El Cántico espiritual

San Juan de la Cruz

 

 

San Juan de la Cruz

     En aquel tiempo hubo un hombre grato al Señor, el cual se llamaba Juan. Porque era varón de gravedad y sentencia, la alegre iluminada de Dios, aquella Teresa de Jesús, que con tanta espiritual alegría descollaba moradas de sosiego con jardines en los yermos austeros, le llamaba Séneca; y porque tenía la salud desmedrada y cadente y la talla exigua, le decía Senequita. Los hombres graves le llamaban el Doctor extático. Pues este varón justo, que os digo, todo lloro de lacería, y cuya vida fue tránsito doliente de amargor y sufrimiento, era todo espíritu, llamarada viva de una hoguera de amor; todo alta aspiración, desasimiento de cosa de humanidad, fervor ultramortal, ansia insaciable de purificación y depuramiento, en cuanto los límites de la humana posibilidad lo consienten y hasta donde se elastizan.

     De sus altos pensamientos y de sus fervores espirituales, ha dejado unos libros escritos en la prosa más inefable, más sutil, más atormentada, pulida y agudizada que existe en castellano, y con ello, no menos suelta y ágil que la de Luis de Granada, el afluente, ni menos varonil que la de Juan de Ávila, el implacable, ni menos entonada que la de Luis de León, el horaciano, ni de menos elegante graveza que la de Juan de Mariana, el clásico. Y aun así, impotente para hacer hialino el difuso pensamiento, balbuceo apenas comprensible, llena de semejanzas y parangones, prosa niña, sin palabras rotundas que pinten aquel transimiento perpetuo de amor y aquel pasmo insipiente y lleno de atisbos infusos:

                    

Entréme donde no supe,

 

y quedéme no sabiendo

 

toda ciencia transcendiendo...

     Sus versos son de medias tintas, descaecidos en vagarosidades; de ellos se ha dicho que tienen tonos de avanzado crepúsculo, y que no se sabe señalar la línea difuminada infinitamente que separa la clara luz huidiza de la sombra obscura que se inicia. Pero en toda la lírica española, no hay versos tan plenos de alma ni que tengan aquella fuerza sugestiva y sugeridora como los de la divina égloga del alma enamorada y su esposo, cuando con madrigales pastoriles, de los mismos que encienden los versículos del magno Cantar de los cantares, se dicen el amor suyo y el dulce amoroso temor. Por ellos ha pasado el espíritu de Dios.

* * *

     Nació Fray Juan de la Cruz en Ontiveros, villa de pequeño vecindario, perteneciente a la provincia de Salamanca (1). Su padre se llamaba Gonzalo de Yepes, tejedor de oficio; su madre, Catalina Álvarez, «huérfana pobre, honesta y de buen parecer». Contra el consejo de su familia, se casó Gonzalo con la doncella, de cuyo matrimonio tuvo tres hijos: Francisco, Luis y Juan. Este último nació en el año de 1542. A poco murió Gonzalo, dejando a la viuda pobre. Para atender a su subsistencia y a la de sus hijos, pasó a la villa de Arévalo, que, por ser más populosa y rica que Ontiveros, era más fácil encontrar medios de trabajo. Por la misma razón, se trasladó pronto a Medina del Campo, «villa muy crecida entonces y abundante con la frecuencia y riqueza de sus tratos y cambio». Allí educó a sus hijos, según la posibilidad de su pobreza, con cristiana moral y prácticas de virtud. Juan, andando el tiempo, fue protegido por un caballero, don Alonso Álvarez de Toledo, administrador de un Hospital General de la villa. Tenía Juan doce o trece años, y a tan temprana edad, entró a servir y cuidar a los enfermos recogidos en el dicho hospital, lleno de celo caritativo. Fue un muchacho, como suele suceder entre los hijos de los pobres, grave y pensativo. «No le llevaban los ojos espectáculos profanos, no la voluntad bienes caducos, ni del mundo admitía más que su desprecio. La escuela, la iglesia y el hospital eran su alternada habitación, amigo siempre del recogimiento y enemigo de la ociosidad». Así vivió hasta la edad de veintiún años, en la que, siguiendo su vocación, entra como novicio en el monasterio de Santa Ana, de los Padres Carmelitas de Medina. Esto fue en el año de 1563. Pasado el año de probación, profesó en el mismo monasterio, adoptando el nombre de Fray Juan de Santa María. No contento con la blandura de la regla, solicitó y obtuvo de sus superiores licencia para observar la primitiva, áspera y rigurosa.

* * *

     En el mismo año de su profesión le enviaron a estudiar Teología a la Universidad de Salamanca, y, después de haber cursado los tres años necesarios, volvió a Medina y cantó su primera misa, en el año 1567. Siguiendo la natural inclinación que le impulsaba a la mortificación y al sacrificio, y pareciéndole aun suave la primitiva regla carmelitana, quiso ingresar en la Cartuja del Paular, provincia de Segovia. Así lo hubiera hecho, si Santa Teresa de Jesús no le hubiera aconsejado a seguir su reforma.

     Después de haber fundado su primer monasterio de monjas descalzas, quiso la Santa reformar asimismo a los varones. Sus primeros colaboradores fueron el Padre Fray Antonio de Heredia y Fray Juan de Santa María. Salen de Medina para Valladolid, y de éste para Duruelo, en donde se descalzó el día 28 de noviembre de 1568, tomando el nombre de Juan de la Cruz. Los comienzos fueron duros, pues además de las innumerables dificultades que ofrecía el local, exiguo e incómodo, carecían hasta de lo más necesario, y días hubo que sólo comieron los dos religiosos fundadores unos pedazos de pan, no muy tierno y reciente, que el lego mendigaba en el pueblo.

     Poco a poco fue creciendo el número de los que profesaron en la orden descalza y hubo necesidad de fundar nuevos monasterios. San Juan, infatigable en su empeño, los fundó en Macera, Pastrana, en donde fue vicario, y Alcalá. Estando en Pastrana fue nombrado confesor del convento de la Encarnación, de Ávila. En esta ciudad libra endemoniados, y sufre y vence agobios a su castidad y tentaciones múltiples del enemigo malo.

     Las diferencias que existían entre los religiosos de la observancia y los descalzos, fueron aumentando y agriándose. Resultado de estas discordias fue la prisión de San Juan de la Cruz y de su compañero Fray Germán de Santa María, siendo golpeados y azotados con grande saña. Temiendo no hubiera algún levantamiento de los religiosos de ambos sexos, de la ciudad de Ávila fue trasladado Fray Juan a Toledo, y encerrado en una celdilla angosta y malsana, del convento de observantes de Toledo, con unas tablas por cama y unas mantas viejas por todo cobertor. Además de lo insalubre de la habitación, tuvo Fray Juan que sufrir los malos tratos de los frailes, hasta el punto que muchos años después, aun guardaban sus espaldas contraídas las cicatrices de los disciplinazos con que se ensañaba la bárbara incomprensión de los calzados. Con tanto sufrimiento, su salud, ya muy quebrantada, descaeció. Al fin pudo conseguir papel y pluma, y para aliviar su lacería comenzó a escribir las estrofas abrasadas en divino amor del Cántico espiritual. También en la prisión compuso o planeó por lo menos algunas de sus otras obras (2).

     Aquí cuenta su historiador un milagro. Y fue que la Virgen se apareció al fraile y le mandó fugarse de la inhóspita prisión. El santo, descolgándose por una ventana que daba al Tajo, huyó a refugiarse en un convento de monjas de su orden de la noble ciudad, y más tarde, para mayor seguridad, fuese a Almodóvar, en donde había un convento de frailes carmelitas descalzos. Al poco tiempo, un poco respuesto de sus flaquezas, partió para Granada a fundar monasterios de la nueva regla. En el año de 1579 fue nombrado rector del colegio de Baeza; en el de 1581, prior del convento de Granada; vicario general de Andalucía en el de 1585; en el capítulo general que celebró la orden en Madrid, fue elegido definidor primero y poco después vicario de la casa de Segovia. Mas tales vanidades no saciaban su codicioso corazón y más altas eran las cimas en que se recreaban sus ojos llorosos de enamorado. Retirado al desierto de La Peñuela, en Sierra Morena, vivía entregado a prácticas de penitencia, cuando unas úlceras en una pierna le obligaron a irse a Úbeda. En medio de horribles dolores, que le duraron tres meses, murió, según su propia profecía, el sábado 14 de diciembre de 1591, cuando las campanas del convento tocaban a maitines. Una suave fragancia transcendió de su cuerpo (3).

     En 1674 fue preconizado santo.

* * *

     Tal es la vida de Fray Juan de la Cruz. Fue el más alto místico de su tiempo, y nadie le superó en fervor y espíritu. Un alto comentario doctrinal no entra en los modestos límites de esta biblioteca, y siendo palabras divinas, porque el espíritu de Dios hablaba por su boca, las que el santo ha dejado escritas, no han de comentarse sino por quien para ello tenga la necesaria autoridad. Tuviéronse secretas largo tiempo sus obras. Al fin, fueron publicadas veintisiete años después de su muerte. «Aunque autorizadas con la licencia de los Inquisidores, se advirtieron concomitancias, aparentes por lo menos, con varias heregías... Una Introdución y aviso general, por el P. Jerónimo de San José; Aclaraciones, por el P. Nicolás de Jesús María, lector de Teología en Salamanca; Notas y advertencias en tres discursos... por el P. Santiago de Jesús, prior de los Carmelitas de Toledo; otra apología por Basilio Ponce de León, sobrino de Luis de León, atestiguan superabundantemente, por el celo de la defensa, la gravedad de la acometida» (4).




 

 

 

 

 

Ediciones

     Epítome de statu religionis et de privilegiis quibus a Summis Pontificibus est decoratus. Matriti. Offic. Cosmae Delgado, 1613.

     - Toleti. apud Didacum Rodríguez, 1617.

     - Ulyssipone, Offic. Pet. Craesbeeck, 1617.

     - Matriti. Apud Viduam Ferdinandi Correa Montenegro, 1622.

     Treynta y dos sermones en los quales se declaran los mandamientos de la ley, artículos de la fe y sacramentos, con otras cosas provechosas sacadas de latín en romance. Alcalá, Andrés de Angulo, 1568.

     - Madrid. Ofic. de Benito Cano, 1792. (Esta edición añadida con tres sermones latinos de Fr. Luis de León).

     Sermón de Santa Rosa María, que dijo en Capítulo General de Predicadores, año 1686. En la imprenta de Nicolás Ángel Tinas. Año 1686.

     Obras espirituales que encaminan a una alma a la perfección con Dios. Por el venerable P. F. Juan de la Cruz. Impreso en Alcalá por la viuda de Andrés Sánchez Ezpeleta. Año de 1618.

     - Madrid, 1643-1649-1672-1694.

     - Barcelona, 1693.

     - Pamplona, 1774.

     - Sevilla, 1703.

     - Bruselas, 1627.

     - Lisboa, 1558.

     Escritores del siglo XVI. Tomo primero (Biblioteca de Autores Españoles, tomo XXVII), págs. I-273.

     Floresta de la Literatura sagrada de España o colección de pensamientos escogidos de nuestros autores de mayor mérito, por Ramón Tavarés y Lozano. Madrid, 1863.




 

 

 

 

 

Bibliografía

     Además de los autores mencionados en el prólogo los siguientes:

     Arbiol (Fr. Antonio) Mística fundamental de Christo Señor nuestro, explicada por el glorioso y beato padre San Juan de la Cruz, etc., y el religioso perfecto, conforme a los cien avisos y sentencias espirituales que el mismo R. Padre dejó escritas para religiosos y religiosas. Madrid, 1761.

     Santa Teresa (Fr. I de) Revista de la vida de nuestro bienaventurado P. San Juan de la Cruz, doctor místico, primer carmelita descalzo. Madrid, 1675.


 

El cántico espiritual




 

 

 

 

 

Prólogo

     Por cuanto estas canciones parecen ser escritas con algún fervor de amor de Dios, cuya sabiduría y amor es tan inmenso, que, como se dice en el libro de la Sabiduría, toca desde un fin hasta otro fin, y el alma que de él es informada y movida en alguna manera, esa misma abundancia e ímpetu lleva en él su decir, no pienso yo ahora declarar toda la anchura y copia que el espíritu fecundo del amor en ellas lleva; antes sería ignorancia pensar que los dichos de amor e inteligencia mística, cuales son los de las presentes canciones, con alguna manera de palabras se pueden bien explicar; porque el Espíritu del Señor, que ayuda a nuestra flaqueza, como dice San Pablo, morando en nosotros, pide por nosotros con gemidos inefables lo que nosotros no podemos bien entender ni comprehender para lo manifestar: Spiritus adjuvat infirmitatem nostram... ipse Spiritus postulat pro nobis gemitibus inerrabilibus (5). Porque, ¿quién podrá escribir lo que a las almas amorosas donde él mora hace entender? ¿Y quién podrá manifestar con palabras lo que las hace sentir? Y ¿quién, finalmente, lo que las hace desear? Cierto, nadie lo puede; cierto, ni aun ellas mismas, por quien pasa, lo pueden; porque ésta es la causa por que con figuras, comparaciones y semejanzas, antes rebosan algo de lo que sienten, y de la abundancia del espíritu vierten secretos y misterios que con razones lo declaran. Las cuales semejanzas, no leídas con la sencillez del espíritu de amor e inteligencia que ellas llevan, antes parecen dislates que dichos puestos en razón, según es de ver en los divinos Cantares de Salomón y en otros libros de la divina Escritura, donde, no pudiéndose dar a entender la abundancia de su sentido por términos vulgares y usados, habla el Espíritu Santo misterios en extrañas figuras y semejanzas; de donde se sigue que los santos doctores, aunque mucho dicen y más digan, nunca pueden acabar de declararlo por palabras, así como tampoco por palabras se pudo ello decir; y así lo que de ello se declara, ordinariamente es lo menos que contiene en sí. Por haberse, pues, estas canciones compuesto en amor de abundante inteligencia mística, no se podrán declarar al justo, ni mi intento será tal, sino sólo dar alguna luz en general; y esto tengo por mejor, porque los dichos de amor es mejor dejarlos en su anchura, para que cada uno de ellos se aproveche según su modo y caudal de espíritu, que abreviarlos a un sentido a que no se acomode todo paladar; y así, aunque en alguna manera se declaran, no hay para qué atarse a la declaración; porque la sabiduría mística, la cual es por amor, de que las presentes canciones tratan, no ha menester distintamente entenderse para hacer efecto de amor y afición en el alma, porque es a modo de la fe, en la cual amamos a Dios sin entenderle claramente. Por tanto seré bien breve, aunque no podrá ser menos de alargarme en algunas partes donde lo pidiere la materia y se ofreciere la ocasión de tratar y declarar algunos puntos y efectos de oración, que por tocarse en las canciones muchos, no podrá ser menos de tratar algunos; pero, dejando los más comunes, trataré brevemente los más extraordinarios que pasan por los que con el favor de Dios han pasado de principiantes, y esto por dos cosas: la una, porque para los principiantes hay muchas cosas escritas; la otra, porque en ello hablo con personas a las cuales nuestro Señor ha hecho merced de haberlas sacado de esos principios y llevádolas más adentro al seno de su amor divino; así, espero que aunque se escriban aquí algunos puntos de teología escolástica acerca del trato interior del alma con su Dios, no será en vano haber hablado algo a lo puro del espíritu en tal manera; pues, aunque a algunas las falte el ejercicio de teología escolástica con que se entienden las verdades divinas, no les falta el de la mística, que se sabe por amor, en que, no solamente se saben, mas juntamente se gustan.

     Y porque lo que dijere (lo cual quiero sujetar a mejor juicio, y totalmente al de la santa madre Iglesia) haga más fe, no pienso afirmar cosa fiándome de experiencia que por mí haya pasado, ni de lo que en otras personas espirituales haya conocido o de ellas haya oído, aunque de lo uno y de lo otro me pienso aprovechar, sino que con autoridades de la Escritura divina vaya confirmando, declarando a lo menos lo que fuere más dificultoso de entender; en las cuales llevaré este estilo, que primero pondré las sentencias de su latín, y luego las declararé al propósito de lo que se trajeren. Y pondré primero juntas todas las canciones, y luego por su orden iré poniendo cada una de por sí para haberlas de declarar; de las cuales declararé cada verso, poniéndole al principio de su declaración.




 

 

 

 

 

Canciones entre el Alma y el Esposo

 

ESPOSA

 

                                                 1. ¿Adónde te escondiste,                                                    

                                             Amado, y me dejaste con gemido?                            

                                             Como el ciervo huiste,                                               

                                             Habiéndome herido;                                                  

                                             Salí tras ti clamando, y ya eras ido.                            

                                                 2. Pastores, los que fuerdes                                   

                                             Allá por las majadas al otero,                                    

                                             Si por ventura vierdes                                                

                                             Aquel que yo más quiero,                                          

                                             Decidle que adolezco, peno y muero.                        

                                                 3. Buscando mis amores,                                       

                                             Iré por esos montes y riberas,                                    

                                             Ni cogeré las flores,                                                  

                                             Ni temeré las fieras,                                                   

                                             Y pasaré los fuertes y fronteras.                                 

                                                 4. Oh bosques y espesuras,                                   

                                             Plantadas por mano del Amado,                                

                                             Oh prado de verduras,                                              

                                             De flores esmaltado,                                                  

                                             Decid si por vosotros ha pasado.                               

                                                                                                                              

RESPUESTA DE LAS CRIATURAS

                                                                                                                              

                                                 5. Mil gracias derramando,                                    

                                             Pasó por estos sotos con presura,                             

                                             Y yéndolos mirando,                                                 

                                             Con sola su figura                                                      

                                             Vestidos los dejó de su hermosura.                            

                                                                                                                              

ESPOSA

                                                                                                                             

                                                 6. ¡Ay, quién podrá sanarme!                                

                                             Acaba de entregarte ya de vero;                                

                                             No quieras enviarme                                                 

                                             De hoy más ya mensajero,                                         

                                             Que no saben decirme lo que quiero.                         

                                                 7. Y todos cuantos vagan,                                     

                                             De ti me van mil gracias refiriendo,                             

                                             Y todos más me llagan,                                             

                                             Y déjame muriendo                                                   

                                             Un no sé qué que quedan balbuciendo.                      

                                                 8. Mas ¿cómo perseveras,                                    

                                             Oh vida, no viviendo donde vives,                             

                                             Y haciendo porque mueras,                                       

                                             Las flechas que recibes,                                             

                                             De lo que del Amado en ti concibes?                         

                                             9. ¿Por qué, pues has llagado                                    

                                             Aqueste corazón, no le sanaste?                                

                                             Y pues me le has robado,                                          

                                             ¿Por qué así le dejaste,                                              

                                             Y no tomas el robo que robaste?                               

                                                 10. Apaga mis enojos,                                           

                                             Pues que ninguno basta a deshacellos,                       

                                             Y véante mis ojos,                                                     

                                             Pues eres lumbre de ellos,                                         

                                             Y sólo para ti quiero tenellos,                                    

                                                 11. Descubre tu presencia,                                    

                                             Y máteme la vista y hermosura;                                 

                                             Mira que la dolencia                                                  

                                             De amor, que no se cura                                           

                                             Sino con la presencia y la figura.                                

                                                 12. ¡Oh cristalina fuente,                                        

                                             Si en esos tus semblantes plateados,                          

                                             Formases de repente                                                 

                                             Los ojos deseados,                                                   

                                             Que tengo en mis entrañas dibujados!                        

                                                 13. Apártalos, Amado,                                          

                                             Que voy de vuelo,                                                     

                                                                                                                              

ESPOSO

                                                                                                                              

                                                                          Vuélvete, paloma,                        

                                             Que el ciervo vulnerado                                             

                                             Por el otero asoma,                                                   

                                             Al aire de tu vuelo, y fresco toma.                              

                                                                                                                              

ESPOSA

                                                                                                                              

                                                 14. Mi Amado, las montañas,                                

                                             Los valles solitarios nemorosos,                                 

                                             Las ínsulas extrañas,                                                  

                                             Los ríos sonorosos,                                                   

                                             El silbo de los aires amorosos.                                   

                                                 15. La noche sosegada                                          

                                             En par de los levantes de la aurora,                            

                                             La música callada,                                                     

                                             La soledad sonora,                                                    

                                             La cena, que recrea y enamora.                                 

                                                 16. Cazadnos las raposas,                                     

                                             Que está ya florecida nuestra viña,                             

                                             En tanto que de rosas                                                

                                             Hacemos una piña,                                                    

                                             Y no parezca nadie en la montiña.                              

                                                 17. Detente, cierzo muerto,                                   

                                             Ven, austro, que recuerdas los amores,                      

                                             Aspira por mi huerto,                                                

                                             Y corran tus olores,                                                   

                                             Y pacerá el Amado entre las flores.                           

                                                 18. Oh, ninfas de Judea,                                        

                                             En tanto que en las flores y rosales                             

                                             El ámbar perfumea,                                                   

                                             Morá en los arrabales,                                               

                                             Y no queráis tocar nuestros umbrales.                        

                                                 19. Escóndete, Carillo,                                          

                                             Y mira con tu haz a las montañas,                              

                                             Y no quieras decillo;                                                  

                                             Mas mira las campañas                                             

                                             De la que va por ínsulas extrañas.                              

                                                                                                                              

ESPOSO

                                                                                                                              

                                                 20. A las aves ligeras,                                            

                                             Leones, ciervos, gamos saltadores,                            

                                             Montes, valles, riberas,                                              

                                             Aguas, aires, ardores,                                                

                                             Y miedos de las noches veladores.                            

                                                 21. Por las amenas liras                                         

                                             Y cantos de Sirenas os conjuro                                 

                                             Que cesen vuestras iras,                                            

                                             Y no toquéis al muro,                                                

                                             Porque la Esposa duerma más seguro.                       

                                                 22. Entrádose ha la Esposa                                   

                                             En el ameno huerto deseado,                                     

                                             Y a su sabor reposa,                                                 

                                             El cuello reclinado                                                     

                                             Sobre los dulces brazos del Amado.                          

                                                 23. Debajo del manzano                                        

                                             Allí conmigo fuiste desposada,                                   

                                             Allí te di la mano,                                                      

                                             Y fuiste reparada                                                       

                                             Donde tu madre fuera violada.                                   

                                                                                                                              

ESPOSA

                                                                                                                              

                                                 24. Nuestro lecho florido,                                      

                                             De cuevas de leones enlazado,                                  

                                             En púrpura tendido,                                                   

                                             De paz edificado,                                                      

                                             De mil escudos de oro coronado.                              

                                                 25. A zaga de tu huella                                          

                                             Los jóvenes discurren al camino                                

                                             Al toque de centella,                                                  

                                             Al adobado vino,                                                      

                                             Emisiones de bálsamo divino.                                    

                                                 26. En la interior bodega                                       

                                             De mi Amado bebí, y cuando salía                             

                                             Por toda aquesta vega,                                              

                                             Ya cosa no sabía,                                                      

                                             Y el ganado perdí que antes seguía.                           

                                                 27. Allí me dio su pecho,                                       

                                             Allí me enseñó ciencia muy sabrosa,                          

                                             Y yo le dí de hecho                                                   

                                             A mí, sin dejar cosa;                                                  

                                             Allí le prometí de ser su esposa.                                 

                                                 28. Mi alma se ha empleado,                                 

                                             Y todo mi caudal, en su servicio,                               

                                             Ya no guardo ganado                                                

                                             Ni ya tengo otro oficio;                                              

                                             Que ya sólo en amar es mi ejercicio.                          

                                                 29. Pues ya si en el ejido                                       

                                             De hoy más no fuere vista ni hallada,                          

                                             Diréis que me he perdido,                                          

                                             Que, andando enamorada,                                        

                                             Me hice perdidiza y fui ganada.                                  

                                                 30. De flores y esmeraldas                                    

                                             En las frescas mañanas escogidas,                             

                                             Haremos las guirnaldas,                                             

                                             En tu amor florecidas,                                                

                                             Y en un cabello mío entretejidas.                               

                                                 31. En solo aquel cabello                                       

                                             Que en mi cuello volar consideraste,                          

                                             Mirástele en mi cuello,                                               

                                             Y en él preso quedaste,                                             

                                             Y en uno de mis ojos te llagaste.                                

                                                 32. Cuando tú me mirabas,                                    

                                             Su gracia en mí tus ojos imprimían;                            

                                             Por eso me adamabas,                                              

                                             Y en eso merecían                                                     

                                             Los míos adorar lo que en ti vían.                              

                                                 33. No quieras despreciarme,                                

                                             Que si color moreno en mí hallaste,                            

                                             Ya bien puedes mirarme,                                           

                                             Después que me miraste;                                           

                                             Que gracia y hermosura en mí dejaste.                       

                                                                                                                              

ESPOSO

                                                                                                                              

                                                 34. La blanca palomica                                         

                                             Al arca con el ramo se ha tornado,                            

                                             Y ya la tortolica                                                         

                                             Al socio deseado                                                      

                                             En las riberas verdes ha hallado.                                

                                                 35. En soledad vivía,                                             

                                             Y en soledad ha puesto ya su nido,                            

                                             Y en soledad la guía                                                  

                                             A solas su querido,                                                    

                                             También en soledad de amor herido.                         

                                                                                                                              

ESPOSA

                                                                                                                              

                                             36. Gocémonos, Amado,                                          

                                             Y vámonos a ver en tu hermosura                              

                                             Al monte y al collado,                                                

                                             Do mana el agua pura;                                               

                                             Entremos más adentro en la espesura.                        

                                                 37. Y luego a las subidas                                       

                                             Cavernas de las piedras nos iremos,                          

                                             Que están bien escondidas,                                       

                                             Y allí nos entraremos,                                                

                                             Y el mosto de granadas gustaremos.                          

                                                 38. Allí me mostrarías                                            

                                             Aquello que mi alma pretendía,                                  

                                             Y luego me darías                                                     

                                             Allí tú, vida mía,                                                        

                                             Aquello que me diste el otro día.                                

                                                 39. El aspirar del aire,                                           

                                             El canto de la dulce Filomena,                                   

                                             El soto y su donaire,                                                  

                                             En la noche serena                                                    

                                             Con llama que consume y no da pena.                       

                                                 40. Que nadie lo miraba,                                       

                                             Aminadab tampoco parecía,                                      

                                             Y el cerco sosegaba,                                                 

                                             Y la caballería                                                           

                                             A vista de las aguas descendía.                                  




 

 

 

 

 

Argumento

     El orden que llevan estas canciones es desde que un alma comienza a servir a Dios hasta que llega al último estado de perfección, que es matrimonio espiritual; y así, en ellas se tocan los tres estados o vías del ejercicio espiritual por las cuales pasa el alma hasta llegar al dicho estado, que son, purgativa, iluminativa y unitiva, y se declaran acerca de cada una algunas propiedades y efectos de ellas.

     El principio de ellas trata de los principiantes, que es la vía purgativa. Las de más adelante tratan de los aprovechados, donde se hace el desposorio espiritual, y ésta es la vía iluminativa. Después de éstas, las que se siguen tratan de la vía unitiva, que es la de los perfectos, donde se hace el matrimonio espiritual. La cual vía unitiva y de perfectos se sigue a la iluminativa, que es de los aprovechados; y las últimas canciones tratan del estado beatífico, que sólo ya el alma en aquel estado perfecto pretende.




 

 

 

 

 

Anotación a la canción siguiente, que es la primera

     Cayendo el alma en la cuenta de lo que está obligada a hacer; viendo que la vida es breve (6), la senda de la vida eterna estrecha (7); que el justo apenas se salva (8), que las cosas del mundo son vanas y engañosas (9), que todo se acaba y falta, como el agua que corre; el tiempo incierto, la cuenta estrecha, la perdición muy fácil, la salvación muy dificultosa. Conociendo, por otra parte, la gran deuda que a Dios debe en haberla criado solamente para sí, por lo cual le debe el servicio de toda su vida; y en haberla redimido solamente por sí mismo, por lo cual le debe todo el resto y correspondencia del amor de su voluntad, y otros mil beneficios en que se conoce obligada a Dios desde antes que naciese; y que gran parte de su vida se ha ido en el aire (10), y que de todo esto ha de haber cuenta y razón, así de lo primero como de lo postrero, hasta el último cuadrante (11), cuando escudriñará Dios a Jerusalén con candelas encendidas (12), y que ya es tarde y por ventura lo postrero del día: para remediar tanto mal y daño, mayormente sintiendo a Dios muy enojado y escondido por haberse ella querido olvidar tanto de él entre las criaturas, tocada ella de dolor y pavor interior de corazón sobre tanta perdición y peligro, renunciando todas las cosas, dando de mano a todo negocio, sin dilatar un día ni una hora, con ansia y gemido salido del corazón, herida ya del amor de Dios, comienza a invocar a su Amado, y dice:

CANCIÓN PRIMERA

 

                                                      ¿Adónde te escondiste,                                                     

                                                   Amado, y me dejaste con gemido?                                       

                                                   Como el ciervo huiste,                                                         

                                                   habiéndome herido;                                                             

                                                   salí tras ti clamando, y ya eras ido.                                       



 

DECLARACIÓN

     En esta primera canción, el alma, enamorada del Verbo, Hijo de Dios, su esposo, deseando unirse con él por clara y esencial visión, propone sus ansias de amor, querellándose a él de la ausencia, mayormente que, habiéndola él herido y llagado de su amor (por el cual ha salido de todas las cosas criadas y de sí misma), todavía haya de padecer la ausencia de su Amado, no desatándola ya de la carne mortal para poder gozarle en gloria de eternidad; y así, dice:

¿Adónde te escondiste?

     Y es como si dijera: «Verbo, esposo mío, muéstrame el lugar donde estás escondido». En lo cual le pide la manifestación de su divina esencia; porque el lugar adonde está escondido el Hijo de Dios es, como dice San Juan, en el seno del Padre, que es la esencia divina, la cual es ajena de todo ojo mortal y escondida de todo humano entendimiento; que por eso Isaías (13), hablando con Dios, dijo: Vere tu es Deus absconditus; « Verdaderamente tú eres Dios escondido». De donde es de notar que por grandes comunicaciones y presencias, y altas y subidas noticias de Dios que un alma en esta vida tenga, no es aquello esencialmente Dios ni tiene que ver con él; porque todavía a la verdad le está al alma escondido, y por eso siempre le conviene al alma, sobre todas esas grandezas, tenerle por escondido y buscarle escondido, diciendo: «¿Adónde te escondiste?» porque ni la alta comunicación ni presencia sensible es cierto testimonio de su graciosa presencia, ni la sequedad y carencia de todo eso en el alma lo es de su ausencia en ella; lo cual el profeta Job (14) dice: Si venerit ad me, non videbo eum: si abierit, non intelligam; «Si viniere a mí no le veré, y si se fuere no lo entenderé». En lo cual se da a entender, que si el alma sintiere gran comunicación o sentimiento o noticia espiritual, no por eso se ha de persuadir a que aquello que siente es poseer o ver clara y esencialmente a Dios, o que aquello sea tener más a Dios o estar más en Dios, aunque más ello sea; y que si todas esas comunicaciones sensibles y espirituales le faltaren, quedando ella en sequedad, tiniebla y desamparo, no por eso ha de pensar que le falta Dios más así que así, pues que realmente, ni por lo uno puede saber de cierto estar en su gracia, ni por lo otro estar fuera de ella, diciendo el Sabio (15): Nescit homo, utrum amore, an odio dignus sit; «Ninguno sabe si es digno de amor o aborrecimiento delante de Dios». «De manera que el intento principal del alma en este verso no es sólo pedir la devoción afectiva y sensible, en que no hay certeza ni claridad de la posesión del Esposo en esta vida, sino principalmente la clara presencia y visión de su esencia, en que desea estar certificada y satisfecha en la otra. Esto mismo quiso decir la Esposa en los Cantares divinos cuando, deseando unirse con la divinidad del Verbo, esposo suyo, la pidió al Padre, diciéndole: Indica mihi... ubi pascas, ubi cubes in meridie (16); «Muéstrame dónde te apacientas y dónde te recuestas al medio día». «Porque pedir le mostrase adónde se apacentaba era pedir la esencia del Verbo divino, su Hijo, porque el padre no se apacienta en otra cosa que en su Unigénito Hijo, pues es la gloria del Padre; y en pedir le mostrase el lugar donde se recostaba era pedirle lo mismo, porque el Hijo sólo es el deleite del Padre, el cual no se recuesta en otro lugar ni cabe en otra cosa que en su amado Hijo, en el cual todo él se recuesta, comunicándole toda su esencia, al mediodía, que es la eternidad, donde siempre le engendra y le tiene engendrado. Este pasto, pues, es el Verbo Esposo, donde el Padre se apacienta en infinita gloria, y es el lecho florido donde con infinito deleite de amor se recuesta escondido profundamente de todo ojo mortal y de toda criatura; y esto pide aquí el alma esposa cuando dice:

¿Adónde te escondiste?

     Y para que esta sedienta alma venga a hallar a su Esposo y unirse con él por unión de amor en esta vida (según se puede), y entretenga su sed con esta gota que de él se puede gustar en esta vida, bueno será, pues lo pide a su Esposo, tomando la mano por él, le respondamos, mostrándole el lugar más cierto donde está escondido, para que allí lo halle a lo cierto con la perfección y sabor que se puede en esta vida, y así no comience a vaguear en vano tras las pisadas de las compañías. Para lo cual es de notar que el Verbo, Hijo de Dios, juntamente con el Padre y con el Espíritu Santo, esencial y presencialmente está escondido en el íntimo ser del alma. Por tanto al alma que lo ha de hallar conviénele salir de todas las cosas, según la afición y voluntad, y entrarse en sumo recogimiento dentro de sí misma, siéndole todas las cosas como si no fuesen. Que por eso San Agustín, hablando en los Soliloquios con Dios, decía: «No te hallaba, Señor, defuera, porque mal te buscaba fuera; que estabas dentro». Está, pues, Dios en el alma escondido, y ahí le ha de buscar con amor el buen contemplativo, diciendo:

¿Adónde te escondiste?

     Oh, pues, alma hermosísima entre todas las criaturas, que tanto deseas saber el lugar donde está tu Amado, para buscarle y unirte con él, ya se te dice que tú misma eres el aposento donde él mora, y el retrete y escondrijo donde está escondido, que es cosa de grande contentamiento y alegría para ti ver que todo tu bien y esperanza esté tan cerca de ti, que esté en ti, o por mejor decir, tú no puedas estar sin él (17): Ecce enim regnum Dei intra vos est (dice el Esposo); «Cata que el reino de Dios está dentro de vosotros». Y su siervo San Pablo dice (18): Vos enim estis templum Dei; «Vosotros sois templo de Dios». Grande contento es para el alma entender que nunca Dios falta del alma, aunque esté en pecado mortal, cuanto menos de la que está en gracia. ¿Qué más quieres, oh alma, y qué más buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tus deleites, tu satisfacción, tu hartura y tu reino, que es tu Amado, a quien desea y busca tu alma? Gózate y alégrate en tu interior recogimiento con él, pues le tienes tan cerca. Ahí le ama, ahí le desea, ahí le adora, y no le vayas a buscar fuera de ti, porque te distraerás y cansarás, y no le hallarás ni gozarás más cierto ni más presto ni más cerca que dentro de ti. Sólo hay una cosa, que aunque está dentro de ti, está escondido; pero gran cosa es saber el lugar donde está escondido, para buscarle allí a lo cierto, y esto es lo que tú también aquí, alma, pides cuando con afecto de amor dices:

¿Adónde te escondiste?

     Pero todavía dices: pues está en mí el que ama mi alma, ¿cómo no lo hallo ni le siento? La causa es porque está escondido, y tú no te escondes también para hallarle y sentirle; porque el que ha de hallar una cosa escondida tan a lo escondido, y hasta lo escondido donde ella está ha de entrar, y cuando la halla, él también está escondido como ella. Como quiera, pues, que tu Esposo amado es el tesoro escondido en el campo de tu alma (19), por el cual el sabio mercader dio todas sus cosas, convendrá que para que tú le halles, olvidadas todas las tuyas y alejándote de todas las criaturas (20), te escondas en tu retrete interior del espíritu, y cerrando la puerta sobre ti, (es a saber, tu voluntad a todas las cosas), ores a tu padre en escondido; y así, quedando escondida con él, entonces le sentirás en escondido, y le amarás y gozarás en escondido, con él, es a saber, sobre todo lo que alcanza lengua y sentido. Ea, pues, alma hermosa, pues ya sabes que tu deseado Amado mora escondido en tu seno, procura estar bien con él escondida, y en tu seno le abrazarás y sentirás con afición de amor; y mira que a ese escondrijo te llama él por Isaías (21), diciendo: Vade... intra in cubicula tua, claude ostia tua super te, abscondere modicum ad momentum; «Anda, entra en tus retretes, cierra tus puertas sobre ti (esto es, todas tus potencias a todas las criaturas), escóndete un poco hasta un momento»; esto es, por este momento de vida temporal; porque si en esta brevedad de vida guardares, oh alma, con toda guarda tu corazón, como dice el Sabio (22), sin duda ninguna te dará Dios lo que él adelante dice por el mismo Isaías: Dabo tibi thesauros absconditos, et arcana secretorum (23); «Darete los tesoros escondidos, y descubrirete la sustancia y misterios de los secretos»; la cual sustancia de los secretos es el mismo Dios, porque Dios es la sustancia de la fe, y el concepto de ella y la fe es el secreto y el misterio; y cuando se revelare y manifestare esto que nos tiene secreto y encubierto la fe, que es lo perfecto de Dios, como dice San Pablo (24), entonces se descubrirán al alma la sustancia y misterios de los secretos; pero en esta vida mortal, aunque no llegará el alma tan a lo puro de ellos como en la otra, por más que se esconda, todavía si se escondiere como Moisés (25) en la caverna de piedra, que es la verdadera imitación de la perfección de la vida del Hijo de Dios, esposo del alma, amparándola Dios con su diestra, merecerá que le muestren las espaldas de Dios, que es llegar en esta vida a tanta perfección, que se una y transforme por amor en el dicho Hijo de Dios, su esposo; de manera que se sienta tan junta con él, y tan instruida y sabia en sus misterios, que cuanto a lo que toca a conocerle en esta vida no tenga necesidad de decir: «¿Adónde te escondiste?»

     Dicho queda, oh alma, el modo que te conviene tener para hallar al Esposo en tu escondrijo; pero si lo quieres volver a oír, oye una palabra llena de sustancia y verdad inaccesible, y es, búscale en fe y en amor sin querer satisfacerte de cosa, ni gustarla ni entenderla más de lo que debes saber, que esos dos son los mozos del ciego, que te guiarán por donde no sabes allá a lo escondido de Dios, porque la fe, que es el secreto que habemos dicho, son los pies con que el alma va a Dios, y el amor es la guía que la encamina, y andando ella tratando y manijando estos misterios y secretos de fe, merecerá que el amor le descubra lo que en sí encierra la fe, que es el Esposo que ella desea en esta vida por gracia espiritual y divina unión con Dios, como habemos dicho, y en la otra por gloria esencial, gozándole cara a cara, ya de ninguna manera escondido; pero entre tanto, aunque el alma llegue a esta dicha unión (que es el más alto estado a que se puede llegar en esta vida), por cuanto al alma todavía le está escondido en el seno del Padre, como habemos dicho, que es como ella le desea gozar en la otra, siempre dice:

¿Adónde te escondiste?

     Muy bien haces, oh alma, en buscarle siempre escondido, porque mucho ensalzas a Dios y mucho te llegas a él, teniéndole por más alto y profundo que todo cuanto puedes alcanzar; y por tanto, no repares en parte ni en todo de lo que tus potencias pueden comprehender, quiero decir, que nunca te quieras satisfacer en lo que entiendes de Dios, sino en lo que no entendieres de él; y nunca pares en amar y deleitarte en eso que entendieres o sintieres de Dios, sino ama y deléitate en lo que no puedes entender ni sentir de él; que eso es, como habemos dicho, buscarle en fe; que pues es Dios inaccesible y escondido; como también habemos dicho, aunque más te parezca que le hallas y le sientes y le entiendes, siempre le has de tener por escondido, y le has de servir escondido en escondido. Y no seas como muchos insipientes, que piensan bajamente de Dios, entendiendo que cuando no le entienden o no le gustan o no lo sienten está Dios más lejos y más escondido; siendo más verdad lo contrario, que cuanto menos le entienden más se llegan a él; pues, como dice el profeta David: Posuit tenebras latibulum suum; (26) «Puso por su escondrijo las tinieblas»; y así, llegando cerca de él, por fuerza has de sentir tinieblas en la flaqueza de tus ojos; bien haces, pues, en todo tiempo, a hora de prosperidad o adversidad espiritual o temporal, tener a Dios por escondido; y así, clamar a él, diciendo:

Amado, y me dejaste con gemido.

     Llámale amado para más moverle e inclinarle a su ruego, porque cuando Dios es amado, con grande facilidad acude a las peticiones de su amante; y así lo dice él por San Juan, diciendo: Si manseritis in me... Quodcumque volueritis, petetis, et fiet vobis; «Si permaneciéredes en mí; todo lo que quisiéredeis pediréis, y hacerse ha» (27). De donde entonces le puede el alma de verdad llamar amado, cuando ella está entera con él, no teniendo su corazón asido a alguna cosa fuera de él; y así, de ordinario trae su pensamiento en él. Que por falta de esto dijo Dalila a Sansón: Quomodo dicis quod amas me, cum animus tuus non sit mecum? (28) «Que ¿cómo podía decir él que la amaba, pues su ánimo no estaba con ella?» En el cual ánimo se incluye el pensamiento y la afición. De donde algunos llaman al Esposo amado. Y no es su amado de veras, porque no tienen entero con él su corazón. Y así, su petición no es en la presencia de Dios de tanto valor; por lo cual no alcanzan luego su petición hasta que, continuando la oración, vengan a tener su ánimo más continuo con Dios y el corazón con él más entero, con afección de amor, porque de Dios no se alcanza nada si no es por amor.

     En lo que dice luego: «Y me dejaste con gemido», es de notar que el ausencia del amado causa continuo gemir en el amante; porque, como fuera de él nada ama, en nada descansa ni recibe alivio; de donde, en esto se conocerá el que de veras ama a Dios, si con ninguna cosa menos que él se contenta; mas ¿qué digo, se contenta? Pues aunque todas juntas las posea no estará contento, antes cuantas más tuviere estará menos satisfecho; porque la satisfacción del corazón no se halla en la posesión de las cosas, sino en la desnudez de todas y pobreza de espíritu. Que por consistir en ésta la perfección de amor en que se posee Dios, con muy conjunta y particular gracia vive en el alma en esta vida cuando ha llegado a ella con alguna satisfacción, aunque no con hartura; pues que David, con toda su perfección, la esperaba en el cielo, diciendo: Satiabor, cum apparuerit gloria tua (29); «Cuando pareciere tu gloria, me hartaré». Y así, no le basta la paz y tranquilidad y satisfacción de corazón a que puede llegar el alma en esta vida, para que deje de tener dentro de sí gemido (aunque pacífico y no penoso) en la esperanza de lo que falta. Porque el gemido es anejo a la esperanza. Como el que decía el Apóstol que tenían él y los demás, aunque perfectos, diciendo: Nos ipsi primitias Spiritus habentes, et ipsi intra nos gemimus, adoptionem filiorum Dei expectantes (30); «Nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu dentro de nosotros mismos, gemimos, esperando la adopción de hijos de Dios». Este gemido, pues, tiene aquí el alma dentro de sí en el corazón enamorado, porque donde hiere el amor, allí está el gemido de la herida, clamando siempre con el sentimiento de la ausencia; mayormente cuando, habiendo ella gustado alguna dulce y sabrosa comunicación del Esposo, ausentándose, se quedó sola y seca de repente; que por eso dice luego:

Como el ciervo huiste.

     Donde es de notar que en los Cantares compara la Esposa al Esposo al ciervo y cabra montañesa, diciendo: Similis est dilectus meus capreae, binnuloque cervorum; (31) «Semejante es mi Amado a la cabra y al hijo de los ciervos». Y esto no es sólo por ser extraño y solitario, y huir de las compañías, como el ciervo, sino también por la presteza de esconderse y mostrarse, cual suele hacer en las visitas que hace a las devotas almas para regalarlas y animarlas, y en los desvíos y ausencias que las hace sentir después de las tales visitas, para probarlas y humillarlas y enseñarlas; por lo cual las hace sentir con mayor dolor la ausencia, según ahora da aquí a entender en lo que se sigue, diciendo:

Habiéndome herido.

     Que es como si dijera: No sólo no me basta la pena y el dolor que ordinariamente padezco en tu ausencia, sino que, hiriéndome más de amor con tu flecha, y aumentando la pasión y apetito de tu vista, huyes con ligereza de ciervo y no te dejas comprehender algún tanto.

     Para más declaración de este verso es de saber que, allende de otras muchas diferencias de visitas que Dios hace al alma, con que la llaga de amor, suele hacer unos escondidos toques de amor, que, a manera de saeta de fuego, hieren y traspasan el alma y la dejan toda cauterizada con fuego de amor; y éstas propiamente se llaman heridas de amor, de las cuales habla aquí el alma. Inflaman tanto éstas la voluntad en afición, que se está el alma abrasando en llamas de amor; tanto, que parece consumirse de aquella llama y la hace salir fuera de sí, y renovar toda y pasar a nueva manera de ser, así como el ave fénix, que se quema y renace de nuevo. De lo cual, hablando David, dice: Inflammatum est cor meum, et renes mei commutati sunt: et ego ad nihilum redactus sum, et nescivi (32); «Fue inflamado mi corazón, y las renes se mudaron, y yo me resolví en nada, y no supe». Los apetitos y afectos (que aquí entiende el Profeta por renes) todos se conmueven y mudan en divinos en aquella inflamación del corazón, y el alma por amor se resuelve en nada, nada sabiendo sino amor. Y a este tiempo es la conmutación de estas renes en grande manera de tormento y ansia por ver a Dios; tanto, que le parece al alma intolerable el rigor de que con ella usa el amor, no porque la hubo herido (porque antes tiene ella las tales heridas por salud suya), sino porque la dejó así penando en amor, y no la hirió más valerosamente, acabándola de matar para unirse y juntarse con él en vida de amor perfecto. Por tanto, encareciendo o declarando ella su dolor, dice:

Habiéndome herido.

     Es a saber, dejándome así herida, muriendo con herida de amor de ti, te escondiste con tanta ligereza como ciervo. Este sentimiento acaece así tan grande porque en aquella herida de amor que hace Dios al alma levántase el afecto de la voluntad con súbita presteza a la posesión del Amado, cuyo toque sintió, y con esa misma presteza siente el ausencia y el no poder poseer aquí como desea; y así, luego juntamente siente el gemido de la tal ausencia, porque estas visitas tales no son como otras en que Dios recrea y satisface al alma, porque éstas sólo las hace más para herir que para sanar, y más para lastimar que para satisfacer, pues sirven para avivar la noticia y aumentar el apetito, y por consiguiente el dolor y ansia de ver a Dios. Estas se llaman heridas espirituales de amor, las cuales son al alma sabrosísimas y deseables; por lo cual querría ella estar siempre muriendo mil muertes de estas lanzadas, porque la hacen salir de sí y entrar en Dios; lo cual da ella a entender en el verso siguiente, diciendo:

Salí tras ti clamando, ya eras ido.

     En las heridas de amor no puede haber medicina, sino de parte del que hirió. Y por eso esta herida alma salió con la fuerza del fuego que causa la herida tras de su Amado, que la había herido, clamando a él pasa que la sanase; es a saber, que este salir espiritualmente se entiende aquí de dos maneras para ir tras Dios: la una, saliendo de todas las cosas, lo cual se hace por aborrecimiento y desprecio de ellas; la otra, saliendo de sí misma por olvido de sí, lo cual se hace por el amor de Dios; porque, cuando éste toca al alma con las veras que se va diciendo aquí, de tal manera la levanta, que no sólo la hace salir de sí misma por el olvido de sí, pero aun de sus quicios y modos e inclinaciones naturales la saca, clamando por Dios; y así, es como si le dijera: Esposo mío, en aquel toque tuyo y herida de amor sacaste mi alma, no sólo de todas las cosas, mas también la sacaste e hiciste salir de sí (porque a la verdad, y aun de las carnes parece la saca), y levantástela a ti clamando por ti, ya desasida de todo para asirse a ti.

Ya eras ido.

     Como si dijera: Al tiempo que quise comprehender tu presencia no te hallé, y quedéme desasida de lo uno sin asir lo otro, penando en los aires de amor sin arrimo de ti ni de mí. Esto que aquí llama el alma salir para ir a buscar el Amado, llama la Esposa en los Cantares levantar, diciendo: Surgam, et circuibo Civitatem: per vicos, et plateas quaeram, quem diligit anima mea: quaesivi ilum, et non inveni... vulneraverunt me (33); «Levantaréme y buscaré al que ama mi alma, rodeando la ciudad por los arrabales y plazas; busquéle, dice, y no le hallé, y llagáronme». Levantarse el alma esposa se entiende allí (hablando espiritualmente) de lo bajo a lo alto, que es lo mismo que aquí dice el alma salir; esto es, de su modo y amor bajo al alto amor de Dios. Pero dice allí la Esposa que quedó llagada porque no le halló. Y aquí el alma también dice que está herida de amor y la dejó así; y esto es porque el enamorado vive siempre penado en la ausencia, porque él está ya entregado al que ama, esperando la paga de la entrega que ha hecho, que es la entrega del Amado a él, y todavía no se le da; y estando ya perdido a todas las cosas, y asimismo por el Amado, no ha hallado la ganancia de su pérdida, pues carece de la posesión del que ama su alma.

     Esta pena y sentimiento de la ausencia de Dios suele ser tan grande a los que van llegando al estado de perfección, al tiempo de estas divinas heridas, que si no proveyese el Señor, morirían; porque, como tienen el paladar de la voluntad sano y el espíritu limpio y bien dispuesto para Dios, y en lo que está dicho se les da a gustar algo de la dulzura del amor divino, que ellos sobre todo modo apetecen, padecen sobre todo modo; porque, como por resquicios se les muestra un inmenso bien, y no se les concede, es inefable la pena y el tormento.

CANCIÓN II

 

                                                     Pastores, los que fuerdes

                                                  Allá por las majadas al otero,

                                                  Si por ventura vierdes.

                                                  A aquel que yo más quiero,

                                                  Decidle que adolezco, peno y muero.



 

DECLARACIÓN

     En esta canción el alma se quiere aprovechar de terceros y medianeros para con su Amado, pidiéndoles le den parte de su dolor y pena; porque propiedad es del amante, ya que por la presencia no puede comunicarse con el Amado, de hacerlo con los mejores medios que puede. Y así, el alma de sus afectos, deseos y gemidos se quiere aquí aprovechar como de mensajeros que tan bien saben manifestar lo secreto del corazón a su Amado; y así, los requiere que vayan diciendo:

Pastores, los que fuerdes.

     Llamando pastores a sus deseos, afectos y gemidos, por cuanto ellos apacientan al alma de bienes espirituales, porque pastor quiere decir apacentador; y mediante ellos se comunica Dios a ella y le da divino pasto, porque sin ellos poco se le comunica; y dice:

Los que fuerdes.

     Que es como decir: Los que de puro amor saliéredes. Porque no todos los afectos y deseos van hasta él, sino los que salen de verdadero amor.

Allá por majadas al otero.

     Llama majadas a las jerarquías y coros de los ángeles, por los cuales de coro en coro van nuestro gemidos y oraciones a Dios. Al cual aquí llama otero, por ser él la suma alteza, y porque en él, como el otero, se otean y ven todas las cosas y las majadas superiores e inferiores. Al cual van nuestras oraciones, ofreciéndoselas los ángeles, como habemos dicho, según lo dijo el ángel a Tobías, diciendo: Quando orabas cum lacrymis, et sepeliebas mortus... ego obtuli orationem tuam Domino (34); «Cuando orabas con lágrimas y enterrabas los muertos, yo ofrecía tus oraciones a Dios». También se pueden entender estos pastores del alma por los mismos ángeles; porque, no sólo llevan a Dios nuestros recaudos, sino también traen los de Dios a nuestras almas, apacentándolas, como buenos pastores, de dulces comunicaciones e inspiraciones de Dios, por cuyo medio Dios también las hace, y ellos nos amparan y defienden de los lobos, que son los demonios. Ahora, pues, entienda estos pastores por los afectos, ahora por los ángeles, todos desea el alma que le sean parte y medios para con su Amado; y así, a todos les dice:

Si por ventura vierdes.

     Y es tanto como decir: Si por mi buena dicha y ventura llegáredes a su presencia, de manera que él os vea y oiga donde es de notar que (aunque es verdad que Dios todo lo sabe y entiende, y hasta los mismos pensamientos del alma ve y nota, como dice Moisés) entonces se dice ver nuestras necesidades y oraciones, u oírlas, cuando las remedia o las cumple; porque, no cualesquier necesidades y peticiones llegan al colmo que las oiga Dios para cumplirlas, hasta que en sus ojos lleguen a bastante sazón y tiempo y número, y entonces se dice verlo y oírlo, según es de ver en el Éxodo, que, después de cuatrocientos años que los hijos de Israel habían estado afligidos en la servidumbre de Egipto, dice Dios a Moisés (35): Vidi aflictionem Populi mei... et descendi, ut liberem eum; Vi la aflicción de mi pueblo, y he bajado para librarlos. Como quiera que siempre la hubiese visto; y también dijo San Gabriel a Zacarías que no temiese, porque ya Dios había oído su oración, de darle el hijo que muchos años le había andado pidiendo, como quiera que siempre le hubiese oído; y así, ha de entender cualquier alma que, aunque Dios no acuda luego a su necesidad y ruego, que no por eso dejará de acudir en el tiempo oportuno; porque él es ayudador, como dice David, en las oportunidades y en la tribulación, si ella no desmayare y cesare. Esto, pues, quiere decir aquí el alma cuando dice:

Si por ventura vierdes.

     Es a saber: Si por ventura es llegado el tiempo en que tenga por bien de otorgar mis peticiones.

Aquel que yo más quiero.

     Es a saber, más que a todas las cosas. Lo cual es verdad cuando al alma no se le pone nada delante que la acobarde hacer y padecer por él cualquiera cosa de su servicio; y cuando el alma también puede con verdad decir lo que en el verso siguiente se dice, es señal que le ama sobre todas las cosas.

Decidle que adolezco, peno y muero.

     En el cual representa el alma tres necesidades, conviene a saber, dolencia, pena y muerte; porque el alma que de veras ama a Dios con amor de alguna perfección, en la ausencia padece ordinariamente de tres maneras, según las tres potencias del alma, que son entendimiento, voluntad y memoria. Acerca del entendimiento, dice que adolece, porque no ve a Dios, que es la salud del entendimiento, según él lo dice por David (36) diciendo: Salus tua ego sum; «Yo soy tu salud». Acerca de la voluntad, dice que pena, porque no posee a Dios, que es el refrigerio y deleite de la voluntad, según también lo dice David (37), diciendo: Torrente voluptatis tuae potabis eos; «Con el torrente de tu deleite nos hartarás». Acerca de la memoria, dice que muere, porque, acordándose que carece de todos los bienes del entendimiento, que es ver a Dios, y de los deleites de la voluntad, que es poseerle, y que también es muy posible carecer de él para siempre entre los peligros y ocasiones de esta vida, padece en esta memoria sentimiento a manera de muerte, porque echa de ver que carece de la cierta y perfecta posesión de Dios, el cual es vida del alma, según lo dice Moisés (38), diciendo: Ipse est enim vita tua; «Él ciertamente es tu vida».

     Estas tres maneras de necesidades representa también Jeremías a Dios en los Trenos (39) diciendo: Recordare paupertatis... absynthii, et felli; «Recuérdate de mi pobreza y del absintio y de la hiel». La pobreza se refiere al entendimiento, porque a él pertenecen las riquezas de la sabiduría del Hijo de Dios, en el cual, como dice San Pablo (40), están encerrados todos sus tesoros: In quo sunt omnes thesauri sapientiae, et scientiae absconditi. El absintio, que es yerba amarguísima, se refiere a la voluntad, porque a esta potencia pertenece la dulzura de la posesión de Dios, de la cual, careciendo, se queda con amargura; y que la amargura pertenezca a la voluntad espiritualmente, se da a entender en el Apocalipsis (41), cuando el ángel dijo a San Juan: Accipe librum; et devora illum, et faciet amaricari ventrem tuum; que en comiendo aquel libro le había de amargar el vientre, entendiendo allí por vientre la voluntad. La hiel se refiere, no sólo a la memoria, sino a todas las potencias y fuerzas del alma, porque la hiel significa la muerte del alma, según da a entender Moisés, hablando con los condenados, en el Deuteronomio (42) diciendo: Fel draconum vinum eorum, et venenum aspidum insanabile; «Hiel de dragones será el vino de ellos, y veneno de áspides insanable». Lo cual significa allí el carecer de Dios, que es muerte del alma.

     Estas tres necesidades y penas están fundadas en las tres virtudes teologales, que son fe, caridad y esperanza; las cuales se refieren a las dichas tres potencias por el orden que aquí se ponen, entendimiento, voluntad y memoria; y es de notar que el alma en el dicho verso no hace más que representar su necesidad y pena al Amado, porque el que discretamente ama no cura de pedir lo que le falta y desea, sino de representar su necesidad para que el amado haga lo que fuere servido, como cuando la bendita Virgen dijo a su amado Hijo en las bodas de Caná de Galilea, no pidiéndole directamente el vino, sino diciendo: Vinum non habent; «No tienen vino» (43). Y las hermanas de Lázaro le enviaron a decir, no que sanase a su hermano, sino que mirase que al que amaba estaba enfermo: Domine, ecce, quem amas, infirmatur (44). Y esto por tres cosas: la primera, porque mejor sabe el Señor lo que nos conviene que nosotros; la segunda, porque más se compadece el amado viendo la necesidad del que lo ama y su resignación; la tercera, porque más seguridad lleva el alma acerca del amor propio y propiedad en representar la falta que en pedir lo que a su parecer le falta. Ni más ni menos hace acá ahora el alma representando sus tres necesidades; y es como si dijera: Decid a mi Amado que adolezco y él sólo es mi salud, que me dé mi salud, y que pues peno y él sólo es mi gozo, que me dé mi gozo, y que pues muero y él sólo es mi vida, que me dé vida.

CANCIÓN III

 

                                                       Buscando mis amores,

                                                       Iré por esos montes y riberas,

                                                       Ni cogeré las flores,

                                                       Ni temeré las fieras,

                                                       Y pasaré los fuertes y fronteras.



 

DECLARACIÓN

     Viendo el alma que para hallar al Amado no le bastaban gemidos ni oraciones, ni tampoco ayudarse de buenos terceros, como ha hecho en la primera y segunda canción, por cuanto el deseo con que le busca es verdadero y su amor grande, no quiere dejar de hacer alguna diligencia de las que de su parte puede; porque el alma que de veras ama a Dios no empereza hacer cuanto puede por hallar al Hijo de Dios, su amado, y aun después que lo ha hecho todo no se satisface ni piensa que ha hecho nada; y así, en esta tercera canción, ella misma por la obra lo quiere buscar, y dice el modo que ha de tener en hallarlo, conviene a saber, que ha de ir ejercitándose en las virtudes y ejercicios espirituales de la vida activa y contemplativa, y que para esto no ha de admitir deleites ni regalos algunos, ni bastarán a detenerla e impedirla este camino todas las fuerzas y asechanzas de los tres enemigos del alma, que son mundo, demonio y carne, diciendo:

Buscando mis amores.

     Esto es, mi Amado. Bien da a entender aquí el alma que para hallar a Dios de veras no basta sólo orar con el corazón y con la lengua, ni tampoco ayudarse de beneficios ajenos, sino que también, junto con eso, es menester obrar de su parte. Lo que en sí es, porque más suele estimar Dios una obra de la propia persona que muchas que otros hacen por ella; y por eso, acordándose aquí el alma del dicho del Amado, que dice: Quaerite, et invenietis; «Buscad y hallaréis» (45); ella misma se determina a salir de la manera que habemos dicho a buscarle por la obra, por no se quedar sin hallarle, como muchos, que no querrían que les costase Dios más que hablar, y aun eso mal, y por él no quieren hacer cosa que les cueste algo, y algunos aun no levantarse de un lugar de su gusto y contento por él, sino que así se les viniese el sabor de Dios a la boca y al corazón, sin dar paso ni mortificarse en perder alguno de sus gustos, consuelos y quereres inútiles; pero hasta que de ellos salgan a buscarle, aunque más voces den a Dios, no le hallarán, porque así le buscaba la Esposa en los Cantares (46) y no le halló hasta que salió a buscarle; y dícelo por estas palabras: In lectulo meo per noctes quaesivi quem diligit anima mea: quaesivi illum, et non inveni. Surgam, et circuibo Civitatem; per vicos, et plateas quaeram quem, diligit anima mea; «En mi lecho de noche busqué al que ama mi alma, busquéle y no le hallé. Levantareme y rodearé la ciudad; por los arrabales y las plazas buscaré al que ama mi alma». Y después de haber pasado algunos trabajos, dice allí que lo halló. De donde, el que busca a Dios queriéndose estar en su gusto y descanso, de noche le busca, y así no le hallará; pero el que busca por el ejercicio y obras de las virtudes, dejado aparte el lecho de su gusto y deleites, éste le busca de día, y así le hallará; porque lo que de noche no se halla, de día parece. Esto da bien a entender el Esposo en el libro de la Sabiduría (47), diciendo: Clara est, et quae numquam marcescit Sapientia, et facile videtur ab his qui diligunt eam, et invenitur ab his qui quaerunt illam. Praeoccupat qui se concupiscunt, ut illis se prior ostendat. Qui de luce vigilaverit ad illam, non laborabit; asidentem enim illam foribus suis inveniet; quiere decir: Clara es la sabiduría, y nunca se marchita y fácilmente es vista de los que la aman y es hallada de los que la buscan. Previene a los que la codician, para mostrarse primero a ellos. El que por la mañana madrugare a ella no trabajará, porque la hallará sentada a la puerta de su casa. En lo cual da a entender que, en saliendo el alma de la casa de su propia voluntad y del lecho de su propio gusto, acabada de salir, luego allí afuera hallará a la dicha sabiduría divina, que es el Hijo de Dios, su esposo; y por eso dice el alma aquí: «Buscando mis amores».

Iré por esos montes y riberas.

     Por los montes, que son altos, entiende aquí las virtudes. Lo uno por la alteza de ellas, lo otro por la dificultad y trabajo que se pasa en subir a ellas, por las cuales dice que irá ejercitando la vida contemplativa. Por las riberas, que son bajas, entiende las mortificaciones, penitencias y ejercicios espirituales, por las cuales también dice que irá en ellas ejercitando la vida activa, junto con la contemplativa que ha dicho; porque para buscar a lo cierto a Dios y adquirir las virtudes, la una y la otra son menester. Es, pues, tanto como decir: Buscando a mi Amado, iré poniendo por obra las altas virtudes, y humillándome en las bajas mortificaciones y ejercicios humildes. Esto dice porque el camino de buscar a Dios es ir obrando en Dios el bien y mortificando en sí el mal, de la manera que va diciendo en los versos siguientes, es a saber:

Ni cogeré las flores.

     Por cuanto para buscar a Dios es menester un corazón desnudo y fuerte, y libre de todos los males y bienes que puramente no son Dios, dice en el presente verso y en los siguientes el alma la libertad y fortaleza que ha de tener para buscarle; y en éste dice que no cogerá las flores que encontrare en este camino por las cuales entiende todos los gustos y contentamientos y deleites que se le pueden ofrecer en esta vida y le podrían impedir el camino, si cogerlos y admitirlos quisiere.

     Los cuales son en tres maneras, temporales, sensuales y espirituales; y porque los unos y los otros ocupan el corazón y le son impedimento para la desnudez espiritual, cual se requiere para el derecho camino de Cristo, si reparase o hiciese asiento en ellos, dice que para buscarle no cogerá todas estas cosas dichas; y así, es como si dijera: Ni pondré mi corazón en las riquezas y bienes que ofrece el mundo, ni admitiré los contentamientos y deleites de mi carne, ni repararé en los gustos y consuelos de mi espíritu, de suerte que me detenga en buscar a mis amores por los montes de las virtudes y trabajos. Esto dice por tomar el consejo que da el profeta David (48) a los que van por este camino, diciendo: Divitiae si affluant, nolite cor apponere; esto es: Si se ofrecieren abundantes riquezas, no queráis aplicar el corazón a ellas. Lo cual entiende así de los gustos sensuales como de los demás bienes temporales y consuelos espirituales. Donde es de notar que, no sólo los bienes temporales y deleites corporales impiden y contradicen el camino de Dios, mas también los consuelos y deleites espirituales, si se tienen con propiedad o se buscan, impide al camino de la cruz del esposo Cristo; por tanto, el que ha de ir adelante conviene que no se detenga a coger esas flores; y no sólo eso, sino que también tenga ánimo y fortaleza para decir:

                                                       Ni temeré las fieras,

                                                       Y pasaré los fuertes y fronteras.

     En los cuales versos pone los tres enemigos del alma, mundo, demonio y carne, que son los que hacen guerra y dificultan el camino. Por las fieras entiende el mundo, por los fuertes el demonio, y por las fronteras la carne.

     Al mundo llama fieras, porque al alma que comienza el camino de Dios le parece que se le representa en la imaginación el mundo como a manera de fieras, haciéndole amenazas y fieros, y es principalmente en tres maneras: la primera, que le ha de faltar el favor del mundo, perder los amigos, el crédito, valer, y aun la hacienda; la segunda, que es otra fiera no menor, que ¿cómo ha de sufrir no haber ya jamás de tener contentos y deleites del mundo, y carecer de todos los regalos de él? La tercera es aún mayor, conviene a saber, que se han de levantar contra ella las lenguas y han de hacer burla, y ha de haber muchos dichos y mofas, y le han de tener en poco; las cuales cosas, de tal manera se les suelen anteponer a algunas almas, que se les hace dificultosísimo, no sólo el perseverar contra estas fieras, más aún el poder comenzar el camino.

     Pero a algunas almas generosas se les suelen poner otras fieras más interiores y espirituales de dificultades y tentaciones, tribulaciones y trabajos de muchas maneras, porque les conviene pasar; cuales los envía Dios a los que quiere levantar a alta perfección, probándolos y examinándolos como al oro en el fuego, según aquello de David: Multae tribulationes justorum; et de omnibus his liberavit eos Dominus (49); esto es: Las tribulaciones de los justos son muchas, mas de todas ellas nos librará el Señor. Pero el alma bien enamorada, que estima a su Amado más que a todas las cosas, confiada en el amor y favor de él, no tiene en mucho decir: «Ni temeré las fieras».

Y pasaré los fuertes y fronteras.

     A los demonios, que es el segundo enemigo, llama fuertes, porque ellos, con grande fuerza, procuran tomar el paso de este camino; y también porque sus tentaciones y astucias son más fuertes y duras de vencer y más dificultosas de entender que las del mundo y carne, y porque también se fortalecen de estos otros dos enemigos, mundo y carne, para hacer al alma fuerte guerra. Y por tanto, hablando David de ellos (50), los llama fuertes, diciendo: Fortes quaesierunt animam meam; es a saber: «Los fuertes pretendieron mi alma». De cuya fortaleza también dice el profeta Job (51): Non est super terram potestas, quae comparetur ei, qui factus est ut nullum timeret; que no hay poder sobre la tierra que se compare a este del demonio, que fue hecho de suerte que a ninguno temiese; esto es, ningún poder humano se podrá comparar con el suyo; y así, solo el divino basta para poderle vencer, y sola la luz divina para poderle entender sus ardides; por lo cual, el alma que hubiere de vencer su fortaleza, no podrá sin su oración, ni sus engaños podrá entender sin humildad y mortificación; que por eso dice el apóstol san Pablo (52) avisando a los fieles, estas palabras: Induite vos armaturam Dei, ut possitis stare adversus insidias diaboli; quoniam non est nobis colluctatio adversus carnem et sanguinem; es a saber: «Vestíos de las armas de Dios, para que podáis resistir a las astucias del enemigo, porque esta lucha no es como contra la carne y sangre; entendiendo por la sangre el mundo, y por las armas de Dios la oración y la cruz de Cristo, en que está la humildad y mortificación que habemos dicho. Dice también el alma que pasará las fronteras, por las cuales se entienden, como habemos dicho, las repugnancias y rebeliones que naturalmente la carne tiene contra el espíritu; la cual, como dice el apóstol San Pablo (53), codicia contra el espíritu: Caro enim concupiscit adversus spiritum. «Y se pone como en frontera, resistiendo al camino espiritual»; y estas fronteras ha de pasar el alma rompiendo las dificultades y echando por tierra con la fuerza y determinación del espíritu todos los apetitos sensuales y aficiones naturales; porque en tanto que los hubiere en el alma, de tal manera está el espíritu impedido debajo de ellas, que no puede pasar a verdadera vida y deleite espiritual; lo cual nos dio bien a entender San Pablo (54), diciendo: Si autem spiritu facta carnis mortificaveritis, vivetis; esto es: Si mortificáredes las inclinaciones de la carne y apetitos con el espíritu, viviréis. Éste, pues, es el estilo que dice el alma en la dicha canción que le conviene tener para en este camino buscar a su Amado; el cual, en suma, es tener constancia y valor para no bajarse a coger las flores, y ánimo para no temer las fieras, y fortaleza para los fuertes y fronteras; sólo entendiendo en ir por los montes y riberas de virtudes, de la manera que está declarado.

 

CANCIÓN IV

                                                     

                                                    ¡Oh bosques y espesuras

                                                    plantadas por la mano del Amado!

                                                    ¡Oh prado de verduras,

                                                    De flores esmaltado!

                                                    Decid si por vosotros ha pasado.



 

DECLARACIÓN

     Después que el alma ha dado a entender la manera de disponerse para comenzar este camino, para no se andar ya a deleites y gustos, y la fortaleza que ha de tener para vencerlas tentaciones y dificultades, en lo cual consiste el ejercicio del conocimiento de sí, que es lo primero que tiene de hacer el alma para ir al conocimiento de Dios, ahora en esta canción comienza a caminar, por la consideración y conocimiento de las criaturas, al conocimiento de su Amado, criador de ellas, porque, después del ejercicio del conocimiento propio, esta consideración de las criaturas es la primera por orden en este camino espiritual para ir conociendo a Dios, considerando su grandeza y excelencia por ellas, según aquello del Apóstol, que dice: Invisibilia enim ipsius, a creatura mundi, per ea, quae jacta sunt, intellecta, conspiciuntur (55), que es como si dijera: Las cosas invisibles de Dios son del alma conocidas por las cosas criadas visibles e invisibles.

     Habla, pues, el alma en esta canción con las criaturas, preguntándoles por su Amado. Y es de notar que, como dice San Agustín, la pregunta que el alma hace a las criaturas es la consideración que en ellas hace del Criador de ellas. Y así, en esta canción se contiene la consideración de los elementos y de las demás criaturas inferiores, y la consideración de los cielos y de las demás criaturas y cosas materiales que Dios crió en ellos; y también la consideración de los espíritus celestiales, diciendo:

¡Oh bosques y espesuras!

     Llama bosques a los elementos, que son tierra, agua, aire y fuego; porque, así como los amenísimos bosques están plantados y poblados de espesas plantas y arboledas, así lo están los elementos de espesas criaturas, a las cuales llama aquí espesuras, por el grande número y mucha diferencia que hay de ellas en cada elemento: en la tierra inumerables variedades de animales y plantas, en el agua inumerables diferencias de peces, en el aire mucha diversidad de aves, y el elemento del fuego concurre con todos para la animación y conservación de ellos; y así cada suerte de animales vive en su elemento, y está puesta y plantada en él como en su bosque y región, donde nace y se cría; y a la verdad, así lo mandó Dios en la creación de ellos (56), mandando a la tierra que produjese las plantas y los animales, y a la mar y agua los peces, y al aire hizo morada de las aves; y por eso, viendo el alma que él así lo mandó y que así se hizo, dice el verso siguiente:

Plantadas por la mano del Amado.

     En el cual es esta la consideración, es a saber, que estas diferencias y grandezas sola la mano del Amado, Dios, pudo hacerlas y criarlas. Donde es de notar que advertidamente dice por la mano del Amado; porque, aunque otras muchas cosas hace Dios por mano ajena, como de los ángeles y de los hombres, ésta, que es criar, nunca la hizo ni hace por otra que la suya propia; y así, el alma mucho se mueve al amor de su Amado, Dios, por la consideración de las criaturas, viendo que son cosas que por su propia mano fueron hechas; y dice adelante:

¡Oh prado de verduras!

     Esta es la consideración del cielo, al cual llama prado de verduras, porque las cosas que hay en él criadas, siempre están con verdura inmarcesible, que ni fenecen ni se marchitan con el tiempo, y en ellas, como en frescas verduras, se recrean los justos; en la cual consideración también se comprehende toda la diferencia de las hermosas estrellas y otras plantas celestiales.

     Este nombre de verduras pone también la Iglesia a las cosas celestiales cuando, rogando a Dios por las ánimas de los fieles difuntos, hablando con ellas, dice: Constituat te Christus Filius Dei vivi intra Paradisi sui semper amoena virentia; que quiere decir: «Constitúyaos Cristo, Hijo de Dios vivo, entre las verduras siempre deleitables de su Paraíso». También dice el alma que este prado de verduras está.

De flores esmaltado.

     Por las cuales flores entiende los ángeles y almas santas, con las cuales está adornado aquel lugar, y hermoseado como un gracioso y subido esmalte en un vaso de oro excelente.

Decid si por vosotros ha pasado

     Esta pregunta es la consideración que arriba queda dicha, y es como si dijera: Decid qué excelencias en vosotros ha criado.

CANCIÓN V

                                                     

                                                    Mil gracias derramando

                                                    Pasó por estos sotos con presura,

                                                    Y yéndolos mirando,

                                                    Con sola su figura

                                                    Vestidos los dejó de su hermosura.



 

DECLARACIÓN

     En esta canción responden las criaturas al alma, la cual respuesta, como también dice San Agustín en aquel mismo lugar, es el testimonio que dan en sí de la grandeza y excelencia de Dios al alma que por la consideración se lo pregunta; y así, en esta canción lo que se contiene en sustancia es que Dios crió todas las cosas con gran facilidad y brevedad, y en ellas dejó algún rastro de quien él era, no sólo dándoles el ser de nada, más aún, dotándolas de inumerables gracias y virtudes, y hermoseándolas con el admirable orden y dependencia indeficiente que tienen unas de otras, y esto todo haciéndolo con su sabiduría, por quien las crió, que es el Verbo, su unigénito Hijo. Dice, pues, así:

Mil gracias derramando.

     Por estas mil gracias que dice iba derramando se entiende la multitud de criaturas innumerable, que por eso pone aquí el número mayor, que es mil, para dar a entender la multitud de ellas, a las cuales llama gracias por las muchas gracias de que dotó a las criaturas, las cuales derramó, es a saber, todo el mundo poblando.

Pasó por estos sotos con presura.

     Pasar por los sotos es criar los elementos, que aquí llama sotos, por los cuales dice que pasaba derramando mil gracias, porque los adornaba de todas las criaturas que son graciosas, y allende de eso, en ellas derramaba las mil gracias, dándoles virtud para poder concurrir con la generación y conservación de todas ellas, y dice que pasó, porque las criaturas son como un rastro del paso de Dios, por el cual se rastrea su grandeza, potencia y sabiduría, y otras virtudes divinas, y dice que este paso fue con presura, porque las criaturas son las obras menores de Dios, que las hizo como de paso; porque las mayores, en que más se mostró y en que él más reparaba, eran las de la encarnación del Verbo y misterios de la fe cristiana, en cuya comparación todas las más eran hechas como de paso y con apresuramiento.

                                                    Y yéndoles mirando,

                                                    Con sola su figura

                                                    Vestidos los dejó de su hermosura.

     Según dice san Pablo (57), el Hijo de Dios es resplandor de su gloria y figura de su sustancia: Qui cum sit splendor gloriae, et figura substantiae ejus. Es, pues, de saber que con sola esta figura de su Hijo miró Dios todas las cosas, que fue darles el ser natural, comunicándoles muchas gracias y dones naturales, haciéndolas acabadas y perfectas, según se dice en el Génesis (58) por estas palabras: Vidit Deus cuncta, quae fecerat, et erant valde bona; «Miró Dios todas las cosas que había hecho, y eran mucho buenas». El mirarlas mucho buenas era hacerlas mucho buenas en el Verbo, su Hijo; y no sólo les comunicó el ser y gracias naturales, como habemos dicho, mirándolas, mas también con sola esta figura de su Hijo las dejó vestidas de hermosura, comunicándoles el ser sobrenatural; lo cual fue cuando se hizo hombre, ensalzándole en hermosura de Dios, y por consiguiente a todas las criaturas en él, por haberse unido con la naturaleza de todas ellas en el hombre. Por lo cual dijo el mismo Hijo de Dios (59): Et ego si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad me ipsum; esto es: Si yo fuere ensalzado de la tierra, levantaré a mí todas las cosas; y así, en este levantamiento de la encarnación de su Hijo y de la gloria de su resurrección según la carne, no solamente hermoseó el Padre las criaturas en parte, mas podemos decir que del todo las dejó vestidas de hermosura y dignidad.




 

 

 

 

 

Anotación de la canción siguiente

     Pero, demás de esto todo, hablando ahora según el sentido y afecto de contemplación, es de saber que en la viva contemplación y conocimiento de las criaturas echa de ver el alma haber en ellas tanta abundancia de gracias y virtudes y hermosura, de que Dios las dotó, que le parece estar todas vestidas de admirable hermosura y virtud sobrenatural, derivada y comunicada de aquella infinita hermosura sobrenatural de la figura de Dios, cuyo mirar viste de alegría y hermosura el mundo y a todos los cielos; así como también con abrir su mano, como dice David (60), llena todo animal de bendición: Aperis tu manum tuam: et imples omne animal benedictione. Y por tanto, llagada el alma de amor por este rastro que ha conocido en las criaturas de la hermosura de su Amado, con ansias de ver aquella hermosura, que es causa de estotra hermosura visible, dice la siguiente canción:

CANCIÓN VI

 

                                                  ¡Ay, quién podrá sanarme!

                                                  Acaba de entregarte ya de vero,

                                                  No quieras enviarme

                                                  De hoy más ya mensajero,

                                                  Que no saben decirme lo que quiero.



 

DECLARACIÓN

     Como las criaturas dieron al alma señas de su Amado, mostrándole en sí rastro de su hermosura y excelencia, aumentósele el amor, y por el consiguiente le creció el dolor de la ausencia; porque, cuanto más el alma conoce a Dios, tanto más le crece el apetito y pena por verle; y como ve que no hay cosa que pueda curar su dolencia sino la presencia y vista de su Amado, desconfiada de cualquiera otro remedio, pídele en esta canción le entregue la posesión de su presencia, diciendo que no quiera de hoy más entretenerla con otras cualesquier noticias y comunicaciones suyas y rastros de su excelencia, porque éstas le aumentan las ansias y el dolor de carecer de la presencia, que satisface su voluntad y deseo. La cual voluntad no se contenta ni satisface con menos que con su vista; y por tanto, u a él servido de entregarse a ella ya de veras en acabado y perfecto amor; y así, dice:

¡Ay, quién podrá sanarme!

     Como si dijera: En todos los deleites del mundo y contentamiento de los sentidos y gustos, y suavidad del espíritu, cierto nada podrá sanarme, nada podrá satisfacerme; y pues así es,

Acaba de entregarte ya de vero.

     Donde es de notar que cualquier alma que ama de veras no puede querer satisfacerse ni contentarse hasta poseer de veras a Dios. Porque todas las demás cosas, no solamente no la satisfacen, mas antes, como habemos dicho, la hacen crecer la hambre y apetito de verlo a él como es; y así, cada vista que el Amado recibe y el conocimiento y sentimiento o otra cualquier comunicación (los cuales son como mensajeros que dan al alma recaudos de noticia de quien él es), le aumentan y despiertan más el apetito, así como hacen las migajas en grande hambre; y haciendósele pesado entretenerse con tan poco, dice:

Acaba de entregarte ya de vero.

     Porque todo lo que en esta vida de Dios se puede conocer, por mucho que sea, no es conocimiento de vero, porque es conocimiento en parte y muy remoto; mas conocerle esencialmente es conocimiento de veras, el cual aquí pide el alma, no se contentando con esotras comunicaciones; y por tanto, dice luego:

                                                             No quieras enviarme

                                                             De hoy más ya mensajero.

     Como si dijera: No quieras que de aquí adelante conozca tan a la tasa por estos mensajeros de las noticias y sentimientos que se me dan de ti, tan remotos y ajenos de lo que de ti desea mi alma, porque los mensajeros a quien pena por la presencia bien sabes tú, Esposo mío, que aumentan el dolor: lo uno, por lo que renuevan la llaga con la noticia que dan; lo otro, porque parecen dilaciones de la venida. Pues luego de hoy más no quieras enviarme estas noticias remotas; porque, si hasta aquí podía pasar con ellas porque no te conocía ni amaba mucho, ya la grandeza del amor que le tengo no puede contentarse con estos recaudos; por tanto, acaba de entregarte. Como si más claro dijera: Señor mío esposo, que andas; dando de ti a mi alma por partes, acaba de darlo del todo; y esto, que andas mostrando como por resquicios acaba de mostrarlo a la clara; y esto, que andas comunicando por medios, que es comunicarte como de burlas, acaba de hacerlo de veras, comunicándote por ti mismo, que parece a veces en tus visitas que vas a dar la joya de tu posesión, y cuando mi alma bien se cata, se halla sin ella, porque se la escondes, lo cual es como dar de burla. Entrégate, pues, ya de vero, dándote todo al todo de mi alma, porque toda ella te tenga a ti todo; y no quieras enviarme de hoy más ya mensajero.

Que no saben decirme lo que quiero.

     Como si dijera: Yo a ti todo quiero, y ellos no me saben ni pueden decir a ti todo, porque ninguna cosa de la tierra ni del cielo pueden darle al alma la noticia que ella desea tener de ti; y así, no saben decirme lo que quiero. En lugar, pues, de estos mensajeros, tú seas el mensajero y los mensajes.

CANCIÓN VII

 

                                                 Y todos cuantos vagan,

                                                 De ti me van mil gracias refiriendo,

                                                 Y todos más me llagan,

                                                 Y déjame muriendo

                                                 Un no sé qué que quedan balbuciendo.



 

DECLARACIÓN

     En la canción pasada ha mostrado el alma estar herida o enferma del amor de su Esposo, a causa de la noticia que de él le dieron las criaturas irracionales; y en esta presente da a entender estar llagada de amor a causa de otra noticia más alta que del Amado recibe por medio de las criaturas racionales, que son más nobles que las otras, las cuales son ángeles y hombres. Y también dice que, no sólo esto, sino que también está muriendo de amor a causa de una inmensidad admirable que por medio de estas criaturas se le descubre, sin acabársele de descubrir, lo cual aquí llama no sé qué, porque no se sabe decir, porque ello es tal, que hace estar muriendo al alma. De donde podemos inferir que en este negocio de amor hay tres maneras de penar por el Amado acerca de tres maneras de noticias que de él se pueden tener. La primera se llama herida, la cual es más remisa y más brevemente pasa, bien así como herida, porque de la noticia que el alma recibe de las criaturas le nace, que son las más bajas obras de Dios; y de esta herida, que aquí también llamamos enfermedad, habla la Esposa en los Cantares (61) diciendo: Adjuro vos, filiae Jerusalem, si inveneritis dilectum meum ut nuncietis ei, quia amore langueo; que quiere decir: «Conjúroos, hijas de Jerusalén, que si halláredes a mi Amado, le digáis que estoy enferma de amor», entendiendo por las hijas de Jerusalén las criaturas. La segunda se llama llaga, la cual hace más asiento en el alma que la herida, y por eso dura más, porque es como herida ya vuelta en llaga, con la cual se siente el alma verdaderamente andar llagada de amor; y esta llaga se hace en el alma mediante la noticia de las obras de la encarnación del Verbo y misterios de la Fe; los cuales, por ser mayores obras de Dios y que mayor amor en sí encierran que las de las criaturas, hacen en el alma mayor efecto de amor. De manera que si el primero es como herida, este segundo es ya como llaga hecha, que dura; de la cual, hablando el Esposo en los Cantares con el alma, dice: Vulnerasti cor meum, soror mea sponsa: vulnerasti cor meum in uno oculorum, et in uno crine colli tui. «Llagásteme mi corazón, hermana mía, llagásteme mi corazón con el uno de tus ojos y en un cabello de tu cuello; porque el ojo significa aquí la fe de la encarnación del Esposo, y el cabello significa el amor de la misma encarnación. La tercera manera de penar en el amor es como morir; lo cual es como tener ya la llaga afistolada, hecha el alma ya toda afistolada; la cual vive muriendo hasta que, matándola el amor, la haga vivir vida de amor, transformándola en amor; y este morir de amor se causa en el alma mediante un toque de noticia suya de la Divinidad, que es el no sé qué que, dice en esta canción que quedan balbuciendo; el cual toque no es continuo ni mucho, porque se desataría el alma del cuerpo; mas pásase en breve; y así, queda muriendo de amor, y más muere viendo que no sea causa de morir de amor: éste se llama amor impaciente, del cual se trata en el Génesis (62) donde dice la Escritura que era tanto el amor que tenía Raquel de concebir, que dijo a su esposo Jacob (63): Da mihi liberos, alioquin moriar; esto es: «Dame hijos; si no, moriré». Y el profeta (64) decía: Quis mihi det, ut qui coepit, ipse me conterat; que es decir: «¿Quién me dará a mí que el que me comenzó ése me acabe?»

     Estas dos maneras de penas de amor, es a saber, la llaga y el morir, dice en esta canción que le causan estas criaturas racionales: la llaga, en lo que dice que le van refiriendo mil gracias del Amado en los misterios y sabiduría de Dios que le enseñan de la fe; el morir, en aquello que dice que quedan balbuciendo, que es el sentimiento y noticia de la Divinidad, que algunas veces en lo que el alma oye decir de Dios se le descubre. Dice, pues:

A todos cuantos vagan.

     A las criaturas racionales, como habemos dicho, entiende aquí por los que vagan, que son los ángeles y los hombres; porque solos éstos, de todas las criaturas, vacan a Dios, entendiendo en él, porque eso quiere decir este vocablo vagan, el cual en latín se dice vacant. Y así, es tanto como decir, todos cuantos vacan a Dios; lo cual hacen los unos contemplándole en el cielo y gozándole, como son los ángeles; los otros amándole y deseándole en la tierra, como son los hombres. Y porque por estas criaturas racionales más al vivo conoce a Dios el alma, ahora por la consideración de la excelencia que tiene sobre todas las cosas criadas, ahora por lo que ellas nos enseñan de Dios, las unas interiormente por secretas inspiraciones, como lo hacen los ángeles; las otras exteriormente, por las verdades de la Escritura, dice:

De ti me van mil gracias refiriendo.

     Esto es: Dándome a entender admirables cosas de gracia y misericordia tuya en las obras de la encarnación, y verdades de fe que de ti me declaran y siempre me van más refiriendo; porque, cuanto más quisieren decir, más gracias podrán descubrir de ti.

Y todos más me llagan.

     Porque cuanto los ángeles me inspiran, y los hombres de ti me enseñan, de ti más me enamoran; y así, todas de amor más me llagan.

                                                Y déjame muriendo

                                                Un no sé qué que quedan balbuciendo.

     Como si dijera: Pero allende de lo que me llagan estas criaturas en las mil gracias que me dan a entender de ti, es tal un no sé qué que se siente quedar por decir, y una cosa que no se conoce quedar por decir, y un subido rastro que se descubre al alma de Dios, quedándose por rastrear y un altísimo entender de Dios, que no se sabe decir, que por eso lo llama no sé qué; que si lo otro que entiendo me llaga y hiere de amor, esto que no acabo de entender, de que altamente siento, me mata. Esto acaece a veces a las almas que están ya aprovechadas, a las cuales hace Dios merced de dar en lo que oyen o ven o entienden, y a veces sin eso y sin esotro, una subida noticia, en que se le da a entender o sentir alteza de Dios y grandeza; y en aquel sentir siente tan alto de Dios, que entiende claro se queda todo por entender; y en aquel entender y sentir ser tan inmensa la divinidad, que no se puede entender acabadamente, es muy subido entender. Y así, una de las grandes mercedes que en esta vida hace Dios a un alma por vía de paso, es darle claramente a entender y sentir tan altamente de Dios, que entienda claro que no se puede entender ni sentir del todo. Porque es en alguna manera al modo de los que lo ven el cielo, donde los que más lo conocen entienden más distintamente lo infinito que les queda por entender; porque aquellos que menos lo ven son a los que no les parece tan distintamente lo que les queda por ver, como a los que más ven. Esto entiendo que no lo acabará bien de entender el que no lo hubiere experimentado; pero el alma que lo experimenta, como ve que se le queda por entender de aquello que altamente siente, llámalo un no sé qué; porque, así como no se entiende, así tampoco se sabe decir, aunque, como he dicho, se sabe sentir. Por eso dice que le quedan las criaturas balbuciendo, porque no lo acaban de dar a entender, que eso quiere decir balbucir, que es el hablar de los niños, que es no acertar a decir ni dar a entender lo que hay que decir.

 

 

 

 

Anotación para la canción siguiente

     También acerca de las demás criaturas acaecen al alma algunas ilustraciones, al modo que habemos dicho, aunque no siempre tan subidas, cuando Dios hace merced de abrirle la noticia y sentido del espíritu de ellas, las cuales parece están dando a entender grandezas de Dios, que no acaban de dar a entender; y es como que van a dar a entender, y se quedan por entender; y así, es un no sé qué que quedan balbuciendo. Y así, el alma va adelante con su querella y habla con la vida de su alma, diciendo en la canción siguiente:

 

CANCIÓN VIII

 

                              

Mas ¿cómo perseveras,

 

¡Oh vida! no viviendo donde vives,

 

Y haciendo porque mueras,

 

Las flechas que recibes,

 

De lo que del Amado en ti concibes?



 

DECLARACIÓN

     Como el alma se ve morir de amor (según acaba de decir), y que no se acaba de morir, para poder gozar del amor con libertad, quéjase de la duración corporal, a cuya causa se le dilata la vida espiritual. Y así, en esta canción habla con la misma vida de su alma, encareciendo el dolor que le causa. Y el sentido de la canción es el que se sigue: Vida de mi alma, ¿cómo puedes perseverar en esta vida de carne, pues te es muerte y privación de aquella vida verdadera espiritual de Dios, en que por esencia, amor y deseo más verdaderamente que en el cuerpo vives? Y ya que esto no fuese causa para que salieses y librases del cuerpo de esta muerte, para vivir y gozar la vida de tu Dios, como todavía puedes perseverar en el cuerpo tan frágil; pues, demás de esto, son bastantes solo por sí para acabarte la vida las heridas que recibes de amor de las grandezas que se te comunican de parte del Amado, que todas ellas vehementemente te dejan herida de amor; y así, cuantas cosas de él sientes, tantos toques y heridas, que de amor matan, recibes.

                                                   Mas ¿cómo perseveras,

                                                   ¡Oh vida! No viviendo donde vives?

     Para inteligencia de estos versos es menester saber que el alma más vive donde ama que en el cuerpo donde anima, porque en el cuerpo ella no tiene su vida antes ella la da al cuerpo, y ella vive por amor en lo que ama. Pero, demás de esta vida de amor, por el cual vive en Dios el alma que le ama, tiene el alma su vida radical y naturalmente en Dios, como también todas las cosas criadas, según aquello de San Pablo (65), que dice: In ipso enim vivimus, et movemur, et sumus; En él vivimos y nos movemos y somos; que es decir: En Dios tenemos nuestra vida y nuestro movimiento y nuestro ser. Y San Juan dice (66) que todo lo que fue hecho era vida en Dios: Quod factum est, in ipso vita erat. Y como el alma ve que tiene su vida natural en Dios por el ser que en él tiene, y también su vida espiritual, por el amor con que le ama, quéjase y lastímase que pueda tanto una vida tan frágil en cuerpo mortal, que la impida gozar una vida tan fuerte, verdadera y sabrosa como vive en Dios por naturaleza y amor. En lo cual es grande el encarecimiento que el alma hace, porque da aquí a entender que padece en dos contrarios, que son vida natural en cuerpo y vida espiritual en Dios, que son contrarios en sí, por cuanto repugna el una al otro. Y viviendo ella en entrambos, por fuerza ha de tener gran tormento, pues la una vida penosa le impide la otra sabrosa; tanto, que la vida natural le es a ella como muerte, pues por ella está privada de la espiritual, en que tiene todo su ser y vida por naturaleza, y todas sus operaciones y aficiones por amor. Y para dar más a entender el rigor de esta frágil vida dice luego:

                                                            Y haciendo porque mueras,

                                                            Las flechas que recibes.

     Como si dijera: Y demás de lo dicho, ¿cómo puedes perseverar en el cuerpo, pues por sí sólo bastan a quitaste la vida los toques de amor (que eso entiende por flechas) que en tu corazón hace el Amado? Los cuales toques, de tal manera fecunda el alma y el corazón de inteligencia y amor de Dios, que se puede bien decir que concibe de Dios, según lo dice en el verso siguiente:

De lo que del Amado en ti concibes.

     Es a saber: De la grandeza, hermosura, sabiduría, gracia y virtudes que de él entiendes.




 

 

 

 

 

Anotación para la canción siguiente

     A manera de ciervo que cuando está herido con yerba no descansa ni sosiega, buscando por acá y por allá remedio, ahora engolfándose en unas aguas, ahora en otras, y siempre le va creciendo más en todas las ocasiones y remedios que toma el toque de la yerba, hasta que se apodera bien del corazón y viene a morir; así el alma que anda tocada de la yerba del amor, cual ésta de que tratamos aquí, nunca cesando de buscar remedios para su dolor; y ella, conociéndolo así, y que no tiene otro remedio sino venirse a poner en las manos del que la hirió, para que, despeñándola, la acabe ya de matar con la fuerza del amor, vuélvese a su Esposo, que es la causa de todo, y dícele la canción siguiente:

 

CANCIÓN IX

 

                                                      ¿Por qué, pues has llagado

                                                      Aqueste corazón, no le sanaste?

                                                      Y pues me le has robado,

                                                      ¿Por qué así le dejaste,

                                                      Y no tomas el robo que robaste?



 

DECLARACIÓN

     Vuelve, pues, el alma en esta canción a hablar con el Amado, todavía con la querella de su dolor; porque el amor impaciente, cual aquí muestra tener el alma, no sufre ningún ocio ni da descanso a su pena, proponiendo de todas maneras sus ansias hasta hallar el remedio; y como se ve llagada y sola, no teniendo otro ni otra medicina sino a su Amado, que es el que la llagó, dícele que, pues él llagó su corazón con el amor de su noticia, que por qué no le ha sanado con la vista de su presencia. Y que, pues él también se lo ha robado por el amor con que la ha robado por el amor con que la ha enamorado, sacándosele de su propio poder, que por qué le ha dejado así; es a saber sacado de su poder (porque el que ama ya no posee su corazón, pues lo ha dado al amado), y no le ha puesto de veras en el suyo, tomándole para sí en entera y acabada transformación de amor, en gloria; dice pues:

                                                     ¿Por qué, pues has llagado

                                                     Aqueste corazón, no le sanaste?

     No se querella porque la haya llagado, porque el enamorado, cuanto más herido está, más pagado, sino que, habiendo llagado el corazón, no le sanó acabándole de matar; porque son las heridas de amor tan dulces y tan sabrosas, que, si no llegan a morir, no la pueden satisfacer; pero sonle tan sabrosas, que querría la llagasen hasta acabarla de matar, y por eso dice: «¿Por qué, pues has llagado aqueste corazón, no le sanaste?». Como si dijera: ¿Por qué, si le has herido hasta llagarle, no le sanas, acabándole de matar de amor? Pues eres tú la causa de la llaga en dolencia de amor, sé tú la causa de la salud en muerte de amor; porque de esta manera el corazón, que está llagado con el dolor de tu ausencia, sanará con el deleite y gloria de tu dulce presencia. Y por eso añade:

                                                               Y pues me le has robado,

                                                               ¿Por qué así le dejaste?

     Robar no es otra cosa que desaposesionar lo suyo a su dueño y aposesionarse de ello el robador. Esta querella, pues, propone aquí el alma al Amado, diciendo que, pues él ha robado su corazón por amor, y sacádole de su poder y posesión, ¿por qué lo ha dejado así, sin ponerle de veras en la suya, tomándole para sí, como hace el robador el robo que robó, que de hecho se lleva consigo? Por eso el que está enamorado se dice tener el corazón robado, o arrobado, de aquel a quien ama, porque le tiene fuera de sí, puesto en la cosa amada; y así, no tiene corazón para sí, sino para aquello que ama. De aquí podrá muy bien conocer el alma si ama a Dios puramente o no; porque si le ama no tendrá corazón para sí propia ni para mirar su gusto ni provecho, sino para honra y gloria de Dios y darle a él gusto, porque cuanto más tiene el corazón para sí, menos le tiene para Dios. Y verse ha si el corazón está bien robado de Dios en una de dos cosas: en si trae ansias de Dios y no gusta de otra cosa sino de él, como aquí muestra el alma; la razón es, porque el corazón no puede estar en paz ni sosiego sin alguna posesión, y cuando está bien aficionado ya no tiene posesión de sí ni de alguna otra cosa, como habemos dicho; y así, tampoco posee cumplidamente lo que ama; de donde no le puede faltar tanta fatiga cuanta es la falta, hasta que lo posea y se satisfaga, porque hasta entonces está el alma como vaso vacío que espera el lleno, y como el hambriento que desea el manjar, y como el enfermo que gime por la salud, y como el que está colgado en el aire y no tiene en qué estribar, de esta manera está el corazón bien enamorado; lo cual sintiendo aquí el alma por experiencia dice: «¿Por qué así lo dejaste?» Es a saber, vacío, hambriento, solo, llagado, doliente de amor y suspenso en el aire.

¿Y no tomas el robo que robaste?

     Conviene saber: ¿Por qué no tomas el corazón que robaste por amor, para henchirle y sanarle y hartarle, dándole asiento y reposo cumplido en ti?

     No puedo dejar de desear el alma enamorada, por más conformidad que tenga con el Amado, la paga y salario de su amor, por el cual salario sirve al Amado, y de otra manera no sería verdadero Amor, porque el salario y llaga del amor no es otra cosa, ni el alma puede querer otra sino más amor, hasta llegar a perfección de amor; porque el amor no se paga sino de sí mismo, según lo dio a entender el profeta Job (67) cuando, hablando con la misma ansia y deseo que aquí está el alma, dijo: Sicut servus desiderat umbram, et sicut mercenarius praestolatur finem operis sui: sic et ego habui menses vacuos, et noctes laboriosas enumeravi mihi. Si dormiero, dicam: quando consurgam? Et rursum expectabo vesperam, et replebor doloribus usque ad tenebras; «Así como el ciervo desea la sombra, y como el jornalero espera el fin de su obra, así yo tuve vacío los meses y conté las noches trabajosas para mí. Si durmiere diré: ¿Cuándo llegará el día en que me levantaré? Y luego volveré otra vez a esperar la tarde, y seré lleno de dolores hasta las tinieblas de la noche». Así, pues, el alma, encendida en amor de Dios, desea el cumplimiento y perfección de amor, para tener allí cumplido refrigerio, como el ciervo fatigado del estío desea el refrigerio de la sombra, y como el mercenario espera el fin de su obra, espera ella el fin de la suya. Donde es de notar que no dijo Job que el mercenario esperaba el fin de su trabajo, sino el fin de su obra, para dar a entender lo que vamos diciendo, es a saber, que el alma que ama no espera el fin de su trabajo, sino el fin de su obra, porque su obra es amar, y de esta obra, que es amar, espera ella el fin y remate, que es la perfección y cumplimiento del amar a Dios; el cual, hasta que se le cumpla, siempre está de la figura que en la dicha autoridad se pinta Job, teniendo los días y los meses por vacíos, y contando las noches trabajosas y prolijas para sí. En lo dicho queda dado a entender cómo el alma que ama a Dios no ha de querer ni esperar otro galardón de sus servicios sino la perfección de amar a Dios.




 

 

 

 

 

Anotación de la canción siguiente

     Estando, pues, el alma en este término de amor, está como un enfermo muy fatigado que, teniendo perdido el gusto y apetito, todos los manjares fastidia y todas las cosas le molestan y enojan; sólo en todas las que se le ofrecen al pensamiento y al sentido o a la vista tiene presente un solo apetito y deseo, que es de su salud, y todo lo que a esto no hace le es molesto y pesado. De donde esta alma, por haber llegado a esta dolencia de amor de Dios, tiene estas tres propiedades, es a saber, que en todas las cosas que se le ofrecen y trata, siempre tiene presente aquel ay de su salud, que es su amado; y así, aunque por no poder más ande en ellas, en él tiene siempre el corazón. Y de ahí sale la segunda propiedad, que es tener perdido el gusto a todas las cosas. Y de aquí también se sigue la tercera, que es serle todas ellas molestas, y cualesquier tratos pesados y enojosos. La razón de todo esto, sacándola de lo dicho, es que, como el paladar de la voluntad del alma anda tocado y saboreado con este manjar de amor de Dios, en cualquiera cosa y trato que se le ofrece, luego in continenti, sin mirar otro gusto y respecto, se inclina la voluntad a buscar y gozar en aquello a su Amado; como hizo María Magdalena cuando con ardiente amor andaba buscándole por el huerto, que, pensando que era hortelano, sin otra razón ni acuerdo, le dijo: Si tú le tomaste, dímelo y yo le tomaré; Si tu sustulisti eum, dicito mihi ubi posuisti eum, et ego eum tollam (68). Trayendo semejante ansia esta alma de hallarle en todas las cosas, y no hallándole luego como desea (antes muy al revés), no sólo no las gusta, más aún, le son tormento, y a veces muy grande, porque semejantes almas padecen mucho en tratar con la gente y otros negocios, porque antes les estorban que les ayudan a su pretensión.

     Estas tres propiedades da bien a entender la Esposa que tenía ella cuando buscaba a su Esposo, en los Cantares (69), diciendo: Quaesivi, et non inveni illum... invenerunt me custodes qui circumeunt civitatem: percusserunt me, et vulneraverunt me: tulerunt pallium meum mihi; «Busquéle y no le hallé; pero halláronme los que rodean la ciudad, y las guardas de los muros me quitaron mi manto». Porque los que rodean la ciudad son los tratos del mundo, los cuales, cuando hallan al alma que busca a Dios, le hacen muchas llagas de dolores, penas y disgustos; porque, no solamente no halla en ellos lo que quiere, sino antes se lo impiden. Y los que defienden el muro de la contemplación para que el alma no entre en ella, que son los demonios y negociaciones del mundo, quitan el manto de la paz y quietud de la amorosa contemplación; de todo lo cual el alma enamorada de Dios recibe mil desabrimientos y enojos, de los cuales, viendo que en tanto que está en esta vida sin ver a su Dios no puede aliviarse en poco o en mucho de ellos, prosigue los ruegos con su Amado, y dice en la canción siguiente:

CANCIÓN X

                                                  

                                                 Apaga mis enojos,

                                                 Pues que ninguno basta a deshacellos,

                                                 Y véante mis ojos,

                                                 Pues eres lumbre de ellos,

                                                 Y sólo para ti quiero tenellos.



 

DECLARACIÓN

     Prosigue, pues, en la presente canción pidiendo al Amado quiera ya poner término a sus ansias y penas; pues no hay otro que baste sino sólo él para hacerlo, y que sea de manera que le puedan ver los ojos de su alma, pues sólo él es la luz en que ellos miren, y ella no les quiere emplear tu otra cosa sino sólo en él, diciendo:

Apaga mis enojos.

 

     Tiene, pues, esta propiedad la concupiscencia del amor, como queda dicho, que todo lo que no hace o dice y conviene con aquello que ama la voluntad, la cansa, fatiga y enoja, y la pone desabrida, no viendo cumplirse lo que ella quiere, y a esto y a las fatigas que tiene por ver a Dios, llama aquí enojos; los cuales ninguna cosa hasta para deshacerlos, sino la posesión del Amado. Por lo cual dice que los apague él con su presencia, refrigerándolos todos, como lo hace el agua fresca al que está fatigado del calor; y por eso usa aquí de este vocablo apaga, para dar a entender que ella está padeciendo con fuego de amos.

Pues que ninguno basta a deshacellos.

     Para mover y persuadir más el alma a que cumpla su petición el Amado, dice que, pues otro ninguno sino él basta a satisfacer su necesidad, que sea él quien apague sus enojos. Donde es de notar que entonces está Dios bien presto para consolar al alma y satisfacerla en sus necesidades y penas, cuando ella no tiene ni pretende otra satisfacción ni consuelo fuera de él; y así, el alma que no tiene cosa que la entretenga fuera de Dios, puede estar mucho sin visitación del Amado.

Y ve ante mis ojos

     Esto es, véate yo cara a cara con los ojos de mi alma.

Pues eres lumbre de ellos.

     Demás de que Dios es lumbre sobrenatural de los ojos del alma, sin la cual está en tinieblas, llámale ella aquí por afición lumbre de sus ojos, al modo que él amante suele llamar al que ama lumbre de sus ojos, para mostrar la afición que le tiene; y así, es como si dijera en los dos versos sobredichos: Pues los ojos de mi alma no tienen otra lumbre, ni por naturaleza ni por amor, sino a ti, «Ve ante mis ojos», que de todas maneras eres lumbre de ellos. Esta lumbre echaba menos David cuando con lástima decía (70): la lumbre de mis ojos no está conmigo; Et lumen oculorum meorum, et ipsum non est mecum. Y Tobías cuando dijo (71): ¿Qué gozo podrá ser el mío, pues estoy sentado en las tinieblas y no veo la lumbre del cielo? Quale gaudium mihi erit, qui in tenebris sedeo, et lumen Coeli non video? En lo cual deseaba la clara visión de Dios, porque la lumbre del cielo es el Hijo de Dios, según lo dice San Juan en el Apocalipsis, diciendo (72): La ciudad celestial no tiene necesidad de sol ni de luna que luzcan en ella, porque la claridad de Dios la alumbra, y la lucerna de ella es el Cordero; Et civitas non eget sole, neque luna ut luceant ea: nam claritas Dei illuminavit eam, et lucerna ejus est agnus.

Y sólo para ti quiero tenellos.

     En lo cual quiere el alma obligar al Esposo a que le deje ver esta lumbre de sus ojos, no sólo porque no teniendo otra estará en tinieblas, sino también porque no los quiere tener para otra ninguna cosa que para él. Porque así como justamente es privada de aquesta divina luz el alma que quiere poner los ojos de su voluntad en otra lumbre de propiedad de alguna cosa fuera de Dios, porque en ello ocupa la vista para recibir su lumbre; así también congruamente merece que se le dé al alma que a todas las cosas cierra los dichos sus ojos, para abrirlos sólo a Dios.




 

 

 

 

 

Anotación de la canción siguiente

     Pero es de saber que no puede el amoroso Esposo de las almas verlas penar mucho tiempo a solas, como a esta de que vamos tratando; porque, como dice por Zacarías (73), sus penas y quejas le tocan a él en las niñas de sus ojos, mayormente cuando las penas de las tales almas son por su amor como las de ésta; que por eso dice también por Isaías (74): Antequam clament, ego exaudiam: adhuc illis loquentibus, ego audiam; «Antes que ellos clamen los oiré». Y el Sabio dice de él que si le buscare el alma como al dinero lo hallará; y así, a esta alma enamorada, que con más codicia que al dinero le busca, pues todas las cosas tiene dejadas, y a sí misma por él, parece que a estos ruegos tan encendidos le hizo Dios alguna presencia de sí espiritual, en la cual le mostró algunos profundos visos de su divinidad y hermosura, con que le aumentó mucho más el deseo y fervor de verle; porque, así como suelen echar agua en la fragua para que se encienda y afervore más el fuego, así el Señor suele hacer con algunas de estas almas que andan con estas calmas de amor, dándoles algunas muestras de su excelencia para afervorarlas más, y así irlas más disponiendo para las mercedes que les quiere hacer después; y así como el alma echó de ver y sintió por aquella presencia obscura aquel sumo bien y hermosura allí encubierta, muriendo en deseo por verla, dice la canción que se sigue:

 

CANCIÓN XI

                                                       

                                                         Descubre tu presencia,

                                                      Y máteme tu vista y hermosura;

                                                      Mira que la dolencia,

                                                      De amor, que no se cura

                                                      Sino con la presencia y la figura.



 

DECLARACIÓN

     Deseando, pues, el alma verse poseída de este gran Dios, de cuyo amor se siente robada, y llagado el corazón, no pudiéndole ya sufrir, pide en esta canción determinadamente le descubra y muestre su hermosura, que es su divina esencia, y que la mate con esta vista, desatándola de la carne, pues en ella no puede verle ni gozarle como desea, poniéndole delante la dolencia y ansia de su corazón, en que persevera penando por su amor, sin poder tener remedio con menos que esta gloriosa vista de su divina esencia.

Descubre tu presencia.

     Para declaración de esto es de saber que tres maneras de presencias puede haber de Dios en el alma. La primera es esencial, y de esta manera, no sólo está en las buenas y santas almas, pero también en las malas y pecadoras y en todas las demás criaturas, porque con esta presencia les da vida y ser, y si esta presencia esencial les faltase, todas se aniquilarían y dejarían de ser, y ésta nunca falta en el alma. La segunda presencia es por gracia, en la cual mora Dios en la alma, agradado y satisfecho de ella; y esta presencia no la tienen todas, porque las que caen en pecado mortal, la pierden, y ésta no puede el alma saber naturalmente si la tiene. La tercera es por afición espiritual, porque en muchas almas devotas suele Dios hacer algunas presencias espirituales de muchas maneras, con que las recrea, deleita y alegra; pero, así estas presencias espirituales como las demás, todas son encubiertas, porque no se muestra Dios en ellas como es, porque no lo sufre la condición de esta vida; y así de cualquiera de ellas se puede entender el verso susodicho, es a saber:

Descubre tu presencia.

     Que por cuanto está cierta que Dios está siempre presente en el alma, a lo menos según la primera manera, no dice el alma que se haga presente a ella, sino que esta presencia encubierta que él hace en ella, ahora sea natural, ahora espiritual o afectiva, que se le descubra y manifieste de manera que pueda verle en su divino ser y hermosura; porque, así como con su presente ser da ser natural al alma, y con su presente gracia la perficiona, que también la glorifique con su manifiesta gloria. Pero, por cuanto esta alma anda en fervores y aficiones de amor de Dios, habemos de entender que esta presencia que aquí pide al Amado que le descubra, principalmente se entiende de cierta presencia afectiva que de sí hizo el Amado al alma; la cual fue tan alta, que le pareció al alma y sintió estar allí un inmenso ser encubierto, del cual le comunicó Dios ciertos visos entreescuros de su divina hermosura, y hacen tal efecto en el alma, que le hace codiciar y desfallecer en deseo de aquello que siente encubierto allí en aquella presencia. Y es conforme a lo que sentía David cuando dijo (75): Codicia y desfallece mi alma en las entradas del Señor; Concupiscit, et deficit anima mea in atria Domini. Porque a este tiempo desfallece el alma con deseo de engolfarse en aquel bien sumo que siente presente y encubierto; porque, aunque está encubierto, muy notablemente siente el bien y deleite que allí hay. Y por esto con más fuerza es atraída el alma y arrebatada de este bien que ninguna cosa natural de su centro, y con esa codicia y entrañable apetito, no pudiendo más contenerse el alma, dice:

Descubre tu presencia.

     Lo mismo le acaeció a Moisés en el monte Sinaí, que estando allí en la presencia de Dios, tan altos y profundos visos de la alteza y hermosura de la divinidad encubierta de Dios echaba de ver, que, no pudiendo sufrirlo, por dos veces le rogó le descubriese su gloria, diciéndole a Dios (76): Cum dixeris: novi te ex nomine, et invenisti gratiam coram me. Si ergo inveni gratiam in conspectu tuo ostende mihi faciem tuam, ut sciam te, et inveniam gratiam ante oculos tuos; «Tú dices que me conoces por mi propio nombre y que he hallado gracia delante de ti, pues luego, si he hallado gracia en tu presencia, muéstrame tu rostro, para que te conozca y halle delante de tus ojos la gracia cumplida que deseo, la cual es llegar al perfecto amor de la gloria de Dios». Pero respondiole el Señor, diciendo (77): Non poteris videre faciem meam: non enim videbit homo, et vivet; «No podrás tú ver mi rostro, porque no me verá hombre y vivirá». Que es como si dijera: Dificultosa cosa me pides, Moisés, porque es tanta la hermosura de mi cara y el deleite de la vista de mi ser, que no la podrá sufrir tu alma en esa suerte de vida tan flaca; y así, sabidora el alma de esta verdad, ora por las palabras que aquí respondió Dios a Moisés, ora también por lo que habemos dicho que siente aquí encubierto en la presencia de Dios, que no le podía ver en su hermosura en este género de vida, porque aun de sólo traslucírsele desfallece, como habemos dicho, previene ella a la respuesta que se le puede dar, como a Moisés, y dice:

Y máteme tu vista y hermosura.

     Que es como si dijera: pues tanto es el deleite de la vista de su ser y hermosura, que no la puede sufrir mi alma, sino que tengo de morir en viéndola, «máteme tú vista y hermosura».

     Dos vistas se sabe que matan al hombre por no poder sufrir la fuerza y eficacia de la vista. La una es la del basilisco, de cuya vista se dice mueren luego; otra es la vista de Dios, pero son muy diferentes las causas, porque la una vista mata con gran ponzoña y la otra con inmensa salud y gloria; por lo cual no hace mucho aquí el alma en querer morir a vista de la hermosura de Dios para gozarle para siempre; pues que si el alma tuviere un solo barrunto de la alteza y hermosura de Dios, no sólo una muerte apetecerá por verla ya para siempre, como aquí desea; pero mil acerbísimas muertes pasaría muy alegre por verla un momento sólo, y después de haberla visto, pediría padecer otras tantas por verla otra vez otro tanto.

     Para más declaración de este verso, es de saber que aquí el alma habla condicionalmente, cuando dice que le mate su vista y hermosura, supuesto que no puede verla sin morir, que si sin eso pudiera ser, no pidiera que la matara, porque querer morir es imperfección natural; pero, supuesto que no puede estar esta vida corruptible del hombre con la otra vida inmarcesible de Dios, dice:

Máteme tu vista y hermosura.

     Esta doctrina da a entender San Pablo a los de Corinto, diciendo (78): Nolumus expoliari, sed supervestiri, ut absorbeatur quod mortale est, a vita; «No queremos ser despojados, mas queremos ser sobrevestidos, porque lo que es mortal sea absorto de la vida». Que es decir: No deseamos ser despojados de la carne, mas ser sobrevestidos de gloria. Pero, viendo él que no se puede vivir en gloria y en carne mortal juntamente, como decimos, dice a los filipenses (79) que desea ser desatado y verse con Cristo: Desiderium habens dissolvi, et esse cum Christo. Pero hay aquí una duda, y es, ¿por qué los hijos de Israel temían y huían antiguamente de ver a Dios por no morir, como dijo Manué a su mujer (80): Morte moriemur quia vidimus Deum; «y esta alma a la vista de Dios desea morir?» A lo cual se responde que por dos causas: la una porque en aquel tiempo, aunque muriesen en gracia de Dios, no le habían de ver hasta que viniese Cristo, y mucho mejor les era vivir en carne, aumentando los merecimientos y gozando la vida natural, que estar en el limbo sin merecer y padeciendo tinieblas y espiritual ausencia de Dios; por lo cual tenían entonces por gran merced de Dios y beneficio suyo vivir muchos años. La segunda causa es de parte del amor; porque, como aquéllos no estaban fortalecidos en amor ni tan llegados a Dios por amor, temían morir a su vista; pero ahora ya es la ley de gracia, que en muriendo el cuerpo puede ver el alma a Dios; más sano es querer vivir poco y morir por verle. Y ya que esto no fuera amando el alma a Dios, como ésta lo ama, no temiera morir a su vista, porque el amor verdadero todo lo que le viene de parte del amado, ora sea adverso, ora próspero, y los mismos castigos, como sea cosa que él quiera hacer, los recibe con la misma igualdad y de una manera, y le hace gozo y deleite; porque, como dice San Juan (81): Perfecta Charitas foras mittit timoren; «La perfecta caridad echa fuera todo temor». Y así, no le puede ser pesada y penosa, pues es el remate de todas sus pesadumbres y penas, y principio de todo su bien; tiénela por amiga y esposa, y con su memoria se goza como en el día de su desposorio y bodas, y más desea aquel día y aquella hora en que ha de venir su muerte, que los reyes de la tierra desearon los reinos y principados; porque de esta suerte de muerte dice el Sabio (82): ¡Oh muerte! bueno es tu juicio para el hombre que se siente necesitado; O mors! bonum est juditium tuum homini indigenti. La cual, si para el hombre que se siente necesitado de las cosas de acá es buena, no habiendo de suplirle sus necesidades, sino antes despojarlo de lo que tenía, ¿cuánto mejor será su juicio para el alma que está necesitada de amor, como esta que está clamando por más amor? Pues que, no sólo no la despojará de lo que tenía, sino que antes le será causa de cumplimiento de amor que deseaba, y satisfacción de todas sus necesidades; razón tiene pues, el alma en atreverse a decir sin temor:

Y máteme tu vista y hermosura.

     Pues que sabe que en aquel mismo punto que la viese sería ella arrebatada a la misma hermosura, y absorta en la misma hermosura, y transformada en la misma hermosura, y ser ella hermosa como la misma hermosura, abastada y enriquecida como la misma hermosura. Que por eso dice David (83): La muerte de los santos es preciosa en la presencia de Señor; Pretiosa in conspectu Domini mors Sanctorum ejus. Lo cual no sería si no participasen sus mismas grandezas; porque delante de Dios no hay nada precioso sino lo que él es en sí mismo; por eso el alma no teme morir cuando ama, antes lo desea; por eso el pecador siempre teme morir, porque barrunta que la muerte le ha de quitar todos los bienes y le ha de dar todos los males; porque, como David dice (84), la muerte de los pecadores es pésima; Mors peccatorum pesima. Y por eso, como dice el Sabio (85), le es amarga su memoria: O mors, quam amara est memoria tua, homini pacem habenti in substantiis suis! Porque, como aman mucho la vida de este siglo y poco la del otro, temen mucho la muerte; pero el alma que ama a Dios, más vive en la otra vida que en ésta, porque más vive donde ama que donde anima; y así, tiene en poco esta vida corporal, y por eso dice: «Máteme tu vista, etc.».

                                                      Mira que la dolencia

                                                      De amor, que no se cura

                                                      Sino con la presencia y la figura.

     La causa por qué la enfermedad de amor no tiene otra cura sino la presencia y figura del amado, como aquí dice, es porque la dolencia de amor, así como es diferente de las demás enfermedades, su medicina es también diferente; porque en las demás enfermedades, para seguir buena filosofía, cúranse contrarios con contrarios; pero el amor no se cura sino es con cosa conforme al amor. La razón es porque la salud del alma es el amor de Dios; y así, cuando no tiene cumplido amor, no tiene cumplida la salud, y por eso está enferma, porque la enfermedad no es otra cosa sino falta de salud; de manera que cuando ningún grado de amor tiene el alma está muerta; mas cuando tiene alguno, por mínimo que sea, ya está viva, pero muy debilitada y enferma, por el poco amor de Dios que tiene; pero cuanto más amor se le fuere aumentando más salud tendrá, y cuando tuviere perfecto amor será su salud cumplida. Donde es de saber que el amor nunca llega a estar perfecto hasta que emparejan tan en uno los amantes, que se transfiguran el uno en el otro, y entonces está el amor todo sano. Y porque aquí el alma se siente con cierto dibujo de amor, que es la dolencia que aquí dice, deseando que se acabe de figurar con la figura cuyo es el dibujo, que es su esposo el Verbo, Hijo de Dios; el cual, como dice San Pablo (86), es resplandor de su gloria y figura de su substancia: Splendor gloriae, et figura substantiae ejus. Y porque esta figura es la que aquí entiende el alma, en que se desea transfigurar por amor, dice:

                                                      Mira que la dolencia

                                                      De amor, que no se cura

                                                      Sino con la presencia y la figura.

     Bien se llama dolencia el amor no perfecto, porque, así como el enfermo está debilitado para obrar, así el alma que está flaca en amor, lo está también para obrar las virtudes heroicas.

     Puédese también aquí entender que el que siente en sí dolencia de amor, esto es, falta de amor, es señal que tiene algún amor, porque por lo que tiene echa de ver lo que le falta; pero el que no la siente, es señal que no tiene ninguno o que está perfecto en él.




 

 

 

 

 

Anotación de la canción siguiente

     En esta sazón, sintiéndose el alma con tanta vehemencia de ir a Dios como la piedra cuando se va más llegando a su centro; y sintiéndose también estar como la cera que comenzó a recibir la impresión del sello, y no se acabó de figurar; y demás de esto, conociendo que está como la imagen de la primera mano y dibujo, clamando al que la dibujó para que la acabe de dibujar y formar, teniendo aquella fe tan ilustrada, que la hace visear unos divinos semblantes muy claros de la alteza de su Dios, no sabe qué se hacer, sino volverse a la misma fe, como la que en sí encierra y encubre la figura y hermosura de su Amado, de la cual ella también recibe los dichos dibujos y prendas de amor, y hablando con ella, dice:

 

CANCIÓN XII

                                                    

                                                   ¡Oh cristalina fuente,

                                                   Si en esos tus semblantes plateados

                                                   Formases de repente

                                                   Los ojos deseados,

                                                   Que tengo en mis entrañas dibujado

 



 

DECLARACIÓN

     Como con tanto deseo desea el alma la unión del Esposo, y ve que no halla medio ni remedio alguno en todas las criaturas, vuélvese a hablar con la fe, como la que más al vivo le ha de dar de su Amado luz, tomándola por medio para ésta; porque, a la verdad, no hay otro por donde se venga a la verdadera unión y desposorio espiritual con Dios, según que por Oseas (87) la da a entender, diciendo: Sponsabo te mihi in fide; «Yo te desposaré conmigo en fe. Y con el deseo en que arde, le dice lo siguiente, que es el sentido de la canción o fe de mi esposo Cristo. Si las verdades que has infundido en mi alma, de mi Amado, encubiertas con obscuridad y tinieblas (porque la fe, como dicen los teólogos, es hábito obscuro), las manifestases con claridad, de manera que lo que me comunicas en noticias informes y oscuras lo mostrases y descubrieses en un momento, apartándote de esas verdades (porque ella es velo y cubierta de las verdades de Dios) formada y acabadamente, volviéndolas en manifestación y gloria; dice pues el verso:

Oh cristalina fuente.

     Llama cristalina a la fe por dos cosas: la primera, porque es de Cristo, su esposo; y la segunda, porque tiene las propiedades del cristal en ser pura en las verdades, y fuente clara y limpia de error, y formas naturales. Y llámala fuente porque de ella le manan al alma las aguas de todos los bienes espirituales. De donde Cristo nuestro Señor, hablando con la Samaritana, llamó fuente a la fe, diciendo que a los que creyesen en él les daría una fuente cuya agua saltaría hasta la vida eterna (88): Fiet in eo fons aquae salientis in vitam aeternam. «Y esta agua era el espíritu que hablan de recibir en su fe los creyentes» Hoc autem dixit de Spiritu, quem accepturi erant credentes in eum (89).

Si en esos tus semblantes plateados.

     A las proposiciones y artículos que nos propone la fe llama semblantes plateados; para inteligencia de lo cual y de los demás versos es de saber que la fe es comparada a la plata en las proposiciones que nos enseña; y las verdades y sustancias que en sí contiene son comparadas al oro, porque esa misma sustancia, que ahora creemos vestida y cubierta con plata de fe, habemos de ver y gozar en la otra vida al descubierto, desnudo el oro de la fe. De donde David, hablando en ella, dice así: «Si durmiéredes entre los dos cleros, las plumas de la paloma serán plateadas, y las postrimerías de sus espaldas serán del color de oro»; Si dormiatis inter medios cleros, pennae columbae de argentale, et posteriora dorsi ejus in pallore auri (90). Quiere decir que si cerráremos los ojos del entendimiento a las cosas de arriba y a las de abajo (a lo cual llama dormir en medio), quedaremos en fe, a la cuál llama paloma, cuyas plumas, que son las verdades que nos dice, serán plateadas, porque en esta vida la fe nos las propone obscuras y encubiertas, que por eso las llama aquí semblantes plateados; pero a la postre de esta fe, que será cuando se acabe la fe por clara visión de Dios, quedará la substancia de la fe desnuda del velo de esta plata, de color como de oro; de manera que la fe nos da y comunica al mismo Dios, pero cubierto en plata de fe, y no por eso nos le deja de dar en la verdad; así como el que da un vaso plateado, y él es de oro, no porque vaya cubierto con plata deja de ser de oro. De donde, cuando la Esposa en los Cantares (91) deseaba esta posesión de Dios, prometiéndosela él en lo que en esta vida se puede, dijo que le haría unos zarcillos de oro, pero esmaltados con plata; Murenulas aureas faciemus tibi, vermiculatas argento. En lo cual le prometió de dársele en fe encubierto. Dice, pues, ahora el alma a la fe: «Oh si en esos tus semblantes plateados,» que son los artículos ya dichos, con que tienes cubierto el oro de los divinos rayos, que son los ojos deseados que añade luego, diciendo:

                                                            Formases de repente

                                                            Los ojos deseados.

     Por los ojos entiende, como dijimos, los rayos y verdades divinas; las cuales, como también habemos dicho, la fe nos las propone en sus artículos cubiertas e informes. Y así, es como si dijera: ¡Oh, si estas verdades que informes y obscuramente me enseñas encubiertas en tus artículos de fe acabases ya de dármelas clara y formadamente descubiertas en ellas, como las pide mi deseo! Y llama aquí ojos a estas verdades, por la grande presencia que del Amado tiene, que le parece que le está ya siempre mirando; por lo cual dice:

Que tengo en mis entrañas dibujados.

     Dice que las tiene en sus entrañas dibujadas, es a saber, en su alma según el entendimiento y voluntad; porque, según el entendimiento, tiene estas verdades infundidas por fe en su alma. Y porque la noticia de ellas no es perfecta, dice que están dibujadas; porque, así como el dibujo no es perfecta pintura, así la noticia de la fe no es perfecto conocimiento. Por tanto, las verdades que se infunden en el alma por fe están como en dibujo; y cuando estén en clara visión, estarán en el alma como perfecta y acabada pintura, según aquello del Apóstol, que dice (92): Cum autem venerit quod perfectum est, evacuabitur quod ex parte est; que quiere decir: Cuando viniere lo que es perfecto, que es la clara visión, acabarase lo que es en parte, que es el conocimiento de la fe.

     Pero sobre este dibujo de la fe hay otro dibujo de amor en el alma del amante, y es según la voluntad; en la cual de tal manera se dibuja la figura del amado, y tan conjunta y vivamente se retrata en él cuando hay unión de amor, que es verdad decir que el amado vive en el amante, y este amante en el amado. Y tal manera de semejanza hace el amor en la transformación de los amados, que se puede decir que cada uno es el otro, y que entrambos son uno. La razón es, porque en la unión y transformación de amor el uno da posesión de sí al otro, y cada uno se deja y da y trueca por el otro, y entrambos son uno por transformación de amor. Esto es lo quiso dar a entender San Pablo cuando dijo (93): Vivo autem, jam non ego: vivit vero in me Christus; que quiere decir: Vivo yo, mas ya no yo; dio a entender que, aunque vivía él, no era vida suya, porque estaba transformado en Cristo, que su vida más era divina que humana; y por eso dice que no vive él, sino Cristo en él; de manera que, según esta semejanza de transformación, podemos decir que su vida y la de Cristo toda era una por unión de amor; lo cual se hará perfectamente en el cielo, con divina vida, en todos los que mereciesen verse en Dios; porque, transformados en Dios, vivirán vida de Dios y no vida suya, aunque sí vida suya, porque la vida de Dios será vida suya. Y entonces dirán de veras: Vivimos nosotros, y no nosotros, porque vive Dios en nosotros. Lo cual en esta vida, aunque puede ser, como lo era en San Pablo, pero no perfecta y acabadamente, aunque llegue el alma a tal transformación de amor, que sea matrimonio espiritual, que es el más alto estado a que se puede llegar en esta vida, porque todo se puede llamar dibujo de amor, en comparación de aquella perfecta figura de transformación de gloria; pero, cuando este dibujo de transformación en esta vida se alcanza, es grande buena dicha, porque con eso se contenta grandemente el Amado; que por eso, deseando él que le pusiese la Esposa en su alma como dibujo, dícele en los Cantares: Pónme como señal sobre tu corazón, como señal sobre tu brazo; Pone me ut signaculum super cor tuum, ut signaculum super brachium tuum. El corazón significa aquí el alma, en que en esta vida está Dios como señal de dibujo de fe, según lo dijo arriba; y el brazo significa la voluntad fuerte, en que está como señal dibujado de amor, como ahora acabo de decir.

     De tal manera anda el alma en este tiempo, que, aunque en breves palabras, no quiero dejar de decir algo de ello, aunque por palabras no se puede explicar; porque la substancia corporal y espiritual le parece al alma que se le seca de sed de esta fuente viva de Dios, porque es su sed semejante a aquella que tenía David cuando dijo (94): Como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así mi alma desea a ti, mi Dios. Estuvo mi alma sedienta de Dios fuerte vivo; ¿cuándo vendré y pareceré delante de la cara de Dios? Quemad modum desiderat cervus ad fontes aquarum; ita desiderat anima mea ad te Deus. Sitivit anima mea ad Deum fortem vivum: quando veniam, et apparebo ante faciem Dei? Y fatígala tanto esta sed, que no tendría el alma en nada romper por medio de los filisteos, como hicieron los fuertes de David (95), a llenar su vaso de agua en las cisternas de Betleen, que es Cristo; porque todas las dificultades del mundo y furias de los demonios y penas infernales no tendría en nada pasar por engolfarse en esta fuente de amor. Porque a este propósito se dice en los Cantares (96): «Fuerte es la dilección como la muerte, y dura es su porfía como el infierno»; Fortis est ut mors dilectio: dura sicut infernus aemulatio. Porque no se puede creer cuán vehemente sea la codicia y pena que el alma siente cuando ve que se va llegando cerca de gustar aquel bien, y no se le da, porque, cuanto más al ojo y a la puerta se ve lo que se desea y se niega, tanto más pena y tormento cansa. De donde a este propósito espiritual dice Job (97) Antequam comedam, suspiro: et tanquam inundantes aquae, sic rugitus meus. Antes que coma, suspiro; y como las avenidas de las aguas es el rugido y bramido de mi alma; es a saber, por la codicia de la comida entiende allí a Dios por la comida; porque, conforme a la codicia del manjar y conocimiento de él, es la pena por él.




 

 

 

 

 

Anotación de la canción siguiente

     La causa de padecer el alma tanto a este tiempo por él, es porque, como se va juntando más a Dios, siente en sí el vacío de Dios y gravísimas tinieblas en su alma, con fuego espiritual que la seca y purga, para que purificada se pueda unir con Dios; porque en tanto que Dios no deriva en ella algún rayo de luz sobrenatural de sí, esle Dios intolerables tinieblas cuando según el espíritu está cerca de ella, porque la luz sobrenatural escurece la natural con su exceso; todo lo cual dio a entender David cuando dijo (98): Nubes, et caligo in circuitu ejus... ignis ante ipsum praecedet; «Nube y obscuridad está en rededor de él, fuego precede su presencia. Y en otro salmo (99) dice: Et posuit tenebras latibulum suum, in circuitu ejus tabernaculum ejus: tenebrosa aqua in nubibus aeris. Prae fulgore in conspectu ejus nubes transierunt, grando, et carbones ignis; Puso por su cubierta y escondrijo las tinieblas, y su tabernáculo en rededor de él es agua tenebrosa en las nubes del aire, por su gran resplandor en su presencia hay nubes y granizo y carbones de fuego; es a saber, pasa el alma que se le va más llegando, porque cuanto más el alma a él se llega, siente en sí todo lo dicho, hasta que Dios entre en sus divinos resplandores para transformación de amor. Pero, como en Dios, por su inmensa bondad, conforme a las tinieblas y vacíos del alma, son también las consolaciones y regalos que le hace; porque Sicut tenebrae ejus, ita et lumen ejus (100); y porque con ensalzarlas y glorificarlas las humilla también y fatiga, de esta manera envió el alma entre fatigas ciertos rayos divinos de sí, con tal gloria y fuerza de amor, que la conmovió toda, y todo el natural lo desencasó; y así, con gran pavor y temor natural dijo al Amado el principio de la siguiente canción, prosiguiendo el mismo Amado lo restante de ella.

CANCIÓN XIII

 

                                                   Apártalos, Amado,

                                                   Que voy de vuelo.

                                                  

ESPOSO

                                                                                Vuélvete, paloma,

                                                   Que el ciervo vulnerado

                                                   Por el otero asoma

                                                   Al aire de tu vuelo, y fresco toma.



 

DECLARACIÓN

     En los grandes deseos y fervores de amor, cuales en las canciones pasadas ha mostrado el alma, suele el Amado visitar a su esposa alta, delicada y amorosamente y con grande fuerza de amor, porque ordinariamente, según los grandes fervores y ansias de amor que han precedido en el alma, suelen ser también las mercedes y visitas que Dios hace grandes; y como ahora el alma con tantas ansias había deseado estos divinos ojos, que en la canción pasada acaba de decir, descubriole el Amado algunos rayos de su grandeza y divinidad, según ella deseaba; los cuales fueron con tanta alteza y con tanta fuerza comunicados, que hizo salir por arrobamiento y éxtasis, lo cual acaece al principio con gran detrimento y temor del natural; y así, no pudiendo sufrir el exceso en sujeto tan flaco, dice el verso siguiente:

Apártalos, Amado.

     Es a saber, esos tus ojos divinos, porque me hacen volar, saliendo de mí a suma contemplación sobre lo que sufre el natural; lo cual dice porque le parecía volaba su alma de las carnes, que es lo que ella deseaba, que por eso le pidió que los apartase; conviene a saber, dejando de comunicárselos en la carne, en que no los puede sufrir y gozar como querría, comunicándoselos en el vuelo que ella hacía fuera de la carne; el cual deseo y vuelo le impidió luego el Esposo, diciendo: Vuélvete, paloma, que la comunicación que ahora de mí recibes, aún no es de ese estado de gloria que tú ahora pretendes; pero vuélvete a mí, que soy a quien tú, llagada de amor, buscas; que también yo, como el ciervo, herido de tu amor, comienzo a mostrarme a ti por tu alta contemplación, y tomo recreación y refrigerio en el amor de tu contemplación. Dice, pues, el alma al Esposo:

Apártalos, Amado.

     Según habemos dicho, el alma, conforme a los grandes deseos que tenía de estos divinos ojos, que significan la divinidad, recibió del Amado interiormente tal comunicación y noticia de Dios, que la hizo decir: «Apártalos, Amado»; porque tal es la miseria del natural en esta vida, que aquello que al alma le es más vida, y ella con tanto deseo desea, que es la comunicación y conocimiento de su Amado, cuando se le vienen a dar, no lo puede recibir sin que casi le cueste la vida; de suerte que los ojos que con tanta solicitud y ansias y por tantas vías buscaba, venga a decir cuando los recibe:

Apártalos, Amado.

     Porque es a veces tan grande el tormento que se siente en las semejantes visitas de arrobamientos, que no hay tormento que así desconcierte los huesos y ponga en estrecho al natural; tanto, que si no proveyese Dios, se acabaría la vida; y, a la verdad, así lo parece al alma por quien pasa, porque siente como desasirse el alma de las carnes y desamparar el cuerpo. La causa es porque semejantes mercedes no se pueden recibir muy en carne, porque el espíritu es levantado a comunicarse con el Espíritu divino, que viene al alma; así, por fuerza ha de desamparar en alguna manera la carne. Y de aquí es que ha de padecer la carne, y por consiguiente el alma en la carne, por la unidad que tiene en un supuesto; y por tanto, el gran tormento que siente el alma al tiempo de este género de visita, y el gran pavor que la hace verse tratar por vía sobrenatural, le hacen decir:

Apártalos, Amado.

     Pero no se ha de entender que porque el alma diga que los aparte querría que los apartase; porque aquel es un dicho del temor natural, como habemos dicho; antes (aunque mucho más le costase) no querría perder estas visitas y mercedes del Amado; porque, aunque padece el natural, el espíritu vuela al recogimiento sobrenatural a gozar del espíritu del Amado, que es lo que ella deseaba y pedía; pero no quisiera ella recibirlo en carne, donde no se puede gozar cumplidamente, sino poco y con pena, sino en el vuelo del espíritu fuera de la carne, donde libremente se goza; por lo cual dijo: «Apártalos, Amado»; es a saber, de comunicármelos en carne:

Que voy de vuelo.

     Como si dijera: Que voy de vuelo de la carne, para que me los comuniques fuera de ella, siendo ellos la causa de hacerme volar fuera de la carne. Para que entendamos mejor qué vuelo sea éste, es de notar que, como habemos dicho, en aquella visitación del Espíritu divino es arrebatado con gran fuerza el del alma a comunicarse con el divino, y destituirse al cuerpo, y dejar de sentir en él y de tener en él sus acciones, porque las tiene en Dios; que por eso dijo el Apóstol San Pablo (101) en aquel rapto suyo, no sabía si estaba su alma recibiéndole en el cuerpo o fuera de él; y no por eso se ha de entender que destituye el alma al cuerpo y le desampara de la vida natural, sino que no tiene sus acciones en él; y esta es la causa porque en estos raptos y vuelos se queda el cuerpo sin sentido, y aunque le hagan cosas de grandísimo dolor no siente, porque no es como otros traspasos y desmayos naturales, que con el dolor vuelven en sí. Y estos sentimientos tienen en estas visitas los que aún no han llegado a estado de perfección, sino que van camino en el estado de aprovechados, porque los que han llegado ya tienen toda la comunicación hecha en paz y suave amor, y cesan estos arrobamientos, que eran comunicaciones que disponían para la tal comunicación.

     Lugar era este conveniente para tratar de las diferencias de raptos y éxtasis, y otros arrobamientos y sutiles vuelos de espíritu que a los espirituales suelen acaecer. Mas, porque mi intento no es sino declarar brevemente estas canciones, como en el prólogo prometí, quedarse han para quien mejor lo sepa tratar que yo; y porque también la bienaventurada Teresa de Jesús, nuestra madre, dejó escritas de estas cosas de espíritu admirablemente, las cuales espero en Dios saldrán presto impresas a luz. Lo que aquí, pues, el alma dice de vuelo se ha de entender por arrobamiento y éxtasis del espíritu a Dios; y dice luego el Amado:

Vuélvete, paloma.

     De muy buena gana se iba el alma del cuerpo en aquel vuelo espiritual, pensando que se le acababa ya la vida, y que pudiera gozarse con su Esposo para siempre y quedarse con él al descubierto; mas atajole el Esposo el paso, diciendo: «Vuélvete, paloma»; como si dijera: Paloma, en el vuelo alto que llevas, y ligero de contemplación, y en el amor con que ardes y simplicidad con que ves (porque estas tres propiedades tiene la paloma), vuélvete de ese vuelo alto en que pretendes llegar a poseerme más de veras, que aún no es llegado ese tiempo de tan alto conocimiento, y acomódate a este más bajo, que yo ahora te comunico en este tu exceso, y es

Que el ciervo vulnerado.

     Compárase el Esposo al ciervo, porque aquí por el ciervo entiende a sí mismo; y es de saber que la propiedad del ciervo es subirse a los lugares altos, y cuando está herido vase con gran priesa a buscar refrigerio a las aguas frías, y si oye quejar a la consorte y siente que está herida, luego se va con ella y la regala y acaricia; y así hace ahora el Esposo, porque, viendo a la Esposa herida de su amor, él también al gemido de ella viene herido del amor de ella, porque en los enamorados la herida de uno es de entrambos, y un mismo sentimiento tienen los dos; y así, es como si dijera: Vuélvete, esposa mía, a mí, que si llagada vas de amor de mí, yo también, como el ciervo, vengo en esta tu llaga llagado a ti, que soy como el ciervo, y también en asomar por lo alto; que por eso dice:

Por el otero asoma.

     Esto es, por el altura de tu contemplación, que tienes en ese vuelo, porque la contemplación es un puesto alto por donde Dios en esta vida se comienza a comunicar al alma y mostrársele; mas no acaba, que por eso no dice que acaba de parecer, sino que asoma; porque, por altas que sean las noticias que de Dios se le dan al alma en esta vida, todas son como unas muy desviadas asomadas; y síguese la tercera propiedad que decíamos del ciervo, y es la que se contiene en el verso siguiente:

Al aire de tu vuelo, y fresco toma.

     Por el vuelo entiende la contemplación de aquel éxtasis que habemos dicho, y por el aire entiende aquel espíritu de amor que causa en el alma este vuelo de contemplación; y llama aquí a este amor, causado por el vuelo, apropiadamente, porque el Espíritu Santo, que es amor, aire harto también se compara en la divina Escritura al aire, porque es espirado del Padre y del Hijo; y así como allí es aire del vuelo, esto es, que de la contemplación y sabiduría del Padre y del Hijo procede por la voluntad, y es aspirado; así, aquí a este amor del alma llama el Esposo aire, porque de la contemplación y noticia que a este tiempo tiene, de Dios le procede; y es de notar que no dice aquí el Esposo que viene al vuelo, sino al aire del vuelo, porque Dios no se comunica propiamente al alma por el vuelo del alma, que es, como habemos dicho, el conocimiento que tiene de Dios, sino por el amor del conocimiento; porque, así como el amor es unión del Padre y del Hijo, así lo es del alma con Dios; y de aquí es que, aunque un alma tenga altísimas noticias de Dios y contemplación, y conozca todos los misterios, si no tiene amor, no le hace nada al caso, como dice San Pablo (102), para unirse con Dios. Como también dice el mismo: Charitatem habete quod est vinculum perfectionis; es a saber: Tened esta caridad, que es vínculo de la perfección. Esta caridad, pues, y amor del alma, hace venir al Esposo corriendo a beber de esta fuente de amor de su esposa, como las aguas frescas hacen venir al ciervo sediento y llagado a tomar el refrigerio; y por eso dice:

Y fresco toma.

     Porque, así como el aire hace fresco y refrigerio al que está fatigado del calor, así este aire de amor refrigera y recrea al que arde con fuego de amor; porque tiene tal propiedad este fuego de amor, que el aire con que toma fresco y refrigerio es más fuego de amor, porque al amante el amor es llama que arde con apetito de arder más, según hace la llama del fuego natural; por tanto, al cumplimiento de este apetito suyo de arder más el ardor de amor de su esposa, que es el aire del vuelo de ella, llama aquí tomar fresco; y así, es como si dijera: Al ardor de tu vuelo ardo más, porque un amor enciende a otro amor. Donde es de notar que Dios no pone su gracia y amor en el alma, sino según la voluntad de amor del alma; por lo cual, esto ha de procurar el buen enamorado que no falte, pues por este medio, como habemos dicho, moverá más, si así se puede decir, a que Dios le tenga más amor y que se recree más en su alma. Y para conseguir esta caridad, hase de ejercitar en lo que de ella dice el Apóstol, diciéndola: La caridad es paciente, es benigna, no es envidiosa, no hace mal, no se ensoberbece, no es ambiciosa, no busca sus mismas cosas, no se alborota, no piensa mal, no se huelga sobre la maldad, y gózase en la verdad; todas las cosas sufre que son de sufrir, cree todas las cosas (es a saber, las que se deben creer), todas las cosas espera, todas las cosas sustenta, es a saber, que convienen a la caridad; Charitas patiens est, benigna est: charitas non aemulatur, non agit perperam, non inflatur, non est ambitiosa, non quaerit quae sua sunt, non irritatur, non cogitat malum, non gaudet super iniquitate, congaudet autem veritati: omnia suffert, omnia credit, omnia sperat, omnia sustinet (103).




 

 

 

 

 

Anotación y argumento de las dos canciones siguientes

     Pues como esta paloma del alma andaba volando por los aires de amor, sobre las aguas del diluvio de las fatigas y ansias suyas de amor que ha mostrado hasta aquí (no hallando donde descansase su pie), a este último vuelo que habemos dicho extendió el piadoso padre Noé la mano de su misericordia, y recogiola, metiéndola en el arca de su caridad y amor, y esto fue al tiempo que en la canción que acabamos de declarar dijo: «Vuélvete, paloma»; en el cual recogimiento, hallando el alma todo lo que deseaba y más de lo que se puede decir, comienza a cantar alabanzas de su Amado, refiriendo las grandezas que en esta unión en él siente y goza en las dos canciones siguientes, diciendo:

CANCIONES XIV Y XV

 

                                                       Mi Amado, las montañas,

                                                    Los valles solitarios nemorosos,

                                                    Las ínsulas extrañas,

                                                    Los ríos sonorosos,

                                                    El silbo de los aires amorosos.

                                                     

                                                       La noche sosegada,

                                                    En par de los levantes de la aurora,

                                                    La música callada,

                                                    La soledad sonora,

                                                    La cena que recrea y enamora.

 




 

 

 

 

 

Anotación

     Antes que entremos en la declaración de estas canciones es necesario advertir, para más inteligencia de ellas y de las que después de ellas se siguen, que en este vuelo espiritual que acabamos de decir se denota un alto estado y unión de amor, en que, después de mucho ejercicio espiritual, suele Dios poner al alma, al cual llaman desposorio espiritual con el Verbo, Hijo de Dios. Y al principio que se hace esto, que es la primera vez, comunica Dios al alma grandes cosas de sí, hermoseándola de grandeza y majestad, y arreándola de dones y de virtudes, y vistiéndola de conocimiento y honra de Dios, bien así como desposada en el día de su desposorio. Y en este dichoso día, no solamente se le acaban al alma sus ansias vehementes y querellas de amor que antes tenía, mas, quedando adornada de lo bienes que digo, comiénzale un estado de paz y deleite y de suavidad de amor, según se da a entender en las presentes canciones, en las cuales no hace otra cosa sino contar y cantar las grandezas de su Amado, las cuales conoce y goza en él por la dicha unión de desposorio; y así, en las demás canciones ya no dice cosas de ansias y penas, como antes hacía, sino comunicación y ejercicio de dulce y pacífico amor con su Amado, porque ya en este estado todo aquello fenece. Y es de notar que en estas dos canciones se contiene lo más que Dios suele comunicar en este tiempo a un alma; pero no se ha de entender que a todas las que llegan a este estado se les comunica todo lo que en estas dos canciones se declara, ni en una misma manera y medida de conocimiento y de sentimiento, porque a unas almas se les da más y a otras menos, y a unas en una manera y a otras en otra, aunque lo uno y lo otro puede ser en este estado de desposorio espiritual; pero pónese aquí lo más que puede ser, porque en ello se comprehende todo.



 

DECLARACIÓN

     Y es de notar que, así como en el arca de Noé, según dice la divina Escritura, había muchas mansiones para muchas diferencias de animales, y todos los manjares que se podían comer, así el alma, en este vuelo que hace a esta divina arca del pecho de Dios, no sólo echa de ver en ella las muchas mansiones que su Majestad dijo por San Juan que había en la casa de su Padre, mas ve y conoce allí todos los manjares; esto es, todas las grandezas que puede gustar el alma, que son todas las cosas que se contienen en las dichas dos canciones y significadas por aquellos vocablos comunes; las cuales en sustancia son las que se siguen.

     Ve el alma y gusta en esta divina unión abundancia y riquezas inestimables, y halla todo el descanso y recreación que ella desea, y entiende secretos e inteligencias de Dios extrañas, que es otro manjar de los que mejor le saben, y siente en Dios un terrible poder y fuerza que todo otro poder y fuerza priva, y gusta allí admirable suavidad y deleite de espíritu, y halla verdadero sosiego y luz divina, y gusta altamente de la sabiduría de Dios que en la armonía de las criaturas y hechos de Dios reluce y siente; se llena de bienes, y ajena y vacía de males; y sobre todo, entiende y goza de inestimable refección de amor, que la confirma en amor.

     Y esta es la sustancia de lo que se contiene en las dichas dos canciones.

     En las cuales dice la esposa que todas estas cosas es su Amado en sí, y lo es para ella; porque en lo que Dios suele comunicar en semejantes éxtasis siente el alma y conoce la verdad de aquel dicho que dijo el santo Francisco, es a saber: Dios mío y todas las cosas. De donde, por ser Dios todas las cosas, y el alma y bien de todas ellas, se declara la comunicación de este éxtasis por la semejanza de la bondad de las cosas en las dichas canciones, según en cada verso de ellas se irá declarando; en lo cual se ha de entender que todo lo que aquí se declara está en Dios eminentemente en infinita manera, o por mejor decir, cada una de estas grandezas que se dicen es Dios, y todas ellas juntas son Dios; que, por cuanto en este caso se une el alma con Dios, siente ser todas las cosas Dios, según lo sintió San Juan cuando dijo (104): Quod factum est, in ipso vita erat; es a saber: Lo que fue hecho en él era vida. Y así, no se ha de entender que en lo que aquí se dice que siente el alma es como ver las cosas en la luz, ver las criaturas en Dios, sino que en aquella posesión siente ser todas las cosas Dios; ni tampoco se ha de entender que, porque el alma siente tan subidamente de Dios en lo que vamos diciendo, ve a Dios esencialmente y claramente, que no es sino una fuerte y copiosa comunicación y vislumbre de lo que él es en sí, en que siente el alma este bien de las cosas que ahora en los versos declararemos; conviene a saber:

Mi Amado, las montañas.

     Las montañas tienen altura, son abundantes, anchas y hermosas, y graciosas, floridas y olorosas. Estas montañas es mi Amado para mí.

Los valles solitarios nemorosos.

     Los valles solitarios son quietos, amenos, frescos, umbrosos, de dulces aguas llenos, y en la variedad de sus arboledas y suave canto de aves hacen gran recreación y deleite al sentido, dan refrigerio y descanso en su soledad y silencio. Estos valles es mi Amado para mí.

Las ínsulas extrañas.

     Las ínsulas extrañas están ceñidas con la mar, y allende de los mares muy apartadas y ajenas de la comunicación de los hombres; y así, en ellas se crían y nacen cosas muy diferentes de las de por acá, de muy extrañas maneras y virtudes nunca vistas de los hombres, que hacen grande novedad y admiración a quien las ve. Y así, por las grandes y admirables novedades, y noticias extrañas y alejadas del conocimiento común que el alma ve en Dios, le llama ínsulas extrañas; porque extraño llaman a uno por una de dos cosas: o porque se anda retirando de la gente, o porque es excelente y particular entre los demás hombres en sus obras y hechos: por estas dos cosas llama aquí el alma a Dios extraño, porque, no solamente es toda la extrañeza de las ínsulas nunca vistas, pero también sus vías, consejos y obras son muy extrañas y nuevas y admirables para los hombres; y no es maravilla que sea Dios extraño a los hombres, que no le han visto, pues también lo es a los santos ángeles y almas que le ven, pues no le pueden acabar de ver ni acabarán. Y hasta el último día del juicio van viendo en él tantas novedades, según sus profundos juicios, acerca de las obras de misericordia y justicia, que siempre le hacen novedad y siempre se maravillan más. De manera que, no solamente los hombres, pero también los ángeles, le pueden llamar ínsulas extrañas; sólo para sí no es extraño, ni tampoco para sí es nuevo.

Los ríos sonorosos.

     Los ríos tienen tres propiedades: la primera, que en todo cuanto entran lo embisten y anegan; la segunda, que hinchen todos los vasos y vacíos que hallan delante; la tercera, que tienen tal sonido, que todo otro sonido privan y ocupan. Y porque en esta comunicación de Dios que vamos diciendo, siente el alma en él estas tres propiedades muy sabrosamente, dice que su Amado es «los ríos sonorosos». Cuanto a la primera propiedad que el alma siente, es de saber que de tal manera se ve el alma embestir del torrente del Espíritu de Dios en este caso y con tanta fuerza apoderarse de ella, que le parece que vienen sobre ella todos los ríos del mundo, que la embisten y siente ser allí anegadas todas sus acciones y pasiones en que antes estaba; y no porque es cosa de tanta fuerza es cosa de tormento, porque estos ríos son ríos de paz, según por Isaías (105) lo da Dios a entender, diciendo de este embestir en el alma: Ecce ego declinabo super eam quasi fluvium pacis, et quasi torrentem inundantem gloriam; quiere decir: Notad y advertid que yo declinaré y embestiré sobre ella, es a saber, sobre el alma, como un río de paz, y así como un torrente que va redundando gloria. Y así, este embestir divino que hace Dios en el alma como ríos sonorosos, toda la hinche de paz y de gloria. La segunda propiedad que el alma siente es, que esta divina agua a este tiempo hinche los vasos de su humildad y llena los vacíos de sus apetitos, según lo dice San Lucas (106): Exaltavit humiles. Esurientes implevit bonis; que quiere decir: Ensalzó los humildes y llenó a los hambrientos de bienes. La tercera propiedad que el alma siente en estos sonorosos ríos de su Amado, es un ruido y voz espiritual que es sobre todo sonido y voz, la cual priva toda otra voz, y su sonido excede a todos los sonidos del mundo; y en el declarar cómo esto sea nos habemos de detener algún tanto.

     Esta voz o este sonoroso sonido de los ríos, que aquí dice el alma, es un henchimiento tan abundante, que la hinche de bienes, y un poder tan poderoso, que la posee, que no sólo le parece sonidos de ríos, pero aun poderosísimos truenos; pero esta voz es voz espiritual y no trae esotros sonidos corporales, ni la pena y modestia de ellos, sino grandeza y fuerza, poder, deleite y gloria; y así, es como una voz y sonido inmenso interior que viste al alma de poder y fortaleza. Esta espiritual voz y sonido hizo en el espíritu de los apóstoles al tiempo que el Espíritu Santo con vehemente torrente (como se dice en los Actos de los apóstoles (I)) descendió sobre ellos; que para dar a entender la espiritual voz que interiormente les hacía, se oyó aquel sonido de fuera como de aire vehemente, que fuese oído de todos los que estaban dentro en Jerusalén; por el cual, como decimos, se denotaba el que dentro recibían los apóstoles, que era, como habemos dicho, henchimiento de poder y fortaleza. Y también cuando estaba el Señor Jesús rogando al Padre en el angustia y aprieto que recibió de sus enemigos, según lo dijo San Juan (107), le vino una voz del cielo interior confortándole según la humanidad; cuyo sonido oyeron los judíos por de fuera tan grave y vehemente, que unos decían que se había hecho algún trueno, y otros decían que le había hablado algún ángel del cielo; y era, que por aquella voz que se oía de fuera se denotaba y daba a entender la fortaleza y poder que, según la humanidad, a Cristo se le daba de dentro; y no por eso se ha de dar a entender que deja el alma de recibir el sonido de la voz espiritual en el espíritu. Donde es de notar que la voz espiritual es efecto que ella hace en el alma, así como la corporal imprime su sonido en el oído, y la inteligencia en el espíritu. Lo cual quiso dar a entender David cuando dijo: Ecce dabit voci suae vocem virtutis; que quiere decir: Mirad que Dios dará su voz de virtud. La cual virtud es la voz interior; porque decir David: Dará a su voz voz de virtud; es decir: A la voz exterior que se siente de fuera dará voz de virtud que se sienta de dentro. De donde es de saber que Dios es voz infinita, y comunicándose al alma en la manera dicha, hace el efecto de inmensa voz.

     Esta voz oyó San Juan en el Apocalipsis (108), y dice que la oyó del cielo, y que era Tamquam vocem aquarum multarum, et tamquam vocem tonitrui magni; que quiere decir que era esta voz que oyó como voz de muchas aguas y como voz de un grande trueno. Y porque no se entienda que esta voz, por ser tan grande, era penosa y áspera, añade luego diciendo que esta misma voz era tan suave, que erat sicut citharedorum citharizantium in citharis suis; que quiere decir que era como de muchos tañedores que citarizaban en sus cítaras. Y Ecequiel dice (109) que este sonido como de muchas aguas era quasi sonus sublimis Dei; es a saber, como sonido del altísimo Dios; esto es, que altísima y suavísimamente se comunicaba en él. Esta voz es infinita, porque, como decíamos, es el mismo Dios que se comunica, haciendo voz en el alma; mas cíñese a cada alma, dándole voz de virtud, según le cuadra, limitadamente, y hace gran deleite y grandeza al alma. Que por eso dijo a la Esposa en los Cantares (110): Sonet vox tua in auribus meis, vox enim tua dulcis; que quiere decir: «Suene tu voz en mis oídos, porque es dulce tu voz.»

El silbo de los aires amorosos.

     Dos cosas dice el alma en el presente verso, es a saber, aires y silbo. Por los aires amorosos se entienden aquí las virtudes y gracias del Amado, las cuales, mediante la dicha unión del Esposo, embisten en el alma, y amorosísimamente se comunican y tocan en la sustancia de ellas. Y al silbo de estos aires llama una subidísima y sabrosísima inteligencia del Dios y de sus virtudes; la cual redunda en el entendimiento del toque que hacen estas virtudes de Dios en la sustancia del alma; y éste es el más subido deleite que hay en todos los demás que aquí gusta el alma.

     Y para que mejor se entienda lo dicho, es de notar que, así como en el aire se sienten dos cosas, que son toque y silbo o sonido, así en esta comunicación del Esposo se sienten otras dos cosas, que son sentimiento de deleite e inteligencia; y así como el toque del aire se gusta con el sentido del tacto y el silbo del mismo aire con el oído, así también el toque de las virtudes del Amado se sienten y gozan en el tacto de esta alma, que es en la sustancia de ella, mediante la voluntad y la inteligencia de las tales virtudes de Dios, se sienten en el oído del alma, que es en el entendimiento. Y es también de saber que entonces se dice venir el aire amoroso, cuando sabrosamente hiere, satisfaciendo el apetito del que deseaba el tal refrigerio, porque entonces regala y recrea el sentido del tacto; y con este regalo del tacto siente el oído gran regalo y deleite en el sonido y silbo del aire, mucho más que el tacto en el toque del aire; porque el sentido del oído es más espiritual, o por mejor decir, allégase más a lo espiritual que el tacto; y así, el deleite que causa es más espiritual que el que causa el tacto. Ni más ni menos, porque este toque de Dios satisface grandemente y regala la sustancia del alma, cumpliendo suavemente su apetito, que era de verse en tal unión, llama a la dicha unión o toques aires amorosos; porque como habemos dicho, amorosa y dulcemente se le comunican las virtudes del Amado en él; de lo cual se deriva en entendimiento el silbo de la inteligencia. Y llámale silbo porque, así como el silbo causado del aire se entra agudamente en el vasillo del oído, así esta subtilísima y delicada inteligencia se entra con admirable sabor y deleite en lo íntimo de la sustancia del alma, que es muy mayor deleite que todos los demás. La causa es porque se le da sustancia entendida y desnuda de accidentes y fantasmas; porque se da al entendimiento que llaman los filósofos pasivo o pasible, porque pasivamente, sin hacer él a su modo natural nada de su parte, la recibe; lo cual es el principal deleite del alma, porque es en entendimiento en que consiste la fruición, como dicen los teólogos, que es ver a Dios; que por significar este silbo la dicha inteligencia sustancial piensan algunos teólogos que vio nuestro padre Elías (111) a Dios en aquel silbo delgado de aire que sintió en el monte a la boca de su cueva. Allí le llama la Escritura silbo de aire delgado, porque de la súbtil y delicada comunicación del espíritu le nacía la inteligencia en el entendimiento; y aquí le llama el alma silbo de aires amorosos, porque de la amorosa comunicación de las virtudes de su Amado le redunda en el entendimiento, y por eso le llama silbo de los aires amorosos.

     Este divino silbo que entra por el oído del alma, no solamente es sustancia, como he dicho, entendida, sino también es descubrimiento de verdades de la Divinidad y revelación de secretos suyos ocultos; porque ordinariamente todas las veces que en la Escritura divina se halla alguna comunicación de Dios, que se dice entrar por el oído, se halla ser manifestación de estas verdades desnudas en el entendimiento o revelación de secretos de Dios; las cuales son revelaciones o visiones puramente espirituales, que solamente se dan al alma sin servicio ni ayuda de los sentidos; y así, es muy alto y cierto esto que dicen y comunica Dios por el oído. Que por eso, para dar a entender San Pablo (112) la alteza de su revelación, no dijo: Vidi arcana verba, ni menos: Gustavi arcana verba; sino: Audivi arcana verba, quae non licet homini loqui. Y es como si dijera: Oí palabras secretas que al hombre no es lícito hablar. En lo cual se piensa que vio a Dios tan bien como nuestro padre Elías en el silbo; porque, así como la fe (como también dice San Pablo) es por el oído corporal, así lo que nos dice la fe, que es la sustancia entendida, es por el oído espiritual. Lo cual dio bien a entender el profeta Job (113), hablando con Dios cuando se le reveló, diciendo: Auditu auris audivi te, nunc autem oculus meus videt te; quiere decir: Con el oído de la oreja te oí, y ahora te ve mi ojo. En lo cual se da claro a entender que el oírlo con el oído del alma es verlo con el ojo del entendimiento pasivo que dijimos; que por eso no dice oiré con el oído de mis orejas, sino de mi oreja; ni te vi con mis ojos, sino con mi ojo del entendimiento; luego este oír del alma es ver con el entendimiento.

     Y no se ha de entender que esto que el alma entiende, porque sea sustancia desnuda, como habemos dicho, sea la perfecta y clara fruición como en el cielo; porque, aunque es desnuda de accidentes, no es clara, sino obscura, porque es contemplación; la cual en esta vida, como dice San Dionisio, es rayo de tinieblas; y así, podemos decir que es un rayo e imagen de fruición, por cuanto es en el entendimiento en que consiste la fruición. Esta sustancia entendida que aquí llama el alma silbo es los ojos deseados, que descubriéndoselos el Amado, dijo, porque no los podía sufrir el sentido:

Apártalos, Amado.

     Y porque me parece bien a propósito una autoridad de Job, que confirma mucha parte de lo que he dicho en este arrobamiento y desposorio, referirla he aquí (aunque nos detengamos un poco más), y declararé las partes de ella que son a nuestro propósito, y primero la pondré toda en latín y luego en romance, y luego declararé brevemente lo que de ella conviene a nuestro propósito; y acabado esto, proseguiré la declaración de los versos de la otra canción. Dice, pues, Elifaz Temanites, en Job (114), de esta manera: Porro ad me dictum est verbum absconditum, et quasi furtive suscepit auris mea venas susurrii ejus. In horrore visionis nocturnae, quando solet sopor occupare homines. Pavor tenuit me, et tremor, et omnia ossa mea perlerrita sunt, et cum spiritus, me presente transiret, inhorruerunt pili carnis meae. Stetit quidam, cujus non agnosceban vultum, imago coram oculis meis, et vocem quasi aurea lenis audivi; y en romance quiere decir: De verdad a mí se me dijo una palabra escondida, y como a hurtadillas recibió mi oreja las venas de su susurro en el horror de la visión nocturna; cuando el sueño suele ocupar a los hombres ocupome el pavor y el temblor, y todos mis huesos se alborotaron; y como el espíritu pasase en mi presencia, encogiéronseme los pelos de mi carne, púsoseme delante uno cuyo rostro no conocía, era imagen delante de mis ojos, y oí una voz de aire delgado. En la cual autoridad se contiene casi todo lo que habemos dicho aquí hasta este punto, de este rapto, desde la canción XII, donde dice: «Apártalos, Amado»; porque en lo que aquí dice Elifaz, que se le dijo una palabra escondida, se significa aquello escondido que se le dio al alma, cuya grandeza no pudiendo sufrir, dijo:

Apártalos, Amado.

     Y en decir que recibió su oreja las venas de su susurro como a hurtadillas, es decir la sustancia desnuda que habemos dicho que recibe el entendimiento; porque venas aquí denotan sustancia interior. El susurro significa aquella comunicación y toque de virtudes de donde se comunica al entendimiento la dicha sustancia entendida. Y llámale aquí susurro, porque es muy suave la tal comunicación, así como allí la llama aires amorosos el alma, porque amorosamente se comunica. Y dice que le recibía como a hurtadillas, porque, así como lo que se hurta es ajeno, así aquel secreto era ajeno del hombre, hablando naturalmente, porque recibió lo que no era de su natural, y así no le era lícito recibirlo, como tampoco a San Pablo le era lícito poder decir el suyo; por lo cual dijo el otro profeta (115) dos veces: Mi secreto para mí; Secretum meum mihi, secretum meum mihi. Y cuando dijo: En el horror de la visión nocturna, cuando suele el sueño ocupar los hombres, me ocupó el pavor y temblor; da a entender el temor y temblor que naturalmente hace al alma aquella comunicación de arrobamiento que decíamos no podía sufrir el natural en la comunicación del Espíritu de Dios; porque da aquí a entender este profeta que, así como al tiempo que se van a dormir los hombres les suele oprimir y atemorizar una visión que llaman pesadilla, lo cual les acaece entre el sueño y la vigilia, que es en aquel punto que se comunica el sueño, así, al tiempo de este traspaso espiritual, entre el sueño de la ignorancia natural y la vigilia del conocimiento sobrenatural, que es el principio del arrobamiento o éxtasis, les hace temblor y temor la visión espiritual que entonces se les comunica. Y añade más, diciendo que todos sus huesos se asombraron o alborotaron; que quiere tanto decir como si dijera, se conmovieron o desencasaron de sus lugares; en lo cual se da a entender el gran descoyuntamiento de huesos que habemos dicho padecerse a este tiempo; lo cual dio bien a entender Daniel (116) cuando vio al ángel, diciendo: Domine mi, in visione tua dissolutae sunt compages meae; esto es: Señor mío, en tu visión las junturas de mis huesos se han abierto. Y en lo que dice luego: Y como el espíritu pasase en mi presencia, es a saber, haciendo pasar al mío de sus límites y vías naturales por el arrobamiento que habemos dicho, encogiéronseme los pelos de mis carnes; da a entender lo que habemos dicho del cuerpo, que en este traspaso se queda helado y encogidas las carnes como muerto. Luego se sigue: Estuvo uno cuyo rostro no conocía, era imagen delante de mis ojos. Este que dice que estuvo, era Dios, que se comunicaba en la manera dicha. Y dice que no conocía su rostro, para dar a entender que en la tal comunicación o visión, aunque es altísima, no se conoce ni ve el rostro y esencia de Dios; pero dice que era imagen delante de sus ojos, porque, como habemos dicho, aquella inteligencia de palabra escondida era altísima, como imagen y rostro de Dios; mas no se entiende que es ver esencialmente a Dios. Luego concluye diciendo: Y oí una voz de aire delicado, en que se entiende «el silbo de los aires amorosos», que dice aquí el alma que es su Amado. Y no se ha de entender que siempre acaecen estas visitas con estos temores y detrimentos naturales; que, como queda dicho, es a los que comienzan a entrar en estado de iluminación y perfección y en este género de comunicación, porque en otros antes acaecen con gran suavidad.

La noche sosegada.

     En este sueño espiritual que el alma tiene en el pecho de su Amado, posee y gusta todo el sosiego y descanso y quietud de la pacífica noche, y recibe juntamente en Dios una abismal escura inteligencia divina, y por eso dice que su Amado es para ella «la noche sosegada».

En par de los levantes del aurora.

     Pero esta noche sosegada no es de manera que sea como noche obscura, sino como la noche junto ya a los levantes de la mañana; porque este sosiego y quietud en Dios no le es al alma del todo obscuro como la obscura noche, sino sosiego y quietud en la luz divina y en conocimiento de Dios nuevo, en que el espíritu está suavísimamente quieto, levantado a la luz divina. Y llama aquí propiamente y bien a esta luz divina levantes del aurora, que quiere decir la mañana; porque, así como los levantes de la mañana despiden la obscuridad de la noche y descubren la luz del día, así este espíritu sosegado y quieto en Dios es levantado de la tiniebla del conocimiento natural a la luz matutinal del conocimiento sobrenatural de Dios, no claro, como dicho es, sino obscuro, como noche en par de los levantes del aurora; porque, así como la noche en par de los levantes, ni del todo es noche ni del todo es día, sino, como dicen, entre dos luces; así esta soledad y sosiego divino, ni con toda claridad es informado de la luz divina, ni deja de participar algo de ella.

     En este sosiego se ve el entendimiento levantado con extraña novedad sobre todo natural entender a la divina luz; bien así como el que después de un largo sueño abre

los ojos a la luz que no esperaba. Este conocimiento, entiendo, quiso dar a entender David (117) cuando dijo: Vigilavi, et factus sum sicut passer solitarius in tecto; que quiere decir: Recordé y fui hecho como el pájaro solitario en el techo. Como si dijera: Abrí los ojos de mi entendimiento, y halléme sobre todas las inteligencias naturales, solitario sin ellas en el tejado; que es sobre todas las cosas de abajo. Y dice aquí que fue hecho semejante al pájaro solitario, porque en esta manera de contemplación tiene el espíritu las propiedades de este pájaro, las cuales son cinco. La primera, que ordinariamente se pone en lo más alto; y así, el espíritu en este paso en altísima contemplación. La segunda, que siempre tiene vuelto el pico hacia donde viene el aire; y así, el espíritu vuelve aquí el pico del afecto hacia donde viene el Espíritu de amor, que es Dios. La tercera es que ordinariamente está solo y no consiente otra ave alguna junto a sí, sino que en parándose alguna junto, luego se va; y así, el espíritu en esta contemplación está en soledad de todas las cosas del mundo y huye de todas ellas, ni consiente en sí otra cosa que soledad en Dios. La cuarta propiedad es que canta muy suavemente, y lo mismo hace a Dios el espíritu a este tiempo; porque las alabanzas que hace a Dios son de suavísimo amor, sabrosísimas para sí y preciosísimas para Dios. La quinta es, que no es de algún determinado color; y así, es el espíritu perfecto, que no sólo en este exceso no tiene algún color de afecto sensual y amor propio, mas ni aun particular consideración en lo superior ni inferior, ni podrá decir de ello modo ni manera, porque es abismo de noticia de Dios la que posee, según se ha dicho.

La música callada.

     En aquel silencio y sosiego de la noche ya dicha, y en aquella noticia de la luz divina, echa de ver el alma una admirable conveniencia y disposición de la sabiduría de Dios en las diferencias de todas sus criaturas y obras; porque todas ellas y cada una tienen una correspondencia con Dios, con que cada una en su manera de voz muestra lo que en ella es Dios; de suerte que le parece una armonía de música subidísima, que sobrepuja todos los saraos y melodías del mundo; y llama a esta música callada porque, como habemos dicho, es inteligencia sosegada y quieta, sin voces de mundo; y así, se goza en ella la suavidad de la música y la quietud del silencio; y así, dice que su Amado es esta música callada, porque en él se conoce y gusta esta armonía de música espiritual; y no sólo eso, sino que también es

La soledad sonora.

     Lo cual es casi lo mismo que la música callada; porque, aunque aquella música es callada cuanto a los sentidos y potencias naturales, es soledad muy sonora para las potencias espirituales; porque, estando ellas solas y vacías de todas las formas y aprehensiones naturales, pueden recibir bien el sentido espiritual sonorísimamente en el espíritu de la excelencia de Dios en sí y en sus criaturas, según aquello que dijimos arriba haber visto San Juan en espíritu en el Apocalipsis; conviene a saber, voz de muchos citaredos que citarizaban en sus cítaras; lo cual fue en espíritu, y no de cítaras materiales, sino cierto conocimiento de las alabanzas de los bienaventurados, que cada uno en su manera de gloria hace a Dios continuamente; lo cual es como música; porque, así como cada uno posee de diferente manera sus dones, así cada uno canta su alabanza diferentemente, y todas en una concordancia de amor, bien así como música. A este mismo modo echa de ver el alma en aquella sabiduría sosegada en todas las criaturas, no sólo superiores, sino también inferiores, según lo que ellas tienen en sí cada una recibido de Dios, dar cada una su voz de testimonio de lo que es Dios. Y ve que cada una en su manera engrandece a Dios, teniendo en sí a Dios según su capacidad; y así, todas estas voces hacen una voz de música de grandeza de Dios y sabiduría y ciencia admirable; y esto es lo que quiso decir el Espíritu Santo en el libro de la Sabiduría cuando dijo (118): Spiritus Domini replevit orbem terrarum,: et hoc quod continet omnia, scientiam habet vocis; que quiere decir: El Espíritu del Señor llenó la redondez de la tierra; y este mundo que contiene todas las cosas que él hizo, tiene ciencia de voz. Que es la soledad sonora que decimos aquí conocer el alma, que es el testimonio que de Dios dan en sí todas ellas. Y por cuanto el alma recibe esta sonora música, no sin soledad y ajenación de todas las cosas las llama «la música callada y la soledad sonora»; la cual dice que es su Amado, y más:

La cena, que recrea y enamora.

     La cena a los enamorados hace recreación, hartura y amor; y porque estas tres cosas causa el Amado en el alma en esta suave comunicación, le llama ella aquí «la cena que recrea y enamora». Es de saber que en la divina Escritura este nombre cena se entiende por la visión divina; porque, así como la cena es remate del trabajo del día y principio del descanso de la noche, así esta noticia que habemos dicho, sosegada, le hace sentir al alma cierto fin de males y principio de posesión de bienes, en que se enamora de Dios más de lo que antes estaba; y por eso le es a ella la cena, que recrea en serle el fin de los males, y la enamora en serle principio de posesión de todos los bienes.

     Pero, para que se entienda mejor cómo sea esta cena para el alma, la cual cena, como habemos dicho, es su Amado, conviene aquí notar lo que el mismo Esposo amado dice en el Apocalipsis (119) es a saber: Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno me abriere, entraré y cenaré con él, y él conmigo: Ecce sto ad ostium, et pulso, si quis audierit vocem meam, et aperuerit Mihi januam, intrabo ad illum, et coenabo cum illo, et ipse mecum. En lo cual da a entender que él se trae la cena consigo, la cual no es otra cosa sino su mismo sabor y deleites de que él mismo goza; los cuales, uniéndose él con el alma, se los comunica y goza ella también; que eso quiere decir: yo cenaré con él, y él conmigo; y así, en estas palabras se da a entender el efecto de la divina unión del alma con Dios, en la cual los mismos bienes propios de Dios se hacen comunes también al alma esposa, comunicándoselos él, como habemos dicho, graciosa y largamente; y así, él mismo es para ella la cena que recrea y enamora; porque, en serle largo la recrea, y en serle gracioso la enamora.

     Pero antes que entremos en la declaración de las demás canciones, conviene aquí advertir que no porque habemos dicho que en aqueste estado de desposorio en que habemos dicho que goza el alma de toda tranquilidad, y que se le comunica todo lo demás que se le puede comunicar en esta vida, se ha de entender que es en toda ella, sino que esta tranquilidad es según la parte superior; porque la sensitiva, hasta el estado de matrimonio espiritual, nunca acaba de perder sus resabios ni sujetar del todo sus fuerzas, como después se dirá; y que lo que se le comunica es lo más que se puede en razón de desposorio; porque en el matrimonio espiritual hay grandes ventajas; porque aunque en el desposorio en las visitas goza tanto bien el alma esposa, como se ha dicho, todavía padece ausencia y perturbaciones y molestias de parte de la porción inferior y del demonio; todo lo cual cesa en el estado del matrimonio.

 

 

Anotación de la canción siguiente

     Pues como la esposa tiene ya las virtudes puestas en el alma en el punto de su perfección, en que está gozando de ordinaria paz en las visitas que el Amado le hace, goza algunas veces subidísimamente la suavidad y fragancia de las dichas virtudes, por el toque que el Amado hace en ellas; bien así como se gusta la suavidad y hermosura de las azucenas y flores cuando están abiertas y las tratan; porque en muchas de estas visitas ve el alma en su espíritu todas sus virtudes que Dios le ha dado, obrando él en ellas esta luz; y ella entonces, con admirable deleite y sabor de amor, las junta todas y las ofrece al Amado como una piña de hermosas flores, y recibiéndolas el Amado (porque entonces las recibe de veras), recibe en ello gran servicio; todo lo cual pasa dentro del alma, en que siente ella estar el Amado como en su propio lecho; porque el alma se ofrece juntamente con las virtudes, que es el mayor servicio que ella le puede hacer; y así, es uno de los mayores deleites que en el trato interior con Dios ella suele recibir en esta manera de don que hace el Amado; y conociendo el demonio esta prosperidad del alma, el cual, por su gran malicia, envidia todo el bien que en ella ve, usa a este tiempo de toda su habilidad y ejercita todas sus artes para poder perturbar en el alma siquiera una mínima parte de este bien; porque más precia él impedir a esta alma un quilate de esta su riqueza, gloria y deleite, que hacer caer a otras en muchos y muy graves pecados; porque las otras tienen poco o nada que perder, y ésta mucho, porque tiene mucho ganado y muy precioso; así como, perder un poco de oro muy primo es más que perder mucho de otros bajos metales. Aprovéchase aquí el demonio de los apetitos sensitivos, aunque con éstos, en este estado, puede muy poco las más veces, o nada, por estar ya ellos amortiguados, y de que con esto no puede representar a la imaginación muchas variedades; y a veces levanta en la parte sensitiva muchos movimientos (como después se dirá) y otras molestias que causa, así espirituales como sensitivas, de las cuales no es en mano del alma poderse librar hasta que el Señor envía su ángel, como se dice en el salmo, alrededor de los que le temen y los libra: Immittet Angelus Domini in circuitu timentium eum, et eripiet eos (120). Y hace paz y tranquilidad, así en la parte sensitiva como en la espiritual del alma; la cual, para denotar todo esto y pedir este favor, recelosa de la experiencia que tiene de las astucias que usa el demonio para hacerle el dicho daño, en este tiempo, hablando con los ángeles, cuyo oficio es favorecer a este tiempo, ahuyentando los demonios, dice la canción siguiente:

CANCIÓN XVI

 

                                                     Cazadnos las raposas,

                                                     Que está ya florida nuestra viña,

                                                     En tanto que de rosas

                                                     Hacemos una piña,

                                                     Y no parezca nadie en la montiña.



 

DECLARACIÓN

     Deseando, pues, el alma que no le impidan la continuación de este deleite interior de amor, que es la flor de la viña de su alma, ni los envidiosos y maliciosos demonios, ni los furiosos apetitos de la sensualidad, ni las varias idas y venidas de la imaginación, ni otras cualesquier noticias y presencias de cosas, invoca a los ángeles, diciendo que cacen todas estas cosas y las impidan, de manera que no impidan el ejercicio de amor interior, en cuyo deleite y sabor se están comunicando y gozando las virtudes y gracias entre el alma y el Hijo de Dios. Y así, dice:

                                                      Cazadnos las raposas,

                                                      Que está ya florida nuestra viña.

     La viña que aquí dice, es el plantel que está en esta santa alma de todas las virtudes, las cuales le dan a ella vino de dulce sabor; esta viña del alma está florida cuando según la voluntad está unida con el Esposo, y en el mismo Esposo está deleitándose según todas estas virtudes juntas; y algunas veces, como habemos dicho, suelen acudir a la memoria y fantasía muchas y varias formas e imaginaciones, y en la parte sensitiva se levantan muchos y varios movimientos y apetitos; los cuales, por ser de tantas maneras y tan varios, cuando David estaba bebiendo este sabroso vino de espíritu con grande sed en Dios, sintiendo el impedimento y molestia que le hacían, dijo: Mi alma tuvo sed en ti, cuan de muchas maneras sea mi carne a ti; Sitivit in te anima mea, quam multipliciter tibi caro mea (121). Llama el alma toda esta armonía de apetitos y movimientos sensitivos raposas, por la gran propiedad que tienen a este tiempo con ellas; porque así como las raposas se hacen dormidas para hacer presa cuando sale la caza, así todos estos apetitos y fuerzas sensitivas estaban sosegadas hasta que en el alma se levantan y se abren y salen a ejercicio estas flores de las virtudes; y entonces también parece que despiertan y se levantan en la sensualidad sus flores de apetitos y fuerzas sensuales a querer contradecir al espíritu y reinar; hasta esto llega la codicia que dice San Pablo que tiene la carne contra el espíritu; que, por ser su inclinación grande a lo sensitivo, gustando el espíritu, se desaborea y disgusta al dulce espíritu, y por eso dice:

Cazadnos las raposas.

     Pero los maliciosos demonios hacen aquí de su parte molestia al alma de dos maneras; porque ellos incitan a levantar estos apetitos con vehemencia, y con ellos y otras imaginaciones hacen guerra a este reino pacífico y florido del alma. Lo segundo, y lo que peor es, que cuando de esta manera no pueden, embisten en ella con tormentos y ruidos corporales para hacerla divertir. Y lo que es más malo, que la combaten con temores y horrores espirituales a veces de terribles tormentos; lo cual a este tiempo, si se les da licencia, pueden ellos muy bien hacer; porque, como el alma se pone en muy desnudo espíritu pasa este ejercicio espiritual, puede con facilidad él hacerse presente a ella, pues también él es espíritu. Otras veces la hace otros embestimientos de horrores, antes que ella comience a gustar estas dulces flores, a tiempo que Dios la comienza a sacar algo de la casa de sus sentidos, para que entre en el dicho ejercicio interior al huerto del Esposo; porque sabe que si una vez se entra en aquel recogimiento está tan amparada, que, por más que haga, no puede hacerla daño. Y muchas veces, cuando aquí el demonio sale a tomarle el paso, suele el alma con gran presteza recogerse en el fondo escondrijo de su interior, donde halla gran deleite y amparo, y entonces padece aquellos terrores tan de fuera y tan a lo lejos, que, no sólo no le hacen temor, mas le causan alegría y gozo. De estos terrores hace mención la Esposa en los Cantares (122) diciendo: Anima mea conturbavit me propter quadrigas Aminadab; «Mi alma me conturbó por causa de los carros de Aminabad». Entendiendo allí por Aminadab al demonio, llamando carros a sus embestimientos y acometimientos, por la grande vehemencia y tropel y ruidos que con ellos trae. Y lo mismo que aquí dice el alma: «Cazadnos las raposas», dice también la Esposa en los Cantares, al mismo propósito, pero diciendo: Cazadnos las raposas pequeñas que desmenuzan las viñas, porque nuestra viña ha florecido (123) Capite nobis vulpes parvulas, quae demoliuntur vineas. Nam vinea nostra floruit. Y no dice cazadme, sino cazadnos; porque habla de sí y del Amado, porque están en uno y gozando la flor de la viña.

     La causa por que aquí dice que la viña está con flor, y no dice con fruto, es porque las virtudes en esta vida, aunque se gocen en el alma con tanta perfección como esta de que hablamos, es como gozarla en flor; porque sólo en la otra se gozarán como en fruto. Y dice luego:

                         

En tanto que de rosas

 

Hacemos una piña.

     Porque a esta sazón que el alma está gozando la flor de esta viña y deleitándose en el pecho de su Amado, acaece así, que las virtudes del alma se ponen todas en pronto y claro, como habemos dicho, mostrándose al alma y dándole de sí gran suavidad y deleite; las cuales siente el alma estar sí misma y en Dios, de manera que le parecen ser una viña muy florida y agradable de ella y de él, en que ambos se apacientan y deleitan; y entonces el alma junta todas estas virtudes, haciendo actos muy sabrosos de amor en cada una de ellas y en todas juntas; y así, juntas las ofrece ella al Amado con gran ternura de amor y suavidad, a lo cual le ayuda el mismo Amado; porque sin su favor y ayuda no podría ella hacer esta junta y ofrenda de virtudes a su Amado, que por eso dice:

Hacemos una piña.

     Es a saber, el Amado y yo. Llama piña a esta junta de virtudes, porque así como la piña es una pieza fuerte, y en sí contiene muchas piezas fuertes y en sí abrazadas fuertemente, que son los piñones; así esta piña de virtudes que hace el alma para su Amado es una sola pieza de perfección del alma, la cual fuerte y ordenadamente abraza y contiene en sí muchas perfecciones y virtudes muy fuertes, y dones muy ricos, porque todas las perfecciones y virtudes se ordenan y contienen una sólida perfección del alma; la cual, en tanto que está haciéndose por el ejercicio de las virtudes, y ya hecha, se está ofreciendo de parte del alma al Amado en espíritu de amor, que vamos diciendo, conviene que se cacen las dichas raposas, para que no impidan la tal comunicación interior de los dos. Y no sólo pide esto sólo la esposa en esta canción, para poder bien hacer la piña, mas también lo que se sigue en el verso siguiente, es a saber:

Y no parezca nadie en la montiña.

     Porque para este divino ejercicio interior es también necesaria soledad y ajenación de todas las cosas que se podrían ofrecer al alma, ahora de parte de la porción inferior, que es la sensitiva del hombre, ahora de parte de la porción superior, que es la racional; las cuales dos porciones son en quien se encierra toda la armonía de las potencias y sentidos del hombre, a la cual armonía llama aquí montiña; porque, morando en ella y situándose en ella todas las noticias y apetitos de la naturaleza, como la caza en el monte, en ella suele el demonio hacer caza y presa en esos apetitos y noticias para mal del alma. Dice que en esta montiña no parezca nadie; es a saber representación y figura de cualquier objeto perteneciente a cualquiera de estas potencias o sentidos que habemos dicho, no parezca delante el alma y el Esposo. Y así, es como si dijera: En todas las potencias espirituales del alma, como son memoria, entendimiento y voluntad, no haya noticias ni afectos particulares ni otras cualesquier advertencias. Y en todos los sentidos y potencias corporales, así interiores como exteriores, que son imaginativa, fantasía, ver, oír, etc., no haya otras digresiones y formas e imágenes y figuras, ni representaciones de objetos al alma, ni otras operaciones naturales. Esto dice aquí el alma por cuanto, para gozar perfectamente de esta comunicación con Dios, conviene que todos los sentidos y potencias, así interiores como exteriores, estén desocupados, vacíos y ociosos de sus propias operaciones y objetos, porque en tal caso, cuando ellos de suyo más se ponen en ejercicio, tanto más estorban; porque, llegando el alma a alguna manera de unión interior de amor, ya no obran en esto las potencias espirituales, y menos las corporales, por cuanto está ya hecha y obrada la unión de amor actuada en el alma en amor; y así, acabaron de obrar las potencias, porque llegando al término, cesan todas las operaciones de los medios. Y así, lo que el alma hace entonces es asistencia de amor en Dios, la cual es amor en continuación de amor unitivo. No parezca, pues, nadie en la montiña; sola la voluntad parezca, asistiendo al Amado en entrega de sí y de todas las virtudes, en la manera que está dicha.




 

 

 

 

 

Anotación de la canción siguiente

     Para más noticia de la canción que se sigue, conviene aquí advertir que las ausencias que padece el alma de su Amado en este estado de desposorio espiritual son muy aflictivas, y algunas son de manera que no hay pena que se le compare. La causa de esto es que, como el amor que tiene a Dios en este estado es grande y fuerte, atorméntale fuerte y grandemente en la ausencia. Y añádese a esta pena la molestia que a este tiempo recibe en cualquiera manera de trato o comunicación de criaturas, que es muy grande; porque, como ella está en aquella gran fuerza de deseo, avivado por la unión con Dios, cualquiera entretenimiento le es gravísimo y molesto; bien así como a la piedra, cuando con grande ímpetu y velocidad va llegando hacia su centro, cualquier cosa en que topase y la entretuviese en aquel vacío le sería muy violenta. Y como está ya el alma saboreada con estas dulces visitas, sonle más deseables sobre el oro y toda hermosura. Y por eso, temiendo el alma mucho carecer, aun por momento, de tan preciosa presencia, hablando con la sequedad y con el espíritu de su Esposo, dice las palabras de la canción siguiente:

 

CANCIÓN XVII

 

                                                 Detente, cierzo muerto,

                                                 Ven, austro, que recuerdas los amores,

                                                 Aspira por mi huerto,

                                                 Y corran sus olores,

                                                 Y pacerá el Amado entre las flores.



 

DECLARACIÓN

     Demás de lo dicho en la canción pasada, la sequedad de espíritu es también causa de impedir al alma el jugo de suavidad interior, de que arriba ha tratado, y temiendo ella esto, hace dos cosas en esta canción. La primera, impedir la sequedad, cerrando la puerta por medio de la continua oración y devoción. La segunda, invocar el Espíritu Santo, que es el que ha de ahuyentar esta sequedad del alma y el que sustenta y aumenta en ella el amor del Esposo; y también ponga al alma el ejercicio interior de las virtudes, todo a fin de que el Hijo de Dios, su Esposo, se goce y deleite más en ella; porque toda su pretensión es dar contento al Amado.

Detente, cierzo muerto.

     El cierzo es un viento muy frío, que seca y marchita, las flores y plantas, y a lo menos las hace encoger y cerrar cuando en ellas hiere. Y porque la sequedad espiritual y la ausencia afectiva del Amado hacen este mismo efecto en el alma que la tiene, agotándole el jugo y sabor y fragrancia que gustaba de las virtudes, la llama cierzo muerto, porque todas las virtudes y ejercicio afectivo que tenía el alma, tiene amortiguado; y por eso dice aquí el alma: «Detente, cierzo muerto». El cual dicho del alma se ha de entender que es hecho y obrado de ejercicios espirituales, para que se detenga la sequedad. Pero, porque en este estado las cosas que Dios comunica al alma son tan interiores, que con ningún ejercicio de sus potencias puede de suyo el alma ponerlas en ejercicio y gustarlas si el espíritu del Esposo no hace en ella esta moción de amor, le invoca ella luego, diciendo:

Ven, austro, que recuerdas los amores.

     El austro es otro viento que vulgarmente se llama ábrego; el cual es apacible, causa pluvias y hace germinar las yerbas y plantas, y abrir las flores y derramar su olor; y en efecto, tiene este aire los efectos contrarios del cierzo. Y así, por este aire entiende el alma el Espíritu Santo, el cual dice que recuerda los amores; porque cuando este divino aire embiste en el alma, de tal manera la inflama toda, y regala y aviva, y recuerda la voluntad y levanta los apetitos, que antes estaban caídos y dormidos al amor de Dios, que se puede bien decir que recuerda los amores de él y de ella, y lo que pide al Espíritu Santo es lo que dice en el verso siguiente:

Aspira por mi huerto.

     El cual huerto es la misma alma; porque, así como arriba ha llamado a la misma alma viña florida, porque la flor de las virtudes que hay en ellas le dan vino de dulce sabor, así aquí la llama también huerto, porque en ellas están plantadas y nacen y crecen las flores de perfección y virtudes que habemos dicho. Y es aquí de notar que no dice la esposa: Aspira en mi huerto; sino «Aspira por mi huerto»; porque es grande la diferencia que hay entre aspirar Dios en el alma o por el alma; porque aspirar en el alma es infundir en ella gracia, dones y virtudes; y aspirar por ella es hacer Dios toque y moción en las virtudes y perfecciones que ya le son dadas, renovándolas y moviéndolas de suerte, que den de sí admirable fragrancia y suavidad; bien así como cuando menean las especies aromáticas, que al tiempo que se hace aquella moción derraman el abundancia de su olor, el cual antes ni era tal ni se sentía en tanto grado; porque las virtudes que el alma tiene adquiridas e infusas no siempre las está sintiendo y gozando actualmente; porque, como después diremos, en esta vida están en el alma como flores en cogollo o en capullo cerradas, o como especies aromáticas encubiertas, cuyo olor no se siente hasta ser abiertas y movidas, como habemos dicho.

     Pero algunas veces hace Dios tales mercedes al alma esposa, que, aspirando con su Espíritu divino por este florido huerto de ella, abre todos estos cogollos de virtudes y descubre estas especies aromáticas de dones y perfecciones y riquezas del alma; y manifestando el tesoro y caudal interior, descubre toda la hermosura de ella. Y entonces es cosa amirable de ver y suave de sentir la riqueza que se descubre al alma de sus dones, y la hermosura de estas flores de virtudes, ya todas abiertas en alma; y la suavidad de olor que cada una le da de sí, según su propiedad, es inestimable. Y esto llama aquí correr los olores del huerto, cuando en el verso siguiente dice:

Y corran sus olores.

     Los cuales son en tanta abundancia algunas veces, que al alma le parece estar vestida de deleites y bañada en gloria inestimable; tanto, que no sólo ella lo siente de dentro, pero aun suele redundarle tanto de fuera, que lo conocen los que saben advertir y les parece estar tal alma como un deleitoso jardín lleno de deleites y riquezas de Dios. Y no sólo cuando estas flores están abiertas se echa de ver esto en estas santas almas, pero ordinariamente traen en sí un no sé qué de grandeza y dignidad, que causa detenimiento y respeto a los demás, por el efecto sobrenatural que se difunde en el sujeto de la próxima y familiar comunicación con Dios, cual se escribe en el Éxodo de Moisés (124), que no podían mirarle su rostro, por la honra y gloria que quedaba en su persona por haber tratado cara a cara con Dios. En este aspirar del Espíritu Santo por el alma, que es visitación suya, enamorado de ella, se comunica en alta manera el Esposo, Hijo de Dios; que por eso envía su Espíritu primero (como a los apóstoles), que es su aposentador, para que le prepare la posada del alma esposa, levantándola en deleite, poniéndole el huerto a gusto, abriendo sus flores, descubriendo sus dones, arreándola de la tapicería de sus gracias y riquezas. Y así, con grande deseo desea el alma esposa todo esto; es a saber, que se vaya el cierzo y venga el austro, que aspire por el huerto; porque en esto gana el alma muchas cosas juntas; porque gana el gozar las virtudes puestas en el punto de sabroso ejercicio, como habemos dicho; gana el gozar al Amado en ellas, pues mediante ellas, como acabamos de decir, se le comunica a ella con más estrecho amor, y haciéndole más particular merced que antes; y gana que el Amado mucho más se deleita en ella por este ejercicio actual de virtudes, que es de lo que ella más gusta, es a saber, que guste su Amado; y gana también la continuación y duración del tal sabor y suavidad de virtudes, la cual dura en el alma todo el tiempo que el Esposo asiste en ella en la tal manera, estándole dando la esposa suavidad en las virtudes que tiene, según en los Cánticos ella lo dice en esta manera: En tanto que estaba el Rey en su reclinatorio, es a saber, en el alma, mi arbolico florido y oloroso dio olor de suavidad; Dum esset Rex in accubitu suo, nardus mea dedit odorem suum (125). Dando aquí a entender por este arbolico oloroso la misma alma que de las flores de virtudes que en sí tiene da olor de suavidad al Amado, que en ella mora en esta manera de unión. Por tanto, mucho es de desear este divino aire del Espíritu Santo, que pida cada alma aspire por su huerto, para que corran divinos olores de Dios. Que por ser esto tan necesario y de tanta gloria y bien para el alma, la Esposa lo deseó y pidió por los mismos términos que aquí, en los Cantares, diciendo (126): Surge Aquilo, et veni Auster, perfla hortum meum, et fluant aromata illius; Levántate de aquí, cierzo, y ven, ábrego, y aspira mi huerto, y correrán sus olores y preciosas especies. Y esto todo lo desea el alma, no por el deleite y gloria que de ello se le sigue, sino por lo que en esto sabe que se deleita su Esposo, y porque es todo disposición y prenuncio para que el Hijo de Dios venga a deleitarse en ella, que por eso dice luego:

Y pacerá el Amado entre las flores.

     Significa el alma este deleite que el Hijo de Dios tiene en ella en esta sazón por nombre de pasto, que muy más al propio le da a