Meditaciones
René Descartes
Meditaciones acerca de la filosofía primera, en las cuales se demuestra la
existencia de Dios, así como la distinción real entre el alma y el cuerpo del
hombre
RESUMEN DE LA SEIS MEDITACIONES SIGUIENTES
En la primera, propongo las razones por las cuales podemos dudar en general de
todas las cosas, y en particular de las cosas materiales, al menos mientras no
tengamos otros fundamentos de las ciencias que los que hemos tenido hasta el
presente. Y, aunque la utilidad de una duda tan general no sea patente al
principio, es, sin embargo, muy grande, por cuanto nos libera de toda suerte de
prejuicios, y nos prepara un camino muy fácil para acostumbrar a nuestro
espíritu a separarse de los sentidos, y, en definitiva, por cuanto hace que ya
no podamos tener duda alguna respecto de aquello que más adelante descubramos
como verdadero.
En la segunda, el espíritu, que, usando de su propia libertad, supone que
ninguna cosa de cuya existencia tenga la más mínima duda existe, reconoce ser
absolutamente imposible que é1 mismo sin embargo no exista. Lo cual es también
de gran utilidad, ya que de ese modo distingue fácilmente aquello que le
pertenece a él, es decir, a la naturaleza intelectual, de aquello que pertenece
al cuerpo. Mas como puede ocurrir que algunos esperen de mí, en ese lugar,
razones para probar la inmortalidad del alma, creo mi deber advertirles que,
habiendo procurado no escribir en este tratado nada que no estuviese sujeto a
muy exacta demostración, me he visto obligado a seguir un orden semejante al de
los geómetras, a saber: dejar sentadas de antemano todas las cosas de las que
depende la proposición que se busca, antes de obtener conclusión alguna.
Ahora bien, de esas cosas, la primera y principal que se requiere en orden al
conocimiento de la inmortalidad del alma es formar de ella un concepto claro y
neto, y enteramente distinto de todas las concepciones que podamos tener del
cuerpo; eso es lo que he hecho en este lugar. Se requiere, además, saber que
todas las cosas que concebimos clara y distintamente son verdaderas tal y como
las concebimos: lo que no ha podido probarse hasta llegar a la cuarta
meditación. Hay que tener, además, una concepción distinta acerca de la
naturaleza corpórea, cuya concepción se forma, en parte, en esa segunda
meditación, y, en parte, en la quinta y la sexta. Y, por último, debe concluirse
de todo ello que las cosas que concebimos clara y distintamente como substancias
diferentes Casí el espíritu y el cuerpo son en efecto substancias diversas y
realmente distintas entre sí: lo que se concluye en la sexta meditación. Y lo
mismo se confirma en esta segunda, en virtud de que no concebimos cuerpo alguno
que no sea divisible, en tanto que el espíritu, o el alma del hombre, no puede
concebirse más que como indivisible; pues, en efecto, no podemos formar el
concepto de la mitad de un alma, como hacemos con un cuerpo, por pequeño que
sea; de manera que no sólo reconocemos que sus naturalezas son diversas, sino en
cierto modo contrarias. Ahora bien, debe saberse que yo no he intentado decir en
este tratado más cosas acerca de ese tema, tanto porque con lo dicho basta para
mostrar con suficiente claridad que de la corrupción del cuerpo no se sigue la
muerte del alma, dando así a los hombres la esperanza en otra vida tras la
muerte, como también porque las premisas a partir de las cuales puede concluirse
la inmortalidad del alma dependen de la explicación de toda la física: en primer
lugar, para saber que absolutamente todas las substancias Ces decir, las cosas
que no pueden existir sin ser creadas por DiosC son incorruptibles por
naturaleza y nunca pueden dejar de ser, salvo que Dios, negándoles su ordinario
concurso, las reduzca a la nada; y en segundo lugar, para advertir que el
cuerpo, tomado en general, es una substancia, y por ello tampoco perece, pero el
cuerpo humano, en tanto que difiere de los otros cuerpos, está formado y
compuesto por cierta configuración de miembros y otros accidentes semejantes,
mientras que el alma humana no está compuesta así de accidentes, sino que es una
substancia pura. Pues aunque todos sus accidentes cambien (como cuando concibe
ciertas cosas, quiere otras, siente otras, etc.) sigue siendo, no obstante, la
misma alma, mientras que el cuerpo humano ya no es el mismo, por el solo hecho
de cambiar la figura de algunas de sus partes; de donde se sigue que el cuerpo
humano puede fácilmente perecer, pero el espíritu o alma del hombre (no distingo
entre ambos) es por naturaleza inmortal.
En la tercera meditación, me parece haber explicado bastante por lo extenso el
principal argumento del que me sirvo para probar la existencia de Dios. De todas
maneras, y no habiendo yo querido en ese lugar usar de comparación alguna tomada
de las cosas corpóreas (a fin de que el espíritu del lector se abstrajera más
fácilmente de los sentidos), puede ser que hayan quedado oscuras muchas cosas,
que, según espero, se aclararán del todo en las respuestas que he dado a las
objeciones que me han sido hechas. Así, por ejemplo, es bastante difícil
entender cómo la idea de un ser soberanamente perfecto, la cual está en
nosotros, contiene tanta realidad objetiva (es decir, participa por
representación de tantos grados de ser y de perfección), que debe venir
necesariamente de una causa soberanamente perfecta. Pero lo he aclarado en las
respuestas, por medio de la comparación con una máquina muy perfecta, cuya idea
se halle en el espíritu de algún artífice; pues, así como el artificio objetivo
de esa idea debe tener alguna causa Ca saber, la ciencia del artífice, o la de
otro de quien la haya aprendidoC, de igual modo es imposible que la idea de Dios
que está en nosotros no tenga a Dios mismo por causa.
En la cuarta queda probado que todas las cosas que conocemos muy clara y
distintamente son verdaderas, y a la vez se explica en qué consiste la
naturaleza del error o falsedad, lo que debe saberse, tanto para confirmar las
verdades precedentes como para mejor entender las que siguen. Pero debe notarse,
sin embargo, que en modo alguno trato en ese lugar del pecado, es decir, del
error que se comete en la persecución del bien y el mal, sino sólo del que
acontece al juzgar y discernir lo verdadero de lo falso, y que no me propongo
hablar de las cosas concernientes a la fe o a la conducta en la vida, sino sólo
de aquellas que tocan las verdades especulativas, conocidas con el solo auxilio
de la luz natural.
En la quinta, además de explicarse la naturaleza corpórea en general, vuelve a
demostrarse la existencia de Dios con nuevas razones, en las que, con todo,
acaso se adviertan algunas dificultades, que se resolverán después en las
respuestas a las objeciones que me han dirigido; también en ella se muestra cómo
es verdad que la certeza misma de las demostraciones geométricas depende dél
conocimiento de Dios.
Por último, en la sexta, distingo el acto del entendimiento del de la
imaginación, describiendo las señales de esa distinción. Muestro que el alma del
hombre es realmente distinta del cuerpo, estando, sin embargo, tan estrechamente
unida a él, que junto con él forma como una sola cosa. Se exponen todos los
errores que proceden de los sentidos, con los medios para evitarlos. Y por
último, traigo
a colación todas las razones de las que puede concluirse la existencia de las
cosas materiales: no porque las juzgue muy útiles para probar lo que prueban Ca
saber: que hay un mundo, que los hombres tienen cuerpos, y otras cosas
semejantes, jamás puestas en duda por ningún hombre sensatoC, sino porque,
considerándolas de cerca, echamos de ver que no son tan firmes y evidentes como
las que nos guían al conocimiento de Dios y de nuestra alma, de manera que estas
últimas son las más ciertas y evidentes que pueden entrar en conocimiento del
espíritu humano. Y esto es todo cuanto me he propuesto probar en estas seis
meditaciones, por lo que omito aquí muchas otras cuestiones, de las que también
he hablado, ocasionalmente, en este tratado.
Meditación primera
De las cosas que pueden ponerse en duda
He advertido hace ya algún tiempo que, desde mi más temprana edad, había
admitido como verdaderas muchas opiniones falsas, y que lo edificado después
sobre cimientos tan poco sólidos tenía que ser por fuerza muy dudoso e incierto;
de suerte que me era preciso emprender seriamente, una vez en la vida, la tarea
de deshacerme de todas las opiniones a las que hasta entonces había dado
crédito, y empezar todo de nuevo desde los fundamentos, si quería establecer
algo firme y constante en las ciencias. Mas pareciéndome ardua dicha empresa, he
aguardado hasta alcanzar una edad lo bastante madura como para no poder esperar
que haya otra, tras ella, más apta para la ejecución de mi propósito; y por ello
lo he diferido tanto, que a partir de ahora me sentiría culpable si gastase en
deliberaciones el tiempo que me queda para obrar. Así pues, ahora que mi
espíritu está libre de todo cuidado, habiéndome procurado reposo seguro en una
apacible soledad, me aplicaré seriamente y con libertad a destruir en general
todas mis antiguas opiniones. Ahora bien, para cumplir tal designio, no me será
necesario probar que son todas falsas, lo que acaso no conseguiría nunca; sino
que, por cuanto la razón me persuade desde el principio para que no dé más
crédito a las cosas no enteramente ciertas e indudables que a las
manifiestamente falsas, me bastará para rechazarlas todas con encontrar en cada
una el más pequeño motivo de duda. Y para eso tampoco hará falta que examine
todas y cada una en particular, pues sería un trabajo infinito; sino que, por
cuanto la ruina de los cimientos lleva necesariamente consigo la de todo el
edificio, me dirigiré en principio contra los fundamentos mismos en que se
apoyaban todas mis opiniones antiguas. Todo lo que he admitido hasta el presente
como más seguro y verdadero, lo he aprendido de los sentidos o por los sentidos;
ahora bien, he experimentado a veces que tales sentidos me engañaban, y es
prudente no fiarse nunca por entero de quienes nos han engañado una vez. Pero,
aun dado que los sentidos nos engañan a veces, tocante a cosas mal perceptibles
o muy remotas, acaso hallemos otras muchas de las que no podamos razonablemente
dudar, aunque las conozcamos por su medio; como, por ejemplo, que estoy aquí,
sentado junto al fuego, con una bata puesta y este papel en mis manos, o cosas
por el estilo. Y )cómo negar que estas manos y este cuerpo sean míos, si no es
poniéndome a la altura de esos insensatos, cuyo cerebro está tan turbio y
ofuscado por los negros vapores de la bilis, que aseguran constantemente ser
reyes siendo muy pobres, ir vestidos de oro y púrpura estando desnudos, o que se
imaginan ser cacharros o tener el cuerpo de vidrio? Mas los tales son locos, y
yo no lo sería menos si me rigiera por su ejemplo. Con todo, debo considerar
aquí que soy hombre y, por consiguiente, que tengo costumbre de dormir y de
representarme en sueños las mismas cosas, y a veces cosas menos verosímiles, que
esos insensatos cuando están despiertos. (Cuántas veces no me habrá ocurrido
soñar, por la noche, que estaba aquí mismo, vestido, junto al fuego, estando en
realidad desnudo y en la cama! En este momento, estoy seguro de que yo miro este
papel con los ojos de la vigilia, de que esta cabeza que muevo no está
soñolienta, de que alargo esta mano y la siento de propósito y con plena
conciencia: lo que acaece en sueños no me resulta tan claro y distinto como todo
esto. Pero, pensándolo mejor, recuerdo haber sido engañado, mientras dormía, por
ilusiones semejantes. Y fijándome en este pensamiento, veo de un modo tan
manifiesto que no hay indicios concluyentes ni señales que basten a distinguir
con claridad el sueño de la vigilia, que acabo atónito, y mi estupor es tal que
casi puede persuadirme de que estoy durmiendo. Así, pues, supongamos ahora que
estamos dormidos, y que todas estas particularidades, a saber: que abrimos los
ojos, movemos la cabeza, alargamos las manos, no son sino mentirosas ilusiones;
y pensemos que, acaso, ni nuestras manos ni todo nuestro cuerpo son tal y como
los vemos. Con todo, hay que confesar al menos que las cosas que nos
representamos en sueños son como cuadros y pinturas que deben formarse a
semejanza de algo real y verdadero; de manera que por lo menos esas cosas
generales Ca saber: ojos, cabeza, manos, cuerpo enteroC no son imaginarias, sino
que en verdad existen. Pues los pintores, incluso cuando usan del mayor
artificio para representar sirenas y sátiros mediante figuras caprichosas y
fuera de lo común, no pueden, sin embargo, atribuirles formas y naturalezas del
todo nuevas, y lo que hacen es sólo mezclar y componer partes de diversos
animales; y, si llega el caso de que su imaginación sea lo bastante extravagante
como para inventar algo tan nuevo que nunca haya sido visto, representándonos
así su obra una cosa puramente fingida y absolutamente falsa, con todo, al menos
los colores que usan deben ser verdaderos. Y por igual razón, aun pudiendo ser
imaginarias esas cosas generales Ca saber: ojos, cabeza, manos y otras
semejantesC es preciso confesar, de todos modos, que hay cosas aún más simples y
universales realmente existentes, por cuya mezcla, ni más ni menos que por la de
algunos colores verdaderos, se forman todas las imágenes de las cosas que
residen en nuestro pensamiento, ya sean verdaderas y reales, ya fingidas y
fantásticas. De ese género es la naturaleza corpórea en general, y su extensión,
así como la figura de las cosas extensas, su cantidad o magnitud, su número, y
también el lugar en que están, el tiempo que mide su duración y otras por el
estilo. Por lo cual, acaso no sería mala conclusión si dijésemos que la física,
la astronomía, la medicina y todas las demás ciencias que dependen de la
consideración de cosas compuestas, son muy dudosas e inciertas; pero que la
aritmética, la geometría y demás ciencias de este género, que no tratan sino de
cosas muy simples y generales, sin ocuparse mucho de si tales cosas existen o no
en la naturaleza, contienen algo cierto e indudable. Pues, duerma yo o esté
despierto, dos más tres serán siempre cinco, y el cuadrado no tendrá más de
cuatro lados; no pareciendo posible que verdades tan patentes puedan ser
sospechosas de falsedad o incertidumbre alguna. Y, sin embargo, hace tiempo que
tengo en mi espíritu cierta opinión, según la cual hay un Dios que todo lo
puede, por quien he sido creado tal como soy. Pues bien: )quién me asegura que
el tal Dios no haya procedido de manera que no exista figura, ni magnitud, ni
lugar, pero a la vez de modo que yo, no obstante, sí tenga la impresión de que
todo eso existe tal y como lo veo? Y más aún: así como yo pienso, a veces, que
los demás se engañan, hasta en las cosas que creen saber con más certeza, podría
ocurrir que Dios haya querido que me engañe cuantas veces sumo dos más tres, o
cuando enumero los lados de un cuadrado, o cuando juzgo de cosas aún más fáciles
que ésas, si es que son siquiera imaginables. Es posible que Dios no haya
querido que yo sea burlado así, pues se dice de Él que es la suprema bondad. Con
todo, si el crearme de tal modo que yo siempre me engañase repugnaría a su
bondad, también parecería del todo contrario a esa bondad el que permita que me
engañe alguna vez, y esto último lo ha permitido, sin duda. Habrá personas que
quizá prefieran, llegados a este punto, negar la existencia de un Dios tan
poderoso, a creer que todas las demás cosas son inciertas; no les objetemos nada
por el momento, y supongamos, en favor suyo, que todo cuanto se ha dicho aquí de
Dios es pura fábula; con todo, de cualquier manera que supongan haber llegado yo
al estado y ser que poseo Cya lo atribuyan al destino o la fatalidad, ya al
azar, ya en una enlazada secuencia de las cosasC será en cualquier caso cierto
que, pues errar y equivocarse es una imperfección, cuanto menos poderoso sea el
autor que atribuyan a mi origen, tanto más probable será que yo sea tan
imperfecto, que siempre me engañe. A tales razonamientos nada en absoluto tengo
que oponer, sino que me constriñen a confesar que, de todas las opiniones a las
que había dado crédito en otro tiempo como verdaderas, no hay una sola de la que
no pueda dudar ahora, y ello no por descuido o ligereza, sino en virtud de
argumentos muy fuertes y maduramente meditados; de tal suerte que, en adelante,
debo suspender mi juicio acerca de dichos pensamientos, y no concederles más
crédito del que daría a cosas manifiestamente falsas, si es que quiero hallar
algo constante y seguro en las ciencias. Pero no basta con haber hecho esas
observaciones, sino que debo procurar recordarlas, pues aquellas viejas y
ordinarias opiniones vuelven con frecuencia a invadir mis pensamientos,
arrogándose sobre mi espíritu el derecho de ocupación que les confiere el largo
y familiar uso que han hecho de él, de modo que, aun sin mi permiso, son ya casi
dueñas de mis creencias. Y nunca perderé la costumbre de otorgarles mi
aquiescencia y confianza, mientras las considere tal como en efecto son, a
saber: en cierto modo dudosas Ccomo acabo de mostrarC, y con todo muy probables,
de suerte que hay más razón para creer en ellas que para negarlas. Por ello
pienso que sería conveniente seguir deliberadamente un proceder contrario, y
emplear todas mis fuerzas en engañarme a mí mismo, fingiendo que todas esas
opiniones son falsas e imaginarias; hasta que, habiendo equilibrado el peso de
mis prejuicios de suerte que no puedan inclinar mi opinión de un lado ni de
otro, ya no sean dueños de mi juicio los malos hábitos que lo desvían del camino
recto que puede conducirlo al conocimiento de la verdad. Pues estoy seguro de
que, entretanto, no puede haber peligro ni error en ese modo de proceder, y de
que nunca será demasiada mi presente desconfianza, puesto que ahora no se trata
de obrar, sino sólo de meditar y conocer. Así pues, supondré que hay, no un
verdadero Dios Cque es fuente suprema de verdadC, sino cierto genio maligno, no
menos artero y engañador que poderoso, el cual ha usado de toda su industria
para engañarme. Pensaré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las
figuras, los sonidos y las demás cosas exteriores, no son sino ilusiones y
ensueños, de los que él se sirve para atrapar mi credulidad. Me consideraré a mí
mismo como sin manos, sin ojos, sin carne, ni sangre, sin sentido alguno, y
creyendo falsamente que tengo todo eso. Permaneceré obstinadamente fijo en ese
pensamiento, y, si, por dicho medio, no me es posible llegar al conocimiento de
alguna verdad, al menos está en mi mano suspender el juicio. Por ello, tendré
sumo cuidado en no dar crédito a ninguna falsedad, y dispondré tan bien mi
espíritu contra las malas artes de ese gran engañador que, por muy poderoso y
astuto que sea, nunca podrá imponerme nada. Pero un designio tal es arduo y
penoso, y cierta desidia me arrastra insensiblemente hacia mi manera ordinaria
de vivir; y, como un esclavo que goza en sueños de una libertad imaginaria, en
cuanto empieza a sospechar que su libertad no es sino un sueño, teme despertar y
conspira con esas gratas ilusiones para gozar más largamente de su engaño, así
yo recaigo insensiblemente en mis antiguas opiniones, y temo salir de mi
modorra, por miedo a que las trabajosas vigilias que habrían de suceder a la
tranquilidad de mi reposo, en vez de procurarme alguna luz para conocer la
verdad, no sean bastantes a iluminar por entero las tinieblas de las
dificultades que acabo de promover.
Meditación segunda
De la naturaleza del espíritu humano; y que es más fácil de conocer que el
cuerpo
Mi meditación de ayer ha llenado mi espíritu de tantas dudas, que ya no está en
mi mano olvidarlas. Y, sin embargo, no veo en qué manera podré resolverlas; y,
como si de repente hubiera caído en aguas muy profundas, tan turbado me hallo
que ni puedo apoyar mis pies en el fondo ni nadar para sostenerme en la
superficie. Haré un esfuerzo, pese a todo, y tomaré de nuevo la misma vía que
ayer, alejándome de todo aquello en que pueda imaginar la más mínima duda, del
mismo modo que si supiera que es completamente falso; y seguiré siempre por ese
camino, hasta haber encontrado algo cierto, o al menos, si otra cosa no puedo,
hasta saber de cierto que nada cierto hay en el mundo. Arquímedes, para
trasladar la tierra de lugar, sólo pedía un punto de apoyo firme e inmóvil; así
yo también tendré derecho a concebir grandes esperanzas, si por ventura hallo
tan sólo una cosa que sea cierta e indubitable. Así pues, supongo que todo lo
que veo es falso; estoy persuadido de que nada de cuanto mi mendaz memoria me
representa ha existido jamás; pienso que carezco de sentidos; creo que cuerpo,
figura, extensión, movimiento, lugar, no son sino quimeras de mi espíritu. )Qué
podré, entonces, tener por verdadero? Acaso esto solo: que nada cierto hay en el
mundo. Pero )qué sé yo si no habrá otra cosa, distinta de las que acabo de
reputar inciertas, y que sea absolutamente indudable? )No habrá un Dios, o algún
otro poder, que me ponga en el espíritu estos pensamientos? Ello no es
necesario: tal vez soy capaz de producirlos por mí mismo. Y yo mismo, al menos,
)no soy algo? Ya he negado que yo tenga sentidos ni cuerpo. Con todo, titubeo,
pues )qué se sigue de eso? )Soy tan dependiente del cuerpo y de los sentidos
que, sin ellos, no puedo ser? Ya estoy persuadido de que nada hay en el mundo;
ni cielo, ni tierra, ni espíritus, ni cuerpos, )y no estoy asimismo persuadido
de que yo tampoco existo? Pues no: si yo estoy persuadido de algo, o meramente
si pienso algo, es porque yo soy. Cierto que hay no sé qué engañador
todopoderoso y astutísimo, que emplea toda su industria en burlarme. Pero
entonces no cabe duda de que, si me engaña, es que yo soy; y, engáñeme cuanto
quiera, nunca podrá hacer que yo no sea nada, mientras yo esté pensando que soy
algo. De manera que, tras pensarlo bien y examinarlo todo cuidadosamente,
resulta que es preciso concluir y dar como cosa cierta que esta proposición: Ayo
soy@, Ayo existo@, es necesariamente verdadera, cuantas veces la pronuncio o la
concibo en mi espíritu. Ahora bien, ya sé con certeza que soy, pero aún no sé
con claridad qué soy; de suerte que, en adelante, preciso del mayor cuidado para
no confundir imprudentemente otra cosa conmigo, y así no enturbiar ese
conocimiento, que sostengo ser más cierto y evidente que todos los que he tenido
antes. Por ello, examinaré de nuevo lo que yo creía ser, antes de incidir en
estos pensamientos, y quitaré de mis antiguas opiniones todo lo que puede
combatirse mediante las razones que acabo de alegar, de suerte que no quede más
que lo enteramente indudable. Así pues, )qué es lo que antes yo creía ser? Un
hombre, sin duda. Pero )qué es un hombre? )Diré, acaso, que un animal racional?
No por cierto: pues habría luego que averiguar qué es animal y qué es racional,
y así una única cuestión nos llevaría insensiblemente a infinidad de otras
cuestiones más difíciles y embarazosas, y no quisiera malgastar en tales
sutilezas el poco tiempo y ocio que me restan. Entonces, me detendré aquí a
considerar más bien los pensamientos que antes nacían espontáneos en mi
espíritu, inspirados por mi sola naturaleza, cuando me aplicaba a considerar mi
ser. Me fijaba, primero, en que yo tenía un rostro, manos, brazos, y toda esa
máquina de huesos y carne, tal y como aparece en un cadáver, a la que designaba
con el nombre de cuerpo. Tras eso, reparaba en que me nutría, y andaba, y
sentía, y pensaba, y refería todas esas acciones al alma; pero no me paraba a
pensar en qué era ese alma, o bien, si lo hacía, imaginaba que era algo
extremadamente raro y sutil, como un viento, una llama o un delicado éter,
difundido por mis otras partes más groseras. En lo tocante al cuerpo, no dudaba
en absoluto de su naturaleza, pues pensaba conocerla muy distintamente, y, de
querer explicarla según las nociones que entonces tenía, la hubiera descrito
así: entiendo por cuerpo todo aquello que puede estar delimitado por una figura,
estar situado en un lugar y llenar un espacio, de suerte que todo otro cuerpo
quede excluido; todo aquello que puede ser sentido por el tacto, la vista, el
oído, el gusto o el olfato; que puede moverse de distintos modos, no por sí
mismo, sino por alguna otra cosa que lo toca y cuya impresión recibe; pues no
creía yo que fuera atribuible a la naturaleza corpórea la potencia de moverse,
sentir y pensar: al contrario, me asombraba al ver que tales facultades se
hallaban en algunos cuerpos. Pues bien, )qué soy yo, ahora que supongo haber
alguien extremadamente poderoso y, si es lícito decirlo así, maligno y astuto,
que emplea todas sus fuerzas e industria en engañarme? )Acaso puedo estar seguro
de poseer el más mínimo de esos atributos que acabo de referir a la naturaleza
corpórea? Me paro a pensar en ello con atención, paso revista una y otra vez, en
mi espíritu, a esas cosas, y no hallo ninguna de la que pueda decir que está en
mí. No es necesario que me entretenga en recontarlas. Pasemos, pues, a los
atributos del alma, y veamos si hay alguno que esté en mí. Los primeros son
nutrirme y andar; pero, si es cierto que no tengo cuerpo, es cierto entonces
también que no puedo andar ni nutrirme. Un tercero es sentir, pero no puede uno
sentir sin cuerpo, aparte de que yo he creído sentir en sueños muchas cosas y,
al despertar, me he dado cuenta de que no las había sentido realmente. Un cuarto
es pensar: y aquí sí hallo que el pensamiento es un atributo que me pertenece,
siendo el único que no puede separarse de mí. Yo soy, yo existo; eso es cierto,
pero )cuánto tiempo? Todo el tiempo que estoy pensando: pues quizá ocurriese
que, si yo cesara de pensar, cesaría al mismo tiempo de existir. No admito ahora
nada que no sea necesariamente verdadero: así, pues, hablando con precisión, no
soy más que una cosa que piensa, es decir, un espíritu, un entendimiento o una
razón, términos cuyo significado me era antes desconocido. Soy, entonces, una
cosa verdadera, y verdaderamente existente. Mas, )qué cosa? Ya lo he dicho: una
cosa que piensa. )Y qué más? Excitaré aún mi imaginación, a fin de averiguar si
no soy algo más. No soy esta reunión de miembros llamada cuerpo humano; no soy
un aire sutil y penetrante, difundido por todos esos miembros; no soy un viento,
un soplo, un vapor, ni nada de cuanto pueda fingir e imaginar, puesto que ya he
dicho que todo eso no era nada. Y, sin modificar ese supuesto, hallo que no dejo
de estar cierto de que soy algo. Pero acaso suceda que esas mismas cosas que
supongo ser, puesto que no las conozco, no sean en efecto diferentes de mí, a
quien conozco. Nada sé del caso: de eso no disputo ahora, y sólo puedo juzgar de
las cosas que conozco: ya sé que soy, y eso sabido, busco saber qué soy. Pues
bien: es certísimo que ese conocimiento de mí mismo, hablando con precisión, no
puede depender de cosas cuya existencia aún me es desconocida, ni por
consiguiente, y con mayor razón, de ninguna de las que son fingidas e inventadas
por la imaginación. E incluso esos términos de Afingir@ e Aimaginar@ me
advierten de mi error: pues en efecto, yo haría algo ficticio, si imaginase ser
alguna cosa, pues Aimaginar@ no es sino contemplar la figura o Aimagen@ de una
cosa corpórea. Ahora bien: ya sé de cierto que soy y que, a la vez, puede
ocurrir que todas esas imágenes y, en general, todas las cosas referidas a la
naturaleza del cuerpo, no sean más que sueños y quimeras. Y, en consecuencia,
veo claramente que decir Aexcitaré mi imaginación para saber más distintamente
qué soy@, es tan poco razonable como decir Aahora estoy despierto, y percibo
algo real y verdadero, pero como no lo percibo aún con bastante claridad, voy a
dormirme adrede para que mis sueños me lo representen con mayor verdad y
evidencia@. Así pues, sé con certeza que nada de lo que puedo comprender por
medio de la imaginación pertenece al conocimiento que tengo de mí mismo, y que
es preciso apartar el espíritu de esa manera de concebir, para que pueda conocer
con distinción su propia naturaleza. )Qué soy, entonces? Una cosa que piensa. Y
)qué es una cosa que piensa? Es una cosa que duda, que entiende, que afirma, que
niega, que quiere, que no quiere, que imagina también, y que siente. Sin duda no
es poco, si todo eso pertenece a mi naturaleza. )Y por qué no habría de
pertenecerle? )Acaso no soy yo el mismo que duda casi de todo, que entiende, sin
embargo, ciertas cosas, que afirma ser ésas solas las verdaderas, que niega
todas las demás, que quiere conocer otras, que no quiere ser engañado, que
imagina muchas cosas Caun contra su voluntadC y que siente también otras muchas,
por mediación de los órganos de su cuerpo? )Hay algo de esto que no sea tan
verdadero como es cierto que soy, que existo, aun en el caso de que estuviera
siempre dormido, y de que quien me ha dado el ser empleara todas sus fuerzas en
burlarme? )Hay alguno de esos atributos que pueda distinguirse en mi
pensamiento, o que pueda estimarse separado de sí mismo? Pues es de suyo tan
evidente que soy yo quien duda, entiende y desea, que no hace falta añadir aquí
nada para explicarlo. Y también es cierto que tengo la potestad de imaginar:
pues aunque pueda ocurrir (como he supuesto más arriba) que las cosas que
imagino no sean verdaderas, con todo, ese poder de imaginar no deja de estar
realmente en mí, y forma parte de mi pensamiento. Por último, también soy yo el
mismo que siente, es decir, que recibe y conoce las cosas como a través de los
órganos de los sentidos, puesto que, en efecto, veo la luz, oigo el ruido,
siento el calor. Se me dirá, empero, que esas apariencias son falsas, y que
estoy durmiendo. Concedo que así sea: de todas formas, es al menos muy cierto
que me parece ver, oír, sentir calor, y eso es propiamente lo que en mí se llama
sentir, y, así precisamente considerado, no es otra cosa que Apensar@. Por donde
empiezo a conocer qué soy, con algo más de claridad y distinción que antes.
Sin embargo, no puedo dejar de creer que las cosas corpóreas, cuyas imágenes
forma mi pensamiento y que los sentidos examinan, son mejor conocidas que esa
otra parte, no sé bien cuál, de mí mismo que no es objeto de la imaginación:
aunque desde luego es raro que yo conozca más clara y fácilmente cosas que
advierto dudosas y alejadas de mí, que otras verdaderas, ciertas y
pertenecientes a mi propia naturaleza. Mas ya veo qué ocurre: mi espíritu se
complace en extraviarse, y aun no puede mantenerse en los justos límites de la
verdad. Soltémosle, pues, la rienda una vez más, a fin de poder luego, tirando
de ella suave y oportunamente, contenerlo y guiarlo con más facilidad. Empecemos
por considerar las cosas que, comúnmente, creemos comprender con mayor
distinción, a saber: los cuerpos que tocamos y vemos. No me refiero a los
cuerpos en general, pues tales nociones generales suelen ser un tanto confusas,
sino a un cuerpo particular. Tomemos, por ejemplo, este pedazo de cera que acaba
de ser sacado de la colmena: aún no ha perdido la dulzura de la miel que
contenía; conserva todavía algo de olor de las flores con que ha sido elaborado;
su color, su figura, su magnitud son bien perceptibles; es duro, frío,
fácilmente manejable, y, si lo golpeáis, producirá un sonido. En fin, se
encuentran en él todas las cosas que permiten conocer distintamente un cuerpo.
Mas he aquí que, mientras estoy hablando, es acercado al fuego. Lo que restaba
de sabor se exhala: el olor se desvanece; el color cambia, la figura se pierde,
la magnitud aumenta, se hace líquido, se calienta, apenas se le puede tocar y,
si lo golpeamos, ya no producirá sonido alguno. Tras cambios tales, )permanece
la misma cera? Hay que confesar que sí: nadie lo negará. Pero entonces, )qué es
lo que conocíamos con tanta distinción en aquel pedazo de cera? Ciertamente, no
puede ser nada de lo que alcanzábamos por medio de los sentidos, puesto que han
cambiado todas las cosas que percibíamos por el gusto, el olfato, la vista, el
tacto o el oído; y, sin embargo, sigue siendo la misma cera. Tal vez sea lo que
ahora pienso, a saber: que la cera no era ni esa dulzura de miel, ni ese
agradable olor a flores, ni esa blancura, ni esa figura, ni ese sonido, sino tan
sólo un cuerpo que un poco antes se me aparecía bajo esas formas, y ahora bajo
otras distintas. Ahora bien, al concebirla precisamente así, )qué es lo que
imagino? Fijémonos bien, y apartando todas las cosas que no pertenecen a la
cera, veamos qué resta. Ciertamente, nada más que algo extenso, flexible y
cambiante. Ahora bien, )qué quiere decir flexible y cambiante? )No será que
imagino que esa cera, de una figura redonda puede pasar a otra cuadrada, y de
ésa a otra triangular? No: no es eso, puesto que la concibo capaz de sufrir una
infinidad de cambios semejantes, y esa infinitud no podría ser recorrida por mi
imaginación: por consiguiente, esa concepción que tengo de la cera no es obra de
la facultad de imaginar. Y esa extensión, )qué es? )No será algo igualmente
desconocido, pues que aumenta al ir derritiéndose la cera, resulta ser mayor
cuando está enteramente fundida, y mucho mayor cuando el calor se incrementa más
aún? Y yo no concebiría de un modo claro y conforme a la verdad lo que es la
cera, si no pensase que es capaz de experimentar más variaciones según la
extensión, de todas las que yo haya podido imaginar. Debo, pues, convenir en que
yo no puedo concebir lo que es esa cera por medio de la imaginación, y sí sólo
por medio del entendimiento: me refiero a ese trozo de cera en particular, pues
en cuanto a la cera en general, ello resulta aún más evidente. Pues bien, )qué
es esa cera, sólo concebible por medio del entendimiento? Sin duda, es la misma
que veo, toco e imagino; la misma que desde el principio juzgaba yo conocer.
Pero lo que se trata aquí de notar es que su percepción, o la acción por cuyo
medio la percibimos, no es una visión, un tacto o una imaginación, y no lo ha
sido nunca, aunque así lo pareciera antes, sino sólo una inspección del
espíritu, la cual puede ser imperfecta y confusa, como lo era antes, o bien
clara y distinta, como lo es ahora, según atienda menos o más a las cosas que
están en ella y de las que consta. No es muy de extrañar, sin embargo, que me
engañe, supuesto que mi espíritu es harto débil y se inclina insensiblemente al
error. Pues aunque estoy considerando ahora esto en mi fuero interno y sin
hablar, con todo vengo a tropezar con las palabras, y están a punto de engañarme
los términos del lenguaje corriente; pues nosotros decimos que vemos la misma
cera, si está presente, y no que pensamos que es la misma en virtud de tener los
mismos color y figura: lo que casi me fuerza a concluir que conozco la cera por
la visión de los ojos, y no por la sola inspección del espíritu. Mas he aquí
que, desde la ventana, veo pasar unos hombres por la calle: y digo que veo
hombres, como cuando digo que veo cera; sin embargo, lo que en realidad veo son
sombreros y capas, que muy bien podrían ocultar meros autómatas, movidos por
resortes. Sin embargo, pienso que son hombres, y de este modo comprendo mediante
la facultad de juzgar que reside en mi espíritu, lo que creía ver con los ojos.
Pero un hombre que intenta conocer mejor que el vulgo, debe avergonzarse de
hallar motivos de duda en las maneras de hablar propias del vulgo. Por eso
prefiero seguir adelante y considerar si, cuando yo percibía al principio la
cera y creía conocerla mediante los sentidos externos, o al menos mediante el
sentido común Csegún lo llamanC, es decir, por medio de la potencia imaginativa,
la concebía con mayor evidencia y perfección que ahora, tras haber examinado con
mayor exactitud lo que ella es, y en qué manera puede ser conocida. Pero sería
ridículo dudar siquiera de ello, pues )qué habría de distinto y evidente en
aquella percepción primera, que cualquier animal no pudiera percibir? En cambio,
cuando hago distinción entre la cera y sus formas externas, y, como si la
hubiese despojado de sus vestiduras, la considero desnuda, entonces, aunque aún
pueda haber algún error en mi juicio, es cierto que una tal concepción no puede
darse sino en un espíritu humano. Y, en fin, )qué diré de ese espíritu, es
decir, de mí mismo, puesto que hasta ahora nada, sino espíritu, reconozco en mí?
Yo, que parezco concebir con tanta claridad y distinción este trozo de cera,
)acaso no me conozco a mí mismo, no sólo con más verdad y certeza, sino con
mayores distinción y claridad? Pues si juzgo que existe la cera porque la veo,
con mucha más evidencia se sigue, del hecho de verla, que existo yo mismo. En
efecto: pudiera ser que lo que yo veo no fuese cera, o que ni tan siquiera tenga
yo ojos para ver cosa alguna; pero lo que no puede ser es que, cuando veo o
pienso que veo (no hago distinción entre ambas cosas), ese yo, que tal piensa,
no sea nada. Igualmente, si por tocar la cera juzgo que existe, se seguirá lo
mismo, a saber, que existo yo; y si lo juzgo porque me persuade de ello mi
imaginación, o por cualquier otra causa, resultará la misma conclusión. Y lo que
he notado aquí de la cera es lícito aplicarlo a todas las demás cosas que están
fuera de mí. Pues bien, si el conocimiento de la cera parece ser más claro y
distinto después de llegar a él, no sólo por la vista o el tacto, sino por
muchas más causas, )con cuánta mayor evidencia, distinción y claridad no me
conoceré a mí mismo, puesto que todas las razones que sirven para conocer y
concebir la naturaleza de la cera, o de cualquier otro cuerpo, prueban aún mejor
la naturaleza de mi espíritu? Pero es que, además, hay tantas otras cosas en el
espíritu mismo, útiles para conocer la naturaleza, que las que, como éstas,
dependen del cuerpo, apenas si merecen ser nombradas. Pero he aquí que, por mí
mismo y muy naturalmente, he llegado adonde pretendía. En efecto: sabiendo yo
ahora que los cuerpos no son propiamente concebidos sino por el solo
entendimiento, y no por la imaginación ni por los sentidos, y que no los
conocemos por verlos o tocarlos, sino sólo porque los concebimos en el
pensamiento, sé entonces con plena claridad que nada me es más fácil de conocer
que mi espíritu. Mas, siendo casi imposible deshacerse con prontitud de una
opinión antigua y arraigada, bueno será que me detenga un tanto en este lugar, a
fin de que, alargando mi meditación, consiga imprimir más profundamente en mi
memoria este nuevo conocimiento.
Meditación tercera
De Dios; que existe
Cerraré ahora los ojos, me taparé los oídos, suspenderé mis sentidos; hasta
borraré de mi pensamiento toda imagen de las cosas corpóreas, o, al menos, como
eso es casi imposible, las reputaré vanas y falsas; de este modo, en coloquio
sólo conmigo y examinando mis adentros, procuraré ir conociéndome mejor y
hacerme más familiar a mí propio. Soy una cosa que piensa, es decir, que duda,
afirma, niega, conoce unas pocas cosas, ignora otras muchas, ama, odia, quiere,
no quiere, y que también imagina y siente, pues, como he observado más arriba,
aunque lo que siento e imagino acaso no sea nada fuera de mí y en sí mismo, con
todo estoy seguro de que esos modos de pensar residen y se hallan en mí, sin
duda. Y con lo poco que acabo de decir, creo haber enumerado todo lo que sé de
cierto, o, al menos, todo lo que he advertido saber hasta aquí. Consideraré
ahora con mayor circunspección si no podré hallar en mí otros conocimientos de
los que aún no me haya apercibido. Sé con certeza que soy una cosa que piensa;
pero )no sé también lo que se requiere para estar cierto de algo? En ese mi
primer conocimiento, no hay nada más que una percepción clara y distinta de lo
que conozco, la cual no bastaría a asegurarme de su verdad si fuese posible que
una cosa concebida tan clara y distintamente resultase falsa. Y por ello me
parece poder establecer desde ahora, como regla general, que son verdaderas
todas las cosas que concebimos muy clara y distintamente. Sin embargo, he
admitido antes de ahora, como cosas muy ciertas y manifiestas, muchas que más
tarde he reconocido ser dudosas e inciertas. )Cuáles eran? La tierra, el cielo,
los astros y todas las demás cosas que percibía por medio de los sentidos. Ahora
bien: )qué es lo que concebía en ellas como claro y distinto? Nada más, en
verdad, sino que las ideas o pensamientos de esas cosas se presentaban a mi
espíritu. Y aun ahora no niego que esas ideas estén en mí. Pero había, además,
otra cosa que yo afirmaba, y que pensaba percibir muy claramente por la
costumbre que tenía de creerla, aunque verdaderamente no la percibiera, a saber:
que había fuera de mí ciertas cosas de las que procedían esas ideas, y a las que
éstas se asemejaban por completo. Y en eso me engañaba; o al menos si es que mi
juicio era verdadero, no lo era en virtud de un conocimiento que yo tuviera.
Pero cuando consideraba algo muy sencillo y fácil, tocante a la aritmética y la
geometría, como, por ejemplo, que dos más tres son cinco o cosas semejantes, )no
las concebía con claridad suficiente para asegurar que eran verdaderas? Y si más
tarde he pensado que cosas tales podían ponerse en duda, no ha sido por otra
razón sino por ocurrírseme que acaso Dios hubiera podido darme una naturaleza
tal, que yo me engañase hasta en las cosas que me parecen más manifiestas. Pues
bien, siempre que se presenta a mi pensamiento esa opinión, anteriormente
concebida, acerca de la suprema potencia de Dios, me veo forzado a reconocer que
le es muy fácil, si quiere, obrar de manera que yo me engañe aun en las cosas
que creo conocer con grandísima evidencia; y, por el contrario, siempre que
reparo en las cosas que creo concebir muy claramente, me persuaden hasta el
punto de que prorrumpo en palabras como éstas: engáñeme quien pueda, que lo que
nunca podrá será hacer que yo no sea nada, mientras yo esté pensando que soy
algo, ni que alguna vez sea cierto que yo no haya sido nunca, siendo verdad que
ahora soy, ni que dos más tres sean algo distinto de cinco, ni otras cosas
semejantes, que veo claramente no poder ser de otro modo, que como las concibo.
Ciertamente, supuesto que no tengo razón alguna para creer que haya algún Dios
engañador, y que no he considerado aún ninguna de las que prueban que hay un
Dios, los motivos de duda que sólo dependen de dicha opinión son muy ligeros y,
por así decirlo, metafísicos. Mas a fin de poder suprimirlos del todo, debo
examinar si hay Dios, en cuanto se me presente la ocasión, y, si resulta
haberlo, debo también examinar si puede ser engañador; pues, sin conocer esas
dos verdades, no veo cómo voy a poder alcanzar certeza de cosa alguna. Y para
tener ocasión de averiguar todo eso sin alterar el orden de meditación que me he
propuesto, que es pasar por grados de las nociones que encuentre primero en mi
espíritu a las que pueda hallar después, tengo que dividir aquí todos mis
pensamientos en ciertos géneros, y considerar en cuáles de estos géneros hay,
propiamente, verdad o error. De entre mis pensamientos, unos son como imágenes
de cosas, y a éstos solos conviene con propiedad el nombre de idea: como cuando
me represento un hombre, una quimera, el cielo, un ángel o el mismo Dios. Otros,
además, tienen otras formas: como cuando quiero, temo, afirmo o niego; pues, si
bien concibo entonces alguna cosa de la que trata la acción de mi espíritu,
añado asimismo algo, mediante esa acción, a la idea que tengo de aquella cosa; y
de este género de pensamientos, unos son llamados voluntades o afecciones, y
otros, juicios. Pues bien, por lo que toca a las ideas, si se las considera sólo
en sí mismas, sin relación a ninguna otra cosa, no pueden ser llamadas con
propiedad falsas; pues imagine yo una cabra o una quimera, tan verdad es que
imagino la una como la otra. No es tampoco de temer que pueda hallarse falsedad
en las afecciones o voluntades; pues aunque yo pueda desear cosas malas, o que
nunca hayan existido, no es menos cierto por ello que yo las deseo. Por tanto,
sólo en los juicios debo tener mucho cuidado de no errar. Ahora bien, el
principal y más frecuente error que puede encontrarse en ellos consiste en
juzgar que las ideas que están en mí son semejantes o conformes a cosas que
están fuera de mí, pues si considerase las ideas sólo como ciertos modos de mi
pensamiento, sin pretender referirlas a alguna cosa exterior, apenas podrían
darme ocasión de errar. Pues bien, de esas ideas, unas me parecen nacidas
conmigo, otras extrañas y venidas de fuera, y otras hechas e inventadas por mí
mismo. Pues tener la facultad de concebir lo que es en general una cosa, o una
verdad, o un pensamiento, me parece proceder únicamente de mi propia naturaleza;
pero si oigo ahora un ruido, si veo el sol, si siento calor, he juzgado hasta el
presente que esos sentimientos procedían de ciertas cosas existentes fuera de
mí; y, por último, me parece que las sirenas, los hipogrifos y otras quimeras de
ese género, son ficciones e invenciones de mi espíritu. Pero también podría
persuadirme de que todas las ideas son del género de las que llamo extrañas y
venidas de fuera, o de que han nacido todas conmigo, o de que todas han sido
hechas por mí, pues aún no he descubierto su verdadero origen. Y lo que
principalmente debo hacer, en este lugar, es considerar, respecto de aquellas
que me parecen proceder de ciertos objetos que están fuera de mí, qué razones me
fuerzan a creerlas semejantes a esos objetos. La primera de esas razones es que
parece enseñármelo la naturaleza; y la segunda, que experimento en mí mismo que
tales ideas no dependen de mi voluntad, pues a menudo se me presentan a pesar
mío, como ahora, quiéralo o no, siento calor, y por esta causa estoy persuadido
de que este sentimiento o idea del calor es producido en mí por algo diferente
de mí, a saber, por el calor del fuego junto al cual me hallo sentado. Y nada
veo que me parezca más razonable que juzgar que esa cosa extraña me envía e
imprime en mí su semejanza, más bien que otra cosa cualquiera. Ahora tengo que
ver si esas razones son lo bastante fuertes y convincentes. Cuando digo que me
parece que la naturaleza me lo enseña, por la palabra Anaturaleza@ entiendo sólo
cierta inclinación que me lleva a creerlo, y no una luz natural que me haga
conocer que es verdadero. Ahora bien, se trata de dos cosas muy distintas entre
sí; pues no podría poner en duda nada de lo que la luz natural me hace ver como
verdadero: por ejemplo, cuando antes me enseñaba que del hecho de dudar yo podía
concluir mi existencia. Porque, además, no tengo ninguna otra facultad o
potencia para distinguir lo verdadero de lo falso, que pueda enseñarme que no es
verdadero lo que la luz natural me muestra como tal, y en la que pueda fiar como
fío en la luz natural. Mas por lo que toca a esas inclinaciones que también me
parecen naturales, he notado a menudo que, cuando se trataba de elegir entre
virtudes y vicios, me han conducido al mal tanto como al bien: por ello, no hay
razón tampoco para seguirlas cuando se trata de la verdad y la falsedad. En
cuanto a la otra razón Cla de que esas ideas deben proceder de fuera, pues no
dependen de mi voluntadC, tampoco la encuentro convincente. Puesto que, al igual
que esas inclinaciones de las que acabo de hablar se hallan en mí, pese a que no
siempre concuerden con mi voluntad, podría también ocurrir que haya en mí, sin
yo conocerla, alguna facultad o potencia, apta para producir esas ideas sin
ayuda de cosa exterior; y, en efecto, me ha parecido siempre hasta ahora que
tales ideas se forman en mí, cuando duermo, sin el auxilio de los objetos que
representan. Y en fin, aun estando yo conforme con que son causadas por esos
objetos, de ahí no se sigue necesariamente que deban asemejarse a ellos. Por el
contrario, he notado a menudo, en muchos casos, que había gran diferencia entre
el objeto y su idea. Así, por ejemplo, en mi espíritu encuentro dos ideas del
sol muy diversas; una toma su origen de los sentidos, y debe situarse en el
género de las que he dicho vienen de fuera; según ella, el sol me parece pequeño
en extremo; la otra proviene de las razones de la astronomía, es decir, de
ciertas nociones nacidas conmigo, o bien ha sido elaborada por mí de algún modo:
según ella, el sol me parece varias veces mayor que la tierra. Sin duda, esas
dos ideas que yo formo del sol no pueden ser, las dos, semejantes al mismo sol;
y la razón me impele a creer que la que procede inmediatamente de su apariencia
es, precisamente, la que le es más disímil. Todo ello bien me demuestra que,
hasta el momento, no ha sido un juicio cierto y bien pensado, sino sólo un ciego
y temerario impulso, lo que me ha hecho creer que existían cosas fuera de mí,
diferentes de mí, y que, por medio de los órganos de mis sentidos, o por algún
otro, me enviaban sus ideas o imágenes, e imprimían en mí sus semejanzas. Mas se
me ofrece aún otra vía para averiguar si, entre las cosas cuyas ideas tengo en
mí, hay algunas que existen fuera de mí. Es a saber: si tales ideas se toman
sólo en cuanto que son ciertas maneras de pensar no reconozco entre ellas
diferencias o desigualdad alguna, y todas parecen proceder de mí de un mismo
modo; pero, al considerarlas como imágenes que representan unas una cosa y otras
otra, entonces es evidente que son muy distintas unas de otras. En efecto, las
que me representan substancias son sin duda algo más, y contienen (por así
decirlo) más realidad objetiva, es decir, participan, por representación, de más
grados de ser o perfección que aquellas que me representan sólo modos o
accidentes. Y más aún: la idea por la que concibo un Dios supremo, eterno,
infinito, inmutable, omnisciente, omnipotente y creador universal de todas las
cosas que están fuera de él, esa idea CdigoC ciertamente tiene en sí más
realidad objetiva que las que me representan substancias finitas. Ahora bien, es
cosa manifiesta, en virtud de la luz natural, que debe haber por lo menos tanta
realidad en la causa eficiente y total como en su efecto: pues )de dónde puede
sacar el efecto su realidad, si no es de la causa? )Y cómo podría esa causa
comunicársela, si no la tuviera ella misma? Y de ahí se sigue, no sólo que la
nada no podría producir cosa alguna, sino que lo más perfecto, es decir, lo que
contiene más realidad, no puede provenir de lo menos perfecto. Y esta verdad no
es sólo clara y evidente en aquellos efectos dotados de esa realidad que los
filósofos llaman actual o formal, sino también en las ideas, donde sólo se
considera la realidad que llaman objetiva. Por ejemplo, la piedra que aún no
existe no puede empezar a existir ahora si no es producida por algo que tenga en
sí formalmente o eminentemente todo lo que entra en la composición de la piedra
(es decir, que contenga en sí las mismas cosas, u otras más excelentes, que las
que están en la piedra); y el calor no puede ser producido en un sujeto privado
de él, si no es por una cosa que sea de un orden, grado o género al menos tan
perfecto como lo es el calor; y así las demás cosas. Pero además de eso, la idea
del calor o de la piedra no puede estar en mí si no ha sido puesta por alguna
causa que contenga en sí al menos tanta realidad como la que concibo en el calor
o en la piedra. Pues aunque esa causa no transmita a mi idea nada de su realidad
actual o formal, no hay que juzgar por ello que esa causa tenga que ser menos
real, sino que debe saberse que, siendo toda idea obra del espíritu, su
naturaleza es tal que no exige de suyo ninguna otra realidad formal que la que
recibe del pensamiento, del cual es un modo. Pues bien, para que una idea
contenga tal realidad objetiva más bien que tal otra, debe haberla recibido, sin
duda, de alguna causa, en la cual haya tanta realidad formal, por lo menos,
cuanta realidad objetiva contiene la idea. Pues si suponemos que en la idea hay
algo que no se encuentra en su causa, tendrá que haberlo recibido de la nada;
mas, por imperfecto que sea el modo de ser según el cual una cosa está
objetivamente o por representación en el entendimiento, mediante su idea, no
puede con todo decirse que ese modo de ser no sea nada, ni, por consiguiente,
que esa idea tome su origen de la nada. Tampoco debo suponer que, siendo sólo
objetiva la realidad considerada en esas ideas, no sea necesario que la misma
realidad esté formalmente en las causas de ellas, ni creer que basta con que
esté objetivamente en dichas causas; pues, así como el modo objetivo de ser
compete a las ideas por su propia naturaleza, así también el modo formal de ser
compete a las causas de esas ideas (o por lo menos a las primeras y principales)
por su propia naturaleza. Y aunque pueda ocurrir que de una idea nazca otra
idea, ese proceso no puede ser infinito, sino que hay que llegar finalmente a
una idea primera, cuya causa sea como un arquetipo, en el que esté formal y
efectivamente contenida toda la realidad o perfección que en la idea está sólo
de modo objetivo o por representación. De manera que la luz natural me hace
saber con certeza que las ideas son en mí como cuadros o imágenes, que pueden
con facilidad ser copias defectuosas de las cosas, pero que en ningún caso
pueden contener nada mayor o más perfecto que éstas. Y cuanto más larga y
atentamente examino todo lo anterior, tanto más clara y distintamente conozco
que es verdad. Mas, a la postre, )qué conclusión obtendré de todo ello? Ésta, a
saber: que, si la realidad objetiva de alguna de mis ideas es tal que yo pueda
saber con claridad que esa realidad no está en mí formal ni eminentemente (y,
por consiguiente, que yo no puedo ser causa de tal idea), se sigue entonces
necesariamente de ello que no estoy solo en el mundo, y que existe otra cosa,
que es causa de esa idea; si, por el contrario, no hallo en mí una idea así,
entonces careceré de argumentos que puedan darme certeza de la existencia de
algo que no sea yo, pues los he examinado todos con suma diligencia, y hasta
ahora no he podido encontrar ningún otro. Ahora bien: entre mis ideas, además de
la que me representa a mí mismo (y que no ofrece aquí dificultad alguna), hay
otra que me representa a Dios, y otras a cosas corpóreas e inanimadas, ángeles,
animales y otros hombres semejantes a mí mismo. Mas, por lo que atañe a las
ideas que me representan otros hombres, o animales, o ángeles, fácilmente
concibo que puedan haberse formado por la mezcla y composición de las ideas que
tengo de las cosas corpóreas y de Dios, aun cuando fuera de mí no hubiese en el
mundo ni hombres, ni animales, ni ángeles. Y, tocante a las ideas de las cosas
corpóreas, nada me parece haber en ellas tan excelente que no pueda proceder de
mí mismo; pues si las considero más a fondo y las examino como ayer hice con la
idea de la cera, advierto en ellas muy pocas cosas que yo conciba clara y
distintamente; a saber: la magnitud, o sea, la extensión en longitud, anchura y
profundidad; la figura, formada por los límites de esa extensión; la situación
que mantienen entre sí los cuerpos diversamente delimitados; el movimiento, o
sea, el cambio de tal situación; pueden añadirse la substancia, la duración y el
número. En cuanto las demás cosas, como la luz, los colores, los sonidos, los
olores, los sabores, el calor, el frío y otras cualidades perceptibles por el
tacto, todas ellas están en mi pensamiento con tal oscuridad y confusión, que
hasta ignoro si son verdaderas o falsas y meramente aparentes, es decir, ignoro
si las ideas que concibo de dichas cualidades son, en efecto, ideas de cosas
reales o bien representan tan sólo seres quiméricos, que no pueden existir. Pues
aunque más arriba haya yo notado que sólo en los juicios puede encontrarse
falsedad propiamente dicha, en sentido formal, con todo, puede hallarse en las
ideas cierta falsedad material, a saber: cuando representan lo que no es nada
como si fuera algo. Por ejemplo, las ideas que tengo del frío y el calor son tan
poco claras y distintas, que mediante ellas no puedo discernir si el frío es
sólo una privación de calor, o el calor una privación de frío, o bien si ambas
son o no cualidades reales; y por cuanto, siendo las ideas como imágenes, no
puede haber ninguna que no parezca representarnos algo, si es cierto que el frío
es sólo privación de calor, la idea que me lo represente como algo real y
positivo podrá, no sin razón, llamarse falsa, y lo mismo sucederá con ideas
semejantes. Y por cierto, no es necesario que atribuya a esas ideas otro autor
que yo mismo; pues si son falsas Ces decir, si representan cosas que no existenC
la luz natural me hace saber que provienen de la nada, es decir, que si están en
mí es porque a mi naturaleza Cno siendo perfectaC le falta algo; y si son
verdaderas, como de todas maneras tales ideas me ofrecen tan poca realidad que
ni llego a discernir con claridad la cosa representada del no ser, no veo por
qué no podría haberlas producido yo mismo. En cuanto a las ideas claras y
distintas que tengo de las cosas corpóreas, hay algunas que me parece he podido
obtener de la idea que tengo de mí mismo; así, las de substancia, duración,
número y otras semejantes. Pues cuando pienso que la piedra es una substancia, o
sea, una cosa capaz de existir por sí, dado que yo soy una substancia, y aunque
sé muy bien que soy una cosa pensante y no extensa (habiendo así entre ambos
conceptos muy gran diferencia), las dos ideas parecen concordar en que
representan substancias. Asimismo, cuando pienso que existo ahora, y me acuerdo
además de haber existido antes, y concibo varios pensamientos cuyo número
conozco, entonces adquiero las ideas de duración y número, las cuales puedo
luego transferir a cualesquiera otras cosas. Por lo que se refiere a las otras
cualidades de que se componen las ideas de las cosas corpóreas Ca saber: la
extensión, la figura, la situación y el movimientoC, cierto es que no están
formalmente en mí, pues no soy más que una cosa que piensa; pero como son sólo
ciertos modos de la substancia (a manera de vestidos con que se nos aparece la
substancia), parece que pueden estar contenidas en mí eminentemente.
Así pues, sólo queda la idea de Dios, en la que debe considerarse si hay algo
que no pueda proceder de mí mismo. Por ADios@ entiendo una substancia infinita,
eterna, inmutable, independiente, omnisciente, omnipotente, que me ha creado a
mí mismo y a todas las demás cosas que existen (si es que existe alguna). Pues
bien, eso que entiendo por Dios es tan grande y eminente, que cuanto más
atentamente lo considero menos convencido estoy de que una idea así pueda
proceder sólo de mí. Y, por consiguiente, hay que concluir necesariamente, según
lo antedicho, que Dios existe. Pues, aunque yo tenga la idea de substancia en
virtud de ser yo una substancia, no podría tener la idea de una substancia
infinita, siendo yo finito, si no la hubiera puesto en mí una substancia que
verdaderamente fuese infinita. Y no debo juzgar que yo no concibo el infinito
por medio de una verdadera idea, sino por medio de una mera negación de lo
finito (así como concibo el reposo y la oscuridad por medio de la negación del
movimiento y la luz): pues, al contrario, veo manifiestamente que hay más
realidad en la substancia infinita que en la finita y, por ende, que, en cierto
modo, tengo antes en mí la noción de lo infinito que la de lo finito: antes la
de Dios que la de mí mismo. Pues )cómo podría yo saber que dudo y que deseo, es
decir, que algo me falta y que no soy perfecto, si no hubiese en mí la idea de
un ser más perfecto, por comparación con el cual advierto la imperfección de mi
naturaleza? Y no puede decirse que acaso esta idea de Dios es materialmente
falsa y puede, por tanto, proceder de la nada (es decir, que acaso esté en mí
por faltarme a mí algo, según dije antes de las ideas de calor y frío, y de
otras semejantes); al contrario, siendo esta idea muy clara y distinta y
conteniendo más realidad objetiva que ninguna otra, no hay idea alguna que sea
por sí misma más verdadera, ni menos sospechosa de error y falsedad. Digo que la
idea de ese ser sumamente perfecto e infinito es absolutamente verdadera; pues,
aunque acaso pudiera fingirse que un ser así no existe, con todo, no puede
fingirse que su idea no me representa nada real, como dije antes de la idea de
frío. Esa idea es también muy clara y distinta, pues que contiene en sí todo lo
que mi espíritu concibe clara y distintamente como real y verdadero, y todo lo
que comporta alguna perfección. Y eso no deja de ser cierto, aunque yo no
comprenda lo infinito, o aunque haya en Dios innumerables cosas que no pueda yo
entender, y ni siquiera alcanzar con mi pensamiento: pues es propio de la
naturaleza de lo infinito que yo, siendo finito, no pueda comprenderlo. Y basta
con que entienda esto bien, y juzgue que todas las cosas que concibo claramente,
y en las que sé que hay alguna perfección, así como acaso también infinidad de
otras que ignoro, están en Dios formalmente o eminentemente, para que la idea
que tengo de Dios sea la más verdadera, clara y distinta de todas. Mas podría
suceder que yo fuese algo más de lo que pienso, y que todas las perfecciones que
atribuyo a la naturaleza de Dios estén en mí, de algún modo, en potencia, si
bien todavía no manifestadas en el acto. Y en efecto, estoy experimentando que
mi conocimiento aumenta y se perfecciona poco a poco, y nada veo que pueda
impedir que aumente más y más hasta el infinito, y, así acrecentado y
perfeccionado, tampoco veo nada que me impida adquirir por su medio todas las
demás perfecciones de la naturaleza divina; y, en fin, parece asimismo que, si
tengo el poder de adquirir esas perfecciones, tendría también el de producir sus
ideas. Sin embargo, pensándolo mejor, reconozco que eso no puede ser. En primer
lugar, porque, aunque fuera cierto que mi conocimiento aumentase por grados sin
cesar y que hubiese en mi naturaleza muchas cosas en potencia que aún no
estuviesen en acto, nada de eso, sin embargo, atañe ni aun se aproxima a la idea
que tengo de la divinidad, en cuya idea nada hay en potencia, sino que todo está
en acto. Y hasta ese mismo aumento sucesivo y por grados argüiría sin duda
imperfección en mi conocimiento. Más aún: aunque mi conocimiento aumentase más y
más, con todo no dejo de conocer que nunca podría ser infinito en acto, pues
jamás llegará a tan alto grado que no sea capaz de incremento alguno. En cambio,
a Dios lo concibo infinito en acto, y en tal grado que nada puede añadirse a su
perfección. Y, por último, me doy cuenta de que el ser objetivo de una idea no
puede ser producido por un ser que existe sólo en potencia Cel cual, hablando
con propiedad, no es nadaC, sino sólo por un ser en acto, o sea, formal.
Ciertamente, nada veo en todo cuanto acabo de decir que no sea facilísimo de
conocer, en virtud de la luz natural, a todos los que quieran pensar en ello con
cuidado. Pero cuando mi atención se afloja, oscurecido mi espíritu y como cegado
por las imágenes de las cosas sensibles, olvida fácilmente la razón por la cual
la idea que tengo de un ser más perfecto que yo debe haber sido puesta
necesariamente en mí por un ser que, efectivamente, sea más perfecto. Por ello
pasaré adelante, y consideraré si yo mismo, que tengo esa idea de Dios, podría
existir, en el caso de que no hubiera Dios. Y pregunto: )de quién habría
recibido mi existencia? Pudiera ser que de mí mismo, o bien de mis padres, o
bien de otras causas que, en todo caso, serían menos perfectas que Dios, pues
nada puede imaginarse más perfecto que Él, y ni siquiera igual a Él. Ahora bien:
si yo fuese independiente de cualquier otro, si yo mismo fuese el autor de mi
ser, entonces no dudaría de nada, nada desearía, y ninguna perfección me
faltaría, pues me habría dado a mí mismo todas aquellas de las que tengo alguna
idea: y así, yo sería Dios. Y no tengo por qué juzgar que las cosas que me
faltan son acaso más difíciles de adquirir que las que ya poseo; al contrario,
es, sin duda, mucho más difícil que yo Cesto es, una cosa o substancia pensanteC
haya salido de la nada, de lo que sería la adquisición, por mi parte, de muchos
conocimientos que ignoro, y que al cabo no son sino accidentes de esa substancia.
Y si me hubiera dado a mí mismo lo más difícil, es decir, mi existencia, no me
hubiera privado de lo más fácil, a saber: de muchos conocimientos de que mi
naturaleza no se halla provista; no me habría privado, en fin, de nada de lo que
está contenido en la idea que tengo de Dios, puesto que ninguna otra cosa me
parece de más difícil adquisición; y si hubiera alguna más difícil, sin duda me
lo parecería (suponiendo que hubiera recibido de mí mismo las demás cosas que
poseo), pues sentiría que allí terminaba mi poder. Y no puedo hurtarme a la
fuerza de un tal razonamiento mediante la suposición de que he sido siempre tal
cual soy ahora, como si de ello se siguiese que no tengo por qué buscarle autor
alguno a mi existencia. Pues el tiempo todo de mi vida puede dividirse en
innumerables partes, sin que ninguna de ellas dependa en modo alguno de las
demás; y así, de haber yo existido un poco antes no se sigue que deba existir
ahora, a no ser que en este mismo momento alguna causa me produzca y Cpor
decirlo asíC me cree de nuevo, es decir, me conserve. En efecto, a todo el que
considere atentamente la naturaleza del tiempo, resulta clarísimo que una
substancia, para conservarse en todos los momentos de su duración, precisa de la
misma fuerza y actividad que sería necesaria para producirla y crearla en el
caso de que no existiese. De suerte que la luz natural nos hace ver con claridad
que conservación y creación difieren sólo respecto de nuestra manera de pensar,
pero no realmente. Así pues, sólo hace falta aquí que me consulte a mí mismo,
para saber si poseo algún poder en cuya virtud yo, que existo ahora, exista
también dentro de un instante; ya que, no siendo yo más que una cosa que piensa
(o, al menos, no tratándose aquí, hasta ahora, más que de esta parte de mí
mismo), si un tal poder residiera en mí, yo debería por lo menos pensarlo y ser
consciente de él; pues bien, no es así, y de este modo sé con evidencia que
dependo de algún ser diferente de mí. Quizá pudiera ocurrir que ese ser del que
dependo no sea Dios, y que yo haya sido producido, o bien por mis padres, o bien
por alguna otra causa menos perfecta que Dios. Pero ello no puede ser, pues,
como ya he dicho antes, es del todo evidente que en la causa debe haber por lo
menos tanta realidad como en el efecto. Y entonces, puesto que soy una cosa que
piensa, y que tengo en mí una idea de Dios, sea cualquiera la causa que se le
atribuya a mi naturaleza, deberá ser en cualquier caso, asimismo, una cosa que
piensa, y poseer en sí la idea de todas las perfecciones que atribuyo a la
naturaleza divina. Ulteriormente puede indagarse si esa causa toma su origen y
existencia de sí misma o de alguna otra cosa. Si la toma de sí misma, se sigue,
por las razones antedichas, que ella misma ha de ser Dios, pues teniendo el
poder de existir por sí, debe tener también, sin duda, el poder de poseer
actualmente todas las perfecciones cuyas ideas concibe, es decir, todas las que
yo concibo como dadas en Dios. Y si toma su existencia de alguna otra causa
distinta de ella, nos preguntaremos de nuevo, y por igual razón, si esta segunda
causa existe por sí o por otra cosa, hasta que de grado en grado lleguemos por
último a una causa que resultará ser Dios. Y es muy claro que aquí no puede
procederse al infinito, pues no se trata tanto de la causa que en otro tiempo me
produjo, como de la que al presente me conserva. Tampoco puede fingirse aquí que
acaso varias causas parciales hayan concurrido juntas a mi producción, y que de
una de ellas haya recibido yo la idea de una de las perfecciones que atribuyo a
Dios, y de otra la idea de otra, de manera que todas esas perfecciones se
hallan, sin duda, en algún lugar del universo, pero no juntas y reunidas en una
sola {causa} que sea Dios. Pues, muy al contrario, la unidad, simplicidad o
inseparabilidad de todas las cosas que están en Dios, es una de las principales
perfecciones que en Él concibo; y, sin duda, la idea de tal unidad y reunión de
todas las perfecciones en Dios no ha podido ser puesta en mí por causa alguna,
de la cual no haya yo recibido también las ideas de todas las demás
perfecciones. Pues ella no puede habérmelas hecho comprender como juntas e
inseparables, si no hubiera procedido de suerte que yo supiese cuáles eran, y en
cierto modo las conociese. Por lo que atañe, en fin, a mis padres, de quienes
parece que tomo mi origen, aunque sea cierto todo lo que haya podido creer
acerca de ellos, eso no quiere decir que sean ellos los que me conserven, ni que
me hayan hecho y producido en cuanto que soy una cosa que piensa, puesto que
sólo han afectado de algún modo a la materia, dentro de la cual pienso estar
encerrado yo, es decir, mi espíritu, al que identifico ahora conmigo mismo. Por
tanto, no puede haber dificultades en este punto, sino que debe concluirse
necesariamente, del solo hecho de que existo y de que hay en mí la idea de un
ser sumamente perfecto (esto es, de Dios), que la existencia de Dios está
demostrada con toda evidencia. Sólo me queda por examinar de qué modo he
adquirido esa idea. Pues no la he recibido de los sentidos, y nunca se me ha
presentado inesperadamente, como las ideas de las cosas sensibles, cuando tales
cosas se presentan, o parecen hacerlo, a los órganos externos de mis sentidos.
Tampoco es puro efecto o ficción de mi espíritu, pues no está en mi poder
aumentarla o disminuirla en cosa alguna. Y, por consiguiente, no queda sino
decir que, al igual que la idea de mí mismo, ha nacido conmigo a partir del
momento mismo en que yo he sido creado. Y nada tiene de extraño que Dios, al
crearme, haya puesto en mí esa idea para que sea como el sello del artífice,
impreso en su obra; y tampoco es necesario que ese sello sea algo distinto que
la obra misma. Sino que, por sólo haberme creado, es de creer que Dios me ha
producido, en cierto modo, a su imagen y semejanza, y que yo concibo esta
semejanza (en la cual se halla contenida la idea de Dios) mediante la misma
facultad por la que me percibo a mí mismo; es decir, que cuando reflexiono sobre
mí mismo, no sólo conozco que soy una cosa imperfecta, incompleta y dependiente
de otro, que tiende y aspira sin cesar a algo mejor y mayor de lo que soy, sino
que también conozco, al mismo tiempo, que aquel de quien dependo posee todas
esas cosas grandes a las que aspiro, y cuyas ideas encuentro en mí; y las posee
no de manera indefinida y sólo en potencia, sino de un modo efectivo, actual e
infinito, y por eso es Dios. Y toda la fuerza del argumento que he empleado para
probar la existencia de Dios consiste en que reconozco que sería imposible que
mi naturaleza fuera tal cual es, o sea, que yo tuviese la idea de Dios, si Dios
no existiera realmente: ese mismo Dios, digo, cuya idea está en mí, es decir,
que posee todas esas altas perfecciones, de las que nuestro espíritu puede
alcanzar alguna noción, aunque no las comprenda por entero, y que no tiene
ningún defecto ni nada que sea señal de imperfección. Por lo que es evidente que
no puede ser engañador, puesto que la luz natural nos enseña que el engaño
depende de algún defecto. Pero antes de examinar esto con más cuidado, y de
pasar a la consideración de las demás verdades que pueden colegirse de ello, me
parece oportuno detenerme algún tiempo a contemplar este Dios perfectísimo,
apreciar debidamente sus maravillosos atributos, considerar, admirar y adorar la
incomparable belleza de esta inmensa luz, en la medida, al menos, que me lo
permita la fuerza de mi espíritu. Pues, enseñándonos la fe que la suprema
felicidad de la vida no consiste sino en esa contemplación de la majestad
divina, experimentamos ya que una meditación como la presente, aunque
incomparablemente menos perfecta, nos hace gozar del mayor contento que es
posible en esta vida.
MEDITACIÓN CUARTA
De lo verdadero y de lo falso
Tanto me he acostumbrado estos días a separar mi espíritu de los sentidos, y tan
exactamente he advertido que es muy poco lo que sabemos con certeza acerca de
las cosas corpóreas, así como que sabemos mucho más del espíritu humano, y más
aún de Dios, que ahora ya no tendré dificultad en apartar mi pensamiento de la
consideración de las cosas sensibles o imaginables, para llevarlo a las que,
desprovistas de toda materia, son puramente inteligibles.
Y, sin duda, la idea que tengo del espíritu humano, según la cual éste es una
cosa pensante, y no una extensa con longitud, anchura, ni profundidad, ni
participa de nada de lo que pertenece al cuerpo, es incomparablemente más
distinta que la idea de una cosa corpórea. Y se presenta a mi espíritu con tanta
claridad la idea de un ser completo e independiente (es decir, Dios) al
considerar que dudo, o sea, que soy incompleto y dependiente, e igualmente con
tanta evidencia concluyo la existencia de Dios y la completa dependencia en que
la mía está respecto de El, partiendo de que aquella idea está en mí, o bien de
que yo, poseedor de dicha idea, existo, que no creo que el espíritu humano pueda
conocer mejor ninguna otra cosa. Y me parece ya que descubro un camino que nos
conducirá, desde esta contemplación del Dios verdadero (en quien están
encerrados todos los tesoros de la ciencia y la sabiduría) al conocimiento de
las restantes cosas del universo.
Pues, en primer lugar, reconozco que es imposible que Dios me engañe nunca,
puesto que en todo fraude y engaño hay una especie de imperfección. Y aunque
parezca que tener el poder de engañar es señal de sutileza o potencia, sin
embargo, pretender engañar es indicio cierto de debilidad o malicia, y, por
tanto, es algo que no puede darse en Dios.
Además, experimento en mí cierta potencia para juzgar, que sin duda he recibido
de Dios, como todo lo demás que poseo; y supuesto que Dios no quiere engañarme,
es cierto entonces que no me la ha dado para que yerre, si uso bien de ella. Y
ninguna duda quedaría sobre esto, si no fuera que parece dar pie a la
consecuencia de que no puedo equivocarme nunca; pues, en efecto, si todo lo que
tengo lo recibo de Dios, y si Él no me ha dado la facultad de errar, parece que
nunca debo engañarme. Y en verdad, cuando no pienso más que en Dios, no descubro
en mí causa alguna de error o falsedad; mas volviendo luego sobre mí, la
experiencia me enseña que estoy sujeto a infinidad de errores; y, al buscar la
causa de ellos, noto que no se presenta sólo a mi espíritu una real y positiva
idea de Dios, o sea, de un ser sumamente perfecto, sino también, por decirlo
así, cierta idea negativa de la nada, o sea, de lo que está infinitamente
alejado de toda perfección; y advierto que soy como un término medio entre Dios
y la nada, es decir, colocado de tal suerte entre el supremo ser y el no ser
que, en cuanto el supremo ser me ha creado, nada hallo en mí que pueda llevarme
a error, pero, si me considero como partícipe, en cierto modo, de la nada o el
no ser Ces decir, en cuanto que yo no soy el ser supremoC, me veo expuesto a
muchísimos defectos, y así no es de extrañar que yerre.
De ese modo, entiendo que el error, en cuanto tal, no es nada real que dependa
de Dios, sino sólo una privación o defecto, y, por tanto, que no me hace falta
para errar un poder que Dios me haya dado especialmente, sino que yerro porque
el poder que Dios me ha dado para discernir la verdad no es en mí infinito.
Sin embargo, esto no me satisface del todo; pues el error no es una pura
negación, o sea, no es la simple privación o carencia de una perfección que no
me compete, sino la falta de un conocimiento que de algún modo yo debería
poseer. Y, considerando la naturaleza de Dios, no me parece posible que me haya
dado alguna facultad que sea imperfecta en su género, es decir, que carezca de
alguna perfección que le sea propia; pues si es cierto que, cuanto más experto
es el artífice, más perfectas y cumplidas son las obras que salen de sus manos,
)qué ser podremos imaginar, producido por ese supremo creador de todas las
cosas, que no sea perfecto y acabado en todas sus partes? Y, además, no hay duda
de que Dios pudo crearme de tal modo que yo no me equivocase nunca: )tendré que
concluir que es mejor para mí errar que no errar?
Sopesando esto mejor, se me ocurre, primero, que no debo extrañarme si no
entiendo por qué hace Dios ciertas cosas, ni debo dudar de su existencia por
tener experiencia de muchas sin comprender por qué ni cómo las ha producido
Dios. Pues, sabiendo bien que mi naturaleza es débil y limitada en extremo, y
que, por el contrario, la de Dios es inmensa, incomprensible e infinita, nada me
cuesta reconocer que Dios puede hacer infinidad de cosas cuyas causas sobrepasan
el alcance de mi espíritu. Y basta esta razón sola para persuadirme de, que
todas esas causas, que suelen postularse en virtud de los fines, de nada valen
en el dominio de las cosas físicas; pues no me parece que se pueda, sin
temeridad, investigar los impenetrables fines de Dios.
Se me ocurre asimismo que, cuando se indaga si las obras de Dios son perfectas,
no debe considerarse una sola criatura por separado, sino el conjunto de todas
ellas; pues una cosa que no sin razón podría parecer muy imperfecta, si
estuviera aislada en el mundo, resulta ser muy perfecta cuando se la considera
como una parte del universo. Y aunque yo no he conocido con certeza, desde que
me propuse dudar de todo, más que mi existencia y la de Dios, sin embargo, como
también he reconocido el infinito poder de Dios, me sería imposible negar que ha
producido muchas otras cosas Co que ha podido, al menos, producirlasC, de tal
manera que yo exista y esté situado en el mundo como una parte de la totalidad
de los seres.
Tras esto, viniendo a mí propio e indagando cuáles son mis errores (que por sí
solos ya arguyen imperfección en mí), hallo que dependen del concurso de dos
causas, a saber: de mi facultad de conocer y de mi facultad de elegir Co sea, mi
libre arbitrioC; esto es, de mi entendimiento y de mi voluntad. Pues, por medio
del solo entendimiento, yo no afirmo ni niego cosa alguna, sino que sólo concibo
las ideas de las cosas que puedo afirmar o negar. Pues bien, considerándolo
precisamente así, puede decirse que en él nunca hay error, con tal de que se
tome la palabra *error+ en su significación propia. Y aun cuando tal vez haya en
el mundo una infinidad de cosas de las que no tengo idea alguna en mi
entendimiento, no por ello puede decirse que esté privado de esas ideas como de
algo que pertenece en propiedad a su naturaleza, sino sólo que no las tiene;
pues, en efecto, ninguna razón puede probar que Dios haya debido darme una
facultad de conocer más amplia que la que me ha dado; y por muy hábil artífice
que lo considere, no tengo por qué pensar que debió poner, en todas y cada una
de sus obras, todas las perfecciones que puede poner en algunas. Tampoco puedo
quejarme de que Dios no me haya dado un libre arbitrio, o sea, una voluntad lo
bastante amplia y perfecta, pues claramente siento que no está circunscrita por
límite alguno. Y debo notar en este punto que, de todas las demás cosas que hay
en mí, ninguna es tan grande y perfecta como para que yo no reconozca que podría
serlo más. Pues, por ejemplo, si considero la facultad de entender, la encuentro
de muy poca extensión y limitada en extremo, y a un tiempo me represento la idea
de otra facultad mucho más amplia, y hasta infinita; y por el solo hecho de
poder representarme su idea, sé sin dificultad que pertenece a la naturaleza de
Dios. Del mismo modo, si examino la memoria, la imaginación, o cualquier otra
facultad, no encuentro ninguna que no sea en mí harto pequeña y limitada, y en
Dios inmensa e infinita. Sólo la voluntad o libertad de arbitrio siento ser en
mí tan grande, que no concibo la idea de ninguna otra que sea mayor: de manera
que ella es la que, principalmente, me hace saber que guardo con Dios cierta
relación de imagen y semejanza. Pues aun siendo incomparablemente mayor en Dios
que en mí, ya en razón del conocimiento y el poder que la acompañan, haciéndola
más firme y eficaz, ya en razón del objeto, pues se extiende a muchísimas más
cosas, con todo, no me parece mayor, si la considero en sí misma, formalmente y
con precisión. Pues consiste sólo en que podemos hacer o no hacer una cosa (esto
es: afirmar o negar, pretender algo o evitarlo); o, por mejor decir, consiste
sólo en que, al afirmar o negar, y al pretender o evitar las cosas que el
entendimiento nos propone, obramos de manera que no nos sentimos constreñidos
por ninguna fuerza exterior. Ya que, para ser libre, no es requisito necesario
que me sean indiferentes los dos términos opuestos de mi elección; ocurre más
bien que, cuanto más propendo a uno de ellos Csea porque conozco con certeza que
en él están el bien y la verdad, sea porque Dios dispone así el interior de mi
pensamientoC tanto más libremente lo escojo. Y, ciertamente, la gracia divina y
el conocimiento natural, lejos de disminuir mi libertad, la aumentan y
corroboran. Es en cambio aquella indiferencia, que experimento cuando ninguna
razón me dirige a una parte más bien que a otra, el grado ínfimo de la libertad,
y más bien arguye imperfección en el conocimiento, que perfección en la
voluntad; pues, de conocer yo siempre con claridad lo que es bueno y verdadero,
nunca me tomaría el trabajo de deliberar acerca de mi elección o juicio, y así
sería por completo libre, sin ser nunca indiferente.
Por todo ello, reconozco que no son causa de mis errores, ni el poder de querer
por sí mismo, que he recibido de Dios y es amplísimo y perfectísimo en su
género, ni tampoco el poder de entender, pues como lo concibo todo mediante esta
potencia que Dios me ha dado para entender, sin duda todo cuanto concibo lo
concibo rectamente, y no es posible que en esto me engañe.
)De dónde nacen, pues mis errores? Sólo de esto: que, siendo la voluntad más
amplia que el entendimiento, no la contengo dentro de los mismos límites que
éste, sino que la extiendo también a las cosas que no entiendo, y, siendo
indiferente a éstas, se extravía con facilidad, y escoge el mal en vez del bien,
o lo falso en. vez de lo verdadero. Y ello hace que me engañe y peque.
Así, por ejemplo, cuando estos días pasados examinaba yo si existía algo en el
mundo, y venía a saber que, del solo hecho de examinar dicha cuestión, se seguía
con toda evidencia que yo mismo existía, no pude por menos de juzgar que una
cosa que yo concebía con tanta claridad era verdadera, y no porque a ello me
forzara causa alguna exterior, sino sólo porque, de una gran claridad que había
en mi entendimiento, derivó una fuerte inclinación en mi voluntad; y con tanta
mayor libertad llegué a creer, cuanta menor fue mi indiferencia. Por el
contrario, en este momento ya no sé sólo que existo en cuanto cosa pensante,
sino que se ofrece también a mi espíritu cierta idea acerca de la naturaleza
corpórea; pues bien, ello hace que dude de si esta naturaleza pensante que está
en mí, o mejor, por la que soy lo que soy, es diferente de esa naturaleza
corpórea, o bien las dos son una y la misma cosa. Y supongo aquí que todavía no
conozco ninguna razón que me persuada de lo uno más bien que de lo otro: de
donde se sigue que soy del todo indiferente a afirmarlo o negarlo, o incluso a
abstenerme de todo juicio.
Y dicha indiferencia no se aplica sólo a las cosas de las que el entendimiento
no tiene conocimiento alguno, sino, en general, a todas aquellas que no concibe
con perfecta claridad, en el momento en que la voluntad delibera; pues, por
probables que sean las conjeturas que me inclinan a juzgar acerca de algo, basta
ese solo conocimiento que tengo, según el cual son conjeturas, y no razones
ciertas e indudables, para darme ocasión de juzgar lo contrario. Esto lo he
experimentado suficientemente en los días pasados, cuando he considerado falso
todo lo que antes tenía por verdadero, en virtud sólo de haber notado que podía
dudarse de algún modo de ello.
Ahora bien, si me abstengo de dar mi juicio acerca de una cosa, cuando no la
concibo con bastante claridad y distinción, es evidente que hago muy bien, y que
no estoy engañándome; pero si me decido a negarla o a afirmarla, entonces no uso
como es debido de mi libre arbitrio; y, si afirmo lo que no es verdadero, es
evidente que me engaño; y hasta cuando resulta ser verdadero mi juicio, ello
ocurrirá por azar, y no dejo por ello de hacer mal uso de mi libre arbitrio y de
equivocarme, pues la luz natural nos enseña que el conocimiento del
entendimiento debe siempre preceder a la determinación de la voluntad. Y en ese
mal uso del libre arbitrio está la privación que constituye la forma del error.
Digo que la privación reside en la operación, en cuanto que ésta procede de mí,
y no en la facultad que he recibido de Dios, ni siquiera en la operación misma,
en cuanto que ésta depende de El. Pues no debo quejarme porque Dios no me haya
dado una inteligencia o una luz natural mayores de las que me ha dado, ya que,
en efecto, es propio del entendimiento finito no comprender muchas cosas, y es a
su vez propio de un entendimiento creado el ser finito; más bien tengo motivos
para agradecerle que, no debiéndome nada, me haya dado sin embargo las pocas
perfecciones que hay en mí, en vez de concebir sentimientos tan injustos como el
de imaginar que me ha quitado o retenido indebidamente las demás perfecciones
que no me ha dado. Tampoco debo quejarme porque me haya dado una voluntad más
amplia que el entendimiento, puesto que, consistiendo la voluntad en una sola
cosa y siendo, por así decirlo, indivisible, parece que su naturaleza es tal que
no podría quitársele algo sin destruirla; y, sin duda, cuanto más grande resulte
ser, tanto más agradecido debo estar a la bondad de quien me la ha dado. Y, por
último, tampoco tengo motivo de queja porque Dios concurra conmigo para formar
los actos de esa voluntad, es decir, los juicios, que hago erróneamente, puesto
que esos actos, en tanto dependen de Dios, son enteramente verdaderos y
absolutamente buenos; y, en cierto modo, hay más perfección en mi naturaleza por
el hecho de poder formarlos, que si no pudiese hacerlo. En cuanto a la
privación, que es lo único en que consiste la razón formal del error y el
pecado, no necesita concurso alguno de Dios, pues no es una cosa o un ser; y, si
la referimos a Dios como a su causa, entonces no debe ser llamada privación,
sino sólo negación, según el significado que la Escuela da a estas palabras.
En efecto, no hay imperfección en Dios por haberme otorgado la libertad de dar o
no dar mi juicio acerca de cosas de las que no tengo conocimiento claro en mi
entendimiento; pero sí la hay en mí por no usar bien de esa libertad, y dar
temerariamente mi juicio acerca de cosas que sólo concibo como oscuras y
confusas.
Con todo, veo que hubiera sido fácil para Dios proceder de manera que yo no me
equivocase nunca, sin por ello dejar de ser libre y de tener limitaciones en mi
conocimiento, a saber: dando a mi entendimiento una clara y distinta
inteligencia de aquellas cosas que hubieran de ser materia de mi deliberación, o
bien, sencillamente, grabando tan profundamente en mi memoria la resolución de
no juzgar nunca de nada sin concebirlo clara y distintamente, que jamás pudiera
olvidarla. Y fácilmente advierto que, en cuanto me considero aislado, como si
nada más que yo existiese en el mundo, yo habría sido mucho más perfecto si Dios
me hubiera creado de manera que jamás incurriese en error. Mas no por ello puedo
negar que haya, en cierto modo, más perfección en el universo, siendo algunas de
sus partes defectuosas y otras no, que si todas fuesen iguales. Y no tengo
ningún derecho a quejarme de que Dios, al ponerme en el mundo, no me haya hecho
la cosa más noble y perfecta de todas. Más bien debo estar contento porque, si
bien no me ha dado la virtud de no errar, mediante el primero de los medios que
he citado, que es el de darme un conocimiento claro y evidente de todas las
cosas sujetas a mi deliberación, al menos ha dejado en mi poder el otro medio:
conservar firmemente la resolución de no dar nunca mi juicio acerca de cosas
cuya verdad no me sea claramente conocida. Pues aunque advierto en mí la
flaqueza de no poder mantener continuamente fijo mi espíritu en un solo
pensamiento, puedo, sin embargo, por medio de una meditación atenta y muchas
veces reiterada, grabármelo en la memoria con tal fuerza que nunca deje de
acordarme de él cuando lo necesite, adquiriendo de esta suerte el hábito de no
errar, Y como en eso consiste la mayor y más principal perfección del hombre,
estimo que, al haber descubierto la causa de la falsedad y el error, no ha sido
poco lo que he ganado con esta meditación.
Y, sin duda, no puede haber otra causa que la que he explicado; pues siempre que
contengo mi voluntad en los límites de mi conocimiento, sin juzgar más que de
las cosas que el entendimiento le representa como claras y distintas, es
imposible que me engañe, porque toda concepción clara y distinta es algo real y
positivo, y por tanto no puede tomar su origen de la nada, sino que debe
necesariamente tener a Dios por autor, el cual, siendo sumamente perfecto, no
puede ser causa de error alguno; y, por consiguiente, hay que concluir que una
tal concepción o juicio es verdadero.
Por lo demás, no sólo he aprendido hoy lo que debo evitar para no errar, sino
también lo que debo hacer para alcanzar el conocimiento de la verdad. Pues sin
duda lo alcanzaré, si detengo lo bastante mi atención en todas las cosas que
conciba perfectamente, y las separo de todas aquellas que sólo conciba de un
modo confuso y oscuro. Y de ello me cuidaré en lo sucesivo.
MEDITACIÓN QUINTA
De la esencia de las cosas materiales; y otra vez de la existencia de Dios
Me quedan muchas otras cosas por examinar, tocantes a los atributos de Dios y a
mi propia naturaleza, es decir, la de mi espíritu: pero acaso trate de ellas en
otra ocasión. Pues lo que me urge ahora (tras haber advertido lo que hay que
hacer o evitar para alcanzar el conocimiento de la verdad) es tratar de librarme
de todas las dudas que me han asaltado en días pasados, y ver si se puede
conocer algo cierto tocante a las cosas materiales.
Pero antes de examinar si tales cosas existen fuera de mí, debo considerar sus
ideas, en cuanto que están en mi pensamiento, y ver cuáles son distintas y
cuáles confusas.
En primer lugar, imagino distintamente esa cantidad que los filósofos llaman
comúnmente cantidad continua, o sea, la extensión Ccon longitud, anchura y
profundidadC que hay en esa cantidad, o más bien en la cosa a la que se le
atribuye. Además, puedo enumerar en ella diversas partes, y atribuir a cada una
de esas partes toda suerte de magnitudes, figuras, situaciones y movimientos; y,
por último, puedo asignar a cada uno de tales movimientos toda suerte de
duraciones.
Y no sólo conozco con distinción esas cosas, cuando las considero en general,
sino que también, a poca atención que ponga, concibo innumerables
particularidades respecto de los números, las figuras, los movimientos, y cosas
semejantes, cuya verdad es tan manifiesta y se acomoda tan bien a mi naturaleza,
que, al empezar a descubrirlas, no me parece aprender nada nuevo, sino más bien
que me acuerdo de algo que ya sabía antes; es decir, que percibo cosas que
estaban ya en mí espíritu, aunque aún no hubiese parado mientes en ellas.
Y lo que encuentro aquí más digno de nota es que hallo en mí infinidad de ideas
de ciertas cosas, cuyas cosas no pueden ser estimadas como una pura nada, aunque
tal vez no tengan existencia fuera de mi pensamiento, y que no son fingidas por
mí, aunque yo sea libre de pensarlas o no; sino que tienen naturaleza verdadera
e inmutable. Así, por ejemplo, cuando imagino un triángulo, aun no existiendo
acaso una tal figura en ningún lugar, fuera de mí pensamiento, y aun cuando
jamás la haya habido, no deja por ello de haber cierta naturaleza, o forma, o
esencia de esa figura, la cual es inmutable y eterna, no ha sido inventada por
mí y no depende en modo alguno de mi espíritu; y ello es patente porque pueden
demostrarse diversas propiedades de dicho triángulo Ca saber, que sus tres
ángulos valen dos rectos, que el ángulo mayor se opone al lado mayor, y otras
semejantesC, cuyas propiedades, quiéralo o no, tengo que reconocer ahora que
están clarísima y evidentísimamente en él, aunque anteriormente no haya pensado
de ningún modo en ellas, cuando por vez primera imaginé un triángulo, y, por
tanto, no puede decirse que yo las haya fingido o inventad.
Y nada valdría objetar en este punto que acaso dicha idea del triángulo haya
entrado en mi espíritu por la mediación de mis sentidos, a causa de haber visto
yo alguna vez cuerpos de figura triangular; puesto que yo puedo formar en mi
espíritu infinidad de otras figuras, de las que no quepa sospechar ni lo más
mínimo que hayan sido objeto de mis sentidos, y no por ello dejo de poder
demostrar ciertas propiedades que atañen a su naturaleza, las cuales deben ser
sin duda ciertas, pues las concibo con claridad. Y, por tanto, son algo, y no
una pura nada; pues resulta evidentísimo que todo lo que es verdadero es algo, y
más arriba he demostrado ampliamente que todo lo que conozco con claridad y
distinción es verdadero. Y aunque no lo hubiera demostrado, la naturaleza de mi
espíritu es tal, que no podría por menos de estimarlas verdaderas, mientras las
concibiese con claridad y distinción. Y recuerdo que, hasta cuando estaba aún
fuertemente ligado a los objetos de los sentidos, había contado en el número de
las verdades más patentes aquellas que concebía con claridad y distinción
tocante a las figuras, los números y demás cosas atinentes a la aritmética y la
geometría.
Pues bien, si del hecho de poder yo, sacar de mi pensamiento la idea de una
cosa, se sigue que todo cuanto percibo clara y distintamente que pertenece a
dicha cosa, le pertenece en efecto, )no puedo extraer de ahí un argumento que
pruebe la existencia de Dios? Ciertamente, yo hallo en mí su idea Ces decir, la
idea de un ser sumamente perfectoC, no menos que hallo la de cualquier figura o
número; y no conozco con menor claridad y distinción que pertenece a su
naturaleza una existencia eterna, de como conozco que todo lo que puedo
demostrar de alguna figura o número pertenece verdaderamente a la naturaleza de
éstos. Y, por tanto, aunque nada de lo que he concluido en las Meditaciones
precedentes fuese verdadero, yo debería tener la existencia de Dios por algo tan
cierto, como hasta aquí he considerado las verdades de la matemática, que no
atañen sino a números y figuras; aunque, en verdad, ello no parezca al principio
del todo patente, presentando más bien una apariencia de sofisma. Pues teniendo
por costumbre, en todas las demás cosas, distinguir entre la existencia y la
esencia, me persuado fácilmente de que la existencia de Dios puede separarse de
su esencia, y que, de este modo, puede concebirse a Dios como no existiendo
actualmente. Pero, sin embargo, pensando en ello con más atención, hallo que la
existencia y la esencia de Dios son tan separables como la esencia de un
triángulo rectilíneo y el hecho de que sus tres ángulos valgan dos rectos, o la
idea de montaña y la de valle; de suerte que no repugna menos concebir un Dios
(es decir, un ser supremamente perfecto) al que le falte la existencia (es
decir, al que le falte una perfección), de lo que repugna concebir una montaña a
la que le falte el valle.
Pero aunque, en efecto, yo no pueda concebir un Dios sin existencia, como
tampoco una montaña sin valle, con todo, como de concebir una montaña con valle
no se sigue que haya montaña alguna en el mundo, parece asimismo que de concebir
a Dios dotado de existencia no se sigue que haya Dios que exista: pues mi
pensamiento no impone necesidad alguna a las cosas; y así como me es posible
imaginar un caballo con alas, aunque no haya ninguno que las tenga, del mismo
modo podría quizá atribuir existencia a Dios, aunque no hubiera un Dios
existente.
Pero no es así: precisamente bajo la apariencia deesa objeción es donde hay un
sofisma oculto. Pues del hecho de no poder concebir una montaña sin valle, no se
sigue que haya en el mundo montaña ni valle alguno, sino sólo que la montaña y
el valle, háyalos o no, no pueden separarse uno de otro; mientras que, del hecho
de no poder concebir, a Dios, sin la existencia, se sigue que la existencia es
inseparable de El, y, por tanto, que verdaderamente existe. Y no se trata de que
mi pensamiento pueda hacer que ello sea así, ni de que imponga a las cosas
necesidad alguna; sino que, al contrario, es la necesidad de la cosa misma Ca
saber, de la existencia de DiosC la que determina a mi pensamiento para que
piense eso. Pues yo no soy libre de concebir un Dios sin existencia (es decir,
un ser sumamente perfecto sin perfección suma), como sí lo soy de imaginar un
caballo sin alas o con ellas.
Y tampoco puede objetarse que no hay más remedio que declarar que existe Dios
tras haber supuesto que posee todas las perfecciones, siendo una de ellas la
existencia, pero que esa suposición primera no era necesaria; como no es
necesario pensar que todas las figuras de cuatro lados pueden inscribirse en el
círculo, pero, si yo supongo que sí, no tendré más remedio que decir que el
rombo puede inscribirse en el círculo, y así me veré obligado a declarar una
cosa falsa. Digo que esto no puede alegarse como objeción, pues, aunque desde
luego no es necesario que yo llegue a tener alguna vez en mi pensamiento la idea
de Dios, sin embargo, si efectivamente ocurre que dé en pensar en un ser primero
y supremo, y en sacar su idea, por así decirlo, del tesoro de mi espíritu,
entonces sí es necesario que le atribuya toda suerte de perfecciones, aunque no
las enumere todas ni preste mi atención a cada una de ellas en particular. Y
esta necesidad basta para hacerme concluir (luego de haber reconocido que la
existencia es una perfección) que ese ser primero y supremo existe
verdaderamente; de aquel modo, tampoco es necesario que yo imagine alguna vez un
triángulo, pero, cuantas veces considere una figura rectilínea compuesta sólo de
tres ángulos, sí será absolutamente necesario que le atribuya todo aquello de lo
que se infiere que sus tres ángulos valen dos rectos, y esta atribución será
implícitamente necesaria, aunque explícitamente no me dé cuenta de ella en el
momento de considerar el triángulo. Pero cuando examino cuáles son las figuras
que pueden inscribirse en un círculo, no es necesario en modo alguno pensar que
todas las de cuatro lados son capaces de ello; por el contrario, ni siquiera
podré suponer fingidamente que así ocurra, mientras no quiera admitir en mi
pensamiento nada que no entienda con claridad y distinción. Y, por consiguiente,
hay gran diferencia entre las suposiciones falsas, como lo es ésta, y las ideas
verdaderas nacidas conmigo, de las cuales es la de Dios la primera y principal.
Pues, en efecto, vengo a conocer de muchas maneras que esta idea no es algo
fingido o inventado, dependiente sólo de mi pensamiento, sino la imagen de una
naturaleza verdadera e inmutable. En primer lugar, porque, aparte Dios, ninguna
otra cosa puedo concebir a cuya esencia pertenezca necesariamente la existencia.
En segundo lugar, porque me es imposible concebir dos o más dioses de la misma
naturaleza, y, dado que haya uno que exista ahora, veo con claridad que es
necesario que haya existido antes desde toda la eternidad, y que exista
eternamente en el futuro. Y, por último, porque conozco en Dios muchas otras
cosas que no puedo disminuir ni cambiar en nada.
Por lo demás, cualquiera que sea el argumento de que me sirva, siempre se vendrá
a parar a lo mismo: que sólo tienen el poder de persuadirme por entero las cosas
que concibo clara y distintamente. Y aunque entre éstas, sin duda, hay algunas
manifiestamente conocidas de todos, y otras que sólo se revelan a quienes las
consideran más de cerca y las investigan con diligencia, el caso es que, una vez
descubiertas, no menos ciertas son las unas que las otras. Así, por ejemplo,
aunque no sea a primera vista tan patente que, en todo triángulo rectángulo, el
cuadrado de la base es igual a la suma de los cuadrados de los otros dos lados,
como que, en ese mismo triángulo, la base está opuesta al ángulo mayor, sin
embargo, una vez sabido lo primero, vemos que es tan verdadero como lo segundo.
Y por lo que a Dios toca, es cierto que si mi espíritu estuviera desprovisto de
algunos prejuicios, y mi pensamiento no fuera distraído por la continua
presencia de las imágenes de las cosas sensibles, nada conocería primero ni más
fácilmente que a Él. Pues )hay algo más claro y manifiesto que pensar que hay un
Dios, es decir, un ser supremo y perfecto, el único en cuya idea está incluida
la existencia, y que, por tanto, existe?
Y aunque haya necesitado una muy atenta consideración para concebir esa verdad,
sin embargo, ahora, no sólo estoy seguro de ella como de la cosa más cierta,
sino que, además, advierto que la certidumbre de todas las demás cosas depende
de ella tan por completo, que sin ese conocimiento sería imposible saber nunca
nada perfectamente.
Pues aunque mi naturaleza es tal que, nada más comprender una cosa muy clara y
distintamente, no puedo dejar de creerla verdadera, sin embargo, como también mi
naturaleza me lleva a no poder fijar siempre mi espíritu en una misma cosa, y me
acuerdo a menudo de haber creído verdadero algo cuando ya he cesado de
considerar las razones que yo tenía para creerlo tal, puede suceder que en ese
momento se me presenten otras razones que me harían cambiar fácilmente de
opinión, si no supiese que hay Dios. Y así nunca sabría nada a ciencia cierta,
sino que tendría tan sólo opiniones vagas e inconstantes. Así, por ejemplo,
cuando considero la naturaleza del triángulo, sé con evidencia, pues estoy algo
versado en geometría, que sus tres ángulos valen dos rectos, y no puedo por
menos de creerlo, mientras está atento mi pensamiento a la demostración; pero
tan pronto como esa atención se desvía, aunque me acuerde de haberla entendido
claramente, no es difícil que dude de la verdad de aquella demostración, si no
sé que hay Dios. Pues puedo convencerme de que la naturaleza me ha hecho de tal
manera que yo pueda engañarme fácilmente, incluso en las cosas que creo
comprender con más evidencia y certeza; y a ello me persuade sobre todo el
acordarme de haber creído a menudo que eran verdaderas y ciertas muchas cosas,
que luego otras razones distintas me han llevado a juzgar absolutamente falsas.
Pero tras conocer que hay un Dios, y a la vez que todo depende de El, y que no
es falaz, y, en consecuencia, que todo lo que concibo con claridad y distinción
no puede por menos de ser verdadero, entonces, aunque ya no piense en las
razones por las que juzgué que esto era verdadero, con tal de que recuerde
haberlo comprendido clara y distintamente, no se me puede presentar en contra
ninguna razón que me haga ponerlo en duda, y así tengo de ello una ciencia
verdadera y cierta. Y esta misma ciencia se extiende también a todas las demás
cosas que recuerdo haber demostrado antes, como, por ejemplo, a las verdades de
la geometría y otras semejantes; pues )qué podrá objetárseme para obligarme a
ponerlas en duda? )Se me dirá que mi naturaleza es tal que estoy muy sujeto a
equivocarme? Pero ya sé que no puedo engañarme en los juicios cuyas razones
conozco con claridad. )Se me dirá que, en otro tiempo, he considerado verdaderas
muchas cosas que luego he reconocido ser falsas? Pero no había conocido clara y
distintamente ninguna de ellas, e ignorando aún esta regla que me asegura la
verdad, había sido impelido a creerlas por razones que he reconocido después ser
menos fuertes de lo que me había imaginado. )Qué otra cosa podrá oponérseme?
)Acaso que estoy durmiendo (como yo mismo me había objetado anteriormente), o
sea, que los pensamientos que ahora tengo no son más verdaderos que las
ensoñaciones que imagino estando dormido? Pero aun cuando yo soñase, todo lo que
se presenta a mi espíritu con evidencia es absolutamente verdadero.
Y así veo muy claramente que la certeza y verdad de toda ciencia dependen sólo
del conocimiento del verdadero Dios; de manera que, antes de conocerlo, yo no
podía saber con perfección cosa alguna. Y ahora que lo conozco, tengo el medio
de adquirir una ciencia perfecta acerca de infinidad de cosas: y no sólo acerca
de Dios mismo, sino también de la naturaleza corpórea, en cuanto que ésta es
objeto de la pura matemática, que no se ocupa de la existencia del cuerpo.
MEDITACIÓN SEXTA
De la existencia de las cosas materiales, y de la distinción real entre el alma
y el cuerpo
Sólo me queda por examinar si hay cosas materiales. Y ya sé que puede haberlas,
al menos, en cuanto se las considera como objetos de la pura matemática, puesto
que de tal suerte las concibo clara y distintamente. Pues no es dudoso que Dios
pueda producir todas las cosas que soy capaz de concebir con distinción; y nunca
he juzgado que le fuera imposible hacer una cosa, a no ser que ésta repugnase
por completo a una concepción distinta. Además la facultad de imaginar que hay
en mí, y que yo uso, según veo por experiencia, cuando me ocupo en la
consideración de las cosas materiales, es capaz de convencerme de su existencia;
pues cuando considero atentamente lo que sea la imaginación, hallo que no es
sino cierta aplicación de la facultad cognoscitiva al cuerpo que le está
íntimamente presente, y que, por tanto, existe.
Y para manifestar esto con mayor claridad, advertiré primero la diferencia que
hay entre la imaginación y la pura intelección o concepción. Por ejemplo: cuando
imagino un triángulo, no lo entiendo sólo como figura compuesta de tres líneas,
sino que, además, considero esas tres líneas como presentes en mí, en virtud de
la fuerza interior de mi espíritu: y a esto, propiamente, llamo *imaginar+. Si
quiero pensar en un quiliógono, entiendo que es una figura de mil lados tan
fácilmente como entiendo que un triángulo es una figura que consta de tres; pero
no puedo imaginar los mil lados de un quiliógono como hago con los tres del
triángulo, ni, por decirlo así, contemplarlos como presentes con los ojos de mi
espíritu. Y si bien, siguiendo el hábito que tengo de usar siempre de mi
imaginación, cuando pienso en las cosas corpóreas, es cierto que al concebir un
quiliógono me represento confusamente cierta figura, es sin embargo evidente que
dicha figura no es un quiliógono, puesto que en nada difiere de la que me
representaría si pensase en un miríágono, o en cualquier otra figura de muchos
lados, y de nada sirve para descubrir las propiedades por las que el quiliógono
difiere de los demás polígonos. Mas si se trata de un pentágono, es bien cierto
que puedo entender su figura, como la de un quiliógono, sin recurrir a la
imaginación; pero también puedo imaginarla aplicando la fuerza de mi espíritu a
sus cinco lados, y a un tiempo al espacio o área que encierran. Así conozco
claramente que necesito, para imaginar, una peculiar tensión del ánimo, de la
que no hago uso para entender o concebir; y esa peculiar tensión del ánimo
muestra claramente la diferencia entre la imaginación y la pura intelección o
concepción.
Advierto, además, que esta fuerza imaginativa que hay en mí, en cuanto que
difiere de mi fuerza intelectiva, no es en modo alguno necesaria a mi naturaleza
o esencia; pues, aunque yo careciese de ella, seguiría siendo sin duda el mismo
que soy: de lo que parece que puede concluirse que depende de alguna cosa
distinta de mí. Y concibo fácilmente que si existe algún cuerpo al que mi
espíritu esté tan estrechamente unido que pueda, digámoslo así, mirarlo en su
interior siempre que quiera, es posible que por medio de él imagine las cosas
corpóreas. De suerte que esta manera de pensar difiere de la pura intelección en
que el espíritu, cuando entiende o concibe, se vuelve en cierto modo sobre sí
mismo, y considera alguna de las ideas que en sí tiene, mientras que, cuando
imagina, se vuelve hacia el cuerpo y considera en éste algo que es conforme, o a
una idea que el espíritu ha concebido por sí mismo, o a una idea que ha
percibido por los sentidos. Digo que concibo fácilmente que la imaginación pueda
formarse de este modo, si es cierto que hay cuerpos; y como no puedo encontrar
otro camino para explicar cómo se forma, conjeturo que probablemente hay
cuerpos; pero ello es sólo probable, y, por más que examino todo con mucho
cuidado, no veo cómo puedo sacar, de esa idea distinta de la naturaleza corpórea
que tengo en mi imaginación, argumento alguno que necesariamente concluya la
existencia de un cuerpo.
Ahora bien: me he habituado a imaginar otras muchas cosas, además de esa
naturaleza corpórea que es el objeto de la pura matemática, como son los
colores, los sonidos, los sabores, el dolor y otras semejantes, si bien de un
modo menos distinto. Y como percibo mucho mejor esas cosas por los sentidos, los
cuales, junto con la memoria, parecen haberlas traído a mi imaginación, creo
que, para examinarlas con mayor comodidad, bien estará que examine al propio
tiempo qué sea sentir, y que vea si me es posible extraer alguna prueba cierta
de la existencia de las cosas corpóreas, a partir de las ideas que recibo en mi
espíritu mediante esa manera de pensar que llamo *sentir+.
Primeramente recordaré las cosas que, recibidas por los sentidos, tuve antes por
verdaderas, y los fundamentos en que se apoyaba mi creencia; luego examinaré las
razones que me han obligado, más tarde, a ponerlas en duda. Y, por último,
consideraré lo que debo creer ahora.
Así pues, sentí primero que tenía una cabeza, manos, pies, y todos los demás
miembros de que está compuesto este cuerpo que yo consideraba como una parte de
mí mismo, y hasta CacasoC como el todo. Además, sentí que este cuerpo estaba
colocado entre otros muchos, de los que podía recibir diversas ventajas e
inconvenientes; y advertía las ventajas por cierto sentimiento de placer, y las
desventajas por un sentimiento de dolor. Además de placer y dolor, sentía en mí
también hambre, sed y otros apetitos similares, así como también ciertas
inclinaciones corporales hacia la alegría, la tristeza, la cólera y otras
pasiones. Y fuera de mí, además de la extensión, las figuras y los movimientos
de los cuerpos, notaba en ellos dureza, calor, y demás cualidades perceptibles
por el tacto. Asimismo, sentía la luz, los colores, olores, sabores y sonidos,
cuya variedad me servía para distinguir el cielo, la tierra, el mar, y, en
general, todos los demás cuerpos entre sí.
Y no me faltaba razón, por cierto, cuando, al considerar las ideas de todas esas
cualidades que se ofrecían a mi pensamiento, y que eran las únicas que yo sentía
propia e inmediatamente, creía sentir cosas completamente distintas de ese
pensamiento mío, a saber: unos cuerpos de donde procedían tales ideas. Pues yo
experimentaba que éstas se presentaban sin pedirme permiso, de tal manera que yo
no podía sentir objeto alguno, por mucho que quisiera, si éste no se hallaba
presente al órgano de uno de mis sentidos; y, si se hallaba presente, tampoco
estaba en mí poder no sentirlo.
Y puesto que las ideas que yo recibía por medio de los sentidos eran mucho más
vívidas, expresas, y hasta más distintas Ca su maneraC que las que yo mismo
podía fingir meditando, o las que encontraba impresas en mi memoria, parecía
entonces que aquéllas no podían provenir de mi espíritu: así que era necesario
que algunas otras cosas las causaran en mí. Y no teniendo de dichas cosas otro
conocimiento que el que me suministraban esas mismas ideas, por fuerza tenía que
dar en pensar que las primeras se asemejaban a las segundas.
Y como recordaba, asimismo, que había usado de los sentidos antes que de la
razón, y reconocía que las ideas que yo formaba por mí mismo no sólo eran menos
expresas que las recibidas por medio de los sentidos, sino que las más de las
veces estaban incluso compuestas de partes procedentes de estas últimas, me
persuadía con facilidad de que no tenía en el entendimiento idea alguna que
antes no hubiera tenido en el sentido
Tampoco me faltaba razón para creer que este cuerpo (al que por cierto derecho
especial llamaba *mío+) me pertenecía más propia y estrictamente que otro cuerpo
cualquiera. Pues, en efecto, yo no podía separarme nunca de él como de los demás
cuerpos; en él y por él sentía todos mis apetitos y afecciones; y era en su
partes Cy no en las de otros cuerpos de él separadosC donde advertía yo los
sentimientos de placer y de dolor.
Mas cuando examinaba por qué a cierta sensación de dolor sigue en el espíritu la
tristeza, y la alegría a la sensación de placer, o bien por qué cierta
excitación del estómago, que llamo hambre, nos produce ganas de comer, y la
sequedad de garganta nos da ganas de beber, no podía dar razones de ello, a no
ser que la naturaleza así me lo enseñaba; pues no hay, ciertamente, afinidad ni
relación algunas (al menos, a lo que entiendo) entre la excitación del estómago
y el deseo de comer, como tampoco entre la sensación de la cosa que origina
dolor y el pensamiento de tristeza que dicha sensación produce. Y, del mismo
modo, me parecía haber aprendido de la naturaleza todas las demás cosas que
juzgaba tocante a los objetos de mis sentidos, pues advertía que los juicios que
acerca de esos objetos solía hacer se formaban en mí antes de tener yo tiempo de
considerar y sopesar las razones que pudieran obligarme a hacerlos.
Más tarde, diversas experiencias han ido demoliendo el crédito que había
otorgado a mis sentidos. Pues muchas veces he observado que una torre, que de
lejos me había parecido redonda, de cerca aparecía cuadrada, y que estatuas
enormes, levantadas en lo más alto de esas torres, me parecían pequeñas, vistas
desde abajo. Y así, en otras muchas ocasiones, he encontrado erróneos los
juicios fundados sobre los sentidos externos. Y no sólo sobre los externos, sino
aun sobre los internos; pues )hay cosa más íntima o interna que el dolor? Y, sin
embargo, me dijeron hace tiempo algunas personas a quienes habían cortado brazos
o piernas, que les parecía sentir a veces dolor en la parte cortada; ello me
hizo pensar que no podía tampoco estar seguro de que algún miembro me doliese,
aunque sintiese dolor en él.
A estas razones para dudar añadí más tarde otras dos muy generales. La primera:
que todo lo que he creído sentir estando despierto, puedo también creer que lo
siento estando dormido; y como no creo que las cosas que me parece sentir,
cuando duermo, procedan de objetos que estén fuera de mí, no veía por qué habría
de dar más crédito a las que me parece sentir cuando estoy despierto. Y la
segunda: que no conociendo aún Co más bien fingiendo no conocerC al autor de mi
ser, nada me parecía oponerse a que yo estuviera por naturaleza constituido de
tal modo que me engañase hasta en las cosas que me parecían más verdaderas.
Y en cuanto a las razones que me habían antes persuadido de la verdad de las
cosas sensibles, no me costó gran trabajo refutarlas. Pues como la naturaleza
parecía conducirme a muchas cosas de que la razón me apartaba, juzgué que no
debía confiar mucho en las enseñanzas de esa naturaleza. Y aunque las ideas que
recibo por los sentidos no dependieran de mi voluntad, no pensé que de ello
debiera concluirse que procedían de cosas diferentes de mí mismo, puesto que
acaso pueda hallarse en mí cierta facultad (bien que desconocida para mí hasta
hoy) que sea su causa y las produzca.
Ahora, empero, como ya empiezo a conocerme mejor, y a descubrir con más claridad
al autor de mi origen, ciertamente sigo sin pensar que deba admitir,
temerariamente, todas las cosas que los sentidos parecen enseñarnos, pero
tampoco creo que tenga que dudar de todas ellas en general.
En primer lugar, puesto que ya sé que todas las cosas que concibo clara y
distintamente pueden ser producidas por Dios tal y como las concibo, me basta
con poder concebir clara y distintamente una cosa sin otra, para estar seguro de
que la una es diferente de la otra, ya que, al menos en virtud de la
omnipotencia de Dios, pueden darse separadamente, y entonces ya no importa cuál
sea la potencia que produzca esa separación, para que me sea forzoso estimarlas
como diferentes. Por lo tanto, como sé de cierto que existo, y, sin embargo, no
advierto que convenga necesariamente a mi naturaleza o esencia otra cosa que ser
cosa pensante, concluyo rectamente que mi esencia consiste sólo en ser una cosa
que piensa, o una substancia cuya esencia o naturaleza toda consiste sólo en
pensar. Y aunque acaso (o mejor, con toda seguridad, como diré en seguida) tengo
un cuerpo al que estoy estrechamente unido, con todo, puesto que, por una parte,
tengo una idea clara y distinta de mí mismo, en cuanto que yo soy sólo una cosa
que piensa Cy no extensaC, y, por otra parte, tengo una idea distinta del
cuerpo, en cuanto que él es sólo una cosa extensa Cy no pensanteC, es cierto
entonces que ese yo (es decir, mi alma, por la cual soy lo que soy), es
enteramente distinto de mi cuerpo, y que puede existir sin él.
Además, encuentro en mí ciertas facultades de pensar especiales, y distintas de
mí, como las de imaginar y sentir, sin las cuales puedo muy bien concebirme por
completo, clara y distintamente, pero, en cambio, ellas no pueden concebirse sin
mí, es decir, sin una substancia inteligente en la que están ínsitas. Pues la
noción que tenemos de dichas facultades, o sea (para hablar en términos de la
escuela), su concepto formal, incluye de algún modo la intelección: por donde
concibo que las tales son distintas de mí; así como las figuras, los
movimientos, y demás modos o accidentes de los cuerpos, son distintos de los
cuerpos mismos que los soportan.
También reconozco haber en mí otras facultades, como cambiar de sitio, de
postura, y otras semejantes, que como las precedentes, tampoco pueden concebirse
sin alguna substancia en la que estén ínsitas, ni, por consiguiente, pueden
existir sin ella; pero es evidente que tales facultades, si en verdad existen,
deben estar ínsitas en una substancia corpórea, o sea, extensa, y no en una
substancia inteligente, puesto que en su concepto claro y distinto está
contenida de algún modo la extensión, pero no la intelección. Hay, además, en mí
cierta facultad pasiva de sentir, esto es, de recibir y reconocer las ideas de
las cosas sensibles; pero esa facultad me sería inútil y ningún uso podría hacer
de ella, si no hubiese, en mí o en algún otro, una facultad activa, capaz de
formar y producir dichas ideas. Ahora bien: esta facultad activa no puede estar
en mí en tanto que yo no soy más que una cosa que piensa, pues no presupone mi
pensamiento, y además aquellas ideas se me representan a menudo sin que yo
contribuya en modo alguno a ello, y hasta a despecho de mi voluntad; por lo
tanto, debe estar necesariamente en una substancia distinta de mí mismo, en la
cual esté contenida formal o eminentemente (como he observado más arriba) toda
la realidad que está objetivamente en las ideas que dicha facultad produce. Y
esa substancia será, o bien un cuerpo (es decir, una naturaleza corpórea, en la
que está contenido formal y efectivamente todo lo que está en las ideas
objetivamente o por representación), o bien Dios mismo, o alguna otra criatura
más noble que el cuerpo, en donde esté contenido eminentemente eso mismo.
Pues bien: no siendo Dios falaz, es del todo manifiesto que no me envía esas
ideas inmediatamente por sí mismo, ni tampoco por la mediación de alguna
criatura, en la cual la realidad de dichas ideas no esté contenida formalmente,
sino sólo eminentemente. Pues, no habiéndome dado ninguna facultad para conocer
que eso es así (sino, por el contrario, una fortísima inclinación a creer que
las ideas me son enviadas por las cosas corpóreas), mal se entendería cómo puede
no ser falaz, si en efecto esas ideas fuesen producidas por otras causas
diversas de las cosas corpóreas. Y, por lo tanto, debe reconocerse que existen
cosas corpóreas.
Sin embargo, acaso no sean tal y como las percibimos por medio de los sentidos,
pues este modo de percibir es a menudo oscuro y confuso; empero, hay que
reconocer, al menos, que todas las cosas que entiendo con claridad y distinción,
es decir Chablando en generalC, todas las cosas que son objeto de la geometría
especulativa, están realmente en los cuerpos. Y por lo que atañe a las demás
cosas que, o bien son sólo particulares (por ejemplo, que el sol tenga tal
tamaño y tal figura), o bien son concebidas con menor claridad y distinción
(como la luz, el sonido, el dolor, y otras semejantes), es verdad que, aun
siendo muy dudosas e inciertas, con todo eso, creo poder concluir que poseo los
medios para conocerlas con certeza, supuesto que Dios no es falaz, y que, por
consiguiente, no ha podido ocurrir que exista alguna falsedad en mis opiniones
sin que me haya sido otorgada a la vez alguna facultad para corregirla.
Y, en primer lugar, no es dudoso que algo de verdad hay en todo lo que la
naturaleza me enseña, pues por *naturaleza+, considerada en general, no entiendo
ahora otra cosa que Dios mismo, o el orden dispuesto por Dios en las cosas
creadas, y por *mi+ naturaleza, en particular, no entiendo otra cosa que la
ordenada trabazón que en mí guardan todas las cosas que Dios me ha otorgado.
Pues bien: lo que esa naturaleza me enseña más expresamente es que tengo un
cuerpo, que se halla indispuesto cuando siento dolor, y que necesita comer o
beber cuando siento hambre o sed, etcétera. Y, por tanto, no debo dudar de que
hay en ello algo de verdad.
Me enseña también la naturaleza, mediante esas sensaciones de dolor, hambre,
sed, etcétera, que yo no sólo estoy en mi cuerpo como un piloto en su navío,
sino que estoy tan íntimamente unido y como mezclado con él, que es como si
formásemos una sola cosa. Pues si ello no fuera así, no sentiría yo dolor cuando
mi cuerpo está herido, pues no soy sino una cosa que piensa, y percibiría esa
herida con el solo entendimiento, como un piloto percibe, por medio de la vista,
que algo se rompe en su nave; y cuando mi cuerpo necesita beber o comer, lo
entendería yo sin más, no avisándome de ello sensaciones confusas de hambre y
sed. Pues, en efecto, tales sentimientos de hambre, sed, dolor, etcétera, no son
sino ciertos modos confusos de pensar, nacidos de esa unión y especie de mezcla
del espíritu con el cuerpo, y dependientes de ella.
Además de esto, la naturaleza me enseña que existen otros cuerpos en torno al
mío, de los que debo perseguir algunos, y evitar otros. Y, ciertamente, en
virtud de sentir yo diferentes especies de colores, olores, sabores, sonidos,
calor, dureza, etcétera, concluyo con razón que, en los cuerpos de donde
proceden tales diversas percepciones de los sentidos, existen las
correspondientes diversidades, aunque acaso no haya semejanza entre éstas y
aquéllas. Asimismo, por serme agradables algunas de esas percepciones, y otras
desagradables, infiero con certeza que mi cuerpo (o, por mejor decir, yo mismo,
en cuanto que estoy compuesto de cuerpo y alma) puede recibir ventajas e
inconvenientes varios de los demás cuerpos que lo circundan.
Empero, hay otras muchas cosas que parece haberme enseñado la naturaleza, y que
no he recibido en realidad de ella, sino que se han introducido en mi espíritu
por obra de cierto hábito que me lleva a juzgar desconsideradamente, y así puede
muy bien suceder que contengan alguna falsedad. Como ocurre, por ejemplo, con la
opinión de que está vacío todo espacio en el que nada hay que se mueva e
impresione mis sentidos; o la de que en un cuerpo caliente hay algo semejante a
la idea de calor que yo tengo; o que hay en un cuerpo blanco o negro la misma
blancura o negrura que yo percibo: o que en un cuerpo amargo o dulce hay el
mismo gusto o sabor, y así sucesivamente; o que los astros, las torres y, en
general, todos los cuerpos lejanos, tienen la misma figura y el mismo tamaño que
aparentan de lejos, etcétera.
Así pues, a fin de que en todo esto no haya nada que no esté concebido con
distinción, debo definir con todo cuidado lo que propiamente entiendo cuando
digo que la naturaleza *me enseña+ algo. Pues tomo aquí *naturaleza+ en un
sentido más estricto que cuando digo que es la reunión de todas las cosas que
Dios me ha dado, ya que esa reunión abarca muchas cosas que pertenecen sólo al
espíritu (así por ejemplo, la noción verdadera de que lo ya hecho no puede no
haber sido hecho, y muchas otras semejantes, que conozco por la luz natural sin
ayuda del cuerpo), y otras que sólo pertenecen al cuerpo, y que tampoco caen
aquí bajo el nombre de *naturaleza+ (como la cualidad que tiene el cuerpo de ser
pesado, y otras tales, a las que tampoco me refiero ahora). Hablo aquí sólo de
las cosas que Dios me ha dado, en cuanto que estoy compuesto de espíritu y
cuerpo. Pues bien: esa naturaleza me enseña a evitar lo que me causa sensación
de dolor, y a procurar lo que me comunica alguna sensación de placer; pero no
veo que, además de ello, me enseñe que de tales diferentes percepciones de los
sentidos debamos nunca inferir algo tocante a las cosas que están fuera de
nosotros, sin que el entendimiento las examine cuidadosamente antes. Pues, en mi
parecer, pertenece al solo espíritu, y no al compuesto de espíritu y cuerpo,
conocer la verdad acerca de esas cosas.
Y así, aunque una estrella no impresione mi vista más que la luz de una vela, no
hay en mí inclinación natural alguna a creer que la estrella no es mayor que esa
llama, aunque así lo haya juzgado desde mis primeros años, sin ningún fundamento
racional. Y aunque al aproximarme al fuego siento calor, e incluso dolor si me
aproximo algo más, no hay con todo razón alguna que pueda persuadirme de que hay
en el fuego algo semejante a ese calor, ni tampoco a ese dolor; sólo tengo
razones para creer que en él hay algo, sea lo que sea, que excita en mí tales
sensaciones de calor o dolor.
Igualmente, aunque haya espacios en los que no encuentro nada que excite y mueva
mis sentidos, no debo concluir de ello que esos espacios no contengan cuerpo
alguno, sino que veo que, en ésta como en muchas otras cosas semejantes, me he
acostumbrado a pervertir y confundir el orden de la naturaleza. Porque esas
sensaciones que no me han sido dadas sino para significar a mi espíritu qué
cosas convienen o dañan al compuesto de que forma parte, y que en esa medida son
lo bastante claras y distintas, las uso, sin embargo, como si fuesen reglas muy
ciertas para conocer inmediatamente la esencia y naturaleza de los cuerpos que
están fuera de mí, siendo así que acerca de esto nada pueden enseñarme que no
sea muy oscuro y confuso.
Pero ya he examinado antes suficientemente cómo puede ocurrir que, pese a la
suprema bondad de Dios, haya falsedad en mis juicios. Queda aquí, empero, una
dificultad tocante a las cosas que la naturaleza me enseña que debo perseguir o
evitar, así como a los sentimientos interiores que ha puesto en mí, pues me
parece haber advertido a veces algún error en ello, de manera que mi naturaleza
resulta engañarme directamente. Así, por ejemplo: cuando el agradable sabor de
algún manjar emponzoñado me incita a tomar el veneno oculto, y, por
consiguiente, me engaña. Cierto es, con todo, que en tal caso mi naturaleza
pudiera ser disculpada, pues me lleva sólo a desear el manjar de agradable
sabor, y no el veneno, que le es desconocido; de suerte que nada puedo inferir
de esto, sino que mi naturaleza no conoce universalmente todas las cosas: y no
hay en ello motivo de extrañeza, pues, siendo finita la naturaleza del hombre,
su conocimiento no puede dejar de ser limitado.
Pero también nos engañamos a menudo en cosas a que nos compele directamente la
naturaleza, como sucede con los enfermos que desean beber o comer lo que puede
serles dañoso. Se dirá, acaso, que la causa de que los tales se engañen es la
corrupción de su naturaleza, mas ello no quita la dificultad, pues no es menos
realmente criatura de Dios un hombre enfermo que uno del todo sano, y, por lo
tanto, no menos repugna a la bondad de Dios que sea engañosa la naturaleza del
enfermo, de lo que le repugna que lo sea la del sano. Y así como un reloj,
compuesto de ruedas y pesas, observa igualmente las leyes de la naturaleza
cuando está mal hecho y no señala bien la hora, y cuando satisface por entero el
designio del artífice, así también, si considero el cuerpo humano como una
máquina fabricada y compuesta de huesos, nervios, músculos, venas, sangre y
piel, y ello de modo tal que, aun cuando no hubiera en él espíritu alguno, se
movería igual que ahora lo hace cuando su movimiento no procede de la voluntad,
ni por ende del espíritu, y sí sólo de la disposición de sus órganos, entonces,
así considerado, conozco muy bien que tan natural le sería a ese cuerpo Csi, por
ejemplo, sufre de hidropesíaC padecer la sequedad de garganta que suele
transmitir al espíritu la sensación de sed, y disponer sus nervios y demás
partes del modo requerido para beber, y, de esa suerte, aumentar su padecimiento
y dañarse a sí mismo, como le es natural, no sufriendo indisposición alguna, que
una sequedad de garganta semejante le impulse a beber por pura conveniencia. Y
aunque, pensando en el uso a que el reloj está destinado, pueda yo decir que se
aparta de su naturaleza cuando no señala bien la hora, y asimismo, considerando
la máquina del cuerpo humano por respecto de sus movimientos habituales, tenga
yo motivo de creer que se aparta de su naturaleza cuando su garganta está seca y
el beber perjudica su conservación, con todo ello, reconozco que esta acepción
de *naturaleza+ es muy diferente de la anterior. Pues aquí no es sino una mera
denominación que depende por completo de mi pensamiento, el cual compara un
hombre enfermo y un reloj mal hecho con la idea que tengo de un hombre sano y un
reloj bien hecho, cuya denominación es extrínseca por respecto de la cosa a la
que se aplica, y no mienta nada que se halle en dicha cosa; mientras que, muy al
contrario, la otra acepción de *naturaleza+ se refiere a algo que se encuentra
realmente en las cosas, y que, por tanto, no deja de tener algo de verdad.
Y es cierto que, aunque por respecto del cuerpo hidrópico digamos que su
naturaleza está corrompida sólo en virtud de una denominación extrínseca (cuando
decimos eso porque tiene la garganta seca y, sin embargo, no necesita beber),
con todo, atendiendo al compuesto entero, o sea, al espíritu unido al cuerpo, no
se trata de una mera denominación, sino de un verdadero error de la naturaleza,
pues tiene sed cuando le es muy nocivo beber; y, por lo tanto, falta por
examinar cómo la bondad de Dios no impide que la naturaleza, así entendida, sea
falaz.
Advierto, al principio de dicho examen, que hay gran diferencia entre el
espíritu y el cuerpo; pues el cuerpo es siempre divisible por naturaleza, y el
espíritu es enteramente indivisible. En efecto: cuando considero mi espíritu, o
sea, a mí mismo en cuanto que soy sólo una cosa pensante, no puedo distinguir en
mí partes, sino que me entiendo como una cosa sola y enteriza. Y aunque el
espíritu todo parece estar unido al cuerpo todo, sin embargo, cuando se separa
de mi cuerpo un pie, un brazo, o alguna otra parte, sé que no por ello se le
quita algo a mi espíritu. Y no pueden llamarse *partes+ del espíritu las
facultades de querer, sentir, concebir, etc., pues un solo y mismo espíritu es
quien quiere, siente, concibe, etc. Mas ocurre lo contrario en las cosas
corpóreas o extensas, pues no hay ninguna que mi espíritu no pueda dividir
fácilmente en varias partes, y, por consiguiente, no hay ninguna que pueda
entenderse como indivisible. Lo cual bastaría para enseñarme que el espíritu es
por completo diferente del cuerpo, sí no lo supiera ya de antes.
Advierto también que el espíritu no recibe inmediatamente la impresión de todas
las partes del cuerpo, sino sólo del cerebro, o acaso mejor, de una de sus
partes más pequeñas, a saber, de aquella en que se ejercita esa facultad que
llaman sentido común, la cual, siempre que está dispuesta de un mismo modo, hace
sentir al espíritu una misma cosa, aunque las demás partes del cuerpo,
entretanto, puedan estar dispuestas de maneras distintas, como lo prueban
innumerables experiencias, que no es preciso referir aquí.
Advierto, además, que la naturaleza del cuerpo es tal, que, si alguna de sus
partes puede ser movida por otra parte un poco alejada, podrá serlo también por
las partes que hay entre las dos, aun cuando aquella parte más alejada no actúe.
Así, por ejemplo, dada una cuerda tensa A B C D, si se tira, desplazándola, de
la última parte D la primera, A, se moverá del mismo modo que lo haría si se
tirase de una de las partes intermedias, B o C, y la última, D, permaneciese
inmóvil. De manera semejante, cuando siento dolor en un pie, la física me enseña
que esa sensación se comunica mediante los nervios esparcidos por el pie, que
son como cuerdas tirantes que van de allí al cerebro, de modo que cuando se tira
de ellos en el pie, tiran ellos a su vez de la parte del cerebro de donde salen
y a la que vuelven, excitando en ella cierto movimiento, establecido por la
naturaleza para que el espíritu sienta el dolor como si éste estuviera en el
pie. Pero como dichos nervios tienen que pasar por la pierna, el muslo, los
riñones, la espalda y el cuello, hasta llegar al cerebro, puede suceder que, no
moviéndose sus partes extremas Cque están en el pieC, sino sólo alguna de las
intermedias, ello provoque en el cerebro los mismos movimientos que excitaría en
él una herida del pie; y, por lo tanto, el espíritu sentirá necesariamente en el
pie el mismo dolor que si hubiera recibido una herida. Y lo mismo cabe decir de
las demás percepciones de nuestros sentidos.
Por último, advierto también que, puesto que cada uno de los movimientos
ocurridos en la parte del cerebro de la que recibe la impresión el espíritu de
un modo inmediato, causa una sola sensación, nada mejor puede entonces
imaginarse ni desearse sino que tal movimiento haga sentir al espíritu, de entre
todas las sensaciones que es capaz de causar, aquella que sea más propia y
ordinariamente útil para la conservación del cuerpo humano en perfecta salud.
Ahora bien: la experiencia atestigua que todas las sensaciones que la naturaleza
nos ha dado son tal y como acabo de decir; y, por lo tanto, que todo cuanto hay
en ellos da fe del poder y la bondad de Dios .
Así, por ejemplo, cuando los nervios del pie son movidos con más fuerza de la
ordinaria, su movimiento, pasando por la médula espinal hasta el cerebro,
produce en el espíritu una impresión que le hace sentir algo, a saber: un dolor
experimentado como si estuviera en el pie, cuyo dolor advierte al espíritu, y le
excita a hacer lo posible por suprimir su causa, muy peligrosa y nociva para el
pie.
Cierto es que Dios pudo instituir la naturaleza humana de tal suerte que ese
mismo movimiento del cerebro hiciera sentir al espíritu otra cosa enteramente
distinta; por ejemplo, que se hiciera sentir a sí mismo como estando
alternativamente, ora en el cerebro, ora en el pie, o bien como produciéndose en
algún lugar intermedio, o de cualquier otro modo posible; pero nada de eso
habría contribuido tanto a la conservación del cuerpo como lo que en efecto
ocurre.
Así también, cuando necesitamos beber, nace de ahí cierta sequedad de garganta
que mueve sus nervios, y, mediante ellos, las partes interiores del cerebro, y
ese movimiento hace sentir al espíritu la sensación de la sed, porque en tal
ocasión nada nos es más útil que saber que necesitamos beber para conservar
nuestra salud. Y así sucede con las demás cosas.
Es del todo evidente, por ello, que, pese, a la suprema bondad de Dios, la
naturaleza humana, en cuanto compuesta de espíritu y cuerpo, no puede dejar de
ser falaz a veces.
Pues si alguna causa excita, no en el pie, sino en alguna parte del nervio que
une pie y cerebro, o hasta en el cerebro mismo, igual movimiento que el que
ordinariamente se produce cuando el pie está indispuesto, sentiremos dolor en el
pie, y el sentido será engañado naturalmente; porque un mismo movimiento del
cerebro no puede causar sino una misma sensación en el espíritu, y siendo
provocada esa sensación mucho más a menudo por una causa que daña al pie que por
otra que esté en otro lugar, es mucho más razonable que transmita al espíritu el
dolor del pie que el de ninguna otra parte. Y aunque la sequedad de garganta no
provenga a veces, como suele, de que la bebida es necesaria para la salud del
cuerpo, sino de alguna causa contraria Ccomo ocurre con los hidrópicosC, con
todo, es mucho mejor que nos engañe en dicha circunstancia, que si, por el
contrario, nos engañara siempre, cuando el cuerpo está bien dispuesto. Y así
sucesivamente.
Y esta consideración me es muy útil, no sólo para reconocer todos los errores a
que está sometida mi naturaleza, sino también para evitarlos, o para corregirlos
más fácilmente. Pues sabiendo que todos los sentidos me indican con más
frecuencia lo verdadero que lo falso, tocante a las cosas que atañen a lo que es
útil o dañoso para el cuerpo, y pudiendo casi siempre hacer uso de varios para
examinar una sola y misma cosa, y, además, contando con mi memoria para enlazar
y juntar los conocimientos pasados a los presentes, y con mi entendimiento, que
ha descubierto ya todas las causas de mis errores, no debo temer en adelante que
sean falsas las cosas que mis sentidos ordinariamente me representan, y debo
rechazar, por hiperbólicas y ridículas, todas las dudas de estos días pasados;
y, en particular, aquella tan general acerca del sueño, que no podía yo
distinguir de la vigilia. Pues ahora advierto entre ellos una muy notable
diferencia: y es que nuestra memoria no puede nunca enlazar y juntar nuestros
sueños unos con otros, ni con el curso de la vida, como sí acostumbra a unir las
cosas que nos acaecen estando despiertos, En efecto: si estando despierto, se me
apareciese alguien de súbito, y desapareciese de igual modo, como lo hacen las
imágenes que veo en sueños, sin que yo pudiera saber de dónde venía ni adónde
iba, no me faltaría razón para juzgarlo como un espectro o fantasma formado en
mi cerebro, más bien que como un hombre, y en todo semejante a los que imagino,
cuando duermo. Pero cuando percibo cosas, sabiendo distintamente el lugar del
que vienen y aquél en que están, así como el tiempo en el que se me aparecen, y
pudiendo enlazar sin interrupción la sensación que de ellas tengo con el
restante curso de mi vida, entonces estoy seguro de que las percibo despierto, y
no dormido. Y no debo en modo alguno dudar acerca de la verdad de esas cosas,
si, tras recurrir a todos mis sentidos, a mi memoria y a mi entendimiento para
examinarlas, ninguna de esas facultades me dice nada que repugne a las demás.
Pues no siendo Dios falaz, se sigue necesariamente que no me engaña en esto.
Empero, como la necesidad de obrar con premura nos obliga a menudo a decidirnos
sin haber tenido tiempo para exámenes cuidadosos, hay que reconocer que la vida
humana está frecuentemente sujeta al error en las cosas particulares; en suma,
hay que confesar la endeblez de nuestra naturaleza.