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Cancionero general. |
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Antes de enseñar el primer cabo de nuestra narración fidedigna, no nos parece inútil advertir a aquellas personas en demasía bondadosas que nos quieran prestar su atención, que si han de seguirnos en el laberinto de sucesos que vamos a enlazar unos con otros en obsequio de su solaz, han menester trasladarse con nosotros a épocas distantes y a siglos remotos, para vivir, digámoslo así, en otro orden de sociedad en nada semejante a este que en el siglo XIX marca la adelantada civilización de la culta Europa.
Tiempos felices, o infelices, en que ni la hermosura de las poblaciones, ni la fácil comunicación entre los hombres de apartados países, ni la seguridad individual que en el día casi nos garantizan nuestras ilustradas legislaciones, ni una multitud, en fin, de refinadas y exquisitas necesidades ficticias satisfechas, podían apartar de la imaginación del cristiano la idea, que procura inculcarnos nuestro sagrado dogma, de que hacemos en esta vida transitoria una breve y molesta peregrinación, que nos conduce a término más estable y bienaventurado.
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podían repetir con sobrada razón nuestros antepasados de cuatro o cinco siglos: nuestra nación, como las demás de Europa, no presentaba a la perspicacia del observador sino un caos confuso, un choque no interrumpido de elementos heterogéneos que tendían a equilibrarse, pero que por la ausencia prolongada de un poder superior que los amalgamase y ordenase, completando el gran milagro de la civilización, se encontraban con extraña violencia en un vasto campo de disensiones civiles, de guerras exteriores, de rencillas, de desafíos, y a veces de crímenes, que con nuestras extremadas instituciones mal en la actualidad se conformarían.
Una incomprensible mezcla de religión y de pasiones, de vicios y virtudes, de saber y de ignorancia, era el carácter distintivo de nuestros siglos medios. Aquel mismo príncipe que perdía demasiado tiempo en devociones minuciosas, y que expendía sus tesoros en piadosas fundaciones, se mostraba con frecuencia inconsecuente en su devoción, o descubría de una manera bien perentoria lo frívolo de su piedad, pues en vez de arreglar por ésta su conducta, se le veía no pocas veces salir de los templos del Altísimo para ir a descansar de las fatigas del gobierno en los brazos de una seductora concubina, que usurpaba la mitad del lecho regio de su consorte despreciada.
El caballero que volvía de reconquistar el santo sepulcro del Salvador, y que llevaba ricamente bordado en el pecho el signo augusto de la redención, aquel mismo cruzado que al entrar en el gremio de la Iglesia había depuesto en las fuentes bautismales el vano deseo de venganza, adoptando y jurando, a imitación del hombre Dios, el perdón de las injurias, sin el menor escrúpulo de conciencia declaraba las muestras de su organización irascible, que a gala tenía; a la menor sombra de pretendida ofensa corría lanza en ristre a partir el sol del palenque, y a abrir una ancha fuente de sangre humana en el pecho de su adversario, invocando a un tiempo, por una inexplicable contradicción, el nombre santo de Dios y el nombre profano de la dama por quien moría.
En vano la religión se esforzaba en dulcificar las costumbres de los hijos de los godos, exaltados por la prolongada guerra con los sarracenos. Es verdad que ganaba terreno, pero era con lentitud; entretanto se criaba el caballero para hacer la guerra y matar. Verdad es que los primeros enemigos contra quien debía dirigirse eran los moros; pero muchas veces lo eran también los cristianos, y había quien matando dos de aquéllos por cada uno de estos últimos, creía lavado el pecado de su espantoso error. Matar infieles era la grande obra meritoria del siglo, a la cual, como al agua bendecida por el sacerdote, daban engañados algunos la rara virtud de lavar toda clase de pecados.
Para los hombres el ejercicio de las fuerzas corporales, el fácil manejo de la pesada lanza, el arte de domeñar el espumoso bridón, la resistencia en el encuentro, y el pundonor falsamente entendido y llevado a un extremo peligroso; y para las mujeres el arte de conquistar con las gracias naturales y de artificio al campeón más esforzado, y ceñirle al brazo la venda del color favorito, recompensa del brutal denuedo del vencedor del torneo, y el recato sólo para con el caballero no amado, eran la educación del siglo. Dios y mi dama, decía el caballero; Dios y mi caballero, decía la dama.
En medio del furor de guerrear que debía animar a todos en aquella época, algunos ministros del Altísimo no dudaban acompañar las huestes, armados a la vez como los guerreros, y aun cuando no desenvainasen en las lides la poderosa espada de Damasco y de Toledo para herir con ella al enemigo, esta costumbre arrastraba a algunos a autorizar trances de rebelión del soberbio rico-hombre contra la majestad de su rey y señor natural.
Un corto número de espíritus más pusilánimes, o acaso más calculadores que sus contemporáneos, poseía la corta riqueza literaria griega y romana que de las ruinas del Partenón y del Capitolio habían podido salvar, en medio de la devastación desoladora de la irrupción de los bárbaros, algunas primitivas comunidades monásticas.
El estudio todo que se hacía en los claustros estaba reducido, y debía estarlo, a la ciencia eclesiástica, la única que podía y debía salvar, como efectivamente salvó, a la Europa de su total ruina. Las bellezas gentílicas de los Homeros y Virgilios debían reservarse para otros tiempos; y los monasterios, conservando estos monumentos clásicos de la antigüedad, hacían a la literatura todo el servicio que podían hacerla.
Otros espíritus, no obstante, se dedicaban fuera de aquellas escuelas al estudio, y la ciencia que adquirían era sólo el medio criminal de granjearse una consideración y una fortuna aún más criminales todavía. Afectando la ciencia de los astros, o una misteriosa comunicación con el mundo de los espíritus, sabían abusar de la insensata credulidad de los reyes y de los pueblos, y convertir en propio y particular provecho suyo las luces que no trataban de difundir, sino antes de conservar entre sí clandestina y masónicamente, como un pérfido talismán que ejerciendo al cabo su irresistible influencia sobre los espíritus débiles e ignorantes, libraba en las manos de unos pocos empíricos solapados, la palanca poderosa con que movían y removían a su placer cuantos obstáculos a sus dañadas intenciones se pudieran presentar.
A esta época, pues, y al trato belicoso de los nietos de las hordas del norte, al centro de aquella informe sociedad, hija de padres tan contrarios como los bárbaros de la fría Noruega y las cultas ruinas de la capital del mundo, a esta época, a ese trato y a esa sociedad vamos a trasladar a nuestros lectores.
No se crea tampoco por el cuadro que rápidamente acabamos de bosquejar, que sea preciso entrar con horror a desentrañar las costumbres de tan inexplicable época; lejos de nosotros esta idea; también se ofrecen en ella virtudes colosales que no son por cierto de nuestros días. El amor, el rendimiento a las damas, el pundonor caballeresco, la irritabilidad contra las injurias, el valor contra el enemigo, el celo ardiente de la religión y de la patria, llevado el primero alguna vez hasta la superstición, y el segundo hasta la odiosidad contra el que nació en suelo apartado, sí no son prendas todas las más adecuadas al cristianismo, no dejan por eso de tener su lado hermoso por donde contemplarlas; y aun su utilidad manifiesta, dado sobre todo el dato del orden de cosas entonces establecido, las hacía tan necesarias como deslumbradoras.
El carácter, empero, más verdaderamente distintivo de la época, era la lucha establecida y siempre pendiente entre el príncipe y sus primeros súbditos; una escala ascendiente y descendiente que constituía a los pecheros vasallos de vasallos, y a los reyes señores de señores, era el principal obstáculo que impedía al poder ejercer a la vez su influencia igual y equitativa por toda la extensión de sus dominios; el pechero, doblemente súbdito, tenía dobles obligaciones (más bien que contraídas, impuestas) para con su dueño inmediato, y para con el señor natural de todos. Por otra parte, era de notar el poder no reprimido de los orgullosos magnates, sin cuya cooperación voluntaria hubiera sido una vana fantasma la autoridad del monarca. Éste en todo trance de guerra se veía poco menos que precisado a mendigar los hombres de armas, que sólo podían proporcionarle para las jornadas los ricoshombres que los sostenían a sus expensas, y por consiguiente a su devoción, y que desigualaban a placer la fuerza recíproca de los partidos con la más leve inclinación de su parte; el señorío absoluto (si no de derecho, de hecho) de vidas y haciendas en sus inmensos dominios; sus bien defendidos castillos feudales, de donde mal pudiera desalojarlos la sencilla arcabucería y manera de guerrear de la época; su orgullo, nacido de los grandes favores que en la continua reconquista contra moros les debía el rey y la patria; y la remisión sobre todo de los agravios al duelo particular, al paso que inutilizaban toda la energía de un rey y sus buenas intenciones, eran las causas, por entonces irremediables, de la impunidad de los delitos; causas que perpetuaban la injusticia y el abuso de la fuerza de los primeros hombres de la nación, que no había especie de ambición ni pasión frenética de que no se dejasen torpemente arrastrar.
Este era el estado de las costumbres de la Europa, y por consiguiente de nuestra España, en la época a que nos referimos. En el año en que pasaba lo que vamos a contar, hacía ya trece que don Enrique III, dicho el Doliente, y nieto del famoso don Enrique el Bastardo, había subido a ocupar el trono, vacante por la desastrosa muerte de su padre don Juan I, ocurrida en Alcalá de Henares de caída de caballo. Y apenas habían bastado estos trece años para reparar los daños que por su menor edad había acarreado a Castilla desvalida.
El cisma duraba en la Iglesia desde la elección tumultuosa del arzobispo de Bari, llamado Urbano VI, ocurrida el año 1378, después de la muerte de Gregorio onceno. Habíanse reunido los cardenales en cónclave; pero sabedores acaso los romanos de que la corte de Francia trataba de influir en la elección del cardenal de Génova, ligado por parte de padre con los condes de Génova de la casa de Oliveros, y por parte de madre con los condes de Boloña, parientes de la casa real de Francia, se amotinaron, y precipitándose en el lugar del cónclave, después de forzar las cerraduras, según en nuestras leyendas se refiere, clamaron: «Papa romano queremos, o a lo menos italiano», de cuya infracción notable y sacrílega, resultó la elección del arzobispo, que se coronó el día de Pascua de Resurrección. Varios cardenales, empero, refugiándose en el lugar de Anania, y después en Fundi, proclamaron la invalidez de la elección forzada, y amparados de la corte de Francia eligieron al cardenal de Génova, que tomó el nombre de Clemente VII, y estableció la silla de su iglesia en Aviñón. Urbano y Clemente habían enviado entrambos al rey de Castilla, a la sazón Enrique II, sus mensajeros, así como los había enviado, en apoyo del último, Carlos V, rey de Francia; la corte de Castilla permaneció por entonces indecisa hasta consultar en materia tan delicada a sus varones más famosos. Posteriormente, en el año 1381, el sucesor de don Enrique II, don Juan I, hallándose en Medina del Campo, y después de haber reunido y consultado a sus prelados, ricoshombres y doctores, se decidió por Roberto de Génova, negando la obediencia al intruso apostático Bartolomé, como le llama en la carta que con fecha de Salamanca le escribió a Clemente VII, prestándole homenaje como a único Papa verdadero. Más adelante murió en su palacio de Aviñón el Papa Clemente VII, a 26 de septiembre de 1394, reinando en Castilla don Enrique III; y sus cardenales, deseosos de la unión de la Iglesia, se propusieron elegirle un sucesor, jurando todos antes sobre los santos Evangelios renunciar al papazgo inmediatamente después de nombrados, si así fuese necesario, y en el caso de que se ciñese a hacer otro tanto Urbano, para proceder unidos de nuevo todos los cardenales en Roma a la elección válida y conforme de uno solo.
Fue elegido, pues, en Aviñón el cardenal don Pedro de Luna, aragonés de nación, y ricohombre de los de Luna; negóse al principio a admitir la triple corona, pero una vez sentado en la silla apostólica, se resistió enteramente a las solicitudes de sus cardenales y del rey de Francia, que le envió a Juan, duque de Berry, y a Felipe, duque de Borgoña, sus tíos, para que renunciase conforme había jurado. Esto dio lugar a continuos debates, que se hallaban en pie todavía en el tiempo a que nos referimos, habiéndose declarado en favor de Benedicto, Francia, Castilla, Navarra y Aragón, y por el Papa romano, el Emperador, la Inglaterra y la Italia.
Con respecto a Portugal, Castilla seguía defendiendo, aunque débilmente, sus derechos: verdad es que desde la infausta jornada de Aljubarrota, perdida por la impericia estratégica de los jóvenes y acalorados caballeros del ejército de don Juan I, éste mismo había casi abandonado las esperanzas de recobrar aquel reino que indisputablemente le pertenecería por su boda con doña Beatriz, hija y única heredera del muerto rey don Fernando. El odio entre portugueses y castellanos, y el empeño sobre todo de aquéllos en no ver nuevamente fundido en la corona de Castilla su suelo independiente, había dado una popularidad extraordinaria al maestre de Avís; ayudado de ella se propasó a quitar la vida al conde de Orén en el mismo palacio de la regente, y permitió a sus partidarios la muerte del infeliz obispo de Lisboa, despeñado de la torre: erigióse rey en Coimbra con el dictado de Juan I después de la resignación de la regente viuda Leonor, y reclusión de ésta por nuestro rey en el monasterio de Otordesillas, como le llaman nuestras crónicas contemporáneas.
Ya don Juan I de Castilla, en su testamento otorgado en Celórico de la Vera, poco antes de la jornada de Aljubarrota, vacilando él mismo sobre la legitimidad de sus derechos, al legárselos a su hijo y sucesor Enrique III, le había legado también las dudas que acerca de tan delicada contienda en su propio corazón albergaba. En la época de nuestra narración, era tan débil ya la guerra que se sostenía contra Portugal, que más parecía efecto de una obstinación irrealizable, que una verdadera lucha que presentase síntomas de un término definitivo. Ni apenas se hubiera dicho que semejante guerra existía entre las dos naciones, si no lo hubiesen atestiguado las continuas treguas y largos armisticios, que continuamente por una parte y otra se ratificaban.
Enrique III, al subir al trono a los catorce años, para dar fin a la anarquía que en el Estado alimentaran sus poderosos tutores, había ratificado las ligas hechas por su padre con don Carlos VI de Francia y con los reyes de Aragón y de Navarra; y sólo con el rey moro de Granada sostenía una guerra, muy semejante en su lentitud y en sus largas treguas a la de Portugal.
Tal era también el estado político de Castilla en la época de nuestra historia caballeresca, a que daremos principio desde luego sin detenernos más tiempo en digresiones preparatorias, de poco interés para el lector, si bien hasta cierto punto necesarias para la particular inteligencia de los hechos que a su vista tratamos de exponer sencilla y brevemente.
Con respecto a la veracidad de nuestro relato, debemos confesar que no hay crónica ni leyenda antigua de donde le hayamos trabajosamente desenterrado; así que, el lector perdiera su tiempo si tratase de irle a buscar comprobantes en ningún libro antiguo ni moderno: respondemos, sin embargo, de que si no hubiese sucedido, pudo suceder cuanto vamos a contar, y esta reflexión debe bastar tanto más para el simple novelista, cuanto que historias verdaderas de varones doctos andan por esos mundos impresas y acreditadas, de cuyo contenido no nos atreveríamos a sacar tantas líneas de verdad, o por lo menos de verosimilitud, como las que encontrará quien nos lea en nuestras páginas, tan fidedignas como útiles y agradables.
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Cancionero de romances. |
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A fines del siglo XIV estaba la hoy coronada y heroica villa de Madrid muy lejos de pretender el lugar preeminente que en la actualidad ocupa en la lista de los pueblos de la Península. Toda su importancia estaba reducida a la fama de que gozaban sus espesos montes, los más abundantes de Castilla en caza mayor y menor: el jabalí, la corza, el ciervo, hasta el oso feroz hallaban vivienda y alimento entre sus altos jarales, sus malezas enredadas y sus silvestres madroñeros, que han desaparecido después ante la destructora civilización de los siglos posteriores. El implacable leñador ha derrocado por el suelo con el hacha en la mano la erguida copa de los pinos y robles corpulentos para satisfacer a las necesidades de la población, considerablemente acrecentada, y el hombre ha venido a hollar la magnífica alfombra que la Naturaleza había tendido sobre su suelo privilegiado; ha tenido fuerzas para destruir, pero no para reedificar; la Naturaleza ha desaparecido sin que el arte se haya presentado a ocupar su lugar. Inmensos arenales, oprobio de los siglos cultos, ofrecen hoy su desnuda superficie al pie del caminante; al servir los árboles de pasto al fuego insaciable del hogar, los manantiales mismos han torcido su corriente cristalina o la han hundido en las entrañas de la madre tierra, conociendo ya, si se nos permite tan atrevida metáfora, la inutilidad de su influjo vivificador. Madrid, el antiguo castillo moro, la pobre y despreciada villa, ciñó mientras fue olvidada de los hombres la suntuosa guirnalda de verdura con que la Naturaleza quiso engalanarle, y Madrid, la opulenta Corte de reyes poderosos, término de la concurrencia de una nación extendida, y tumba de sus caudales inmensos y de los de un mundo nuevo, levanta su frente orgullosa, coronada de quiméricos laureles, en medio de un yermo espantoso y semejante al avaro que, henchidas de oro las faltriqueras, no ve en torno de sí, doquiera que vuelve los ojos, sino miseria y esterilidad.
Al famoso soto de Segovia, que se extendía hasta el Pardo y más acá, concurrían los reyes y los grandes de Castilla de todas partes para lograr el solaz de la cetrería y de la montería, placer privilegiado y peculiar de los feudales señores de la época.
El sol, rojo como la lumbre, despidiendo sus rayos horizontales por entre las altas copas de los árboles, marcaba el fin próximo de uno de los más hermosos días del mes de mayo: como a cosa de dos leguas de Madrid, una compañía de cazadores, ricamente engalanados y vestidos, turbaba todavía la tranquilidad del monte y de la selva: varias magníficas tiendas levantadas a orillas del Manzanares eran indicio de haber durado aquel placer algunos días; acababa de practicarse el último ojeo, y puestos los monteros en acecho, esperaban en las encrucijadas a que asomase por alguna parte el animal para precipitarse sobre él con el venablo aguzado y rendirle en tierra del primer golpe. Infinidad de reses de todas especies, suspendidas fuera y dentro de las tiendas, daban claras muestras de la destreza de los monteros y de la bienandanza del día.
En una de ellas preparaban varios manjares y daban vueltas a un largo asador dos hombres, que así revolvían con sus brazos arremangados el asador como atizaban la brasa, que iba dorando ya el engrasado lomo de la víctima. Miraban tan interesante operación otros dos personajes: el uno representaba tener a lo más treinta años; su aire no común, su rostro afable, aunque grave, sus maneras francas y su traje, sobre todo, daban a entender que podía pertenecer, si no al primer rango de la sociedad de aquel tiempo, a una buena familia por lo menos; y de todas suertes se echaba bien de ver a la primera ojeada, en todo su exterior, cierta libertad que sólo dan la satisfacción, la holgura y la costumbre de frecuentar grandes personajes, ya que no se atreviera el observador a asegurar que él lo fuese.
En frente de él se hallaba otro que podría tener veinticinco años: su personal era bueno, y, sin embargo, no sé qué expresión particular de siniestra osadía tenía su rostro; una sonrisa asomada de continuo a sus labios le daba cierto aire de complacencia obligada que suponía en él el hábito de vivir al lado de personas de categoría superior a la suya; una voz verdaderamente seductora, sobre todo en sus modulaciones, probaba que no descuidaba medio alguno para captarse la voluntad; sus ojos, entre pardos y verdes, tenían no sé qué de talento y de misterio, y su pelo, crespo y de un rojo muy subido, prestaba a la cara que debiera adornar cierta aspereza y aun ferocidad rechazadora. Vestía un corto sayo pardo de montero, sujeto en el talle por un cinturón de vaqueta verde, prendido con un gran broche de latón; llevaba unos botines altos de paño, del mismo color del sayo y atacados hasta la rodilla, un capacete adornado de plumas blancas, y pendía de su cintura un largo cuchillo de monte.
En el momento en que su conversación empezó a interesar a nuestra historia, decía el primero al segundo:
-¿Puedo yo saber, Ferrus, cómo habéis dejado un solo momento el lado del poderoso conde de Cangas y Tineo?...
-Pardiez, señor Vadillo, me gusta más ver al jabalí en la brasa que entre la maleza: sobre todo desde que uno de ellos me rompió el año pasado junto a Burgos un rico sayo de vellorí que me había regalado el conde mí amo. Desde que me convencí, colgado de un roble, de que no había mediado entre su colmillo y mi persona más espacio que el que separa mi ropa de mi cuerpo, juré a todos los santos del paraíso no volver a ponerme en el camino de ningún animal de esa especie. Son tan brutos, que así respetan ellos a un rimador favorito del pariente del rey como a un montero adocenado. ¿Y puedo yo hacer la misma pregunta al señor Fernán Pérez de Vadillo, primer escudero de su señoría?
-Os habéis hecho harto curioso y preguntón, Ferrus. Respondedme antes a otra pregunta, y después veré de responderos a la vuestra, si me place. ¿Habéis visto un palafrén que acaba de llegar de Madrid cubierto de polvo y devorando tierra no hace medio cuarto de hora? ¿Habéisle conocido?
-Es Hernando, criado del Doncel.
-¿Y a qué vino?
-No lo sé, aunque lo sospecho. Me parece que su amo estaba encargado por el conde de una comisión particular... El maestre de Calatrava estaba en los últimos...
-Cierto... acaso habrá terminado sus días...
-Tal vez...
-¿Y qué podría tener eso de común con la venida de Hernando?
-Mucho; me temo que don Enrique de Villena anda hace tiempo acechando un maestrazgo.
-¿Sabéis que es casado?
-¿Puede ignorarlo, señor Fernán Pérez? Pero puedo asegurar a todo el que tenga interés en saberlo que don Enrique de Villena y su esposa doña María de Albornoz no son dos amantes...
-¡Chitón!, Ferrus, no estamos solos -dijo alarmado el primer escudero echando una ojeada de desconfianza hacia el paraje donde daba vueltas todavía sobre la brasa el ciervo, impelido del brazo del infatigable repostero.
-Tenéis razón, señor escudero. Nunca me acuerdo de que no es esa gente el mejor consonante para mis trovas.
-¿Y qué queréis decir con la proposición que habéis aventurado? -dijo acercándose a él Vadillo y con tono de voz apenas perceptible.
-Sólo sabré deciros -contestó Ferrus con igual misterio- que nuestros señores no duermen juntos...
-Brava ocasión para chanzas, Ferrus...
-¿Chanzas, eh? Dígalo la señorita Elvira, vuestra misma esposa, que no se separa un punto de la condesa...
-Coplero, ¿queréis hablar alguna vez con formalidad? ¿Y dejará de ser casado porque no haga vida común con ella?
-Decís bien, pero como allá van leyes... No os enojéis, haré por enfrenar mi lengua. ¿Sabéis la historia del rey don Pedro?
-¿Y bien?
-Casado estaba con doña Blanca de Borbón... y casó sin embargo con la Padilla...
-¿Y queréis suponer?... ¿Don Enrique sería capaz de imitar al Rey cruel?...
-¿No habría un medio de compostura sin necesidad de que muriese mi señora doña María? ¿No hay casos en que el divorcio?...
-Mucho sabéis.
-¿Pensáis que el rey Enrique III podrá negar muchas cosas a su tío don Enrique de Villena?...
-No; el prestigio de que goza en la Corte es demasiado grande.
-¿Y pensáis que el señor Clemente VII se expondría a perder la amistad y protección de Castilla y Aragón en su lucha con Urbano VI por tener el gusto de negar una bula de divorcio al conde de Cangas y Tineo?
-Por San Pedro, Ferrus, que tenéis cabeza de cortesano más que de rimador.
-Muchas gracias, señor Fernán. Algunos señores de la Corte que me desprecian cuando pasan delante de mí en el estrado de Su Alteza y que me dan una palmadita en la mejilla diciéndome: Adiós, Ferrus; dinos una gracia, podrían dar testimonio de mi destreza si supieran ellos...
-Entiendo; no estoy en ese caso.
-Yo estimo demasiado al primer escudero de mi amo para confundirle con la caterva de cortesanos, cuyo brillo me ofende y cuya insolencia provoca mi venganza.
-¿Y en qué estamos de Hernando y de su comisión? -interrumpió Vadillo dándole la mano y apretándosela como para dar a entender que aquel apretón de manos debía significar más que todas las frases vulgares que en semejantes casos se dicen.
-Ya he dicho que no sé sino que sospecho que el conde quiere ser maestre; que Hernando puede traer noticias de la salud de don Gonzalo de Guzmán y que esta noche no se acostará don Enrique de Villena sin haber aligerado y repartido la carga de su secreto, si tiene alguno; también quiero ser franco: tal puede ser él que no me sea lícito confiarle ni a vos mismo. Pero atended. ¿No oís?
-¿Qué es? -repuso el escudero escuchando.
-Es la señal de haber salido la pieza; ¿no oís los ladridos de los sabuesos y la gritería de los monteros?
-En efecto -dijo Vadillo-; salgamos, si es que no tenéis miedo también de ver a esta distancia la caza.
-Salgamos.
Pasaba efectivamente como a tiro de ballesta un horrendo jabalí perseguido de una jauría de valientes canes; ya dos de éstos habían probado sus agudas defensas, dando al viento su sangre y sus entrañas palpitantes; más de un montero, a punto de dar el golpe que hubiera terminado la ansiedad en que a todos los tenía la fiera, se había visto arrebatado fuera del sendero que ésta seguía por su caballo espantado. «Por el valle, por el valle se escapa», gritaban los ojeadores, y más de diez cuernos, resonando en medio del silencio de la selva, habían dado aviso a los impacientes cazadores que en el llano se hallaban guardando los pasos y salidas. Mucho menos tiempo del que hemos tardado en describir esta maniobra tardó en desaparecer a los ojos de nuestros pacíficos observadores por entre la espesura la encarnizada caterva, cuyos individuos apenas podían percibirse ya a tal distancia y a aquellas horas.
Perdíanse en lontananza los cazadores, y el ruido también de sus voces y sus bocinas, cuando salieron de la selva dos jinetes galopando a más galopar hacia las tiendas donde se aderezaba el banquete para la noche, que empezaba ya a convidar al descanso con sus frescas auras y sus tinieblas a los fatigados perseguidores de las inocentes reses del soto de Manzanares,
-¿No os dije yo -gritó Ferrus estirando el cuello y abriendo los ojos para reconocer a los caballeros- que la venida de Hernando nos traería novedades de importancia? Mirad hacia la derecha por encima de ese ribazo, allí, ¿no veis? Entre aquellos dos árboles, el uno más alto y el otro más pequeño... más acá, seguid la indicación de mi dedo... ahí... ahí...
-Sí, allí vienen dos galopando...
-¿No reconocéis el plumero encarnado del más bajo?
-Sí; él es...
-Hernando es el otro.
-¿Qué apostáis a que desde este momento se ha acabado ya la partida de caza?
-Sin embargo, sabéis que veníamos para cuatro días, y no llevamos sino tres.
-Enhorabuena: pues no vuelva yo a hacer una estancia ni a probar vino de Toro en la copa de mi señor si dormimos esta noche aquí... y voto va que si tal supiera diera principio a una pierna de esa ánima en pena que está purgando en la brasa las corridas inútiles que habrá hecho dar por el bosque a más de cuatro cazadores inexpertos -y lanzó un suspiro clavando sus ojos en el asador, vuelto de espaldas al sitio de donde venían los cabalgantes.
-¿Qué hacéis, Ferrus, ahí distraído? Apartad, apartad -gritó Vadillo, sacudiéndole por un brazo y desviándole del camino mal su grado.
En esto llegaban los jinetes a las tiendas, y mientras que el uno de ellos se adelantaba a apearse y tener de la brida el caballo del otro, Ferrus, ambicioso de servir el primero al recién llegado, ganó por la delantera al escudero y tomando el estribo con una mano, mientras que con la otra descubría su cabeza roja y ensortijada, acogió con su acostumbrada sonrisa de deferencia una rápida inclinación de cabeza y una ojeada de amistosa protección que le dispensó el caballero.
-Ya veo, Ferrus -le dijo éste al apearse-, que pudieras desempeñar ese oficio perfectamente si muriesen de repente todos los dignos escuderos de mi casa -y arrojó al descuido una mirada sardónica hacia el negligente Vadillo, que con el capacete en la mano e inclinando el cuerpo, esperaba sin duda a que le dejase algo que hacer el solícito poeta...
-No hay duda, señor -contestó Vadillo, apreciando en su justo valor el ligero sarcasmo del caballero-, que la costumbre de correr tras el consonante presta a los poetas cierta agilidad de que nunca podrá gloriarse un escudero indigno, aunque hijodalgo.
-Aunque hijodalgo -dijo entre dientes Ferrus, pero de modo que pudo oírlo el que era objeto de la consideración y respeto de entrambos-, cada uno es hijo de sus obras, y las mías pueden ser tan honradas como las del primer escudero de Castilla.
-Paz, señores, paz -dijo el caballero-; paz entre las musas y los hijosdalgo; en estos momentos he menester más que nunca de la unión de mis leales servidores -y quiso repartir un favor a cada uno para equilibrar el momentáneo desnivel de su constante amistad-. Cubríos, Vadillo; la noche empieza a refrescar y vuestra salud me es harto preciosa para sacrificarla a una etiqueta cortesana. Ferrus, toma ese pliego y cuando estemos en Madrid, me dirás tu opinión acerca de ese incidente que me anuncian; tú sabrás si es fausto o desdichado para nuestros planes.
Cogió Ferrus el pergamino y guardóle en el seno con aire de satisfacción, echando una mirada de superioridad sobre el desairado escudero; superioridad que efectivamente le daba la confianza que en público acababa de hacer de él su distinguido señor. Pero éste, atento a la menor circunstancia que pudiera renovar el mal apagado fuego de la rivalidad de sus súbditos, se apoyo en el brazo de su escudero y llevando a la izquierda al ambicioso juglar y detrás a Hernando con entrambos caballos de las bridas, penetró en una tienda, a cuya entrada quedó éste respetuosamente, esperando las órdenes que no debían de tardar mucho en comunicársele.
La tienda en que entraron, inmediata a aquélla donde hemos dicho que se aprestaban las viandas, se hallaba sencillamente alhajada; una alfombra que representaba la caza del ciervo, y alegórica por consiguiente a las circunstancias, ofrecía blando suelo a nuestros interlocutores; cuatro tapices de extraordinaria dimensión decoraban sus paredes o lienzos con las historias del sacrificio de Abraham, de la casta Susana sorprendida en el baño por los viejos, del arca de Noé y de la muerte de Holofernes a manos de la valiente y hermosa Judit. Una mesa artificiosamente trabajada de modo que pudiera armarse y desarmarse cómodamente para esta clase de expediciones y varias banquetas de tijera fáciles de plegar completaban el ajuar de aquella vivienda campestre y provisional; una cámara interior y reducida estaba ocupada por un lecho con su cubierta de seda labrada de damasco. Algunos arcos y ballestas suspendidas aquí y allí y varios venablos apoyados en los rincones, daban a entender a la primera ojeada el objeto de la expedición que en el campo detenía por aquellos días a su dueño. Una armadura completa que en el lugar preeminente se veía suspendida, manifestaba que la seguridad personal no era olvidada de los caballeros belicosos del siglo XIV ni aun entonces mismo que se entregaban a los placeres de una época pacífica y ajena de temores de guerra.
-Ferrus, partiremos inmediatamente -dijo el caballero a su confidente.
-¿Sin cenar, señor?
-¡Ferrus!
-Señor -interrumpió el juglar volviendo en sí de la distracción y falta de respeto a que había dado ocasión la mucha familiaridad que su amo le consentía-, si tus negocios han menester de mi ayuno y si mi hambre puede en algo contribuir a su buen éxito, marchemos...
-Naciste para comer, Ferrus; hago mal en creer que tengo un hombre en ti...
-Pero, gran señor, tú propio anduvieras acertado en restaurar tus fuerzas; el camino hasta Madrid es malo y largo, la noche oscura y Dios sabe si malhechores o enemigos tuyos esperarán a que pasemos para enviarnos en pos del maestre... si es que ha muerto -añadió acercándosele al oído- como presumo. ¿Qué mal puede haber en que nos pillen reforzados?
-En buen hora, bachiller, deja de hablar. Fernán Pérez, dispondréis que al rayar mañana el día se recoja la batida, y marcharéis conmigo lo más pronto que pudiereis. Ferrus, haz que nos den un breve refrigerio. Seguiré tu consejo.
No oye reo su indulto con más placer que el que experimentó Ferrus al escuchar la revocación de la cruel sentencia, que a dos largas horas de hambre le condenaba. En pocos minutos se vio cubierta la mesa de un limpio mantel labrado y un opíparo trozo de exquisito morcón curado al fuego se presentó ante los ávidos ojos de nuestros tres interlocutores. El hidalgo hizo plato a su señor, que no quiso acelerar para su servicio el fin de la caza, ni se curó de llamar a los dependientes, a quienes tales oficios de su casa estaban cometidos; la situación de su ánimo, devorado al parecer de secretas ideas y el deseo de permanecer en la compañía libre y desembarazada de aquéllos en quienes depositaba su confianza, redujo a dos el número de sus servidores en tan crítica situación. Luego que el hidalgo le hubo hecho plato y Ferrus servídole la copa:
-Sentaos -dijo- y cenad, Fernán Pérez, que bien podéis poner la mano en el plato de mi propia mesa. Sentóse respetuosamente al extremo de la mesa Vadillo y el favorito permaneció en pie a la derecha de su señor, recibiendo de su propia mano los mejores bocados que éste por encima del hombro le alargaba, como pudiera con un perro querido que hubiera tenido su estatura. Reíase Ferrus, empero, muy bien de esta manera de recibir los trozos de la vianda, a tal de recibirlos; sabía él además que lo que hubiera podido parecer desprecio a los ojos de un observador imparcial era una distinción cariñosísima que le colocaba sobre todos los súbditos del caballero. Sin mortificarle estas ideas dábase prisa a engullir morcón, sin más interrupción que la que exigieron las dos o tres libaciones que con rico vino de Toro, entonces muy apreciado, hacía de cuando en cuando el taciturno y distraído personaje, cuyo nombre y circunstancias singulares no tardaremos en poner en claro para nuestros lectores.
Acabóse la corta refacción sin hablar palabra de una parte ni de otra, sirviéronse las especias y púsose aquél en pie.
-Partamos.
-Paréceme, gran señor, que harías bien en armarte mejor de lo que estás, porque ¡vive Dios que no quisiera que se quedase España sin tan gran trovador! y...
-¡Chitón! Ponme en efecto esa armadura.
Quitóse un capotillo propio de caza, púsose una loriga ricamente recamada de oro sobre terciopelo verde: vistió una fuerte cota de menuda malla; ciñó una espada y calzó las botas con la espuela de oro, insignia de caballeros de la más alta jerarquía. Prevínose también contra la intemperie envolviéndose en un tabardo de velarte, y después que Ferrus se hubo armado, aunque más a la ligera, montaron en sus caballos y se despidieron de Fernán Pérez, encargándole sobre todo que en manera alguna dejase de estar a la mañana siguiente en la cámara de Su Grandeza a la hora común de levantarse; prometiólo Vadillo, besándole el extremo de la loriga, y al son de las cornetas de los cazadores que daban ya la señal de recogida a los monteros desparcidos, picaron de espuela nuestros viajeros seguidos de Hernando.
Ya era a la sazón cerrada y oscura la noche; no dicen nuestras leyendas que les acaeciese cosa particular que digna de contar sea. Ferrus trató varias veces de aventurar alguna frase truhanesca de aquéllas que solían provocar el humor festivo de su señor; pero el silencio absoluto de éste le probó otras tantas que no era ocasión de bufonadas, y que la cabeza del caballero, sumamente ocupada con las revueltas ideas a que había dado lugar el pliego que tan intempestivamente había venido a arrancarle del centro de sus placeres, estaba más para resolver silenciosamente alguna enredada cuestión de propio interés que para prestar atención a sus gracias pasajeras. Resignóse, pues, con su suerte, y era tanto el silencio y la igualdad de las pisadas de sus trotones, que en medio de las tinieblas nadie hubiera imaginado que podía provenir de tres distintas personas aquel uniforme y monótono compás de pies.
Dos horas habían transcurrido desde su salida de las tiendas, cuando dando en las puertas de Madrid, llegaron a entrar en el cubo de la Almudena, y dirigiéndose al alcázar que a la sazón reedificaba el rey don Enrique III en esta humilde villa, llegó el principal de los viajeros a su labio el cuerno, que a este fin no dejaba nunca de llevar un caballero, e hizo la señal de uso en aquellos tiempos; la cual oída y respondida en la forma acostumbrada, no tardaron mucho en resonar las pesadas cadenas, que inclinando el puente levadizo, dieron fácil entrada en el alcázar a nuestros personajes; dirigiéndose inmediatamente a las habitaciones interiores sin interrumpir el silencio de su viaje sino con el ruido de sus fuertes pisadas, cuyo eco resonaba por las galerías donde los dejaremos, difiriendo para el capítulo siguiente la prosecución del cuento de nuestra historia.
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Anónimo. |
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Hallábase concluida la parte principal del alcázar de Madrid y habitábala ya el Rey con gran parte de su comitiva siempre que el placer de la caza le obligaba a venir a esta villa, cosa que le aconteció algunas veces en su corto reinado.
Entre las habitaciones inmediatas a la de Su Alteza se contaban algunas de las principales dignidades de su corte, pero distinguíase entre todas la de don Enrique de Aragón, llamado comúnmente de Villena; este joven señor, uno de los más poderosos y espléndidos de la época, era tío del rey don Enrique III y descendiente por línea recta de don Jaime de Aragón. Su padre don Pedro, casado con doña Juana, hija bastarda de don Enrique II, y reina después de Portugal, había muerto en la batalla de Aljubarrota. Correspondíale de derecho a don Enrique el marquesado de Villena, que su abuelo don Alfonso, primer marqués de este título, a quien le dio don Enrique II, había cedido a su hijo don Pedro, reservándose sólo el usufructo por toda su vida. Pero habiendo el rey don Enrique III en su menor edad invitado al marqués don Alfonso a que viniese a ejercer su título de condestable de Castilla que le diera don Juan I, y habiéndose él negado con frívolos pretextos a tan justa exigencia, se aprovechó esta ocasión de volver a la corona aquellos ricos dominios, que como fronteros de Aragón no se creía prudente que estuviesen en poder de un príncipe de aquel reino. Diose en compensación a don Enrique el señorío de Cangas y Tineo, con título de conde, y su mujer doña María de Albornoz le había traído además en dote las villas de Alcocer, Salmerón, Valdeolivas y otras; con todo lo cual podía justamente reputársele uno de los más ricos señores de Castilla. No había pensado él nunca en acrecentar sus Estados por los medios comunes en aquel tiempo de conquistas hechas a los moros. Más cortesano que guerrero y más ambicioso que cortesano, había desdeñado las armas, para las cuales no era su carácter muy a propósito, y su afición marcada a las letras le había impedido adquirir aquella flexibilidad y pulso que requiere la vida de Corte. Las lenguas, la poesía, la historia, las ciencias naturales habían ocupado desde muy pequeño toda su atención. Habíase entregado también al estudio de las matemáticas, de la astronomía y de la poca física y química que entonces se sabía. Una erudición tan poco común en aquel siglo, en que apenas empezaban a brillar las luces en este suelo, debía elevarle sobre el vulgo de los demás caballeros, sus contemporáneos; pero fuese que la multitud ignorante propendiese a achacar a causas sobrenaturales cuanto no estaba a sus alcances, fuese que efectivamente él tratase de prevalecerse y abusar de sus raros conocimientos para deslumbrar a los demás, el hecho es que corrían acerca de su persona rumores extraños, que ora podían en verdad servirle de mucho para sus fines, ora podían también perjudicarle en el concepto de las más de las gentes, para quienes entonces como ahora es siempre una triste recomendación la de ser extraordinario. No dejaba de ser notado en él, a más de su ambición, cierto afecto decidido al bello sexo; y lo que era peor, notábase también que nunca se paró en los medios cuando se trataba de conseguir cualquiera de esos dos fines, que tenían igualmente dividida su alma ardiente y que ocuparon exclusivamente todo el transcurso de su vida.
Hallábase ricamente alhajada la parte que en el alcázar habitaba este señor; costosos tapices, ostentosas alfombras de Asia, almohadones de la misma procedencia, cuanto el lujo de la época podían permitir, se hallaba allí reunido con el mayor gusto y primor; ardían lentamente en los cuatro ángulos del salón principal pebeteros de oro que exhalaban aromas deliciosos del oriente, uso que habían introducido los árabes entre nosotros. A una parte del hogar se veía una mujer joven y asaz bien parecida, vestida con descuido a la moda del tiempo y sentada en una pesada poltrona, notable por su madera y por el mucho trabajo de adornos y relieves con que se había divertido el artista en sobrecargarla; descansaban sus pies en un lindo taburete, y se hallaba ocupada en una delicada labor de su sexo. Ayudábala enfrente de ella a su trabajo y a pasar las horas de la primera noche otra mujer todavía más sencilla en su traje y poco más o menos de su misma edad. Todo lo que la primera le llevaba de ventaja a la segunda en dignidad y riqueza, llevaba la segunda a la primera en gracia y en hermosura. Tez blanca y más suave a la vista que la misma seda, estatura ni alta ni pequeña, pie proporcionado a sus dimensiones, garganta disculpa del atrevimiento y fisonomía llena de alma y de expresión. Su cabello brillaba como el ébano; sus ojos, sin ser negros, tenían toda la expresión y fiereza de tales; sus demás facciones, más que por una extraordinaria pulidez, se distinguían por su regularidad y sus proporciones marcadas y eran las que un dibujante llamaría en el día académicas o de estudio. Sus labios algo gruesos daban a su boca cierta expresión amorosa y de voluptuosidad a que nunca pueden pretender los labios delgados y sutiles, y sus sonrisas frecuentes, llenas de encanto y de dulzura, manifestaban que no ignoraba cuánto valor tenían las dos filas de blancos y menudos dientes que en cada una de ellas francamente descubría. Cierta suave palidez, indicio de que su alma había sentido ya los primeros tiros del pesar y de la tristeza, al paso que hacía resaltar sus vagas sonrisas, interesaba y rendía a todo el que tenía la desgracia de verla una vez para su eterno tormento.
En el otro extremo del salón bordaban un tapiz varias dueñas y doncellas en silencio, muestra del respeto que a su señora tenían. Hablaba ésta con su dama favorita, pero en un tono de voz tal, que hubiera sido muy difícil a las demás personas, que al otro lado de la habitación se hallaban, enlazar y coordinar las pocas palabras sueltas que llegaban a sus oídos enteras de rato en rato, cuando la vehemencia en el decir o alguna rápida exclamación hacían subir de punto las entonaciones del diálogo entre las dos establecido.
-Elvira -decía doña María de Albornoz a su camarera-, Elvira, ¡cuánta envidia te tengo!
-¿Envidia, señora? ¿A mí? -contestó Elvira con curiosidad.
-Sí; ¿qué puedes desear? Tienes un marido que te ama y de quien te casaste enamorada; tu posición en el mundo te mantiene a cubierto de los tiros de la ambición y de las intrigas de la Corte...
-¿Y es doña María de Albornoz, la rica heredera y la esposa del ilustre don Enrique de Villena, quien tiene envidia a la mujer de un hidalgo particular?...
-¿De qué me sirve ser la esposa de ese ilustre don Enrique si lo soy sólo en el nombre? Mira lo que en este momento está pasando; tres días hace ya que partió a caza de montería; en esos tres días Fernán Pérez de Vadillo ha venido dos veces a ver a su mujer, y el conde de Cangas y Tineo prefiere a la vista de la suya la de los jabalíes y ciervos del soto. Elvira, si se hicieran las cosas dos veces, doña María de Albornoz no volvería a dar su mano a un hombre cuyos sentimientos no le fuesen bien conocidos, ¡maldita razón de estado!, a un hombre de quien no supiese con seguridad que había de ser el mismo con ella a los tres años que a los tres días.
-¿Dónde está, señora, ese caballero? -preguntó con distracción Elvira, lanzando un suspiro-. ¿Dónde está?
-¿Dónde está? -repitió asombrada la de Albornoz-. ¿Tan difícil crees encontrar un esposo que me ame más que don Enrique?
-Si me lo permitís, diré que no sería difícil; pero desde que un esposo os ame más que don Enrique hasta el hombre que buscabais hace poco hay la misma distancia que hay desde la idea imaginaria que del matrimonio os habéis formado, hasta la realidad de lo que es este vínculo en sí verdaderamente.
-No te entiendo, Elvira.
-¿Y me entenderíais si os dijera que hace tres años que me casé enamorada con Fernán Pérez de Vadillo, y que él no lo estaba menos según todas las pruebas que de ello me tenía dadas, y si os añadiese que ni yo encuentro ya en mi excelente esposo el amante por más que le busco ni él acaso encontrará en mí a la Elvira de nuestros amores?
-¿Qué dices?
-Acaso no podréis concebirlo. Es la verdad, sin embargo; estad segura, empero, de que en Castilla difícilmente pudierais encontrar matrimonio mejor avenido; él me estima, y yo no hallo en el mundo otro que merezca más mi preferencia. ¡Ah! señora, no está el mal en él ni en mí; el mal ha de estar o en quien nos hizo de esta manera o en quien exige de la flaca humanidad más de lo que ella puede dar de sí... Perdonadme, señora; no debiera acaso hablar en estos términos, pero sólo a vos confiaría estos sentimientos que quisiera mantener encerrados eternamente en mi corazón. La vida común, en la cual cada nuevo sol ilumina en el consorte un nuevo defecto que la venda de la pasión no nos había permitido ver la víspera en el amante, se opondrá siempre a la duración del amor entre los esposos. En cambio, una estimación más sólida y un cariño de otra especie se establecen entre los desposados, y si ambos tienen alternativamente la deferencia necesaria para vivir felices, podrá no pesarles de haberse enlazado para siempre.
-¡Qué consuelo derraman tus palabras en mi corazón, Elvira! Sí tú no te consideras completamente dichosa, creo tener menos motivos para quejarme; sin embargo, de buena gana te pediría un consejo que creo necesitar. Si tu esposo te insultase diariamente con su frialdad y su indiferencia nada menos que galantes, si tus virtudes no te bastasen a esclavizarle y contenerle en la carrera del deber...
-Redoblaría, señora, esas virtudes mismas; no sé si el cielo me tiene reservada esa amarga prueba; pero si tal caso llegase, fuerzas le pediría sólo para resistirla y para vencer en generosidad al mal caballero que con tan negra ingratitud premiase mi cariño y mi conducta irreprensible.
-Basta, Elvira, basta; seguiré tu consejo; está en armonía con mis propios sentimientos. Sí, la paciencia y la resignación serán mis primeras virtudes. ¡Ah, don Enrique, don Enrique! ¡Y qué mal pagáis mi afecto! ¡Y qué poco sabéis apreciar la esposa que tenéis!
-¡Tened, señora! ¿No oís la señal del conde? ¡No habéis oído una corneta?
-Imposible; llevan sólo tres días y fueron para cuatro.
-No importa; no he podido equivocarme; no, no me he equivocado; ¿oís las pesadas cadenas del puente?
-¡Cielos! No le esperaba. ¡Ah! estoy demasiado sencilla; Dios sabe si no será perdido el trabajo que emplee en adornarme.
-¿Qué decís?
-Sí; llama a mis dueñas.
Acercáronse dos dueñas de las que en la extremidad de la sala bordaban a la indicación que Elvira les hizo levantándose y prosiguió la condesa:
-Arreglad mis cabellos, pasadme un vestido con el cual pueda recibir dignamente a mi esposo; probablemente nos dará lugar; nunca que viene de fuera deja de dirigirse primero a la cámara del Rey para informarle de su llegada. Jamás me parecerá bastante todo el cuidado que puedo tener en engalanarme y aparecer a sus ojos armada de las únicas ventajas que nuestro sexo nos concede. Este mismo cuidado le probará el aprecio que hago de su amor; acaso vuelva en sí algún día avergonzado de su conducta, y acaso no se frustren estas esperanzas que ahora te parecen infundadas.
Llegaron dos doncellas que en el menor espacio de tiempo posible recogieron sus hermosos cabellos sobre su frente y los prendieron con una rica diadema de esmeraldas, sustituyendo asimismo al sencillo vestido que la cubría otro lujosamente recamado de plata.
-Llegad, Guiomar -dijo a una de sus sirvientes doña María de Albornoz-, llegad hasta el alabardero de la cámara del Rey y ved de inquirir si es efectivamente don Enrique de Villena el caballero que acaba de entrar en el alcázar, como tengo sobrados motivos para sospecharlo.
Inclinó Guiomar la cabeza y salió a obedecer la orden que se le acababa de dar.
-¿Puedes comprender, Elvira, la causa que me vuelve a mi esposo un día antes de lo que esperaba? ¿Acaso habrá amenazado su vida algún riesgo inesperado?
-No lo temas, señora. En el día y en este punto de Castilla ningún miedo puede inspirarnos ni el moro granadino ni el portugués, y por parte de los demás grandes, don Enrique está bien en la actualidad con todos. Acaso el Rey le habrá enviado a buscar; algún asunto de Estado podrá reclamar su presencia.
-Dices bien; me ocurre que la llegada del caballero que a todo correr entró esta mañana en el alcázar pudiera tener algo de común con esta sorpresa...
-¿Qué motivos tienes, señora, para presumir?...
-Motivos..., ninguno...; pero mi corazón me engaña rara vez; y aun si he de creer a sus pensamientos, nada bueno me anuncia este suceso.
-¿Pero sabes, señora, quién fuese el caballero?
-Hanme dicho sólo que venía con un su escudero de Calatrava.
-¿De Calatrava? ¿Y no sabes más?...
-Dicen que es un caballero que viene todo de negro...
-¿De negro?
-Quien me ha dado estos detalles ha dicho que no sabía más del particular; pero paréceme, Elvira, que te ha suspendido esta escasa noticia que apenas basta para fijar mis ideas. ¿Conoces algún caballero de esas señas?...
-No, señora... son tan pocas las que me das...
-Estás, sin embargo, inmutada...
-Guiomar está aquí ya -interrumpió Elvira, como aprovechando esta ocasión que la libraba de tener que dar una explicación acerca de este reparo de la condesa-: ella nos dará cuenta de...
-Guiomar -dijo levantándose doña María de Albornoz-, Guiomar, ¿es mi esposo quien ha llegado?
-Sí, señora, es don Enrique de Villena.
-Elvira, nuestros esposos.
-No, señora, viene sólo con su juglar y con el escudero del caballero del negro penacho, que llegó esta mañana al alcázar.
-Mi corazón me decía que tenía algo de común un suceso con el otro... ¿Y por qué tarda en llegar a los brazos de su esposa, Guiomar?
-Señora, no puedo satisfacer a tu pregunta: ni yo he visto a tu señor ni le han visto en la cámara del Rey todavía.
-¿No?
-Parece que se ha dirigido en cuanto ha llegado a preguntar por la habitación del caballero recién venido de Calatrava.
-¡Qué confusión en mis ideas! Despejad vosotras, siento pasos de hombres; ellos son; Elvira, permanece tú sola a mi lado.
Oíanse, efectivamente, las pisadas aceleradas de varias personas, y se podía inferir que trataban andando cosas de más que de mediana importancia, porque se paraban de trecho en trecho; volvían a andar y volvían a pararse, hasta que se les oyó en el dintel mismo del gran salón. Las dueñas y doncellas salieron a la indicación de su ama, y sólo la impaciente doña María y su distraída camarera quedaron dentro con los ojos clavados en la puerta que debía abrirse muy pronto para dar entrada al esperado esposo.
-Podéis retiraros -dijo al entrar don Enrique de Villena a dos personas de tres que le acompañaban, y saludándose unos a otros cortésmente, el conde con su juglar se presentó dentro del salón a la vista de su consorte anhelante.
-Esposo mío -exclamó doña María, previniendo las frías caricias de su severo esposo-. ¿Tú en mis brazos tan presto?
-¿Os pesa, doña María? -,contestó con risa sardónica el desagradecido caballero.
-¡Pesarme a mí de tu venida! Yo que no deseo otra dicha sino tu presencia y que sólo para ti existo.
-Y que sólo para ti me engalano, pudierais añadir, hoy que os encuentro tan prendida sabiendo que estoy en el monte.
-Y si sólo tu venida...
-Me es indiferente, señora...
-Indiferente... ¡Ah!... Venís a insultar como de costumbre a mi dolor y a mí...
-Acabad...
-Sí, acabaré... a mi necedad...
-Basta; no estamos solos, señora.
-¡Elvira! -dijo la de Albornoz, echando sobre su camarera una mirada de dolor.
-Te entiendo, señora... te esperaré en tu cámara.
Salió doña Elvira del salón por una puerta que daba a otra pieza inmediata, con rostro decaído, ora procediendo su abatimiento de la prolongación imprevista de la ausencia de su esposo, o, lo que es más creíble, de la esperanza chasqueada que de ver entrar al caballero de Calatrava había alimentado inútilmente.
-Ferrus, vos también podéis iros -dijo don Enrique a su juglar-; esperadme en mi cámara, pero haced retirar a todo el mundo; que se acuesten mis donceles y mis pajes; vos sólo podéis quedaros... tenemos que tratar materias en que no habemos menester testigos.
-Serás obedecido-dijo el juglar, y salió dejando a la de Albornoz retorciendo sus manos en medio de su desesperación y con los ojos clavados en el conde con cierto asombro, nada de extrañar en quien estaba como ella muy poco acostumbrada a tener con su esposo escenas solitarias como la que al parecer de intento la preparaba.
-Ya estamos solos -exclamó don Enrique levantándose-. Extrañaréis este paso sin duda, la de Albornoz... -Al llegar aquí calló como si no estuviera muy resuelto todavía a decir lo que traía pensado, y empezó a pasearse a lo largo con pasos tendidos y acelerados...
-Perdonadme si no os he respondido más pronto -contestó su esposa después de una ligera pausa-; creí que ibais a seguir hablando. ¿Deberé alegrarme de esta inesperada entrevista? ¿Por fin vuestro corazón, don Enrique, se ha rendido a mi amor? ¿Habéis pensado ya decididamente volver la paz al pecho de vuestra esposa y cortar de raíz las rencillas que han amargado hasta ahora nuestra desdichada unión?
-¿Desdichada?, maldecida debierais decir -murmuró entre dientes el conde, paseándose siempre sin volver los ojos una sola vez a mirar a su afligida mitad.
-Si tal es vuestro intento -continuó sin oírle la de Albornoz-, ¿qué tardáis en venir a los brazos de la mujer que más os ama y que no ha amado nunca sino a vos?... Desechad esa dura indiferencia... Si algún rubor de vuestra pasada frialdad os impide darme ese contento, yo os lo perdono todo.
-Perdón... -gritó fuera de sí el conde al oír esta palabra, que le sacó de su letargo-. Perdón... vos a mí. ¿Y sabéis antes si os perdono yo a vos?
-¡Santo cielo! ¡Qué palabras! ¿Pues en qué pude yo ser culpable jamás? ¿En amaros demasiado, en sufriros?... ¡Ah! perdonad, pero soy vuestra esposa y tengo derecho a vuestro amor, o por lo menos a vuestra consideración.
-No se trata ya de amor.
-¿Se ha tratado con vos alguna vez?
-Lo ignoro; sólo sé que ha llegado el caso de un rompimiento completo.
-¿Un rompimiento? ¡Desgraciada María!... ¿Y qué causa podréis alegar para tan indigna conducta?
-¡María! -gritó don Enrique.
-Sí, sacad el puñal todo; no os contentéis con apretarle en vuestra mano; aquí tenéis el corazón criminal que os ha querido bien; acabad de una vez con el único estorbo de vuestros intentos... De otra manera, don Enrique, jamás conseguiréis esa separación; yo quiero antes saber el motivo que os conduce a...
-Ya lo podéis haber conocido; el estudio que ocupa todas las horas de mi vida me impide que me entregue como debiera a la contemplación de una belleza terrenal... los hondos arcanos de las ciencias, el objeto importante de mis tareas misteriosas...
-¿Vos pretendéis embaucar como al vulgo de las gentes a vuestra misma esposa?... ¡Delirios!
-Bien, señora, pues que no os satisface esa respuesta, os diré secamente: mi voluntad.
-Para ese divorcio que pretendéis necesitáis de la mía.
-Y ésa es precisamente la que vengo a pediros...
-¿Yo dar mi consentimiento?
-Vos.... sí.
-Jamás.
-¡María! ¿Conoces mi furor? Tú me le darás...
-¡Ah!, vos ocultáis mal vuestra perfidia; vos amáis a otra; no, no puede tener otro origen ese extraño interés que manifestáis.
-¿A otra mujer? -interrumpió rojo de cólera don Enrique-. Cuando don Enrique de Villena pueda volver al estado de la estupidez y de la ignorancia de un ente que nace al mundo, entonces amará a una mujer...
-¡Mentís, don Enrique!...
-¿Mentís, María, habéis dicho? ¿Mentís?
-Nada temo ya; mentís como fementido caballero; yo os he visto más de una vez, yo os he visto profanar con miradas de iniquidad la faz más pura acaso y celestial que existe sobre la tierra; yo he leído en vuestros ojos el pecado, no me lo ocultaréis...
-¡Silencio!
-Los ojos de una mujer que quiere ven más de lo que pensáis los hombres insensatos e ignorantes en medio de vuestra sabiduría...
-¡Silencio, repito! -dijo con voz ronca don Enrique-. Oíd; quiero conceder vuestras gratuitas suposiciones: ¿pretendéis, imagináis vencer mi repugnancia a fuerza de amor? Si tanto sabéis, no podéis ignorar que vuestra solicitud sería inútil...
-Lo sé; dad gracias, don Enrique, a que no de ahora lo sé, y a que he llorado muchas lágrimas que han desahogado mi corazón; que de no, con mis propias manos yo os hiciera pagar...
-Teneos, María; y acabemos... Si lo sabéis, y si ya de mucho tiempo habéis consentido en ello, de nada servirá vuestra tenacidad; dadme vuestro consentimiento y retiraos a un monasterio. Los estados de Salmerón, Alcolea y Valdeolivas que me trajisteis al matrimonio pagarán espléndidamente vuestra dote.
-Nunca; lo sé, y sé que todos mis esfuerzos serán inútiles; cederé, sí, cederé a la fuerza de los sucesos; empero nunca pondré yo misma la primera piedra para el edificio de mi deshonra. Haced, don Enrique, lo que gustéis; pero puesto que queréis guerra, guerra os juro de muerte...
-María, es en vano; desprecio tus balandronadas; mira ese pergamino: tu firma hace falta al pie...
-Dejadme... Soltad...
-No os iréis sin firmarle.
-¿Cuál es su contenido?
-Una demanda de divorcio que pedís vos misma...
-¿Yo? Soltad.
-No -exclamó don Enrique deteniéndola con una mano, mientras le enseñaba el pergamino extendido sobre la mesa con la otra, en que relucía su agudo puñal.
-¡Nunca! ¡Socorro! ¡Elvira! ¡Elvira! -gritó la desesperada condesa huyendo hacia la cámara.
-Callad, o sois muerta -interrumpió con voz reconcentrada el conde, fuera de sí, arrojándose delante de ella para impedirle la salida-; callad o templad este puñal.
Pero ya era tarde: la condesa había llegado al colmo de su indignación, que estallaba en aquella coyuntura con tanta más fuerza cuanto mayor tiempo había estado comprimida en el fondo de su corazón. En vano procuraba taparla la boca su iracundo esposo imponiéndole repetidas veces la mano sobre los labios; no bien la separaba, sonidos inarticulados se escapaban del pecho de la condesa y resonaban por los ámbitos del salón; en balde trataba el conde de sujetarla a sus plantas, la condesa, de rodillas conforme había caído al querer huir, hacía inconcebibles esfuerzos por desasirse de aquellos lazos crueles que la detenían.
-¿No firmaréis? -repitió cuando la tuvo más sujeta don Enrique-. ¿No firmaréis?
En este momento se oyó una puerta que, girando sobre sus goznes ruidosos, iba a dar entrada en el salón a Elvira, que asustada acudía a las voces de su señora.
-Sí -gritó levantándose la de Albornoz animada con el ruido de la puerta, que hacía perder asimismo su posición opresora al conde-, sí, firmaré, firmaré -y añadiendo pero de esta manera, y precipitándose sobre el pergamino, lo arrojó al fuego inmediato, sin que pudiera evitarlo don Enrique estupefacto, a quien había quitado la acción la inesperada vista de Elvira.
-¿Qué tenéis, señora, que dais tantos gritos? -preguntó azorada Elvira, echando una mirada exploradora de desconfianza hacia el conde, que con los brazos cruzados, pero sin pensar en esconder el puñal, parecía su propia estatua enclavada en medio de su casa.
Arrojóse la condesa en brazos de Elvira sin tener aliento sino para exhalar tristísimos ayes y profundos suspiros y regar con abundantes y ardientes lágrimas el pecho de su camarera, donde ocultó su rostro avergonzado.
Volvió el conde al mismo tiempo las espaldas, sonriéndose con cierta expresión sardónica de desprecio y de indignación, y sin proferir una sola palabra que pudiese dar a Elvira la clave de lo que entre sus señores había pasado, anduvo varios pasos, escondió su puñal en la vaina y al llegar a la pared apretó con su dedo un resorte oculto en la tapicería, el cual cedió y manifestó una puerta de la altura y ancho de una persona, secretamente practicada en aquella parte. Por ella desapareció como un espectro que se hunde en una pared o que se borra y desvanece al mirarle detenidamente; que no otra cosa hubiera parecido el conde al espectador que le hubiera mirado estando ignorante de la salida misteriosa, la cual no dejó después de su desaparición la menor señal de fractura, raya o llave, por donde pudiese conocerse que no era obra de magia o de encantamiento.
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Floresta de var. rom. |
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La cámara de don Enrique de Villena, adonde vamos a trasladar a nuestro lector, era una rareza en el siglo XV. Una ancha y pesada mesa, que en balde intentaríamos comparar con ninguna de las que entre nosotros se usan, era el mueble que más llamaba la atención al entrar por primera vez en el estudio del sabio. Varios voluminosos libros, de los cuales algunos abiertos presentaban a la vista del curioso gruesos caracteres góticos estampados, o mejor diremos, dibujados sobre pulidas hojas de pergamino; un reloj de arena; un enorme tintero, cuyos algodones hubieran podido prestar zumo para varios tomos en folio; dos o tres lunas redondas, de aquellas con que solía surtir la reina del Adriático entonces a las personas ricas; algún espejo metálico girando sobre un eje a la manera de los modernos tocadores de las damas; varios instrumentos groseros de matemáticas, que el vulgo creía talismanes mágicos, y no pocos alambiques y redomas aplicables a usos químicos, si así podemos llamar a las confecciones misteriosas de los que en aquella época encanecían buscando la piedra filosofal o la esencia del oro; crisoles y aparatos sencillos, si bien costosos, de física, eran los objetos que cubrían la mesa que hemos procurado describir; veíanse a otra parte de la habitación armas ofensivas y defensivas, que, según la estima que en aquellos tiempos belígeros tenían, no dejaban nunca de verse en las cámaras de los caballeros; una lámpara de cuatro mecheros, suspendida del artístico artesón, y otra manual y más pequeña colocada entre la confusión de objetos que llenaban la mesa, iluminaban el laboratorio del conde de Cangas y Tineo.
Un enorme sillón de baqueta, donde hubieran podido sentarse cómodamente más de dos personas, completaba el ajuar del misterioso personaje de nuestros primeros capítulos.
En la noche a que nos referimos, y a una hora medianamente avanzada, consideradas las costumbres del siglo, se hallaba en aquella pieza un hombre solo, en quien el lector reconocerá al momento a Ferrus con sólo notar su sonrisa maligna y el aire de importancia y franqueza con que paseaba a lo largo y a lo ancho en una habitación de que ciertamente no era él el dueño. Después de un momento de pausa:
-Rui Pero -dijo en voz baja Ferrus-, Rui Pero.
A esta interpelación se manifestó otro hombre en la cámara.
-¿Habéis llamado, señor Ferrus?
-Sí; ¿se ha recogido todo el mundo?
-Sólo queda en pie el ballestero de la parte exterior de la puerta.
-Bien.
-Y yo, que, como camarero de nuestro amor, estoy aguardando su venida para prestarle los servicios de mi cargo.
-Es inútil; yo le serviré.
-Mirad que soy su camarero.
-Le serviré os he dicho; sé sus intenciones.
-En ese caso me retiraré.
-Es lo mejor que podéis hacer.
-Buenas noches, señor Ferrus.
-Esperad... decidme antes, ¿no habría algún paje cerca por si fuese necesario después servirse de una tercera persona?...
-Jaime ha quedado conmigo; está en la antecámara.
-Llamadle.
-Está bien.
-Id con Dios. Ya se fue... No sé por qué razón-dijo para sí luego que estuvo solo el juglar mirando a todas partes-, no sé por qué razón he de tener miedo, cuando estoy solo en esta cámara. Verdad es que nunca he podido comprender cómo hay hombres valientes, y eso que en más de un encuentro me he hallado yo mismo con el enemigo; pero puedo jurar que me da más miedo esta soledad que la compañía de diez moros y veinte portugueses en un día de batalla. Estas voces que corren de que mi amo es nigromante y este aparato... ¡Dios me valga! No tocaría a una redoma de ésas por mil cornados... ¿Quién sabe cuántas legiones de demonios podrán caber en cada una?,.. No será malo hacer la señal de la cruz y santiguarme... ¿Qué es esto?... ¡Ah!, no es nada; es mi sobrecapote, lo estaba pisando; hubiera dicho que tiraban de mí... Disimulemos el miedo; ya está aquí el paje: es preciso buscar un pretexto para estar acompañado.
A esta sazón entraba ya un pajecito que podría tener catorce o quince años todo lo más.
-El camarero dice...
-Sí, el camarero dice bien -interrumpió Ferrus sin enterarse y sin saber todavía qué pretexto suponer para justificar aquella intempestiva llamada- ¿Dormías, Jaime?
-Pesia mi alma si he podido en mi vida pegar los ojos en esta maldita cámara. El miedo me tiene más despierto que una liebre.
-¿El miedo?
-Pienso que puedo hablar francamente con el señor Ferrus y que no irá a decir a su señoría...
-Habla sin temor. «Vamos, el muchacho es de los míos» -dijo para sí el ingenioso juglar.
-Si va a decir verdad, puedo jurar por el salto que dio el Cid sobre la puerta de Burgos estando un día a caballo, según nos cuentan...
-Adelante.
-Puedo jurar que no veo sino espíritus del otro mundo... y a cada paso se me antoja que me arrebatan por los aires...
-¡Eh! -interrumpió Ferrus echando una mirada a todas partes-. ¡Bah!, niñerías, Jaime, niñerías; yo te creí hombre de más valor. ¡Qué valiente es uno -añadió para sí- cuando está con un cobarde!
-¿Niñerías? ¿Os parece, señor Ferrus, que cuando las gentes han dado en hablar de la magia blanca o negra, que ni aun eso quiero saber, de nuestro amo, no se lo tendrán bien sabido? Si hubierais de dormir, como yo, algunas noches tabique por medio con nuestro señor conde, ya me daríais noticias de las niñerías; y si no decidme, ¿con quién habla mi amo cuando no habla con nadie?
-Claro está, con nadie.
-Quiero decir cuando está solo.
-¿Y con quién puede hablar?
-¿Con quién ha de ser? Con el diablo que me lleve; ello es que habla, y que a él nadie le responde, y que se pasa las noches de claro en claro trabajando y afanado sobre esos cacharros que llama crisoles y rodeado de llamas, y que anda un olor tal, que Dios me perdone si se me pasa por la imaginación hacer conocimiento con el pomo de esencias de donde la saca... Venid aquí -añadió el barbilampiño cogiendo de la mano inesperadamente a Ferrus, que se estremeció al sentirse tocado en tan crítica circunstancia-; venid aquí, decidme qué significan esos garabatos que escribe sobre ese papel, y si no son signos diabólicos... ¡Mal año para mí sí quiero permanecer más tiempo al servicio del señor conde...! No, sino estéme yo aquí y lléveme el diablo mi alma una noche, sin tener arte ni parte en los productos que sin duda le dará a nuestro amo por precio de la suya. Os digo que no se pasarán tres días sin que me torne al servicio de mi hermosa prima Elvira. A lo menos allí no hay más hechizos que los de sus ojos.
-¡Tate! señor paje, ¿con que se os entiende también a vos de esotros hechizos?
-Os aseguro que no estoy para aplaudir vuestras gracias. Mirad bien esos caracteres.
-Bien, paje, pero no hay necesidad de acercarse tanto; verdad es que son raros; imagino, sin embargo -añadió el coplero afectando una indiferencia que estaba muy lejos de sentir-, imagino que ésos pueden ser versos, porque has de saber que el conde hace versos... y como ni tú ni yo sabemos leer ni escribir, acaso maliciemos...
-¡Voto va! ¡No sabéis escribir! ¿Pues no hacéis vos trovas también?
-Cierto que hago trovas, y las canto, que es más; empero no las escribo.
-¿Eh? ¿No digo yo que ésos serán encantos?... Mirad, Ferrus, os quiero porque nos soléis hacer reír en el hogar con vuestras sandeces, quiero decir con vuestras sales... yo os aconsejaría que imitarais mi ejemplo y os vinierais...
-Eso no, señor paje; paso, paso, que antes me dejaré llevar de todos los espíritus que tengan el menor interés en especular con mis huesos que abandonar a mi amo. Verdad es que no las tengo todas conmigo; pero todos los caballeros de la Tabla redonda, incluso el rey Artus, que se volvió cuervo, ni los doce de Francia, no me convencerán de que don Enrique de Villena es tonto, y si él sabe más que yo, quiero yo perderme cuando él se pierda...
-A la buena de Dios, señor Ferrus; mas ¿no oís pasos?
-¡Santo cielo! -exclamó Ferrus- ¡Ah! sí, es don Enrique; sí, será don Enrique; vete retirando... poco a poco... ¡Jaime! Más despacio; pudiera ser que no fuese él...
Miraba atento Ferrus a la parte de donde provenía el rumor, a tiempo que el paje, de suyo poco inclinado a esperar aventuras de ninguna especie y menos de aquella a que él se figuraba pertenecer la que se presentaba, se había puesto ya en salvamento en la antecámara, donde le parecía que no estaba tan al alcance de los perniciosos efectos de las maléficas redomas que tanto temor le infundían. Santiguábase allí a su placer y dábase prisa a besar una santa reliquia que en el pecho para tales ocasiones llevaba, con más fervor que besaría un enamorado la blanca mano de su Filis dejada al descuido entre las suyas.
Miraba atento Ferrus, y no esperaba nada menos que el ver alguna desmesurada fantasma o ridículo endriago que viniese a pedirle cuentas de su mal pasada vida. Abrióse, por fin, una puerta tan secreta como la que en nuestro capítulo anterior hablando del salón dejamos descrita, y se presentó a los ojos del espantado confidente la persona del mismo don Enrique, a la cual daba cierto aire nada tranquilizador la escena que acababa de pasar entre él y su desdichada esposa, la de Albornoz.
-¡Maldita tenacidad! -entró diciendo con voz iracunda el enojado conde, sin reparar en su medroso confidente, ni menos acordarse de la orden que de esperarle en su cámara le tenía anteriormente conferida-. Mal conoce a don Enrique el desdichado que pretende atravesarse en el camino de sus planes -añadió acercándose a la mesa-; resiste, infeliz, resiste mañana todavía, y conocerás bien pronto quién es don Enrique de Villena.
-Señor, perdonadme si os he ofendido -exclamó hincándose de hinojos el espantado Ferrus e interpretando contra sí el sentido de las últimas palabras del conde, únicas que había oído distintamente- Perdonadme...
-¡Ah!, ¿estás ahí? -dijo don Enrique volviendo en sí-. ¿Qué haces en esa postura? ¿Rezas, insensato?
-Sí, gran señor, insensato, pero te juro que mi intención es buena.
-Alza, ¿has perdido el juicio? Bien que nunca le tuviste. Alza, miserable, ¿no sabrás distinguir jamás cuándo es ocasión de farsas y cuándo no?
-Dios me perdone -dijo levantándose Ferrus-; Dios me perdone mis muchos pecados. Dame tus órdenes y te probará tu esclavo si desconoce la oportunidad de servirte.
-¿Estás solo?
«Solo con mi miedo», iba a decir el intempestivo juglar, pero el gesto mal encarado de su amo le recordó lo que acababa de decirle en aquel tono que tiene tanto prestigio sobre las almas débiles.
-Solo, señor -pronunció titubeando-. Jaime es el único que vela en la antecámara.
-Dale las señas de la habitación del caballero que ha llegado esta mañana de Calatrava. Que llegue a ella, que dé tres golpes y que pronuncie mi nombre en voz baja; nada más. Es señal convenida.
Salió Ferrus a obedecer la orden de su señor, y no tardó mucho en volver a entrar con la noticia de que quedaba desempeñada su comisión con el mismo celo de que tantas pruebas tenía dadas.
-En buen hora, Ferrus. Llégate más cerca y habla bajo. Conozco tu celo, y tú conoces mi poder. Hasta la presente creo haberte recompensado más allá de tus esperanzas, y aún más allá de lo que tus méritos exigían.
-Estoy harto pagado con el honor de servirte -dijo el astuto juglar.
-Bien, dejemos lisonjas que tú no crees ni yo tampoco; toma esas monedas; cada cornado que aceptas debe pesar mas que el plomo en tu bolsillo si piensas faltarme algún día; del plomo sabría hacer oro si lo hubiese menester; pero también del oro sabré hacer fuego si tu conducta...
-Ofendes a Ferrus, señor.
-Quiero creerlo así; escucha, dame el pergamino que te he confiado. Bien. El maestre de Calatrava ha muerto; ésta es la nueva que aquí me dan.
-Dios le haya perdonado y tenga su alma...
-Bien; ésas no son cuentas nuestras. Atiende primero, luego le encomendarás; en el estado en que está puede esperar mucho tiempo; lo mismo es hoy que mañana. Nadie sabe en la Corte todavía este importante suceso. El doncel favorito de Enrique III ha llegado a darme este aviso, y no ha descansado desde Calatrava hasta Madrid. Es preciso ser gran maestre de Calatrava antes que nadie piense en pretenderlo.
-Tendrás, señor, por enemigo a don Luis Guzmán, sobrino del muerto.
-Despreciable enemigo-, otro tengo más cerca, Ferrus, y más temible.
-¿Más temible y más cerca?
-Sí, más cerca y más temible. Soy casado.
-Cierto que es mal enemigo la mujer propia...
-El instituto de la orden exige voto de castidad.
-También es mal enemigo ese voto.
-Tregua a las chanzas, Ferrus. No es el enemigo el voto, ni en eso pudiera yo pararme. Pero ¿cómo combinar ese voto con mi estado?
-No serás el primero que se haya divorciado; yo te citaré ejemplos...
-Ninguno ignoro, y el paso ya le he dado, pero inútilmente; he levantado la caza y he perdido el rastro. La de Albornoz ha dado en el más raro desatino que se pudiera imaginar: ama a su marido y es constante.
-Con todo, es mujer.
-Desgraciadamente, como hay pocas.
-¿Es posible?
-Y sin embargo es preciso buscar un medio.
-Quedóse un momento pensativo el conde, como hombre que busca en su imaginación agotada algún arbitrio, o que espera en la inacción que la casualidad le presente alguna idea luminosa que él se siente desesperado ya de encontrar.
Ferrus discurría en tanto más de prisa, y aun un buen fisonomista, al ver sus ojos inciertamente fijos en el conde y sus labios moverse por sí solos maquinalmente, hubiera conocido cuán importantes reflexiones ocupaban su cabeza, que era en realidad mejor y mas firme de lo que a él le convenía aparentar. Bajo el velo de una lealtad ciega y de una estupidez atolondrada, ocultaban vastos planes, que sin duda hubiera llegado a realizar si la educación ignorante que había recibido en la clase ínfima de la sociedad no le hubiera rodeado de preocupaciones y supersticiones vulgares que continuamente se atravesaban como obstáculos insuperables en el camino de su ambición. En una palabra, no era el malvado bastante impío para las exigencias de su ambición. Ya hacía tiempo que varias conversaciones que había tenido con el conde le habían iluminado acerca de sus miras de alcanzar un maestrazgo; porque es de advertir que Villena, acostumbrado a no ver en Ferrus sino un juglar grosero e incapaz de planes para sí, lo tenía a su lado y en su favor con preferencia a cualquier otro; contaba con que era bueno para ejecutar, y a la par incapaz de penetrar los motivos de sus acciones, las cuales no siempre los tenían tan buenos que pudiese él gustar de que por el conducto de algún incauto o taimado confidente llegase el público a saberlos. Hacíase el conde, además, la doble ilusión tan común en los hombres, y especialmente en los de talento, de creer que era sumamente dificultoso escudriñar las causas de sus acciones y encontrar el hilo de sus intrigas. Así que, en muchas ocasiones en que no esperaba nada de la inventiva de su confidente, contábale, sin embargo, sus cuitas y hablaba alto delante de él, depositando en el taimado Ferrus sus más importantes secretos con la misma tranquilidad con que deja un moro sus pecados en el agujero practicado para el descargo de su conciencia. Si quería Ferrus influir en las determinaciones de su señor, soltaba las ideas que a su entender había de aprovechar; pero soltábalas como ideas ocurridas al acaso, sin plan ni conocimiento y riéndose él primero de su supuesto desatino; tenía de este modo la habilidad de hacer que creyese don Enrique que eran suyas propias las ideas que más de una vez le hacía él solo adoptar. Las más veces se contentaba con escuchar, afectando una completa inmovilidad e indiferencia en sus facciones, actitud que le favorecía mucho para no perder una sola palabra; y en estas ocasiones se hubiera creído que don Enrique y su juglar eran un solo ente compuesto de dos personas: la una sublime e inteligente que debía discurrir, hablar y proponer, y la otra material y brutal encargada de escuchar.
En la circunstancia actual revolvía Ferrus aceleradamente en su imaginación las ventajas que de lograr Villena el maestrazgo le podrían resultar, y cierto que no eran pocas. Don Enrique de Villena era rico por sí, es verdad, pero la pérdida de su marquesado de Villena le había privado de un sinnúmero de castillos y vasallos, y su condado de Cangas y Tineo estaba casi en su totalidad reducido a tener bajo su jurisdicción dos o tres de los mejores montes de oso de toda España. Las posesiones que su mujer le había traído en dote eran pingües mas nunca había querido contar con ellas como cosa suya, porque habiéndose llevado siempre mal con la de Albornoz, conocía que tarde o temprano había de llegar entre ellos el punto de una eterna separación, y el caso por consiguiente de restituir lo que sólo en calidad de dote había recibido. Los maestres de las tres órdenes militares de Santiago, Calatrava y Alcántara eran entonces tres potentados a quienes sólo la corona faltaba para poderse llamar reyes. Una infinidad de riquezas, castillos y vasallos no reconocían otro dueño, y su inclinación a cualquier partido hacía un contrapeso casi imposible de vencer por el mismo Rey con todo su poder.
Todo esto sabía Ferrus, y bien se le alcanzaba que cuanto creciese en gloria su señor crecería el en poder, y aun ¿quién sabe si habría concebido entre sus miras ambiciosas la de ser armado algún día caballero y verse alcaide de alguna fortaleza o clavero de la orden o aun algo más, si el viento le soplaba en popa como hasta la presente le había felizmente acontecido? Resolvió, pues, en su corazón poner de su parte cuantos medios estuviesen a su alcance para derribar el obstáculo que la de Albornoz presentaba a su futura grandeza, sin hacer escrúpulo alguno hasta de perderla si fuese preciso recurrir a medios violentos, que al parecer no debía tener adoptados todavía su agitado esposo. Quiso, sin embargo, explorar el campo y soltar alguna expresión por donde pudiera conocer la firmeza del terreno en que iba a aventurar su pie mal seguro.
-Es preciso buscar un medio -repitió don Enrique después de otra pausa de inútil reflexión.
-Si mi mujer, gran señor, se empeñara en estar casada conmigo a la fuerza, o me fingiría impotente...
-¿Estás loco? ¿Impotente?
-¿Crees, señor, que ella resistiría a esa prueba?... o... hallaría algún medio para que se quitase ese obstáculo por el mismo término que se nos ha quitado el obstáculo del maestre.
-¿Qué quieres decir?... -dijo espantado don Enrique.
-¡Eh! -dijo Ferrus, afectando una risa estúpida-. Digo que si yo, hablo de mí no más, si yo supiera hacer del plomo oro, como ha un rato me has dicho, también sabría hacer de los vivos muertos -y clavó sus ojos en los del conde para explorar el efecto que había producido su expresión, bien como el muchacho, después de haber tirado la piedra, anda buscando con los ojos en el espacio el punto que debe marcarle el alcance de su tiro.
-Lejos de mí semejante idea; si la separación es imposible, no seré maestre; pero recurrir a una violencia, nunca; todavía no he manchado con sangre mi diestra; si la intriga no basta, no llamaré al puñal ni al veneno en mi socorro.
-¿La intriga? -repitió vagamente el juglar, convencido de que había aventurado demasiado- ¿Sabes, señor, que si me das licencia yo he de encontrar de aquí a poco una intriga que te plazca? Tengo una idea; ya sabes que soy un necio, o poco menos, pero acaso el espíritu que suele protegerte se valga de este medio grosero e indigno de tu grandeza para poner en tus manos el deseado maestrazgo.
-¿Tú, Ferrus?
-Yo, señor; repito que tengo una idea...
-¿La impotencia de que me has hablado? Cierto que la impotencia es un pretexto, excelente; en el último caso... -dijo para sí don Enrique-, ¿quién se atrevería a probarme lo contrario? ¿Es esa impotencia de que has hablado? ¿Ese medio que me pondría en ridículo y...?
-Mejor aún.
-¿Mejor? Habla, Ferrus, habla; te lo mando: me debes tu existencia, tus ideas.
-¿Y si me engañan mis esperanzas?... ¿Si...?
-Habla de todos modos.
-Si quieres que declare mi proyecto necesito callar un momento y meditarlo.
-¡Mentecato! ¡Necio de mí en creer que de esa cabeza pueda salir una sola idea luminosa!
-¡De esta cabeza! -repitió por lo bajo Ferrus-. ¡Orgulloso conde! ¿Quién sabe si de ella saldrá un día tu ruina? -y añadió en voz alta-: Si me concedes el permiso de callar, ilustre conde, y el de retirarme en el acto, el maestrazgo es tuyo.
-¿Mío? ¡Imbécil! Y si estoy siendo juguete de una ilusión y de una quimérica esperanza, juglar, si me haces perder momentos preciosos, ¿qué castigo te sujetas a sufrir?
-La caída de tu gracia, el sentimiento de no haberte podido servir; ¿te parece tan ligero? -contestó Ferrus con serenidad.
Este cumplimiento lisonjero del hipócrita desarmó enteramente al conde.
-Bien -dijo-, te doy permiso; una sola condición quiero imponerte: supuesto que nada me ocurre a mí propio que pueda ser de provecho en tan crítica circunstancia, quiero probar tu entendimiento. ¿Sabes empero lo que es la vida? ¿Sabes lo que es mi honor? Respeta la primera en la víctima y el segundo en tu amo; ¿te acomoda esta condición?
Una inclinación de cabeza manifestó el asentimiento del juglar.
-En buen hora; adiós -dijo el conde levantándose-. Ferrus, vida y honor; si infringes los tratados, tu sangre me responderá de tu malicia o de tu ignorancia y pagarás cara tu loca presunción; serás la primera víctima que podrá acusarme de haber borrado un ser de la lista de los vivientes.
Otra inclinación de cabeza, su elocuente silencio y la resolución con que Ferrus salió de la cámara, tranquilizaron algún tanto al inquieto Villena, si bien poco o nada esperaba de la inventiva del juglar.
Volvióse a su sillón después de la marcha del confidente, ora calculando qué esperanzas podía fundar en su jactancia y seguridad, ora queriendo adivinar los proyectos del loco, ora disponiéndose, en fin, a otra entrevista que debía tener aquella noche misma con un personaje nuevo, que en el siguiente capítulo daremos a conocer a nuestros lectores; entrevista que él creía antes que todo, y antes que el descanso de sus miembros fatigados, necesaria al buen éxito de sus ambiciosas intrigas.
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Romance del rey Rodrigo. |
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Hacia otra parte del alcázar de Madrid, y en un aposento que a su llegada se
había secretamente aderezado por las gentes de Villena, descansaba, reclinado en
un modesto lecho, un caballero a quien no permitía cerrar los ojos al sueño un
amargo pesar, de que eran claros indicios los hondos y frecuentes suspiros que
del pecho lanzaba.
Algo apartado de él aderezaba una ballesta con aquel silencio de deferencia propio de un inferior, y a la luz de una mortecina lámpara que sobre una mesa ardía, aquel mismo Hernando que tan intempestivamente había distraído de la caza al conde de Cangas y Tineo, según en el primer capítulo de nuestra verídica historia dejamos referido.
A los pies de entrambos dormía un soberbio can, de la familia de los alanos, y su inquietud y sus sordos e interrumpidos ronquidos, único rumor que en medio del profundo silencio variaba la monotonía de los suspiros de su amo, daban lugar a sospechar que soñaba acaso hallarse en persecución de algún azorado jabalí en medio del monte enmarañado.
-Hernando -dijo por fin el angustiado caballero-, mañana habremos de madrugar para partir con el alba; recógete y descansa.
-¿Y tú, señor? ¿No tañerás de acogida? -respondió Hernando.
Debemos advertir para la más fácil inteligencia de nuestros diálogos sucesivos, que Hernando, hijo de un montero de don Juan I, y montero él mismo, sólo vivía en la caza y en el monte, y así pensaba él en hablar otro lenguaje que el de la montería como por los cerros de Úbeda. No conocía más amistad que la que con los venados del monte hacía tantos años tenía establecida, ni más amor que el de su fiel Bravonel -tal era el nombre del poderoso alano que a sus pies roncaba-, al cual distinguía de todos los demás perros que a la sazón en la corte de don Enrique tenían nota de valientes, no sólo por su constancia en seguir y acosar días y noches enteras a la res, sino también por el conocimiento extremado con que buscaba la osera y escatimaba el rastro y levantaba al oso donde quiera que estuviese escondido.
Pagábale, en verdad, el leal Bravonel con usura su marcada afición, y conocíase esto más que en nada en no querer recibir el alimento sino de la propia mano del laborioso montero. Sólo se le conocía a Hernando un flaco, que contrapesaba casi siempre con ventaja el cariño que a su perro tenía, a saber, la fidelidad a su amo, único hombre a quien manifestaba respeto y deferencia, y para quien moderaba y suavizaba la condición agreste que en los bosques se había formado con no poco perjuicio de sus adelantos e intereses, pues solía responder a un cumplimiento con palabras tan duras y ofensivas como la ballesta que en la diestra llevaba las más horas del día, en muestra de su pasión montaraz. Con esta pequeña digresión, que en vista de su importancia nos perdonarán fácilmente nuestros lectores, estarán más éstos dispuestos a interpretar la técnica jerigonza con que entreveraba los más de sus discursos y conversaciones.
La pregunta que acababa Hernando de dar por respuesta al taciturno caballero, no tardó en obtener una contestación aclaratoria de la situación del espíritu de aquél a quien se dirigía.
-Nunca, Hernando, nunca -repuso el atribulado señor-, nunca encontrará el reposo entrada en mis párpados desvelados. Mañana al lucir el día partiremos de nuevo para Calatrava, si esta noche, como lo espero, queda concluida la comisión que a Madrid nos ha traído. ¡Si tú supieras cuánto me pesa la atmósfera en la inmediación de!...
Al llegar aquí detuvo la lengua el caballero como si hubiera temido haber dicho ya demasiado con respecto al secreto que tanto en su corazón pesaba.
-¿Y hemos de seguir atados a la traílla del conde? Por el soto de Manzanares te aseguro que no comprendo cómo un caballero que ha seguido siempre el sonido de la bocina del buen rey Enrique puede vivir contento andando al monte del nigromante de...
-Silencio, Hernando; haces mal en ofender al conde de Cangas con esas voces que el vulgo ha adoptado tal vez con sobrada ligereza. Verdad es que soy doncel de Su Alteza; empero aceptando el encargo del conde, aprovechaba el único medio que a la sazón tenía para desembarazarme de la confusión de la Corte, que aborrezco.
-Sólo desde que levantaste la caza... porque antes la amabas como yo amo el monte.
-Como quieras; no por eso dejará de ser verdad que en el día la aborrezco. La muerte es la que me espera en la Corte; una estrella fija que la acompaña siempre y que luce en medio de ella como Venus entre los demás planetas, deslumbra mis débiles ojos... La afición que desgraciadamente me ha tomado el Rey no hubiera permitido que yo me separase con ningún pretexto de esa Corte, donde he de encontrar mi perdición, a no haberle alegado su mismo tío el de Villena, a quien nada puede negar, la falta que de mí tenía. Supe que el conde necesitaba un emisario en Calatrava, fingí adaptar mi carácter al suyo, y aceptó mis servicios. Y he pretendido que esta venida se mantuviese oculta a todo el mundo, y así he exigido de don Enrique, porque si el Rey supiera mi estancia en su propio palacio, no me sería tan fácil volver al lugar apartado donde la distancia de la causa de mis penas me pone a cubierto de los peligros que su inmediación me prepara.
-Confieso, señor, que no entiendo tu manera de cazar. ¡Voto va! Cuando yo sé que hay venado en el monte, en vez de salirme de él, cada vez me interno más en la maleza, y o perezco en la demanda, o salgo con la res.
-Bien, Hernando; pero el venado de los montes donde cazas es tuyo y de todo el que tiene perros para levantarle.
-¿Tiene, pues, dueño el venado que has visto? Te asiste entonces sobrada razón. Nunca he metido mis sabuesos en monte ajeno ni vedado. A quien Dios se le dio, San Pedro se le bendiga. Pero en justa compensación, ¡ay del que hiciera resonar una bocina en monte de mi señor! Mi fiel Bravonel, que duerme ahora descansadamente, y la punta de mí venablo, le enseñarían la salida y le sabrían obligar a tañer de sencilla.1
-Hernando, calla, calla por Dios y por Bravonel.
No sabía el tosco montero, poco cortesano, cuán adentro había entrado en el corazón de su señor su última alegoría, más despedazadora que el agudo acero de su mismo venablo.
-Callaré; pero antes he de decir que el montero que pasa por monte vedado, si el diablo le tienta para escatimar el rastro, ha de apretar los ijares al caballo e irse a monte suyo. ¡Voto va! que hay venados en el mundo y no se encierra en un monte solo toda la caza de Castilla. Yo quiero darte el ejemplo. ¿Te parece que no habrá sufrido Hernando cuando ha oído esta tarde en medio del monte las bocinas de sus amigos, y cuando en vez de aderezar la ballesta ha tenido que contentarse con sacar del bolsillo un inútil pergamino, y volverse como perro cobarde con las orejas agachadas y sin siquiera ladrar por obedecer a su amo?
-Seguiré tu consejo, Hernando -repuso el caballero lanzando un suspiro-, le seguiré, y con la ayuda de Dios y de mi buen caballo, estaremos al alba fuera de Madrid. Recógete, pues, Hernando, y descansa.
No había acabado aún de hablar el resuelto caballero, cuando levantándose Bravonel sobre sus cuatro patas, abrió una boca disforme, lamióse los labios, agitó la cola, y sacudiendo las orejas, acercóse a pasos lentos y mesurados a la puerta, como dando muestras de oír algún rumor que reclamaba su atención y vigilancia. No tardó mucho en romper a ladrar después de haber imitado un momento por lo bajo el sordo y lejano redoble de un tambor.
-Bravonel -dijo Hernando acercándose y dándole una palmada en el lomo-, vamos, ¿qué inquietud es ésa? No estamos en el encinar. ¡Vamos, silencio!
Lamió las manos de Hernando el animal, más tranquilo ya con el tono seguro y reposado de su amo, y de allí a poco tres golpecitos iguales y misteriosos sonaron en la puerta, que Hernando se acercó a abrir, preguntando antes quién a semejante deshora venía a turbar el reposo de los caballeros que habitaban aquella parte del alcázar. -
-Don Enrique de Villena -respondió en tono algo bajo una voz mal segura que delataba la corta edad del que la emitía.
-Abre, Hernando; es la señal -dijo en oyéndola el caballero, y se levantó del lecho donde yacía vestido-; abre y retírate. ¡Lléveme el diablo si no quiero reconocer esta voz, y si comprendo por qué es éste el emisario de don Enrique!
Abrió Hernando la puerta, y Jaime el pajecillo, a quien enviaba el conde de Cangas y Tineo, entró en el aposento, manifestando bien a las claras cuánto gusto tenía en poner término al miedo que se había acrecentado en él al recorrer las escaleras oscuras y largos corredores poco alumbrados del espacioso alcázar de Madrid.
Retiróse Hernando, obediente a las indicaciones de su señor, y con él el terrible alano, a cuya vista se había detenido algún tanto el azorado paje en el dintel de la puerta. No bien hubieron desaparecido los dos inoportunos testigos, cuando alzando la cabeza el caballero y alzándola el paje, entrambos a dos quedaron inmóviles dudando aún de la identidad de la persona que cada uno de ellos en frente de sí veía. Revolvía el primero en su cabeza mil ideas encontradas; dudaba si sería aquél el emisario de don Enrique, y reflexionaba si podría haber dado la señal convenida, sin saberla, por una casualidad posible, si bien no probable. En este último caso pesábale de que aquél más que otro supiese de su repentina llegada.
El paje fue el primero que volvió del estupor en que su agradable sorpresa le había puesto, y arrojándose casi en brazos de su interlocutor:
-¿Vos en Madrid? ¿Sois vos, señor Macías? -exclamó.
-¡Silencio, paje indiscreto, silencio! -dijo el caballero, separándole con extraña frialdad, que cortó la manifestación de su alborozo-. Hay más gente que nosotros en el castillo, y las paredes oyen, y oyen más que las mujeres.
-¡Ah! perdonad, señor... señor Ma... no os sé llamar de otra manera; como me daba tanto gozo pronunciar vuestro nombre, no creí que podría ser malo... Pero ya veo que habéis mudado de amigos, y no sois el que antes erais. Bien dice mi hermosa prima Elvira que no hay afecto que dure, ni hombre constante... Me voy, me voy.
-Detente, paje; has hablado demasiado para no hablar más. ¿Dice eso tu prima Elvira? ¿Cuándo? ¿A quién lo dice? ¡Habla! -repuso el caballero, a quien llamaremos por su nombre de aquí en adelante, supuesto que ya nos le ha revelado el imprudente paje-; habla -repitió asiéndole fuertemente de un brazo, no pudiendo disimular la vibración de la cuerda principal de su corazón, herida fuertemente por el muchacho.
No sabía el paje si su antiguo amigo, como le había llamado, había perdido el juicio; mirábale de alto abajo y sonriéndose por fin le contestó:
-Os preciáis de invencibles los caballeros, y ved aquí que una sola palabra de un pobre paje ha alterado toda la serenidad de un doncel tan cumplido como el trovador M..., no tengáis miedo, no lo volveré a pronunciar. Pero veo en el calor con que habéis oído mis palabras -añadió maliciosamente- que tomáis todavía algún interés por vuestras antiguas conexiones.
-¿Te complaces en atormentarme, paje? ¿De parte de quién vienes? ¿Qué te trae aquí? Si es quien tengo motivos para sospechar, dilo presto; nunca enviado alguno habrá logrado una recompensa más brillante.
-Os equivocáis. Guardad la recompensa para mejor ocasión.
-¡Cielos! -exclamó Macías-. Bien que... -añadió para sí-, ¿no ignora mi venida? ¿Y no es mi voluntad que la ignore? ¿Te envía el infierno para abrir mis heridas mal cicatrizadas?
-Bien podéis decir que me envía el infierno, porque vengo de parte de su mayor amigo.
-¿Estás loco?
-Del nigromante. ¿No me entendéis?
-¿Es posible que el conde no pueda destruir esa voz injuriosa que corre de él y crece de día en día?
-Buenas trazas lleva de querer destruirla, y ha alhajado su gabinete por el estilo del de el físico de Su Alteza, el judío Abenzarsal, y se andan a la magia de mancomún...
-¡Silencio otra vez! Dejemos la magia y el judío y el nigromante. Respóndeme, paje. ¿Y por qué te envía a ti don Enrique de Villena? No me había dicho que serías tú su emisario.
-Os lo diré si me soltáis este brazo, que me va doliendo más de lo que es menester; no os acordáis que tengo quince años. Si el brazo fuera de mi prima, no os distrajerais de esta manera.
-Basta; habla, pues, la verdad; con esa condición te suelto.
-Apuesto que me habéis hecho un cardenal.
-¿Quieres apurar mi paciencia, paje? Habla, o te hago otro en el otro brazo.
-Piedad de mí, señor caballero. Pero no dudéis que me envía don Enrique. «Busca la habitación donde para el caballero que ha llegado esta mañana de Calatrava», me dijo de su parte Ferrus, «llega a la puerta, da tres golpes y pronuncia el nombre del señor de Villena».
-Bien, lo sé; era la señal convenida para anunciarme que le esperase. Pero ¿eres por ventura de su familia?
-Sí soy; habéis de saber que don Enrique, estando un día con Fernán Pérez de Vadillo...
-¿Fernán Pérez?
-Sí, el marido de Elvira, a quien conocéis como a mí...
-Prosigue, paje, y no me irrites más con tus digresiones.
-Me vio en el cuarto de mi prima y hube de agradarle; díjome que si quería servirle en clase de paje, y acepté a pesar de mi prima, que quería tenerme a su lado, porque como sólo conmigo podía hablar de... ¿Queréis que lo diga?
-Acaba, paje del infierno.
-De vuestra señoría -añadió el paje malicioso quitándose una especie de birrete que en la cabeza traía y haciendo una profunda cortesía.
-¿De mí? ¡Ah! tiembla, Jaime, si te diviertes a mis expensas.
-Os quiero demasiado para eso; como os digo, entré a servirle, pero os juro que desde mañana me vuelvo al lado de mi prima que he cobrado miedo a sus hechizos. Dicen que sabe alzar figura y... ¡Jesús!... yo me entiendo.
-Paje, óyeme: nadie en el mundo pudiera haberme hecho más feliz con menos palabras; tú has renovado ideas que yo debiera haber abandonado hace mucho tiempo; pero nadie puede más que su destino. Si en tu vida has sospechado alguna cosa del mal que padezco, calla como la tumba; si nada has sospechado, nada preguntes, nada inquieras. Sobre todo, vuelvas o no al lado de Elvira, júrame no abrir tu boca para decir que me has visto en Madrid; toma -añadió quitándose un anillo que en el dedo pequeño traía-, toma, y éste te recordará la obligación en que quedas conmigo, y que el doncel de Enrique III no olvida jamás a las personas que una vez quiso bien. Ahora parte y calla. Nada has oído, nada has visto.
-Señor doncel, ignoro el valor de estos diamantes, pero aunque fuera este anillo de hierro, bastaba para lo que yo le quiero. Decidme sólo que no quedáis enojado conmigo.
-¿Enojado, Jaime? ¿Enojado? ¡Dichoso, Jaime! Adiós; si algún día necesitas del socorro de un caballero, acuérdate del doncel de Enrique III. Adiós; a esta hora no me convendría que te encontrase nadie en mi aposento; parte, Jaime, y si vuelves a don Enrique, di que tu comisión ha quedado completamente desempeñada.
Acomodó el paje en el dedo en que mejor ajustó el anillo del doncel, y despidiéndose afectuosamente, no tardaron en oírse sus pasos por los corredores; de allí a poco sus ecos fueron gradualmente perdiendo sonido hasta desvanecerse y perderse del todo en la distancia.
La escena del diálogo inesperado que acababa de sostener el desdichado doncel no era lo más a propósito para tranquilizar su agitado espíritu. En cuanto dejó de oír los últimos -ecos de los pasos del mancebo, que había abierto casi inocentemente sus antiguas llagas y había echado leña seca en el fuego que ardía, hacía poco al parecer amortiguado, en su pecho, cerró su puerta y comenzó a pasear su pena por la pieza con pasos tan vagos como sus ideas. Largo espacio de tiempo duró en aquel estado de lucha consigo mismo, ora paseando aceleradamente, ora parándose de repente como si el movimiento de su cuerpo se opusiese al de sus pensamientos. «Dulce señora mía, exclamaba de cuando en cuando, duélete de tu caballero, y no quieras a rigores acabarle.» «Jamás, decía otras veces, jamás le diré mi pensamiento; el fuego que me devora habrá entregado al viento la última pavesa de mis cenizas antes de que sepas, oh señora mía, que tus ojos le han prendido. ¿No había, cielos, otras bellezas, añadía después, de quien pudierais haberme hecho prendarme, que fue preciso que me entregaseis a discreción de la única tal vez de quien un juramento sagrado y una unión mil veces maldecida para siempre me separan? ¡Yo romperé esa ara, yo la destrozaré! ¡Yo hollaré con mis propios pies ese altar funesto que nos divide!», concluía al cabo de un paseo más agitado.
Pero de allí a poco volvía la reflexión a ocupar el lugar de la pasión y se le oía entre dientes: «No; el infeliz Macías te probará el exceso de su amor en el mismo exceso de su silencio; él será eternamente desdichado, pero jamás tendrá valor para perturbar tu felicidad.»
En estos y otros soliloquios a éstos semejantes le encontró el momento de la visita que esperaba. El conde de Cangas y Tineo, envuelto en un sobrecapote de fino vellorí, y con una linterna sorda en la mano para alumbrar sus pasos, se presentó llamando a su puerta. Abrióle, y después de un corto y silencioso saludo, dieron principio al importante coloquio que nos vemos precisados a dejar para otro capítulo.
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El conde Dirlos. |
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Cuando don Enrique de Villena entró en el aposento de Macías, éste le arrimó un asiento, el cual ocupó sin hacerse de rogar, como hombre que se reconoce superior en jerarquía al que guarda con él una consideración. Macías se sentó en otro, colocándose de suerte que quedaba la mesa con la lámpara que en ella ardía en medio de los dos; y lo hizo con el aire de un hombre que si bien se cree en el caso de tributar atenciones a aquel con quien está en sociedad, no se imagina de ninguna manera en posición de sostener de pie, con él sentado, una larga conferencia. Colocados de esta manera, daba la luz de lleno en el rostro de entrambos, y como creemos no haber dado hasta ahora idea alguna de las fisonomías y exterior de estos dos principales personajes de nuestra narración, aprovecharemos esta coyuntura favorable para describir lo que en ellos hubiera visto o al menos creído ver cualquier observador que los hubiera acechado, por pocos progresos que hubiese hecho en el arte lavateriano, posteriormente reglamentado por el sabio abate, pero cuya existencia tiene tanta antigüedad como el dicho vulgar, en todos los países y épocas conocido, de que los ojos son las ventanas del corazón y la cara el traslado del alma.
Don Enrique de Villena era de corta estatura; sus ojos, hundidos y pequeños, tenían una expresión particular de superioridad y predominio que avasallaba desde la primera vez a los más de los que con él hablaban; su voz era hueca y sonora, calidades que no contribuían poco a aumentar en el vulgo la impresión mágica que en los ánimos débiles ejercía. Su nariz afilada y su boca muy pequeña le daban todo el aire de un hombre sagaz, penetrante, vivo, falso y aun temible. Sin embargo, como ha podido inferir el lector de su diálogo con Ferrus, no estaba tan corrompido su corazón que no respetase todavía en la sociedad en que vivía una porción de consideraciones, que su criado, por el contrario, atropellaba sin el más mínimo escrúpulo de conciencia. De Ferrus dijimos que no era el malvado bastante impío para sus fines, y de don Enrique podemos, por el contrario, asegurar que no era el impío bastante malvado para los suyos. Naturalmente afeminado y dedicado al estudio, faltábanle el vigor y la energía de carácter que corona las empresas aventuradas. Difícil nos sería decir si era o no religioso; nos contentaremos con exponer a la vista del lector varios rasgos que pueden caracterizarle cumplidamente bajo este dudoso punto de vista, y él más que nadie podrá juzgar si era la religión para él un instrumento o una preocupación.
El interlocutor que enfrente tenía era un mancebo que en caso de duda hubiera podido atestiguar con su propia persona la larga dominación de los árabes en Castilla. Su color era moreno, sus cabellos negros como el azabache; sus ojos del mismo color, pero grandes, brillantes y guarnecidos de largas pestañas; una sola vez bastaba verlos para decidir que quien de aquella manera los manejaba era un hombre generoso, franco, valiente y en alto grado sensible. Un observador más inteligente hubiera leído también, en su lánguido amartelamiento, que el amor era la primera pasión del joven. Su frente ancha, elevada y espaciosa, y su nariz bien delineada, denunciaban su talento, su natural arrogancia y la elevación de sus pensamientos. Ornábale el rostro en derredor una rizada barba que daba cierta severidad marcial a su fisonomía; su voz era varonil, si bien armoniosa y agradable; su estatura gallarda.
-Macías -comenzó a decir don Enrique de Villena después de un breve espacio en que pareció reunir todas sus fuerzas para determinarse a proponer sus ideas-, vengo a daros la muestra que de gratitud os debo por la exactitud con que habéis cumplido la delicada comisión que en vuestras manos confié. Decidme si es posible que tenga alguien en la Corte noticia de la muerte del maestre.
-Señor -respondió Macías-, Hernando y yo no hemos cesado de correr desde Calatrava a Madrid y a nuestra salida del monasterio éramos los únicos que en la villa sabíamos el infausto acontecimiento; en dos días lo menos no se tendrá en Madrid más noticia que la que nosotros queramos esparcir.
-Ninguna. Dadme vuestra palabra.
-De caballero os la doy.
-Permitidme ahora que os pregunte si habéis sospechado cuál puede ser mi objeto.
-Lo ignoro -respondió Macías, asombrado de la pregunta.
-Sabedlo pues: creo no haberme equivocado cuando he pensado en vos para la ejecución de mis planes; el paso que, conociendo ya mi carácter, disteis en Calatrava, me hace pensar que habéis formado planes para vos mismo análogos acaso a los míos.
-Os juro que no tenía más plan que el de serviros.
-¡Doncel! -dijo sonriéndose don Enrique-, en vuestra edad es natural el rubor de confesar ciertas intenciones...
-No os entiendo...
-No importa; si nuestros intereses están unidos, y si os sentís con audacia para poner los medios que he menester, guardad silencio, tanto mejor. Oídme, que acaso mi confesión facilitará la vuestra. Intento ser maestre de Calatrava- añadió bajando la voz.
-¿Vos, señor?
-¿No lo habéis sospechado nunca? Pues bien, si don Enrique de Aragón es algún día maestre de Calatrava, el doncel Macías se llamará comendador. ¿Queréis ocupar otro puesto que os venga mejor?
-Ni tanto, príncipe generoso -respondió Macías inclinando respetuosamente la cabeza y mirando con asombro al maestre futuro.
-Dejad esa inoportuna modestia; imagino que entrambos nos conocemos -dijo Villena apretando la mano del mancebo admirado- ¿Estáis sorprendido?
-Permitid que me confiese asombrado. Los vínculos sagrados del himeneo os unen a una mujer, y no podéis ignorar que éste es un obstáculo insuperable.
-Obstáculo sí; insuperable, ¿por qué? -exclamó don Enrique, apoyado en la seguridad del plan que acaba de inspirarle su juglar poco antes de venir a buscar al doncel, y que él había abrazado con tanta más confianza cuanto que su pérfido consejero había empleado para hacérselo adoptar los acostumbrados recursos que arriba dejamos indicados. Verdad es que el plan era diabólico, y tanto había admirado a don Enrique, que aquélla había sido la primera vez que había llegado a dudar si efectivamente el espíritu enemigo del hombre tendría poder para sugerir ideas a sus fieles servidores.
-¿Por qué? -repitió Macías-; esperad; sólo un medio entreveo: ¿consiente vuestra esposa en un divorcio ruidoso y...?
-Jamás consentirá. En balde la he querido reducir.
-En ese caso...
-Oídme. Cuento con vos.
-Disponed de mis pocas fuerzas, si el honor y...
-Oíd y dejad a un lado esas fórmulas de sentido, inútiles ya entre nosotros, para usarlas con el vulgo que se paga de ellas.
Encendiéronse las mejillas de Macías, y bien hubiera querido interrumpir a Villena para darle a conocer cuán lejos estaba de considerar el honor fórmula vana; pero el conde, que interpretó a su favor el rubor del mancebo, prosiguió sin darle lugar a hablar:
-Doncel, mañana al caer del día procuraré que doña María de Albornoz, mi respetable esposa, no interrumpa su costumbre diaria de pasear por el soto, camino de El Pardo; acompáñala por lo regular en este paseo diurno y solitario su camarera Elvira; cuando se haya separado largo trecho de sus demás criados, un caballero, convenientemente armado y ayudado de los brazos que creyese necesarios, arrebatará a la condesa de la compañía de Elvira. ¿Qué tenéis?
-Nada; proseguid -repuso Macías pudiendo contener apenas su indignación.
-Observaránse las precauciones necesarias para que ella y el mundo entero ignoren eternamente su robador y su destino. Guardados en tanto por mis gentes los pasos de los que pudieran venir de Calatrava a dar la noticia de la muerte del maestre, sabré ganar tiempo para que de ninguna manera coincida un acontecimiento con otro. Permitidme acabar: me resta designaros el osado y valiente caballero que, robando a la condesa, ha de dar el paso más difícil en tan importante empresa. Si una placa de comendador de la orden no es suficiente recompensa para su ambición, él será el verdadero maestre, y después de don Enrique de Villena nadie brillará más en la Corte en poder y en riqueza que el doncel de don Enrique el Doliente.
-¿El doncel de don Enrique el Doliente? -interrumpió el impetuoso mancebo levantándose y echando mano al puño de su espada-. ¿El doncel de don Enrique el Doliente habéis dicho, conde? ¡Santo cielo! Bien me rece ese desdichado doncel el injurioso concepto que de él habéis indignamente formado, si tantos años de honor no han bastado a impedir que los hipócritas le cuenten en su número despreciable. Bien lo merece, juro a Dios, pues que su espada permanece aún atada en la vaina por miserables respetos, sin castigar al osado que mancilla su buen nombre y espera de él cobardes acciones.
-¡Doncel! -exclamó asombrado, levantándose también a este punto, el conde de Cangas y Tineo. No le permitió pronunciar más palabras en un gran rato la cólera que de él se apoderó al ver defraudadas tan inopinadamente sus anteriores esperanzas. Deteníale, sobre todo, la vergüenza de haber descubierto sus planes al mancebo sin más fruto que su amarga reconvención, y culpábase en su interior de no haber explorado más tiempo el terreno arenoso sobre que había sentado el pie arriesgadamente,
-¡Doncel! -repitió ya en pie-, ¡vive Dios que no comprendo vuestro loco arrebato, ni esperé nunca en vos tal pago de mi indiscreta confianza!
-¿Y quién os indujo a presumir -respondió el doncel- que un caballero y que Macías había de poner cobardemente la mano sobre una mujer indefensa? ¿Qué visteis en mí, señor, que os diese lugar a creer que tuviese tan olvidados los principios y los deberes de la orden de caballería que para acorrer a los débiles y a los desvalidos recibí del Rey y profeso? ¿No me habéis visto vos mismo pelear con los moros y los portugueses? ¿En qué día de batalla me visteis huir? ¡Oh rabia! ¡Oh vergüenza! ¡Oh buen rey Enrique III! He aquí el concepto que de tus mismos grandes merecen tus donceles.
No veía don Enrique de Villena los objetos que le rodeaban; tal eran la ira y el coraje que crecían por momentos en su corazón. Algún tiempo dudó si, echando mano a la espada, vengaría con sangre los ultrajes a su persona que por primera vez oía, y si sepultaría para siempre en la tumba del impetuoso mancebo el secreto que imprudentemente había descubierto, o hundiría en la suya propia su vergüenza y su afrentoso desaire. Mirábale atento a sus acciones todas, para obrar en consecuencia, el ofendido joven, y bien se veía en su semblante la resolución que tomada tenía de responder con la espada o con la lengua a los desmanes del orgulloso magnate. Reflexionó, empero, don Enrique que un lance ruidoso de esta especie a aquellas horas, y en el alcázar mismo de Su Alteza, no podría tener en ningún caso buenas consecuencias para sus planes, determinó encomendar a la prudencia los yerros que por falta de ella había recientemente cometido. Revistióse, pues, con asombrosa rapidez la máscara hipócrita que en tantas ocasiones le había sido de conocida utilidad, y envainando del todo con un solo golpe la espada, cuya hoja había brillado ya en parte un corto instante a los ojos de su interlocutor:
-Macías -le dijo con voz serena y aun afectuosa-, vuestros pocos años han estado a punto de perdernos a entrambos. Confieso que he errado el golpe, y os devuelvo todo el honor que os había quitado. No penséis, sin embargo, -añadió el astuto cortesano recogiendo velas-, que era mi objeto llevar completamente a cabo el plan que os proponía; tal vez quería conocer a fondo vuestro carácter, y estoy completamente satisfecho de vuestra laudable conducta. Con respecto al objeto de mi visita, ignoro si, después de haber pensado mejor los medios que tengo a mi disposición para llegar a ser maestre, elegiré ése u otro. De todas suertes no me sois útil; es concluido, pues, vuestro servicio en mi casa; excusáis volver a Calatrava; mañana os devolveré a Su Alteza; pero como os supongo bastante talento para conocer el mundo y los hombres, a pesar de vuestros pocos años, espero que nos separemos amigos, como dos caminantes que han pasado una mala noche en una misma posada y que al día siguiente, debiendo seguir cada uno un sendero opuesto, se despiden cortésmente. Si sois el caballero que decís, vuestro honor os dicta si debéis guardar el de otro caballero y los pactos que estábamos hasta la presente convenidos; si creéis, sin embargo, de vuestro deber dar a luz pública nuestro diálogo, sois dueño de hacerlo; pero... acordaos -añadió afirmándose en los talones con ademán de hombre resuelto y dando en la mesa una palmada que resonó en gran parte del alcázar-, acordaos de que don Enrique de Aragón y Villena, conde de Cangas y Tineo, señor de las villas de Alcocer, Salmerón, Valdeolivas y otras, nieto del rey don Jaime y tío del rey don Enrique, no ha menester ser maestre de Calatrava para hacer probar los tiros de su poderosa venganza a un doncel pobre y oscuro del Rey Doliente, a quien una imprudencia ha puesto momentáneamente sobre él.
-Deteneos -dijo Macías más sosegado, asiéndole de la ropa al ver que se preparaba a salir del teatro de su confusión-. Deteneos; puesto que habéis creído necesaria una explicación antes de concluir nuestra entrevista, permítame vuestra grandeza que con el respeto que debo a su clase, le exponga mis sentimientos sobre frases nuevamente ofensivas que acabáis de proferir. Sé cuánto debo al rango que ocupa don Enrique de Villena en Castilla; sé que mi imprudente arrojo ha podido empañar sus resplandores; sé que debiera haberme limitado a responder no sencillamente; pero si vuestra grandeza es caballero, conocerá cuánto cuesta sufrir cristianamente un ultraje a quien tiene sangre noble en las venas. Si exigís de ello una satisfacción, en esto os la doy; sí la queréis de otra especie, mi lanza y mi espada están siempre prontas a abonar mis imprudencias. La amistad que pedís, ni la busco ni la otorgo: vuestra protección no la necesito. Como caballero observaré los pactos y guardaré los secretos que como caballero prometí guardar. Nadie sabrá por mí la muerte del maestre. Con respecto a vuestros planes, no me exigisteis palabra de ocultarlos...
-¿Cómo? -interrumpió don Enrique de Villena, inmutado.
-Permitidme, señor, que hable. No estoy obligado a guardarlos; os prometo, sin embargo, en consideración al nombre ilustre que lleváis, y cuyo brillo no quisiera ver empañado, que no haré más uso de lo que acerca de vuestras intenciones me habéis dicho que el indispensable para salvar a la inocencia que queréis oprimir. Dadme licencia de que os asegure que fuera tan criminal en consentirlo con vergonzoso silencio como en cooperar al logro de la maldad. Mientras pueda salvar a la de Albornoz sin hablar, callaré; mas si puede mi silencio contribuir a su ruina, hablaré. A esto me obliga el ser caballero.
-Hablad en buen hora, hablad -dijo don Enrique en el colmo del furor-, pero ¡temblad!...
-Permitid, señor, que os acompañe hasta que os deje en vuestra estancia -añadió Macías con respeto y mesura.
-No, estaos aquí; yo lo exijo; a Dios quedad.
-Ved, señor, que no es ésa la salida; por allí saldréis mejor.
-Ciego voy de cólera -dijo para sí al salir don Enrique de Villena, que en medio de su arrebato había equivocado la puerta interior con la exterior.
Abrióle Macías la que daba al corredor, y asiendo de la lámpara que sobre la mesa ardía, alumbróle hasta que comenzó a bajar los escalones, y cuando ya se alejó lo bastante para que él pudiese retirarse: «Adiós, señor, y el cielo os prospere». dijo en voz alta el comedido doncel. Un ligero murmullo que confusamente llegó a sus oídos dio indicios de que había sido oído su saludo y respondido entre dientes, acaso con alguna maldición, por el irritado conde, que se alejaba premeditando los medios de venganza que a su arbitrio tenía, y sobre todo la manera que debería observar para impedir los efectos de la terrible amenaza que, al despedirse de él, le había hecho el magnánimo doncel.
Volvióse éste a entrar en su aposento, revolviendo en su cabeza la notable mudanza que había efectuado en su situación la escena en que acababa de hacer un papel tan principal; determinóse en el fondo de su corazón a no dejar perecer la inocente y débil oveja a manos del tigre en cuya guarida se hallaba desgraciadamente presa. Después de haber cerrado su puerta con cuidado, llegóse a la que daba a la cámara de Hernando y llamólo en voz baja.
-¿Quién pregunta? -dijo entre sueños el feliz montero-. ¿Tañen de andar al monte?
-Si algo oíste, Hernando, esta noche -dijo el doncel- haz como si nada hubieras oído. Mañana no partiremos al alba; duerme, pues, y descansa, y deja descansar a los caballos.
-Se hará tu voluntad -respondió la voz gruesa del montero, y no tardó en oírse de nuevo el ronquido sordo de su tranquilo sueño.
Bien quisiera imitarle el desdichado doncel, pero no le dejaba el recuerdo de su ingrata señora ni el deseo de buscar trazas que a los proyectos que preparaba para el día siguiente pudiesen ser de pronta utilidad.
Don Enrique, en tanto, despechado se dirigió a su cámara, donde encontró a su Ferrus. Allí trataron los dos, no ya de llevar a cabo su proyecto tal cual primeramente le habían concebido, sino con aquellas alteraciones que exigía la nueva posición en que los había puesto la repulsa de Macías, y de la venganza y precauciones que deberían usar contra el doncel antes de que pudiera perjudicar a sus pérfidas intenciones. Después que hubieron conversado largo espacio, trató don Enrique de averiguar qué hora podría ser. Mas fue imposible saberlo jamás por su reloj de arena, pues con la agitación de las escenas de la noche, habíase descuidado volver el reloj al concluírsele la arena; como buen astrónomo, sin embargo, pasó a la cámara inmediata que tenía vistas al soto, y reconoció que debía haber durado mucho su coloquio con Ferrus, decidiéndose en vista de la hora avanzado, que él se figuraba por las estrellas ser la de las cuatro, a entregarse al descanso de que tanto tiempo hacía ya que gozaban los demás pacíficos habitantes del alcázar de Madrid. Iba ya a cerrar la ventana para realizar su determinación, cuando le detuvo de improviso un extraño rumor que oyó, el cual le pareció no poder provenir a aquellas horas de causa alguna natural; empero, permítanos el lector que demos algún reposo a nuestro fatigado aliento.
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Rom. del conde Claros. |
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Cuando don Enrique de Villena, volviendo silenciosamente la espalda a su esposa a la aparición de Elvira, que había acudido con tanta oportunidad a atajar los efectos de su furor, la dejó toda llorosa en brazos de su camarera, ignorante de cuanto había pasado, ésta empleó cuantos medios estaban a su alcance para hacerla volver en sí del estado de estupor y de profunda enajenación en que la había puesto la desdichada escena que con su injusto esposo acababa de tener. Sentóla en un sillón, donde no daba muestras de vida la infeliz condesa, enjugó las lágrimas que habían inundado en un principio su rostro, pero cuyo curso había detenido ya el exceso del dolor; la aflojó el vestido con que tan inútilmente se había engalanado pocos momentos antes en obsequio del caballero descortés y refrescó la atmósfera que la rodeaba con un abanico.
Al cabo de algún tiempo produjo la solicitud de Elvira todo el efecto que deseaba; comenzó la condesa a dar indicios de querer desahogar su pecho oprimido, y de allí a poco rompió de nuevo a llorar amargas y copiosas lágrimas, exhalando profundos gemidos acompañados de voces inarticuladas, las cuales producía a trechos y a pedazos, en los huecos del llanto, con un acento convulsivo y un tono de voz ora agudo, ora reconcentrado, que ninguna pluma de escritor o de músico puede atreverse a representar en el papel.
Poco a poco fue perdiendo fuerzas su acceso de cólera, como pierde impetuosidad el torrente si, una vez roto el dique que le enfurecía, halla anchas y fáciles salidas a sus ondas por la tendida campiña; mitigóse su dolor, pero por largo espacio conservó indicios del enojo anterior, como se echaba de ver en el movimiento de elevación y depresión de su agitado seno, semejante al mar, cuyas olas, mucho tiempo después de pasada la borrasca, conservan, aunque decreciente, la inquietud que el huracán les imprimió.
Luego que estuvo en estado de hablar con más serenidad, refirió a Elvira cuanto con el conde le acababa de pasar, y fueron inútiles todos los consuelos que su fiel camarera trató de prodigarle. Revolvía en su cabeza mil ideas encontradas: ora quería salir inmediatamente de aquella parte del alcázar que le estaba destinada y refugiarse a sus villas; ora intentaba acogerse al amparo del mismo Rey, esperando de su justicia que reprimiría los desórdenes de su esposo y le impondría algún temor para lo sucesivo, pues pensar en que ella consintiese en la separación que el conde manifestaba desear, era sueño, puesto que se había casado enamorada de Villena; verdad es que el trato y la mala vida que la daba hubieran sido bastantes a hacer odioso al más perfecto de los hombres; pero todos sabemos que la frialdad y el despego suelen ser incentivos vivísimos del amor, y lo eran tanto más en la condesa cuanto que, habiendo vivido siempre don Enrique apartado de ella después de su infausta boda, no había dado jamás entrada al hastío que hubiera seguido a una larga y tranquila posesión. Aguijoneaba, además, a la infeliz condesa la saeta de los celos; en varias ocasiones había sorprendido al conde de Cangas en conquista o persecución de algunas bellezas, y aun una de las que había considerado siempre como primer objeto de sus obsequios era aquella misma Elvira en quien tenía puesta toda su confianza; mas como tenía pruebas de que ésta se había negado constantemente a dar oídos a toda proposición amorosa del de Villena, y en la seguridad en que estaba de que cualquiera que a su lado viviese había de excitar los deseos de su esposo, quería tener más bien por camarera aquélla de cuya lealtad y odio a la persona del conde no podía dudar en manera alguna.
En esta ocasión se equivocaba la condesa en sus temores porque no un amor adúltero, sino la ambición era quien a tan descortés procedimiento a don Enrique obligaba. Empero ésta era la verdad: por una parte el amor, que a pesar de los desdenes de Villena en su corazón duraba, y por otra la creencia en que estaba de que sólo proponía aquel rompimiento para entregarse más a su salvo a alguna nueva intriga amorosa, eran suficientes motivos para que nunca hubiese ella prestado su consentimiento al propuesto divorcio.
Logró por fin persuadirla Elvira a que se recogiese y tratase de poner un paréntesis a su pesar en el sueño, dejando para el día siguiente el resolver lo que debería hacerse. Hízolo así la condesa, y Elvira se retiró a la cámara inmediata, en donde se proponía esperar, al lado del fuego, a que su señora se hubiese entregado completamente al descanso para seguir su acertado ejemplo.
Sentóse cerca de la lumbre, después de haber dado las oportunas disposiciones para que durante la noche no faltasen sus dueñas del lado de la condesa, y púsose a leer un manuscrito voluminoso, que entre otros muchos y muy raros tenía don Enrique de Villena, por ser libro que a la sazón corría con mucha fama y ser lectura propia de mujeres. Era éste el Amadís de Gaula. Hacía pocos años que su autor, Vasco Lobeira, había dado al mundo éste distinguido parto de su ingenio fecundo, y don Enrique de Villena, por el rango que ocupaba en Castilla y por su decidida afición a las letras y relaciones que con los demás sabios de su tiempo tenía, había podido fácilmente hacer sacar de él una de las primeras copias que en estos reinos corrieron. El carácter de Elvira simpatizaba no poco con las ideas de amor, constancia eterna y demás virtudes caballerescas que en aquel libro leía; hubiera dado la mitad de su existencia por hallarse en el caso de la bella Oriana, y aun no le faltaba a su imaginación ardiente un retrato de Amadís cuya fe la hubiera lisonjeado más que nada en el mundo; era éste un mancebo generoso de la corte de Enrique III, a quien había conocido desgraciadamente después que a Fernán Pérez de Vadillo. Habíase casado, en verdad, ciegamente apasionada del hidalgo; pero desde su boda hasta el punto en que la encuentra nuestra historia, se había ensanchado considerablemente el círculo de sus ideas. Fernán Pérez, por el contrario, era siempre el mismo que en otro tiempo había cautivado sin mucho trabajo el inocente corazón de la niña Elvira; pero ésta no era ya la amante que se había prendado de Fernán Pérez; su carácter se había desarrollado de una manera prodigiosa, y un foco de sensibilidad y de fogosas pasiones creado nuevamente en su corazón, había producido en su existencia un vacío de que ella misma no se sabía dar cuenta. Se había formado en su cabeza un bello ideal, no hijo del mundo real en que habitaba, sino de su exaltación; y se complacía en personificar este bello ideal en tal o cual joven cortesano que sobre el vulgo de los Caballeros de la corte de Enrique III se distinguían. Uno entre todos había avasallado ya su albedrío bajo esta personificación, y Elvira, juguete de la Naturaleza, que puede más que sus criaturas, no sabía ella misma que iba tomando sobre su corazón demasiado imperio un amor ilícito y peligroso. Por desgracia, su virtud misma era su mayor enemigo; la confianza en que estaba de que nunca podrían faltarle fuerzas para resistir, la hacía entregarse sin miedo, con criminal complacencia, a mil ideas vagas, que cada día iban ganado más terreno en su imaginación. Encontrábase, en fin, en aquel estado en que se halla una mujer cuando sólo necesita una ocasión para conocer ella misma y dar a conocer acaso a su propio amante la ventaja que sobre ella ha adquirido. Como un incendio que ha crecido oculto e ignorado en la armazón de una casa vieja, que no ha menester más sino que descubriéndose una pequeña parte de la techumbre que lo cubre, tenga entrada la más mínima porción de aire; entonces estalla de repente como un vasto infierno improvisado, se lanzan las llamas en las nubes, crujen las maderas y viene al suelo el edificio desplomado, sepultando en sus ruinas al incauto y desprevenido propietario.
No era, pues, la lectura de Amadís la que a la triste Elvira mejor pudiera convenirle; pero era tanto más disculpable cuanto que en el siglo XIV no había muchos libros en que escoger, y pudiera darse cualquiera por contento con divertir las horas ociosas por medio del primero que en las manos caía.
Una tristeza vaga y sin causa positivamente determinada era el síntoma predominante de la hermosa camarera de la de Albornoz; y la soledad era el gran recurso de su imaginación. deseosa de empaparse sin reserva ni testigos en la contemplación de las seductoras ilusiones que se forjaba; esta disposición de ánimo no era, ciertamente, la más favorable para la virtud de Elvira en las escenas, sobre todo, en que aquella misma noche, fecunda de acontecimientos, debían colocarla.
Poco tiempo podría hacer que con el primer libro de caballería en España conocido se entretenía la sensible Elvira, cuando sintió abrir la puerta del salón, y una persona, que seguramente no esperaba, se presentó a su lado, dándole las buenos noches con rostro alegre y maliciosa sonrisa.
-¿Qué buscas, Jaime, en estas habitaciones y a estas horas? Ya deben ser cerca de las diez; vuelve a la cámara del conde, si es que no te envía como precursor, a anunciarnos nuevos pesares y desventuras.
-Hermosa prima mía -contestó Jaime-, depón el enojo; de aquí en adelante puedes volverme a llama tu querido primo.
-¿Qué novedades traes?
-Ninguna; pero he tenido miedo de las cosas que se hablan de don Enrique, y esta noche misma le he suplicado que me permitiese volver al lado de mi amada prima. ¡Me acordaba tanto de ti!
Una lágrima de sensibilidad se asomó a los ojos de Elvira oyendo la ingenua manifestación del medroso pajecillo.
-¿Y don Enrique te lo ha concedido?
-Por más señas que no he escogido la mejor ocasión; estaba tan distraído y tan ocupado en sus... mira... se me figura que estaba en uno de aquellos ratos en que dicen que tienen los hechiceros el enemigo... ¡Jesús!
-¡Jaime! ¿Quién te ha enseñado a hablar así de tu señor?
-Bien; no volveré a hablar, ahora ya no me importa. Ya estoy con mi Elvira, que me confiará sus penas -añadió el paje tomando una de las manos de la hermosa camarera.
-¿Qué anillo es ése? -exclamó ésta dejando el voluminoso pergamino que hasta entonces había leído, para examinar de cerca el hermoso brillante que relumbraba en un dedo del paje-. ¡Jaime!
-¡Ah! esto no se ve -gritó puerilmente Jaime, retirando y escondiendo su mano-. ¡Esto no se ve! Es un regalito; a mí también me regalan, señora prima, no es a vos sola a quien...
-Vamos, ven acá, Jaime, y dime quién te ha dado ese anillo; o si por ventura tienes que acusarte de algún...
-¡Chitón!, señora prima -interrumpió el paje con indignación.
-¡Ah! ya le tengo -gritó Elvira aprovechando para asirle la mano aquel momento en que la pundonorosa irritabilidad del paje le había estorbado la precaución-, ya le tengo.
-No, no me lastimes y te le daré -dijo el paje viendo que se disponía la interesante Elvira, tan niño como él, a valerse de la superioridad que le daban sus fuerzas para ver a su salvo el anillo; quitásele, en efecto, pero echando a correr en cuanto Elvira le hubo cogido-, no me importa -añadió-; ¿qué veréis, señora curiosa? Nada; un anillo; mas no por eso sabréis quién me lo ha dado.
Equivocábase el inexperto paje; la perspicaz Elvira, que al principio había sido inducida sólo por mera curiosidad al reconocimiento de la alhaja, cuya posesión no creía natural en el pajecillo, había fijado notablemente en ella su atención, y examinaba al parecer alguna señal o particularidad por donde esperaba venir en conocimiento de su procedencia.
-No hay duda -exclamó sonrojándose como grana-, no hay duda; una letra pierdo; pero sería mucha casualidad... esmeralda... e; lapislázuli... l; brillante, b; rubí, r; amatista, a. Y luego... una, dos, tres, cuatro, cinco, seis. No hay duda.
El paje, que había alborotado la sala con sus gritos y sus burlas al ver la perplejidad de su prima, no se asombró poco al oír la extraordinaria y no esperada explicación que daba a la sortija; y tanto más confundido quedó, cuanto que creyó no haber sido en esta ocasión sino el juguete del doncel, que se había valido de él para manifestar a Elvira aquel su amor, de que el malicioso paje tenía ya no pocas sospechas.
Nada más común en aquel tiempo que estas combinaciones de piedras y ese lenguaje amoroso de jeroglíficos en motes, colores, empresas y lazadas. Un platero de Burgos había engarzado artísticamente, a ruego de Macías, en un mismo anillo aquellas seis piedras, cuya traducción había acertado tan singularmente Elvira por un presentimiento sin duda de su corazón. Había perdido la significación de una piedra, cosa nada extraña, no hallándose ella muy adelantada en el arte del lapidario; pero en cambio había entendido la equivocación del platero, que había significado la v con la b, inicial de brillante; ni el quid pro quo del platero ni el acierto de Elvira tenían nada de particular en un tiempo en que no sabían ortografía ni los plateros ni los amantes. El número, sin embargo, de las piedras, y la colocación de las conocidas, no dejaba la menor oscuridad acerca de la intención del que había mandado hacer la sortija.
Quedábale todavía a Elvira un resto de duda que a toda costa quería satisfacer: en primer lugar no era ella la única Elvira que en Castilla se encerraba, y en segundo, la alusión, que la había puesto en camino de sospechar, no le daba, sin embargo, noticia cierta de quién fuese el que usaba con ella semejante galantería. Deseaba por una parte saberlo; temía por otra oír un nombre indiferente.
-¿Quieres cambiar este anillo, Jaime, por otro mejor que yo te dé?
-¿Y qué diría -dijo el astuto paje- el caballero que me le ha regalado?
-¿Con que ha sido caballero?... -interrumpió Elvira.
-Y de los mejores y más valientes de la Corte de Su Alteza.
-¡Santo cielo! -decía Elvira impaciente-. Jaime, yo te ruego que me des señas de él al menos, ya que no quieras decir su nombre.
-¿Señas?
-Espera; dime primero -exclamó reflexionando un momento-, ¿cuándo te le ha dado y dónde?
Comprendió el paje al momento la doble intención de esta pregunta, y se sonrió malignamente viendo a Elvira cogida en su propio lazo, porque al punto recordó que no podía saber la llegada del doncel.
-Hoy y en el alcázar.
-¿Hoy y en el alcázar? -repitió Elvira queriendo leer la verdad en los ojos del paje-. ¡Entonces no puede ser! -dijo entre dientes, satisfecha ya al parecer toda su curiosidad, dejando caer los brazos, inclinando la cabeza y saliendo, en fin, de la ansiedad y tirantez en que estaba como arco que se afloja. Siguió mirando, pero más vagamente, el anillo, haciendo con el labio inferior, que se adelantó al superior, un gesto particular entre distraída y resignada.
-¡Ah!, ¡ah!, que no lo acierta -exclamó en su triunfo el paje, victorioso-; escuchadme, señora adivina: es un caballero joven.
-Bien; déjame -repuso ella, sin prestar apenas atención a la voz chillona y triunfante del mozalbete.
-No, que lo has de acertar. Cuando se trata de coger sortijas, ensarta con su lanza tantas como corazones con su hermosa presencia. Si monta a caballo, es el más fogoso el suyo y lo domeña como un cordero; si se trata de correr cañas nadie le aventaja; y en un torneo sólo don Pero Niño...
-Jaime, él no puede ser más que uno -exclamó levantándose Elvira.
-Cierto que no es más que uno -repuso el taimado paje, que se divertía con su prima como el gato con el ratón.
-¿Ha venido? ¡Ah! Ahora recuerdo que esta mañana un caballero...
-¿Quién? -contestó con cachaza el paje fingiendo no entender.
-Mira, Jaime, vete de aquí y no vuelvas -gritó furiosa Elvira-; marcha, huye si temes mi...
-Bien, primita, lo diré: ése es...
-¿Quién? -preguntó la atormentada belleza-. ¿Quién? acaba o...
-El doncel de...
-Basta. ¿Estás cierto?
Acordóse de pronto el imprudente paje del especial encargo que de guardar secreto le había hecho el doncel, y no sabiendo las últimas mudanzas que en la situación volvían infructuoso este cuidado, trató de reparar el olvido de que la escena bulliciosa que con su prima traía era causa y efecto.
-No me habéis dejado acabar, señora camarera. El rey don Enrique III no tiene un solo doncel. Sabed que no os puedo decir más. Ni una palabra más.
Al oír el tono resuelto del rapaz, bien vio Elvira que no sacaría de él más partido que una honrosa capitulación; lo más que pudo recabar de él fue que le dejase el anillo hasta que ella adivinase como pudiese su procedencia; dejósele el pajecillo y se acabó la contienda entre los primos, determinando que por aquella noche Jaime dormiría vestido en una cámara inmediata a la alcoba donde, casi vestida también, trataba de reposar la infeliz Elvira, no atreviéndose a desnudarse del todo por miedo de que hubiese menester la de Albornoz sus consuelos en el discurso de la noche.
Bajóse para esto a su habitación, que debajo de la condesa caía, después de haberse cerciorado de que ésta yacía profundamente dormida y de haber dejado advertido a las dueñas que la avisasen a la menor novedad que sintiese su señora o que en aquella parte del alcázar ocurriera.
Echóse después en su lecho, habiéndose despedido del paje, y en vano procuró imitar a éste en la prontitud con que concilió el sueño reparador de las fuerzas perdidas.
Revolvía una y mil veces en su cabeza las ideas del día y procuraba atarlas y coordinarlas entre sí; empero agolpábanse todas a su imaginación ferviente; la condesa, la violencia de Villena, sus solicitudes, la ausencia de su esposo, el Amadís, la indiscreta conversación del paje, las dudas que acerca del dueño del anillo había dejado sin resolver después de su inquieto diálogo, todo esto reunido y amasado junto de nuevo en su mente, en medio del silencio y de la oscuridad de la noche, le representaba un cuadro fantástico, lleno de objetos incoherentes, muy semejante en la confusión a esos lienzos que entre nuestros abuelos tanto se apreciaban con el nombre de mesas revueltas». Pero a proporción que el largo insomnio y el cansancio del día fueron rindiendo sus fuerzas y entornando los párpados fatigados de Elvira, todas esas imágenes confusas tomaron en su cerebro contornos informes y poblaron su sueño de escenas parecidas a las que habían pasado por ella en el día, y de otras que, como combinaciones nuevas del choque de aquéllas, suelen producirse por sí solas en la imaginación cansada de un calenturiento que duerme, o de una persona habitualmente agitada por sensaciones extraordinarias y que pasa por una larga y fatigosa pesadilla.
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Rom. del inf. vengador. |
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Muy avanzada estaba la noche y muy en silencio todos los habitantes de Madrid y de su fuerte alcázar. No todos, sin embargo, disfrutaban del sueño y del descanso, como hubiera podido cualquiera figurarse. Podemos asegurar que don Enrique de Villena y Ferrus conversaban muy animadamente en el laboratorio del hermético, como arriba dejamos dicho. El enamorado doncel había tratado inútilmente de conciliar el sueño, y se había entregado, desesperado ya de conseguirlo, a la más profunda meditación, buscando en su cabeza un arbitrio por medio del cual pudiese descubrir a la de Albornoz el peligro inminente que la amenazaba. Bien conocía que el aviso urgía, pues si antes de haber descubierto Villena su plan lo tenía aplazado para el día siguiente, era probable que tratase de atropellar la ejecución de sus ideas desde el momento en que había hecho partícipe de él al enemigo.
El doncel estaba determinado a dar su amparo a la de Albornoz, en primer lugar por pertenecer a la orden de caballería que principalmente se daba, como se lee en Amadís de Grecia, «para defender las dueñas y doncellas que tuerto reciben»; orden por la cual «el que la profesa debe ayudar a las dueñas y doncellas fijas dalgo», como en el instituto de la Banda, fundado por Alonso XI, se contiene; orden, en fin, por la cual se advertía a los que la recibían, como en el Doctrinal de caballeros consta al lib. I, tít. 3, que «al caballero o dueña que viesen cuitados de pobreza o por tuerto que hobiesen recebido, de que non pudiesen haber derecho, que pugnasen con todo su poder de ayudarlos». Agregábase a esta principal razón otra, si bien menos generosa y obligatoria, más fuerte acaso que todos los institutos y órdenes del mundo; a saber, cierta simpatía que con una persona - ligada a la suerte de la de Albornoz alimentaba Macías en todas sus acciones.
Pero si estaba decidido a favorecer a las débiles víctimas del poder del ambicioso conde, no por eso dejaba de conocer cuán dificultoso era, si no imposible, introducir a aquellas horas un saludable aviso en la habitación de la condesa o de su camarera.
Después de largo rato de discurrir, en que desechó unas ideas, adoptó otras, volvió a desechar éstas y a adoptar y desechar otras ciento, fijóse, por fin, decididamente en una que debió de parecerle la mejor y la menos arriesgada de ejecutar si la fortuna le ayudaba. No quiso despertar a Hernando, que sordamente roncaba, para no ser conocido en la expedición que premeditaba si llegaba a sorprenderle fuera del alcázar la madrugada que a largos pasos andando se venía; endosóse un basto sayo de montero de su criado, su gorro de lo mismo, su tosco tabardo de paño buriel, ciñó la espada, y tomando debajo del brazo un objeto que, como trovador, siempre llevaba consigo, salióse pasito de su estancia y sin ser sentido llegó hasta la puerta exterior del alcázar, evitando por corredores y patios conocidos de él las centinelas interiores, que hubieran podido interrumpir su proyecto; pero, llegado allí, estuvo tentado varias veces de volver a su aposento y desistir de su empresa, cuando se oyó dar el ¿quien va? del ballestero encargado de la guardia de aquel punto.
-Un caballero que desea salir.
-Atrás, ¡voto a Santiago! -le respondió una voz ronca del vino o del frío de la noche-. Buena hora de salir a tomar el fresco, cuando está un cristiano deseando el relevo para calentarse.
No había meditado el doncel este inconveniente; no quedaba, sin embargo, más remedio que desistir y abandonar a la condesa a su destino o descubrir su clase de doncel de Su Alteza, y como tal lograr que se le abriesen las puertas. Calculando que de todas suertes habría de saberse al día siguiente su entrada en el alcázar, puesto que ya no podía por entonces pensar en volverse a Calatrava, decidióse al segundo partido prontamente; hizo llamar al jefe del pequeño destacamento y no tardó en oír su voz, que denotaba el mal humor de un hombre a quien se ha sacado intempestivamente del sueño para cumplir con un deber.
-Por la Virgen de Atocha, vive Dios -exclamó observando y dejando ver su oblonga figura-, que he de escarmentar al borracho que a estas horas...
-Mirad lo que habláis -interrumpió Macías al oír hablar de sí, como quien está debajo de una campana, a aquel amalgama de gordura, de bestialidad y de sueño.
-¿Quién sois, voto va, el que habláis tan gordo? ¡Aah! -prosiguió bostezando.
-Por Santiago, ya os debía haber conocido en lo que tenéis de común con los jabalíes de El Pardo. ¿Sois vos, Bernardo?
-¿Quién es, repito, por las muelas de santa Polonia, quién es el que me conoce tan a fondo?
-Dejadme salir; soy un doncel de Su Alteza y voy a asuntos del servicio del Rey...
-¿Doncel? Metedme el dedo en la boca; más traza tenéis que de doncel de don villano -repuso el ingenioso Bernardo a caza del equivoquillo-. El vestido...
-¡Voto va, Bernardo, que os haga arrepentir de vuestra insolencia si insistís en faltar al respeto a!... Pero oíd -añadió acercándose a su oído-, ¿conocéis a Macías? Miradle aquí.
-¡Ballesteros!, echadme a ese aventurero en un cubo de agua fresca; dice que es un hombre que está en Calatrava. Voto va el santo patrón del sueño que, o ha trasegado de la botella a su estómago mucho del tinto, o es hechicero.
No pudo sufrir ya más tiempo el doncel el impertinente responder del ballestero; y asiéndole con mano vigorosa del cuello, llevóle sin dejarle gañir, ni aun para pedir socorro a los suyos, hacia un farol que cerca de ellos ardía, y enseñándole entonces su rostro descubierto:
-¿Conocéisme, don Bellaco, portero de los infiernos y hablador que Dios no perdone? ¿Conocéisme? ¿O habéis menester todavía que os abra yo los ojos con el puño?
Abría el ballestero unos ojos como tazas, y no acababa de comprender cómo podía salir del alcázar un hombre que no había entrado en él, pues lo creía en Calatrava; hubo, sin embargo, de convencerse, y tendiendo entonces la pierna hacia atrás y descubriendo su cabeza, pidió mil excusas al doncel, y fue preciso que éste pusiera treguas también a sus disculpas y cortesías como a sus impertinencias, sin lo cual nunca se hubiera visto donde por fin se vio, es decir, en medio del campo y recibiendo sobre sí una menuda lluvia que a la sazón comenzaba a caer, lo cual, añadido a la persecución del cerbero del alcázar, no era del mejor agüero para nuestro osado doncel, que dejaremos rodeando los altos muros de la fortaleza para dar cumplimiento a sus caballerescos proyectos.
Mientras que los acontecimientos paralelos de la conversación de don Enrique con Ferrus y la salida del doncel se verificaban en el alcázar a una misma hora, dormía inquietamente y luchando con los fantasmas que su imaginación le representaba, la hermosa Elvira, que en su lecho, medio desnuda, dejamos. Habíase quedado con sólo un vestido blanco; cubríale éste desde la garganta hasta los pies, que, desnudos, parecían dos carámbanos de apretada nieve; su cabello, tendido cuan largo era, velaba sus hombros, su seno, su talle y por algunas partes su cuerpo entero; una mano pendía del lecho, y la opaca claridad de la luna que penetraba por entre las nubes, no muy densas, y sus ventanas, entreabiertas por el calor de la estación, la hacía aparecer un verdadero ser fantástico, como la hubiera soñado un amante deseoso de una ocasión.
Su seno y su respiración interrumpida denunciaban la inquietud de su descanso y el trabajo de su imaginación aun en el sueño.
Fuese casualidad, fuese porque era el que más había dormido, el paje fue el primero que a un extraño rumor que en aquellas inmediaciones se oyó, hubo de interrumpir el reposo en que yacía. Un laúd suave y diestramente pulsado adquiría nueva dulzura del silencio de la noche; oyólo primero el paje entre sueños, pero la realidad tomó en su fantasía la apariencia de una representación ficticia y se creyó transportado a algún sábado de hechiceras, que era la especie de gentes que él más temía. Había templado algún rato el músico, para llamar la atención, pero sin ser oído de nadie; y cuando el paje echó de ver la aventura, y cuando don Enrique había notado la música que le había obligado a no cerrar su ventana, como arriba dejamos dicho, había cantado ya con melodiosa voz, si bien varonil, las dos siguientes coplas, cuyos ecos se llevó el viento antes que fuesen para nadie de provecho a que sin duda aspiraban:
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Al repetir estos dos últimos versos del estribillo fue cuando el paje, elevando la voz, llamó a la hermosa Elvira.
-¿Oís, discreta prima?
-¡Cielos! -exclamó Elvira sentándose sobre el lecho-. ¿A estas horas?...
-No he podido entender la letra...
-Oigamos, que prosigue.
Volvía efectivamente a empezar de nuevo el músico, despechado de no advertir ninguna señal de inteligencia en las bellas a quienes advertía su propio riesgo. Repitió, pues, la última copla, que hizo un efecto bien diferente en el paje que en su alterada prima, que aún no había vuelto enteramente en sí de su asombro, y en don Enrique y Ferrus, que prestando la mayor atención desde su cámara escuchaban.
-Ferrus -dijo don Enrique a la mitad de la copla-, desde aquí no podemos ver quién es el músico que tan delicadamente se viene a regalarnos los oídos a deshoras de la noche; el ángulo saliente del alcázar nos impide reconocerle, y aun su voz llega aquí tan desfigurada que es imposible entenderle.
-¿Qué quieres, pues, señor? -contestó Ferrus.
-Importa a mis fines confirmar o desvanecer mis sospechas; ¡voto a Santiago que si fuese!... Escucha, Ferrus: baja al soto lo más de prisa que pudieres...
-¿Yo, señor? -interrumpió Ferrus con algún sobresalto.
-En el acto, Ferrus; ni una palabra más, y quiero darte instrucciones acerca de lo que en todos casos deberás hacer.
No había medio de replicar a una orden tan positiva; oyó Ferrus las instrucciones que le daban y se propuso no traspasar los límites del puente levadizo sin llevar consigo a cierta distancia alguno que otro ballestero del destacamento de la puerta para que le guardase las espaldas contra el músico, que podía no gustar de que saliesen a escucharle al claro de la luna.
-¡Cielos! -exclamó la agitada camarera saltando del lecho al oír las primeras palabras de la letra-. Conozco la voz. ¿Es cierto, pues, que ha vuelto de Calatrava? ¿Sueño todavía? Mas ¿qué sentido encierran esas palabras? ¡El conde, un caballero te avisa! ¡Entiendo, entiendo!
El músico, que oyó aquel rumor en la habitación donde sabía que habitaba Elvira, clavó los ojos en la ventana, abierta ya de par en par: distinguió un leve contorno blanco, que parecía salirse del mismo fondo de las tinieblas, como nos dicen que salió el mundo del caos; olvidó la prudencia que debiera haber sido su norte y no pudo resistir a la tentación de poner en su carta una posdata para sí.
Volviendo a preludiar en su instrumento, añadió a las dos ya cantadas la siguiente estrofa:
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Al llegar aquí no pudo Elvira contener más tiempo el sobresalto y la agitación que la ofuscaba: ¡Basta!, oyó decir el caballero, ¡basta, trovador imprudente! a una voz que resonó en su oído como la campana de la población inmediata en el del caminante perdido, y oyó en pos cerrar con un ¡ay! doloroso la ventana.
Mas no tardó mucho en volverse a abrir. Cesó de pronto el laúd; el músico, cuyo bulto había visto hasta entonces Elvira al pie de su ventana, había mudado entretanto de sitio o había obedecido a la voz celestial; un ruido como de voces ofensivas y alteradas se oyó un breve instante; sucedió un confuso ruido de armas, el cual cesó de allí a poco; sacó Elvira la cabeza por entre los hierros de la reja, como saca el cuello del agua el infeliz, asido de una tabla, que se siente ahogar en medio del mar; un prolongado gemido se siguió al silencio, y retumbó el ruido hueco y resonante de un cuerpo armado que cae en tierra cuan largo es.
Helóse la palabra en la garganta de la infeliz Elvira, que era todo oídos, pues nada alcanzaba a ver. Un momento después oyó el ruido de un hombre que monta a caballo y parte aceleradamente.
-¡Infeliz! -exclamó Elvira después de un momento de pausa glacial; pero un nuevo rumor la obligó a prestar atención.
-¿Dónde está? -dijo una voz de hombre que sobrevino de allí a poco.
-¡Qué sé yo! ¡Voto a tal? ¿No le oísteis por aquí? -respondió otra.
-Debió caer.
-Y también debió levantarse.
-O debieron levantarle; según yo oí, no quedó muy bien parado.
-Volvamos, y el diablo le lleve.
-Llévele en buen hora. ¡Ah!
-¿Qué es eso? ¿Os caéis?
-Voto a tal que con el lodo está el piso que parece mármol. Heme caído.
-¿Con el lodo, eh? A ver, volveos; poneos a la luz de la luna. Por el alma del cobarde, que es el diablo quien le ha llevado o el hechicero, porque aquí ha dejado... toda... su... vida...
-¿Qué decís?
-¿No veis cómo os habéis puesto?
-¿De qué?
-¡De sangre, voto a tal! ¡Y que esto pase por alguna desvanecida!
El diálogo era en todas sus partes destrozador para la infeliz Elvira, que por los antecedentes que tenía no podía prescindir de ver claro en este desdichado asunto; cada palabra retumbaba en su alma como el golpe del martillo que hace entrar a trozos la cuña en la madera; así entraba la horrible realidad en el alma de Elvira. Pero al oír la palabra sangre un estremecimiento involuntario la sobrecogió; la atmósfera pesó como plomo sobre su cabeza al resonar en el aire el amargo reproche con que la frase concluyó; un ¡ay! penetrante se escapó de su pecho desgarrado; dio consigo en tierra, privada de sentido la triste camarera, sonando su cabeza sobre el pavimento como piedra sobre piedra, y nada volvió a oír.
Llegó el ay dolorido a los oídos de los dos que hablaban, y era, efectivamente, tan penetrante e inexplicable, que no sólo en aquel siglo de ignorancia, sino aun en éste, más de un valiente hubiera temblado al escucharle a aquellas horas, en aquel sitio, sin ver de dónde saliese, y sobre el pedazo de tierra que acababa de ser teatro de una muerte, según todas las apariencias.
-¿Has oído? -dijo uno al otro-. ¡Cuerpo de Cristo! Aquí ha quedado su alma para pedir venganza a todo el que pase; ese grito no es de persona; huyamos.
-Huyamos -repuso el compañero, y sonaron un momento sus pasos precipitados al
rededor del muro. De allí a un momento nada se oía ni dentro ni fuera ni en las
inmediaciones del funesto alcázar.
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Cancion. de Rom. |
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La hora del alba sería cuando el famoso caballero dor Enrique de Villena, cansado de esperar inútilmente a su juglar, a quien había comprometido, como sabe el lector, en el misterioso y nocturno acontecimiento de la víspera, vacilando entre mil ideas confusas, había entregado al descanso sus miembros fatigados. Ni el miedoso juglar había vuelto, ni él, desde el punto en que le enviara a explorar quién fuese el músico, había tornado a oír más que el confuso ruido de las armas de los desconocidos combatientes. No habiendo querido dar sospechas a nadie en el alcázar de que pudiera tener la menor parte en los sucesos que él se figuraba haber ocurrido, no se había determinado ni a salir en persona a reconocer el estado de las cosas ni a despertar a ninguno de sus pacíficos sirvientes. Habíale, entretanto, sorprendido el sueño en medio de la encontrada lucha de sus opuestos pensamientos, y vestido como estaba, se había reclinado en su rico lecho, determinado a esperar el día y con él la aclaración de los acontecimientos de la noche. El sol, sin embargo, que a más andar se venía, amaneciendo por las doradas puertas del Oriente, daba la señal a caballeros y escuderos de tornar a las obligaciones diarias, porque en la época de nuestra narración no se había introducido aún la moda regalona de perder las gentes principales las horas más hermosas del día en el mullido y caliente lecho.
La cámara principal del señor de Cangas y Tineo, inmediata a su gabinete alquimístico (cuya entrada no era a todos permitida), presentaba un aspecto imponente, tanto por el lujo y afectación con que se hallaba alhajada como por las diversas personas que en ella se veían reunidas, esperando a que se dignase recibir su acostumbrado homenaje el ilustre pariente de Enrique III. Gentileshombres, caballeros y escuderos de su casa, oficiales de su servicio, donceles y pajes, conversaban en diversos grupos, pendientes del menor ruido que pudiera anunciarles la deseada presencia de su señor. Notábase sólo la falta de dos personas, y no se oían más que preguntas misteriosas sobre su extraña ausencia.
¿Qué era del primer escudero? ¿Qué del juglar?
-¿Qué puede causar la tardanza de Fernán Pérez?
-Por el señor Santiago que es cosa difícil de comprender. Cuando volvíamos anoche de la batida, él se adelantó con un solo montero y se separó de nosotros. Desde entonces no le volvimos a ver.
-Sí -reponía otro-, apostaría la mejor pieza de mi arnés a que fue a ver bajo las ventanas de su amada esposa si andaban moros en la costa.
-Bravo modo de decirnos que el escudero es celoso.
-¡Dios me perdone! Como un moro.
-¡Oh! entonces -decía un tercero- ya se explica su ausencia. Habrá tardado en conciliar el sueño... al lado de su dama...
-¡Chitón! La puerta de la cámara se ha abierto.
-Es el camarero.
-El camarero, el camarero -repitieron varias voces por lo bajo. Fijáronse las miradas de todos en Rui Pero, quien con la mayor inquietud preguntó:
-¿No ha venido aún Ferrus? Su señoría pregunta por su juglar.
-Estará haciendo alguna trova o pensando algún donaire -dijo el más atrevido de los caballeretes.
-Cierto que comienza su tardanza a inquietarme -dijo Rui Pero. Y acercándose a los principales personajes de aquella corte-: Su Señoría no se ha desnudado esta noche; Fernán Pérez no aparece; Ferrus tarda... -les dijo misteriosamente-; temo grandes novedades. Voy a prevenir a Su Señoría -añadió en voz baja, y se entró.
Duraron otro rato las misteriosas conversaciones de la cámara; pero no tardó mucho en venir a interrumpirlas la presencia del primer escudero.
-Dios nos dé su bendición -dijo en entrando- al comenzar este día -y se santiguó devotamente.
-Dios nos la dé -repitieron los circunstantes, e imitaron, como en las cortes se usa, la acción del valido-. Bien venido sea el escudero de Su Señoría -exclamaron después.
-Bien venido, sí, y bien despierto; la trasnochada me ha hecho ser indolente. Vuestras mercedes me darán licencia que entre a tomar las órdenes de nuestro amo. Ya hace rato que debiera estar a su lado.
No le dio lugar, sin embargo, a entrar la salida del conde en persona, a quien acompañaba su fiel camarero. Hízose, como los demás, a un lado respetuosamente Fernán Pérez; y el conde, que le había visto antes que a otro alguno, disimulándolo sin embargo, como para castigarle de su tardanza, dirigió comedidamente la palabra a sus principales cortesanos, después de las ceremonias y fórmulas de uso.
-Caballeros -dijo el conde-, asuntos de alguna importancia me obligan a separarme de vuestras mercedes. Podréis esperarme en la antecámara de Su Alteza, adonde no tardaré en seguiros. Fernán Pérez, quedaos.
Inclinaron la cabeza los circunstantes, y hablando entre sí por lo bajo, dejaron la cámara desocupada, no muy contentos con el frío recibimiento del distraído conde de Cangas y Tineo.
-Y bien. Fernán Pérez -dijo a éste luego que quedaron solos- supongo que habéis encontrado en completa salud a la hermosa Elvira.
-Esa pregunta, señor...
-¡Oh! No, hacéis bien; no se puede vacilar entre el servicio de una hermosa y el de un conde. Voy viendo que os debo de armar caballero, porque ya, sin serlo, cumplís perfectamente con la orden de caballería. ¿A qué hora habéis entrado en Madrid? Rui Pero, dispondréis que se busque dentro y fuera del alcázar a Ferrus. Su ausencia me inquieta. Ya estamos solos, Vadillo. ¿A qué hora habéis entrado?.
-Podrían ser las cuatro, si dicen las horas las estrellas.
-¿Las cuatro? A esa hora... ¿no habéis visto a la entrada a Ferrus?
-Ojalá, señor, que hubiera visto a Ferrus; algo peor es lo que he visto.
-¿Peor? Explicaos presto.
-Y peor lo que he oído.
-¿Habéis oído?
-Volvía, señor, de la batida, como me dejaste mandado, a la cabeza de los caballeros y monteros de tu casa; al llegar al alcázar habíame adelantado algún tanto para hacer la señal de que nos echaran el rastrillo, cuando creí oír hacia cierto punto del alcázar, pero de la otra parte del foso, un laúd asaz bien templado.
-Seguid, Vadillo.
-Parecióme mal que a tales horas se diesen serenatas hacia la parte precisamente del alcázar que habita...
-Seguid.
-Apreté los ijares al caballo; cuando llegué, la música había cesado; pero un hombre que rodeaba el muro exterior, y que a la sazón se hallaba debajo de las ventanas de mi señora la condesa...
-¡Vadillo!
-De Elvira, señor... Perdonad si mi lengua... ¡maldita sospecha! ahora caigo en que... Aquel hombre, pues, no me pareció bien, y le acometí.
-Por Santiago que acertaste. ¡Es mi hombre! ¿Era el músico?
-Sin duda, puesto que por allí otro alguno no se veía.
-¿Se defendió?
-Trató de defenderse y trató de hablar; pero mi venablo no le dio todo el espacio que él quisiera. Le disparé y cayó.
-¿Cayó? Adelante, Vadillo. Tu recompensa igualará tu servicio.
-Apeéme del caballo para reconocerle, pero fue imposible; había llovido, y él cayó en el fango; mi venablo le había pasado por la frente, y su cara estaba llena de lodo y de sangre; la oscuridad, además, y mi turbación no me permitieron conocerle. Figuréme, sin embargo, que no debía de estar muerto aún, pues latía su corazón y se quejaba. Deseoso de saber quién fuese el músico que a aquellas horas osaba comprometer el honor de las dueñas del alcázar, atravesélo en mi caballo; sin embargo, antes de entrar lo encomendé al cuidado del montero que se había adelantado conmigo; respondióme de su seguridad. Fui a dar órdenes para hospedar a la gente de la batida, y ahora sólo espero las tuyas, gran señor, para reconocer al insolente trovador,
-¡Ah! ¿No sabéis aún quién sea?
-Sólo sé que no está herido de muerte; pero el montero al anunciármelo añadió que el maestro a quien había recurrido, al hacerle la cura, había encargado que no se le viese ni hablase. Creí, pues, del caso esperar a la mañana. Parecióme, sin embargo, joven y gallardo mancebo.
-Él es, no hay duda. Te tengo en mi poder, mal caballero. Vadillo, es preciso tenerle a buen recaudo.
-¿Conócesle tú entonces, gran señor?
-Sí, le conozco; tú le conocerás también. Necesito sin embargo a Ferrus. A esa misma hora de las cuatro le envié a reconocer al músico; de entonces acá ha desaparecido. El villano cobarde ha tenido miedo sin duda; acaso luego se aparecerá y creerá desarmar mi enojo con alguna juglaría. Entretanto Rui Pero está en el encargo de encontrármelo muerto o vivo. Sus orejas servirán de pasto a mis lebreles si ha cometido villanía, por Santiago. Ahora, Vadillo, es preciso no perder tiempo; supuesto que está en nuestro poder quien pudiera únicamente desbaratar mis planes, dentro de una hora he de quedar servido. Hernán Pérez, ¿tenéis valor y resolución?
-Dispón, señor, de mi vida.
-Venid conmigo; prontitud y secreto.
Dicho esto, salieron don Enrique y su primer escudero, y atravesando apresuradamente las galerías del alcázar, se dirigieron a las caballerizas del conde; dieron allí varias órdenes, al parecer de la mayor importancia, y separáronse en seguida. El primer escudero buscó y habló misteriosamente a algunos escuderos de la casa de Su Señoría. El movimiento y el sigilo con que ciertos preparativos se hacían, pronosticaban algún proyecto de la mayor importancia. Reuniéronse de nuevo el conde y su primer escudero, y en otra secreta conferencia aquél pareció dar a éste instrucciones de grave peso, después de las cuales se dirigieron entrambos, seguidos de los escuderos y armados que para su plan habían escogido, y desaparecieron entrándose por la cámara de don Enrique. Nada se trasluce en las crónicas del objeto de aquellas ignoradas conferencias. El lector, sin embargo, si presta un poco de paciencia, podrá tal vez adivinarlo por sus prontos resultados.
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Rom. del conde Alarcos. |
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Cuando Fernán Pérez de Vadillo hubo dejado su presa al cuidado del montero, se apresuró a desvanecer las sospechas que en su alma comenzaban a nacer acerca de la dueña a quien podría haber sido la serenata dedicada. Era evidente que el trovador se hallaba debajo de las rejas de doña María de Albornoz; ¿rondaba, empero, a la condesa? ¿Era acaso Elvira el objeto de tan intempestiva música? La conducta irreprensible de la condesa y de su esposa las ponían en cierto modo a cubierto de cualquier juicio temerario. Los maridos, sin embargo, que nos lean, no extrañarán que el celoso escudero fabricase en el aire mil castillos fantásticos hasta la completa aclaración, por lo menos, de sus terribles dudas.
El taimado pajecillo, entretanto, al oír saltar de su lecho a su hermosa prima, se había levantado y había conseguido hacer que ella volviese en sí de su aturdimiento, golpeando a su cerrada puerta y preguntándola sí necesitaba algún auxilio, y cuál era la causa de aquel ¡ay! doloroso y del extraordinario ruido que acababa de oír.
Repúsose Elvira lo mejor que pudo, y tranquilizando al paje, mandóle que se retirase a su lecho, y aun le trató de visionario y de curioso impertinente. A lo de curioso tenía el pobre Jaime que responder, pero en cuanto a lo de visionario, él sabía muy bien que no había soñado lo que realmente había oído, y si obedeció por entonces, no fue sin reservarse el derecho de averiguar todo el caso en amaneciendo. Elvira, satisfecha con el silencio del paje, tornó a escuchar, pero no oyendo ruido alguno que pudiese ponerla en camino de dar con la verdad de lo sucedido, volvióse al lecho también; de suerte que a la venida inesperada del celoso escudero, pudo disimular convenientemente la reciente turbación. Después de las primeras preguntas que entre los dos pasaron acerca de aquella imprevista llegada, en balde trató Fernán Pérez de sondear mañosamente el alma de su avisada esposa. Nada había oído, nada sabía de cuanto a Vadillo traía inquieto. Hubo éste, pues, de conformarse y remitir a otra ocasión más favorable la satisfacción de sus deseos. Concilió el sueño de que tanta falta tenía, y cuando despertó se vistió apresuradamente, y despidiéndose de su amada esposa, se dirigió a la cámara de don Enrique, como arriba dejamos indicado.
No deseaba Elvira otra cosa; cada vez más inquieta acerca del oscuro sentido de las trovas de la noche pasada, presagiaba ya mil próximas desventuras; determinó dar aviso a la condesa, quien había oído muy confusamente los sucesos referidos. Antes, empero, de dar este importante paso, llamo al paje y le dijo cómo era inútil que guardase por más tiempo el secreto de la venida del caballero de Calatrava, puesto que ella lo había reconocido; añadióle que importaba mucho a la seguridad de su señora la condesa saber cuál había sido el desventurado lance de la noche, y hablar al caballero, si habla quedado de él con vida y libertad, para que le aclarase sus misteriosos avisos; prometió el paje indagar cuanto hubiese en el asunto, tanto por dar contento a su querida prima, como por el interés que en las cosas del caballero trovador se tomaba. Salió, pues, en busca de él, resuelto a no volver mientras no diese con él y no le indicase el deseo de la condesa, de agradecerle su fina amistad e implorar al mismo tiempo su protección y amparo, si algo sabía que fuese en contra de ella o de los suyos.
Más tranquila después de esta primera diligencia, acudió la triste Elvira a la cámara de su señora, a quien encontró levantada, pero no repuesta de las terribles escenas de la víspera. No contribuyó a aquietarla lo que Elvira le refirió, y entrambas a dos determinaron vivir con cautela, no dudando que las palabras del trovador tuviesen alguna relación con los proyectos que el irritado conde había dejado traslucir la noche antes en medio de su colérico arrebato contra su inocente esposa.
Bien quisiera la condesa penetrar el arcano que las nocturnas trovas encerraban, y aún más quisiera traslucir quién podía ser el caballero generoso que tan bien informado se hallaba de las asechanzas que contra ella se prevenían y que tan singular interés por su seguridad tomaba. No eran pequeñas, por otra parte, las zozobras y la duda que a entrambas nuestras heroínas agitaban acerca de los resultados de la desgracia que al caballero le había acarreado su generosidad.
Era para Elvira evidente que poco después de haber callado el desventurado cantor, le había sobrevenido un trance de armas; la caída de un cuerpo había resonado luego funestamente en sus oídos y en su corazón, y el silencio y la duda habían sucedido a la catástrofe. Era de presumir que el muerto o herido fuese el músico; pero era imposible saber nada a punto fijo antes de la vuelta del paje. Corría entretanto el tiempo, si bien no tan aprisa como al desgraciado que espera le suele comúnmente convenir, y el paje no daba noticias de su persona.
Si nuestros lectores han esperado alguna vez podrán formar una idea aproximada de la penosa agonía de la de Albornoz y Elvira, porque idea exacta de ninguna manera la podrán concebir.
-¿Has oído? -preguntaba en medio del mayor silencio la condesa.
-¡Es Jaime! -respondía Elvira-; mas no, no suena nada -añadía después de un momento de inútil expectación.
-Ahora... ahora sí -exclamaba de allí a un rato la condesa.
-Sí; ahora; pasos son, y pasos acelerados...
-De muchacho.
-Jaime, Jaime es... ahora sí... -repetía Elvira atenta a la puerta, los ojos fijos en sus batientes hojas y palpitándole el seno aceleradamente con el movimiento de las olas azotadas por la brisa; veíala abrirse ya, se medio incorporaba en su asiento, entreabría los labios para hablar a Jaime... La puerta, sin embargo, cerrada, fija, inmóvil como una pared. Los pasos se alejaban, apenas se oían. Nada ya.
-Sería algún criado que pasaba.
Una vez, en fin, la puerta se movió al morir en ella el ruido de los pasos; todavía no se podía ver al que iba a entrar; parecía sacudirse lo bastante para dar paso al paje, que era sin duda el que iba a entrar, la condesa y Elvira unánimemente inspiradas de uno de esos raptos del primer momento, tan comunes e irreprimibles como inexplicables en las mujeres, habían gritado:
-¡Jaime!, entra, Jaime.
Abrióse por fin la puerta enteramente y entró don Enrique de Villena. Hay una inclinación natural en el que espera a creer que nadie puede venir sino el esperado; nada tienen, pues, de particular el asombro y la repentina frialdad de la condesa y su camarera al ver echado por tierra tan inesperadamente todo el aéreo castillo de sus fantásticas esperanzas. Miráronse una a otra en el primer momento de estupor; el lector hubiera adivinado en sus semblantes infinidad de ideas que bullían en sus imaginaciones y que por la vista se cruzaban, se comunicaban, se hablaban, se refundían en un solo objeto de entrambas comprendido sin más verbal explicación.
Examinó un momento don Enrique de Villena las cambiantes fisonomías de la señora y su camarera.
-Bien veo -dijo pausadamente después de un momento- bien veo, doña María, que no esperáis a vuestro esposo. ¿Pudiera yo merecer vuestra confianza hasta el punto de saber cuál interés os liga al imprudente paje que ha abandonado de una manera tan imprevista mi envidiado servido? ¿Calláis? ¿Me conserváis rencor aún por la escena de anoche?
Dijo estas palabras con tal acento de dulzura y de reconvención que no pudo menos la ilustre víctima de manifestar a las claras en su semblante su singular asombro. Tenía, efectivamente, el de Villena gran facilidad para revestir la máscara que a sus fines mejor convenía. Nadie hubiera reconocido en sus modales y palabras al tirano esposo de la víspera.
-¿No queréis, señor, que extrañe tan singular mudanza en vuestras acciones? ¿Debo creeros o prepararme para otra?...
-Basta, doña María; ¿es posible que no acabéis de conocer los sentimientos de don Enrique de Villena? No negaré que pudierais estar justamente ofendida; pero vengo a reclamar mi perdón. He pensado mejor mis verdaderos intereses, he reconocido mi error; vuestras virtudes me han hecho abrir los ojos; si sois la misma que habéis sido siempre, Elvira puede ser testigo de nuestra reconciliación.
-¡Don Enrique! -exclamó alborozada la de Albornoz. Miró, sin embargo, a Elvira como para preguntarla con los ojos si podría creer en la sinceridad de las palabras del conde. Elvira bajó los suyos y dejó sin respuesta la muda interrogación de su señora.
-Desechad las dudas, doña María. Vengo a datos una prueba positiva de mi afecto. Espero que esta noche os presentaréis brillante de galas y preseas en la corte de Enrique III. Quisiera que vencieseis en esplendor a todas vuestras émulas, y que la corte toda, a quien hemos dado harto motivo de murmuración con nuestras anteriores contiendas, presenciase los efectos de nuestra nueva alianza. ¿Dudáis aún?
-Esta duda, señor -repuso la de Albornoz-, puede seros garante del deseo que en mi alma abrigaba de veros, por fin, esposo algún día. ¡Ah! si vuestro amor, si esta reconciliación fuesen una nueva artería, si fuesen un lazo...
-¡María!
-Perdonadme; vos habéis dado lugar a mi desconfianza; si esta paz aparente fuese sólo la calma precursora de nuevas borrascas, seríais bien cruel y bien pérfido caballero. ¿Qué gloria podría prestarle al león el jugar con la inocente y crédula oveja? Ved mi alma: yo os perdono, don Enrique; perdonémosnos entrambos. Oíd, empero. Si sólo intentáis divertiros a costa de mi loca credulidad, Dios confunda al malsín, abandone la Virgen Madre al engañador de las damas y el buen Santiago al mal caballero. Apodérese el ángel malo del alma del traidor, y no le sean bastante castigo las penas todas de los condenados al fuego eterno. He aquí mi mano y mi amor, don Enrique.
Las últimas palabras enérgicas que la de Albornoz había pronunciado con toda la entereza de la virtud y el entusiasmo de la inspiración habían hecho bajar los ojos al imperturbable don Enrique; un estremecimiento involuntario le había cogido desprevenido, y estrechó la mano de la de Albornoz, diciendo balbuciente y confuso:
-Ved aquí la mía; el cielo sabe la verdad de mis palabras.
Abrazáronse los consortes en presencia de la asombrada Elvira, quien, acostumbrada a la táctica de don Enrique, no hacía sino examinar su semblante como buscando en sus facciones y en el más insignificante de sus gestos pruebas contra sus palabras. La de Albornoz, deslumbrada por su mismo deseo y su amor al conde, se entregaba más fácilmente a la esperanza de ver, por fin, su suerte mejorada. ¿No era, por otra parte, muy posible que sus virtudes hubiesen hecho realmente en don Enrique el efecto que éste acababa de suponer? Nada hay más fácil que hacernos creer lo que con vehemencia deseamos. La de Albornoz tragó, pues, el cebo y el anzuelo.
-Repuesto don Enrique de su primera turbación, no perdonó medio alguno de inspirar confianza a su esposa; las palabras más tiernas fueron por él prodigadas y las más vivas protestas de amor y fidelidad. Un amante no hubiera dicho más que el hipócrita marido.
Poco tiempo podía hacer que esta escena duraba en la cámara de doña María de Albornoz, cuando la puerta misma que el día antes había proporcionado a don Enrique retirada, se abrió con admiración de los circunstantes, y se aparecieron seis figuras fantásticas, que un hombre del vulgo hubiera llamado entonces seis endriagos. Venían armados, al parecer, de pies a cabeza, pero unas especies de sayos que sobre la armadura traían, y cuya capucha cubría su cabeza y rostro, a manera de los que usaban los almogávares, no permitían ver quiénes ni qué especie de hombres fuesen.
Suspensas quedaron a tan extraña aparición doña María y su camarera; mirábanse alternativamente, y miraban luego con atención exploradora a don Enrique, deseosas de reconocer en su fisonomía si se presentaban los intrusos allí por su orden o si tendrían ellas motivo para temer algún nuevo peligro.
-¡Vive Dios! -exclamó don Enrique levantándose-; ¿quién es el osado que os envía? ¿Quién se atreve a interrumpir de un modo tan incivil las conversaciones del conde de Cangas y Tineo? Salid fuera y...
No le dieron tiempo a proseguir los encubiertos; el que parecía ser el jefe de ellos desenvainó una espada, a cuya señal se acercaron los demás con sendos puñales a las aterradas damas, todo sin proferir una palabra.
-¡Don Enrique! -exclamó la de Albornoz arrojándose a sus pies y estrechando sus rodillas; al paso que éste, con el acero fuera ya de la vaina, parecía protegerla de todo extraño acometimiento.
-Traición, señora -gritó Elvira-; traición; ¡nos han vendido! -y quiso arrojarse hacia la puerta para demandar socorro. No se lo consintieron dos de los fantasmas, que arrojándose a su paso, la sujetaron fuertemente y pusieron término a sus alaridos cubriendo su boca con un fino cendal y procediendo en seguida a sujetarla a una de las columnas de la cámara. Don Enrique, entretanto, gritaba y maldecía.
-¡Por Santiago! he olvidado mi silbato de plata en mi cámara y ningún criado me oirá aunque los llame. Pero venid -añadía al jefe de los invasores-; llegad y arrancadme la vida antes que el honor.
En vano trató la de Albornoz de separar a su esposo del trance que le esperaba. Don Enrique la rechazó y cruzó la espada con la del desconocido, en tanto que los compañeros de éste, apoderándose de la casi desmayada doña María, vendaban su boca con su propio pañuelo, en cuyas puntas se veían ricamente recamadas en oro las armas reunidas de su casa y la de Aragón; cubriéronla toda con un largo manto negro, que de pies a cabeza la ocultaba, y comenzaron a sacarla fuera de la cámara por la puerta secreta, sin que pudiese oponerles resistencia alguna la consternada y ya enteramente enajenada víctima.
Combatía entretanto don Enrique con el desconocido, el cual, visto lo hecho por sus compañeros, se replegaba defendiéndose con destreza. Miraba Elvira con atención el semblante de don Enrique por ver si descubría en él alguna señal que manifestase estar mancomunado con los traidores. Ofendía y se defendía éste, empero, con bizarría; voceaba llamando a sus criados y persiguiendo siempre al fuerte caballero que protegía la retirada de los suyos con su presa, mas sin poder herirle; al llegar a la puerta secreta el desconocido hizo su último esfuerzo para desembarazarse de su molesto perseguidor, y tirándole un furibundo mandoble desarmó al conde. Bien trató el al parecer irritado Villena de recoger su acero en cuanto vio que el encubierto no se había aprovechado de su ventaja para rematarle, pero la acción de don Enrique dio tiempo al fugitivo; lanzóse a la escalera cerrando tras sí la puerta con el oculto cerrojo, de modo que cuando el conde, apoderado ya de su arma, volvió a la carga, no halló más que una pared tersa e insuperable delante de sí, procurando en vano tocar el resorte que solía abrir.
Volvióse atrás entonces el conde, y no parando mientes en Elvira, que atada y amordazada permanecía, salió por la puerta principal de la cámara llamando socorro y armas contra los robadores, como los llamaba, y malandrines que acababan de arrebatar a su cara esposa de entre sus mismos brazos, allanando su propia habitación por arte sin duda de Luzbel y con auxilio de todas las potestades del abismo, contra su robusto y valeroso brazo.
-A la mina, mis escuderos, al campo -gritaba, al campo del moro, al Manzanares; allí los alcanzaremos; la escalera secreta no tiene otra salida.
No tardó mucho en esparcirse por el alcázar la noticia del extraordinario robo y desacato cometido en la persona de la condesa de Cangas y Tineo; caballeros y escuderos acudían todos a la voz del conde, y en menos de media hora estuvo éste en disposición de traspasar el rastrillo en busca de los robadores. Quién enlazaba este acontecimiento con la música oída la noche antes bajo la ventana de la condesa, quién suponía que el hecho era imposible, en vista de que sólo don Enrique poseía las llaves de los candados que cerraban aquella salida al campo. Todos conjeturaban, todos hablaban, nadie veía clara la verdad.
No era, sin embargo, menos cierto que los robadores habían hallado el secreto de introducirse en la cámara de la de Albornoz por la puerta que la unía con la del conde, y que tenía salida a la escalera, y de allí a la larga mina no conocida de todos. Nada más frecuente en los alcázares antiguos, y de construcción morisca sobre todo, que estas minas secretas; hacíanse prudentemente con la mayor reserva y secreto, y solían parar a una o dos leguas, a veces, del alcázar a que pertenecían. Varias puertas y trampas de hierro, bien cerradas y puestas a trechos, impedían la entrada en ellas a los enemigos, aun en el caso de ser su boca descubierta, cosa de suyo poco menos que imposible, y podían ser de mucha utilidad a los poseedores del alcázar, tanto para hacer una salida imprevista como para introducir víveres, como también para salvarse por ellas en una noche la guarnición del castillo en el caso de verse reducida al último extremo por un ejército aguerrido y numeroso. Por una de estas minas, pues, escaparon los encubiertos; de suerte que ya se hallaban muy lejos de Madrid cuando pudieron llegar sus perseguidores a la boca de la mina, habiéndoles sido preciso reunirse, armarse, salir del alcázar y dar un gran rodeo para su objeto, pues perseguirlos por la mina era caso imposible, puesto que habiendo sustraído y llevado las llaves de las diversas puertas los encubiertos, era claro que habrían ido cerrándolas todas sucesivamente tras sí, como con la primera de la cámara había hecho el jefe de ellos, con el prudente objeto de asegurarse las espaldas.
Dejemos a don Enrique a la cabeza de los ofíciales de su casa corriendo el Campo
del Moro en busca de su robada Elena y pidamos al lector un ligero descanso que,
después de la pasada refriega y aventura extraordinaria referida, habemos en
gran manera menester.
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Rom. del conde Grimaltos. Silva de varios rom. |
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La pequeña corte de la antecámara de don Enrique, que dejamos en anteriores capítulos descrita, era un imperfecto y pálido remedo de la del muy alto y poderoso don Enrique III.
Veíanse lucir en ésta, a más de los que tenían los primeros oficios de la real casa de Su Alteza, las principales dignidades de Castilla. Hallábanse en derredor del trono a derecha e izquierda, y por el orden de su dignidad y favor, el buen condestable don Rui López Dávalos, el almirante don Alfonso Enríquez, don Fadrique, duque de Medinaceli, el conde don Juan Alfonso de Niebla, los maestres de Santiago y Alcántara, el mariscal don Garci González de Herrera, don Juan de Velasco, camarero mayor, Diego López de Stúñiga, justicia mayor, Pero López de Ayala, chanciller mayor y del sello de la puridad, el adelantado Pedro Manrique, donceles y caballeros principales, en fin, que a la corte asistían. En el momento de nuestra narración llegaba Su Alteza a ocupar su regia silla; acompañábanle al lado don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, don Juan Hurtado de Mendoza, su mayordomo mayor, y sosteníanle del brazo fray Juan Enríquez, su confesor, y don Mosén de Abenzarsal, su físico. Don Enrique III, en medio de su juventud, tenía el natural aspecto enfermizo que a su rostro prestaban sus habituales dolencias. Semblante pálido y prolongado por la enfermedad, noble con todo, grave y lleno de majestad; sus ojos eran hermosos; mezclábase en ellos cierta languidez y tristeza con la penetración y la severidad; su andar era lento y su voz flaca.
Hasta el momento de la entrada de Su Alteza habíase tratado con raro interés entre los palaciegos del robo singular de doña María de Albornoz, y ninguno en consecuencia extrañaba la ausencia de don Enrique de Villena y de los caballeros de su casa. Sucedió el mayor silencio a la entrada de Su Alteza, y éste recorrió con la vista apresuradamente el círculo de sus cortesanos, saludando a uno y otro lado con su natural sequedad.
-¿Y nuestro fiel pariente y vasallo don Enrique de Villena? -preguntó Su Alteza. Condestable, ¿creo que me habéis dicho que ha vuelto de la montería del Real de Manzanares?
-Señor -dijo el buen López Dávalos inclinando su cabeza cana y despojada por el tiempo-, cierto es lo que aseguré a tu Alteza: don Enrique volvió ayer de El Pardo.
-¡Por San Francisco! que no sabe sus intereses mi primo cuando olvida presentarse a su Rey.
-¡Es una omisión imperdonable!... Pero, señor, hay causas a veces que...
-¿Causas? Quiero saberlas.
-Seis enmascarados han robado a su esposa.
-¿Robado? ¿Dónde?
-En su cámara misma.
-¿En mi palacio? No puede ser, condestable. Tal desacato costaría la cabeza... Explicaos.
-Nada hay más cierto, señor.
Aquí el condestable, amigo del conde de Cangas y Tineo, refirió al Rey cuanto en el alcázar corría acerca de tan extraño acontecimiento.
-Diego López de Stúñiga -dijo el Rey levantándose cuando hubo oído la relación del caso-, el rey Enrique no desmentirá jamás la fama que tiene granjeada de justiciero. Como justicia mayor de mis reinos os cometo la averiguación del suceso. Compadezco a nuestro fiel pariente y vasallo y quiero vengar la felonía cometida en la persona de mi muy amada doña María de Albornoz. Antes de tres meses me habréis descubierto quién sea el reo. Juro por las llagas de San Francisco que no le podré dar seguro aunque me le pida.
Inclinó respetuosamente la cabeza Diego López de Stúñiga y volvió a ocupar su lugar.
-Vos, Pero López de Ayala, tendréis entendido que quiero que se extienda hoy mismo la cédula que os dije; es mi real voluntad que no paguen mis reinos más monedas, a pesar de no haberse acabado aún la guerra con Granada. ¿Qué os parece, almirante?
-Paréceme, señor, que pudieran recrecerse graves daños de la supresión del tributo de las monedas -repuso el almirante-; si bien con eso contestáis a los pecheros y hombres de afán, también si los moros vuelven a hacer entrada...
-No me lo digáis -repuso el Rey-; estad cierto que tengo yo mayor miedo de las maldiciones de las viejas de mis reinos que de cuantos moros hay de esta parte del mar.
Calló el almirante, y alto murmullo de aprobación acogió el paternal dicho de Enrique el Doliente.
Otra media hora pasaría en que el rey de Castilla despachó en medio de su corte algunos negocios del gobierno de sus reinos; ya iba a dar la vuelta a la cámara cuando se sintió ruido como de muchas personas armadas que se acercan; volviendo todos las cabezas hacia el sitio por donde el rumor sonaba, un faraute de Su Alteza, llegando hasta el medio de la sala, hizo una reverencia, otra a poca distancia, y hecha la tercera a los pies casi del trono:
-Poderoso Rey -dijo en alta voz- y justo don Enrique, tu pariente y leal vasallo don Enrique de Aragón, conde de Cangas y Tineo, ricohombre de estos reinos y señor de Alcocer, Salmerón y Valdeolivas, viene a pedir a tus plantas justicia y reparación
-Decid que entre a mi pariente y leal vasallo.
Retiróse el faraute con las mismas cortesías, sin volver jamás las espaldas, y llegado a la puerta:
-Entrad -dijo con voz descomunal.
Dos farautes de don Enrique precedían. Don Enrique de Villena detrás, con rostro a la par airado y pesaroso. Seguía a su lado su primer escudero y detrás un caballero de su casa con el estandarte de sus armas, en que lucían sobremanera las barras paralelas de Aragón. El estandarte, pendiente de una asta a la manera de los que aún se usan en algunas procesiones, era ricamente recamado de oro y plata sobre campo azul. Venían después, armados como su señor, los caballeros y escuderos vasallos del poderoso don Enrique.
Pedido y dado el permiso de hablar por Su Alteza, tres veces reclamaron los farautes de don Enrique la atención y silencio de los demás señores y asistentes.
-Oíd, oíd, oíd el desacato y felonía cometido en la persona de la muy noble e ilustre señora doña María de Albornoz, esposa del muy noble e ilustre señor don Enrique de Aragón, y que en nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y de la Bienaventurada Virgen gloriosa, viene a pedir justicia y reparación.
Respondido hablad, tres veces también, por el faraute de Su Alteza, comenzó don Enrique, hincando en tierra una rodilla, a hacer relación de cómo le había sido, en su misma cámara, robada su muy amada esposa, y de cómo había salido en persecución de los robadores, entre los cuales contábanse criados de su casa, cuya falta había notado al mismo tiempo.
-Alzad -le dijo el Doliente rey-, conde de Cangas y Tineo, y decid cuál sea el fruto de vuestra expedición.
-No me levantaré, señor excelso, mientras no acabe el cuento de mi cuita y no este seguro de que tu alteza me otorga lo que a pedirte vengo. Inútilmente he recorrido el campo en busca de los robadores; a haberlos encontrado, señor, no hubiera menester pedirte justicia, porque mi espada me la supiera dar muy suficiente. Pero ¡oh dolor!, gran Rey, he hallado en vez de la esposa o de la venganza que buscara, esos sangrientos despojos que sólo una funesta catástrofe me pueden anunciar.
Adelantáronse, al llegar a decir esto, dos escuderos, que tendieron a la vista del rey el manto y el velo de doña María de Albornoz todos ensangrentados.
-¡Cielo santo! -exclamó horrorizado el piadoso Rey. Un movimiento de horror circuló por la corte, y todos apartaban la vista de los sangrientos restos.
-He aquí, señor -exclamó sollozando el desdichado esposo-, ¡y ojalá no hubiera encontrado más pruebas de mi desgracia!
-¿Qué decís? Hablad -exclamó Enrique III.
-Un pastor, gran Rey, que es el que ves y puede darte de ello testimonio, me ha asegurado que unas horas antes de encontrar con estas ropas había visto pasar a unos armados con un cadáver de una mujer, a su parecer hermosa y joven; mi esposa, señor. Receláronse de él y quisieron echarle mano para impedir que su mal hecho se supiese; mas el conocimiento que tiene del país, las quebradas de las peñas y sus buenos pies le salvaron, por desdicha mía, para mi amargo desengaño.
-Pastor, llegad -dijo don Enrique-; ¿vos habéis visto eso?
-Verdad dice su grandeza -repuso el pastor con visible turbación, que achacaron todos al asombro de hallarse en tal paraje-. Llevábanla, sin duda, a enterrar en los sitios ocultos en donde los vi.
-Justicia; pues, señor, justicia. Otorgadme que me dé a buscar al alevoso, y que donde quiera que le encuentre, pueda, sin duelo ni formalidad alguna, castigar al que como villano se portó.
-Yo os juro, don Enrique, justicia y reparación. Alzad; ¿tenéis vos indicios de quién pueda ser el robador?
-Ninguno -respondió Villena levantándose.
-¿Sospecháis, por ventura, si una venganza o si una pasión?...
-¡Ay de quien osare ofender la memoria de mi esposa!...
-Nadie en mi presencia la ofenderá, conde de Cangas y Tineo. Imposible me fuera concederos que os entreguéis a buscar al delincuente; necesito vuestra asistencia en mi corte. Pero los oficiales de mi justicia apurarán la verdad y le hallarán donde quiera que se esconda. Os otorgo, sin embargo, en nombre de Dios trino y uno, a quien en la tierra representan los reyes ejercitando su justicia, que matéis al villano, si lo halláis, donde quiera que lo halléis, armado o desnudo, solo o acompañado, por vuestra mano o por la de villanos vasallos vuestros. Otorgo, otro sí, que quede privado de cualquier gracia que pudiere yo hacerle o le hubiere hecho sin conocerle; mando a quien le encuentre, caballero, escudero, noble o pechero, y le requiero que le castigue como su villanía merece, y al que le mate hágole de su muerte salvo y perdonado. Alzad ahora, don Enrique.
-No esperaba yo menos, gran Rey, de tu recta justicia.
Adelantándose entonces don Enrique el espacio que del trono le separaba, llegó con rostro apenado, y doblando de nuevo la rodilla ante el rey Doliente, quitóse el yelmo, besóle la mano, y dióle repetidas gracias por el favor singular que acababa de otorgarle. Retiróse en seguida a desarmar, con sus caballeros, por el mismo orden que habían venido.
Quedaron los cortesanos estupefactos de cuanto acababan de oír. ¿Qué motivo racional se podía, efectivamente, dar a la extraordinaria muerte de doña María? Todos discurrían y se hablaban al oído-, pero ninguno conjeturaba la verdad, si bien muchos dudaban del relato y de la manera y forma de la muerte por don Enrique referida. Pero donde el Rey había creído públicamente, no era lícito, ni aún a los mayores enemigos de don Enrique, dudar del caso sino en secreto. Todos, por lo tanto, callaron, y el físico de Su Alteza, que vio que la animada audiencia de la mañana y lo mucho que Su Alteza había hablado, había alterado visiblemente su color, le advirtió respetuosamente que le convenía tomar algún descanso. Oído esto por el Rey, bajó del regio sillón, y despidiendo a sus cortesanos, entróse en su cámara con aquéllos mismos que le habían acompañado a su salida, menos don Pedro Tenorio, el arzobispo de Toledo, que quedó en la sala de audiencia con los más grandes, dando y tomando en la singular aventura del que, entonces más que nunca, comenzó a aparecer verdadero hechicero a los ojos de los suspicaces cortesanos de don Enrique el Doliente.
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Rom. ant. del Infante vengador. |
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No bien hubo llegado don Enrique a su cámara, despachó a sus caballeros y sólo quedó a su lado su predilecto escudero; depuesta allí la falsa máscara de la pena, cuando hubo quedado solo el intrigante conde con Fernán Pérez de Vadillo, trabó con él una breve conversación.
-Fernán, nada tenemos que temer.
-Siempre tiene que temer quien no obra bien, señor.
-¡Fernán!
-Perdonadme, pero no apruebo lo hecho. Y ahora que he obedecido tus órdenes sin murmurar tengo algún derecho a descargar mi conciencia.
-Vadillo -díjole al oído el conde-, de nada tiene que acusarme la mía.
-¿De nada?
-Bien; convengo en que el medio ha sido violento-, pero era preciso ser maestre de Calatrava.
-Callo, señor; obedezco, pero no lo apruebo. Permíteme que te lo diga por última vez.
-En buen hora; vuestro silencio y vuestra obediencia es lo que necesito. Y vamos a lo que más importa. Tiéneme inquieto el camino que habrán tomado los armados.
-En cuanto a los que llevaron a la condesa, yo te respondo de su silencio y de su fidelidad.
-Bien; ¿y Ferrus?
-¿Tanto sentís la pérdida del juglar?
-¡Sí, la siento, Hernán! Aquél nunca desaprueba nada; su conciencia es la del estúpido; nada le dice nunca; yo soy harto débil y harto bueno todavía para no necesitar tener a mi lado en mis fines un hombre honrado como vos. Quiero un instrumento, no un amigo. ¿Y el trovador prisionero?
-Podemos verle.
-¡Podemos!... Es indispensable. ¿No os dije yo que era él? Ved si ha estado detrás del sillón del trono, como acostumbra hallándose en la corte. El golpe nuestro será tanto más seguro cuanto que nadie tiene noticia de su llegada. Habrá desaparecido del mundo, y quién sabe si alguien notará la coincidencia de su desaparición y de la condesa.
-Eso, señor, pudiera no convenirte.
-Conviéneme mucho ser maestre de Calatrava. Partamos. Guíame a donde esté.
Inquietos iban los dos acerca de la entrevista que con el nocturno músico les esperaba. Al odio que contra él, por la denegación referida, abrigaba don Enrique, agregábase cierto recelo de que hubiese en su conducta algo más que ley de caballería y pura generosidad hacia la condesa; y aunque no amaba a su esposa, como bien a las claras lo acababa de probar, irritábale, sin embargo, la idea de que un simple caballero hubiese puesto los ojos en cosa suya y en tan alta persona. Con respecto a Vadillo, no dejaba de tener alguna inquietud, pues no estaba muy claro para él si daba serenata a la condesa o si acaso su esposa... Imposible y horrorosa le parecía tan descabellada sospecha de la virtud de Elvira-, pero la duda se había hecho lugar en su corazón, y es huésped por cierto que, una vez alojado, no se arroja del pecho a voluntad.
A entrambos parecía cosa indisputable que el músico era Macías, y nosotros, que desde la noche anterior nada sabemos de su existencia, no podemos menos de abundar en la opinión de los que tal pensaban.
Llegaron, por fin, a una puerta pequeña que en el extremo de una larguísima galería se encontraba.
-Alvar -dijo llamando Vadillo, y se abrió la puerta inmediatamente. Alvar era el montero a quien en la noche anterior había confiado el escudero la importante presa. Entraron en una pequeña habitación, cerrándose tras ellos la puerta.
-¿Y el preso? -preguntó Vadillo.
-Descansa en la pieza inmediata; debía no haber dormido en un mes, ronca tranquilamente.
-¿Ronca? ¿No está, pues, herido de peligro?
-Más daño debió de hacerle el miedo que vuestro venablo, señor escudero. Tiene algo arañada la cara de la caída y un brazo vendado; pero el maestro que lo ha reconocido esta mañana asegura que podrá salir después del medio día.
-Despertad a ese caballero -repitió entre dientes Alvar.
-¿Qué respondéis en voz baja? Despachad -dijo Fernán-. ¿Hase quejado de la violencia que con él se ha usado?
-Ayer noche todo era pedir que se le condujese a presencia de su amo el ilustre conde...
-¿Su amo? -dijo el conde-. El trovador ha perdido la cabeza.
-Voy a advertirle que vuestras señorías...
-Presto, Alvar, presto.
Entróse Alvar en la inmediata pieza, mientras que don Enrique y Fernán se preparaban a la extraña entrevista que iban a tener. No tardó mucho en volver a salir Alvar, asegurando que había despertado al enfermo, quien, sintiéndose completamente reparado de fuerzas con el pasado sueño, metía sus vestidos para salir a recibir a sus ilustres huéspedes.
-¿Es segura esa puerta, Alvar? -preguntó el conde.
-Las fuerzas de diez hombres reunidos no bastarían, señor, a violentarla -respondió Alvar-. Además dos monteros le guardan conmigo y está indefenso; de aquí no saldrá sino para donde vuestras señorías determinen. Pero aquí está.
Salía, en efecto, el asombrado prisionero, el cual, no bien hubo visto al conde, cuando, acercándose a él, como quien ve a su libertador, se echó a sus pies, y con lágrimas de gozo y de temor:
-Señor -exclamó besándoselos-, ¿en qué ha podido ofenderte para merecer tan dura prisión tu fiel Ferrus?
Dos estatuas de mármol parecieron a tan inesperada vista el conde y su escudero. No sería mayor el asombro y la indignación del rústico pastor que se viese torpemente cogido en el propio lazo que hubiera preparado para el raposo.
-¿Tú, Ferrus? -exclamó después de la primera sorpresa el furioso conde-. ¿Tú, Ferrus? Fernán, nos han vendido. Venid acá, don villano -añadió derribando por tierra de un empellón al desesperado juglar-; venid acá vos, Alvar, ¿es éste el preso que se os ha confiado? ¿Qué hicisteis, don bellaco, del doncel de Su Alteza?
Asíale de la garganta, y ahogárale sin remedio, si no se le pusiera por medio Hernán, que más sereno comenzaba a vislumbrar la verdad del caso.
-¿Qué doncel, señor? -gritó cuando pudo Alvar. Lleve mi alma el diablo si tuve yo jamás en mi poder más preso que el que el señor escudero me entregó, y si no es ése el mismo de que me encargué.
-¿Qué es esto, Hernán? -dijo don Enrique soltando la presa.
-¡Qué ha de ser, señor! Que sin duda debió de ser Ferrus el músico que yo cogí.
-Negra fortuna mía -gritó don Enrique-. ¡Qué músico habíais de coger, ni qué!... ¡Por Santiago! Venid acá, Ferrus; ¿qué hicisteis vos de cuanto os encargué? ¿Quién era el músico, juglar? Acabado...
-Serénate, señor -respondió temblando el aterrado Ferrus-. Yo obedecí tus órdenes ciegamente; yo rodeaba el muro y me acercaba ya al que tañía, cuando él, echando de ver mi bulto, calló y hundióse precipitadamente en la tierra; el diablo debía de ser sin duda que tomó la forma de músico para perderme en tu estimación...
-¿El diablo? Malandrín... -no pudo menos de sonreírse don Enrique al oír la simpleza de su juglar-. ¿El diablo?
-Señor, lo jurara; lo cierto es que yo no le volví a ver más; y cuando, todo ojos y orejas, me acercaba al sitio donde le había visto y buscaba el boquerón que habría dejado al hundirse, sin saber por dónde encontréme con un caballo encima y un caballero... Bien sabe Dios que en aquel trance me santigüé...
-Adelante, miserable, acaba.
-Por acabado, señor; desde aquel punto ni vi ni oí; cuando recobré el uso de mi razón, halléme en ese camaranchón donde me curaban las heridas que el mal enemigo me había hecho.
-Calle el necio -interrumpió, no pudiendo sufrir más, don Enrique-. ¡Vive Dios que nada comprendo, Hernán!
-Yo infiero, señor -dijo Hernán-, que el músico debió ser, si no diablo, muy ligero por lo menos, y yo debí tomar a Ferrus por el que tañía.
-Eso debió ser sin duda. Pero ¡voto a Santiago! que todos los deseos que de encontrar a Ferrus tenía no me pagan del pesado chasco. Alza, Ferrus, y vente con nosotros. ¡Necio de mí que fui a escoger para tan delicada empresa al mandria mayor que vio la tierra! ¿Enviéte yo para que cogieras al músico o para que te dejaras coger por el primero que llegase?
-Perdóname, señor -contestó algo repuesto Ferrus-; dijérasme lo que había de hacer contra el diablo en viéndole...
-¿Vuelves a mentar al diablo, menguado? ¿Dónde está el diablo, mal servidor? Enséñamele, desalmado.
-¡Jesús! Líbreme Dios. ¡Jesús! -exclamó Ferrus, santiguándose a más y mejor.
-Vamos de aquí, Hernán. Juro no abrir libro ni hacer trova, y júrolo por el apóstol Santiago, hasta no tener en mi poder al insolente doncel que de tal manera ha burlado mi esperanza. Ahora está libre, ¡vive Dios! y puede hacernos mucho mal. Alvar, tu fidelidad será recompensada.
Inclinóse Alvar, y nuestros tres predilectos personajes salieron silenciosamente a la galería; regocijado Ferrus de verse libre, en poder de su señor legítimo, y disipado ya el nublado que sobre su cabeza tronaba desde la noche anterior; disimulando Hernán la risa que en el cuerpo le retozaba al recordar a sangre fría el chasco inesperado y mohíno por demás el desairado conde, a cuya imaginación se agolpaba, entre otros peligrosos recuerdos, el del secreto que había imprudentemente confiado al perseguido doncel, y dándole no poco cuidado la reflexión de no haberle visto en la corte, siendo así que no era la causa que él había pensado la que podía habérselo impedido.
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Cancion. de Rom. |
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Largo tiempo hacía que Elvira, atada a la columna y sin poder pedir a nadie auxilio a causa del pañuelo que le tapaba la boca, esperaba con insufrible paciencia a que la casualidad o el transcurso del día le deparase un libertador que de tan crítica situación la sacase. Por fin llegó el momento deseado, y el paje que tanto había tardado en la averiguación de lo que se encomendara a su cuidado, abrió las puertas de la cámara que de prisión servía a la afligida hermosa. Miró en derredor y a nadie veía, hasta que, fijando los ojos en la columna, ofrecióse a su vista el espectáculo de su aprisionada prima. Asustóse primero y exclamó:
-¡Santo Dios! ¿Qué ha ocurrido aquí?...
Mal podía responderle Elvira sino con los ojos; pero cuando vio el pajecillo que no parecía nadie, ni había asomos de peligro, soltó la carcajada, impertinente a la verdad en aquel momento, y comenzó a dar brincos.
-¿Quién os ha puesto así, mi señora Elvira? ¿Os ató el señor escudero por?...
Diole lástima al llegar aquí el ver que su prima no parecía gustar de la prolongación de tan pesada chanza. Llegóse entonces el atolondrado a Elvira y desató sus crueles ligaduras.
-¡Dios mío! ¡Dios mío! -exclamó Elvira en viéndose libre-. Alguna desgracia está sucediendo a mi señora la condesa. Corramos...
-¿Adónde vais tan de prisa? -repuso el paje deteniéndola-. ¿Y quién me paga mi recado? ¿Quién escucha las nuevas que traigo? ¿Quién, sobre todo, me cuenta lo que os ha sucedido y la razón de haberos encontrado así mano a mano con esa columna negra?
-¿Traes nuevas? -preguntó Elvira olvidando todo lo demás-. ¿Traes nuevas?
-Y buenas -contestó el paje-. El caballero de las armas negras era el que tañía...
-Lo sé... y...
-Pero sabed que le esperé inútilmente dos largas horas, más largas que las del arenero...
-¿Inútilmente?
-Sí, pero por fin llegó.
-¿Llegó? ¿Con que no era él el?... ¡Yo os bendigo, Dios mío!... Sigue.
-¡Si le vierais qué agitado! Descompuesto el cabello, espantados los ojos, entró en su cámara y no me vio. ¡Negra suerte! -exclamó, y despedazó con sus manos el laúd que traía cruzado sobre la espalda-. ¿No me serviréis -dijo rompiendo las cuerdas- sino de gemir eternamente? Viome en seguida. ¿Qué haces aquí? -me dijo con voz terrible; pero al reconocerme templóse toda su ira-. Paje -me dijo entonces con voz mesurada-, ¿tornas aún con nuevas demandas del hechicero?
-¡Ah! si supierais quién me envía -dije entonces-; si supierais que una hermosa dama...
-Silencio exclamó-, no pronuncies su nombre... ¿Es posible? Díjele entonces la comisión que me disteis en nombre de la señora condesa; largo rato suspiró y miró al cielo sin hablar. Paje -me dijo en fin-, no nos veremos más. He creído que mi brazo podía ser útil a una inocente; pero si es fuerte contra los hombres, es impotente contra los recursos de una ciencia misteriosa y... maldecida. El infierno me envía enemigos en medio de la soledad y la Madre de Dios me abandona. Un acontecimiento extraordinario ha interrumpido mis avisos. He rondado la noche toda para volver a entrar en el alcázar; las órdenes más rigurosas, dadas no sé por quién después de mi salida, me han impedido verificarlo. He debido esperar a que entrase el día para que no fuese mi entrada sospechosa. Pero mañana el alba me encontrará lejos, bien lejos de Madrid. Si alguna mujer necesita mi amparo en cualquier ocasión, mal pudiera negársele un doncel de don Enrique. Dígame qué puedo hacer, por mí lo ignoro. Adiós. Apretóme la mano de una manera, prima, que yo creí que le atormentaban otros recuerdos que los de nuestra amistad. Envolvióse entonces en su pardo gabán, y cubriéndose con él la cabeza, oíle sollozar y salí. He aquí, prima, las nuevas.
-Tristes, bien tristes -dijo pensativa Elvira-. ¿Y de la condesa supiste?...
-¿La condesa? ¿Es su confidenta la que me pregunta?
-Sí, ¿nada sabes?
-Pero, querida prima, ¿qué tenéis? Vuestra palidez, vuestra agitación me asustan...
-¡Ah, Jaime!, la condesa es víctima en este momento de la más espantosa villanía... Volemos a su socorro: no sé adónde me dirija; la menor imprudencia mía puede comprometer su suerte y el éxito mismo de mis diligencias. Si supiera... pero la más completa oscuridad reina en todas mis conjeturas.
Meditó un momento Elvira el partido que tomaría, mientras que hacía nudos a uno de los cordones, que de su cintura pendía, el distraído paje. De pronto pareció que había iluminado su entendimiento un rayo de luz.
-No hay más recurso -dijo-, para los casos extremos son los remedios violentos. Jaime..., deja ese cordón, déjale te digo... Vamos a buscar a mi esposo; averigüemos primero qué voces corren de lo ocurrido y qué se cree en el alcázar... Después, si eres prudente, si has de ser callado, pero callado como la muerte, tú, que sabes el camino, me guiarás adonde pienso ir.
-Puede que algún día pruebe Jaime a su hermosa prima que no es tan atolondrado como le llaman.
Elvira apretó la mano del inteligente pajecillo con expresión de gratitud, y ambos salieron de la cámara que acababa de ser teatro de tan extraordinarias escenas.
Buscó Elvira a su esposo sin más demora, porque si bien sospechaba que don Enrique hubiera tenido parte en la pérfida desaparición de la condesa, ni veía claro en esto ni menos lo podía asegurar. ¡Tan bien se había representado por todos la farsa que dejamos descrita! Ni por otra parte, aunque a pies juntillas hubiera creído la traición del conde, cabía en su imaginación la menor sospecha acerca del extremado honor de su esposo; sabíale ligado a los intereses de su señor, pero que él hubiese tomado parte activa en el mal hecho no le era lícito a Elvira imaginarlo siquiera.
Así era la verdad: hidalga sangre corría por las venas del escudero y hacía vanidad de honradez y de rectos sentimientos; no era uno de los pocos hombres ilustrados de la época; no hubiera sostenido una intrincada tesis con un teólogo; participaba de las preocupaciones de su siglo; pero era en sus acciones hidalgo, y esto es por lo menos tan recomendable como el talento. Alguna parte había tenido en el criminal proyecto de don Enrique, pero sólo aquélla que no había podido excusar en calidad de escudero suyo; así que se había opuesto constantemente a las miras de su señor, habíale afeado los medios y le había reconvenido después, como arriba dejamos indicado; pero la misma probidad que le impulsaba a manifestar francamente sus sentimientos en tan delicado asunto, a riesgo de perder la gracia del conde, le impedía oponerse de hecho a sus deseos: era forzoso obedecer y callar por el propio honor del deslumbrado magnate; propúsose, pues, ser completamente pasivo y guardar el más riguroso silencio. Sospechando, sin embargo, que la primera que había de poner a prueba su fidelidad había de ser su esposa, no había vuelto a desatar las crueles ligaduras en que había quedado presa, y de que había sido él la causa, pues desde luego había manifestado al conde la imposibilidad de separarla de él y la dificultad que hubiera encontrado para realizar su voluntad mientras Elvira pudiese obrar libremente en los primeros momentos. Había, pues, dejado a alguna casualidad que no podía tardar en sobrevenir el cuidado de su esposa, deseoso de retardar a cualquier costa el instante de una explicación con ella, para la cual no tenía todavía muy meditadas las respuestas.
Avínole mal, no obstante, pues poco tardó Elvira en presentarse ante sus ojos, con una agitación tal, que no le pudo quedar duda al infeliz del objeto de su intempestiva venida. Hubiera él querido hallarse a cien leguas entonces de su consorte y del mundo entero, en cuyas miradas creía ver a cada paso otras tantas reconvenciones a su reservada y ambigua conducta. Repúsose, con todo, lo mejor que pudo, y ni las preguntas sencillas de Elvira, ni sus halagos, ni sus reconvenciones, lograron recabar de él la menor noticia que pudiese dar luz sobre lo ocurrido a la desconsolada hermosa. Obstinóse en negar constantemente la menor participación del conde en el robo de la condesa; en una palabra, manifestó con toda entereza hallarse en la misma ignorancia que la corte toda, y aun se indignó con notable aire de verdad a la menor idea de sospecha presentada por Elvira. Comenzaba ya ésta a dudar si serían sus juicios temerarios, pero nunca pudo convencerse a sí misma; vio además a don Enrique y parecióle que brillaban al través de su aparente dolor sentimientos de otra especie. Difícil cosa es, por cierto, engañar la natural penetración de una mujer; la inutilidad de los esfuerzos del de Villena para dar con los robadores y el horrible atentado cometido en una mujer que a nadie había hecho daño, reunidos a los antecedentes particulares que de aquel matrimonio desgraciado sólo ella acaso tenía, la hacían ver más claro en tan atroz intriga que todos los demás. Inexplicable fue su dolor cuando llegó a sus oídos la funesta nueva, que de boca en boca corría por el alcázar, de la desdichada muerte de su señora; afirmábanse al recordarla todas sus sospechas, ardía en deseos de venganza, y la idea de la impunidad la hacía padecer tormentos imponderables. Resolvióse, pues, a realizar el plan que tenía meditado, arriesgado en verdad, y delante del cual había retrocedido muchas veces. El amor, en fin, que a la condesa había tenido, una voz superior y celestial que creía oír continuamente, pidiéndole venganza y reparación, la hicieron creer que el cielo mismo y que su conciencia la obligaban a volver por la inocencia, y constituyóse entonces campeón de la ultrajada virtud. Seguida del inquieto paje, que, tan asombrado como ella, lloraba también la desgracia de doña María de Albornoz, entróse en su aposento, donde la dejaremos poniendo los medios que más propios creía para dar cima a la importante empresa que sobre sí tomaba, sin comprometer su honor por otra parte, su virtud y hasta su misma tranquilidad.
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Rom. del conde Alarcos. |
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En la misma postura que el paje refería haber dejado al melancólico doncel, envuelto en su gabán hasta los ojos y roto a sus pies el laúd, permanecía cuando se presentó delante de él Hernando, diciéndole con su acostumbrada sequedad:
-¿Lloras, señor? Levanta la cabeza y mira, que o yo entiendo poco de rastro o se te viene la res por sí sola a tiro de tu venablo.
Alzó la frente el consternado mancebo y vio a pocos pasos de él una figura envuelta en un ropón negro y cubierta la cara con la mascarilla que usaban en aquel tiempo las damas cuando salían, sobre todo, de su casa o cuando habían de hablar con caballeros desconocidos.
-¿De qué hablas, Hernando? ¿Quién es esta dama? -preguntó desembozándose con enfado el doncel. Miróla entonces de alto abajo y reparando que su silencio podía indicar que no venía a hablarle con testigos:
-Retírate, Hernando -dijo-; yo te llamaré cuando te haya menester -cogiendo entonces de una mano a la dama hízola entrar en su cámara. Luchaban en su fantasía mil encontradas ideas.
-Señora -le dijo con voz mesurada y tímida-, sola estáis; si alguna revelación tenéis que hacerme, si alguna ocasión tenéis que proporcionarme en que pueda seros útil mi débil brazo, hablad; no en vano os habéis dirigido, a un caballero de la corte del ínclito y poderoso rey de Castilla.
-Caballeros tiene la corte de don Enrique que pudieran desmentir la hidalguía de vuestras palabras -repuso la tapada con voz que desfiguraba enteramente la mascarilla que cubría su rostro.
-Nombradlos, señora; si algún caballero ha mancillado el nombre de una orden de caballería, él me dará razón y satisfacción.
-No os alteréis y oídme. Sí, caballeros hay, y cerca de nosotros, que amancillan la clase a que pertenecen. Ni la sangre que corre por sus venas, ni el nombre ilustre que ostentan, ni la dorada cuna en que se mecieron, son rémora bastante a sus desenfrenados deseos. ¿Conocéis a la condesa de Cangas y Tineo, a la ilustre doña María de Albornoz?...
-¿Sería posible? ¿Seríais vos, señora?...
-¡Pluguiese al cielo! Pero ni soy la condesa... ni...
-¿Quién sois, pues, vos, la que en su nombre?...
-Templad vuestro ardor, noble caballero, y dadme palabra de oírme y de no indagar quién yo soy...
Latía violentamente en el pecho el corazón de Macías; miraba una y otra vez a la desconocida; no osaba, sin embargo, afirmarse en sus sospechas.
-Con esa palabra proseguiré en mi demanda la -dijo la dama. Contóle en seguida al caballero, que de todo estaba ignorante, cuanto de la condesa se decía...
-¡Muerta la condesa! -exclamó Macías al llegar al funesto desenlace de tan triste historia-. ¡Y vive el conde todavía... y!...
-¡Silencio! He aquí el objeto de mi venida. La tiranía, la injusticia piden reparación. Mañana una amiga de la condesa se arrojará a los pies del Rey y denunciará la traición. Acaso será preciso que un caballero salga fiador con su espada de su acusación. ¿Estaréis mañana en la corte de don Enrique?...
-¿Qué me pedís, señora? Cuando pensaba alejarme de esa funesta corte...
-¿Alejaros? -dijo con un movimiento de sorpresa la dama-; ¿alejaros? -repitió, lanzando un amargo suspiro.
-¡Ah!, señora, ¿ignoráis -repuso el doncel con la mayor agitación- que mi tranquilidad depende acaso de mi marcha precipitada?...
-¿Y dejaréis a la inocencia ser presa de la traición?...
-Jamás; pero...
-¿Y sabéis vos, por ventura, poco generoso mancebo, lo que en este momento sacrifica la que tenéis ante vuestros ojos, los respetos que atropella, los riesgos a que se expone?...
-Acabad, santo Dios, ¿quién sois? Vos, vos... no hay duda...
-Caballero, respetad mi silencio y mi dolor. Acabemos; he procedido de ligero cuando he creído que...
-No, no; mañana estaré en la corte de don Enrique. Una sola gracia os pido. Si he de ser vuestro caballero, dadme una prenda, señora, un color...
-¡Mi caballero! -interrumpió la dama-. El caballero seréis de la inocencia: el mío es imposible...
-¡Imposible! Elvira, vos sois...
-Soltad, imprudente joven, soltad. ¿Por dónde presumís que soy la esposa del escudero? Vuestra imaginación os engaña, y acaso vuestro deseo...
-¡Me engaña!... Mi deseo, señora, es de servir a esa dama, que conozco, como pudiera conocer...
-Vuestra turbación os delata; pero esa imprudencia permanecerá oculta en mi pecho. Conozco a esa Elvira, y su honor me es harto caro...
-Nunca podría padecer su honor...
-Bien, ¿qué importa Elvira? La prenda que me pedís, si mañana, ante la corte toda, el Rey decreta el duelo y el juicio de Dios, la tendréis; pero ni os podréis nombrar mi caballero ni exigiréis de mí que me descubra. Básteos saber que conozco demasiado a la dama que nombrasteis y que sé, doncel, que ella no viniera a vos.
-¿Eso sabéis?
-Lo sé.
Dejó caer Macías al oír estas dos palabras, pronunciadas con funesta tranquilidad, la mano con que tenía asida una punta de la ropa de la tapada como para detenerla. Inclinando en seguida la cabeza declaró que al día siguiente se hallaría en la corte de don Enrique, y ofreció su mano a la desconocida; aceptóla ésta para salir, pero un notable temblor la agitaba; oprimióla suavemente el doncel, como si quisiese tentar este último y desesperado recurso para salir de su terrible duda; un movimiento involuntario y convulsivo correspondió a su indicación, y en el mismo momento la tapada, volviendo en sí, arrancó su mano de la del doncel y se lanzó fuera de la estancia. Arrojóse en pos Macías; iba a prosternarse a sus pies, iba a hablar, pero un ademán imperioso de la negra fantasma le mandó apartarse, y más rápida en seguida que esas rojas exhalaciones que surcan el espacio en una oscura noche de estío, desapareció a sus ojos la aérea visión. Macías creyó ver un ser sobrenatural, la sombra acaso de la misma condesa; permaneció con los brazos cruzados y la vista fija, como si quisiese ver más allá de la oscuridad y de la distancia. Entonces oyó un suspiro lanzado a lo lejos, y parecióle que al desaparecer de sus ojos en el confín del corredor, se había reunido la dama a otra figura más pequeña que allí la estaba sin duda alguna esperando.
-Sé, doncel, que ella no viniera a vos -repitió un momento después Macías con doloroso acento-. Yo también lo sé: nunca me amó. ¿No amaba a ese infeliz escudero cuando se unió a él en indisolubles lazos? ¡Loco, insensato de mí! Ah, quien quiera que seas la que vienes a implorar mi espada, ¡cuán poco conoces el corazón del hombre! ¡Un amante correspondido, un mortal feliz es invencible; a un miserable despechado y aborrecido un niño le vence!!!
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Rom. del Cid. |
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De vuelta don Enrique en su cámara con su primer escudero y con su favorito juglar, revolvía en su cabeza los medios de dar a su intriga la feliz conclusión que por tanto tiempo había deseado. Estorbábale la idea de Macías, pero dejó al tiempo el cuidado de iluminarle acerca de lo que de él podía temer. Despidió, pues, a Hernán, cuya probidad le incomodaba no poco para sus fines, y sólo el juglar, de cuya aparente estupidez nada recelaba, entró con él al secreto laboratorio.
-Libres estamos ya de la condesa, Ferrus -dijo-; pero merced a tu singular valor quédanos en campaña otro enemigo no menos terrible...
-¿Eres ya maestre, señor?...
-Lo seré, Ferrus, o poco ha de poder don Enrique de Aragón; acabo de recibir un aviso secreto de que ha sido elegido papa en Aviñón don Pedro de Luna bajo el nombre de Benedicto XIV. Esperaba este favorable acaecimiento de un momento a otro. Luna es aragonés, como yo, y vínculos de amistad nos unen; la lucha que habrá de sostener además con Urbano en este cisma de la Iglesia y la necesidad que tiene de Castilla y Aragón, unida a la influencia que él sabe que ejerzo en estos dos reinos, me aseguran su provisión para el maestrazgo; la piedad, por otra parte, de don Enrique III no podrá menos de pesar en la balanza en favor mío cuando éste sepa que mi allegado, el ricohombre de Luna, ha ceñido a sus sienes la triple corona. Ahora necesito sacar partido de la ignorancia en que de esta nueva está la Corte y de la feliz tardanza de la noticia de la muerte del maestre de Calatrava...
-Tu antecesor.
-Así lo espero, Ferrus. Tira el cordón que corresponde al cuarto del astrólogo y retírate a esa cámara inmediata.
Hízolo Ferrus como se le mandaba. Apenas había doblado tras sí las batientes hojas de la puerta, oyéronse los vacilantes pasos de una persona de edad que bajaba escalones con toda la prisa que sus cansados años le permitían.
-Entrad -dijo don Enrique, y se presentó en la habitación el físico de Su Alteza, Mosén Abrahem Abezarsal, el mismo que en la corte de la mañana había acompañado constantemente al Doliente rey. Su estatura era pequeña, su tez pálida y macilenta; brillaban sus ojos en su oscuro semblante como dos carbunclos en medio de las tinieblas de la noche, y era la expresión de toda su persona malignidad y avaricia; su mano descarnada y su barba larga le daban cierto aire de adusta gravedad. Su traje era un largo y amplio balandrán negro cogido con una larga correa; ayudábale a andar un nudoso y retorcido báculo semejante al bastón pastoral, y una toquilla con dos plumas malamente colocadas encubertaba su calva zolloa.
-¿En qué puedo servir al ilustre y eminente?...
-Tregua a las lisonjas; nos conocemos y entre nosotros no son necesarias.
-Sea en buena hora, conde -repuso con humildad el físico-. ¿Habéis menester de mi ciencia y de las relaciones que con el espíritu del ser conservo? ¿Queréis consultar el curso de las estrellas?...
-En cuanto a las estrellas, Abrahem, no creo saber menos que vos. Dejemos a los astros del cielo recorrer tranquilamente su carrera y no nos acordemos más de ellos que ellos se acuerdan de nosotros. Otros astros más humildes que cruzan sombríamente por esta esfera terrestre, haciendo sombra a mis vastos planes, son los que os será preciso desviar y no consultar.
-¿Queréis que amolde una semejanza de cera?... Señaladme la víctima: antes que la noche haya tendido sus densas sombras sobre el alcázar de Madrid, veréisla concluida y atravesado el pecho con punzante almarada; una lámpara arderá delante de ella; cuando gustéis, una vez pronunciado el funesto conjuro, vos mismo apagaréis el resplandor mortecino, y el que os haya ofendido, bien pudiera estar en el apartado polo, caerá herido de invisible mano...
-Tregua, viejo miserable, tregua al torpe manejo de vuestra pérfida ciencia. ¿Creéis, por ventura, que tengo yo mi tiempo libre para oír vuestras impertinencias? ¿Creéis que habláis con el imbécil don Enrique el Doliente, a quien su débil contextura arroja como una víctima inerme en vuestros groseros lazos? ¿Creéis que he pasado años enteros sobre los triángulos y los crisoles, llamando inútilmente a ese espíritu de las tinieblas, para dejarme deslumbrar de vuestra imprudente charlatanería? Guardad para el vulgo esa necia ostentación y acordaos de que es más fácil oír que adivinar.
Temblaba el viejo de mal reprimido coraje, pero no osaba arrostrar la indignación del impaciente Villena.
-Ea, Abrahem -dijo entonces don Enrique, más sosegado con el terrible efecto que en el réprobo habían hecho sus tonantes expresiones-, ¿cuánto oro habéis fabricado esta mañana?
-¿Oro? ¡Pluguiera al cielo! En vano he intentado encerrar en el crisol un rayo de ese sol que nos alumbra; él contiene la apetecida esencia del oro; pero el medio, el medio...
-¿No sabéis, pues, hacer oro con vuestra ciencia?
-Si supiera hacer oro, señor, ¿imagináis que fraguara, para ganarle, mentiras que algún tiempo yo mismo creí, pero que la experiencia me obliga en fin a desechar tristemente?
-Bien, Abrahem; ahora os ponéis en la razón, ahora habláis con el conde de Cangas. Ved, yo soy mejor alquimista. Sin andar a caza de la esencia del oro encerrada en un rayo del sol, yo hago ese precioso metal con los terrones de mis estados. Tomad esas doblas -añadió alargando al viejo, cuyos ojos brillaban ya de alegría, un repleto bolsón de cuero-, ése es el mejor conjuro; a la voz de ése no hay espíritu en el orbe que no responda.
-¿Y en qué puede serviros vuestro criado?
-Oíd: ¿sabéis qué os ha elevado al alto favor que en la corte de don Enrique gozáis?
-Con tu licencia, señor, mi padre Abrahem Abenzarsal era ya físico del rey don Pedro el Cruel.
-¿Y os sostendríais, Abenzarsal, en ese lugar, que creéis arrogantemente haber heredado, si el nieto del célebre y primer marqués de Villena quisiese patentizar a la corte entera que vuestra existencia toda, vuestras palabras, vuestra misma persona no son más que una prolongada impostura?
-Pero ¿esas preguntas?...
-Quiero asegurarme vuestra fidelidad. Conozco a los hombres; son fieles cuando tienen interés en serlo. Escuchad ahora. Quiero ser maestre de Calatrava.
-¡Por Israel! Comprendo; un rayo de luz acaba de iluminarme, y la muerte de la condesa no es ya un enigma para...
-Pues os advierto, precisamente, que debe serlo hasta para vos,
-En buen hora, señor; no digas más: confieso que no lo entiendo. Pero hay ya un maestre, y no suele haber dos en ninguna orden...
-Precisamente eso es lo que todas las figuras cabalísticas no os hubieran revelado nunca a vos antes que a los demás. No hay ninguno.
-¡Dios de Abraham! Dos muertos en menos de...
-Con respecto al maestre Guzmán, ese mismo Dios de Abraham que invocáis tuvo a bien llevarle a mejor vida.
-¿Qué dices, señor?
-Ahora lo sabemos dos en Madrid. Vos y yo.
-¿Y creéis que Clemente VII...?
-Clemente VII estará probablemente ahora donde el maestre...
-¡Qué de importantes noticias!
-Don Pedro de Luna ocupa la santa silla de Aviñón. Ahora bien, ¿a qué hora veréis a Su Alteza?
-Debo asistir a su refacción de la noche.
-¿Qué más pudierais pretender? Deslumbrad a la corte. Allí podéis hacer uso de vuestra recóndita ciencia. Adivinad delante de Su Alteza las noticias que acabo de daros y adivinad también que el maestre de Calatrava ha de ser...
-Don Enrique de Villena.
-Justo. Mañana me ha de saludar el Rey en la corte con ese pomposo título. Para el logro de nuestro fin es preciso que le conste al Rey que no nos hemos visto.
-Nada más fácil. Ya sabes, señor, que la quebrantada salud del joven Rey me obliga a habitar, ciñéndome a sus mismos órdenes, una habitación inmediata a la suya, y que todos ignoran que tengo una comunicación abierta con vuestro laboratorio. Su Alteza juzga que encanezco ahora sobre los crisoles, que consulto las estrellas sobre el éxito de la guerra de Granada y que revuelvo a Dioscórides buscando remedio a sus dolencias.
-Perfectamente. Esperad. Dos personas más me estorban para mis fines...
-Ya sabéis que he recibido no ha mucho de Italia un pomo de aquella agua clara, más cristalina que la que envían las sierras vecinas a esta villa, y que el que la llega una vez a sus labios no vuelve en sus días a tener sed.
-Basta, Abenzarsal, basta. Si el estudio endurece de esa suerte el corazón del hombre, quemaré mis libros, viejo empedernido en el pecado; soy ambicioso, pero creo que hay un Dios, y juzgo que ya he hecho lo bastante hoy para haberle de dar cuentas largas y terribles el día que se digne llamarme a su juicio.
-En ese caso...
-Oíd. La una persona es un doncel de Enrique el Doliente, un mancebo valeroso; las armas no pueden nada con él... pero es mozo de pasiones vivas; acaso manejándolas y volviéndolas contra él mismo...
-¿Se llama?
-Macías.
-¿Está en Calatrava?
-En el alcázar, por mi desgracia.
-Prosigue, señor: la otra...
-Elvira, la mujer de...
-Tranquilizaos. Vos ignoráis, acaso, algunas circunstancias que derraman gran luz sobre mis ideas. Mañana os he de decir...
-No; hablad ahora.
-Bien; sabed que ese mancebo ha estado fuera de la Corte por una pasión que le domina...
-¿Qué decís? Yo creí que mis servicios sólo...
-Os equivocáis.
-¡Ah! ¡De esa ignorancia nació mi error! Proseguid.
-Es bizarro, pero preocupado, supersticioso como los jóvenes todos de esa corte ciega y atrasada...
-Proseguid.
-En una ocasión halléle en mi habitación; iba a consultarme sobre su horóscopo; examiné su temperamento, ardiente, arrebatado; hícele varias preguntas al parecer indiferentes; pero un joven de veinte años mal hubiera pretendido encubrir su flaco a un hombre de mi experiencia. Díjome sin querer decirlo que amaba, y de sus respuestas, que yo aparentaba despreciar, inferí que amaba a una dama casada...
-¿Casada?
-Mi predicción fue vaga. Deseoso de informarme mejor, tomé tiempo para responderle más claramente. Observéle entretanto; de allí a pocos días un ramillete cayó del pecho de una dama desde un corredor al patio de los leones de Su Alteza; recordaréis que un caballero incógnito, armado y calada la visera, se precipitó a recoger el ramillete a riesgo de su vida...
-Adelante, Abrahem.
-El ramillete era de Elvira; el caballero, Macías. En la corte, y entre los que no tenían antecedente ni interés alguno en observarlos, esta anécdota sonó dos días y se olvidó después. De allí a poco anuncié al mancebo que un astro fatal le perseguía en la Corte.
-¡Santo Dios!
-El crédulo mancebo me creyó y desapareció. No me cabe duda: ama a Elvira, y la ama como un frenético. Mas, debe de ser correspondido; la dama no pensó en recoger su ramillete. Creedme, le he examinado atentamente; es de aquellos hombres en quienes el amor es siempre precursor de la muerte.
-¡Qué descubrimiento! ¿Y pensáis que...?
-Pienso que si logramos poner en juego esa pasión, pienso que si el doncel no ha olvidado su amor, vuestros enemigos se destruirán por sí solos, sin que necesitéis cargar vuestra conciencia con un crimen.
-Hacedlo, Abenzarsal, hacedlo -gritó don Enrique fuera de sí-, quitáisme un peso horrible.
-Un medio para reunirlos, una ocasión, y son perdidos.
-Un medio, una ocasión... es más fácil decirlo que...
-No importa. Una ocasión.
-Y que Hernán Pérez...
-Sí; una vez impuesto Hernán Pérez su ruina es cierta; el escudero es osado, pundonoroso, valiente...
-¡Ah! pero me hacéis recordar... Si ha de envolver su desgracia la de mi escudero... Mirad que me ha prestado servicios...
-Tranquilizaos, ilustre conde. ¿Qué mal le podrá venir? ¿Haber de encerrar a su mujer en una reclusión para toda su vida? Supongo que sabéis que un esposo de tres años no se morirá de tristeza por tan terrible golpe... Vos erais también esposo y...
-Abrahem, Abrahem, ya os he dicho que no consiento alusiones en esa materia; dejadme tiempo a lo menos para reconciliarme conmigo mismo.
-Señor...
-En buen hora, concluyamos en ese asunto, pues vos me respondéis de mi inocencia y de la vida de mi escudero; de consuno buscaremos un medio para reunirlos, y acaso la Virgen Santísima de Atocha, de quien soy devoto, nos le proporcione presto. Si lo consigo, ofrezco edificarla un santuario en la mejor villa del maestrazgo...
-Besad este escapulario, señor, que representa su efigie -dijo entonces el redomado físico, alargando el que del cuello traía pendiente-, y ella y su Hijo os ayuden.
-Amén -dijo levantándose don Enrique, con aquella incomprensible mezcla de devoción y de imprudencia, de religión y de vicios, que distinguía así a los hombres vulgares como a los más ilustrados de la época, sin que dejemos de inclinarnos a creer que en hombres como nuestros dos interlocutores eran aquellas prácticas exteriores hijas sólo de la costumbre-. Amén -repitió, y apretando la mano del físico, separáronse con una afectuosa mirada de inteligencia; volvió a subir el astrólogo la escalera escondida por donde había bajado, para meditar en los medios de cooperar a los planes ambiciosos de don Enrique, y éste cruzó su laboratorio alquimístico en busca de Ferrus, que en la cámara impaciente le esperaba.
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Canc. de Rom. |
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Inútil es decir a nuestros lectores que el físico Abrahem Abenzarsal contó, en cuanto llegó a su aposento, las relucientes doblas del de Villena, y que animado con su sonido vivificador, y con la esperanza fundada de merecer nuevas confianzas de la misma especie, coordinó sus ideas y estudió preventivamente el difícil papel que ante el rey de Castilla había de representar de allí a poco. Llegada la hora, asistió como tenía de costumbre a la mesa frugal de Su Alteza, ora previniéndole los platos que debía comer y los que sólo debía gustar, ora dando pábulo con sus bien estudiadas respuestas a la conversación naturalmente seca y desabrida de Enrique III. Hubieron, empero, de chocarle tanto a Su Alteza las misteriosas palabras con que salpicó la cena su médico, que no pudo menos de hacerle entrar en su cámara, y a presencia sólo del buen condestable Rui López Dávalos, que gozaba con él de la mayor privanza, y era no poco afecto a supersticiones y hechicerías:
-Abrahem -le dijo-, tus palabras encierran esta noche un sentido que no acierto a comprender. Dime, por tu vida, si algún fausto acontecimiento se prepara para estos reinos, o si alguna calamidad nos amaga, que podamos evitar con el favor de nuestro padre San Francisco, a quien venero particularmente.
-Vana es ya la intención de los santos, señor, cuando es pasada la hora del hombre.
Paróse aquí el inspirado varón, arqueó las cejas con siniestro mirar, dio un golpe en el pavimento con su nudoso báculo y permaneció suspenso largo espacio, insensible a las reiteradas instancias del asustado monarca, que puesto en pie y descubierta su cabeza, pendía de su boca, ni más ni menos que el reo que espera oír de la boca de su juez la temida sentencia. Llegándose entonces el astrólogo judiciario a una rasgada y gótica ventana, y examinando el cielo detenidamente:
-No me engañaron -exclamó con voz hueca y sonora, que salía como un trueno de lo más hondo de su agitado pecho-, no me engañaron los infalibles cálculos de mi cábala. El astro que ha presidido tan infausto día, velado entre cenicientas y rojas nubes, acabó su diurna revolución y corrió a lanzarse en la inmensidad de los mundos, dejando tras sí sangrientas huellas de su funesto paso. ¡Oh rey! humilla tu frente soberbia; la Iglesia de tu Dios, dividida y presa de un cisma prolongado, va a caer su columna principal; el sublime vicario de su ungido inclina la frente pálida, soltando sus sienes la triple corona que dignamente llevó y sus débiles manos las llaves de Pedro y el anillo del Pescador.
-¡Dios mío! -exclamaron a un tiempo el piadoso Rey y el asombrado condestable- ¡Clemente VII!
-Sí, Clemente VII -continuó el energúmeno- ha pagado a la tierra el tributo de que sólo un profeta de Israel, arrebatado por el fuego del cielo, pudo eximirse. Pero, esperad; veo levantarse sobre su asiento y calzar la sagrada sandalia a un ilustre aragonés; un rico-hombre de los de Luna es el elegido del Señor, a quien confía el timón de su nave zozobrante... ¡Oh, Benedicto, catorce de este nombre! A alta misión has sido llamado por el cielo. ¡Qué de lágrimas costará tu aragonesa condición, tu invencible tenacidad a los fieles divididos! En ti habrán de estrellarse los esfuerzos conciliadores de Urbano y del Sacro Colegio romano.
-¡Don Pedro de Luna! -exclamó, vuelto hacia el condestable, el sorprendido Rey-. ¡Don Pedro de Luna! -y arrodillándose ante una venerada estampa de las llagas de San Francisco-, ¡oh portento! -continuó-; libradme, Señor, de todo mal y purificad mi alma si estas predicciones son hechas por arte de Vos reprobado...
-Rey -interrumpió al oír este escrúpulo religioso el solapado Abrahem-, el Dios del cielo y de la tierra no reprobó nunca la ciencia, si bien quiso descubrir a pocos sus recónditos arcanos. Los hechos que te refiero, además, no son prescripciones de incierto porvenir, en cuya oscuridad no es dado siempre a los míseros mortales penetrar; a la hora esta, si es cierto que hablan los astros a los que poseen el don de entender su lenguaje sublime, Aviñón ha sido testigo ya de los grandes acontecimientos que te anuncio. ¿Ves aquella estrella, cuyo incierto resplandor parece querer apagarse con vacilantes oscilaciones, a la derecha de la Osa menor, siguiendo la dirección de mi báculo? Parece lanzar sus mortecinos reflejos a la parte de Calatrava...
-Abrahem, ¿qué nueva desdicha?...
-Una columna de la cristiandad española yace derribada, el rayo contra el moro de Granada se extinguió. Acaba de entregar su espíritu al Señor...
-¿Guzmán? -preguntó con precipitación el buen López Dávalos.
-Sí; ¿veis aquella parda y manchada nubecilla que el viento del Norte impele violentamente hacia el Mediodía? Miradla reunirse a los demás vapores que un resto del calor del día levanta de la húmeda superficie de la tierra. El astro del virtuoso maestre se ha eclipsado para no volver a lucir jamás.
Al llegar aquí, un profundo silencio sucedió a la tonante voz de Abenzarsal, y don Enrique y el condestable oraron fervorosamente por el alma del difunto maestre.
-Si las señales de mi ciencia -continuó el físico- no han de ser infalibles, sangre más ilustre ha de reemplazar la del piadoso maestre, y el estandarte de Calatrava verá agregarse a su cruz roja las barras de Aragón. Otro aragonés llevará a la victoria a los valientes caballeros de Calatrava. El cielo ensalza a los hijos de don Jaime, y un nieto del primer condestable de Castilla...
-Basta -interrumpió don Enrique III con voz desfallecida-, ¡basta, Abrahem! Los altos juicios de Dios son incomprensibles, pero el tiempo viene a justificarlos. Ayer todo el voto de la orden de Calatrava hubiera apartado a ese nieto del primer marqués de Villena del alto puesto a que está destinado. Un acontecimiento desgraciado, pero cuya causa, escondida hasta ahora, revelan tus palabras, ha llevado a mejor vida a mi muy amada doña María de Albornoz, y su afligido esposo ha quedado desatado de los lazos que le alejaban del maestrazgo. Dios la tenga en su santa gloria. ¡Adoro tus fines, oh Providencia! Abrahem, decid, ¿habéis visto hoy al conde de Cangas?
-Señor -respondió con afectada sorpresa el hipócrita charlatán-, tu alteza sabe que el estudio absorbe las horas de mi vida y desde esta mañana no he cesado de consultar mis pergaminos en mi cámara inmediata a la tuya. Don Enrique, por otra parte, no se aparta de su estancia en estos momentos de luto para su corazón. No he visto, pues, al conde...
-¿No sabes, en ese caso -repuso el rey-, si está dispuesto a admitir el alto cargo a que el cielo le destina?
No creo que haya pensado en ello siquiera, ni menos que pueda saber nadie en el alcázar todavía la triste muerte de don Gonzalo...
-Dices bien, Abrahem. Por otra parte, el nombre ilustre de mi pariente no puede menos de dar realce a la orden de Calatrava, y sus caballeros no opondrían obstáculo a tan acertada elección.
-¡Hágase la voluntad del Señor! -respondió el taimado físico con solemne entonación, e inclinando la cabeza, el recogimiento en que quedó pareció anunciar el fin de sus predicciones.
-Condestable -dijo el Rey después de una ligera pausa-, mañana dispondréis que la corte se reúna. Quiero recibir a los embajadores del Tamorlán y del rey de Francia. Abenzarsal, ayudadme a entrar en mi camara; mis fuerzas se debilitan, y después de la agitación de esta noche necesito que las restaure un sueño reparador.
Llamó el condestable a los camareros de Su Alteza, y abriéndose las puertas de la estancia en que dormía, despidióse de él el primero; el Rey, de allí a poco, apoyado en el brazo de su físico favorito, desapareció, volviéndose a cerrar las hojas de la puerta y quedando aquella parte del regio alcázar sumida en el más profundo silencio.
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Cancion. de Rom. |
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Aún no había conciliado el sueño el poderoso rey de Castilla cuando ya el impaciente conde de Cangas y Tineo sabía, palabra por palabra, el coloquio que en el anterior capítulo dejamos descrito. A la mañana siguiente creyó ya del caso la llegada de la noticia de la muerte del maestre de Calatrava; tomó en consecuencia sus disposiciones para que el enviado, que precisamente había llegado la víspera y que él había sabido entretener, se presentase en la corte de aquel día, y esperó tranquilo el resultado de su artificio.
El salón principal del alcázar donde tenía corte Su Alteza se hallaba ya ocupado en la mañana del día que tan fecundo prometía ser en notables acontecimientos por algunos caballeros jóvenes, donceles del Rey, por varios pajes de lanza y de estribo, y por los caballeros que guardaban las puertas, como prevenía la etiqueta del tiempo. Algunos caballeros cortesanos, de los que no acompañaban al Rey a la misa, que a la sazón oía, discurrían sobre las noticias del día.
-¿Qué novedades -dijo un joven de gallarda apostura y de pulido arreo, a otro caballero que paseaba con él a lo largo del salón-, qué novedades habéis recogido para vuestra corónica, señor coronista Pedro López de Ayala?.
-La principal, señor don Luis de Guzmán, es la que de Sevilla me escribe el ginovés Micer Francisco Imperial.
-¿El de las trovas que comienzan Gran sosiego e mansedumbre, a doña Angelina de Grecia, la princesa que ha regalado a Castilla el gran Tamorlán, del botín que cogió al turco Bayaceto?
-El mismo. ¡Buen ingenio!
-¿Y qué os dice?
-Díceme que el ginebrino que envió a buscar Su Alteza a París para componer el reloj de la torre de Sevilla halo compuesto a las mil maravillas, y que da todas las horas como antes de haber caído el rayo hace un año.
-Cierto que es importante, porque no había otro reloj tan maravilloso en Castilla ni quien supiera componer aquella enredada máquina. ¿Premiáronlo bien?
-Merece, más de diez mil maravedís. ¿Habéis oído, señor comendador, que acaba de llegar un demandadero de Calatrava?
-Por la Virgen de Atocha que eso me interesaría, porque mi tío el maestre estaba malo...
-¿Sabéis que si muriese, lo que Dios no quiera, podríais pretender?...
-Acaso. Pues nada oí; estuve jugando a las tablas...
-¡Ah!, vos bohordáis bien.
-Sí, ahora que no está aquí el doncel Macías; cuando está, nadie lanza con más tino el bohordo, ni derriba más veces el tablero. Cobróle afición el Rey sólo por eso.
-¿Y qué es de Macías? ¡Bravo trovador y buen caballero!
-Desde que está en comisión del hechicero, no se sabe de él. ¿Sabéis que ese hombre es el diablo y que todo el que se le llega desaparece? Mirad ahora la condesa...
-¡Bah! Como dice Rodríguez: del Padrón, el trovador gallego, amigo de Macías, ya se le podría hechizar a él con una buena lanza, porque sea dicho sin ofenderle, se le entiende más de lais y virolais, que de achaque de encuentros. Ahora anda enseñando la gaya ciencia al marqués de Santillana.
-Ése sí que es mancebo de sutil ingenio. El joven don Íñigo de Mendoza gusta mucho de letras, y ha de hacer con el tiempo mejores trovas que el mismo Alfonso Álvarez de Villasandino y que el judío Baena. A propósito, ¿cómo lleváis vos vuestro rimado?
-Téngolo suspendido, porque digo grandes verdades en él, y ya sabéis que en palacio...
-¡Oh! la verdad nunca gusta a...
-¡El Rey!... -dijo una voz que salía de las piezas inmediatas.
-¡El Rey! -repitieron dos farautes que entraban ya, vestidos de ceremonia, por las puertas del salón. Apartáronse los caballeros, y don Enrique subió a su trono, rodeado de los principales señores de Castilla, a cada uno de los cuales seguían los caballeros y escuderos de su casa.
Ocupaba don Enrique de Villena, como tío segundo que era de Su Alteza, el lugar preeminente, si se exceptúa el del físico y el del condestable Dávalos, que a uno y otro lado pisaban el primer escalón del trono. Tenía el conde a su izquierda a su primer escudero y detrás al juglar, y rodeábanle varios caballeros en cuyos pechos lucían las cruces de Calatrava, en lo cual echará de ver el lector que no se había descuidado aquella mañana en atraérselos con mercedes y distinciones para tenerlos favorables a sus miras. Vestía luto, pero su semblante más anunciaba alegría que dolor, por más que procuraba él disimularla.
-Chanciller -dijo don Enrique cuando se hubo sentado y saludado en derredor a sus cortesanos-, ¿qué letras tenéis?
-Acábanse, señor, de recibir éstas.
-¡Ah! de Otordesillas, de mi esposa. Díceme doña Catalina que está próxima a su alumbramiento. ¿Paréceos, Abenzarsal, que tendrá Castilla que jurar un príncipe de Asturias después de haber jurado solemnemente a la infanta doña María, mi muy amada hija?
-Pudiera ser, señor. ¿Qué mal habría en eso?
-Haced, condestable, que se dispongan tiros, y avisad a los pueblos de aquí a Otordesillas que se hagan grandes fogatas y ahumadas en las eminencias luego que las vean hacer en el pueblo inmediato, empezando Otordesillas mismo en cuanto Su Alteza dé a luz un príncipe. De esa suerte sabremos ese fausto acontecimiento pocas horas después; dispondréis que no falten atalayas. ¿Hay más?
-Señor, desea besar los pies de tu alteza el sublime Mahomat Alcagí, embajador del llamado gran Tamorlán.
-Que entre -dijo Su Alteza, y los cortesanos todos volvieron las cabezas con ansiosa curiosidad hacia la puerta, como quien iba a ver una cosa que no todos los días se veía.
Entró, efectivamente, el tártaro con áspero continente al aviso de un paje de antecámara. Acompañábanle al lado Payo Gómez de Sotomayor y Hernán Sánchez de Pazuelos, embajadores del rey de Castilla al Tamorlán, que habían vuelto con él después de haber recorrido vastas regiones, climas apartados y diversas costumbres de países.
Hablaba el bárbaro, y Sotomayor, que en dos años que su larga embajada había durado, había tenido ocasión de aprender algún tanto su lengua, le sirvió de truchimán.
-El rey Tamurbec el Honrado, Tabor Bermacián, mi señor, me envía a ti, Rey de las ciudades y lugares de Castilla y de León e España. Dure tu tiempo y buena fama en noblezas generales y en gracias cumplidas. El Rey, mi amo, noticioso de la grandeza de tu reino, acepta la amistad y buena correspondencia que con tus embajadores le enviaste a ofrecer. El Profeta te sea en ayuda, te dé sus salutaciones. En muestra de buena amistad, envíate el Rey mi señor el presente de joyas y las dos hermosas damas que te traje para tu harem, que al hijo de Osmín ha cogido en la gran victoria que le ha ganado. El Rey de los Reyes ha humillado la soberbia condición del hijo de Osmín, y hoy, en una jaula de hierro, sirve de estribo al poderoso Tamurbec, rayo de Dios.
-Recibo vuestra embajada, valiente Mahomat Alcagí, y no os doy respuesta -dijo don Enrique-, porque quiero que tornen embajadores míos a vuestro amo y señor el muy honrado Tamurbec, con mis cartas y presentes. Rui González de Clavijo -añadió vuelto a éste su camarero, que entre la turba de cortesanos andaba oscurecido-, quiero que vos y fray Alonso Páez de Santa María, maestro en Santa Teología, y Gómez de Salazar, mi guarda, hagáis este viaje como embajadores míos.
Adelantóse entonces Rui González de Clavijo, y poniendo en tierra una rodilla:
-Beso a tu alteza los pies -dijo- por la lisonjera distinción con que honras a tu vasallo.
Retiróse el embajador de Tamorlán, y salieron con él algunos caballeros, curiosos de preguntarle y saber las varias noticias que de tan luengas tierras y afamadas hazañas podía darles.
Entraron en seguida los embajadores del rey Carlos de Francia, sexto de este nombre, los cuales dijeron a Su Alteza, después de las primeras fórmulas de etiqueta, cómo se hallaba bastante malo el Rey su amo de resultas de habérsele prendido fuego en un baile de máscaras a una piel de salvaje de que iba vestido. Aseguraron después a los cortesanos, en confianza, que lo que en Francia más se temía no eran las resultas de este accidente, sino que corría el rumor de que el buen rey Carlos VI estaba a punto de perder la razón; que se había observado ya muchas veces tal cual desatino en su conducta, que pasaba los días enteros sin hablar y otras extravagancias de esta especie. Estos embajadores trajeron en presente dos truenos grandes, como entonces se llamaban, que fueron la admiración de los cortesanos, por haberse reducido ya a tan cortos límites un arma que había empezado por no poderse usar sino en las murallas de una plaza sitiada, que se había podido trasladar de un punto a otro después por medio de una máquina convenientemente montada, y que ya podía manejar y disparar casi un hombre solo, si bien con trabajo. Apreció mucho este regalo el rey Enrique y despachó a los embajadores, los cuales volvieron para su tierra, no sin dejar alguna moda de las de su traje en la corte del rey de Castilla, pues eran muy galanos y venían lindamente ataviados. Al día siguiente salieron ya varios jóvenes donceles con el pantalón muy ajustado y dos mangas perdidas recortadas como las habían visto en los embajadores; moderaron la barba, que antes se dejaban crecer en derredor de la cara, porque los embajadores no la traían, y hubo quien sacó el zapato retorcido y puntiagudo, que entonces se llevaba, con más de seis pulgadas de punta, ni más ni menos que el asta de un toro.
Presentóse, en seguida de los embajadores franceses, un demandadero de Calatrava, el cual anunció a Su Alteza la infausta noticia de la muerte del maestre.
-La sabíamos -dijo el Rey-, y hoy mismo le nombraré sucesor.
-Hernán Pérez -dijo el de Villena dándole con el codo.
-Entiendo, señor -contestó el taimado escudero.
Apenas se había retirado el demandadero, cuando se dejó ver en las puertas del salón, precedida de dos dueñas vestidas de negro, una dama enlutada y con antifaz que le tapaba completamente el rostro... Grande fue la sorpresa de los cortesanos todos; examinaban detenidamente sus contornos por ver si descubrían quién fuese la que de aquella manera se presentaba. Llegóse la tapada lentamente hasta los pies del trono y prosternóse en actitud de esperar a que Su Alteza le diese licencia para hablar.
-Condestable -dijo curioso y admirado don Enrique-, ¿por qué no me habéis prevenido que hoy nos las habíamos de haber con fantasmas? Vive Dios que hubiera preparado mi alma a recibirlas dignamente. ¿Sabéis quién sea esta dolorida?
-Ha burlado sin duda la vigilancia de los ballesteros; si su presencia te incomoda, señor, harásela salir.
-Es mujer, condestable, y su manera de presentarse encierra algún misterio que es fuerza aclarar. Alzad, señora -prosiguió don Enrique-, alzad y declarad qué causa extraordinaria os fuerza a venir de esta manera.
-¡Justicia, señor, justicia! -exclamó con doliente voz la arrodillada dama.
-Alzad y contad vuestras cuitas -repuso Su Alteza-; nunca el Rey de Castilla negó justicia a nadie.
-Señor -prosiguió la dama levantándose y mirando en derredor con notable inquietud, como si buscase a alguien que apoyase la demanda que iba a hacer-; señor, un crimen se ha cometido en tus dominios, en tu villa de Madrid, en tu propio palacio.
-¿Un crimen?
-Un crimen, y crimen destinado a quedar impune. Los poderosos que rodean insolentemente tu trono, validos de tu favor, son, señor, los que infringen tu justicia y los que la arrostran. Doña María de Albornoz, la ilustre condesa de Cangas y Tineo, ha sido asesinada...
-Lo sabemos, dueña -dijo don Enrique-, y ya hemos dado nuestras órdenes para que se descubran los autores de tan horrible atentado.
-¿Los autores, señor? Uno hay no más, y ése no corre los campos fugitivo a esconder, como debiera, debajo la tierra su insolente rostro; ése se ampara en tu misma corte. Ése nos oye.
-¿En mi corte? -dijo don Enrique mirando dudoso a todas partes. Agolpáronse al oír estas palabras los cortesanos para escuchar más de cerca a la atrevida acusadora. Don Enrique de Villena, de cuyo semblante había desaparecido su natural serenidad desde el momento en que había columbrado el sentido de las palabras de la dama, la miraba con ojos indagadores, y afectando una curiosidad hija del interés que le convenía aparentar por el descubrimiento del perpetrador del asesinato de su esposa.
-Hernán -dijo en voz baja a su escudero durante la pausa que se siguió a las últimas palabras de la tapada-, Hernán Pérez, ¿qué quiere decir esto?
Hernán Pérez estaba tan inquieto como el conde; por una parte creía que la tapada no podía ser otra que una persona que muy de cerca le tocaba. Su voz, aunque disfrazada, le había hecho un efecto singular; por otra parte no podía concebir que se diese tal paso sin su noticia.
-Señor -contestó al conde-, sea lo que fuere, tu escudero no desmiente nunca su fidelidad.
-En tu corte -prosiguió la dama-; él nos oye y él recibe tus beneficios...
-Nombradle -dijo el Rey-, nombradle.
-Sí -añadió con voz trémula el de Villena, echando el resto a su mal sostenido disimulo-, ¿quién es?
-¡Vos! -respondió una voz tonante-, ¡vos!
-¿Yo? -preguntó don Enrique-. ¿Yo?
-¡Don Enrique! -exclamó el rey mirando alternativamente a Villena y a la tapada.
-¡Don Enrique! -repitieron en voz confusa, casi a un mismo tiempo, los señores todos que rodeaban el trono.
-¡Santo cielo! -exclamó el agitado conde, volviéndose al Rey con ademán y gesto hipócrita-. ¿No me bastaba, señor, que una fatal estrella me privase de mi esposa; era preciso que la calumnia se uniese a la alevosía y que don Enrique de Villena se viese así ultrajado en tu misma corte y en tu presencia misma? Toma, señor, los honores que me has dado, recoge las distinciones con que me has honrado; toma esta espada, acepta esa banda que mal pudiera llevar con honor quien vio de esa manera el suyo atropellado...
-Serenaos, don Enrique -dijo tranquilamente, después de un breve rato de meditación, el Rey justiciero-, serenaos; conservad esas distinciones, que tan bien os están, y tened presente que la calumnia se embota en el inocente como la punta de la lanza en el bruñido peto.
-¿La calumnia? -repitió mirando de nuevo en derredor la dueña desconsolada.
-Dueña -dijo don Enrique entonces con entereza-, ¿sabéis el nombre que habéis tomado en boca y la persona a quien ultrajáis...?
-La verdad nunca puede ser ultraje.
-¿Sabéis a ciencia cierta lo que dijisteis...?
-Juráralo si fuera menester.
-¿Que caución dais de vuestras palabras? ¿Quién sois? ¿Por qué venís tapada a acusar al delincuente? La verdad trae la cara descubierta a la faz del sol. La mentira es la que se esconde.
-¿Quién yo soy, señor? Si pudiera decirlo no viniera de este modo. ¿No es posible que circunstancias personales me impidan descubrirme en público? Tomad, señor -dijo entonces la tapada, presentando a Su Alteza un anillo que en el dedo traía-. Ese anillo puede decir quién soy algún día.
Tomó Su Alteza el anillo y examinóle detenidamente.
-¿Conocéis ese anillo, Abenzarsal, o la seña que dice esa dama?
-Señor -dijo Abenzarsal al oído de Su Alteza-, las piedras forman un nombre.
-Guardadle, pues.
-Además, señor, no trato de huir; póngome bajo tu salvaguardia; sé que desde el punto en que tomo sobre mí esta acusación, mil peligros me rodean.
-¿Y sabéis, incauta dueña, que la pena del talión espera al impostor...?
-Sólo sé que el crimen debe denunciarse y desenmascararse al criminal.
-¿Sabéis que si os faltan pruebas, o un caballero que sostenga vuestra acusación, seréis puesta en tormento y...?
-¡En tormento! -dijo espantada la dama, volviendo a mirar en derredor con inquietud-. ¡En tormento!
-A tiempo estáis de desdeciros...
-¡Desdecirme!... -exclamó la dama enlutada, clavando en don Enrique los ojos, que aparecían en medio de su antifaz como los relámpagos que rasgan la negra nube en medio de una noche tempestuosa-. ¡Jamás!
-En ese caso es forzosa la muerte del delincuente o la vuestra.
-¡Nadie, nadie! -dijo entre dientes la demandante mirando a las puertas, y escuchando con la mayor ansiedad.- ¿No hay un caballero -exclamó entonces con despecho, volviéndose a los cortesanos todos-, no hay un cortesano siquiera del poderoso rey de Castilla que sepa empuñar una lanza por la inocencia, que salga por una mujer?
Leve y susurrante murmullo corrió por la asamblea a esta invitación desesperada. Pero lucían en los pechos y en los brazos de los más jóvenes caballeros prendas del amor de sus damas; un caballero que tenía la suya no podía adoptar otra. No era, además, seguro que la acusadora no hubiese perdido el juicio, cuando con tan poco apoyo y favor osaba habérselas con el más poderoso señor de Castilla. ¿Quién la conocía? Nadie; ¿quién estaba seguro de no ser víctima del rencor del de Villena si tomaba la defensa de la advenediza?
-¡Oh oprobio! ¡Oh mengua! ¡Oh caballeros! -exclamó sollozando la desairada hermosa-. ¡He aquí la corte de don Enrique III! Lo veo, aunque tarde: la inocencia no encuentra defensa entre los hombres. ¡No importa! Insisto en la acusación.
-Faraute -dijo entonces Su Alteza-, haced vuestro deber.
Adelantóse un faraute, y en la fórmula del tiempo anunció tres veces en alta voz la acusación hecha a don Enrique de Villena; preguntó si algún caballero tomaba la demanda de la acusadora, y sucediendo a sus voces sepulcral silencio, intimó a aquélla que en el plazo preciso de tres días había de presentar un defensor o las pruebas de su acusación, y que cumplido el plazo sin presentarle, sería puesta en tormento y llevada al suplicio, donde le sería la lengua cortada y arrojada a los canes; después de ello ajusticiada por calumniadora.
No pudo oír esta última parte de la intimación la desolada dama sin exhalar un gemido de terror, y abandonándola sus fuerzas, dejóse caer en brazos de una de las dueñas que la habían acompañado.
Movido a lástima el Rey al ver su situación, alzóse en el trono y puesto en pie:
-Don Enrique -dijo-, estoy seguro de vuestra inocencia, y el cielo en todo caso saldrá por ella. Aflígeme, sin embargo, el estado de esa desgraciada, y la administración de la justicia exige que yo satisfaga la vindicta pública. Dadme, Abenzarsal, ese anillo. Quiero yo mismo requerir por última vez un defensor. Ricos-hombres, caballeros, ¿quién de vosotros toma esta demanda? El caballero que se proclame su defensor recibirá este anillo como prenda de la dama que va a defender, y si sale con victoria de la prueba a hierro y demuestra en el palenque, con el favor de Dios, la verdad de la acusación, que no creemos, este anillo le servirá de seguro para los días de su vida; la persona que me lo presente logrará la gracia que pida, y su dueño será libre de toda pena en el momento de presentarlo. ¿Quién de vosotros toma la demanda de la acusadora?
-¡Yo! -exclamó una voz estentórea que resonó fuera de la cámara todavía.
-¡Él es! -gritó con penetrante alarido la enlutada, y el exceso de la alegría, pudiendo más en su alma que el pasado dolor, la derribó sin sentido en brazos de sus dos dueñas.
Volvieron los ojos los cortesanos a mirar quién fuese el temerario que en tan arriesgada demanda se entrometía, y don Enrique de Villena, cuya alegría se había manifiestamente conocido por algunos instantes, dirigió miradas de fuego y de incertidumbre hacia el advenedizo defensor de su acusadora.
Entraba éste ya por la cámara con ademán resuelto y pasos precipitados. Venía armado de pies a cabeza; su sobrevesta negra y su penacho del mismo color, que ondeaba funestamente sobre su capacete, parecían anunciar la muerte a todo el que se opusiese a su bizarro valor.
-Yo -repitió con voz fuerte entrando. Dirigiéndose en seguida hacia el trono, arrodillándose y pidió a Su Alteza para tomar la demanda de la desconocida, fuese la que fuese.
Mirábanse unos a otros los circunstantes; no sabían qué pensar de las aventuras de la mañana.
-Condestable -dijo el Rey volviéndose a Rui López Dávalos-, ¿será que hoy no hayamos de conocer a ninguno de nuestros vasallos? ¿Qué decís, conde de Cangas, de este defensor? ¿Le conocéis?
-No responderé nunca, señor, a la acusación de dos enmascarados.
-¿Y responderéis a la mía? -preguntó alzándose la visera el denodado mancebo.
-¡Macías! -exclamó el Rey.
-¡Macías! -repitieron asombrados los más de los que presentes estaban. Don Enrique fue el único que, sobrecogido de la ira y del terror, ni acertaba a pronunciar palabra ni osaba levantar los ojos del suelo, al cual se los habían hecho bajar mal su grado la seguridad y la audacia de las miradas de Macías
-Perdóneme tu Alteza -prosiguió éste vuelto a don Enrique el Doliente- si me hallo en tu palacio sin haberme presentado antes a recibir tus órdenes; tu Alteza conoce mi lealtad, y sólo poderosísimas causas pueden habérmelo impedido.
-Sensible es a mi corazón, doncel, que cuando os veo después de tan larga ausencia sea para declararos contrario de mi muy amado pariente el conde de Cangas y Tineo y para defender contra él una acusación que estimo calumniosa.
-El cielo, señor, puede sólo decidir esta querella.
-Aquí, pues, tenéis -dijo el Rey presentando a Macías el anillo de la tapada, que ya había vuelto en sí de su desmayo- la prenda de la dama que elegís.
-Perdóneme tu Alteza -exclamó la dama arrojándose en medio del Rey y de Macías-, permite que no reciba de mi mano ese anillo hasta el día en que haya de verificarse el combate. Yo informaré a la persona de tu confianza que elijas, de mis circunstancias, y quedaré hasta que las sepas en tu poder, si necesario fuese. Como prenda de que os admito por mi campeón, aceptad este lazo, noble caballero.
Arrodillóse el mancebo, a quien palpitaba violentamente el corazón dentro del pecho, y mientras que su dama rodeaba su cuello con una banda negra que tenía por lema estas dos palabras bordadas imposible, venganza:
-¿Será posible -le dijo en voz baja- que insistáis en ocultaros de quien ha de ser vuestro caballero no sólo acaso en la lid...?
-Imposible -repuso, por lo bajo también, la tapada.
-¿Qué tenéis, pues, derecho a exigir de mí?... -repuso Macías.
-Venganza -volvió a contestar la dama, concluyendo de anudarle el lazo.
-Y bien, Macías, ¿tenéis que pedirme gracia? -dijo el Rey.
-Ninguna -respondió el doncel-, sino que oiga tu Alteza y apruebe mi desafío. Oíd, ricos-hombres, caballeros y escuderos. Yo, Macías, doncel del poderoso rey de Castilla don Enrique III, a ti, don Enrique de Aragón de Villena, conde de Cangas y Tineo, tomamos por testigos a todos los aquí presentes, te desafiamos de mal caballero, descortés y aleve, y te retamos a muerte como matador de tu esposa la muy ilustre doña María de Albornoz, a ti y a todos los caballeros de tu casa, a lanza o a espada, a pie o a caballo, mientras corra la sangre en las venas, renunciando a la mía, y sobre esto Dios y la Virgen de Atocha me ayuden. A ti solo o a varios.
Al decir estas palabras, arrojó Macías su guante. Gran suspensión y silencio siguió a esta acción determinada.
-Conde de Cangas y Tineo -dijo el Rey, volviéndose a alzar en el trono y comenzando a bajar los escalones-, Macías, mí doncel, ricoshombres, caballeros, escuderos aquí presentes, yo don Enrique, rey de Castilla, concedo el juicio de Dios a mi doncel Macías y a don Enrique de Villena para que en combate singular riñan, cuerpo a cuerpo, y declaro traidor y aleve y digno de muerte al que fuere en la lid vencido, si saliere del vencimiento con vida. Dios sea en favor de la inocencia y de la justicia. Conde, ¿qué hacéis? -añadió viendo que don Enrique, inmóvil, no recogía el guante que le había arrojado su contrario.
-Espero, señor, que no permitirás que yo descienda de la clase en que el parentesco que nos une y los honores con que me has distinguido me han colocado para rebatir cuerpo a cuerpo con un simple doncel de tu Alteza una calumnia que desprecio y...
-Si os empeñáis -contestó el Rey picado-, igualaré al doncel Macías...
-No es necesario, señor -replicó Hernán Pérez, adelantándose a recoger la prenda abandonada-, no es necesario, yo la alzaré por mi señor...
-Teneos... -gritó Macías poniendo un pie en el guante-: sois escudero.
-Le armaré -dijo el conde- y será vuestro igual; y en tanto, Hernán, alzad el guante por mí. O yo o vos. Bastamos cualquiera de los dos para castigar la insolencia del campeón de las damas desconocidas.
Iba a responder Macías a este sarcasmo, pero el Rey, volviéndose a entrambos:
-Conde -dijo-, espero que vos, o un caballero en vuestro lugar, sostendréis vuestra buena fama. Os hago maestre de Calatrava; espero que ni los caballeros de la Orden ni Su Santidad desaprobarán esta elección que recae en mi misma sangre.
-Señor -dijo inclinándose con mal rebozada alegría el conde-, estoy pronto a aceptar esta nueva honra si los caballeros de la Orden...
-¡Viva el maestre don Enrique! -clamaron tumultuariamente varios de los presentes.
-Bien, señores, bien -dijo el Rey-; no esperaba menos de mis leales caballeros de Calatrava. A vos, Macías, os doy un hábito de Santiago, y os cubriré yo mismo. Habéis manifestado hoy valor y cortesanía. Espero que entraréis en mi cámara en cuanto os desarméis.
Inclinóse Macías en señal de gratitud, y el Rey se retiró diciendo al condestable:
-Rui, me recordaréis que debo fijar el día del combate. Vos, Abrahem Abenzarsal, encargaos de esa dueña en vuestra cámara hasta que órdenes posteriores mías os indiquen dónde puede permanecer durante el plazo que falte para el combate.
El físico, en consecuencia, intimó la orden a la dama enlutada y la encaminó con un paje a su cámara. Retiróse el Rey, y con su marcha desaparecieron en pocos momentos los más de los cortesanos.
-No ha sido del todo feliz el día -dijo Abenzarsal a don Enrique, que se retiraba con su escudero-; pero no importa, son nuestros; haced por dirigir a la noche a Hernán Pérez a mi cámara.
-¿Habéis hecho algo? -preguntó don Enrique.
-Espero hacer.
Dicho esto se separaron por no dar sospechas. Don Enrique y su escudero se fueron, departiendo cerca de los muchos sucesos buenos y malos que habían pasado aquel día, y acerca de quién podía ser la dama, si bien muy pocas dudas les quedaban, y ya se proponía salir de ellas al momento el escudero.
Entretanto rodeaban a Macías varios caballeros, quién a darle la bienvenida, quién a preguntarle nuevas de Calatrava. Entre los muchos que se le acercaban tocóle uno en el hombro con misteriosa familiaridad.
-¡Ah! sois vos, padre mío, buen Abrahem -le dijo Macías con un estremecimiento involuntario, y una nube de tristeza envolvió su frente.
-Bien venido a la Corte.
-¡A la Corte!
-Sí; adiós, joven osado...
-Escuchad; esas palabras... me dijisteis, es verdad... ¡Corte, Corte funesta!
-Adiós.
-¿No podéis explicaros?
-Ahora imposible; si queréis verme, al anochecer os esperaré en mi cámara.
-¿Cierto, Abrahem? Esperadme. Adiós.
-Adiós.
Siguió el astrólogo con su aparente prisa la dirección de su cámara y Macías, distraído, revolviendo mil confusas ideas en su imaginación, quedó entre sus curiosos amigos, a quienes ni contestaba ya acorde ni podía apenas atender. ¡Tal era la impresión que la palabra corte, pronunciada por el físico, había hecho en su imaginación!
-Macías ha perdido la cabeza -iban diciendo sus amigos al despedirse de él-. Ese maldito hechicero, en cuyas comisiones ha andado, le ha turbado el juicio. ¡Habéis visto qué desconcierto! ¡Qué distracción! O está enamorado o ha perdido el seso.
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Rom. de Gaiteros. |
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En cuanto había llegado a su habitación don Enrique de Villena se había despedido de él el escudero, ansioso de saber definitivamente si era su esposa la que, por obsequio a la memoria de la condesa, se había presentado con tanta osadía en la corte del rey de Castilla. Pesábale en gran manera que hubiese cabido en la imaginación de su consorte tan heroica determinación, pero lo que con más cuidado le traía era la circunstancia de haber llegado tan a punto el doncel para tomar sobre sí su demanda, y la exclamación de la tapada al oír la voz de su defensor, circunstancias entrambas que ligaba, mal que bien, con el músico de la noche anterior a la desaparición de la condesa. Podía ser casual esta coincidencia; podrían muy bien, su consorte por amistad a doña María de Albornoz, y Macías por amor a esa misma, o por cortesanía de caballero ocioso, encontrarse en el mismo camino. Esta reflexión, sin embargo, no bastaba a aclarar sus dudas, y pensó en el partido que debería tomar si no encontraba a Elvira en su cuarto.
Sucedióle, sin embargo, lo que no pensaba. Llamó el escudero a su habitación, y la primera persona con quien dio fue con el listo paje, el cual con aire sumamente alegre:
-Buenos días -le dijo-, señor Hernán Pérez; bien hacéis en venir, porque desde que la señora condesa ha desaparecido, no hay medio de alegrar a mi prima. Venid, venid a consolarla; mis esfuerzos todos son inútiles.
-¡Vuestra prima, señor paje! -dijo con asombro y gravedad el escudero-. ¿Supongo que no os queréis burlar de mí?
-¿Yo burlarme, señor escudero, pesia mi alma? Para burlas estamos por cierto, y no se cesa de llorar hoy en esta habitación. Entrad vos mismo y lo veréis.
Abrió Hernán Pérez la mampara inmediata y quedóse como de piedra cuando, contra todas sus esperanzas, vio levantarse, al presentarse él, a Elvira, que con afectuosas palabras:
-Esposo -le dijo-, cuán mal lo hacéis conmigo; vos tenéis secretos para mí, vos pasáis los días enteros lejos de mí; hoy, sobre todo, me habéis dejado sola, y sabéis que no tenía ya la compañía de la condesa...
-Perdonad, Elvira, si... Yo... ya sabéis que... -pero nunca pudo decir más el asombrado escudero. Su esposa estaba vestida de negro, sí, pero su ropa no manifestaba haber salido aquella mañana; por otra parte, la dama enlutada había quedado en palacio.
-¿Qué tenéis? ¿Traéis mala nueva?
-Sí por cierto -contestó más repuesto Fernán Pérez-; os traigo la de que me he vuelto loco.
-Muy cuerdo lo decís.
-Jurara que os había visto en otra parte...
-Puede...
-¿Cómo? ¿Puede?...
-Tantas veces me habéis dicho que no me separo un punto de vuestra imaginación, que me veis en todas partes tal cual soy... Qué... ¿no es cierto?
-Sí -replicó mordiéndose los labios el desairado esposo-. Pero esta mañana no os creí yo ver de ese modo. En fin, parece que estáis aquí...
-¿Os estorbo, Vadillo? Habladme con el corazón en la mano... ¿Queréis que salga efectivamente...?
-No, no es eso; es que me he vuelto loco, ya lo he dicho.
-Lindo humor traéis, esposo. Si hubierais perdido una amiga, si os persiguiese una voz que os gritase continuamente en vuestro pecho: un crimen se ha cometido y el criminal está impune...
-¿Qué decís? ¿Oís vos esa voz?
-Os digo que no puedo desechar de mi imaginación que esa pobre condesa ha sido malamente muerta, y que una persona...
-¡Silencio! -gritó con terror Vadillo.
-¿Silencio, por qué? Esta noche lo he soñado.
-¿Qué habéis soñado?
-Tonterías; pero cuando está una afligida y prevenida por una idea... no sé qué efecto...
-Contad.
-Nada; soñé que había estado en la corte no sé por qué accidente, y que una dueña enlutada se había aparecido a pedir justicia...
-Proseguid -dijo temblando Vadillo.
-Sus facciones eran las de la condesa, su voz la misma; arrojéme a abrazarla y...
-¿Vos?
-Yo, y me rechazó: «Aparta, dijo; estoy manchada de sangre; ¿no la ves correr aún?» Un chorro, entonces, pareció salpicarme toda, y temblé... Pero ¡Dios mío! vos tembláis también.
-No.
-Sí.
-Bien, sí... Estoy mortal -añadió para sí, levantándose, Vadillo-; ¿si habrá muerto efectivamente la condesa? ¿sería capaz el conde?... ¡Qué horror! Por otra parte, conociéndome, si lo hubiera hecho, me lo hubiera ocultado... yo le afeé... ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Yo he sido cómplice de un asesinato? La dueña enlutada no podía ser sino la sombra misma de la condesa. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Virgen Santísima! -gritó Vadillo fuera de sí.
-Esposo, ¿qué es eso? ¿Sabéis que empiezo a temer que sea cierta la pérdida de vuestra razón?... Contadme, por Dios...
-Nada; imposible; en dos palabras: ¿vos no habéis salido?
-¡Qué pregunta!
-¿No saldréis?
-¡Qué aire!
-Adiós, Elvira, adiós. No me esperéis hasta la noche. Asuntos de importancia me llaman al lado de don Enrique...
-¿Os vais? ¿Para eso habéis venido? Mirad...
-Bien sé que me queréis, que me sois fiel; soy un loco... pero... la condesa... ya sabéis... Ahora dejadme, por Dios, dejadme, vuestra presencia me hace mal.
Separóse, al decir esto, casi por fuerza de los brazos de su esposa, la cual quedó sollozando en un sillón con el paje al lado.
-Esto es mejor -dijo el paje-. ¿Lloráis de veras?
-Jaime, sí. Hace una tantas cosas contra su voluntad; las consideraciones del mundo...
-¿Cómo? ¿Lo decís porque tenéis que agasajar y poner buen semblante a vuestro esposo?
-¿Qué dices, Jaime? -preguntó, lanzando un suspiro, Elvira-. ¿Quién te ha dicho eso? Es mentira, mentira. Yo amo a mi esposo; ni pudiera amar sino a él; ¡es tan bueno!
-Pues entonces -dijo el paje- no os entiendo; yo por mí, si no os viera llorar, ahora me reiría, soltaría la carcajada.
-¿Por qué? ¿Porque una circunstancia desgraciada le ha puesto en el caso bien triste de no poder distinguir la verdad del engaño? ¿Porque una mujer tenga mil veces que parecer artificiosa con su esposo se habrá de deducir que éste es risible? Ah, Jaime, en todo engaño ten lástima siempre del engañador, que en realidad ése es el más risible, y ése es acaso realmente el engañado.
Después de esta pequeña reprimenda no osó hablar el pajecillo.
-Mira, Jaime, si va lejos ya Hernán Pérez.
-Tan lejos que no le alcanzaría el mismo Hernando, que no hay corza que no alcance.
-Vamos, pues, paje; no hay tiempo que perder; ya tienes tus instrucciones. Prudencia y silencio... como la muerte, ¿estás?
-Como la muerte -respondió el paje. Dichas estas palabras, Elvira y el paje pasaron a otra pieza, donde no- nos es lícito penetrar con ellos.
Fernán Pérez, entretanto, recorría con más terror que celos las inmensas galerías del alcázar; cada pisada suya le parecía las de la condesa. Hay muchos hombres valientes, temerarios contra un millar de enemigos armados en un día de batalla y que perecen de terror ante la idea de un muerto y el recuerdo de una fantasma, que treparían los primeros a la brecha y no subirían nunca solos una escalera oscura. En aquel momento Hernán Pérez era de éstos; el menor ruido que hubiera oído realmente, la menor sombra que se hubiera puesto delante de sus ojos, le hubiera derribado por tierra sin sentido. Tal traía él la imaginación llena de ideas de muertes y apariciones, de sombras y emplazamientos. Llegó, por fin, a la cámara de don Enrique. Abrióla de golpe y precipitóse dentro con los cabellos erizados y los ojos casi fuera del cráneo.
-¿Qué traes, Vadillo? -dijo levantándose don Enrique al ver el desorden de su escudero.
-Es su sombra, señor, es su sombra -repuso Vadillo, mirando atrás todavía y procurando componer su semblante.
-¿Qué sombra? -replicó don Enrique-. Será la que hace vuestro cuerpo al pasar por delante de la lámpara de la galería.
-No es eso, señor, no es eso.
-¿Qué es, pues? Explicaos.
-Mi esposa...
-¿Vuestra esposa es sombra? ¿Qué decís?
Temblaba ya Ferrus de pies a cabeza con la explicación del escudero, y no sabía don Enrique qué creer de semejante asombro.
-Digo, señor -concluyó Vadillo reponiéndose-, que la dueña enlutada no es mi esposa, porque mi esposa está en su habitación, y mi esposa no ha salido ni saldrá...
-¿Estáis seguros?
-Como estoy vivo.
-¿Quién puede entonces?...
-No puede ser -dijo Ferrus-, sino...
-La sombra de la condesa -concluyó Vadillo.
-¿La sombra de la condesa? ¡Ésa es buena! -exclamó soltando una estrepitosa carcajada don Enrique de Villena.
-¿Te ríes, señor?
-¿No he de reírme, si habéis perdido entrambos la cabeza?
-Ah, señor -repuso Vadillo-, veo que si yo contara un sueño... En fin, quiero que me hayáis referido de la condesa la pura verdad. ¿Estáis seguro de que el encargado de...?
-Deliráis, Vadillo, deliráis. Verdad es que ahora pierdo yo el hilo de mis observaciones y no sé... Puesto que decís que estáis seguro de haber visto a vuestra esposa, confieso que no entiendo... De todos modos, es necesario que vayáis a buscar al astrólogo; os aguarda para darme una razón que espero con ansia. ¿Os atreveríais, ya que vais, Vadillo, a averiguar quién sea la tapada? ¿Tendríais resolución...?
-Manda, señor, a tu escudero.
-Bien, pues yo confío a vuestro talento esa intriga; si el nigromántico lo sabe, os lo dirá; si no, ved de tocar siquiera esa sombra, que como la toquéis, y como ella ofrezca cuerpo y resistencia -añadió riéndose don Enrique- podéis estar seguro, no quiero yo decir de que sea vuestra esposa, pero a lo menos, sí, de que es persona; y a ser hombre, como parece mujer...
-Entonces, señor, yo os prometo que mi espada hiciera pronto la experiencia. Perdona si el sobrecogimiento de una escena que he tenido tan rara, tan extraordinaria, me ha hecho parecer a tus ojos, señor...
-Vadillo, os he visto pelear; sé que tenéis valor. Conozco, por otra parte, a los hombres: son débiles y miserables en todo. Una preocupación es más fuerte que cien caballeros.
Iba a despedirse el escudero para la cámara del astrólogo, donde le esperaban acontecimientos más extraordinarios cien veces que los pasados; pero don Enrique le detuvo para dar lugar, lo uno a las intrigas que debía preparar el nigromante, y lo otro porque entonces, que en realidad le engañaba, una voz interior le gritaba que debía tratarle con más amistad y consideración que nunca. No debía faltarles tampoco que hablar desde que don Enrique era maestre, desde que iba a ser Hernán Pérez caballero, y desde que el singular duelo de la mañana había venido a complicar tan extraordinariamente los negocios y los intereses de los principales personajes de nuestra verídica historia.
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Rom. de Bernardo del Carpio. |
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Cosa indudable es que don Enrique de Villena, una vez adoptadas sus ambiciosas ideas de elevación, no perdonaba medio alguno de llevarlas a cabo ni daba punto de reposo a su imaginación, buscando trazas para asegurarlas. El alto puesto que anhelaba era, sin embargo, bastante apetecible para que se le ofreciesen naturalmente en el camino de sus intrigas temibles maquinaciones de sus enemigos y poderosos contendedores. No habrá olvidado el lector tan pronto, si es que ha llegado a tomar alguna afición a los sucesos que le vamos con desaliñada pluma narrando, aquel don Luis de Guzmán, que paseaba el salón de la corte en la mañana de este mismo día, hablando con el famoso cronista Pero López de Ayala. Si no ha olvidado a aquel caballero, y si recuerda el diálogo en que se le presentamos por primera vez, tendrá presente, también, que el cronista le había designado como sucesor probable de su tío don Gonzalo de Guzmán, último maestre de Calatrava. Llamábanle, efectivamente, a este alto puesto, en primer lugar su parentesco con el difunto, su vida ejemplar e irreprensible conducta, el título de comendador de la Orden y la confianza que inspiraba a los más de los caballeros. Era generalmente querido, y en realidad más digno del maestrazgo que don Enrique de Villena, en aquella época, sobre todo, en que el valor solía suplir todas las demás cualidades; teníale don Luis en alto grado, y había dado de él repetidísimas y brillantes pruebas en las guerras de Portugal y de Granada; al paso que de don Enrique se podía sospechar fundamentalmente que no era su virtud favorita, pues nadie recordaba haberlo visto jamás en ningún trance de armas. Había probado, además, don Luis que conocía los deberes todos de buen caballero en las diversas justas y torneos en que había sido mantenedor o aventurero; sabía manejar en todas ocasiones con singular gracia un caballo, rompía una lanza con bizarría, corría parejas con extrema donosura, cogía sortijas con destreza y disparaba cañas con notable inteligencia. Don Enrique, por el contrario, empleaba todo su fuego en semejantes circunstancias en hacer una trova muy pulida y altisonante, en que cantaba las hazañas ajenas a falta de las propias. Pero era el mal que en la corte de don Enrique no habían obtenido todavía las trovas aquel grado de estima que en reinados posteriores llegaron a alcanzar; cosa en verdad que no dejaba de ser justa, si se atiende a que las trovas servían sólo para matar el fastidio momentáneamente en un banquete de damas y cortesanos, al paso que una lanza bien manejada derribaba a un enemigo; y en aquellos tiempos belicosos eran más de temer los enemigos que el fastidio.
Las intrigas de don Enrique habían impedido que este mancebo generoso supiese a debido tiempo la infausta nueva de la muerte de su tío. La primera noticia que de ella tuvo fue la que en pública corte recibió, y en el primer momento la sorpresa de no haber sido de ella avisado, circunstancia que no acertaba a explicarse a sí mismo fácilmente, y el dolor, le embargaron toda facultad de pensar y abrazar un partido prontamente. Sacóle, empero, de su letargo la elección que hizo el Rey de su pariente para suceder en el maestrazgo, e indignóle, aún más que semejante nombramiento, la bajeza con que se adelantaron varios caballeros de su Orden a proclamar casi tumultuosamente al conde. Mal podía, sin embargo, en aquella circunstancia manifestar su agravio, ni menos oponerse a la dicha de su competidor. Aunque lo hubiera intentado, hubiérale sido muy difícil pronunciar una sola palabra, porque debemos añadir a lo que de su carácter llevamos manifestado, que tenía tanto don Luis de cortesano como don Enrique de valiente. Todos sus conocimientos estaban reducidos a los de un caballero de aquellos tiempos; habíanle enseñado, en verdad, a leer y escribir, merced a la clase elevada a que pertenecía; pero cuando no tenía olvidado él mismo que poseía tan peregrinas habilidades, que era la mayor parte del tiempo, no comprendía por qué se habrían empeñado sus padres en hacerle perder algunos años en aquellos profundísimos estudios, que no le podían ayudar, decía a rescatar una espuela ni el guante de su dama en un paso honroso. ¿Qué cota, por débil que fuera, qué almete por mal templado, había cedido nunca a la lectura de un pergamino, por bien dictado que estuviese, o al rimado de una trova, por armoniosa que sonase? Despreciaba, asimismo, las galas del decir y el elegante artificio de la oratoria, porque solía repetir que él llevaba la persuasión en la punta de su lanza; y efectivamente había convencido con ella a más moros que los misioneros que iban continuamente a Granada; éstos no solían sacar otro fruto de su peregrinación cristiana que la palma del martirio, la cual podía ser muy santa y buena para su alma, pero no daba un solo súbdito a la Corona de Castilla, sino antes se lo quitaba. Bien se ve por este ligero bosquejo que era don Luis hombre positivo y que no hubiera hecho mal papel en el siglo XIX. En esta candorosa ignorancia, y en la fuerza de su brazo, consistía su popularidad, porque entonces, como ahora, se pagaba y paga la multitud de las cualidades que le son más análogas y que le es más fácil tener; en ellas tomaba su origen el carácter impetuoso y poco o nada flexible de don Luis; cuando oyó la elección que había hecho el rey Doliente, miró a una y otra parte todo asombrado, como si no pudiese ser cierta una cosa que no le agradaba, enrojecióse su rostro, cerró los puños con notable cólera e indignación, miró en seguida al Rey, miró al conde de Cangas, miró a los caballeros calatravos que le proclamaban, encogióse de hombros y sin proferir una sola palabra salióse determinadamente de la corte; acción que en otras circunstancias menos interesantes hubiera llamado extraordinariamente la atención de los circunstantes. Nadie, sin embargo, la notó, y el ofendido caballero pudo entregarse libremente al desahogo de su mal reprimida indignación. Hubiera él dado su mejor arnés y su mejor caballo por haber sabido el golpe que le esperaba en el momento aquél en que la acusadora de su rival había apostrofado a los caballeros presentes en favor de su demanda. No hubiera sido Macías entonces el que se hubiera llevado el honor de salir por la belleza; porque es de advertir que la acusación, que, como a todos, le había parecido inverosímil en el instante de oírla, comenzó a tomar en su fantasía todos los visos no sólo de verosímil, sino de probable, y hasta de cierta, desde el punto en que se vio suplantado porque era objeto de la querella. «Es evidente, dijo para sí, que don Enrique es un fementido; mientras más lo pienso, más me convenzo de su iniquidad. ¡Felonía! ¡Matar a una mujer!» Desde que hizo este raciocinio hasta el día de su muerte, don Luis de Guzmán no pudo admitir jamás suposición alguna que no fuese en apoyo de esta opinión; era evidente para él que don Enrique había matado a su esposa, y aunque la hubiera vuelto a ver de nuevo buena y sana, cosa que no sabremos decir si era fácil ya que sucediese, hubiera dudado primero de sus propios ojos que del delito de don Enrique. Así juzgan los hombres, y los hombres exaltados sobre todo.
Llegado don Luis a su casa, llamó a su escudero y le dio el encargo de convocar a los caballeros de Calatrava en quienes más confianza tenía y que no habían asistido a la corte de aquel día. Mientras que el escudero partió a desempeñar su delicada comisión, quedó don Luis paseando a lo largo de su habitación y maquinando cómo podría asir la dignidad que acababa de deslizársele entre las manos.
De allí a poco comenzaron a ir llegando los caballeros de Calatrava, llamados unos, de su propia voluntad otros, al saber la escandalosa novedad que en la Orden ocurría. Varios entre ellos tenían el mismo motivo de agravio que don Luis, es decir, que no podían alegar más causa de su enemistad a don Enrique que el haber éste conseguido lo que ellos para sí deseaban; estos tales se hubieran reunido igualmente con Villena contra don Luis si hubiera sido éste el afortunado, El amor propio ofendido y el deseo de derribar al poseedor eran su único objeto al reunirse, cosa que sucede comúnmente en los más de los conspiradores y descontentos. No sucedió, pues, en esta ocasión sino lo que suele siempre suceder en casos semejantes; pero había una circunstancia favorable para ellos esta vez, a saber: que Villena prestaba mucho campo a la oposición, de suerte que en realidad no eran sus enemigos los que tenían ventaja, sino él el desaventajado.
No tardaron mucho tiempo en hallarse reunidos en la casa posada de don Luis de Guzmán más de veinte entre caballeros y comendadores de Calatrava. Seguía paseándose en silencio el desairado candidato y solamente una seca inclinación de cabeza y un ademán más seco todavía, con que hacía seña de ofrecer asiento, marcaban de cuando en cuando la entrada de un nuevo concurrente. Al ver tan distraído y preocupado al dueño de la casa, sentábase cada cual y esperaba con humilde resignación a que tuviese por conveniente romper tan incómodo silencio; lo más a que se extendía el atrevimiento en tan solemne reunión era a preguntar, en voz imperceptible, alguno a su compañero y adlátere el objeto de aquella misteriosa asamblea. Luego que le pareció a don Luis suficiente el número de sus oyentes, soltó la rienda a su desnuda elocuencia con toda la seguridad de un hombre que está muy lejos de imaginar que puedan reprochársele las frases que usa o vituperársele los vocablos que para expresar sus ideas adopta.
-¡Por Santiago, caballeros de Calatrava -exclamo-, que hoy luce un día bien triste para nuestra Orden! Día de oprobio, día que no saldrá fácilmente de vuestra memoria. Un Rey débil, un Rey enfermo, un Rey en cuya mano estaría mejor la rueca de una dueña que la lanza de un caballero osa atropellar vuestros fueros y privilegios, y ¡voto va! que no luce bien la cruz roja en un pecho dispuesto a sufrir humillaciones. ¿Sabéis lo que es honor, caballeros de Calatrava? -se interrumpió bruscamente a sí mismo el comendador, parándose de pronto en su paseo, como hombre que ha perdido el hilo de un largo discurso que trae mal estudiado y que se decide por fin a reasumir en una sola frase enérgica y terminante todos sus cargos y argumentaciones-. ¿Sabéis lo que es honor, caballeros de Calatrava?
A la primera enunciación de este inesperado apóstrofe, dejóse percibir sordo murmullo de desaprobación en el auditorio, y poniéndose en pie uno de sus principales oyentes:
-Duda es ésa, señor don Luis de Guzmán -dijo- que cada uno de los que aquí miráis reunidos a vuestro llamamiento sabría desvanecer bien presto, a no ser vos el que la anunciáis. Ignoro los motivos que podéis tener para haber llegado a darle entrada en vuestro corazón, pero yo en mi nombre, y en el de todos los presentes, os ruego que os sirváis exponernos brevemente la causa que a esta convocación os mueve y a declarar qué habéis visto en los caballeros de la Orden que provoque tan alta indignación. Espada tenemos todos, y en cuanto al valor, no será esta la primera ocasión en que probemos que no estamos acostumbrados a sufrir ultrajes impunemente.
-Nunca dudé -contestó don Luis con la satisfacción de un hombre que ve abundar a sus oyentes en sus mismas opiniones- nunca dudé de vuestro valor. Como comendador más antiguo, como pariente de nuestro buen maestre, que acaba de fallecer en Calatrava, he creído tener derecho a convocaros cuando se trata de los altos intereses de la Orden y de evitar acaso su ruina.
-¿Su ruina? -exclamaron a una todos los caballeros.
-Su ruina, sí -repitió Guzmán-; su ruina. Hoy ha llevado un golpe que tarde o nunca se reparará. Varios de vosotros lo habéis oído. Escuchadlo los demás con espanto y con indignación. No se espera ya a que los caballeros de la Orden, reunidos en su capítulo, pongan a su cabeza, movidos de justas razones, al caballero más perfecto, más experimentado en las lides, más prudente en los consejos. No; un Rey por sí, atropellando nuestros más sagrados derechos, eleva a la dignidad que mil hechos heroicos, que una larga vida de virtudes bastan apenas a merecer, ¿a quién? A un hombre cuyo penacho no sirvió nunca de guía a los valientes en una batalla, a un hombre que nunca dio el primero ni oyó resonar en tomo suyo el grito de ¡Santiago y cierra España!; a un hombre que ha trocado la lanza por la pluma, cuyo campo de batalla es una mesa cubierta de inútiles pergaminos, que no ha vencido nunca sino las necias dificultades de lo que llama él rimas; a un hombre, caballeros, de quien con fundada razón se dice que tiene inteligencia con los espíritus y que...
-¡Qué horror!
-Oídlo, sí, con escándalo, nobles compañeros. Ése es el hombre que nos destinan por maestre; un afeminado cortesano, un intrigante ambicioso, un rimador, un nigromante en fin...
-¡Fuera, fuera! -gritaron a una los caballeros, cuyos ánimos iba templando ya el calor comunicativo y la natural elocuencia de la pasión que dominaba en el comendador.
-¿Lo sufriremos? -continuó don Luis, como una piedra que caída de una altura desmesurada sigue rodando largo espacio después, de llegada al llano-. ¿Lo sufriremos? Yo por mí, nobles caballeros, juro a Santiago de no dormir desnudo y de no comer pan a la mesa mientras que vea la Orden a su cabeza al... al... ¿para qué callarlo, en fin? Al asesino de su esposa.
No necesitaban ni tanto ya los caballeros; reunidos en casa del comendador para acabar de perder la poca sangre fría que les quedaba. La última frase del orador produjo el efecto de una chispa lanzada en medio de un montón de estopa seca. Veíase lucir en todos los semblantes la misma animación que en el de Guzmán; todos provocaban y excitaban mutuamente su cólera con la relación de las ofensas que en aquel momento se figuraba cada cual haber recibido o del rey Doliente o del intruso maestre. Inútil es decir si se recapitularon largamente las calidades del conde de Cangas. Había quien le había visto horas enteras evocando los manes de los difuntos en un cementerio, en compañía del judío Abenzarsal; había quien le había visto sepultarse en una larga redoma y desaparecer a los ojos de los circunstantes, y hasta se llegaba a probar que había estado en más de una ocasión en dos partes opuestas a un mismo tiempo; lo cual, como convinieron todos, no podía obrarse sino por arte del demonio, si se atiende a que cada uno suele tener en el mundo más que un cuerpo. Ahora bien: era cosa sabida que el demonio no hace nada de balde, circunstancia que podría hacerle pasar perfectamente por escribano o agente de negocios, de lo cual era forzoso inferir que don Enrique le habría vendido su alma, si bien no había entre tanto ilustre caballero quien osase descifrar las ventajas que al demonio le podían resultar de poseer el alma de don Enrique de Villena, tanto más cuanto que a todo tirar no era realmente de las mejores.
Quedó, sin embargo, establecido por punto general, primero, que don Enrique había sido, era y sería eternamente nigromante por pacto con el demonio; segundo, que había sido asimismo, era y sería eternamente el asesino de su esposa, lo cual había de ser irremisiblemente cierto, mas que no hubiese tal demonio ni tal esposa muerta, cosas para nosotros, si hemos de decir verdad, igualmente dudosas.
Resueltos estos dos puntos principales, era consecuencia forzosa el resolver la deposición del maestre; esto, en verdad, ofrecía mas dificultades, pero la imaginación las superó; convínose primeramente en que don Luis de Guzmán quedaría en la Corte para exponer reverentemente a Su Alteza que los estatutos de la Orden de Calatrava determinaban que sólo pudiese ser nombrado el maestre por elección de los caballeros y comendadores reunidos en capítulo; y que para ganar tiempo, mientras se recababa de Su Alteza la revocación del nombramiento ilegal, saldrían varios de los caballeros presentes en calidad de emisarios a los diversos puntos donde había fortalezas y castillos de la Orden para evitar que se reconociese y prestase juramento de pleito homenaje al conde de Cangas. Uno, sobre todo, debía ir y declarar al clavero de la orden, residente en Calatrava, que era la voluntad del mayor número de los caballeros que siguiese desempeñando las funciones de maestre; lo cual, además, le suplicaban rendidamente por el bien de todos, mientras que se procedía a la elección del que hubiese de ser válida y legalmente nombrado.
No perdieron, pues, instantes preciosos, y antes de anochecer los caballeros habían hecho voto solemne de llevar adelante su empresa mientras que estuviese pegado el puño de la espada a la hoja y mientras que corriese una gota de sangre por las venas; todos habían ofrecido al santo de su devoción el don que les parecía más grato a sus ojos, y se habían separado, después de conferidos poderes a cada uno de los emisarios en nombre de aquella junta, que llamaron capítulo extraordinario, y al cual supusieron igual poder que al capítulo general, en vista de la urgencia y apuro de las circunstancias en que se había celebrado.
Verdad es que tampoco se había dormido don Enrique de Villena, a quien no se le ocultaba que podría encontrar una enérgica oposición en los caballeros; antes, disponiendo de varios de los que se habían pronunciado en su favor en la corte de aquella mañana, tomó igual providencia, enviando a Calatrava, a Alhama y a otros puntos, emisarios que le dieran a reconocer, que animasen a los tibios con promesas de adelantamiento, ganasen a los descontentos con plazas efectivas de comendadores y enardeciesen a los amigos para que no pudiese en ningún caso ser contraria a la elección de Su Alteza la elección del capítulo, que bien sabía él que se necesitaba para la tranquilidad e indisputable posesión del apetecible maestrazgo.
Dejemos, empero, a los emisarios de uno y otro corriendo los campos de Castilla, y llevando de una parte a otra órdenes contradictorias, y volvamos a seguir el hilo de las maquinaciones de que era teatro la parte del alcázar destinada a las habitaciones de Su Alteza y de sus más allegados servidores.
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Rom. de don García. |
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