El sí de las niñas

 

 


Leandro Fernández de Moratín

 

[Nota preliminar: Edición digital a partir de la de Madrid, Impta. de Villalpando, 1806, y la de París, Aug. Bobée, 1825. Véase Bibliografía.]

 

 

Advertencia

 

El sí de las niñas se representó en el teatro de la Cruz el día 24 de enero de 1806, y si puede dudarse cuál sea entre las comedias del autor la más estimable, no cabe duda en que ésta ha sido la que el público español recibió con mayores aplausos. Duraron sus primeras representaciones veinte y seis días consecutivos, hasta que llegada la cuaresma se cerraron los teatros como era costumbre. Mientras el público de Madrid acudía a verla, ya se representaba por los cómicos de las provincias, y una culta reunión de personas ilustres e inteligentes se anticipaba en Zaragoza a ejecutarla en un teatro particular, mereciendo por el acierto de su desempeño la aprobación de cuantos fueron admitidos a oírla. Entretanto se repetían las ediciones de esta obra: cuatro se hicieron en Madrid durante el año de 1806, y todas fueron necesarias para satisfacer la común curiosidad de leerla, excitada por las representaciones del teatro.

 

¡Cuánta debió ser entonces la indignación de los que no gustan de la ajena celebridad, de los que ganan la vida buscando defectos en todo lo que otros hacen, de los que escriben comedias sin conocer el arte de escribirlas, y de los que no quieren ver descubiertos en la escena vicios y errores tan funestos a la sociedad como favorables a sus privados intereses! La aprobación pública reprimió los ímpetus de los críticos folicularios: nada imprimieron contra esta comedia, y la multitud de exámenes, notas, advertencias y observaciones a que dio ocasión, igualmente que las contestaciones y defensas que se hicieron de ella, todo quedó manuscrito. Por consiguiente, no podían bastar estos imperfectos desahogos a satisfacer la animosidad de los émulos del autor, ni el encono de los que resisten a toda ilustración y se obstinan en perpetuar las tinieblas de la ignorancia. Éstos acudieron al modo más cómodo, más pronto y más eficaz, y si no lograron el resultado que esperaban, no hay que atribuirlo a su poca diligencia. Fueron muchas las delaciones que se hicieron de esta comedia al tribunal de la Inquisición. Los calificadores tuvieron no poco que hacer en examinarlas y fijar su opinión acerca de los pasajes citados como reprensibles; y en efecto, no era pequeña dificultad hallarlos tales en una obra en que no existe ni una sola proposición opuesta al dogma ni a la moral cristiana.

 

Un ministro, cuya principal obligación era la de favorecer los buenos estudios, hablaba el lenguaje de los fanáticos más feroces, y anunciaba la ruina del autor de El sí de las niñas como la de un delincuente merecedor de grave castigo. Tales son los obstáculos que han impedido frecuentemente en España el progreso rápido de las luces, y esta oposición poderosa han tenido que temer los que han dedicado en ella su aplicación y su talento a la indagación de verdades útiles y al fomento y esplendor de la literatura y de las artes. Sin embargo, la tempestad que amenazaba se disipó a la presencia del Príncipe de la Paz; su respeto contuvo el furor de los ignorantes y malvados hipócritas que, no atreviéndose por entonces a moverse, remitieron su venganza para ocasión más favorable.

 

En cuanto a la ejecución de esta pieza, basta decir que los actores se esmeraron a porfía en acreditarla, y que sólo excedieron al mérito de los demás los papeles de Doña Irene, Doña Francisca y Don Diego. En el primero se distinguió María Ribera, por la inimitable naturalidad y gracia cómica con que supo hacerle. Josefa Virg rivalizó con ella en el suyo, y Andrés Prieto, nuevo entonces en los teatros de Madrid, adquirió el concepto de actor inteligente que hoy retiene todavía con general aceptación.

 

[EL AUTOR]

 

 

 

 

 

 

 

 

PERSONAJES

  

  

DON DIEGO. 

DON CARLOS. 

DOÑA IRENE. 

DOÑA FRANCISCA. 

RITA. 

SIMÓN. 

CALAMOCHA. 

 

 

La escena es en una posada de Alcalá de Henares.

 

  

 

El teatro representa una sala de paso con cuatro puertas de habitaciones para huéspedes, numeradas todas. Una más grande en el foro, con escalera que conduce al piso bajo de la casa. Ventana de antepecho a un lado. Una mesa en medio, con banco, sillas, etc.

 

  

 

La acción empieza a las siete de la tarde y acaba a las cinco de la mañana siguiente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Acto I

 

 

 

 

Escena I

 

 

 

 

 

DON DIEGO, SIMÓN.

 

  

 

 

 

Sale DON DIEGO de su cuarto, SIMÓN, que está sentado en una silla, se levanta.

 

  

 

DON DIEGO.-   ¿No han venido todavía?

 

 

SIMÓN.-   No, señor.

 

 

DON DIEGO.-   Despacio lo han tomado, por cierto.

 

 

SIMÓN.-   Como su tía la quiere tanto, según parece, y no la ha visto desde que la llevaron a Guadalajara...

 

 

DON DIEGO.-   Sí. Yo no digo que no la viese; pero con media hora de visita y cuatro lágrimas estaba concluido.

 

 

SIMÓN.-   Ello también ha sido extraña determinación la de estarse usted dos días enteros sin salir de la posada. Cansa el leer, cansa el dormir... Y, sobre todo, cansa la mugre del cuarto, las sillas desvencijadas, las estampas del hijo pródigo, el ruido de campanillas y cascabeles, y la conversación ronca de carromateros y patanes, que no permiten un instante de quietud.

 

 

DON DIEGO.-   Ha sido conveniente el hacerlo así. Aquí me conocen todos: el Corregidor, el señor Abad, el Visitador, el Rector de Málaga... ¡Qué sé yo! Todos. Y ha sido preciso estarme quieto y no exponerme a que me hallasen por ahí.

 

 

SIMÓN.-   Yo no alcanzo la causa de tanto retiro. Pues ¿hay más en esto que haber acompañado usted a Doña Irene hasta Guadalajara para sacar del convento a la niña y volvernos con ellas a Madrid?

 

 

DON DIEGO.-   Sí, hombre; algo más hay de lo que has visto.

 

 

SIMÓN.-   Adelante.

 

 

DON DIEGO.-   Algo, algo... Ello tú al cabo lo has de saber, y no puede tardarse mucho... Mira, Simón, por Dios te encargo que no lo digas... Tú eres hombre de bien, y me has servido muchos años con fidelidad... Ya ves que hemos sacado a esa niña del convento y nos la llevamos a Madrid.

 

 

SIMÓN.-   Sí, señor.

 

 

DON DIEGO.-   Pues bien... Pero te vuelvo a encargar que a nadie lo descubras.

 

 

SIMÓN.-   Bien está, señor. Jamás he gustado de chismes.

 

 

DON DIEGO.-   Ya lo sé. Por eso quiero fiarme de ti. Yo, la verdad, nunca había visto a la tal Doña Paquita. Pero, mediante la amistad con su madre, he tenido frecuentes noticias de ella; he leído muchas de las cartas que escribía; he visto algunas de su tía la monja, con quien ha vivido en Guadalajara; en suma, he tenido cuantos informes pudiera desear acerca de sus inclinaciones y su conducta. Ya he logrado verla; he procurado observarla en estos pocos días y, a decir verdad, cuantos elogios hicieron de ella me parecen escasos.

 

 

SIMÓN.-   Sí, por cierto... Es muy linda y...

 

 

DON DIEGO.-   Es muy linda, muy graciosa, muy humilde... Y, sobre todo, ¡aquel candor, aquella inocencia! Vamos, es de lo que no se encuentra por ahí... Y talento... Sí señor, mucho talento... Conque, para acabar de informarte, lo que yo he pensado es...

 

 

 

SIMÓN.-   No hay que decírmelo.

 

 

DON DIEGO.-   ¿No? ¿Por qué?

 

 

SIMÓN.-   Porque ya lo adivino. Y me parece excelente idea.

 

 

DON DIEGO.-   ¿Qué dices?

 

 

SIMÓN.-   Excelente.

 

 

DON DIEGO.-   ¿Conque al instante has conocido?...

 

 

SIMÓN.-   ¿Pues no es claro?... ¡Vaya!... Dígole a usted que me parece muy buena boda. Buena, buena.

 

 

DON DIEGO.-   Sí señor... Ya lo he mirado bien y lo tengo por cosa muy acertada.

 

 

SIMÓN.-   Seguro que sí.

 

 

DON DIEGO.-   Pero quiero absolutamente que no se sepa hasta que esté hecho.

 

 

SIMÓN.-   Y en eso hace usted bien.

 

 

DON DIEGO.-   Porque no todos ven las cosas de una manera, y no faltaría quien murmurase, y dijese que era una locura, y me...

 

 

SIMÓN.-   ¿Locura? ¡Buena locura!... ¿Con una chica como ésa, eh?

 

 

DON DIEGO.-   Pues ya ves tú. Ella es una pobre... Eso sí... Porque aquí entre los dos, la buena de Doña Irene se ha dado tal prisa a gastar desde que murió su marido que, si no fuera por estas benditas religiosas y el canónigo de Castrojeriz, que es también su cuñado, no tendría para poner un puchero a la lumbre... Y muy vanidosa y muy remilgada, y hablando siempre de su parentela y de sus difuntos, y sacando unos cuentos allá que... Pero esto no es del caso... Yo no he buscado dinero, que dineros tengo. He buscado modestia, recogimiento, virtud.

 

 

SIMÓN.-   Eso es lo principal... Y, sobre todo, lo que usted tiene ¿para quién ha de ser?

 

 

DON DIEGO.-   Dices bien... ¿Y sabes tú lo que es una mujer aprovechada, hacendosa, que sepa cuidar de la casa, economizar, estar en todo?... Siempre lidiando con amas, que si una es mala, otra es peor, regalonas, entremetidas, habladoras, llenas de histérico, viejas, feas como demonios... No señor, vida nueva. Tendré quien me asista con amor y fidelidad, y viviremos como unos santos... Y deja que hablen y murmuren y...

 

 

SIMÓN.-   Pero, siendo a gusto de entrambos, ¿qué pueden decir?

 

 

DON DIEGO.-   No, yo ya sé lo que dirán; pero... Dirán que la boda es desigual, que no hay proporción en la edad, que...

 

 

SIMÓN.-   Vamos, que no parece tan notable la diferencia. Siete u ocho años a lo más...

 

 

DON DIEGO.-   ¡Qué, hombre! ¿Qué hablas de siete u ocho años? Si ella ha cumplido dieciséis años pocos meses ha.

 

 

SIMÓN.-   Y bien, ¿qué?

 

 

DON DIEGO.-   Y yo, aunque gracias a Dios estoy robusto y... Con todo eso, mis cincuenta y nueve años no hay quien me los quite.

 

 

SIMÓN.-   Pero si yo no hablo de eso.

 

 

DON DIEGO.-   Pues ¿de qué hablas?

 

 

SIMÓN.-   Decía que... Vamos, o usted no acaba de explicarse, o yo lo entiendo al revés... En suma, esta Doña Paquita, ¿con quién se casa?

 

 

DON DIEGO.-   ¿Ahora estamos ahí? Conmigo.

 

 

SIMÓN.-   ¿Con usted?

 

 

DON DIEGO.-   Conmigo.

 

 

SIMÓN.-   ¡Medrados quedamos!

 

 

DON DIEGO.-   ¿Qué dices?... Vamos, ¿qué?...

 

 

SIMÓN.-   ¡Y pensaba yo haber adivinado!

 

 

DON DIEGO.-   Pues ¿qué creías? ¿Para quién juzgaste que la destinaba yo?

 

 

SIMÓN.-   Para Don Carlos, su sobrino de usted, mozo de talento, instruido, excelente soldado, amabilísimo por todas sus circunstancias... Para ése juzgué que se guardaba la tal niña.

 

 

DON DIEGO.-   Pues no señor.

 

 

SIMÓN.-   Pues bien está.

 

 

DON DIEGO.-   ¡Mire usted qué idea! ¡Con el otro la había de ir a casar!... No señor; que estudie sus matemáticas.

 

 

SIMÓN.-   Ya las estudia; o, por mejor decir, ya las enseña.

 

 

DON DIEGO.-   Que se haga hombre de valor y...

 

 

SIMÓN.-   ¡Valor! ¿Todavía pide usted más valor a un oficial que en la última guerra, con muy pocos que se atrevieron a seguirle, tomó dos baterías, clavó los cañones, hizo algunos prisioneros, y volvió al campo lleno de heridas y cubierto de sangre?... Pues bien satisfecho quedó usted entonces del valor de su sobrino; y yo le vi a usted más de cuatro veces llorar de alegría cuando el rey le premió con el grado de teniente coronel y una cruz de Alcántara.

 

 

DON DIEGO.-   Sí señor; todo es verdad, pero no viene a cuento. Yo soy el que me caso.

 

 

SIMÓN.-   Si está usted bien seguro de que ella le quiere, si no le asusta la diferencia de la edad, si su elección es libre...

 

 

DON DIEGO.-   Pues ¿no ha de serlo?... Doña Irene la escribió con anticipación sobre el particular. Hemos ido allá, me ha visto, la han informado de cuanto ha querido saber, y ha respondido que está bien, que admite gustosa el partido que se le propone... Y ya ves tú con qué agrado me trata, y qué expresiones me hace tan cariñosas y tan sencillas... Mira, Simón, si los matrimonios muy desiguales tienen por lo común desgraciada resulta, consiste en que alguna de las partes procede sin libertad, en que hay violencia, seducción, engaño, amenazas, tiranía doméstica... Pero aquí no hay nada de eso. ¿Y qué sacarían con engañarme? Ya ves tú la religiosa de Guadalajara si es mujer de juicio; ésta de Alcalá, aunque no la conozco, sé que es una señora de excelentes prendas; mira tú si Doña Irene querrá el bien de su hija; pues todas ellas me han dado cuantas seguridades puedo apetecer... La criada, que la ha servido en Madrid y más de cuatro años en el convento, se hace lenguas de ella; y sobre todo me ha informado de que jamás observó en esta criatura la más remota inclinación a ninguno de los pocos hombres que ha podido ver en aquel encierro. Bordar, coser, leer libros devotos, oír misa y correr por la huerta detrás de las mariposas, y echar agua en los agujeros de las hormigas, éstas han sido su ocupación y sus diversiones... ¿Qué dices?

 

 

SIMÓN.-   Yo nada, señor.

 

 

DON DIEGO.-   Y no pienses tú que, a pesar de tantas seguridades, no aprovecho las ocasiones que se presentan para ir ganando su amistad y su confianza, y lograr que se explique conmigo en absoluta libertad... Bien que aún hay tiempo... Sólo que aquella Doña Irene siempre la interrumpe; todo se lo habla... Y es muy buena mujer, buena...

 

 

SIMÓN.-   En fin, señor, yo desearé que salga como usted apetece.

 

 

DON DIEGO.-   Sí; yo espero en Dios que no ha de salir mal. Aunque el novio no es muy de tu gusto... ¡Y qué fuera de tiempo me recomendabas al tal sobrinito! ¿Sabes tú lo enfadado que estoy con él?

 

 

SIMÓN.-   Pues ¿qué ha hecho?

 

 

DON DIEGO.-   Una de las suyas... Y hasta pocos días ha no lo he sabido. El año pasado, ya lo viste, estuvo dos meses en Madrid... Y me costó buen dinero la tal visita... En fin, es mi sobrino, bien dado está; pero voy al asunto. Ya te acuerdas de que a muy pocos días de haber salido de Madrid recibí la noticia de su llegada.

 

 

SIMÓN.-   Sí, señor.

 

 

DON DIEGO.-   Y que siguió escribiéndome, aunque algo perezoso, siempre con la data de Zaragoza.

 

 

SIMÓN.-   Así es la verdad.

 

 

DON DIEGO.-   Pues el pícaro no estaba allí cuando me escribía las tales cartas.

 

 

SIMÓN.-   ¿Qué dice usted?

 

 

DON DIEGO.-   Sí, señor. El día tres de julio salió de mi casa, y a fines de septiembre aún no había llegado a sus pabellones... ¿No te parece que para ir por la posta hizo muy buena diligencia?

 

 

SIMÓN.-   Tal vez se pondría malo en el camino, y por no darle a usted pesadumbre...

 

 

DON DIEGO.-   Nada de eso. Amores del señor oficial y devaneos que le traen loco... Por ahí en esas ciudades puede que... ¿Quién sabe? Si encuentra un par de ojos negros, ya es hombre perdido... ¡No permita Dios que me le engañe alguna bribona de estas que truecan el honor por el matrimonio!

 

 

SIMÓN.-   ¡Oh! No hay que temer... Y si tropieza con alguna fullera de amor, buenas cartas ha de tener para que le engañe.

 

 

DON DIEGO.-   Me parece que están ahí... Sí. Busca al mayoral, y dile que venga para quedar de acuerdo en la hora a que deberemos salir mañana.

 

 

SIMÓN.-   Bien está.

 

 

DON DIEGO.-   Ya te he dicho que no quiero que esto se trasluzca, ni... ¿Estamos?

 

 

SIMÓN.-   No haya miedo que a nadie lo cuente.

 

 

 

 

(SIMÓN se va por la puerta del foro. Salen por la misma las tres mujeres con mantillas y basquiñas. RITA deja un pañuelo atado sobre la mesa y recoge las mantillas y las dobla.)

 

  

 

 

 

Escena II

 

 

 

 

 

DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO.

 

  

 

DOÑA FRANCISCA.-   Ya estamos acá.

 

 

DOÑA IRENE.-   ¡Ay! ¡Qué escalera!

 

 

DON DIEGO.-   Muy bien venidas, señoras.

 

CALAMOCHA.-   ¡Calle!... ¡Rita!

 

 

RITA.-   ¡Calamocha!

 

 

CALAMOCHA.-   ¿Qué hallazgo es éste?

 

 

RITA.-   ¿Y tu amo?

 

 

CALAMOCHA.-   Los dos acabamos de llegar.

 

 

RITA.-   ¿De veras?

 

 

CALAMOCHA.-   No, que es chanza. Apenas recibió la carta de Doña Paquita, yo no sé adónde fue, ni con quién habló, ni cómo lo dispuso; sólo sé decirte que aquella tarde salimos de Zaragoza. Hemos venido como dos centellas por ese camino. Llegamos esta mañana a Guadalajara, y a las primeras diligencias nos hallamos con que los pájaros volaron ya. A caballo otra vez, y vuelta a correr y a sudar y a dar chasquidos... En suma, molidos los rocines, y nosotros a medio moler, hemos parado aquí con ánimo de salir mañana... Mi teniente se ha ido al Colegio Mayor a ver a un amigo, mientras se dispone algo que cenar... Esta es la historia.

 

 

RITA.-   ¿Conque le tenemos aquí?

 

 

CALAMOCHA.-   Y enamorado más que nunca, celoso, amenazando vidas... Aventurado a quitar el hipo a cuantos le disputen la posesión de su Currita idolatrada.

 

 

RITA.-   ¿Qué dices?

 

 

CALAMOCHA.-   Ni más ni menos.

 

 

RITA.-   ¡Qué gusto me das!... Ahora sí se conoce que la tiene amor.

 

 

CALAMOCHA.-   ¿Amor?... ¡Friolera!... El moro Gazul fue para con él un pelele, Medoro un zascandil y Gaiferos un chiquillo de la doctrina.

 

 

RITA.-   ¡Ay, cuando la señorita lo sepa!

 

 

CALAMOCHA.-   Pero acabemos. ¿Cómo te hallo aquí? ¿Con quién estás? ¿Cuándo llegaste? Qué...

 

 

RITA.-   Yo te lo diré. La madre de Doña Paquita dio en escribir cartas y más cartas, diciendo que tenía concertado su casamiento en Madrid con un caballero rico, honrado, bien quisto, en suma, cabal y perfecto, que no había más que apetecer. Acosada la señorita con tales propuestas, y angustiada incesantemente con los sermones de aquella bendita monja, se vio en la necesidad de responder que estaba pronta a todo lo que la mandasen... Pero no te puedo ponderar cuánto lloró la pobrecita, qué afligida estuvo. Ni quería comer, ni podía dormir... Y al mismo tiempo era preciso disimular, para que su tía no sospechara la verdad del caso. Ello es que cuando, pasado el primer susto, hubo lugar de discurrir escapatorias y arbitrios, no hallamos otro que el de avisar a tu amo, esperando que si era su cariño tan verdadero y de buena ley como nos había ponderado, no consentiría que su pobre Paquita pasara a manos de un desconocido, y se perdiesen para siempre tantas caricias, tantas lágrimas y tantos suspiros estrellados en las tapias del corral. A pocos días de haberle escrito, cata el coche de colleras y el mayoral Gasparet con sus medias azules, y la madre y el novio que vienen por ella; recogimos a toda prisa nuestros meriñaques, se atan los cofres, nos despedimos de aquellas buenas mujeres, y en dos latigazos llegamos antes de ayer a Alcalá. La detención ha sido para que la señorita visite a otra tía monja que tiene aquí, tan arrugada y tan sorda como la que dejamos allá. Ya la ha visto, ya la han besado bastante una por una todas las religiosas, y creo que mañana temprano saldremos. Por esta casualidad nos...

 

 

CALAMOCHA.-   Sí. No digas más... Pero... ¿Conque el novio está en la posada?

 

 

RITA.-   Ése es su cuarto  (Señalando el cuarto de DON DIEGO, el de DOÑA IRENE y el de DOÑA FRANCISCA.) , éste el de la madre y aquél el nuestro.

 

 

CALAMOCHA.-   ¿Cómo nuestro? ¿Tuyo y mío?

 

 

RITA.-   No, por cierto. Aquí dormiremos esta noche la señorita y yo; porque ayer, metidas las tres en ese de enfrente, ni cabíamos de pie, ni pudimos dormir un instante, ni respirar siquiera.

 

 

CALAMOCHA.-   Bien. Adiós.  (Recoge los trastos que puso sobre la mesa en ademán de irse.)

 

 

RITA.-   Y, ¿adónde?

 

 

CALAMOCHA.-   Yo me entiendo... Pero, el novio, ¿trae consigo criados, amigos o deudos que le quiten la primera zambullida que le amenaza?

 

 

RITA.-   Un criado viene con él.

 

 

CALAMOCHA.-   ¡Poca cosa!... Mira, dile en caridad que se disponga, porque está en peligro. Adiós.

 

 

RITA.-   ¿Y volverás presto?

 

 

CALAMOCHA.-   Se supone. Estas cosas piden diligencia y, aunque apenas puedo moverme, es necesario que mi teniente deje la visita y venga a cuidar de su hacienda, disponer el entierro de ese hombre, y... ¿Conque ése es nuestro cuarto, eh?

 

 

RITA.-   Sí. De la señorita y mío.

 

 

CALAMOCHA.-   ¡Bribona!

 

 

RITA.-   ¡Botarate! Adiós.

 

 

CALAMOCHA.-   Adiós, aborrecida.  (Éntrase con los trastos en el cuarto de DON CARLOS.)

 

 

 

 

Escena IX

 

 

 

 

 

DOÑA FRANCISCA, RITA.

 

  

 

RITA.-   ¡Qué malo es!... Pero... ¡Válgame Dios! ¡Don Félix aquí!... Sí, la quiere, bien se conoce...  (Sale CALAMOCHA del cuarto de DON CARLOS, y se va por la puerta del foro.)  ¡Oh! Por más que digan, los hay muy finos; y entonces, ¿qué ha de hacer una?... Quererlos; no tiene remedio, quererlos... Pero ¿qué dirá la señorita cuando le vea, que está ciega por él? ¡Pobrecita! ¿Pues no sería una lástima que...? Ella es.  (Sale DOÑA FRANCISCA.)

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Ay, Rita!

 

 

RITA.-   ¿Qué es eso? ¿Ha llorado usted?

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿Pues no he de llorar? Si vieras mi madre... Empeñada está en que he de querer mucho a ese hombre... Si ella supiera lo que sabes tú, no me mandaría cosas imposibles... Y que es tan bueno, y que es rico, y que me irá tan bien con él... Se ha enfadado tanto, y me ha llamado picarona, inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no miento ni sé fingir, por eso me llaman picarona.

 

 

RITA.-   Señorita, por Dios, no se aflija usted.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Ya, como tú no lo has oído... Y dice que Don Diego se queja de que yo no le digo nada... Harto le digo, y bien he procurado hasta ahora mostrarme delante de él, que no lo estoy por cierto, y reírme y hablar niñerías... Y todo por dar gusto a mi madre, que si no... Pero bien sabe la Virgen que no me sale del corazón.  (Se va oscureciendo lentamente el teatro.)

 

 

RITA.-   Vaya, vamos, que no hay motivo todavía para tanta angustia... ¿Quién sabe?... ¿No se acuerda usted ya de aquel día de asueto que tuvimos el año pasado en la casa de campo del intendente?

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Ay! ¿Cómo puedo olvidarlo?... Pero ¿qué me vas a contar?

 

 

RITA.-   Quiero decir que aquel caballero que vimos allí con aquella cruz verde, tan galán, tan fino...

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Qué rodeos!... Don Félix. ¿Y qué?

 

 

RITA.-   Que nos fue acompañando hasta la ciudad...

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Y bien... Y luego volvió, y le vi, por mi desgracia, muchas veces... Mal aconsejada de ti.

 

 

RITA.-   ¿Por qué, señora?... ¿A quién dimos escándalo? Hasta ahora nadie lo ha sospechado en el convento. Él no entró jamás por las puertas, y cuando de noche hablaba con usted, mediaba entre los dos una distancia tan grande, que usted la maldijo no pocas veces... Pero esto no es el caso. Lo que voy a decir es que un amante como aquél no es posible que se olvide tan presto de su querida Paquita... Mire usted que todo cuanto hemos leído a hurtadillas en las novelas no equivale a lo que hemos visto en él... ¿Se acuerda usted de aquellas tres palmadas que se oían entre once y doce de la noche, de aquella sonora punteada con tanta delicadeza y expresión?

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Ay, Rita! Sí, de todo me acuerdo, y mientras viva conservaré la memoria... Pero está ausente... y entretenido acaso con nuevos amores.

 

 

RITA.-   Eso no lo puedo yo creer.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Es hombre, al fin, y todos ellos...

 

 

RITA.-   ¡Qué bobería! Desengáñese usted, señorita. Con los hombres y las mujeres sucede lo mismo que con loo que con los melones de Añover. Hay de todo; la dificultad está en saber escogerlos. El que se lleve chasco en la elección, quéjese de su mala suerte, pero no desacredite la mercancía... Hay hombres muy embusteros, muy picarones; pero no es creíble que lo sea el que ha dado pruebas tan repetidas de perseverancia y amor. Tres meses duró el terrero y la conversación a oscuras, y en todo aquel tiempo, bien sabe usted que no vimos en él una acción descompuesta, ni oímos de su boca una palabra indecente ni atrevida.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Es verdad. Por eso le quise tanto, por eso le tengo tan fijo aquí... aquí...  (Señalando el pecho.)  ¿Qué habrá dicho al ver la carta?... ¡Oh! Yo bien sé lo que habrá dicho...: ¡Válgate Dios! ¡Es lástima! Cierto. ¡Pobre Paquita!... Y se acabó... No habrá dicho más... Nada más.

 

 

RITA.-   No, señora; no ha dicho eso.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿Qué sabes tú?

 

 

RITA.-   Bien lo sé. Apenas haya leído la carta se habrá puesto en camino y vendrá volando a consolar a su amiga... Pero...  (Acercándose a la puerta del cuarto de DOÑA IRENE.)

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿Adónde vas?

 

 

RITA.-   Quiero ver si...

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Está escribiendo.

 

 

RITA.-   Pues ya presto habrá de dejarlo, que empieza a anochecer... Señorita, lo que la he dicho a usted es la verdad pura. Don Félix está ya en Alcalá.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿Qué dices? No me engañes.

 

 

RITA.-   Aquél es su cuarto... Calamocha acaba de hablar conmigo.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿De veras?

 

 

RITA.-   Sí, señora... Y le ha ido a buscar para...

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿Conque me quiere?... ¡Ay, Rita! Mira tú si hicimos bien de avisarle... Pero ¿ves qué fineza?... ¿Si vendrá bueno? ¡Correr tantas leguas sólo por verme... porque yo se lo mando!... ¡Qué agradecida le debo estar!... ¡Oh!, yo le prometo que no se quejará de mí. Para siempre agradecimiento y amor.

 

 

RITA.-   Voy a traer luces. Procuraré detenerme por allá abajo hasta que vuelvan... Veré lo que dice y qué piensa hacer, porque hallándonos todos aquí, pudiera haber una de Satanás entre la madre, la hija, el novio y el amante; y si no ensayamos bien esta contradanza, nos hemos de perder en ella.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Dices bien... Pero no; él tiene resolución y talento, y sabrá determinar lo más conveniente... Y ¿cómo has de avisarme?... Mira que así que llegue le quiero ver.

 

 

RITA.-   No hay que dar cuidado. Yo le traeré por acá, y en dándome aquella tosecilla seca... ¿Me entiende usted?

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Sí, bien.

 

 

RITA.-   Pues entonces no hay más que salir con cualquier excusa. Yo me quedaré con la señora mayor; la hablaré de todos sus maridos y de sus concuñados, y del obispo que murió en el mar... Además, que si está allí Don Diego...

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Bien, anda; y así que llegue...

 

 

RITA.-   Al instante.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Que no se te olvide toser.

 

 

RITA.-   No haya miedo.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Si vieras qué consolada estoy!

 

 

RITA.-   Sin que usted lo jure lo creo.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿Te acuerdas, cuando me decía que era imposible apartarme de su memoria, que no habría peligros que le detuvieran, ni dificultades que no atropellara por mí?

 

 

RITA.-   Sí, bien me acuerdo.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Ah!... Pues mira cómo me dijo la verdad.  (DOÑA FRANCISCA se va al cuarto de DOÑA IRENE; RITA, por la puerta del foro.)

 

 

 

 

 

 

DOÑA IRENE.-   Pues, hija, ya sabes lo que te he dicho. Ya ves lo que pierdes, y la pesadumbre que me darás si no te portas en todo como corresponde... Cuidado con ello.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-    (Aparte.)  ¡Pobre de mí!

 

 

 

 

Escena V

 

 

 

 

 

DON DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.

 

  

 

 

 

Sale DON DIEGO por la puerta del foro y deja sobre la mesa sombrero y bastón.

 

  

 

DOÑA IRENE.-   Pues ¿cómo tan tarde?

 

 

DON DIEGO.-   Apenas salí tropecé con el Padre Guardián de San Diego y el doctor Padilla, y hasta que me han hartado bien de chocolate y bollos no me han querido soltar...  (Siéntase junto a DOÑA IRENE.)  Y a todo esto, ¿cómo va?

 

 

DOÑA IRENE.-   Muy bien.

 

 

DON DIEGO.-   ¿Y Doña Paquita?

 

 

DOÑA IRENE.-   Doña Paquita siempre acordándose de sus monjas. Ya la digo que es tiempo de mudar de bisiesto y pensar sólo en dar gusto a su madre y obedecerla.

 

 

DON DIEGO.-   ¡Qué diantre! ¿Conque tanto se acuerda de...?

 

 

DOÑA IRENE.-   ¿Qué se admira usted? Son niñas... No saben lo que quieren, ni lo que aborrecen... En una edad, así, tan...

 

 

DON DIEGO.-   No; poco a poco, eso no. Precisamente en esa edad son las pasiones algo más enérgicas y decisivas que en la nuestra, y por cuanto la razón se halla todavía imperfecta y débil, los ímpetus del corazón son mucho más violentos...  (Asiendo de una mano a DOÑA FRANCISCA, la hace sentar inmediata a él.)  Pero de veras, Doña Paquita, ¿se volvería usted al convento de buena gana?... La verdad.

 

 

DOÑA IRENE.-   Pero si ella no...

 

 

DON DIEGO.-   Déjela usted, señora; que ella responderá.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Bien sabe usted lo que acabo de decirla... No permita Dios que yo la dé que sentir.

 

 

DON DIEGO.-   Pero eso lo dice usted tan afligida y...

 

 

DOÑA IRENE.-   Si es natural, señor. ¿No ve usted que...?

 

 

DON DIEGO.-   Calle usted, por Dios, Doña Irene, y no me diga usted a mí lo que es natural. Lo que es natural es que la chica esté llena de miedo y no se atreva a decir una palabra que se oponga a lo que su madre quiere que diga... Pero si esto hubiese, por vida mía, que estábamos lucidos.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   No, señor; lo que dice su merced, eso digo yo; lo mismo. Porque en todo lo que me mande la obedeceré.

 

 

DON DIEGO.-   ¡Mandar, hija mía! En estas materias tan delicadas los padres que tienen juicio no mandan. Insinúan, proponen, aconsejan; eso sí, todo eso sí;¡pero mandar!... ¿Y quién ha de evitar después las resultas funestas de lo que mandaron?... Pues, ¿cuántas veces vemos matrimonios infelices, uniones monstruosas, verificadas solamente porque un padre tonto se metió a mandar lo que no debiera?... ¿Cuántas veces una desdichada mujer halla anticipada la muerte en el encierro de un claustro, porque su madre o su tío se empeñaron en regalar a Dios lo que Dios no quería? ¡Eh! No, señor; eso no va bien... Mire usted, Doña Paquita, yo no soy de aquellos hombres que se disimulan los defectos. Yo sé que ni mi figura ni mi edad son para enamorar perdidamente a nadie; pero tampoco he creído imposible que una muchacha de juicio y bien criada llegase a quererme con aquel amor tranquilo y constante que tanto se parece a la amistad, y es el único que puede hacer los matrimonios felices. Para conseguirlo no he ido a buscar ninguna hija de familia de estas que viven en una decente libertad... Decente, que yo no culpo lo que no se opone al ejercicio de la virtud. Pero ¿cuál sería entre todas ellas la que no estuviese ya prevenida en favor de otro amante más apetecible que yo? Y en Madrid, figúrese usted en un Madrid... Lleno de estas ideas me pareció que tal vez hallaría en usted todo cuanto deseaba.

 

 

DOÑA IRENE.-   Y puede usted creer, señor Don Diego, que...

 

 

DON DIEGO.-   Voy a acabar señora; déjeme usted acabar. Yo me hago cargo, querida Paquita, de lo que habrán influido en una niña tan bien inclinada como usted las santas costumbres que ha visto practicar en aquel inocente asilo de la devoción y la virtud; pero si, a pesar de todo esto, la imaginación acalorada, las circunstancias imprevistas, la hubiesen hecho elegir sujeto más digno, sepa usted que yo no quiero nada con violencia. Yo soy ingenuo; mi corazón y mi lengua no se contradicen jamás. Esto mismo la pido a usted, Paquita: sinceridad. El cariño que a usted la tengo no la debe hacer infeliz... Su madre de usted no es capaz de querer una injusticia, y sabe muy bien que a nadie se le hace dichoso por fuerza. Si usted no halla en mí prendas que la inclinen, si siente algún otro cuidadillo en su corazón, créame usted, la menor disimulación en esto nos daría a todos muchísimo que sentir.

 

 

DOÑA IRENE.-   ¿Puedo hablar ya, señor?

 

 

DON DIEGO.-   Ella, ella debe hablar, y sin apuntador y sin intérprete.

 

 

DOÑA IRENE.-   Cuando yo se lo mande.

 

 

DON DIEGO.-   Pues ya puede usted mandárselo, porque a ella la toca responder... Con ella he de casarme, con usted no.

 

 

DOÑA IRENE.-   Yo creo, señor Don Diego, que ni con ella ni conmigo. ¿En qué concepto nos tiene usted?... Bien dice su padrino, y bien claro me lo escribió pocos días ha, cuando le di parte de este casamiento. Que aunque no la ha vuelto a ver desde que la tuvo en la pila, la quiere muchísimo; y a cuantos pasan por el Burgo de Osma les pregunta cómo está, y continuamente nos envía memorias con el ordinario.

 

 

DON DIEGO.-   Y bien, señora, ¿qué escribió el padrino?... O, por mejor decir, ¿qué tiene que ver nada de eso con lo que estamos hablando?

 

 

DOÑA IRENE.-   Sí señor que tiene que ver; sí señor. Y aunque yo lo diga, le aseguro a usted que ni un padre de Atocha hubiera puesto una carta mejor que la que él me envió sobre el matrimonio de la niña... Y no es ningún catedrático, ni bachiller, ni nada de eso, sino un cualquiera, como quien dice, un hombre de capa y espada, con un empleíllo infeliz en el ramo del viento, que apenas le da para comer... Pero es muy ladino, y sabe de todo, y tiene una labia y escribe que da gusto... Cuasi toda la carta venía en latín, no le parezca a usted, y muy buenos consejos que me daba en ella... Que no es posible sino que adivinase lo que nos está sucediendo.

 

 

DON DIEGO.-   Pero, señora, si no sucede nada, ni hay cosa que a usted la deba disgustar.

 

 

DOÑA IRENE.-   Pues ¿no quiere usted que me disguste oyéndole hablar de mi hija en términos que...? ¡Ella otros amores ni otros cuidados!... Pues si tal hubiera... ¡Válgame Dios!..., la mataba a golpes, mire usted... Respóndele, una vez que quiere que hables, y que yo no chiste. Cuéntale los novios que dejaste en Madrid cuando tenías doce años, y los que has adquirido en el convento al lado de aquella santa mujer. Díselo para que se tranquilice, y...

 

 

DON DIEGO.-   Yo, señora, estoy más tranquilo que usted.

 

 

DOÑA IRENE.-   Respóndele.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Yo no sé qué decir. Si ustedes se enfadan...

 

 

DON DIEGO.-   No, hija mía; esto es dar alguna expresión a lo que se dice; pero enfadarnos no, por cierto. Doña Irene sabe lo que yo la estimo.

 

 

DOÑA IRENE.-   Sí, señor, que lo sé, y estoy sumamente agradecida a los favores que usted nos hace... Por eso mismo...

 

 

DON DIEGO.-   No se hable de agradecimiento; cuanto yo puedo hacer, todo es poco... Quiero sólo que Doña Paquita esté contenta.

 

 

DOÑA IRENE.-   ¿Pues no ha de estarlo? Responde.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Sí, señor, que lo estoy.

 

 

DON DIEGO.-   Y que la mudanza de estado que se la previene no la cueste el menor sentimiento.

 

 

DOÑA IRENE.-   No, señor, todo al contrario... Boda más a gusto de todos no se pudiera imaginar.

 

 

DON DIEGO.-   En esa inteligencia, puedo asegurarla que no tendrá motivos de arrepentirse después. En nuestra compañía vivirá querida y adorada, y espero que a fuerza de beneficios he de merecer su estimación y su amistad.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Gracias, señor don Diego... ¡A una huérfana, pobre, desvalida como yo!...

 

 

DON DIEGO.-   Pero de prendas tan estimables que la hacen a usted digna todavía de mayor fortuna.

 

 

DOÑA IRENE.-   Ven aquí, ven... Ven aquí, Paquita.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Mamá!  (Levántase, abraza a su madre y se acarician mutuamente.)

 

 

DOÑA IRENE.-   ¿Ves lo que te quiero?

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Sí, señora.

 

 

DOÑA IRENE.-   ¿Y cuánto procuro tu bien, que no tengo otro pío sino el de verte colocada antes que yo falte?

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Bien lo conozco.

 

 

DOÑA IRENE.-   ¡Hija de mi vida! ¿Has de ser buena?

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Sí, señora.

 

 

DOÑA IRENE.-   ¡Ay, que no sabes tú lo que te quiere tu madre!

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Pues ¿qué? ¿No la quiero yo a usted?

 

 

DON DIEGO.-   Vamos, vamos de aquí.  (Levántase DON DIEGO, y después DOÑA IRENE.)  No venga alguno y nos halle a los tres llorando como tres chiquillos.

 

 

DOÑA IRENE.-   Sí, dice usted bien.  (Vanse los dos al cuarto de DOÑA IRENE. DOÑA FRANCISCA va detrás, y RITA, que sale por la puerta del foro, la hace detener.)

 

 

 

 

Escena VI

 

 

 

 

 

RITA, DOÑA FRANCISCA.

 

  

 

RITA.-   Señorita... ¡Eh!, chit... señorita.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿Qué quieres?

 

 

RITA.-   Ya ha venido.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿Cómo?

 

 

RITA.-   Ahora mismo acaba de llegar. Le he dado un abrazo con licencia de usted, y ya sube por la escalera.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Ay, Dios!... ¿Y qué debo hacer?

 

 

RITA.-   ¡Donosa pregunta!... Vaya, lo que importa es no gastar el tiempo en melindres de amor... Al asunto... y juicio... Y mire usted que, en el paraje en que estamos, la conversación no puede ser muy larga... Ahí está.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Sí... Él es.

 

 

RITA.-   Voy a cuidar de aquella gente... Valor, señorita, y resolución.  (RITA se va al cuarto de DOÑA IRENE.)

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   No, no; que yo también... Pero no lo merece.

 

 

 

 

Escena VII

 

 

 

 

 

DON CARLOS, DOÑA FRANCISCA.

 

  

 

 

 

Sale DON CARLOS por la puerta del foro.

 

  

 

DON CARLOS.-   ¡Paquita!... ¡Vida mía! Ya estoy aquí... ¿Cómo va, hermosa, cómo va?

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Bien venido.

 

 

DON CARLOS.-   ¿Cómo tan triste?... ¿No merece mi llegada más alegría?

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Es verdad, pero acaban de sucederme cosas que me tienen fuera de mí... Sabe usted... Sí, bien lo sabe usted... Después de escrita aquella carta, fueron por mí... Mañana a Madrid... Ahí está mi madre.

 

 

DON CARLOS.-   ¿En dónde?

 

<

RITA.-   La real moza se ha comido ya media cazuela de albondiguillas... Pero lo agradece, señor militar.  (Éntrase al cuarto de DOÑA IRENE.)

 

CALAMOCHA.-   Agradecida te quiero yo, niña de mis ojos.

 

 

DON CARLOS.-   Conque ¿vamos?

 

 

CALAMOCHA.-   ¡Ay, ay, ay!...  (CALAMOCHA se encamina a la puerta del foro, y vuelve; hablan él y DON CARLOS, con reservas, hasta que CALAMOCHA se adelanta a saludar a SIMÓN.)  ¡Eh! Chit, digo...

 

 

DON CARLOS.-   ¿Qué?

 

 

CALAMOCHA.-   ¿No ve usted lo que viene por allí?

 

 

DON CARLOS.-   ¿Es Simón?

 

 

CALAMOCHA.-   El mismo... Pero ¿quién diablos le...?

 

 

DON CARLOS.-   ¿Y qué haremos?

 

 

CALAMOCHA.-   ¿Qué sé yo?... Sonsacarle, mentir y... ¿Me da usted licencia para que...?

 

 

DON CARLOS.-   Sí; miente lo que quieras... ¿A qué habrá venido este hombre?

 

 

 

 

Escena X

 

 

 

 

 

SIMÓN, DON CARLOS, CALAMOCHA.

 

  

 

 

 

SIMÓN sale por la puerta del foro.

 

  

 

CALAMOCHA.-   Simón, ¿tú por aquí?

 

 

SIMÓN.-   Adiós, Calamocha. ¿Cómo va?

 

 

CALAMOCHA.-   Lindamente.

 

 

SIMÓN.-   ¡Cuánto me alegro de...!

 

 

DON CARLOS.-   ¡Hombre! ¿Tú en Alcalá? ¿Pues qué novedad es ésta?

 

 

SIMÓN.-   ¡Oh, que estaba usted ahí, señorito!... ¡Voto a sanes!

 

 

DON CARLOS.-   ¿Y mi tío?

 

 

SIMÓN.-   Tan bueno.

 

 

CALAMOCHA.-   ¿Pero se ha quedado en Madrid, o...?

 

 

SIMÓN.-   ¿Quién me había de decir a mí...? ¡Cosa como ella! Tan ajeno estaba yo ahora de... Y usted, de cada vez más guapo... ¿Conque usted irá a ver al tío, eh?

 

 

CALAMOCHA.-   Tú habrás venido con algún encargo del amo.

 

 

SIMÓN.-   ¡Y qué calor traje, y qué polvo por ese camino! ¡Ya, ya!

 

 

CALAMOCHA.-   Alguna cobranza tal vez, ¿eh?

 

 

DON CARLOS.-   Puede ser. Como tiene mi tío ese poco de hacienda en Ajalvir... ¿No has venido a eso?

 

 

SIMÓN.-   ¡Y qué buena mula le ha salido el tal administrador! Labriego más marrullero y más bellaco no le hay en toda la campiña... ¿Conque usted viene ahora de Zaragoza?

 

 

DON CARLOS.-   Pues... Figúrate tú.

 

 

SIMÓN.-   ¿O va usted allá?

 

 

DON CARLOS.-   ¿Adónde?

 

 

SIMÓN.-   A Zaragoza. ¿No está allí el regimiento?

 

 

CALAMOCHA.-   Pero, hombre, si salimos el verano pasado de Madrid, ¿no habíamos de haber andado más de cuatro leguas?

 

 

SIMÓN.-   ¿Qué sé yo? Algunos van por la posta, y tardan más de cuatro meses en llegar... Debe de ser un camino muy malo.

 

 

CALAMOCHA.-    (Aparte, separándose de SIMÓN.)  ¡Maldito seas tú y tu camino, y la bribona que te dio papilla!

 

 

DON CARLOS.-   Pero aún no me has dicho si mi tío está en Madrid o en Alcalá, ni a qué has venido, ni...

 

 

SIMÓN.-   Bien, a eso voy... Sí señor, voy a decir a usted... Conque... Pues el amo me dijo...

 

 

 

 

Escena XI

 

 

 

 

 

DON DIEGO, DON CARLOS, SIMÓN, CALAMOCHA.

 

  

 

DON DIEGO.-   No  (Desde adentro.) , no es menester; si hay luz aquí. Buenas noches, Rita.  (DON CARLOS se turba y se aparta a un extremo del teatro.)

 

 

DON CARLOS.-   ¡Mi tío!...

 

 

DON DIEGO.-   ¡Simón!  (Sale del cuarto de DOÑA IRENE, encaminándose al suyo; repara en DON CARLOS y se acerca a él. SIMÓN le alumbra y vuelve a dejar la luz sobre la mesa.)

 

 

SIMÓN.-   Aquí estoy, señor.

 

 

DON CARLOS.-    (Aparte.)  ¡Todo se ha perdido!

 

 

DON DIEGO.-   Vamos... Pero.. ¿quién es?

 

 

SIMÓN.-   Un amigo de usted, señor.

 

 

DON CARLOS.-    (Aparte.)  ¡Yo estoy muerto!

 

 

DON DIEGO.-   ¿Cómo un amigo?... ¿Qué?... Acerca esa luz.

 

 

DON CARLOS.-   Tío.  (En ademán de besar la mano a DON DIEGO, que le aparta de sí con enojo.)

 

 

DON DIEGO.-   Quítate de ahí.

 

 

DON CARLOS.-   Señor.

 

 

DON DIEGO.-   Quítate... No sé cómo no le... ¿Qué haces aquí?

 

 

DON CARLOS.-   Si usted se altera y...

 

 

DON DIEGO.-   ¿Qué haces aquí?

 

 

DON CARLOS.-   Mi desgracia me ha traído.

 

 

DON DIEGO.-   ¡Siempre dándome que sentir, siempre! Pero...  (Acercándose a DON CARLOS.)  ¿Qué dices? ¿De veras ha ocurrido alguna desgracia? Vamos... ¿Qué te sucede?... ¿Por qué estás aquí?

 

 

CALAMOCHA.-   Porque le tiene a usted ley, y le quiere bien, y...

 

 

DON DIEGO.-   A ti no te pregunto nada... ¿Por qué has venido de Zaragoza sin que yo lo sepa?... ¿Por qué te asusta el verme?... Algo has hecho: sí, alguna locura has hecho que le habrá de costar la vida a tu pobre tío.

 

 

DON CARLOS.-   No, señor, que nunca olvidaré las máximas de honor y prudencia que usted me ha inspirado tantas veces.

 

 

DON DIEGO.-   Pues ¿a qué viniste? ¿Es desafío? ¿Son deudas? ¿Es algún disgusto con tus jefes?... Sácame de esta inquietud, Carlos... Hijo mío, sácame de este afán.

 

 

CALAMOCHA.-   Si todo ello no es más que...

 

 

DON DIEGO.-   Ya he dicho que calles... Ven acá.  (Tomándole de la mano se aparta con él a un extremo del teatro y le habla en voz baja.)  Dime qué ha sido.

 

 

DON CARLOS.-   Una ligereza, una falta de sumisión a usted... Venir a Madrid sin pedirle licencia primero... Bien arrepentido estoy, considerando la pesadumbre que le he dado al verme.

 

 

DON DIEGO.-   ¿Y qué otra cosa hay?

 

 

DON CARLOS.-   Nada más, señor.

 

 

DON DIEGO.-   Pues ¿qué desgracia era aquella de que me hablaste?

 

 

DON CARLOS.-   Ninguna. La de hallarle a usted en este paraje... y haberle disgustado tanto, cuando yo esperaba sorprenderle en Madrid, estar en su compañía algunas semanas y volverme contento de haberle visto.

 

 

DON DIEGO.-   ¿No hay más?

 

 

DON CARLOS.-   No, señor.

 

 

DON DIEGO.-   Míralo bien.

 

 

DON CARLOS.-   No, señor... A eso venía. No hay nada más.

 

 

DON DIEGO.-   Pero no me digas tú a mí... Si es imposible que estas escapadas se... No, señor... ¿Ni quién ha de permitir que un oficial se vaya cuando se le antoje, y abandone de ese modo sus banderas?... Pues si tales ejemplos se repitieran mucho, adiós disciplina militar... Vamos... Eso no puede ser.

 

 

DON CARLOS.-   Considere usted, tío, que estamos en tiempo de paz; que en Zaragoza no es necesario un servicio tan exacto como en otras plazas, en que no se permite descanso a la guarnición... Y, en fin, puede usted creer que este viaje supone la aprobación y la licencia de mis superiores, que yo también miro por mi estimación, y que cuando me he venido, estoy seguro de que no hago falta.

 

 

DON DIEGO.-   Un oficial siempre hace falta a sus soldados. El rey le tiene allí para que los instruya, los proteja y les dé ejemplo de subordinación, de valor, de virtud.

 

 

DON CARLOS.-   Bien está; pero ya he dicho los motivos...

 

 

DON DIEGO.-   Todos esos motivos no valen nada... ¡Porque le dio la gana de ver al tío!... Lo que quiere su tío de usted no es verle cada ocho días, sino saber que es hombre de juicio, y que cumple con sus obligaciones. Eso es lo que quiere... Pero  (Alza la voz y se pasea con inquietud.)  yo tomaré mis medidas para que estas locuras no se repitan otra vez... Lo que usted ha de hacer ahora es marcharse inmediatamente.

 

 

DON CARLOS.-   Señor, si...

 

 

DON DIEGO.-   No hay remedio... Y ha de ser al instante. Usted no ha de dormir aquí.

 

 

CALAMOCHA.-   Es que los caballos no están ahora para correr..., ni pueden moverse.

 

 

DON DIEGO.-   Pues con ellos  (A CALAMOCHA.)  y con las maletas al mesón de afuera. Usted  (A DON CARLOS.)  no ha de dormir aquí... Vamos  (A CALAMOCHA.)  tú, buena pieza, menéate. Abajo con todo. Pagar el gasto que se haya hecho, sacar los caballos y marchar... Ayúdale tú...  (A SIMÓN.)  ¿Qué dinero tienes ahí?

 

 

SIMÓN.-   Tendré unas cuatro o seis onzas.  (Saca de un bolsillo algunas monedas y se las da a DON DIEGO.)

 

 

DON DIEGO.-   Dámelas acá... Vamos, ¿qué haces?  (A CALAMOCHA.)  ¿No he dicho que ha de ser al instante?... Volando. Y tú  (A SIMÓN.)  ve con él, ayúdale, y no te me apartes de allí hasta que se hayan ido.  (Los dos criados entran en el cuarto de DON CARLOS.)

 

 

 

 

Escena XII

 

 

 

 

 

DON DIEGO, DON CARLOS.

 

  

 

DON DIEGO.-   Tome usted  (Le da el dinero.)  Con eso hay bastante para el camino... Vamos, que cuando yo lo dispongo así, bien sé lo que me hago... ¿No conoces que es todo por tu bien, y que ha sido un desatino lo que acabas de hacer?... Y no hay que afligirse por eso, ni creas que es falta de cariño... Ya sabes lo que te he querido siempre; y en obrando tú según corresponde, seré tu amigo como lo he sido hasta aquí.

 

 

DON CARLOS.-   Ya lo sé.

 

 

DON DIEGO.-   Pues bien; ahora obedece lo que te mando.

 

 

DON CARLOS.-   Lo haré sin falta.

 

 

DON DIEGO.-   Al mesón de afuera.  (A los dos criados, que salen con los trastos del cuarto de DON CARLOS y se van por la puerta del foro.)  Allí puedes dormir, mientras los caballos comen y descansan... Y no me vuelvas aquí por ningún pretexto ni entres en la ciudad... ¡Cuidado! Y a eso de las tres o las cuatro, marchar. Mira que yo he de saber que sales. ¿Lo entiendes?

 

 

DON CARLOS.-   Sí, señor.

 

 

DON DIEGO.-   Mira que lo has de hacer.

 

 

DON CARLOS.-   Sí, señor; haré lo que usted manda.

 

 

DON DIEGO.-   Muy bien... Adiós... Todo te lo perdono... Vete con Dios... Y yo sabré también cuándo llegas a Zaragoza; no te parezca que estoy ignorante de lo que hiciste la vez pasada.

 

 

DON CARLOS.-   ¿Pues qué hice yo?

 

 

DON DIEGO.-   Si te digo que lo sé, y que te lo perdono, ¿qué más quieres? No es tiempo ahora de tratar de eso. Vete.

 

 

DON CARLOS.-   Quede usted con Dios.  (Hace que se va y vuelve.)

 

 

DON DIEGO.-   ¿Sin besar la mano a su tío, eh?

 

 

DON CARLOS.-   No me atreví.  (Besa la mano a DON DIEGO y se abrazan.)

 

 

DON DIEGO.-   Y dame un abrazo, por si no nos volvemos a ver.

 

 

DON CARLOS.-   ¿Qué dice usted? ¡No lo permita Dios!

 

 

DON DIEGO.-   ¡Quién sabe, hijo mío! ¿Tienes algunas deudas? ¿Te falta algo?

 

 

DON CARLOS.-   No, señor; ahora, no.

 

 

DON DIEGO.-   Mucho es, porque tú siempre tiras por largo... Como cuentas con la bolsa del tío... Pues bien; yo escribiré al señor Aznar para que te dé cien doblones de orden mía. Y mira cómo los gastas... ¿Juegas?

 

 

DON CARLOS.-   No, señor; en mi vida.

 

 

DON DIEGO.-   Cuidado con eso... Conque, buen viaje. Y no te acalores: jornadas regulares y nada más... ¿Vas contento?

 

 

DON CARLOS.-   No, señor. Porque usted me quiere mucho, me llena de beneficios, y yo le pago mal.

 

 

DON DIEGO.-   No se hable ya de lo pasado... Adiós.

 

 

DON CARLOS.-   ¿Queda usted enojado conmigo?

 

 

DON DIEGO.-   No, por cierto... Me disgusté bastante, pero ya se acabó... No me des que sentir.  (Poniéndole ambas manos sobre los hombros.)  Portarse como hombre de bien.

 

 

DON CARLOS.-   No lo dude usted.

 

 

DON DIEGO.-   Como oficial de honor.

 

 

DON CARLOS.-   Así lo prometo.

 

 

DON DIEGO.-   Adiós, Carlos.  (Abrázanse.)

 

 

DON CARLOS.-    (Aparte, al irse por la puerta del foro.)  ¡Y la dejo!... ¡Y la pierdo para siempre!

 

 

 

 

Escena XIII

 

 

 

DON DIEGO.-   Demasiado bien se ha compuesto dispuesto... Luego lo sabrá enhorabuena... Pero no es lo mismo escribírselo que... Después de hecho, no importa nada... ¡Pero siempre aquel respeto al tío!... Como una malva es.  (Se enjuga las lágrimas, toma una luz y se va a su cuarto. Queda oscura la escena por un breve espacio.)

 

 

 

 

Escena XIV

 

 

 

 

 

DOÑA FRANCISCA, RITA.

 

  

 

 

 

Salen del cuarto de DOÑA IRENE. RITA sacará una luz y la pone sobre la mesa.

 

  

 

RITA.-   Mucho silencio hay por aquí.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Se habrán recogido ya... Estarán rendidos.

 

 

RITA.-   Precisamente.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Un camino tan largo!

 

 

RITA.-   ¡A lo que obliga el amor, señorita!

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Sí; bien puedes decirlo: amor... Y yo ¿qué no hiciera por él?

 

 

RITA.-   Y deje usted, que no ha de ser éste el último milagro. Cuando lleguemos a Madrid, entonces será ella... El pobre Don Diego ¡qué chasco se va a llevar! Y por otra parte, vea usted qué señor tan bueno, que cierto da lástima...

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Pues en eso consiste todo. Si él fuese un hombre despreciable, ni mi madre hubiera admitido su pretensión, ni yo tendría que disimular mi repugnancia... Pero ya es otro tiempo, Rita. Don Félix ha venido y ya no temo a nadie. Estando mi fortuna en su mano, me considero la más dichosa de las mujeres.

 

 

RITA.-   ¡Ay! Ahora que me acuerdo... Pues poquito me lo encargó... Ya se ve, si con estos amores tengo yo también la cabeza... Voy por él.  (Encaminándose al cuarto de DOÑA IRENE.)

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿A qué vas?

 

 

RITA.-   El tordo, que ya se me olvidaba sacarle de allí.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Sí, tráele, no empiece a rezar como anoche... Allí quedó junto a la ventana... Y ve con cuidado, no despierte mamá.

 

 

RITA.-   Sí, mire usted el estrépito de caballerías que anda por allá abajo... Hasta que lleguemos a nuestra calle del Lobo, número siete, cuarto segundo, no hay que pensar en dormir... Y ese maldito portón, que rechina que...

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Te puedes llevar la luz.

 

 

RITA.-   No es menester, que ya sé dónde está.  (Vase al cuarto de DOÑA IRENE.)

 

 

 

 

Escena XV

 

 

 

 

 

SIMÓN, DOÑA FRANCISCA.

 

  

 

 

 

Sale por la puerta del foro, SIMÓN.

 

  

 

DOÑA FRANCISCA.-   Yo pensé que estaban ustedes acostados.

 

 

SIMÓN.-   El amo ya habrá hecho esa diligencia; pero yo todavía no sé en dónde he de tener el rancho... Y buen sueño que tengo.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿Qué gente nueva ha llegado ahora?

 

 

SIMÓN.-   Nadie. Son unos que estaban ahí y se han ido.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿Los arrieros?

 

 

SIMÓN.-   No, señora. Un oficial y un criado suyo, que parece que se van a Zaragoza.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿Quiénes dice usted que son?

 

 

SIMÓN.-   Un teniente coronel y su asistente.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿Y estaban aquí?

 

 

SIMÓN.-   Sí, señora; ahí en ese cuarto.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   No los he visto.

 

 

SIMÓN.-   Parece que llegaron esta tarde y... A la cuenta habrán despachado ya la comisión que traían... Con que se han ido... Buenas noches, señorita.  (Vase al cuarto de DON DIEGO.)

 

 

 

 

Escena XVI

 

 

 

 

 

RITA, DOÑA FRANCISCA.

 

  

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Dios mío de mi alma! ¿Qué es esto?... No puedo sostenerme... ¡Desdichada!  (Siéntase en una silla junto a la mesa.)

 

 

RITA.-   Señorita, yo vengo muerta.  (Saca la jaula del tordo y la deja encima de la mesa; abre la puerta del cuarto, de DON CARLOS, y vuelve.)

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Ay, que es cierto!... ¿Tú lo sabes también?

 

 

RITA.-   Deje usted, que todavía no creo lo que he visto... Aquí no hay nadie... ni maletas, ni ropa, ni... Pero ¿cómo podía engañarme? Si yo misma los he visto salir.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿Y eran ellos?

 

 

RITA.-   Sí, señora. Los dos.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Pero, ¿se han ido fuera de la ciudad?

 

 

RITA.-   Si no los he perdido de vista hasta que salieron por la Puerta de Mártires... Como está un paso de aquí.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿Y es ése el camino de Aragón?

 

 

RITA.-   Ese es.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Indigno!... ¡Hombre indigno!

 

 

RITA.-   Señorita...

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿En qué te ha ofendido esta infeliz?

 

 

RITA.-   Yo estoy temblando toda... Pero... Si es incomprensible... Si no alcanzo a descubrir qué motivos ha podido haber para esta novedad.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿Pues no le quise más que a mi vida?... ¿No me ha visto loca de amor?

 

 

RITA.-   No sé qué decir al considerar una acción tan infame.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿Qué has de decir? Que no me ha querido nunca, ni es hombre de bien... ¿Y vino para esto? ¡Para engañarme, para abandonarme así!  (Levántase y RITA la sostiene.)

 

 

RITA.-   Pensar que su venida fue con otro designio, no me parece natural... Celos... ¿Por qué ha de tener celos?... Y aun eso mismo debiera enamorarle más... Él no es cobarde, y no hay que decir que habrá tenido miedo de su competidor.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Te cansas en vano... Di que es un pérfido, di que es un monstruo de crueldad, y todo lo has dicho.

 

 

RITA.-   Vamos de aquí, que puede venir alguien y...

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Sí, vámonos... Vamos a llorar... ¡Y en qué situación me deja!... Pero ¿ves qué malvado?

 

 

RITA.-   Sí, se&nSí, señora; ya lo conozco.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Qué bien supo fingir!... ¿Y con quién? Conmigo... ¿Pues yo merecí ser engañada tan alevosamente?... ¿Mereció mi cariño este galardón?... ¡Dios de mi vida! ¿Cuál es mi delito, cuál es?  (RITA coge la luz y se van entrambas al cuarto de DOÑA FRANCISCA.)

 

 

 

 

 

 

Acto III

 

 

 

 

Escena I

 

 

 

 

 

Teatro oscuro. Sobre la mesa habrá un candelero con vela apagada y la jaula del tordo. SIMÓN duerme tendido en el banco.

 

  

 

 

 

DON DIEGO, SIMÓN.

 

  

 

DON DIEGO.-    (Sale de su cuarto poniéndose la bata.)  Aquí, a lo menos, ya que no duerma no me derretiré... Vaya, si alcoba como ella no se... ¡Cómo ronca éste!... Guardémosle el sueño hasta que venga el día, que ya poco puede tardar...  (SIMÓN despierta y se levanta.)  ¿Qué es eso? Mira no te caigas, hombre.

 

 

SIMÓN.-   Qué, ¿estaba usted ahí, señor?

 

 

DIEGO.-   Sí, aquí me he salido, porque allí no se puede parar.

 

 

SIMÓN.-   Pues yo, a Dios gracias, aunque la cama es algo dura, he dormido como un emperador.

 

 

DIEGO.-   ¡Mala comparación!... Di que has dormido como un pobre hombre, que no tiene ni dinero, ni ambición, ni pesadumbres, ni remordimientos.

 

 

SIMÓN.-   En efecto, dice usted bien... ¿Y qué hora será ya?

 

 

DON DIEGO.-   Poco ha que sonó el reloj de San Justo y, si no conté mal, dio las tres.

 

 

SIMÓN.-   ¡Oh!, pues ya nuestros caballeros irán por ese camino adelante echando chispas.

 

 

DON DIEGO.-   Sí, ya es regular que hayan salido... Me lo prometió y espero que lo hará.

 

 

SIMÓN.-   ¡Pero si usted viera qué apesadumbrado le dejé! ¡Qué triste!

 

 

DON DIEGO.-   Ha sido preciso.

 

 

SIMÓN.-   Ya lo conozco.

 

 

DON DIEGO.-   ¿No ves qué venida tan intempestiva?

 

 

SIMÓN.-   Es verdad. Sin permiso de usted, sin avisarle, sin haber un motivo urgente... Vamos, hizo muy mal... Bien que por otra parte él tiene prendas suficientes para que se le perdone esta ligereza... Digo... Me parece que el castigo no pasará adelante, ¿eh?

 

 

DON DIEGO.-   ¡No, qué!... No señor. Una cosa es que le haya hecho volver. Ya ves en qué circunstancia nos cogía... Te aseguro que cuando se fue me quedó un ansia en el corazón.  (Suenan a lo lejos tres palmadas y poco después se oye que puntean un instrumento.)  ¿Qué ha sonado?

 

 

SIMÓN.-   No sé... Gente que pasa por la calle. Serán labradores.

 

 

DON DIEGO.-   Calla.

 

 

SIMÓN.-   Vaya, música tenemos, según parece.

 

 

DON DIEGO.-   Sí, como lo hagan bien.

 

 

SIMÓN.-   ¿Y quién será el amante infeliz que viene a puntear a estas horas en ese callejón tan puerco?... Apostaré que son amores con la moza de la posada, que parece un mico.

 

 

DON DIEGO.-   Puede ser.

 

 

SIMÓN.-   Ya empiezan. Oigamos...  (Tocan una sonata desde adentro.)  Pues dígole a usted que toca muy lindamente el pícaro del barberillo.

 

 

DON DIEGO.-   No: no hay barbero que sepa hacer eso, por muy bien que afeite.

 

 

SIMÓN.-   ¿Quiere usted que nos asomemos un poco, a ver?...

 

 

DON DIEGO.-   No, dejarlos... ¡Pobre gente! ¡Quién sabe la importancia que darán ellos a la tal música!... No gusto yo de incomodar a nadie.  (Salen de su cuarto DOÑA FRANCISCA y RITA, encaminándose a la venta. DON DIEGO y SIMÓN se retiran a un lado y observan.)

 

 

SIMÓN.-   ¡Señor!... ¡Eh!... Presto, aquí a un ladito.

 

 

DON DIEGO.-   ¿Qué quieres?

 

 

SIMÓN.-   Que han abierto la puerta de esa alcoba, y huele a faldas que trasciende.

 

 

DON DIEGO.-   ¿Sí?... Retirémonos.

 

 

 

 

Escena II

 

 

 

 

 

DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO, SIMÓN.

 

  

 

RITA.-   Con tiento, señorita.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Siguiendo la pared, ¿no voy bien?  (Vuelven a puntear el instrumento.)

 

 

RITA.-   Sí, señora... Pero vuelven a tocar... Silencio...

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   No te muevas... Deja... Sepamos primero si es él.

 

 

RITA.-   ¿Pues no ha de ser?... La seña no puede mentir.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Calla... Sí, él es... ¡Dios mío!  (Acércase RITA a la ventana, abre la vidriera y da tres palmadas. Cesa la música.)  Ve, responde... Albricias, corazón. Él es.

 

 

SIMÓN.-   ¿Ha oído usted?

 

 

DON DIEGO.-   Sí.

 

 

SIMÓN.-   ¿Qué querrá decir esto?

 

 

DON DIEGO.-   Calla.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-    (Se asoma a la ventana. RITA se queda detrás de ella. Los puntos suspensivos indican las interrupciones más o menos largas.)  Yo soy... Y ¿qué había de pensar viendo lo que usted acaba de hacer?... ¿Qué fuga es ésta?... Rita  (Apartándose de la ventana, y vuelve después a asomarse.)  amiga, por Dios, ten cuidado, y si oyeres algún rumor, al instante avísame... ¿Para siempre? ¡Triste de mí!... Bien está, tírela usted... Pero yo no acabo de entender... ¡Ay, Don Félix! Nunca le he visto a usted tan tímido...  (Tiran desde adentro una carta que cae por la ventana del teatro. DOÑA FRANCISCA la busca, y no hallándola vuelve a asomarse.)  No, no la he cogido; pero aquí está sin duda... ¿Y no he de saber yo hasta que llegue el día los motivos que tiene usted para dejarme muriendo?... Sí, yo quiero saberlo de boca de usted. Su Paquita de usted se lo manda... Y ¿cómo le parece a usted que estará el mío?... No me cabe en el pecho... Diga usted.  (SIMÓN se adelanta un poco, tropieza con la jaula y la deja caer.)

 

 

RITA.-   Señorita, vamos de aquí... Presto, que hay gente.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Infeliz de mí!... Guíame.

 

 

RITA.-   Vamos.  (Al retirarse tropieza con SIMÓN. Las dos se van al cuarto de DOÑA FRANCISCA.)  ¡Ay!

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Muerta voy!

 

 

 

 

Escena III

 

 

 

 

 

DON DIEGO, SIMÓN.

 

  

 

DON DIEGO.-   ¿Qué grito fue ése?

 

 

SIMÓN.-   Una de las fantasmas, que al retirarse tropezó conmigo.

 

DON DIEGO.-   Si tú la quieres, yo la quiero también. Su madre y toda su familia aplauden este casamiento. Ella..., y sean las que fueren las promesas que a ti te hizo..., ella misma, no ha media hora, me ha dicho que está pronta a obedecer a su madre y darme la mano, así que...

 

 

DON CARLOS.-   Pero no el corazón.  (Levántase.)

 

 

DON DIEGO.-   ¿Qué dices?

 

 

DON CARLOS.-   No, eso no... Sería ofenderla... Usted celebrará sus bodas cuando guste; ella se portará siempre como conviene a su honestidad y a su virtud; pero yo he sido el primero, el único objeto de su cariño, lo soy y lo seré... Usted se llamará su marido; pero si alguna o muchas veces la sorprende, y ve sus ojos hermosos inundados en lágrimas, por mí las vierte... No la pregunte usted jamás el motivo de sus melancolías... Yo, yo seré la causa... Los suspiros, que en vano procurará reprimir, serán finezas dirigidas a un amigo ausente.

 

 

DON DIEGO.-   ¿Qué temeridad es ésta?  (Se levanta con mucho enojo, encaminándose hacia DON CARLOS, que se va retirando.)

 

 

DON CARLOS.-   Ya se lo dije a usted... Era imposible que yo hablase una palabra sin ofenderle... Pero acabemos esta odiosa conversación... Viva usted feliz, y no me aborrezca, que yo en nada le he querido disgustar... La prueba mayor que yo puedo darle es mi obediencia y mi respeto, es la de salir de aquí inmediatamente... Pero no se me niegue a lo menos el consuelo de saber que usted me perdona.

 

 

DON DIEGO.-   ¿Con que, en efecto, te vas?

 

 

DON CARLOS.-   Al instante, señor... Y esta ausencia será bien larga.

 

 

DON DIEGO.-   ¿Por qué?

 

 

DON CARLOS.-   Porque no me conviene verla en mi vida... Si las voces que corren de una próxima guerra se llegaran a verificar... entonces...

 

 

DON DIEGO.-   ¿Qué quieres decir?  (Asiendo de un brazo a DON CARLOS le hace venir más adelante.)

 

 

D CARLOS.-   Nada... Que apetezco la guerra porque soy soldado.

 

 

DON DIEGO.-   ¡Carlos!... ¡Qué horror!... ¿Y tienes corazón para decírmelo?

 

 

DON CARLOS.-   Alguien viene...  (Mirando con inquietud hacia el cuarto de DOÑA IRENE, se desprende de DON DIEGO y hace que se va por la puerta del foro. DON DIEGO va detrás de él y quiere detenerle.)  Tal vez será ella... Quede usted con Dios.

 

 

DON DIEGO.-   ¿Adónde vas?... No, señor; no has de irte.

 

 

DON CARLOS.-   Es preciso... Yo no he de verla... Una sola mirada nuestra pudiera causarle a usted inquietudes crueles.

 

 

DON DIEGO.-   Ya he dicho que no ha de ser... Entra en ese cuarto.

 

 

DON CARLOS.-   Pero si...

 

 

DON DIEGO.-   Haz lo que te mando.  (Éntrase DON CARLOS en el cuarto de DON DIEGO.)

 

 

 

 

Escena XI

 

 

 

 

 

DOÑA IRENE, DON DIEGO.

 

  

 

DOÑA IRENE.-   Conque, señor Don Diego, ¿es ya la de vámonos?... Buenos días...  (Apaga la luz que está sobre la mesa.)  ¿Reza usted?

 

 

DON DIEGO.-    (Paseándose con inquietud.)  Sí, para rezar estoy ahora.

 

 

DOÑA IRENE.-   Si usted quiere, ya pueden ir disponiendo el chocolate y que avisen al mayoral para que enganchen luego que... Pero ¿qué tiene usted, señor?... ¿Hay alguna novedad?

 

 

DON DIEGO.-   Sí; no deja de haber novedades.

 

 

DOÑA IRENE.-   Pues ¿qué?... Dígalo usted, por Dios... ¡Vaya, vaya!... No sabe usted lo asustada que estoy... Cualquiera cosa, así, repentina, me remueve toda y me... Desde el último mal parto que tuve, quedé tan sumamente delicada de los nervios... Y va ya para diez y nueve años, si no son veinte; pero desde entonces, ya digo, cualquiera friolera me trastorna... Ni los baños, ni caldos de culebra, ni la conserva de tamarindos; nada me ha servido; de manera que...

 

 

DON DIEGO.-   Vamos, ahora no hablemos de malos partos ni de conservas... Hay otra cosa más importante de que tratar... ¿Qué hacen esas muchachas?

 

 

DOÑA IRENE.-   Están recogiendo la ropa y haciendo el cofre para que todo esté a la vela y no haya detención.

 

 

DON DIEGO.-   Muy bien. Siéntese usted... Y no hay que asustarse ni alborotarse  (Siéntanse los dos.)  por nada de lo que yo diga; y cuenta, no nos abandone el juicio cuando más lo necesitamos... Su hija de usted está enamorada...

 

 

DOÑA IRENE.-   ¿Pues no lo he dicho ya mil veces? Sí señor que lo está; y bastaba que yo lo dijese para que...

 

 

DON DIEGO.-   ¡Ese vicio maldito de interrumpir a cada paso! Déjeme usted hablar.

 

 

DOÑA IRENE.-   Bien, vamos, hable usted.

 

 

DON DIEGO.-   Está enamorada; pero no está enamorada de mí.

 

 

DOÑA IRENE.-   ¿Qué dice usted?

 

 

DON DIEGO.-   Lo que usted oye.

 

 

DOÑA IRENE.-   Pero, ¿quién le ha contado a usted esos disparates?

 

 

DON DIEGO.-   Nadie. Yo lo sé, yo lo he visto, nadie me lo ha contado, y cuando se lo digo a usted, bien seguro estoy de que es verdad... Vaya, ¿qué llanto es ése?

 

 

DOÑA IRENE.-    (Llora.)  ¡Pobre de mí!

 

 

DON DIEGO.-   ¿A qué viene eso?

 

 

DOÑA IRENE.-   ¡Porque me ven sola y sin medios, y porque soy una pobre viuda, parece que todos me desprecian y se conjuran contra mí!

 

 

DON DIEGO.-   Señora Doña Irene...

 

 

DOÑA IRENE.-   Al cabo de mis años y de mis achaques, verme tratada de esta manera, como un estropajo, como una puerca cenicienta, vamos al decir... ¿Quién lo creyera de usted?... ¡Válgame Dios!... ¡Si vivieran mis tres difuntos!... Con el último difunto que me viviera, que tenía un genio como una serpiente...

 

 

DON DIEGO.-   Mire usted, señora, que se me acaba la paciencia.

 

 

DOÑA IRENE.-   Que lo mismo era replicarle que se ponía hecho una furia del infierno, y un día del Corpus, yo no sé por qué friolera, hartó de mojicones a un comisario ordenador y si no hubiera sido por dos padres del Carmen, que se pusieron de por medio, le estrella contra un poste en los portales de Santa Cruz.

 

 

DON DIEGO.-   Pero ¿es posible que no ha de atender usted a lo que voy a decirla?

 

 

DOÑA IRENE.-   ¡Ay! No, señor; que bien lo sé, que no tengo pelo de tonta, no, señor... Usted ya no quiere a la niña, y busca pretextos para zafarse de la obligación en que está... ¡Hija de mi alma y de mi corazón!

 

 

DON DIEGO.-   Señora Doña Irene, hágame usted el gusto de oírme, de no replicarme, de no decir despropósitos, y luego que usted sepa lo que hay, llore y gima, y grite y diga cuanto quiera... Pero, entretanto, no me apure usted el sufrimiento, por amor de Dios.

 

 

DOÑA IRENE.-   Diga usted lo que le dé la gana.

 

 

DON DIEGO.-   Que no volvamos otra vez a llorar y a...

 

 

DOÑA IRENE.-   No, señor; ya no lloro.  (Enjugándose las lágrimas con un pañuelo.)

 

 

DON DIEGO.-   Pues hace ya cosa de un año, poco más o menos, que Doña Paquita tiene otro amante. Se han hablado muchas veces, se han escrito, se han prometido amor, fidelidad, constancia... Y, por último, existe en ambos una pasión tan fina, que las dificultades y la ausencia, lejos de disminuirla, han contribuido eficazmente a hacerla mayor. En este supuesto...

 

 

DOÑA IRENE.-   ¿Pero no conoce usted, señor, que todo es un chisme invun chisme inventado por alguna mala lengua que no nos quiere bien?

 

 

DON DIEGO.-   Volvemos otra vez a lo mismo... No, señora; no es chisme. Repito de nuevo que lo sé.

 

 

DOÑA IRENE.-   ¿Qué ha de saber usted, señor, ni qué traza tiene eso de verdad? ¡Conque la hija de mis entrañas, encerrada en un convento, ayunando los siete reviernes, acompañada de aquellas santas religiosas! ¡Ella, que no sabe lo que es mundo, que no ha salido todavía del cascarón, como quien dice!... Bien se conoce que no sabe usted el genio que tiene Circuncisión... ¡Pues bonita es ella para haber disimulado a su sobrina el menor desliz!

 

 

DON DIEGO.-   Aquí no se trata de ningún desliz, señora Doña Irene; se trata de una inclinación honesta, de la cual hasta ahora no habíamos tenido antecedente alguno. Su hija de usted es una niña muy honrada, y no es capaz de deslizarse... Lo que digo es que la madre Circuncisión, y la Soledad, y la Candelaria, y todas las madres, y usted, y yo el primero, nos hemos equivocado solemnemente. La muchacha se quiere casar con otro, y no conmigo... Hemos llegado tarde; usted ha contado muy de ligero con la voluntad de su hija... Vaya, ¿para qué es cansarnos? Lea usted ese papel, y verá si tengo razón.  (Saca el papel de DON CARLOS y se le da a DOÑA IRENE. Ella, sin leerle, se levanta muy agitada, se acerca a la puerta de su cuarto y llama. Levántase DON DIEGO y procura en vano contenerla.)

 

 

DOÑA IRENE.-   ¡Yo he de volverme loca!... ¡Francisquita!... ¡Virgen del Tremedal!... ¡Rita! ¡Francisca!

 

 

DON DIEGO.-   Pero ¿a qué es llamarlas?

 

 

DOÑA IRENE.-   Sí, señor; que quiero que venga y que se desengañe la pobrecita de quién es usted.

 

 

DON DIEGO.-   Lo echó todo a rodar... Esto le sucede a quien se fía de la prudencia de una mujer.

 

 

 

 

Escena XII

 

 

 

 

 

DOÑA FRANCISCA, RITA, DOÑA IRENE, DON DIEGO.

 

  

 

 

 

Salen DOÑA FRANCISCA y RITA de su cuarto.

 

  

 

RITA.-   Señora.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿Me llamaba usted?

 

 

DOÑA IRENE.-   Sí, hija; porque el señor Don Diego nos trata de un modo que ya no se puede aguantar. ¿Qué amores tienes, niña? ¿A quién has dado palabra de matrimonio? ¿Qué enredos son éstos?... Y tú, picarona... Pues tú también lo has de saber... Por fuerza lo sabes... ¿Quién ha escrito este papel? ¿Qué dice?  (Presentando el papel abierto a DOÑA FRANCISCA.)

 

 

RITA.-    (Aparte a DOÑA FRANCISCA.)  Su letra es.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Qué maldad!... Señor Don Diego, ¿así cumple usted su palabra?

 

 

DON DIEGO.-   Bien sabe Dios que no tengo la culpa... Venga usted aquí.  (Tomando de una mano a DOÑA FRANCISCA, la pone a su lado.)  No hay que temer... Y usted, señora, escuche y calle, y no me ponga en términos de hacer un desatino... Deme usted ese papel...  (Quitándole el papel.)  Paquita, ya se acuerda usted de las tres palmadas de esta noche.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Mientras viva me acordaré.

 

 

DON DIEGO.-   Pues éste es el papel que tiraron a la ventana... No hay que asustarse, ya lo he dicho.  (Lee.)  «Bien mío: si no consigo hablar con usted, haré lo posible para que llegue a sus manos esta carta. Apenas me separé de usted, encontré en la posada al que yo llamaba mí enemigo, y al verle no sé cómo no expiré de dolor. Me mandó que saliera inmediatamente de la ciudad, y fue preciso obedecerle. Yo me llamo Don Carlos, no Don Félix. Don Diego es mi tío. Viva usted dichosa y olvide para siempre a su infeliz amigo.- Carlos de Urbina.»

 

 

DOÑA IRENE.-   ¿Conque hay eso?

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Triste de mí!

 

 

DOÑA IRENE.-   ¿Conque es verdad lo que decía el señor, grandísima picarona? Te has de acordar de mí.  (Se encamina hacia DOÑA FRANCISCA, muy colérica, y en ademán de querer maltratarla. RITA y DON DIEGO lo estorban.)

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Madre!... ¡Perdón!

 

 

DOÑA IRENE.-   No, señor; que la he de matar.

 

 

DON DIEGO.-   ¿Qué locura es ésta?

 

 

DOÑA IRENE.-   He de matarla.

 

 

 

 

Escena XIII

 

 

 

 

 

DON CARLOS, DON DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA.

 

  

 

 

 

Sale DON CARLOS del cuarto precipitadamente; coge de un brazo a DOÑA FRANCISCA, se la lleva hacia el fondo del teatro y se pone delante de ella para defenderla. DOÑA IRENE se asusta y se retira.

 

  

 

DON CARLOS.-   Eso no... Delante de mí nadie ha de ofenderla.

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¡Carlos!

 

 

DON CARLOS.-    (A DON DIEGO.)  Disimule usted mi atrevimiento... He visto que la insultaban y no me he sabido contener.

 

 

DOÑA IRENE.-   ¿Qué es lo que me sucede, Dios mío? ¿Quién es usted?... ¿Qué acciones son éstas?... ¡Qué escándalo!

 

 

DON DIEGO.-   Aquí no hay escándalos... Ése es de quien su hija de usted está enamorada... Separarlos y matarlos viene a ser lo mismo... Carlos... No importa... Abraza a tu mujer.  (Se abrazan DON CARLOS y DOÑA FRANCISCA, y después se arrodillan a los pies de DON DIEGO.)

 

 

DOÑA IRENE.-   ¿Conque su sobrino de usted?...

 

 

DON DIEGO.-   Sí, señora; mi sobrino, que con sus palmadas, y su música, y su papel me ha dado la noche más terrible que he tenido en mi vida... ¿Qué es esto, hijos míos, qué es esto?

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   ¿Conque usted nos perdona y nos hace felices?

 

 

DON DIEGO.-   Sí, prendas de mi alma... Sí.  (Los hace levantar con expresión de ternura.)

 

 

DOÑA IRENE.-   ¿Y es posible que usted se determina a hacer un sacrificio?...

 

 

DON DIEGO.-   Yo pude separarlos para siempre y gozar tranquilamente la posesión de esta niña amable, pero mi conciencia no lo sufre... ¡Carlos!... ¡Paquita!... ¡Qué dolorosa impresión me deja en el alma el esfuerzo que acabo de hacer!... Porque, al fin, soy hombre miserable y débil.

 

 

DON CARLOS.-   Si nuestro amor  (Besándole las manos.) , si nuestro agradecimiento pueden bastar a consolar a usted en tanta pérdida...

 

 

DOÑA IRENE.-   ¡Conque el bueno de Don Carlos! Vaya que...

 

 

DON DIEGO.-   Él y su hija de usted estaban locos de amor, mientras que usted y las tías fundaban castillos en el aire, y me llenaban la cabeza de ilusiones, que han desaparecido como un sueño... Esto resulta del abuso de autoridad, de la opresión que la juventud padece; éstas son las seguridades que dan los padres y los tutores, y esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas... Por una casualidad he sabido a tiempo el error en que estaba... ¡Ay de aquellos que lo saben tarde!

 

 

DOÑA IRENE.-   En fin, Dios los haga buenos, y que por muchos años se gocen... Venga usted acá, señor; venga usted, que quiero abrazarle.  (Abrazando a DON CARLOS, DOÑA FRANCISCA se arrodilla y besa la mano de su madre.)  Hija, Francisquita. ¡Vaya! Buena elección has tenido... Cierto que es un mozo muy galán... Morenillo, pero tiene un mirar de ojos muy hechicero.

 

 

RITA.-   Sí, dígaselo usted, que no lo ha reparado la niña... señorita, un millón de besos.  (Se besan DOÑA FRANCISCA y RITA.)

 

 

DOÑA FRANCISCA.-   Pero ¿ves qué alegría tan grande?... ¡Y tú, como me quieres tanto!... Siempre, siempre serás mi amiga.

 

 

DON DIEGO.-   Paquita hermosa  (Abraza a DOÑA FRANCISCA.) , recibe los primeros abrazos de tu nuevo padre... No temo ya la soledad terrible que amenazaba a mi vejez... Vosotros  (Asiendo de las manos a DOÑA FRANCISCA y a DON CARLOS.)  seréis la delicia de mi corazón; el primer fruto de vuestro amor... sí, hijos, aquél... no hay remedio, aquél es para mí. Y cuando le acaricie en mis brazos, podr& seréis la delicia de mi corazón; el primer fruto de vuestro amor... sí, hijos, aquél... no hay remedio, aquél es para mí. Y cuando le acaricie en mis brazos, podré decir: a mí me debe su existencia este niño inocente; si sus padres viven, si son felices, yo he sido la causa.

 

 

DON CARLOS.-   ¡Bendita sea tanta bondad!

 

 

DON DIEGO.-   Hijos, bendita sea la de Dios.

 

 

 

 

 

 

 

 

FIN