, encogerse o dar un brinco para evitar

los cantazos que la arrojaban. Sin duda, no traía el bote de sus endiablados

untos, porque, a traerlo, seguro que habría atravesado al vuelo la cortadura,

dejando a sus perseguidores burlados y jadeantes como lebreles que pierden

la pista. ¡Dios no lo quiso así, permitiendo que de una vez pagara todas sus

maldades!... Llegaron los mozos que venían en su seguimiento, y la cumbre se

coronó de gentes, éstos con piedras en las manos, aquéllos con garrotes, los

de más allá con cuchillos.

Entonces comenzó una cosa horrible. La vieja, ¡maldita hipocritona!,

viéndose sin huida, se arrojó al suelo, se arrastró por la tierra besando los pies

de los unos, abrazándose a las rodillas de los otros, implorando en su ayuda a

la Virgen y a los santos, cuyos nombres sonaban en su condenada boca como

una blasfemia. Pero los mozos, así hacían caso de sus lamentos como yo de la

lluvia cuando estoy bajo techado. -Yo soy una pobre vieja que no ha hecho

daño a nadie; no tengo hijos ni parientes que me vengan a amparar:

¡perdonadme, tened compasión de mí! -aullaba la bruja; y uno de los mozos,

que con la una mano la había asido de las greñas, mientras tenía en la otra la

navaja que procuraba abrir con los dientes, le contestaba rugiendo de cólera:

¡Ah, bruja de Lucifer, ya es tarde para lamentaciones, ya te conocemos todos! -

Tú hiciste un mal a mi mulo, que desde entonces no quiso probar bocado, y

murió de hambre dejándome en la miseria! -decía uno. -¡Tú has hecho mal de

ojo a mi hijo, y lo sacas de la cuna y lo azotas por las noches! -añadía el otro; y

38

cada cual exclamaba por su lado: -¡Tú has echado una suerte a mi hermana!

¡Tú has ligado a mi novia! ¡Tú has emponzoñado la yerba! ¡Tú has embrujado

al pueblo entero!

Yo permanecía inmóvil en el mismo punto en que me había sorprendido

aquel clamoreo infernal, y no acertaba a mover pie ni mano, pendiente del

resultado de aquella lucha.

La voz de la tía Casca, aguda y estridente, dominaba el tumulto de todas

las otras voces que se reunían para acusarla, dándole en el rostro con sus

delitos, y siempre gimiendo, siempre sollozando, seguía poniendo a Dios y a

los santos patronos del lugar por testigos de su inocencia.

Por último, viendo perdida toda esperanza, pidió como última merced

que la dejasen un instante implorar del Cielo, antes de morir, el perdón de sus

culpas, y, de rodillas al borde de la cortadura como estaba, la vieja inclinó la

cabeza, juntó las manos y comenzó a murmurar entre dientes qué sé yo qué

imprecaciones ininteligibles: palabras que yo no podía oír por la distancia que

me separaba de ella, pero que ni los mismos que estaban a su lado lograron

entender. Unos aseguraban que hablaba en latín, otros que en una lengua

salvaje y desconocida, no faltando quien pudo comprender que en efecto

rezaba, aunque diciendo las oraciones al revés, como es costumbre de estas

malas mujeres.

En este punto se detuvo el pastor un momento, tendió a su alrededor

una mirada, y prosiguió así:

-¿Siente usted este profundo silencio que reina en todo el monte, que no

suena un guijarro, que no se mueve una hoja, que el aire está inmóvil y pesa

sobre los hombros y parece que aplasta? ¿Ve usted esos jirones de niebla

oscura que se deslizan poco a poco a lo largo de la inmensa pendiente del

Moncayo, como si sus cavidades no bastaran a contenerlos? ¿Los ve usted

cómo se adelantan mudos y con lentitud, como una legión aérea que se mueve

por un impulso invisible? El mismo silencio de muerte había e ntonces, el mismo

aspecto extraño y temeroso ofrecía la niebla de la tarde, arremolinada en las

lejanas cumbres, todo el tiempo que duró aquella suspensión angustiosa. Yo lo

confieso con toda franqueza: llegué a tener miedo. ¿Quién sabía si la bruja

aprovechaba aquellos instantes para hacer uno de esos terrible conjuros que

sacan a los muertos de sus sepulturas, estremecen el fondo de los abismos y

traen a la superficie de la tierra, obedientes a sus imprecaciones, hasta a los

más rebeldes espíritus infernales? La vieja rezaba, rezaba sin parar; los mozos

permanecían en tanto inmóviles, cual si estuviesen encadenados por un

sortilegio, y las nieblas oscuras seguían avanzando y envolviendo las peñas,

en derredor de las cuales fingían mil figuras extrañas, como de monstruos

deformes, cocodrilos rojos y negros, bultos colosales de mujeres envueltas en

paños blancos, y listas largas de vapor que, heridas por la última luz del

crepúsculo, semejaban inmensas serpientes de colores.

Fija la mirada en aquel fantástico ejército de nubes que parecía correr al

asalto de la peña sobre cuyo pico iba a morir la bruja, yo estaba esperando por

instantes cuándo se abrían sus senos para abortar a la diabólica multitud de

espíritus malignos, comenzando una lucha horrible al borde del derrumbadero,

entre los que estaban allí para hacer justicia en la bruja y los demonios que, en

pago de sus muchos servicios, vinieran a ayudarla en aquel amargo trance.

-Y, por fin -exclamé interrumpiendo el animado cuento de mi interlocutor

e impaciente ya por conocer el desenlace-, ¿en qué acabó todo ello? ¿Mataron

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a la vieja? Porque yo creo que, por muchos conjuros que recitara la bruja y

muchas señales que usted viese en las nubes y en cuanto le rodeaba, los

espíritus malignos se mantendrían quietecitos cada cual en su agujero sin

mezclarse para nada en las cosas de la tierra. ¿No fue así?

-Así fue, en efecto. Bien porque en su turbación la bruja no acertara con

la fórmula o, lo que yo más creo, por ser viernes, día en que murió Nuestro

Señor Jesucristo, y no haber acabado aún las vísperas; durante las que los

malos no tienen poder alguno, ello es que, viendo que no concluían nunca con

su endiablada monserga, un mozo le dijo que acabase, y levantando en alto el

cuchillo, se dispuso a herirla. La vieja entonces, tan humilde, tan hipocritona

hasta aquel punto, se puso de pie con un movimiento tan rápido como el de

una culebra enroscada a la que se pisa y despliega sus anillos irguiéndose

llena de cólera. -¡Oh!, no; ¡no quiero morir, no quiero morir -decía-; dejadme u

os morderé las manos con que me sujetáis!... Pero aún no había pronunciado

estas palabras, abalanzándose a sus perseguidores, fuera de sí, con las

greñas sueltas, los ojos inyectados de sangre y la hedionda boca entre abierta

y llena de espuma, cuando la oí arrojar un alarido espantoso, llevarse, por dos

o tres veces las manos al costado con grande precipitación, mirárselas y

volvérselas a mirar maquinalmente, y, por último, dando tres o cuatro pasos

vacilantes como si estuviese borracha, la vi caer al derrumbadero. Uno de los

mozos a quien la bruja hechizó a una hermana, la más hermosa, la más buena

del lugar, la había herido de muerte en el momento en que sintió que le clavaba

en el brazo sus dientes negros y puntiagudos. ¿Pero cree usted que acabó ahí

la cosa? Nada menos que eso; la vieja de Lucifer tenía siete vidas como los

gatos. Cayó por un derrumbadero donde cualquiera otro a quien se le

resbalase un pie no pararía hasta lo más hondo, y ella, sin embargo, tal vez

porque el diablo le quitó el golpe o porque los harapos de las sayas la

enredaron en los zarzales, quedó suspendida de uno de los picos que erizan la

cortadura, barajándose y retorciéndose allí como un reptil colgado por la cola.

¡Dios, cómo blasfemaba! ¡Qué imprecaciones tan horribles salían de su boca!

Se estremecían las carnes y se ponían de punta los cabellos sólo de

oírla... Los mozos seguían desde lo alto todas sus grotescas evoluciones,

esperando el instante en que se desgarraría el último jirón de la saya a que

estaba sujeta, y rodaría dando tumbos de pico en pico hasta el fondo del

barranco; pero ella, con el ansia de la muerte y sin cesar de proferir, ora

horribles blasfemias, ora palabras santas mezcladas de maldiciones, se

enroscaba en derredor de los matorrales; sus dedos largos, huesosos y

sangrientos, se agarraban como tenazas a las hendiduras de las rocas, de

modo que ayudándose de las rodillas, de los dientes, de los pies y de las

manos, quizás hubiese conseguido subir hasta el borde, si algunos de los que

la contemplaban y que llegaron a temerlo así, no hubiesen levantado en alto

una piedra gruesa, con la que le dieron tal cantazo en el pecho, que piedra y

bruja bajaron a la vez saltando de escalón en escalón por entre aquellas puntas

calcáreas, afiladas como cuchillos, hasta dar por último, en ese arroyo que se

ve en lo más profundo del valle... Una vez allí, la bruja permaneció un largo rato

inmóvil, con la cara hundida entre el légamo y el fango del arroyo que corría

enrojecido con la sangre; después, poco a poco, comenzó como a volver en sí

y a agitarse convulsivamente.

El agua cenagosa y sangrienta saltaba en derredor batida por sus

manos, que de vez en cuando se levantaban en el aire crispadas y horribles, no

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sé si implorando piedad o amenazando aún en las últimas ansias... Así estuvo

algún tiempo removiéndose y queriendo inúltimente sacar la cabeza fuera de la

corriente buscando un poco de aire, hasta que al fin se desplomó muerta;

muerta del todo, pues los que la habíamos visto caer y conocíamos de lo que

es capaz una hechicera tan astuta como la tía Casca no apartamos de ella los

ojos hasta que, completamente entrada la noche, la oscuridad nos impidió

distinguirla, y en todo ese tiempo no movió pie ni mano; de modo que si la

herida y los golpes no fueron bastantes a acabarla, es seguro que se ahogó en

el riachuelo cuyas aguas tantas veces había embrujado en vida para hacer

morir nuestras reses. -¡Quien en mal anda, en mal acaba! -exclamamos

después de mirar una última vez al fondo oscuro del despeñadero; y

santiguándonos santamente y pidiendo a Dios nos ayudase en todas las

ocasiones, como en aquella, contra el diablo y y los suyos, emprendimos con

bastante despacio la vuelta al pueblo, en cuya desvencijada torre las campanas

llamaban a la oración a los vecinos devotos.

Cuando el pastor terminó su relato, llegábamos precisamente a la

cumbre más cercana al pueblo, desde donde se ofreció a mi vista el castillo

oscuro e imponente con su alta torre del homenaje, de la que sólo queda en pie

un lienzo de muro con dos saeteras, que transparentaban la luz y parecían los

ojos de un fantasma. En aquel castillo, que tiene por cimiento la pizarra negra

de que está formado el monte, y cuyas vetustas murallas, hechas de pedruscos

enormes, parecen obras de titanes, es fama que las brujas de los contornos

tienen sus nocturnos conciliábulos.

La noche había cerrado ya, sombría y nebulosa. La Luna se dejaba ver a

intervalos por entre los jirones de las nubes que volaban en derredor nuestro,

rozando casi con la tierra, y las campanas de Trasmoz dejaban oír lentamente

el toque de oraciones, como al final de la horrible historia que me acababan de

referir.

Ahora que estoy en mi celda tranquilo, escribiendo para ustedes la

relación de estas impresiones extrañas, no puedo menos de maravillarme y

dolerme de que las viejas supersticiones tengan todavía tan hondas raíces

entre las gentes de las aldeas, que den lugar a sucesos semejantes; pero, ¿por

qué no he de confesarlo, sonándome aún las últimas palabras de aquella

temerosa relación, teniendo junto a mí a aquel hombre que de tan buena fe

imploraba la protección divina para llevar a cabo crímenes espantosos, viendo

a mis pies el abismo negro y profundo en donde se revolvía el agua entre las

tinieblas, imitando gemidos y lamentos, y en lontananza el castillo tradicional,

coronado de almenas oscuras, que parecían fantasmas asomadas a los muros,

sentí una impresión angustiosa, mis cabellos se erizaron involuntariamente, y la

razón, dominada por la fantasía, a la que todo ayudaba, el sitio, la hora y el

silencio de la noche, vaciló un punto, y casi creí que las absurdas consejas de

las brujerías y los maleficios pudieran ser posibles.

Postdata.-

Al terminar esta carta y cuando ya me disponía a escribir el sobre, la

muchacha que me sirve y que ha concluido en este instante de arreglar los

trebejos de la cocina y de apagar la lumbre, armada de un enorme candil de

hierro, se ha colocado junto a mi mesa a esperar, como tiene de costumbre

siempre que me ve escribir de noche, que le entregue la carta que ella a su vez

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dará mañana al correo, el cual baja de Añón a Tarazona al romper el día.

Sabiendo que es de un lugar inmediato a Trasmoz y que en este último

pueblo tiene gran parte de su familia, me ha ocurrido preguntarle si conoció a la

tía Casca y si sabe alguna particularidad de sus hechizos, famosos en todo el

Somontano. No pueden ustedes figurarse la cara que ha puesto al oír el

nombre de la bruja, ni la expresión de medrosa inquietud con que ha vuelto la

vista a su alrededor, procurando iluminar con el candil los rincones oscuros de

la celda, antes de responderme. Después de practicada esta operación, y con

voz baja y alterada, sin contestar a mi interpelación, me ha preguntado a su

vez:

-¿Sabe usted en qué día de la semana estamos?

-No, chica -le respondí-; pero ¿a qué conduce saber el día de la

semana?

-Porque si es viernes, no puedo despegar los labios sobre ese asunto.

Los viernes, en memoria de que nuestro Señor Jesucristo murió en semejante

día, no pueden las brujas hacer mal a nadie; pero en cambio oyen desde su

casa cuanto se dice de ellas, aunque sea al oído y en el último rincón del

mundo.

-Tranquilízate por ese lado, pues a lo que yo puedo colegir de la

proximidad del último domingo, todo lo más, andaremos por el martes o el

miércoles.

-No es esto decir que yo le tenga miedo a la bruja, pues de los míos sólo

a mi hermana la mayor, al pequeñico y a mi padre puede hacerles mal.

-¡Calle!, ¿y en qué consiste el privilegio?

-En que al echarnos el agua no se equivocó el cura ni dejó olvidada

ninguna palabra del Credo.

-¿Y eso se lo has ido tú a preguntar al cura tal vez?

-¡Quia! No, señor: el cura no se acordaría. Se lo hemos preguntado a un

cedazo.

-Que es el que debe saberlo... No me parece mal. ¿Y cómo se entra en

conversación con un cedazo? Porque eso debe de ser curioso.

-Verá usted...: después de las doce de la noche, pues las brujas que lo

quisieran impedir no tienen poder sino desde las ocho hasta esa hora, se toma

el cedazo, se hacen sobre él tres cruces con la mano izquierda, y

suspendiéndole en el aire, cogido por el aro con las puntas de unas tijeras, se

le pregunta. Si se ha olvidado alguna palabra del Credo, da vueltas por sí sólo,

y si no, se está quietico, quietico, como la hoja en el árbol cuando no se mueve

una paja de aire.

-Según eso, ¿tú estás completamente tranquila de que no han de

embrujarte?

-Lo que es por mí, completamente; pero sin embargo, mirando por los de

la casa, cuido siempre de hacer antes de dormir una cruz en el hogar con las

tenazas para que no entren por la chimenea, y tampoco se me olvida poner la

escoba en la puerta con el palo en el suelo.

-¡Ah!, vamos; ¿conque la escoba que encuentro algunas mañanas a la

puerta de mi habitación con las palmas hacia arriba y que me ha hecho pensar

que era uno de tus frecuentes olvidos, no estaba allí sin su misterio? Pero se

me ocurre preguntar una cosa: si ya mataron a la bruja y, una vez muerta, su

alma no puede salir del precipicio donde por permisión divina anda penando,

¿contra quien tomas esas precauciones?

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-¡Toma, toma! Mataron a una; pero como que son una familia entera y

verdadera, que desde hace un siglo o dos vienen heredando el unto de unas en

otras, se acabó con una tía Casca, pero queda su hermana, y cuando acaben

con ésta, que acabarán también, le sucederá su hija, que aún es moza y ya

dicen que tiene sus puntos de hechicera.

-Según lo que veo, ¿esa es una dinastía secular de brujas que se vienen

sucediendo regularmente por la línea femenina desde los tiempos más

remotos?

-Yo no sé lo que son; pero lo que puedo decirle es que acerca de estas

mujeres se cuenta en el pueblo una historia muy particular, que yo he oído

referir algunas veces en las noches de invierno.

-Pues vaya, deja ese candil en el suelo, acerca una silla y refiéreme esa

historia, que yo me parezco a los niños en mis aficiones.

-Es que esto no es cuento.

-O historia, como tú quieras -añadí por último, para tranquilizarla

respecto a la entera fe con que sería acogida la relación por mi parte.

La muchacha, después de colgar el candil en un clavo, y de pie a una

respetuosa distancia de la mesa, por no querer sentarse, a pesar de mis

instancias, me ha referido la historia de las brujas de Trasmoz, historia original

que yo a mi vez contaré a ustedes otro día, pues ahora voy a acostarme con la

cabeza llena de brujas, hechicerías y conjuros, pero tranquilo, porque, al

dirigirme a mi alcoba, he visto el escobón junto a la puerta haciéndome la

guardia, más tieso y formal que un alabardero en día de ceremonia.

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Carta séptima

Queridos amigos:

Prometí a ustedes en mi última carta referirles, tal como me la contaron,

la maravillosa historia de las brujas de Trasmoz. Tomo, pues, la pluma para

cumplir lo prometido, y va de cuento.

Desde tiempo inmemorial, es artículo de fe entre las gentes del

Somontano que Trasmoz es la corte y punto de cita de las brujas más

importantes de la comarca. Su castillo, como los tradicionales campos de

Barahona y el valle famoso de Zugarramurdi, pertenece a la categoría de

conventículo de primer orden y lugar clásico para las grandes fiestas nocturnas

de las amazonas de escobón, los sapos con collareta y toda la abigarrada

servidumbre del macho cabrío, su ídolo y jefe. Acerca de la fundación de este

castillo, cuyas colosales ruinas, cuyas torres oscuras y dentelladas, patios

sombríos y profundos fosos, parecen, en efecto digna escena de tan diabólicos

personajes, se refiere una tradición muy antigua. Parece que en tiempo de los

moros, época que para nuestros campesinos corresponde a las edades

mitológicas y fabulosas de la Historia, pasó el rey por las cercanías del sitio en

que ahora se halla Trasmoz; y viendo con maravilla un punto como aquél,

donde gracias a la altura, las rápidas pendientes y los cortes a plomo de la

roca, podía el hombre, ayudado de la Naturaleza, hacer un lugar fuerte e

inexpugnable, de grande utilidad por encontrarse próximo a la raya fronteriza,

exclamó volviéndose a los que iban en su seguimiento, y tendiendo la mano en

dirección de la cumbre:

-De buena gana tendría allí un castillo.

Oyole un pobre viejo, que apoyado en un báculo de caminante y con

unas miserables alforjillas al hombro pasaba a la sazón por el mismo sitio, y

adelantándose hasta salirle al encuentro y a riesgo de ser atropellado por la

comitiva real, detuvo por la brida el caballo de su señor y le dijo estas solas

palabras:

-Si me lo dais en alcaidía perpetua, yo me comprometo a llevaros

mañana a vuestro palacio sus llaves de oro.

Rieron grandemente el rey y los suyos de la extravagante proposición

del mendigo, de modo que arrojándole una pequeña pieza de plata al suelo, a

manera de limosna, contestole el soberano con aire de zumba:

-Tomad esa moneda para que compréis unas cebollas y un pedazo de

pan con que desayunaros, señor alcaide de la improvisada fortaleza de

Trasmoz, y dejadnos en paz proseguir nuestro camino.

Y, esto diciendo, le apartó suavemente a un lado de la senda, tocó el ijar

de su corcel con el acicate, y se alejó seguido de sus capitanes, cuyas

armaduras, incrustadas de arabescos de oro, resonaban y resplandecían al

compás del galope, mal ocultas por los blancos y flotantes alquiceles.

-¿Luego me confirmáis en la alcaidía? -añadió el pobre viejo, en tanto

que se bajaba para recoger la moneda, y dirigiéndose en alta voz hacia los que

ya apenas se distinguían entre la nube de polvo que levantaban los caballos,

un punto detenidos, al arrancar de nuevo.

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-Seguramente -díjole el rey desde lejos y cuando ya iba a doblar una de

las vueltas del monte-; pero con la condición de que esta noche levantarás el

castillo y mañana irás a Tarazona a entregarme las llaves.

Satisfecho el pobrete con la contestación del rey, alzó, como digo, la

moneda del suelo, besóla con muestras de humildad; y, después de atarla en

un pico del guiñapo blancuzco que le servía de turbante, se dirigió poco a poco

hacia la aldehuela de Trasmoz. Componían entonces este lugar quince o veinte

casuquillas sucias y miserables, refugio de algunos pastores que llevaban a

pacer sus ganados al Moncayo. Pasito a pasito, aquí cae, allí tropieza, como el

que camina agobiado del doble peso de la edad y de una larga jornada, llegó al

fin nuestro hombre al pueblo, y comprando, según se lo había dicho el rey, un

mendrugo de pan y tres o cuatro cebollas blancas, jugosas y relucientes,

sentose a comerlas a la orilla de un arroyo, en el cual los vecinos tenían

costumbre de venir a hacer sus abluciones de la tarde, y en donde, una vez

instalado, comenzó a despachar su pitanza con tanto gusto, y moviendo sus

descarnadas mandíbulas, de las que pendían unas barbillas blancas y

claruchas, con tal priesa, que, en efecto, parecía no haberse desayunado en

todo lo que iba de día, que no era poco, pues el Sol comenzaba a trasmontar

las cumbres.

Sentado estaba, pues, nuestro pobre viejo a la orilla del arroyo dando

buena cuenta con gentil apetito de su frugal comida, cuando llegó hasta el

borde del agua uno de los pastores del lugar, hizo sus acostumbradas zalemas,

vuelto hacia el Oriente, y concluida esta operación, comenzó a lavarse las

manos y el rostro murmurando sus rezos de la tarde. Tras éste vinieron otros

cuantos, hasta cinco o seis, y cuando todos hubieron concluido de rezar y

remojarse el cogote, llamólos el viejo y les dijo:

-Veo con gusto que sois buenos musulmanes y que ni las ordinarias

ocupaciones, ni las fatigas de vuestros ejercicios os distraen de las santas

ceremonias que a sus fieles dejó encomendadas el Profeta. El verdadero

creyente tarde o temprano, alcanza el premio: unos lo recogen en la tierra,

otros en el paraíso, no faltando a quienes se les da en ambas partes, y de

estos seréis vosotros.

Los pastores, que durante la arenga no habían apartado un punto sus

ojos del mendigo, pues por tal le juzgaron al ver su mal pelaje, y peor

desayuno, se miraban entre sí, después de concluido, como no comprendiendo

adónde iría a parar aquella introducción si no era a pedir una limosna; pero,

con grande asombro de los circunstantes, prosiguió de este modo su discurso:

-He aquí que yo vengo de una tierra lejana a buscar servidores leales

para la guarda y custodia de un famoso castillo. Yo me he sentado al borde de

las fuentes que saltan sobre una taza de pórfido, a la sombra de las palmeras

en las mezquitas de las grandes ciudades, y he visto uno tras otros venir

muchos hombres a hacer las abluciones con sus aguas, éstos por mera

limpieza, aquéllos por hacer lo mismo que todos, los más por dar el

espectáculo de una piedad de fórmula. Después os he visto en estas

soledades, lejos de las miradas del mundo, atentos sólo al ojo que vela sobre

las acciones de los mortales, cumplir con nuestros ritos, impulsados por la

conciencia de un deber, y he dicho para mí: -He aquí hombres fieles a su

religión; igualmente lo serán a su palabra. De hoy más no vagaréis por los

montes con nieves y fríos para comer un pedazo de pan negro; en la magnífica

fortaleza de que os hablo, tendréis alimento abundante y vida holgada. Tú

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cuidarás de la atalaya, atento siempre a las señales de los corredores del

campo, y pronto a encender la hoguera que brilla en las sombras, como el

penacho de fuego del casco de un arcángel. Tú cuidarás del rastrillo y del

puente; tú darás vueltas cada tres horas alrededor de las torres, por entre la

barbacana y el muro. A ti te encargaré de las caballerizas; bajo la guarda de

ése estarán los depósitos de materiales de guerra, y, por último, aquel otro

correrá con los almacenes de víveres.

Los pastores, de cada vez más asombrados y suspensos, no sabían qué

juicio formar del improvisado protector que la casualidad les deparaba; y

aunque su aspecto miserable no convenía del todo bien con sus generosas

ofertas, no faltó alguno que le preguntase entre dudoso y crédulo:

-¿Dónde está ese castillo? Si no se halla muy lejos de estos lugares

entre cuyas peñas estamos acostumbrados a vivir, y a los que tenemos el amor

que todo hombre tiene a la tierra que le vio nacer, yo, por mi parte, aceptaría

con gusto tus ofrecimientos, y creo que como yo todos los que se encuentran

presentes.

-Por eso no temáis, pues está bien cerca de aquí -respondió el viejo

impasible-; cuando el Sol se esconde por detrás de las cumbres del Moncayo,

su sombra cae sobre vuestra aldea.

-¿Y cómo puede ser eso -dijo entonces el pastor-, si por aquí no hay

castillo ni fortaleza alguna, y la primera sombra que envuelve nuestro lugar es

la del cabezo del monte en cuya falda se ha levantado?

-Pues en ese cabezo se halla, porque allí están las piedras, y donde

están las piedras está el castillo, como está la gallina en el huevo y la espiga en

el grano -insistió el extraño personaje, a quien sus interlocutores, irresolutos

hasta aquel punto, no dudaron en calificar de loco de remate.

-¿Y tú serás, sin duda, el gobernador de esa fortaleza famosa? -

exclamó, entre las carcajadas de sus compañeros, otro de los pastores-.

Porque a tal castillo, tal alcaide.

-Yo lo soy -tornó a contestar el viejo, siempre con la misma calma, y

mirando a sus risueños oyentes con una sonrisa particular-. ¿No os parezco

digno de tan honroso cargo?

-¡Nada menos que eso! -se apresuraron a responderle-. Pero el Sol ha

doblado las cumbres, la sombra de vuestro castillo envuelve ya en sus pliegues

nuestras pobres chozas. ¡Poderoso y temido alcaide de la invisible fortaleza de

Trasmoz, si queréis pasar la noche a cubierto, os podemos ofrecer un poco de

paja en el establo de nuestras ovejas; si preferís quedaros al raso, que Alá os

tenga en su santa guarda, el Profeta os colme de sus beneficios y los

arcángeles de la noche velen a vuestro alrededor con sus espadas encendidas!

Acompañando estas palabras, dichas en tono de burlesca solemnidad,

con profundos y humildes saludos, los pastores tomaron el camino de su

pueblo, riendo a carcajadas de la original aventura. Nuestro buen hombre no se

alteró, sin embargo, por tan poca cosa, sino que, después de acabar con

mucho despacio su merienda, tomó en el hueco de la mano algunos sorbos de

agua limpia y transparente del arroyo, limpiose con el revés la boca, sacudió

las migajas de pan de la túnica y, echándose otra vez las alforjillas al hombro y

apoyándose en su nudoso báculo, emprendió de nuevo el camino adelante, en

la misma dirección que sus futuros sirvientes.

La noche comenzaba, en efecto, a entrarse fría y oscura. De pico a pico

de la elevada cresta del Moncayo se extendían largas bandas de nubes color

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de plomo, que, arrolladas hasta a aquel momento por la influencia del Sol,

parecían haber esperado a que se ocultase para comenzar a removerse con

lentitud, como esos monstruos deformes que produce el mar y que se arrastran

trabajosamente en las playas desiertas. El ancho horizonte que se descubría

desde las alturas, iba poco a poco palideciendo y pasando del rojo al violado

por un punto, mientras que por el contrario asomaba la Luna redonda,

encendida, grande, como un escudo de batallar, y por el dilatado espacio del

cielo las estrellas aparecían unas tras otras, amortiguada su luz, por la del astro

de la noche.

Nuestro buen viejo, que parecía conocer perfectamente el país, pues

nunca vacilaba al escoger las sendas que más pronto habían de conducirle al

término de su peregrinación, dejó a un lado la aldea, y siempre subiendo con

bastante fatiga por entre los enormes peñascos y las espesas carrascas, que

entonces como ahora cubrían la áspera pendiente del monte, llegó por último a

la cumbre cuando las sombras se habían apoderado por completo de la Tierra,

y la Luna, que se dejaba ver a intervalos por entre las oscuras nubes, se había

remontado a la primera región del cielo. Cualquiera otro hombre, impresionado

por la soledad del sitio, el profundo silencio de la Naturaleza y el fantástico

panorama de las sinuosidades del Moncayo, cuyas puntas coronadas de nieve

parecían las olas de un mar inmóvil y gigantesco, hubiera temido aventurarse

por entre aquellos matorrales, adonde en mitad del día, apenas osaban llegar

los pastores; pero el héroe de nuestra relación, que, como ya habrán

sospechado ustedes, y si no lo han sospechado lo verán claro más adelante,

debía de ser un magicazo de tomo y lomo, no satisfecho con haber trepado a la

eminencia, se encaramó en la punta de la más elevada roca, y desde aquél

aéreo asiento comenzó a pasear la vista a su alrededor, con la misma firmeza

que el águila, cuyo nido pende de un peñasco al borde del abismo, contempla

sin temor el fondo.

Después que se hubo reposado un instante de las fatigas del camino,

sacó de las alforjillas un estuche de forma particular y extraña, un librote muy

carcomido y viejo, y un cabo de vela verde, corto y a medio consumir. Frotó con

sus dedos descarnados y huesosos en uno de los extremos del estuche, que

parecía de metal y era a modo de linterna, y a medida que frotaba, veíase

como una lumbre sin claridad, azulada, medrosa e inquieta, hasta que por

último brotó una llama y se hizo luz: con aquella luz encendió el cabo de vela

verde, a cuyo escaso resplandor, y no sin haberse calado antes unas disformes

antiparras redondas, comenzó a hojear el libro, que para mayor comodidad

había puesto delante de sí sobre una de las peñas. Según que el nigromante

iba pasando las hojas del libro, llenas de caracteres árabes, caldeos y siriacos

trazados con tinta azul, negra, roja y violada, y de figuras y signos misteriosos,

murmuraba entre dientes frases ininteligibles, y, parando de cierto en cierto

tiempo la lectura, repetía un estribillo singular con una especie de salmodia

lúgubre, que acompañaba hiriendo la tierra con el pie y agitando la mano que le

dejaba libre el cuidado de la vela, como si se dirigiese a alguna persona.

Concluida la primera parte de su mágica letanía, en la que, unos tras otros,

había ido llamando por sus nombres, que yo no podré repetir, a todos los

espíritus del aire y de la tierra, del fuego y de las aguas, comenzó a percibirse

en derredor un ruido extraño, un rumor de alas invisibles que se agitaban a la

vez, y murmullos y confusos, como de muchas gentes que se hablasen al oído.

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En los días revueltos del otoño, y cuando las nubes, amontonadas en el

horizonte, parecen amenazar con una lluvia copiosa, pasan las grullas por el

cielo, formando un oscuro triángulo, con un ruido semejante. Mas lo particular

del caso era que allí a nadie se veía, y aun cuando se percibiese el aleteo cada

vez más próximo, y el aire agitado moviera en derredor las hojas de los

árboles, y el rumor de las palabras dichas en voz baja se hiciese gradualmente

más distinto, todo semejaba cosa de ilusión o ensueño. Paseó el mágico la

mirada en todas direcciones para contemplar a los que sólo a sus ojos parecían

visibles y, satisfecho sin duda del resultado de su primera operación, volvió a la

interrumpida lectura. Apenas su voz temblona, cascada y un poco nasal

comenzó a dejarse oír pronunciando las enrevesadas palabras del libro, se hizo

en torno un silencio tan profundo, que no parecía sino que la Tierra, los astros y

los genios de la noche estaban pendientes de los labios del nigromante, que

ora hablaba con frases dulces y de suave inflexión, como quien suplica, ora con

acento áspero, enérgico y breve, como quien manda. Así leyó largo rato, hasta

que al concluir la última hoja se produjo un murmullo en el invisible auditorio,

semejante al que forman en los templos las confusas voces de los fieles

cuando acabada una oración, todos contestan amén en mil diapasones

distintos.

El viejo, que a medida que rezaba y rezaba aquellos diabólicos conjuros

había ido exaltándose y cobrando una energía y un vigor sobrenaturales, cerró

el libro con un gran golpe, dio un soplo a la vela verde y, despojándose de las

antiparras redondas, se puso de pie sobre la altísima peña donde estuvo

sentado y desde donde se dominaban las infinitas ondulaciones de la falda del

Moncayo; con los valles, las rocas y los abismos que la quiebran. Allí, de pie,

con la cabeza erguida y los brazos extendidos, el uno al Oriente y el otro al

Occidente, alzó la voz y exclamó dirigiéndose a la infinita muchedumbre de

seres invisibles y misteriosos que, encadenados a su palabra por la fuerza de

los conjuros, esperaban sumisos sus órdenes:

-¡Espíritus de las aguas y de los aires, vosotros que sabéis horadar las

rocas y abatir los troncos más corpulentos, agitaos y obedecedme!

Primero suave, como cuando levanta el vuelo una banda de palomas;

después más fuerte, como cuando azota el mástil de un buque una vela hecha

jirones, oyose el ruido de las alas al plegarse y desplegarse con una prontitud

increíble, y aquel ruido fue creciendo, creciendo, hasta que llegó a hacerse

espantoso, como el de un huracán desencadenado. El agua de los torrentes

próximos saltaba y se retorcía en el cauce, espumarajeando e irguiéndose

como una culebra furiosa; el aire, agitado y terrible, zumbaba en los huecos de

las peñas, levantaba remolinos de polvo y de hojas secas, y sacudía,

inclinándolas hasta el suelo, las copas de los árboles. Nada más extraño y

horrible que aquella tempestad circunscrita a un punto, mientras la Luna se

remontaba tranquila y silenciosa por el cielo, y las aéreas lejanas cumbres de la

cordillera parecían bañadas de un sereno y luminoso vapor. Las rocas crujían

como si sus grietas se dilatasen, e impulsadas de una fuerza oculta e interior

amenazaban volar hechas mil pedazos. Los troncos más corpulentos arrojaban

gemidos y chasqueaban, próximos a hendirse, como si un súbito

desenvolvimiento de sus fibras fuese a rajar la endurecida corteza. Al cabo, y

después de sentirse sacudido el monte por tres veces, las piedras se

desencajaron y los árboles se partieron, y árboles y piedras comenzaron a

saltar por los aires en furioso torbellino, cayendo semejantes a una lluvia

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espesa, en el lugar que de antemano señaló el nigromante a sus servidores.

Los colosales troncos y los inmensos témpanos de granito y pizarra oscura,

que eran como arrojados al azar, caían, no obstante, unos sobre otros con

admirable orden, e iban formando una cerca altísima a manera de bastión,

queel agua de los torrentes, arrastrando arenas, menudas piedrecillas y cal de

su alveolo, se encargaba de completar, llenando las hendiduras con una

argamasa indestructible.

-La obra adelanta. ¡Ánimo!, ¡ánimo! -murmuró el viejo-; aprovechemos

los instantes, que la noche es corta, y pronto cantará el gallo trompeta del día.

Y, esto diciendo, se inclinó hacia el borde de una sima profunda, abierta al

impulso de las convulsiones de la montaña, y como dirigiéndose a otros seres

ocultos en su fondo, prosiguió:

-Espíritus de la tierra y del fuego: vosotros que conocéis los tesoros de

metal de sus entrañas y circuláis por sus caminos subterráneos con los mares

de lava encendida y ardiente, agitaos y cumplid mis órdenes.

Aún no había expirado el eco de la última palabra del conjuro, cuando se

comenzó a oír un rumor sordo y continuo como el de un trueno lejano, rumor

que asimismo fue creciendo, creciendo, hasta que se hizo semejante al que

produce un escuadrón de jinetes que cruza al galope el puente de una

fortaleza, y entonces retumba el golpear del casco de los caballos, crujen los

maderos, rechinan las cadenas y resuena, metálico y sonoro, el choque de las

armaduras, de las lanzas y los escudos. A medida que el ruido tomaba

mayores proporciones, veíase salir por las grietas de las rocas un resplandor

vivo y brillante, como el que despide una fragua ardiendo, y de eco en eco se

repetía por las concavidades del monte el fragor de millares de martillos que

caían con un estrépito espantoso sobre los yunques, en donde los gnomos

trabajan el hierro de las minas, fabricando puertas, rastrillos, armas y toda la

ferretería indispensable para la seguridad y complemento de la futura fortaleza.

Aquello era un tumulto imposible de describir; un desquiciamiento

general y horroroso: por un lado rebramaba el aire arrancando las rocas, que

se hacinaban con estruendo en la cúspide del monte; por otro mugía el

torrente, mezclando sus bramidos con el crujir de los árboles que se

tronchaban y el golpear incesante de los martillos, que caían alternados sobre

los yunques, como llevando el compás en aquella diabólica sinfonía.

Los habitantes de la aldea, despertados de improviso por tan infernal y

asordadora baraúnda, no osaban siquiera asomarse al tragaluz de sus chozas

para descubrir la causa del extraño terremoto, no faltando algunos que,

poseídos de terror creyeron llegado el instante en que, próxima la destrucción

del mundo, había de bajar la muerte a enseñorearse de su imperio, envuelta en

el jirón de un sudario, sobre un corcel fantástico y amarillo, tal como en sus

revelaciones la pinta el Profeta.

Esto se prolongó hasta momentos antes de amanecer, en que los gallos

de la aldea comenzaron a sacudir las plumas y a saludar el día próximo con su

canto sonoro y estridente. A esta sazón, el rey, que se volvía a su corte

haciendo pequeñas jornadas, y que accidentalmente había dormido en

Tarazona, bien porque de suyo fuese madrugador y despabilado, bien porque

extrañase la habitación, que todo cabe, en lo posible, saltaba de la cama listo

como él solo, y después de poner en un pie como las grullas a su servidumbre,

se dirigía a los jardines de palacio. Aún no había pasado una hora desde que

vagaba al azar por el intrincado laberinto de sus alamedas, departiendo con

49

uno de sus capitanes todo lo amigablemente que puede departir un rey, moro

por añadidura, con uno de sus súbditos, cuando llegó hasta él, cubierto de

sudor y de polvo, el más ágil de los corredores de la frontera, y le dijo, previas

las salutaciones de costumbre:

-Señor, hacia la parte de la raya de Castilla sucede una cosa

extraordinaria. Sobre la cumbre del monte de Trasmoz, y donde ayer no se

encontraban más que rocas y matorrales, hemos descubierto al amanecer un

castillo tan alto, tan grande y tan fuerte como no existe ningún otro en todos

vuestros estados. En un principio dudamos del testimonio de nuestros ojos,

creyendo que tal vez fingía la mole la niebla arremolinada sobre las alturas;

pero después ha salido el Sol, la niebla se ha deshecho, y el castillo subsiste

allí oscuro, amenazador y gigante, dominando los contornos con su altísima

atalaya.

Oír el rey este mensaje y recordar su encuentro con el mendigo de las

alforjas, todo fue una cosa misma; y reunir estas dos ideas y lanzar una mirada

amenazadora e interrogante a los que estaban a su lado tampoco fue cuestión

de más tiempo. Sin duda su alteza árabe sospechaba que alguno de sus

emires, conocedores del diálogo del día anterior, se había permitido darle una

broma sin precedentes en los anales de la etiqueta musulmana, pues con

acento de mal disimulado enojo exclamó, jugando con el pomo de su alfanje de

una manera particular, como solía hacerlo cuando estaba a punto de estallar su

cólera:

-¡Pronto, mi caballo más ligero, y a Trasmoz que juro por mis barbas y

las del Profeta que, si es cuento el mensaje de los corredores, donde debiera

estar el castillo he de poner una picota para los que lo han inventado!

Esto dijo el rey, y minutos después, no corría, volaba camino de

Trasmoz seguido de sus capitanes. Antes de llegar a lo que se llama el

Somontano, que es una reunión de valles y alturas que van subiendo

gradualmente hasta llegar al pie de la cordillera que domina el Moncayo,

coronado de nieblas y de nubes como el gigante y colosal monarca de estos

montes, hay viniendo de Tarazona, una gran eminencia que lo oculta a la vista

hasta que se llega a su cumbre. Tocaba el rey casi a la cúspide de esta altura,

conocida hoy por la Ciezma, cuando, con gran asombro suyo y de los que le

seguían, vio venir a su encuentro al viejecito de las alforjas, con la misma

túnica raída y remendada del día anterior, el mismo turbante, hecho jirones y

sucio, y el propio báculo, tosco y fuerte, en que se apoyaba, mientras él, en son

de burla, después de haber oído su risible propuesta, le arrojó una moneda

para que comprase pan y cebollas. Detúvose el rey delante del viejo, y éste,

postrándose de hinojos y sin dar lugar a que le preguntara cosa alguna, sacó

de las alforjas, envueltas en un paño de púrpura, dos llaves de oro, de labor

admirable y exquisita, diciendo al mismo tiempo que las presentaba a su

soberano:

-Señor, yo he cumplido ya mi palabra; a vos toca sacar airosa de su

empeño la vuestra.

-Pero ¿no es fábula lo del castillo? -preguntó el rey entre receloso y

suspenso, y fijando alternativamente la mirada, ya en las magníficas llaves que

por su materia y su inconcebible trabajo valían de por sí un tesoro, ya en el

viejecito, a cuyo aspecto miserable se renovaba en su ánimo el deseo de

socorrerle con una limosna.

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-Dad algunos pasos más y lo veréis -respondió el alcaide; pues, una vez

cumplida su promesa y siendo la que le habían empeñado palabra de rey, que

al menos en estas historias tiene fama de inquebrantable, por tal podemos

considerarle desde aquel punto. Dio algunos pasos más el soberano; llegó a lo

más alto de la Ciezma, y, en efecto, el castillo de Trasmoz apareció a sus ojos,

no tal como hoy se ofrecería a los de ustedes, si por acaso tuvieran la

humorada de venir a verlo, sino tal como fue en lo antiguo, con sus cinco torres

gigantes, su atalaya esbelta, sus fosos profundos, sus puertas chapeadas de

hierro, fortísimas y enormes, su puente levadizo y sus muros coronados de

almenas puntiagudas.

Al llegar a este punto de mi carta, advierto que, sin querer, he faltado a

la promesa que hice en la anterior y ratifiqué al tomar hoy la pluma para escribir

a ustedes. Prometí contarles la historia de la bruja de Trasmoz y sin saber

cómo les he relatado en su lugar la del castillo. Con estos cuentos sucede lo

que con las cerezas: sin pensarlo, salen unas enredadas en otras. ¿Qué le

hemos de hacer? Conseja por conseja, allá va la primera que se ha enredado

en el pico de la pluma; merced a ella y teniendo presente su diabólico origen,

comprenderán ustedes por qué las brujas, cuya historia quedo siempre

comprometido a contarles, tienen una marcada predilección por las ruinas de

este castillo y se encuentran en él como en su casa.

51

Carta octava

Queridos amigos:

En una de mis cartas anteriores dije a ustedes en qué ocasión y por

quién me fue referida la estupenda historia de las brujas, que a mi vez he

prometido repetirles. La muchacha que se encuentra a mi servicio, tipo perfecto

del país, con su apretador verde, su saya roja y sus medias azules, había

colgado el candil en un ángulo de mi habitación, débilmente alumbrada, aun

con este aditamento de luz, por una lamparilla, a cuyo escaso resplandor

escribo. Las diez de la noche acababan de sonar en el antiguo reloj de pared,

único resto del mobiliario de los frailes, y solamente se oían, con breves

intervalos de silencio, profundo, esos ruidos apenas perceptibles y propios de

un edificio deshabitado e inmenso, que producen el aire que gime, los techos

que crujen, las puertas que rechinan y los animaluchos de toda calaña que

vagan a su placer por los sótanos, las bóvedas y las galerías del monasterio,

cuando después de contarme la leyenda que corre más válida acerca de la

fundación del castillo, y que ya conocen ustedes, prosiguió su relato, no sin

haber hecho antes un momento de pausa para calcular el efecto que la primera

parte de la historia me había producido, y la cantidad de fe con que podía

contar en su oyente para la segunda.

He aquí la historia, poco más o menos, tal como me la refirió mi criada,

aunque sin giros extraños y sin locuciones pintorescas y características del

país, que ni yo puedo recordar, ni, caso que las recordase, ustedes podrían

entender.

Ya había pasado el castillo de Trasmoz a poder de los cristianos, y éstos

a su vez, terminadas las continuas guerras de Aragón y Castilla, habían

concluido por abandonarle, cuando es fama que hubo en el lugar un cura tan

exacto en el cumplimiento de sus deberes, tan humilde con sus inferiores y tan

lleno de ardiente caridad para con los infelices, que su nombre, al que iba unido

una intachable reputación de virtud, llegó a hacerse conocido y venerado en

todos los pueblos de la comarca.

Muchos y muy señalados beneficios debían los habitantes de Trasmoz a

la inagotable bondad del buen cura, que ni para disfrutar de una canonjía, con

que en repetidas ocasiones le brindó el obispo de Tarazona, quiso

abandonarlos; pero el mayor sin duda fue el libertarlos, merced a sus santas

plegarias y poderosos exorcismos, de la incómoda vecindad de las brujas, que

desde los lugares más remotos del reino venían a reunirse ciertas noches del

año en las ruinas del castillo, que, quizás por deber su fundación a un

nigromante, miraban como cosa propia y lugar el más aparente para sus

nocturnas zambras y diabólicos conjuros. Como quiera que, antes de aquella

época, muchos otros exorcistas habían intentado desalojar de allí a los

espíritus infernales, y sus rezos y sus aspersiones fueron inútiles, la fama de

mosén Gil el limosnero (que por este nombre era conocido nuestro cura) se

hizo tanto más grande cuanto más difícil e imposible se juzgó hasta entonces

dar cima a la empresa que él había acometido y llevado a cabo con feliz éxito,

gracias a la poderosa intercesión de sus plegarias y al mérito de sus buenas

obras. Su popularidad y el respeto que los campesinos le profesaban, iban,

pues, creciendo a medida que la edad, cortando, por decirlo así, los últimos

52

lazos que pudieran ligarle a las cosas terrestres, acendraba sus virtudes y el

generoso desprendimiento con que siempre dio a los pobres hasta lo que él

había de menester para sí; de modo que, cuando el venerable sacerdote,

cargado de años y de achaques, salía a dar una vueltecita por el porche de su

humilde iglesia, era de ver como los chicuelos corrían desde lejos para venir a

besarle la mano, los hombres se descubrían respetuosamente y las mujeres

llegaban a pedirle su bendición, considerándose dichosa la que podía alcanzar

como reliquia y amuleto contra los maleficios un jirón de su raída sotana. Así

vivía en paz y satisfecho con su suerte el bueno de mosén Gil; mas como no

hay felicidad completa en el mundo, y el diablo anda de continuo buscando

ocasión de hacer mal a sus enemigos, éste, sin duda, dispuso que por muerte

de una hermana menor, viuda y pobre, viniese a parar a casa del caritativo cura

una sobrina que él recibió con los brazos abiertos, y a la cual consideró desde

aquel punto como apoyo providencial deparado por la bondad divina para

consuelo de su vejez.

Dorotea, que así se llamaba la heroína de esta verídica historia, contaba

escasamente dieciocho abriles; parecía educada en un santo temor de Dios, un

poco encogida en sus modales, melosa en el hablar y humilde en presencia de

extraños, como todas las sobrinas de los curas que yo he conocido hasta

ahora; pero tanto como la que más, o más que ninguna, preciada del atractivo

de sus ojos negros y traidores, y amiga de emperejilarse y componerse. Esta

afición a los trapos, según nosotros los hombres solemos decir, tan general en

las muchachas de todas las clases y de todos los siglos, y que en Dorotea

predominaba exclusivamente sobre las demás aficiones, era causa continua de

domésticos disturbios entre la sobrina y el tío, que contando con muy pocos

recursos en su pobre curato de aldea, y siempre en la mayor estrechez a causa

de su largueza para con los infelices, según él decía con una ingenuidad

admirable, andaba desde que recibió las primeras órdenes procurando hacerse

un manteo nuevo, y aún no había encontrado ocasión oportuna. De vez en

cuando las discusiones a que daban lugar las peticiones de la sobrina solían

agriarse, y ésta le echaba en cara las muchas necesidades a que estaban

sujetos, y la desnudez en que ambos se veían por dar a los pobres no sólo lo

superfluo, sino hasta lo necesario. Mosén Gil entonces, echando mano de los

más deslumbradores argumentos de su cristiana oratoria, después de repetir

que cuanto a los pobres se da a Dios se presta, acostumbraba a decirle que ño

se apurase por una saya de más o de menos para los cuatro días que se han

de estar en este valle de lágrimas y miserias, pues mientras más sufrimientos

sobrellevase con resignación y más desnuda anduviese por amor hacia el

prójimo, más pronto iría, no ya a la hoguera que se enciende los domingos en

la plaza del lugar, y emperejilada con una mezquina saya de paño rojo,

franjada de vellorí, sino a gozar del Paraíso eterno, danzando en torno de la

lumbre inextinguible, y vestida de la gracia divina, que es el más hermoso de

todos los vestidos imaginables. Pero váyale usted con estas evangélicas

filosofías a una muchacha de dieciocho años, amiga de parecer bien,

aficionada de perifollos, con sus ribetes de envidiosa y con unas vecinas en la

casa de enfrente que hoy estrenan un apretador amarillo, mañana un jubón

negro y el otro una saya azul turquí con unas franjas rojas que deslumbran la

vista y llaman la atención de los mozos a tres cuartos de hora de distancia.

El bueno de mosén Gil podía considerar perdido su sermón, aunque no

predicase en desierto, pues Dorotea, aunque callada y no convencida, seguía

53

mirando de mal ojo a los pobres que continuamente asediaban la puerta de su

tío, y prefiriendo un buen jubón y unas agujetas azules de las que miraba

suspirando en la calle de Botigas, cuando por casualidad iba a Tarazona, a

todos los adornos y galas que en un futuro, más o menos cercano, pudieran

prometerle en el Paraíso en cambio de su presente resignación y

desprendimiento.

En este estado las cosas, una tarde, víspera del día del santo patrono

del lugar, y mientras el cura se ocupaba en la iglesia en tenerlo todo dispuesto

para la función que iba a verificarse a la mañana siguiente, Dorotea se sentó

triste y pensativa a la puerta de su casa. Unas mucho, otras poco, todas las

muchachas del pueblo habían traído algo de Tarazona para lucirse en el Mayo

y en el baile de la hoguera, en particular sus vecinas, que, sin duda con

intención de aumentar su despecho, habían tenido el cuidado de sentarse en el

portal a coserse las sayas nuevas y arreglar los dijes que les habían feriado

sus padres. Sólo ella, la más guapa y la más presumida también, no

participaba de esa alegre agitación, esa prisa de costura, ese animado

aturdimiento que preludian entre las jóvenes, así en las aldeas como en las

ciudades, la aproximación de una solemnidad por largo tiempo esperada. Pero,

digo mal, también Dorotea tenía aquella noche su quehacer extraordinario;

mosén Gil le había dicho que amasase para el día siguiente veinte panes más

que los de costumbre, a fin de distribuírselos a los pobres, después de

concluida la misa.

Sentada estaba, pues, a la pmerta de su casa la malhumorada sobrina

del cura, barajando en su imaginación mil desagradables pensamientos,

cuando acertó a pasar por la calle una vieja muy llena de jirones y de andrajos

que, agobiada por el peso de la edad, caminaba apoyándose en un palito.

-Hija mía -exclamó al llegar junto a Dorotea, con un tono compungido y

doliente-: ¿me quieres dar una limosnita, que Dios te lo pagará con usura en su

santa gloria?

Estas palabras, tan naturales en los que imploran la caridad pública, que

son como una fórmula consagrada por el tiempo y la costumbre, en aquella

ocasión, y pronunciadas por aquella mujer, cuyos ojillos verdes y pequeños

parecían reír con una expresión diabólica, mientras el labio articulaba su acento

más plañidero y lastimoso, sonaron en el oído de Doretea como un sarcasmo

horrible, trayéndole a la memoria las magníficas promesas para más allá de la

muerte con que mosén Gil solía responder a sus exigencias continuas. Su

primer impulso fue echar enhoramala a la vieja; pero conteniéndose, por

respetos a ser su casa la del cura del lugar, se limitó a volverla la espalda con

un gesto de desagrado y mal humor bastante signifitativo. La vieja, a quien

antes parecía complacer que no afligir esta repulsa, aproximose más a la joven

y, procurando dulcificar todo lo posible su voz de carraca destemplada,

prosiguió de este modo, sonriendo siempre con sus ojillos verdosos, como

sonreiría la serpiente que sedujo a Eva en el Paraíso:

-Hermosa niña, si no por el amor de Dios, por el tuyo propio, dame una

limosna. Yo sirvo a un señor que no se limita a recompensar a los que hacen

bien a los suyos en la otra vida, sino que les da en ésta cuanto ambicionan.

Primero te pedí por el que tú conoces; ahora torno a demandarte socorro por el

que yo reverencio.

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-¡Bah, bah!, dejadme en paz, que no estoy de humor para oír disparates

-dijo Dorotea, que juzgó loca o chocheando a la haraposa vieja que le hablaba

de un modo para ella incomprensible.

Y sin volver siquiera el rostro, al despedirla tan bruscamente, hizo

ademán de entrarse en el interior de la casa; pero su interlocutora, que no

parecía dispuesta a ceder con tanta facilidad en su empeño, asiéndola de la

saya la detuvo un instante, y tornó a decirle:

-Tú me juzgas fuera de mi juicio; pero te equivocas, porque no sólo sé

bien lo que yo hablo, sino lo que tú piensas, como conozco igualmente la

ocasión de tus pesares.

Y cual si su corazón fuese un libro y éste estuviera abierto ante sus ojos,

repitió a la sobrina del cura, que no acertaba a volver en sí de su asombro,

cuantas ideas habían pasado por su mente, al comparar su triste situación con

la de las otras muchachas del pueblo.

-Mas no te apures -continuó la astuta arpía después de darle esta

prueba de su maravillosa perspicacia-; no te apures: hay un señor tan poderoso

como el de mosén Gil, y en cuyo nombre me he acercado a hablarte so

pretexto de pedir una limosna; un señor que no sólo no exige sacrificios

penosos de los que le sirven, sino que se esmera y complace en secundar

todos sus deseos; alegre como un juglar, rico como todos los judíos de la tierra

juntos y sabio hasta el extremo de conocer los más ignorados secretos de la

ciencia, en cuyo estudio se afanan los hombres. Las que le adoran viven en

una continua zambra, tienen cuantas joyas y dijes desean, y poseen filtros de

una virtud tal, que con ellos llevan a cabo cosas sobrenaturales; se hacen

obedecer de los espíritus, del Sol y de la Luna, de los peñascos, de los montes

y de las olas del mar, e infunden el amor o el aborrecimiento en quien mejor les

cuadra. Si quieres ser de los suyos, si quieres gozar de cuanto ambicionas, a

muy poca costa puedes conseguirlo. Tú eres joven, tú eres hermosa, tú eres

audaz, tú no has nacido para consumirte al lado de un viejo achacoso e

impertinente, que al fin te dejará sola en el mundo y sumida en la miseria,

merced a su caridad extravagante.

Dorotea, que al principio se prestó de mala voluntad a oír las palabras de

la vieja, fue poco a poco interesándose en aquella halagüeña pintura del

brillante porvenir, que podía ofrecerle, y aunque sin desplegar los labios, con

una mirada entre crédula y dudosa, pareció preguntarle en que consistía lo que

debiera hacer para alcanzar aquello que tanto deseaba. La vieja entonces,

sacando una botija verde que traía oculta entre el harapiento delantal, le dijo:

-Mosén Gil tiene a la cabecera de su cama una pila de agua bendita de la que

todas las noches, antes de acostarse, arroja algunas gotas, pronunciando una

oración, por la ventana que da frente al castillo. Si sustituyes aquella agua con

ésta, y después de apagado el hogar dejas las tenazas envueltas en las

cenizas, yo vendré a verte por la chimenea al toque de ánimas, y el señor a

quien obedezco, y que en muestra de su generosidad te envía este anillo, te

dará cuanto desees.

Esto diciendo, le entregó la botija, no sin haberle puesto antes en el

dedo de la misma mano con que la tomara un anillo de oro, con una piedra

hermosa sobre toda ponderación.

La sobrina del cura, que maquinalmente dejaba hacer a la vieja,

permanecía aún irresoluta y más suspensa que convencida de sus razones;

pero tanto le dijo sobre el asunto y con tan vivos colores supo pintarle el triunfo

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de su amor propio ajado, cuando al día siguiente, merced a la obediencia,

lograse ir a la hoguera de la plaza vestida con un lujo desconocido, que al fin

cedió a sus sugestiones prometiendo obedecerla en un todo.

Pasó la tarde, llegó la noche, llegando con ella la oscuridad y las horas

aparentes para los misterios y los conjuros, y ya mosén Gil, sin caer en la

cuenta de la sustitución del agua con un brebaje maldito, había hecho sus

inútiles aspersiones y dormía con el sueño reposado de los ángeles, cuando

Dorotea, después de apagar la lumbre del hogar y poner, según fórmula, las

tenazas entre las cenizas, se sentó a esperar a la bruja, pues bruja y no otra

cosa podía ser la vieja miserable que disponía de joyas de tanto valor como el

anillo y visitaba a sus amigos a tales horas y entrando por la chimenea.

Los habitantes de la aldea de Trasmoz dormían asimismo como lirones,

excepto algunas muchachas que velaban, cosiendo sus vestidos para el día

siguiente. Las campanas de la iglesia dieron al fin el toque de ánimas, y sus

golpes lentos y acompasados se perdieron dilatándose en las ráfagas del aire

para ir a expirar entre las ruinas del castillo. Dorotea, que hasta aquel

momento, y una vez adoptada su resolución, había conservado la firmeza y

sangre fría suficientes para obedecer las órdenes de la bruja, no pudo menos

de turbarse y fijar los ojos con inquietud en el cañón de la chimenea por donde

había de verla aparecer de un modo tan extraordinario. No se hizo esperar

mucho, y apenas se perdió el eco de la última campanada, cayó de golpe entre

la ceniza en forma de gato gris y haciendo un ruido extraño y particular de

estos animalitos, cuando con la cola levantada y el cuerpo hecho un arco, van y

vienen de un lado a otro acariciándose con nuestras piernas. Tras el gato gris

cayó otro rubio, y después otro negro, más otro de los que llaman moriscos, y

hasta catorce o quince de diferentes dimensiones y color, revueltos con una

multitud de sapillos verdes y tripudos con un cascabel al cuello, y una a manera

de casaquilla roja. Una vez juntos los gatos, comenzaron a ir y venir por la

cocina, saltando de un lado a otro; éstos por los vasares, entre los pucheros y

las fuentes, aquéllos por el ala de la chimenea, los de más allá revolcándose

entre la ceniza y levantando una gran polvareda, mientras que los sapillos,

haciendo sonar su cascabel, se ponían de pie al borde de las marmitas, daban

volteretas en el aire o hacían equilibrios y dislocaciones pasmosas, como los

clownes de nuestros circos ecuestres. Por último, el gato gris, que parecía el

jefe de la banda, en cuyos ojillos verdosos y fosforescentes había creído

reconocer la sobrina del cura los de la vieja que le habló por la tarde,

levantándose sobre las patas traseras en la silla en que se encontraba subido,

dirigió la palabra en estos términos.

-Has cumplido lo que prometiste, y aquí nos tienes a tus órdenes. Si

quieres vernos en nuestra primitiva forma y que comencemos a ayudarte a

fraguar las galas para las fiestas y a amasar los panes que te ha encargado tu

tío, haz tres veces la señal de la cruz con la mano izquierda invocando a la

trinidad de los infiernos: Belcebú, Astarot y Belial.

Dorotea, aunque temblando, hizo punto por punto lo que se le decía, y

los gatos se convirtieron en otras tantas mujeres, de las cuales, unas

comenzaron a cortar y otras a coser telas de mil colores, a cual más vistoso y

llamativo, hilvanando y concluyendo sayas y jubones a toda prisa, en tanto que

los sapillos, diseminados por aquí y por allá, con unas herramientas diminutas y

brillantes, fabricaban pendientes de filigrana de oro para las orejas, anillos con

piedras preciosas para los dedos, o armados de su tirapié y su lezna en

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miniatura, cosían unas zapatillas de tafilete, tan monas y tan bien acabadas,

que merecían calzar el pie de una hada. Todo era animación y movimiento en

derredor de Dorotea; hasta la llama del candil que alumbraba aquella escena

extravagante parecía danzar alegre en su piquera de hierro, chisporroteando y

plegando y volviendo a desplegar su abanico de luz, que se proyectaba en los

muros en círculos movibles, ora oscuros, ora brillantes. Esto se prolongó hasta

rayar el día, en que el bullicioso repique de las campanas de la parroquia

echadas a vuelo en honor del santo patrono del lugar, y el agudo canto de los

gallos, anunciaron el alba a los habitantes de la aldea. Pasó el día entre fiestas

y regocijos. Mosén Gil, sin sospechar la parte que las brujas habían tomado en

su elaboración, repartió, terminada la misa, sus panes entre los pobres; las

muchachas bailaron en las eras al son de la gaita y el tamboril, luciendo los

dijes y las galas que habían traído de Tarazona, y ¡cosa particular!, Dorotea,

aunque al parecer fatigada de haber pasado la noche en claro amasando el

pan de la limosna, como pequeño asombro de su tío, ni se quejó de su suerte,

ni hizo alto en las bandas de mozas y mozos que pasaban emperejilados por

sus puertas, mientras ella permanecía aburrida y sola en su casa.

Al fin llegó la hoche, que a la sobrina del cura pareció tardar más que

otras veces. Mosén Gil se metió en su cama al toque de oraciones, según tenía

de costumbre, y la gente joven del lugar encendió la hoguera en la plaza donde

debía continuar el baile: Dorotea, entonces, aprovechando el sueño de su tío,

se adornó apresuradamente con los hermosos vestidos, presente de las brujas,

púsose los pendientes de filigrana de oro, cuyas piedras blancas y luminosas

semejaban sobre sus frescas mejillas gotas de rocío sobre un melocotón

dorado, y, con sus zapatillas de tafilete y un anillo en cada dedo, se dirigió al

punto en que los mozos y las mozas bailaban al son del tamboril y las vihuelas,

al resplandor del fuego; cuyas lenguas rojas, coronadas de chispas de mil

colores, se levantaban por cima de los tejados de las casas, arrojando a lo lejos

las prolongadas sombras de las chimeneas y la torre del lugar. Figúrense

ustedes el efecto que su aparición produciría. Sus rivales en hermosura, que

hasta allí la habían superado en lujo, quedaron oscurecidas y arrinconadas; los

hombres se disputaban el honor de alcanzar una mirada de sus ojos, y las

mujeres se mordían los labios de despecho. Como le habían anunciado las

brujas, el triunfo de su vanidad no podía ser más grande.

Pasaron las fiestas del santo, y anque Dorotea tuvo buen cuidado de

guardar sus joyas y sus vestidos en el fondo del arca, durante un mes no se

habló en el pueblo de otro asunto.

-¡Vaya! ¡Vaya! -decían sus feligreses a Mosén Gil-: tenéis a vuestra

sobrina hecha un pimpollo de oro. ¡Qué lujo! ¡Quién había de creer que,

después de dar lo que dais en limosnas, aún os quedaba para esos rumbos!

Pero mosén Gil, que era la bondad misma y que ni siquiera podía figurarse la

verdad de lo que pasaba, creyendo que querían embromarle, aludiendo a la

pobreza y la humildad en el vestir de Dorotea, impropias de la sobrina de un

cura, personaje de primer orden en los pueblos, se limitaba a contestar

sonriendo y como para seguir la broma:

-¿Qué queréis? Donde lo hay, se luce.

Las galas de Dorotea hacían entretanto su efecto.

Desde aquella noche en adelante no faltaron enramadas en sus

ventanas, música en sus puertas y rondadores en las esquinas. Estas rondas,

estos cantares y estos ramos tuvieron el fin que era natural, y a los dos meses

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la sobrina del cura se casaba con uno de los mozos mejor acomodados del

pueblo; el cual para que nada faltase a su triunfo, hasta la famosa noche en

que se presentó en la hoguera, había sido novio de una de aquellas vecinas

que tanto la hicieron rabiar en otras ocasiones, sentándose a coser sus

vestidos en el portal de la calle. Sólo el pobre mosén Gil perdió desde aquella

época para siempre el latín de sus exorcismos y el trabajo de sus aspersiones.

Las brujas, con grande asombro suyo y de sus feligreses, tornaron a

aposentarse en el castillo; sobre los ganados cayeron plagas sin cuento; las

jóvenes del lugar se veían atacadas de enfermedades incomprensibles; los

niños eran azotados por las noches en sus cunas, y los sábados, después que

la campana de la iglesia dejaba oír el toque de ánimas, unas sonando

panderos, otras añafiles o castañuelas, y todas a caballo sobre sus escobas,

los habitantes de Trasmoz veían pasar una banda de viejas, espesa como las

grullas, que iban a celebrar sus endiablados ritos a la sombra de los muros y de

la ruinosa atalaya que corona la cumbre del monte.

Después de oír esta historia, he tenido ocasión de conocer a la tía

Casca, hermana de la otra Casca famosa, cuyo trágico fin he referido a

ustedes, y vástago de la dinastía de brujas de Trasmoz que comienza en la

sobrina de mosén Gil y acabará no se sabe cuándo ni dónde. Por más que, al

decir de los revolucionarios furibundos, ha llegado la hora final de las dinastías

seculares, ésta, a juzgar por el estado en que se hallan los espíritus en el país,

promete prolongarse aún mucho, pues teniendo en cuenta que la que vive no

será para largo en razón a su avanzada edad, ya comienza a decirse que la

hija despunta en el oficio y que una netezuela tiene indudables disposiciones;

tan arraigada está entre estas gentes la creencia de que de una en otra lo

vienen heredando. Verdad es que, como ya creo haber dicho antes de ahora,

hay aquí en cuanto a uno le rodea un no sé qué de agreste, misterioso y

grande que impresiona profundamente el ánimo y lo predispone a creer en lo

sobre-natural.

De mí puedo asegurarles que no he podido ver a la actual bruja sin

sentir un estremecimiento involuntario, como si, en efecto, la colérica mirada

que me lanzó, observando la curiosidad impertinente con que espiaba sus

acciones, hubiera podido hacerme daño. La vi hace pocos días, ya muy

avanzada la tarde, y por una especie de tragaluz, al que se alcanza desde un

pedrusco enorme de los que sirven de cimiento y apoyo a las casas de

Trasmoz. Es alta, seca, arrugada, y no lo querrán ustedes creer, pero hasta

tiene sus barbillas blancuzcas y su nariz corva, de rigor en las brujas de todas

las consejas.

Estaba encogida y acurrucada junto al hogar entre un sinnúmero de

trastos viejos, pucherillos, cántaros, marmitas y cacerolas de cobre, en las que

la luz de la llama parecía centuplicarse con sus brillantes y fantásticos reflejos.

Al calor de la lumbre hervía yo no sé qué en un cacharro, que de tiempo en

tiempo removía la vieja con una cuchara. Tal vez sería un guiso de patatas

para la cena; pero impresionado a su vista, y presente aún la relación que me

habían hecho de sus antecesoras, no pude menos de recordar, oyendo el

continuo hervidero del guiso, aquel pisto infernal, aquella horrible cosa sin

nombre de las brujas del Macbeth de Shakespeare.

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Carta novena

A la señorita doña M. L. A.

Apreciable amiga:

Al enviarle una copia exacta, quizás la única que de ella se ha sacado

hasta hoy, prometí a usted referirle la peregrina historia de la imagen, en honor

de la cual un príncipe poderoso levantó el monasterio, desde una de cuyas

celdas he escrito mis cartas anteriores.

Es una historia que, aunque transmitida hasta nosotros por documentos

de aquel siglo y testificada aún por la presencia de un monumento material,

prodigio del arte, elevado en su conmemoración, no quisiera entregarla al frío y

severo análisis de la crítica filosófica, piedra de toque a cuya prueba se

someten hoy día todas las verdades.

A esa terrible crítica, que, alentada con algunos ruidosos triunfos,

comenzó negando las tradiciones gloriosas y los héroes nacionales, y ha

acabado por negar hasta el carácter divino de Jesús, ¿qué concepto le podría

merecer ésta, que desde luego calificaría de conseja de niños?

Yo escribo y dejo poner estas desaliñadas líneas en letras de molde,

porque la mía es mala, y sólo así le será posible entenderme; por lo demás, yo

las escribo para usted, para usted exclusivamente, porque sé que las delicadas

flores de la tradición sólo puede tocarlas la mano de la piedad, y sólo a ésta le

es dado aspirar su religioso perfume sin marchitar sus hojas.

En el valle de Veruela, y como a una media hora de distancia de su

famoso monasterio, hay, al fin de una larga alameda de chopos que se

extiende por la falda del monte, un grueso pilar de argamasa y ladrillo. En la

mitad más alta de este pilar, cubierto ya de musgo, merced a la continuada

acción de las lluvias, y al que los años han prestado su color oscuro e

indefinible, se ve una especie de nicho que en su tiempo debió de contener una

imagen, y sobre el cónico capitel que lo remata, el asta de hierro de una cruz

cuyos brazos han desaparecido. Al pie crecen y exhalan un penetrante y

campesino perfume, entre una alfombra de menudas yerbas, las aliagas

espinosas y amarillas, los altos romeros de flores azules, y otra gran porción de

plantas olorosas y saludables. Un arroyo de agua cristalina corre allí con un

ruido apacible, medio oculto entre el espeso festón de juncos y lirios blancos

que dibuja sus orillas, y, en el verano, las ramas de los chopos, agitadas por el

aire que continuamente sopla de la parte del Moncayo, dan a la vez música y

sombra. Llaman a este sitio La Aparecida, porque en él aconteció, hará

próximamente unos siete siglos, el suceso que dio origen a la fundación del

célebre monasterio de la Orden del Cister, conocido con el nombre de Santa

María de Veruela.

Refiere un antiguo códice, y es tradición constante en el país, que,

después, de haber renunciado a la corona que le ofrecieron los aragoneses, a

poco de ocurrida la muerte de Don Alonso, en la desgraciada empresa de

Fraga, Don Pedro Atares, uno de los más poderosos magnates de aquella

época, se retiró al castillo de Borja, del que era señor, y donde en compañía de

algunos de sus leales servidores, y como descanso de las continuas

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inquietudes, de las luchas palaciegas y del batallar de los campos, decidió

pasar el resto de sus días entregado al ejercicio de la caza, ocupación favorita

de aquellos rudos y valientes caballeros, que sólo hallaban gusto durante la

paz en lo que tan propiamente se ha llamado simulacro e imagen de la guerra.

El valle en que está situado el monasterio, que dista tres leguas escasas

de la ciudad de Borja, y la falda del Moncayo, que pertenece a Aragón, eran

entonces parte de su dilatado señorío; y como quiera que de los pueblecillos

que ahora se ven salpicados aquí y allá por entre las quiebras del terreno, no

existían más que las atalayas y algunas miserables casucas, abrigo de

pastores, que las tierras no se habían roturado, ni las crecientes necesidades

de la población habían hecho caer al golpe del hacha los añosísimos árboles

que lo cubrían, el valle de Veruela, con sus bosques de encinas y carrascas

seculares, y sus intrincados laberintos de vegetación virgen y lozana, ofrecía

seguro abrigo a los ciervos y jabalíes, que vagaban por aquellas soledades en

número prodigioso.

Aconteció una vez que, habiendo salido el señor de Borja, rodeado de

sus más hábiles ballesteros, sus pajes y sus ojeadores, a recorrer esta parte de

sus dominios, en busca de la caza en que era tan abundante, sobrevino la

tarde sin que, cosa verdaderamente extraordinaria, dadas las condiciones del

sitio, encontrasen una sola pieza que llevar a la vuelta de la jornada como

trofeo de la expedición.

Dábase a todos los diablos Don Pedro Atares, y, a pesar de su natural

prudencia, juraba y perjuraba que había de colgar de una encina a los

cazadores furtivos, causa, sin duda, de la incomprensible escasez de reses que

por vez primera notaba en sus cotos; los perros gruñían cansados de

permanecer tantas horas ociosos atados a la traílla; los ojeadores roncos de

vocear en balde, volvían a reunirse a los mohínos ballesteros, y todos se

disponían a tomar la vuelta del castillo para salir de lo más espeso del carrascal

antes que la noche cerrase, tan oscura y tormentosa como lo auguraban las

nubes suspendidas sobre la cumbre del vecino Moncayo, cuando de repente

una cierva, que parecía haber estado oyendo la conversación de los

cazadores, oculta por el follaje, salió por entre las matas más cercanas, y,

como burlándose de ellos, desapareció a su vista para ir a perderse entre el

laberinto del monte. No era aquélla seguramente la hora más a propósito para

darle caza, pues la oscuridad del crepúsculo, aumentada por la sombra de las

nubes que poco a poco iban entoldando el cielo, se hacía cada vez más densa;

pero el señor de Borja, a quien desesperaba la idea de volverse con las manos

vacías de tan larga excursión, sin hacer alto en las observaciones de los más

experimentados, dio apresuradamente la orden de arrancar en su seguimiento,

y, mandando a los ojeadores por un lado y a los ballesteros por otro, salió a

brida suelta y seguido de sus pajes, a quienes pronto dejó rezagados en la furia

de su carrera tras la imprudente res que de aquel modo parecía haber venido a

burlársele en sus barbas.

Como era de suponer, la cierva se perdió en lo más intrincado del

monte, y a la media hora de correr en busca suya, cada cual en una dirección

diferente, así don Pedro Atares, que se había quedado completamente solo,

como los menos conocedores de terreno de su comitiva, se encontraron

perdidos en la espesura. En este intervalo cerró la noche, y la tormenta, que

durante toda la tarde se estuvo amasando en la cumbre del Moncayo, comenzó

a descender lentamente por la falda y a tronar y a relampaguear, cruzando las

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llanuras como un majestuoso paseo. Los que las han presenciado pueden sólo

figurarse toda la terrible majestad de las repentinas tempestades que estallan a

aquella altura, donde los truenos, repercutidos por las concavidades de las

peñas, las ardientes exhalaciones, atraídas por la frondosidad de los árboles, y

el espeso turbión de granizo congelado por las corrientes de aire frío e

impetuoso, sobrecogen el ánimo hasta el punto de hacernos creer que los

montes se desquician, que la tierra va a abrirse debajo de los pies, o que el

cielo, que cada vez parece estar más bajo y más pesado, nos oprime como con

una capa de plomo. Don Pedro Atares, sólo y perdido en aquellas inmensas

soledades, conoció tarde su imprudencia y en vano se esforzaba para reunir en

torno suyo a su dispersa comitiva; el ruido de la tempestad que cada vez se

hacía mayor, ahogaba sus voces.

Ya su ánimo, siempre esforzado y valeroso, comenzaba a desfallecer

ante la perspectiva de una noche eterna, perdido en aquellas soledades y

expuesto al furor de los desencadenados elementos; ya su noble cabalgadura,

aterrorizada y medrosa, se negaba a proseguir adelante, inmóvil y como

clavada en la tierra, cuando, dirigiendo sus ojos al cielo, dejó escapar

involuntariamante de sus labios una piadosa oración a la Virgen, a quien el

cristiano caballero tenía costumbte de invocar en los más duros trances de la

guerra, y que en más de una ocasión le había dado la victoria.

La Madre de Dios oyó sus palabras y descendió a la tierra para

protegerle. Yo quisiera tener la fuerza de imaginación bastante para poderme

figurar cómo fue aquello. Yo he visto pintadas por nuestros más grandes

artistas algunas de esas místicas escenas; yo he visto, y usted habrá visto

también, a la misteriosa luz de la gótica catedral de Sevilla; uno de esos

colosales lienzos en que Murillo, el pintor de las santas visiones, ha intentado

fijar para pasmo de los hombres un rayo de esa diáfana atmósfera en que

nadan los ángeles como en un océano de luminoso vapor; pero allí es

necesaria la intensidad de las sombras en un punto del cuadro para dar mayor

realce a aquel en que se entreabren las nubes como una explosión de claridad;

allí, pasada la primera impresión del momento, se ve el arte luchando con sus

limitados recursos para dar idea de lo imposible.

Yo me figuro algo más, algo que no se puede decir con palabras ni

traducir con sonidos o con colores. Me figuro un esplendor vivísimo que todo lo

rodea; todo lo abrillanta, que, por decirlo así, se compenetra en todos los

objetos y los hace aparecer como de cristal, y en su foco ardiente lo que

pudiéramos llamar la luz dentro de la luz. Me figuro como se iría

descomponiendo el temeroso fragor de la tormenta en notas largas y

suavísimas, en acordes distintos, en rumor de alas, en armonías extrañas de

cítaras y salterios; me figuro ramas inmóviles, el viento suspendido, y la tierra,

estremecida de gozo, con un temblor ligerísimo al sentirse hollada otra vez por

la divina planta de la Madre de su Hacedor, absorta, atónita y muda, sostenerla

por un instante sobre sus hombros. Me figuro, en fin, todos los esplendores del

cielo y de la la tierra reunidos en un solo esplendor, todas las armonías en una

sola armonía, y en mitad de aquel foco de luz y de sonidos, la celestial Señora,

resplandeciendo como una llama más viva que las otras resplandece entre las

llamas de una hoguera, como dentro de nuestro sol brillaría otro sol más

brillante.

Tal debió de aparecer la Madre de Dios a los ojos del piadoso caballero,

que bajando de su cabalgadura y postrándose hasta tocar el sucio con la

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frente, no osó levantarlos mientras la celeste visión le hablaba, ordenándole

que en aquel lugar erigiese un templo en honra y gloria suya.

El divino éxtasis duró cortos instantes; la luz se comenzó a debilitar

como la de un astro que se eclipsa; la armonía se apagó, temblando sus notas

en el aire, como el eco de una música lejana, y don Pedro Atares lleno de un

estupor indecible, corrió a tocar con sus labios el punto en que había puesto

sus pies la Virgen. Pero ¡cuál no sería su asombro al encontrar en él una

milagrosa imagen, testimonio real de aquel prodigio, prenda sagrada que, para

eterna memoria de tan señalado favor, le dejaba al desaparecer la celestial

Señora!

A esta sazón, aquellos de sus servidores que habían logrado reunirse y

que, después de haber encendido algunas teas, recorrían el monte en todas

direcciones, haciendo señales con las trompas de ojeo a fin de encontrar a su

señor por entre aquellas intrincadas revueltas, donde era de temer le hubiera

acontecido una desgracia, llegaron al sitio en que acababa de tener lugar la

maravillosa aparición. Reunida, pues, la comitiva y conocedores todos del

suceso, improvisáronse unas andas con las ramas de los árboles, y en piadosa

procesión, conduciendo los caballos del diestro e iluminándola con el rojizo

resplandor de las teas, llevaron consigo la milagrosa imagen hasta Borja, en

cuyo histórico castillo entraron al mediar la noche.

Como puede presumirse, don Pedro Atares no dejó pasar mucho tiempo

sin realizar el deseo que había manifestado la Virgen. Merced a sus fabulosas

riquezas, se allanaron todas las dificultades que parecían oponerse a su

erección, y el suntuoso monasterio con su magnífica iglesia, semejante a una

catedral, sus claustros imponentes y sus almenados muros, levantose como

por encanto en medio de aquellas soledades.

San Bernardo en persona vino a establecer en él la comunidad de su

Regla y asistir a la traslación de la milagrosa imagen desde el castillo de Borja,

donde había estado custodiada, hasta su magnífico templo, de Veruela, a cuya

solemne congregación asistieron seis prelados y estuvieron presentes muchos

magnates y príncipes poderosos, amigos y deudos de su ilustre fundador, don

Pedro Atares, el cual, para eterna memoria del señalado favor que había

obtenido de la Virgen, mandó colocar una cruz y la copia de su divina imagen

en el mismo lugar en que la había visto descender del cielo. Este lugar es el

mismo de que he hablado a usted al principio de esta carta, y que todavía se

conoce con el nombre de La Aparecida.

Yo oí por primera vez referir la historia, que a mi vez he contado, al pie

del humilde pilar que la recuerda, y antes de haber visto el monasterio que

ocultaban aún a mis ojos las altas alamedas de árboles, entre cuyas copas se

esconden sus puntiagudas torres.

Puede usted, pues, figurarse con qué mezcla de curiosidad y veneración

traspasaría luego los umbrales de aquel imponente recinto, maravilla del arte

cristiano; que guarda aún en su seno la misteriosa escultura, objeto de ardiente

devoción por tantos siglos, y a la que nuestros antepasados, de una generación

en otra, han tributado sucesivamente las honras más señaladas y grandes. Allí,

día y noche, y hasta hace poco, ardían delante del altar en que se encontraba

la imagen, sobre un escabel de oro, doce lámparas de plata que brillaban,

meciéndose lentamente, entre las sombras del templo, como una constelación

de estrellas; allí los piadosos monjes, vestidos de sus blancos hábitos,

entonaban a todas horas sus alabanzas en un canto grave y solemne, que se

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confundían con los amplios acordes del órgano; allí los hombres de armas del

monasterio, mitad templo, mitad fortaleza; los pajes del poderoso abad y sus

innumerables servidores la saludaban con ruidosas aclamaciones de júbilo,

como a la hermosa castellana de aquel castillo, cuando en los días clásicos, la

sacaban un momento por sus patios, coronados de almenas, bajo un palio de

tisú y pedrería.

Al penetrar en aquel anchuroso recinto, ahora mudo y solitario, al ver las

almenas de sus altas torres caídas por el suelo, la hiedra serpenteando por las

hendiduras de sus muros, y las ortigas y los jaramagos que crecen en montón

por todas partes, se apodera del alma una profunda sensación de involuntaria

tristeza. Las enormes puertas de hierro de la torre se abren rechinando sobre

sus enmohecidos goznes con un lamento agudo, siempre que un curioso viene

a turbar aquel alto silencio, y dejan ver el interior de la abadía con sus calles de

cipreses, su iglesia bizantina en el fondo y el severo palacio de los abades.

Pero aquella otra gran puerta del templo, tan llena de símbolos incomprensibles

y de esculturas extrañas, en cuyos sillares han dejado impresos artífices de la

Edad Media los signos misteriosos de su masónica hermandad; aquella gran

puerta que se colgaba un tiempo de tapices y se abría de par en par en las

grandes solemnidades, no volverá a abrirse; ni volverá a entrar por ella la

multitud de los fieles, convocados al son de las campanas que volteaban

alegres y ruidosas en la elevada torre. Para penetrar hoy en el templo es

preciso cruzar nuevos patios, tan extensos, tan ruinosos y tan tristes como el

primero, internarse en el claustro procesional, sombrío y húmedo como un

sótano, y, dejando a un lado las tumbas en que descansan los hijos del

fundador, llegar hasta un pequeño arco que apenas si en mitad del día se

distingue entre las sombras eternas de aquellos medrosos pasadizos, y donde

una losa negra, sin inscripción y con una espada groseramente esculpida,

señala el humilde lugar en que el famoso Don Pedro Atares quiso que

reposasen sus huesos.

Figúrese usted una iglesia tan grande y tan imponente como la más

imponente y más grande de nuestras catedrales. En un rincón, sobre un

magnífico pedestal labrado de figuras caprichosas y formando el más extraño

contraste, una pequeña jofaina de loza de la más basta de Valencia hace las

veces de pila para el agua bendita; de las robustas bóvedas cuelgan aún las

cadenas de metal que sostuvieron las lámparas, que ya han desaparecido; en

los pilares se ven las estacas y las anillas de hierro de que pendían las

colgaduras de terciopelo franjado de oro, de las que sólo queda la memoria;

entre dos arcos existe todavía el hueco que ocupaba el órgano; no hay vidrios

en las ojivas que dan paso a la luz; no hay altares en las capillas, el coro está

hecho pedazos; el aire, que penetra sin dificultad por todas partes, gime por los

ángulos del templo, y los pasos resuenan de un modo tan particular que parece

que se anda por el interior de una inmensa tumba.

Allí, sobre un mezquino altar, hecho de los despedazados restos de

otros altares, recogidos por alguna mano piadosa, y alumbrado por una

lamparilla de cristal con más agua que aceite, cuya luz chisporrotea próxima a

extinguirse, se descubre la santa imagen, objeto de tanta veneración en otras

edades, a la sombra de cuyo altar duermen el sueño de la muerte tantos

próceres ilustres, a la puerta de cuyo monasterio dejó su espada como en

señal de vasallaje un monarca español, que atraído por la fama de sus

milagros, vino a rendirle, en época no muy remota, el tributo de sus oraciones.

De tanto esplendor, de tanta grandeza, de tantos días de exaltación y de gloria,

sólo queda ya un recuerdo en las antiguas crónicas del país, y una piadosa

tradición entre los campesinos que de cuando en cuando atraviesan con temor

los medrosos claustros del monasterio para ir a arrodillarse ante Nuestra

Señora de Veruelas, que para ellos, así en la época de su grandeza como en la

de su abandono, es la santa protectora de su escondido valle.

En cuanto a mí, puedo asegurar a usted que en aquel templo,

abandonado y desnudo, rodeado de tumbas silenciosas, donde descansan

ilustres próceres, sin descubrir, al pie del ara que la sostiene, más que las

mudas e inmóviles figuras de los abades muertos, esculpidas groseramente

sobre las losas sepulcrales del pavimento de la capilla, la milagrosa imagen,

cuya historia conocía de antemano, me infundió más hondo respeto, me

pareció más hermosa, más rodeada de una atmósfera de solemnidad y

grandeza indefinibles que otras muchas que había visto antes en retablos

churriguerescos, muy cargadas de joyas ridículas, muy alumbradas de luces en

forma de pirámides y de estrellas, muy engalanadas con profusión de flores de

papel y de trapo.

A usted y a todo el que sienta en su alma la verdadera poesía de la

religión, creo que le sucedería lo mismo.