Charles Darwin
Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Prólogo del autor .................................................................. 6
Segundo Prólogo ................................................................... 7
Capítulo I ........................................................................... 8 Porto-Praya- Ribeira-Grande.- Polvo atmosférico con infusorios.- Costumbres de un limaco marino y de un pulpo. Peñas de San Pablo; no son de origen volcánico.- Extrañas incrustaciones.- Los insectos son los primeros colonos de las islas.- Fernando Noronha- Bahía.- Peñascos pulimentados.- Costumbres de un Diodon- Confervas e infusorios marinos.- Causas del color del mar.
Capítulo II ............................................................................... 20 Río Janeiro.- Excursión al norte del Cabo Frío.- Gran evaporación.- Esclavitud.- Bahía de Botafogo- Planarias terrestres.- Nubes sobre el Corcovado.- Lluvia torrencial. Ranas cantoras.- Insectos fosforescentes.- Fuerza de salto de un escarabajo.- Niebla azul.- Ruido producido por una mariposa.- Entomología.- Hormigas.- Avispa que mata a una araña.- Araña parásita.- Artificios de una Epeira- Arañas que viven en sociedad.- Araña que fabrica una tela no simétrica.
Capítulo III ............................................................................. 32 Montevideo Maldonado.- Excursión al río Polanco.- Lazos y bolas.- Perdices.- Carencia de árboles.- Gamos.- Capybara, o cerdo de río.- Tticutuco- Molorbrus, costumbres parecidas a las de cuclillo.- Papa moscas.- Aves burlonas.Halcones que se alimentan de carnaza.- Tubos formados por el rayo.- Casa fulminada.
Capítulo IV ............................................................................. 48 El río Negro.- Estancias atacadas por los indios.- Lagos salados.- Flamencos.- Del río Negro al río Colorado.- Árbol sagrado.- Liebre de la Patagonia.- Familias indias.- El general Rosas.- Excursión a Bahía Blanca.- Méganos de arena.- Teniente Negro.- Bahía Blanca.- Incrustaciones salinas.- Punta Alta.- El Zorrillo.
Capítulo V ............................................................................... 60 Bahía Blanca.-Geología.- Numerosos cuadrúpedos gigantes extintos.- Extinción reciente.- Longevidad de las especies. Los grandes animales no tienen necesidad de una vegetación inmensa.- África meridional.- Fósiles de Siberia.- Dos especies de avestruces.-Costumbres del casara.-Armadillos.Serpiente venenosa, sapo, lagarto.- Invernada de los animales.- Costumbres de la Virgularia patagónica- Guerras indias y asesinatos en masa.- Punta de flecha antigua.
Capítulo VI ............................................................................. 76 Marcha a Buenos Aires.- El río Sauce.- La sierra Ventana.Tercera posta.- Caballos.- Bolas.- Perdices y zorras Caracteres del país.- Chorlito real de patas largas.- Temtero.- Tempestad de granizo- Cercados naturales en la sierra Tapalguen- Carne del puma.- Alimentación exclusiva de carne.- Guardia del Monte.- Efectos del ganado sobre la vegetación.- Cardo.- Buenos Aires.- Corral donde se matan los bueyes.
Capítulo VII ....................................................................................... 87 Excursión a Santa Fe.- Campos de cardos.- Costumbres del viscache- Pequeño búho- Manantiales salados.- Llanuras.Mastodonte.- Santa Fe.- Cambio en la naturaleza del país.Geología.- Diente de una raza de caballos extinta.- Relaciones entre los animales fósiles y los cuadrúpedos recientes de la América septentrional y de la América meridional.- Efectos de una gran sequía.- El Paraná.- Costumbres del jaguar.- El ave de pico en forma de tijeras.- Martín-pescador, loro y ave con la cola en forma de tijeras.- Revolución.- Buenos Aires.- Estado del gobierno.
Capítulo VIII ................................................................................... 100 Excursión a Colonia del Sacramento.- Valor de una estancia.Rebaños: cómo se cuentan por cabezas.- Extraña raza de bueyes.- Guijarros perforados.- Perros de pastor.- Doma de caballos.- Carácter de los habitantes.- Río de la Plata.Bandadas de mariposas.- Arañas aeronautas.- Fosforescencia del mar.- Puerto Deseado.- Guanaco- Puerto San Julián.Geología de la Patagonia.- Animal fósil gigantesco.- Tipos constantes de organización.- Modificaciones en la zoología de América.- Causas de extinción.
Capítulo IX ..........:.............................................................................. 123 El Santa Cruz.- Expedición por el curso superior del río. Indios.-Inmensas corrientes de lavas basálticas.-Fragmentos no transportados por el río.- Excavaciones del valle.Costumbres del cóndor.- La Cordillera.- Bloques erráticos gigantescos.- Ruinas indias.- Vuelta al barco.- Las islas Falkland- Caballos salvajes, toros, conejos.- Zorro parecido al lobo.- Fuego conservado con huesos.- Modo de cazar el ganado salvaje.- Geología.- Acarreos de piedras.- Escenas de violencia.- Pájaro bobo.- Ocas.- Huevos de los pólipos.Animales compuestos.
Capítulo X .............................................................................................. 140 La Tierra del Fuego; nuestra llegada.- La Bahía del Éxito- Los fueguenses a bordo.- Entrevista con los salvajes.- Aspecto que presentan los bosques.- El cabo de Hornos.- La bahía de Wigwam- Miserable condición de los salvajes.- Hambres.Caníbales.- Parricida.- Sentimientos religiosos.- Tempestad terrible.- El canal del Beagle.- El estrecho de Ponsonby.Construimos wigwans y establecemos a los fueguenses.Bifurcación del canal del Beagle.- Ventisqueros.- Vuelta al barco.- Segunda visita del barco a la ciudad que hemos fundado.- Igualdad perfecta entre los indígenas.
Capítulo XI ................................................................................... 157 Estrecho de Magallanes.- Puerco-Desolación.- Ascensión al monte Taru.- Bosques.- Setas comestibles.- Zoología.- Inmensa planta marina.- Salida de la Tierra del Fuego.- Clima.- Arboles frutales y producciones de las costas meridionales.- Altura de la línea de nieves perpetuas en la cordillera.- Descenso de los ventisqueros hacia el mar.- Formación de las montañas de hielo.Acarreo de los bloques de piedra.- Clima y producciones de las islas antárticas.- Conservación de los cadáveres helados.- Recapitulación.
Capítulo XII ........................................................................... 171 Valparaíso.- Excursión al pie de los Andes.- Conformación del suelo.- Ascensión á la Campana de Quillota- Masas de gres fraccionado.- Inmensos valles.- Minas.- Condición de los mineros.- Santiago.- Baños calientes de Cauquenes.Minas de oro.- Molinos para pulverizar.- Piedras perforadas.- Costumbres del puma.- El turco y el tapaculo.-Pájaros moscas.
Capítulo XIII ................................................................................... 184 Chiloé.- Aspecto general.- Excursión en lancha.- Indígenas.-- Castró.- Zorro doméstico.- Ascensión al San Pedro.Archipiélago de las Chonos.- Península de Tres Montes.Cadena granítica.- Marineros náufragos.- Puerto de Losse.Patata silvestre.- Formación de la turba.- Myopotamus, nutria y ratón.- El tuyu y el pájaro ladrador.- Opetioryncus.- Carácter especial de la mitología.- Petreles.
Capítulo XIV................................................................................ 195 San Carlos, Chiloé- El Osorno en erupción al mismo tiempo que el Aconcagua y el Coseguina.- Excursión a Cucao- Bosques impenetrables.- Valdivia- Indios.- Temblor de tierra.- Concepción.- Gran terremoto.- Rocas partidas.Aspecto de los pueblos antiguos.- El mar se pone, negro y empieza a hervir.- Dirección de las vibraciones.- Piedras torcidas.- Inmensa ala- Elevación permanente del sueloArca de los fenómenos volcánicos.- Relación entre las fuerzas eruptivas y las fuerzas elevadoras.- Causa de los terremotos. Elevación lenta de las cadenas de montañas.
Capítulo XV .................................................................................... 209 Valparaíso.- Paso del Portillo.- Sagacidad de las mulas.Torrentes.- Minas; su descubrimiento.- Prueba del levantamiento gradual de la cordillera.- Efecto de la nieve en las rocas.- Estructura geológica de las dos cadenas principales; su origen y levantamiento diferentes.- Gran depresión.- Nieve roja.- Vientos.- Campanillas de nieve.- Atmósfera seca y clara.- Electricidad.- Pampas.- Zoología de la falda oriental de los Andes.-. Langostas.- Grandes chinches.- Mendoza.Paso de Uspallata- Árboles petrificados, enterrados en la posición en que crecieron.- Puente de los locas.- Dificultad de atravesar los pasos extraordinariamente exagerada.- Cumbre.Casuchas- Valparaíso.
Capítulo XVI ............................................................................................ 225 Viaje por la costa hasta Coquimbo- Cargas llevadas por los mineros.- Coquimbo- Temblor de tierra.- Terraza en forma de escalinata.- Falta de depósitos recientes.- Contemporaneidad de las formaciones terciarias.- Excursiones al valle.- Viaje a Guasco- Desiertos.- Valle de Copiapó.- Lluvias y terremotos.- Hidrofobia.- El Despoblado.- Ruinas indias.Cambio climatérico probable.- Lecho de un río cubierto por una bóveda a consecuencia de un terremoto.- Tempestad de viento frío.- Ruidos que salen de una colina.- Iquique- Aluvión salino.- Nitrato de sosa.- Lima.- País malsano.- Ruinas de Callao invertidas por un terremoto.- Aplanamiento reciente.Conchas- halladas en el San Lorenzo; su descomposición.- Llanos en que se hallan enterrados conchas y fragmentos de porcelana.- Antigüedad de la raza india.
Capítulo XVII ...................................................................................... 247 Todo el grupo es volcánico.- Número de lo! cráteres.- Arbustos desprovistos de hojas.- Colonia en la isla de San Carlos.La isla James.- Lago salado en un cráter.- Historia general del archipiélago.- Ornitología: gorriones curiosos.- Reptiles.Inmensas tortugas; sus costumbres.- Lagarto marino; se alimenta de plantas marinas.- Lagarto terrestre; su molde en el suelo; es hervíboro- Importancia de los reptiles en el archipiélago.- Peces, conchas, insectos.-Botánica.- Tipo de organización americana.- Diferencia entre las especies o las razas en las distintas islas.- Los pájaros están casi domesticados.- El miedo al hombre es un instinto adquirido.
Capítulo XVIII ................................................................................. 265 Atravesamos el archipiélago Peligroso.- Taití- Aspecto. Vegetación en las montañas.- Vista de Eimeo.- Excursión al interior.- Desfiladeros profundos.- Serie de caídas de agua.Gran número de plantes silvestres útiles.- Templanza de los habitantes,- Su estado moral.- Reunión del Parlamento.Nueva-Zelanda.- Bahía de las islas.- Hippalis- Excursión a Waimate-Establecimiento de los misioneros.- Plantas inglesas convertidas silvestres.- Waiomio- Funerales de una mujer de Nueva-Zelanda.- Nos hacemos a la vela para Australia.
Capítulo XIX .......................................................................................... 283 Excursión a Bathurst- Aspecto de los bosques.- Bandos de indígenas.- Extinción gradual de los indígenas.- Epidemias engendradas por la aglomeración de hombres sanos.Montañas Azules.- Aspecto de los grandes valles qué parecen golfos.- Su origen y formación.- Bathursr cortesía de las clases inferiores.- Estado de la Sociedad.- Tierra de Van-Diemen.- Hobart Town- Todos los indígenas desterrados.Monte Welliton- Estrecho del Rey Jorge.- Aspecto melancólico del país.-Cuadrilla de indígenas.-Salimos de Australia.
Capítulo XX ...................................................................................... 295 Isla Keeling- Aspecto original.- Transporte de granos.Pájaros e insectos.- Manantiales.- Campos de coral muerto.Piedras transportadas en raíces de árboles. - Gran escarabajo.Coral urticante.- Pez que come coral.- Islas de coral. Altols (arrecifes de coral).- Profundidad a que pueden vivir los corales.- Hundimiento.- Arrecifes barreras.- Arrecifes guarniciones.- Conversión de los arrecifes guarniciones y de los arrecifes barreras en altols- Pruebas de. cambios de nivel.Aberturas en los arrecifes barreras.- Attols de las Maldivas; su configuración particular.- Arrecifes muertos y sumergidos.Áreas de depresión y de levantamiento.-. Distribución de los volcanes.- Hundimientos lentos y considerables.
Capítulo XXI ................................................................................. 313 Magnífico aspecto de la isla Mauricio.- Montes crateriformes.- Indous- Santa Elena.- Historia de los cambios de la vegetación de esta isla.- Causa de la extinción de las conchas terrestres.- Isla de la Ascensión.- Variaciones en las ratas importadas.- Bombas volcánicas.- Capas de infusorios.Bahía.- Brasil.- Esplendor de los países tropicales.- Pernambuco.- Arrecife especial.- Esclavitud.- Vuelta a Inglaterra.- Ojeada sobre nuestro viaje.
En el de la primera edición de esta obra, y en la parte zoológica del «Viaje del Beagle», dije por qué circunstancias llegué a agregarme a esa expedición en derredor del mundo. El capitán Fitz-Roy, comandante de la expedición, deseaba llevar a bordo de su buque un naturalista, y ofrecía cederle parte de su cámara. Me presenté, y gracias a la influencia del capitán Beaufort, ingeniero hidrógrafo, los lores del Almirantazgo tuvieron a bien aceptar mis servicios. Permítaseme, pues, expresar toda mi gratitud al capitán Fitz-Roy, porque a él debo el haber podido estudiar la historia natural de los diferentes países que visitamos. Añadiré que, durante los cinco años que pasamos juntos, tuve siempre en él un amigo sincero y obsequioso. También quiero manifestar mi agradecimiento a los oficiales del Beagle[1], que tan llenos de bondad estuvieron siempre conmigo.
Este tomo contiene, en forma de Diario, la historia de nuestro viaje y algunas breves observaciones acerca de la historia natural y la geología, que, por su carácter, me han parecido capaces de interesar al público. En esta nueva edición he acortado mucho algunas partes y extendido otras, con el fin de hacer más accesible la obra a todos los lectores. Pero los naturalistas han de recordar que para los detalles es preciso que consulten las grandes publicaciones donde se comprenden los resultados científicos de la expedición. Así, la parte que trata de la historia natural de la expedición contiene: una Memoria del profesor Owen acerca de los mamíferos fósiles; otra de Mr. Waterhouse acerca de los mamíferos vivos; otra de Mr. Gould acerca de las aves; otra del reverendo L. Jenyns acerca de los peces, y otra de Mr Bell acerca de los reptiles. He añadido a la descripción de cada especie algunas observaciones respecto a sus costumbres y al medio en que habitan. Estos trabajos, de los cuales soy deudor al desinteresado celo de esos sabios, no hubieran podido emprenderse sin la liberalidad de los lores comisarios del Tesoro, quienes, a petición del canciller del Echiquier, se dignaron concedernos la cantidad de 25.000 duros (1.000 libras esterlinas) para sufragar parte de los gastos requeridos por esa publicación.
Yo mismo he publicado algunos volúmenes: acerca de la estructura y la distribución de los arrecifes de coral; acerca de las islas volcánicas visitadas durante el viaje del BEAGLE, y acerca de la geología de la América meridional. El tomo sexto de las Geological Transactions contiene dos Memorias que escribí acerca de las piedras erráticas y acerca de los fenómenos volcánicos en la América Meridional. Los señores Waterhouse, Walter, Newman y White han publicado ya varias interesantes Memorias acerca de los insectos por mí recogidos, y espero que aún se publicarán otras más. El doctor J. Hooker, en su magna obra acerca de la flora del hemisferio austral, hará la descripción de las plantas -que traje de la parte meridional de América; además ha publicado en las Líneas Transactions una Memoria suelta respecto a la flora del archipiélago de los Galápagos. El profesor Henslow ha publicado una lista de las plantas que recogí en las islas Keeling, y el reverendo J.M. Berkeley ha descrito mis plantas criptógamas.
Por otra parte, en el curso de esta obra tendré el gusto de indicar la ayuda que me han prestado otros varios naturalistas distinguidos. Pero, permítaseme dar aquí sinceras gracias al profesor Henslow, pues él fue quien, cuando estudiaba yo en la Universidad de Cambridge, me hizo aficionarme a la historia natural; él quien, durante mi ausencia, tuvo a bien encargarse de las colecciones que de tiempo en tiempo remitía yo a Inglaterra; por último, él quien con sus cartas dirigió mis investigaciones, y quien, en una palabra, ha sido siempre para mí el amigo más afectuoso.
Junio de 1845.
Aprovecho otra nueva edición de mi Diario para corregir algunos errores. He dicho en uno de los primeros pliegos que la mayor parte de las conchas sepultadas con los mamíferos extinguidos en Punta Alta, cerca de Bahía Blanca, pertenecen a especies existentes aún. Después han sido examinadas esas conchas por Mr. Alcides d'Orbigny, el cual declara que todas ellas son recientes (Observations géologiques dans l'Amérique méridionale, pág. 83). El señor don Augusto Bravard describió luego esa región en una obra española (Observaciones geológicas, 1857). A su parecer, las osamentas de los mamíferos extintos que se encuentran en las capas inferiores de las Pampas fueron arrastradas por las aguas y quedaron sepultadas entre las conchas de moluscos aún existentes. Pero confieso que las observaciones del señor Bravard no me convencen. En efecto, cree que todo el enorme sedimento de las Pampas es de formación subaérea, como los méganos de arena; esta teoría me parece insostenible.
En el capítulo XVII pongo una lista de las aves que viven en el archipiélago de los Galápagos. Nuevas investigaciones han probado que algunas de esas aves, que entonces se creía que eran exclusivas de estas islas, existen también en el continente americano. El señor Sclater, eminente ornitólogo, me advierte que en ese caso están: la Strix punctatis sima, el Pyrocephalus nanus y probablemente también el Otur galapagoensis y el Zenaida galapagoensis. Por tanto, el número de las aves indígenas se reduce a veintitrés o probablemente a veintiuno; el señor Sclater cree que una o dos de esas especies indígenas son más bien variedades que especies, lo cual me pareció siempre muy probable.
El doctor Günther (Zoological Society, 24 de enero de 1859) afirma que la serpiente de la cual hablo en el mismo capítulo, y que según el señor Bibron considero como idéntica a la especie chilena, es una especie particular que no habita en ningún otro país.
1.0 de febrero de 1860.
VIAJE DE UN NATURALISTA ALREDEDOR DEL MUNDO
SUMARIO. Porto-Praya.- Ribeira Grande.- Polvo atmosférico con infusorios.- Costumbres de un limaco marino y de un pulpo.- Peñas de San Pablo; no son de origen volcánico.Extrañas incrustaciones.- Los insectos son los primeros colonos de las islas.- Fernando Noronha.- Bahía.- Peñascos pulimentados.- Costumbres de un Diodon- Confervas e infusorios marinos.- Causas del color del mar.
Después de ser dos veces rechazado por terribles tempestades del sudoeste, el buque de Su Majestad Beagle, brick de diez cañones, al mando del capitán Fitz-Roy, de la marina real, zarpó de Devonport el 27 de diciembre de 1831. El objeto de la expedición era: completar el estudio de las costas de la Patagonia y de la Tierra del Fuego (estudio comenzado bajo las órdenes del capitán King, de 1826 a 1830); levantar los planos de las costas de Chile, del Perú y de algunas islas del Pacífico, y, por último, hacer una serie de observaciones cronométricas alrededor del mundo. El 6 de enero llegamos a Tenerife, donde nos impidió desembarcar el temor de que llevásemos el cólera. A la mañana siguiente veíamos alzarse el sol tras la quebrada línea de la mayor de las islas Canarias. Ilumina de pronto el pico de Tenerife, mientras la parte inferior de la isla permanece aún oculta por ligeros vapores; primera jornada deliciosa, seguida de tantas otras cuyo recuerdo nunca se borrará. El 16 de enero de 1832 anclamos en Porto-Praya, en la isla de San lago, la mayor de las del archipiélago de Cabo Verde.
Vistas desde el mar, las cercanías de Porto-Praya tienen desolado aspecto. Las pasadas erupciones volcánicas y el calor ardiente de un sol tropical han hecho en casi todas partes al suelo impropio para soportar la menor vegetación. La comarca se eleva en sucesivas mesetas, cortadas por algunas colinas en forma de conos truncados; y una cadena irregular de montañas cierra el horizonte. Contemplado el paisaje a través de la caliginosa atmósfera peculiar de este clima, presenta grande interés; eso en el supuesto de que un hombre que acaba de desembarcar y cruza por vez primera un bosque de cocoteros, pueda pensar en otra cosa que no sea la felicidad que experimenta. Probablemente se pensará, y con mucha razón, que esa isla es muy insignificante; pero para quien jamás haya visto sino paisajes de Inglaterra, el aspecto tan nuevo de unas tierras estériles en absoluto posee una especie de grandiosidad, que quedaría del todo destruida por una vegetación más abundante. Apenas si puede descubrirse una sola hoja verde en toda la extensión de esas inmensas llanuras de lava; sin embargo, rebaños de cabras y algunas vacas logran hallar su sustento en esos lugares desolados. Rara vez llueve, excepto una pequeña parte del año; entonces cae a torrentes la lluvia, y enseguida invade cada grieta abundante vegetación. Esas plantas se agostan casi tan deprisa como brotaron, y los animales se alimentan de ese heno natural. Cuando estuvimos nosotros, llevaba más de uno año sin llover. En la época del descubrimiento de la isla, las cercanías de Porto-Praya estaban sombreadas por numerosos árboles, cuya destrucción, ordenada con tanta indiferencia, ha causado aquí, como en Santa Elena y en algunas de las islas Canarias, una esterilidad casi absoluta. Algunos matorrales de arbustillos faltos de hojas ocupan la parte inferior de valles anchos y planos, que se transforman en ríos durante los pocos días de la estación lluviosa. Escasísimos seres vivos habitan en esos valles; el ave más conocida es un martínpescador (Alcedo iagoensis), que se pone estúpidamente encima de las ramas de ricino, y desde allí se lanza para coger saltamontes y lagartijas. Ese ave tiene vivos colores, pero no es tan bonita como la especie europea. Difiere de su congénere de Europa también por su manera de volar, por sus costumbres y por su afición a los valles más secos, donde suele vivir.
En compañía de dos oficiales del barco me voy a RibeiraGrande, pueblo situado a algunos kilómetros al este de Porto-Praya. El paisaje conserva su aspecto pardo monótono hasta el valle de San Martín, pero allí un arroyo da origen a una rica vegetación. Una hora después llegamos a Ribeira-Grande y nos vemos sorprendidos al estar en presencia de un gran castillo en ruinas y una catedral. Antes de llenarse de arena su puerto, ese pueblecillo era la ciudad más importante de la isla; por pintoresca que sea su situación, no deja de provocar profunda melancolía. Tomamos por guía a un pastor negro y por intérprete a un español que estuvo en la guerra de la península; nos hacen visitar una multitud de edificios y principalmente una iglesia antigua donde yacen enterrados los gobernadores y los capitanes generales de la isla. Algunos de estos sepulcros llevan grabada la fecha del siglo XVI1; y los adornos heráldicos que las recubren es lo único que nos recuerda a Europa en este rincón del mundo. Esta iglesia, o más bien esta capilla, forma uno de los lados de una plaza en medio de la cual crece un bosque de bananeros; un hospital, con una docena escasa de miserables habitantes, ocupa otro de los lados de la misma plaza.
Volvemos a la venta, para comer. Una grandísima muchedumbre de hombres, mujeres y niños, todos más negros que la pez, se congrega para examinarnos. Nuestro guía y nuestro intérprete, regocijados compañeros, rompen a reír a cada uno de nuestros ademanes, a cada palabra nuestra. Antes de abandonar el pueblo, visitamos la catedral, que no nos parece tan rica como iglesia, pero que se enorgullece de la posesión de un pequeño órgano de sonidos nada armoniosos. Damos algunos chelines al sacerdote negro; y el español, haciéndole carantoñas, dice con mucha candidez que piensa que el color de la piel tiene poca importancia. Regresamos entonces a Porto-Praya tan deprisa como nuestros caballos pueden llevarnos.
Otro día vamos a caballo a visitar el pueblo de Santo Domingo, sito casi en el centro de la isla. En medio de un llano vemos algunas acacias achaparradas; los vientos alisios, soplando continuamente en la misma dirección, han doblado de tal modo los árboles por la copa, que a veces forma ésta un ángulo recto con el tronco. La dirección de las ramas es exactamente NE. por el N. y SO. por el S.; estas veletas naturales deben indicar la dirección dominante de los vientos. El paso de los viajeros deja tan pocas huellas en este árido suelo, que nos extraviamos allí; y,, pensando ir a Santo Domingo, nos dirigimos a Fuentes. Sólo notamos nuestro error al llegar a Fuentes, dándonos por muy contentos de habernos equivocado. Fuentes es un bonito pueblo edificado a orillas de un riachuelo; allí parece prosperar todo menos lo que debiera estar más próspero: los habitantes. Vimos numerosos niños negros, completamente desnudos y que parecían muy miserables; llevaban haces de leña casi tan grandes como ellos.
Vemos junto a Fuentes una bandada grandísima de pintadas, lo menos cincuenta o sesenta; estas aves, en extremo salvajes, no permiten acercarse a ellas. En cuanto nos ven huyen, como las perdices en los días lluviosos de septiembre, corriendo con la cabeza vuelta hacia atrás. Si se las persigue, las pintadas alzan el vuelo inmediatamente.
El paisaje que rodea a Santo Domingo tiene una belleza que se está muy lejos de esperar, cuando se considera el carácter triste y sombrío del resto de la isla. Este pueblo está en el fondo de un valle rodeado de altas murallas descantilladas de lavas en estratos. Esos peñascos negros forman un contraste notable con el verde de nuestra vegetación que costea a un arroyuelo de un agua clarísima. Llegamos por casualidad un día de fiesta mayor y hay un inmenso gentío en el pueblo. De vuelta nos juntamos con un grupo de unas veinte negritas vestidas con mucho gusto; turbantes y grandes chales de colores vistosos hacen resaltar su piel negra y su ropa interior, tan blanca como la nieve. En cuanto nos acercamos a ellas, se vuelven, tiran los chales al suelo y se ponen a cantar coti mucha energía una canción salvaje y llevan el compás dándose golpes con las manos en las piernas. Las echamos unas cuantas monedas de vMtem, que reciben con carcajadas, y las dejamos en el momento en que prosiguen su canto con más brío aún que antes.
Una mañana, con un tiempo clarísimo, los contornos de las montañas lejanas se destacan del modo más preciso sobre una banda de nubes de un color azul oscuro. A juzgar por las apariencias y los casos análogos en Inglaterra, supuse que el aire estaría saturado de humedad Nada de eso: el higrómetro indicaba una diferencia de 29,6 entre la temperatura del aire y el punto en que se condensó el rocío, diferencia que resultaba ser casi el doble de la que observé en los días anteriores.. Continuos relámpagos acompañaban a esa extraordinaria sequedad de la atmósfera. ¿No es muy notable encontrarse con una tan perfecta transparencia del aire unida a ese estado del tiempo?
La atmósfera suele estar brumosa; esa niebla proviene de la caída de un polvo impalpable que estropea algo nuestros instrumentos astronómicos. La víspera de llegar a PortoPraya, recogí un paquetito de ese polvillo pardo, que la tela metálica de la veleta puesta en el tope del palo mayor parecía haber tamizado al paso. Mr. Lyell me ha dado también cuatro paquetes de polvo caído sobre un buque, a algunos centenares de millas al norte de estas islas. El profesor Ehrenberg2 ha visto que ese polvo está en gran parte formado por infusorios cubiertos de caparazones silíceos y por tejidos silíceos de plantas. En cinco paquetitos que le remití, ha reconocido la presencia de sesenta y siete formas orgánicas diferentes. Todos los infusorios, excepto dos especies marinas, viven en agua dulce. Según mis noticias, se ha comprobado la caída de polvos idénticos en quince buques diferentes que navegaban por el Atlántico a grandísimas distancias de las costas. La dirección del viento en el instante de caer ese polvo, y el hecho de que siempre caiga durante el mes en que el harmattán eleva a inmensas alturas de la atmósfera espesas nubes de polvo, nos autorizan para afirmar que viene del África. Y, sin embargo (¡hecho muy singular!), aunque el profesor Ehrenberg conoce varias especies de infusorios peculiares del África, no encuentra ni una sola de esas especies en el polvo que le remití; por el contrario, encuentra en él dos especies que hasta ahora sólo se han descubierto en la América del Sur. Este polvo cae en tal cantidad, que todo lo ensucia a bordo y ofende a los ojos; algunas veces hasta oscurece la atmósfera, tanto, que se han perdido buques y estrellado contra la costa. Con frecuencia cae sobre barcos que navegan a varios centenares de millas de la costa de África, hasta más de 1.000 millas (1.600 kilómetros), y en puntos distantes más de 1.600 millas en dirección de norte a sur. Me ha sorprendido hallar en el polvo recogido a bordo de un barco, a 300 millas (480 kilómetros) de tierra, partículas de piedra de una milésima de pulgada cuadrada, mezcladas con materias más finas. En vista de ese hecho no cabe sorprenderse de la diseminación de los espórulos, mucho más pequeños y mucho más ligeros de las plantas criptógamas.
La geología de esta isla constituye la parte más interesante de su historia natural. En cuanto se entra en el puerto, se advierte en el cerrillo de arena que da frente al mar, una banda blanca, horizontal, que se extiende a una distancia de varias millas a lo largo de la costa, y que está situada a una altura de unos 45 pies (13 metros) sobre el nivel del mar. Examinando más de cerca esa capa blanca, se ve que consiste en materias calcáreas que contienen numerosas conchas, la mayoría de las cuales aún existen en la costa vecina. Esa capa descansa sobre antiguas rocas volcánicas y a su vez ha quedado cubierta por otra de basalto fundido que debió de precipitarse en el mar, cuando aquella capa blanca que contiene conchas descansaba en el fondo del agua. Es muy interesante advertir las modificaciones producidas en la quebradiza masa por el calor de las lavas que la cubrieron: parte de esa masa se transformó en creta cristalina, y otra parte en una piedra manchada compacta. Allí donde las escorias de la superficie inferior de la corriente de lava tocaron a la cal, esta última se ha convertido en grupos de fibras admirablemente radiadas, que se asemejan a la aragonita. Las capas de lava se elevan en mesetas sucesivas ligeramente inclinadas hacia el interior, de donde salieron en un principio los diluvios de piedra en fusión. Creo que desde los tiempos históricos no se ha manifestado en San-lago ningún signo de actividad volcánica. Hasta es raro que pueda descubrirse la forma de cráter en la cima de las numerosas colinas formadas por cenizas rojas; sin embargo, pueden distinguirse en la costa las capas de lava más recientes. En efecto, forman líneas de dunas menos altas, pero que avanzan mucho más lejos que las lavas antiguas; por tanto, la altura relativa de las dumas indica en cierto modo la antigüedad de las lavas.
Durante mi estancia observé las costumbres de algunos animales marinos. Uno de los más comunes es una gran Aplysia. Este limaco de mar tiene unas cinco pulgadas de longitud; es de color amarillo sucio, con jaspeados purpúreos. En cada lado de la superficie inferior o del pie, este animal tiene una ancha membrana que parece representar algunas veces el papel de ventilador, y hace pasar una corriente de agua por las branquias dorsales o los pulmones. Este limaco se alimenta con las delicadas hierbas marinas que crecen entre las piedras, allí donde el agua es fangosa y poco profunda. En su estómago he hallado varias piedrecillas, como las que se encuentran a veces en la molleja de las aves. Cuando se hace cambiar de sitio a este limaco, emite un licor rojo purpúreo muy brillante, que tiñe el agua en un espacio como de un pie en derredor de él. Además de este medio de defensa, el cuerpo de dicho animal está untado con una especie de secreción ácida, que en contacto con la piel produce una sensación de quemadura parecida a la ocasionada por la Physalia o fragata.
Un Octopus o pulpo, me interesó también mucho, y pasé largas horas estudiando sus costumbres. Aunque abundan en los charcos que deja la marea al retirarse, estos animales no son fáciles de coger. Por medio de sus largos tentáculos o brazos y de sus ventosas o chupadores, consiguen meterse dentro de grietas muy estrechas; y, una vez allí, necesita emplearse mucha fuerza para hacer que salga. Otras veces se lanzan con la rapidez de una flecha, llevando la cola adelante, de un lado a otro del charco, y al mismo tiempo coloran el agua, difundiendo en torno suyo una especie de tinta de color castaño oscuro. Estos animales tienen también la facultad de cambiar de Color para ocultarse a la vista. Parecen variar los matices de su cuerpo según la naturaleza del terreno sobre el cual pasan: cuando están en un sitio donde es poco profunda el agua, suelen presentar un color de púrpura parduzco; pero cuando se les coloca encima de la tierra o en un sitio donde es poco profunda el agua, ese tinte oscuro desaparece y lo reemplaza un color verde amarillento. Si se examina más atentamente el color de estos animales, se ve que son grises y tienen manchas numerosas de un color amarillo fuerte; algunas de esas manchas varían de intensidad, otras aparecen y desaparecen de continuo. Estas modificaciones de color se efectúan de tal modo, que parece como si se vieran pasar constantemente sobre el cuerpo del animal nubes de colores que varían del rojo jacinto al rojo castaño. Toda parte de su cuerpo sometida a un ligero choque galvánico se pone negra; puede producirse un efecto análogo aunque menos marcado arañándoles la piel con una aguja. Estas nubes o llamaradas de color, como pudieran llamarse, dícese que son producidas por la dilatación y la contracción sucesivas de unas vesículas muy pequeñas que contienen fluidos diversamente coloridos.
Este pulpo manifiesta su facultad de cambiar de colores lo mismo cuando nada que mientras está quieto en el fondo del agua. Uno de estos animales que parecía darse perfectamente cuenta de que le estaba yo vigilando, me divertía mucho empleando todos los medios posibles para librarse de mis miradas. Permanecía inmóvil durante algún tiempo y después avanzaba furtivamente el espacio de una o dos pulgadas, como hace el gato que trata de acercarse a un ratón; algunas veces cambiaba de color; avanzó así hasta que habiendo llegado a una parte del charco donde el agua era más profunda, se lanzó envolviéndose en una nube de tinta para ocultar el agujero donde se había refugiado.
Más de una vez, mientras buscaba yo animales marinos, con mi cabeza a unos dos pies por encima de las peñas de la costa, recibí en la cara un chorro de agua acompañado de un leve ruido discordante. Al pronto buscaba en vano de dónde venía aquel agua; luego descubría que la arrojaba un pulpo; y por muy escondido que estuviera dentro de un agujero, ese chorro me hacía descubrirle. Este animal tiene ciertamente el poder de arrojar agua; y estoy convencido de que puede apuntar y dar en el blanco con bastante buena puntería, modificando la dirección del tubo o sifón que tiene en la parte inferior de su cuerpo. Estos animales llevan con dificultad la cabeza, por lo cual les cuesta mucho trabajo arrastrarse cuando se les pone encima del suelo. Conservé uno de ellos durante algún tiempo en el camarote y advertí que emite una ligera fosforescencia en la oscuridad.
LAS PEÑAS DE SAN PABLO.- Al atravesar el Atlántico nos ponemos al pairo durante la mañana del 16 de febrero, en la inmediata proximidad de la isla de Santiago. Este montón de peñascos está situado a 7058' latitud N. y a los 29015" longitud O.; está a 50 millas (865 kilómetros) de la costa de América y a 350 millas (560 kilómetros) de la isla de Fernando Noronha. El punto más alto de la isla de San Pablo está situado a 50 pies sobre el nivel del mar; la circunferencia entera de la isla no llega a tres cuartos de milla. Este pequeño punto se eleva abruptamente desde las profundidades del Océano. Su constitución mineralógica es muy compleja: en algunos sitios la roca se compone de hornstein; en otros, de feldespato; también se encuentran algunas vetas de serpentina. Hecho notable: todas las isletas que hay a gran distancia de un continente en el Pacífico, en el Atlántico o en el Océano Indico, excepto las islas Seychelles y este islote, están, según creo, compuestas de materias coralinas o de materias eruptivas. La naturaleza volcánica de estas islas oceánicas constituye evidentemente una extensión de la ley, por la cual una gran mayoría de los volcanes hoy en actividad están cerca de las costas o en islas en medio del mar, y resultan de las mismas causas, ya sean químicas o mecánicas.
Las Peñas de San Pablo, vistas desde cierta distancia, son de una blancura deslumbradora. Este color se debe, en parte, 'a los excrementos de una inmensa multitud de aves marinas, y en parte, a un revestimiento formado por una sustancia dura, reluciente, con brillo de nácar, que se adhiere con fuerza a la superficie de las rocas. Si se examina con una lente de aumento, se ve que este revestimiento consiste en capas numerosas y en extremo delgadas, ascendiendo su espesor total a una décima de pulgada. Esta sustancia contiene materias animales en gran cantidad, y su formación se debe sin duda ninguna a la acción de la lluvia y de la espuma del mar. He hallado en la Ascensión y en las pequeñas islas Abrolhos, sobre algunas masas de guano pequeñas, ciertos cuerpos en forma de ramos que evidentemente están constituidos de la misma manera que el revestimiento blanco de esas rocas. Estos cuerpos ramificados se asemejan de un modo tan perfecto a ciertas nulíporas (plantas marinas calcáreas muy duras), que, últimamente, al examinar mi colección un poco deprisa, no advertí la diferencia. La extremidad globular de las ramas tiene la misma conformación que el nácar o que el esmalte de los dientes; pero es bastante dura para rayar el vidrio. Quizá no esté fuera de propósito el mencionar aquí que una parte de la costa de la Ascensión donde se encuentran inmensos montones de arena con conchas, el agua del mar deposita en las rocas expuestas a la acción de la' marea una incrustación parecida a ciertas plantas criptógamas (Marchantia), que se notan a menudo en las paredes húmedas; la superficie de las hojas está admirablemente pulimentada; las partes expuestas de lleno a la luz son de un color negro, pero las que se encuentran debajo de un reborde de la roca permanecen, grises. He enseñado a varios geólogos algunas muestras de esas incrustaciones ¡y todos creyeron que son de origen volcánico o ígneo! La dureza y la diafanidad de esas incrustaciones, su pulimento tan perfecto como el de las conchas más bonitas, el olor que exhalan y la pérdida de color que sufren cuando se hace actuar sobre ellas el soplete: todo prueba su íntima analogía con las conchas de los moluscos marinos vivos.
Sabido es, además, que en las conchas las partes habitualmente recubiertas u ocultas por el cuerpo del animal tienen un color más pálido que las expuestas de lleno a la luz, hecho que, según acabamos de ver, resulta de igual modo en estas incrustaciones.
Cuando recordamos que la cal, en forma de fosfato o de carbonato, entra en la composición de las partes duras, como los huesos y las conchas de todos los animales vivientes, es de sumo interés, desde el punto de vista fisiológico, hallar sustancias más duras que el esmalte dentario y superficies coloreadas tan lisas como las de una concha, con la misma forma que algunas de las producciones vegetales más ínfimas, reconstituidas con materias orgánicas muertas por medios inorgánicos3.
Sólo dos clases de aves se encuentran en las Peñas de San Pablo: el pájaro bobo y el búho. Estas dos aves tienen un carácter tan tranquilo, tan estúpidos, y están tan poco habituadas a recibir visitas, que con mi martillo de geólogo hubiera podido matar cuantas quisiese. El pájaro bobo pone los huevos en la roca pelada; el búho, por el contrario, construye un nido muy sencillo con hierbas marinas. Junto a gran número de esos nidos veíase un pececillo volador que el macho (supongo) había llevado para la hembra ocupada en incubar. Un grueso cangrejo de mar muy activo (Grapsus), que habita en las grietas de las rocas, me daba un espectáculo muy divertido: en cuanto separaba yo de allí a la incubadora, acudía él a robar el pez puesto junto al nido. Sir W. Symonds, una de las pocas personas que han desembarcado en estos peñascales, me dijo que ha visto a esos mismos cangrejos apoderarse de las avecillas jóvenes en los nidos y devorarlas. No crece ni una sola planta, ni siquiera un liquen, en esta isla; sin embargo, habitan en ella varios insectos y varias arañas. He aquí, a mi parecer, la lista completa de la fauna terrestre: una mosca (Olfersia) que vive a costa del pájaro bobo, y un Acarus, que ha debido de ser importado por las aves de las cuales es parásito; un gusanito moreno perteneciente a una especie que vive sobre las plumas; un escarabajo (Quedius) y una cochinilla que vive en los excrementos de las aves, y por último, numerosas arañas que supongo cazarán activamente a esos pequeños compañeros de las aves marinas. Ha lugar a creer que no tiene nada de correcta la tan a menudo repetida descripción, según la cual, en cuanto se forman en el Pacífico islas madrepóricas se apoderan de ellas en seguidas magníficas palmeras, espléndidas plantas tropicales, después aves y a la postre el hombre. En vez de toda esa poesía, preciso es decirlo para no faltar a la verdad, por desgracia, los primeros habitantes de las tierras oceánicas recién formadas, consisten en insectos parásitos que viven en las plumas de las aves o se alimentan con los excrementos de ellas, y además innobles arañas.
La más pequeña roca de los mares tropicales sirve de sostén a innumerables clases de plantas marinas, a increíbles cantidades de seres en parte vegetales, en parte animales; encuéntrase también rodeada de gran número de peces. Nuestros marinos, en los barcos de pesca, tenían que luchar constantemente con los tiburones para saber a quién pertenecería la mayor parte de los peces que habían picado el anzuelo. Me han dicho que cerca de las Bermudas se había descubierto un peñasco sito a gran profundidad, por el solo hecho de haberse visto muchísimos peces en las cercanías.
FERNANDO NORONHA, 20 de febrero de 1832. Según he podido juzgar por las pocas horas pasadas en este sitio, esta isla es de origen volcánico, pero no es probable que sea de fecha reciente. Su carácter más notable consiste en una colina cónica de unos 1.000 pies de altura (300 metros), cuya parte superior es muy escarpada y uno de cuyos lados cae a plomo sobre la base. Este peñón es monolítico y está dividido en columnas irregulares. Al ver una de estas masas aisladas, al pronto se está dispuesto a creer que se elevó de repente en estado semifluido. Pero en Santa Elena he podido darme cuenta de que columnas de forma y de constitución casi análogas provenían de la inyección de la roca fundida en capas blandas, que al cambiar de sitio, sirvieron, digámoslo así, de moldes a esos gigantescos obeliscos. La isla entera está cubierta de bosques, pero la sequedad del clima es tan grande que no hay allí ni el más pequeño verdor. Inmensas masas de peñas, dispuestas en columnas, sombreadas por árboles parececidos a laureles y adornadas por otros árboles que dan bellas flores de color rosa, pero sin una sola hoja, forman en admirable primer término una ladera de la montaña.
BAHIA o SAN SALVADOR, BRASIL. 29 de febrero.¡Qué delicioso día! Pero la palabra delicioso es harto débil para expresar los sentimientos de un naturalista que por vez primera vaga por un bosque brasileño. Llénanme de admiración la elegancia de las hierbas, la novedad de las plantas parásitas, la hermosura de las flores, el verde deslumbrante del follaje; pero, por encima de todo, el vigor y esplendor general de la vegetación. Extraña mezcla de rumores y de silencio reina en todas las partes cubiertas de bosque. Los insectos hacen tal ruido, que puede oírseles desde el barco, anclado a varios centenares de metros de la costa; sin embargo, en el interior de la selva parece imperar universal silencio. Todo el que ame a la Historia Natural siente en un día como este un placer y un júbilo más intensos que puede prometerse experimentar de nuevo. Después de haber andado errante por espacio de algunas horas, vuelvo al punto de embarque; pero antes de llegar me sorprende una tormenta tropical y trato de resguardarme bajo un árbol de una copa tan frondosa, que jamás podría atravesarla un chaparrón como los que vemos en Inglaterra; por el contrario, aquí corre un pequeño torrente a lo largo del tronco al cabo de algunos minutos. A esta violencia de las lluvias debe atribuirse el verdor que alfombra el suelo de los bosques más espesos; en efecto, si los chaparrones se asemejasen a los de los climas templados, absorberíase la mayor parte del agua que cayese y se evaporaría antes de haber podido llegar al suelo. No trataré de describir ahora la magnificencia de esta admirable bahía; porque a nuestro regreso nos detuvimos en ella por segunda vez, y tendré motivo para hablar de esto más adelante.
En todas partes donde aparece roca viva por toda la costa del Brasil, en una longitud a lo menos de dos mil millas (3.200 kilómetros), y ciertamente a grandísima distancia en el interior de la tierra firme, esa roca pertenece a la formación granítica. El hecho de que esta inmensa superficie está compuesta de materiales que la mayoría de los geólogos creen que cristalizaron cuando estaban calientes y bajo una gran presión, da margen a muchas reflexiones curiosas. ¿Se produjo este efecto debajo de las aguas de un océano profundo? ¿Se extendían sobre esta primera formación otras capas superiores, que luego han desaparecido? ¿Es posible creer que un agente, sea cual fuere y por enérgico que se le suponga, haya sido capaz de poner al descubierto el granito en una superficie de tantos miles de leguas cuadradas, si no se admite al mismo tiempo que ese agente está obrando desde tiempos remotísimos.
A corta distancia de la ciudad, en un punto donde desagua un riachuelo en el mar, he podido observar un hecho que se refiere a un asunto discutido por Humboldt4.
Las rocas sieníticas de las cataratas del Orinoco, del Nilo y del Congo están cubiertas por una sustancia negra, y parecen haberse pulimentado con plombagina. Esta capa, en extremo tenue, fue analizada por Berzelius, y, según él, se compone de óxidos de hierro y de manganeso. En el Orinoco, esta capa negra se encuentra sobre las rocas, cubiertas periódicamente por las inundaciones, y sólo en los sitios donde el río tiene una corriente muy rápida; o, para emplear la expresión de los indios, «las rocas son negras allí donde las aguas son blancas». En el riachuelo de que hablo, el revestimiento de las rocas tiene un bonito color pardo, en vez de ser negro, y sólo me parece compuesto de materias ferruginosas. Muestras de colección son incapaces de dar cabal ideal de esas hermosas rocas morenas, admirablemente pulimentadas, que resplandecen a los rayos del sol. Aun cuando el riachuelo corre siempre, el revestimiento no se produce sino en los sitios donde, de vez en cuando, las altas olas golpean la roca, lo cual prueba que la resaca debe de servir de agente bruñidor, cuando se trata de las cataratas de los grandes ríos. El movimiento de la marea debe corresponder también a las inundaciones periódicas; por tanto, el mismo efecto se produce en circunstancias que parecen muy diferentes, pero que en el fondo son análogas. Sin embargo, de ningún modo puede explicarse el origen de esos revestimientos metálicos, que parecen sedimentados por cementación sobre las rocas; y aún menos puede explicarse, en mi sentir, el que su espesor permanezca siempre siendo el mismo.
Recreábame mucho un día en estudiar las costumbres de un Diodon antennatus que cogieron cerca de la costa. Sabido es que este pez, de piel fofa, tiene la extraña facultad de hincharse de modo que casi se transforma en una bola. Si se le saca del agua algunos instantes, así que vuelve a echársele al mar absorbe una cantidad grandísima de agua y de aire por la boca y acaso también por las branquias. Absorbe esta agua y este aire por dos medios diferentes: aspira por fuerza el aire, introduciéndolo en la cavidad de su cuerpo, y le impide que vuelva a salir por medio de una contracción muscular visible desde el exterior. Por el contrario, el agua penetra de una manera continua dentro de su boca, que tiene abierta e inmóvil; por tanto, esta deglución del agua debe ser efecto de una succión. La piel del abdomen es mucho más flácida que la del dorso; por eso, cuando este pez se infla, el vientre se distiende mucho más que la superficie inferior que por la superficie superior; a causa de esto flota panza arriba. Cuvier duda de que el Diodon pueda nadar en esta postura; sin embargo, entonces, no sólo puede avanzar en línea recta, sino también girar a derecha e izquierda. Este último movimiento lo ejecuta únicamente con las aletas pectorales; en efecto, la cola se baja y no se vale de ella. El cuerpo, gracias al aire que contiene, se hace tan ligero, que las branquias quedan fuera del agua; pero la corriente de este líquido que entra por la boca fluye de continuo por esas aberturas.
Después de haber permanecido inflado durante algún tiempo, el Diodon suele expeler el aire y el agua con mucha fuerza, por las branquias y por la boca. Puede desembarazarse a voluntad de una parte del agua que dejó entrar. Por tanto, parece probable que sólo absorbe en parte este líquido para regularizar su peso específico. El Diodon posee varios medios de defensa. Puede hacer una terrible mordedura y echar el agua por la boca hasta cierta distancia, a la vez que mete un ruido extraño agitando las mandíbulas. Además, el inflamiento de su cuerpo hace enderezar las papilas que cubren su piel y que entonces se transforman en aceradas puntas. Pero la circunstancia más curiosa consiste en que la piel de su vientre, cuando se le toca, segrega una materia fibrosa de un rojo carmín admirable, que mancha el papel y el marfil de un modo tan tenaz, que manchas obtenidas por mí de esa manera, están aún tan brillantes como el primer día. Ignoro en absoluto cuáles puedan ser la naturaleza y el uso de esta secreción. El doctor Allande Torres me ha afirmado haber visto a menudo un Diodon vivo, y con el cuerpo inflado, dentro del estómago de un tiburón; además, ha visto que este animal consigue abrirse paso al exterior, devorando, no sólo las paredes del estómago, sino también los costados del monstruo, a quien acaba así por matar. ¿Quién imaginaría que un pececillo, tan blando e insignificante, pudiera llegar a destruir al tiburón con ser tan grande y tan feroz?
18 de marzo.- Zarpamos de Bahía. Algunos días después, a corta distancia de las isletas Abrolhos, observé que el mar había adquirido un tinte pardo rojizo. Vista con lente de aumento, toda la superficie del agua parecía cubierta de briznas de heno picado y cuyas extremidades estuviesen deshilachadas. Son pequeñas confervas en paquetes cilíndricos que contienen unas cincuenta o sesenta de esas plantitas. Mr. Berkeley me advierte que pertenecen a la misma especie (Trichodesmium erythraeum) que las encontradas en una gran extensión del mar Rojo, y las cuales han dado este nombre a ese mar. el número de estas plantitas debe de ser infinito; nuestro buque atravesó varias bandas de ellas, una de las cuales tenía unos diez metros de anchura, y que a juzgar por la decoloración del agua, debía de tener por lo menos dos millas y media de longitud. Se habla de estas confervas en casi todos los viajes largos. Parecen muy comunes, sobre todo en los mares próximos a la Australia; y a lo largo del cabo Leenwin observé una especie parecida, pero más pequeña y con toda evidencia diferente. El capitán Cook, en su tercer viaje, advierte que los marineros dan a esos vegetales el nombre de serrín de mar.
Cerca de Keeling-Atoll, en el Océano Indico, vi numerosas masas pequeñas de confervas de algunas pulgadas cuadradas, consistentes en largos hilos cilíndricos muy tenues, tanto que apenas podrían distinguirse a simple vista, mezclados con otros cuerpos un poco mayores y admirablemente cónicos en sus dos extremos. Su longitud varía entre cuatro o seis centésimas de pulgada; su diámetro entre seis y ocho milésimas de pulgada. Ordinariamente se puede distinguir junto a uno de los extremos de la parte cilíndrica un tabique verde compuesto de materia granulosa más espesa en la parte media. A mi parecer, constituye el fondo de un saco incoloro muy delicado y compuesto de una sustancia pulposa, saco que ocupa el interior de la vaina, pero que no llega hasta las puntas cónicas de los extremos. En algunos ejemplares, pequeñas esferas admirablemente regulares de sustancia granulosa pardusca reemplazan a los tabiques y he podido observar la naturaleza de las transformaciones que las producen. La materia pulposa del revestimiento interior se agrupa de pronto en líneas que parecen irradiar de un centro común; esta materia sigue contrayéndose con un movimiento rápido y regular, de suerte que, al cabo de un segundo, se convierte toda ella en una esferita perfecta que ocupa la posición del tabique en uno de los extremos de la vaina, absolutamente vacía en todas las demás partes. Toda lesión accidental acelera la formación de la esfera granulosa. Debo añadir que estos cuerpos se encuentran con frecuencia a pares, unidos uno a otro cono con cono por el extremo donde está el tabique.
Aprovecho estas observaciones para agregar algunas otras acerca del color de los mares, producido por causas orgánicas. En la costa de Chile, a pocas leguas al norte de la Concepción, el Beagle atravesó un día grandes zonas de agua fangosa muy parecida a la de un río aumentado de caudal por las lluvias; otra vez, a 50 millas de tierra y a un grado al sur de Valparaíso, tuvimos ocasión de ver el mismo colorido en un espacio aún más extenso. Este agua, puesta en un vaso, presentaba un matiz rojizo pálido; examinándola con el microscopio, veíase llena de animalillos, que iban en todas direcciones y a menudo hacían explosión. Presentan una forma oval; están estrangulados en su parte media por un anillo de pestañas vibrátiles curvas. Sin embargo, es muy difícil examinarlos bien, pues en cuanto cesan de moverse, hasta en el momento de cruzar por el campo visual del microscopio, hacen explosión. Algunas veces estallan al mismo tiempo ambas extremidades y otras una sola de ellas; de su cuerpo sale cierta cantidad de materia granulosa grosera y pardusca. Un momento antes de estallar el animal se hincha hasta hacerse doble de grueso que en el estado normal, y la explosión ocurre unos quince segundos después de haber cesado el movimiento rápido de propulsión hacia adelante; en algunos casos, un movimiento rotatorio alrededor del eje rotatorio precede algunos instantes a la explosión. Unos dos minutos después de haber sido aislados, por grande que sea su número, en una gota de agua, perecen todos de la manera que acabo de indicar. Estos animales se mueven con el extremo más estrecho hacia adelante; sus pestañas vibrátiles les comunican el movimiento, y suelen caminar con saltos rápidos. Son en extremo pequeños, y absolutamente invisibles a simple vista; en efecto, sólo ocupan una milésima de pulgada cuadrada. Existen en infinito número, pues la más pequeña gota de agua contiene una cantidad grandísima. En un solo día atravesamos dos puntos donde el agua tenía ese color, y uno de ellos ocupaba una superficie de varias millas cuadradas. ¡Cuál será, pues, el número de esos animale microscópicos! Vista el agua a alguna distancia, tiene un color rojo análogo al de la de un río que cruza por una comarca donde hay cretas rojizas; en el espacio donde se proyectaba la sombra del buque, el agua adquiría un matiz tan intenso como el chocolate; por último, podía distinguirse con claridad la línea donde se juntaban el agua roja y el agua azul. Desde algunos días antes el tiempo estaba muy tranquilo y el océano rebosaba, digámoslo así, de criaturas vivientes.
En los mares que rodean a la Tierra del Fuego, a poca distancia de tierra firme, he visto espacios donde el agua presenta un color rojo brillante; este color está producido por un gran número de crustáceos que se parecen algo a gruesos langostinos. Los balleneros dan a esos crustáceos el nombre de alimento de las ballenas. No puedo decir si las ballenas se alimentan de ellos; pero los mórfex e inmensos rebaños de focas, en algunos puntos de la costa, se alimentan principalmente de estos crustáceos, que tienen la facultad de nadar. Los marinos atribuyen siempre a la freza el color del mar; pero yo no he podido observar este hecho sino una sola vez. A pocas leguas del archipiélago de los Galápagos nuestro barco atravesó tres zonas de agua fangosa amarilla oscura; estas zonas tenían varias millas de longitud y sólo unos cuantos metros de anchura; estaban separadas del agua próxima por una línea quebrada aun cuando distinta. En este caso el color provenía de bolitas gelatinosas como de un quinto de pulgada de diámetro que contenían numerosos óvulos en extremo pequeños; he visto dos especies distintas de bolas, una de ellas rojiza y de diferente forma que la otra. Me es imposible decir a qué animales pertenecen estas bolas5. El capitán Colnett advierte que el mar presenta muy a menudo este aspecto en el archipiélago de los Galápagos, y que la dirección de las zonas indica la de las corrientes; sin embargo, en los casos que acabo de describir, las zonas indicaban la dirección del viento. Otras veces he visto en el mar una capa oleosa muy tenue, por influjo de la cual adquiere el agua colores irisados. En la costa del Brasil he tenido ocasión de ver un grandísimo espacio del océano así recubierto, lo cual atribuían los marinos al cadáver de una ballena en putrefacción que probablemente flotaba a alguna distancia. No hablo aquí de los corpúsculos gelatinosos que se encuentran a menudo en el agua, pues nunca se reunen en suficiente cantidad para producir una coloración; más adelante procuraré explicarme acerca de este asunto.
Las indicaciones que acabo de dar, se prestan a hacer dos preguntas importantes: en primer lugar, ¿cómo es que los diferentes cuerpos que constituyen las zonas de bordes bien limitados permanecen reunidos? Cuando se trata de crustáceos análogos a los langostinos, no hay nada de extraordinario en ello; pues los movimientos de estos animales son tan regulares y simultáneos como los de un regimiento de soldados. Pero no puede atribuirse esta reunión a un acto voluntario por parte de los óvulos o de las confervas, y probablemente por parte de los infusorios. En segundo lugar, ¿cuál es la causa de la mucha longitud de las zonas? Estas zonas se asemejan tan por completo a lo que puede verse en cada torrente, donde el agua arrastra en largas tiras la espuma producida, que es preciso atribuir aquéllas a una acción análoga de las corrientes del aire o del mar: Si se admite este supuesto, también debe creerse que estos diferentes cuerpos organizados provienen de sitios donde se producen en gran número y que las corrientes aéreas o marítimas los arrastran a lo lejos. Sin embargo, confieso que es muy difícil creer que en un solo lugar, sea cual fuere, puedan producirse millones de millones de animalillos y de confervas. En efecto, ¿cómo habían de poder encontrarse estos gérmenes en esos lugares especiales? ¿No han sido dispersados los cuerpos productores por los vientos y por las olas en toda la inmensidad del océano? Sin embargo, preciso es confesar también que no hay otra hipótesis para explicar ese agrupamiento. Quizá convenga añadir que, según Scoresby, se encuentra invariablemente en cierta parte del océano Artico agua verde que contiene numerosas medusas.
SUMARIO: Río Janeiro.- Excursión al norte del Cabo Frío.Gran evaporación.- Esclavitud.- Bahía de Botafogo- Planarias terrestres.- Nubes sobre el Corcovado.- Lluvia torrencial.Ranas cantoras.- Insectos fosforescentes.- Fuerza de salto de un escarabajo.- Niebla azul.- Ruido producido por unas mariposas.- Entomología.- Hormigas.- Avispa que mata a una araña.- Araña parásita.- Artificios de una Epeira- Arañas que viven en sociedad.- Araña que fabrica una tela no simétrica.
Río de Janeiro.
Del 14 de abril al 5 de julio de 1832.- Algunos días después de nuestra llegada conocí a un inglés que iba a visitar sus haciendas, sitas a poco más de cien millas de la capital al norte del Cabo Frío. Tuvo la bondad de invitarme a que le acompañase, lo cual acepté con mucho gusto.
8 de abril.- Nuestra caravana se compone de siete personas; hace un calor horrible; la tranquilidad más completa reina en medio de los bosques; apenas vuelan con pereza acá y allá algunas magníficas mariposas. ¡Qué admirable vista al atravesar las colinas situadas detrás de PraiaGrande! ¡Qué espléndidos colores, qué hermosísimo tinte azul oscuro! ¡Cómo parecen disputar entre sí el cielo y las tranquilas aguas de la bahía, acerca de quién eclipsará a quién en magnificencia! Después de haber atravesado un distrito cultivado, penetramos en un bosque cuyas partes todas son admirable, y a mediodía llegamos a lthacaia. esta aldehuela está situada en un llano; en derredor de una habitación central están las chozas de los negros. Estas cabañas, por su forma y por su posición, me recuerdan los dibujos que representan las habitaciones de los hotentotes en el África meridional. Levantándose temprano la luna, nos decidimos a partir la misma noche para ir a acostarnos a Lagoa-Marica. En el momento de comenzar a caer la noche pasamos junto a una de esas macizas colinas de granito desnudas y escarpadas tan comunes en este país ese lugar es bastante célebre; en efecto, durante largo tiempo sirvió de refugio a algunos negros cimarrones que cultivando una pequeña meseta situada en la cúspide, consiguieron asegurarse la subsistencia. Descubrióseles, por fin, y se envió una escuadra de soldados para desalojarlos de allí; se rindieron todos excepto una vieja, quien, primero que volver a la cadena de la esclavitud, prefirió precipitarse desde lo alto de la peña y se rompió la cabeza al caer. Ejecutado este acto por una matrona romana, habríase celebrado y se hubiera dicho que la impulsó el noble amor a la libertad; efectuado - por una pobre negra, limitáronse a atribuirlo a una terquedad brutal. Proseguimos nuestro viaje durante varias horas; en las últimas millas de nuestra etapa, el camino se hace difícil, pues atraviesa una especie de país salvaje entrecortado por marjales y lagunas. A la luz de la luna, el paisaje presenta un aspecto siniestro y desolado. Algunas moscas luminosas vuelan en torno nuestro, y una becada solitaria deja oír su grito quejumbroso. El mujido del mar, situado a una distancia bastante grande, apenas turba el silencio de la noche.
9 de abril.- Antes de salir el sol, abandonamos la miserable choza donde habíamos pasado la noche. El camino cruza una llanura arenosa situada entre el mar y las lagunas. Un gran número de aves pescadoras, como garzas y grullas, plantas vigorosas de las más fantásticas formas, dan al paisaje un interés que ciertamente no hubiera poseído de otro modo. Plantas parásitas, entre las cuales admiramos, sobre todo, las orquídeas por su belleza y por el olor delicioso que exhalan, cubren los pocos árboles entecos diseminados acá y acullá. En cuanto sale el sol es intenso el calor, y bien pronto se hace insoportable el reflejo de sus rayos sobre la blanca arena. Comemos en Mandetiba; el termómetro señala a la sombra 840 Fahrenheit (280,8 centesimales). Las colinas boscosas se reflejan en el agua serena de un lago inmenso; ese espectáculo admirable nos ayuda a soportar los ardores de la temperatura. En Mandetiba hay una venta (venda, en portugués); quiero demostrar mi agradecimiento por la excelente comida que allí me dieron (comida que constituye una excepción ¡ay! harto rara), describiendo esa venta como el tipo de todas las hospederías del país. Estas casas, a menudo muy grandes, están construidas todas ellas de la misma manera: se clavan postes en el suelo, se entretejen con ellos ramas de árboles y luego se cubre todo con una capa de yeso. Es raro encontrar pisos entarimados, pero nunca hay vidrieras en las ventanas; la techumbre suele hallarse en buen estado. La fachada, que se deja abierta, forma una especie de atrio donde se colocan bancos y mesas. Todos los dormitorios comunican unos con otros, y el viajero duerme como puede sobre una tarima de madera cubierta con un mal jergón. La venta está siempre en medio de un gran corral o patio donde se atan los caballos. Nuestro primer cuidado al llegar consiste en desbridar y desensillar nuestros caballos y darles el pienso. Hecho esto nos acercamos al posadero, y saludándole profundamente le pedimos que tenga la bondad de darnos algo de comer. «Todo lo que usted quiera, señor», suele contestar. Las primeras veces me apresuraba a dar gracias interiormente a la Providencia, por habernos conducido junto a un hombre tan amable. «¿Podría usted darnos pescado? -¡Oh! no, señor. -¿Y sopa? -No, señor. -¿Y pan? -¡Oh! no, señor. -¿Y carne seca, tasajo? -¡Oh! no, señor.»
Por muy satisfechos teníamos que darnos, si al cabo de dos horas de espera, lográbamos conseguir aves de corral, arroz y farinha. Hasta necesitábamos con frecuencia matar a pedradas a las gallinas que habían de servirnos de cena. Entonces, cuando rendidos de hambre y de cansancio, nos atrevíamos a decir con timidez que nos alegraría mucho el saber si estaba dispuesta la comida, el posadero nos respondía con orgullo (y, por desgracia, eso era lo más cierto de sus respuestas): «La comida estará cuando esté». Si nos hubiéramos atrevido a quejarnos o a insistir, nos hubieran dicho que éramos unos impertinentes y nos hubieran rogado que siguiésemos nuestro camino. Los patrones son muy poco atractivos, a menudo hasta muy groseros; sus casas y personas están casi siempre horriblemente sucias; en sus posadas no se encuentran cuchillos, tenedores ni cucharas; y estoy convencido de que sería difícil hallar en Inglaterra un cottage, por pobre que sea, tan desprovisto de las cosas más necesarias para la vida. En cierto lugar, en Campos-Novos, nos trataron magníficamente: nos dieron de comer arroz y aves de corral, bizcochos, vino y licores, café por la tarde, y en el almuerzo pescado y café. Todo ello, incluso un buen pienso para los caballos, no nos costó más que tres pesetas por cabeza. Sin embargo, cuando uno de nosotros preguntó al ventero si había visto un látigo que se le había extraviado, respondióle groseramente: «¿Cómo quiere usted que yo lo haya visto? ¿Por qué no ha tenido usted cuidado de él? Probablemente se lo habrán comido los perros».
Después de salir de Mandetiba, seguimos nuestro camino en medio de un verdadero laberinto de lagos, algunos de los cuales contienen moluscos de agua dulce, y los otros moluscos marinos. Observé una limnea, molusco de agua dulce, que habita en grandísimo número «en un lago (me dijeron los naturales del país), donde el mar penetra una vez al año, y algunas veces más a menudo, lo cual hace que el agua quede absolutamente salada». Creo que pudieran observarse muchos hechos interesantes relativos a los animales marinos y a los animales de agua dulce en esa cadena de lagos que rodean a las costas del Brasil. M. Gay1 advierte que en las cercanías de Río ha encontrado almejas (molusco marino) y ampularias (molusco de agua dulce), conviviendo en el agua salada. Con frecuencia he observado yo mismo en el lago que hay junto al jardín Botánico, lago cuyas aguas son casi tan salobres como las del mar, una especie de hidrófilo muy parecido a un dítico común en los fosos de Inglaterra; el único molusco que vive en ese lago pertenece a un género que suele verse junto a la desembocadura de los ríos.
Salimos de la costa y penetramos de nuevo en la selva. Los árboles son muy altos; la blancura de su tronco contrasta sobremanera con lo que estamos habituados a ver en Europa. Hojeando las notas tomadas en el momento del viaje, advierto que las plantas parásitas, admirables, pasmosas, llenas todas de flores, me chocaban más que nada, como los objetos más nuevos en medio de esas escenas espléndidas. Al salir del bosque, atravesamos inmensos pastos muy desfigurados por un gran número de enormes hormigueros cónicos que se elevan a cerca de 12 pies de altura. Esos hormigueros hacen asemejarse exactamente esta llanura a los volcanes de barro del Jorullo, tal como los pinta Humboldt. Es de noche cuando llegamos a Engenhado, después de estar diez horas a caballo. Por otra parte, no cesaba yo de sentir la mayor sorpresa al pensar cuántas fatigas pueden soportar esos caballos; también me parece que sanan de sus heridas con más rapidez que los caballos de origen inglés. Los vampiros les causan a menudo grandes sufrimientos, mordiéndoles en la cruz, no tanto a causa de la pérdida de sangre que resulta de la mordedura, como a causa de la inflamación que luego produce el roce de la silla. Sé que en Inglaterra han puesto en duda últimamente la veracidad de este hecho; por tanto, es una buena suerte el haber estado yo presente un día en que se cogió a uno de esos vampiros (Desmodus d'Orbigny, Wat.), en el mismo dorso de un caballo. Vivaqueábamos muy tarde una noche cerca de Coquinho, en Chile, cuando mi criado, adviertiendo que un caballo de los nuestros estaba muy agitado, fue a ver qué ocurría; creyendo distinguir algo encima del lomo del caballo, acercó con rapidez una manu y cogió un vampiro. A la mañana siguiente, la hinchazón y los coágulos de sangre permitían ver dónde había sido mordido el caballo; tres días después hicimos uso de éste, sin que pareciera resentirse ya de la mordedura.
13 de abril.- Al cabo de tres días de viaje llegamos a Socego, hacienda del Señor Manuel Figuireda, pariente de uno de nuestros compañeros de camino. La casa, muy sencilla y parecida a una granja, conviene admirablemente para este clima. En el salón, sillones dorados y sofás contrastan muchísimo con las paredes enlucidas con cal, el techo inclinado y las ventanas desprovistas de vidrios. La casahabitación, los graneros, las cuadras y los talleres para los negros, a quienes se les han enseñado diferentes oficios, forman una especie de plaza cuadrangular, en medio de la cual se seca una inmensa pila de café. Estas varias construcciones están en lo alto de un cerrillo que domina los campos cultivados, rodeándoles por todas partes un espeso bosque. El café constituye el principal producto de esta parte del país; supónese que cada planta produce anualmente dos libras de grano (906 gramos), pero algunas producen hasta ocho libras. También se cultiva en gran cantidad el manioc o casave. Todas las partes de esta planta tienen su empleo; los caballos comen las hojas y los tallos; muélense las raíces y se convierten en una especie de pasta, que se prensa hasta la desecación; luego se cuece en el horno, y forma entonces una especie de harina, que constituye el principal alimento del Brasil. Hecho curioso, pero muy conocido; el jugo que se extrae de esa planta tan nutritiva es un veneno violento; hace algunos años murió por haberlo bebido una vaca de esta hacienda. El señor Figuireda me dice que el año pasado plantó un saco de frijoles (feijao) y tres sacos de arroz; los frijoles produjeron el 80 por 1, y el arroz el 320 por l. Un admirable rebaño vacuno vaga por los pastizales; y hay tanta caza en los bosques, que en cada uno de los tres días anteriores a nuestra llegada, mataron un ciervo esta abundancia trasciende a la mesa; entonces los invitados se doblan realmente bajo la carga (si la mesa misma está en estado de resistirla), pues es preciso probar de cada plato. Un día hice los cálculos más sabihondos para conseguir probarlo todo; y pensaba salir victorioso de la prueba cuando, con profundo terror mío, vi llegar un pavo y un cochinillo asados. Durante la comida, un hombre está constantemente ocupado en echar del comedor a un gran número de perros y de negritos, que tratan de colarse allí en cuanto encuentran ocasión. Aparte de la idea de esclavitud, hay algo delicioso en esa vida patriarcal; tan en absoluto separado e independiente se está del resto del mundo. Tan pronto como ven llegar a un forastero, tocan una campana grande, y a menudo, hasta disparan un cañoncito; sin duda será para anunciar ese feliz acontecimiento a los peñascos y a los bosques de la comarca, pues por todas partes es completa la soledad. Una madrugada fui a pasearme una hora antes de salir el sol para admirar a mis anchas el solemne silencio del paisaje; bien pronto oigo elevarse por el aire el himno que cantan a coro todos los negros en el momento de empezar el trabajo. En suma; los esclavos son muy felices en haciendas como ésta. El sábado y el domingo trabajan para ellos; y en ese afortunado clima, el trabajo de dos días por semana es más que suficiente para sostener durante toda ella a un hombre y su familia.
14 de abril.- Salimos de Socego para dirigirnos a otra hacienda situada en las márgenes del río Macae, límite dé los cultivos en esta dirección. Esta propiedad tiene cerca de una legua de longitud, y al propietario se le ha olvidado cuál puede ser la anchura de ella. Todavía no se ha roturado más que una pequeña parte, y, sin embargo, cada hectárea puede dar con profusión todos los ricos productos de las tierras tropicales. Si se compara con la enorme extensión del Brasil, la parte cultivada es insignificante; casi todo sigue en estado salvaje. ¡Qué enorme población podrá alimentar este país en lo futuro! Durante el segundo día de nuestro viaje, el camino que seguimos está tan atestado de plantas trepadoras, que uno de nuestros hombres nos precede para abrirnos paso hacha en mano. El bosque abunda en objetos admirables, entre los cuales no puedo cansarme de admirar los helechos arborescentes, poco elevados, pero de un follaje tan verde, tan gracioso y tan elegante. Por la tarde cae a torrentes la lluvia y tengo frío, aunque el termómetro marca 65 grados Fahrenheit (18 grados 3 centesimales). En cuanto cesa la lluvia presencio un espectáculo curioso: la enorme evaporación que se produce en toda la extensión del bosque. Un espeso vapor blanco envuelve entonces las colinas hasta unos 100 pies de altura; estos vapores se elevan como columnas de humo por encima de las partes más frondosas del bosque, y principalmente por encima de los valles. He podido observar varias veces este fenómeno, debido, a mi parecer, a la inmensa superficie del follaje, calentada anteriormente por los rayos del sol.
Durante mi residencia en esta posesión estuve a punto de presenciar uno de esos actos atroces que sólo pueden ocurrir en un país donde reina la esclavitud. A consecuencia de una querella y de un proceso, el propietario estuvo a punto de separar a los esclavos varones de sus mujeres y de sus hijos para ir a venderlos en pública subasta en Río. El interés, y no un sentimiento compasivo, fue quien impidió que se perpetrase este acto infame. Hasta creo que el propietario nunca pensó que pudiera ser una inhumanidad eso de separar así a treinta familias que vivían juntas desde muchos años; y, sin embargo, afirmo que su humanidad y su bondad le hacían superior a muchos hombres. Pero, en mi sentir, puede añadirse que no tiene límites la ceguera producida por el interés y el egoísmo. Voy a referir una insignificante anécdota que me impresionó más que ninguno de los rasgos de crueldad que he oído contar. Atravesaba yo una balsa con un negro más que estúpido. Para conseguir hacerme comprender, hablaba alto y le hacía señas; al hacerlas, una de mis manos pasó junto a su cara. Creyóse, me figuro, que estaba encolerizado y que iba a pegarle, pues inmediatamente bajó las manos y entornó los ojos, echándome una mirada temerosa. Nunca olvidaré los sentimientos de sorpresa, disgusto y vergüenza que se apoderaron de mí al ver a ese hombre asustado con la idea de parar un golpe que creía dirigido contra su cara. Habíase conducido a ese hombre a una degradación más grande que la del más ínfimo de nuestros animales domésticos.
18 de abril.- A nuestro regreso pasamos en Socego dos días, que empleo en coleccionar insectos en el bosque. La mayor parte de los árboles, aunque muy elevados, no tienen más de tres o cuatro pies de circunferencia; excepto algunos, por supuesto, de dimensiones mucho más considerables. El señor Manuel estaba haciendo una canoa de 70 pies de longitud con un solo tronco de árbol que tenía 110 pies de largo y un grueso grandísimo. El contraste de las palmeras, creciendo en medio de especies comunes con ramas, da siempre al paisaje un aspecto intertropical. En este punto adorna el bosque el palmito, una de las palmeras más elegantes de la familia. El tronco es tan delgado, que puede abarcarse con ambas manos; y, sin embargo, balancea sus elegantes hojas a 40 ó 50 pies sobre el nivel del suelo. Las plantas trepadoras leñosas, cubiertas a su vez por otras plantas trepadoras, tienen un tronco muy grueso: medí algunos que tenían hasta dos pies de circunferencia. Algunos árboles viejos presentan un aspecto muy extraño: las trenzas de lianas que cuelgan de sus ramas parecen haces de heno. Si después de saciarse de mirar el follaje se vuelve la vista al suelo, siéntese uno transportado de igual admiración por la suma elegancia de las hojas de los helechos y de las mimosas. Estas últimas cubren el suelo formando una alfombra de algunas pulgadas de altura; si se anda encima de ese tapiz, volviendo atrás la cabeza, se ven las huellas de los pasos indicadas por el cambio de matiz producido por el aplastamiento de los sensibles peciolos de estas plantas. Es fácil indicar los objetos individuales que mueven a admiración en estos pasmosos paisajes; pero es imposible decir qué sentimientos de asombro y de elevación despiertan en el alma de aquél a quien le es dado contemplarlos.
19 de abril.- Abandonamos a Socego y seguimos durante dos días el camino que ya conocemos; camino fatigoso y aburrido, pues atraviesa llanuras arenosas donde la reverberación es intensa, no lejos de orilla del mar. Noto que cada vez que mi caballo pone el pie sobre la arena silícea, se oye un débil grito. El tercer día emprendemos un camino diferente y cruzamos el bonito pueblecillo de Madre de Deos. Ese es uno de los grandes caminos principales del Brasil; y sin embargo, se halla en tan mal estado, que no puede ir por él ningún carruaje, excepto las carretas tiradas por bueyes. Durante todo nuestro viaje no hemos atravesado ni un solo puente de piedra; y los puentes de madera se encuentran en tan mal estado, que es preciso echarse a un lado para evitarlos. No se conocen las distancias; a veces en lugar de postes kilométricos se ve una cruz; pero es simplemente para indicar el sitio donde se ha cometido un homicidio. Llegamos a Río en la noche del 23; habíamos terminado nuestro viajecillo.
Durante el resto de mi estancia en Río, viví en una caseta de campo situada en la Bahía de Botafogo. Imposible soñar nada más delicioso que esa residencia de algunas semanas en un país tan admirable. En Inglaterra, todo el que gusta de la Historia Natural tiene una gran ventaja en el sentido de que siempre descubre alguna cosa que le llama la atención; pero en estos climas fértiles que rebosan, digámoslo así, en seres animados, los descubrimientos nuevos que hace a cada instante son tan numerosos que apenas puede avanzar.
Consagré casi exclusivamente a los animales invertebrados las pocas observaciones que pude hacer. La existencia de gusanos del género Planaria, que habitan en la tierra seca, me interesó mucho. Estos animales tienen una estructura tan sencilla, que Cuvier los ha clasificado entre los vermes intestinales, aun cuando nunca se les encuentra en el cuerpo de otros animales. Numerosas especies de este género viven en el agua salada y en el agua dulce; pero aquéllos de los cuales hablo se encuentran hasta en las partes más secas del bosque, debajo de los troncos podridos, de los cuales parecen alimentarse. Por su aspecto general, estos animales se parecen a unos pequeños limacos, pero con proporciones mucho menores; varias especies tienen rayas longitudinales de color brillante. Su conformación es muy sencilla: hacia la mitad de la superficie inferior de su cuerpo o de la parte por donde se arrastran, hay dos pequeñas aberturas transversales; por la abertura anterior puede salir una trompa en forma de embudo y muy irritable. Este órgano conserva su vitalidad durante algunos instantes después de estar completamente muerto el resto del cuerpo del animal, ya se le haya matado sumergiéndole en agua salada, ya por cualquier otro medio.
No encontré menos de diez especies diferentes de Planatarias terrestres en diversas partes del hemisferio meridional2. Conservé vivos cerca de dos meses algunos ejemplares que recogí en la tierra de Van-Diemen; los alimentaba con madera podrida. Corté uno de ellos transversalmente en dos partes casi iguales: al cabo de quince días estas dos partes habían adquirido la forma de animales perfectos. Sin embargo, había dividido al animal de tal manera, que una de las mitades contenía los dos orificios inferiores, mientras que, por consiguiente, la otra no tenía ninguno. Veinticinco días después de la operación, no hubiera podido distinguirse la mitad más perfecta de otro ejemplar cualquiera. La talla de la otra había aumentado mucho; y se formaba en la masa parenquimatosa, hacia el extremó posterior, un espacio claro en el cual podían distinguirse con claridad los rudimentos de una boca; sin embargo, no se distinguía aún abertura correspondiente en la superficie interior. Si el calor, que iba aumentando muchísimo conforme nos acercábamos al Ecuador, no hubiese causado la muerte a todos esos individuos, la formación de esta última abertura hubiera completado sin duda al animal. Aunque sea muy conocida esta experiencia, no por eso era menos interesante el asistir a la producción progresiva de todos los órganos esenciales en la simple extremidad de otro animal. Es en extremo difícil conservas estas Planarias, pues en cuanto la cesación de la vida permite obrar a las leyes generales, su cuerpo se transforma en una masa blanda y fluida con una rapidez que no he visto en ningún otro animal.
Visité por vez primera el bosque donde se encuentran estas Planarias, en compañía de un anciano sacerdote portugués, que me llevó consigo de caza. Esta cacería consiste en azuzar a los perros dentro del bosque y esperar con paciencia para disparar contra todo animal que se presente. El hijo de un arrendador vecino, excelente muestra de un joven brasileño salvaje, nos acompañaba. Este joven llevaba pantalón y camisa andrajosos; iba con cabeza descubierta, armado con un fusil viejo y un cuchillo. La costumbre de llevar cuchillo es universal; por otra parte, las plantas trepadoras hacen indispensable su empleo en cuanto se quiere atravesar un bosque algo espeso; pero también puede atribuirse a este hábito los frecuentes homicidios que se cometen en el Brasil. Los brasileños se valen del cuchillo con habilidad consumada; pueden arrojarlo a uña distancia bastante grande, con tanta fuerza y precisión, que casi siempre causan una herida mortal. He visto a un gran número de chicuelos ensayarse por juego en tirar el cuchillo; la facilidad con que los clavaban en un poste fijo en tierra, prometía para el porvenir. Mi compañero había matado la víspera a dos grandes monos portadores de barbas; estos animales tienen cola que les permite coger los objetos, cola cuyo extremo puede soportar aun el peso entero del cuerpo del animal después de su muerte. Uno de ellos quedó así fijo a una rama y hubo que cortar un árbol grueso para alcanzarle; lo cual se consiguió muy pronto.. Aparte de estos monos, sólo matamos algunos loritos verdes y algunos tucanes. Sin embargo, el conocimiento con el sacerdote portugués me fue de provecho, pues otra vez me regaló un hermoso ejemplar del gato Yaguarundi.
Todo el mundo ha oído elogiar la belleza del pasaje próximo a Botafogo. La casa donde yo vivía estaba al pie de la tan conocida montaña de Corcovado. Hase advertido con mucha razón que las colinas abruptamente cónicas caracterizan la formación que Humboldt designa con el nombre de gneiss-granito. Nada hay más chocante que el aspecto de esas inmensas masas redondas de roca pelada que se elevan desde el seno de la vegetación más exuberante.
Ocupábame a menudo en estudiar las nubes que viniendo del mar iban a estrellarse, digámoslo así, contra la parte más alta del Corcovado. Como casi todas las montañas, cuando quedan así ocultas en parte por las nubes, el Corcovado parece elevarse a una altura mucho mayor de la que tiene en realidad, o sea de 2.300 pies (690 metros). Mister Daniell, en sus ensayos meteorológicos, ha hecho observar que una nube aparece algunas veces fija en la cima de una montaña, mientras el viento sigue soplando. El mismo fenómeno se presentaba aquí bajo un aspecto un poco diferente. En efecto, veíase la nube encorvarse y pasar con rapidez por encima de la cúspide, sin que la parte fija en la falda de la montaña pareciese aumentar ni disminuir. Poníase el sol, y una suave brisa del sur que iba a dar contra el lado meridional de la roca, volvía a levantarse para ir a confundirse con la corriente superior de aire frío conforme se condensaban los vapores; pero a medida que las nubes ligeras habían pasado sobre la cima y se encontraban sometidas a la influencia de la atmósfera más cálida y septentrional, inmediatamente se disolvían.
Durante los meses de mayo y junio, comienzo del invierno en este país, el clima es delicioso. La temperatura media, deducida de observaciones hechas a las nueve de la mañana y a las nueve de la noche, no era más que 720 Fahrenheit (220,2 centesimales). A menudo caían fuertes aguaceros; pero los cálidos vientos del sur secaban con rapidez el suelo y podía pasearse con gusto. Una mañana llovió seis horas seguidas y cayó una pulgada y seis décimas de lluvia. Cuando esa tempestad pasó por los bosques que rodean al Corcovado, las gotas de agua que chocaban contra la multitud innumera de hojas producían un ruido extraño: Podía oírse a un. cuarto de milla de distancia y se asemejaba al de un torrente impetuoso. ¡Cuánta delicia, después de un día de calor, sentarse tranquilo en el jardín hasta que se hiciera de noche! En esos climas, la naturaleza elige para su música vocal artistas más humildes que en Europa. Una rana pequeña, del género Hila, se pone en un tallo como a una pulgada por encima de la superficie del agua y deja oír un canto muy agradable; cuando hay varias juntas, cada una da su nota armónica. Erame algo difícil proporcionarme un ejemplar de estas ranas.
Las patas de esos animales terminan en pequeñas ventosas, y noté que podían trepar a lo largo de un espejo puesto verticalmente. Numerosas cigarras y numerosos grillos hacen oír al mismo tiempo su grito penetrante, pero que, sin embargo, aminorado por la distancia no deja de ser agradable. Ese concierto empieza todos los días en cuanto anochece. ¡Cuántas veces me ha ocurrido permanecer inmóvil allí escuchándolo, hasta que me llamaba la atención el paso de algún insecto curioso!
A esa hora vuelan de seto en seto las moscas luminosas; en una noche oscura puede percibirse a unos 200 pasos la luz que proyectan. Es de advertir que en todos los animales fosforescentes que he podido observar, gusanos de luz, escarabajos brillantes y diversos animales marinos (tales como crustáceos, medusas, nereidas, una coraliaria del género Clytia y un tunicado del género Pyrosoma), la luz tiene siempre un color verde muy marcado. Todas las moscas luminosas que he podido coger aquí pertenecen a los Lampíridos (familia a la cual pertenece el gusano de luz inglés), y el mayor número de ejemplares eran Lampyris occidentalis3. Después de numerosas observaciones hechas por mí, he visto que este insecto emite la luz más brillante cuando se le irrita; en los intervalos, se oscurecen los anillos abdominales. La luz se produce casi instantáneamente en los dos anillos; sin embargo, se percibe primero en el anillo anterior. La materia brillante es fluida y muy adhesiva; ciertos puntos donde se había desgarrado la piel del animal seguían brillando y emitiendo un ligero centelleo, mientras que las partes sanas volvíanse oscuras. Cuando se decapita al insecto, los anillos continúan brillando, pero la luz no es tan intensa como antes; una irritación local, hecha con la punta de la aguja, aumenta siempre la intensidad de la luz. En un caso que pude observar, los anillos conservaron su propiedad luminosa durante cerca de veinticuatro horas después de la muerte del insecto. Estos hechos parecen probar que el animal sólo posee la facultad de extinguir durante breves intervalos la luz que emite; pero que, en todos los demás instantes, la emisión luminosa es involuntaria. En pedregales húmedos he hallado gran número de larvas de estos lampíridos, que por su forma general se parecen a los gusanos de luz de Inglaterra. Estas larvas no poseen más que un débil poder luminoso: al contrario que sus padres, simulan la muerte y cesan de brillar; la irritación ya no excita en ellas otra nueva emisión luminosa. Conservé algunas vivas durante cierto tiempo. Su cola constituye un órgano muy singular, pues por medio de una disposición muy ingeniosa puede representar el papel de chupador y de depósito para la saliva o un líquido análogo. Les daba muy a menudo carne cruda: invariablemente advertí que la punta de la cola iba a colocarse en la boca para verter una gota de fluido sobre la carne que el insecto se disponía a tragar. A pesar de una práctica tan constante, la cola no parece poder hallar fácilmente la boca; por lo menos, la cola toca primero el cuello y éste parece servirle de guía.
Un escarabajo, el piróforo de pico de fuego (Pyrophorus luminosas), es el insecto luminoso más común en los alrededores de Bahía. En este insecto, como en otros varios que ya hemos citado, una irritación mecánica produce el efecto de hacer más intensa su luz. Divertíame un día en observar a este insecto, contemplando la facultad que tiene de dar grandes saltos, facultad que no me parece haberse descrito perfectamente4. Cuando el piróforo de pico de fuego está tumbado de espaldas y se prepara a saltar, echa atrás la cabeza y el tórax de tal suerte, que la espina pectoral se tiende y descansa en el borde su vaina. El insecto continúa este movimiento hacia atrás, empleando toda su energía muscular, hasta que la espina pectoral se atiranta como un resorte; en ese momento, el insecto descansa sobre el extremo de la cabeza y de los élitros. De pronto, se deja ir; la cabeza y el tórax se elevan, y a consecuencia de ello, la base de los élitros golpea con tanta fuerza en la superficie sobre la cual está, que bota hasta la altura de una o dos pulgadas. Los puntos avanzados del tórax y la vaina de la espina sirven para sostener el cuerpo entero durante el salto. En las descripciones que he leído, paréceme que no se ha fijado nadie lo suficiente en la elasticidad de la espina; un salto tan brusco no puede ser efecto de una simple contracción muscular, sin el auxilio de algún medio mecánico.
Durante mi residencia no dejé de hacer breves, pero agradabilísimas excursiones por las cercanías. Una vez fue al jardín Botánico, donde pueden verse muchos árboles conocidos por su gran utilidad. El árbol del alcanfor, el de la pimienta, el de la canela y el del clavillo tienen hojas que exhalan un aroma delicioso; el árbol del pan, el jaca y el mango rivalizan por la magnificencia del follaje. En los alrededores de Bahía, sobre todo, es notable el paisaje por la presencia de estas dos últimas especies arbóreas. Antes de verlas, no me hubiera figurado nunca que un árbol pudiese proyectar sobre el suelo una sombra tan espesa. Estos dos árboles guardan con los árboles siempre verdes de estos climas la misma relación que el laurel y el acebo tienen en Inglaterra con las especies deciduas de un verde más claro. Puede advertirse que en las regiones intertropicales los árboles más magníficos rodean a las casas, sin duda porque son los más útiles. En efecto, el bananero, el cocotero, las numerosas especies de palmeras, el-naranjo y el árbol del pan.
Un día me llamó la atención mucho una observación de Humboldt. El gran viajero alude a menudo «a los ligeros vapores que sin disminuir la transparencia del aire hacen más armoniosas las tintas y suavizan los contrastes». Este es un fenómeno que nunca observé en las zonas templadas. La atmósfera sigue transparente hasta una distancia de media milla a tres cuartos de milla; pero si se mira a mayor distancia, todos los colores se funden con una suavidad admirable en un tono gris algo azulado. El estado de la atmósfera había sufrido pocas modificaciones desde el amanecer a medio día, hora en que el fenómeno se manifestó en todo su esplendor, excepto en lo relativo a la sequedad de 70,5 a 1701a diferencia entre el punto de rocío y la temperatura.
Otra vez salí muy temprano y me fui a la Gavia o montaña del mastelero. El fresco era delicioso, el aire estaba embalsamado; las gotas brillaban aún sobre las hojas de las grandes liliáceas, que sombreaban arroyuelos de agua cristalina. Sentado en un peñón de granito, ¡qué placer sentía en observar los insectos y las aves que volaban en derredor mío! Los pájaros-moscas gustan muchísimo de esos lugares solitarios y sombríos. Al ver a estas avecillas zumbar alrededor de las flores haciendo vibrar sus alas con tanta rapidez que apenas podían distinguirse, acordábame sin querer de las mariposas llamadas esfinges; en efecto, hay la mayor analogía entre sus movimientos y costumbres.
Seguí una senda que me condujo a un magnífico bosque, y bien pronto se desplegó ante mis ojos una de esas admirables vistas tan comunes en los alrededores de Río. Me encontraba a una altura como de unos 500 o 600 pies; desde esa elevación el paisaje adquiere sus matices más brillantes; las formas y los colores superan tan por completo en magnificencia a todo cuanto un europeo ha podido ver en su país, que carece de expresiones para pintar lo que siente. El efecto general me recordaba las más brillantes decoraciones de la Opera. Nunca regresaba de esas excursiones con las manos vacías. Esta vez topé con un ejemplar de un hongo curioso, llamado Hymenophallus. Todo el mundo conoce al phallus inglés, que en otoño apesta el aire con su repugnante olor; algunos escarabajos, como lo saben los entomólogos, consideran ese olor cual un perfume delicioso lo mismo acontece aquí, pues un Stronggylus, atraído por el olor, vino a posarse sobre el hongo que llevaba yo en la mano. Este hecho nos permite evidenciar análogas relaciones, en dos países muy lejanos uno de otro, entre plantas e insectos pertenecientes a las mismas familias, aunque las especies sean diferentes. Cuando el hombre es quien introduce una nueva especie en un país, a menudo desaparece esa relación: puedo citar como ejemplo de esto el hecho de que las lechugas y las coles, que en Inglaterra son presa de un número tan grande de limacos y de orugas, permanecen intactas en los huertos próximos a Río.
Durante nuestra estancia en el Brasil, hice una gran colección de insectos. Algunas observaciones generales acerca de la importancia comparativa de los diferentes órdenes, pueden interesar a los entomólogos ingleses. Los lepidópteros, grandes y de admirable colorido, denotan la zona donde viven con mucha más claridad que ninguna otra raza de animales. Hablo sólo de las mariposas; porque las vespertiliónidas, contra lo que hubiera podido hacer pensar el vigor de la vegetación, me han parecido ciertamente menos numerosas que en nuestras regiones templadas. Mucho me sorprendieron las costumbres de la Papilio feronia. Esta mariposa es bastante común y suele frecuentar los bosques de naranjos. Aunque se eleva en el aire a mucha altura, acostumbra a posarse en el tronco de los árboles. Entonces está cabeza abajo y con las alas abiertas horizontalmente, en vez de levantarlas verticalmente, como lo hacen la mayoría de las mariposas. Además, es la única a quien he visto valerse de las patas para correr; yo no conocía esta costumbre suya, y por eso el insecto me escapaba más de una vez, ladeándose en el preciso momento de ir a cogerle con las pinzas. Pero (hecho más extraño aún) esta especie tiene la facultad de emitir sonidos5 . En varias ocasiones pasó una pareja de estas mariposas, probablemente un macho y una hembra, a uno o dos metros de mí, persiguiéndose la una a la otra. Pues bien; cada vez oía con claridad un ruido análogo al que producía una rueda dentada girando debajo de una lengüeta metálica. El ruido se renovaba con breves intervalos y podía percibirse a la distancia de unos 20 metros. Puedo afirmar que esta observación está exenta de todo error.
El aspecto general de los coleópteros me desilusionó mucho. Hay aquí escarabajos pequeños, de color oscuro, en grandísimo número6. Las colecciones europeas no poseen hasta ahora, sino ejemplares de las especies tropicales más grandes: una simple ojeada a lo que ha de ser el futuro catálogo completo bastaría para destruir por siempre el descanso de un entomólogo. Los escarabajos carnívoros o carábidos existen en cortísimo número entre los trópicos; este hecho es tanto más notable cuanto que los cuadrúpedos carnívoros existen en el mayor número en los países cálidos. Esto me llamó vivamente la atención al llegar al Brasil, y cuando vi reaparecer en las llanuras templadas de la Plata numerosos harpálidos, tan elegantes y tan activos. Las arañas tan numerosas y los himenópteros tan rapaces, ¿reemplazan a los escarabajos carnívoros? Son muy raros los escarabajos que se alimentan de carnaza y los braquélitros; por otra parte, se hallan en cantidades asombrosas los gorgojos y los crisomélidos, que se alimentan todos de vegetales. No hablo aquí del número de las diferentes especies, sino del número de los individuos, porque esta última cifra es la que constituye el carácter más llamativo de la entomología de llamada Februa Hoffmaneggi, que al volar hace un ruido análogo al de la carraca.
Los ortópteros y los hemípteros son muy numerosos, así como los himenópteros de aguijón, exceptuando quizá a las abejas. Quien entra por vez primera en un bosque tropical, se queda estupefacto al contemplar los trabajos ejecutados por las hormigas; vense por todas partes caminos bien llanos que van en todas direcciones, y por los cuales pasa constantemente un ejército de forrajeadoras, que unas van y otras vuelven cargadas con trozos de hojas verdes a menudo más grandes que su cuerpo.
Una pequeña hormiga negra viaja con frecuencia en cantidades infinitas. Cierto día, estando en Bahía, me chocó muchísimo ver a gran número de arañas, cucarachas y otros insectos—así como de lagartijas, atravesar un terreno desnudo dando señales de la mayor agitación. Detrás, a corta distancia, vi enteramente negros de hormigas los árboles y las hojas. Aquella tropa, después de haber atravesado el terreno desnudo, dividióse y descendió a lo largo de un vetusto paredón; así consiguió envolver a algunos insectos, que hicieron pasmosos esfuerzos para librarse de una terrible muerte. Cuando las hormigas llegaron al camino, cambiaron de dirección; dividiéronse en hileras estrechas y volvieron a subir el paredón. Puse una piedrecita de modo que interceptase el camino a una de las filas; atacola un batallón entero y luego se retiró inmediatamente. Poco después volvió a la carga otro batallón, pero no habiendo podido quitar el obstáculo, retirose a su vez y se abandonó ese camino. Dando un rodeo de una o dos pulgadas, la fila hubiera podido evitar aquella piedra, y eso hubiera ocurrido sin duda si hubiese estado allí desde el principio; pero esos pequeños guerreros animosos habían sido atacados y no querían ceder.
En los alrededores de Bahía hállanse en gran número ciertos insectos parecidos a avispas y que construyen con arcilla unas celditas para sus larvas en los rincones. Llenan esas celdas de arañas y orugas, a las cuales parecen saber picar admirablemente con el aguijón, de modo que las paralizan sin matarlas, y allí permanecen medio muertas hasta que se abran los huevos maduros las larvas se alimentan con esa horrible masa de víctimas impotentes, pero vivas aún; ¡tremendo espectáculo que un naturalista entusiasta7 llama, sin embargo, divertido y curioso! Un día observé con mucho interés un combate terrible entre un Pepsis y una gruesa araña del género Lycosa. La avispa arrojóse de repente sobre su presa y voló enseguida. Evidentemente quedó herida la araña, pues al tratar de huir rodó a lo largo de una cuestecilla del terreno; sin embargo, aún le quedó fuerza suficiente para arrastrarse hasta unas matas de hierbas, donde se ocultó. Volvió bien pronto la avispa y pareció sorprenderse al no hallar inmediatamente a su víctima. Comenzó entonces una cacería, tan regular como pudiera serlo la de un perro que persigue a una zorra; voló acá y allá, haciendo vibrar todo el tiempo sus alas y sus antenas. Muy luego fue descubierta la araña; y la avispa, temiendo evidentemente las mandíbulas de su adversaria, maniobró con cuidado para acercarse a ella, y acabó por picarla dos veces en la parte inferior del tórax. Por último, después de reconocer esmeradamente con sus antenas a la araña, inmóvil ya a la sazón, se dispuso a llevarse su presa; pero me apoderé del tirano y de su víctima 8.
Proporcionalmente a los otros insectos, el número de arañas es aquí muchísimo mayor que en Inglaterra, quizá hasta mayor que el de cualquier otra división de los animales articulados. Parece casi infinita la variedad de las especies en las arañas saltonas. El género o más bien la familia de las Epeiras, se caracteriza aquí por muchas formas singulares; algunas especies tienen escamas puntiagudas y coriáceas, otras tienen gruesas tibias revestidas de pinchos. Todos los senderos del bosque se encuentran obstruidos por la fuerte tela amarilla de una especie perteneciente a la misma división que la Epeira clanipes de Fabricius, araña que, según Sloane, teje en las Indias occidentales, telas bastante fuertes para retener aves. Una bonita araña pequeña, con las patas delanteras muy largas y que parece pertenecer a un género no descrito, vive parásita en casi todas esas telas. Supongo que es harto insignificante para que la gran Epeira se digne fijarse en ella; por tanto, le permite alimentarse de insectos pequeños que de otra manera no aprovecharían a nadie. Cuando esta arañita se asusta finge la muerte extendiendo las patas delanteras, o se deja caer fuera de la tela. Es en extremo común, sobre todo en los sitios secos, una gruesa Epeira perteneciente a la misma división que las Epeira tuberculata y cónica, esta araña refuerza el centro de su tela, generalmente colocada en medio de las grandes hojas del agane común, por medio de dos y aun cuatro cintas dispuestas en zig zag que enlazan dos de los radios. En cuanto un insecto grande, como un saltamontes o una avispa queda prendido en la tela, la araña le hace girar sobre sí mismo con rapidez por un movimiento brusco; al mismo tiempo envuelve a su presa en cierta cantidad de hilos que bien pronto forman un verdadero capullo alrededor de ella. La araña examina entonces a su víctima impotente y la muerde en la parte posterior del tórax; luego se retira y aguarda con paciencia a que el veneno haya producido su efecto. Puede juzgarse la virulencia de este veneno por el hecho de que abrí el capullo al medio minuto y estaba muerta ya una gran avispa contenida en él. Esta Epeira se coloca siempre cabeza abajo hacia el centro de su tela. Cuando se la molesta, obra de diverso modo según las circunstancias: si hay una espesura debajo de su tela, se deja caer de golpe. He podido ver a varias de estas arañas alargar el hilo que las retiene en la tela, para prepararse a caer. Por el contrario, si el suelo está desnudo, la Epeira rara vez se deja caer, sino que pasa con rapidez de un lado al otro de la tela por un paso central que existe al efecto. Si se la vuelve a molestar, se entrega a una curiosa maniobra: puesta en el centro de la tela, que está sujeta a ramas elásticas, la agita con violencia hasta que adquiere un movimiento vibratorio tan rápido que llega a hacerse invisible el cuerpo de la araña.
Sabido es que cuando un insecto grande queda preso en sus telas, la mayoría de nuestras arañas inglesas tratan de cortar los hilos y poner en libertad a aquél, para salvar sus redes de una destrucción completa. Sin embargo, una vez vi en un invernadero, en el Shorpshire, una gruesa avispa femenina detenida en la tela irregular de una arañita, que, en vez de cortar los hilos de su tela, continuó con perseverancia rodeando de hilos el cuerpo y sobre todo las alas de su presa. La avispa intentó muchas veces herir con su aguijón a su pequeña antagonista, pero en vano. Después de una lucha de más de una hora, diome lástima la avispa, la maté y volví a ponerla en la tela. Regresó bien pronto la araña; y una hora después me quedé atónito al sorprenderla con las mandíbulas fijas en el orificio por el cual sale el aguijón de la avispa viva. Eché de allí dos o tres veces a la araña, pero durante veinticuatro horas la encontré chupando siempre en el mismo sitio; hinchose muchísimo con los jugos de su presa, la cual era mucho más gruesa que ella misma.
Quizá convenga mencionar aquí que junto a Santa Fe Bajada hallé muchas arañas gruesas, negras, con manchas rojas en el dorso; estas arañas viven en bandadas. Las telas están puestas verticalmente, disposición invariable que adopta el género Epeira; están separadas unas de otras por el espacio de unos dos pies, pero unidas todas a ciertas líneas comunes en extremo largas y que se extienden a todas las partes de la comunidad. De esa manera, las telas unidas rodean la copa de algunos matorrales grandes. Azara9 describe una araña que vive en sociedad, observada por él en el Paraguay; Walckenaer piensa que debía ser un Theridion; pero probablemente será una Epeira, perteneciente acaso a la misma especie que la mía. Sin embargo, no puedo recordar haber visto el nido central tan grande como un sombrero, en el que, según Azara, depositan sus huevos en otoño las arañas, en el momento de su muerte. Como todas las arañas que he visto en este sitio tenían el mismo grueso, probablemente debían de tener la misma edad Esta costumbre de vivir en sociedad en un género tan típico como el de las Epeiras, es decir, en insectos tan sanguinarios y solitarios que hasta los dos sexos se atacan a menudo el uno al otro, constituye un hecho singularísimo.
En un valle alto de las cordilleras, cerca de Mendoza, he hallado otra araña que construye una tela muy particular. Fuertes hilos irradian en un plano vertical alrededor de un centro común donde se coloca el insecto; pero sólo dos radios están reunidos por un tejido simétrico, de suerte que, en vez de ser circular, como de ordinario, la tela, sólo consiste en un segmento en forma de cuña. En este sitio todas las telarañas tenían la misma forma.
SUMARIO: Montevideo.- Maldonado.- Excursión al río Polanco.- Lazos y bolas.- Perdices.- Carencia de árboles.Garnos.- Capybara, o cerdo de río.- Tucutuco- Molothus, costumbres parecidas a las del cuclillo.- Papamoscas.- Aves burionas.- Halcones que se alimentan de carnaza.- Tubos formados por el rayo.- Casa fulminada.
Maldonado.
5 de julio de 1832.- Largamos velas por la mañana y salimos del magnífico puerto de Río. Durante nuestro viaje hasta el Plata no vemos nada de particular, como no sea un día una grandísima bandada de marsopas, en número de varios millares. El mar entero parecía surcado por estos animales, y nos ofrecían el espectáculo más extraordinario cuando cientos de ellos avanzaban a saltos, que hacían salir del agua todo su cuerpo. Mientras nuestro buque corría nueve nudos por hora, esos animales podían pasar y repasar por delante de la proa con la mayor facilidad y seguir adelantándonos hasta muy lejos. Empieza a hacer mal tiempo en el momento en que penetramos en la desembocadura del Plata. Con una noche muy oscura, nos vemos rodeados por gran número de focas y de pájaros bobos que hacen un ruido tan extraño, que el oficial de cuarto nos asegura que oye los mugidos del ganado vacuno en la costa. Otra noche nos es dado presenciar una magnífica función de fuegos artificiales; naturales: el tope del palo y los extremos de las vergas brillaban con el fuego de San Telmo; casi podíamos distinguir la forma de la veleta, que parecía como si la hubiesen frotado con fósforo. El mar estaba tan luminoso, que los Pájaros bobos parecían dejar detrás de sí en su superficie un reguero de luz, y de vez en cuando las profundidades del cielo se iluminaban de pronto al fulgor de un magnífico relámpago.
En la desembocadura del río, observo con mucho interés la lentitud con que se mezclan las aguas marinas y las fluviales. Estas últimas, fangosas y amarillentas, flotan en la superficie del agua salada gracias a su menor peso específico. Podemos estudiar particularmente este efecto en la estela que deja el barco, allí donde una línea de agua azulada se mezcla con el líquido circundante después de cierto número de pequeñas resacas.
26 de julio.- Anclamos en Montevideo. Durante los dos años siguiente, el Beagle se ocupó en estudiar las costas orientales y meridionales de América al sur del Plata. Para evitar inútiles repeticiones extracto las partes de mi diario referentes a las mismas comarcas, sin atender al orden en que las visitamos.
Maldonado está en la margen septentrional del Plata a poca distancia de la desembocadura de este río. Es una población pequeña, muy miserable y muy tranquila. Está construida como todas las de este país, cruzándose las calles en ángulo recto y con una gran plaza en el centro, cuya extensión hace resaltar aún más el escaso número de habitantes. Apenas hay algo de comercio; las exportaciones se limitan a algunas pieles y algunas cabezas de ganado vivo. La población se compone principalmente de propietarios, algunos tenderos y los artesanos necesarios, tales como herreros y carpinteros, que ejecutan todos los trabajos en un radio de 50 millas. La población está separada del río por una hilera de colinas de arena como de una milla de anchura (1.609 metros); la rodea por las otras partes una planicie ligeramente ondulada y cubierta por una capa uniforme de hermoso césped, el cual ramonean innumerables rebaños de ganado vacuno, lanar y caballar. Hay muy pocas tierras cultivadas, hasta en los alrededores más próximos a la población. Algunos setos de cactus y de agaves indican los sitios donde se ha sembrado un poco de trigo o de maíz. El terreno conserva el mismo carácter en casi toda la extensión de la margen septentrional del Plata; la única diferencia consiste quizá en que las colinas de granito son aquí un poco más elevadas. El paisaje es muy poco interesante: apenas se ve una casa, un cercado o hasta un árbol que lo alegre un poco. Sin embargo, cuando se ha estado metido en un barco algún tiempo, se siente cierto placer en pasearse aun por llanuras de césped cuyos límites no pueden percibirse. Aparte de eso, si la vista siempre es la misma, muchos objetos particulares tienen suma belleza. La mayor parte de las avecillas poseen brillantes colores; el admirable césped verde, ramoneado muy al rape por las reses, está adornado por pequeñas flores, entre las cuales hay una que se parece a la margarita y os recuerda una antigua amiga. ¿Qué diría una florista al ver llanuras enteras tan completamente cubiertas por la verbena melindres, que aun a gran distancia presentan admirables matices de escarlata?
Diez semanas permanecí en Maldonado, y durante ese tiempo pude proporcionarme una colección casi completa de los animales mamíferos, aves y reptiles de la comarca.
Antes de hacer ninguna observación acerca de estos animales, contaré un viajecillo que hice hasta el río Polanco, sito a unas 70 millas en dirección al norte. Como prueba de excesiva baratura de todas las cosas en este país, puedo citar el hecho de que dos hombres queme acompañaban con un rebaño de unos doce caballos de silla, no me costaban más que dos pesos al día. Mis acompañantes llevaban sables y pistolas, precaución que yo creía bastante inútil. Sin embargo, una de las primeras noticias que llegaron a nuestros oídos fue que la víspera habían asesinado a un viajero que venía de Montevideo: habíase encontrado su cadáver en el camino, junto a una cruz puesta en memoria de un homicidio análogo.
Pasamos la primera noche en una casita de campo aislada. Noto allí bien pronto que poseo dos o tres objetos (y sobre todo una brújula de bolsillo) que producen el más extraordinario asombro. En todas las casas me piden que enseñe la brújula e indique en un mapa la dirección de diferentes ciudades. Produce la más intensa admiración el que yo, un extranjero, pueda indicar el camino (porque camino y dirección son dos voces sinónimas en este país llano), para dirigirse a tal o cual punto donde jamás estuve. En una casa, una mujer joven y enferma en cama, hace que me rueguen ir a enseñarla la famosa brújula. Si grande es su sorpresa, aún es mayor la mía al ver tanta ignorancia entre gentes dueñas de miles de cabezas de ganado y de estancias de grandísima extensión. Sólo puede explicarse esta ignorancia por la escasez de visitas de forasteros en este remoto rincón. Me preguntan si es la tierra o el sol quien se mueve, si en el norte hace más calor o más frío, dónde está España y otra multitud de cosas por el estilo. Casi todos los habitantes tienen una vaga idea de que Inglaterra, Londres y América del Norte son tres nombres diferentes de un mismo lugar; los más instruidos saben que Londres y la América del Norte son países separados, aunque muy cerca uno de otro, y que Inglaterra ¡es una gran ciudad que está en Londres! Llevaba conmigo algunas cerillas químicas, y las encendía con los dientes. No tenía límites el asombro, a la vista de un hombre que producía fuego con los dientes; así es que acostumbraba a reunirse toda la familia para presenciar ese espectáculo. Un día me ofrecieron un peso por una sola cerilla. En el pueblecillo de Las Minas me vieron jabonarme, lo cual dio margen a comentarios sin cuento; uno de los principales negociantes me interrogó con cuidado acerca de esta práctica tan singular; preguntóme también por qué a bordo llevábamos barba, pues había oído decir a nuestro guía que entonces gastábamos barba. Ciertamente le era yo muy sospechoso. Tal vez hubiera oído hablar de las abluciones mandadas por la religión mahometana; y sabiendo que era yo hereje, probablemente sacaría la consecuencia de que todos los herejes son turcos. Es usual en este país pedir hospitalidad por la noche en la primera casa algo acomodada que se encuentra. El asombro causado por la brújula y mis demás baratijas, servíanme hasta cierto punto, pues con esto y las largas historias que contaban los guías acerca de mi costumbre de romper las piedras, mi facultad de distinguir las serpientes venenosas de las que no lo eran, mi pasión por coleccionar insectos, etc., me hallaba en situación de pagarles su hospitalidad. Verdaderamente, hablo como si me hubiese visto en plena África central; no halagará a la banda oriental mi comparación; pero tales eran mis sentimientos en aquella época.
Al día siguiente llegamos al pueblecillo de Las Minas. Algunos cerros más, pero en resumen el país conserva el mismo aspecto; sin embargo, un habitante de las Pampas vería de seguro en él una región alpestre. La comarca está tan poco habitada, que apenas encontramos una sola persona durante un día entero de viaje. El pueblo de Las Minas aún es menos importante que Maldonado; está en una pequeña llanura rodeada de cerrillos pedregosos muy bajos. Tiene la forma simétrica de costumbre, y no deja de presentar un aspecto bastante bonito con su iglesia enlucida con cal y sita en el centro mismo del pueblo. Las casas de los arrabales se elevan en el llano como otros tantos seres aislados, sin jardines, sin patios de ninguna especie. Es la moda del país; pero eso da, en último término, a todas las casas una apariencia poco cómoda. Pasamos la noche en una pulpería o taberna. Gran número de gauchos acuden por la noche a beber alcohólicos y a fumar cigarros. Su aspecto es muy chocante: suelen ser fornidos y guapos, pero llevan impresos en la cara todos los signos del orgullo y de la vida relajada; muchos de ellos gastan bigote y cabellos muy largos, ensortijados por la espalda. Sus vestidos, de colores chillones; sus grandísimas espuelas resonantes, en los talones; sus cuchillos, llevados en el cinto a modo de dagas (de los cuales hacen tan frecuente uso), les dan un aspecto muy diferente de lo que pudiera hacer suponer su nombre de gauchos o simples campesinos. Son en extremo corteses; nunca beben sin pediros que probéis su bebida; pero mientras os hacen un saludo gracioso, puede decirse que están dispuestos a asesinaros si se presenta ocasión.
El tercer día seguimos una dirección bastante irregular, pues estaba yo ocupado en examinar algunas capas de mármol. Vimos muchos avestruces (Struthio rhea) en las hermosas llanuras de césped. Algunas bandadas eran hasta de veinte o treinta individuos. Cuando estos avestruces se colocan en una pequeña eminencia y su contorno se destaca sobre el cielo, forman un espectáculo muy bonito. Nunca he encontrado en ninguna otra parte del país avestruces tan domesticados; os dejan aproximaros hasta muy cerca de ellos, pero entonces extienden las alas, huyen, y bien pronto os dejan atrás, cualquiera que fuere la velocidad de vuestros caballos.
Llegamos por la tarde a casa de don Juan Fuentes, rico propietario territorial, pero que no conoce personalmente a ninguno de mis acompañantes. Cuando un forastero se acerca a una casa, hay que guardar algunas ceremonias de etiqueta. Se pone al paso el caballo, se recita un Ave María, y no es cortés echar pie a tierra antes de que alguien salga de la casa y os diga que os apeéis; la respuesta estereotipada del propietario es: Sin pecado concebida. Se entra en la casa entonces, y se habla de generalidades durante algunos minutos; luego se pide hospitalidad para aquella noche, lo cual se concede siempre, por supuesto. El forastero come con la familia y le dan un aposento, donde hace la cama con las mantas de su recado (o silla de las Pampas).
Es curioso advertir cómo las mismas circunstancias producen costumbres casi análogas. En el Cabo de Buena Esperanza se practican universalmente la misma hospitalidad y casi la misma etiqueta. Al punto se advierte la diferencia de carácter entre el español y el holandés, en que el primero nunca hace ni una sola pregunta a su huésped fuera de lo que exigen las reglas más severas de la cortesía, al paso que el bueno del holandés le pregunta de dónde viene, a dónde va, qué hace y hasta cuántos hermanos, hermanas o hijos tiene.
Poco tiempo después de nuestra llegada a casa de don Juan se echa hacia ella uno de los grandes rebaños de reses vacunas y se eligen tres animales a quienes matar para las necesidades de la gente. Esas reses casi salvajes son muy ágiles; como conocen muy bien el lazo fatal, obligan a los caballos a una larga y ruda cacería antes de dejarse coger.
Después de haber sido testigo de la grosera riqueza indicada por un número tan grande de hombres, vacas y caballos, casi es un espectáculo el mirar la miserable casucha de don Juan. El piso se compone sencillamente de barro endurecido y las ventanas no tienen vidrieras; los muebles de la sala consisten en algunas sillas muy ordinarias, algunos taburetes y dos mesas, Aunque hay muchos forasteros, la comida sólo se compone de dos platos (inmensos en verdad), conteniendo el uno vaca asada, el otro vaca cocida y algunos trozos de calabaza; no se sirve ninguna otra hortaliza y ni siquiera un pedazo de pan. Una jarra grande de barro cocido, llena de agua, sirve de vaso a toda la compañía. Y, sin embargo, este hombre es dueño de varias millas cuadradas de terreno, cuya casi totalidad puede producir trigo y con un poco de cuidado todas las legumbres usuales. Se pasa la velada en fumar y se improvisa un pequeño concierto vocal con acompañamiento de guitarra. Las señoritas, sentadas todas juntas en un rincón de la sala, no comen con los hombres.
Se han escrito tantas obras descriptivas acerca de estos países, que es casi superfluo describir el lazo o las bolas. El lazo consiste en una cuerda muy fuerte pero muy delgada, hecha de cuero sin curtir, trenzado con esmero. Uno de los extremos está fijo en la ancha cincha que sostiene el complicado aparato del recado. El otro extremo termina en un anillito de hierro o de cobre, por medio del cual puede hacerse un nudo corredizo. El gaucho, en el momento de servirse del lazo, conserva, en la mano con que gobierna el caballo, una parte de la cuerda arrollada; y en la otra mano tiene el nudo corredizo, dejándolo muy ancho, por lo común de unos ocho pies de diámetro. Lo hace girar alrededor de la cabeza, cuidando, con un hábil movimiento de la muñeca, de mantener abierto el nudo corredizo; luego lo arroja y le hace caer en el sitio que quiere. Cuando no se emplea el lazo, se arrolla y se lleva atado a la parte de atrás de la silla. Hay dos especies de bolas: las más sencillas, que se emplean para cazar avestruces, consisten en dos piedras redondas, cubiertas de cuero y reunidas por una tenue cuerda trenzada, como de unos ocho pies de longitud; la otra especie sólo difiere de ésta en que consta de tres pelotas reunidas por una cuerda a un centro común. El gaucho tiene en la mano la más pequeña de las tres y hace girar las otras dos en derredor de la cabeza; luego de hacer puntería las arroja, y las bolas van a través del aire girando sobre sí mismas como balas de cañón enramadas. En cuanto las bolas dan contra cualquier objeto, se enroscan cruzándose en derredor de él y se anudan con fuerza. El grueso y el peso de las bolas varían según el fin que se propone lograr con ellas: hechas de piedra y del tamaño de una manzana, hieren con tanta fuerza, que a veces rompen las patas del caballo a las cuales se arrollan; se hacen de madera, del tamaño de un nabo, para apoderarse de los animales sin herirlos. A veces son de hierro las bolas, y entonces llegan a mucha mayor distancia. La dificultad principal para servirse del lazo o de las bolas consiste en ser tan buen jinete, que, yendo a galope o volviendo grupas de pronto, se pueda hacerlos girar con bastante igualdad en derredor de la cabeza para poder apuntar; a pie se aprendería muy pronto a manejarlos. Divertíame cierta vez en galopar y hacer girar las bola en derredor de mi cabeza, cuando la bola libre chocó accidentalmente con un arbustillo; cesando entonces de pronto el movimiento de revolución, cayó al suelo la bola, rebotó enseguida y fue a enroscarse a una de las patas traseras de mi caballo; escapóseme la otra bola y quedó cogida mi cabalgadura. Afortunadamente era un caballo viejo y experto, pues de otro modo se hubiera puesto a cocear hasta caer de lado. Los gauchos se desternillaron de risa gritando que hasta entonces habían visto coger a toda clase de animales, pero que nunca habían visto a un hombre cogerse él mismo.
Dos días después llegué al punto más lejano que deseaba visitar. El país conserva el mismo carácter, tanto que el hermoso césped se hace más fatigoso que el camino más polvoriento. Vi en todas partes gran número de perdices (Nothura major). Estas aves no van en bandadas, y no se ocultan como las perdices en Inglaterra. Un hombre a caballo no tiene más que describir en derredor de estas perdices un círculo, o más bien una espiral, que le acerque a ellas cada vez más, para matar a palos todas cuantas quiera. El método más común consiste en cazarlas con un nudo corredizo o un lazo pequeño hecho con el cañón de una pluma de avestruz, atado a la punta de un palo largo. Un niño, jinete en un caballo viejo y pacífico, puede coger así 30 ó 40 en un solo día. En el extremo más septentrional de la América del Norte1 los indios cazan el conejo americano describiendo una espiral en torno de él, mientras está fuera de su yacija; la hora del medio día, cuando el sol está alto y el cuerpo del cazador no proyecta una sombra muy larga, parece ser el mejor momento para esta especie de caza.
Regresamos a Maldonado por un camino un poco diferente. Paso un día en casa de un viejo español muy hospitalario, cerca del «Pan de Azúcar», sitio muy conocido para quien haya remontado el Plata. Una mañana temprano subimos a la «Sierva de las Animas». Gracias a la salida del sol, el paisaje es casi pintoresco. Al poniente se extiende la vista por una inmensa llanura hasta la montaña de Montevideo, y al oriente por la región ondulosa de Maldonado. En la cúspide de la montaña hay varios montoncitos de piedras, que evidentemente están allí desde hace mucho tiempo. Mi compañero de viaje me asegura que son obra de los indios antiguos. Esos montones se parecen, en pequeño, a los que con tanta frecuencia se encuentran en el país de Gales. El deseo de señalar un acontecimiento cualquiera con un montón de piedras en el punto más alto de las cercanías, parece ser una pasión inherente de la humanidad. Hoy no existe ni un solo indio salvaje o civilizado en ninguna parte de la provincia, y no sé que los antiguos moradores hayan dejado tras de sí recuerdos permanentes más que esos insignificantes montones de piedras de la «Sierra de las Animas».
Hay pocos árboles en la banda oriental; hasta pudiera decirse que no hay ninguno, y este es un hecho muy notable. Encuéntranse matorrales achaparrados en una parte de las colinas peñascosas; a orillas de las mayores corrientes de agua, sobre todo el norte de Las Minas, hay sauces en bastante gran número. Me han dicho que hubo un bosque de palmeras junto al «Arroyo Tapes»; por otra parte, cerca del «Pan de Azúcar», a 350 de latitud, he visto una palmera de muchísima altura. Excepto estos pocos árboles, y los plantados por los españoles, falta por completo la leña. En el número de las especies introducidas por los europeos pueden contarse el álamo blanco, el olivo, el melocotonero y algunos otros frutales; el melocotonero se ha propagado tan bien, que es la única leña para quemar que puede hallarse en la ciudad de Buenos Aires. Los países absolutamente llanos, tales como las Pampas, parecen poco favorables al crecimiento de los árboles. ¿A qué debe atribuirse este hecho? Acaso a la fuerza de los vientos, acaso también al modo del desecamiento del suelo. Pero no puede explicarse por estas causas la falta de árboles en las cercanías de Maldonado: las colinas peñascosas que entrecortan esta región presentan abrigos y hay allí diferentes clases de terrenos; por lo común corre un arroyo por el fondo de cada valle, y la naturaleza arcillosa del suelo parece hacerlo muy apto para conservar una humedad suficiente. Se ha pensado, y ésta es una deducción muy probable en sí, que la cantidad anual de humedad determina la presencia de los bosques2; pues bien, en esta provincia caen lluvias abundantes y frecuentes en invierno, y aunque el verano es seco, no lo es en un grado excesivo3. Inmensos árboles cubren la casi totalidad de la Australia; sin embargo, el clima de este país es mucho más árido. Esta carencia de árboles en la banda oriental debe, pues, depender de alguna otra causa desconocida.
Si sólo se atendiese a la América del Sur, nos inclinaríamos acaso a creer que los árboles no crecen sino en un clima muy húmedo; en efecto, el límite de la zona de los bosques coincide muy singularmente con el de los vientos húmedos. En la parte meridional de este continente, allí donde soplan casi constantemente de tempestad los vientos del oeste, cargados de humedad por el Pacífico, todas las islas y todos los puntos de la costa occidental tan profundamente recortada, desde el 380 de latitud hasta la punta más extrema de la Tierra de Fuego, están cubiertos de impenetrables bosques. En la vertiente oriental de las Cordilleras y en esas mismas latitudes, pero donde el cielo azul y el clima tan hermoso prueban que el viento ha sido privado de su humedad al pasar por las montañas, las áridas llanuras de la Patagonia tienen pobrísima vegetación. En las partes más septentrionales del continente, en la región de los vientos alisios constantes al suroeste, magníficos bosques adornan la costa occidental; al paso que puede darse el nombre de desierto a toda la costa occidental comprendida entre los 40 y los 320 latitud sur. En esta costa occidental, al norte de los 44 latitud sur, al paso que los vientos alisios pierden su regularidad y caen periódicamente torrentes de lluvia, las costas que rodean el Pacífico, tan desnudas en el Perú, vístense junto al cabo Blanco de una admirable vegetación, tan célebre en Guayaquil y en Panamá. Así, en la parte meridional y en la parte septentrional de este continente, los bosques y los desiertos ocupan posiciones inversas con respecto a las cordilleras, y esas posiciones parecen determinadas por la dirección de los vientos que reinan con más constancia. En medio del continente hay una gran región intermediaria que comprende Chile central y las provincias del Plata, región donde los vientos cargados de humedad no tiene que pasar por encima de altas montañas; pues bien, en esa región la tierra ya no es un desierto ni está cubierta de bosques. Pero, aun aplicando sólo a la América del Sur esta regla, según la cual los árboles no crecen sino en un clima húmedo por vientos cargados de vapores, nos encontramos con una excepción muy marcada: las islas Falkland. Estas islas, situadas en la misma latitud que la Tierra del Fuego y distantes de ella 200 ó 300 millas nada más, tienen un clima casi análogo y una formación geológica casi idéntica. Abundan en situaciones favorables; el suelo, como el de la Tierra de Fuego, es una especie de turba, y, sin embargo, apenas se encuentran allí algunas plantas que merezcan el nombre de arbustillos; en la Tierra de Fuego, por el contrario, impenetrables bosques cubren hasta el rincón más pequeño. No obstante, la dirección de los vientos y de las corrientes marinas es favorable para el transporte de semillas desde la Tierra de Fuego, como lo prueban las canoas y los numerosos troncos de árboles que, arrastrados desde esta última, van a estrellarse contra la isla Falkland occidental. Sin duda, a esta. causa se debe la semejanza de la flora de ambos países, excepto los árboles, pues en las islas Falkland no han podido crecer ni siquiera las que se ha tratado de transplantar.
Durante mi permanencia en Maldonado, enriquecióse mi colección con varios cuadúpedos, ochenta especies de aves y numerosos reptiles, incluyendo nueve especies de éstos. El único mamífero indígena que aún se encuentra, muy común por otra parte, es el Cervus campestris. Este ciervo, reunido a menudo en pequeños rebaños, abunda en todas las regiones que rodean al Plata y en la Patagonia septentrional. Si se anda arrastrándose por el suelo para aproximarse a una manada, llevados estos animales por la curiosidad se os acercarán a menudo; empleando esta estratagema, he podido matar en un mismo sitio a tres ciervos de un mismo rebaño. Aun siendo tan manso y tan curioso, este animal desconfía en extremo si ve a alguien a caballo; en efecto, nadie va nunca a pie por este país, y et ciervo sólo ve un enemigo en el hombre cuando va a caballo y armado de bolas. En Bahía Blanca, establecimiento reciente en la Patagonia septentrional, me quedé atónito al ver cuán poco se asusta el ciervo por el disparo de un arma de fuego. Un día disparé diez tiros de fusil a un ciervo a una distancia de 80 metros; pues bien, parecía sorprenderle mucho más el ruido de la bala al dar en el suelo que el de la detonación de la escopeta. Ya no me quedaba pólvora; me vi obligado, por tanto, a levantarme (lo confieso para mi ludibrio como cazador, aunque con facilidad mato un pájaro al vuelo), y tuve que gritar muy fuerte para que el ciervo se alejase.
El hecho más curioso que debo advertir, acerca de este animal, es el olor fuerte y desagradable que exhala el macho. Es imposible describir este olor: diéronme náuseas y estuve a punto de desmayarme muchas veces mientras desollaba el ejemplar cuya piel está hoy en el Museo Zoológico. Envolví la piel en un pañuelo de seda para llevármela a casa. Pues bien; después de haber hecho lavar mucho el pañuelo de bolsillo lo usé continuamente; a pesar de lavarlo con frecuencia, cada vez que lo desdoblaba sentía inmediatamente ese olor, y esto duró diez y nueve meses. He aquí un pasmoso ejemplo de la persistencia de una sustancia que, sin embargo, debe de ser muy volátil; en efecto, a menudo me ha ocurrido, al pasar a media milla de distancia de una manada de ciervos, sentir, traído por el viento, un aire pestífero a causa del olor del macho. Creo que este olores más penetrante en la época en que son perfectas las astas del macho, es decir, cuando están desprovistas de la piel peluda que las cubre durante algún tiempo. Cuando el ciervo exhala este olor, claro es que no se puede comer su carne, pero los gauchos afirman que se la puede quitar todo mal gusto enterrándola en tierra húmeda y dejándola permanecer allí algún tiempo. He leído no sé dónde que los habitantes de las islas situadas al norte de Escocia tratan de la misma manera, antes de comerla, la tan detestable carne de las aves que se alimentan de pescado.
El orden de los roedores cuenta aquí con especies numerosas; me proporcioné ocho especies de ratones4. El roedor más grande que hay en el mundo, el Hidrochoerus capybara (cerdo de agua), es muy común en este país. En Montevideo maté uno que pesaba 98 libras; desde la punta del hocico hasta la cola medía tres pies y dos pulgadas de longitud; su circunferencia era de tres pies y ocho pulgadas. Estos grandes roedores frecuentan algunas veces las islas en la desembocadura del Plata, donde el agua es completamente salada; pero abundan mucho más en las márgenes de los ríos y de los lagos de agua dulce. Cerca de Maldonado suelen vivir tres o cuatro juntos. Durante el día están tendidos entre las plantas acuáticas o van tranquilamente a pacer la hierba de la llanura5. Vistos desde cierta distancia, su paso y su color les hace parecerse a los cerdos; pero cuando están sentados, vigilando con atención todo lo que pasa, vuelven a adquirir el aspecto de sus congéneres los cavias y los conejos. La gran longitud de su maxilar le da una apariencia cómica cuando se les ve de frente o de perfil. En Maldonado son casi mansos; andando con precaución, pude acercarme a una distancia de tres metros a cuatro de estos animales. Puede explicarse esta casi domesticidad por el hecho de que el jaguar ha desaparecido por completo de este país desde hace algunos años, y el gaucho no piensa que ese animal sea digno de ser cazado. Conforme iba acercándome a los cuatro individuos, de los cuales acabo de hablar, dejaban oír el ruido que les caracteriza, una especie de gruñido sordo y abrupto; no puede decirse que sea un sonido, sino más bien una expulsión brusca del aire que tienen en los pulmones; no conozco sino un solo ruido análogo a ese gruñido, y es el primer ladrido ronco de un perro grande. Después de habernos mirado mutuamente por espacio de algunos minutos, pues me examinaban ellos con tanta atención como podía yo examinarlos, tiráronse todos al agua con el mayor ímpetu, dejando oír su gruñido. Después de zambullirse durante algún tiempo volvieron a la superficie, pero sin sacar más que la parte superior de la cabeza. Cuando la hembra va a nado dícese que sus hijuelos se sientan en el lomo de la madre. Fácilmente se podría matar en gran número a estos animales, pero su piel vale poco y su carne no es muy buena. Abundan en las islas del río Paraná y sirven por lo común de presa al jaguar.
El tucutuco (Ctenomys brasiliensis) es un curioso animalito que puede describirse en pocas palabras: un roedor que tiene las costumbres del topo. Muy numeroso en algunas partes del país, no por eso deja de ser difícil adquirirlo; pues nunca sale, según creo, de debajo del suelo. Deja en el extremo exterior de su agujero un montoncito de tierra, lo mismo que hace el topo; sólo que ese montón es más pequeño. Estos animales minan tan completamente espacios grandísimos, que al pasar por encima de sus galerías los caballos, se hunden a menudo hasta los corvejones. Hasta cierto punto, los tucutucos parecen vivir en sociedad; el hombre que me dio mis ejemplares había cogido seis de un golpe, y me dijo que era cosa harto común el coger a muchos juntos. No se mueven durante la noche; se alimentan principalmente con las raíces de las plantas, y para encontrarlas hacen galerías inmensas. En todas partes se conoce a este animal, por un ruido muy particular que hace debajo del suelo. La persona que por vez primera oye este ruido se queda muy sorprendida: no es fácil decir de dónde viene y es imposible suponer quién lo causa. Ese ruido consiste en un gruñido nasal corto pero no muy fuerte, repetido rápidamente cuatro veces en el mismo tono6; se ha dado a este animal el nombre de tucutuco, para imitar el sonido que produce. Allí donde abunda este animal puede oírsele en todos los instantes del día, y a menudo exactamente debajo del sitio donde estamos. En un aposento los tucutucos se mueven despacio y con pesadez, lo cual parece depender de la acción de sus patas traseras; les es imposible saltar a la más pequeña altura vertical, por carecer de cierto ligamento la articulación del muslo. No tratan de escaparse; cuando están encolerizados o se asustan, dejan oír el tucutuco. Conservé algunos vivos y la mayor parte se domesticaron perfectamente desde el primer día, sin tratar de huir ni de morder; otros siguieron siendo ariscos un poco más tiempo.
El hombre que me los había proporcionado me afirmó que se encuentran gran número de ellos ciegos. Un ejemplar que conservé en espíritu de vino, hallábase en ese estado; Mr. Reed piensa que su ceguera proviene de una inflamación de la membrana nisctitante. Estando vivo el animal, puse un dedo a media pulgada de su cabeza y no lo vio; sin embargo, se dirigía por la estancia casi tan bien como los otros. Dadas las costumbres estrictamente subterráneas del tucutuco, la ceguera, aun siendo tan común, no puede ser para él una grave desventaja; sin embargo, parece extraño que un animal, sea cual fuere, tenga un órgano sujeto a alterarse con tanta frecuencia. Lamarck hubiera sacado mucho partido de este hecho, si lo hubiese conocido cuando discutía (probablemente con más verdad de la que por lo común se encuentra en él) la ceguera adquirida gradualmente por el Aspalax7, un roedor que vive debajo de tierra, y por el Proteus, un reptil que vive en oscuras cavernas llenas de agua; en estos dos últimos animales, el ojo esta casi en estado rudimentario y cubierto por una membrana aponeurósica y por piel. En el topo común, el ojo es extraordinariamente pequeño, pero perfecto; muchos anatómicos, sin embargo, dudan de que esté unido al verdadero nervio óptico; ciertamente la visión del topo debe de ser imperfecta, aunque probablemente le sea útil cuando sale de su agujero. En el tucutuco (que, según creo, nunca sale a la superficie) el ojo es bastante grande, pero casi nunca sirve para nada, puesto que puede alterarse sin que esto parezca causar el menor perjuicio al animal; sin duda ninguna, Lamarck hubiera sostenido que el tucutuco está pasando hoy al estado del aspalax y del proteo.
Hállanse numerosas especies de aves en las verdeantes llanuras que rodean a Maldonado. Hay allí varias especies de una familia que por su conformación y sus hábitos se aproxima mucho a nuestro estornino; una de esas especies (Molothrus niger) tiene unas costumbres muy notables. Con frecuencia puede verse a muchos de sus individuos posados en los lomos de un caballo o de una vaca; cuando se encaraman sobre un seto, limpiándose las plumas al sol, intentan algunas veces cantar o más bien silbar. El sonido que emiten es singularísimo: se asemeja al ruido que haría el aire saliendo por un pequeño orificio debajo del agua, pero con fuerza suficiente para producir un sonido agudo. Según Azara, este ave deposita sus huevos en los nidos de otras, como hace el cuco. Los campesinos me han dicho varias veces que hay ciertamente un ave que tiene esta costumbre; mi ayudante, persona muy cuidadosa, encontró un nido del gorrión de este país (Zonotrichia matutina), nido que contenía un huevo mayor que los otros, de color y forma diferentes también. Hay otra especie de Molothus en la América del Norte (Molothrus pecoris) que tiene esa misma costumbre del cuco y que desde todos los puntos de vista se asemeja mucho a la especie del Plata, hasta en el insignificante detalle de posarse en el lomo de las reses; sólo difiere de ella en ser un poco más pequeña, y en que su plumaje y sus huevos tienen un tinte algo diferente. Esta semejanza chocante de conformación y de costumbres en especies representativas que habitan en los dos extremos de un gran continente, tiene siempre sumo interés, aunque se encuentra con frecuencia.
Mr. Swainson ha advertido con mucha razón8 que, excepto el Molothrus pecoris (al cual conviene añadir el Molothrus niger), los cucos son las únicas aves que realmente pueden llamarse parásitas, es decir «que se adhieren, digámoslo así, a otro animal vivo, animal cuyo calor hace desarrollarse a su cría, que alimenta a sus hijuelos y la muerte del cual causaría la de éstos». Es muy de notar que algunas especies del cuco y del molotro, aunque no todas, hayan adoptado esta extraña costumbre de propagación parásita, cuando difieren casi todas sus otras costumbres. El molotro es un ave esencialmente sociable, como nuestro estornino, y vive en llanuras abiertas sin tratar de esconderse o de ocultarse; por el contrario (como todo el mundo lo sabe), el cuco es tímido en extremo, no frecuenta sino los matorrales más retirados y se alimenta de frutos y de orugas. Estos dos géneros tienen también una conformación muy diferente. Se han propuesto muchas teorías, llegándose a invocar hasta la frenología, para explicar el origen de ese tan curioso instinto que induce al cuco a poner sus huevos en los nidos de otras aves. Creo que sólo las observaciones de M. Prévost9 han dado alguna luz respecto a este problema. La hembra del cuco pone lo menos cinco o seis huevos; según la mayor parte de los observadores; y, según M. Prévost, tiene que ayuntarse con el macho cada vez que ha puesto uno o dos huevos. Pues bien, si la hembra se viese obligada a incubar sus propios huevos, tendría que incubarlos todos juntos, y por consiguiente, los de las primeras puestas quedarían abandonados tanto tiempo que se pudrirían, o tendría que ir incubando cada huevo por separado, inmediatamente después de ponerlo; y como el cuco permanece en nuestro país mucho menos tiempo que ninguna otra ave emigrante, la hembra no dispondría del necesario para ir incubando uno tras otro todos sus huevos durante su permanencia. El hecho de que el cuco se ayunta varias veces y la hembra pone los huevos con intervalos, parece explicar que los deposite en los nidos de otras aves y los abandone a los cuidados de sus padres postizos. Estoy tanto más dispuesto a aceptar esta explicación, cuanto que, como pronto se verá, he llegado de una manera independiente a adoptar las mismas conclusiones respecto a los avestruces de la América meridional, cuyas hembras son parásitas unas de otras, si así puede decirse; en efecto, cada hembra deposita varios huevos en los nidos de otras hembras, y el macho se encarga de todos los cuidados de la incubación, como los padres postizos respecto al cuco.
El número, la falta de energía y las asquerosas costumbres de las aves de rapiña de la América del Sur, que se alimentan de animales muertos, hacen de ellas unos seres en extremo curiosos para quien sólo conoce bien las aves de la Europa septentrional. Pueden comprenderse en esta lista cuatro especies de caracaras o Polyvorus, el buitre, el gallinazo y el cóndor. La conformación de las caracaras las hace colocar en el número de las águilas; veremos sin son dignas de tan alta alcurnia. Sus costumbres las hacen asemejarse mucho a nuestros cuervos, a nuestras picazas, a nuestras cornejas, que se alimentan de carnes muertas; tribu de aves muy difundida en todo el resto del mundo, pero que no existe en la América del Sur. Comencemos por el Polyvorus brasiliensis. Esta ave es muy común y habita en una superficie geográfica muy extensa; está en extremo difundida por las llanuras herbosas del Plata, donde recibe el nombre de carrancha, y se encuentra también bastante a menudo en los llanos estériles de la Patagonia. En el desierto que separa el río Negro del Colorado están en gran número en el camino de las caravanas para devorar los cadáveres de los infelices animales a quienes la sed y la fatiga han hecho morir en el camino. Aunque muy común en estos países secos y abiertos, así como en las costas áridas del Pacífico, habita también en los impenetrables bosques tan húmedos de la Patagonia occidental y de la Tierra de Fuego. Las carranchas, así como los chimangos, están siempre presentes en gran número en las «estancias», así como en los mataderos. Así que muere un animal en la llanura comienzan a comérselo los gallinazos; luego vienen las dos especies de Polyvorus, que no dejan absolutamente más que los huesos. Aunque estas aves se encuentran juntas en la misma presa, distan mucho de ser amigas. Mientras que la carrancha está tranquilamente encaramada sobre una rama de árbol o descansa en el suelo, el chimango continúa a menudo volando durante largo tiempo de acá para allá. Esta última no se apura y se limita a bajar la cabeza. Aunque las carranchas se reunen con frecuencia en gran número, no viven en sociedad, puesto que en los lugares desiertos se las ve a menudo solas o cuando más en parejas.
Me he fijado mucho en un pájaro burlón (Mimus orpheus), llamado calandria por los habitantes; este ave deja oír un canto superior al de todas las demás aves del país, y también es casi la única de la América del Sur a quien he visto encaramarse para cantar. Puede compararse este canto al de la silvia o curruca, sólo que es más potente; algunas notas duras y muy altas se mezclan con un gorjeo muy agradable. No se le oye en primavera; durante las otras estaciones dista mucho de ser armonioso su penetrante grito. Cerca de Maldonado estas aves son muy atrevidas y muy poco ariscas; visitan en gran número- las casas de campo para arrancar pedazos a la carne colgada en las paredes o en postes; si otra ave, sea cual fuere, se aproxima a ellas para tomar parte en el festín, las calandrias la expulsan enseguida. Otra especie, próxima aliada de ésta (Mimus patagónica, de D'Orbigny), que habita en las inmensas llanuras desiertas de la Patagonia, es mucho más salvaje, y tiene un tono de voz un poco diferente. Paréceme curioso mencionar (lo cual prueba la importancia de las más ligeras diferencias entre las costumbres) que, habiendo visto esta segunda especie, y no juzgándola sino desde este punto de vista, creí que era diferente de la especie habitante en las cercanías de Maldonado. Habiendo adquirido luego un ejemplar, y comparado ambas especies sin gran esmero, pareciéronme tan absolutamente semejantes que cambié de opinión. Pues bien, Mr. Gould sostiene que son dos especies distintas, conclusión que concuerda con la leve diferencia de hábitos que Mr. Gould no conocía, sin embargo.
No citaré más que otras dos aves muy comunes y muy nobles por sus costumbres. Puede considerarse al Saurophagus sulphuratus como el tipo de la gran tribu americana de los papamoscas. Por su conformación se asemeja mucho al verdadero alcotán, pero por sus costumbres puede comparársele a muchas aves. Le he observado con frecuencia estando yo de caza en el campo, cerniéndose ya encima de un sitio, ya sobre otro sitio. Cuando está suspenso así en el aire, a cierta distancia se le puede tomar fácilmente por uno de los miembros de la familia de las aves de rapiña; pero se deja caer con mucha menos fuerza y rapidez que el halcón. Otras veces, el saurófago frecuenta las cercanías del agua; Permanece allí quieto como un martínpescador, y pesca los pececillos que cometen la imprudencia de acercarse demasiado a la orilla. A menudo se guardan estas aves enjauladas o en los corrales de las granjas; en este caso, se les cortan las alas. Se domestican muy pronto, y es muy divertido observar sus maneras cómicas, las cuales se parecen mucho a las de la urraca común, según me han dicho. Cuando vuelan, avanzan por medio de una serie de ondulaciones, porque el peso de su cabeza y de su pico es demasiado grande, si con el de su cuerpo se compara. Por la noche, el saurófago se encarama sobre un matorral, casi siempre al borde del camino; y repite continuamente, sin modificarlo nunca, un grito agudo y bastante agradable, que se parece un poco a palabras articuladas. Los españoles creen reconocer éstas: «bien te veo», y por eso le han dado este nombre.
Dícese que las carranchas son muy astutas y que roban gran número de huevos. De acuerdo con los chimangos, intentan arrancar las costras que se forman en las heridas de los caballos y las mulas han podido hacerse en los lomos. Por un lado el pobre animal con las orejas colgando y encorvado er espinazo, por otro lado el ave amenazadora echando miradas de gula a esta presa asquerosa: todo ello forma un cuadro, descrito por el capitán Head con su ingenio y su exactitud habituales. Estas falsas águilas rarísimas veces atacan a un cuadrúpedo o a un ave vivos. Quien ha tenido ocasión de pasar la noche tumbado entre su manta en las desoladas llanuras de la Patagonia, cuando por la mañana abre los ojos y se ve rodeado a distancia por esas aves que le vigilan inmediatamente comprende las costumbres de buitre de esos comedores de carnaza; por supuesto, este es uno de los caracteres de aquellos países que no se olvida con facilidad y que reconoce todo el que los ha recorrido. Si un grupo de hombres va de caza, juntamente con caballos y con perros; muchas de esas aves les acompañan toda la jornada. En cuanto la carrancha se ha hartado, su buche desnudo se proyecta adelante; entonces (como siempre, por otra parte) está inactiva, pesada, floja; su vuelo perezoso y lento se parece al de la grulla inglesa; rara vez se cierne en los aires; sin embargo, dos veces vi a una de ellas cerniéndose a gran altura; entonces parecía moverse en el aire con mucha facilidad. En vez de saltar corre, pero no con tanta rapidez como algunas de sus congéneres. A veces, aunque muy pocas, deja oír la carrancha un grito; ese grito, fuerte, muy penetrante y singularísimo, puede compararse al sonido de la g gutural española seguido por una doble rr; cuando prorrumpe en ese grito eleva la cabeza cada vez más, hasta que, a la postre y abierto el pico cuan grande es, el vértice de la cabeza casi toca a la parte inferior de su dorso. Este hecho se ha negado; pero he podido observar frecuentemente a esas aves con la cabeza tan echada hacia atrás, que casi forman un círculo. Apoyándome en la elevada autoridad de Azara puedo añadir a estas observaciones: que la carrancha se alimenta de gusanos, moluscos acuáticos, limacos, saltamontes y ranas; que mata a los corderillos arrancándoles el cordón umbilical; y que persigue al gallinazo con tanto encarnizamiento, que este último se ve obligado a expeler la carnaza tragada por él recientemente. Azara afirma que a menudo se reúnen cinco o seis carranchas para dar caza a grandes aves y aun a las garzas reales. Todos estos hechos prueban que este ave es muy variable en sus gustos y que está dotada de una gran espontaneidad.
El Polyvorus chimango es mucho más pequeño que la especie precedente. Es un ave verdaderamente omnívora; come de todo, hasta pan; y me han asegurado que devasta los campos de patatas en Chiloé, arrancando los tubérculos que acaban de plantarse. Entre todas las aves que comen carne muerta, suele ser la última que abandona el cadáver de un animal; muy a menudo hasta la he visto en el interior del costillaje de un caballo o de una vaca, como un pájaro dentro de una jaula. El Polyvorus Novae Zelandiae es otra especie muy común en las islas Falkland. Estas aves se parecen casi en todo a las carranchas. Se alimentan de cadáveres y de animales marinos; en los peñones de Ramírez hasta tienen que pedir al mar todo su alimento. En extremo atrevidas, frecuentan las cercanías de las casas para apoderarse de todo cuanto se arroje desde ellas. Así que un cazador mata a un animal, se juntan alrededor suyo en gran número para precipitarse sobre cuanto el hombre pueda abandonar y esperan con paciencia durante horas si es preciso. Cuando están ahitos, hínchaseles el implume buche, lo cual les da un aspecto repulsivo. Suelen atacar a las aves heridas: habiendo llegado a descansar en la costa un Mórfex herido, inmediatamente fue rodeado por varias de esas aves, las cuales acabaron de matarlo a picotazos. El Beagle sólo visitó en verano las islas Falkland; pero los oficiales del buque Aventure, que pasaron un invierno en estas islas, me han citado muchos ejemplos extraordinarios de la audacia y de la rapacidad de estas aves. Una vez atacaron a un perro que dormía a los pies de uno de los oficiales; otra vez, estando de caza, hubo que disputarlas unos gansos que acababan de ser muertos. Dícese que reunidas en bandadas (y en esto se parecen a las carranchas), se colocan junto al boquete de una gazapera y se arrojan sobre el conejo en cuanto sale. Cuando el barco estaba en el puerto iban constantemente a visitarlo y era menester una vigilancia de todos los instantes para impedir que destrozasen los pedazos de cuero que había en las jarcias y llevarse los cuartos de carne o la caza colgados a popa. Estas aves son muy curiosas, y también sólo por eso muy desagradables: recogen todo cuanto pueda haber en el suelo; transportaron a una milla de distancia un gran sombrero de hule y lleváronse también un par de bolas muy pesadas, de las que sirven para la caza de reses mayores. Durante una excursión, Mister Usborne tuvo una pérdida muy sensible, puesto que le robaron una brujulita de Kater, metida en un estuche de tafilete rojo, y jamás pudo recobrarla. Se pelean mucho y tienen terribles accesos de cólera, durante los cuales arrancan la hierba a picotazos. No puede decirse que vivan verdaderamente en sociedad; no se ciernen en las alturas y su vuelo es pesado y torpe; corren con mucha rapidez, y su paso se asemeja bastante al de los faisanes. Son muy estrepitosos, dan varios gritos agudos; uno de esos gritos se parece al de la grulla inglesa, por lo cual les han dado este nombre los pescadores de focas. Circunstancia curiosa: cuando arrojan un grito echan atrás la cabeza, igual que la carrancha. Construyen los nidos en costas escarpadas, pero sólo en los islotes pequeños próximos a la costa y nunca en tierra firme o en las dos islas principales: extraña precaución para un ave tan poco asustadiza y tan atrevida. Los marinos dicen que la carne cocida de estas aves es muy blanda y constituye un manjar excelente; pero se necesita sumo valor para tragar un solo bocado de ella.
Sólo nos falta hablar del buitre (Vultur Aurea) y del gallinazo. Encuéntrase el primero en todas las comarcas moderadamente húmedas desde el cabo de Hornos hasta la América del Norte. Al contrario que el Polyvorus brariliensit y el chimango, ha penetrado en las islas Falkland. El buitre es un ave solitaria, que a lo sumo se encuentra por parejas. Puede reconocerse inmediatamente hasta a gran distancia por su elegante vuelo y por la altura a que se cierne. Sabido es que sólo se alimenta de carnaza. En la costa occidental de la Patagonia, en medio de los islotes con vegetación y en la costa tan profundamente recortada, se nutre nada más que con lo que el mar arroja a la costa y con las focas muertas. Donde estas últimas se reúnen sobre los peñascos, de seguro se encuentran buitres. El gallinazo (Cathartes atratus) no habita en las mismas regiones que la última especie y nunca se encuentra al sur del 41 de latitud. Según Azara, pretende una tradición que no había de estas aves junto a Montevideo en tiempo de la conquista, y que sólo han ido a esos parajes detrás de los habitantes. En la actualidad habitan en gran número en el valle del Colorado, sito a 300 millas al sur de Montevideo.
Parece probable que esta nueva inmigración ha ocurrido desde el tiempo de Azara. El gallinazo suele preferir un clima húmedo, o más bien las cercanías del agua dulce; por eso abunda en extremo en el Brasil y en el Plata y nunca se le encuentra en las llanuras áridas y desiertas de la Patagonia septentrional, excepto a lo largo de algunos ríos. Estas aves frecuentan las Pampas hasta las Cordilleras, pero ni una sola he visto en Chile; en el Perú se las respeta, por considerarlas como los verdaderos barrenderos de las calles. Ciertamente puede decirse que esta clase de buitres viven en sociedad, pues parecen complacerse en su mutua compañía y no sólo se reúnen para arrojarse contra una presa común. En un día bueno pueden observarse a menudo bandadas enteras cerniéndose a grandes alturas, describiendo cada ave las más graciosas evoluciones. Estas evoluciones no pueden ser para ellas más que un ejercicio, o tal vez se relacionen con sus enlaces matrimoniales.
He citado todas las aves que se alimentan de carnaza, excepto el cóndor; quizá sea preferible dejar lo que tengo que decir de él hasta que visitemos un país más en relación con sus costumbres que las llanuras del Plata.
A algunas millas de Maldonado, en una ancha zona de montecillos de arena que separan la laguna del Potrero de las márgenes del Plata, encontré un grupo de esos tubos vitrificados y silíceos que forma el rayo cuando penetra en la arena. Esos tubos se parecen por completo a los de Drigg en Cumberland, descritos en las Geological Traniactions 10. Los cerrillos de arena de Maldonado, no estando sujetos por vegetales de ninguna especie, cambian continuamente de posición. Por esta causa, los tubos habían sido proyectados sobre la superficie; y numerosos fragmentos, desparramados en derredor de ellos, probaban que antes estuvieron enterrados a mayor profundidad. Había cuatro que penetraban verticalmente en la arena en este sitio; ahondando con las manos, pude seguir uno de ellos hasta una profundidad de dos pies; añadiendo algunos fragmentos que con toda evidencia habían pertenecido al mismo tubo, alcancé una longitud total de cinco pies y tres pulgadas. El diámetro de este tubo era de igual calibre en todas partes, lo cual nos autoriza para suponer que en su origen tenía una longitud mucho mayor. Pero, en último término, estas dimensiones son muy pequeñas si se comparan con las de los tubos de Drigg, uno de los cuales se encontró hasta una longitud de 30 pies.
La superficie interior de estos tubos está completamente vitrificada, reluciente y pulida. Examinado al microscopio un pequeño fragmento, se asemeja a un trozo de metal sometido a la acción del soplete: tan grande es el número de burbujas de aire o de vapor que contiene. La arena es en este punto silícea del todo o en gran parte; pero en algunos sitios del tubo presenta un color negro, y la superficie reluciente tiene un brillo absolutamente metálico. El espesor de las paredes del tubo varía entre 1/13 y 1/20 de pulgada, subiendo a veces hasta el de 1/ 10 de pulgada. En el exterior, los granos de arena están redondeados y un poco vitrificados, pero no he podido advertir ningún signo de cristalización. Como ya se indicó en las Geological Transactions, los tubos suelen estar comprimidos y tienen profundas ranuras longitudinales, lo cual hace que parezcan en absoluto un tallo vegetal arrugado, o mejor aún la corteza de un olmo o de un alcornoque. Tienen unas dos pulgadas de circunferencia; pero en algunos fragmentos cilíndricos donde no existen ranuras, la circunferencia llega hasta a cuatro pulgadas. Estas ranuras provienen evidentemente de la compresión ejercida por la arena circundante sobre el tubo, mientras éste se hallaba aún blando, a consecuencia de los efectos del calor intenso. A juzgar por los fragmentos no comprimidos, la chispa debía tener un diámetro (si así puede decirse) de 1/4 pulgada. Los señores Hachette y Beudant, en París, consiguieron hacer tubos11 análogos desde todos los puntos de vista a estas fulguritas, haciendo pasar descargas eléctricas extremadamente intensas a través de vidrio en polvo impalpable; cuando añadían sal al vidrio para aumentar su fusibilidad, los tubos tenían dimensiones mucho mayores. No consiguieron obtener tubos haciendo pasar la chispa a través del feldespato o cuarzo pulverizados. Un tubo obtenido en vidrio pulverizado tenía cerca de una pulgada de longitud (exactamente 982/1.000) y un diámetro interior de 19 milésimas de pulgada. Cuando al mismo tiempo se advierte que se empleó la batería más fuerte existente en París y que se hizo uso de sustancias tan fácilmente fusibles como el vidrio para llegar a formar tubos tan pequeños, ¡qué asombro se experimenta al pensar en la fuerza de una descarga eléctrica que en varios puntos arenosos pudo formar cilindros que en un caso tenían por lo menos 30 pies de longitud y un diámetro interior de 1 1/2 pulgada en los sitios no comprimidos, con una sustancia tan extraordinariamente refractaria como el cuarzo!
Los tubos, como ya lo he hecho notar, penetran en la arena en una dirección casi vertical. Sin embargo, uno de ellos, menos regular que los otros, se desviaba de la línea recta; el mayor codo formaba un ángulo de 330. De ese mismo tubo, separadas entre sí un pie, partían dos ramas pequeñas, una con la punta vuelta hacia arriba y la otra hacia abajo. Este hecho es tanto más notable, cuanto que el fluido eléctrico debió de volverse atrás, formando con la línea principal de dirección un ángulo agudo de 260. Aparte de estos cuatro tubos, que conservaban su posición en planos verticales, y que pude seguir por debajo de la superficie, encontré encima del suelo otros varios grupos de fragmentos pertenecientes, con seguridad, a tubos que debían de haberse formado allí cerca. Todos estaban en la cima plana de un montecillo de arena movediza, de unos 60 metros por 20, situado en medio de otros méganos arenosos más altos, a una distancia como de media milla de una cadena de colinas de 400 ó 500 pies de altura. Lo que me parece más notable aquí, como en Drigg y como en el caso observado por el señor Ribbentrop en Alemania, es el número de tubos encontrados en un espacio tan restringido. En Drigg observáronse tres en un espacio de 15 metros cuadrados; en Alemania se halló el mismo número. En el caso que acabo de describir, había, ciertamente, más de cuatro en un terreno de 60 metros por 20. Pues bien, como no parece probable que descargas separadas produzcan esos tubos, debemos creer que la chispa se divide en ramas separadas un poco antes de penetrar en el suelo.
Por otra parte, las cercanías del río de la Plata parecen singularmente sujetas a los fenómenos eléctricos. En 1793 estalló sobre Buenos Aires una de las tempestades quizá más terribles de que guarda recuerdo la Historia12; cayeron rayos en 37 puntos de la ciudad y quedaron muertas 19 personas. Con arreglo a los hechos que he podido entresacar de muchas narraciones de viajes, me inclino a creer que las tempestades son muy comunes junto a la desembocadura de los grandes ríos. ¿Consistirá en que la mezcla de inmensas cantidades de agua dulce y de agua salada perturbe el equilibrio eléctrico? Durante nuestras visitas accidentales en esta parte de la América del Sur, también oímos decir que habían caído rayos sobre un buque, dos iglesias y una casa.
Poco tiempo después vi una de esas iglesias y la casa que pertenecía a Mr. Hood, cónsul general de Inglaterra en Montevideo. Algunos de los efectos del rayo habían sido curiosísimos; el papel estaba ennegrecido en una anchura como de un pie a cada lado de los alambres de hierro de las campanillas. Dichos alambres se fundieron; y aunque aquel aposento tenía quince pies de alto, al caer fundidos glóbulos de metal sobre las sillas y los muebles, los atravesaron con muchos agujeritos. Parte de la pared se hizo trizas, como si dentro de la casa hubiese hecho explosión una mina cargada de pólvora; y los restos de esa pared fueron proyectados con tanta fuerza, que se metieron en la pared opuesta de la estancia. El marco dorado de un espejo quedó negro todo él; relatilizose sin duda el dorado, puesto que un frasco colocado encima de la chimenea junto al espejo estaba revestido de brillantes partículas metálicas que se adherían al vidrio tan por completo como el esmalte.
SUMARIO: El río Negro.- Estancias atacadas por los indios. Lagos salados.- Flamencos.- Del río Negro al río Colorado. Árbol sagrado.- Liebre de la Patagonia.- Familias indias.- El general Rosas.- Excursión a Bahía Blanca.- Méganos de arena.- Teniente Negro.- Bahía Blanca.- Incrustaciones salinas.- Punta Alta.- El Zorrillo.
Del río Negro a Bahía Blanca.
24 de julio de 1833.- El Beagle zarpa de Maldonado, y el 3 de agosto llega a la desembocadura del río Negro. El río Negro es el principal río que hay en la costa, entre el estrecho de Magallanes y el Plata; se vierte en el mar a unas trescientas millas (480 kilómetros) al sur del valle del Plata. Hace cerca de cincuenta años el gobierno español estableció una pequeña colonia en ese sitio; aún es hoy el punto más meridional (latitud 400) donde habita el hombre civilizado en la costa oriental de América.
El país es miserable junto a la desembocadura del río Negro; por el lado sur del río comienza una larga línea de riberas escarpadas verticales, que presentan un corte de la naturaleza geológica de la comarca. Las diferentes capas se componen de gres superpuestos; hay, entre otras, una capa muy notable porque consta de trozos de piedra pómez cementadas fuertemente y que deben de provenir de los Andes, situados a una distancia de más de cuatrocientas millas (640 kilómetros). La superficie del suelo está en todas partes cubierta por una espesa capa de guijarros que se extiende a lo lejos en la llanura. El agua es tan en extremo escasa, y salitrosa casi siempre. La vegetación es muy pobre; apenas se encuentran algunos matorrales, y todos ellos armados con punzantes espinas que parecen prohibir al extranjero la entrada en estas regiones inhospitalarias.
La colonia está a orillas del río, a 18 millas de la desembocadura. El camino sigue el lomo de los cantiles que forman el límite septentrional del gran valle por el cual corre el río Negro. Al pasar vemos las ruinas de algunas hermosas «estancias» destruidas hace pocos años por los indios, después de haber rechazado muchos ataques. Un hombre que vivía en una de esas «estancias» cuando uno de los ataques, me refirió cómo habían pasado las cosas. Prevenidos con tiempo los habitantes, pudieron meter todo el ganado vacuno y caballar en el corral1 que rodeaba la casa y montar algunos cañoncitos. Los indios (araucanos de Chile meridional), en número de varios centenares, y perfectamente disciplinados, aparecieron bien pronto sobre una colina próxima, divididos en dos columnas; apeáronse de los caballos, se quitaron los mantos de pieles y avanzaron desnudos por completo en son de ataque. La única arma de un indio consiste en un bambú (chuzo) muy largo, adornado con plumas de avestruz y terminado por una punta de lanza muy acerada. Mi acompañante aún parecía sentir profundo terror al recordar aquellos sucesos. Así que llegó cerca de la estancia, el cacique Pincheira intimó a los sitiados a la rendición, amenazándoles, de lo contrario, con la muerte. Como en todas las circunstancias hubiera sido ese el resultado de la entrada de los indios, respondióseles con una descarga de fusilería. Los indios, sin asustarse, se aproximaron a la empalizada del corral; pero, con gran sorpresa suya, advirtieron que las estacas estaban clavadas unas a otras, en vez de estar atadas con tiras de cuero como de costumbre, y en vano intentaron abrir brecha con los cuchillos. Esta circunstancia salvó la vida a los blancos; los indios se llevaron consigo sus numerosos heridos; y, por último, habiéndolo sido también uno de sus caciques, tocaron retirada Fueronse en busca de sus caballos y parecieron celebrar consejo de guerra; terrible pausa para los españoles, que habían agotado todas sus municiones, excepto algunos cartuchos. Al cabo de un instante, los indios volvieron a montar a caballo y desaparecieron bien pronto. Otra vez aún fue rechazado más presto un ataque de los indios: un francés, de mucha calma y sangre fría, habíase encargado de apuntar el cañón; aguardó a que los indios casi le tocasen, y después hizo fuego; el cañón estaba cargado con metralla y 39 salvajes cayeron para no levantarse más. Este solo cañonazo bastó para poner en fuga a toda la banda.
La ciudad se llama indistintamente El Carmen o Patagones. Está pegada a un ribazo escarpado que costea el río; hasta se han excavado cierto número de habitaciones en el gres que forma la falda de la colina. El río, profundo y rápido, tiene unos 200 ó 300 metros de anchura en este sitio. Las numerosas islas cubiertas de sauces, las numerosas colinas que se ven elevarse unas tras otras y que forman el límite septentrional de este espacioso valle verde, presentan un cuadro casi pintoresco cuando las alumbra un sol espléndido. No hay allí sino unos cuantos centenares de habitantes. En efecto: estas colonias españolas no llevan en sí los elementos para un desarrollo rápido, como nuestras colonias inglesas. Muchos indios de pura raza, residen en los alrededores; la tribu del cacique Lucaneo, ha construido sus toldos2 en los mismos extramuros de la ciudad. El gobierno local les suministra provisiones, dándoles todos los caballos demasiado viejos para poder prestar ningún servicio; además, estos indios ganan algunos céntimos fabricando esteras y algunos artículos de sillería. Se les considera como civilizados; pero lo que han podido perder en ferocidad, lo han ganado, y aún más, en inmoralidad. Dícese que algunos jóvenes mejoran un poco y consienten en trabajar; hace algún tiempo, alistáronse algunos a bordo de un barco para pescar focas y se condujeron muy bien. Actualmente gozan de los frutos de su trabajo; lo cual consiste para ellos en ponerse vestidos muy limpios, pero de los colores más chillones, y en no hacer absolutamente nada en todo el día. Tienen exquisito gusto en materia de vestir; si se hubiese podido transformar en estatua de bronce a una de esas jóvenes indias, hubiera sido perfecta desde el punto de vista del ropaje.
Fuí a visitar un gran lago salado (una salina), a unas quince millas de la ciudad. Durante el invierno es un lago muy poco profundo, lleno de agua salada; en verano se transforma en un campo de sal, tan blanca como la nieve. Cerca de la orilla, esa capa tiene de cuatro a cinco pulgadas de espesor; pero este espesor aumenta hacia el centro. Dicho lago ocupa una extensión de dos y media millas de longitud, por una milla de anchura. En las cercanías hay también otros mucho mayores, cuyo fondo consiste en una capa de sal de dos o tres pies de espesor, hasta en invierno, cuando están llenos de agua. Esas hondonadas admirablemente blancas, en medio de esa llanura árida y triste, forman un contraste extraordinario. Se saca de la salina anualmente una cantidad grandísima de sal: he visto en las orillas, inmensos montones, centenares de toneladas dispuestas para la exportación. La época de trabajo en las salinas, es el tiempo de la cosecha para Patagones, pues la prosperidad de la ciudad depende de la exportación de sal. Acude entonces casi toda la población a acampar en las márgenes de la salina y transporta la sal al río en carretas tiradas por bueyes. Esta sal, cristaliza en gruesos cubos y es notablemente pura. Mr. Trenham Reeks, ha hecho el análisis de algunos ejemplares que traje, encontrando en ellos nada más que 0,26 centésimas de yeso y 0,22 de materias térreas. Es extraño que esta sal no sea tan buena para conservar la carne como la sal extraída del agua del mar en las islas de Cabo Verde; un negociante de Buenos Aires, me ha dicho que valía ciertamente un 50 por 100 menos. Por eso se importa de continuo sal de las islas de Cabo Verde, para mezclarla con el producto de estas salinas. Esa inferioridad no debe de tener otra causa sino la pureza dé la sal de la Patagonia, o la carencia en ella de los demás principios salinos que se encuentran en el agua del mar. Creo que nadie ha pensado en esta explicación, que, sin embargo, está confirmada por un hecho ya señalado3, a saber: las sales que mejor conservan el queso son aquéllas que contienen la mayor proporción de cloruros delicuescentes.
Los bordes del lago son fangosos; en ese barro hay numerosos cristales de yeso, algunos de los cuales tienen hasta tres pulgadas de longitud; en la superficie de ese légamo se encuentran también gran número de cristales de sulfato de sosa. Los gauchos llaman a los primeros los «padres de la sal», y a los segundos, las «madres»; afirman que estas sales progenitoras existen siempre en las orillas de las salinas, cuando el agua comienza a evaporarse. El barro de los bordes es negro y exhala un olor fétido. Al pronto no pude darme cuenta de la causa de este olor; pero muy luego advertí que la espuma traída por el viento a las orillas es verde, como si contuviese un gran número de confervas. Quise traerme una muestra de esa materia verde, pero un accidente me la hizo perder. Algunas partes del lago, vistas a corta distancia, parecen tener un color rojo, lo cual quizá dependa de la presencia de algunos infusorios. En muchos sitios se nota rebullir en ese fango una especie de gusanos. ¡Qué asombro produce el pensar que puedan existir en la salmuera seres vivos y pasearse en medio de cristales de sulfato de sosa y de sulfato de cal! ¿Qué es de esos gusanos cuando, durante el largo estío de esas regiones, la superficie se transforma en una capa de sal sólida? Un gran número de flamencos habitan este lago y se reproducen en sus cercanías.. He encontrado esas aves en toda la Patagonia, en el Chile septentrional y en las islas de los Galápagos: en todas partes donde hay lagos de agua salobre. Aquí los he visto zambullirse en el légamo en busca de su alimento, constituido probablemente por los gusanos que viven entre el fango; éstos, a su vez, se alimentan probablemente de infusorios o de confervas.
He aquí un pequeño mundo adaptado a esos lagos de salmuera que se encuentran tierra adentro. Dícese que un crustáceo muy pequeño (Cáncer salinas) habita en infinito número en las salinas de Lymington; pero sólo en las hondonadas donde por efecto de la evaporación, el líquido ha adquirido ya una densidad muy grande, como un cuarto de libra inglesa de sal por cada medio litro de agua4. ¡Sí, sin duda, puede afirmarse que todas las partes del mundo son habitables! Lagos de agua salobre, lagos subterráneos ocultos en las laderas de las montañas volcánicas, fuentes minerales de agua caliente, profundidades del océano, regiones superiores de la atmósfera, hasta una superficie de las nieves perpetuas: ¡en todas partes hay seres organizados!
Al norte del río Negro, entre este río y el país habitado cerca de Buenos Aires, los españoles no poseen más que un pequeño establecimiento, recién fundado, en Bahía Blanca. En línea recta, hay cerca de 500 millas inglesas (800 kilómetros) del río Negro a Buenos Aires. Las tribus nómadas de indios, que usan caballo y siempre han ocupado la mayor parte de este país, atacan últimamente a cada instante las estancias aisladas; por eso el gobierno de Buenos Aires organizó hace algún tiempo, para exterminarlas, un ejército al mando del general Rosas.
Las tropas estaban entonces acampadas a orillas del Colorado, río que corre a unas 80 millas al norte del río Negro. Al salir de Buenos Aires, el general Rosas avanzó en línea recta en medio de llanuras no exploradas aún; después de desalojar así a los indios, dejó detrás de sí, a grandes intervalos, pequeños destacamentos con caballos (posta), para asegurar sus comunicaciones con la capital. El Beagle tenía que hacer escala en Bahía Blanca; por tanto, resolví marchar allá por tierra, y más adelante me decidí a valerme de las postas para ir de la misma manera a Buenos Aires.
11 de agosto.- Tengo por compañeros de viaje a Mister Harris, un inglés residente en Patagones, un guía y cinco gauchos que se dirigen al ejército para negocios. Según ya hemos dicho, el Colorado está, a lo sumo, a 80 millas de distancia; pero vamos muy despacio, y llevamos cerca de dos días y medio de camino. El país entero sólo merece el nombre de desierto; no se encuentra agua sino en dos pozos pequeños; llamanla agua dulce, pero es enteramente salobre, aun en esta época del año, en plena estación de las lluvias. El viaje debe de ser terrible en verano; ya lo era muchísimo cuando lo hice en invierno. El valle del río Negro, por ancho que sea, es una simple excavación de la llanura de gres, porque inmediatamente encima del valle, donde está la ciudad, comienza un llano cortado por algunas depresiones y algunos valles insignificantes. Por todas partes el paisaje ofrece el mismo aspecto estéril; un suelo árido y pedregoso soporta apenas algunas matas de hierba marchita, y acá y allá algunos matorrales espinosos.
Pocas horas después de haber pasado del primer pozo, vemos un árbol famoso que los indios reverencian como el altar de Walleechu. Este árbol se eleva sobre una altura en medio de la llanada; por eso se ve desde una gran distancia. En cuanto lo ven los indios, expresan su adoración con grandes gritos. El árbol es poco alto, tiene numerosas ramas y está lleno de espinas; el tronco tiene un diámetro de unos tres pies, al nivel del suelo. Está aislado, y hasta es el primer árbol que hemos visto desde hace mucho tiempo. Después encontramos algunos otros de la misma especie, pero son muy raros. Estamos en invierno, y por eso el árbol no tiene hojas; pero en su lugar cuelgan innumerables hilos, de donde penden las ofrendas, consistentes en cigarros, pan, carne, retales de tela, etc. Los indios pobres, que no tienen nada mejor que ofrecer, se contentan con sacar un hilo de su poncho y atarlo al árbol. Los más ricos tienen la costumbre de verter espíritu de granos y mate en cierto agujero; después se colocan debajo del árbol y se ponen a fumar, cuidando de echar el humo al aire; con esto piensan proporcionar la más dulce satisfacción a Walleechu. Para completar la escena, vense en derredor del árbol los blancos esqueletos de los caballos sacrificados en honor del dios. Todos los indios, sean cuales fueren su edad y su sexo, hacen por lo menos una ofrenda; entonces quedan persuadidos de que sus caballos se volverán infatigables y de que su felicidad será perfecta. El gaucho que me contaba todo esto, añadía que en tiempo de paz había presenciado a menudo esta escena; y que él y sus acompañantes tenían la costumbre de aguardar a que los indios se hubiesen alejado, para ir a apoderarse de las ofrendas hechas a Walleechu.
Las gauchas piensan que los indios consideran al árbol como Dios mismo, pero me parece mucho más probable que sólo lo consideren como el altar del dios. Sea como fuere, la única razón que me parece explicar la elección de una divinidad tan extraña, es que este árbol sirve para indicar un paso muy peligroso. Se ve la sierra de la Ventana a inmensa distancia. Un gaucho me refirió, que viajando un día con un indio a algunas millas al norte del río Colorado, su acompañante se puso a hacer el ruido que hacen todos sus compatriotas en cuanto perciben el famoso árbol; después llevose la mano a la cabeza e indicó la sierra lejana. El gaucho le preguntó la razón de todos esos gestos, y el indio le respondió en su mal español: Primera vista de la sierra. A unas dos leguas de ese curioso árbol, hacemos alto por la noche. En ese instante, los gauchos ven una desgraciada vaca: montar a caballo y comenzar la cacería es obra de un momento; pocos minutos después la traen arrastrando hasta nuestro campamento y la matan. Poseemos, pues, las cuatro cosas necesarias para la vida en el campo: pastos para los caballos, agua (en bien pequeña cantidad, es cierto, y muy fangosa), carne y leña para hacer fuego. Los gauchos no caben en sí de gozo al ver tanto lujo, y bien pronto descuartizamos a la pobre vaca. Es la primera noche que paso al aire libre, con la silla de montar por almohada.
La vida independiente del gaucho tiene, sin disputa, un gran encanto. ¿No es nada eso de poder parar el caballo cuando se quiera y decir: «Vamos a pasar aquí la noche»? El silencio de muerte que reinó en la llanura, los perros de centinela, los gauchos tomando disposiciones para la noche alrededor de la lumbre, todo en aquella primera noche dejó en mi espíritu una impresión que nunca se borrará.
El país que recorremos al otro día es enteramente semejante al que habíamos recorrido la víspera. Muy pocas aves, muy pocos animales habitan en él. De vez en cuando se ve un ciervo o un guanaco (Llama salvaje); pero el agutí (Cavia patagónica) es el más común de todos los cuadrúpedos. Este animal se asemeja a nuestra liebre, aun cuando difiere de este género en muchos caracteres esenciales; por ejemplo, no tiene más que tres dedos en las patas traseras. Adquiere también doble tamaño que la liebre, pues pesa de 20 a 25 libras. El agutí es el verdadero amigo del desierto; a cada instante vemos dos o tres de estos animales saltando uno tras otro a través de estas llanuras silvestres. Se extienden al norte hasta la sierra Tapalguen (latitud, 370 30'), punto donde la llanura se hace de pronto más húmeda y más verde; el límite meridional de su vivienda está entre Puerto-Deseado y el puerto San Julián, aun cuando la naturaleza del paisaje no cambia en nada. Es de advertir que aunque el agutí ya no se encuentra en ningún punto más al sur del puerto San Julián, el capitán Wood vio en este sitio grandísimo número de ellos durante su viaje en 1670. ¿Qué causa ha podido modificar en una región salvaje,, desierta y tan escasamente visitada como esta, la habitación de este animal? Fundándose en el número de agutís que el capitán Wood mató en un solo día en Puerto-Deseado, parece también que dichos animales eran allí mucho más numerosos entonces que ahora. En todas partes donde habita la viscacha, este animal hace galerías, y el agutí se sirve de ellas; pero en los lugares donde no se encuentra la viscacha, como en Bahía Blanca, el mismo agutí hace minas. Igual acontece con el pequeño búho de las Pampas (Athene cunicularia), descrito tan a menudo, como estando de centinela a la entrada de las conejeras; en efecto, en la banda oriental, donde no hay viscachas, ese ave se ve obligada a hacerse ella misma su guarida en tierra.
Al siguiente día por la mañana, conforme nos acercamos más al río Colorado, advertimos un cambio en la naturaleza del país. Bien pronto llegamos a una llanura que por su hierba, sus flores, el alto trébol que la cubre y el número de búhos pequeños que ella habitan se parece muchísimo a las Pampas. Atravesamos también un pantano fangoso de gran "extensión; este pantano se seca en estío y entonces se encuentran en él numerosas incrustaciones de diferentes sales; de ahí proviene, sin duda, el llamarle un salitral. Este pantano se hallaba entonces cubierto de plantas bajas, vigorosas, parecidas a las que crecen en las orillas del mar. El Colorado tiene unos 60 metros de anchura en el sitio por donde lo cruzamos; por lo común suele tener doble anchura que ésta. El río tiene un lecho muy tortuoso, indicado por sauces y cañaverales. Dijéronme que en línea recta distábamos nueve leguas de la desembocadura, por agua hay 25 leguas. Nuestro paso en canoa se retardó por un incidente que no dejó de presentarnos un espectáculo bastante curioso: inmensos rebaños de yeguas atravesaban el río a nado, con el fin de seguir a una división del ejército al interior. Nada más cómico que el ver esos cientos y miles de cabezas, vueltas todas en la misma dirección, con las orejas erguidas, con las ventanas de la. nariz muy abiertas, resoplando con fuerza, en la misma superficie del agua, semejando una piara inmensa de animales anfibios. Cuando las tropas van de expedición, se alimentan exclusivamente de carne de yegua, lo cual les da una gran facilidad de movimientos. En efecto, a los caballos puede hacérseles atravesar grandísimas distancias en estas llanuras; me han asegurado que un caballo sin carga puede recorrer varios días seguidos 100 millas diarias.
El campamento del general. Rosas está muy cerca de este río. Es un cuadrado formado por carretas, artillería, chozas de paja, etc. No hay más.que caballería, y pienso que nunca se ha juntado un ejército que se parezca más a una partida de bandoleros. Casi todos los hombres son de raza mezclada; casi todos tienen sangre negra, india, española, en las venas. No sé por qué, pero los hombres de tal origen, rara vez tienen buena catadura. Me presento al secretario del general para enseñarle mi pasaporte. Inmediatamente se pone a interrogarme del modo más altanero y misterioso. Por fortuna llevo encima una carta de recomendación que me ha dado el gobierno de Buenos Aires5 para el comandante de Patagones. Lleva esa carta al general Rosas, quien me envía un atentísimo mensaje, y el secretario viene en mi busca, pero esta vez muy cortés y muy cumplido. Vamos a aposentarnos al rancho o choza de un viejo español que había seguido a Napoleón en su expedición a Rusia.
Permanecemos dos días en el Colorado; no tengo nada que hacer, pues todo el país circundante no es sino un pantano inundado por el río en verano (diciembre), cuando se funden las nieves en las cordilleras. Mi principal diversión consiste en observar a las familias indias que acuden a comprar diferentes géneros de poca monta en el rancho que nos sirve de habitación. Suponíase que el general Rosas tenía unos 600 aliados indios. La raza es grande y hermosa. Más adelante encontré esa misma raza en los indígenas de la Tierra de Fuego, pero allí el frío, la carencia de alimentos y la falta absoluta de civilización la han hecho feísima. Algunos autores, al indicar las razas primitivas de la especie humana, han dividido a estos indios en dos clases, pero, con toda certeza, esto es un error. Puede realmente decirse que algunas mujeres jóvenes, o chinas, son bellas. Tienen los cabellos ásperos, aunque negros y brillantes, llevándolos en dos trenzas que les cuelgan hasta la cintura. Su tez es cargada de color y tienen muy vivos los ojos; las piernas, los pies y los brazos son pequeños y de forma elegante; engalánanse los tobillos y a veces la cintura con anchos brazaletes de baratijas de vidrio azul. Nada hay más interesante que algunos de esos grupos de familia. A menudo venían a nuestro rancho una madre y dos hijas montadas en el mismo caballo. Cabalgan como los hombres, pero con las rodillas mucho más altas. Esta costumbre quizá proceda de que al viajar suelen ir montadas en los caballos que llevan los bagajes. Las mujeres deben cargar y descargar los caballos, armar las tiendas para la noche: en una palabra, verdaderas esclavas, como las mujeres de todos los salvajes, han de hacerse en todo lo más útiles posible. Los hombres se baten, cazan, cuidan de los caballos y fabrican artículos de sillería. Una de sus principales oraciones consiste en golpear dos piedras una contra otra, hasta redondearlas para hacer bolas con ellas. Con auxilio de esta arma importante, el indio se apodera de la caza y hasta de su caballo que va en libertad por la llanura. Cuando se bate trata en primer término de derribar el caballo de su adversario con las bolas, y de matar a éste con el chuzo mientras está cogido por la montura. Si las bolas no alcanzan sino al cuello o al cuerpo de un animal, se pierden a menudo; pues bien, como se necesitan dos días para redondear esas piedras, su fabricación es una fuente de trabajo continuo. Muchos de ellos, hombres y mujeres, se pintan de rojo la cara; pero nunca he visto aquí las bandas horizontales tan comunes entre los fueguinos. Su principal orgullo consiste en que todos los arneses de sus monturas sean de plata. En tratándose de un cacique, las espuelas, los estribos, las bridas del caballo, así como el mango del cuchillo, todo es de plata. Un día vi a un cacique a caballo; las riendas eran de hilo de plata y no más gruesas que una cuerda de látigo; no dejaba de presentar algún interés el ver a un caballo fogoso obedecer a una cadena tan ligera.
El general Rosas expresó deseos de verme, circunstancia de la cual hube de felicitarme más tarde. Es un hombre de un carácter extraordinario, que ejerce la más profunda influencia sobre sus compatriotas, influencia que sin duda pondrá al servicio de su país para asegurar su prosperidad y su ventura6. Dícese que posee 74 leguas cuadradas de terreno y unas 300.000 cabezas de ganado. Dirige admirablemente sus inmensas propiedades y cultiva mucho más trigo que todos los demás propietarios del país. Las leyes que ha hecho para sus propias estancias, un cuerpo de tropas (de varios centenares de hombres) que ha sabido disciplinar admirablemente de modo que resistieran los ataques de los indios: he aquí lo que ante todo hizo fijarse en él y que comenzara su celebridad. Cuéntanse muchas anécdotas acerca de la rigidez con que hacía ejecutar sus mandatos. Véase una de esas anécdotas: había ordenado, bajo pena de ser atado a la picota, que nadie llevase cuchillo el domingo. En efecto, ese día es cuando se bebe y se juega más; de ahí resultan disputas que degeneran en peleas, en las cuales naturalmente representa su papel el cuchillo y que casi siempre acaban por homicidios. Un domingo se presentó con gran ceremonial el gobernador para visitarle; y el general Rosas, en su apresuramiento por ir a recibirle, salió con el cuchillo al cinto como de costumbre. Su intendente le tocó en el brazo y le recordó la ley. Volviéndose entonces inmediatamente el general hacia el gobernador, le dice que lo siente muchísimo, pero que tiene que abandonarle para ir a hacer que le aten a la picota y que ya no es dueño en su propia casa hasta que vayan a desatarle. Poco tiempo después convencieron al intendente para que fuese a dejar en libertad a su jefe; pero apenas lo había hecho así, volvióse el general y le dijo: «Acaba Vd. de infringir a su vez la ley y tiene que ocupar mi puesto». Actos como esos entusiasman a los gauchos, todos los cuales son en extremo celosos de su igualdad y de su dignidad.
El general Rosas es también un perfecto jinete, cualidad muy importante en un país donde un ejército eligió un día su general a consecuencia del siguiente hecho. Hízose entrar en un corral un rebaño de caballos salvajes y luego se abrió una puerta cuyos montantes estaban unidos en lo alto por una barra de madera. Se convino en que quien, saltando desde la barra, consiguiera ponerse a horcajadas encima de uno de esos animales indómitos en el momento de escaparse del corral y además lograra sostenerse sin silla ni brida sobre el lomo del caballo y volviese a entrarlo, sería elegido general. Un individuo lo consiguió y fue electo, resultando sin duda ninguna un general muy digno de tal ejército. También el general Rosas realizó esa hazaña.
Empleando estos medios, adoptando el traje y las maneras de los gauchos, es como el general Rosas ha adquirido una popularidad sin límites en el país y luego un poder despótico. Un negociante inglés me ha asegurado que un hombre detenido por haber muerto a otro, cuando le interrogaron acerca del móvil de su crimen, respondió: «Le he matado porque habló con insolencia del general Rosas». Al cabo de una semana pusieron en libertad al asesino. Quiero suponer que este sobreseimiento fue ordenado por los amigos del general y no por el mismo Rosas.
En la conversación el general Rosas es entusiasta, pero a la vez está lleno de buen sentido y de gravedad, llevada esta última hasta el exceso. Uno de sus bufones (tiene dos junto a su persona, como los señores feudales) me contó con este motivo la anécdota siguiente: «Un día deseaba oír yo cierta pieza de música y fui dos o tres veces en busca del general para pedirle que mandase tocarla. La primera vez me respondió: - Déjame en paz, estoy ocupado. - Fui a buscarle por segunda vez y me dijo: - Como vuelvas de nuevo, hago que te castiguen. -Volví por tercera vez y echóse a reír. Me escapé de su tienda, pero era demasiado tarde; ordenó a dos soldados que me cogiesen y me atasen a cuatro postes. Pedí perdón invocando a todos los santos de la corte celestial, pero no quiso perdonarme; cuando el general se ríe, no perdona a nadie». El pobre diablo aún ponía una cara angustiosa al recordar los postes. En efecto, es un suplicio muy doloroso: clávanse cuatro pilotes en el suelo, de los cuales se suspende horizontalmente al hombre por las muñecas y por los tobillos, y allí se le deja estirarse durante algunas horas. Evidentemente, la idea de este suplicio se ha tomado del método que se emplea para secar las pieles. Mi entrevista con el general terminó sin que se sonriese ni una sola vez; y obtuve de él un pasaporte y un permiso para valerme de los caballos de posta del gobierno, documentos que me dio de la manera más servicial.
A la mañana siguiente salgo para Bahía Blanca, donde llego al cabo de dos días. Después de abandonar el campamento regular, atravesamos los «toldos» de los indios. Esas chozas, redondas como hornos, están cubiertas de pieles; a la entrada de cada una de ellas hay un chuzo clavado en tierra. Los toldos están divididos en grupos separados, que pertenecen a las tribus de los diferentes caciques; estos grupos se subdividen a su vez en otros más pequeños, según el grado de parentesco de los poseedores. Seguimos durante muchas millas en el valle del Colorado. Las llanuras de aluvión son muy fértiles en este lado del río y me parecen admirablemente adaptadas para el cultivo de los cereales. Bien pronto volvemos la espalda al río para dirigirnos al norte y entramos en un país que difiere un poco del que atravesamos para llegar al Colorado. El suelo siegue siendo seco y estéril, pero soporta plantas de varias especies; la hierba, aunque siempre agostada y marchita, es más abundante y están más espaciadas las malezas espinosas. Bien pronto desaparecen estas últimas por completo y nada rompe ya entonces la monotonía de la llanura. Este cambio de vegetación señala el comienzo del gran depósito arcilloso-calcáreo que forma la vasta extensión de las Pampas y recubre las rocas graníticas de la banda oriental. Desde el estrecho de Magallanes hasta el Colorado, en una extensión de más de 800 millas (1.290 kilómetros), la superficie del país está en todas partes cubierta por una capa de cantos rodados, casi todos de pórfido, que probablemente proceden de las rocas de las cordilleras. Al norte del Colorado se adelgaza esta capa de guijarros, se hacen éstos cada vez más pequeños y desaparece la vegetación característica de la Patagonia.
Después de haber recorrido unas veinticinco millas, llegamos a un ancho cinturón de montecillos de arena que se extiende al este y al oeste hasta perderse de vista. Como esos montecillos de arena descansan sobre arcilla, pueden formarse pequeños estanques; y así suministran pequeños depósitos de agua dulce, muy preciosa en este país tan seco y árido. No se piensa lo suficiente en las inmensas ventajas que resultan las depresiones y elevaciones del suelo. Insignificantes desigualdades en la superficie de la llanura determinan la formación de las dos miserables fuentes que se encuentran en el largo trayecto entre los ríos Negro y Colorado; sin esas desigualdades, no se encontraría ni una sola gota de agua. Este cinturón de montecillos de arena tiene más de ocho millas de ancho; en algún período antiguo, ese cinturón formaba probablemente el límite del gran estuario por donde hoy corre el Colorado. En esta región, en la cual se ven a cada instante pruebas absolutas del reciente levantamiento del terreno, no pueden descuidarse estas observaciones aunque sólo se refieren a la geografía física del país. Después de haber atravesado ese espacio arenoso, llegamos por la noche a una de las paradas.
A la mañana siguiente se envía muy temprano a buscar caballos y salimos a galope. Pasamos la Cabeza del Buey, antiguo nombre dado a la extremidad de un gran pantano que se extiende hasta Bahía Blanca. Cambiamos de caballos por última vez y seguimos nuestra caminata a través del barro durante varias leguas, por marismas y charcas saladas. Mi caballo da una caída y yo me doy un remojón en fango negro y líquido, accidente muy desagradable cuando se carece de ropa de repuesto. A pocas millas del fuerte encontramos a un hombre, el cual nos dice que acaba de dispararse un cañonazo, en señal de que los indios están en las cercanías. Por eso abandonamos inmediatamente el camino y seguimos la orilla de un pantano, dispuestos a meternos en él si vemos aparecer a los salvajes; en efecto, ese es el mejor medio para escapar de su persecución. Tenemos la fortuna de llegar al recinto amurallado de la ciudad y nos dicen entonces que aquella alarma era falsa: cierto que se habían presentado indios, pero eran aliados deseosos de ir a unirse al general Rosas.
Bahía Blanca apenas merece el nombre de pueblo. Un foso profundo y una muralla fortificada rodean a algunas casas y a los cuarteles de tropas. Ese establecimiento es muy reciente (1828), y desde que existe ha reinado siempre la guerra en las cercanías. El gobierno de Buenos Aires ha ocupado injustamente esos terrenos por medio de la fuerza, en lugar de seguir el prudente ejemplo de los virreyes españoles que habían comprado a los indios las tierras colindantes con el establecimiento más antiguo del río Negro. De ahí la necesidad absoluta de las fortificaciones; de ahí también el pequeño número de casas y la breve extensión de los terrenos cultivados extramuros; los mismos ganados no están al abrigo de los ataques de los indios más allá de los límites de la llanura en la cual se encuentra la fortaleza.
La parte del puerto donde el Beagle debía anclar estaba a 25 millas de distancia; el comandante de la plaza me concede un guía y caballos para ir a ver si ha llegado. Al abandonar la llanura de verde césped que se extiende por las márgenes de un riachuelo, entramos bien pronto en un vasto llano donde sólo vemos arenas, charcas saladas o barro. Algunos matorrales achaparrados brotan acá y allá; en otros sitios el suelo está cubierto de esas plantas vigorosas que sólo alcanzan todo su desarrollo donde abunda la sal. Por árido que sea el país, hallamos bastantes avestruces, ciervos, agutís y armadillos. Mi guía me refiere que dos meses antes estuvo a punto de ser muerto. Cazaba con otras dos personas a poca distancia del sitio donde estábamos, cuando de pronto se encontraron frente a una partida de indios que se pusieron a perseguirles, alcanzaron muy pronto a sus dos compañeros y les dieron muerte. Las bolas de los indios llegaron también a rodear las patas de su caballo, pero saltó inmediatamente a tierra, y con ayuda del cuchillo consiguió cortar las correas que le tenían preso; al hacer esto, veíase obligado a dar vueltas en derredor de su cabalgadura para evitar los chuzos de los indios; sin embargo de su agilidad, recibió dos heridas graves. Al cabo logró montar en la silla y evitar a fuerza de energía las largas lanzas de los salvajes que le seguían de cerca y que no cesaron en la persecución sino cuando llegó a la vista del fuerte. Desde entonces, el comandante prohibió a todo el mundo salir de la plaza. Ignoraba yo todo eso cuando me puse en camino; y, lo confieso, con cierta inquietud vi a mi guía observar con la más profunda atención a un ciervo, que al otro extremo de la llanura parecía haber sido asustado por alguien.
El Beagle no había llegado aún; por tanto, nos pusimos en marcha para volver; pero nuestros caballos estaban fatigados y no tuvimos más remedio que vivaquear en el llano. Por la mañana habíamos matado a un armadillo; aunque es un ejemplar excelente si se le asa dentro de su mismo caparazón, para dos hombres hambrientos no había con eso dos refacciones de sustancia, almuerzo y comida. En el sitio donde tuvimos que detenernos para pasar la noche estaba el suelo cubierto por una capa de sulfato de sosa; por consiguiente, allí no había agua. Sin embargo, un gran número de roedores pequeños lograban hallar-su subsistencia; y durante la mitad de la noche oí al tucutuco su llamada habitual, precisamente debajo de mi cabeza. Teníamos muy malos caballos; estaban tan rendidos al día siguiente por no haber tenido nada para beber, que nos vimos obligados a apearnos y seguir a pie el camino. Hacia mediodía, nuestros perros mataron un cabrito, que hicimos asar. Comí poco, pero enseguida me entró una sed intolerable. Sufría tanto más cuanto que por obra de lluvias recientes encontrábamos a cada instante charquitos de agua cristalina, pero de la cual era imposible beber ni una sola gota. Apenas llevaba unas veinte horas sin agua y sólo me había expuesto al sol muy poco tiempo; sin embargo, sentía una gran debilidad. ¿Cómo se puede sobrevivir dos o tres días en las mismas circunstancias? Eso es lo que no puedo imaginar. Sin embargo, debo reconocer que mi guía estaba imperturbable y parecía extrañarse mucho de que en mí produjese tal efecto un día de privación.
He aludido varias veces a las costras de sal que existen en la superficie del suelo. Este fenómeno, por completo diferente del de las salinas, es muy extraordinario. Encuéntranse esas costras en muchas partes de la América del Sur, donde el clima es moderadamente seco; pero nunca he visto tantas como en los alrededores de Bahía Blanca. Allí, como en otras partes de la Patagonia, la sal consiste principalmente en una mezcla de sulfato de sosa con un poco de sal común. Todo el tiempo en que el suelo de estos salitrales (como los llaman los españoles impropiamente, porque han tomado esa sustancia por salitre), permanece lo suficientemente húmedo, no se ve nada más que una llanura cuyo suelo es negro y fangoso;, acá y allá algunas matas de plantas vigorosas. Si se vuelve a una de esas llanuras después de unos cuantos días de calor, causa grandísima sorpresa el encontrarla enteramente blanca como si hubiese caído nieve y el viento hubiera acumulado ésta en montoncitos en muchas partes. Este último efecto proviene de que durante la evaporación lenta suben las sales a lo largo de las matas de hierba muerta, de los trozos de leña seca y de los terrones de tierra, en vez de cristalizar en el fondo de las charcas de agua. Los salitrales se encuentran en las llanuras elevadas unos cuantos pies nada más sobre el nivel del mar o en los terrenos de aluvión que costean a los ríos. M. Parchappe7 ha visto que las costras salinas en las planicies sitas a algunas millas de distancia del mar consisten principalmente en sulfato de sosa y no contienen más que 7 por 100 de sal común, al paso que junto a la costa la sal común entra en la proporción de 37 por 100. Esta circunstancia induce a creer que el sulfato de sosa es engendrado en el suelo por el cloruro de sodio que quedó en la superficie durante el lento y reciente levantamiento de este país seco; sea como fuere, el fenómeno merece llamar la atención a los naturalistas. Las plantas vigorosas que crecen en el suelo y que, como es sabido, contienen mucha sosa, ¿tienen el poder de descomponer el cloruro sódico? El fango negro, fétido y abundante en materias orgánicas, ¿cede el azufre y por fin el ácido sulfúrico de que está saturado?
Dos días después me encamino de nuevo al puerto. Ya nos acercábamos al punto de llegada, cuando mi acompañante (el mismo hombre que me había guiado) vio a lejos a tres personas cazando a caballo. Echo pie a tierra enseguida, los examinó con cuidado y me dijo: «No montan a caballo como cristianos y además nadie puede abandonar el fuerte». Reuniéronse los tres cazadores y se apearon también. Por último, uno de ellos volvió a montar a caballo, dirigiose hacia lo alto de la colina y desapareció. Mi acompañante me dijo: «Ahora tenemos que montar otra vez a caballo, cargue V. su pistola», y examinó su sable. «¿Son indios?», le pregunté. - «¿Quién sabe? Pero, en fin, si no son más que tres, poco importa». Entonces pensé que el hombre que desapareció detrás de la colina habría ido en busca del resto de la tribu. Comuniqué este pensamiento a mi guía, el cual me contestaba siempre con su eterno «¿Quién sabe?». Sus ojos no se apartaban un instante del horizonte, escudriñándolo con cuidado. Su imperturbable sangre fría acabó por parecerme una verdadera broma, y le pregunté por qué no nos volvíamos al fuerte. Su respuesta me intranquilizó un poco: «Volveremos, dijo, pero de modo que vayamos junto a un pantano; pondremos allí a galope a nuestros caballos y nos llevarán hasta donde puedan; después nos confiaremos a nuestras piernas; de este modo no hay peligro». Confieso que, no sintiéndome muy convencido, le apremié a caminar más deprisa. «No, me respondió, mientras ellos no aceleren el paso». Nos poníamos a galopar en cuanto una desigualdad del terreno nos ocultaba a los enemigos, pero cuando estábamos a la vista de ellos íbamos al paso. Por fin llegamos a un valle, y volviendo a la izquierda nos dirigimos rápidamente a galope tendido al pie de una colina; entonces me hizo tenerle el caballo, hizo acostarse a los perros y se adelantó arrastrándose a gatas para reconocer al pretenso enemigo. Permaneció algún tiempo en esa postura, y a la postre, riéndose a carcajadas, exclamó: «Mujeres!». Acababa de reconocer a la esposa y a la cuñada del hijo del mayor de la plaza, que iban buscando huevos de avestruz. He descrito la conducta de este hombre porque todos sus actos estaban dictados por el convencimiento de que teníamos indios al frente. Sin embargo, tan pronto como hubo descubierto su absurdo error, me dio un sin fin de buenas razones para probarme que no podían ser indios, razones que un momento antes había olvidado en absoluto. Entonces nos encaminamos sosegadamente a Punta Alta, eminencia poco elevada, desde donde, sin embargo, podíamos descubrir casi todo el inmenso puerto de Bahía Blanca.
El agua estaba cortada por numerosos diques de barro, llamados cangrejales por los habitantes, a causa de la grandísima cantidad de cangrejitos que hay allí. Ese barro es tan blando que resulta imposible andar por él, ni siquiera algunos pasos. La mayor parte de esos diques están cubiertos de juncos muy largos, de los cuales sólo se ven las puntas en la marea alta. Un día que íbamos embarcados nos perdimos en medio de esos barrizales, hasta el punto de costarnos muchísimo trabajo salir de ellos. No podíamos ver más que la superficie llena del barro; el día no estaba muy claro; había una refracción muy fuerte, o (para emplear la expresión de los marineros) «las cosas se miraban en el aire». El único objeto que no estaba a nivel era el horizonte; los juncos nos producían el efecto de matorrales suspensos en el aire; el agua nos parecía barro, y el barro agua.
Pasamos la noche en Punta Alta y me puse a buscar osamentas fósiles: en efecto, ese lugar es una verdadera catacumba de monstruos pertenecientes a razas extintas. La noche estaba muy tranquila y clara, el paisaje era interesante de puro monótono: nada más que diques de barro y gaviotas, colinas de arena y buitres. A la mañana siguiente, al marcharnos, vimos las huellas recientísimas de un puma, pero sin poder descubrir al animal. Vimos también un par de zorrillos, animales pestíferos bastante comunes. El zorrillo se asemeja mucho al veso, pero es un poco más grande y mucho más grueso en proporción. Teniendo conciencia de su poder, no teme al hombre ni al perro y vaga en pleno día por la llanura. Si se azuza a un perro para que le ataque, detiénese al punto en su carrera, dándole náuseas en cuanto el zorrillo deja caer algunas gotas de su aceite fétido. Si este aceite toca a cualquier cosa, ya no puede hacerse uso de ella. Azara dice que puede percibirse su olor a una legua de distancia; más de una vez, al entrar en el puerto de Montevideo con viento de tierra, sentimos ese olor a bordo del Beagle. Lo cierto es que todos los animales se apresuran a alejarse para dejar pasar al zorrillo.
SUMARIO: Bahía Blanca.- Geología.- Numerosos cuadrúpedos gigantescos extintos.- Extinción reciente.- Longevidad de las especies.- Grandes animales no tienen necesidad de una vegetación inmensa.- África meridional.- Fósiles de Siberia.-Dos especies de avestruces.- Costumbres del casara.- Armadillos.Serpiente venenosa, sapo, lagarto.- Invernada de los animales.Costumbres de la Virgularia patagónica- Guerras indias y asesinatos en masa.- Punta de flecha antigua.
Bahía Blanca.
El Beagle llega el 24 de agosto a Bahía Blanca; y, al cabo de una semana de estancia, larga velas para el Plata. El capitán, Fitz-Roy, consiente en dejarme atrás para permitirme llegar a Buenos Aires por la vía terrestre. Voy a resumir algunas observaciones hechas en esta región durante esa visita y durante otra anterior, en que el Beagle estuvo determinando la situación del puerto.
A la distancia de algunas millas de la costa, la llanura pertenece a la gran formación de las Pampas; compónese, en parte, de arcilla rojiza, en parte, de rocas margosas muy calcáreas. Más cerca de la costa hay algunos llanos, formados por los residuos de la llanura superior y barro, cantos rodados y arena, arrojados por el mar durante el lento levantamiento de la tierra, levantamiento del cual vemos la prueba en las capas de conchas recientes y en los cantos rodados de piedra pómez, difundidos por todo el país.
En Punta Alta se ve un corte de una de esas pequeñas llanuras recién formadas, de sumo interés por el número y el carácter extraordinario de los restos de animales terrestres gigantescos allí sepultos. Esos restos han sido descritos detenidamente por el profesor Owen en la Zoología del viaje del Beagle, y están depositados en el Museo del Colegio de Médicos. Por tanto, me limitaré a dar aquí una breve noticia de su naturaleza:
1.0 Trozos de tres cabezas y otros huesos de Megatherium (el nombre de este animal basta para indicar sus inmensas dimensiones). 2.0 El Megalonyx, enorme animal, perteneciente a la misma familia. 3.4 El Scelidotherium, animal que también pertenece a esa misma familia, y del que hallé un esqueleto casi entero, que debió de ser casi tan grande como el rinoceronte, que (según Owen), por la estructura de la cabeza se aproxima al hormiguero del Cabo, pero desde otros puntos de vista se asemeja al armadillo. 4.0 El Mylodon Darwini, género muy próximo al del Scelidotherium, pero de tamaño un poco menor. 5.0 Otro desdentado gigantesco. 6.0 Un animal muy grande, con caparazón óseo de compartimientos, muy parecido al del armadillo. 7.0 Una especie extinta de caballo, de la cual volveré a hablar luego. 8.0 Un diente de un paquidermo, probablemente un Macranchenia, inmenso animal de largo pescuezo como el camello, y del que también tendré que volver a hablar. 9.0 Y último, el Toxodon, uno de los animales más extraños quizá que se hayan descubierto jamás. Por su tamaño, ese animal se parecía al elefante o al megaterio; pero la estructura de sus dientes (según afirma Owen), prueba indudablemente que estaba muy próximo a los roedores, orden que hoy comprende los cuadrúpedos más pequeños; en bastantes puntos se asemeja también a los paquidermos; por último (a juzgar por la posición de sus ojos, orejas y narices), tenía probablemente costumbres acuáticas, como el Dugong y el Manato, a los cuales también se asemeja. ¡Cuán pasmoso es hallar estos diferentes órdenes, hoy tan bien separados, confundidos entonces en las diferentes partes de la organización del Toxodon!
Encontré los restos de esos nueve grandes cuadrúpedos, así como muchos huesos sueltos, sepultos en la costa en un espacio de unos 200 metros cuadrados. Es muy notable el hecho de encotrarse juntas tantas especies diferentes; por lo menos, esto constituye una prueba de la multiplicidad de las antiguas especies habitantes en el país. A más de treinta millas de Punta Alta hallé, en un acantilado de tierra roja, muchos fragmentos de huesos, gran parte de los cuales tenían también dimensiones grandísimas. Entre ellos vi los dientes de un roedor, muy semejantes en tamaño y forma a los del Capybara, cuyas costumbres he descrito; por tanto, provenían de un animal acuático probablemente. En el mismo sitio encontré también parte de la cabeza de un Ctenomys, especie diferente del tucutuco, pero de gran parecido general. La tierra roja donde estaban sepultos esos restos fósiles contiene, como la de las Pampas (según el profesor Ehremberg), ocho infusorios de agua dulce y un infusorio de agua salada; por tanto, lo probable es que sea un sedimento formado en un estuario.
Los restos fósiles de Punta Alta estaban sepultos en un pedregal estratificado y en un barrizal rojizo, parecidísimo a los sedimentos que el mar podría formar actualmente en una costa poco profunda. Junto a esos fósiles encontré veintitrés especies de conchas, de ellas trece recientes y otras cuatro muy próximas a las formas recientes; es bastante difícil decir si las otras pertenecen a especies extintas o simplemente desconocidas, porque se han hecho pocas colecciones de conchas en estos parajes. Pero, como las especies recientes sepultas están en número casi proporcional a las que hoy viven en la bahía, creo que es imposible dudar de que este sedimento no pertenezca a un período terciario muy reciente. Las osamentas del Scelidotherium, incluyendo hasta la choquezuela de la rodilla, estaban enterradas en sus posiciones relativas; el caparazón óseo del gran animal, parecido al armadillo, estaba en perfecto estado de conservación, así como los huesos de una de sus piernas; por tanto, y sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que esos restos eran recientes y aún estaban unidos por sus ligamentos cuando fueron depositados en el pedregal con las conchas. Estos hechos prueban que los gigantescos cuadrúpedos antedichos, más diferentes de los de la época actual que los más antiguos cuadrúpedos terciarios de Europa, existían en una época en que el mar encerraba la mayor parte de sus habitantes actuales. En eso vemos también la confirmación de la notable ley acerca de la cual insistió con tanta frecuencia Mr. Lyell1, a saber: que «la longevidad de las especies de mamíferos es inferior a la de las especies de moluscos».
El tamaño de las osamentas de los animales megateroideos (incluyendo en ellos el Megatherium, el Scelidotherium, el Megalonyx y el Mylodon) es realmente extraordinario. ¿Cómo vivían estos animales? ¿Cuáles eran sus costumbres? Verdaderos problemas para los naturalistas, hasta que por fin el profesor Owen2 los resolvió con sumo ingenio. Los dientes, por su sencilla conformación, indican que esos animales megateroideos se alimentaban de vegetales y probablemente comían las hojas y las ramitas de los árboles. Su mole colosal, sus uñas tan largas y tan fuertemente encorvadas parecen hacer tan difícil su locomoción terrestre, que algunos naturalistas eminentes hasta han llegado a pensar que llegaban a las hojas trepando por los árboles como los Perezosos, grupo al cual se asemejan mucho. Pero ¿no es atrevido y aún más que irrazonable el pensar en unos árboles, por antediluvianos que fuesen, con ramas lo suficiente fuertes para soportar animales tan grandes como elefantes? El profesor Owen sostiene (lo cual es mucho más probable) que, en vez de trepar a los árboles, esos animales atraían hacia sí las ramas y desarraigaban los arbustos para alimentarse con sus hojas. Colocándonos en este punto de vista, es evidente que la anchura y el peso colosal del cuarto trasero de esos animales, que apenas se puede imaginar sin verlo, les prestaban un gran servicio en lugar de molestarles; en una palabra, desaparecería su pesadez. Fijando en el suelo con firmeza su cola robusta y sus inmensos talones, podían ejercitar libremente toda la fuerza de sus tremendos brazos y de sus garras poderosas. ¡Bien sólido hubiera sido menester que fuese el árbol capaz de resistir semejante presión! Además, el Mylodon poseía una larga lengua como la de la jirafa, lo cual y su largo cuello le permitían alcanzar el follaje más alto. Debo advertir de paso que en Abisinia (según Bruce) el elefante hace surcos profundos con los colmillos en el tronco del árbol cuyas ramas no logra arrancar, hasta debilitarlo lo suficiente para hacer que caiga rompiéndolo.
Las capas que contienen los esqueletos fósiles de que acabo de hablar están sólo a quince o veinte pies sobre el nivel de las mareas más altas. Por tanto, el levantamiento de las tierras (a menos de haber habido después un período de hundimiento, que nada nos indica) ha sido muy mínimo desde la época en que esos grandes cuadrúpedos vagaban por los llanos circunvecinos; y el aspecto general. del país debía de ser casi el mismo de hoy. Naturalmente, se preguntará cuál era el carácter de la vegetación en aquella época: ¿era entonces ese país tan miserablemente estéril como lo es ahora? Al principio estaba yo dispuesto a creer que la vegetación antigua se parecía probablemente a la de hoy, a causa de las numerosas conchas enterradas con los esqueletos análogas a las que habitan actualmente en la bahía; pero esa conclusión hubiera sido un poco aventurada, pues algunas de esas conchas se ven en las tan fértiles costas del Brasil; por otra parte, el carácter de los habitantes del mar no suele permitir juzgar cuál pueda ser el carácter de los de la tierra. Sin embargo, las consideraciones siguientes me inducen a pensar que el simple hecho de existir en las llanuras de Bahía Blanca numerosos cuadrúpedos gigantescos no constituye prueba de una vegetación abundante en un período remoto; hasta me hallo dispuesto a creer que el país estéril sito un poco más al sur, cerca del río Negro, con sus árboles espinosos dispersos acá y allá, sería capaz de alimentar a muchos cuadrúpedos grandes.
Los grandes animales necesitan una vegetación abundante: esta es una frase hecha, que ha pasado de una obra a otra. Pues bien; no vacilo en declarar que este es un dato absolutamente falso que ha contribuido a extraviar el juicio de los geólogos acerca de algunos puntos de gran interés relativos a la historia antigua del mundo. Sin duda, ese prejuicio se ha tomado de la India y del archipiélago índico, donde siempre se ven juntos los rebaños de elefantes, los bosque espesos y las junqueras impenetrables. Por el contrario, si abrimos una narración de viaje, sea cual fuere, a través de las partes meridionales del África, en casi todas las páginas veremos alusiones al carácter árido del país y al número de grandes animales que en él habitan. Las numerosas vistas del interior que se han traído de allí nos enseñan la misma cosa. Durante una escala hecha por el Beagle en Cape-Twon pude hacer una excursión de varios días por el interior, excursión suficiente, al menos, para permitirme comprender bien las descripciones que había leído.
El doctor Andrew Smith, que a la cabeza de su arriesgada expedición consiguió atravesar el trópico de Capricornio, me advierte que, considerada en junto la parte meridional del África, no cabe duda de que es un país estéril. Hay hermosos bosques en las costas del sur y en las del sudeste; pero, casi con esas únicas excepciones, a menudo se viaja días enteros a través de extensas llanuras donde la vegetación es muy rara y muy pobre. Es dificilísimo formarse una idea exacta de los diferentes grados de fertilidad comparada; pero no creo alejarme de la verdad si digo que la cantidad de vegetación existente en un momento dado 3 en la Gran Bretaña es quizá diez veces superior a la que existe en una superficie igual del interior del África meridional. El hecho de que carretas tiradas por bueyes pueden recorrer este país en todas direcciones, excepto por junto a la costa, y de que apenas se necesita de vez en cuando detenerse a lo sumo media hora para abrirles paso a través de los matorrales, da excelente idea de la pobreza de la vegetación. Por otra parte, si examinamos los animales que habitan en esas grandes llanuras, llegamos bien pronto a la conclusión de que su número es extraordinario y todos de tamaños fabulosos. En efecto, bástenos enumerar: el elefante; tres especies de rinocerontes (cinco según el doctor Smith); el hipopótamo; la jirafa; el Bos cafer, tan grande como los mayores toros; el tapir, apenas inferior en tamaño; dos especies de cebras; el quaccha; dos especies de Gnous y varias especies de antílopes que alcanzan mayor desarrollo que estos últimos animales. Pudiera suponerse que, aun cuando las especies sean numerosas, los individuos que las representan sólo existen en cortísimo número. Pues bien; gracias a la atención del doctor Smith, puedo probar que no sucede nada de eso. Me advierte que en el 240 de latitud vio en un día de marcha, con su carreta tirada por bueyes y sin alejarse mucho ni a derecha ni a izquierda, entre 100 y 150 rinocerontes pertenecientes a tres especies; el mismo día vio varios rebaños de jirafas como de un centenar de individuos; y, aunque no vio elefantes, los hay en ese distrito. A la distancia como de una hora de camino de su campamento de la noche anterior, sus hombres habían matado ocho hipopótamos en el mismo lugar y habían visto otros muchos. En ese mismo río había también numerosos cocodrilos. Por supuesto, esa reunión de tantos animales grandes en un mismo sitio es un hecho excepcional; pero, a lo menos, prueba que deben de existir en crecido número. El doctor Smith añade que el país atravesado aquel día «era bastante pobre en hierbas, que había algunos matorrales de unos cuatro pies de altura y muy pocos árboles, a lo sumo algunas mimosas». Las carretas pudieron avanzar casi en línea recta.
Aparte de estos grandes animales, todo el que conoce un poco la historia natural del cabo de Buena Esperanza sabe que a cada instante se encuentran rebaños de antílopes tan numerosos que sólo pueden compararse con las bandadas de aves emigrantes. El número de leones, panteras, hienas y aves de rapiña indica lo suficiente cuál debe ser la abundancia de cuadrúpedos pequeños; el doctor Smith contó un día hasta siete leones que rondaban en derredor de su vivac; y, como me ha hecho notarlo este sabio naturalista, todos los días debe de haber una terrible carnicería en el África meridional. Confieso que me pregunto a mí mismo, sin poder hallar solución al problema, cómo tan gran número de animales pueden encontrar de qué alimentarse en un país que produce tan pocos alimentos. Sin duda, los grandes cuadrúpedos recorren cada día enormes distancias para buscar comida, y se alimentan, principalmente, de plantas poco elevadas, que en pequeño volumen contienen muchos principios nutritivos. El doctor Smith me advierte también que la vegetación es muy rápida y que en cuanto queda despojado de ella un sitio, inmediatamente se vuelve a cubrir de plantas nuevas. Pero tampoco cabe duda de que nos hemos formado ideas muy exageradas acerca de la cantidad de alimentos necesaria para la nutrición de esos grandes cuadrúpedos; hubiera debido recordarse que el camello, animal también muy grande, ha sido siempre considerado como el emblema del desierto.
Esa opinión de que por necesidad ha de ser muy abundante la vegetación allí donde existen los grandes cuadrúpedos, es tanto más notable cuanto que la recíproca está muy lejos de la verdad. Mr. Burchell me ha dicho que al llegar al Brasil nada le chocó tanto como el contraste entre el esplendor de la vegetación en la América del Sur y la pobreza. en el África meridional, fuera de la ausencia de grandes cuadrúpedos. En sus Viajes4 sugiere una comparación que sería de grandísimo interés si hubiese los datos necesarios para hacerla: la de los pesos respectivos de igual número de los más grandes cuadrúpedos herbívoros de cada continente. Si tomamos, por una parte, el elefante5, el hipopótamo, la jirafa, el Bos cafer, el tapir, tres especies ciertamente de rinocerontes (probablemente cinco), y por parte de la América dos especies de dantas, el guanaco, tres especies de ciervos, la vicuña, el pecari, el capibara (después del cual tendremos que elegir uno de los monos, para completar el número de los diez animales mayores) y luego ponemos uno frente a otro esos dos grupos, es difícil concebir tamaños más desproporcionados. Después de considerar los hechos antedichos, nos vemos obligados, a pesar de todo cuanto pueda parecer una probabilidad anterior6, a decir que respecto a los mamíferos no existe ninguna relación inmediata entre el tamaño de las especies y la cantidad de la vegetación en los países donde aquéllas habitan.
Ciertamente, no hay ninguna parte del globo que pueda compararse con el África meridional desde el punto de vista del número de los grandes cuadrúpedos; sin embargo, según todas las relaciones de viajes, es imposible negar que esta región es casi un desierto. En Europa necesitamos remontarnos hasta la época terciaria para encontrar en los mamíferos un estado de cosas semejante en algo al que actualmente existe en el Cabo de Buena Esperanza. Nos inclinamos a pensar que los grandes animales abundaban en la época terciaria, porque encontramos acumulados en ciertos sitios los despojos quizá de muchos siglos; pero yo no creo que hubiera entonces más cuadrúpedos grandes que los existentes ahora en el África meridional. Por último, si queremos establecer cuál era el estado de la vegetación durante esas épocas, al ver el que existe hoy, sobre todo, en el Cabo de Buena Esperanza, debemos llegar a la conclusión de que una vegetación extraordinariamente abundante no constituía una condición indispensable en absoluto.
Sabemos7 que en las regiones más boreales de la América septentrional, muchos grados más allá del límite donde el suelo permanece perpetuamente helado a la profundidad de varios, pies, crecen bosques de grandes y hermosos árboles formados. En Siberia8 también se encuentran bosques de olmos, abetos, pobos y alerces, a una latitud (64 grados) en que la temperatura media del aire está bajo cero y la tierra helada tan completamente, que el cadáver de un animal sepulto en ella se conserva de un modo perfecto. Estos hechos nos permiten sacar la consecuencia de que, mirando sólo la cantidad de la vegetación, los grandes cuadrúpedos de la época terciaria más reciente pudieron vivir en la mayor parte de Europa y del Asia septentrional, donde se encuentran hoy sus restos. No hablo aquí de la calidad de la vegetación que les era necesaria; pues, como tenemos pruebas de haberse producido cambios físicos, habiendo desaparecido esas razas de animales, podemos también suponer que las especies de plantas han podido cambiar.
Añadiré que estas observaciones se aplican directamente a los animales que se han encontrado en Siberia conservados en el hielo. El convencimiento de que para asegurar la subsistencia de unos animales tan grandes era preciso en absoluto una vegetación que poseyese todos los caracteres de la tropical, y lo imposible de conciliar este sentir con la cercanía de los hielos perpetuos, han sido unas de las principales causas de las numerosas teorías imaginadas para explicar el sepelio de dichos animales en el hielo, en medio de revoluciones climáticas repentinas y de catástrofes espantosas. Pues bien, no estoy distante de suponer que el clima no ha cambiado desde la época en que vivían esos animales, hoy sepultos en los hielos. Sea como fuere, todo lo que ahora me propongo demostrar es que, en lo relativo a la cantidad sólo de los alimentos, los antiguos rinocerontes hubieran podido subsistir en las estepas de la Siberia central (las partes septentrionales probablemente estarían entonces cubiertas por las aguas), admitiendo que esas estepas estuviesen por aquella época en el mismo estado que hoy; de igual modo que los rinocerontes y elefantes actuales subsisten en los karros del África meridional.
Voy a describir ahora las costumbres de las aves más interesantes y más comunes en las llanuras silvestres de la Patagonia septentrional. Me ocuparé en primer término de la mayor de todas ellas: el avestruz de la América meridional. Todo el mundo conoce las habituales costumbres del avestruz. Estas aves se alimentan de materias vegetales, como hierbas y raíces; sin embargo, en Bahía Blanca he visto con mucha frecuencia descender tres o cuatro en la marea baja a la orilla del mar y explorar los montones de fango que entonces quedan en seco, con el fin (dicen los gauchos) de buscar pececillos para comérselos. Aunque el avestruz tiene costumbres muy tímidas, desconfiadas y solitarias, aunque corre con suma rapidez, sin embargo, se apoderan fácilmente de él los indios o los gauchos armados de bolas. En cuanto aparecen varios jinetes dispuestos en círculo, los avestruces se aturden y no saben por qué lado escaparse: suelen preferir correr contra el viento; extienden las alas tomando ímpetu, y parecen como un barco con las velas tendidas. En un hermoso día muy cálido vi a varios avestruces entrar en un pantano cubierto de juncos muy altos; allí permanecieron escondidos hasta que llegué muy cerca de ellos. Suele ignorarse que los avestruces se tiran con facilidad al agua. Mr. King me participa que en la Bahía de San Blas y en Puerto-Valdés (Patagonia) vio a esas aves pasar a menudo a nado de una isla a otra. Entraban en el agua en cuanto se veían acorralados hasta el extremo de no quedarles ya ninguna otra retirada; pero también se meten en ella de buena voluntad; atravesaban a nado una distancia de unos 290 metros. Cuando nadan no se les ve sobre la superficie del agua sino una pequeñísima parte del cuerpo; extienden el cuello un poco hacia adelante y avanzan muy despacio. Por dos veces diferentes vi a unos avestruces cruzar el Santa Cruz a nado en un sitio donde el río tiene unos 400 metros de anchura y donde la corriente es muy rápida. El capitán Sturt9, al bajar por el Murrumbidgee (Australia), vio a dos especies de avestruces dispuestos a nadar.
Los habitantes del país distinguen fácilmente, aun a gran distancia, el macho de la hembra. El macho es mayor, tiene colores más oscuros10 y más gruesa la cabeza. El avestruz (creo que sólo el macho) deja oír un grito extraño, grave, sibilante; la primera vez que lo oí estaba yo en medio de unos montecillos de arena y lo atribuí a algún animal feroz; porque es un grito de tal naturaleza, que no puede decirse de dónde viene ni de qué distancia. Cuando estábamos en Bahía Blanca durante los meses de septiembre y octubre, hallé gran número de huevos sembrados por todas partes en la superficie del suelo. Unas veces se encuentran aislados acá y allá, en cuyo caso los avestruces no los incuban y los españoles les dan el nombre de huachos; otras veces están reunidos en pequeñas cavidades que constituyen el nido. Vi cuatro nidos: tres de ellos contenían 22 huevos cada uno y 27 el cuarto. En un sólo día de cazar a caballo encontré 64 huevos, 44 de los cuales distribuidos en dos nidos y los otros 20 «huachos» sembrados acá y allá. Los gauchos afirman unánimes (y no tengo motivo ninguno para desconfiar de sus afirmaciones) que sólo el macho incuba los huevos y acompaña las crías-durante algún tiempo después de salir del cascarón. El macho incubador está por completo al nivel del suelo, y una vez hice pasar a mi caballo casi por encima de uno de ellos. Háseme afirmado que en esa época son algunas veces feroces, hasta peligrosos; y que se les ha visto atacar a un hombre a caballo, intentando saltar sobre él. Mi guía me enseñó un viejo que fue perseguido de esa manera y a quien costó mucho trabajo librarse del ave furiosa. Advierto que Burchell dice, en la narración de su viaje por el África meridional: «He matado a un avestruz macho, de un plumaje muy sucio, un hotentote me ha dicho que estaba incubando». Por otra parte, se que el macho de la especie existente en los Zoological Gardens incuba los huevos; por tanto, esa costumbre es común en toda la familia.
Los gauchos afirman con unanimidad que varias hembras ponen en el mismo nido. Se me ha asegurado como muy positivo el hecho de haberse visto a cuatro o cinco hembras ir una tras otra, en el centro del día, a poner en un mismo como la nieve, un avestruz albino; añadiendo que era un ave magnífica.
Puedo añadir que también en África se cree que en el mismo nido ponen dos o más hembras11.Aunque al pronto puede parecer muy extraña esta costumbre, creo fácil indicar cuál es su causa. El número de huevos en el nido varía entre 20 y 40, hasta 50; según Azara, un nido contiene algunas veces de 70 a 80 huevos. El número de huevos hallados en una sola región, tan considerable proporcionalmente al número de avestruces que en ella habitan, y el estado del ovario de la hembra, parecen indicar que ésta pone gran número de huevos durante cada temporada, pero que esa puesta debe de efectuarse con mucha lentitud y durar mucho, por consiguiente Azara 12 nota el hecho de que una hembra domesticada puso 17 huevos, con un intervalo de tres días entre cada uno de ellos. Pues bien, si la hembra los incubase ella misma, los primeros huevos puestos se pudrirían casi seguro. Por el contrario, si varias hembras se ponen de acuerdo (dícese que el hecho está probado) y cada una de ellas va a depositar sus huevos en diferentes nidos, entonces todos los huevos de un nido es probable que tengan la misma edad. Si (como creo) el número de huevos en cada nido equivale por término medio a la cantidad que pone una hembra durante la temporada, debe de haber tantos nidos como hembras; y cada macho contribuye por su parte al trabajo de la incubación, en una época en que las hembras no podrían incubar porque no han acabado de poner13. Ya he indicado el gran número de huevos abandonados o huachos; 20 encontré en un solo día. Parece extraño que se pierdan tantos huevos. ¿Dependerá esto de las dificultades para asociarse varias hembras y encontrar un macho dispuesto a encargarse de la incubación? Es evidente que por lo menos dos hembras tienen que asociarse hasta cierto punto; de lo contrario, los huevos quedarían desparramados en aquellas inmensas llanuras, a distancias harto largas unos de otros para que el macho pueda reunirlos en un nido. Algunos autores creen que los huevos desperdigados sirven para alimentar a las crías; dudo que así sea (en América por los menos), puesto que los huachos están podridos la mayor parte de las veces, en cambio, casi siempre, se encuentran enteros.
Cuando estuve en el río Negro, en la Patagonia septentrional, a menudo me hablaban los gauchos de un ave muy rara a la cual llamaban Avestrús Petise. Menos abundante que el avestruz ordinario, muy común en esos parajes, se le asemeja mucho. Según los pocos habitantes que habían visto ambas especies, el Avestrús Petise es de un matiz más oscuro, más «tordillo» que el avestruz vulgar; tiene las piernas más cortas y sus plumas descienden más abajo; por último, se le coge mucho más fácilmente con las bolas. Añadían que las dos especies pueden distinguirse desde mucha distancia. Los huevos de la especie pequeña, sin embargo, parecen ser más generalmente conocidos, y se nota con sorpresa que se encuentran en un número casi tan cuantioso como los de la especie Rhea; son de una forma algo diferente y tienen un ligero tinte azul. Esta especie es muy rara en las llanuras colindantes con el río Negro, pero abunda mucho como grado y medio más al sur. Durante mi visita a Puerto Deseado, en Patagonia (latitud, 480), Mr. Martens mató a una hembra de avestruz. La examiné y llegué a la conclusión de que era un avestruz común que no se había desarrollado aún por completo; cosa muy extraña y que no puedo explicármela, en aquel momento no se me ocurrió la idea de los Petises. Hízose cocer el ave y fue comida antes de venirme esto a la mamoria. Por fortuna, se habían conservado la cabeza, el cuello, las patas, las alas y la mayor parte de las plumas grandes y de la piel. Por tanto, pude reconstituir un ejemplar casi perfecto, que está hoy en el Museo de la Sociedad Zoológica. Al describir Mr. Gould esta nueva especie, me ha conferido el honor de darle mi nombre.
En el estrecho de Magallanes encontré en medio de los Patagones a un mestizo que vivía desde muchos años atrás con la tribu, pero que había nacido en las provincias del norte. Le pregunté si no había oído hablar nunca del Avestrús Petise. Respondióme estas palabras: «¡Pero si no hay otros avestruces en las provincias meridionales!». Me hizo saber que los nidos de esta especie de avestruces contienen muchos menos huevos que los de la otra; en efecto, no hay más que 15 por término medio; pero me afirmó que provienen de diferentes hembras. Nosotros vimos varias de esas aves en Santa Cruz: son en extremo salvajes y estoy convencido de que tienen la vista lo suficiente penetrante para ver a cualquiera que se aproxime, antes de que pueda distinguírseles. Vimos muy pocos al remontar el río; pero durante nuestra rápida bajada vimos muchos que iban en bandadas de cuatro o cinco. Este ave no extiende las alas en el momento de tomar carrera, como lo hace la otra especie. Para terminar: puedo añadir que el Struthio Rhea habita en la región del Plata y se extiende hasta el 410 de latitud, un poco al sur del río Negro, y que el Struthio Darwinü habita en la Patagonia meridional; el valle del río Negro es un territorio neutral, donde se encuentran las dos especies.
Cuando A. d'Orbigny14 estuvo en el río Negro hizo los mayores esfuerzos para proporcionarse este ave, pero sin poder conseguirlo. Hace ya mucho tiempo, Dobritzhoffer indicaba la existencia de dos especies de avestruces, diciendo: «Además debéis saber que el tamaño y las costumbres de los avestruces difieren en las diversas partes del país. Los que habitan en las llanuras de Buenos Aires y de Tucumán son más grandes y tienen plumas blancas, negras y grises; los que viven cerca del estrecho de Magallanes son más pequeños y más hermosos, porque sus plumas blancas tienen el extremo negro y recíprocamente»15.
Aquí se encuentra en crecido número un avecilla muy extraña, el Tinochorus rumicivorus. Por sus costumbres y su aspecto general se parece a la codorniz y a la becada, por diferentes que sean entre sí estas dos aves. Al Tinochorus se le encuentra en toda la extensión al sur de la América meridional, donde hay llanuras estériles o pastos muy secos. Frecuentan por parejas o a bandadas pequeñas los lugares más desolados, donde apenas podría existir cualquier otra criatura. Al aproximarse a ellos se agachan en el suelo, del cual entonces difícilmente se les puede distinguir. Para buscar el alimento andan muy despacio y muy patiabiertos. Se cubren de polvo en los caminos y en los lugares arenosos, y frecuentan sitios determinados donde se les puede encontrar a diario con regularidd. Lo mismo que las perdices, levantan el vuelo a bandadas. Por todos estos conceptos, así como por su musculosa molleja, adaptada a una alimentación animal, por su pico arqueado, por lo carnoso de los orificios de su nariz, por sus cortas patas y la forma de sus pies, el Tinochorus se parece mucho a la codorniz. Pero en cuanto este ave se echa a volar cambia todo su aspecto: sus largas alas puntiagudas, tan diferentes de las de las gallináceas, su vuelo irregular, el grito quejumbroso que deja oír en el momento de echarse a volar, todo recuerda a la becada; tanto y tan bien, que los cazadores tripulantes del Beagle no le llamaban nunca sino «la becada de pico corto». En efecto, el esqueleto del Tinochorus prueba que es muy próximo pariente de la becada, o más bien de la familia ornitológica a que ésta pertenece. El Tinochopus tiene mucha afinidad con algunas otras aves de la América meridional. Dos especies del género Attagis tienen desde todos los puntos de vista las mismas costumbres que el chorlito; una de esas especies habita en la Tierra de Fuego las regiones situadas por encima del límite de los bosques, y la otra precisamente debajo del límite de las nieves de la cordillera en Chile central. Un ave de otro género muy próximo, la Chionis alba, vive en las regiones antárticas; se alimenta de plantas marinas y de los moluscos que se encuentran en las rocas abiertas y descubiertas alternativamente por la marea. Aunque no tiene los pies palmados, se la encuentra a menudo en el mar a grandes distancias de la costa, por efecto de alguna costumbre inexplicable. Esta pequeña familia de aves es una de aquéllas que por sus numerosas afinidades con otras familias no presentan hoy sino dificultades para el naturalista clasificador, pero que tal vez lleguen a contribuir a explicar el plan magnífico, plan común al presente y al pasado, que ha presidido a la creación de los seres organizados.
El género Furnarius comprende varias especies, todas ellas de aves pequeñas, que viven en el suelo y habitan en los países secos y llanos. Su conformación no permite compararlas a ninguna especie europea. Los ornitólogos las han colocado generalmente en el número de las trepadoras, aunque tienen costumbres casi en absoluto contrarias a las de los miembros de esta familia. La especie mejor conocida es el ave de horno, común de la Plata, el «casara» o constructor de casas, de los españoles. Este ave coloca su nido (y de ahí toma el nombre) en los sitios más expuestos, por ejemplo: en la punta de una estaca, en un peñasco desnudo o en un cactus. Ese nido se compone de barro y pedazos de paja, con unas paredes muy gruesas y muy sólidas; su forma es enteramente la misma de un horno o de una colmena achatada. La abertura del nido es ancha y en forma de bóveda; frente por frente de esa abertura, en el interior del nido, hay un tabique que sube casi hasta el techo, formando así un corredor o una antecámara que precede al mismo nido.
Otra especie más pequeña (Fornarius cunicularius) se asemeja al ave de horno por el color habitualmente rojizo de su plumaje, por su grito agudo y extraño que repite a cada instante y por su particular costumbre de correr dando saltitos. En atención a esa afinidad, los españoles la llaman casarita, aun cuando construye un nido enteramente diferente. La casarita fabrica el nido en el fondo de un estrecho agujero cilíndrico, que se extiende (según dicen) horizontalmente a seis pies por debajo de tierra. Varios campesinos me han dicho que en su juventud habían tratado de encontrar el nido, pero que rara vez habían logrado llegar al extremo del pasadizo. Este ave suele elegir para hacer el nido un montecillo poco elevado de terreno arenoso resistente, a orillas de un camino o de un arroyo. En Bahía Blanca, las paredes que rodean a las casas están construidas con barro endurecido; noté que la cerca del patio de la casa donde yo vivía estaba atravesada por un gran número de agujeros redondos. Cuando pregunté al propietario la causa de esto, me respondió quejándose amargamente del casarita, y bien pronto vi a varios de ellos en esa faena. Es bastante curioso observar cuán incapaces son esas aves de apreciar el espesor de cualquier masa; pues, aunque constantemente estaban revoloteando por encima de la tapia, persistían en atravesarla de parte a parte pensando sin duda que era un montecillo excelente para excavar en él su nido. Tengo el convencimiento de que cada ave quedaría sumamente sorprendida al volverse a encontrar en plena luz al otro lado de la pared.
Ya he citado casi todos los mamíferos que hay en este país. Vense tres especies de armadillos: el Dasypus minutus o «Pichy», el Dasypus villosus o «Peludo» y el Apar. El primero 10 grados más al sur que todas las demás especies; otra cuarta especie, la «Mulita», no llega hasta Bahía Blanca. Las cuatro especies tienen casi las mismas costumbres; sin embargo, el Peludo es un animal nocturno, al paso que los otros vagan de día por las llanuras y se alimentan de escarabajos, larvas, raíces y hasta serpientes pequeñas. El Apar, que suele ser llamado el Mataco, es notable por no poseer sino tres bandas movibles; el resto del caparazón es casi inflexible. Tiene la facultad de arrollarse haciéndose una bola, como una especie de cochinilla inglesa. En ese estado nada pueden contra él los ataques de los perros, porque no pudiendo éstos cogerle por completo con la boca tratan de morderle, pero sus dientes no tienen donde hacer presa en aquella bola que rueda ante ellos; así, pues, el caparazón duro y liso del Mataco es para él aún mejor defensa que los pinchos del erizo. El Pichy prefiere los terrenos muy secos, prefiriendo sobre todo los montones de arena próximos a las orillas del mar y en los cuales no puede proporcionarse ni una sola gota de agua durante meses; este animal procura con frecuencia hacerse invisible agachándose en el suelo. En mis diarias excursiones por los alrededores de Bahía Blanca solía encontrar muchos. Si se quiere coger a ese animal, es preciso no bajarse, sino tirarse del caballo, pues cuando el suelo no es demasiado duro cava con tanta rapidez que el cuarto trasero desaparece antes de haber tenido tiempo de echar pie a tierra. Ciertamente se experimenta algún remordimiento al matar a un animal tan bonito, pues como me decía un gaucho al descuartizar a uno de ellos: ¡Son tan mansos!
Hay muchas especies de reptiles. Una serpiente (un Trigonocephalus o Cophias) debe de ser muy peligrosa, a juzgar por el tamaño del conducto venenoso que tiene en los colmillos. En contra de la opinión de algunos otros naturalistas, Cuvier clasifica esta serpiente como un subgénero de la culebra de cascabel y la coloca entre esta última y la víbora. He observado un hecho que confirma esta opinión y que me parece muy curioso y muy instructivo, por cuanto prueba cómo tiende a variar lentamente cada carácter, aun cuando ese carácter pueda dentro de ciertos límites ser independiente de la conformación. El extremo de la cola de esta serpiente acaba en una punta que se ensancha muy ligeramente. Pues bien, cuando el animal se arrastra por el suelo, hace vibrar de continuo la punta de la cola; la cual, chocando contra las hierbas secas y las malezas, produce un ruido que se oye claro a seis pies de distancia. En cuanto el animal se asusta o se encoleriza, menea la cola con vibraciones muy rápidas; y aun todo el tiempo que el cuerpo conserva su irritabilidad después de muerto el animal, puede observarse una tendencia a este movimiento. Por tanto, dicho trigo nocéfalo, desde algunos puntos de vista, tiene la figura de una víbora y las costumbres de una culebra de cascabel, sólo que produce el ruido por un procedimiento más sencillo. La cara de esta serpiente tiene una expresión feroz y horrible hasta más no poder. La pupila consiste en una hendidura vertical hecha en un iris jaspeado y de color cobrizo; las mandíbulas son anchas por la base, y la nariz termina en un proyeccieii triangular. No creo haber visto nunca nada más feo, a no ser quizá algunos vampiros. Paréceme que ese aspecto tan repulsivo proviene de que los rasgos fisionómicos están uno con respecto a otro casi en la misma posición que los de la cara humana, lo cual produce el colmo de lo espantoso16.
Entre los batracios, me chocó mucho un sapito (Phrynircus nigricans) muy extraño por su color. Puede formarse cabal idea de su aspecto imaginando que primero se le metiese en tinta de la más negra y luego se le permitiese arrastrarse por una tabla recién pintada con bermellón brillante, de modo que este color se le pegara a las plantas de los pies y a algunas partes del vientre. Si esta especie no hubiera recibido nombre aún, merecería ciertamente el de diabolicus, pues es un sapo digno de hablar con Eva. En vez de tener costumbres nocturnas y de vivir en agujeros oscuros y húmedos, como casi todos los demás sapos, se arrastra durante los calores más intensos del día sobre los montoncillos de arena y los llanos áridos, donde no hay ni una gota de agua. Necesariamente debe de contar con el rocío para proveerse de la humedad que le hace falta y que probablemente absorbe por la piel, pues ya se sabe que estos reptiles tienen una gran facultad de absorción cutánea. Uno encontré en Maldonado, en un sitio casi tan seco como los alrededores de Bahía Blanca, creyendo hacerle un gran favor, le cogí y le arrojé en un charco; pero el animalejo no sólo no sabe nadar, sino que de no darle yo auxilio creo que se hubiera ahogado muy pronto.
Hay muchas especies de lagartos, pero sólo uno de ellos (Proctotretus multimaculatus) tiene costumbres algo notables. Vive sobre la arena seca a orilla del mar; sus escamas jaspeadas, morenas con manchas de colores blanco, rojo amarillento y azul sucio, y hacen asemejarse en absoluto a la superficie circunvecina. Cuando se asusta, se hace el muerto y permanece quieto, con las patas estiradas, el cuerpo aplastado y los ojos cerrados; pero si le llegan a tocar, se hunde en la arena con gran rapidez. Este lagarto tiene el cuerpo tan plano y las patas tan cortas, que no puede correr muy deprisa.
Añadiré también algunas observaciones acerca de la invernada de los animales en esta parte de la América del Sur. Cuando llegamos a Bahía Blanca, el 7 de septiembre de 1832, nuestra primera idea fue que la naturaleza había negado toda especie de animales a este país seco y arenoso. Sin embargo, al ahondar en el suelo encontré varios insectos, gruesas arañas y lagartos, en un estado de semiestupor. El día 15 empezaron a aparecer algunos animales, y el 18 (quince días antes del equinoccio) todo anunció el comienzo de la primavera. Acederas de color de rosa, guisantes silvestres, enotéreas y geranios, cubriéndose de flores que esmaltaron las llanuras. Las aves empezaron a poner huevos. Numerosos insectos, lamelicornios y heterómeros, notables estos últimos por su cuerpo tan profundamente esculpido, se arrastraban despacio por el suelo; mientras la tribu de los lagartos, habitantes habituales de los terrenos arenosos, corría en todas direcciones. Durante los once primeros días, cuando aún estaba dormida la naturaleza, la temperatura media, deducida de observaciones hechas cada dos horas a bordó del Beagle, fue de 510F (10,50 centígrados); en el centro del día, rara vez subió el termómetro más de 12,70centígrados.
Durante los otros once días siguientes, cuando todas las criaturas recobraron su actividad, elevóse la temperatura media a 14,40 ; y en el centro del día el termómetro señalaba de 15,50 a 21,10. Así, pues, un aumento de 70 Fahrenheit (3,90 centígrados) en la temperatura media, pero un aumento más considerable del calor máximo, bastaron para despertar todas las funciones de la vida.
En Montevideo, de donde acabábamos de salir, en los veintitrés días comprendidos entre el 26 de julio y el 19 de agosto, la temperatura media, deducida de 276 observaciones, elevóse a 14,60 centígrados; la temperatura media del día más cálido fue de 18,6° y la del día frío fue de 7,7°-. El punto más bajo donde descendió el termómetro fue de 5,30 y subió a veces en el día hasta el de 20,5°- a 21,1°-. Sin embargo, a pesar de esta elevada temperatura, casi todos los escarabajos, varios géneros de arañas, los limacos, los moluscos terrestres, los sapos y los lagartos estaban escondidos todos ellos debajo de las piedras y soñolientos. Por el contrario, acabamos de ver que en Bahía Blanca, que sólo está 4° de latitud más al sur, y donde, por consiguiente, es muy pequeña la diferencia de clima, esa misma temperatura con un calor extremo algo menor, basta para despertar a los seres animados, de todos los órdenes. Esto prueba cómo el estímulo necesario para hacer salir a los animales del estado de sueño engendrado por la invernada, se rige admirablemente por el clima ordinario del país y no por el calor absoluto. Sabido es que entre los trópicos la soñolencia de verano de los animales está determinada, no por la temperatura, sino por los momentos de sequía. Al pronto quedé muy sorprendido al observar junto a Río de Janeiro, que numerosos moluscos e insectos, bien desarrollados, que debieron de haber estado sumidos en letargo, poblaban en pocos días las menores depresiones que habían estado llenas de agua. Humboldt ha referido un extraño accidente: una choza construida en un lugar donde un cocodrilo joven estaba enterrado en barro endurecido. Y añade: «los indios encuentran a menudo enormes boas, que llaman ellos ují (serpiente de agua), sumidas en un estado letárgico; para reanimarlas, es menester irritarlas o mojarlas».
Sólo citaré otro animal, un zoófito (la Virgularia patagónica, a mi parecer), una especie de pluma de mar. Consiste en un tallo delgado, recto, carnoso, con hileras alternantes de pólipos a cada lado, rodeando a un eje elástico pétreo, variando la longitud total de ocho pulgadas a dos pies. En uno de sus extremos el tallo está truncado, pero el otro termina en un apéndice carnoso vermiforme. Por este último lado, el eje pétreo que da consistencia al tallo termina en un simple vaso lleno de materias granulares. En la marea baja pueden verse a cientos de esos zoófitos, con el lado truncado al aire, sobresaliendo algunas pulgadas por encima de la superficie del barro, como el rastrojo en un campo después de la siega. En cuanto se le toca o se tira de él, retírase con fuerza el animal hasta desaparecer casi del todo por debajo de la superficie; para eso es preciso que el eje muy elástico se encorve por su extremo inferior, donde ya de por sí está curvo; me parece que sólo por su elasticidad puede levantarse de nuevo el zoófito a través del légamo.
Cada pólipo, aunque íntimamente unido a sus compañeros, tiene su boca, su cuerpo y sus tentáculos separados. En un ejemplar grande hay varios miles de esos pólipos; sin embargo, vemos que obedecen a un mismo movimiento y que tienen un eje central enlazado con un oscuro sistema circulatorio; además, los huevos se producen en un órgano distinto de los individuos separados17. También puede preguntarse con mucha razón: ¿qué constituye un individuo en este animal? Siempre es interesante descubrir el punto de partida de los extraños cuentos de los viajeros antiguos; y no dudo de que las costumbres de la Virgularia explican uno de esos cuentos. El capitán Lancaster, en su viaje18 en 1601, refiere que en los arenales de las costas de la isla de Sombrero, en las Indias orientales, encontró «una ramita que crecía como un arbustillo; si se trata de arrancarla, se mete dentro del suelo y desaparece, a no ser tirando de ella muy fuerte. Si se logra arrancarla, se ve que su raíz es un gusano; conforme crece el árbol mengua el gusano; y en cuanto el gusano se ha transformado por completo en árbol, echa raíces y se hace grande. Esta transformación es una de las mayores maravillas que he visto en todos mis viajes; pues, si se arranca este árbol, mientras es joven y se le quitan las hojas y la corteza, cuando está seco se transforma en una piedra dura muy parecida al coral blanco; así, ese gusano puede transformarse dos veces en sustancias muy diferentes. Hemos recolectado y traído un gran número de ellos».
Durante mi permanencia en Bahía Blanca, mientras aguardaba yo al Beagle, esa ciudad estaba en una fiebre continua por los rumores de batallas y victorias entre las tropas de Rosas y los indios bravos. Un día llegó la noticia de que un pequeño destacamento, apostado en la carretera de Buenos Aires, había sido pasado a cuchillo por los indios. Al día siguiente llegaron del Colorado 300 hombres a las órdenes del comandante Miranda. Esa tropa se componía en gran parte de indios mansos, pertenecientes a la tribu del cacique Bernantio. Dichos hombres pasaron allí la noche. Imposible concebir nada más salvaje, más extraordinario que la escena de su vivaqueo. Unos bebían hasta quedar borrachos perdidos; otros tragaban con delicia la humeante sangre de los bueyes que degollaban para su comida; luego les daban náuseas, vomitaban lo que había bebido y se les veía cubiertos por completo de sangre y de inmundicias:
Nam simul expletus dapibus, vinoque sepultus, Cervicem inflexam posuit, jacuitque per antrum Immensus, saniem eructans, ac frusta cruenta Per somnum commixta mero.
Al siguiente día partiéronse para el sitio de la matanza que acaba de noticiarse, con orden de seguir el rastro de los indios, aunque hubiesen de ir siguiendo las huellas hasta Chile. Supimos más tarde que los indios salvajes habían huido a los grandes llanos de las Pampas y que, por una causa que no recuerdo, se había perdido su rastro. Una sola ojeada a éste cuenta todo un poema a esas gentes. Supongamos que examinen las huellas dejadas por un millar de caballos, al punto os dirán cuántos había montados, contando cuántos de ellos iban a galope corto; reconocerán por la profundidad de las señales cuántos caballos iban con carga; por la irregularidad de esas mismas señales, el grado de su fatiga; por la manera como se cocieron los alimentos, si la tropa, a la cual perseguían, viajaba con rapidez o no; por el aspecto general, cuánto tiempo hacía que pasó por allí aquella tropa. Un rastro de diez a quince días de fecha es bastante reciente para que lo sigan con facilidad. También supimos que Miranda, al dejar el extremo occidental de la sierra Ventura, fue en línea recta a la isla de Cholechel, situada a 70 leguas de distancia, siguiendo el curso del río Negro. Por tanto, recorrió 200 a 300 millas a través de un país desconocido en absoluto. ¿Hay en el mundo otros ejércitos tan independientes? Con el sol por guía, carne de yegua por alimento, la silla de montar por cama, irían esos hombres al fin del mundo, con tal de encontrar de tarde en tarde un poco de agua.
Pocos días después, vi partir otro destacamento de esos soldados, análogos a bandidos, que iban de expedición contra una tribu de indios acampados junto a las Salinas Pequeñas. Un cacique prisionero fue quien hizo traición a éstos, indicando la presencia de dicha tribu. El español que trajo la orden de marchar era un hombre muy inteligente. Me dio algunos detalles acerca del último encuentro al cual había asistido. Algunos indios hechos prisioneros habían indicado el campamento de una tribu habitante en la orilla norte del Colorado. Enviáronse 200 soldados para atacarlos. Estos descubrieron a los indios, gracias a la nube de polvo que levantaban los cascos de sus caballos, pues habían levantado el campo y se iban de allí. El país era montuoso y silvestre, y debía de hallarse muy al interior, puesto que las cordilleras estaban a la vista. Los indios formaban un grupo de unas 110 personas (hombres, mujeres y niños); casi todos fueron hechos prisioneros o muertos, pues los soldados no dan cuartel a ningún hombre. Los indios sienten actualmente un terror tan grande, que ya no se resisten en masa; cada cual se apresura a huir por separado, abandonando a mujeres e hijos. Pero cuando se consigue darles alcance, se revuelven como bestias feroces y se baten contra cualquier número de hombres que sean. Un indio moribundo agarró con los dientes el dedo pulgar de uno de los soldados que le perseguían y se dejó arrancar un ojo antes que soltar su presa. Otro, gravemente herido, fingió estar muerto; y cuidó de tener a su alcance el cuchillo para inferir la postrera herida. El español que me daba estos informes añadió que iba él mismo en persecución de un indio, el cual le pedía cuartel a la vez que trataba de soltar sus bolas a fin de herirle con ellas. «Pero de un sablazo le hice caer del caballo; y echando yo también pie a tierra con presteza, le corté el pescuezo con mi cuchillo». Sin disputa, esas escenas son horribles. Pero, ¡cuánto más horrible es aún el hecho cierto de que se asesina a sangre fría a todas las mujeres indias que parecen tener más de veinte años de edad! Cuando protesté en nombre de la humanidad, me respondieron: «Sin embargo, ¿qué hemos de hacer? ¡Tienen tantos hijos esas salvajes!».
Aquí todos están convencidos de que esa es la más justa de las guerras, porque va dirigida contra los salvajes. ¿Quién podría creer que se cometan tantas atrocidades en un país cristiano y civilizado? Se perdona a los niños, a los cuales se vende o se da para hacerlos criados domésticos, o más bien esclavos, aunque sólo por el tiempo que sus poseedores puedan persuadirles de que son esclavos. Pero creo, en último caso, que les tratan bastante bien. Durante el combate huyeron juntos cuatro hombres: persiguiéronlos; uno de ellos fue muerto y los otros tres apresados con vida. Eran mensajeros o embajadores de un considerable cuerpo de indios reunidos para la defensa común junto a las Cordilleras. La tribu, a la cual habían sido enviados, estaba a punto de celebrar gran consejo, estaba dispuesto el banquete de carne de yegua, iba a empezar el baile y al siguiente día los embajadores iban a regresar a las Cordilleras. Esos embajadores eran unos guapos mozos, muy rubios, de más de seis pies de estatura; ninguno de ellos tenía arriba de treinta años. Los tres supervivientes poseían informes preciosos; para sacárselos, les pusieron en fila. Interrogóse a los dos primeros, quienes se limitaron a responder: No sé; y se les fusiló uno tras otro. El tercero también contestó: No sé, y añadió: «Tirad, soy hombre, sé morir». Ninguno dé ellos quiso decir ni una sílaba que pudiese perjudicar a la causa de su país. El cacique de que antes hablé adoptó una conducta enteramente opuesta: para salvar su vida, reveló el plan que sus compatriotas se proponían seguir para continuar la guerra, y el sitio donde las tribus debían concentrarse en los Andes. Creíase en aquel momento que ya estaban reunidos 600 ó 700 indios, y que durante el verano se duplicaría ese número. Además, como ha poco dije, aquel cacique había indicado el campamento de una tribu junto a las Salinas Pequeñas, cerca de Bahía Blanca, tribu a la cual iban a enviarse embajadores; lo cual prueba que las comunicaciones son activas entre los indios desde las Cordilleras hasta las costas del Atlántico.
El plan del general Rosas consiste en matar a todos los rezagados, empujar luego todas las tribus hacia un punto central y atacarlas allí durante el estío con auxilio de los chilenos. Esta operación debe repetirse tres años seguidos. Creo que se ha elegido la estación de verano como época principal de ataque, porque durante esa estación no hay agua en las llanuras y, por consiguiente, los indios se ven obligados a seguir ciertos caminos.
Para impedir que los indios crucen el río Negro, al sur del cual estarían sanos y salvos en medio de vastas soledades desconocidas, el general Rosas ha hecho un tratado con los Tehuelches, en virtud del cual, paga cierta suma por todo indio a quien maten si intenta pasar al sur del río, bajo la pena de ser exterminados ellos mismos si así no lo hicieren. La guerra se dirige principalmente contra los indios de las Cordilleras, pues la mayoría de las tribus orientales engruesan el ejército de Rosas. Pero el general, como lord Chesterfield, pensando, sin duda, que sus amigos de hoy pueden llegar a ser sus enemigos mañana, cuida de llevarlos siempre a vanguardia para que muera el mayor número posible de ellos. Desde que abandoné la América meridional, he sabido que fracasó por completo esa guerra de exterminio.
Entre las jóvenes hechas prisioneras en el mismo encuentro estaban dos bonitas españolas que fueron robadas muy niñas por los indios y no podían hablar más idioma que el de sus raptores. De creer lo que ellas contaban, debían venir de Salta, lugar sito a más de 1.000 millas (1:600 kilómetros) de distancia en línea recta. Esto da una idea del inmenso territorio por el cual vagan los indios; y, sin embargo, a pesar de su inmensidad, creo que dentro de medio siglo no habrá ni un solo indio salvaje al norte del río Negro. Esta guerra es harto cruel para durar mucho tiempo. No se da cuartel: los blancos matan a todos los indios que caen en sus manos, y lo indios hacen lo mismo con los blancos. Siéntese cierta melancolía al pensar en la rapidez con que los indios han desaparecido ante los invasores. Schirdel dice que en 1535, cuando la fundación de Buenos Aires, había poblados indios con 2.000 ó 3.000 habitantes. En la misma época de Falconer (1750), los indios llegaban en sus correrías hasta Luxán, Areco y Arrecife; hoy están rechazados más allá del Salado. No sólo han desaparecido tribus enteras, sino que las restantes se han vuelto más bárbaras: en vez de vivir en grandes poblados y de ocuparse en la caza y en la pesca, vagan actualmente en esas llanuras inmensas, sin ocupación ni residencia fijas.
También me dieron algunos detalles acerca de un encuentro que hubo en Cholechel unas cuantas semanas antes del que acabo de hablar. Cholechel es un puesto de mucha importancia, por ser sitio de paso para los caballos; por eso se estableció allí durante algún tiempo el cuartel general de una división del ejército. Cuando las tropas llegaron por vez primera a ese lugar, encontraron allí una tribu de indios y mataron a 20 ó 30. Escapose el cacique de un modo que sorprendió a todo el mundo. Los principales indios tienen siempre a mano, para una necesidad apremiante, uno ó dos caballos escogidos. El cacique montó uno de esos caballos de reserva (un viejo caballo blanco), llevándose consigo a su hijo aún de tierna edad. El caballo no tenía silla ni brida. Para evitar las balas, el indio montó como suelen hacerlo sus compatriotas, es decir, con un brazo alrededor del cuello del animal y sólo una pierna encima de él. Suspenso así de un lado, viósele acariciar la cabeza de su caballo y hablarle. Los españoles se encarnizaron en persecución suya; el comandante cambió tres veces de cabalgadura, pero en vano. El viejo indio y su hijo consiguieron escaparse y, por consiguiente, conservar su libertad.. ¡Qué magnífico espectáculo debió ser, qué hermoso asunto de cuadro para un pintor: el cuerpo desnudo y bronceado del viejo llevando en un, brazo a su tierno hijo, colgando, como Mazeppa, de su caballo blanco, y escapándose así de la persecución de sus enemigos!
Un día vi a un soldado sacar chispas de un trozo de sílex, que al punto conocí que había formado parte de una punta de flecha. Me dijo haberlo encontrado cerca de la isla Cholechel, y que había muchos en ese sitio. Ese pedazo de cuarzo tenía entre dos y tres pulgadas de longitud; por lo tanto, la flecha aquella era doble mayor que las empleadas hoy en la Tierra de Fuego. Estaba formada por un trozo de sílex opaco, de color blanquecino; pero la punta y las aristas estaban rotas. Sabido es que ningún indio de las Pampas emplea hoy arco ni flechas, excepto (según creo) una pequeña tribu en la banda oriental. Pero esta última tribu está muy lejos de los indios de las Pampas y muy cerca, por el contrario, de las tribus que viven en los bosques y que nunca montan a caballo. Por tanto, parece que esas flechas son restos muy antiguos provenientes de los indios19 que vivían antes de la gran mudanza producida en sus costumbres por la introducción del caballo en América
SUMARIO: Marcha a Buenos Aires.- El río Sauce.- La sierra Ventana.- Tercera posta.- Caballos.- Bolas.- Perdices y zorras.- Caracteres del país.- Chorlito real, de patas largas.Teru-tero- Tempestad de granizo.- Cercados naturales en la Sierra Tapalguen- Carne del puma.- Alimentación exclusiva de carne.- Guardia del Monte.- Efectos del ganado sobre la vegetación.- Cardo.- Buenos Aires.- Corral donde se matan los bueyes.
De Bahía Blanca a Buenos Aires.
8 de septiembre 1833.- Me convengo con un gaucho para que me acompañe durante mi viaje hasta Buenos Aires; me cuesta no poco trabajo encontrar uno. Ya es un padre que no quiere dejar partir a su hijo; ya vienen a participarme que otro, que parecía dispuesto a ir conmigo, es tan cobarde que si ve a lo lejos un avestruz lo tomará por un indio y huirá inmediatamente. Desde Bahía Blanca a Buenos Aires hay unas 400 millas (640 kilómetros), y así siempre se atraviesa un país deshabitado. Salimos una mañana muy temprano. Después de una ascensión de algunos centenares de pies, para salir de la hondonada de verde césped donde se asienta Bahía Blanca, entramos en una extensa llanura desolada. Está cubierta de restos de rocas calcáreas y arcillosas, pero el clima es tan seco que apenas se ven algunas matas de hierba marchita, sin un solo árbol, sin un solo tallar que rompa su monotonía. El tiempo es hermoso, pero la atmósfera está muy caliginosa. Creía yo que ese estado atmosférico presagiaba una tormenta; el gaucho me dijo que ese estado se debe al incendio de la llanura a una gran distancia en el interior. Después de haber galopado mucho tiempo y de cambiar de caballo dos veces, llegamos al río Sauce. Es un riachuelo profundo y rápido que sólo tiene 25 pies de anchura. La segunda posta del camino de Buenos Aires está en sus márgenes. Un poco más arriba de la costa hay un vado, donde el agua no llega al vientre de los caballos; pero desde ese sitio hasta el mar es imposible vadearlo; por tanto, ese río forma una barrera muy útil contra los indios.
Sin embargo, el jesuita Falcorer, cuyas noticias suelen ser tan correctas, habla de este insignificante riachuelo como de un río que tiene sus fuentes al pie de la Cordillera. Creo que, en efecto, nace allí, pues el gaucho me afirma que ese río se desborda todos los años a mediados del estío, en la misma época que el Colorado; pues bien, esos desbordamientos sólo pueden provenir de la fusión de las nieves de los Andes. Pero es muy improbable que un río tan insignificante como el Sauce, en el momento en que lo vi, cruce toda la anchura del continente; además, si en esta estación no fuese sino el residuo de un gran río, sus aguas estarían cargadas de sal, como se ha visto en tantos casos y en tan numerosos países. Por consiguiente, las aguas claras y limpias que corren por su cauce durante el invierno debemos atribuirlas a los manantiales existentes alrededor de la sierra Ventan. Creo que los llanos de la Patagonia, como los de Australia, están cruzados por muchas corrientes de agua, que sólo en ciertas épocas desempeñan funciones de ríos. Así es probable que suceda con el río que desemboca en el puerto de Desire; y lo mismo con el río Chupat, en las orillas del cual han encontrado escorias celulares los oficiales encargados de levantar el plano de sus márgenes.
Como aún era temprano en el momento de nuestra llegada, tomamos caballos de refresco y un soldado para guiarnos y salimos en dirección a la sierra de la Ventan. Esta montaña se ve desde el puesto de Bahía-Blanca; y el capitán Fitz-Roy estima su altura en 3.340 pies (1.000 metros), altitud muy notable en la parte oriental del continente. Téngome por el primer europeo que ha subido a la cima de esta montaña; un corto número de soldados de la guarnición de Bahía Blanca tuvieron también la curiosidad de visitarla. Por eso se repetían toda clase de historias acerca de las capas de carbón, las minas de oro y plata, las cavernas y los bosques que contenía, historias que espoleaban mi curiosidad, pero me aguardaba cruel desengaño. Desde la posta a la montaña hay unas seis leguas a través de una planicie tan llana y tan yerma como la que por la mañana habíamos atravesado; pero no por eso era menos interesante el camino, pues cada paso nos iba aproximando a la montaña, cuyas verdaderas formas se nos aparecían más claramente. Así que llegamos al pie de ella, nos costó mucho trabajo encontrar agua, y por un momento pensamos vernos obligados a pasar la noche sin poder proporcionárnosla. Al cabo concluimos por descubrirla buscando en las laderas; pues, aun a la distancia de algunos centenares de metros, los arroyuelos quedan absorbidos por las piedras calcáreas quebradizas y los montones de piedrecillas que las rodean. No creo que la naturaleza haya producido nunca una roca más árida y solitaria; aquel peñón merece muy bien su nombre de hurtado. La montaña es escarpada, abrupta en extremo, llena de grietas y desprovista tan en absoluto de árboles y hasta de monte bajo, que a pesar de todas nuestras pesquisas no podemos encontrar con qué hacer un asador de palo para asar carne sobre una fogata de tallos de cardo silvestre1. El extraño aspecto de esta montaña está realzado por la llanura circundante, parecido al mar; llanura que no sólo viene a morir al pie de sus faldas abruptas, sino que separa también las estribaciones paralelas. Lo uniforme del color hace muy monótono el paisaje; en efecto, ningún matiz más brillante se destaca sobre el fondo gris blanquecino de la roca silícea y -sobre el moreno claro de la marchita hierba del llano. En las cercanías de una montaña elevada, suele esperarse ver un terreno muy desigual y sembrado de inmensos fragmentos de peñasco. La naturaleza da aquí la prueba de que el último movimiento que se produce para convertir el álveo del mar en tierra seca, puede efectuarse a veces con mucha tranquilidad. En esas circunstancias, sentíame curioso por saber a qué distancia podían haber sido transportados los guijarros procedentes de la roca primitiva. Pues bien: en las costas de Bahía Blanca y junto a la ciudad de este nombre, se encuentran pedazos de cuarzo que, con certeza, provienen de esta montaña, sita a 45 millas de distancia (72 kilómetros).
El rocío, que durante la primera parte de la noche había mojado las cubiertas con que nos tapábamos, habíase transformado en hielo a la mañana siguiente. Aunque la llanura parece horizontal, se eleva poco a poco, y nos hallábamos a 800 ó 900 pies sobre el nivel del mar. El 9 de septiembre por la mañana me aconseja el guía que suba a la estribación más próxima, la cual acaso me conduzca a los cuatro picos que coronan a plomo la montaña. Trepar sobre peñascales tan rugosos fatiga en extremo; las laderas de la montaña están cortadas tan hondamente, que con frecuencia se pierde en un minuto el camino andado en cinco. Llego, por fin, a la cima, pero para sufrir un gran desencanto; estaba al borde de un precipicio, en el fondo del cual hay un valle a nivel de la llanura, valle que corta la estribación transversalmente y me separa de los cuatro picos. Este valle es muy estrecho, pero muy plano, y forma un buen paso para los indios, pues hace comunicar entre sí los llanos que hay al norte y al sur de la cadena. Al bajar al valle para atravesarlo, veo dos caballos; en seguida me escondo entre las altas hierbas y examino con cuidado las cercanías; pero al no advertir señales de indios, comienzo mi segunda ascensión. Avanzaba ya el día; y esa parte de la montaña es tan escarpada y desigual como la otra. Llego por fin a la cima del segundo pico a las dos horas, pero no lo consigo sino con la mayor dificultad; en efecto, cada 20 metros sentía calambres en la parte superior de ambos muslos, hasta el punto de no saber si podría volver a bajar. También me fue preciso dar la `vuelta por otro camino, pues no me sentía con fuerzas para escalar de nuevo la montaña que había atravesado por la mañana. Por tanto, me vi obligado a renunciar a subir a los dos picos más altos. La diferencia de altura no es muy grande, y desde el punto de vista geológico sabía yo cuanto deseaba saber; por consiguiente, el resto no merecía otra nueva fatiga. Supongo que mis calambres eran efecto del gran cambio de acción muscular, el trepar mucho, después de una larga carrera a caballo. Esta es una lección que conviene recordar, pues en ciertos casos pudiera verse uno muy apurado.
Ya he dicho que la montaña se compone de rocas de cuarzo blanco, mezclado con un poco de esquisto arcilloso brillante. A la altura de algunos cientos de pies por encima del llano se adhieren a las rocas en varios sitios montones de conglomerados. Por su dureza, y por la naturaleza del cemento que los une, se parecen a las masas que diariamente se ven formarse en algunas costas. No dudo que la aglomeración de esos cantos rodados se efectuó de igual manera en la época en que la gran formación caliza se depositaba debajo del mar circundante. Es fácil figurarse cómo el cuarzo, tan excavado y recortado, reproduce aún los efectos de las grandes olas de un inmenso océano.
En resumen, esa ascensión me desilusionó mucho. La vista es insignificante: una llanura tan lisa como el mar, pero sin el hermoso color de éste y sin líneas tan precisas. Sea como fuere, aquella escena era enteramente nueva para mí; aparte de eso, tuve cierta emoción cuando creí ver presentarse indios. Sin embargo, el peligro no era muy terrible, puesto qué' mis dos acompañantes encendieron una gran hoguera, cosa que no se hace nunca cuando se teme la proximidad de los indios. Regresamos a nuestro campamento al caer la noche; y después de beber mucho mate y de fumar varios cigarros, en seguida me acosté. Soplaba con violencia un viento muy frío, lo cual no me impidió dormir mejor que nunca he dormido.
10 de septiembre.- Hacia la mitad del día llegamos a la posta del Sauce, después de haber corrido bravamente ante la tempestad. En el camino hemos visto un gran número de ciervos, y más cerca de la montaña un guanaco. Extraños barrancos cruzan el llano que va a morir al pie de la sierra; uno de ellos, de unos 20 pies de ancho por 30 lo menos de profundidad, nos obliga a dar un gran rodeo antes de poder atravesarlo.
Pasamos la noche en la posta; la conversación, como siempre, versa acerca de los indios. Antiguamente la sierra Ventana era uno de sus puestos favoritos, y hace tres o cuatro años se ha peleado mucho en este sitio. Mi guía estuvo en uno de esos combates, donde muchos indios perdieron la vida. Las mujeres lograron llegar a la cima del monte y allí se defendieron con bravura, haciendo caer grandes piedras sobre los soldados. Muchas de ellas acabaron por ponerse a salvo.
11 de septiembre.- Nos dirigimos a la tercera «posta», en compañía del teniente que la mandaba. Dícese que hay 15 leguas entre las dos postas, pero sólo es una suposición y por lo común se exagera un poco. El camino tiene poco interés; continuamente se cruza una llanura seca, cubierta de césped; por nuestra izquierda, a una distancia variable, hay uña fila de montecillos que atravesamos en el momento de llegar a la posta. Encontramos también un inmenso rebaño de bueyes y de caballos, custodiado por quince soldados que nos dicen haber perdido ya muchos animales. En efecto, es muy difícil hacer a éstos atravesar las llanuras; porque si durante la noche se acerca a la piara un puma, o aunque sea una zorra, nada puede impedir que los caballos enloquecidos se dispersen en todas direcciones; el mismo efecto les produce una tempestad. Hace poco tiempo salió de Buenos Aires un oficial con 500 caballos y sólo tenía 20 cuando se reunió al ejército.
Poco rato después, una nube de polvo nos advierte que se dirige hacia nosotros un tropel de jinetes; mis acompañantes conocen que son indios, cuando aún están a grandísima distancia, por sus cabellos esparcidos por la espalda. Por lo común, los indios llevan una venda alrededor de la cabeza, sin ropa ninguna, y sus largos cabellos negros, levantados por el viento, les dan un aspecto aún más salvaje. Es una parte de la amiga tribu de Bernantio, que va a una salina para proveerse de sal. Los indios comen mucha sal; sus niños mascan terrones de sal, como los nuestros de azúcar. Los gauchos tienen un gusto muy diferente, pues apenas la comen, aunque llevan el mismo género de vida; según Mungo Park2, los pueblos que sólo se alimentan de verduras tienen verdadera pasión por la sal. Los indios nos saludaron amistosamente al pasar a galope; llevaban ante sí una manada de caballos, y seguíalos a su vez una turba de perros flacos.
12 y 13 de septiembre.- Permanezco dos días en esta posta; espero a un pelotón de soldados que ha de pasar por aquí, dirigiéndose a Buenos Aires. El general Rosas ha tenido la bondad de prevenirme acerca del paso de esas tropas y me invita a aguardarlas para aprovecharme de tan buena escolta. Por la mañana voy a visitar algunas colinas de las cercanías, por ver el país y para examinarlas desde el punto de vista geológico.
Después de comer, los soldados se dividen en dos bandos para ensayar su habilidad con las bolas. Plántanse dos lanzas en el suelo, a 35 metros de distancia una de otra; pero las bolas no las alcanzan sino una vez por cada cuatro o cinco. Pueden arrojarse las bolas a 50 ó 60 metros, pero sin puntería. Sin embargo, ésta distancia no se aplica a los hombres a caballo: cuando la velocidad del caballo se agrega a la fuerza del brazo, dícese que se puede arrojarlas a 80 metros, casi con certeza de dar en el blanco. Como prueba de la fuerza de este arma, puedo citar este hecho: cuando en las islas Falkland asesinaron los españoles a una parte de sus compatriotas y a todos los ingleses que allí estaban, huía un español a todo correr. Un individuo llamado Luciano, fornido y guapo mozo, perseguíale a galope gritando que se detuviese, pues deseaba decirle unas palabras. En el momento de ir a llegar ya el español a la barca, Luciano le tiró las bolas; se enroscaron éstas con tal fuerza en derredor de las piernas del fugitivo, que cayó desmayado. Así que Luciano le hubo dicho lo que tenía que decirle, permitiose al joven que embarcase. Nos dijo que sus piernas llevaban grandes verdugones allí donde se arrolló la cuerda, como si hubiese sufrido la pena del látigo.
En el curso de la jornada llegaron de la posta siguiente dos hombres encargados de un bulto para el general Rosas. Así, aparte de esos dos hombres, nuestra tropa se componía de mi guía, yo, el teniente y sus cuatro soldados. Estos últimos eran muy estrafalarios: el primero, un hermoso negro muy joven; el segundo, un mestizo de indio y de negro; respecto a los otros era imposible determinar nada, un antiguo minero chileno de color caoba y un mulato cuarterón. Nunca vi mestizo de expresión más odiosa. Por la noche me retiro un poco apartado, mientras juegan ellos a las cartas sentados en derredor del fuego, para contemplar a mis anchas aquella escena digna del pincel de Salvator Rosa. Estaban sentados al pie de un montecillo casi a plomo, de suerte que dominaba yo la escena; alrededor de ellos, perros dormidos, armas, restos de ciervo y de avestruz, y sus lanzones clavados en el suelo. En segundo término, entre una oscuridad relativa, sus caballos atados a estacas y dispuestos para un caso de alerta. Si la tranquilidad reinante en la llanura era turbada por el ladrido de sus perros, uno de los soldados abandonaba la hoguera, ponía el oído contra el suelo y escuchaba con atención. hasta si el alborotador teru-teto prorrumpía en un grito estridente, suspendíase en el acto la conversación y todas las cabezas se inclinaban para poner oído un instante.
¡Cuán mísera existencia la de esos hombres! Estaban lo menos a diez leguas del puesto de Sauce; y, desde la matanza hecha por los indios, a veinte leguas de cualquier otro puesto. Supónese que los indios habían atacado a media noche el puesto destruido; pues al día siguiente de esa matanza se les vio, felizmente, acercarse por la mañana muy temprano al puesto donde ahora estoy. El pequeño pelotón de tropa pudo escaparse y llevar consigo los caballos; huyendo cada uno de los soldados por su parte, conduciendo cuantos caballos le fue posible.
Esos soldados viven en una choza pequeña, construida con tallos de cardo, que no les resguarda contra el viento ni la lluvia; en este último caso, la única función de la techumbre consiste en reunirla en gotas más gruesas. No les dan víveres: para alimentarse sólo tienen lo que pueden cazar, avestruces, ciervos, armadillos, etc.; por único combustible, no tienen sino los tallos de una pequeña planta, parecida un poco al áloes. El único lujo que pueden permitirse esos hombres es fumar cigarrillos y mascar mate. No podía menos de pensar que los buitres, habituales acompañantes del hombre en estas desiertas llanuras, encaramados en los altos más próximos, con su paciencia ejemplar parecían decir a cada instante: «¡Ah, qué banquete cuando vengan los indios!».
Por la mañana salimos todos a cazar: no logramos grandes triunfos venatorios, y la cacería, sin embargo, resulta animada. Poco después de nuestra marcha nos separamos: mis compañeros de caza forman su plan de modo que en cierto momento del día (son muy hábiles para calcular las horas) encuéntranse todos, viniendo de diferentes partes a un sitio determinado, para acorralar así en ese punto a todos los animales que puedan encontrar. Un día estuve de caza en Bahía Blanca; allí los hombres se limitaron a formar un semicírculo, separados unos de otros como de un cuarto de milla. Los jinetes más avanzados sorprendieron a un avestruz macho, que trató de escaparse por un lado. Persiguiéronle los gauchos a toda velocidad de los caballos, haciendo cada uno de ellos girar las terribles bolas alrededor de su cabeza. Por último, el que estaba más cerca del avestruz se las arrojó con vigor extraordinario y fueron a enroscarse en las patas del ave, que cayó inerte al suelo.
Tres especies de perdices3, dos de ellas tan grandes como faisanes, abundan en los llanos que nos rodean. También se encuentra un gran número de bonitas zorras pequeñas, su mortal enemigo, de las cuales vimos aquel día cuarenta o cincuenta lo menos; por lo común suelen estar a la entrada de su escondrijo, lo cual no impide a los perros matar a una de ellas. A nuestro regreso a la posta, encontramos a dos de nuestros hombres que habían estado de caza por su parte. Han matado a un puma y descubierto un nido de avestruz con 27 huevos. Dícese que cada uno de esos huevos pesa tanto como once de gallina, lo cual hace que ese solo nido nos suministre tanto alimento como pudieran hacerlo 297 huevos de gallina.
14 de septiembre:- Los soldados pertenecientes a la posta siguiente quieren volverse a ella; y como juntándonos con ellos seremos cinco hombres, todos armados, decido no aguardar a las tropas anunciadas. Mi hospedero, el teniente, hace todos los esfuerzos posibles para retenerme. Ha sido en extremo atento conmigo; no sólo me ha dado de comer, sino que me ha prestado los caballos de su propiedad particular. Por eso, deseo remunerarle de cualquier modo que sea. Pregunto a mi guía si la costumbre me permite hacerlo, y me contesta que no, añadiendo que, además de una negativa, me diría algo por este estilo: «En nuestro país damos carne a nuestros perros; de modo que no vamos a vendérsela a los cristianos». No debe suponerse que el empleo de teniente en un ejército de esa calaña sea la causa de esa negativa a cobrar, no; eso proviene de que en toda la extensión de esas provincias (todos los viajeros pueden afirmarlo) cada uno considera un deber la hospitalidad. Luego de haber galopado unas cuantas leguas seguidas, entramos en una región baja y cenagosa que se extiende hacia el Norte, durante cerca de 80 millas (123 kilómetros), hasta la sierra Tapalguen. En algunas partes, esa comarca consiste en hermosas llanuras húmedas, cubiertas de césped; en otras, en un suelo blando, negro y turboso. Encuéntranse allí muchos lagos muy grandes, pero poco profundos, e inmensos cañaverales. En resumen: ese país se asemeja a las partes más bellas de las ciénagas del Cambridgeshire. Por la noche nos es algo difícil encontrar enmedio de los pantanos un sitio seco donde establecer nuestros campamento.
15 de septiembre.- Partimos temprano. Bien pronto pasamos junto a las ruinas de la posta cuyos cinco soldados fueron muertos por los indios; el jefe recibió 18 heridas de chuzo. A la mitad de la jornada, después de galopar muchísimo tiempo, llegamos a la quinta posta. Lo difícil de proporcionarnos caballos nos obliga a pasar allí la noche. Ese punto es el más expuesto de toda la línea, por lo cual hay en él 21 soldados. A la puesta del sol regresan de cacería, trayendo siete ciervos, tres avestruces, varios armadillos y gran número de perdices. Cuando se recorre la llanura, es costumbre prender fuego a las hierbas: eso han hecho hoy los soldados, por lo cual vemos de noche magníficas conflagraciones y el horizonte se ilumina por todas partes. Se incendia la llanura para achicharrar a los indios que puedan verse rodeados por las llamas, pero principalmente para mejorar los pastos. En los llanos cubiertos de césped pero no frecuentados por los grandes rumiantes parece necesario destruir por medio del fuego lo superfluo de la vegetación, de manera que pueda brotar otra nueva cosecha.
En este sitio, el rancho ni siguiera tiene techo; consiste simplemente en una fila de tallos de cardo silvestre dispuestos de modo que defiendan un poco a los hombres contra el viento. Este rancho está situado en las orillas de un lago muy extenso pero muy poco profundo, literalmente cubierto de aves salvajes, entre las cuales llama la atención el cisne de cuello negro.
La especie de chorlito real de patas largas, que parece andar con zancos (Himantopus nigricollis), se encuentra aquí en bandadas considerables. Hase acusado sin razón a este ave de tener poca elegancia cuando va por el agua poco profunda, su residencia favorita, dista mucho de carecer de gracia. Reunidas en bandadas, estas aves dejan oír un grito que se asemeja muchísimo a los ladridos de una jauría de perros pequeños en plena caza; despierto de pronto en mitad de la noche; durante algunos momentos me parece oír ladridos. El teru-tero (Vanellus Cayanus) es otra ave que a menudo turba también el silencio de la noche. Por su aspecto y sus costumbres se parece, desde muchos puntos de vista, a nuestros vencejos; sin embargo, tiene armadas las alas con unos espolones agudos como los que el gallo común lleva en las patas. Cuando se atraviesan las llanuras cubiertas de césped, esas aves se persiguen incesantemente; parecen profesar odio al hombre, el cual se lo devuelve con creces, pues no hay nada tan desagradable como su agudo grito, siempre el mismo y que no deja de hacerse oír ni un solo instante. El cazador las aborrece porque anuncian su aproximación a las demás aves y a todos los cuadrúpedos. Quizá prestan algunos servicios a los viajeros, pues, como dice Molina, le anuncian la vecindad de los ladrones en los caminos. Durante la estación de los amores fingen estar heridas y poder huir apenas, con el propósito de llevar lejos de sus nidos a los perros y a todos sus demás enemigos. Dícese que los huevos de estas aves son un manjar muy delicado.
16 de septiembre.- Llegamos a la séptima posta, situada al pie de la sierra Tapalguen. Hemos atravesado un país absolutamente llano; el suelo, blando y turboso, está cubierto de ásperas hierbas. La choza está muy limpia y es muy habitable; los postes y las vigas consisten en una docena de tallos de cardo silvestre, atados con tiras de cuero; esos pies derechos, que parecen columnas jónicas, sostienen la techumbre y los costados, cubiertos de cañas a manera de bálago. Aquí me refieren un hecho que no hubiera podido creer si no hubiese sido en parte testigo presencial de él. Durante la noche anterior, un granizo tan gordo como manzanitas y en extremo duro, había caído con tal violencia, que causó la muerte a un gran número de animales salvajes. Uno de los soldados encontró trece cadáveres de ciervos (Cervus campestris), y me enseñaron la piel aún fresca de éstos; minutos después de mi llegada, otro soldado trajo siete más. Pues bien; me consta que un hombre sin perros no hubiera podido matar siete ciervos en una semana. Los hombres afirmaban haber visto lo menos quince avestruces muertos (uno lo teníamos para comer); añadían que otros muchos se habían quedado ciegos. Gran número de aves más pequeñas, como patos, halcones y perdices, habían quedado muertas. Enseñáronme una perdiz cuyo dorso estaba todo negro, como si la hubieran herido con una piedra grande. Un seto de tallos de cardo que rodeaba a la choza estaba casi deshecho; y al sacar uno de los hombres la cabeza para ver qué sucedía, recibió una herida grave; llevaba puesto un vendaje. Me dijeron que la tempestad sólo produjo estragos en una extensión de terreno poco considerable. En efecto, desde nuestro campamento de la noche última habíamos visto una nube muy negra y relámpagos en esa dirección. Es increíble que animales tan fuertes como los ciervos hayan sido muertos de esa manera; pero, por las pruebas que acabo de referir, estoy convencido de que me han contado el hecho sin abultarlo.
Sin embargo, tengo la satisfacción de que el jesuita Drobrizhoffer4 haya confirmado de antemano ese testimonio. Hablando de un país situado mucho más al norte, dice: «Ha caído un granizo tan gordo, que ha muerto a un gran número de bestias». Los indios, desde esa época, llaman al sitio donde cayó Lalegraicavalca, es decir «Las pequeñas cosas blancas». El doctor Malcolmson también me participa que presenció en la India, en 1831, una tempestad de granizo que mató a un gran número de aves grandes e hirió a muchos mamíferos. Las piedras eran planas: una de ellas tenía 10 pulgadas de circunferencia y otra pesaba dos onzas; esos granizos deshicieron el firme de una carretera de grava, como hubiera podido hacerlo las balas; pasaban a través de los vidrios, produciendo un agujero redondo, pero sin resquebrajarlos.
Después de comer, cruzamos la sierra Tapalguen, cadena de montañas de algunos centenares de pies de elevación, que comienza en el cabo Corrientes. En la parte del país donde me encuentro, la roca es cuarzo puro; dícenme que más al este es granito. Las colinas tienen una forma notable: consisten en mesetas rodeadas de escarpes verticales poco altos, como los trozos desprendidos de una capa sedimentaria. La colina donde subí es muy poco importante, sólo tiene 200 metros de diámetro; pero veo otras mayores.
Una de ellas, a la cual han dado el nombre de Corral, se dice que tiene dos ó tres millas de diámetro y está cerrada por cantiles verticales de 30 a 40 pies de altura, excepto en un sitio por donde se halla la entrada Falconer 5 cuenta que los indios encierran en ese recinto natural rebaños de caballos salvajes y que les basta custodiar la entrada para impedirles salir. Nunca he oído citar ningún otro ejemplo de mesetas en una formación de cuarzo, lo cual, en la colina que yo examiné, no tenía ningún vestigio de estratificación. Me han dicho que la roca del Corral es blanca y produce chispas golpeándola.
Llegamos después de cerrar la noche a la posta, sita en las márgenes del río Tapalguen. Al cenar, según algunas palabras que oigo decir, me estremezco repentinamente de horror pensando que como uno de los platos favoritos del país: ternera sin acabar de formarse. Era puma: la carne de este animal es muy blanca y tiene gusto a ternera. Mucho se han burlado del doctor Shaw por haber dicho que «la carne del león es muy estimada y que por su color y sabor se parece mucho a la carne de ternera». Así sucede ciertamente con el puma. Los gauchos difieren de opinión en cuanto al jaguar; pero todos ellos dicen que el gato es un manjar excelente.
17 de septiembre.- Seguimos el río Tapalguen a través de un país fértil, hasta la novena posta. Tapalguen mismo, o la ciudad de Tapalguen (si puede dársele este nombre) consiste en una llanura perfectamente plana y sembrada hasta donde alcanza la vista de toldos o chozas en forma de horno, de los indios. Aquí residen las familias de los indios aliados que combaten en las filas del ejército de Rosas. Encontramos un gran número de indias jóvenes, montadas dos o tres juntas en un mismo caballo; la mayor parte son muy guapas, y su tez tan fresca podría tomarse por el emblema de la salud. Además de los toldos, hay allí tres ranchos: uno lo habita el comandante, y los otros dos unos españoles con pequeñas tiendas.
Por fin puedo comprar un poco de galleta. Desde hace varios días no como más que carne; este nuevo régimen no me disgusta, pero me parece que sólo podría soportarlo a condición de hacer un ejercicio violento. He oído decir que en Inglaterra, enfermos a quienes se ordena una alimentación exclusivamente animal, apenas pueden decidirse a someterse a ella, ni aun con la esperanza de prolongar la vida. Sin embargo, los gauchos de las Pampas no comen sino vaca durante meses enteros. Pero he observado que toman una gran cantidad de grasa, que es de naturaleza menos animal y aborrecen particularmente la carne magra como la del agutí. El doctor Richardson6, ha notado también que «alimentándose por largo tiempo exclusivamente de carne magra, se experimenta un deseo tan irresistible de comer gordura, que se puede consumir una cantidad considerable hasta de grasa oleosa, sin sentir náuseas»; esto me parece un hecho fisiológico muy curioso. Quizá como consecuencia de su dieta exclusivamente animal, es por lo que los gauchos, como todos los demás carnívoros, pueden abstenerse de alimento durante mucho tiempo. Me han asegurado que en Tandeel unos soldados persiguieron voluntariamente a una tropa de indios por espacio de tres días, sin comer ni beber.
He visto en los comercios muchos artículos, como mantas de caballo, cinturones y ligas, tejidos por las mujeres indias. Los dibujos son muy bonitos, y brillantes los colores. El trabajo de las ligas es tan perfecto, que un negociante inglés de Buenos Aires me sostenía que habrían sido fabricadas en Inglaterra; para convencerle fue preciso enseñarle que las bellotas estaban adheridas con trozos de nervios hendidos.
18 de septiembre.- Hoy hemos hecho una larga etapa. En la duodécima posta, siete leguas al sur del río Salado, encontramos la primera estancia con bestias y mujeres blancas. Enseguida tenemos que atravesar varias millas del país inundado; el agua sube hasta por encima de las rodillas de los caballos. Cruzando los estribos y montando como los árabes, es decir, con las piernas encogidas y las rodillas muy altas, conseguimos no mojarnos en demasía. Es casi de noche cuando llegamos al Salado. Este río es profundo y tiene unos 40 metros de anchura; en verano se seca casi por completo, y la poca agua que en él queda aún se vuelve tan salobre como la del mar. Dormimos en una de las grandes estancias del general Rosas. Está fortificada y tiene tal importancia, que al llegar de noche la tomo por una ciudad y su fortaleza. Al día siguiente vemos inmensos rebaños vacunos; el general posee aquí 74 leguas cuadradas de terreno. Antiguamente empleaba cerca de 300 hombres en esta propiedad, y tenían tal disciplina que desafiaban a todos los ataques de los, indios.
19 de septiembre.-- Atravesamos Guardia del Monte. Es un lindo pueblecillo un poco desparramado, con numerosos jardines plantados de albérchigos y membrillos. La llanura es enteramente igual que la que rodea a Buenos Aires.
El césped es corto y de un hermoso color verde, intercalándose campos de trébol y de cardos; también se ven numerosas guaridas de viscaches. En cuanto se cruza el Salado, cambia por completo de aspecto el paisaje; hasta entonces sólo nos circuían hierbas silvestres, y ahora caminamos sobre una hermosa alfombra de verdura. Ante todo creo deber atribuir este cambio a una modificación en la naturaleza del suelo; pero los habitantes me afirman que aquí, lo mismo que en la banda oriental, donde se nota una diferencia tan grande entre el país que rodea a Montevideo y las sabanas tan poco habitadas de Colonia, es preciso atribuir esa mudanza a la presencia de cuadrúpedos. Exactamente el mismo hecho se ha observado en las praderas de la América del Norte7, donde hierbas comunes y rudas, de cinco a seis pies de altura, se transforman en césped en cuanto se introducen allí animales en suficiente número. No soy bastante botánico para pretender decir si la transformación proviene de introducirse nuevas especies, de modificaciones en el crecimiento de las mismas hierbas o de disminuir número proporcional. También le chocó mucho a Azara ese cambio de aspecto; además se pregunta cuál es el motivo de la aparición inmediata, en todos los senderos que conducen a una choza recién construida, de plantas que no crecen en las cercanías. En otro pasaje dice8: «Estos caballos (salvajes) tienen la manía de preferir los caminos y el borde de las carreteras para depositar sus excrementos; montones de ellos se encuentran en esos lugares». Pero, ¿no es eso una explicación del hecho? ¿No se producen así líneas de terreno ricamente abonado, que sirven de comunicación a través de inmensas regiones?
Junto a Guardia encontramos el límite meridional de dos plantas europeas que se han hecho extraordinariamente comunes. El hinojo abunda en los revestimientos de los hoyos en las cercanías de Buenos Aires, Montevideo y otras ciudades. Pero el cardo9 aún se ha difundido mucho más: se le encuentra en estas latitudes a los dos lados de la cordillera, en todo el ancho del continente. Lo he hallado en sitios casi desiertos de Chile, de Entre Ríos y de la banda oriental. Sólo en este último país, hartas millas cuadradas (probablemente muchos centenares), están cubiertas por una masa de estas plantas armadas de pinchos, en sitios donde no pueden penetrar hombres ni animales. Ninguna otra planta puede existir actualmente en las llanuras onduladas donde crecen esos cardos; pero, antes de haberse introducido, la superficie debió estar cubierta de grandes hierbas, como todas las demás partes. Dudo que pueda citarse un ejemplo más extraordinario de invasiones de una planta efectuadas en una escala tan grande. Según ya he dicho, no he visto en ninguna parte el cardo al sur del Salado, pero es probable que conforme se pueble el país irá extendiéndose sus límites al cardo. El cardo gigante de las Pampas, de hojas variadas, se conduce de un modo muy diferente, pues lo he encontrado en el valle del Sauce.
Según los principios tan bien expuestos por M. Lyell, pocos países han sufrido modificaciones más notables desde el año 1535, en que desembarcó el primer colono con 72 caballos en las orillas del Plata. Los innumerables rebaños de ganado caballar, vacuno y lanar no sólo han modificado el carácter de la vegetación, sino que también han rechazado de todas partes y hecho casi desaparecer al guanaco, el ciervo y el avestruz. También han debido producirse otros cambios; el cerdo salvaje reemplaza muy probablemente al pecarí en muchos sitios; puede oírse a manadas de perros salvajes aullar en los bosques que cubren los bordes de los ríos menos frecuentados; y la rata común, convertida en un animal grande y feroz, habita en las colinas peñascosas. Como M. d'Orbigny lo ha hecho notar, el número de buitres ha debido acrecentarse de un modo inmenso desde la introducción de los animales domésticos; y he indicado con brevedad las razones que me hacen creer que han extendido muchísimo su residencia hacia el sur. Sin duda ninguna, también otras muchas plantas, además del hinojo y del cardo, se han aclimatado, prueba de ello, el número de duraznos y de naranjos que crecen en las islas de la desembocadura del Paraná, y que provienen de las semillas transportadas allí por las aguas del río.
Mientras cambiábamos de caballos en Guardia, varias personas se acercaron a dirigirme una multitud de preguntas acerca del ejército. Nunca he visto una popularidad más grande que la de Rosas, ni mayor entusiasmo por «la guerra más justa de las guerras, puesto que va dirigida contra los salvajes». Preciso es confesar que se comprende algún tanto ese arranque, si se tiene en cuenta que aún hace poco tiempo estaban expuestos a los ultrajes de los indios los hombres, las mujeres, los niños, los caballos. Durante todo el día recorremos una hermosa llanura verde, cubierta de rebaños; acá y allá una estancia solitaria, sin más sombra que un sólo árbol. Por la tarde se pone a llover; llegamos a un destacamento, pero el jefe nos dice que, si no tenemos pasaportes muy en regla, no podemos seguir nuestro camino, pues hay tantos ladrones que no quiere fiarse de nadie. Le presento mi pasaporte, y en cuanto lee en él las primeras palabras El naturalista D. Carlos, se vuelve tan respetuoso y cortés como desconfiado estaba antes. ¡Naturalista! Seguro estoy de que ni él ni sus compatriotas comprenden bien qué podrá querer decir eso; pero es probable que mi título misterioso no haga sino inspirarle una idea más alta de mi persona.
20 de septiembre.- A mitad del día llegamos a Buenos Aires. Los setos de agaves, los bosques de olivos, de albérchigos y de sauces, cuyas hojas empiezan a abrirse, dan a los arrabales de la ciudad un aspecto delicioso. Me encamino a la casa de M. Lumb, negociante inglés, quien, durante mi estancia en el país, me ha colmado de obsequios.
La ciudad de Buenos Aires es grande y una de las más regulares, creo, que hay en el mundo. Todas las calles se cortan en ángulo recto; y hallándose a igual distancia unas de otras todas las calles paralelas, las casas forman cuadrados sólidos de iguales dimensiones, llamados cuadras.
Las casas, cuyos aposentos dan todos a un patio pequeño muy bonito, no suelen tener más que un piso coronado por una azotea con asientos, donde los habitantes acostumbran a estar por el verano. En el centro de la ciudad está la plaza, alrededor de la cual se ven los edificios públicos, la fortaleza, la catedral, etc.; antes de la revolución, también estaba allí el palacio de los virreyes. El conjunto de esos edificios presenta magnífico golpe de vista, aun cuando ninguno de ellos tenga pretensiones de arquitectura bella.
Uno de los espectáculos más curiosos de Buenos Aires es el gran corral donde se guardan, antes de darles muerte, los animales que han de servir para el aprovisionamiento de la ciudad. Es realmente pasmosa la fuerza del caballo comparada con la del buey. Un hombre a caballo, después de sujetar con su lazo al buey por la cornamenta, puede arrastrar a éste donde quiera. El animal hace hincapié en el suelo con las patas extendidas hacia adelante, para resistir á la fuerza que le arrastra, pero todo es inútil; por lo común, también el buey toma carrera y se echa a un lado, pero el caballo se revuelve inmediatamente para recibir el choque, el cual se produce con tanta violencia, que el buey es casi derribado; lo asombroso es que no se desnuque. Conviene advertir que el combate no es del todo igual, pues mientras que el caballo tira con el pecho, el buey tira con lo alto de la cabeza. Además, un hombre puede retener de idéntica manera al caballo más salvaje, si el lazo le sujeta precisamente por detrás de las orejas. Se arrastra al buey hasta el sitio donde han de sacrificarle; después el matador, acercándose con cautela, le corta el corvejón. Entonces el animal exhala su mugido de muerte, el más terrible grito de agonía que conozco. Lo he oído a menudo desde una gran distancia, distinguiéndolo entre otra multitud de ruidos, y siempre comprendí que la lucha estaba concluida. Toda esa escena es horrible y repugnante: se anda sobre una capa de osamentas, y caballos y jinetes van cubiertos de sangre.
29 y 30 de septiembre.- Proseguimos nuestro camino a través de llanuras absolutamente del mismo carácter. En San Nicolás veo por vez primera el magnífico río Paraná. Al pie del acantilado sobre el cual está construida la ciudad vense varios grandes buques anclados. Antes de llegar a Rosario cruzamos el Saladillo, río de agua pura y transparente, aunque harto salobre para poder beberla. Rosario es una gran ciudad construida en un llano terminado por un tajo que domina al Paraná unos sesenta pies. En este sitio el río es muy ancho y está entrecortado por islas bajas con árboles, lo mismo-que la opuesta orilla. El río se asemejaría a un gran lago, a no ser por la forma de las islas que por sí sola basta para producir la idea de agua corriente. Los cantiles forman la parte más pintoresca del paisaje; algunas veces son verticales en absoluto y de un color rojo vivo; otras veces se presentan bajo la forma de inmensas moles rotas cubiertas de cactus y de mimosas. Pero la verdadera grandeza de un río colosal, como éste, proviene del pensamiento de su importancia desde el punto de vista de la facilidad que proporciona para las comunicaciones y el comercio entre diferentes naciones y llena de admiración el pensar de qué enorme distancia viene este caudal de agua dulce que corre a nuestros pies y cuán inmenso territorio riega.
Por espacio de muchas leguas al norte y al sur de San Nicolás y de Rosario, la comarca es realmente llana. No puede acusarse de exagerado nada de lo que los viajeros escriben acerca de este nivel perfecto. Sin embargo, nunca he podido hallar un solo sitio donde girando con lentitud no haya distinguido objetos a una distancia más o menos grande; pues bien, eso prueba con plena evidencia una desigualdad en el suelo de la llanura. En el mar, cuando los ojos están a seis pies por encima de las olas, el horizonte está a 2 4/5 millas de distancia. De igual modo, cuanto más nivelada está una llanura, tanto más se aproxima el horizonte a estos límites estrechos; pues bien, en sentir mío, eso basta para destruir el aspecto de grandeza que se supone debe notarse en una vasta planicie.
1.-0 de octubre.- A la luz de la luna nos ponemos en camino, y a la salida del sol llegamos al río Tercero; también le llaman Saladillo y merece tal nombre, pues las aguas que lleva son salobres. Permanezco aquí la mayor parte del día, buscando osamentas fósiles. Además de un diente perfecto del Toxodon y varios huesos esparcidos, encuentro dos inmensos esqueletos que, puestos uno cerca del otro, se destacan de relieve sobre el tajo vertical que costea el Paraná. Pero estos hechos caen hechos polvo y no puedo llevarme sino pequeños fragmentos de uno de los grandes molares; sin embargo, eso basta para probar que tales restos pertenecen a un mastodonte, probablemente la misma especie que debía de habitar en tan gran número en la parte de la cordillera del alto Perú. Los remeros que conducen mi canoa me dicen que desde hace mucho tiempo conocen la existencia de esos esqueletos, preguntándose a menudo cómo habían podido llegar hasta allá; y como en todas partes hace falta una teoría, habían venido a parar a la conclusión de que el mastodonte era un animal minador, como el viscache. Por la noche recorremos otra etapa y atravesamos el Monge, otro río de agua salobre que contribuye a regar las Pampas.
2 de octubre.- Cruzamos Corunda; los admirables jardines que la rodean hacen de ella uno de los pueblos más bonitos que he visto en mi vida. A partir de ese punto, hasta Santa Fe, el camino deja de ser seguro. El lado occidental del Paraná, subiendo hacia el norte, deja de estar habitado; por eso los indios hacen frecuentes algaradas y asesinan a todos los viajeros que encuentran. Por otra parte, la naturaleza del país favorece muchísimo para tales expediciones, pues termina la pradera y la sustituye una especie de bosque de mimosas. Pasamos por delante de algunas casas que han sido saqueadas y desde entonces permanecen desiertas: Vemos también un espectáculo que causa la satisfacción más intensa a mis guías: el esqueleto de un indio colgando de la rama de un árbol; aún penden de los huesos tiras de piel seca.
Llegamos por la mañana temprano a Santa Fe. Me llena de asombro el ver el grandísimo cambio de clima producido por una diferencia de 30 de latitud, nada más, entre esta ciudad y Buenos Aires. Todo lo evidencia: la manera de vestir y el color de los habitantes, el mayor tamaño de los árboles, la multitud de nuevos cactus y otras plantas, y sobre todo el número de aves. En una hora he visto media docena de aves que nunca vi en Buenos Aires. Si se atiende a que no hay fronteras naturales entre las dos ciudades y a que el carácter del país es casi exactamente el mismo, la diferencia es mucho mayor de lo que pudiera creerse.
3 y 4 de octubre.- Un violento dolor de cabeza me obliga a guardar cama durante dos días. Una buena anciana que me cuida me insta a que ensaye una porción de remedios estrafalarios. Acostumbran a fijar en cada sien del enfermo una hoja de naranjo o un pedazo de tafetán negro; aún es más usual cortar un haba, humedecer ambas mitades y poner una en cada sien, donde se adhieren con facilidad. Se cree que no conviene quitarse las habas o el tafetán, sino dejarlos hasta que se caigan ellos solos. A veces si se pregunta a una persona que lleve puestos en la cabeza pedazos de tafetán qué le pasa, responde: «Anteayer tuve jaqueca». Los habitantes de este país emplean remedios muy extraños, pero harto asquerosos para poder hablarse de ellos. Uno de los menos sucios consiste en cortar por en medio perritos pequeños, y sujetar cada pedazo a un lado de un miembro roto. Aquí son muy buscados los perritos de una raza sin pelo para servir de calentadores a los enfermos.
Santa Fe es una pequeña ciudad, tranquila, limpia y donde reina buen orden. El gobernador López, soldado raso en tiempo de la revolución, lleva diez y siete años en el poder. Esa estabilidad proviene de sus costumbres despóticas, pues hasta ahora parece adaptarse mejor a estos países la tiranía que el republicanismo. El gobernador López tiene una ocupación favorita: cazar indios. Hace algún tiempo mató a 48 y vendió sus hijos como esclavos, a razón de 20 pesos por cabeza.
5 de octubre.- Cruzamos el Paraná para dirigirnos a Santa Fe Bajada, ciudad sita en la opuesta orilla. El paso nos cuesta varias horas, pues el río consiste aquí en un laberinto de pequeños brazos, separados por islas bajas cubiertas de bosques. Tenía yo una carta de recomendación para un viejo español, un catalán, que me recibe con la mayor hospitalidad. Bajada es la capital de Entre-Ríos. En 1825 la ciudad contenía 6.000 habitantes, y 30.000 la provincia. Sin embargo, a pesar del corto número de habitantes, ninguna provincia ha sufrido más revoluciones sangrientas. Hay aquí diputados, ministros, ejército regular y gobernadores; por tanto, no es extraño que haya revoluciones. Esta provincia llegará a ser de seguro uno de los países más ricos de la Plata. El suelo es fértil, y la forma casi insular de EntreRíos le da dos grandes líneas de comunicación: el Paraná y el Uruguay.
Me detengo cinco días en Bajada y estudio la geología interesantísima de la comarca. Hay aquí, al pie de los cantiles, capas que contienen dientes de tiburón y conchas marinas de especies extintas; luego se pasa gradualmente a una marga dura y a la tierra arcillosa roja de las Pampas con sus concreciones calizas que contienen osamentas de cuadrúpedos terrestres. Este corte vertical indica claramente una gran bahía de agua salada pura, que poco a poco se ha convertido en un estuario fangoso en el cual eran acarreados por las aguas los cadáveres de los animales ahogados. En Punta Gorda (banda oriental) he visto que el sedimento de las Pampas alternaba con calizas que contienen algunas de las mismas conchas marinas extintas; lo cual prueba un cambio de dirección en las corrientes, o con más probabilidades, una oscilación en el nivel del fondo del antiguo estuario. El aspecto general de los sedimentos que forman las Pampas, su posición en la desembocadura del gran río de la Plata, la presencia de un número tan considerable de osamentas de cuadrúpedos terrestres: tales eran las principales razones en que me fundaba yo hasta hace poco para sostener que esos sedimentos se habían formado en un estuario. Pues bien, el profesor Ehrenberg ha tenido la bondad de examinar una muestra de la tierra roja que recogí en la parte inferior del sedimento, junto a los esqueletos de mastodonte: ha encontrado en ella varios infusorios pertenecientes en parte a especies de agua dulce, en parte a especies marinas; predominando un poco las primeras, deduce que el agua en que se formaron estos sedimentos debía de ser salobre. D'Orbigny ha encontrado en las orillas del Paraná, a 100 pies de altura, grandes capas conteniendo conchas propias de los estuarios y que habitan hoy un centenar de millas más cerca del mar; yo he encontrado conchas análogas a menos altura, en las orillas del Uruguay; prueba de que inmediatamente antes de que las Pampas sufrieran el levantamiento que las transformó en terreno seco, las aguas que las cubrían eran salobres. Por bajo de Buenos Aires hay capas de levantamiento que contienen conchas marinas pertenecientes a las especies que existen en la actualidad, lo cuál prueba también que es preciso atribuir a un período reciente el levantamiento de las Pampas.
En el sedimento de las Pampas, junto a Bajada, he hallado el caparazón óseo de un animal gigantesco parecido al armadillo; cuando ese caparazón quedó limpio de la tierra que lo llenaba, hubiérase dicho que era un gran caldero. También he hallado en el mismo lugar dientes de. Toxodon y de Mastodonte y un diente de caballo, todos ellos teñidos del color del sedimento y; cayéndose hechos polvo: Este diente de caballo me interesaba mucho3, e hice las averiguaciones más minuciosas para convencerme bien de que había quedado sepulto en la misma época que los demás fósiles; ignoraba yo entonces que un diente análogo estaba escondido en la ganga de los fósiles que recogí en Bahía Blanca; tampoco sabía entonces que en la América del Norte se encuentran por todas partes restos de caballo. Mister Lyell trajo últimamente de los Estados Unidos un diente de caballo. Tiene interés advertir que el profesor Owen no ha podido encontrar en ninguna especie fósil o reciente, una curva ligera pero muy extraña que caracteriza a ese diente, hasta que se le ocurrió compararlo con el mío; el profesor ha dado al caballo americano el nombre de Equus curvidens. ¿No es un hecho maravilloso en la historia de los mamíferos que un caballo indígena haya habitado en la América meridional, puesto que ha desaparecido para ser reemplazado más tarde por las innumerables hordas descendientes de algunos animales introducidos por los colonos españoles?
La existencia en la América meridional de un caballo fósil, de mastodonte, quizás de un elefante4 y de un rumiante de cuernos huecos, descubierto por los señores Lund y Clausen en las cavernas del Brasil, constituye un hecho de mucho interés desde el punto de vista de la distribución de los animales. Si dividimos hoy la América, no por el istmo de Panamá, sino por la parte meridional de México5, por bajo del grado 20 de latitud, donde la gran meseta presenta un obstáculo para la emigración de las especies, modificando el clima y formando (con excepción de algunos valles y de una zona de tierras bajas en la costa) una barrera casi infranqueable, tendremos las dos provincias zoológicas de América que tan vivamente contrastan una con otra. Sólo algunas especies han pasado esa barrera y pueden considerarse como emigrantes del Sur, tales como el puma, el opossum, el kinkaju y el pecarí. La América meridional posee varios roedores particularmente, una familia de monos, el lama, el pecarí, el tapir, el opossum y, sobre todo, varios géneros de desdentados, orden que comprende a los perezosos, los hormigueros y los armadillos.
La América septentrional posee también numerosos roedores propios (por supuesto, dejando aparte algunas especies errantes), cuatro géneros de rumiantes de cuernos huecos (el buey, el carnero, la cabra, y el antílope), grupo del que no hay ni una sola especie en la América meridional. En otro tiempo, en el período en que vivían la mayor parte de los moluscos que hoy existen, la América septentrional poseía, además de los rumiantes de cuernos huecos, el efefante, el mastodonte, el caballo y tres géneros de desdentados (el megatherium, el megalonix y. el mylodon). En el mismo período, poco más o menos, como lo prueban las conchas de Bahía Blanca, la América meridional poseía, según acabamos de verlo, un mastodonte, el caballo, un rumiante de cuernos huecos y los mismos tres géneros de desdentados, aparte de otros varios más. De donde se infiere que la América septentrional y la América meridional, poseyendo en una época geológica reciente esos diversos géneros en común, se asemejaban entonces mucho más que hoy por el carácter de sus habitantes terrestres. Cuanto más reflexiono acerca de este hecho, de tanto mayor interés me parece. No conozco ningún otro caso en que podamos indicar tan bien, digámoslo así, la época y el modo en que una gran región se dividió en dos provincias zoológicas tan bien caracterizadas. Recordando el geólogo las inmensas oscilaciones de nivel sufridas por la corteza terrestre durante los últimos períodos, no temeré indicar el reciente levantamiento de la meseta mexicana (o, lo que es más probable, el hundimiento reciente de las tierras del archipiélago de las Indias occidentales) como causa de la separación zoológica actual entre ambas Américas. El carácter sudamericano de los mamíferos 6 de la Indias occidentales parece indicar que este archipiélago formaba parte del continete meridional en otros tiempos, y que después ha llegado a ser el centro de un sistema de hundimiento.
Cuando América (sobre todo la meridional) poseía sus elefantes, sus mastodontes, su caballo y sus ruminates de cuernos huecos, se parecía mucho más que hoy, desde el punto de vista zoológico, a las partes templadas de Europa y de Asia. Como los restos de esos géneros se encuentran a los dos lados del estrecho de Behring7 y en las llanuras de Siberia, nos vemos obligados a considerar el lado noroeste de la América del Norte como el antiguo punto de comunicación entre el antiguo mundo y lo que se llama el nuevo mundo. Pues bien: como tantas especies vivas y extintas de esos mismos géneros han habitado y habitan aún en el antiguo mundo, parece muy probable que los elefantes, los mastodontes, el caballo y los rumiantes de cuernos huecos de la América septentrional hayan penetrado en este país pasando por tierras hoy hundidas junto al estrecho de Behring; y de allí, pasando por tierras también sumergidas después, por las cercanías de las Indias occidentales, esas especies penetrarían en la América del Sur, donde, luego de mezclarse durante algún tiempo con las formas que caracterizan a este continente meridional, han acabado por extinguirse.
Durante mi viaje me refirieron en términos exagerados cuáles habían sido los efectos de la última gran sequía. Estos relatos pueden dar alguna luz acerca de los casos en que gran número de animales de todas clases han sido hallados juntos debajo de tierra. Llámase la gran seca el período comprendido entre los años 1827 y 1832. Durante ese tiempo cayó tan poca lluvia, que desapareció la vegetación y los mismos cardos dejaron de brotar. Secáronse los arroyos y el país entero tomó el aspecto de un camino polvoriento. Esa sequía se hizo sentir sobre todo en la parte septentrional de la provincia de Buenos Aires y en la parte meridional de la provincia de Santa Fe. Gran número de aves, de animales salvajes, de ganado vacuno y caballar murieron de hambre y de sed. Un hombre me contó que los ciervos8 tomaron la costumbre de ir a beber al pozo que se vio obligado a cavar para suministrar agua a su familia; las perdices apenas tenían fuerzas para huir cuando las perseguían. Estímanse por lo menos en un millón de cabezas de ganado las pérdidas sufridas sólo por la provincia de Buenos Aires. Antes de esa sequía, un propietario poseía en San Pedro veinte mil bueyes; después de ella, no le quedó ni uno. San Pedro está en medio del país más rico, y hoy abunda en animales; sin embargo, en el último período de la gran seca hubo que importar por agua animales vivos para la alimentación de los habitantes. Los animales abandonaban las estancias dirigiéndose al sur, donde se reunieron en tan gran número, que el gobierno se vio obligado a enviar una comisión para tratar de dirimir las contiendas que surgían entre los propietarios. Sir Woodbine Parish me señaló otro manantial de disputas muy frecuentes entonces: el suelo había permanecido seco tanto tiempo y existía en él una cantidad tan enorme de polvo, que en este país tan llano habían desaparecido todos los linderos, y las gentes no encontraban ya los límites de sus respectivas propiedades.
Un testigo ocular me refiere que las bestias de ganadería se precipitaban por ir a beber en el Paraná en rebaños de muchos miles de cabezas; agotados por la falta de alimento esos animales, érales imposible volver a subir luego las escurridizas márgenes del río y se ahogaban. El brazo del río que pasa por San Pedro estaba tan lleno de cadáveres en putrefacción, que un capitán de barco me dijo haberle sido imposible pasar por allí: tan fétido era el olor. Sin duda ninguna, perecieron así en el río cientos de miles de animales; viéronse flotar sus cadáveres descompuestos dirigiéndose hacia el mar, y probablemente gran número de ellos se depositaron en el estuario de la Plata. El agua de todos los riachuelos volviose salobre; y este hecho produjo la muerte a muchos animales en ciertos sitios, pues cuando un animal bebe de esa clase de aguas muere siempre, de un modo infalible Azara9 describe el furor de los caballos en semejante ocasión: todos se arrojan a los pantanos, y los primeros que llegan son aplastados por la multitud que los sigue. Añade que ha visto más de una vez los cadáveres de más de mil caballos salvajes que habían perecido así. He notado que el cauce de los riachuelos de las Pampas está cubierto por una verdadera capa de osamentas; pero esta capa proviene probablemente de una acumulación gradual, más bien que de una gran destrucción en un período cualquiera. Después de la gran sequía de 1827-1832 sobrevino una estación muy lluviosa que trajo consigo vastas inundaciones. Por tanto, es casi seguro que millares de esqueletos han quedado sepultos por los sedimentos del año mismo que siguió a la sequía. ¿Qué diría un geólogo al ver una colección tan enorme de osamentas pertenecientes a animales de todas las especies y de todas las edades, sepultada bajo una gran masa de tierra? ¿No estaría dispuesto a atribuirla a un diluvio, más bien que al curso natural de las cosas10.
12 de octubre.- Tenía el propósito de ir más lejos en mi excursión; pero, no hallándome muy bien de salud me veo obligado a tomar pasaje a bordo de una balandra o barco de un solo mástil, de unas cien toneladas, que zarpa para Buenos Aires. No haciendo buen tiempo, anclamos pronto el mismo día, atándonos a una rama de árbol al borde de una isla. El Paraná está lleno de islas destruidas y renovadas constantemente. El capitán del barco recuerda haber visto desaparecer algunas, de las mayores, formarse otras luego y cubrirse de rica vegetación. Esas islas se componen de arena barrosa, sin el más pequeño guijarro: en la época de mi viaje, su superficie estaba a unos cuatro pies sobre el nivel del agua; pero se inundaban durante los desbordamientos periódicos del río. Todas presentan el mismo carácter: están cubiertas por numerosos sauces y algunos otros árboles unidos por una gran variedad de plantas trepadoras, lo cual forma una espesura impenetrable. Estas espesuras sirven de refugio a los capibaras y jaguares. El temor de encontrar a este último animal destruye todo el encanto que habría en pasearse por estos bosques. En la tarde de este día, no había andado cien pasos, cuando noté señales indudables de la presencia del tigre; por tanto, me vi obligado a volver pies atrás. En todas las islas se encuentran análogas huellas; así como en la excursión anterior, el rastro de los indios, había sido el tema de nuestras conversaciones, del mismo modo esta vez sólo se habló del rastro del tigre.
Las frondosas márgenes de los grandes ríos parecen ser el retiro favorito de los jaguares. Sin embargo, se me ha dicho que al sur de la Plata frecuentan los cañaverales que rodean a los lagos; vayan donde fueren, parecen tener necesidad de agua. Su presa más frecuente es el capibara; por eso suele decirse que allí donde abunda este animal, no es terrible el jaguar. Falconer afirma que junto a la desembocadura de la Plata hay muchos jaguares que se alimentan de peces, y testigos digno de fe me han confirmado este aserto. En las orillas del Paraná, los jaguares matan a muchos leñadores y hasta rondan a los buques durante la noche. He hablado en Bajada con un hombre que, subiendo al puente de su barco durante la noche, fue cogido por uno de esos animales; logró escapar, pero perdió un brazo. Cuando las inundaciones los expulsan fuera de las islas del río, se hacen peligrosísimos. Me han contado que hace algunos años un jaguar enorme penetró en una iglesia de Santa Fe. Uno tras otro, mató a dos sacerdotes que entraron en la iglesia; un tercer clérigo se libró de la muerte con las mayores dificultades. para lograr destruir a ese animal, fue preciso levantar parte de la techumbre de la iglesia y matarle a tiros. Durante las inundaciones, los jaguares causan grandes estragos entre los ganados y los caballos. Dícese que matan a su presa rompiéndole el pescuezo. Si se les aparta del cadáver del animal al que acaban de matar, rara vez vuelven a acercarse a él. Los gauchos afirman que las zorras siguen al jaguar gañendo, cuando vaga por la noche; esto coincide curiosamente con el hecho de que también los chacales acompañan de la misma manera al tigre de la India. El jaguar es un animal ruidoso; de noche deja oír continuos rugidos, sobre todo cuando va a hacer mal tiempo.
Durante una cacería en las orillas del Uruguay me enseñaron algunos árboles donde esos animales acuden siempre, dícese que con el fin de afilarse las uñas. Me hicieron que me fijase en tres árboles, sobre todo; por delante, su corteza está lisa como por el roce continuo de un animal; a cada lado hay tres descortezamientos, o mejor dicho, tres canales, que se extienden en línea oblicua y tienen cerca de un metro de longitud. Esos surcos procedían, con plena evidencia, de diferentes épocas. No hay más que examinar esos árboles para saber enseguida si hay un jaguar en los alrededores. Esa costumbre del jaguar es exactamente análoga a la de nuestros gatos ordinarios, cuando con las patas extendidas y sacando las uñas de la vaina arañan los palos de una silla; por otra parte, sé que los gatos destrozan a menudo en Inglaterra jóvenes árboles frutales. También el puma debe tener la misma costumbre, pues he visto con frecuencia en el suelo duro y estéril de la Patagonia surcos tan profundos que sólo este animal ha podido hacerlos. Creo que todos estos animales han adquirido esa costumbre para quitarse las puntas desgastadas de las uñas y no para afilárselas, como creen los gauchos. Se consigue matar al jaguar sin muchas dificultades; perseguido de los perros, trepa a un árbol, y es fácil derribarlo de él a tiros de fusil.
El mal tiempo nos hace permanecer dos días anclados. Nuestra única diversión consiste en pescar para nuestra comida; hay peces de diferentes especies, y todos ellos buenos de comer. Un pez, llamado el armado (un Silurus), deja oír un ruido extraño como un rechinamiento, cuando se siente preso por el anzuelo; puede oírse ese ruido hasta cuando el pez está debajo del agua. Ese mismo pez tiene la facultad de coger con fuerza un objeto, cualquiera que sea (remo, caña de pescar, etc.), con las fuertes espinas que tiene en las aletas natatorias pectoral y dorsal. Por la noche tenemos una verdadera temperatura tropical; el termómetro indica 790 Fahrenheit (260,l cent.). Estamos rodeados de moscas luminosas o de mosquitos; estos últimos son muy desagradables. Saco al aire la mano durante cinco minutos, y bien pronto queda cubierta por esos insectos; lo menos hay 50, chupando todos a la vez.
I5 de octubre.- Proseguimos nuestra navegación y pasamos por delante de Punta Gorda, donde hay una colonia de indios sometidos de la provincia de Misiones. La corriente nos arrastra con rapidez; pero, antes de la puesta del sol, el ridículo temor al mal tiempo nos hace echar el ancla en un pequeño brazo del río. Tomo la canoa y remonto un poco esa caleta. Es muy estrecha, muy profunda y forma numerosos rodeos; a cada lado, un verdadero murallón de 30 ó 40 pies de altura, constituido por árboles enlazados unos a otros con plantas trepadoras, da al canal un aspecto singularmente tétrico y salvaje. Veo allí un ave muy extraordinaria, llamada Pico de tijera (Rynchopr nigra). Este ave tiene las piernas cortas, los pies palmados, alas puntiagudas en extremo largas; es casi del tamaño de un estornino. El pico es aplastado, en un plano que forma ángulo recto con el que forma el pico en cuchara de las demás aves. Es tan plano y tan elástico como una plegadera de marfil; y la mandíbula inferior, contra lo que acontece en todas las demás aves, tiene 1 1/2 pulgadas más de longitud que la mandíbula superior. Cerca de Maldonado, en un lago casi seco y donde, por consiguiente, había muchos pececillos, vi algunas de estas aves que, por lo común, se reúnen en bandadas pequeñas, volar con rapidez, dando vueltas muy junto a la superficie del agua. Entonces llevan el pico de par en par y trazan un surco en el agua con el extremo de la mandíbula inferior. El agua estaba absolutamente tranquila, y era un espectáculo muy curioso el ver a toda aquella banda animada reflejarse en un verdadero espejo. Al volar hacen rápidos giros y sacan hábilmente fuera del agua con la mandíbula inferior pececillos, a quienes cogen con la parte superior del pico. Las he visto a menudo coger así peces, pues pasaban revoloteando de continuo por delante de mí, como hacen las golondrinas. Cuando abandonan la superficie del agua, su vuelo se hace brioso, irregular, rápido; entonces dan gritos penetrantes. Cuando se las ve pescar, se comprende toda la ventaja que para ellas tienen las largas plumas primarias de sus alas. Así ocupadas estas aves, se asemejan por completo al símbolo que emplean muchos artistas para representar las aves marinas. La cola les sirve continuamente de timón.
Estas aves abundan en el interior, a lo largo del río Paraná; dícese que permanecen allí todo el año y se reproducen en las ciénagas que lo costean. Durante el día se posan a bandadas sobre el césped de las llanuras, a poca distancia del agua. Anclados, como he dicho, en una de las caletas profundas que separan las islas del Paraná, vi de pronto aparecer una de esas aves en el momento en que iba haciéndose profunda oscuridad. El agua estaba perfectamente tranquila, y numerosos pececillos aparecían en la superficie. El ave siguió largo tiempo volando con rapidez sobre ésta, registrando todos los rincones del estrecho canal, donde las tinieblas eran completas, a causa de la noche que había sobrevenido y a causa de la cortina de árboles que aún más lo entenebrecía. En Montevideo he visto bandadas considerables de Rhynchops permanecer inmóviles durante el día sobre los bancos de barro que hay a la entrada del puerto, como ya las había visto posarse encima de la hierba en las márgenes del Paraná; todas las tardes, al oscurecer, remontaban el vuelo hacia el mar. Estos hechos me inducen a creer que los Rhynchops suelen pescar de noche, cuando muchos pececillos se acercan a la superficie del agua. M. Lesson afirma que ha visto a esas aves abrir las conchas de Mactres sepultas en los bancos de arena en las costas de Chile; a juzgar por sus débiles picos, cuya parte inferior sobresale tan adelante, así como por sus cortas patas y largas alas, es muy poco probable que esa costumbre pueda ser general entre ellas.
Durante nuestro viaje por el Paraná, sólo vi otras tres aves dignas de citarse. Una, un pequeño «martín pescador» (Ceryle americana), tiene la cola más larga que la especie europea. Por eso no se sostiene tan derecha. Su vuelo, en vez de ser directo y rápido como una flecha, es perezoso y ondulante como el de las aves de pico blando. Lanza un grito bastante débil, parecido al ruido que se produce golpeando uno contra otros dos guijarros. Otra, un lorito pequeño (Conurus murinus), verde, de pecho gris, parece preferir a cualquiera otro objeto, para construir el nido, los grandes árboles que hay en las islas. Estos nidos están puestos unos junto a otros, en tan gran número, que sólo se ven una multitud de palitos. Esos loros viven siempre en bandadas y producen grandes estragos en los campos de trigo. Me han dicho que cerca de Colonia fueron muertos 2.500 en el transcurso de un año. Otra es un ave de cola en forma de horquilla terminada por dos largas plumas (Tyranus savana), que los españoles llaman Cola-de-tijeras, es muy común cerca de Buenos Aires. Suele posarse en una rama de ombú, junto a una casa; desde allí sale para perseguir a los insectos y luego vuelve a encaramarse en el mismo sitio. Su modo de volar y su aspecto general hacen que se asemeje, en absoluto, a la golondrina ordinaria; tiene la facultad de dar unos revuelos muy cerrados en el aire, y al hacerlo así, abre y cierra la cola algunas veces en un plano horizontal u oblicuo, otras en un plano vertical, como se abre y se cierra un par de tijeras.
16 de octubre.- Pocas leguas más abajo de Rosario comienza en la orilla occidental del Paraná una línea de escarpes verticales que se extiende hasta más allá de San Nicolás; por eso, más bien parece estarse en el mar que en un río. Estando las márgenes del Paraná formadas por tierras muy blandas, las aguas son fangosas, lo cual disminuye la belleza de ese río. El Uruguay, por el contrario, corre a través de una país granítico; así, sus aguas son mucho más claras. Cuando estos dos ríos se reúnen para formar el río de la Plata, durante largo tiempo se pueden distinguir las aguas de ambos por su matiz negro y rojo. Por la noche, el viento se hace poco favorable, sin embargo, como de costumbre, nos detenemos inmediatamente; al otro día reina un viento muy fuerte, pero con buena dirección para nosotros; sin embargo, el patrón está muy reacio para pensar en partir. Habíaseme dicho en Bajada que era un hombre difícil de emocionarse; no me engañaron, pues soporta todos los aplazamientos con admirable resignación. Es un viejo español establecido desde hace mucho tiempo en este país. Pretende ser muy amigo de los ingleses; pero sostiene que sólo obtuvieron la victoria de Trafalgar porque compraron a los capitanes españoles, y que el único acto de valentía ejecutado en aquella jornada fue el del almirante español ¿No es característico esto? ¡Un hombre que prefiere creer que sus compatriotas son los traidores más abominables a pensar que sean cobardes o torpes!
18y 19 de octubre.- Seguimos bajando lentamente este río magnífico; la corriente no nos ayuda nada. Encontramos muy pocos barcos. Parece realmente desdeñarse aquí uno de los dones más preciosos de la naturaleza: esta magnífica vía de comunicación, un río donde por buques podrían relacionarse dos países, uno de clima templado y en el cual abundan ciertos productos mientras otros faltan por completo; otro con un clima tropical y un suelo que (a creer a M. Bonpland, el mejor de todos los jueces) quizá no tenga igual en el mundo por su fertilidad. ¡Cuán otro hubiera sido este río, si colonos ingleses hubiesen tenido la suerte de remontar los primeros el río de la Plata! ¡Qué magníficas ciudades ocuparían hoy sus orillas! Hasta la muerte de Francia, dictador del Paraguay, estos dos países permanecen tan separados cual si estuviesen en los dos extremos del globo. Pero violentas revoluciones, violentas proporcionalmente a la tranquilidad tan poco natural que hoy reina allí, desgarrarán al Paraguay cuando el viejo tirano sanguinario ya no exista. Este país tendrá que aprender, como todos los estados españoles de la América del Sur, que una república no puede sustituir en tanto que no se apoye en hombres que respeten los principios de la justicia y el honor.
20 de octubre.- Al llegar a la desembocadura del Paraná y con mucha prisa por ir a Buenos Aires, desembarco en Las Conchas proponiéndome continuar el viaje a caballo. Con gran sorpresa mía, en cuanto desembarco, noto que hasta cierto punto se me considera como un prisionero. Ha estallado una violenta revolución y están bloqueados todos los puertos. Me es imposible regresar al barco de donde acabo de salir; y en cuanto a dirigirme por tierra a la capital, eso ni pensarlo. Después de larga conversación con el comandante, obtengo permiso para dirigirme al general Rolor, que manda una división de rebeldes desde la capital a esta parte. Al siguiente día por la mañana voy a su campamento: general, oficiales y soldados, pareciéronme todos unos despreciables granujas; y creo que lo eran realmente. Ejemplo al canto: el general, la misma víspera del día en que salió de Buenos Aires fue voluntariamente a visitar al gobernador; y poniéndole la mano en el corazón le juró que, él al menos, permanecería fiel hasta la muerte. El general me dice que la capital está herméticamente bloqueada; y que todo cuanto puede hacer es darme un pasaporte para dirigirme al comandante en jefe de los rebeldes, acampado en Quilmes. Por tanto, tenía que dar una vuelta grandísima rodeando a Buenos Aires; y me costó suma dificultad proporcionarme caballos.
Me recibieron con mucha cortesía en el campo rebelde, pero diciéndome que les era imposible permitirme entrar en la ciudad. Esto era lo que yo deseaba por encima de todo, pues creía que el Beagle abandonaría la Plata mucho más pronto de lo que en realidad aconteció. Sin embargo, referí las bondades que conmigo tuvo el general Rosas cuando estuve en el Colorado, y ese relato cambió como por ensalmo las disposiciones acerca de mí. Se me dijo inmediatamente que aun cuando no podía dárseme pasaporte, se me permitiría pasar la línea de centinelas si consentía en no llevar conmigo guía ni caballos.
Acepté esa oferta con entusiasmo, y un oficial vino conmigo para cuidar de que en el camino no me detuviesen. Durante una legua, el camino estaba desierto; encontré un destacamento de soldados, que se limitaron a echar un vistazo a mi pasaporte viejo, y a la postre pude entrar en la ciudad.
Apenas hubo pretexto para comenzar esta revolución. Pero sería poco razonable pedir pretextos en un Estado que en nueve meses (de febrero a octubre de 1820) sufrió quince cambios de gobierno (según la Constitución, cada gobernador era elegido para un período de tres años). En el caso actual, algunos personajes que detestaban al gobernador Balcarce, porque eran partidarios de Rosas, abandonaron la ciudad en número de 70, y al grito de ¡viva Rosas! el país entero tomó las armas. Bloqueóse a Buenos Aires, no dejando entrar provisiones, ganado ni caballos; por lo demás, pocos combates y sólo algunos hombres muertos cada día. Los rebeldes sabían bien que interceptando los víveres la victoria sería suya uno u otro día. El general Rosas no podía saber aún este levantamiento, pero respondía en absoluto a los planes de su partido. Un año antes fue electo gobernador, pero declaró no aceptar sino a condición de que la Sala le confiriese poderes extraordinarios. Se los negaron y por eso no aceptó el puesto; desde entonces, su partido se amaña para probar que ningún gobernador puede permanecer en el poder. Prolongábase por ambas partes la lucha, hasta que pudieran recibirse noticias de Rosas. Llegó una nota suya pocos días después de salir yo de Buenos Aires: el general deploraba que se hubiese perturbado el orden público, pero era su parecer que los insurrectos tenían la razón de su parte. Al recibirse esta carta, gobernador, ministros, oficiales y soldados huyeron en todas direcciones; los rebeldes entraron en la ciudad, proclamaron nuevo gobernador y 5.500 de ellos se hicieron pagar los servicios prestados a la insurrección.
De esos actos resultaba claramente que Rosas acabaría por hacerse dictador; porque el pueblo de esta república, como el de todas la demás, no quiere oír hablar de rey. Después de salir yo de la América meridional, supe que Rosas había sido elegido con poderes y por un tiempo en desacuerdo completo con la Constitución de la república.
La banda oriental y la Patagonia.
Al cabo de quince días de verdadera detención en Buenos Aires, consigo por fin embarcarme a bordo de un navío que se dirige a Montevideo. Una ciudad sitiada es una residencia desagradable siempre para un naturalista, pero en el caso actual eran de temer además las violencias de los bandoleros que en ella habitaban. Había que temer sobre todo a los centinelas, pues las funciones oficiales que desempeñaban, las armas que llevaban de continuo, dábanles para robar un grado de autoridad que ningún otro podía limitar.
Nuestro viaje es largo y desagradable. En el mapa, la desembocadura de la Plata parece bellísima; pero la realidad dista mucho de corresponder a las ilusiones que se han forjado. No hay grandiosidad ni hermosura en esta inmensa extensión de agua fangosa. En ciertos momentos del día, desde el puente del buque donde estaba, apenas me era posible distinguir ambas orillas, que son en extremo bajas. Al llegar a Montevideo recibo noticias de que el Beagle no se dará a la vela sino dentro de algunos días. Por tanto, inmediatamente me dispongo a hacer un viajecillo a la banda oriental. Puede aplicarse a Montevideo todo lo que he dicho respecto a la región que rodea a Maldonado; sin embargo, el suelo es mucho más llano, con excepción del monte Verde, que tiene 450 pies de altura (135 metros) y da nombre a la ciudad. Alrededor ondula la llanura herbosa; notánse allí muy pocos cercados, excepto en las cercanías de la ciudad, donde hay algunos campos rodeados de setos cubiertos de agaves, cactus e hinojo.
14 de noviembre.- Salimos de Montevideo por la tarde. Me propongo ir a Colonia del Sacramento, en la margen septentrional de la Plata, frente a Buenos Aires; subir por el Uruguay hasta Mercedes, en la orilla del río Negro (uno de los numerosos ríos que llevan este nombre en la América meridional) y volver luego directamente a Montevideo. Dormimos en casa de mi guía, en Canelones. Nos levantamos temprano con la esperanza de hacer una larga etapa, esperanza frustrada puesto que todos los ríos están desbordados. Atravesamos en barca los riachuelos de Canelones, Santa Lucía y San José, y perdemos así mucho tiempo. En otra excursión había cruzado yo el Santa Lucía por cerca de su desembocadura y me chocó muchísimo ver con qué facilidad nuestros caballos, aun sin estar habituados a nadar, habían recorrido esta distancia, por lo menos de 600 metros. Un día que en Montevideo manifesté mi asombro acerca de este particular, me refirieron que algunos titiriteros acompañados de sus caballos naufragaron en la Plata; uno de esos caballos nadó por espacio de siete millas para llegar a tierra. En aquel día un gaucho me dio un regocijado espectáculo por la destreza con que obligó a un caballo repropiado a atravesar un río a nado. El gaucho se desnudó por completo, montó a caballo y obligó a éste a entrar en el agua hasta perder pie; dejóse escurrir entonces por la grupa y le agarró la cola; cada vez que el animal volvía la cabeza, el gau