Emile Zola
Por en medio del llano, en la oscuridad profundísima de una noche sin estrellas, un hombre completamente solo seguía a pie la carretera de Marchiennes a Montsou; un trayecto de diez kilómetros, a través de los campos de remolachas en que abundan aquellas regiones. Tan densa era la oscuridad, que no podía ver el suelo que pisaba, y no sentía, por lo tanto, la sensación del inmenso horizonte sino por los silbidos del viento de marzo, ráfagas inmensas que llegaban, como si cruzaran el mar, heladas de haber barrido leguas y leguas de tierra desprovistas de toda vegetación.
Nuestro hombre había salido de Marchiennes a eso de las dos de la tarde. Caminaba a paso ligero, dando diente con diente, mal abrigado por el raído algodón de su chaqueta y la pana vieja de sus pantalones. Un paquetito, envuelto en un pañuelo a cuadros, le molestaba mucho; y el infeliz lo apretaba contra las caderas, ya con un brazo, ya con otro, para meterse en los bolsillos las dos manos a la vez, manos grandes y bastas, de las que en aquel momento casi brotaba la sangre, a causa del frío. Una sola idea bullía en su cerebro vacío, de obrero sin trabajo y sin albergue; una sola: la esperanza de que haría menos frío cuando amaneciese. Hora y media hacía ya que caminaba, cuando allá a la izquierda, a dos kilómetros de Montsou, advirtió unas hogueras vivísimas que parecían suspendidas en el aire, y no pudo resistir a la dolorosa necesidad de calentarse un poco las manos.
Se internó en un camino accidentado. El caminante tenía a su derecha una empalizada, una especie de pared hecha con tablas, que servía de valla a una vía férrea; mientras a su izquierda se levantaba un matorral, por encima del cual se veía confusa la silueta de un pueblecillo de casitas bajas y tan regulares, que parecían estar hechas por el mismo molde. Anduvo otros doscientos pasos. Bruscamente, al salir del recodo de un camino, volvió a ver las luces y las hogueras ante sí, más cerca, pero sin que pudiera todavía comprender cómo brillaban en el aire, en medio de aquel cielo oscuro, semejantes a lunas veladas por el humo de un incendio. Pero acababa de llamarle la atención otro espectáculo a raíz del suelo. Era una gran masa, un montón de construcciones, en el centro de las cuales se erguía la chimenea de una fábrica; algunos destellos de luz salían de las ennegrecidas ventanas; cinco o seis faroles tristones y sucios se veían en el exterior, colocados en postes de madera; y de en medio de aquella aparición fantástica envuelta en humo y en la oscuridad, salía un fuerte ruido: la respiración gigantesca del escape de una máquina de vapor que no se veía.
Entonces el hombre comprendió que aquello era una mina. Pero le dio vergüenza acercarse. ¡Así como así, no iba a encontrar trabajo! En vez de dirigirse hacia el edificio, decidió acercarse hacia la plataforma, donde ardían tres hogueras de carbón de piedra, en canastillos de hierro, para alumbrar y calentar a los que trabajaban. Los obreros empleados en el corte debían de haber trabajado hasta muy tarde, porque aún estaban sacando tierra y piedra. Desde allí vio a los mineros empujando los trenes, y distinguió sombras vivientes volcando las carretillas y haciendo montones de hulla alrededor de las hogueras.
-Buenas noches -dijo, acercándose a una de ellas.
El carretero, que era un anciano vestido con un capote de lana morada, y abrigada la cabeza con una gorra de piel de conejo, estaba en pie, de espaldas a la lumbre, mientras el caballo, un penco tordo, esperaba, con la inmovilidad de una estatua, a que desocuparan las seis carretillas que arrastraba. El obrero empleado en esta faena, un mozo pelirrojo, no se daba prisa, tomando con calma la operación de ir aumentando el montón de hulla.
-Buenas noches -respondió el viejo.
Hubo un momento de silencio. El hombre, al advertir que le miraba con desconfianza, se apresuró a decir su nombre.
-Me llamo Esteban Lantier y soy maquinista. ¿No habría trabajo por aquí?
Las llamas de la hoguera le iluminaban, y gracias a ellas se veía que representaba veinte o veintiún años que era moreno, bien parecido y de aspecto fuerte, a pesar de sus facciones delicadas y sus miembros menudos.
-¿Trabajo para un maquinista? No, no... Ayer mismo se presentaron otros dos. No lo hay.
Una ráfaga de viento les cortó la palabra. Luego Esteban, señalando el montón sombrío de los edificios que había al pie de la plataforma, preguntó:
-Es una mina, ¿verdad?
El viejo no pudo contestar. Un violento acceso de tos se lo impidió. Al fin escupió, y su saliva dejó una mancha negra en el suelo, enrojecido por la brasa.
-Sí, una mina; la Voreux.. ¡Ése es el barrio de los obreros!
Y señalaba, con el brazo extendido, el pueblecillo. Pero las seis carretillas-vagones estaban vacías, y el viejo hizo crujir la tralla que llevaba en la mano, andando con trabajo a causa de los dolores reumáticos que atormentaban sus piernas. El caballo echó a andar, arrastrando las carretillas por los rieles, en medio de un nuevo vendaval que le erizaba las crines.
La Voreux iba saliendo como de un sueño ante la vista de Esteban, que mientras se calentaba en la hoguera sus ensangrentadas manos, miraba y distinguía cada una de las partes de la mina, el taller de cerner, la entrada del pozo, la espaciosa estancia para la máquina de extracción y la torrecilla cuadrada de la válvula de seguridad y de las bombas de trabajo. Aquella mina, abierta en el fondo de un precipicio, con sus construcciones monótonas de ladrillos, elevando su chimenea de aspecto amenazador, le parecía un animal extraño, dispuesto a tragarse hombres y más hombres. Mientras la examinaba con la vista, pensaba en sí mismo, en su vida de vagabundo durante los ocho días que llevaba sin trabajo y buscando inútilmente dónde colocarse; recordaba lo ocurrido en su taller del ferrocarril, donde había abofeteado a su jefe, siendo despedido a causa de ello, de allí, y de todas partes después; el sábado había llegado a Marchiennes, donde decían que había trabajo; pero nada; se había visto obligado a pasar el domingo escondido en la caseta de una cantera, de donde acababa de expulsarle el vigilante nocturno a las dos de la madrugada. No tenía un céntimo, ni un pedazo de pan: ¿qué iba a hacer en semejante situación, sin saber en dónde buscar un albergue que le resguardara del frío?
El obrero que descargaba las carretillas ni siquiera había mirado a Esteban, y ya iba éste a recoger del suelo el paquetito que llevaba, para continuar su camino, cuando un golpe de tos seco, anunció el regreso del carretero.
Luego se le vio salir lentamente de la oscuridad, seguido del caballo tordo, que arrastraba otras seis carretillas cargadas de mineral.
-¿Hay fábricas en Montsou? -le preguntó el joven.
-¡Oh! Fábricas no faltan -respondió-. Tendría que haber visto esto hace cuatro o cinco años. Por todas partes se trabajaba, hacían falta obreros, jamás se había ganado tanto... Pero ahora... ahora se muere uno de hambre. Es una desolación; de todos lados despiden trabajadores, y los talleres y las fábricas van cerrándose unos tras otros... No digo yo que tenga la culpa el Emperador; pero, ¿a qué demonios se va a guerrear en América? Todo esto sin contar los animales y personas que se están muriendo del cólera.
Entonces los dos continuaron lamentándose con frases entrecortadas y acento de desesperación. Esteban relataba sus gestiones inútiles desde hacia una semana: ¿tendrían que morirse de hambre? Pronto los caminos se verían llenos de gente pidiendo limosna.
-Sí -decía el viejo-, y esto acabará mal; porque Dios no tiene el derecho de dejar morir así a sus hijos.
-No todos los días se come carne.
-¡Toma! ¡Si al menos se pudiera comer pan!
-¡Es verdad; si hubiera siempre pan!
-¡Mire! -dijo el carretero, volviéndose hacia el mediodía-; allí está Montsou...
Y con la mano extendida de nuevo, iba señalando en la oscuridad puntos invisibles a medida que los nombraba: allí, en Montsou, la fábrica de Fauvelle trabajaba todavía, aunque mal; la de Hoton acababa de disminuir el personal, y solamente las de Dutilleul y Bleuze, que hacen cables para minas, siguen trabajando. Luego, en un ademán elocuente, señaló al horizonte por la parte Norte: los talleres de construcción de Someville no han recibido ni la tercera parte de sus pedidos acostumbrados; en las fundiciones de Marchiennes se han apagado multitud de hornos, mientras en la fábrica de vidrio de Gagebois hay conatos de huelga, porque se habla de disminuir los jornales.
-Ya lo sé, ya lo sé -repetía el joven a cada indicación-; ya lo sé; vengo de allí.
-Aquí vamos bien hasta ahora -añadió el carretero-. Estas minas no han disminuido mucho la extracción; pero, allí enfrente, en La Victoria, ha aflojado mucho el trabajo.
Escupió y volvió a echar a andar detrás de un soñoliento caballo, después de haberlo uncido al tren de carretillas vacías.
En aquel momento Esteban dominaba toda la región. Las profundas tinieblas no habían desaparecido, pero la mano del anciano le había hecho ver a través de ellas multitud de miserias, que el joven, inconscientemente, sentía en aquel instante a su alrededor, rodeándole en la extensión sin limites, por todas partes. ¿No eran gritos de hambre los que llevaban consigo aquellas ráfagas de viento frío de marzo, a través de aquellos áridos campos? Y el vendaval continuaba arreciando, y parecía llevar consigo la muerte del trabajo, una epidemia que había de causar muchas víctimas. Esteban se esforzaba por sondear las tinieblas, atormentado por el deseo, y a la vez por el temor de ver. Todo continuaba, sin embargo, oculto en el fondo de las sombras de aquella noche oscura, y no conseguía distinguir sino allá, a lo lejos, los resplandores de las hogueras de otras minas. Era de una tristeza de incendio, y no se veían más astros en el amenazador horizonte que estos fuegos nocturnos de las regiones de la hulla y del hierro.
-¿Es usted belga, quizás?-, preguntó a espaldas de Esteban el carretero, que acababa de hacer otro viaje.
Esta vez no llevaba más que tres carretillas, que había tiempo sobrado de descargar, porque acababa de ocurrir en la mina un accidente, la rotura de un cable del ascensor, que interrumpía el trabajo de extracción durante media hora. Al pie de la plataforma reinaba entonces el más profundo silencio, pues los obreros habían interrumpido su tarea, y sólo se oía allá abajo el golpear de los martillos sobre el hierro para reparar la avería.
-No; soy del Midi -respondió el joven.
El que descargaba las carretillas, después de vaciar aquellas tres, se sentó en el suelo a descansar, contento de que hubiese ocurrido el accidente, pero no por ello más locuaz que antes. Silencioso y arisco, fijaba en el carretero sus ojos opacos, como extrañado de tanta conversación. Y es que, en efecto, el viejo no hablaba tanto de ordinario. Evidentemente la fisonomía del desconocido le había sido simpática, o se hallaba en uno de esos raros momentos de expansión, que a veces hacen hablar a los viejos en voz alta, aunque estén solos.
-Pues yo soy de Montsou, y me llamo Buenamuerte.
-¿Será un apodo? -preguntó Esteban admirado.
El viejo hizo un movimiento de satisfacción, y señalando la mina, contestó:
-Sí, sí por cierto... Me han sacado de allí dentro, tres veces medio muerto; una vez, con la piel de la espalda destrozada; otra, de entre los escombros de un hundimiento, y la tercera medio ahogado... Al ver que no reventaba nunca, me llamaron en broma Buenamuerte.
Y redobló su jovialidad, un chirrido de polea mal engrasada, que acabó degenerando en un violentísimo acceso de tos. El reflejo del brasero de carbón alumbraba en aquel instante su cabeza enorme, cubierta por escaso cabello completamente blanco, y su cara achatada, pálida, casi lívida y salpicada de algunas manchas moradas. Era de baja estatura, tenía un cuello enorme como el de un toro, las pantorrillas salientes, y los brazos tan largos, que sus manazas caían hasta más abajo de las rodillas. Además, pareciéndose en esto a su caballo, guardaba tal inmovilidad, a pesar del viento, que cualquiera hubiera creído que era de piedra al ver que no le hacia mella ni el frío intenso, ni las terribles rachas del vendaval.
Esteban le miraba.
-¿Hace mucho tiempo -le preguntó- que trabaja usted en las minas?
Buenamuerte abrió los brazos, exclamando:
-¿Mucho tiempo?... ¡Ya lo creo!... Mire, no había cumplido ocho años, cuando bajé por primera vez precisamente a ésa, a la Voreux; y tengo ahora cincuenta y ocho. Conque, eche un cálculo... Ahí dentro he hecho de todo: fui aprendiz, después arrastrador, cuando tuve fuerzas para ello; luego, cortador de arcilla durante dieciocho años; más tarde, a causa de estas pícaras piernas, que se empeñaron en no funcionar como es debido, me pusieron en la brigada de barrenos; después fui barrendero; me dedicaron también a las composturas del material, hasta que se vieron precisados a sacarme de abajo, porque el médico decía que me quedaría allí. Entonces, hace cinco años de esto, me dedicaron a carretero... Conque, ¿qué tal? ¡No es poco cincuenta años de mina, y de ellos cuarenta abajo, en el fondo!
Y mientras hablaba, algunos pedazos de hulla inflamada que caían del brasero iluminaban de vez en cuando su pálido semblante con un reflejo sangriento.
-Me dicen que descanse -continuó-. Pero yo no les hago caso; no soy tan idiota como ellos se figuran. Sea como sea, he de aguantar los dos años que me faltan para llegar a sesenta, a fin de atrapar la pensión de ciento ochenta francos. Si me despidiese hoy, se apresurarían a concederme la de ciento cincuenta. ¡Si serán bribones!... Además, estoy todavía fuerte, excepción hecha de las piernas, y eso a causa de tanta agua como me entró en el pellejo cuando trabajaba en las galerías. Hay días que no puedo mover una pata sin dar gritos.
Otro golpe de tos le interrumpió de nuevo.
-¿Tose por eso también? -dijo Esteban.
Pero el viejo dijo que no con la cabeza, violentamente, y luego, cuando pudo hablar, añadió:
-No, no; es que me resfrié el mes pasado. Nunca había tosido, y ahora no sé cómo librarme de esta maldita tos... Lo más raro es que escupo, y escupo sin parar..
Volvió, en efecto, a escupir una sustancia negruzca.
-¿Escupe sangre? -dijo Esteban, atreviéndose al cabo a preguntarle.
Buenamuerte se enjugó los labios con el revés de su mano velluda. -El carbón. Tengo en el cuerpo más del que necesitaría para calentarme hasta que me muera. Y eso que hace cinco años que no bajo a las galerías. Parece como si lo hubiera tenido almacenado, sin sospecharlo siquiera. ¡Bah! ¡Esto conserva!
Hubo un momento de silencio. Los martillazos continuaban allá en el fondo de la mina, y el viento pasaba con su quejumbre, como un grito de hambre y de cansancio que brotara de las profundidades de la noche. Calentándose a la lumbre, el viejo seguía rumiando sus recuerdos. ¡No era un día ni dos los que llevaba arrancando mineral! Su familia trabajaba para la Compañía Minera de Montsou desde la fundación de ésta, y databa de antiguo, ¡de ciento seis años! Su abuelo, Guiliermo Maheu, que entonces era un mozo de quince años, había sacado carbón de Réquillard, la primera mina de la Compañía, un pozo antiguo que ya estaba abandonado, cerca de la fábrica de Fauvelle, habiendo descubierto un filón nuevo, que por cierto se llamó el Filón Guillermo, del nombre de su abuelo. Él no lo había conocido. Era, según decían, un buen mozo, fuerte y robusto, que se murió de viejo a los sesenta años. Luego su padre, Nicolás Maheu, a quien llamaban El Rojo, sucumbió a los cuarenta años escasos, en el fondo de la Voreux, que estaban abriendo entonces; murió enterrado a causa de un desprendimiento; la arcilla de carbón se sorbió su sangre, y las rocas trituraron sus huesos. Más tarde, dos tíos suyos, y después tres hermanos, se habían dejado allí el pellejo también, y él, Vicente Maheu, que había sabido escapar menos mal, aunque con las piernas destrozadas, pasaba por muy hábil. ¡Y qué había de hacer, si era necesario trabajar! Eso venían haciendo de padres a hijos, como hubieran podido dedicarse a cualquier otra cosa. Su hijo, Manuel Maheu, se reventaba ya trabajando allí, lo mismo que sus nietos y que toda su familia, que vivían enfrente, en uno de los barrios para obreros hechos por la Compañía. Ciento seis años de cavar de padre a hijos para el mismo dueño: ¡eh!, ¿qué tal? Muchos burgueses no podrían contar tan bien su propia historia.
-¡En fin, si se saca para comer!... -murmuró de nuevo Esteban. -Eso es lo que yo digo; mientras se come, se puede vivir.
Nuevamente guardó silencio, dirigiendo la vista al barrio de los obreros de que había hablado, y en el cual empezaban a verse algunas luces. Dieron las cuatro en el reloj de la torre de Montsou; el frío era cada vez más intenso.
-¿Y es muy rica la Compañía? -replicó Esteban.
El viejo levantó los hombros, y luego los dejó caer lentamente, como anonadado bajo el peso del dinero.
-¡Que si es ... ! Quizás no lo sea tanto como su vecina la Compañía de Anzin. Pero, así y todo, tiene millones y millones. Ni siquiera sabe cuántos. Posee diecinueve minas, de las cuales trece están dedicadas a la explotación: la Voreux, la Victoria, Crevecoeur, Mirou, Santo Tomás, la Magdalena, Feutry-Cantel y otras cuantas más... Diez mil obreros, concesiones que se extienden por sesenta y siete distritos diferentes, cinco mil toneladas de hierro diarias, un ferrocarril, que pone en comunicación unas minas con otras, y talleres, y fábricas... ¡Oh! ¡Ya lo creo que tiene dinero!
El rodar de unas carretillas por los rieles hizo enderezar las orejas al caballo tordo. Sin duda habrían compuesto el ascensor ya, porque los obreros trabajaban de nuevo.
El carretero empezó a enganchar el caballo para seguir sus viajes a la boca de la mina, mientras le decía por lo bajo y lentamente:
-No hay que acostumbrarse a gandulear, como ahora, bribón... ¡Si el señor Hennebeau supiera!...
Esteban, pensativo, contemplaba la oscuridad. De pronto preguntó:
-¿De modo que la mina es del señor Hennebeau?
-No -replicó el viejo-. El señor Hennebeau no es más que el director general. Le pagan como a nosotros.
El joven indicó con un gesto la inmensidad de las tinieblas, mientras preguntaba:
-¿Pues de quién es todo eso?
Pero Buenamuerte era víctima de un nuevo golpe de tos, y apenas si podía ni respirar. Al fin, cuando pudo escupir, y se hubo limpiado la espuma negruzca de los labios, contestó gritando para poder ser oído a pesar del estruendo del viento, que cada vez era más fuerte:
-¡Eh! ¿Que de quién es todo eso?... ¡Vaya usted a saber!... De los accionistas...
Y con la mano señalaba en la oscuridad un punto vago, un sitio ignorado y lejano en que habitaban aquéllos para quienes estaban trabajando Maheu y los suyos desde hacía más de un siglo. Su voz había tomado un acento de temor religioso, como si hubiera hablado de un tabernáculo inaccesible, donde se adorara el ídolo al que todos aquellos hombres sacrificaban su vida, sin haberlo visto jamás.
-Pero, en fin, si se tiene el pan que se necesita... -repitió Esteban por tercera vez, y sin transición aparente.
-¡Esa es la cuestión! ¡Si se tuviera siempre el pan! Lo malo es que muchas veces no se tiene...
El caballo había echado a andar, y el carretero desapareció tras de él arrastrando los pies como un inválido. Junto al montón donde se vaciaban las carretillas, el obrero ocupado en aquella faena se acurrucó otra vez con la barba entre las rodillas, y fijando en el vacío sus ojos sin expresión, como si no hubiera advertido siquiera la presencia de un extraño.
Esteban recogió su paquete, que había dejado en el suelo; pero no se marchó aún. Las ráfagas de viento le helaban la espalda, mientras el calor de la hoguera le achicharraba el pecho. Quizás, de todos modos, haría bien en dirigirse a la mina: tal vez el viejo no sabía lo que pasaba: además, se resignaría y aceptaría cualquier faena. ¿Adónde iría, qué iba a hacer en aquella tierra donde no había más que hambre y miseria? ¿Había de dejarse morir como un perro callejero? Sin embargo, le turbaba cierta vacilación, cierto temor que sentía al pensar en la Voreux, casi oculta en las tinieblas, en medio de aquel inmenso llano. El viento era cada vez más fuerte. En el azul del cielo no se veía brillar ninguna luz; solamente los hornos se distinguían en medio de la oscuridad, pero sin iluminar el llano. Y la Voreux, entre tanto, sumido en aquel precipicio, respiraba cada vez con más fuerza, jadeando fatigosamente, como si le costara trabajo la digestión de aquella carne humana que engullía todos los días.
El barrio de que hemos hablado, y que se llamaba de los Doscientos cuarenta, dormía en medio de la oscuridad.
Se distinguían vagamente los cuatro inmensos cuerpos de edificio que formaban las casitas, presentando el aspecto de un cuartel o un hospital, geométrico, paralelamente colocados, y divididos por tres calles muy anchas, flanqueadas de unos jardinillos iguales. Y en la desierta planicie que se extendía delante del barrio, no se oía más que el silbar desesperado del viento y el crujir de puertas y ventanas.
En la casa de los Maheu, en el número 16 del segundo cuerpo, no se había movido nadie. Espesas tinieblas envolvían la única habitación del primer piso, como abrumando bajo su peso el sueño de los seres que se adivinaban allí, amontonados, con la boca abierta, destrozados por el cansancio. A pesar del frío intenso del exterior, el aire enrarecido tenía un calor vivo, ese aliento caluroso de los cuartos que huelen a ganado humano.
Las cuatro sonaron en el cu-cu de la sala del entresuelo. Pero nadie se movió; continuaba oyéndose la respiración de los que dormían, acompañada de sonoros ronquidos, hasta que de pronto se levantó Catalina. Tan cansada estaba, que había contado, por la fuerza de la costumbre, las cuatro campanadas del reloj que oyera a través del suelo de tablas, sin tener ánimo para levantarse, ni aun para despertarse completamente. Luego, con las piernas fuera de las sábanas, tentó, y acabando por encontrar los fósforos, frotó uno y encendió la vela. Pero siguió sentada en el borde del colchón, con la cabeza tan pesada, que se le iba para uno y otro lado, cediendo a la invencible necesidad de volver a dormir.
La vela alumbraba ya la habitación, que era cuadrada, con dos ventanas, y estaba ocupada con tres camas. Había también un armario, una mesa y dos sillas viejas de nogal, cuyo oscuro color se destacaba fuertemente del fondo de la pared, pintada de amarillo claro. En la pared se veían ropas colgadas de clavos, y en el suelo un cántaro junto a un cuenco de barro que servía de palangana. En la cama de la izquierda, Zacarías, el hijo mayor, mozo de veintiún años, estaba acostado con su hermano Juan, que acababa de cumplir once; en la de la derecha, dos pequeñuelos, Leonor y Enrique, la primera de seis años y el segundo de cuatro, dormían uno en los brazos de otro, mientras que Catalina compartía la otra cama con su hermana Alicia, tan pequeña y endeble para tener nueve años, que ni siquiera la hubiera sentido, si no fuese porque se le clavaba a menudo en las costillas la joroba de la enferma. La puerta vidriera estaba abierta, y por ella se veía el corredor y una especie de antesala, donde el padre y la madre ocupaban otra cama, junto a la cual había sido necesario instalar la cuna de la más pequeña, Estrella, que tenía tres meses no cumplidos.
Al fin, Catalina, hizo un esfuerzo desesperado. Se estiraba, crispaba las manos y se tiraba de los cabellos rojizos, y tan enmarañados, que se le venían a la cara. Era muy delgada para los dieciséis años que tenía; no enseñaba, fuera de la especie de funda que le servía de camisa, más que unos pies azulados, como tatuados por el carbón, y unos brazos delicados, de una blancura de leche, que contrastaban grandemente con el color de la cara, cuyo cutis estaba ya estropeado por el continuo lavarse con jabón negro. Otro bostezo le abrió la boca, un poco grande, con unos dientes magníficos en medio de la palidez clorótica de las encías, mientras que los ojos le lloraban a fuerza de quererse abrir, dándole una expresión dolorosa, que parecía hinchar de fatiga su desnudez entera.
En aquel momento se oyó una especie de gruñido; la voz de Malhumorado decía:
-¡Vamos! ¡Que ya es hora!... ¿Eres tú quien enciende, Catalina?
-Padre... Ya ha dado la hora en el reloj de abajo.
-¡Pues date prisa, holgazana! Si no hubieras bailado tanto ayer, nos hubieses despertado antes... ¡Vaya una pereza!
Y siguió gruñendo; pero el sueño le dominó a él también; sus reproches se apagaron en un nuevo ronquido.
La joven, en camisa, con los pies descalzos, iba y venía de una parte a otra del cuarto. Al pasar junto a la cama de Leonor y Enrique, los arropó con la colcha que se había caído al suelo, y ellos, dormidos como duermen los chicos a esa edad, no se despertaron. Alicia, con los ojos abiertos, había dado una vuelta en la cama para colocarse en el lado caliente que acababa de dejar su hermana, sin decir una palabra.
-¡Eh, Zacaríasi, y ¡tú, Juan! -repetía Catalina en pie, delante de sus dos hermanos, que seguían durmiendo a pierna suelta con la cara hundida en la almohada.
Al fin, tuvo que coger al mayor por un brazo y zarandearlo con toda su fuerza; luego, mientras el muchacho le prodigaba todo género de injurias, ella optó por quitarles la ropa de la cama,. No pudo menos de echarse a reír con todas sus fuerzas cuando vio el cuadro que presentaban los dos muchachos, con las piernas al aire.
-¡Qué bestia eres!, ¡déjame! -gruñó Zacarías con mal humor cuando se hubo sentado en la cama-. No me gustan las bromas... y pensar que no tiene uno más remedio que levantarse... ¡Maldita sea mí suerte!
Era delgaducho, mal formado, con la cara larga, manchada por una barbilla clara, con el pelo rojizo, y tenía la palidez anémica de toda la familia. Se le había subido la camisa hasta más arriba de la cintura; la bajó, no por pudor, sino porque tenía frío.
-Ya ha dado la hora -repetía Catalina-. ¡Vamos, arriba, que padre se va a enfadar!
Juan, que se había acurrucado de nuevo, cerró los ojos, diciendo: -¡Vete al demonio! ¡Voy a dormir!
Ella se sonrió bondadosamente. Era el pobrecillo tan pequeño, y tenía los músculos tan débiles, a pesar de sus articulaciones enormes, deformadas por la escrófula, que su hermana lo cogió en brazos sin ningún trabajo. Pero él rabiaba; su cara, que parecía la de un mono con aquellos ojillos verdes y aquellas orejas colosales, palideció de ira al verse tan débil. No dijo nada; pero le dio, un mordisco en el pecho.
-¡Condenado! -murmuró Catalina, conteniendo un grito de dolor, y dejándolo en tierra.
Alicia, que seguía silenciosa, tapada hasta la boca con la colcha, no se había vuelto a dormir. Miraba con ojos inteligentes de enferma a sus hermanos que se estaban vistiendo, y seguía curiosamente todos sus movimientos.
Junto al cuenco que les servía para lavarse surgió otra disputa; los muchachos empujaban a su hermana, porque decían que tardaba mucho en lavarse. Las camisas volaban por el aire, mientras que, -dormitando todavía, se desperezaban con la mayor desvergüenza y con la inconsciente tranquilidad de perrillos criados juntos. Catalina fue la primera que estuvo arreglada. Se calzó sus pantalones de minero, se puso la blusa, y se ató un pañuelo azul al pelo, tasándoselo todo; con aquel traje limpio, como el que se ponía todos los lunes, parecía un muchacho; no le quedaba nada de su sexo más que el movimiento acompasado de las caderas.
-Cuando venga el viejo se va a poner contento al ver la cama deshecha... Mira, le diré que has sido tú -dijo Zacarías.
Hablaba del abuelo, del viejo Buenamuerte, que, como trabajaba de noche, dormía de día, y se acostaba al amanecer. La cama no se enfriaba; siempre había alguien dentro de ella.
Catalina, sin contestar, se había puesto a colocar. las sábanas y la colcha en su sitio. Hacía un momento que se oía ruido al otro lado del tabique, en la habitación de los vecinos. Aquellas casas de ladrillos, hechas con gran economía por la sociedad minera, tenían unos tabiques tan endebles, que todo se oía. Vivían apiñados; no había medio de ocultar ni el más, pequeño pormenor de la vida íntima, ni siquiera a los pequeños. Unos pesados pasos habían hecho crujir la escalera; luego se oyó como el ruido de una caída en blando, seguida de un suspiro de satisfacción.
-¡Bueno! -dijo Catalina-, ¡Levaque se ha ido, y Bouteloup se acuesta con su mujer!
Juan se echó a reír, y hasta los ojos de Alicia brillaron maliciosamente.
Todas las mañanas bromeaban acerca de aquella casa de los vecinos, donde vivía de huésped un trabajador nocturno, en casa de otro que trabajaba de día, y la mujer de éste, lo cual daba a la mujer dos maridos, uno de día y otro de noche.
-Filomena tose -añadió Catalina, después de haber arrimado el oído al tabique.
Hablaba de la hija mayor de los Levaque, una muchacha de diecinueve años, amante de Zacarías, de quien tenía ya dos hijos, y tan delicada del pecho, que cernía mineral en la boca de la mina, porque no había podido nunca trabajar abajo.
-¡Ah, sí! Filomena se ríe del mundo. Duerme como un lirón... es una porquería eso de dormir hasta las seis.
Se estaba poniendo el pantalón, cuando de repente, y como a impulsos de una idea repentina, abrió la ventana.
Todo el barrio iba despertándose poco a poco, a juzgar por los rayos de luz que se veían ya a través de las persianas.
Zacarías empezó una disputa con su hermana; se asomaba a ver si veía salir de casa de los Pierron, que vivían en frente, al capataz mayor, a quien se acusaba de dormir con la mujer de Pierron, mientras que su hermana le decía que el marido trabajaba de día en las minas desde la víspera, y que, por lo tanto, aquella noche no había podido dormir allí Dansaert. El aire frío penetraba por la ventana abierta, en tanto que los dos se acaloraban, sosteniendo cada cual la exactitud de sus noticias. De pronto se oyó el llanto de Estrella, que estaba en la cuna, y a quien el frío había despertado.
Maheu despertó hecho una furia contra sí mismo. ¿Qué demonio le pasaba para dormirse de aquel modo, como un haragán? Y rabiaba tanto, y juraba con tal fiereza, que los muchachos guardaron silencio. Zacarías y Juan acabaron de lavarse perezosamente; Alicia, con ojos como platos, seguía mirándolos. Los dos pequeños, Leonor y Enrique, uno en brazos de otro, no habían despertado, y seguían respirando tranquilamente, a pesar del ruido.
-¡Catalina, dame la vela! -gritó Maheu.
La joven, que acababa de abrocharse la blusa, llevó la luz al cuarto de su padre, dejando a oscuras a sus hermanos, que siguieron buscando su ropa poco menos que a tientas, sin más claridad que la que llegaba por la puerta abierta. Su padre saltó de la cama. Catalina no se detuvo; bajó sin calzarse y a tientas para encender otra luz y poder calentar el café. Encima de la mesa de la sala estaban los zuecos de toda la familia.
-¡Callarás, condenada! -replicó Maheu, exasperado por el llanto de Estrella, que iba en aumento.
Era de pequeña estatura, como el viejo Buenamuerte, y se parecía a él en lo grande de la cabeza, en lo achatado y pálido de la cara y en lo rojo de los cabellos, que llevaba cortados a punto de tijera. La niña lloraba, cada vez más asustada al ver aquellos brazos agitándose sobre su cabecita.
-Déjala: ya sabes que no quiere callar -dijo la mujer de Maheu, acomodándose en la cama.
También ella acababa de despertarse, y se quejaba de que no la dejaban nunca dormir tranquila. ¿No podían marcharse sin hacer ruido? Acurrucada entre las sábanas, no enseñaba más que una cara larga, de facciones muy marcadas, de una belleza bastante ordinaria, y ajada ya, a los treinta y nueve años, a causa de su vida de miseria y de los siete hijos que había tenido.
Mientras su marido se vestía, ella empezó a hablar lentamente, mirando al techo. La niña seguía llorando; pero ni uno ni otro le hacían caso.
-¡Eh! Ya te lo he dicho; no tengo ni un céntimo, y es lunes hoy; todavía faltan seis días para que cobremos la quincena... No hay manera de hacer que el dinero dure más. Entre todos traéis nueve francos diarios a casa, ¿cómo queréis que me las componga, si somos diez!
-¡Oh! Nueve francos -gruñó Maheu-. Tres yo y Zacarías tres, seis... Catalina y mi padre dos, son cuatro... Cuatro y seis, diez... Y Juan uno, once.
-Sí, once; pero hay domingos, días de descanso... Nunca, nunca se cobran más de nueve.
Él no contestó, y siguió buscando por el suelo su cinturón de cuero. Luego dijo, levantándose:
-No hay que quejarse, pues, después de todo, estoy todavía fuerte. Más de uno, a los cuarenta y dos años, se tiene que retirar.
-Tienes razón, hijo; pero eso no nos da de comer.. ¿Qué demonios quieres que haga? Di... ¿no tienes tú nada?
-Yo, veinte céntimos.
-Guárdalos para un vaso de cerveza... ¡Dios mío!... ¿Qué voy a hacer? Seis días no se acaban nunca. Debemos sesenta francos a Maigrat, que me plantó en la calle anteayer. No por eso dejaré de volver hoy otra vez. Pero si se empeña en decir que no...
Y la mujer de Maheu continuó hablando con voz triste, con la cabeza inmóvil, cerrando los ojos poco a poco a la tristona claridad de la vela de sebo. Decía que la despensa estaba vacía; que los chicos le pedían tostadas de manteca; que no había ni siquiera café; que el agua producía cólicos, y que no había más remedio que pasarse los días engañando el hambre con hojas de col cocidas. Poco a poco había tenido que ir levantando la voz, porque los gritos de Estrella la apagaban. Aquel griterío se hacía insoportable. Maheu, fuera de sí, cogió a la pequeña de la cuna, y la tiró encima de la cama de su madre, gritando furioso:
-¡Toma, tómala!... ¡la ahogaría!... ¡Maldita niña! ¡No carece de nada, Porque al menos ella mama, y chilla más que todos los otros reunidos!
Estrella se había puesto a mamar, en efecto. Tapada con la ropa de la cama y calmada por el calor, ya no se oía más que el chupar de sus labios. -¿No te habían dicho las señoras de la Piolaine que fueses a verlas? -replicó el padre, después de un momento de silencio.
La madre torció la boca con aires de duda y desaliento.
-Sí; me encontraron el otro día, y me dijeron que repartían ropa a los niños pobres... En fin, luego iré a su casa con Leonor y Enrique. ¡Si al menos me dieran un par de francos!
De nuevo se hizo el silencio. Maheu estaba listo ya. Se quedó un momento inmóvil, y después dijo con voz sorda:
-¿Qué quieres? Las cosas están así; arréglate como puedas... Con hablar no se adelanta nada; más vale irse a trabajar.
-Así es -contestó su mujer-. Apaga la vela, que no necesito ver el color de mis ideas.
Maheu dio un soplo a la luz: Zacarías y Juan bajaban ya; él les siguió, y la escalerilla de madera empezó a crujir bajo el peso de sus pies. Al salir, la sala y la alcoba se habían quedado de nuevo en tinieblas. Los chiquillos dormían, y hasta los párpados de Alicia se habían vuelto a cerrar. Pero la madre estaba con los ojos abiertos en la oscuridad, mientras que, tirando de su escuálido pezón de mujer hambrienta, Estrella dejaba oír de cuando en cuando un gruñido de placer.
En la sala de abajo, Catalina se había ocupado, ante todo, de reavivar la lumbre en una estufa redonda con el carbón que la Compañía regalaba a sus obreros todos los meses, a razón de un tanto por familia.
Como era malo, se encendía con dificultad, y la joven no lo apagaba; todas las noches cubría la lumbre con ceniza; no tenía más que avivarla por las mañanas, y añadirle unos carboncillos buenos, rebuscados expresamente.
Después colocó en la hornilla una cafetera llena de agua, y se, sentó en el suelo.
Era aquélla una habitación bastante grande, que ocupaba todo el entresuelo, pintada de verde manzana, muy limpia, con sus grandes baldosas muy restregadas. Además del aparador de pino pintado, el mobiliario se componía de una mesa y de sillas de la misma madera. Colgadas en las paredes, se veían algunas estampas pintarrajeadas, retratos del Emperador y la Emperatriz que les había regalado la Compañía, e imágenes de santos; en cuanto a adornos, no se veían más que una caja de cartón de color rosa colocada en una tabla del aparador, y un reloj de los llamados cu-cu, con un péndulo muy recargado, cuyo incesante tic-tac parecía llenar el vacío de la sala.
Junto a la puerta de la escalera había otra que conducía al sótano. A pesar de la extraordinaria limpieza que reinaba allí, un olor de cebolla cocida conservada desde el día anterior emponzoñaba el aire caliente, aquel aire pesado y enrarecido siempre, cargado del olor acre de la hulla.
Catalina, en pie delante del aparador abierto, reflexionaba. No había más que un pedazo de pan, algo de queso fresco y una pizca de manteca, y era necesario hacer tostadas para cuatro personas. Al fin se decidió, cortó las rebanadas lo más gruesas posible, cogió una, que untó de queso, y, untando otra de manteca, las pegó una con otra; aquello era la merienda, la tostada doble que se llevaban todos los días para almorzar en la mina. Pronto estuvieron las cuatro meriendas alineadas encima de la mesa, confeccionadas con severa justicia para todos, desde la más gorda, que era para el padre, hasta la más pequeña, destinada a Juan.
Ya empezaba el agua a hervir en la cafetera, cuando Catalina, que parecía entregada por completo a sus faenas domésticas, debió de pensar en lo que había dicho Zacarías del capataz mayor y la mujer de Pierron, porque abrió la puerta de la calle y dirigió una mirada al exterior. El viento seguía soplando de lo lindo, y se iban viendo luces cada vez más numerosas a lo largo de todas las fachadas de las casas del barrio, anunciando el despertar de sus habitantes. Ya se abrían las puertas, y grandes grupos de obreros se alejaban rápidamente en medio de la oscuridad.
¡Pero qué estupidez estar así pasando frío tontamente cuando Pierron dormía aún aguardando a que fuesen las seis para irse a trabajar! Y, sin embargo, seguía observando la casa que había en frente de la suya; la casa de los jardines. La puerta se abrió de pronto y aumentó la curiosidad de Catalina. No podía ser nadie más que Lidia, la hija de los Pierron, que se iría a las minas también.
De pronto el ruido del agua hirviendo que se salía de la cafetera hizo estremecer a Catalina, de miedo de que se le apagase la lumbre. No había café, y tuvo que contentarse volviendo a pasar por el agua el del día antes. Precisamente en aquel momento bajaban su padre y sus hermanos.
-¡Diablo! -exclamó Zacarías acercándose el tazón a las narices-. Lo que es esto no nos hará daño a buen seguro.
Maheu se encogió de hombros con aire resignado.
-¡Bah! Está caliente -dijo-; y eso es lo principal.
Juan había recogido las migajas hechas por su hermana al cortar las tostadas, y las echaba en su taza. Catalina, después de servirse su parte, acababa de tirar el agua que quedaba en la cafetera. Los cuatro estaban de pie, mal alumbrados por la luz tristona de la vela, y bebiendo de prisa.
-¡Acabáis o no! -dijo el padre-. Cualquiera creería que vivimos de nuestras rentas.
Se oyó una voz que llegaba por la puerta de la escalera que había quedado abierta. Era la de la mujer de Maheu, que gritaba:
-¡Comeos todo el pan, que para los niños tengo guardados unos pocos fideos!
-¡Bueno, bueno! -contestó Catalina.
Había vuelto a cubrir la lumbre, teniendo cuidado de poner entre la ceniza un puchero de sopa, que encontraría caliente el abuelo cuando fuese a acostarse a las seis. Cada cual cogió su par de zuecos, se echó al hombro la cuerda del morralillo, y se colocó su merienda a la espalda, entre la camisa y el chaquetón. Y salieron los hombres delante y detrás de la muchacha, después de apagar la luz y de echar la llave. La casa volvió a quedar a oscuras y en silencio.
-¡Hola! Vamos juntos -dijo un hombre que estaba cerrando la puerta de la casa contigua.
Era Levaque, que salía con su hijo Braulio, un muchacho de doce años, muy amigo de Juan. Catalina, asombrada, contuvo una carcajada, murmurando al oído de Zacarías.
-¿Cómo? ¡Bouteloup no aguarda siquiera a que se vaya el marido!
Las luces empezaban a apagarse en el barrio, y todo quedó en silencio. Las mujeres y los chiquillos continuaban su interrumpido sueño en las camas que se habían quedado más desocupadas. Y desde el tranquilo pueblecillo hasta la Voreux, cada vez más animada, se producía un lento y apiñado desfile de hombres, el desfile de los carboneros que se encaminaban al trabajo, encorvando las espaldas, sin saber dónde abrigarse las manos, cruzando los brazos sobre el pecho, mientras la merienda, puesta en la espalda, les hacía parecer jorobados. Vestidos con ropa ligera, tiritaban de frío, sin apresurarse más por eso, andando diseminados por la carretera.
Esteban se había arriesgado a entrar en la Voreux, y todos los hombres a quienes se dirigía, preguntándoles si había trabajo, meneaban la cabeza, y acababan por decirle que esperase al capataz mayor. Le dejaban andar libremente por los departamentos, mal alumbrados, negros y verdaderamente imponentes, por la complicación de sus habitaciones y sus pisos. Acababa de subir una escalera oscura y medio derruida, y se había encontrado en un pasadizo que temblaba bajo su peso; luego había atravesado el departamento donde se cernía el mineral, y que estaba tan oscuro, que tenía que andar con los brazos extendidos para no tropezar.
De pronto aparecieron bruscamente ante él dos enormes hornos. Se hallaba en la sala de entrada a la boca misma del pozo.
Un capataz, el tío Richomme, muy gordo, con cara de gendarme bondadoso, adornada de bigotes grises, cruzaba en aquel momento por allí, dirigiéndose a la oficina de recepción.
-¿Hace falta un obrero para trabajar? -preguntó Esteban otra vez.
Richomme iba a decir que no; pero se arrepintió y alejándose, contestó como los demás:
-Espere al señor Dansaert, el capataz mayor.
Allí había cuatro faroles, cuyos reflectores, que lanzaban toda la luz sobre la boca del pozo, alumbraban vivamente las rampas de hierro, los cables y las maderas del aparato por donde subían y bajaban las dos jaulas ascensores. El resto de la estancia, que era muy grande, semejaba a la nave de una iglesia a medio alumbrar sumido en una vaga oscuridad, por donde cruzaban sin cesar sombras confusas. Solamente la lampistería brillaba allá en el fondo, mientras un quinqué, colocado en el despacho del encargado de recibir el mineral, parecía una estrella en el cielo cubierto nubes. Había empezado de nuevo la extracción, y sobre las losas de la estancia sonaba incesantemente el rodar de las carretillas cargadas de carbón, y se veía el ajetreo de los obreros, moviéndose de acá para allá, en silencio, por entre todas aquellas cosas negras y ruidosas que se agitaban incesantemente.
Esteban permaneció un momento inmóvil, ensordecido y como ciego. Se sentía helado, porque por todas partes entraban corrientes de aire. Dio luego unos cuantos pasos para salir de allí, encaminándose hacia la máquina, cuyo brillante acero y bruñido bronce le atraían. Estaba la máquina poco más allá de la boca de la mina, y tan sólidamente asentada sobre su basamento de ladrillo, que trabajaba a todo vapor, con todo el poder de sus cuatrocientos caballos de fuerza, sin que el movimiento de sus piezas colosales, que, untadas de aceite, se movían suavemente, produjeran ni la menor trepidación. El maquinista, de pie en su sitio, ponía atento oído a los timbres de señales, sin separar la vista del indicador, un cuadro donde se hallaban señalados los diferentes pozos y galerías con sus distintos pisos, por medio de unas ranuras verticales, por las cuales pasaban unos plomos colgados de unas cuerdas, que representaban las diferentes jaulas.
Y cada vez que había una bajada, cuando la máquina empezaba a funcionar, las bobinas, dos inmensas ruedas de un radio de cinco metros, por medio de las cuales los cables de acero se enroscaban y desenroscaban en sentido contrario, daban vueltas con tal velocidad, que no había medio de verlas trabajar.
-¡Eh, cuidado! -gritaron dos obreros que arrastraban una escalera gigantesca.
Había faltado poco para que Esteban fuese aplastado. Se le iba acostumbrando la vista, y ya podía contemplar el movimiento de los cables; más de treinta metros de cinta de acero, que, pasando por las ranuras de los montantes, descendían hasta el fondo del pozo, para que subieran las jaulas de extracción. Aquella operación se verificaba con un silencio admirable, sin un tropezón, rápida, vertiginosamente, yendo y viniendo aquel alambre, de un peso enorme que podía levantar hasta doce mil kilogramos, con una velocidad de diez metros por segundo.
-¡Eh, cuidado! ¡Caramba! -gritaron los trabajadores que arrastraban la escala al otro lado para examinar el funcionamiento del aparato.
Esteban volvió lentamente a la puerta de las oficinas. Aquel movimiento de gigantes que se producía por encima de su cabeza, le atolondraba. Y tiritando de frío, por entre las corrientes de aire, contempló la maniobra de los ascensores, sintiéndose ensordecido por el estrepitoso rodar de carretillas y vagones. Junto a la boca de la mina funcionaba el martillo de señales, un martillo enorme, puesto en movimiento por medio de una cuerda que se manejaba desde abajo, y que golpeaba en un yunque.
Daba un golpe para parar, dos para bajar, tres para subir: y los tres golpes no cesaban ni un momento, dominando con su estruendoso tap, tap, el extraordinario tumulto que había arriba, aumentado por el obrero que dirigía la maniobra, gritando órdenes al maquinista por medio de una bocina. En medio de aquella algazara infernal, los ascensores subían y bajaban, se llenaban y se vaciaban como por encanto, y sin que Esteban comprendiese nada de aquellas complicadas tareas.
Lo único que entendía era que la mina se tragaba los hombres, por grupos de veinte o treinta, y se quedaban como si tal cosa. La bajada de los obreros empezaba a las cuatro. Iban llegando a la boca de la mina, descalzos, con su linterna en la mano, y así esperaban a reunirse suficiente número para un viaje del ascensor. Sin hacer el más ligero ruido, la jaula de hierro salía de las profundidades oscuras de la mina y se colocaba sobre los muelles para detenerse, llevando llenos sus cuatro departamentos de carretillas cargadas de carbón. Los obreros sacaban las carretillas, reemplazándolas por otras, o vacías o cargadas de madera, para las faenas de abajo. Y en carretillas vacías se colocaban los mineros, de cinco en cinco, para bajar hasta cuarenta de una vez en algunas ocasiones. Se oía una voz dada por la bocina, mientras que tiraban cuatro veces de la cuerda de señales, para avisar abajo que iba un cargamento de carne humana. Luego, la jaula experimentaba un ligero estremecimiento, se hundía silenciosamente, y caía como una piedra, no dejando tras de sí más que la vibración del cable.
-¿Está muy hondo? -preguntó Esteban a un minero que esperaba a su lado que le llegase el turno.
-Quinientos cincuenta y cuatro metros -respondió el otro con aire soñoliento-. Pero hay cuatro pisos. El primero está a trescientos veinte.
Los dos se callaron, con la mirada fija en el cable que volvía a subir. Esteban replicó:
-¿Y si se rompe la cadena?
-¡Ah! Si se rompe...
El minero acabó la frase con un gesto. Le había llegado el turno, Porque la jaula había vuelto a aparecer en su acostumbrado silencio. Se hizo un sitio entre otros compañeros; la jaula volvió a bajar, subiendo nuevamente al cabo de cuatro minutos, para seguir tragándose hombres.
Durante medía hora, la mina siguió devorando de aquel modo. El fondo se llenaba, se llenaba sin cesar, y las tinieblas continuaban, y la jaula subía vacía, sin alterar en nada el profundo silencio de aquella imponente operación.
Esteban se sintió presa del malestar que ya había experimentado poco antes. ¿A qué empeñarse en un imposible? El capataz mayor le despediría como los demás. De pronto un temor repentino le decidió bruscamente; se marchó de allí, y no se detuvo hasta llegar a la habitación donde estaban instalados los generadores. La inmensa puerta de aquel departamento, abierta de par en par, permitía ver siete calderas de dos hornos. En medio de aquella atmósfera pesada, y del imponente silbido continuo de los escapes de vapor, se veía a un fogonero ocupado en llenar los hornos, que enviaban un calor de infierno hasta más allá de la puerta; y Esteban, satisfecho de sentirse con calor iba acercándose a las calderas, cuando tropezó con un nuevo grupo de carboneros, que se dirigían a la boca de la mina. Eran los Maheu y los Levaque. Al ver a la cabeza del grupo a Catalina, que parecía un muchacho, tuvo la idea supersticiosa de hacer una última intentona.
-Oye, camarada, ¿no se necesitará aquí un obrero para cualquier clase de trabajo?
Ella le miró sorprendida, algo asustada de aquella voz brusca que salía inesperadamente de la oscuridad. Pero Maheu, que iba detrás, le había oído, y contestó, deteniéndose un momento para hablar:
-No, no se necesita a nadie.
Pero aquel obrero, aquel pobre diablo perdido por los caminos en busca de trabajo, le interesó, y al separarse de él dijo a sus compañeros:
-¿Eh, qué tal? Podría uno muy bien verse así... No podemos quejarnos, puesto que al menos nosotros tenemos trabajo.
El grupo entró, y se dirigió a la barraca, una habitación muy grande rodeada de armarios, que estaban cerrados con cadenas. En el centro de ella, una enorme chimenea de hierro, una especie de estufa sin portezuela, se veía enrojecida, y tan atestada de hulla incandescente, que saltaban los pedazos sobre la tierra apisonada del suelo. La habitación no estaba alumbrada más que por la claridad que aquello despedía.
Al llegar los Maheu, se oían grandes carcajadas. Había allí unos treinta mineros en pie, de espaldas a la lumbre, tostándose las espaldas con aire satisfecho. Antes de bajar a la mina, todos iban a recoger y llevarse en la piel un poco de calor para desafiar la humedad terrible del fondo. Pero aquella mañana se entretenían un rato más, solazándose, haciendo bromas a la Mouquette, una trabajadora de dieciocho años, robusta muchacha, cuyos pechos y nalgas enormes le hacían saltar las costuras de la blusa y del pantalón. Vivía en Requillart con su padre, el viejo Mouque, mozo de cuadra, y con su hermano, que trabajaba, como los demás, en las minas; pero como no lo hacían a las mismas horas, ella iba sola a la mina, y entre los trigos en verano, y en invierno detrás de una tapia, se daba un rato de placer con su amante de la semana. Hacían turno todos los de la mina, verdadero turno de buenos compañeros, que jamás traía malas consecuencias. Un día que le echaron en cara haberse entregado a un herrero de Marchiennes, se puso tan furiosa, que por poco estalla de rabia, gritando que se respetaba demasiado y que sería capaz de cortarse un brazo si alguien pudiera alabarse de haberla visto con un hombre que no fuese minero.
-¿De modo que ya no es el buen mozo de Chaval? -decía un obrero en tono de broma-. Ahora te ha dado por ese enano. ¡Pero hija, vas a necesitar una escalera! ¡Mal te vas a ver!
Y aquellas chanzas y crudezas redoblaban las carcajadas de los hombres, que encorvaban sus espaldas, medio cocidas por la lumbre de la chimenea; mientras que ella, contagiada por la risa, exhibía la indecencia de su traje descosido, luciendo sus masas de carne, que, de tan exageradas, parecían producto de una enfermedad.
Pero de pronto se acabó la alegría, porque la Mouquette dijo a Maheu, que Florencia, la buena de Florencia, no podía volver a la mina; se la habían encontrado el día antes tiesa en su cama; según unos, porque se le había roto un aneurisma; según otros, porque había agarrado una borrachera de ginebra. Y Maheu se desesperaba: otra contrariedad. ¡Perder una de las obreras de su cuadrilla sin poder reemplazarla enseguida! Maheu trabajaba por contrata; tenía en su cuadrilla otros tres cortadores de arcilla asociados a él, Zacarías, Levaque y Chaval, y si se quedaba solamente con Catalina para el arrastre de las carretillas, cundiría menos la faena. De pronto se le ocurrió una idea.
-¡Oye! ¿Y ese hombre que buscaba trabajo?
Precisamente en aquel momento pasaba Dansaert por la puerta de la barraca. Maheu le contó lo que le sucedía, y pidió permiso para contratar al hombre, insistiendo en el deseo demostrado por la Compañía, de que poco a poco se fueran reemplazando con hombres las muchachas que trabajaban en el arrastre, como habían hecho en Anzin.
El capataz mayor se sonrió, porque el proyecto de que no trabajasen mujeres disgustaba generalmente a los mineros, que se preocupaban de la colocación de sus hijas, poco cuidadosos de la cuestión de moralidad y de higiene. En fin, después de haber titubeado un poco, dio el permiso que solicitaban, si bien reservándose el pedir que lo ratificara el señor Negrel, el ingeniero.
-¡Venga, venga! -dijo Zacarías-. Sabe Dios donde estará el hombre, si sigue corriendo como cuando lo encontramos.
-No -dijo Catalina-; le vi pararse en el cuarto de las calderas.
-Pues ve a buscarlo, holgazana -exclamó Maheu.
La joven echó a correr, mientras que una tanda de mineros se dirigía al ascensor, dejando a otros su sitio delante de la estufa para calentarse. Juan no esperó a su padre, sino que se fue en busca de su linterna, acompañado de Braulio, un muchachote crédulo y bonachón, y de Lidia, una chiquilla de doce años. La Mouquette, que bajaba delante de ellos, daba voces en la escalera, tratándolos de granujas y de pilletes, y amenazándolos con arrancarles las orejas si le pellizcaban las piernas.
Esteban se hallaba, en efecto, en el departamento de las calderas, charlando con el fogonero, que echaba carbón sin cesar. Sentía muchísimo frío, que aumentaba pensando en la noche que le esperaba al salir de allí. Y, sin embargo, se decidía a marcharse ya, cuando notó que una mano se apoyaba en su hombro.
-Venga -dijo Catalina-; hay trabajo para usted.
Al principio no comprendió. Luego, en un acceso de inmensa alegría, estrechó frenéticamente las manos de la joven.
-¡Gracias, amigo!... ¡Ah, qué gran favor me haces!
Ella se echó a reír, mirándole atentamente a la rojiza claridad de los hornos. Le divertía pensar que la tomaba por hombre al verla tan delgadita y con el pelo tapado completamente con el pañuelo del trabajo. Él se reía también de alegría, y así permanecieron, con las manos enlazadas y mirándose, un momento.
Maheu, en la barraca, sentado en el suelo delante de su armario, se quitaba los zuecos y las gruesas medias de lana. Cuando Esteban llegó, quedó hecho el trato en pocas palabras; treinta sueldos diarios por un trabajo que era difícil al principio, y sobre todo penoso, pero que él aprendería pronto.
El obrero le aconsejó que no se quitase los zapatos, y le prestó una chaqueta vieja y un sombrero de cuero para resguardarse la cabeza, precaución que él y sus hijos desdeñaban ya. Sacaron del armario las herramientas, entre las cuales estaba la pala de Florencia.
Luego Maheu, cuando hubo guardado los zuecos y las medias de todos, así como el paquete de ropa que tenía Esteban, empezó a impacientarse.
-¿Qué demonios hace ese jamelgo de Chaval? Sin duda se estará revolcando con alguna pécora detrás de algún montón de piedras... Hoy nos hemos retrasado al menos media hora.
Zacarías y Levaque estaban calentándose tranquilamente. El primero dijo al fin:
-¿Estás esperando a Chaval?... Ha llegado antes que nosotros, y bajó enseguida.
-¡Cómo! ¡Lo sabías y no me has dicho nada!... Vamos, vamos de prisa.
Catalina, que estaba calentándose las manos, siguió al resto de la cuadrilla. Esteban la dejó pasar, y subió detrás de ella. Nuevamente se encontró en un dédalo de escaleras y corredores oscuros, donde los descalzos pies producían un ruido de calzado viejo. Pero de pronto se vio brillar la lampistería, una habitación formada de cristales, llena de estantes, donde se veían alineadas centenares de linternas sistema Davy, reconocidas cuidadosamente, limpias el día anterior, y encendidas como cirios en el fondo de una capilla ardiente. Cada minero iba tomando la suya por un ventanilla; la linterna tenía su número correspondiente, y luego de reconocerlo, la cerraba el mismo interesado, mientras que el marcador, sentado en su mesa, apuntaba en el registro la hora de bajada.
Fue necesario que interviniese Maheu para que dieran linterna al nuevo trabajador. Había, por precaución, otro requisito que cumplir: los obreros iban desfilando todos por delante de un aparato a propósito, a fin de asegurarse de que todas las linternas estaban bien cerradas.
-¡Demonio! ¡No hace calor aquí! -dijo Catalina tiritando.
Esteban se contentó con mover la cabeza. Se hallaba en aquel momento otra vez junto a la boca de la mina, en aquella habitación enorme, barrida por las corrientes de aire. Aun cuando se tenía por valiente, en aquel instante le apretaba la garganta una emoción desagradable, entre el rodar de los vagones, los golpes sordos del martillo de señales, los gritos ahogados de la bocina, y frente al movimiento continuo de aquellos cables que desenvolvían y arrollaban con velocidad vertiginosa las bobinas de la máquina. Y las jaulas subían y bajaban silenciosamente, tragando hombres y más hombres, que desaparecían en la oscuridad del pozo. Había llegado su turno; tenía frío, y guardaba un silencio nervioso, del cual se burlaban Zacarías y Levaque, porque ninguno de los dos, y especialmente el segundo, ofendido de que no le hubieran consultado, aprobaba la admisión de aquel desconocido. Catalina, en cambio, se sentía satisfecha al ver que su padre iba explicando al joven cada una de las cosas que había que hacer.
-Mire: debajo de la jaula hay unos paracaídas, unas especies de ganchos de hierro que se clavan en las guías en caso de rotura. Los ganchos no funcionan muy a menudo, afortunadamente... Sí; el pozo está dividido en tres compartimentos cerrados con tablas de arriba abajo; por el de en medio van las jaulas, y en los de los lados están las escalas de salvamento...
El minero se interrumpió para refunfuñar, aunque procurando no levantar mucho la voz.
-¿Qué demonios estamos haciendo aquí? ¡Maldita sea!... ¿Es justo tenernos aquí muertos de frío?
El capataz Richomme, que iba a bajar también, con la linterna sujeta con un gancho al cuero de su chaqueta de trabajo, le oyó quejarse.
-¡Ten cuidado, que las paredes oyen! -murmuró paternalmente, como buen minero viejo, que no ha dejado de ser compañero de los trabajadores-. De algún modo se ha de hacer la maniobra... Vamos, ya está; embarca a tu gente.
En efecto; la jaula, guarnecida con tiras de lona y con una red de pequeñas mallas, les esperaba. Maheu, Levaque, Zacarías y Catalina, se colocaron en una de las carretillas del fondo; y como debían ir cinco personas, Esteban entró también; pero los sitios mejores estaban cogidos, y tuvo que embutirse al lado de la joven, la cual le clavaba uno de los codos en el vientre. La linterna le estorbaba, y le aconsejaron que la colgara de un ojal de la chaqueta; pero como no lo entendió, tuvo la torpeza de seguir con ella en la mano. El embarque continuaba encima y debajo de ellos, como si la jaula fuese un vagón para conducir ganado.
Pero, ¿por qué no se ponían en movimiento? ¿Qué pasaba? Estaba impaciente desde hacía largo rato.
De pronto se sintió una gran sacudida, y bruscamente todo quedó sumido en tinieblas, mientras que él experimentaba ese vértigo lleno de ansiedad de las caídas, que parecía arrancarle las entrañas.
Esto duró mientras veía alguna claridad; pero cuando la oscuridad fue completa al internarse en el pozo, quedó aturdido y sin la percepción clara de sus sensaciones.
-Ya echamos a andar -dijo tranquilamente Maheu.
Todos estaban como en su casa. Él, en cambio, ignoraba por momentos si subía o bajaba. Creía estar inmóvil, cuando la jaula bajaba derecha, sin tocar a las guías; otras veces se producían bruscas trepidaciones; los maderos crujían de un modo que le hacían temer una catástrofe. Además, no podía distinguir las paredes del pozo, a través de la rejilla de la jaula, a pesar de que pegaba la cara a ella. Las linternas iluminaban apenas el montón de personas que iban con él. únicamente en el departamento contiguo brillaba como una estrella la luz del farol del capataz.
-Éste tiene cuatro metros de diámetro - decía Maheu para instruirle-. Buena falta hacía que arreglaran de nuevo el revestimiento, porque se filtra el agua por todas partes... Mire, ahora llegamos al nivel; ¿lo oye?
Precisamente Esteban se preguntaba en aquel instante qué ruido sería aquel que parecía el de un torrente. Primero habían sonado unas cuantas gotas al caer en el techo de la jaula, como cuando empieza a caer un aguacero; enseguida, la lluvia fue aumentando hasta convertirse en un verdadero diluvio. Sin duda el techo tendría alguna gotera, porque por la espalda del joven caía un chorro de agua que le mojaba hasta la carne. El frío iba haciéndose insoportable, empezaban a entrar en una humedad terrible, cuando de pronto atravesaron rápidamente por una gran claridad, Y Esteban tuvo como la visión de una caverna donde se agitaban una porción de hombres a la luz de sus linternas. Enseguida volvieron a estar entre tinieblas.
Maheu le dijo:
-Es el primer piso. Estamos a trescientos veinte metros... Fíjese en la velocidad.
Y levantando su linterna, dirigió la luz a uno de los maderos de las guías, que corría como un rail debajo de un tren lanzado a toda velocidad, y aparte de eso, no se veía nada. Pasaron otros tres pisos. La lluvia atronadora no cesaba, ni la oscuridad tampoco.
-¡Qué hondo está! -murmuró Esteban.
Aquella bajada le parecía que duraba dos horas. El joven sufría por efecto de la incómoda posición que había tomado, y que no se atrevía a variar, atormentado sobre todo por el codo de Catalina. Ella no hablaba ni una palabra; él la sentía allí junto a sí dándole calor. Cuando al fin la jaula, se detuvo en el fondo, a quinientos cincuenta y cuatro metros de profundidad, quedó admirado al saber que la bajada había durado un minuto justo. El ruido del aparato, al tocar en el suelo, le tranquilizó de pronto, y le puso de buen humor; así es que dijo a Catalina en tono de broma y tuteándola ya:
-Muchacho, ¿qué demonios traes en la piel que calienta tanto?... Traigo el codo tuyo clavado en...
La joven se echó a reír. ¡Sería tonto, seguir todavía creyéndola un muchacho! ¿No tenía ojos?
-Donde tienes el codo clavado es en los ojos -contestó ella, entre alegres carcajadas, que el joven, sorprendido, no sabía explicarse.
La jaula iba quedando desocupada; los obreros atravesaban la sala de entrada a las galerías: una habitación tallada en la roca viva, con techo de ladrillos y alumbrada por tres grandes faroles. Por encima de las losas, los cargadores arrastraban violentamente las carretillas llenas de mineral. De las paredes salía un olor a cueva, una frescura agradable, a la cual se mezclaban calientes bocanadas de aire que llegaban de la cuadra. En aquella sala empezaban cuatro galerías oscuras como boca de lobo.
-Por aquí -dijo Maheu a Esteban-. Todavía no hemos llegado; tenemos que andar dos kilómetros aún.
Los obreros se separaban, perdiéndose por grupos en el fondo de aquellos oscuros agujeros. Diez o doce acababan de penetrar por el de la izquierda, y Esteban iba el último, detrás de Maheu, a quien precedían Catalina, Levaque y Zacarías. Era una magnífica galería de arrastre, hecha de un modo admirable, y tallada en una roca tan dura, que sólo de trecho en trecho había habido necesidad de revestirla de mampostería; uno detrás de otro caminaban sin parar, sin hablar una palabra, y alumbrándose apenas con la escasa claridad de las linternas. El joven tropezaba a cada paso, porque se le enredaban los pies en los rieles.
Hacía un rato que le tenía escamado un ruido sordo, como el ruido lejano de una tormenta, cuya violencia parecía aumentar a cada paso y salir de las entrañas de la tierra. ¿Sería el estrépito de un hundimiento que les aplastaría, dejando caer sobre sus cabezas la masa enorme que les separaba de la superficie?
De pronto vio una luz, y sintió que temblaban las rocas; y cuando, como sus compañeros, se hubo echado a un lado pegándose a la pared, vio pasar, casi rozándole la cara, un caballo blanco muy grande enganchado a un tren de carretillas. Sentado en la primera de las carretillas, con las bridas en la mano y guiando, iba Braulio; mientras que Juan, con los puños apoyados en el borde de la última, corría con los pies descalzos.
Continuaron su camino. Poco más allá se presentó una plazoleta, donde se abrían otras dos galerías, y el grupo volvió a dividirse, repartiéndose los obreros poco a poco por todas las canteras de la mina. Esta nueva galería de arrastre estaba sostenida con andamios de madera, cubriendo la roca una especie de camisa de tablones. Trenes de carretillas, unas llenas, otras vacías, pasaban y se cruzaban continuamente, produciendo un ruido infernal, arrastradas en la sombra por un animal que apenas se distinguía, y que parecía un fantasma. En una de las vías de cruce, se hallaba parada una larga serpiente negra, un tren detenido, cuyo caballo, medio oculto entre las sombras, parecía un pedazo de roca desprendido del techo. Las Puertas de ventilación se abrían y se cerraban lentamente. Y a medida que avanzaban, la galería iba siendo más estrecha, más baja, más desigual de techo, obligándolos a encogerse y agacharse continuamente.
Esteban se dio un golpe terrible en la cabeza. A no ser por el sombrero de cuero, de seguro se rompe el cráneo. Y, sin embargo, seguía con atención los menores gestos de Maheu, que iba delante de él, y cuya silueta se destacaba a la escasa claridad de las linternas. Ninguno de los obreros tropezaba: debían de conocer aquel camino como los dedos de la mano.
También hacía padecer al joven el piso resbaladizo, que cada vez estaba más mojado. De cuando en cuando tenía que atravesar verdaderas lagunas, que sólo notaba al meter los pies en el agua.
Pero lo que más le admiraba eran los cambios bruscos de temperatura. Al llegar al fondo hacía fresco, y en la galería de arrastre, por donde pasaba todo el aire de la mina, soplaba un viento helado, cuya violencia era extraordinaria; luego, a medida que iban entrando en las otras vías, que solamente recibían una parte escasa y disputada de ventilación, disminuía el viento, crecía el calor, un calor sofocante, de una pesadez de plomo. Ya hacía un cuarto de hora que caminaban por aquellas conejeras abiertas en la tierra; y entonces entraban en un horno, cada vez más profundo, más oscuro y más caluroso.
Maheu no había vuelto a abrir la boca. De pronto torció a la derecha por una nueva galería, diciendo simplemente a Esteban, sin volverse:
-Estamos en el filón.
Era la veta en que se encontraba el trozo donde ellos trabajaban. Esteban, al entrar, tropezó con la cabeza y con los dedos en las paredes. El techo, que estaba en cuesta, bajaba tanto, que a trechos de veinte y treinta metros era necesario andar agachado. El agua les llegaba a los tobillos. Se sofocaba, porque el calor iba aumentando cada vez más. Así anduvieron doscientos metros; y de repente vio que Levaque, Zacarías y Catalina desaparecían, como si hubieran huido por una estrecha abertura que veía delante de él.
-Hay que subir -le dijo Maheu-. Cuélguese la linterna de un ojal de la chaqueta, y cójase a los maderos.
Él desapareció también. Esteban tuvo que seguirle. Aquella chimenea, practicada en la veta, estaba reservada a los mineros, y servía de paso para todas las vías secundarias. Tenía el espesor de la capa de carbón, es decir, sesenta centímetros cuando más. El joven, que era delgado, se izaba torpemente, embebiendo las espaldas y las caderas, avanzando a fuerza de puños, con las manos agarradas a las maderas. A unos quince metros de distancia, encontraron la primera vía secundaria; pero era necesario continuar, porque la hulla de Maheu y su cuadrilla estaba en la sexta vía, es decir, en el infierno, como decía él; y de quince en quince metros las vías se sobreponían unas a otras; la subida no acababa nunca por aquella conejera, cuyas paredes arañaban la espalda y el pecho. Esteban estaba como si el peso de las rocas le hubiera roto los miembros, con las manos echando sangre, con las piernas arañadas, falto de aire que respirar, hasta el punto de parecerle que le iba a saltar la sangre.
En una galería vio vagamente dos bultos acurrucados, uno grande y otro pequeño, empujando carretillas de mineral: eran la Mouquette y Lidia, que habían empezado a trabajar ya. ¡Y todavía tenía que subir dos tallas más! El sudor le inundaba; ya desconfiaba de poder alcanzar a los demás, cuyos miembros oía rozar contra las rocas de la galería.
-¡Ánimo, que ya estamos! -dijo la voz de Catalina.
Pero, al llegar, otra voz gritó desde el fondo de la galería.
-¿Qué es esto? ¿Está uno aquí para que se burlen de él? ¡Tengo yo que andar dos kilómetros desde Montsou, y llego el primero!
Era Chaval, un mozo alto y flaco de veinticinco años, de facciones acusadas. Al ver a Esteban preguntó con acento de sorpresa y de desdén:
-¿Quién es ése?
Y cuando Maheu se lo dijo, añadió entre dientes:
-¡Es decir, que vienen los hombres a comerse el pan de las muchachas!
Los dos hombres cruzaron una mirada ardiente, el calor de esos odios instintivos que nacen de súbito. Esteban había sentido la injuria, sin comprenderla bien todavía. Hubo un momento de silencio; todos se pusieron a trabajar. Poco a poco las venas se habían ido llenando de obreros, y en todos los pisos, en todas las galerías, en todas las tallas de la mina, reinaba la mayor actividad. El pozo devorador se había tragado su cotidiana ración de hombres, unos setecientos obreros, que trabajaban en aquel gigantesco hormiguero, agujereando la tierra por todas partes, como si fuera un pedazo de madera roído por los gusanos. Y en medio de aquel silencio abrumador, del hundimiento de las capas más profundas de mineral, se habría podido oír, pegando el oído a la roca, el ruido de los insectos humanos que se agitaban en todos sentidos, desde el estruendo del cable que subía y bajaba los ascensores de extracción, hasta el morder lento y sordo de las herramientas en la hulla, en el fondo de las canteras.
Esteban, al volverse, se encontró nuevamente apretado contra Catalina. Pero esta vez adivinó las redondeces del naciente seno, y comprendió de pronto aquel extraño calor que le había invadido al contacto con ella en la jaula.
-¿Eres una chica? -murmuró estupefacto.
Ella contestó con su alegre acento habitual, y sin ruborizarse lo más mínimo:
-¡Pues ya lo creo!... ¡No has tardado poco en darte cuenta!...
Los cuatro cortadores de arcilla acababan de tenderse unos encima de otros, y trabajaban con ardor. Separados por los tablones de andamio que sujetaban el carbón, cada uno ocupaba unos cuatro metros de la veta, y ésta era tan delgada (apenas tendría en aquel sitio cincuenta centímetros de espesor), que estaban allí como aplastados entre el techo y la pared, arrastrándose sobre las rodillas y los codos, y no pudiéndose volver sin lastimarse la espalda y los hombros. Para arrancar la hulla, tenían que estar tendidos de costado, con el cuello torcido y los brazos levantados, a fin de poder manejar el pico y el berbiquí.
Junto a la entrada de la vía estaba Zacarías, luego Levaque y Chaval encima de él; y allá en lo más alto, Maheu. Todos atacaban la veta a fuerza de pico; luego, cuando de ese modo habían desprendido por abajo la capa de mineral, practicaban dos hendiduras verticales y desprendían el pedazo, formando palanca por la parte superior. La hulla estaba blanda, y los pedazos se desmoronaban, cayendo por su vientre y sus piernas. Cuando aquellos pedazos, contenidos por los tablones, se amontonaban debajo de ellos, los obreros casi desaparecían, quedando como emparedados en la estrecha hendidura.
Maheu era el que más sufría. En la parte de arriba, la temperatura subía hasta treinta y cinco grados, el aire no circulaba, y a la larga, el ahogo y la sofocación se hacían mortales. Para ver bien, había tenido que fijar la linterna en un clavo cerca de su cabeza; y aquella linterna, que le calentaba el cráneo, acababa de hacerle arder la sangre. Pero su suplicio aumentaba principalmente a causa de la humedad. La roca, por encima de él, a pocos centímetros de su cara, chorreaba agua, gotas gruesas, continuas y rápidas, que corrían, produciendo una cadencia acompasado al caer siempre en el mismo sitio. Por más que torcía el cuello y volvía la cara, las gotas le caían en la frente, en los ojos, en la boca, sin interrumpirse ni un momento. Al cabo de un cuarto de hora estaba mojado y cubierto de sudor al mismo tiempo. Aquella mañana, una gota que le había caído en un ojo le hacía jurar. No quería dejar el trabajo; golpeaba incesantemente con el pico, que hacía chocar contra las dos rocas, como una pulga cogida entre dos hojas de un libro y amenazada de que la aprieten para estrujarla.
No habían cruzado ni una sola palabra. Todos golpeaban con los picos, y no se oía más que aquellos golpes irregulares, que parecían proceder de algún lugar lejano. Sonaban roncamente y sin producir eco alguno en aquella atmósfera enrarecida y pesada.
Y parecía que la oscuridad tenía una negrura desconocida, compacta a causa del polvillo que se escapaba del carbón, y más pesada aun por el gas que abrumaba los párpados. Las mechas de las linternas, por encima de sus casquetes de tela metálica, no proyectaban más que alguno que otro puntito rojo. No distinguía nada; el pozo se abría, subiendo como el caño de una chimenea achatado y oblicuo. Sombras espectrales se agitaban en la oscuridad, y los escasos reflejos de las linternas dejaban entrever aquí y allá la redondez de una cadera, la sombra de un brazo, o una cabeza despeinada y sucia.
Zacarías, con los brazos cansados del abuso de los placeres de la víspera, dejó pronto el trabajo, con el pretexto de beber, lo cual le permitía descansar un poco, silbando entre dientes, y entornando los ojos perezosamente. Detrás de los cortadores de arcilla quedaban desocupados unos tres metros de veta, sin que hubieran tomado todavía la precaución de revestirla de madera, preocupándoles poco el peligro, y deseosos de ganar tiempo.
-¡Eh, tú, señorito! -gritó el joven a Esteban- dame un poco de madera.
Esteban, a quien Catalina enseñaba a manejar la pala, tuvo que subir madera al pozo. Había allí una pequeña provisión que quedara el día antes. De ordinario, todas las mañanas se llevaba la que hacía falta.
-¡Date prisa, pelmazo! -añadió Zacarías, viendo que el obrero novato subía torpemente por entre los montones de carbón, con los brazos ocupados con cuatro tablones de encina.
Con el pico hacía un agujero en el techo y otro en la pared, y colocaba en cada uno una punta del tablón, que de aquel modo sostenía la roca. Por la tarde, las brigadas correspondientes recogían los pedazos que los cortadores abandonaban por las mañanas en las galerías, dejando el sitio necesario para el arrastre por donde iban los rieles de las carretillas.
Maheu dejó de gruñir. Al fin había arrancado el pedazo de carbón. Se enjugó el rostro con la manga, empapado de sudor sucio, y se enteró de lo que había subido a hacer Zacarías detrás de él.
-Deja eso -le dijo-. Ya veremos después de almorzar.. Mejor es arrancar, si hemos de sacar el número de carretillas que nos hacen falta para nuestra cuenta.
-Es que esto va bajando. Mira, hay una grieta tremenda. Me temo que se hunda.
Pero su padre se encogió de hombros. ¡Sí, sí, caerse! Por otra parte no sería la primera vez, y siempre habían salido del paso. Acabó por enfadarse y por mandar a su hijo que siguiera arrancando hulla.
Todos estaban cansados. Levaque, tendido boca arriba, juraba y blasfemaba, mirándose un dedo que la caída de un pedazo de carbón le había lastimado, haciéndole brotar la sangre. Chaval, furioso, se quitaba la camisa, quedándose con el torso desnudo, para tener menos calor. Estaba completamente tiznado de carbón, y chorreando de sudor, que le corría como si fuera agua sucia que le echaran por la cabeza. Maheu fue el primero que empezó a trabajar de nuevo, golpeando un poco más abajo. Ahora las gotas de agua le caían en la frente, de una manera tan obstinada, que parecía como si le estuvieran agujereando los huesos del cráneo.
-No hay que hacer caso -decía Catalina a Esteban-; siempre está refunfuñando.
Y continuó dándole su lección amablemente. Cada carretilla llegaba a la boca de la mina, tal como salía de la cantera, marcada con una señal especial para que el empleado que las recibía arriba pudiera apuntarlas en la cuenta de la cantera correspondiente. Debía tenerse un cuidado especial al llenarla, para no meter más que buen carbón; porque si no la rechazaban en la oficina receptora.
El joven cuyos ojos iban acostumbrándose a la oscuridad, miraba a la muchacha, y la veía blanca todavía, con aquel color de clorótica que le era característico; no habría podido decir la edad que tenía; le calculaba doce años, a juzgar por lo endeble que le parecía.
Y, sin embargo, la hubiera creído mujer más hecha, a causa de aquellas libertades propias de hombre, y aquel descaro, que no dejaban de turbarle un poco; sin saber por qué, no le gustaba, le parecía hombruna aquella cabeza, envuelta en un pañuelo. Pero lo que le asombraba era la fuerza de aquella niña; una fuerza nerviosa, en la cual había mucha habilidad. Llenaba las carretillas más deprisa que él, a paladas regulares y rápidas; luego las empujaba hasta el plano inclinado, pero de una manera lenta y seguida, sin sacudidas de ningún género, y pasando fácilmente por debajo de las rocas más bajas. Él, en cambio, se magullaba, tropezando en todas partes, y haciendo descarrilar la carretilla.
En verdad, no era aquél un camino cómodo. Había unos sesenta metros desde la talla al plano inclinado; y la vía, que la brigada de por la tarde no había abierto bien aún, era una conejera de techo muy desigual; en aquellos sitios la carretilla cargada pasaba rozando con las paredes y con el techo, y el trabajador tenía que agacharse y empujar con las rodillas para no destrozarse el cráneo. Por otra parte, los tablones de andamiaje se estaban rompiendo ya. Se les veía a lo largo de las paredes rotos por en medio, como si no pudieran resistir tan tremendo peso. Había que tener mucho cuidado para no engancharse en aquellas roturas, y era preciso bajarse con mucha precaución y con cierto temor de que aquello se hundiese de repente aplastándole a uno debajo.
-¡Otra vez! -dijo Catalina riendo.
La carretilla de Esteban acababa de descarrilar en el sitio más peligroso. No conseguía mantenerla derecha por aquellos rieles que se hundían en el barro; y juraba, y se enfadaba, y se desesperaba, destrozándose las piernas y los brazos contra las ruedas, que, a pesar de sus esfuerzos extraordinarios, no entraban en su sitio.
-¡Espera un poco, hombre! -replicó la joven-. Como te enfades, no lo harás nunca bien.
Ella se había agachado hábilmente, había encajado su parte posterior contra la carretilla, y con un ligero y vigoroso movimiento de caderas la había levantado, colocándola en su sitio. Pesaba setecientos kilogramos. Él, sorprendido, avergonzado, balbuceaba excusas.
Hubo necesidad de que ella le enseñase a separar las piernas, a encorvarse al pasar por debajo de los tablones, y a apoyarse con las rodillas para darse un sólido punto de apoyo. El cuerpo tenía que estar inclinado, los brazos estirados, de modo que todos los músculos pudieran hacer fuerza, así como los hombros y las caderas. La siguió con la vista y la vio empujar, como le había dicho, tan agachada, que parecía ir trotando a cuatro pies, como uno de esos caballitos enanos que trabajan en los circos. Catalina sudaba, respiraba con dificultad, le crujían los huesos, pero no se quejaba; hacía todo aquello con la indiferencia de la costumbre, como si la común miseria fuera para todos ellos vivir enterrados de aquel modo. Y Esteban no conseguía hacer lo mismo; los zapatos le estorbaban mucho, y no podía resistir aquel andar agachado y con la cabeza tan baja.
A la larga, postura tan incómoda se convertía en un suplicio, en una angustia intolerable, tan penosa, que de cuando en cuando se ponía de rodillas para descansar y respirar.
Luego, al llegar al plano inclinado, había otro suplicio. Ella le enseñó a cargar deprisa la carretilla. En la parte alta y en la baja del plano, que servía para todas las galerías contiguas, había un muchacho para enviar y otro para recibir. Aquellos chiquillos, de doce a quince años, se dirigían mutuamente palabras abominables; y para avisarles que llegaba una carretilla, era necesario gritarles otras más crudas aún, para que hicieran caso. Cuando había que subir una carretilla vacía, el que estaba abajo daba la señal, la cargadora empujaba su carretilla llena, el peso de la cual hacía subir la otra, cuando el muchacho que estaba arriba soltaba el freno. Abajo, en la galería del fondo, se formaban los trenes, que los caballos arrastraban hasta la entrada del pozo, donde se hallaban las jaulas ascensores.
-¡Eh, malditos haraganes! -gritaba Catalina a la entrada del plano inclinado, que tenía un centenar de metros de longitud, y donde retumbaba la voz como en una bocina gigantesca.
Los chiquillos debían estar descansando, porque ni uno ni otro contestaba. En todos los pisos se hallaba detenido el arrastre. Al fin, una vocecilla de muchacha, dijo:
-¡Alguno está encima de la Mouquette, seguro!
Se oyeron enormes risotadas. Las cargadoras de todas las vetas reían a más no poder.
-¿Quién es esa? -preguntó Esteban a Catalina.
Ésta le nombró a Lidia, una chicuela muy despierta, y que arrastraba las carretillas lo mismo que una mujer hecha y derecha, a pesar de sus brazos de muñeca. En cuanto a la Mouquette, era muy capaz de estarse entreteniendo con los dos muchachos a la vez.
Pero de pronto se oyó la voz del guardafreno, reclamando a gritos más carretillas. Indudablemente debía de pasar por arriba algún capataz. El arrastre comenzó de nuevo en los nueve pisos, y ya no se oyó más que las voces de los muchachos y el respirar de las cargadoras, que llegaban al borde del plano, sudando y sin aliento, como borricos demasiado cargados. En la mina se despertaban deseos brutales cada vez que un minero tropezaba con una de aquellas muchachas, andando a cuatro pies, con las caderas en alto y haciendo estallar las costuras de su pantalón de hombre.
Y a cada nuevo viaje, Esteban volvía a encontrar el calor sofocante del fondo de la cantera, la cadencia sorda de las herramientas y los suspiros dolorosos de los cortadores de arcilla, trabajando contra la hulla con verdadero encarnizamiento. Los cuatro se habían puesto desnudos completamente, confundidos entre los montones de carbón y llenos de barro negro hasta la cabeza. Una vez que hubo que sacar a Maheu de entre los montones de carbón que lo rodeaban en el andamio para que aquéllos cayeran al suelo, Zacarías y Levaque se irritaban contra la veta, que cada vez iba siendo más dura, según decían, lo cual haría insoportables las condiciones del destajo que habían negociado con Maheu. Chaval, de cuando en cuando, se volvía, tendiéndose boca arriba para injuriar a Esteban, cuya presencia decididamente le exasperaba.
-¡Vaya fiera! ¡Tiene menos fuerza que una mujer!... ¿Y quieres cargar tú solo la carretilla? ¡Eh! ¿Temes lastimarte los brazos?... ¡Maldita sea! Te descuento los diez sueldos, como tengas la culpa de que nos rechacen alguna.
El joven no contestaba, satisfecho de haber hallado aquel trabajo propio de un presidio, y aceptando la brutal jerarquía que existe entre los obreros. Pero ya no podía sufrir más; tenía los pies ensangrentados, los miembros doloridos por los calambres y el cuerpo como comprimido por un corsé de hierro. Afortunadamente eran las diez, y la cuadrilla se decidió a almorzar.
Maheu tenía un reloj que ni siquiera consultó. En medio de aquella continua noche sin estrellas, no se equivocaba jamás en cinco minutos. Todos se volvieron a poner la camisa y la blusa. Luego descendieron de los andamios, se acurrucaron con los codos metidos en los costados y las nalgas descansando en los talones, en esa postura tan usual para los mineros, que suelen tenerla hasta cuando están fuera de la mina, sin necesitar asiento alguno. Cada cual sacó su merienda, y empezó a comer, cruzando alguna que otra palabra acerca del trabajo de aquella mañana. Catalina, que permanecía en pie, acabó por reunirse con Esteban, que se había echado en el suelo un poco más allá, encima de los rieles, apoyando los hombros y la espalda en las traviesas. Había allí un sitio casi seco.
-¿No comes? -le preguntó ella con la boca llena, y su tostada de manteca y queso en la mano.
Luego se acordó de que el joven había pasado la noche anterior por esos campos de Dios en busca de trabajo, sin un céntimo, y acaso sin un pedazo de pan.
-¿Quieres de lo mío? Nos lo repartiremos.
Y al ver que él rehusaba, jurando que no tenía ganas, con voz temblorosa a causa del hambre, ella replicó alegremente:
-¡Ah! ¡Si te da asco!... Pero, mira, no he mordido más que por este lado; te daré del otro.
Ya había hecho dos pedazos de la tostada. El joven cogió uno de ellos, y se retuvo para no devorarlo de una vez. Catalina acababa de tenderse a su lado, con el aire tranquilo de un buen compañero, boca abajo, con la barbilla en la mano y comiendo lentamente. Las linternas, que habían dejado en el suelo entre los dos, los alumbraban.
Catalina le miró un momento en silencio. Debía encontrarle guapo, con aquellas facciones finas y aquel bigote negro. La joven sonreía de placer.
-¿Con que tú eres maquinista, y te han despedido del ferrocarril?... ¿Por qué?
-Porque le pegué una bofetada al jefe.
Ella se quedó estupefacta al oír aquello, que pugnaba con sus ideas hereditarias de subordinación y de obediencia pasiva.
-Debo confesar que había bebido -continuó él-; y cuando bebo me vuelvo loco; me comería a mí mismo y a los demás... Sí, no puedo tomar ni siquiera dos copas sin sentir la necesidad de comerme a alguien... Luego estoy malo tres o cuatro días.
-Pues es necesario no beber -dijo ella con seriedad. -¡Ah! No te preocupes; me conozco.
Y meneaba la cabeza: sentía odio hacia el aguardiente, el odio del último hijo de una raza de borrachos que sufre las consecuencias de toda una ascendencia saturada de alcohol, hasta el punto de que una gota era para él un veneno.
-Siento por mi madre que me hayan plantado en la calle -dijo, después de mascar un bocado de pan-. La pobre no es feliz, y de cuando en cuando le mandaba algún dinerillo.
-¿Dónde esta tu madre?
-En París... Es lavandera en la calle de la Gota de Oro.
Hubo un momento de silencio. Cuando pensaba en esas cosas se entristecía. Por espacio de un rato permaneció con la mirada fija en la oscuridad de la mina; y, a aquella profundidad, bajo las capas de tierra que le separaban del aire libre, recordaba su infancia, a su madre, joven y bonita todavía, abandonada por su padre, y reclamada, después de haberse unido a otro, viviendo entre aquellos dos hombres que comían a su costa y rodando con ellos entre el fango. Era allí... recordaba la calle y una multitud de pormenores; veía la ropa sucia desparramada por la sala, y borracheras, y escándalos, y bofetadas.
-Ahora -replicó él hablando con lentitud-, con estos treinta sueldos de jornal, no sé si podré mandarle dinero... Va a morirse de hambre seguramente.
Y encogiéndose de hombros con ademán desesperado, pegó otro mordisco a la tostada que tenía en la mano.
-¿Quieres beber? -preguntó Catalina destapando su cantimplora- ¡Oh!, es café. Esto no te hará daño...
Pero él rehusó; ya era bastante haberle quitado la mitad de su pan con manteca. Ella insistió cariñosamente, y acabó por decir:
-Bueno, beberé antes que tú, ya que eres tan educado. Pero ahora ya no puedes decir que no, porque sería hacerme un feo.
Y le alargó la cantimplora. Catalina se había puesto de rodillas, y él la tenía junto a sí, iluminada por las dos linternas. ¿Por qué la había encontrado fea? Ahora que estaba negra de carbón, parecía casi bonita; tenía un encanto singular. En aquella cara invadida por la oscuridad, los dientes de aquella boca grande y fresca estallaban de blancura, y los ojos se agrandaban y brillaban como los de un gato con un reflejo verdoso. Un mechón de cabello rojo, que se había escapado del pañuelo, le hacia cosquillas detrás de la oreja, y la obligaba a sonreír. Ya no parecía tan niña; bien podría tener catorce años.
-Por darte gusto... -dijo él devolviéndole la cantimplora, después de haber bebido un trago.
Ella bebió otra vez, y le obligó a hacer lo mismo, porque decía que deseaba que se lo repartieran; y los dos se divertían haciendo ir y venir de una boca a otra el cuello del frasco. Él se preguntaba para sus adentros si no debía estrecharla entre sus brazos y darle un beso en la boca. Catalina tenía los labios gruesos, color de rosa pálido, y llenos en aquel momento de carbón, lo cual aumentaba sus deseos, sin saber por qué. Pero no se atrevía, intimidado delante de ella, porque en Lille no había tratado más que con mujeres perdidas de la más baja estofa, e ignoraba cómo componérselas para conquistar a una obrera que vivía en casa de sus padres todavía.
-¿Tú tendrás unos catorce años? - preguntó, después de haber vuelto a recoger el pan con manteca.
Ella se admiró, casi ofendida.
-¡Cómo catorce! Tengo ya dieciséis... Es cierto que aún no tengo muchas formas, porque las muchachas aquí no nos desarrollamos pronto.
Él siguió haciéndole preguntas, a las que contestaba claramente, sin descaro, pero sin darle vergüenza.
Por otra parte, la joven no ignoraba ninguna de las cosas del hombre ni de la mujer, por más que él comprendía que era virgen y casi niña, porque su desarrollo natural estaba retrasado a consecuencia del aire malsano y de la fatiga constante en medio de los cuales vivía. Cuando él sacó de nuevo la conversación de la Mouquette para ponerla en un apuro, ella le contó historias estupendas, con la voz tranquila, y con la mayor naturalidad del mundo. ¡Ah! ¡Lo que es aquélla hacía cada cosa!... Y como él quería saber si Catalina tenía también amantes, la joven contestó, bromeando, que no quería dar disgustos a su madre; pero que la cosa sucedería al fin el día menos pensado. Tenía la espalda encorvada y tiritaba un poco, por habérsele enfriado el sudor, presentando un aspecto resignado y dulce, como si estuviera dispuesta a sufrir las consecuencias de las cosas y de los hombres.
-Cuando se vive así de juntos, no faltarán amantes, ¿no es verdad?
-¡Ya lo creo!
-Como, además, no se hace daño a nadie, con no decirle nada al cura...
-¡Oh, el cura! ¡Valiente cosa me importa a mí!... Pero está el Hombre negro.
-¿Cómo el Hombre negro?
-Un minero viejo, que se murió hace años; pero que resucita y viene a la mina para retorcer el cuello a las chicas malas.
Él la miraba, creyendo que se estaba burlando de su credulidad.
-¿Crees tú en esas tonterías? ¿Es que no sabes nada del mundo?
-Sí, por cierto; sé leer y escribir.. Vamos adelantando, porque en tiempo de mi madre y mi padre no aprendían.
Decididamente era bonita. Cuando acabara de comerse el pan y la manteca, la cogería y le daría un beso en los labios. Era una resolución de hombre tímido, un pensamiento de violencia que le turbaba un poco. Aquel traje de muchacho, aquella blusa y aquellos pantalones tapando carnes de mujer, le excitaban y le desazonaban al mismo tiempo.
Se había comido ya el último bocado; bebió un trago de café, y le alargó la cantimplora para que acabara de bebérselo ella. Había llegado el momento de hacerlo, y ya dirigía una mirada inquieta hacia los mineros que estaban allí cerca, cuando una sombra desembocó por la galería. Desde hacía un instante, Chaval, en pie, les miraba desde lejos. Se acercó, se aseguró de que Maheu no podía verles, y como Catalina seguía sentada en el suelo, le cogió por los hombros, le echó la cabeza hacia atrás, y le plantó en la boca un beso brutal, con la mayor tranquilidad y fingiendo no hacer caso de Esteban. En aquel beso había algo de toma de posesión, una especie de resolución celosa.
Sin embargo, la muchacha se había sublevado. -¡Déjame! ¿Oyes?
Él no le soltaba la cabeza, y la miraba a los ojos. Su bigote y su barbilla roja se destacaban en aquella cara negra, con una nariz como el pico e un águila. Al fin la soltó, y se alejó de allí sin pronunciar una palabra.
Un estremecimiento nervioso había dejado a Esteban helado. Era una estupidez haber aguardado tanto. Pero lo que es ya, ciertamente, no la besaría, no fuera ella a creer que trataba de imitar al otro. En el fondo, en su herida vanidad, experimentaba una verdadera desesperación. -¿Por qué has mentido? -dijo en voz baja-. ¿Es tu amante? -No, te juro que no -replicó ella-. No hay nada entre nosotros. Algunas veces quiere bromear.. Ni siquiera es de por aquí, sino que hace seis eses llegó de Pas-de-Calais.
Los dos se habían levantado, porque iban a empezar de nuevo a trabajar. Cuando Catalina observó la frialdad de Esteban, pareció disgustada. indudablemente le encontraba más guapo que al otro, y quizás le hubiera preferido. El joven, por hacer algo, contemplaba la azulada luz de la linterna, rodeada de un cerco pálido; y ella, para distraerle:
-Ven, que te voy a enseñar una cosa -le dijo con acento cariñoso.
Cuando se lo hubo llevado al fondo de la cantera, le señaló una grieta que se veía en la hulla. Escapábase de allí un ruido parecido al que hace el agua cuando rompe a hervir, semejante también al silbido de un pájaro.
-Pon ahí la mano. ¿Sientes el aire?... Pues es el grisú.
Esteban quedó sorprendido. ¿No era más que aquello esa cosa terrible y misteriosa que producía hundimientos y voladuras? Catalina se reía, añadiendo que aquella mañana debía haber mucho, cuando tan azuladas estaban las luces.
-¡A ver si acabáis de charlar, holgazanes! -gritó la voz ruda de Maheu.
Catalina y Esteban se apresuraron a cargar las carretillas y a empujarlas hasta el plano inclinado, arrastrándose a gatas por el estrecho corredor. Al segundo viaje, estaban inundados de sudor, y les crujían los huesos como antes.
En la cantera, los obreros habían empezado a trabajar también. A menudo almorzaban deprisa para no enfriarse demasiado, y aquellas tostadas que se comían, lejos de la luz del sol, con silenciosa voracidad, les pesaban en el estómago como si fueran de plomo. Tendidos de costado, golpeaban con más ahínco, sin más idea que la de ganar un buen jornal, puesto que trabajaban a destajo. Todo desaparecía ante aquel furor de un salario disputado tan rudamente. Dejaban de sentir el agua que les calaba los huesos, los calambres producidos por las posturas violentas, y la oscuridad abrumadora de aquellos lugares, donde crecían enclenques y descoloridos como plantas encerradas en una cueva. Pero, a medida que avanzaba el día, el aire se emponzoñaba más y más, se cargaba de humo de las linternas, de la pestilencia del aliento y de la asfixia del grisú, que les cerraba los ojos como telas de araña, y que sólo había de barrer el aire libre de la noche cuando salieran de allí. Y ellos, en el fondo de aquella galería, bajo el peso de la tierra, a semejante profundidad, sin poder casi respirar, seguían trabaja que trabaja con los picos, para arrancar un poco más de carbón a las entrañas de la tierra.
Maheu, sin mirar el reloj que había dejado en el bolsillo de la chaqueta, se detuvo y dijo:
-Pronto será la una... ¿Está eso ya, Zacarías?
El joven dormitaba hacía un momento, sin dejar de trabajar. En medio de su faena, tendido boca arriba, con la mirada vaga, revivía en imaginación las partidas jugadas el día antes. Saliendo de su letargo, contestó: -Sí, creo que basta por hoy... Mañana veremos.
Y se volvió a su sitio en el andamio. Levaque y Chaval dejaron también los picos. Hubo un momento de descanso. Todos se enjugaban el sudor con los ennegrecidos brazos, y contemplaban la roca del techo, hablando del trabajo.
-Otra probabilidad -murmuró Chaval- de morir aplastado por los desprendimientos... No se ha tenido en cuenta esto al hacer la subasta.
-¡Canallas! -murmuró Levaque-. Eso es lo que ellos quieren. Enterrarnos aquí.
Zacarías se echó a reír. Se burlaba él del trabajo y de todo lo demás; pero le divertía oír que hablaban mal de la Compañía. Maheu, con su tranquilidad y su calma acostumbrada, explicó que la naturaleza del terreno variaba cada treinta metros, lo cual hacía imposible tener eso en cuenta. Era necesario ser justos, y no exigir imposibles... Luego, como los otros dos echaban improperios contra sus jefes él, inquieto, empezó a mirar en todas direcciones con cierto temor.
-¡Chist! ¡Basta, hombre!
-Tienes razón -contestó Levaque, bajando también la voz-. Hacemos mal.
Sentían siempre el miedo de los polizontes, aun a aquella profundidad, como si la hulla de los accionistas tuviese oídos en todas partes.
-Lo cual no impedirá -añadió Chaval, gritando mucho y con ademán amenazador- que si ese canalla de Dansaert me vuelve a hablar en el tono del otro día, le peguaré un ladrillazo en la barriga... ¿Acaso me meto yo en que él se permita gozar a las rubias que tienen el cutis fino?
Zacarías soltó una carcajada. Los amores del capataz mayor con la mujer de Pierron eran objeto de constante chacota en la mina. Catalina también, al pie del andamio, apoyada en su pala, se reía con toda su alma, y puso a Esteban al corriente del asunto en cuatro palabras, mientras Maheu se enfadaba, poseído de un miedo que ya no se tomaba el trabajo de disimular.
-¡Eh! ¿Callarás?... Si quieres que te suceda algo espera por lo menos a estar solo, y no comprometas a nadie.
Todavía estaba hablando, cuando se sintieron pasos en lo alto de la galería. Casi enseguida, el ingeniero de la mina, Negrelito, como le llamaban los obreros, apareció en lo alto de la galería acompañado de Dansaert, el capataz mayor.
-¡No lo dije! -murmuró Maheu-. Siempre hay quien oiga; parece como si salieran de las entrañas de la tierra.
Pablo Négrel, sobrino del señor Hennebeau, era un muchacho de veintiséis años, guapo y esbelto, con el pelo rizado y el bigote negro. Su nariz puntiaguda y sus ojos animados y brillantes le daban un aspecto picaresco y simpático; era inteligente y de ideas escépticas, que se trocaban en serenidad autoritaria en sus relaciones con los obreros. Iba vestido como ellos, y como ellos tiznado de carbón; y para hacerse respetar, daba ejemplo de valor y de resistencia, pasando por los sitios más peligrosos siempre el primero, despreciando los hundimientos y el grisú.
-¿Estamos ya, Dansaert? -preguntó.
El capataz mayor, un belga de robusta y colorada faz, y nariz gorda y sensual, le contestó con exagerada cortesía:
-Sí, señor.. Éste es el hombre que han admitido esta mañana.
Los dos se habían arrastrado hasta el interior de la cantera. Llamaron a Esteban. El ingeniero levantó la linterna, y le miró sin hacerle ninguna pregunta.
-Está bien -dijo al fin-. No me gusta que se admita así a cualquier desconocido que ande por los caminos... Que no se repita.
Y no quiso prestar atención a las excusas que se le daban: las necesidades del trabajo, y el deseo de reemplazar a las chicas con hombres para el arrastre. El ingeniero se había puesto a estudiar el techo, mientras los mineros volvían a coger las herramientas. De pronto exclamó:
-Oiga, Maheu: ¿qué quiere decir esto? ¿Se burla de la gente, o le tiene sin cuidado lo que se le manda?... Aquí vais a quedar todos enterrados cuando menos se piense.
-¡Oh, está fuerte! -contestó el obrero- tranquilamente.
-¡Cómo fuerte!... ¡Pues si está ya agrietada la roca, y no hacéis más que poner algún madero que otro, a dos metros de las grietas, y eso como a la fuerza y de mala gana! ¡Ah! ¡Sois todos lo mismo! Os dejáis matar de buen grado por no tomaros la molestia de trabajar en el revestimiento de madera el tiempo necesario... Haced el favor de que no tenga que volverlo a decir. Ahora mismo, poned ahí por lo menos doble número de tablones.
Y al ver la mala voluntad de los mineros, que discutían, diciendo que nadie mejor juez de su seguridad que ellos mismos, el señor Négrel se enfadó del todo.
-¡Eso es! Si os rompéis la cabeza, ¿seréis vosotros quienes sufráis las consecuencias? ¡No, por cierto! La Compañía será la que tenga que señalaros pensiones, a vosotros y a vuestras familias... Os repito que sabemos lo que sois; por tener apuntadas dos carretillas más en un día, sois capaces de soltar la piel.
Maheu, a pesar de la rabia, que le había ido ganando, tuvo paciencia suficiente para añadir con tranquilidad:
-Si nos pagaran como Dios manda, revestiríamos mejor.
El ingeniero se encogió de hombros sin contestar. Ya había salido arrastrándose de la cantera, y no hizo más que decir desde abajo:
-No os falta más que una hora; conque trabajad con alma, porque os advierto que la cuadrilla tiene tres francos de multa.
Un sordo murmullo acogió estas palabras. Solamente la fuerza de la disciplina contuvo a los mineros; esa disciplina militar, que hacía que, desde el aprendiz hasta el capataz mayor, todos se doblegaran ante el señor Négrel. Chaval y Levaque, sin embargo, rabiaron de lo lindo; Maheu les aconsejaba la calma, mientras Zacarías se encogía de hombros alegremente. Pero acaso Esteban era el más conmovido e indignado. Desde que e hallaba en el fondo de aquel infierno, sentía en sí el deseo de una sublevación. En aquel momento miró a Catalina, y la vio resignada con su pala en la mano. ¿Era posible que se sufriera aquel trabajo mortal, en aquella oscuridad profundísima sin ganar siquiera los pocos cuartos precisos para comer?
Négrel se había marchado con Dansaert, que se había contentado con aprobar por señas todo lo que decía su jefe. De pronto se les oyó hablar e nuevo.
Habían vuelto a detenerse, y examinaban el revestimiento de la galería que estaba a cargo de la cuadrilla Maheu.
-¡Cuando os digo que lo mismo les da reventar que vivir! -exclamaba el ingeniero-. Y usted, ¡rayos y truenos!, ¿no sirve para nada aquí?
-Sí, es que... sí, es que... -balbuceaba el capataz mayor-. Está uno cansado de repetirles las cosas.
Négrel llamó con rabia.
-¡Maheu! ¡Maheu!
Todos bajaron del andamio. El ingeniero continuó:
-Mirad esto. ¿Está como Dios manda? El día menos pensado se viene abajo... Economizáis las maderas por economizar tiempo. Ya veis cómo se está cayendo allí mismo ese tablón, por haberlo puesto deprisa y corriendo. A la Compañía le cuesta muy caro la reparación de averías, y vosotros no lo tenéis en cuenta, ni hacéis más que revestir de mala manera y... que dure mientras dura vuestra responsabilidad... Esto no puede seguir así.
Chaval quiso hablar; pero él no lo dejó.
-¡No! Si sé lo que vais a decir. ¿Que se os pague mejor, eh? Pues os advierto que obligaréis al director a hacer una cosa: a pagaros el revestimiento aparte, y a reducir proporcionalmente el precio de cada carretilla. Veremos si eso os trae mejor cuenta. Entre tanto, rehaced todo esto, y mañana pasaré yo otra vez por aquí.
Y antes de que pasara la dolorosa sorpresa producida por su amenaza, se alejó. Dansaert, que tan humilde estaba en su presencia, se quedó un poco atrás para decirles brutalmente:
-¡Todos los días hacéis que me riña! ¡No serán sólo tres francos de multa lo que os cargue! ¡Tened mucho ojo conmigo!
Cuando él se fue, Maheu estalló a su vez:
-¡Maldita sea!... Lo que no es justo, no lo es, y se acabó. A mí me gusta que haya calma, porque es el único medio de entenderse; pero por mucho que uno haga, acaba por rabiar.. ¿Habéis oído? ¡Disminuir el precio de la carretilla, y pagar aparte el revestimiento de madera! Una manera como otra cualquiera de pagarnos menos... ¡Maldita sea nuestra suerte y la hora en que nacimos!
Buscaba alguien con quien descargarse, cuando su mirada tropezó con Catalina y Esteban, que estaban mano sobre mano.
-¿Queréis alargarme unos tablones? ¿Qué os importa a vosotros eso?... Os voy a dar un puntapié...
Esteban fue a recoger tablones, sin enfadarse por aquella rudeza, porque se hallaba tan furioso contra los jefes, que le parecían los mineros demasiado buenos todavía.
Por otra parte, Levaque y Chaval se desahogaban con palabrotas soeces. Todos, hasta el mismo Zacarías, se habían puesto a revestir con verdadero encarnizamiento. Durante media hora no se oyó más que el crujir de los maderos empotrados en la hulla a fuerza de martillazos. Los pobres no hablaban una palabra. no hacían más que exasperarse contra la roca, que hubieran roto, de haber podido, de un puñetazo.
-¡Basta, basta ya! -dijo al fin Maheu, rendido de rabia y de cansancio-. La una y media... ¡Ah!, ¡valiente día! ¡No vamos a coger ni cincuenta sueldos siquiera!... Me voy, porque me da ira ver esto.
Y aun cuando faltaba todavía media hora de trabajo, empezó a vestirse. Los demás le imitaron. Sólo mirar a la cantera les sacaba de sus casillas. Catalina seguía trabajando en el arrastre; pero ellos, encolerizados, le dijeron que lo dejase todo y que saliese el carbón solo, si quería. Y los seis, cada cual con sus herramientas debajo del brazo, emprendieron de nuevo a caminata de dos kilómetros por las galerías, para volver al fondo del pozo por el mismo sitio que habían recorrido por la mañana.
En la chimenea, Catalina y Esteban se entretuvieron un poco, mientras los demás se arrastraban hasta abajo. Era que se habían encontrado a Lidia, que se detuvo para dejarles pasar, y se puso a contarles que la Mouquette había desaparecido echando sangre por la nariz, y que desde hacía una hora estaba lavándose sin que nadie supiera dónde.
Cuando siguieron su camino, la niña continuó empujando su carretilla, destrozada, llena de barro, estirando sus brazos y sus piernas de insecto, semejante a una hormiga negra luchando con un bulto muy pesado que no pudiera arrastrar. Los otros dos seguían andando agachándose por miedo de destrozarse la cabeza contra aquellas piedras, y se dejaban ir con tal violencia por la roca, pulimentada con el roce de tanta gente como se arrastraba, que, según decían ellos bromeando, tenían que detenerse de cuando en cuando para que no les echasen chispas las nalgas.
Al salir de la chimenea se encontraron solos. Por un recodo de la galería, allá a lo lejos, desaparecían unas cuantas estrellas rojas. Volvieron a ponerse serios, y continuaron andando, ella delante y él detrás. Las linternas alumbraban muy poco; él la veía apenas envuelta en una especie de niebla, y la idea de que era una mujer le molestaba, porque comprendía que era una estupidez no darle un beso, y le impedía hacerlo el recuerdo del otro.
Mientras andaba, agachándose a veces hasta tocarla, para evitar la inclinación del techo, se persuadía cada vez más de que le había engañado: aquel hombre era su amante. Sin duda la gozaba encima de cualquier montón de mineral, como la cosa más natural del mundo, porque evidentemente ella tenía todo el descoco de una mujer perdida.
Y Esteban, allá en sus adentros, sentía un vago rencor contra ella, como si realmente le hubiese engañado. Ella, sin embargo, se volvía a cada instante, le advertía los obstáculos con que tropezaba, y se esforzaba por complacerle, como si deseara verle amable con ella. ¡Estaban tan solos, y hubieran podido divertirse tan fácilmente, como buenos amigos! Al fin desembocaron en la galería de arrastre. Para él fue un alivio; ella en cambio, al salir de aquellas soledades, le dirigió una mirada triste, como si lamentase la pérdida de aquella buena ocasión, que probablemente no volvería a presentárselas.
Por los sitios donde entraban, renacía la animación de la vida subterránea, el ir y venir de los capataces y el estruendo de los trenes tirados por caballos. Multitud de linternas se movían, brillando como estrellas en un cielo oscurísimo.
A menudo tenían que hacerse a un lado, y pegarse a las paredes de granito carbonífero, para dejar pasar a sombras de hombres y de animales, cuyo cálido aliento sentían en el rostro. Juan, que corría descalzo detrás de un tren, les gritó, al pasar, una desvergüenza, que no pudieron oír a causa del estrépito producido por las carretillas. Seguían caminando, ella ahora silenciosa, él como extraviado, sin recordar ni los corredores, ni las encrucijadas por donde pasara aquella misma mañana, creyendo que se iba alejando cada vez más de la salida, y sintiendo un frío insoportable, frío que se había apoderado de él al abandonar la cantera, y que le hacía tiritar más y más a medida que se iba acercando al pozo de salida. Por entre aquellos estrechos corredores, el aire silbaba como si procediese de una tempestad deshecha. Ya desesperaba de llegar, cuando bruscamente desembocaron en la sala de enganche.
Chaval les dirigió una mirada oblicua, cargada de desconfianza. Los otros estaban allí, sudando, a pesar de las fortísimas corrientes de aire, silenciosos como él y murmurando de rabia. Habían llegado demasiado pronto, y se negaban a subirlos hasta que pasara media hora, porque Se estaban haciendo complicadas maniobras para la bajada de un caballo. Los cargadores seguían llenando las carretillas entre el ruido ensordecedor de la faena y bajo el polvo negruzco y espeso que se desprendía del oscuro agujero. Multitud de hombres se agitaban de una parte a otra, tirando de las cuerdas de señales, sin hacer caso del polvillo húmedo que les empapaba las ropas. La rojiza y escasa claridad de las linternas iluminaba de una manera fantástica aquella sala subterránea, especie de caverna infernal, que parecía habitada por feroces bandidos.
Maheu intentó un esfuerzo supremo. Se acercó a Pierron, que había entrado de servicio a las seis.
-Hombre, tú podrías dejarnos subir..
Pero el cargador, guapo mozo, de miembros fuertes y facciones dulces, se negó, con un gesto de temor.
-Imposible... Pídele permiso al capataz... Me soplarían una multa.
Catalina se acercó al oído de Esteban.
-Ven a ver la cuadra -le dijo-. Aquello está caliente.
Tuvieron que esconderse para ir, pues les estaba prohibido entrar. La cuadra se hallaba a la izquierda, al final de una galería corta. Tenía veinticinco metros de longitud y cuatro de altura; estaba abierta en la roca viva, y podía alojar veinte caballos. La temperatura era allí agradable, en efecto; se sentía ese calor suave que dan los animales, y notábase un olor a cuadra limpia, que les pareció delicioso. El único farol que la alumbraba despedía una luz tranquila, de lamparilla de noche. Los caballos que estaban de descanso ladeaban la cabeza, mirándolos con sus inocentes ojazos, y volvían luego a su pesebre, sin apresurarse y tranquilos, como buenos trabajadores, bien cuidados y queridos de todo el mundo.
Catalina, que se entretenía en leer los nombres de los caballos en las placas de zinc colocadas encima de los pesebres, dio un grito al ver levantarse delante de ella el cuerpo de una persona. Era la Mouquette, asustada, que salía de un montón de paja, donde estaba durmiendo. Los lunes, cuando se sentía muy cansada de los excesos del domingo, se pegaba un violento puñetazo en la nariz, dejaba el trabajo con el pretexto de ir en busca de agua para lavarse, y se iba a acostar allí entre la paja, con los caballos. Su padre, que tenía debilidad por ella, se lo toleraba, a riesgo de que le acarrease un disgusto.
Precisamente en aquel momento entraba el tío Mouque, hombre de baja estatura, calvo, arrugado, pero gordo, lo cual era raro en un minero de cincuenta años. Desde que lo habían hecho mozo de cuadra, la mascada de tabaco no se le caía de la boca y las encías le sangraban de continuo. Cuando vio a los otros dos con su hija, se enfadó.
-¿Qué demonio estáis haciendo ahí, bribones? ¡Vamos, fuera! ¡Tunantas, que os traéis aquí a los hombres!... ¡Está bueno esto de venir a hacer porquerías encima de la paja!
La Mouquette, a quien hacía gracia la cosa, se reía con toda su alma. Pero Esteban, turbado, se marchó de allí, mientras Catalina le sonreía. Cuando los tres llegaban a la sala de enganche, desembocaban en ella Braulio y Juan con un tren de carretillas. Hubo un momento de descanso, para dejar maniobrar el ascensor, y la joven se acercó al caballo, acariciándole y hablándole de él a su compañero. Era Batallador, el decano de la mina, un caballo blanco, que llevaba diez años de trabajar en el fondo. Desde hacía diez años vivía en aquel pueblo subterráneo, ocupaba el mismo rincón en la cuadra, hacía el mismo servicio a lo largo de las estrechas galerías y no había vuelto a ver la luz del sol. Estaba muy gordo, con el pelo muy reluciente, mansote y como resignado con aquella vida tranquila, al abrigo de las desgracias de allá arriba. Además, a fuerza de vivir en tinieblas, había adquirido un instinto admirable. La vía por donde trabajaba le era tan familiar, que empujaba con la cabeza las puertas de ventilación, y la bajaba al pasar por los sitios peligrosos, a fin de no tropezar. Sin duda contaba también las vueltas que daba, porque cuando había hecho el número de viajes reglamentarios, se negaba a hacer ni uno más, y no había otro remedio que llevarle a su pesebre. Según se iba haciendo viejo, sus ojos de gato se veían velados a veces por cierta melancolía. Quizá entreveía vagamente, en el fondo de sus sueños oscuros, el alegre molino de Marchiennes, donde había nacido, un molino situado a orillas del río Scarpe, rodeado de extensas praderas verdes siempre combatidas por el viento. Sin duda veía brillar alguna cosa en el aire, una linterna enorme, el recuerdo exacto de la cual escapaba a su imperfecta memoria de bestia. Y permanecía con la cabeza baja, agitado por un temblor convulsivo, y haciendo esfuerzos inútiles por acordarse del sol.
Entre tanto, las maniobras continuaban en el pozo de descenso. El martillo de señales había dado cuatro golpes; estaban bajando un caballo, lo cual era siempre emocionante, porque a veces sucedía que el animal, aterrado, llegaba muerto al fondo de la mina. Allá en lo alto, envuelto en una red a propósito, se agitaba como loco, procurando escaparse; luego, cuando advertía que le faltaba tierra que pisar, se quedaba como petrificado, temblando, azoradísimo, con los ojos fijos en el espacio. El que bajaban aquel día era muy grande, y había sido necesario, al engancharlo en la polea, doblarle el cuello, volviéndoselo hacia un costado. El descenso duró cerca de cuatro minutos, porque se había disminuido la velocidad de la máquina por precaución. Por lo mismo, entre la gente que había abajo aumentaba la emoción. ¿Qué sucedía? ¿Irían a dejarlo en el aire, colgado en medio de las tinieblas? Al fin apareció, inmóvil como una estatua, con los ojos dilatados por el espanto. Era un caballo bayo, de unos tres años apenas, que se llamaba Trompeta.
-¡Cuidado! -gritó el tío Mouque, encargado de recibirlo-. Traedlo más hacia acá, sin desatarlo todavía.
Pronto estuvo Trompeta acostado en el suelo como una masa informe. Seguía sin movimiento, y en medio de la pesadilla que producía aquella sala oscura y fantástica, parecía enormemente grande. Empezaban a desatarlo, cuando Batallador, desuncido hacía un momento, se acercó a él, y alargó el cuello para oler al compañero que bajaba de la tierra. Los obreros hicieron corro, y empezaron a bromear. ¡Cáscaras! ¿Qué olor le encontraría, que no cesaba de olfatear? Pero Batallador se animaba cada vez más, y se hacía el sordo a las burlas. Sin duda le encontraba el olor agradable del aire libre, el olor del olvidado sol. Y de pronto rompió en un relincho sonoro, en un relincho alegre, que tenía tanto de gozoso saludo como de gemido de compasión. Era la bienvenida, la alegría de aquellas cosas antiguas que recordaba vagamente, la expresión de melancolía que le inspiraba aquel pobre prisionero, que no saldría ya de allí hasta después de muerto.
-¡Ah! ¡Qué animal este Batallador! -gritaban los obreros, al ver los cariñosos extremos de su caballo favorito-. Ahí está hablando con su compañero, como si fuera una persona.
Trompeta, desatado ya por completo, seguía inmóvil, echado de costado, como si continuara envuelto en la red y agarrotado por el miedo. Al fin le obligaron a levantarse, y el tío Mouque se llevó a las dos bestias que tanto habían simpatizado.
-¡Vamos a ver! ¿Podemos irnos ya?
Era preciso desocupar las jaulas, y además, faltaban diez minutos para la hora de la subida. Poco a poco se iban desocupando las canteras, y llegaban mineros de todas partes. Ya había allí cincuenta o sesenta hombres mojados y tiritando, con cara de tísicos, que era la enfermedad predominante entre ellos.
Pierron, a pesar de su aspecto bonachón, dio una bofetada a su hija Lidia, por haber dejado el trabajo demasiado pronto. Zacarías se entretenía en dar pellizcas a la Mouquette, por divertirse y entrar en calor. Pero el disgusto general iba en aumento, porque Chaval y Levaque contaban a los demás la amenaza del ingeniero: que se iba a bajar el precio de las carretillas; que se iba a pagar aparte el trabajo de revestimiento; y por todas partes eran acogidas tales noticias con exclamaciones de indignación y de amenaza. En aquel rincón estrecho y subterráneo se iniciaba una sublevación. Pronto dejaron de contenerse, y aquellos infelices, ennegrecidos por el calor, traspasados por la humedad, comenzaron a acusar a la Compañía de matar en el fondo de la mina a la mitad de sus obreros, y dejar morir de hambre a la otra mitad. Esteban, conmovido, escuchaba atentamente.
-¡Daos prisa! ¡Vamos, rápido! -repetía el capataz Richomme, dirigiéndose a los cargadores.
Y apresuraba la maniobra, haciendo como que no oía las amenazas de los descontentos. Al fin, los rumores crecieron tanto, que tuvo que mezclarse en la cuestión. A espaldas suyas decían que aquello no podía continuar y que el día menos pensado se armaría una tremenda.
-Tú, que eres razonable -dijo, dirigiéndose a Maheu-. Haz que se callen. Cuando no se cuenta con la fuerza, es necesario tener paciencia y ser prudentes.
Pero Maheu, que iba ya estando asustado, y que miraba recelosamente en torno suyo, no tuvo que intervenir, porque de pronto callaron todos; Négrel y Dansaert, que volvían de su visita de inspección, desembocaron por una galería, sudando también los dos, y los dos negros y con la ropa mojada. El hábito de la disciplina hizo formar en fila a los mineros, mientras el ingeniero pasaba por delante sin hablar una palabra. Hizo una seña indicando que quería subir, y Pierron, que se había quitado prudentemente de en medio, mientras duraba el tumulto, se precipitó a obedecer. Négrel se colocó en un departamento de la jaula, Dansaert en otro; tiraron cuatro veces de la cuerda de señales, y la jaula se elevó en el aire, en medio de un silencio profundo.
En la jaula en que subía, hacinado con otros cuatro, Esteban resolvió volver a corretear por los caminos, reanudando su vagar de hambriento. Lo mismo daba reventar de una vez que volver a bajar al fondo de aquel infierno, si de todos modos no había de ganar ni para pan. Catalina, que había entrado en otro departamento, no estaba como a la bajada, pegada a él y comunicándole el agradable calor de su cuerpo. Esteban prefería dejarse de tonterías y marcharse; porque con su superior instrucción no se sentía tan resignado como aquel rebaño humano, y acabaría por matar a algún jefe.
De pronto se quedó como ciego. La subida había sido tan rápida, que se vio deslumbrado por la claridad del sol, y sin poder abrir los párpados, habituados ya a la oscuridad. No por eso dejó de experimentar un gran consuelo al sentir la jaula descansando sobre sus goznes. Un obrero de los de arriba abrió las puertas, por donde se precipitaron los mineros.
-Oye, Mouque -le dijo Zacarías al oído-; hasta la noche, en el Volcán, ¿eh?
El Volcán era un café cantante de Montsou. Mouque guiñó el ojo izquierdo, sonriendo silenciosamente. Bajo de estatura y regordete como su padre y como su hermana, tenía la fisonomía desvergonzada de los granujas que viven al día sin preocuparse del mañana. Precisamente entonces salía también la Mouquette, a la cual dio un azotazo mayúsculo en prueba de ternura fraternal.
Esteban apenas reconocía aquellos lugares que había visto de noche. El vestíbulo era sucio y estaba ennegrecido: una claridad dudosa y polvorienta, por decirlo así, penetraba por las amplias ventanas. Solamente la máquina lucía allá abajo sus brillantes y cuidados cobres: los cables de acero, untados de aceite, corrían veloces, semejantes a cordones untados de tinta. El estrépito de las ruedas destrozaba los oídos sin cesar, mientras que de la hulla, paseada en las carretillas, se escapaba un polvillo de carbón, que lo ennegrecía todo: suelo, techo y paredes. Pero Chaval, que había ido a mirar la tablilla donde estaba apuntado el resumen de la extracción, Volvió hecho una furia. Había visto que les rechazaban dos carretillas, una porque no llevaba la cantidad reglamentaria, y la otra porque no estaba bien limpia la hulla.
-Día completo -gritó-. Otros veinte sueldos menos... Pero, ¡es claro!, lleva uno a trabajar consigo gandules que no saben hacer nada, que se sirven de sus brazos como un cerdo puede servirse de su rabo.
Y una mirada oblicua dirigida a Esteban completó su pensamiento. Éste estuvo a punto de contestar a puñetazos. Luego se dijo que para qué, puesto que pensaba marcharse. Las palabras de Chaval acabaron de decidirle.
-Hombre, no se pueden hacer bien las cosas el primer día -dijo Maheu, para poner paz entre ellos-: mañana lo hará mejor.
No por eso dejaban todos de sentirse menos poseídos del deseo de reñir. Cuando entraron en la lampistería para dejar las linternas, Levaque la emprendió con el farolero, a quien acusaba de haber limpiado mal la suya. No se tranquilizaron un poco hasta llegar a la barraca, donde seguía ardiendo una lumbre magnífica. Sin duda acababan de cargar la estufa, porque estaba enrojecida, y aquella espaciosa estancia, sin ventanas, parecía de fuego, por efecto del reflejo de la lumbre en las paredes. Todos empezaron a gruñir de gusto mientras se tostaban las espaldas, de donde se escapaba denso humo. Cuando no podían resistir más por detrás, se calentaban por delante.
La Mouquette, con la mayor tranquilidad del mundo, se bajaba el pantalón de trabajo para secarse bien. Los muchachos bromeaban con ella, y acabaron por prorrumpir en estrepitosa carcajada, al ver que de pronto les enseñaba el trasero, lo cual era en ella la señal extrema del desprecio.
-Me voy -dijo Chaval, que había guardado las herramientas en su armario, y que se había puesto los zuecos.
Nadie se movió. Solamente la Mouquette se apresuró a salir detrás de él, con el pretexto de que iban juntos hasta Montsou. Pero continuaron las chanzas, porque todos sabían ya que Chaval estaba harto de ella.
Catalina, preocupada, acababa de hablar en voz baja con su padre. Éste pareció sorprendido; pero dijo que sí con un movimiento de cabeza, y llamando a Esteban para entregarle el lío de su ropa:
-Escuche -le dijo-; si no tiene usted un céntimo, hasta que cobre la quincena va a tener tiempo de morirse de hambre. ¿Quiere que le busque casa y comida en cualquier parte, donde le fíen hasta que cobre?
El joven se quedó un momento turbado. Precisamente iba a pedir su jornal de aquel día, para marcharse. Pero tuvo vergüenza delante de la muchacha, y se contuvo, mirándola con fijeza. Acaso creyese que tenía miedo al trabajo.
-No le prometo nada -continuó Maheu -. Pero nada se pierde por buscar, ¿no le parece?
Esteban asintió a la propuesta. Maheu no conseguiría lo que deseaba, y, además, aquello a nada le comprometía. Siempre tendría en su mano el marcharse, después de charlar un rato y comer un bocado. Luego sintió no haberse negado desde el principio, al ver que Catalina sonreía alegremente, con la satisfacción de haberle sido útil. ¿Para qué todo aquello?
Uno a uno, los mineros, después de calentarse un poco y calzarse, iban abandonando la barraca. Los Maheu también cerraron su armario, y desfilaron seguidos de Levaque y del hijo de éste. Pero al atravesar el departamento de cerner, les detuvo una escena violenta.
Era el tal departamento un tinglado muy grande, sostenido por unas vigas ennegrecidas completamente por el polvo de carbón y resguardado a medias del aire por grandes persianas que se movían continuamente a impulsos del viento. Las carretillas llegaban directamente desde la oficina de recepción, y eran vaciadas por los trabajadores en los aparatos de cerner, especie de cribas enormes; y a un lado y otro de cada una de ellas, las operarias, subidas en banquetas y armadas de palas, recogían las piedras y echaban en las cribas el carbón bueno, que iba cayendo a los vagones de un ferrocarril que arrancaba desde allí mismo.
Entre los demás operarios estaba Filomena Levaque, delgaducho y pálida, con cara de tísica. Con la cabeza protegida por un trapo de tela azul, con los brazos negros hasta el codo, trabajaba junto a una vieja, una bruja: la madre de la mujer de Pierron, la Quemada, como se la llamaba en el barrio, horrible con aquellos ojos de murciélago y aquella boca apretada como la bolsa de un avaro. En aquel momento se peleaban las dos; la joven, acusando a la vieja de que le echaba piedras en su montón, y que no conseguía, por lo tanto, adelantar nada en la faena. Como les pagaban por montones, era un reñir incesante. Se arrancaban el pelo y a menudo las manos tiznadas se señalaban en las mejillas blancas.
-¡Arráncale el moño! -gritó desde arriba Zacarías, dirigiéndose a su querida.
Todas las obreras se echaron a reír; pero la Quemada la emprendí contra el joven.
-Oye tú, gran canalla, más valdría que reconocieras los dos hijos que le has hecho... Si es que eso está permitido, tratándose de una mocosa de dieciocho años que no levanta una cuarta del suelo.
Maheu tuvo que intervenir, para evitar que su hijo bajase a romperle el alma a aquella bruja, como él decía. En aquel momento acudió un capataz, y todas continuaron trabajando. Desde arriba ya no se distinguían más que las redondeces de un batallón de mujeres agachadas, recogiendo piedras y echándolas a un lado.
En el exterior, el viento había calmado bruscamente, y le sustituía una humedad finísima que caía del cielo encapotado. Los carboneros encorvaron la espalda, cruzaron los brazos sobre el pecho, y echaron a andar tiritando de frío debajo de la telilla endeble de su traje. A la luz del día parecían una banda de negros revolcados en el cieno.
-¡Hola! Ahí va Bouteloup -dijo Zacarías con sorna.
Levaque, sin detenerse, cruzó cuatro palabras con su huésped, un muchacho alto, moreno, de unos treinta y cinco años de edad, con aire de hombre apacible y honrado.
-¿Está ya la sopa, Luis?
-Creo que sí.
-Entonces la mujer está hoy de buen humor. -¡Toma, ya lo creo!
Otros mineros, de los que trabajaban de noche, salían de los barrios, e iban entrando en la mina que los Maheu acababan de dejar. Eran los que bajaban a las tres; más hombres que el pozo se tragaba, y que, dedicados a otras faenas, iban a sustituir a los cortadores de arcilla en las profundidades de la tierra. En la mina no se descansaba nunca: siempre estaba llena de insectos humanos, que horadaban la roca a seiscientos metros por debajo de aquellos campos plantados de remolacha.
Los muchachos iban delante. Juan confiaba a Braulio un plan complicado para conseguir que les fiasen cuatro cuartos de tabaco, mientras Lidia caminaba un poco detrás, a respetuosa distancia. Luego seguía Catalina con Esteban y Zacarías. Ninguno hablaba. Al llegar a una taberna que se llamaba La Ventajosa, los alcanzaron Maheu y Levaque, que iban bastante detrás.
-Ya hemos llegado -dijo el primero a Esteban-. ¿Quiere usted entrar?
Allí se separaron. Catalina se había detenido un momento, dirigiendo una última mirada al joven, con sus picarescos ojos verdes que brillaban más que de costumbre, por lo tiznada que llevaba la cara. Sonrió, y desapareció con los otros por el camino en cuesta que conducía al barrio de los obreros.
La taberna se hallaba entre la mina y el pueblo, en el cruce de dos caminos. Era una casita de ladrillos, compuesta de dos pisos, blanqueada con cal de arriba abajo, con las ventanas adornadas con una cenefa de pintura azul; y en un cartel cuadrado, que había encima de la puerta, se leía con caracteres pintados de amarillo: La Ventajosa. Casa de huéspedes de Rasseneur. En la parte de atrás había un juego de bolos cercado por una valla de tablas. Y la Compañía, que había hecho gestiones activas para comprar aquel pedazo de terreno enclavado en sus vastas posesiones, estaba desesperada de ver que no podía acabar con una taberna establecida en medio del campo, a la salida misma de la Voreux.
-Entre -volvió a decir Maheu a Esteban.
La sala, que era pequeña, parecía grande por lo desamueblada y por la blancura de sus paredes. Todo el mobiliario se componía de tres mesas, una docena de sillas, y un mostrador de pino, que no era más grande que una mesa de cocina ordinaria.
Se veían allí una docena de jarros de cerveza, tres botellas de licor una garrafa y un recipiente de zinc con grifo dorado para la cerveza y nada más; ni una imagen, ni un cuadro. En la chimenea, muy limpia y reluciente, ardía una buena lumbre de carbón, y una capa de arena fina, extendida por el suelo, absorbía la continua humedad de aquella región, en donde el agua brotaba por todas partes.
-Un jarro de cerveza -pidió Maheu, dirigiéndose a una sirvienta rubia, de abultado rostro, en el cual había dejado la viruela su indeleble huella.
-¿Está ahí Rasseneur? -añadió luego el minero.
La criada sirvió lo que le pedían, contestando afirmativamente con la cabeza. Lentamente y de un solo trago, el minero se echó al coleto la mitad del contenido del jarro, para barrer el polvillo de carbón que le obstruía la garganta, y sin ofrecer nada a su compañero. No había en la tienda más que otro parroquiano, otro minero, mojado y sucio también, sentado delante de otra mesa y tomando cerveza, en silencio, y en ademán de Profunda meditación. Entró otro, le sirvieron del mismo modo, y se marchó a la calle sin pronunciar una sola palabra.
En aquel momento apareció en la habitación un hombre gordo, como de treinta y cinco años de edad, completamente afeitado, de cara grande y sonrisa bonachona. Era Rasseneur, antiguo minero, a quien la Compañía había despedido tres años antes a consecuencia de una huelga. Era un buen obrero, hablaba bien, figuraba a la cabeza de todas las comisiones que iban a presentar quejas, a formular reclamaciones, y había concluido por ser el jefe de todos los descontentos. Su mujer tenía por entonces una taberna, como muchas mujeres de mineros; y cuando le plantaron en la calle, se hizo tabernero a su vez; buscó y encontró dinero y abrió su tienda a la entrada de la Voreux, como en son de reto a la Compañía. Prosperaron sus negocios: el establecimiento estaba casi convertido en un casino, y se iba haciendo rico poco a poco.
-Éste es un muchacho que he encontrado esta mañana -le dijo Maheu enseguida -. ¿Tienes desocupada alguna de las dos habitaciones, y puedes fiarle por unos días hasta que cobre la quincena?
En el achatado rostro de Rasseneur se retrató una súbita desconfianza. Examinó atentamente a Esteban con la vista, y contestó, sin tomarse el trabajo de decir lo que sentía:
-No puede ser, porque las dos habitaciones están ocupadas.
El joven esperaba aquella negativa; pero, a pesar de todo, le molestó y, sin saber por qué, sintió tenerse que marchar. No importaba; se marcharía cuando le pagasen los treinta sueldos de aquel día. El minero que estaba bebiendo solo en la otra mesa, se fue a la calle. Uno a uno iban entrando, otros se limpiaban el gaznate con cerveza, y se marchaban por el mismo camino. Aquello era simplemente un ritual de limpieza, sin pasión y sin alegría; la silenciosa satisfacción de una necesidad.
-¿Conque no ocurre nada? -preguntó Rasseneur a Maheu, con una entonación particular, mientras el minero acababa de beberse la cerveza a pequeños tragos.
Maheu se volvió, y vio que no había nadie más que Esteban.
-Sí: ocurre que nos vuelven a fastidiar.. con la cuestión del revestimiento de madera.
Y contó lo ocurrido. La fisonomía del tabernero se puso colorada, como si se le subiera la sangre a la cabeza. Al fin no pudo contenerse.
-¡Ah, pues bueno! -exclamó-. Como se les ocurra bajar los precios, peor para ellos.
Le molestaba la presencia de Esteban. Sin embargo, siguió hablando, dirigiéndole de vez en cuando una mirada oblicua. Hablaba con reticencias, empleando palabras convencionales al ocuparse del director Hennebeau, de su mujer, de su sobrino Négrel, pero sin nombrarlos, y diciendo que las cosas no podían continuar así, y que el día menos pensado reventaría la mina. La miseria era insoportable ya... Citó las fábricas y las minas que se cerraban... los obreros que estaban sin trabajo. Desde hacía más de un mes estaba regalando seis libras de pan diariamente. Le habían dicho el día antes que el señor Deneulin, propietario de una mina cercana, no sabía cómo salir del paso. Además, acababa de recibir una carta de Lille, llena de detalles bien poco tranquilizadores.
-Me ha escrito... ya sabes... aquella persona que viste aquí una noche.
Pero en aquel momento fue interrumpido. Entraba su mujer, una jamona delgada y ardiente, de nariz larga y pómulos amoratados. Era en política mucho más radical que su marido.
-La carta de Pluchart, ¿eh? -dijo ella-. ¡Ah! Si fuera ése el amo, no tardarían las cosas en arreglarse bien.
Esteban ponía atención a lo que decían, y comprendiendo el significado de todo aquello se entusiasmaba con aquellas ideas de miseria y de venganza. Aquel nombre que acababa de oír le hizo estremecer, y, como a pesar suyo, dijo en alta voz:
-Yo conozco mucho a Pluchart.
Todos lo miraron, y tuvo que añadir:
-Sí: soy maquinista, y ha sido contramaestre mío... Un hombre muy capaz; he hablado muchas veces con él.
Rasseneur le miró con fijeza. De pronto en su fisonomía se notó un cambio radical, una expresión de súbita simpatía. Al fin dijo a su mujer:
-Maheu me ha presentado al señor, que es trabajador de su cuadrilla, para ver si estaba desocupado alguno de los cuartos de arriba, y si podíamos fiarle hasta que cobre la quincena.
Entonces el trato quedó terminado en un momento. Había un cuarto, porque aquella mañana se había marchado un huésped. Y el tabernero muy excitado, se fue entusiasmando gradualmente, repitiendo que él no pedía a los patrones más que lo posible y lo razonable, y que no lo podía conseguir. Su mujer se encogía de hombros, diciendo que ella no cedía, y exigiría siempre lo que le correspondía por derecho.
-Buenas tardes -interrumpió Maheu-. Todo eso no nos quitará que tengamos que bajar a la mina, y mientras haya que bajar, habrá gente que reviente... Mira, mira, si no, qué sano estás tú, porque hace tres años que no bajas.
-Sí, me he mejorado mucho -contestó Rasseneur con complacencia.
Esteban salió hasta la puerta para dar las gracias al minero que se marchaba; pero éste meneaba la cabeza sin contestar palabra, y el joven se quedó mirándole mientras emprendía el camino en cuesta que conducía al barrio de los obreros. La señora Rasseneur, que tenía que servir a unos parroquianos, le rogó que esperase un momento, y que iría enseguida a enseñarle su cuarto, donde podría lavarse.
¿Debía quedarse en la mina? Cierta vacilación se había vuelto a apoderar de él; cierto malestar, que le hacía sentir el deseo de la libertad por los caminos, y el goce del sol del aire libre. Le parecía que llevaba viviendo allí largos años desde su llegada a la mina, en medio de una tempestad, hasta las horas pasadas en el fondo de la Voreux, trabajando como un esclavo, arrastrándose por aquellas oscuras galerías. Y le repugnaba volver a empezar, porque aquel trabajo era demasiado duro, porque su orgullo de hombre se sublevaba ante la idea de convertirse en un animal, al cual se le tapan los ojos para aplastarlo.
Mientras Esteban pensaba en todo esto, sus ojos, que vagaban por el llano inmenso que tenía delante, empezaron a darse cuenta de lo que veían. Se quedó asombrado, porque no se había figurado un horizonte como aquél, al indicárselo el viejo Buenamuerte la noche antes, en medio de las profundas tinieblas. Delante de sí veía la Voreux, en un repliegue del terreno, con sus edificios de madera y de ladrillos, el departamento de cerner, con sus persianas, la entrada cubierta con un techo de pizarra, la sala de la máquina con su inmensa chimenea de un rojo pálido, todo ello amontonado, todo ello de aspecto malsano.
Pero en torno de aquellos edificios se extendían unos terrenos que él no había creído tan grandes, convertidos en un lago de tinta por el polvo del carbón, erizados de altos aparejos sosteniendo poleas que servían para la carga y descarga de los vagones de minera¡, y ocupados a grandes trechos por enormes provisiones de madera, que parecían la cosecha recogida de bosques inmensos. A la derecha, la plataforma exterior de la mina le cerraba el horizonte. Luego, más allá, se extendían campos sin fin de trigo y de remolacha, arrasados en aquella época del año. Más lejos, al fondo de aquel panorama, salpicado aquí y allá de alguna verde pradera, veía unas manchas blancas, que eran pueblos, Marchiennes al norte, Montsou al sur, mientras el bosque de Vandame, al este, bordeaba el horizonte con la oscura línea de sus árboles sin hojas. Y bajo el lívido color del cielo, a la escasa claridad de aquella tarde de invierno parecía que toda la negrura de la Voreux, todo el polvo del carbón, habían caído sobre el llano, pudriendo los árboles, oscureciendo los caminos, sembrando negrura por todas partes.
Esteban miraba; y lo que más le sorprendía era un canal, el río Scarpe canalizado, que no había visto la noche antes.
Desde la Voreux a Marchiennes, aquel canal se extendía recto, como una cinta de plata mate de dos leguas de longitud. Cerca de la mina había un embarcadero, donde se amarraban algunas embarcaciones, que se cargaban directamente desde las carretillas, que llegaban hasta ella por medio de una vía especial. Luego el canal formaba ángulos y más ángulos, y toda la vida de aquella llanura inmensa parecía concentrada en aquella vía de agua geométricamente trazada, y que la atravesaba en todas direcciones, llevando la hulla que se arrancaba de las entrañas de la tierra.
Las miradas de Esteban subían desde el canal al barrio de los obreros, construido en una colina, y del cual sólo podía distinguir los tejados, alineados con gran regularidad a los lados de la carretera. Luego dirigía de nuevo la vista a la Voreux, y la detenía en la parte baja de la pendiente arcillosa, en dos enormes montones de ladrillos, fabricados y cocidos allí mismo. Un ramal del ferrocarril de la Compañía pasaba por detrás de una empalizada para el servicio de la misma. Aquello no era ya, como la noche antes, lo desconocido de las tinieblas, los inexplicables estruendos misteriosos, el brillar de astros ignorados. Los altos hornos y los braseros de carbón se habían apagado al amanecer.
Lo único que no descansaba era el escape de la bomba de vapor, que seguía resoplando como cuando la vio por vez primera.
Esteban se decidió de pronto. Quizás había creído ver, allá en lo alto del camino que conducía al pueblecillo, los ojos claros de Catalina o acaso fuera un viento de rebelión, que se diría soplaba de la Voreux. No sabía lo que era; pero deseaba volver a bajar a la mina para sufrir y luchar, pensando con rabia en aquellas gentes de quienes hablara Buenamuerte, en aquel Dios misterioso, al cual daban toda su sangre, sin conocerle, diez mil hombres hambrientos.
La casa de los Grégoire, una posesión magnífica que se llamaba La Piolaine, se hallaba a unos dos kilómetros de Montsou, hacia el este, en el camino de Joiselle. Era un caserón grande y cuadrado, construido a principios del siglo anterior, y sin estilo arquitectónico definido.
De los grandes terrenos que le habían rodeado en otro tiempo, no quedaban más que unas treinta o treinta y cinco hectáreas, cerradas por una tapia. Había dentro de aquel muro una huerta y algunos árboles frutales muy estimados, porque decía la gente que daban las frutas y las legumbres más ricas de la comarca. No tenía parque; en su lugar se había conservado un pedazo de bosque. Una avenida de tilos bastante bien cuidados, conducía desde la verja de entrada a la puerta de la llanura estéril, donde apenas existía algún árbol que otro desde Marchiennes a Beaugnies.
Aquella mañana, los señores de Grégoire se habían levantado a eso de las ocho. Ordinariamente no se levantaban hasta una hora después, porque eran dormilones como ellos solos; pero la tempestad de la noche anterior les había desvelado. Y mientras el marido, al levantarse, salió a la huerta para ver si el viento les había hecho algún destrozo, la señora de Grégoire bajó a la cocina, en zapatillas y con una bata de franela. Aquella buena mujer, que pasaba ya de los cincuenta y ocho años, baja y regordeta, había conservado una cara sonrosado, de muñeca de porcelana, a pesar de la blancura mate de sus cabellos.
-Melania -dijo a la cocinera-; puesto que tiene usted masa, debería hacernos hoy un pastel. 1 ¿l señorita tardará aún media hora en levantarse, Y tomaría un poco con el chocolate... ¡Eh! ¡Qué sorpresa!
La cocinera, una vieja que los servía desde hacía treinta años, se echó a reír.
-Verdaderamente será una grata sorpresa -dijo-. Tengo el horno encendido, y además, Honorina puede ayudarme.
Honorina, muchacha de veinte años de edad, a quien la familia había recogido siendo niña, y que estaba educada en la casa, hacía en la actualidad las veces de doncella. Todo el personal de la servidumbre se componía de las dos mujeres y un cochero, Francisco, que además ayudaba a todo lo que era menester; un jardinero y su mujer cuidaban del jardín, de la huerta y del corral; y como en aquella casa había costumbres patriarcales, toda aquella gente, señores y criados, vivían en paz como buenos amigos.
La señora Grégoire, que había meditado en la cama lo de la sorpresa del pastel, se quedó en la cocina para ver meter la masa en el horno. Aquella habitación, la más importante de la casa, era muy grande, estaba muy limpia y atestada de cacerolas, sartenes, y todo género de utensilios culinarios. Olía bien por todas partes. Los armarios y las alacenas estaban llenos de toda clase de provisiones.
-¡Que esté muy doradito!, ¿eh? -dijo la señora, despidiéndose para entrar en el comedor.
A pesar de que una estufa templaba toda la casa, en la chimenea del comedor ardía un magnífico fuego de hulla. Por lo demás, no se veía lujo ninguno; una mesa grande, para comer, las sillas, un buen aparador de caoba, y solamente dos amplias poltronas de muelles daban fe del gusto por el bienestar y las largas digestiones reposadas.
Casi nunca iban a la sala; generalmente recibían allí, en familia.
El señor Grégoire entraba en aquel momento, vestido con un chaquetón de abrigo. Muy bien cuidado para sus sesenta años, y con facciones de hombre honrado a carta cabal. Había visto al cochero y al jardinero; ningún desperfecto importante: todo se reducía a una chimenea derribada. Por las mañanas le gustaba dar una vueltecita por La Piolaine, que ni era una posesión demasiado grande para proporcionarle quebraderos de cabeza, ni tan pequeña que le hiciera carecer de ninguna de las ventajas del propietario rural.
-¿Y Cecilia? ¿No se levanta hoy esa chiquilla? -preguntó- No sé cómo será eso. Me parecía haberla oído hace rato.
La mesa estaba puesta; había tres cubiertos encima del blanco mantel. Mandaron a Honorina fuese a ver qué le sucedía a la señorita. Pero la doncella bajó enseguida, conteniendo la risa, y hablando en voz baja, como si estuviera todavía en la alcoba de su ama.
-¡Oh! ¡Si los señores vieran a la señorita!... Duerme, duerme, como un lirón... Parece mentira... ¡Da gusto verla!
El padre y la madre cambiaron una mirada de ternura.
Él dijo sonriendo:
-¿Vienes a verla?
-¡Pobrecilla! -murmuró ella-. Claro está que voy.
Y subieron juntos. La alcoba de Cecilia era la única habitación verdaderamente lujosa que había en la casa; estaba tapizada de seda azul, ocupada con muebles de un gusto exquisito, de doradillo con filetes azules también; aquél era un capricho de niña mimada, satisfecho por sus padres. Entre la vaga blancura de la cama, gracias a la claridad que entraba por la entreabierta colgadura, dormía la joven con la mejilla apoyada en su brazo desnudo. No era bonita, pero tenía un aspecto muy saludable; estaba siempre sana, y se hallaba completamente desarrollada a los dieciocho años; tenía unas carnes magníficas, frescas, blancas, el pelo castaño y abundante, la cara redonda con una naricita voluntariosa, ligeramente respingada. La colcha se había caído al suelo, y la joven respiraba tan suavemente, que ni siquiera se agitaba lo más mínimo su ya abultado pecho.
-¡Este maldito viento no la habrá dejado dormir! -dijo la madre en voz baja-. ¡Pobrecita mía!
Pero el padre la hizo callar con un gesto. Uno y otro se quedaron un rato inclinados hacia el lecho, mirando con adoración, en su desnudez de virgen, a aquella hija por tanto tiempo deseada, y que había venido muy tarde, cuando ya desesperaban de que naciese. Y ella seguía durmiendo sin sentirlos, tan cerca de sí, que los semblantes de los dos casi rozaban con el suyo. De pronto, una sombra pasó rápida por su rostro inmóvil; y, temiendo despertarla, el padre y la madre se alejaron de puntillas, sin hacer el menor ruido.
-¡Chist! -dijo él, ya en la puerta-. Por si ha estado desvelada, hay que dejarla dormir ahora.
-¡Todo lo que quiera, pobrecita! -añadió la madre-. Esperaremos.
Y volvieron a bajar, y se instalaron en las poltronas del comedor, mientras las criadas, riendo del pesado sueño de la señorita, ponían, sin impacientarse, el almuerzo a la lumbre para que no se enfriara. Él había cogido un periódico, ella trabajaba en un cubrepiés de ganchillo.
Estaba la habitación muy caliente, y en la casa no se oía ni el más ligero ruido.
La fortuna de los Grégoire, que sería de unos cuarenta mil francos de renta, estaba invertida por entero en acciones de las minas de Montsou. Ellos hablaban con complacencia del origen de su capital, que databa de la fundación de aquella Compañía minera.
Allá en los comienzos del siglo pasado se había desarrollado en el país una especie de locura minera desde Lille a Valenciennes. Los primeros éxitos de los concesionarios, que más tarde formaron la Compañía de Anzin, exaltaron los ánimos. En todos los distritos de la comarca se sondaba el suelo y se formaban sociedades, y surgían concesiones en una noche. Pero entre los maniáticos de aquella época, el barón Desrumaux había dejado recuerdo por su heroica inteligencia. Durante cuarenta años luchó sin cesar contra todo género de obstáculos: con lo infructuoso de los primeros trabajos, con los filones falsos, que había que dejar después de muchos meses de trabajo; con los desprendimientos que cegaban las minas y con las repentinas inundaciones que ahogaban a los obreros; en una palabra: cientos de miles de francos inútilmente enterrados; y enseguida el barullo de la Administración, el pánico de los accionistas y la codicia de los terratenientes, que se negaban a reconocer las concesiones si no se trataba antes con ellos... Al fin acababa de fundar la sociedad Desrumaux, Fauquenoix y Compañía, para explotar la concesión de Montsou; y las primeras minas empezaban a dar algunos, aunque escasos beneficios, cuando dos concesiones contiguas a la suya, la de Cougny, que pertenecía al conde de Cougny, y la de Joiselle, que era de la Sociedad Cornille y Jenard, estuvieron a punto de arruinarle, haciéndole la competencia. Felizmente, el 23 de agosto de 1760 se firmaba un contrato entre las tres sociedades, convirtiéndolas en una sola. La Compañía de las minas de Montsou quedó formada tal y como existe en la actualidad. Para el reparto, se había dividido, según el tipo de moneda de aquella época, la propiedad total en veinticuatro sueldos, cada uno de los cuales se subdividía en doce dineros, y como cada dinero era de diez mil francos, el capital total representaba una suma de cerca de tres millones. A Desrumaux, agonizando ya pero vencedor al cabo, le habían correspondido en este reparto seis sueldos y tres dineros.
Por aquella época, el Barón tenía La Piolaine, con trescientas hectáreas de tierra, y a su servicio, como gerente a Honorato Grégoire, mozo natural de Picardía, que era el bisabuelo de León Grégoire, padre de Cecilia. Cuando se celebró el contrato de Montsou, Honorato, que conservaba guardados en un calcetín unos cincuenta mil francos, producto de sus economías, se dejó ganar, aunque temblando, por la inquebrantable fe de su amo. Sacó diez mil libras en buenos escudos, y compró un dinero, con el miedo de cometer un robo en perjuicio de sus herederos. Su hijo Eugenio percibió, en efecto, beneficios muy pequeños; y como se había hecho burgués, y había cometido la tontería de comerse tranquilamente los otros cuarenta mil francos de la herencia paterna, vivió con bastante estrechez. Pero los intereses del dinero iban subiendo poco a poco, y la fortuna empezó a sonreír ya a Feliciano, el cual pudo realizar el sueño que, siendo niño, le había hecho concebir su abuelo, el antiguo gerente del Barón, esto es comprar La Piolaine, desprovista por entonces de gran parte de las tierras que le pertenecían, y adquirida como procedente de bienes nacionales, por una cantidad insignificante.
Sin embargo, los años siguientes fueron malos, porque hubo que aguardar el desenlace de las catástrofes revolucionarias, y luego la caída sangrienta de Napoleón. Y nadie más que León Gregoire pudo aprovecharse, en asombrosa progresión, del empleo medroso que había dado su bisabuelo a las economías que conservara en el calcetín. Aquellos miserables millares de francos crecían al compás de la prosperidad de la Compañía. Ya en 1820 producían el ciento por ciento, es decir, diez mil francos. En 1844 rentaban veinte mil, y cuarenta mil en 1850. Hasta hubo años en que los dividendos subieron a la cifra prodigiosa de cincuenta mil francos: el valor del dinero se cotizaba a un millón en la Bolsa de Lille; es decir, se había centuplicado en el transcurso de un siglo.
El señor Grégoire, a quien aconsejaron que vendiese cuando llegó a tan extraordinaria alza la cotización, se negó a ello con la sonrisa bonachona que le era habitual. Seis meses después se produjo una crisis industrial, y el dinero bajaba a seiscientos mil francos de un golpe. Pero él seguía sonriendo y sin arrepentirse, porque los Gregoire tenían una fe ciega en su mina. Ya subirían las acciones con la ayuda de Dios. Además, a esa creencia religiosa, se mezclaba una gratitud profunda hacia el papel que desde hacía más de un siglo daba de comer a la familia sin necesidad de trabajar. Era aquella acción de la sociedad minera algo así como una divinidad propia, a la cual ellos en su egoísmo, rodeaban de un verdadero culto, como el hada bienhechora del hogar, la que los mecía en su mullido lecho de pereza, la que los engordaba en su bien provista mesa de gastrónomos. Esto venía sucediendo de padres a hijos. ¿A qué arriesgarse a tentar a la suerte, dudando de ella? Así es que, en el fondo de su fidelidad, había un temor supersticioso: el miedo a que el millón de la acción que Poseían se derritiese enseguida, al convertirlo en metálico para encerrarlo en el fondo de un cajón. Lo creían mejor guardado en el fondo de la mina, de donde un pueblo entero de obreros, generaciones y más generaciones de seres hambrientos, sacaba para ellos un poquito cada día, según las necesidades.
Por otra parte, la felicidad derramaba sus dones sobre aquella casa. Siendo muy joven, el señor Grégoire se había casado con la hija de un boticario de Marchiennes, una señorita fea y sin un céntimo, a la cual adoraba y que le había hecho muy feliz. Ella se había dedicado exclusivamente al cuidado de la casa, en éxtasis delante de su marido y sin tener más voluntad que la de éste; jamás los había dividido una diferencia de gustos, y el mismo ideal de bienestar confundía sus deseos. Así vivían desde hacía cuarenta años, prodigándose todo género de ternezas y de cuidados recíprocos. Era una existencia perfectamente regulada: los cuarenta mil francos comidos sin ruido y las economías gastadas en Cecilia, cuya venida al mundo había trastornado por una temporada el presupuesto doméstico. Todavía hoy continuaban satisfaciendo todos sus caprichos; otro caballo, dos carruajes más y algunos trajes que le enviaban desde París. Pero aquello era para ellos un motivo de contento, pues nada les parecía demasiado para su hija, a pesar de que los dos tenían tal horror a las innovaciones, que seguían la moda de cuando eran jóvenes. Todo gasto al que no se le sacaba provecho, les parecía estúpido.
De pronto se abrió la puerta del comedor, y se oyó una voz fuerte, que gritaba:
-¿Qué es eso? ¿Almorzáis sin esperarme?
Era Cecilia, que acababa de saltar de la cama, y que llegaba con los ojos hinchados aún de tanto dormir. No había hecho más que recogerse el pelo y ponerse una bata de lanilla blanca.
-No por cierto, -dijo la madre-: ya ves que te esperábamos... ¿Eh, qué tal? Ese maldito viento te habrá tenido sin dormir toda la noche, ¿verdad, hijita?
La joven la miró muy sorprendida.
-¿Ha hecho viento?... Pues no lo he oído; he dormido toda la noche de in tirón.
Aquello les pareció gracioso, y los tres se echaron a reír, y las criadas, que entraban con el almuerzo, soltaron también la risa, como si el que la señorita hubiera dormido doce horas de un tirón fuera un motivo de alegría para todos los de la casa. La vista del pastel acabó de poner alegres todos los semblantes.
-¡Cómo! ¿Está ya hecho? -decía Cecilia-. Buena sorpresa me habéis preparado... ¡Qué rico va a estar, así calentito, con el chocolate!
Y se sentaron a la mesa, donde ya humeaba el chocolate, hablando largo rato del pastel. Melania y Honorina, en pie, daban pormenores sobre el dulce y la manera de hacerlo, y miraban a sus amos atracarse de lo lindo, asegurando que daba gusto hacer pasteles para que los señores les hicieran tan bien los honores.
De pronto los perros comenzaron a ladrar; creyeron que sería la maestra de piano que iba desde Marchiennes todos los lunes y todos los viernes. Cecilia recibía también las lecciones de un profesor de literatura. Toda la educación de la joven se había hecho en La Piolaine, en una feliz ignorancia, entre sus caprichos de niña mimada, que tiraba el libro por la ventana cuando le aburría una lección.
-Es el señor Deneulin -dijo Honorina, que había ido a ver quién era.
Y detrás de ella entró en el comedor, sin cumplidos, Deneulin, un primo de Grégoire, alto, apuesto, de fisonomía animada, y con todo el aire de un oficial de caballería. Aunque pasaba ya de los cincuenta años, sus cabellos, cortados a punta de tijera, y sus grandes y espesos bigotes, conservaban toda su negrura.
-Sí, yo soy. Buenos días... Que nadie se moleste. No hay que levantarse.
Y tomó asiento, mientras la familia le saludaba afectuosamente y acababa de tomar el chocolate.
-¿Qué te trae por aquí? -preguntó el señor Grégoire.
-Nada, absolutamente nada -se apresuró a decir Deneulin-. Salí a dar un paseo a caballo, y como pasaba por la puerta de vuestra casa, quise entrar a daros los buenos días.
Cecilia preguntó por Juana y Lucía, sus hijas. Estaban muy bien: la primera no soltaba los pinceles, mientras la otra, la mayor, no pensaba más que en cantar, acompañándose al piano todo el santo día. Y en su voz se notaba un ligero temblor, cierto malestar, que procuraba disimular fingiendo alegría.
El señor Grégoire replicó:
-¿Y en la mina, andan los negocios a tu gusto?
-¡Caramba! Me sucede lo que a todos; estoy fastidiado con esta maldita crisis que atravesamos... ¡Ah! Bien pagamos los años prósperos. Se han hecho demasiadas obras, demasiados ferrocarriles; se ha inmovilizado demasiado capital con la esperanza de una producción formidable. Y, es claro, hoy el dinero está muerto, y no hay medio de hacer funcionar todo eso... Afortunadamente, la situación no es desesperada, y se saldrá de este mal paso.
Lo mismo que su primo, había heredado una acción de las minas de Montsou. Pero como él era ingeniero, muy emprendedor, y deseaba poseer una fortuna real, se había apresurado a vender cuando las acciones se cotizaban a un millón. Hacía ya varios meses que estaba madurando un plan. Su mujer había aportado al matrimonio la pequeña concesión de Vandame, donde no había más que dos minas abiertas, Juan Bart y Gastón-María, en un estado de abandono tal, con un material tan antiguo y deficiente, que apenas cubrían gastos. Pues bien: ansiaba reparar Juan Bart, poniéndole maquinaria nueva, y ensanchando los pozos, a fin de extraer más y dejar Gastón-María nada más que para desahogo. Indudablemente, decía él, allí se va a sacar oro a paladas. La idea era buena. Pero el millón se había gastado en mejoras, y aquella maldita crisis industrial estallaba precisamente en el momento en que importantes beneficios le iban a dar la razón.
Por otra parte, mal administrador, de una bondad brusca, pero extremada, para sus obreros, se dejaba saquear desde la muerte de su mujer, abandonando la dirección administrativa de su casa a sus hijas, de las cuales la mayor estaba siempre hablando de dedicarse al teatro, y la más pequeña había enviado ya a las exposiciones varios cuadros que no le habían admitido; una y otra, sonrientes siempre, en medio de los apuros propios de los malos negocios, se preocupaban poco de la ruina que les amenazaba, porque pretendían ser muy mujeres de su casa y saber defenderse contra esa calamidad.
-Mira, León -replicó Deneulin, con la voz poco segura-, hiciste mal en no vender cuando yo... Y si me hubieras creído y me hubieras confiado tu dinero, sabe Dios cuantas cosas buenas habríamos hecho en nuestra mina de Vandame.
El señor Grégoire, que acababa de tomar el chocolate con la mayor calma, respondió tranquilamente:
-¡Jamás!... Bien sabes que yo no sé, ni quiero especular. Vivo tranquilo, y sería una estupidez buscarme quebraderos de cabeza con los negocios. Por lo que toca a las acciones de Montsou, por mucho que bajen, siempre nos darán para vivir. ¡No hay que tener tanta ambición! Además, ten presente que, como te he dicho muchas veces, te has de arrepentir, porque las Montsou han de volver a subir, y puedes tener la seguridad de que los hijos de los hijos de Cecilia han de tener mucho dinero.
Deneulin lo escuchaba sonriendo con cierta turbación.
-¿De modo que si te dijera que invirtieses cien mil francos en mi negocio, te negarías?
Pero al ver la turbación de los Grégoire, se arrepintió de haber caminado tan de prisa, y se propuso aplazar para más tarde sus planes de hacer un empréstito, reservándolos para un caso apuradísimo.
-¡Oh! ¡No es que lo necesite!; ¡Era una broma!... ¡Qué demonio! Tal vez tengas razón; el dinero que se gana sin trabajar es el que más engorda.
Cambiaron de conversación. Cecilia volvió a preguntar por sus primas, cuyas aficiones la preocupaban. La señora de Grégoire prometió que llevaría a Cecilia a casa de sus primas el primer día que hiciese sol. Pero el señor Grégoire, con aire distraído, no estaba en la conversación; y al cabo de un momento continuó hablando en voz alta:
-Yo, si estuviera en tu pellejo, no me empeñaría en hacer imposibles, y procuraría entrar en tratos con los de Montsou... Cree que lo desean mucho, y que recuperarías fácilmente el dinero.
Aludía al odio inmemorial que se profesaban los concesionarios de Montsou y de Vandame. A pesar de la poca importancia de esta última Sociedad, su poderosa vecina se moría de rabia viendo enclavado en sus vastísimas posesiones aquel trozo de terreno que no le pertenecía, y después de haber procurado inútilmente arruinarla, se hacía la ilusión de poderla comprar por poco dinero, cuando fuesen mal los negocios de Vandame. Mientras tanto, continuaban haciéndose una guerra sin cuartel, despiadada, por más que los directores e ingenieros de una y otra mantenían corteses relaciones.
Los ojos de Deneulin habían brillado furiosos.
-¡Jamás! -exclamó con énfasis-. Mientras yo viva, los de Montsou no serán dueños de Vandame... El jueves comí en casa de Hennebeau, y noté que trataba de conquistarme. Ya el otoño pasado, cuando estuvieron aquí los consejeros de Administración de la Compañía, me hicieron mil carantoñas... ¡Sí! ¡Buenos están! ¡Conozco yo a esos duques y marqueses, a esos generales y ministros, más que las madres que los parieron! Unos bandidos, capaces de quitarle a uno la camisa, si lo encontraran en un camino.
No transigiría por nada del mundo. Por otra parte, el señor Grégoire defendía al Consejo de Administración de Montsou, compuesto de los consejeros nombrados por el contrato de 1760, que gobernaban despóticamente la Compañía, y de los cuales vivían cinco, que a la muerte de cada uno elegían al nuevo consejero entre los accionistas más ricos e influyentes. La opinión del propietario de La Piolaine, cuyos modestos gustos hemos descrito, era que aquellos señores faltaban a menudo a las conveniencias, por su excesivo amor al dinero.
Melania había empezado a quitar la mesa. Los perros volvieron a ladrar, y ya Honorina se dirigía a la puerta, cuando Cecilia, a quien sofocaban el calor y lo mucho que había comido, se levantó de la mesa:
-No, deja; debe ser mi profesora.
También Deneulin se había levantado. Cuando vio que la joven no estaba allí, preguntó sonriendo:
-¿Y esa boda con Négrel?
-No hay nada decidido todavía -contestó la señora de Grégoire-, un proyecto en embrión... Es preciso pensarlo.
-Es verdad -contestó el pariente con su acostumbrada sonrisa-. Creo que la tía y el sobrino... Y lo que más me sorprende es que la señora Hennebeau, conociendo el proyecto, demuestre tanto entusiasmo por Cecilia.
Pero el señor Grégoire se indignó. iUna persona tan distinguida y que tenía catorce años más que su sobrino! Eso era monstruoso, y no le gustaba que se tuvieran aquellas bromas en su casa. Deneulin, sin dejar de sonreír, le estrechó la mano, y se fue.
-Pues no era la profesora tampoco -dijo Cecilia, volviendo a entrar en el comedor-. Es aquella mujer de un minero, que nos encontramos el otro día... aquella mujer de un minero, que viene con sus dos hijos... ¿Entran aquí?
Hubo un momento de duda. ¿Estarían muy sucios? No, no mucho; y además, dejarían los zuecos en la antesala.
El padre y la madre, que habían vuelto a repantigarse cómodamente en sus butacas, se acabaron de decidir por no variar de postura y tener que salir del comedor.
-Que entren, Honorina.
Entonces entraron la mujer de Maheu y sus dos pequeñuelos, los tres muertos de frío, hambrientos, asustados de verse en aquella sala donde hacía tanto calor y olía tan bien a pastel.
En el cuarto de Maheu, que, como hemos dicho, se había quedado todo en silencio y a oscuras, había ido luego entrando poco a poco la claridad por entre las rejillas de las persianas; el aire, sin renovar, se iba haciendo cada vez más pesado, y todos continuaban durmiendo a pierna suelta:
Leonor y Enrique, el uno en los brazos del otro, y Alicia con la cabeza echada atrás, apoyada en su joroba, mientras el abuelo Buenamuerte, que ocupaba la cama de Zacarías y de Juan, roncaba con la boca abierta. No se oía ni el menor ruido en el gabinete donde la mujer de Maheu se había quedado durmiendo y dando de mamar a Estrella, con la cabeza echada a un lado, su hija recostada sobre ella, y durmiendo a su vez después de harta de mamar.
El cu-cu de abajo dio las seis. Por todo el barrio se oyó ruido de puertas que se abrían y cerraban; después el de los zuecos pisando sobre las losas de las aceras: eran las cernedoras, que se iban a la mina. Y volvió a reinar el silencio hasta las siete.
A esa hora se descorrieron las persianas, y a través de las paredes se oyeron toses y bostezos. Pero en el cuarto de los Maheu nadie se despertaba.
De pronto, un ruido terrible de gritos y bofetadas que se oían a lo lejos hizo incorporarse a Alicia.
Tuvo conciencia de la hora que era, y, saltando de la cama, fue a despertar a su madre.
-¡Mamá, mamá!; es muy tarde, y tienes que salir!... Cuidado, que vas a aplastar a Estrella.
Y salvó a la niña, medio ahogada ya por la masa de carne de los pechos.
-¡Maldita suerte! -murmuraba la mujer de Maheu, restregándose los ojos-. Está una tan cansada, que no se levantaría en todo el día... Viste a Leonor y a Enrique, para que vengan conmigo, y tú cuidarás de Estrella, porque no quiero llevarla, no vaya a ponerse mala con este tiempo tan crudo.
Mientras tanto, se lavaba apresuradamente, y se ponía una faldilla azul, ya muy vieja, que era la mejor que tenía, y un gabán de lana gris, al cual había puesto dos o tres remiendos el día antes.
-¿Y la sopa? ¡Maldita suerte! -volvió a murmurar.
Mientras su madre bajaba al comedor, tropezando con todo, Alicia volvió a la alcoba con Estrella en brazos. Ésta se había puesto a llorar otra vez. Pero estaba acostumbrada a los berridos de su hermana, y a pesar de sus ocho años escasos tenía ya astucias de mujer para engañar y entretener a la pequeña. La echó en su cama, aún caliente, y la durmió, metiéndole el dedo en la boca para que chupase.
Ya era tiempo, porque en aquel momento estallaba otra disputa entre Leonor y Enrique, que habían despertado al fin y entre los cuales tuvo ella que poner paz. Aquellos dos muchachos no congeniaban, ni estaban en paz y abrazados más que cuando dormían. La niña, que tenía seis años, se enredaba a pescozones con su hermanito, más pequeño, desde que se levantaban, y el pobre Enrique los sufría sin devolverlos. Los dos tenían la cabeza muy grande y desproporcionado, cubierta de encrespados cabellos pelirrojos. Fue menester, para que se restableciese la paz, que Alicia tirase a su hermana de los pies, amenazándole con arrancarle la piel a fuerza de azotes. Luego hubo llantos y furias al irlos a lavar y a vestir. No querían abrir la ventana, para que no se despertase el abuelo Buenamuerte, que seguía roncando en el camastro de sus nietos.
-¡Vamos, ya está esto! ¿Habéis acabado? -gritó la mujer de Maheu.
Había abierto las ventanas y avivado la lumbre, echándole más carbón. Su esperanza consistía en que el viejo no se hubiera comido la sopa. Pero como encontró el pucherete completamente limpio, puso a cocer un poco de verdura que tenía escondida. Tendrían que resignarse a beber agua, porque no debía de quedar café, ni mucho menos manteca; así es que se quedó sorprendida al ver que Catalina había hecho el milagro de dejar un poco de cada cosa. En cambio, el armario estaba completamente vacío: nada, ni una corteza de pan, ni un hueso que roer. ¿Qué iba a ser de ellos, si Maigrat se empeñaba en no fiarles más, y si las señoras de La Piolaine no le daban siquiera un par de francos? Porque cuando su marido y sus hijos volviesen del trabajo, había que comer irremisiblemente.
-¿Bajáis, o no? -gritó de nuevo-. Ya debía haberme ido.
Cuando Alicia y los dos niños entraron en la sala, dividió la verdura en tres platos. Ella no quería, porque no tenía ganas, según dijo. Aunque Catalina había vuelto a pasar por el colador el café del día antes, volvió a hacer lo mismo, y se bebió dos tazas seguidas de aquel brebaje, que parecía agua sucia. Pero, en fin, bueno estaba; al menos le quitaría el hambre, y la haría entrar en calor.
-Oye -dijo, dirigiéndose a Alicia-, ten cuidado de que no se despierte tu abuelo y de que no se rompa Estrella la cabeza; si se despierta y llora mucho, aquí tienes un terrón de azúcar, lo deshaces en agua, y le das unas cucharadas... Ya sé que eres buena, y que no te lo comerás tú.
-¿Y la escuela, mamá?
-¿La escuela? Otro día irás, porque hoy te necesito.
-¿Quieres que haga yo la comida, si vienes tarde?
-La comida, la comida... No; espera a que yo vuelva.
Alicia, que tenía la precoz inteligencia de casi todos los niños enfermos, sabía guisar muy bien. Pero debió de comprender lo que significaba la negativa de su madre, y no insistió. Estaba ya en pie toda la gente del barrio; bandadas de muchachos se dirigían a la escuela, haciendo sonar estrepitosamente sus zuecos en las losas de la calle. Dieron las ocho; de la casa contigua, donde vivían los Levaque, salía el ruido de animadas conversaciones. Las mujeres empezaban a trabajar en sus casas, afanándose alrededor de sus cafeteras, con los brazos en jarras y meneando las lenguas como aspas de molino. Una cara ajada, de labios gruesos, de nariz chata, se acercó a la ventana de la sala de los Maheu, diciendo:
-¡Hola, vecina! ¿Sabes que hay novedades?
-Bueno, bueno; luego me las contarás -contestó la mujer de Maheu-, tengo que salir.
Y temiendo caer en la tentación de ponerse a chismorrear, agarró de la mano a Leonor y a Enrique, y salió con ellos. En el piso de encima, el viejo Buenamuerte seguía roncando como un bendito.
Al salir a la calle, la mujer de Maheu se quedó sorprendida, notando que el viento había cesado completamente. Estaba deshelando, pero hacía un frío intensísimo; el cielo tenía color de tierra, las paredes chorreaban a causa de la humedad, los caminos estaban intransitables por el mucho barro, un barro especial, que sólo se conoce en el país del carbón, negro y tan áspero, que se dejaba uno en él la suela de los zapatos. Al poco rato tuvo que dar una bofetada a Leonor, porque la chicuela se entretenía en recoger el barro con la punta de sus zuecos, como si fueran una pala.
-¡Verás, verás tú, grandísimo tunante, si te cojo y te rompo el alma, para que no hagas más bolitas!
Era que Enrique había recogido un puñado de barro, y se entretenía en hacer bolas con él. Los dos chiquillos, escarmentados por igual, entraron en orden, y ya muy formales, siguieron andando con trabajo porque los piececillos se les clavaban en el fango a cada paso.
Por el lado de Marchiennes, la carretera se extendía, bien cuidada, durante un par de leguas; pero por el de Montsou, el camino tenía mucha cuesta, y estaba lleno de baches; en cambio, estaba mucho más animado, porque a sus bordes comenzaba el pueblo. Multitud de casitas, pintadas unas de amarillo, otras de azul, otras con cal blanca, animaban el paisaje. Se veían también algunas casas más grandes, de dos pisos; estaban destinadas a vivienda de los jefes de taller. Una iglesia, también de ladrillos, que parecía un modelo de fábrica de nueva arquitectura, con su campanario cuadrado en forma de chimenea, y ennegrecido por el polvillo de carbón que invadía toda la campiña, era el edificio más saliente de todos. Ya dentro del pueblo, y aun en los caseríos de la carretera, predominaban las tiendas de bebidas, las tabernas, los despachos de cerveza, tan numerosos, que entre las mil casas del pueblo había quinientas tabernas lo menos.
Al aproximarse a las canteras de la Compañía, que eran una vasta serie de almacenes y talleres, la mujer de Maheu se decidió a coger un chico de cada mano. A la entrada de aquéllas se veía el palacio del director, señor Hennebeau; una especie de chalet enorme, separado del camino por una verja, y seguido de un jardín, donde crecían algunos árboles raquíticos. Precisamente a la puerta había un carruaje, del que se apearon un caballero y una señora envuelta en un abrigo de pieles: sin duda, alguna visita de París que había llegado aquella mañana a la estación de Marchiennes, porque la señora Hennebeau, que salió a recibirlos, lanzó una exclamación de sorpresa y alegría.
-¿Queréis andar, demonios? -gruñó la mujer de Maheu, tirando de sus dos hijos, que se atascaban en el fango.
Llegó a casa de Maigrat muy emocionada. Maigrat vivía al lado del palacio del director; una tapia separaba el hotel del señor Hennebeau de la estrecha vivienda que habitaba el comerciante, quien tenía un almacén y una tiendecilla, cuya puerta daba a la carretera. En ella vendía un poco de todo: especias, salchichería, frutas, pan, cerveza y objetos de fantasía. Había sido vigilante en la mina Voreux, y luego, al abrir tienda, empezó con una muy pequeña; pero después, gracias a la protección decidida de sus jefes, la había agrandado, aumentando su comercio, y acabando por matar la venta al por menor en Montsou. Acaparó las mercaderías, y su importante clientela de obreros le permitía vender a precios más baratos y abrir créditos mayores que todos los demás tenderos. Por otra parte, seguía siendo el protegido de la Compañía, que le había hecho de nueva planta la tienda y el almacén.
-Aquí estoy otra vez, señor Maigrat -dijo la mujer de Maheu con humildad, al verle en la puerta.
Él la miró sin contestarle. Era un hombre alto, grueso, fornido, que pretendía ser enérgico, y que cuando tomaba una resolución, ésta era siempre irrevocable.
-Vamos, no me despida como ayer. Necesitamos comer pan, de aquí al lunes... Es verdad que hace dos años le debemos sesenta francos; pero...
Y siguió hablando con frase entrecortado y voz poco segura. Aquélla era una deuda antigua, contraída durante una huelga. Veinte veces habían prometido pagarla; pero como no podían, apenas le daban cuarenta sueldos cada quincena. Además, les había sucedido una desgracia; habían tenido que pagar veinte francos a un zapatero que quería embargarles, y por eso no tenían ni un céntimo. Si no, hubieran podido tirar hasta el sábado, como los demás compañeros.
Pero Maigrat, sin abrir la boca, sin mirarla siquiera, recostado en el quicio de la puerta, y con los brazos cruzados sobre el pecho, contestaba que no con la cabeza a cada una de aquellas súplicas.
-Nada más que pan, señor Maigrat. Ya ve que soy razonable; no quiero café... sólo dos panes de tres libras todos los días.
-¡No! -exclamó él al fin con toda su fuerza.
Su mujer había aparecido en aquel momento; era una pobre criatura, endeblucha, que pasaba los días sobre su libro de cuentas sin atreverse siquiera a levantar la cabeza. Pero se marchó enseguida, compadecida de aquella infeliz, que le dirigía miradas suplicantes. Se decía de ella que prestaba de buen grado el lecho conyugal a las muchachas de los parroquianos. Era cosa sabida: cuando un minero deseaba una prórroga de crédito, no tenía más que mandar a su hija o a su mujer, fuesen guapas o feas, con tal de que se mostraran complacientes.
La mujer de Maheu, que seguía suplicando con la vista, se sintió turbada ante la insistencia de los ojillos de Maigrat, que la contemplaban de un modo extraño. Aquello la puso fuera de sí; lo hubiera comprendido antes de tener siete hijos, cuando era joven y guapa. Y se marchó de allí arrastrando a Leonor y a Enrique, que se entretenían en recoger las cáscaras de nuez que había en el suelo de la tienda.
-Acuérdese de lo que le digo, señor Maigrat; esto le traerá alguna desgracia.
No le quedaba ya más esperanza que los señores de La Piolaine. Si éstos no le daban siquiera un par de francos, se morirían todos de hambre en su casa.
Había tomado el camino de Joiselle. Allá, a la izquierda, en un recodo de la carretera, estaba el palacio del Consejo de Administración, magnífico edificio, donde todos los años se reunían señorones de París, y príncipes, y generales, a celebrar con grandes banquetes el aniversario del establecimiento de la Compañía. Mientras caminaba, iba gastando mentalmente los dos francos: primero pan, luego un poco de café, enseguida manteca y patatas para las sopas de por la mañana y el guisote de al mediodía, y tal vez pudiera permitirse también el lujo de un poco de carne de cerdo: su marido necesitaba tomar carne en alguna comida.
Se encontró con el cura de Montsou, el padre Joire, que pasaba por allí, remangándose la sotana con la delicadeza propia de un gato mimado y bien nutrido que teme mojarse la cola. Era un hombre de buen carácter, vivía en paz con todo el mundo, y procuraba ocuparse lo menos posible de las cosas de la vida.
-Buenos días, señor cura.
El padre Joire no se detuvo: dirigió una sonrisa a los niños, y la dejó plantada en medio del camino. La mujer de Maheu no tenía religión; pero, sin saber por qué, había supuesto que aquel cura iba a darle algo. Y continuó su camino por en medio del lodazal que produjeran las últimas lluvias.
Tenía que andar dos kilómetros más, y le era necesario tirar de los chicos, que ya no podían con su alma, y que, rendidos de cansancio, habían dejado de estar alegres y juguetones.
A un lado y otro del camino se veían casas iguales a las de antes: los mismos edificios de ladrillos con sus grandes chimeneas, ennegrecidas por el humo y el polvillo del carbón. Y más allá los campos áridos, inmensos, semejantes a un desierto negro, sin que la monotonía del paisaje se alterara en lo más mínimo hasta que la vista tropezaba en el horizonte con la línea verde oscuro del bosque de Vandame.
-Llévame en brazos, mamá.
Y ella los llevaba un rato a uno y otro a otro, por turno. El camino estaba lleno de charcos, y la pobre mujer se levantaba las faldas hasta la rodilla, temiendo llegar demasiado sucia. Dos o tres veces se vio a punto de caer, porque el suelo estaba muy resbaladizo, y cuando al fin llegaron a La Piolaine, tres perros enormes se abalanzaron hacia ellos, ladrando con tal furia, que los niños se asustaron. Hubo necesidad de que el cochero cogiese un látigo.
-Quitaos los zuecos y entrad -les dijo Honorina.
En el comedor, la madre y los chicos se quedaron inmóviles, aturdidos por la brusquedad del cambio de temperatura, y turbados ante las miradas de aquellos dos señores viejos, repantigados en sus sillones.
-Hija mía -dijo la señora Grégoire-, desempeña tu cometido.
Los señores Grégoire dejaban a Cecilia la tarea de dar sus limosnas. Aquello entraba en su plan de buena educación. Era necesario ser caritativo, y añadían ellos mismos que su casa era para los pobres la casa de Dios. Además, se alababan de hacer la caridad de un modo inteligente y cuidadoso, para no ser víctimas de engaños que pudieran alimentar el vicio. Así es que nunca daban dinero, ¡jamás!, ni dos céntimos, porque era cosa sabida que en cuanto un pobre cogía algunos cuartos, iba a gastarlos en vino o en cerveza. Sus limosnas se hacían siempre en especie, y principalmente en ropas de abrigo, que distribuían en invierno a los niños indigentes.
-¡Oh, pobrecillos! -decía Cecilia mirando a Leonor y a Enrique-. ¡Qué pálidos están de haber andado al frío!... Honorina, sube a mi cuarto, y tráeme un paquete que tengo allí.
Las criadas también miraban a aquellos miserables con la compasión poco profunda de gente que tiene la comida asegurada. Mientras la doncella subía al cuarto de la señorita, la cocinera, por curiosidad y haciéndose la distraída, continuaba de pie junto a la mesa, con las manos cruzadas y sin llevarse el pastel.
-Precisamente -continuó Cecilia- tengo todavía dos trajecitos de lana de mucho abrigo... ¡Ya verá qué bien les están a estos pobrecitos!
-Muchas gracias, señorita... Son ustedes muy bondadosos...
Las lágrimas le habían humedecido los ojos; se creía segura de conseguir los dos francos, y no la preocupaba más que la forma en que debía pedirlos, si no se los ofrecían antes. La doncella no bajaba, y hubo un momento de embarazoso silencio. Los dos chicos no quitaban los ojos del pastel.
-¿No tenéis más que estos dos? -preguntó la señora Grégoire, por romper el silencio.
-¡Oh no, señora; tengo siete!
El señor Grégoire, que había vuelto a emprender la lectura de su periódico, tuvo un sobresalto de indignación.
-¡Siete hijos! ¡Virgen Santísima!
-Eso es una imprudencia -añadió su esposa.
La mujer de Maheu hizo un vago ademán de excusas.
-¿Qué quiere usted? -dijo-. Esas cosas no se piensan, y los hijos vienen naturalmente. Además, cuando son mayores, ganan dinero y ayudan a los gastos de la casa.
Su familia, por ejemplo, viviría regularmente, si no fuera porque tenían en casa al abuelo, que ya no estaba el pobre para nada, y si no existieran más que los dos hijos mayores y su hija Catalina, que podían bajar a la mina. Pero era necesario dar de comer también a los pequeños, que no servían aún para nada.
-Según eso -dijo la señora de Grégoire-, hace mucho tiempo que trabajáis en las minas.
Una sonrisa silenciosa animó el lívido semblante de la mujer de Maheu.
-¡Ah! ¡Sí... sí, señora! Yo trabajé en ellas hasta la edad de veinte años. El médico dijo que me moriría si seguía trabajando, cuando tuve el segundo parto. Además, por entonces fue cuando me casé, y tenía bastante que hacer en mi casa... Pero la familia de mi marido trabaja en las minas desde tiempo inmemorial. Creo que empezó el abuelo del abuelo de mi marido; en fin, qué se yo... Desde que se dio el primer golpe de pico en la mina Réquillart.
Otra vez el señor Grégoire había dejado el periódico, y contemplaba con expresión singular a la pobre mujer y a sus dos hijos, con aquella carne de color de cera, con aquellos cabellos despeinados, roídos por la anemia y con la fealdad triste de la gente hambrienta. Sobrevino otro momento de silencio, interrumpido tan sólo por el chisporroteo de la lumbre en la chimenea. En el comedor se disfrutaba de esa tranquilidad, de ese colorcito agradable, característico en el hogar de los burgueses ricos.
-¿Qué hace esa muchacha? -dijo Cecilia, impaciente-. Melania, sube a decirle que el paquete está en la última tabla del armario, a la izquierda.
El señor Grégoire terminó de formular en voz alta las reflexiones que le inspiraba la vista de aquellos pobres diablos.
-La verdad es que las cosas de este mundo andan mal; pero preciso es confesar también, buena mujer, que los obreros no suelen ser precavidos... Así, en vez de economizar algún cuarto, como hace la gente del campo, nuestros mineros beben, contraen deudas y acaban por carecer de lo necesario para mantener a sus hijos.
-El señor tiene razón -contestó tranquilamente la mujer de Maheu-. No todos andan por buen camino. Eso les digo a muchos cuando se quejan... Yo he tenido suerte, porque mi marido no bebe. Algunos domingos toma una copa de más; pero, en fin, eso sucede rara vez. La cosa es tanto más de agradecer, cuanto que antes de casarnos estaba siempre como una cuba, y ustedes perdonen la expresión... Y, sin embargo, maldito si adelantamos gran cosa con que sea hombre de bien. Hay algunos días, como hoy, por ejemplo, que no se encuentra en casa ni un cuarto, ni un mendrugo de pan.
Quería preparar el terreno para que le ofreciesen los dos francos, y continuó explicándoles la deuda fatal que habían contraído, pequeña al principio, más grande después, y por fin insoportable para sus escasos recursos. Mientras se cobraba puntualmente las quincenas, menos mal; pero en cuanto que por cualquier causa se retrasaba el cobro, aunque sólo fuera un día, no había ya medio de volverse a poner al corriente. La situación iba empeorando cada vez más, y los hombres se cansaban de trabajar, viendo que no sacaban ni lo indispensable para comer. Nada, no había remedio; no volvía uno a nivelarse en toda la vida. Además, era necesario comprender la razón: los carboneros necesitaban un jarro de cerveza de cuando en cuando para quitarse el polvo de la garganta. La cosa empezaba por ahí, y concluía por no salir el hombre de la taberna cuando estaba disgustado. Quizás fuera (y esto lo decía con el debido respeto y sin quejarse de nadie) que no pagaban a los obreros como era debido.
-Yo creía -dijo la señora Grégoire- que la Compañía les daba casa y lumbre.
La mujer de Maheu miró oblicuamente la chimenea del comedor.
-Sí, sí; nos dan carbón... no muy bueno... pero, en fin, que arde... En cuanto a la casa, no nos hacen pagar más que seis francos al mes; parece que no es nada, y muchas veces no se pueden pagar... A mí, por ejemplo, aunque me hiciesen pedazos hoy, no me sacarían ni un cuarto. Donde no hay, no hay.
El señor Grégoire y su esposa callaban, cómodamente arrellanados en las butacas, y empezando a sentir cierto malestar ante el espectáculo de aquella miseria. Ella temió haberlos ofendido, y añadió con su aire tranquilo de mujer práctica:
-Todo esto no lo digo por quejarme. Las cosas están así, y es preciso aceptarlas como son, tanto más, cuanto que hiciéramos lo que hiciéramos estaríamos lo mismo... Así es que lo mejor, ¿no les parece?, es dedicarse a cumplir los deberes que Dios nos ha impuesto a cada cual.
El señor Grégoire aplaudió mucho la reflexión.
-Con tales sentimientos, está uno siempre por encima del infortunio.
Honorina y Melania entraron con el paquete. Cecilia lo deshizo, y sacó los dos trajecitos, unas medias y unos mitones para cada chico. Todo les iba a sentar muy bien, y la joven se apresuraba a ponerles la ropa, porque acababa de llegar su maestra de piano, y no era cosa de hacerla esperar. Así es, que empujaba suavemente a la madre y los chicos hacia la puerta.
-Estamos tan atrasados -balbuceó la mujer de Maheu-, que si tuviésemos siquiera una moneda de dos francos...
La frase quedó sin concluir, porque los Maheu eran orgullosos, y no mendigaban nunca. Cecilia, intranquila, miró a su padre; pero éste se negó rotundamente, como quien cumple un deber sagrado.
-No; dinero no damos.
Entonces la joven, compadecida de la cara descompuesta de la pobre mujer, quiso mimar a los niños. Las dos criaturas seguían mirando con ansia el pastel, y Cecilia cortó dos pedazos grandes y dio uno a cada uno. -¡Tomad, esto para vosotros!
Y bajo las miradas enternecidas del padre y de la madre, la señorita de Grégoire acabó de llevarlos hasta la puerta. Las pobres criaturas, que estaban muertas de hambre, salieron de allí, sin embargo, con el pastel en las manos, que apenas podían mover de frío.
La mujer de Maheu arrastró a sus hijos fuera de la casa, sin reparar en el camino lleno de barro, ni en el frio siquiera en los desiertos campos, ni en el cielo encapotado y triste. Decidida a entrar en casa de Maheu al pasar de vuelta por Montsou, entró, y tanto suplicó, que acabó por sacarle dos panes, algunas otras provisiones, Y hasta los dos francos que necesitaba, porque debemos advertir que aquel hombre era también prestamista, a una semana de plazo. No la quería a ella; a quien deseaba era a Catalina; la mujer de Maheu lo comprendió así, cuando le recomendó mandase a su hija por lo que les hiciese falta.
Pero eso ya se vería. Catalina era muy capaz de abofetearle si se propasaba con ella.
Daban las once en la capilla del barrio de los Doscientos cuarenta, un edificio de ladrillo, adonde iba a decir misa todos los domingos el padre Joire. Al lado, en la escuela, que también era de ladrillo, se oían las voces monótonas de los muchachos a pesar de hallarse las ventanas cerradas para resguardarse del frío del exterior. Las amplias calles, señaladas por jardinillos unidos unos a otros, continuaban desiertas; y aquellos jardines, destrozados por los vientos de invierno, causaban tristeza más que otra cosa. En todas las casas estaban haciendo la comida; las chimeneas humeaban; de tarde en tarde se veía una mujer en la calle, que abría una puerta y desaparecía enseguida. Por todas partes, a las orillas de las aceras, los canales iban a desbordar en los agujeros de las alcantarillas, aun cuando hacía ya días que no había llovido, tan cargado estaba el cielo de humedad. Y aquel pueblecillo, levantado como por encanto en medio de la desierta llanura, bordeado por caminos negruzcos que parecían una orla de luto, tenía el aspecto más triste que se puede imaginar.
Antes de entrar en su casa la mujer de Maheu, dio un rodeo para comprar patatas en casa de la mujer de un vigilante, que conservaba algunas de la cosecha anterior. Detrás de un grupo de árboles, aunque raquíticos, cosa bien rara en aquella estéril llanura, se veían unas cuantas casas aisladas, rodeadas de jardín. La Compañía reservaba estas viviendas para los capataces, por lo cual los obreros llamaban a aquel barrio el de las Medias de seda, de igual modo que al suyo le tenían apellidado Paga tus deudas, por el deseo de burlarse de su propia miseria.
-¡Ah! Al fin estamos aquí -dijo la mujer de Maheu entrando en su casa, cargada de bultos y de provisiones, y empujando hacia adentro a Leonor y a Enrique, que llegaban muertos de cansancio.
Delante de la lumbre, Estrella berreaba como de ordinario, mecida por Alicia, que la tenía en brazos. Ya no tenía azúcar, ni sabía cómo hacerla callar, y se había decidido a darle el pecho para entretenerla. Pero aun cuando se desabrochaba el corpiño y le ponía los labios en su pechito de niña de ocho años, la criatura se exasperaba, viendo que por más que mordía la piel no sacaba nada.
-Dámela, dámela -dijo la madre en cuanto hubo dejado lo que llevaba en las manos-, porque no nos va a dejar entendernos.
Cuando hubo sacado su robusto pecho, la pequeña se le colgó con verdadera rabia, y calló, permitiendo así que se oyera lo que se hablaba. Todo estaba en orden. La pobre Alicia había cuidado de la lumbre, barrido la sala y colocado las sillas simétricamente, después de hacer la limpieza. Y ahora que había silencio, se oía al abuelo roncando como un bendito en la alcoba del piso alto, de la misma manera que cuando su nuera salió de casa por la mañana.
-¡Cuántas cosas! -murmuró Alicia, sonriendo a la vista de las provisiones-. Si quieres, mamá, yo haré la comida.
En la mesa ya no cabía nada más; estaba llena: un lío de ropa, dos panes, patatas, manteca, café, achicorias y media libra de carne de cerdo.
-¡Oh! ¡La comida! -dijo la mujer de Maheu, que no podía hablar de cansancio-. Era menester ir por guisantes y por cebollas... Mira, más vale que guises patatas... Ponlas a cocer, y nos las comeremos con un poco de manteca, y así acabamos antes... Luego tomaremos café... No se te olvide el café sobre todo.
Pero de pronto se acordó del pastel. Miró las manos vacías de Leonor y de Enrique, que, ya descansados, jugueteaban arrastrándose por el suelo. ¡Se habían comido aquellos pícaros todo el pastel en el camino! Su madre les dio a cada uno un cogotazo, mientras Alicia, que acababa de poner agua en la lumbre, procuraba calmarla.
-Déjalos, mamá. Si era para mí, ya sabes que lo mismo me da comer pastel que no comerlo. Tendrían hambre, habiendo andado tanto.
Dieron las doce, y se oyeron los zuecos de los muchachos que salían corriendo de la escuela. Las patatas estaban cocidas; el café, espesado con un poco de achicoria, pasaba por el colador, produciendo un olor agradable que abría el apetito. Desocuparon una esquina de la mesa; pero solamente la madre comió: los tres niños se contentaron con arrimarse a su falda; y todo el tiempo el chiquillo, que era de una voracidad extraordinaria, no hizo más que mirar al papel donde estaba la carne de cerdo, que le excitaba y le abría el apetito.
La mujer de Maheu tomaba el café a pequeños sorbos, con las dos manos puestas alrededor de la taza para calentárselas, cuando bajó el viejo Buenamuerte. Ordinariamente se levantaba más tarde, cuando ya el almuerzo lo estaba esperando puesto a la lumbre. Pero aquel día empezó ,a refunfuñar, porque no tenía sopa. Luego, cuando su nuera le dijo que no siempre se podían hacer las cosas como se deseaba, se puso a devorar las patatas en silencio. De cuando en cuando se levantaba e iba a escupir en el fuego, por limpieza; luego volvía a sentarse en su sitio, y como no tenía dientes se pasaba largo rato para comer una cucharada con la cabeza baja y los ojos apagados.
-¡Ah! Se me olvidaba, mamá... -dijo Alicia-. Ha venido la vecina... Su madre la interrumpió:
-¡Me carga!
Tenía odio a la mujer de Levaque, porque le había contado muchas penurias el día antes, para no tener que prestarle dinero; y ella sabía que precisamente en aquel momento estaba bien, porque el huésped Bouteloup le había adelantado una quincena. Verdad era que en el barrio no se prestaban dinero unos a otros.
-¡Mira!, ahora me recuerdas una cosa. Envuelve en un papel un poco de café -replicó la mujer de Maheu-, para llevárselo a la de Pierron, que me lo prestó anteayer.
Y cuando la niña hubo hecho el paquete, añadió que volvería enseguida para poner la comida de los hombres. Luego salió con Estrella en los brazos, dejando a Buenamuerte que comiera tranquilamente sus patatas, mientras Enrique y Leonor andaban a la greña para coger las mondaduras que se habían caído al suelo.
La mujer de Maheu, en vez de dar la vuelta, atravesó el jardín, temiendo que la mujer de Levaque la llamase. Precisamente el suyo se encontraba al lado del de Pierron y habían hecho en la verja de madera, que los dividía, un agujero, por el que se hablaban.
En aquel jardín estaba el pozo, de donde se proveían cuatro casas.
Era la una, la hora del café, y no se veía un alma por los jardines. Solamente un minero de los que trabajaban por la noche estaba haciendo tiempo para irse a la mina, sembrando en su huertecillo unas cuantas legumbres. Pero cuando la mujer de Maheu llegaba a la otra parte del edificio, desde donde se descubría toda la calle, se quedó sorprendida al ver que por detrás de la iglesia aparecían un caballero y dos señoras. Se detuvo un momento a mirarlos, y los conoció; era la señora de Hennebeau, que indudablemente iba enseñando el barrio de los obreros a los señores de París que había visto ella llegar aquella mañana a casa del director.
-¡Oh! ¿Por qué te has tomado ese trabajo? -le dijo la mujer de Pierron, cuando le hubo dado el café-. No corría prisa.
La vecina tendría unos veintiocho años escasos, y pasaba por ser la mujer más guapa del pueblo. Era morena, con un carita muy graciosa y animada, la frente pequeña, los ojos grandes, la boca diminuta, y coqueta y limpia como ella sola, y de formas esbeltas, porque no había tenido hijos.
Su madre, la Quemada, viuda de un obrero que había muerto en la mina, después de poner a su hija a trabajar en una fábrica jurando que no la dejaría casar nunca con un carbonero, rabió de lo lindo cuando ésta se casó algo más tarde con Pierron, viudo también, y que, por añadidura, tenía una chiquilla de ocho años. Sin embargo, en aquella casa eran muy felices a pesar de los chismes y de las historias que circulaban acerca de las complacencias del marido y de los amantes de la mujer: no debían a nadie nada, comían carne dos días a la semana, y tenían una casita tan limpia, que se veía uno la cara en las cacerolas. Para colmo de fortuna, la Compañía los había autorizado para que vendiesen bombones y bizcochos, que se veían alineados en una tabla, en la ventana, convertida en escaparate; aquello daba seis o siete sueldos de ganancia diariamente, y algún domingo que otro, hasta doce o catorce. Era una suerte; sólo la tía Quemada solía gritar en su rabia de antigua revolucionaria, y sólo la pobre Lidia recibía algún que otro pescozón.
-¡Qué gordita está! -replicó la mujer de Pierron, haciendo caricias a Estrella.
-¡Ay! ¡Si vieras lo que esto da que hacer! ¡Ni me hables! -dijo la vecina-. Dichosa tú, que no tienes chiquillos. Al menos, puedes estar limpia..
Por más que en su casa todo estaba en orden, y que lavaba todos los sábados, miraba con envidia aquella sala tan limpia, arreglada hasta con coquetería, con una porción de cacharros bonitos en el aparador, un espejo y tres cuadros con sus correspondientes cristales.
La mujer de Pierron se preparaba a tomar sola el café porque toda su familia se encontraba a aquella hora en la mina.
-Tomarás una taza conmigo.
-No, gracias; acabo de tomarlo.
-¿Y eso qué importa?
Y, en efecto, no importaba. Las dos, una enfrente de otra, empezaron a beber lentamente. Por entre los aparadores llenos de bombones y bizcochos que había en la ventana, sus miradas se detuvieron en las fachadas de las casas de enfrente, cuyas cortinillas, más o menos blancas indicaban la mayor o menor limpieza en sus dueños. Las de la casa de Levaque estaban muy sucias: eran verdaderos trapos, que parecían haber servido para limpiar el fogón.
-¡Yo no sé cómo pueden vivir entre tanta porquería!
Entonces la mujer de Maheu se despachó a su gusto. ¡Ah! Si ella tuviese un huésped como aquel Bouteloup, de seguro podría salir adelante sin apuros. Cuando una sabe arreglarse, un huésped es una ganga. Pero no se debía dormir con él, como hacía la mujer de Levaque. Por eso, sin duda, su marido se emborrachaba y le pegaba, y correteaba los cafés cantantes detrás de las mujeres perdidas de Montsou.
La mujer de Pierron demostró el asco que le daba pensar en aquello. Las cantantes de café contagiaban enfermedades a los hombres. En Joiselle había una que había puesto malos a todos los de una mina.
-Lo que me admira es que hayas permitido que tu hijo se arregle con la hija de ellos.
-¡Ah!, sí. ¡Quién impide eso!... Su jardín está contiguo al nuestro. En verano, Zacarías se pasaba el día con Filomena, detrás de las lilas, donde les veía todo el mundo que iba a sacar agua al pozo.
Era la eterna historia de la promiscuidad de sexos en el barrio; los hombres y las mujeres crecían mezclados, y se perdían detrás de cualquier montón de piedras en cuanto anochecía. Todas tenían su primer hijo en medio del campo, o cuando más se tomaban el trabajo de ir a echarlo a este mundo escondidas entre las ruinas de Réquillart. La cosa no tenía malas consecuencias, puesto que acababan por casarse; pero las madres maldecían cuando los chicos se casaban demasiado pronto, porque dejaban de darles dinero.
-Lo mejor que podías hacer, era dejarlos de una vez -aconsejó la mujer de Pierron prudentemente-. Zacarías ha tenido con ella dos hijos ya, y tendrá más... De todos modos, no puedes contar con su dinero, porque no te lo va a dar.
La mujer de Maheu, furiosa, extendió las manos.
-Mira -dijo-. Como vuelvan a juntarse... ¿No debe Zacarías respetarnos? Nos ha costado muy caro, y es preciso que nos indemnice de algo, antes de irse a vivir con una mujer. ¡Hazme el favor de decirme qué sería de todos nosotros, si nuestros hijos se pusieran a mantener enseguida una mujer! ¡Más valiera reventar!
Pero poco a poco fue calmándose.
-Esto lo digo por ahora; luego ya veremos... ¡Qué bueno está este café!...
Y después de otro cuarto de hora de charla, se marchó corriendo, al acordarse que no había hecho la comida de su marido y de sus hijos. Por la calle, los muchachos volvían de nuevo a la escuela, y algunas mujeres que se asomaban a las puertas de las casas miraban a la señora de Hennebeau, que en aquel momento pasaba por allí enseñando el pueblo a sus convidados. Aquella visita empezaba a poner en movimiento todo el barrio de obreros. El hombre que estaba sembrando legumbres en su jardín interrumpió un momento su tarea, mientras dos gallinas, asustadas, echaban a correr cacareando.
La mujer de Maheu tropezó con la de Levaque, que había abandonado su casa para salir al encuentro del doctor Vanderhaghen, médico de la Compañía, un hombre bajito, y siempre atareado, que contestaba a las consultas de sus enfermos sin pararse.
-Señor -decía ella-, no duermo, y siento dolores en todas partes... Yo quisiera que hablásemos.
El médico, que las tuteaba a todas, contestó sin detenerse: -Déjame en paz. No tomes tanto café.
-También debería venir a ver a mi marido, señor doctor -dijo la mujer de Maheu-, porque no se le quitan los dolores de las piernas.
-Tú tienes la culpa; déjame en paz.
Las dos mujeres se quedaron con la boca abierta, viendo correr al doctor.
-Entra un momento -replicó la de Levaque, después de haber mirado a su vecina, y de haberse encogido de hombros con ademán desesperado-. Has de saber que hay novedades... Además, tomarás un poco de café recién traído de la tienda.
La mujer de Maheu quiso excusarse, pero no lo consiguió. -¡Qué demonio! Tomaría un poquito para darle gusto. Y entró en casa de su vecina.
La sala de ésta estaba muy sucia: los cristales de las ventanas y las paredes, llenos de manchas negras de arriba abajo; el aparador y las mesas chorreaban pringue, y el mal olor que reinaba por todas partes trastornaba a cualquiera. Junto a la lumbre, con los codos encima de la mesa v la nariz casi metida en su plato, estaba Bouteloup, joven aún para sus treinta y cinco años. En aquel momento estaba dando fin a un poco de cocido de la víspera, mientras a su lado, en pie y apoyándose en su muslo, Aquiles, el hijo mayor de Filomena, que ya tenía dos años, esperaba a que le diese algo, con la silenciosa expresión suplicante de un animalejo tragón. El huésped, que era muy cariñoso, le metía de vez en cuando una cucharada en la boca.
-Espera a que le eche azúcar -decía la mujer de Levaque, hablando del café a su vecina.
La dueña de la casa tenía seis años más que él: era horriblemente fea, y estaba muy ajada, con los pechos caídos hasta el vientre y los pelos siempre despeinados y sucios, llenos ya de canas.
El huésped se había contentado con aquella mujer, sin detenerse a analizarla, lo mismo que hacía con la comida, en la cual se encontraban pelos todos los días, y con la cama, donde no ponían sábanas limpias más que cada tres meses. La mujer entraba en el servicio de la casa, y el marido solía decir que, en cuestiones de cuentas, cuanto más amigos más claras.
-Te decía que había novedades, porque han visto ayer a la mujer de Pierron rondando el barrio de las Medias de seda. El caballero que tú sabes la esperaba detrás de la taberna de Rasseneur, y se marcharon juntos por la orilla del canal... ¿Eh? ¿Está eso bien en una mujer casada?
-¡Qué demonio! -dijo la mujer de Maheu-. Antes de casarse, Pierron regalaba conejos al capataz y ahora encuentra más barato prestarle el de su mujer.
Bouteloup soltó una carcajada estrepitosa, mientras metía otra cucharada en la boca de Aquiles. Las mujeres criticaron a la de Pierron, una coqueta, que no pensaba más que en mirarse al espejo y untarse de pomada. En fin; eso era problema de su marido, y allá con su pan se lo comiera. Había hombres tan ambiciosos, que eran capaces de tenerles la vela a los jefes, con tal de que éstos les dieran las gracias. Y siguieron charla que te charla hasta que fueron interrumpidas por la llegada de una vecina que llevaba en brazos a una chiquilla de nueve meses, Dorotea, la última que había tenido Filomena; ésta, que almorzaba en la mina, hacía que la llevasen todas las mañanas a su hija para darle de mamar, sentada en un montón de carbón.
-Yo no puedo dejar a la mía ni un momento, porque enseguida llora -dijo la mujer de Maheu, mirando a Estrella, que se había dormido en sus brazos.
Pero no consiguió evitar que la mujer de Levaque plantease la cuestión que se temía desde la llegada de Dorotea.
-Oye, tenemos que pensar seriamente en arreglar esto.
Al principio, las dos madres, sin decirse una palabra, habían estado de acuerdo para no apresurar la boda. Si la madre de Zacarías quería disfrutar todo el tiempo posible del dinero de su hijo, la madre de Filomena se encolerizaba pensando que se había de quedar sin el de su hija. No corría prisa: la segunda hasta había preferido quedarse con su nieto, mientras no hubo más que uno, y fuese pequeño; pero, cuando fue creciendo y comiendo pan, y vino otro al mundo, se creyó perjudicada, y quiso acelerar el casamiento para no perder más.
-Zacarías ha salido de quintas -continuó la Levaque-: ya no hay nada que nos detenga... Conque, ¿cuándo va a ser?
-Esperemos siquiera que venga el buen tiempo -contestó la mujer de Maheu, por decir algo-. Estas cuestiones son siempre desagradables. Como si no hubieran podido esperar a casarse para tener hijos. Mira, te doy mi palabra de honor de que ahogaría a Catalina si supiese que había hecho alguna tontería.
La mujer de Levaque se encogió de hombros.
-No digas eso, que lo mismo le sucederá a ella que a las demás.
Bouteloup, con la tranquilidad del hombre que está en su casa, se levantó y se fue a buscar pan al aparador. Las patatas, coles y guisantes para la comida de Levaque, se habían quedado encima de la mesa, a medio mondar y lavar cogidas y dejadas cien veces para empezar a charlar. La mujer había vuelto a cogerlas apenas, cuando volvió a soltarlas para asomarse a la ventana.
-¿Qué demonios es eso?... Toma ¡pues si es la señora de Hennebeau con unos forasteros! Ahora entran en casa de Pierron.
Y las dos se ensañaron de nuevo con la mujer de Pierron. ¡Oh! Siempre sucedía lo mismo; cuando la Compañía hacía que los señorones visitaran los barrios de obreros, los llevaban enseguida a su casa, porque era la más limpia. Seguro que no les contaría lo que pasaba con el capataz mayor. ¡Ya se puede ser limpia cuando se tienen queridos que ganan tres mil francos, casa, lumbre y mesa! Si era limpia por fuera, en cambio por dentro no lo era demasiado.
Y mientras los señores a quienes acompañaba la señora de Hennebeau estuvieron en la casa de enfrente, ellas dos no dejaron de murmurar. -Ya salen -dijo al fin la mujer de Levaque-. Dan la vuelta... Mira, mira, hija, me parece que van a tu casa.
A la mujer de Maheu le dio miedo. ¿Habría Alicia limpiado bien la mesa? ¡Y ella, que tampoco tenía la comida hecha! Dijo adiós, y echó a correr a su casa, mirando de reojo a la calle...
Pero al entrar vio que todo estaba en orden y muy limpio. Alicia, muy seria, con un trapo encima de la falda, había empezado a hacer la sopa, viendo que su madre no volvía. Después se puso a limpiar la verdura mientras se calentaba en la estufa el baño para su padre y sus hermanos, que habían de volver pronto del trabajo. Enrique y Leonor, que por casualidad no estaban haciendo travesuras, se entretenían en un rincón rompiendo un almanaque viejo.
El abuelo Buenamuerte estaba fumando su pipa en silencio.
Poco después que la mujer de Maheu, la señora Hennebeau llamó a la puerta y entró en la casa.
-Con su permiso, buena mujer.
La esposa del director era alta, rubia, guapa, aunque un poco maciza, en la madurez de sus cuarenta años; entraba sonriendo con esfuerzo por parecer afable, pero sin disimular demasiado el temor de mancharse el rico vestido de seda que llevaba puesto.
-Entren, entren -decía a sus convidados-. No molestamos a estas buenas gentes... ¿Eh? ¡Qué limpio está todo esto también! ¿No es verdad? ¡Y eso que esta pobre mujer tiene siete hijos! Pues todas las casas de nuestros obreros están lo mismo... Ya les he dicho que la Compañía les alquila estas habitaciones por seis francos al mes. Tienen todas una sala muy grande en el piso de abajo, dos cuartos arriba, un sótano y un jardín.
El caballero y la señora del abrigo de pieles que iba con él, que habían llegado aquella mañana de París, contemplaban todo aquello con verdadera admiración.
-Y un jardín -repitió la señora-. Esto es precioso; le dan a una ganas de vivir aquí.
-Les damos también carbón, algo más del que necesitan -continuó diciendo la señora de Hennebeau-. Tienen médico que los visita dos veces por semana y cuando llegan a viejos reciben pensiones, a pesar de que no se les hace ningún descuento en el jornal.
-¡Esto es una Tebaida! ¡Una verdadera Jauja! -murmuró el caballero admirado.
La mujer de Maheu se había apresurado a ofrecerles sillas. Pero ellos no aceptaron. La señora Hennebeau empezaba a cansarse de aquel papel de exhibidor de curiosidades que le entretenía un rato, porque alteraba la monotonía de su destierro; pero pronto le repugnaba el mal olor de aquellas viviendas, a pesar de lo limpias que generalmente se hallaban. Por lo demás, siempre que se presentaban ocasiones semejantes, repetía las mismas frases, casi aprendidas de memoria; y en cuanto volvía la espalda dejaba de pensar en aquel pueblo de mineros que trabajaba sin cesar y padecía horriblemente allí a su lado.
-¡Qué niños más hermosos! -dijo la señora forastera, que los encontraba horribles con aquellas cabezotas tan gordas, pobladas de crespos cabellos color de paja.
Y la mujer de Maheu tuvo que decir la edad que tenían, y contestar a las preguntas que por cortesía le hicieron acerca de Estrella. El viejo Buenamuerte, muy respetuoso, se había quitado la pipa de la boca; pero comprendía que no era nada agradable su aspecto de hombre gastado por cuarenta años de trabajo en el fondo de las minas; y como en aquel momento se sintiera acometido de un fuerte acceso de tos, prefirió irse fuera a escupir, temiendo dar asco a los forasteros.
Alicia fue la que logró una verdadera ovación. ¡Qué mujercita de su casa, con su delantal limpio y el trapo echado al hombro! Y todo se volvieron cumplimientos y enhorabuenas a su madre, por tener una hija tan lista y tan dispuesta para su edad. Nadie hablaba de su joroba; pero todas las miradas, impregnadas de compasión, se dirigían de continuo a la espalda de la pobre contrahecha.
-Ahora -dijo la señora de Hennebeau-, cuando os hablen en París de la vida de nuestros obreros, podréis contestar con conocimiento de causa... Siempre hay la misma tranquilidad que ahora; costumbres patriarcales; todos felices y saludables, como veis.
-¡Es maravilloso, maravilloso! -exclamó el caballero, en un acceso de entusiasmo final.
Salieron de allí tan satisfechos como se sale de la barraca donde se ha visitado un fenómeno, y la mujer de Maheu, que les había acompañado hasta la puerta, se quedó en pie bajo el dintel, viéndolos alejarse mientras hablaban en voz alta. Las calles se habían llenado de gente, y los forasteros tenían que atravesar por entre los grupos de mujeres, atraídas por la novedad de su visita.
Precisamente delante de la puerta de su casa, la mujer de Levaque había parado a la de Pierron, que, como todas, salió a curiosear, mientras los forasteros estaban en casa de Maheu. Las dos afectaron gran sorpresa al saber que habían entrado en casa de la vecina. ¡Caramba, cuánto tardan en salir! ¡Se irían a dormir allí! ¡Pues la casa no tenía mucho que ver!
-¡Siempre sin un cuarto, a pesar de lo que ganan! -decía una-. Es verdad que cuando se tienen vicios...
-Acabo de saber que esta mañana ha ido mendigando a casa de los señores de La Piolaine, y que Maigrat, que se había negado a darles nada fiado, le ha dado pan y otra porción de cosas... Ya sabemos cómo se cobra Maigrat -añadió la otra.
-¡Oh! Lo que es con ella no. Se necesitaría mucho estómago... Habrá fiado sobre Catalina.
-¡Ah! ¿Querrás creer que ha tenido valor para decirme ahora mismo que ahogaría a Catalina si le sucediera lo que a otras?... ¡Como si no hiciese mucho tiempo que el buen mozo de Chaval se entiende con ella por esos trigos de Dios!
-¡Chist! Que viene gente.
La mujer de Levaque y la de Pierron se habían contentado hasta entonces con observar la salida de los forasteros de casa de Maheu, aparentando no tener curiosidad. Luego llamaron por señas a la mujer de Maheu, que continuaba con Estrella en brazos. Y las tres se quedaron inmóviles, contemplando las espaldas bien vestidas de la señora de Hennebeau y de sus convidados, que se alejaban lentamente. Cuando estos estuvieron a un centenar de pasos de distancia, empezaron de nuevo a chismorrear.
-¡Cuidado con el dinero que llevan encima! Vale más la ropa que ellos.
-¡Ah! ¡Ya lo creo!... No conozco a la otra; pero lo que es la que vive aquí, buena pájara está hecha. ¡Se cuenta cada cosa de ella!
-¿Cómo? ¿Qué?
-Parece que tiene queridos... Primero, el ingeniero...
-¡Ese chiquitillo!... ¡Se le perderá entre las sábanas!
-¿Qué importa eso, si le divierte?... Yo me escamo siempre que veo una señora que a todo hace ascos, y que parece no estar satisfecha en ninguna parte. Mira, mira cómo vuelve la espalda, como despreciándonos a todas. ¿Está eso bien?
La señora del director y sus amigos continuaban su paseo lentamente, charlando en voz alta, cuando un carruaje cerrado fue a pararse a la puerta de la iglesia. De él echó pie a tierra un caballero como de cuarenta y ocho años de edad, vestido con levita negra a la inglesa, guapo y moreno, con expresión severa de autoridad en el semblante.
-¡El marido! -murmuró la mujer de Levaque, bajando la voz, como si temiera que la oyese, poseída del miedo jerárquico que el director inspiraba a aquellos diez mil obreros-. La verdad es que tiene cara de cornudo.
Toda la gente del barrio estaba en la calle. La curiosidad de las mujeres iba en aumento; los grupos se acercaban unos a otros, convirtiéndose en compacta muchedumbre, mientras que multitud de chicuelos mocosos se revolcaban por las aceras con la boca abierta. Un momento se vio la calva del maestro de escuela, que, por no ser menos de los demás, se asomaba por encima de la tapia de su jardín. Y el murmullo de la chismografía iba aumentando poco a poco, semejante a las rachas de viento que silban a través de las ramas de los árboles.
La gente acudía sobre todo a la puerta de la casa de Levaque. Se habían acercado, primero dos mujeres, luego diez, después veinte. La mujer de Pierron tenía la prudencia de callar, porque había demasiados oídos que escuchasen ahora. La mujer de Maheu, que era también de las más razonables, se contentaba con mirar, y a fin de acallar a Estrella, que acababa de despertar sobresaltada, sacó a relucir su pecho de vaca de leche, que le colgaba como agrandado por el continuo mamar de su hija. Cuando el señor Hennebeau abrió la portezuela y ayudó a subir a las señoras al coche, que pronto se alejó rápidamente en dirección a Marchiennes, hubo una explosión de voces y de chismes; todas las mujeres gesticulaban hablando a la vez, en medio de un tumulto propio de un hormiguero en revolución.
Pero dieron las tres. Los mineros que trabajaban de noche, el abuelo Buenamuerte, Bouteloup y sus compañeros, se habían marchado; de pronto, por la esquina de la iglesia, aparecieron los primeros grupos de carboneros que volvían de la mina, con la cara negra, la ropa mojada, cruzando los brazos y encorvando las espaldas. Entonces las mujeres se fueron a la desbandada: todas corrían, todas entraban en sus habitaciones con la precipitación de amas de casa arrepentidos, a quienes un exceso de café, y otro de afición a murmurar, habían hecho faltar a sus deberes. Y pronto no se oyó más que el ruido de las disputas domésticas.
-¡Ah! ¡Dios mío! ¡Y yo, que no tengo la comida hecha!
Cuando Maheu volvió a su casa, después de haber dejado a Esteban en la de Rasseneur, encontró a Catalina, a Zacarías y a Juan, que estaban sentados a la mesa, acabando de comer. Al salir del trabajo, tenían tanta hambre, que comían sin quitarse la ropa mojada, y sin lavarse siquiera la cara; no se esperaban unos a otros; la mesa estaba puesta todo el día, desde por la mañana hasta por la noche, habiendo siempre alguno comiéndose su ración a la hora que se lo permitían las exigencias del trabajo.
Maheu vio las provisiones desde la puerta. Nada dijo, pero su semblante inquieto se serenó de pronto. Toda la mañana había estado pensando con desesperación que la casa estaba vacía, sin café y sin manteca siquiera. ¿Cómo se las arreglaría su mujer, mientras él luchaba heroicamente contra la hulla? ¿Qué iba a ser de la familia si había vuelto a casa con las manos vacías? Y se encontraba que tenía de todo. Más tarde le preguntaría cómo se había producido el milagro. Entre tanto, sonreía satisfecho.
Ya Catalina y Juan se habían levantado de la mesa, y estaban tomando el café de pie, mientras Zacarías, que no se daba por satisfecho con el cocido, se estaba comiendo un gran pedazo de pan muy untado de manteca. Había visto el pedazo de carne que Alicia estaba poniendo en un plato; pero no lo tocaba porque sabía que aquello era para su padre. Todos se echaron al coleto un buen trago de agua para ayudar a la digestión.
-No hay cerveza -dijo la mujer de Maheu, cuando su marido se hubo sentado a la mesa-. He querido guardar algún dinero... Pero si quieres, la niña puede ir por ella en un momento.
El marido la miraba asombrado. ¡también tenía dinero!
-No, no -dijo-. Ya he bebido un jarro en la taberna, y me sobra.
Maheu empezó a comer a cucharadas. Su mujer, sin dejar a Estrella de los brazos, ayudaba a Alicia, que servía a su padre, y le acercaba la manteca y la carne, y ponía el café a la lumbre, para que lo encontrase bien caliente.
Pero en un rincón había comenzado la operación de lavarse en un medio tonel transformado en cubeta de baño. Catalina, que se bañaba primero, acababa de llenarlo de agua tibia, y se desnudaba tranquilamente, quedándose como su madre la echó al mundo, porque tenía la costumbre de hacerlo así desde muy niña y no encontraba en ello mal alguno, a pesar de sus dieciocho años. No hizo más que volverse de cara a la pared, dando la espalda a la lumbre y empezó a frotarse vigorosamente con un estropajo y jabón negro. Nadie la miraba; ni siquiera Leonor y Enrique sentían curiosidad por saber cómo estaba formada.
Cuando se encontró bien limpia, subió desnuda la escalera, dejándose la camisa y la demás ropa mojada hechas un lío en el suelo. Pero entonces surgió una disputa entre los dos hermanos: Juan se había dado prisa a meterse antes en el barreño con el pretexto de que Zacarías no había concluido de comer; y éste lo empujaba, reclamando su turno, y diciendo que si tenía la amabilidad de permitir que Catalina se bañase antes, no quería ir después de su hermano, porque éste dejaba el agua como tinta y le daba asco. Acabaron por lavarse al mismo tiempo, vueltos de espaldas a la gente, y tan bien hicieron las paces, que uno a otro se ayudaron a restregarse las espaldas con el jabón. Luego, lo mismo que su hermana, desaparecieron desnudos por la escalera.
-¡Qué lodazal arman!... -murmuró su madre mientras recogía la ropa para ponerla a secar-. Alicia, pasa un trapo por el suelo; ¿oyes?
Pero un estrépito espantoso que se oía al otro lado del tabique le cortó la palabra. Aquel ruido era el de las voces descompuestas, juramentos de hombre, llanto de mujer, un estruendo de batalla campal, y de vez en cuando golpes tremendos, seguidos de grandes quejidos.
-La mujer de Levaque está recibiendo su correspondiente paliza -dijo con tranquilidad Maheu-; y eso que Bouteloup aseguraba que estaba hecha la comida.
-¡Ya, ya! ¡Cómo había de estarlo -dijo su mujer-, si acabo de ver las patatas encima de la mesa, y ni siquiera estaban mondadas!
El estruendo continuaba; de pronto se sintió una sacudida tremenda, que hizo retumbar la pared, seguida de un profundo silencio. Entonces el minero se metió en la boca la última cucharada, y añadió con la voz serena de un partidario acérrimo de la justicia.
-Si no ha hecho la comida, se comprende muy bien que le sucedan esas cosas.
Y después de beberse un gran vaso de agua, la emprendió con la carne de cerdo. Iba cortándola a pedacitos con la navaja, los colocaba en el pan, y se los comía sin usar tenedor. Cuando el padre comía, nadie hablaba. Él tampoco decía palabra. Aquel día pensaba que no tenía la carne de cerdo el gusto de la que se compraba en casa de Maigrat, y que, por lo tanto, debía proceder de otra parte; no quiso, sin embargo, dirigir pregunta alguna a su mujer. No hizo más que preguntar si estaba todavía durmiendo el viejo arriba. No; el abuelo había salido ya a dar su paseo cotidiano. Y volvió a reinar silencio en el comedor.
Pero el olor de la carne había hecho levantar la cabeza a Enrique y a Leonor, que estaban retozando por el suelo y entretenidos en jugar con el agua derramada del barreño. Los dos fueron a colocarse al lado de su padre. Ambos seguían con la vista cada uno de los bocados; lo miraban, llenos de esperanza, salir del plato, y consternados lo veían después desaparecer en la boca de su padre. A la larga Maheu advirtió aquel deseo gastronómico, que los tenía pálidos y haciéndoles la boca agua.
-¿No han comido de esto los chicos? -preguntó.
Su mujer titubeaba para contestar.
-Bien sabes que no me gustan esas injusticias. Se me quitan las ganas de comer cuando los veo alrededor mío, mendigando un bocado.
-¡Pero si ya han comido! -exclamó ella furiosa-. ¡Ya lo creo! Si les haces caso, tendrás que darles tu parte y la de los demás; porque por su gusto no dejarían de comer hasta reventar. ¿No es verdad, Alicia, que todos hemos comido carne?
-Desde luego, mamá -respondió la jorobadita, que en circunstancias semejantes mentía con el aplomo de una persona mayor.
Enrique y Leonor estaban atónitos, indignados de aquellas mentiras, porque sabían que cuando ellos mentían les daban azotes. Sus corazoncillos rebosaban indignación; se sentían inclinados a protestar enérgicamente, diciendo que ellos no estaban allí cuando los otros habían comido.
-Largaos de ahí -les dijo su madre, echándolos al extremo de la sala-. Debería daros vergüenza estar siempre metidos en el p ato e vuestro padre. Aun cuando fuera el único que comiera carne, ¿no trabaja acaso? Mientras que vosotros, ¡granujas!, no servís todavía más que para hacer el gasto. ¡Con lo gordos que estáis!
Pero Maheu los volvió a llamar. Sentó a Enrique sobre su rodilla izquierda, a Leonor sobre la derecha, y acabó de comerse la carne, repartiéndola con ellos. Los niños devoraban lo que les tocaba en el reparto.
Cuando hubo concluido, dijo a su mujer:
-No, no me des el café. Voy primero a lavarme... Ayúdame a tirar este agua sucia.
Cogieron el barreño por las asas, y lo vaciaron en el arroyo, delante de la puerta de la calle. En aquel momento bajaba Juan, vestido con otra ropa, un pantalón y una blusa de lana que le estaban muy grandes, porque se los habían arreglado de unos de su hermano Zacarías. Al ver que se marchaba, haciéndose el distraído, por la puerta entreabierta, su madre le detuvo.
-¿Dónde vas?
-Por ahí.
-¿Dónde es por ahí?... Mira, vas a traer unos berros para esta noche. ¿Eh? ¿Me entiendes? Si no la traes, te las verás conmigo.
-¡Bueno! ¡Bueno!
Juan se marchó con las manos metidas en los bolsillos, arrastrando los zuecos, y andando con la dejadez propia de un minero viejo. Poco después bajó Zacarías algo más arreglado, con el talle encerrado en una chaqueta de punto negra con rayas azules. Su padre le dijo que no volviera muy tarde, y él salió meneando la cabeza, con la pipa en la boca y sin responder palabra.
El barreño se hallaba otra vez lleno de agua tibia, y Maheu se iba desnudando lentamente. A una mirada de la madre, Alicia, como de costumbre, se llevó a la calle a Enrique y a Leonor. El padre no quería lavarse delante de la familia, como hacían muchos vecinos suyos. No censuraba a nadie; pero decía que eso de lavarse delante de la gente estaba bien en los muchachos.
-¿Qué haces ahí arriba? -gritó la mujer de Maheu, asomándose a la escalera.
-Estoy cosiendo el vestido que se me rompió ayer -contestó Catalina. -Bueno... Pues no bajes ahora, porque tu padre se va a lavar.
Entonces Maheu y su mujer se quedaron solos. Ella se había decidido a poner sobre una silla a Estrella, que por suerte estaba contenta al amor de la lumbre, y no miraba a sus padres. Él, completamente desnudo, agachado delante del barreño, había metido la cabeza en el agua, después de untada con ese pícaro jabón negro, cuyo uso secular quitaba el color y la frescura al cabello de todos los de su raza. Luego se metió en el agua, frotándose todo el cuerpo vigorosamente con las dos manos. Su mujer, en ¡e delante de él, le miraba.
-Oye, he visto la cara que traías cuando llegaste... -empezó a decirla-. Estabas preocupado, ¿eh? Y te quedaste bizco al encontrar las provisiones... Imagínate que los burgueses de La Piolaine no me han dado ni un cuarto. ¡Oh! Son muy amables; han vestido a los chicos, y me daba vergüenza molestarles más, porque sabes que no sirvo para pedir.
Se interrumpió un instante para colocar bien a Estrella en la silla, temiendo una caída. El marido seguía frotándose la piel, sin apresurar con preguntas el desenlace de aquella historia que tanto le interesaba, y esperando pacientemente a saber lo sucedido.
-No tengo que explicarte que el bribón de Maigrat me recibió como a un perro, al que se echa a la calle a puntapiés... ¡Figúrate si estaría apurada! Los vestiditos de lana abrigan; pero no dan de comer: ¿no es verdad?
Él levantó la cabeza y continuó silencioso. Nada en la Piolaine, nada en casa de Maigrat: entonces, ¿qué? Pero, como de costumbre, la mujer acababa de levantarse las mangas para lavarle la espalda y todas aquellas partes adonde él no alcanzaba con comodidad. Le gustaba que ella le untase de jabón y que le restregara con todas sus fuerzas.
-Así es que volví otra vez a casa de Maigrat, y le dije, ¡ah!, le dije... que no tenía corazón, y que le sucedería una desgracia si había justicia en la tierra... Mis palabras le fastidiaban, le hacían mirar a otra parte, y de haber podido, se hubiera marchado...
De la espalda, la mujer de Maheu había bajado a la cintura, y, práctica en aquella faena, frotaba con el jabón por todas partes, dejándolas limpias como un espejo, como sus cacerolas los días que hacía sábado en la cocina. Pero con aquel terrible vaivén de los brazos sudaba y se sofocaba tanto, que apenas podía hablar.
-Por fin me llamó vieja fea... Pero tendremos pan hasta el sábado, y lo más raro es que me ha prestado dinero... Además, me traje de allí manteca, café, achicorias, e iba también a tomar algo de carne y algunas patatas, cuando noté que ponía mala cara... He traído de otra parte siete sueldos de carne de cerdo, dieciocho de patatas, y me quedan tres francos Y setenta y cinco céntimos para poner un puchero y un guisado de carne... ¿Eh, qué tal? Me parece que no he perdido la mañana.
Ya le estaba enjuagando, frotándole con un trapo en los sitios más recónditos. Él, satisfecho, y sin pensar en la deuda del mañana, se reía y la estrechaba en sus brazos.
-¡Déjame, tonto! ¿No ves que estás chorreando y me mojas?... Pero me temo que Maigrat tenga malas intenciones.
Iba a hablarle de Catalina, pero se detuvo. ¿A qué poner a su marido de mal humor? Podría dar lugar a sabe Dios cuantas cosas.
-¿Qué intenciones? -preguntó él.
-¿Cuáles han de ser? Las de robarnos todo lo que pueda.
Él la volvió a coger en sus brazos; pero esta vez no la dejó. Siempre acababa el baño de aquel modo, que no en vano le frotaba tan fuerte, y le pasaba un paño limpio para secarlo, haciéndole cosquillas sin querer. Es verdad que para todos los vecinos del barrio aquella era la hora de las caricias conyugales, pues por la noche los matrimonios tenían muy cerca, casi encima, a veces en el mismo cuarto, a toda la familia.
Él la empujaba hacia la mesa, sonriendo, con el aspecto de un hombre honrado que se entrega con delicia al único rato de placer que tiene en todo el día, y diciendo que aquello era el postre de la comida, un postre que no costaba nada. Y ella, entusiasmada también, se resistía un poco, pero en broma.
-¡Qué tonto eres, Dios mío! ¡Qué tonto!... ¡Y Estrella que nos está mirando! ¡Espera que le vuelva la cabeza!
-¡Eh! ¿Acaso se entiende de esto a su edad?
Cuando Maheu se levantó, no hizo más que ponerse un pantalón seco. Le gustaba después de haberse lavado y bromeado con su mujer, estar un rato desnudo de cintura arriba. Su cutis blanco, de una blancura de mujer anémica, estaba marcado por cien cicatrices producidas por el carbón en la mina, de las cuales se mostraba orgulloso, y por eso le agradaba lucir sus robustos brazos y su desarrollado pecho, blanco como el mármol y lleno de vetas azuladas. En verano, todos los mineros salían así a las puertas de las casas. Aquel día, a pesar de lo húmedo del tiempo, Maheu salió un momento, y cruzó una broma con un compañero suyo, que, desnudo también de cintura arriba, pasaba revista a su jardín. Otros aparecieron con la misma ropa, y los chiquillos, que jugaban en las aceras de la calle, levantaban la cabeza y reían, alegres ellos también de ver toda aquella carne de obreros puesta al aire libre.
Mientras tomaba el café, sin haberse puesto todavía la camisa, Maheu contó a su mujer lo que había sucedido aquella mañana con el ingeniero. Estaba tranquilo, comedido, y escuchaba, aprobándolos con movimientos de cabeza, los prudentes consejos de su mujer, que, de ordinario, mostraba muy buen sentido en aquellos asuntos. Siempre le decía que no se ganaba nada con ponerse en pugna con la Compañía. Enseguida habló a su marido de la visita de la señora del director. Sin decírselo uno a otro, los dos estaban orgullosos.
-¿Se puede bajar? -preguntó Catalina desde lo alto de la escalera. -Sí; tu padre ya ha acabado.
La joven se había puesto la ropa de los domingos: una falda de lana azul, raída y descolorida ya por muchos sitios. En la cabeza llevaba una toca de tul negro, muy sencilla.
-¡Hola! ¡Te has vestido!... ¿Adónde vas?
-Voy a Montsou, a comprarme una cinta para el sombrero... He quitado la que tenía, porque estaba muy sucia.
-Pues cómo, ¿tienes dinero?
-No; pero la Mouquette me ha prometido prestarme diez sueldos.
La madre la dejó marchar. Pero cuando ya estaba en la puerta de calle, la llamó otra vez.
-Mira, no vayas a comprar la cinta a casa de Maigrat... Te robaría, creyendo que estamos nadando en la abundancia.
El padre, que se había acomodado al amor de la lumbre para acabarse de secar la espalda, se contentó con añadir:
-Procura volver antes de que sea de noche.
Por las tardes, Maheu trabajaba en su jardín. Ya había sembrado patatas, habas y guisantes, y tenía preparadas desde el día antes otras semillas, que se puso a arreglar entonces. Aquel rinconcillo de la huerta les proveía de legumbres, excepto de patatas, porque nunca tenían bastantes. El minero era muy inteligente, y había logrado coger alcachofas, lo cual constituía un lujo que le envidiaban todos los vecinos. Precisamente cuando se estaba preparando para dar comienzo a su tarea, salió Levaque a su jardín, y se puso a contemplar unos guisantes que Bouteloup había sembrado aquella mañana. Ambos empezaron a charlar por encima de la tapia. Levaque, que estaba excitado después de la paliza propinada a su mujer, trató inútilmente de llevar a Maheu a casa de Rasseneur. Pues qué, ¿le daba miedo un jarro de cerveza? Jugarían un rato a los bolos; pasearían un poco con los amigos, y se volverían tempranito a cenar. Aquélla era la vida que debía hacerse después de salir de la mina. Verdaderamente, no había mal en ello; pero Maheu se empeñó en no salir, diciendo que si dejaba las semillas para otro día se echarían a perder. La verdad es que se negaba porque no quería pedir a su mujer un cuarto del poco dinero que le quedaba.
Daban las cinco, cuando se presentó la mujer de Pierron a preguntar si su Lidia se había marchado con Juan. Levaque respondió que así debía de ser, porque también su Braulio había desaparecido, y los tres demonios aquellos andaban siempre juntos. Cuando Maheu los hubo tranquilizado, hablándoles de otras cosas, él y Levaque la emprendieron con la joven. Ella se enfadaba, pero no se iba, disfrutando en el fondo de aquellas palabrotas obscenas, que la hacían reír con todas sus fuerzas, al mismo tiempo que fingía defenderse del ataque. La escuela se había cerrado ya; toda la chiquillería del barrio estaba en la calle corriendo, gritando, pegándose y revolcándose en las aceras, mientras los padres que no estaban en la taberna charlaban en grupos de a tres o cuatro, sentados sobre sus talones, en la misma postura que solían tener en el fondo de la mina, y fumando sus correspondientes pipas.
La mujer de Pierron se fue furiosa a su casa, cuando vio que Levaque se empeñaba en ver si tenía los muslos firmes y este último se decidió a ir solo a casa de Rasseneur, mientras Maheu se quedaba trabajando en el jardín.
Anochecía, y la mujer de Maheu encendió el quinqué, furiosa contra sus hijos, porque ninguno de ellos, ni Catalina, habían vuelto. Era de suponer, porque, como decía, no había medio de hacer todos juntos comida alguna; jamás se veían todos los de la familia alrededor de la mesa. Además, estaba esperando los berros que había de traerle Juan: ¿qué demonios podía estar cogiendo aquel maldito muchacho con una noche tan oscura? ¡Y vendrían tan bien unos berros con el guisado de patatas y cebolla frita que tenían en la lumbre! Toda la casa estaba impregnada del olor de la cebolla frita, ese olor que trasciende tanto, que pronto penetra a través de los ladrillos, y que envuelve de tal modo los barrios de los obreros, que desde muy lejos se advierte aquel olor a cocina pobre.
Cuando Maheu, al oscurecer, abandonó su jardín, se sentó en una silla, y apoyó la cabeza en la pared. Por las noches, en cuanto se sentaba, se quedaba dormido. En el cu-cu dieron las siete; Enrique y Leonor, empeñados en ayudar a Alicia acababan de romper un plato, cuando el abuelo Buenamuerte entró metiendo prisa para que se cenara y poderse volver a la mina. Entonces la mujer de Maheu despertó a su marido.
-¡Vamos a cenar! ¡Peor para ellos!... Ya son grandecitos para encontrar la casa. Lo malo es que no tenemos verdura.
En casa de Rasseneu, Esteban, después de haber comido, subió al cuartito que había de ocupar; una especie de buhardilla con una ventana al campo; Y muerto de cansancio, se echó vestido encima de la cama. No había dormido ni cuatro horas en dos días. Cuando despertó, anochecía ya; se quedó un momento inmóvil, como aturdido, sin acordarse del sitio donde se hallaba, y sentía tanto malestar, una pesadez tan grande en la cabeza, que trabajosamente se puso en pie, con el propósito de dar una vuelta y tomar el aire antes de comer, para luego irse a acostar.
El ambiente se había calmado, y el cielo iba encapotándose, cargado de esas nubes del norte, cuya proximidad se presentía por lo tibio y húmedo del aire. La noche avanzaba rápidamente. Sobre aquel mar inmenso de tierra rojiza, el cielo, cada vez más nublado, parecía que iba a desatarse en agua.
Esteban salió de la casa, y comenzó a andar a la ventura, sin más objeto que despejarse la cabeza y sacudir la fiebre de que se sentía acometido. Cuando pasó por delante de la Voreux, ya envuelta en la oscuridad, porque todavía estaban los faroles sin encender, se detuvo un momento, para ver salir a los mineros de por la tarde. Sin duda eran las seis, porque los obreros salían por grupos numerosos mezclados con otros de cernedoras, que iban riendo y cantando por los oscuros caminos que conducían a los barrios.
Primero pasaron por el lado del joven la Quemada y su yerno Pierron. Iban peleándose, porque ella se quejaba de que no la había defendido en una disputa que acababa de tener con un vigilante a propósito de la cuenta de su trabajo.
-¡Maldito seas! ¡Vaya un hombre! ¡Quedarse callado delante de uno de esos canallas que nos explotan
Pierron continuaba su camino sin contestar, hasta que al fin exclamó: -¿Qué querías? ¿Qué hubiera abofeteado al jefe? Gracias; no tengo ganas de historias.
-¡Pues que te den morcilla entonces! ¡Ah, demonio! Si mi hija me hubiese hecho caso... Si estuviera yo en su pellejo, bien me las pagarías...
Las voces se perdieron a lo lejos, mientras Esteban la veía desaparecer con su nariz de pico de águila, sus enmarañados pelos blancos y sus brazos flacuchos y negros agitándose en el aire. Pero pronto puso atención a las palabras de unos jóvenes que pasaban por su lado.
Había reconocido a Zacarías, que estaba esperando allí a su amigo Mouque.
-¿Quieres venir? -le dijo éste al llegar-. Nos comeremos una tostada y nos iremos luego al Volcdn.
-Dentro de un rato, porque ahora tengo que hacer. -¿Qué tienes que hacer?
El obrero se volvió, y vio a Filomena que salía del taller de cerner. Entonces creyó comprender.
-¡Ah! Bueno... Entonces me voy delante. -Sí; te alcanzo enseguida.
Mouque, al marcharse, tropezó con su padre, Mouque el viejo, que salía también de la Voreux; los dos hombres se dieron las buenas noches con frialdad, y el hijo echó por el camino real, mientras el padre seguía por la orilla del canal.
Entre tanto, Zacarías, que se había acercado a Filomena, la empujaba por un sendero apartado, a pesar de su resistencia. Ella decía que llevaba prisa, y que otro día; y se peleaban como marido y mujer que llevaran mucho tiempo de casados. No era nada agradable aquel no verse más que en el campo, sobre todo en invierno, cuando la tierra estaba mojada y no había trigos donde tenderse.
-Pero mujer, si no es eso -dijo él impacientándose-. Es que tengo que decirte una cosa.
La tenía cogida por la cintura y la empujaba suavemente. Luego, cuando estuvieron lejos del camino por donde iban los mineros, le preguntó si tenía dinero.
-¿Para qué? -dijo ella.
Él, que no sabía qué decir, habló tartamudeando de una deuda de dos francos que le iba a producir un disgusto en su casa.
-Calla... He visto a Mouque, y sé que vais al Volcdn, a ver a esas puercas del café cantante.
Él se defendió como pudo, dándose golpes de pecho y jurando por su honor. Luego, viendo que ella se encogía de hombros, dijo bruscamente:
-Ven con nosotros, si quieres... Ya ves que no me estorbas. ¿Qué tengo Yo que hacer con esas cantantes?... Ven, ven.
-¿Y el chiquillo? -respondió ella-. ¿Crees tú que pueda una ir a ninguna parte con un chiquillo que ni está quieto un momento?... Deja que me vaya, que sin duda ya ni me esperan en casa.
Pero él la detuvo, suplicándole. Quería aquel dinero para no hacer mal papel con Mouque, al cual había prometido ir con él. Los hombres no podían acostarse todos los días a la hora de las gallinas. Ella, vencida, se había levantado el delantal y sacaba de la faltriquera una moneda de diez sueldos que con otro poco dinero tenía escondido para que no se lo robara su madre.
-Mira, tengo cinco -dijo-. Te prestaré tres; pero me has de prometer que convencerás a tu madre de que nos deje casarnos. ¡Basta ya de esta vida endemoniada! Mamá me echa en cara a cada momento el bocado de pan que como... Júramelo primero.
La pobre muchacha hablaba con voz tranquila, sin pasión, como una mujer simplemente harta de la vida que llevaba. Él juró que era cosa convenida, sagrada; luego, cuando tuvo en su poder las tres monedas, le dio un beso, le hizo cosquillas hasta que ella se echó a reír, y las cosas hubieran ido acaso más lejos, en aquel sitio que era su cama de invierno, si ella no hubiera dicho que no, que no le gustaba echarse en el suelo mojado. Filomena se fue al pueblo ella sola mientras él apresuraba el paso a campo traviesa para alcanzar a su compañero.
Esteban, tranquilamente, los había seguido desde lejos, sin comprender bien lo que pasaba, y creyendo que se trataba simplemente de una cita. En las minas, las muchachas eran precoces; se acordaba de las obreras de Lille, a las que iba a esperar a la salida del taller, cuando otro encuentro le sorprendió más todavía.
En la parte baja de la plataforma, una especie de foso, donde habían caído una porción de piedras desprendidas, estaba Juan, regañando con Braulio y Lidia, en medio de los cuales estaba sentado.
-¿Eh? ¿Qué es eso?... Voy a daros a cada uno otro soplamocos si no os calláis... Vamos a ver: ¿de quién ha sido la idea?
En efecto: Juan había tenido una idea. Después de haber pasado más de una hora con los otros chicos cogiendo berros en los prados a orillas del canal, había reflexionado, mientras contemplaba aquel montón de verde tan grande, que no podían comérselo en su casa, y en vez de volverse al barrio de los obreros, se dirigió a Montsou, dejando a Braulio de centinela, y obligando a Lidia a que llamase en casa de unos burgueses y vendiera los berros.
Él, que tenía ya alguna experiencia, decía que las chicas vendían lo que les daba la gana. En efecto: los vendió todos ' y la chiquilla volvió con once sueldos de ganancia, que se estaban repartiendo entre los tres.
-¡Es una injusticia! -declaró Braulio-, hay que hacer tres partes... Si tú te quedas con siete sueldos, nosotros no tocamos más que a dos por barba.
-¿Y por qué es injusto? -preguntó Juan furioso-. En primer lugar yo he cogido más que vosotros.
El otro se sometía casi siempre, poseído de cierta temerosa admiración, de cierta extraña credulidad que le hacía continuamente víctima de Juan, hasta el punto de que se dejaba pegar por éste, a pesar de ser mayor y más fuerte que él. Pero, esta vez, la idea de aquel dinero le animaba a ofrecer resistencia.
-¿No es verdad, Lidia, que nos roba?... Si no reparte bien, se lo diremos a tu madre.
Juan le puso el puño en las narices.
-Yo seré quien vaya a vuestras casas diciendo que me habéis vendido los berros que traía para mi madre... Además, animal, ¿puedo dividir los once sueldos en tres partes iguales? Vamos a ver si lo haces tú que eres tan listo..,. Aquí tenéis cada uno de vosotros dos sueldos. Cogedlos de prisa o me los guardo también.
Braulio, convencido, cogió las dos monedas. Lidia, temblorosa, no había dicho una palabra, porque delante de Juan experimentaba siempre un miedo y un cariño parecidos al de una mujer maltratada por su amante. Cuando le dio su dinero, alargó la mano para cogerlo con sumisa alegría. Pero de pronto él se arrepintió.
-¡Eh! ¿Qué vas a hacer con tanto dinero?... Tu madre te lo quitará, si no sabes esconderlo... Mejor es que yo te lo guarde, y que cuando lo necesites me lo pidas.
Y los nueve sueldos desaparecieron. Para cerrarle la boca le había dado un beso riendo, y se revolcaba con ella por el suelo. Era su mujercita, y en los rincones oscuros ensayaban los dos el amor tal como lo con]prendían y como lo veían hacer en su casa, mirando por entre las rendijas de los tabiques de tablas. Todo lo sabían: pero como eran muy pequeños, no podían ponerlo en práctica, limitándose a jugar como dos perrillos callejeros. Él llamaba a aquello jugar a papa y mama; y ella corría detrás de Juan, y se dejaba abrazar con el delicioso temblor del instinto, a menudo enfadada, pero cediendo siempre con la esperanza de algo que no acababa de llegar.
Como a Braulio no le daban nunca parte en aquellos juegos y Juan le abofeteaba cuando quería bromear con Lidia, mientras los otros dos, que no hacían caso de su presencia, se entretenían, él, poseído de un malestar inexplicable, los contemplaba furioso y sin hablar. Así es que no pensaba más que en asustarlos, en interrumpirlos, diciéndoles a menudo:
-Oye, tú; allí hay un hombre mirando.
Aquella vez no mentía: era Esteban, que continuaba su paseo. Los chicos dieron un salto, y se escaparon, mientras él siguió su camino, sonriendo al ver el susto que había dado a aquellos bribones. Indudablemente era demasiado para la edad que tenían; pero, ¿cómo había de suceder otra cosa?, veían y oían tanto y tanto, que sólo estando atados se hubiera impedido que quisieran imitar a los mayores. Pero Esteban, sin saber por qué, se entristecía al contemplar todo aquello.
A los cien pasos tropezó con otras parejas. Llegó a Réquillart, y allí, alrededor de la antigua mina en ruinas, todas las muchachas de Montsou andaban con sus novios a sus anchas. Era el sitio de cita común, el rincón apartado y desierto donde las obreras iban a tener su primer hijo cuando no se atrevían a echarlo al mundo en otra parte. Las tablas arrancadas de la valla les abrían la entrada en el descampado que había sido plataforma de la mina, cambiado ahora en un terreno que interceptaban a cada paso los restos de los cobertizos derrumbados, y algún que otro aparato que había quedado en pie. Había por allí carretillas destrozadas, maderos antiguos casi podridos, mientras que una endeble vegetación iba reconquistando espontáneamente aquel pedazo de tierra, que empezaba a cubrirse de verde hierba. Todas las muchachas estaban allí como en su casa; para cada una había un rinconcito, un escondite donde su amante la esperaba, encima de los maderos viejos, o dentro de las carretillas inútiles. A veces las parejas estaban tan próximas, que casi se codeaban; pero todos ocupados en el propio placer, tratando de no mezclarse en las operaciones del vecino. Y parecía que en torno de la cegada mina, junto a aquel pozo harto de soltar carbón, la naturaleza se desquitaba, implantando el amor libre, que, fustigado por los deseos del instinto, iba plantando hijos en los vientres de aquellas muchachas, apenas mujeres todavía.
Y allí vivía, sin embargo, un guarda, el viejo Mouque, al cual daba la Compañía dos barracas, que no se habían hundido de milagro, pero cuya carcomida armazón de madera amenazaba ruina. Había arreglado un poco el techo, y se encontraba allí a las mil maravillas, ocupando él con su hijo una de las habitaciones, y su hija la Mouquette, la otra. Como las ventanas no tenían ni un solo cristal, se habían decidido a cerrarlas, clavándoles unas tablas por dentro; así, aunque no se veía mucho, se estaba más caliente. Por lo demás, aquel guarda, que no tenía nada que guardar, se iba a cuidar sus caballos a la Voreux y no se ocupaba nunca de las ruinas de Réquillart, donde sólo se conservaban las bocas de los pozos para que sirvieran de chimenea a una máquina de ventilación que renovaba el aire de la mina contigua.
Así pasaba el viejo Mouque los últimos años de su vida, en medio de escenas de amor. La Mouquette había recorrido con los hombres todos aquellos rincones misteriosos, desde la edad de diez años, no como una chiquilla asustada y aún sin desarrollar como Lidia, sino como una mujer hecha y derecha, hasta para los hombres maduros. El padre no había dicho nada, porque su hija era muy respetuosa, y nunca se permitió introducir un amante en su casa. Por otra parte, estaba tan acostumbrado a aquellos espectáculos, que nada le asustaba.
Cuando iba o volvía al trabajo, cada vez que salía de su casa, tropezaba con parejas amorosas que se solazaban desvergonzadamente sobre la hierba; y peor si salía a buscar leña para encender la lumbre; entonces, veía levantarse delante de sí uno a uno todos los galanes de Montsou, mientras que con el mayor cuidado iba mirando donde pisaba, para no caer de bruces sobre el cuerpo de alguna muchacha. Poco a poco, todos se habían ido acostumbrando a los encuentros con el viejo, y nadie se molestaba ya, ni él, que miraba donde ponía los pies, ni las parejas, que no se tomaban el trabajo de interrumpirse, seguras de que, como buen viejo, que se sometía ante las cosas de la naturaleza, no les había de decir palabra. Pero así como ellas le conocían, aun de noche, él había acabado por conocerlas también. ¡Ah! ¡Qué juventud! ¡Con qué despreocupación se entregaba a satisfacer sus placeres! A veces meneaba la cabeza, como recordando y echando de menos mejores tiempos. Una sola cosa le causaba mal humor; dos enamorados habían tomado la costumbre de apoyarse en el tabique de su cuarto, que crujía a cada momento, y aunque la cosa no le quitaba el sueño, rabiaba, porque a la larga iban a echarlo abajo.
Todas las tardes el viejo Mouque recibía la visita de su amigo el tío Buenamuerte, que siempre, antes de comer, daba el mismo paseo. Los dos viejos hablaban apenas, cruzando cuando más, una docena de palabras durante la media hora que estaban reunidos. Pero les divertía verse juntos, pensando, el uno al lado del otro, en cosas antiguas, que recordaban con placer al mismo tiempo, sin necesidad de decírselas mutuamente. En Réquillart se sentaban en un madero, hablaban un par de palabras, y se iban al país de los sueños y de los recuerdos, con la cabeza agachada y mirando al suelo. Alrededor de ellos, los mozos del pueblo se divertían con sus novias; se oían de vez en cuando risas misteriosas y rumor de besos, y un olor a mujer subía de la verde hierba que las parejas hollaban con sus cuerpos. Hacía ya cuarenta y tres años lo menos que el tío Buenamuerte había escogido por esposa a una comedora, tan endeble y tan bajita, que tenía necesidad de subirla a una carretilla para poder besarla a su gusto. ¡Ah! ¡Cuánto tiempo había transcurrido! ¡Cuántas cosas habían pasado desde entonces! Y los dos viejos se separaban luego, meneando tristemente la cabeza, y a menudo sin despedirse siquiera.
Aquella noche, sin embargo, en el momento en que llegaba Esteban, el tío Buenamuerte, que se levantaba del madero que le servía de banco, para volverse a su casa, dijo a Mouque:
-Buenas noches.
Mouque permaneció un momento silencioso, y luego, encogiéndose de hombros repetidas veces, contestó entrando en su barraca:
-Buenas noches.
Esteban fue a sentarse en el mismo madero que acababan de abandonar los dos ancianos. Su tristeza aumentaba, sin que él supiera por qué. El viejo, a quien veía desaparecer lentamente, le recordaba su llegada a la mina la noche antes, y las palabras que el frío sin duda le arrancara entonces, Pues estaba visto que era de lo más callado que podía darse. ¡Qué miseria! ¡Y todas aquellas muchachas, rendidas de cansancio, que aún tenían humor para irse por la noche a encargar chiquillos, futura carne de trabajo y de sufrimiento! Aquello seguiría así siempre, mientras ellas continuasen echando al mundo seres predestinados a la desgracia. ¡Cuánto mejor hubieran hecho defendiéndose de sus novios como de la proximidad de un gran peligro! Tal vez aquellas ideas tristes acudieron a su mente, por efecto de verse solo a la hora en que cada cual buscaba a su novia para disfrutar misteriosos placeres.
La influencia del tiempo debía contribuir también; la pesadez de la atmósfera le ahogaba; gruesas gotas de lluvia, escasas todavía, mojaban de cuando en cuando sus manos febriles.
Sí; a todas, a todas las muchachas de allí les sucedía lo mismo. Las necesidades de la naturaleza eran más fuertes que la razón.
Por el lado de Esteban, que permanecía sentado e inmóvil, pasó, casi rozándole, una pareja que llegaba de Montsou, y que se internó en el descampado de Réquillart. Ella, que seguramente era una chiquilla, se resistía, defendiéndose con ruegos en voz baja, casi con murmullos de súplica; mientras él, silencioso, la empujaba, sin hacerle caso, hacia la oscuridad de un rincón del cobertizo que había quedado en pie en medio de aquellas ruinas.
Eran Catalina y Chaval. Pero Esteban, que no los había conocido al pasar, los seguía con la vista sin moverse, observando el final de aquella historia, poseído de pronto de una brutal sensualidad, que trocaba el curso de sus reflexiones. ¿Para qué intervenir? Cuando las mujeres dicen que no, es que quieren hacerse rogar.
Al salir de su casa, Catalina se había dirigido a Montsou. Desde los diez años, desde que se ganaba la vida en la mina, iba sola por todas partes, disfrutando de esa libertad completa habitual entre las familias de los mineros; y si a los dieciséis años aun no había tenido nada que ver con ningún hombre, se debía sin duda al tardío despertar de su pubertad, cuya crisis estaba esperando todavía. Cuando llegó a las canteras de la Compañía, atravesó la calle y entró en casa de una lavandera, donde estaba segura de encontrar a la Mouquette; porque ésta se pasaba allí las horas muertas con una porción de mujeres que, desde por la mañana hasta por la noche, se entretenían en pagarse, una detrás de otra, rondas de café. Pero tuvo un disgusto, porque la Mouquette, que acababa de convidar en aquel momento, se había quedado sin dinero, y no pudo prestarle los diez sueldos prometidos. Para consolarla, le ofrecieron, aunque en vano, un vasito de café caliente. No aceptó, ni quiso que su compañera pidiera prestados a otra los diez sueldos. Acababa de asaltarle el impulso de ahorrar, una especie de supersticioso temor: la seguridad de que si compraba entonces la deseada cinta, le ocurrirán grandes males.
Se apresuró a tomar de nuevo la dirección de su casa, y ya se hallaba a la salida del pueblo, cuando un hombre que estaba parado a la puerta del café de Piquette, la llamó:
-¡Eh! ¡Catalina! ¿A dónde vas tan de prisa?
Era Chaval, el buen mozo. La muchacha se sintió contrariada, no porque le disgustase, sino porque no estaba para bromas.
-Entra a tomar algo... ¡Una copita de licor! ¿Quieres?
Ella se negó, dando las gracias con amabilidad, porque se hacía de noche y la estaban esperando en su casa. El que se le había acercado, le suplicaba cariñosamente en voz baja, en medio de la calle. Hacía mucho tiempo que acariciaba la idea de hacerla subir al cuarto que ocupaba en el piso alto del café de Piquette, una habitación muy bonita, con cama de matrimonio. ¿Se asustaba de él cuando con tanta insistencia se negaba siempre a complacerle? Ella, sin enfadarse, se reía, diciéndole que subiría la semana en que no pudieran concebirse hijos. Luego, sin saber cómo, en el calor de la conversación, empezó a hablar de la cinta azul que no había podido comprar.
-¡Yo te compraré una! -exclamó Chaval.
Catalina se puso colorada, comprendiendo que no debía aceptar, pero atormentada por el deseo de no quedarse sin la cinta. Volvió a tener la idea de pedir un préstamo y acabó por aceptar el ofrecimiento de Chaval, con la condición de que le devolvería lo que le costase la cinta. Empezaron a bromear de nuevo, y quedó convenido que, si no dormían juntos una noche, le devolvería el dinero. Pero surgió otra dificultad, cuando Chaval quiso que fueran a comprar la cinta a casa de Maigrat.
-No, allí no; mi madre me lo ha prohibido.
-¿Y qué, acaso tienes la obligación de decir dónde has estado?...
En aquella tienda vendían las cintas más bonitas de Montsou.
Cuando Maigrat vio entrar en su casa a Chaval y a Catalina como dos novios que fueran a hacer sus compras de boda, se puso muy colorado y enseñó las piezas de cinta azul con la rabia de un hombre que se siente burlado. Luego, cuando los dos jóvenes acabaron de comprar y se marcharon, salió a la puerta para verles irse y desaparecer en la oscuridad de la calle; y como en aquel momento se presentara su mujer a preguntarle una cosa, la emprendió con ella, la injurió y juró que se vengaría de todos los canallas que eran ingratos con él cuando debían besar la tierra que él pisaba.
Chaval fue a acompañar a Catalina. Iba a su lado con los brazos caídos, pero la empujaba con la rodilla y la llevaba adonde quería, como quien no hace nada. De pronto advirtió ella que se habían salido de la carretera y que estaban en el estrecho sendero que conducía a Réquillart. Pero la joven no tuvo tiempo para enfadarse, porque él la había cogido por la cintura y la aturdía, acariciándola con dulces palabras que no cesaban. ¡Qué tontería tener miedo! ¿Había él de desear mal a una chiquilla tan mona, a quien quería con toda su alma, a la que se comería a besos? Y le soplaba suavemente detrás de la oreja y en el cuello, haciendo correr un estremecimiento extraño por toda la piel de su cuerpo. Ella, sofocada por una sensación singular, no encontraba palabras con que responder. En efecto, parecía que Chaval la amaba. Precisamente el sábado anterior, al apagar la luz para meterse en la cama, se había preguntado a sí misma qué sucedería si la cogía a solas por un camino; luego, al dormirse, había soñado que, invadida por el deseo del placer, no se atrevía a decirle que no. ¿Por qué aquella noche sentía cierta repugnancia inexplicable? Mientras le hacía cosquillas en la nuca con los bigotes, con tanta suavidad que ella cerraba los ojos de gusto, la sombra de otro hombre, el recuerdo del que había conocido aquella mañana, la atormentaba, y le parecía que lo estaba viendo delante de sí, a pesar de hallarse con los ojos cerrados.
De pronto Catalina miró a su alrededor; Chaval acababa de hacerla entrar en el descampado de Réquillart, y quiso retroceder ante la oscuridad del cobertizo abandonado, hacia donde la empujaba.
-¡Oh! No, no, no... ¡Por Dios, déjame!
El miedo al hombre la atenazaba; ese miedo que contrae los músculos en un movimiento de instintiva defensa, hasta cuando las mujeres lo desean y sienten la avasalladora proximidad del varón. Su virginidad, que nada, sin embargo, tenía que aprender, se asustaba como ante la amenaza de un golpe, de una herida, cuyo dolor, desconocido todavía, la llenaba de espanto.
-¡No, no; no quiero! Te digo que soy demasiado joven... De veras, otro día. Esperaremos al menos a que sea mujer.
Él gruñó sordamente:
-Pues entonces, tonta, ¿qué te importa?... Nada hay que temer.
Y ya no volvió a hablar. La había sujetado fuertemente, y la tiraba al suelo en un rincón del cobertizo. Ella no procuró tampoco defenderse, sometiéndose antes de tiempo a la voluntad masculina, con esa pasividad hereditaria que a todas las muchachas de su raza las había hecho caer en brazos de los hombres, de aquel modo y en medio del campo. Sus quejidos sofocados se apagaron y no se oyó más que la ardiente respiración de Chaval.
Esteban, sin embargo, lo había oído todo desde su asiento. ¡Otra que se entregaba como las demás! Y después de haber visto la comedia, se levantó, poseído de un malestar, de una especie de celosa excitación, en la que dominaba el sentimiento de rabia. No le importó hacer ruido, y se alejó de allí, saltando por encima de las maderas; los otros dos estaban demasiado ocupados para que aquello les estorbase. Pero se quedó sorprendido cuando, ya en el camino y a un centenar de pasos de distancia, volvió la cabeza y vio que estaban ya en pie, y que habían tomado el mismo camino que él para volver al pueblo. El hombre llevaba a la muchacha cogida por la cintura, con ademán agradecido, y seguía hablándole cariñosamente al oído; ella, en cambio, parecía tener mucha prisa, y aceleraba el paso, ansiando llegar a su casa y lamentando lo tarde que era.
Entonces Esteban se vio acometido de un deseo vehemente: el de verles las caras. ¡Qué imbecilidad! Apresuró el paso para no ceder a él; pero sus pies se detenían de continuo, y acabó por esconderse junto al primer farol que halló en el camino, a fin de verlos cuando pasasen. Se quedó estupefacto al reconocer a Catalina y a Chaval. En un principio no quiso creer lo que estaba viendo. ¿Sería en verdad la misma aquella muchacha vestida de azul, peinada como las mujeres? ¿Sería la misma que el chiquillo vestido con pantalón de tela que había trabajado con él aquella mañana en la mina? A causa de eso sin duda, sus cuerpos se habían hallado en contacto impunemente. Pero ya no podía dudar; acababa de tropezar con sus ojos; y el color verde claro de sus pupilas y su mirar profundo no podían ser confundidos con los de nadie. ¡Maldito traje de hombre! No se lo perdonaría nunca. Y como si tuviera razón para ello, la despreciaba y juraba vengarse. Verdad es que vestida de mujer estaba muy mal; las faldas le sentaban fatal.
Catalina y Chaval continuaron lentamente su camino. Como no sabían que se les espiaba, él la estrechaba la cintura para darle besos en el cuello, y ella, sin advertirlo, acortaba de nuevo el paso bajo la influencia de aquellas caricias que la hacían reír. Como se había quedado atrás, Esteban se veía obligado a seguirlos, irritado porque se atravesaban en su camino, y furioso de tener que presenciar aquella escena que le exasperaba. Era, pues, verdad lo que le había dicho en la mina: que no era todavía querida de aquel hombre; y él, ¡estúpido!, que se había privado de hacerle el amor, temiendo le acusara de imitar al otro: y él, ¡majadero!, que se la había dejado arrebatar, llevando su necedad hasta el extremo de divertirse en presenciar su derrota.
Aquel paseo duró media hora. Cuando la pareja llegaba cerca de la Voreux, detuvo de nuevo el paso, y se paró dos veces a la orilla del canal y tres en la plataforma, muy alegre y gozosa, y entreteniéndose para prodigarse todo género de caricias. Esteban, que no quería ser visto, tenía que detenerse también, haciendo las mismas paradas. Se esforzaba en pensar que aquello le serviría de lección para no andarse con miramientos cuando tratase con las chicas de la mina. Luego, cuando pasada la Voreux, tuvo el camino expedito y pudo irse libremente a comer a casa de Rasseneur, continuó, sin embargo, siguiéndolos, los acompañó hasta el barrio de los obreros, y allí, en la sombra, esperó un cuarto de hora a que Chaval dejara que al fin Catalina entrara en su casa, después de darle dos besos que sonaron mucho. Cuando estuvo bien seguro de que ya no se hallaban juntos, echó a andar nuevamente por la carretera de Marchiennes, a paso acelerado, sin pensar en nada, y demasiado fatigado y triste para encerrarse en su casa.
Una hora después, a eso de las nueve, Esteban volvió a pasar por el pueblo diciéndose que sin remedio era necesario comer y acostarse, si había de estar en pie a las tres de la mañana. En el barrio de los obreros, envuelto ya en la oscuridad de la noche, todos dormían. Ni una sola luz se dejaba ver a través de las persianas cerradas. Un gato solamente corría , su antojo por los desiertos jardinillos. Era el final de la jornada, el anonadamiento de aquellos trabajadores, que desde la mesa caían en la carne rendidos de cansancio y hartos de comer.