Charles Dickens

Tiempos Difíciles

 

 

 


 

Libro Primero

 

LA SIEMBRA

 

CAPITULO I

 

LAS ÚNICAS COSAS NECESARIAS

 

-Pues bien; lo que yo quiero son realidades. No les enseñéis a estos muchachos y muchachas otra cosa que realidades. En la vida sólo son necesarias las realidades.

No planteéis otra cosa y arrancad de raíz todo lo demás. Las inteligencias de los animales racionales se moldean únicamente a base de realidades; todo lo que no sea esto no les servirá jamás de nada. De acuerdo con esta norma educo yo a mis hijos, y de acuerdo con esta norma hago educar a estos muchachos. ¡Ateneos a las realidades, caballero!

La escena tenía lugar en la sala abovedada, lisa, desnuda y monótona de una escuela, y el índice, rígido, del que hablaba, ponía énfasis en sus advertencias, subrayando cada frase con una línea trazada sobre la manga del maestro. Contribuía a aumentar el énfasis la frente del orador, perpendicular como un muro; servían a este muro de base las cejas, en tanto que los ojos hallaban cómodo refugio en dos oscuras cuevas del sótano sobre el que el muro proyectaba sus sombras. Contribuía a aumentar el énfasis la boca del orador, rasgada, de labios finos, apretada. Contribuía a aumentar el énfasis la voz del orador, inflexible, seca, dictatorial. Contribuía a aumentar el énfasis el cabello, erizado en los bordes de la ancha calva, como bosque de abetos que resguardase del viento su brillante superficie, llena de verrugas, parecidas a la costra de una tarta de ciruelas, que daban la impresión de que las realidades almacenadas en su interior no tenían cabida suficiente. La apostura rígida, la americana rígida, las piernas rígidas, los hombros rígidos..., hasta su misma corbata, habituada a agarrarle por el cuello con un apretón descompuesto, lo mismo que una realidad brutal, todo contribuía a aumentar el énfasis.

-En la vida, caballero, lo único que necesitamos son realidades, ¡nada más que realidades!

El orador, el maestro de escuela y la otra persona que se hallaba presente se hicieron atrás un poco y pasearon la mirada por el plano inclinado en el que se ofrecían en aquel instante, bien ordenados, los pequeños recipientes, las cabecitas que esperaban que se vertiese dentro de ellas el chorro de las realidades, para llenarlas hasta los mismos bordes.

 

 

 

 

CAPITULO II

 

EL ASESINATO DE LOS INOCENTES

 

Tomás Gradgrind, sí, señor. Un hombre de realidades. Un hombre de hechos y de números. Un hombre que arranca del principio de que dos y dos son cuatro, y nada más que cuatro, y al que no se le puede hablar de que consienta que alguna vez sean algo más. Tomás Gradgrind, sí, señor; un Tomás de arriba abajo este Tomás Gradgrind. Un señor con la regla, la balanza y la tabla de multiplicar siempre en el bolsillo, dispuesto a pesar y medir en todo momento cualquier partícula de la naturaleza humana para deciros con exactitud a cuánto equivale. Un hombre reducido a números, un caso de pura aritmética. Podríais quizá abrigar la esperanza de introducir una idea fantástica cualquiera en la cabeza de Jorge Gradgrind, de Augusto Gradgrind, de Juan Gradgrind o de José Gradgrind (personas imaginarias e irreales todas ellas) ; pero en la cabeza de Tomás Gradgrind, ¡jamás!

El señor Gradgrind se representaba a sí mismo mentalmente en estos términos, ya fuese en el círculo privado de sus relaciones o ante el público en general. En estos términos, indefectiblemente, sustituyendo la palabra señor por las de muchachos y muchachas, presentó ahora Tomás Gradgrind a Tomás Gradgrind a todos aquellos jarritos que iban a ser llenados hasta más no poder con realidades.

La verdad es que, al mirarlos con seriedad centelleante desde las ventanas del sótano a que más arriba nos hemos referido, daban al señor Gradgrind la impresión de una especie de cañón atiborrado hasta la boca de realidades y dispuesto a barrer de una descarga a todos los pequeños jarritos lejos de las regiones de la niñez. Daba la impresión también de un aparato galvanizador, cargado con un horrendo sustituto mecánico, del que había que proveer a las tiernas imaginaciones juveniles que iban a ser aniquiladas.

- ¡Niña número veinte! -voceó el señor Gradgrind, apuntando rígidamente con su rígido índice -. No conozco a esta niña. ¿Quién es esta niña?

-Cecí Jupe, señor -contestó la niña número veinte, poniéndose colorada, levantándose del asiento y haciendo una reverencia.

-Cecí no es ningún nombre -exclamó el señor Gradgrind-. No digas a nadie que te llamas Cecí. Di que te llamas Cecilia.

-Es papá quien me llama Cecí, señor -contestó la muchacha con voz temblona, repitiendo su reverencia.

-No tiene por qué llamarte así -dijo el señor Gradgrind-. Díselo que no debe llamarte así. Veamos, Cecilia Jupe: ¿qué es tu padre?

-Se dedica a eso que llaman equitación, señor; a eso es a lo que se dedica.

El señor Gradgrind frunció el ceño e hizo ademán con la mano de rechazar aquella censurable profesión.

-No queremos saber aquí nada de eso; no nos hables aquí de semejante cosa. Supongo que lo que tu padre hace es domar caballos, ¿no es eso?

-Eso es, señor; siempre que tienen caballos que domar, los doman en la pista, señor.

-No debes hablarnos aquí de la pista. Bien; veamos, pues. Di que tu padre es domador de caballos. Supongo que también los curará cuando están enfermos, ¿no es así?

- ¡Claro que sí, señor!

-Perfectamente. Entonces tu padre es albéitar y domador. Dame la definición de lo que es un caballo. Cecí Jupe se queda asustadísima ante semejante pregunta.

-La niña número veinte no es capaz de dar la definición de lo que es un caballo -exclama el señor Gradgrind para que se enteren todos los pequeños jarritos-. ¡La niña número veinte está ayuna de hechos con referencia a uno de los animales más conocidos! Veamos la definición que nos da un muchacho de lo que es el caballo. Tú mismo, Bitzer.

El índice rígido, moviéndose de un lado al otro, cayó súbitamente sobre Bitzer, quizá porque estaba sentado dentro del mismo haz de sol que, penetrando por una de las ventanas de cristales desnudos de aquella sala fuertemente enjalbegada, iluminaba a Cecí. Los niños y las muchachas estaban sentados en plano inclinado y divididos en dos masas compactas por un estrecho pasillo que corría por el centro. Cecí, que ocupaba un extremo de la fila en el lado donde daba el sol, recibía el principio del haz luminoso, del que Bitzer, situado en la extremidad de una fila de la otra división y algunos escalones más abajo, recibía el final.

Pero mientras que la niña tenía los ojos y los cabellos tan negros que resultaban, al reflejar los rayos del sol, de una tonalidad más intensa y de un brillo mayor, el muchacho tenía los ojos y los cabellos tan descoloridos que aquellos mismos rayos de sol parecían despojar a los unos y a los otros del poquísimo color que tenían. Sus ojos no habrían parecido tales ojos a no ser por las cortas pestañas que los dibujaban, formando contraste con las dos manchas de color menos fuerte. Sus cabellos, muy cortos, podrían tomarse como simple prolongación de las amarillentas pecas de su frente y de su rostro. Tenía la piel tan lastimosamente desprovista de su color natural, que daba la impresión de que, si se le diese un corte, sangraría blanco.

-Bitzer -preguntó Tomás Gradgrind-, veamos tu definición del caballo.

-Cuadrúpedo, herbívoro, cuarenta dientes; a saber: veinticuatro molares, cuatro colmillos, doce incisivos. Muda el pelo durante la primavera; en las regiones pantanosas, muda también los cascos. Tiene los cascos duros, pero es preciso calzarlos con herraduras. Se conoce su edad por ciertas señales en la boca.

Esto y mucho más dijo Bitzer.

-Niña número veinte -voceó el señor Gradgrind-, ya sabes ahora lo que es un caballo.

La niña hizo otra genuflexión, y se le habrían subido aún más los colores a la cara si le hubiesen quedado colores en reserva después del sonrojo que había pasado. Bitzer parpadeó rápidamente, mirando a Tomás Gradgrind, y al hacer ese movimiento, las extremidades temblorosas de sus pestañas brillaron a la luz del sol, dando la impresión de antenas de insectos muy atareados; luego se llevó los nudillos de la mano a la altura de la frente y volvió a sentarse.

Entonces se adelantó el tercer caballero. Era un individuo cuyo fuerte lo constituían la sátira y la ironía; funcionario público ; a su modo -y también al de muchísimas otras personas-, un verdadero púgil; siempre bien entrenado, siempre con una doctrina a mano para hacérsela tragar a la gente como una píldora, siempre dejándose oír desde la tribuna de su pequeña oficina pública, pronto a pelearse con todos los ingleses. Siguiendo con la fraseología pugilística, -era una verdadera notabilidad para saltar al medio del cuadrilátero, cuando quiera y por lo que fuera, demostrando sus condiciones de individuo agresivo. Iniciaba el ataque, cualquiera que fuese el tema de discusión, con la derecha; seguían a esto rápidos izquierdazos, paraba, cambiaba, pegaba de contra, acorralaba a su contrincante en las cuerdas -y su contrincante era toda Inglaterra- y se lanzaba sobre él de manera definitiva. Tenía completa seguridad en derribar por tierra al sentido común, dejando al adversario sordo por más tiempo de la cuenta. Altas autoridades le habían investido con la misión de acelerar la llegada del gran milenio de la burocracia, que traería consigo el reinado terrenal de los jefes de negociado.

-Muy bien -dijo este caballero con una sonrisa vivaracha en los labios y cruzándose de brazos-. Ya sabemos lo que es un caballo. Decidme ahora, muchachas y muchachos, una cosa. ¿Empapelaríais las habitaciones de vuestras casas con papeles que tuviesen dibujados caballos?

Hubo un instante de silencio, y de pronto, la mitad de los niños y niñas gritaron a coro: « ¡ Sí, señor! » Pero la otra mitad, que vio en la cara del preguntón que el sí era un error, gritó también a coro: «¡No, señor!...», que es lo que suele ocurrir en esta clase de exámenes.

-Claro que no. ¿Y por qué no?

Silencio. Un muchacho corpulento, torpón, de respiración fatigosa, se aventuró a responder que él no empapelaría el cuarto de ninguna manera, sino que lo pintaría.

-Es que no tendrías más remedio que empapelarlo -le contestó el caballero con bastante calor.

-Te guste o no te guste, tienes que empapelarlo –dijo el señor Tomás Gradgring-. No nos vengas con que no lo empapelarías. ¿Qué manera de contestar es ésa?

Al cabo de otro silencio lúgubre, dijo el caballero:

-Voy a explicaros el porqué no debéis tapizar las paredes de un cuarto con dibujos de caballos... ¿Habéis visto alguna vez en la vida, en la realidad, que los caballos se suban por las paredes de un cuarto? ¿Lo habéis visto?

- ¡Sí, señor! -gritó media clase.

- ¡No, señor! -gritó la otra mitad.

El caballero dirigió una mirada de enojo a la mitad equivocada, y dijo:

- ¡Claro que no! Pues bien: lo que no se ve en la vida real, no debéis verlo en ninguna parte; no debéis consentir en ninguna parte lo que no se os da en la vida real. El buen gusto no es sino un nombre más de lo real.

Tomás Gradgrind cabeceó su aprobación.

-Esto que os digo constituye una norma novísima, es un descubrimiento, un gran descubrimiento –prosiguió el caballero-. Voy a ver si acertáis en otro ejemplo. Supongamos que estáis a punto de alfombrar una habitación; ¿elegiríais una alfombra que tuviese un dibujo de flores?

La clase había llegado para entonces al convencimiento de que con aquel señor se acertaba siempre contestando que no, y el coro de «¡No!» fue rotundo. Sólo algunos rezagados contestaron débilmente que sí. Y entre los rezagados estaba Cecí Jupe. El caballero, sonriendo desde la altura de su sabiduría, dijo:

-Niña número veinte.

Cecí, toda colorada, se levantó.

- De modo que tú alfombrarías tu habitación... o la de tu marido, si fueses más crecida y lo tuvieses..., con dibujos de flores, ¿no es así? ¿Y por qué?

- Si me lo permitís, señor, porque me gustan mucho las flores.

-¿Y porque te gustan colocas encima mesas y sillas, y haces de manera que la gente las pisotee con sus pesadas botas?

- No les harían ningún daño, señor, no las aplastarían ni las ajarían, señor, si me lo permitís. Al ver aquellos dibujos de unos originales lindos y agradables, yo me imaginaría que...

- ¡Ay, ay, ay! -exclamó el caballero, muy ufano de que las cosas hubiesen rodado hasta el punto que a él le interesaba-. ¡Nunca debes imaginarte nada! De eso precisamente se trata. No debes dejarte llevar de la imaginación.

- Cecilia Jupe, jamás debes hacerlo - insistió solemnemente Tomás Gradgrind.

- ¡Lo real, lo real, lo real! -voceó el caballero.

- ¡ Lo real, lo real, lo real ! -repitió Tomás Gradgrind.

- Guíate en todas las circunstancias y gobiérnate por lo real. No está lejano el día en que tengamos un cuerpo de gobernantes imbuidos de realismo y ese Gobierno estará integrado por jefes de negociado, realistas, que obligarán a las gentes a vivir de acuerdo con la realidad y descartando cuanto no sea realidad. Tenéis que suprimir por completo la palabra imaginación. La imaginación no sirve para nada en la vida. En los objetos de uso o adorno rechazaréis lo que está en oposición con lo real. En la vida real no camináis pisando flores ; pues tampoco caminaréis sobre flores en las alfombras. ¿Habéis visto alguna vez venir a posarse pájaros exóticos y mariposas en vuestros cacharros de porcelana? Pues es intolerable que pintéis en ellos pájaros exóticos y mariposas. No habéis visto jamás a un cuadrúpedo subirse por las paredes; pues no pintéis cuadrúpedos en ellas. Echad mano -prosiguió el caballero-, para todas esas finalidades, de dibujos matemáticos, combinados o modificados, en colores primarios, dibujos matemáticos, susceptibles de ser probados y demostrados. ¡ He ahí el nuevo descubrimiento ! Eso es realismo. Eso es buen gusto.

La muchacha hizo una genuflexión, y se sentó. Era muy joven, y pareció asustada por aquella perspectiva de realismo que le ofrecía la vida.

-Bien -dijo el caballero- ; ahora, y respondiendo a la invitación que me habéis hecho, señor Gradgrind, si el señor M'Choakumchild tiene la amabilidad de proceder a explicar aquí su primera lección, observaré muy complacido cómo se desenvuelve.

El señor Gradgrind se mostró muy complacido.

-Señor M'Choakumchild, cuando queráis. El señor M'Choakumchild dio comienzo a la tarea con la mejor disposición. Hacía poco que él y otros ciento cuarenta maestros habían salido al mismo tiempo de la misma fábrica, manufacturados de acuerdo con las mismas normas, como otras tantas patas de piano. Había tenido que ejecutar infinidad de habilidades y que responder a volúmenes enteros de problemas en los que había que romperse la cabeza. Tenía en la punta de sus diez helados dedos de la mano la ortografía, la etimología, la sintaxis, la prosodia, la biografía, la astronomía, la geografía, la cosmografía general, las ciencias del cálculo compuesto, el álgebra, la agrimensura, la música vocal y el dibujo de modelos. Había hecho el duro camino que conduce a la lista B del ilustre Consejo privado; había desflorado las más altas ramas de las ciencias físicas y de las matemáticas, el francés, el alemán, el latín y el griego. Se sabía en detalle todas las vertientes de las aguas de los dos hemisferios (sin exceptuar una) y la historia de todos y cada uno de los pueblos, con los nombres de todos los ríos y montañas, los productos, maneras de ser y costumbres de todas las regiones, sus fronteras y su situación en los treinta y dos puntos de la brújula. El señor M'Choakumchild había trabajado con exceso. Si hubiese aprendido algunas cosas menos, habría estado en situación de enseñar muchas cosas más de una manera infinitamente mejor.

Inició, pues, esta lección preparatoria, algo así como hizo Morgiana en Los cuarenta ladrones, es decir, procediendo a ver lo que había en cada uno de los recipientes que tenía delante, uno después de otro. Veamos, buen M'Choakumchild, aunque llenéis cada recipiente hasta los bordes con el hirviente contenido de vuestra sabiduría, ¿creéis acaso que habréis conseguido matar por completo a esa ladrona de imaginación que se oculta en su interior? ¿No la habréis más bien mutilado y pervertido?

 

 

 

 

CAPITULO III

 

UNA PUERTA EXCUSADA

 

El señor Gradgrind salió de la escuela, camino de su casa, en un estado de extraordinaria satisfacción interior. Aquella escuela le pertenecía, y estaba resuelto a que fuese un verdadero modelo. Estaba resuelto a que cada uno de los niños que asistían a ella fuese un modelo, igual que lo eran los pequeños Gradgrinds.

Los pequeños Gradgrinds eran cinco, y cada uno de ellos era un niño modelo. Desde sus más tiernos años habían recibido instrucción, habían sido entrenados en la carrera lo mismo que lebratos. En cuanto fueron capaces de correr solos, se les hizo correr al cuarto de estudio. El primer objeto con el que entraron en relación, o del que conservaban el recuerdo, era un ancho encerado, y delante del encerado un ogro antipático que dibujaba números blancos con una tiza. Naturalmente, ellos no sabían nada acerca de los ogros, ni aun siquiera conocían esta palabra. ¡Dios nos libre ! Yo la empleo para representar a un monstruo de yo no sé cuántas cabezas encerradas en una, que vivía dentro de un castillo de dar lecciones, al que llevaba cautivos a los niños, arrastrándolos por los cabellos a unos antros sombríos de estadísticas.

Ninguno de los pequeños Gradgrinds había visto jamás dibujada una cara en la luna; aun antes de saber hablar con claridad, ya estaban al tanto de lo que era la luna. Ninguno de los pequeños Gradgrinds tuvo jamás ocasión de aprender aquellos idiotas versillos de:

 

Parpadea, estrellita, parpadea;

lo que eres tú, ¡quién conocer pudiera!

 

Ninguno de los Gradgrinds sintió jamás dudas acerca del firmamento, porque cualquiera de ellos había hecho antes de los cinco años la disección de la Osa, igual que un profesor Owen, y se había montado en el Carro lo mismo que un maquinista de tren en su máquina. Ninguno de los pequeños Gradgrinds tuvo jamás la ocurrencia de comparar una vaca pastando en el campo con aquella otra vaca famosa del cuerno retorcido que dio un topetazo al perro que había molestado al gato que había matado al ratón que había limpiado el plato; ni con aquella otra aún más famosa que se tragó a Pulgarcito. Ninguno de los pequeños Gradgrinds había oído hablar jamás de todos estos personajes célebres, y únicamente se les había hecho la presentación de la vaca como un rumiante, cuadrúpedo, herbívoro, dotado de varios estómagos.

El señor Gradgrind dirigió sus pasos hacia aquel hogar de puras realidades que se llamaba el Palacio de Piedra. Antes de construir el Palacio de Piedra se había retirado virtualmente del comercio de ferretería al por mayor, y en la actualidad andaba a la caza de una buena oportunidad para convertirse en una cifra matemática del Parlamento. El Palacio de Piedra se hallaba situado en una zona pantanosa a una o dos millas de distancia de una gran ciudad que la actual y fidedigna Guía llama Coketown.

El Palacio de Piedra se ofrecía sobre la faz del panorama como un rasgo característico normal. Constituía, dentro del paraje, un hecho tajante que no estaba suavizado por ninguna media tinta ni difuminado por nada. Un gran edificio cuadrado, con un pórtico pesadote que sombreaba las ventanas principales de la fachada exactamente igual que las tupidas cejas de su amo sombreaban sus ojos. Era una construcción bien calculada, bien acabada, bien conjuntada, bien equilibrada. Seis ventanas a un lado de la puerta, y otras seis del otro lado; un total de doce en el ala derecha, y un total de doce en el ala izquierda: veinticuatro ventanas que encontraban su correspondencia en las fachadas de la parte posterior. Una cespedera, un jardín y una minúscula avenida, dibujado todo en líneas rectas igual que si fuese un libro de cuentas botánico. Gas, ventilación, traída de aguas e instalaciones de cloacas, todo de primerísima calidad. Pies y vigas de hierro a prueba de fuego desde el sótano hasta el tejado, ascensores mecánicos para las doncellas y para todos sus cepillos y escobones; en una palabra: todo cuanto podía pedir el más exigente. ¿Todo? Sí, supongo que sí. Había también para los pequeños Gradgrinds varias salas que correspondían a otras tantas ramas de la ciencia. Tenían una sala de conquiliología, otra salita de metalografía y otra, en fin, de mineralogía; todas las muestras estaban bien clasificadas, con sus correspondientes etiquetas, y los trozos de piedra y de mineral producían la impresión de haber sido desgajados de las sustancias madre a fuerza de golpes dados con sus propios y durísimos nombres; parafraseando aquella inútil leyenda de Pedro el gaitero, que jamás había tenido ocasión de penetrar en el cuarto de aquellos niños, silos ambiciosos Gradgrinds aspiraban a más de lo que tenían, ¿a qué aspiraban aquellos ambiciosos Gradgrinds, por amor de Dios y de todos los santos de la Corte celestial?

El padre de los pequeños Gradgrinds iba caminando lleno de satisfacción y de optimismo. Era un padre cariñosísimo... a su modo; pero si alguien lo hubiese puesto en el trance de decidirse, lo mismo que a Cecí Jupe, es probable que se hubiese presentado a sí mismo como un padre eminentemente práctico. Esta frase de eminentemente práctico le llenaba de orgullo, porque se hallaba convencido de que le venía de molde. Cuando se celebraba en Coketown un mitin, fuese cual fuese el tema y la ocasión, siempre había algún coketowneño que aprovechaba la oportunidad para referirse a su eminente práctico amigo, el señor Gradgrind; y esto resultaba muy del agrado del eminentemente práctico amigo. Gradgrin; estaba convencido de que el calificativo le correspondía en justicia, pero no por eso le resultaba la justicia menos agradable.

Había entrado ya en el campo neutral de las afueras de la ciudad, que ni es ya ciudad ni es todavía campo, pero que está muy mal lo mismo como campo que como ciudad; de pronto asaltó sus oídos un estrépito musical. Era un estrépito de metales y golpes de bombo y tambor, y procedía de una banda de música agregada a un circo que había instalado sus barracas de madera allí cerca; la banda de música bramaba a más y mejor. En la cúspide del templo aquel flameaba una bandera proclamando al género humano que allí estaba el Circo Sleary, que solicitaba el favor de su visita. Sleary en persona cobraba las entradas, metido en lo que parecía ser el nicho de una iglesia de construcción gótica que tuviese cerca del coro una estatua moderna con un cajón para echar el dinero. La señorita Josefina Sleary, según lo anunciaban unas tiras impresas muy largas y muy estrechas, abría el programa con las filigranas de su elegante número ecuestre al estilo del Tirol. Entre todas las maravillas que se anunciaban, y que era preciso ver para creer, todas ellas agradables dentro de la moral más estricta, anunciábase para aquella tarde el número en que el signore Jupe mostraría las graciosísimas habilidades de su perro y gran actor Patas Alegres. También exhibiría el asombroso número de lanzar hacia atrás por encima de la cabeza, en rápida sucesión, setenta y cinco barras de hierro de un quintal cada una, de modo que producía el efecto de un chorro de metal sólido, hazaña jamás intentada hasta entonces en este ni en ningún otro país, y que por haber arrancado aplausos tan entusiásticos a las multitudes no podía ser retirada del cartel. El mismo signore Jupe alegraría con breves intervalos la función, deleitando al público con sus chistes y cuchufletas de pura gracia shakesperiana. Por último, este mismo señor cerraría el programa presentándose en su papel favorito de William Button, de Tooley Street, en la novedosa y chispeante comedia hípica de Un viaje del sastre a Brendford.

Como se supondrá, Tomás Gradgrind no prestó la menor atención a semejantes trivialidades, siguió su camino como correspondía a un hombre práctico, ahuyentando unas veces aquellos zumbadores insectos lejos de su pensamiento o metiéndolos en la casa de corrección. Pero al salir del recodo que allí hacía la carretera fue a dar en la parte posterior de la barraca, y en la parte posterior de la barraca descubrió a cierto número de niños que en las más variadas y furtivas actitudes esforzábanse en fisgar por agujeros y rendijas las maravillas que se ocultaban dentro.

Aquella vista le hizo detenerse, y se dijo para sus adentros: «¡Qué espectáculo el de estos vagabundos, que así aparta de la escuela modelo a la gentecilla menuda!»

Como entre la carreta y el lugar en que estaba la gentecilla menuda había un espacio de terreno cubierto de pequeña maleza y de basura, el señor Gradgrind sacó las gafas del chaleco para ver si conocía a alguno de los muchachos, pensando mandarle que se retirase de allí. Pero, ¡oh fenómeno casi increíble, a pesar de tenerlo clarísimo ante sus ojos! ¿Qué es lo que el señor Gradgrind vio? ¿No era su mismísima y metalúrgica Luisa la que tenía pegado un ojo a un agujero que había en las tablas? ¿Y no era su matemático Tomás el que estaba tirado por el suelo para fisgar aunque solo fuese un casco de caballo de aquel número ecuestre maravilloso al estilo del Tirol?

Mudo de asombro, el señor Gradgrind cruzó el terreno hasta el lugar en que se encontraba su familia en posición tan vergonzosa, puso una mano sobre cada uno de los dos pecadores muchachos y exclamó:

-¡Luisa! ¡Tomás!

Ambos se levantaron, desconcertados y llenos de sonrojo; pero Luisa miró a su padre con un descaro que no tuvo su hermano Tomás. A decir verdad, este último ni siquiera se atrevió a mirar, sino que se entregó en el acto para ser conducido a su casa maquinalmente.

-No puedo creer lo que veo. ¿Qué necedad y qué haraganería es esta? -dijo el señor Gradgrind agarrándolos de la mano y alejándolos de allí-. ¿A qué habéis venido?

-Quisimos ver cómo era esto -replicó Luisa con sequedad.

-¿Cómo era esto?

-Sí, padre.

Los dos chicos tenían aire de cansancio y de hosquedad, pero especialmente la niña; sin embargo, pugnando por abrirse paso por entre la expresión de desagrado de su cara, había una luz desasosegada, un fuego que no tenía con qué arder, una imaginación hambrienta que se nutría en cierto modo de sí misma y que le daba animación. No era una animación propia de la gozosa juventud; eran más bien relampagueos inseguros, anhelantes, perplejos, que tenían algo de doloroso, algo así como un rostro ciego que busca a tientas su camino.

La niña tendría quince o dieciséis años; pero no había de tardar mucho en convertirse de pronto en mujer. Esto era lo que su padre pensaba al contemplarla en aquel momento. Era bonita. De no haberla educado tal como lo había hecho -pensaba él con su manera eminentemente práctica- habría salido una mujercita voluntariosa.

-Tomás, aunque la realidad se me mete por los ojos, me resulta duro de creer que tú, con la educación y los recursos que tienes, hayas sido capaz de traer a tu hermana a ver una cosa como esta.

-Fui yo quien lo trajo a él -contestó rápidamente Luisa-. Yo le pedí que viniésemos.

-Me duele escucharlo. Me duele muchísimo escucharlo. Con ello no queda Tomás en mejor situación ; pero tú, Luisa, quedas mucho peor.

La niña volvió a mirar a su padre, pero no corrió ninguna lágrima por sus mejillas.

-¡Vosotros, Tomás y tú, que tenéis abierto ante vosotros el círculo de las ciencias! ¡Tomás y tú, que se podría decir estáis repletos de realidades! ¡Tomás y tú, que habéis sido entrenados en la exactitud matemática! ¡Tomás y tú, aquí! ¡Y en una postura vergonzosa! ¡Estoy asombrado! -clamaba el señor Gradgrind.

-Estaba cansada, padre. Hace mucho tiempo que me siento muy cansada -dijo Luisa.

- ¿Cansada? ¿Y de qué? -preguntó atónito el padre.

-No lo sé...; creo que de todo.

-No hables una palabra más -replicó el señor Gradgrind-. Eres una chiquilla. No quiero escuchar más.

Calló y caminaron en silencio cosa de media milla; entonces volvió a estallar de pronto:

-¿Qué dirían tus mejores amigos, Luisa? ¿Es que no tiene para ti valor alguno lo que ellos puedan pensar de esto? ¿Qué diría el señor Bounderby?

Al escuchar este nombre, su hija le dirigió una mirada de soslayo, una mirada escrutadora y profunda. El señor Gradgrind no la vio; para cuando miró a su hija ya ésta había bajado los ojos.

-¿Qué habría dicho el señor Bounderby? –repitió poco después.

Durante todo el camino, hasta llegar al Palacio de Piedra, y mientras conducía a casa con grave indignación a los dos delincuentes, iba repitiendo a trechos: «¿Qué habría dicho el señor Bounderby....?» Igual que si el señor Bounderby hubiera. sido la señora Grundy.

 

 

 

 

CAPITULO IV

 

EL SEÑOR BOUNDERBY

 

Y si no era la señora Grundy, ¿quién era el señor Bounderby?

¡Quién iba a ser! Era tollo lo amigo del alma del señor Gradgrind que cabía en un hombre totalmente desprovisto de sentimiento que aspirase a una relación espiritual con otro hombre totalmente desprovisto de sentimiento. El señor Bounderby andaba tan cerca o tan lejos -como el lector prefiera-, de esa amistad del alma.

Era hombre rico: banquero, comerciante, fabricante y no sé cuántas cosas más. Grueso, vocinglero, de mirada penetrante y risa metálica. Parecía hecho de un material tosco que había sido estirado mucho para darle mayor volumen. De cabeza y frente grandes, voluminosas, con las venas de las sienes hinchadas y la piel de la cara tan tirante, que parecía que no le dejaba cerrar los ojos y que tiraba de sus cejas hacia arriba. Todo su aspecto producía el efecto de estar inflado como un globo y pronto a subir por los aires. Era un hombre que jamás creía haberse jactado lo suficiente de que era hijo de sus propias obras. Era un hombre que proclamaba constantemente, por la metálica trompeta parlante de su voz, su ignorancia de otros tiempos, su pobreza de otros tiempos. Era un hombre al que podría llamársele el fanfarrón de la humildad.

Aunque uno o dos años más joven. que su eminentemente práctico amigo, el señor Bounderby parecía más viejo; a sus cuarenta y siete o cuarenta y ocho años bien se les podía agregar otros siete u ocho más, sin que nadie se mostrase extrañado. Tenía el cabello ralo, se hubiera dicho que se lo había aventado con su vozarrón, y que lo poco que le quedaba, muy revuelto, estaba así de las sacudidas que le daba su alborotada jactancia.

El señor Bounderby hizo algunas consideraciones a la señora Gradgrind en la seria atmósfera de la sala del Palacio de Piedra; se las hizo, en pie en la alfombra de delante de la chimenea, calentándose frente al hogar y a propósito de que aquel mismo día cumplía años. Estaba delante de la lumbre, en parte porque, a pesar de que brillaba el sol, era una tarde de primavera bastante fresca; en parte, porque en las sombras del Palacio de Piedra rondaba siempre el espectro de la húmeda mezcla, y en parte, porque así estaba en posición dominante y se imponía al respeto de la señora Gradgrind.

-No tenía zapatos con que cubrir mis pies. En cuanto a calcetines, no los conocía ni de nombre. Pasé el día en el arroyo y la noche en una pocilga. Así es como pasé el día en que cumplí los diez años. Lo del arroyo no era novedad para mí, porque nací en un arroyo.

La señora Gradgrind, que era un montoncito de chales, un montoncito pequeño, enjuto, pálido, de ojos con un cerco rojo y de una extraordinaria debilidad mental y física, que tomaba continuamente medicinas que no le hacían ningún efecto, y que, cuantas veces daba señales de nueva vitalidad, caía inevitablemente apabullada por alguna poderosa masa de hechos que se le venían encima, la señora Gradgrind expresó la esperanza de que fuera, por lo menos, un arroyo seco.

- De ninguna manera: estaba como una sopa; tenía un pie de agua! -le contestó el señor Bounderby.

-Cualquier niño habría cogido un catarro –contestó la señora Gradgrind.

- ¿Un catarro? Yo nací con una inflamación de pulmones y creo que de todas las partes de mi cuerpo capaces de inflamarse -le replicó el señor Bounderby-. Señora, yo he sido por espacio de muchos años uno de los diablejos más desdichados que existieron jamás. Tan enfermizo venía, que me pasaba el tiempo gimiendo y llorando. Iba tan roto y tan sucio, que no os habríais atrevido a tocarme ni con unas tenazas.

Lo más oportuno que se le ocurrió a la imbecilidad de la señora Gradgrind fue dirigir una mirada desmayada a las tenazas.

-No sé cómo fui capaz de salir adelante, a pesar de todo -dijo el señor Bounderby-. Me imagino que fue gracias a mi carácter resuelto. De mayor he tenido un carácter resuelto y supongo que también entonces lo tendría. Sea como sea, aquí me tenéis, señora Gradgrind, y a nadie más que a mí tengo que agradecer el estar donde estoy.

La señora Gradgrind apuntó con dulzura y languidez que acaso su madre...

-¿Mi madre...? ¡Se fugó, señora! -la interrumpió Bounderby.

La señora Gradgrind, apabullada como siempre, perdió ánimos y se dio por vencida.

-Mi madre me dejó al cuidado de mi abuela –dijo Bounderby- y, hasta donde da de sí mi memoria, mi abuela era la vieja más dañina y mala que ha existido. Si por casualidad alguien me proporcionaba un par de zapatitos, ella me los quitaba y los vendía para comprar bebida... ¡Buena estaba mi abuela! Ha habido vez que, tumbada en la cama y antes de desayunarse, se echó al cuerpo veinticuatro copas de licor.

La señora Gradgrind, sin dar otra muestra de vitalidad que un asomo de sonrisa, parecía entonces -y lo parecía siempre- una menuda figura transparente de mujer, ejecutada con desgana y sin luz suficiente detrás.

-Tenía una tienda de comestibles -prosiguió Bounderby - y me tenía en una caja vacía de huevos. Esa fue la choza de mi infancia: una caja de huevos vacía. Así que crecí lo bastante para poder escaparme, me escapé, como es natural. Me convertí en un pilluelo vagabundo; ya no era una vieja la que andaba conmigo a golpes y me hacía pasar hambre; eran todos y de todas las edades los que me zarandeaban y me mataban de necesidad. Estaban en lo suyo. ¿Por qué habían de conducirse de otro modo? Yo era una molestia, un estorbo, una peste. Lo sé perfectamente.

Su orgullo de haber alcanzado en algún momento de su vida esa gran distancia social de ser una molestia, un estorbo y una peste para los demás, no se satisfacía con menos que con repetir esa jactancia tres veces consecutivas.

-Supongo, señora Gradgrind, que estaba destinado a triunfar de todo. Y lo estuviese o no, señora Gradgrind, el caso es que triunfé. Salí adelante sin que nadie me echase una mano. Vagabundo, recadero, vagabundo otra vez, peón de campo, mozo de cuerda, empleado, gerente, asociado en la firma, y, por último, lo que soy: Josías Bounderby, de Coketown. Aquellos son los antecedentes, y esta la culminación. Josías Bounderby aprendió a deletrear en los rótulos de las tiendas, y supo leer la hora porque se lo enseñó en la esfera del reloj de la torre de la iglesia de San Gil un inválido borracho, condenado por ladrón y vagabundo incorregible. Habladle a Josías Bounderby, de Coketown, de vuestras escuelas de distrito, vuestras escuelas modelo, de vuestras escuelas de oficios y de toda esa vuestra complicada barahúnda de escuelas, Josías Bounderby os contestará sin rodeos, llanamente, con la verdad por delante, que él no gozó de tales ventajas - ¡muchos hombres de cabeza sólida y puños contundentes hacen falta! -; que él sabe perfectamente que la clase de educación que recibió no les va a todos, pero que no recibió otra; y que podréis obligarle a trabajar grasa hirviendo, pero que no conseguiréis que oculte las realidades de su vida.

Josías Bounderby se había acalorado para cuando llegó al punto culminante de su peroración, y se calló. Se calló en el preciso instante en que su eminentemente práctico amigo entraba en la sala, acompañado siempre por los dos jóvenes culpables. También su eminentemente práctico amigo se detuvo al verlo, y dirigió luego a Luisa una mirada de reconvención, que equivalía a decirle: « ¡Ahí tienes a tu Bounderby!»

-¿Qué ocurre? -bramó el señor Bounderby-. ¿A qué obedece esa cara de disgusto del joven Tomás?

Hablaba de Tomás, pero miraba a Luisa. Ésta murmuró con altanería, pero sin levantar la vista:

-Estábamos fisgando desde fuera lo que hacían en el circo, y papá nos atrapó.

-Señora Gradgrind - dijo el marido con voz imperiosa-: hubiera preferido encontrar a mis hijos leyendo poesías antes que eso.

-Pero - gimoteó la señora Gradgrind- pobre de mí!, ¿cómo es posible que hayáis hecho eso, Luisa y Tomás? Me habéis dejado de una pieza. Os digo mi verdad: que le hacéis a una lamentar el haber tenido hijos. Me están dando muchas ganas de decir que ojalá no los hubiera tenido. ¿Qué habría sido de vosotros entonces, decidme?

Estas observaciones, de una lógica aplastante, no parecieron haber producido buena impresión al señor Gradgrind, que arrugó con impaciencia el entrecejo.

-Estando como estoy con la cabeza que me quiere estallar, ¿no podíais haber ido a contemplar las colecciones de conchas, de minerales y de todas las demás cosas que se os han traído a casa, en vez de ir a ver circos? –dijo la señora Gradgrind-. Vosotros sabéis tan bien como yo que a ningún muchacho ni muchacha se le ponen profesores de circo, ni se le ponen salas con colecciones de circos, ni se le dan lecciones de circo. ¿Para qué, pues, queréis enteraros de lo que es un circo? Si lo que buscáis es tarea, creo que no podéis quejaros de la que tenéis. Yo, al menos, teniendo mi cabeza en el estado en que ahora la tengo, no me acordaría ni de la mitad de las cosas reales que vosotros tenéis que estudiar.

-¡Por eso precisamente! -exclamó Luisa, con cara enfurruñada.

- No me digas que precisamente por eso, porque estoy segura de que no es así - le replicó la señora Gradgrind-. Anda, vete ya a cualquiera de esas logías que estudiáis.

La señora Gradgrind no entendía de ciencia y, cuando

ordenaba a sus hijos que fuesen a estudiar, dábale lo mismo la mineralogía que la conquiliología.

A decir verdad, el acervo de hechos que poseía la señora Gradgrind era, hablando en términos generales, muy escaso; pero cuando el señor Gradgrind le alzó a su elevada posición matrimonial, obró influido por dos razones. La primera, porque, desde el punto de vista de los números, era un buen partido; y la segunda, porque era una mujer sin tonterías. Tonterías llamaba él a la imaginación; ciertamente que se hallaba a este respecto tan limpia de mezcla como cualquier ser humano que no ha alcanzado el ápice de la absoluta idiotez.

El simple hecho de quedarse a solas con su esposo y con el señor Bounderby bastaba para reducir al atontamiento a tan admirable señora, sin necesidad de que chocase con su cabeza ninguna otra realidad. Por una vez más, se esfumó; y ya nadie hizo caso de ella.

-Bounderby -dijo el señor Gradgrind, acercando una silla a la chimenea-, es tan grande el interés que os tomáis siempre por mis muchachos, en especial por Luisa, que no me recato de deciros que el descubrimiento que he hecho me tiene muy molesto. Ya sabéis que me he dedicado sistemáticamente a educar la razón en mis hijos. Bien sabéis que la única facultad a la que hay que encaminar todos los esfuerzos en la educación es la racional. Sin embargo, Bounderby, diríase, a juzgar por esta circunstancia que hoy ha ocurrido inesperadamente, y que en sí misma es insignificante, que se hubiese deslizado subrepticiamente en las inteligencias de Tomás y de Luisa algo que se quiso (o mejor dicho, que no se quiso), aunque quizá me expresase mejor diciendo que jamás se pensó, desarrollar en ellas; algo en que su razón no tiene ninguna parte.

-Desde luego que nada tiene que ver la razón en el interés con que contemplaban a unos vagabundos –le contestó Bounderby-. Cuando yo lo era, nadie se quedaba contemplándome con interés. De eso estoy bien seguro.

-Por eso se plantea en seguida la cuestión de saber de dónde ha brotado esa vulgar curiosidad -dijo el padre eminentemente práctico, mirando al fuego.

-Yo os lo diré: de una imaginación desocupada.

-No lo quiera Dios -contestó el eminentemente práctico-. Os confieso, sin embargo, que, mientras veníamos para casa, me ha cruzado por la cabeza esa sospecha.

-De una imaginación desocupada, Gradgrind -repitió Bounderby-. Esta es una condición mala para cualquiera, pero es una maldición para una muchacha como Luisa. Si la señora Gradgrind no supiese ya que no soy persona refinada, le pediría perdón por recurrir a expresiones fuertes. Quien espere hallar en mí refinamientos, quedará defraudado. No he recibido una educación refinada.

- ¿No será acaso -dijo el señor Gradgrind meditabundo, con las manos en los bolsillos y los ojos cavernosos en el fuego- que algún profesor o alguno de los miembros de la servidumbre les ha indicado algo? ¿No será acaso que Luisa y Tomás han tenido ocasión de leer algo? Quizá, a pesar de todas las precauciones tomadas, se ha deslizado en la casa alguno de esos fútiles libros de cuentos. ¡Es raro, es tan incomprensible que haya sucedido lo que ha sucedido en unas inteligencias que han sido formadas prácticamente desde la cuna a regla y a plomada!

-¡Un momento! -exclamó Bounderby, que había seguido, como hasta entonces, en pie junto al hogar, reventando de explosiva humildad para que se enterasen hasta los mismos muebles de la habitación-. Tenéis en vuestra escuela a la hija de uno de esos trotamundos.

-Sí, se llama Cecilia Jupe -dijo el señor Gradgrind, mirando a su amigo con algo de sorpresa.

- ¡Un momento; no sigáis! -volvió a exclamar Bounderby-. ¿Cómo fue el ser aceptada en la escuela?

-Pues no lo sé, porque hasta hace un rato no conocí a esa muchacha. Ella solicitó el ingreso personalmente aquí, en casa, alegando que era transeúnte en esta población y... ¡ya caigo! Tenéis razón, Bounderby, tenéis razón.

-¡Un momento; no sigáis! -exclamó nuevamente Bounderby-. ¿No hablaría Luisa con ella cuando estuvo aquí?

- Con seguridad que Luisa habló con ella, porque me informó de la petición que Cecilia había hecho; pero estoy seguro de que todo ocurrió en presencia de la señora Gradgrind.

- Por favor, señora - le preguntó Bounderby-, ¿queréis decirnos lo que pasó?

-¡Qué mal me siento! -contestó la señora Gradgrind-. La muchachita quería ir a la escuela, el señor Gradgrind quiere que las muchachas vayan a la escuela. Tomás y Luisa dijeron, los dos a una, que la muchachita quería ir a la escuela y que el señor Gradgrind quiere que las muchachas vayan a la escuela. ¿Y quién les iba a llevar la contraria, cuando ambas cosas son dos realidades?

-Bien, Gradgrind -sentenció el señor Bounderby-. Yo os voy a decir lo que tenéis que hacer. Echad a esa muchachita inmediatamente de la escuela, y asunto acabado.

-También yo soy de esa opinión.

-Hacedlo en el acto. Ha sido, desde niño, mi divisa -dijo Bounderby-. Pensar en huir de mi caja de huevos- y de mi abuela y hacerlo, todo fue uno. Obrad vos de la misma manera. Hacedlo en el acto.

-¿Queréis dar un paseo? -preguntó su amigo-. Quizá no tengáis inconveniente en venir paseando conmigo hasta la ciudad. Poseo la dirección del padre.

-No tengo ningún inconveniente -contestó el señor Bounderby-, a condición de que lo hagáis en seguida.

El señor Bounderby le echó a la cabeza el sombrero, porque él, demasiado atareado en abrirse camino en la vida, no había tenido tiempo de aprender cómo se llevaba esa prenda y se limitaba a echárselo a la cabeza, y avanzó hacia el vestíbulo con las manos metidas en los bolsillos. También solía decir: «Jamás llevo guantes. No me encaramé por la escalera con guantes. De haberlos llevado, no habría subido tan arriba.»

Se quedó haciendo tiempo en el vestíbulo, mientras el señor Gradgrind subía al piso superior en busca de la dirección del padre de Cecilia. Bounderby abrió la puerta del cuarto de estudio de los niños y contempló aquella habitación alfombrada, de aspecto tranquilo; pero que, a pesar de sus estantes de libros, de sus vitrinas y de toda la variedad de sus instrumentos científicos y filosóficos, tenía mucho de la cordialidad de una sala de peluquería. Luisa, apoyada lánguidamente en la ventana, miraba al exterior, aunque sin fijarse en nada, en tanto que el joven Tomás, en pie junto al fuego, respiraba ruidosamente por la nariz con gesto rencoroso. Los dos Gradgrinds más pequeños, Adam Smith y Malthus, estaban encerrados, dando una lección, y la pequeña Juana, después de embadurnarse la cara con una gran cantidad de greda húmeda a fuerza de lloros y de pizarrín, se había quedado dormida encima de unos vulgares quebrados.

-Ya está arreglado todo, Luisa; ya está arreglado todo, Tomasito -dijo el señor Bounderby-. No volváis a hacerlo. Yo conseguiré que vuestro padre dé por terminado el asunto. ¿Qué me dices, Luisa? ¿No se merece esto un beso?

-Podéis tomaros uno, señor Bounderby –contestó Luisa, al mismo tiempo que cruzaba lentamente la habitación y se detenía junto a él, brindándole de mal talante su carrillo y volviendo la vista a otra parte.

-Tú eres siempre mi debilidad, ¿verdad que sí, Luisa? -exclamó el señor Bounderby-. Y ahora, adiós, Luisa.

El marchó por su camino, pero ella no se movió; sacó el pañuelo y se frotó con él donde Bounderby la había besado, hasta que tuvo la piel casi en carne viva. Pasaron cinco minutos, y ella seguía frotándose. Su hermano la reconvino, huraño:

-¿Qué te pasa, Luisa? Si continúas, terminarás haciéndote un agujero en el carrillo.

-Mira, Tomás: puedes cortarme con tu cortaplumas el pedazo, si quieres. Te aseguro que no lloraré.

 

 

 

 

CAPITULO V

 

LA NOTA TÓNICA

 

Coketown, hacia donde los señores Bounderby y Gradgrind caminaban ahora, constituía el triunfo del realismo; estaba esa población tan horra de fantasía como la mismísima señora Gradgrind. Vamos a dar la nota tónica de Coketown antes de empezar la canción.

Era una ciudad de ladrillo rojo, es decir, de ladrillo que habría sido rojo si el humo y la ceniza se lo hubiesen consentido; como no era así, la ciudad tenía un extraño color rojinegro, parecido al que usan los salvajes para embadurnarse la cara. Era una ciudad de máquinas y de altas chimeneas, por las que salían interminables serpientes de humo que no acababan nunca de desenroscarse, a pesar de salir y salir sin interrupción. Pasaban por la ciudad un negro canal y un río de aguas teñidas de púrpura maloliente; tenía también grandes bloques de edificios llenos de ventanas, y en cuyo interior resonaba todo el día un continuo traqueteo y temblor yen el que el émbolo de la máquina de vapor subía y bajaba con monotonía, lo mismo que la cabeza de un elefante enloquecido de melancolía. Contenía la ciudad varias calles anchas, todas muy parecidas, además de muchas calles estrechas que se parecían entre sí todavía más que las grandes; estaban habitadas por gentes que también se parecían entre sí, que entraban y salían de sus casas a idénticas horas, levantando en el suelo idénticos ruidos de pasos, que se encaminaban hacia idéntica ocupación y para las que cada día era idéntico al de ayer y al de mañana y cada año era una repetición del anterior y del siguiente.

Estas características de Coketown eran, en lo fundamental, inseparables de la clase de trabajo en el que hallaba el sustento; como contrapartida, producía ciertas comodidades para la vida que hallaban colocación en todo el mundo y algunos lujos que formaban parte (no quiero preguntar hasta qué punto) de la elegancia de las damas, a las que era insoportable hasta el nombre mismo de la ciudad. Los rasgos restantes teníalos la ciudad por voluntad propia, y eran los que detallamos a continuación.

En Coketown no se veía por ninguna parte cosa que no fuese rigurosamente productiva. Cuando los miembros de un credo religioso levantaban en la ciudad una capilla (y esto lo habían hecho los miembros de dieciocho credos religiosos distintos), construían una piadosa nave comercial de ladrillo rojo, colocando a veces encima de ella una campana dentro de una jaula de pájaros, y esto únicamente en algunos casos muy decorativos. Había una solitaria excepción: la iglesia nueva. Era un edificio estucado, con un campanario cuadrado sobre la puerta de entrada, rematado por cuatro pináculos que parecían patas de palo muy trabajadas. Todos los rótulos públicos de la ciudad estaban pintados, uniformemente, en severos caracteres blancos y negros. La prisión se parecía al hospital; el hospital pudiera tomarse por prisión; la Casa consistorial podría ser lo mismo prisión que hospital, o las dos cosas a un tiempo, o cualquier otra cosa, porque no había en su fachada rasgo alguno que se opusiese a ello. Realismo práctico, realismo práctico, realismo práctico; no se advertía otra cosa en la apariencia externa de la población, y tampoco se advertía otra cosa que realismo práctico en todo lo que no era puramente material. La escuela del señor M'Choakumchild era realismo práctico, la escuela de dibujo era realismo práctico, las relaciones entre el amo y el trabajador eran realismo práctico y todo era realismo práctico, desde el hospital de Maternidad hasta el cementerio; todo lo que no se podía expresar en números ni demostrar que era posible comprarlo en el mercado más barato para venderlo en el más caro no existía, no existiría jamás en Coketown hasta el fin de los siglos. Amén.

Es de suponer que una ciudad consagrada a lo práctico y que en lo práctico se había labrado una personalidad viviría sin dificultades, ¿no es cierto? ¡Pues no, señor! ¡Ni muchísimo menos! ¿Que no? ¡Válgame Dios!

No, señor; Coketown no salió de sus propios hornos en todos los aspectos, como sale el oro del fuego. En primer lugar, existía en la población una incógnita que producía perplejidad: ¿quién pertenecía a los dieciocho credos religiosos de que hemos hablado? Si alguien pertenecía a ellos, no era, desde luego, ningún miembro de la clase trabajadora. El espectáculo que se ofrecía a la vista paseando por las calles el domingo por la mañana resultaba por demás extraño; el bárbaro voltear de las campanas, que sacaba de quicio a los enfermos y a las gentes nerviosas, no conseguía arrancar sino a muy pocos trabajadores del propio barrio, de las habitaciones completamente cerradas, de las esquinas de sus calles, donde pasaban el tiempo sin prestar oídos a aquellas llamadas, contemplando todo el ajetreo de iglesias y capillas, como si nada tuviese que ver con ellos. No eran sólo los forasteros quienes habían reparado en este fenómeno; existía en el mismo Coketown una organización ciudadana cuyos miembros se hacían oír en todos los períodos de sesiones del Parlamento con sus indignadas peticiones de que se dictasen leyes para compeler por la fuerza del Estado a los trabajadores a que acudiesen a las prácticas religiosas. Se fundó también la Sociedad de Abstemios, que se lamentaba de que esos mismos trabajadores se emborrachasen, demostrando con estadísticas que, en efecto, se emborrachaban, y demostrando en reuniones en las que sólo se tomaba el té que no había incentivo, ni humano ni divino, como no fuese una condecoración, capaz de inducirlos a romper con la costumbre de emborracharse. Vinieron a continuación el farmacéutico y el boticario con otras estadísticas, en las que se demostraba que cuando no se emborrachaban fumaban opio. Siguió a éstos el capellán de la prisión, hombre experimentado, que presentó más estadísticas, que anulaban las precedentes, demostrando que esos mismos trabajadores acudían a infames reuniones, celebradas clandestinamente y en las que se cantaban canciones obscenas y se bailaban danzas indecorosas, en las que acaso tomaban parte todos ellos. Allí había sido donde A. B., joven que iba a cumplir veinticuatro años y condenado ahora a ocho meses de aislamiento, se había desgraciado, según manifestación suya (aunque nunca había sido hombre cuya palabra mereciese mucho crédito), teniendo la completa seguridad de que, de no haber mediado semejante circunstancia, habría sido un modelo insuperable de moralidad. A todos ellos se agregaron el señor Gradgrind y el señor Bounderby, esos dos caballeros que en el actual momento de nuestra historia caminaban por las calles de Coketown, los dos eminentemente prácticos, y que podrían, llegado el caso, exhibir más estadísticas aún, sacadas de su propia experiencia personal e ilustradas con ejemplos que ellos habían visto y conocido. De estos ejemplos deducíase claramente -para decirlo en una palabra, constituían el único dato digno de crédito- que esos mismos trabajadores eran, en conjunto, unas malas personas, sí, señor; que se hiciese lo que se hiciese por ellos, jamás lo agradecerían, no, señor; que eran unos seres inquietos, sí, señor; que jamás sabían ellos mismos lo que querían, que comían de lo mejor y compraban la mantequilla fresca, que exigían café Moka y rechazaban la carne que no era de primera y que, a pesar de todo esto, se mostraban eternamente descontentos e ingobernables. Su caso hacía recordar la moraleja de aquella fábula que se cuenta a los niños:

 

Era una viejecita ochentona.

¿Qué creéis que hizo la bribona?

Se mantenía de carne y de ron; ron y carne eran

siempre su ración,

y aun con eso, la vieja, a los ochenta,

siempre estaba quejosa y descontenta.

 

Y pregunto yo ahora: ¿Es posible que exista alguna analogía entre el caso de la población de Coketown y el caso de los hijos del señor Gradgrind? Desde luego, y a estas alturas, no hace falta que se nos diga a ninguno de los que pensamos serenamente, y estamos familiarizados con los números, que en la vida de los trabajadores de Coketown se había descartado durante veintenas de años deliberadamente, aniquilándolo, uno de los elementos primordiales de la existencia; que dentro de ellos se albergaba la Fantasía, reclamando que se le permitiese llevar una vida saludable en lugar de obligarla a luchar convulsivamente; que cuanto más tiempo y con mayor monotonía trabajaban, más fuerte era dentro de ellos el anhelo de algún descanso físico, de alguna distracción que despertase el buen humor y la alegría y que les sirviesen de válvula de escape; por ejemplo, alguna diversión sana, aunque sólo fuese un baile honrado, a los acordes de una rondalla de instrumentos de cuerda, o alguna pequeña fiesta bulliciosa en la que no metiese mano ni siquiera el señor M'Choakumchild. Este anhelo tenía que ser satisfecho sin tardanza, o, de lo contrario, sobrevendrían inevitablemente conflictos mientras no se cancelasen las leyes por las que actualmente se rige la creación.

-Este individuo vive en Pods End, pero yo no estoy muy seguro hacia dónde cae Pods End -dijo el señor Gradgrind-. ¿Usted lo sabe, Bounderby?

El señor Bounderby sabía que quedaba por el centro de la ciudad, pero no tenía ningún detalle concreto. Se detuvieron, pues, unos momentos, buscando orientarse.

Casi en el mismo instante dobló la esquina de la calle, corriendo a paso ligero y con expresión de susto, una muchacha, a la que el señor Gradgrind conoció en seguida, y por eso exclamó:

-¡Hola! ¡Detente! ¿A dónde vas corriendo? ¡Detente!

La niña número veinte se detuvo, jadeante, e hizo una genuflexión. El señor Gradgrind le dijo entonces:

-¿Cómo es eso de ir corriendo por las calles de una manera tan poco decorosa?

-Es que..., es que me perseguían, señor -dijo, sin aliento, la muchacha-. Y yo quería ponerme a salvo.

- ¿Que te perseguían? -replicó el señor Gradgrind-. ¿Y a quién se le ha ocurrido perseguirte?

La pregunta fue contestada de un modo inesperado y súbito por un muchacho descolorido, Bitzer, que dobló la esquina con tal velocidad y tan ajeno a encontrar un obstáculo, que fue a chocar de cabeza contra el chaleco del señor Gradgrind, y de rebote fue a parar a mitad de la calle.

-¿Qué significa eso, muchacho? -exclamó el señor Gradgrind-. ¿A dónde ibas? ¿Cómo te atreves a lanzarte de ese modo contra nadie?

Bitzer recogió la gorra, que la había perdido en el choque, retrocedió, se tocó la frente con los nudillos de los dedos y se excusó diciendo que se trataba de un accidente.

- ¿Era este muchacho quien te perseguía, Jupe? - preguntó el señor Gradgrind.

-Sí, señor -contestó la muchacha, aunque a disgusto.

-¡No, señor! -gritó Bitzer-. No la perseguí hasta que ella echó a correr para escaparse de mí. Esta gente de circo habla sin ton ni son, señor; tienen fama de hablar sin ton ni son. Tú sabes demasiado -dijo, volviéndose hacia Cecilia- que la gente de circo habláis sin ton ni son. Eso lo saben en esta ciudad todos, señor..., todos, señor, tan cierto como que los titiriteros ignoran la tabla de multiplicar -Bitzer quiso ganarse con esto al señor Bounderby.

-¡Me dio mucho miedo con los visajes que me venía haciendo! -dijo la muchacha.

-¡Oh! -exclamó Bitzer-. Ya veo que tú eres como tu gente. ¡Una completa titiritera! Señor, ni siquiera la he mirado. Le pregunté si sabría mañana la definición del caballo y me ofrecí a repetírsela, pero entonces ella echó a correr y yo la seguí, señor, con la intención de que supiese responder cuando se lo preguntasen. Si no hubieses sido tú también titiritera, no habrías contestado esa mentira malintencionada.

-Por lo que veo, los chicos saben muy bien cuál es la profesión de esta muchacha -hizo notar el señor Bounderby-. Dentro de una semana habría estado toda vuestra escuela fisgando en fila.

-Me está pareciendo que sí -le contestó su amigo-. Bitzer, da media vuelta y lárgate a tu casa. Jupe, espera un momento. ¡Que no vuelva a saber yo que corres de esa manera, muchacho, o sabrás tú de mí por intermedio del maestro de la escuela! Ya me entiendes. ¡Largo!

El muchacho interrumpió su rápido pestañeo, volvió a darse en la frente con los nudillos de la mano, dirigió una mirada a Cecí, dio media vuelta y se alejó.

-Y ahora, muchacha -prosiguió el señor Gradgrind-, condúcenos a este caballero y a mí a donde vive tu padre; íbamos allí. ¿Qué contiene esa botella que llevas en la mano?

-¿Ginebra? -preguntó el señor Bounderby.

-¡Oh, de ninguna manera, señor! Llevo en ella los nueve aceites.

-¿Los qué...? -exclamó el señor Bounderby.

-Los nueve aceites, señor, para dar friegas con ellos a mi padre.

El señor Bounderby lanzó una carcajada breve y sonora, y dijo:

-¿Y con qué objeto das friegas a tu padre con los nueve aceites?

-Porque es el remedio que emplea nuestra gente cuando se lastima trabajando en la pista-contestó la muchacha, mirando por encima del hombro para asegurarse de que su perseguidor se había marchado-. A veces se producen magulladuras muy dolorosas.

-Se lo tienen bien ganado, por vagos -dijo el señor Bounderby.

La muchacha le miró a la cara con una mezcla de asombro y de temor.

-¡Voto a tal! -prosiguió Bounderby-. Cuando yo tenía cuatro o cinco años menos que tú llevaba el cuerpo con magulladuras que no se hubieran curado con friegas de los nueve, de los veinte ni de los cuarenta aceites. Y no me las ganaba adoptando actitudes en el circo, sino saliendo de todas partes a puntapiés. Yo no bailaba en la cuerda floja; bailaba en el duro suelo a cordelazos.

Aunque el señor Gradgrind era hombre duro de corazón, no llegaba ni con mucho a la dureza del señor Bounderby. Bien mirado, no carecía de compasión; acaso habría llegado incluso a ser un hombre simpático si hubiese cometido algunos años antes algún error garrafal en los cálculos aritméticos y este error hubiese equilibrado sus tendencias. Por eso, al entrar en una carretera estrecha, dijo a la muchacha en tono que pretendía ser tranquilizador:

-De modo que esto es Pods End, ¿verdad, Jupe?

-Esto es, señor, y si me permitís, ya estamos en casa.

Se detuvo a la luz crepuscular, junto a la puerta de una taberna pequeña que estaba alumbrada por luces rojas y mortecinas. La taberna parecía tan decaída y desaseada como si, a fuerza de beber ella misma, hubiese seguido el camino de todos los borrachos y no anduviese ya lejos del desenlace.

- No tenéis más que cruzar la cantina, señor, subir por las escaleras, si no os parece mal, y esperar un instante a que yo encienda una vela. Si oís ladrar a un perro, señor, no os preocupéis, es Patas Alegres, y no hace otra cosa que ladrar.

- ¡Conque Patas Alegres y los nueve aceites! -dijo el señor Bounderby, entrando el último, acompañado de su metálica risa-. ¡Bueno va todo esto para un hombre como yo, que se ha formado por su propio esfuerzo!

 

 

 

 

CAPITULO VI

 

SLEARY. CONSUMADO JINETE DE CIRCO

 

Aquel albergue era el de Los Brazos de Pegaso. Quizá le hubiera estado mejor el nombre de Las Patas de Pegaso; pero lo cierto es que Los Brazos de Pegaso era el nombre que estaba dibujado con letra romana debajo del caballo alado. Y debajo del nombre, el pintor había bosquejado con rasgos ágiles estas líneas:

Con buena malta, buena cerveza;

la que aquí sirven quita la cabeza.

Del vino bueno, el óptimo aguardiente.

¡Llamad, que aquí lo sirven excelente!

 

Enmarcado y encristalado sobre la pared, detrás del mostrador pequeño y desaseado, había otro Pegaso, un Pegaso teatral, con las alas simuladas con gasa auténtica, estrellas de oro pegadas por todo el cuerpo y los etéreos arreos fabricados de seda roja.

Como afuera estaba ya demasiado oscuro para distinguir la enseña y el interior no estaba bastante claro para distinguir el cuadro, los señores Gradgrind y Bounderby nada tuvieron que padecer con la vista de semejantes fantasías. Siguieron a la muchacha por una empinada escalera en recodo, sin cruzarse con nadie, y se detuvieron en la oscuridad, mientras iba ella en busca de una vela. Calculaban oír en cualquier momento el ladrido de Patas Alegres,- pero el perro artista, bien enseñado, no había ladrado aún cuando la muchacha y la vela aparecieron juntas.

- Mi padre no está en nuestro cuarto, señor -dijo, con la sorpresa retratada en su rostro-. Si no tenéis inconveniente en pasar, yo iré en seguida a buscarlo.

Entraron en la habitación, y Cecí, después de ofrecerles dos sillas, se alejó de allí con paso rápido y ligero. La habitación era pobre, amueblada con muebles ajados y con una sola cama. El gorro de noche, hermoseado con dos plumas de pavo real y una coleta enhiesta, con el que se había adornado el signore Jupe aquella misma tarde, para animar la representación con sus púdicas pullas y réplicas shakespearianas, colgaba de un clavo, pero no se veía por allí más elemento de guardarropía, ni más prendas suyas, ni particulares ni del oficio. En cuanto a Patas Alegres, acaso el respetable progenitor de la estirpe de este sapientísimo animal, aquel que se salvó en el Arca, fue tirado accidentalmente a las aguas, porque ni los ojos ni los oídos percibían señal alguna de la existencia de un perro en Los Brazos de Pegaso.

Oyeron abrirse y cerrarse puertas en el piso de encima, conforme Cecí iba preguntando por su padre; oyeron de pronto voces de gente que parecía sorprendida. La muchacha volvió a bajar corriendo y a saltos, destapó un baúl viejo y abollado, revestido de cuero, y al ver que estaba vacío, juntó las manos y miró en torno con cara del más profundo terror.

-Seguramente que mi padre se ha marchado a la barraca del circo, señor. No sé que tuviese nada que hacer allí, pero seguramente que ha ido; ¡vuelvo con él dentro de un minuto!

Y desapareció, sin ponerse siquiera el sombrero, con la cabellera larga, negra-infantil, cayéndole suelta sobre los hombros.

-Pero ¿qué se propone? -dijo el señor Gradgrind-. ¿Ha dicho que vuelve dentro de un momento? ¡Si hay más de una milla de distancia!

Pero antes de que el señor Bounderby pudiera contestar apareció en la puerta un joven e hizo su propia presentación con estas palabras:

- ¡Con vuestra licencia, caballeros!

Y entró en la habitación con las manos en los bolsillos. Su cara, muy cuidadosamente afeitada, estrecha, amarillenta, estaba sombreada por una tupida cabellera negra, muy alisada alrededor y con raya en el centro. Sus piernas eran muy robustas, pero más cortas de lo que correspondía a las buenas proporciones. El pecho y las espaldas eran tan desproporcionadamente anchos como cortas sus piernas. Vestía chaqueta de hipódromo y pantalones muy ajustados; llevaba una bufanda alrededor del cuello ; olía a aceite de lámpara, a paja, corteza de naranja, pienso de caballos y serrín, y representaba un tipo notable de centauro, en el que entraban por mitades el caballerizo y el actor. Nadie hubiera podido señalar con exactitud dónde terminaba el uno y dónde empezaba el otro. Figuraba este caballero en los programas del día como el señor E. W. B. Childers, afamado con mucha justicia por la audacia de sus volteretas en su número del Cazador salvaje de las praderas de Norteamérica; trabajaba con él en ese número un muchacho diminuto, pero con cara de viejo, que ahora le acompañaba y que en la representación figuraba como hijo suyo; llevábalo el padre colgado del hombro por un pie, y para acariciarlo al modo que los cazadores salvajes acarician a sus retoños, lo colocaba, de coronilla y con los pies en alto, sobre la palma de la mano. La parte maternal de los espectadores encontraba su máximo deleite en aquel prometedor muchacho, que parecía un simpático cupido a fuerza de tirabuzones, guirnaldas, alas, bismuto blanco y carmín; pero en su vida privada, caracterizado con un precoz chaqué y con una voz áspera y malhumorada, se trasuntaba en él al hombre que anda entre caballos, al caballerizo.

- ¡Con vuestra licencia, señores! -dijo el señor E. W. B. Childers, inspeccionando con la mirada todo el cuarto-. ¿Sois vos, me parece, los que querían ver a Jupe?

-Yo soy -contestó el señor Gradgrind-. Su hija ha ido a buscarlo, pero me es imposible esperar; de modo, pues, que si me lo permitís, os dejaré un encargo para él.

-Comprenda, amigo mío -intervino el señor Bounderby-, que nosotros somos personas que saben el valor del tiempo, mientras que vos y los vuestros pertenecéis a la categoría de las que no saben valorarlo.

El señor Childers lo miró de la cabeza a los pies, y le replicó:

-No tengo el honor de conoceros; pero si lo que queréis dar a entender es que vuestro tiempo os produce a vos más dinero que a mí el mío, calculo, por vuestra apariencia, que no andáis descaminado del todo.

-Y yo diría que sabéis guardarlo bien después de haberlo ganado -dijo el Cupido.

-¡Kidderminster, archiva eso! -díjole Childers.

El nombre de Cupido en la vida real era Kidderminster.

-¿Por qué viene a descararse con nosotros? –exclamó maese Kidderminster, dando muestras de su irascible temperamento-. Si quiere meterse con nosotros, que pague a la puerta de la barraca su dinero, y entonces, que suelte lo que tenga dentro.

-¡Kidderminster -díjole el señor Childers, alzando la voz-, deja eso Señor -añadió, volviéndose al señor Gradgrind -, a vos os digo : puede que sepáis y puede que no sepáis (porque quizá no hayáis estado muchas veces entre el público) que Jupe no ha dado pie con bola en esta última temporada.

-Que no ha dado, ¿qué? -preguntó el señor Gradgrind, buscando ayuda con la mirada en el poderoso Bounderby.

-Pie con bola.

-Anoche intentó cuatro veces saltar la cinta, y no lo logró ni una sola -intervino Kidderminster-. Tampoco dio pie con bola con las banderas, y estuvo fatal en las morcillas.

- No era ya capaz de hacer las cosas con limpieza. Se quedaba corto en los saltos y caía mal -aclaró el señor Childers.

-Comprendo, comprendo ahora. No dar pie con bola está claro -contestó el señor Gradgrind.

-Hasta cierto punto, eso es lo que quiere decir no dar pie con bola -sentenció el señor E. W. B. Childers.

-¡Nueve aceites, Patas Alegres; no dar pie con bola, cintas, banderas y morcillas! ; Vaya, no está mal el trato con esta gente para un hombre que ha subido por su propio esfuerzo!-suspiró Bounderby, y largó luego la más típica de sus carcajadas.

-Descended un poco, entonces - le replicó Cupido-. ¡Oh señor! Si habéis subido tan alto como parece por vuestras palabras, dignaos descender un poquitín.

-¡Vaya muchacho entremetido! - dijo el señor Gradgrind, volviéndose hacia él y mirándole ceñudo.

Pero esto no achicó en modo alguno a Kidderminster, que replicó:

- De haber sabido que veníais, habríamos traído algún joven caballero para que os recibiese. Es una pena que, siendo como sois tan exigente, no tengáis un espolique. Vos sois de los del gofre tirante, ¿verdad?

-¿Qué quiere decir este muchacho tan mal educado -preguntó el señor Gradgrind, clavando en él una mirada de desesperación- con lo del gofre tirante?

- ¡Ea, muchacho; largo de aquí, largo de aquí! -exclamó el señor Childers, expulsando a su joven amigo de la habitación con unos modales parecidos a los que se usan en las praderas-. Gofre tirante y gofre flojo no tiene nada de extraordinario; significa la cuerda tirante y la cuerda floja... Queríais darme un mensaje para Jupe, ¿no es eso?

-Así es.

-Yo creo -dijo rápidamente Childers- que ya no habrá nunca manera de comunicárselo... ¿Lo conocíais bien?

-No lo conozco ni siquiera de vista.

-Pues entonces, creo que no tendréis ocasión de conocerlo. Para mí, la cosa está clara: se ha largado.

- ¿Queréis decir que ha abandonado a su hija?

- Sí ; quiero decir -respondió el señor Childers, cabeceando afirmativamente- que se ha desconectado de nosotros. Anoche le silbaron, anteanoche le silbaron y hoy le han vuelto a silbar. Llevaba algún tiempo que no hacían más que silbarle, y eso le resultaba intolerable.

-¿Y por qué le silbaban tanto...? -preguntó el señor Gradgrind, muy solemne y a regañadientes, porque le costaba trabajo pronunciar la frase.

-Porque tenía duras las articulaciones y estaba agotado -contestó Childers-. Todavía se defiende como cloqueador, pero con eso no se saca para vivir.

-¡Cloqueador! -repitió Bounderby-. ¡Ya estamos en las mismas!

-Charlista, si así lo preferís -dijo el señor E. W. B. Childers lanzando, malhumorado, la explicación por encima del hombro y subrayándola con un sacudimiento de sus largos cabellos..., que se estremecieron todos a un tiempo-. Lo más extraordinario del caso, señor mío, es que a este hombre le hacía más mella pensar que su hija se enteraba de que le silbaban que el pasar por ello.

-¡Magnífico! -interrumpió el señor Bounderby-. ¡Esta sí que es buena! ¡El hombre quiere tanto a su hija, que la deja abandonada! ¡Esto resulta endiabladamente magnífico! ¡Ja, ja! Escuchadme, joven: Yo no he ocupado siempre en la vida la posición que ocupo ahora. Sé bastante de estas cosas. Quizá os asombre oírlo, pero el hecho es que mi madre huyó de mí.

E. W. B. Childers le contestó con intención que eso no le causaba la menor sorpresa.

-Como lo oís -prosiguió Bounderby-. Nací en el arroyo, y mi madre huyó de mí. ¿Acaso creéis que la disculpo? No. ¿La he disculpado alguna vez? ¡Jamás! ¿Cómo califico yo a mi madre por lo que hizo? Digo que es probablemente la mujer más indigna que ha existido en el mundo, con excepción de la borracha de mi abuela. Yo no tengo orgullos de familia; yo no sé lo que son las simplezas sentimentales e imaginativas. Al pan lo llamo pan, y a la madre de Josías Bounderby, de Coketown, la llamo, sin reparo ni consideración, lo que la llamaría si en lugar de ser mi madre lo hubiera sido de Perico el de los Palotes. Y lo mismo hago con este individuo. Es un desertor, un canalla y un vagabundo; en inglés así se llama.

-A mí me tiene sin cuidado que sea esto o que deje de serlo, dígase en inglés o en francés -le replicó el señor E. W. B. Childers, volviéndose para mirarle de frente-.

Yo estoy contando a vuestro amigo un hecho auténtico; si os desagrada oírlo, idos a tomar viento fresco. Vociferáis bastante ; pero, si queréis alzar la voz, hacedlo en vuestra propia casa - le reconvino E. W. B. con agresiva ironía-. No abráis en esta la boca mientras no os lo pidan. Supongo que tendréis ya algún edificio de vuestra propiedad, ¿no es así?

-Quizá sí -contestó el señor Bounderby, haciendo sonar sus monedas en el bolsillo y echándose a reír.

-Pues entonces, ¿queréis dar suelta a vuestra voz en él, caballero? Este en que estamos no es muy sólido, y podría venirse abajo, porque es mucha voz la vuestra.

Miró otra vez al señor Bounderby de arriba abajo, le volvió la espalda, como si hubiese acabado definitivamente con él, y siguió hablando con el señor Gradgrind:

-Jupe envió a su hija, hará una hora, a comprar algo, y con posterioridad le vimos salir disimuladamente con el sombrero echado sobre los ojos y un paquete bajo el brazo. La muchacha no acabará de creerlo, pero no hay duda de que se ha largado, dejándola abandonada.

-¿Y por qué no ha de acabar de creer la muchacha que él haya sido capaz de semejante cosa? -preguntó el señor Gradgrind.

- Porque eran dos que hacían como uno. Porque jamás se separaban. Porque, hasta este mismo instante, parecía idolatrarla -contestó Childers, avanzando uno o dos pasos para mirar en el baúl vacío.

Tanto el señor Childers como maese Kidderminster tenían una curiosa manera de caminar, con las piernas mucho más abiertas que el común de los mortales y con esa fingida arrogancia de quien no puede hacer el juego de las rodillas. Todos los varones de la compañía Sleary caminaban de ese modo, y con ello daban a entender que ellos se pasaban la vida a caballo.

-¡Pobre Ceci! Lo mejor que hubiera podido hacer habría sido enseñarle un oficio -dijo Childers, dando otra sacudida a sus cabellos, a tiempo que levantaba la vista del baúl vacío- Ahora la abandona sin que ella tenga nada a que agarrarse.

-Esa opinión, en boca de una persona como vos, que no sabe lo que es un aprendizaje, os honra mucho– se permitió decir, con gesto aprobatorio, el señor Gradgrind. .

-¿Que yo no sé lo que es un aprendizaje? Yo inicié el mío cuando tenía siete años.

-¿Qué me decís? -exclamó el señor Gradgrind con acento resentido, como si con ello quedase defraudado en su buena opinión-. Ignoraba que los muchachos pasasen por un aprendizaje para ser...

Se oyó una carcajada de Bounderby, seguida de esta exclamación:

-¡Para ser unos vagos! ¡Ni yo tampoco lo sabia, vive Dios!

Childers, fingiendo no darse por enterado de la presencia del señor Bounderby, prosiguió:

-Al padre de la muchacha se le había metido en la cabeza que ésta tenía que aprender yo no sé cuántas cosas en la escuela. Cómo se le metió semejante idea en la cabeza, yo no lo sé; lo que sí puedo decir es que ya no se le salió de ella. En el transcurso de los últimos siete años se las fue arreglando para que aprendiese un poco de lectura aquí, otro poco de escritura allí y algo de números en cualquier parte.

El señor E. W. B. Childers sacó una de sus manos del bolsillo, se dio unos golpecitos con ella en la mejilla y en la barbilla y miró al señor Gradgrind con un poco de recelo y otro poco de esperanza. Pensando en la niña abandonada, procuraba granjearse la estimación de este caballero. Al fin prosiguió:

-Cuando Cecí logró entrar en la escuela de aquí, su padre estaba que reventaba de satisfecho. Yo no logré entenderlo, porque, la verdad, no nos íbamos a quedar fijos en esta población, puesto que andamos siempre de un lado para otro. Sin embargo, me imagino que él tenía ya proyectada la fuga (era de siempre algo loco), y calculó que la dejaba bien colocada. Si al hacerle vos esta visita de esta noche traíais el propósito de informarle de que ibais a hacer algo en favor de la muchacha -y al decir esto el señor Childers volvió a darse unos golpecitos en la cara y repitió su mirada de antes-, no podíais haber venido más a tiempo ni más afortunadamente.

-Todo lo contrario -replicó el señor Gradgrind-.

Vine para informarle de que el ambiente este en el que vivía la muchacha resultaba un obstáculo para que siguiese concurriendo a la escuela. Sin embargo, si su padre la ha abandonado, sin que ella estuviese en connivencia con él... Bounderby, quisiera hablaros aparte dos palabras.

Al oír esto, el señor Childers se retiró muy cortésmente, con sus andares ecuestres, saliendo dándose golpecitos en la cara y silbando por lo bajo. Estando en esta ocupación llegaron hasta sus oídos ciertas frases de Bounderby, por el estilo de éstas: «No. Os digo que no. Os aconsejo que no. Insisto en que no.» Pero también oyó al señor Gradgrind, que hablaba en tono mucho más bajo, decir: «Serviría incluso de lección a Luisa, para que sepa a qué extremos conduce y cómo acaba esta clase de vida que ha despertado su curiosidad. Consideradlo, Bounderhy, desde este punto de vista.»

Entre tanto, los restantes miembros de la, compañía de Sleary habíanse ido reuniendo poco a poco en el descansillo, procedentes de las zonas superiores, en donde estaban alojados; empezaron a cuchichear entre ellos y con el señor Childers, pero se fueron metiendo y metiéndolo a él gradualmente, dentro de la habitación. Había entre ellos dos o tres mujeres jóvenes y hermosas, con sus correspondientes dos o tres maridos, sus correspondientes dos o tres madres y sus ocho o nueve niños pequeños, que también trabajaban en el circo cuando había que hacer números de hadas. El padre de una de estas familias hacía un número sosteniendo al padre de otra de las familias en la extremidad de un palo muy largo; el padre de la tercera familia formaba muchas veces con los otros dos padres una pirámide, de la que maese Kidderminster era el ápice y él la base; y los tres padres de familia sabían bailar encima de barriles giratorios, sostenerse en pie sobre botellas, juguetear con cuchillos y bolas, hacer girar jofainas, saltar en todo lo saltable y colgarse de un pelo. En cuanto a las madres, todas ellas sabían (y lo practicaban) bailar en el alambre flojo y en la cuerda tirante y hacer piruetas sobre caballos sin montura; todas ellas mostraban con la mayor despreocupación las piernas, y cuando hacían su entrada en una población, una de ellas guiaba sola un carro griego tirado por seis trotones. Todas ellas se tenían por muy despreocupadas y conocedoras de la vida; no parecían muy limpias en sus ropas ni muy arregladas en sus menesteres domésticos, y la suma de los conocimientos literarios de toda la compañía apenas si habría dado para escribir una mala carta sobre el tema más sencillo. Sin embargo, notábanse en esta gente una gentileza y un infantilismo extraordinarios, una incapacidad especial para el engaño, una disposición incansable para ayudarse y compadecerse mutuamente, que merecían con frecuencia tanto respeto y un aprecio tan generoso como las virtudes normales de cualquier clase social del mundo.

El último en aparecer fue el señor Sleary. Era, como hemos dicho ya, hombre voluminoso, con un ojo que permanecía inmóvil mientras el otro se movía, una voz - si voz podía llamarse - que hacía pensar en los empujones de un par de fuelles viejos y rotos, una cara fláccida y una cabeza -turbia, porque siempre estaba bebido, sin llegar jamás a la borrachera.

-Zeñor -dijo el señor Sleary, que padecía de asma, y cuyo aliento resultaba demasiado espeso para poder modular la letra ese -. Vueztro zervidor. Mal negocio ezezte, mal negozio. ¿Ze han enterao eztoz zeñorez de que ze zupone que mi payazo y zu perro ze han evaporado?

El señor Gradgrind, al que se dirigía, contestó que sí.

-Puez bien, caballeroz -siguió diciendo, al mismo tiempo que se quitaba el sombrero y enjugaba el borde interior con un pañuelo que llevaba ex profeso dentro de él -, ¿oz proponéiz hacer algo por la pobre muchacha?

-Pienso hacerle un ofrecimiento así que regrese- contestó el señor Gradgrind.

-Me complace mucho ezcucharoz, caballero. No lo digo porque yo quiera dezembarazarme de la muchacha, ni porque pienze interponerme en el camino. Eztoy dizpuezto a hacerle contrato de aprendizaje, aunque a zu edad ez ya tarde. Dizculpad, caballero, ezta voz mía, que ez un poco ronca y difícil de entender cuando no ze eztá acoztumbrado a ella; pero, caballero, zi cuando eraiz joven hubiezeiz pazado tantaz vecez como yo del frío al calor, del calor al frío y del frío al calor, habríaiz perdido vueztra voz lo mizmo que yo la mía.

-Es posible que sí -contestó el señor Gradgrind.

-¿Qué tomaréiz, caballeroz, mientraz ezperáiz a la muchacha? ¿Zerá jerez? ; Decid voz mizmo qué va a zerl -exclamó Sleary con campechana hospitalidad.

-Para mí, nada, muchas gracias -contestó el señor Gradgrind.

-No digáiz que nada, caballero. ¿Y vueztro amigo? Zi no habéiz cenado aún, tomad un vazo de licor amargo.

-¡Silencio, padre! Cecí ha vuelto -dijo en aquel momento la hija de Sleary, Josefina, linda muchacha rubia de dieciocho años, que cuando sólo tenía dos había sido atada encima de un caballo, y que a los doce había hecho testamento, un testamento que llevaba siempre encima y en el que declaraba su última voluntad de que fuese llevada a la tumba por sus dos caballitos píos. Entró Cecí Jupe en el cuarto, y entró corriendo, lo mismo que se había marchado. Al encontrarse con todas aquellas personas reunidas, observar sus miradas y no encontrar allí a su padre, rompió a llorar desconsolada, y se acogió al regazo de la dama más distinguida de la cuerda tirante, que iba camino de ser madre; ésta se arrodilló en el suelo para acariciarla y para llorar con ella.

-Por vida mía, que ezto ha zido una condenada vergüenza -dijo el señor Sleary.

-¡Padre, padre mío querido; mi buen padre! ¿A dónde os habéis marchado? Estoy segura de que fuisteis para hacerme algún bien.¡Qué desdichado y qué desvalido vais a ser sin mí, padre, hasta que volváis a buscarme!

Era tan conmovedor el oírla expresarse con estas y otras frases parecidas, la cara vuelta hacia lo alto y los brazos extendidos como si intentara detener con un brazo a la sombra que huía, que nadie habló una palabra hasta que el señor Bounderby, impaciente ya, tomó el asunto por cuenta suya.

-¡Ea, buena gente; esto es perder lastimosamente el tiempo! Haced que la muchacha comprenda lo que ocurre. O, si os parece, dejad que lo sepa de mis labios, porque también a mí me abandonaron. Escucha, como te llames... Tu padre se ha fugado..., te ha abandonado..., y tienes que hacerte a la idea de que no vas a volver a verlo en tu vida.

Aquellas gentes se preocupaban tan poco de las realidades, y se hallaban a este respecto en tal estado de degeneración, que, en lugar de admirar el sólido sentido común del que así hablaba, se enfurecieron contra él. Los varones mascullaron por lo bajo: «¡Eso es una indignidad!», y las mujeres:«¡Habráse visto animal semejante!»

El señor Sleary apartó a un lado al señor Bounderby con cierta precipitación, y le dijo:

-Ezcuchaz, caballero. Para hablaroz con franqueza, callaoz, y dejadlo eztar. Zon gente muy buena eztoz míoz, pero impulzivoz; hacedme cazo, no oz den una que oz dejen zin zentido.

Esta suave indicación impidió seguir hablando al señor Bounderby, y entonces pudo el señor Gradgrind exponer su opinión, eminentemente práctica, acerca del asunto.

-No se trata ahora de si el padre de esta joven volverá o no volverá jamás. Se ha marchado y no hay de momento esperanzas de que vuelva. Creo que todos estamos de acuerdo sobre este punto, ¿no es así?

-De acuerdo, caballero. Atengámonoz a ezo –dijo Sleary.

-Pues bien: yo, que vine aquí con el propósito de informar al padre de esta muchacha que no podría continuar acudiendo a la escuela, debido a inconvenientes de orden práctico, en los que no quiere entrar ahora, que se oponen a que la frecuenten los hijos de las personas que se dedican a esta clase de profesiones, estoy dispuesto, en vista del cambio de circunstancias, a hacer la proposición siguiente: Me haré cargo de ti, Jupe; te educaré y atenderé a tu porvenir. Sólo pongo una condición (antes y por encima de tu buen comportamiento), y es que decidas ahora, en el acto, si quieres venir conmigo o quedarte aquí. Y también que, si vienes conmigo ahora, no has de volver ya a comunicarte con ninguno de tus amigos aquí presentes. Y estas son las únicas condiciones que pongo.

-Pueztaz azí las cozaz -dijo Sleary-, yo también tengo que decir algo, caballero, para que ze vean laz doz caraz de la bandera. Zi tú, Cecilia, quierez entrar en el aprendizaje, ya conocez cómo ez el trabajo, y conocez también a tuz compañeroz. Emma Gordon, en cuyo regazo eztáz ahora, zería para ti como una madre, y Jozefina, como una hermana. No digo que yo tenga pazta de ángel, y no digo que zi fallaz una zuerte no me encuentrez algo bronco y me oigaz zoltarte uno o doz tacoz. Pero zí afirmo, caballero, que yo, con bueno o mal genio, todavía no le he hecho a un caballo máz daño que el que ze puede hacer con doz juramentoz, y que a eztaz alturaz de mi vida no pienzo camhiar, y menoz con un jinete. Yo zoy hombre de pocaz palabraz, y con ezto he dicho lo que tenía que decir, caballero.

La parte última de este discurso fue dicha mirando al señor Gradgrind, que contestó a ella con una grave inclinación de cabeza, y dijo a continuación:

-Lo único que yo quiero decirte, Jupe, que pudiera influir en tu decisión, es que el tener una sólida educación práctica es cosa altamente deseable, y que, según veo, tu mismo padre, mirando por ti, parece haberlo pensado así y deseado que la tuvieses.

Estas últimas palabras hicieron un profundo efecto en la muchacha. Cesó en su desesperado llanto, se apartó un poco de Emma Gordon y volvió por completo la cara hacia su protector. Todos los de la compañía advirtieron el cambio en todo su alcance y dejaron escapar un profundo resuello, que significaba, evidentemente: «¡Se nos marcha!»

-Asegúrate bien de tu resolución, Jupe -dijo como advertencia el señor Gradgrind-. No te digo más que eso: asegúrate bien de tu resolución.

La muchacha calló un momento, luego rompió otra vez a llorar, y exclamó:

-Si me marcho de aquí, ¿cómo podrá saber mi padre de mí cuando él vuelva?

-No te preocupes de eso -dijo el señor Gradgrind tranquilamente, pues parecía haberlo resuelto todo con la exactitud de una suma-. Puedes estar tranquila por ese lado. Si así ocurriese, tu padre volvería a presentarse aquí al señor...

-Zleary... Mi nombre ez Zleary, caballero. No me avergüenzo de él. Lo conocen en toda Inglaterra, y en todaz partez ez bien conziderado.

- Se presentaría al señor Sleary, y éste le informaría de dónde te encuentras. Yo no podré retenerte contra su voluntad, y él podrá encontrar sin dificultad al señor Tomás Gradgrind, de Coketown. Soy bien conocido.

-Zí, zeñor; bien conocido -asintió el señor Sleary, haciendo girar el ojo móvil-. Ez uzted, caballero, de loz que tienen un curiozo concepto del dinero fuera de caza. Pero ezo no viene ahora a cuento.

Hubo otro momento de silencio, que Cecilia rompió al decir, sollozando y con la cara tapada con las manos:

- ¡Dadme mis ropas, por favor; dadme mis ropas en seguida y dejadme marchar antes que se me parta el corazón!

Las mujeres se afanaron tristemente para reunirle las ropas que pedía; no costó mucho trabajo, porque eran pocas; después las acondicionaron en una canastilla, en la que habían viajado mucho. Cecí seguía sentada en el suelo, sin dejar de sollozar y tapándose los ojos. El señor Gradgrind y el señor Bounderby estaban junto a la puerta, dispuestos a marchar con la muchacha. El señor Sleary permanecía en el centro de la habitación, rodeado de los varones de su compañía, exactamente como hubiera estado en el centro de la pista mientras su hija Josefina ejecutaba un número. No le faltaba sino el látigo.

Llena ya la canastilla, le llevaron a Cecilia su cofia, le alisaron los revueltos cabellos y se la pusieron. Luego se inclinaron hacia ella, adoptando las actitudes más espontáneas, para besarla y abrazarla; después le llevaron los niños para que se despidiesen de ella, y, en fin, demostraron ser en conjunto una colección de mujercitas cariñosas, sencillas e inocentes.

-¡Ea, Jupe! -dijo el señor Gradgrind-. Si estás decidida, vámonos ya.

Pero Cecilia tenía que despedirse aún de los varones de la compañía y éstos tenían que descruzar los brazos (porque, cuando se encontraban cerca de Sleary, adoptaban siempre una actitud profesional) y darle el beso de despedida, con excepción de maese Kidderminster, que ya mostraba, a pesar de su juventud, un carácter de misántropo y era público que abrigaba propósitos matrimoniales, por cuyo motivo se apartó con melancolía. El señor Sleary quedó para lo último. Abriendo los brazos, la tomó de ambas manos, y le habría hecho dar saltitos, a la manera que hacen los maestros de equitación para felicitar a las jóvenes amazonas después de un ejercicio rápido y difícil; pero Cecilia no rebotó, sino que se quedó frente a él, llorando.

-Adióz, querida -dijo Sleary-. Confío en que vaz a hacer tu zuerte, y ninguno de nueztroz pobrez compañeroz te moleztará jamáz, rezpondo de ello. Me habría guztado que tu padre no ze hubieze llevado el perro: ez un perjuicio el tener que quitar el perro del programa, aunque bien mirado, el perro no habría querido trabajar zin zu amo; de modo, puez, que viene a zer igual.

Dicho esto, la contempló con el ojo fijo, mientras miraba a su compañía con el ojo móvil; la besó, cabeceó negativamente y la puso en manos del señor Gradgrind como quien la pone en un caballo. La envolvió después en una mirada de profesional, igual que si la estuviera colocando en posición sobre la silla, y dijo:

-Ahí la tenéiz, caballero, y ella zabrá portarze como oz lo merecéiz. ¡Adióz, Cecilia!

-¡Adiós, Cecilia! ¡Adiós, Cecí...! ¡Dios te bendiga, querida! -exclamó una variedad de voces desde el interior de la habitación.

Pero el maestro de equitación había visto que la muchacha apretaba contra el pecho la botella de los nueve aceites, y se interpuso, diciéndole:

-Deja la botella, querida; ez muy grande para que la llevez y no te zervirá de nada. ¡Dámela!

-¡No, no! -exclamó Cecilia, estallando otra vez en llanto-. ¡No! Dejadme que la guarde para cuando vuelva mi padre. La necesitaré. Cuando me envió a comprarla, no pensaba en marcharse. Debo guardársela, ¡comprendedlo!

-Zea como guztez, querida. (¡Ya veiz cómo ez ella, caballero!) ¡Adióz, Cecilia! Mi última palabra ez que te atengaz a lo convenido, que obedezcaz al caballero y que te olvidez de nozotroz. Pero zi, cuando zeaz mayor y eztéz cazada, te encuentraz alguna vez con un circo, no te mueztrez dura con zu gente, no dez mueztraz de enojo, dilez unaz palabraz cariñozaz y pienza que hay cozaz peorez. La gente necezita divertirze, caballero, de una u otra manera -prosiguió Sleary, jadeando cada vez más a fuerza de hablar-; no ze lez puede tener siempre trabajando ni pueden eztar ziempre eztudiando. No veáiz lo peor de nozotroz, zino lo mejor. Yo zé que me he ganado ziempre la vida trabajando en la pizta; pero creo que ezpongo toda la filozofía del azunto cuando oz digo, caballero: miradnoz del lado bueno, no del peor.

Sleary expuso esta su filosofía cuando ya ellos bajanban por las escaleras, y el ojo fijo del filósofo (lo mismo que el ojo móvil) pronto perdió a las tres figuras ya la canastilla entre la oscuridad de la calle.

 

 

 

 

CAPITULO VII

 

LA SEÑORA SPARSIT

 

Como el señor Bounderby era solterón, regía su casa particular una señora de cierta edad, mediante un determinado estipendio anual. Era esta dama la señora Sparsit, figura prominente en el séquito del señor Bounderhy cuando avanzaba en su carruaje triunfal llevando dentro al fanfarrón de la humildad.

Porque la señora Sparsit no solamente había conocido días mejores, sino que estaba altamente emparentada. Aún le vivía una tía ilustre llamada lady Scadgers. El difunto señor Sparsit, de quien era viuda, había sido en vida, por parte de madre, lo que la señora Sparsit llamaba «un Powler».

Las gentes de conocimientos limitados y de poca penetración no atinaban a veces con lo que era «un Powler», e incluso parecían indecisas entre si era un negocio, un partido político o una secta religiosa. Sin embargo, las personas más cultas no necesitaban que se les dijese que los Powlers eran un rancio linaje, que podía remontar su ascendencia a tiempos tan antiguos que no era raro que a veces se le perdiese el rastro..., cosa que había ocurrido con bastante frecuencia con algunos de sus miembros, por asuntos de caballos, manos largas, negocios monetarios a lo judío, y sentencias del Tribunal de deudores insolvente;. El último de los Sparsit, que por parte de madre era un Powler, se casó con la que fue su esposa, que era por parte de padre Scadgers. Lady Scadgers -anciana inmensamente gorda, devoradora sin tasa de productos de carnicería, y dueña de una pierna misteriosa que llevaba catorce años negándose a salir del lecho-, fue quien combinó aquel casamiento, cuando apenas había cumplido Sparsit su mayoría de edad y era tan solo un muchacho que llamaba la atención por la delgadez de su cuerpo, flojamente sostenido por dos largos y débiles soportes, y coronado por la menor cantidad posible de cabeza. Había heredado una fortuna bastante regular de un tío suyo, pero las deudas que tenía contraídas equivalían a la herencia, y las que contrajo después de heredar representaban el doble de lo

heredado. Así se explica que al morir, cuando tenía veinticuatro años de edad -lugar de fallecimiento: Caíais; causa de la muerte: el coñac-, no dejase en situación financiera muy próspera a su viuda, de la que se había separado poco después de la luna de miel. Esta desconsolada señora, quince años más vieja que él, se enemistó mortalmente con la única persona de su familia que le quedaba, lady Scadgers; y después, en parte para hacer un feo a su señorita, y en parte para ganarse el sustento, se puso a servir. Por eso la encontramos ahora, ya entrada en años, con su nariz a lo Coriolano y sus tupidas cejas negras, que habían cautivado a Sparsit, preparándole el té al señor Bounderby mientras éste se desayunaba.

Aunque Bounderby hubiese sido un conquistador, y la señora Sparsit una princesa cautiva que él llevase en su cortejo triunfal como distintivo, no la habría lucido tan ostentosamente como acostumbraba hacerlo de ordinario. De la misma manera que para jactarse recurría a menospreciar su propio origen, recurría también en sus jactancias a sobrepreciar a la señora Sparsit. De igual manera que no consentía que su propia juventud hubiese gozado de ninguna circunstancia favorable, revestía la carrera juvenil de la señora Sparsit de todas las ventajas posibles, derramando en el sendero recorrido por aquella dama cargas enteras de rosas tempranas.

-Y sin embargo, caballero -terminaba diciendo a su interlocutor-, ¿en qué ha venido a parar todo? En que ella está sirviendo a Josías Bounderby, de Coketown, por cien libras al año (porque le pago cien libras, salario que ella se digna calificar de espléndido).

Aún más, logró que este lado flaco suyo fuese conocido de tanta gente, que no faltó quien echase mano del mismo y lo manejase en ciertas ocasiones con habilidad grande. Una de las cualidades más irritantes de Bounderby era que no solamente se complacía en cantar sus propias alabanzas, sino que estimulaba a otras personas para que las cantasen. Contagiaba a los demás con sus latiguillos. Ciertas personas, que cuando estaban fuera de Coketown solían mostrarse modestas, tomaban la palabra en los banquetes celebrados en esta ciudad y se enorgullecían de Bounderby en forma completamente excesiva. Decían de él que era el escudo real, la bandera patria, la Carta Magna, John Bull, el Hábeas Corpus, la Proclamación de los Derechos del Hombre, la Casa del inglés es su castillo, la Iglesia y el Estado, el Dios Salve a la Reina, todo junto. Cuantas veces - y eran muchas - un orador de estos traía a colación :

Príncipes y señores florecen y se esfuman;

un soplo los encumbra y un soplo los abate

sus oyentes, invariablemente, lo suponían bien enterado del caso de la señora Sparsit.

-Señora, es que me tiene preocupado el capricho de Tom Gradgrind -contestó el interpelado. Lo de llamar Tom al señor Gradgrind lo hizo de forma muy deliberada, lo mismo que si alguien estuviese constantemente intentando sobornarle para que llamase Tomás al señor Gradgrind, y él lo rechazase- ; el capricho que ha tenido Tom Gradgrind de hacerse cargo de la titiritera.

- Por cierto que la chica está esperando que se le diga si ha de ir desde aquí directamente a la escuela, o al Palacio de Piedra -comentó la señora Sparsit.

-Tendrá que esperarse, señora mía, a que yo mismo lo sepa. Me imagino que no tardará Tom Gradgrind en venir. Naturalmente, señora, que la muchacha puede quedarse aquí uno o dos días más si Tom lo desea.

-Desde luego que puede quedarse si tal es vuestro deseo, señor Bounderby.

- Le dije que se le improvisaría cama para pasar aquí la noche, a fin de que él lo consultase bien con la almohada antes de decidirse a que esta muchacha viva en contacto

con Luisa.

- ¿Eso hicisteis, señor Bounderby? Pues fue una gran idea.

La señora Sparsit tomó un sorbo de té y las ventanas de su nariz a lo Coriolano experimentaron un ligero ensanchamiento, al mismo tiempo que se contraían sus negras cejas.

-Para mí -dijo el señor Bounderby-, está más que claro que la mocita se beneficiaría muy poco con semejante compañía.

-¿Os referís, señor Bounderby, a la joven señorita Gradgrind?

-Sí, señora mía, me refiero a Luisa.

-Como hablasteis de una mocita -dijo la señora Sparsit-, y el asunto estaba entre dos chicas jóvenes, no vi bastante claro a cuál de ellas indicabais.

-A Luisa, a Luisa -repitió el señor Bounderby.

-Para la que vos sois como un segundo padre, señor -la señora Sparsit tomó otro sorbo de té, y al inclinar la cabeza, contrajo otra vez el ceño sobre la copa humeante, dando la impresión de que su clásico rostro hacía una invocación a los dioses del averno.

- Si hubieseis dicho que yo era un segundo padre para Tom (para Tom el joven, no para mi amigo Tom Gradgrind), quizá hubieseis andado más cerca del blanco. Me voy a llevar al joven Tom a mi oficina. Le voy a tomar bajo mi protección, señora.

- ¿Ah, sí? ¿No os parece, señor, que es aún demasiado joven?

Este traer y llevar a cada momento la palabra «señor» hablando con Bounderby mantenía la conversación en un plano de etiqueta que, más aún que demostrar respeto hacia él, exigía consideración hacia ella misma.

-Todavía no me lo voy a llevar. Antes que ocurra esto tendrá que completar su educación -dijo Bounderby-. ¡Por los manes de lord Harry, que no es poco lo que tiene que aprender! ¡Y qué ojos abriría si supiese lo vacío de conocimientos que estaba a sus años mi buche! -esto, dicho sea de paso, no debía ignorarlo el joven Tom, porque se lo había oído decir muchísimas veces-. Hay decenas y decenas de temas al hablar de los cuales me resulta extraordinariamente difícil codearme con otras personas. Por ejemplo, hace un momento os hablaba de titiriteros. ¿Qué sabéis vos de titiriteros? En tiempos en que el ser un titiritero de los que trabajaban en mitad de la calle habría sido para mí una bendición de Dios, un premio de la lotería, vos frecuentabais la ópera italiana. Salíais del teatro de la ópera, señora, con vuestro vestido de raso y vuestras joyas, toda resplandeciente, en el preciso instante en que yo no tenía ni siquiera un penique para comprar una tea con que alumbraros.

-Desde luego, señor, que estaba acostumbrada a ir a la ópera desde edad muy temprana -repuso la señora Sparsit con dignidad, serenamente triste.

-¡Vive Dios!, señora mía, que yo también frecuentaba el teatro de la Ópera, aunque por el lado malo –dijo Bounderby-. Os aseguro que el pavimento de sus arcos era bastante duro para cama. Señora mía: los que están acostumbrados, como vos, desde su infancia, a dormir en lecho de plumas, no se imaginan, como no lo prueben, lo duro que es el suelo de piedra. Así, pues, resulta inútil que yo os hable de titiriteros. Debería hablaros de bailarines extranjeros, del West End de Londres, de Mayfair, de lores, grandes damas e ilustrísimos señores.

-Me parece, señor -contestó la señora Sparsit, simulando noble resignación- que no hace falta que traigáis a colación esos recuerdos. Creo haber aprendido ya la manera de acomodarme a los cambios de la vida. Es cierto que me interesa en grado sumo el oíros contar las instructivas experiencias de la vuestra, y que nunca me cansaría de escucharos; pero no me envanezco de ello, porque todos os escuchan con tanto. interés como yo.

-Quizá -le dijo su protector- haya gentes que se complacerían en escuchar el relato de todas las dificultades por las que ha pasado Josías Bounderby, de Coketown, hecho por él de la manera poco pulida que acostumbra. Pero no podéis negar que nacisteis rodeada de lujos. Ea, señora mía, demasiado sabéis, señora, que nacisteis rodeada de lujos.

-No lo niego, señor -replicó la señora Sparsit, moviendo la cabeza.

El señor Bounderby sintió necesidad de levantarse de la mesa y de colocarse de espaldas a la chimenea, junto al fuego, para contemplar a la señora Sparsit: ¡Qué realce daba esa señora a la posición suya!

-Pertenecéis a la sociedad más distinguida de la diabólica alta sociedad -dijo al mismo tiempo que se calentaba las piernas.

- Es cierto, señor - contestó la señora Sparsit, afectando una humildad que era la antítesis de la de su señor, con lo que no había riesgo de rozar la susceptibilidad de éste.

-Pertenecíais a la crema de la elegancia, etcétera, etcétera -dijo el señor Bounderby.

- Es una verdad que no puedo negar, señor -replicó la señora Sparsit, adoptando una expresión de viudedad social.

El señor Bounderby dobló las rodillas y se agarró las piernas de puro satisfecho, al mismo tiempo que se reía a carcajadas. En aquel instante le fue anunciada la presencia del señor y de la señorita Gradgrind, recibiendo al primero con un apretón de manos y a la última con un beso.

- ¿Podéis hacer venir a Jupe, Bounderby? –preguntó el señor Gradgrind.

- ¡Naturalmente que sí!

Envió, pues, a buscar a Jupe. Ésta hizo al entrar una genuflexión al señor Bounderby, otra a su amigo Tom Gradgrind y otra a Luisa; pero en su azoramiento se olvidó por desgracia de hacérsela a la señora Sparsit. El jactancioso Bounderby se fijó en este detalle y no pudo pasar sin darle la lección.

-Escúchame, muchacha. Esta dama que ves ahí junto a la tetera es la señora Sparsit. Esta dama es la que administra mi casa, y está muy bien emparentada. Por consiguiente, si en otra ocasión vuelves a entrar en cualquier cuarto de esta casa, durarás poco en él si no te comportas con esta dama de la manera más respetuosa. Personalmente, me importa un rábano cómo me trates a mí, porque yo no me creo un personaje. Lejos de estar muy bien emparentado, no tengo pariente alguno; procedo de la escoria de la tierra. Pero sí que me importa mucho cómo te conduces con esta dama. Te mostrarás con ella deferente y respetuosa, o no volverás a entrar aquí.

-Creo, Bounderby -dijo el señor Gradgrind en tono conciliatorio-, que ha sido simplemente una inadvertencia de la muchacha.

-Señora Sparsit -dijo Bounderby-, mi amigo Tom Gradgrind da a entender que se trata simplemente de una inadvertencia. Es muy probable. Sin embargo, vos sabéis muy bien, señora mía, que con respecto a vuestra persona no tolero ni siquiera inadvertencias.

-Sois, señor, bonísimo conmigo -contestó la señora Sparsit, cabeceando con solemne humildad-. No merece la pena de que hablémos de ello.

Cecí, en todo ese tiempo, se disculpaba, asustada y con lágrimas en los ojos. El dueño de la casa hizo entonces señal con la mano al señor Gradgrind de que le hacía entrega de ella. La joven miró con gran atención a este señor; Luisa permaneció junto a su padre en actitud fría y con los ojos bajos, mientras éste decía:

-Jupe, he resuelto llevarte a mi casa; cuando no tengas que acudir a la escuela, atenderás a la señora Gradgrind, que está casi imposibilitada. Le he explicado a la señorita Luisa... (la señorita Luisa es esta joven) el final desdichado, pero lógico, de tus andanzas anteriores; has de comprender con toda claridad que lo anterior ya no existe, y que no hay que hacer jamás alusión a tu pasado. Tu vida empieza en este instante. Ya sé que actualmente eres una muchacha ignorante.

-Lo soy, señor, y mucho -contestó ella, e hizo una genuflexión.

-Será para mí una satisfacción darte los medios de que adquieras una educación esmerada; quiero que seas para todas aquellas personas con quienes te relacionas la demostración viviente de las excelencias de la instrucción que vas a recibir. Serás redimida y moldeada. ¿Es cierto que acostumbras hacer de lectora para tu padre y para las gentes entre las que yo te encontré? -preguntó el señor Gradgrind, haciéndole, antes de decir esto, señal de que se aproximase a él, y bajando la voz.

-Únicamente les leía a mi padre y a Patas Alegres, señor. Quiero decir a mi padre, siempre que Patas Alegres estaba con nosotros.

-Deja a un lado a Patas Alegres, Jupe -dijo el señor Gradgrind, frunciendo levemente el ceño-. No te pregunto por él. Así, pues, ¿tenías costumbre de leer a tu padre?

-Sí, señor; miles de veces. ¡Eran los momentos más felices que pasábamos juntos, señor!

Sólo entonces, cuando Cecilia dio suelta a su dolor, alzó Luisa los ojos para mirarla. El señor Gradgrind bajó aún más la voz para preguntarle:

-¿Y qué era lo que le leías a tu padre, Jupe?

- Cuentos de hadas, señor, y de enanos, y de jorobados y de genios -contestó ella sollozando-, y también de...

-¡Chist Basta. No vuelvas a hablar jamás de tan dañosas tonterías. Bounderby, he aquí un caso que exigirá una educación rigurosa, y que yo seguiré con mucho interés.

-Está bien - le contestó el señor Bounderby-. Os he dado ya mi opinión. Yo no lo habría hecho; pero ¡bien está, bien está! Puesto que os sentís inclinado a hacerlo, bien está.

El señor Gradgrind y su hija condujeron, pues, a Cecilia Jupe al Palacio de Piedra. Luisa no habló por el camino una sola palabra, ni buena ni mala. El señor Bounderby salió para sus diarias ocupaciones, y la señora Sparsit, encastillada detrás de sus pestañas, se pasó la tarde meditando, envuelta en la oscuridad de aquel encierro.

 

 

 

 

CAPITULO VIII

 

NO HAY QUE ASOMBRARSE NUNCA

 

Demos otra vez la tónica antes de proseguir la canción.

Cierto día Luisa, que tenía entonces seis años menos, empezó una conversación con su hermano con estas palabras:

-Tom, me asombra...

Alguien la oyó, y ese alguien era el señor Gradgrind, que surgió a la luz, y le dijo:

-Luisa, no hay que asombrarse nunca.

En esta frase estaba todo el resorte del arte mecánico, del secreto de educar la razón, sin rebajarse a cultivar los sentimientos y los afectos. No asombrarse nunca. Arreglar todas las cosas echando mano, según los casos, de la adición, la sustracción, la multiplicación y la división, y no asombrarse. «Traedme -dice M'choakumchild a aquel niño que apenas empieza a andar, y respondo de que jamás se asombrará.»

Ahora bien: junto a muchísimos niños que empezaban a andar, existía en Coketown un número considerable de niños que llevaban ya caminados hacia el mundo de lo infinito veinte, treinta, cuarenta, cincuenta años y aún más. Como estos extraordinarios niños resultaban unos seres alarmantes para dejarlos que se paseasen por ninguna sociedad humana, las dieciocho denominaciones religiosas se arañaban mutuamente la cara y se tiraban unas a otras de los pelos, como medio de ponerse de acuerdo acerca de las medidas que convenía tomar para su mejoramiento.., y el acuerdo jamás llegaba, cosa sorprendente si se tiene en cuenta lo apropiado de los medios que se empleaban para llegar a ese fin. Sin embargo, aunque todas ellas diferían en todo lo demás, en lo comprensible y en lo incomprensible -especialmente en lo incomprensible -, coincidían perfectamente en un punto: que esos desdichados niños no debían mostrarse asombrados de nada. La secta número uno afirmaba que debían aceptarlo todo como artículo de fe. La secta número dos aseguraba que debían fiarlo todo a la economía política. La secta número tres escribía para ellos unos libritos como el plomo, demostrando que los niños bien educados llevaban infaliblemente su dinero a las Cajas de Ahorro, y que los niños que habían sido educados torcidamente acababan deportados a las colonias penitenciarias. La secta número cuatro, con lamentables pretensiones de graciosa -aunque resultaba lamentablemente triste-, simulaba, con poca fortuna, ocultar pozos de sabiduría, en los que quería zambullir, por el engaño o por el cebo, a los pobres niños. Pero todas esas sectas convenían en que los interesados no debían asombrarse jamás.

Existía en Coketown una biblioteca a la que era fácil tener acceso. El señor Gradgrind vivía desasosegado pensando qué leían los concurrentes a la biblioteca. Punto era este que daba lugar a pequeños arroyuelos de estadística que confluían periódicamente en el aullador

océano de otras estadísticas en cuyas profundidades no se había sumergido todavía nadie que saliese de ellas cuerdo. Era descorazonador, pero era una triste realidad: hasta los lectores que acudían a la biblioteca persistían en buscar, asombrados, el porqué. Querían saber el porqué de la naturaleza, de las pasiones, esperanzas y temores humanos, de las luchas, triunfos y derrotas, preocupaciones, alegrías y tristezas, vidas y muertes de los hombres y de las mujeres del pueblo. A veces, después de quince horas de trabajar, sentábanse a leer simples relatos, inventados, que hablaban de hombres y de mujeres parecidos a ellos, y de muchachos que se diferenciaban poco de los suyos. Ponían a menudo sobre sus corazones a Defoe, en vez de a Euclides, y parecían más reconfortados leyendo a Goldsmith que leyendo a Cocker. El señor Gradgrind constantemente le daba vueltas a esta disparatada suma en libros impresos y sin imprimir, sin llegar jamás a comprender cómo era posible obtener resultado tan inexplicable.

-Estoy asqueado de mi vida, Lu. La detesto, y odio a todo el mundo, menos a ti -decía a la hora-, del crepúsculo, en la habitación que parecía una peluquería, el extravagante muchacho Tomás Gradgrind.

-A Cecí no la odiarás, ¿verdad que no, Tom?

-Lo que me revienta es que me obliguen a llamarla Jupe. Y ella me odia -contestó malhumorado.

-No te odia, Tom; estoy segura.

-Pues debiera -exclamó Tom-. Sí, debería odiarnos a todos nosotros, sin excepción. Creo que le harán perder la cabeza de aburrimiento antes que terminen por dejarla en paz. Ya se está poniendo tan pálida como la cera, y tan melancólica como yo.

El joven Tomás daba suelta a estos sentimientos, sentado a horcajadas frente al fuego, con los brazos sobre el respaldo de la silla y la cara huraña descansando en los brazos. Su hermana estaba sentada en el ángulo más oscuro, a un lado de la chimenea, y unas veces lo miraba a él y otras contemplaba el brillante chisporroteo del fuego, que luego caía en pavesas sobre el mismo hogar.

-Lo que yo soy -decía Tom, revolviendo en todos sentidos sus cabellos con manos torponas-, lo que yo soy es un borrico; eso es lo que yo soy. Tan tozudo como un borrico; más estúpido que un borrico; tan aburrido como un borrico..., y me gustaría cocear igual que un borrico.

-A mí no me darías de coces, ¿verdad, Tom?

-A ti no, Lu ; a ti no te haría daño. Ya he hecho antes una excepción contigo. No sé qué sería sin ti esta... esta vieja..., ¡no !, esta lóbrega prisión.

Le habría costado trabajo dar con un calificativo lo suficientemente insultante y expresivo para aplicarlo al techo paterno, y pareció haberse desahogado por un rato con lo enérgico de su hallazgo.

- ¿De veras, Tom? ¿Lo dices en serio, de corazón?

-¡Claro que sí! ¿Para qué insistir en ello? -replicó

Tom, refregándose el carrillo en la manga dela chaqueta, como si quisiese mortificar su carne para ponerla en el mismo estado de irritación que su espíritu.

Luisa, después de permanecer unos momentos contemplando en silencio las chispas de fuego, dijo:

-Te lo preguntaba, Tom, porque conforme pasa el tiempo y me voy haciendo persona mayor, suelo pasarme ratos aquí, sentada, pensando en que es una pena que no consiga que tú te conformes con la vida de nuestra casa lo mismo que yo he conseguido conformarme. No sé lo que saben las demás muchachas. Yo no sé tocarte música, ni cantarte canciones. Tampoco sé alegrarte con mi conversación, porque no tengo oportunidad de presenciar espectáculos divertidos, ni de, leer libros agradables que me den tema para hablarte de cosas que te gustarían o que te aliviarían cuando estás fatigado.

-Lo mismo me ocurre a mí. Valgo en ese aspecto tan poco como tú; con la diferencia de que yo soy una mula y tú no. Si nuestro padre se empeñó en hacer de mí un pedante o una mula, y no soy un pedante, ¿qué quieres?, tengo que ser por fuerza una mula. Y eso es lo que soy -concluyó Tom con expresión desesperada.

Hubo otro largo silencio, hasta que Luisa habló con acento reflexivo desde su oscuro rincón:

-Es una pena, Tom, es una pena... Es una desgracia para los dos.

-Sí -dijo Tom-; pero tú eres muchacha, y una muchacha sale de esta situación mejor que un muchacho. Yo no te encuentro ningún defecto. Eres la única satisfacción que yo tengo... hasta de alegrar este lugar eres tú capaz... Me guías por donde te parece a capricho tuyo.

-Eres un encanto de hermano, Tom; con tal que tú me creas capaz de hacer eso que tú dices, no me importaría saber nada más. Pero sé más que eso, Tom, y el saber es precisamente lo que me entristece.

Se acercó a su hermano, le dio un beso y volvió a su rincón otra vez.

Tom apretó con rabia los dientes, y dijo:

-Me gustaría poder hacer un montón con todos los hechos, con todos los números y con todos los individuos que los han descubierto; y me gustaría poder ponerle debajo mil barriles de pólvora para pegarles fuego y hacer que volasen todos juntos. Pero ya tendré mi desquite cuando vaya a vivir con el viejo Bounderby.

-¿Tu desquite, Tom?

-Quiero decir que me divertiré un poco, saldré, veré cosas y oiré algo, como compensación de esta educación que he recibido.

-Tom, no te prepares de antemano una desilusión. El señor Bounderby piensa lo mismo que nuestro padre, es mucho más rudo, y no es ni la mitad de cariñoso.

Tom contestó riéndose:

-Eso me tiene sin cuidado. Demasiado sé yo cómo amansar y manejar a Bounderby.

Las sombras de los dos muchachos se dibujaban sobre la pared, pero las de todos los altos armarios de la habitación formaban masa compacta sobre aquélla y sobre el techo, produciendo la impresión de que las de los dos muchachos se hallaban metidas en una negra caverna. Acaso una imaginación viva - si el hablar de semejante facultad en un sitio como aquel no constituyese una traición- había dibujado aquellas sombras como fiel ilustración del tema de que hablaban los muchachos y de la triste asociación que aquel había de tener con sus destinos.

-¿Cuál es ese gran remedio para amansar y manejar, Tom? ¿O es un secreto?

-¡Oh! -dijo Tom-. Si mi remedio es un secreto, por lo menos no está lejos de aquí; porque el remedio eres tú. Tú, que eres su capricho y su predilecta; es capaz de hacer cualquier cosa por ti. Si me dice alguna cosa que no me gusta, yo le contestaré: «Mi hermana Lu se quedará muy dolida y desilusionada, señor Bounderby. Ella me decía siempre que tenía la seguridad de que seríais muy amable conmigo.» Y esto le amansará, o no hay nada capaz de amansarlo.

Tom esperó alguna contestación, y viendo que no llegaba, volvió a caer, aburrido, en el presente; se retorció, bostezando sobre el reborde del respaldo de la silla, se manoseó más y más la cabeza, hasta que la levantó súbitamente y preguntó:

-¿Te has dormido, Lu?

-No, Tom. Me entretenía mirando el fuego.

-Parece como si descubrieras en él cosas que yo jamás he visto -dijo el muchacho-. Supongo que esa es otra de las ventajas de ser muchacha.

-Dime, Tom -preguntó Luisa muy despacio y con acento extraño, como si leyese en el fuego lo que iba preguntando y no lo viese muy claro-, ¿esperas como un hecho feliz ese cambio que se ha de realizar cuando vayas a vivir con el señor Bounderby?

-Mira, hermana -replicó Tom, empujando la silla y poniéndose en pie -, eso significará, por lo menos, que me alejaré de esta casa.

Luisa repitió, en el mismo extraño acento de antes:

-Eso significará que me alejaré de esta casa... Sí.

-No es que no me vaya a resultar muy doloroso, Lu, separarme de ti y dejarte en este lugar. Pero ya sabes que, me guste o no, tendré que ir; y siempre es preferible que vaya a vivir donde pueda sacar partido de tu influencia que no donde me sea imposible gozar de ella... ¿No lo comprendes?

-Sí, Tom.

La respuesta fue tajante ; pero tardó tanto en venir, que Tom tuvo tiempo de acercarse a su hermana, apoyarse en el respaldo de la silla de ésta y ponerse a contemplar el fuego que tanto absorbía a Luisa, desde donde ella lo miraba, para ver si él también descubría algo.

-Salvo que arde -dijo el muchacho-, lo veo tan estúpido y falto de sentido como todo lo demás. ¿Qué es lo que tú ves en él? ¿Acaso un circo?

-Como ver, Tom no veo en el fuego nada de particular; pero, desde que estoy mirándolo, me pregunto lo que será de ti y de mí cuando seamos mayores.

-¡Otra vez preguntándote cosas! -dijo Tom.

-Mis pensamientos son tan indómitos, que todo lo miran asombrados -contestóle, la hermana.

-Pues, si es así -prorrumpió la señora Gradgrind, que había abierto la puerta del cuarto sin que la sintiesen-, no les consientas semejante cosa, muchacha irreflexiva, ¡por amor de Dios!, o tu padre no acabará jamás de echármelo en cara. Y a ti, Tomás, te digo que es una cosa vergonzosa, sabiendo, como sabes, que mi pobre cabeza se me va, que un muchacho criado como lo has sido tú, un muchacho cuya educación ha costado lo que la tuya, se vea sorprendido animando a su hermana a asombrarse, sabiendo, como sabes, que su padre se lo tiene prohibido terminantemente.

Luisa negó que Tom tuviese culpa alguna en el pecado; pero su madre la interrumpió con una contestación que no admitía réplica:

-No me digas eso, Luisa; ten en cuenta mi estado de salud; es imposible, física y moralmente, que tú lo hayas hecho, si alguien no te hubiera estimulado.

-No; lo único que me ha estimulado, madre, ha sido el contemplar las rojas chispas que saltaban del fuego, perdían brillo y morían. Esto me hizo pensar en que, después de todo, mi vida iba a ser muy corta, y que sería bien poco lo que podría yo hacer en ella.

-¡Qué tonterías! - exclamó la señora Gradgrind, mostrándose casi enérgica-. ¡Qué tonterías! Parece mentira que te estés ahí quieta y que me digas a la cara semejantes cosas, Luisa, sabiendo, como sabes, que si alguna vez llegan a oídos de tu padre dirá y no acabará. ¡Después de todas las molestias que se ha tomado con vosotros! ¡Después de todas las lecciones que os han dado y los experimentos que habéis presenciado! ¡Después de haberte oído yo misma, cuando tenía inválido todo el lado derecho, darle vueltas con tu profesor a la combustión, la calcinación, la calorificación y todos los términos acabados en ción capaces de volver loca a una inválida, me vienes ahora con esos absurdos de chispas y pavesas...! ¡Ojalá... ! - gimoteó la señora Gradgrind, echando mano a una silla y dando suelta a su argumento más decisivo antes de sucumbir bajo el peso de aquellas simples sombras de realidades-. ¡Ojalá que yo no hubiese tenido hijos! ¡Entonces habríais sabido vosotros lo que es no tener madre!

 

 

 

 

 

CAPITULO IX

 

LOS PROGRESOS DE CECI

 

Cecí Jupe no lo pasaba muy bien entre el señor M'choakumchild y la señora Gradgrind, y no dejó de sentir fuertes impulsos de huir de allí, en el transcurso de los primeros meses de prueba. Llovían realidades todo el día con tal intensidad y la vida se le representaba como un libro de números tan apretados en columnas, que la muchacha se habría escapado, sin duda alguna, de no retenerla una consideración.

Es muy lamentable pensar en lo que ocurría; pero la fuerza que le impedía dar tal paso no era resultado de ningún proceso aritmético; se la imponía la joven a sí misma contra todas las leyes del cálculo; chocaba de frente con todas las tablas de probabilidades que un actuario pudiera sacar de su oficina. La muchacha creía que su padre no la había abandonado; vivía confiada en que volvería, plenamente segura de que, quedándose donde estaba, lo hacía mucho más feliz a él.

La ignorancia lamentable con que Jupe se aferraba a este consuelo, desdeñando el consuelo superior de saber, con sólida base aritmética, que su padre era un vagabundo desnaturalizado, llenaba de conmiseración al señor Gradgrind. Sin embargo, ¿qué podía hacerse? El señor M'choakumchild informábale que la muchacha tenía una cabeza muy dura para los números; que, una vez dueña de ciertas ideas generales acerca del globo terráqueo, le tenían completamente sin cuidado sus medidas exactas; que era extremadamente tarda en aprenderse de memoria fechas, a menos que fuese envuelto en ellas algún lamentable suceso; que rompía a llorar si se le pedía que calculase mentalmente el coste de doscientos cuarenta y siete gorros de muselina a catorce peniques y medio cada uno; que estaba todo lo triste que podía estarse en la escuela; que, al cabo de ocho semanas de introducción a los elementos de la Economía política, un parlanchín que no levantaba tres pies del suelo le había enmendado la plana el día anterior al dar ella, a la pregunta «¿Cuál es el primer principio de esta ciencia? », la absurda contestación siguiente: «Obrar con el prójimo como yo quisiera que obrasen conmigo.»

El señor Gradgrind contestó, cabeceando negativamente, que estos eran malos síntomas; que era evidente la necesidad de darle incansablemente al molino del saber, a base de sistematización, cuadros sinópticos, informes, resúmenes, datos estadísticos alfabetizados desde la A a la Z; que Jupe tenía que seguir adelante en sus estudios. Y Jupe siguió estudiando, y perdió alegría; pero no ganó en saber.

- ¡Cuánto me gustaría ser como vos, señorita Luisa! -le dijo una noche, después que esta última procuró aclararle las dudas que tenía acerca de la lección del día siguiente.

-¿De veras?

- ¡Sabría tantas cosas, señorita Luisa...!  Todo lo que ahora me resulta difícil, sería entonces muy sencillo para mí.

-Acaso no salieses ganando nada con ello, Cecí.

Cecí se aventuró a decir, después de una ligera vacilación:

-Pero tampoco perdería nada, señorita Luisa.

A lo que ésta contestó:

-No lo sé.

Eran las dos casi extrañas la una a la otra, porque se habían tratado muy poco; la vida en el Palacio de Piedra giraba monótonamente lo mismo que una máquina, y Cecí tenía prohibido hablar de su vida pasada. Por eso la muchacha se quedó mirando a Luisa con ojos interrogadores, no sabiendo si agregar algo más o quedarse callada. Luisa prosiguió:

-Tú sabes ser más servicial para mi madre que yo, y más agradable con ella que lo que yo acierto a ser.

-Pero, por favor, señorita Luisa - dijo Cecí, excusándose-. ¡Soy..., soy tan ignorante...!

Luisa dejó escapar una risa más alegre de lo que era habitual en ella, y le dijo que poco a poco se iría haciendo más instruida.

-Es que no sabéis lo tonta que soy -exclamó Cecí, casi llorando-. En la escuela no hago más que equivocarme. El señor y la señora M'choakumchild me hacen poner una y otra vez en pie, nada más que para que cometa errores. No lo puedo remediar. Parece que me brotan espontáneamente.

-Supongo que el señor y la señora M'choakumchild no se equivocarán nunca, ¿verdad, Cecí?

-¡Jamás! -contestó Cecí, con mucha seriedad-. Ellos lo saben todo.

-Cuéntame algunas de tus equivocaciones.

-Me da casi vergüenza -contestó la muchacha con cierta repugnancia-. Hoy, por ejemplo, nos explicaba el señor M'choakumchild la teoría de la Prosperidad natural.

-Supongo que quieres decir la Prosperidad nacional -apuntó Luisa.

-Sí,.., eso... Pero ¿no es lo mismo? -interrogó Cecí tímidamente.

-Puesto que él dijo nacional, es mejor que tú también lo digas así -contestó Luisa con sequedad reservada.

-La Prosperidad nacional. Y nos dijo: «Mirad: suponed que esta escuela es la nación y que en esta nación hay cincuenta millones en dinero. ¿Es o no una nación próspera? Niña número veinte, ¿es o no una nación próspera esta, y estáis o no estáis vos nadando en prosperidad?»

-¿Y qué contestaste? -le preguntó Luisa.

-Señorita Luisa, le contesté que no lo sabía. Me pareció que no estaba en condiciones de afirmar si la nación era o no era próspera y si yo estaba nadando en prosperidad, mientras no supiese en qué manos estaba el dinero y si me correspondía a mí una parte. Pero esto era salirse de la cuestión. No podía representarse- con números -dijo Cecí, enjugándose las lágrimas.

-Cometiste un gran error -sentenció Luisa.

-Ahora ya lo sé, señorita Luisa; ahora ya lo sé. El señor M'choakumchild me dijo a continuación que me lo presentaría de otra manera, y se expresó de este modo: «La sala de esta escuela es una ciudad inmensa en la que vive un millón de habitantes, y de -ese millón de habitantes, solamente se mueren de hambre en la calle, al año, veinticinco. ¿Qué os parece esta prosperidad? » Lo mejor que se me ocurrió contestarle fue que para los que se morían de hambre era lo mismo que la ciudad tuviese un millón que un millón de millones de habitantes. Y también en esto me equivoqué.

-¡Naturalmente que si!

-El señor M'choakumchild dijo que iba a probarme otra vez, y empezó : «Tengo aquí un cuaderno de asmatísticas...»

-Estadísticas -corrigió Luisa.

-Eso es, señorita Luisa... ; siempre me hacen pensar en los pobres asmáticos... De estadísticas de accidentes marítimos. «Según ellas (dijo el señor M'choakumchild), cien mil personas se embarcaron en un año para travesías marítimas largas, y tan sólo quinientas se ahogaron o perecieron entre llamas. ¿Qué tanto por ciento resulta? » Y yo le contesté... que ninguno - y al decir esto, Cecí sollozó, como si aquel error, el mayor de los suyos, le inspirase viva contrición.

-¿Cómo que ninguno, Cecí?

-Ningún tanto por ciento representa para los parientes y amigos de los que perecieron. No acabaré jamás de aprender -dijo Cecí-, y lo peor de todo es que, si bien mi padre deseaba tan ardientemente que yo aprendiese, y yo deseo muy de veras aprender, precisamente porque él lo deseaba, sospecho mucho que el aprender no es cosa de mi gusto.

Luisa se quedó mirando aquella cabeza tan modesta, cuando Cecí la inclinó avergonzada. Cuando ésta volvió a levantarla y la miró a la cara, ella le preguntó;

-¿Es tu padre muy ilustrado, Cecí, ya que desea tanto que tú lo seas?

Cecí vaciló antes de contestar y dejó traslucir claramente que comprendía que iban a entrar en un terreno prohibido, por lo que Luisa agregó:

-Nadie nos escucha; y si alguien nos escuchase, estoy segura de que no encontraría ningún mal en una pregunta tan inocente.

-No es ilustrado, señorita Luisa -contestó Cecí al verse animada de este modo, y cabeceó negativamente-.

Es muy poquita cosa lo que sabe. A duras penas si sabe escribir, y no son muchos los que comprenden su escritura. Aunque para mí es clarísima.

-¿Y tu madre?

-Dice mi padre que era muy instruida. Murió cuando yo nací, Era... -Cecí hizo, nerviosa, la terrible confesión-, era bailarina.

-¿La amaba tu padre?

Luisa le hizo estas preguntas con el interés profundo, enérgico, asombrado, que le era característico; un interés descarriado, como fugitivo, que se oculta en parajes solitarios.

-¡Muchísimo! Tanto como a mí. Mi padre me tomó cariño, antes que nada, por ella. Desde pequeña me llevó siempre con él por todas partes. Desde entonces no nos hemos separado jamás.

-¿Y cómo se explica que te haya abandonado, Cecí?

-Lo ha hecho nada más que por mi bien. Nadie entiende a mi padre como yo; nadie lo conoce como yo. Estoy segura de que se alejó de mí con el corazón destrozado y de que jamás me habría abandonado por razones egoístas. No tendrá un instante de felicidad hasta que vuelva a mí.

-Cuéntame más cosas suyas -dijo Luisa-. Nunca más volveré a preguntarte sobre esto. ¿Dónde vivíais?

-Viajábamos por todo el país y no teníamos sitio fijo en donde residir. Padre es... -Cecí cuchicheó la palabra

terrible-, es payaso.

-¿De los que hacen reír ala gente? -pregunto Luisa, con una inclinación de cabeza.

-Sí. Pero a veces la gente no se reía, y entonces mi padre lloraba. En los últimos tiempos ocurría con frecuencia el no reírse, y mi padre solía venir desesperado a casa. No es igual que otros muchos. Los que no lo conocían tan bien como yo ni lo querían con tanto cariño como yo, quizá pensasen que no andaba del todo bien de la cabeza. A veces le hacían jugarretas; pero jamás se imaginaron lo profundamente que le dolían y qué pequeño se sentía después, cuando se encontraba a solas conmigo. Era mucho más, muchísimo más tímido de lo que ellos se imaginaban.

-¿Y tú eras quien le consolabas en esos momentos?

Cecilia cabeceó afirmativamente, mientras corrían las lágrimas por sus mejillas.

-Creo que sí, y padre lo decía siempre. Y precisamente porque él sufría y temblaba, y porque tenía la convicción de ser un pobre hombre, débil, ignorante, desvalido (estas eran sus mismas palabras), era por lo que deseaba que yo aprendiese mucho y no me pareciese a él. Yo acostumbraba leerle cosas para levantar sus ánimos, y esto le agradaba mucho. Eran libros disparatados, de los que no debo hablar aquí; pero yo no sabía entonces que hubiese nada de malo en ellos.

-¿Y a él le gustaban? - preguntó Luisa, sin apartar de Cecilia ni un instante su inquisitiva mirada.

-¡Muchísimo! Y muchas veces le hacían olvidar lo que verdaderamente lo tenía lastimado. Y muchas, muchísimas noches se olvidaba de sus preocupaciones con la duda de si el sultán permitiría que la esposa siguiese adelante con su relato, o haría que le cortasen la cabeza antes de terminarlo.

-¿Y se mostró tu papá siempre cariñoso? ¿Hasta el último instante? -preguntó Luisa, contraviniendo la norma fundamental y queriéndolo saber todo.

-¡Siempre, siempre! -le contestó Cecilia, cruzando las manos-. Yo no podría decir todo lo cariñoso que era.

Sólo una noche lo vi enojado, y no fue conmigo, sino con Patas Alegres -bajó la voz para confesar la terrible realidad -. Patas Alegres era un perro amaestrado para el circo.

- ¿Y por qué se enojó con el perro? -preguntó Luisa.

- En cuanto regresaron a casa, después de la función, mi padre ordenó a Patas Alegres que saltase sobre los respaldos de dos sillas y que se mantuviese en pie sobre sus bordes... Este es uno de sus ejercicios. El perro se quedó mirándole y no lo hizo en seguida. Todo le había salido mal a mi padre aquella noche y no había logrado agradar ni poco ni mucho al público. Rompió a gritar, diciendo que hasta el perro se daba cuenta de que era un fracasado y no tenía compasión de él. Entonces se puso a pegarle; yo me asusté y le dije: «!Padre, padre! Por favor, no lastiméis a un animalito que os quiere tanto. ¡Que Dios os perdone, padre! ¡No le peguéis más!» Dejó de pegarle; el perro echaba sangre, y mi padre se tiró al suelo, con él en los brazos llorando; y Patas Alegres le lamía la cara.

Luisa vio que Cecilia lloraba; fue hacia ella, la besó, la tomó de la mano y se sentó a su lado.

-Termina de contarme cómo fue que tu padre te dejó, Cecilia. Ya que te he preguntado tanto, cuéntame el final. Si algo de malo hay en ello, que caiga la culpa sobre mí, porque no es tuya.

-¡Querida señorita Luisa! -siguió Cecilia, tapándose los ojos y sin dejar todavía de sollozar-. Cuando regresé de la escuela aquella tarde, me encontré con que ya mi padre había vuelto de la barraca. Lo hallé sentado junto al fuego, moviendo el -cuerpo atrás y adelante, como si tuviese un dolor. Yo le pregunté: «¿Os habéis herido, padre?» (a veces se lastimaba en los ejercicios, como les ocurre a todos), y él me contestó: «Poca cosa, querida mía.» Me incliné hacia él y, al mirarle a la cara, vi que estaba llorando. Cuanto más le hablaba yo, más ocultaba él la cara. Al principio le entraron escalofríos y sólo acertaba a decir «Hija querida» y «Amor mío».

Al llegar a este punto, entró sin prisa Tom y miró a las dos muchachas con una frialdad en la que no se transparentaba otro interés que el que tenía en sí mismo, y aun esto muy escaso. Su hermana le advirtió:

-Estoy haciéndole algunas preguntas a Cecilia. No tienes por qué marcharte; pero no nos interrumpas tampoco, querido Tom,

-Muy bien -replicó Tom-. Iba a decirte únicamente que papá ha llegado, acompañado del viejo Bounderby, por si quieres venir a la sala. Si tú vienes, tendré muchas probabilidades de que Bounderby me invite a cenar; y si no sales, lo probable es que no me invite.

-Iré en seguida.

-Esperaré, para estar seguro de que vienes- le contestó el hermano.

Cecilia reanudó su relato en voz baja:

-Mi pobre padre habló, por fin, para decirme que tampoco esa tarde había gustado; que ya no gustaría nunca más; que constituía un oprobio y una vergüenza y que yo me habría desenvuelto en la vida mucho mejor sin él. Yo le dije todas las frases cariñosas que me vinieron al corazón y acabó por tranquilizarse; me senté en el suelo, junto a él, le hablé de la escuela y le conté cuanto allí se había hablado y hecho. Cuando ya no tuve más que contarle, me echó él los brazos al cuello y me besó muchas veces, Después me pidió que le trajese la medicina que solía usar, porque iba a curarse la pequeña lastimadura que se había hecho, y me mandó que la comprase en la farmacia mejor, que está situada al otro extremo de la ciudad; volvió a besarme y me dejó marchar. Ya había yo bajado las escaleras; pero volví a subir para hacerle un poco más de compañía, me asomé a la puerta y le dije : «Padre, ¿queréis que me lleve a Patas Alegres?» Pero él cabeceó negativamente y me dijo: « No, Cecí ; no quiero que lleves nada de lo que saben que es mío.» Se quedó sentado junto al fuego cuando yo me marché. ¡Pobre, pobre, pobre padre ! Debió de ser entonces cuando se le ocurrió la idea de escapar, a fin de intentar algo en mi favor, porque cuando volví ya él no estaba.

-Escucha, Lu : date prisa en ir a ver al viejo Bounderby -exclamó Tom, dando un silbido de impaciencia-. Si no te das prisa, se marchará antes que salgas.

Desde aquel día, siempre que Cecí hacía una genuflexión al señor Gradgrind en presencia de toda la familia y le preguntaba con timidez: «Perdón, señor, por molestaros...; acaso..., acaso tengáis carta para mí... », Luisa interrumpía el trabajo que estaba haciendo, fuese cual fuese, y aguardaba la respuesta con el mismo interés que Cecí. Y cuando el señor Gradgrind se la daba, con las mismas palabras de siempre : « No, Jupe ; no hay nada», el temblor de los labios de Cecí se repetía en la cara de Luisa y sus ojos seguíanla compasivos hasta la puerta. El señor Gradgrind acostumbraba sacar partido de semejantes ocasiones para hacer observar, después que Cecilia se retiraba, que si Jupe hubiese sido educada desde sus tiernos años debidamente, habría podido llegar con sólidos razonamientos a la conclusión de que sus esperanzas eran fantásticas y sin base. Sin embargo, parecía -aunque no a él, que era incapaz de ver tales cosas- que las esperanzas fantásticas eran capaces de arraigar en el alma tan fuertemente como las realidades.

Esta observación debe limitarse a la hija del señor Gradgrind. Por lo que hace a Tom, el muchacho se estaba convirtiendo en el triunfo del cálculo, un triunfo, no sin precedentes, que suele concretarse en el número uno, En cuanto a la señora Gradgrind, cuando tenía algo que decir sobre el tema se desenfundaba un poco de sus mantas, lo mismo que si fuese una lirona, y exclamaba:

-¡Dios me tenga de su mano! ;Y qué dolor de cabeza me da el ver la insistencia con que esta muchacha Jupe

pregunta una y otra vez por sus fastidiosas cartas! Por vida mía, parece que yo estuviera condenada, destinada y obligada a vivir entre -cosas que no acaban nunca de decir su última palabra. Es una circunstancia realmente extraordinaria el que yo no pueda oír nunca la última palabra de nada.

Por regla general, la mirada del señor Gradgrind solía caer sobre ella al llegar a este punto, y bajo la influencia de aquella realidad invernal, la señora Gradgrind volvía a su estado de sopor.

 

 

 

 

CAPITULO X

 

EL VIEJO ESTEBAN BLACKPOOL

 

Yo abrigaba la vaga idea de que la gente del pueblo trabajaba en Inglaterra tan rudamente como la que recibe la luz del sol en cualquier otra parte del mundo. Atribuyo a esta ridícula idiosincrasia la convicción mía de que debería dársele un poco más de diversiones.

En la parte de Coketown en que el trabajo es más rudo, en la última posición fortificada de esa feísima ciudadela en la que se fue tapiando la entrada a la Naturaleza conforme se iban emparedando en su interior atmósferas y gases mortíferos; en el corazón del laberinto de patios y patios estrechos, de calles y calles apretadas, que habían nacido una a una, todas con prisa furiosa y respondiendo a los propósitos de un hombre cualquiera, hasta formar una familia monstruosa, que se daba mutuamente de codazos, que se pisoteaba, que se oprimía hasta matarse entre sí; en el último rincón sofocante de aquel gran recipiente en el que ya no cabía nada más, en el que, por falta de aire para que tirasen las chimeneas, constrúyanse éstas en una inmensa variedad de formas truncadas y encorvadas, como si en cada casa se exhibiese una muestra de la clase de gente que se esperaba que naciese en ella; entre la multitud de habitantes de Coketown, conocidos con el nombre genérico de brazos -raza de hombres que habría gozado de un favor mayor entre ciertas gentes si la Providencia hubiese tenido a bien hacer de ellos puros brazos, o puros brazos y estómagos, a la manera de ciertos animales rudimentarios de las costas del mar- ; entre esos brazos, decimos, vivía cierto individuo llamado Esteban Blackpool, de cuarenta años de edad.

Esteban parecía más viejo, pero era porque su vida había sido dura. Dícese que toda vida tiene sus rosas y sus espinas; hubiérase dicho, sin embargo, que en la de Esteban había habido una equivocación o una desgracia, y que, debido a ella, le correspondieron a alguien sus rosas y fueron a parar a Esteban las espinas que correspondían a ese alguien, además de las suyas propias. Para emplear sus mismas palabras, había tenido un montón de dificultades, y como llano homenaje a esta realidad, solían llamarle generalmente el viejo Esteban.

El viejo Esteban, que era bastante cargado de espaldas, ceñudo, de expresión reflexiva, mirada perspicaz,

cabeza suficientemente voluminosa, cubierta por unos cabellos largos, ralos, entrecanos, pudiera pasar por un hombre extraordinariamente inteligente para su condición social. No lo era, sin embargo. No figuraba entre esos extraordinarios brazos que reuniendo durante muchos años los pequeños retazos de tiempo de sus ocios, llegaban a dominar ciencias difíciles y adquirían el conocimiento de las cosas más inesperadas. Tampoco figuraba entre los brazos que eran capaces de echar discursos y de mantener debates. Millares de compañeros suyos sabían hablar en cualquier circunstancia mucho mejor que él. Era un buen tejedor mecánico y un hombre honrado a carta cabal. Si algo más era y si algo más llevaba dentro de sí, dejemos que nos lo manifieste él mismo. Ya se habían apagado las luces de las grandes fábricas que, cuando estaban encendidas, tenían aspecto de palacios de hadas -al menos, así lo decían los viajeros que cruzaban ante ellas en el tren expreso-. Las campanas habían tocado a retirarse a casa y se habían callado otra vez; los brazos, hombres y mujeres, niños y niñas, caminaban con paso ruidoso hacia sus domicilios. El viejo Esteban se hallaba parado en la calle, sufriendo aún la extraña sensación que le producía la maquinaria al detenerse ; la sensación de que había estado funcionando y se había detenido dentro de su propia cabeza.

«¡Qué extraño que no vea todavía a Raquel!», pensó.

Era una noche lluviosa y muchos grupos de mujeres jóvenes habían cruzado por delante de él con los chales echados por encima de la cabeza y sujetos debajo de la barbilla para defenderse de la lluvia. Esteban conocía muy bien a Raquel, porque le bastaba echar una ojeada al grupo para ver en seguida que no estaba en este. Por último, cuando ya no quedaban más grupos por pasar, echó a andar él también, diciéndose a sí mismo, con la expresión de quien se ha quedado chasqueado: «¡vaya! Está visto que la he perdido.»

Pero no habría andado la distancia de tres manzanas, cuando vio delante de él otra mujer cubierta con el chal; la miró con tan viva atención, que hubiera sido capaz de reconocerla nada más que por su sombra, que se reflejaba en el pavimento, cuando avanzaba desde un farol del alumbrado hasta el siguiente, iluminándose y esfumándose a medida que se alejaba del uno y se acercaba al otro. Avivó Esteban el paso, caminando sin ruido, hasta que se halló a corta distancia de la mujer; recobró entonces su andar normal y la llamó:

-¡Raquel!

Esta se volvió en un lugar en que un farol proyectaba sobre ella su luminosidad; al alzar un poco el chal que la encapuchaba, mostró una cara ovalada, morena y de rasgos delicados, iluminada por dos ojos de mirar bondadoso y realzada aún más por su negra y brillante cabellera, muy bien peinada. No era un rostro en su fase de pimpollo; era una mujer que había pasado ya de los treinta y cinco años.

-¡Ah muchacho! ¿Eres tú?

Dichas estas palabras, acompañadas de una sonrisa que se habría adivinado aunque sólo se hubiesen visto sus ojos cariñosos, volvió a encapucharse y echaron a andar juntos.

-Creí que venías detrás de mí, Raquel.

-No.

-Saliste pronto esta noche.

-Unas veces salgo un poco antes; otras, un poco después. No hay que contar conmigo cuando voy a casa.

-Y tampoco cuando vienes de ella, ¿no es así, Raquel?

-No, Esteban.

El hombre la miró con un poco de desencanto, pero con el convencimiento respetuoso y resignado de que todo cuanto ella decía estaba bien. No se le escapó a la mujer esta expresión del rostro de Esteban y apoyó ligeramente su mano en el brazo de su acompañante, como para darle las gracias.

-Hemos sido los mejores amigos, muchacho; los mejores y los más leales amigos, y estamos empezando a ser dos buenos viejecitos.

-No, Raquel; tú eres tan joven como siempre.

-¿Cómo se iba uno de nosotros a arreglar para envejecer sin que el otro envejeciese también, puesto que los dos vivimos? -contestó ella alegremente-. Sea como sea, el ocultar el uno al otro cualquier palabra de verdad, siendo tan viejos amigos, resultaría un pecado y una pena. Lo mejor que podemos hacer es no andar mucho juntos... De cuando en cuando, sí. Sería demasiado duro que no lo hiciésemos nunca -dijo Raquel, intentando contagiarlo de la alegría que se transparentaba en sus palabras.

-Es muy duro de todos modos.

-Procura no pensar en ello y se te hará más fácil.

-Llevo mucho tiempo intentándolo, y no adelanto nada. Pero tienes razón; serían capaces de murmurar hasta de ti. Sí, Raquel; has sido durante muchos años para mí eso: una amiga que me ha hecho muchísimo bien, que me ha reanimado con su alegría. Por eso tus palabras son ley para mí. Sí, muchacha; una ley buena y dichosa, mucho mejor que muchas leyes auténticas.

-No te preocupes de leyes, Esteban. Déjalas que existan - le contestó ella precipitadamente y no sin que apareciese en su cara una expresión de ansiedad.

Esteban cabeceó lentamente una o dos veces y dijo:

-Sí, que existan..., que todo siga su curso..., que cada cual siga su camino. Es un embrollo todo y lo ha sido

siempre.

-¿Un embrollo siempre? -le preguntó Raquel, apoyando otra vez la mano cariñosamente en su brazo, como para sacarlo del ensimismamiento en que había caído y que le hacía morder, mientras caminaban, las largas puntas del pañuelo que llevaba al cuello.

La llamada produjo un efecto instantáneo. Dejó caer las puntas del pañuelo y miró sonriente a su compañera, soltó una alegre risotada y le dijo:

- ¡Ay Raquel, muchacha! Sí, un embrollo siempre. De ahí no me saca nadie. Una vez y otra voy a parar al embrollo, y no consigo salir de él.

Habían caminado bastante trecho y estaban ya cerca de sus casas. A la que primero llegaron fue a la de Raquel. Estaba situada en una de las muchas callejuelas para las que el empresario más popular de pompas fúnebres tenía reservada una escalera negra; aquellas tristes exhibiciones de lujo de la vecindad le producían una hermosa ganancia; la escalera servía para que por la ventana saliesen de este mundo aperreado los que todos los días de su vida habían subido y bajado a tientas por la estrecha escalera. La mujer se detuvo cuando llegaron a la esquina, puso sus manos en las de Esteban y le dio las buenas noches.

-Buenas noches, querido muchacho, buenas noches.

Se alejó, limpia figura de mujer, con paso sereno, calle adelante, y él se quedó mirándola hasta que la vio desaparecer dentro de una de las casitas. Hasta las más leves ondulaciones de su chal ordinario acaparaban la atención de los ojos de Esteban; cualquier inflexión de su voz hallaba eco en lo más profundo de su corazón.

Una vez que la perdió de vista, siguió Esteban su camino hacia su propia casa, levantando a veces la cabeza para mirar al firmamento, por el que las nubes navegaban rápidas y desmandadas. Pero de pronto se deshicieron, cesó la lluvia y brilló la luna..., que se puso a mirar, por el hueco de las altas chimeneas de Coketown, los hornos profundos que había debajo, y dibujó las sombras titánicas de las máquinas de vapor que ahora descansaban sobre los muros en que estaban emparedadas. Esteban parecía irse alegrando, como la noche, a medida que caminaba.

Su casa estaba en los altos de una pequeña tienda, en otra calle parecida a la de Raquel, salvo que era aún más estrecha. Hablando de la tienda, no viene al caso el preguntarnos cómo era posible que nadie se ganase la vida vendiendo o comprando los desdichados juguetes que se exhibían en el escaparate, entre periódicos baratos y una pierna de cerdo que iba a sortearse al día siguiente por la noche. Esteban tomó su cabo de vela de un estante, lo encendió en otro cabo de vela que había en el mostrador, sin molestar a la dueña de la tienda, que dormía en su pequeña habitación interior, y subió a la suya, en el piso alto.

El cuarto aquel había trabado ya relaciones con la escalera negra durante la estancia en él de varios ocupantes, y estaba todo lo limpio que podía estar, dada su categoría. Sobre una vieja mesa-escritorio que había en un rincón veíanse algunos libros y papeles escritos; el moblaje era decente y suficiente; aunque la atmósfera estaba viciada, la habitación era limpia.

Al dirigirse Esteban hacia la chimenea para colocar la vela sobre una mesita de tres patas que había delante, tropezó con algo. Cuando retrocedió para mirar, el obstáculo se incorporó, resultando ser una mujer, que se quedó sentada en el suelo. Esteban retrocedió aún más y exclamó:

-¡Por amor de Dios, mujer! ¿Otra vez has vuelto?

¡Qué mujer! ¡Incapaz de valerse, completamente borracha, manteníase con dificultad sentada gracias a la sucia mano con que se apuntalaba en el suelo, mientras que con la otra intentaba desmañadamente echar hacia atrás el pelo revuelto que le caía sobre la cara, con lo cual únicamente conseguía que la cegase la suciedad de que aquél estaba impregnado! Daba repugnancia mirarla por sus harapos, manchas y salpicaduras; pero aún repugnaba más por su infamia moral, que obligaba a apartar la vista de ella con asco.

Después de uno o dos juramentos impacientes, de arañarse estúpidamente la cara con la mano libre, logró apartar sus cabellos lo suficiente para ver al que le hablaba. Siguió sentada, balanceando el cuerpo y gesticulando con su mano torpona, como si sus gestos fuesen el acompañamiento de una carcajada, aunque su cara permaneciese estólida y sin expresión.

Salieron, por último, burlonamente de su garganta algunos sonidos ásperos que parecían querer decir:

«¡Hola, muchacho! Qué, ¿estás ahí?» Y dejó caer la cabeza sobre el pecho.

Al cabo de unos minutos chilló: « ¿Que si he vuelto otra vez?», como si él acabase de hacerle la pregunta. «Sí, otra vez he vuelto. Y volveré otra, otra y otra. ¿Volver? Claro que sí. Volveré. ¿Por qué no?»

Excitada por la insensata violencia de sus gritos, se puso en pie, apoyando la espalda en la pared, imprimiendo un movimiento de vaivén a un asqueroso resto de sombrero que sostenía por el sujetador, mientras intentaba mirar en son de burla a Esteban.

-¡Te traicionaré otra vez, y otra, y veinte veces! -gritó, con ademanes que lo mismo podían ser una furiosa amenaza que un intento de danza desafiadora-. ¡Fuera de esa cama! -Esteban se había sentado en el borde, ocultando la cara entre las manos-. ¡Fuera de ahí, te digo! ¡Es mía, y me pertenece!

Al acercarse tambaleante hacia la cama, Esteban evitó su contacto con un estremecimiento y se pasó al otro lado de la habitación. La mujer se tiró pesadamente en la cama y no tardó en romper a roncar. El hombre se dejó caer en una silla y allí permaneció toda la noche, sin moverse más que una vez para taparla con un cobertor, como si no tuviese bastante con sus manos para ocultarla a su vista, ni siquiera en medio de la oscuridad.

 

 

 

 

CAPITULO XI

 

CALLEJÓN SIN SALIDA

 

Los palacios de las hadas se iluminaron de nuevo antes que el pálido amanecer pusiese en evidencia las monstruosas serpientes de humo que se desenroscaban por encima de Coketown. Ruido de pasos sobre el pavimento; rápido repique de campanas, y en seguida reanudaron su pesado vaivén los elefantes, tristes y enloquecidos, previamente pulidos y aceitados para el trabajo del día.

Esteban se inclinó sobre su telar, tranquilo, vigilante, sereno. Formaba raro contraste, lo mismo que todos los demás hombres que trabajaban en el mismo bosque de telares que Esteban, con el crujir, aplastar y chirriar de las máquinas a que atendían. No temáis, buenas gentes a las que tanto inquieta el problema que el arte relegue a la Naturaleza al olvido; aparead dondequiera lo que es creación de Dios y lo que es creación del hombre; aquélla, aunque se trate de una tropa desdeñosa de brazos, saldrá aventajada con la comparación.

Tantos o cuantos centenares de brazos en esta fábrica de tejidos; y tantos y cuantos centenares de caballos de vapor. Se sabe, a la libra de fuerza, lo que rendirá el motor; pero ni todos los calculistas juntos de la Casa de la Deuda Nacional pueden decir qué capacidad tiene en un momento dado, para el bien o para el mal, para el amor o el odio, para el patriotismo o el descontento, para convertir la virtud en vicio, o viceversa, el alma de cada uno de estos hombres que sirven a la máquina con caras impasibles y ademanes acompasados. En la máquina no hay misterio alguno; hay un misterio que es y será insondable para siempre en el más insignificante de esos hombres... ¿Por qué, pues, no hemos de reservar nuestra aritmética para los objetos materiales, recurriendo a otra clase de medios para gobernar estas asombrosas cualidades desconocidas?

La claridad del día fue aumentando y se sobrepuso en el exterior de las fábricas a las luces que brillaban en el interior. Se apagaron éstas y el trabajo siguió su curso.

Llovió, y entonces las serpientes de humo, sometiéndose a la maldición que pesa sobre su familia, se arrastraron por encima de la tierra. Un velo de niebla y de lluvia envolvió, dentro del patio exterior del material de desecho, el vapor que salía por la tubería de escape, los montones de barriles y de hierro viejo, las pilas de carbón reluciente y de cenizas que había por todas partes.

Siguió el trabajo hasta que sonó la campana de las doce. Más repique de pasos sobre el pavimento. Telares, ruedas y brazos desconectados durante una hora.

Esteban salió, rendido y desencajado, de la atmósfera calurosa de la fábrica al húmedo viento y al frío encharcamiento de las calles. Salió de entre los de su clase y de su propio barrio, sin comer otra cosa más que un pedazo de pan mientras caminaba en dirección a la colina en que el dueño de la fábrica donde él trabajaba vivía, en una casa roja con contraventanas pintadas de negro, persianas interiores verdes, puerta de calle negra, sobre dos escalones blancos, el nombre de Bounderby -en letras muy parecidas a él - sobre una chapa de bronce, y debajo de la chapa un manillar redondo, de bronce, que parecía un punto y aparte del mismo metal.

El señor Bounderby estaba comiendo. Era lo que había calculado Esteban. ¿Tenía la amabilidad el criado de anunciarle que uno de sus brazos pedía permiso para hablar con él? Mensaje de retorno, preguntando por el nombre de aquel obrero. Esteban Blackpool. No había nada contra Esteban Blackpool; sí, que pasase.

Esteban Blackpool, en la sala. El señor Bounderby, al que apenas conocía de vista, comiendo chuletas y bebiendo jerez. La señora Sparsit, haciendo malla junto a la chimenea, en actitud de amazona montada a mujeriegas y con un pie en un estribo de algodón. Por razones de dignidad y de servicio, la señora Sparsit no hacía la comida ligera del mediodía. Presenciaba oficialmente el acto, pero daba a entender que su egregia persona consideraba ese almuerzo como una debilidad.

-Vamos a ver, Esteban -dijo el señor Bounderby-: ¿qué es lo que os trae por aquí?

Esteban hizo una inclinación. No era una inclinación servil... ¡Los brazos jamás hacen inclinaciones de esta clase! Perdéis el tiempo, caballero, si esperáis sorprenderlos en una, ni aunque lleven con vos veinte años. Como toque complementario de su atavío, metió dentro del chaleco las puntas del pañuelo que llevaba atado al cuello. Hizo esto en atención a la señora Sparsit.

-Tened presente, por adelantado -díjole el señor Bounderby, bebiendo un sorbo de jerez-, que hasta ahora no hemos tenido con vos ninguna dificultad, porque no habéis sido de los obreros poco razonables. ¡No sois de los que esperan que se los instale en un coche de seis caballos, que se los alimente con sopa de tortuga y carne de venado, servidas con cuchara de oro, que es en lo que muchos de ellos sueñan! -así era como el señor Bounderby exponía las aspiraciones inmediatas, únicas y directas de los obreros que no daban señales de estar completamente satisfechos-. Y sé por esa razón que no os presentáis aquí en son de queja. Os advierto de antemano que estoy seguro de ello.

-De seguro, señor, que no he venido a nada parecido.

A pesar de la firme convicción manifestada, el señor Bounderby se mostró agradablemente sorprendido, y contestó:

- Muy bien. No me había equivocado; vos sois uno de los obreros razonables. Decidme, pues, de qué se trata. Puesto que no venís con queja, quiero oíros de qué se trata. ¿Qué tenéis que decirme? Venga ya.

Esteban miró casualmente a la señora Sparsit, lo que provocó de parte de esta abnegada dama un movimiento, simulando que sacaba el pie del estribo, al mismo tiempo que decía estas palabras:

-Puedo retirarme, señor Bounderby, si vos así lo deseáis.

El señor Bounderby le hizo señal de que no se moviese, extendiendo la mano izquierda al mismo tiempo que mantenía en suspenso, antes de tragarlo, un bocado de chuleta. Bajó después la mano, tragó el bocado de chuleta y dijo a Esteban:

-Quiero que sepáis que esta bondadosa señora es una dama de nacimiento, una dama de alta alcurnia. No debéis suponer, aunque la veáis cuidando de mi casa, que no se ha visto en las ramas altas del árbol... Sí, señor, en la mismísima copa del árbol. Pues bien: si lo que habéis de decir no es como para ser oído por una dama de alcurnia, esta señora nos dejará solos. Pero si lo que tenéis que decirme puede ser escuchado por una dama de alcurnia, esta dama se quedará aquí.

-Señor, creo que jamás he tenido nada que decir ni he dicho nada que no pueda ser escuchado por una dama de nacimiento, desde que nací yo mismo -fue la contestación de Esteban, acompañada de un ligero sonrojo.

-Perfectamente -dijo el señor Bounderby, apartando de sí el plato y recostándose en el respaldo de la silla-. ¡Disparad ya!

-Vine -empezó a decir Esteban, alzando la vista del suelo después de meditar un momento- para pediros consejo. Lo necesito muchísimo. Me casé un lunes de Pascua, hace diecinueve años, largos y ásperos. Ella era una muchacha joven, bastante bonita y con buenas referencias. Pero se torció muy pronto. Huyó de mi lado. Bien sabe Dios que fui para ella un marido cariñoso.

-He oído antes de ahora hablar del asunto –dijo Bounderby-. Se dio a la bebida, abandonó el trabajo, vendió los muebles, empeñó las ropas, se largó por ahí.

-La traté con mucha paciencia.

-Y con ello hicisteis aún más el tonto -dijo el señor Bounderby, en confianza, a su vaso de vino.

-La traté con mucha paciencia. Me esforcé por corregirla una vez y otra. Lo intenté todo. Más de una vez volví a mi casa y me encontré con las paredes limpias y a ella tirada en el suelo y borracha perdida. Esto me ocurrió no una, ni dos, sino veinte veces.

Las arrugas de su rostro se hicieron más profundas al decir esto, como demostración de cuanto había sufrido.

-Las cosas fueron de mal en peor y de peor en peorísimo. Se marchó de casa. Se cubrió ella de ignominia a los ojos de todos. Y de pronto regresaba, una vez y otra. ¿Qué podía hacer yo para impedirlo? A veces me pasaba las noches caminando por las calles, por no entrar en casa. Más de una vez me fui al puente, resuelto a tirarme de cabeza al agua, porque ya no sabía qué hacer. Estaba tan aburrido de la vida, que siendo joven parecía ya viejo.

La señora Sparsit, que se paseaba por la habitación dando a las agujas de hacer malla, alzó sus cejas a lo Coriolano y cabeceó, como diciendo: «Los grandes sabemos también lo que son esa clase de trabajos. Haced el favor de dirigir hacia mi persona vuestros humildes ojos.»

-Llegué a darle dinero para que no se me acercase. Le he estado dando dinero durante los últimos cinco años. Había yo vuelto a tener unos muebles decentes en mi casa. Vivía pobre y triste, pero al menos no tenía que pasar vergüenza ni sobresaltos a cada momento. Anoche volví a casa y me la encontré tirada en el suelo, y en casa sigue.

La intensidad de su desgracia y la energía de su desesperación le hicieron expresarse por un instante en frases cortadas, lo mismo que un hombre altanero. Pero en seguida volvió a ser el hombre encogido de siempre; su cara, al mirar interrogadoramente al señor Bounderby, tenía una expresión curiosa, mitad de inteligencia, mitad de perplejidad, como si su cerebro trabajase en resolver una cuestión dificilísima; tenía agarrado fuertemente el sombrero con la mano izquierda y ésta apoyada en la cadera; la mano derecha daba fuerte énfasis, con ademanes modestos, pero enérgicos y apropiados, a lo que decía, y no perdía expresión cuando, al dejar de hablar, ella se detenía también, algo encogida, pero en el aire.

-Todo esto ya lo sabía - le dijo el señor Bounderby -desde hace mucho tiempo, excepto la última noticia. Mal asunto, sí, señor, mal asunto. No debisteis haberos casado, sino conformaros con vivir como vivíais. Pero es ya demasiado tarde para deciros esto.

-¿Había quizá gran diferencia de años entre el marido y la mujer? -preguntó la señora Sparsit.

-Ya oís lo que pregunta esta dama. ¿Había gran diferencia de años entre las dos partes de esta boda desdichada? -dijo el señor Bounderby.

-Ni siquiera eso, porque yo tenía veintiún años y ella andaba en los veinte.

-Pues me extraña -dijo la señora Sparsit a su jefe con gran tranquilidad-. Pensé que acaso el matrimonio se había desgraciado debido a la diferencia de años.

El señor Bounderby dirigió a la dama una mirada de soslayo llena de mala intención, pero no exenta de un extraño embarazo. Se reconfortó con otro sorbo de jerez y luego se volvió hacia Esteban Blackpool, diciéndole con algo de irritación:

-Bueno, ¿por qué no continuáis?

-Vine, señor, para que me aconsejaseis la manera de

librarme de esta mujer.

Al decir esto, Esteban infundió una gravedad todavía mayor a la expresión compleja de su atenta fisonomía. La señora Sparsit dejó escapar una ligera exclamación, como si hubiese recibido un golpe mortal.

- ¿Qué decís? -exclamó Bounderby, levantándose de su asiento para colocarse con la espalda apoyada en la chimenea-. ¿De qué estáis hablando? Cuando la tomasteis por esposa cargasteis con ella para bien y para mal.

-No tengo más remedio que librarme de ella. No puedo ya soportar esta vida. Si hasta ahora he vivido con esta maldición, ha sido gracias a las palabras de consuelo y de ánimo que he recibido constantemente de la mujer más buena que existe y ha existido. De no haber sido por ella, ya me habría vuelto loco furioso.

-Sospecho que lo que busca es librarse de su mujer para casarse con esa otra de que nos habla, señor -apuntó la señora Sparsit en tono de misterio y escandalizada por la inmoralidad de la gente del pueblo.

-Así es. Esa dama no dice sino la verdad. Quiero casarme con esta otra mujer. A eso iba a parar. He leído en los periódicos que los grandes señores (¡que vivan felices! ; yo no les deseo ningún daño) no cargan con sus esposas para bien o para mal, sino que pueden quedar libres de su matrimonio cuando éste ha sido desgraciado, casándose otra vez. Y cuando no se llevan bien, porque no congenian, tienen en sus casas muchas habitaciones muy bien puestas y pueden vivir separados. Nosotros, los pobres, no podemos hacerlo,  porque sólo tenemos una habitación. Si ni aun con esto consiguen poder vivir, ellos tienen riquezas y dinero que les permite repartir: «Esto para ti y esto para mí», y cada cual puede seguir una vida distinta. Nosotros no estamos en ese caso. Con todo y con eso, ellos pueden ver anulado su matrimonio por faltas mucho más ligeras que en el caso mío. Así, pues, yo necesito verme libre de esta mujer, y quisiera saber cómo he de hacer para conseguirlo.

-No hay cómo posible -replicó el señor Bounderby.

-Si yo le hago algún daño físico, señor, ¿existe alguna ley que me castigue por ello?

- ¡Naturalmente que sí!

-Si huyo de ella, ¿existe alguna ley que me castigue por ello?

-¡Naturalmente que sí!

-Si me caso con la otra mujer, ¿existe alguna ley que me castigue por ello?

- ¡Naturalmente que sí!

- Si no me casase, pero fuese a vivir con ella..., esto es un decir, porque no ocurriría ni podría ocurrir, pues ella es mujer bonísima..., ¿existe alguna ley que me castigue por ello en los seres inocentes, hijos míos?

- ¡Naturalmente que sí!

- Pues entonces, por amor de Dios -exclamó Esteban Blackpool-, ¡mostradme una ley que me ayude a salir de esta situación!

- ¡Ejem! El matrimonio es una cosa santa, y..., y... no puede romperse.

-No me digáis eso, señor, no me digáis eso. No es posible que sea eso así. No pueden ser las cosas de ese modo. Yo soy tejedor, trabajo en la fábrica desde niño, pero tengo ojos para ver y oídos para oír. Yo tengo leído en los periódicos el relato de los casos vistos ante el Jurado en todas las sesiones..., y vos también los habéis leído..., estoy seguro, con tristeza, cómo en ellos se da por sentado que la imposibilidad de vivir encadenados el uno al otro, a cualquiera costa, y sea como sea, es la causa de que se cometan delitos de sangre en este país y de que muchos matrimonios de gente del pueblo se peleen, se asesinen o mueran de repente. Entendámonos bien, el mío es un caso muy doloroso y quiero saber..., si sois tan amable... qué ley puede sacarme de esta situación.

-Pues bien: os lo voy a decir -contestó el señor Bounderby, metiendo las manos en los bolsillos-. Esa ley existe. Esteban, sin alterar sus maneras tranquilas ni desviar la concentración de su pensamiento, cabeceó afirmativamente.

-Pero no os sirve de nada. Es muy costosa. Obliga a gastar un dineral.

- ¿Sobre cuánto, poco más o menos? -preguntó sosegadamente Esteban.

-Pues veréis. Tendríais que presentar la demanda a la Comisión de Justicia del Parlamento; después, otra a un Tribunal civil, otra más a la Cámara de los Lores y tendríais que conseguir un acta del Parlamento que os permitiese contraer nuevo matrimonio, todo lo cual os costaría (si todo salía como la seda), vamos a poner entre mil y mil quinientas libras -dijo el señor Bounderby-.

Acaso hasta el doble de este dinero.

-¿Y no hay ninguna otra ley?

-Desde luego que no.

-Pues, entonces, señor -contestó Esteban, poniéndose lívido y haciendo con su mano derecha un ademán como de lanzarlo todo a los cuatro vientos -, os digo que todo es un embrollo. Es un completo embrollo, y cuanto antes se muera uno, mejor será.

La señora Sparsit mostróse otra vez escandalizada por la impiedad de la gente del pueblo.

- ¡Ea, ea! No habléis tonterías, buen hombre -dijo el señor Bounderby-, acerca de cosas que no entendéis, y no llaméis embrollo a las instituciones de vuestro país, si no queréis veros metido en un auténtico embrollo cualquier día de estos. Las instituciones de vuestro país no son las piezas de tejido que salen de vuestro telar a destajo, y la única cosa de que vos tenéis que preocuparos son esas piezas, por cada una de las cuales cobráis un tanto. Cuando tomasteis mujer no lo hicisteis como en el juego de estira y afloja; la tomasteis a lo que saliese.

¿Que ha salido mal? ¡Qué queréis, amigo! Todo lo que puedo deciros es que todavía pudiera haberos salido peor.

-Es un embrollo -exclamó Esteban, moviendo negativamente la cabeza mientras se dirigía hacia la puerta-. ¡Es un embrollo!

-¡Escuchad, que ahora tengo yo que deciros algo! -prosiguió el señor Bounderby, a manera de sermón de despedida-. Habéis causado un profundo disgusto a esta dama con lo que yo tengo que llamar vuestras impías opiniones, a esta dama, que es, conforme ya os dije, una señora de alcurnia, y que, como también os dije, ha sufrido sus propias desgracias matrimoniales, que pueden cifrarse en decenas de miles de libras..., ¡decenas de miles de libras! -repitió la frase, recreándose en las palabras-. Pues bien; hasta ahora habéis sido un obrero de buena cabeza; pero creo, y os lo digo sin rodeos, que os estáis desviando hacia el mal camino. Habréis dado oídos a las palabras de algún dañino extranjero, de esos que rondan por todas partes, y lo mejor que podéis hacer es dejar esas compañías. Tenedlo muy en cuenta -al decir esto adoptó una expresión de extraordinaria perspicacia -; tengo un olfato tan fino como el que más, acaso más fino que el de muchos, porque desde joven he tenido que andar siempre tomando el viento a esta clase de asuntos. Me da en las narices en el vuestro la sopa de tortuga, la carne de venado y la cuchara de oro. Sí; me da en las narices -exclamó, alzando el tono, el señor Bounderby, al mismo tiempo que cabeceaba con expresión de, obstinada astucia-. ¡Por los manes de lord Harry, que me da en las narices!

También Esteban cabeceó, aunque con expresión muy diferente; luego suspiró, y dijo:

-Muchas gracias, señor, y ¡adiós!

Y dejó de esta manera al señor Bounderby contemplando, hinchado de vanidad, su propio retrato que colgaba de la pared, lo mismo que si fuera a estallar y fundirse con él. La señora Sparsit seguía montada a caballo con el pie en el estribo, mostrándose muy desalentada por los vicios de la gente del pueblo.

 

 

 

 

CAPITULO XII

 

UNA SEÑORA ANCIANA

 

El bueno de Esteban bajó por los dos escalones blancos, cerró la puerta pintada de negro que tenía una chapa de bronce, tirando del punto y aparte de bronce, al que frotó con la manga de su chaqueta, viendo que su mano febril lo había empañado. Cruzó la calle sin levantar los ojos del suelo, y ya se alejaba, lleno de dolor, cuando sintió que alguien le tocaba en el brazo.

Aquel toque no era el de la mano que él tanto hubiera necesitado en aquel instante..., la mano que con su contacto podía calmar la tempestad de su alma, del mismo modo que con solo alzar la suya pudo el más sublime ejemplo de amor y de paciencia calmar las aguas del mar enfurecido; pero era, sin embargo, una mano de mujer. Cuando se detuvo y se volvió para mirar encontróse con una anciana, alta y todavía de buen talle, aunque agostada por los años. Iba vestida con gran sencillez y mucha limpieza; tenía en su calzado barro del campo, y acababa de llegar de un largo viaje. El desasosiego de sus maneras en aquellas calles, a cuyo ruido no estaba acostumbrada; el chal de repuesto que llevaba doblado sobre el brazo; el pesado paraguas y la pequeña cesta; los guantes anchos y largos para sus dedos, y a los que sus manos no estaban acostumbradas; todo delataba a una anciana que venía del campo, con sus sencillos vestidos de fiesta, a la ciudad de Coketown en un viaje que no solía hacer sino muy raras veces. Esteban Blackpool advirtió todo esto de una ojeada, con la rapidez de percepción propia de los de su clase. Para mejor oír lo que ella le preguntaba inclinó su cara, una cara que, al igual de muchas otras de trabajadores, había adquirido la concentración de la mirada que se observa en la expresión de los sordos, a fuerza de trabajar durante largos años con ojos y manos en medio de un ruido estruendoso.

-Por favor, señor -díjole la anciana-, ¿no es de aquella casa de donde os he visto yo salir? -y apuntó hacia la del señor Bounderby-. Me pareció que erais vos, a menos que haya tenido la mala suerte de equivocarme al seguiros.

-Sí, señora -le contestó Esteban- ; era yo.

-¿Y habéis visto..., perdonad la curiosidad de una anciana..., habéis visto al dueño de ella?

-Sí, señora.

-¿Queréis decirme cómo lo habéis encontrado? ¿Seguía rollizo, decidido, franco en el hablar y campechano...?

Al erguirse la anciana y levantar la cabeza para adaptar su actitud a sus palabras, cruzó por el cerebro de Esteban la idea de que él había visto antes de ahora a aquella mujer y que no le había sido simpática. Se quedó mirándola aún más atentamente, y contestó:

-Sí, señora; continúa siendo todo eso que decís.

La anciana prosiguió:

-Y, además, sanote, lo mismo que un viento fresco.

-Sí -replicó Esteban-. Estaba comiendo y bebiendo. Tan gordo y tan alborotador como un gran moscardón.

-¡Muchas gracias, muchas gracias! -exclamó la anciana con muestras de extraordinaria alegría.

Esteban, desde luego, no había visto hasta entonces a aquella señora. Sin embargo, tenía en su alma un confuso recuerdo, como si más de una vez hubiese soñado con una anciana como aquella.

Siguió caminando junto a él, y Esteban, atemperándose por cortesía al estado de ánimo de ella, le dijo que Coketown era una población de extraordinario movimiento. ¿No pensaba ella lo mismo?

-¡Claro que sí! Es una población espantosamente activa -contestó la anciana.

Dijo luego él que, por lo que veía, la señora procedía del campo; a lo que ella contestó afirmativamente:

-He estado esta mañana por el Parlamentario. Hice esta mañana cuarenta millas en el Parlamentario y esta tarde haré otras tantas en el viaje de regreso. Esta mañana caminé a pie nueve millas hasta la estación del ferrocarril, y si no encuentro en la carretera a nadie que quiera llevarme en carro tendré que hacer esta noche las nueve millas del viaje de regreso. Está bien para mi edad, ¿verdad, señor? -exclamó la dicharachera anciana, brillándole los ojos de alegría.

-Desde luego; pero no lo hagáis con demasiada frecuencia, señora.

-No, no. Lo hago únicamente una vez al año -contestó, moviendo la cabeza-. Me gasto en esto, una vez al año, todos mis ahorros. Siempre igual, para pasearme por las calles y echar un vistazo a los caballeros.

-¿Nada más que para eso? -replicó Esteban.

-Me basta con esto y no pido más -contestó la anciana, poniendo en sus palabras un gran ahínco e interés-. He andado por aquí, a este lado del camino, por si podía ver a ese caballero -y volvió la cabeza para mirar otra vez hacia la casa del señor Bounderby-, cuando saliese. Pero este año parece que sale más tarde, y no lo he visto. Habéis salido vos cuando esperaba que saliese él. Pues bien: ya que tengo que emprender el viaje de regreso sin verlo siquiera un instante..., me conformo con echarle un vistazo..., por lo menos os he visto a vos, y vos lo habéis visto a él, y con eso me doy por satisfecha – al decir esto, miró a Esteban como si quisiera grabar en su mente los rasgos de su cara; pero ya sus ojos no tenían el brillo de antes.

Aun admitiendo una gran diferencia en los gustos de las personas, y a pesar del gran respeto que le merecían a Esteban los patricios de Coketown, no le parecieron éstos tan interesantes que mereciesen que nadie se tomase todo aquel trabajo por verlos, y, en consecuencia, se quedó perplejo. Sin embargo, como en aquel instante cruzaban por delante de la iglesia, Esteban se fijó en la hora que marcaba el reloj y apresuró el paso.

-Le preguntó la anciana si iba al trabajo, y apresuró también el suyo, sin dificultad alguna. Sí, ya casi había pasado el tiempo de descanso. Al decirle dónde trabajaba, la conducta de la anciana se hizo todavía más extraña que antes.

- ¿Sois feliz? -le preguntó.

-¿Qué queréis que os diga, señora? Casi todo el mundo tiene sus dificultades -contestó evasivamente, porque se adivinaba que la anciana daba por sentado que tenía que ser muy feliz, y Esteban no tuvo corazón para desilusionarla. Se daba cuenta de que ya había en el mundo bastantes penas; si la anciana había vivido tantos años y le parecía que él debía tener pocas, nada perdía él y todo eso salía ganando ella.

-¡Ay, ay! -contestó ella-. Veo que tenéis vuestras penas. En vuestra casa, ¿verdad?

-A veces...., de cuando en cuando -díjole Esteban, sin darle importancia.

-Pero trabajando como trabajáis para un caballero como ese, con seguridad que las penas no os siguen hasta

la fábrica, ¿verdad?

No, no; hasta allí no le seguían. Allí eran todos correctos con él. Allí no existían discordias. (No se dejó ir, para darle gusto, hasta el extremo de afirmar que allí reinaba una especie de derecho divino, aunque en estos últimos años he oído yo pretensiones casi tan estupendas como esa.)

Marchaban ahora por el negro camino secundario que conducía a la fábrica, y los brazos acudían en montón. Repicaba la campana, la Serpiente formaba muchas espirales y el Elefante se disponía a funcionar. A la anciana le bastó la campana para entusiasmarse. Aseguró que era la más espléndida de todas las que había escuchado en su vida, y que tenía un timbre magnífico.

Cuando Esteban se detuvo amablemente para darle un apretón de manos antes de entrar, ella le preguntó cuántos años llevaba trabajando allí.

-Una docena de años -le contestó Esteban.

-Yo no puedo menos que besar la mano que ha trabajado en esta fábrica doce años -dijo la anciana, la levantó, y aunque él quiso impedirlo, puso en ella sus labios. Esteban no sabía qué atmósfera de armonía, además de sus años y de su sencillez, la envolvía; pero aquella cosa tan fantástica que acababa de hacer, no desentonaba ni con el momento ni con el lugar. Parecía que nadie sino ella hubiera sido capaz de hacer aquello tan en serio ni con tal naturalidad y emoción.

Llevaba ya Esteban media hora trabajando en su telar sin dejar de pensar en la anciana; tuvo de pronto necesidad de trasladarse a la parte posterior de la máquina para ajustar alguna pieza y miró por la ventana que había en el ángulo que allí formaba el edificio; allá fuera estaba ella mirando, absorta de admiración, el bloque de edificios. Sin preocuparse del humo, del barro, de la humedad, lo contemplaba admirada, como si el pesado estrépito que salía de sus muchos pisos sonase en sus oídos como música orgullosa.

Se marchó, por fin, y el día se marchó con ella, y las luces volvieron a brotar, y el tren expreso pasó en tromba, a plena vista del palacio de hadas, por encima de los arcos del puente cercano. Mucho antes de eso, los pensamientos de Esteban habían vuelto al pobre cuarto de encima de la tiendecita y a la vergonzosa figura de mujer que aplastaba la cama, y que aplastaba aún más su corazón.

Las máquinas fueron acortando la marcha, estremeciéndose débilmente como un pulso que falla. Se pararon. Otra vez la campana; resplandor de luces y calor que desaparecen; fábricas que surgen como masas en la noche oscura y húmeda..., con sus altas chimeneas erguídas como otras tantas torres de Babel.

Esteban había hablado la noche anterior con Raquel, es cierto, y había caminado un rato en su compañía; pero le había caído encima esta nueva desgracia, en la que nadie podía proporcionarle un momento de alivio. Por eso, y porque tenía conciencia de que necesitaba amansar su ira, y nadie sino la voz de Raquel podía hacerlo, creyó que podía hacer caso omiso de sus palabras con respecto a esperarla. Esperó, pues; pero ella evitó el encuentro. Se había marchado ya. En ninguna noche del año le era tan necesaria a Esteban su cara bondadosa.

¿No era mejor no tener hogar en el que encontrar cobijo y descanso, que tenerlo y sentir terror de ir al mismo por una causa como aquella? Cenó y bebió, porque estaba rendido ; pero ni se fijó en lo que comía ni le importó, y se echó a pasear por las calles en medio de la fría lluvia, dando vueltas a sus pensamientos, abatido y melancólico.

No había cambiado con Raquel palabra alguna sobre un posible nuevo matrimonio; pero ella le había demostrado años antes una gran compasión, y sólo a ella había Esteban abierto su solitario corazón, confiándole sus penas; estaba seguro de que, si él fuese libre y se lo hubiese pedido, ella habría aceptado. Pensó en el hogar que podrían haber tenido, y hacia el que él se encaminaría ahora alegre y orgulloso; en cuán distinto sería de lo que era aquella noche; en cómo respiraría a sus anchas su pecho, sobre el que ahora sentía un peso de plomo; en su honor, en su propia estima y en su tranquilidad, reducidos a jirones, y que ya estarían restaurados entonces. Pensó en cómo había malgastado lo mejor de su vida en el empeoramiento diario de su carácter, en la espantosa existencia que llevaba, atado de pies y de manos al cadáver de una mujer, cuyas formas había tomado un demonio para atormentarle. Pensó en Raquel, que era muy joven cuando la vida los, acercó de aquella manera, que ahora estaba en plena madurez y que pronto envejecería. Pensó Esteban en las muchísimas muchachas jóvenes y mujeres hechas que Raquel había visto casarse, en los muchísimos hogares con hijos a cuyo crecimiento había asistido; con cuánta satisfacción había ella seguido, en atención a él, por su sendero tranquilo y solitario, y pensaba en que a veces había advertido en su bendita cara un asomo de melancolía que lo destrozaba a él de remordimientos y de desesperación. Puso la imagen de aquella mujer junto a la imagen infamante que había surgido ante sus ojos la noche pasada, y se preguntó: «¿Es posible que la vida toda de una mujer tan cariñosa, buena y abnegada tenga que sacrificarse a la de una mujer tan despreciable como la otra?»

Embebecido en estos pensamientos, tan embebecido que experimentaba una morbosa sensación de que su cuerpo aumentaba de tamaño, de que había cambiado de un modo enfermizo su relación con los objetos por entre los que circulaba, de que el halo que rodeaba la luz de los faroles se volvía rojo, dirigióse hacia su casa en busca de cobijo.

 

 

 

 

CAPITULO XIII

 

RAQUEL

 

La luz de una vela brillaba débilmente en la ventana, esa ventana hasta la que había subido con frecuencia  la escalera negra para que se deslizase fuera todo lo que hay de más valioso en este mundo para una esposa trabajadora y para una nidada de hambrientos hijos pequeños; y Esteban agregó a sus restantes consideraciones el repulsivo pensamiento de que, de todas las desigualdades que nos ofrecen los diferentes pasos de nuestra existencia sobre la tierra, no hay desigualdad mayor que la que se manifiesta en la muerte. Comparada con ella, no es nada la del nacimiento. ¿Cómo comparar el hecho de que esta noche, y en el mismo instante, nazca un niño hijo del rey y otro niño hijo de un tejedor, con el de la muerte de un ser que era útil para otros o querido por otros, mientras que aquella mujer desenfrenada seguía viviendo?

Con la respiración en suspenso y a paso lento, pasó tristemente Esteban del exterior al interior de la casa, se dirigió a la puerta de su habitación y entró. Todo era allí tranquilidad; Raquel estaba sentada junto a la cama.

Raquel volvió la cabeza, y la luz de su rostro brilló en la medianoche del alma de Esteban. Estaba sentada junto a la cama velando y cuidando a su mujer. A decir verdad, él sólo vio que alguien yacía en el lecho, pero sabía de sobra que no podía ser sino ella aunque las manos de Raquel habían colocado una cortina que la ocultase a sus ojos. Los repugnantes vestidos que trajo habían desaparecido, y en su lugar veíanse algunas ropas de Raquel. Todo en el cuarto estaba ordenado y en su sitio, tal como Esteban lo tenía siempre; el fuego acababa de ser provisto de combustible y el hogar estaba recién barrido. A Esteban le parecía ver todo eso en el rostro de Raquel y no apartaba del mismo su mirada. Pero, mientras estaba así mirando, las lágrimas consoladoras que llenaron sus ojos se lo ocultaron, aunque no sin que viese antes la mirada anhelante que ella le dirigía y advirtiese que también a los ojos de Raquel se agolpaban las lágrimas.

Volvióse ella otra vez hacia la cama, y viendo que aquella mujer seguía tranquila, habló a Esteban con voz baja, serena y animosa.

-Me alegro de que al fin hayas venido, Esteban. Pero has tardado mucho.

-Anduve caminando sin rumbo por las calles.

-Me lo imaginé; pero la noche está muy mala para pasear. Llueve muchísimo y se ha levantado un viento muy fuerte.

¿El viento? Cierto. soplaba muy fuerte. ¡ Qué estrépito formaba dentro de la chimenea con sus súbitas oleadas!

¡Pensar que había andado por la calle con semejante viento y que no se había siquiera enterado!

-Vine ya otra vez durante el día, Esteban. La dueña de la casa fue en busca mía a la hora de comer. Me dijo que había aquí alguien que necesitaba ser cuidado. Tenía razón. La encontré delirando y sin conocimiento. Con heridas y magulladuras, además.

Esteban se acercó lentamente a una silla y se dejó caer en ella, bajando la cabeza, delante de Raquel.

-Vine para hacer lo poco que está en mi mano; en primer lugar, porque cuando éramos muchachas trabajamos juntas y porque yo era su amiga cuando tú la cortejabas...

Esteban apoyó en la mano la frente llena de arrugas y gimió en voz baja.

-Y, además, porque conociendo como conozco tu corazón, estoy segurísima de que eres demasiado generoso para dejarla, no ya que se muera, sino que sufra por falta de socorro. Tú sabes Quién es el que dijo: «¡Que aquel de vosotros que esté limpio de pecado tire la primera piedra!» Muchos son los que lo han hecho; pero no eres tú, Esteban, capaz de tirarle la última piedra, viéndola caída tan lastimosamente.

-¡Raquel! ¡Raquel!

Ésta le contestó con acento impregnado de compasión:

-¡Que el cielo te recompense por lo cruelmente que has sufrido! Tienes en mí una pobre amiga de alma y de

corazón.

Las heridas de que Raquel había hablado parecían estar en el cuello de la mujer que por propia voluntad se había convertido en una paria. se las curó, aunque sin dejar que Esteban las viese. Humedeció un paño en una palangana, en la que había vertido un líquido de una botella, y lo aplicó suavemente sobre la herida. Había acercado a la cama la mesita de tres patas, sobre la que había dos botellas; una de ellas era la que contenía el líquido.

Esteban no se hallaba sentado tan lejos que no leyese, al seguir con la vista el movimiento de las manos de Raquel, el rótulo que tenía esa botella, escrito con letras grandes. Se puso lívido, como poseído de un súbito horror.

-Me quedaré -dijo Raquel, volviendo a sentarse hasta que den las tres. Hay que aplicarle otra vez a esa hora esta misma medicina y después se la deja tranquila hasta que sea de día.

-Pero descansa tú, querida, que mañana tienes que trabajar.

-Dormí bien la noche pasada. Si me empeño, soy capaz de pasar en vela muchas noches. Eres tú quien necesita descanso... ¡Qué pálido y cansado estás! Haz por dormir en aquella silla mientras yo velo. No me hace falta que me digas nada para que yo sepa que no dormiste anoche. El trabajo que a ti te espera mañana es más pesado que el que me espera a mí.

Llegó a los oídos de Esteban el bramar de los embates del viento en la calle, y sintió que sus pasadas iras pugnaban por apoderarse otra vez de su alma. Se había sobrepuesto a ellas; las arrojaría lejos de sí, confiando en que la presencia de Raquel le ayudaría a defenderse de sí mismo.

- No me ha conocido, Esteban; no hace sino mirar muy fijo y mascullar como adormilada algunas palabras. Le he hablado muchas veces, pero no se da cuenta. Tanto mejor. Cuando recobre otra vez su sano juicio, yo habré hecho por ella cuanto ha estado en mi mano y ella no lo sabrá.

-¿Cuánto tiempo calculan que seguirá así?

-Asegura el médico que su cabeza funcionará, en el mejor de los casos, mañana.

Los ojos de Esteban volvieron a fijarse en la botella; corrió por su cuerpo un escalofrío que sacudió todos sus miembros. Raquel pensó que se había resfriado con la humedad, pero él le contestó que no, que no era eso, sino que había tenido un susto.

- ¿Un susto?

-Sí. Cuando venia para casa. Andando... y pensando. Cuando... -volvió a acometerle el escalofrío, se puso en pie, agarrándose a la repisa de la chimenea, apretándose los húmedos cabellos con una mano, que temblaba como atacada de perlesía.

- ¡Esteban!

Raquel se adelantó hacia Esteban, pero éste alargó el brazo para detenerla.

-¡No! Por favor, ¡no! Deja que te vea yo sentada junto a la cama. Deja que yo te vea, tan buena y tan generosa. Deja que yo te vea tal cual te vi antes, al entrar en el cuarto. Jamás podré verte en mejor actitud que como estabas entonces. ¡Jamás, jamás, jamás!

Le acometió una fuerte tiritona y se dejó caer en la silla. Al cabo de un rato se dominó, apoyó un codo en la rodilla y la cabeza en la mano y se animó a mirar a Raquel. Vista a la contraluz de la pálida vela, parecía tener alrededor de su cabeza un glorioso nimbo luminoso. Esteban creyó que, en efecto, estaba aureolada. Lo creyó firmemente, mientras el estrépito del exterior sacudía la ventana, golpeaba en la puerta de la calle y se metía por la casa, ululando y gimiendo.

-Es de esperar, Esteban, que cuando se ponga mejor vuelva a marcharse, dejándote en paz. Esperémoslo, por lo menos, ahora. Y como quiero que duermas, no hablo más.

Cerró él los ojos, más por complacer a Raquel que por dar descanso a su fatigado cerebro; sin embargo, fue gradualmente dejando de oír el estrépito del viento que resonaba en sus oídos, o cambió éste hasta producirle la sensación del ruido de su telar en marcha y hasta de las voces que había escuchado durante el día..., incluyendo la suya propia..., repitiéndole las palabras que real y verdaderamente se habían pronunciado. Por último, se esfumó incluso esta sensación confusa y cayó en un largo sueño turbado por pesadillas.

Soñó que se celebraba en la iglesia la ceremonia de su boda con una mujer a la que había querido durante mucho tiempo. Pero no era Raquel, y este hecho le produjo sorpresa en medio de su felicidad imaginaria. Mientras tenía lugar aquel acto y Esteban reconocía entre los testigos a varias personas de las que él sabía que vivían aún, y a muchas otras de las que sabía que habían muerto, se produjo la oscuridad, y siguió a ésta una explosión extraordinaria de luz. Estalló la claridad en la tabla de los Mandamientos que estaba encima del altar, precisamente en una determinada línea de los mismos, y sus palabras brillaron con una luz que iluminaba todo el edificio. Pero, además, resonaron por la iglesia, igual que si aquellas letras encendidas hablasen. Después de esto cambió toda la escena delante y en torno suyo, y de todo lo que antes había, sólo quedaron él y el sacerdote. Ambos permanecían en pie y envueltos en la claridad del día delante de una muchedumbre tan inmensa como si se hubiesen agrupado en un solo sitio todas las gentes del mundo; y ni aun así pensó Esteban que hubieran podido ser más numerosos; todos los allí reunidos le miraban con rencor, y no veía una sola mirada compasiva o amistosa entre los millones de ojos que estaban clavados en él. Veíase Esteban sobre una elevada plataforma, y, aún más alto que él, estaba su propio telar; fijándose en la forma que tomó el -telar y escuchando con toda claridad que rezaban el oficio de difuntos, comprendió que se encontraba en aquel sitio para morir. La plataforma en que se apoyaba se derrumbó, y él mismo desapareció.

No pudo comprender de qué regiones misteriosas salió para volver a su vida ordinaria y a los lugares que le eran conocidos; de un modo u otro, Esteban se vio en esa clase de lugares, llevando sobre sí la condena de no volver a contemplar jamás el rostro de Raquel y de no escuchar nunca más su voz, ni en este mundo ni en el otro, en el transcurso de un número inimaginable de eternidades. Durante todo ese tiempo vagaba Esteban sin rumbo, descanso ni esperanza, a la búsqueda de algo que él no sabía bien en qué consistía. sabía únicamente que estaba condenado a buscarlo siempre. Siempre dominado por un terror espantoso y sin nombre, un terror mortal de una figura que tomaban todas las cosas que él veía. Más tarde o más temprano, cualquier objeto en el que Esteban ponía la mirada tomaba la forma de esa figura. La existencia desdichada de Esteban no tenía más objeto que el de evitar que le reconociesen los individuos con quienes se cruzaba. ¡Trabajo inútil! si Esteban invitaba a esas personas a salir de las habitaciones en que esa figura estaba, si la encerraba dentro de armarios y gabinetes, si apartaba a los curiosos de los lugares en que él sabía que la figura se había escondido y los hacía salir a la calle, hasta las mismas chimeneas de las fábricas tomaban aquella forma y se circundaban de la palabra impresa.

El viento volvió a soplar con fuerza; oyó cómo la lluvia golpeaba en el tejado de la casa, y los espacios inmensos por los que él había vagabundeado se redujeron a las cuatro paredes de su habitación. Todo estaba lo mismo que en el momento en que cerró los ojos, salvo que el fuego se había apagado. Raquel parecía haberse adormilado en la silla en que estaba sentada junto a la cama. La vio envuelta en su chal, completamente inmóvil. La mesa se encontraba en el mismo sitio, junto a la cama, y sobre ella, con sus proporciones y parecido verdaderos, estaba la figura de que hemos hablado tanto.

Esteban creyó que la cortina se movía. Volvió a mirar, y esta vez tuvo la seguridad de que, en efecto, se movía. Vio que de ella salía una mano buscando a tientas algo durante un instante. A continuación, la cortina se movió más perceptiblemente, y la mujer que estaba en la cama la apartó, sentándose.

Miró por todo el cuarto con sus ojos odiosos, huraños y desatinados, torpones y grandes, pasando por el rincón en que Esteban dormía en su silla. Otra vez pasó la mirada de aquellos ojos por el rincón, y entonces ella, haciendo pantalla con la mano puesta en la frente, lo miró con fijeza. Nuevamente paseó su mirada por toda la habitación sin prestar apenas atención a Raquel, y nuevamente volvió a mirar al rincón. Al verla hacer también ahora pantalla con su mano, no precisamente contemplándolo a él, sino buscándolo, como si el instinto embrutecido le dijese que estaba allí, pensó Esteban que ya no quedaban en aquella cara crapulosa, ni en la inteligencia que la animaba, los más leves asomos de la mujer con la que él se había casado diecinueve años antes. De no haber sido testigo de aquel cambio que se había realizado paulatinamente, jamás habría creído que era aquella la misma mujer.

Durante todo ese tiempo, igual que si estuviese bajo los efectos de un encantamiento, sentíase Esteban inmóvil e impotente, sin poder hacer otra cosa que mirarla.

La mujer, sin salir de su estúpida modorra o dialogando sin ilación alguna con su propia e incapacitada conciencia, permaneció un rato sentada y con las manos en los oídos, descansando en ellas la cabeza. De pronto se puso a mirar de nuevo por todo el cuarto, y entonces, por vez primera, sus ojos se detuvieron sobre la mesa en que estaban las botellas.

De las botellas saltó en línea recta su mirada al rincón en que dormía Esteban; tenía el mismo aire de desafío de la noche anterior; con movimiento cauto e imperceptible, alargó una mano ansiosa. Agarró un tazón y permaneció sentada, meditando unos momentos cuál de las dos botellas elegiría. Por último, su mano insensata se posó encima de la botella que contenía una muerte rápida y segura, y ante los mismos ojos de Esteban le quitó el corcho con los dientes.

¿Era sueño, o realidad? Esteban no tenía voz ni fuerza para moverse. Si aquella era realidad y no había soñado todavía la hora de su muerte natural, ¡oh Raquel, despiértate, despiértate!

También la mujer pensó en lo mismo, porque miró a Raquel, y luego fue vertiendo en el tazón, muy lenta, muy cautelosamente, el contenido de la botella.

La pócima estaba ya en sus labios. Un instante más y ya no habría salvación posible para ella, aunque se despertase el mundo entero y acudiese con todos sus recursos en su ayuda. Pero, en ese instante, Raquel se puso en pie con un grito ahogado. La mujer forcejeó, golpeó a Raquel, la agarró por los cabellos; pero ya ésta tenía en sus manos el tazón.

Esteban logró arrancarse de su silla.

-Raquel, ¿estoy despierto, o todo lo que he visto durante esta noche horrible es una pesadilla?

-No ocurre nada, Esteban. Yo misma me he quedado traspuesta. Son cerca de las tres. ¡Chis! Oigo las campanadas del reloj.

El viento llevó los toques del reloj de la iglesia hasta las ventanas del cuarto. Escucharon; eran las tres. Esteban miró a Raquel, advirtió su extrema palidez, vio sus cabellos en desorden, vio las rojas señales que unos dedos habían dejado en su frente y tuvo la certeza de que sus sentidos de la vista y del oído habían permanecido despiertos. Hasta el tazón seguía en la mano de Raquel.

Esta vertió tranquilamente el contenido en la palangana, y dijo, mientras empapaba un paño en el mismo:

-Pensé que serían cerca de las tres. ¡cuánto me alegro de haberme quedado! Cuando le ponga esto sobre la herida habré terminado. ¡Ya está! Ha vuelto a quedarse tranquila. Tiraré las pocas gotas de líquido que quedan en la palangana, porque no es prudente dejar por aquí ni siquiera una mínima cantidad de este medicamento.

Conforme hablaba vertió sobre la ceniza del hogar el contenido de la palangana y rompió en este último la

botella.

Ya no le quedaba otra cosa que hacer sino cubrirse con el chal antes de salir al viento y a la lluvia de la calle.

-¿Me permites, Raquel, que te acompañe a estas horas?

-No, Esteban. De aquí a mi casa no hay más que un minuto.

-¿Y no te da miedo el dejarme a solas con ella?

-preguntó Esteban en voz baja, mientras la acompañaba hasta la puerta.

Cuando Raquel le miró y dijo: «¡ Esteban !», éste cayó de rodillas en la pobre y ruin escalera y se llevó a los labios una punta de su chal.

-Eres un ángel... ¡Que Dios te bendiga, que Dios te bendiga!

-Ya te he dicho, Esteban, que sólo soy tu pobre amiga. Los ángeles son otra cosa. Hay una sima muy profunda entre una mujer obrera llena de defectos y los ángeles del cielo. Mi hermanita sí que está entre ellos; pero ya no es lo que fue.

Al decir estas palabras, Raquel alzó los ojos al cielo por un momento; después los bajó para mirar a Esteban a la cara, con todo el cariño y suavidad de que eran capaces.

-Tú me has cambiado, Raquel, de mal en bien. Has conseguido que yo anhele humildemente parecerme más a ti y que sienta temor de perderte cuando haya terminado esta vida y se haya aclarado el embrollo de la misma. Eres un ángel, y acaso, acaso, hayas tú salvado la vida de mi alma.

Raquel lo contempló, arrodillado a sus pies, con la punta del chal todavía en la mano, y al ver el sufrimiento que se pintaba en su rostro, se apagaron en sus labios las palabras de reproche.

-Vine a esta casa desesperado. Vine a casa sin una esperanza, loco de pensar que había bastado una palabra mía de queja para que me tratasen de obrero levantisco. Te dije antes que había sufrido un susto. Fue al ver encima de la mesa la botella del veneno. Jamás he lastimado a criatura viviente; pero fue tan inesperada esa visión, que pensé: «¡Quién sabe lo que yo sería capaz de hacerle a ella, a mí mismo o a los dos!»

Raquel le tapó la boca con ambas manos, aterrorizada, para impedir que siguiese hablando. Esteban las agarró con la mano que tenía libre y las retuvo, sin soltar el borde del chal, diciendo precipitadamente:

-Pero te vi junto a la cama, Raquel. Has estado ante mis ojos durante toda la noche. Durante mi sueño sobresaltado tenía yo conciencia de que seguías estando allí. De ahora en adelante te veré siempre en ese lugar. Nunca más veré ni pensaré en ella, sin que te vea a ti a su lado. Nunca más veré ni pensaré en cosa alguna que me irrite sin que te vea a ti a su lado..., a ti, que eres mucho mejor que yo. Y así es como yo me esforzaré por esperar el día, y así es como miraré confiado el día en que tú y yo podamos, por fin, pasear juntos allá, muy lejos, al otro lado de la sima profunda, en la región en que mora ya tu hermanita.

Besó de nuevo el borde del chal de Raquel y la dejó marchar. Ella le dio las buenas noches con voz desfallecíente y salió a la calle.

El viento soplaba del cuadrante por el que el día iba a aparecer muy pronto y soplaba siempre con la misma fuerza. Había barrido delante de él las nubes, limpiando el firmamento, y la lluvia se había agotado o se había trasladado a otra parte, dejando que brillasen las estrellas en el cielo. Esteban permaneció con la cabeza descubierta en mitad de la calle, viéndola desaparecer con paso rápido. Y Raquel era, en la tosca imaginación de aquel hombre, con relación a todo lo demás de su vida, lo que eran los brillantes luceros comparados con la mustia vela que brillaba en la ventana de su cuarto.

 

 

 

 

CAPITULO XIV

 

EL GRAN FABRICANTE

 

El tiempo siguió su marcha en Coketown lo mismo que  sus máquinas: tanta materia prima trabajada, tanto combustible consumido, tanta potencia gastada, tanto dinero ganado. Pero, menos inexorable que el hierro, el acero y el bronce, aportó sus variadas estaciones hasta el interior de aquel desierto de ladrillos y de humo, siendo el único factor que se atrevió jamás a desafiar aquella uniformidad de mal agüero.

-Luisa se está haciendo ya casi una mujercita -dijo el señor Gradgrind.

El tiempo, con sus incontables caballos de fuerza, iba haciendo las cosas, sin preocuparse de lo que pudiera decir nadie, y de pronto estiró al joven Tomás hasta darle un pie más de estatura que la última vez que su padre se había fijado en él.

-Tomás se está haciendo ya casi un hombrecito –dijo el señor Gradgrind.

Todavía seguía el padre de Tomás pensando en esto, cuando ya el tiempo lo había metido en su fábrica y el

muchacho vistió chaqué y cuello duro.

-Verdaderamente que ya es tiempo de que Tomás vaya a trabajar con Bounderby -dijo el señor Gradgrind.

El tiempo, que continuó trabajando en el muchacho, lo llevó al Banco de Bounderby, lo instaló en la mansión de Bounderby, lo puso en el trance de comprar su primera navaja de afeitar y lo ejercitó con mucha diligencia en sus cálculos relativos al número uno.

El mismo gran fabricante, que tenía constantemente en elaboración un inmenso surtido de trabajo en todas las etapas de su desarrollo, hizo avanzar a Cecilia en su fábrica y la amoldó como un artículo de muy linda presentación.

-Me está pareciendo, Jupe, que va a ser completamente inútil que sigas asistiendo a la escuela -dijo el señor Gradgrind.

-Eso me parece a mí también -respondió Cecilia, haciendo una genuflexión.

El señor Gradgrind arrugó el ceño.

- No puedo ocultarte el hecho, Jupe, de que el resultado de tus estudios me ha defraudado; me ha defraudado en grado sumo. No has logrado, bajo los auspicios del señor y de la señora M'choakumchild, ni con mucho, la suma de conocimientos prácticos que yo hubiera querido. Fallas muchísimo en cuestiones prácticas. Tienes un conocimiento muy somero del cálculo. En conjunto, estás completamente retrasada y muy por debajo del nivel corriente.

-Lo siento mucho, señor, pero sé que lo que decís es completamente cierto -contestó la joven-. Y, sin embargo, he trabajado con gran empeño.

-Desde luego, desde luego -dijo el señor Gradgrind-; creo que has trabajado con gran empeño; te he observado, y nada tengo que decir a ese respecto.

-Gracias, señor. Más de una vez he pensado –apuntó Cecilia con gran timidez- que quizá he intentado aprender demasiadas cosas y que si yo os hubiera pedido permiso para estudiar algo menos, acaso habría...

-No, Jupe, no -contestó el señor Gradgrind, ladeando negativamente la cabeza con una convicción profunda y eminentemente práctica-. No. Los estudios que has hecho respondían a un sistema..., al sistema..., y no hay nada más que decir a este respecto. Supongo únicamente que las circunstancias en que se ha desenvuelto la primera parte de tu vida fueron demasiado desfavorables al desarrollo de tu capacidad mental, y que hemos empezado demasiado tarde. Sin embargo, como te acabo de decir, he quedado defraudado.

-Yo quisiera, señor, haber podido responder mejor a las amabilidades que habéis tenido con una pobre muchacha abandonada con la que no os ligaba ninguna obligación y a la protección que le habéis dispensado.

-No llores -dijo el señor Gradgrind-. No hay por qué derramar lágrimas. No me quejo de ti. Eres cariñosa, activa, buena mujercita, y... ya sacaremos partido de esto.

-Gracias, señor, muchísimas gracias -contestó Cecilia, haciendo, muy agradecida, una genuflexión.

-Eres útil a la señora Gradgrind y de una manera insensible te das maña para rendir servicios a toda la familia; así me lo ha hecho notar la señorita Luisa, y, en verdad, que también yo he podido observarlo. Confío, pues, en que podrás vivir feliz en compañía de esas personas -dijo el señor Gradgrind.

-Señor, una sola cosa podría desear, y es...

-Te entiendo, sigues pensando en tu padre -le interrumpió el señor Gradgrind sin dejarla terminar-. Sé por la señorita Luisa que guardas todavía la botella que trajiste. ¡Qué le vamos a hacer! Si hubieses adelantado más en la ciencia del raciocinio práctico, acaso razonarías mejor sobre estos extremos. Por ahora no quiero decir más.

 A decir verdad, le había tomado demasiado afecto a Cecilia para que le inspirase menosprecio; a no ser por eso, habría llegado a esa conclusión, dada la poca estima que hacía de la facultad razonadora de la muchacha. En resumidas cuentas, el señor Gradgrind había llegado a forjarse la idea de que Cecilia tenía en sí algo que era imposible reducir a términos numéricos. Era fácil dictaminar que la capacidad que la muchacha tenía para decir una cosa resultaba muy baja y que sus conocimientos matemáticos podían reducirse a cero; pero no estaba el señor Gradgrind convencido de que si le hubiesen exigido a él, por ejemplo, situarla en distintas columnas de un informe parlamentario, habría sido capaz de encontrar la medida para dividirla.

Los recursos de que echa mano el tiempo en algunas de las etapas de su elaboración del ser humano son muy rápidos. Como el joven Tomás y Cecilia habían llegado a una de esas etapas de fabricación, estos cambios de que hemos hablado se realizaron en el transcurso de uno o dos años; y mientras tanto, en ese mismo lapso, el propio señor Gradgrind parecía haberse quedado estacionado y sin sufrir alteración.

Y si la tuvo fue en un sentido completamente independiente de su marcha a través del proceso de la fábrica del tiempo. Este lo empujó hacia un mecanismo lateral, pequeño, ruidoso y bastante sucio, haciéndolo miembro del Parlamento por Coketown: uno de sus respetables miembros que todo lo medían y pesaban, uno de los representantes de la tabla de multiplicar, uno de los ilustres caballeros sordos, de los ilustres caballeros mudos, de los ilustres caballeros ciegos, de los ilustres caballeros inválidos, de los ilustres caballeros muertos a toda otra consideración. ¿Para qué, si no, vivimos en un país cristiano, mil ochocientos y pico de años después de la venida de nuestro Maestro?

Y mientras ocurría todo esto, Luisa había ido avanzando, tan serena y reservada, tan entretenida en contemplar a la hora del crepúsculo las chispas brillantes cuando caían dentro del hogar y se convertían en pavesas, que apenas si había vuelto a fijarse en ellas su padre desde el período en que había dicho que era ya casi una mujercita..., y parecía ayer; pero de pronto la encontró convertida completamente en una mujer joven.

-Estás ya hecha completamente una mujer joven.

¡Dios me valga! -dijo, pensativo, el señor Gradgrind.

Después de haber hecho este descubrimiento, estuvo varios días mucho más preocupado que de costumbre, como si aquel tema absorbiese toda su atención. Cierta noche, en el momento de disponerse a salir de casa, se acercó Luisa para decirle adiós antes que saliese. El señor Gradgrind no volvería hasta muy entrada la noche y Luisa no tendría ocasión de verlo hasta la mañana siguiente. El señor Gradgrind retuvo a su hija entre los brazos, la miró con su expresión cariñosa y le dijo:

-¡Mi querida Luisa, eres ya una mujer!

La joven le respondió con aquella mirada rápida y escrutadora de la noche en que su padre la sorprendió junto al circo; luego bajó los ojos y contestó:

-Sí, padre.

-Pues bien, querida mía, tengo que hablarte a solas y seriamente. ¿Quieres venir a mi habitación mañana, después de desayunarte?

-Sí, padre.

-Tienes las manos bastante frías, Luisa. ¿No te sientes bien?

-Estoy perfectamente, padre.

-¿Y alegre?

Luisa volvió a mirar a su padre y se sonrió del modo que le era característico.

-Padre, estoy tan alegre como de costumbre, o como he solido estar siempre.

-Entonces, todo va bien -dijo el señor Gradgrind.

Besó a su hija y salió de casa. Luisa regresó al tranquilo salón que tenía un ambiente de peluquería, apoyó un codo sobre la mano y volvió a sumirse en la contemplación de las chispas fugaces que con tal rapidez se convertían en cenizas.

-¿Estás ahí, Lu? -preguntó su hermano, asomando la cabeza a la puerta. Se había convertido en un caballerito dado a la buena vida y no demasiado simpático.

-Mi querido Tom -contestó Luisa, levantándose y besándolo-. ¡Cuánto tiempo hace que no has venido a visitarme!

-Es que, ¿sabes, Luisa?, he tenido otros compromisos por las noches; y durante el día, el viejo Bounderby me ha hecho trabajar bastante. Pero cuando se pasa de la raya, echo mano de ti para ablandarlo, y de esa manera nos llevamos bien... Escucha: ¿no te ha hablado nuestro padre nada de particular hoy o ayer, Lu?

-No, Tom; pero esta noche me ha dicho que deseaba hacerlo mañana por la mañana.

-A eso precisamente me refería -dijo Tom, y luego preguntó con expresión de mucho misterio-: ¿Sabes adónde ha ido esta noche?

-No.

-Entonces, te lo voy a decir. Ha ido a visitar a Bounderby. Están celebrando juntos una conferencia formal en el Banco. ¿A que no adivinas por qué se han reunido en el Banco? Te lo voy a explicar también. Según creo, para mantenerse todo lo lejos posible de los oídos de la señora Sparsit.

Luisa, con la mano descansando en el hombro de su hermano, seguía contemplando el fuego. Tomás examinó la cara de su hermana con mayor interés que de ordinario, le pasó el brazo por el talle y la atrajo hacia sí con mimo.

-Me quieres mucho, ¿verdad, Lu?

-Sí, Tom, te quiero mucho, aunque vengas tan de tarde en tarde a visitarme.

-Pues bien, hermana mía - díjole Tom -: con esto que dices te acercas a mi propio pensamiento. Podríamos estar juntos muchísimo más a menudo..., ¿no te gustaría? Siempre juntos, casi..., ¿no te gustaría? ¡Qué satisfacción más grande sería para mí el que te resolvieses a una cosa que yo me sé, Lu! Sería magnífico para mí. ¡Sería una verdadera felicidad!

La falta de interés que demostraba Luisa desorientó a Tom en su escrutinio astuto. No consiguió sacar nada del examen de aquella cara. Apretó la presión de su brazo y la besó en la mejilla. Luisa le devolvió el beso, pero siguió contemplando el fuego.

-Escúchame, Lu. Me decidí a venir nada más que para apuntarte lo que ocurre; me suponía que ya tú lo habrías adivinado en lo fundamental, aunque nada te hubiesen dicho. No puedo quedarme más tiempo, porque estoy comprometido esta noche con algunos amigos. ¿Tendrás presente en todo momento lo mucho que me quieres?

-Sí, querido Tom, lo tendré presente.

-Eres una muchacha estupenda -díjole Tom-. Adiós, Lu.

Ella lo despidió con un «Buenas noches» cariñoso y salió a acompañarle hasta la puerta de la calle, desde donde podían verse los fuegos de Coketown que daban al panorama un brillo siniestro. Luisa permaneció allí mirando fijamente hacia ellos y escuchando el ruido de los pasos de su hermano, que se alejaba. Los pasos se fueron extinguiendo rápidamente, gozosos de verse lejos del Palacio de Piedra; pero Luisa permaneció todavía en el mismo lugar, cuando ya su hermano estaba lejos y reinaba el silencio. Parecía como si en el fuego de dentro de la casa primero, y en la neblina encendida del exterior después, tratase de descubrir cómo sería la trama que el tiempo eterno, el más grande y más antiguo de todos los hilanderos, tejería con los hilos que le habían servido ya para hilar una mujer. Pero la fábrica del tiempo se encuentra en un lugar secreto, su trabajo no se siente y sus brazos son mudos.

 

 

 

 

 

 

CAPITULO XV

 

PADRE E HIJA

 

Aunque el señor Gradgrind en nada se parecía a Barba Azul, pudiera decirse que su habitación era una cámara azul, de tanto como en ella abundaban los libros azules. Si eran capaces de demostrar algo - y por lo general podían demostrarlo todo-, era allí donde lo demostraban, formando un ejército cada vez más fuerte por la constante llegada de nuevos reclutas. En aquel departamento encantado se calculaban las más complicadas cuestiones sociales, se reducían a totales exactos, y finalmente, se resolvían..., siendo una lástima que no se enterasen de ello las personas a quienes más directamente interesaba. Lo mismo que si se construyese un observatorio sin abertura alguna al mundo exterior, y el astrónomo, aislado en su interior, dispusiese una reproducción del mundo estelar sin más recursos que pluma, tinta y papel, también el señor Gradgrind, dentro de su observatorio -y hay muchas gentes como él -, era capaz, sin echar una ojeada a las hormigueantes miríadas de seres humanos que había en torno suyo, de disponer de sus destinos en la pizarra y de enjugar todas sus lágrimas con un sucio trocito de esponja.

Luisa se dirigió, pues, la mañana que se le había indicado, a este observatorio: una habitación severa, con un reloj brutalmente estadístico que medía cada segundo con una pulsación que semejaba un martillazo dado en la tapa de un féretro. Una de las ventanas se abría hacia Coketown; cuando Luisa se sentó junto a la mesa de su padre, vio las altas chimeneas y las largas columnas de humo destacándose sombríamente a distancia.

-Querida Luisa -díjole su padre -, anoche te preparé con objeto de que me prestases tu atención más seria en la conversación que ahora vamos a tener juntos. Has recibido una educación tan esmerada y has respondido con tal perfección a la educación que has recibido..., de lo que me felicito..., que tengo una completa confianza en tu buen juicio. No eres impulsiva, no eres romántica, estás habituada a mirarlo todo desde el terreno sólido y desapasionado de la razón y del cálculo. Sé que mirarás y examinarás lo que voy a comunicarte únicamente desde ese terreno.

Se calló un momento, esperando, como si le hubiese agradado que ella dijese algo. Pero Luisa no despegó los labios.

-Luisa, querida mía, me ha sido hecha, con relación a tu persona, una oferta de casamiento.

Esperó otra vez, y tampoco ahora dijo ella una palabra. Este silencio le sorprendió tanto, que le indujo a repetir afectuosamente:

-Una oferta de casamiento, querida.

Y entonces ella contestó, sin dar señal alguna de emoción:

-Os oigo, padre. Os estoy escuchando, tened la seguridad.

-¡Vaya! -exclamó el señor Gradgrind, iniciando una sonrisa, después de haber permanecido un momento sin saber qué pensar-. Eres todavía menos vehemente de lo que yo me imaginaba, Luisa. ¿O es que no te pilla de

sorpresa el anuncio que estoy encargado de hacerte?

-No os podría contestar, padre, antes de haberos oído. Me pille o no de sorpresa, deseo saberlo todo de vuestros labios. Deseo que vos mismo me lo planteéis, padre.

Aunque parezca extraño, la verdad es que en aquel momento la atención del señor Gradgrind estaba menos reconcentrada que la de su hija. Tomó en la mano una plegadera, la dio vuelta, la colocó otra vez sobre la mesa, la agarró de nuevo, y aun entonces tuvo que mirar la hoja, del mango a la punta, pensando en la manera de seguir adelante.

-Eso que acabas de decirme, Luisa, está muy puesto en razón. He tomado, pues, a mi cargo el hacerte saber..., en una palabra, que el señor Bounderby me ha comunicado que viene desde hace tiempo contemplando con especial interés y satisfacción tus adelantos y que abrigaba desde hace tiempo la esperanza de que llegase al cabo el momento de ofrecerte su mano en matrimonio. Este momento, que él ha estado aguardando tanto tiempo y con una constancia cuya grandeza no se puede negar, ha llegado ya. El señor Bounderby me ha hecho a mí su propuesta de matrimonio, rogándome que te la transmita, juntamente con su esperanza de que le des una favorable acogida.

Silencio entre los dos. El reloj brutalmente estadístico sonaba muy a hueco. El humo lejano era muy negro y muy pesado.

-Padre -dijo Luisa-, ¿creéis que yo amo al señor Bounderby?

Pregunta tan inesperada desconcertó por completo al señor Gradgrind y le hizo contestar:

-La verdad..., hija mía..., yo..., claro está..., no me arriesgaría a decir...

-Padre -dijo Luisa, en idéntico tono de voz que antes-, ¿me pedís que ame al señor Bounderby?

-Mi querida Luisa, no... No. Yo no te pido nada.

-Padre -prosiguió ella-, ¿me pide el señor Bounderby que le ame?

El señor Gradgrind contestó:

-La verdad, querida, que es difícil contestar a tu pregunta.

-¿Es difícil contestar a ella, sí o no, padre?

-Desde luego, querida, porque... -aquí se le presentaba una ocasión de demostrar algo, y al señor Gradgrind se afirmó otra vez-, porque la contestación depende esencialmente del sentido en que empleemos esa palabra, Luisa. Empecemos porque el señor Bounderby no te hace la injusticia, ni se la hace a sí mismo, de aspirar a nada que sea imaginativo, fantástico, ni...,(empleo términos que son todos sinónimos), ni sentimental, Si el señor Bounderby se dirigiese a ti en ese terreno, si fuese capaz de olvidarse de lo que debe a tu buen sentido,  por no decir de lo que debe al suyo, de poco le habría servido el haberte visto crecer ante sus ojos. De modo, pues, que acaso la palabra en sí misma... y esto es nada más que una indicación que te hago, querida mía..., esté un poco fuera de lugar.

-¿Y qué otra palabra me aconsejaríais que emplease en lugar de ella, padre?

El señor Gradgrind se había ya recobrado para entonces, y dijo:

-Verás, mi querida Luisa. Yo te aconsejaría..., puesto que me lo preguntas..., que mires la cuestión de la manera que se te ha enseñado a mirarlas todas: simplemente, como una cuestión de realidades tangibles. Las personas ignorantes y frívolas podrían quizá dificultar asuntos como ese con fantasías sin trascendencia y con otros absurdos que, si se mira bien, no tienen realidad, realidad tangible; pero no es adularte el decir que tú sabes más, que eres más inteligente que eso. Pues bien: ¿cuáles son en este caso las realidades? Tienes, en términos redondos, veinte años, y el señor Bounderby, también en términos redondos, cincuenta. Existe cierta disparidad entre vuestras edades, pero no la hay, en absoluto, entre vuestra posición social y vuestros medios de fortuna; al contrario, concuerdan admirablemente. Surge, pues, la cuestión: ¿es suficiente esa disparidad para poner un obstáculo insuperable a este matrimonio? Al estudiar esta cuestión, no es cosa baladí el tomar en consideración las estadísticas de matrimonios de que disponemos hasta ahora en Inglaterra y el País de Gales. Estudiando las cifras, veo yo que una gran proporción de los matrimonios han sido contraídos entre parejas de edades muy desiguales y que en más de las tres cuartas partes de estos casos es el novio el de mayor edad de ambos contrayentes. Para demostrar que esto es una ley que prevalece extensamente, bastará destacar el que los datos más dignos de tenerse en cuenta que nos han sido suministrados por viajeros arrojan resultados similares entre los indígenas de las posesiones británicas de la India, en una parte considerable de la China y entre los calmucos de Tartaria. Esta disparidad, pues, que he mencionado, deja casi de serlo, y, virtualmente, desaparece.

Luisa, a cuya reservada compostura no afectaron en nada resultados tan agradables, preguntó:

-¿Qué término me recomendaríais, pues, padre, que emplease en lugar de la palabra que antes empleé? ¿En lugar de la expresión que estaba fuera de lugar?

Su padre le contestó:

-Para mí, la cosa no puede estar más clara, Luisa. Moviéndote dentro de la rigidez de los hechos reales, la cuestión de hecho que tú te planteas es esta: ¿Me pide el señor Bounderby que me case con él? Sí, me lo pide. La otra y única cuestión que te resta por hacer es: ¿Debo casarme con él? Creo que no cabe cosa más clara.

-¿Debo casarme con él? -Luisa hizo esta pregunta con gran resolución.

-Exactamente. Como padre tuyo, me complace, mi querida Luisa, el saber que no vas a plantearte esta cuestión con los prejuicios de pensamiento y de costumbres que son comunes a muchas jóvenes.

-No lo haré así, padre -contestó Luisa.

El señor Gradgrind prosiguió:

-Y ahora te dejo para que lo pienses por ti misma. Te he planteado el caso de la manera que estos casos se plantean entre personas de inteligencia práctica; te lo he planteado de la misma manera que se planteó a su tiempo el caso de tu madre y el mío. Lo demás, mi querida Luisa, te toca decidirlo a ti.

Desde el principio de la conversación, Luisa no había quitado la vista de encima a su padre. Ahora, cuando éste, a su vez, se apoyó en el respaldo de la silla y puso sus ojos hundidos en su hija, quizá hubiera podido advertir en ella un titubeo que duró un instante y en el que se sintió impelida a arrojarse sobre su pecho para confiarle los sentimientos acorralados en su corazón. Para eso habría tenido que saltar de pronto por encima de todas las barreras artificiales que durante tantos años había venido su padre levantando entre sí mismo y las sutiles esencias de humanidad que se burlarán siempre de todas las astucias del álgebra hasta que suene la trompeta final y dé al traste definitivamente hasta con la misma álgebra. Esas barreras eran muchas y muy altas para poder salvarlas de un solo salto. Su cara inflexible, utilitaria, realista, endureció otra vez a su hija; y aquel impulso momentáneo salió despedido hacia la sima sin fondo del pasado, para mezclarse con todas las oportunidades perdidas que allí han quedado anegadas.

Luisa apartó los ojos de su padre y permaneció sentada, mirando en silencio, hacia la ciudad, durante tanto

rato, que aquél acabó por decirle:

-¿Acaso estás pidiendo consejo a las chimeneas de Coketown, Luisa?

Ésta le contestó rápidamente:

-Ahora no se ve más que humo lánguido y monótono. Sin embargo, cuando la noche llega, padre, estalla el

fuego.

-Lo sé, Luisa; pero no veo a qué viene tal observación.

Para ser justos con el señor Gradgrind hay que decir que, en efecto, no lo veía. Luisa hizo a un lado el tema con un ligero vaivén de la mano y concentró su atención en su padre para decirle:

-Padre, muchas veces he pensado en que la vida es muy corta.

Era este un tema tan del gusto del señor Gradgrind, que se apresuró a decir:

-Sin duda que es corta, querida mía. Sin embargo, está demostrado que el término medio de la vida humana ha subido en los últimos tiempos. Este hecho ha quedado establecido por las estadísticas de las compañías de seguros de vida y de rentas vitalicias, además de otros cálculos que no permiten el error.

-Yo hablaba de mi propia vida, padre.

-¡Ah !, ¿sí? Sin embargo, no puedo menos de hacerte observar, Luisa, que ella está gobernada por las mismas leyes que gobiernan en conjunto todas las vidas.

-Yo quisiera hacer, en ese corto espacio de mi vida, lo poco que puedo y lo poco para que sirvo. Lo demás, ¿qué importa?

El señor Gradgrind se quedó sin saber qué pensar de estas últimas palabras, y contestó:

-¿Cómo que qué importa? ¿A qué te refieres, querida?

Luisa siguió exponiendo, firme, sin desviarse y sin mirarle, su pensamiento:

-El señor Bounderby me pide que me case con él, La pregunta que yo he de hacerme es ésta: ¿Debo casarme con él? ¿No es así, padre? Vos mismo me lo habéis dicho. ¿No es cierto, padre?

-Certísimo, hija mía.

-Pues bien: ya que el señor Bounderby se conforma con aceptarme en estas condiciones, yo, por mi parte, acepto su propuesta. Decidle, padre, lo antes que podáis, que mi respuesta es esa. Repetídsela, si os es posible, al pie de la letra, porque desearía que él supiese exactamente mi contestación.

El padre le contestó con acento aprobatorio:

-Es muy justo, querida mía, el proceder con exactitud.

Me atendré a lo que con mucha propiedad me pides. ¿Tienes algún deseo especial en lo referente a la época de vuestra boda?

-Ninguno, padre. ¿Qué importancia tiene eso?

El señor Gradgrind había acercado un poco más su silla a la de su hija y la había tomado de la mano. La insistencia de su hija en que repitiese sus palabras sonaba en sus oídos como un pequeño desacorde. Estuvo unos momentos mirándola a la cara, sin soltar la mano de su hija, y le habló así:

-Luisa, no me ha parecido indispensable el hacerte una pregunta que implica determinada posibilidad que yo juzgo demasiado remota. Sin embargo, acaso debí hacerlo. Dime: ¿has recibido alguna vez en secreto alguna otra propuesta de matrimonio?

Ella le replicó, casi en tono de mofa:

-Padre, ¿es que ha habido posibilidad de que alguien me hiciese otra propuesta? ¿Con quién me he tratado yo? ¿A qué sitios he ido? ¿Qué ocasiones se le han presentado a mi corazón?

-Mi querida Luisa, esa rectificación que me haces es muy justa. Sólo quise cumplir con un deber -contestó el señor Gradgrind, tranquilizado y satisfecho.

Luisa, por su parte, prosiguió sin alterarse:

-¿Qué sé yo, padre, de gustos y de caprichos, de aspiraciones y de cariños, de toda aquella parte de mi naturaleza en la que hubieran podido alimentarse semejantes frivolidades? ¿Qué posibilidades he tenido yo para evadirme de problemas cuya demostración era posible y de realidades que podían tocarse con la mano?

Al decir esto, Luisa cerró inconscientemente la mano, como si agarrase un objeto sólido, y luego la abrió lentamente, figurando que dejaba escapar polvo o ceniza. Su eminentemente práctico padre dijo:

-Eso es cierto, eso es muy cierto, querida mía.

-Padre, ¿cómo se os ha ocurrido hacerme pregunta tan extraña? Mi corazón no fue siquiera lugar inocente de refugio para las preferencias infantiles que, según tengo entendido yo misma, son corrientes entre los niños pequeños. De tal manera os habéis preocupado de mí, que jamás tuve corazón de niña. Tan admirablemente me habéis educado, que jamás tuve un ensueño de niña. Me habéis tratado tan sabiamente desde la cuna hasta este mismo momento, padre mío, que jamás tuve ni la fe de niña ni el temor de niña.

El señor Gradgrind, conmovido por su éxito y por el reconocimiento que del mismo hacía su hija, dijo:

-Mi querida Luisa, tú me pagas con superabundancia mis cuidados. Bésame, querida niña.

Así fue como su hija le besó. El padre, reteniéndola en su abrazo, dijo:

-Ten la seguridad, hija mía preferida, de que la sana resolución a que has llegado me hace feliz. El señor Bounderby es un hombre muy notable, y el tono conseguido por tu inteligencia sirve sobradamente de contrapeso a la pequeña disparidad que pudiera decirse que existe entre vosotros, si es que existe. Mi finalidad en tu educación fue siempre la de que, aun en tu primera juventud, fueses de cualquier otra edad, si es que puedo expresarme de este modo. Bésame otra vez, Luisa. Y ahora, vamos los dos a ver a tu madre.

Se dirigieron, pues, al cuarto de estar, situado en la planta baja, que era donde estaba esa apreciada señora carente de juicio, recostada como siempre y acompañada de Cecilia, que trabajaba a su lado. Cuando su marido y su hija entraron, dio ella débiles muestras de reanimarse y la apagada transparencia de su figura cambió de posición, apareciendo sentada.

Su marido, que estuvo esperando con cierta impaciencia a que ella acabase este cambio de postura, díjole:

-Señora Gradgrind, permitidme que os presente a la señora Bounderby.

-¡Vaya! Veo que lo habéis arreglado -contestó la interpelada-. Pues bien, Luisa: ten la seguridad de que deseo que tu salud sea buena; porque si tu cabeza empieza a desquiciarse en cuanto estés casada, como me ocurrió a mí, no puedo decir que mereces que te tengan envidia, aunque tú, igual que todas las muchachas, creerás que eres digna de envidia. Sin embargo, te felicito, querida mía, y espero que sabrás sacar partido ahora de todos esos estudios que has hecho. Déjame, Luisa, que te dé un beso de congratulación; pero ten cuidado de no tocarme en el hombro derecho, porque todo el día me está escarabajeando algo por ese lado. Pero, mira lo que son las cosas: yo voy a estar preocupada mañana, tarde y noche, por cómo voy a llamarle a él -dijo la señora Gradgrind gimoteando y ajustándose el chal después de la cariñosa ceremonia.

-¿Qué queréis decir con eso, señora Gradgrind? -exclamó solemnemente su marido.

-Digo que cómo voy a llamarle a él cuando esté ya casado con Luisa; porque de alguna manera he de llamarle. Es imposible - dijo la señora Gradgind, con un sentimiento en el que se mezclaban la cortesía y el resentimiento- que converse con él constantemente sin darle un nombre. No puedo llamarle Josías, nombre que me resulta insoportable. No hay ni que hablar de que yo le llame Josi, porque eso os resultaría insoportable. ¿Voy a tratar a mi hijo político de caballero? Creo que no, a menos que haya llegado ya el momento de que toda mi parentela me pisotee como a una inválida. Decidme pues, ¿cómo voy a llamarle?

Como ninguno de los presentes tuviese una indicación que hacer a propósito de tan extraordinaria circunstancia, la señora Gradgrind abandonó de momento esta vida, después de poner el siguiente codicilo a las observaciones anteriores:

-En cuanto a la boda, todo lo que yo pido, Luisa..., y lo pido con el corazón presa de un temblor que se extiende en realidad hasta las plantas de mis pies..., es que tenga lugar lo antes posible. Sé muy bien que si no se realiza lo antes posible, será uno más de tantos asuntos de los que yo no acabo de ver el fin.

En el momento en que el señor Gradgrind hizo la presentación de la señora Bounderby, Cecilia volvió súbitamente la cabeza y miró a Luisa con una mirada en que había asombro, compasión, pesar, duda y otra multitud de sentimientos. Sin mirar a Cecilia, Luisa tuvo la sensación de aquella mirada; lo vio todo. Desde aquel mismo momento se mostró impasible, altiva, fría, mantuvo de allí en adelante a distancia a Cecilia, y cambió por completo hacia ella.

 

 

 

 

CAPITULO XVI

 

MARIDO Y MUJER

 

El primer desasosiego que acometió al señor Bounderby en cuanto tuvo conocimiento de su dicha, surgió de la necesidad de comunicarla a la señora Sparsit. Por más vueltas que le daba, no se le ocurría la manera de hacerlo, ni cuáles podrían ser las consecuencias de aquel paso: ¿cargaría instantáneamente con todo el equipaje para marcharse a casa de lady Scadgers, o se negaría terminantemente a moverse de donde estaba? ¿Se mostraría quejosa o insultante, derramaría lágrimas o arañaría? ¿Se quedaría con el corazón destrozado, o destrozaría un espejo? El señor Bounderby no acertaba a preverlo en modo alguno. Sin embargo, al no haber más remedio, tenía por fuerza que darle la noticia; después de intentar varias veces el recurso de una carta, y de fracasar siempre, decidió comunicárselo de viva voz.

Camino de su casa, la tarde elegida para realizar su trascendental propósito tomó la precaución de entrar en una farmacia y de comprar un frasco de las sales de oler más fuertes. El señor Bounderby pensó para sí: «¡Por San Jorge! Si le da por desmayarse, se las voy a refregar por la nariz hasta despellejársela.» Pero, a pesar de ir pertrechado de esta manera, no parecía estar muy animoso cuando entró en su propia casa; y se presentó delante del objeto de sus inquietudes lo mismo que un perro que sabe que acaba de salir de la despensa.

-Buenas tardes, señor Bounderby.

-Buenas tardes, señora; buenas tardes.

El señor Bounderby acercó su silla a la chimenea, y la señora Sparsit hizo atrás la suya, como diciendo: «El fuego es vuestro, caballero. Lo reconozco plenamente. Tenéis derecho a ocuparlo todo, si ese es vuestro gusto. »

-No os vayáis al Polo Norte, señora -dijo el señor Bounderby.

-Gracias, caballero -contestó la señora Sparsit, y avanzó de nuevo la silla, aunque no tan cerca del fuego como antes.

El señor Bounderby permanecía sentado, viendo cómo ella abría agujeros, con finalidades decorativas, indescifrables, en una pieza de batista, sirviéndose de las puntas de unas tijeras duras y afiladas. Relacionando esta ocupación con las pobladas cejas y la nariz romana de la señora Sparsit, sugería con bastante viveza la imagen de un halcón ocupado en picotear los ojos de un pajarillo poco tierno. Estaba tan absorta en su tarea, que transcurrieron bastantes minutos antes que alzase los ojos de la misma; al hacer esto, el señor Bounderby solicitó su atención con un movimiento nervioso de la cabeza. Antes de hablar, se metió las manos en los bolsillos y se cercioró con la derecha de que el frasco tenía el corcho en disposición de prestar servicio en el acto:

-Señora Sparsit..., señora..., nunca tuve oportunidad para deciros que, además de ser una dama ilustre por nacimiento y por alcurnia, sois una mujer extraordinariamente razonable.

-Señor, no es esta la vez primera que me honráis con parecidas expresiones de la buena opinión en que me tenéis -replicó la dama.

-Señora Sparsit..., señora, voy a dejaros asombrada.

-¿Cómo así, señor? -replicó la señora Sparsit en tono de interrogación y con el acento más tranquilo posible.

Por regla general, solía usar mitones; dejó a un lado la labor que hacía, y alisó los mitones.

-Señora, voy a casarme con la hija de Gradgrind.

-¡Vaya! ¡Pues que seáis muy feliz, señor Bounderby! ¡Que seáis muy feliz, señor; eso es lo que os deseo! -replicó la señora Sparsit.

Lo dijo con una deferencia tan grande y también con una compasión hacia él tan grande, que Bounderby..., mucho más desconcertado que si ella hubiese arrojado su caja de labores contra el espejo, o hubiese caído desvanecida sobre la esterilla del hogar..., apretó bien el corcho del frasco de sales que tenía en el bolsillo y pensó: «Condenada mujer, ¿quién podía prever que lo tomaría de esta manera?»

-Con todo mi corazón os deseo, señor, que tengáis ocasión de ser muy feliz en todos los conceptos.

La señora Sparsit dijo esto con magnífico aire de superioridad, como si con ello dejase establecido su derecho a compadecerlo cuando llegase el momento. El señor Bounderby le contestó en un tono en el que se advertía cierto resentimiento, aunque a su pesar, porque intentó disimularlo:

-Os quedo, señora, muy reconocido, y confío en que no podré menos de ser feliz.

-¿En esa creencia estáis, señor? Es natural, desde luego. ¿Cómo no vais a estarlo? -exclamó la señora Sparsit con mucha afabilidad.

Se produjo un silencio muy violento por parte del señor Bounderby. La señora Sparsit reanudó sosegadamente su trabajo, con una ligera tosecita de cuando en cuando, tosecita que sonaba como una expresión de fuerza y de indulgencia consciente. El señor Bounderby reanudó el diálogo:

-Pues bien, señora; he pensado que, en tales circunstancias, no resultaría agradable a una personalidad como vos el seguir aquí, aunque vuestra presencia sería muy bien recibida.

-¡Naturalmente, señor, que no podría yo pensar en ello ni por un solo instante!

La señora Sparsit cabeceó negativamente, sin apearse de su tono de elevada superioridad, y su tosecilla cambió un poco..., tosiendo ahora como si brotase dentro de ella el espíritu profético y juzgase preferible acallarlo a toses.

-Sin embargo, señora, en el edificio del Banco existen departamentos en los que una dama de ilustre nacimiento y alcurnia, con el cargo de encargada de la buena conservación del local, quizá fuese una adquisición; si con ello y los mismos emolumentos...

-Perdón, caballero. Os recuerdo que tuvisteis la bondad de prometerme que, en lugar de esas palabras, emplearíais siempre la frase de «regalo anual».

-¡Perfectamente, señora! Regalo anual. Si os dignaseis recibir el mismo regalo anual..., ¿qué queréis que os diga?..., no veo, por mi parte, nada que nos obligue a separarnos, a menos que vos lo veáis.

La señora Sparsit replicó:

-Señor, el ofrecimiento es digno de vos, y si el cargo que he de ocupar en el Banco no implica un descenso todavía mayor en la escala social...

-¡De ninguna manera!... De otro modo, señora, no podéis suponer que yo se lo iba a ofrecer a una dama que ha vivido en la sociedad en que vos habéis vivido. No porque a mí. se me dé un comino de semejante sociedad (¡ya me conocéis!), sino porque a vos sí que se os da.

-Señor Bounderby, sois muy atento.

-Tendréis vuestras propias habitaciones particulares, el carbón, velas y todo lo demás por el estilo; vuestra doncella para que os atienda, un porterito para protegeros, y con todo ello viviríais magníficamente, si me permitís el calificativo.

Eso dijo Bounderby, y la señora Sparsit le contestó:

-¡Basta, señor! Al dar por cumplida la misión que aquí tenía, no podré verme libre de la necesidad de comer el pan de la subordinación -bien pudiera haber dicho las mollejas, porque su cena preferida era este fino bocado en una apetitosa salsa oscura-. Siendo así, prefiero recibirlo de vuestra mano antes que de la de persona alguna. Por consiguiente, acepto, señor, agradecida vuestro ofrecimiento con mi más sincera gratitud por vuestros anteriores favores. Y espero, lo espero ansiosamente, que en la señorita Gradgrind encontréis todo lo que deseáis y todo lo que merecéis.

La señora Sparsit terminó el párrafo con acento de elocuente compasión. Nada fue capaz de mover ya a la señora Sparsit de aquella posición. Fue inútil que Bounderby usase de baladronadas y se diese importancia con sus modales explosivos; la señora Sparsit estaba decidida a compadecerle, como a una víctima. Se mostró cortés, atenta, animadora, risueña; pero cuanto más cortés, más animadora, más risueña y, en conjunto, más ejemplar parecía ella, más irremisiblemente sacrificado y víctima aparecía él. Mostraba una ternura tal hacia el triste destino que le esperaba a Bounderby, que, siempre que ella le miraba, la cara redonda y rubicunda de aquél cubríase de un frío sudor.

Se fijó, entre tanto, para la solemne celebración de la boda, el plazo de ocho semanas, y el señor Bounderby acudía todas las noches al Palacio de Piedra en calidad de novio oficial. Su manera de hacer el amor en tales ocasiones tomaba la forma de pulseras, y durante todo el tiempo del noviazgo adoptó maneras fabriles. Mandaba hacer vestidos, mandaba fabricar joyas, mandaba confeccionar pasteles y guantes, mandaba hacer instalaciones y otra gran variedad de realidades tangibles que honraban debidamente el contrato matrimonial. Éste era, desde el principio hasta el fin, realismo puro. No pasaban las horas de aquel noviazgo en ninguna de las floridas escenas que poetas desatinados han presentado como obligadas en tales circunstancias; ni los relojes corrían más de prisa ni más despacio que en cualquier otra época de la vida. El reloj, brutalmente estadístico, que Gradgrind tenía en su observatorio daba un martillazo en la cabeza a cada segundo en el momento en que éste nacía, y lo enterraba con la misma imperturbable regularidad.

Llegó, pues, el día, como llegan todos los demás días a las personas que se atienen únicamente a la razón; y cuando llegó los casaron en la iglesia de las floridas patas de madera -ese orden arquitectónico tan popular-; de una parte Josías Bounderby, caballero, de Coketown, y de la otra, Luisa, hija mayor de Tomás Gradgrind, caballero, del Palacio de Piedra, representante de aquel distrito en el Parlamento. Y, después de unidos en santo matrimonio, regresaron a desayunarse al Palacio de Piedra susodicho.

Reunióse con tan fausto motivo una inteligente concurrencia; todos los allí congregados sabían los ingredientes que entraban en lo que comían y en lo que bebían; si eran productos de importación ó de exportación, y en qué cantidades, en qué barcos, si eran éstos nacionales o extranjeros, y todo lo demás que había que saber. Las damas de honor de la novia, hasta Juana Gradgrind, la más pequeña, eran, desde el punto de vista intelectual, dignas compañeras de cualquier mozo calculador, y nadie de la concurrencia comentó la menor tontería. El novio les habló después del almuerzo en estos términos:

-Señoras y caballeros, os habla Josías Bounderby, de Coketown. Puesto que nos habéis hecho a mi mujer y a mí el honor de brindar por nuestra salud y nuestra felicidad, supongo que es mi deber corresponder a vuestros brindis, aunque, como todos me conocéis, sabéis quién soy y de dónde procedo, no esperaréis que os eche un discurso el hombre que, cuando ve un poste, dice: «¡Esto es un poste!», y cuando ve una bomba dice: «¡Esto es una bomba!», y no hay cuidado que llame bomba al poste ni poste a la bomba; ni a ninguno de los dos; mondadientes. Si esta mañana queréis oír un discurso, ya sabéis dónde buscarlo: mi amigo y padre político Tom Gradgrind es miembro del Parlamento. Yo no soy vuestro hombre. Pues bien: espero que sabréis disculparme si, al mirar hoy en torno de esta mesa, me siento un poco independiente y os hago notar cuán lejos estaba de pensar en casarme con la hija de Tom Gradgrind en los tiempos en que yo era un muchacho desharrapado de la calle, que jamás se lavaba la cara como no fuese en el caño de una bomba, y esto no más veces que una cada quincena. Digo, pues, que espero que os agradará mi sentimiento de independencia; si no os agrada, ¡qué le vamos a hacer! Yo me siento independiente. Acabo de decir, y también vosotros lo habéis dicho, que hoy me he casado con la hija de Tom Gradgrind. Estoy muy contento de haberlo hecho. Lo he deseado durante mucho tiempo. He sido testigo de cómo la han educado y creo que es digna de mí. Y, al mismo tiempo..., no quiero engañaros..., creo que yo soy digno de ella. Os doy, pues, las gracias, de parte de los dos, por la benevolencia que nos habéis demostrado; y lo mejor que yo puedo desear a los concurrentes que no están casados es esto: a los solteros les deseo que encuentren una esposa tan buena como la que yo he encontrado, y a las solteras les deseo un marido como el que mi mujer ha encontrado.

Poco después de esta perorata, la feliz pareja salió para la estación, porque se dirigían en viaje de novios a Lyon, para que el señor Bounderby tuviese oportunidad de ver cómo andaba la mano de obra en aquel país, y si también allí los obreros exigían ser alimentados con cuchara de oro. Cuando la novia, vestida para el viaje, bajaba del piso principal, se encontró con Tom, que la esperaba... muy animado, quizá por efecto de sus sentimientos, quizá por efecto de la parte vinosa del almuerzo. Y cuchicheó al oído de su hermana:

-¡Eres una muchacha valiente, eres una hermana magnífica, Lu!

Luisa se abrazó a él como hubiera debido abrazarse aquel día a otro ser mucho más digno; su compostura y reserva recibieron por vez primera una sacudida.

Pero Tom exclamó:

- El viejo Bounderby está ya listo. Llegó el momento. ¡Adiós! Estaré al tanto para salir a recibirte cuando volváis. Dime, querida Lu: ¿no es una gloria vivir como vivimos ahora?


 

 

 

Libro Segundo

 

LA COSECHA

 

CAPITULO PRIMERO

 

EFECTOS EN EL BANCO

 

Un día de sol en plena canícula. A veces hace días así hasta en el mismo Coketown.

Visto Coketown desde lejos con semejante tiempo, yacía amortajado en una neblina característicamente suya, que parecía impermeable a los rayos del sol. Se advertía que allí dentro había una ciudad, porque era sabido que sin una ciudad no podía existir aquella mancha fosca sobre el panorama. Un borrón de hollín y de humo, que unas veces se inclinaba confusamente en una dirección y otras en otra; que unas veces ascendía hacia la bóveda del cielo y otras reptaba sombrío horizontalmente al suelo, según que el viento se levantaba, caía o cambiaba de cuadrante; una masa densa e informe, cruzada por capas de luz que ponían únicamente de relieve amontonamientos de negrura: así era como Coketown, visto a distancia, y aunque no se descubriese uno solo de sus ladrillos, daba indicios de sí mismo.

Lo admirable de Coketown era que existiese. Tantas veces había sido reducido a ruinas, que causaba asombro cómo había podido aguantar tantas catástrofes. Se puede afirmar que los fabricantes de Coketown están hechos de la porcelana más frágil que ha existido jamás. Por grande que sea el mimo con que se los manipule, se rompen en pedazos con tal facilidad, que lo dejan a uno con la sospecha de si no estarían antes agrietados. Cuando se les exigió que enviasen a la escuela a los niños que trabajaban, se arruinaron; cuando se nombró inspectores que inspeccionasen sus talleres, se arruinaron; cuando estos inspectores manifestaron dudas acerca del derecho que pudieran tener esos fabricantes a cortar en tajadas a los obreros con sus máquinas, se arruinaron; y cuando se insinuó la opinión de que acaso no fuese indispensable que produjesen tanto humo, se arruinaron total y definitivamente. Además de la cuchara de oro del señor Bounderby, que andaba en boca de casi todos en Coketown, era muy popular en esta ciudad otro mito, que adoptaba la forma de una amenaza. Siempre que un coketownense creíase perjudicado, es decir, siempre que se le impedía campar por sus respetos y alguien proponía que se le hiciese responsable de las consecuencias de sus actos, podíase tener la seguridad de que reaccionaría con la espantosa amenaza de que «antes arrojaría al Atlántico todos sus bienes».Esta amenaza había puesto en varias ocasiones al ministro del Interior a dos dedos de la muerte.

Sin embargo, los coketownenses eran tan patriotas, a pesar de todo, que jamás arrojaron sus bienes al Atlántico, sino que, por el contrario, tuvieron la amabilidad de cuidarlos celosamente. Allí estaba, pues, Coketown, entre la neblina lejana, creciendo y multiplicándose.

Las calles estaban abrasadas y polvorientas en aquel día de verano, y el sol era tan brillante que atravesaba el espeso vapor que caía sobre Coketown y no permitía fijar en él la vista. Los fogoneros surgían de profundas puertas subterráneas para salir a los patios de las fábricas, y tomaban asiento en gradas, postes y vallas, enjugándose los rostros ennegrecidos y mirando los carbones. La población entera daba la impresión de estar friéndose en aceite. Se percibía en todas partes un penetrante aroma de aceite caliente. Las máquinas de vapor aparecían brillantes de aceite; la ropa de los obreros tenía manchas de aceite; las fábricas, a través de todos sus pisos, destilaban y chorreaban aceite. En los palacios de hadas la atmósfera parecía el aliento del siroco, y sus moradores, desfallecientes de calor, trabajaban lánguidamente en el desierto. Pero no había temperatura capaz de devolver su juicio a los elefantes ni de enloquecerlos más de lo que estaban. Sus fastidiosas cabezas iban y venían al mismo compás con tiempo caluroso o con tiempo frío, con tiempo húmedo o con tiempo seco, con tiempo bueno o con mal tiempo. A falta del susurro de los bosques, Coketown sólo podía ofrecer el vaivén acompasado de las sombras de esos elefantes en los muros; en cambio, para sustituir el zumbido veraniego de los insectos, podía ofrecer durante todo el año, desde el amanecer del lunes hasta el anochecer del sábado, el zumbido de las transmisiones y poleas.

Zumbaban perezosamente durante todo aquel día de sol, adormilando aún más y dando más calor aún al caminante que pasaba junto a los muros susurrantes de las fábricas. Las persianas y los riegos refrescaban un poco las calles principales y los comercios: pero las fábricas, los patios y las callejuelas ardían lo mismo que un horno. Río abajo, un río negro y espeso de residuos colorantes, algunos muchachos coketownenses que estaban de asueto - una escena rarísima en dicha población- bogaban en una lancha absurda que dejaba en las aguas una estela espumosa conforme avanzaba ; y a cada inmersión de los remos se removían olores nauseabundos. Pero el sol mismo, aunque produzca en general efectos beneficiosos, era menos benigno con Coketown que el frío más rudo, y rara vez clavaba fijamente su mirada en los rincones más apretados de la ciudad sin que engendrase más muerte que vida. Así es como el ojo del mismo cielo se convierte en un ojo maldito cuando unas manos incapaces o sórdidas se interponen entre él y las cosas a las que él mira para llevarles su bendición.

La señora Sparsit se hallaba sentada en su habitación de tarde del edificio del Banco, que daba al lado de mayor sombra de la hirviente calle. Habían pasado las horas de oficina, y en esa época del año, cuando el tiempo era caluroso, acostumbraba ella embellecer con su linda persona la sala de sesiones del Consejo, situada encima de las oficinas abiertas al público. Su sala de estar, la de sus habitaciones particulares, se hallaba un piso más arriba; todas las mañanas la señora Sparsit solía estar en su puesto de observación a punto para acoger al señor Bounderby, cuando éste cruzaba la calle para entrar en el Banco, con la gratitud compasiva que se merecía una víctima. Aquél llevaba ya casado un año, y ni por un instante siquiera lo había liberado, en todo ese tiempo, la señora Sparsit de su inflexible compasión.

El Banco no ofrecía ningún contraste con la monotonía absoluta de la población. Era otro edificio más de ladrillo rojo, con contraventanas exteriores negras, persianas interiores verdes, puerta de calle negra con dos escalones blancos, chapa de bronce en la puerta, punto y aparte de bronce para manillar. Su grandor era el doble que el de la casa del señor Bounderby, de igual manera que otras casas eran la mitad y hasta una sexta parte del grandor de la del señor Bounderby; pero en todos los demás detalles respondía exactamente al patrón general.

La señora Sparsit tenía conciencia de que, con acudir a la caída de la tarde a pasearse entre las mesas y los útiles de escribir, derramaba sobre la oficina una gracia femenina, por no decir también aristocrática. Sentada a la ventana con sus labores de punto o de malla, enorgullecíala el sentimiento de que con su porte de verdadera dama suavizaba el rudo aspecto de aquel lugar. Bajo la impresión de representar papel tan interesante, considerábase la señora Sparsit como una especie de hada del Banco. Las gentes de la población, que en sus idas y venidas por la calle la veían allí, mirábanla como el dragón del Banco que vigilaba los tesoros de la mina.

La señora Sparsit sabía tan poco como ellas en qué consistían tales tesoros. Los renglones principales del catálogo que ella se había formado eran monedas de oro y de plata, papeles valiosos, secretos que, de divulgarse, acarrearían catástrofes indefinidas a personas indefinidas -aunque esas personas indefinidas fuesen, por lo general, aquellas que a ella le inspiraban antipatía-. Fuera de esto, ella sabía que después de las horas de oficina era la única reina de todo el mobiliario del Banco, y de una cámara acorazada y cerrada con tres llaves, junto a la puerta de la cual apoyaba todas las noches su cabeza el porterito joven, tumbado en un catre que desaparecía en las primeras horas del día. Era, además, señora única de ciertos sótanos abovedados, apartados de toda comunicación con el mundo rapaz gracias a picas afiladas de hierro, y de las reliquias del trabajo del día anterior, consistentes en manchones de tinta, plumillas estropeadas, fragmentos de obleas y papeles rotos, en trozos tan menudos que la señora Sparsit no logró descifrar en ellos nada interesante cuantas veces lo intentó. Por último, tenía bajo su custodia un pequeño arsenal de machetes y carabinas dispuestos en orden vengativo encima del delantero de la chimenea de uno de los despachos, y tenía, además, algo que constituye una tradición inseparable de todos los locales de negocio que se jactan de ricos: una hilera de cubos para casos de incendio, vasijas que no sirven absolutamente de nada cuando el incendio se produce, pero que (era cosa probada) ejercían sobre cuantos los miraban un admirable efecto moral, equiparable casi al de las barras de oro.

El imperio de la señora Sparsit se completaba con una criada sorda y el porterito rubio. Se susurraba que la criada sorda era persona rica; durante bastantes años corría entre las gentes más pobres de Coketown el dicho de que alguien la mataría cualquier noche para robarle su dinero cuando el Banco estuviese cerrado. Tenían incluso la convicción de que ya debía haberse producido el hecho y que la sorda hubiera debido caer desde bastante tiempo antes; pero ella se había aferrado a su vida y a su posición con una tenacidad antipática que molestaba y defraudaba a muchos.

El servicio de té para la señora Sparsit acababa de ser colocado en una mesita coquetona, cuyas tres patas habían adoptado una actitud que sólo se permitían tomar después de las horas de oficina, a la par de la mesa severa, larga y forrada de cuero, que acaparaba el centro de la habitación. El porterito rubio colocó encima de la mesita la bandeja, y se golpeó la frente con los nudillos de la mano, a guisa de saludo. La señora Sparsit le dijo:

-Gracias, Bitzer.

-Las gracias a vos, señora -le contestó el porterito rubio.

Era, desde Juego, un porterito rubio, tan rubio como en los días aquellos en que hizo entre pestañeos la definición del caballo para que sirviese de lección a la muchacha número veinte.

-¿Está cerrado todo, Bitzer?

-Todo está cerrado, señora.

Al servirse el té, preguntóle la señora Sparsit:

- ¿Qué noticias hay por ahí...? ¿Nada...?

-La verdad, señora, que lo que he oído nada tiene de particular. Nuestra gente del pueblo es mala gente, señora ; pero esto, por desgracia, no es ninguna novedad.

- ¿Y qué es lo que hacen ahora esos descontentadizos individuos?

-Lo de siempre, señora. Formar uniones, coligarse, solidarizarse unos con otros.

La nariz de la señora Sparsit se hizo más romana aún, y sus cejas más a lo Coriolano a fuerza de adoptar una actitud severa.

-Es muy de lamentar que la Unión de patronos tolere que se formen esas ligas de una clase social.

-Así es, señora -dijo Bitzer.

-Estando unidos ellos, debían, todos a una, negarse a dar trabajo a ningún hombre que estuviese coligado con otro.

-Ya lo hicieron, señora; pero no dio resultado.

-Yo no me tengo por entendida en estas materias -dijo la señora Sparsit con dignidad-. He tenido, por mi nacimiento, que moverme en una esfera completamente distinta, porque el señor Sparsit, por el hecho de ser un Powler, hallábase también completamente apartado de esta clase de luchas. Sé únicamente que es preciso sujetar a estas gentes de una vez y para siempre, y que esto debía haberse realizado hace ya mucho tiempo.

Bitzer replicó, exteriorizando un gran respeto hacia la autoridad de oráculo de la señora Sparsit:

-En efecto, señora; no es posible exponer el asunto con mayor claridad, no es posible, señora.

Era el momento acostumbrado para su pequeña charla confidencial con la señora Sparsit; como, por la expresión de sus ojos, Bitzer había visto que esta señora iba a preguntarle algo, hizo como que arreglaba reglas, tinteros y demás útiles, mientras la dama seguía tomando el té y contemplando por la abierta ventana el espectáculo de la calle. La señora Sparsit preguntó por fin:

-¿Ha sido día de mucho movimiento, Bitzer?

-No, milady; el movimiento no ha sido mucho; más o menos como en los días corrientes.

El muchacho, simulando un involuntario tributo a la dignidad personal y a los títulos de respeto que correspondían a la señora Sparsit, dábale de cuando en cuando el tratamiento de milady en lugar del de señora.

La señora Sparsit, sacudiendo con mucho cuidado una miga imperceptible de pan y mantequilla que le había caído al mitón de la mano izquierda, preguntó:

-Y qué, ¿sigue el personal siendo tan de confianza, trabajador y puntual como de costumbre?

-Sigue portándose bastante bien, señora..., con la excepción de siempre.

Bitzer desempeñaba el respetable cargo de espía e informador general en el establecimiento; en pago a este servicio voluntario, recibió, con ocasión de las últimas Navidades, un regalo especial, además del sueldo de una semana, y por encima de éste. Se había convertido en un mozo muy calculador, precavido, prudente y que haría con seguridad carrera. Su cerebro funcionaba con exactitud matemática y carecía en absoluto de sentimientos y de pasiones. Todos sus actos estaban inspirados en el más refinado y frío cálculo; y no sin motivo solía decir la señora Sparsit, refiriéndose a él, que era el joven de más sólidos principios que ella había conocido jamás. Convencido, a la muerte de su padre, de que su madre tenía derecho a ser asilada en Coketown, el joven economista hizo valer ese derecho con tan tenaz apego a las normas jurídicas, que logró verla encerrada desde entonces en la casa-asilo municipal. Para ser justos, aunque el hecho constituía en él una debilidad, hay que decir que le llevaba anualmente una libra de té; constituía esto una debilidad en él, en primer término, porque todos los regalos marcan una tendencia inevitable a empequeñecer al que los recibe, y, en segundo lugar, porque, puesto a comprar té, lo lógico hubiera sido que lo comprase al más bajo precio posible y que lo vendiese al precio más alto que pudiera conseguir; es cosa comprobada por todos los filósofos que los deberes del hombre se reducen a esto...; no una parte de sus deberes, sino la totalidad de los mismos. Al cabo de unos momentos volvió a repetir:

-Sigue portándose bastante bien, señora..., con la excepción de siempre.

-¡Ah! -exclamó la señora Sparsit, bebiendo un gran sorbo de té, después de mirar la taza cabeceando.

-Sí; me refiero al señor Tomás. Recelo bastante del señor Tomás, señora; no me gustan, en modo alguno sus maneras de comportarse.

La señora Sparsit le contestó con gran solemnidad:

-Bitzer, ¿ya no os acordáis de lo que os tengo dicho a propósito de nombres propios?

-Perdonadme, señora; es muy cierto que me prohibisteis emplear nombres propios, y reconozco que siempre es mejor no pronunciarlos.

La señora Sparsit prosiguió con su aire solemne:

-Os ruego que recordéis que yo ocupo aquí un cargo, que yo tengo aquí una misión bajo los auspicios del señor Bounderby. Por muy improbable que pareciese hace algunos años el que yo me viese dependiendo del señor Bounderby, sirviéndole por un regalo anual, no tengo más remedio que pensar en dicho señor desde ese punto de vista. Yo he merecido del señor Bounderby todos los respetos debidos a mi posición en la sociedad y todas las atenciones correspondientes a mi alcurnia que yo podía ambicionar. Más, muchas más. De aquí que mi protector merecerá siempre mi más escrupulosa lealtad. Si yo permitiese que bajo este techo que nos cubre se tomasen en boca nombres propios de personas con las que, por desgracia, por gran desgracia (no tengáis duda alguna al respecto), estamos relacionados, no creería, no querría creer, no podría creer que me portaba con escrupulosa lealtad.

Bitzer se golpeó de nuevo la frente con los nudillos de la mano, y de nuevo pidió perdón. La señora Sparsit

prosiguió:

-No. Bitzer; no pronunciéis nombres propios; decid un individuo, y entonces podré escucharos; pero si nombráis a don Tomás tendréis que perdonarme que no os escuche.

Bitzer dio un salto atrás en el diálogo, y dijo:

-Con la excepción del individuo de siempre.

- ¡Ah!

La señora Sparsit repitió la exclamación de antes, el cabeceo y el gran sorbo de té, como si con ello reanudase la conversación en el punto en que había sido interrumpida.

- El tal individuo, señora, no se comportó jamás como debía desde el momento mismo en que entró en estas

oficinas. Es un vago, manirroto y crapuloso. No se merece el pan que come, señora, y tampoco sabría ganárselo, si no contase con un amigo y pariente en la Corte.

-¡Ah! -exclamó la señora Sparsit con otro cabeceo melancólico.

-Lo único que yo desearía, señora, es que su amigo y pariente no le proveyese de medios para seguir llevando la vida que lleva. Por lo demás, señora, bien sabemos vos y yo de qué bolsillo sale el dinero que gasta.

-¡Ah! -suspiró de nuevo la señora Sparsit, con otro cabeceo melancólico.

-Hay que compadecerlo, señora. Esa última persona a la que he aludido, merece, señora, que la compadezcamos.

-En efecto, Bitzer; yo siempre, siempre, he compadecido a los que viven en un engaño.

Bitzer se aproximó más, y dijo, bajando la voz:

-En el terreno personal, es un individuo tan poco precavido como el que más en esta ciudad, y vos sabéis muy bien cuán poco precavidos son en esta ciudad. Nadie puede saberlo mejor que tina dama de vuestra alta categoría.

-Harían todos ellos bien en tomar ejemplo de vos, Bitzer -replicó la señora Sparsit.

-Muchas gracias, señora. Y, puesto que habéis hablado de mí, ved cómo soy. He conseguido poner ya de lado algunos ahorros. El regalo que recibí por Navidad, señora, ni siquiera lo he tocado. No gasto ni aun la totalidad de mi salario, aunque éste sea bien poco elevado. ¿No pueden hacer ellos lo mismo que yo he hecho? Lo que una persona es capaz de hacer, también puede hacerlo otra cualquiera.

Este último era otro de los mitos de Coketown. Cualquiera de sus capitalistas, de los que habían llegado a reunir sesenta mil libras esterlinas empezando con medio penique, salía de pronto y en cualquier ocasión preguntando asombrado por qué los sesenta mil obreros manuales que, más o menos, había en Coketown no se las arreglaban para convertir, todos y cada uno de ellos, su medio penique en sesenta mil libras, viniendo a reprocharles que no fuesen capaces de llevar a cabo una cosa tan sencilla. «Lo que yo hice, vos también podéis hacerlo. ¿Por qué no ponéis manos a la obra y lo lleváis a cabo? »

-Y sobre el asunto de si necesitan diversiones, creo, señora, que todo son tonterías y ganas de hablar. Yo, por ejemplo, no necesito diversiones. Nunca las necesité y nunca las necesitaré. No me agradan. Otro tema, el de sus asociaciones: estoy seguro de que hay muchos entre ellos que podrían beneficiarse un poco de cuando en cuando, en dinero o en protección, mejorando de este modo su nivel de vida, con solo que se vigilasen entre sí, comunicando después lo que saben. Siendo así, ¿por qué no aprovechan la ocasión de mejorar? Este es el primer deber de todo ser racional, y ellos tienen la pretensión de que necesitan mejorar.

-¿Que tienen esa pretensión? -exclamó la señora Sparsit.

-Lo que estamos oyendo constantemente, señora, y sacan a relucir a sus mujeres y a sus familiares, hasta tal punto que ya resulta repugnante. Fijaos en mí, señora; yo no necesito mujer ni familia. ¿Por qué han de tenerla ellos?

-Porque no saben calcular -dijo la señora Sparsit.

-En efecto, señora; esa es la realidad. Si ellos fueran más precavidos y menos viciosos, ¿sabéis lo que harían, señora? Se dirían: «Mientras toda mi familia quepa debajo de mi sombrero..., o debajo de mi cofia..., según sea el caso, no tengo que alimentar más que a una persona, y esa persona es precisamente la que más gusto tengo en alimentar.»

-¡Naturalmente! -asintió la señora Sparsit, engullendo un mojicón.

Bitzer volvió a darse con los nudillos de la mano en la frente, correspondiendo así a la manera en que la señora Sparsit se dignaba elevar el tono de la conversación, y contestó:

-Muchas gracias, señora. ¿Deseáis que os traiga un poco más de agua caliente? ¿Necesitáis, señora, que os traiga alguna otra cosa?

-En este momento no necesito nada, Bitzer.

-Gracias, señora. No quisiera yo perturbar vuestras comidas, señora, y mucho menos el té, señora, sabiendo lo mucho que os agrada... -dijo Bitzer, estirándose un poco para ver desde su sitio lo que pasaba en la calle-; pero observo que hay un caballero que lleva unos momentos mirando hacia acá, y ahora cruza la calle como si fuera a llamar a la puerta... Ese aldabonazo, señora, lo ha dado él, sin duda alguna.

Bitzer avanzó hasta la ventana, asomó la cabeza, la volvió a retirar y se afirmó en lo dicho:

-En efecto, señora... ¿Deseáis que haga pasar al caballero?

-No sé, quién pueda ser -dijo la señora Sparsit, limpiándose la boca y arreglándose los mitones.

-Se ve claro que es forastero.

-No sé qué pueda querer un forastero a estas horas en el Banco, como no sea que se le haya hecho tarde para el asunto que traía; pero como yo ocupo un cargo en este establecimiento por delegación del señor Bounderby, estaré a la altura de mis obligaciones. Si entra en las que he aceptado el atender a ese caballero, lo recibiré. Bitzer, obrad según vuestro buen criterio.

Al llegar a este punto, el visitante, completamente ajeno a las palabras magnánimas de la señora Sparsit, repitió el aldabonazo con tal energía que el porterito rubio se apresuró a abrir la puerta. La señora Sparsit, entre tanto, tomaba la precaución de esconder su mesita, con todos los utensilios que había encima, dentro de un armario, y se marchó al piso superior, afín de presentarse con mayor solemnidad, si el caso lo requería.

-Señora, si me lo permitís, el caballero desearía hablar con vos.

Esto lo dijo Bitzer puesto su ojo rubio en el agujero de la cerradura de la puerta de la señora Sparsit. Y de este modo, la señora Sparsit, que había aprovechado aquel intervalo para dar algunos toques a su cofia, bajó otra vez las escaleras con su cara de rasgos clásicos y penetró en el cuarto de la Comisión directiva del Banco con el ademán de una matrona romana que saliese de las murallas de la ciudad para conferenciar con un general invasor.

Esta entrada imponente no produjo el menor efecto sobre el visitante, que se había acercado paseando a la ventana y se hallaba en aquel instante mirando despreocupado a la calle. Silboteaba por lo bajo con toda la tranquilidad imaginable, cubierta aún la cabeza con el sombrero y con una expresión de cansancio que era en parte producto del mucho calor y en parte también de su excesiva elegancia de maneras. Saltaba a la vista del más ciego que se trataba de un perfecto caballero, cortado por el patrón de la moda de su tiempo: cansado de todo y tan escéptico de todo como el mismísimo Lucifer. La señora Sparsit dijo:

-Creo, caballero, que deseabais verme.

El visitante dio media vuelta y se quitó el sombrero.

-Perdón, señora; os ruego que me disculpéis.

La señora Sparsit pensó para sí misma, mientras se agachaba con una majestuosa inclinación: «¡Ejem...! Treinta y cinco, bien parecido, buena estampa, buena dentadura, buena voz, de buena casta, bien vestido, pelo negro, mirada audaz.» Todo esto lo vio la señora Sparsit, como mujer que era..., por el estilo de aquel sultán que metió la cabeza en un cubo de agua... con sólo agacharse y levantarse. Y le dijo:

-Tened la amabilidad de sentaros.

-Gracias... Permitidme... El visitante le acercó una silla; pero él permaneció apoyado al desgaire en la mesa. Y siguió diciendo:

-Mi criado quedó en la estación cuidando del equipaje..., una gran impedimenta, y mucha parte de ella en el furgón..., y yo me vine paseando y curioseando. ¡Qué ciudad más extraordinaria! Permitidme una pregunta: ¿está siempre tan negra como hoy?

-Por lo general, suele estarlo mucho más -contestó la señora Sparsit con su acento inflexible.

-¿Es posible? Permitidme: ¿vos sois de aquí mismo?

La señora Sparsit le contestó:

-No, señor. Por mi buena o por mi mala suerte, me moví en una esfera distinta antes de quedarme viuda. Mi marido llevaba el apellido Powler.

-¡Perdón! ¿De modo que... era un...?

La señora Sparsit repitió:

-¡Un Powler!

-De la familia de los Powlers...

El forastero lo dijo después de meditar unos momentos. La señora Sparsit asintió con el gesto. El forastero dio muestras de estar aún más fatigado que antes, y la consecuencia que sacó de aquel dato se manifestó en esta pregunta:

-Os aburriréis mucho aquí, ¿verdad?

-Soy esclava de las circunstancias y hace ya mucho tiempo que me doblegué a la fuerza que rige mi vida.

-Esa es una actitud muy filosófica, muy ejemplar y digna de alabanza, y...

El forastero debió de juzgar que no valía siquiera la pena de dar fin a la frase, y se puso a juguetear cansinamente con la cadena del reloj.

-Permitidme, caballero, que os pregunte a qué debo el

honor de...

-Os lo permito, claro que sí, y os agradezco mucho que me lo hayáis recordado. Soy portador de una carta de presentación para el banquero señor Bounderby. Paseando por esta ciudad tan extraordinariamente negra, mientras preparan la cena en el hotel, le hablé a un individuo con el que me crucé en el camino, a uno de estos trabajadores que parecía salir de tomar una ducha de cierta sustancia como pelusa, que yo supongo que será la materia prima...

La señora Sparsit hizo una inclinación de cabeza.

-... ¿verdad que sí...? la materia prima..., y le pregunté si sabía dónde residía el señor Bounderby, el banquero.

Él, equivocado, sin duda, por la palabra banquero, me dio la dirección del Banco. Me imagino, por lo que veo, que el señor Bounderby, el banquero, no reside en el edificio este en que tengo el honor de daros esta explicación, ¿no es cierto?

-En efecto, no reside aquí -le contestó la señora Sparsit.

-Gracias. No era, ni es, mi intención entregar la carta en este momento. Pero, al llegar en mi paseo hasta el Banco, tuve la buena suerte de descubrir en la ventana... -hacia la que movió con lánguido vaivén la mano, ligeramente encorvada- a una dama de aspecto muy aristocrático y agradable, y me dije que lo mejor que yo podía- hacer era tomarme la libertad de preguntar a esa dama dónde reside el señor Bounderby, el banquero.

Y eso es lo que me atrevo a hacer, con todas las excusas que son del caso.

La indiferencia e indolencia de maneras que demostraba hallábanse suficientemente compensadas, en opinión de la señora Sparsit, por cierta galantería espontánea, que era también como un homenaje a ella. En aquel mismo instante, y aunque estaba casi sentado en la mesa, inclinábase al desgaire hacia ella, como si descubriese en la señora Sparsit un cierto atractivo que la hacía encantadora... a su modo.

El forastero, cuya facilidad y suavidad de expresión resultaban agradables y parecían indicar pensamientos mucho más razonables y graciosos que lo que realmente eran -lo que acaso constituía un hábil recurso ideado por el fundador de una escuela que tiene tan numerosos adeptos, fuera quien fuese ese gran hombre- dijo:

-Ya sé que los bancos son siempre recelosos y que oficialmente deben serlo. Por eso me permito decir que mi carta..., hela aquí..., procede del diputado par este distrito..., del señor Gradgrind..., a quien tuve el gusto de conocer en Londres.

La señora Sparsit identificó la letra, aseguró que no hacía falta semejante prueba, y dio la dirección del señor Bounderby, con todos los detalles y datos necesarios al forastero para encontrarla.

-Un millón de gracias... Supongo que conoceréis bien al banquero.

-Sí, señor; llevo diez años de tratarlo en la situación de dependencia en que estoy con respecto a él -contestó la señora Sparsit.

-¡Eso es una eternidad! Tengo entendido que casó con la hija de Gradgrind.

- En efecto, tuvo ese... honor -dijo la señora Sparsit, y apretó súbitamente la boca.

-Según me informan, esa dama es todo un filósofo. ¿Es cierto?

-¿Ah, sí? ¿De veras? -exclamó la señora Sparsit.

El forastero recorrió con la mirada las cejas de su interlocutora, adoptando una expresión propiciatoria mientras decía:

-Disculpad mi impertinente curiosidad: vos conocéis a esa familia y sois también mujer de mundo. Yo estoy en vísperas de conocerla y acaso tenga que tratarla mucho... ¿Es la dama tan alarmante como se dice? Ardo en deseos de saber si responde a la verdad la fama de mujer de cabeza sólida que le da su padre. ¿Es mujer a la que no hay que ponerle un pero? ¿Repugnante y apabullantemente sabia? Vuestra significativa sonrisa me está diciendo que no. Habéis vertido un bálsamo sobre mis preocupaciones. Veamos ahora la edad... ¿Cuarenta...? ¡Treinta y cinco!

La señora Sparsit soltó una risa franca, y exclamó:

-Una verdadera chiquilla. Se casó sin tener veinte años.

El forastero le contestó, apartándose de la mesa:

-Os doy mi palabra de honor de que en mi vida me llevé chasco igual, señora Powler.

En efecto, aquello le impresionó todo lo que él era capaz de impresionarse. Se quedó mirando fijamente a su interlocutora por espacio de un cuarto de minuto largo, demostrando en todo ese tiempo la sorpresa que embargaba su alma. Y, al fin, exclamó, agotado:

-Os aseguro, señora Powler, que al escuchar al padre de la dama me preparé a encontrarme con una madurez agria y pétrea. Os quedo reconocido por todo; pero especialmente por haberme sacado de tan absurdo error. Disculpad mi entretenimiento. Muchísimas gracias. Adiós.

Abandonó la habitación con una reverencia. La señora Sparsit, oculta tras la cortina de la ventana, lo vio alejarse lánguido por el lado en sombra de la calle, y mientras caminaba iba siendo el blanco de las miradas de toda la ciudad.

Cuando Bitzer entró para alzar el servicio, la señora Sparsit preguntó al porterito rubio:

-¿Qué opináis del caballero, Bitzer?

-Que gasta mucho dinero en vestir, señora.

-Es preciso reconocer que tiene muy buen gusto.

-Desde luego, señora; si es que vale la pena de gastar en eso el dinero. Además, me da en la nariz, señora, que es un jugador -agregó Bitzer mientras sacaba brillo a la mesa.

-El juego es una inmoralidad.

-El juego es una ridiculez, señora, porque siempre hay una proporción de probabilidades en contra de los jugadores.

Fuese porque el calor se lo impedía, fuese porque no se sentía en disposición de hacerlo, el caso es que la señora Sparsit no trabajó aquella noche. Cuando el sol empezó a ponerse tras la cortina de humo, sentóse ella a la ventana; allí permaneció mientras el humo se iba tornando de un rojo llama, y cuando su color se fue apagando, y cuando la oscuridad pareció brotar lentamente de la tierra, y reptar hacia arriba, hacia arriba, hasta los tejados de las casas, hasta la aguja del campanario de la iglesia, hasta la boca de las chimeneas de las fábricas, hasta el firmamento..., la señora Sparsit siguió sentada a la ventana, sin encender luz en el cuarto, con las manos en cuña, sin enterarse de los ruidos del atardecer: el griterío de los muchachos, los ladridos de los perros, el retumbo de ruedas, los pasos y las voces de los transeúntes, los agudos pregones de la calle, el sonar de los zuecos sobre el pavimento cuando les llegó la hora de pasar por allí, el ruido de los postigos de los escaparates en el momento del cierre de tiendas. La señora Sparsit no salió de su estado de ensueño hasta que el porterito le anunció que estaba listo su nocturno plato de mollejas; entonces ella subió al piso superior con sus tupidas cejas negras, que para entonces, y a fuerza de contraerse meditando, necesitaban desarrugarse con un buen planchado.

-¡Qué estúpido!

Esta exclamación fue lanzada por la señora Sparsit mientras cenaba a solas. No dijo a quién se refería; desde luego no podía referirse al plato de mollejas.

 

 

 

 

CAPITULO II

 

DON SANTIAGO HARTHOUSE

 

El partido de los Gradgrinds necesitaba reclutas para su tarea de degollar a las Gracias. Y los buscaba por todas partes. ¿Dónde podía confiar en encontrarlos con más facilidad que entre los refinados caballeros que, tras de comprobar que ninguna cosa valía nada, hallábanse igualmente en disposición para cualquier cosa?

Además, esta clase de espíritus sanos, que habían ascendido a cumbres tan sublimes, ejercían atracción sobre muchos de los adeptos de la escuela de Gradgrind. A éstos les gustaban los caballeros refinados; afirmaban que no, pero la verdad es que les gustaban. Se fatigaban imitándolos; daban a su hablar las mismas inflexiones que aquéllos, y cuando agasajaban a sus discípulos con mohosos discursitos sobre economía política, lo hacían con aire de fatiga. No se había visto jamás en el mundo hasta entonces otra hibridación más asombrosa que aquella.

Entre los caballeros refinados que no pertenecían de una manera normal a la escuela de Gradgrind, había uno de buena familia y mejor presencia, dotado de un feliz y extraño humorismo, que había obtenido un éxito inmenso en la Cámara de representantes en cierta ocasión en que la obsequió -a la Cámara y al Consejo de administración de cierto ferrocarril- con su descripción de un accidente ferroviario en el que los más cuidadosos empleados de ferrocarril que había en el mundo, a sueldo de los gerentes de compañía más espléndidos de que existía memoria, manejando la maquinaria más perfecta que jamás se planeó, en la línea ferroviaria mejor construida hasta entonces, habían matado a cinco personas y herido a treinta y dos por una pura desgracia, sin la cual todas las excelencias de todo aquel sistema habrían quedado real y verdaderamente imperfectas.

Entre los muertos en el accidente figuraba una vaca, y entre las prendas perdidas y sin propietario la cofia de una viuda. El honorable diputado había cosquilleado a la Cámara -que disfruta de un fino sentido del humor-, haciéndola reír de tal manera al ponerle la cofia en la cabeza a la vaca, que aquélla no quiso escuchar nada a propósito de la investigación judicial y absolvió al ferrocarril entre aplausos y risas.

Ahora bien: este caballero tenía un hermano más joven y de aspecto más agradable todavía, el que después de intentar hacer carrera como alférez de dragones encontró esta profesión molestísima; intentó a continuación abrirse camino en el séquito de un embajador inglés en el extranjero, pareciéndole también aquello un aburrimiento; hizo a continuación un viaje hasta Jerusalén y se aburrió allí por el estilo; inmediatamente emprendió un viaje en yate por el mundo y se aburrió en todas partes. A este caballero le dijo cierto día el honorable y divertido miembro del Parlamento, fraternalmente: «Santi, entre esta gente de realidades hay muy buenas ocasiones de abrirse camino, y necesitan hombres. ¿Por qué no te metes en estadística?» Santi, bastante complacido con la novedad de aquella idea y necesitadísimo de un cambio, se mostró tan dispuesto a meterse en estadística como en cualquier otra cosa. Se metió, pues, en ella. Entrenóse hojeando uno o dos libros azules, y su hermano el diputado puso el hecho en conocimiento de las gentes realistas, diciéndoles: «Si necesitáis para un cargo cualquiera un hermoso perro capaz de pronunciar discursos magníficamente endemoniados, buscad a mi hermano Santi, que es el hombre que os está haciendo falta.» Después de unas cuantas y súbitas apariciones en mítines públicos, el señor Gradgrind y un consejo de sabios políticos dieron el visto bueno a Santi, decidiéndose enviarlo a Coketown para que lo fuesen conociendo en dicha ciudad y en sus alrededores. De todo ello tuvo origen la carta que Santi había mostrado la noche anterior a la señora Sparsit, y que tenía ahora el señor Bounderby en su mano; el sobrescrito rezaba así: «A Josías Bounderby, caballero, banquero, en Coketown. Exclusivamente para presentación de Santiago Harthouse, caballero. De Tomás Gradgrind.»

Una hora después de recibir este mensaje y la tarjeta de don Santiago Harthouse, el señor Bounderby se caló el sombrero y se dirigió al hotel. Encontró en éste a don Santiago Harthouse mirando por la ventana en un estado de ánimo de tal desconsuelo, que ya estaba medio tentado a meterse en cualquier otra cosa. El visitante se presentó:

-Caballero: soy Josías Bounderby, de Coketown. Aunque su apariencia desmentía las palabras, don Santiago de Harthouse se manifestó encantado de que se le presentase una ocasión tan largamente esperada. El señor Bounderby le dijo, al mismo tiempo que echaba mano resueltamente a una silla:

-Caballero, Coketown es una ciudad muy diferente de aquella en que vos estáis acostumbrado a vivir. Por tanto. si me lo permitís..., y que me lo permitáis o no, porque yo soy hombre a la pata la llana..., os voy a decir algunas cosas acerca de ella antes que pasemos adelante.

El señor Harthouse mostróse encantado, y Bounderby prosiguió:

-No os mostréis tan seguro de que os va a agradar lo que voy a deciros. Por mi parte, no os lo aseguro. En primer lugar, ya habréis visto el humo que acá nos gastamos, y que para nosotros es como el pan de cada día. Desde todo punto de vista, es la cosa más saludable que hay en el mundo, especialmente para los pulmones. Si acaso pertenecéis al partido de los que quieren obligarnos a suprimir el humo, desde ahora os digo que difiero de vos. No pensamos en estropear el fondo de nuestras calderas más pronto de lo que ahora se gastan por más paparruchas sentimentales que circulen en la Gran Bretaña y en Irlanda. .

El señor Harthouse contestó, metiéndose así de lleno:

-Señor Bounderby: os doy la seguridad de que comparto en absoluto y por completo vuestra opinión. Con pleno conocimiento.

-e alegra oíros hablar de ese modo. Con seguridad que habréis oído también hablar muchísimo del trabajo en nuestras fábricas... ¿Que sí que habéis oído? Perfectamente. Yo quiero exponeros las cosas tal y como son. Se trata del trabajo más agradable, del más llevadero y del mejor pagado que existe. Más aún, si nosotros mismos quisiésemos mejorar las fábricas, lo único que podríamos hacer sería cubrir los suelos con alfombras de Esmirna. Naturalmente que no pensamos hacer semejante cosa.

-Señor Bounderby, perfectamente de acuerdo.

-Por último -prosiguió Bounderby-, hablemos de nuestros obreros. No hay en nuestra ciudad hombre, mujer o niño que no esté poseído de una ambición en su vida. Esa ambición consiste en vivir de sopa de tortuga y carne de venado con cuchara de oro. Pues bien: ninguno de ellos conseguirá jamás verse alimentado de sopa de tortuga y carne de venado con cuchara de oro. Y con esto queda dicho cuanto hay que decir acerca de esta ciudad.

El señor Harthouse aseguró que era suficiente aquel epítome condensado de todo el problema de Coketown para que él quedase enterado y confortado en grado sumo. El señor Bounderby le replicó:

-Habréis visto que a mí me agrada confesarme sin rodeos a la persona con la que trabo relación por vez primera, especialmente cuando se trata de un hombre público. Sólo me queda por deciros otra cosa más, señor Harthouse, antes de daros la seguridad del placer con que, hasta donde llegue mi pobre capacidad, he de corresponder a la carta de presentación de mi amigo Tom Gradgrind. Sois hombre de buena familia. No os engañéis suponiendo ni siquiera por un momento que yo soy un hombre de buena familia. Yo soy un auténtico arrapiezo del arroyo, un andrajo, un hombre de baja ralea. Esto era precisamente la única cosa capaz de despertar el interés de Santi por la persona del señor Bounderby. Al menos, así se lo dijo, y el señor Bounderby siguió hablando:

-Siendo así, podemos darnos un apretón de manos de igual a igual. Y digo de igual a igual, porque, conociendo lo que yo soy, conociendo toda la profundidad del arroyo desde el que yo mismo conseguí levantarme como no la conoce nadie, estoy tan orgulloso como podéis estarlo vos. Estoy tan orgulloso como podáis estarlo vos. Una vez que he afirmado debidamente mi independencia, podemos entrar en las fórmulas de cómo os encontráis y que espero que os encontréis muy bien.

El señor Harthouse le dio a entender, al cruzar el apretón de manos, que se encontraba mucho mejor desde que respiraba los aires saludables de Coketown, cosa que agradó al señor Bounderby. Éste le dijo:

-Quizá sepáis..., o quizá no lo sepáis..., que yo me casé con la hija de Tom Gradgrind. Si no tenéis cosa mejor que hacer que venir paseando conmigo hacia la parte alta de la ciudad, tendré mucho gusto en presentaros a la hija de Tom Gradgrind.

-Señor Bounderby, con ello os habéis anticipado a mis más ardientes deseos -contestó Santi.

Y sin más cambio de palabras, salieron a la calle; el señor Bounderby hizo de guía de su nuevo amigo, cuya figura tanto contrastaba con la suya, conduciéndolo hasta su domicilio particular, en el edificio de ladrillo encarnado, contraventanas negras, persianas interiores verdes y puerta de calle negra sobre dos escalones blancos. En el cuarto de estar de aquella mansión salió a saludarlos la mujer joven más extraordinaria que don Santiago Harthouse viera hasta entonces. Era al mismo tiempo recatada y espontánea; reservada, pero siempre en guardia; fría y altiva, pero avergonzada y dolida de la fanfarrona humildad de su marido, que le producía sobresaltos igual que si cada exhibición que él hacía fuese un pinchazo o un golpe. El observarla resultó para Harthouse una emoción nueva. El rostro de la joven era tan notable como sus maneras. Las facciones, bellas; pero resultaba imposible adivinar su expresión auténtica, debido al freno impuesto al juego natural de las mismas. Era inútil intentar meterse todavía a comprender a la joven aquella, que despistaba por completo todo intento de penetración con su absoluta indiferencia, su completa seguridad en sí misma, jamás desorientada, y, sin embargo, jamás a sus anchas, con su cuerpo físico junto a ellos y con su alma aparentemente solitaria.

Después de fijarse en la señora de la casa, el visitante se fijó en la casa misma. No se advertía en aquella habitación ningún indicio de la existencia de una mujer, ningún adorno pequeño y gracioso, ninguna huella de menudas fantasías caprichosas, aunque triviales, que denunciasen por parte alguna la influencia de una mujer. La habitación, sin alegría y sin acogimiento, jactanciosa y tercamente rica, se encaraba con sus ocupantes momentáneos, sin que rastro alguno de mano femenina suavizase y aliviase su apariencia. De igual manera que el señor Bounderby se erguía en medio de aquellos dioses de su hogar, estas inflexibles divinidades ocupaban sus lugares en torno del señor Bounderby, siendo dignas las unas del otro y correspondiéndose perfectamente. El señor Bounderby dijo:

-Aquí tenéis, caballero, a mi esposa, la señora de Bounderby, hija mayor de Tom Gradgrind. Lu, este es don Santiago Harthouse. El señor Harthouse se ha alistado en el rol de vuestro padre. Si no figura dentro de poco tiempo como colega de Tom Gradgrind, creo por lo menos que oiremos hablar de él como diputado de alguna de las poblaciones cercanas a la nuestra. Observaréis, señor Harthouse, que mi esposa es más joven que yo. Ignoro qué es lo que ella vería en mí para casarse conmigo, pero supongo que algo vio o, de lo contrario, no me habría tomado por marido. Es mujer de extensos conocimientos políticos y de otras clases. Si queréis daros un empacho de cualquier cosa, os aseguro que me costaría trabajo recomendaros a otro consejero mejor que Lu Bounderby.

Desde luego que no habrían podido recomendar al señor Harthouse a un consejero más agradable o del que pudiese probablemente aprender con más seguridad. El dueño de la casa siguió diciendo:

-¡Ea, si vuestra especialidad son los cumplidos, aquí triunfaréis, porque no habéis de encontrar competidor! Jamás tuve yo oportunidad de aprender galanterías, y reconozco que ignoro el arte de decirlas. La realidad es que me inspiran desdén. Pero vos habéis sido educado de diferente manera. Mi educación ha sido a ras de tierra, ¡por vida mía! Vos sois un caballero y yo no tengo la pretensión de serlo. Yo soy Josías Bounderby, de Coketown, y con esto me contento. Sin embargo, aunque a mí no me afectan ni los buenos modos ni la posición social, acaso estas cosas no le desagraden a Lu Bounderby. Ella no ha disfrutado de las ventajas mías... Vos las llamaríais desventajas, pero yo las llamo ventajas... De modo, pues, que me atrevo a suponer que vuestros esfuerzos no serán baldíos.

Santi se volvió sonriente hacia Luisa y le dijo:

-El señor Bounderby es un noble bruto en estado relativamente salvaje y está libre del todo de los arreos con que trabaja un caballejo corriente como yo.

-Respetáis mucho, y ello es natural, al señor Bounderby -contestó Luisa tranquilamente.

A pesar de ser un caballero que había corrido tanto mundo, el visitante se vio desmontado y pensó: «¿En qué sentido lo habrá dicho?»

-A juzgar por lo que ha explicado el señor Bounderby, pensáis consagraros al servicio de vuestro país. Estáis resuelto a indicarle al país la manera de salir de todas sus dificultades.

Esto lo dijo Luisa, en pie todavía, en el mismo sitio en que al principio se había detenido, y traicionando la extraña contradicción entre la seguridad de sí misma y el evidente sentimiento de malestar.

El señor Harthouse se echó a reír y contestó:

-Señora Bounderby: os aseguro por mi honor que no se trata de eso. Me guardaré muy bien de afirmar delante de vos semejante cosa. He visto un poco de mundo, aquí y allí, en un lado y en otro; he sacado la consecuencia de que todo en la vida es completamente despreciable, cosa que los demás han visto también y que algunos confiesan y otros no; y me voy a lanzar a defender las opiniones de vuestro respetado padre... A decir verdad, lo hago porque no me encuentro en disposición de optar entre distintas opiniones, así que lo mismo me da defender esas que otras.

-Según eso, ¿no tenéis formada ninguna? –preguntó Luisa.

-No siento, en verdad, predilección alguna. Os aseguro que no atribuyo la menor importancia a las opiniones, cualesquiera que sean. El resultado de las diversas clases de aburrimiento que he tenido que soportar ha sido el convencerme (si la palabra convencer no resulta demasiado artificiosa para aplicarla al perezoso, sentimiento que me inspira el tema) de que cualquier conjunto de teorías puede resultar tan provechoso como cualquier otro, y exactamente tan dañoso como todos las demás. Existe cierta familia inglesa que tiene en su escudo una encantadora divisa italiana: «Lo que ha de ser, será.» No hay más verdad que esa.

Al señor Harthouse le pareció que la joven quedaba un poco impresionada en favor suyo por aquella resabiada jactancia, mezcla de honradez y deshonestidad, vicio tan peligroso, tan dañino y tan corriente. Procuró el visitante sacar partido de esta ventaja, agregando del modo más galante y dejando que Lu diese a sus palabras una importancia mayor o menor, según a ella le agradase:

-El sistema que es capaz de demostrarlo todo en una línea de unidades, decenas, centenas y millares, me parece, señora Bounderby, que es el más divertido y el que proporciona a un hombre las mejores oportunidades. Yo lo defiendo con tanto calor como si creyese en él. Estoy completamente dispuesto a ponerme en favor suyo y lo haré hasta donde me lo exija mi supuesta fe en él. ¿Qué más podría yo hacer, si, en efecto, fuese un perfecto creyente?

-Sois un político muy particular -dijo Luisa.

-Perdonadme, ni siquiera tengo ese mérito. Os aseguro, señora Bounderby, que si todos los que pensamos como yo saliésemos de entre las filas en que formamos y nos pasasen juntos en revista, resultaríamos ser el partido más numeroso del país.

Al llegar a este punto, el señor Bounderby, que había estado a pique de estallar en silencio, se interpuso, apuntando la idea de retrasar la cena familiar hasta las seis y media, para llevarse, entre tanto, a don Santiago Harthouse a una gira de visitas a los personajes más notables de Coketown y de sus alrededores que disfrutaban del derecho de voto. Se llevó a efecto la gira de visitas, de la que don Santiago Harthouse salió airoso, aprovechando de una manera discreta la ayuda de su severo patrocinador, aunque salió también con un fuerte ataque de aburrimiento.

Al atardecer, se encontró con que la mesa estaba puesta para cuatro, aunque sólo se sentaron tres a ella. Fue una ocasión magnífica para que el señor Bounderby se explayase, hablando del aroma de la ración de anguilas guisadas que solía comprar en la calle cuando tenía ocho años de edad; y también del agua de calidad inferior, la que se empleaba para regar las calles, que él empleaba para asentar en el estómago aquella comida. Entretuvo también a su convidado, durante el servicio de la sopa y del pescado, con el cálculo de que él, Bounderby, se habría comido durante los años de su juventud por lo menos tres caballos disfrazados bajo distintos guisos y salsas. Santi acogía de cuando en cuando aquellos relatos con un «¡Qué encanto!», dicho con expresión fatigada; y es más que probable que, en vista de ello, se hubiese decidido a lanzarse otra vez al viaje de Jerusalén; de no sentir tanta curiosidad acerca de Luisa.

«¿No habrá nada, nada.., capaz de poner emoción en esa cara?», se preguntaba al verla sentada en la cabecera de la mesa, donde su juvenil figura, pequeña y delgada, pero muy graciosa, parecía tan linda como fuera de lugar. ¡Pardiez! ¡Ya lo creo que había! Allí estaba, y en figura inesperada, apareció Tom, y en cuanto se abrió la puerta, cambió Luisa, y brotó en su rostro una sonrisa de felicidad.

Una sonrisa espléndida. Acaso no se lo hubiera parecido tanto a don Santiago Harthouse si no hubiese estado tanto tiempo contemplando intrigado la cara impasible. Luisa alargó la mano..., una manecita linda y fina, y sus dedos estrecharon los de su hermano, como si estuviese tentada de llevárselos a los labios.

«¡Hola, hola! -pensó el visitante-. Este mequetrefe es la única persona a quien tiene afecto... ¡Vaya, vaya!»

Le fue presentado el mequetrefe; éste tomó asiento a la mesa. El calificativo no era halagador, pero tampoco inmerecido. Bounderby exclamó:

-Cuando yo era de tu edad, mocito, tenía que ser puntual o no comía.

-Cuando vos teníais mis años, no teníais que rectificar un balance del día equivocado ni que vestiros después -le replicó Tom.

-No traigáis eso a cuento ahora - le dijo Bounderby.

-Bien; pero no empecéis a meteros conmigo –gruñó Tom.

El señor Harthouse, que se dio cuenta de aquella tirantez subterránea, intervino:

-Señora Bounderby, la cara de vuestro hermano me resulta muy familiar. ¿Será en el extranjero donde la he visto? ¿O quizá en alguna escuela pública de segundo grado?

Luisa, muy interesada, contestó:

-No puede ser, porque no ha salido del país y fue educado en nuestra misma casa. Tom, querido, le estoy diciendo al señor Harthouse que no ha podido verte antes de ahora en el extranjero.

-No he tenido semejante suerte, caballero –dijo Tom.

Poco era lo que se veía en el joven que fuese capaz de llevar la alegría al rostro de Luisa, porque era un individuo agrio, y de maneras poco simpáticas hasta con su hermana. Eso era una prueba de la gran soledad de aquel corazón y de la necesidad que sentía de consagrarlo a alguien. El señor Harthouse, dándole vueltas y más vueltas al problema, pensaba:

«Por eso mismo es este mequetrefe la única persona por la que ha sentido cariño en su vida... Por eso mismo..., por eso mismo...»

Igual en presencia de su hermana que después que ésta se retiró de la habitación, el mequetrefe no disimuló el desprecio que sentía por el señor Bounderby, haciendo visajes y guiñando un ojo cuantas veces pudo hacerlo sin que lo advirtiese aquel hombre independiente. El señor Harthouse no se dio por enterado de aquellos mensajes telegráficos, pero hizo cuanto pudo por animarle a ellos y le demostró una simpatía extraordinaria. Por último, al ponerse en pie para regresar al hotel y mostrar inseguridad en si acertaría de noche por el camino, el mequetrefe ofreció en el acto sus servicios como guía y salió con él para acompañarle hasta su destino.

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO III

 

EL MEQUETREFE

 

El que un caballerito joven, educado en un sistema permanente de represión de las tendencias naturales, fuese un hipócrita, resultaba sorprendente; sin embargo, ese era el caso de Tom. También resultaba extraordinario el que un caballerito joven al que no se le había dejado que hiciese lo que le venía en gana, ni siquiera durante cinco minutos, apareciese, en fin de cuentas, como incapaz de gobernarse a sí mismo; pero eso era lo que había ocurrido con Tom. Era completamente inconcebible el que un caballerito joven, a quien le han estrangulado la imaginación en la cuna, se viese perseguido por el fantasma de la misma, que ha adoptado la forma de una abyecta sensualidad; pues, sin género de duda, ese fenómeno se daba en Tom.

-¿Fumas? -le preguntó don Santiago Harthouse cuando llegaron al hotel.

-¡Pues no faltaba más! -le contestó Tom.

Lo menos que Harthouse podía hacer era invitar a Tom a que subiese a su cuarto; y lo menos que Tom podía hacer era subir. ¿Qué le parecería de una bebida refrescante, propia del tiempo, pero no tan floja como fresca? ¿Y qué le parecería si fumasen un tabaco más fino que el que se podía comprar en Coketown? Tom se vio pronto en un extremo del sofá, completamente a sus anchas y más dispuesto que nunca a admirar a su nuevo amigo, que estaba sentado al otro extremo.

Después de unos momentos, Tom dejó de fumar para examinar a su amigo. Y pensó: «Parece como si no se preocupara de la ropa, y, sin embargo, ¡qué bien que la lleva! ¡Qué elegancia natural la suya!»

La mirada de don Santiago Harthouse se cruzó con la de Tom; se extrañó de que no bebiese, y le llenó el vaso con su propia mano perezosa. Tom le dijo:

-Gracias, gracias... Bueno, señor Harthouse, os habéis dado esta noche una buena ración del viejo Bounderby.

Tom dijo estas palabras cerrando otra vez un ojo y mirando con el otro a su anfitrión por encima del vaso, con expresión de entendido.

-¡Es un tipo magnífico! -replicó don Santiago Harthouse.

-¿Verdad que sí? - dijo Tom, y volvió a guiñar el ojo.

El señor Harthouse se sonrió; a continuación se levantó del extremo del sofá en que estaba sentado, se colocó de espaldas a la chimenea, apoyado en la repisa, justamente de cara a Tom, lo miró y le dijo:

-¡Qué divertido hermano político eres!

-Me imagino que lo que queréis decir es: ¡qué divertido hermano político es Bounderby!

Don Santiago Harthouse le replicó:

-Eres muy mordaz, Tom.

Resultaba sumamente agradable una intimidad así con un hombre que llevaba semejante chaleco; el que lo tratase de Tom, en tono cordial, un hombre que tenía aquella voz; el haber llegado tan pronto a términos de camaradería con unas patillas como aquellas. El muchacho estaba completamente satisfecho de sí mismo. Por fin dijo:

-Si lo que queréis insinuar es que se me da un bledo del viejo Bounderby, tenéis razón. De toda mi vida, siempre que me he referido a él he dicho «el viejo Bounderby», y he tenido de él la misma opinión que hoy. No voy a empezar ahora a hablar con miramientos del viejo Bounderby. Es demasiado tarde para eso.

-Por mí no te preocupes, pero otra cosa es cuando su esposa está presente, ¿no te das cuenta? -le contestó Santiago.

-¿Su esposa...? ¿Mi hermana Lu? ¡Oh, sí! –exclamó Tom; se echó a reír y tomó otro traguito de la bebida

refrescante.

Santiago Harthouse siguió recostado en el mismo sitio y en idéntica actitud, fumando su cigarro con su manera despreocupada y mirando con simpatía al mequetrefe, como si tuviese conciencia de ser un demonio agradable que sólo con cernerse sobre su víctima tenía bastante para que ésta le entregase su alma entera, si él se la pedía. En efecto, parecía que el mequetrefe se doblegaba a esa influencia suya. Empezó Tom a mirarle de soslayo, luego lo contempló con admiración, después con valentía, y acabó por poner un pie en el sofá, diciendo:

-¿Mi hermana Lu? Jamás le ha importado nada del viejo Bounderby.

-Eso es hablar en pretérito perfecto, y ahora estábamos en presente de indicativo -replicóle Harthouse, sacudiendo la ceniza del cigarro con el dedo meñique.

-No importar, verbo neutro. Presente de indicativo, primera persona del singular, no me importa; segunda persona, no te importa; tercera persona, no le importa a ella -fue la contestación de Tom.

-¡Muy extraño! -dijo su amigo-. Claro está que lo dices en broma.

-¡Es la purísima verdad! ¡ Por vida mía, no me digáis, señor Harthouse, que vos creéis, en efecto, que a mi hermana se le da nada del viejo Bounderby! –exclamó Tom.

-Mi querido compañero -le replicó el otro-. ¿Qué es lo que tengo yo que suponer cuando me encuentro con dos personas casadas que viven en armonía y felicidad?

Al llegar a estas alturas de la conversación, ya Tom había colocado ambas piernas sobre el sofá. Si no hubiese tenido su segunda pierna sobre el sofá cuando se oyó llamar querido compañero, la hubiera puesto al llegar a un momento tan solemne de la conversación. Sintió, de todos modos, que era obligado hacer algo, y se estiró aún más, reclinó sobre un brazo del sofá la cabeza, se puso a fumar adoptando maneras de supremo abandono, y volvió su rostro vulgar y sus ojos no muy claros hacia aquel otro rostro que lo miraba con tanta despreocupación, pero con tanta fuerza.

-Vos conocéis a nuestro padre, señor Harthouse, y conociéndolo no debéis sorprenderos de que Lu se casase con el viejo Bounderby. Ella no había tenido jamás novio; nuestro padre le propuso al viejo Bounderby, y ella lo aceptó.

-Eso demuestra que tu interesante hermana es una hija obediente -dijo don Santiago Harthouse.

-Sí, pero no se habría mostrado tan obediente, y la cosa no hubiera salido con tanta facilidad, de no haber sido por mí -contestó el mequetrefe.

El tentador se limitó a alzar las cejas; pero el mequetrefe se vio impelido a seguir hablando, y dijo con un elocuente aire de superioridad:

-La convencí yo. Me habían metido en el Banco del viejo Bounderby (al que yo nunca quise ir), y sabía que me moriría allí de asco si ella daba calabazas al viejo Bounderby; le dije, pues, cuál era mi deseo, y ella accedió. Fue una chica valiente, ¿no es cierto?

-¡Un verdadero encanto, Tom!

-Bien mirado, la cosa no era tan importante para ella como para mí -continuó diciendo Tom con mucha frialdad-. Yo me jugaba en el asunto mi libertad y mi regalo, y acaso mi carrera, mientras que ella no tenía otro novio, y la vida en nuestra casa era igual que vivir en una prisión..., especialmente después que yo me marché de allí. No es lo mismo que si para casarse con Bounderby hubiese ella tenido que renunciar a otro partido. Sin embargo, lo que hizo estuvo muy bien.

-Fue una cosa deliciosa..., y por lo que veo vive muy feliz.

Tom le contestó, dándose aires desdeñosos de protector:

-Mirad, mi hermana es una chica muy normal. La mujer se las arregla para vivir perfectamente en cualquier situación. Luisa se ha hecho a esa vida suya definitivamente, y no le importa. Tanto se le da de esa como de otra. Además, Luisa es una mujer joven; pero no es una mujer como tantas otras. Ella es capaz de ensimismarse y pasarse pensando una hora entera de un tirón. Yo la he visto estar así muchas veces, sentada y contemplando el fuego.

-¡Vaya, vaya ! Tiene recursos propios - exclamó Harthouse, fumando tranquilamente.

-No tantos como pudierais suponer, porque nuestro padre la atiborró con toda clase de desperdicios e insipideces. Es un sistema.

-Es decir, que hizo a su hija a imagen y semejanza suya, ¿no es así? -apuntó Harthouse.

-¿A su hija? A ella y a todo el mundo. ¿No me formó de esa manera a mí también? -exclamó Tom.

-¡Eso no es posible!

-¡ Pues lo hizo ! -dijo Tom, cabeceando enérgicamente-. Quiero decir, señor Harthouse, que al dejar yo la casa para ir a vivir en la del viejo Bounderby, era tan aburrido como un hongo y conocía la vida más o menos como una ostra.

-Pero ¡qué me estás diciendo, Tom! Casi no alcanzo a creerlo. Como broma puede pasar.

-¡Por la salud de mi alma que es verdad! -exclamó el mequetrefe-. Hablo en serio; hablo completamente en serio.

Estuvo durante algunos momentos fumando, muy serio y muy digno; de pronto agregó en tono de gran complacencia:

-De entonces acá he aprendido un poquito, no lo niego; pero lo he aprendido por mí mismo y no gracias a mi padre.

-¿Y qué ha hecho de entonces acá tu inteligente hermana?

-Mi inteligente hermana está hoy más o menos donde entonces estaba. Solía lamentárseme de que ella no disponía de los recursos de que pueden echar mano otras muchachas. No creo que haya tenido ocasión de procurárselos de entonces acá. Pero eso le tiene sin cuidado; las muchachas tienen siempre medios para salir adelante -agregó como persona que sabe lo que se dice, y volvió a dar chupadas a su cigarro.

-Ayer por la tarde estuve en el Banco para que me proporcionasen la dirección del señor Bounderby, y me encontré allí con una dama de edad que dio muestras de sentir gran admiración hacia vuestra hermana.

Esto lo dijo don Santiago Harthouse, tirando el último resto del cigarro que había fumado. Tom le contestó:

-Sería la tía Sparsit. Pero, ¿cómo? Usted ha hablado ya con ella, por lo que veo.

Su amigo cabeceó afirmativamente. Tom se quitó el cigarro de la boca para guiñarle con gran intención un ojo -que no se dejó manejar fácilmente -y para darse unos golpecitos con el dedo índice en la nariz. Y dijo:

-Lo que la tía Sparsit siente por Lu es, en opinión mía, más que admiración. Podríamos llamarlo afecto y reverencia. Tía Sparsit no tiró nunca el anzuelo a Bounderby cuando éste era soltero. ¡Muy lejos de eso!

Estas fueron las últimas palabras que habló el mequetrefe antes que le acometiese una súbita modorra, seguida de completo olvido de todo. Salió de este último estado por obra de una pesadilla, en la que alguien lo zarandeaba dándole con la bota y diciéndole al mismo tiempo:

- ¡Ea!, ya es tarde. ¡Márchate!

Entonces él se bajó del sofá, y dijo:

-¡Vaya! Tengo que despedirme de vos... Oíd: vuestro tabaco es muy bueno, pero es demasiado suave.

-En efecto, es demasiado suave -le contestó su obsequiante.

-Una ridiculez de suave..., sí señor -dijo Tom-. ¿Dónde está la puerta? ¡Buenas noches!

 

El mequetrefe tuvo otra pesadilla, durante la cual le pareció que un camarero lo conducía por entre la niebla, y que ésta, después de pasar él algunos apuros y dificultades, se convertía en la calle principal, en la que se viren pie y solo. Pudo caminar con bastante soltura hasta su casa, aunque le parecía estar aún bajo la impresión de la presencia y de la influencia de su nuevo amigo..., como si éste se hallase descansando no lejos de él en el aire, con su negligente actitud y mirándole con la misma mirada de antes.

El mequetrefe entró en casa y se metió en la cama. Si hubiese tenido la menor idea de lo que acababa de hacer aquella noche, y hubiese sido menos mequetrefe y más hermano, quizá se habría echado en seguida a la calle, se habría dirigido hasta la orilla del río maloliente teñido de negro y se habría acostado de una vez y para siempre dentro de él, cubriéndose la cabeza definitivamente con sus hediondas aguas.

 

 

CAPITULO IV

 

HOMBRES Y HERMANOS

 

-¡Amigos míos, obreros oprimidos de Coketown! ¡Amigos míos y compatriotas, esclavos de una mano de hierro y de un despotismo martirizador! ¡Amigos míos, compañeros de sufrimiento, compañeros trabajadores y compañeros hombres como yo! Os anuncio que ha llegado la hora de que nos agrupemos todos como una sola fuerza unida, y que pulvericemos a los opresores que durante tanto tiempo han engordado con el saqueo de nuestras familias, con el sudor de nuestra frente, con el trabajo de nuestras manos, con la fuerza de nuestros músculos, con los derechos humanos más gloriosos que Dios creó, con los dones sagrados y eternos de la fraternidad.

Estallaron muchos gritos de «¡Bravo! ¡Así se habla! ¡Hurra!», en distintos sitios del gran salón donde la muchedumbre se apretujaba en una atmósfera sofocante, y en cuyo escenario el orador se entregaba a todos los arrebatos de su ira y de su indignación. A fuerza de gritos se había acalorado, y su ronquera era tan grande como su acaloramiento. A fuerza de bramar a pleno pulmón debajo de un centelleante foco de gas; a fuerza de cerrar los puños, arrugar el entrecejo, apretar los dientes y bracear con energía, se había agotado de tal manera, que no tuvo más remedio que hacer un alto y pedir un vaso de agua.

Al verlo en aquella posición, buscando la manera de apagar el fuego de su rostro con el trago de agua, la comparación entre el orador y la multitud de caras vueltas hacia él con gran atención resultaba muy desventajosa para el hombre de la plataforma. A juzgar por los rasgos exteriores que ofrecía la Naturaleza, aquel hombre no sobresalía de la masa sino en la medida exacta en que sobresalía la plataforma en la que estaba encaramado. En otros muchos aspectos se hallaba fundamentalmente a una altura más baja que sus oyentes. Era menos honrado, menos valeroso, y poseía menor sentido del humorismo que ellos; la sencillez del auditorio era en el orador astucia, y el buen sentido de aquél era en éste pasión. Mal conformado, alto de hombros, cejijunto y con la fisonomía agriada por una expresión habitualmente antipática, formaba contraste desfavorable hasta en la mezcla que se observaba en sus vestidos con aquel gran conjunto de sus oyentes, que llevaban ropas sencillas de trabajo. Siempre resulta extraordinario el espectáculo de cualquier asamblea en el momento de entregarse sumisa a la inanidad de alguna persona complaciente, ya sea aristócrata, ya sea hombre vulgar al que las tres cuartas partes delos concurrentes no podrían, por ningún medio humano, levantar desde el barro de su vaciedad hasta el propio nivel intelectual; pero aún más extraordinario resultaba, y era mucho más doloroso, el ver aquella multitud de rostros serios, de cuya honradez fundamental no podría dudar el observador más competente y libre de prejuicios, agitados por un guía semejante.

«¡Bravo! ¡Así se habla! ¡Hurra! » Era impresionante el espectáculo del sentimiento que se leía en aquellos rostros, mezcla de atención y de resolución. Ni caras despreocupadas, ni caras indiferentes, ni caras de curiosidad holgazana, ni un solo momento se advertía en ellas ninguno de los muchos matices de indiferencia que suelen verse en todas las demás reuniones. Una persona que quisiese enterarse de lo que allí ocurría tenía que ver, con la misma claridad que veía las vigas del techo y los muros de ladrillo enjalbegados, que todos los hombres allí reunidos sentían el convencimiento de que las condiciones en que vivían eran, de un modo u otro, peores de lo que pudieran ser; que todos los hombres allí reunidos se consideraban obligados a coligarse con los demás para conseguir su me jora ; que todos los hombres allí reunidos no tenían otra esperanza de conseguirlo que el aliarse con los camaradas que los rodeaban, y que en esta creencia, acertada o equivocada en aquel momento, y por desgracia equivocada, la totalidad de aquella multitud escuchaba grave, profunda y lealmente conmovida. Tampoco podía dejar de ver ese espectador, si era sincero, que aquellos hombres demostraban en sus mismas ilusiones poseer grandes cualidades, susceptibles de ser aplicadas a las más felices y mejores empresas; y que el afirmar, dejándose llevar de axiomas corrientes, por muy reales y verdaderos que pareciesen, que esos hombres perdían el rumbo sin razón. alguna, movidos de ambiciones irracionales, era lo mismo que afirmar que podía existir el humo sin el fuego, la muerte sin el nacimiento, la cosecha sin la sementera, y que todas y cada una de las cosas pueden producirse sin causa real.

El orador, una vez desalterado, enjugóse varias veces la frente arrugada, de izquierda a derecha, con un pañuelo doblado, y concentró sus reavivadas energías en un gesto de mofa, rebosando desprecio y amargura.

-Pero, amigos míos y hermanos míos; ¡hombres, hombres de Inglaterra, obreros oprimidos de Coketown!, ¿qué diremos del hombre..., del trabajador, indigno de llevar este nombre glorioso que no tengo más remedio que darle..., qué diremos del hombre que, conociendo a fondo y prácticamente todos los agravios y calamidades que sufrís vosotros, que sois el nervio y la médula de este país..., qué diremos del hombre que sabiendo que vosotros, con noble y majestuosa unanimidad que hará temblar a los tiranos, habéis resuelto suscribiros a los fondos del Tribunal de Obreros Unidos, sometiéndoos a las resoluciones que este organismo tome en beneficio vuestro, cualesquiera que éstas sean..., qué diremos os pregunto, de ese trabajador..., ya que no tengo más remedio que darle ese nombre..., que en una ocasión como esta deserta de las filas y traiciona su bandera; que en una ocasión como esta se porta como un traidor, un pusilánime y un apóstata; que en un tiempo como este no se avergüenza de haceros la confesión humillante y cobarde de que él se mantendrá apartado, de que él no será uno de los que se han asociado en la honrosa lucha por la libertad y por el derecho?

Sobre este punto hubo división de opiniones en la asamblea. Oyéronse algunos siseos y murmullos, pero el sentimiento general del honor era en la concurrencia lo suficientemente fuerte para no condenar a aquel reo sin escuchar su defensa. «¿Estáis en lo cierto, Slackbridge?» «¡Que suba a la tribuna!» «¡Que dé sus razones!» Estas y parecidas frases fueron lanzadas desde distintas partes de la sala. Por último, una voz fuerte gritó: «¿Está aquí el aludido? Si está presente, que nos hable él mismo y no tú.» Esta intervención fue acogida con grandes aplausos.

Slackbridge, el orador, miró en torno suyo con mustia sonrisa; y alargando el brazo con la mano extendida, a la manera de todos los Slackbridges, hacia aquel mar todavía tormentoso, esperó a que se hiciese un silencio profundo, y entonces, moviendo enérgicamente la cabeza con gesto irónico, exclamó:

-¡Amigos míos y compañeros! No me extraña que vosotros, los oprimidos hijos del trabajo, dudéis de la existencia de un hombre semejante. Pero también existió un hombre que vendió su primogenitura por un plato de lentejas, y existió Judas Iscariote, y existió Castlereagh..., y existe el hombre de que os he hablado.

Al llegar a este punto hubo junto a la plataforma un breve revuelo y confusión, que acabó al mostrarse en aquélla, junto al orador, el hombre a quien aquél había aludido. Estaba pálido, y su rostro, especialmente los labios, delataban un poco de emoción; por lo demás, estaba sereno, esperando, con la mano izquierda en la barbilla, a ser escuchado. La asamblea tenía un presidente que regulaba la marcha del acto, y este funcionario se hizo cargo del caso, diciendo:

-Amigos míos: como presidente vuestro, pido a nuestro amigo Slackbridge, que quizá está excesivamente acalorado en este asunto, que tome asiento, mientras escuchamos a Esteban Blackpool. Todos lo conocéis por sus desgracias y por su buena reputación.

Después de estas palabras, el presidente le dio un apretón de manos cordial y volvió a sentarse. También se sentó Slackbridge, enjugándose la frente, siempre de izquierda a derecha y jamás en sentido contrario. Esteban empezó a hablar en medio de un silencio absoluto:

-Amigos míos, he escuchado lo que de mí se ha hablado, y es probable que no alcance a desvirtuarlo. Pero hubiera preferido que escuchaseis la verdad acerca de mí, de mis propios labios mejor que de los de otra persona, aunque nunca haya acertado yo a hablar delante de tanta gente sin emocionarme y aturrullarme.

Slackbridge sacudió enérgicamente la cabeza, com