Charlotte Brontë

 

Jane Eyre

 

 

I

Aquel día no fue posible salir de paseo. Por la mañana jugamos durante una hora entre los matorrales, pero después de comer (Mrs. Reed comía temprano cuando no había gente de fuera), el frío viento invernal trajo consigo unas nubes tan sombrías y una lluvia tan recia, que toda posibilidad de salir se disipó.

Yo me alegré. No me gustaban los paseos largos, sobre todo en aquellas tardes invernales. Regresábamos de ellos al anochecer, y yo volvía siempre con los dedos agarrota­dos, con el corazón entristecido por los regaños de Bessie, la niñera, y humillada por la consciencia de mi inferioridad física respecto a Eliza, John y Georgiana Reed.

Los tres, Eliza, John y Georgiana, se agruparon en el salón en torno a su madre, reclinada en el sofá, al lado del fuego. Rodeada de sus hijos (que en aquel instante no disputaban ni alborotaban), mi tía parecía sentirse perfec­tamente feliz. A mí me dispensó de la obligación de unirme al grupo, diciendo que se veía en la necesidad de mantener­me a distancia hasta que Bessie le dijera, y ella lo compro­bara, que yo me esforzaba en adquirir mejores modales, en ser una niña obediente. Mientras yo no fuese más sociable, más despejada, menos huraña y más agradable en todos los sentidos, Mrs. Reed se creía obligada a excluirme de los privilegios reservados a los niños obedientes y buenos.

-¿Y qué ha dicho Bessie de mí? -interrogué al oír aquellas palabras.

-No me gustan las niñas preguntonas, Jane. Una niña no debe hablar a los mayores de esa manera. Sién­tate en cualquier parte y, mientras no se te ocurran me­jores cosas que decir, estate callada.

Me deslicé hacia el comedorcito de desayunar anexo al salón y en el cual había una estantería con libros. Cogí uno que tenía bonitas estampas. Me encaramé al alféizar de una ventana, me senté en él cruzando las piernas como un turco y, después de correr las rojas cortinas que protegían el hueco, quedé aislada por completo en aquel retiro.

Las cortinas escarlatas limitaban a mi derecha mi campo visual, pero a la izquierda, los cristales, aunque me defendían de los rigores de la inclemente tarde de noviembre, no me impedían contemplarla. Mientras volvía las hojas del libro, me paraba de cuando en cuan­do para ojear el paisaje invernal. A lo lejos todo se fun­día en un horizonte plomizo de nubes y nieblas. De cer­ca se divisaban los prados húmedos y los arbustos agita­dos por el viento, y sobre toda la perspectiva caía, sin cesar, una lluvia desoladora.

Continué hojeando mi libro. Era una obra de Bewick, History of British Brids, consagrada en gran parte a las costumbres de los pájaros y cuyas páginas de texto me interesaban poco, en general. No obstante, había unas cuantas de introducción que, a pesar de ser muy niña aún, me atraían lo suficiente para no considerarlas ári­das del todo. Eran las que trataban de los lugares donde suelen anidar las aves marinas: «las solitarias rocas y promontorios donde no habitan más que estos seres», es decir, las costas de Noruega salpicadas de islas, desde su extremidad meridional hasta el Cabo Norte.

Do el mar del Septentrión, revuelto,

baña la orilla gris de la isla melancólica

de la lejana Tule, y el Atlántico

azota en ruda tempestad las Hébridas...

Me sugestionaba mucho el imaginar las heladas ribe­ras de Laponia, Siberia, Spitzberg, Nueva Zembla, Islandia, Groenlandia y «la inmensa desolación de la Zona Ártica, esa extensa y remota región desierta que es como el almacén de la nieve y el hielo, con sus inter­minables campos blancos, con sus montañas heladas en torno al polo, donde la temperatura alcanza su más ex­tremado rigor».

Yo me formaba una idea muy personal de aquellos países, una idea fantástica, como todas las nociones aprendidas a medias que flotan en el cerebro de los ni­ños, pero intensamente impresionante. Las frases de la introducción se relacionaban con las estampas del libro y prestaban máximo relieve a los dibujos: una isla azotada por las olas y por la espuma del mar, una embarcación estallándose contra los arrecifes de una costa peñasco­sa, una luna fría y fantasmal iluminando, entre nubes sombrías, un naufragio...

No acierto a definir el sentimiento que me inspiraba una lámina que representaba un cementerio solitario, con sus lápidas y sus inscripciones, su puerta, sus dos árboles, su cielo bajo y, en él, media luna que, elevándo­se a lo lejos, alumbraba la noche naciente.

En otra estampa dos buques que aparecían sobre un mar en calma se me figuraban fantasmas marinos. Pa­saba algunos dibujos por alto: por ejemplo, aquel en que una figura cornuda y siniestra, sentada sobre una roca, contemplaba una multitud rodeando una horca que se perfilaba en lontananza.

Cada lámina de por sí me relataba una historia: una historia generalmente oscura para mi inteligencia y mis sentimientos no del todo desarrollados aún, pero siem­pre interesante, tan interesante como los cuentos que Bessie nos contaba algunas tardes de invierno, cuando estaba de buen humor. En esas ocasiones llevaba a nuestro cuarto la mesa de planchar y, mientras repasaba los lazos de encaje y los gorros de dormir de Mrs. Reed, nos relataba narraciones de amor y de aventuras tomadas de antiguas fábulas y romances y, en ocasiones (se­gún más adelante descubrí), de las páginas de Pamela and Henry, Earl of Moreland.

Con el libro en las rodillas me sentía feliz a mi modo. Sólo temía ser interrumpida, y la interrupción llegó, en efecto. La puerta del comedorcito acababa de abrirse.

-¡Eh, tú, doña Estropajo! -gritó la voz de John Reed.

Al ver que el cuarto estaba, en apariencia, vacío, se interrumpió.

-¡Lizzy, Georgy! -gritó-. Jane no está aquí. ¡Debe de haber salido, con lo que llueve! ¡Qué bestia es! De­cídselo a mamá.

«Menos mal que he corrido las cortinas», pensaba yo. Y deseaba con todo fervor que no descubriera mi es­condite. John Reed no lo hubiera encontrado probable­mente, ya que su sagacidad no era mucha, pero Eliza, que asomó en aquel momento la cabeza por la puerta, dijo:

-Está en el antepecho de la ventana, Jack. Estoy se­gura de ello.

Me apresuré a salir, temiendo que si no Jack me saca­se a rastras.

-¿Qué quieres? -pregunté con temor.

-Debes decir: «¿Qué quiere usted, señorito Reed?» -repuso-. Quiero que vengas aquí.

Y sentándose en una butaca, me ordenó con un ade­mán que me acercara.

John Reed era un mozalbete de catorce años, es decir, contaba cuatro más que yo. Estaba muy desarrollado y fuerte para su edad, su piel era fea y áspera, su cara ancha, sus facciones toscas y sus extremidades muy grandes. Comía hasta atracarse, lo que le producía bilis y le hacía tener los ojos abotargados y las mejillas hin­chadas. Debía haber estado ya en el colegio, pero su mamá le retenía en casa durante un mes o dos, «en aten­ción a su delicada salud». Mr. Miles, el maestro, opinaba que John se hallaría mejor si no le enviasen de casa tan­tos bollos y confituras, pero la madre era de otro criterio y creía que la falta de salud de su hijo se debía a que estudiaba en exceso.

John no tenía mucho cariño a su madre ni a sus her­manas y sentía hacia mí una marcada antipatía. Me reñía y me castigaba no una o dos veces a la semana o al día, sino siempre y continuamente. Cada vez que se acercaba a mí, todos mis nervios se ponían en tensión y un escalo­frío me recorría los huesos. El terror que me inspiraba me hacía perder la cabeza. Era inútil apelar a nadie: la servidumbre no deseaba mal quistarse con el hijo de la señora, y ésta era sorda y ciega respecto al asunto. Al parecer, no veía nunca a John pegarme ni insultarme en su presencia, pese a que lo efectuaba más de una vez, si bien me maltrataba más frecuentemente a espaldas de su madre.

Obediente, como de costumbre, a las órdenes de John, me acerqué a su butaca. Durante tres minutos es­tuvo insultándome con todas las energías de su lengua. Yo esperaba que me pegase de un momento a otro, y sin duda en mi rostro se leía la aversión que me inspiraba, porque, de súbito, me descargó un golpe violento. Me tambaleé, procuré recobrar el equilibrio y me aparté uno o dos pasos de su butaca.

-Eso es para que aprendas a contestar a mamá, y a esconderte entre las cortinas, y a mirarme como me aca­bas de mirar.

Estaba tan acostumbrada a las brutalidades de John Reed, que ni siquiera se me ocurría replicar a sus inju­rias y sólo me preocupaba de los golpes que solían se­guirlas.

-¿Qué hacías detrás de la cortina? -preguntó.

-Leer.

-A ver el libro.

Lo cogí de la ventana y se lo entregué.

-Tú no tienes por qué andar con nuestros libros. Eres inferior a nosotros: lo dice mamá. Tú no tienes di­nero, tu padre no te ha dejado nada y no tienes derecho a vivir con hijos de personas distinguidas como nosotros, ni a comer como nosotros, ni a vestir como nosotros a costa de mamá. Yo te enseñaré a coger mis libros. Porque son míos, para que te enteres, y la casa, y todo lo que hay en ella me pertenece, o me pertene­cerá dentro de pocos años. Sepárate un poco y quédate en pie en la puerta, pero no lejos de las ventanas y del espejo.

Le obedecí, sin comprender de momento sus propósi­tos. Reparé en ellos cuando le vi asir el libro para tirár­melo, y quise separarme, pero ya era tarde. El libro me dio en la cabeza, la cabeza tropezó contra la puerta, el golpe me produjo una herida y la herida comenzó a sangrar. El dolor fue tan vivo que mi terror, que había llegado a su extremo límite, dio lugar a otros sen­timientos.

-¡Malvado! -le dije-. Eres peor que un asesino, que un negrero, que un emperador romano...

Yo había leído History of Rome, de Goldsmith, y ha­bía formado una opinión personal respecto a Nerón, Ca­lígula y demás césares. E incluso había en mi interior establecido paralelismos que hasta aquel momento guardaba ocultos, pero que entonces no conseguí re­primir.

-¡Cómo! -exclamó John-. Eliza, Georgiana, ¿ha­béis oído lo que me ha dicho? Voy a contárselo a mamá. Pero antes...

Se precipitó hacia mí, me cogió por el cabello y por la espalda y me zarandeó bárbaramente. Yo le considera­ba un tirano, un criminal. Una o dos gotas de sangre se deslizaron desde mi cabeza hasta mi cuello. Sentí un do­lor agudo. Aquellas impresiones se sobrepusieron a mi miedo y repelí a mi agresor enérgicamente. No sé bien lo que hice, pero le oí decir a gritos:

-¡Condenada! ¡Perra!

No tardó en recibir ayuda. Eliza y Georgiana habían corrido hacia su madre y ésta aparecía ya en escena, se­guida de Bessie y de Abbot, la criada.

Nos separaron y oí exclamar:

-¡Hay que ver! ¡Con qué furia pegaba esa niña al señorito John!

-¡Con cuánta rabia!

La Mrs. ordenó:

-Llévensela al cuarto rojo y enciérrenla en él. Varias manos me sujetaron y me arrastraron hacia las escaleras.

 

 

II

Resistí por todos los medios. Ello era una cosa insólita y contribuyó a aumentar la mala opinión que de mí tenían Bessie y Miss Abbot. Yo estaba excitadísima, fuera de mí. Comprendía, además, las consecuencias que iba a aparejar mi rebeldía y, como un esclavo insurrecto, es­taba firmemente decidida, en mi desesperación, a llegar a todos los extremos.

-Cuidado con los brazos, Miss Abbot: la pequeña araña como una gata.

-¡Qué vergüenza! -decía la criada-. ¡Qué ver­güenza, señorita Eyre! ¡Pegar al hijo de su bienhechora, a su señorito!

-¿Mi señorito? ¿Acaso soy una criada?

-Menos que una criada, porque ni siquiera se gana el pan que come. Ea, siéntese aquí y reflexione a solas so­bre su mal comportamiento.

Me habían conducido al cuarto indicado por Mrs. Reed y me hicieron sentarme. Mi primer impulso fue ponerme en pie, pero las manos de las dos mujeres me lo impidieron.

-Si no se está usted quieta, habrá que atarla -dijo Bessie-. Déjeme sus ligas, Abbot. No puedo quitarme las mías, porque tengo que sujetarla.

Abbot procedió a despojar sus gruesas piernas de sus ligas. Aquellos preparativos y la afrenta que había de seguirlos disminuyeron algo mi excitación.

-No necesitan atarme -dije-. No me moveré.

Y, como garantía de que cumpliría mi promesa, me senté voluntariamente.

-Más le valdrá-dijo Bessie.

Cuando estuvo segura de que yo no me rebelaría más, me soltó, y las dos, cruzándose de brazos, me contem­plaron como si dudaran de que yo estuviera en mi sano juicio.

-Nunca había hecho una cosa así -dijo Bessie, vol­viéndose a la criada.

-Pero en el fondo su modo de ser es ese -replicó la otra-. Siempre se lo estoy diciendo a la señora, y ella concuerda conmigo. Es una niña de malos instintos. Nunca he visto cosa semejante.

Bessie no contestó, pero se dirigió a mí y me dijo: -Debe usted comprender, señorita, que está bajo la dependencia de Mrs. Reed, que es quien la mantiene. Si la echara de casa, tendría usted que ir al hospicio.

No contesté a estas palabras. No eran nuevas para mí: las estaba oyendo desde que tenía uso de razón. Y sona­ban en mis oídos como un estribillo, muy desagradable sí, pero sólo comprensible a medias. Miss Abbot agregó:

-Y aunque la señora tenga la bondad de tratarla a usted como si fuera igual que sus hijos, debe usted qui­tarse de la cabeza la idea de que es igual al señorito y a las señoritas. Ellos tienen mucho dinero y usted no tiene nada. Así que su obligación es ser humilde y procurar hacerse agradable a sus bienhechores.

-Se lo decimos por su bien -añadió Bessie con más suavidad-. Si procura usted ser buena y amable, quizá pueda vivir siempre aquí, pero si es usted mal educada y violenta, la señora la echará de casa.

-Además -acrecentó Miss Abbot-, Dios la casti­gará. Ande, Bessie, vámonos. Rece usted, señorita Eyre, y arrepiéntase de su mala acción, porque, si no, puede venir algún coco por la chimenea y llevársela.

Se fueron y cerraron la puerta.

El cuarto rojo no solía usarse nunca, a menos que en Gateshead Hall hubiese una extraordinaria afluencia de invitados. Era, sin embargo, uno de los mayores y más majestuosos aposentos de la casa. Había en él un lecho de caoba, de macizas columnas con cortinas de damasco rojo, situado en el centro de la habitación, como un ta­bernáculo. La habitación tenía dos ventanas grandes con las cortinas perpetuamente corridas. La alfombra era roja y la mesita situada junto al lecho estaba cubierta con un paño carmesí. Las paredes se hallaban tapizadas en rosa. El armario, el tocador y las sillas eran de caoba barnizada en oscuro. Junto al lecho había un sillón lleno de cojines, casi tan ancho como alto, que me parecía un trono.

El cuarto era frío, porque casi nunca se encendía la chimenea en él; silencioso, porque estaba lejos de las cocinas y del cuarto de los niños; solemne, porque me constaba que se usaba pocas veces y porque... La criada sólo entraba allí los sábados para quitar el polvo del es­pejo y de los muebles. De tarde en tarde, Mrs. Reed visitaba también la habitación para revisar, en un depar­tamento secreto del armario, las joyas que guardaba en unión de un retrato de su difunto marido...

La clave de que el cuarto rojo fuera imponente residía en esas últimas palabras. Mr. Reed había muerto nueve años atrás precisamente en aquella habitación, en ella había permanecido de cuerpo presente, y todo fue dejado allí en la misma forma en que se encontraba al fallecer su tío.

El asiento en que Bessie y la áspera Abbot me habían hecho instalarme era una otomana baja, próxima a la chi­menea de mármol. Ante mí se erguía el lecho; a mi dere­cha quedaba el armario, grande y sombrío, con negros re­flejos en sus paredes; y a la izquierda, las ventanas cerra­das, entre las cuales había un gran espejo que duplicaba la visión de la vacía majestad del lecho y del aposento.

Yo no estaba absolutamente segura de si las dos muje­res habían cerrado la puerta al marcharse. Me atreví a levantarme para comprobarlo. ¡Ay, sí!, la encontré ce­rrada herméticamente.

Pasé ante el espejo otra vez. Involuntariamente mis ojos fascinados dirigieron una mirada al cristal. Todo parecía en el espejo más frío y más sombrío de lo que era en realidad, y la extraña figurita que, en el rostro lívido y los ojos brillantes de miedo, aparecía en el cris­tal se me figuraba un espíritu, uno de aquellos seres, entre hadas y duendes, que en las historias de Bessie se aparecían a los viajeros solitarios. Volví a mi asiento.

Comenzaba a acosarme a la superstición. Pero no me dominaba del todo: aún quedaban en mi alma rastros de la energía que me infundiera mi rebeldía reciente. En mi cabeza se agitaban las violencias de John Reed, la orgu­llosa indiferencia de sus hermanas, la aversión de su madre y la parcialidad de la servidumbre, como los sedi­mentos depositados dentro de un pozo salen a la superfi­cie al agitarse sus aguas. ¿Por qué abría de sufrir siem­pre, de ser siempre golpeada, siempre acusada, siempre considerada culpable? ¿Por qué no agradaba nunca a nadie, ni jamás merecía atención alguna? Eliza, testaru­da y egoísta, era respetada. A Georgiana, díscola, capri­chosa e insolente, todo se le perdonaba. Su belleza, sus mejillas rosadas y sus dorados rizos encantaban a cuan­tos la veían y le daban derecho a que se pasasen por alto todas sus faltas. John no era jamás reprendido, ni mu­cho menos castigado, aunque retorciese el cuello a los pichones, matase las crías de los pavos reales, maltratase a los perros, cogiese las uvas de las parras y arrancase los retoños de las plantas más delicadas del invernadero. Llamaba vieja a su madre, se burlaba de su piel morena -tan parecida a la de él-, no hacía caso alguno de ella, estropeaba a veces sus vestidos de seda y, con todo, era «su niño querido». Yo no hacía nada malo, procuraba cumplir todos mis deberes y, sin embargo, se me consi­deraba fastidiosa y traviesa y se me reñía siempre, de la mañana a la tarde y de la tarde a la mañana.

Mi cabeza sangraba aún del golpe que me asestara John, sin que nadie le hubiera reprendido a él por eso y, en cambio, mi reacción contra aquella violencia merecía la reprobación general.

«Es muy injusto», decía mi razón, estimulada por una precoz, aunque transitoria energía. Y en mi interior se forjaba la resolución de librarme de aquella situación de tiranía intolerable, o bien huyendo de la casa o, si eso no era posible, negándome a comer y a beber para concluir, muriendo, con tanta tortura.

Durante aquella inolvidable tarde la consternación reinaba en mi alma, un caos mental en mi cerebro y una rebeldía violenta en mi corazón. Mis pensamientos y mis sentimientos se debatían en torno a una pregunta que no lograba contestar: «¿Por qué he de sufrir así? ¿Por qué me tratan de este modo?»

No lo comprendí claramente hasta pasados muchos años. Yo discordaba con el ambiente de Gateshead Hall, yo no era como ninguno de los de allí, yo no tenía nada de común con Mrs. Reed, ni con sus hijos, ni con sus servidores. Me querían tan poco como yo a ellos. No sentían propensión alguna a simpatizar con un ser que ni en temperamento ni en inclinaciones se les asemejaba, con un ser que no les era útil ni agradable en nada. Si yo, al menos, hubiera sido una niña juguetona, guapa, ale­gre y atrayente, mi tía me hubiera soportado mejor, sus hijos me hubieran tratado con más cordialidad y las cria­das no hubieran descargado siempre sobre mí todos sus malos humores.

La luz del día comenzaba a disiparse en el cuarto rojo. Eran más de las cuatro y la tarde se convertía, rápida, en crepúsculo. Yo oía aullar el viento y batir la lluvia en las ventanas. Mi cuerpo estaba ya tan frío como una pie­dra y, no obstante, cada vez sentía un frío mayor. Todo mi valor de antes se esfumaba. Mi acostumbrada humi­llación, las dudas que albergaba sobre mi propio valor, la habitual depresión de mi ánimo, recuperaban su imperio de siempre a medida que mi cólera decaía. Todos decían que yo era muy mala, y acaso lo fuese... ¿No acababa de ocurrírseme la idea de dejarme morir? Eso era un pecado y, además, ¿me sentía en efecto dispuesta a la muerte? ¿Acaso las tumbas situadas bajo el pavimento de la iglesia de Gateshead eran un lugar atracti­vo? Allí me habían dicho que fue enterrado Mr. Reed. Este recuerdo hizo aumentar mi temor.

No me acordaba de él. Sólo sabía que mi tío, hermano de mi madre, me había recogido en su casa al quedarme huérfana y que, antes de morir, hizo prometer a su mu­jer que me trataría como a sus propios hijos. Sin duda, Mrs. Reed creía haber cumplido su promesa -y hasta quizá quepa decir que la cumplía tanto como se lo per­mitía su modo de ser-, pero en realidad, ¿cómo había de interesarse por una persona a la que no le unía parentesco alguno y que, muerto su marido, era una intrusa en su casa?

Comenzó a surgir en mi mente una extraña idea. Yo no dudaba de que, si mi tío hubiera vivido, me habría tratado bien. Y en aquellos momentos, mientras miraba al lecho y las paredes sombrías, y también, de vez en cuando, al espejo que daba a todas las cosas un aspecto fantástico, empecé a rememorar ocasiones en las que oyera hablar de muertos salidos de sus tumbas para ven­gar la desobediencia a sus últimas voluntades. Pensé que bien pudiera suceder que el espíritu de mi tío, indignado por los padecimientos que se infligían a la hija de su her­mana, surgiese, ya de la tumba de la iglesia, ya del mun­do desconocido en que moraba, y se presentase en aque­lla habitación para consolarme. Yo sospechaba que tal posibilidad, muy confortadora en teoría, debía ser terri­ble en la realidad. Traté de tranquilizarme, aparté el ca­bello que me caía sobre los ojos, levanté la cabeza y tra­té de sondear las tinieblas de la habitación.

En aquel instante, una extraña claridad se reflejó en la pared. ¿Será -me pregunté- un rayo de luna que se desliza entre las cortinas de las ventanas? Pero la luz de la luna no se mueve, y aquella luz cambiaba de lugar. Por un momento se reflejó en el techo y luego osciló sobre mi cabeza.

Ahora, a través del tiempo transcurrido, conjeturo que tal luz provendría de alguna linterna que, para orientarse en la oscuridad, llevase alguien que cruzaba el campo, pero entonces, predispuesta mi mente a todos los horrores, en tensión todos mis nervios, pensé que aquella claridad era quizá el preludio de una aparición del otro mundo. El corazón me latía apresuradamente, las sienes me ardían, mis oídos percibieron un extraño sonido, como el apresurado batir de unas alas invisibles, y me pareció que algo terrible y desconocido se me aproximaba. Me sentí sofocada, oprimida; no podía más... Corrí a la puerta y la golpeé con desesperación. Sonaron pasos en el corredor, la llave giró en la cerradu­ra y entraron en la habitación Abbot y Bessie.

-¿Se ha puesto usted mala, señorita? -preguntó Bessie.

-¡Qué modo de gritar! ¡Creí que iba a dejarme sor­da! -exclamó Miss Abbot.

-Sáquenme de aquí. Déjenme ir a mi cuarto -grité. -Pero ¿qué le ha pasado? ¿Ha visto alguna cosa rara? -preguntó Bessie.

-He visto una luz y me ha parecido que se me acer­caba un fantasma -dije, cogiendo la mano de Bessie. -Ha gritado a propósito -opinó Abbot-. Si la hu­biese ocurrido algo, podía disculparse ese modo de gri­tar, pero lo ha hecho para que viniéramos. Conozco sus mañas.

-¿Qué pasa? -preguntó otra voz.

Mi tía apareció en el pasillo, haciendo mucho ruido con las faldas sobre el pavimento. Se dirigió a Bessie y a Miss Abbot.

-Creo haber ordenado -dijo- que se dejase a Jane Eyre encerrada en el cuarto rojo hasta que yo viniese a buscarla.

-Es que Miss Jane dio un grito terrible, señora - repuso Bessie.

-No importa -contestó mi tía-. Suelta la mano de Bessie, niña. No te figures que por esos procedimientos lograrás que te saquemos de aquí. Odio las farsas, sobre todo en los niños. Mi deber es educarte bien. Te quedarás encerrada una hora más y cuando salgas será a con­dición de que has de ser obediente en lo sucesivo.

-¡Ay, por Dios, tía! ¡Perdóneme! ¡Tenga compasión de mí! ¡Yo no puedo soportar esto! ¡Castígueme de otro modo! ¡Me moriría si viera... !

-¡A callar! No puedo con esas patrañas tuyas. Probablemente mi tía creía sinceramente que yo es­taba fingiendo para que me soltasen y me consideraba como un complejo de malas inclinaciones y doblez precoz.

Bessie y Abbot se retiraron y Mrs. Reed, cansada de mis protestas y de mis súplicas, me volvió bruscamente la espalda, cerró la puerta y se fue sin más comentarios. Sentí alejarse sus pasos por el corredor. Y debí de sufrir un desmayo, porque no me acuerdo de más.

 

 

III

Lo primero de lo que me acuerdo después de aquello es de una especie de pesadilla en el curso de la cual veía ante mí una extraña y terrible claridad roja, atravesada por barras negras. Parecía oír voces confusas, semejan­tes al aullido del viento o al ruido de la caída del agua de una cascada. El terror confundía mis impresiones. Lue­go noté que alguien me cogía, me incorporaba de un modo mucho más suave que hasta entonces lo hiciera nadie conmigo y me sostenía en aquella posición, con la cabeza apoyada, no sé si en una almohada o en un brazo.

Cinco minutos después, las nubes de la pesadilla se disiparon y me di cuenta de que estaba en mi propio lecho y que la luz roja era el fuego de la chimenea del cuarto de niños. Era de noche. Una bujía ardía en la mesilla. Bessie estaba a los pies de la cama con una vasi­ja en la mano, y un señor, sentado a la cabecera, se incli­naba hacia mí.

Sentí una inexplicable sensación de alivio, de protec­ción y de seguridad al ver que aquel caballero era un extraño a la casa. Separé mi mirada de Bessie (cuya pre­sencia me era menos desagradable que me lo hubiera sido, por ejemplo, la de Miss Abbot) y la fijé en el rostro del caballero. Le reconocí: era Mr. Lloyd, un boticario a quien mi tía solía llamar cuando alguien de la servidum­bre estaba enfermo. Para ella y para sus niños avisaba al médico siempre.

-¿Qué? ¿Sabes quién soy? -me preguntó Mr. Lloyd. Pronuncié su nombre y le tendí la mano. Él la estre­chó, sonriendo, y dijo:

-Vaya, vaya: todo va bien...

Luego encargó a Bessie que no me molestasen duran­te la noche y dio algunas otras instrucciones complemen­tarias. Dijo después que volvería al día siguiente y se fue, con gran sentimiento mío. Mientras estuvo sentado junto a mí, yo sentía la impresión de que tenía un amigo a mi lado, pero cuando salió y la puerta se cerró tras él, un gran abatimiento invadió mi corazón. Dijérase que la habitación se había quedado a oscuras.

-¿No tiene ganas de dormir, Miss Jane? -preguntó Bessie con inusitada dulzura.

Apenas me atreví a contestarle, temiendo que sus si­guientes palabras fuesen tan violentas como las habi­tuales.

-Probaré a dormir -dije únicamente. -¿Quiere usted comer o beber algo? -No, Bessie; muchas gracias.

-Entonces voy a acostarme, porque son más de las doce. Si necesita algo durante la noche, llámeme. Aquella extraordinaria amabilidad me animó a pre­guntarle:

-¿Qué pasa, Bessie? ¿Estoy enferma?

-Se desmayó usted en el cuarto rojo. Pero esté segu­ra de que pronto se pondrá buena.

Y se fue a la habitación de la doncella, que estaba contigua. Le oí decirle:

-Venga a dormir conmigo en el cuarto de los niños.

Sarah no quisiera por nada del mundo estar sola esta noche con esa pobre pequeña. Temo que se muera. ¡Dios sabe lo que habrá visto en el cuarto rojo! La se­ñora esta vez ha sido demasiado severa.

Sarah la acompañó. Ambas se acostaron y durante media hora estuvieron cuchicheando, antes de dormirse. Yo únicamente pude entender retazos aislados de su conversación, por los que sólo saqué en limpio la esencia del objeto de la charla.

-Vio una aparición vestida de blanco... -...Y detrás de ella, un enorme perro negro... -...Tres golpes en la puerta de la habitación... -...Una luz en el cementerio de la iglesia...

Y otras cosas por el estilo. Se durmieron, al fin. El fuego y la bujía se apagaron. Pasé toda la noche en un temeroso insomnio. Mis ojos, mis oídos y mi cerebro estaban invadidos de un miedo terrible, de un miedo como sólo los niños pueden sentir.

Con todo, ninguna enfermedad grave siguió a aquel incidente del cuarto rojo. El suceso me produjo única­mente un trauma nervioso, que aún hoy repercute en mi cerebro. Sí, Mrs. Reed: a usted le debo bastantes sufri­mientos mentales... Pero la perdono, porque sé que ignoraba usted lo que hacía y que, cuando me sometía a aquella tortura, pensaba corregir mis malas inclina­ciones.

Al día siguiente ya me levanté y estuve sentada junto al fuego de nuestro cuarto, envuelta en un mantón. Físi­camente me sentía débil y quebrantada, pero mi mayor sufrimiento era un inmenso abatimiento moral, un aba­timiento que me hacía prorrumpir en silencioso llanto. Intentaba enjugar mis lágrimas, pero inmediatamente otras inundaban mis mejillas. Sin embargo, tenía moti­vos para sentirme feliz: Mrs. Reed había salido con sus niños en coche. Abbot estaba en otro cuarto y Bessie, según se movía de aquí para allá arreglando la habita­ción, me dirigía de vez en cuando alguna frase amable. Tal cosa constituía para mí un paraíso de paz, acostumbrada como me hallaba a vivir entre continuas repri­mendas y frases desagradables. Pero mis nervios se ha­llaban en un estado tal, que ni siquiera aquella calma podía apaciguarla.

Bessie se fue a la cocina y volvió trayéndome una tarta en un plato de china de brillantes colores, en el que ha­bía pintada un ave del paraíso enguirnaldada de pétalos y capullos de rosa. Aquel plato despertaba siempre mi más entusiasta admiración y, repetidas veces, había so­licitado la dicha de poderlo tener en la mano para exa­minarlo, pero tal privilegio me fue denegado siempre hasta entonces. Y he aquí que ahora aquella preciosidad se hallaba sobre mis rodillas y que se me invitaba cor­dialmente a comer el delicado pastel que contenía. Mas aquel favor llegaba, como otros muchos ardientemente deseados en la vida, demasiado tarde. No tenía ganas de comer la tarta y las flores y los plumajes del pájaro me parecían aquel día extrañamente deslucidos. Bessie me preguntó si quería algún libro y esta palabra obró sobre mí como un enérgico estimulante. Le pedí que me traje­se de la biblioteca los Viajes de Gulliver. Yo los leía siempre con deleite renovado y me parecían mucho más interesantes que los cuentos de hadas. Habiendo busca­do en vano los enanos de los cuentos entre las campánu­las de los campos, bajo las setas y entre las hiedras que decoraban los rincones de los muros antiguos, había lle­gado hacía tiempo en mi interior a la conclusión de que aquella minúscula población había emigrado de Inglaterra, refugiándose en algún lejano país. Y como Lilliput y Brobdingnag eran, en mi opinión, partes tangibles de la superficie terrestre, no dudaba de que, algún día, cuan­do fuera mayor podría, haciendo un largo viaje, ver con mis ojos las casitas de los liliputienses, sus arbolitos, sus minúsculas vacas y ovejas y sus diminutos pájaros; y también los maizales del país de los gigantes, altos como bosques, los perros y gatos grandes como monstruos, y los hombres y mujeres del tamaño de los toros. No obs­tante, ahora tenía en mis manos aquel libro, tan querido para mí, y mientras pasaba sus páginas y contemplaba sus maravillosos grabados, todo lo que hasta entonces me causaba siempre tan infinito placer, me resultaba hoy turbador y temeroso. Los gigantes eran descarnados espectros, los enanos malévolos duendes y Gulliver un desolado vagabundo perdido en aquellas espantables y peligrosas regiones. Cerré el libro y lo coloqué sobre la mesa, al lado de la tarta intacta.

Bessie había terminado de arreglar el cuarto y, abriendo un cajoncito, lleno de espléndidos retales de tela y satén, se disponía a hacer un gorrito más para la muñeca de Georgiana. Mientras lo confeccionaba, co­menzó a cantar:

En aquellos lejanos días... ¡Oh, cuánto tiempo atrás!...

Le había oído a menudo cantar lo mismo y me agrada­ba mucho. Bessie tenía -o me lo parecía- una voz muy dulce, pero entonces yo creía notar en su acento una tristeza indescriptible. A veces, absorta en su traba­jo, cantaba el estribillo muy bajo, muy lento:

¡Cuántooooo tiempooooo atrááááás!

Y la melodía sonaba con la dolorosa cadencia de un himno funeral. Luego pasó a cantar otra balada y ésta era ya francamente melancólica:

Mis pies están cansados y mis miembros rendidos. ¡Qué áspero es el camino, qué empinada la cuesta! Pronto las tristes sombras de una noche sin Luna cubrirán el camino del pobre niño huérfano.

¡Oh! ¿Por qué me han mandado tan lejos y tan solo, entre los campos negros y entre las grises rocas?

Los hombres son muy duros: solamente los ángeles velan los tristes pasos del pobre niño huérfano.

Y he aquí que sopla, suave, la brisa de la noche; ya en el cielo no hay nubes y las estrellas brillan, porque Dios, bondadoso, ha querido ofrecer protección y esperanza al pobre niño huérfano.

Acaso caeré cruzando el puente roto,

o me hundiré en las ciénagas siguiendo un fuego fatuo. Pero entonces el buen Padre de las alturas, recibirá el alma del pobre niño huérfano.

Y aun cuando en este mundo no haya nadie que me ame y no tenga ni padres ni hogar a que acogerme, no ha de faltar, al fin, en el cielo, un hogar ni el cariño de Dios al pobre niño huérfano. Bessie, cuando acabó de cantar, me dijo: -Miss Jane: no llore...

Era como si hubiese dicho al fuego: «No quemes». Pero ¿cómo podía ella adivinar mi sufrimiento?

Mr. Lloyd acudió durante la mañana. -Ya levantada, ¿eh? ¿Qué tal está? Bessie contestó que ya me hallaba bien.

-Hay que tener mucho cuidado con ella. Ven aquí, Jane... ¿Te llamas Jane, verdad?

-Sí, señor: Jane Eyre.

-Bueno, dime: ¿por qué llorabas? ¿Te ocurre algo? -No, señor.

-Quizá llore porque la señora no le ha llevado en coche con ella -sugirió Bessie.

-Seguramente no. Es demasiado mayor para llorar por tales minucias.

Yo protesté de aquella injusta imputación, diciendo: -Nunca he llorado por esas cosas. No me gusta salir en coche. Lloro porque soy muy desgraciada.

-¡Oh, señorita! -exclamó Bessie.

El buen boticario pareció quedar perplejo. Yo estaba en pie ante él mientras me contemplaba con sus peque­ños ojos grises, no muy brillantes pero sí perspicaces y agudos. Su rostro era anguloso, aunque bien conforma­do. Me miró detenidamente y me preguntó:

-¿Qué sucedió ayer?

-Se cayó -se apresuró a decir Bessie.

-¿Cómo que se cayó? ¡Cualquiera diría que es un bebé que no sabe andar! No puede ser. Esta niña tiene lo menos ocho o nueve años.

-Es que me pegaron -dije, dispuesta a dar una ex­plicación del suceso que no ofendiera mi orgullo de niña mayor-. Pero no me puse mala por eso -añadí.

Mr. Lloyd tomó un polvo de rapé de su tabaque­ra. Cuando lo estaba guardando en el bolsillo de su cha­leco, sonó la campana que llamaba a comer a la servi­dumbre.

-Váyase a comer-dijo a Bessie al oír la campana-. Yo, entre tanto, leeré algo a Jane hasta que vuelva usted.

Bessie hubiese preferido quedarse, pero no tuvo más remedio que salir, porque la puntualidad en las comidas se observaba con extraordinaria rigidez en Gateshead Hall.

-¿Qué es lo que te pasó ayer? -preguntó Mr. Lloyd cuando Bessie hubo salido.

-Me encerraron en un cuarto donde había un fantas­ma y me tuvieron allí hasta después de oscurecer.

El boticario sonrió, pero a la vez frunció el entrecejo. -¡Qué niña eres! ¡Un fantasma! ¿Tienes miedo a los fantasmas?

-Sí, sí; era el fantasma de Mr. Reed, que murió en aquel cuarto. Ni Bessie ni nadie se atreve a ir a él por la noche, ¡y a mí me dejaron allí sola y sin luz! Es una maldad muy grande y nunca la perdonaré.

-¡Qué bobada! ¿Y es por eso por lo que te sientes tan desgraciada? ¿Tendrías miedo allí ahora, que es de día?

-No, pero por la noche sí. Además, soy desgraciada, muy desgraciada, por otras cosas.

-¿Qué cosas? Dímelas.

Yo hubiera deseado de todo corazón explicárselas. Y, sin embargo, me resultaba difícil contestarle con clari­dad. Los niños sienten, pero no saben analizar sus senti­mientos, y si logran analizarlos en parte, no saben expresarlos con palabras. Temerosa, sin embargo, de perder aquella primera y única oportunidad que se me ofrecía de aliviar mis penas narrándolas a alguien di, después de una pausa, una respuesta tan verdadera como pude, aunque poco explícita en realidad:

-Soy desgraciada porque no tengo padre, ni madre, ni hermanos, ni hermanas.

-Pero tienes una tía bondadosa y unos primitos... Yo callé un momento. Luego insistí:

-Pero John me pega y mi tía me encierra en el cuarto rojo.

Mr. Lloyd sacó otra vez su caja de rapé.

-¿No te parece que esta casa es muy hermosa? -dijo-. ¿No te agrada vivir en un sitio tan bonito? -Pero la casa no es mía, y Abbot dice que tengo me­nos derecho de estar aquí que una criada.

-¡Bah! No es posible que no te encuentres a gusto... -Si tuviera donde ir, me iría muy contenta, pero no podré hacerlo hasta que sea una mujer.

-Acaso puedas, ¿quién sabe? ¿No tienes otros pa­rientes además de Mrs. Reed?

-Creo que no, señor.

-¿Tampoco por parte de tu padre?

-No lo sé. He preguntado a la tía y me ha respondido que tal vez tenga algún pariente pobre y humilde, pero que no sabe nada de ellos.

-Si lo tuvieras, ¿te gustaría irte con él?

Reflexioné. La pobreza desagrada mucho a las perso­nas mayores y, con más motivo, a los niños. Ellos no tienen idea de lo que sea una vida de honrada y laborio­sa pobreza y ésta la relacionan siempre con los andrajos, la comida escasa la lumbre apagada, los modales grose­ros y los vicios censurables. La pobreza entonces era, para mí, sinónimo de degradación.

No, no me gustaría vivir con pobres fue mi respuesta. -¿Aunque fuesen amables contigo?

Yo no comprendía cómo unas personas humildes po­dían ser amables. Además, hubiera tenido que acostum­brarme a hablar como ellos, adquirir sus modales, con­vertirme en una de aquellas mujeres pobres que yo veía cuidando de los niños y lavando la ropa a la puerta de las casas de Gateshead. No me sentí lo bastante heroica para adquirir mi libertad a tal precio.

Así, pues, dije:

-No; tampoco me gustaría ir con personas pobres, aunque fueran amables conmigo.

-¿Tan miserables piensas que son esos parientes tu­yos? ¿A qué se dedican? ¿Son trabajadores?

-No lo sé. La tía dice que, si tengo algunos, deben ser unos pordioseros. Y a mí no me gustaría ser una mendiga.

-¿No te gustaría ir a la escuela?

Volví a reflexionar. Apenas sabía lo que era una es­cuela. Bessie solía hablar de ella como de un sitio donde las muchachas se sentaban juntas en bancos y donde había que ser muy correctos y puntuales. John Reed odiaba el colegio y renegaba de su maestro, pero las in­clinaciones de John Reed no tenían por qué servirme de modelo, y si bien lo que Bessie contaba acerca de la disciplina escolar (basándose en los informes suministra­dos por las hijas de la familia donde estuviera colocada antes de venir a Gateshead) era aterrador en cierto sen­tido, otros datos proporcionados por ella y obtenidos de aquellas mismas jóvenes, me parecían considerablemen­te atractivos. Bessie solía hablar de cuadritos de paisajes y flores que aquellas jóvenes aprendían a hacer en el colegio, de canciones que cantaban y música que toca­ban, de libros franceses que traducían... Todo aquello me inclinaba a emularlas. Además, estar en la escuela significaba cambiar de vida; hacer un largo viaje, salir de Gateshead... Cosas todas que resultaban en gran mane­ra atrayentes.

-Me gustaría ir a la escuela -fue, pues, la contesta­ción que di como resumen de mis pensamientos.

-Bueno, bueno. ¿Quién sabe lo que puede ocurrir? -dijo Mr. Lloyd. Y agregó, al salir, como hablando consigo mismo-: La niña necesita cambio de aire y de ambiente. Sus nervios no se hallan en buen estado.

Bessie volvía del comedor y, al mismo tiempo, senti­mos el rodar de un carruaje sobre la arena del camino. -¿Es su señora? -preguntó el boticario-. Quisiera hablar con ella antes de irme.

Bessie le invitó a pasar al comedorcito. En la entrevis­ta que Mr. Lloyd tuvo con mi tía supongo, por el desa­rrollo ulterior de los sucesos, que él recomendó que me enviasen a un colegio y que la resolución fue bien acogi­da por ella. Así lo deduje de una conversación que una noche mantuvo Abbot con Bessie en nuestro cuarto cuando yo estaba ya acostada y, según ellas creían, dor­mida.

-La señora quedará encantada de librarse de una niña tan traviesa y de tan malos instintos, que no hace más que maquinar maldades -decía Abbot quien, al parecer, debía de tenerme por un Guy Fawkes en ciernes.

Aquella misma noche, en el curso de la charla de las dos mujeres, me enteré por primera vez de que mi pa­dre había sido un humilde pastor; de que mi madre se casó con él contra la voluntad de sus padres, quienes consideraban al mío como muy inferior a ellos; de que mi abuelo, enfurecido, se negó a ayudar a mi madre ni con un chelín; de que mi padre había contraído el tifus visitando a los enfermos pobres de una ciudad fabril donde estaba situado su curato; y de que se lo contagió a mi madre, muriendo los dos con el intervalo de un mes.

Bessie, oyendo aquel relato, suspiró y dijo:

-La pobrecita Jane es digna de compasión, ¿verdad Abbot?

-Si fuese una niña agradable y bonita -repuso Abbot-, sería digna de lástima, pero un renacuajo como ella no inspira compasión a nadie.

-No mucha, es verdad... -convino Bessie-. Si fue­ra tan linda como Georgiana, las cosas sucederían de otro modo.

-¡Oh, yo adoro a Georgiana! -dijo la vehemente Abbot-. ¡Qué bonita está con sus largos rizos y sus ojos azules y con esos colores tan hermosos que tiene! Pare­cen pintados... ¡Ay, Bessie; me apetecería comer liebre!

-También a mí. Pero con un poco de cebolla frita. Venga, vamos a ver lo que hay.

Y salieron.

 

IV

De mi conversación con Mr. Lloyd y de la menciona­da charla entre Miss Abbot y Bessie deduje que se apro­ximaba un cambio en mi vida. Esperaba en silencio que ocurriese, con un vivo deseo de que tanta felicidad se realizara. Pero pasaban los días y las semanas, mi salud se iba restableciendo del todo y no se hacían nuevas alu­siones al asunto. Mi tía me miraba con ojos cada vez más severos, apenas me dirigía la palabra y, desde los inci­dentes que he mencionado, procuraba ahondar cada vez más la separación entre sus hijos y yo. Me había des­tinado un cuartito para dormir sola, me condenaba a co­mer sola también y me hacía pasar todo el tiempo en el cuarto de niños, mientras ellos estaban casi siempre en el salón. No hablaba nada de enviarme a la escuela, pero yo presentía que no había de conservarme mucho tiem­po bajo su techo. En sus ojos, entonces más que nunca, se leía la extraordinaria aversión que yo le inspiraba.

Eliza y Georgiana -obraban sin duda en virtud de instrucciones que recibieran- me hablaban lo menos posible. John me hacía burla con la lengua en cuanto me veía, y una vez intentó pegarme, pero yo me revolví con el mismo arranque de cólera y rebeldía que causara mi malaventura la otra vez y a él le pareció mejor desistir. Se separó abrumándome a injurias y diciendo que le ha­bía roto la nariz. Yo le había asestado, en efecto, en esta prominente parte de su rostro un golpe tan fuerte como mis puños me lo permitieron y cuando noté que aquello le lastimaba, me preparé a repetir mis arremetidas sobre su lado flaco. Pero él se apartó y fue a contárselo a su mamá. Le oí comenzar a exponer la habitual acusación. -Esa asquerosa de Jane...

Y siguió diciendo que yo me había tirado a él como una gata. Pero su madre le interrumpió:

-No me hables de ella, John. Ya te he dicho que no te acerques a ella. No quiero que la tratéis tus hermanas ni tú. No es digna de tratar con vosotros.

Sin pensarlo casi, grité desde las regiones donde me hallaba desterrada:

-¡Ellos son los indignos de tratarme a mí!

Mrs. Reed era una mujer bastante voluminosa, pero al oírme subió las escaleras velozmente, se precipitó como un torbellino en el cuarto de jugar, me zarandeó contra las paredes de mi cuchitril y, con voz enfática e imperiosa, me conminó a no pronunciar ni una palabra más en todo lo que quedaba de día.

-¿Qué diría el tío si viviese? -fue mi casi voluntaria contestación.

Y escribo «casi voluntaria», porque aquel día las pala­bras me brotaban de la boca de una manera espontánea, como si me las dictasen en mi interior una fuerza desco­nocida que yo fuese incapaz de dominar aunque lo hu­biera pretendido.

-¿Eh? -dijo mi tía.

Y en la mirada, habitualmente fría, de sus ojos grises, se transparentaba algo parecido al temor. Soltó mi brazo y me contempló como si dudara en decidir si yo era una niña o un demonio.

Continué:

-Mi tío está en el cielo y sabe todo lo que usted hace y piensa, y también papá y mamá. Todos ellos sa­ben cómo me maltrata usted y las ganas que tiene de que me muera.

Mi tía logró recuperar su presencia de espíritu. Me abofeteó y se fue sin decir palabra. Bessie llenó esta la­guna sermoneándome durante más de una hora y asegu­rándome que no creía que hubiese una niña más mala que yo bajo la capa del cielo. Yo me sentía inclinada a creerla, porque aquel día sólo surgían en mi alma senti­mientos rencorosos.

Habían transcurrido noviembre, diciembre y la mitad de enero. Las fiestas de Navidad se celebraron en la casa como de costumbre. Se enviaron y se recibieron muchos regalos y se organizaron muchas comidas y reu­niones. De todo ello yo estuve, por supuesto, excluida. Todas mis diversiones pascuales consistían en presenciar cómo se peinaban y componían diariamente Georgiana y Eliza para bajar a la sala vestidas de brillantes museli­nas y encarnadas sedas y, después, en escuchar el sonido del piano o del arpa que tocaban abajo, en asistir al ir y venir del mayordomo y el lacayo, y en percibir el entre­chocar los vasos y tazas y el murmullo de las conversa­ciones cuando se abrían o cerraban las puertas del salón.

Si me cansaba de este entretenimiento, me volvía al solitario y silencioso cuarto de jugar. Pero, de todos mo­dos, yo, aunque estaba muy triste, no me sentía des­graciada. De haber sido Bessie más cariñosa y haber acce­dido a acompañarme, habría preferido pasar las tardes sola con ella en mi cuarto, a estar bajo la temible mira­da de mi tía, en un salón lleno de caballeros y señoras. Pero Bessie, una vez que terminaba de arreglar a sus jóvenes señoritas, solía marcharse a las agradables re­giones del cuarto de criados y de la cocina, llevándose la luz, por regla general. Entonces me sentaba al lado del fuego, con mi muñeca sobre las rodillas, hasta que la chimenea se apagaba, mirando de cuando en cuando en torno mío para convencerme de que en el aposento no había otro ser más temible que yo. Cuando ya no queda­ba de la lumbre más que el rescoldo, me desvestía presu­rosamente, a tirones, y huía del frío y de la oscuridad refugiándome en mi cuartucho. Me llevaba siempre allá a mi muñeca. El corazón humano necesita recibir y dar afecto y, no teniendo objeto más digno en que depositar mi ternura, me consolaba amando y acariciando a aque­lla figurilla, andrajosa y desastrada como un espantapá­jaros en miniatura. Aún recuerdo con asombro cuánto cariño ponía en mi pobre juguete. Nunca me dormía si no era con mi muñeca entre mis brazos y, cuando la sen­tía a mi lado y creía que estaba segura y calientita, era feliz pensando que mi muñeca lo era también.

Pasaban largas horas -o me lo parecía- antes de que se disolviese la reunión. A veces resonaban en la escalera los pasos de Bessie, que venía a buscar su dedal o sus tijeras, o a traerme algo de comer: un pastel o un bollo de manteca. Se sentaba en el lecho mientras yo comía y, al terminar, me arreglaba las ropas de la cama, me besaba y decía: «Buenas noches, Miss Jane.» Cuan­do era amable conmigo, Bessie me parecía lo más bello, lo más cariñoso y lo mejor del mundo, y deseaba ardien­temente que nunca volviera a reprenderme, a tratarme mal o a no hacerme caso. Bessie Lee debía ser, si mi memoria no me engaña, una muchacha inteligente, por­que era muy ingeniosa para todo y tenía grandes dotes de narradora. Al menos así la recuerdo yo a través de los cuentos que nos relataba. La evoco como una joven del­gada, de cabello negro, ojos oscuros, bellas facciones y buena figura. Pero tenía un carácter variable y capricho­so y era indiferente a todo principio de justicia o de mo­ral. Fuera como fuese, ella era la persona a quien más quería de las de la casa.

Llegó el 15 de enero. Eran las nueve de la mañana. Bessie había salido a desayunar. Eliza estaba poniéndo­se un abrigo y un sombrero para ir a un gallinero de que ella misma cuidaba, ocupación que le agradaba tanto como vender los huevos al mayordomo y acumular el importe de sus transacciones. Tenía marcada inclinación al ahorro, y no sólo `vendía huevos y pollos, sino que también entablaba activos tratos con el jardinero, quien, por orden de Mrs. Reed, compraba a su hija todos los productos que ésta cultivaba en un cuadro del jardín re­servado para ella: semillas y retoños de plantas y flores. Creo que Eliza hubiera sido capaz de vender su propio cabello si creyera sacar de la operación un beneficio razonable. Guardaba sus ahorros en los sitios más descon­certantes, a lo mejor en un trapo o en un pedazo de papel viejo, pero después, en vista de que a veces las criadas descubrían sus escondrijos, Eliza optó por pres­tar sus fondos a su madre, a un interés del cincuenta o sesenta por ciento, y cada trimestre cobraba con riguro­sa exactitud sus beneficios, llevando con extremado cui­dado en un pequeño libro las cuentas del capital inver­tido.

Georgiana, sentada en una silla alta, se peinaba ante el espejo, intercalando entre sus bucles flores artificiales y otros adornos de los que había encontrado gran provi­sión en un cajón del desván. Yo estaba haciendo mi cama, ya que había recibido perentorias órdenes de Bes­sie de que la tuviese arreglada antes de que ella regresa­se. Bessie solía emplearme como una especie de segun­da doncella del cuarto de jugar y, a veces, me mandaba quitar el polvo, limpiar el cuarto, etc. Después de hacer la cama, me acerqué a la ventana y comencé a poner en orden varios libros de estampas y algunos muebles de la casa de muñecas que había en el alféizar. Pero habién­dome ordenado secamente Georgiana (de cuya propie­dad eran las sillitas y espejitos y los minúsculos platos y copas) que no tocara sus juguetes, interrumpí mi ocupa­ción y, a falta de otra mejor, me dediqué a romper las flores de escarcha con que el cristal de la ventana estaba cubierto, para poder mirar a través del vidrio el aspecto del paisaje, quieto y como petrificado bajo la helada in­vernal.

Desde la ventana se veían el pabellón del portero y el camino de coches, y precisamente cuando yo arranqué parte de la floración de escarcha que cubría con una película de plata el cristal, vi abrirse las puertas y subir un carruaje por el camino. Lo miré con indiferencia. A Ga­teshead venían coches frecuentemente y ninguno traía visitantes que me interesaran. El carruaje se detuvo frente a la casa, oyóse sonar la campanilla, y el recién llegado fue recibido. Pero yo no hacía caso de ello, por­que mi atención estaba concentrada en un pajarillo fa­mélico, que intentaba picotear en las desnudas ramitas de un cerezo próximo a la pared de la casa. Los restos del pan y la leche de mi desayuno estaban sobre la mesa. Abrí la ventana, cogí unas migajas y las estaba colocan­do en el borde del antepecho, cuando irrumpió Bessie.

-¿Qué está usted haciendo señorita Jane? ¿Se ha la­vado las manos y la cara?

Antes de contestar, me incliné sobre la ventana otra vez, a fin de colocar en sitio seguro el pan del pájaro, y cuando hube distribuido las migajas en distintos lugares, cerré los batientes y repliqué:

-Aún no, Bessie. Acabo de terminar de limpiar el polvo.

-¡Qué niña! ¿Qué estaba usted haciendo? Está usted encarnada. ¿Por qué tenía la ventana abierta?

No necesité molestarme en contestarla, pues Bessie tenía demasiada prisa para perder tiempo en oír mis ex­plicaciones. Me condujo al lavabo, me dio un enérgico, aunque afortunadamente breve restregón de manos y cara con agua, jabón y una toalla, me peinó con un áspe­ro peine y, en seguida, me dijo que bajase al comedorci­to de desayunar.

Hubiera deseado preguntarle el motivo y saber si mi tía estaba allí o no, pero Bessie se había ido y cerrado la puerta del cuarto. Así, pues, bajé lentamente. Hacía cerca de tres meses que no me llamaban a presencia de mi tía. Confinada en las habitaciones de niños, el co­medorcito, el comedor grande y el salón eran para mí regiones vedadas.

Antes de entrar en el comedor, me detuve en el vestí­bulo, intimidada y temblorosa. En aquella época de mi vida, los castigos injustos que recibiera habían hecho de mí una infeliz cobarde. Durante diez minutos titubeé; ni me atrevía a volver a subir ni me atrevía a entrar en donde me esperaban.

El impaciente sonido de la campanilla del comedorci­to me decidió. No había más remedio que entrar. «¿Qué querrán de mí?», me preguntaba, mientras con ambas manos intentaba abrir el picaporte, que resistía a mis esfuerzos. «¿Quién estará con la tía? ¿Una mujer o un hombre?»

Al fin el picaporte giró y, erguida sobre la alfombra, divisé algo que a primera vista me pareció ser una co­lumna negra, recta, angosta, en lo alto de la cual un rostro deforme era como una esculpida carátula que sir­viese de capitel.

Mi tía ocupaba su sitio habitual junto al fuego. Me hizo signo de que me aproximase y me presentó al des­conocido con estas palabras:

-Aquí tiene la niña de que le he hablado.

Él -porque era un hombre y no una columna como yo pensara- me examinó con inquisitivos ojos grises, bajo sus espesas cejas, y dijo con voz baja y solemne:

-Es pequeña aún. ¿Qué edad tiene? -Diez años.

-¿Tantos? -interrogó, dubitativo.

Siguió examinándome durante varios minutos. Al fin, me preguntó:

-¿Cómo te llamas, niña? -Jane Eyre, señor.

Y le miré, Me pareció un hombre muy alto, pero ha de considerarse que yo era muy pequeña. Tenía las fac­ciones grandes y su rostro y todo su cuerpo mostraban una rigidez y una afectación excesivas.

-Y qué, Jane Eyre, ¿eres una niña buena?

Era imposible contestar afirmativamente, ya que el pequeño mundo que me rodeaba sostenía la opinión contraria. Guardé silencio.

Mi tía contestó por mí con un expresivo movimiento de cabeza, agregando:

-Nada más lejos de la verdad, Mr. Brocklehurst.

-¡Muy disgustado de saberlo! Vamos a hablar un rato ella y yo.

Y, abandonando la posición vertical, se instaló en un sillón frente al de mi tía y me dijo:

-Ven aquí.

Crucé la alfombra y me paré ante él. Ahora que su cara estaba al nivel de la mía, podía vérsela mejor. ¡Qué nariz tan grande, y qué boca, y qué dientes tan salientes y enormes!

-No hay nada peor que una niña mala -me dijo-. ¿Sabes adónde van los malos después de morir?

-Al Infierno -fue mi pronta y ortodoxa contestación. -¿Y sabes lo que es el Infierno?

-Un sitio lleno de fuego.

¿Y te gustaría ir a él y abrasarte? -No, señor.

¿Qué debes hacer entonces para evitarlo?

Medité un momento y di una contestación un tanto discutible.

-Procurar no estar enferma para no morirme. -¿Y cómo puedes estar segura de no enfermar? To­dos-los días mueren niños más pequeños que tú. Hace un par de días nada más que he acompañado al cemen­terio a un niño de cinco años. Pero era un niño bueno y su alma estará en el Cielo ahora. Es de temer que no se pueda decir lo mismo de ti, si Dios te llama.

No sintiéndome lo suficientemente informada para aclarar sus temores, me limité a suspirar y a clavar la mirada en sus inmensos pies, deseando vivamente mar­charme de allí cuanto antes.

-Espero que ese suspiro te saldrá del alma y que te arrepentirás de haber obrado mal con tu bondadosa bienhechora.

«¿Mi bienhechora? -pensé-. Todos dicen que mi tía es mi bienhechora. Si lo es de verdad, una bienhechora resulta una cosa muy desagradable.»

-¿Rezas siempre por la noche y por la mañana? -continuó mi interlocutor.

-Sí, señor. -¿Lees la Biblia? -A veces.

-¿Y qué te gusta más de ella?

-Me gustan las Profecías, y el libro de Daniel, y el de Samuel, y el Génesis, y una parte del Éxodo, y algunas de los Reyes y las Crónicas, y Job, y Jonás.

-¿Y los Salmos? ¿Te gustan? -No, señor.

-¡Qué extraño! Yo tengo un niño más pequeño que tú que sabe ya seis salmos de memoria, y cuando se le pregunta si prefiere comer pan de higos o aprender un salmo, responde: «Aprender un salmo. Los ángeles can­tan salmos y yo quiero ser un ángel». Y entonces se le dan dos higos para recompensar su piedad infantil.

-Los Salmos no son interesantes -contesté.

-Eso prueba que eres una niña mala y debes rogar a Dios que cambie tu corazón, sustituyendo el de piedra que tienes por otro humano.

Ya iba yo a preguntarle detalles sobre el procedimien­to a seguir durante la operación de cambiarme de vís­cera, cuando Mrs. Reed me mandó sentar y tomó la palabra.

-Mr. Brocklehurst: creo haberle indicado en la carta que le dirigí hace tres semanas que esta niña no tiene el carácter que yo desearía que tuviese. Me agradaría que, cuando se halle en el colegio de Lowood, las maestras la vigilen atentamente y procuren corregir su defecto más grave: la tendencia a mentir. Ya lo sabes, Jane: es inútil que intentes embaucar al señor Brocklehurst.

Por mucho que hubiera deseado agradar a mi tía, fra­ses como aquélla, frecuentemente repetidas, me impe­dían hacerlo. En este momento, en que iba a emprender una nueva vida, ya ella se encargaba de sembrar por adelantado aversión y antipatía en mi camino. Me veía transformada ante los ojos del señor Brocklehurst en una niña embustera. ¿Cómo remediar semejante ca­lumnia?

«De ningún modo», pensaba yo, mientras trataba de contener las lágrimas que acudían a mis ojos.

-El mentir es muy feo en una niña -dijo Brockle­hurst-, y todos los embusteros irán al lago de fuego y azufre. No se preocupe, señora. Ya hablaré con las pro­fesoras y con la señorita Temple para que la vigilen.

-Deseo -siguió mi tía- que se la eduque de acuer­do con sus posibilidades: es decir, para ser una mujer útil y humilde. Durante las vacaciones, si usted lo per­mite, permanecerá también en el colegio.

-Tiene usted mucha razón-dijo Brocklehurst-. La humildad es grata a Dios y, aunque desde luego es una de las características de todas las alumnas de Lowood, ya me preocuparé de que la niña se distinga entre ellas por su humildad. He estudiado muy profundamente los medios de humillar el orgullo humano, y hace pocos días que he tenido una evidente prueba de mi éxito. Mi hija segunda, Augusta, estuvo visitando la escuela con su madre, y al regreso exclamó: «¡Qué pacíficas son las ni­ñas de Lowood, papá! Con el cabello peinado sobre las orejas, sus largos delantales y sus bolsillos en ellos, casi parecen niñas pobres. Miraban mi vestido y el de mamá, como si nunca hubieran visto ropas de seda. »

-Así me gusta-dijo mi tía-. Aunque hubiese bus­cado por toda Inglaterra, no hubiera encontrado un sitio donde el régimen fuera más apropiado para una niña como Jane Eyre. Conformidad, Mr. Brocklehurst, con­formidad es lo primero que yo creo que se necesita en la vida.

-La conformidad es la mayor virtud del cristiano, y todo está organizado en Lowood de modo que se desa­rrolle esa virtud: comida sencilla, vestido sencillo, cuar­tos sencillos, costumbres activas y laboriosas... Tal es el régimen del establecimiento.

-Bien. Entonces quedamos en que la niña será admi­tida en el colegio de Lowood y educada con arreglo a su posición y posibilidad en la vida.

-Sí, señora; será acogida en mi colegio, y confío en que acabará agradeciendo a usted el gran honor que se le dispensa.

-Entonces se la enviaré cuanto antes, porque le ase­guro que deseo librarme de la responsabilidad de aten­derla, que comienza a ser demasiado pesada para mí.

-Lo comprendo, señora, lo comprendo... Bien: ten­go que irme ya. Pienso volver a Brocklehurst Hall de aquí a una o dos semanas, ya que mi buen amigo, el arcediano, no me dejará marchar antes. Escribiré a Miss Temple que va a ser enviada al colegio una niña nueva para que no ponga dificultades a su admisión. Buenos días.

-Buenos días, Mr. Brocklehurst. Mis saludos a su señora, a Augusta y Theodore y al joven Broughton Brocklehurst.

-De su parte, gracias... Niña, toma este libro. ¿Ves? Se titula Manual del niño bueno, y debes leerlo con inte­rés, sobre todo las páginas que tratan de la espantosa muerte repentina de Marta G..., una niña traviesa, muy amiga de mentir.

Y después de entregarme aquel interesante tomo, el señor Brocklehurst volvió a su coche y se fue.

Mi tía y yo quedamos solas. Ella cosía y yo la miraba. Era una mujer de unos treinta y seis o treinta y siete años, robusta, de espaldas cuadradas y miembros vigo­rosos, más bien baja y, aunque gruesa, no gorda; con las mandíbulas prominentes y fuertes, las cejas espesas, la barbilla ancha y saliente y la boca y la nariz bastante bien formadas. Bajo sus párpados brillaban unos ojos exentos de toda expresión de ternura, su cutis era oscuro y mate, su cabello áspero y su naturaleza sólida como una campana. No estaba enferma jamás. Dirigía la casa despóticamente y sólo sus hijos se atrevían a veces a desafiar su autoridad.

Yo, sentada en un taburete bajo, a pocas yardas de su butaca, la contemplaba con atención. Tenía en la mano el libro que hablaba de la muerte repentina de la niña embustera y, cuanto había sucedido, cuanto se había hablado entre mi tía y Brocklehurst, me producía un amar­go resentimiento.

Mi tía levantó la vista de la labor, suspendió la costura y me dijo:

-Vete de aquí. Márchate al cuarto de jugar.

No sé si fue mi mirada lo que la irritó, pero el caso era que en su voz había un tono de reprimida cólera. Me levanté y llegué hasta la puerta, pero de pronto me volví y me acerqué a mi tía.

Sentía la necesidad de hablar: me había herido injus­tamente y era necesario devolverle la ofensa. Pero ¿cómo? ¿De qué manera podría herir a mi adversaria? Concentré mis energías y acerté a articular la siguiente brusca interpelación:

-No soy mentirosa. Si lo fuera, le diría que la quiero mucho y, sin embargo, le digo francamente que no la quiero. Me parece usted la persona más mala del mun­do, después de su hijo John. Y este libro puede dárselo a su hija Georgiana. Ella sí que es embustera y no yo.

La mano de mi tía continuaba inmóvil sobre la costu­ra. Sus ojos me contemplaban fríamente.

-¿Tienes algo más que decir? -preguntó en un tono de voz más parecido al que se emplea para tratar con un adulto que al que es habitual para dirigirse a un niño.

La expresión de sus ojos y el acento de su voz excita­ron más aún mi aversión hacia ella. Temblando de pies a cabeza, presa de una ira incontenible, continué:

-Me alegro de no tener que tratar más con usted. No volveré a llamarla tía en mi vida. Nunca vendré a verla cuando sea mayor, y si alguien me pregunta si la quiero, contestaré contándole lo mal que se ha portado conmigo y la crueldad con que me ha tratado.

-¿Cómo te atreves a decir eso?

-¿Qué cómo me atrevo? ¡Porque es verdad! Usted piensa que yo no siento ni padezco y que puedo vivir sin una pizca de cariño, poro no es así. Me acordaré hasta el día de mi muerte de la forma en que mandó que me encerrasen en el cuarto rojo, aunque yo le decía: «¡Tenga compasión, tía, perdóneme!», y lloraba y sufría infi­nitamente. Y me castigó usted porque su hijo me había pegado sin razón. Al que me pregunte le contaré esa historia tal como fue. La gente piensa que usted es bue­na, pero no es cierto. Es usted mala, tiene el corazón muy duro y es una mentirosa. ¡Usted sí que es menti­rosa!

Al acabar de pronunciar estas frases, mi alma comen­zó a expandirse, exultante, sintiendo una extraña impre­sión de independencia, de triunfo. Era como si unas li­gaduras invisibles que me sujetaran se hubieran roto proporcionándome una inesperada libertad. Y había causa para ello. Mi tía parecía anonadada, la costura se había deslizado de sus rodillas, sus manos pendían iner­tes y su faz se contraía como si estuviese a punto de llorar.

-Estás equivocada, Jane. Pero ¿qué te pasa? ¿Cómo tiemblas así? ¿Quieres un poco de agua?

-No, no quiero.

-¿Deseas algo? Te aseguro que no te quiero mal. -No es verdad. Ha dicho usted a Mr. Brocklehurst que yo tenía mal carácter, que era mentirosa. Pero yo diré a todos en Lowood cómo es usted y lo que me ha hecho.

-Tú no entiendes de estas cosas, Jane. A los niños hay que corregirles sus defectos.

-¡Yo no tengo el defecto de mentir! -grité violenta­mente.

-Vamos, Jane, cálmate. Anda, vete a tu cuarto y descansa un poco, queridita mía.

-No quiero descansar, y además no es verdad que sea queridita suya. Mándeme pronto al colegio, porque no quiero vivir aquí.

-Te enviaré pronto, en efecto -dijo en voz baja mi tía.

Y, recogiendo su labor, salió de la estancia.

Quedé dueña del campo. Aquella era la batalla más dura que librara hasta entonces y la primera victoria que consiguiera en mi vida. Permanecí en pie sobre la alfom­bra como antes el señor Brocklehurst y gocé por unos momentos de mi bien conquistada soledad. Me sonreí a mí misma y sentí que mi corazón se dilataba de júbilo. Pero aquello no duró más de lo que duró la excitación que me poseía. Un niño no puede disputar ni hablar a las personas mayores en el tono que yo lo hiciera sin experimentar después una reacción depresiva y un re­mordimiento hondo. Media hora de silencio y reflexión me mostraron lo locamente que había procedido y lo difícil que se hacía mi situación en aquella casa donde odiaba a todos y era de todos odiada.

Había saboreado por primera vez el néctar de la ven­ganza y me había parecido dulce y reanimador. Pero, después, aquel licor dejaba un regusto amargo, corrosi­vo, como si estuviera envenenado. Poco me faltó para ir a pedir perdón a mi tía; mas no lo hice, parte por expe­riencia y parte por sentimiento instintivo de que ella me rechazaría con doble repulsión que antes, lo que hubiera vuelto a producir una exaltación turbulenta de mis sentimientos.

Era preciso ocuparme en algo mejor que en hablar airadamente, sustituir mis sentimientos de sombría in­dignación por otros más plácidos. Cogí un libro de cuen­tos árabes y comencé a leer. Pero no sabía lo que leía. Me parecía ver mis propios pensamientos en las páginas que otras veces se me figuraban tan fascinadoras.

Abrí la puerta vidriera del comedorcito. Los arbustos estaban desnudos y la escarcha, no quebrada aún por el sol, reinaba sobre el campo. Me cubrí la cabeza y los brazos con la falda de mi vestido y salí á pasear por un rincón apartado del jardín. Pero no encontré placer al­guno en aquel lugar, con sus árboles silenciosos, sus pi­ñas caídas y las hojas secas que, arrancadas por el viento en el otoño, permanecían todavía pegadas al suelo hú­medo. El día era gris, y del cielo opaco, color de nieve, caían copos de vez en cuando sobre la helada pradera. Allí estuve largo rato pensando en que no era más que una pobre niña desgraciada y preguntándome incesante­mente:

«¿Qué haré, qué haré?»

Oí de pronto una voz que me llamaba: -¡Miss Jane! Venga a almorzar.

Era Bessie y yo lo sabía bien, pero no me moví. Sentí avanzar sus pasos por el sendero.

-¡Qué traviesa es usted! -dijo-. ¿Por qué no acu­de cuando la llaman?

La presencia de Bessie, por contraste con mis amargos pensamientos, me pareció agradable. Después de mi vic­toria sobre mi tía, el enojo de la niñera no me preocupaba mucho. Ceñí, pues, su cintura con mis brazos y dije:

-Bessie, no seas regañona.

Aquel impulso había sido más espontáneo y cariñoso que los acostumbrados en mí, y le agradó.

-¡Qué niña tan rara es usted! -me dijo, mirándo­me-. ¿Sabe que van a llevarla al colegio?

Asentí.

-¿Y no le apena separarse de su pobre Bessie? -¿Qué importo yo a Bessie? Bessie se pasa la vida regañándome...

-Porque es usted muy arisca, muy huraña, muy tími­da... Debía ser más decidida.

-¿Para qué? ¿Para recibir más golpes?

-¡Qué tontería! Pero es verdad, de todos modos, que estará usted mejor fuera de aquí. Mi madre me dijo, cuando vino a verme la semana pasada, que no le gusta­ría estar en el lugar de usted. En fin... Voy a darle bue­nas noticias.

-No lo creo.

-¿Cómo que no? ¿Por qué me mira así? Pues sí: la señora y los- señoritos han salido a tomar el té fuera de casa, y usted y yo lo tomaremos juntas. Voy a cocer para usted un bollito en el horno, y luego me ayudará a pre­parar su equipaje. La señora quiere enviarla al colegio de aquí a uno o dos días, y tiene usted que recoger lo que piense llevarse.

-Bessie, prométeme no reñirme durante el tiempo que pase en casa.

-Bueno, pero usted acuérdese de ser una niña muy buena y de no tener miedo de mí. No se sobresalte cuando yo empiece a hablarla: es una cosa que me ataca los nervios.

-No volveré a temerte, Bessie. Además, pronto ha­bré de temer a otras personas...

-Si usted hace ver que les teme, esas personas se disgustarán con usted.

-Como tú, Bessie.

-No; como yo, no. Yo soy la persona que más la quiere de todos.

-¡Pero no lo demuestras!

-¿Cómo habla de esa manera? ¡Es usted muy atre­vida!

-Lo soy porque me voy a marchar pronto de aquí y porque...

Iba a explicarle mi triunfo sobre Mrs. Reed, pero lo pensé mejor y guardé silencio.

-¿Y se alegra usted de abandonarme?

-No, Bessie. Precisamente ahora me disgusta más que antes el separarme de ti.

-Precisamente ahora, ¿eh? ¡Con qué frescura lo dice! Hasta sería capaz de no darme un beso si se lo pidiera... Puede que me contestara que, precisamente ahora, no...

-Sí, quiero besarte, sí... -repuse-. Baja la cabeza. Bessie se detuvo. Nos abrazamos estrechamente y la seguí hasta la casa, muy satisfecha.

La tarde transcurrió en paz y armonía. Por la noche Bessie me relató uno de sus cuentos más encantadores y cantó para mí una de sus canciones más lindas. Hasta en una vida tan triste como la mía no faltaba alguna vez un rayo de sol.

 

V

Aún no acababan de dar las cinco de la mañana del 19 de enero cuando Bessie entró en mi cuarto con una vela en la mano y me encontró ya preparada y vestida. Estaba levantada desde media hora antes y me había lavado y vestido a la luz de la luna, que entraba por las estrechas ventanas de mi alcoba. Me marchaba aquel día en un coche que pasaría por la puerta a las seis de la mañana. En la casa no se había levantado nadie más que Bessie. Había encendido el fuego en el cuarto de jugar y estaba preparando mi desayuno. Hay pocos niños que tengan ganas de comer cuando están a punto de em­prender un viaje y a mí me sucedió lo que a todos. Bes­sie, después de instarme inútilmente a que tomase algu­nas cucharadas de sopa de leche, envolvió algunos bizcochos en un papel y los guardó en mi saquito de viaje. Luego me puso el sombrero y el abrigo, se envolvió ella en un mantón y las dos salimos de la estancia. Al pasar junto al dormitorio de mi tía, me dijo:

-¿Quiere usted entrar para despedirse de la señora? -No, Bessie. La tía fue a mi cuarto anoche y me dijo que cuando saliera no era necesario que la despertase, ni tampoco a mis primos. Luego me aseguró que tuviera en cuenta siempre que ella era mi mejor amiga y que debía decírselo a todo el mundo.

-¿Y qué contestó usted, señorita?

-Nada. Me tapé la cara con las sábanas y me volví hacia la pared.

-Eso no está bien, señorita.

-Sí está bien, Bessie. Mi tía no es mi amiga: es mi enemiga.

-¡No diga eso, Miss Jane! Cruzamos la puerta. Yo exclamé: -¡Adiós, Gateshead!

Aún brillaba la luna y reinaba la oscuridad. Bessie llevaba una linterna cuya luz oscilaba sobre la arena del camino, húmeda por la nieve recién fundida. El amane­cer invernal era crudo; helaba. Mis dientes castañetea­ban, aterida de frío.

En el pabellón de la portería brillaba una luz. La mu­jer del portero estaba encendiendo la lumbre. Mi equi­paje se hallaba a la puerta. Lo había sacado de casa la noche anterior. A los cinco o seis minutos sentimos a lo lejos el ruido de un coche. Me asomé y vi las luces de los faroles avanzando entre las tinieblas.

-¿Se va sola? -preguntó la mujer. -Sí.

¿Hay mucha distancia? -Cincuenta millas.

-¡Qué lejos! ¡No sé cómo la señora la deja hacer sola un viaje tan largo!

El coche, tirado por cuatro caballos, iba cargado de pasajeros. Se detuvo ante la puerta. El encargado y el cochero nos metieron prisa. Mi equipaje fue izado sobre el techo. Me separaron del cuello de Bessie, a quien es­taba cubriendo de besos.

-¡Tenga mucho cuidado de la niña! -dijo Bessie al encargado del coche cuando éste me acomodaba en el interior.

-¡Sí, sí! -contestó él.

La portezuela se cerró, una voz exclamó: «¡Listos!», y el carruaje empezó a rodar.

Así me separé de Bessie y de Gateshead rumbo a las que a mí me parecían entonces regiones desconocidas y misteriosas.

Recuerdo muy poco de aquel viaje. El día me pareció de una duración sobrenatural y tuve la impresión de ha­ber rodado cientos de millas por la carretera. Atravesa­mos varias poblaciones y en una de ellas, muy grande, el coche se detuvo y se desengancharon los caballos. Los viajeros se apearon para comer. El encargado me llevó al interior de una posada con el mismo objeto, pero como yo no tenía apetito, se fue, dejándome en una inmensa sala de cuyo techo pendía un enorme candelabro y en lo alto de una de cuyas paredes había una especie de galería donde se apilaban varios instrumentos de mú­sica. Permanecí allí largo rato, sintiendo un angustioso temor de que viniese alguien y me secuestrara. Yo creía firmemente en la existencia de los secuestradores de ni­ños, ya que tales personajes figuraban con gran frecuen­cia en los cuentos de Bessie. Al fin vinieron a buscarme, mi protector me colocó en mi asiento, subió al suyo, tocó la trompa y el coche comenzó a rodar sobre la calle empedrada de L...

La tarde era sombría y nublada. Llegaba el crepúscu­lo. Yo comprendía que debíamos estar muy lejos de Ga­teshead. El panorama cambiaba. Ya no atravesábamos ciudades; grandes montañas grises cerraban el horizon­te, y al oscurecer descendimos a un valle poblado de bosque. Luego se hizo noche del todo, y yo oía silbar lúgubremente el viento entre los árboles.

Arrullada por el sonido, me dormí. Me desperté al cesar el movimiento del vehículo. Vi por la ventanilla una puerta cochera abierta y en ella, iluminada por los faroles, una persona que me pareció ser una criada.

-¿No viene aquí una niña llamada Jane Eyre? -pre­guntó.

-Sí -repuse.

Me sacaron, bajaron mi equipaje, y el coche volvió inmediatamente a ponerse en marcha.

Ya en la casa, procuré, ante todo, calentar al fuego mis dedos agarrotados por el frío, y luego lancé una ojeada a mi alrededor. No había ninguna luz encendida, pero a la vacilante claridad de la chimenea se distinguían, a interva­los, paredes empapeladas, alfombras, cortinas y brillantes muebles de caoba. Aquel salón no era tan espléndido como el de Gateshead, pero sí bastante lujoso. Mientras intentaba descifrar lo que representaba un cuadro colgado en el muro, la puerta se abrió y entró una persona llevan­do una luz y seguida de cerca por otra.

La primera era una señora alta, de negro cabello, ne­gros ojos y blanca y despejada frente. Su aspecto era grave, su figura erguida. Iba medio envuelta en un chal.

-Es muy pequeña para dormir sola -dijo al verme, mientras ponía la luz sobre una mesa.

Me miró atentamente durante unos minutos y agregó:

-Valdrá más que se acueste pronto, parece muy fatiga­da. ¿Estás cansada, verdad? -me preguntó, colocando una mano sobre mi hombro-. Y seguramente tendrás apetito. Dele algo de comer antes de acostarla, Miss Mil­ler. ¿Es la primera vez que te separas de tus padres, niña?

Le contesté que no tenía padres, y me preguntó cuán­to tiempo hacía que habían muerto. Después se informó de mi edad y de si sabía leer y escribir, me acarició la mejilla afectuosamente y me despidió, diciendo:

-Confío en que seas obediente y buena.

La señora que había hablado representaba unos vein­tinueve años. La que ahora me conducía, y a la que la otra llamara Miller, parecía más joven. La primera me impresionó por su aspecto y su voz. Esta otra era más ordinaria, más rubicunda, muy apresurada en su modo de andar y en sus actos, como quien tiene entre sus ma­nos múltiples cosas. Me pareció desde luego lo que más tarde averigüé que era: una profesora auxiliar.

Guiada por ella recorrí los pasillos y estancias de un edificio grande e irregular, a cuyo extremo, saliendo por fin del profundo y casi temeroso silencio que reinaba en el resto de la casa, escuché el murmullo de muchas vo­ces, y entré en un cuarto muy grande, en cada uno de cuyos extremos había dos mesas alumbradas cada una por dos bujías.

Alrededor de las mesas estaban sentadas en bancos muchas muchachas de todas las edades, desde los nueve o diez años hasta los veinte. A primera vista me parecie­ron innumerables, aunque en realidad no pasaban de ochenta. Todas vestían una ropa de idéntico corte y de color pardo. Era la hora de estudio, se hallaban enfras­cadas en aprender sus lecciones del día siguiente, y el murmullo que yo sintiera era el resultado de las voces de todas ellas repitiendo sus lecciones a la vez.

Miss Miller me señaló asiento en un banco próximo a la puerta y luego, situándose en el centro de la habita­ción, gritó:

-¡Instructoras: recojan los libros!

Cuatro muchachas de elevada estatura se pusieron en pie y recorrieron las mesas recogiendo los libros.-Miss Miller dio otra voz de mando:

-¡Instructoras: traigan las bandejas de la comida! Las cuatro muchachas altas salieron y regresaron por­tando una bandeja cada una. En cada bandeja había porciones de algo que no pude observar lo que era y, además, un jarro de agua y un vaso.

Las instructoras circularon por el salón. Cada mucha­cha cogía de la bandeja una de aquellas porciones y, si quería beber, lo hacía en el vaso de todas. Yo tuve que beber, porque me sentía sedienta, pero no comí lo que, según pude ver entonces, era una delgada torta de avena partida en pedazos.

Terminada la colación, Miss Miller leyó las oraciones y las escolares subieron las escaleras formadas de dos en dos. Ya estaba tan muerta de cansancio, que no me di cuenta siquiera de cómo era el dormitorio, salvo que, como el cuarto de estudio, me pareció muy grande. Aquella noche dormí con Miss Miller, quien me ayudó a desnu­darme. Luego lancé una mirada a la larga fila de lechos, en cada uno de los cuales había dos muchachas. Diez minutos más tarde, la única luz del dormitorio se apaga­ba y yo me dormí.

La noche pasó deprisa. Yo estaba tan cansada, que no soñé nada. Sólo una vez creí oír bramar el viento con furia y escuchar la caída del agua de una catarata. Me desperté: era Miss Miller, que dormía a mi lado. Cuando volví a abrir los ojos, sentí tocar una ronca campana. Aún no era de día y el dormitorio estaba iluminado por una o dos lamparillas. Tardé algo en levantarme, porque hacía un frío agudo y, cuando al fin me vestí, tuve que compartir el lavabo con otras seis muchachas, lo que no hubiera ocurrido de haberme levantado antes.

Volvió a sonar la campana y las alumnas se alinearon y bajaron las escaleras por parejas. Entramos en el frío cuarto de estudio. Miss Miller leyó las plegarias de la mañana y ordenó luego:

-Fórmense por clases.

A continuación siguió un alboroto de varios minutos, durante los cuales Miss Miller no cesaba de repetir: «¡Orden! ¡Silencio!» Cuando el tumulto cesó, vi que las muchachas se habían agrupado en cuatro semicírculos, colocados frente a cuatro sillas situadas ante cuatro me­sas. Todas las alumnas tenían un libro en la mano, y en cada mesa, ante la silla vacía, había un libro grande, como una Biblia. Siguió un silencio. Después comenzó a circular el vago rumor que se produce siempre que hay una muchedumbre reunida. Miss Miller recorrió los gru­pos acallando aquel reprimido murmullo.

Sonó otra campana e inmediatamente, tres mujeres entraron y se instalaron cada una en uno de los tres asientos vacíos. Miss Miller se instaló en la cuarta silla vacante, la más cercana a la puerta y en torno a la cual estaban reunidas las niñas más pequeñas. Me llamaron a aquella clase y me colocaron detrás de todas.

Se repitió la plegaria diaria y se leyeron varios capítu­los de la Biblia, en lo que se invirtió más de una hora. Cuando acabó aquel ejercicio, era día claro. La infatiga­ble campana sonó por cuarta vez. Yo me sentía encanta­da ante la perspectiva de comer alguna cosa. Estaba des­mayada, ya que el día anterior apenas había probado bocado.

El refectorio era una sala grande, baja de techo y sombría. En dos largas mesas humeaban recipientes lle­nos de algo que, con gran disgusto mío, estaba lejos de despedir un olor atractivo. Una general manifestación de descontento se produjo al llegar a nuestras narices aquel perfume. Las muchachas mayores, las de la prime­ra clase, murmuraron:

-¡Es indignante! ¡Otra vez el potaje quemado! -¡Silencio! -barbotó una voz.

No era la de Miss Miller, sino la de una de las profeso­ras superiores, que se sentaba a la cabecera de una de las mesas. Era menuda, morena y vestida con elegancia, pero tenía un aspecto indefiniblemente desagradable. Una segunda mujer, más gruesa que aquélla, presidía la otra mesa. Busqué en vano a la señora de la noche ante­rior: no estaba visible. Miss Miller se sentó al extremo de la mesa en que yo estaba instalada, y una mujer de apariencia extranjera -la profesora francesa- se aco­modó al extremo de la otra.

Se rezó una larga plegaria, se cantó un himno, luego una criada trajo té para las profesoras y comenzó el desayuno.

Devoré las dos o tres primeras cucharadas sin preocu­parme del sabor, pero casi enseguida me interrumpí sin­tiendo una profunda náusea. El potaje quemado sabe casi tan mal como las patatas podridas. Ni aun el hambre más aguda puede con ello. Las cucharas se movían len­tamente, todas las muchachas probaban la comida y la dejaban después de inútiles esfuerzos para deglutirla. Terminó el almuerzo sin que ninguna hubiese almorza­do y, después de rezar la oración de gracias correspon­diente a la comida que no se había comido, evacuamos el comedor. Yo fui de las últimas en salir y vi que una de las profesoras probaba una cucharada de potaje, hacía un gesto de asco y miraba a las demás. Todas parecían disgustadas. Una de ellas, la gruesa, murmuró:

-¡Qué porquería! ¡Es vergonzoso!

Pasó un cuarto de hora antes de que se reanudasen las lecciones y, entretanto, reinó en el salón de estudio un grandísimo tumulto. En aquel intervalo se permitía ha­blar más alto y con más libertad, y todas se aprovecha­ban de tal derecho. Toda la conversación giró en torno al desayuno, el cual mereció unánimes censuras. ¡Era el único consuelo que tenían las pobres muchachas! En el salón no había ahora otra maestra que Miss Miller, y un grupo de chicas de las mayores la rodeó hablándola con seriedad. El nombre de Mr. Brocklehurst sonó en algunos labios, y Miss Miller movió la cabeza reprobatoria­mente, pero no hizo grandes esfuerzos para contener la general protesta. Sin duda la compartía.

Un reloj dio las nueve. Miss Miller se separó del gru­po que la rodeaba y, situándose en medio de la sala, exclamó:

-¡Silencio! ¡Siéntense!

La disciplina se impuso. En cinco minutos el alboroto se convirtió en orden y un relativo silencio sucedió a la anterior confusión, casi babeliana. Las maestras supe­riores recuperaron sus puestos. Parecía esperarse algo. Las ochenta muchachas permanecían inmóviles, rígidas, todas iguales, con sus cabellos peinados lisos sobre las orejas, sin rizo alguno visible, vestidas de ropas oscuras, con un cuello estrecho y con un bolsillo grande en la parte delantera del uniforme (bolsillo que estaba desti­nado a hacer las veces de cesto de costura). Una veinte­na de alumnas eran muchachas muy mayores o, mejor dicho, mujeres ya formadas, y aquel extraño atuendo oscuro daba un aspecto ingrato incluso a las más bonitas de entre ellas.

Yo las contemplaba a todas y de vez en cuando dirigía también miradas a las maestras. Ninguna de éstas me gustaba: la gorda era un poco ordinaria, la morena un poco desagradable, la extranjera un poco grotesca. En cuanto a la pobre señorita Miller, ¡era tan rubicunda, estaba tan curtida por el sol, parecía tan agobiada de trabajo!

Mientras mis ojos erraban de unas a otras, todas las clases, como impulsadas por un resorte, se pusieron en pie simultáneamente.

¿Qué sucedía? Yo estaba perpleja. No había oído dar orden alguna. Antes de que saliese de mi asombro, to­das las alumnas volvieron a sentarse y sus miradas se concentraron en un punto determinado. Miré también hacia él y vi entrar a la persona que me recibiera la noche anterior. Se había parado en el otro extremo del salón, junto al fuego (había una chimenea en cada extremo de la sala) y contemplaba, grave y silenciosa, las dos filas de muchachas.

Miss Miller se aproximó a ella, le dirigió una pregunta y, después de recibir la contestación, volvió a su sitio y ordenó:

-Instructora de la primera clase: saque las esferas. Mientras la orden se ponía en práctica, la recién llega­da avanzó a lo largo de la sala. Aún me acuerdo de la admiración con que seguía cada uno de sus pasos. Vista a la luz del día aparecía alta, bella y arrogante. Sus ojos oscuros, de serena mirada, sombreados por pestañas largas y finas, realzaban la blancura de su despejada frente. Sus cabellos formaban rizos sobre las sienes, según la moda de entonces, y llevaba un vestido de tela encarnada con una especie de orla de terciopelo negro, a la española. Sobre su corpiño brillaba un reloj de oro (en aquella época los relojes eran un objeto poco co­mún). Si añadimos a este retrato unas facciones finas y un cutis pálido y suave, tendremos, en pocas y claras palabras, una idea del aspecto exterior de Miss Temple, ya que se llamaba María Temple, como supe después al ver escrito su nombre en un libro de oraciones que me entregaron para ir a la iglesia.

La inspectora del colegio de Lowood (pues aquel era el cargo que ocupaba) se sentó ante dos esferas que tra­jeron y colocaron sobre una mesa, y comenzó a dar la primera clase, una lección de geografía. Entretanto, las otras maestras llamaron a las alumnas de los grados infe­riores, y durante una hora se estudió historia, gramática, etcétera. Luego siguieron escritura y aritmética y, final­mente, Miss Temple enseñó música a varias de las alum­nas de más edad. La duración de las lecciones se marca­ba por el reloj. Cuando dieron las doce, la inspectora se levantó:

-Tengo que hablar dos palabras a las alumnas -dijo.

El tumulto consecutivo al fin de las lecciones iba ya a comenzar, pero al sonar la voz de la inspectora, se calmó.

-Esta mañana les han dado un desayuno que no han podido comer. Deben ustedes estar hambrientas. He ordenado que se sirva a todas un bocadillo de pan y que­so. Esto se hace bajo mi responsabilidad -aclaró la ins­pectora.

Y en seguida salió de la sala.

El queso y el pan fueron distribuidos inmediatamente, con gran satisfacción de las pupilas. Luego se dio la orden de «¡Al jardín!» Cada una se puso un sombrero de paja ordinaria con cintas de algodón, y una capita gris. A mí me equiparon con idénticas prendas y, siguiendo la corriente general, salí al aire libre.

El jardín era grande. Estaba rodeado de tapias tan altas que impedían toda mirada del exterior. Una galería cubierta corría a lo largo de uno de los muros. Entre dos anchos caminos había un espacio dividido en pequeñas parcelas, cada una de las cuales estaba destinada a una alumna, a fin de que cultivase flores en ella. Aquello debía de ser muy lindo cuando estuviera lleno de flores, pero entonces nos hallábamos a fines de enero y todo tenía un triste color parduzco. El día era muy malo para jugar a cielo descubierto. No llovía, pero una amarillen­ta y penetrante neblina lo envolvía todo, y los pies se hundían en el suelo mojado. Las chicas más animosas y robustas se entregaban, sin embargo, a ejercicios acti­vos, pero las menos vigorosas se refugiaron en la galería para guarecerse y calentarse. La densa niebla penetró tras ellas. Yo oía de vez en cuando el sonido de una tos cavernosa.

Ninguna me había hecho caso, ni yo había hablado a ninguna, pero como estaba acostumbrada a la soledad, no me sentía muy disgustada. Me apoyé contra una pi­lastra de la galería, me envolví en mi capa y, procurando olvidar el frío que se sentía y el hambre que aún me hostigaba, me entregué a mis reflexiones harto confusas para que merezcan ser recordadas. Yo no me daba ape­nas cuenta de mi situación. Gateshead y mi vida anterior me parecían flotar a infinita distancia, el presente era aún vago y extraño, y no podía conjeturar nada sobre el porvenir. Contemplé el jardín y la casa. Era un vasto edificio, la mitad del cual aparecía grisáceo y viejo y la otra mitad completamente nuevo. Esta parte estaba salpicada de ventanas enrejadas y columnadas que daban a la construcción un aspecto monástico. En aquella par­te del edificio se hallaban el salón de estudio y el dormi­torio. En una lápida colocada sobre la puerta se leía esta inscripción:

«Institución Lowood. Parcialmente reconstruida por Naomi Brocklehurst, de Brocklehurst Hall, sito en este condado.» -«ilumínanos, Señor, para que podamos conocerte y glorificar a tu Padre, que está en los Cielos.» (San Mateo, versículo 16.)

Yo leí y releí tales frases, consciente de que debían tener alguna significación y de que entre las primeras palabras y el versículo de la Santa Escritura citado a continuación debía existir una relación estrecha. Estaba intentando descubrir esta relación, cuando oí otra vez la tos de antes y, volviéndome, vi que la que tosía era una niña sentada cerca de mí sobre un asiento de piedra. Leía atentamente un libro, cuyo título, Rasselas, me pa­reció extraño y, por tanto, atractivo.

Al ir a pasar una hoja, me miró casualmente y, enton­ces, la interpelé:

-¿Es interesante ese libro?

Y ya había formado en mi interior la decisión de pe­dirle que me lo prestase alguna vez.

-A mí me gusta -repuso, después de contemplarme durante algunos instantes.

-¿De qué trata? -continué.

Aquel modo de abordarla era contrario a mis costum­bres, pero verla entregada a tal ocupación hizo vibrar las cuerdas de mi simpatía; a mí también me gustaba mucho leer, si bien sólo las cosas infantiles, porque las lecturas más serias y profundas me resultaban incom­prensibles.

-Puedes verlo -contestó, ofreciéndome el tomo.

Un breve examen me convenció de que el texto era menos interesante que el título, al menos desde el punto de vista de mis gustos personales, porque allí no se veía nada de hadas, ni de gnomos, ni otras cosas similares y atrayentes. Le devolví el libro y ella, sin decir nada, reanudó su lectura:

Volví a hablarle:

-¿Qué quiere decir esa piedra de encima de la puer­ta? ¿Qué es la Institución Lowood?

-Esta casa en que has venido a vivir.

-¿Y por qué se llama institución? ¿Es diferente a otras escuelas?

-Es una institución semibenéfica. Tú y yo, y todas las que estamos aquí, somos niñas pobres. Supongo que tú eres huérfana.

-Sí.

-¿De padre o de madre?

-No tengo padre ni madre. Los dos murieron antes de que yo pudiera conocerles.

-Pues aquí todas las niñas son huérfanas de padre o madre, o de los dos, y por eso esto se llama institución benéfica para niñas huérfanas.

-¿Es que no pagamos nada? ¿Nos mantienen de balde?

-No. Nuestros parientes pagan quince libras al año. -Entonces, ¿cómo se llama una institución semibe­néfica?

-Porque quince libras no bastan para cubrir los gas­tos y vivimos gracias a los que se suscriben con dádivas fijas.

-¿Y quiénes se suscriben?

-Señoras y caballeros generosos de los contornos y de Londres.

-¿Quién era Naomi Brocklehurst?

-La señora que reconstruyó la parte nueva de la casa. Es su hijo quién manda ahora en todo esto. -¿Por qué?

-Porque es el tesorero y director del establecimiento.

-¿De modo que la casa no pertenece a esa señora alta que lleva un reloj y que mandó que nos diesen pan y queso?

-¿Miss Temple? ¡No! Sería mejor, pero no... Ella tiene que responder ante Mr. Brocklehurst de todo lo que hace. Es él quien compra la comida y la ropa para nosotras.

-¿Vive aquí?

-No. A dos millas de distancia, en un palacio muy grande.

-¿Es bueno ese señor?

-Dicen que hace muchas caridades. Es sacerdote[1]. -¿Y la señora alta es Miss Temple?

-Sí.

-¿Y las otras profesoras?

-La de las mejillas encarnadas es Miss Smith, y está encargada de las labores. Ella corta nuestros vestidos. Nosotras nos hacemos todo lo que llevamos. La bajita del pelo negro es Miss Scartched: enseña historia y gra­mática y está encargada de la segunda clase. La del chal y el bolsillo atado a la cintura con una cinta amarilla se llama Madame Pierrot. Es francesa y enseña francés. -¿Son buenas las maestras? -Sí, bastante buenas.

-¿Te gusta la del pelo negro y la señora... esa france­sa? ¡No puedo pronunciar su nombre!

-Miss Scartched es un poco violenta. Debes procu­rar no molestarla. Madame Pierrot no es mala persona. -Pero Miss Temple es mejor que todas, ¿no? -Miss Temple es muy buena y muy inteligente. Por eso manda en las demás.

-¿Llevas mucho tiempo aquí? -Dos años.

-¿Eres huérfana? -No tengo madre. -¿Eres feliz aquí?

-¡Cuántas preguntas! Yo creo que ya te he dado bas­tantes contestaciones por ahora. Déjame leer.

Pero en aquel momento tocaron a comer y todas en­tramos en la casa. El aroma que ahora llegaba del refec­torio no era mucho más apetitoso que el del desayuno. La comida estaba servida en dos grandes recipientes de hojalata y de ellos se exhalaba un fuerte olor a manteca rancia. Aquel rancho se componía de patatas insípidas y de trozos de carne pasada, cocido todo a la vez. A cada alumna se le sirvió una ración relativamente abundante. Yo comí lo que me fue posible, y me consternó pensar en que la comida de todos los días pudiera ser siempre igual.

Inmediatamente después de comer volvimos al salón de estudios y las lecciones se reanudaron y prosiguieron hasta las cinco de la tarde.

El único incidente digno de mención consistió en que la muchacha con quien yo charlaba en la galería fue castigada por Miss Scartched, mientras daba clase de historia, a salir al centro del salón y permanecer allí en pie.

El castigo me pareció muy afrentoso, particularmente para una muchacha de trece años o más, como represen­taba tener. Creí que daría muestras de nerviosidad o vergüenza, pero con gran asombro mío, ni siquiera se ruborizó. Permaneció impertérrita y seria en medio del salón, sirviendo de blanco a todas las miradas.

«¿Cómo podrá estar tan serena? -pensaba yo-. Si me hallase en su lugar, creo que desearía que la tierra se abriese y me tragase. Sin embargo, ella mira como si no pensara en que está castigada, como si no pensase si­quiera en lo demás que la rodea. He oído decir que hay quien sueña despierto. ¿Será que está soñando despier­ta? Tiene la mirada fija en el suelo, pero estoy segura de que no lo ve. Parece que mirara dentro de sí. A lo mejor está recordando cosas de antes y no se da cuenta de lo que le pasa ahora... ¡Qué niña tan rara! No se puede saber si es mala o buena.»

Poco después de las cinco hicimos otra comida, con­sistente en una taza de café y media rebanada de pan moreno. Comí el pan y bebí el café con deleite, pero hubiera tomado mucho más de ambas cosas. Seguía hambrienta.

Luego tuvimos otra media hora de recreo. Después volvimos al estudio, más tarde nos dieron el vaso de agua y el pedazo de torta de avena, y al fin nos acosta­mos. Así transcurrió el primer día de mi estancia en Lowood.

 

VI

El día siguiente comenzó como el anterior, pero con la novedad de que tuvimos que prescindir de lavarnos. El tiempo había cambiado durante la noche y un frío viento del Nordeste que se filtraba por las rendijas de las ventanas de nuestro dormitorio había helado el agua en los recipientes.

Durante la hora y media consagrada a oraciones y a lecturas de la Biblia me creí a punto de morir de frío. El desayuno llegó al fin. Hoy no estaba quemado, pero en cambio era muy poco. Yo hubiera comido doble can­tidad.

Durante aquel día fui incorporada formalmente a la cuarta clase y me fueron asignadas tareas y ocupaciones como a las demás. Dejaba, pues, de ser espectadora para convertirme en actriz en la escena de Lowood. Como no estaba acostumbrada a aprender de memoria las lecciones, al principio me parecieron difíciles y lar­gas y pasar frecuentemente de unos temas a otros me aturdía, así que me sentí aliviada cuando, a las tres, Miss Smith me entregó una franja de muselina de dos varas de largo, aguja, dedal, etc., y me envió a un rincón de la sala con instrucciones sobre lo que debía ejecutar. Casi todas las demás muchachas cosían también, pero había algunas agrupadas alrededor de Miss Scartched y se po­dían, pues, oír sus explicaciones sobre la lección, así como sus reprensiones, de las que se deducía qué mu­chachas eran objeto de su animadversión. Comprobé que lo era más que ninguna la niña con quien yo trabara conversación en la galería. La clase era de historia de Inglaterra. Mi conocida, que al principio estaba en pri­mera fila, al final de la lección se hallaba detrás de to­das, pero aun allí la profesora la perseguía con sus amo­nestaciones:

-Burns (aquel debía ser su apellido, porque allí a las niñas les llamaban por su apellido, como a los mucha­chos), no pongas los pies torcidos. Burns, no hagas este gesto. Burns, levanta la cabeza. Burns, no quiero verte en esa postura.

Etcétera, etcétera.

Después de haber leído dos veces la lección, se cerra­ron los libros y todas las muchachas fueron interrogadas. La lección comprendía parte del reinado de Carlos I y versaba esencialmente sobre portazgos, aduanas e im­puestos marítimos, asuntos sobre los cuales la mayoría de las alumnas no supieron contestar. En cambio, Burns resolvía todas las dificultades. Había retenido en la me­moria lo fundamental de la lectura y contestaba con faci­lidad a todo. Yo esperaba alguna frase encomiástica por parte de la profesora, pero en vez de ello, lo que oí fue esta inesperada increpación:

-¡Oh, qué sucia eres! ¡No te has limpiado las uñas esta mañana!

Burns no contestó. Yo estaba asombrada de su si­lencio.

«¿Cómo no responderá -pensaba yo- que esta ma­ñana no ha sido posible lavarse por estar el agua helada?» Miss Smith me llamó en aquel momento y me hizo varias preguntas sobre si había ido al colegio antes, si sabía bordar, hacer punto, etc. Por esta razón no pude seguir los movimientos de Miss Scartched; mas cuando volví a mi asiento, vi que ésta acababa de dar una orden que no entendí, pero a consecuencia de la cual Burns salió de la clase y volvió momentos después trayendo un haz de varillas de mimbre atadas por un extremo. Los entregó a la profesora con respetuosa cortesía, inclinó la cabeza y Miss Scartched, sin pronunciar una palabra, le descargó debajo de la nuca una docena de golpes con aquel haz.

Ni una lágrima se desprendió de los ojos de Burns, ni un rasgo de sus facciones se alteró. Yo había suspendido la costura y contemplaba la escena con un profundo sentimiento de impotente angustia.

-¡Qué niña tan empedernida! -exclamó la profeso­ra-. No hay modo de corregirla. Quita eso de ahí. Burns obedeció y se llevó el instrumento de castigo. La miré cuando salía del cuarto donde se guardaban los libros. En aquel momento introducía su pañuelo en el bolsillo y en sus mejillas se veían huellas de lágrimas. La hora del juego durante la tarde me pareció el me­jor momento del día. Era cuando nos daban el pan y el café que, si bien no satisfacían mi apetito, al menos me reanimaban. A aquellas horas la habitación estaba más caliente, ya que se encontraban encendidas las dos chi­meneas, cuyos fulgores suplían en parte la falta de luz. El tumulto de aquella hora, las conversaciones que en­tonces se permitían, inspiraban una agradable sensación de libertad.

De haber sido una niña que llegase allí procedente de un hogar feliz, probablemente aquella hora del día hu­biera sido lo que me habría producido mayor sensación de soledad y la que más hubiera entristecido mi corazón. Pero dada mi situación peculiar, no me sucedía así. Aso­mada a los cristales de la ventana, oyendo rugir fuera el viento y contemplando la oscuridad, casi hubiera desea­do que el viento sonase más lúgubre, que la oscuridad fuera más intensa y que el alboroto de las voces de las escolares se elevase de tono todavía más.

Deslizándome entre las muchachas y pasando bajo las mesas, me acerqué a una de las chimeneas y allí encon­tré a Burns, silenciosa, abstraída, absorta en la lectura de su libro, que devoraba a la pálida claridad de las bra­sas medio apagadas de la lumbre.

-¿Es el mismo? -le pregunté.

-Sí -dijo-. Precisamente lo estoy terminando.

Y, con gran satisfacción mía, lo terminó cinco minutos después. «Ahora podré hablarla», pensé.

Me senté en el suelo, a su lado. -¿Cómo te llamas, además de Burns? -Helen.

-¿Eres de aquí?

-No. Soy de un pueblo del Norte, cerca de la fronte­ra con Escocia.

-¿Piensas volver a él?

-Supongo que sí, pero nunca se sabe lo que puede ocurrir.

-Tendrías ganas de irte de Lowood, ¿verdad? -No. ¿Por qué? Me han enviado aquí para instruir­me y no me sacarán hasta que eso esté conseguido. -Pero esa profesora, Miss Scartched, es muy cruel contigo.

-¿Cruel? No. Es severa y no me perdona ninguna falta.

-Si yo estuviera en tu lugar y me pegara con aquello con que te pegó, se lo arrancaría de la mano y se lo rompería en las narices.

-Seguramente no harías nada de eso, pero si lo hicie­ras, el señor Brocklehurst te expulsaría del colegio y ello sería muy humillante para tu familia. Así que vale más aguantar con paciencia y guardarse esas cosas para una misma, de modo que la familia no se disguste. Ade­más, la Biblia nos enseña a devolver bien por mal.

-Pero es muy molesto que a una la azoten y que la saquen en medio del salón para avergonzarla ante to­das. Yo, aunque soy más pequeña que tú, no lo aguan­taría.

-Debemos soportar con conformidad lo que nos reserva el destino. Es una muestra de debilidad decir «yo no soportaría esto o lo otro».

La oía con asombro. No podía estar de acuerdo con aquella opinión. Me pareció que Helen Burns conside­raba las cosas a una luz invisible para mis ojos. Sospe­chaba que acaso tuviese razón y yo no, pero no pudien­do averiguarlo de modo concreto, resolví aplazar las comparaciones entre nuestros conceptos respectivos para mejor ocasión.

-Tú no cometes faltas. A mí me parece que eres una niña buena.

-No debes juzgar por las apariencias. Miss Scartched tiene razón: dejo siempre las cosas revueltas, soy muy descuidada, olvido mis deberes, me pongo a leer cuando debía aprender las lecciones, no tengo método y, a ve­ces, digo, como tú, que no puedo soportar las cosas sis­temáticas. Todo eso le crispa los nervios a la profesora, que es muy ordenada, muy metódica y muy especial.

-Y muy cruel -añadí.

Helen no debía estar de acuerdo conmigo. Guardó silencio.

-¿Miss Temple es tan severa contigo como Miss Scartched?

Al oír mencionar el nombre de la inspectora, una dul­ce sonrisa se pintó en el semblante de Helen.

-Miss Temple es muy bondadosa y le duele ser seve­ra hasta con las niñas más malas. Me indica, amable­mente, los errores que cometo y, aunque haga algo dig­no de represión, siempre es tolerante conmigo. La prueba de que tenga malas inclinaciones es que, a pesar de su bondad y de lo razonablemente que me dice las cosas, no me corrijo y sigo siendo lo mismo: no atiendo a las lecciones.

-¡Qué raro! -dije-. ¡Con lo fácil que es atender! -Para ti, sí. Te he observado hoy en clase y he visto la atención que ponías cuando Miss Miller explicaba la lección y te preguntaba. Pero a mí no me pasa eso. A veces, mientras la profesora está hablando, pierdo el hilo de lo que dice y caigo como en un sueño. Se me figura, a lo mejor, que estoy en Northumberland y que los ruidos que oigo son el rumor de un arroyuelo que corre próximo a nuestra casa. Cuando me doy cuenta de dónde estoy de veras, como no he oído nada, no sé qué contestar a lo que me preguntan.

-Pero esta tarde has contestado bien a todo.

-Por casualidad. Me interesaba el asunto de la lec­ción que nos han leído. Hoy, en vez de pensar en Nort­humberland, pensaba en lo asombroso de que un hom­bre tan recto como Carlos I obrase tan injusta e impru­dentemente en ciertas ocasiones, y en lo extraño de que una persona íntegra como él no viese más allá de sus derechos de monarca. Si hubiese sabido mirar más lejos hubiera comprendido lo que exigía eso que se llama el espíritu de los tiempos. Ya ves: yo admiro mucho a Car­los I. ¡Pobre rey, cómo lo asesinaron! Los que lo hicie­ron no tenían derecho a derramar su sangre. ¡Y se atre­vieron a hacerlo!

Helen hablaba en aquellos momentos como para sí, olvidando que yo no podía comprenderla, ya que ig­noraba, o poco menos, todo lo que se refería a aquel asunto.

Insistí en el tema primitivo.

-¿También te olvidas de la lección cuando te enseña Miss Temple?

-Casi nunca, porque Miss Temple tiene un modo muy particular de expresarse, dice cosas más interesan­tes que mis pensamientos y como lo que enseña y su conversación me gustan mucho, no puedo por menos de atenderla.

-¿Así que eres buena con Miss Temple?

-Sí: me dejo llevar por ella sin poner nada de mi parte, de modo que en ser buena no hay ningún mérito. -Sí lo hay. Eres buena con los que son buenos conti­go. También a mí me parece ser buena así. Si todos obe­deciéramos y fuéramos amables con los que son crueles e injustos, ellos no nos temerían nunca y serían más malos cada vez. Cuando nos pegan sin razón debemos de­volver el golpe, para enseñar a los que lo hacen que no deben repetirlo.

-Ya cambiarás de opinión cuando seas mayor. Aho­ra eres demasiado pequeña para comprenderlo.

-No, Helen; yo creo que no debo tratar bien a los que se empeñan en tratarme mal y me parece que debo defenderme de los que me castigan sin razón. Eso es tan natural como querer a las que me demuestran cariño o aceptar los castigos que merezco.

-Los paganos y los salvajes profesan esa doctrina, pero las personas civilizadas y cristianas, no.

-¿Cómo que no? No te comprendo.

-La violencia no es el mejor medio de vencer el odio, y la venganza no remedia las ofensas. -¿Entonces qué hay que hacer?

-Lee el Nuevo Testamento y aprende lo que Cristo nos enseñó y cómo procedía, y procura imitarle. -¿Qué enseñaba Cristo?

-Que hay que amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen y desear el bien de los que nos odian.

-Entonces yo debo amar a mi tía y bendecir a su hijo John y eso me es imposible.

Helen me preguntó entonces que a qué me refería y me apresuré a explicárselo todo, contándoselo a mi ma­nera, sin reservas ni paliativos, sino tal como lo recorda­ba y lo sentía.

Helen me escuchó con paciencia hasta el final. Yo es­peraba que me diese su opinión, pero no comentó nada. -Bueno -dije-. ¿Qué te parece? ¿No es cierto que mi tía es una mujer malvada y que tiene un corazón muy duro?

-Se ha portado mal contigo, sin duda, pero eso debe de ser porque no simpatiza con tu carácter, como le pasa a Miss Scartched con el mío... ¡Hay que ver con qué detalle recuerdas todo lo que te han hecho y te han di­cho. ¡Cómo sientes lo mal que te han tratado! ¿No crees que serías más dichosa si procurases perdonar la severi­dad de tu tía? A mí me parece que la vida es demasiado corta para perderla en odios infantiles y en recuerdos de agravios. Es verdad que no hay que aguantar muchas cosas en este mundo, pero debemos pensar en el mo­mento en que nuestro espíritu se desprenda de nuestro cuerpo y vuelva a Dios, que lo ha creado. Y entonces nuestra alma debe estar pura, porque ¿quién sabe si no será llamada a infundirse en un ser muy superior al hom­bre, en un ser celestial? Sería, en cambio, muy triste que un alma humana se convirtiera en alma de un demonio. ¡No quiero pensar en eso! Para que no suceda, hay que perdonar. Yo procuro distinguir al pecador del pecado. Odio el pecado y perdono al pecador, olvido los agra­vios que me hacen, y así vivo tranquila esperando el fin.

Helen inclinó la cabeza. Comprendí que no deseaba seguir hablando, sino abstraerse en sus propios pensa­mientos. Pero no pudo hacerlo durante largo rato. Una instructora, una muchacha grande y tosca, se acercó y le dijo, con su rudo acento de Cumberland:

-Helen Burns: si no pones en orden ahora mismo las labores y las cosas de tu cajón, iré a decírselo a Miss Scartched.

Helen, arrancada a sus sueños, suspiró y se fue, sin dilación, a cumplir las órdenes de la instructora.

 

VII

El primer trimestre de mi vida en Lowood me pareció tan largo como una edad del mundo, y no precisamente la Edad de Oro. Hube de esforzarme en vencer infinitas dificultades, en adaptarme a nuevas reglas de vida y en aplicarme a tareas que no había hecho nunca. El senti­miento de depresión moral que todo ello me causaba era mucho peor que las torturas físicas que me producía, y no, en verdad, porque éstas fueran pocas.

Durante enero, febrero y parte de marzo, las nieves y los caminos impracticables nos confinaron entre los mu­ros del jardín, que no traspasábamos más que para ir a la iglesia.

Cada día pasábamos una hora al aire libre. Nuestras ropas eran insuficientes para defendernos del riguroso frío. No poseíamos botas y la nieve penetraba en nues­tros zapatos y se derretía dentro de ellos. No usábamos guantes y teníamos las manos y los pies llenos de saba­ñones. Mis pies inflamados me hacían sufrir indecible­mente, en especial por las noches, cuando entraban en calor, y por las mañanas al volver a calzarme.

La comida que nos daban era insuficiente a todas lu­ces para nuestro apetito de niñas en pleno crecimiento. Las raciones parecían a propósito para un desganado convaleciente. De esto resultaba un abuso, y era que las mayores, en cuanto tenían oportunidad, procuraban sa­ciar su hambre arrancando con amenazas su ración a las pequeñas. Más de una vez, después de haber tenido que distribuir el pan moreno que nos daban a las cinco, entre dos mayores que me lo exigían, tuve que ceder a una tercera la mitad de mi taza de café, y beberme el resto acompañado de las lágrimas silenciosas que el hambre y la imposibilidad de oponerme arrancaban a mis ojos.

Durante el invierno, los días más terribles de todos eran los domingos. Teníamos que recorrer dos millas hasta la iglesia de Broéklebridge, en la que oficiaba nuestro director. Llegábamos heladas, entrábamos en el templo más helado aún y permanecíamos, paralizadas de frío, mientras duraban los Oficios religiosos. Como el colegio estaba demasiado lejos para ir a comer y regre­sar, se nos distribuía, en el intervalo entre los Oficios de la mañana y la tarde, una ración de pan y carne fría en la misma mezquina cantidad habitual de las comidas de los días laborables.

Después de los Oficios de la tarde, tornábamos al co­legio por un empinado camino barrido por los helados vientos que venían de las montañas del Norte, y tan fríos, que casi nos arrancaban la piel de la cara.

Recuerdo a Miss Temple caminando con rapidez a lo largo de nuestras abatidas filas, envuelta en su capa a rayas que el viento hacía ondear, animándonos, dándo­nos ejemplo, excitándonos a seguir adelante «como es­forzados soldados», según decía. Las otras pobres profe­soras tenían bastante con animarse a sí mismas y no les quedaban energías para pensar en animar al prójimo.

¡Qué agradable, al regresar, hubiera sido sentarse al lado del fuego! Pero esto a las pequeñas les estaba veda­do: cada una de las chimeneas era inmediatamente ro­deada por una doble hilera de muchachas mayores y las pequeñas habían de limitarse a intentar caldear sus ate­ridas manos metiéndolas bajo los delantales.

A la hora del té nos daban doble ración de pan y un poco de manteca: era el extraordinario del domingo. Yo lograba, generalmente, reservarme la mitad de ello; el resto, invariablemente, tenía que repartirlo con las ma­yores.

La tarde del domingo se empleaba en repetir de me­moria el Catecismo y los capítulos cinco, seis y siete de San Mateo. Además, habíamos de escuchar un largo sermón leído por Miss Miller. En el curso de estas ta­reas, algunas de las niñas menores se dormían y eran castigadas a permanecer en pie en el centro del salón hasta que concluía la lectura.

Mr. Brocklehurst no apareció por la escuela durante la mayor parte del mes en cuyo curso llegué al estableci­miento. Sin duda continuaba con su amigo el arcediano. Su ausencia fue un alivio para mí. Sobra decir que tenía motivos para temer su llegada. Pero ésta, al fin, se pro­dujo.

Una tarde (llevaba entonces tres semanas en Lo­wood), mientras me hallaba absorta en resolver en mi pizarra una larga cuenta, mis ojos, dirigidos al azar so­bre una ventana, descubrieron a través de ella una figura que pasaba por el jardín en aquel instante. Casi instinti­vamente le reconocí y cuando, minutos después, las pro­fesoras y alumnas se levantaron en masa, ya sabía yo que quien entraba a largas zancadas en el salón era el que en Gateshead me pareciera una columna negra y me cau­sara tan desastrosa impresión: Mr. Brocklehurst, en per­sona, vestido con un sobretodo abotonado hasta el cue­llo. Se me figuró más alto, estrecho y rígido que nunca.

Yo tenía -ya lo dije- mis motivos para temer su presencia: la promesa que hiciera a mi tía de poner a Miss Temple y a las maestras en autos de mis perversas inclinaciones.

Se dirigió a Miss Temple y le habló. No me cabía duda de que estaba poniéndole en antecedentes de mi maldad y no separaba de ellos mis ojos ansiosos.

Sin embargo, lo primero que oí desde el sitio en que estaba sentada disipó, de momento, mis aprensiones. -Diga usted a Miss Smith que no he hecho la nota de las agujas que he comprado, pero que debe llevar la re­lación y tener en cuenta que sólo conviene entregar una a cada discípula. Si se les dieran más, tendrían menos cuidado y las perderían. Hay que preocuparse también del repaso de medias. La última vez que estuve aquí vi, tendidas, muchas que estaban llenas de agujeros.

-Se seguirán sus órdenes, señor -dijo Miss Temple. -La lavandera me ha informado -siguió él- de que algunas de las niñas se mudan de camisa dos veces a la semana. Las reglas limitan las mudas a una semanal.

-Lo explicaré, señor. Agnes y Catherine Johnstone fueron invitadas a tomar el té con algunos amigos en Lowton el jueves pasado y, por tratarse de eso, les per­mití ponerse camisas limpias.

-Bien; por una vez puede pasar, pero procure que el caso no se repita a menudo. Hay otra cosa que me ha sorprendido. Al hacer cuentas con el ama de llaves, he visto que se había servido una ración extraordinaria de pan y queso durante la quincena pasada. ¿Cómo es eso? He mirado las disposiciones sobre extraordinarios y no he visto que se mencione para nada una ración suple­mentaria de tal clase. ¿Quién ha introducido semejante innovación? ¿Y con qué derecho?

-Yo soy la responsable, señor -dijo Miss Temple­. El pan y el queso se sirvieron un día en que el desayuno estaba tan mal preparado que ninguna alumna lo pudo comer. No me atreví a hacerlas esperar sin alimento has­ta la hora de la comida.

-Escúcheme un instante, señorita: usted sabe que mi plan educativo respecto a estas niñas consiste en no acostumbrarlas a hábitos de blandura y lujo, sino al con­trario, en hacerlas sufridas y pacientes. Si acontece al­gún pequeño incidente en la preparación de las comidas no ha de suplirse con algo más delicado, lo cual tendería a relajar los principios de esta institución, sino que el hecho debe servir para edificación espiritual de las alumnas, fortificando sus ánimos mediante esa prueba pasajera. En ocasiones así, no estará de más una ade­cuada exhortación de las profesoras acerca de los sufri­mientos de los primitivos cristianos y alguna alusión a las palabras del Señor cuando pidió a sus discípulos que tomasen su cruz y le siguiesen. Es preciso recordar a las pupilas que el hombre no vive sólo de pan y citarles al­gunas de las divinas palabras: «Bienaventurado el que sufra por mi amor», u otras. Sin duda, señorita, cuando daba usted a las muchachas el queso y el pan en lugar del potaje quemado, atendía al bienestar de sus viles cuerpos, pero ¿no piensa usted que contribuía a la perdición de sus almas?

Mr. Brocklehurst calló, como abrumado por la emo­ción que le producían sus palabras.

A medida que hablaba Mr. Brocklehurst, Miss Tem­ple parecía ir convirtiéndose gradualmente en una esta­tua de mármol y su boca y sus ojos, contraídos en una expresión severa, se apartaban de él.

Mr. Brocklehurst se dirigió a la chimenea, se paró junto a ella con las manos a la espalda y dirigió a toda la escuela una mirada majestuosa. De pronto, sus ojos se abrieron desmesuradamente. Dijérase que iban a salirse de sus órbitas. Volviéndose a la inspectora, dijo, con acento menos sereno que el acostumbrado:

-¿Qué es eso, Miss Temple? ¿Quién es aquella mu­chacha del pelo rizado? ¡Sí: todo rizado!, aquella del pelo rojo.

Y su mano se extendió, señalando al objeto de sus iras.

-Es Julia Severn, señor -repuso, con calma, Miss Temple.

-¿Con que Julia Severn? ¿Y por qué ha de llevar el cabello rizado? Ni ella ni ninguna. ¿Cómo osa seguir tan descaradamente las costumbres mundanas, rizándose los cabellos? ¡En una institución evangélica y benéfica como ésta!

-Julia tiene el rizado natural -repuso Miss Temple, con más calma aún.

-¡Pero nosotros no tenemos por qué estar conformes con la naturaleza! Quiero que estas niñas sean niñas de Dios y nada más. ¡Esas vanidades no pueden admitirse! Vuelvo a repetir que deseo que los peinados sean lisos y sencillos. ¡Nada de pelo abundante! Señorita: los cabe­llos de esa muchacha van a ser cortados al rape: mañana enviaré un peluquero. Veo que hay muchas que tienen el cabello demasiado largo. No, eso no... Vamos a ver: mande a toda la primera clase que se ponga de cara a la pared.

Miss Temple se pasó el pañuelo por los labios como para disimular una sonrisa y dio la orden. Volviendo un poco la cabeza, pude percibir las muecas y miradas con que las muchachas comentaban aquella maniobra. Fue una lástima que Mr. Brocklehurst no pudiese verlas también.

Después de examinar durante cinco minutos las nucas de las alumnas, Mr. Brocklehurst pronunció su sen­tencia:

-Es preciso cortar el pelo a todas éstas. Miss Temple pareció a punto de protestar. Señorita -prosiguió él-: yo sirvo a un Señor cuyo reino no es de este mundo. Conviene mortificar a estas muchachas para que aprendan a dominar las vanidades de la carne. Sus cabellos deben, pues, ser cortados. Pen­semos en el tiempo que pierden componiéndose y...

La entrada de otras visitantes, tres mujeres, interrum­pió al director. Fue una lástima que no oyeran el discur­so de Mr. Brocklehurst, porque iban espléndidamente ataviadas de terciopelo, seda, pieles y otras vanidades. Las dos más jóvenes (lindas muchachas de dieciséis y diecisiete años) llevaban magníficos sombreros de castor gris, muy de moda entonces, adornados con plumas de avestruz, y de sus sienes pendían innúmeros tirabuzones cuidadosamente rizados. La señora de más edad vestía un costoso chal de terciopelo forrado de armiño y lleva­ba un postizo de tirabuzones rizados, a la francesa.

Las visitantes -Mrs. y Misses Brocklehurst- fueron deferentemente acogidas por Miss Temple y acomoda­das en asientos de honor. Debían de haber venido en coche con su reverendo esposo y padre y, al parecer, habían procedido a examinar los cuartos de arriba, mientras él se dedicaba a verificar las cuentas del ama de llaves y la lavandera. Dirigieron varias observaciones y reproches a Miss Smith, encargada de la ropa blanca y de la limpieza de los dormitorios. Pero yo no pude oír­las, porque otros temas requerían mi atención más in­mediata.

Mientras Mr. Brocklehurst daba instrucciones a Miss Temple, yo no había descuidado lo concerniente a mi seguridad personal, seguridad sólo garantizable si me ponía a salvo de miradas ajenas. Para ello procuré sen­tarme en la última fila de la clase y, fingiendo estar ab­sorta en mis cuentas, coloqué la pizarra de modo que ocultase mi rostro. Pero no había contado con lo impre­visto: la traidora pizarra se me deslizó, no sé cómo, de entre las manos y cayó al suelo con ominoso ruido. To­das las miradas se concentraron en mí. Mientras me in­clinaba para recoger los dos fragmentos en que se había convertido la pizarra, reuní todas mis fuerzas y me pre­paré para lo peor.

-¡Qué niña tan descuidada! -dijo Mr. Brocklehurst.

Y, enseguida, añadió-: Ya veo que es la alumna nue­va. Tengo que decir dos palabras respecto a ella. Man­den venir aquí a esa niña -agregó, tras un silencio que me pareció interminable.

Yo estaba tan paralizada, que por mí sola no hubiera podido moverme, pero dos muchachas mayores que se sentaban a mi lado me obligaron a levantarme para comparecer ante el terrible juez.

Al pasar junto a Miss Temple la oí cuchichear:

-No tengas miedo, Jane. Has roto la pizarra por ca­sualidad. No te castigarán.

Pero aquellas palabras no me tranquilizaron. «Dentro de un minuto, todas me tendrán por una des­preciable hipócrita», pensaba yo.

Y un impulso de ira contra Mrs. Reed, Mr. Brockle­hurst y demás enemigos míos se levantaba en mi cora­zón. Yo no era Helen Burns.

-Póngala en ese asiento -dijo Brocklehurst seña­lando uno muy alto del que acababa de levantarse una instructora.

Me colocó allí no sé quién: yo no estaba para reparar en detalles. Sólo noté que mi cara estaba a la altura de la nariz de Mr. Brocklehurst, que él estaba a una yarda de distancia de mí y que detrás se agrupaba un torbellino de sedas, terciopelos, pelos y plumas de animales exóticos. Mr. Brocklehurst se volvió a su familia.

-¿Veis -dijo-: ven ustedes, Miss Temple, profeso­ras y alumnas, esta niña?

Era evidente que sí, porque yo sentía fijas en mí todas las miradas.

-Ya ven ustedes lo pequeña que es y también que tiene la apariencia de una niña como otra cualquiera. Dios, en su bondad, le ha dado el aspecto de todos noso­tros, sin que signo alguno exterior delate su verdadero carácter. ¿Quién pensaría que el Enemigo tiene en ella un servidor celoso? Sin embargo, siento decirlo, es así.

Siguió la pausa. Comprendí que el Rubicón había sido  pasado y que era preciso sostenerse firme ante la ad­versidad.

-Queridas niñas -siguió él-: lamentable es tener que manifestar que esta muchacha es una pequeña répro­ba. Pónganse en guardia contra ella y, de ser necesario, eludan su compañía, elimínenla de sus juegos, rehuyan su conversación. Ustedes, señoras profesoras, vigílenla, pesen bien sus palabras, observen lo que hace, castiguen su cuerpo para salvar su alma, si tal salvación es posible. Porque -la lengua se me estremece al declararlo- esta muchacha, tan pequeña, es peor que uno de esos niños nacidos en tierras paganas que oran a Brahma y se arro­dillan ante los ídolos, porque es... ¡una embustera!

Siguió una pausa de diez minutos. Las tres Brockle­hurst sacaron sus pañuelos y se los aplicaron a los ojos, mientras cuchicheaban:

-¡Qué horror!

Mr. Brocklehurst concluyó:

-Lo he sabido por su bienhechora, por la caritativa y compasiva mujer que recogió a esta niña cuando quedó huérfana, educándola como a sus propios hijos, y cuya generosidad y bondad han sido tan mal pagadas por esta ingrata muchacha, que dicha señora tuvo que separarla de sus hijos, a fin de que con su corrupción no contami­nase la pureza de aquellas inocentes criaturas. Ha veni­do aquí como los antiguos judíos al Betesda, para purifi­carse. Señora inspectora, señoras profesoras: no dejen que las aguas purificadoras se encenaguen con la presen­cia de esta niña.

Tras esta sublime conclusión, Mr. Brocklehurst se abrochó el botón más alto de su abrigo, murmuró no sé qué a las mujeres de su familia, que se levantaron; habló a Miss Temple, y todas las personas mayores salieron de la habitación. Mi juez se volvió en la puerta y decretó:

-Déjenla sentada en ese asiento media hora más y no la permitan hablar en todo lo que queda de día.

Así, yo, que había asegurado que no soportaría la afrenta de permanecer en pie en el centro del salón, hube de estar expuesta a la general irrisión en un pedes­tal de ignominia. No hay palabras para definir mis sen­timientos: me faltaba el aliento y se me oprimía el corazón.

Y entonces una muchacha se acercó a mí y me miró. ¡Qué extraordinaria luz había en sus ojos! ¡Qué cambio tan profundo inspiró en mis sentimientos! Fue como si una víctima inocente recibiese en la hora suprema el aliento de un mártir heroico. Dominé mis nervios, alcé la cabeza y adopté en mi asiento una firme actitud.

Helen Burns -era ella- fue llamada a su sitio por una observación referente a la labor. Pero al volverse, me sonrió. ¡Oh, que sonrisa! Al recordarla hoy, com­prendo que era la muestra de una inteligencia delicada, de un auténtico valor, mas entonces su rostro, sus fac­ciones, sus brillantes ojos grises, me parecieron los de un ángel. Y, sin embargo, no hacía una hora que Miss Scartched había castigado a Helen a pasar el día a pan y agua porque al copiar un ejercicio, echó un borrón. Así, es la naturaleza humana: los ojos de Miss Scartched, atentos a aquellos mínimos defectos, eran incapaces de percibir el esplendor de las buenas cualidades de la po­bre Helen.

 

VIII

El fin de la media hora coincidió con las cinco de la tarde. Todas se fueron al refectorio. Yo me retiré a un rincón oscuro de la sala y me senté en el suelo. Los áni­mos que artificialmente recibiera empezaban a desa­parecer y la reacción sobrevenía. Rompí en lágrimas. Helen no estaba ya a mi lado y nada me confortaba. Abandonada a mí misma, mis lágrimas fluían a torren­tes.

Yo había procurado portarme bien en Lowood. Con­seguí amigas, gané el afecto y el aprecio de todos. Mis progresos habían sido muchos: aquella misma mañana Miss Miller me otorgó el primer lugar en la clase. Miss Temple sonrió con aprobación y me ofreció que, si con­tinuaba así dos meses más, se me enseñaría francés y dibujo. Las condiscípulas me estimaban: las de mi edad me trataban como una más y ninguna me ofendía. Y he aquí que, en tal momento, se me hundía y se me humi­llaba. ¿Cómo podría levantarme de nuevo?

«De ningún modo», pensaba yo.

Y deseé ardientemente la muerte. Cuando estaba ex­presando este deseo con desgarrador acento, apareció Helen Burns. Me traía pan y café.

-Anda, come -me dijo.

Pero todo era inútil. Yo no podía reprimir mis sollo­zos ni mi agitación. Helen me miraba, seguramente con sorpresa.

Se sentó junto a mí en el suelo, rodeó con sus brazos sus rodillas y permaneció en aquella actitud, silenciosa como una estatua india. Yo fui la primera en hablar.

-Helen, ¿por qué te acercas a una niña a quien todo el mundo considera una embustera?

-¿Todo el mundo, Jane? Aquí no hay más que ochenta personas y en el mundo hay muchos cientos de millones.

-Sí, ¿pero qué me importan esos millones? Me im­portan las ochenta personas que conozco, y ésas se bur­lan de mí.

-Te equivocas, Jane. Seguramente ni una de las de la escuela se burla de ti ni te desprecia, y estoy segura de que muchas te compadecen.

-¿Cómo van a compadecerme después de lo que ha dicho Mr. Brocklehurst?

-Mr. Brocklehurst no tiene aquí muchas simpatías, ¿comprendes? Las profesoras y las chicas puede que te miren con cierta frialdad un día o dos, pero si sigues portándote bien, la simpatía que todas tienen por ti se expresará, y más que antes. Además, Jane...

Y se interrumpió.'

-¿Qué Helen? -pregunté, poniendo mi mano entre las suyas.

Ella me acarició los dedos, como para calentármelos, y prosiguió:

-Aunque todo el mundo te odiase, mientras tu con­ciencia estuviese tranquila, nunca, créelo, te faltarían amigos.

-Mi conciencia está tranquila, pero si los demás no me quieren, vale más morir que vivir. No quiero vivir sola y despreciada, Helen.

-Tú das demasiada importancia al aprecio de los de­más, Jane. Eres demasiado vehemente, demasiado im­pulsiva. Piensa que Dios no te ha creado sólo a ti y a otras criaturas humanas, tan débiles como tú. Además de esta tierra y además de la raza humana, hay un reino invisible poblado por otros seres, y ese mundo nos rodea por todas partes. Esos seres nos vigilan, están encarga­dos de custodiarnos... Y si se nos trata mal, si se nos tortura, los ángeles lo ven, reconocen nuestra inocencia (porque yo sé que tú eres inocente: lo leo en tus ojos) y Dios, cuando nuestra alma deje nuestro cuerpo, nos dará recompensa merecida. Así que, ¿a qué preocu­parte tanto de la vida, si pasa tan pronto y luego nos espera la gloria?

Yo callé. Helen me había tranquilizado, pero en la calma que me infundía había algo de inexpresable triste­za. Sin saber por qué, mientras ella hablaba, yo sentía una vaga angustia, y cuando, al concluir, tosió con tos seca, olvidé mis propios sufrimientos para pensar en los de mi amiga.

Apoyé la cabeza en los hombros de Helen y la abracé por el talle. Ella me atrajo hacia sí y las dos permaneci­mos silenciosas. Ya llevábamos largo rato de aquel modo cuando sentimos entrar a otra persona. El viento había barrido las nubes del cielo y a la luz de la Luna que entraba por la ventana reconocimos en la recién llegada a Miss Temple.

-Venía a buscarte, Jane -dijo-. Acompáñame a mi cuarto. Puesto que Helen está contigo, que venga también.

Seguimos a la inspectora a través de los laberínticos pasillos del edificio, ascendimos una escalera y llegamos a su cuarto. Un buen fuego ardía en él. Miss Temple mandó sentarse a Helen en una butaca baja, junto a la chimenea; ella se sentó en otra y me hizo ir a su lado.

-¿Qué? -dijo, mirándome a la cara-. ¿Se te ha pasado ya el disgusto?

-Yo creo que no se me pasará nunca. -¿Por qué?

-Porque me han acusado injustamente y porque creo que usted y todas van a despreciarme desde ahora. -Nosotras te consideraremos siempre como te me­rezcas, pequeña. Sigue siendo una niña buena y te que­rré lo mismo.

-¿Soy buena, señorita?

-Sí lo eres -repuso, abrazándome-. Y ahora dime: ¿Quién es esa que Mr. Brocklehurst llama tu bienhechora?

-Mrs. Reed, la viuda de mi tío. Mi tío murió y me dejó a cargo de ella.

-¿Así que no te recogió ella de por sí?

-No. Yo he oído siempre a las criadas que mi tío la hizo prometer, antes de morir, que me tendría siempre a su lado.

-Bueno, Jane, ya sabes, y si no lo sabes yo te lo digo, que cuando se acusa a un criminal se le deja defenderse. Puesto que te han acusado injustamente, defiéndete lo mejor que puedas. Dime, pues, toda la verdad, pero sin añadir ni exagerar nada.

Pensé que convenía hablar con moderación y con or­den y, después de concentrarme para organizar un rela­to coherente, expliqué toda la historia de mi triste niñez. Estaba tan fatigada -y además tan influida por los con­sejos de Helen- que acerté a exponer las cosas con mu­cho menos apasionamiento y más orden que de ordina­rio, y comprendí que Miss Temple me creía.

En el curso de la historia mencioné a Mr. Lloyd y no omití lo sucedido en el cuarto rojo, porque me era imposible olvidar el sentimiento de dolor y agonía que me acometió cuando, tras mi angustiosa súplica, mi tía ordenó de nuevo que me recluyesen en aquel sombrío y oscuro aposento.

Al terminar mi relato, Miss Temple me miró durante unos minutos en silencio, y luego dijo:

-Conozco algo a Mr. Lloyd: le escribiré y, si lo que él me diga está de acuerdo con lo que me has contado, se hará saber públicamente que tienes razón. Yo, por mi parte, te doy la razón desde ahora, Jane.

Me besó y me retuvo a su lado. Mientras yo me entre­gaba al infantil placer de contemplar su rostro, sus ca­bellos rizados, su blanca frente y sus oscuros ojos, Miss Temple se dirigió a Helen Burns:

-¿Cómo te encuentras Helen? ¿Has tosido mucho hoy? -No mucho, señorita.

-¿Te sigue doliendo el pecho? -Me duele algo menos.

Miss Temple se levantó, cogió la mano de Helen y le tomó el pulso. Volvió a su asiento y la oí suspirar apaga­damente. Durante algunos minutos permaneció pensati­va. Al fin dijo, tocando la campanilla:

-Vaya, hoy sois mis invitadas y debo trataros como a tales.

Agregó, dirigiéndose ya a la criada:

-Bárbara, aún no he tomado el té. Tráigalo y ponga tazas también para estas señoritas.

Trajeron el servicio. ¡Qué bonitos me parecieron el juego de china, la tetera, el conjunto del servicio coloca­do en una mesita junto al fuego! ¡Qué bien olían la be­bida y las tostadas! No sin pena observé que de éstas había pocas. Me sentía desmayada de apetito. Miss Temple lo comprendió.

-Bárbara -dijo-, ¿no puede traer más pan y man­teca? Es poco para tres...

Bárbara se fue y volvió en seguida.

-Señorita, Mrs. Harden dice que es la cantidad de costumbre.

Mrs. Harden era el ama de llaves, una mujer cuyo corazón, como el de Mr. Brocklehurst, estaba compuesto por una aleación, a partes iguales, de hierro y pedernal.

-¡Vaya, qué se le va a hacer, Bárbara! -contestó Miss Temple. Y agregó sonriendo-: Afortunadamente, por esta vez puedo suplir yo misma las deficiencias.

Hizo acercarse a Helen a la mesa, nos sirvió té y un apetitoso aunque minúsculo trozo de pan con mante­ca, y luego, levantándose, sacó de un cajón un pastel grande.

-Las tostadas son tan pequeñas -dijo-, que ten­dremos que tomar también algo de esto.

Y cortó el pastel en gruesas rebanadas.

A nosotras todo aquello nos sabía a néctar y ambro­sía. Pero quizá lo más agradable de todo, incluso más que aquellos delicados bocados con que se satisfacían nuestros hambrientos estómagos, era la sonrisa con que nuestra anfitriona nos ofrecía sus obsequios.

Terminado el té, la inspectora nos hizo sentar una a cada lado de su butaca y entabló una conversación con Helen.

Miss Temple mostraba en todo su aspecto una sor­prendente serenidad, hablaba con un lenguaje grave y propio, y producía en todos los sentidos una impresión de agrado y simpatía en los que la veían y la escuchaban. Pero de quien yo estaba más maravillada era de Helen.

La merienda, el alegre fuego, la amabilidad de la pro­fesora habían despertado todas sus facultades. Sus me­jillas se cubrieron de color rosado. Nunca hasta enton­ces las viera yo sino pálidas y exangües. El líquido brillo de sus ojos les daba una belleza mayor aún que la de los de Miss Temple: una belleza que no consistía en el co­lor, ni en la longitud de las pestañas, ni en el dibujo perfecto de las cejas, sino en su animación, en su irra­diación admirables. Su alma estaba en sus labios, y su lenguaje fluía cual un manantial cuyo origen yo no podía comprender. ¿Cómo una muchacha de catorce años ocultaba dentro de sí tales torrentes de férvida elocuencia? En aquella memorable velada, me parecía que el espíritu de Helen vivía con la intensidad de quien prefie­re concentrar sus sensaciones en un término breve antes que arrastrarlas, apagadas, a lo largo de muchos años anodinos.

Hablaban de cosas que yo no había oído nunca, de naciones y tiempos pasados, de lejanas regiones, de se­cretos de la naturaleza descubiertos o adivinados, de li­bros. ¡Cuánto habían leído las dos! ¡Cuántos conoci­mientos poseían! Los nombres franceses y los autores franceses parecían serles familiares.

Pero cuando mi admiración llegó al colmo fue cuando Helen, por indicación de Miss Temple, alcanzó un tomo de Virgilio y comenzó a traducir del latín. Apenas había terminado una página, sonó la campana anunciando la hora de recogerse.

No cabía dilación posible: Miss Temple nos abrazó a las dos diciéndonos, mientras nos estrechaba contra su corazón:

-Dios os bendiga, niñas mías.

A Helen la tuvo abrazada un poco más que a mí, se separó de ella con mayor disgusto y sus ojos la siguieron hasta la puerta. La oí suspirar otra vez con tristeza y la vi enjugarse una lágrima.

Al entrar en el dormitorio escuchamos la voz de Miss Scartched: estaba inspeccionando los cajones y acababa de examinar el de Helen, quien fue recibida con una áspera reprensión.

-Es cierto que mis cosas están en un desorden espan­toso -me dijo Helen en voz baja.- Iba a arreglarlas, pero me olvidé.

A la mañana siguiente, Miss Scartched escribió en gruesos caracteres sobre un trozo de cartón la palabra «descuidada» y colgó el cartón, a guisa de castigo, en la frente despejada, inteligente y serena de mi amiga. Ella soportó aquel cartel de ignominia hasta la noche, pa­cientemente, con resignación, considerándolo un justo castigo de su negligencia.

En cuanto la profesora salió de la sala, corrí hacia. Helen, le quité el cartel y lo arrojé al fuego. La furia que mi amiga era incapaz de sentir, había abrasado mi pecho durante todo aquel día y grandes y continuas lá­grimas habían corrido por mis mejillas constantemente. El espectáculo de su triste sumisión me angustiaba el alma.

La semana siguiente a estos sucesos, Miss Temple re­cibió la contestación de Mr. Lloyd. Este corroboraba cuanto yo había afirmado. Miss Temple convocó a toda la escuela y manifestó que, habiendo indagado sobre la verdad de las imputaciones que se hicieran contra Jane Eyre, tenía la satisfacción de manifestar que los cargos no respondían a la realidad y que yo quedaba limpia de toda tacha. Las profesoras me dieron la mano y me besaron y un murmullo de satisfacción corrió a lo largo de las filas de mis compañeras.

Aliviada de aquel ominoso peso, renové desde enton­ces mi tarea con ardor, resuelta a abrirme camino a tra­vés de todas las dificultades. Mis esfuerzos obtuvieron el resultado apetecido; mi memoria, no mala, se ejercitó con la práctica y ésta agudizó mis facultades.

-Pocas semanas después fui promovida a la clase su­perior a la mía y antes de dos meses comencé a estudiar francés y dibujo. Aprendí las conjugaciones del verbo ser el mismo día en que dibujé mi primera casita (cuyos muros, desde luego, emulaban, por lo derecho, los de la torre inclinada de Pisa).

Aquella noche, al acostarme, no pensaba, como de costumbre, en una cena de patatas asadas calientes o de leche fresca y pan blanco, lo que constituía mi distrac­ción habitual. En vez de ello, me parecía ver en la oscuri­dad una serie de ideales dibujos salidos de mi lápiz: ca­sas y árboles pintados a mi gusto, rocas, ruinas pintores­cas, vaquitas, mariposas volando sobre purpúreas rosas, pajaritos picoteando cerezas, nidos de avecitas llenos de huevos como perlas y rodeado de festones de hiedra...

Por otro lado, examinaba con incredulidad la posibilidad de llegar a traducir por mí misma cierto librito de cuentos franceses que Madame Pierrot me había mos­trado aquel día. Pero antes de que este grave problema se solventase mentalmente a mi satisfacción, caí en un dulce sueño.

Ya dijo Salomón: «Más vale comer hierbas en compa­ñía de quienes os aman, que buena carne de buey con quien os odia.»

Yo no hubiera cambiado Lowood, con todas sus pri­vaciones, por Gateshead, con todas sus magnificencias.

 

IX

Por otro lado, las privaciones o, mejor, las asperezas de Lowood iban disminuyendo. Se acercaba la primave­ra, las escarchas del invierno habían cesado, sus nieves se habían derretido y sus helados vientos se templaban. Mis martirizados pies, acerados por el agudo cierzo de febrero, mejoraban con el suave aliento de abril. Las mañanas y las noches ya no eran de aquel frío polar que hacía helar la sangre en nuestras venas. Ya podíamos jugar en el jardín, al aire libre, durante la hora de re­creo. Empezaban a asomar los primeros brotes de flor; azafraneros, trinitarias y campánulas blancas. Las tardes de los jueves se consideraban festivas. Dábamos durante ella largos paseos y podíamos ver florecitas más bellas aún en el borde de los caminos.

A abril sucedió mayo: un mayo luminoso, sereno. Los días eran de sol y de cielo azul y soplaban suaves brisas del Sur y el Oeste. La vegetación crecía lujuriante. El jardín de Lowood estaba verde, florecía por doquier. Olmos, fresnos y robles, antes secos, estaban ya cubier­tos de hojas. Brotaban, espléndidas, infinitas plantas sil­vestres. Mil variedades de musgo cubrían el suelo.

Más allá de las tapias del jardín se elevaban, frondo­sas, las colinas a la sazón deslumbrantes de verdor, do­minando el recinto del colegio.

Pero si el lugar tenía ahora un encantador aspecto, sus condiciones sanitarias no eran tan encantadoras.

El profundo bosque en que Lowood estaba situado era, con sus aguas estancadas y su humedad, un foco de infecciones, cuando empezó la primavera, el tifus pe­netró en los dormitorios y en los cuartos de estudio don­de nos apiñábamos; y, en mayo, el colegio estaba con­vertido en un hospital.

La casi extenuación física originada por la escasez de alimentos, los fríos sufridos, el descuido, la escasa higie­ne, habían predispuesto a todas a la infección y cincuen­ta de las ochenta alumnas tuvieron que guardar cama. Las clases se suspendieron, la disciplina se relajó. Las pocas que no enfermamos gozábamos de libertad casi ilimitada. Los médicos habían prescrito ejercicio al aire libre para conservar la salud, y aun sin tal prescripción hubiéramos estado en libertad por falta de personal sufi­ciente para vigilarnos. Miss Temple pasaba el día en el dormitorio de las enfermas y sólo lo abandonaba por la noche para descansar algunas horas. Las profesoras es­taban ocupadas con los preparativos de la marcha de las afortunadas muchachas que tenían parientes que podían sacarlas de allí para evitar el contagio. Muchas, casi to­das, sólo salieron del colegio para ir a morir a sus casas; otras fallecieron en Lowood y fueron enterradas rápida­mente y sin aparato. La naturaleza de la epidemia no consentía dilaciones.

Mientras la desgracia se había convertido en huésped permanente de Lowood y la muerte en su frecuente visi­tante, mientras entre sus muros todo era sombrío y terri­ble, mientras los cuartos y los pasillos hedían a hospital, y drogas y medicamentos luchaban en vano contra la oleada de mortalidad, mayo, fuera, brillaba más bella­mente que nunca en las colinas y en los bosques que nos rodeaban. Crecían en el jardín las plantas de malva altas como árboles; se abrían las lilas; rosas y tulipanes estaban en capullo y se multiplicaban las margaritas. Pero toda aquella riqueza de color y perfume no aliviaba la suerte de las pupilas de Lowood: sólo servía para engalanar las tapas de sus ataúdes.

Yo y las demás que no estábamos enfermas gozába­mos a nuestro placer de las bellezas que nos rodeaban. Nos dejaban correr por el bosque, como gitanillas, de la mañana a la noche, y vivíamos como queríamos. Tam­bién en los demás aspectos estábamos ciertamente mu­cho mejor. Mr. Blocklehurst y su familia no se acerca­ban ahora nunca a Lowood, el ama de llaves se había marchado por miedo a la infección, y su sucesora, an­tigua matrona en el dispensario de Lowton, era más to­lerante y más compasiva. Además, éramos menos a co­mer, ya que las enfermas tomaban muy poco alimento, y nuestros platos estaban siempre más llenos que antes. Cuando no había tiempo de preparar una comida en re­gla, lo que ocurría a menudo por entonces, se nos daba un trozo de pastel frío o un pedazo de pan y queso, y nos íbamos a comerlo al bosque a nuestras anchas.

Mi lugar favorito era una piedra ancha y lisa a la que se llegaba atravesando un arroyo del bosque, operación que yo realizaba después de descalzarme. La piedra era lo bastante amplia para permitir que se instalara en ella conmigo otra niña: Mary Ann Wilson, algunos años mayor que yo, y a la que eligiera por camarada porque su trato me complacía mucho. Como conocía la vida me­jor que yo, me contaba muchas cosas que me encanta­ban. Mi curiosidad, a su lado, quedaba bien satisfecha. Me perdonaba fácilmente mis defectos y no trataba de imponer su criterio sobre mis opiniones. Tenía un turno para hablar y yo otro para preguntar. Así, solíamos an­dar siempre juntas, experimentando mucho placer, si no mucha ventaja, en nuestra relación.

¿Qué se había hecho de Helen Burns? ¿Por qué yo no compartía con ella mis días de dulce libertad? ¿Me había cansado de su compañía? Mary Ann era, de cierto, muy inferior a mi primera amiga: sólo podía contarme algún cuento divertido, mientras Helen me hubiera ofrecido con su conversación puntos de vista más vastos.

Pese a todos mis defectos, no me había cansado de He­len, ni dejado de abrigar hacia ella un sentimiento tan de­voto, profundo y tierno como nunca experimentara mi co­razón. ¿Y cómo podía ser de otro modo si Helen no deja­ba jamás de manifestarme una amistad leal y serena, ja­más interrumpida por disgustos ni malos humores?

Pero Helen se encontraba entonces enferma y yo ha­bía dejado de verla hacía varias semanas. No estaba en la zona del edificio destinada a las demás pacientes, por­que su enfermedad no era tifus, sino tuberculosis, do­lencia que yo, en mi ignorancia, creía susceptible de cu­rarse con tiempo y cuidados.

Me confirmaba esta idea el hecho de que, una o dos veces, cuando las tardes eran muy buenas y calurosas, Miss Temple solía sacar a Helen al jardín. Mas yo no le podía hablar, porque ella, sentada en la galería, estaba a mucha distancia de mí, que me hallaba en el bosque.

Una tarde, a principios de junio, estuve en el bosque con Mary Ann hasta muy tarde. Como de costumbre, nos habíamos separado de las demás y nos alejamos tan­to que nos extraviamos. Para orientarnos tuvimos que preguntar en una cabaña solitaria. Al regresar, ya había salido la luna. A la puerta del jardín estaba una jaca, que reconocimos como la del médico. Mary Ann sugirió que alguna debía hallarse muy mal cuando llamaban a Mr. Bates tan tarde.

Ella penetró en la casa. Yo me quedé unos minutos plantando en mi parcela del jardín unas raíces que había recogido en el bosque y que temía que se secasen si las dejaba para la mañana siguiente.

Terminada mi tarea, permanecí allí un breve rato aún. Olían suavemente las flores, caía el rocío, la noche era apacible, cálida y majestuosa. La brisa del Oeste prome­tía un día siguiente tan bueno como el que acababa de terminar. La luna se levantaba lentamente en el cielo.

Yo contemplaba aquel espectáculo gozando de él tan­to como puede gozar un niño. Y en mi mente se elevó un pensamiento nuevo en mí hasta entonces:

«¡Qué triste es estar enfermo, en peligro de muerte! El mundo es hermoso. ¡Qué terrible debe de ser que le arrebaten a uno de él para ir a parar Dios sabe dónde!»

Mi cerebro hizo entonces su primer esfuerzo para comprender cuanto en él se había imbuido respecto al cielo y al infierno. Por primera vez me sentí conturbada y horrorizada. Y por primera vez también, mirando en torno mío, me sentí rodeada por un abismo impenetra­ble. Sólo existía un punto firme: el mundo en que me apoyaba, y todo en torno, eran nubes imprecisas y pro­fundidades vacías. Me estremecí ante el pensamiento de verme alguna vez precipitada en aquel caos. Mientras meditaba estas ideas, oí abrirse la puerta. Mr. Bates sa­lía y una celadora iba con él. Cuando el médico hubo montado y partido, corrí hacia la mujer.

-¿Cómo está Helen Burns? -Muy mal -me contestó. -¿Es ella a quien Mr. Bates ha visitado? -Sí.

-¿Y qué dice?

-Que no estará aquí mucho tiempo.

De haber oído tal frase el día anterior, yo hubiera de­ducido que mi amiga iba a ser trasladada a Northumber­land, a su propia casa. No habría sospechado que aque­llo significaba que Helen iba a morir.

Pero en aquel momento lo comprendí inmediatamen­te. Me pareció evidente que los días de Helen en este mundo estaban contados y que iba a pasar a la región de los espíritus. Me sentí horrorizada y disgustada y a la vez experimenté la imperiosa necesidad de verla. Pregunté, pues, en qué cuarto se hallaba.

-En la habitación de Miss Temple -contestó la ce­ladora.

-¿Puedo ir a verla?

-No, niña, no. No es posible. Anda, entra. Esta hora es mala para estar aquí fuera. Te expones a coger la fiebre.

La mujer cerró la puerta y me dirigí al salón de estudio. Ya era el momento. El reloj daba las nueve y Miss Miller comenzaba a llamar a las discípulas para ir al dor­mitorio.

No pude conciliar el sueño y, unas dos horas más tar­de, cuando sentí que todas mis compañeras dormían, me levanté sin miedo, me puse el vestido sobre la ropa de noche y, descalza, salí en busca del cuarto de Miss Tem­ple. Estaba al otro extremo de la casa, pero yo conocía el camino y, a la luz de una espléndida luna de verano que entraba, aquí y allá, por las ventanas de los corredo­res, me orienté sin dificultades. Un fuerte olor de alcan­for y vinagre invadía los pasillos próximos al dormitorio de las enfermas.

Pasé junto a la puerta cautelosamente, para que la ce­ladora que pasaba la noche en el dormitorio no me sin­tiese. Temía que me descubrieran y me hiciesen volver atrás. Y yo necesitaba ver a Helen. Quería abrazarla an­tes de morir, darle el último beso, cambiar con ella la última palabra.

Descendí una escalera, atravesé parte del piso bajo y abrí y cerré silenciosamente dos puertas. Subí otro tra­mo de escalera y me encontré ante la alcoba de Miss Temple.

Reinaba un silencio profundo. Se filtraba una suave luz por el agujero de la cerradura y bajo la puerta, que estaba entornada, sin duda para que la enferma pudiese respirar aire fresco. Impaciente y angustiada, empujé el batiente. Mis ojos buscaron, ansiosos, a Helen. Temía encontrarla muerta.

Contiguo al lecho de Miss Temple y medio tapada por sus cortinas blancas, había una camita. Divisé bajo las ropas de la cama una forma humana, pero la cara estaba cubierta por los tapices. La sirvienta a quien yo hablara en el jardín dormía, acomodada en una butaca. Una bu­jía a medio consumir ardía sobre la mesa. Miss Temple no estaba. Luego supe que había sido llamada para aten­der a una enferma que sufriera un acceso de delirio. Avancé; me detuve al lado de la cama. Mi mano tocó la cortina. Pero preferí hablar antes que mirar: me asus­taba la posibilidad de encontrar un cadáver. -Helen-murmuré suavemente-: ¿Estás despierta? Ella se movió y separó las cortinas. Su rostro aparecía pálido y consumido, pero tranquilo como siempre. Me pareció tan poco cambiada, que mi temor se disipó ins­tantáneamente.

-¿Es posible que seas tú, Jane? -me dijo con su amable voz de costumbre.

«No -pensé-: no es posible que vaya a morir. No moriría con esa serenidad ni hablaría como habla. Están equivocados».

Me incliné sobre mi amiga y la besé. Su frente estaba helada. Sus mejillas, sus manos, sus muñecas, estaban heladas también y parecían transparentes. Pero su sonri­sa era la habitual.

-¿Cómo has venido, Jane? Son más de las once: las he oído dar hace algunos minutos.

-He venido a verte, Helen. Me han dicho que es­tabas mala y no he podido dormirme sin hablarte pri­mero.

-Has llegado a tiempo de decirme adiós. Probable­mente será el último.

-¿Es que te vas, Helen? ¿Te llevan a tu casa? -Sí, a mi casa; a mi última casa, a la definitiva. -No, no, Helen-murmuré, acongojada.

Y, mientras trataba de reprimir mis lágrimas, un gol­pe de tos acometió a mi amiga. No obstante, no desper­tó a la celadora. Cuando hubo pasado el acceso, me cu­chicheó:

-Jane, tienes los pies desnudos. Tápatelos con mi colcha.

Lo hice así: ella me abrazó y permanecimos un rato juntas, muy apretadas. Ella dijo, luego, siempre en voz baja:

-Soy feliz, Jane. No creas que me he disgustado cuando he oído decir que iba a morir. Todos hemos de morir alguna vez. Además, esta enfermedad no es cruel: hace sufrir poco y no perturba los sentidos. No dejo quienes me lloren. Tengo padre, pero últimamente ha vuelto a casarse y no me echará gran cosa de menos. Muriendo joven, me evito muchos sufrimientos. Yo no tengo cualidades ni dotes para abrirme camino en el mundo y estaría siempre, si viviese, cometiendo errores.

-Pero ¿qué va a ser de ti, Helen? ¿Acaso sabes adónde vas a ir a parar?

-Sí, lo sé, porque tengo fe. Voy a reunirme con Dios, nuestro creador. Me entrego en sus manos y con­fío en su bondad. Cuento con impaciencia las horas que faltan para ese venturoso momento. Dios es mi padre y mi amigo: le amo y creo que Él me ama a mí.

-¿Volveré a verte, Helen, después..., después de mi muerte?

-Sí, vendrás a la misma mansión de dicha y el mismo Padre de todos te recibirá, Jane.

Hubiera querido preguntarle dónde estaba aquella mansión y si existía, pero callé. Abracé otra vez a Helen y escondí mi cabeza en su pecho. Ella me dijo, con dulce tono:

-¡Qué a gusto me siento! El último golpe de tos me fatigó un poco y creo que ahora podría dormirme. Pero no es necesario que te vayas, Jane. Me encuentro muy bien a tu lado.

-Estaré contigo, Helen. No me iré de aquí. -¿Estás calientita?

-Sí.

-Entonces, que descanses, Jane.

Me besó, la besé, y ambas nos dormimos en seguida. Cuando me desperté era de día. Noté en torno mío un movimiento inusitado. Una celadora me llevaba en bra­zos al dormitorio a través de los corredores.

No me reprendieron por salir de mi habitación. Todos estaban demasiado ocupados para pensar en minucias. No se me dio explicación, ni contestación alguna a mis muchas preguntas. Pero un día o dos más tarde me ente­ré de que, al volver Miss Temple á su alcoba, me encontró tendida en la camita, con la cabeza sobre el hom­bro de Helen y mis brazos rodeando su cuello. Yo es­taba dormida y Helen estaba... muerta..

Su tumba está en el cementerio de Brocklebridge. Durante quince años después de su muerte, sólo la cu­brió un montón de tierra en el que crecía la hierba. Aho­ra, una lápida de mármol gris, con su nombre y la pa­labra «Resurgam» inscritos en ella, marca el lugar donde yace para siempre mi amiga.

 

X

Hasta ahora he consagrado varios capítulos a detallar todos los pormenores de mi insignificante existencia. Pero ésta no es una biografía propiamente dicha y, por tanto, puedo pasar en silencio el transcurso de mi vida durante ocho años a partir de los diez, no consagrándole más que algunas breves líneas.

Una vez que la fiebre tífica hubo cumplido su tarea de devastación en Lowood, desapareció por sí misma, pero no antes de que su virulencia hubiese llamado la aten­ción pública. Hecha una investigación sobre el origen de la epidemia, la indignación general fue muy grande. Lo malsano del emplazamiento del colegio, la cantidad y calidad de la comida de las niñas, el agua infectada que se usaba en su preparación y la insuficiente limpieza, vestuario e instalación de las recogidas, produjeron un resultado muy mortificante para Mr. Brocklehurst, pero muy beneficioso para la institución.

Personas adineradas y bondadosas del condado sus­cribieron generosas aportaciones para la mejora del co­legio, se establecieron nuevas reglas, y los fondos de la escuela se enviaron a una Comisión que debía adminis­trarlos. Lo muy influyente que era Mr. Brocklehurst impidió que fuese destituido, pero se le relegó al car­go de tesorero y otras personas, más compasivas y mejores que él, asumieron parte de los deberes que an­tes ejerciera. La escuela, muy mejorada, se convirtió en­tonces en una verdadera institución de utilidad pública. Yo viví en ella ocho años desde su reorganización: seis como discípula y dos como profesora, y puedo atesti­guar, en ambos sentidos, el saludable cambio operado en la casa.

Durante aquellos ocho años mi vida fue monótona, pero no infeliz, porque nunca estuve ociosa. Tenía a mi alcance las posibilidades de adquirir una sólida instruc­ción, era aplicada y deseaba sobresalir en todo y gran­jearme las simpatías de las profesoras. Cuando llegué a ser la primera discípula de la primera clase, fui promovi­da a profesora y desempeñé el cargo durante dos años, al cabo de los cuales mi vida se modificó.

Miss Temple, a través de todos los cambios, había conservado su cargo de inspectora. A ella debía yo casi todos mis conocimientos. Su trato y amistad eran mi mayor solaz: era para mí una madre, una maestra y una compañera. Al fin se casó con un sacerdote, un hombre tan excelente, que casi se merecía una mujer como ella, y se trasladó a otra parte a vivir. Perdí, pues, a aquella buena amiga.

Al irse me pareció que se iban también todos los senti­mientos, todas las ideas que me hicieran considerar, en cierto modo, a Lowood como mi propia casa. Yo había asimilado muchas de las cualidades de Miss Temple: el orden, la serenidad, la autoconvicción de que era feliz. A los ojos de las demás pasaba por un carácter disciplinado y tranquilo y hasta a mí misma me lo pa­recía.

Pero el destino, en forma del padre Nasmyth, se inter­puso entre Miss Temple y yo. La vi, por última vez, a raíz de la boda, subir, con su ropa de viaje, a la silla de Posta que se la llevaba, y luego contemplé el vehículo subir la colina y desaparecer entre los árboles. Me retiré a mi alcoba y pasé a solas casi todo el resto del día que, en atención a lo excepcional del caso, se consideraba semi festivo.

Todo el tiempo estuve paseando por mi cuarto. Al principio creí que sólo me hallaba triste por la pérdida de mi amiga. Pero al cabo de mis reflexiones llegué a otro descubrimiento, y era el de que, desaparecida Miss Temple y, con ella, la atmósfera de serenidad que la ro­deaba y que yo asimilara, se esfumaban también todos los pensamientos y todas las inclinaciones que el contac­to con ella me produjeran, y volvía a sentirme en mi elemento natural y a experimentar las antiguas emocio­nes. Hasta entonces, mi mundo había estado reducido a las paredes de Lowood y mi experiencia se constreñía a la de sus reglas y sistemas. Más ahora recordaba que había otro mundo, y en él un amplio campo de esperanzas, sensaciones y goces para quien tuviera el valor de arrastrar sus peligros.

Abrí la ventana y miré al exterior. Los dos cuerpos del edificio, el jardín, las colinas que lo dominaban... Mis ojos contemplaron las cumbres azules; aquellas alturas cubiertas de rocas y matorrales eran como los límites de un presidio, de un destierro... Imaginé la blanca carrete­ra que, bordeando el flanco de una montaña, se des­vanecía entre otras dos, en un desfiladero, y evoqué la lejana época en que yo siguiera aquel camino. Recordé el descenso entre las montañas: parecía que hubiera transcurrido un siglo desde que llegara a Lowood para no volver a salir de él. Mis vacaciones habían transcurri­do siempre en el colegio. Mi tía no me llamó nunca a Gateshead, ni ella ni sus hijos me visitaron jamás.

Yo no me comunicaba para nada con el mundo ex­terior. Reglas escolares, deberes escolares, costumbres escolares, voces, rostros, tipos, preferencias y antipatías dentro de la escuela: tal era lo que yo conocía del mun­do. Y ahora sentía que esto no me bastaba, que estaba fatigada de la ruina de aquellos ocho años.

Deseaba libertad, ansiaba la libertad y oré a Dios por conseguir la libertad. Necesitaba cambios, alicientes nuevos y, en conclusión, reconociendo lo difícil que era conseguir la libertad anhelada, rogué a Dios que, al me­nos, si había de continuar en servidumbre, me concedie­se una servidumbre distinta.

En aquel momento, la campana llamó a cenar y yo descendí las escaleras.

No pude reanudar el hilo de mis pensamientos hasta la hora de acostarme. Y, aun entonces, otra profesora que compartía mi alcoba me abrumó con una prolonga­da efusión de locuacidad. ¡Con qué afán deseaba yo que el sueño impusiese silencio a mi compañera! Se me figu­raba que, si podía retrotraerme a mis meditaciones de poco antes, junto a la ventana, quizá lograra que se me ocurriese alguna sugerencia capaz de facilitar la conse­cución de mis deseos.

Al fin, Miss Gryce comenzó a roncar. Era una robusta galesa llena de salud. Hasta entonces, sus ruidos nasales me habían molestado considerablemente. Pero aquella noche fue un alivio para mí oírla roncar, porque ello me libraba de inoportunidades. Y mis pensamientos de an­tes recuperaron instantáneamente su actividad.

«Una nueva servidumbre», reflexioné. Cierto que esa palabra no suena tan dulce como las de libertad, alegría, sensación. Pero tales vocablos, aunque deliciosos, no son para mí más que eso: meros vocablos, y probable­mente muy difíciles de convertir en realidades. Mas una nueva servidumbre es cosa hacedera. Servir, se puede siempre. Yo he servido aquí ocho años. ¿Por qué no he de poder hacerlo en otro sitio? Sí, sí puedo. Nadie tiene derecho a mandar en mi voluntad. Lo que pienso es rea­lizable: no hace falta más sino que mi imaginación des­cubra los medios de conseguirlo.

Me senté en el lecho, quizá para estimular mi imagi­nación. La noche era fría. Me eché un chal sobre los hombros y concentré mis pensamientos en el modo de resolver el problema que me preocupaba.

«¿Qué quiero? Un empleo nuevo, en un sitio nuevo, entre caras nuevas y en condiciones nuevas. Quiero esto, porque no puedo aspirar a cosa mejor. ¿Qué hacen los que desean obtener un empleo diferente al que tienen? Supongo que apelarán a sus amigos, pero yo no tengo amigos. Ahora bien, hay muchos que no tienen amigos y se valen por sí mismos. ¿Cómo lo hacen?»

Yo no podía decirlo, ni tenía quien me lo aclarara. Traté de poner en orden mi cerebro para encontrar la respuesta justa y pronta. Trabajé mentalmente durante una hora, con intensidad. Mis sienes y mi pulso latían apresurados. Pero mis esfuerzos eran inútiles: me deba­tía en un caos mental. Excitada y febril por aquella es­téril tarea, di un paseo por la alcoba para calmarme. A través de la cortina de la ventana vi brillar algunas estre­llas. Sentí un escalofrío y me volví al lecho.

Sin duda, en mi ausencia del lecho, un hada bondado­sa había colocado la anhelada sugerencia sobre mi al­mohada porque, apenas acostada, di con la solución:

«Los que desean un empleo, se anuncian. Por tanto, hay que anunciarse en el diario del condado.»

¿Cómo hacerlo? La respuesta fue también inmediata: «Pones el texto del anuncio y el importe en un sobre dirigido al editor del periódico y lo depositas todo, en la primera oportunidad que tengas, en la oficina de Co­rreos, advirtiendo en el anuncio que dirijan la contesta­ción a J. E., Lista de Correos. Al cabo de una semana puedes ir a buscar las cartas que haya y obrar en conso­nancia con ellas.»

Una vez que hube estudiado el plan y dado los últimos toques, me sentí satisfecha y pude dormirme al fin. Me levanté muy temprano, redacté mi anuncio y lo guardé en el sobre antes de que hubiera tocado la cam­pana dando la señal de levantarse.

El anuncio rezaba así:

«Señorita joven, acostumbrada a enseñar (no me fal­taba razón: ¿acaso no había ejercido de maestra durante dos años?), desea colocación en casa particular para educar niños menores de catorce años (yo pensaba que, teniendo yo dieciocho, no me respetarían mis pupilos si contaban mi edad aproximada). Conoce todo lo esencial para dar una buena instrucción, así como francés, dibujo y música (en aquellos tiempos, lector, éste ahora reduci­do cuadro de conocimientos, era muy pasadero). Diri­girse a J. E., Lista de Correos, Lowton, condado de...»

Todo el día permaneció aquel importante documento en mi gaveta. Después del té, pedí permiso a la nueva inspectora para ir a Lowton a hacer algunos recadillos míos y de algunas de mis discípulas. Otorgado el permi­so, me puse en marcha. Había una caminata de dos mi­llas y la tarde caía ya, pero los días eran largos aún. Visi­té una o dos tiendas, deposité mi carta y regresé en medio de una lluvia torrencial, con las ropas caladas, pero con el corazón alegre.

La semana siguiente me pareció muy larga. Llegó, no obstante, a su término, como todas las cosas de este mundo, y de nuevo, al caer de una agradable tarde de otoño, me encontré recorriendo a pie el camino de Low­ton. La ruta era pintoresca, pero yo pensaba más en las cartas que hubiera o no hubiese en Correos que en el encanto que pudieran tener arroyos, praderas y ca­ñadas.

El pretexto de mi excursión, esta vez, era tomarme medida de unos zapatos. Fui, pues, primero al zapatero y luego recorrí la quieta calle que conducía a la adminis­tración de Correos, la cual estaba a cargo de una anciana señora que usaba lentes y llevaba mitones negros.

-¿Hay cartas a nombre de J. E.? -pregunté.

Me miró por encima de los lentes y revolvió en un cajón. No aparecía nada y mis esperanzas comenzaron a decaer. Al fin encontró una carta dirigida a J. E. La examinó largamente y luego me la tendió a través del mostrador, no sin dirigirme otra inquisitiva y desconfia­da mirada.

-¿No hay más que una? -interrogué. -Nada más -repuso.

La guardé en el bolsillo y me apresuré a regresar. La disciplina del establecimiento exigía que yo estuviese de vuelta antes de las ocho y eran ya casi las siete y media.

Al llegar, tenía que cumplir varias obligaciones todavía: estar con las muchachas durante la hora de estudio, leerles las oraciones, acompañarlas al lecho y cenar con las demás profesoras. Luego, al retirarme, la inevitable Miss Gryce me acompañó. En el candelero sólo queda­ba un pequeño cabo de vela y temí que la conversación de mi compañera durase más que el cabo, pero afortu­nadamente la pesada cena que había deglutido hizo so­bre ella un efecto soporífico. Antes de terminar de des­vestirme, ya estaba roncando.

Quedaba aún una pulgada de vela: a su luz leí la carta, que era muy breve:

«Si J. E. posee los conocimientos indicados en su anuncio del pasado jueves, y si puede dar buenas refe­rencias de su competencia y conducta, se le ofrece un empleo para atender a una sola niña, de diez años de edad. El sueldo son treinta libras al año. J. E. puede enviar informes, nombre, dirección y demás detalles a: Mrs. Fairfax, Thornfield, Millcote, condado de...»

Examiné detenidamente el papel: la escritura era un poco anticuada e insegura, como de mano de anciana. Tal circunstancia me pareció satisfactoria. Yo temía, al lanzarme a aquella empresa por mis propios medios, verme envuelta en algún enredo, y deseaba que todo marchase bien, con seriedad, en regla. Y me parecía que una señora anciana era un buen elemento en un asunto como el que tenía entre manos. Me parecía ver a Mrs. Fairfax con un gorrito y un traje negro de viuda, tal vez seca de trato, pero no grosera: un tipo de señora inglesa a la antigua usanza. Thornfield era, sin duda, el nombre de su casa, seguramente un lugar limpio y ordenado. Millcote, condado de... Evoqué mentalmente el mapa de Inglaterra. Millcote estaba situado setenta millas más cerca de Londres que el lugar donde yo residía ahora, y era un centro fabril. Mejor que mejor: habría más movimiento, más vida. Mi cambio iba a ser completo. La idea de vivir entre inmensas chimeneas y nubes de humo no era muy fascinadora, «pero -pensé- sin duda Thorn­field estará bastante lejos de la ciudad».

En aquel momento se extinguió la luz.

Al día siguiente di nuevos pasos en mi asunto. Mis planes no podían continuar secretos: era preciso comu­nicarlos a los demás para que llegasen a buen fin. Pedí y obtuve una audiencia de la inspectora y le indiqué que tenía la posibilidad de obtener una colocación con doble sueldo de las quince libras anuales que me pagaban en Lowood. Le rogué que hablase con Mr. Brocklehurst u otro miembro del patronato para que me autorizasen a citar el colegio como referencia. Ella consintió amable­mente en actuar como mediadora.

La inspectora, en efecto, habló del asunto con Mr. Brocklehurst, y éste dijo que había que contar ante todo con mi tía, que era mi tutora por derecho propio.

Se escribió, por tanto, a Mrs. Reed. Mi tía respondió que yo podía hacer lo que quisiera, ya que ella había renunciado, desde mucho tiempo atrás, a intervenir en mis asuntos.

La carta fue pasada al patronato y éste, tras un pesado trámite, me concedió permiso para trasladarme al nuevo empleo que se me ofrecía, dándome, además, la seguri­dad de que se me expediría un certificado acreditativo de mi capacidad y buen comportamiento, como alumna y como profesora, firmado por los directores de la insti­tución.

Una vez que se me entregó dicho certificado -en lo que se tardó un mes- envié copia de él a Mrs. Fairfax, quien contestó diciendo que estaba satisfecha y que en un plazo de quince días podía ir a tomar posesión de mi puesto de institutriz.

La quincena pasó rápidamente. Inicié mis preparati­vos. Yo no tenía mucha ropa, sino sólo la imprescindi­ble. La guardé en el mismo baúl que ocho años atrás trajera a Lowood.

Todo quedó empaquetado y preparado. Media hora después fue llamado el recadero que debía llevar mi equipaje a Lowton. Yo saldría a la mañana siguiente, muy temprano, para tomar allí la diligencia. Tenía ya limpios y a punto mi traje negro de viaje, mi sombrero, mis guantes y mi manguito, y había revisado todos mis cajones para asegurarme de que no me dejaba nada. Pero aunque había pasado todo el día en pie, me resul­taba imposible estar quieta siquiera un instante, tal era mi excitación. Aquella noche iba a cerrarse una época de mi vida y una nueva iba a abrirse a la mañana siguien­te. ¿Quién podía dormir en el intervalo?

Una criada me abordó en el pasillo por el que yo pa­seaba inquieta como un alma en pena.

-Señorita -me dijo-: una persona desea hablar con usted.

No pregunté quién era. Pensé que el mandadero. Co­rrí escaleras abajo y me dirigí a la cocina, donde supuse que le habrían hecho pasar. Al cruzar el salón en que nos reuníamos las maestras, una persona salió a mi en­cuentro:

-¡Es ella! ¡Estoy segura! -dijo la persona que me cortaba el paso, cogiéndome la mano.

Miré y vi a una mujer joven aún, con aspecto de sir­vienta bien vestida. Tenía el cabello y los ojos negros y su talante era muy agradable.

-¿Es posible que no me recuerde usted, Miss Jane? -dijo con voz y sonrisa que reconocí en seguida.

La besé y abracé.

-¡Bessie, Bessie, Bessie! -fue cuanto acerté a decir. Ella lloraba y reía a la vez. Luego las dos pasamos al salón. Junto al fuego había un niño de unos tres años con un trajecito a rayas.

-Mi hijo -dijo Bessie.

-¿Con que te has casado, Bessie?

-Sí, hace unos cinco años. Con Robert Leaven, el cochero. Además de Bobby, tengo una niña y la he bau­tizado con el nombre de Jane.

-¿No vives en Gateshead?

-Vivo en la portería. El portero antiguo se fue. -¿Cómo están todos allí? Pero antes, siéntate, Bes­sie. ¿Quieres sentarte en mis rodillas, Bobby?

Bobby prefirió instalarse en las de su madre.

-No está usted muy alta ni muy guapa, Miss Jane -dijo Bessie-. Se me figura que no le ha ido muy bien en el colegio. Miss Eliza le lleva a usted la cabeza y con Miss Georgiana se pueden hacer dos como usted.

-¿Es muy guapa?

-Mucho. El último invierno estuvo en Londres y to­dos la admiraban. Un señorito joven se enamoró de ella. ¿No sabe lo que pasó? Pues que huyeron juntos. Pero les encontraron a tiempo y los detuvieron. Fue Miss Eliza quien les encontró. Creo que está envidiosa de su hermana. Ahora las dos se llevan como perro y gato: están riñendo siempre.

-¿Y John Reed?

-No es lo que su madre hubiera deseado. Le suspen­dieron en los exámenes. Sus tíos querían que fuese abo­gado, pero es un libertino y un holgazán y temo que no haga nunca nada de provecho.

-¿Qué aspecto tiene?

-Es muy alto y algunos dicen que guapo. ¡Pero con aquellos labios tan gruesos!

-¿Y mi tía?

-De aspecto bien, pero yo creo que la procesión anda por dentro. La conducta del señorito la disgusta mucho. ¡No sabe usted el dinero que gasta ese chico!

-¿Vienes de parte de mi tía, Bessie?

-No. Hace mucho que tenía deseos de verla, y como he oído que se ha recibido una carta diciendo que se marcha usted a otro sitio, he querido visitarla antes de que se aleje más de mí.

-Me parece que te defraudo, Bessie -dije, notando que, en efecto, sus miradas no indicaban una admiración profunda, aunque sí afecto sincero.

-No crea: está usted bastante bien y tiene aspecto de verdadera señorita. Vale usted más de lo que esperaba: usted, de niña, no era guapa.

La sincera contestación de Bessie me hizo sonreír. Comprendía que era exacta, pero confieso que no me halagaba en exceso: a los dieciocho años se desea agra­dar y la convicción de que no se tiene un aspecto muy atractivo dista mucho de ser lisonjera.

-En cambio, debe usted de ser muy inteligente -agregó Bessie por vía de consuelo-. ¿Sabe usted mu­cho? ¿Toca el piano?

-Un poco.

En el salón había uno. Bessie lo abrió y me pidió que le regalase con una audición. Toqué uno o dos valses, y ella se mostró encantada.

-¡Las señoritas no tocan tan bien! -dijo con entu­siasmo-. ¡Ya sabía yo que usted las superaría! ¿Sabe usted dibujar?

-Ese cuadro de encima de la chimenea es uno de los que he pintado.

Era un cuadrito a la aguada que había regalado a la inspectora como muestra de mi agradecimiento por su intervención en el asunto de mi empleo.

-¡Qué bonito es! Es tan lindo como los que pinta el maestro de dibujo del señorito. Las señoritas no harían nunca cosa semejante. ¿También sabe usted francés?

-Sí, Bessie: lo leo y lo hablo. -¿Y bordar?

-Sí.

-¡Es usted una señorita completa! Ahora querría ha­cerle otra pregunta ¿No ha oído hablar nunca de sus parientes por parte de padre?

-Nunca en mi vida.

-Pues la señora decía siempre que eran pobres y despreciables, pero yo creo que no, porque hace sie­te años, un tal Mr. Eyre fue a Gateshead y preguntó por usted. La señora le dijo que estaba usted en un co­legio a cincuenta millas de distancia y él se disgustó mucho.

Tenía que embarcar para un país lejano y el buque zarpaba de Londres al cabo de uno o dos días. No podía esperar. Aparentaba ser todo un caballero. Creo que era hermano de su padre, señorita.

-¿A qué país se iba, Bessie?

-A una isla a miles de millas de aquí: un sitio que produce vino. Me lo dijo el mayordomo.

-¿Madeira? -sugerí. -Madeira: eso es. -¿Y se fue, dices?

-Sí: sólo estuvo unos minutos en la casa. La señora lo recibió con mucha altivez y cuando se marchó dijo que era «un vil mercader». Mi Robert cree que debe ser exportador de vinos.

Durante más de una hora, Bessie y yo hablamos de los viejos tiempos. Luego tuvo que dejarme. A la mañana siguiente la vi durante un momento en Lowton, mien­tras esperaba la diligencia. Nos separamos, al fin, en la puerta de la posada de Brocklehurst. Ella tomó el cami­no de Lowood Fell para esperar el coche que la conduci­ría a Gateshead. Yo subí al carruaje que iba a llevarme hacia una nueva vida y una nueva tarea en los descono­cidos alrededores de Millcote.

 

XI

Cada nuevo capítulo de una novela es como un nuevo cuadro en una obra teatral. Así, pues, lector, al subir el telón, imagínate una estancia en una posada de Millco­te, con sus paredes empapeladas, como todas las posa­das las tienen, con la acostumbrada alfombra, los acos­tumbrados muebles y los acostumbrados adornos, inclu­yendo, desde luego, entre ellos un retrato de Jorge III y otro del príncipe de Gales. La escena es visible al lector gracias a la luz de una lámpara de aceite colgada del techo y a la claridad de un excelente fuego junto al que estoy sentada envuelta en mi manto y tocada con mi sombrero. Mi manguito y mi paraguas están sobre la mesa y yo procuro devolver el calor y la elasticidad a mis miembros entumecidos y embotados por un viaje de die­ciséis horas, que son las que median entre las cuatro de la madrugada, en que salí de Lowton, y las ocho de la noche, que en este momento están sonando en el reloj del municipio de Millcote.

No imagines, lector, que mi aspecto tranquilo refleja la serenidad de mi ánimo. Al pararse la diligencia, yo esperaba que alguien me aguardase. Miré, pues, afano­sa, en torno mío, mientras me apeaba utilizando los pel­daños de la escalerita colocada al efecto para mi comodi­dad, intentando descubrir algo que se pareciese al coche que, sin duda, debía conducirme a Thornfield y oír algu­na voz que pronunciase mi nombre. Pero nada semejan­te se veía ni oía.

Interrogué a un mozo de la posada si alguien había preguntado por Miss Eyre y la contestación fue negati­va. No tuve más remedio que pedir una habitación, en la que me ha encontrado el lector en espera de los que debían ir a buscarme, mientras toda clase de dudas y temores poblaban mis pensamientos.

Para una joven inexperta es muy extraña la sensación que le produce el encontrarse sola en el mundo, cortada toda conexión con su vida anterior, sin divisar puerto a qué acogerse y no pudiendo, por múltiples razones, vol­ver, caso de no hallarlo, al puesto de partida. El encanto de la aventura embellece tal sensación, un impulso de suficiencia personal la anima, pero el temor contribuye mucho a estropearlo todo. Y el temor era el que predo­minaba sobre mis restantes sentimientos cuando, pasada media hora, continuaba sola, sin que nadie se presentase a recogerme.

Toqué la campanilla.

-¿Está cerca de aquí un sitio llamado Thornfield? - pregunté al camarero que acudió a la llamada. -¿Thornfield?... No lo conozco, señorita. Voy a ave­riguarlo en el bar.

Desapareció, pero reapareció en seguida. -¿Se apellida usted Eyre, señorita? -Sí.

-Abajo la espera una persona.

Le seguí, tomando mi paraguas y mi manguito, y salí. Un hombre estaba en pie y, a la luz de un farol, distinguí un coche de un solo caballo parado junto a la puerta.

-Ese será su equipaje, ¿no? dijo aquel hombre, con bastante brusquedad.

Señalaba mi baúl, que estaba en el pasillo. -Sí.

Lo cargó en el vehículo y yo subí a él. Era una especie de carricoche. Inquirí si Thornfield estaba muy lejos. -Unas seis millas -repuso.

-¿Tardaremos mucho en llegar? -Cosa de hora y media.

Aseguró la portezuela y saltó al pescante. Partimos, íbamos lo bastante despacio para darme tiempo a pensar hol­gadamente. Estaba satisfecha de llegar al fin de mi viaje. Instalada a mi placer en el cómodo aunque no elegante carruaje, reflexionaba del modo más optimista posible.

«A juzgar por el aspecto del criado y del coche -pen­saba yo-, Mrs. Fairfax es una mujer de pocas preten­siones. Tanto mejor: la única vez que he vivido con per­sonas encopetadas fui muy desgraciada. Quizá la señora viva sola con la niña. Si es así, y si la señora es mediana­mente amable, haré todo lo posible para que nos enten­damos bien. Ahora que, a veces, esos buenos propósitos no son correspondidos. En Lowood, sí lo fueron; pero en cambio, mi tía respondía con repulsas agrias a mis buenas intenciones. Esperemos que Mrs. Fairfax no sea como Mrs. Reed: si lo fuera, no seré yo quien pase con ella mucho tiempo.»

Me asomé a la ventanilla. Millcote estaba lejos ya. A juzgar por sus luces, era bastante mayor que Lowton. Había muchas casas esparcidas por el campo. La región era distinta a Lowood: más populosa, menos pintoresca, más animada y menos romántica.

Los caminos eran malos, la noche brumosa. El caballo iba al paso. A lo que me parecía, la hora y media se convertiría en dos horas. Al fin, el cochero se volvió hacia mí y me dijo:

-Ya no estamos lejos de Thornfield.

Miré de nuevo por la ventanilla. Pasábamos junto a una iglesia. Su torre, achatada, se elevaba hacia el cielo. Divisé una hilera de luces y supuse que era un pueblo o aldea.

Diez minutos después, el conductor se apeó y abrió una verja. La atravesamos y subimos despacio una pen­diente. El coche se detuvo ante la puerta de una casa de la que salía luz por entre los cortinajes de una ventana arqueada. Las demás estaban oscuras. Una criada abrió la puerta. Me apeé y la seguí.

-Por aquí, señorita-dijo la muchacha.

Me condujo, a través de un vestíbulo cuadrado flan­queado de altas puertas, hasta un cuarto cuya doble ilu­minación de fuego y bujías casi me dejó ciega durante un momento por contraste con las tinieblas en que había estado sumida durante dos horas. Cuando pude ver, me hallé agradablemente sorprendida por un cuadro atrac­tivo y alegre.

El cuarto era pequeño, alfombrado. Junto a la chime­nea había una mesita redonda y, a su lado, un sillón de alto respaldo y antigua forma, en el que se hallaba sen­tada una ancianita con gorrito de viuda, vestida de seda negra y delantal de muselina blanca. Mrs. Fairfax era tal como yo me la había imaginado, sólo que menos altane­ra, mucho más sencilla... Estaba haciendo calceta y un enorme gato dormía a sus pies. No faltaba detalle algu­no para dar la impresión de un hogar tranquilo y confor­table. No podía esperarme mejor recibimiento que el que me hizo: se levantó en seguida y acudió a mí.

-¿Cómo está usted, querida? Vendrá aburrida, sin duda, ¡John conduce tan despacio! Acérquese al fuego; debe usted de sentirse helada.

-Hablo con Mrs. Fairfax, ¿verdad? -Sí. Siéntese.

Me instaló en su propia butaca y comenzó a quitarme el chal y el sombrero. Le rogué, agradecida, que no se molestara.

-No es molestia. Debe usted de tener las manos en­tumecidas. Prepara algo caliente y un par de bocadillos, Leah. Aquí están las llaves de la despensa.

Sacó del bolsillo un gran manojo de llaves y las entre­gó a la criada.

-Acérquese más al fuego, querida-me dijo-. ¿Ha traído usted su equipaje?

-Sí, señora.

-Voy a ver si lo han llevado a su cuarto -declaró. Y salió de la estancia.

«Me trata como a una visitante», pensé. No esperaba yo tan buen recibimiento. Creía que me acogería con frialdad e indiferencia. Pero no nos entusiasmemos demasiado pronto.

La señora volvió. Quitó la labor y uno o dos libros que había sobre la mesa, y cuando Leah trajo lo pedido, ella misma me lo ofreció.

Me sentía confundida viéndome tratada con amabili­dad tan insólita para mí; pero notando que Mrs. Fairfax procedía como si aquello fuese cosa corriente, acepté sus atenciones con naturalidad.

-¿Tendré el gusto de ver esta noche a Miss Fairfax? -pregunté.

-¿Qué dice, querida? Soy un poco sorda -repuso, aproximando el oído a mi boca.

Repetí la pregunta con más claridad.

-¿Miss Fairfax? Querrá decir Miss Varens. Así se apellida su futura discípula.

-¡Ah! ¿No es hija suya? -No. No tengo familia.

Hubiera deseado saber algo más, pero comprendí que era incorrecto hacer excesivas preguntas. Además, lo averiguaría todo más adelante.

-Celebro -continuó, sentándose a la mesa frente a mí y poniendo al gato sobre sus rodillas- que haya ve­nido usted. No es agradable vivir aquí sola. Por algún tiempo se está bien, porque Thornfield, aunque algo descuidada estos años últimos, es una hermosa residencia antigua. Pero ya sabe usted que, en invierno, se sien­te una muy sola, aun viviendo en el mejor de los sitios, si no tiene quien la acompañe. Claro que tengo a Leah, que es una buena chica, y a John y a su mujer, que son excelentes personas; pero al fin y al cabo son criados y no se puede hablar con ellos de igual a igual. Es preciso guardar las distancias para no perder autoridad ante ellos. El pasado invierno, que fue muy frío como usted sabe, desde noviembre a febrero no vino aquí alma hu­mana, fuera del carnicero y el cartero. A veces hacía que la muchacha me leyese algo, pero la pobre se aburría. En primavera y verano se está mejor. Precisamente la pequeña Adèle Varens vino, con su niñera, a principios del otoño. Un niño anima siempre mucho una casa. Y ahora que está usted aquí también, me sentiré completa­mente satisfecha.

Mi corazón se confortaba oyendo la agradable con­versación de la digna señora. Acerqué mi butaca a la suya y expresé mi deseo de que mi compañía le resultara lo atractiva que ella esperaba.

-No quiero entretenerla por esta noche-me dijo-. Son cerca de las doce; usted ha viajado durante todo el día y debe de estar muy cansada. Si se ha calentado ya, váyase a dormir. He mandado que le preparen la alcoba contigua a la mía. Aunque es un cuartito pequeño, su­pongo que lo preferirá usted a uno de los grandes apo­sentos de la parte de delante. Están mejor amueblados, pero son sombríos y solitarios. Yo nunca duermo en ellos.

Le agradecí sus atenciones y, como, en efecto, me sentía cansada, la seguí a mi habitación. Cogió la bujía y me guió. Antes fue a cerciorarse de que la puerta del vestíbulo estaba bien cerrada. Recogió la llave y comen­zó a subir al piso principal. Peldaños y barandillas eran de roble, la ventana de la escalera era alta y enrejada, y todo, incluso la amplia galería en que se abrían las puer­tas de los dormitorios, parecía pertenecer más a una iglesia que a una casa particular. En escaleras y galerías

soplaba un aire frío y lóbrego. Me sentí feliz cuando vi que mi habitación era de pequeñas dimensiones y estaba amueblada al estilo moderno.

Después de que la señora me hubo deseado, con ama­bilidad, buenas noches y me quedé sola, miré detalla­damente a mi alrededor, y el agradable aspecto de mi cuarto disipó en parte la impresión que me produje­ran el inmenso vestíbulo, la sombría y espaciosa escalera y la larga y helada galería. Al sentirme, tras un día de fatiga corporal e inquietud moral, llegada feliz­mente a puerto de refugio, un impulso de gratitud in­flamó mi corazón. Me arrodillé a los pies del lecho, di gracias a Dios y le rogué que me ayudase en mi ca­mino y me permitiese corresponder a la bondad con que era acogida desde el principio en aquella casa. Aquella noche pude acostarme sin zozobras ni temo­res. Me dormí pronto y profundamente. Cuando des­perté, era día claro.

A1 despertar, la alcoba me pareció de nuevo un cuarti­to muy lindo. El sol entraba alegremente a través de los azules visillos de algodón de la ventana. En vez del es­cueto entarimado y los fríos muros enyesados de Lo­wood, mi habitación tenía el suelo alfombrado y empa­peladas las paredes. El aspecto externo de las cosas influye mucho en las personas jóvenes. Tuve la impre­sión de que empezaba para mí una nueva época de mi vida, en la cual las satisfacciones iban a ser tantas como antes las pesadumbres. Sentíame optimista: parecíame que iba a suceder algo muy agradable, no dentro de un día ni de un mes, pero sí en un período indeterminado, en lo futuro.

Me levanté y me vestí con el mayor esmero posible. Tenía que ser sencilla en mi atuendo, porque no poseía nada que no fuese sencillísimo, pero me gustaba no dar una impresión de descuido o desaliño y deseaba parecer tan bien como mi falta de belleza me lo permitía. Con frecuencia lamentaba no ser más hermosa: me hubiera gustado tener las mejillas rosadas, la nariz recta y la boca pequeña y roja. Hubiese querido también ser alta, majestuosa y bien conformada, y me parecía una des­dicha verme tan baja, tan pálida y de facciones tan irre­gulares y tan pronunciadas.

Difícil sería decir en qué se basarían y a qué tendían tales aspiraciones, aunque, en el fondo, me parece que eran lógicas y naturales. Fuera como fuese, cuando me hube peinado cuidadosamente y vestido mi traje negro, de una sencillez casi cuáquera, y mi cuello blanco, juz­gué que estaba lo bastante aseada y presentable para comparecer ante Mrs. Fairfax y para que mi discípula no experimentase desagrado al verme. Abrí la ventana de mi cuarto, me cercioré de que dejaba todos mis efectos en orden sobre el tocador y salí.

Atravesé la larga y solemne galería, descendí los inse­guros peldaños de roble y llegué al vestíbulo. Me detuve un momento a contemplar las pinturas de los muros, una de las cuales representaba un torvo caballero con co­raza, y otra una señora con el cabello empolvado y un collar de perlas. Del techo pendía una lámpara de bron­ce. Había también un enorme reloj cuya caja era de ro­ble curiosamente trabajado con aplicaciones de negro ébano. Todo me parecía grandioso e imponente, pero quizá se debiera a que yo estaba poco acostumbrada a la magnificencia.

La puerta vidriera del vestíbulo estaba abierta. Me detuve en el umbral. Hacía una hermosa mañana de oto­ño. El sol iluminaba blandamente frondas y praderas, verdes aún.

Salí y examiné la fachada del edificio. Tenía tres pi­sos. Era una casa hidalga, no un castillo señorial. Las almenas que cubrían su parte superior le daban un as­pecto muy pintoresco. En aquellos almenares habitaban innumerables cornejas, que en este momento volaban en bandadas. El terreno inmediato a la casa estaba se­parado de los prados cercanos por un seto sobre el que destacaban grandes arbustos espinosos, fuertes, nudosos y duros como robles. Semejante vegetación aclaraba la etimología del nombre del lugar. Más allá de los prados se elevaban colinas, no tan altas como las que circunda­ban Lowood, no tan fragosas y sin tanto aspecto de ba­rrera de separación del mundo habitado, pero sí lo bastante silenciosas y desiertas para dar la impresión de que Thornfield estaba en medio de una soledad extraña en las proximidades de una villa tan populosa como Millco­te. En una de las colinas se divisaban, medio ocultos entre los árboles, los tejados de una aldea. La iglesia estaba próxima a Thornfield y su vieja torre se erguía sobre un collado.

Mientras yo disfrutaba del paisaje y del aire puro, es­cuchaba los graznidos de las cornejas y pensaba, con­templando la residencia, en lo grande que era para una viejecita sola como Mrs. Fairfax, ella en persona apare­ció en la puerta.

-¿Ya vestida? -dijo-. ¡Muy madrugadora es usted!

Me acerqué a la anciana, quien me recibió con un beso y un apretón de manos.

-¿Le gusta Thornfield? -me preguntó. Yo contesté que mucho.

-Sí -dijo-: es un sitio muy hermoso. Pero temo que tienda a desmerecer si Mr. Rochester no se decide a venir a vivir aquí o, al menos, a pasar en la casa tempo­radas frecuentes. Las buenas propiedades requieren la presencia de sus propietarios.

-¿Quién es Mr. Rochester? -interrogué.

-El propietario de Thornfield -dijo ella con natura­lidad-, ¿sabía que el amo se llama Rochester?

Yo lo ignoraba y jamás había oído hablar de aquel caballero, pero la anciana parecía dar por descontado que Mr. Rochester debía ser universalmente conocido, y que su existencia debía ser adivinada en cualquier caso por inspiración divina.

-Creí -dije- que Thornfield era propiedad de usted. , Thornfield significa, literalmente, en inglés, campo de espinos.

-¿Mía? ¡Bendito sea Dios! ¡Mía! Yo no soy más que la administradora, el ama de llaves. Soy algo pariente, eso sí, de los Rochester por parte de madre y mi marido un pariente cercano. Mi marido, que en paz descanse, era sacerdote: el párroco de esa iglesia que ve usted ahí. La madre de Mr. Rochester fue una Fairfax, prima se­gunda de mi esposo. Pero yo nunca me he considerado como parienta, sino como una simple ama de llaves. El amo es muy bueno conmigo y yo no aspiro a más.

-¿Y la niña? -pregunté.

-Está a cargo de Mr. Rochester y él me mandó que le buscase institutriz. La niña vino con su bonne, como llama a la niñera.

El enigma quedaba explicado. La afable ancianita no era una gran señora, sino una subalterna, como yo. No por ello me sentí menos atraída hacia la anciana; al con­trario. La igualdad entre las dos era real y no dependía de mera condescendencia de su parte y, por tanto, yo me sentía más a gusto, menos sujeta.

Mientras pensaba en esto, una niña, seguida de su ni­ñera, apareció corriendo en la explanada. Al principio no pareció reparar en mí. No debía de tener más de siete u ocho años. Era de frágil contextura y su rostro estaba muy pálido. Sus cabellos abundantísimos y rizados, des­cendían casi hasta su cintura.

-Buenos días, Miss Adèle -dijo Mrs. Fairfax-. Venga a ver a la señora que se va a encargar de su edu­cación para que pueda usted llegar a ser una mujer de provecho.

Ella se acercó.

-C'est la gouvernante? -preguntó a su niñera, refi­riéndose a mí.

La niñera repuso: -Mais oui, certainement.

-¿Son extranjeras? -pregunté extrañada de oírlas hablar en francés.

-La niñera sí, y Adèle ha nacido en el continente y       creo que ha vivido siempre en él hasta hace seis meses.

Al principio no entendía nada de inglés, pero ahora ha­blaba ya un poco. Yo no la comprendo, porque revuelve los dos idiomas, mas confío en que llegará a hablar nues­tra lengua bien.

Afortunadamente, yo había practicado mucho el fran­cés con Madame Pierrot, con quien todas las veces que me era posible conversaba en su idioma. Durante aque­llos siete años, procuré aprender cuanto pude y me es­forcé en imitar el acento y la pronunciación de mi profe­sora. Así, pues, había adquirido bastante soltura en la lengua francesa y me resultó fácil entenderme con Adèle.

Cuando se cercioró de que yo era su profesora, se acercó y me tendió la mano. La llevé a desayunar y le dirigí algunas frases en su propio idioma. Al principio me contestaba irónicamente, pero después de llevar al­gún tiempo a la mesa y examinarme durante diez minu­tos a su gusto con sus grandes ojos castaños, comenzó de pronto a hablar con gran rapidez.

-Usted habla en francés tan bien como Mr. Rochester -dijo en su lengua-. Podré hablarla como a él y a So­phie. ¡Qué contenta se pondrá Sophie! Aquí nadie la com­prende: Mrs. Fairfax no entiende más que inglés. Sophie es mi niñera: vino conmigo por el mar en un barco muy grande que echaba mucho humo, mucho, y yo me puse mala, y Sophie y Mr. Rochester. Mr. Rochester se tum­bó en un sofá en un sitio que se llamaba el salón, y Sop­hie y yo en dos camas pequeñas en otro lugar. Yo creía que iba a caerme de la mía: estaba en una pared, como un estante. Y luego, señorita... ¿Cómo se llama usted? -Eyre, Jane Eyre.

-¿Cómo? No sé decirlo. Bueno; pues el barco se paró por la mañana en una ciudad muy grande con mu­chas casas negras y mucho humo, más fea que la ciudad de que veníamos, y Mr. Rochester me cogió en brazos y me llevó a tierra por un tablón, y Sophie detrás. Y luego fuimos en un coche a una casa mayor y más bonita que ésta. Se llama un hotel. Estuvimos allí una semana y Sophie y yo íbamos a pasear todos los días a un sitio verde lleno de árboles que se llama el parque. Allí había muchos niños y un estanque con pájaros y yo les echaba migas.

-¿La entiende usted cuando habla tan deprisa? - me preguntó la anciana.

Yo la comprendía muy bien, porque estaba acostum­brada a la no menos veloz manera de hablar de Madame Pierrot.

-Pregúntele algo sobre sus padres -continuó Mrs. Fairfax.

-Adèle -interrogué-: ¿con quién vivías cuando estabas en esa ciudad bonita de que me has hablado? -Vivía con mamá, pero mamá se fue al cielo. Mamá me enseñaba a cantar y a bailar y a decir versos. Iban a casa muchos señores y muchas señoras a ver a mamá, y yo bailaba delante de todos, o me sentaba en las rodillas de alguno y cantaba. Me gustaba mucho. ¿Quiere usted oírme cantar?

El desayuno había concluido y yo le permití que me diera una muestra de sus habilidades. La pequeña dejó su silla, se colocó sobre mis rodillas, echó hacia atrás sus cabellos rizados y, levantando los ojos al techo y juntan­do sus manos ante sí con coquetería, comenzó a cantar un aria de ópera, que versaba sobre las vicisitudes de una mujer abandonada por su adorador y que, apelando a su amor propio, se presentaba una noche, ataviada con sus mejores galas, en un baile al que asistía también el perjuro, para demostrarle, con la alegría de su aspecto, lo poco que el abandono le afectaba.

El tema me pareció muy poco apropiado para un can­tar infantil. Por mucho que reconociese que la gracia consistía precisamente en que fueran labios infantiles los que profirieran tales amargas quejas de amor, no por ello dejaba de parecerme una cosa de muy mal gusto.

Adèle cantó con bastante buena entonación y con toda la inocencia propia de su edad. Acabado el cantar, saltó de mis rodillas y dijo:

-Ahora voy a recitar versos.

Y, adoptando una actitud adecuada, comenzó: -La ligue des rats, fábula de la Fontaine...

Y declamó la fábula con un énfasis, un cuidado y una voz y unos ademanes tales, que demostraban a las claras lo mucho que le habían hecho ensayar aquella recita­ción.

-¿Te enseñó tu mamá esos versos? -pregunté. -Sí. Me acostumbró a poner la mano así al decir: «Qu'avez vous donc?, lui dit un de ces rats, parlen!» ¿Quiere ver cómo bailo?

-No; ahora, no. Después de que tu mamá se fuera al cielo, como tú dices, ¿con quién fuiste a vivir?

-Con Madame Frédéric y su marido. Se encargaron de mí, pero no eran parientes míos. Me parece que de­ben de ser pobres, porque su casa no es tan bonita como la de mamá. Pero estuve poco tiempo con ellos. Mr. Ro­chester me preguntó si me gustaría ir a vivir con él a Inglaterra y dije que sí, porque yo conocía a Mr. Ro­chester antes que a Madame Frédéric, y me regalaba vestidos y juguetes, y era muy bueno conmigo. Pero no ha cumplido lo que me decía, porque me ha traído aquí y se ha ido, y a lo mejor no volveré a verle jamás.

Adèle y yo pasamos a la biblioteca, la cual, por orden expresa de Mr. Rochester, debía servir de cuarto de es­tudio. Casi todos los libros estaban guardados bajo llave en estanterías protegidas por cristales, pero había sido dejado fuera un volumen que contenía las nociones ele­mentales de primera enseñanza, y varios volúmenes de literatura amena: poesía, biografía, novelas, viajes... Supuse que Mr. Rochester, al sacar aquellos libros, pensó que bastarían para llenar las necesidades de lectura de la institutriz y, en efecto, por el momento me satis­ficieron bastante. Comparados con el escaso surtido de lecturas a que estaba acostumbrada en Lowood, tales libros me parecieron un abundante arsenal de instruc­ción y entretenimiento. En la misma habitación había un piano muy bien afinado, un caballete y otros útiles de pintura y dos esferas terráqueas.

Mi discípula era dócil, aunque poco aplicada. No esta­ba acostumbrada a un trabajo organizado. Consideré imprudente sobrecargarla al principio, así que, después de hablarle mucho y enseñarle sólo un poco, la llevé con su niñera. Todavía no era mediodía y resolví emplear el tiempo en dibujar algunas cosas para uso de la niña.

Cuando subía a coger papeles y lápices, Mrs. Fairfax me llamó.

-Supongo que ya habrá terminado sus horas de clase -me dijo.

Hablaba desde una estancia cuyas puertas estaban abiertas. Entré. La habitación era amplia y magnífica, con sillas y cortinajes rojos, una alfombra turca, zócalos de nogal, un gran ventanal con vidrieras de colores y un techo muy alto, decorado con ricas molduras. La ancia­na estaba quitando el polvo de algunos magníficos jarro­nes que había sobre el aparador.

Yo no había visto nunca nada tan majestuoso. No pude por menos de exclamar:

-¡Qué habitación tan hermosa!

-Sí. Es el comedor. He venido a abrir la ventana para que se ventile un poco, porque los cuartos cerrados toman un olor muy desagradable. Aquel salón huele como una cueva.

Señalaba un arco situado frente a la ventana y cubier­to por un gran cortinón, descorrido en aquel momento. Lancé una ojeada al interior. Era un saloncito seguido de un boudoir. Ambos estaban cubiertos de suntuosas alfombras blancas adornadas de guirnaldas de flores. Los artesonados eran blancos también y representaban uvas y hojas de vid. En contraste con aquellas blancas tonalidades, las otomanas y divanes eran de vivo carme­sí. Vasos de centelleante cristal de Bohemia, color rojo rubí, ornaban la chimenea, de pálido mármol de Paros, y grandes espejos colocados entre las ventanas multipli­caban la decoración, toda nieve y fuego.

-Qué ordenados tiene usted estos cuartos. Mrs. Fair­fax! -dije-. ¡Ni una mota de polvo! A no ser por el olor a cerrado, se diría que están habitados continua­mente.

-Es que, Miss Eyre, aunque Mr. Rochester viene pocas veces, cuando llega lo hace siempre de improviso. Y como he observado que le disgusta mucho no encon­trar a punto las cosas, procuro tenerlo todo siempre dis­puesto por si se presenta de pronto.

-¿Entonces Mr. Rochester es un hombre escrupulo­so, de esos que se fijan en todo?

-No, no es así, precisamente. Pero es un hombre de gustos y costumbres muy refinados y quiere que todo responda a ese modo de ser suyo.

-¿Le aprecia usted? ¿Le aprecia la gente en general? -Sí; su familia, aquí, ha sido siempre muy estimada. Casi todas las tierras de la vecindad, hasta donde alcan­za la vista, pertenecen a los Rochester desde tiempo in­memorial.

-Yo no me refiero a las propiedades. ¿Le estima us­ted, aparte de eso, por sus cualidades personales? -Claro que le estimo, como es mi obligación. Los colonos dicen, por su parte, que es un señor justo y ge­neroso. Pero le conocen poco, porque no ha vivido apenas entre ellos.

-Me refería más bien a su carácter. ¿No tiene algún rasgo peculiar?

-Su carácter es irreprochable, según creo. Un poco raro, eso sí. Ha viajado mucho, ha visto mucho y me parece inteligente. Pero en realidad he tratado muy poco con él.

-¿En qué consisten sus rarezas?

-No sé en qué; no es fácil decirlo. Pero se notan cuando se le habla. Nunca se puede saber si bromea o no, si está enfadado o contento. En fin, no se le puede comprender o, al menos, yo no le comprendo; pero por lo demás, es un amo admirable.

Esto fue cuanto me contó la anciana respecto a nues­tro patrón. Hay personas que tienen la propiedad de no saber describir en absoluto los caracteres de las otras, y Mrs. Fairfax pertenecía, sin duda, a esa clase de gentes. A sus ojos, el señor Rochester no era más que Mr. Ro­chester: esto es, un caballero y un propietario. A juicio de ella, sobraba toda otra averiguación. Se encontraba evidentemente sorprendida de mis preguntas.

Salimos del comedor y me propuso mostrarme toda la casa. Subimos y bajamos escaleras, entramos en habita­ciones y más habitaciones. Yo admiraba lo bien arregla­do que todo se hallaba. Los aposentos de la parte de delante eran muy espaciosos. Los cuartos del tercer piso, oscuros y bajos de techo, interesaban por su aspec­to de antigüedad. Se notaba que a medida que las modas fueron evolucionando, los muebles de los pisos principa­les habían sido transportados al tercero. A la escasa luz que entraba por las ventanas angostas, distinguíanse ca­mas inmensas, antiguos arcones de roble o nogal con cabezas de querubes y complicados dibujos en forma de palma sobre las tapas. Junto a aquellas verdaderas reproducciones del arca judaica se veían hileras de venera­bles sillas estrechas y de alto respaldo; escabeles más arcaicos aún, en cuyos respaldos tapizados quedaban vestigios de antiguos bordados hechos por dedos que ha­cía dos generaciones se pudrían en la sepultura.

Semejantes objetos fuera de uso daban al tercer piso de Thornfield el aspecto de una casa de antaño o de un almacén de reliquias. El melancólico silencio de aquellas estancias me agradaba; pero seguro que no hubiera dor­mido tranquila en uno de los enormes lechos vacíos, ce­rrados algunos, como armarios, con enormes puertas de nogal, cubiertos por antiguas cortinas a la inglesa, con extraños bordados que representaban no menos extra­ñas flores, extraños pájaros y otras mil y mil raras figu­ras, sin duda de aspecto temeroso por la noche, cuando las iluminase la pálida y triste luz de la luna filtrándose por las ventanas.

-¿Duermen en estos cuartos los criados? -pre­gunté.

-No. En éstos de aquí no duerme nadie. La servi­dumbre habita en otros, al extremo del pasillo. Seguro que si en Thornfield Hall hubiera un fantasma, su guari­da estaría por estos rincones.

-Eso creo yo. ¿No tienen ustedes fantasma? -Nadie ha oído hablar de él -repuso la anciana, sonriendo.

-¿Tampoco hay leyendas que se refieran a cosas de ese estilo?

-Creo que no. Se dice que, en sus tiempos, los Ro­chester eran una raza de gentes más bien violentas que pacíficas... Quizá sea en virtud de tal razón por lo que duermen tranquilos en sus tumbas.

-Hartos de turbulencia, reposan tranquilos, ¿no? -comenté-. ¿Y adónde me lleva usted ahora? -aña­dí, viendo que se preparaba a salir.

-Arriba de todo. ¿No quiere ver el panorama que se domina desde lo alto?

Subimos a los desvanes por una estrecha gradería, y luego, siguiendo una escalera de mano y una claraboya, alcanzamos el tejado del edificio. Pude ver claramente el interior de los nidos de las aves entre las almenas. Los campos se extendían ante nosotros: primero, la explana­da contigua a la casa; después, las praderas; el bosque, seco y pardo, dividido en dos por un sendero; la iglesia, el camino, las colinas... Todo ello bañado por la luz sua­ve de un sol otoñal y limitado por un horizonte despeja­do y azul.

Cuando retornamos y pasamos la claraboya, me en­contré en tinieblas. El desván me parecía oscuro como una mazmorra, en comparación a la espléndida bóveda diáfana que un momento antes me cubría y bajo la que se alargaba la brillante perspectiva de praderas, campos y colinas de que Thornfield era centro.

La anciana se detuvo un momento para cerrar la cla­raboya. Mientras tanto, yo descendí la estrecha escalera que conducía al pasillo que separaba las habitaciones delanteras y traseras del tercer piso. Era un corredor an­gosto, bajo de techo, oscuro, con sólo una ventanilla en su lejano extremo y con dos hileras de puertecillas negras a ambos lados, como los pasillos del castillo de Barba Azul.

De pronto, escuché el sonido que menos podía figu­rarme oír en tal lugar: una risotada. Una extraña risota­da, aguda, penetrante, conturbadora. Me detuve. El so­nido se repitió, primero apagado, luego convertido en una estrepitosa carcajada que despertó todos los ecos de las solitarias estancias.

Oí a Mrs. Fairfax descender las escaleras. Le pregunté: -¿Ha oído usted esa risa? ¿Qué es?

-Alguna de las criadas -repuso-. Quizá Grace Poole.

-Pero, ¿la ha oído usted bien? -volví a preguntar. -Sí, muy bien. Es Grace. La oigo a menudo. Una de estas habitaciones es la suya. Leah está con ella a veces y cuando se hallan juntas suelen armar un alboroto que... La risa se repitió, otra vez apagada, y terminó en un curioso murmullo.

-¡Grace! -exclamó Mrs. Fairfax.

Confieso que yo no esperaba respuesta alguna de Gra­ce, porque la risotada me parecía tener un acento trági­co y sobrenatural como jamás oyera. Aunque estábamos en pleno día, circunstancia poco propicia a las manifes­taciones fantasmagóricas, yo no podía evitar cierto te­mor. Sin embargo, pronto me convencí de que todo sen­timiento que no fuese el del asombro estaba de más.

Se abrió la puerta más próxima y salió de ella una criada: una mujer de treinta a cuarenta años, de figura maciza, de rojos cabellos, de cara chata. Imposible ima­ginar una aparición menos fantasmal y menos novelesca.

-No haga tanto ruido, Grace -dijo la anciana-. Recuerde mis órdenes.

Grace se fue sin decir palabra.

-Esta mujer ayuda a Leah en su trabajo -dijo la viuda-. En ciertos aspectos deja algo que desear, pero hace bastante bien las faenas domésticas. Y, dígame, ¿qué le parece su nueva discípula?

La conversación, así derivada hacia Adèle, continuó hasta que alcanzamos las agradables y luminosas regio­nes inferiores. Adèle, que se nos reunió en el vestíbulo, exclamó:

-La comida está en la mesa, señoras. -Y añadió: tengo mucho apetito...

La comida, en efecto, se hallaba ya a punto en el gabi­nete de Mrs. Fairfax.

XII

La esperanza de que mi vida transcurriese sin ulterio­res deseos de novedad, como cabía suponer en virtud de mis primeras impresiones en Thornfield Hall, comenzó a disiparse a medida que fui adquiriendo mayor conoci­miento del lugar y sus habitantes. Y no porque me en­contrase a disgusto. Mrs. Fairfax era, como aparentaba, una mujer de plácido carácter y amable natural, de bas­tante educación y mediana inteligencia. Mi discípula era una niña muy viva que, por estar muy mimada, tenía a veces caprichos y antojos; pero como se hallaba entera­mente confiada a mi cuidado, sin ajenas intromisiones, pronto rectificó sus defectillos y se hizo obediente y tra­table. No tenía ni mucho talento, ni acusados rasgos de carácter ni un especial desarrollo de sentimientos o incli­naciones que la elevasen sobre el nivel habitual de los niños de su edad, pero tampoco vicios o faltas peores de lo corriente. Hizo razonables progresos en sus estudios y pronto experimentó hacia mí un vivo, aunque quizá no muy profundo, afecto. Y como ella era sencilla, alegre y amiga de complacer, me inspiró la suficiente simpatía para que las dos nos sintiéramos contentas la una de la otra.

Este lenguaje, entre paréntesis, puede parecer tibio a aquellos que sustentan solemnes doctrinas sobre la natu­raleza angelical de los niños y sobre el deber de que los encargados de su educación profesen hacia ellos un afec­to idolátrico, pero yo no escribo para adular egoísmos paternos ni para repetir tópicos. Yo sentía solícito in­terés por la instrucción y el bienestar de Adéle y ex­perimentaba sincero agradecimiento hacia la amabili­dad de Mrs. Fairfax; todo ello de modo reposado y tran­quilo.

En ocasiones, mientras Adèle jugaba con su niñera y Mrs. Fairfax estaba ocupada en la despensa, yo salía a dar un paseo sola. Otras veces, subía las escaleras que conducían al último piso, alcanzaba el ático y, desde arriba, contemplaba campos y colinas. Más allá de la línea del horizonte existía, según imaginaba, un mundo activo, ciudades, regiones llenas de vida que conocía por referencia, pero que no había visto jamás. Y sentía en mi interior el afán de ver todo aquello de cerca, de tratar más gentes, de experimentar el encanto de otras perso­nas. Apreciaba cuanto había de bueno en Mrs. Fairfax y en Adèle, pero creía en otra clase de bondad más calu­rosa, más apasionada, que deseaba conocer.

Sin duda habrá muchos que me censuren considerán­dome una perenne descontenta. Pero yo no podía evi­tarlo: era algo consustancial conmigo misma. Cuando sentía con mucha intensidad aquellas impresiones, mi único alivio consistía en subir al tercer piso, pasear a lo largo del pasillo y dejar que mi imaginación irguiese ante mí, en la soledad, un cuento maravilloso que nunca acababa: la narración, llena de color, fuego y sensacio­nes, de la existencia que yo deseaba vivir y no vivía.

Es inútil aconsejar calma a los humanos cuando expe­rimentan esa inquietud que yo experimentaba. Si nece­sitan acción y no la encuentran, ellos mismos la inventa­rán. Hay millones de seres condenados a una suerte menos agradable que la mía de aquella época, y esos millones viven en silenciosa protesta contra su destino. Nadie sabe cuántas rebeliones, aparte de las políticas, fermentan en los ánimos de las gentes. Se supone general­mente que las mujeres son más tranquilas, pero la realidad es que las mujeres sienten igual que los hombres, que necesitan ejercitar sus facultades y desarrollar sus esfuerzos como sus hermanos masculinos, aunque ellos pien­sen que deben vivir reducidas a preparar budines, tocar el piano, bordar y hacer punto, y critiquen o se burlen de las que aspiran a realizar o aprender más de lo acos­tumbrado en su sexo.

En aquellos paseos por el tercer piso, era frecuente oír las carcajadas de Grace Poole, que tan mal efecto me hicieran el primer día. A las carcajadas se unían con frecuencia extraños murmullos, todavía más raros que su risa. Había días en que Grace permanecía silenciosa del todo, pero otros hacía aún más ruido del corriente. En ocasiones yo la veía salir o entrar en su cuarto llevando, ora una jofaina, ora una bandeja o un plato, ora (perdo­na, lector romántico, que te diga la verdad desnuda) un gran jarro de cerveza. Su aspecto vulgar disipaba inme­diatamente la curiosidad que sus carcajadas producían. Intenté algunas veces entablar conversación con ella, pero Grace parecía persona de pocas palabras. Solía contestarme con monosílabos que cortaban todo propósito de seguir la charla.

Los demás habitantes de la casa: John y su mujer, Leah la doncella y Sophie la niñera, eran gentes corrien­tes. A veces, yo hablaba en francés con Sophie y le hacía preguntas sobre asuntos referentes a su país; pero ella tenía muy escasas dotes de narradora y sus respuestas más que animarme a continuar preguntándole, parecían dichas adrede para desalentarme y confundirme.

Pasaron octubre, noviembre y diciembre. Una tarde de enero, Mrs. Fairfax me pidió que concediese fiesta a Adèle, alegando que hacía frío. La niñera secundó la petición con energía y yo, recordando lo preciosas que en mi infancia fueran las fiestas para mí, resolví compla­cerlas. El día, aunque frío, era despejado y sereno. Fati­gada de haber pasado la mañana entera en la biblioteca, aproveché con gusto la circunstancia de que el ama de llaves hubiese escrito una carta, para ofrecerme a llevar­la a Hay al correo. Me puse el sombrero y el abrigo y me preparé a salir. Las dos millas de distancia se presentaban como un agradable paseo invernal. Adèle quedó senta­da en su sillita en el gabinete de Mrs. Fairfax. Le entre­gué su mejor muñeca (habitualmente guardada en un cajón y envuelta en papel plata), le ofrecí un libro de cuentos, respondí con un beso a su «Vuelva pronto, mi buena amiga Miss Jane», y emprendí la marcha.

El suelo estaba endurecido, el aire en calma y el cami­no solitario. Anduve primero de prisa para entrar en - calor, y luego comencé a caminar más lentamente, para gozar mejor el placer del paseo. Daban las tres de la tarde cuando pasé junto al campanario de la iglesia. Un sol pálido y suave iluminaba el paisaje. De allí a Thorn­field había una milla de distancia por un sendero cuyos bordes engalanaban en verano rosas silvestres, avellanas y zarzamoras en otoño y escaramujos y acerolas en in­vierno; pero cuyo mayor encanto, de todos modos, consistía en su silencio y su soledad. A ambos lados exten­díanse los campos desiertos.

A mitad de camino, me senté junto a la puertecilla de una valía. Envuelta en mi manteleta y con las manos en el manguito, no sentía frío, a pesar de la fuerte helada que había congelado el arroyito que corría por el centro del camino.

Desde mi asiento se distinguía, hacia el Oeste, la mole de Thonrfield Hall, cuyas almenas se recortaban bajo el cielo. Contemplé el edificio hasta que el sol se hundió entre los árboles. Entonces volví mi mirada hacia el Este.

Sobre lo alto de la colina comenzaba a levantarse la luna, pálida aún como una ligera nube. De las chimeneas de Hay, medio oculto entre los árboles a una milla de dis­tancia, salía un humo azul. Ningún ruido delatador de vida llegaba desde el pueblecillo, pero mi oído percibía el ru­mor de los arroyuelos en las laderas, argentinos los más cercanos, tenues como un murmullo los más remotos.

Un bronco rumor de fuertes pisadas rompió el encan­to de aquellos dulces rumores, como en una pintura el negro perfil de un roble o de un peñasco colocado en primer término rompe la armonía de los azules montes lejanos, de los suaves horizontes... Era evidente que un caballo galopaba por el camino.

En aquella época yo era joven y toda clase de fanta­sías, ora brillantes, ora lúgubres poblaban mi mente: los recuerdos de los cuentos que me contaban de niña, y a los que la juventud añadiera renovados vigor y colores. Mientras procuraba distinguir entre la penumbra la apa­rición del caballo, evocaba ciertas historias de Bessie en las que figuraba un espíritu de los países del Norte de Inglaterra, el Gytrash, que en forma de caballo, mula o perro gigantesco, recorría los caminos solitarios y asalta­ba a los viajeros.

Antes de ver el caballo, distinguí entre los árboles un enorme perro a manchas blancas y negras, fiel reproduc­ción del Gytrash de Bessie, pero al aparecer el corcel, que iba montado por un hombre, el hechizo se disipó. Nadie montaba nunca el Gytrash, éste andaba siempre sólo y, en fin, según mis referencias, los duendes muy rara vez adoptaban la forma humana. No se trataba, pues, de duende alguno, sino de algún viajero que por el atajo se dirigía a Millcote. Pasó ante mí y yo dejé de mirarle, mas a los pocos instantes oí un juramento y el ruido de una caída. El animal había resbalado en el hielo que cubría el camino y hombre y caballo se habían des­plomado en tierra. El perro acudió corriendo y, viendo a su amo en el suelo y oyendo relinchar al caballo, comen­zó a ladrar con tal fuerza, que todos los ámbitos del ho­rizonte resonaron con sus ladridos. Giró alrededor del grupo de los dos caídos y luego se dirigió hacia mí, como única ayuda que veía a mano. Era todo lo que él podía hacer. Yo, atendiendo su tácita invitación, me dirigí ha­cia el viajero, que en aquel momento luchaba por de­sembarazarse del estribo. Se movía con tanto vigor, que supuse que no se había lesionado mucho, pero no obs­tante, le pregunté:

-¿Se ha hecho daño?

Me pareció que juraba de nuevo, aunque no puedo asegurarlo. De todos modos, es indudable que profería para sí algunas palabras que le impedían contestarme. -¿Puedo ayudarle en algo? -continué. -Quitándose de en medio - contestó.

Lo hice así y él comenzó a tratar de incorporarse, pri­mero sobre sus rodillas y luego sobre sus pies. Fue una tarea larga y trabajosa, acompañada de tales ladridos del can, que me hicieron apartarme a unas varas más de distancia, aunque no me fui hasta asistir al desenlace del suceso. Todo concluyó bien, el caballo se incorporó y un enérgico: «¡Calla, Piloto!» hizo enmudecer al perro. El viajero entonces se palpó pies y piernas, como para cer­ciorarse de si se habían roto algo o no, y alguna novedad debió de encontrar, porque se acercó a la valla junto a la que yo estuviera sentada y se sentó, a su vez.

Pensando que podría serle útil, me aproximé:

-Si se ha lastimado y necesita ayuda, puedo ir a bus­car a alguien a Hay o a Thornfield Hall.

-Gracias. Yo mismo iré. No hay nada roto: es una simple dislocación.

Y se puso en pie de nuevo, pero no pudo reprimir un involuntario «¡ay!».

A la última claridad del día y a la primera de la Luna, pude examinar a aquel hombre. Bajo el gabán que ves­tía podía apreciarse la vigorosa complexión de su cuerpo. Tenía el rostro moreno, los rasgos acusados y las cejas espesas. Debía de contar unos treinta y cinco años. De haberse tratado de un joven arrogante, no hubiera sido yo quien le preguntara contra su deseo ni quien le hubiese ofrecido servicios que no me pedía. Yo había visto raras veces jóvenes guapos, y nunca había hablado a ninguno. Experimentaba una admiración teórica por la belleza, la fascinación y la elegancia, pero reconocía las escasas probabilidades de que un hombre que reu­niese tales dotes me mirase con agrado sin ulterior mal pensamiento. Así, pues, si aquel viajero me hubiera contestado amablemente, si hubiese recibido con agra­decimiento o declinado con amabilidad la oferta de mis servicios, seguramente yo me habría apresurado a ale­jarme. Pero su aspereza me hacía sentirme segura, y por ello, en vez de marcharme, insistí:

-No le dejaré solo, señor, en esa forma y en este camino solitario, hasta que no le vea montado.

Me miró.

-Creo que lo que debía usted hacer –repuso ­es estar ya en su casa, si la tiene. ¿De dónde viene usted?

-De allá arriba. No me da miedo caminar a la luz de la luna. Si lo desea, iré a Hay a buscar ayuda para usted; precisamente iba allí a echar una carta.

-Entonces, ¿vive en esa casa? -dijo, señalando a Thornfield Hall, cuya masa oscura, iluminada por la Luna, se destacaba entre los árboles.

-Sí, señor.

-¿De quién es esa casa? -De Mr. Rochester. -¿No le ha visto usted nunca? -No.

-¿Ni sabe dónde está? Usted no es, desde luego, una criada... -dijo.

-No.

Lanzó una ojeada a mis vestidos, tan sencillos como siempre; un abrigo negro y un sombrero negro, no muy elegantes. Pareció quedar perplejo. Yo le ayudé a comprender:

-Soy la institutriz.

-¡La institutriz! ¡El diablo me lleve si no me había olvidado de ...! ¡La institutriz!

Volvió a examinarme con la mirada. Luego comenzó a andar, dando evidentes muestras de que sentía fuertes dolores.

-Si es usted tan amable -dijo-, puede auxiliarme. ¿No lleva usted paraguas? Me serviría como bastón. -No.

-Bien: coja las bridas del caballo y hágale acercarse. No tenga miedo.

De haber estado sola, no me hubiera, en efecto, atre­vido, pero no obstante le obedecí. Dejé mi manguito en la valla y me aproximé al caballo. Mas éste se empeñaba en no dejarme coger las bridas. En vano traté de alcan­zar su cabeza, haciendo repetidos esfuerzos y con mucho miedo de sufrir una coz. El viajero me miraba atenta­mente y al fin rompió a reír.

-Veo -murmuró- que, puesto que la montaña no viene al profeta, es el profeta quien debe ir a la monta­ña. No tengo más remedio que rogarla que se aproxime. Me acerqué.

-Perdóneme -continuó- si me veo obligado a uti­lizar sus servicios.

Apoyó su pesada mano en mi hombro y en tal forma llegó hasta su caballo. Empuñó la brida y, con un esfuer­zo, montó. Al realizarlo, hizo una mueca: debía dolerle mucho el pie dislocado.

-Le ruego que me dé el látigo -dijo-. Lo he deja­do en la cuneta.

Lo busqué y lo encontré.

-Gracias. Ahora vaya a Hay a depositar su carta y vuelva lo antes que pueda.

Espoleó al caballo y partió. El perro se lanzó en pos suyo y los tres se desvanecieron:

como un arbusto que arranca el huracán de la estepa...

Cogí mi manguito y me puse en marcha. El incidente había pasado ya para mí. Aunque poco novelesco y nada importante, había significado, sin embargo, un cambio, aunque breve, en mi monótona vida. Mi ayuda había sido solicitada y útil y me alegraba de haberla podido prestar. Por trivial que aquel hecho pareciese, daba al­guna actividad a mi pasiva existencia, era un cuadro más introducido en el museo de mi memoria, y un cuadro diferente a los habituales, porque su protagonista era varón, fuerte y moreno. Creía verle aún cuando deposi­té mi carta en Hay y mientras regresaba a casa rápida­mente. En el punto donde estuviera sentada, me detuve un instante, como esperando oír otra vez el ruido de los cascos de un caballo y ver aparecer a un jinete y un pe­rro de Terranova análogo al Gytrash de los cuentos de Bessie. Pero ante mí sólo se distinguía un sauce ilumina­do por la luna y no se oía más que el rumor del viento entre los árboles. Después dirigí mi mirada a Thornfield, vi brillar una luz en una ventana y, comprendiendo que era tarde, apresuré el paso.

No me era muy grato entrar allí de nuevo. Cruzar el umbral significaba volver al ambiente muerto, atravesar el vestíbulo silencioso, ascender la oscura escalera y pa­sar la larga velada de invierno con la tranquila Mrs. Fairfax, volviendo a adormecer mis sensaciones en la apagada existencia cuya tranquilidad y holgura yo no apreciaba ya en cuanto valían. En aquella época me hu­biera agradado ser arrastrada por las tormentas y azares de una vida de luchas lejos de la serena calma en que vivía, sentimiento muy parecido al de quien, cansado de estar mucho tiempo sentado en una silla demasiado cómoda, desea levantarse y dar un largo paseo.

Me detuve ante la verja, me detuve ante el edificio, me detuve en el umbral, cuyas puertas vidrieras estaban cerradas. Mi alma y mis ojos se alejaban de aquella casa gris para dirigirse al cielo que sobre mí se extendía, como un inmenso mar azul salpicado de nubes. La luna ascendía majestuosamente hacia el cenit y la contempla­ción de las temblorosas estrellas que brillaban en el infi­nito espacio hacía palpitar mi corazón y aceleraba el rit­mo de mis venas. Pero siempre surgen pequeños detalles que nos llaman a la realidad, y a mí me bastó oír sonar el reloj del vestíbulo para, olvidándome de luna y estrellas, abrir la puerta y entrar en la casa.

El vestíbulo no estaba oscuro como de costumbre. Lo iluminaba profusa luz que salía del comedor, cuya puer­ta estaba abierta, dejando ver el fuego encendido y una deslumbrante exhibición de mantelerías y vajillas. Varias personas se hallaban junto a la chimenea y diversas voces mezclaban sus tonos. Pero apenas había tenido tiempo de darme cuenta de ello y, antes de que pudiera asegurarme de que una de las voces era la de Adèle, la puerta se cerró bruscamente.

Me dirigí al cuarto de Mrs. Fairfax. El fuego estaba encendido, pero no la luz. Mrs. Fairfax no estaba. En su lugar vi, tendido en la alfombra y mirando con gravedad la llama, un perro negro y blanco como el Gytrash del cami­no. Tanto me satisfizo verle, que me adelanté y exclamé: -¡Piloto!

Se acercó a mí y comenzó a hacerme fiestas. Le acari­cié y movió la cola. Me desconcertaba el pensar cómo había penetrado hasta allí solo, y tanto por averiguarlo como por pedir luz, toqué la campanilla. Acudió Leah. -¿Por qué está aquí este perro?

-Ha venido con el amo. -¿Con quién?

-Con el amo, con Mr. Rochester. Ha llegado hace poco.

-¡Ah! ¿Y Mrs. Fairfax está con él?

-Sí, y también la señorita Adèle, John ha ido a bus­car al médico. El señor se ha caído del caballo y se ha dislocado un tobillo.

-¿Cayó en el camino de Hay? -Sí; resbaló en el hielo.

-Ya. Tráigame luz. Leah, haga el favor.

Lea trajo una bujía y tras Lea llegó Mrs. Fairfax, quien me dio las mismas noticias, añadiendo que el doc­tor Carter se había presentado ya y estaba con Mr. Ro­chester. Luego dio ordenes para preparar el té. Yo me fui a mi habitación a quitarme el abrigo.

 

XIII

Por prescripción del médico, Mr. Rochester se acostó temprano aquella noche y se levantó tarde a la mañana siguiente. Cuando estuvo vestido, hubo de atender a su administrador y a algunos de sus colonos, que le esperaban.

Adèle y yo evacuamos la biblioteca, que había de servir de sala de recepción de los visitantes. Había un buen fuego encendido en un cuarto del primer piso y yo llevé allí los libros y lo arreglé para servir de estancia de estudio.

Thornfield Hall había cambiado. Su habitual silencio, casi de iglesia, había desaparecido. Constantemente llama­ban a la puerta, sentíase sonar la campanilla, muchas perso­nas atravesaban el vestíbulo y oíase hablar a varias a la vez. Si aquella racha de vida del mundo que me era desconocido y que acababa de entrar en la casa se debía al amo, me pareció que su presencia era preferible a su ausencia.

Adèle aquel día no estaba en disposición de estudiar. Con cualquier pretexto quería salir del cuarto y bajar las escaleras, a fin, como era notorio, de presentarse en la biblioteca, donde yo sabía que su presencia no era nece­saria. Cuando lograba hacerla volver a sentarse, la niña hablaba incesantemente de su «amigo Edward Fairfax de Rochester», como ella le llamaba (yo ignoré hasta en­tonces el nombre de pila del dueño de la casa), y se entre­gaba a conjeturas sobre los regalos que le habría traído, ya que él, según parecía, al ordenar que se fuese a buscar su equipaje a Millcote, había hablado de cierta cajita cuyo contenido debía de interesar mucho a la pequeña.

-Y eso debe significar -decía- que contiene un re­galo para mí y acaso para usted, señorita. Mr. Rochester ha hablado de usted; me ha preguntado el nombre de mi institutriz y me dijo que si no era una mujer pálida y delgada. Me ha dicho que sí...

Comí con mi discípula, como de costumbre, en el ga­binete del ama de llaves. Pasamos la tarde, fría y desa­pacible, en el cuarto de estudios. Al ponerse el sol, permití a Adèle dejar los libros y bajar, ya que, por el rela­tivo silencio que reinaba, cabía conjeturar que Mr. Ro­chester estaba libre ya. Una vez sola, me acerqué a la ventana. No se veía nada. Caían constantemente copos de nieve cubriendo el suelo. Corrí la cortina y me acer­qué al fuego.

Había comenzado a trazar en la ceniza de los bordes la reproducción del castillo de Heidelberg, que recorda­ba haber visto en alguna parte, cuando entró el ama de llaves, arrancándome bruscamente a mis pensamientos.

-A Mr. Rochester le agradaría que usted y su discí­pula bajasen a tomar el té con él en el comedor. Ha estado tan atareado todo el día, que no ha podido ocu­parse de usted hasta ahora.

-¿A qué hora toma el té? -pregunté.

-A las seis. Creo que sería mejor que cambiase usted de vestido. Yo iré con usted... Tome una luz.

-¿Es necesario que me cambie de ropa?

-Sí, vale más. Yo siempre me visto por las noches cuando está el señor.

Aquella ceremoniosidad me pareció demasiado so­lemne, pero no obstante, fui a mi habitación y, con la ayuda de la señora Fairfax, cambié mi vestido negro de tela ordinaria por otro de seda negra, único repuesto de mi guardarropa, a más de un tercer vestido gris que, a través de los conceptos adquiridos en Lowood sobre el vestuario, me parecía que sólo debía usar en señaladísi­mas ocasiones.

-Necesita usted un prendedor-dijo el ama de llaves. Me puse un pequeño adorno de perlas que me había regalado Miss Temple y bajamos. Poco acostumbrada como estaba a tratar con gentes desconocidas, la invita­ción de Mr. Rochester era más un disgusto que otra cosa para mí. Precedida de Mrs. Fairfax entré en el comedor. En la mesa ardían dos velas de cera y otras dos en la chimenea. Piloto estaba tendido junto a la lumbre y Adèle arrodillada a su lado. Mr. Rochester yacía medio tendido sobre unos cojines, con el pie encima de un almohadón. Reconocí a mi viajero, con sus espesas cejas y su cabeza cuadrada, que parecía más cuadrada aún por la forma en que llevaba cortado su negro cabello. Reconocí su enérgica nariz, con sus amplias aletas que, a mi en­tender, denotaban un temperamento colérico; su boca, tan fea como su barbilla y su mandíbula; su torso, que ahora, despojado del abrigo, me pareció tan cuadrado como su cabeza. Creo, con todo, que tenía buena figura, en el sentido atlético de la palabra, aunque no era ni alto ni gallardo.

Mr. Rochester notó, sin duda, que entrábamos, pero no lo delató por movimiento alguno.

-Aquí está la señorita Eyre, señor -dijo el ama de llaves con su habitual placidez.

Él se inclinó, pero no separó los ojos del grupo que formaban el perro y la niña.

-Que se siente -dijo-. ¿Qué diablos me importa que esa señorita esté aquí o no?

Me sentí a mis anchas. Un acogimiento cortés me ha­bría turbado seguramente, porque yo no hubiera sabido corresponder con adecuada gentileza. Por el contrario, semejante recepción me dejaba en libertad de proceder como quisiera. Además, aquella rudeza me resultaba in­teresante.

Rochester permanecía tan mudo e inmóvil como una estatua. Mrs. Fairfax, pensando, sin duda, que convenía que alguien entre nosotros se mostrara atento, tomó la palabra. Con su amabilidad habitual, comenzó por con­dolerse de lo atareado que su señor había estado durante todo el día y de las molestias que debía causarle la dislo­cación, y concluyó recomendándole calma y paciencia.

-Quiero el té, señora -dijo él por toda respuesta. La anciana tocó la campanilla y, en cuanto trajeron el servicio, procedió a distribuir rápidamente tazas y cu­charas. Adèle se sentó a la mesa, pero Rochester no abandonó su lugar.

-¿Quiere usted alcanzar la taza al señor? -me pre­guntó Mrs. Fairfax-. Adela quizá la dejase caer.

Hice lo que me pedía. Cuando él cogió la taza, Adèle, juzgando sin duda oportuno el momento para intervenir en mi favor, exclamó:

-¿Verdad, señor, que hay un regalo para Miss Eyre en esa cajita?

-¿Qué dices? -gruñó él-. ¿Esperaba usted algún regalo, Miss Eyre? ¿Le gustan los regalos?

Y me contempló con sus ojos duros y penetrantes. -No sé, señor. Tengo poca costumbre de recibirlos. La opinión general es que son cosas agradables.

-Yo no hablo de la opinión general. Digo si le gustan a usted.

-Hay que pensarlo antes de contestar, señor. Acep­tar un regalo puede ser tomado en muchos sentidos, y han de considerarse todos antes de opinar.

-Veo que es usted menos sencilla que Adèle. Ella, en cuanto me ve, me pide un regalo a gritos, mientras que usted, en cambio, filosofa sobre el asunto.

-Porque yo tengo con usted menos confianza que Adèle. Ella está acostumbrada a que usted le compre juguetes, pero yo soy una extraña para usted y no tengo el mismo derecho.

-Déjese de modestias. He examinado a Adèle y he comprendido que se ha preocupado usted mucho de ella, porque la niña no tiene gran talento y, sin embargo, en poco tiempo ha progresado mucho.

-Ya me ha dado usted mi regalo, señor. Para una maestra nada hay más halagador que oír elogiar los pro­gresos de su discípula.

-¡Hum! -murmuró Rochester. Y bebió su té en silencio.

-Acérquese al fuego-dijo después, mientras el ama de llaves se sentaba en un rincón a hacer calceta. Adèle me había cogido de la mano y me hacía girar por la estancia, mostrándome las consolas y cuanto ha­bía digno de verse. Al oírle, le obedecimos. Adèle pre­tendió sentarse en mis rodillas, pero se le ordenó que fuese a jugar con Piloto.

-¿Vive usted en mi casa hace tres meses? -Sí, señor.

-¿De dónde vino usted?

-Del colegio de Lowood, en el condado de... -¡Ah, sí! Una institución benéfica. ¿Cuánto tiempo ha pasado usted allí?

-Ocho años.

-¡Debe usted ser persona de mucho aguante para ha­ber soportado ocho años de esa vida! No me extraña que tenga usted la mirada de un ser del otro mundo. Cuando la encontré anoche en el camino me pareció uno de esos seres fantásticos que figuran en los cuentos y temí que me hubiera embrujado el caballo. Aún no estoy seguro de lo contrario... ¿Tiene usted padres?

-No.

-¿Ni se acuerda de ellos? -No.

-Ya me lo figuraba. ¿Y a quién esperaba usted sen­tada en el borde del camino? ¿A su gente?

-¿Cómo?

-Quiero decir si esperaba a los enanos del bosque. Se me figura que, como castigo a haber roto uno de sus círculos mágicos, puso usted en el camino aquel conde­nado hielo.

Moví la cabeza.

-Los enanos del bosque -dije hablando con tanta seriedad aparente como él- abandonaron Inglaterra hace más de cien años. Y ni siquiera en el camino de Hay ni en los campos próximos he podido encontrar ras­tros de ninguno. Nunca volverán a danzar en las noches de verano ni bajo la fría luna de invierno...

Mrs. Fairfax, arqueando las cejas, mostró el asombro que le producía tan extravagante conversación. -Bueno -repuso Mr. Rochester-. Supongo que al menos tendrá usted tíos o tías.

-Nunca los he visto. -¿Ni en su casa? -No tengo casa.

-¿Y sus hermanos? -No tengo hermanos. -¿Quién la recomendó aquí?

-Me anuncié y Mrs. Fairfax contestó a mi anuncio. -Sí -dijo la buena señora-, y doy gracias al cielo por el acierto que tuve. Miss Eyre ha sido una gran compañera para mí y una bondadosa y útil profesora para Adèle. -No haga el artículo -replicó Mr. Rochester-. Los elogios no son mi fuerte. Yo sé juzgar por mí mismo. Y lo primero que esta señorita me ha hecho es motivar una caída de mi caballo.

-¡Oh, señor! -dijo Mrs. Fairfax. -Esta dislocación se la debo a ella. La viuda pareció turbada.

-¿No ha vivido usted nunca en una ciudad, señorita? -No, señor.

-¿Ha tratado mucha gente?

-Con nadie más que con las condiscípulas y profeso­res de Lowood y ahora con los habitantes de Thornfield. -¿Ha leído usted mucho?

-Los libros que he encontrado a mi alcance, que no han sido demasiados.

-Veo que ha vivido usted como una monja, no cabe duda... Creo que el director de ese colegio es un tal Brocklehurst, un clérigo, ¿no?

-Sí, señor.

-Y supongo que ustedes sentirían hacia su director la estimación de las religiosas de un convento hacia su ca­pellán, ¿no?

-No.

-¿Cómo que no? ¡Una novicia que no estima a su sacerdote! Eso es casi una impiedad...

-Yo no estimo a Mr. Brocklehurst, ni soy la única que tiene tal opinión. Es un hombre duro, mezquino, que hacía que nos cortasen los cabellos y nos escatimaba el hilo y las agujas.

-¡Qué modo tan equivocado de entender la econo­mía! -intervino Mrs. Fairfax.

-¿Es ése todo el motivo de disgusto que tiene usted con él? -preguntó Mr. Rochester.

-Nos mataba de hambre cuando estaba a su cargo la organización de las comidas, antes de que se nombrase un patronato. Una vez a la semana nos fatigaba con lar­guísimas lecturas y todas las noches nos hacía leer libros sobre la muerte repentina y el Juicio Final, que nos ha­cían acostarnos despavoridas...

-¿Qué edad tenía usted cuando ingresó en Lowood? -Diez años.

-Entonces, ahora cuenta dieciocho, ¿verdad? Asentí.

-La aritmética es útil a veces; sin ella, yo no habría podido ahora adivinar su edad. Es cosa difícil de pre­cisar en ciertos casos... Y ¿qué aprendió usted en Lowood? ¿Sabe usted tocar?

-Un poco.

-Ya; ésa es la respuesta de rigor. Vaya usted a la biblioteca... bien: quiero decir que haga el favor de ir a la biblioteca. Dispense mi modo de hablar. Estoy acos­tumbrado a decir que se haga esto o lo otro y a ser obe­decido, y no voy a violentar mis costumbres por usted. Vaya, pues, a la biblioteca, alúmbrese con una vela y toque una pieza al piano.

Obedecí sus indicaciones.

-¡Basta! -gritó al cabo de algunos minutos-. Toca usted un poco, ya lo veo... Como otras muchas chicas de los colegios, y hasta mejor que alguna, pero no bien.

Cerré el piano y volví. Mr. Rochester continuó: -Adèle me ha enseñado esta mañana unos dibujos de usted, según ella dice. Pero supongo que estarán he­chos con la ayuda de algún profesor.

-No -me apresuré a decir.

-Veo que tiene usted cierto orgullo. Bueno: tráiga­me su álbum de dibujos y enséñemelos, pero sólo en el caso de que sean auténticamente suyos. A mí no logrará usted engañarme. Soy perito en la materia.

-Entonces no diré nada, para que usted juzgue por sí mismo. Fui a buscar el álbum y lo llevé.

Adèle y Mrs. Fairfax se aproximaron para ver mis dibujos y pinturas.

-Esperen -dijo Rochester-. Cuando yo concluya, lo cogen ustedes. Entretanto, no se echen encima. Examinó cuidadosamente mis trabajos, apartó tres y separó los demás.

-Lléveselos a otra mesa, Mrs. Fairfax—dijo-, y véan­los usted y Adèle. Y usted -agregó dirigiéndose a mí-, siéntese y conteste a mis preguntas. Ya veo que estos trabajos son de una misma mano. Esa mano, ¿es la suya?

-Sí.

-¿Cuándo los hizo? Deben de haberle costado mu­cho tiempo.

-Los dibujé en mis dos últimas vacaciones de Lo­wood. ¡Cómo no tenía nada que hacer!

-¿De dónde los ha copiado usted? -Los he sacado de mi cabeza.

-¿De esa cabeza que veo sobre sus hombros? -Sí, señor.

-¿Y queda algo parecido dentro de ella?

-Creo que sí, y hasta pudiera ser que quedase algo mejor.

El se abstrajo de nuevo en la contemplación de los trabajos.

-¿Se sentía usted feliz cuando los hacía? -dijo al fin.

-Sí, señor. El pintar o dibujar ha sido una de las po­cas alegrías que yo he tenido en el mundo.

-Eso no es mucho decir. Sus placeres, según usted misma afirma, no han sido muy abundantes. Pero se me figura que se extasiaba usted mientras daba a sus pintu­ras estos extraños matices que emplea. ¿Trabajaba en ello muchas horas al día?

-Como no tenía nada que hacer por estar en vacacio­nes, trabajaba de sol a sol, y como los días eran largos, disponía de mucho tiempo.

-¿Y está usted satisfecha del resultado de sus es­fuerzos

-No. Me atormenta mucho la diferencia que existe entre lo que sueño hacer y lo que hago. Siempre imagino hacer cosas que me resultan imposibles.

-No del todo. Usted ha creado una sombra de lo que soñaba. Si no es usted una artista en plena madurez, al menos lo que ha hecho es extraordinario para una esco­lar. Hay detalles que debe de haber visto en sus sue­ños... Por ejemplo: ¿dónde puede usted, si no, haber visto Patmos?... Porque esto es Patmos... En fin, llévese todo esto.

Apenas había comenzado a colocar mis trabajos en el álbum, cuando Rochester miró al reloj y dijo brusca­mente:

-Son las nueve. ¿Cómo está Adèle levantada aún?... Acuéstela, señorita.

Adèle fue a besarle antes de salir. Él recibió la caricia, pero la correspondió con menos afecto que lo hubiera hecho con el perro.

-Buenas noches -nos dijo, señalando la puerta con un ademán, como si, ya cansado de nosotras, nos despi­diese.

Mrs. Fairfax recogió su labor, yo mi álbum, nos des­pedimos de Mr. Rochester, que nos correspondió fría­mente, y nos retiramos.

-No me había usted hablado de que Mr. Rochester fuera tan especial -dije a Mrs. Fairfax después de que hubimos acostado a la niña.

-¿Y lo es?

-Sí. Es muy brusco y muy voluble.

-Sin duda parece algo raro, pero yo estoy acostumbra­da a su carácter y nunca pienso en eso. Puesto que tiene un temperamento especial, es preciso seguirle la corriente. -¿Por qué?

-En parte, porque su naturaleza sufre y es imposible contrariar la propia naturaleza, y luego porque preocupaciones, penas...

-¿Acerca de qué?

-De disgustos familiares, o cosa parecida. -¿Tiene familia?

-Ahora no, pero antes sí. Hace pocos años que mu­rió su hermano mayor.

-¿Su hermano mayor?

-Sí. El actual Mr. Rochester no ha sido siempre due­ño de esta propiedad. Sólo hace nueve años que lo es. -Yo creo que nueve años es tiempo suficiente para consolarse de la pérdida de un hermano.

-Quizá no. Yo creo que entre ellos hubo disgustos. Mr. Rochester no fue justo con Mr. Edward y puede ser que hasta procurase predisponer a su padre contra éste. El padre amaba mucho el dinero y deseaba que las pro­piedades de la familia estuviesen reunidas en una sola mano. No deseaba dividir las tierras y, en consecuencia, Mr. Rowland y su padre realizaron, al parecer, algunas maniobras que dejaban a Mr. Edward en una situación penosa... No sé exactamente cuál, pero sí sé que era muy desagradable, que produjo no pocos disgustos y que hizo padecer mucho a Mr. Edward. Como no es hombre que perdone fácilmente, rompió con su familia y durante muchos años llevó una vida errante. Desde que, por muerte de su hermano, entró en posesión de la herencia, no ha pasado aquí nunca quince días seguidos. No me extraña, en el fondo, que huya de esta casa.

-¿Por qué?

-Porque tiene recuerdos sombríos para él.

Me hubiese agradado pedir algunas explicaciones, pero Mrs. Fairfax no quería o no podía darme detalles más explícitos sobre la naturaleza de las preocupaciones de Mr. Rochester. Acaso fuesen un misterio para ella misma y no supiese sino lo que le permitían imaginar sus conjeturas. En cualquier caso, como era evidente que deseaba cambiar de conversación, hice por mi parte lo mismo.

 

XIV

Durante los días siguientes vi pocas veces a Mr. Ro­chester. Por las mañanas estaba muy ocupado en sus asuntos y por la tarde le visitaban personas de Millcote o de las cercanías, las cuales, en ocasiones, comían con él. Cuando se repuso de la dislocación, solía salir mucho a caballo, seguramente para devolver aquellas visitas, y no volvía hasta muy entrada la noche.

En aquel período, aunque Adèle solía ir a verle con frecuencia, todas mis relaciones con él se redujeron a encuentros casuales, en el vestíbulo, la escalera o la ga­lería. En esas ocasiones, él me saludaba con una fría mirada y una distraída inclinación de cabeza, o bien con una sonrisa amable. Sus cambios de carácter no me mo­lestaban, ya que era evidente que dependían de causas que para nada se referían a mí.

Un día que estaba comiendo con varios invitados pi­dió mi álbum, sin duda para que lo viesen. Aquellos ca­balleros se marcharon pronto, a fin de asistir a una reu­nión en Millcote, pero él no les acompañó. A poco de haberse ido sus invitados, tocó la campanilla y ordenó que bajásemos Adèle y yo. Arreglé un poco a la niña. Yo no tuve que arreglarme, ya que mi vestimenta cuá­quera, por lo lisa y rasa, no permitía casi desarreglo al­guno. Adèle pensó en seguida si habría llegado su petit coffre que, por no sé qué confusión, sufriera un atraso de varios días. En cuanto entró en el comedor, vio una cajita de cartón sobre la mesa y se alborozó, como si conociera por instinto de lo que se trataba.

-¡Mi caja, mi caja! -exclamó, precipitándose ha­cia ella.

-Sí: tu caja... Llévatela a un rincón y ábrela. ¡Se ve que eres una auténtica parisiense! -dijo la grave y sar­cástica voz de Mr. Rochester, surgiendo de las profundi­dades de una inmensa butaca en que se hallaba hundido, al lado del fuego-. Pero no vayas dándonos noticias de tu operación anatómica a medida que investigues en las entrañas de la caja. Hazlo en silencio; tiens-toi tranqui­lle, enfant, comprends-tu?

Adèle se había retirado a un sofá con su tesoro y se afanaba en soltar la cuerda que lo sujetaba. Habiendo eliminado tal obstáculo y hallado ciertos objetos envuel­tos en papel transparente, se limitó a exclamar:

-¡Oh, qué bonito!

Y permaneció absorta en una extática contemplación. -¿Y Miss Eyre? -preguntó el amo, semiincorporán­dose en su sillón y mirando hacia la puerta, donde yo me hallaba-. Bien, pase y siéntese -continuó, al verme, aproximando una silla a la suya-. No me gusta la charla de los niños. Soy un solterón y ningún recuerdo grato me producen las cosas infantiles. Me sería imposible pasar toda la velada téte-à-téte con un chiquillo. Digo lo mismo respecto a las viejas, pese a lo que aprecio a la señora Fairfax. Miss Eyre: siéntese precisamente donde le he señalado... Quiero decir, si gusta... ¡El demonio se lleve esos miramientos tontos! Siempre me olvido de ellos.

Tocó la campanilla y encargó que invitasen a acudir a Mrs. Fairfax, la cual se presentó con su cesto de labor, como de costumbre.

-Buenas noches, señora. He prohibido a Adèle que me hable a propósito de los regalos. Le ruego que me sustituya en la tarea de atenderla y de conversar sobre ese tema. Con ello hará usted una obra de caridad.

Adèle en efecto, apenas vio al ama de llaves, la con­dujo al sofá en seguida y colmó su falda con las porcela­nas y marfiles de que estaban hechos los regalos, entre­gándose a explicaciones y arrebatos de júbilo tan vehe­mentes como se lo permitía su escaso dominio del inglés.

-Ya he cumplido mis deberes de anfitrión dando a mis huéspedes ocasión de divertirse el uno al otro -dijo Rochester- y quedo, pues, en libertad de divertirme yo. Señorita: haga el favor de aproximarse más al fuego. Desde aquí no puedo verla sin abandonar la cómoda posi­ción en que estoy sentado, y no tengo ganas de hacer tal cosa.

Hice lo que me decía, aunque hubiera preferido per­manecer más en la sombra. Pero Mr. Rochester tenía un modo de dar órdenes que obligaba a obedecerle sin dis­cusión posible.

Estábamos en el comedor. Las luces, encendidas para la comida, seguían inundando la estancia con su clari­dad. El rojo fuego ardía alegremente y los cortinajes de púrpura pendían, ricos y amplios, de los altos ventanales y el elevado arco de acceso. Todo estaba en silencio, y sólo se oían el cuchicheo de Adèle, que no se atrevía a hablar alto, y el batir de la lluvia invernal en los cris­tales.

Mr. Rochester, que estaba sentado en su butaca fo­rrada de damasco, miraba de un modo inusitado en él, con menos dureza que de costumbre y de modo mucho menos sombrío. Por sus labios vagaba una sonrisa y sus ojos brillaban, ignoro si como consecuencia de haber bebido mucho, aunque me parece probable que sí. Es­taba, en resumen, en el momento beatífico de la diges­tión, y se sentía más expansivo y más indulgente que por la mañana. Reclinaba su maciza cabeza sobre el blanco respaldo del sillón, la lumbre iluminaba de lleno sus du­ras facciones y en sus ojos, grandes y negros, muy bellos por cierto, había algo que si no era dulzura podía consi­derarse como una manifestación parecida a ese senti­miento.

Miró el fuego durante algunos instantes, volvió la cabeza de pronto y me sorprendió examinando su fi­sonomía.

-Me contempla usted -dijo-. ¿Le parezco guapo? De haberlo meditado, yo hubiese dado una contesta­ción cortés, pero la respuesta brotó de mis labios antes de que tuviese tiempo de reflexionar:

-No, señor.

-Palabra que es usted rara de veras -dijo-. Está usted quieta, grave y silenciosa como una monjita, con las manos cruzadas y mirando la alfombra (excepto cuando, como ahora, me mira a la cara) y, en cambio, si se le hace alguna pregunta, sale con una contestación si no grosera, al menos brusca. ¿Qué significa eso? -Perdóneme, señor. Reconozco que yo debía con­testar que no es fácil responder a tal pregunta guiándose por las apariencias; que eso va en gustos; que la hermo­sura en los hombres tiene poca importancia, o algo pare­cido.

-¿Cómo que no tiene importancia la hermosura? Ahora, so pretexto de paliar el insulto anterior, me in­troduce, tranquilamente, un cuchillo afilado en el oído. ¡Porque no otra cosa son sus palabras! Dígame: ¿qué defectos encuentra en mí? ¿Acaso no tengo mis miembros y mis facciones completos, como los demás hombres?

-He querido rectificar mi contestación, señor. Era un disparate.

-Lo mismo creo. Ea, critique mi figura. ¿Acaso no le gusta mi frente?

Separó los cabellos que caían sobre sus cejas y mostró una sólida envoltura de los órganos intelectuales, en la que las protuberancias características de la bondad bri­llaban por su ausencia.

-¿Qué? ¿Acaso tengo aspecto de tonto?

-Nada de eso, señor. ¿Me encontrará usted grosera si le pregunto, a mi vez, si tiene usted algo de filán­tropo?

-¡Ea, otra cuchilla, con la disculpa de acariciarme! ¡Y todo porque he dicho que no me gusta tratar con los niños y las viejas! No, jovencita, no soy un filántropo, pero tengo conciencia.

Y señaló las prominencias que, según se dice, indican tal cualidad y que, afortunadamente para él, eran bas­tante acusadas.

-Además -agregó-, poseo una especie de ruda blandura de corazón. Cuando yo tenía la edad de usted, era un muchacho bastante sentimental y me emocionaba fácilmente ante los infortunados y los desvalidos. Pero después la fortuna me ha baquetado de tal modo, que me he hecho duro y resistente como una pelota de goma maciza. No obstante, soy vulnerable por una o dos hen­diduras, tengo algún punto flaco... ¿Me concede eso al­guna esperanza?

-¿De qué, señor?

-De volver a transformarme, de pelota de goma ma­ciza que soy, en un ser de carne y hueso. «Decididamente, ha bebido mucho», pensé.

Y no supe qué contestar. ¿Qué podía decirle sobre sus posibilidades de transformación?

-Me mira usted con asombro, señorita, y como usted no tiene mucho más de bonita que yo de guapo, el asom­bro no la favorece en nada, se lo aseguro. Le conviene escucharme, porque así separará sus ojos de mi cara y se dedicará a estudiar las flores de la alfombra. Jovencita: esta noche me siento comunicativo y sociable.

Y tras ese preámbulo se levantó y apoyó el brazo en la chimenea. En tal actitud, se le veía el cuerpo tan bien como la cara. Su pecho tenía un perímetro casi despro­porcionado a la longitud de sus brazos y piernas. Estoy segura de que la gente le hubiera juzgado un hombre muy desagradable; pero, sin embargo, había tan espon­tánea altivez en su porte, tanta naturalidad en sus moda­les, tan sincera indiferencia hacia la fealdad de su exte­rior, tan firme creencia en la importancia de otras facul­tades suyas -intrínsecas o no, pero al margen del mero atractivo personal-, que, al mirarle, la indiferencia de­saparecía y se sentía uno inclinado a confiar en él.

-Repito que esta noche me siento comunicativo y so­ciable -siguió-, y por eso he enviado a buscarla, ya que el fuego y los candelabros no me parecieron sufi­ciente compañía; ni tampoco Piloto, ya que, como todos sus congéneres, no habla. Adèle está en un plano más elevado, pero no me basta, y Mrs. Fairfax, ídem. En cambio, estoy persuadido de que usted se pondrá a mi altura, si se lo propone. Me dejó usted confundido la primera noche que la invité, luego la olvidé casi del todo. Tenía otras ideas en la cabeza. Esta noche he resuelto estar a mis anchas, despidiendo a los importunos y llamando a los que me complacen. Me agradará saber más cosas de usted. Hable.

En vez de hablar, sonreí, y creo que no de un modo muy complaciente ni sumiso.

-Hable -insistió. -¿De qué?

-De lo que quiera. Dejo a su elección el tema y la forma de desarrollarlo, siempre que se refiera a usted misma. ¡Vamos!

Yo no dije nada.

-¿Está usted muda, señorita?

Continué callada. Él inclinó la cabeza hacia mí y me miró de un modo singular.

-¿Conque se ha enojado usted? -dijo-. Compren­do. Me he dirigido a usted en una forma absurda y casi insolente. Perdone. Conste, de una vez para siempre, que no quiero tratarla como a un inferior..., es decir -corrigió en seguida-, únicamente con la superioridad que me dan veinte años más de edad y cien años más de experiencia. Esto es natural, tenez, como diría Adèle. Sólo en virtud de esa superioridad he rogado a usted que tenga la bondad de hablarme un poco, para distraerme de otra clase de pensamientos.

Se había dignado darme una explicación, casi una excu­sa. No cabía mostrarse insensible a su condescendencia. -Me agradaría distraerle, si pudiera, señor, pero no sé de qué hablar, porque, ¿cómo adivinar lo que le inte­resa? Pregúnteme lo que quiera y le contestaré lo mejor que sepa.

-Entonces, hágame el favor de concordar conmigo en que me asiste el derecho de hablarle con cierta auto­ridad, teniendo en cuenta que por la edad podría ser su padre, además de que poseo una larga experiencia, ad­quirida viajando por medio mundo y tratando a muchas y diversas gentes, mientras usted ha vivido siempre con las mismas en la misma casa.

-Como usted guste, señor.

-Eso es una desagradable evasiva. Conteste con claridad.

-Pues bien, señor, yo creo que usted no tiene derecho a mandarme porque sea más viejo que yo o porque haya visto más mundo. Esa superioridad que usted se atribuye dependerá del uso que haya hecho de su tiempo y de su experiencia.

-¡Hum! Creo que he hecho un uso indiferente, por no decir malo, de esas dos ventajas a mi favor. Bien: dejemos al margen esa superioridad y pongámonos de acuerdo en que usted no se ofenderá si recibe órdenes mías ahora o en adelante, ¿le parece bien?

Sonreí al pensar en lo curioso de que Mr. Rochester, al hablar de órdenes, olvidase que me pagaba treinta libras al año para tener el derecho de dármelas.

-¡Elocuente sonrisa, señorita!- dijo él, sorpendién­dola y comprendiendo mi pensamiento.

-Estaba pensando, señor, que pocas personas se preocuparían de preguntar a sus asalariados si les ofen­dían o no las órdenes que les dieran.

-¿Asalariados? ¿Es usted asalariada mía? ¡Ah, sí: me había olvidado del sueldo! Bueno, puestos en ese terreno mercenario, ¿está usted de acuerdo en dejarme adoptar un poquito el aire de hombre superior? ¿Con­siente en dispensarme muchas faltas a las formas y a las frases convencionales, sin suponer que la omisión entra­ña insolencia?

-Estoy segura, señor, de que nunca confundiré la falta de buenas formas con la insolencia. Lo primero me parece bien; a lo segundo, ningún ser humano nacido libre debe someterse, ni siquiera por un sueldo.

-¡Bobadas! La mayoría de los nacidos libres se so­meten por un sueldo. Refiérase a sí misma y no entre en generalizaciones que usted ignora en absoluto. No obs­tante, mentalmente coincido con su contestación, a pe­sar de su inexactitud, tanto por el modo de decirlo como por la idea que entraña. El modo ha sido franco y since­ro, cosa poco corriente. Ni tres entre tres mil institutrices hubieran contestado como usted lo ha hecho. Pero no se vanaglorie de ello. Si es usted diferente a la mayo­ría, se lo debe a la naturaleza, que la ha hecho así. Y aún creo que voy demasiado lejos en mi criterio, porque aca­so no sea usted mejor que las demás y tenga intolerables defectos que compensen sus buenas cualidades.

«Lo mismo puede pasarte a ti», pensé. Él debió de leer en mis ojos aquel pensamiento, porque me contestó como si me lo hubiera oído exponer de palabra:

-Sí -dijo-. Tiene usted razón. Yo estoy cargado de defectos. Lo sé, y no trato de negarlos, se lo aseguro. No puedo ser muy severo con los demás, porque mi propia vida ha sido tal, que con justicia merece las censuras, del prójimo. Yo inicié o, mejor dicho, me hicieron iniciar (a mí, como a todos los equivocados, nos gusta achacar la mitad de nuestra mala suerte a las circunstancias adversas) un camino tortuoso cuando sólo tenía veinte años, y luego no he podido seguir el recto. Pero yo habría podido ser muy diferente, tan bueno como usted, casi tan puro y, desde luego, más sensato. Envidio su tranquilidad men­tal, su conciencia limpia, su memoria libre de todo re­cuerdo ominoso. Una conciencia así, joven, es un exqui­sito tesoro, un manantial inagotable de confortaciones...

-¿Cómo era su conciencia a los dieciocho años, señor?

-Como la de usted: limpia y clara, sin que una sola gota de agua turbia la hubiese contaminado aún. Yo era como usted, igual que usted. La naturaleza, señorita, me inclinaba a ser un hombre bueno, y ya ve usted que no lo soy. Está usted pensando que me adulo a mí mis­mo: lo leo en sus ojos, y yo comprendo enseguida ese lenguaje... Pero le doy mi palabra de que digo la ver­dad, y supongo que no me tendrá usted por un villano... Yo he dado, más que por natural inclinación, en virtud de las circunstancias, en ser un pecador como hay mu­chos, encenagado en todas las miserables disipaciones que envilecen la vida. ¿Le sorprende que le confiese esto? No le extrañe. En el curso de su vida encontrará usted mucha gente que le confía sus secretos, involunta­riamente, de un modo instintivo, y ello, porque usted prefiere, a hablar de sí misma, oír hablar de sí mismos a los demás, escuchándoles con una natural simpatía, que es más agradable y anima más porque no es inoportuna en sus manifestaciones.

-¿Cómo lo adivina usted, señor?

-Lo veo con toda evidencia. Y la estoy hablando tan sinceramente como si escribiese mis pensamientos en un diario íntimo. Respecto de mi vida, podría usted decir que yo debiera haber procurado superar las circunstan­cias, pero la verdad es que no lo hice. En vez de recibir con impasibilidad los golpes del destino, me dejé caer en la depravación... Y he aquí que ahora, cuando el ver un degenerado cualquiera excita mi repulsión, no puedo considerarme mejor que él... En fin, señorita, cuando uno cae en el error siente luego remordimientos y, créa­lo, el remordimiento es el veneno de la vida.

-Pero el arrepentimiento es el antídoto de ese vene­no, señor.

-No lo es; el cambiar de conducta, sí; y acaso yo cambiara en el caso de... Pero ¿a qué hablar de lo que es imposible? Además, puesto que se me niega la felicidad, tengo derecho a gozar de los placeres que pueda encon­trar en la vida; y así lo haré, cueste lo que cueste.

-Y se depravará cada vez más, señor.

-Puede ser. O acaso no, porque, ¿y si encuentro en esos placeres algo confortable y dulce, tan confortable y dulce como la miel silvestre que la abeja acumula entre los brezales?

¡Qué amargo debe de ser eso!

-¿Qué sabe usted? Por muy seria que se ponga y por muy solemnemente que me mire, está usted tan igno­rante del asunto como este camafeo lo pueda estar -y tomó uno de la chimenea-. No tiene usted derecho á sermonearme; es usted una neófita que no ha pasa­do aún bajo el pórtico de la vida y desconoce sus miste­rios.

-Me limito a recordarle, señor, que, según usted mismo, el error apareja remordimiento y el remordimiento es el veneno de la existencia.

-¿Quién habla de error ahora? ¿Quién puede decir si la idea que acude a la mente es un error o más bien una inspiración? ¡Ahora mismo siento una idea que me tienta! Y le aseguro que no es nada diabólica. Al menos, se presenta engalanada con las vestiduras luminosas de un ángel. ¿Cómo no admitir a un visitante que se intro­duce en el alma tan radiante de luz?

-No es un ángel verdadero, señor.

-¿Qué sabe usted, repito? ¿En virtud de qué preten­de usted distinguir entre un ángel caído y un emisario celestial?

-Lo juzgo por su aspecto, señor. Estoy segura de que será usted muy desgraciado si atiende la sugestión que debe de haber recibido en este momento.

-No lo creo. Al menos, me trae el más agradable mensaje que pueda pedirse. Además, ¿es acaso usted mi directora espiritual? ¡Ea, linda aparición, ven aquí!

Hablaba como si se dirigiese a una visión, no distin­guible a otros ojos que los suyos. Abrió los brazos y lue­go los cerró sobre su pecho, como si abrazase a alguien.

-Ahora -continuó, dirigiéndose a mí-, ya he reci­bido al bello peregrino, a la deidad disfrazada, como lo es sin duda. Su aparición me ha causado un efecto bené­fico: mi corazón, que era un osario hace un momento, es casi un sagrario en este instante.

-A decir verdad, señor, no puedo seguirle en su con­versación. No la comprendo; queda fuera de mi alcance. Sólo creo entender una cosa: que no es usted tan bueno como quisiera, y que lamenta su imperfección. Antes me hablaba usted de memoria. Pues bien, yo estoy con­vencida de que, si usted se lo propusiera, llegaría a co­rregir sus pensamientos y sus actos hasta que llegase el día en que, al repasar sus recuerdos, los hallase agrada­bles en vez de dolorosos.

-Bien pensando y mejor dicho, señorita. En este momento procuro con todas mis fuerzas adquirir nuevos y buenos propósitos, que habrán de ser tan firmes y durade­ros como la misma roca. Desde ahora creo que mis pensa­mientos y mis deseos van a ser muy distintos a los de antes. -¿Y mejores?

-Tanto como el oro puro es mejor que el metal do­rado. Parece que duda usted, pero yo no dudo de mí mismo. Conozco mi fin y los motivos que tengo para buscarlo, y desde este instante me someto a una ley tan inflexible como la de los persas y los medos.

-No lo conseguirá, señor, si no establece a la vez reglas para aplicarla.

-Pero esas reglas han de ser inusitadas, porque es una inusitada concurrencia de circunstancias la que las impone.

-Semejante máxima es peligrosa, porque se presta a interpretaciones torcidas.

-¡Qué sentenciosa está usted hoy! Pero le aseguro que no interpretaré torcidamente nada.

-Usted, como hombre, es falible.

-Ya lo sé. También usted lo es. ¿Y qué?

-Que quien es falible no puede arrogarse el poder de seguir una línea de conducta extraordinaria asegurando que es conveniente.

-¡«Que es conveniente»! Ésa es la frase adecuada. Usted lo ha dicho.

Me levanté, comprendiendo lo vano de continuar una conversación de la que no comprendía nada, e intuyen­do, además, que el carácter de mi interlocutor era su­perior a mi penetración. Me sentía indecisa y vacilante, como siempre que se trata de un tema que se ignora. -¿Adónde va?

-A acostar a Adèle. Ya es hora.

-Me teme usted, porque hablo como la Esfinge. -Su lenguaje, señor, es enigmático, en efecto, pero no temo nada.

-¡Sí! Su amor propio le hace temer el llegar a decir desatinos.

-Desde luego, reconozco que no deseo hablar de co­sas sin sentido común.

-Aunque sea eso lo que diga, lo expresa de un modo tan sereno y doctoral, que parece que dice cosas con sentido. ¿No se ríe usted nunca? No hace falta que con­teste. Ya he visto que ríe usted muy poco. Pero puede usted llegar a reír con plena alegría, porque tan austera es usted por naturaleza como yo, por naturaleza, vicio­so. Lowood pesa todavía sobre usted, haciéndole domi­nar sus sentimientos, sus impresiones y hasta sus mo­dales y sus gestos. Teme usted, en presencia de un hombre -padre, persona mayor o lo que sea-, sonreír con excesiva alegría, hablar con demasiada libertad, mo­verse demasiado vivamente. Pero confío en que usted, conmigo, aprenderá a ser más natural, ya que a mí me resulta imposible ser convencional con usted. Cuando sea más natural, sus ademanes y sus miradas serán más vivos y más espontáneos. Su mirada es la de un pájaro enjaulado. Cuándo se halle libre, volará sobre las nu­bes... ¿Qué? ¿Insiste en irse?

-Son más de las nueve, señor.

No importa; espere un minuto. Adèle no tiene ganas de acostarse todavía. La posición en que estoy, de espalda al fuego, me permite observar con facilidad. He mirado de vez en cuando a Adèle, mientras hablábamos, ya que tengo motivos para creer que es un ser digno de estudio, por razones que algún día le explicaré, señorita... Pues bien, mirándola, la he visto sacar del fondo de su cajita, hace diez minutos, un vestidito de seda rosa, que la ha entusiasmado y despertado sus instintos de coquetería. Enseguida ha dicho: «Il faut que je l'essaie et à Nnstant méme!», y ha salido del cuarto. Ahora debe de estar con Sophie, entregada a la operación de probarse el vestido, y de aquí a poco la veremos entrar convertida en una miniatura de Céline Varens, que..., pero esto no intere­sa. De todos modos, mis tiernos sentimientos están a punto de experimentar una conmoción. Aguarde, pues, un momento y veremos si mis palabras se confirman.

A poco sentimos el pisar de los piececitos de Adèle en el vestíbulo. Entró transformada como su protector ha­bía predicho. Un vestido de color de rosa, muy corto y con mucho vuelo, sustituía al vestido oscuro que llevaba antes; una guirnalda de capullos de rosa ceñía su frente, y calzaba calcetines de seda y unas pequeñas sandalias de raso blanco.

-¿Me sienta bien el vestido? ¿Y los zapatos? ¿Y las medias? ¡Voy a bailar un poco!

Y sujetando con las manos el vuelo de su vestido, cru­zó la habitación hasta llegar ante Mr. Rochester, e incli­nándose ante él, a imitación de las artistas, hasta arrodi­llarse, le dijo:

-Muchas gracias por su bondad, Mr. Rochester. E incorporándose de nuevo, añadió:

-Mamá haría lo mismo, ¿verdad?

-¡Exactamente! -gruñó él-. ¡Y con qué gracia sa­caba mi dinero inglés de mi británico bolsillo! Yo tam­bién tuve mi primavera, Miss Eyre, y al disiparse me dejó como recuerdo esta florecilla francesa... Un poco artificial, pero a la que me siento obligado, acaso en vir­tud de ese principio de los católicos que procuran expiar sus pecados haciendo alguna buena obra. Algún día me explicaré mejor... ¡Buenas noches!

 

XV

Mr. Rochester se explicó, en efecto. Una tarde nos mandó llamar a Adèle y a mí y, mientras ella jugaba con Piloto, él me llevó a pasear y me explicó que aquella Céline Varens había sido una bailarina francesa que fue su gran pasión. Céline le había asegurado corres­ponderle con más ardor aún. Él creía ser el ídolo de aquella mujer, pensando que, feo y todo, Céline pre­fería su taille d'athléte a la elegancia del Apolo de Belve­dere.

-De modo, Miss Eyre, que, halagado por aquella preferencia de la sílfide gala hacia el gnomo inglés, la instalé en un hotel, la proporcioné criados, un carruaje y, en resumen, comencé a arruinarme por ella según la costumbre establecida... Ni siquiera tuve la inteligencia de elegir un nuevo modo de arruinarme. Seguí el habi­tual, sin desviarme de él ni una pulgada. Y también me ocurrió, como era justo, lo que ocurre a todos en esos casos. Una noche que Céline no me esperaba, se me ocurrió visitarla, pero había salido. Me senté a aguar­darla en su gabinete, feliz al respirar el aire de su apo­sento, embalsamado por su aliento... Pero no, exage­ro... Nunca se me ocurrió pensar que el aire estuviera embalsamado por su aliento, sino por una pastilla aro­mática que ella solía colocar en la habitación y que ex­pandía perfumes de ámbar y almizcle... Aquel fuerte aroma llegó a sofocarme. Abrí el balcón. La noche, ilu­minada por la luna y por los faroles de gas, era clara, serena... En el balcón había una silla o dos. Me senté, encendí un cigarro... Por cierto que, con su permiso, voy a encender uno ahora...

Se lo llevó a sus labios y el humo del fragante habano se elevó en el aire frío de aquel día sin sol. -Entonces, señorita, me gustaban mucho los bom­bones. Y he aquí que, mientras, alternándolos con chupadas al cigarro, estaba croquant -¡perdón por el barbarismo!- unos bombones de chocolate y contemplando los elegantes carruajes que se dirigían por la calle hacia la cercana ópera, vi llegar uno, tirado por dos caballos ingleses, en el que reconocí el que regalara a Céline. Mi bella volvía. El corazón me latió con impaciencia. La puerta del hotel se abrió y mi hermosa bajó del coche: la reconocí, a pesar de ir cubierta por un abri­go, innecesario en aquella cálida noche de junio, por sus piececitos que aparecían bajo el vestido. Me incliné so­bre la barandilla y ya iba a exclamar: «¡Ángel mío!», cuando me detuve al ver otra figura, también envuelta en un gabán, que descendía del coche después de Céline y que pasaba, con ella, bajo la puerta cochera del hotel.

»¿Nunca ha sentido usted celos, Miss Eyre? Es super­fluo preguntarlo. No los ha sentido, puesto que no ha amado aún. Hay sentimientos que no ha experimentado usted todavía... Usted imagina que toda la vida fluirá para usted mansamente como hasta ahora. Flota usted en la corriente de la vida con los ojos cerrados y los oí­dos obstruidos, y no ve las rocas que se encuentran al paso. Pero -no lo olvide- le aseguro que vendrá un día en que llegue usted a un lugar del río en que los remolinos de la corriente la arrastren, la golpeen contra los peñascos, en medio de tumultos y peligros, hasta que una gran ola la impulse hacia una nueva corriente más calmada, como me pasa a mí ahora...

»Me complace este día, me complace este cielo plomi­zo, me gusta este paisaje helado. Me gusta Thornfield, por su antigüedad, por su soledad, por sus árboles y sus espinos, por su fachada parda y sus hileras de oscuras ventanas en cuyos cristales se refleja el cielo plomizo... ¡Y a la vez aborrezco hasta el pensamiento de pensar en Thornfield, huyo de él como de una casa apestada! ¡Cuánto lo aborrezco!

Rechinó los dientes y calló. Se detuvo un momento y golpeó violentamente con el pie el suelo endurecido por la escarcha.

Íbamos subiendo por una avenida dominada por el edificio. Rochester contemplaba el almenar con una mi­rada como no le viera hasta entonces, y en la que se reflejaban el dolor, la vergüenza, la ira, la impaciencia, el disgusto y el odio, todo ello brotando simultáneamen­te. La ferocidad predominaba en aquella expresión de sus sentimientos, pero al fin otro sentimiento, algo que podría calificarse de duro y cínico, triunfó sobre sus de­más pasiones, dominándolas y petrificando su mirada.

-Durante este rato en que he permanecido silencio­so, señorita -continuó-, discutía cierto extremo con mi hado, que se me apareció como una de las brujas de Macbeth. «¿Te gusta Thornfield?», me preguntó, mien­tras trazaba, con sus dedos, jeroglíficas figuras a lo largo de la fachada, desde las ventanas más altas a las más bajas. «¿Te atreves a decir que te gusta?» «Me atre­vo», contesté... Y mantendré lo dicho, romperé los obs­táculos que se opongan a la felicidad y a la bondad..., sí, a la bondad... Quiero ser un hombre mejor de lo que he sido... Y...

Adèle apareció en aquel momento. Rochester gritó con rudeza:

-¡No te acerques, niña; vete con Sophie!

Yo traté de conducirle al punto en que había inte­rrumpido su relato.

-¿Se quitó usted del balcón cuando entró aquella se­ñorita?

Esperaba una contestación violenta a una manera tan inoportuna de reanudar la conversación, pero, por el contrario, salió de su abstracción y me miró sin aquella expresión sombría que antes tuvieran sus ojos.

-¡Me había olvidado de Céline! Pues bien, cuando la vi acompañada de un caballero, me pareció escuchar el silbido de un reptil, y la serpiente de los celos, a través de mis carnes, penetró hasta el fondo de mi corazón. ¡Qué raro es -exclamó Mr. Rochester de pronto- que yo la haya elegido a usted por confidente, jovencita! Y más raro aún que usted me escuche con esa serenidad, como si fuera lo más corriente del mundo que un hom­bre cuente cosas de su querida a una muchacha inexper­ta. Pero la última singularidad explica la primera, como ya le dije una vez: usted, con su seriedad, su prudencia y su buen juicio, está hecha como a la medida para ser depositaria de confidencias. Además, conozco la clase de espíritu con el que comunico, y estoy seguro de que no le contagiaré ninguna maldad. Es un espíritu espe­cial, acaso único. Las maldades que le cuente no la infes­tarán y, en cambio, el confesárselas me alivia...

Después de aquella disgregación continuó: -Continué en el balcón, suponiendo que subirían al gabinete y que desde mi puesto podría verles y oírles. Corrí las cortinas del balcón, dejando el resquicio suficiente para ver, y entorné las puertas, a fin de poderles oír. Entonces volví a sentarme. Como esperaba, la pa­reja subió al gabinete. La doncella de Céline llevó una lámpara, la dejó sobre una mesa y se retiró. Ambos se quitaron los abrigos y Céline apareció deslumbrante de sedas y joyas -regalos míos, por supuesto-... Él era un oficial vestido de uniforme, un bellaco de vizconde, un joven disoluto y vacío de mollera, a quien yo conocie­ra en sociedad y en el que nunca pensara sino para des­preciarle. Al reconocerle, la serpiente de los celos dejó de morder mi corazón, porque mi amor por Céline se había disipado instantáneamente. Una mujer que me traicionaba con un rival como aquél, no era digna de afecto.

»Comenzaron a hablar: su conversación era tan vul­gar, insípida y estúpida que más bien aburría que anima­ba a escuchar. En la mesa había una tarjeta mía y ello me convirtió en tema de su charla. Ninguno de ellos po­seía bastante capacidad para ofenderme de un modo profundo, pero me insultaron cuanto pudieron a su mez­quina manera, sobre todo Céline, que hizo hincapié en mis defectos físicos. ¡Y ante mí se mostraba ferviente admiradora de lo que calificaba mi belleza varonil!... En eso difería diametralmente de usted, que en nuestra se­gunda entrevista me dijo francamente que le parecía feo. El contraste me chocó tanto que...

Adèle llegó corriendo otra vez.

-John dice que ha llegado el administrador y que de­sea verle.

-Bien: hay que abreviar. Abrí el balcón, entré en el gabinete, notifiqué a Céline que le retiraba mi protec­ción, y la conminé a abandonar el hotel, ofreciéndola una cantidad para sus necesidades inmediatas. No hice caso alguno de sus histerismos, súplicas, protestas y ade­manes trágicos. Me cité con el vizconde para el día si­guiente, en el bosque de Boulogne, y tuve el placer de alojarle una bala en uno de sus brazos, más débiles que las alas de un pollito. Pero desgraciadamente, la Varens, a los seis meses, dio a luz esa muchachita, Adèle, asegu­rando que era hija mía. Acaso sea cierto, aunque no veo en sus rasgos semejanza alguna conmigo. Piloto se me parece más. Años después de haber roto yo con su ma­dre, ésta abandonó a la niña y se fue a Italia con un músico o cantante, no sé qué... Adèle no tiene derecho alguno a que yo la proteja, porque no creo ser su padre, pero al saber que la pobrecita estaba abandonada, la re­cogí del fango de París y la traje aquí, para que creciera en el limpio ambiente del campo inglés. Y ahora que sabe usted que es la hija ilegítima de una bailarina fran­cesa, acaso no le agrade tanto el cargo que ejerce con ella y venga cualquier día a notificarne que ha encontrado usted otro empleo, que me busque otra institutriz, etcétera.

-No. Adèle no es responsable de las faltas de su ma­dre ni de las de usted. Yo tengo un deber respecto a ella y ahora que sé que es, hasta cierto punto, huérfana -ya que su madre la olvida y usted no la reconoce-, me siento más dispuesta a seguir cumpliéndolo. ¿Cómo he de preferir ser institutriz en alguna familia donde consti­tuya un enojo más que otra cosa, que ser la amiga de una huerfanita?

-Si lo ve usted así... Vaya, regresemos. Está oscure­ciendo ya.

Yo me entretuve algunos minutos más con la niña y el perro, y corrí y jugué con ellos. Cuando volvimos a casa y la quité el sombrero y el abrigo, la hice sentar en mis rodillas y durante una hora charlé con ella de las cosas que le complacían y que eran, principalmente, frivolida­des sin sustancia, probable herencia de su madre y difíci­les de concebir para una mentalidad inglesa. Con todo, la niña tenía algunos méritos y yo estaba dispuesta a reconocerlos. Busqué en sus facciones alguna semejanza con Mr. Rochester, pero no hallé ninguna. Era lamenta­ble, porque de haber podido probarle cierto parecido, él se hubiera preocupado más de la pequeña.

Cuando me retiré a mi habitación, por la noche, pensé en la narración que Mr. Rochester me había hecho.

Como él dijera, nada había de extraordinario en tal his­toria: los amores de un inglés con una bailarina francesa y la traición de ella eran cosa muy corriente. Pero había algo extraño en la emoción que él experimentara cuando se refirió al viejo palacio. Gradualmente pasé, de me­ditar en aquel incidente, a pensar en la confianza que el dueño de la casa me manifestaba. Considerándola como un tributo a mi discreción, la acepté en tal sentido. Su comportamiento conmigo durante las últimas semanas era menos desigual que al principio. No mostraba al­tanería y cuando nos veíamos parecía alegrarse. Siempre reservaba para mí una palabra amable y una sonrisa. Cuando me invitaba a reunirme con él, me acogía con una cordialidad que me llevaba a pensar que realmente debía de poseer la facultad de divertirle y que aquellas conversaciones durante las veladas debían de agradarle a él tanto como a mí.

Aunque yo solía hablar muy poco, le escuchaba con agrado. Él, por naturaleza, era comunicativo y le gusta­ba abrir ante mi espíritu ignorante del mundo muchos horizontes sobre sus costumbres y escenas. No precisa­mente escenas de corrupción y costumbres viciosas, sino cosas cuyo interés residía en la novedad que para mí pre­sentaban. Yo experimentaba placer escuchando las ideas que él me sugería, imaginando los cuadros que él me pintaba, y siguiéndole con la imaginación a las nue­vas regiones que extendía ante mi mente.

La espontaneidad de sus maneras me libró de la mo­lestia de sentirme cohibida, y la amistosa franqueza, tan correcta como cordial, con que me trataba, me impre­sionó. Al poco tiempo experimentaba la impresión de que Rochester era más bien un amigo que un amo, aun­que a veces me tratara con imperio. Pero no me moles­taba, porque comprendía que tal era su costumbre. Sin­tiéndome más feliz, más interesada en la vida, mejor tratada, me encontraba más a gusto de lo habitual. Los vacíos de mi vida se llenaban y, físicamente, también mejoré: estaba más gruesa y más fuerte.

¿Me parecía feo ahora Mr. Rochester? No, lector, la gratitud, unida a cuanto veía en él, todo bueno y genial, hacían que su rostro se me figurara lo más agradable del mundo. Su presencia en una habitación parecía alegrar y caldear la atmósfera mejor que el más brillante fuego. Ello no significaba que yo olvidase sus defectos, tanto más cuanto que los mostraba con frecuencia. Era orgu­lloso y sarcástico y, en mi interior, yo reconocía que su mucha amabilidad hacia mí estaba compensada por su mucha severidad hacia los demás. Estaba generalmente malhumorado. Con frecuencia, cuando me enviaba a buscar, le encontraba en la biblioteca, solo, con la ca­beza apoyada sobre sus brazos cruzados. Y cuando la levantaba, un gesto melancólico, casi maligno, ensom­brecía sus facciones. Pero yo creía que su mal humor, su aspereza y sus anteriores vicios -anteriores, porque ahora parecía haberlos corregido- eran el resultado de alguna injusticia con que el destino le abrumara. Yo en­tendía que, por naturaleza, Rochester era un hombre de buenas inclinaciones, elevados principios y delicados gestos, que las circunstancias, la educación y el destino habían desviado. Su pena, cualquiera que fuese, me apenaba a mí y hubiera dado cualquier cosa por poder mitigarla.

Aquella noche, en mi lecho, con la luz ya apagada, no conseguía dormir pensando en la mirada que Rochester dirigiera a la casa, y me preguntaba si él no podría llegar a ser feliz en Thornfield.

«¿Por qué no? -me preguntaba-. ¿Qué le separa de este lugar? ¿Por qué lo abandona siempre tan pronto? Mrs. Fairfax dice que nunca pasa aquí más de quince días y ahora lleva, sin embargo, ocho semanas. Sería lamentable que se marchase. ¡Qué tristes días, a pesar del sol radiante y el cielo despejado, me esperan en la primavera, en el verano y el otoño venideros, si él no está!»

Después de este pensamiento, no sé si me dormí o no. Lo cierto es que desperté oyendo un vago murmullo, extraño y lúgubre, que me pareció sonar precisamente encima de mí. Hubiese querido tener encendida la vela, porque la noche era terriblemente oscura. Me sentí de­primida y asustada. Me senté en el lecho y escuché. El murmullo se había apagado.

Traté otra vez de dormirme, pero mi corazón latía tu­multuosamente y mi serenidad había desaparecido. El lejano reloj del vestíbulo dio las dos. Creí percibir que unos dedos arañaban la puerta de mi dormitorio, como si buscasen a tientas una salida en la galería. Exclamé: -¿Quién es?

Nadie contestó. Sentí un escalofrío de temor. Recordé de pronto que, a veces, Piloto, cuando la puerta de la cocina quedaba abierta, salía y buscaba en la oscuridad el cuarto de su amor, en cuyo umbral le había visto durmiendo algunas mañanas. Tal pensamiento me tranquilizó. Me tendí en el lecho y ya comenzaba a dormirme otra vez cuando un nuevo incidente vino a desvelarme.

Esta vez era una risa casi demoníaca: baja, reprimida y que sonaba, según me pareció, a través del agujero de la cerradura de mi puerta. La cabecera de mi cama es­taba próxima a la puerta. Al principio pensé que algún duendecillo burlón estaba al lado de mi lecho, o quizá en mi misma almohada. Me levanté y no vi nada. Aún es­taba mirando, cuando el sonido se repitió, viniendo del otro lado de la puerta.

Mi primer impulso fue echar el cerrojo. El segundo preguntar otra vez:

-¿Quién es?

Sentí una especie de gruñido. Luego oí pasos en la escalera del tercer piso y el abrir y cerrar de una puerta que recientemente se había colocado al final de aquella escalera.

«¿Será Grace Poole y estará poseída del diablo?», pensé.

Imposible seguir más tiempo sola. Resolví reunirme con Mrs. Fairfax. Me puse un vestido y un chal y con temblorosa mano abrí la puerta. En la estera de la gale­ría alguien había dejado una bujía encendida. Me sor­prendió aquella circunstancia, y mi extrañeza creció cuando noté que había un humo sofocante. Mientras mi­raba a derecha e izquierda buscando el origen de aquella humareda, percibí también un fuerte olor a quemado.

De la puerta entornada del cuarto de Mr. Rochester salían espesas nubes de humo. Ya no pensé más en el ama de llaves, ni en Grace Poole, ni en las extrañas ri­sas. En un instante me hallé dentro de la alcoba. El lecho estaba envuelto en llamas, sus cortinas ardían y bajo ellas, profundamente dormido e inmóvil, reposaba Mr. Rochester.

-¡Despierte! -grité.

Apenas se volvió y sólo murmuró algo ininteligible. El humo le había hecho desvanecerse. No se podía perder ni un segundo. Corrí hacia el lavabo: el jarro y la pa­langana estaban llenos de agua. Los vacié sobre el lecho y sobre su ocupante, corrí a mi alcoba, cogí mi jarro y mi jofaina, los vertí sobre el lecho y, con la ayuda de Dios, logré extinguir las llamas que lo devoraban.

El baño con que había obsequiado pródigamente a Mr. Rochester le hizo volver en sí. Aunque, al apagarse el fuego la habitación estaba a oscuras, comprendí que se había despertado al oírle fulminar extraordinarias maldiciones contra quien le hiciera nadar en agua.

-¿Qué es esto, una inundación? -rugió.

-No, señor -repuse-, había estallado un incendio. Espere: voy a traer una vela.

-¡Por todos los diablos del infierno, que esa es Jane Eyre! ¿Qué ha hecho usted conmigo, bruja? ¿Quién está con usted en la habitación? ¿Se proponían aho­garme?

-Voy por una luz, señor -insistí-. No sé lo que ha pasado.

-Espere un minuto, a ver si encuentro alguna ropa seca si es que queda. ¡Sí! Ya puede usted traer la vela. Cogí la luz que estaba en el suelo de la galería. Él la tomó de mis manos, examinó el lecho quemado, las sá­banas empapadas, la alfombra llena de agua.

-¿Qué ha ocurrido? -preguntó.

Le relaté brevemente lo que sabía: la extraña risa en la galería, los pasos en la escalera del tercer piso, el olor a quemado que me condujo hasta su cuarto, el estado en que le había encontrado y cómo le anegara con cuanta agua pude hallar a mano.

Me atendió con más interés que sorpresa y cuando concluí permaneció callado.

-¿Llamo a Mrs. Fairfax? -pregunté.

-¿Para qué diablo va usted a llamarla? No la moleste. -¿Voy a buscar a Leah, o a John y a su mujer? -No hace falta. Siéntese en esa butaca y póngase mi abrigo si tiene frío con ese chal que lleva. Ahora coloque los pies en este taburete para no mojárselos. Me voy; vuelvo dentro de unos minutos. Me llevaré la luz. Estese aquí, quietecita como una muerta, hasta que yo vuelva. Tengo que hacer una visita al piso de arriba. No se mue­va ni llame a nadie.

Salió. Se deslizó por la galería sin hacer ruido, abrió con sigilo la puerta de la escalera, la cerró tras sí y la luz que llevaba se desvaneció. Quedé en absoluta oscuri­dad. Puse oído atento, pero no percibí rumor alguno. Pasó mucho tiempo. Yo sentía frío a pesar del abrigo, y ya estaba a punto de desobedecer las órdenes de Mr. Rochester e irme, a riesgo de incurrir en su desagrado, cuando vi reaparecer la luz proyectándose en los muros de la galería y sentí pasos sobre la estera.

«Confiemos en que sea él y no algo peor», pensé. Rochester entró, pálido y sombrío. Puso la luz sobre el lavabo.

-Ya sé de lo que se trata -murmuró-. Es lo que yo me había figurado.

-¿Qué era, señor?

No contestó. Permaneció con los brazos cruzados, mirando al suelo. Al cabo de algunos instantes me dijo:

-¿Vio usted algo de particular cuando abrió la puerta de su cuarto?

-No, señor. Sólo la bujía en el suelo.

-¿Pero no oyó usted una risa rara? ¿No la había oído antes de ahora?

-Sí, señor, y quien se ríe así es Grace Poole, una mujer muy extraña.

-Exacto, Grace Poole es, como usted dice, muy ex­traña. Pensaré en el asunto. Me alegro mucho de que sólo usted y yo sepamos los detalles de este incidente. No diga nada de ello a nadie. Yo explicaré esto -añadió señalando el lecho quemado-. Ahora vuélvase a su cuarto. Yo puedo pasar muy bien la noche en el sofá de la biblioteca. Son casi las cuatro y de aquí a dos horas los criados se levantarán.

-Entonces, buenas noches, señor-dije, saliendo. Pareció sorprenderse, cosa asombrosa, porque él mis­mo me había dicho que me fuera.

-¿Me deja usted de este modo? -exclamó. -Usted me lo ha mandado, señor.

-Pero no así; no sin una palabra de agradecimiento hacia usted, que me ha salvado de una muerte horri­ble... Al menos, permítame estrecharle la mano.

Le tendí la mano y él la estrechó primero con una de las suyas y luego con ambas.

-Me ha salvado usted la vida y me satisface tener con usted una deuda tan grande. No puedo decir más. Con cualquier otra persona, semejante deuda representaría para mí una carga intolerable, pero con usted es distin­to, Jane. Sus beneficios no se hacen abrumadores.

Calló y me miró. Se notaba que sus labios querían proferir alguna palabra más, pero se contuvo. -Buenas noches, señor. Y conste que no hay caso de deuda, beneficio, obligación ni peso alguno. -Experimento la sensación -continuó él- de que usted ejerce algún buen influjo sobre mí. Lo adiviné cuando la vi por vez primera... La gente dice que hay simpatías espontáneas; también he oído hablar de buenos genios... En esa leyenda hay algunos puntos de ver­dad. Querida bienhechora mía: buenas noches.

En su voz vibraba una inusitada energía y en sus ojos ardía un insólito fuego.

-Me alegro de haber estado despierta, señor -dije. Y traté de irme.

-¿Ya se va? -Tengo frío, señor.

-¿Frío? ¡Claro: estamos en un charco! Bueno, váyase.. .

Pero no soltaba mi mano. Tuve que imaginar un pre­texto.

-Me parece haber sentido moverse a Mrs. Fairfax -dije.

-Bien; váyase.

Aflojó sus dedos y me dejó marchar.

Volví a mi alcoba, pero no pude dormir. Mi imagina­ción flotó hasta la mañana en un mar alegre, pero turbu­lento, en el que olas de turbación sucedían a otras de grato optimismo. A trechos, más allá de las hirvientes aguas, parecíame divisar una plácida orilla, hacia la que de vez en cuando me impulsaba una fresca brisa. Pero otro viento que soplaba desde tierra me hacía retroce­der. La sensatez trataba de oponerse al delirio, el crite­rio a la pasión. Incapaz de seguir acostada, me levanté en cuanto alboreó el día.

 

XVI

Al día siguiente yo temía, y a la vez deseaba, ver a Mr. Rochester. Ansiaba oír su voz de nuevo y me asus­taba, sin embargo, presentarme ante él. Rochester, al­gunas veces, aunque pocas, solía entrar en el cuarto de estudio y permanecer en él, y yo estaba segura de que aquella mañana se presentaría.

Pero la mañana transcurrió sin que nada interrumpie­se los estudios de Adèle. Únicamente oí, antes de desayunar, algunas voces cerca del cuarto de Rochester: las del ama de llaves, de Leah, de la cocinera -que era la mujer de John- y el áspero acento del propio John. Se percibían exclamaciones tales como: «¡Por poco se abra­sa el señor en su cama!» «Es peligroso dejar la luz encen­dida por la noche.» «¿No se habrá enfriado durmiendo en el sofá?», etcétera.

A aquella conversación siguió algún movimiento en el cuarto y cuando pasé ante él para ir a comer, vi a través de la puerta abierta que todo había sido puesto en or­den. Unicamente la cama carecía aún de cortinas. Leah estaba limpiando los cristales, empañados por el humo. Iba a hablarla para saber qué explicación se había dado del caso, cuando divisé, sentada en una silla y colocan­do las anillas de las nuevas cortinas del lecho, a Grace Poole.

Permanecía taciturna como de costumbre, con su ves­tido oscuro, su delantal ceñido y su cofia. Estaba absorta en su trabajo, al que parecía dedicar todas las energías de su mente. En sus vulgares rasgos no se percibía la palidez ni la desesperación que debían esperarse en una mujer que hacía poco intentara cometer un asesinato y cuya víctima debía, según mis suposiciones, haberle re­prochado el crimen que tratara de perpetrar.

Quedé perpleja. Ella me miró sin que su expresión se alterase y me dijo: «Buenos días, señorita», con tanta calma y flema como de costumbre. Luego continuó su labor.

«Es preciso poner a prueba esa indiferencia», pensé. -Buenos días, Grace -repuse en voz alta-. ¿Ha ocu­rrido algo? Me ha parecido oír hablar aquí hace un rato... -El señor estuvo leyendo esta noche en la cama, se durmió con la luz encendida y las cortinas se incendiaron. Afortunadamente despertó a tiempo de apagar el fuego con el agua del jarro.

-¡Qué raro! -dije, en voz baja, mirándola fijamen­te-. ¿No despertó Mr. Rochester a nadie? ¿Ninguno le oyó moverse?

Me contempló de nuevo y ahora su expresión refleja­ba un sentimiento distinto. Después de haberme exami­nado con recelo, contestó:

-Ya sabe usted, señorita, que los criados duermen lejos. Las alcobas más próximas son la de usted y la de Mrs. Fairfax. Ella no ha oído nada. Las personas de cierta edad duermen muy pesadamente.

Se interrumpió, y luego agregó con afectada indife­rencia, pero con significativo acento:

-Usted es joven, señorita, y debe tener el sueño lige­ro. ¿No oyó nada?

-Sí -dije en voz baja, para que Leah no me oyese­ al principio creí que era Piloto. Pero es imposible que un perro ría, y estoy segura de haber oído una risa muy extraña.

Ella reanudó su labor con perfecta calma y me dijo: -Debía usted de estar soñando, señorita, porque es muy raro que el amo, en un caso así, se riera.

-No soñaba -repuse acaloradamente-. Su fingida frialdad me ofendía.

Me miró otra vez, escudriñadora.

-¿Cómo no abrió usted la puerta y miró? -repuso sin perder la calma-. Y ¿cómo no ha hablado al amo de esa risa extraña?

-No he tenido ocasión de verle esta mañana. Y en vez de abrir, lo que hice fue echar el cerrojo.

Me pareció que tenía interés en interrogarme. Y como, si notaba que yo desconfiaba de ella, podía volver contra mí sus malignos propósitos, me pareció conve­niente precaverme. Por eso le di aquella respuesta.

-¿Así -continuó ella- que no tiene usted la cos­tumbre de cerrar la puerta con cerrojo cuando se acuesta?

«¡La muy bruja quiere conocer mis costumbres para fraguar sus planes!», pensé. Y la indignación, superando mi prudencia, me hizo contestar:

-Con frecuencia he omitido esa precaución, por no creerla necesaria. No pensaba que en Thornfield Hall hubiera peligro de muerte violenta. Pero de aquí en adelante -y recalqué las palabras- tomaré mis precauciones antes de acostarme.

-Será conveniente que lo haga -respondió Grace, aunque esta región es muy pacífica y yo no he oído nun­ca hablar de intentos de robo en esta casa. Y eso que se sabe que aquí hay vajilla de plata por valor de varios cientos de libras y que, como el amo es soltero y está muy poco aquí, hay menos criados de los que correspon­de a un edificio de esta importancia. De todos modos, me parece que la prudencia no sobra y que siempre es mejor tener echado el cerrojo de la puerta entre uno y cualquier peligro que pueda sobrevenir. Mucha gente confía en Dios, pero yo digo que debe uno ayudarse para que Dios le ayude.

Así concluyó su párrafo, muy largo para lo que ella acostumbraba, y pronunciado con el gazmoño acento de una cuáquera.

Quedé estupefacta ante lo que me parecía un increíble dominio de sí misma y una hipocresía refinada. La coci­nera entró en aquel momento.

-Grace -dijo-: ¿baja usted a comer?

-No -repuso ella-; póngame mi jarro de cerveza y un trozo de pudding en una bandeja y me lo llevaré arriba.

-¿No quiere carne?

-Un poco. Y también un trozo de queso.

La cocinera se dirigió a mí para decirme que Mrs. Fairfax me esperaba, y salió.

Apenas presté atención al relato que me hizo del in­cendio, mientras comíamos, el ama de llaves. No pensa­ba sino en el enigma del carácter y la posición de Grace Poole en la casa, ya que era raro que no la hubieran entregado a las autoridades o, al menos, la hubiesen despedido. Mr. Rochester me había declarado casi abiertamente que ella era la culpable: ¿Cómo, pues, no la acusaba? ¿Por qué me había recomendado el secreto? Era extraño que un propietario, hombre de mal carácter y bastante rencoroso, estuviese en cierto modo a merced de la más insignificante de sus sirvientas, hasta el punto de que pudiera atentar contra su vida sin que la castigase ni la culpase siquiera.

Si Grace hubiese sido joven y hermosa, yo me habría inclinado a pensar que algún dulce sentimiento influía en Rochester más que la prudencia y el temor, pero con una mujer de su edad y aspecto no cabía tal idea.

«Sin embargo -reflexioné-, por su edad ella debe ser contemporánea de su señor, y tal vez en su juven­tud... Mrs. Fairfax me ha dicho que lleva aquí muchos años. No creo que haya sido bonita nunca, pero podría compensar con su carácter y otras cualidades sus defectos físicos. Mr. Rochester ama lo excéntrico, y Grace lo es. ¿Quién sabe si algún antiguo capricho, muy posible en un carácter tan impetuoso y terco como el de Roches­ter, le tiene a merced de ella y hace que esa mujer influ­ya en su vida?»

Pero en este punto de mis conjeturas, la maciza figura de la Poole acudió a mi mente con tal viveza que no pude por menos de pensar:

«Es imposible. Mi suposición no tiene base.»

Mas esa secreta voz que a veces suena en el fondo de nuestras almas, me sugería:

«Sin embargo, tú no eres hermosa tampoco y parece que no desagradas a Mr. Rochester. Ya otras veces lo has notado, y sobre todo anoche... ¡Recuerda sus pala­bras, su mirada, su voz!»

Yo lo recordaba todo muy bien. En aquel momento estábamos en el cuarto de estudio. Adèle dibujaba. Me incliné sobre ella para guiarle la mano. Me miró con sobresalto.

-¿Qué tiene usted, señorita? -dijo-. Sus dedos tiem­blan y sus mejillas están encarnadas como las cerezas... -Es que al inclinarme estoy en una posición incómo­da, Adèle.

Ella continuó dibujando y yo me sumí otra vez en mis pensamientos.

Me apresuré a eliminar de mi mente la desagradable idea que había formado a propósito de Grace Poole. Comparándome con ella, concluí que éramos muy dife­rentes. Bessie Leaven decía que yo era una señora, y tenía razón: lo era. Y ahora yo estaba mucho mejor que cuando me viera Bessie: más gruesa, con mejor color, más viva, más animada, porque tenía más esperanzas y más satisfacciones.

«Ya está oscureciendo -medité, acercándome a la ventana-, y en todo el día no he visto ni oído a Mr. Rochester. Seguramente le veré antes de la noche. Por la mañana lo temía, pero ahora estoy impaciente por reunirme con él.»

Mi impaciencia se acrecentó cuando se hizo noche ce­rrada y Adèle se marchó a jugar con Sophie. Yo espera­ba oír sonar la campanilla, esperaba que Leah me avisa­se para que bajara, hasta esperaba que el propio Mr. Rochester llamase a mi puerta... Pero la puerta seguía cerrada y nadie entraba, sino la oscuridad de la noche a través de la ventana. Aún no era muy tarde: sólo las seis, y él a veces no enviaba por mí hasta las siete o las ocho. ¡Era imposible que no me mandara a llamar una noche en que tenía tanto de que hablarle! Era preciso preguntarle sobre Grace para ver lo que respondía; era preciso preguntarle francamente si creía que era la cul­pable del odioso atentado de la noche anterior y, en tal caso, por qué deseaba guardar el secreto.

Al fin se sintió un paso en las escaleras y Leah se pre­sentó, pero sólo para anunciarme que el té estaba servi­do en el gabinete de Mrs. Fairfax. De todos modos, me alegré de bajar, pensando que ello me acercaba a la pre­sencia de Mr. Rochester.

-Vaya, tome su té -dijo la buena señora cuando me vio-. Hoy ha comido usted muy poco. Temo que no se encuentre usted bien. Parece un poco agitada.

-¡Oh, nunca me he sentido mejor! -Demuéstremelo con su buen apetito. ¿Quiere servir el té mientras yo arreglo la labor?

Cuando lo hubo hecho, corrió las cortinillas de la ven­tana, lo que sin duda no había efectuado antes para aprovechar lo más posible la luz del día.

-La noche es clara, aunque no hay estrellas -dijo, mirando a través de los cristales-. Mr. Rochester ha tenido buen tiempo para su viaje.

-Pero ¿se ha marchado Mr. Rochester? No lo sabía. -Se fue en seguida de desayunar. Ha ido a casa de Mr. Eshton, en Leas, diez millas más allá de Millcote. Creo que se reunirá allí con Lord Ingram, Sir Jorge Lynn, el coronel Dent y otros.

-¿Cree que volverá esta noche?

-No, ni mañana. Pasará fuera una semana o más. Cuando esas gentes distinguidas se reúnen, se divierten tanto y están tan a gusto que no ven nunca la hora de separarse. Según tengo entendido, Mr. Rochester es un hombre encantador en sociedad, y se hace el favorito de todos, sobre todo de las señoras, aunque usted crea que su aspecto no le favorece. Yo supongo que su inteligen­cia, su riqueza y su nacimiento compensan esos peque­ños defectos físicos.

-¿Habrá señoras en Leas?

-Estará Mrs. Eshton y sus hijas, jóvenes muy ele­gantes, y las honorables Blanche y Mary Ingram, que deben de estar muy guapas. Yo no veo a Blanche desde hace seis o siete años, cuando tenía dieciocho. Vino con motivo de un baile de Navidad que dio Mrs. Rochester. ¡Si hubiera visto usted el comedor ese día! Estaba deco­rado y alumbrado que no había más que pedir. Asistie­ron unas cincuenta señoras y caballeros de las mejores familias del condado, y Miss Ingram fue considerada por todos como la más hermosa.

-¿La vio usted, Mrs. Fairfax?

-Sí. La puerta del comedor estaba abierta, porque, en Navidad, los criados se reunían en el vestíbulo para oír a las señoras tocar y cantar. Mr. Rochester me hizo pasar y yo me senté en un rincón apartado y lo vi todo. Nunca he presenciado espectáculo más espléndido. La mayoría de las señoras -por lo menos, de las jóvenes­ me parecieron muy hermosas, pero Miss Ingram era verdaderamente la reina entre todas.

-¿Cómo es?

-Alta, muy bien formada, con los hombros muy bien contorneados, el cuello largo y gracioso, la piel morena, las facciones muy delicadas y los ojos negros, grandes y brillantes como joyas. Llevaba muy bien peinado el ca­bello, que era negro y lustroso, con las trenzas en forma de corona y los rizos más lindos que yo he visto en mi vida. Vestía de blanco, con una banda cruzándole el pe­cho, y sobre sus cabellos de azabache llevaba una flor.

-La admirarían mucho, ¿no?

-Sí; y no sólo por su belleza, sino por sus habilida­des. Cantó muy bien y uno de los caballeros la acompa­ñó al piano. Ella y Mr. Rochester entonaron un dúo.

-No sabía que Mr. Rochester supiera cantar. -Tiene una excelente voz de bajo y mucho gusto para la música.