Los Tigres

de la

Malasia

 

 

 

Emilio Salgari

 


 

 

CAPÍTULO 1

SANDOKAN Y YÁÑEZ

 

         La noche del 20 de diciembre de 1849 un violento huracán descargaba su furia sobre la salvaje isla de Mompracem, cueva de piratas, de siniestra fama, situada en el mar de la Malasia a pocos centenares de millas de la costa occidental de Borneo.

         En el cielo, a impulso de un viento irresistible, corrían ne­gras masas de vapores, que al deshacerse arrojaban sobre la espesa floresta de la isla furioso aguacero; el mar, embraveci­do por el huracán, hervía en gigantescas olas y el infernal ruido de aquella masa de agua en conmoción, se confundía con el rugir siniestro del trueno.

         Formaba en esa parte de la isla una estrecha bahía en cuyo fondo, a la vivísima luz de los relámpagos, se podía divi­sar una fortificación que la defendía, emplazada en una esco­llera donde aparecían numerosos navíos anclados, con su vela­men amainado. Sobre la encrespada superficie del mar rielaba una luz que se escapaba de dos ventanas, vivamente ilumina­das, de una gran cabaña construida en la alta cima de una roca que parecía tallada a pico y que caía sobre el mar.

         Tras un laberinto de trincheras anegadas, de terraplenes derruidos, de empalizadas deshechas y barriles despanzurra­dos, se elevaba una vasta y sólida cabaña, en cuya alta cum­brera flameaba, una gran bandera roja en medio de la cual campeaba la rampante cabeza de un tigre.

         Una de las habitaciones de la cabaña que da al mar aparece extraordinariamente iluminada; sus paredes están recubiertas por gruesa tapicería roja de fino brocado de gran precio y el piso se pierde bajo una rica alfombra de Persia, con borda­dos en oro, aunque desgarrada por extensos tajos y muy manchada.

         En medio de la estancia había una mesa de ébano con incrustaciones de madreperla y arabescos de plata, cargada de botellas y de copas del más puro cristal; en un ángulo se elevaba un gran armario, arruinado en parte, que contenía vasos rebosantes de brazaletes de oro, aros, anillos, medallo­nes, valiosos ornamentos sagrados, retorcidos unos y machaca­dos otros, perlas provenientes de las famosas pesquerías de Ceilán, esmeraldas, rubíes y diamantes.

         En un costado de la estancia un diván turco con su rico tapizado roto, y en otro, un armonium de ébano con parte de su sonora caja astillada; ocupando casi toda la habitación, en un desorden indescriptible, aparecen desparramados tapices enrollados, espléndidos vestidos femeninos, cuadros debidos a la paleta de celebrados pintores, lámparas de plata y cristal arruinadas, botellas rotas, cristalería tallada, y armas de todas clases.

         En aquella estancia tan extrañamente amueblada, un hom­bre está reclinado en una poltrona coja; es de alta estatura a juzgar por su figura, delgado pero con musculatura poten­te, de líneas enérgicas y rostro de singular belleza y fiereza.

         Hacía largo rato que estaba sentado, semirreclinado en el diván, con la mirada fija en la lámpara y la mano nerviosa­mente cerrada sobre la empuñadura de su rica cimitarra, que pendía de una faja de seda roja, ajustada en torno a su cin­tura.

         Un trueno formidable que hizo retemblar la cabaña le sacó de su abstracción. Se arregló el desordenado cabello y aseguró sobre su cabeza el turbante de seda azul, adornado con un espléndido brillante del tamaño de una nuez, al tiempo que se ponía de pie y aguzaba el oído, tratando de percibir algún ruido, alguna señal del exterior, en medio del fragor de la tormenta.

         -¡Es ya la medianoche y aún no ha regresado!

         Comenzó a pasearse por el espacio libre de la estancia con elástico y felino paso, luego abrió la puerta de la habitación y atravesó con paso firme la explanada de la trinchera que defendía la cabaña, e impertérrito ante la fuerza del huracán, se paró sobre la roca, en el borde mismo, en cuya base rugía furiosamente el mar.

         Así permaneció algunos minutos con los brazos cruzados, firme como la misma roca en que se apoyaba, aspirando con voluptuosidad el tremendo aire de la tempestad y tratando de penetrar con su aguda mirada la tenebrosa noches buscan­do algo en el mar; finalmente, con paso lento, abandonó supuesto sobre la roca y volvió a penetrar en la cabaña y se sentó frente al armonium.

         -¡Singular contraste! -murmuró-. ¡Allí fuera ruge el huracán, aquí yo! ¿Cuál de ambos es más tremendo? Levantó la tapa del instrumento y sus delicadas manos co­menzaron a recorrer el teclado del órgano, arrancando de sus armoniosas entrañas un raudal de singulares melodías. Mientras encuentra en la música bálsamo para su impa­ciencia, no deja de mirar al mar por la entreabierta puerta, sus oídos permanecen alertas a cualquier ruido y su mirada escruta cuanto puede ver del exterior.

         De pronto, a la luz de un prolongado relámpago distinguió una pequeña embarcación que con las velas amainadas pene­traba en ese momento en la bahía.

         Abandonó su asiento y se precipitó fuera de la habitación al tiempo que con un silbato de oro hacía oir una nota estri­dente que fue contestada casi en seguida por un largo silbido. -¡Es él! ¡Ya era tiempo! -murmuró con viva emoción.

         Minutos más tarde, la figura de un hombre, envuelta en una capa que chorreaba agua, se presentaba delante de la cabaña.

         El hombre del turbante corrió hacia el recién llegado y le echó los brazos al cuello.

         -¡Yáñez!

         -¡Sandokan! -responde el recién llegado con un acento extranjero marcadísimo-. ¡Brrr! ¡Qué noche infernal!

         -¡Ven, acompáñame!

         Atravesaron rápidamente la plataforma de la defensa y penetraron en la iluminada estancia, cerrando tras sí la puerta.

         Sandokan llenó rápidamente dos copas y alcanzó una al extranjero que acababa de desembarazarse de la mojada capa, de la carabina que llevaba y del cinturón cargado de pro­yectiles.

         -Bebe, mi buen Yáñez.

         -A tu salud, Sandokan.

         -A la tuya.

         Escanciaron la bebida y se sentaron en torno a la mesa. Yáñez aparentaba tener treinta y tres o treinta y cuatro años, y era un poco mayor que su compañero, de mediana estatura y físico robusto. A primera vista denotaba su origen europeo.

         -Y bien, Yáñez -dijo Sandokan con cierta emoción-, ¿has visto a la jovencita de los cabellos de oro?

         -No, mas he averiguado cuánto deseabas saber.

         -¿No has ido a Labuan, acaso?

         -Sí, mas debes comprender que sus costas están muy vi­giladas por los cruceros ingleses y resulta riesgo peligroso el tratar de desembarcar nuestra gente.

         -Háblame de esa niña. ¿Quién es?

         -Te diré que es una criatura maravillosamente hermosa, tan hermosa que es capaz de embrujar al más formidable pirata.

         -¡Ah! -exclamó Sandokan.

         -Me han dicho que tiene el cabello rubio como el oro, los, ojos más azules que el mar y la piel más blanca que el ala­bastro. Sé que Alamba, uno de nuestros más bravos piratas, la vio una noche y quedó tan prendado de su belleza que, para mejor poder contemplarla no trepidó en acercar cuanto pudo su barco a la costa a riesgo que le hiciesen polvo los cruceros ingleses.

         -¿De dónde proviene esa niña?

         -Algunos dicen que es hija de un colono, otros de un lord, otros aseguran que es pariente del gobernador de Labuan.

         -Extraña criatura... -murmuró Sandokan.

         -¿Entonces? -preguntó Yáñez.

         Sandokan no le respondió; bruscamente se puso de pie, y retornó al armonium en cuya armoniosa sonoridad buscó un doliente preludio. Yáñez se limitó a sonreír y reparando en una vieja mandolina que pendía de una de las paredes, fue a buscarla y comenzó a acariciar su encordado arrancando sua­ves notas de una vieja canción marinera, al tiempo que decía:

         -¡Está bien! Hagamos un poco de música.

         Arrancó de lleno con la melodía de la canción, pero, súbita­mente, Sandokan, abandonando de un salto el armonium, se acercó a la mesa cuya gruesa tapa hizo resonar de un violento puñetazo que llamó de inmediato a silencio al filarmónico Yáñez.

         No era ya el tranquilo hombre de hacía unos instantes: de sus ojos escapaban relámpagos y sus labios, furiosamente con­traídos, mostraban su felina dentadura, en tanto toda su pode­rosa musculatura vibraba como al contacto de una descarga eléctrica. En aquel momento era el jefe formidable de los fe­roces piratas de Mompracem; era el hombre que desde hacía diez años ensangrentaba las costas de la Malasia; el hombre que había sostenido terribles batallas con extraordinario co­raje e indómita audacia; el hombre, en fin, a quien todos lla­maban con justicia y terror el Tigre de la Malasia.

         -¡Yáñez! -exclamó por fin-. ¿Qué hacen los ingleses en Labuan?

         -Se fortifican -respondió tranquilamente Yáñez.

         -Traman algo contra mí, ¿verdad?

         -Eso es lo que creo.

         -Ah, ¿tú lo crees? ¡Que intenten siquiera alzar un solo de­do contra mi Mompracem! ¡Que se atrevan a desafiar al pirata en su propia cueva! Dime: ¿qué cosas dicen de mí?

         -Que ya es hora de terminar con un pirata tan audaz.

         -¿Me odian mucho?

         -Tanto que se contentarían con perder hasta la última de sus naves con-tal de destruirte.

         -¡Ah!

         -¿Puedes dudarlo? Hermanito mío, son muchos los años en que tú les haces una peor que la otra. Toda la costa tiene la marca de tus correrías, todos sus pueblos y ciudades conocen tus asaltos y la huella de fuego de tu presencia, todos los fuer­tes holandeses, españoles e ingleses han recibido tu castigo y el fondo de los mares está lleno de naves que has cañoneado y hundido.

         -Es verdad, mas ¿quién tiene la culpa? Los hombres de la raza blanca han sido inexorables conmigo; ¿No asesinaron a mi madre, a mis hermanos y trataron de destruir toda mi des­cendencia? La raza blanca no se ha condolido de mí y ha pro­curado por todos los medios de aplastarme, borrarme de la faz de la tierra; por ello la odio, sean españoles, holandeses,'ingle­ses o portugueses, tus compatriotas; los execro y me vengaré terriblemente de todos. ¡Lo he jurado sobre los cadáveres de mi familia y mantendré el juramento!

         Sin cambiar su faz terrible y desfigurada, Sandokan con­tinuó

         -Empero he sido justo con mis enemigos; no se alzará una sola voz para decir que no he sido generoso con ellos.

         -No una, cien, miles de voces pueden proclamar que tú has ceñido tu conducta de guerra a una singular generosidad para con un enemigo tan despiadado. Pueden decirlo todas las muje­res que han caído en tu poder y que para llevarlas a seguro puerto te has arriesgado a que te hundieran los cruceros ene­migos; pueden decirlo las tribus malayas a las que has defendi­do contra la prepotencia de la raza blanca o el desventurado marino que perdió su barco en la tormenta y llegó exhausto a las playas de tus dominios y que tú salvaste y volviste a su tie­rra luego de colmarle de atenciones y regalos; centenares, mi­11afes de personas agradecidas hablarán de la generosidad de Sandokan. Mas dime ahora, hermanito mío: ¿qué cosa pien­sas hacer?

         El Tigre de la Malasia no contestó. Comenzó a pasearse por la habitación, con los brazos cruzados y la cabeza inclinada. El Tigre se detuvo clavando fija su mirada en Yáñez, pero sin pronunciar palabra alguna.

         -Dime hermanito: ¿qué pensamiento te atormenta? Se di­ría que te sientes mortificado porque los ingleses te odian tanto.

         Sandokan tampoco contestó al portugués. Yáñez se levan­tó, lió un cigarrillo y lo encendió y tras aspirar su aromático humo se dirigió hacia una puerta disimulada en la roja tapi­cería de la estancia al tiempo que decía a su compañero:

         -Buenas noches, hermanito mío.

         Sandokan le detuvo con un gesto.

         -Una palabra, Yáñez.

         -Habla...

         -Estoy dispuesto a ir a Labuan.

         -¡Tú! ... ¿A Labuan?

         -¿Por qué tanta sorpresa?

         -Porque te sé demasiado audaz y capaz de cometer algu­na imprudencia en la misma cueva de tu despiadado enemigo.

         Sandokan lo miró con ojos que despedían llamas.

         -Hermano mío -replicó el portugués- no tientes dema­siado la fortuna; ¡está en guardia! La poderosa Inglaterra ha puesto los ojos sobre nuestra Mompracem y seguro no esperan tu muerte para descargar su furor contra sus tigrecillos y des­truirla. Ponte alerta que yo he visto sus cruceros erizados de cañones rondar por nuestras aguas.

         -¡Pero se encontrarán con el Tigre! -bramó Sandokan.

         -Encontrarán al Tigre y tal vez el león sucumba ante él, pero su aullido de muerte llegará hasta Labuan y allí se move­rá todo contra ti para aniquilarte y destruirte finalmente. ¡Morirán muchos leones porque eres fuerte y tremendo, pero también llegará el fin y la muerte para el Tigre!

         -¿Morir yo?

         Sandokan dio un verdadero salto de jaguar al tiempo que contraía los puños presa de furor, sus ojos despedían luces co­mo ascuas y su diestra se aferró a la cincelada empuñadura de oro de su cimitarra. Fue ello un relámpago de incontenida ira, luego se calmó y se sentó despaciosamente a la mesa, mirando de hito en hito a Yáñez y diciendo con calmosa voz:

         -Tienes razón, Yáñez; aun no es tiempo de morir: debo ir antes a Labuan. Una fuerza irresistible me impulsa hacia sus playas y una dulce voz me susurra que yo debo ver a la joven­cita de los cabellos de oro, que yo debo...

         -¡Sandokan! ...

         -Silencio, hermanito mío: vamos a dormir.

 

 

CAPÍTULO 2

TEMERIDAD Y GENEROSIDAD

 

         Antes de despuntar el sol Sandokan abandonaba la cabaña dispuesto a cumplir la ardua empresa propuesta.

         Su vestuario estaba de acuerdo con la nueva audaz aventu­ra que iba a acometer: calzaba altas botas de cuero rojo. De la faja de seda roja pendía una pesada cimitarra con la empuña­dura de oro macizo y envainado en la cintura estaba un kriss, el famoso puñal malayo de hoja serpenteante y cuya herida es siempre desgarradoramente mortal, ya que lleva siempre la punta envenenada; del hombro derecho colgaba una rica cara­bina india de largo alcance, junto a un zurrón de cuero de oso en que guardaba los proyectiles.

         Se pasó la mano por la frente como si quisiese apartar un pensamiento que le atormentaba y con paso lento comenzó a descender por un estrecho sendero, formando escalera, labrado en la roca viva, y que conducía a la playa, en la bahía. Un hombre aguardaba al pie del sendero: Yáñez.

         -Todo está listo -le anunció el portugués-; he hecho pre­parar los dos mejores barcos de nuestra flota, reforzando su artillería con dos gruesas espingardas.

         -¿Y los hombres?

         -Una banda de valientes hasta la muerte, dispuestos a ha­cerse matar por su capitán. No se les podría escoger mejores.

         -Gracias, Yáñez.

         -Sé prudente, muy prudente.

         -Lo seré y te prometo que apenas haya visto a esa ado­rable criatura retornaré a Mompracem.

         -¡Condenada mujer! ¡Estrangularía al pirata que la vio por vez primera y te habló de ella!

         -Ven conmigo, Yáñez.

         Atravesaron una explanada defendida por grandes bastio­nes y armada con gruesas piezas de artillería, de terraplenes y de profundos fosos y descendieron hacia la suave playa de la bahía en cuyas aguas se mecían doce o quince grandes veleros malayos llamados prahos.

         Más atrás, en tierra, frente a una larga fila de cabañas de sólida construcción, trescientos hombres estaban formados en ordenadas filas, esperando una orden cualquiera para lanzarse como una legión de demonios sobre los prahos y esparcir el te­rror por todos los mares de la Malasia. ¡Qué hombres y qué tipos!

         Al aparecer el Tigre de la Malasia un estremecimiento re­corrió las filas de los piratas.

         Sandokan esbozó una sonrisa de complacencia al ver a sus tigrecillos, como gustaba decirles. Llamó a un hombre.

          -Patán: acércate.

         Un malayo de estatura colosal y musculatura poderosa se adelantó con paso cadencioso y se cuadró ante el Tigre.

         -¿Cuántos hombres integran tu banda, Patán?

         -Cincuenta, Tigre de la Malasia.

         -¿Todos buenos?

         -Todos sedientos de sangre.

         -Embárcate con ellos en los dos prahos y cédele la mitad al javanés Giro-Batol.

         -¿Dónde iremos?

         Sandokan le lanzó una terrible mirada que hizo temblar al imprudente, pues ni sus hombres podían soportarla sin temor.

         -¡Obedece y no digas una sola palabra si aprecias la vida! -bramó el pirata.

         El malayo se alejó rápidamente colocándose al frente de su banda. Momentos más tarde tomaban desordenada ubica­ción a bordo de los prahos preparados por Yáñez para el viaje de Sandokan a Labuan.

         -Vamos, Yáñez.

         Estaban por descender hacia la playa cuando un enorme bulto negro, un ser humano de enorme cabeza, manos y pies desproporcionados, se acercó a ellos a la carrera.

         -¿Qué haces y de dónde vienes, Kili-Dalú? -preguntó Yáñez.

         -Vengo de la costa meridional -respondió el salvaje.

         -¿Traes alguna noticia?

         -Una nueva buena, jefe blanco: he visto un gran junco bordejear para las islas Romades.

         -¿Era mercante? -inquirió Sandokan.

         -Sí, Tigre.

         -Está bien; dentro de unas horas caerá en mi poder.

         -¿Luego irás a Labuan?

         -Directamente, Yáñez.

         Se habían acercado a la playa, donde una esbelta ballenera montada por cuatro remeros malayos aguardaban al jefe.

         -Adiós, hermano -dijo Sandokan abrazando a Yáñez.

         -Adiós, Sandokan; cuida de no cometer una imprudencia. Sandokan con un salto felino subió a la ballenera y los ma­layos con pocos golpes de remos le condujeron hasta uno de los prahos, listos ya para zarpar con sus velas desplegadas.

         Al poner pie en la cubierta del praho que comandaba Pa­tán, toda la tripulación y la de la otra nave lanzaron al uní­sono un grito tremendo.

         -¡Viva el Tigre de la Malasia!

         -¡Partamos! -ordenó Sandokan a los capitanes.

         Las anclas fueron rápidamente recogidas del lecho de la bahía y los prahos, conduciendo a bordo a aquella legión de demonios color aceituna, comenzaron a dar rápidas bordadas en demanda de las azuladas aguas del Mar de la Malasia.

         -¿La ruta? -preguntó Patán a Sandokan.

         -Derecho a las islas Romades.

         Luego, volviéndose a las tripulaciones de ambos buques, gritó:

         -¡Abrid bien los ojos, tenemos un junco que asaltar!

         El viento era favorable y soplaba del sudoeste y el mar, apenas rizado, no oponía resistencia a las quillas de ambos prahos que pronto alcanzaron una velocidad superior a los doce nudos.

         En verdad, las dos embarcaciones con las cuales el Tigre iba a emprender la audaz expedición, no eran realmente prahos, los cuales, ordinariamente, son pequeños y no poseen puente.

         Sandokan y Yáñez, que en cuestiones de mar no tenían ri­vales en toda la Malasia, habían modificado sustancialmente aquellas embarcaciones. Habían conservado la inmensa vela de los prahos, pero aumentada tanto que su largo era ahora de cuarenta metros, resistente y elástica a la par ante la fuerza del viento; la armadura del buque tenía mayor dimensión y esbeltez, confiriéndole a la proa una solidez a toda prueba.

         Igualmente habían dotado a las embarcaciones de un largo puente donde se podían ubicar remeros en caso de necesidad para ayudar la marcha del praho, suprimiendo uno de los dos timones originarios y colocándole uno solo con balancín, lo cual permitía maniobrar con rapidez en operaciones de abordaje.

         Habían ambos prahos recorrido parte de la distancia que les separaba de las islas Romades, cerca de las que suponían la presencia del junco avistado esa mañana por Kili-Dalú y no habría transcurrido media hora más cuando el gaviero de la embarcación de Patán alertó a todos al denunciar la vista de la nave perseguida.

         Los cañones y las gruesas espingardas de los prahos fueron preparados para la caza y los hombres encargados de servir las piezas se situaron tras ellos con las mechas encendidas, en tanto, otros, trasladaban al largo puente, desde la sentina, sa­cos de pólvora, proyectiles, granadas y todo elemento mortífe­ro y de destrucción; los malayos, hábiles tiradores, se situaron tras las amuras de los prahos, listos para disparar. Algunos hombres se ajustaban las fajas donde brillaban los mortales kriss o filosos yataganes, armas fatales en sus manos. En pocos instantes cada uno ocupó su puesto, preparados los garfios de abordaje, atentos a la voz de orden de Sandokan.

         Pero la distancia entre los piratas y su casi segura presa parecía no disminuir, volviendo ello frenéticos a los hombres que apretaban convulsivamente las empuñaduras de los sables y el pomo de los puñales. Cerca del mediodía, el junco, que evidentemente había oteado el peligro e intentaba escapar, pareció detenerse en su marcha. De lo alto del palo mayor del praho de Patán, la voz del vigía gritó:

         -¡Eh! ¡Parece que quiere virar a sotavento!

         Sandokan lanzó una rápida mirada en su derredor obser­vando que todo estaba preparado, tanto en su nave como en la de Giro-Batol. En seguida tronó:

         -¡Tigrecillos! ¡Firmes en sus puestos de combate! Todos obedecieron. El gaviero volvió a anunciar:

         -¡Estamos ya sobre la nave!

         -¿Es en realidad un junco, Araña de mar?

         -¡Es un junco, Tigre, no me equivoco!

         -Hubiese preferido una nave europea -murmuró Sando­kan arrugando la frente-. Ningún odio me guía contra los hombres del Celeste Imperio. Mas... ¡sea!

         -Tú, Giro-Batol: maniobra para impedirle que huya. - Los dos prahos, en rapidísima maniobra, se separaron y describiendo un amplio círculo, a guisa de tenazas, se fueron ce­rrando directamente sobre el frente y flancos del junco impo­sibilitándole toda retirada. El pesado bajel, que no podía competir en velocidad con los prahos, al darse cuenta que sólo te­nía la alternativa de luchar hasta morir, se resolvió a vender cara su derrota, al tiempo que en su mástil principal enarbo­laba una gran bandera. Al ver esta divisa, Sandokan pegó un salto tremendo.

         -¡La bandera del rajah-Brooke, del exterminador de pi­ratas! -exclamó con odio-. ¡Al abordaje! ¡Al abordaje!

         Un alarido salvaje y feroz se elevó de ambos prahos a cu­yas tripulaciones no les era desconocida la fama del inglés Ja­mes Brooke, rajah de Sarawak, enemigo despiadado de los pi­ratas, gran número de los cuales habían ya sucumbido bajo sus golpes.

         Patán, de un salto se precipitó hacia el cañón de proa, en tanto otro apuntaba la espingarda y todos alistaban los fusiles.

         -¿Debo comenzar? -preguntó a Sandokan.

         -Sí, pero que tu bala no vaya perdida.

         -Está bien.

         Patán se inclinó sobre su cañón en momentos que una detonación partió del junco y un proyectil de pequeño calibre, produciendo un estridente silbido, atravesó la vela del praho. El malayo dio fuego a su pieza y el efecto fue inmediato: el árbol mayor del junco, cortado en su base, osciló violentamen­te y se precipitó sobre la cubierta arrastrando tras sí el encor­dado y el velamen. A bordo del malhadado junco se vio a sus hombres correr desordenadamente sobre la cubierta y tras las amuras y desaparecer rápidamente por las escotillas.

         -¡Cuidado, Patán! -gritó desde lo alto Araña de mar.

         Una pequeña embarcación, tripulada por seis hombres, se desprendía en ese momento del costado del junco.

         -¡Ah! -bramó Sandokan con rabia-. ¡Son hombres que se escapan en vez de luchar! Patán: ¡fuego sobre esos viles! El malayo lanzó a flor de agua una nube de metralla que alcanzando al esquife lo arrojó hecho astillas por el aire con todos sus tripulantes, desapareciendo todo en el mar.

         -¡Bravo, Patán! -gritó Sandokan-. Ahora arrasadme aquella nave como si fuese un pontón; veo en su cubierta una tripulación numerosa.

         Las embarcaciones piratas abrieron un terrible fuego, una infernal música de metralla, contra la mísera embarcación; nu­bes de metralla y granadas le destrozaron en pocos minutos el árbol del trinquete, las amuras, la maniobra, haciendo una espantosa carnicería en su tripulación que se defendía deses­peradamente con tiros de fusil.

         -¡Bravo! -asentía Sandokan, admirado del valor que des­plegaba la gente que marinaba el junco-. ¡Tirad, tirad contra nosotros! ¡Sed dignos de combatir contra el Tigre de la Malasia!

         Los barcos de Mompracem, cubiertos de espesa nube de hu­mo, en medio de la cual relampagueaba la artillería, se iban acercando, poco a poco, al junco y en contados instantes esta­ban colocados, uno a babor y otro a estribor de la nave atacada. -¡Barra a sotavento! -gritó Sandokan.

         Su praho abordó al junco por babor y de inmediato los pi­ratas arrojaron los garfios y amarraron así ambos buques.

         -¡Al asalto, tigrecillos! -bramó el terrible pirata.

         Se recogió sobre su cuerpo como un tigre que se dispone a dar el salto sobre su presa y en momentos en que iba a preci­pitarse sobre la borda del junco una mano poderosa lo detuvo; se volvió lanzando un alarido, mas el hombre que había osado detenerlo, se adelantó de un brinco y le cubrió con su cuerpo.

         -¡Tú, Araña de mar! -gritó Sandokan levantando sobre él su cimitarra, pero en ese preciso instante partió del junco un ti­ro de fusil y el pobre Araña cayó fulminado a sus pies.

         -¡Ah, gracias mi tigrecillo! ¡Me has salvado!

         Se encaramó seguidamente sobre un cañón y dando un gran salto cayó sobre la cubierta del junco, precipitándose al fiero combate que ya se había entablado allí.

         Casi toda la tripulación enemiga se_ lanzó hacia Sandokan para cerrarle el paso.

         -¡A mí, tigrecillos! -gritó.

         Una quincena de piratas, encaramándose por el cordaje del praho cayeron sobre la cubierta del junco en ayuda de su capi­tán, en tanto que la nave de Giro-Batol, en ese momento, lan­zaba los grapines de abordaje y su gente caía sobre el buque del rajah por la amura de estribor.

         -¡Rendíos! -intimó Sandokan a la tripulación del junco. Al ver la nave invadida por todas partes y comprendiendo que la resistencia era ya inútil, una veintena de hombres arro­jaron las armas sobre la cubierta.

         -¿Quién es el comandante? -preguntó Sandokan.

         -Soy yo -respondió un chino fornido, adelantándose.

         -Eres un valiente y tus hombres dignos de vos... ¿Hacia dónde ibas?

         -Hacia Sarawak.

         -¡Ah! -exclamó con voz sorda-. Vas a Sarawak. ¿Y qué hace el rajah Brooke, el exterminador de piratas?

         -No lo sé; hace varios meses que falto de Sarawak.

         -No importa, pero le dirás que no está lejano el día en que con mis prahos iré a anclar en su propia bahía y le destruiré sus barcos.

         Sandokan se arrancó con violencia del cuello un collar de diamantes que, por lo menos, valía diez mil libras y se lo en­tregó al capitán del junco, que atónito y sin saber qué hacer, lo miraba con cierto espanto.

         -Toma, valiente. Lamento haber arruinado tu junco y quiero indemnizar ese daño: con esto podrás comprarte diez barcos.

         El chino estaba estupefacto, por fin, se decidió a hablar.

         -¿Quién sois, señor, tan generoso?

         -Guárdame el secreto: yo soy el Tigre de la. Malasia.

         En tanto que el capitán chino y sus hombres se reponían del terror que aquel nombre les había producido, los piratas, a una orden de Sandokan abandonaron el junco y retornaron a los prahos, dejando en libertad a la nave del rajah.

         Patán se acercó a Sandokan que estaba silencioso.

         -¿Qué ruta tomamos, Tigre?

         Sandokan, volviéndose a su capitán y a las tripulaciones piratas, ordenó con voz en la cual vibraba una gran emoción.

         -¡Tigrecillos: a Labuan! ¡A Labuan!

 

 

CAPÍTULO 3

EL CRUCERO

 

         Abandonado el desmantelado junco que, empero, no corría el riesgo de naufragar, los dos prahos pusieron decididamente la proa había Labuan, la isla en que habitaba la niña de los cabe­llos de oro, a quien, a todo trance quería Sandokan ver.

         Sandokan, luego de haber hecho limpiar el puente y repa­rar la maniobra dañada un tanto por el combate con el junco, ordenó cargar los cañones y la espingarda de cada nave. Hecho esto dispuso que el cuerpo de Araña de mar y de otro pirata muerto por un disparo de fusil, fuesen sepultados en el mar. En momentos en que el cuerpo del valiente iba a bajar a los abismos del mar, Sandokan llamó a Patán.

         -Dime malayo; ¿sabes cómo ha muerto Araña de mar?

         -Sí -respondió palideciendo.

         -Cuando yo salto al abordaje, ¿cuál es tu puesto?

         -Detrás de ti, Tigre.

         -En consecuencia, Araña ha muerto en tu lugar...

         -Es verdad.

         -Debiera hacerte fusilar por ello, mas eres un valiente y a mí no me gusta sacrificar inútilmente a un hombre de coraje. En el primer abordaje que tengamos te harás matar a la cabe­za de nuestros hombres.

         -Gracias, Tigre.

         -¡Sabau! -llamó Sandokan.

         Otro malayo se adelantó mostrando una horrible herida que le cruzaba su verdosa faz.

         -Tú has sido el primero en saltar conmigo al abordaje del junco, ¿no es así?

         -Sí, capitán.

         -Bien: cuando Patán muera vos le substituirás en el man­do del praho.

         Dicho esto, Sandokan, atravesó el puente y descendiendo por una pequeña escala se dirigió a su cámara, situada a popa. Durante todo el resto del día los prahos continuaron nave­gando por aquel amplio espacio del mar entre Mompracem y las islas Romades que delimitan el norte y el sur respectiva­mente, en tanto que al oeste aparece la costa de Borneo y al este          Labuan y las Tres Islas. No divisaron vela alguna en el infinito horizonte.

         Al caer la noche los dos-prahos amainaron sus grandes velas para precaverse de cualquier súbito golpe de viento y se arri­maron lo más posible, uno al otro, para no perderse de vista y ayudarse mutuamente en caso fortuito de cualquier peligro.

         Cerca de la medianoche navegaban frente a las Tres Islas, centinela avanzado de Labuan; Sandokan velaba sobre el puen­te presa siempre de viva agitación y comenzó a pasearse de po­pa a proa, con los brazos cruzados y reconcentrado en feroz silencio. De tanto en tanto se detenía para escrutar la negra superficie del mar, asomándose a las amuras para abrazar con la mirada un más amplio espacio, luego se contraía y permane­cía alerta a cualquier ruido que pudiese traer el viento. ¿Qué cosa esperaba percibir auditivamente? Indudablemente: el ron­quido de la maquinaria que delataría la presencia de un cruce­ro o el violento romper de las olas contra las costas de Labuan.

         A las tres de la mañana, cuando las estrellas comenzaban a palidecer, Sandokan gritó:

         -¡Labuan!

         En efecto, sobre el este, donde la línea del mar se confundía con el horizonte, aparecía, confusa, una sutil mancha oscura.

         -¿Debemos marchar en derechura? -preguntó Patán.

         -Sí; entraremos en el riachuelo que ya conoces.

         La orden fue comunicada a Giro-Batol y los dos prahos se dirigieron en silencio hacia la isla.

         Ocupada en 1847 por Sir Rodney Mandy, comandante del "Iris", por orden del gobierno inglés que pensaba desde esa ba­se combatir la piratería, no contaba por entonces más que con un millar de habitantes, malayos en su mayoría, y unos dos­cientos blancos.

         Los ingleses habían levantado una fortaleza denominada Victoria rodeada con algunas casamatas y trincheras artilladas para repeler cualquier ataque pirático por parte del mar, ya que la gente de 1VÍompracem en varias oportunidades habían efectuado expediciones contra la isla. El resto de Labuan esta­ba recubierto de espesas florestas vírgenes plagadas de feroces alimañas y sólo algunas factorías existían en las praderas.

         Los prahos, luego de haber costeado la isla por espacio de algunas millas, se internaron silenciosamente en un pequeño riacho cuyas márgenes estaban cubiertas de una exuberante vegetación; lo remontaron unos setecientos metros, anclando finalmente bajo la oscura sombra de grandes árboles.

         Un crucero que hubiese batido la costa no hubiese alcanzado a descubrirlos ni menos a sospechar la presencia de aquellos ti­grecillos agazapados como las fieras de los bosques de la India.

         Al mediodía, Sandokan, que había previamente mandado dos hombres en misión exploradora hacia la desembocadura del riacho y otros dos al interior de la floresta para evitar cual­quier sorpresa, desembarcó armado de su carabina y seguido por Patán.

         Habría caminado cerca de un kilómetro dentro de la selva cuando bruscamente se detuvo al pie de un colosal árbol de durion.

         -¿Habéis visto un hombre? -preguntó Patán.

         -No, escucha.

         El malayo prestó atención en tanto con su mirada trataba de penetrar en la espesura de la selva que les rodeaba; un leja­no estampido fue escuchado, seguido del ladrido de un perro.

         -Alguien que estará cazando -respondió.

         -Vayamos a ver.

         Reanudaron el camino, ocultándose bajo las ramas.

         El ladrido del perro se iba acercando y de pronto, ambos pi­ratas, se encontraron en presencia de un negro vestido con unos calzones rojos y que llevaba sujeto con una correa de cuero trenzado a un enorme mastín.

         -¿Adónde vas? -le preguntó Sandokan.

         -Siguiendo la pista de un tigre -respondió el negro.

         -¿Y quién te ha dado permiso para cazar en mis bosques?

         -Estoy al servicio de lord Guldek.

         -¡Está bien! Dime ahora, maldito esclavo: ¿has oído hablar de una jovencita a la que llaman Perla de Labuan?

         -¿Quién no conoce en esta isla a tan bella criatura? Es el hada benéfica de Labuan, amada y venerada por todos.

         -¿Es hermosa? -preguntó Sandokan con viva emoción.

         -Creo que ninguna otra mujer pueda igualarla.

         -Dime: ¿dónde vive?

         -A dos kilómetros de aquí, en medio de una pradera.

         -Anda ya y si aprecias la vida no vuelvas la cabeza ni desandes el camino.

         Y así diciendo entregó al negro un puñado de monedas de oro, que lo dejó atónito y se alejó prestamente en medio de la selva.

         Cuando el esclavo se hubo perdido de vista, Sandokan sé sentó al pie de un gran árbol, murmurando:

         -Esperaremos la noche para ir a explorar ese lugar. Patán le imitó y se sentó a la sombra de otro árbol. Serían poco más de las quince, cuando un hecho inesperado vino a interrumpir aquella forzosa quietud: el estampido de un cañón en la costa hizo bruscamente alborotar a todos los pájaros de la selva. Sandokan se puso en pie de un salto em­puñando la carabina.

         -¡Un cañonazo! -exclamó-. ¡Vamos Patán, presiento sangre!

 

 

CAPÍTULO 4

TIGRE Y LEOPARDO

 

         Ex menos de diez minutos los dos piratas llegaron a la margen del riachuelo. Todos los hombres estaban sobre las cubiertas de los prahos amainando las velas ya que el viento era ineficaz.

         -¿Qué ocurre? -indagó Sandokan subiendo rápidamente.

         -Capitán, nos atacan; un crucero se ha ubicado frente a la boca del riacho -le informó Giro-Batol.

         -¿Conque vienen a atacarme aquí los ingleses? Y bien, mis tigrecillos, empuñad las armas que nos lanzaremos al mar. Un instante después las dos embarcaciones descendían por la corriente fluvial y a poco se lanzaban nuevamente al mar. A seiscientos metros de la costa una gran nave, poderosa­mente armada, navegaba a pequeño vapor hacia el oeste. Sandokan miró fríamente a aquel formidable enemigo y en vez de impresionarse de su tamaño, de su numerosa artillería y de su tripulación que triplicaba la de sus prahos, ordenó:

         -¡TigrecilIos, a los remos!

         Los piratas se precipitaron bajo el puente empuñando los re­mos en tanto los artilleros apuntaban el cañón y la espingarda. De pronto, una llamarada iluminó el puente del crucero y una bala de grueso calibre atravesó silbando por la arboladura de su praho.

         -¡Patán! ¡A tu cañón! -ordenó Sandokan.

         El malayo, uno de los mejores artilleros de la piratería, dio fuego a su cañón; el proyectil fue a destrozar la pasarela del comandante del crucero cortando el asta de la bandera.

         El barco de guerra, viró de bordo presentando la banda de babor de la cual emergían media docena de cañones.

         -¡Patán, no pierdas un solo tiro -recomendó Sandokan en tanto hacía fuego el praho de Giro-Batol-; derrúmbale su ar­boladura a aquel maldito!

         En ese instante el crucero pareció estallar y un huracán de fuego atravesó el mar dando de lleno en los prahos.

         Un alarido espantoso de rabia y dolor se alzó entre los pi­ratas, sofocado por una segunda descarga del crucero que hizo caer de sus bancos a los remeros y a los artilleros rodar junto con las piezas, hecho lo cual, el buque de guerra, cubierto de humo negro, viró de bordo con rapidez y se alejó un kilómetro de los prahos.

         Sandokan, felizmente ileso, llamó a sus hombres a cubierta.

         -Rápido: ¡construid una barricada delante de los cañones y luego avanzad!.

         En contados minutos, a proa de ambos buques, fueron im­provisadas dos' defensas, acumulando para ello los árboles de recambio, botes llenos de balas, viejos cañones desmontados, atado todo ello con grueso cabo que dio solidez a la barricada.

         Veinte robustos hombres fueron destinados a la maniobra de los remos, en tanto los demás se pusieron a cubierto tras la barricada empuñando los fusiles y colocándose los puñales en­tre los dientes.

         -¡Adelante! -ordenó el Tigre.

         El crucero había aminorado su marcha y avanzaba ahora a pequeño vapor.

         -¡Fuego a discreción! -gritó Sandokan.

         De ambas partes se reinició aquella música infernal, res­pondiendo cañonazo por cañonazo, bala por bala.

         El crucero tenía la ventaja de su porte y su artillería sobre los prahos, que el valor del Tigre conducía al abordaje, sin ce­der. Los leños piratas estaban irreconocibles: destrozados, con el agua invadiendo las sentinas, con la cubierta llena de muer­tos y heridos, continuaban empero combatiendo con furor.

         Patán encontró la muerte junto a su cañón pero otro hábil artillero le reemplazó de inmediato; muchos hombres estaban horriblemente mutilados, otros gravemente heridos.

         Uno de los cañones del praho de Giro-Batol había sido des­montado y la espingarda ya ni siquiera podía contestar el fue­go; mas: ¿qué importaba?      Sobre los barcos piratas quedaban aún tigres que cumplían valerosamente con su deber.

         Los proyectiles silbaban sobre las cubiertas y todo se des­trozaba, pero nadie hablaba de retroceder, antes que ello, in­sultaban al enemigo y lo desafiaban con furor y cuando un gol­pe de viento barría las nubes que cubrían a aquellos despojos sobre el mar, se veía tras la barricada de proa los rostros des­compuestos por el furor... Dientes que mordían rabiosamente las brillantes hojas de los puñales... En medio de aquella hor­da de tigres, su capitán, el invencible Sandokan, arengaba a sus hombres, empuñando su cimitarra con trémula mano. Su voz resonaba como una tromba en medio de aquel terrible y desigual combate.

         La tremenda batalla duró cerca de veinte minutos y el cru­cero se alejó otros seiscientos metros para evitar ser abordado. Sandokan no cedía empero.

         Apartando bruscamente a los hombres que le rodeaban, se inclinó sobre el cañón que acababa de ser cargado, corrigió la mira y dio fuego a la mecha. Pocos segundos después, el árbol mayor del crucero, alcanzado y tronchado en la base, se precipi­taba al mar arrastrando a todos los soldados y marineros que estaban encaramados en su cordaje, cofa y cruceta.

         Mientras el crucero detenía su marcha para tratar de res­catar del mar a la tripulación que a él había caído, suspendió el fuego. Sandokan aprovechó para embarcar en su praho la gente del de Giro-Batol.

         -¿Ahora, rápido a la costa! -ordenó el Tigre.

         Ya era tiempo: el praho de Giro-Batol, que por un milagro aún flotaba, se dio rápidamente vuelta hundiéndose a poco en los abismos del mar.

         Rápidamente los piratas, echando mano a los remos, aprove­chando la inacción momentánea del crucero enemigo, bogaron en forma sobrehumana y alcanzando la entrada del riacho se internaron en él. Parece que la buena suerte acompañaba a Sandokan, pues acababan de ejecutar tan riesgosa maniobra, cuando el praho, acribillado a cañonazos, se hundía en las fan­gosas aguas del río con la bodega totalmente anegada y gi­miendo como un moribundo bajo el peso del líquido que en­traba a raudales en sus entrañas.   La quilla tocó el lecho del riacho y el praho, vencido, se inclinó penosamente sobre la banda de babor y quedó inmóvil, recostado en un banco de arena sobre el que le había impulsado el propio Sandokan con un hábil golpe de timón.

         Apenas la tripulación tuvo la certeza de que el praho no se hundiría totalmente, irrumpieron sobre el puente con la feroci­dad de tigres hambrientos, las armas empuñadas y las caras descompuestas por el furor, prontos a recomenzar la lucha.

         Sandokan, consultando un magnífico reloj de oro que pen­día de una valiosa cadena, contuvo a sus hombres con un gesto. -Son más de las dieciocho; dentro de dos horas el sol se ha­brá ocultado y las sombras habrán descendido sobre el mar. Todos a trabajar en la reparación del praho, pues antes de la medianoche deberemos estar en condiciones de hacernos nue­vamente a la mar.      

         -¿Atacaremos al crucero? -preguntaron a coro.

         -No lo prometo, tigrecillos, mas seguro será que pronto llegue el día en que nos vengaremos de esta derrota, y entonces mostraremos junto al estampido de los cañones nuestra bande­ra y la haremos flamear en los bastiones de Victoria.

         -¡Viva el Tigre! -ulularon los piratas.

         -¡Silencio! -ordenó Sandokan.

         Dispuso en seguida que dos hombres fuesen a apostarse en la boca del riachuelo para observar la actitud del crucero, en tanto otros dos eran enviados a emboscarse en la floresta para prevenirse de cualquier ataque sorpresivo; hecho esto, todos se dieron a la tarea de tratar de reparar el maltrecho y castigado praho.

         Otros atendían y curaban a los heridos utilizando cataplas­mas de ciertas hierbas machacadas que aplicaban a las heri­das, colocando sobre ellas hojas de plantas que ataban con fi­bras vegetales. Sandokan se fue a proa y durante algunos minutos estuvo observando atentamente la bahía: esperaba poder descubrir la presencia del crucero acercándose al río; el enemigo parecía que no estaba dispuesto a acercarse a la costa, por el temor de encallar en sus numerosos bancos cora­líferos que se extendían por varias millas.

         -Dudan de su propia fuerza -murmuró el pirata-. Aguar­dan que nos lancemos nuevamente al mar para terminar con nosotros, mas si creen que lanzaré otra vez mis hombres al abordaje se engañan; el Tigre sabe ser prudente.

         Se sentó sobre el cañón y luego llamó a Sabau.

         -Patán y Giro-Batol han muerto -afirmó con un suspi­ro-; lo hicieron al frente de sus prahos, a la cabeza de los va­lientes que trataban de llevar un abordaje a la maldita nave enemiga. El comando te corresponde ahora a vos: te lo con­fiero.

         -Gracias, Tigre de la Malasia.

         -Ahora, ayúdame.

         Con algún trabajo empujaron hacia popa el cañón y la es­pingarda y apuntaron ambas piezas hacia la bahía, para poder barrerla con metralla en caso de aparecer por allí el crucero.

         -Ahora podemos permanecer seguros. ¿Se han mandado los dos hombres a la boca?

         -Sí, Tigre; deben estar emboscados en el canal de entrada.

         -Bien.

         -¿Esperaremos la noche para ganar el mar?

         -Sí, Sabau.

         -¿Intentaremos engañar al crucero?

         -La luna tardará en levantarse y por otra parte no brilla­rá mucho, pues veo que por el sur se elevan algunas nubes.

         -¿Haremos directamente ruta a Mompracem, capitán?

         -Directamente.    

         -¿Sin buscar la revancha?

         -Somos pocos, Sabau, para afrontar la tripulación del cru­cero y además: ¿cómo contestar a su artillería? Nuestro praho no quedará en condiciones de enfrentar un segundo combate.

         -Es verdad, Tigre.

         -Paciencia por ahora; el día de la venganza vendrá y... ¡pronto!

         Mientras Sandokan y Sabau conversaban, el resto de los hombres trabajaban con febril actividad; eran todos expertos marineros y entendían de trabajos de carpintería y calafateo.

         En sólo cuatro horas izaron dos nuevos mástiles y le coloca­ron el velamen, repararon las amuras, taparon los rumbos y re­novaron la maniobra.

         A las diez, el barco no sólo podía volver a navegar sino afrontar una nueva batalla, ya que se había construido una só­lida barricada con troncos de árboles para proteger el cañón y la espingarda. Durante ese tiempo ninguna chalupa del cruce­ro había osado mostrarse en aquella parte de la bahía.

         El comandante inglés, sabiendo con la clase de enemigos que tenía que habérselas, no había creído oportuno empeñar a su tropa en una lucha en tierra; esperaba más bien sorprender a los piratas cuando intentasen salir aguas afuera.

         Sobre este seguro indicio, Sandokan, dispuesto a ganar el mar, mandó llamar a los hombres que vigilaban la entrada del río.

         -¿Está libre la bahía?

         -Sí -respondió uno de ellos.

         -¿Y el crucero?

         Ese encuentra delante de la bahía.

         -¿Muy lejos?

         -Apenas media milla.

         -Tenemos espacio suficiente para pasar. La noche prote­gerá nuestra retirada -aseguró Sandokan que ahora se volvió a Sabau-. ¡Partamos!

         Veinte hombres se arrojaron al agua y haciendo pie en el fondo del banco, ayudados por gruesas ramas, impulsaron al praho en su maniobra para abandonar la posición. La nave se movió lentamente y a poco navegaba en demanda de la boca del río.

         -¡Que nadie lance un grito por motivo alguno! -ordenó imperiosamente Sandokan-. Tened, en cambio, bien abiertos los ojos y las armas prontas.        Nos vamos a jugar una peligrosa partida.

         Asió él mismo la barra del timón teniendo a Sabau a su lado y con mano firme guió el praho hacia la desembocadura. Las sombras de la noche facilitaban la fuga; la luna no había apa­recido aún y ni una estrella brillaba en el firmamento.

         Por otra parte, la espesura de la floresta, provocada por grandes palmeras, duriones y bananeros, era de una negrura tal que Sandokan tenía gran trabajo en ubicar las márgenes del riachuelo. Un silencio profundo, apenas quebrado por el suave murmurar de las aguas, reinaba en aquel pedazo del río. Desde el puente del praho no se percibía ruido alguno, era como si aquellos hombres ni respirasen por temor a romper aquella aplastante quietud.

         El praho estaba por llegar a la boca del riacho cuando un leve crujido le conmovió.

         -¿Un arenal? -preguntó Sandokan en voz baja.

         Sabau se inclinó sobre una de las amuras y observó atenta­mente el río.

         -Sí; hay un banco bajo nosotros.

         -¿Podremos pasar?

         -La marea sube rápidamente y creo que en pocos instantes estaremos en condiciones de seguir nuestra derrota. -Esperemos, entonces.

         La tripulación, ignorando la causa del. súbito detenimiento del praho se había puesto en guardia y Sandokan pudo ver có­mo sus hombres empuñaban las armas y los artilleros se incli­naban sobre las piezas. Pasaron algunos minutos de angustiosa expectación para todos, pues se escuchaba, bajo la proa y la quilla del barco, el rechinar del casco contra el lecho de conchas del banco que lo retenía inmóvil. El praho, movido por el vai­vén de la marea que subía rápidamente, oscilaba sobre el ban­co de arena. Pronto se libró de aquel fondo tenaz que le retenía.

         -Desplegad una vela -ordenó despacio Sandokan.

         -¿Bastará, capitán?

         -Por ahora sí.

         Un momento después una vela latina fue desplegada por el trinquete; como era totalmente negra se confundía con las som­bras de la noche. A su impulso, el praho se movió con mayor agilidad y en breve salvó la boca del río y se internó en la bahía. -¿Y el crucero? -preguntó Sandokan.

         -Debe estar a media milla de nosotros -respondió Sabau. El lugarteniente del Tigre le indicó una masa confusa y os­cura sobre la cual se movían puntos luminosos. Escuchando atentamente se podía percibir el rumor sordo de sus calderas. -Tiene los fuegos encendidos, no piensan darnos tregua. ¿Pasaremos inadvertidos, capitán?

         -Así lo espero, Sabau. ¿Ves alguna chalupa?

         -Ninguna.

         -Nos recostaremos cuanto podamos contra la costa para confundirnos con la negrura de la floresta, luego tomaremos el largo y cruzaremos la bahía.

         El viento era débil y el mar estaba calmo como si fuese de aceite; Sandokan ordenó desplegar otra vela mayor en el mástil central para impulsar al praho rumbo al sur, siguiendo las si­nuosidades de la costa, cuya amplia arboleda proyectaba su sombra sobre el agua facilitando la huida de los piratas.

         El Tigre, siempre en la barra del timón, no perdía de vista al formidable adversario, el cual,, si se alertaba de su presencia, podía en pocos minutos cubrir las aguas de la bahía y la flo­resta con un huracán de hierro y plomo.

         El praho había avanzado por la costa unos seiscientos metros y se disponía a ganar el mar, bahía afuera, cuando a su popa, sobre la estela, apareció un extraño resplandor; parecía que mi­llares de llamitas surgían de la tenebrosa profundidad del mar.

         -¡Estamos por ser descubiertos! -dijo Sabau.

         -¡Tanto mejor! -respondió Sandokan con una sonrisa fe­roz-. Mejor es morir con las armas en la mano que huir como cobardes. Esta retirada no es digna de nosotros.

         -Es verdad, capitán.

         El mar se iba poniendo cada vez más fosforescente; a proa, a popa, babor y estribor del praho, los puntos luminosos se mul­tiplicaban y hacían reverberar la superficie del agua como si ardiesen sobre ella materias bituminosas o azufre encendido.

         Aquella estría fosforescente que brillaba en medio de la os­curidad reinante no podía pasar inadvertida para los hombres que montaban guardia en el crucero enemigo.

         Los piratas, en el puente, procuraban resguardarse de aque­lla fosforescencia tras las amuras, pero ninguno había hecho un gesto o pronunciado palabra alguna que tradujese temor; ellos también no podían resignarse a marcharse sin disparar aunque fuese un tiro de fusil.

         No habrían transcurrido dos o tres minutos de las últimas palabras cambiadas entre Sandokan y Sabau, cuando el prime­ro, que tenía la mirada clavada en el crucero, vio encenderse los fanales de posición.

         -Parece que se dispone a maniobrar -dijo. -Yo también lo creo, capitán.

         -¡Cuidado!

         -Sí, veo que la chimenea comienza a arrojar miríadas de chispas, están alimentando el fuego de las calderas.

         La calma del mar permitió a los piratas oir con nitidez un grito que partió de a bordo del crucero de guerra:

         -"¡A las armas.. . !"

         Sandokan se quedó parado, rígido, con la cimitarra empuña­da y sus hombres se revolvieron nerviosos de furor en tanto los artilleros se hacían cargo del cañón y la espingarda del praho.

         De pronto, la misma voz que alertara, se oyó nítidamente gritar:

         -¡A las armas! ¡A las armas! ¡Los piratas huyen!

         Y el redoblar de un tambor rompió la quietud de la noche y llamaba al puente del crucero a toda la tripulación.

         Los piratas, tras las amuras del praho y protegidos por la barricada de troncos, no hablaban, mas en sus rostros se dibu­jaban feroces gestos que traducían su estado de ánimo; apreta­ban convulsivamente las armas, y los dedos jugaban ya sobre los gatillos.

         Ahora se sentía el rechinar de la cadena levando anclas y demostraba que el crucero se disponía a salir a la caza del leño pirata.

         -¡Sabau, a tu pieza! ¡Otro hombre a la espingarda! -or­denó el Tigre de la Malasia.

         Apenas había dado aquella orden, cuando una llamarada brilló en la proa del crucero, sobre el castillo, iluminando viva­mente el trinquete y el bauprés; una detonación aguda retumbó, seguida del silbido metálico de un proyectil que pasó atrave­sando el espacio y que luego de astillar la punta del penol maestro, se fue a perder en el mar, levantando una gran co­lumna de agua donde cayó.

         Un humo rojizo se elevaba espeso de la chimenea del bu­que de guerra inglés; se sentía el batir de sus ruedas mordien­do rabiosamente las aguas; se escuchaba el ronco trepidar de sus calderas, las rápidas órdenes de los oficiales y los pasos precipitados de la tripulación.

         Todos estaban listos para ocupar sus respectivos puestos de combate. Los fanales cambiaron de posición y el crucero corría ahora tras el leño pirata para cortarle la retirada.

         -¡Preparémonos a morir como valientes! -gritó San­dokan.

         Un solo grito le respondió: -¡Viva el Tigre de la Malasia!

         Sandokan con un vigoroso golpe en la barra del timón, vi­ró de bordo, mientras sus hombres orientaban rápidamente las velas, tratando el praho de acercarse al crucero para buscar en un abordaje desesperado la única posibilidad de triunfo.

         El cañoneo comenzó bien pronto, sostenido por una y otra parte. Se disparaba con bala y con metralla.

         -¡Animo, tigrecillos; al abordaje! -gritó Sandokan-. ¡La partida es desigual pero nosotros somos los Tigres de la Ma­lasia!

         El crucero avanzaba rápidamente mostrando su agudo es­polón y rompiendo el silencio trágico del mar con un cañoneo tremendo.

         El praho, colocado delante de aquel coloso que podía de un solo golpe partirlo en dos y hundirlo de inmediato, con toda audacia cañoneaba a su enemigo vigorosamente. La lucha, em­pero, tal cual lo sabía Sandokan era desigual: nada podía in­tentar aquel pequeño buque de madera contra un enemigo tan poderoso, férreamente construido y armado potentemente. No era difícil prever cuál sería el resultado final.

         El ánimo no abandonaba a los piratas y apuntaban bien sus carabinas para exterminar a los artilleros de la cubierta del crucero y abatir a los marineros encaramados en la maniobra; disparaban así furiosamente.

         Minutos más tarde, sin embargo, el praho, violentamente castigado por la artillería enemiga, no era otra cosa que una ruina flotante. Su arboladura estaba destrozada y caída sobre el puente, las amuras deshechas y la barricada de troncos era ya impotente para detener aquella granizada 3e balas y metra­lla. El agua, penetrando por cientos de boquetes, inundaba ya la sentina.

         Pero ninguno hablaba de rendirse: querían morir todos, mas sobre el puente de la nave enemiga. El efecto destructor seguía en aumento; el cañón de Sabau había sido desmontado y la mitad de la tripulación estaba sobre la cubierta masacrada por la metralla inglesa. Sandokan comprendió que la última hora estaba por sonar para los Tigres de Mompracem.

         La adversidad era completa: no era posible enfrentar a aquel gigante que vomitaba, minuto a minuto, nubes de pro­yectiles. No quedaba más alternativa que intentar un abordaje, ya que sobre la cubierta del crucero, la victoria, tal vez, podía pronunciarse por sus hombres.

         No quedaban en el praho más que una docena de hombres en pie, doce tigres guiados por un hombre cuyo valor era increíble. -¡A mí, tigrecillos!

         Los doce piratas, bramando de rabia y coraje, con los ojos extraviados, con las manos apretadas como tenazas en las em­puñaduras de las armas, se reunieron en torno a Sandokan.

         El barco enemigo corría ahora a todo vapor sobre el praho para hundirlo definitivamente, mas Sandokan, cuando le vio llegar a pocos metros, con un golpe de timón evitó la acometi­da y lanzó su leño contra la rueda de babor del enemigo. Se produjo un choque violentísimo; el praho se incrustó entre las palas del crucero y por efecto del encontronazo toda la proa saltó en astillas que cayeron al agua con los cadáveres que yacían sobre el puente.

         -¡Afuera los garfios de abordaje!- gritó Sandokan. Dos grapines, prestamente lanzados, se aferraron a la alta borda del crucero. Los trece piratas, ciegos de furor, ansiosos de venganza, se lanzaron como uno solo al abordaje. Ayudán­dose con las manos y pies, trepándose por las portas de las baterías se infiltraron por la abertura del tambor de la rueda del buque y cayeron como demonios sobre la cubierta del ene­migo, ante el estupor de los ingleses que no suponían tamaño valor y temeridad.

         Con Sandokan a la cabeza, el reducido grupo de piratas se lanzó contra los artilleros matándoles sobre las mismas piezas, acuchillando a los soldados que intentaban cerrarles el paso, lo­grando llegar a popa con terribles golpes de cimitarras.

         Los oficiales gritaban desconcertados y a sus órdenes vio­lentas se reunieron algunos soldados tras una doble batería; eran unos sesenta o setenta, mas los piratas no repararon en el. número y se lanzaron sobre las bayonetas enemigas.

         Dando golpes desesperados, cortando brazos y tronchando cabezas, gritando para esparcir mayor terror, cayendo y levan­tándose, ora avanzando, ora retrocediendo, por algunos minu­tos lograron mantener acorralado al enemigo, pero los dispa­ros que a quemarropa les hacían los soldados emboscados en la arboladura, iban abatiendo a aquellos tigres que sucumbían uno tras otro.

         Sandokan y otros cuatro, cubiertos de heridas, las armas ensangrentadas. hasta la empuñadura, con un esfuerzo supre­mo se abrieron paso y trataron de ganar la proa para dominar al enemigo con sus propios cañones. A mitad del camino cayó, alcanzado por una bala, mas se levantó lanzando un alarido.

          -¡Matad! ¡Matad! ¡Mis tigres!

         Los ingleses avanzaban ahora a paso de carga con la ba­yoneta calada; el choque fue mortal.

         Los cuatro piratas que estaban rodeando a su capitán para cubrirlo, ante una cerrada descarga de fusilería cayeron para no levantarse más, no así Sandokan. El formidable hombre, pese a la herida que manaba sangre en abundancia, con un salto sobrehumano alcanzó la amura de babor, batió con un golpe de cimitarra a un gaviero que intentaba atraparle y se lanzó de cabeza al mar, desapareciendo bajo sus negras olas.

 

 

CAPÍTULO 5

FUGA Y DELIRIO

 

         Un hombre tal, dotado de una fuerza verdaderamente prodi­giosa, de una energía tan extraordinaria y de un valor tan grande, no debía morir, pese a la tremenda prueba.

         En tanto el crucero proseguía su carrera impulsado por el batir de sus ruedas, el pirata, con un poderoso golpe de talón, salía a flote y se mantenía casi sumergido, para evitar ser loca­lizado por el enemigo o ultimado por una descarga de fusilería.

         Reteniendo los gemidos que le provocaba la herida, y do­minando la ira que le embargaba, se mantuvo quieto, esperan­do el momento propicio para bracear y tratar de ganar a nado la costa de la isla. El crucero viraba ahora de bordo a menos de trescientos metros y avanzó sobre el lugar donde el pirata se había arrojado al mar con la esperanza de destrozarle con las ruedas; luego volvió a virar y se detuvo para escrutar aquel pedazo de la bahía, agitando vertiginosamente sus rue­das; luego reinició la marcha cruzando en todas direcciones aquel amplio espacio marino, en tanto que algunos tripulantes proyectaban sobre la superficie de las aguas las luces de algu­nos fanales. Convencido finalmente de la inutilidad de la bús­queda, se alejó del lugar rumbo a Labuan.

         El Tigre lanzó ahora un grito de furor.

         -¡Anda, buque maldito! ¡Anda, que llegará el día en que conocerás cuán terrible será mi venganza!

         Se ajustó la faja sobre la sangrante herida para evitar la hemorragia que podía matarle, luego, reconcentrando sus pro­pias fuerzas, se puso a nadar, tratando de descubrir la costa de la isla. De vez en cuando se detenía para cobrar fuerzas y para mirar al crucero, cuyas luces apenas se distinguían en lonta­nanza, mascullando terribles imprecaciones.

         La razón volvió a él y Sandokan siguió nadando fatigosa­mente, escrutando las tinieblas que ocultaban las costas de La­buan. Nadó así por espacio de algún tiempo, deteniéndose a ratos para desembarazarse de la ropa que trababa sus movi­mientos.

         Sentía que los miembros se le acalambraban en el agua y la respiración se le tornaba fatigosa y difícil y, para agravar aquella situación, la herida continuaba sangrando provocándo­le un intenso ardor al contacto del agua salada. Dejó de nadar por un instante y consiguió mantener el cuerpo flotando, apro­vechando la corriente del mar que le arrastraba hacia tierra.

         De pronto sintió algo bajo el agua que le rozó; algo había tocado. ¿Sería acaso un pez-perro? Ante aquella sospecha, no obstante su coraje, Sandokan se estremeció. Alargó una mano y aferró un objeto que flotaba en el agua: instintivamente lo identificó: era un pedazo de madera y hierro de la cubierta del praho a la cual estaban enredadas las cuerdas y un trozo del penol.

         -Era tiempo -murmuró-, las fuerzas me abandonaban. Se izó con cierto esfuerzo sobre los despojos de su barco y se reclinó entre la maraña de cables cortados y enredados en­tre sí; la herida le dolía atrozmente y al-llevar la mano a la misma, notó que esa parte estaba hinchada y febril.

         Durante una hora, aquel hombre que no quería morir, lu­chó contra las olas que vuelta a vuelta sumergían los restos del naufragio, más pronto las fuerzas le abordaron y se aban­donó a los elementos; amarrado con una mano a las cuerda

         Comenzaba a amanecer cuando un golpe violento lo sacudió de su embotamiento a justo tiempo, pues ya se desvanecía. Se alzó penosamente sobre uno de los brazos y miró en torno suyo: las olas se rompían murmurantes en derredor del leño salva­dor, deshaciéndose en blanca espuma; parecía que estaba flo­tando sobre un bajo fondo.

         Como al través de una niebla rojiza el herido comprobó que no estaba lejos de la costa.

         -¡Labuan! -murmuró.

         Fue presa de una leve excitación, pero luego, uniendo las escasas fuerzas que le acompañaban, abandonó los restos del praho y sintió bajo él el lecho arenoso de un banco, desde el cual, despaciosamente, avanzó hacia la inmediata costa.

         El mar le asaltaba por todas partes, como si quisiese abatirlo con furor, ora empujándole hacia la playa, ora haciéndole re­troceder, como si se empeñara en evitar que muriese sobre aquella tierra maldita. Siguió luchando contra el reflujo del mar y consiguió trasponer el banco de arena llegando a tierra firme, donde se dejó caer pesadamente al suelo.

         Aunque estaba completamente exhausto por la larga lucha sostenida y por la gran pérdida de sangre, su primer pensa­miento fue reconocer la herida que tenía en el pecho; se abrió la casaca, se quitó la faja que había ceñido sobre la herida, y trató de observarla detenidamente. Había recibido una bala de pistola sobre la quinta costilla del lado derecho y el proyectil, luego de rebotar en el hueso, se había incrustado en las carnes, felizmente sin lesionar ningún órgano vital; Sandokan com­prendió que su herida no era grave, mas debía curarla lo antes posible si no quería sufrir graves complicaciones con el pro­yectil dentro del cuerpo.

         Escuchando a breve distancia el murmullo de un arroyuelo, se fue arrastrando hacia la orilla y allí lavó cuidadosamente con agua potable los inflamados labios de su herida, hinchada por efecto del salitre marino; luego se colocó nuevamente la faja y tuvo la sensación de que la hemorragia se había de­tenido.

         -Curará -murmuró cuando hubo terminado.

         Aquel hombre de hierro, aunque se encontrase absoluta­mente solo en una isla donde no podía hallar sino enemigos, sin nadie que le socorriera, desangrado, debilitado y febricien­te, se sentía capaz de salir airoso de semejante situación. Bebió algunos sorbos de agua para aplacar la sed desesperante y luego, cuidadosamente, se fue arrastrando sobre las rodillas hasta el pie de un gigantesco árbol de areca, cuya copa enor­me se elevaba a más de quince pies del suelo, proyectando en torno una fresca sombra. Apenas se reclinó contra el tronco las fuerzas le abandonaron nuevamente, y cayó desvanecido en el lugar en que se hallaba. Cuando volvió en sí habían transcurrido muchas horas, ya que el sol, luego de cruzar el equinoccio en su inmutable parábola, estaba descendiendo rá­pidamente en el ocaso.

         Una sed brutal le devoraba y la herida le ardía terrible­mente, produciéndole un agudo dolor insoportable. Trató de incorporarse para allegarse a la orilla del arroyuelo, mas vol­vió a caer pesadamente. Ahora aquel hombre, que debía ser tan fuerte como el felino con cuyo nombre se apodaba, hacien­do un supremo esfuerzo, se levantó a medias hasta arrodillarse y se puso a gritar como enloquecido.

         -¡Yo soy el Tigre! ¡A mí, mis fuerzas!

         Se siguió levantando y se puso en pie agarrándose al tronco del árbol de areca, y manteniéndose en pie por un prodigio de equilibrio, caminó firmemente hacia el pequeño curso de agua, en cuya orilla volvió a caer pesadamente hundiendo la reseca boca en la corriente y calmando su horrible sed. Reconfortado un tanto, puso al descubierto la herida y la refrescó con la cristalina agua, haciendo ahora un suave ven­daje con trozos de su fina camisa de seda que desgarró en tiras con el kriss que conservaba en la cintura. Se puso nueva­mente en pie y con la mirada abarcó el mar que venía a morir a pocos pasos.

         -Paciencia por ahora, Sandokan -dijo para sí-, curarás, vivirás tal vez en esta floresta uno, dos, tres meses, alimen­tándote de mariscos y de frutas, mas cuando hayas recuperado tu fuerza, regresarás a Mompracem, aunque tengas que cons­truirte una canoa labrada en un tronco a golpes de kriss.

Se dejó caer sobre la hierba y se arrimó a un árbol.

         Una fiebre altísima comenzó a invadirle: la herida le pro­ducía incesantes escalofríos, mas ninguna queja salía de su beca.

A las ocho, el sol se ocultó en el horizonte luego de un bre­vísimo crepúsculo; las tinieblas cayeron sobre el mar e inva­dieron la espesa floresta. Aquella repentina oscuridad produjo un efecto inexplicable y una profunda impresión en el ánimo de Sandokan. Tenía miedo de la noche, él, el fiero pirata que jamás había temido la muerte y que había enfrentado con co­raje desesperado el peligro de la guerra y el furor del mar. -¡Las tinieblas! -exclamó, arañando la tierra con las uñas- ¡Yo no quiero que descienda la noche! ¡Yo no quiero morir! ...

         Se comprimía la herida con ambas manos y de pronto se alzó de un salto, miró el mar, negro como si fuese de asfalto; miró la selva escrutando su sombría fronda y preso, súbita­mente, de delirio, se echó a correr como un loco, internándo­se en el bosque.

         La carrera se convirtió en vertiginosa. Completamente fue­ra de sí, Sandokan se precipitaba a un estado de locura, tro­pezando a cada paso con las salientes raíces, saltando sobre troncos caídos, cruzando charcas y torrentes... gritando, im­precando y agitando desesperadamente el kriss.

         Continuó esta desaforada carrera por quince o veinte mi­nutos adentrándose siempre, más y más, bajo los árboles, des­pertando con sus gritos los ecos de la floresta tenebrosa; luego se detuvo, anhelante, transfigurado.

         Creía ver enemigos rodeándole por todas partes; bajo los árboles, en medio de la fronda, entre las raíces que serpentea­ban en el suelo, y sus ojos descubrían hombres ocultos, mien­tras que por la selva veía una fila de fantasmas y de esquele­tos que se ocultaban tras las grandes plantas de la pradera.

         Sandokan, presa de un espantoso acceso de delirio, se re­volcaba por el suelo, se levantaba y caía, daba alaridos y ame­nazaba con el puño extendido.

         -¡Malditos! ¡Vuelvan al infierno donde deben estar! Y, Giro-Batol: ¿qué cosa deseas de mí? ¿La venganza? ¡Sí, la ten­dremos, porque el Tigre curará, regresará a Mompracem, ar­mará sus prahos y vendrá aquí a exterminar al Leopardo in­glés, a todos, hasta el último de ellos!. . .

         No tuvo noción del tiempo que corrió, gritando y maldi­ciendo; siguió internándose en la selva, atravesó una pradera al final de la cual tuvo la fugaz impresión de ver una blanca empalizada y, definitivamente agotado por aquel supremo es­fuerzo, cayó pesadamente como un muerto, anhelante, con los ojos velados por la sangre... hundió el rostro en la húmeda hierba y lanzando un último grito que se perdió en la selva, quedó totalmente inmóvil.

 

 

CAPÍTULO 6

LA PERLA DE LABUAN

 

         Cuando volvió en sí, con gran sorpresa suya, no se encontró tirado en la pradera; se hallaba en una espaciosa habitación y acostado en un cómodo lecho.

         Se incorporó un tanto en el lecho y se preguntó a sí mismo:

         -¿Dónde me encuentro? ¿Estoy vivo o muerto?

         Miró en torno suyo pero no vio a nadie que le pudiese sacar de aquella duda. Se puso a observar detenidamente la estancia: era amplia, elegante, iluminada por dos grandes ven­tanales al través de los cuales se divisaban altos árboles.

         En un ángulo vio un piano, sobre el que estaban abiertas algunas partituras musicales; en el opuesto había un caballete con una tela que representaba una marina, a medio terminar; en medio de la habitación una mesa de nogal cubierta con una carpeta recamada, obra sin duda de delicadas manos femeni­nas. Cerca del lecho había una banqueta de ébano, sobre la cual, con gran alegría, Sandokan vio su fiel kriss y un libro abierto, con una flor un tanto mustia marcando la página.

         Aguzó el oído pero no percibió voz alguna, mas a la dis­tancia escuchó el dulce tañir de las cuerdas de una guitarra.

         -¿Pero dónde me encuentro? -volvió a preguntarse San­dokan-. ¿En casa de amigos o de enemigos? ¿Quién me ha vendado e indudablemente curado mi herida?

         Sus ojos volvieron a posarse sobre el libro abierto y la flor y llevado por una irresistible curiosidad, penosamente, alargó la mano y tomó el libro, ricamente encuadernado en cuero, en cuya cubierta, con letras doradas, había estampado un nombre: Mariana.

         Sandokan lo releyó varias veces y lo repitió maquinal­mente. "Mariana" ... ¿Qué significaba ese nombre?

         Volvió a leerlo y, cosa extraña, se sintió presa de una sensa­ción desconocida; una dulzura ignota invadió su corazón, aquel tremendo corazón cerrado hasta ahora a cualquier emoción.

         Hojeó con curiosidad el libro: estaba impreso en caracte­res elegantes y nítidos, pero nada alcanzó a comprender y su mirada se perdía en aquel laberinto de letras; deletreó alguna palabra y le pareció que tenía cierta fonética parecida al ha­blar de Yáñez.

         Volvió a colocar el volumen sobre la banqueta al justo tiempo que el picaporte de la puerta giró y al abrirse apare­ció la figura de un hombre que penetró lentamente, caminan­do con esa rigidez que es característica de los anglosajones.

         De elevada estatura y vigoroso, representaba unos cincuen­ta años; el rostro lo tenía orlado por una barba rubia y sus ojos eran de mirar profundo, todo lo cual evidenciaba que era un hombre acostumbrado a mandar y ser obedecido.

         -Estoy contento de veros tranquilo; pasasteis tres días presa de un delirio que no os dejaba un instante en reposo.

         -¡Tres días! -exclamó Sandokan estupefacto-. ¿Hace tres días que me encuentro aquí? Mas entonces: ¿no sueño?

         -No, no soñáis; estáis entre buenas personas que os han curado diligentemente y que harán cuanto puedan por ayuda­ros a restablecer.

         -¿Quién sois, señor?

         -Lord James Guillonk, capitán de navío de S. M. la gra­ciosa emperatriz Victoria.

         Sandokan se estremeció ligeramente y su frente se nubló pero se repuso prontamente y haciendo un esfuerzo supremo para no traicionar el odio que sentía, respondió:

         -Muchas gracias, milord, por todo cuanto habéis hecho por mí, un desconocido, que bien pudiese ser vuestro enemigo.

         -Mi deber, señor, era acogeros en mi casa estando herido. ¿Cómo os encontráis, ahora?

         -Me siendo bastante animado y no siento ningún dolor.

         -Es para mí un gran placer el saberlo, mas decidme si no es indiscreción: ¿quién os ha puesto en ese estado? No sola­mente teníais una bala alojada en el pecho sino que vuestro cuerpo está cruzado por infinidad de heridas de arma blanca. Sandokan, aunque esperaba esta pregunta, no pudo menos de transpirar intensamente ante las palabras del Lord.

         -En realidad poco sé -respondió-. Vi a muchos hombres, en plena noche, caer sobre mi barco y abordarlo, matando a mis marineros. ¿Quiénes eran? Yo no lo sé, porque al primer ataque caí al mar cubierto de heridas.

         -No lo dudéis, señor: habéis sido asaltado por los piratas del Tigre de la. Malasia.

         -¿Por los piratas?

         -Sí, de la isla de Mompracem, que durante tres días han estado merodeando en torno a esta isla, mas fueron luego destruidos por uno de nuestros cruceros. Decidme: ¿dónde os asaltaron?

         -Cerca de las islas Romades.

         -¿Y llegasteis a nuestra costa a nado?

         -Sí, agarrado a cierto despojo de mi barco que los pira­tas hundieron.     -¿Dónde me hallasteis?

         -Tirado en la pradera, presa de un tremendo delirio. ¿Ha­cia dónde os dirigíais cuando os atacaron?

         -Llevaba un regalo para el sultán de Varauni de parte de un hermano mío.

         -¿Quién es vuestro hermano?

         -El sultán de Shaja.

         -¡Entonces sois un príncipe malayo! -el Lord alargó la mano que Sandokan estrechó con cierta repulsa.

         -Sí, milord.

         -He hecho bien en haberos hospedado y tratar en lo posi­ble de ayudaros en tan difícil situación; cuando os mejoréis iremos tal vez juntos a visitar al sultán de Varauni, tiempo hace que quiero conocerle.

         -Sí, iremos...

         Un lejano rumor le cortó la palabra y le hizo aguzar el oído: desde afuera llegaba hasta él el melodioso tañer de las cuerdas de un instrumento, de una mandolina, tal vez.

         Sandokan fue presa de una viva agitación de la que en va­no trataba de hallar la causa.

         -Milord: ¿qué melodía es ésa? ¿Quién pulsa ese instru­mento?

         -¿Por qué, mi querido príncipe? -respondió el Lord.

         -A ciencia cierta no lo sé, pero me ha entrado el vivo de­seo de ver a la persona que ejecuta música tan maravillosa; se diría que me llega al corazón.

         -Esperad un instante, príncipe.

         El Lord abandonó la estancia y Sandokan, como movido por una sobrenatural energía que de pronto volviese a él, logró incorporarse en el lecho, acodándose sobre el brazo izquierdo. Una viva intranquilidad le dominaba ahora con mayor violen­cia; el corazón le latía desordenadamente y parecía querer saltársele del pecho.

         -¿Qué malestar me embarga? ¿Vuelve la fiebre y el deli­rio a apoderarse de mí? -se preguntaba el Tigre.

         El Lord volvió a penetrar en la habitación, pero no solo: tras suyo caminaba, rozando el piso apenas, una hermosa cria­tura a cuya vista Sandokan no pudo retener una exclamación de sorpresa y admiración. Era una jovencita de dieciséis o die­cisiete años, de estatura más bien pequeña pero de una ele­gancia singular y de líneas maravillosamente modeladas.

         Tenía una admirable cabecita; ojos azules como el agua del mar bajo una frente de incomparable pureza. Una cabellera rubia le caía en pintoresco desorden, como una lluvia de oro, sobre el blanco escote.

         Ante la presencia de aquella niña, que pese a su edad tenía el aplomo de una mujer, Sandokan se sintió conmovido hasta la fibra más íntima de su ser; aquel fiero hombre, aquel pi­rata sanguinario, que llevaba el terrible nombre de Tigre de la Malasia, por primera vez en su vida se sentía fascinado por aquella criatura gentil, delicada flor criada en las florestas de Labuan.

         -Y bien, mi querido príncipe; ¿qué me tenéis que decir de esta preciosa niña?

         Sandokan nada respondió; inmóvil como una estatua, mi­raba a la jovencita con ojos que despedían relámpagos.

         -¿Os sentís mal? -le preguntó el Lord que le observaba.

         -¡No! ... ¡No!... -respondió prontamente Sandokan.

         -Permitidme, príncipe, que os presente a mi sobrina, lady Mariana Guillonk.

         -¡Mariana Guillonk! ¡Mariana Guillonk! -repitió Sando­kan con acento sordo.

         -¿Qué encontráis de extraño en mi nombre? -preguntó ella sonriendo-. Se diría que os ha producido mucha sorpresa. Sandokan al escuchar aquella voz se sobresaltó; aquella voz era tan melodiosa que le acariciaba los oídos, acostumbra­dos siempre a la música infernal del cañón.

         -Oh, no encuentro nada de extraño, sólo que vuestro nom­bre no me resulta desconocido...

         -¡Ah! ¿Y dónde lo habéis escuchado antes? -preguntó el Lord.

         -Lo leí, hace poco, sobre la cubierta de ese libro y supuse, como en verdad ocurre, que lo 1íeva una hermosa criatura.

         -Exageráis, señor -respondió Mariana, ruborizándose; luego cambiando el tono agregó-: ¿Es verdad que los piratas os han herido gravemente?

         -Sí, es verdad... Me han vencido y herido, pero un día llegará en que me vengaré de quienes ahora me han hecho morder el polvo de la derrota -respondió con sorda voz el pirata.

         -¿Habéis sufrido mucho?

         -No, milady, y ahora menos que antes...

         -Espero que curéis pronto.

         -Nuestro príncipe es vigoroso y no dudo que lo veré en pie dentro de diez días -agregó el Lord.

         -Así lo espero yo también, milord.

         Luego de un rato de observar fijamente el bello rostro de la niña, cuyo semblante, a intervalos, se coloreaba ante la in­sistencia de aquella mirada, Sandokan en un arranque llamó.

         -¡Milady!

         -Dios mío, ¿qué os ocurre? -respondió prontamente ella.

         -Decidme: ¿lleváis acaso otro nombre más suave que el de Mariana Guillonk?

         -No os entiendo, príncipe, ¿qué otro nombre podría tener?

         -¡Sí, sí! -afirmó Sandokan con mayor convicción-. ¡Ciertamente sois la criatura a quien todos los habitantes de la isla llaman la Perla de Labuan!

         En el rostro del Lord se adivinó un gestó de sorpresa y en su frente se marcó una profunda arruga.

         -Amigo mío -respondió con voz grave- ¿cómo estáis en­terado de ese detalle tan lugareño cuando decís que venís de la lejana península malaya?

         -¡Ciertamente! -agregó Mariana con viva extrañeza-. ¿Cómo es posible que mi sobrenombre sea conocido hasta en vuestro país?

         -Lo he oído mencionar en Shaja -respondió Sandokan, que por poco se traiciona-, más allá de las islas Romades. Me hablaron de una jovencita de belleza incomparable, de ojos azules, de cabello rubio y perfumado como el jazmín de Bor­neo; de una criatura que cabalgaba como una experta amazo­na y que cazaba fieras con singular temeridad y denuedo; me hablaron vagamente de una mujercita que a la hora del atar­decer fascina con su canto, dulce como el del ruiseñor, a los pescadores de la costa de Labuan. ¡Ah, milady, hasta un día yo he escuchado esa voz!

         -¿Tantos méritos se me atribuyen? -preguntó milady.

         -¡Sí, y ahora comprendo que aquellos hombres que me han hablado de vos sólo han reflejado una pálida realidad! -ex­clamó Sandokan con tono apasionado.

         -Adulador...

         -Mi querida sobrina -terció el Lord-, terminarás por embrujar a nuestro príncipe.

         -De ello estoy convencido, milord; cuando deje esta casa diré a mis compatriotas que una joven lady blanca ha conquis­tado el corazón de un hombre que se creía invulnerable.

         La conversación tomó en seguida un carácter general, ha­blándose ora de la supuesta tierra de Sandokan, ora de los piratas de Mompracem o de Labuan; como se notara un mar­cado cansancio en el rostro del Tigre, el Lord y Mariana se retiraron.

         Cuando el pirata se encontró solo, se quedó largo tiempo inmóvil con la mirada fija en la puerta por donde había des­aparecido la grácil figura de aquella hermosa niña; parecía absorbido por profundo pensamiento y preso de honda emo­ción. Era que aquel agreste corazón que nunca había sentido emoción alguna por una mujer, se debatía ahora bajo los efec­tos de una terrible tempestad emocional.

         Así permaneció un espacio de tiempo que no supo calcular; de pronto, un gemido sordo nació del fondo de su pecho y un grito se le escapó de los labios.

         -¡Mariana! -exclamó en un paroxismo de impotencia y rabia-; siento que me voy a volver loco... ¡Yo le amo!

 

 

CAPÍTULO 7

CONVALECENCIA Y AMOR

 

         Mariana Guillonk, acostumbrada a aquella vida libre que llevaba en la isla, no se había detenido hasta entonces a pen­sar que era ya una mujercita y tenía un corazón sensible, pero la presencia en Labuan de aquel hombre extraño y singular cambió fundamentalmente sus sentimientos. Ella también se sentía embargada por una inexplicable turbación.

         Desde la primera conversación mantenida con Sandokan su arrogante y fiera figura no se le apartaba ni un instante de su mente y hasta en sus sueños le veía.

         Ella, que le había fascinado con sus ojos, con su voz, con su belleza, estaba a su vez, subyugada y vencida; en vano ha­bla tratado de ordenar sus pensamientos, de normalizar aquel desusado latir de su virgen corazón que resultaba algo nuevo para ella, pero en vano. Sentía siempre que una fuerza irresistible la impulsaba a acercarse a aquel hombre y sólo cerca de él la calma volvía a ella.

         Y deseaba verlo en cualquier momento y Sandokan era ine­fablemente feliz con la sola presencia de la adorable niña. Ahora no era más el Tigre de la Malasia: no ya el san­guinario pirata. Mudo, anhelante, sudoroso por momentos, sin respirar casi para no turbar el embrujo hecho canción en los labios de Mariana en una lengua para él desconocida que lo embriagaba, los momentos que pasaba junto a la niña eran en verdad de éxtasis.

         Los días volaban para él y la convalecencia se acentuaba rápidamente.

         Dos semanas más tarde, al penetrar una mañana el Lord en su habitación, encontró a Sandokan en pie, listo para salir.

         -¡Oh, mi digno amigo! -exclamó con sorpresa alegre-. ¡Qué contento estoy de veros ya en pie!

         -¡No me era posible continuar en el lecho, milord! Por otra parte, me siento ya tan fuerte como para luchar con un tigre.

         -¡Magnífico, pronto me lo demostraréis!

         -¿De qué modo?

         -He invitado a algunos buenos amigos a la caza de un ti­gre que desde los últimos tiempos se le ha visto rondar en tor­no al cerco de mi propiedad; mis esclavos han ubicado ya su guarida, de manera que mañana temprano daremos la batida.

         -¡Seré de la partida, milord!

         -Lo creo, mas decidme ahora: espero que seguiréis por un tiempo aceptando mi hospitalidad...

         -Milord, graves problemas me llaman a otra parte y en breve deberé marcharme.

         -¿Marcharos? ¡Ni pensarlo! Para los problemas graves siempre hay tiempo y os advierto que no permitiré que partáis antes de un par de meses, eso sí, si me prometéis regresar.

         Sandokan miró al Lord con ojos centelleantes. ¿Qué le im­portaba que su gente, en Mompracem, lo diesen por muerto cuando podía por tantos días vivir junto a Mariana? ¿Qué im­portaba que su fiel Yáñez lo buscara ansiosamente arriesgando su propia existencia cuando lady Guillonk comenzaba a amarle?

         En confuso tropel estos pensamientos cruzaron por su men­te ante la exigencia del Lord de que debía volver a Labuan. -Sí, milord, si marcho os prometo regresar. Acepto vues­tra hospitalidad que con tanta cordialidad me habéis ofrecido y si un día, sin olvidar esta conversación, el destino nos colocase como enemigos, frente a frente, con las armas empuñadas, no dudéis, milord, que recordaré entonces el agradecimiento que os debo.

         El inglés lo miró estupefacto,

         -¿Por qué me habláis de semejante manera?

         -Algún día lo sabréis -contestó Sandokan con voz grave.

         -No quiero indagar por ahora ese secreto; esperaré ese día -respondió el Lord al tiempo que sonriente consultaba su reloj-. Debo partir en seguida para coordinar con los amigos la cacería de mañana. Hasta luego, querido príncipe.

         Hizo ademán de irse pero se detuvo nuevamente.

         -Si queréis recorrer el parque, buscad a mi sobrina, que espero os sirva de excelente compañía.

         -Gracias, milord.

         Era lo que Sandokan deseaba: poder hallarse, aunque fuese por escasos minutos, a solas con Mariana.

         Apenas quedó solo se asomó a una ventana que daba a un parque inmenso. Vio, a la sombra de una magnolia china cua­jada de flores, a la joven lady: estaba sola y en actitud pensa­tiva con el instrumento abandonado sobre su falda.

         El Tigre permanecía inmóvil, con la mirada clavada sobre Mariana y tratando de retener hasta la respiración por temor a sobresaltarle. Un largo rato mantuvo esa actitud, pero de pronto reaccionó.

         -¿Qué estoy por hacer yo? -se preguntó roncamente-. ¿Será acaso verdad que esté enamorado de esa criatura? ¿Es que he dejado de ser el Tigre de Mompracem para dejarme atraer por una fuerza irresistible hacia la hija de una raza a la cual yo he jurado odio eterno?

         Luego decidido ya, pugnó por abandonar la ventana y re­tornar al interior de su habitación con ánimo de marcharse definitivamente de aquella casa.

         Regresó al interior de la estancia en semipenumbra y co­menzó a pasearse con los brazos cruzados y la barba hundida en el pecho.

         -¡Espera! -murmuró de pronto y volvió frente a la ven­tana-. ¿Cuál es mi destino y cuál la vida que debo elegir? Aquí, la felicidad, una vida nueva, un alegre despertar a las emociones del alma y el corazón, dulce, tranquilo... Allá, Mompracem: una vida tempestuosa, huracanes de hierro y metralla, tronar de la artillería, sangrientas carnicerías, mis tigrecillos, mis veloces prahos y mi bueno de Yáñez. ¿Cuál de estas dos vidas es la que vale más?

         El cielo comenzaba a tachonarse de brillantes estrellas y Sandokan seguía absorto, tras la abierta ventana, luchando por la suprema decisión.         Por fin pareció decidido.

         -¡No, no! -murmuró-. ¡No puedo por el amor de esta mujer abandonar el mar, mis hombres y mi odio! ¡El odio! ¿Es que podré acaso ya odiar? ¡Es necesario que me marche, ya, ahora mismo!

         Se sintió súbitamente despejado y dueño de sus energías; se asomó a la ventana y midió la altura hasta el suelo.

         -Casi cuatro metros... -murmuró-; hace apenas unos días una pantera me hubiese envidiado un salto semejante, pe­ro esta maldita herida corre el riesgo aún de sangrar si cometo una imprudencia...

         Las hojas de una esbelta palmera que crecía airosa junto al muro estaba al alcance de su mano. Se decidió.

         Volvió al interior de la habitación y se arregló el turbante, se ciñó la faja en torno a la cintura y buscó sobre el mueble donde todavía estaba, su filoso kriss malayo que colocó entre los pliegues de la faja. Escuchó un instante y al no percibir rumor alguno en la amplia casa del Lord se dirigió a la ventana a la que se encaramó con una agilidad poco común.

         Alcanzó las primeras hojas de la flexible palmera y con un salto se abalanzó y se encontró abrazado a su liso tronco y en contados segundos estuvo a su pie y sin echar una mirada hacia atrás, saltó por los setos del bien cuidado jardín y se internó bajo la sombra de los coposos árboles del parque, enfrentándo­se, a poco, con la empalizada de troncos que encerraba el pe­rímetro de la finca de Lord Guillonk.

         Se volvió a detener ante este obstáculo y nuevamente una vaga irresolución se apoderó de él.

         -¡No puedo! ¡No puedo! exclamó con desesperado acen­to-. ¡Que se-destruya Mompracem y mi imperio! ¡Que se mue­ran todos mis hombres! ¡Que se sepulte el odio en el fondo de mi pecho! ¡Mariana! ¡Mariana adorable! ¡No puedo abandonarte!

         Echó a correr como enloquecido desandando el camino, he­cho y sin ser notada su presencia se encontró nuevamente al pie de la palmera, bajo la ventana de su habitación que hacía unos instantes había abandonado con el firme propósito de no regre­sar. Se encaramó a la datilera y penetró en la estancia oscura y ahogando un supremo sollozo se arrojó sobre el lecho excla­mando:

         -¡Ah! ¡La estrella del Tigre de la Malasia está palideciendo y se está por ocultar para siempre en las sombras!

 

 

CAPÍTULO 8

LA CACERÍA DEL TIGRE

 

         Cuando con los primeros albores del día el Lord vino a llamar a la puerta de la habitación, Sandokan no había conseguido aún cerrar los ojos en busca de un reparador descanso.

         Al recordarle el Lord la cacería del tigre programada, rápi­damente se levantó del lecho sobre el que se había recostado sin desvestirse y se arregló la ropa un tanto desordenada, tan­teando su kriss en la cintura. Abrió la puerta y franqueó la entrada al tío de Mariana.       .

         -A vuestras órdenes, milord.

         -¡Magnífico! Francamente no esperaba encontraros tan pronto restablecido como para intervenir en una cacería. ¿Có­mo os halláis?

         -Tan fuerte como para derribar un árbol.

         -Bien, bien. En el parque nos esperan ya una partida de bravos cazadores que están ansiosos por salir en búsqueda del tigre que mis hombres han arrinconado hacia el lado sur del bosque.

         -Estoy listo; ¿lady Mariana vendrá con nosotros?

         -Ciertamente, así creo y lo espero.

         Sandokan se estremeció.

         -Vayamos, milord; ardo en deseos de enfrentar a la fiera. Salieron de la estancia y pasaron a un saloncillo cuyas pa­redes estaban casi cubiertas con panoplias cargadas de sables y espadas y una rica colección de armas de fuego. Allí estaba lady Mariana esperándoles, más bella que nunca. Sandokan al verle, se sintió turbado, mas se repuso al instante y se ade­lantó cortés a saludarle.

         -¿Así, milady, que también sois de la partida?

         -Sí, príncipe; me han dicho que los hombres de vuestra raza son valentísimos en semejantes cacerías y tendré el placer de verlo.

         -No dudéis: mataré al tigre con mi kriss y os obsequiaré la piel.

         -¡No! ¡No! -respondió alarmada Mariana-. Os puede acontecer una nueva desgracia.

         -Por vos, milady, me haré matar; mas no temáis: el tigre de Labuan no puede asustarme.

         El lord, en tanto, se había acercado a una de las paredes del salón de armas y tras elegir cuidadosamente una carabina se acercó con ella a Sandokan.

         -Tomad, príncipe; una bala bien puesta vale más que vues­tro kriss, por templado que él sea. Vayamos que los amigos nos aguardan.

         Descendieron al parque donde esperaba un grupo de cinco cazadores: cuatro eran colonos de la vecindad y el quinto era un elegante oficial de la marina británica.

         Al serle presentado a Sandokan, sin saber precisamente por qué, cobró por aquel jovenzuelo una mal disimulada antipatía; pese a ello le estrechó la mano con caballerosidad.

         El oficial, a su vez, miró con extrañeza la figura del pirata y luego apartándose de Sandokan, en tanto éste conversaba con Mariana, se acercó al Lord que inspeccionaba un magnífico ca­ballo y le dijo en voz baja.

         -Milord: la figura de este príncipe malayo no me es desco­nocida; tengo la certeza de haberle visto en alguna parte.

         -¿Dónde, baronet William?

         -No lo recuerdo bien pero sé que estoy en lo cierto.

         -¡Bah! Tal vez os engañáis, amigo mío.

         -Luego lo veremos, milord.

         -¡Vamos amigos: a caballo que todo está listo! Tened cui­dado, que el tigre es grande y de fuertes garras y colmillos.

         -Lo mataré con una sola bala y ofreceré la piel a lady Mariana -aseguró el baronet William.

         -Espero matar a la fiera antes que vos, señor -le contes­tó Sandokan.

         -Eso se llama rivalidad deportiva -agregó sonriente el Lord-; a caballo todos y en marcha.

         Todos montaron los animales que alcanzaron algunos sir­vientes, en tanto Mariana se convertía en gentil amazona en un hermoso poney de la albura del armiño.

         A una señal del Lord todos emprendieron la cabalgata, sa­liendo a poco del parque e internándose en la selva de la isla, precedidos por los batidores que llevaban consigo, grandes peana.

         Ya en el linde del bosque el grupo se dividió y Sandokan, que montaba un brioso animal, comenzó a internarse solo por un Sendero de la floresta que empero permitía galo­par o su animal.

         -¡Corre! ¡Corre! -le azuzaba Sandokan espoleándole-. Debo demostrar a ese Impertinente oficialillo de lo que soy capaz. No será él quien ofrezca la piel del tigre a milady.

         En ese momento el sonar de una trompa de caza se escuchó en medio del bosque.

         -¡Han descubierto al tigre..., corre! -apuró Sandokan. Como un relámpago atravesó un abierto trozo del bosque y se encontró con media docena de -batidores que huían a la des­bandada.

         -¿Hacia. dónde escapáis?

         -¡El tigre, señor! -y siguieron. huyendo.

         -¿Dónde?

         -Cerca del estanque.

         Sandokan detuvo la cabalgadura y descendió de la silla atando el caballo a un tronco de árbol; se colocó el kriss entre los dientes y empuñando la carabina comenzó a avanzar caute­losamente hacia el lugar indicado por los fugitivos batidores de la selva.

         En el aire percibía ya el fuerte olor selvático del tigre, tufo característica de los felinos que perdura aún luego de un rato de haber pasado una fiera.

Miró hacia las ramas de los árboles en las cuales podía estar emboscada la alimaña, lista para saltar, y siguió con precaución la ribera de un gran estanque natural producido por las aguas de las fuertes lluvias y cuya superficie se notaba aún agitada.

         El tigre ha pasado por aquí -murmuró-; se ha inter­nado en la margen del estanque para que los perros pierdan su rastro.

         Pero Sandokan era un tigre más astuto. Regresó al lugar donde dejara atado el caballo y se dispuso a proseguir remon­tando la orilla del bañado a caballo, cuando escuchó muy cerca un disparo seguido por la exclamación de una voz que le hizo estremecer.

         Dejando otra vez el caballo se dirigió rápidamente hada el lugar de dónde partiera la exclamación X en medio de una pequeña planicie vio a Mariana, junto a su poney blanco y con la carabina en la mano. De un salto estuvo a su lado.

         -¡Vos... aquí... sola!

         -¿Y vos, príncipe: cómo os encontráis aquí?

         -Siguiendo el rastro del tigre.

         -Yo también.

         -¿Sobre qué habéis hecho fuego, milady?

         -Sobre el felino, pero escapó.

         -¡Cielo! ¿Por qué arriesgáis la vida contra semejante fiera? Para impediros que con vuestro kriss cometáis la impru­dencia de apuñalarla.

         -Habéis fallado en vuestro intento, y ahora que la alimaña está aún viva, mi kriss está pronto a partirle el corazón.

         -¡No lo hagáis! Sois valeroso, lo sé; lo leo en vuestros ojos y aunque seáis muy fuerte, una lucha cuerpo a cuerpo con la fiera os podría resultar fatal.

         -¡Qué importa! Desearía que me causase heridas tan gra­ves que me postrasen por un año entero.

         -¿Y por qué? -preguntó Mariana con sorpresa.

         -Milady: ¿no sabéis que mi corazón tiembla cuando pienso que llegará el día en que deberé marcharme para siempre y no veros más? Si el tigre me malhiriese, tendría que quedarme por fuerza bajo vuestro techo gozando nuevamente de la dulce emo­ción que he estado viviendo desde que llegara herido a vuestra casa. ¡Así sería feliz, muy feliz, si otras heridas crueles me vol­viesen a convertir en prisionero forzoso vuestro, me obligasen a respirar el aire que respiráis, a escuchar vuestra dulcísima voz, a contemplar vuestro bello rostro, vuestra sonrisa! ¡Mariana! Me habéis embrujado; yo siento que lejos de vos no podría vi­vir, no hallaría paz jamás. ¿Qué habéis hecho conmigo? Mariana, ante aquella imprevista y apasionada confesión, quedó muda, estupefacta, sin retirar, empero, su blanca mane­cita que Sandokan estrechaba con frenesí contra su pecho.

         -No os enfadéis, milady -agregó el Tigre con una voz que descendía como música deliciosa hasta el corazón de la niña-. No os enojéis si os confieso mi ardiente amor, si os digo que yo, un hombre de una raza de distinto color a la vuestra, os adora como a una deidad y que un día, quizá, tal vez me amaréis. No lo sé, mas desde el primer instante en que aparecisteis ante mi, Aerdi para siempre la tranquilidad y la calma, noche y día. Escuchadme, milady: ¡tan poderoso es el amor que habéis despertado y que arde en mi pecho que por vos lucharé contra todos los hombres, contra el destino, contra la creación! ¿Que­réis ser mía? ¡Yo os convertiré en la reina de estos mares, en la reina de la Malasia! A una palabra vuestra, trescientos hombres, más feroces que tigres, que no temen a nada ni a nadie, surgirán e invadirán los Estados de Borneo para daros un trono. Pedid cuanto la ambición humana puede desear y lo tendréis. Tengo tanto oro como para compraron diez ciuda­des; dispongo de hombres, barcos y cañones y de una poten­cia que no podréis soñarla.

         -Dios mío, ¿quién sois vos? -respondió con cierto espanto Mariana, atolondrada por aquel torbellino de promesas y sub­yugada por la mirada de aquellos ojos que despedían destellos.

         -¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo? -respondía con incohe­rencia Sandokan al tiempo que su frente se nublaba.

         Se acercó ahora a Mariana y mirándole fijamente en sus azules ojos, agregó con voz opaca.

         -Sólo cosas tenebrosas veríais en torno mío y es mejor que no sepáis lo que ello significa, mas sabed, milady, que yo llevo. un nombre que aterroriza a todos los pueblos de estos mares, hace temblar al sultán de Borneo y preocupa hondamente a los ingleses de esta isla.

         -¿Y decís que me amáis, vos que sois tan poderoso?

         -Tanto que por vuestro amor no hay cosa que no hiciese; ponedme a prueba: ordenádmelo y viviré como un esclavo, sin un lamento, sin un suspiro de queja. ¿Queréis que me convierta en rey para daros un trono? ¡Lo seré! ¿Queréis que yo, que os amo con locura, vuelva a la tierra de la cual he venido? ¡Yo retornaré martirizando mi corazón para siempre! ¡Exigidme que me mate aquí mismo, a vuestros pies, y obediente lo haré sin vacilar! ¡Hablad por favor, milady!

         -Amadme, entonces, príncipe... -murmuró ella. Sandokan, presa de una loca y súbita alegría, lanzó un gri­to; casi simultáneamente sonaron varios disparos.

         -¡El tigre! -exclamó Mariana.

         -¡Es mío! -tronó Sandokan.

         De un salto montó su caballo y partió como una exhalación hacia el lugar del bosque donde resonaron los disparos, segui­do de Mariana que se sentía subyugada por la temeridad de aquel hombre.

         Trescientos metros adelante estaba el Lord, el baronet Wi­lliam y el resto de los cazadores. El oficial de marina, a pie avanzaba con la carabina lista para disparar.

         Sandokan se arrojó de su montura y empuñó el kriss y con un gesto terrible le gritó al baronet.

         -¡Señor: el tigre es mío!

         Y se metió audazmente en la floresta, agachándose bajo. las ramas de los árboles, con la pupila vigilante y la mano aferra­da al puñal malayo. El baronet, imprudentemente, se había ade­lantado por el otro flanco y al descubrir al tigre agazapado al pie de un gran tamarindo, apuntó rápidamente y disparó.

         No se había disipado el humo de la pólvora cuando se vio al enorme felino, con las fauces abiertas, describir un gran salto en el aire y caer sobre el imprudente y desprevenido oficial, haciéndole rodar por tierra al impacto de un zarpazo que pudo seccionarle el cuello.

         Sandokan emuló a la fiera en el salto que dio.

         -«Venid a mí, que también soy un tigre! -le gritó desa­fiar te a la bestia.

El :tigre, que se disponía a inmolar al baronet, ante la pre­sencia de aquel hombre audaz que le desafiaba con una mirada que dominaba a la propia, se mantuvo indeciso un instante, suficiente para que Sandokan, con el puñal en la mano, se precipitase sobre él y, rápido como el pensamiento, hundió la cente­llante hoja de su kriss en el corazón de la fiera, que cayó en el suelo como fulminada por un rayo.

         Un "¡hurra!" fragoroso saludó la proeza de Sandokan que estaba ileso y ayudaba a ponerse en pie al maltrecho, baronet; el pirata se volvió ahora a Mariana, que estaba paralizada por el' terror y la angustia y con un gesto digno de un rey, seña­lando la pieza muerta le dijo:

         -MiIady: la piel del tigre es vuestra.

 

 

CAPITULO 9

LA TRAICIÓN

 

         La comida ofrecida por Lord Guillonk a los invitados a la cacería fue una de las más espléndidas y más alegres de las servidas hasta entonces en la villa.

         La cocina inglesa estaba representada por enormes beel­teaks y colosales puddings y la malaya por delicado g ~,de faisán, ostras gigantescas de Singapur y corazón de batan dulces y apetitosos como los palmitos. A estos platos se sumó una gran variedad de frutas de la isla, convenientemente rociado todo ello con distintos vinos y bebidas espirituosas. Mientras se servía el té la conversación se generalizó y se tornó animadísima, hablándose de tigres, cacerías, piratas, naves, de Inglaterra y de la Malasia. Solamente el oficial de marina se mantenía en silencio y parecía ocupado en observar a Sandokan, no apartando sus ojos ni un instante del Tigre de la Malasia. Al cabo de un rato se decidió a interrumpir a Sandokan que estaba hablando de la piratería en esos mares.

         -Excusadme, príncipe: ¿hace mucho tiempo que habéis llegado a Labuan?

         -Me encuentro aquí desde hace veinte días.

         -¿Cómo no ha sido vista vuestra nave en Victoria?

         -Porque los piratas me despojaron de mis dos prahos.

         -¡Los piratas! ¿Habéis sido atacados por los piratas? ¿Dónde?

         -En las cercanías de las Romades.

         -¿Cuándo?

         -Pocas horas antes de mi arribo a estas costas.

         -Estoy confundido, príncipe, pues nuestro crucero a esas horas navegaba en aquel paraje y ningún tiro de cañón escu­chamos...

         -Sería que el viento soplaba del levante... -agregó San­dokan, que comenzaba a mantenerse en guardia, no sabiendo dónde pensaba terminar con su interrogatorio el oficialillo. -¿Cómo pudisteis llegar aquí? -A nado.

         -Es extraño...

         -Señor: ¿dudaréis de mi palabra? -le enrostró Sandokan.

                   -¡Dios me guarde, príncipe! -respondió el baronet con cierta inflexión irónica en la voz.

         -¡Oh! ¡Oh! -intervino Lord James-. Baronet William: os ruego no provocar una disputa en mi casa.

         -Perdonadme, milord; no ha sido ésa mi intención. -No se hable entonces más y hagamos un último brindis antes de que os marchéis. Ha cerrado la noche y la floresta es peligrosa cuando las sombras descienden sobre ella.

         Se llenaron las copas y se volvió a brindar alegremente y en seguida los invitados se pusieron en pie para marcharse. Ya en la escalinata del parque, el Lord, Mariana y Sandokan les despidieron.

         -Señores -dijo Lord James-; espero que me volváis a visitar pronto.

         -Estad seguro de ello, milord.

         -Y espero que no os faltará ocasión para ser más afortuna­do, baronet William -agregó el dueño de casa.

         -Fue un tiro desviado, simplemente... -respondió morti­ficado el oficial, al tiempo que clavaba en Sandokan una mi­rada oblicua y cargada de odio-. ¿Podéis permitirme una pa­labra, milord?

         -Dos, hijo mío.

         El baronet se acercó al Lord y le apartó un tanto del grupo de personas murmurándole casi al oído.

         -Está bien -fue la respuesta audible de Lord James-; y ahora os deseo buenas noches, amigos.

         Todos montaron y se alejaron al galope cruzando el parque. Sandokan, luego de saludar al Lord que parecía ahora presa de un visible mal humor y de apretar apasionado la delicada manita de Mariana, se retiró a su habitación.

         Lejos de acostarse para descansar comenzó a pasearse por la estancia con aire de preocupación. Una vaga inquietud le em­bargaba e instintivamente su mano apretaba la empuñadura del kriss.

         Pensaba sin duda que aquel interrogatorio del oficial naval podía responder a un plan y a una celada hábil. ¿Quién era aquel baronet y qué motivos había tenido para interpelarle como lo había hecho? ¿Le habría visto tal vez sobre el puente del crucero aquella tremenda noche de sangre? ¿Le habría re­conocido el oficial o sería una simple sospecha? ¿Se tramaba algo en aquel momento contra él?

         -¡Bah! -se dijo finalmente Sandokan-; si se trama al­guna traición yo sabré desbaratarla; soy el hombre más temi­do por los ingleses. Ahora a descansar; mañana veremos qué debo hacer.

         Sin desvestirse se arrojó sobre el lecho colocando antes el kriss al alcance de su mano y con el dulce nombre de Mariana en los labios se adormeció.

Cuando despertó el sol estaba ya alto y una vivísima clari­dad entraba por la abierta ventana; bajó al parque y a un sir­viente que vio le preguntó por el Lord, respondiéndole éste que su amo, muy temprano, había salido a caballo rumbo a Victoria. Aquella novedad inesperada le sobresaltó.

         -¡Partió! -murmuró-. ¿Ha partido y nada me dijo anoche? ¿Qué motivo habrá tenido? ¿Estará en la conjura que se trama contra mí? ¿Será ahora amigo o enemigo? ¡Cuánto me dolería tener que enfrentarme al hombre que tanto me ha ayu­dado! Es necesario que hable con Mariana para saber qué ocurre

         Recorrió el parque con la esperanza de hallaría, mas no vio a nadie; sin quererlo se dirigió a la magnolia bajo la cual. acos­tumbraba a descansar la mujer de sus sueños. Se sentó a su pie y comenzó a rememorar las circunstancias de aquella loca pa­sión; despertada en su pecho por aquella niña adorable.

         ¡Qué adorable eres, Mariana! ¡Y yo que pensaba huir de ti sin saber que me amabas!

         Continuó su caminata circular, con la frente baja y los bra­zos cruzados. a la espalda, cuando un ruido le sacó de su ensimismamiento. Se volvió y vio a Mariana que llegaba por un sendero del parque acompañada de dos indígenas armados has­ta los dientes. Sandokan corrió a su encuentro.

         -¡Milady!

         -Mi pobre amigo, estáis en un aprieto..., -le dijo ella en voz baja y le hizo una señal de inteligencia para que no habla­se, en tanto le conducía hacia un ángulo del parque.

         Los indígenas se pararon a varios pasos de distancia :con las carabinas apuntadas.

         -Sentaos -le pidió Mariana que estaba aterrorizada-. Anoche lo escuché todo: habéis dejado escapar de vuestros la­bios imprudentes palabras que han alarmado a mi tío. Decidme: si la mujer a la que habéis jurado amor os pidiese una confe­sión, ¿se la haríais?

         Sandokan, que mientras Mariana hablaba se había acer­cado, al escuchar aquellas palabras se retiró bruscamente y su rostro pareció demudarse ante la pregunta.

         -Milady: por vos todo me será posible, ¡todo! Hablad, y si debo haceros una revelación, os juro que la haré.

         -No me engañéis, príncipe -dijo ella con voz sofocada-. Quienquiera que vos seáis, el amor que habéis despertado en mi corazón no morirá jamás. Rey o bandido, lo mismo habré de queseros.

         Un profundo suspiro se escapó del pecho del pirata.

         -¿Mi nombre? ¿Mi verdadero nombre?

         -¡Sí, vuestro nombre ... tu nombre!

Sandokan se volvió a pasar la mano por la frente cubierta de sudor, mientras las venas del cuello se distendían prodigio­samente.

         -Oyeme, Mariana: Hay un hombre que impera en estos mares que bañan las costas de las islas de la Malasia, un hombre que es el terror y el flagelo de los navegantes, que temblar a los pueblos y cuyo nombre resuena como un símbolo de` maldición y muerte. ¿Has oído hablar de Sandokan, a quien llaman el Tigre de la Malasia? Mírame a la cara: ¡El Tigre soy yo!

         La niña lanzó involuntariamente un grito de horror e ins­tintivamente se cubrió el rostro con las manos.

         -¡Mariana! -exclamó el pirata cayendo de rodillas ante ella-. ¡No me repudies por ello, no te espantes así! Fue la fata­lidad que me impuso este sanguinario sobrenombre. Los hom­bres de tu raza fueron inexorables conmigo, que no les había hecho daño alguno; ellos me quitaron un trono y me arrojaron al fango; me desposeyeron de mi imperio, asesinaron. a los míos y me acorralaron en una de las islas de mi vasto imperio. No soy pirata por ambición de riquezas, soy un justiciero, el ven­gador de mi familia y de mi pueblo. Créeme Mariana y si tienes alguna duda y deseas no verme más, me alejaré para siempre de esta isla.

         -No, Sandokan, no te rechazo porque te amo mucho, por­que. te sé valiente, poderoso, y tremendo como el huracán.

         -¿Entonces me amas, Mariana mía? ¡Dímelo! ¡Que lo vuel­va a oir en tus dulces labios?

         -Sí; te amo, Sandokan, ahora más que nunca. El pirata la abrazó contra su pecho.

         -¡Mía! ¡Tú serás mía,, Mariana! Dime: ¿qué quieres que realice en tu homenaje? Te repito lo que ayer te ofrecí: ¡un imperio, tesoros fabulosos, renegar de mis hombres, de mi ven­ganza, de todo! ¡Habla! ¡Pídeme! ¡Exígeme!

         -¡Mi valiente! No quiero otra cosa que la felicidad a tu lado. Llévame lejos, a una isla desierta donde no estemos más que nosotros dos y donde nos podamos amar apasionadamente. Hazme tu esposa.

         -Si tú lo deseas te llevaré a una isla lejana, cubierta de bosques y de flores y donde no escucharás hablar de Labuan ni yo de Mompracem; a una isla encantada en medio del océano donde realmente seremos felices. ¿Lo quieres, Mariana?

         -Sí, lo quiero. Ahora escúchame: un grave peligro te ame­naza; una traición se está tramando en estos momentos contra ti.

         -Lo presiento, pero no temo.

         Es menester que me obedezcas, Sandokan.

         -¿Qué debo hacer?

         -Partir; partir inmediatamente.

         -¿Partir? ¿Huir? ¡Yo no tengo miedo!

         -Sandokan: huye mientras haya tiempo. Tengo un funesto presentimiento, temo te ocurra una desgracia. Mi tío ha par­tido, evidentemente en combinación con el baronet William Rosenthal, el cual te ha reconocido. Escúchame, Sandokan: ¡Márchate, regresa a tu isla y ponte a salvo!

         En vez de contestar, Sandokan tomó a Mariana entre sus brazos y la levantó en vilo.

         Un instante después salió del quiosco y como una fiera atra­vesó el parque a la carrera. Mariana temblaba en sus robustos brazos y a poco, reaccionando, la puso en pie y juntos, sin decir nada, retornaron despaciosamente hacia la casa. Los isleños, cual guardia de corps, seguían a la pareja.

         Penetraron en el saloncito y Mariana comenzó a sollozar; Sandokan la abrazó con ternura.

         -¿Por qué lloras, criatura? ¿Porque yo soy el Tigre de la Malasia, el hombre execrado de tu raza?

         -¡No, Sandokan! Tengo miedo; una desgracia va a acon­tecer... ¡Huye antes que sea demasiado tarde! Mi tío no ha regresado y fácilmente puedes escapar ahora.

         -No temo a nada ni a nadie, Mariana, yo...

         El galopar de un caballo sobre las piedras del camino prin­cipal del parque le cortó la palabra.

         -¡Mi tío! ¡Escapa, huye, Sandokan!

         En aquel momento penetraba el Lord en el salón. No era ya el hombre del día anterior: tenía un aire grave y preocupado y vestía ahora el uniforme de capitán de la armada británica.

         Con un gesto desdeñoso rehuyó el cordial saludo que le hi­ciera Sandokan y con frío acento le dijo, rechazando su mano: -Si yo fuese un hombre de vuestra especie, en vez de acep­tar la hospitalidad de un enemigo, me hubiese dejado de­vorar por las fieras de la floresta. ¡No puedo estrechar la mano que me alarga un pirata, un asesino!

         -¡Señor! -contestó Sandokan-. ¡No soy un asesino sino un justiciero!

         -No pronunciéis una sola palabra más en mi casa: ;mar­chaos!

         -Está bien.

         Lanzó una larga y dulce mirada sobre Mariana que estaba caída sobre un diván, ahogada por el llanto y tuvo por momen­tos la intención de arrojarse a los pies de ella, mas se contuvo y se irguió con terrible expresión; a paso lento comenzó a ca­minar demandando la entrada con la mano puesta sobre la em­puñadura del kriss.

         Al llegar a la portada principal de la casa que enfrentaba al amplio parque, su mano en un rápido ademán, sacó a relucir la brillante hoja de su kriss.

Ante él, a sólo cien pasos de distancia, se extendía una línea de soldados, armas en mano, dispuestos a hacer fuego.

 

 

CAPÍTULO 10

A LA CAZA DEL PIRATA

 

         En otra oportunidad, Sandokan, aunque estuviese inerme y frente a un enemigo cincuenta veces superior, no hubiese tre­pidado un solo instante en lanzarse a la punta de su bayoneta para abrirse camino a cualquier costo; mas ahora que amaba y sabía que era amado, no estaba dispuesto a cometer semejante locura que a él podía costarle la vida y a ella tantas lágrimas.

         Necesitaba todavía abrirse camino para ganar la floresta y de allí, buscar en el mar su única salvación. A simple vista comprendió que aquello, por el momento, era imposible.

         -Regresemos... luego veremos -se dijo.

         Subió la gradería de la entrada sin ser visto por los solda­dos y penetró nuevamente en el saloncito empuñando el kriss. El Lord no se había movido de su lugar, con los brazos cruza­dos y la barba hundida en el pecho. Mariana, en el diván, se conmovía con ahogados sollozos.

         -Señor -le dijo Sandokan acercándosele- si yo os hubie­se hospedado, si yo me hubiese llamado vuestro amigo y luego descubierto que no lo podía ser, os hubiese indicado la puerta pero no os habría tendido una vil trampa. Abajo, frente a la entrada por la cual debo abandonar esta casa, un centenar de soldados están prontos a fusilarme; hacedlos retirar.

         -¿El tan invencible Tigre tiene acaso miedo? -respondió el Lord con cierta ironía.

         -¿Miedo yo? No es verdad, milord, mas aquí no se trata de combatir sino de asesinar fríamente a un hombre inerme. -Ello no me remuerde. Retiráos, no deshonréis más mi casa.

         -No me amenacéis, milord, porque el Tigre será capaz de morder la mano que le ha curado.

         -¡Retiraos, os digo!

         -Haced primeramente que se retire la tropa.

         -¡Entonces, nosotros dos, Tigre de la Malasia! -rugió el Lord al tiempo que desenvainaba su espada y cerraba la puerta.

         -¡Lo suponía! Me habéis hecho cercar para asesinarme a traición; abridme paso, milord, o me veré obligado a arrojar­me. contra vos.

         El Lord, en vez de obedecer, corrió a la pared y descolgan­do un    cuerno de caza, lanzó una nota aguda.

         -¡Ah, traidor!-le gritó Sandokan.

         - Os aseguro que ya era tiempo- de que cayéseis en nuestras manos, dentro de pocos minutos llegarán los soldados . y antes de veinticuatro horas seréis ahorcado.

         Sandokan emitió . un. sordo ruido. Con un salto de felino se apoderó de una pesada silla y enarbolándola se subió sobre la mesa que estaba en medio del salón.

         En aquel  momento se escuchó resonar de .pasos en  el corredor y Mariana, levantándose del diván, imploró a su amado. -¡Huye,  Sandokan!

         -¡Sangre! ¡Veo sangre! -gritó el pirata.

         Levantó la silla y la descargó con fuerza irresistible. contra el Lord, que, golpeado en pleno pecho, cayó pesadamente , al suelo. Rápido como un relámpago, Sandokan saltó sobre el con el kriss alzado.

¡Déjame, asesino! -bramó el Lord.

         -No os puedo matar. Recordad mis palabras de hace poco, pero es fuerza que os rindáis si queréis salvar la vida. Rápidamente y con una destreza extraordinaria, Sandokan le . colocó de espaldas en el suelo y con su propia faja le ató fuertemente brazos y piernas. Luego tomó su espada y abrien­do la puerta se lanzó al corredor ordenando a Mariana. -¡Sígueme, Mariana!

         Mariana le tomó fuertemente de un brazo y le detuvo, lue­go señalando su propia habitación, le pidió llorando.

         -No cometas una imprudencia, amado mío; acabo de ver a los soldados dentro de la casa... ¡Dios mío! ¡Estáis perdido!

         -¡Nunca: haré huir a los soldados; ahora lo verás!

         La tomó de un brazo y la acercó a la ventana iluminada por la luz de la luna; la miró fijamente a los ojos y le pregun­tó vehemente.

         -Mariana:  júrame que serás mía, que serás mi esposa!

         -¡Te lo juro, Sandokan!

         -¿Me esperarás?

         -¡Te esperaré; te lo prometo!

         -Está bien; las circunstancias me obligan a huir. para salvarme, pero, dentro de una semana o dos, regresaré  aquí a buscarte,  a la cabeza de mis valientes tigrecillos. Y ahora ,' ¡a vosotros,  perros! Yo me bato por la Perla de Labuan ..

         Abrió una ventana y se descolgó por el frente del edificio  cayendo en medio de una tupida mata de plantas que le ocultaron por completo. En tanto, los soldados, unos. ochenta hombres al mando de un capitán, habían circundado totalmente  ' parque y avanzaban cautelosamente sobre el edificio      ' Sandokan permaneció emboscado en el macizo de plantas, con la espada en la diestra y el kriss en la siniestra, dispuesto  a dar un salto de tigre; no se movía casi espiando al enemigo. : No apartaba los ojos, naturalmente, de la ventana donde su- ponía hallar la figura de Mariana, la cual seguiría aterrorizada las :alternativas de aquella lucha desproporcionada.. Los soldados  llegaron pronto cerca del palacete del Lord  y algunos se . encontraban ya a pocos pasos del lugar en que se hallaba ocul­to el pirata.

         -¡Adelante con cautela! -ordenó en voz baja un sargento-. Esperaremos la señal para entrar al asalto de la casa.

         - ¿No teméis que el pirata se halla emboscado, sargento?

         -Lo que temo es que pueda haber matado a los moradores de la casa; no se oye rumor alguno.

         -.¿Sería capaz de semejante cosa?

         -Es un bandido capaz de todo. ¡Cómo me alegrará el verlo bailar en la punta de una soga, con un dogal de un retro? Sandokan, que no perdía una sola palabra, emitió un sordo gruñido y clavó en el sargento sus ojos inyectados en sangre.

         -Espera un momento -murmuró para sí-; el primera en caer serás tú.

En ese momento se volvió a escuchar el sonido del cuerno del Lord dentro del palacete.

         -¿Será la señal convenida? -se preguntó el Tigre.

         -¡Adelante! -ordenó el sargento-. El pirata está adentro. Los soldados avanzaron lentamente, con la vista inquieta y las caras temerosas. Sandokan midió con la vista la distancia y dando un salto de leopardo, cayó sobre el enemigo más cercano... Abrir el cráneo de un tremendo tajo al sargento y hundir el puñal en el pecho del soldado vecino, fue cosa de un instante. Los demás soldados, aterrados por tanta audacia y por la muerte del sargento y su compañero, no pensaron en otra cosa que darse a la fuga. Aquella breve indecisión de la tropa bastó a Sandokan para romper el cerco de bayonetas, superarlo con otro salto y escapar en medio de la umbrosa arboleda del parque. Gritos de furor y descarga inútil de fusilería es cuanto oyó el pirata a sus espaldas en momentos que ganaba la espesura del bosque, luego de llegar a la descuidada tapia del parque y escalarla en contados minutos. Los soldados se desparramaron dentro del parque en una infructuosa búsqueda, pero ya era tarde: verdaderamente por milagro el pirata se les acababa de escurrir de entre las manos.

         Allí, en la selva, podría actuar astutamente; ya no temía nada; todo lo superaría, estaba momentáneamente libre y ase­guraría a todo trance esa libertad; por otra parte aún escucha­ba en sus oídos la dulce voz de Mariana que le imploraba: -" ¡Huye... yo te amo!"

         A medida que se iba internando en el bosque, los gritos de los soldados y su inútil granizada de balas se iba perdiendo poco a poco en sus oídos; finalmente se apagaron totalmente.

         Sandokan se detuvo un instante al pie de un gran árbol para orientarse sobre el camino que debía seguir. La noche es­taba clara por efecto de la luna que brillaba en el cielo, y que se filtraba en el bosque:

         -Recapitulemos -se dijo Sandokan tratando de orientar­se por medio de las estrellas-; a la espalda tengo los ingleses, que es el norte; a la derecha está el levante y a mi izquierda el oriente: en consecuencia debo seguir el ciclo de la luna que me conducirá al sur, donde está el mar. ¡En marcha, pues y ojo avizor!

         Reunió todas sus energías y sus fuerzas y se lanzó por un sendero del bosque, camino evidentemente marcado por algu­nos isleños pescadores y que no había duda alguna conducía a la costa; avanzaba rápido aunque con precaución, deteniéndose cada cien pasos para escuchar si alguien le seguía o si existía peligro en la selva por la intranquilidad de sus alados habi­tantes. Caminó así por espacio de tres horas; la luna comenza­ba a palidecer y los primeros resplandores del alba se iban marcando en la pureza del cielo.

         Se sentó a descansar un rato al pie de un tilo gigantesco; tenía la cara cubierta de sudor y se encontraba algo fatigado. No habrían transcurrido unos minutos, cuando un leve rumor en la vecindad de la selva le hizo prestar atención, rumor leví­simo que hubiese pasado inadvertido para un oído menos agu­zado que el del pirata. Auscultó la fronda con su penetrante mirada y contuvo la respiración para mejor captar cualquier movimiento extraño que se delatase por el ruido. No dudó: había escuchado voces humanas.

         Alistó la espada que había arrebatado al Lord y se dispuso a defenderse si era atacado.

         Las voces se hicieron ahora perfectamente audibles. Eran dos soldados ingleses, que agachados, venían por el sendero que acababa de recorrer Sandokan.

         Uno de ellos, con voz bastante trémula, dijo a su compañero:

         -¿Sabes una cosa, John? Me siento bastante acobardado esta noche; la búsqueda que estamos haciendo de ese hombre me pone la piel de gallina...

         -En verdad, James -respondió el otro-, que yo tampoco me siento muy seguro; el Tigre de la Malasia aseguran que es un hombre terrible; es capaz de lanzarse desde lo alto de un árbol, y despanzurrar a una docena de hombres...

         -¡Ése no era un hombre, John! ¡Era una fiera y no quisie­ra enfrentarme con él pese a las cincuenta libras esterlinas que ofrece de premio por su cabeza el baronet Rosenthal!

         -¿Qué hacemos? ¿Seguimos o esperamos al sargento Willis?

         -Prefiero seguir adelante y esperarle en la costa de la isla.

         -¡Entonces, andando! Ojalá no nos toque la mala suerte de encontrarnos con ese maldito pirata.

         Cuando el rumor de los hombres se hubo apagado, Sando­kan salió de su escondite y tomando un sendero sesgado, se in­ternó nuevamente en la selva, y en momentos en que rodeaba el grueso tronco de un árbol una voz a sus espaldas, imperiosa y amenazadora, le gritó.

         -¡Si dais un paso, si hacéis un movimiento, os mato como a un perro!

 

 

CAPÍTULO 11

EL ESPECTRO DE GIRO-BATOL

 

         Sandokan, sin inmutarse. y a riesgo de su vida. giró lentamen­te empuñando la espada. pronto a atacar propios medios y huir para delatarle antes de que se alejase convenientemente de ese lugar.

         -¡Adiós Willis y buena suerte! -Adiós, señor.

         El Tigre se internó en la selva y tomó hacia el lado del le­vante, ya que los ingleses le buscaban por la parte occidental de la isla.

         Marchaba ahora con el pensamiento fijo en Mompracem, en Yáñez y en sus tigrecillos, cuando un imprevisto grito le hizo reaccionar, llevando instintivamente la mano a la empu­ñadura del kriss.

         -¡Eh, camarada! -le gritó el soldado que encontrara en la noche y que respondía al nombre de John.

         Sandokan se repuso y en un inglés con marcado acento malayo, muy de acuerdo a su calidad de falso spais, contestó:

         -¿Qué hacéis vosotros aquí? ¿Vuestra misión es acaso es­tar charlando y fumando?

         Los soldados reconocieron el uniforme de sargento y adop­taron un tono más respetuoso.

         -Estábamos descansando un tanto, sargento -respondió James-, hemos trotado toda la noche dentro del bosque bus­cando inútilmente el rastro de ese infernal pirata.

         -¿Y qué pensáis hacer?

         -Aguardar a nuestro sargento, el camarada Willis.

         -¿Willis? Le encontré hace un par de horas...

         -¿Le habéis encontrado? ¿Qué dijo?

         -Que su misión de vigilancia para este lado de la isla ha­bía terminado y que otros soldados habían encontrado el ras­tro del pirata en dirección a la colina roja, la que está hacia el centro de la isla; me pidió que si les encontraba les ordena­ra regresar hacia la finca de Lord Guillonk. Allí han prome­tido cien libras esterlinas y el ascenso inmediato para quien capture al fugitivo.

         -¡Anoche eran cincuenta! -dijo John.

         -Pero el Lord ha resuelto doblar la oferta del baronet Ro­senthal; ¡a darse prisa y a ganarse esas cien libras, compañeros! Los soldados recogieron prestamente sus fusiles y saludan­do al falso sargento, volvieron sobre sus pasos y rápidamente se volvieron a internar en el bosque.

         Sandokan, al rato de retornar los soldados, no oyendo ru­mor alguno en la selva y comprendiendo que dentro de un par de horas sería pleno día y que nada podría hacer hasta que no fuese de noche, resolvió proporcionarse un necesario descanso; se recostó a la sombra de un gran árbol y a poco se quedó profundamente dormido.

         No tuvo noción, cuando despertó, de las horas que había dormido, pero debieron ser muchas, ya que el sol, pasada la hora del cenit, indicaba ya la media tarde. Se levantó dispues­to a reanudar la marcha hacia el mar cuando un disparo de fusil, no muy lejano, le sobresaltó, al tiempo que se sentía re­tumbar la tierra bajo los cascos de un caballo lanzado a todo galope.

         -¿Estarán los ingleses cerca? -se preguntó Sandokan. Clavó su aguda vista en la espesura, pero nada distinguió, bien que el galope del bruto se iba acercando hacia ese lugar. El pirata supuso que debía ser algún cazador de la isla, pero pronto salió de su engaño: la cacería era contra un hombre. En efecto, un instante después, un indígena o un malayo, a juzgar por el color negro-rojizo de su piel, atravesaba a gran carrera la pradera y se ocultaba rápidamente en medio de una alta y tupida mata de plantas silvestres.

         Sandokan, intrigado, se quedó observando, lista su arma en la mano. De pronto una idea le atravesó la mente. -¿Quién será ese hombre que huye? ¿Y si fuese uno de mis tigrecillos? Me parece que es un malayo…; tal vez haya desembarcado gente de Yáñez en Labuan; él no ignoraba que hacia aquí venía y al no tener noticias mías se habrá resuelto a venir a averiguar sobre la suerte que pude haber corrido... Resolvió salir de dudas y cuando se disponía a acercarse cautelosamente hacia el macizo de plantas donde se había ocul­tado el fugitivo, en la linde del bosque que allí formaba una pradera relativamente despejada, apareció un jinete y Sando­kan reconoció en él a un soldado de caballería de un regimien­to de Bengala.

         Parecía furioso y su ira la descargaba contra el pobre ca­ballo, cubierto de espuma por la violenta carrera, hundiéndole las espuelas en los ijares. Al llegar al espacio abierto se detu­vo, saltó ágilmente de la silla y ató el caballo a un bananero, luego, empuñando la carabina, comenzó a escudriñar los alre­dedores, buscando evidentemente al hombre que se acababa de emboscar.

         -¡Por todos los truenos del universo! -exclamó el benga­lés-. ¡No se lo habrá tragado la tierra. . . , estará en algún sitio escondido y no se escapará por segunda vez del tiro de mi carabina por más famoso Tigre de la Malasia que sea! Sandokan sonrió complacido al darse cuenta que el soldado creía perseguir en aquel hombre desnudo, al famoso jefe de los piratas de Mompracem; el fugitivo estaba, como él, perse­guido por un enemigo común, era necesario socorrerle.

En tanto el soldado buscaba afanosamente en opuesta di­rección donde se encontraba Sandokan y el fugitivo, el Tigre, arrastrándose casi, se fue acercando hacia el lugar donde ha­bía visto desaparecer el cuerpo del indígena; tenía el presen­timiento que debía ser uno de los hombres de Yáñez.

         Cuando llegó junto al macizo comprobó con sorpresa que no había nadie, pero un ligero rumor en lo alto de un árbol le hizo levantar la vista; el pobre fugitivo, sabiendo que no tar­daría en ser descubierto, se había encaramado a una planta trepadora.

         En ese momento alcanzó a distinguir, por fracción de un segundo, la cara del fugitivo y sin poder contenerse, lanzó un sordo grito de alegría y estupor.

         -¿Sueño o estoy viendo un espectro? ¿Será posible? Estoy seguro de haberlo reconocido: ¡Giro-Batol! ¡Mi valiente mala­yo! ¿Cómo es posible que le encuentre aquí, vivo, cuando he visto su praho hundirse con él en la cubierta, en los abismos del mar?

         Armó la carabina para estar seguro que no habría de fa­llarle y volviéndose apareció en la linde del bosque gritando:

         -¡Eh, camarada! ¿Qué buscas con tanto empeño?. ¿Has he­rido a alguna babirusa?

         El bengalés, al oír aquella voz, salió apresuradamente fue­ra de los matorrales, con la carabina apuntando, pero al ver al falso sargento no pudo reprimir un gesto de estupor.

         -¡Cómo, un sargento!

         -¿Te sorprende, camarada?

         -Algo... ; ¿de dónde vienes?

         -Del bosque. Oí un disparo de fusil y me apuré para venir aquí y saber qué pasaba... ¿Hiciste fuego contra alguna pieza?

         -Sí, ¡contra el Tigre de la Malasia!

         -¿El pirata? Todos tratamos de encontrarle pero sólo se­guimos pistas falsas; yo mismo creí haber dado con su rastro. . .

         -Yo en cambio, sargento, tuve más suerte: le descubrí en el momento, le perseguí y alcancé a hacerle fuego.

         -¿Viste al pirata? ¡Imposible!

         -Te aseguro que sí.

         -¿Y dónde se ha metido?

         -Le seguí hasta aquí; creo que debe estar emboscado. -Yo opino lo contrario: es un hombre muy ágil y debe es­tar ya muy lejos de nosotros; por otra parte es más feroz que un tigre y es capaz de mandarnos a los dos al otro mundo. -Lo sé sargento, y si no fuese por las libras esterlinas de premio que necesito ganarme, no habría osado seguirle.

         -¿Quieres un consejo?

         -Dilo.

         -Vuelve a montar a caballo y hazte una recorrida.

         -¿Por qué no vienes conmigo?

         -No, camarada. -¿Por qué, sargento?

         -Si los dos nos vamos para una misma parte, el Tigre es­capará por la opuesta; tú explora el bosque por aquel lado y yo seguiré por éste, revisando mata por mata y árbol tras árbol.

         -De acuerdo, mas con una condición.

         -¿Cuál?

         -Que cualquiera de los dos que pille al bandido, el premio será dividido en partes iguales.

         -No hay inconveniente: ¡acepto! -respondió Sandokan. El spais montó a caballo y colocando delante suyo la cara­bina cargada se dispuso a partir, pero antes recomendó.

         -Nos encontraremos en la margen opuesta del bosque. -Aunque yo demore, espérame, ¿eh?

         Cuando el jinete desapareció y el galopar de su caballo se perdió en el bosque, Sandokan se acercó al sicamoro donde estaba oculto el fugitivo y en lengua malaya ordenó.

         -¡Puedes bajar, Giro-Batol!

         No había terminado la frase, cuando descendiendo del ár­bol como un simio, el malayo cayó de pie ante su capitán.

         -¡¡Tigre de la Malasia!!

         -¿Te sorprende verme aún vivo, mi valiente Giro-Batol?

         -Capitán, creedme: jamás supuse el volver a veros; os ha­cía asesinado por esos malditos ingleses.

         -Me hirieron gravemente, es verdad, pero vedme cómo es­toy ya curado.

         -¿Y los demás tigrecillos?

         -Duermen en los negros abismos del mar; todos los va­lientes cayeron bajo los golpes del leopardo.

         -Pero nosotros les vengaremos, Tigre.

         -Sí, Giro-Batol y muy pronto. Ahora dime: ¿a qué fortuna debo el volver a encontrarte? Recuerdo que te vi caer mori­bundo.

         -Es verdad; una esquirla de metralla me golpeó en la cabeza pero no alcanzó a matarme y me desvaneció; cuando volví en mí el pobre praho, acribillado por los cañones del crucero, estaba a punto de sumergirse. Me agarré a un trozo de la arboladura que estaba cortada y traté de llegar a la costa, permaneciendo en el mar durante algunos días. Una noche, vencido por la fiebre y la sed me desvanecí y cuando recobré los sentidos estaba en la cabaña de un indígena de Labuan. -Cuéntame los detalles, Giro-Batol.

         -El buen hombre me recogió con su canoa a quince millas de la costa, me llevó consigo y me curó y alimentó; cuando estuve bien, me despedí de mi bienhechor y gané la selva. -¿Ahora, por qué fugabas?

-Estaba cerca de la costa, tratando de echar al agua una canoa que me construí, cuando me asaltó ese maldito bengalés. --¿Tienes una canoa, Giro-Batol?

         -Sí, capitán.

         -¿Pensabas regresar a Mompracem? -Esta misma noche, Tigre.

         -Nos iremos juntos, Giro Batol.

         -¿Cuándo?

         -Al caer la noche.

         -Entonces podemos ir a descansar a mi cabaña.

         -¿También tienes una cabaña?

         -Una choza en ruinas y abandonada.

         -Entonces vayamos allí en seguida.

         Emprendieron la marcha al través de la selva y ya iban a desaparecer en un alto cañaveral, a la vera de un arroyuelo, cuando se escuchó el violento galopar de un caballo.

         -¡Otra vez ese maldito! -dijo Giro-Batol.

         -Le volveré a despistar; quédate quieto, malayo. Apareció nuevamente el spais gritando.

         -¡Eh, sargento? ¿Así es como me ayudas a buscar a ese pirata?

         Sandokan se detuvo y contestó:

         -¿Para qué iba a buscarte? He vuelto a encontrar la hue­lla del fugitivo que debe escapar para el interior de la isla. Yo comienzo a temer que las libras se hayan esfumado...: por mi parte renuncio v regreso a la quinta del Lord.

         -Yo no tengo miedo, sargento; seguiré rastreando.

         -Como te guste, camarada. Yo me vuelvo...

         -¡Que el diablo te lleve, bengalés!

         -¡Feliz regreso, entonces! -dijo con burla el soldado.

         El pertinaz soldado volvió a picar espuelas y se internó nuevamente en el bosque, en dirección contraria a la que su­ponía llevaría a Sandokan de regreso a la quinta del Lord.

         -Vamos, Giro-Batol; si regresa te aseguro que lo saludo con un tiro de carabina, ya me tiene cansado con sus tonterías. Los piratas se adentraron en la selva y apresuraron el paso y a poco andar, Giro-Batol anunció al Tigre que estaban ya cerca del escondite; en efecto: en medio de un espeso monte­cillo de tamarindos, el malayo indicó a Sandokan una tosca construcción de troncos con techo de hojas de palmera.

         -Esa es nuestra cabaña, Tigre.

         -Un asilo seguro y necesario; admiro tu prudencia. -Entremos, capitán; ninguno vendrá a molestarnos.

 

 

CAPÍTULO 12

EL REGRESO A MOMPRACEM

 

         La cabaña de Giro-Batol era una miserable ruina perdida en el bosque y abandonada por algún indígena.

         Penetraron y en su interior Sandokan sólo vio en un rin­cón un camastro formado con ramas y hojas secas, en otro, un par de escudillas toscamente hechas de barro cocido y una es­pecie de tinaja grande, igualmente de barro, llena de agua. De uno de los troncos pendía un cuarto de babirusa asada.

         -Mi valiente malayo: me siento aquí tan cómodo y seguro como en mi fortaleza de Mompracem.

         -Si queréis comer, señor, allí tenéis la jugosa carne asada de una babirusa que cacé ayer y hay abundancia de ananás.

         -¡Gracias, Giro-Batol; no exijo más de lo que tienes. Comieron con excelente apetito y luego de mondar unos perfumados ananás, bebieron unos sorbos de la cantimplora del sargento Willis. Luego se extendieron sobre la hojarasca dispuestos a dormir.

         -¿Cuándo nos embarcamos, Tigre?

         -En cuanto la luna levante. Sandokan prosiguió hablando como abstraído.

         -¿Regresaremos pronto aquí, a su isla; el destino será más fuerte que mi voluntad? ¿Ya en Mompracem: podré olvidar a Mariana? ¿No basta con el riesgo corrido? ¿Será menester que deje el corazón y la vida misma en esta isla maldita?

         -¿El corazón? No entiendo.

         -Mejor así... A descansar, Giro-Batol; no pensemos en el pasado.

-Vuestras palabras me dan miedo, capitán.

         -¡Calla, Giro-Batol! -le cortó Sandokan.

         El malayo se calló y se acostó sobre el montón de hojas y a poco dormía profundamente, soñando quizá, que ya estaba de regreso en Mompracem. Sandokan, a la inversa, pese a es­tar rendido por tantas emociones no pudo cerrar los ojos. Pen­saba y se torturaba con mil preguntas a las cuales no podía hallar respuesta.

         ¿Qué le habría acaecido a Mariana luego de marcharse él? ¿Cuál sería la conducta que Lord James observaría con ella? ¿Y qué clase de acuerdo podía existir entre el tío de Mariana y el baronet William Rosenthal? ¿Sería capaz el Lord de ale­jar a su amada de Labuan?

         En tanto, el sol había comenzado a declinar y Sandokan creyó llegado el momento de ejecutar el plan de retirada de Labuan. Sacudió a Giro-Batol. El malayo se incorporó sobre­saltado.

         -Es hora de partir, Giro-Batol; el sol se está ocultando y veo desde aquí negras nubes que van avanzando sobre el sep­tentrión; es casi seguro que no asomará esta noche la luna, lo cual nos favorece. Apúrate. ¿Dónde se encuentra la canoa?

         -A diez minutos de marcha.

         -¿Cerca del mar?

         -Sí, Tigre.

         -¿Hay víveres y elementos dentro de ese bote?

         -Todo lo he previsto: media babirusa asada, frutas, agua potable, remos, y hasta un mástil y una vela que he hecho con los restos del praho y que el pescador que me recogió cargó en su embarcación.

         -Eres inigualable, malayo; partamos, entonces. Salieron de la cabaña.   La noche no podía ser más propicia para una aventura semejante, pues el cielo se cubría rápida­mente de negros nubarrones presagiando una tormenta. Orientándose el malayo entre la espesa floresta, pronto dio con la margen de un arroyuelo y emprendieron la marcha in­ternándose hacia el oeste, punto donde el cauce llegaba al mar. Giro-Batol debía tener pupilas de gato, pues caminaba en la intrincada selva como en un despejado camino a plena luz solar; sorteaba árboles caídos, espesas matas espinosas, verda­deras redes de lianas y trepadoras y todo ello sin producir rui­do alguno; Sandokan seguía sus pasos absorto en sus medita­ciones.

         No lejos se escuchaba ya el ruido del mar al romperse con­tra la costa y al percibirlo, al pirata se le contrajo el rostro dolorosamente: allí estaba la vía inconmensurable que le lle­varía nuevamente a su temible Mompracem, pero por allí tam­bién se debía alejar de su Mariana.

         El malayo apresuraba el paso y su compañero debía correr, casi, para no perderle de vista. De pronto Giro-Batol detúvose.

         -¿Qué ocurre, malayo?

         -¿No oís un fragor?

         -Lo oigo: es el mar. ¿Dónde se encuentra la boca de este arroyo? ¿Cerca de la canoa?

         -Aquí desemboca, seguidme.

         Observó atentamente el terreno que pisaba, removió unas ramas rotas y rápidamente corrió unos veinte pasos, llegando a un espeso cañaveral, cuya fronda separó.

         -Aquí tenéis la canoa, capitán.

         En efecto; meciéndose en una pequeña bahía que allí for­maba el mar, estaba una canoa, toscamente construida con un gran tronco de árbol, socavada pacientemente con golpes de machete y fuego; era amplia y podían caber en ella, cómoda­mente, seis hombres.

         El primero en saltar dentro de la canoa fue Giro-Batol que en seguida, ayudándose de una gruesa rama, a modo de bota­dor, empujó con fuerza el pesado bote hacia el mar, ayudado por Sandokan que empujaba desde la orilla y que saltó pres­tamente dentro cuando el leño estuvo libre.

         El malayo plantó dentro de una ranura el trozo de mástil que fuera de su praho y en él izó una pequeña vela de junco :ejido que en seguida imprimió marcha a la canoa; uno y otro se apoderaron de los remos, construidos pacientemente por el malayo, y la embarcación salió de la costa en demanda del mar abierto.

         Media hora más tarde los remos ya no eran necesarios, pues la brisa soplaba con cierta fuerza y la vela era suficiente para hacer navegar la rústica canoa a una respetable veloci­dad. Sandokan se acomodó en la proa y se encerró en su silen­cio habitual; Giro-Batol, en la proa, con un remo de ancha pala que había amarrado allí convenientemente a guisa de timón, guiaba la embarcación en derechura a Mompracem.

Sería cerca de la medianoche cuando el malayo, que tenía su mirada felina fija en lontananza, lanzó un grito.

         -¡Un buque de vapor!

         Sandokan no le oyó, pues no hizo gesto ni movimiento al­guno.

         -¡Una nave en nuestra ruta, Tigre!

         -¿Donde, malayo?

         -A nuestra proa; ¿no véis brillar un punto luminoso?

         El punto luminoso se agrandaba rápidamente y parecía que se iba alzando, cual una estrella sobre el horizonte. No po­día ser otra cosa que el fanal de una nave de vapor colocado en el palo trinquete. Giro-Batol comenzó a inquietarse, pues aquella luz venía directamente sobre ellos; de pronto surgie­ron otras luces al lado de la blanca: una roja y otra verde.

         -Capitán: ¿será un crucero?

         Sandokan no contestó, midió la extensión del mar y sus ojos se clavaron en los puntos luminosos. Su mano agarró el kriss.

         -¿Todavía más enemigos? -murmuró sombríamente.

         -Es lo que temo, Tigre; parece que viene sobre nosotros.

         -Es probable que nos hayan visto.

         -¿Qué hacemos, capitán?

         -Dejar que se acerquen.

         -¡Y nos capturarán!

         -¿Te olvidas que yo no soy el Tigre de la Malasia y sí un sargento colonial?

         -¿Y si os reconociese alguien?

         -Sería poco probable. Si la nave viniese de Labuan ello podría suceder, pero navega desde el mar y espero poder en­gañar a su comandante.

         Luego de observar atentamente a la nave agregó:

         -¿Vendrá de Sarawak?

         -Es probable; esperémosle.

         La cañonera había enfilado su proa en dirección a la canoa y aceleraba la marcha para alcanzarla; viéndole llegar desde la costa de Labuan suponían con fundamento a bordo del na­vío que la canoa podía haber sido arrojada al mar por un violento golpe de viento y sus tripulantes necesitaban tal vez de su socorro; igualmente podía sospecharse que fuesen pira­tas sus ocupantes.

         Sandokan ordenó a Giro-Batol que empuñase los remos e imprimiera al leño la dirección de las Romades; había trazado su plan para despistar a la gente de la cañonera inglesa.

         Media hora después la cañonera estaba a un cable de dis­tancia de la canoa; era una pequeña embarcación de baja po­pa y que montaba un solo cañón, colocado sobre una platafor­ma en la proa; llevaba, igualmente, un solo mástil y su tripu­lación no debía superar a treinta o cuarenta hombres.

         El comandante o el oficial de guardia, tal vez, había ma­niobrado de tal modo que la cañonera se había acercado a escasos metros de la canoa. Una fuerte voz gritó:

         -¡Alto u os mandaremos a pique!

Sandokan se puso en pie y en un correcto inglés respondió.

         -¿Y por qué me detenéis?

         -¡Rayos! Un sargento de spais.. . -dijo admirado él ofi­cial que les intimara-. ¿Qué diablos hacéis cruzando el mar desde Labuan?

         -Me dirijo a las Romades, señor.

         -¿A hacer qué?

         -Debo llevar una orden para el capitán del yate de Lord James Guillonk.

         -¿Se encuentra allá esa embarcación?

         -Sí, comandante.

         -¿Y habéis partido en semejante canoa?

         -No había nada mejor en Labuan.

         -Tened cuidado, sargento: he visto dos prahos malayos navegando en aquella latitud.

         -¡Ah! -exclamó Sandokan sofrenando su íntima alegría.

         -Ayer por la mañana se nos echaron encima; venían de Mompracem, pero el oportuno uso de nuestro cañón les hizo desistir.

         -Gracias, comandante; me guardaré de encontrarme con esos prahos.

         -¿Se os ofrece algo, sargento?

         -Nada, señor.

         -¡Entonces, buen viaje!

         -Gracias, señor.

         La cañonera viró rápidamente y se dirigió hacia Labuan en tanto la canoa, con la vela hinchada por el viento, retoma­ba la carrera rumbo a Mompracem.

         -¿Has oído, malayo?

         -Sí, Tigre.

         -Nuestros prahos recorren el mar; no ha creído cierta mi muerte el bueno de Yáñez. ¡Qué sorpresa cuando me vea! Se volvió a sentar a popa con la mirada siempre fija en di­rección a Labuan y se encerró en su habitual mutismo.

         Al alba, sólo ciento cincuenta millas separaban a los fugi­tivos de Mompracem, distancia que podía cubrirse en sólo veinticuatro horas si el viento seguía propicio. El malayo, de una vasija de barro cocido sacó algunas provisiones que alcan­zó a Sandokan, pero éste, ni se dio cuenta de la solicitud de Giro-Batol y siguió absorto con la mirada perdida en el mar.

         -El Tigre está embrujado -murmuró-, si ello es verdad, ¡guay de los ingleses!

         El día transcurrió monótono; por la tarde el mar se encres­pó y la pesada canoa se hundía en los abismos que se abrían bajo ella, haciendo entrar bastante agua que el malayo achi­caba en seguida, pero al llegar la noche se compuso el mar y se levantó un fresco viento que impulsó al tosco leño con consi­derable velocidad, acercándole, más y más, hacia Mompracem.

         Antes de ocultarse los últimos destellos del sol, Giro-Batol, que estaba aferrado de pie al mástil, divisó en el horizonte un inconfundible punto negro.

         -¡Mompracem! -gritó presa de viva alegría.

         Sandokan abandonó su actitud retraída y se puso rápida­mente en pie en la popa.

         -¡Mompracem! -repitió irguiéndose cuan alto era.

         Se quedó contemplando aquella mancha del mar que sig­nificaba su salvaje y formidable refugio, su potencia y su grandeza en aquellos lugares del mundo que no en balde con­sideraba suyos. Sintió que en aquellos momentos retornaba a ser el terrible Tigre de la Malasia, el hombre del apodo temi­ble y legendario.

         -¡Por fin te vuelvo a ver! -murmuró. -¡Estamos salvados, Tigre! -gritó el malayo. -¿Merezco todavía ese nombre, Giro-Batol? -Sí. capitán.

         -Creí, sin embargo, no ser ya digno de ello -murmuró.

         Una hora después la canoa embicaba en una parte de la costa sobre la que caía a plomo una escala labrada en la roca misma y que conducía a lo alto de su madriguera; de un salto, Sandokan ganó el primer escalón; se volvió a Giro-Batol. -Malayo: anda y comunica a nuestros hombres que el Tigre ha regresado, pero que me dejen tranquilo y que por motivo alguno se me moleste. Quiero permanecer solo con mis pensamientos que deben ser un secreto; ¿me comprendes, Giro ­Batol?

         -Sí, capitán; quedad tranquilo que nadie osará perturba­ros y si me necesitáis para cualquier sacrificio, ya lo sabéis, Tigre: la vida de Giro-Batol os pertenece.

         -¡Gracias, malayo; ahora vete!

         La canoa se alejó para perderse en medio de la flotilla de prahos anclada en la bahía y Sandokan, lanzando un hondo y prolongado suspiro, lentamente comenzó a ascender la empi­nada cuesta de piedra y su figura se perdió en la sombra.

 

 

CAPÍTULO 13

AMOR Y EMBRIAGUEZ

 

         Y sobre la cima, Sandokan se paró sobre el borde de la roca y sus ojos se volvieron hacia donde estaba Labuan.

         -¡Qué distancia me separa de aquella celestial criatura! ¡Mariana! ¿Qué hará ahora?

         Al través de los cristales de una ventana iluminada vio en el interior de la cabaña a un hombre absorto en profundos pensamientos.

         -¡Yáñez! Pobre amigo mío... ¿qué dirá cuando sepa que el Tigre regresa vencido y embrujado?

         Sofocó un suspiro y abrió despaciosamente la puerta.

         -Hermanito mío: ¿qué piensas? ¿Que han domesticado al Tigre de la Malasia?

         Yáñez de un salto se puso en pie en tanto que la sorpresa se pintaba en su curtido y noble rostro; abrió los brazos y corrió hacia el pirata confundiéndose ambos en un abrazo.

         -¡Tú..., tú! ¡Sandokan! ¡Te creía muerto!

         -Como ves, he regresado.

         -Dime: ¿dónde has estado durante estos largos días? Ha­ce cuatro semanas que vivo ansioso. ¿Qué has hecho en tanto? ¿Has destronado al sultán de Varauni o la Perla de Labuan te ha embrujado? Contéstame.

         En vez de responder a tantas demandas de Yáñez, Sando­kan comenzó a mirarle en silencio.

         -¡Y... habla! ¿Quieres explicarme qué significa ese uni­forme que llevas puesto? ¡A ti te ha ocurrido una desgracia!

         -¡Desgracia! -repitió Sandokan con ronca voz-. Tú lo has dicho, Yáñez: ¡desgracia! De los cincuenta tigrecillos que conduje contra Labuan sólo Giro-Batol vive; todos sucumbie­ron sobre la costa maldita de esa isla, masacrados por el hie­rro de los ingleses...; hasta yo caí, gravemente herido sobre el puente del crucero y mis prahos reposan en el fondo del mar de la Malasia. ¡Desgracia y tremenda, Yáñez!

         -¿Vencido vos? ¡Imposible! ¡Imposible!

         -Sí, Yáñez: vencido y herido; ¡mis hombres masacrados! Sandokan se acercó a la mesa y se sirvió un par de copas de aguardiente que bebió una tras otra, luego, con voz serena a ratos, quebrada y doliente por momentos, con gestos violen­tos o parcos y expresión fiera o vencida, fue narrando a 'Yá­ñez cuanto le aconteciera desde que saliera con los prahos desde Mompracem en demanda de Labuan. Cuando comenzó a hablar de Mariana toda su iracundia desapareció y su voz se hizo pausada y hasta dulce.

         Yáñez le escuchaba con tamaños ojos abiertos por la sor­presa de tanta aventura temeraria. Sandokan continuó. -Créeme Yáñez; cuando puse el pie en la canoa de Giro­ Batol, abandonando indefensa a aquella criatura, dudé si de­bía marcharme o no; hubiese deseado que desapareciese la ca­noa y Giro-Batol; que se hubiese cubierto el mar de fuego para impedirme todo alejamiento de Labuan; hubiese renun­ciado a todo.

         -¡Ah, Sandokan! -contestó Yáñez en tono de reproche.

         -¡Nada me reconvengas, Yáñez! Si tú supieras cuánto su­fre mi lacerado corazón me comprenderías; lo creía de hierro y ahora late por una tremenda pasión humana. óyeme: quiero a esa niña a tal punto que si me exigiese renegar de mi bande­ra y convertirme en inglés, no lo dudes, hermano: lo haría sin vacilar; ¡yo, que he jurado odio eterno a esa raza execrable!

         -No me queda ya duda alguna, Sandokan: ¡estás loco!

         -¿Te cuesta creerlo, verdad, hermanito? Estoy absurda­mente loco y enamorado de esa niña; ni la férrea voluntad del Tigre ni el odio a todo lo que sea inglés ha podido sofrenar los dictados del corazón. ¡Cuántas veces he creído poder rom­per ese encadenamiento! Pero ha sido en vano... Nada significa sin ella la vida para mí; nada representa mi Mompracem, mis tesoros, mis hombres y mi venganza. ¡Estoy perdido, Yá­ñez!

         -¡Olvídala, entonces!

         -¿Olvidarla? ¡Imposible! Siento que ya no podré vencer el estrecho círculo que existe en torno a mi corazón. No me emocionará ya el afecto y la lealtad de mis tigrecillos, ni la violencia y el horror de las batallas, ni la terrible venganza jurada; no, ahora sólo el recuerdo de Mariana es capaz de conmoverme y hacerme sentir un placer por existir. ¿Olvidar­la? ¡Jamás! ¡Iré en su busca, la haré mi esposa, aunque para ello deba afrontar las fuerzas del universo entero!

         Sandokan le miró furibundo y se abalanzó hacia la puerta.

         -¿Dónde vas? -preguntó Yáñez, tomándole de un brazo.

         -¡A Labuan! Mañana dirás a mis hombres que los he abandonado para siempre, a ellos y a mi isla y que tú serás el nuevo capitán. No volvamos a hablar de mí porque estoy re­suelto a no regresar jamás a estos mares.

         -¡Sandokan! ¿Estás tan loco como para regresar solo a La­buan? ¡No te faltan barcos ni hombres valientes para acompa­ñarte y hacerse matar por la mujer de su capitán! He tratado de intentar hacerte abandonar esa loca pasión, he tratado de hacerte comprender lo peligroso de tu situación, pero ahora que comprendo lo inútil de mis deseos, ¿crees que podré aban­donarte y dejar que corras solo semejante empresa? ¡No, her­manito mío!

         -¡Qué corazón enorme tienes, Yáñez!

         -No importa que sea de una raza que todos odiamos; tú la quieres y los hombres de Mompracem se harán matar por devolvértela a tu lado, para que sea tu esposa, para que el Tigre de la Malasia. vuelva a sentirse feliz en su Mompracem. Sandokan abrió los brazos y estrechó al portugués.

         -Gracias, Yáñez; ¡sabía que comprenderías mi desgracia!

         -Bien: ¿qué piensas? ¿Qué debemos hacer?

         -Partir lo antes posible para Labuan y rescatar a Maria­na de la odiosa tutela del Lord; ella me ama y ha jurado se­guirme cuando volviese a buscarla.

         -Piensa en una cosa, Sandokan; ¿estará Mariana en La­buan? Si el Lord se ha enterado que lograste fugar y que puedes ya estar en Mompracem, bien puede haber abandonado Labuan. para ponerse a cubierto de ti y haber llevado consigo a su sobrina.

         -Lo he pensado, Yáñez, y por ello quiero partir en seguida para no darle tiempo para escapar de Labuan; una demora po­dría ser fatal para mis proyectos: la expedición de Mompra­cem debe partir mañana mismo de aquí ¿Comprendes, Yáñez?

         -Comprendo. Mañana saldremos, te lo aseguro. Iré en se­guida a alistarlo todo.

         -Bien sé que no me prometes en vano, Yáñez,

         -Hasta mañana, hermanito.

         -Hasta mañana, Yáñez.

         Sandokan quedó sólo, como clavado en el piso y con la mi­rada perdida en el infinito. Reaccionó y volviendo a la mesa, bebió, uno, dos, tres, cinco, diez copas de aguardiente...

         Quedó un largo rato como aletargado por el efecto de la bebida; luego se puso en pie y comenzó a pasearse nerviosa­mente de un ángulo al otro de la estancia, 'con el rostro con­traído por el furor y los ojos arrojando llamaradas.

         La embriaguez comenzaba a dominarle; sus ojos se empa­ñaban y pugnaban por cerrárseles y él por mantenerlos abier­tos..., empuñó la cimitarra y comenzó a lanzar tremendos mandobles al aire, como si abatiera enemigos, mientras gri­taba desaforadamente:

         -¡Al abordaje, tigrecillos! ¡Destruid! ¡Matad! ¡A Labuan! ¡Pronto. . . , corred. . . , alcanzad al maldito Lord que huye con Mariana! ... ¡Fuego, Yáñez! ¡Giro-Batol!

         Este último esfuerzo le aniquiló; vencido por la enorme embriaguez, dejó caer su pesada cimitarra y él mismo cayó como un cuerpo muerto sobre el diván que había en la es­tancia.

         -Mariana... espérame... ya voy en tu busca... -mur­muró.

         Quedó inerte, como si la vida de golpe le hubiese aban­donado, sumido en un pesado sueño de sangre y de locura.

 

 

CAPÍTULO 14

EL PRISIONERO INGLÉS

 

 

         Cuando se despertó y comenzó a tener noción de las cosas, Sandokan se creyó víctima de una horrible pesadilla. ¿Había en verdad soñado o un loco delirio se había apoderado de él? Se incorporó en el diván y echó una escrutadora mirada en su derredor y a la luz de la lámpara que aún brillaba com­probó los estragos de la pasada embriaguez: la estancia pa­recía haber sufrido las consecuencias de un terremoto o de un furioso cañoneo; la mesa y los muebles estaban volcados, la caja del armonium deshecha en astillas por los terribles golpes de su cimitarra, al igual que la rica tapicería de la pa­red que pendía en jirones, hecha una criba por tantos furiosos mandobles.

         Se puso en pie un tanto inseguro, se restregó fuertemente los ojos, se compuso la cabellera desgreñada y dirigiéndose a la ventana la abrió de par en par; el aire de mar que penetró a raudales en la estancia le despejó los últimos vahos de su embriaguez. El Tigre se volvió y lanzó un silbido; casi en se­guida penetró en la habitación un malayo encargado de la atención personal de Sandokan.

         -Alístame un vestuario completo, prepárame una taza de té y luego ordena todo esto haciendo reponer los muebles rotos.

         -Sí, Tigre.

         Salió el malayo y Sandokan comenzó a despojarse del uni­forme de sargento cipayo que aún vestía, de las destrozadas botas y de la rica camisa de seda hecha un pingajo.

         Media hora más tarde apareció en lo alto de su aguilera vestido con una riqueza insospechada, con un flamante traje recamado en oro y piedras preciosas; su cabeza, ahora higieni­zada y peinada, lucía un turbante de terciopelo con una doble pluma de pavo real sujeta por una hebilla de oro donde estaba engarzado un rubí del tamaño de un huevecillo de golondrina. Una nueva cimitarra, de pesada empuñadura de oro y perlas, pendía de la faja, entre cuyos pliegues asomaba el terrible kriss.

         Su mirada de halcón recorrió toda la superficie de su Mom­pracem y sonrió satisfecho de su inmenso poderío; su vista ca­yó ahora sobre la bahía donde estaba su flotilla y cerca de la playa vio dos prahos de gran porte que estaban siendo avitua­llados para una expedición.

         Sandokan descendió hacia la playa y Yáñez, al divisarle, co­rrió a su encuentro; el excelente amigo, en tanto el Tigre dor­mía su embriaguez, había pasado la noche en vela alistándolo todo.

         -¿Cómo te sientes hoy, hermanito?

         -Magníficamente bien, Yáñez; veo que has estado activo.

         Los tigrecillos, reunidos en varios centenares en la playa, al ver a Sandokan prorrumpieron en un alarido de gozo.

         -¡Viva el Tigre de la Malasia! ¡Viva nuestro capitán! Ninguna exclamación de dolor por la derrota y la muerte de los cincuenta compañeros sé escapó de labio alguno; todos sufrían en silencio la desgracia y sólo anhelaban volver a La­buan.

         -¡A Labuan! ¡A Labuan! -gritaban frenéticos. -¡Amigos míos! -tronó la metálica e imponente voz de Sandokan-; la venganza que me reclamáis no tardará en lle­gar. Los tigrecillos que conduje a Labuan cayeron baja el plo­mo de los ingleses, diez veces más fuertes y diez veces más numerosos que nosotros, mas la partida no ha terminado.

         -¡A Labuan! ¡A Labuan!

         -Sí, tigrecillos míos; partiremos ya mismo para Labuan para devolver al Leopardo inglés, zarpazo por zarpazo, rugido por rugido, sangre por sangre. .. ¡El día de la lucha se acerca y el Tigre de Mompracem devorará al Leopardo de Labuan!

         Nuevos alaridos rubricaron las palabras del Tigre, quien se acercó a Yáñez, que en actitud meditativa, estaba apoyado contra un grueso cañón que debía ser embarcado.

         -¿En qué piensas, hermanito Yáñez?

         -No pienso: estoy observando el mar... ; veo la punta de un mástil emerger tras la escollera de la bahía.

         -Alguno de nuestros prahos. ¿Qué otra nave osaría acer­carse a Mompracem? ¿Hay alguno de nuestros barcos en el mar?

         -Sí, el del bornés Pisangu.

         -¿Dónde le mandaste, Yáñez?

         -A vigilar las costas de Labuan para ver si encontraba al­gún rastro tuyo.

         -¡Es el leño de Pisangu! -gritaron varios.

         En efecto: era la embarcación que días antes había despa­chado Yáñez en misión de exploración y búsqueda del Tigre de la Malasia por las aguas y costa de Labuan donde el portu­gués le suponía. El praho presentaba un aspecto ruinoso, con toda su amura deshecha, el trinquete cortado en su base y el palo mayor apuntalado y con fuertes ataduras.

         -Pisangu se ha batido bien -afirmó Yáñez, tranquilo.

         -El bornés es un valiente que no teme enemigo alguno. Mientras tanto, el praho, ayudado ahora por una docena de remos había entrado en la bahía.

         A una orden de Pisangu, del praho se desprendió un bote sobre el que fue bajado un hombre maniatado, que vestía el uniforme rojo de las tropas regulares inglesas; Pisangu se des­lizó por una cuerda al fondo del bote que emprendió rápido bogar hacia la playa donde llegó al cabo de unos minutos, em­bicando exactamente en el lugar donde estaba Sandokan y Yáñez.

         El bornés saltó a tierra y otro tanto hizo el soldado, que fue empujado con cierta rudeza hacia el Tigre de la Malasia.

         -¡Feliz son mis ojos en volver a verte, Tigre! -saludó Pi­sangu.

         -¡Gracias, tigrecillo! ¿Qué regalo me traes?

         -Un prisionero inglés que hicimos en Labuan.

         -¿En Labuan? ¿Vienes entonces de allá?

         -Sandokan lan­zó un suspiro-. Cuéntame, Pisangu: ¿cómo lograste captu­rarle?

         -Me llegué hasta la costa occidental de la isla con espe­ranza de hallar algún indicio tuyo, Tigre; nos internamos en una canoa por el curso de un riachuelo y en la margen, oculto a nuestra presencia, pillamos a este hombre.

         -¿Le interrogaste, Pisangu?

         -Sí, pero parece tener la lengua trabada; le pude haber arrojado al mar, pero preferí traerlo aquí para que el amigo Yáñez le tirase con más habilidad que yo, de la lengua...

         -¡Ya cantará! -aseguró el portugués-. Continúa, Pisangu.

         -No encontramos rastro alguno de nuestros prahos y como mi posición era peligrosa, nos hicimos a la mar; allí nos salió al paso una cañonera y aceptamos en seguida la lucha; ¡no era gran enemigo para nosotros! Cambiamos un fuerte y recio ca­ñoneo que puso nuestro praho como podéis verlo; nosotros de­jamos en ruina la cañonera enemiga que resolvió abandonar el combate para refugiarse en Victoria; nosotros, sin sufrir más que dos bajas, retomamos el largo y pusimos proa directamen­te para Mompracem.

         Sandokan se volvió al prisionero inglés que estaba pálido y temeroso en medio de aquellas bandas de hombres feroces, esperando el más trágico de los fines para su existencia. Unos le pinchaban con la punta de sus sables, otros le cortaron con los puñales sus botones y jinetas de suboficial; el infeliz suda­ba a mares ante ese vejamen. A una señal del Tigre todos se apartaron del prisionero que quedó ahora enfrente del hombre que hacía temblar a media Asia.

         -¡El Tigre de la Malasia!

         -Conque me conoces, ¿eh? ¿De dónde?

         -Os he visto en la quinta de Lord Guillonk...

         -¿Qué hacías la noche en que se lanzaron todos a mi ca­cería?

         El soldado no respondió y se puso aún más pálido. Luego habló.

         -Seguía al baronet William Rosenthal.

         -¡Continúa!

         -Lord Guillonk supo que el hombre que había recogido moribundo en el parque de su residencia, no era un príncipe malayo sino el terrible Tigre de la Malasia, y de acuerdo con el baronet y el gobernador de Victoria os prepararon una celada.

         -¿Qué ocurrió luego que conseguí romper el cerco de sol­dados y refugiarme en el bosque?

         -Cuando el baronet penetró en la casa encontró al Lord presa de gran agitación y con una herida en la pierna que le causasteis...

         -¿Herirlo yo?

         -Tal vez impensadamente.

         -Lo creo, porque si hubiese querido herirlo o matarlo, na­die pudo habérmelo impedido. ¿Y lady Mariana?

         -Lloraba. Era evidente que entre ella y el Lord había so­brevenido una escena muy violenta; su tío la acusaba de haber favorecido vuestra fuga y ella imploraba gracia para vos.

         -¡Pobrecilla niña! ¿Lo oyes, Yáñez? -su rostro se endul­zó un tanto-. Continúa.

         -Visto lo infructuoso que resultaba vuestro seguimiento, recibimos orden de retornar a la villa para protegerla de un posible ataque de los piratas de Mompracem, tal los rumores que corrían. Se agregaba que vuestros hombres habían desem­barcado y que el Tigre de la Malasia estaba oculto en la selva, pronto para lanzarse sobre la villa y raptar a la sobrina del Lord. Lo que ocurrió luego, en verdad lo ignoro; sólo sé que el Lord James había acordado retirarse de la quinta a Victoria para ponerse al amparo de las fuerzas del gobernador y de los cañones del crucero.

         -¿Y el baronet Rosenthal?

         -Se casará en breve con milady Mariana.

         -¿Qué has dicho? -gritó Sandokan estremeciéndose.

         -Que hará su esposa a la sobrina de Lord James.

         -¿Quieres engañarme?

         -¿Y por qué? Oí decir que la boda se celebrará dentro de un mes.

Sandokan lanzó un grito de fiera herida y tomándole de un brazo le sacudió con violencia.

         -No me has engañado, ¿verdad?

         -Juro que os he dicho la verdad.

         -Quedarás en Mompracem hasta que regrese; si no me has mentido, te daré tanto oro como libras pesas vos.

         Luego se volvió a Yáñez, dejando estupefacto al prisionero. -Partamos en seguida, Yáñez; ¿está todo listo?

         -Todo; podemos zarpar en seguida, sólo falta que elijas los hombres que nos han de acompañar.

         -Elegiremos los más valientes, pues tenemos una partida fiera que jugarnos...

         -...pero no olvidando que debemos dejar aquí una bue­na guarnición.

         -¿Temes algo, Yáñez?

         -Que los ingleses pudiesen aprovechar de nuestra ausen­cia para lanzarse por sorpresa sobre Mompracem.

         -¡No osarán a tanto, Yáñez!

         -Sin embargo no descarto esa posibilidad; la guarnición de Labuan es bastante fuerte y numerosa para intentar una em­presa así, Sandokan. Un día u otro el ataque decisivo deberá venir.

         -¡Partiremos en seguida para regresar pronto y entonces veremos quién es más valiente, si el Tigre de Mompracem o el Leopardo de Labuan!

         De los doscientos hombres que estaban formados en la pla­ya, reclutados todos entre los más valientes de la Malasia, Sandokan eligió a noventa tigrecillos cuyo valor triplicaba su número y animados de un entusiasmo guerrero tal, que a una sola orden del Tigre no vacilarían en lanzarse como fieras se­dientas de sangre contra las costas de Labuan y en la misma guarnición inglesa de Victoria.

         Elegidos y alistados los hombres, Sandokan llamó a Giro­ Batol y lo presentó a la guarnición que debía cuidar de Mom­pracem.

         Éste es un valiente a toda prueba y el único que ha so­brevivido en mi desgraciada expedición contra Labuan; lo nombro mi lugarteniente. Durante mi ausencia obedecedle co­mo a mí mismo. ¿Entendido?

         -¡Sí, Tigre de la Malasia! Sandokan se volvió a Yáñez. -Partamos, hermanito. ¡Labuan nos espera!

 

 

CAPÍTULO 15

LA EXPEDICIÓN CONTRA LABUAN

 

         Los noventa hombres se embarcaron en los prahos; Yáñez y Sandokan se ubicaron en el más grande y más sólido de los ve­leros, que montaba dos cañones y media docena de gruesas es­pingardas y tenía exteriormente su casco recubierto con plan­chas de hierro.

         El cielo en esa parte aparecía sereno y el mar tranquilo co­mo si fuese de aceite, pero hacia el sur aparecían algunas nubes de color y formas extrañas que no presagiaban nada bueno. Sandokan, que amén de ser un excelente marinero tenía agu­das facultades para presagiar los cambios atmosféricos, oteó un brusco cambio del tiempo, mas no por ello se inquietó.

         -Si los hombres no son capaces de hacerme retroceder, menos lo será una tempestad -dijo a Yáñez que estaba a su lado.

         -¿Temes acaso un violento huracán?

         -Sí. mas no me hará cambiar el rumbo:

         El estado del tiempo no se mantuvo por mucho rato; era cerca de las veintiuna y el viento comenzó a soplar con alguna violencia, cambiando de dirección, precisamente del lugar don­de se encapotaba más y más el cielo con los oscuros nubarro­nes, señal inequívoca de que había una fuerte tempestad en el océano.

         Los piratas saludaron con gritos guturales aquel viento po­co tranquilizador, sin espantarse por la vecindad del huracán que podía resultar funesto para ambos prahos. Solamente Yá­ñez comenzó a mostrarse inquieto y hubiese querido hacer dis­minuir la superficie del velamen, pero Sandokan se opuso a ello, ansioso como estaba de llegar lo antes posible a las cos­tas de Labuan.

         El indomable mar aparecía ahora muy malo; largas ondas que llegaban del sur, recorrían el espacio inmenso encimán­dose unas a otras con fuertes mugidos y hacían cabecear y rolar con violencia a los prahos.

Al cerrar totalmente la noche, el viento redobló su violen­cia amenazando con quebrar la arboladura si no se disminuía la extensión de las velas.

         Cualquier marino prudente, al ver el estado del mar y los elementos, se hubiese apresurado a buscar refugio seguro en la tierra más vecina, mas   Sandokan, que sabía que se encontraba

a setenta u ochenta millas de Labuan y que no quería perder una sola hora, prefiriendo antes perder uno de sus prahos, no pensó siquiera en abandonar la carrera en medio de la tempes­tad que se cernía ya sobre las cabezas de los piratas.

         -Sandokan -le dijo Yáñez cada vez más inquieto-, no ignoras que corremos un serio peligro...

         -Nuestros barcos son sólidos.

         -Pero el huracán que se avecina amenaza ser tremendo.

         -No lo temo, Yáñez; seguiremos nuestra ruta que Labuan no está lejos. ¿Distingues el otro praho?

         -Me parece distinguirle hacia el sur. La obscuridad es tan impenetrable que no consigo ver más allá de cien metros.

         -Si extravía la ruta sabrá reunírsenos.

         -Pero podría perderse para siempre, Sandokan.

         -¡Yáñez: no retrocedo!

         -Bien; pero mantente en guardia, hermano.

         En aquel momento un intenso relámpago rompió las tinie­blas iluminando el mar hasta el infinito horizonte, seguido in­mediatamente de un trueno espantoso. Sandokan, mirando fi­jamente el mar, en dirección al sur, extendió el puño amena­zador.

         -¡Ven a luchar conmigo, huracán: yo te desafío! Atravesó el puente y se acercó a la rueda del timón, en tan­to la tripulación aseguraba con fuertes cuerdas los cañones y las espingardas, armas que no podían correr el riesgo de per­der a ningún precio, amainaba algunas velas y sujetaba con cables de refuerzo la arboladura del praho.

         Las primeras ráfagas del huracán, provenientes del sur, ne­garon con aquella rapidez característica de las grandes borras­cas marinas, levantando a su paso gigantescas montañas de agua. El praho navegaba ahora con la velocidad de una flecha, impulsado por el viento hacia el oriente, embistiendo con auda­cia al huracán bajo la férrea mano de Sandokan afirmado en la rodela del timón.

         Cerca de la medianoche el huracán se desató con toda su furia; el mar mugía sordamente y poderosas descargas eléctricas, en impresionantes zigzag cruzaban el negro firmamento en todas direcciones, iluminando siniestramente el mar embra­vecido y mostrando su furor en toda su terrible majestad. Por el cielo, los espesos nubarrones corrían en loco tropel y se en­tremezclaban formando una masa confusa que por instantes parecía tocar la encrespada superficie del agua.

         El praho era batido por el viento y asaltado furiosamente por las olas, pero desafiaba impávido la ira de la naturaleza y se levantaba en las crestas de verdaderas montañas de agua, y, por momentos, parecía que iba a desaparecer en los infernales abismos del mar que se abrían en horrorosas simas bajo su qui­lla que crujía como si fuese a deshacerse por efecto del huracán.

         Sandokan, ajeno al parecer a la furia del huracán, guiaba con firmeza el praho en derechura a Labuan, desafiando la tor­menta. Era hermoso ver a aquel hombre, aferrado a la rueda del gobierno de la nave, con los ojos en llamas, el largo cabello flotando al viento, impasible ante los elementos desencadena­dos que rugían en torno suyo; era nuevamente el Tigre de la Malasia que no conforme con desafiar el poder de los hombres, desafiaba ahora el furor de la naturaleza embravecida. Su ejemplo era seguido por los hombres de la tripulación que se mantenían firmes en sus puestos de maniobra.

         El huracán crecía en intensidad cual si quisiese desplegar toda su potencia para aniquilar a aquel hombre que lo desa­fiaba; el mar se alzaba en gigantes montañas de agua que ulu­laban, rugían y se lanzaban con ímpetu irresistible contra el praho, haciéndole danzar endemoniadamente; el viento seguía silbando siniestramente imitando desgarradoras voces huma­nas salidas de ultratumba.

         El praho luchaba desesperadamente, oponiendo a las olas, que querían deshacerlo y precipitarlo en la vorágine hacia el norte, apartándolo de su ruta, su robusto flanco. Cabeceaba te­rriblemente como un caballo encabritado y su agudo espolón partía en dos las montañas de agua que le asaltaban por la proa; por momentos giraba vertiginosamente como un trompo y daba la sensación de que no podría recobrar su estabilidad, pero un oportuno golpe de timón del Tigre, lo volvía a colocar vencedor sobre el huracán.

         Luchar contra aquel mar embravecido era empresa de tita­nes o de dementes; mejor hubiese sido dejarse llevar hacia el norte para retomar la ruta una vez pasada la tormenta. Tal re­flexionaba Yáñez, que comprendía la imprudencia que significaba seguir desafiando al huracán; estaba recostado contra la amura y se disponía a acercarse a Sandokan para aconsejarle que cambiase  de ruta, cuando una detonación se escuchó bron­ca sobre el mar y a poco una bala pasaba silbando sobre la cu­bierta del praho, astillando el penol del trinquete.

         Un alarido de rabia y furor se elevó en la cubierta de la nave pirata ante aquella agresión inesperada que nadie supo­nía con aquel terrible tiempo y en circunstancias semejantes.

         Sandokan entregó la rueda del timón a un marinero, se co­rrió a proa, tratando de descubrir al audaz que lo provocaba en medio de la tormenta.

         -¡Ah! ¡Sospecho que tenemos sobre nosotros a un crucero! No podía ser sino una nave de este tipo, pues otra embar­cación no se hubiese atrevido a lanzarse al mar con tiempo tan infernal. Quien había lanzado aquel primer, cañonazo a bala gruesa, era a no dudarlo un crucero de la marina británica. A poco, Sandokan, que seguía escrutando el mar, descubrió a una poderosa nave de guerra a vapor en cuyo mástil tremolaba la bandera inglesa.

         -Viremos, Sandokan -le aconsejó Yáñez que estaba a su lado.

         -¿Virar?

         -Sí, hermanito mío. Aquel barco sospecha que somos pira­tas y que vamos sobre Labuan.

         Un segundo disparo de cañón tronó en el puente del cruce­ro y otro proyectil pasó entre el encordado del bajel pirata. La tripulación del praho, no obstante el terrible balanceo del mar, se precipitó sobre los cañones y las espingardas para respon­der, pero Sandokan contuvo a todos con un gesto.

         Emprender el combate no era oportuno; el crucero, que se esforzaba en mantener la proa firme a las olas que le asaltaban, sumergiéndose casi todo bajo el peso de su estructura de hie­rro, se veía, contra todos sus esfuerzos, impelido por la fuerza del huracán rumbo al norte. A los breves instantes se alejó tan­to de los piratas que ya no hubo que temer nada de su arti­llería.

         En ese momento, un malayo, encaramado en el trinquete, gritó.

         -¡Tierra en derechura al mástil de proa! Sandokan lanzó un grito de alegría.

         -¡Labuan! ¡Labuan! ¡A mi la rueda del timón!

         Atravesó nuevamente el puente, pese a los bandazos que daba el barco y de un salto se colocó junto al timonel al que desplazó del comando del timón, lanzando al praho sobre la ruta del este.

         Mientras la costa se acercaba, el mar parecía redoblar su furor como si quisiese impedir que el praho llegase a Labuan. Olas monstruosas, producidas desde el insondable fondo del mar, se lanzaban en todas direcciones, mientras el viento, que soplaba del lado de la isla, aumentaba en violencia.

         Sandokan no cedía y con la mirada fija en el este, continua­ba impávido su camino, valiéndose de los resplandores de los relámpagos para guiarse.

         -¡Prudencia, Sandokan! -le reiteró Yáñez.

         -Nada temas.

         A dos cables de distancia se divisaba ahora, aunque confu­sa, la costa de Labuan, contra la que se rompía furiosamente el mar.

         -¡Atención! -gritó el Tigre, aferrado a la rueda. Rápidamente el praho, con una temeridad que hacía poner los cabellos erizados, se precipitó a través de un estrecho pasa­je abierto entre dos rocas y penetró en una pequeña aunque profunda bahía que parecía terminar en un río; la resaca era violentísima dentro de aquel refugio y exponía al velero a un gravísimo peligro; era mejor desafiar la iracundia del mar abierto que tentar un desembarco en aquellas condiciones. -No se puede intentar nada, Sandokan.

         -¿Eres siempre un buen nadador? -respondió Sandokan.

         -Como el mejor de nuestros malayos.

         -¿Tienes temor del mar embravecido?

         -¿Yo? Nada temo... ¿Pero qué intentas? Sandokan en vez de responderle, gritó:

         -¡Paranoa! ¡Al timón!

         El nombrado, un corpulento dayako, se abalanzó de un sal­to a cumplir la orden.

         -¿Qué debo hacer, Tigre?

         -Mantener por ahora el praho atravesado al viento; cuida de no encallarlo en algún banco.

         -No temáis, capitán.

         Sandokan se volvió ahora al resto de los hombres y les or­denó alistar una chalupa la que deberían mantener cerca de la borda y cuando una oleada grande llegara hasta el puente abandonar la embarcación a su reflujo.

         ¿Qué intenciones abrigaba el Tigre de la Malasia? ¿Intentaba desembarcar en aquella chalupa, mísero cascarón de nuez en la furia de aquel oleaje embravecido? Los piratas, recibida aquella orden, se miraron uno a otro con visible ansiedad, pe­ro se apresuraron a obedecer el mandato de su capitán...

         A fuerza de brazos trajeron una gran chalupa y la coloca­ron sobre la amura de babor, y depositaron en su interior, por orden de Sandokan, dos carabinas, municiones y víveres.

         El Tigre de la Malasia se acercó. a Yáñez. -Ya está lista la chalupa.

         -¿Qué intentas, Sandokan?

         -Espera y verás.

         -Nos despedazaremos contra las rocas.

         -¡Bah! Vamos, Yáñez.

         -Te has vuelto loco, hermanito...

         Sandokan no le contestó, pero lo empujó y lo hizo saltar al interior de la chalupa que sostenían una veintena de vigo­rosos brazos, luego saltó él tras el portugués al tiempo que una ola monstruosa penetraba en la bahía mugiendo espantosa­mente.

         -¡Paranoa! -ordenó Sandokan-. ¡Listo para virar de bordo!

         -¿Debo volver al mar?

         -Sí y oriéntate hacia el norte manteniéndote lo necesario para capear el huracán. Cuando el mar se haya tranquilizado vuelve aquí.

         -Bien, capitán. ¿Y vosotros?

         -Llegaremos a tierra.

         -Arriesgáis vuestras vidas, Tigre.

         -¡Calla! ¡Prepárate a lanzar la chalupa sobre las olas!

         La enorme montaña de agua que se acercaba con la cima cubierta de espuma cristalina, se partió en dos al enfrentarse con la proa del navío pirata y cayó como una tromba sobre el puente y costados del praho calando hasta los huesos a todos los tripulantes.

         -¡Largar la chalupa! -gritó Sandokan en medio del es­truendo del enfurecido mar.

         La chalupa, abandonada por los brazos que la sostenían, quedó por unos instantes balanceándose en la cresta de la ola, luego, impelida por el poderoso reflujo, se alejó como una saeta del costado del praho.

         El tremendo oleaje se deshizo contra la estrecha boca de la

bahía y un instante de calma sobrevino en las aguas. Sando­kan empuñó los remos ordenando al portugués.

         -¡Fuerza a los remos, hermanito! ¡Desembarcaremos en Labuan aunque se parta el mundo!

         La chalupa se balanceaba espantosamente sobre las olas y el flujo del mar la impulsaba con violencia contra la playa, fe­lizmente en suave declive y carente de escollos; saltando de una ola a otra, avanzó así un centenar de metros, luego se pre­cipitó en la vorágine de otra ola mayor y cuando ésta se retiró se escuchó un golpe violentísimo bajo la frágil embarcación.

         Ambos sintieron que el fondo de la chalupa desaparecía ba­jo sus pies y que el agua entraba a borbollones por la grave fractura provocada por un agudo escollo sumergido en la costa.

         Otro violento golpe de mar les cortó la palabra y los arrojó al interior de la chalupa semianegada obligándoles a tragar gran cantidad de agua salada, luego, en un furioso torbellino de agua y espuma, fueron a caer a la playa tras describir, leño y hombres, una gran parábola en el aire. Yáñez dio un tremen­do golpe contra un árbol próximo a la costa del mar y la cha­lupa volaba hecha astillas al chocar contra una roca, en tanto Sandokan, con un salto prodigioso, ganaba la playa batida por la furia del huracán.

         El portugués se levantó penosamente lanzando un jura­mento.

         -¡Al infierno todos los enamorados! ¡Éstas son cosas de locos!

         -¿Estás vivo aún, hermanito? -contestó riendo el Tigre.

         -¿Temías que me hubiese roto el cráneo?

         -No me hubiese consolado nunca, Yáñez; pero ... ¡el praho!

         -¿Qué? ¿No se lanzó al mar?

         El velero pasaba ahora delante de la embocadura de la ba­hía con la velocidad de una flecha.

         -¡Qué fieles compañeros! Antes de marcharse han queri­do cerciorarse de que habíamos logrado llegar a tierra.

         Se sacó la larga faja de seda roja y la hizo flamear al viento en señal para los hombres del praho y casi en seguida un sordo disparo de carabina se oyó entre el rugir del viento.

         -Paranoa sabe que estamos en tierra, Yáñez; espero que saldrá bien y ganará el mar.

         Yáñez y Sandokan, luchando contra el violento ciclón que azotaba la tierra, a lo que se sumaba ahora una lluvia torren­cial, poco a poco fueron cruzando la franja de la playa, para ganar la linde de un bosque que allí se divisaba y encontrar alguna protección bajo su espesa arboleda.

         -¿Se encuentra lejos de ese lugar la quinta del Lord?

         -A algunas millas.

         -Mañana recorreremos la costa...

         -¿Mañana? ¿Crees hermanito que yo pueda permanecer tantas horas aquí ocioso? ¿Te olvidas del fuego que corre por mis venas? ¿No te das cuenta que hemos llegado a Labuan, la tierra donde vive Mariana?

         -Sandokan, discurramos con calma. Tú quieres ir a la vi­lla: ¿para qué?

         -Para verla, al menos...

         -Y también para cometer cualquier imprudencia, ¿no es verdad?

         -¡Humm! En verdad no sé de lo que sería capaz.

         -Ten calma, hermanito; piensa que somos solamente dos y que en la villa puede haber muchos soldados; esperemos el arribo de nuestros prahos y luego trazaremos un plan.

         -¡No tengo paciencia para aguardar tanto, Yáñez!

         -No faltará más que un par de horas para el alba.

         -¡Una eternidad!

         -Una miseria, Sandokan; tal vez pase pronto el huracán y los prahos puedan llegar aún con tiempo para planear un gol­pe en regla. Cálmate, que con impaciencia nada adelantarás; ven, vamos a refugiarnos bajo aquella espesa arboleda.

         Tras algunas vacilaciones, Sandokan siguió al portugués que se acomodó al pie de un gigantesco árbol, cuya espesura de fronda no permitía filtrar una sola gota de lluvia; sacó piedra y yesca y liando un cigarrillo se sentó tranquilamente a fumar, en tanto, Sandokan, como una fiera enjaulada, se paseaba de un lado a otro bajo el protector follaje del árbol.

         El violento ruido del mar, en su flujo y reflujo, llegaba has­ta ellos. Sandokan de pronto se detuvo.

         -¿Qué le podrá ocurrir a nuestros prahos con semejante tempestad?

         -Lo peor sería que naufragasen; si ello ocurriese, ¿qué se­ría de nosotros?

         -Nuestros hombres son valientes marineros y salvarán las naves de cualquier peligro, nada temas. Y si naufragasen ¿qué haríamos? Raptar igualmente a Mariana.

         -Corres demasiado, Sandokan; dos hombres solos, aunque sean tigres de la selva de Mompracem, nada podrán contra veinte, treinta o cincuenta carabinas.

         -Recurriremos a algún ardid. -Lo dudo, hermanito.

         -¿Me crees capaz de renunciar a mis proyectos? ¡No, Yá­ñez! No regresaré a Mompracem sin Mariana.

         Yáñez no respondió y siguió silenciosamente fumando su cigarrillo; Sandokan, en tanto, abandonó el árbol y llegando hasta la playa comenzó a escrutar los cuatro puntos cardina­les, buscando la orientación que le permitiría encontrar pron­to el riachuelo que conociera la pasada vez.

         Cuando volvió junto a Yáñez estaba amaneciendo; la lluvia había cesado casi y el viento no bramaba ya con saña.

         -Ya sé dónde nos encontramos, Yáñez.

         -¿Si? -se puso en pie desentumeciendo sus miembros.

         -Marchemos, entonces.

         Se echaron las carabinas a la espalda, revisaron las cana­nas llenas de municiones y penetraron en la gran floresta, cru­zándola, pero sin alejarse mucho de la playa que era la más segura guía.

         -Evitaremos la profunda ensenada que describe la costa, Yáñez; nos tendremos que abrir paso a través de la floresta. Varias horas duró aquella fatigosa marcha en la manigua; cerca del mediodía, Sandokan se detuvo, diciendo al portugués: -Estamos cerca.

         -Entonces: adelante.

Atravesaron el último trozo de la gran floresta y un rato más tarde se encontraron ante un pequeño curso de agua que iba a desembocar en la bahía en medio de un risueño marco de grácil arboleda.

         -La villa está todavía lejos.

         -¿Sabes, precisamente, dónde se encuentra? -Vagamente.

         -¡Diablos! ¿Tendremos que recorrer la isla por sus cua­tro costados para hallar la villa?

         -No te preocupes, Yáñez; sabré encontrar el sendero que conduce a la misma.

         -Entonces marchemos, pero con cautela. -Seré calmo, Yáñez.

         -Una palabra, Sandokan: espero que aguardarás la noche para entrar en la quinta del Lord.

         -Sí, hermanito.

         -¿Me lo prometes?

          -¡Te doy mi palabra!

         Retomaron el camino siguiendo por una de las orillas el curso del riachuelo.

         Sandokan, que marchaba delante, al enfrentar un pequeño sendero en la pradera, de pronto se detuvo.

         -¿Has visto alguna cosa?

         -Estamos cerca de la villa: este sendero conduce al par­que -respondió Sandokan con voz velada.

         -La fortuna nos protege, mas nada de cometer locuras. Sandokan no contestó: armó la carabina para no ser sor­prendido inerme y se internó resueltamente por el camino con tanta rapidez que a Yáñez le costaba no perderle de vista y debía seguirle casi al trote.

         -¡Mariana! ¡Amor mío! -murmuraba el Tigre devorando el camino con creciente velocidad.

         En aquel momento el formidable pirata hubiese desafiado y enfrentado un regimiento entero con tal de llegar a la villa; no temía nada y ni la muerte misma lo hubiese hecho retroceder.

         Siguió corriendo como un poseído hasta dar con la empa­lizada que rodeaba el parque, ante la que se detuvo, no por prudencia sino para esperar a Yáñez.

         -¡Auff! -bramó el portugués con la lengua afuera-. ¿Es que me supones una bestia para hacerme correr así? La villa no se ha de escapar, te lo aseguro; por otra parte no ignoras que tras esta valla puede ocultarse una peligrosa celada. ¡Cál­mate!

         -¡Desafío mil celadas! ¡No tengo temor alguno de los in­gleses!

         -De acuerdo, pero si te matan, ¿qué será de Mariana?

         -Pero no puedo permanecer aquí, Yáñez; necesito verla...

         -Calma, calma, hermanito; obedéceme y la podrás ver con segura tranquilidad.

         Con la agilidad de un gato montés, el portugués se quitó la faja y la lanzó sobre la empalizada, enredándola entre los setos; se encaramó sobre ella y observó atentamente el parque.

         -No se ve centinela alguno -murmuró en voz apenas audible.

         Sandokan hizo otro tanto y ambos se reunieron sobre la empalizada de la villa de Lord James y se descolgaron al in­terior del amplio y silencioso parque. Comenzaron a avanzar cautelosamente, cuidando de no hacer ruido pero con las armas preparadas. Los ojos escrutadores de Sandokan buscaban ansiosamente la mole del palacete.

         Caminaron así un trecho cuando, repentinamente, Sando­kan se paró apuntando rápidamente la carabina.

         -Detente, Yáñez.

         -¿Qué ocurre?

         -Dos hombres están apostados frente a la casa...

         -La cosa se enreda, Sandokan; ¿qué hacemos?

         -No sé; si hay soldados de guardia es señal que Mariana se encuentra aquí. ¡Ataquémosles, entonces!

         -¿Estas loco? ¿Quieres hacerte fusilar? Somos dos y ellos a lo mejor quince o veinte.

         -¡Pero es necesario que la vea!

         -La verás, pero es necesario astucia y calma.

         -¿Cuándo? ¿Cómo?

         -Espera que se haga más tarde.

         -¿Qué gano con ello?

         -No seas impaciente, Sandokan y escúchame: esperemos que se retiren los soldados, pues supongo que se irán a dormir. -¿Y si no se retiran?

         -¡Por Júpiter! ¡Deberán hacerlo!

         -Tienes razón, esperaré.

         Se emboscaron dentro de un tupida mata de enredaderas, pero sin quitar la vista del palacete ni de los soldados, listos para actuar cuando lo creyesen oportuno. Pasaron así, una, dos, cuatro largas horas que parecieron tantos siglos al Tigre; finalmente los soldados se retiraron al interior de la casa ce­rrando violentamente la puerta.

         Sandokan hizo ademán para arrojarse de un salto fuera de la espesura, pero Yáñez le retuvo de un brazo y le condujo si­lenciosamente bajo un gran árbol.

         -Dime Sandokan, ¿qué piensas hacer esta noche?

         -¡Qué pregunta: verla!

         -¿Crees que será fácil? ¿Tienes algún proyecto para ello? ¿Sabe acaso Mariana que te encuentras aquí?

         -No...

         -En consecuencia es menester hacerle saber nuestra pre­sencia; ¿cómo? ¿Gritando? ¡Los soldados no han de ser sordos y la emprenderán a tiros con nosotros!

         -Es verdad, Yáñez.

         -¿Comprendes, mi pobre amigo, cómo esta noche nada po­demos hacer?

         -¡Puedo encaramarme a su ventana!

         -¿Y no has visto a un soldado emboscado en el ángulo del pabellón?

         -¿Un soldado?

         -Sí; ¿no distingues cómo brilla el caño de su fusil?

         -¿Qué me aconsejas hacer? ¡Habla! La fiebre me devora.

         -¿Sabes cuál es la parte del parque que frecuenta Mariana?

         -Todos los días pasa largas horas leyendo en el quiosco chino.

         -Bien; ¿dónde se encuentra?

         -Cerca de aquí.

         -Llévame allí.

         -¿Qué piensas hacer, Yáñez?

         -Advertirle que hemos llegado y estamos aquí.

         El Tigre de la Malasia que ni por todas las fuerzas del in­fierno se hubiese alejado de la villa, tomó empero un camino lateral y condujo a Yáñez al lugar donde se encontraba el quiosco.

         Yáñez y Sandokan, sin abandonar las carabinas, penetra­ron cautelosamente en el quiosco que estaba silencioso y de­sierto. El portugués encendió una cerilla que ocultó cuanto pudo dentro de su mano y a la tenue luz que lanzaba, echó una rápida mirada al interior del pabelloncito; su mirada cayó so­bre una pequeña mesa que había en medio, sobre la que po­saba una cesta de labores y la mandolina con incrustaciones de madreperlas.

         -¿Son de Mariana estas cosas?

         -Sí -contestó Sandokan-; éste es su lugar preferido. Yáñez vio un libro junto al instrumento, lo abrió y compro­bó que tenía algunas hojas en blanco al comienzo, arrancó cui­dadosamente una y con un trozo de lápiz que hurgó en su bol­sillo se dispuso a escribir un mensaje. Sandokan encendió una nueva cerilla cuya luz atemperó. Yáñez, rápidamente escribió: "Hemos desembarcado ayer, durante el huracán. Mañana, a la medianoche, estaremos bajo vuestra ventana. Procurad una cuerda para ayudar a Sandokan a escalarla.

Vuestro respetuoso Yáñez de Gomerá.

         -Espero que mi nombre no le sea desconocido -dijo Yá­ñez.

         -De ninguna manera: Mariana sabe que eres mi gran y fiel amigo.

         El portugués abrió la cesta de labores y colocó el papel so­bre un paño bordado donde había prendido algunas agujas.

         -No dudo que lo encontrará en seguida. Ahora vayamos. Ya fuera del quiosco, Yáñez tomó de un brazo al Tigre.

         -¡Vamos! Una dilación puede echar a perder todo.

         Diez minutos después volvían a sortear la empalizada del parque, internándose en la sombría floresta de Labuan.

 

 

CAPÍTULO 16

LA CITA NOCTURNA

 

         L noche era tempestuosa, pues el huracán que había azotado toda la zona de Labuan en la pasada noche, aún no se había desplazado totalmente hacia el norte y al filo de la madrugada su furia arreció y un violento aguacero se descargó sobre la tierra.

         Era verdaderamente una noche infernal, una noche propi­cia para intentar un audaz golpe de mano contra la villa. Des­graciadamente, los hombres de los prahos no estaban allí para ayudar a Sandokan en empresa tan temeraria.

         Aunque el huracán bramaba furioso, los dos piratas no se detenían y proseguían marchando en demanda de las orillas del riachuelo donde a poco llegaron. Sandokan se acercó a la desembocadura y a la luz de los relámpagos trataba de escru­tar el mar para distinguir la presencia de los prahos.

         Sin cuidarse de la lluvia que caía a torrentes,' mas cuidán­dose de no ser alcanzado por las gruesas ramas que el viento arrancaba, permaneció un par de horas escrutando el horizon­te; luego regresó donde estaba el flemático Yáñez.

         -¿No les habrá ocurrido alguna desgracia a mis barcos?

         -Creo más bien que no se arriesgan a abandonar el sitio en que estarán refugiados hasta tanto no amaine la furia del huracán.

         -Descansa un rato y si puedes duerme algo, Sandokan; llueve a mares y el huracán no tiene trazas de amainar tan pronto. Si encontrásemos un buen reparo contra la furia de la naturaleza...

         -Cobijémonos bajo aquel montecillo de bananeros; sus grandes hojas nos protegerán eficazmente de la lluvia.

         -¿No te parece mejor construir un tinglado malayo? ¿Un attap?

         -En eso estaba pensando, Sandokan; en pocos minutos lo podemos dejar listo. ¡Manos a la obra!

         Ayudados por los filosos kriss, cortaron algunas cañas de bambú que crecían en la orilla del riachuelo y las clavaron en la húmeda tierra; cruzaron otras que fueron atando con lianas y formaron así la techumbre que recubrieron con grandes ho­jas de bananos, haciendo otro tanto con los laterales. En menos de una hora quedó listo el attap y los dos piratas, mojados hasta los huesos, se refugiaron dentro.

         El huracán seguía bramando sobre sus cabezas y los true­nos y relámpagos sacudían la selva con siniestro pavor. La noche fue pésima y varias veces se vieron obligados a reponer las grandes hojas del techo del attap arrancadas por la fuerza del viento.

         Hacia el alba la lluvia cesó casi por completo y dio la im­presión de que la fuerza del huracán iba cediendo; pudieron entonces tumbarse sobre un montón de hojas y dormirse pro­fundamente. Cuando despertaron era ya la media mañana. Yáñez tenía apetito.

         -Iré en busca de algo para comer.

         Se allegó hasta la orilla del mar y en pocos minutos hizo una abundante recolección de crustáceos que llevó al attap, donde Sandokan había ya encendido fuego y reunido gran cantidad de frutas silvestres.

         La colación fue simple pero abundante y fue rociada con unos sorbos de gin; luego se dirigieron hacia la costa, caminan­do un par de millas, hasta doblar una punta de la misma, con la esperanza de distinguir en el mar algún indicio de los prahos.

         -La tormenta los debe haber impulsado hacia el sur -di­jo Sandokan-. Su tardanza me provoca temor.

         -Yo confío en la habilidad marinera de nuestros hombres. -¿Crees Yáñez, que Mariana habrá encontrado el billete? -Espero que sí y que facilite la cita convenida.

         -No importa; iremos igualmente.

         -No olvides lo que tanto te vengo repitiendo: ¡prudencia! El parque y la villa deben estar llenos de soldados.

         -De ello estoy seguro, pero no alteraré mis planes.

         -Debemos cuidarnos de no ser sorprendidos, eso es todo.

         -Creo que es hora de ponernos en camino; si la noche cae sobre el bosque nos dificultará la marcha.

         -Andando, hermanito.

         Se pusieron en marcha, tras haber revisado la carga de las carabinas, con los oídos agudizados y la mirada vigilante para evitar cualquier emboscada. Restaba poco tiempo de claridad y querían aprovecharlo para acercarse a la villa.

         Cuando llegaron a la empalizada era ya cerrada la noche; Yáñez se encaramó sobre la misma y tras escrutar los alrede­dores y no encontrar ningún centinela apostado por allí, hizo señas a Sandokan para que le siguiese, dejándose caer al in­terior del parque.

         Rápidamente se acercaron al palacete, algunas de cuyas ventanas aparecían iluminadas.

         Se ubicaron bajo un gran árbol desde donde podían domi­nar el panorama de la casa y sus alrededores.

         -Veo un oficial en una de las ventanas de aquel pabellón, Yáñez.

         -Y yo un soldado apostado en aquel ángulo de la casa, bajo aquel rosal chino; ¿le distingues?

         -Sí, y si al cerrar la noche no abandona ese lugar nos dará un mal rato.

         -Lo neutralizaremos... ; un golpe de kriss...

         -Preferiría sorprenderlo y amordazarlo, no quisiera ver­ter sangre en casa de Mariana. ¿Tienes alguna cuerda?

         -No, pero mi faja suplirá al más resistente cabo, herma­nito; pero...

         -¿Qué ocurre?

         -¿No has observado? ¡Han colocado fuertes rejas en todas las ventanas!

         -¡Por las barbas de Alá! -rugió Sandokan.

         -Hermanito mío, Lord James debe conocer bien tu auda­cia...

         -Ahora a esperar la medianoche.

         Se sentaron al pie de un árbol, ocultos por unas matas y Yáñez, con gran precaución, encendió un cigarrillo que se puso a fumar con la misma tranquilidad que si se hallase a bordo de su praho. Sandokan, a la inversa, trémulo de impaciencia, no podía estar tranquilo un solo instante. Vagos temores lo agitaban, pensaba que tal vez le hubiesen preparado cualquier trampa en torno a la habitación de su amada. El billete con el mensaje podía haber caído en manos de Lord Guillonk en vez de las de Mariana.

         No sabiendo contenerse, interrogaba de continuo a Yáñez, pero el portugués, imperturbable, no le contestaba y seguía fumando.

         Así llegó la ansiada medianoche. Sandokan estaba listo para lanzarse sobre el ángulo del palacete, aún a riesgo de encon­trarse imprevistamente con los soldados apostados en salva­guardia de Lord Guillonk. Yáñez le sujetó vivamente de un brazo.

         -Despacio, hermanito; me has prometido ser prudente.

         -No temo nada ni a nadie: estoy resuelto a todo.

         -Pero antes que nada hay que salvar la propia piel, ami­go; hay un centinela apostado junto al pabellón.

         -¡Vamos a matarle!'

         -Siempre que antes no dé la alarma.

         -Lo estrangularemos.

         Salieron del macizo de plantas donde estaban emboscados y cautelosamente se fueron acercando protegidos por la sombra de los árboles en dirección al palacete y luego de andar unos cincuenta metros, Yáñez le dijo por lo bajo a Sandokan.

         -¿Ves allá al centinela?

         -Sí.

         -Parece que se ha dormido apoyado en su fusil.

         -Mejor. Ven Yáñez y está dispuesto a todo-. El Tigre desenvainó el kriss.

         -Yo llevo lista mi faja para maniatarlo.

         -¡Adelante!

         Se volvieron a esconder bajo la sombra de la arboleda y con suma precaución avanzaron hacia donde se encontraba el sol-. dado apostado y como dos serpientes se echaron al suelo cuan­do estuvieron a pocos pasos del centinela.

         -¿Estás pronto, Yáñez? -preguntó Sandokan.

         -¡Listo!

         Con un salto de tigre, Sandokan cayó sobre el soldado apre­tándole con su mano de hierro la garganta contra la pared.

         -¡Si gritas date por muerto! -Y le puso el puñal sobre el corazón.

         Yáñez, rápidamente se colocó a su lado y con singular ha­bilidad en contados minutos maniató de manos y piernas al soldado con su larga faja; le arrojaron al suelo y Sandokan le susurró al oído del aterrado prisionero.

         -¡Un grito..., un gesto..., y te parto el pecho!

         -¡Ahora a tu amada, hermanito! ¿Sabes cuál es su ventana?

         -Sí; aquella que cae sobre la pérgola. ¡Ah, Mariana!

         -Paciencia un poco más y si el diablo no mete la cola la verás.

         -¡También han aherrojado su ventana con una reja!

         -¡No importa!

         Buscó Yáñez unos pequeños pedregullos en el camino y los arrojó suavemente contra los cristales de la ventana, produ­ciendo un leve ruido; los dos piratas contuvieron la respira­ción invadidos por tensa emoción.

         Al no tener respuesta alguna, Yáñez repitió la operación lanzando nuevos pedacitos de piedra.

         De pronto los cristales de la ventana se abrieron y Sando­kan, a la azulada luz que se filtraba de la habitación, vio una sombra blanca en el vano de la misma, sombra que reconoció de inmediato.

         -¡Mariana! -murmuró extendiendo los brazos hacia ella. Un ligero grito se escapó de la garganta de Mariana al re­conocer al pirata.      

         -Animo, Sandokan -le dijo Yáñez- escala de una vez la ventana pero date prisa que no sopla buen viento para nosotros. El Tigre se abalanzó hacia el ángulo del palacete, saltó ha­cia la pérgola y en dos segundos estuvo prendido de los hierros de la ventana.

         -¡Tú, tú! ¡Gran Dios! -murmuró Mariana con loca alegría.

         -¡Mariana, mi adorada Mariana! ¡Por fin vuelvo a verte! Porque tú eres mía, ¿verdad? ¡Enteramente mía!

         -¡Sí, tuya, Sandokan, para siempre! ¡Verte ahora, luego de haberte llorado por muerto! ¡Es demasiada alegría, amor mío!

         -¿Me creíste muerto?

         -Sí y he sufrido intensamente creyéndote perdido.

         -Querida Mariana: no muere tan fácilmente el Tigre de la Malasia. He pasado sin ser herido en medio del fuego de tus compatriotas, he atravesado el mar, he convocado a mis hom­bres y he regresado aquí a la cabeza de cien tigres, dispuestos a todo.

         -¡Sandokan! ¡Sandokan!

         -Escucha ahora, Perla de Labuan: ¿qué hace el Lord?

         -Me tiene prisionera temiendo que reaparezcas por aquí.

         -He visto algunos soldados.

         -Sí, noche y día vigilan en las habitaciones inferiores; estoy rodeada de bayonetas y vigilada estrechamente, en la absoluta imposibilidad de dar un solo paso sin la correspon­diente custodia. Mi querido amigo, temo que no podré gozar de la felicidad de ser tu esposa, de no ser ya feliz, porque mi tío me odia y no consentirá jamás en emparentarse con el Ti­gre de la Malasia.

         Dos lágrimas brotaron de sus bellos ojos.

         -¡Lloras, amor mío! Deja de hacerlo o me vuelvo loco y cometo cualquier torpeza...; escúchame, Mariana: mis hom­bres no están lejos, hoy somos pocos, pero mañana o pasado, tal vez, seremos muchos y tú sabes qué clase de hombres son los míos; aunque el Lord construya barricadas aquí, nosotros entraremos lo mismo, aunque debamos incendiar o derribar los muros de esta casa. Yo soy el Tigre y por tu amor me siento capaz de entrar a hierro y fuego en la villa de tu tío, en Labuan y en Victoria enteras. ¿Quieres que te lleve conmigo esta no­che misma? Estamos Yáñez y yo pero te rescataremos o perde­remos la vida con tu libertad.

         -¡No! ¡No! ¡Mi valeroso amigo! Muerto tú, ¿qué sería de mí? ¿Crees que podría sobrevivirte? Tengo confianza en ti, sé que me salvarás, pero cuando estés junto a tus hombres, cuan­do te halles fuerte.

         -¿Y si no nos pudiésemos ver más?

         En aquel momento se escuchó abajo un leve silbido.

         -¿Has oído, Sandokan?

         -Sí, es Yáñez que se impacienta.

         -Tal vez haya descubierto un peligro, Sandokan. En las sombras de la noche se cierne una amenaza para ti.

         -¡Mariana!

         -¡Tengo miedo de no volver a verte!

         -No digas eso, amor mío; volveré a rescatarte y sabré pro­tegerte. Tal vez se trate de pocas horas, no más. Si mañana llegan mis hombres, atacaremos esta villa por más defendida que esté.

         El silbido del portugués se dejó escuchar nuevamente. -¡Vete, Sandokan, debe haber algún peligro! -Nada temo.

         -Vete, amor mío, te lo ruego, vete antes que te sorprendan.

         -¡Dejarte! No me resigno a abandonarte...

         -Huye, Sandokan, he escuchado pasos en el corredor.

         -¡Mariana!

         En aquel momento de la habitación partió un grito feroz.

         -¡Miserable! -tronó una voz.

         El Lord, porque era él en persona, aferró a Mariana por un brazo tratando de arrancarla de las rejas de la ventana, en tanto se escuchaban rumores precipitados y se oía descorrer los cerrojos de la puerta de entrada.

         -¡Huye! -gritó Yáñez.

         -¡Huye! -imploró llorosa Mariana.

 

 

CAPÍTULO 17

DOS PIRATAS DENTRO DE UNA ESTUFA

 

         Otro hombre que no fuese un malayo se hubiese roto las pier­nas en aquel salto, pero ello no podía ocurrir a Sandokan, que a su musculatura de acero unía la agilidad de un cuadrúmano. Había apenas tocado tierra, tras describir una inverosímil pi­rueta en el aire, cuando ya estaba de pie empuñando el kriss.

         Afortunadamente el portugués estaba allí; saltó junto a él y aferrándole de un brazo le atrajo bajo un grupo de árboles.

         -¿Quieres hacerte matar? ¡Huye, imprudente!

         -Déjame, Yáñez... ¡Asaltemos la villa!

         Tres o cuatro soldados aparecieron en la enrejada ventana apuntados sus fusiles e hicieron una descarga, cerrada hacia los árboles bajo los cuales estaban ambos piratas.

         Sandokan dio un salto como de diez pies al momento de sonar la descarga de los fusiles y una bala le atravesó el tur­bante. Se volvió rugiendo como una fiera, apuntó la carabina a la ventana e hizo fuego: un soldado cayó.

         -¡Vengan! -desafió frenético.

         -¡Ven tú! ¡Testarudo imprudente!

         -Yáñez le tuvo que sujetar con toda su fuerza y llevarle al macizo de la fronda del parque para evitar que se mostrara frente al palacete.

         La puerta de la casa se abrió y una patrulla de diez solda­dos, armas listas, seguidos por varios sirvientes armados, se lanzaron fuera. Yáñez hizo fuego y el sargento cayó fulminado.

         -¡Ahora a las piernas, hermanito mío!

         -¡No me puedo marchar dejándola sola!

         -¡Vamos o me obligarás a que te cargue como un niño! Varios soldados corrían ya hacia ellos y otro grupo se dis­ponía a cortarles la retirada hacia la empalizada.

         Sandokan y Yáñez, metiéndose entre la espesura del parque echaron a correr, saludados por algunos disparos.

         -¡Corre..., corre! -le apuraba Yáñez mientras iba car­gando la carabina en plena retirada.

         -Temo haber echado todo a perder, Yáñez. Ahora sabe el Lord que estamos aquí y no se dejará sorprender.

         -Te lo advertí cien veces, Sandokan, pero nunca quieres escucharme; no te apures que encontraremos la forma de bur­lar al enemigo y cumplir con nuestros designios.

         -¡Ah, si ya estuviesen los prahos en la bahía! Esta noche misma atacaría la villa y rescataría a Mariana!

         -¡Cuidado con el Lord! Es capaz de asesinar a su sobrina antes de permitir que se vaya contigo...

         -¡No me hagas estremecer, Yáñez! ¡Volvamos a la casa!

         -Todo es posible, Sandokan. Pero no es este el momen­to para tomar una determinación suicida; escucho pasos cerca de nosotros... ¡Los soldados! ¡Han encontrado nuestra huella! Reemprendieron la retirada veloces como gamos pero aquella carrera se tornaba dificultosa por la oscuridad reinan­te y la cantidad de obstáculos que encontraban a su paso ya había hecho caer un par de veces al portugués. Por fin llega­ron junto a la cerca del parque que se dispuso a superar San­dokan con un salto de felino. Yáñez le detuvo.

         -Cuidado hermanito; ¡puede haber soldados emboscados tras ella!

         -¿Estarán enterados que entramos en el parque?

         -Es casi seguro que las descargas deben haber alarmado a todos los que se hallaban vigilantes. ¡Cuidado!

         -¿Has visto alguno, Yáñez?

         -No, pero escuché el crujir de una rama al romperse.

         -Tal vez un animal...

         -Lo dudo; jugaría la esmeralda de la empuñadura de mi kriss contra una piastra, que hay soldados emboscados por aquí.

         -¿Qué hacemos?

         -Averiguar si el camino está libre, Sandokan.

         -Déjame a mí que soy más liviano que tú.

         Sandokan se encogió sobre sí mismo y con un salto ágil se encaramó sobre la empalizada del parque, clavando su pe­netrante mirada en los árboles próximos y escuchando aten­tamente. Oyó, indistintamente, rumor de voces, casi un susurro.

         -Yáñez no se engañó. .. -se dijo para sí el Tigre y volvió a descender para reunirse con el portugués.

         -¿Y?

         -Lo que sospechas: hay varios soldados ocultos en el bosque.

         -¿Muchos?

         -¿Cómo podría saberlo? Tal vez media docena o una...

         -¡Por Júpiter!

         -¿Qué hacemos, Yáñez?

         -Alejarnos prontamente de este lugar; encontraremos otro camino para ganar la costa de la isla y aguardar allí a nues­tros hombres. ¿Qué otra cosa podríamos hacer?

         -Temo que sea un poco tarde. -Vayamos, pero, ¿dónde?

         -Cállate..., oigo voces tras la cerca. Los piratas aguzaron los oídos.

         -Te aseguro -decía una voz imperiosa- que los piratas han entrado al parque para intentar un golpe de mano.

         -No lo creo, sargento Bell...

         -¿Crees tan estúpidos a nuestros compañeros como para hacer un concierto de fusilería sin motivo alguno? Sigues siempre corto de entendederas, Willis.

         -Ahora no podrán escapar.

         -¡Ni que fuesen diablos! Somos más de cincuenta que ro­deamos la empalizada y a la primera señal la cubriremos de plomo.

         -Hay que tener los ojos bien abiertos, Bell; ¡tú no sabes quién es el Tigre de la Malasia!

         Luego de aquel breve diálogo, los piratas oyeron quebrarse varias ramas al paso de los hombres; luego todo quedó en silencio.

         -Estos bribones suman gran cantidad -murmuró Yá­ñez-; estamos evidentemente rodeados y si no obramos con suma prudencia podemos caer en una emboscada.

         -¡Calla! Oigo nuevamente voces...

         La voz del sargento Bell se escuchaba nuevamente.

         -Tú, Willis, vigila aquí mientras yo me voy a emboscar bajo aquel árbol de alcanfor. Ten preparado el fusil y no apar­tes los ojos de la empalizada.

         -No temas, Bell; ¿pero en verdad crees que podamos dar de boca con el Tigre de la Malasia?

         -Creo que sí: es audaz ese pirata; estoy segurísimo que esta noche ha intentado raptarla, a despecho de la vigilancia de nuestras tropas.

         -¿Y cómo ha desembarcado sin que lo notara nuestro cru­cero?

         -Habrá aprovechado del huracán: hace días que algunos prahos fueron vistos navegando cerca de nuestras costas.

         -¡Qué audacia!

         -¡Nos veremos bien, nosotros! El Tigre de la Malasia nos dará trabajo; es el hombre más audaz de que haya memoria.

         -Pero si está dentro del parque no podrá huir. -Bueno; a tu puesto, Willis. Tres carabinas cada cien me­tros son más que suficientes para abatir a los piratas. No te olvides que nos ganamos mil esterlinas si capturamos al ban­dido.

-Una linda cifra -murmuró Yáñez sonriendo-. Lord Ja­mes te valora en mucho, hermanito mío.

         Sandokan se alzó cuanto pudo y escudriñó el parque a sus espaldas.    En la lejanía vio dos puntos luminosos que aparecían y desaparecían a cortos intervalos; evidentemente los soldados habían perdido el rastro de los piratas y los buscaban al azar con faroles en medio de la espesura, aunque confiando más en la llegada del alba para dar una batida general.

         -Por ahora nada tenemos que temer de esos hombres. -Sí, Sandokan; ello nos permitirá escapar hacia otra par­te; el parque es extenso y no creo que toda la empalizada esté vigilada, pues cincuenta hombres no pueden cubrir tantas millas.

         -No, Yáñez. Tenemos a la espalda una cuarentena de sol­dados y medio centenar fuera de la valla; no podemos arries­garnos a sufrir sus tiros. Conviene ocultarnos.

         -¿Dónde, Sandokan?

         -Ven conmigo. Estoy absolutamente dueño de mis sentidos y quiero demostrarte que no soy un imprudente ni cometo más locuras.

         Los dos piratas se dispusieron a partir con las carabinas listas para repeler cualquier ataque: se alejaron de la empali­zada adentrándose en el parque en dirección sesgada al pala­cete. Al cabo de veinte minutos de precavida marcha, llegaron a un pequeño edificio, en forma de pabellón que tenía los mu­ros envidriados.

         -¿Qué es esto?

         -Un invernadero; está a sólo doscientos metros del palacete. Entraron y se encontraron en una vasta estancia, llena de tiestos de plantas y flores que esparcían embriagador perfume. Había una mesa y varios asientos hechos de delgadísimo bambú y en uno de sus ángulos una enorme chimenea utiliza­da para dar la necesaria temperatura al invernadero y hacer germinar en pleno invierno delicadas variedades de plantas.

         -¿Aquí nos esconderemos? ¡Hum! El lugar no me parece muy seguro. No dejarán los soldados de venir a inspeccionarlo y como no logremos convertirnos en rosa china o violeta de los Alpes no escaparemos a su vista.

         -No te digo lo contrario, Yáñez.

         -¿Entonces nos vamos a dejar capturar?

         -Despacio, portugués; soy yo quien te reclama calma, ahora.

         -Vos dirás.

         -Buscarán pero no se les ocurrirá meter las narices den­tro de la hornalla de la estufa... ¿Comprendes?

         Abrió la pesada puerta de hierro de la estufa y se metió resueltamente dentro de la hornalla, lanzando una serie de sonoros estornudos que levantaron nubes de hollín. El interior de la estufa era tan grande que los dos hombres podían man­tenerse dentro de ella cómodamente de pie.

         El portugués, cuyo buen humor no le abandonaba nunca, se abandonó a una hilarante escena, pese a la grave situación. -¡Quién iba a imaginarse que el terrible Tigre de la Ma­lasia tendría que refugiarse aquí dentro y oficiarla de desho­llinador!

         -Baja la voz, papagayo, que pueden oírte. -Deben estar bastante alejados.

         -No te confíes demasiado; estamos muy cerca del palacete y en cualquier momento se les puede ocurrir venir por aquí. -¿Y meter las narices aquí dentro?

         -¿Quién puede decir que no? De cualquier forma tenemos nuestras armas y no somos hombres de rendirnos fácilmente.

         -¿Crees que nos podremos alimentar con flores? No tene­mos ni un trozo de galleta para echar al estómago, que por otra parte, hermanito mío, ya me está recordando que hace muchas horas que no pruebo un bocado. Por otra parte esta construcción no me parece muy sólida.

         -Antes que derrumben las paredes intentaremos una sa­lida desesperada y el factor sorpresa puede sernos favorable. -De acuerdo en ello, pero ¿qué comemos?

         -Algo encontraremos; no faltan en las cercanías banane­ros ni pombos y a falta de algo mejor nos contentaremos con sus frutos. Podemos ir ya a recolectar algunos.

         -Calla, Sandokan, oigo voces. -Tengo lista la carabina.

         Desde afuera llegaban las voces de algunas personas que se iban acercando, a medida que las ramas y hojas crepitaban a su paso, precisamente en el estrecho camino que conducía al invernadero.

         -¿Se prepararán para visitarnos? -le susurró Yáñez al oído.

         Los haces de las antorchas se tornaron visibles al cruzar una ancha faja de tierra, libre de vegetación que circundaba el invernadero y su luz, al filtrarse por los cristales de las pare­des, iluminaron viva y detalladamente el interior del local. -¡Rápido Yáñez! ¡A la estufa!

         Los dos piratas, se metieron dentro de la enorme hornalla y cerraron tras sí la portezuela y con los torpes movimientos ejecutados en aquella antesala del mismo infierno, una espesa lluvia de hollín cayó sobre ellos y les cubrió totalmente.

         -¡Cuerpo de cien mil cañones! -bramó por lo bajo Yá­ñez-. ¡Se me ha llenado de hollín hasta el estómago!

         Se corrieron al interior del hogar y se acurrucaron en el fondo de la hornalla, listas las armas para cualquier evento. En ese momento penetraban dos soldados dentro del invernadero y uno de los sirvientes portadores de la antorcha, escuchando los piratas el diálogo siguiente:

         -¿Es que ese maldito pirata se habrá volado, Bob? -de­cía uno.

         -¡No creo que se lo haya tragado la tierra! -respondió el otro.

         -Oh, ese maldito es capaz de todo. ¿Crees que es un hom­bre como nosotros? ¡No! Debe ser compadre del mismo Bel­cebú...

         -Opino como vos; yo le vi una sola vez a ese diablo y te aseguro que parecía un tigre. ¡Enfrentaba a más de treinta hombres y ni una bala le alcanzaba!

         -Discurre menos y vigila mejor; echa un vistazo dentro de la estufa y luego nos largamos por otro lado.

         -¿Te burlas de mí? ¿Cómo puedes suponer que allí dentro se haya metido alguien? Como no sea un pigmeo...

         -De cualquier manera hay que revisarla. Vamos.

         El ruido de los pasos se acercó a la estufa; Yáñez y Sandokan se hicieron dos ovillos, pero sin dejar de tener listas las carabinas y los puñales. La puerta de hierro se abrió y un rayo de luz se filtró dentro de la tenebrosa lobreguez de la horna­lla. El soldado introdujo la cabeza pero la retiró rápidamente lanzando una serie de estornudos que provocó una nueva llu­via de hollín que sofocó a ambos piratas.

         -¡Al diablo con tu brillante idea! -bramó el soldado-. Me has hecho meter las narices en esta fábrica de negro de humo... Es ridículo buscar aquí al Tigre de la Malasia.

         -No estaba de más la precaución de ver allí dentro. Va­mos ahora a seguir la búsqueda por otra parte.

         Los soldados y el sirviente se batieron en retirada y a los pocos minutos reinaba el más completo silencio dentro del in­vernadero y en las inmediaciones del mismo. Cuando ya nada se escuchó, Yáñez respiró profundamente.

         -¡Creo que he vivido mil años en estos minutos!

         -Te aseguro Yáñez que hubo un instante en que no daba un par de piastras por nuestras pieles; si el soldado alarga el cuello descubre todo.

         -Cuando vi su cabeza tan cerca, te juro Sandokan que es­tuve por meterle una bala en el cráneo.

         -¡Qué inoportuno hubieras estado!

         -Bueno, ahora no tenemos nada que temer; seguirán revi­sando el parque y terminarán por convencerse de que nos hemos volado.

         -Y en realidad: ¿cuándo lo haremos? ¡No querrás que­darte aquí toda una semana! Piensa que los prahos pueden es­tar ya en la boca del riachuelo.

         -Hermanito, vamos a ver si podemos echar algo entre los dientes, pues tengo la garganta como el caño de una chimenea y mi caramañola está vacía.

         -Sí, salgamos ya y beberás un trago de la mía.

         El portugués fue el primero en abandonar la salvadora es­tufa y para no dejar rastros de hollín en el piso, saltó sobre un gran tiesto de helechos, sobre el que sacudió su ropa; San­dokan hizo otro tanto.

         -¿Ves algo, Yáñez?

         -¡Nada! Está todo oscuro como mi cara y la tuya.

         -Entonces vayamos a saquear un bananero.

         Salieron con precaución del invernadero y a pocos pasos encontraron un bananero cargado de apetitosos frutos y en pocos instantes hicieron regular acopio del dulce manjar y al pie del mismo árbol se dieron un hartazgo.

         Iban a regresar al invernadero, cuando Sandokan se de­cidió.

         -Iré a echar una mirada sobre el parque; quiero ver qué hacen los soldados. Espérame aquí que en seguida regreso. -Me parece que es una imprudencia, Sandokan; ¿qué nos importa lo que hagan los chaquetas rojas?

         -Tengo una idea en la cabeza.

         -¿Otra? ¡Benditas ideas tuyas!

         Dejó a Yáñez la carabina que podía embarazarle y desen­vainó el kriss y se alejó en la oscuridad rumbo al palacete.

         -¡Mariana! -murmuró-; si pudiese verla, hablarla... tal vez pudiese llevarla conmigo esta misma noche...

         Se acercó audazmente a la villa y vio luz en la enrejada ventana de su amada. Estaba por saltar sobre la pérgola para encaramarse al alféizar, cuando distinguió una sombra hu­mana que descendía de la escalinata del palacete del Lord. Era uno de los centinelas allí apostados.

         -¿Me habrá descubierto? -pensó el Tigre.

         Su duda duró apenas unos instantes, pues acababa de ver la figura de Mariana dentro de la habitación iluminada.

         Sin pensar en el peligro, dio un salto y se agarró de un fuerte travesaño de la pérgola; en ese instante sintió que el soldado armaba su fusil, a pocos pasos de él y que con voz ronca le amenazaba:

         -¡Quieto o te mato!

         Sandokan estaba irremisiblemente perdido.

 

 

 

 

CAPÍTULO 18

FANTASMAS EN LA CHIMENEA

 

         L situación aparecía seriamente comprometida para Sandokan. Comprendió que estaba expuesto a un peligro inminente y se quedó inmóvil en el lugar donde se había ocultado.

         El centinela repitió la intimación, pero dudando de estar en lo cierto al no recibir respuesta ni percibir ruido alguno, comenzó a retroceder, paso a paso, sin bajar el fusil, hasta la entrada del palacete en cuyo interior desapareció prestamente. Sandokan, aunque deseaba vivamente escalar la ventana de Mariana, resolvió regresar junto a Yáñez y, lentamente y sin dejar de estar atento, comenzó a desandar el camino, lle­gando en breve al invernadero donde le aguardaba Yáñez fu­mando con impaciencia.

         -¿Qué has visto? He estado intranquilo por vos.

         -Nada de bueno para nosotros -respondió el Tigre con sorda cólera-; el palacete está lleno de soldados, lo mismo el parque y sospecho igual cosa fuera de la empalizada. Esta no­che, evidentemente, nada se puede intentar.

         -Podríamos aprovecharla para echar un sueñecillo...

         -Duerme tú si puedes, pero con un solo ojo, ¿eh?

         Se acomodaron en medio de unos tiestos que contenían ro­sales enanos de la China tratando de dormitar un poco. pero pese al cansancio y al vehemente deseo de dormir, no consi­guieron cerrar los ojos. El temor de ver reaparecer a los sol­dados los tenía continuamente sobresaltados y cualquier ruido que llegaba del exterior les hacía llevar las manos a las cara­binas.

         Cuando despuntó el alba se pusieron en pie y salieron para escudriñar los alrededores del invernadero. Se escuchaban vo­ces en todas direcciones, señal evidente de que los ingleses, con las primeras luces del día, darían una batida en regla por el parque y la floresta vecina. Aunque el refugio de los piratas había sido visitado, no había duda alguna de que volverían a inspeccionarlo.

         La perspectiva de pasar todo el día allí dentro, aguardando nuevamente la noche para tratar de escapar, ponía de un hu­mor espantoso al Tigre, que se sentaba y se paraba, caminaba y se volvía a sentar...

         De pronto Sandokan percibió un ruido exterior sospechoso, hizo una señal de silencio a Yáñez y ambos echaron manos a los kriss.

         -¿Quién regresará, Sandokan?

         -Tal vez algún soldado que anda de recorrida; si fuese uno solo le podríamos hacer prisionero.

         -Vayamos a ver,

         -¿Y yo debo quedarme aquí de brazos cruzados?

         -Si te necesito te llamaré con un silbido.

         -Entonces, anda. ¡Ten cuidado!

         El portugués se lanzó fuera del invernadero con el puñal listo para sorprender o defenderse si era sorprendido él: se ocultó bajo un bananero y se puso a escuchar atentamente.

         Yáñez supuso que los soldados, o se habían alejado fuera del parque, creyendo que los piratas habían ganado la selva, o estaban batiendo la espesura, meticulosamente, desde el otro extremo de la extensa villa.

         Se disponía a regresar junto a Sandokan para hacerle par­tícipe de las mismas cuando vio que desde la villa salía un soldado que se dirigía por el camino directo que llevaba al in­vernadero. Se ocultó en medio de una mata de geranios y se quedó a la expectativa y en ese momento, sin que le llamase, Sandokan apareció a su lado.

         -¿Es que no puedes dominarte un instante? -reconvínole. -Te supuse en peligro. . .

         -En peligro estamos ahora mismo... ¡mira!

         -Es uno solo... ; ¡le capturaremos!

         -Uno sólo, pero si da un grito de alarma se nos echarán encima los demás. ¿Quieres perdernos?

         -Déjame a mí y te aseguro que te lo pondré a los pies manso como un cordero. Sígueme.

         Se arrastraron casi por el suelo y se allegaron al borde del camino que debía recorrer el soldado, un muchachito sonrosa­do y de cabello rojizo; un imberbe y probablemente recién re­clutado. Si bien llevaba el fusil armado al brazo, por su acti­tud revelaba que no se había percatado de la presencia de los piratas.

         -Será fácil capturarle -murmuró el Tigre.

         -Caeremos sobre él cuando haya pasado este durión -res­pondió el portugués-. Prepararé la faja para maniatarlo, pe­ro te repito que cometemos una imprudencia. Si grita. ..

         -Ya está aquí... ¡Vamos!

         El soldado estaba sobre el lugar donde estaban emboscados los piratas sin percatarse de nada; Yáñez y Sandokan, al uní­sono, saltaron sobre él y le derribaron al suelo en tanto el portugués le tapaba la boca con la mano en que tenía la faja y Sandokan le ponía la punta del kriss en la nuca. El sorprendi­do soldado se revolvió con furia y consiguió lanzar un agudo grito.

         -Pronto, Yáñez: ¡a la estufa!

         Pocos instantes bastaron para que el portugués maniatara con su faja al despavorido soldado que quedó totalmente in­movilizado y con la boca amordazada con su propio pañuelo. Yáñez le cargó con facilidad sobre la espalda y se introduje­ron en el invernadero cerrando la puerta.

         Abrió la portezuela de la estufa y arrojó dentro al prisio­nero, siguiéndole los piratas. Yáñez estaba preocupado. -Creo que esta vez la hemos hecho linda y estamos ante un real peligro.

         -¿Habrán oído el grito de este conejo?

         -¡Hasta en Victoria se habrá escuchado!

         -¡Estamos perdidos, entonces!

         -Todavía tenemos la piel pegada a los huesos y sabremos defenderla; en la prisa olvidamos la carabina de este marrano en medio del camino y ello les dará una pista hasta aquí.

         -Nos conviene huir de aquí y tratar de ganar la empali­zada.

         -No andaríamos más de cincuenta metros sin que nos fu­silasen. Quedémonos aquí; estamos armados y dispuestos a todo Esperemos. Me parece que se acercan..., oigo rumores y pasos.

         Yáñez no se engañaba. Algunos soldados que habían oído el grito de su camarada estaban reunidos en el camino, en tor­no a su fusil y comentaban su extraña desaparición.

         -Si ha dejado aquí el arma, quiere decir que le han sor­prendido y llevado -decía uno.

         -Creo que Barry quiere burlarse de nosotros -dijo otro-; no creo que los piratas estén tan cerca del palacete. -No creo que sea el momento para dar bromas -replicó el primero-. Creo que a Barry le ha ocurrido algo.

         -¡Eh, Barry! -gritó una tercera voz con marcado acento de mando-; deja de hacerte el gracioso, bribón, o te haré azotar.

         -¿Qué hacemos, sargento? -preguntó la voz primera.

         -¡Buscarlo, muchachos! No puede estar lejos y si lo han capturado ello dificultará la huida de los piratas. Antes que nada hagamos una inspección en el invernadero.

         Al escuchar estas palabras, Yáñez y Sandokan se estreme­cieron.

         -¿Qué hacemos, Sandokan?

         -Matemos al prisionero para que no nos delate.

         -No creo que sea menester; está muerto de miedo y tengo mi kriss apoyado en su pecho.

         -Perdonémosle entonces la vida. Tengo un plan, Yáñez: tú colócate junto a la portezuela y le partes el cráneo al pri­mer soldado que meta aquí dentro la cabeza, en tanto yo pre­paro una sorpresa a estos malditos chaquetas rojas.

         Yáñez se inclinó sobre el prisionero.

         -Si haces un solo movimiento, si intentas algo, date por muerto: te clavaré apenas la punta de mi kriss envenenado y te irás al infierno.

         El preso ni se movió. Yáñez se puso en guardia, con la ca­rabina empuñada por el cañón para usarla como maza, en tan­to Sandokan con el puño de su kriss tanteaba la fortaleza de las paredes que formaban el hogar.

         -Les daremos una gran sorpresa, hermanito; esperemos el momento oportuno para brindársela.

         En tanto los soldados habían penetrado en el invernadero y revolvían tiestos y jardineras, mascullando toda clase de im­properios contra el Tigre de la Malasia. Al no encontrar rastro alguno de Barry, el sargento reparó en la enorme estufa.

         -¡Por San Patricio! ¡He aquí un lugar apropiado para ocultar a un hombre! ¡Vamos a ver el interior de ese horno!

         -Prepárate para la sorpresa -murmuró Sandokan.

         Yáñez lo sintió apoyarse contra los tiznados ladrillos del hogar y respirar hondamente como haciendo acopio de fuerzas para dar un tremendo empujón a las débiles paredes.

         En ese preciso instante la mano del sargento abría la portezuela y un haz de luz se filtró por la abertura.

         ¡Ahora, Yáñez! -gritó Sandokan dando un terrible em­pellón a la mampostería que se derrumbó con gran estrépito levantando una espesa nube de argamasa y hollín.

         Yáñez y Sandokan, cubiertos de polvo, negros como demo­nios y gritando ferozmente, se lanzaron repartiendo golpes a derecha e izquierda entre los soldados, que se hicieron a uno y otro lado para evitar aquella imprevista granizada.

         ¡El Tigre de la Malasia! -gritó espantado el sargento.

         ¡Fantasmas! ¡Fantasmas! -gritaba otro.

          antes que se disipara la espesa nube de hollín y se repu­sieran de la terrorífica visión de aquellos fantasmas carbone­ros, los dos piratas, tras derribar al sargento y a un soldado con golpes de carabina, rápidamente ganaron la puerta del invernadero y desaparecieron corriendo bajo la espesura del parque.

 

 

CAPÍTULO 19

A TRAVÉS DE LA FLORESTA

 

         L espanto que experimentaron los soldados al ver apare­cer de improviso ante ellos al formidable pirata de Mompra­cem fue tal, que ninguno atinó a hacer nada. Cuando se repu­sieron de la sorpresa, Yáñez y Sandokan estaban bastante le­jos de ellos.

         os dos piratas se internaron a toda carrera en la floresta y en pocos minutos llegaron a la cerca que escalaron rápida­mente, siguiendo la fuga al interior de la intrincada selva de la isla de Labuan.

         ras correr como caballos otros diez minutos, se detuvieron bajo un árbol para recobrar el aliento y orientarse sobre la marcha de sus perseguidores.

Reiniciaron la marcha con la mayor velocidad posible, pero a medida que se iban internando en la espesura la marcha de­bía mesurarse por la cantidad de obstáculos naturales.

         Pronto se encontraron en medio de una espesura tal que les era imposible seguir avanzando.

         Imitemos a los monos, Yáñez.

         Se colgaron las carabinas a la espalda y se encaramaron en las plantas trepadoras que tenían una insospechada resistencia, debiendo elevarse a una treintena de pies, para lograr avanzar de un árbol a otro.

         -¿Dónde nos encontramos, Sandokan?

         -¡Vaya uno a saberlo! Lo fundamental es hacer perder el rastro a nuestros perseguidores.

         -¿Pero, nos sabremos orientar hacia el mar?

         -¿Te olvidas que soy malayo? Jamás los hombres de mi raza se extravían y pierden la justa dirección. Nada temas.

         -¿Qué harán los chaquetas rojas en el monte? ¿Serán ca­paces de seguirnos en este infierno vegetal?

         -Lo dudo: no es gente habituada a las grandes florestas y fácilmente se extravían. Existe otro peligro mayor: que nos busquen en la selva con perros oteadores de tigres, que tie­nen un olfato singular para encontrar en seguida un rastro. No debemos hacer uso de las carabinas.

         -Nuestros kriss sobrarán para despellejar a esos canes si se nos echan encima.

         -Son bestias más peligrosas que los hombres, Yáñez; pero no derrochemos energías hablando y avancemos.

         Los dos fugitivos siguieron en aquella gimnasia de escalar murallas de vegetales, subiendo a árboles de gran altura, para descender luego a tierra donde el paso estaba franqueado, de­biendo hacer innumerables subidas y bajadas en escasos cen­tenares de metros.

         -Podríamos tomarnos un descanso, Yáñez.

         -Lo mismo te iba a proponer, hermanito; estoy deshecho. Creo que los ingleses no nos van a venir a buscar a cuarenta pies de altura entre las ramas de este gigantesco piombo que, por otra parte, nos ofrece su fruto excelente para calmar un poco la sed y el apetito. Tantas aventuras me han puesto ham­briento.

         -¡Come hasta hartarte, Yáñez, bien te lo has ganado!

         -¿No será temerario adelantarnos más? ¿Y si los ingleses están emboscados en las márgenes del bosque?

         -Yo no le temo.

         -Pero una bala de carabina puede venir a saludarte. -Seremos prudentes, Yáñez; vamos, la fiebre me consume. Aunque temiendo una sorpresa por parte del enemigo, Yá­ñez se dispuso a seguir la marcha, pues él también estaba im­paciente por conocer alguna novedad de los prahos, fugitivos de la terrible tormenta que había batido las costas de la isla.

         Sorbieron el jugo de un fruto indígena llamado buá mam­plam y descendieron de la altura vegetal en que se hallaban para proseguir la marcha, ahora al través de una planicie ca­rente de arboleda, pero en cuya extremidad, un par de kiló­metros más arriba, la selva volvía a espesarse y enmarañarse. Sandokan estaba realmente desorientado.

         -Te confieso. Yáñez. que no sé si debemos tomar para la derecha o la izquierda para dar con el curso del río que busca­mos: pocas veces he estado en una selva tan intrincada.

         -Yo acabo de observar que entre el bosque se marca un pequeño sendero: la hierba le recubre, pero no ha logrado bo­rrar su trazo: tal vez conduzca fuera de este laberinto y...

         -¿Has oído, Yáñez? ¡Un ladrido!

         Yáñez prestó atención y la frente del Tigre se ensombreció.

         -¿Habrán descubierto los perros nuestra huella?

         En lontananza, en medio de la espesa floresta, se había de­jado oír un segundo ladrido: algún perro había penetrado en aquella inmensa selva virgen y trataba de seguir la huella de los fugitivos.

         -¿Estará solo o seguido por hombres?

         -Únicamente nativos: un soldado europeo no hubiese po­dido internarse en semejante manigua.

         -¿Qué hacemos?

         -Esperar a pie firme al animal y matarlo, Yáñez.

         -¿De un tiro?

         -El disparo podría ubicar nuestra posición, Yáñez; desen­vainemos los kriss y esperemos.

         Se apostaron tras el grueso tronco del árbol citado y aguar­daron la posible acometida de aquel adversario de cuatro patas. El animal ganaba camino rápidamente; se oía a no mucha distancia su marcha en medio de las ramas y la hojarasca, husmeando la huella y lanzando sordos ladridos.   Debía haber descubierto ya la traza de los piratas y trataba de evitar que se alejaran.

         -¡Ahí lo tienes! -apuntó Yáñez.

         En efecto: bajo las matas había aparecido un enorme mas­tín negro, de pelo erizado y con mandíbulas formidablemente armadas de aguzados dientes. Pertenecía a esa raza feroz uti­lizada por los antiguos plantadores y negreros, para perseguir y cazar esclavos fugitivos.

         Viendo a los dos hombres se detuvo un momento con ojos ardientes, luego, describiendo un gran salto con la agilidad de un leopardo, se lanzó sobre los piratas lanzando un gruñido horroroso. Sandokan estaba arrodillado manteniendo su kriss sobre su cabeza, mientras Yáñez empuñaba la carabina por el cañón y la blandía en alto a guisa de maza.

         El Tigre de la Malasia rápidamente le hundió el puñal has­ta el mango en las fauces abiertas y húmedas del animal. Yá­ñez, simultáneamente, le destrozó el cráneo con un terrible culatazo de su carabina. El perro, sin lanzar un gemido siquie­ra, cayó muerto a los pies de los piratas.

         -Ya tiene bastante.. . -dijo Yáñez aplicándole un punta­pié-; si los ingleses no tienen otros aliados que mandarnos más que estos perros, perderán inútilmente el tiempo tras nosotros.

         -Aguarda, que tras el perro vendrán los hombres.