EL HOMBRE DE ARENA

E. T. A. Hoffmann

 


 

 

Nataniel a Lotario

 

Seguramente estarán ustedes muy preocupados por­que hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y con­tento, y me he olvidado de mi adorado ángel que llevo tan hondo en mi corazón. Pero no es así; cada día y a cada momento estoy pensando en ustedes y en dulces sueños se me aparece la imagen tierna de mi querida Clara y me sonríe con sus ojos alegres, como solía hacer cuando yo iba a visitarlos.

¡Pero cómo podría haberles escrito en este estado de ánimo que ha turbado de tal modo mis pensamientos! Algo espantoso ha penetrado en mi vida.. Oscuros pre­sentimientos de un destino pavoroso que me amenaza se extienden como negras nubes sobre mi ser y no dejan pasar un solo rayo de sol.

Debo contarte ahora lo que me ha sucedido. Sé que tengo que hacerlo pero no puedo evitar que una extraña sonrisa me deforme la boca de sólo pensarlo. ¡Ah, mi que­rido Lotario! ¡Cómo hacerte sentir en alguna medida lo que hace pocos días me ha sucedido y que de tal modo me ha destrozado la vida! Si estuvieras aquí podrías ver­lo con tus propios ojos, pero así seguramente dirás que estoy loco y veo visiones.

En pocas palabras: lo espantoso que me ha sucedido, cuya impresión mortal procuro en vano alejar de mí, con­siste en lo siguiente: hace pocos días -para ser más exac­tos el 30 de octubre, a las doce del mediodía- llamó a mi puerta un vendedor de barómetros y me ofreció su mer­cancía. Yo no le compré nada y lo amenacé con arrojarlo por las escaleras, ante lo cual se marchó por sus propios medios.

Imaginarás que sólo razones muy particulares, honda­mente arraigadas en mi vida, pueden hacer que le dé im­portancia a este hecho y que la persona del vendedor de barómetros ejerciera sobre mi una impresión tan nefas­ta. Y así es. Pongo en juego todas mis fuerzas para do­minarme y poder así contarte con calma y paciencia algu­nos episodios de mi primera juventud que te permitirán comprender todo con la mayor claridad. A punto de em­pezar es como si te oyera reír y decirle a Clara: "Son co­sas de niño". ¡ Pero ríanse, por favor, ríanse de mí con ganas, les ruego que lo hagan! ¡Por Dios!, me estremez­co, y es como si les suplicara que se rían de mí con una desesperación que es casi delirio, como Franz Moor le suplica a Daniel. Bueno, pero ahora al grano.

Salvo durante los almuerzos, mis hermanos y yo veía­mos muy poco a mi padre en el día. Seguramente estaba muy ocupado con su trabajo. Después de la cena que, siguiendo la vieja costumbre, se servía a las siete, todos íbamos -también mamá- al cuarto de trabajo de mi padre y nos sentábamos alrededor de una mesa redonda. Papá fumaba su pipa que acompañaba con un enorme vaso de cerveza. A menudo nos contaba historias extra­ordinarias y lo hacía, con tanto ardor que siempre se le apagaba la pipa, que yo debía volver a encender con un papel, lo que constituía mi mayor alegría.

Pero otras veces nos daba libros con ilustraciones, se quedaba silencioso e inmóvil en su sillón y lanzaba gran­des bocanadas de humo de modo que todos nadábamos en la niebla. En noches como ésa mi madre siempre estaba muy triste y no bien sonaban las nueve decía: "Bueno, niños... a la cama, que viene el hombre de arena; ¡ ya estoy oyéndolo!" Y era cierto: en esos casos oía yo algo así como un ruido de pasos lentos y pesados que subían por la escalera; tenía que ser el hombre de arena. Una vez aquellos pasos me dieron miedo; entonces, mientras nos llevaba a la cama le pregunté: "¡Ay, mamá! ¿Quién es ese malvado hombre de arena que siempre nos aleja de papá? ¿Cómo es?" "No existe ningún hombre de are­na, hijito", replicó mi madre. "Cuando digo que viene el hombre de arena eso sólo quiere decir que ha llegado la hora de irse a dormir porque se les cierran los ojos como si alguien les arrojara arena."

La respuesta de mamá no me convenció; en mi alma infantil iba tomando forma la idea de que mi madre sólo negaba la existencia del hombre de arena para que nos­otros no nos asustáramos. Yo siempre lo oía subir las escaleras. Lleno de curiosidad por saber algo más de ese hombre de arena y su relación con nosotros, le pregunté un día por él a la vieja nodriza que cuidaba a mi hermanita.

"¡Ah, Nataniel", me respondió. "¿No lo sabes aún? Es un hombre malo que viene a casa de los niños cuando no quieren irse a dormir y les echa puñados de arena en los ojos hasta que éstos saltan llenos de sangre; entonces él los mete dentro de un bolsa y se los lleva a la luna para dárselos de comer a sus niñitos, que lo esperan allá en el nido y tienen picos corvos, como las lechuzas, con los que se devoran los ojos de los niños desobedientes."

Con trazos horrendos se dibujó pues en mi alma la imagen del pavoroso hombre de arena. No bien lo oía subir la escalera empezaba yo a temblar de miedo y mi madre no podía obtener de mí más que un grito balbu­ceado entre lágrimas: "¡El hombre de arena!" Entonces yo me iba corriendo a mi cuarto y durante toda la noche me torturaba la espantosa imagen del hombre de arena. Con el tiempo crecí lo suficiente como para darme cuenta de que ese asunto del hombre de arena y su nido de lechuzas en la luna, como me lo había pintado la vieja nodriza, no podía ser del todo cierto; pero a pesar de eso el hombre de arena seguía siendo para mí un fantasma y me aterraba escuchar que no sólo subía la escalera sino que también llamaba con violencia a la puerta del estudio de mi padre y entraba en él. A veces dejaba de venir por largo tiempo pero luego aparecía con mayor frecuen­cia. Eso duró años y yo no podía acostumbrarme a la idea de aquel espectro monstruoso; la imagen del hombre de arena no perdía sus colores en mi mente. Su trato con mi padre comenzó a hacer trabajar más y más mi fanta­sía; una timidez insuperable me impedía preguntarle a él mismo por aquel enigma, pero el anhelo irresistible de descubrir el misterio por mi cuenta, de ver al fantástico hombre de arena, fue haciéndose más y más grande den­tro de mí con los años.

El hombre de arena me había puesto en el sendero, de lo maravilloso, de lo extraordinario que de por sí encuen­tra fácilmente su hogar en el alma infantil. Nada me causaba mayor placer que escuchar o leer por mi cuenta historias espeluznantes de duendes, brujas, gnomos, etc. Pero por encima de todos estaba siempre el hombre de arena, al que yo dibujaba con tiza o carbón en mesas, roperos y paredes, como una figura extraña y repugnante.

Cuando cumplí diez años mi madre me trasladó del cuarto de los niños a una pequeña habitación que daba al corredor, no lejos de su propio dormitorio. Desde mi ha­bitación oía cómo entraba al cuarto de mi padre el hom­bre de arena y al rato me parecía que un humo de extra­ña fragancia se difundía por toda la casa. Junto con mi curiosidad iba aumentando también la osadía necesaria para hacer algo por conocer al hombre de arena. Muchas veces me deslizaba hasta el corredor después que mamá se iba, pero nunca podía espiar nada, porque el hombre de arena ya había entrado cuando yo llegaba al lugar des­de donde podría haberlo visto. Finalmente, arrastrado por un impulso irresistible decidí esconderme en el cuarto mismo me di padre y esperar allí al hombre de arena.

Por el mutismo de mi padre, por la tristeza de mi madre, supe una noche que el hombre de arena iba a ve­nir. Con el pretexto de que estaba muy cansado aban­doné la sala antes de las nueve y me escondí en un rincón bien cerca de la puerta. 01 que entraba; por el pasillo pasos lentos y pesados se dirigían hacia la escalera. Mamá pasó rápido con mis hermanos. Muy despacio, sin hacer ruido, abrí la puerta del cuarto de mi padre. Él estaba sentado como siempre, silencioso e inmóvil, de espaldas a la entrada; no me advirtió. Me introduje rápidamente ocultándome detrás de una cortina que colgaba ante un ropero abierto, ubicado al lado de la puerta, donde se guardaban los trajes de mi padre. Más cerca, cada vez más cerca, resonaban los pasos. Afuera alguien tosió y gruñó con un sonido extraño. El corazón me temblaba de miedo y expectativa. Cuando estuvo junto a la puerta, una pisada decidida, un golpe seco y la puerta que se abre con un ruido sordo. Dominando apenas mi terror pánico espié con toda precaución. El hombre de arena estaba de pie en medio del cuarto, ante mi padre; la clara luz de las lámparas iluminaba su cara. i El hombre de arena, el espantoso hombre de arena, es el viejo abogado Coppelius que a veces viene a almorzar a casa!

Pero la persona más repugnante no me podría haber provocado un horror más intenso que Coppelius. Imagínate a un hombre grande, de espaldas anchas, con una cabezota desmesurada, el rostro amarillento, ce­jas grises hirsutas bajo las que se asoman un par de ojos verdes saltones, felinos y una nariz grande, curvada sobre el labio superior. Una sonrisa maligna le deforma a menudo la boca torcida y. entonces se le hacen dos man­chas rojas en las mejillas y un sonido extraño, como un silbido, se le escapa por entre los dientes apretados.

Coppelius aparecía siempre vestido con un anticuado abrigo gris ceniza, chaleco y pantalones del mismo tipo, medias negras y zapatos con hebillas. Una pequeña me­lena le cubría media cabeza, las orejas grandes y colora­das abultaban bajo los rizos almidonados, y una red am­plia y cerrada le brotaba de la nuca, de modo que podía verse la cinta plateada con  que sostenía su corbata. Todo en él era repulsivo pero a nosotros, como niños que éra­mos, nos repugnaban sobre todo sus grandes manos nu­dosas y peludas, a tal punto que no queríamos nada que previamente él hubiese tocado. Coppelius se había dado cuenta de eso y su entretenimiento consistía en tocar con cualquier pretexto el trocito de torta o la fruta que mamá nos ponía a escondidas en el plato, y entonces nosotros dejábamos intacta la sabrosa golosina porque nos daba asco. Lo mismo hacía cuando en los días de fiesta papá nos servía un vasito de licor. Lo tocaba rápido o, incluso, se lo llevaba a los labios y reía diabólicamente cuando nosotros expresábamos nuestra indignación llorando ba­jito. Solía llamarnos las pequeñas bestias; cuando él es­taba presente no podíamos abrir la boca y maldecíamos en silencio a ese hombre terrible y maligno que nos estro­peaba con toda intención hasta las más pequeñas alegrías.

Mamá parecía odiar al asqueroso Coppelius tanto co­mo nosotros, porque no bien él aparecía. toda su alegría se transformaba en una seriedad triste y lúgubre. Papá lo trataba como a un ser superior cuyos malos modos ha­bía que soportar y a quien convenía mantener de buen humor a cualquier precio. Bastaba que hiciera alguna pequeña insinuación para que se le prepararan los platos más exquisitos y se le sirvieran los vinos más finos. Así, cuando vi a Coppelius mi alma se estremeció y comprendí que sólo él podía ser el hombre de arena; pero el hombre de arena ya no era aquel fantasma terrible del cuento de la nodriza, que lleva ojos de niño a su nido de lechuzas en la luna. . . No, era un monstruo más terrible, que dejaba dolor, penuria y destrucción sin fin por donde pasaba.

Yo estaba como hechizado. A riesgo de ser descubierto y con la clara conciencia de que en ese caso sería duramen­te castigado, me quedé inmóvil, con la cabeza estirada, espiando a través de la cortina. Mi padre recibió a Cop­pelius con toda solemnidad. "¡A trabajar!", dijo éste con un graznido ronco, y se quitó el abrigo. Mi padre tam­bién se quitó su bata de dormir, silencioso y sombrío, y ambos se pusieron largos delantales negros. Yo no había podido ver de dónde los habían sacado. Mi padre abrió la puerta de un ropero empotrado en la pared; pero en­tonces comprendí que eso que durante tanto tiempo yo había tenido por un ropero, no era más que un nicho negro que guardaba un pequeño horno. Coppelius se acercó y una llama brotó crepitante del horno. Alrededor había todo tipo de extraños artefactos.

Ay, Dios 1  Cuando mi padre se inclinaba sobre el fuego adquiría un aspecto totalmente distinto. Un dolor tremendo y convulsivo parecía deformar sus rasgos vene­rables y mansos convirtiéndolo en una horrenda y repug­nante imagen del demonio. Se parecía entonces a Coppe­lius. Éste blandía la tenaza al rojo vivo y extraía con ella materiales incandescentes entre el humo espeso, que luego martillaba con ímpetu. Yo sentía como si todo el cuarto hubiese estado lleno de rostros humanos que iban hacién­dose visibles; pero en lugar de ojos tenían cavidades horribles, negras,          profundas. “¡Ojos! ¡Ojos !”[1] gritaba Coppelius con voz sorda y atronadora. Espantado, lancé un grito y caí al suelo desde mi escondite. Entonces Cop­pelius me agarró. "¡Pequeña bestia! ¡Pequeña bestia!", gruñó haciendo rechinar los dientes, y me arrojó sobre el horno y la llama empezó a quemarme el pelo. "¡Ahora tendremos ojos, ojos, un lindo par de ojos de niño!" Así murmuró Coppelius y sacó del fuego con sus manos pelu­das trozos ardientes que pretendía echarme en los ojos. Entonces mi padre levantó sus manos implorante y excla­mó: "¡Señor, Señor! ¡Déjele los ojos a mi Nataniel, dé­jeselos!" Coppelius lanzó una carcajada estridente y gri­tó: "Está bien: que se quede con sus ojos y siga sufrien­do con sus lecciones. Pero estudiemos atentamente el me­canismo de las manos y de los pies". Y diciendo esto me agarró con violencia, haciendo crujir mis articulaciones; luego me desatornilló las manos y los pies cambiándolos de lugar. "No van bien en cualquier parte. Mejor como estaban. El viejo entendía, del asunto." Así mascullaba Coppelius ; pronto a mi alrededor todo se puso negro y sombrío, mis nervios y mis miembros fueron presa de una convulsión dolorosa y perdí el sentido.

Un aliento suave y cálido se deslizó por mi rostro cuando me desperté como de un sueño mortal; mamá es­taba inclinada sobre mi cama. "¿Todavía está el hombre de arena?", balbuceé yo. "No, no, hijito, se fue hace mu­cho tiempo; no te hará ningún daño." Así me decía mi madre, mientras abrazaba y besaba a su hijito sano y salvo.

¡Para qué cansarte con todo esto, Lotario ! ¡Para qué contarte tantos detalles cuando queda todavía tanto por decir! Baste pues con lo dicho: Yo había sido descu­bierto y Coppelius me había maltratado. Durante sema­nas estuve en cama con una fiebre altísima provocada por la angustia y el miedo. "¿Todavía está el hombre de are­na?" Esa fue mi primera pregunta coherente y la señal de mi salvación, de mi restablecimiento.

Voy a describirte ahora el momento más angustioso de mis años de adolescencia; entonces podrás comprender que no es culpa de mis ojos si todo me parece descolorido. Por el contrario, un hado nefasto ha tendido un turbio manto de nubes sobre mi vida, y tal vez sólo llegaré a di­siparlo con la muerte.

Coppelius no volvió a aparecer; se dijo que había aban­donado la ciudad. Un año debía haber pasado de todo aquello cuándo una noche, según la antigua costumbre, es­tábamos todos reunidos en torno a la mesa redonda. Mi padre estaba muy contento y nos contaba cosas diverti­das de los viajes que había hecho en su juventud. Cuando dieron las nueve oímos rechinar los goznes de la puerta de entrada y pasos lentos y pesados comenzaron a subir la escalera.

"Es Coppelius", dijo mi madre poniéndose pálida. "Sí, es Coppelius", repitió mi padre con voz quebrada, sorda. A mi madre se le llenaron los ojos de lágrimas. "Pero papá, papá", exclamó ella. "¿Tiene que ser así?"

"Es la última vez", le replicó él, "es la última vez que viene a verme. Te lo prometo. Vete ahora y llévate a los niños. ¡ A la cama! Buenas noches."

Yo me sentí como si me hubieran encerrado dentro de una roca fría y pesada. Se me cortó la respiración. Me había quedado ahí de pie, inmóvil, y entonces mamá me tomó del brazo: "¡Vamos Nataniel, vamos!" Me dejé lle­var y entré en mi cuarto. "Quédate tranquilo, métete en la cama y duérmete", dijo mi madre; pero embargado de una angustia y una agitación indescriptibles yo no pude pegar los ojos. Veía al odiado, al inmundo Coppelius con sus ojos centelleantes, que se burlaba de mí malignamente. En vano procuraba no verle.

Debía ser medianoche cuando se escuchó un ruido es­pantoso, como el disparo de un arma. Toda la casa re­tumbó; oí pasos por el corredor; la puerta de entrada se cerró de golpe, estrepitosamente. "Es Coppelius", grité despavorido, y salté de la cama. Alguien lanzó un grito desgarrador y sin consuelo. Me abalancé al cuarto de mi padre. La puerta estaba abierta, un humo asfixiante salía del cuarto, la criada exclamaba: "¡Ay! ¡El señor, el señor!"

Junto al horno humeante, en el suelo, yacía mi padre, muerto, con el rostro espantosamente contraído, quemado, negro; a su alrededor mis hermanos lloraban y mi madre yacía desvanecida en el piso.

"¡Coppelius, maldito demonio, tú mataste a mi pa­dre!", exclamé, y perdí el sentido.

Cuando dos días más tarde mi padre fue colocado en el ataúd, los rasgos de su rostro habían vuelto a adquirir aquella mansedumbre y serenidad que lo habían caracte­rizado. Me consolaba pensando que su pacto con el satá­nico Coppelius no había conseguido sumirlo en los in­fiernos.

La explosión había despertado a los vecinos; se supo lo que había sucedido y la policía quiso citar a Coppelius como responsable del hecho. Pero éste había desapare­cido sin dejar huellas.

Si te digo ahora, querido Lotario, que aquel vendedor de barómetros era justamente el maldito Coppelius, su­pongo que no vas a enojarte conmigo porque piense que su nefasta aparición es señal de alguna tremenda des­gracia.

Estaba vestido de otro modo, pero el aspecto general y los rasgos de Coppelius están demasiado intensamente grabados en mi alma como para que pueda equivocarme. Además, ni siquiera se ha cambiado el nombre. Aquí se hace pasar por un óptico piamontés llamado Giuseppe Coppola.

Estoy decidido a enfrentarlo .y vengar la muerte de mi padre, pase lo que pase.

No le cuentes nada a mamá de la reaparición de este ogro inmundo. Cariños para mi querida y adorable Clara; le escribiré cuando esté más tranquilo.

Saludos...

 

 

Clara a Nataniel:

 

Aunque hace mucho que no me escribes, creo que de vez en cuando te acuerdas de mí. Debías de estar pensando intensamente en mí cuando mandaste tu última carta a mi hermano Lotario, ya que pusiste en el sobre mis datos en lugar de los suyos. Abrí la carta muy contenta y sólo cuando llegué a ¡Ah, mi querido Lotario!, me di cuenta del error. No tendría que haber seguido leyendo y debí haberle dado la carta a mi hermano. Tantas veces me dijiste bromeando que yo tenía un temperamento tan re­posado y femenino que si la casa amenazara derrumbarse antes de huir seguramente yo trataría de alisar alguna arruguita en la cortina de la ventana. No obstante, pue­do asegurarte que el comienzo de tu carta me conmovió profundamente. Apenas podía respirar; todo me daba vueltas ante los ojos. ¡Ay, querido Nataniel ! ¿Qué podía ser eso tan terrible que había penetrado en tu vida? La idea de una separación, de no volver a verte, se clavó en mi corazón como un puñal ardiente. ¡Seguí leyendo y le­yendo! Tu descripción del horrible Coppelius es aterra­dora. Recién ahora me entero de qué modo espantoso y violento murió tu padre. Mi hermano Lotario, a quien le di después tu carta, procuró tranquilizarme pero no lo consiguió. El fatídico vendedor de barómetros Giuseppe Coppola me seguía a todas partes y casi me da vergüenza confesar que consiguió perturbar mi sueño, siempre tan sereno, con increíbles pesadillas. Pero ya al día siguiente todo se me presentó muy de otra manera. No te enojes conmigo, querido Nataniel, si Lotario te dice que a pesar de tu extraño presentimiento de que Coppelius trama algo malo contra ti, yo sigo tan contenta y despreocupada como siempre.

Voy a confesarte algo: creo que todo lo espantoso .y terrible de que hablas sólo sucedió en tu interior, y que el mundo exterior, el mundo real, poco tuvo que ver en todo eso. No pongo en duda que el viejo Coppelius debe haber sido repugnante, pero el hecho de que odiara a los niños provocó en ustedes un verdadero horror hacia él. Era natural que en tu alma infantil se relacionaran el horrendo hombre de arena del cuento de la nodriza con el viejo Coppelius que siguió siendo para ti -aunque ya no creyeras en el hombre de arena- un fantasma mons­truoso que amenazaba a los niños. La ocupación nocturna de tu padre era seguramente la alquimia; tal vez ambos hacían experimentos en los que tu madre no podía estar de acuerdo porque posiblemente se iba en ello mucho di­nero-; y además -como parece ser el caso con estos ex­perimentadores- el espíritu de tu padre, arrastrado por ese impulso engañoso hacía una sabiduría suprema, se ais­laba del resto de la familia. Seguramente tu padre pro­vocó él mismo su muerte por un descuido y Coppelius no debió tener la culpa de ello. Créeme; ayer le he preguntado a un farmacéutico vecino, de mucha experiencia, si es po­sible que efectuando, pruebas alquímicas pueda provocarse repentinamente una explosión mortal. "Claro que sí", me dijo, y me describió minuciosamente cómo puede llegar a suceder algo así pronunciando un montón de palabras extrañas que no he logrado retener.

Y ahora, seguramente, vas a enojarte con tu Clara y vas a decir: "En ese espíritu frío no penetra ni un solo rayo del misterio que tantas veces captura a los seres humanos con brazos invisibles; ella sólo ve la variada superficie del mundo y se alegra como una niña ante la fruta madura y dorada que alberga un veneno mortal en su interior".

Ay, mi querido Nataniel ! ¿No crees acaso que tam­bién en los espíritus alegres, despreocupados y cándidos puede habitar el presentimiento de que existe una poten­cia oscura que trata por todos los medios de destruirnos dentro de nosotros mismos?

Perdóname si como una muchacha ingenua me atrevo a insinuarte de algún modo lo que verdaderamente pienso respecto de esa lucha que se libra en nuestro interior. Seguro que al final no encontraré las palabras adecuadas y entonces vas a burlarte de mí, no porque lo que piense sea tonto, sino porque soy tan torpe para expresarlo.

Si existe una oscura potencia que tiende maliciosa y traidora un hilo en nuestro interior para apresarnos y arrastrarnos por el peligroso camino de la destrucción (que de no ser así jamas habríamos emprendido), si en verdad existe una fuerza como ésa, tiene que formarse a nuestra imagen y semejanza, convertirse en nosotros mis­mos; porque solamente de esa manera creeremos en ella y le daremos el lugar que necesita para llevar a cabo su obra- oculta. Si tenemos un sentido resistente, fortalecido a la largo de una vida serena, que nos permite reconocer toda acción extraña y maligna como tal y seguir con paso calmo el camino por el que nos lleva nuestra vocación, en­tonces aquella fuerza monstruosa sucumbe en su lucha inútil por configurarse para llegar a ser nuestro propio reflejo. "También es seguro", añade Lotario entonces, "que la oscura fuerza física, si nosotros mismos nos en­tregamos a ella, arrastra hacia nuestro interior a seres extraños que el mundo exterior nos pone en el camino. Así, somos nosotros mismos los que provocamos la idea que engañosamente creemos que se expresa en ese ser. Es el fantasma de nuestro propio yo el que con su íntima afinidad y profunda influencia sobre nuestra alma nos sume en el infierno o nos lleva al cielo." Te habrás dado cuenta, querido Nataniel, que Lotario y yo hemos hablado bastante sobre este tema de las potencias ocultas que aho­ra, después de haber escrito no sin esfuerzo lo fundamen­tal, me parece bastante profundo. No entiendo bien estas últimas palabras de Lotario. Intuyo lo que quiere decir; sin embargo, siento que tiene razón. Espero que te sa­ques totalmente de la cabeza al horrible abogado Coppe­llus y al vendedor de barómetros Giuseppe Coppola. Ten la seguridad de que esos extraños personajes no pueden hacer nada contra ti; sólo la creencia en su poder maligno puede hacértelos realmente hostiles.

Si no brotara de cada renglón de tu carta la más pro­funda agitación espiritual, si no me doliera en lo hondo del alma tu situación, hasta podría bromear sobre el abo­gado de arena y vendedor de barómetros Coppelius. ¡Arriba ese ánimo! Me he propuesto ser para ti como un ángel de la guarda y espantar al horrible Coppola a car­cajadas si se le ocurre perturbar tus sueños. No le tengo ningún miedo a él ni a sus manos inmundas, ¡ no me va a echar a perder una golosina como abogado, ni me va a dañar los ojos como hombre de arena!

Bueno, mi adorado Nataniel.. .

 

Nataniel a Lotario

 

Realmente me desagradó mucho que Clara abriera la carta dirigida a ti, por un descuido mío, y la leyera. Me escribió una carta muy sensata y filosófica, donde me prueba minuciosamente que Coppelius y Coppola sólo existen en mi interior y son fantasmas de mi yo que des­aparecerán apenas yo los reconozca como tales.

En realidad uno no tendría que creer que el espíritu que a menudo brota de aquellos ojos claros y sonrientes romo un delicioso sueño, pudiera ser tan razonable y re­flexionar con tanta precisión. Cita también palabras tuyas. Ustedes dos hablaron de mí. Seguramente le habrás dado clases de lógica para que pudiera hacer tan sutiles distin­ciones. ¡ Acaba con eso! Además, seguramente es cierto que el vendedor de barómetros Giuseppe Coppola no es el viejo abogado Coppelius. Asisto ahora a las clases de un profesor de física recién llegado; su nombre es Spa­llanzani[2] como aquel conocido naturalista, y es de origen italiano. Conoce a Coppola desde hace años, y bien se ve por su pronunciación que es piamontés. Coppelius era alemán, pero creo que no puro. De todos modos, no estoy demasiado tranquilo. Clara y tú podrán pensar que soy un loco que ve visiones sombrías, pero no consigo borrar la impresión que provoca en mí el fatídico semblante de Coppelius. Me alegro de que se haya ido de la ciudad, como me ha dicho Spallanzani. Este profesor es un tipo increí­ble. Un hombrecito gordo, el rostro de huesos prominen­tes, nariz fina, labios abultados y pequeños ojitos saltones. Pero mejor que en cualquier descripción podrás verlo en el Cagliostro que hizo Chadowiecki en un almanaque ber­linés de bolsillo[3]. Spallanzani es exactamente su réplica.

El otro día, mientras subía la escalera, vi que la cor­tina que tapa la puerta de vidrio estaba un poquito corrida y dejaba una rendija libre. No sé cómo, acaso por simple curiosidad, se me ocurrió echar un vistazo. Una mujer alta y muy delgada estaba sentada en el cuarto ante una mesita con los brazos apoyados y las manos plegadas. Como estaba mirando hacia la puerta, pude ver su rostro de belleza angelical. Parecía no verme, sus ojos estaban inmóviles, como si no fuese capaz de ver. Me pareció que dormía con los ojos abiertos. Sentí algo extraño y me deslicé hasta el Auditorio que está al lado sin hacer ruido. Más tarde me enteré de que aquella mujer era Olimpia, la hija de Spallanzani, a la que tiene encerrada de tal modo que ningún hombre puede acercarse a ella. En defi­nitiva, algo raro le pasa: quizás sea tonta o. . .

No sé por qué te escribo todo esto. Mejor y con más detalles te lo habría podido contar personalmente, porque dentro de catorce días estaré con ustedes. Quiero ver a Clara, a mi dulce ángel. Entonces habrá desaparecido el disgusto que, debo confesártelo, me provocó aquella carta fatal y tan razonable. Por eso tampoco le escribo hoy. Saludos.. .

 

 

Nada más singular ni extraordinario podría imaginar­se que lo sucedido a mi pobre amigo, el joven estudiante Nataniel, y que he decidido contarte, querido lector.

¿Alguna vez te ha pasado algo que colmara de tal modo tu pecho, tu mente, tus pensamientos, desalojando cual­quier otra cosa de allí? Se agitaba y bullía en tu interior, la sangre hervía en las venas y hacía más intenso el color de tus mejillas. Mirabas de una manera extraña, como queriendo captar imágenes invisibles para los demás en el espacio, vacío, .y las palabras se te deshacían en oscuros sollozos. Los amigos te preguntaban: "¿Qué le sucede, querido? ¿Qué tiene usted?" Y tú querías expresar en­tonces esa imagen de tu interior con los colores más vívi­dos, con luces y sombras, y te agotabas buscando las pa­labras para comenzar. Sentías que ya con la primera palabra debías captar acertadamente todo lo maravilloso, lo magnífico, lo terrible, lo alegre y lo estremecedor de modo que impresionara a todos como una descarga eléc­trica. Pero cada una de las palabras y todas las posibi­lidades del lenguaje te parecían descoloridas, frías, muer­tas. Buscas y buscas, balbuceas, dudas y las preguntas superficiales de los amigos golpean como heladas ráfagas de viento contra el fuego que arde en tu pecho hasta que lo apagan. Pero si hubieras logrado trazar, como un pin­tor osado, con unas pocas líneas precisas el contorno de esa imagen interior, después habrías podido pintarlo fá­cilmente con colores más y más brillantes, y el movimiento de tantas figuras habría arrebatado a tus amigos que, lo mismo que tú, se habrían reconocido claramente dentro de aquel cuadro brotado de tu alma.

A mí, querido lector, debo confesarlo, nadie me ha pedido que cuente la historia del joven Nataniel. Pero tú sabes bien que yo pertenezco a la extraña raza de los autores, que si tienen en su interior alguna cosa como la que acabo de describirte, sienten que todo el que se les acerca, el mundo entero, les preguntará: "¿Qué ha sucedido? ¡Cuente, cuente, por favor!" Así pues, me sien­to impulsado a hablarte de la vida funesta de Nataniel. Lo fantástico, lo singular que alienta en ella colmaba mi alma; pero justamente por eso, querido lector, y porque de entrada tuve que obligarte a soportar lo extraordinario -¡y no es poca cosa !-, he procurado comenzar la his­toria de Nataniel de manera original, conmovedora, sig­nificativa. Había una vez ... El comienzo más hermoso para cualquier cuento, habría resultado demasiado sereno. 0: En la pequeña ciudad de S. vivía... Eso ya habría estado algo mejor, por lo menos habría servido como pre­paración para el clímax. También podría haber comen­zado in media res:

-¡Váyase usted al demonio! -exclamó con odio y terror en la mirada salvaje el. estudiante Na­taniel, cuando el vendedor de barómetros Giuseppe Cop­pola. .

-A decir verdad, eso ya lo había escrito cuando creí percibir en la mirada salvaje del estudiante Nataniel algo cómico; pero la historia no es nada graciosa. No se me ocurría nada que pareciera reflejar en lo más mínimo algo del matiz que tenía aquella imagen interior. Enton­ces decidí no empezar de ninguna manera.

Acepta, querido lector, las tres cartas que gentilmente me ofreció el amigo Lotario, cómo si se tratara del con­torno de un dibujo que ahora, al continuar con el relato, procuraré ir coloreando más y más. Quizá logre captar alguna que otra figura, como haría un buen retratista; acaso entonces pretendas conocerla, aunque nunca hayas visto el original. Sí, como si creyeras haber visto ya mu­chas veces a la persona con tus propios ojos. Es posible que entonces comprendas, querido lector, que nada es más singular y extraordinario que la vida real, y que el poeta sólo puede captarla como su oscuro reflejo sobre un es­pejo opaco.

Para que te resulte más claro lo que es necesario saber desde un principio, conviene que conozcas aquellas cartas que al poco tiempo de morir el padre de Nataniel, Clara y Lotario -hijos de un pariente lejano que también había muerto dejándolos huérfanos- quedaron al cuidado de la madre de Nataniel. Clara y Nataniel sentían una pro­funda inclinación el uno por el otro, a la que nadie podía oponerse; así pues estaban de novios cuando Nataniel abandonó su ciudad natal para continuar sus estudios en G. . . Allí es donde se encuentra cuando escribe su última carta, y asiste a las clases del famoso profesor de física Spallanzani.

Ahora podría continuar sin inconvenientes con el re­lato; pero en este preciso momento la imagen de Clara se me aparece tan vívida ante los ojos, que no puedo apar­tar de ella mi mirada, como sucedía cada vez que posaba en mí sus ojos angelicales.

De ningún modo podría decirse que Clara fuese linda; ésa era la opinión de quienes por su profesión saben algo de belleza. Sin embargo, los arquitectos alababan las pu­ras proporciones de su cuerpo; los pintores consideraban que la nuca, la espalda y el cuello eran casi excesivamente castos, pero se enamoraban de su maravilloso cabello de Magdalena y desvariaban acerca de su colorido battonia­no[4]. Uno de ellos, un verdadero soñador, comparó los ojos de Clara con un lago de Ruisdael en el que se reflejan el azul puro de un cielo sin nubes, bosques, flores y toda la vida variada y alegre de la campiña. Los poetas y ar­tistas se aventuraban aún más y decían: "¡Ni lagos ni espejos!... ¿Acaso podemos contemplar a la muchacha sin que nos salgan al encuentro maravillosas melodías y cánticos celestiales que penetran en nuestro ser desper­tando y conmoviéndolo todo? Y si ante su presencia no cantamos algo realmente bueno, es porque en verdad no valemos mucho, juicio que también podemos leer en la sonrisa delicada que se desliza sobre los labios de Clara cuando nos disponemos a entonar algo que procura pare­cerse a una canción, aunque sólo sea una mezcla. de soni­dos aislados y confusos". Y así era. Clara tenía la fan­tasía despierta de una criatura cándida y alegre, un espí­ritu profundo y delicadamente femenino y una inteligencia clara y aguda. Los charlatanes no lo pasaban bien con ella, porque sin muchas palabras -como convenía a su naturaleza silenciosa-, su mirada y su delicada sonrisa les decía: ";Queridos amigos! ¡Cómo se les ocurre pedir­me que considere aquellas sombras elusivas como verda­deras formas animadas de vida y movimiento propio!"

Por eso muchos decían que Clara era fría, insensible y prosaica; pero otros, que comprendían la vida en su profundidad transparente, amaban con devoción a esa mu­chacha infantil, sensible y sensata. Pero nadie tanto como Nataniel, que incursionaba con éxito en las ciencias y las artes. Clara lo quería profundamente. Las primeras som­bras que cruzaron por su vida fueron provocadas por su alejamiento de la ciudad natal. Con inmensa alegría arrojó en sus brazos cuando por fin, tal como le había prometido a Lotario en su última carta, regresó a la ciu­dad y entró al cuarto de su madre. Sucedió tal como Nataniel lo había imaginado: cuando volvió a ver a Clara, ya no se acordó más del abogado Coppelius ni de aquella carta demasiado razonable: todo su descontento había desaparecido.

Y sin embargo Nataniel tenía razón cuando le escribió a su amigo Lotario que la figura del repulsivo vendedor de barómetros Coppola había penetrado en su vida como un elemento hostil. Todos lo sintieron así, porque ya des­de el primer día percibieron que Nataniel había cambiado radicalmente. Se sumía en lúgubres ensoñaciones, y pron­to empezó a actuar de un modo desacostumbrado en él. La vida entera se le había vuelto sueño y presagio; cons­tantemente hablaba de cómo todos los hombres servían sin saberlo al fatídico juego de las fuerzas oscuras; en vano el hombre procuraba oponerse; convenía aceptar humildemente lo que el destino había decidido. Llegó in­cluso a afirmar que pretender que tanto en el arte como en la ciencia era uno el que creaba a voluntad, era absur­do; porque el entusiasmo -único estado anímico en el que es posible crear, decía- no procede de nuestro inte­rior, sino de la acción que ejerce sobre nosotros algún principio superior y externo.

A Clara, tan sensata, toda esta charlatanería mística le desagradaba profundamente, pero parecía inútil tratar de refutarla. Pero cuando Nataniel afirmó que Coppelius era el principio del mal que lo había capturado cuando espiaba detrás de la cortina, y que ese demonio destro­zaría su felicidad de manera espantosa, Clara se puso seria y le dijo: "¡ Sí, Nataniel ! Tienes razón: Coppelius es un principio maligno y hostil y puede actuar como una fuerza diabólica y nefasta en tu vida, pero sólo lo hará en tanto no lo expulses de tu mente y de tus pensamientos.

Mientras creas en él, él seguirá existiendo y actuando; sólo tu creencia en él es su poder".

Nataniel, furioso porque Clara limitaba la existencia del demonio a su propio interior, quiso apelar entonces a las doctrinas místicas de fuerzas malignas y demonía­cas, pero Clara lo interrumpió malhumorada con alguna frase sin importancia, que lo disgustó bastante.

Nataniel, por su parte, pensaba que misterios tan pro­fundos no se les revelan a espíritus fríos e insensibles, sin ser consciente de que contaba a Clara entre esas natu­ralezas inferiores. Y por eso no cedía en sus intentos de iniciarla en tales misterios. Temprano, mientras Clara ayudaba a preparar el desayuno, se paraba a su lado y le leía todo tipo de libros místicos, hasta que ella le decía en tono de súplica:

-"Pero, querido Nataniel, ¿y qué si te digo que eres tú el principio maligno que actúa sobre mi café? Porque si yo tengo que dejar todo para mirarte a los ojos mientras lees, como pretendes, el café hervirá y ninguno podrá tomar su desayuno`. Entonces Nataniel cerraba el libro violentamente y se iba furioso a su cuarto.

En otras épocas, solía escribir cuentos agradables y animados que Clara escuchaba con íntimo placer; pero ahora sus obras eran lúgubres, incomprensibles, amorfas, de modo que aunque Clara no decía nada, él sentía que no la conmovían en absoluto. Nada había para Clara tan espantoso como lo aburrido; con miradas y palabras ex­presaba entonces su irreprimible cansancio espiritual.

Las obras que escribía Nataniel eran verdaderamente tediosas. Su desagrado ante el espíritu frío y prosaico de Clara iba en aumento. Clara tampoco lograba superar su

disgusto ante aquella mística oscura, lúgubre y cansador de Nataniel. De ese modo, sin darse cuenta, ambos fueron separándose interiormente cada vez más.

El mismo Nataniel tuvo que confesar que la figura del horrendo Coppelius haba empalidecido en su fantasía, y muchas veces le costaba trabajo darle un colorido vivo en sus obras, donde aparecía siempre como un ogro fatí­dico y terrible. Finalmente, se le ocurrió componer un poema, cuyo argumento contendría aquel oscuro presenti­miento de que Coppelius destruiría su felicidad. Se re­presentó a sí mismo y a Clara ligados por un amor inten­so; pero con frecuencia ocurría como si una mano negra se metiera en sus vidas y arrancara de allí alguna alegría. Cuando por fin se hallan ante el altar, aparece el espe­luznante Coppelius y toca con sus manos los delicados ojos de Clara; éstos saltan de sus órbitas y se clavan en el pecho de Nataniel como chispas de sangre y fuego; Cop­pelius lo arroja dentro de un círculo de fuego que gira con la velocidad del rayo y lo arrebata entre silbidos. Se escucha un estrépito, como si un huracán azotara enfu­recido las espumantes olas del mar que se alzan como negros gigantes de cabezas blancas, en una lucha feroz. Pero a través de ese bramido salvaje, él oye la voz de Clara que le dice: "¿Acaso no puedes verme? Coppelius te ha engañado; no eran mis ojos los que te quemaban el pecho; eran gotas ardientes de sangre de tu propio co­razón. ¡Yo tengo mis ojos, mírame!" Nataniel piensa "Es Clara, y le pertenezco para siempre". Sucede enton­ces como si ésa idea se introdujera violentamente dentro del circulo de fuego y lo hiciera detenerse; en el abismo negro el estrépito se ensordece hasta callar. Nataniel mira los ojos de Clara; pero es la muerte quien lo mira son­riendo desde aquellos ojos.

Mientras estuvo ocupado con el poema, Nataniel se mostró muy reflexivo y sensato; pulía cada verso, y cons­treñido por el ritmo, no descansó hasta dejarlo perfecto. Pero cuando estuvo concluido, lo leyó en voz alta para escucharlo. Al terminar, una angustia y un terror des­mesurados se apoderaron de él, y gritó: `¿De quién es esa voz pavorosa?" Pero al momento volvió a parecerle

un poema muy logrado, que conmovería el alma helada de Clara, aunque no sabía muy bien para qué tenia que conmoverla y qué sentido tenía atemorizarla con aquellas imágenes espantosas que hablaban de un destino tremendo que destruiría el amor de ambos.

Los dos, Clara b, Nataniel, estaban un día sentados en el pequeño jardín de la casa materna. Clara estaba muy contenta, porque desde hacía tres días el tiempo durante el cual estuvo escribiendo su poema- Nataniel no la tor­turaba más con sus sueños y presentimientos. También él hablaba entusiasmado de cosas alegres, como en los vie­jos tiempos, y entonces Clara le dijo: "Recién ahora vuel­vo a tenerte del todo. Hemos ahuyentado al horrible Coppelius". Pero entonces Nataniel recordó que tenía en su bolsillo el poema que había pensado leerle. Ordenó las hojas, y comenzó; Clara, sospechando que se trataba de algo tedioso, como de costumbre, y resignándose a ello, se puso a tejer tranquilamente. Pero al ver que el cielo se ensombrecía más y más, dejó caer la media que estaba tejiendo y clavó su mirada en los ojos de Nataniel. Éste seguía leyendo, emocionado; el fervor teñía de púrpura sus mejillas y brotaban lágrimas de sus ojos. Cuando por fin terminó, dio un suspiro, interiormente agotado, luego tomó la mano de Clara y sollozó como abandonado a un dolor sin consuelo: "¡Ay, Clara, Clara!" Clara lo abrazó tiernamente contra su pecho y le dijo en voz baja, pero seria y con lentitud: "Nataniel, mi adorado Nataniel. Arro­ja ese extraño, absurdo y espantoso poema al fuego". Nataniel se levantó entonces enfurecido y empujando a Clara de su lado le gritó: "¡Maldita autómata sin vida!" Y se fue corriendo mientras Clara lloraba amargamente y repetía: "¡Ay, nunca me quiso, porque nunca me ha comprendido!"

En ese momento Lotario entró al pequeño pabellón y Clara no tuvo más remedio que contarle lo sucedido; él amaba a su hermana con toda el alma, cada una de sus palabras penetró en su interior como una brasa ardiente, y la mala disposición que durante mucho tiempo albergara en su corazón hacia Nataniel y sus fantasías, se convirtió en ira desatada. Corrió hasta donde aquél estaba y le reprochó duramente su absurda conducta. Enfurecido, Nataniel le respondió en los mismos términos. Al insulto de fatuo, fantasioso y loco le respondió otro de aquél, llamándolo miserable y mediocre. El duelo era inevitable. Decidieron batirse a la mañana siguiente en los fondos del jardín, según las. costumbres académicas del lugar, con floretes aguzados.

Ambos andaban silenciosos y sombríos. Clara había escuchado la discusión y vio al profesor de esgrima cuan­do traía los floretes. Intuyó lo que iba a suceder. Llega­dos al sitio del duelo, Lotario y Nataniel, mudos e igual­mente sombríos, se quitaron las capas: con los ánimos agresivos y sedientos de sangre se disponían a pelear cuando Clara se precipitó corriendo. Entre sollozos excla­mó: "¡Salvajes, malvados! ¡ Mátenme a mí antes de ma­tarse entre ustedes! ¿Cómo podré seguir viviendo en este mundo luego que mi amado haya matado a mi hermano o mi hermano a mi amado?" Lotario dejó caer el arma y bajó los ojos: también en el interior destrozado de Na­taniel volvió a encenderse aquel amor apasionado que ha­bía sentido por Clara en los días más hermosos de la ma­ravillosa juventud. Cuando el arma asesina cayó de su mano, se arrojó a los pies de Clara. "¿Podrás perdonarme alguna vez, mi única, mi adorada Clara? ¿Podrás perdo­narme también tú, mi querido Lotario T' Éste se conmo­vió ante el intenso dolor de su amigo, y los tres se abra­zaron reconciliados, entre lágrimas, jurando no separarse nunca y amarse eternamente.

Nataniel se sintió libre de la pesada carga que hasta entonces lo había agobiado, como si hubiese conseguido salvar su ser amenazado de destrucción oponiéndose a las fuerzas oscuras. Tres días permaneció junto a sus amados y luego regresó a G., donde debía permanecer un año más antes de retornar definitivamente a su ciudad natal.

A la madre se le ocultó todo lo relacionado con Coppelius, porque se sabía que no podía acordarse de él sir horror. También ella lo creía culpable de la muerte de su esposo.

Cuál no habrá sido la sorpresa de Nataniel cuando a regresar a G. comprobó que la casa donde vivía había sido destruida por el fuego. Del montón de cenizas sólo quedaban en pie las paredes medianeras. A pesar de que el fuego se había iniciado en el laboratorio del farma­céutico que vivía en la planta baja, y por lo tanto la casa se había quemado desde abajo hacia arriba, los arriesga­dos y ágiles amigos de Nataniel habían conseguido entra¡ todavía a tiempo a su cuarto en el piso superior y rescatar libros, manuscritos e instrumentos. Habían llevado todo intacto, a otra casa donde tomaron una habitación a la que Nataniel se mudó de inmediato. Sin extrañeza obser­vó que viviría justo frente a la casa del profesor Spallan­zani ; tampoco le pareció raro que desde su ventana pu­diera ver directamente el cuarto donde a menudo solía estar Olimpia, de modo que podía observar claramente su figura aunque no pudiera distinguir bien los rasgos de su rostro. Sí le llamó la atención el hecho de que Olimpia permaneciera durante horas en la misma posición en que él la había visto un día a través de la puerta de vidrio: sentada frente a una pequeña mesa, sin hacer nada, y además, mirándolo tan fijamente. También debió confe­sarse que nunca había visto una criatura tan bella; sin embargo, profundamente enamorado de Clara, la rígida Olimpia le era por completo indiferente, y sólo de vez en cuando levantaba sus ojos del compendio y echaba una rápida mirada a la bella estatua; eso era todo.

Estaba un día escribiéndole a Clara cuando sintió que alguien llamaba suavemente a su puerta; a su señal, ésta se abrió y apareció la cara repulsiva de Coppola. Nata­niel sufrió una sacudida. Recordando lo que Spallanzani le había dicho sobre su compatriota Coppola y también lo que le había prometido y jurado a Clara respecto del hombre de arena Coppelius, él mismo sintió vergüenza de su terror infantil; consiguió dominarse y le dijo con la mayor tranquilidad que le fue posible: "No voy a com­prarle ningún barómetro, amigo, así que váyase, por fa­vor". Pero entonces Coppola se metió en el cuarto y dijo con voz chillona mientras la enorme boca se le deformaba en una horrible sonrisa y los ojitos le centelleaban salto­nes debajo de las largas pestañas grises: "¡ Ah,  no, ba­rómetro no, no barómetro! ¡Tengo lindos ojos, lindos ojos!" Aterrado, Nataniel le gritó: "¡ Cómo puedes tener ojos, ojos, ojos! ¡Estás loco!" Pero en ese mismo instan­te, Coppola apartó los barómetros, metió la mano en las faltriqueras y empezó a sacar anteojos y más anteojos que iba poniendo sobre la mesa. "Anteojo, anteojo para en­cima de la nariz; eso son mis ojos ... ¡lindos ojos!" Y se­guía sacando más y más anteojos, de modo que toda la mesa empezó a brillar y lanzar extraños destellos. Mil ojos miraban y se contraían convulsivamente y se clava­ban en Nataniel, pero él no podía apartar la mirada de la mesa, y Coppola seguía poniendo anteojos, y cada vez eran más salvajes las miradas llameantes que se mezcla­ban y disparaban sus rayos rojos como sangre contra el pecho de Nataniel. Aterrado gritó entonces: "¡Basta, basta, hombre espantoso!" Había tomado del brazo a Coppola, que en ese momento metía la mano en el bolsillo para sacar más anteojos.

"¡Ah! Nada para usted, pero aquí lindos prismáticos." Con estas palabras y una carcajada penetrante, juntó to­dos los anteojos, los guardó y sacó de otro bolsillo de su capa una cantidad de largavistas de distintos tamaños. No bien desaparecieron los anteojos, Nataniel se tran­quilizó, y pensando en Clara, comprendió que aquel espec­tro terrible sólo había surgido de su propio interior, y también que Coppola era un óptico honorable que no po­día ser de ninguna manera el doble maldito y el espíritu resucitado de Coppelius. Además, todos los prismáticos que Coppola había puesto sobre la mesa no tenían nada de extraordinario, o por lo menos no eran tétricos como los anteojos, y para quedar bien, Nataniel decidió com­prarle algo a Coppola. Tomó entonces un par de prismá­ticos de bolsillo, pequeños y muy bien terminados, y para probarlos, miró con ellos por la ventana. Nunca en su vida había visto una lente que acercara los objetos a los ojos con tanta pureza y claridad. Involuntariamente miró hacia la habitación de Spallanzani; Olimpia estaba sen­tada frente a la mesita, como siempre, con los brazos apoyados y las manos plegadas.

Ahora sí pudo contemplar Nataniel el bellísimo rostro de Olimpia. Sólo los ojos le parecieron muy raros, extra­ñamente inmóviles y muertos. Pero a medida que iba fi­jando más y más la vista en ella, parecía como si en los ojos de Olimpia despertaran húmedos rayos de luna. Era como si recién en ese momento se hubiese encendido su mirada, que brillaba cada vez con mayor intensidad. Na­taniel estaba como hechizado ante la ventana mirando sin pausa a la celestial Olimpia. Un carraspeo lo despertó de su profundo sueño. Coppola estaba de pie detrás de él.

"Trezechini" (tres ducados), le dijo. Nataniel se ha­bía olvidado completamente del vendedor de anteojos. Pagó inmediatamente lo pedido. "¿No cierto? Linda lente, linda lente", dijo Coppola con su desagradable voz aguda y su risa maligna. "Sí, si, sí", le respondió Nataniel del mal modo. "Adiós amigo"

Coppola abandonó el cuarto no sin lanzar a Nataniel unas cuantas miradas de soslayo. Éste lo oyó reírse a car­cajadas en la escalera. "Bueno", pensó Nataniel, "se es­tará riendo de mí porque seguramente pagué demasiado caro este pequeño par de prismáticos, demasiado caro." Mientras se decía estas palabras en voz muy baja, fue como si un profundo suspiro de muerte resonara pavoro­samente en la habitación; el miedo le cortó la respiración. Pero era él mismo quien había suspirado así; no le cabía la menor duda.

"Clara tiene razón", se dijo, "al pensar que soy un absurdo visionario, pero de todos modos es extraño, sí, es muy extraño que la tonta idea de haber pagado a Coppola un precio demasiado alto por los prismáticos, pueda ate­morizarme tanto; no comprendo por qué."

A continuación se sentó para terminar de escribirle a Clara, pero al mirar por la ventana observó que Olimpia seguía allí sentada, e instantáneamente, como atraído por una fuerza irresistible, se levantó, tomó los prismáticos de Coppola y no pudo dejar de mirar a la seductora Olimpia, hasta que su compañero y amigo Sigmundo lo llamó para ir a la clase del profesor Spallanzani.

La cortina ante la puerta del cuarto funesto estaba bien cerrada; no pudo ver a Olimpia allí, y tampoco pudo des­cubrirla en su cuarto durante los dos días subsiguientes, a pesar de que apenas abandonaba la ventana y miraba a toda hora con los prismáticos de Coppola. Al tercer día corrieron la cortina sobre esa ventana.

Desesperado e impulsado por un anhelo, por un deseó vehemente, corrió hasta el portón. La figura de Olimpia se mecía ante él cortando el aire, luego se asomaba entre los arbustos y lo miraba con grandes ojos brillantes desde las claras aguas del estanque.

La imagen de Clara había desaparecido por completo, y no pensaba sino en Olimpia, y se lamentaba en voz alta

"¡Oh! ¡Tú, mi hermosa estrella de amor! ¿Te has encen­dido ante mis ojos sólo para volver a ocultarte enseguida abandonándome a la noche oscura y sin esperanzas?"

Ya estaba por regresar a su cuarto, cuando observó que en la casa de Spallanzani se producía un gran albo­roto. Las puertas estaban abiertas y todo tipo de aparatos eran introducidos en la casa; también las ventanas del pri­mer piso estaban abiertas de par en par; activas criadas barrían y limpiaban con inmensos escobillones, y se oía el martillar de carpinteros y tapiceros.

Nataniel se detuvo en medio de la calle, totalmente sorprendido; entonces se le acercó Sigmundo riendo y le dijo: "Bueno ¿qué me dices de nuestro viejo Spallanzani?" Nataniel le aseguró que no podía decir nada, porque nada sabía del profesor; por el contrario, veía con gran asom­bro la singular actividad que se desplegaba de repente en aquella casa silenciosa y lúgubre. Se enteró entonces por Sigmundo de que Spallanzani iba a dar una gran fiesta al día siguiente con concierto y baile y que media univer­sidad estaba invitada. Se decía que Spallanzani presenta­ría por primera vez a su hija Olimpia, a la que durante mucho tiempo había mantenido oculta, temeroso de cual­quier mirada humana.

Nataniel halló una invitación y con el corazón palpi­tante se dirigió a casa del profesor a la hora indicada, cuando ya se oía el ruido de los carruajes y en los salones brillaban las luces encendidas. Los invitados eran muchos, y la concurrencia, brillante. Olimpia apareció luciendo un delicado vestido de muy buen gusto. Su rostro de rasgos suaves y su armoniosa figura causaron admiración. La espalda algo curvada y su talle delgado, parecían modela­dos por un corsé que la mantenía excesivamente erguida. Su postura y su andar tenían cierta rigidez que a algunos les resultó desagradable; se dijo que debía ser a causa de los nervios que esa situación le provocaba.

Comenzó el concierto. Olimpia ejecutó el piano con gran destreza, y cantó una aria de bravura con voz clara y cris­talina, casi cortante. Nataniel estaba como hechizado; de pie en la última fila no podía distinguir claramente los rasgos de Olimpia a la luz deslumbrante de las velas. Sin que nadie lo notara, tomó entonces los prismáticos de Cop­pola y los dirigió hacia su adorada Olimpia. ¡ Ah! Entonces comprobó que ella lo estaba mirando, y que cada tono se modulaba claramente en aquella mirada de amor que le quemaba el alma. Las partes más exquisitas le parecían a Nataniel celestiales exclamaciones de júbilo de un alma glorificada en el amor; y cuando tras la cadencia final resonó vibrante el largo treno a lo largo del salón, no pudo contenerse y como arrebatado por brazos ardientes exclamó colmado de dolor y de placer: "¡Olimpia!" To­dos se volvieron hacia él, algunos sonrieron. El organista de la iglesia puso una cara más sombría que de costumbre y dijo solamente: "Bueno, bueno".

El concierto había terminado y comenzaba el baile. "¡Bailar con ella! ¡Bailar con ella!", era la meta de todos los deseos, de todos los empeños de Nataniel. Mas, ¿cómo atreverse a pedírselo a ella, a la reina de la fiesta? Sin embargo, sin comprender cómo había sucedido, apenas co­menzado el baile se encontró de pronto junto a Olimpia a quien nadie había invitado a bailar. Él le tomó la mano balbuceando apenas unas pocas palabras. La mano de Olim­pia estaba helada; conmovido por un estremecimiento mor­tal, clavó su mirada en los ojos de Olimpia, donde brilla­ban el amor y la nostalgia. En ese momento sintió como si comenzara a irradiarse un pulso cálido en la mano helada y a encenderse la corriente de la vida. También en el alma de Nataniel brilló más intenso el anhelo amoroso; abrazó a la hermosa Olimpia y se precipitó entre la multitud de bailarines.

Nataniel estaba convencido de que bailaba muy bien, pero por la notable firmeza rítmica con que bailaba Olim­pia, que muchas veces lo sacaba de su porte, comprobó que en realidad le faltaba mucho sentido del ritmo. Sin embar­go, no quería bailar con ninguna otra mujer, y habría que­rido matar a cualquiera que se hubiese acercado a Olimpia para invitarla a bailar. Pero eso no sucedió. más que dos veces. Para su sorpresa, Olimpia no salió a bailar en esas ocasiones. En cambia, siempre aceptaba bailar con él.

Si Nataniel hubiese podido ver algo que no fuera su bella Olimpia, no se habrían podido evitar discusiones y peleas. En efecto, los allí presentes apenas podían conte­ner la risa a causa de la bella Olimpia, porque la gente joven la seguía con miradas curiosas cuya causa no se po­dían explicar.

Acalorado por el baile y el vino abundante, Nataniel había perdido toda su habitual timidez. Sentado junto a Olimpia, le había tomado la mano y le hablaba enardecido

y entusiasmado de su amor con palabras que ni él ni Olim­pia comprendían. Acaso ella sí, porque lo miraba fijamen­te a los ojos y suspiraba. Entonces Nataniel le decía: "¡ Criatura divina y celestial! Rayo de luz del prometido trasmundo del amor! ¡ Alma profunda en la que todo mi ser se refleja!", y muchas otras cosas parecidas; pero Olimpia se limitaba a sus suspiros...

El profesor. Spallanzani pasó una vez delante de ellos y les sonrió con extraña satisfacción. A Nataniel le pare­ció -a pesar de que estaba completamente en otro mundo­que de repente la casa del profesor Spallanzani había ad­quirido un tono bastante oscuro: miró a su alrededor y observó, no sin sobresaltarse, que las dos últimas luces que aún quedaban encendidas en el salón vacío estaban a punto de apagarse. La música y el baile habían concluido ha­cía rato. "¡Separarnos, separarnos'.", exclamó desesperado mientras besaba la mano de Olimpia y se inclinaba sobre

su boca. ¡Estaban helados los labios que respondieron a sus labios ardientes! No obstante, sintió un íntimo estre­mecimiento, el mismo que lo había sacudido cuando tomó en sus manos la mano helada de Olimpia; se acordó de la leyenda de la novia muerta[5]; pero Olimpia lo apretaba con fuerza, y en el beso la vida pareció entibiar sus labios.

El profesor Spallanzani. recorrió lentamente el salón vacío; sus pasos resonaron huecos, y su figura rodeada de trémulas sombras parecía un espectro aterrador.

"¿Me amas? ¿Me amas, Olimpia ? ¡Sólo una palabra? ¿Me amas?", le susurraba Nataniel, pero Olimpia suspiró poniéndose de pie: "¡Ah... !" "Sí, tú eres mi adorada, mi divina estrella de amor", le decía Nataniel. "Has empe­zado a brillar para mí y glorificarás mi alma eternamen­te." "¡Ah...!", siguió diciendo Olimpia mientras se ale­jaba. Nataniel la persiguió. De pronto se encontraron ante el profesor.

"Lo he visto conversar muy animadamente con mi hija", dijo éste sonriendo. "Bueno, bueno, querido señor Nataniel, si le agrada conversar con esta muchacha tonta, lo recibiré con gusto en mi casa." Y Nataniel se alejó de allí con el corazón colmado de un cielo claro y resplande­ciente.

La fiesta de Spallanzani fue el tema de conversación de los días siguientes. A pesar de que el profesor había hecho todo lo posible para que resultara espléndida, los más comedidos hablaban de las múltiples cosas inconve­nientes y extrañas que habían sucedido, y sobre todo de la mortalmente rígida y silenciosa Olimpia, de la que se de­cía que era completamente estúpida a pesar de su belleza; eso explicaba que Spallanzani la hubiera tenido oculta du­rante tanto tiempo.

Nataniel escuchaba todo esto con bastante desagrado, pero se callaba. "¿Valdrá la pena", pensaba, "probarles a estos jóvenes que es justamente la estupidez de ellos la que no les permite distinguir el alma profunda y maravi­llosa de Olimpia?"

"Hazme el favor, hermano", le dijo un día Sigmundo, "de explicarme cómo es posible que tú, una persona inteli­gente, hayas podido enamorarte de esa cara de cera, de esa muñeca de madera."

Nataniel iba a contestarle furioso, pero se contuvo y le dijo: "¿Y tú, Sigmundo? ¿cómo ha podido escapar el seduc­tor encanto celestial de Olimpia a tu mirada tan sensible a la belleza? Pero justamente por eso, gracias al cielo, no te tengo de adversario; porque de ser así, uno de los dos tendría que morir".

Sigmundo comprendió cuál era la situación de su ami­go, cambió hábilmente de tema, y después de expresar que en el amor no cabían juicios, agregó: "Lo curioso es que muchos de nosotros tenemos una opinión bastante parecida sobre Olimpia. No lo tomes a mal, hermano, pero nos pa­rece extrañamente rígida y como carente de alma. Su cuer­po es proporcionado, también su rostro, es cierto. Podría decirse que es linda si su mirada no fuera tan yerta; casi parece no tener vista. Su andar es extraordinariamente regular; cada movimiento parece el resultado de un meca­nismo de relojería. Su manera de tocar el piano, de cantar, tienen ese ritmo insulso y exacto de una máquina, y lo mismo ocurre con su modo de bailar. En resumen, Olim­pia nos ha parecido espantosa; no nos ha interesado en absoluto; sentíamos que si bien actuaba como un ser vivo, la. cosa era muy distinta".    

Nataniel no se entregó al amargo sentimiento que lo acosó al escuchar estas palabras de Sigmundo; dominó su disgusto y le dijo con toda seriedad: "Claro que Olimpia tiene que resultarles espantosa a ustedes, que son fríos y prosaicos. Sólo al espíritu poético se le revela lo que es afín. Sólo yo vi su mirada amorosa, que iluminó mis sen­tidos y mi mente; sólo en el amor de Olimpia me reencuentro conmigo mismo. A ustedes puede disgustarles que ella no intervenga en conversaciones triviales, como lo hacen otros espíritus simples. Habla poco, es cierto, pero esas po­cas palabras son como verdaderos jeroglíficos del mundo interior pleno de amor, y del supremo conocimiento de la vida espiritual en la contemplación del trasmundo eterno. Pero como ustedes no entienden de esos temas, no vale la pena hablar de ello".

"Que Dios te ayude, hermano", le dijo Sigmundo en voz muy baja, casi dolorosamente, "pero me parece que vas por mal camino. Puedes contar conmigo cuando todo.. . no, no voy a decir más nada." Nataniel sintió de repente que el frío, el prosaico Sigmundo quería lo mejor para él, y le estrechó la mano con profundo afecto.

Nataniel olvidó por completo que existía una Clara en el mundo a la que una vez había amado. Su madre, Lota­rio, todos se borraron de su memoria. Vivía solamente para Olimpia, junto a la que pasaba tardes enteras fanta­seando acerca de su amor, de la renovada simpatía hacia la vida, de las electivas afinidades psíquicas, y Olimpia escuchaba todo con intensa devoción. Desde las profundi­dades más insondables de su escritorio rescató Nataniel todo lo que alguna vez escribiera -poemas, fantasías, vi­siones, cuentos, novelas-, que día a día acrecentaba con sonetos, estancias y canciones disparatadas que incansa­blemente leía para Olimpia durante horas. Nunca había tenido una oyente tan perfecta. No bordaba ni tejía, no miraba por la ventana ni les daba de comer a los pajaritos, no jugaba con un perro faldero ni con un gato, no se en­tretenía con recortes de papel u otras cosas y tampoco ocultaba un bostezo tras una tosecilla leve y artifical. En pocas palabras, se pasaba las horas enteras con la mirada fija en su amado, sin moverse, y aquella mirada era cada vez más ardiente, más llena de vida. Sólo cuando Nataniel se levantaba por fin y le besaba la mano y también los la­bios, decía ella: "¡ Ah... !", y después: "Buenas noches, mi amor!"

"¡Alma celestial!", exclamaba Nataniel en su cuarto. "Sólo tú, sólo tú me comprendes." Se estremecía extasiado cuando pensaba en la maravillosa armonía que iba mani­festándose diariamente entre su alma y la de Olimpia, porque era como si ella le hablara de su obra y de su sen­tido poético desde lo más hondo de su propio ser, como si la voz de ella resonara realmente por si misma en el inte­rior de Nataniel. Y así tenía que ser, porque Olimpia ja­más pronunció más palabras que las ya dichas. Cuando Nataniel pensaba, en instantes de lucidez (por ejemplo en la mañana, al despertarse), en la absoluta pasividad y el laconismo de Olimpia, se decía sin embargo: "¡ De qué valen las palabras! La mirada de sus ojos celestiales dice más que cualquier lenguaje terrenal. ¿Puede acaso una criatura celeste introducirse en el estrecho círculo que tra­za la miserable necesidad terrena?"

El profesor Spallanzani parecía muy contento con la relación de su hija y Nataniel; a éste le demostraba su complacencia con señas inequívocas, y cuando Nataniel se atrevió a insinuar una unión con Olimpia, esbozó una sonrisa de oreja a oreja y dijo que su hija estaba en total libertad de decidir lo que quisiera.

Animado por estas palabras, con una pasión ardiente en el corazón, Nataniel decidió que al día siguiente le ro­garía a Olimpia que le dijera con palabras lo que su dulce mirada ya le había manifestado hacía tiempo: que quería pertenecerle para siempre.

Fue a buscar el anillo que su madre le regalara cuan­do se fue de su casa, para dárselo a Olimpia como símbolo de su entrega. Mientras estaba en eso, vio las cartas de Clara y de Lotario; pero las dejó a un lado con indiferen­cia, encontró el anillo, se lo guardó y salió corriendo a casa de Olimpia.

Ya en la escalera, y luego en el corredor, escuchó un alboroto extraño que parecía provenir del estudio de Spa­llanzani. Un ruido como de algo que se rompe, chirridos, golpes contra la puerta y entremedio gritos y maldiciones. "¡Suelta, suelta, infame, maldito! -Para esto haber tra­bajado toda una vida. -¡Ja ja ja! No era esto lo que ha­bíamos pactado. -Yo, yo hice los ojos, yo la maquinaria. -¡Al diablo ron tu maquinaria, perro maldito, relojero idiota-fuera-Satanás-espera-bestia infernal-espera-fuera­-suelta!" Eran las voces de Spallanzani y de Coppelius las que vociferaban y reían así. El profesor sujetaba por los hombros una figura humana de mujer y el italiano Coppola por los pies; tironeaban cada uno para su lado, peleándose furiosos por su posesión. Nataniel retrocedió con espanto al reconocer a Olimpia en aquella figura; enardecido, con una furia salvaje, quiso arrebatarles la amada a aquellos dos hombres enajenados. Pero en ese momento Coppola se dio vuelta y con una fuerza monstruosa le arrancó al profesor la figura de las manos y le dio con ella un golpe tremendo que lo hizo tambalear y caer de espaldas so­bre la mesa llena de redomas, botellas, retortas y tubos de vidrio. Todos los aparatos se rompieron en mil peda­zos. Coppola cargó la figura sobre los hombros y con una carcajada estridente y pavorosa bajó corriendo la esca­lera de modo que los pies de la figura, que pendían en el aire, fueron golpeando los escalones con un ruido sordo de madera.

Nataniel estaba petrificado; demasiado claramente ha­bía visto que el rostro de cera mortalmente pálido de Olim­pia no tenía ojos; en su lugar había dos cavidades negras: era una muñeca sin vida.

Spallanzani se revolcaba en el suelo; los vidrios rotos le habían provocado heridas en la cabeza y en el pecho; la sangre manaba a borbotones. Pero consiguió reunir

fuerzas: "Síguelo, síguelo, ¿qué esperas? Coppelius, Cop­pelius me robó mi mejor autómata. Veinte años de tra­bajo... puse mi vida en ellos... el mecanismo de cuer­da ... la voz ... el andar ... míos... los ojos... los ojos que te robó... maldito... condenado... síguelo... bús­came a Olimpia, ahí tienes los ojos!" Nataniel vio que un par de ojos sanguinolentos lo miraban desde el piso; Spa­llanzani se apoderó de ellos con la mano sana y se los arro­jó al pecho. Entonces un delirio abrazó a Nataniel con sus garras hirvientes y penetró en su interior arrebatándole el sentido y la capacidad de pensar.

"¡Uy uy uy! Círculo de fuego... fuego... gira... lin­do... lindo... Muñequita de madera, oh, gira, gira, mu­ñequita de madera." Y diciendo esto se arrojó sobre el profesor y comenzó a apretarle la garganta. Lo habría as­fixiado, pero él alboroto había atraído a muchas personas que entraron violentamente, arrancaron del suelo al fu­ribundo Nataniel y salvaron así al profesor, que fue ven­dado de inmediato. Sigmundo no consiguió, a pesar de toda su fuerza, atar al loco, que seguía gritando con voz espantosa: "¡Gira, gira, muñequita de madera!% y lanzaba golpes al aire con los puños cerrados. Finalmente, la fuer­za conjunta de unos cuantos hombres logró someterlo, arro­jándolo al suelo y atándolo. Sus palabras se deshicieron en un aullido animal. Así, entre gritos espantosos, fue conducido al manicomio.

Antes de que te siga contando lo que pasó después con el desgraciado Nataniel, te diré, por si ello te interesa, que el hábil físico y fabricante de autómatas Spallanzani se ha restablecido totalmente de sus heridas. Debió abandonar la universidad, porque la historia de Nataniel armó gran revuelo, y en todos los círculos se consideró un engaño absurdo y un verdadero abuso llevar una muñeca de ma­dera en lugar de una persona de carne y hueso a reunio­nes de té formales (Olimpia las había frecuentado con éxito). Los juristas calificaron al hecho dé hábil estafa tanto más condenable por cuanto había sido realizada en perjuicio del público, y con tanta astucia, que ningún hom­bre (a excepción de algunos estudiantes muy inteligentes) la había notado, a pesar de que ahora todos afirman que Olimpia les había resultado sospechosa y apelan para ello a todo tipo de circunstancias que no revelaron nada razonable. Porque, por ejemplo ¿podía haberle resultado sospechoso a alguien -según lo manifestado por un ele­gante frecuentador de los tés- que Olimpia hubiese es­tornudado más veces que bostezado, contra todo uso y cos­tumbre? En primer lugar, según este elegante caballero, el mecanismo oculto hacía cierto ruido, etc. El profesor de literatura y retórica tomó una pizca. de tabaco, cerró la lata, tosió ligeramente y dijo en tono solemne: "¡Esti­madas señoras y señores! ¿Ataco no perciben ustedes que se trata de una alegoría, de una metáfora? Ustedes com­prenden: ¡Sapientisat!" Pero muchos estimados caballe­ros no se dieron por satisfechos; la historia del mecanismo automático se había arraigado profundamente en ellos, y comenzaron a sospechar espantosamente de toda persona. Para convencerse completamente de que no amaban a una muñeca de madera, muchos enamorados exigieron a sus amadas que cantaran desentonadamente y bailaran mal, que bordaran o tejieran cuando ellos les leían algo, que jugaran con el perrito, etc., pero sobre todo, que no sola­mente escucharan sino que también intervinieran en la conversación manifestando un pensamiento y una sensibi­lidad propias. En muchos casos, esto hizo que la rela­ción se fortaleciera y se hiciera más agradable; en otros, por el contrario, los enamorados fueron separándose más y más. "En verdad, no se pueden poner las manos en el fuego", decían muchos. En los tés se bostezaba constante­mente y jamás se estornudaba.

Spallanzani debió huir para evitar un juicio por haber introducido engañosamente un autómata en la comunidad humana. Coppola también desapareció.

Finalmente, también Nataniel despertó de su profunda pesadilla; abrió los ojos .y sintió que una indescriptible sen­sación de bienestar lo colmaba con una suave tibieza. Yacía en su cuarto de la casa paterna y Clara permanecía incli­nada sobre él; no lejos se hallaban la madre y Lotario. "¡Por fin, por fin, mi querido Nataniel! Por fin es­tás curado de una enfermedad tan terrible. i Ahora eres mío otra vez!" Así le dijo Clara desde lo más profundo de su corazón y abrazó a Nataniel. Éste, a su vez, no pudo con­tener un torrente de lágrimas de dolor y de placer y bal­buceó: "¡Clara, mi Clara!"

Sigmundo, que tan bien se había portado con su amigo en los momentos más difíciles, entró al cuarto en ese mo­mento. Nataniel le tendió una mano: "¡Hermano fiel, no me has abandonado!"

Toda huella de delirio y de locura había desaparecido; Nataniel se restablecía pronto bajo el cuidado constante de la madre, la amada y el amigo. Entretanto, la alegría había vuelto a la casa; porque un tío viejo y avaro de quien nadie esperaba nada, había muerto y le había deja­do a la madre, además de una fortuna no despreciable, una linda casita cerca de la ciudad. Allí pensaban mudarse la madre, Nataniel y Clara, que pronto se casarían, y Lotario.

Nataniel estaba más sereno que nunca y valoraba en su totalidad el alma pura y delicada de Clara. Nadie le recor­daba tampoco ni con una mínima alusión el pasado. Sólo cuando Sigmundo se marchó le dijo Nataniel: "Por Dios, hermano, iba por mal camino, pero un ángel me condujo a tiempo hacia el sendero de la luz: fue Clara". Sigmundo no lo dejó seguir hablando temeroso de que volvieran a su mente recuerdos e imágenes que podían afectarlo profun­damente.

Así llegó el día en que aquellas cuatro personas felices habrían de mudarse a la casita. Hacia el mediodía paseaban por las calles de la ciudad. Habían comprado algunas co­sas; la torre del ayuntamiento arrojaba sobre el mercado su sombra gigantesca. "¡Ay!", dijo Clara, "subamos una vez más y contemplemos desde lo alto las montañas leja­nas." Dicho y hecho. Los dos -Nataniel y Clara- subie­ron a la torre; la madre se fue a casa con la criada, y Lota­rio, sin ganas de subir tantos escalones, decidió esperar abajo.

Allá estaban los enamorados, del brazo en el mirador más alto de la torre, y contemplaban los etéreos bosques detrás de los que se erguían, como una ciudad de gigantes, las montañas azules. "Fíjate qué extraña esa mata gris que parece avanzar regularmente hacia nosotros", le dijo Clara. Nataniel introdujo mecánicamente una mano en el bolsillo, donde aguardaban los prismáticos de Coppola ; miró con ellos hacia el costado. ¡ Clara estaba ante la len­te! Entonces comenzó a sentir extrañas convulsiones en sus venas y arterias; mortalmente pálido, miraba a Clara, pero al. poco tiempo empezaron a arder y crepitar corrien­tes de fuego en sus ojos revueltos. Aulló como un animal acosado, dio un salto y con una carcajada estremecedora gritó: "Muñequita de madera, gira, gira, muñequita de madera". Luego, con fuerza descomunal, tomó a Clara y quiso arrojarla de la torre; pero ella se aferró desespera­damente a la baranda.

Lotario escuchó los aullidos del loco y también los gri­tos de Clara. Un presentimiento horrible lo estremeció; subió corriendo: la puerta de la segunda escalera estaba cerrada. Los gritos de Clara resonaban con mayor inten­sidad. Furioso y aterrado golpeó y golpeó la puerta hasta que por fin cedió. Los gritos de Clara comenzaban a apa­garse: "¡Socorro, socorro, sálvenme!" Así moría la voz en el viento. "¡Está muerta, el loco la asesinó!", gritó Lo­tario. También la puerta del mirador estaba cerrada. La desesperación le dio fuerzas desmesuradas; hizo saltar la puerta. ¡Dios Santo! Clara se mecía en el aire, por encima del balcón, en brazos de Nataniel. Sólo con una mano per­manecía aferrada a los barrotes de hierro. Con la velocidad de un rayo sujetó Lotario a su hermana atrayéndola hacia el mirador y en ese mismo instante golpeó con el puño cerrado al loco que retrocedió y soltó a su presa.

Lotario bajó las escaleras corriendo con su desvane­cida hermana en brazos. Estaba a salvo. Nataniel seguía delirando en el mirador. Daba saltos y gritaba: "¡Círculo de fuego, gira, gira, círculo de fuego!"

Al escuchar los gritos salvajes, la gente fue concen­trándose; entre todos se distinguía el gigantesco abogado Coppelius que había llegado ese día a la ciudad y se diri­gía al mercado.

Los hombres querían subir para agarrar al loco, pero Coppelius, lanzando una carcajada, dijo: "¡Ja ja ja! Espe­ren, que pronto bajará solo". Y siguió mirando hacia arri­ba, como los demás.

De repente, Nataniel quedó como petrificado, se inclinó y divisó a Coppelius, y con un grito salvaje: "¡Ah, lindos ojos, lindos ojos!", saltó por encima de la baranda.

Cuando cayó sobre el pavimento con el cráneo destro­zado, Coppelius ya no estaba entre los observadores. Años más tarde, algunas personas aseguran haber vis­to a Clara en una lejana aldea, sentada ante la puerta de una linda casita, de la mano de un hombre de aspecto apa­cible, y ante ella jugaban dos niñitos alegres. Habría que concluir pues que Clara encontró aún la tranquila paz ho­gareña que anhelaba su sensibilidad alegre y serena, y que Nataniel, interiormente desgarrado, jamás habría po­dido brindarle.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

[1] Los ojos eran un elemento básico en los preparados mágicos.

 

[2] Lazzaro Spallanzani era un conocido naturalista de amplios conocimientos nacido en Módena (1729-1799).

[3] El retrato de Cagliostro, de Chodowiecki, apareció en el "Berliner genealogischen Kalender auf dar Jahr 1789" (Almana­que genealógico berlinés para el año 1789).

[4] Se alude aquí a la Magdalena Arrepentida de Pompeo Bat­toni (1708-1787), el pintor italiano más famoso del siglo XVIII. El cuadro se halla en el Museo de Dresde.

[5] Seguramente se refiere Hoffmann a La novia de Corinto, de Goethe.