Franz Kafka

América

 

 

 


 

 

Índice

 

1. El fogonero          

2. El tío        

3. Una quinta en las afueras de Nueva York

4. Camino a Ramsés            

5. Hotel Occidental  

6. El caso Robinsón

7. Un asilo   

Del servicio en casa de Brunelda      

La mudanza de Brunelda      

8. El gran Teatro integral de Oklahoma        

 

 


 

 

1.                  El fogonero

 

Cuando Karl Rossmann -muchacho de dieciséis años de edad a quien sus pobres padres enviaban a América por­que lo había seducido una sirvienta que luego tuvo de él un hijo- entraba en el puerto de Nueva York a bordo de ese va­por que ya había aminorado su marcha, vio de pronto la es­tatua de la diosa de la Libertad, que desde hacía rato venía observando, como si ahora estuviese iluminada por un rayo de sol más intenso. Su brazo con la espada se irguió como con un renovado movimiento, y en torno a su figura soplaron los aires libres.

«¡Qué alta!», se dijo, y como ni siquiera se le ocurría reti­rarse, la creciente multitud de los mozos de cuerda que jun­to a él desfilaba fue desplazándolo, poco a poco, hasta la borda.

Un joven con el cual había trabado fugaz relación duran­te la travesía le dijo al pasar:

-Pero, ¿no tiene usted ganas de bajar?

-Claro que sí; ya estoy pronto -dijo Karl, riéndose al mi­rarlo; y lleno de alegría, alzó su baúl y lo cargó sobre un hombro, pues era un muchacho fuerte. Pero al seguir con la vista a ese desconocido suyo que agitando ligeramente su bastón ya se alejaba con los demás, notó consternado que había olvidado su propio paraguas abajo, en el interior del barco. Sin demora, rogó a su conocido -quien no pareció alegrarse mucho- que aguardara un instante junto a su baúl; recorrió con una mirada el lugar para poder encon­trarlo a su regreso, y se alejó presuroso.

Abajo, se sorprendió desagradablemente al ver que el pa­sillo que hubiera acortado en forma considerable su cami­no estaba condenado -cosa que probablemente se relacio­naba con el desembarco de la totalidad de los pasajeros-, y así tuvo que buscar penosamente, a través de corredores que doblaban sin cesar y de un cuarto vacío donde había un escritorio abandonado, escaleras que se sucedían sin fin unas a otras, hasta que terminó por extraviarse completa­mente, pues sólo en una o dos oportunidades había toma­do por ese camino, y siempre acompañado de otras perso­nas. En su desconcierto, y además porque no topaba con ningún ser humano, y porque sólo oía incesantemente el arrastrarse de los mil pies humanos por encima de su cabe­za, y percibía, a lo lejos, como un apagado jadeo, las últimas operaciones de las máquinas ya paradas, se puso a golpear, sin pensarlo, en una puertecilla cualquiera, junto a la cual se había detenido de pronto, interrumpiendo su andar errátil.

-Pero si está abierto -oyóse una voz desde adentro; y Karl, con verdadero alivio, abrió la puerta.

-¿Por qué golpea la puerta como un loco? -preguntó un hombre gigantesco, dirigiéndole a Karl apenas una mirada. Por una claraboya, una luz turbia que llegaba ya muy gasta­da desde arriba, caía en el mísero camarote, donde muy apretujados, como estibados, había una cama, un ropero, una silla y el hombre.

-Me he extraviado -dijo Karl-; durante el viaje no me di cuenta, pero es el caso que éste es un barco tremendamente grande.

-Sí, en eso tiene usted razón -dijo con cierto orgullo el hombre, sin cesar de manipular con la cerradura de un pe­queño baúl, a la que apretaba con ambas manos, una y otra vez, tratando de escuchar el ruido del pestillo al cerrarse.

-¡Pero entre usted de una vez! -siguió diciendo el hom­bre-, ¡no querrá usted quedarse afuera!

-¿No molesto? -preguntó Karl.

-¡Oh, cómo va a molestar usted!

-¿Es usted alemán? -intentó todavía asegurarse Karl, pues había oído muchas cosas acerca de los peligros que en América amenazan a los recién llegados, sobre todo de par­te de los irlandeses.

-Lo soy, sí; lo soy -dijo el hombre.

Karl vacilaba todavía. Pero entonces, de improviso cogió el hombre el picaporte, y cerrando rápidamente la puerta, dejó a Karl en el interior del camarote.

-No soporto que me estén mirando desde el pasillo -dijo el hombre, volviendo a afanarse con su baúl-; todos los que pasan por ahí miran adentro, ¡cualquiera lo soporta!

-Pero el pasillo está completamente desierto -dijo Karl, incómodamente apretado contra un barrote de la cama.

-Sí, ahora -dijo el hombre.

«Es que de ahora se trata -pensó Karl-, con este hombre es difícil entenderse.»

-¿Por qué no se echa usted en la cama?; ahí tendrá más lu­gar -dijo el hombre.

Karl, como pudo, se arrastró hacia adentro y se echó a reír ruidosamente, después de su primer intento vano de ganar la cama de un salto. Pero apenas estuvo en ella exclamó:

-¡Por Dios, me he olvidado completamente de mi baúl!

-¡Ah!, ¿y dónde está?

-Arriba, en la cubierta, un conocido mío lo cuida; pero... ¿cómo se llamaba? -Y de un bolsillo secreto que su madre le había confeccionado para el viaje en el forro de la chaqueta, ex­trajo una tarjeta de visita-. Butterbaum, Franz Butterbaum.

-¿Le hace a usted mucha falta ese baúl?

-Claro.

-¿Por qué, entonces, se lo confió usted a una persona ex­traña?

-Había olvidado abajo mi paraguas y vine corriendo a buscarlo, pero no quise arrastrar conmigo el baúl. Y luego, para colmo, me extravié.

-¿Viene usted solo? ¿Nadie lo acompaña?

-Sí, solo.

«Quién sabe si no debería yo quedarme cerca de este hombre -tal idea cruzó de pronto por la cabeza de Karl-; ¿dónde hallaría yo en estos momentos un amigo mejor?»

-Y ahora, como si fuera poco, perdió usted el baúl; del paraguas, ya ni qué hablar. -Y el hombre se sentó en la silla, como si ahora el asunto de Karl hubiera cobrado cierto in­terés para él.

-Creo, sin embargo, que el baúl no está perdido todavía.

-Bienaventurados los que creen -dijo el hombre rascán­dose vigorosamente sus cabellos oscuros, cortos, tupidos-; en un barco, con los puertos cambian también las costum­bres. En Hamburgo, su Butterbaum tal vez hubiera vigilado el baúl, pero aquí es muy probable que ya no haya rastros ni de uno ni de otro.

-Si es así, debo ir en seguida a ver qué pasa allá arriba -dijo Karl mirando en derredor para buscar una salida.

-¿Qué es eso? ¡Quédese usted! -dijo el hombre poniéndo­le una mano en el pecho y empujándolo otra vez a la cama, casi con rudeza.

-Pero, ¿por qué? -preguntó Karl disgustado.

-Porque la cosa no tiene sentido -dijo el hombre-, den­tro de unos momentos me iré yo también, y entonces iremos juntos. O bien el baúl ha sido robado, y ya nada cabe hacer; o bien el hombre lo ha dejado allí, y entonces lo encontrare­mos mucho más fácilmente, lo mismo que su paraguas, una vez que el barco esté desocupado del todo.

-Verdaderamente, ¿sabe usted orientarse en este barco? -preguntó Karl receloso, y le pareció que había gato ence­rrado en aquella sugestión, convincente por otra parte, de que la mejor manera de hallar esas cosas sería buscándolas en el barco ya desocupado.

-¡Si soy fogonero del barco! -dijo el hombre.

-¡Es usted fogonero del barco! -exclamó Karl con ale­gría, como si esto superara todas sus esperanzas; y apoyán­dose sobre un codo se puso a contemplar más detenida­mente a aquel hombre-. Precisamente delante del camarote donde yo dormía con el eslovaco había una escotilla por la cual podía uno contemplar la sala de máquinas.

-Sí, allí trabajaba yo -dijo el fogonero.

-Siempre tuve muchísimo interés por la mecánica -dijo Karl conservando una ilación de pensamiento fija-, y segu­ramente más adelante habría llegado a ser ingeniero, si no hubiera tenido que embarcarme para América.

-¿Y por qué tuvo que irse usted?

-¡Bah, nada! -dijo Karl arrojando toda esa historia con un ademán. Y miró al mismo tiempo al fogonero sonrién­dole como si implorara su indulgencia por no haberle res­pondido claramente.

-Por alguna causa será -dijo el fogonero, y no se sabía bien si con ello quería él exigir o bien rechazar la explicación de esa causa.

-Ahora yo también podría hacerme fogonero -dijo Karl-; a mis padres ya les es indiferente lo que vaya a ser.

-El puesto mío queda vacante -dijo el fogonero metién­dose las manos en los bolsillos de los pantalones con plena y orgullosa conciencia de lo que acababa de decir; y a fin de estirarlas echó sobre la cama las piernas metidas en unos pantalones abolsados, como si fueran de cuero, de un color gris ferrugiento. Karl debió retroceder más hacia la pared.

-¿Abandona usted el barco?

-Sí, señor; hoy nos largamos.

-¿Y por qué? ¿No le gusta a usted?

-Pues son las circunstancias; el hecho de que a uno le guste o no una cosa no siempre es lo decisivo. Por otra par­te, tiene usted razón, tampoco me gusta. Usted seguramen­te no piensa en serio hacerse fogonero, pero es precisamen­te así como se llega a serlo con mayor facilidad. Yo, decidi­damente, no se lo aconsejo. Si deseaba usted estudiar en Europa, ¿por qué no quiere hacerlo aquí? Puesto que, por otra parte, las universidades norteamericanas son incompa­rablemente mejores que las europeas.

-Es muy posible -dijo Karl-, pero ya no tengo casi dine­ro para los estudios. Es cierto que he leído de alguno que durante el día trabajaba en un comercio y por la noche es­tudiaba, hasta que llegó a ser doctor y creo que aun alcalde; pero esto exige, naturalmente, gran perseverancia, ¿no es cierto? Me temo que yo no la tenga. Además no era yo alumno excepcionalmente bueno, y en verdad no me ha costado nada dejar el colegio. Además los colegios de aquí son posiblemente más severos todavía. Apenas conozco el inglés. Y en general hay mucha prevención aquí contra los extranjeros, según creo.

-¿Ya está usted enterado también de eso? Pues no está mal. Es usted mi hombre, entonces. Vea usted, estamos por cierto en un barco alemán: pertenece a la Hamburk-Amerika­Linie. ¿Por qué no somos aquí alemanes todos? ¿Por qué es rumano el jefe de maquinistas? Se llama Schubal. Parece mentira ¿no es cierto? Y ese canalla nos maltrata a nosotros, los alemanes, ¡a bordo de un barco alemán! No crea usted (perdía el aliento y su mano llameaba por el aire), no crea usted que me estoy quejando sólo por quejarme. Sé que us­ted no tiene ninguna influencia, que usted mismo es un po­bre muchachito. ¡Pero esto es demasiado! ¡Demasiado! -Golpeó varias veces con el puño sobre la mesa, sin quitar los ojos de él mientras golpeaba-. He servido ya en muchos bar­cos -y citó veinte nombres uno tras otro como si fuese una sola palabra; Karl quedó completamente confundido-, y me distinguía y me elogiaban; trabajaba a gusto de mis capitanes, hasta que quedé varios años en un mismo velero mercante -se levantó como si aquello constituyese el punto culminan­te de su vida-, y aquí, en esta carraca, donde todo marcha como sobre ruedas, donde no se necesita ningún ingenio es­pecial, aquí yo no sirvo para nada, y continuamente estoy molestando a ese Schubal, y soy un haragán, y me merezco que me echen, y me hacen un favor dándome mi sueldo. ¿Lo entiende usted? ¿Entiende usted eso? Pues yo no lo entiendo.

-No debe usted tolerarlo -dijo Karl excitado. Casi había perdido la noción de que pisaba el suelo inseguro de un barco, en la costa de un continente desconocido, tan a gus­to y como en su casa se encontraba allí, sobre aquel lecho del fogonero-. ¿Ya vio usted al capitán? ¿Ya trató usted de que le hiciera justicia?

-¡Oh, váyase!, será mejor que se vaya usted. No quiero que esté aquí. Usted no escucha lo que digo y me da conse­jos. ¿Cómo quiere que vaya a ver al capitán? -Y cansado, el fogonero volvió a sentarse y hundió el rostro entre sus dos manos.

«Mejor consejo no puedo darle», díjose Karl. Y en gene­ral le pareció que mejor hubiera hecho en irse a buscar su baúl, en lugar de estar dando allí consejos que, después de todo, sólo se consideraban estúpidos.

Cuando el padre le entregó el baúl para siempre, le pre­guntó bromeando: «¿Cuánto tiempo lo conservarás?», y ahora, tal vez, ya estaba realmente perdido ese fiel baúl. El único consuelo era, de todos modos, que el padre apenas podría enterarse de su situación actual, aunque tratara de averiguarla. La última noticia que la compañía podría dar era que lo habían llevado hasta Nueva York.

Pero lo que verdaderamente lamentaba Karl era haber usado apenas, hasta entonces, las cosas que contenía el baúl, a pesar de que hacía mucho ya que le hubiera hecho falta mudarse de camisa, por ejemplo. Ahí, pues, había he­cho economías fuera de lugar; precisamente ahora, cuando en los comienzos de su carrera tendría necesidad de pre­sentarse pulcramente vestido, no le quedaría más remedio que aparecer con la camisa sucia. Si no fuera por eso, la pér­dida del baúl no hubiera sido tan grave, ya que el traje que llevaba puesto era mejor aún que el que tenía en el baúl, el cual era en realidad sólo un traje de repuesto, que la madre había tenido que remendar hasta momentos antes de su partida. Y entonces recordó también que en el baúl había además un trozo de salchichón veronés, que la madre le ha­bía empaquetado como regalo extraordinario, y del que él sólo había podido comerse una parte mínima, ya que du­rante el viaje le faltó el apetito por completo y le bastó sobra­damente con aquella sopa que se repartía en el entrepuente. Ahora, en cambio, le hubiera gustado mucho tener a mano el salchichón para obsequiar con él al fogonero. Pues esa clase de gente es fácil de ganar si, subrepticiamente, se les desliza cualquier insignificancia: Karl lo sabía bien por su padre que, mediante repartos de cigarros, se ganaba los fa­vores de todos los empleados inferiores con los cuales trata­ba comercialmente. De las cosas que podía regalar ahora sólo le quedaba a Karl su dinero y, por lo pronto, no quería tocarlo, ya que bien podía ser que hubiese perdido su baúl.

De nuevo tornó a pensar en el baúl y, realmente, no po­día entender por qué había vigilado ese baúl con tanta aten­ción durante el viaje, entregado a una vigilancia que casi le quitaba el sueño, si ahora había permitido que se lo quita­ran con semejante facilidad. Se acordó de las cinco noches cargadas de esa sospecha constante contra un pequeño es­lovaco que dormía en el segundo echadero hacia la izquier­da; pensaba que aquél tenía puestas sus miras en el baúl y que sólo esperaba acechando que Karl, acosado y vencido por la debilidad, se quedase adormilado un instante para poder atraer hacia sí el baúl con un palo largo con el que ju­gaba y practicaba durante el día.

De día ese eslovaco tenía aspecto bastante inofensivo, pero apenas llegaba la noche, se incorporaba en su lecho, de rato en rato, y echaba unas miradas afligidas al baúl de Karl. Todo esto podía distinguirlo Karl muy claramente, pues siempre había quien, con la inquietud del emigrante, tenía una lucecita encendida, acá o allá, a pesar de que esto esta­ba prohibido por el reglamento del barco; así intentaban descifrar folletos ininteligibles de las agencias de emigra­ción. Si alguna de estas bujías se hallaba cerca, podía Karl dormitar un poco; pero si estaba lejos, o si todo se hallaba a oscuras, era necesario que velara con los ojos abiertos. Este esfuerzo lo había agotado bastante y ahora tal vez resultaba absolutamente inútil. ¡Ese Butterbaum! ¡Que alguna vez se topara con él en cualquier parte!

En ese instante oyéronse afuera, muy lejos, unos golpeci­tos breves, como de pies infantiles, que rompían la quietud absoluta que hasta entonces había reinado, venían acercán­dose, el sonido se hacía cada vez más distinto, y ahora ya era una tranquila marcha de hombres. Aparentemente mar­chaban en fila, cosa natural en aquel pasillo estrecho; se oyó un fragor como de armas. Karl, que ya estaba a punto de es­tirarse en la cama, dispuesto a dormir, a entregarse a un sueño libre de todas las preocupaciones causadas por el baúl y el eslovaco, se sobresaltó y empujó al fogonero, para prevenirlo por fin, pues ya parecía que la tropa alcanzaba, con su vanguardia, la misma puerta.

-Es la banda del barco -explicó el fogonero-; estuvieron tocando arriba, y van a guardar sus cosas y a hacer sus equi­pajes. Ahora sí, todo está listo y podemos irnos. ¡Venga us­ted! -Cogió a Karl de la mano; en el último instante quitó de la pared una imagen de la Virgen, con su marco, suspen­dida sobre la cama, se la metió en el bolsillo interior, reco­gió su baúl y, apresuradamente, abandonó con Karl el ca­marote.

-Ahora me voy a la oficina a cantarles cuatro verdades a los señores. Ya no queda ningún pasajero y uno puede pro­ceder sin miramientos. -Repetía de diversas maneras esto el fogonero y, mientras pasaban, con un golpe lateral de uno de los pies, quiso aplastar una rata que cruzaba el camino, pero sólo la ayudó a ganar más pronto el interior del aguje­ro que había alcanzado a tiempo. Era más bien lerdo de mo­vimientos; pues aunque tenía piernas largas, éstas, con todo, le resultaban demasiado pesadas.

Pasaron por una sección de la cocina donde algunas mu­chachas de delantales sucios -se los manchaban adrede sal­picándoselos ellas mismas- se hallaban limpiando la vajilla en grandes bateas. El fogonero llamó a su lado a cierta Line, rodeó su talle y la llevó un trecho con él; y ella, coqueta, no cesaba de apretarse contra su brazo.

-Hay paga hoy, ¿quieres venir? -preguntó.

-¿Para qué voy a molestarme? Será mejor que tú me trai­gas el dinero -contestó ella y, deslizándose bajo su brazo, se escurrió-. ¿Dónde has pescado a ese mocito tan apuesto? -alcanzó a exclamar todavía, pero ya ni quiso esperar la respuesta. Oyóse la risa de todas las muchachas, que habían interrumpido su labor.

Pero ellos siguieron de largo y llegaron a una puerta que tenía un pequeño frontón encima, sostenido por pequeñas cariátides doradas. Esto representaba una suntuosidad ex­cesiva, tratándose, como era el caso, de una decoración de barco. Karl se percató de que nunca había llegado a este si­tio, reservado probablemente, durante la travesía, a los pa­sajeros de primera y segunda clase; mientras que ahora, en vísperas de la limpieza general del barco, se habían quitado las puertas de separación. En efecto, ya se habían encontra­do con algunos hombres que llevaban escobas al hombro y que habían saludado al fogonero. Karl se asombraba de ese gran movimiento, del que naturalmente había llegado a sa­ber bien poco en su entrepuente. A lo largo de los pasillos corrían asimismo cables de instalaciones eléctricas y se oía en forma constante sonar una campanita.

El fogonero golpeó respetuosamente la puerta, y cuando dijeron: «¡entre!», le indicó con un ademán a Karl que entra­ra sin temor. Éste entró por cierto, aun cuando se detuvo cerca de la puerta. Vio por las tres ventanas del cuarto las olas del mar y, al contemplar su alegre movimiento, agitóse su corazón como si no hubiese visto el mar ininterrumpida­mente durante cinco largos días. Grandes buques entrecru­zaban mutuamente su derrotero y cedían al oleaje sólo en cuanto lo permitía su propia gravitación. Estos buques, si entornaba uno los ojos, parecían vacilar de pura gravita­ción. Llevaban sobre sus mástiles banderas angostas, si bien largas, que aunque tirantes por el desplazamiento del barco, ondeaban sin embargo, ya para un lado, ya para otro. Se oía un eco de salvas, procedente probablemente de buques de guerra. Los cañones de uno de esos barcos que desfilaba no muy lejos de allí, relucientes por el brillo de su manto de acero, parecían como acariciados y mecidos por ese viaje seguro, liso, que con todo no era horizontal. Las pequeñas lanchas y los botes sólo podían ser observados a lo lejos, al menos desde la puerta; velase cómo entraban en gran número por los espacios que quedaban libres entre los barcos grandes. Pero detrás de todo eso levantábase Nueva York, mirando a Karl con las cien mil ventanas de sus rasca­cielos. Sí, en ese cuarto sabía uno bien dónde se hallaba.

Frente a una mesa redonda había tres señores sentados, uno de ellos era un oficial de la marina, con el uniforme azul de los navales, y los dos restantes, empleados de la au­toridad portuaria, vestidos con negros uniformes nortea­mericanos. Sobre la mesa había diversos documentos dis­puestos en altas pilas, a los cuales el oficial, pluma en mano, echaba un vistazo primero, para entregárselos luego a los otros dos, quienes o bien los leían, o bien los extractaban, o bien ponían alguna hoja en sus cartapacios, cuando no era el caso de que uno de ellos, que producía casi ininterrumpi­damente un ruidito con los dientes, dictaba a su colega algo que éste anotaba en un protocolo.

Cerca de la ventana, frente a un escritorio y dando la es­palda a la puerta, hallábase sentado un señor más bien bajo, que manejaba grandes infolios alineados delante de él a la altura de su cabeza, sobre un fuerte estante para libros. Jun­to a él había una caja de caudales abierta que, al menos a pri­mera vista, parecía vacía.

Nada había frente a la segunda ventana, que ofrecía la mejor vista; y cerca de la tercera se veía a dos señores de pie que conversaban a media voz. Uno de ellos se apoyaba en la pared, junto a la ventana; llevaba también el uniforme naval y jugaba con la empuñadura de su sable. El otro, con el cual conversaba, daba la cara a la ventana y descubría de vez en cuando, con un movimiento, parte de la hilera de condecora­ciones que ostentaba el primero sobre su pecho. Vestía de ci­vil y tenía un delgado bastoncillo de bambú, que se separaba de su cuerpo como si también fuese una espada, pues con los brazos en jarras apretaba ambas manos contra sus flancos.

Karl no dispuso de mucho tiempo para contemplarlo todo, pues pronto se les acercó un ordenanza y, dirigiéndo­le al fogonero una mirada como diciendo que él nada tenía que buscar allí, le preguntó qué era lo que deseaba. El fogo­nero respondió, tal como había sido preguntado, en voz muy baja, que deseaba hablar con el cajero mayor. El orde­nanza, por su parte, recusó ese ruego con un ademán; mas se encaminó, de puntillas y evitando con un gran rodeo la mesa redonda, hacia el señor de los infolios. Dicho señor -esto se vio con toda claridad- quedó literalmente petrifica­do al escuchar las palabras del ordenanza; pero finalmente se volvió hacia el hombre que deseaba hablarle, y luego, con severa negativa, agitó las manos en dirección al fogonero y, para mayor seguridad, también hacia el ordenanza. Des­pués de lo cual el ordenanza regresó a donde estaba el fogo­nero y, en un tono como si le confiara algo, dijo:

-¡Retírese usted inmediatamente de este cuarto!

Al recibir tal respuesta, bajó el fogonero la mirada hacia Karl, como si éste fuese su corazón, al que sin decir palabra contara sus cuitas. Sin pensarlo dos veces, dejó Karl su sitio y atravesó corriendo el cuarto, de manera que hasta llegó a rozar, ligeramente, la silla del oficial; el ordenanza echó a co­rrer también, agachado, con los brazos listos para apresar­1o, como si estuviera cazando algún bicho; pero Karl fue el primero en llegar a la mesa del cajero mayor, y se aferró a ella, por si el ordenanza intentaba arrastrarlo de allí.

Como era natural, el cuarto se animó en el acto. El oficial de marina, el de la mesa, se levantó de un salto; los señores de la autoridad portuaria se quedaron mirando con calma, pero atentamente; los dos señores de la ventana se colocaron uno al lado del otro, y el ordenanza retrocedió, creyendo que donde ya demostraban interés tan altos señores sobra­ba él. El fogonero se quedó esperando junto a la puerta, dando muestras de la más viva atención y aprestándose para el momento en que se hiciera necesaria su ayuda. Y por último el cajero mayor hizo girar su sillón hacia la dere­cha. Karl hurgó en su bolsillo secreto, que no tuvo inconve­niente en mostrar a las miradas de aquella gente, extrajo su pasaporte y, abriéndolo, lo depositó sobre la mesa por toda presentación. El cajero mayor pareció considerar secunda­rio ese pasaporte, pues lo apartó tomándolo desdeñosa­mente con la punta de los dedos, ante lo cual Karl volvió a guardarse su pasaporte, como si esta formalidad hubiese sido cumplida satisfactoriamente.

-Me permito decir -comentó luego- que a mi manera de ver se ha cometido una injusticia con el señor fogonero. Hay aquí un cierto Schubal que lo acecha constantemente. Él mismo, en cambio, ya ha servido en muchos barcos a plena satisfacción, puede nombrarlos todos, es aplicado, su trabajo le gusta y en realidad no puede comprenderse por qué no habría de cumplir precisamente en este barco, en el cual el servicio no es, de ninguna manera, tan excesivo y pesado como por ejemplo en los veleros mercantes. Por eso sólo puede tratarse de calumnias, destinadas a crearle obs­táculos en su carrera y a privarlo del reconocimiento que de otra manera no le faltaría, con toda seguridad. Sólo he dicho las cosas generales acerca de este asunto; las quejas especia­les se las presentará él mismo.

Karl había dirigido ese discurso a todos los señores, ya que en efecto estaban escuchándolo todos, y porque pare­cía mucho más probable que se hallara algún justo entre to­dos ellos juntos, y no que ese justo fuese precisamente el ca­jero mayor. Por lo demás, Karl no había dicho, por astucia, que sólo desde hacía tan poco tiempo conocía al fogonero. Por otra parte hubiera hablado mucho mejor aún si no lo hubiera irritado la cara roja del señor del bastoncillo de bambú, cara que desde el lugar donde se hallaba veía por primera vez.

-Todo esto es cierto, palabra por palabra-dijo el fogone­ro aun antes de que nadie se lo hubiese preguntado, y lo que es más, antes de que nadie lo mirara siquiera.

Esa precipitación del fogonero habría sido una falta gra­ve si el señor de las condecoraciones, que -y así lo compren­dió Karl en seguida, porque saltaba a la vista- era sin duda el capitán, no hubiera decidido ya para sus adentros, evi­dentemente, escuchar al fogonero.

-¡Acérquese usted! -exclamó, con una voz tan firme que parecía hecha para descargar sobre ella un martillo.

Ahora dependía todo de la conducta del fogonero, pues Karl no dudaba de que la causa de su amigo fuera la justa. Por suerte quedó demostrado, en esa oportunidad, que el fogonero ya había corrido bastante mundo. Con calma ejemplar sacó de su baúl, al primer movimiento de la mano, un paquetito de papeles, como asimismo una libreta de no­tas. Se encaminó con estas cosas hacia el capitán, descui­dando por completo al cajero mayor como si ello fuese lo más natural del mundo, y extendió sus pruebas sobre el an­tepecho de la ventana. El cajero mayor no tuvo más remedio que molestarse en ir él mismo hasta allí.

-Este hombre es un querellador conocido -dijo a modo de explicación-, se le ve en la caja con mayor frecuencia que en la sala de máquinas. A Schubal, ese hombre tan tranqui­lo, lo ha llevado hasta la desesperación más completa. ¡Oiga usted! -dijo dirigiéndose al fogonero-, realmente ya va us­ted demasiado lejos en su impertinencia. ¡Cuántas veces se le ha echado a usted de las oficinas de pago, tal como usted lo merece, con sus exigencias por completo injustificadas, injustificadas enteramente y sin excepción! ¡Cuántas veces se ha venido usted corriendo de allí a la caja principal! ¡Cuántas veces se le ha dicho a usted, por las buenas, que Schubal es su superior inmediato con el cual únicamente debe usted entenderse, y en calidad de subordinado! Y ahora, para colmo, aparece usted aquí estando presente el señor capitán, y no tiene vergüenza de molestarlo; ¡a él en perso­na!, ¡y no le da vergüenza tampoco traer como portavoz en­señado de sus disparatadas acusaciones a este chico, al que, por otra parte, veo por primera vez a bordo!

Karl tuvo que dominarse para no enfrentársele de un sal­to, pero ya intervenía el capitán diciendo:

-Bien, escuchemos por una vez a este hombre. Ese Schu­bal, de todas maneras, se está haciendo, a la larga, demasia­do independiente, con lo cual, sin embargo, no he querido decir nada en favor de usted. -Lo último iba destinado al fo­gonero; era natural que no quisiese tomar su partido inme­diatamente, pero todo parecía muy bien encaminado.

El fogonero comenzó su declaración, y ya al comienzo re­frenó sus pasiones dándole a Schubal el trato de «señor». ¡Cómo se alegraba Karl, que estaba de pie junto al escritorio abandonado del cajero mayor y donde por gusto oprimía, haciéndolo bajar una y otra vez, el platillo de pesacartas!

«¡El señor Schubal es injusto! ¡El señor Schubal prefiere a los extranjeros! ¡El señor Schubal expulsaba al fogonero de la sala de máquinas y le hacía limpiar retretes, cosa que por cierto no era tarea del fogonero!»

Una vez hasta fue puesta en duda la capacidad del señor Schubal, que más bien sería aparente que real. En este pun­to, Karl miró fijamente y con toda insistencia al capitán, en forma insinuante, solícita, como si fuese su colega, sólo para que éste no se dejase influir contra el fogonero, movi­do por su manera de expresarse un poco inhábil. De todas maneras nada esencial surgió de la mucha oratoria, y aun­que el capitán continuase todavía con la mirada fija, y en los ojos la decisión de escuchar por esta vez al fogonero hasta el fin, los otros señores al contrario se impacientaban, y la voz del fogonero bien pronto dejó de reinar con autoridad en el ámbito, lo cual hacía temer muchas cosas. Primero, el señor de civil puso en actividad su bastoncito de bambú golpean­do, aunque suavemente, sin ruido, el piso de entablado. Los demás señores miraban, naturalmente, de cuando en cuan­do; pero los señores de la autoridad portuaria, que eviden­temente tenían prisa, volvieron a sus expedientes y comen­zaron a revisarlos, aunque todavía permanecían algo au­sentes; el oficial de marina se arrimó de nuevo a su mesa, y el cajero mayor, creyendo que ya tenía la partida ganada, lanzó un hondo suspiro irónico.

Únicamente el ordenanza pareció preservado de la gene­ral distracción que comenzaba a apoderarse de todos, pues él compartía, en su sentimiento, las penas de aquel pobre hombre colocado entre los grandes, y miraba a Karl me­neando gravemente la cabeza, como si con ello quisiera ex­plicar algo.

Entretanto la vida portuaria proseguía ante las ventanas; pasó un barco de carga, chato, con una montaña de barriles que debían de estar amontonados milagrosamente, puesto que no comenzaba a rodar, y su paso casi sumió el cuarto en plena oscuridad. Pequeñas lanchas de motor, que Karl hu­biera querido mirar detenidamente si hubiese tenido tiem­po, se deslizaban fragosas y en líneas rigurosamente rectas, obedeciendo a contracciones de las manos de un hombre erguido frente al timón. Curiosos flotadores emergían de cuando en cuando, independientes, del agua inquieta, e in­mediatamente después volvían a ser cubiertos de nuevo por las olas y se hundían ante el ojo asombrado. Botes de los va­pores transatlánticos avanzaban al remo, con sus marineros dedicados a esa ardua tarea, repletos de pasajeros, sentados tales como se les había metido allí, sin hablar y llenos de ex­pectación, aunque algunos no podían dejar de girar sus ca­bezas para contemplar el panorama cambiante. ¡Agitación sin término, inquietud que el elemento inquieto transfería a los desamparados seres humanos y a sus obras!

Pero todo exhortaba a la premura, a la claridad, a una ex­posición sumamente exacta; ¿y qué hacía, en cambio, el fo­gonero? Cierto era que hablaba hasta entrar en sudor, y ha­cía ya mucho tiempo que era incapaz de sujetar con sus ma­nos temblorosas los papeles sobre la ventana; desde todos los puntos cardinales le afluían quejas sobre Schubal, de las cuales, en su opinión, cada una por sí sola hubiese bastado para hundir a ese Schubal definitivamente; pero lo que pudo presentarle al capitán no era sino un triste amasijo de todas ellas juntas. Hacía rato ya que el señor del bastoncillo de bambú silbaba suavemente hacia el techo; los señores de la autoridad marítima ya retenían al oficial en su mesa y no daban señales de volver a soltarlo; el cajero mayor se man­tenía reservado, evidentemente sólo debido a la calma del capitán; y el ordenanza esperaba a cada instante, en actitud militar, una orden de su capitán referente al fogonero.

Y entonces Karl no pudo quedar inactivo por más tiem­po. Se dirigió por tanto hacia el grupo, y mientras avanzaba lentamente, con tanta mayor rapidez reflexionó cómo po­dría enfocar aquel asunto con la máxima habilidad posible. Ya era hora realmente; unos momentos más apenas, y bien podían salir volando ambos de la oficina. Quizás el capitán fuese un buen hombre y además tuviera, precisamente aho­ra, algún motivo especial para demostrar que era un jefe justo; pero al fin y al cabo no era un hombre al que se púdie­se vencer por cansancio, y precisamente como tal lo trataba el fogonero, si bien ese tratamiento brotaba de su corazón infinitamente indignado.

Por ello, pues, dijo Karl al fogonero:

-Usted debe contar esto con mayor sencillez, con mayor claridad; el señor capitán no puede apreciarlo tal como us­ted se lo cuenta. ¿Acaso conoce él por su apellido y hasta por su nombre de pila a todos los maquinistas y pinches para sa­ber, cuando usted no hace más que pronunciar tal nombre, de quién se trata? Exponga usted, entonces, sus quejas en or­den, luego ordenadamente lo demás; quizás entonces ni si­quiera haga falta mencionar la mayor parte de ellas. ¡A mí me lo expuso usted siempre con tanta claridad!

«Si en América pueden robarse baúles, también puede uno mentir de vez en cuando», pensó para disculparse.

¡Con tal que sirviera de algo! Por otra parte, ¿no sería ya demasiado tarde? En verdad el fogonero se interrumpió en seguida al oír la voz conocida, pero con los ojos invadidos por las lágrimas brotadas del ofendido amor varonil, de los recuerdos terribles, de los extremos apuros presentes, ya ni siquiera podía reconocer a Karl en forma clara. ¡Y cómo -ante el que ahora se callaba Karl lo comprendía tácitamen­te- iba a cambiar ahora de pronto su manera de expresar­se, su lenguaje; puesto que le parecía que todo lo que debía decirse ya lo había él alegado, sin la menor aprobación, y le parecía, por otra parte, que no había dicho nada todavía, y que no podía exigirles honradamente a los señores que si­guieran escuchando todo aquello! Y en un momento seme­jante, para colmo, aparece Karl, su único partidario, que­riendo enseñarle y darle buenos consejos, demostrándole en cambio con ello que todo estaba perdido, absolutamente todo.

«Si yo hubiese acudido antes, en lugar de estar mirando por la ventana», díjose Karl; luego bajó la vista ante el fogo­nero y dejó caer sus manos a lo largo de los pantalones, para dar a entender así que ya no había más esperanzas.

Pero el fogonero interpretó mal su gesto, y barruntando que Karl abrigaba quién sabe qué secretas recriminaciones contra él, y con la buena intención de quitárselas de la cabe­za, comenzó, para coronación de sus hazañas, a disputar con Karl. ¡Entonces!, cuando hacía rato ya que los señores de la mesa redonda estaban escandalizados por el alboroto inútil que venía a importunar sus importantes trabajos, ahora que al cajero mayor ya le iba pareciendo incompren­sible la paciencia del capitán, y mostrándose él mismo incli­nado a un inmediato arranque de ira; que el ordenanza, ab­sorbido de nuevo por la esfera de sus amos, devoraba al fo­gonero con ojos salvajes, y que finalmente el señor del bastoncillo de bambú, al que el mismo capitán dirigía de vez en cuando una mirada amable, manifestaba ya una in­diferencia total, si no repulsión por el fogonero. Este señor terminó por sacar una pequeña libreta y, ostensiblemente ocupado en cosas muy distintas, paseaba su mirada entre la libreta y Karl.

-Bien conozco -dijo Karl en un esfuerzo penoso por de­fenderse contra el torrente de palabras que el fogonero vertía ahora sobre él, y con una sonrisa amistosa que aún le reser­vaba, a pesar de todo y a través del altercado- que tiene usted razón; sí, usted tiene razón, yo nunca he dudado de ello.

Le hubiera gustado, por temor a los golpes, sujetarle aquellas manos tan agitadas; más aún, claro está, le hubiera gustado empujarlo hasta un rincón para susurrarle algunas palabras en voz baja, palabras tranquilizadoras que nadie más hubiera debido oír. Pero el fogonero estaba fuera de quicio. Ya ahora, dábale a Karl una especie de consuelo el pensar que, en caso de necesidad, el fogonero, con la fuerza de la desesperación, podría someter a todos, a los siete hombres presentes. Ciertamente había sobre el escritorio, según podía apreciarse de una sola mirada, un tablero con una cantidad excesiva de botones de una instalación eléctri­ca; y una simple presión de una sola mano sobre ellos era ca­paz de agitar el barco entero, con todos sus pasillos llenos de gente hostil.

Entonces el señor que tan poco interés demostraba, el del bastoncillo de bambú, se acercó a Karl y le preguntó sin le­vantar mucho la voz, pero con nitidez suficiente para ser es­cuchado por encima de la vociferación del fogonero:

-¿Cómo se llama usted?

En el mismo instante, como si alguien hubiese esperado tras la puerta esa manifestación del señor, golpearon. El or­denanza dirigió una mirada al capitán; éste asintio con la cabeza. Así, pues, el ordenanza fue hasta la puerta y la abrió. Afuera estaba un hombre de medianas proporciones que vestía una vieja levita cruzada; por su aspecto no pare­cía expresamente apto para el trabajo de máquinas, y era, sin embargo, Schubal. Si Karl no lo hubiese reconocido en los ojos de todo el mundo, que expresaban cierta satisfac­ción de la que ni siquiera el capitán quedaba exento, hubie­ra tenido que verlo en el fogonero que, horrorizado, cerra­ba con fuerza los puños en los extremos de los brazos ten­sos, hasta parecer que ese cerrar de los puños fuese para él lo más importante, algo a lo cual estaba dispuesto a sacrifi­carlo todo, todo lo que tenía de vida. Allí residían ahora to­das sus fuerzas, también aquella que lo mantenía de pie.

Y allí estaba, pues, el enemigo, desenvuelto y vivaz en su traje dominguero, bajo el brazo un libro comercial, proba­blemente las listas de salarios con la hoja de servicios del fo­gonero; y sin temor de que se le notase que ante todo desea­ba cerciorarse de la disposición de ánimo de cada uno, miró a los ojos de todos, uno por uno. Y por otra parte los siete ya eran todos amigos suyos, pues aunque antes el capi­tán hubiera tenido o aparentado solamente ciertos reparos contra él, después del disgusto que el fogonero le había cau­sado, seguramente ya nada tenía que objetar a Schubal. Ja­más podía ser excesiva la severidad empleada con un hom­bre como el fogonero, y si algo podía reprochársele a Schu­bal era la circunstancia de no haber podido quebrantar con el tiempo la porfía y contumacia del fogonero, de tal modo que ya no se atreviese a aparecer, como hoy, ante el capitán.

Ahora bien; acaso podía suponerse todavía que la con­frontación del fogonero con Schubal no dejaría de causar a los hombres idéntica impresión a la que les causaría el com­parecer ante un foro superior, pues aunque Schubal cono­ciese a fondo el arte del disimulo, no debía poder, en verdad, mantenerse firme hasta el final. Un breve destello de su ma­licia podría bastar para ponerla en evidencia ante los seño­res, y de ello ya se ocuparía Karl; porque ya conocía sobre poco más o menos la agudeza, las debilidades, los caprichos de cada uno de los hombres; en ese sentido no estaba perdi­do el tiempo que hasta ese momento había pasado él allí. ¡Con tal que el fogonero estuviese más a tono! Pero parecía ya fuera de combate, completamente inepto para la lucha. Si alguien le hubiese acercado a ese Schubal, seguramente hu­biera podido abrirle, a puñetazos, el odiado cráneo. Pero probablemente ya no estaba en condiciones de dar siquiera los pocos pasos que de aquél lo separaban. ¿Por qué no ha­bía previsto Karl lo que era tan fácil de prever: que Schubal finalmente tendría que venir, o bien por su propia decisión o, si no, llamado por el capitán? ¿Por qué, al venir, no había discutido con el fogonero un plan de guerra preciso, en vez de entrar tal como lo habían hecho en realidad, con una fu­nesta falta de preparación, allí donde había una puerta? En resumen, ¿estaba todavía en condiciones de hablar el fogo­nero, de decir sí o no, tal como sería necesario en un careo, que por cierto sólo podía esperarse en el caso más favora­ble? Allí estaba de pie, esparrancado, inseguras las rodillas, la cabeza ligeramente levantada, y el aire entraba y salía por su boca abierta como si en su interior ya no hubiese pulmo­nes que lo asimilaran.

Karl por su parte, eso sí, se sentía tan vigoroso y tan en sus cabales como quizá nunca lo había estado en su casa. ¡Si pudieran ver sus padres cómo él, en tierra extraña y ante personalidades de prestigio, luchaba por la buena causa y, aunque aún no hubiese obtenido la victoria, se aprestaba de todos modos, plenamente, para la última conquista! ¿Volve­rían a considerar la opinión que sobre él tenían? ¿Lo senta­rían entre ellos, lo elogiarían? ¿Lo mirarían una vez, una vez siquiera, a sus ojos que seguían siéndoles tan leales? ¡Pre­guntas de difícil respuesta, y momento tan impropio de for­mularlas!

-Vengo porque creo que el fogonero me acusa de no sé qué cosas ímprobas. Una muchacha de la cocina vino a de­cirme que lo había visto camino de este lugar. Señor capitán, y todos ustedes, señores míos, estoy dispuesto a refutar toda inculpación alegando mis comprobantes escritos; y en caso contrario, mediante declaraciones de testigos impar­ciales, a quienes nadie ha aleccionado, y que esperan delan­te de la puerta. -Así hablaba Schubal. Esto era por cierto el discurso claro de un hombre, y a juzgar por el cambio que se manifestaba en el semblante de los oyentes, hubiera podi­do creerse que por primera vez desde hacía mucho tiempo volvían a oír ellos voces humanas. Claro que no notaban ellos que ese hermoso discurso también tenía sus huecos.

¿Por qué la primera palabra que se le ocurría era «cosas ímprobas»? ¿Acaso hubiera sido necesario que la acusación partiese de ahí, y no de sus prejuicios nacionales? Una mu­chacha de la cocina había visto al fogonero camino de la oficina, y ya, acto seguido, ¿había comprendido Schubal? ¿No era la conciencia de su culpabilidad lo que le aguzaba el entendimiento? ¿Y ya había traído testigos y hasta los llama­ba imparciales y no aleccionados? ¡Pillería, pura pillería! ¿Y los señores toleraban esto? ¿Y hasta lo reconocían como conducta procedente? ¿Y por qué, por qué había dejado transcurrir tanto tiempo -cosa decidida sin la menor vaci­lación- entre el aviso de la ayudanta de cocina y su llegada? Por lo visto con el único fin de que el fogonero cansara tan­to a los señores que éstos perdieran poco a poco su juicio claro, ese juicio que Schubal tenía motivos de temer ante todo. ¿No había golpeado sólo después de hallarse detrás de la puerta un buen rato ya, sin duda sólo en el instante en que podía esperar, debido a esa pregunta de poca importancia de aquel señor, que el fogonero ya estaba despachado?

Todo estaba a la vista y el mismo Schubal lo presentaba así contra su propia voluntad, pero a los señores había que mostrárselo de otra manera y en forma más palmaria aún. A ellos había que sacudirlos.

«¡Bien, Karl, hazlo pronto, aprovecha al menos ahora el tiempo antes de que aparezcan los testigos inundándolo todo!»

Pero en ese preciso instante el capitán interrumpió a Schubal con un ademán, ante lo cual éste se puso inmedia­tamente a un lado -pues su asunto parecía postergado por unos momentos-, y comenzó en voz baja una conversación con el ordenanza que pronto se le había adherido, y en esta conversación no faltaron las miradas de reojo dirigidas al fogonero y a Karl, ni tampoco ademanes que expresaban sus firmes convicciones sobre el asunto. Schubal parecía ejercitarse de esta manera para su próximo discurso.

-¿No quería usted preguntar algo a este joven, señor Ja­kob? -dijo el capitán en medio de un silencio general al se­ñor del bastoncillo de bambú.

-Ciertamente -dijo el nombrado agradeciendo la genti­leza con una leve reverencia y luego preguntó otra vez a Karl-: ¿Cómo se llama usted?

Karl, creyendo que en interés de la gran causa principal convenía despachar pronto ese punto con el que, obstinado, le preguntaba, respondió brevemente, sin presentarse, como era su costumbre, mostrando el pasaporte que antes había tenido que buscar:

-Karl Rossmann.

-¡Cómo! -dijo el que había sido llamado Jakob y retroce­dió con una sonrisa casi incrédula.

Asimismo el capitán, el cajero mayor, el oficial de la ma­rina, hasta el propio ordenanza, todos demostraron a las claras su desmesurado asombro, causado por el apellido de Karl. Permanecían indiferentes solamente los señores de la autoridad portuaria y Schubal.

-¡Cómo! -repitió Jakob acercándose a Karl con paso un tanto rígido-, si es así, yo soy tu tío Jakob y tú eres mi que­rido sobrino. ¡Ya lo presentía yo durante todo este tiempo! -dijo dirigiéndose al capitán antes de abrazar y de besar a Karl, quien lo dejaba hacer calladamente.

-¿Cómo se llama usted? -preguntó Karl con mucha cor­tesía por cierto, pero sin la menor emoción, cuando sintió que el otro lo había soltado; y se esforzó por prever las con­secuencias que este nuevo suceso acarrearía al fogonero. Por el momento nada indicaba que Schubal pudiera sacar provecho del asunto.

-Dése usted cuenta, joven, dése cuenta de su suerte -dijo el capitán creyendo que la pregunta de Karl había herido en su dignidad a la persona de Jakob; éste se había acercado a la ventana, evidentemente con el fin de no verse obligado a mostrar ante los demás su rostro emocionado, al que esta­ba dando ligeros toques con un pañuelo-. Es el senador Ed­ward Jakob quien se le ha dado a conocer como tío suyo. Y ahora le espera sin duda, al contrario de todas sus esperan­zas anteriores, una carrera brillante. Trate usted de com­prender esto lo mejor que pueda en este primer instante, y ¡cálmese!

-Es cierto que tengo en América un tío Jakob -dijo Karl dirigiéndose al capitán-, pero si he oído bien Jakob es sólo el apellido del señor senador.

-Así es -dijo el capitán, lleno de expectación.

-Bien, mi tío Jakob, que es hermano de mi madre se lla­ma, en cambio Jakob por su nombre de pila mientras que su apellido debería ser, naturalmente, igual al de mi madre, cuyo apellido de soltera es Bendelmayer.

-Señores -exclamó el senador regresando ya más sereno de su lugar junto a la ventana, donde se había calmado, y re­firiéndose a la declaración de Karl. Todos, excepto los em­pleados portuarios, prorrumpieron en carcajadas, algunos como si estuviesen conmovidos, otros con un aspecto impe­netrable.

«Pero lo que yo acabo de decir no fue, de ninguna mane­ra, tan ridículo», pensó Karl.

-Señores -repitió el senador-, en contra de mi voluntad y sin que lo hayan querido ustedes, asisten a una pequeña escena familiar, y por lo tanto no puedo menos que darles una explicación, ya que sólo el señor capitán está plena­mente enterado (esta mención originó una reverencia mu­tua), según creo.

«Ahora es cuando debo prestar atención a cada palabra», díjose Karl, y se alegró, al notarlo con una mirada de sosla­yo, que la vida comenzaba a animar de nuevo la figura del fogonero.

-En todos estos largos años de mi permanencia en Amé­rica (claro está que el término permanencia no le cuadra muy bien en este caso al ciudadano norteamericano que soy con toda el alma), en todos estos largos años he vivido totalmente alejado de mis parientes europeos, por motivos que en primer lugar no vienen al caso, y que en segundo lu­gar me resultaría realmente penosísimo referir. Hasta temo el instante en el cual, quizá, me vea obligado a contárselos a mi querido sobrino; pues en tal oportunidad, lamentable­mente, no podrá evitarse una palabra franca acerca de sus padres y de su respectiva parentela.

«Es mi tío, no cabe duda (se dijo Karl escuchando con atención), probablemente ha cambiado de apellido.»

-Mi querido sobrino ha sido (pronunciemos sin temor la palabra que define realmente este asunto), ha sido elimina­do por sus padres, tal como se echa por la puerta a un gato molesto. De ninguna manera quiero yo cohonestar lo que mi sobrino ha hecho para ser así castigado, pero su falta es tal, que el sólo nombrarlo ya contiene excusa suficiente.

«Esto no está nada mal -pensó Karl-, pero no quisiera que lo contase todo. Por otra parte, ni puede saberlo. ¿Cómo habría de saberlo?»

-Es el caso -continuó el tío apoyándose con ligeras incli­naciones de vaivén sobre el bastoncillo de bambú que usa­ba como una estaca delante de sí, con lo cual lograba real­mente quitar al asunto toda innecesaria solemnidad que de otra manera, indefectiblemente, hubiese tenido-; es el caso que fue seducido por una sirvienta, Johanna Brummer, mujer de unos treinta y cinco años. Con el término «sedu­cido», no quiero mortificar a mi sobrino, de ninguna mane­ra; pero es difícil hallar otra palabra igualmente adecuada.

Karl, quien ya se había aproximado bastante a su tío, se volvió a fin de apreciar en los rostros de los presentes la im­presión que les causaba ese relato. Ninguno se reía, todos es­cuchaban con paciencia y seriedad. Al fin y al cabo nadie se ríe en la primera oportunidad que se presenta del sobrino de un senador. Más bien hubiera podido decirse, en cam­bio, que el fogonero estaba sonriéndole a Karl, aunque muy levemente; lo que en primer lugar resultaba grato, sin embargo, como nueva señal de vida en aquél, y por otra parte era bien disculpable, ya que Karl había querido hacer un secreto extraordinario de ese asunto que se tornaba ya tan notorio.

-Ahora bien, esta Brummer -prosiguió el tío- tuvo un hijo de mi sobrino, un niño sano y fuerte que en el bautis­mo recibió el nombre de Jakob, sin duda en recuerdo de mi poco importante persona que aun a través de las menciones, seguramente harto accidentales de mi sobrino, debe de ha­ber hecho gran impresión en la muchacha. Por suerte, digo yo. Los padres, con el fin de evitar la prestación de alimentos o algún otro escándalo que pudiera llegar a tocarles de cerca -debo destacar que no conozco ni las leyes allí vigen­tes ni las demás condiciones de los padres-; digo, pues, que para evitar la prestación de alimentos y el escándalo, despa­charon a su hijo, mi querido sobrino, a América, equipado en forma irresponsablemente insuficiente como bien puede apreciarse. El muchacho, abandonado a sus propios me­dios, sin que mediaran las señales y milagros que aún sobre­viven en América, seguramente hubiera sucumbido en se­guida en alguna calleja del puerto de Nueva York si aquella sirvienta no me hubiera comunicado en una carta, que lue­go de una larga odisea llegó anteayer a mi poder, toda esta historia, incluso señas personales de mi sobrino; me indica­ba también, sensatamente, el nombre del barco. Si fuese mi intención divertir a ustedes señores míos, bien podría leer­les aquí mismo algunos pasajes -extrajo de su bolsillo dos enormes pliegos de carta, tupidamente cubiertos de escritu­ra- de esta carta. Esto seguramente surtiría efecto, pues está redactada con cierta astucia un tanto simple, aunque siempre bien intencionada, y con mucho amor hacia el pa­dre de su hijo. Mas ni quiero divertir a ustedes más de lo que es necesario para la presente aclaración ni zaherir quizá, ya en esta recepción, sentimientos de mi sobrino, que posible­mente aún subsistan. Él, si quiere, podrá leer en el silencio de su cuarto, que ya lo está aguardando, esta carta para to­mar consejo.

Karl, sin embargo, no abrigaba afecto hacia aquella mu­chacha. En el hacinamiento de los hechos de su pasado, que iba alejándose más y más con el correr de los días, perma­necía ella sentada en su cocina, junto al aparador sobre cuya tabla apoyaba los codos. Lo miraba cuando, de tiempo en tiempo, iba él a la cocina con el objeto de buscarle a su padre un vaso para beber agua, o a fin de llevar un recado de la madre. A veces, en esa actitud complicada, a un costa­do del aparador, escribía ella una carta, ybuscaba sus inspi­raciones en el rostro de Karl. A veces tenía los ojos cubier­tos con una mano; ninguna palabra que le dirigiera llegaba entonces hasta ella. Otras veces permanecía arrodillada en su estrecho cuartito pegado a la cocina y dirigía sus rezos a un crucifijo de madera; Karl la observaba entonces con ti­midez, sólo al pasar, por la rendija de su puerta un poco en­treabierta. A veces corría y saltaba por la cocina y, con risa de bruja, retrocedía de pronto sobresaltada si Karl le inter­ceptaba el paso. A veces cerraba la puerta de la cocina des­pués de haber entrado Karl y retenía el picaporte en la mano hasta que él pedía salir. A veces iba y traía cosas que él ni siquiera deseaba, y sin decir palabra se las ponía en las manos. Y cierta vez dijo: «Karl», y lo condujo, entre muecas y suspirando, en medio de su asombro por tan inesperada manera de apostrofarlo, a su cuartito, que cerró con llave. Estrangulándolo, se colgó de su cuello en un abrazo, y mientras le rogaba que la desnudase, en realidad lo desnu­dó a él y lo acostó en su cama, como si a partir de ese mo­mento ya no quisiera dejárselo a nadie y sólo anhelase aca­riciarlo y cuidarlo hasta el fin del mundo.

-¡Karl, oh Karl mío! -exclamó como si lo viese y se con­firmase a sí misma su posesión, mientras que él no veía ab­solutamente nada, sintiéndose incómodo entre tantas sába­nas y almohadas calientes que ella parecía haber amontona­do expresamente para él.

Luego se acostó también ella a su lado; quería saber de él quién sabe qué secretos, pero él no tenía ninguno que con­tarle y ella se disgustaba, en broma o en serio; lo sacudía, auscultaba el latido de su corazón, y ofrecía su pecho para una auscultación similar, pero no consiguió inducir a Karl a que lo hiciera; apretó su vientre desnudo contra el cuerpo del muchacho y buscó tan asquerosamente con la mano en­tre sus piernas que Karl, agitándose, trataba de sacar la cabeza y el cuello fuera de las almohadas; empujó luego el vientre algunas veces contra él, que se sintió invadido por la sensación de que ella formaba parte de su propio ser, y qui­zá fue ése el motivo del tremendo desamparo que entonces le embargó. Llorando se llegó finalmente a su propia cama, después de haber escuchado los repetidos deseos que ella manifestó de que volvieran a verse.

Esto había sido todo y, no obstante, el tío se las arreglaba para hacer de ello una gran historia. Y por lo visto la coci­nera había pensado realmente en él y le había comunicado al tío su llegada. Esto era una bella acción de su parte y se­guramente algún día él se la recompensaría.

-Y ahora -exclamó el senador- quiero que me digas tú francamente si soy o no tu tío.

-Eres mi tío -dijo Karl besándole la mano y recibiendo en cambio un beso en la frente-. Estoy muy contento de haber­te encontrado, pero te equivocas si crees que mis padres sólo dicen cosas malas de ti. Pero aun aparte de eso, algunos errores se deslizaron en tu discurso, es decir, no todo ha su­cedido así en la realidad. Pero, verdaderamente, no es posi­ble que desde aquí juzgues las cosas a la perfección, y creo además que no traerá grandes perjuicios el que los señores hayan sido informados un tanto inexactamente acerca de los pormenores de un asunto que, en verdad, no puede im­portarles gran cosa.

-Bien dicho -repuso el senador; llevó a Karl ante el capi­tán, el cual asistía a esta escena con visible interés, y pregun­tó-: ¿No tengo acaso un magnífico sobrino?

-Me siento dichoso -dijo el capitán con una de esas reve­rencias que sólo logran las personas educadas en la discipli­na militar- de haber conocido a su sobrino, señor senador. Es un honor especial para mi barco el haber podido ser es­cenario de un encuentro semejante. Pero el viaje en el entre­puente ha sido seguramente muy duro. Sí, sí, ¡si pudiera uno saber a quién lleva ahí! Bien, nosotros hacemos todo lo posible por aliviar el viaje, en cuanto podemos, a la gente del entrepuente; mucho más, por ejemplo, que las empresas americanas; pero conseguir que un viaje en tales condicio­nes sea un placer, por cierto, aún no lo hemos logrado.

-Pues no me ha perjudicado -dijo Karl.

-¡No lo ha perjudicado! -repitió el senador riéndose es­trepitosamente.

-Sólo me temo que mi baúl lo haya perdi... -y al decir esto se acordó de todo lo que había sucedido y de lo que aún quedaba por hacer. Echó una mirada en su derredor y vio a todos los presentes, mudos de atención y asombro, en sus lugares de antes, fijas en él sus miradas. Sólo a los emplea­dos portuarios se les notaba, por cuanto dejaban traslucir sus rostros severos, satisfechos, que lamentaban haber llega­do en tiempo tan inoportuno, y el reloj de bolsillo que aho­ra tenían delante, sobre la mesa, les importaba seguramen­te más que todo lo que ocurría en el cuarto y, tal vez, aun de lo que estaba por suceder.

El primero en expresar sus sentimientos, después del ca­pitán, fue, hecho curioso, el fogonero.

-Le felicito a usted de todo corazón -dijo dándole a Karl un fuerte apretón de manos, con lo cual quería expresar también algo así como un reconocimiento. Cuando luego quiso dirigirse, con las mismas palabras, al senador, éste re­trocedió como si el fogonero se propasara en sus derechos; y en efecto, el fogonero desistió en seguida.

Pero ya los demás se habían dado cuenta de lo que había que hacer y acto seguido rodearon desordenadamente a Karl y al senador. Así sucedió que Karl hasta fue felicitado por Schubal y recibió y agradeció esta felicitación. Los últi­mos en acercarse, ya restablecida la tranquilidad, fueron los empleados portuarios, quienes dijeron dos palabras en in­glés, cosa que causó una impresión ridícula.

El senador se mostró de muy buen humor y saboreó ple­namente ese placer, acordándose de momentos menos im­portantes y evocándolos ante los demás, lo que natural­mente no sólo fue tolerado, sino hasta celebrado con interés por todos. Así hizo notar el que hubiera apuntado en su li­breta, por si eventualmente las necesitara en el momento dado, las señas personales más destacadas de Karl, mencio­nadas en la carta de la cocinera. Ahora bien, durante la charla insoportable del fogonero él había sacado su libreta con el único fin de distraerse, y había tratado de relacionar, en una especie de juego, las observaciones de la cocinera, cuya exactitud no era precisamente como para uso policía­co con el aspecto de Karl.

-¡Y de esta manera encuentra uno a su sobrino! -conclu­yó en un tono especial como si de nuevo quisiera recibir fe­licitaciones.

-¿Qué le sucederá ahora al fogonero? -preguntó Karl al margen del último relato de su tío. Él creía que, en su nueva posición, podía decir abiertamente todo lo que pensaba.

-Al fogonero le sucederá lo que se merece -dijo el sena­dor- y lo que el señor capitán considere justo. Yo creo que ya estamos hartos y más que hartos de ese fogonero, y en esto seguramente estarán de acuerdo conmigo todos los señores aquí presentes.

-Es que no es eso lo que importa, tratándose de una cuestión de justicia -dijo Karl. Hallábase de pie entre el tío y el capitán y, quizás influido por tal situación, creyó que ya tenía la decisión en sus manos.

Y, sin embargo, el fogonero ya no parecía abrigar ningu­na esperanza. Tenía metidas las manos, a medias, en el cin­turón de los pantalones que, junto con una raya de su cami­sa de fantasía, se había salido a causa de sus ademanes agi­tados. Esto no le preocupaba en absoluto; él había contado todas sus penas, ¡que vieran, pues, ahora también esos po­cos harapos que llevaba sobre su cuerpo, y luego que lo echaran afuera! A él se le ocurría que el ordenanza y Schu­bal, los dos de categoría inferior entre todos los presentes, tenían que hacerle este último favor. Schubal se quedaría tranquilo entonces y ya no se desesperaría, según había ex­presado el cajero mayor. El capitán podría contratar sólo a rumanos, en todas partes se hablaría el rumano y tal vez todo marcharía realmente mejor. Ya ningún fogonero iría con su charla a la caja principal, sólo esta última charla suya quedaría en el recuerdo, en un recuerdo bastante grato, ya que, tal como el senador lo había destacado expresamente, había sido el motivo indirecto para reconocer a su sobrino. Por otra parte, ya antes ese sobrino repetidas veces había tratado de serle útil, demostrándole así por anticipado su gratitud, más que suficiente, por el servicio que le prestó con motivo del reconocimiento; no se le ocurría al fogone­ro pedirle ahora cosa alguna. Por lo demás, aun siendo so­brino del senador, distaba mucho todavía de ser un capitán, y de boca del capitán caería finalmente la sentencia aciaga. Según su modo de ver las cosas, el fogonero procuraba por lo tanto no dirigirle la mirada a Karl, pero por desgracia no quedaba en aquel cuarto, lleno de enemigos, otro sitio don­de pudieran reposar sus ojos.

-No entiendas mal la situación -dijo el senador a Karl-, tal vez se trate de una cuestión de justicia; pero al mismo tiempo es una cuestión de disciplina. Ambas cosas, y espe­cialmente esta última, quedan sometidas en este caso al cri­terio del señor capitán.

-Así es -murmuró el fogonero. Los que lo notaron y lo conocían sonrieron extrañados.

-Y por otra parte, de seguro ya hemos molestado tanto al señor capitán en sus negocios, los cuales precisamente con la llegada a Nueva York se acumulan sin duda de manera in­creíble, que ya es hora, y más que hora, de que abandonemos el barco, a fin de no convertir, para colmo, con nuestra intromisión del todo innecesaria, esta riña insignificante entre dos maquinistas en un acontecimiento. Por lo demás, entiendo plenamente tu manera de obrar, querido sobrino; pero precisamente esta comprensión me confiere el dere­cho de apartarte con premura de este lugar.

-En seguida pondré a su disposición una lancha -dijo el capitán, sin hacer la menor objeción (cosa que desconcertó a Karl) a las palabras del tío que, sin duda, podían interpre­tarse como un menoscabo de sí mismo.

El cajero mayor se precipitó presuroso sobre el escritorio donde estaba el teléfono y transmitió la orden del capitán al contramaestre.

«El tiempo apremia -díjose Karl-, pero no puedo hacer nada sin ofender a todo el mundo. No puedo abandonar ahora a mi tío, cuando éste apenas ha vuelto a encontrarme. El capitán es cortés, es cierto; pero eso es todo. Tratándose de la disciplina, su cortesía se acaba, y seguramente mi tío ha hablado a gusto del capitán. A Schubal no quiero hablar­le; hasta siento haberle dado la mano. Y todos los demás que aquí se encuentran no son sino cáscaras vacías.»

Y lentamente, sumido en tales pensamientos, fue hacia el fogonero, le sacó la mano derecha del cinturón y la mantu­vo, jugando, con la suya.

-¿Por qué no dices nada? -preguntó-. ¿Por qué toleras esto?

El fogonero sólo frunció el ceño, como si buscara la ex­presión adecuada para lo que tenía que decir. Por toda res­puesta, bajó la mirada hacia la mano de Karl y la suya.

-Has sido víctima de una injusticia como ningún otro del barco; de esto no me cabe la menor duda.

Y Karl hacía pasar sus dedos, una y otra vez, por entre los del fogonero, y éste miraba en torno suyo con los ojos bri­llantes, como si experimentase un gozo que a pesar de todo, nadie tenía el derecho de tomarlo a mal.

-Pero debes defenderte, decir sí o no; pues de otra mane­ra la gente no tendrá ninguna idea de la verdad. Tienes que prometerme que me obedecerás, pues yo mismo (sobrados motivos tengo para temerlo) ya no podré ayudarte en nada. -Y entonces Karl lloró, besando la mano del fogonero, y co­gió esa mano agrietada, casi sin vida, y la apretó contra su mejilla como si fuese un tesoro al que era necesario renun­ciar. Pero ya se hallaba junto a él su tío el senador y, si bien forzándolo sólo muy suavemente, lo quitó de allí.

-El fogonero parece haberte hechizado -dijo mirando por encima de la cabeza de Karl, lleno de comprensión, ha­cia el capitán-. Te sentías abandonado, encontraste al fogo­nero y ahora sientes gratitud para con él: esto es muy loable. Pero, aunque sólo sea por mí, no extremes estas cosas y aprende a comprender tu posición.

Delante de la puerta prodújose un tumulto, oyéronse ex­clamaciones y hasta parecía que alguien fuera brutalmente empujado contra la puerta. Entró un marinero de aspecto un tanto salvaje que tenía puesto un delantal de muchacha.

-Hay gente afuera -exclamó dando un empujón con el codo, como si todavía se hallara en medio del gentío. Final­mente se recobró y quiso hacer el saludo militar ante el ca­pitán; reparó entonces en el delantal de muchacha, se lo arrancó de un tirón, lo arrojó al suelo y exclamó-: Pero esto es asqueroso, me han atado un delantal de muchacha.

Luego, no obstante, juntó los talones e hizo el saludo militar. Alguien intentó reírse, pero el capitán dijo severa­mente:

-Esto sí que se llama buen humor. ¿Y quién está afuera?

-Son mis testigos -dijo Schubal adelantándose-; le ruego con toda humildad perdone usted su conducta indebida. Éstos, en cuanto tienen la travesía del mar a sus espaldas, se comportan a veces como locos.

-¡Llámelos usted inmediatamente! -ordenó el capitán y, volviéndose acto seguido hacia el senador, dijo en tono amable aunque rápido-: Ahora tenga usted la bondad, esti­mado señor senador, de seguir con su señor sobrino a este marinero, quien los conducirá hasta la lancha. Sin duda no es necesario que exprese yo verbalmente qué grande ha sido el placer y el honor de conocerle personalmente a us­ted, señor senador. Sólo deseo tener bien pronto la oportu­nidad de reanudar con usted, señor senador, nuestra con­versación interrumpida acerca de las condiciones de la es­cuadra norteamericana, y que entonces, ¡ojalá!, seamos interrumpidos una vez más de manera tan agradable como hoy.

-Por el momento me basta con este sobrino- dijo el tío riendo. Y ahora quiero expresarle a usted mi sincero agra­decimiento por su amabilidad; y que lo pase usted bien. Y ciertamente no sería imposible que nosotros -y atrajo a Karl cordialmente contra sí-, con motivo de nuestro próxi­mo viaje a Europa, nos encontráramos por más tiempo con usted.

-Pues me alegraría muchísimo -dijo el capitán.

Ambos señores se estrecharon las manos; Karl apenas tuvo tiempo de estrechar la del capitán, fugaz y mudamen­te, pues éste ya se ocupaba de la gente (serían unos quince) que conducida por Schubal entraba en el salón con bastan­te alboroto, aunque embargada por cierta turbación. Pare­cía que esa gente, de carácter por otra parte más bien man­so, viera una broma en la riña de Schubal con el fogonero, una broma cuya ridiculez no cesaba siquiera ante el mismo capitán. Karl vio entre ellos también a la ayudanta de coci­na Line, la cual, guiñándole un ojo alegremente, se ataba el delantal arrojado por el marinero, pues era el suyo.

Siguiendo siempre al marinero abandonaron la oficina y doblaron hacia un pequeño pasillo que a los pocos pasos los llevó hasta una puertecilla, desde la cual una escalera corta conducía a la lancha preparada para ellos. Su conductor bajó inmediatamente, y de un salto, a la lancha; y los mari­neros que había en ella se levantaron e hicieron el saludo mi­litar. Precisamente estaba el senador indicando a Karl que bajara con cuidado cuando éste hallándose todavía en el más alto de los escalones, prorrumpió en violento llanto. El senador puso su mano derecha bajo el mentón de Karl, y es­trechándolo contra sí, lo acarició con la mano izquierda. Así descendieron con lentitud escalón por escalón y entra­ron estrechamente enlazados en la lancha, donde el senador eligió un buen sitio para Karl, justo frente al suyo.

A una señal del senador, los marineros se apartaron del barco, con un empujón, y entraron inmediatamente en ple­na labor. Apenas se hubieron alejado del barco unos me­tros, descubrió Karl, en forma inesperada, que se hallaban precisamente de aquel costado del barco al que daban las ventanas de la caja principal. Esas tres ventanas estaban por completo ocupadas por los testigos de Schubal, que saluda­ban y hacían señas muy amablemente; el propio tío agrade­ció su saludo, y uno de los marineros dio muestras de gran habilidad arrojando con la punta de los dedos un beso ha­cia arriba, sin interrumpir realmente el ritmo uniforme de los golpes de remo. Era, en verdad, como si ya no existiese fogonero alguno. Karl se puso a contemplar más detenida­mente a su tío con cuyas rodillas casi se rozaban las suyas, y le acometieron dudas sobre si este hombre podría alguna vez llegar a reemplazar, para él, al fogonero. Pero el tío es­quivó su mirada y se quedó mirando las olas que se mecían en torno a la lancha.

 

 

2.      El tío

 

Bien pronto se acostumbró Karl, en casa del tío, a las nuevas condiciones. Mas era cierto también que el tío, aun en las cosas más insignificantes, acudía siempre amable­mente en su ayuda, y jamás tuvo Karl que pasar por el escar­miento de las malas experiencias, cosa que amarga tanto, en la mayor parte de los casos, el comienzo de la vida en el ex­tranjero.

El cuarto de Karl estaba situado en el piso sexto de una casa cuyos cinco pisos inferiores, a los cuales aún se añadían en la profundidad tres pisos subterráneos, ocupaba la em­presa comercial del tío. La luz que penetraba en su cuarto por dos ventanas y una puerta de balcón, no dejaba nunca de asombrar a Karl cuando, por la mañana, entraba él allí desde su pequeño cuarto dormitorio. ¿Dónde, sí, dónde vi­viría él ahora si hubiese pisado esta tierra como inmigrante pobre e insignificante? Hasta era posible -y el tío de acuer­do con su reconocimiento de las leyes de inmigración lo creía muy probable- que acaso ni siquiera le hubieran per­mitido entrar en los Estados Unidos; lo habrían mandado de vuelta a su casa, sin preocuparse ni mucho ni poco de que él ya no tuviera patria. Pues allí no podía esperarse compa­sión alguna, y era absolutamente cierto lo que Karl había leí­do sobre América en tal sentido; allí, entre los rostros indi­ferentes de quienes los rodeaban, sólo los venturosos pare­cían disfrutar realmente de su dicha.

Un balcón estrecho extendíase a todo lo largo del cuarto. Pero aquello que en la ciudad natal de Karl hubiese sido el más alto de los miradores, aquí permitía tan sólo una visión que abarcaba apenas una calle -una calle que corría rectilí­nea y por eso como en una especie de fuga, entre dos hileras de casas verdaderamente cortadas a plomo- perdiéndose en la lejanía, donde entre espesa bruma se elevaban gigan­tescas las formas de una catedral. Y por la mañana y por la noche y en los sueños nocturnos se agitaba esta calle con un tráfago siempre apresurado que, visto desde arriba, apare­cía como una confusa mezcla en la que se hubieran esparci­do comienzos siempre nuevos de figuras humanas desdibuja­das y de techos de vehículos de toda clase; y desde allí elevába­se otra capa más de la confusa mezcla, nueva, multiplicada, más salvaje, formada de ruido, polvo y olores, y todo esto era recogido y penetrado por una luz poderosa dispersada continuamente por la cantidad de los objetos, llevada lejos por ellos y otra vez celosamente aportada, y que para el ojo embelesado cobraba una corporeidad intensa, como si a cada instante, en repeticiones sin fin, estrellase alguien con toda fuerza, sobre esta calle, una plancha de vidrio que cu­briera las cosas todas.

El tío, como era cauteloso en todo, aconsejó a Karl que no se preocupara seriamente y por el momento ni por lo más insignificante. Ciertamente debía él examinarlo y mirarlo todo, mas sin dejarse apresar. Que los primeros días de un europeo en América bien podían compararse a un naci­miento, y aunque uno se acostumbraba -Karl no tenía por qué abrigar temores inútiles- más pronto que cuando del más allá se entra en el mundo humano, era necesario, no obstante, tener presente que los primeros juicios que uno se forma se sostienen siempre sobre pies demasiado débiles, y no debía uno permitir que quizá todos los juicios venideros, con cuya ayuda quería uno continuar viviendo allí de todas maneras, se le desordenasen por causa semejante. Que él mismo había conocido a recién llegados que, por ejemplo, en lugar de proceder de acuerdo con tales principios, habían permanecido días enteros en sus balcones, mirando la calle como si fuesen corderos extraviados. ¡Tal actitud no podía menos que confundir indefectiblemente! Semejante inacti­vidad solitaria, que se quedaba allí fascinada por un labo­rioso día neoyorquino, bien podía permitírsele a alguien que se hallara viajando por placer, y quizá, aunque no sin re­servas, hasta era recomendable en tal caso; mas para el que iba a quedarse era la perdición; esta palabra convenía para el caso y podía empleársela con toda tranquilidad, aunque fuese una exageración. Y en efecto, el tío torcía la boca en una mueca de disgusto cuando en alguna de sus visitas, que hacía siempre una sola vez por día, aunque a las horas más diversas, encontraba a Karl en el balcón. Pero éste lo notó bien pronto y renunció por consiguiente, en lo posible, al placer de asomarse al balcón.

Es que esto no era, ni remotamente, el único placer que tenía. En su cuarto había una mesa escritorio americana de la mejor clase, tal como su padre la había deseado desde ha­cía años, tratando de comprarla en las más diversas subas­tas por un precio que le resultara accesible, y sin que, con sus exiguos recursos, lo consiguiera jamás. Naturalmente no era posible comparar esta mesa con aquellos escritorios presuntivamente americanos que se ofrecían en las subastas europeas. Éste, por ejemplo, tenía en su construcción supe­rior cien divisiones del más diverso tamaño, y el mismo Presidente de la Unión hubiera encontrado un sitio adecua­do para cada uno de sus expedientes; pero además había, al costado, un regulador, y haciendo girar un manubrio po­dían conseguirse los más diversos cambios y disposiciones de las divisiones y gavetas, según lo desease o necesitara uno. Pequeños y delgados tabiques laterales descendían lentamente formando el piso de divisiones que acababan de levantarse, o las cubiertas de otras divisiones nuevas; ya con una sola vuelta toda la construcción superior cobraba un aspecto totalmente distinto, y todo esto sucedía lenta­mente o a una velocidad absurda, según como se diera vuelta al manubrio. Era un invento novísimo, pero le recor­daba a Karl muy vivamente aquellos retablos que en su tie­rra se muestran, en la feria de Navidad, a los niños asombra­dos; muchas veces también Karl, empaquetado en su vesti­menta invernal, se había parado ante ellos, y había cotejado incesantemente las vueltas de manubrio que allí ejecutaba un viejo con los efectos que tenían lugar dentro del retablo: cómo avanzaban a empellones los tres Reyes Magos y relu­cía la estrella y se desarrollaba esa vida cohibida en el esta­blo sagrado. Y le había parecido siempre que la madre, de pie tras él, no seguía los acontecimientos con suficiente atención; la traía a sí hasta sentirla a sus espaldas, y tanto le hacía notar, con ruidosas exclamaciones, algunas aparicio­nes más ocultas -por ejemplo un conejito que allí adelante, entre la hierba, se alzaba en dos patitas, alternando luego ese movimiento con otro como si se dispusiera a echar a co­rrer- que la madre, por último, le tapaba la boca y recaía, probablemente, en su anterior desatención.

Claro que el escritorio no estaba sólo hecho a propósito para recordar tales cosas, pero de seguro existía en la histo­ria de los inventos alguna conexión tan poco clara como la que aparecía en los recuerdos de Karl. A diferencia de Karl, el tío no aprobaba en manera alguna esa mesa escritorio; sólo que él había querido comprar a Karl un escritorio en re­gla, y tales escritorios estaban provistos todos, en ese mo­mento, de esta innovación, cuya excelencia residía también en que podía ser aplicada, sin grandes gastos, a escritorios más antiguos. De todas maneras el tío no dejó de aconsejar a Karl que no usara el regulador, en lo posible; y a fin de dar a su consejo mayor fuerza afirmaba que el mecanismo era muy delicado, fácil de estropear y muy costosa su repara­ción. No resultaba difícil comprender que tales observacio­nes no eran sino pretextos; aunque, por otra parte, había que admitir que el regulador podía fijarse muy fácilmente, cosa que el tío, sin embargo, no hizo.

En los primeros días cuando, como era natural, se efec­tuaron entrevistas más frecuentes entre Karl y el tío, contó Karl entre otras cosas que en su casa le gustaba tocar el pia­no, aunque por cierto no era mucho lo que sabía, pues sólo pudo entonces valerse de los conocimientos elementales que le había enseñado su madre. Karl tenía plena concien­cia de que semejante relato implicaba la petición de un pia­no, pero ya se había orientado lo bastante como para saber que el tío no tenía necesidad de hacer economías en absolu­to. Con todo, el tío no accedió en seguida a ese ruego; pero unos ocho días después, casi en el tono de una confesión contraria a su voluntad, dijo que el piano acababa de llegar y que Karl, si así lo deseaba, podía vigilar el transporte. Esto era, por cierto, una tarea fácil, y con todo ni siquiera mas fá­cil que el propio transporte, pues en la casa había un ascen­sor especial para los muebles en el cual podía encontrar si­tio, holgadamente, todo un carro de mudanza, y de ese as­censor, efectivamente, asomó el piano hacia el cuarto de Karl. Karl mismo bien hubiera podido subir en ese ascensor, junto con el piano y los obreros del transporte; pero como al lado mismo había un ascensor común, libre para el uso, subió en este último, manteniéndose constantemente, me­diante una palanca, a una misma altura con el otro ascensor y contemplando fijamente, a través de las paredes de vidrio, aquel hermoso instrumento que en adelante sería de su propiedad.

Cuando ya lo tenía en su cuarto e hizo sonar las primeras notas, apoderóse de él una alegría tan loca que en lugar de seguir tocando se levantó de un salto, pues prefería admirar el piano desde cierta distancia, asombrado, con los brazos en jarras. Además era excelente la acústica del cuarto, y esto contribuyó a que el pequeño malestar primitivo que él sen­tía por tener que morar en una casa de hierro se desvanecie­ra por completo. De hecho, dentro del cuarto no se notaba la menor cosa de las partes férreas de la construcción, por más ferrugiento que el edificio se presentase visto desde afuera, y nadie hubiera podido señalar la menor cosa, en el mobiliario o las instalaciones, que de alguna manera per­turbase el más completo bienestar. Mucho esperaba Karl de sus ejercicios de piano en la primera época y no se avergon­zaba de imaginar, por lo menos antes de dormir, la posibili­dad de una influencia inmediata que sobre las condiciones americanas podría ejercer esa práctica, ese su tocar el piano. Era ciertamente extraño cómo sonaba esta música cuando ante las ventanas, abiertas al aire alborotado por tantos rui­dos, tocaba él una vieja canción militar de su tierra -una canción que los soldados suelen entonar allá, dirigiéndose­la mutuamente, de ventana a ventana, cuando por la noche, mirando hacia la plaza en tinieblas se recuestan en las ven­tanas del cuartel-; pero si luego miraba Karl a la calle, la no­taba inalterada y no era más que una pequeña parte de una gran rotación, una parte a la que no se podía detener en sí misma, aisladamente, sin conocer a fondo todas esas fuerzas que obraban en derredor.

El tío toleraba esa práctica del piano, no tenía nada que objetar; más aún porque Karl sólo rara vez se permitía el placer de tocar y esto aun después de su expresa exhorta­ción. Hizo más, hasta le llevó a Karl cuadernos de música con marchas norteamericanas y, naturalmente, también con el Himno Nacional; pero de seguro no podría explicar­se por el solo placer que le causaba la música el hecho de que un día, lejos de toda broma, le preguntara a Karl si no desea­ba aprender a tocar también el violín o la corneta.

Lógicamente el aprendizaje del inglés constituía la tarea primordial y más importante de Karl. Un profesor joven, de una escuela de altos estudios mercantiles, se presentaba cada mañana a las siete en el cuarto de Karl y ya lo encon­traba sentado a su escritorio, frente a los cuadernos, o pa­seándose por el cuarto y repasando sus lecciones. Karl com­prendía perfectamente que ninguna prisa podía ser excesiva si le ayudaba a llegar a dominar más pronto el idioma inglés y que con ello, si hacía rápidos progresos, se le ofrecía además la mejor oportunidad de causarle a su tío una alegría extraor­dinaria; y, en efecto, mientras que al comienzo el inglés de las conversaciones con el tío se había limitado sólo a saludos y al­gunas palabras de despedida, bien pronto fue posible pasar al inglés, como en un juego, partes cada vez mayores de las con­versaciones, con lo cual al mismo tiempo comenzaban a pre­sentarse temas un tanto más íntimos.

A propósito del primer poema norteamericano -la re­presentación de un gran incendio- que Karl pudo recitar cierta noche ante su tío, el semblante de éste cobró una ex­presión de profunda seriedad, por lo contento que estaba. En aquella oportunidad hallábanse ambos de pie junto a una ventana en el cuarto de Karl; el tío miraba hacia afuera, donde la última claridad del cielo había pasado ya, y, acom­pañando los versos en su sentimiento, golpeaba las manos, lenta y rítmicamente, mientras Karl permanecía allí ergui­do, junto a él, arrancando de su entraña el dificil poema, in­móvil la mirada.

A la par que iba mejorando el inglés de Karl, aumentaba también el deseo que demostraba el tío de ponerlo en con­tacto con sus relaciones, ordenando para cada caso, eso sí, que por lo pronto estuviera siempre presente en tales reu­niones, bien cerca de Karl, el profesor de inglés. El primero de todos los conocidos a quien se le presentó cierta mañana fue un hombre delgado, joven, increíblemente flexible, con­ducido entre atenciones y cumplidos especiales por el tío hasta el cuarto de Karl. Era sin duda uno de los tantos hijos de millonarios -malogrados desde el punto de vista de los padres- cuyas vidas transcurren de tal manera que un hombre común no podría contemplar sin dolor ni un solo día, un día cualquiera de ellas. Y como si él lo supiera o lo presintiera y, por cuanto estaba en su poder, tratara de evi­tarlo, flotaba en torno a sus labios y a sus ojos una incesan­te sonrisa de dicha, como destinada a sí mismo, a quien te­nía enfrente, al mundo entero.

Con ese joven, un tal señor Mack, se convino, previa aprobación absoluta del tío, salir juntos a caballo, a las cin­co y media de la mañana, ya para cabalgar dentro de la es­cuela de equitación, ya afuera. Karl, en el primer momento, vacilaba antes de dar su consentimiento, puesto que jamás hasta entonces había montado a caballo, y prefería aprender primero un poco de equitación; pero como el tío y Mack se esforzaban tanto por persuadirlo y presentaban la equita­ción como mero placer y sano ejercicio, y no como un difí­cil arte, dijo finalmente que sí. Ahora bien, ciertamente de­bía levantarse ya a las cuatro y media desde ese día, y esto a menudo le pesaba mucho; pues sufría, seguramente a raíz de esa atención constante que durante el día desarrollaba, de una franca soñera; pero una vez en su cuarto de baño tales lamentos concluían pronto. Sobre la bañera entera, a lo lar­go y a lo ancho, sobre toda su superficie, se extendía el tamiz de la ducha -¿qué condiscípulo allá en su tierra, por más rico que fuese, poseía una cosa semejante y hasta para su uso exclusivo?- y ahora yacía Karl allí estirado; en esa bañe­ra podía extender los brazos cómodamente, y dejando que descendieran sobre él las corrientes de agua tibia, caliente, de nuevo tibia y finalmente helada, la distribuía a su volun­tad por regiones o sobre la superficie entera. Yacía allí como sumido en el gozo del sueño que aún persistía un poco. Es­pecialmente le gustaba recoger con los párpados cerrados las últimas gotas, que caían aisladas y luego se abrían despa­rramándose sobre la cara.

En la escuela de equitación, donde lo dejaba el automóvil del tío cuya carrocería se elevaba altísima, ya lo esperaba el profesor de inglés, mientras que Mack, sin excepción, llega­ba más tarde. Mas por otra parte bien podía llegar más tar­de sin preocuparse, pues la equitación verdadera, viva, sólo comenzaba cuando él llegaba. ¿Acaso, al entrar él, no se en­cabritaban los caballos saliendo por fin de esa somnolencia en que hasta aquel momento habían estado amodorrados?; ¿acaso no sonaba más fuerte por el ámbito el chasquido del látigo y no aparecían, de pronto, en la galería circundante, personas aisladas, espectadores, cuidadores de caballos, alumnos de equitación o lo que fuesen?

Karl a su vez aprovechaba el tiempo anterior a la llegada de Mack para practicar un poco, pese a todo, algunos ejer­cicios preparatorios de equitación, aunque fuesen los más incipientes. Había allí un hombre largo que alcanzaba el lomo del caballo más alto levantando apenas el brazo y éste impartía a Karl esa enseñanza, que solía durar apenas un cuarto de hora. Los éxitos que Karl obtenía con ello no eran extraordinarios, y tenía oportunidad de hacer suyas para siempre muchas exclamaciones de queja que durante ese aprendizaje lanzaba en inglés y sin tomar aliento hacia su profesor; éste estaba siempre presente, apoyado contra una jamba de la puerta, las más veces muy necesitado de sueño. Pero casi todo el descontento debido a la equitación cesaba al llegar Mack. Aquel hombre largo era despedido, y en el re­cinto, que aún seguía bañado en la media luz, bien pronto no se oía otra cosa que los cascos de los caballos que galo­paban y apenas se veía algo más que el brazo erguido de Mack, con el cual éste hacía a Karl alguna señal de mando. Después de media hora de un placer semejante, que pasaba como si estuviera uno dormido, se detenían; Mack llevaba muchísima prisa, se despedía de Karl, le golpeaba a veces la mejilla cuando su equitación le había dejado extraordina­riamente satisfecho, y desaparecía sin siquiera atravesar si­multáneamente con Karl la puerta: tanta prisa tenía.

Luego Karl se llevaba al profesor al automóvil y volvían para la lección de inglés, dando casi siempre unos rodeos; pues por el camino a través de la aglomeración de la gran urbe, que en realidad conducía directamente desde la casa del tío hasta la escuela de equitación, se hubiera perdido demasiado tiempo. Por otra parte, la compañía del profesor de inglés cesó al menos pronto, pues Karl se hacía reproches de incomodar inútilmente a ese hombre cansado, obligán­dolo a acudir a la escuela de equitación -más aún cuando el trato en inglés con Mack era sencillísimo- y rogó al tío libra­se a su profesor de ese deber. Después de algunas reflexio­nes, el tío, por su parte, accedió a sus ruegos.

Mucho tiempo tardó relativamente el tío antes de decidir­se a permitirle a Karl siquiera una pequeña ojeada al interior de su comercio, a pesar de que Karl se lo había solicitado muchas veces. Era éste una especie de establecimiento dedi­cado a comisiones, a expediciones, de un tipo que, por lo que Karl podía acordarse, ni siquiera existía en Europa. Porque ese comercio consistía en negocios de mediación y, no obstante, no gestionaba el envío de las mercaderías del productor al consumidor o acaso a los comerciantes, sino que se ocupaba de la mediación en el abastecimiento de todas las mercaderías y materias primas destinadas a las grandes plantas industriales y del intercambio entre ellas. Era por lo tanto un comercio que abarcaba al mismo tiem­po compras, depósitos, transportes y ventas en gigantescas proporciones y que debía mantener con sus clientes comu­nicaciones telefónicas y telegráficas incesantes y sumamen­te precisas. La sala de los telégrafos no era más pequeña, sino más bien mayor que la oficina telegráfica de la ciudad natal, que Karl había atravesado una vez conducido de la mano por un condicípulo que tenía ciertas relaciones allí. En la sala de los teléfonos, dondequiera que uno mirase, se abrían y se cerraban las casillas telefónicas y el constante campanilleo confundía los sentidos. El tío abrió la más pró­xima de esas y allí se vio bajo la centelleante luz xima de esas puertas indiferente a cualquier ruido de la puerta, ceñida la cabeza por una ancha cinta de acero que oprimía los auriculares contra sus oídos. Su brazo derecho yacía sobre una mesita como si fuera particularmente pesa­do y sólo los dedos que sostenían un lápiz se movían con convulsiones inhumanas, regulares y rápidas. Era muy par­co en las palabras que decía ante el cono acústico y a veces hasta se notaba que quizá tenía que objetar algo frente a su interlocutor o que desaaba preguntarle algo con mayor exactitud; pero ciertas palabras que escuchaba lo obligaban a bajar los ojos y a escribir antes de poder ejecutar tal inten­ción. Además, según el tío le explicaba en voz baja a Karl, no tenía por qué hablar, pues los mismos informes que regis­traba ese hombre eran registrados por dos empleados más, simultáneamente, y comparados luego, de manera que las equivocaciones se hacían casi imposibles.

En el mismo instante en que el tío y Karl pasaban por la puerta se deslizó un ayudante hacia adentro y volvió a salir con un papel que en el ínterin había sido cubierto con ano­taciones. En medio de la sala había un tránsito constante degentes que, como si fueran perseguidas, corrían de un lado para otro. Ninguno saludaba, el saludo había sido elimina­do, cada uno de los que pasaban acomodaba sus pasos a los del que le precedía y miraba al suelo, sobre el cual deseaba avanzar lo más rápidamente posible; o bien parecía recoger con las miradas, al vuelo, palabras o números sueltos, de papeles que llevaba en la mano y que con su paso acelerado tremolaban por el aire.

-Has llegado lejos realmente -dijo Karl una vez durante una de esas andanzas a través de la empresa, cuya inspec­ción hubiera exigido muchos días, aunque sólo se hubiese querido ver apenas cada una de las acciones.

-Y todo, has de saberlo, lo he instalado yo mismo hace treinta años. Tenía yo entonces un pequeño comercio en el barrio del puerto, y si allí se descargaban cinco cajones du­rante el día, ya era mucho y yo me iba a casa engreído. Hoy mis depósitos ocupan el tercer lugar en el puerto y aquel co­mercio es ahora el comedor y la trastera del grupo número sesenta y cinco de mis peones.

-Pero esto ya raya en lo milagroso -dijo Karl.

-Todo se desarrolla aquí con igual rapidez -dijo el tío, dando fin a la conversación.

Cierto día llegó el tío minutos antes de la hora de comer -Karl había pensado comer solo, como de costumbre- y le pidió que se vistiese inmediatamente de negro y fuese a co­mer con él, en compañía de dos amigos comerciales. Mien­tras Karl se mudaba en el cuarto contiguo, sentóse el tío al escritorio y revisó el ejercicio de inglés recién. concluido; dio con la mano en la mesa y en voz alta exclamó:

-¡En verdad, excelente!

Sin duda el vestirse salía mejor al escuchar Karl este elo­gio, pero de sus conocimientos de inglés él ya estaba real­mente seguro.

En el comedor del tío, del que aún conservaba recuerdo de la primera noche de su llegada, se levantaron para salu­darlos dos señores grandes, corpulentos, un tan Green el uno, un tal Pollunder el otro, según pudo saber luego duran­te la conversación de sobremesa. Porque generalmente el tío apenas solía pronunciar alguna palabra fugaz acerca de una u otra de sus relaciones y en cada caso dejaba que Karl encontrara lo necesario o lo interesante guiándose por su propia observación. Después de tratarse durante la comida sólo asuntos comerciales íntimos, cosa que implicaba para Karl una buena lección en cuanto a las expresiones comer­ciales -a Karl lo habían dejado ocuparse tranquilamente de su comida como si fuese un niño que ante todo necesitaba hartarse como es debido-, luego, pues, inclinóse el señor Green hacia Karl y con el deseo inconfundible de expresar­se en un inglés sumamente claro, preguntó en términos generales por las primeras impresiones de Karl sobre Amé­rica. Karl respondió, en medio del silencio mortal que rei­naba en torno y entre algunas miradas de soslayo hacia el tío, en forma bastante circunstanciada, y en señal de agra­decimiento trató de serles grato usando un lenguaje un tan­to teñido por términos neoyorquinos. Cierto giro hasta provocó una carcajada general de los tres señores yya temía Karl haber cometido un grave error; mas no fue así, y según dijo el señor Pollunder hasta era excelente lo que había di­cho. En general a este señor Pollunder, Karl parecía haberle caído en gracia y mientras el tío y el señor Green reanuda­ban las conversaciones comerciales, el señor Pollunder in­dujo a Karl a arrimar su silla junto a la suya. Primero le pre­guntó muchas cosas acerca de su nombre, su origen y su viaje, hasta que finalmente y para que Karl pudiera descan­sar, se puso a contar él mismo, apresurado, riendo y tosien­do, cosas de sí y de su hija, con la cual vivía en una pequeña finca rural en las afueras de Nueva York y donde él, por su­puesto, sólo podía pasar las noches, puesto que era banque­ro y sus negocios lo retenían en Nueva York durante el día entero. Y luego invitó cordialmente a Karl a visitar esa fin­ca, ya que un americano tan flamante como Karl sentiría sin duda la necesidad de reponerse de Nueva York de cuan­do en cuando. Karl solicitó en seguida el permiso del tío para aceptar esa invitación y el tío, al parecer, le dio ese per­miso de buen grado; mas sin fijar o siquiera considerar nin­guna fecha determinada, tal como Karl y el señor Pollunder lo habían esperado.

Pero ya al día siguiente fue llamado Karl a una oficina del tío -el tío poseía, en esa casa solamente, diez oficinas distin­tas- y allí encontró al tío y al señor Pollunder, apoltronados en sendos sillones, taciturnos:

-El señor Pollunder -dijo el tío, y apenas era posible re­conocerle en el crepúsculo del cuarto-, el señor Pollunder ha venido para llevarte hasta su finca, tal como ayer había­mos convenido.

-Yo no sabía que ya sería hoy -respondió Karl-; de otro modo me habría preparado.

-Si es que no estás preparado, tal vez sea mejor postergar la visita para otro día -repuso el tío.

-¡Pero qué preparativos! -exclamó el señor Pollunder-. Un hombre joven siempre está preparado.

-No es por él -dijo el tío dirigiéndose a su visitante-, pues de todas maneras tendría que subir todavía hasta su cuarto y a usted se le haría tarde.

-Aun en este caso hay tiempo de sobra -dijo el señor Po­llunder-; he contado con un atraso y he cerrado mi comer­cio antes de la hora.

-Ya lo ves -dijo el tío-, cuántas molestias está causando ya tu visita.

-Lo siento mucho -dijo Karl-; pero estaré de vuelta in­mediatamente. -Y ya quiso alejarse de un salto.

-No se precipite usted -dijo el señor Pollunder-, no me causa la menor molestia y en cambio su visita me produce una alegría muy grande.

-Perderás mañana tu lección de equitación, ¿ya has avi­sado que no irás?

-No -dijo Karl; esta visita que con tanto placer había es­perado, comenzaba a ser una carga para él-, pues yo no sa­bía...

-¿Y sin embargo quieres marcharte? -siguió preguntan­do el tío.

El señor Pollunder, hombre amable, acudió en su ayuda.

-Durante el viaje pasaremos por la escuela de equitación y arreglaremos el asunto.

-Eso ya es otra cosa -dijo el tío-. Pero también Mack te estará esperando.

-No creo que me espere -dijo Karl-; pero, por supuesto, él irá como todos los días.

-¿Pues entonces? -dijo el tío como si la respuesta de Karl no implicara la menor justificación.

Nuevamente pronunció el señor Pollunder la palabra de­cisiva:

-Pero Klara -era la hija del señor Pollunder- también lo espera y ya esta noche, ¡y sin duda se le dará preferencia a ella, y no a Mack!

-Ciertamente -dijo el tío-. Pues corre a tu cuarto, anda. -Y como sin quererlo golpeó varias veces contra el brazo de su sillón. Ya se hallaba Karl cerca de la puerta cuando el tío lo retuvo una vez más con esta pregunta-: Sin duda, estarás de vuelta mañana a primera hora, para tu lección de inglés.

-¡Pero! -exclamó el señor Pollunder y, en cuanto se lo permitía su corpulencia, giró dentro de su sillón, de puro asombro-. ¿No tendrá permiso para quedarse afuera si­quiera el día de mañana? ¿No podría yo traerlo de vuelta pa­sado mañana a primera hora?

-De ningún modo -respondió el tío-. No permitiré que sus estudios se desordenen tanto. Más tarde, cuando haya logrado, por su esfuerzo, un lugar destacado en la vida pro­fesional, le permitiré con el mayor placer que acepte una in­vitación tan amable y que tanto le honra, y por más tiempo aún.

«¡Cuántas contradicciones!», pensó Karl.

El señor Pollunder se puso triste.

-En verdad, para una sola velada, y una noche nada más, casi no vale la pena.

-Precisamente es lo que pienso -dijo el tío.

-Debemos aceptar lo que se dé -repuso el señor Pollun­der, ya de nuevo sonriente-. ¡Entonces, espero! -exclamó dirigiéndose a Karl; y éste, ya que el tío no decía nada más, salió de prisa.

Al volver pocos momentos después, pronto para el viaje, ya sólo encontró en la oficina al señor Pollunder; el tío se ha­bía ido. El señor Pollunder, muy feliz, estrechó a Karl ambas manos, como si quisiera cerciorarse en la forma más con­vincente posible de que Karl, pese a todo, iría con él. Karl es­taba muy acalorado todavía de tanta prisa, y también él por su parte estrechó las manos del señor Pollunder, pues se alegraba de poder hacer la excursión.

-¿No se habrá disgustado mi tío porque voy?

-¡Qué va! Él no decía todo esto muy en serio. Lo que su­cede es que se toma muy a pecho su educación.

-¿Se lo dijo él mismo? ¿Le dijo él mismo que no había di­cho tan en serio lo de antes?

-Pero claro -dijo el señor Pollunder estirando las pala­bras y demostrando con ello que no sabía mentir.

-Es curioso de qué mala gana me dio el permiso de ha­cerle esta visita, a pesar de ser usted su amigo.

Tampoco el señor Pollunder, aunque no lo confesara abiertamente, podía encontrar la explicación que viniera al caso; y tanto el uno como el otro, mientras iban atravesando el cálido atardecer en el automóvil del señor Pollunder, siguieron reflexionando largo rato todavía acerca de ello, aunque se habían puesto a hablar de otras cosas en seguida.

Iban sentados muy juntos; y el señor Pollunder, mientras contaba, mantenía la mano de Karl en la suya. Muchas co­sas quería saber Karl sobre la señorita Klara, como si se im­pacientara con el largo viaje, como si los relatos pudieran ayudarle a llegar antes de lo que en realidad llegaría.

A pesar de que nunca hasta entonces había viajado por la noche a través de las calles de Nueva York y de que el albo­roto que inundaba aceras y calzada venía precipitándose como un torbellino y cambiando de dirección a cada instan­te como si no fuese originado por los hombres, como si fue­se más bien un extraño elemento, Karl, mientras trataba de comprender exactamente las palabras de su acompañante, no se preocupaba de otra cosa que del chaleco oscuro del se­ñor Pollunder, sobre el cual colgaba, tranquilamente, una cadena de oro. Desde las calles por las cuales el público se precipitaba -con evidente temor de retrasarse, dando alas a su paso y en vehículos lanzados a toda velocidad- hacia los teatros, llegaron ellos a través de barrios intermedios a los suburbios, donde su automóvil fue desviado repetidas veces hacia calles laterales por agentes de policía montada, pues­to que las grandes arterias estaban ocupadas por una mani­festación de los obreros metalúrgicos en huelga, y sólo se podía permitir el tránsito indispensable de coches en los puntos de cruce. Si luego, saliendo de calles más oscuras donde el eco resonaba sordamente, atravesaba el automóvil una de esas grandes arterias que parecen verdaderas plazas, aparecían -hacia ambos costados y en perspectivas que na­die podía abarcar con la mirada hasta su fin- repletas las aceras de una muchedumbre que avanzaba a pasos mi­núsculos y cuyo canto era más uniforme que el de una sola voz humana. En cambio, sobre la calzada que se mantenía li­bre, veíase de vez en cuando a algún agente de policía sobre una cabalgadura inmóvil, o a portadores de banderas o de carteles con leyendas, tendidos a través de la calle, o a algún caudillo de los obreros rodeado de colaboradores y orde­nanzas, o algún coche de los tranvías eléctricos que no se había refugiado con la rapidez suficiente y que ahora se ha­llaba ahí detenido, vacío y oscuro con el conductor y el co­brador sentados en la plataforma. Pequeños grupos de cu­riosos se detenían lejos de los verdaderos manifestantes y no abandonaban sus sitios, pese a que seguían sin darse cuen­ta cabalmente de lo que en realidad acontecía. Y Karl des­cansaba, contento, en el brazo con que el señor Pollunder lo había rodeado; la convicción de que pronto sería huésped bienvenido en una quinta iluminada, rodeada de muros, vi­gilada por perros, lo satisfacía sobremanera y aunque ya no entendiese sin fallas o al menos ininterrumpidamente todo lo que decía el señor Pollunder, debido a la somnolencia que iba apoderándose de él, reaccionaba, sin embargo, de tiempo en tiempo, restregándose los ojos, para volver a cer­ciorarse, por otro rato, de si el señor Pollunder notaba o no que tenía sueño, pues esto quería él evitarlo a toda costa.

 

3. Una quinta en las afueras de Nueva York

 

-Hemos llegado -dijo el señor Pollunder precisamen­te en uno de esos momentos en que Karl era vencido por el sueño.

El automóvil hallábase detenido delante de una quinta que, a la manera de las quintas de la gente rica de los alrededores de Nueva York, era más amplia y más alta de lo que generalmen­te exige una quinta destinada a una sola familia. Puesto que únicamente la parte inferior de la casa estaba iluminada, ni si­quiera se podía apreciar hasta dónde llegaba su altura. Delan­te susurraban unos castaños, por entre los cuales -el enrejado ya estaba abierto- un camino breve conducía hasta la escali­nata de la casa. A juzgar por el cansancio que sentía al apear­se, Karl creyó comprobar que, a pesar de todo, el viaje había llevado bastante tiempo. En la oscuridad de la avenida de cas­taños oyó una voz de muchacha que decía junto a él:

-Pues aquí está por fin el señor Jakob.

-Me llamo Rossmann -dijo Karl tomando la mano que se le tendía, mano de una muchacha cuyos contornos distin­guía ahora.

-Él es sólo sobrino de Jakob -dijo el señor Pollunder a guisa de explicación-, y se llama Karl Rossmann.

-Esto no quita nada a nuestra alegría de verlo aquí -dijo la muchacha, que no daba mucha importancia a los nombres.

Sin embargo, Karl, mientras se encaminaba hacia la casa entre el señor Pollunder y la muchacha, no dejó de preguntar:

-¿Es usted la señorita Klara?

-Sí -dijo ella, y ya un poco de luz que venía de la casa y ayudaba a distinguir mejor las cosas, caía sobre su rostro, que se mantenía inclinado hacia él-, es que no quería pre­sentarme en esta oscuridad.

«¿Pero nos habrá esperado junto a la reja?», pensó Karl despertando Poco a poco mientras andaba.

-Además tenemos otro huésped esta noche -dijo Klara.

-¡No es Posible! -exclamó Pollunder, disgustado.

-El señor Green -dijo Klara.

-¿Cuándo ha llegado? -preguntó Karl como embargado por un presentimiento.

-Hace un instante. ¿No habéis oído su automóvil que ve­nía delante del vuestro?

Karl levantó los ojos hacia Pollunder para cerciorarse de cómo juzgaba éste el asunto, pero él sólo conservaba las manos en los bolsillos de sus pantalones y se limitaba a dar mayor ímpetu a sus pasos, mientras andaba.

-De nada sirve que uno viva apenas en las afueras de Nueva York. Así no le ahorran a uno las molestias. Tendre­mos que trasladar nuestra residencia más lejos aún, sin fal­ta; aunque yo tenga que viajar durante la mitad de la noche para llegar a casa.

Junto a la escalinata se detuvieron.

-Pero el señor Green no ha estado aquí desde hace mu­chísimo tiempo -dijo Klara, que evidentemente estaba en todo de acuerdo con su padre, pero que deseaba tranquili­zar a éste dominándose a sí misma.

-¿Y por qué viene precisamente esta noche? -preguntó Pollunder; y ya sus palabras rodaban furiosas por encima de su abultado labio inferior que fácilmente cobraba gran mo­vimiento, por ser carne fláccida y pesada.

-¡Por cierto! -dijo Klara.

-Quizá se vaya pronto -observó Karl, y le asombraba a él mismo su acuerdo con aquella gente, que aún ayer había sido totalmente extraña para él.

-¡Oh, no! -dijo Klara-, tiene algún gran negocio para papá y seguramente llevarán tiempo las conversaciones al respecto, pues ya me ha amenazado, en broma, que tendré que quedarme escuchando hasta la mañana si es que quie­ro ser una ama de casa cortés.

-Pues esto faltaba todavía. ¡Se quedará entonces a pasar la noche! -exclamó Pollunder como si con ello se hubiese al­canzado, por fin, el colmo del mal-. Yo realmente tendría ganas -dijo, y esa idea nueva volvíalo más amable-, yo real­mente tendría ganas de meterlo a usted, señor Rossmann, nuevamente en el automóvil, para llevárselo de vuelta a su tío. Nuestra velada de hoy ya está echada a perder de ante­mano, y quién sabe cuándo su señor tío nos lo dejará otra vez. En cambio, si ya hoy mismo lo llevo a usted de vuelta, él no podrá negarnos el placer de que usted nos visite uno de los próximos días.

Y ya cogía a Karl de la mano a fin de ejecutar su proyec­to. Pero Karl no se movió y Klara rogó que lo dejara quedar­se, ya que al menos ella y Karl no serían molestados en nada por el señor Green; finalmente el mismo Pollunder se dio cuenta de que su decisión no era de las más firmes. Por otra parte -y esto quizá haya sido lo decisivo-, oyóse de pronto la voz del señor Green que llamaba en dirección del jardín desde el descanso superior de la escalera:

-Pero, ¿dónde se han quedado ustedes?

-Vamos -dijo Pollunder doblando hacia la escalinata. Tras él marchaban Karl y Klara, que ahora, bajo la luz, se pu­sieron a estudiarse mutuamente.

«¡Qué labios tan rojos tiene!», díjose Karl, y pensó en los labios del señor Pollunder y cuán bellamente éstos se habían transformado en la hija.

-Después de la cena -así decía ella- iremos inmediata­mente, si está usted de acuerdo, a mis habitaciones, para que por lo menos nos libremos nosotros de ese señor Gre­en, ya que papá necesariamente debe ocuparse de él. Y us­ted tendrá entonces la gentileza de tocar para mí algo en el piano, pues papá ya me ha contado qué bien lo hace usted; mientras que yo, por desgracia, soy absolutamente incapaz de ejecutar una pieza de música y no me acerco a mi piano, por más que en realidad me guste mucho la música.

Karl estaba plenamente de acuerdo con la propuesta de Klara, si bien le hubiera gustado que también el señor Po­llunder participara de su compañía. Mas ciertamente, ante la gigantesca figura de Green -a la talla de Pollunder ya se había acostumbrado Karl por lo visto-, que entonces surgía ante ellos lentamente a medida que subían los escalones, abandonaba a Karl toda esperanza de encontrar alguna manera para arrancar al señor Pollunder, esa noche, de ma­nos de tal hombre.

El señor Green los recibió apresurado, como si hubiese mucho que recuperar, cogió rápidamente el brazo del señor Pollunder y empujó a Karl y a Klara al comedor; éste ofrecía un aspecto muy de fiesta, especialmente por las flores que había sobre la mesa y que se alzaban a medias entre grupos de fresco follaje, y esta circunstancia hizo doblemente la­mentable la presencia del molesto señor Green. Karl, espe­rando junto a la mesa a que se sentaran los demás, se alegra­ba precisamente de que la gran puerta de vidriera que daba al jardín quedara abierta, pues por ella entraba en grandes oleadas una fuerte fragancia como si estuviesen en un cena­dor del jardín, cuando precisamente el señor Green, reso­plando, decidió cerrar aquella puerta de vidrio, y agachán­dose hasta los pasadores inferiores y estirándose para al­canzar los superiores, realizó la operación con una rapidez tan juvenil que el sirviente, a pesar de haber acudido sin de­mora, ya nada pudo hacer.

Las primeras palabras del señor Green, sentado ya a la mesa, fueron manifestaciones de asombro de que Karl hu­biese obtenido el permiso del tío para esta visita. Una tras otra levantó hasta su boca las cucharadas llenas de sopa, declarando a diestra dirigiéndose a Klara, y a siniestra diri­giéndose al señor Pollunder, el porqué de su asombro y cómo vigilaba el tío a Karl y cómo era excesivo el amor del tío para con Karl, hasta tal punto excesivo que ya no podía llamársele amor de tío.

«Éste no se contenta con entrometerse innecesariamente aquí, aun viene a entrometerse entre el tío y yo», pensó Karl y no pudo tragar ni un sorbo de aquella sopa de color de oro. Pero por otra parte no quería que se le notase qué mo­lesto se sentía; y mudo, púsose luego a verter la sopa dentro de su cuerpo.

Esa comida transcurría lenta como una plaga. Únicamente el señor Green y a lo sumo también Klara mostraban cierta vivacidad y hasta de cuando en cuando hallaban motivo para una breve risa. Sólo algunas veces cuando el señor Green comenzaba a hablar de negocios intervenía el señor Pollunder en la conversación. Mas también de tales conver­saciones retirábase pronto, y el señor Green, pasado un rato, debía sorprenderlo de nuevo, inopinadamente, con el tema. Por lo demás recalcaba -y fue entonces cuando Karl, prestando de pronto atención como si allí se cerniese algu­na amenaza, tuvo que ser advertido por Klara de que el asa­do se hallaba delante de él, y de que él estaba en una cena­que él en un principio, no había tenido intención de hacer aquella visita inesperada. Pues si bien el negocio del que aún había que hablar era de particular urgencia, hubiera podido tratarse durante el día en la ciudad, en sus aspectos más importantes al menos, y las cosas secundarias hubieran podido aplazarse para el día siguiente o para más tarde. Y así, en efecto, había ido a ver al señor Pollunder mucho an­tes de la hora del cierre de los comercios; mas no habiéndo­lo encontrado, hablase visto obligado a avisar por teléfono a su casa que esa noche no iría y a emprender ese pequeño viaje.

-Entonces debo pedirle disculpas yo -dijo Karl en alta voz y antes de que nadie tuviera tiempo de responder-, pues es culpa mía el que el señor Pollunder haya abandona­do hoy su comercio más temprano; lo siento mucho.

El señor Pollunder cubrió gran parte de su rostro con la servilleta y Klara ciertamente sonrió a Karl, pero ésta no era una sonrisa de consentimiento, sino más bien parecía destinada a influir de alguna manera sobre él.

-No hace falta ninguna excusa -dijo el señor Green par­tiendo en ese preciso momento una paloma, con agudas in­cisiones-, todo lo contrario; estoy muy contento de pasar la noche en tan agradable compañía, en lugar de cenar solo, en mi casa, servido por mi vieja ama de llaves, tan vieja que hasta el camino desde la puerta hasta mi mesa le cuesta un gran esfuerzo; yo puedo arrellanarme en mi sillón tranqui­lamente durante un buen rato si quiero observarla mientras recorre ese trecho. Sólo hace poco he conseguido que el sir­viente lleve las comidas hasta la puerta del comedor; pero ese trecho desde la puerta hasta la mesa le corresponde a ella, por lo que alcanzo a entender.

-¡Dios mío! -exclamó Klara-, ¡qué lealtad!

-Sí, todavía hay lealtad en este mundo -dijo el señor Green llevándose un bocado a la boca, donde su lengua, según observó casualmente Karl, recogía el manjar con elástico movimiento. El verlo casi le produjo náuseas, y se levantó. Y con un movimiento casi simultáneo el señor Pollunder y Klara cogieron sus manos.

-Quédese usted sentado todavía -dijo Klara. Y cuando de nuevo se hubo sentado, ella le susurró-: Pronto desapa­receremos juntos. Tenga usted paciencia.

Entretanto el señor Green se entregaba tranquilamente a su comida, como si fuese el deber natural del señor Pollun­der y de Klara tranquilizar a Karl si él le provocaba náuseas.

La comida se prolongaba, sobre todo por el esmero con que el señor Green trataba cada plato, si bien se le veía dis­puesto siempre y sin descanso a aceptar cada nuevo plato; parecía realmente que pretendiera resarcirse a fondo de su vieja ama de llaves. De vez en cuando elogiaba el arte con que la señorita Klara dirigía la casa, lo cual a ella le causaba un agrado evidente, mientras que Karl sentía tentaciones de repelerlo como si la atacase. Pero el señor Green no se con­tentaba sólo con ocuparse de ella, sino que lamentaba a me­nudo y sin levantar la vista de su plato la notable falta de apetito de Karl. El señor Pollunder se puso a defender el apetito de Karl, a pesar de que, en su carácter de huésped, también él hubiera tenido que alentar a Karl, instándolo a que comiera. Y en efecto, Karl, sufriendo durante toda la cena semejante opresión, se sintió tan susceptible que, con­tra todo lo que su propio entendimiento le decía, interpretó esa manifestación del señor Pollunder como una descorte­sía. Y sólo debido a ese estado peculiar comía de pronto más de la cuenta y a una velocidad inconveniente, pero abandonaba luego nuevamente tenedor y cuchillo durante un largo rato, cansado, el más inmóvil de la reunión, con lo cual el sirviente que traía los platos a menudo no sabía qué hacer.

-Mañana mismo le contaré al señor senador cómo ha ofendido usted a la señorita Klara no queriendo comer -dijo el señor Green y se limitó a expresar la intención bur­lona de esas palabras por cierta manera de manejar los cu­biertos-. Mire usted a esta chica, qué triste está –continuó tocando a Klara debajo del mentón. Ella le dejó hacer ce­rrando los ojos.

-¡Qué graciosilla eres! -exclamó arrellanándose, y con la fuerza del saciado y la cara arrebatada, se echó a reír. En vano intentó Karl explicarse la conducta del señor Pollun­der. Éste permanecía sentado con la vista fija en su plato, contemplándolo como si fuese allí donde sucedía lo que en verdad importaba. No atrajo hacia sí la silla de Karl; y si al­guna vez hablaba, lo hacía con todos y a Karl no tenía nada especial que decirle. En cambio toleraba que Green, ese vie­jo y escaldado solterón neoyorquino, tocase con intención bien evidente a Klara, que ofendiese a Karl, invitado de Po­llunder; o que, cuando menos, lo tratase como a un niño y que cobrase ánimo para emprender luego quién sabe qué hazañas.

Después de levantarse la mesa -al percatarse Green de la disposición de ánimo general, fue el primero en incorporar­se y en hacer levantar a todos junto con él, por así decirlo­se encaminó Karl, solo, apartándose, hasta una de las gran­des ventanas, divididas por angostos listones blancos, que daban a la terraza y que en realidad, según pudo advertirlo al acercarse, eran verdaderas puertas. ¿Qué había quedado de aquella antipatía que el señor Pollunder y su hija habían mostrado al comienzo para con Green y que entonces le ha­bía parecido a Karl un tanto incomprensible? Ahora se que­daban allí junto a Green y asentían a todo lo que éste decía. El humo del cigarro del señor Green -un obsequio de Po­llunder que ostentaba aquel grosor que solía aparecer de cuando en cuando en los cuentos de su padre, como un hecho que probablemente él mismo no había visto jamás con sus propios ojos- se propagaba por la sala y llevaba la in­fluencia de Green también a rincones y nichos en que, per­sonalmente, no pondría jamás el pie. Por más alejado que Karl permaneciera, sentía continuamente el cosquilleo que aquel humo le producía en la nariz; y la conducta del señor Green, al cual dirigió una sola vez una fugaz mirada desde el sitio donde estaba, le pareció infame. Ahora ya no creía nada imposible que el tío le hubiese negado tan obstinada­mente el permiso para esta visita tan sólo porque conocía la debilidad de carácter del señor Pollunder y que, por lo tan­to, aunque no lo previese con exactitud, consideraba, sin embargo, dentro de las cosas posibles el que Karl pudiese sufrir alguna ofensa durante la visita. Tampoco le gustaba aquella muchacha norteamericana, aunque de ninguna manera se la había imaginado mucho más bonita. Al con­trario, desde que el señor Green se ocupaba de ella, hasta le sorprendía la belleza que su rostro era capaz de expresar y especialmente el brillo de sus ojos indomablemente viva­ces. Jamás hasta entonces había visto una falda que como la de ella ciñese un cuerpo con tanta firmeza: pequeños plie­gues que se formaban en la tela amarillenta, delicada y fir­me, mostraban vigorosamente la tensión. Y no obstante nada le importaba ella a Karl y de buen grado habría renun­ciado a que le condujera a sus habitaciones si en cambio hu­biese podido abrir esa puerta sobre cuyo picaporte había puesto las manos y subir al automóvil; o bien, si ya dormía el chófer, irse caminando solo hasta Nueva York. La noche clara, con aquella luna llena que se inclinaba hacia él, que­daba abierta para todos y a Karl le pareció absurdo que afuera, a la intemperie, quizá pudiera tenerse miedo. Se imaginaba -y por primera vez se sentía realmente bien en aquella sala- cómo, por la mañana -antes seguramente no sería probable que llegase a su casa a pie-, sorprendería al tío. Por cierto, nunca hasta entonces había estado en el dor­mitorio de su tío, ni siquiera sabía dónde estaba, mas ya lo averiguaría. Y entonces llamaría a la puerta, y al oír un con­vencional «¡pase!», entraría corriendo y sorprendería al querido tío -a quien hasta la fecha sólo conocía vestido y abotonado totalmente- en camisa de dormir incorporado en la cama, dirigiendo hacia la puerta los ojos asombrados. Quizás esto aun no fuese mucho por sí solo, pero había que imaginar qué consecuencias tendría. Quizá se desayunaría junto con su tío por primera vez, el tío en la cama, él sentado en una silla, el desayuno sobre una mesita entre los dos, y qui­zás ese desayuno en común se convirtiera en costumbre per­manente. Quizá por causa de ese desayuno -cosa que apenas podía evitarse- se reunirían ellos más a menudo que una sola vez por día como hasta ahora, y entonces, naturalmente, podrían hablarse con mayor franqueza también. Porque en el fondo sólo se debía a la ausencia de semejante cambio de opiniones, que se inspira en la franqueza mutua, el que ese día se hubiese mostrado un tanto desobediente o, más bien, testarudo con el tío. Y aunque esa noche tuviese que pasarla allí -lamentablemente todo parecía indicarlo, a pesar de que le dejaban estar allí, junto a la ventana, divirtiéndose por su cuenta-, tal vez esta desdichada visita podría convertirse en el punto crítico a partir del cual mejoraría todo lo concer­niente a sus relaciones con su tío; quizás éste, ahora en su dormitorio, abrigaba pensamientos parecidos esta noche.

Algo consolado, se volvió. Delante de él estaba Klara, que dijo:

-¿Pues no le gusta a usted nada estar aquí entre noso­tros? ¿No quiere usted sentirse como en su casa? Venga, haré un último esfuerzo.

Lo condujo, atravesando la sala, a la puerta. Junto a una mesa lateral estaban sentados los dos señores, ante bebidas ligeramente espumeantes que llenaban unos vasos altos; bebidas desconocidas para Karl y que le hubiera gustado probar. El señor Green apoyaba uno de sus codos sobre la mesa, toda su cara se arrimaba lo más posible al señor Po­llunder; si uno no hubiese conocido al señor Pollunder, muy bien hubiera podido suponer que allí se estaba nego­ciando algo criminal Y no comercial. Mientras que el señor Pollunder acompañó a Karl con una mirada amable hasta la puerta, Green a pesar de que cualquiera, aunque sea invo­luntariamente, suele seguir la dirección de las miradas de su interlocutor, no hizo el menor gesto como para volverse ha­cia Karl, a cuyos ojos esa conducta parecía expresar una es­pecie de convicción de Green de que cada uno de ellos, Karl y Green, por sí mistuO, debía intentar bastarse allí con sus propias facultades Y que el necesario enlace social entre ellos ya se establecería con el tiempo, Por la victoria o el aniquilamiento de cualquiera de los dos.

«Si es que se propone esto -decía Karl-, es un necio. Realmente no quiero nada de él y que él a su vez me deje en paz a mí.»

Cuando apenas pisaba el pasillo ocurriósele que proba­blemente se había conducido con descortesía, pues casi ha­bía dejado que Klara 10 arrastrara fuera de la sala, mientras que él tenía fijos los ojos en Green; por ello, tanto más solí­cito andaba ahora a su lado. Atravesando aquellos pasillos no quiso dar fe a sus Ojos, primero, a ver a cada veinte pasos un sirviente de lujosa librea con un candelabro cuyo grueso mango rodeaban ainlbas manos.

-La nueva instalación eléctrica está colocada hasta ahora sólo en el comedor -explicó Klara-. Compramos esta casa no hace mucho y la hicimos reconstruir totalmente, en la medida en que, en general, admite reconstrucciones una casa vieja de estructura tan rígida.

-Entonces, también en América hay casas viejas -dijo Karl.

-Naturalmente -dijo Klara y, riendo, siguió arrastrándo­lo-. Tiene usted una idea muy curiosa de América.

-No debe usted reírse de mí -dijo él con enfado. Al fin y al cabo, él ya conocía Europa y América y ella sólo Amé­rica.

Al pasar, Klara abrió una puerta extendiendo ligeramen­te la mano y dijo sin detenerse:

-Aquí dormirá usted.

Karl, claro está, deseaba ver el cuarto en seguida; pero Klara declaró impaciente, casi a voz en grito, que ya tendría tiempo para ello y que la siguiese. Anduvieron un rato de aquí para allá, por el pasillo; finalmente se le antojó a Karl que no tenía por qué obedecer a Klara en todo, se desasió, pues, con cierta violencia y entró en el cuarto. La sorpren­dente oscuridad que había delante de la ventana encontró su explicación en la copa de un árbol que allí se mecía en todo su grandor. Oyóse un canto de pájaro. En el cuarto mismo, a cuyo interior no llegaba todavía la luz de la luna, no podía distinguirse casi nada, por cierto. Karl lamentó no haber llevado la linterna eléctrica que su tío le había regalado. En aquella casa una linterna de bolsillo era realmente indis­pensable; con unas cuantas de esas linternas se hubiera po­dido permitir a los sirvientes que se fueran a dormir. Sentó­se en el alféizar y miró y escuchó hacia afuera. Un pájaro in­comodado parecía abrirse paso a través del follaje del viejo árbol. El silbato de un tren suburbano neoyorquino sonó en alguna parte, allá en la campiña. Todo lo demás permanecía en silencio.

Mas no por mucho tiempo, pues Klara entró apresurada. Con manifiesto enojo y golpeándose la falda exclamó:

-Pero, ¿qué significa esto?

Karl se propuso contestarle sólo cuando se mostrase más cortés. Pero ella se le acercó a grandes pasos y exclamó:

-Decídase. ¿Quiere usted venir conmigo o no? -Y ya sea intencionadamente, o ya sólo debido a su excitación, le dio un empujón tan fuerte contra el pecho que él se habría pre­cipitado de la ventana afuera si no hubiese alcanzado el piso con los pies, deslizándose, en el último momento, del alféi­zar.

-Por poco me caigo afuera -dijo en un tono lleno de re­proche.

-Lástima que no haya sucedido. ¡Se conduce usted muy mal! Le voy a empujar de nuevo.

Y realmente lo abrazó y lo llevó, con sus músculos acera­dos por el deporte, casi hasta la ventana; pues él, en la cons­ternación del primer momento, había olvidado oponerse con todo su peso. Pero allí reflexionó, se libró con un movi­miento de caderas y la abrazó.

-¡Ay, me hace usted daño! -dijo ella al instante.

Pero entonces creyó Karl que ya no debía volver a soltar­la. Si bien la dejaba en libertad de moverse cuanto quería, seguía sus pasos sin soltarla. ¡Era tan fácil, por otra parte, estrecharla así, con aquel vestido tan ajustado que llevaba!

-Déjeme usted -susurró, y su cara encendida permane­cía muy cerca de la suya; debía él esforzarse si quería verla, tan cerca la tenía-. Déjeme usted, le daré algo muy bonito.

«¿Por qué suspira tanto? -pensó Karl-; esto no puede dolerle ya que no la aprieto», y seguía sin soltarla. Pero de repente, después de un instante de permanecer callado y sin prestar atención, sintió de pronto que las fuerzas de la mu­chacha crecían nuevamente contra su propio cuerpo; ya se le había escurrido y ella cogiéndolo con un hábil movi­miento desde arriba, se defendió de sus piernas con posicio­nes de los pies, empleando una extraña técnica de lucha; mientras respiraba con gran regularidad, fue empujándolo delante de sí hacia la pared. Allí había un diván; en aquel di­ván recostó a Karl y sin inclinarse demasiado sobre él, dijo:

-Ahora muévete si puedes.

-Gata, gata rabiosa -fueron las únicas palabras que Karl acertó a exclamar en aquel torbellino de rabia y vergüenza en que se encontraba-. ¡Si estarás loca, gata rabiosa!

-Ten cuidado con lo que dices -dijo ella, y deslizando una de sus manos por el cuello de él, comenzó a estrangularlo con tanta fuerza que Karl se sintió totalmente incapaz de hacer otra cosa que jadear. Con la otra mano acometía con­tra su mejilla, palpándola como a manera de ensayo, reti­rando esa mano nuevamente al aire una y otra vez y cada vez más lejos, pudiendo dejarla caer en cualquier instante con una bofetada.

-¿Qué pasaría -preguntaba al mismo tiempo- si, como castigo por tu conducta frente a una dama, te mandara yo a tu casa con una bonita paliza? Puede que eso te sirviera para tu vida futura, aunque no fuese un motivo de bellos recuerdos. Pero me das lástima; y eres un muchacho sopor­tablemente hermoso y, si hubieras aprendido el jiu-jitsu, probablemente me habrías zurrado tú. Y, sin embargo, sin embargo..., me tienta terriblemente eso de darte una bofe­tada, tal como estás ahora acostado. Es probable que luego lo lamente; pero si lo hiciese, bueno será que lo sepas desde ahora, lo haré casi contra mi propia voluntad. Y en tal caso, naturalmente, no me contentaré con una sola bofetada, sino que te las daré a derecha e izquierda, hasta que se te hinchen las mejillas. Tal vez seas un hombre de honor -casi estoy por creerlo- y no querrás seguir viviendo con las bo­fetadas, y te eliminarás del mundo. ¿Pero por qué, por qué has estado contra mí de tal manera? ¿Acaso no te gusto? ¿No vale la pena venir a mi cuarto? ¡Atención! Ahora casi te hubiera dado una bofetada sin querer. Pues si hoy todavía te escapas sin más, la próxima vez pórtate con mejor educa­ción. Yo no soy tu tío, con el cual puedes ser obstinado. Por otra parte quiero advertirte, eso sí, que no debes creer, en el caso de que te suelte sin abofetearte, que tu situación presente y el ser abofeteado de veras sean cosas equivalentes, desde el punto de vista del honor. Si tal quisieras creer, pre­feriría yo con todo abofetearte realmente. ¿Qué dirá Mack cuando le cuente todo esto?

Al recordar a Mack soltó a Karl, y en los pensamientos poco claros de éste Mack surgió como un libertador. Sintió todavía durante unos momentos más la mano de Klara en su cuello, siguió retorciéndose un poco por lo tanto y luego se quedó quieto.

Ella lo invitó a que se levantara, mas él no respondió, ni se movió. Encendió ella una vela en alguna parte, la habita­ción quedó alumbrada y en el cielo raso apareció un dibujo de fantasía, azul, zigzagueante; pero Karl, con la cabeza apoyada en el almohadón del sofá, yacía tal como Klara lo había dejado y permanecía completamente inmóvil. Klara anduvo por el cuarto, su falda crujía en torno a sus piernas, y luego se detuvo un largo rato, seguramente junto a la ven­tana.

Al rato se la oyó preguntar:

-¿Se te pasó ya el enfado?

Resultábale muy penoso a Karl no poder encontrar tran­quilidad alguna en aquella habitación que el señor Pollun­der le había destinado para pasar la noche. Por ella ambula­ba esa muchacha, se paraba y hablaba, ¡y él ya estaba tan harto, tan indeciblemente harto de ella! Dormir pronto y luego irse de allí era su único deseo. Ya ni quería acostarse en la cama; le bastaba con aquel diván. Sólo acechaba que ella se fuese, para saltar a la puerta y echarle el cerrojo y arrojar­se luego, de nuevo, sobre el diván. ¡Tenía tal necesidad de es­tirarse y de bostezar!, pero delante de Klara no quería hacer­lo. Y se quedaba, pues, así acostado, miraba fijamente hacia arriba, sentía cómo su rostro se tornaba cada vez mas inmó­vil, y una mosca que volaba en su derredor centelleaba ante sus ojos, sin que él supiera a ciencia cierta qué era.

Klara se le acercó de nuevo, se inclinó buscando la direc­ción de sus miradas y si él no se hubiese dormido habría te­nido que mirarla.

-Me voy ahora -dijo ella-. Quizá más tarde tengas ganas de ir a verme. La puerta que conduce a mis habitaciones es la cuarta a contar de ésta y queda de este mismo lado del pa­sillo. Pasas, pues, por tres puertas más y la que luego en­cuentres será la mía. Ya no bajaré a la sala, me quedaré aho­ra en mi cuarto. Me has fatigado. No pienso precisamente quedarme esperándote; pero si quieres ir puedes hacerlo. Acuérdate de que has prometido tocar algo en el piano para mí. Pero quizá yo te haya enervado y extenuado del todo y ya no puedas moverte. Si es así quédate y duerme a tu gus­to. A mi padre por el momento, no le diré ni una palabra de nuestra riña; dejo constancia de ello por si esto te preocupa.

Luego, frente a su aparente fatiga, abandonó el cuarto de prisa, en dos saltos.

Inmediatamente se incorporó Karl y se quedó sentado; ese decúbito ya se le había hecho insoportable. A fin de mo­verse un poco fue hasta la puerta y echó una mirada al pa­sillo. ¡Qué tinieblas había allí! Bien contento se sentía cuan­do después de haber cerrado la puerta echándole la llave, se hallaba de nuevo ante su mesa, a la luz de la bujía. Resolvió no quedarse por más tiempo en esa casa; bajaría para ver al señor Pollunder y le diría francamente de qué manera lo había tratado Klara -nada le importaba confesar su derro­ta- y con tal motivo, seguramente suficiente, pediría permi­so para marcharse a su casa, en un vehículo o a pie.

Si el señor Pollunder tuviese que oponer algún reparo a ese regreso inmediato, Karl al menos le rogaría que le hicie­se acompañar por un sirviente hasta el próximo hotel. De ese modo, tal como Karl lo proyectaba, no se procedía gene­ralmente con los amables huéspedes, por cierto; pero era más raro aún que se procediese tal como Klara lo había hecho con un visitante. Ella hasta había llegado a considerar que era gentileza el prometer no decirle nada al señor Po­llunder acerca de la riña, pero esto ya era cosa de poner el grito en el cielo. ¿Acaso él había sido invitado a una demos­tración de lucha romana, de manera que podía resultar ver­gonzoso para él el haber sido echado por una muchacha que seguramente se había pasado la mayor parte de su vida aprendiendo tretas de lucha romana? Para colmo, quizá fuera Mack quien le había enseñado. Que se lo contara todo, pues; ése seguramente sería comprensivo, esto Karl lo sabía, aunque jamás había tenido oportunidad de compro­barlo prácticamente. Mas Karl sabía también que si Mack le enseñase a él, sus progresos serían mucho mayores aún que los de Klara; entonces algún día volvería allí, muy probable­mente sin ser invitado, examinaría primero el lugar, claro está, el lugar cuyo conocimiento exacto había sido una gran ventaja para Klara, tomaría luego a esa misma Klara y ba­tiendo con ella ese diván, sobre el cual ella lo había arrojado hoy, sacudiría el polvo.

Entonces sólo se trataba de encontrar el camino de regre­so a la sala, donde por otra parte, seguramente por causa de su primera distracción, había dejado su sombrero en algún sitio inconveniente. Por cierto que llevaría con él la vela, pero ni aún así, con luz, sería fácil orientarse. Por ejemplo, ni siquiera sabía si su cuarto estaba situado en la misma planta que la sala. Mientras venían, Klara lo había arrastra­do constantemente, tanto que ni había podido volverse. El señor Green y los sirvientes portadores de candelabros también le habían dado que pensar; en pocas palabras, ahora, efectivamente, ni siquiera sabía si habían pasado por una o por dos o por ninguna escalera. A juzgar por la vista que ofrecía, su aposento estaba situado bastante alto y Karl, por lo tanto, trataba de imaginar que habían recorrido esca­leras, mas ya para llegar a la puerta principal de la casa había sido necesario subir escaleras y además, ¿por qué no había de ser más elevado este frente de la casa?

¡Pero si al menos, en alguna parte del pasillo, se hubiera podido vislumbrar la menor claridad que saliese de alguna puerta, o si se hubiera oído, por apagada que fuese, una voz lejana!

Su reloj de bolsillo, un regalo de su tío, señalaba las once; cogió la vela y salió al pasillo. Dejó abierta la puerta para po­der al menos volver a encontrar su cuarto en el caso de re­sultar vana su búsqueda y luego, en caso de extrema necesi­dad, la puerta del cuarto de Klara. Para mayor seguridad apoyó una silla contra la puerta, a fin de que no se cerrase por sí sola.

En el pasillo surgió el inconveniente de que en dirección a Karl -naturalmente se dirigió hacia la izquierda alejándo­se de la puerta de Klara- soplaba una corriente de aire que, aunque muy débil, hubiera podido apagar la vela fácilmen­te, de manera que Karl tuvo que proteger la llama con la mano deteniéndose además a menudo para que se recobra­ra la llama sofocada. Avanzaba lentamente, por lo que el ca­mino le pareció doblemente largo. Karl había pasado ya por largos trechos de paredes que carecían totalmente de puer­tas; no podía uno imaginarse qué había tras ellas. Luego, sucedíanse las puertas unas tras otras; trató de abrir varias, pero estaban cerradas y por lo visto deshabitados los cuar­tos. Aquello era un despilfarro sin par del espacio, y Karl pensó en los alojamientos del este neoyorquino que el tío prometió mostrarle, y donde en una pequeña habitación, según se decía, moraban varias familias y donde el rincón de un cuarto constituía el hogar de una familia, rincón en el cual los niños se agrupaban en torno de sus padres. Y aquí había, en cambio, tantos cuartos que permanecían desocu­pados y sólo servían para sonar a hueco cuando se golpea­ban sus puertas.

El señor Pollunder le pareció a Karl un hombre desviado, descaminado por falsos amigos, loco por su hija y echado a perder por ello. Sin duda el tío lo juzgaba como correspon­día, y sólo su principio de no influir sobre el criterio que Karl se formaba de la gente era culpable de aquella visita, de aquellas andanzas por los pasillos. Esto Karl se lo diría al día siguiente a su tío, sin más, pues de acuerdo con sus princi­pios el tío escucharía también el juicio del sobrino sobre él mismo, gustosa y tranquilamente. Por otra parte, ese prin­cipio era quizá lo único que a Karl le disgustaba en su tío, y ni aun ese desagrado era absoluto.

Súbitamente terminó una de las paredes del pasillo y vino a ocupar su lugar una balaustrada de mármol, fría como el hielo. Colocó Karl la vela a su lado y se asomó cau­telosamente. Una ráfaga de oscura vacuidad sopló a su en­cuentro. Si aquello era el salón principal de la casa -a la luz de la bujía apareció un trozo de abovedado cielo raso-, ¿por qué entonces no habían entrado ellos por este salón o vestíbulo? ¿Para qué, sí, para qué podía servir aquel recin­to grande y profundo? Uno se encontraba allí arriba como en la galería de una iglesia. Casi lamentaba Karl no poder quedarse hasta el día siguiente; le hubiera gustado hacerse conducir a todas partes por el señor Pollunder y que le ilus­traran acerca de todas las cosas.

Por lo demás, no era muy larga la balaustrada y pronto fue acogido Karl de nuevo por el pasillo cerrado. En un re­codo repentino del pasillo dio Karl con todo su cuerpo con­tra el muro y sólo el cuidado ininterrumpido con que la sos­tenía salvó la vela, felizmente, de caer o de apagarse. Puesto que el pasillo no acababa nunca, que en ninguna parte se veía una ventana que permitiese una mirada al exterior, que nada se movía ni en lo alto ni en lo bajo, llegó a pensar Karl que se hallaba girando continuamente en un mismo pasillo circular y esperó encontrar, acaso, la puerta abierta de su cuarto; pero no volvió a encontrar ni ésta ni la balaustrada. Hasta entonces Karl se había abstenido de llamar en voz alta, pues no quería provocar un alboroto en casa ajena y a hora tan avanzada. Pero finalmente comprendió que no se­ría del todo injustificado hacerlo, en aquella casa exenta de alumbrado, y precisamente se disponía a gritar hacia ambos lados del pasillo un retumbante «¡hola!» cuando al mirar hacia atrás, divisó una lucecilla que se aproximaba. Sólo en­tonces pudo estimar la longitud de aquel pasillo rectilíneo; la mansión era una fortaleza, no una quinta. Tan grande fue la alegría de Karl con motivo de aquella luz salvadora que, olvidando toda precaución corrió hacia ella; al dar los pri­meros saltos ya se apagó su vela. Pero él no le dio importan­cia: venía a su encuentro un viejo sirviente con un farol y éste ya le indicaría el buen camino.

-¿Quién es usted? -preguntó el sirviente acercando el fa­rol a la cara de Karl e iluminando así al mismo tiempo la suya propia. Su rostro apareció un poco rígido por estar en­cuadrado en una barba cerrada, grande y blanca, que le lle­gaba en sedosos rizos hasta el pecho.

«Leal sirviente ha de ser éste ya que se le permite gastar semejante barba», pensó Karl contemplándola fijamente en toda su extensión y sin sentirse molesto por el hecho de que él mismo fuese observado. Por lo demás respondió en seguida que él era huésped del señor Pollunder, que deseaba ir de su cuarto al comedor y que no podía encon­trarlo.

-¡Ah, sí! -dijo el sirviente-, todavía no hemos instalado la luz eléctrica.

-Lo sé -dijo Karl.

-¿No quiere usted encender su vela en mi farol? -pregun­tó el sirviente.

-Por cierto -dijo Karl haciéndolo.

-Hay tantas corrientes de aire aquí en los pasillos –dijo el sirviente-; la vela se apaga fácilmente, por eso llevo yo un farol.

-Sí, un farol resulta mucho más práctico -dijo Karl.

-Claro, ya está usted completamente salpicado por el sebo de la vela -dijo el sirviente recorriendo con la luz de la bujía el traje de Karl.

-¡Pues no lo había notado! -exclamó Karl, y lo lamentó mucho, ya que se trataba de un traje negro del que su tío ha­bía dicho que le quedaba mejor que ninguno. Tampoco -acordóse entonces- le habría aprovechado al traje aquella riña con Kiara.

El sirviente fue bastante amable y se puso a limpiar el tra­je en cuanto esto era posible, es decir, a la ligera; Karl gira­ba delante de él, una y otra y otra vez, mostrándole, aquí o allá, alguna mancha más que el sirviente quitaba obediente­mente.

-¿Por qué, en realidad, hay aquí tantas corrientes de aire? -preguntó Karl una vez que siguieron andando.

-Porque todavía queda aquí mucho por edificar -dijo el sirviente-; por cierto se ha comenzado ya con los trabajos de reconstrucción, pero esto marcha muy lentamente. Aho­ra para colmo están en huelga los obreros de la construc­ción, como usted tal vez sepa. Muchos disgustos causa una obra semejante. Ahora se han abierto por ahí algunas bre­chas grandes que nadie cierra y la corriente de aire atravie­sa toda la casa. Si yo no tuviera los oídos tapados con algo­dón, no podría subsistir.

-¿Entonces, seguramente, debo hablar más alto? -pre­guntó Karl.

-No, tiene usted voz clara -dijo el sirviente-. Pero vol­viendo a esta obra de construcción: especialmente aquí, en las proximidades de la capilla, que más tarde deberá ser se­parada sin falta del resto de la casa, la corriente de aire es in­soportable.

-La balaustrada por la que se llega a este pasillo da, por lo tanto, a una capilla.

-Sí.

-Ya me lo imaginaba yo -dijo Karl.

-Es una verdadera singularidad -dijo el sirviente-; si no hubiese sido por ella, el señor Mack seguramente no habría comprado la casa.

-¿El señor Mack? -preguntó Karl-. Yo creía que la casa pertenecía al señor Pollunder.

-Ciertamente -dijo el sirviente-, pero el señor Mack ha dicho la palabra decisiva en esta compra. ¿No conoce usted al señor Mack?

-¡Oh, sí! -dijo Karl-, ¿pero en qué relación está él con el señor Pollunder?

-Es el novio de la señorita -dijo el sirviente.

-Esto por cierto no lo sabía -dijo Karl, y se detuvo.

-¿Y le asombra tanto? -preguntó el sirviente.

-No; sólo quiero enterarme. Si ignora uno tales relacio­nes, puede cometer las mayores faltas -respondió Karl.

-Pues me extraña que no le hayan dicho a usted nada de esto -dijo el sirviente

-Sí, realmente -dijo Karl; avergonzado.

-Habrán creído sin duda que usted ya lo sabía -dijo el sir­viente-, puesto que no es ninguna novedad. Por lo demás, ya hemos llegado. -Diciendo esto abrió una puerta tras la cual apareció una escalera que conducía verticalmente ha­cia la puerta trasera del comedor, tan espléndidamente ilu­minado como en el momento de su llegada.

Antes de que Karl entrara en el comedor, desde el cual se oían las voces de los señores Pollunder y Green exactamen­te como hacía ya dos horas, dijo el sirviente:

-Si quiere usted, le esperaré aquí y le llevaré luego hasta su habitación. De todas maneras no es nada fácil orientarse en esta casa en la primera noche.

-No he de volver a mi cuarto -dijo Karl; sin saber por qué se ponía triste al dar esta información.

-Bueno, no será tan grave -dijo el sirviente sonriendo con leve superioridad y dándole palmadas en el brazo. Se­guramente se explicaba él las palabras de Karl creyendo que éste abrigaba la intención de quedarse durante la noche en­tera en el comedor, conversando con los señores y bebiendo con ellos. Karl no quería hacer confidencias en aquel mo­mento; además pensó que ese sirviente, que le gustaba más que los otros de la casa, podría indicarle luego el camino y el rumbo que debía tomar para Nueva York, y por eso dijo:

-Si quiere usted esperar aquí, será naturalmente muy amable por su parte y lo acepto con gratitud. De todas ma­neras volveré a salir dentro de breves momentos y luego le diré lo que pienso hacer. Creo que realmente aún me hará falta su ayuda.

-Bien -dijo el sirviente, colocó el farol en el suelo y se sentó sobre un pedestal bajo que nada tenía encima, cosa que probablemente se relacionaba también con la recons­trucción de la casa-. Entonces esperaré aquí. La vela puede usted dejármela, si le parece -agregó todavía el sirviente al ver que Karl se disponía a entrar en la sala con la vela encen­dida.

-Qué distraído soy -dijo Karl alcanzándole la vela al sir­viente; éste no hizo más que asentir con un movimiento de cabeza, sin que se supiera a las claras si lo hacía intenciona­damente o si sólo causaba ese efecto porque estaba acari­ciándose la barba con la mano.

Karl abrió la puerta, que chirrió fuertemente, mas no por su culpa, pues estaba formada de una sola pieza de vidrio que casi se doblaba si alguien abría la puerta con rapidez sosteniéndola sólo por el picaporte. Karl soltó la puerta asustado, pues él había querido entrar, precisamente, en medio del mayor silencio. Ya no quería volverse atrás y aún tuvo tiempo de advertir cómo tras él, el sirviente, que por lo visto había descendido de su pedestal, cerraba la puerta cautelosamente y sin el menor ruido.

-Perdonen ustedes que les moleste -dijo dirigiéndose a los dos señores, quienes lo miraron con sus rostros grandes, asombrados. Mas al mismo tiempo abarcó la sala al vuelo de una mirada, para ver si podía encontrar pronto, en alguna parte, su sombrero. Pero éste no estaba visible en parte al­guna, la mesa del comedor se veía totalmente desocupada; quién sabe si el sombrero no había sido llevado de alguna manera -cosa bien desagradable- a la cocina.

-¿Pero dónde ha dejado usted a Klara? -preguntó el señor Pollunder, a quien por otra parte no parecía desagradar la interrupción, pues en seguida cambió de posición en su bu­taca, dando ahora a Karl todo su frente.

El señor Green se hizo el desentendido, extrajo una car­tera de bolsillo que era un monstruo de su especie en cuan­to a tamaño y grosor y pareció buscar una pieza determina­da en sus muchas subdivisiones; pero mientras buscaba leía también otros papeles que, en ese momento, caían en sus manos.

-Deseo pedirle un favor y no quisiera que lo interpretase usted mal -dijo Karl aproximándose presuroso al señor Po­llunder y posando la mano, para estar bien cerca de él, so­bre el brazo del sillón.

-¿Y cuál es el favor que quiere usted pedirme? -preguntó el señor Pollunder dirigiendo a Karl una mirada franca, exenta de recelo-. Claro que está concedido desde ahora. -Y rodeando a Karl con un brazo lo atrajo hacia sí, colocán­dolo entre sus piernas.

Karl lo toleró de buen grado, a pesar de que, en general, se consideraba excesivamente adulto para semejante trata­miento. Pero así resultaba naturalmente más difícil pro­nunciar su ruego.

-Y bien, ¿le gusta a usted estar con nosotros? -preguntó el señor Pollunder-. ¿No le parece a usted también que se siente uno, por así decirlo, libertado, aquí, en el campo, al llegar de la ciudad? Por lo general -y una mirada de reojo imposible de ser interpretada erróneamente, medio oculta­da por el cuerpo de Karl, fue lanzada hacia el señor Green-, por lo general vuelvo a tener esta sensación nuevamente cada noche.

«Habla -pensó Karl- como si nada supiera de esta casa grande, de los pasillos interminables, de la capilla, de los aposentos vacíos, de esas tinieblas que hay por todas par­tes.»

-Y bien -dijo el señor Pollunder-, ¡venga esa petición! -Sacudió a Karl amistosamente; pero éste permanecía mudo.

-Le ruego -dijo Karl y por más que bajara la voz resulta­ba inevitable que aquel señor Green, sentado al lado, lo es­cuchase todo (y a Karl le hubiera gustado tanto callar ante él aquella petición que, posiblemente, podía interpretarse como una ofensa a Pollunder)-, le ruego que me permita us­ted regresar a mi casa ahora mismo, durante la noche.

Y puesto que lo más grave ya estaba dicho, todo lo demás se agolpaba por salir cuanto antes; sin recurrir a la menor mentira, dijo cosas en las cuales realmente ni había pensa­do antes.

-Me gustaría, por lo que más quiero en el mundo, regre­sar a mi casa. Volveré aquí gustosamente, pues allí donde está usted, señor Pollunder, estoy a gusto también yo. Sólo que hoy no puedo quedarme. Ya lo sabe usted, mi tío no me dio de buen grado el permiso para esta visita. Sin duda ha tenido para ello sus buenos motivos como para todo lo que él hace y yo me he atrevido, oponiéndome a su mejor enten­dimiento, a forzarle, de hecho, a que me conceda el permi­so. He abusado, ni más ni menos, de su amor hacia mí. No viene al caso ahora qué reparos puede haber tenido contra esta visita; yo sólo sé, con certeza absoluta, que nada había en esos reparos que pudiera ofenderle a usted, señor Po­llunder, a usted que es el mejor amigo de mi tío, el mejor de los mejores. Ninguno puede compararse con usted, ni re­motamente, en lo relativo a la amistad que le profesa mi tío. Esto es en verdad la única excusa para mi desobediencia, pero no es excusa suficiente. Puede ser que usted no tenga conocimiento exacto de la relación que media entre mi tío y yo; por lo tanto quiero hablar sólo de lo más evidente y comprensible. En tanto que mis estudios de inglés no hayan concluido y que yo no haya adquirido conocimientos sufi­cientes del comercio práctico dependo enteramente de la bondad de mi tío, de la que, por cierto, puedo disfrutar como pariente consanguíneo. No debe usted creer que ya ahora podría yo, de alguna manera, ganarme el pan de un modo decente... y de cualquier otra cosa líbreme Dios. Es la­mentable: mi educación ha sido muy poco práctica en ese sentido. He cursado como alumno mediocre cuatro años de un colegio secundario europeo; y esto para ganar dinero, significa mucho menos que nada, pues nuestros colegios secundarios o gymnasium son muy retrógrados en cuanto a su plan de enseñanza. Se reiría usted si yo le contara lo que he estudiado. Si uno sigue estudiando, si termina el gymna­sium e ingresa en la Universidad, seguramente se equilibra todo eso de algún modo y al cabo tiene uno su cultura orde­nada, que sirve para algo y que confiere el aplomo necesa­rio para ganar dinero. Pero yo he sido lamentablemente arrancado de la integridad de esos estudios; a veces creo que no sé nada, y finalmente, por lo demás, todo lo que yo podría saber sería poco para los norteamericanos. Ahora, desde hace poco, se instala de vez en cuando en mi país al­gún gymnasium reformado, donde se estudian también lenguas modernas y acaso las ciencias económicas; cuando yo dejé el colegio primario, esto no existía todavía. Cierto es que mi padre deseaba que yo tomara lecciones de inglés; pero, en primer término, yo no podía sospechar entonces ni remotamente la desgracia que caería sobre mí y hasta qué punto necesitaría yo el inglés; y en segundo lugar tenía mu­cho que estudiar para el gymnasium, de manera que no me quedaba mucho tiempo para otras ocupaciones. Menciono todo esto para demostrarle hasta qué punto dependo de mi tío y cuánta gratitud le debo, por consiguiente. Usted admi­tirá sin duda que en tales circunstancias no debo yo permi­tirme hacer absolutamente nada contra su voluntad, aun en el caso en que sólo presintiera yo que algo lo contrariara. Y por eso, para enmendar aunque sólo fuese a medias la falta que he cometido con él, debo marcharme en seguida a mi casa.

Durante ese largo discurso escuchó el señor Pollunder atentamente y a menudo, en especial cuando era menciona­do el tío, estrechó a Karl, si bien en forma imperceptible, y algunas veces miró con seriedad y como lleno de expecta­ción hacia Green, el cual seguía ocupándose de su billetera. Y Karl, con la mayor claridad que cobraba durante su dis­curso la conciencia de su posición frente a su tío, se ponía cada vez más intranquilo e involuntariamente intentaba li­brarse del brazo de Pollunder. Todo allí lo aprisionaba; el ca­mino hacia su tío, a través de la puerta de cristal, por la es­calera, por la avenida de árboles, y por las carreteras a tra­vés de los suburbios, hasta la gran arteria que desembocaba en la casa de su tío, aparecía ante él como algo rigurosa­mente unido que estaba preparado para él, vacío y liso, y lo llamaba con voz potente. Confundíanse vagamente la bon­dad del señor Pollunder y la asquerosidad del señor Green, y de ese cuarto lleno de humo ya no quería para sí sino el permiso de despedirse. Si bien se sentía acabado frente al se­ñor Pollunder, frente al señor Green estaba dispuesto a lu­char. Lo llenaba, sin embargo, en derredor un miedo inde­finido, cuyos accesos le enturbiaban los ojos.

Retrocedió un paso y quedó a igual distancia del señor Pollunder y del señor Green.

-¿No quería usted decirle algo? -preguntó el señor Po­llunder al señor Green, y tomó la mano de éste como rogán­dole.

-No sé qué podría yo decirle -dijo el señor Green, que fi­nalmente había extraído de su billetera una carta que colo­có delante de sí sobre la mesa.

-Es sumamente loable que quiera volver al lado de su tío y, de acuerdo con toda previsión humana, habría que creer que le causaría con ello una gran alegría. A no ser que su tío ya se hubiera enojado con exceso por su desobediencia, cosa que también es posible. Entonces ciertamente, sería mejor que se quedara. No es, pues, fácil decir nada cierto y definido. Aun­que los dos somos amigos de su tío y costaría un gran esfuer­zo descubrir diferencias de grado entre la amistad mía y la del señor Pollunder, nada podemos ver de lo que sucede en el co­razón de su tío, y mucho menos aún a través de los muchos ki­lómetros que ahora nos separan de Nueva York.

-Por favor, señor Green -dijo Karl acercándose a él y venciendo así sus impulsos más íntimos-, según me parece, se desprende de sus palabras que también usted considera que lo mejor para mí sería volver inmediatamente.

-No he dicho tal cosa, de ninguna manera -repuso el se­ñor Green abismándose en la contemplación de la carta cu­yos márgenes recorría con los dedos, de un lado para otro. Parecía querer insinuar así que él había sido preguntado por el señor Pollunder y que a éste le había contestado, mientras que nada tenía que ver en realidad con Karl.

Entretanto el señor Pollunder se había aproximado a Karl, y alejándolo suavemente del señor Green lo llevó has­ta una de las grandes ventanas.

-Querido señor Rossmann -dijo inclinándose al oído de Karl y, como para apercibirse, enjugóse la cara con el pañue­lo y, deteniéndose en la nariz, se sonó-, no vaya usted a creer que yo quiero retenerlo aquí contra su voluntad. Ni que pensarlo. Eso sí, no puedo poner a su disposición el auto­móvil, pues está guardado en un garaje público ya que toda­vía no he tenido tiempo de instalar uno propio aquí, donde todo está formándose todavía. El chófer por su parte no duerme en esta casa, sino cerca del garaje, realmente ni yo mismo sé dónde. Por otra parte ni siquiera es su deber estar ahora en su casa; su deber es sólo presentarse aquí a tiempo, por la mañana temprano, con el coche; pero todo esto no se­ría obstáculo para su regreso inmediato, pues si usted se empeña en ello, le acompañaré en seguida hasta la próxima estación del tren suburbano, que por cierto queda tan lejos que usted no ha de llegar a su casa mucho antes que si ma­ñana temprano -puesto que a las siete ya partimos- viene usted conmigo en mi automóvil.

-Entonces, señor Pollunder, yo preferiría, sin embargo, irme en el tren suburbano -dijo Karl-. Ni siquiera se me había ocurrido pensar en el tren suburbano. Usted mismo afirma que llegaré antes con él que por la mañana con el au­tomóvil.

-Pero es sólo una diferencia pequeñísima.

-No obstante, no obstante, señor Pollunder -dijo Karl-. En recuerdo de su amabilidad vendré a visitarlo siempre, con mucho gusto, en el supuesto caso, naturalmente, de que usted, a pesar de mi conducta de hoy, aún quiera invitarme; y quizá la próxima vez pueda yo expresarle mejor por qué es hoy tan importante para mí cada minuto en que pueda yo adelantar esa entrevista con mi tío. -Y como si ya hubiera recibido el permiso de partir añadió:- Pero usted no debe acompañarme, de ninguna manera. Es por lo demás abso­lutamente innecesario. Allá afuera espera un sirviente que con gusto me acompañará hasta la estación. Sólo me falta ahora encontrar mi sombrero. -Y al decir las últimas pala­bras ya atravesaba el cuarto, apresurado, en una última ten­tativa de encontrar su sombrero a pesar de todo.

-¿No podría yo facilitarle una gorra? -dijo el señor Green sacando una del bolsillo-. Tal vez casualmente le quede bien.

Karl se detuvo consternado y dijo:

-No voy a quitarle yo su gorra. Además puedo marchar­me perfectamente con la cabeza descubierta. No necesito nada.

-Esta gorra no es mía. ¡Tómela usted!

-Bueno, pues, se lo agradezco -dijo Karl para no entrete­nerse y tomó la gorra.

Se la puso y al pronto se echó a reír, pues era perfecta­mente de su medida; la tomó de nuevo entre sus manos y la contempló: buscaba en ella alguna cosa especial mas no pudo descubrirla; era una gorra completamente nueva.

-¡Qué bien me va! -dijo.

-Ya lo ve usted, ¡le va bien! -exclamó el señor Green gol­peando sobre la mesa.

Karl ya se dirigía a la puerta en busca del sirviente, cuan­do se levantó el señor Green y, estirándose después de la cena abundante y del largo descanso, se dio unos puñetazos en el pecho y en un tono entre consejo y orden dijo:

-Antes de marcharse, debe usted despedirse de la señori­ta Klara.

-Sí, tiene usted que hacerlo -dijo también el señor Po­llunder que asimismo se había levantado. Pero por el tono de sus palabras se advertía claramente que no le salían del corazón; dejaba caer las manos y éstas golpeaban levemen­te contra la costura de su pantalón, y abotonaba y desabo­tonaba una y otra vez su chaqueta que, de acuerdo con la moda del momento, era muy corta y le llegaba apenas hasta las caderas, cosa que no convenía al vestir de personas tan gruesas como el señor Pollunder. Por otra parte, cuando se le veía, como en aquel momento, junto al señor Green, se te­nía la clara impresión de que en el caso del señor Pollunder no se trataba de una corpulencia sana; la espalda estaba un poco encorvada en toda su mole, el vientre tenía aspecto blando e inconsistente, era una verdadera carga, y la cara se presentaba pálida y acongojada. En cambio allí estaba el se­ñor Green, quizá un poco más grueso todavía que el señor Pollunder, pero ésta ya era una gordura proporcionada, co­nexa, que se sostenía en equilibrio; los pies permanecían juntos, en actitud militar, y llevaba la cabeza erguida y osci­lante; parecía un gran gimnasta, un instructor de gimnastas.

-Vaya usted, pues, primero -insistió el señor Green- a ver a la señorita Klara. Esto seguramente le causará a usted placer y además encaja perfectamente en mi horario. Pues, en efecto, antes de irse usted de aquí tengo que decirle algo, algo por cierto interesante, algo que probablemente podrá ser decisivo también en cuanto a su regreso se refiere. Sólo que, por desgracia, una orden superior me obliga a no reve­larle nada antes de la medianoche. Puede usted imaginarse que yo mismo lo siento, ya que esto perturba mi descanso nocturno, pero cumplo así mi encargo. Ahora son las once y cuarto, por lo tanto podré concluir todavía mis conversa­ciones comerciales con el señor Pollunder, para lo cual su presencia sólo complicaría, y usted podrá pasar un buen ra­tito todavía junto a la señorita Klara. Luego, a las doce en punto preséntese usted aquí, y se enterará de lo necesario.

¿Acaso podía Karl rechazar semejante invitación que realmente exigía de él sólo un mínimo de cortesía y gratitud para con el señor Pollunder y que, por otra parte, le formu­laba un hombre bastante bruto que no tomaba parte en el asunto, mientras que el señor Pollunder, a quien el asunto tocaba de cerca, se quedaba lo más reservado posible, tanto de palabras como de miradas? ¿Y qué sería aquella cosa in­teresante de la cual él podía enterarse sólo a medianoche? Si el asunto no iba a apresurar luego su regreso, al menos en esos tres cuartos de hora en que ya lo retrasaba, bien poco podía interesarle. Pero su duda mayor consistía en si podía él ir a ver a Klara, que era en verdad su enemigo. ¡Si al me­nos llevara consigo aquel puño de hierro que su tío le rega­ló como pisapapeles! El cuarto de Klara bien podía resultar una cueva bastante peligrosa. Pero ya era imposible del todo en aquel lugar decir la menor cosa contra Klara, pues­to que era la hija de Pollunder y para colmo, según acababa de enterarse, la novia de Mack. Si ella sólo se hubiera condu­cido con él de otro modo, aunque la diferencia hubiera sido pequeñísima, gracias a sus relaciones la habría admirado francamente. Aún estaba reflexionando sobre todo esto cuando se dio cuenta de que no se le pedían reflexiones, pues Green abrió la puerta y, dirigiéndose al sirviente que saltó del pedestal, dijo:

-Conduzca usted a este joven hasta la señorita Klara.

«Esto sí que se llama ejecutar órdenes», pensó Karl al ver cómo lo arrastraba el sirviente a la habitación de Klara por un camino singularmente corto, casi corriendo, jadeante en su debilidad senil.

Al pasar por su cuarto, cuya puerta aún se hallaba abier­ta, quiso entrar un instante, tal vez para tranquilizarse un poco. Pero el sirviente no lo consintió.

-No -dijo-, usted debe ir a ver a la señorita Klara. Lo ha oído usted mismo.

-Me quedaría sólo un momento ahí dentro -dijo Karl, y pensó echarse un rato en el sofá para lograr mayor variedad de situaciones y a fin de que el tiempo que faltaba para me­dianoche transcurriese así más rápidamente.

-No dificulte usted la ejecución de mi cometido -dijo el sirviente.

«Éste parece considerar que es un castigo el que yo tenga que ir a ver a la señorita Klara», pensó Karl y dio unos pa­sos; pero luego se detuvo nuevamente, por pura terquedad.

-Pero venga usted, señorito -dijo el sirviente-, ya que está usted aquí. Yo sé que quería usted marcharse esta mis­ma noche, pero no todo sucede de acuerdo con los deseos de uno; ya decía yo que esto seguramente no sería posible.

-Sí, señor, quiero marcharme y me marcharé -dijo Karl-; y ahora voy a despedirme de la señorita Klara, y nada más.

-¡Ah, ¿sí? -dijo el sirviente, y bien podía notar Karl en su semblante que no creía nada de esto-. ¿Por qué, entonces, vacila usted en despedirse? Venga, pues.

-¿Quién anda por el pasillo? -resonó la voz de Klara, y se la vio asomarse por una puerta próxima sosteniendo en la mano una gran lámpara de mesa, de pantalla roja.

El sirviente se le acercó presuroso y presentó su informe. Karl lo siguió lentamente.

-Llega usted tarde -dijo Klara.

Sin contestarle por lo pronto, dijo Karl al sirviente en voz baja pero, ahora que ya conocía su carácter, adoptando el tono de una orden severa:

-¡Usted me esperará pegado a esta puerta!

-Ya estaba para acostarme -dijo Klara colocando la lám­para sobre la mesa.

Exactamente como allá abajo en el comedor, también aquí el sirviente cerró con gran cautela la puerta desde fuera.

-Pues ya son las once y media pasadas.

-¿Las once y media pasadas? -repitió Karl en un tono in­terrogante, como asustado por esas cifras-. Pero entonces debo despedirme en seguida -dijo Karl-, pues a las doce en punto debo encontrarme abajo, en el salón comedor.

-¡Qué negocios urgentes tiene usted! -dijo Klara arre­glándose distraída los pliegues de su bata de noche, que lle­vaba muy suelta. Le ardía la cara y sonreía sin cesar. Karl creyó reconocer que ya no había peligro alguno de trabarse en lucha nuevamente con Klara-. ¿No podría usted, con todo, tocar todavía algo en el piano, aunque fuese muy poca cosa, tal como ayer me lo prometió papá y hoy usted mis­mo?

-¿Pero no es demasiado tarde ya?-preguntó Karl.

Mucho le hubiese agradado complacerla, pues era muy distinta en ese momento, como si de alguna manera se hu­biese elevado hasta las esferas de Pollunder y, más allá aún, hasta las de Mack.

-Sí, ciertamente ya es tarde -dijo, y parecía que ya habían desaparecido sus ganas de escuchar música-. Además aquí cada sonido resuena en la casa entera; estoy convencida de que si toca usted se despertará hasta la servidumbre que duerme allá arriba, en el desván.

-Pues entonces no tocaré. Además espero con seguridad volver; y por otra parte, si no es demasiada molestia, visite usted alguna vez a mi tío y en tal oportunidad venga por un momento también a mi habitación. Tengo un piano magnífico. Me lo ha regalado mi tío. Y entonces tocaré, si usted lo desea, todas las piezas que sé; no son muchas por desgracia, ni le cuadran a un instrumento tan grande, en el cual sólo virtuosos deberían de hacerse oír. Pero también este placer podrá usted tenerlo si me comunica con antici­pación su visita, pues mi tío quiere contratar próximamen­te para mí a un maestro famoso -ya se imaginará usted cuánto me alegro por tal motivo-, y la ejecución de éste ciertamente valdrá la pena y usted podrá escucharla si vie­ne a visitarme durante la clase. Si debo ser sincero, estoy realmente contento de que ya sea tarde para tocar, pues to­davía no sé nada. Usted se asombraría de cuán poco sé. Y ahora permítame que me despida, al fin y al cabo ya es hora de dormir. -Y ya que Klara lo miraba bondadosamente y no parecía guardarle rencor alguno por la riña, añadió son­riendo mientras le tendía la mano-: En mi patria suele de­cirse: «Duerme bien y sueña dulcemente».

-Espere usted -dijo ella sin tomar su mano-, quizá debe­ría usted tocar, sin embargo. -Y desapareció a través de una pequeña puerta lateral junto a la cual estaba el piano.

«Pero, ¿qué pasa aquí? -pensó Karl-. No puedo esperar mucho tiempo por más amable que ella sea.»

Llamaron a la puerta del pasillo, y el sirviente, sin atrever­se a abrir del todo, susurró a través de una pequeña rendija:

-Perdone usted; acabo de recibir orden de regresar y no puedo seguir esperando.

-Vaya usted, entonces -dijo Karl, quien ahora se anima­ba a encontrar solo el camino hasta el comedor-. Déjeme usted solamente el farol delante de la puerta. Y, a propósito, ¿qué hora es?

-Faltan pocos minutos para las doce menos cuarto -dijo el sirviente.

-Qué despacio pasa el tiempo -dijo Karl.

El sirviente se disponía ya a cerrar la puerta cuando Karl se acordó de que aún no le había dado la propina; sacó, pues, una moneda de plata del bolsillo de su pantalón -ahora llevaba siempre las monedas, según la costumbre americana, sueltas y sonantes en el bolsillo del pantalón; en cambio guardaba los billetes en el bolsillo del chaleco- y se la dio con estas palabras al sirviente:

-Por sus buenos servicios.

Klara ya había vuelto a entrar, con las manos sobre su peinado bien firme, cuando se le ocurrió a Karl que con todo no debía haber dejado marchar al sirviente; ¿quién lo conduciría a la estación del tren suburbano? Pero en este caso el señor Pollunder ya pondría a su disposición a algún otro sirviente; y quizá, por otra parte, el que lo acompañó sólo había sido llamado al comedor y luego quedaría dispo­nible.

-Bueno, a pesar de todo le ruego que toque un poco. Tan rara vez oímos música aquí que no quiero dejar escapar ninguna oportunidad de escucharla.

-Pues entonces, ahora mismo -dijo Karl, y sin reflexionar más se sentó inmediatamente al piano.

-¿Desea usted algún cuaderno de música? -preguntó Klara.

-Gracias; si ni siquiera sé leer las notas correctamente -respondió Karl; y ya estaba tocando.

Era una cancioncilla que, como bien sabía Karl, debía haberse tocado con cierta lentitud para que resultara con al­gun sentido, si los que la escuchaban eran extraños; pero él la despachó frangollándola en el peor de los tiempos de marcha. Cuando hubo terminado, el silencio perturbado de la casa volvió a ocupar su sitio, como presa de un gran hacinamiento. Y ellos permanecieron sentados, como cohi­bidos, sin moverse.

-Muy bonito -dijo Klara, pero no había fórmula de cor­tesía capaz de halagar a Karl después de semejante ejecu­ción.

-¿Qué hora es? -preguntó.

-Las doce menos cuarto.

-Entonces todavía me queda un ratito -dijo, y para sus adentros pensaba: «O una cosa u otra. No es necesario que yo toque las diez canciones, todas las que sé; pero una de ellas puedo tocarla bien, dentro de mis posibilidades.»

Dio comienzo a su amada canción soldadesca con tal lentitud que la ansiedad repentinamente despertada del oyente se estiraba hacia la nota próxima, que Karl retenía y sólo a duras penas soltaba. Porque, en efecto, para cada canción tenía que ir primero buscando las teclas necesarias con los ojos; pero además sentía nacer en sí como una congoja que, más allá del fin de la canción, buscaba aún otro fi­nal, sin poder hallarlo.

-Si no sé nada -dijo Karl después de concluir la canción, y miró a Klara con lágrimas en los ojos.

En ese momento se oyó un ruidoso aplauso desde el cuarto contiguo.

-¡Hay alguien más que escucha! -exclamó Karl, del todo agitado.

-Mack -dijo Klara en voz baja.

Entonces se oyó la voz de Mack que llamaba:

-¡Karl Rossmann, Karl Rossmann!

Casi saltó Karl con los dos pies a un tiempo por encima de la banqueta del piano y abrió la puerta. Vio alli a Mack, sen­tado y medio acostado en una gran cama imperial, la colcha suelta echada sobre las piernas. El baldaquino de seda azul tenía algo de primoroso, algo de muchacha, y era el único lujo de esa cama, por lo demás sencilla, angulosa, hecha de madera pesada. En la mesita de noche ardía sólo una vela, pero la ropa de la cama y la camisa de Mack eran tan blan­cas que reflejaban la luz de la vela que caía sobre ellas con un resplandor casi fulgurante; también el baldaquino resplan­decía, por lo menos en los bordes, con su seda ligeramente ondulada y no muy firmemente tendida. Pero detrás de Mack, sin transición alguna, hundíase la cama y todo lo de­más en una oscuridad completa. Klara se apoyó en un ba­rrote de la cama y ya sólo tuvo ojos para Mack.

-Salud -dijo Mack tendiéndole la mano a Karl. Toca us­ted bastante bien; hasta ahora yo sólo conocía su habilidad en la equitación.

-Hago una cosa tan mal como la otra -dijo Karl-. Si hu­biera sabido que estaba escuchando usted, seguramente no habría tocado. Pero su señorita... -Se interrumpió, vaciló en decir «novia», puesto que Mack y Klara evidentemente ya dormían juntos.

-Ya lo presentía yo -dijo Mack-, por eso Klara tuvo que atraerle a usted desde Nueva York hasta aquí, pues de otro modo su música jamás hubiera llegado a mis oídos. Es por cierto una interpretación propia de un novicio, y aun en esas canciones que usted estudió bien y cuya composición es muy primitiva ha cometido usted algunas faltas; pero, de todas maneras, el oírlo fue un gusto para mí; sin considerar, en absoluto, que no desprecio la ejecución de nadie. ¿Pero no quiere usted sentarse y quedarse un rato más con noso­tros? Klara, ¿por qué no le acercas una silla?

-Se lo agradezco -dijo Karl atropelladamente-. No pue­do quedarme, aunque me gustaría permanecer aquí. De­masiado tarde llego a enterarme de que hay en esta casa cuartos tan agradables y cómodos.

-Estoy reconstruyendo toda la casa de esta manera -dijo Mack.

En ese instante resonaron doce campanadas rápidas, una tras otra, con breves intervalos, cayendo el golpe de una dentro aún de la resonancia de la anterior. El soplo de esa gran agitación de las campanas llegó hasta las mejillas de Karl. ¡Qué aldea era ésta que poseía semejantes campanas!

-Es tardísimo -dijo Karl; tendió a Mack y a Klara sus manos sin coger las de ellos y salió corriendo al pasillo. Allí no encontró el farol y lamentó haber dado al sirviente la propina con tanta precipitación.

Se disponía a marchar a tientas, palpando la pared, hasta la puerta abierta de su cuarto; pero apenas hubo recorrido la mitad de ese camino vio al señor Green acercarse presu­roso, tambaleante. En la mano, con la cual además sostenía la vela, llevaba una carta.

-Pero, ¿por qué no viene usted, Rossmann? ¿Por qué me hace usted esperar? ¿Qué anduvo haciendo en el cuarto de la señorita Klara?

«He aquí muchas preguntas -pensó Karl-. Y ahora, para colmo, me está apretando contra la pared»; pues, en efecto, el otro se le puso delante, muy junto a él, y Karl se quedó con la espalda pegada a la pared. El tamaño que cobraba Green en ese pasillo era francamente grotesco y Karl se planteó, aunque en broma, la cuestión de si acaso habría devorado al buen señor Pollunder.

-Verdaderamente no es usted hombre de palabra. Pro­mete bajar a las doce y en vez de hacerlo ronda la puerta de la señorita Klara. Yo en cambio le he prometido una cosa in­teresante para medianoche y aquí estoy ya, y se la traigo. -Y diciendo esto le entregó a Karl la carta.

En el sobre decía: «A Karl Rossmann, para ser entregado personalmente a medianoche, dondequiera que se le en­cuentre».

-Al fin y al cabo -dijo el señor Green mientras Karl abría la carta- ya es, creo yo, bastante digno de reconocimiento el que yo haya venido ex profeso desde Nueva York por usted, de manera que no está nada bien que me haga correr detrás de usted por estos pasillos.

-¡De mi tío! -dijo Karl apenas hubo mirado la carta-. Ya me lo esperaba -dijo dirigiéndose al señor Green.

-Que lo haya esperado usted o no, me resulta tremenda­mente indiferente. Pero lea usted de una vez -dijo arrimán­dole a Karl la vela.

A su resplandor, Karl leyó:

 

«Querido sobrino: como ya lo habrás advertido durante nuestra convivencia, por desgracia en exceso breve, soy ín­tegramente un hombre de principios. Esto no sólo es muy desagradable y triste para quienes me rodean, sino también para mí; pero a mis principios debo todo lo que soy y nadie tiene el derecho de exigir que yo niegue mi existencia sobre la tierra tal como soy; nadie, tampoco tú, querido sobrino mío, aunque tú precisamente serías el primero de toda la fila si alguna vez se me ocurriese tolerar semejante ataque general contra mí. Entonces serías precisamente tú a quien más me gustaría recoger y levantar en alto con estas dos manos con las que ahora escribo y sostengo el papel. Pero, puesto que por el momento nada indica que tal cosa pudie­ra suceder alguna vez, resulta indispensable que, después del suceso de hoy, yo te aparte de mí, y te ruego encarecida­mente que ni vengas a verme tú mismo, ni busques mi rela­ción por carta o por mediadores. En contra de mi voluntad te has decidido a alejarte de mi lado esta noche y si es así, conserva esa decisión tuya durante toda tu vida; sólo enton­ces habrá sido una decisión varonil. He escogido como por­tador de esta nueva al señor Green, mi mejor amigo, que se­guramente encontrará para ti suficientes palabras consola­doras, palabras de que yo, por cierto, no dispongo en este momento. Es hombre de influencia y, aunque no fuera sino por amor hacia mí, te ayudará en tus primeros pasos inde­pendientes, moral y materialmente. Para comprender esta separación nuestra que ahora, al concluir esta carta, me pa­rece nuevamente inconcebible, es necesario que yo me repi­ta nuevamente: nada bueno viene de tu familia, Karl. Si el señor Green se olvidara de entregarte tu baúl y tu paraguas, recuérdaselo.

»Con los mejores deseos para tu bienestar de ahora en adelante, se despide de ti tu leal tío

»JAKOB.»

 

 

-¿Ha terminado ya? -preguntó Green.

-Sí -dijo Karl-. ¿Me trajo usted el baúl y el paraguas? -preguntó.

-Aquí está -dijo Green colocando en el suelo, junto a Karl, el viejo baúl de viaje que hasta aquel momento había mantenido oculto a sus espaldas.

-¿Y el paraguas? -siguió preguntando Karl.

-Aquí lo tiene usted todo -dijo Green y sacó también el paraguas que había colgado de uno de los bolsillos de su pantalón-. Estas cosas las ha traído un tal Schubal, un capa­taz de maquinistas de la Hamburg-Amerika-Linie; decía haberlas encontrado en el barco; oportunamente puede us­ted darle las gracias.

-Ahora, por lo menos, vuelvo a tener mis viejas cosas -dijo Karl, y puso el paraguas sobre el baúl.

-Sí, pero en el futuro debería usted cuidarlas un poco más; se lo manda decir el señor senador -observó el señor Green, y luego, aparentemente obedeciendo a su curiosidad particular, preguntó-: ¿Qué clase de baúl tan extraño es éste?

-Es un baúl de los que llevan en mi patria los soldados cuando van a prestar el servicio militar -respondió Karl-, es el antiguo baúl de campaña de mi padre. Es, por otra parte, bastante práctico -agregó sonriendo-, suponiendo que no se le deje abandonado.

-Al fin y al cabo ya está usted bastante escarmentado -dijo el señor Green- y seguramente no tiene usted en América otro tío. Además aquí le doy un billete de tercera clase para San Francisco. He decidido este viaje para usted; porque, en primer término, las posibilidades de ganar dine­ro son mucho mayores para usted en el Este'; y porque, en segundo término, aquí, en todas las cosas que podrían con­venirle, algo tiene que ver su tío y cualquier encuentro debe ser evitado. En Frisco puede usted trabajar perfectamente sin que nadie lo moleste; comience usted tranquilamente muy abajo y trate de ir levantándose poco a poco.

Karl no podía percibir malicia alguna en esas palabras: la mala noticia que había estado encerrada en Green durante la noche entera ya estaba dada, y a partir de ese momento Green parecía un hombre inofensivo con el cual quizá po­dría hablarse más abiertamente que con cualquier otro. El mejor de los hombres, elegido sin culpa propia para mensa­jero de una resolución tan secreta y torturadora, parecerá sospechoso por fuerza mientras la lleve encima.

-En seguida -dijo Karl esperando oír la aprobación de un hombre experto-abandonaré esta casa, pues sólo fui recibi­do en ella como sobrino de mi tío; siendo un extraño, nada tengo que hacer aquí. ¿Tendría usted la amabilidad de mos­trarme la salida y de conducirme luego hasta un camino que me sirva para llegar hasta la próxima fonda?

-Pero volando -dijo el señor Green-. Ya me causa usted no pocas molestias.

Al ver la prisa de esos grandes pasos que Green ya inicia­ba acto seguido, Karl se detuvo; ésta sí que era una prisa sospechosa. Cogió a Green por el borde inferior de la cha­queta y, comprendiendo de pronto el verdadero estado de las cosas, dijo:

-Hay algo que deberá usted explicarme todavía: en el so­bre de la carta que usted debía entregarme dice solamente que debo recibirla a medianoche, dondequiera que se me encuentre. ¿Por qué entonces me ha retenido usted aquí con motivo de esa carta cuando a las once y cuarto quería yo marcharme? Ahí se propasó usted en el uso de las facultades que se le habían conferido.

Green inició su respuesta con un ademán que expresaba exageradamente la futilidad de la observación de Karl y dijo luego:

-¿Acaso dice en el sobre que yo, por su causa, deba matar­me corriendo, y acaso el texto de la carta permite deducir que así deba comprenderse el rótulo? Si no le hubiera retenido, no habría tenido más remedio que entregarle la carta a medianoche en la carretera.

-No -dijo Karl imperturbable-; no es del todo así. En el sobre dice: «para ser entregado después de medianoche». Si estaba usted demasiado cansado, entonces, tal vez, no hu­biera podido seguirme de ninguna manera; o bien, cosa que ciertamente también negaba el señor Pollunder, a me­dianoche ya habría llegado, ya estaría yo junto a mi tío; o fi­nalmente hubiera sido su deber llevarme de vuelta a casa de mi tío en su propio automóvil -el cual de pronto ya ni se mencionaba-, puesto que tanto pedía yo volver. ¿No expre­sa con máxima claridad el sobre escrito que la medianoche aún había de ser un último plazo para mí? Y es usted quien tiene la culpa de que yo no haya aprovechado ese plazo.

Karl miró a Green con ojos penetrantes y reconoció cier­tamente cómo luchaba en él la vergüenza que le provocaba aquel descubrimiento con la alegría que le deparaba el logro de su intención. Finalmente se repuso y en un tono como destinado a cortarle la palabra a Karl, quien hacía rato ya es­taba callado, dijo:

-¡Ni una palabra más! -Y así lo empujó afuera (él ya ha­bía recogido de nuevo su baúl y su paraguas) a través de una pequeña puerta situada delante de él y que abrió de un golpe.

Karl, lleno de asombro, se vio al aire libre. Frente a él, una escalera sin pasamano agregada a la casa conducía al jardín. Sólo hacía falta que bajara y que luego se dirigiera ligera­mente a la derecha, hacia la avenida que llevaba a la carrete­ra. No era posible en absoluto extraviarse con aquel claro de luna tan luminoso. Abajo, en el jardín, oyó los múltiples la­dridos de perros que corrían sueltos a la redonda por entre las sombras de los árboles. En el silencio general que reina­ba oíase muy exactamente cómo, después de ejecutar gran­des saltos, daban con sus cuerpos contra el césped.

Sin que lo molestaran estos perros salió felizmente Karl del jardín. No sabía establecer, a ciencia cierta, en qué direc­ción estaría Nueva York. Durante el viaje de venida había prestado demasiado poca atención a los pormenores que ahora habrían podido serle útiles. Al fin díjose que no era indispensable que fuese a Nueva York, donde nadie lo espe­raba, donde hasta había alguien que, con toda seguridad, no lo esperaba. Eligió, pues, una dirección cualquiera y em­prendió la marcha.

 

4. Camino a Ramsés

 

En la pequeña fonda a la cual llegó Karl después de una breve caminata, y que en verdad no era más que una peque­ña estación terminal de carruajes de Nueva York y por lo tanto apenas solía usarse como hospedaje, solicitó Karl el camastro más barato que pudiera obtenerse; pues creía que era su deber comenzar a economizar inmediatamente. En virtud de su pedido, fue despachado por el fondista escale­ras arriba mediante un gesto como destinado a un depen­diente suyo, y allá arriba lo recibió una mujer vieja, desgre­ñada, disgustada por aquella interrupción de su sueño, y casi sin escucharlo lo condujo, exhortándolo ininterrumpi­damente a que anduviera sin hacer ruido, a un cuarto cuya puerta cerró luego, no sin haberle lanzado antes su aliento a la cara con un «¡sst!».

Karl, al pronto, no se daba bien cuenta de si sólo estaban bajadas las cortinas de la ventana o si aquel cuarto carecía de ventanas, tanta era allí la oscuridad; finalmente notó una claraboya pequeña, cubierta con un paño; lo quitó e hizo entrar así un poco de luz. El cuarto tenía dos camas; pero las dos estaban ocupadas ya. Karl vio allí a dos hombres jóve­nes sumidos en pesado sueño y que no parecían muy dignos de confianza, ante todo porque, sin causa comprensible, dormían vestidos; uno de ellos hasta tenía los zapatos puestos.

En el mismo instante en que Karl descubría la claraboya uno de los durmientes alzó un poco sus brazos y piernas, y esto ofreció un aspecto tal que Karl, a pesar de sus preocu­paciones, no pudo menos que reírse para sus adentros.

Pronto cayó en la cuenta de que él ya se quedaría sin dor­mir esa noche, no sólo porque allí no existía ningún lecho más, ni diván ni sofá alguno, sino también porque no podía exponer a ningún peligro ese baúl que acababa de recuperar ni el dinero que llevaba. Mas tampoco deseaba marcharse, pues no se atrevía a pasar frente a la criada y al fondista, cosa necesaria para dejar esa casa en ese momento. Al fin y al cabo quién sabía si la inseguridad era mayor allí que en la carretera.

Llamaba la atención por cierto que en todo el cuarto no pudiera descubrirse ni una sola pieza de equipaje, por cuanto se podía comprobar a la media luz que reinaba. Pero tal vez, esto era muy probable, esos dos jóvenes serían los criados, obligados a levantarse muy temprano para servir a los huéspedes, y por eso dormían vestidos. En este caso no era muy honroso, ciertamente, dormir con ellos; pero ya no ofrecía, en cambio, ningún peligro. Sólo que, en tanto que esto no quedara plenamente aclarado y fuera de toda duda, no podía él, de ninguna manera, acostarse a dormir.

Debajo de la cama había una vela y fósforos y Karl fue a buscar esas cosas con paso sigiloso. No tenía reparos en en­cender luz, pues el cuarto, según orden del fondista, tanto le pertenecía a él como a los otros dos, quienes por otra parte ya habían disfrutado del sueño durante la mitad de la noche y cuya ventaja frente a él era incomparable, ya que se hallaban en su poder las camas. Por lo demás procedió, natural­mente, con mucha cautela, y al andar y manejar las cosas se esforzaba muchísimo por no despertarlos.

Antes que nada deseaba examinar su baúl para tener una idea general acerca de sus cosas, que ya sólo recordaba de un modo vago y de las que seguramente ya se habría perdido lo más valioso. Pues si aquel Schubal ponía su mano sobre algo, quedaba poca esperanza de recuperarlo intacto. Ciertamente era posible que esperara del tío una buena propina; mas por otra parte, en el caso de faltar al­gunos objetos aislados, bien podía él echar la culpa al ver­dadero cuidador del baúl, el señor Butterbaum.

Al abrir el baúl quedó Karl verdaderamente horrorizado por esa primera visión que se le ofrecía. Interminables ho­ras había dedicado él durante la travesía a ordenar y volver a ordenar el baúl, y ahora estaba todo allí encerrado de un modo tan salvaje que la tapa saltó por sí sola al abrirse la ce­rradura.

Mas pronto advirtió Karl, alegrándose por ello, que ese desorden sólo se debía a la circunstancia de que, posterior­mente, habían metido allí aquel traje que había usado du­rante el viaje y para el cual el baúl, naturalmente, ya no te­nía capacidad. No faltaba absolutamente nada. En el bolsi­llo secreto de la chaqueta no sólo se hallaba el pasaporte, sino también el dinero traído de su casa; de manera que Karl, si le agregaba el que llevaba consigo, disponía de di­nero suficiente por el momento. Allí se encontraba tam­bién la ropa blanca que él llevaba puesta al llegar, bien lava­da y planchada. Sin demora, depositó reloj y dinero en el acreditado bolsillo secreto. Lamentable era únicamente que aquel salchichón veronés, que tampoco faltaba, hubie­ra comunicado su olor a todas las cosas. De no encontrarse algún medio para subsanar eso, vería Karl ante sí la pers­pectiva de andar durante meses envuelto en tal olor.

Al exhumar algunos objetos que yacían en el fondo del baúl -tratábase de una Biblia de bolsillo, papel para cartas y las fotografías de los padres- se le cayó de la cabeza la gorra, que fue a dar en el baúl. En medio de todas esas cosas anti­guas y familiares que lo rodeaban, la reconoció en seguida: era su gorra, aquella gorra que la madre le había dado para que la usara como gorra de viaje. Pero él había tenido la pre­caución de no usarla a bordo, pues sabía que en América la gente llevaba, en general, gorra en lugar de sombrero, por lo cual él no quería gastar la suya antes de llegar. Ahora bien, ciertamente aquel señor Green se había servido de ella para divertirse a expensas de Karl. ¿Acaso le había encargado también eso su tío? Y en un movimiento involuntario, furio­so, cogió la tapa del baúl y éste se cerró con estrépito.

Ahora ya no había remedio: había despertado a los dos durmientes. Primero se desperezó y bostezó uno de ellos y acto seguido le imitó el otro. Y había que considerar que casi todo el contenido del baúl se hallaba volcado sobre la mesa; si eran ladrones, no necesitaban más que acercarse y escoger. No sólo para adelantarse a tal posibilidad, sino también para poner todas las cosas en claro desde el primer momento, acercóse Karl a las camas, vela en mano, y expli­có acto seguido con qué derecho se hallaba él allí. Mas ellos, al parecer, ni habían esperado tal explicación; demasiado soñolientos todavía para poder hablar, no hacían sino mi­rarlo sin el menor asombro. Eran los dos muy jóvenes, pero el trabajo pesado o la necesidad les había destacado los hue­sos de la cara antes de tiempo; barbas desordenadas colga­ban en torno a sus mentones; el pelo, sin cortar desde hacía mucho tiempo, rodeaba desgreñado las cabezas; y ahora, para colmo, se frotaban y se apretaban con los nudillos sus ojos muy hundidos, de tanto sueño que tenían.

Karl, queriendo aprovechar ese momentáneo estado de debilidad, dijo:

-Me llamo Karl Rossmann y soy alemán. Ya que tenemos un cuarto en común, les ruego que también cada uno de us­tedes me diga su nombre y su nacionalidad. Quiero decla­rar ahora mismo que no pretendo ninguna cama, puesto que he venido tan tarde y que, además, no tengo intención de dormir. Por otra parte, no reparen ustedes en mi hermo­so traje; soy completamente pobre y no tengo perspectivas de ninguna clase.

El más bajo de los dos -aquel que tenía los zapatos pues­tos- indicó con brazos, piernas y gestos que todo eso no le interesaba nada y que aquélla no era hora para tales discur­sos; se echó de nuevo y se durmió inmediatamente. El otro, hombre de tez oscura, volvió a acostarse también; pero an­tes de dormirse, con la mano negligentemente extendida, dijo todavía:

-Éste se llama Robinsón y es irlandés; yo me llamo Dela­marche, soy francés; y ahora ¡silencio!, ¡se lo ruego!

Apenas hubo terminado de decir esas palabras apagó la vela de Karl soplándola con un gran despliegue de su alien­to y luego se dejó caer nuevamente sobre la almohada.

«Bien, este peligro queda eliminado por el momento», díjose Karl volviendo a la mesa.

Si ese sueño que tenían no era sólo un pretexto, todo marchaba bien. Lo único desagradable era que uno de ellos fuera irlandés. Karl ya no sabía con exactitud cuál era el li­bro en que una vez, en su casa, había leído que en América del Norte era menester cuidarse de los irlandeses. Claro que, durante su permanencia en casa de su tío, hubiera te­nido la oportunidad de investigar a fondo en qué estribaba lo que de peligroso tenían los irlandeses; pero él había deja­do de hacerlo, había perdido por completo aquella oportu­nidad, porque ya se creía allí, para siempre, en puerto segu­ro. Ahora, al menos, contemplaría bien de cerca a ese irlan­dés a la luz de la vela que volvió a encender; así lo hizo y le parecía más tolerable el aspecto de éste que el del francés. El irlandés hasta conservaba todavía un rastro de mejillas re­dondeadas y se sonreía afablemente durante el sueño, por cuanto Karl pudo comprobar desde cierta distancia y de puntillas.

Firmemente decidido a no dormir, pese a todo, sentóse Karl en la única silla del cuarto, postergó por el momento la tarea de ordenar el baúl, puesto que para ello disponía de la noche entera todavía, y hojeó ligeramente la Biblia sin leer nada. Luego cogió la fotografía de sus padres, en la cual el padre, que era pequeño, aparecía muy erguido; mientras que la madre, sentada en un sillón, delante de él, se presen­taba levemente encogida. Mantenía el padre una de sus ma­nos sobre el respaldo del sillón; la otra, cerrada en puño, so­bre un libro ilustrado que yacía abierto a su lado, en una frá­gil mesita de adorno. Existía además otra fotografía, en la cual se veía a Karl retratado con sus padres. En ella, el padre y la madre lo miraban fijamente, mientras que él mismo, de acuerdo con la orden del fotógrafo, había tenido que clavar la mirada en la máquina. Pero no le habían dado esa foto­grafía para el viaje.

Con tanto mayor detenimiento quedóse mirando esta que tenía delante y desde distintos ángulos intentó recoger la mirada del padre. Mas éste, por más que Karl modificara la visión mediante diversas posiciones de la vela, no quiso cobrar vida; además, su bigote horizontal y fuerte no se pa­recía nada a la realidad; éste no era un buen retrato. La ma­dre, en cambio, había quedado mucho mejor retratada; en su boca se insinuaba una mueca como si se le hubiera hecho algún mal y ella se esforzase por sonreír. Parecíale a Karl que esto debía de llamar la atención tan poderosamente a quienquiera que mirase ese retrato que, pasado el primer momento, la nitidez de esa impresión había de resultar de­masiado fuerte, casi absurda. ¡Cómo era posible que se obtuviera de un retrato, hasta tal punto, la convicción incon­movible acerca de un sentimiento oculto del retratado! Y luego, durante unos instantes, apartó la vista del retrato.

Cuando sus miradas volvieron a él le llamó la atención aquella mano de la madre, que allí, muy adelante colgaba del brazo del sillón, tan cerca que él sintió ganas de besarla. Quizá fuera bueno, a pesar de todo -pensó-, escribir a sus padres, tal como los dos -y por último su padre, muy seve­ramente, en Hamburgo- se lo habían pedido. Cierto que entonces, aquella terrible noche en que la madre junto a la ventana le había anunciado el viaje a América, él había he­cho el juramento irrevocable de no escribir jamás; pero, ¡qué valor tenía aquí y en medio de circunstancias tan nue­vas semejante juramento de un muchacho sin experiencia! Lo mismo hubiera podido jurar entonces que a los dos me­ses de su permanencia en América sería general de la mili­cia norteamericana, mientras que en realidad se veía allí junto a dos vagabundos en un desván de una fonda de los alrededores de Nueva York, debiendo admitir, además, que en verdad éste era el sitio que le correspondía. Y, sonriendo, examinó los rostros de sus padres, como si en ellos pudiera leerse si aún seguían abrigando el deseo de recibir noticias de su hijo.

Durante esa contemplación cayó pronto en la cuenta de que, a pesar de todo, estaba muy cansado y que difícilmen­te podría pasar esa noche en vela. El retrato se le cayó de las manos; luego asentó la cara sobre ese retrato cuyo frescor placía a su mejilla y con una sensación agradable se quedó dormido.

Lo despertaron temprano unas cosquillas en el sobaco. Era el francés quien se permitía semejante impertinencia. Pero también el irlandés ya estaba apostado ante la mesa de Karl. Los dos lo miraban con un interés no menor que el que Karl demostró frente a ellos durante la noche. No le sorprendió a Karl el hecho de no haberse despertado al le­vantarse aquéllos; no había sido necesario que ellos, con mala intención, anduvieran con especial sigilo, pues él ha­bía estado profundamente dormido y además a ellos no les había dado mucho trabajo vestirse y, evidentemente, tam­poco el lavarse.

En aquel momento se saludaron mutuamente como era debido, no sin ciertos cumplimientos, y Karl se enteró de que ambos eran mecánicos, que desde hacía mucho tiempo no habían podido obtener trabajo en Nueva York y que, en consecuencia, habían llegado a un estado considerable­mente miserable. Para demostrarlo abrió Robinsón su cha­queta, y bien pudo verse que no había debajo ninguna ca­misa, lo que ciertamente ya podía conocerse por aquel cue­llo suelto que llevaba cosido, por detrás, a la chaqueta.

Abrigaban ellos la intención de marchar hasta la peque­ña ciudad de Butterford que distaba de Nueva York unos dos días de viaje y donde, según se decía, había vacantes. No tenían ningún inconveniente en que Karl los acompañara y le prometían, primero, que a ratos llevarían su baúl y, se­gundo, que en el caso de obtener trabajo ellos mismos le conseguirían un empleo de aprendiz, lo cual sería facilísimo si había trabajo. Karl no había dado su consentimiento, sino apenas, cuando ellos ya le daban el consejo amistoso de quitarse aquel traje tan flamante, puesto que sólo sería un obstáculo dondequiera que se presentase solicitando em­pleo. Que en esa casa precisamente había una oportunidad excelente para deshacerse de ese traje, pues la criada se de­dicaba también a un comercio de ropa. Le ayudaron a Karl, quien tampoco estaba decidido del todo en cuanto al traje, a quitárselo, y se lo llevaron. Cuando Karl, que quedó solo, un poco soñoliento todavía, estaba poniéndose sus viejas prendas de viaje, se recriminó ya el haber vendido aquel traje que, acaso, podía perjudicarlo si solicitaba un empleo de aprendiz, pero que en cambio sólo podía serle útil si se trataba de una ocupación mejor. Abrió, pues, la puerta para gritarles que volvieran; pero apenas lo hizo chocó con ellos que ya regresaban: dejaron sobre la mesa medio dólar como producto de la venta, con el semblante tan alegre que resultaba imposible persuadirse de que en aquella venta no habían obtenido su ganancia ellos también, y una ganancia escandalosamente grande.

Por otra parte no había tiempo de discutir nada: entró la criada tan soñolienta como la noche anterior y echó a los tres al pasillo declarando que debía preparar la habitación para nuevos huéspedes. Naturalmente eso no era cierto en absoluto y obraba así sólo por malicia. Karl, quien precisa­mente había querido ordenar su baúl, tuvo que quedarse mirando cómo aquella mujer agarraba sus cosas, con las dos manos, y las echaba dentro del baúl con una violencia que sólo se hubiera justificado si se tratase de alguna clase de bichos que hubiera que acallar. Los dos mecánicos, cier­tamente, trataron de entretenerla; la zarandeaban por las faldas, la palmoteaban en la espalda, pero si tenían inten­ción de ayudar con ello a Karl, su proceder era completa­mente equivocado.

Cuando la mujer hubo cerrado el baúl, le puso a Karl el asa en la mano, se deshizo de los mecánicos de una sacudi­da y arrojó a los tres del cuarto con la amenaza de que, si no obedecían, se quedarían sin café. Aquella mujer, evidente­mente, parecía haber olvidado por completo que desde un principio Karl no había tenido la menor relación con los mecánicos, pues los trataba como a una pandilla única. Ciertamente los mecánicos le habían vendido el traje de Karl, demostrando con ello cierta comunidad.

En el pasillo tuvieron que pasearse durante mucho tiem­po, de un lado para otro, y el francés, que se había colgado del brazo de Karl, blasfemaba ininterrumpidamente y ame­nazaba con derribar al fondista boxeando, si es que se atre­vía a mostrarse allí; y parecía apercibirse a ello frotándose furiosamente uno contra otro los puños cerrados. Final­mente llegó un muchachito pequeño, de aire inocente, que tuvo que estirarse para darle la cafetera al francés. Desgra­ciadamente había una sola cafetera y no se le podía hacer comprender al chico que también hacían falta vasos. Así, podía beber uno solo por vez y los otros dos se quedaban plantados ante él, esperando. Karl no tenía ganas de beber el café, pero no queriendo ofender a los otros, se quedaba sin sorber nada, con la cafetera en los labios, cuando le tocaba el turno.

En señal de despedida arrojó el irlandés la cafetera con­tra el piso de baldosa. Abandonaron la casa sin que nadie los viera y entraron en la densa y amarillenta neblina matinal. La mayor parte del tiempo marcharon silenciosamente el uno junto al otro por el borde del camino; Karl tenía que lle­var su baúl; los otros seguramente lo relevarían sólo cuan­do él se lo pidiera. De vez en cuando algún automóvil salía rápidamente de la neblina y los tres volvían la cabeza hacia aquellos coches casi siempre gigantescos, tan llamativos en su construcción y cuya aparición era tan breve que uno no tenía tiempo de notar siquiera la presencia de sus ocu­pantes.

Más tarde comenzaban las caravanas de carruajes que llevaban víveres a Nueva York; avanzaban en forma tan ininterrumpida, en cinco hileras que ocupaban todo el an­cho del camino, que nadie hubiera podido atravesarlo. De tiempo en tiempo ensanchábase el camino hasta formar una plaza en cuyo centro se paseaba un agente de policía so­bre una construcción elevada en forma de torre que le per­mitía dominar todo y regular el tránsito con un bastoncito: tanto el de la vía principal como también el de los caminos laterales que desembocaban allí; ese tránsito que luego quedaba sin vigilancia hasta la plaza siguiente y el agente pró­ximo, pero que los cocheros y conductores, callados y aten­tos, mantenían sin embargo dentro de un orden suficiente por su propia voluntad.

Lo que más le asombraba a Karl era aquella tranquilidad general. Si no hubiera sido por el griterío de las reses que iban al matadero posiblemente sólo se habría percibido el golpeteo de los cascos de los caballos y el sibilante zumbido de los antideslizantes de los automóviles. Y había que con­siderar que la velocidad, naturalmente, no era siempre la misma. Si en alguna de las plazas, debido a una aglomera­ción excesiva procedente de los caminos laterales, se hacía necesario ejecutar grandes cambios y traslaciones, dete­níanse las hileras enteras o adelantaban sólo paso a paso; pero luego sucedía también que durante un rato corrieran todos a una velocidad relámpago, hasta que nuevamente se aplacaban como regidos por un freno único. Y a pesar de todo ni el menor polvillo se levantaba del camino: todo esto se movía en una atmósfera transparentísima. No había pea­tones allí, no se encaminaban hacia la ciudad las vendedo­ras de feria, las verduleras, como allá, en la tierra de Karl; mas, no obstante, aparecían de cuando en cuando grandes automóviles chatos que llevaban a una veintena de mujeres, de pie, con canastos a la espalda, acaso verduleras con todo, y éstas estiraban los cuellos para ver bien el tránsito y en­contrar así alguna esperanza de hacer el viaje más rápida­mente. Y luego se veían otros automóviles similares sobre los cuales se paseaban aisladamente unos hombres con las manos en los bolsillos del pantalón.

Sobre uno de aquellos vehículos, que llevaba diversas inscripciones, leyó Karl, no sin que se le escapara un leve grito: «Se admiten obreros portuarios para la Compañía de Transportes Jakob». El carruaje iba muy despacio, precisa­mente, y un hombrecillo encogido y vivaz, apostado en la escalerilla del coche, invitó a los tres caminantes a subir. Karl se refugió tras los mecánicos, como si en aquel vehícu­lo pudiera encontrarse el tío en persona y pudiera verlo. Es­taba contento de que también los otros dos rechazaran esa invitación, aunque le doliera en cierto modo el gesto sober­bio con que lo hicieron. Ellos no tenían motivo de estimar­se tanto como para no ingresar en los servicios de su tío. Y aunque no expresamente, él les dio a entender en seguida lo que pensaba. En respuesta le rogó Delamarche que hiciera el favor de no inmiscuirse en asuntos que no entendía; que esa manera de contratar a la gente era una miserable estafa y que la Casa Jakob tenía pésima fama en ese sentido en todo el territorio de los Estados Unidos.

Karl no respondió, pero desde ese momento comenzó a confiar más en el irlandés, y a éste rogó finalmente que le lle­vara un poco el baúl y, después de repetir Karl su pedido va­rias veces, el hombre no dejó de hacerlo. Sólo que se queja­ba incesantemente de lo pesado que era; hasta que quedó manifiesto que su intención era únicamente aliviar el peso del baúl sacando el salchichón veronés que ya en el hotel había llamado gratamente su atención. Karl tuvo que sacar­lo y desenvolverlo; el francés se apoderó de él, tratándolo con un cuchillo en forma de puñal y comiéndoselo casi él solo: Robinsón recibía una rodaja de vez en cuando, y en cambio Karl, obligado a llevar nuevamente su baúl si no quería dejarlo sobre la carretera, no recibió nada, como si él ya por anticipado hubiese tomado la parte que le corres­pondía. Le parecía demasiado mezquino obtener un peda­cito mendigándolo, pero en su interior se le revolvía la bilis.

La neblina había desaparecido por completo; a lo lejos resplandecía una alta cordillera cuya cresta ondulada lleva­ba la mirada hacia una nube, más distante aún, atravesada por los rayos del sol. A la vera del camino había tierras mal labradas que rodeaban grandes fábricas levantadas en medio del campo libre, oscurecidas por el humo. En las gran­des casas de vecindad, aisladas y diseminadas sin orden ni concierto, titilaban las muchas ventanas con variadísimo movimiento e iluminación, y en todos aquellos balcones pequeños y endebles atendían a muchísimos quehaceres mujeres y niños; mientras que alrededor de ellos, ya descu­briéndolos a la vista, ya ocultándolos, ondeaban y se hin­chaban poderosamente con el viento matinal paños y pren­das de vestir colgados o tendidos. Si las miradas, deslizán­dose sobre las casas, se alejaban de ellas veía uno volar las alondras en lo alto del cielo y más bajo, en cambio, las go­londrinas revoloteaban a no mucha altura sobre las cabezas de quienes iban en los vehículos.

Muchas cosas había que le recordaban a Karl su patria y él no sabía si hacía bien abandonando Nueva York y yéndo­se al interior del país. Nueva York estaba sobre el mar y ello significaba la posibilidad del regreso en cualquier momen­to a la patria. Y por eso se detuvo, y dijo a sus dos acompa­ñantes que había cambiado de parecer y que tenía deseos de quedarse en Nueva York. Y cuando Delamarche sencilla­mente pretendió empujarlo, él no lo consintió diciendo que, según creía, le asistía todavía el derecho de decidir acerca de sí mismo. Tuvo que intervenir el irlandés decla­rando que Butterford era mucho más hermoso que Nueva York, y fue necesario que los dos se lo rogaran mucho antes de que se decidiera a proseguir la marcha. Y aun entonces no lo hubiera hecho todavía si no se hubiera dicho que así sería mejor para él, que tal vez sería mejor llegar a un sitio desde el cual la posibilidad del regreso a la patria no fuese tan fácil. Sin duda trabajaría mejor y adelantaría más allí donde no lo estorbaran pensamientos inútiles.

Y ahora era él quien impulsaba a los otros dos, y tanto se alegraron ellos del celo de Karl que, sin esperar a que éste se lo pidiese, llevaban el baúl turnándose; y Karl no compren­día claramente por qué les causaba él, en realidad, semejan­te alegría.

Llegaron a un paraje que iba ascendiendo, y si de cuando en cuando se detenían podían ver, al mirar hacia atrás, cómo se desarrollaba ampliándose cada vez más el panora­ma de Nueva York con su puerto. El puente que une a Nue­va York con Brooklyn colgaba frágil sobre el East River y se le veía estremecerse cuando se entornaban los ojos. Parecía completamente libre de tránsito y debajo tendíase la cinta de agua lisa, inanimada. Todas las cosas, en las dos ciudades gigantescas, parecían estar absurdamente colocadas, sin responder a ningún sentido de utilidad. Apenas se notaba una diferencia entre las casas grandes y las pequeñas. En las honduras invisibles de las calles continuaba seguramente la vida a su manera; pero por encima de ellas no se podía ver sino una leve bruma que, aunque inmóvil, parecía muy fá­cil de disipar. Aun sobre el puerto, el más grande del mun­do, había descendido la paz; y sólo de cuando en cuando, y seguramente bajo el influjo del recuerdo de haberlo visto antes de cerca, creíase ver desplazarse algún barco un breve trecho. Pero tampoco era posible observarlo durante mu­cho tiempo: se escapaba a las miradas y luego ya no se le vol­vía a encontrar.

Pero evidentemente Delamarche y Robinsón veían mucho más; ellos señalaban hacia derecha e izquierda y con las manos extendidas trazaban arcos sobre plazas y jardines que llamaban por sus nombres. Les parecía in­concebible que Karl hubiese estado más de dos meses en Nueva York sin haber visto de la ciudad apenas otra cosa que una calle. Y le prometieron que, una vez que ganaran lo suficiente en Butterford, irían con él a Nueva York y le mostrarían todas las curiosidades y claro que muy espe­cialmente aquellos lugares donde uno se divertía hasta la dicha suprema. Y acto seguido entonó Robinsón a voz en cuello una cancion que lieiamarcne acompano golpean­do las manos y en la cual Karl reconoció un aire de ope­reta de su patria que allí, y con letra inglesa, le gustaba muchísimo más de lo que le había gustado en su tierra. Y así se efectuó una pequeña función al aire libre de la cual todos participaban, y sólo la ciudad, allá abajo, que según decían se divertía tanto con esa melodía, parecía igno­rarla.

Una vez preguntó Karl dónde estaba la Compañía de Transportes Jakob e inmediatamente vio los dedos índice de Delamarche y de Robinsón extendidos, señalando tal vez el mismo punto y tal vez puntos distintos entre los cua­les había kilómetros de distancia. Al proseguir luego la marcha preguntó Karl cuándo podrían regresar a Nueva York con ganancias suficientes. Delamarche dijo que bien podría suceder dentro de un mes, pues en Butterford hacían falta obreros y los salarios eran elevados. Naturalmente depositarían ellos su dinero en una caja común, a fin de que las diferencias casuales de ganancia fuesen compensadas como entre buenos camaradas. Esa caja común no le agra­daba a Karl, a pesar de que él, como aprendiz, ganaría me­nos, por supuesto, que un obrero calificado. Por lo demás, dijo Robinsón que, naturalmente, si no hubiera trabajo en Butterford tendrían que seguir camino para colocarse en alguna parte como peones en el campo, o bien llegar a los la­vaderos de oro de California; y esto, según se deducía de los circunstanciados relatos de Robinsón, constituía su proyec­to favorito.

-¿Por qué se hizo usted mecánico si ahora quiere ir a los lavaderos de oro? -preguntó Karl, a quien no le alegraba precisamente que hablasen de semejante necesidad de em­prender viajes largos e inciertos.

-¿Que para qué me hice mecánico? -dijo Robinsón-. Pues seguramente no ha de ser para que el hijo de mi ma­dre se muera de hambre. En los lavaderos de oro las ganan­cias son buenas.

-Antes lo eran -dijo Delamarche.

-Y lo son todavía -dijo Robinsón, y refirió historias de muchos conocidos suyos que allí se habían enriquecido, que aún vivían en el lugar y que, como era natural, ya no movían ni un dedo; pero que debido a su vieja amistad le ayudarían a llegar a la riqueza a él, y se sobreentendía que también a sus amigos.

-Por fuerza obtendremos empleos en Butterford -dijo Delamarche expresando con ello el pensamiento más ínti­mo de Karl; sin embargo, ésa no era una manera muy opti­mista de expresarse.

Durante el día hicieron una sola parada en una fonda; comieron delante de la misma al aire libre, en una mesa que a Karl le pareció de hierro, una carne casi cruda que no era posible cortar con cuchillo y tenedor, sino que era necesario arrancar a pedazos. El pan tenía forma de cilindro y de cada uno de los panes surgía un largo cuchillo. Con esa comida se servía un líquido negro que quemaba la garganta; pero a Delamarche y a Robinsón les gustaba; levantaban a menu­do sus vasos, los chocaban y hacían votos por el cumpli­miento de diversos deseos, y al hacerlo sostenían durante unos instantes los vasos en alto, uno contra otro.

En la mesa de al lado estaban sentados unos obreros que llevaban blusas salpicadas de cal, y todos bebían el mismo líquido. Los numerosos automóviles que pasaban arroja­ban nubes de polvo sobre las mesas. Se hacían circular grandes hojas de periódicos, se hablaba con excitación de la huelga de los obreros de la construcción y se oía a menudo el nombre de Mack. Karl hizo averiguaciones al respecto y supo que se trataba del padre de aquel Mack que él conocía y que era el empresario de construcciones más importante de Nueva York, que la huelga le costaba millones y que acaso amenazara su posición comercial. Karl no creyó ni una palabra de aquellas habladurías de gente mal informada y malintencionada.

Además amargábale a Karl aquella comida la circunstan­cia muy problemática de cómo se pagaría la consumición. Lo natural hubiese sido que cada uno pagase su parte, pero tanto Delamarche como Robinsón habían declarado opor­tunamente que el último resto de su dinero se había agota­do con el pago del albergue de la noche anterior. No se po­día descubrir en poder de ninguno de ellos reloj, anillo o cualquier otro objeto que se pudiera vender. Y Karl no po­día echarles en cara, claro está, que hubieran ganado algo sobre la venta de sus ropas, pues esto habría sido una ofen­sa que los hubiera separado para siempre. Pero lo más asombroso era que ni Delamarche ni Robinsón demostra­ran preocupación alguna en cuanto al pago; por el contra­rio, ostentaban el suficiente buen humor como para inten­tar, con la mayor frecuencia posible, trabar relaciones con la camarera, que se paseaba entre las mesas, ufana y con paso firme y pesado. Llevaba el cabello un poco suelto, de mane­ra que desde los lados le caía sobre la frente y las mejillas; se lo alisaba hacia atrás introduciendo las manos por debajo. Finalmente cuando podía esperarse de ella la primera pa­labra amable, se aproximó a la mesa y, apoyando en ella ambas manos, preguntó:

-¿Quién paga?

Jamás hubo manos que se alzaran con mayor prontitud que en aquel momento las de Delamarche y Robinsón seña­lando a Karl. Éste no se asustó por ello, ya que lo había pre­visto, y no veía nada malo en que los camaradas, de los cuales él también esperaba sus ventajas, se hicieran pagar algunas insignificancias; aunque por cierto, más decente hubiera sido convenir ese asunto en forma expresa antes del momento decisivo. Lo único molesto era que se hacía nece­sario extraer en ese momento el dinero del bolsillo secreto. Al principio había sido su intención reservar su dinero para el último caso de necesidad y colocarse por el momento, en cierto modo, en un mismo plano con sus camaradas. La ventaja que él obtenía al poseer aquel dinero y, ante todo, del hecho de no hablar a sus camaradas de su propiedad, que­daba más que sobradamente compensada, para ellos, por las circunstancias de que ya desde su niñez se hallaban en América, de que tenían experiencia y conocimientos sufi­cientes para ganar dinero y de que, al fin y al cabo, no esta­ban acostumbrados a otras condiciones de vida mejores que las actuales.

Las intenciones que hasta entonces abrigó Karl con res­pecto a su dinero no tenían por qué quedar perturbadas con motivo de ese pago, pues de un cuarto de dólar podía él prescindir y por lo tanto podía ponerlo sobre la mesa, decla­rando que era todo lo que poseía y que estaba dispuesto a sacrificarlo por su viaje en común a Butterford. Además, esa suma bastaría perfectamente para ese viaje a pie. Pero no sabía en aquel momento si tenía suficiente dinero suel­to, y además ese dinero, junto con los billetes doblados, se hallaba hundido en quién sabe qué profundidades del bol­sillo secreto, donde la mejor manera de encontrar algo era precisamente volcando todo el contenido sobre la mesa. Por otra parte, era absolutamente innecesario que los ca­maradas se enterasen de la existencia de aquel bolsillo se­creto. Ahora bien, afortunadamente, a sus compañeros aún seguía interesándoles mucho más la camarera que cómo lograba Karl el dinero para el pago. Pidiéndole que hiciera la cuenta detallada, atrajo Delamarche a la camare­ra, obligándola a colocarse entre él y Robinsón, y ella sólo pudo repeler las insolencias de ambos poniendo ya a uno, ya a otro, toda la mano sobre la cara, a fin de apartarlos de esta manera.

Entretanto Karl, acalorado por el esfuerzo que tuvo que hacer, juntaba debajo de la tabla de la mesa, en una de sus manos, el dinero que pieza por pieza iba cazando y pescan­do con la otra en el bolsillo secreto. Finalmente, a pesar de que todavía no conocía bien el dinero norteamericano, cre­yó haber reunido una suma suficiente a juzgar, al menos, por la cantidad de monedas, y las puso sobre la mesa. El so­nido del dinero interrumpió inmediatamente las bromas. Para disgusto de Karl, y con el consiguiente asombro gene­ral, resultó que había allí casi un dólar entero. Si bien ningu­no de ellos preguntó por qué no había dicho antes Karl nada de ese dinero, suficiente para un cómodo viaje en tren hasta Butterford, Karl se sentía, sin embargo, muy cohibido.

Lentamente, después de quedar pagada la comida, volvió a guardar el dinero; Delamarche alcanzó a quitarle todavía, de la mano, una moneda que necesitaba para propina de la camarera, a la cual abrazó estrechamente contra sí, para en­tregarle luego, desde el otro lado, la moneda.

Karl sintió gratitud hacia ellos, ya que al proseguir la marcha no hicieron alusión alguna al dinero y, durante un rato, hasta pensó confesarles a cuánto ascendía toda su for­tuna, pero, con todo, no lo hizo, ya que no se presentaba ninguna ocasión propicia. Hacia el atardecer llegaron a un paraje más rural, más fértil. Alrededor aparecían campos que no estaban subdivididos y se extendían con su tierno verdor sobre suaves collados; ricas residencias rurales bor­deaban el camino, y durante horas y horas anduvieron en­tre las rejas doradas de los jardines, cruzaron varias veces el mismo río de lenta corriente y muchas veces, por encima de sus cabezas, escucharon el tronar de los trenes que pasaban por los viaductos construidos sobre altas arcadas.

Precisamente estaba poniéndose el sol sobre el borde recto de lejanos bosques cuando se dejaron caer en la hier­ba, en medio de una pequeña arboleda situada sobre una al­tura, para descansar de las fatigas del día. Allí se tendieron Delamarche y Robinsón, estirándose y desperezándose cuanto podían. Karl permaneció sentado, la cabeza erguida, mirando hacia el camino que corría unos metros más abajo y sobre el cual pasaban continuamente, veloces, los auto­móviles uno junto a otro, rozándose casi, como ya durante todo el día habían pasado, y como si los despacharan en nú­mero exacto allá en la lejanía, una y otra vez, y los espera­ran, en igual número, en la otra lejanía. Durante todo el día, desde tempranas horas de la mañana, Karl no había visto detenerse ni un solo automóvil ni apearse a un solo pasajero.

Robinsón propuso que se quedaran allí a pasar la noche, puesto que todos ellos estaban bastante cansados, y que desde aquel lugar podrían volver a emprender la marcha mucho más, temprano y ya que, finalmente, sería difícil que hallasen un albergue más barato y mejor situado antes de cerrar la noche por completo. Delamarche estaba de acuer­do y sólo Karl se creyó en la obligación de observar que él disponía de dinero suficiente para pagar a todos las camas, aunque fuese en un hotel. Delamarche dijo que ya necesita­rían ese dinero y que lo tuviese bien guardado. Delamarche no ocultó de ningún modo el hecho de que ellos ya estaban contando, desde luego, con el dinero de Karl. Ya que su pri­mera propuesta estaba aceptada, declaró Robinsón en se­guida que, antes de dormir y a fin de acumular fuerzas para el día siguiente, era necesario que comiesen algo bien sóli­do, y que uno de ellos fuera a buscar la comida para todos a aquel hotel que muy cerca de allí, luciendo el letrero lumino­so de Hotel Occidental, se veía sobre la carretera. Siendo el más joven de todos y ya que, por otra parte, ninguno se mostraba dispuesto, no vaciló Karl en ofrecerse para esa di­ligencia, y después de haber recibido el encargo de traer to­cino, pan y cerveza se fue hasta el hotel.

Había seguramente, no muy lejos, una gran ciudad, pues ya el primer salón del hotel donde Karl había entrado hallá­base atestado de una ruidosa multitud. Delante del mostra­dor, que se extendía a lo largo de uno de los muros princi­pales y de dos paredes laterales, corrían incesantemente muchos mozos con delantales blancos que cubrían su pe­cho, y no podían, con todo, satisfacer a los impacientes huéspedes, ya que, partiendo de los más diversos lugares, se oían y volvían a oírse continuamente maldiciones y ruido de puños que golpeaban en las mesas. Nadie reparaba en Karl.

No había, evidentemente, servicio alguno en el salón mismo, y los clientes, sentados alrededor de diminutas me­sas que desaparecían fácilmente entre tres comensales, se dirigían al mostrador y retiraban de allí todo lo que desea­ban. En cada mesita había un frasco grande con aceite, vi­nagre o cosa semejante, y antes de comer vertían el líquido de esos frascos sobre los platos traídos del mostrador. Para llegar de algún modo hasta él, donde probablemente sólo entonces comenzarían las dificultades, debió Karl abrirse paso, necesariamente, entre muchas mesas; lo que, claro está, no podía llevarse a cabo, aunque lo hiciera con el ma­yor cuidado, sin molestar groseramente a los huéspedes, quienes, sin embargo, soportaban todo como si fuesen in­sensibles e incluso toleraron, sin dar muestras de fastidio, el que Karl fuera empujado contra una de las mesitas, si bien por uno de los mismos huéspedes, y casi estuviera a punto de tumbarla. Disculpóse, pero evidentemente no le com­prendían; ni tampoco comprendió él nada de las voces que le dirigían.

Le costó encontrar un pequeñísimo lugar libre en el mos­trador, cuya visión le impidieron durante buen rato los co­dos de sus vecinos. Parecía costumbre allí acodarse y apre­tar el puño contra la sien. Hubo de recordar Karl cómo su profesor de latín, el doctor Krumpal, odiaba precisamente esa postura, y cómo se acercaba siempre sigilosa e imprevis­tamente barriendo los codos de las mesas con burlesco em­pujón, mediante una regla que surgía de pronto.

Estaba Karl muy apretado contra el mostrador, pues ape­nas hubo ocupado su puesto habían colocado una mesa de­trás de él y uno de los huéspedes que en ella tomaron asien­to rozaba pesadamente con su gran sombrero la espalda de Karl por poco que, al hablar, se inclinase hacia atrás. Y era, además, ínfima la esperanza de obtener algo del mozo, aun después de haberse ido satisfechos los dos toscos vecinos... Varias veces, por encima de la mesa, había asido Karl del de­lantal a uno de los mozos, pero éste se había zafado siempre con una mueca. No se podía retener a ninguno; lo único que hacían era correr y correr. Si al menos hubiera habido cerca de Karl algo para comer o beber, él lo habría tomado, habría preguntado el precio y, dejado el dinero sobre el mostrador, se habría ido contento. Pero precisamente de­lante de él no había sino fuentes con pescado -una especie de arenque cuyas escamas negras brillaban doradas en los bordes- que podía ser carísimo y seguramente no saciaría a nadie. Además podían alcanzarse unos barrilitos con ron, pero no era ron lo que él quería llevar a sus camaradas. És­tos, ya de suyo, parecían interesarse vivamente en cualquier ocasión por el alcohol concentrado y él, por su parte, no quería favorecer aquella inclinación natural de ellos.

Lo único, pues, que podía hacer Karl era buscar otro sitio y volver a comenzar sus tentativas. Pero la hora ya era muy avanzada. En el otro extremo del salón el reloj, cuyas agujas casi no podían distinguirse a través del humo ni aunque se lo mirara muy fijamente, señalaba las nueve pasadas. Y en cualquier otra parte del mostrador el gentío era mayor aún que en el sitio que había abandonado, que estaba un tanto apartado. Por otra parte, cuanto más tarde se hacía, más se llenaba el salón. Por el portal entraban continuamente nuevos huéspedes, en medio de una gran algazara. En distintos lugares los parroquianos, con ademán soberano, sacaban las cosas de encima del mostrador, se sentaban en él y brin­daban entre sí; eran éstos los mejores asientos y desde ellos se tenía una visión del salón entero.

Si bien seguía Karl abriéndose paso, ya no abrigaba nin­guna esperanza real de obtener nada. Se reprochaba que, desconociendo las condiciones del lugar, se hubiese ofreci­do para este recado. Sus camaradas le regañarían con toda razón y aun pensarían que no había llevado nada sólo por economizar el dinero. Y de pronto se hallaba en una región donde, en las mesitas que lo rodeaban, la gente comía platos de carne caliente con hermosas patatas amarillas. Le resul­taba incomprensible cómo habían podido obtener eso.

Vio entonces, unos pasos más adelante, a una señora de cierta edad que evidentemente formaba parte del personal del hotel, quien, riéndose, hablaba con uno de los huéspe­des. Al mismo tiempo hurgaba continuamente su peinado con una horquilla. En seguida Karl se sintió decidido a co­municar su pedido a esa señora, ya porque ella, siendo la única mujer del salón, significaba una excepción en medio del barullo general; ya, por otra parte, por la sencilla razón de que era la única empleada del hotel a la que podía llegar­se, suponiendo, eso sí, que no se alejara corriendo, ocupada en sus negocios, al dirigírsele la primera palabra. Pero ocu­rrió todo lo contrario. Karl ni siquiera le había hablado to­davía, y sólo estaba en acecho cuando ella, así como a veces suele ocurrir que se desvíe ligeramente la mirada en medio de la conversación, dirigió la vista hacia Karl e interrum­piendo su discurso le preguntó amablemente y en un inglés claro como el de la gramática si buscaba algo.

-Ciertamente -dijo Karl-; no puedo obtener nada aquí.

-Venga entonces conmigo, chico -dijo ella.

Se despidió de su conocido, el cual se descubrió -lo que allí parecía una cortesía increíble-, tomó a Karl de la mano, se dirigió al mostrador, apartó a un huésped, abrió una puerta que allí había, atravesó el pasillo que estaba detrás del mostrador, donde había que tener cuidado con los mo­zos que corrían incansablemente, abrió una puerta doble, disimulada en la pared empapelada, y se encontraron en una despensa grande y fresca.

«Hay que conocer el mecanismo», se dijo Karl.

-Bien, ¿qué desea usted? -le preguntó la señora inclinán­dose solícita.

Era muy gruesa, su cuerpo se balanceaba; pero su rostro era de líneas casi delicadas, claro está que relativamente. De pronto, por poco se sintió tentado Karl, a la vista de tantos comestibles ordenados cuidadosamente en estantes y me­sas, de pedir alguna cena más fina, sobre todo porque bien podía esperar que esa señora influyente le vendiera más ba­rato; pero finalmente, ya que nada adecuado se le ocurría, no pidió sino tocino, pan y cerveza.

-¿Nada más? -preguntó la señora.

-No, gracias -dijo Karl-; pero que sea para tres personas.

Respondiendo a una pregunta de la señora acerca de los otros dos, hizo Karl en breves palabras un relato de lo refe­rente a sus amigos; le causaba alegría que lo interrogaran un poco.

-Pero si es una comida para presidiarios -dijo la señora, y esperaba, evidentemente, que Karl manifestara otros de­seos.

Éste temía ahora que ella le obsequiara con aquello, que no quisiera aceptar su dinero, y por eso callaba.

-Ya lo tendremos en seguida -dijo la señora. Se dirigió hacia una de las mesas, con agilidad admirable si se consi­deraba su gordura, cortó con un cuchillo largo, delgado, con la hoja en forma de sierra, un pedazo grande de tocino veteado con mucha carne, sacó de un estante un pan, levantres botellas de cerveza del suelo, puso todo esto dentro de un liviano cesto de paja y se lo entregó a Karl. Entre una y otra cosa le explicó a Karl que lo había llevado allí porque en el mostrador los comestibles dejaban, por lo general, muy pronto de ser frescos, a pesar del rápido consumo, de­bido al humo y a las muchas emanaciones. Pero para aque­lla gente todo eso era suficientemente bueno.

Karl ya no decía nada, pues no acertaba a entender cómo merecía él tratamiento tan distinguido. Pensó en sus cama­radas que, por buenos conocedores del país que fueran, acaso no hubiesen llegado, con todo, hasta esa despensa y habrían tenido que contentarse con los comestibles echa­dos a perder que se hallaban encima del mostrador. Ningu­no de los ruidos del salón llegaba hasta allí; los muros de­bían de ser muy gruesos para conservar suficientemente frescas aquellas bóvedas.

Durante un buen rato tuvo Karl el cesto de paja en las manos; pero no pensaba en pagar, ni siquiera se movía. Sólo cuando la señora quiso poner aún en el cesto una bo­tella parecida a aquellas que se hallaban afuera, en las mesas, él se lo agradeció estremeciéndose.

-¿Tiene usted todavía que hacer mucho camino? -pre­guntó la señora.

-Hasta Butterford -respondió Karl.

-Eso queda aún muy lejos -dijo la señora. -Un día más de viaje -dijo Karl.

-¿Nada más? -preguntó la señora.

-¡Oh, no! -dijo Karl.

La señora ordenó algunas cosas encima de las mesas; en­tró un mozo, miró en derredor como si buscara algo; luego la señora le señaló una gran fuente en la que había un ancho montón de sardinas aderezadas con un poco de perejil y él se la llevó al salón en sus manos levantadas.

-Pero, ¿por qué quiere usted pasar la noche a la intempe­rie? -preguntó la señora-. Tenemos aquí bastante lugar. Duerma en nuestro hotel.

Era esto muy tentador para Karl, sobre todo porque ha­bía pasado tan mal la noche anterior.

-Tengo afuera mi equipaje -dijo vacilante y no sin un dejo de vanidad.

-Tráigalo, pues -dijo la señora-; eso no será un obstáculo.

-¡Pero mis compañeros! -dijo Karl y advirtió en seguida que éstos sí constituían un obstáculo.

-Naturalmente, también ellos pueden pernoctar aquí -dijo la señora-. ¡Que vengan! No se haga usted rogar así.

-Por otra parte, mis compañeros son buena gente -dijo Karl-, pero no son muy aseados...

-¿No ha visto usted la mugre del salón? -preguntó la se­ñora, e hizo una mueca-. En nuestra casa puede entrar real­mente el peor. Entonces, haré preparar en seguida tres ca­mas. Eso sí, tendrá que ser en el desván porque el hotel está repleto; yo también me mudé al desván. En todo caso es mejor que a la intemperie.

-No puedo traer a mis compañeros-dijo Karl.

Se imaginaba cómo alborotarían en los pasillos de ese fino hotel; Robinsón lo ensuciaría todo y Delamarche, inde­fectiblemente, molestaría incluso a aquella señora.

-No sé por qué ha de ser imposible -dijo la señora-, pero si usted así lo desea, deje a sus camaradas afuera y venga solo a nuestra casa.

-Eso no puede ser; eso no puede ser -dijo Karl-; son mis compañeros y debo quedarme con ellos.

-Es usted terco -dijo la señora apartando la mirada-, se tienen con usted las mejores intenciones, gustosamen­te se querría ayudarle y usted se opone con todas sus fuerzas.

Karl lo reconocía, pero no sabía cómo remediarlo; por eso lo único que aún dijo fue:

-Muchísimas gracias por su gentileza.

Luego se acordó de que no había pagado todavía y pre­guntó por el importe de lo que llevaba.

-Pague usted cuando me devuelva el cesto -dijo la seño­ra-; a más tardar mañana por la mañana lo necesito.

-¡Por cierto! -dijo Karl.

La señora abrió una puerta que conducía directamente al aire libre y, mientras él salía haciendo una reverencia, si­guió ella hablando:

-Buenas noches, pero usted no obra bien.

Ya se había alejado unos pasos cuando una vez más gritó detrás de él:

-¡Hasta mañana!

Apenas hubo salido volvió a oír en seguida el ruido, en nada disminuido, de la sala, al que se mezclaban ahora los sones de una banda de instrumentos de viento. Sintió ale­gría por no haber tenido que salir atravesando la sala.

El hotel estaba iluminado ahora en todos sus cinco pisos y alumbraba la carretera que pasaba delante. Afuera se­guían corriendo los automóviles, aunque ya se interrumpía su continuidad. Venían de la lejanía, creciendo mucho más rápidamente que de día; tanteaban el suelo de la carretera con los blancos rayos de sus faros. Con luces que palidecían, cruzaban la zona luminosa del hotel y se internaban veloz­mente en la oscuridad más distante con nuevos destellos.

Karl encontró a sus camaradas ya profundamente dormi­dos; Pero lo cierto es que había tardado demasiado. Precisa­mente pensaba extender sobre papeles que halló en el cesto, dándole así un aspecto apetitoso, lo que había traído, y des­pertar a los camaradas sólo cuando todo estuviera listo, cuando vio, espantado, que su baúl, que él había dejado ce­rrado y cuya llave llevaba en el bolsillo, estaba completa­mente abierto y la mitad de su contenido desparramada en derredor, sobre la hierba.

-¡Levántense! -exclamó-. Mientras ustedes dormían han venido ladrones.

-¿Acaso falta algo?-preguntó Delamarche.

Robinsón aún no estaba del todo despierto y ya extendía la mano para coger la cerveza.

-No lo sé -exclamó Karl-. Pero el baúl está abierto y es de todos modos un descuido echarse a dormir y dejar el baúl sin vigilancia.

Delamarche y Robinsón se rieron y el primero dijo:

-La próxima vez no se ausentará usted tanto tiempo. El hotel está a diez pasos de aquí y usted necesita tres horas para ir y volver. Teníamos hambre, pensábamos que usted quizá tuviera en su baúl cualquier cosa para comer y le hi­cimos cosquillas a la cerradura hasta que se abrió. Por otra parte, no había nada, y usted puede volver a guardárselo tranquilamente todo.

-¡Ah, sí! -dijo Karl mirando fijamente al interior del ces­to que se vaciaba con rapidez y prestando atención al ruido curioso que producía Robinsón al beber pues primero el lí­quido le penetraba muy hondo en la garganta, para volver a ser lanzado luego hacia arriba con una especie de silbido y rodar hacia abajo sólo después en poderoso torrente.

-¿Han terminado ustedes de comer?-preguntó apenas vio que los dos tomaban un poco de aliento durante un ins­tante.

-Pero, ¿no ha comido usted ya en el hotel? -preguntó Delamarche creyendo que Karl reclamaba su parte.

-Si quiere usted comer todavía, apresúrese -dijo Karl di­rigiéndose hacia su baúl.

-Éste parece que tiene sus caprichos -dijo Delamarche a Robinsón.

-No tengo caprichos -dijo Karl-. Pero, ¿acaso está bien forzar mi baúl durante mi ausencia y arrojar mis cosas afuera? Sé que entre camaradas hay que tolerar muchas cosas y sin duda me he preparado para ello, pero esto ya es de­masiado. Voy a pernoctar en el hotel y no iré a Butterford. Terminen ustedes pronto de comer. Tengo que devolver el cesto.

-Lo ves, Robinsón, así se habla -dijo Delamarche-. Ésta es la manera educada de expresarse. Es alemán y basta. Tú bien me lo habías advertido y me habías puesto en guardia contra él ya al comienzo; pero yo he sido un necio perfecto y lo he llevado con nosotros a pesar de todo. Hemos depo­sitado en él nuestra confianza, hemos perdido así medio día por lo menos, y ahora, porque allí en el hotel alguien le ha echado el anzuelo, ahora se despide, es muy sencillo: se despide. Pero como es alemán, y por lo tanto falso, no lo hace abiertamente, sino que se busca el pretexto del baúl; y como es alemán, y por lo tanto bruto, no puede marcharse sin ofendernos en nuestro honor y nos llama ladrones, sólo por haber gastado una bromita con su baúl.

Karl, ordenando sus cosas, dijo sin volverse:

-Siga usted hablando de esa manera y así me resultará más fácil marcharme. Yo sé perfectamente lo que es la cama­radería. En Europa también tuve amigos y ninguno de ellos podría reprocharme ninguna falsía, ninguna vileza. Claro que ahora hemos interrumpido nuestras relaciones; pero si alguna vez regresara yo a Europa, todos ellos me acogerían bien y me reconocerían inmediatamente como amigo. Y siendo así, ¿cómo podría yo traicionarlo a usted, Delamar­che, y a usted, Robinsón; a ustedes que han sido tan amables conmigo, dispuestos a socorrerme y a procurarme un em­pleo de aprendiz en Butterford, cosa que jamás negaré? Pero se trata de algo muy distinto. Ustedes no tienen nada y a mis ojos eso no los rebaja en absoluto, pero ustedes me en­vidian mis pequeños bienes y tratan de humillarme por eso; y verdaderamente no puedo soportarlo. Y ahora, des­pués de haber descerrajado mi baúl, no pronuncian ustedes siquiera una sola palabra de disculpa, sino que además me injurian e injurian también a mi pueblo... y con ello, claro es, ya me quitan toda posibilidad de quedarme jun­to a ustedes. Por lo demás, todo esto no lo digo precisa­mente contra usted, Robinsón; el único reparo que tengo contra su carácter es que depende usted demasiado de Delamarche.

-Ya lo vemos -dijo Delamarche acercándose a Karl y propinándole un ligero empujón como para llamar su atención-. Ya vemos cómo va usted destapándose. El día entero ha marchado usted detrás de mí, prendido a mis faldones, imitando cada uno de mis movimientos y que­dándose quieto como un ratoncito. Pero ahora que se siente usted respaldado por alguna cosa en ese hotel ya co­mienza a pronunciar grandes discursos. Es usted un pe­queño pillo y todavía no sé si vamos a admitir todo esto tranquilamente y sin más; si no vamos a exigirle que nos pague lo que durante el día ha aprendido de nosotros. Oye, Robinsón, dice que le envidiamos sus bienes. Un día de trabajo en Butterford, y ni que hablar de California, y tendremos diez veces más que lo que usted nos ha mostra­do y de lo que todavía puede tener escondido en ese forro de su chaqueta. Y por eso, ¡mucho cuidado con lo que dice esa boca!

Karl se había incorporado ya y vio que entonces también se aproximaba Robinsón, medio dormido pero un tanto animado por la cerveza.

-Si me quedara mucho tiempo todavía -dijo-, debería prepararme, tal vez, para otras sorpresas más. Parece que ustedes quieren zurrarme.

-Toda paciencia se acaba -dijo Robinsón.

-Mejor será que usted se calle, Robinsón -dijo Karl sin quitarle a Delamarche los ojos de encima-; para sus aden­tros no deja usted de reconocer que yo tengo razón; pero, abiertamente, ¡tiene usted que tomar el partido de Dela­marche!

-¿Intenta usted sobornarlo? -preguntó Delamarche.

-Ni se me ocurre -dijo Karl-. Estoy contento de irme y ya no quiero tener la menor relación con ninguno de uste­des. Una sola cosa quiero decirles todavía: usted me ha re­prochado que poseo dinero y que lo he ocultado ante uste­des. En el supuesto caso de que esto fuera cierto, ¿no debía yo obrar así tratándose de gente que sólo conocía desde hacía pocas horas?, ¿no confirman ustedes, además, con su conducta presente lo acertado de semejante manera de obrar?

-Quédate tranquilo -le dijo Delamarche a Robinsón, aunque éste no se moviera. Luego preguntó a Karl-: Puesto que es usted tan desvergonzadamente sincero, lleve más le­jos aún esa sinceridad, ya que estamos aquí tan amistosa­mente el uno frente al otro, y confiese por qué, en realidad, quiere usted ir al hotel.

Karl tuvo que retroceder un paso por encima del baúl tanto se le había aproximado Delamarche. Pero éste no abandonó por ello su propósito, apartó el baúl, dio otro paso hacia adelante, poniendo el pie sobre una pechera blanca que había quedado en la hierba, y repitió su pre­gunta.

Como a guisa de respuesta subió desde el camino un hom­bre, con una linterna de bolsillo de foco potente que se dirigió al grupo. Era un mozo del hotel. No bien vio a Karl, dijo:

-Lo estoy buscando a usted hace ya media hora. He reco­rrido ya todos los taludes a ambos lados del camino. La se­ñora cocinera mayor le manda decir que necesita con ur­gencia el cesto de paja que le ha prestado a usted.

-Aquí está -dijo Karl, y su voz casi temblaba de excita­ción.

Con aparente modestia Delamarche y Robinsón se ha­bían apartado tal como hacían siempre ante gente extraña que gozaba de un buen puesto. El mozo recogió el cesto y dijo:

-Además, la señora cocinera mayor le manda preguntar si no ha cambiado usted de parecer, si no quiere usted per­noctar en el hotel a pesar de todo. Y que también los otros dos señores serán bienvenidos, si quiere usted llevarlos. Las camas ya están preparadas. Es cierto que la noche es más bien templada, pero el dormir en esta ladera no está libre de peligros; se encuentran aquí, a menudo, víboras.

-Puesto que la señora cocinera mayor es tan amable, aceptaré su invitación a pesar de todo -dijo Karl, y esperó alguna manifestación por parte de sus camaradas. Pero Ro­binsón seguía allí plantado, apático, y Delamarche tenía las manos en los bolsillos del pantalón y miraba hacia las estre­llas. Evidentemente los dos estaban muy confiados en que Karl los llevaría sin más.

-En este caso -dijo el mozo- tengo orden de conducirle al hotel y de llevar su equipaje.

-Si es así, espere usted un momento todavía, se lo ruego -dijo Karl y se agachó para meter dentro del baúl las pocas cosas que aún estaban dispersas por el suelo.

De pronto se irguió. Faltaba la fotografía. Antes estaba encima de los demás efectos que contenía el baúl, pero ya no aparecía por ninguna parte. Nada faltaba si no era aquella fotografía.

-No puedo encontrar la fotografía -dijo suplicante diri­giéndose a Delamarche.

-¿Qué fotografía? -preguntó éste.

-La fotografía de mis padres -dijo Karl.

-No hemos visto ninguna fotografía -dijo Delamarche.

-Ahí dentro no había ninguna fotografía, señor Ross­mann -certificó también Robinsón por su parte.

-Pero si esto es imposible -dijo Karl, y sus miradas en procura de ayuda atrajeron al mozo-. Estaba encima de las demás cosas y ahora ha desaparecido. Ojalá no hubieran gastado ustedes esa broma con el baúl.

-No debe quedar la menor duda -dijo Delamarche-; en el baúl no había ninguna fotografía.

-Era para mí más importante que todo lo demás que ten­go en el baúl -dijo Karl dirigiéndose al mozo que andaba de un lado para otro, revisando el césped-, puesto que es irreemplazable: ya no me enviarán otra. -Y cuando el mozo desistió de su búsqueda inútil agregó todavía-: Era el único retrato que tenía de mis padres.

A lo cual el mozo, en voz alta y sin ninguna clase de mi­ramientos ni disimulo, dijo:

-Tal vez podríamos registrar todavía los bolsillos de los señores.

-Sí -dijo Karl en seguida-, es necesario que yo encuen­tre esa fotografía. Pero antes de revisar los bolsillos quiero declarar que daré el baúl con todo su contenido a quien me devuelva espontáneamente la fotografía.

Después de un momento de silencio general le dijo Karl al mozo:

-Por lo visto mis camaradas prefieren que les revisemos los bolsillos. Pero aun así le prometo a aquel en cuyo bolsi­llo se encuentre la fotografía el baúl entero. No puedo ha­cer más.

El mozo se dispuso acto seguido a registrar a Delamar­che, pues le pareció un caso más difícil que Robinsón, a quien dejó por cuenta de Karl. Le advirtió a Karl que era ne­cesario registrar a ambos simultáneamente ya que de otra manera uno de los dos podría hacer desaparecer la foto­grafía sin que nadie lo notare. Apenas introdujo la mano en el bolsillo de Robinsón encontró Karl una corbata que le pertenecía, mas no se apoderó de ella, y dirigiéndose al mozo exclamó:

-Déjele usted a Delamarche todo lo que le encuentre, sea lo que fuere, se lo ruego. Yo no quiero sino la fotografía, sólo la fotografía.

Al registrar los bolsillos interiores de la chaqueta tocó Karl con la mano el pecho caliente, grasiento, de Robinsón, y su conciencia le dijo, de pronto, que acaso estaba come­tiendo con sus camaradas una gran injusticia. Procedió luego con la mayor prisa posible. Por otra parte todo resul­tó en vano; la fotografía no se encontró: ni apareció en po­der de Robinsón ni la tenía Delamarche.

-Nada cabe hacer -dijo el mozo.

-Probablemente rompieron la fotografía y tiraron los trozos -dijo Karl-. Creía yo que eran amigos, pero en secre­to ellos sólo querían perjudicarme. No tanto Robinsón, a ése ni se le hubiera ocurrido que la fotografía podía tener para mí un valor semejante, sino Delamarche.

Karl vio delante de sí sólo al mozo, cuya linterna ilumina­ba un pequeño círculo; mientras que todo lo demás, inclu­so Delamarche y Robinsón, permanecía hundido en tinie­blas.

Naturalmente ya nadie pensaba siquiera en la posibili­dad de llevar a esos dos al hotel. El mozo alzó el baúl sobre el hombro, Karl recogió el cesto de paja y se marcharon.

Ya estaba Karl en el camino cuando, interrumpiendo sus reflexiones, se detuvo y dirigiendo su voz hacia arriba, ha­cia la oscuridad, exclamó:

-Oigan, si, a pesar de todo, alguno de ustedes tiene esa fotografía y quiere traérmela al hotel, la oferta del baúl sigue en pie y juro que no lo delataré.

Lo que bajó no fue en realidad una respuesta; no era sino una palabra brusca, lo que pudo oírse, el comienzo de una exclamación de Robinsón, al que seguramente Delamarche tapó súbitamente la boca. Karl se quedó es­perando un largo rato todavía, para ver si los de arriba cambiaban, con todo, de decisión. Dos veces, a interva­los, exclamó:

-¡Aún sigo aquí!

Mas no le respondió sonido alguno; sólo una vez una piedra vino rodando cuesta abajo, acaso por casualidad, acaso como consecuencia de un tiro errado.

 

5. Bote] Occidental

 

Una vez en el hotel, Karl fue conducido inmediata­mente a una especie de oficina donde la cocinera mayor con una libreta de apuntes en la mano, dictaba una carta a una joven dactilógrafa. Ese dictado sumamente preciso, el con­tenido y elástico tableteo de las teclas, pasaba velozmente sobre el tictac del reloj de la pared que sólo llegaba a oírse de cuando en cuando y que señalaba ya casi las once y media.

-¡Bien! -dijo la cocinera mayor y cerró de golpe su libre­ta de apuntes: la dactilógrafa se levantó de un salto y cubrió rápidamente la máquina con su tapa de madera, sin quitar­le a Karl los ojos de encima mientras ejecutaba mecánica­mente su tarea. Conservaba el aspecto de colegiala; su de­lantal estaba esmeradamente planchado, con ondulaciones sobre los hombros, por ejemplo; llevaba un peinado bas­tante alto, y uno se asombraba un poco si luego de esos de­talles, reparaba en su rostro serio. Después de dos reveren­cias, primero hacia la cocinera mayor y luego hacia Karl, se retiró e involuntariamente dirigió a Karl y a la cocinera ma­yor una mirada interrogativa.

-Qué bien que haya venido usted, a pesar de todo -dijo la cocinera mayor-. ¿Y sus camaradas?

-No los he traído -dijo Karl.

-Seguramente querrán emprender la marcha muy tem­prano- dijo la cocinera mayor, como tratando de explicar­se el caso.

«¿No pensará ella, entonces, que yo también he de mar­charme con ellos?», preguntóse Karl; por lo tanto, para di­sipar toda duda, dijo:

-Nos hemos separado en discordia.

La cocinera mayor pareció recibir estas palabras como si encerrasen una grata noticia.

-Pues entonces, ¿está usted libre? -preguntó.

-Sí, estoy libre -dijo Karl, ¡y nada en el mundo le pareció más fútil!

-Bueno, dígame entonces, ¿no quisiera usted aceptar un empleo aquí, en el hotel?

-Con muchísimo gusto -dijo Karl-, pero los conoci­mientos que yo tengo son tremendamente reducidos. Así, por ejemplo, ni siquiera sé escribir a máquina.

-No es eso lo que más importa -dijo la cocinera mayor-. En este caso le ofrezco a usted por el momento un empleo de escasa importancia, y luego, tratará usted de ir levantándo­se, trabajando con ahínco y atención. De todas maneras creo que sería mejor y más conveniente para usted echar raíces en alguna parte en vez de andar vagando por el mun­do de esta manera. No me parece usted hecho para semejan­te vida.

«Todo esto también lo suscribiría mi tío», díjose Karl a la vez que asentía con la cabeza. Al mismo tiempo se acordó de que él, por quien tanto se preocupaban, hasta ese momento no se había presentado siquiera.

-Perdone usted, se lo ruego -dijo-, que todavía ni si­quiera me haya presentado: me llamo Karl Rossmann.

-¿Es usted alemán, verdad?

-Sí -dijo Karl-, hace muy poco que estoy en los Estados Unidos.

-¿Y de dónde es usted?

-De Praga, Bohemia -dijo Karl.

-¡Qué me dice! -exclamó la cocinera mayor en alemán, con un fuerte acento inglés, y casi levantó los brazos al cie­lo-. Somos compatriotas, entonces: yo me llamo Grete Mit­zelbach y soy de Viena. Y conozco muchísimo Praga, como que estuve empleada durante medio año en El Ganso de Oro, en el Wenzelplatz. ¡Quién lo dijera!

-¿Cuándo fue eso? -preguntó Karl.

-Ya hace muchos, muchísimos años.

-El antiguo Ganso de Oro -dijo Karl- fue demolido hace dos años.

-Pero, claro -dijo la cocinera mayor, abismada por com­pleto en sus recuerdos de épocas pasadas.

Mas reanimándose de pronto y cogiendo las manos de Karl exclamó:

-Ahora que hemos descubierto que es usted compatrio­ta mío, ya no puede usted irse de aquí, de ningún modo. No querrá usted hacerme eso. ¿Le gustaría a usted ser, por ejemplo, ascensorista? Sólo tiene usted que decir que sí, yya lo es. Si ha corrido usted un poco de mundo sabrá que no es del todo fácil encontrar empleos así, pues ofrecen el mejor comienzo que uno pueda imaginarse. Se topa usted con to­dos los huéspedes, éstos lo ven siempre, le dan pequeños encargos; en pocas palabras, se le ofrece a usted a diario la oportunidad de llegar a algo mejor. Y deje usted que yo me ocupe de todo lo demás.

-Me gustaría bastante ser ascensorista -dijo Karl des­pués de una breve pausa. Hubiera sido muy absurdo tener escrúpulos contra el empleo de ascensorista a causa de aquellos cinco años de estudios clásicos que él había cursado en el gymnasium. Más bien habría motivo aquí, en los Es­tados Unidos, para abochornarme de aquellos cinco años de estudios clásicos. Por otra parte los ascensoristas siempre le habían gustado a Karl; habíanle parecido algo así como el adorno del hotel-. ¿Y no hacen falta conocimientos de idio­mas? -indagó todavía.

-Usted habla alemán, y un inglés muy bueno: con eso basta.

-El inglés lo he aprendido sólo ahora, estando ya en América, en dos meses y medio- dijo Karl, pues creía que no era necesario callar su única ventaja.

-Eso ya es testimonio suficiente en favor de usted -dijo la cocinera mayor-. ¡Si me pongo a pensar en las dificultades que me creaba el inglés! Claro que desde entonces ya han pasado unos treinta años bien contados. Justamente ayer, durante una conversación, lo recordé. Pues debe usted saber que ayer he cumplido cincuenta años. -Y, sonriendo, trató de leer en el semblante de Karl la impresión que tan digna edad le causaría.

-Le deseo entonces muchas felicidades -dijo Karl.

-Esto nunca viene mal -dijo ella estrechando la mano de Karl y poniéndose de nuevo medio taciturna por ese viejo giro de su patria que ahora, al hablar alemán, se le había ocurrido-. Pero aún lo retengo aquí -exclamó luego- y us­ted seguramente estará muy cansado; además podremos hablar acerca de todo y mucho mejor, durante el día. La ale­gría de haber encontrado a un compatriota me pone en este estado, atolondrada. Venga usted, lo llevaré a su cuarto.

-Quisiera pedirle aún un favor, señora cocinera mayor -dijo Karl al ver la caja del teléfono sobre la mesa-; es posi­ble que mañana, tal vez muy temprano, mis compañeros me traigan una fotografía que yo necesito urgentemente. ¿Ten­dría usted la amabilidad de avisar por teléfono al portero que hiciera pasar a esa gente; o, si no, que me mandara llamar?

-Ciertamente -dijo la cocinera mayor-. Pero, ¿no sería suficiente que recibiera él la fotografía? ¿Y qué clase de foto­grafía es, si no es indiscreta la pregunta?

-Es la fotografía de mis padres -dijo Karl-. No, tengo que hablar con esa gente yo mismo.

La cocinera mayor no dijo nada más y dio por teléfono la orden correspondiente a la portería, mencionando con el nú­mero 536 el cuarto de Karl. Salieron luego a un pequeño pasi­llo, opuesto a la puerta de entrada, donde, apoyándose en la reja de un ascensor, dormía de pie un muchacho ascensorista.

-Podemos subir nosotros solos -dijo la cocinera mayor en voz baja e hizo que Karl pasara al ascensor-. Una jorna­da de trabajo de diez o doce horas es demasiado para un muchacho tan joven -dijo luego mientras iba subiendo-. Pasan realmente cosas raras en los Estados Unidos. Ahí está este chiquillo, por ejemplo; llegó hace sólo medio año con sus padres; es italiano. Ahora parece que ya no podrá sopor­tar de ningún modo el trabajo: ni siquiera le quedan carnes en el rostro y duerme durante las horas de servicio a pesar de ser muy aplicado por naturaleza; sin embargo, bastará con que trabaje aún sólo medio año más en los Estados Unidos -en este hotel o en cualquier otra parte- para que lo soporte todo fácilmente. En cinco años se tornará hombre fuerte. Durante horas podría yo contarle cosas y cosas con ejemplos semejantes. Y no vaya a creer que todo esto se me ocurre a propósito de usted, pues usted es un chico fuerte; diecisiete años, ¿no es así?

-Cumpliré dieciséis el mes que viene -respondió Karl.

-¡Tan poco! ¡Dieciséis nada más! -dijo la cocinera ma­yor-. ¡Valor, pues!

Una vez arriba condujo a Karl a un cuarto que, si bien era una buhardilla -tenía por cierto inclinada una de las pare­des-, mostraba por otra parte, al quedar iluminado por dos lamparillas eléctricas, un aspecto muy acogedor.

-No se asuste usted por el mobiliario -dijo la cocinera mayor-, pues éste no es un cuarto de hotel, sino una habita­ción de mi propia vivienda, que consta de tres cuartos, de manera que usted no me molestará en absoluto. Cerraré la puerta de comunicación y usted podrá quedarse aquí y dis­poner de la habitación con toda tranquilidad. Mañana, como nuevo empleado del hotel, se le destinará a usted un cuarto propio, desde luego. Si hubiera venido con sus com­pañeros, le habría mandado hacer las camas en el dormito­rio común de los criados, pero, ya que está usted solo, pien­so que así le agradará más, aunque tenga usted que dormir en un sofá. Le deseo, pues, que duerma y descanse usted bien; así tendrá nuevas fuerzas para el servicio, que maña­na no será aún demasiado severo.

-Muchísimas gracias por su amabilidad.

-Espere usted -dijo deteniéndose; ya estaba junto a la sa­lida-. Es cierto que así bien pronto lo despertarán.

Se acercó a una de las puertas laterales del cuarto, golpeó y llamó:

-¡Therese !

-Sí, señora cocinera mayor -respondió la voz de la pe­queña dactilógrafa.

-Cuando por la mañana vengas a despertarme, tienes que tomar por el pasillo; pues aquí, en el cuarto, duerme un visitante. Está muerto de cansancio. -Mientras decía estas palabras sonreía a Karl-. ¿Has comprendido?

-Sí, señora cocinera mayor.

-¡Buenas noches, entonces!

-Buenas noches tenga usted.

-Desde hace algunos años -dijo la cocinera mayor a modo de explicación- duermo muy mal. Ahora, por cierto, ya puedo estar bien contenta con mi empleo y no tengo por qué preocuparme de nada. Pero deben de ser las conse­cuencias de mis preocupaciones de antes las que me causan este insomnio. Si logro conciliar el sueño a las tres de la ma­ñana, puedo darme por satisfecha. Pero como ya a las cin­co, a más tardar a las cinco y media, es necesario que esté en mi puesto, tengo que hacerme despertar, y es preciso que lo hagan con suma cautela, para que no me torne más nervio­sa aún de lo que ya soy. Es precisamente Therese quien me despierta. Ahora ya lo sabe usted todo y todavía permanez­co aquí. ¡Buenas noches! -Y, no obstante su peso, abandonó el cuarto deslizándose casi, con gran agilidad.

Karl esperaba ansioso el momento de entregarse al sueño, pues las andanzas del día lo habían fatigado mucho. Y en verdad no podía desear un ambiente más confortable para lograr un sueño prolongado y tranquilo. Ciertamente no era un cuarto destinado a servir de dormitorio, era más bien un pequeño aposento que la cocinera mayor solía usar como sala de recibo y al que sólo por esa noche se había provisto de un lavabo. No obstante, Karl no tenía la sensa­ción de ser allí un intruso; al contrario, se sentía muy cómo­do. Su baúl había sido dejado efectivamente allí, y ya hacía mucho tiempo sin duda que Karl no gozaba de la seguridad de tenerlo a buen recaudo.

Sobre un armario bajo, con cajones, sobre el que se exten­día una carpeta grande de lana, de un tejido muy abierto, había diversas fotografías con sus marcos y bajo vidrio; al inspeccionar el cuarto, allí se detuvo Karl y las miró. Eran en su mayor parte fotografías antiguas y representaban casi to­das a muchachas que, con sus vestidos fuera de moda e in­cómodos, tocadas sólo ligeramente con sombreritos que, aunque pequeños, eran de alta copa, daban la cara al espec­tador, si bien evitando sus miradas. Entre los retratos de se­ñores llamó la atención de Karl, especialmente, el de un jo­ven soldado que había colocado su quepis sobre una mesi­ta, y que permanecía de pie, en actitud rígida, con su cabello salvaje, negro, y lleno el rostro de una risa orgullosa, aunque reprimida. Los botones de su uniforme habían sido dorados ulteriormente sobre la fotografía.

Todas esas fotografías provenían sin duda de Europa, y probablemente esto hubiera podido establecerse con exac­titud buscando las inscripciones que llevarían al dorso; pero Karl no quiso tocarlas. Tal como esas fotografías se ha­llaban colocadas, hubiera podido colocar él también la foto­grafía de sus padres en su futura habitación.

Precisamente se desperezaba Karl, después de haberse lavado todo el cuerpo -en consideración a su vecina trataba de ejecutarlo todo en el mayor silencio posible- y se estira­ba ya sobre su sofá, cuando creyó percibir unos débiles gol­pecitos en una puerta. No se podía establecer inmediata­mente de qué puerta se trataba, sin contar que tal vez fuera un ruido casual. Pasaron unos instantes antes de que se re­pitieran los golpes y Karl ya estaba casi dormido cuando sonaron nuevamente. Pero ahora no cabía la menor duda de que llamaban a la puerta y de que los golpecitos provenían de la dactilógrafa. Karl corrió de puntillas hasta la puerta y en voz tan baja que, si a pesar de todo estaban durmiendo allí al lado, no hubiera podido despertar a nadie preguntó:

-¿Desea usted algo?

Al instante y en voz idénticamente baja llegó la res­puesta:

-¿No quisiera usted abrir la puerta? La llave está del lado suyo.

-Por cierto -dijo Karl-, sólo que antes debo vestirme. Se produjo una pequeña pausa, y luego se oyó:

-No es necesario. Abra usted y acuéstese en la cama; es­peraré un poco antes de entrar.

-Bueno -dijo Karl, e hizo lo que le habían pedido, sólo que antes iluminó además la habitación con la luz eléctri­ca-. Ya estoy acostado -dijo luego levantando un poco la voz.

Y en efecto ya entraba desde su cuarto, que estaba a oscu­ras, la pequeña dactilógrafa, vestida exactamente como cuando la había visto en la oficina; de seguro no había pen­sado siquiera, en todo ese tiempo, en acostarse.

-Le ruego que me perdone -dijo, y se quedó de pie ante el lecho de Karl, inclinándose ligeramente hacia él-. No me traicione usted por favor. No es tampoco mi intención mo­lestarle por mucho tiempo, sé qué está usted muerto de cansancio.

-No es para tanto -dijo Karl-. Pero tal vez habría sido mejor, de todas maneras, que me hubiese vestido.

Se vio obligado a quedarse allí tendido cuan largo era para poder taparse hasta el cuello, ya que no tenía camisa de dormir.

-Sólo me quedaré un momento -dijo ella cogiendo una silla-. ¿Me permite sentarme al lado del sofá?

Karl asintió. Sentóse entonces tan cerca, tan pegada al sofá la silla, que Karl, a fin de poder mirarla, tuvo que retro­ceder hasta la pared. Tenía ella cara redonda, regular, sólo la frente era insólitamente ancha, pero esto, por cierto, podía deberse al peinado que, verdaderamente, no le quedaba bien. Su traje estaba muy limpio y cuidado. Con la mano iz­quierda estrujaba un pañuelo.

-¿Se quedará usted mucho tiempo aquí? -preguntó ella.

-Todavía no lo he decidido -respondió Karl-; sin embar­go, creo que me quedaré.

-Realmente estaría muy bien si usted se quedase -dijo ella pasándose el pañuelo por la cara-, ¡estoy tan sola aquí!

-Me extraña -dijo Karl-. La señora cocinera mayor es ciertamente muy amable con usted. No la trata en absoluto como suele tratarse a una empleada. Ya casi pensé que sería usted una pariente suya.

-¡Oh, no! -dijo-; me llamo Therese Berchtold, soy de Pomerania, ¿sabe usted?

También Karl se presentó a su vez. Tras lo cual lo miró por primera vez francamente a la cara como si al decir su nom­bre se hubiese tornado un poco más extraño para ella. Se ca­llaron durante unos instantes. Luego dijo ella:

-No crea usted que soy desagradecida. Claro está que sin la señora cocinera mayor estaría yo mucho peor. Antes fui ayudanta de cocinera de este hotel y me vi ante el grave ries­go de ser despedida porque no podía cumplir un trabajo tan pesado. Aquí le exigen a una muchísimo. Hace un mes una muchacha de la cocina llegó a desmayarse debido sólo a la fatiga excesiva, y tuvo que guardar cama durante quin­ce días en el hospital. Y yo no soy muy fuerte. He sufrido ya muchos trabajos; por eso no me he desarrollado cabalmen­te. Usted no creerá, con toda seguridad, que ya tengo diecio­cho años. Pero ahora sí; ahora ya voy tornándome más fuerte.

-El servicio en esta casa debe de ser realmente abruma­dor -dijo Karl-. Acabo de ver en la planta baja a un ascen­sorista que dormía de pie.

-Sin embargo, los ascensoristas gozan de la mejor situa­ción entre todos -dijo ella-; ganan un dineral en propinas y, al fin y al cabo, no tienen que afanarse ni remotamente como la gente de la cocina. Así, pues, yo he tenido suerte una vez realmente; la señora cocinera mayor necesitó en cierta ocasión una muchacha que preparara las servilletas para un banquete y mandó por una de las muchachas de la cocina; hay en la casa unas cincuenta de esas muchachas y a mí precisamente me tenían a mano abajo. La dejé muy satis­fecha, porque en cuanto a la disposición de las servilletas te­nía yo bastante experiencia. Y así, desde entonces, me ha conservado cerca de ella y ha ido formándome poco a poco, hasta convertirme en su secretaria. He aprendido muchísi­mo con ella.

-¿Acaso hay tanto que escribir? -preguntó Karl.

-¡Oh, muchísimo! -contestó ella-; usted seguramente no puede imaginárselo. Lo ha visto usted mismo; he trabajado hoy hasta las once y media, y el de hoy no es ningún día ex­traordinario. Ciertamente no sólo estoy escribiendo: tengo que hacer también muchas diligencias en la ciudad.

-¿Cómo se llama esa ciudad? -preguntó Karl.

-¿No lo sabe usted? -dijo ella-. Ramsés.

-¿Es una gran ciudad? -preguntó Karl.

-Muy grande -respondió ella-, no me gusta ir allá. Pero, ¿verdaderamente no quiere usted dormir ya?

-No, no -dijo Karl-, ni siquiera me ha dicho todavía para qué ha entrado usted.

-Porque no tengo a nadie con quien hablar. No soy que­jumbrosa, pero si realmente no se tiene a nadie, se siente una feliz de que alguien la escuche. Ya lo había visto abajo en el salón; venía yo precisamente en busca de la señora coci­nera mayor, cuando ella se lo llevaba a usted a la despensa.

-Es un salón terrible -dijo Karl.

-Ya ni siquiera me doy cuenta de ello -respondió ella­Pero yo solamente quise decir que la señora cocinera mayor es tan buena y amable conmigo como sólo lo ha sido mi madre y, sin embargo, hay una diferencia de posición dema­siado grande entre nosotras para que yo pueda hablarle con entera libertad. Antes, entre las muchachas de la cocina, te­nía yo buenas amigas; pero hace mucho ya que no están en la casa y a las muchachas nuevas apenas si las conozco. Des­pués de todo, a veces se me ocurre que mi trabajo actual me fatiga más que el de antes, y que ni siquiera lo hago tan bien como el de la cocina, y que la señora cocinera mayor me conserva en el empleo por pura compasión. Después de todo, es realmente necesario tener mejor preparación esco­lar para llegar a ser secretaria. Es un pecado decirlo: tantas y tantas veces tengo miedo de volverme loca... Pero por el amor de Dios -dijo de repente mucho más ligero y tocando fugazmente el hombro de Karl, ya que él retenía las manos debajo de la colcha-, no vaya usted a decirle nada de esto; ni una palabra a la señora cocinera mayor, pues entonces sí que estaría perdida. Si además de las molestias que ya le es­toy causando con mi trabajo, todavía le infligiera yo alguna pena, ya sería realmente el colmo de los colmos.

-Se sobreentiende que no le diré nada -contestó Karl.

-Entonces está bien -dijo ella-, y quédese usted aquí. Me gustaría mucho que se quedara usted en la casa, y, si le pa­rece, podríamos ayudarnos y llevarnos bien. Apenas lo vi a usted le he tomado confianza. Y, sin embargo, ¡imagínese usted qué mala soy!, sin embargo, tenía miedo, por otra parte, de que la señora cocinera mayor lo tomara a usted como secretario y me despidiera. Sólo después de quedarme largo rato allí sentada, sola, mientras usted estaba en la ofi­cina, he reflexionado y entiendo que hasta sería excelente que usted se hiciera cargo de mis trabajos, porque usted se­guramente sabrá hacerlos mejor. Si usted no quisiera hacer las diligencias en la ciudad, bien podría yo quedarme con ese trabajo. Y después de todo, seguramente sería yo mucho más útil en la cocina, más aún ahora, ya que me he robuste­cido un poco.

-El asunto ya está arreglado -dijo Karl-, yo seré ascenso­rista y usted seguirá siendo secretaria. Pero con que sólo le insinúe usted sus proyectos a la señora cocinera mayor, re­velaré yo también lo demás, todo lo que usted me ha dicho hoy, por más que yo mismo tendría que lamentarlo.

Semejante tono excitó tanto a Therese que se arrojó jun­to al lecho y, gimoteando, hundió la cara en la ropa de la cama.

-Pero si no revelaré nada -dijo Karl-, sólo que usted tampoco debe decir nada.

Y ahora ya no podía permanecer escondido totalmente bajo la colcha; acarició un poco el brazo de la muchacha; no se le ocurría nada apropiado que pudiera decirle y sólo pensó que era una vida amarga la que allí se llevaba. Por fin ella se tranquilizó, a lo menos tanto que se avergonzó de su llanto; miró a Karl con gratitud, trató de persuadirlo de que durmiera hasta tarde y prometió que, de tener un momen­to libre, subiría hacia las ocho a despertarlo.

-Cierto, tiene usted mucha habilidad para despertar -dijo Karl.

-Sí, algunas cosas sé hacerlas -dijo ella; pasó la mano suavemente sobre la colcha de Karl en señal de despedida y se fue corriendo a su cuarto.

Al día siguiente pidió Karl con insistencia que le permi­tieran entrar en funciones inmediatamente, a pesar de que la cocinera mayor deseaba darle franco ese día, para que fuese a visitar la ciudad de Ramsés. Mas Karl declaró abier­tamente que no faltarían oportunidades para eso y que ahora lo más importante para él era comenzar a trabajar, pues ya había interrumpido sin provecho otro trabajo, con distinta finalidad, en Europa, y ahora iba a empezar como ascensorista a una edad que seguramente otros muchachos, al menos los más capaces, estarían ya próximos a hacerse cargo, por natural consecuencia, de alguna tarea superior. Le parecía muy bien empezar de ascensorista, pero no esta­ría mal tampoco, sin duda, que se diese la mayor prisa posi­ble. En las presentes circunstancias no le causaría ningún placer esa visita a la ciudad. Ni siquiera podía resolverse a hacer una diligencia rápida que le pedía Therese. No lo abandonaba la idea de que, si no se aplicaba, llegaría final­mente a lo que habían llegado Delamarche y Robinsón.

En la sastrería del hotel le probaron el uniforme de ascen­sorista, adornado con gran gala de botones y cordones do­rados, y sin embargo, se estremeció un poco al ponérselo, pues la chaquetilla, especialmente en los sobacos, era fría, dura y al mismo tiempo húmeda por el sudor de los ascensoristas que la habían usado antes que él. El uniforme, por otra parte, hubo de ser agrandado especialmente para Karl, en el pecho sobre todo, pues ni uno sólo de los diez que allí había le quedaba bien, aunque sólo fuese aproximadamen­te. Pese al trabajo de costura que se hizo necesario y aunque el sastre parecía muy minucioso -por dos veces volvió al ta­ller el uniforme ya entregado- todo quedó listo en apenas cinco minutos, y Karl abandonó el salón del sastre conver­tido ya en ascensorista, con pantalones ajustados y una chaquetilla que, a pesar de la firme aseveración contraria del sastre, le quedaba muy estrecha y lo tentaba continuamente a practicar ejercicios de respiración, pues tenía deseos de comprobar si todavía le era posible respirar.

Luego se presentó al camarero mayor, a cuyas órdenes quedaría: un hombre esbelto, hermoso, narigudo, que segu­ramente ya tenía unos cuarenta años. Ni siquiera tuvo tiem­po de entablar la menor conversación y lo único que hizo fue llamar, mediante un timbre, a un muchacho ascensoris­ta; era, por casualidad, precisamente el que Karl había visto la víspera. El camarero mayor sólo lo llamaba por su nom­bre de pila, Giácomo, pero de esa particularidad se enteró Karl sólo más tarde, puesto que a través de la pronunciación inglesa, el nombre quedaba tan desfigurado que era impo­sible reconocerlo. Ahora bien, ese chico recibió orden de enseñarle a Karl todo lo necesario para el servicio de los as­censores, pero era tan esquivo y se daba tanta prisa que Karl apenas pudo enterarse siquiera de lo poco que en el fondo había que aprender. Seguramente Giácomo estaba disgusta­do porque debía abandonar el servicio de los ascensores, evidentemente por Karl, para ser colocado como ayudante de camareras; lo cual, de acuerdo con ciertas experiencias que con todo no quiso revelar, le parecía infamante. El he­cho de que la relación de un ascensorista con la maquinaria del ascensor consistiera únicamente en ponerla en movi­miento mediante la simple presión del botón, fue lo prime­ro que desilusionó a Karl, pues hasta para la reparación de los motores se utilizaba tan exclusivamente a los mecánicos del hotel que por ejemplo Giácomo, a pesar de que su servi­cio en el ascensor llevaba ya medio año, no había visto con sus propios ojos ni los motores del sótano ni la maquinaria del interior del ascensor; si bien, por lo que decía él expre­samente, eso le hubiese gustado mucho.

Era, en general, un servicio monótono y, debido a la jor­nada de doce horas -los turnos se relevaban una vez por día y otra para la noche-, tan abrumador que, según las referen­cias de Giácomo, resultaba del todo insoportable si no se lo­graba dormir algunos minutos de pie.

Karl no dijo nada, pero comprendió que era precisa­mente esa habilidad de Giácomo la que le había costado el puesto.

A Karl le convenía mucho la circunstancia de que el as­censor que quedaba a su cuidado fuese uno destinado sólo a los pisos últimos, por lo cual él no tendría que habérselas con los más exigentes de entre la gente rica. Ciertamente no podría aprenderse allí tanto como en otra parte y por eso era una circunstancia favorable sólo para comenzar.

Ya al cabo de la primera semana se dio cuenta Karl de que estaba perfectamente a la altura del servicio. Los bronces de su ascensor eran los que estaban mejor pulidos, ninguno de los otros treinta ascensores podía compararse en ese punto con el suyo, y acaso habrían quedado más relucientes aún si el muchacho que servía en el mismo ascensor se hubiese aplicado otro tanto, aunque fuese tan sólo en medida apro­ximada; pero se sentía más bien apoyado en su dejadez por ese ahínco de Karl. Era norteamericano de nacimiento y se llamaba Renell; un muchacho vanidoso, de ojos oscuros y mejillas lisas, un poco ahuecadas. Poseía un elegante traje, y las noches que no le tocaba servicio se apresuraba a ponérselo y a dirigirse, ligeramente perfumado, a la ciudad; de vez en cuando también le rogaba a Karl que lo reemplazase por la noche, alegando que debía ausentarse por asuntos fa­miliares, y poco se preocupaba de que su aspecto contradi­jese un pretexto semejante. Sin embargo, Karl lo estimaba y veía con gusto que Renell, en tales noches, se estuviese de pie, unos momentos antes de salir, luciendo su hermoso traje, junto al ascensor, se excusase todavía un poco mien­tras se calzaba los guantes y que luego partiese por el corre­dor. Por otra parte Karl, al reemplazarlo, sólo quería hacer­le un favor que frente a un colega más antiguo le parecía na­tural al comienzo; mas esto, pensaba, no debía convertirse en una costumbre permanente. Pues, en efecto, aquel eter­no subir y bajar en el ascensor era bastante fatigoso, y más aún en las horas vespertinas, ya que en esas horas casi no había interrupción alguna.

Bien pronto aprendió Karl a ejecutar también esas reve­rencias breves y profundas que se exigen de un ascensorista y ya recogía la propina al vuelo. Desaparecía ésta en el bol­sillo de su chaleco y nadie hubiera podido decir, guiándose por la expresión de su semblante, si era grande o pequeña. Ante las damas abría la puerta con una leve añadidura de galantería y con un movimiento airoso y elegante entraba lentamente en el ascensor tras ellas que, preocupadas por sus faldas, sombreros y adornos colgadizos, solían subir más vacilantes que los hombres. Durante el viaje se queda­ba, puesto que era ésta la forma menos llamativa, pegado a la puerta y dando la espalda a sus pasajeros y sostenía la manija de la puerta del ascensor a fin de empujarla hacia un costado en el momento preciso de la llegada, de una mane­ra súbita y a la vez nada alarmante.

Sólo en raras oportunidades le tocaba alguno en el hom­bro durante el viaje para pedirle una pequeña información cualquiera, y entonces se volvía él rápidamente, como si lo hubiese esperado, y en voz alta daba la respuesta. A menu­do, a pesar de los muchos ascensores y especialmente a la hora de terminar las funciones de los teatros o después de la llegada de determinados trenes expresos, producíase tal ha­cinamiento que, después de haber dejado apenas a los pasa­jeros en los pisos altos, debía precipitarse ya de nuevo hacia abajo, a fin de recoger a los que allí esperaban. Quedábale también la posibilidad de aumentar la velocidad normal ti­rando de un cable metálico que atravesaba toda la caja del ascensor, mas ciertamente esto estaba prohibido por el re­glamento de los ascensores y se decía, además, que era peli­groso. Karl, en efecto, jamás usó ese procedimiento llevan­do pasajeros; pero una vez que los había depositado arriba y habiendo abajo otros que esperaban, él no se guardaba consideraciones: con movimientos vigorosos, rítmicos, maniobraba con el cable como si fuera un marinero. Sabía por lo demás que así obraban los otros ascensoristas, y él no deseaba perder sus pasajeros cediéndoselos a otros mucha­chos. Algunos de los huéspedes que se alojaban en el hotel por una temporada, cosa que además era bastante usual, demostraban de vez en cuando, con una sonrisa, que reco­nocían en Karl a su ascensorista y éste aceptaba esa amabi­lidad con semblante serio, si bien con agrado.

A veces, cuando el movimiento mermaba un poco podía aceptar pequeños encargos especiales también: ir, por ejemplo, a buscar alguna cosa que un huésped del hotel ha­bía olvidado en su habitación, al no querer molestarse él mismo en ir hasta allí; y entonces volaba Karl hacia arriba, solo en su ascensor que en tales momentos le resultaba mu­cho más familiar; entraba en el cuarto ajeno, donde general­mente veía desparramadas sobre los muebles o colgadas de las perchas cosas que nunca había visto, y percibía el olor es­pecial de un jabón de otra persona, de un perfume, de un agua dentífrica, y sin detenerse para nada, regresaba presuroso con el objeto pedido, encontrado las más de las veces a pesar de las indicaciones inexactas. Lamentaba a menudo no poder aceptar encargos de mayor importancia, pues para ello había ordenanzas especiales y mensajeros que ha­cían sus diligencias en bicicletas y hasta en motocicletas. Sólo para llevar pequeños recados desde las habitaciones hasta los comedores o las salas de juego, podía utilizársele a Karl, si la ocasión le era favorable.

Cuando después de la jornada de doce horas regresaba del trabajo, durante tres días a las seis de la tarde y los otros tres a las seis de la mañana, sentíase tan cansado que se di­rigía derechamente a la cama, sin preocuparse por nadie. Tenía su cama en el dormitorio común de los chicos ascen­soristas; por cierto, la señora cocinera mayor, cuya influen­cia acaso no era, pese a todo, tan grande como él la creyó aquella noche, habíase esforzado por conseguirle un cuarti­to propio, y sin duda también lo habría logrado; pero vien­do cuántas dificultades le causaba esto y también las veces que la cocinera mayor llamaba por ese asunto al superior de Karl, aquel camarero mayor tan atareado, desistió Karl y persuadió a la cocinera mayor de que verdaderamente re­nunciaba al cuarto propio alegando que no deseaba él que los otros chicos le envidiasen una ventaja que en verdad no había conseguido por sus propios méritos.

Ciertamente no era un dormitorio tranquilo el de los as­censoristas; pues ya que cada uno repartía de manera diver­sa su tiempo libre de doce horas entre los ratos dedicados a la comida, al sueño, a las diversiones y a alguna ganancia ocasional, en el dormitorio reinaba sin interrupción el ma­yor movimiento. Algunos dormían cubriéndose con sus colchas hasta las orejas para no oír nada; si no obstante se despertaba a alguno, lanzaba éste gritos tan furiosos por la gritería de los otros, que ya no podían soportarlo tampoco los demás durmientes, por muy dormilones que fuesen.

Casi todos los muchachos poseían su pipa; era ésta una manera de abandonarse a una especie de lujo; Karl también había adquirido una y bien pronto comenzó a tomarle gus­to. Ahora bien, durante el servicio se prohibía fumar, y el re­sultado era que, en el dormitorio, todo el que no dormía a pierna suelta, fumaba. Por consiguiente, cada una de las ca­mas quedaba envuelta en su propia humareda y el todo era una bruma general. Era imposible conseguir, a pesar de que en principio la mayoría estaba de acuerdo, que durante la no­che quedara encendida la luz de un solo extremo de la habi­tación. Si esta proposición hubiera logrado imponerse, en­tonces aquellos que desearan dormir habrían podido hacer­lo tranquilamente, al abrigo de la oscuridad que reinaría en una de las mitades de la sala -era una habitación grande con cuarenta camas-; mientras que los otros, en la parte alumbra­da, hubieran podido jugar a los dados o a los naipes y entre­garse a todas las demás ocupaciones que exigieran luz. Si al­guno cuya cama estuviese en la mitad alumbrada de la sala hubiera querido dormir, habría podido acostarse en una de las camas libres de la parte oscura, pues siempre había bas­tantes camas desocupadas y nadie objetaba nada contra se­mejante uso pasajero de su cama por otro. Mas la disposición de mantener una única zona iluminada no se observó siquie­ra una sola noche. Continuamente dábase el caso, por ejem­plo, de dos muchachos que, después de haber aprovechado la oscuridad para dormir un poco, sentían deseos de jugar a los naipes en sus camas, sobre una tabla colocada en medio, y na­turalmente encendían con ese fin una lámpara eléctrica ade­cuada, cuya luz punzante sobresaltaba a los durmientes sobre cuyas caras daba directamente. Cierto que todavía se revolca­ba y se retorcía uno un poco, mas finalmente no encontraba nada mejor que hacer sino jugar con su vecino, despertado a su vez, una partida bajo la iluminación reciente. Y de nuevo, como era natural, echaban humo todas las pipas.

Ciertamente había también algunos que deseaban dor­mir a toda costa -Karl generalmente estaba entre ellos-, y éstos, en vez de apoyar la cabeza sobre la almohada, la cu­brían o la envolvían con la misma; pero cómo podía conser­varse el sueño si el vecino más próximo se levantaba, a altas horas de la noche, para dirigirse a la ciudad en busca del placer; si se lavaba ruidosamente, rociándolo todo con agua, en el lavabo que estaba instalado a la cabecera de la propia cama; si no sólo se calzaba las botas con estrépito, sino que además intentaba asentárselas mejor golpeando el suelo con el tacón -casi todos, a pesar de la horma ameri­cana de su calzado, gastaban zapatos demasiado estre­chos-, si hasta terminaba por alzar finalmente, en busca de algún detalle de su atavío, la almohada del durmiente, de­bajo de la cual éste, claro es que ya despierto, sólo aguarda­ba el momento de lanzarse sobre el importuno. Ahora bien, todos ellos eran deportistas, muchachos jóvenes y en su mayor parte fuertes, que no perdían oportunidad algu­na que pudiesen aprovechar para sus ejercicios deportivos. Y si durante la noche se incorporaba uno de un salto, des­pertado de su profundo sueño por un tremendo estrépito, podía estar seguro de encontrar en el suelo, junto a su cama, a dos luchadores; y de pie sobre todas las camas a la redonda, bajo una luz penetrante, a los peritos, en camisa y calzoncillos.

Cierta vez, a raíz de una demostración nocturna de boxeo de este tipo, uno de los púgiles fue a caer sobre Karl; éste es­taba durmiendo y lo primero que vio al abrir los ojos fue la sangre que al muchacho le salía de la nariz y que se derra­maba sobre toda la ropa de la cama antes de que nada pudie­ra hacerse para evitarlo.

A menudo se pasaba Karl las doce horas, casi íntegra­mente, intentando lograr unas horas de sueño, aunque por otra parte también implicaba para él un atractivo grande el poder participar de las diversiones de los demás; pero con­tinuamente se le figuraba que los otros todos ellos, le lleva­ban ventaja en la vida, una ventaja que él debía compensar mediante una aplicación mayor en el trabajo, y también con pequeñas renuncias. A pesar de que, por lo tanto, le impor­taba principalmente dormir en prc vecho de su trabajo, no se quejaba él de las condiciones que reinaban en el dormito­rio, ni ante la cocinera mayor ni ante Therese; pues en pri­mer lugar, considerándolo bien, todos los muchachos so­brellevaban esas condiciones penosamente, sin que jamás se quejaran seriamente; y en segundo lugar, porque considera­ba las molestias del dormitorio como una parte inseparable de su tarea de ascensorista, tarea que por lo pronto había re­cibido con gratitud de manos de la cocinera mayor.

Una vez por semana, con motivo del cambio de turno, te­nía franco durante veinticuatro horas, y las empleaba, en parte, para hacer una o dos visitas a la cocinera mayor; o, si no, aguardaba el escaso tiempo libre de Therese para estar con ella unos momentos en algún rincón del pasillo y sólo rara vez en su cuarto, para cambiar así unas palabras fuga­ces. A veces también la acompañaba cuando hacía sus dili­gencias en la ciudad que debían llevarse a cabo con la mayor premura. Iban entonces casi corriendo, llevándole Karl el bolso, hasta la primera estación del tren subterráneo; el via­je pasaba en un santiamén como si el tren fuese arrastrado sin ofrecer la menor resistencia y apenas adentro ya lo abandonaban, traqueteando escaleras arriba, en lugar de esperar el ascensor, que les resultaba demasiado lento. Apa­recían luego las grandes plazas desde las cuales las calles eran irradiadas como veloces rayos estelares, plazas que aportaban una aglomeración en ese tránsito que en línea recta afluía desde todas partes; pero Karl y Therese corrían, muy juntos, a las distintas oficinas, lavaderos, depósitos y comercios, donde había que hacer pedidos o presentar quejas, cosas de bien escasa importancia por cierto, pero que no se podían negociar, sin más, por teléfono.

Therese cayó pronto en la cuenta de que la ayuda de Karl no resultaba nada despreciable sino que, por el contrario, aceleraba notablemente una cantidad de cosas. Jamás, cuando él la acompañaba, tenía que quedarse esperando, tal como otras veces le ocurría a menudo, hasta que la gen­te de los comercios, más que atareada, la atendiese. Él se aproximaba al mostrador y tanto golpeaba con los nudillos que finalmente el procedimiento daba resultado; por enci­ma de murallas humanas lanzaba él sus exclamaciones en ese inglés que aún seguía teniendo ese acento un poco exa­gerado que se distinguía fácilmente entre cien voces, se acercaba a la gente sin vacilación, por más que se retirasen, arrogantes, al fondo de los más extensos salones de comer­cio. No lo hacía con arrogancia y justipreciaba toda resisten­cia, pero se sentía respaldado por una posición segura que le confería derechos: el Hotel Occidental era un cliente que no admitía bromas, y al fin y al cabo, Therese, pese a su ex­periencia comercial, veíase bastante necesitada de ayuda.

-Debería usted venir conmigo siempre -decía a veces, riendo dichosa, al regresar de alguna empresa llevada a cabo con particular éxito.

Sólo tres veces durante ese mes y medio de su permanen­cia en Ramsés se quedó Karl durante un rato prolongado, más de un par de horas, en el cuartito de Therese. Natural­mente, era más pequeño que cualquiera de los cuartos de la cocinera mayor; las cosas que contenía rodeaban en cierto modo sólo la ventana, pero Karl ya apreciaba bastante, por sus experiencias del dormitorio, el valor de un cuarto pro­pio y relativamente tranquilo, y aunque no lo manifestase en forma expresa, Therese notaba, sin embargo, cuánto le gus­taba su cuarto. No tenía ella secretos para él; no hubiera sido fácil por otra parte, después de aquella visita de la pri­mera noche, tener todavía secretos ante él. Era hija natural; su padre, capataz de obras, luego de emigrar, las había he­cho venir, a la madre y a la hija, desde Pomerania; mas como si con ello hubiese cumplido su deber o como si hu­biese esperado a personas distintas y no a esa mujer agota­da por el trabajo y a esa niña débil,+que había ido a recoger en el desembarcadero, siguió viaje bien pronto y sin grandes explicaciones hacia Canadá. Ellas se quedaron y no recibie­ron de él ni una carta ni otra noticia alguna, lo que, por otra parte, no era para asombrarse, pues se hallaban perdidas en los grandes alojamientos colectivos del Este neoyorquino, cosa que excluía toda posibilidad de dar con ellas.

Cierta vez Therese se puso a referirle -Karl permanecía a su lado junto a la ventana y miraba a la calle- la muerte de su madre; cómo corrían la madre y ella, cierta noche de in­vierno -tendría ella a la sazón unos cinco años- por las ca­lles, cada una con su hatillo, en procura de un echadero para pasar la noche; cómo la madre la llevaba primero de la mano -arreciaba un temporal de mucha nieve y no era nada fácil avanzar- hasta que se le entumeció la mano y sol­tó a Therese, sin volverse siquiera para mirarla; y ella enton­ces, con grandes esfuerzos, tuvo que sujetarse por sí misma de las faldas de su madre. Therese tropezó a menudo y has­ta llegó a caerse, pero la madre seguía adelante como presa de una obsesión, y no se detenía. ¡Y qué nevascas aquéllas, en las largas y rectas calles de Nueva York! Karl aún no ha­bía pasado ningún invierno en Nueva York. Si camina uno contra el viento, y éste gira en círculo, entonces no pueden abrirse los ojos ni un instante; y el viento, sin cesar, le frota a uno la cara con nieve, y uno corre, pero sin adelantar nada; es en verdad desesperante. Y con todo, un niño, claro está, aventaja siempre a los adultos, ya que corre por debajo del viento y hasta siente un poco de alegría y placer en todo eso. Y así, aquella vez, Therese no podía comprender del todo a su madre, y estaba físicamente convencida de que, si aquella noche se hubiese conducido con más inteligencia -era todavía una niña muy pequeñita- frente a su madre, ésta no hubiera tenido que sufrir aquella muerte tan mise­rable.

La madre ya llevaba entonces dos días sin trabajar, ya no poseían ni la más ínfima moneda, habían pasado el día a la intemperie y sin probar bocado y en sus hatillos sólo arras­traban unos trapos inservibles que, acaso por superstición, no se atrevían a tirar. Ahora bien, para la mañana siguiente creía la madre que podría obtener una ocupación en una obra en construcción, pero temía -cosa que trató de expli­car a Therese durante todo el día- no poder aprovechar esa ocasión favorable, pues se sentía muerta de cansancio ya por la mañana y para espanto de los transeúntes había tosi­do y arrojado mucha sangre; su único anhelo era llegar a ca­lentarse en alguna parte y descansar. Y precisamente aque­lla noche resultaba imposible hallar el más insignificante rincón. Allí donde el casero no comenzaba ya por arrojarlas del zaguán, refugio en el que, de todas maneras, hubiera sido posible reponerse algo del temporal, atravesaban co­rriendo los estrechos y helados pasillos e iban subiendo afa­nosamente los altos pisos, rodeando las estrechas terrazas de los patios, llamando a las puertas a la buena de Dios, ya sin atreverse a hablarle a nadie, ya rogándole a cada uno de los que encontraban, y una o dos veces hasta llegó la madre a arrodillarse sin aliento, en el peldaño de una escalera so­ledosa y atraía hacia sí violentamente a Therese que casi se defendía, y la besaba con dolorosa presión de sus labios. Si luego se piensa que eran éstos los últimos besos, no se con­cibe cómo, aun siendo una pequeña criatura, se ha podido ser tan ciega para no comprenderlo.

Algunos de los cuartos por los que pasaban tenían las puertas abiertas para dar salida al aire sofocante y en medio de aquel humo brumoso que, como causado por un incen­dio, llenaba los cuartos, no surgía sino la figura de alguien que aparecía en el marco de la puerta, demostrando, ya por su muda presencia, ya por una breve palabra, la imposibili­dad de un albergue en dicho cuarto.

Ahora, a través de esa visión retrospectiva, parecíale a Therese que sólo en las primeras horas la madre había bus­cado seriamente algún sitio; pues pasada la medianoche probablemente ya no le había dirigido la palabra a nadie, si bien no había cesado de correr, entre pequeñas pausas, has­ta la hora del alba y aunque hubiera en aquellas casas, don­de jamás se cierran ni las puertas de calle ni las del interior, un movimiento constante y se topara uno con gente a cada paso. Desde luego aquello no era, en verdad, una carrera y la rapidez de su marcha se debía sólo al esfuerzo extremo de que ellas eran capaces, y en realidad sólo pudo haber sido un lento arrastrarse. Therese no podía tampoco precisar si, desde la medianoche hasta las cinco de la madrugada, ha­bían estado en veinte casas o sólo en dos o siquiera en una sola. Los pasillos de esas casas habían sido construidos as­tutamente de acuerdo con planos adecuados al mejor apro­vechamiento del espacio, pero que no tomaban en conside­ración la necesidad de poder orientarse fácilmente a través de ellos; ¡cuántas veces, sin duda, habían atravesado los mismos pasillos! Por ejemplo Therese recordaba oscura­mente que abandonaron el portón de una casa después de haberla recorrido durante una eternidad; pero también le parecía que, una vez en la calle, se volvieron en seguida, precipitándose de nuevo en el interior de la misma casa.

Para la niña todo aquello implicaba naturalmente sufri­mientos inconcebibles: el verse ya sujetada por la madre, ya asida a ella, arrastrada sin una sola palabra de consuelo; y todo esto no parecía tener entonces más que una sola expli­cación para su corta inteligencia, y era ésta: la madre pretendía huir de ella. Por eso se aferraba Therese cada vez más -aun cuando la madre la llevaba de una mano, aferrábase ella para mayor seguridad también con la otra- a las faldas de la madre, y sollozaba a intervalos. No quería ella que la abandonaran allí, entre las gentes que subían ruidosamente la escalera delante de ellas, que a su espalda, invisibles toda­vía, se aproximaban tras un recodo; que reñían en los pasi­llos ante una de las puertas, empujándose mutuamente al interior de los cuartos. Beodos ambulaban por la casa con su sordo canturrear, y la madre conseguía deslizarse feliz­mente con Therese a través de grupos de tal gente que iban a cerrarles el paso.

Sin duda, a altas horas de la noche, cuando ya no se pres­taba atención y ya nadie insistía con rigor absoluto en su de­recho, habrían podido meterse siquiera en uno de aquellos dormitorios colectivos, subarrendados por empresarios; ya habían pasado frente a varios, pero Therese no entendía nada de eso y la madre ya no buscaba descanso.

Por la mañana, comienzo de un hermoso día de invierno, estaban apoyadas ambas en el muro de una casa, y allí qui­zá habían dormido un poco, quizá sólo habían estado mi­rando las cosas fijamente, con los ojos abiertos. Resultó que Therese había perdido su hatillo y la madre quiso zurrarla para castigar así semejante falta de cuidado, mas Therese ni oyó ni sintió golpe alguno. Siguieron luego a través de las ca­lles que se animaban, la madre junto al muro; pasaron por un puente donde la madre iba quitando con la mano la es­carcha del pretil y llegaron por fin -entonces Therese lo to­maba como si fuese lo más natural del mundo, hoy en cam­bio no podía comprenderlo- precisamente a aquella obra en construcción adonde la madre había sido citada para aque­lla mañana. No le dijo a Therese que esperara ni que se fue­ra, y Therese veía en ello una orden de esperar, ya que era esto lo que mejor concordaba con sus propios deseos. Sen­tóse, pues, sobre un montón de ladrillos y se quedó miran­do cómo desataba la madre su hatillo, cómo sacaba de él un trapo de color y se aseguraba un pañuelo que había llevado en la cabeza durante toda la noche. Therese estaba demasia­do cansada y por eso ni siquiera se le ocurría ayudar a su madre.

Sin presentarse previamente en la garita del capataz como era lo acostumbrado, sin preguntar a nadie, subió la madre por una escalera, como si ya supiese qué trabajo le habían adjudicado. A Therese le extrañó todo aquello, pues comúnmente se ocupaba a las ayudantas tan sólo abajo y únicamente para preparar y apagar la cal, para alcanzar los ladrillos y otras tareas sencillas. Creyó por lo tanto que la madre pensaba dedicarse ese día a un trabajo mejor pagado, y mirando hacia arriba medio dormida, le sonreía.

La obra aún no era alta, apenas había adelantado en la planta baja aunque las altas vigas de los armazones destina­das a la futura construcción -si bien todavía sin los tirantes de comunicación- se destacaban ya, enhiestas, contra el cielo azul. Allá arriba, la madre eludía hábilmente las difi­cultades de la marcha entre los albañiles que ponían ladri­llo sobre ladrillo y que, cosa inaudita, no le pedían cuentas. Sujetábase cautelosamente, tocándolo apenas, de un tabi­que de madera, que servía de barandilla, y Therese, en me­dio de su modorra, miraba asombrada desde abajo esa ha­bilidad, y aun creía recibir de su madre una mirada amable. Pero por entonces la madre, en su marcha, había llegado a una pequeña pila de ladrillos ante la cual concluía la baran­dilla y probablemente también el camino; mas a ella no le importó, dirigióse derechamente a aquel montón de ladri­llos y, pasando sobre él, se precipitó al vacío. Muchos la­drillos rodaron tras ella y finalmente, al cabo de un buen rato, desprendióse en alguna parte una pesada tabla que le cayó encima con gran estrépito.

El último recuerdo que guardaba Therese de su madre, era el de haberla visto yacer esparrancada, aun con su falda a cuadros que procedía de Pomerania; el de haber visto cómo la cubría casi totalmente aquella pesada tabla que ya­cía sobre ella, y cómo se agolpaban las gentes llegadas de to­das partes, y cómo arriba, en lo alto de la obra, lanzaba al­gún hombre una voz iracunda.

Habíase hecho tarde cuando Therese concluyó su relato. Había desarrollado la narración minuciosamente, cosa que no solía hacer otras veces, y en los momentos indiferentes sobre todo, así al describir las vigas de los armazones, de las que cada una por sí misma se destacaba enhiesta contra el cielo, había tenido que interrumpirse con lágrimas en los ojos. Ahora, a los diez años de ocurrido el hecho, recordaba ella con toda precisión cada detalle de lo que entonces había sucedido; y ya que la visión que conservaba de la madre en lo alto de la apenas terminada planta baja era el último re­cuerdo que guardaba de la vida de su madre y no lograba transmitírselo con claridad suficiente a su amigo, quiso vol­ver una vez más sobre el particular después del relato; pero se atascó, hundió la cara en ambas manos y no dijo ni una sola palabra más.

Pero también transcurrían horas más alegres en el cuar­to de Therese. Ya durante su primera visita vio Karl allí un texto de correspondencia comercial y, accediendo a su pedi­do, ella se lo prestó. Al mismo tiempo convinieron en que Karl hiciera los ejercicios insertos en el libro y se los presen­tara a Therese, que ya había estudiado el contenido de ese li­bro, porque resultaba indispensable para cumplir sus pe­queños trabajos. Y ahora permanecía Karl durante noches enteras, con algodón en los oídos, en el dormitorio, sobre su cama, y para no cansarse adoptaba todas las posturas posi­bles, leía en el texto y garabateaba los ejercicios en un cua­dernillo con una estilográfica que le había regalado la coci­nera mayor, como premio por haberle preparado en forma muy práctica y con esmerado empeño un gran registro del inventario.

Logró sacar provecho de la mayor parte de las molestias que le causaban los otros muchachos, pidiéndoles reiterada­mente consejos en cuestiones relativas al idioma inglés, hasta que se cansaron y lo dejaron en paz. A menudo le asombraba que los demás se hubiesen resignado de tal ma­nera a permanecer en su condición actual, sin sentir siquie­ra su carácter precario -ascensoristas de más de veinte años de edad ya no eran admitidos-, y sin percibir la necesidad de decidirse acerca de su profesión futura, y que, a pesar del ejemplo de Karl, no leían otra cosa que, en el mejor de los casos, cuentos policíacos que, hechos jirones y sucios, se entregaban de cama en cama.

Durante los encuentros, corregía luego Therese con mi­nuciosidad excesiva; surgían opiniones que eran objeto de controversias; Karl citaba en calidad de testigo a su gran profesor neoyorquino, pero éste tenía exactamente tan poco valor para Therese como los pareceres gramaticales de los ascensoristas. Ella le quitaba la pluma estilográfica de la mano y tachaba los puntos de cuya imperfección estaba segura; pero en caso de duda, y a pesar de que ninguna au­toridad superior a Therese debía ver el ejercicio, volvía Karl a tachar, por pura escrupulosidad, las marcas que había puesto Therese.

A veces, por cierto, aparecía la cocinera mayor y ella de­cidía siempre a favor de Therese, mas esto tampoco proba­ba nada, ya que Therese era su secretaria. Pero al mismo tiempo su llegada traía la reconciliación general, pues se preparaba el té y se mandaba a buscar pasteles. Karl tenía entonces que contar cosas de Europa, ciertamente entre muchas interrupciones de la cocinera mayor que volvía a preguntar y a asombrarse de nuevo, por lo cual Karl se daba cuenta de cuánto habían cambiado allá las cosas, funda­mentalmente, en un lapso relativamente breve, y cuánto se habrían modificado ya las cosas desde su ausencia y cómo iban modificándose continuamente.

Haría un mes aproximadamente que Karl se hallaba en Ramsés cuando cierta noche le dijo Renell, al pasar que de­lante del hotel le había dirigido la palabra un hombre que se llamaba Delamarche, preguntándole por Karl. Claro que Renell no había tenido motivo alguno de callar nada, y de acuerdo con la verdad le había referido que Karl era ascen­sorista, pero que tenía perspectivas de llegar a ocupar pues­tos mucho más importantes, debido a la protección que le brindaba la cocinera mayor. Karl se dio cuenta de cuán cau­telosamente había sido tratado Renell por Delamarche, pues hasta lo había invitado a cenar esa noche con él.

-No tengo la menor relación con Delamarche -dijo Karl-. ¡Y tú cuídate mucho de él!

-¿Yo? -preguntó Renell y, estirándose, se fue presuroso. Era el chico más guapo del hotel y entre los demás mucha­chos circulaba el rumor (sin que se supiera quién lo había originado) de que una señora distinguida, que se alojaba en el hotel ya hacía cierto tiempo, lo había acometido a besos (eso por lo menos) en el ascensor.

Él, que conocía ese rumor, encontraba sin duda un en­canto muy grande en ver pasar a su lado a aquella dama confiada en cuyo aspecto exterior ni la menor cosa revelaba la posibilidad siquiera de semejante conducta, con sus pasos tranquilos y leves, sus delicados velos y su talle muy ceñido. Vivía ella en el primer piso y el ascensor de Renell no era el suyo; pero desde luego, estando los demás ascensores ocu­pados, no podía prohibirse a huéspedes de esa categoría el acceso a otro ascensor. Y así sucedía que dicha señora viaja­ba de vez en cuando en el ascensor de Karl y de Renell y, en efecto, sólo cuando estaba de servicio Renell. Quizá fuera pura casualidad; mas nadie lo creía así, y cuando partía el ascensor con los dos, apoderábase de toda la fila de los as­censoristas cierta inquietud que todos se esforzaban por re­primir y que hasta había provocado cierta vez la interven­ción de un camarero mayor.

Sea cual fuere la causa, ya la dama, ya el rumor, Renell de todas maneras había cambiado, habíase tornado mucho más altivo todavía; abandonaba el trabajo de lustrar los bronces totalmente a Karl -éste ya esperaba una oportuni­dad para plantear a fondo el asunto-, y en el dormitorio ya no se le veía. Ningún otro se había retirado tan completa­mente de la comunidad de los ascensoristas, pues por lo ge­neral conservaban todos una solidaridad severa, al menos en cuestiones de servicio, y mantenían una organización reconocida por la Dirección del hotel.

Karl dejó que todo esto cruzara por su mente, pensó también en Delamarche y, por otra parte, siguió cumplien­do con su servicio, como siempre. Hacia medianoche tuvo una pequeña distracción, pues Therese, que lo sorprendía a menudo con regalitos, le llevó una gran manzana y una ta­bleta de chocolate. Conversaron un rato y las interrupciones producidas por los viajes del ascensor apenas los molesta­ron. La conversación llegó a tocar también el tema de Dela­marche, y Karl cayó en la cuenta de que, en realidad, se ha­bía dejado influir por Therese, y si desde hacía algún tiem­po creía que aquél era un hombre peligroso, a eso se debía; pues tal, en efecto, le había parecido a Therese, de acuerdo con los relatos de Karl. Pero Karl, en el fondo, creía que era tan sólo un bribón, que había permitido que la desgracia lo perdiera, y con el cual bien podía uno entenderse. Pero Therese le contradijo muy vivamente y mediante largos dis­cursos le exigió a Karl la promesa de que ya nunca hablaría una sola palabra con Delamarche. En lugar de prometérse­lo instóla Karl repetidas veces a que se fuera a dormir, puesto que hacía mucho ya que había pasado la medianoche, y como ella se negara, la amenazó con que abandonaría el puesto y la conduciría hasta su cuarto. Cuando finalmente la vio dispuesta a irse le dijo:

-¿Por qué me causas preocupaciones inútiles, Therese? Por si esto te ayudara a dormir, te prometo gustoso que ha­blaré con Delamarche sólo si no puedo evitarlo.

Luego se produjeron muchos viajes, pues el muchacho del ascensor vecino había sido inutilizado para algún traba­jo auxiliar en otra parte y Karl tuvo que atender los dos as­censores. Ya hubo huéspedes que hablaron de desorden y un señor que acompañaba a una dama hasta le tocó a Karl le­vemente, con un bastón, a fin de que trabajase con mayor prisa, exhortación del todo innecesaria, por otra parte. Si por lo menos los huéspedes, al ver que en uno de los ascen­sores no había ningún muchacho, se hubiesen acercado en seguida al ascensor de Karl; pero ellos no hacían tal cosa, sino que, bien al contrario, se acercaban al ascensor vecino y allí se quedaban de pie, con la mano sobre la manija; o, si no, lo que era peor aún, entraban ellos mismos en el ascen­sor, cosa que de acuerdo con el inciso más severo del regla­mento de servicio debían evitar los ascensoristas a toda costa. Y así tuvo que correr Karl, en un constante ir y venir que resultaba muy fatigoso, sin que no obstante hubiese ob­tenido con ello la conciencia de cumplir con rigor su deber.

Para colmo, hacia las tres de la mañana un mozo de cuer­da, hombre viejo con quien tenía cierta amistad, pretendía que le ayudase en alguna cosa; pero él no podía brindarle de ninguna manera esa ayuda, pues precisamente en aquel momento había huéspedes esperando ante sus dos ascenso­res y exigía una gran presencia de ánimo tener que decidir­se en el acto y dando grandes pasos por uno de los dos gru­pos. Se sintió feliz, por lo tanto, al volver el otro chico a su puesto y le dirigió unas palabras de reproche por su prolon­gada ausencia, aunque él probablemente no tuvo ninguna culpa.

Después de las cuatro de la madrugada todo fue tranqui­lizándose un poco; Karl ya necesitaba con urgencia de esa tranquilidad. Se quedó pesadamente apoyado en la balaus­trada, junto a su ascensor, se puso a comer despacio la man­zana, de la que emanaba, ya al primer mordisco, un fuerte aroma y miró hacia abajo, hacia un pozo de luz que se veía rodeado por las grandes ventanas de las despensas, tras las cuales apenas se llegaba a vislumbrar, entre las sombras, unas masas colgantes de plátanos.

 

6. El caso Robinsón

 

Y entonces alguien le dio unas palmaditas en el hombro. Karl, pensando, claro está, que se trataba de un huésped, se apresuró a meter en un bolsillo su manzana y corrió hasta el ascensor, dirigiéndole al hombre apenas una mirada.

-Buenas noches, señor Rossmann -dijo en ese momento el hombre-; yo soy Robinsón.

-¡Pero! ¡Cómo ha cambiado usted! -dijo Karl cabecean­do de asombro.

-Sí, ahora me va bien -dijo Robinsón contemplándose a sí mismo con una mirada que se deslizó hacia abajo so­bre su propia vestimenta, compuesta acaso de prendas bastante finas, pero en tan abigarrada mezcla que el con­junto parecía sencillamente miserable. Lo más llamativo era un chaleco blanco, evidentemente recién estrenado, con cuatro bolsillos pequeños fileteados de negro; Robin­són, por otra parte, trataba de ostentarlo ex profeso hin­chando el pecho.

-Gasta usted prendas caras -dijo Karl y pensó fugaz­mente en su sencillo y hermoso traje con el cual él hubiera podido competir hasta con el mismísimo Renell y que aquellos dos malos amigos habían vendido.

-Sí -dijo Robinsón-, casi todos los días me compro algo. ¿Qué le parece el chaleco?

-Bastante bien -dijo Karl.

-No son bolsillos verdaderos; están hechos así sólo para figurar -dijo Robinsón cogiendo la mano de Karl para que éste se convenciera por sí mismo. Pero Karl retrocedió, pues la boca de Robinsón despedía un insoportable olor a aguardiente.

-De nuevo bebe usted mucho -dijo Karl, yya estaba nue­vamente junto a la balaustrada.

-No -dijo Robinsón-; mucho no. -En desacuerdo con su anterior comentario añadió-: Y, qué más le queda al hom­bre en este mundo?

Un viaje en el ascensor vino a interrumpir la conversa­ción y apenas hubo regresado recibió una llamada telefóni­ca con la orden de ir a buscar al médico del hotel para una señora del séptimo piso que había sufrido un desmayo. Mientras se hallaba en-camino para cumplir la orden, espe­raba Karl secretamente que Robinsón se marchara entre­tanto, pues no quería que lo viesen con él y, teniendo pre­sente la advertencia de Therese, no quería tampoco saber nada de Delamarche. Pero Robinsón seguía esperando, con el porte rígido de un beodo completo, y en ese preciso ins­tante pasaba por allí un importante empleado del hotel, de levita negra y sombrero de copa, felizmente sin que Robin­són le mereciera, al parecer, mucha atención.

-Rossmann, ¿no quiere usted venir a visitarnos alguna vez? Ahora lo pasamos muy bien -dijo Robinsón mirando a Karl de un modo seductor.

-¿Me invita usted o Delamarche? -preguntó Karl.

-Delamarche y yo; estamos de acuerdo en ello -dijo Ro­binsón.

-Entonces le digo a usted y le ruego le transmita lo mis­mo también a Delamarche que nuestra despedida, si es que esto no había quedado en claro ya de por sí, ha sido defini­tiva. Ustedes dos me han causado más penas que las que na­die me causó nunca. ¿Acaso se han propuesto no dejarme en paz tampoco de ahora en adelante?

-Pero si somos sus camaradas -dijo Robinsón, y repug­nantes lágrimas de borracho le asomaron a los ojos-. Dela­marche le manda decir que desea indemnizarlo de todo lo anterior. Vivimos ahora con Brunelda, una magnífica can­tante.

Y acto seguido se dispuso a entonar una sonora canción, pero Karl, a tiempo todavía, lo increpó siseando:

-Cállese, ¡cállese inmediatamente!, ¿acaso no sabe usted dónde se encuentra?

-Rossmann -dijo Robinsón, atemorizado ya en cuanto al canto-, pero si yo, diga usted lo que quiera, soy su compa­ñero. Y ahora que tiene usted aquí un puesto tan excelente, ¿no podría facilitarme algo de dinero?

-Pero si usted no hará más que bebérselo otra vez -dijo Karl-; si hasta estoy viendo allí, en su bolsillo, una botella de aguardiente, del que usted seguramente ha bebido durante mi ausencia, pues al comienzo estaba usted todavía, poco más o menos, en sus cabales.

-Lo hago sólo para confortarme cuando estoy en camino haciendo alguna diligencia -dijo Robinsón excusándose.

-Si ya ni siquiera es mi propósito corregirlo a usted -dijo Karl.

-¡Pero el dinero! -dijo Robinsón con los ojos repentina­mente rasgados.

-Sin duda Delamarche le ha encargado que le llevara di­nero. Bien, le daré dinero; pero con la expresa condición de que usted se marche inmediatamente de aquí, y que jamás vuelva a visitarme en esta casa. Si quiere usted comunicar­me algo, escríbame: Karl Rossmann, ascensorista, Hotel Occidental, son señas suficientes. Pero aquí, lo repito, no debe usted volver a visitarme. Aquí estoy de servicio y no tengo tiempo para recibir visitas. Bien, pues, ¿quiere usted el dinero con esa condición? -preguntó Karl, y ya introdu­cía la mano en el bolsillo de su chaleco, pues estaba decidi­do a sacrificar la propina de aquella noche.

Robinsón, en respuesta a tal pregunta, sólo asintió me­neando la cabeza y respirando con gran dificultad. Karl in­terpretó el hecho erróneamente y preguntó una vez más:

-¿Sí o no?

Y entonces Robinsón le hizo comprender por señas que se aproximara y entre contorsiones ya bastante elocuentes susurró:

-Rossmann, me siento muy mal.

-¡Al diablo! -exclamó Karl escapándosele involuntaria­mente tales palabras, y con ambas manos lo arrastró hasta la balaustrada. Y ya surgía el chorro y caía de la boca de Ro­binsón a las profundidades. Desamparado, en las pausas que le dejaba su malestar, se deslizaba hacia Karl ciega­mente.

-Usted es, en verdad, un buen muchacho -decía luego; o bien-; ya va a terminar, ya -cosa que aún no era cierta ni re­motamente, o-: ¡Qué brebaje me habrán echado ahí esos perros!

Karl, lleno de inquietud y de asco, ya no aguantaba cerca de él y comenzó a pasearse. En aquel rincón, junto al ascen­sor quedaba Robinsón, ciertamente un tanto escondido; pero, ¿qué sucedería si no obstante, alguno reparase en él, uno de esos huéspedes nerviosos, ricos, que están en acecho constantemente, ansiosos de poder presentar una queja a algún empleado del hotel que acudiría sin duda corriendo, y que luego, furioso, tomaría venganza contra toda la casa, aprovechando ese motivo; o si pasara uno de esos pesquisantes del hotel que siempre cambian, que nadie conoce ex­cepto la Dirección y cuya presencia se sospecha en cada hombre que uno ve, basta que se le descubra una mirada un tanto examinadora, acaso debida meramente a su miopía? Y allá abajo sólo hacía falta que con ese movimiento propio del restaurante, que no cesaba durante toda la noche, fuese alguien a las despensas, que notase aquella asquerosidad en el pozo de luz y preguntase a Karl por teléfono qué, por el amor Dios, estaba pasando allí arriba. ¿Podía Karl, en tal caso, desconocer a Robinsón? Y si lo hiciese, ¿no se referiría Robinsón, en su tontería y desesperación, y por toda excu­sa, precisa y exclusivamente a Karl? ¿Y no sería inevitable entonces que lo despidieran en el acto, pues habría sucedi­do la cosa inaudita de que un ascensorista -el más bajo y más prescindible de la enorme escala de la servidumbre de aquella casa- dejara mancillar el hotel por su amigo, permi­tiendo que asustara a los huéspedes o que del todo los ahu­yentara? ¿Podía tolerarse por más tiempo a un ascensorista que tenía tales amigos, y a quienes, para colmo, permitía que lo visitaran durante las horas de servicio? ¿No parecería a todas luces evidente que un ascensorista de esa laya era un bebedor él mismo o algo peor aún?, pues ¿no sería la supo­sición más convincente que él, aprovechando los depósitos del hotel, hartaba a sus amigos hasta el punto de que llega­sen a hacer cosas como la que ahora había hecho Robinsón en ese mismo hotel donde se mantenía una limpieza riguro­sa y pedante? ¿Y por qué había de limitarse tal muchacho a los hurtos de víveres, si las ocasiones para robar eran real­mente infinitas, dada la conocida negligencia de los huéspe­des, y si estaban a la vista los armarios que quedaban abier­tos por todas partes, los valores y preciosidades que se deja­ban sobre las mesas, los estuches muy abiertos, las llaves distraídamente arrojadas en cualquier parte?

Precisamente veía Karl que a lo lejos, de un salón del só­tano en el cual acababa de concluir una función de varieda­des, comenzaban a subir los huéspedes. Karl se apostó jun­to a su ascensor y ni siquiera se atrevió a volver la cabeza ha­cia Robinsón, por temor a lo que allí pudiera presentarse a sus ojos. Pero le tranquilizaba el que no oyese desde aquel lado el menor ruido, ni siquiera un suspiro. Seguía, por cierto, atendiendo a sus huéspedes, subía y bajaba con ellos; mas, no obstante, no podía ocultar del todo su distracción, y en cada viaje hacia abajo preparábase a encontrar alguna sorpresa desagradable.

Al fin dispuso nuevamente de unos momentos libres para echar una mirada al lugar donde estaba Robinsón y lo vio muy encogido, acurrucado en su rincón y con la cara apretada contra las rodillas. Tenía muy echado hacia atrás su sombrero redondo y duro.

-Pues ahora, váyase usted -dijo Karl en voz baja y con tono resuelto-. Aquí tiene usted el dinero. Si se apresura, podré mostrarle todavía el camino más corto.

-No podré irme -dijo Robinsón enjugándose la frente con un diminuto pañuelo-. Aquí moriré. No puede imagi­narse usted que mal me siento. Delamarche me lleva a todas partes, a estos lugares finos, pero yo no soporto ese brebaje afeminado; se lo digo a Delamarche todos los días.

-Pero, de una vez para siempre, aquí no puede usted quedarse -dijo Karl-; piense usted siquiera dónde se en­cuentra. Si lo descubren aquí, lo castigarán a usted y yo per­deré mi puesto. ¿Es esto lo que usted pretende?

-No puedo irme -dijo Robinsón-. Antes me arrojo allá abajo. -Y a través de los balaustres señaló el pozo de luz­Quedándome aquí sentado, todavía puedo soportarlo, pero levantarme, ¡eso sí que no puedo! ¡Si ya lo intenté mientras usted no estaba!

-Entonces, bien, iré por un coche y lo llevarán al hospital -dijo Karl sacudiéndole ligeramente las piernas, pues Robinsón amenazaba hundirse a cada instante en una apatía absoluta. Pero apenas oyó Robinsón la palabra hospital, que parecía despertar en él imágenes terribles, se puso a llorar a lágrima viva y tendió las manos hacia Karl, implo­rando gracia.

-Quieto -dijo Karl; le bajó las manos de un revés, corrió hasta el ascensorista a quien él había reemplazado esa no­che, le rogó que durante unos momentos le hiciera el mismo favor, y retornó corriendo hasta donde estaba Robinsón.

Levantó con todas sus fuerzas al que aún seguía sollozan­do y le dijo al oído:

-Robinsón, si quiere que yo me ocupe de usted, haga en­tonces un esfuerzo y recorra ahora un pequeñísimo trecho. Lo conduciré, ¿sabe usted?, a mi cama, donde podrá que­darse hasta que se sienta bien. Verá usted qué pronto se re­pondrá. Quedará usted asombrado. Y ahora sólo le pido que se conduzca razonablemente, pues en los pasillos hay gente por todas partes y mi cama, además, se halla en un dormitorio colectivo. Por poco que llame la atención, ya nada podré hacer por usted. Y tenga los ojos abiertos: no puedo andar llevándolo como a un enfermo moribundo

-Sí, sí, voy a hacer lo que usted quiera -dijo Robinsón-, pero usted solo no podrá llevarme. ¿Por qué no va usted a buscar también a Renell?

-Renell no está -dijo Karl.

-¡Ah, sí!, es verdad -dijo Robinsón-; Renell está con De­lamarche. Si son ellos, ellos dos, quienes me han mandado por usted. Ya lo estoy confundiendo todo.

Karl aprovechó éste y otros monólogos incomprensibles de Robinsón para ir empujándolo adelante, y así llegaron fe­lizmente hasta un recodo desde donde un pasillo un poco menos iluminado conducía al dormitorio de los ascensoris­tas. Precisamente venía por el pasillo a todo correr un ascen­sorista que pasó junto a ellos; por lo demás, hasta ese mo­mento, sólo había tenido encuentros nada peligrosos; pues esa hora, entre las cuatro y las cinco, era la más tranquila, y bien sabía Karl que si no lograba sacar a Robinsón en segui­da, a la hora del alba y al comenzar el tráfago del día ya no habría, de ninguna manera, ocasión favorable de hacerlo.

En el otro confín del dormitorio se realizaba precisamen­te una gran pelea o alguna función de otra índole. Se oía un palmoteo rítmico, un pataleo de pies agitados y aclamacio­nes deportivas. En la mitad de la sala situada cerca de la puerta se veía sobre las camas a muy pocos durmientes im­perturbables, los más yacían boca arriba y miraban fija­mente al vacío y de vez en cuando saltaba alguno de la cama, vestido o sin vestir, tal como en el momento se encon­traba, para cerciorarse de cómo marchaban las cosas en el otro extremo de la sala. Y así pues, Karl, sin que lo notasen llevó a Robinsón, que entretanto se había acostumbrado hasta cierto punto a andar, a la cama de Renell, ya que ésta se encontraba muy cerca de la puerta y felizmente no la ocupaba nadie; mientras que en su propia cama, como bien podía verlo desde lejos, dormía tranquilamente otro mu­chacho, a quien ni siquiera conocía.

Apenas sintió Robinson la cama bajo sí -una de sus pier­nas bamboleaba todavía fuera del lecho- se quedó dormido. Karl lo cubrió completamente con la colcha, incluso el ros­tro, y luego se fue creyendo que no tenía por qué preocupar­se, puesto que Robinsón sin duda no despertaría hasta las seis y antes de esa hora él ya estaría de vuelta, luego -quizá entonces estaría también Renell para ayudarle- ya encon­traría algún medio para quitar de allí a Robinsón. Una ins­pección del dormitorio realizada por funcionarios superio­res producíase sólo en casos extraordinarios -hacía años ya que los ascensoristas habían conseguido la abolición de la inspección general que antes se practicaba-, de manera que tampoco en ese sentido había nada que temer.

Al llegar nuevamente junto a su ascensor advirtió Karl que partían hacia arriba, en ese preciso instante, tanto su propio ascensor como el de su vecino. Quedóse esperando, inquieto por ver cómo se explicaba ese asunto. Su ascensor bajó primero y salió de él aquel muchacho que precisamen­te hacía unos momentos había venido corriendo por el pa­sillo.

-¿Dónde has estado Rossmann? -preguntó-. ¿Por qué te has ido? ¿Y por qué no has dado aviso de que te ibas?

-Pero si le dije que me reemplazara por un momento -repuso Karl señalando al muchacho del ascensor vecino que se aproximaba-. Yo también lo he reemplazado a él du­rante dos horas y cuando más movimiento había.

-Perfectamente, perfectamente -dijo el interpelado-, pero eso no es suficiente. ¿Acaso no sabes que por poco que uno se ausente durante el servicio, debe dar aviso, como co­rresponde, a la oficina del camarero mayor? Para eso tienes ahí el teléfono. Yo te hubiera reemplazado con gusto, pero bien sabes que no es tan fácil. Precisamente esperaban ante los dos ascensores huéspedes nuevos, llegados en el tren rá­pido de las cuatro y treinta. Y como yo no podía primero ha­cerme cargo del ascensor tuyo y dejar que esperaran los huéspedes míos, he subido antes con el mío.

-¿Y entonces? -preguntó Karl intrigado, ya que los dos muchachos callaban.

-Y entonces -dijo el muchacho del ascensor vecino-, en­tonces pasa precisamente el camarero mayor, ve a la gente de pie, delante de tu ascensor, sin ser atendida, se le revuelve la bilis, llego yo a todo correr, me pregunta dónde te has meti­do, pero yo no tenía la menor idea pues tú no me dijiste adónde ibas, y entonces habla inmediatamente por teléfono al dormitorio y hace venir a otro muchacho en seguida.

-Si hasta te encontré en el pasillo -dijo el reemplazante de Karl. Éste asintió.

-Naturalmente -aseguraba el otro muchacho-, le dije en seguida que tú me habías pedido que te reemplazara, pero ¿acaso escucha ése semejantes excusas? Probablemente tú no lo conoces todavía. Y además nos dijo que tienes que ir inmediatamente a la oficina. De manera que es mejor que no te detengas: ve corriendo allí. Tal vez todavía te lo perdo­ne, pues realmente te habías ausentado sólo dos minutos. Dile tranquilamente que me habías pedido que te reempla­zara. Pero de que me hayas reemplazado tú a mí, será mejor que no hables, créemelo; a mí nada puede pasarme, puesto que yo tenía permiso, pero no es bueno hablar de una cues­tión semejante entremetiéndola en ese asunto con el cual no tiene la menor relación.

-Ésta ha sido la primera vez que he abandonado mi puesto -dijo Karl.

-Siempre ocurre así, sólo que no lo creen -dijo el mucha­cho, y corrió hasta su ascensor viendo que se aproximaba gente.

El reemplazante de Karl, un muchacho de unos catorce años, que evidentemente sentía compasión por Karl, dijo:

-No sería la primera vez que se perdonan cosas semejan­tes. Generalmente lo trasladan a uno a otros trabajos. Por lo que yo sé, uno solo ha sido despedido por una cuestión como ésta.

-Tienes que inventar alguna excusa. No le digas en nin­gún caso que de pronto te has sentido mal, pues entonces sólo se reiría de ti. Será mejor que le digas que algún hués­ped te ha mandado a ver a otro huésped con un recado ur­gente y que ya no sabes quién es el primero de los huéspe­des, y que al segundo no has podido encontrarlo.

-¡Bah! -dijo Karl-, no ha de ser tan grave.

Después de todo lo que había oído, ya no creía en la po­sibilidad de un desenlace favorable. Pues aunque quedase perdonada esta falta en el servicio, en el dormitorio seguía yaciendo Robinsón que representaba su culpa viviente; y el carácter atrabiliario del camarero mayor era más que pro­bable que no se conformara con una investigación superfi­cial y que, finalmente diera todavía, a pesar de todo, con Robinsón. Sin duda no existía ninguna prohibición expresa según la cual no se podía llevar gente extraña al dormitorio, pero si no regía una prohibición semejante era sólo porque nadie prohibía, por cierto, cosas inimaginables.

Cuando Karl entró en la oficina del camarero mayor es­taba éste precisamente tomando su desayuno; bebía un sor­bo de su café con leche y revisaba luego una lista que, sin lu­gar a dudas, lo había traído el portero mayor del hotel, que también se hallaba allí presente. Era un hombre grande a quien su uniforme abundante, ricamente adornado -hasta sobre los hombros y descendiendo por los brazos serpentea­ban cadenas y cintas doradas-, hacía aparecer más ancho de hombros todavía de lo que ya era por naturaleza. Un bigote negro y lustroso, estirado en puntas distantes, como suelen gastarlo los húngaros, no se movía ni al más rápido movi­miento de cabeza. Por otra parte el hombre, por el peso de su ropaje, apenas si podía moverse, con dificultad por regla general, y no estaba de pie sino esparrancado, con las pier­nas a manera de estacas, a fin de distribuir así exactamente su peso.

Karl entró con timidez y de prisa, costumbre que había adquirido en el hotel, pues la lentitud y cautela, que en un particular son señal de cortesía, considerábase pereza en un ascensorista. Por otra parte, no había de notarse ya en el primer momento su culpabilidad. Ciertamente el camarero mayor había dirigido una mirada fugaz hacia la puerta que se abría; pero luego volvieron a ocuparlo en seguida su café y su lectura, y ya no hizo caso de Karl. El portero, en cam­bio, tal vez porque se sentía molesto por la presencia de Karl, tal vez porque venía con alguna noticia o solicitud se­creta, sea como fuese, lo miraba a cada instante, enfadado, con la cabeza rígida, inclinada, para volverse luego nueva­mente hacia el camarero mayor, mas no antes de que sus miradas hubiesen encontrado las de Karl, lo que manifies­tamente había sido su intención. No obstante creía Karl que al encontrarse ya allí no quedaría bien que abandonara la oficina sin haber recibido antes la orden correspondiente del camarero mayor. Pero éste seguía estudiando la lista y al mismo tiempo comía a intervalos un pedazo de torta, del que de cuando en cuando, sin interrumpir la lectura, sacu­día el azúcar. En eso estaba cuando cayó al suelo una hoja de la lista; el portero ni siquiera intentó levantarla; sabía per­fectamente que no lo lograría, mas no fue necesario porque en el acto ya estaba Karl entregándole la hoja al camarero mayor, que se la recibió con un ademán como si hubiese le­vantado vuelo por sí mismo desde el piso hasta su mano. Esa pequeña atención no sirvió de nada, pues tampoco en lo sucesivo suspendió el portero sus enojadas miradas.

No obstante, Karl estaba más tranquilo que antes. Ya el hecho de que su asunto pareciera tener tan poca importan­cia para el camarero mayor podía interpretarse ciertamen­te como buena señal. Al fin y al cabo esto era lo más natu­ral. Ciertamente un ascensorista no significa nada en abso­luto y nada puede permitirse por lo tanto; pero por el mismo hecho de no significar nada no puede tampoco ori­ginar ningún mal extraordinario. Al fin y al cabo el mismo camarero mayor había sido ascensorista en su juventud -cosa que seguía siendo un motivo de orgullo para los ascensoristas de la generación actual-, había sido él quien por primera vez había organizado a los ascensoristas y seguramente él tam­bién habría abandonado alguna vez su puesto sin permiso, aunque por cierto nadie podría obligarlo a que ahora lo recor­dase y no se debía menoscabar el hecho de que él, precisa­mente como antiguo ascensorista, considerara de su deber el mantenimiento del orden en el seno de este gremio, me­diante una severidad inexorable en ciertas ocasiones.

Pero además confiaba Karl en la marcha del tiempo. De acuerdo con el reloj de la oficina ya eran las cinco y cuarto; Renell podía volver en cualquier momento, hasta era posi­ble que ya estuviese allí; pues, por otra parte, debía haberle llamado la atención que Robinsón no regresara, esto se le ocurría a Karl ahora. Delamarche y Renell no podían haber estado muy lejos del Hotel Occidental, pues de otra manera Robinsón, en el estado miserable en que se hallaba, no ha­bría llegado hasta allí. Ahora bien, encontrando Renell a Robinsón en su cama, cosa que tenía que suceder, ya todo marcharía perfectamente. Pues Renell, práctico como era, sobre todo si iba en ello su propio interés, ya se las arregla­ría para alejar a Robinsón del hotel de alguna manera inme­diata, cosa que entonces ya resultaría mucho más fácil, puesto que Robinsón se habría repuesto un poco entretan­to, y ya que, por otra parte, sería probable que Delamarche esperase delante del hotel a fin de recogerlo.

Ahora bien, una vez alejado Robinsón, ya podría Karl enfrentarse con el camarero mayor mucho más tranquilo; por esta vez acaso se salvaría recibiendo sólo una amones­tación que, por cierto, podía resultar bien grave. Y luego le pediría consejo a Therese, sobre si convendría que le confe­sase la verdad a la cocinera mayor -por su parte no veía obstáculo alguno-, y si esto era posible efectivamente, el asunto quedaría olvidado sin mayores perjuicios.

Precisamente habíase tranquilizado Karl un poco con ta­les reflexiones y ya se disponía a hacer, sin llamar la aten­ción, el recuento de la propina recibida esa noche, pues te­nía la sensación de que era excepcionalmente abundante, cuando el camarero mayor, pronunciando las palabras: «Haga usted el favor de esperar un instante todavía, Feo­dor», dejó la lista sobre la mesa, se levantó de un salto elás­tico e increpó a Karl, gritando de tal manera que éste, en el primer momento, no hizo más que, asustado, mirar fija­mente al interior de aquel grande y negro orificio bucal.

-Has abandonado tu puesto sin permiso. ¿Sabes lo que esto significa? Pues significa perder el empleo. No quiero conocer tus excusas; guárdate tus mentirosos pretextos; a mí me basta plenamente con el hecho de que no hayas esta­do. Que una sola vez tolere y perdone yo esto será suficien­te para que en lo sucesivo los cuarenta ascensoristas aban­donen sus puestos durante las horas de servicio y habrá que verme entonces a mí solo cargar con los cinco mil huéspe­des escaleras arriba.

Karl no dijo nada. Se le había acercado el portero, el cual daba en ese momento unos tirones de la chaquetilla de Karl que mostraba unas cuantas arrugas; lo hacía sin duda para llamar la atención del camarero mayor, especialmente, so­bre ese pequeño desorden del traje de Karl.

-¿Acaso te has sentido repentinamente mal? -preguntó con astucia el camarero mayor.

Karl le dirigió una mirada escudriñadora y respondió:

-No.

-¿De manera que ni siquiera te has sentido mal? -gritó el camarero mayor-. Pues si es así habrás inventado alguna mentira verdaderamente grandiosa. ¿Qué excusa tienes? Vamos, desembucha.

-Yo no sabía que hubiera que pedir permiso por teléfono -dijo Karl.

-¡Oh!, esto es, por cierto, delicioso -dijo el camarero ma­yor; cogió a Karl de la solapa y así, casi suspendido, se lo lle­vó frente a un reglamento relativo al servicio de los ascenso­res que estaba fijado en la pared. El portero también fue tras ellos.

-¡Lee aquí! -dijo el camarero mayor señalando cierto ar­tículo.

Karl creyó que debía leerlo para sí.

-¡En voz alta! -ordenó con tono de mando el camarero mayor.

En vez de leer en voz alta, Karl, esperando que con ello aplacaría más fácilmente al camarero mayor, dijo:

-Conozco el artículo; he recibido, por supuesto, el regla­mento y lo he leído detenidamente; pero precisamente una ordenanza como ésta, que uno nunca tiene ocasión de po­ner en práctica, suele olvidarse. Ya estoy desempeñando mi puesto desde hace dos meses y jamás he abandonado mi puesto.

-Pues entonces lo abandonarás ahora -dijo el camarero mayor.

Se acercó a la mesa, levantó de nuevo la lista como si fue­se algún trapo sin valor y echó a andar por el cuarto, de aquí para allá, con la frente y las mejillas muy encendidas.

-¡Y por un granuja semejante tiene uno que pasar por todo esto! ¡Por semejantes disgustos durante el servicio nocturno! -Espetó tales palabras varias veces-. ¿Sabe usted quién era el que precisamente deseaba subir cuando este in­dividuo había abandonado el ascensor? -dijo dirigiéndose al portero. Y nombró un apellido. Al escucharlo, el portero, que seguramente conocía y sabía apreciar el valor de todos los huéspedes, se estremeció tanto que no pudo menos que dirigir una rápida mirada hacia Karl, como si sólo la exis­tencia de éste pudiese ser realmente una confirmación de que, en efecto, el portador de aquel apellido había tenido que esperar unos instantes, inútilmente, junto a un ascensor cuyo ascensorista se había escapado.

-¡Es horroroso! -dijo el portero presa de una inquietud in­finita y meneando la cabeza lentamente en dirección a Karl.

Éste lo miraba con tristeza y pensaba que ahora tendría que pagar también las consecuencias de la torpeza mental de ese hombre.

-Por otra parte ya te conozco yo también -dijo el porte­ro extendiendo su índice grueso, grande, rígido-. Eres el único de los muchachos que no me saluda, que sistemática­mente no me saluda. ¿Qué es lo que te crees tú, en verdad? Cualquiera que pase por la portería tiene el deber de salu­darme. En cuanto a los demás porteros, puedes proceder como quieras; pero, por mi parte, exijo que se me salude. Es cierto que a veces me hago el distraído; pero puedes estar bien tranquilo, yo sé siempre, exactamente, quién me salu­da y quién no, ¡pedazo de botarate!

Se apartó de Karl y en actitud altiva dio unos pasos hacia el camarero mayor; pero éste, en lugar de manifestar su opi­nión respecto de ese asunto del portero, concluía su desayu­no hojeando un diario matutino que acababa de traerle un ordenanza.

-Señor portero mayor -dijo Karl queriendo aprovechar la distracción del camarero mayor al menos para dejar en claro el asunto del portero, pues comprendía que si bien no podía perjudicarle gran cosa el reproche del portero, sí po­día hacerlo su enemistad-; ciertamente lo saludo a usted. No llevo mucho tiempo todavía en América y vengo de Eu­ropa, donde, como todo el mundo sabe, se saluda mucho más de lo necesario. Naturalmente no he podido deshabi­tuarme del todo y hace apenas dos meses trataron de con­vencerme en Nueva York, donde casualmente tenía yo rela­ciones con gente del gran mundo, en cada ocasión que se presentaba, de que dejara yo a un lado mi exagerada corte­sía. ¡Y siendo así, cómo no habría de saludarlo a usted, pre­cisamente a usted! Todos los días lo he saludado a usted, y varias veces por día. ¡Claro que no cada vez que lo veía, puesto que cien veces al día paso yo frente a usted!

-Tú tienes que saludarme siempre, siempre sin excep­ción, y durante todo el tiempo que hables conmigo tienes que permanecer con la gorra en la mano y tienes que decirme siempre: «señor portero mayor» y no «usted». Y todo esto siempre y siempre.

-¿Siempre? -repitió Karl en voz baja y en tono interroga­tivo; ahora se acordaba, en efecto, de las miradas llenas de rigor y reproche que le había lanzado el portero durante toda su permanencia allí, ya a partir de aquella primera mañana en que, no habiéndose adaptado todavía suficien­temente a su condición de subordinado, interrogó a aquel portero, sin más, con cierto exceso de audacia y queriendo saber si por ventura no habían preguntado por él dos hom­bres y si no habían dejado, quizá, alguna fotografía para él.

-Ahora ya ves a dónde lleva una conducta semejante -dijo el portero. Ya estaba otra vez muy cerca de Karl y dijo esto señalando al camarero mayor, que aún se hallaba leyen­do, como si aquél fuese el representante de su venganza-. En tu próximo puesto ya sabrás saludar al portero aunque sólo sea el caso en alguna taberna miserable.

Karl comprendió que en realidad había perdido su pues­to, pues el camarero mayor ya lo había declarado y el porte­ro mayor lo había repetido como si se tratase de un hecho consumado, y tratándose de un simple ascensorista segura­mente no sería necesaria la confirmación de su cesantía por parte de la Dirección del hotel. Por cierto, todo esto había podido imaginar, pues al fin y al cabo había cumplido du­rante esos dos meses lo mejor que había podido y sin duda mejor que muchos otros muchachos. Pero tales cosas por lo visto no se toman en consideración en el momento decisivo, en ninguno de los continentes, ni en Europa ni en América, sino antes bien se toman decisiones según el rapto de furia del primer momento y conforme a la primera sentencia que salga de la boca.

Tal vez hubiera sido lo mejor en aquel momento despe­dirse en seguida y marcharse; la cocinera mayor y Therese quizá estuvieran durmiendo todavía y él podría despedirse de ellas por carta, para ahorrarles así, al menos evitando la despedida personal, la decepción y la tristeza que su con­ducta les causaría; podría preparar rápidamente su baúl y marcharse en silencio. Pero si en cambio se quedaba aunque fuese un día más, y por cierto le hubiera sentado bien dor­mir un poco, no podía acontecer sino que su asunto se infla­se hasta estallar en un escándalo y sólo podría esperar re­proches de todas partes y la escena insoportable del llanto de Therese y quizá de la cocinera mayor, y posiblemente, para rematarlo todo, recibiese algún castigo. Mas por otra parte lo turbaba tener que enfrentarse con dos enemigos y el que cada palabra que él pronunciase fuese objetada e in­terpretada para mal, si no por uno, seguramente por el otro; quedó, pues, callado disfrutando momentáneamente de la tranquilidad que reinaba en el cuarto ya que el cama­rero mayor seguía leyendo el diario y el portero mayor or­denaba la lista dispersa sobre la mesa de acuerdo con los números de las páginas, lo que en vista de su miopía eviden­te le originaba grandes dificultades.

Por fin, bostezando, el camarero mayor dejó el diario, di­rigió una mirada hacia Karl para cerciorarse de que éste se­guía allí, y dando vueltas a la manivela hizo sonar la campa­nilla del teléfono que estaba sobre la mesa. Dijo varias veces «hola», pero nadie contestaba.

-No contesta nadie -le dijo al portero mayor. Éste, que había seguido con especial interés, por lo que le pareció a Karl, esa llamada telefónica, dijo:

-Pero si ya son las seis menos cuarto. Ya debe estar des­pierta sin duda. Insista usted, insista sin temor.

En ese momento llegó, sin que mediase otro pedido, la se­ñal telefónica de respuesta.

-Habla el camarero mayor Isbary -dijo éste-. Buenos días, señora cocinera mayor. Espero no haberla despertado, ¡por Dios! Pues lo siento muchísimo. Sí, sí; ya son las seis menos cuarto. Pero siento sinceramente haberla asustado. Debería usted desconectar el teléfono mientras duerme. No, no, realmente es imperdonable, más aún si se conside­ra la insignificancia del asunto por el cual quisiera hablarle. Pero claro está, tengo tiempo, seguramente; voy a esperar junto al teléfono, si le parece.

-Debe de haber corrido en camisa de dormir a atender el teléfono -dijo el camarero mayor sonriendo al portero ma­yor, que en el ínterin había permanecido inclinado sobre la caja telefónica, con un enorme interés reflejado en su ros­tro-. Realmente la he despertado. Por lo general la despier­ta esa chiquilla que escribe para ella a máquina, y sólo por excepción debe de haberse retrasado hoy. Siento haberle causado ese sobresalto; ya es bastante nerviosa de suyo.

-¿Por qué no sigue hablando?

-Se ha ido a ver qué ocurre con la muchacha -contestó el camarero mayor acercando el auricular a su oído, pues la campanilla sonaba otra vez-. Ya aparecerá -dijo luego diri­giéndose al teléfono-. No debe usted permitir que cual­quier cosa la asuste de esa manera. Usted realmente necesi­ta reponerse, y a fondo. Bueno, pues mi pequeña consulta... hay aquí un ascensorista que se llama... -con un gesto interro­gativo se volvió hacia Karl y éste, ya que estaba prestando suma atención, pudo proporcionarle su nombre en seguida-, que se llama, pues, Karl Rossmann. Si mal no recuerdo, de­mostró usted cierto interés por él; desgraciadamente, él ha pagado muy mal su gentileza: ha abandonado sin previo permiso su puesto, me ha causado con ello disgustos graví­simos, cuyo alcance ni siquiera puede apreciarse todavía, y con tal motivo acabo de despedirlo. Espero que no lo toma­rá usted trágicamente. ¿Cómo dice? Despedido, sí, despedi­do. Pero si le he dicho que abandonó su puesto. No, en este caso realmente no puedo transigir, mi querida cocinera mayor. Se trata de mi autoridad; es mucho lo que entra en juego; un muchacho semejante me echa a perder a toda la pandilla. Precisamente tratándose de los ascensoristas hay que andarse con un cuidado del diablo. No, no; en este caso no puedo hacerle ese favor, por más que me empeñe siem­pre en ser cortés con usted. Pues si a pesar de todo le permi­tiera permanecer en la casa, aunque sólo fuera para mante­ner en actividad mi bilis, por usted, sí, por usted, señora co­cinera mayor, por usted, él no podrá quedarse. Demuestra usted para con él un interés que no merece en absoluto; y puesto que no sólo lo conozco a él, sino también a usted, sé que esto sólo le acarrearía las más graves decepciones y yo quiero evitárselas a usted a cualquier precio. Lo digo con toda franqueza y a pesar de que ese chico empedernido está aquí presente, a unos pasos delante de mí. Se le despide, pues; no, no, señora cocinera mayor; se le despide total­mente; no, no, no se le trasladará a ningún otro trabajo, es completamente inepto. Por otra parte también acabo de re­cibir otras quejas acerca de él. El portero mayor, por ejem­plo, ¿qué, Feodor?; sí, Feodor se queja de la descortesía e in­solencia de este muchacho. ¿Cómo que eso no basta?; pues, querida señora cocinera mayor, reniega usted de su propio carácter por ese chico. No, no debe usted instarme en esa forma.

En ese instante inclinóse el portero al oído del camarero mayor susurrándole algo. El camarero mayor lo miró asombrado primero, y luego habló al teléfono con tal velo­cidad que Karl en un comienzo no pudo entenderlo perfec­tamente y de puntillas se acercó dos pasos más.

-Querida cocinera mayor -oyó-, sinceramente yo no hubiese creído que conociera usted tan mal a la gente. En este momento me entero de algo que concierne a ese ange­lito de muchacho suyo, y esto le hará cambiar radicalmente la opinión que de él tiene; casi me da pena que sea precisa­mente yo el que tenga que decírselo. Pues este delicado muchachito, al que usted llama modelo de decencia, no deja pasar ni una sola de las noches libres de servicio sin irse co­rriendo a la ciudad de la cual sólo regresa por la mañana. Sí, sí, señora cocinera mayor; eso está probado por testigos in­tachables, sí... ¿Podría usted decirme ahora, acaso, de dón­de saca el dinero necesario para tales placeres? ¿Y si es posi­ble que así mantenga alerta la atención indispensable en su servicio? ¿O acaso quiere usted que además le describa en qué cosas anda en la ciudad? Sí, pues; me apresuraré muy especialmente, a fin de verme libre de este muchacho. Y a usted, se lo ruego, que le sirva de escarmiento para que sepa cuánta cautela hay que emplear en el trato con estos moci­tos vagabundos llegados de no se sabe dónde.

-Pero, señor camarero mayor -exclamó entonces Karl, realmente aliviado por aquel error grande que parecía ha­berse introducido allí, destinado quizá, antes que cualquier otra cosa, a tornarlo todo, inesperadamente, en su favor-, aquí hay con toda certeza una confusión. Según creo, el se­ñor portero mayor le ha dicho que yo me ausento todas las noches. Pero esto no es cierto en absoluto; al contrario, me quedo todas las noches en el dormitorio; todos los mucha­chos podrán confirmarlo. Si no duermo, me dedico a estu­diar correspondencia comercial; pero en ningún caso me muevo del dormitorio; ni una sola noche lo he hecho. Esto es fácil de probar, sin duda. Por lo visto el señor portero mayor me confunde con algún otro, y ahora ya entiendo también por qué cree que no lo saludo.

-¡Te querrás callar inmediatamente! -gritó el portero mayor agitando el puño por algo que a otro hubiera hecho mover un dedo-. ¡Que yo te confunda con algún otro, yo! Pues entonces ya no puedo ser portero mayor, si es que con­fundo a la gente. Escuche usted eso, señor Isbary, ya no puedo seguir como portero mayor, claro está, puesto que confundo a la gente. Ciertamente en mis treinta años de servicio aún no me ha ocurrido confundir a nadie, cosa que podrán confirmar los centenares de señores camareros ma­yores que hemos tenido desde entonces, pero en este caso, pillo miserable, quieres que haya comenzado a cometer confusiones. ¡Y contigo, con esa jeta tan llamativa, lisa, que tienes! ¿Qué es lo que se puede confundir en tu caso? Po­drías haber ido todas las noches a la ciudad sin que yo te vie­ra yyo confirmo, sin embargo, tan sólo por tu cara, que eres un bribón redomado.

-¡Deja, Feodor! -dijo el camarero mayor cuyo diálogo con la cocinera mayor parecía haber quedado interrumpido de pronto-. En primer lugar, no importan tanto sus diver­siones nocturnas. Podría ser que antes de que lo despida­mos quisiera él provocar todavía algo así como una gran in­vestigación acerca de sus ocupaciones nocturnas. Bien pue­do imaginarme que esto le complacería. Si fuera posible se citaría como testigos a los cuarenta ascensoristas en pleno y se les interrogaría; éstos, naturalmente, también lo habrían confundido, todos, de manera que poco a poco se requeri­ría el testimonio de todo el personal; desde luego, el movi­miento del hotel quedaría paralizado un buen rato y si lue­go, al fin y al cabo, lo echaran a pesar de todo, él al menos se habría divertido en grande mientras tanto. Será, pues, pre­ferible que nos abstengamos. Ya se ha burlado de la cocine­ra mayor, esa mujer tan buena, y con ello debe bastarnos. No quiero saber nada más; quedas despedido de tu servicio por tu falta disciplinaria. Aquí tienes un vale para la caja; te pagaran tu sueldo hasta el día de hoy. Esto, por otra parte, considerando tu conducta y dicho sea entre nosotros, es sencillamente un regalo y te lo doy sólo por consideración a la señora cocinera mayor.

Una llamada telefónica impidió que el camarero mayor firmara el vale acto seguido.

-¡Vaya si me dan que hacer esos ascensoristas hoy! -exclamó apenas hubo escuchado las primeras palabras-. ¡Pero si esto es inaudito! -exclamó nuevamente al cabo de unos instantes. Y dejando el teléfono se dirigió al portero del hotel diciendo-: Por favor, Feodor, sujeta un poco a este mocito; todavía tendremos que hablar con él. -Y volviéndo­se de nuevo hacia el teléfono ordenó-: ¡Sube inmediata­mente!

Ahora, por lo menos, el portero mayor podía dar rienda suelta a su furia, cosa que no había logrado con las pala­bras. Sujetó a Karl por la parte superior del brazo, mas de ninguna manera agarrándolo tranquilamente, lo que hu­biera podido soportarse, sino que, de vez en cuando, afloja­ba su mano para luego apretarla in crescendo cada vez más, y dada su gran fuerza física, parecía que esto no terminaría nunca; por lo demás era tan fuerte que a Karl se le nublaba la vista. Pero no se limitaba a sostenerlo, sino que, como si hubiera recibido la orden de estirarlo al mismo tiempo, le daba de vez en cuando un tirón hacia arriba, sacudiéndolo; y a la vez, en un tono que era a medias interrogativo, le de­cía reiteradamente al camarero mayor:

-Con tal que no lo confunda ahora; con tal que no lo confunda ahora.

Para Karl significó una verdadera liberación que entrara en ese momento el jefe de los ascensoristas -un tal Bess, muchacho gordo que vivía resoplando eternamente-, el cual vino a desviar un poco hacia su persona la atención del portero mayor. Karl se sintió tan agotado que apenas salu­dó, cuando vio con asombro que tras el muchacho se desli­zó al interior de la habitación Therese, lívida, desaliñada, con los cabellos medio sueltos. Al instante estuvo junto a él cuchicheando:

-¿Lo sabe ya la cocinera mayor?

-El camarero mayor se lo ha dicho por teléfono -respon­dió Karl.

-Entonces ya está todo bien; sí, entonces ya está todo bien -dijo rápidamente con gran vivacidad en los ojos.

-No -dijo Karl-; si tú no sabes lo que tienen ellos contramí. Yo tendré que irme. La señora cocinera mayor también ya está convencida de ello. No te quedes aquí, vete arriba, iré luego a despedirme de ti.

-Pero, Rossmann, ¿qué se te ocurre? Te quedarás en esta casa el tiempo que te plazca. Si el camarero mayor lo hace todo tal como lo quiere la cocinera mayor, como que está enamorado de ella; esto lo he sabido últimamente. Y siendo así ya puedes estar bien tranquilo

-Te lo ruego, Therese, vete ahora. No podré defenderme como es debido si te quedas aquí. Y debo defenderme con mucha precisión, porque me acusan alegando mentiras. Y cuanta más atención pueda yo prestar y cuanto mejor pue­da defenderme, mayores serán las esperanzas de que me quede; bueno, pues, Therese... -Por desgracia, obedeciendo a un dolor repentino, no pudo dejar de añadir-: ¡Si me sol­tara este portero mayor! Ni sabía que fuese enemigo mío. ¡Cómo me aprieta y estruja!

«¡Pero cómo estoy diciendo todo esto!», pensó al mismo tiempo; «ninguna mujer podría escuchar tranquilamente tales cosas»; y en efecto, Therese, sin que él pudiera apartar­la con la mano libre, se dirigió al portero mayor:

-Señor portero mayor, haga usted el favor de soltar a Rossmann inmediatamente. ¿No ve que le causa dolor? Ahora mismo vendrá la señora cocinera mayor en persona y luego ya se verá que están cometiendo una injusticia con él. Suéltelo usted; ¿qué placer puede procurarle el torturar­lo? -Y hasta quiso coger la mano del portero mayor.

-Es una orden, señoritinga; es una orden -dijo el porte­ro mayor, y con la mano libre atrajo hacia sí, amablemente, a Therese, mientras que con la otra apretaba el brazo de Karl haciendo ya un verdadero esfuerzo, como si no sólo quisiera causarle dolor, sino como si aquel brazo que tenía en su poder debiera servirle para alcanzar alguna meta es­pecial que aún distaba mucho de lograr.

Therese necesitó algún tiempo para zafarse del abrazo del portero mayor y precisamente se disponía a intervenir en favor de Karl ante el camarero mayor, que aún seguía es­cuchando al ceremonioso Bess, cuando, con rápido paso, entró la cocinera mayor.

-A Dios gracias -exclamó Therese, y durante un instan­te no se oyó en el cuarto nada más que estas palabras pro­nunciadas en alta voz.

Inmediatamente el camarero mayor se levantó de un sal­to, apartando a Bess.

-¿Viene, pues, usted misma, señora cocinera mayor? ¿Y por tan poca cosa? Por cierto, ya me lo imaginaba, después de nuestra conversación telefónica y..., sin embargo, no lo hubiera creído. Y pensar que la causa de su protegido va empeorando de momento en momento. Me temo que, en efecto, no voy a despedirlo; pero en cambio tendré que ha­cerlo detener. Escuche usted misma. -Le hizo señas a Bess para que se aproximara.

-Primero quisiera yo cambiar unas palabras con Ross­mann -dijo la cocinera mayor sentándose en un sillón, obligada por el camarero mayor.

-Karl, acércate, por favor -dijo luego.

Karl obedeció o, mejor dicho, fue arrastrado hasta don­de ella estaba por el portero mayor.

-Pero suéltelo usted -dijo la cocinera mayor, disgusta­da-; ¡no es ningún temible asesino!

El portero mayor lo soltó, en efecto; pero no sin antes apretar una vez más con tanta fuerza que a él mismo se le lle­naron los ojos de lágrimas por el esfuerzo que tuvo que rea­lizar.

-Karl -dijo la cocinera mayor; asentó tranquilamente sus manos sobre su regazo y miró a Karl inclinando la cabe­za (por cierto no parecía esto un interrogatorio)-, ante todo quiero decirte que aún sigo teniendo plena confianza en ti. También el señor camarero mayor es hombre justo; de ello respondo yo. A los dos, en el fondo, nos gustaría que tú te quedaras. -Al decir esto dirigió una mirada fugaz al ca­marero mayor como si quisiera rogarle que no la interrum­piese. Lo cual, en efecto, no sucedió-. Olvida por tanto lo que hasta ahora pueden haberte dicho. Ante todo: lo que tal vez te haya dicho el señor portero mayor no debes tomarlo muy a pecho. Es ciertamente un hombre excitable, lo que no es extraño si se considera la clase de funciones que desem­peña; pero él también tiene mujer e hijos y sabe que no es­taría bien martirizar sin motivo a un muchacho que depen­de enteramente de sí mismo; él sabe que de ello ya se encar­ga sobradamente todo el mundo.

En el cuarto reinaba un silencio profundo. El portero mayor miraba al camarero mayor exigiendo explicaciones, y éste a su vez, meneando la cabeza, miraba a la cocinera mayor. El ascensorista Bess, en forma bastante absurda, reía tras la espalda del camarero mayor. Therese sollozaba para sus adentros, de placer y de pena, y tenía que esforzar­se mucho para que nadie la oyese.

Y Karl, pese a que aquello sólo podía ser interpretado como mala señal, no miraba a la cocinera mayor, que segu­ramente requería su mirada, sino fijamente delante de sí, clavados los ojos en el piso. En su brazo el dolor vibraba convulsivamente, ramificándose en todas las direcciones; su camisa estaba pegada a los cardenales y en realidad lo que debía hacer era quitarse la chaqueta para examinar eso. Todo lo que decía la cocinera mayor era, desde luego, muy amable en el fondo; pero por desgracia le parecía que preci­samente esa actitud de la cocinera mayor demostraría a las claras que él no era digno de amabilidad alguna, que ya durante dos meses había disfrutado inmerecidamente de la bondad de la cocinera: sí, sí, que no merecía sino caer en las manos del portero mayor.

-Y digo esto -continuó la cocinera mayor- para que ahora contestes sin turbación alguna; aunque por otra par­te, por lo que creo conocerte, muy probablemente sea eso lo que de todas maneras habrías hecho.

-Por favor, ¿puedo ir mientras tanto a buscar al médico? Porque de otro modo el hombre podría desangrarse en el ínterin -entrometióse de pronto, muy cortés pero muy oportuno, el ascensorista Bess.

-Ve -dijo el camarero mayor a Bess; éste salió corriendo inmediatamente. Y luego, dirigiéndose a la cocinera ma­yor-: El asunto es éste: no sin motivo ordené al portero ma­yor que sujetase a este muchacho; pues abajo en el dormito­rio de los ascensoristas ha sido hallado en una de las camas un hombre completamente extraño, borracho hasta más no poder, cuidadosamente tapado. Como es natural lo desper­taron y quisieron echarlo de allí. Pero entonces el hombre armó un tremendo alboroto, poniéndose a gritar una y otra vez que el dormitorio le pertenecía a Karl Rossmann, de quien era huésped, y que Rossmann lo había llevado allí y castigaría a cualquiera que se atreviese a tocarlo. Además era necesario, decía, que esperase a Karl Rossmann porque éste, por otra parte, le había prometido dinero y había ido a buscarlo. Repare usted, se lo ruego, en esto, señora coci­nera mayor: le había prometido dinero y había ido a bus­carlo. Tú también puedes prestar atención, Rossmann -dijo el camarero mayor dirigiéndose también a Karl, quien en ese momento se había vuelto hacia Therese, pues ésta miraba al camarero mayor como fascinada, y al mis­mo tiempo se apartaba una y otra vez algún mechón de la frente, bien fuera por el ademán mismo, o bien contra su voluntad-, tal vez pueda recordarte yo ciertos compromi­sos que has contraído. Pues ese hombre ha dicho además que vosotros dos, a tu regreso, haríais una visita nocturna a cierta cantante, cuyo nombre por cierto nadie consiguió entender, puesto que el hombre sólo podía pronunciarlo cantando.

Interrumpióse el camarero mayor, pues la cocinera ma­yor se había puesto visiblemente pálida y se había levanta­do del sillón empujándolo ligeramente hacia atrás.

-Le ahorraré lo demás -dijo el camarero mayor.

-No; se lo ruego, no -dijo la cocinera mayor y lo cogió de la mano-, siga usted contando; quiero escucharlo todo, todo; para eso he venido.

El portero mayor, adelantándose y golpeándose el pecho ruidosamente en señal de que él lo había comprendido todo desde un comienzo, fue tranquilizado y a la vez rechazado por el camarero mayor:

-¡Sí, tenía usted razón, Feodor!

-Ya no queda mucho que contar -dijo el camarero ma­yor-. Usted sabe cómo son estos muchachos; primero se rieron del hombre y luego se trabaron en riña con él, y puesto que allí hay siempre buenos boxeadores a disposi­ción, pues sencillamente lo han derribado a puñetazos y yo ni siquiera he osado preguntarles cuáles y cuántas son las partes de su cuerpo que están sangrando, pues estos mucha­chos son boxeadores terribles y, naturalmente, ¡tienen jue­go fácil con un borracho!

-¡Ah! -dijo la cocinera mayor, agarró el sillón por el res­paldo y se quedó mirando el sitio que acababa de dejar-. ¡Di, pues, te lo ruego, una palabra, Rossmann! -dijo luego.

Therese, dejando el sitio donde había estado hasta en­tonces, corrió junto a la cocinera mayor y la cogió del bra­zo, cosa que Karl nunca la había visto hacer antes. El cama­rero mayor estaba de pie tras la cocinera mayor, muy cerca de ella, y pasaba lentamente la mano por el modesto cuellecito de encaje de la cocinera mayor que se había doblado un poco. El portero mayor, apostado junto a Karl, dijo:

-¿Para cuándo? -pero con ello sólo quiso disimular un empujón que mientras tanto le propinó a Karl por la es­palda.

-Es cierto -dijo Karl con menos seguridad de la que hu­biera querido, debido a ese golpe- que he llevado a ese hombre al dormitorio.

-Nos basta con eso -dijo el portero en nombre de todos. Pero la cocinera mayor, muda, miró primero al camarero mayor y luego a Therese.

-No me quedaba más remedio -siguió diciendo Karl-. El hombre es un antiguo camarada mío; no nos habíamos vis­to durante dos meses y vino aquí a visitarme; pero estaba tan borracho que ya no pudo marcharse solo.

El camarero mayor, de pie junto a la cocinera mayor, murmuró como para sí:

-De manera que vino a visitarlo y luego estaba tan borra­cho que ya no podía marcharse.

La cocinera mayor dijo algo al oído del camarero mayor, por encima de su propio hombro; pero él parecía oponer re­paros con una sonrisa que evidentemente no venía al caso. Therese -Karl sólo la miraba a ella-, del todo desamparada, apretaba su rostro contra la cocinera mayor y ya no quería ver nada. El único que parecía plenamente satisfecho por la declaración de Karl era el portero mayor, que repitió varias veces:

-Pero si eso está perfectamente bien; a su compinche de borracheras debe uno ayudarle. -Y mediante miradas y ademanes trataba de inculcar lo que decía a cada uno de los presentes.

-De manera que soy culpable -dijo Karl haciendo una pausa como si esperase una palabra amable de parte de sus jueces, una palabra que le diera valor para su próxima de­fensa; mas esta palabra no fue dicha-. Soy culpable sólo de haber llevado al dormitorio a ese hombre: se llama Robin­són y es irlandés. Todo lo demás, lo que él dijo, lo dijo en su borrachera y no es verdad.

-¿De manera que no le has prometido dinero? -pregun­tó el camarero mayor.

-Sí -dijo Karl y lamentó haberlo olvidado; por irrefle­xión o distracción se había declarado libre de culpa en tér­minos demasiado absolutos-. Le he prometido dinero por­que él me lo ha pedido. Pero yo no iba a buscarlo; pensaba darle la propina que había ganado esta noche. -Y por toda prueba sacó el dinero del bolsillo y mostró sobre la palma de la mano las pocas moneditas.

-Te enredas cada vez más -dijo el camarero mayor-. Si uno quisiera creerte tendría que olvidar lo que dijiste antes. De manera que primero llevaste al hombre -no creo siquie­ra que se llame como tú dices, pues desde que Irlanda exis­te no creo que ningún irlandés se haya llamado Robinsón-, de manera que primero lo llevaste al dormitorio, lo que ya bastaría por sí solo para que volaras de aquí sin más y, pri­mero también, no le habías prometido dinero; pero luego si se te pregunta de sopetón, entonces sí, le has prometido di­nero. Pero no estamos jugando aquí a las preguntas y res­puestas: queremos escuchar tu justificación. De manera que primero no ibas a buscar dinero para él, sino querías darle tu propina del día; pero luego resulta que todavía lle­vas ese dinero contigo, de modo que, por lo visto y a pesar de todo, ibas en busca de algún otro dinero, cosa que abo­na, por otra parte, tu prolongada ausencia. Finalmente, no sería nada extraordinario que fueras a buscar ese dinero para él en tu baúl; pero que lo niegues con toda tenacidad, eso sí es extraordinario, lo mismo que el hecho de que quie­ras callar constantemente que fuiste tú el que emborrachó a ese hombre, aquí en el hotel y no antes; de ello no cabe la menor duda, puesto que tú mismo has confesado que él ha­bía venido solo, pero que solo ya no podía marcharse y él mismo se ha puesto a gritar en el dormitorio que es tu hués­ped. Por tanto quedan ahora dos cosas inciertas, que tú, si quieres simplificar la cuestión, podrías aclarar contestando directamente; pero que, al fin y al cabo, se podrán estable­cer igualmente sin tu ayuda: primero, ¿cómo has consegui­do acceso a las despensas?; y segundo, ¿cómo has acumula­do dinero en una cantidad que te permite regalarlo?

«Es imposible defenderse si falta la buena voluntad», dí­jose Karl y ya dejó de contestar al camarero mayor por más que Therese, probablemente, pudiera sufrir por ello. Sabía que lo que él pudiera decir tendría luego otro aspecto muy distinto; que ya no sería lo que él había querido decir; y que sólo quedaba a la merced de la manera de juzgar las cosas el que se viera en ellas algo bueno o algo malo.

-No contesta -dijo la cocinera mayor.

-Es lo más razonable -dijo el camarero mayor.

-Ya conseguirá inventar algo -dijo el portero mayor aca­riciándose delicadamente el bigote con aquella mano antes tan cruel.

-Quieta -dijo la cocinera mayor a Therese, que comenza­ba a sollozar a su lado-; ya lo ves, no contesta. ¿Cómo quie­res entonces que haga algo por él? Al fin seré yo la que ten­ga que darle la razón al señor camarero mayor. Dilo tú, Therese, ¿crees que he descuidado algo, que he dejado de hacer algo por él?

¿Cómo podía saberlo Therese y de qué podía servir aho­ra que la cocinera mayor, mediante esa pregunta y ese rue­go dirigidos públicamente a la muchachita, faltara acaso demasiado a su propia dignidad ante esos dos hombres?

-Señora cocinera mayor -dijo Karl cobrando ánimo una vez más, y esto sólo para evitarle a Therese la respuesta, y sin ningún otro fin-, no creo haber sido para usted motivo de vergüenza en ningún caso y después de una investigación minuciosa tendría que verlo así cualquier otra persona también.

-Cualquier otra persona -dijo el portero mayor señalan­do con el dedo al camarero mayor-, esto es una punta con­tra usted, señor Isbary.

-Bien, señora cocinera mayor -dijo éste-, son las seis y media; es ya muy tarde. Pienso que será lo mejor que me deje usted a mí la palabra final en este asunto tratado ya con excesiva indulgencia.

Había entrado el pequeño Giácomo y quiso acercarse a Karl; pero, asustado por el silencio general que reinaba, se detuvo esperando.

Desde las últimas palabras de Karl la cocinera mayor no le había quitado la mirada de encima, y nada indicaba que siquiera hubiese oído la observación del camarero mayor. Sus ojos se fijaron en Karl y lo miraron de lleno; eran gran­des y azules, pero un tanto enturbiados por los años y los muchos afanes. Tal como permanecía allí, de pie, meciendo débilmente el sillón que tenía delante, hubiera podido espe­rarse perfectamente que al instante dijese: «Pues bien, Karl, si bien lo considero, esta cuestión no está aún lo suficientemen­te aclarada y exige todavía, como bien lo has dicho, una inves­tigación minuciosa. Y ahora procederemos a efectuarla, estén ellos de acuerdo o no, pues la justicia cuenta ante todo.»

Pero en lugar de decir esto, la cocinera mayor, después de una breve pausa que nadie osó interrumpir -sólo el reloj confirmando las palabras del camarero mayor dio las seis y media y, como todo el mundo sabía, al unísono con él todos los relojes del hotel entero; sonaba esto, en el oído y en el presentimiento, como una reiterada contracción de una sola impaciencia general-, dijo:

-No, Karl, ¡no, no! No podemos persuadirnos de ello. Las causas justas suelen tener cierto aspecto especial que tu asunto, debo confesarlo, no tiene. Yo tengo derecho a decir­lo y debo hacerlo; no puedo menos que confesarlo, pues he sido yo la que se ha presentado aquí inspirada por la mejor buena voluntad para contigo. Ya lo ves, también Therese se calla. (Pero si ella no se callaba, ¡si estaba llorando! )

La cocinera mayor se interrumpió, pues una resolución se apoderó de pronto de ella, y dijo:

-Karl, acércate un poco.

Cuando hubo llegado hasta ella -inmediatamente se jun­taron a sus espaldas, en vivo diálogo el camarero mayor y el portero mayor- lo rodeó con el brazo izquierdo y se dirigió con él y con Therese, que los seguía automáticamente, has­ta lo más apartado del cuarto, y allí se paseó varias veces con los dos, de un lado para otro, diciendo:

-Es posible, Karl, y tú pareces confiar en ello, pues de otra manera no te comprendería en absoluto, que una inves­tigación te dé la razón en algunas pequeñeces. ¿Por qué no? Quizá realmente saludaras al portero mayor. Hasta lo creo con certeza, pues sé lo que debo pensar del portero mayor; ya lo ves, aun ahora te hablo con absoluta franqueza. Pero insignificantes justificaciones de esa clase no te servirían de nada. El camarero mayor, cuyo conocimiento de los hom­bres he aprendido a estimar en el transcurso de muchos años y que es el hombre más formal que yo haya conocido, se ha pronunciado claramente al creer en tu culpabilidad; culpabilidad que, por cierto, me parece que no puede po­nerse en duda. Acaso sólo obraste irreflexivamente; pero quizá también, ¿quién sabe?, no seas el que yo creía. Y, sin embargo -de algún modo se cortaba a sí misma la palabra y miraba, aunque fugazmente, hacia atrás, donde se hallaban los dos hombres-, sin embargo, me cuesta dejar de creer que, en el fondo, seas un muchacho decente.

-¡Pero, señora cocinera mayor! -exhortó el camarero mayor que había captado su mirada.

-Ya, ya estaremos -dijo la cocinera mayor, y comenzó a hablarle a Karl con mayor insistencia y rapidez-: Escucha, Karl, tal como considero este asunto, me daré por satisfecha con que el camarero mayor no quiera iniciar investigaciones de ninguna clase; pues, si quisiera hacerlo, debería yo impe­dírselo en tu propio interés. Que nadie se entere cómo y con qué medios has invitado a ese hombre, el cual, por otra par­te, no puede haber sido uno de tus antiguos camaradas, tal como tú alegas; puesto que habías reñido definitivamente cuando te despediste de ellos, y por lo tanto no los invitarías ahora. Puede ser, pues, sólo algún conocido con el cual, en tu ligereza, te has reunido durante la noche en alguna taber­na de la ciudad. ¿Cómo, Karl, has podido ocultarme todo esto? Si acaso no has podido soportar las condiciones que reinan en el dormitorio y fue ése el primer motivo, bastan­te inocente, para tus trasnochadas, ¿por qué entonces no me dijiste ni una palabra? Bien sabes que yo quería conse­guirte un cuarto propio y que he desistido de ello tan sólo accediendo a tus ruegos. Ahora parecería que tú preferías el dormitorio general porque allí te sentías menos atado, más libre. Guardabas tu dinero, por cierto, en mi caja de cauda­les y me traías tus propinas semana tras semana; ¿de dónde, por el amor de Dios, chico, sacabas tú el dinero para tus placeres, y a dónde querías ir a buscar ahora ese dinero para tu amigote? Todas éstas son cosas que naturalmente ni si­quiera insinuaría yo, pues en tal caso sería tal vez inevitable una investigación. Por eso debes abandonar el hotel sin fal­ta, y ciertamente lo más pronto posible. Vete derechamente a la pensión Brenner, ya estuviste allí varias veces acompa­ñando a Therese, con esta recomendación. -La cocinera mayor con un lápiz de oro que sacó de su blusa escribió unas líneas en una tarjeta de visita, mas sin interrumpir en­tretanto su discurso-. Te recibirán gratuitamente y yo te mandaré luego, sin tardanza, tu baúl. Therese, ¡vete corriendo al guardarropa de los ascensoristas y prepara su baúl!

Pero Therese seguía sin moverse; pues, tal como había soportado la pena toda, quería vivir también plenamente el aspecto favorable que el asunto de Karl, gracias a la bondad de la cocinera mayor, estaba tomando ya.

Alguien abrió un poco la puerta y, sin mostrarse, volvió a cerrarla en seguida. Por lo visto había sido para Giácomo, pues éste se adelantó y dijo:

-Rossmann, tengo algo que comunicarte.

-En seguida -dijo la cocinera mayor y le metió a Karl, que la había escuchado con la cabeza gacha, la tarjeta de visita en el bolsillo-; guardaré tu dinero por el momento; ya sabes que puedes confiármelo. Por hoy quédate en casa y recapa­cita sobre tu asunto; mañana, ya que hoy no tengo tiempo y además me he entretenido aquí muchísimo, iré a la casa de Brenner y ya veremos lo que en adelante se podrá hacer por ti. No te abandonaré; esto, de todas maneras, debes saberlo desde ahora. No tienes por qué preocuparte por tu futuro, hazlo más bien por esta última época de tu vida.

Luego le dio unas palmaditas en el hombro y se acercó al camarero mayor. Karl levantó la cabeza y siguió con la mi­rada a aquella señora grande, gallarda, que con paso tran­quilo y porte franco se alejaba de él.

-Pero, ¿no estás contento -dijo Therese quedándose jun­to a él- de que todo haya salido tan bien?

-¡Oh, sí! -dijo Karl sonriéndole, pero sin entender por qué había de contentarlo tanto el hecho de que lo despidie­ran por ladrón.

Los ojos de Therese irradiaban la alegría más pura, como si a ella le fuese absolutamente indiferente que Karl hubiera perpetrado algún crimen o no, que hubiera sido juzgado con justicia o no, con tal de que se le dejara escapar, cubier­to ya de oprobio, ya de honores. Y así procedía nada menos que Therese, esa muchacha que era tan escrupulosa en sus propios asuntos y que resolvía y escudriñaba en sus pensa­mientos, durante semanas, una palabra no del todo unívo­ca de la cocinera mayor.

Intencionadamente preguntó Karl:

¿Harás mi baúl y lo despacharás en seguida?

Contra su propia voluntad tuvo que menear Karl la cabe­za de asombro, ¡tan pronto se acomodó Therese a esta pre­gunta!; y la convicción de que en el baúl había cosas cuyo se­creto habría que guardar ante todo el mundo, ni siquiera le permitió mirar a Karl, ni siquiera tenderle la mano. Sólo dijo susurrando:

-Naturalmente, Karl, en seguida, en seguida haré el baúl -y ya había salido corriendo.

Pero ahora Giácomo ya no podía más y, excitado por su larga espera, exclamó en voz alta:

-Rossmann, el hombre está revolcándose en el pasillo y no podemos sacarlo de allí. Querían llevarlo al hospital, pero se resiste y afirma que tú jamás tolerarías que lo lleva­sen al hospital. Que se tome un automóvil, dice, y se le en­víe a su casa, y que tú pagarás el viaje. ¿Quieres?

-El hombre tiene confianza en ti -dijo el camarero mayor.

Karl se encogió de hombros y puso su dinero, contando las monedas, en la mano de Giácomo.

-No tengo más -dijo luego.

-Y que te pregunte también si quieres ir con él -siguió preguntando Giácomo, haciendo sonar las monedas.

-No, no irá -dijo la cocinera mayor.

-Bien, Rossmann -dijo el camarero mayor rápidamente y sin esperar siquiera que Giácomo estuviese afuera-, ya es­tás despedido.

El portero mayor asintió meneando varias veces la cabe­za, como si éstas fuesen sus propias palabras que el camare­ro mayor tan sólo estaba repitiendo.

-No puedo pronunciar siquiera en voz alta los motivos de tu expulsión, pues en tal caso tendría que hacerte encar­celar.

El portero mayor dirigió a la cocinera mayor una mirada notablemente severa, pues él había comprendido perfecta­mente que era ella la causa de aquel trato exclusivamente benigno.

-Ahora te presentas a Bess, te cambias la ropa, entregas a Bess tu librea y abandonas inmediatamente, pero inmedia­tamente, la casa.

La cocinera mayor cerró los ojos; así quiso tranquilizar a Karl. Al inclinarse en señal de despedida vio Karl fugaz­mente que el camarero mayor retenía la mano de la cocine­ra mayor, como en secreto y jugando con ella. El portero mayor acompañó a Karl, con pasos pesados, hasta la puer­ta, que no le dejó cerrar, sino que, por el contrario, mantu­vo abierta para poder gritar en pos de Karl:

-¡Dentro de un cuarto de minuto quiero verte pasar jun­to a mí, por la puerta principal! ¡Recuérdalo!

Karl se apresuró cuanto pudo con tal de evitar una moles­tia al llegar a la puerta principal, pero las cosas transcurrían mucho más lentamente de lo que él deseaba. Primero, a Bess no se le podía encontrar en seguida y además en ese momento, a la hora del desayuno, todo estaba lleno de gen­te; y luego resultó que algún muchacho había tomado pres­tados los pantalones viejos de Karl y éste tuvo que examinar las perchas de casi todas las camas antes de encontrar sus pantalones, de manera que bien podían haber pasado unos cinco minutos antes de que Karl llegara a la puerta princi­pal. Precisamente delante de él iba una dama en medio de cuatro señores. Aproximábanse todos a un gran automóvil que los aguardaba y cuya puerta mantenía abierta un laca­yo, el cual a la vez extendía en actitud rígida su brazo iz­quierdo que quedaba libre, horizontalmente, hacia un cos­tado esto ofrecía un aspecto sumamente solemne. Pero Karl en vano había esperado poder salir sin que lo advirtiesen tras aquel grupo distinguido. Ya el portero mayor lo cogía de la mano y entre dos señores, a los que pidió perdón, lo atrajo hacia sí.

-Y esto ha sido un cuarto de minuto -dijo mirándolo como si observase un reloj de marcha defectuosa-. Ven aquí -dijo luego, y lo condujo a la portería grande, que Karl por cierto había tenido deseos de visitar alguna vez, hacía mucho ya; pero donde ahora, empujado por el portero, en­traba sólo con recelo. Ya estaba junto a la puerta cuando se volvió e intentó empujar a un lado al portero mayor para huir.

-No, no; por aquí se entra -dijo el portero mayor hacien­do girar a Karl.

-Pero si ya estoy separado del servicio -dijo Karl que­riendo expresar con ello que ya nadie podía ordenarle nada en el hotel.

-Mientras yo te sujete no estás separado -dijo el portero; lo que, ciertamente, era exacto también.

Karl, después de todo, no veía tampoco motivo alguno para ofrecerle resistencia al portero. En el fondo, ¿qué podía sucederle todavía? Por otra parte, las paredes de la portería estaban enteramente formadas por gigantescos ventanales a través de los cuales se veía claramente la muchedumbre que, en corrientes encontradas, fluía por el vestíbulo, tal como si estuviese uno en medio de ella. Más aún: en toda la portería no parecía haber rincón alguno donde fuese posi­ble esconderse de las miradas de la gente. Por grande que fuese la prisa que la gente parecía tener -puesto que cada uno seguía su camino con el brazo extendido, la cabeza ga­cha, los ojos en acecho, con equipajes levantados en vilo-, ninguno de ellos, no obstante, dejaba de echar una mirada a la portería tras cuyos vidrios había siempre anuncios y comunicados, importantes tanto para los huéspedes como para el personal del hotel.

Pero además existía también un tránsito directo entre la portería y el vestíbulo, pues frente a dos ventanillas corredi­zas permanecían sentados dos porteros, ocupados cons­tantemente en dar informes referentes a los más diversos asuntos. Era, en verdad, gente abrumada de trabajo y Karl hubiera afirmado que el portero mayor, tal como él lo cono­cía, habría buscado algún camino tortuoso a fin de eludir en su carrera aquel puesto. Estos dos informantes -desde afue­ra no podía uno imaginárselo debidamente- tenían siempre ante sí, en la abertura de su ventanilla, por lo menos diez ca­ras interrogantes. Entre estos diez que cambiaban sin cesar, producíase a menudo una barahúnda de idiomas como si cada uno hubiese sido enviado allí de un país distinto. Pre­guntaban siempre varios a la vez; además había siempre al­gunos que conversaban entre sí. Los más iban a buscar o bien a dejar algo en la portería y por eso se veían también, constantemente, manos que en impaciente agitación sur­gían de la turbamulta.

Una vez se presentó uno con un pedido referente a algún diario que imprevistamente se desplegó desde lo alto, cu­briendo por un instante todas las caras. Y todo esto, pues, tenían que resistir los dos porteros. No hubiera sido sufi­ciente, para el cumplimiento de su tarea, el mero hablar: es­taban parloteando; uno de ellos especialmente, hombre sombrío con barba oscura que rodeaba todo su rostro, daba sus informes sin la menor interrupción. No miraba ni la ta­bla de la mesa desde donde debía alcanzar cosas constante­mente, ni la cara de éste ni de aquel preguntador; sino exclu­siva, fijamente al vacío, de seguro a fin de ahorrar y concen­trar sus fuerzas. Por otra parte, su barba parecía dificultar un poco la comprensión de sus palabras y Karl, durante el breve rato en que se detuvo junto a él, pudo recoger sólo muy poco de lo dicho; aunque bien podía ser que, pese al acento inglés, estuviera hablando en otras lenguas, a las que precisamente tenía necesidad de recurrir en ese momento. Además, lo confundía a uno el hecho de que los informes se sucedieran sin transición alguna, uno detrás de otro, de manera que a menudo seguía escuchando con la cara muy atenta alguno de los que se informaban, creyendo que aún se trataba de su asunto, para darse cuenta sólo al cabo de unos instantes de que él ya estaba despachado. Había que acostumbrarse también al hecho de que el portero no pidie­se jamás que se le repitiera ninguna pregunta, aun cuando en su totalidad resultase comprensible y lo defectuoso de ella sólo residiese en la escasa claridad de la pronunciación. Cierto cabeceo apenas perceptible revelaba entonces que no era su intención responder a esa pregunta y era asunto del interlocutor reconocer su propia falta y formularla me­jor. Debido a esta situación, especialmente, se pasaba algu­na gente muchísimo tiempo ante la ventanilla.

Para auxilio de los porteros, cada uno de ellos tenía a su servicio a un ordenanza que, a la carrera, debía llevar desde un estante de libros y diversos cajones todo lo que el porte­ro necesitara por el momento. Eran éstos los puestos mejor pagados; si bien eran, por otra parte, los más fatigosos que había en el hotel para la gente muy joven. En cierto sentido su condición era mucho peor aún que la de los porteros, pues éstos sólo tenían que pensar y que hablar, mientras que los jóvenes debían pensar y correr simultáneamente. Si alguna vez traían alguna cosa equivocada, el portero, dada su prisa, no podía naturalmente entretenerse dándoles lar­gas explicaciones; antes bien, arrojaba entonces de la mesa de un solo empujón lo que le habían puesto delante.

Muy interesante resultó el relevo de los porteros que se efectuó precisamente unos momentos después de entrar Karl. Claro que ese relevo debía realizarse con cierta frecuencia, al menos durante el día; pues era difícil que existie­se alguna persona capaz de resistir más de una hora tras aquella ventanilla. Ahora bien, en el momento del relevo sonó una campanilla, y simultáneamente entraron por una puerta lateral los dos porteros a quienes entonces tocaba el turno, cada uno de ellos seguido por su mandadero. Por el momento apostáronse inactivos junto a la ventanilla, con­templando a la gente de afuera durante un breve rato, para establecer en qué estado se encontraba, exactamente, el de­sarrollo de la contestación de las preguntas. Cuando el mo­mento le pareció apropiado para intervenir, cada uno de ellos golpeó en el hombro al portero a quien había de rele­var, y éste, a pesar de que hasta entonces no se había preo­cupado por nada de lo que ocurría a sus espaldas, com­prendió en seguida y desocupó su asiento. Todo esto llevó­se a cabo con tal velocidad que la gente de afuera quedó sorprendida y retrocedió un poco por el susto que le causa­ba esa cara nueva que, de pronto, surgía ante ellos. Los dos hombres relevados estiraron sus miembros y luego en dos lavabos preparados echaron agua sobre sus cabezas ardien­tes. En cambio, los mandaderos relevados aún no podían es­tirarse, puesto que durante un rato siguieron ocupados to­davía en levantar y volver a su sitio los objetos arrojados al suelo durante sus horas de servicio.

Todas estas impresiones las recogió Karl en pocos ins­tantes, mediante una atención tensísima, y luego, con un leve dolor de cabeza, siguió en silencio al portero mayor, que lo condujo más adentro. Evidentemente el portero ma­yor había observado la fuerte impresión que esa manera de despachar informaciones había causado a Karl y, dando un repentino tirón de la mano de éste, dijo:

-Ya lo ves, así se trabaja aquí.

Por cierto Karl no había estado haraganeando en ese ho­tel, pero un trabajo semejante, ni siquiera se lo habría ima­ginado; y olvidando casi por completo que el portero mayor era su gran enemigo, levantó los ojos, lo miró a la cara y, mudo y pleno de convicción, asintió con la cabeza. Pero pa­recía que el portero mayor interpretaba ya esto como una estimación de los porteros que excedía las medidas de lo usto, y acaso como una descortesía frente a su propia per­sona, pues como si se hubiese burlado de Karl, y sin preocu­parse de que pudieran oírlo, exclamó

-Claro que éste es el trabajo más estúpido de todo el ho­tel; habiendo escuchado eso durante una hora, ya conoce uno sobre poco más o menos todas las preguntas que se ha­cen, y a las otras no es necesario responder. $i no hubieras sido insolente y mal educado, si no hubieras mentido, ni be­bido, ni robado, entonces tal vez habría yo podido emplear­te junto a una de estas ventanas, pues para ello me sirven sólo y exclusivamente las cabezas obtusas.

Karl pasó por alto las injurias en cuanto a él se referían: tanto le indignaba el hecho de que aquel trabajo tan honra­do y tan oneroso de los porteros fuese escarnecido en vez de ser estimado; y escarnecido además por un hombre que, si se hubiese atrevido a sentarse una sola vez ante una venta­nilla semejante seguramente habría tenido que retirarse a los pocos minutos, acompañado de las risas de todos los circunstantes.

-Déjeme usted -dijo Karl; su curiosidad en lo concer­niente a la portería había quedado sobradamente satisfe­cha-; ¡yo no quiero tener que ver nada más con usted!

-Eso no es suficiente para marcharse -dijo el portero mayor, y apretó tanto los brazos de Karl que éste ni siquiera podía moverlos; y así se lo llevó, levantándolo casi, hasta el otro extremo de la portería.

¿No veía la gente desde afuera ese acto de violencia que estaba cometiendo el portero mayor? O bien si lo veían, ¿cómo lo tomaban, cómo lo entendían para que ninguno de ellos se escandalizase, ni siquiera golpease en el vidrio para hacerle comprender al portero mayor que se le estaba obser­vando y que él no podía proceder a su antojo con Karl?

Pronto, sin embargo, ya no le quedó a Karl ninguna espe­ranza de recibir auxilio desde el vestíbulo, pues el portero mayor tiró de un cordón y sobre los vidrios de la mitad de la portería se juntaron como en un vuelo, y hasta el último borde en lo alto, negros cortinajes. Por cierto había gente también en esta parte de la portería, pero todos ellos dedi­cados de lleno a sus tareas, y no teniendo ni ojos ni oídos sino para lo que se relacionaba con su trabajo. Además ellos dependían absolutamente del portero mayor y, en lugar de ayudar a Karl, más bien hubieran procurado ayudar a ocul­tar todo lo que se le ocurriera hacer al portero mayor, fuese lo que fuese.

Había allí, por ejemplo, seis porteros frente a seis teléfo­nos. Podía advertirse al instante que allí todo estaba distri­buido de manera que uno solamente recibiera las conversa­ciones mientras que su vecino daba curso, telefónicamente, a los pedidos anotados en los registros que había recogido el primero. Tratábase de esos teléfonos novísimos para los que no se necesitaba ninguna casilla telefónica, pues la lla­mada de la campanilla no era más fuerte que un zumbido: podía hablarse al micrófono del teléfono en tono susurran­te y, sin embargo, surgían las palabras con voz de trueno en su lugar de destino, merced a los amplificadores eléctricos especiales. Por eso apenas se oía a los tres locutores frente a sus teléfonos y se hubiera podido creer que, murmurando, observaban algún proceso que se cumplía dentro del apara­to, mientras que los otros tres, como aturdidos por el soni­do que los acometía y que, por otra parte, nadie más que ellos podía oír, dejaban colgar las cabezas sobre el papel que, de acuerdo con su tarea, debían llenar. Nuevamente en este caso también, junto a cada uno de los tres locutores ha­bía, de pie, un muchacho para los trabajos auxiliares; esos tres muchachos no hacían otra cosa que inclinar, primero, la cabeza hacia sus jefes escuchando con suma atención, para buscar luego con mucha prisa, como si los hubieran pin­chado, en gigantescos libros amarillos -el ruido de las re­vueltas masas de esas hojas excedía en mucho cualquier ruido de los teléfonos- los números telefónicos, y así alter­nativamente.

Karl, en efecto, no pudo resistirse a observar todo eso muy detenidamente, a pesar de que el portero mayor, ha­biéndose sentado, lo mantenía cogido delante de sí, en una especie de abrazo atenaceante.

-Es mi deber -dijo el portero mayor, y sacudía a Karl como si sólo quisiera lograr que volviese hacia él la cara- re­parar en nombre de la dirección del hotel, al menos en par­te, lo que el camarero mayor ha descuidado, sean cuales fuesen las causas que para ello haya podido tener. En esta forma sustituye aquí siempre cada cual a su prójimo. Sin ello un movimiento tan grande sería inimaginable. Querrás decir, tal vez, que yo no soy tu superior inmediato; bien, tanto mejor hecho de mi parte que tome yo a mi cargo este asunto que de otra manera quedaría abandonado. Por lo demás, en mi calidad de portero mayor soy en cierto senti­do el superior de todos, puesto que a mi cuidado están to­das las puertas del hotel: esta puerta principal, por lo tanto, las tres del medio y las diez puertas laterales, y ni qué hablar de las innumerables portezuelas ni de las salidas sin puertas. Es natural que deban obedecerme, en absoluto, todos los equipos de servicio que entran en cuestión. Frente a estos grandes honores tengo, naturalmente, también la obliga­ción ante la Dirección del hotel de no dejar salir a nadie que resultara sospechoso por cualquier causa. Y precisamente tú, puesto que así se me antoja, no sólo me pareces sospe­choso, sino hasta muy sospechoso.

Y en la alegría que todo esto le causaba levantó las manos y dejólas caer con fuerza; eso sonaba y dolía.

-Es posible -agregó divirtiéndose como un rey- que por otra salida hubieras podido marcharte inadvertidamente; pues, como es natural, tú no valías la pena de que yo emitie­se instrucciones especiales. Pero, ya que estás aquí, quiero gozarme contigo. Por lo demás no he dudado de que acudi­rías a esta cita que nos dimos en la puerta principal, pues es regla que el porfiado y el desobediente cese en sus vicios precisamente allí donde esto le resulta perjudicial y en el momento menos propicio. Sin duda podrás todavía obser­var esto en tu propia persona con bastante frecuencia.

-No crea usted -dijo Karl respirando ese olor curiosa­mente húmedo, mohoso, que emanaba el portero mayor y que él sólo notaba ahora permaneciendo tanto tiempo en su proximidad-, no crea usted que me hallo completamente a su merced; yo puedo gritar.

-Y yo puedo taparte la boca -dijo el portero mayor con la misma seguridad y rapidez con que seguramente pensaba ejecutar lo dicho en caso necesario-. ¿Y acaso crees real­mente que, si entraran por tu causa, se encontraría alguien que te diese la razón frente a mí, el portero mayor? Recono­cerás, por lo tanto seguramente, lo absurdo de tus esperan­zas. Cuando todavía llevabas el uniforme, ¿sabes?, tenías aún, en efecto, cierta apariencia estimable, pero con ese tra­je, ¡que realmente es admisible sólo en Europa!... -Y lo za­randeaba tirando de los más diversos puntos del traje; traje que ahora, por cierto, a pesar de que sólo hacía cinco meses había estado casi nuevo, ya estaba raído, arrugado, pero so­bre todo manchado, y esto se debía principalmente a la fal­ta de consideración de los ascensoristas que, cada día, a fin de mantener brillante y sin polvo el piso de la sala, en obser­vación de la orden general, no efectuaban, por pura haraga­nería, una limpieza verdadera, sino que salpicaban el piso con algún aceite y rociaban así al mismo tiempo, miserable­mente, toda la ropa que colgaba de las perchas.

Ahora bien, podía uno guardar su ropa donde quisiera, siempre se daba el caso de alguno que precisamente no te­nía a mano su propia ropa y en cambio encontraba con fa­cilidad la ajena aunque estuviese escondida, y entonces se la llevaba, sin más, prestada. Y quizá, por coincidencia, era el muchacho que ese mismo día tenía a su cargo la limpieza de la sala y entonces no sólo rociaba la ropa con el aceite: en tal caso la empapaba completamente desde arriba hasta abajo.

Sólo Renell había guardado su precioso traje en algún lu­gar secreto, del cual, seguramente, nadie lo había sacado nunca; claro que, por otra parte, nadie se llevaba prestada la ropa ajena ni por malicia ni por mezquindad, sino que la to­maba allí donde la encontraba, debido meramente a su pri­sa y dejadez. Pero aun el traje de Renell ostentaba en plena espalda una rojiza y circular mancha de aceite; de modo que, en la ciudad, un conocedor hubiera podido establecer precisamente por esa mancha que aquel elegante joven era ascensorista.

Y al recordar todo esto díjose Karl que él también había sufrido bastante como ascensorista, y que, sin embargo, todo había sido en vano, pues ahora, según veía, ese servi­cio de ascensorista no había sido, tal como él esperara, un escalón previo para llegar luego a un puesto mejor; antes bien, había sido empujado ahora más abajo todavía; hasta se había aproximado bastante a la cárcel. Y para colmo, ahora todavía lo sujetaba ese portero mayor, que seguramente es­taba pensando en cómo podría abochornar a Karl aún más. Y olvidando por completo que el portero mayor no era, en absoluto, un hombre que se dejara persuadir, Karl, gol­peándose varias veces en la frente con la mano que en ese momento tenía libre, exclamó:

-¡Y aunque realmente no le haya saludado a usted, cómo es posible que un hombre adulto se vuelva tan vengativo por la omisión de un simple saludo!

-No soy vengativo -dijo el portero mayor-, sólo quiero registrar tus bolsillos. Estoy por cierto convencido de que no encontraré nada, pues seguramente habrás tenido buen cuidado de que tu amigo se llevase las cosas poco a poco y cada día algo. ¡Pero es indispensable que se te registre! -me­tió la mano en uno de los bolsillos de Karl con tal fuerza que reventaron las costuras de los costados-. Aquí, por lo pron­to, no hay nada -dijo y examinó minuciosamente en su mano el contenido del bolsillo: un almanaque de propagan­da del hotel, una hoja con un ejercicio de correspondencia comercial, algunos botones de chaqueta y de pantalón, la tarjeta de visita de la cocinera mayor, un pulidor de uñas que una vez le había arrojado un huésped al hacer los baú­les, un viejo espejito de bolsillo que cierta vez le regaló Re­nell en recompensa de quizá diez reemplazos en el servicio y algunas pequeñeces más-. Aquí no hay nada, por lo visto -repitió el portero mayor arrojando todo debajo del banco, como si se sobreentendiese que toda la propiedad de Karl, por cuanto no era robada, debía ir a parar debajo del banco.

«Ahora sí; basta ya», díjose Karl -su cara debía de estar ardiendo, roja como el fuego-, y cuando el portero mayor, abandonándose a su avidez y perdiendo así toda cautela, hurgaba en el segundo bolsillo de Karl, éste se libró instan­táneamente de las mangas, empujó a uno de los porteros contra su aparato telefónico con bastante fuerza, pues no pudo dominarse en el primer salto que dio, atravesó co­rriendo el aire sofocante hasta llegar a la puerta, en realidad más despacio de lo que había sido su propósito, y felizmen­te se halló afuera antes de que el portero mayor, con su pe­sado abrigo, hubiese podido incorporarse siquiera.

La organización de vigilancia, por lo visto, no debía de ser tan ejemplar, pues ciertamente sonaron algunas campa­nillas, pero ¡sabe Dios para qué fines! En el zaguán de la puerta de salida había, es cierto, tal cantidad de empleados del hotel que marchaban de un lado para otro entrecruzan­do sus pasos que casi se podía pensar que, sin llamar la atención, se disponían ellos a impedirle la salida, pues no se podía descubrir ningún otro sentido en aquel constante ir y venir. De todas maneras, Karl llegó pronto al aire libre, pero aún tuvo que seguir andando a lo largo de la acera del hotel, pues no era posible llegarse hasta la calzada, ya que una hi­lera ininterrumpida de automóviles pasaba como a empe­llones delante de la puerta principal.

Esos automóviles, para llegar lo antes posible ante los dueños que los aguardaban, casi se habían encajado, por así decirlo, uno dentro de otro y cada uno era empujado por el que lo seguía. Peatones que llevaban demasiada prisa por llegar a la calzada atravesaban por cierto, de vez en cuando, alguno de los automóviles, abriendo y cerrando sus porte­zuelas como si se tratase de un pasaje público; y les daba completamente lo mismo que en el automóvil estuviese sólo el chófer y la servidumbre, o bien la gente más distin­guida. Pero una conducta semejante parecióle a Karl exage­rada de cualquier manera, y seguramente había que conocer al dedillo condiciones y costumbres para atreverse a tanto; cuán fácilmente podía él caer en un automóvil cuyos ocu­pantes lo tomaran a mal, lo echaran y provocaran un escán­dalo; y nada había que él pudiera temer más, siendo un em­pleado fugitivo del hotel, sospechoso, en mangas de camisa.

Al fin y al cabo aquella hilera de los automóviles no po­día continuar así por toda la eternidad y además lo menos sospechoso, en verdad, era seguir andando a lo largo del hotel. En efecto, llegó Karl por fin a un punto donde, si bien no terminaba la hilera de los automóviles, a lo menos dobla­da hacia la calzada, aflojándose un poco. Cuando quiso es­cabullirse en el tránsito de la arteria, donde seguramente se movían en libertad personas acaso mucho más sospechosas aún que él, oyó que lo llamaban por su nombre desde algún sitio bien cercano. Se volvió yvio a dos ascensoristas a quie­nes conocía mucho que se esforzaban tremendamente por hacer salir del vano de una puerta baja y pequeña, que se­mejaba la entrada de un mausoleo, una camilla sobre la cual, según ahora pudo comprobar Karl, yacía Robinsón con múltiples vendajes en torno de la cabeza y alrededor de la cara y los brazos. Era repelente ver cómo se llevaba los brazos a los ojos para secarse con el vendaje las lágrimas que vertía, ya de dolor, ya por alguna otra pena, o bien por la alegría que el volver a encontrar a Karl le causaba.

-Rossmann -exclamó en tono de reproche-, ¿por qué me haces esperar tanto? Desde hace una hora lo único que hago es resistirme a que me trasladen de aquí antes de que tú vengas. Estos tipos -y le propinó a uno de los ascensoris­tas un coscorrón, como si los vendajes lo protegieran con­tra golpes- son, pues, unos verdaderos diablos. ¡Ay!, Ross­mann, me ha salido cara esta visita que te he hecho.

-Pero, ¿qué te hicieron? -dijo Karl, y se aproximó a la ca­milla que los dos ascensoristas, a fin de descansar, deposita­ron, riendo, en el suelo.

-Todavía lo preguntas -suspiró Robinsón- viendo mi aspecto. Imagínate; lo más probable es que me hayan muti­lado y que quede inválido para toda mi vida. Siento unos dolores horribles desde aquí hasta ahí. -Señaló primero la cabeza y luego los dedos de los pies-. Desearía que hubieras visto cómo sangraba yo por la nariz. Mi chaleco está del todo echado a perder; ya ni siquiera me lo llevo; mis panta­lones están hechos trizas, estoy en calzoncillos. -Levantó li­geramente la colcha para invitar a Karl a que mirara deba­jo-. ¿Qué será de mí ahora? Tendré que guardar cama du­rante algunos meses por lo menos, y, quiero decírtelo desde ahora, no tengo a nadie más que a ti para que me cuide; bien sabes tú que Delamarche es demasiado impaciente. ¡Rossmann, Rossmanncito !

Y Robinsón extendió la mano hacia Karl, el cual retroce­dió un poco, para conquistarlo así, acariciándolo.

-¡Por qué habré venido a visitarte! -repitió varias veces, a fin de que Karl no pudiese olvidar la parte de culpa que a él le tocaba en su desgracia...

Ahora bien, Karl reconoció en seguida que los quejidos de Robinsón no eran originados por sus heridas, sino por la tremenda modorra de su borrachera, ya que lo habían des­pertado no bien se quedó dormido en un estado de comple­ta embriaguez y, para sorpresa, fue desafiado y derribado en cruenta lucha; ya no podía orientarse para nada en el mun­do. La insignificancia de las heridas quedaba patente en aquellos vendajes informes, compuestos por trapos viejos, en que los ascensoristas lo habían envuelto con evidente in­tención de divertirse. Y además, aquellos dos ascensoristas, uno en cada punta de la camilla, reventaban de risa a cada rato. Ahora bien, ése no era sitio para volver a Robinsón a sus cabales pues los transeúntes pasaban por allí llevándo­se todo por delante, sin preocuparse por el grupo de la ca­milla. A menudo saltaban algunos, verdaderos atletas, por encima de Robinsón, y el chófer pagado con el dinero de Karl clamaba:

-Vamos, vamos.

Los ascensoristas levantaron la camilla empeñando el resto de sus fuerzas; Robinsón cogió la mano de Karl y en tono zalamero dijo:

-Anda, ven, pues.

¿Y acaso Karl, considerando su actual aspecto, no estaría mejor que en ninguna otra parte allí, al abrigo de las som­bras del automóvil? Y así, pues, se sentó junto a Robinsón y éste apoyó en él su cabeza. Los ascensoristas, que aún esta­ban allí, le estrecharon cordialmente la mano a través de la ventanilla del coche, pues él había sido su colega; y el auto­móvil arrancó e hizo un pronunciado viraje hacia la carre­tera. Parecíale inevitable que ocurriese un desastre; pero en seguida el tránsito, que lo envolvía todo, acogió también en su seno, tranquilamente, a aquel automóvil en su viaje rec­tilíneo.

 

7. Un asilo

 

Debía de ser seguramente una apartada calle de subur­bio aquella en la que el automóvil se detuvo, pues en torno reinaba tranquilidad y en el borde de la acera había niños que jugaban en cuclillas. Un hombre con un montón de ropa vieja sobre los hombros lanzaba sus pregones a voz en cuello, atento a las ventanas de las casas. Karl, por su can­sancio, se sintió molesto al descender del automóvil, al pisar el asfalto bañado por el calor y la claridad del sol matinal.

-¿Vives aquí realmente? -exclamó, dirigiéndose hacia el interior del automóvil.

Robinsón, que durante todo el viaje había dormido pací­ficamente, farfulló alguna afirmación indefinida y pareció esperar que Karl lo levantara y le ayudara a descender del vehículo.

-Entonces, ya no tengo nada que hacer aquí. Que sigas bien -dijo Karl, y se dispuso a echar a andar cuesta abajo por aquella calle que descendía en ligero declive.

-Pero, Karl, ¿cómo se te ocurre? -exclamó Robinsón, y tan alarmado estaba ya que se le vio de pie en el coche, bastante erguido, aunque con las rodillas un poco trémulas to­davía.

-Sí, tengo que irme, pues -dijo Karl habiendo observado la rápida mejoría de Robinsón.

-¿En mangas de camisa? -preguntó éste.

-Ya sabré ganarme una chaqueta -respondió Karl; miró a Robinsón moviendo la cabeza en señal de confian­za y de optimismo, saludó levantando la mano y se hubie­ra marchado realmente si entonces no hubiese exclamado el chófer:

-¡Un poquito de paciencia todavía, señor!

Resultó -circunstancia fastidiosa- que el chófer preten­día un pago suplementario, pues la espera delante del hotel aún no estaba abonada.

-Y claro -exclamó desde el automóvil Robinsón en confir­mación de lo justificado de esa pretensión-; he tenido que es­perarte allí tanto tiempo... Tendrás que darle algo más.

-Por supuesto -dijo el chófer.

-Pues, siempre que tenga algo -dijo Karl metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón, a pesar de que sabía que era inútil.

-Sólo puedo exigírselo a usted -dijo el chófer apostándo­se allí, esparrancado-. A este hombre enfermo no puedo pedirle nada.

Desde la puerta de la casa aproximóse un muchacho jo­ven, de nariz carcomida, que se puso a escuchar a unos pa­sos de distancia. Precisamente un agente de policía recorría en ese momento esa calle; le llamó la atención el hombre en manga de camisa y se detuvo con la cara gacha.

Robinsón, quien también había advertido la presencia del agente de policía, cometió la tontería de gritarle desde la otra ventanilla:

-¡No es nada, no es nada! -como si a un agente de policía se le pudiese ahuyentar igual que a una mosca.

También los chicos que habían estado observando al agente repararon ahora, por el hecho de haberse él deteni­do, en Karl y en el chófer, y acudieron rápidamente. Una mujer vieja, de pie en la puerta de enfrente, se quedó miran­do con la vista clavada en el grupo.

-¡Rossmann! -exclamó entonces'una voz desde lo alto.

Era Delamarche quien le gritaba desde el balcón del últi­mo piso. A él, por lo demás, sólo podía distinguírsele ape­nas, contra aquel cielo de color azul blanquecino. Al parecer tenía puesta una bata y observaba la calle con unos gemelos de teatro. Junto a él se veía abierta una sombrilla roja, deba­jo de la cual, según parecía, estaba sentada una mujer.

-¡Hola! -gritó, y tuvo que hacer un esfuerzo máximo para que se le comprendiera-: ¿Está Robinsón también?

-Sí -contestó Karl, apoyado vigorosamente, desde el co­che por otro «sí», mucho más sonoro, de Robinsón.

-¡Hola! -se oyó por respuesta-. ¡Voy en seguida!

Robinsón se asomó por la ventanilla del coche.

-¡He aquí un hombre! -dijo, y este elogio de Delamarche iba destinado a Karl, al chófer, al agente de policía y a todo aquel que deseara oírlo.

Allá arriba, en el balcón, hacia el que todos, por distrac­ción, seguían dirigiendo las miradas a pesar de que Dela­marche ya lo había abandonado, levantóse ahora, bajo la sombrilla, realmente una mujer; era corpulenta y llevaba un vestido rojo, nada entallado; cogió los gemelos del ante­pecho del balcón y con su ayuda miró a las personas que es­taban abajo y que sólo poco a poco apartaban de ella la mi­rada.

Aguardando a Delamarche, miró Karl en dirección a la puerta principal y más allá al patio, atravesado por una hi­lera casi ininterrumpida de dependientes de comercio, cada uno de los cuales llevaba sobre su hombro un cajoncito pe­queño pero por lo visto muy pesado. El chófer se había acercado a su coche y, para aprovechar el tiempo, limpiaba con un trapo los focos. Robinsón se palpó los miembros, pareció asombrado de lo poco que le dolían, a pesar de toda la atención que les prestaba, y comenzó a quitarse, cuidado­samente y con la cara muy agachada, uno de los gruesos vendajes de su pierna.

El agente de policía, sosteniendo delante de sí, cruzado, su bastoncito negro, esperaba tranquilamente con la gran paciencia que necesitan tener los agentes de policía, ya estén cumpliendo su servicio usual, ya alguna comisión especial, acechando a alguien.

El muchacho de la nariz carcomida se sentó sobre una de las piedras angulares de la puerta y estiró las piernas. Los chicos se aproximaron a Karl poco a poco, a pequeños pa­sos; pues éste, a pesar de que no les hacía caso, les parecía el más importante de todos debido a las mangas azules de su camisa.

Por el tiempo que transcurrió hasta la llegada de Dela­marche pudo apreciarse la gran altura de aquella casa. Y Delamarche, por cierto, hasta venía muy apresurado, con la bata casi sin atar.

-¡Aquí estáis vosotros entonces! -exclamó, contento y severo a un tiempo. Con los grandes pasos que daba, descu­bríanse cada vez, durante un instante, sus prendas interio­res de color.

Karl no comprendía del todo por qué se paseaba Dela­marche así -en plena ciudad, en aquella enorme casa de ve­cindad y en la vía pública-, tan cómoda y negligentemente vestido como si se hallara en su casa de campo.

Como Robinsón, también Delamarche había cambiado muchísimo. Su cara oscura, bien afeitada, escrupulosamen­te limpia, formada por músculos de rudo trazo, ofrecía un aspecto orgulloso e infundía respeto. El fuerte resplandor de sus ojos, ahora siempre ligeramente entornados, resulta­ba sorprendente. Su bata morada era, por cierto, vieja, esta­ba manchada y resultaba demasiado amplia para él; pero de esa fea prenda sobresalía arriba, hinchándose, una impo­nente corbata oscura de pesada seda.

-¿Y bien? -preguntó a todos en conjunto.

El agente de policía se arrimó un poco y se apoyó en la caja del motor del automóvil. Karl explicó con breves pala­bras la situación:

-Robinsón está ligeramente maltrecho; pero si se esfuer­za un poco sin duda podrá subir la escalera. Aquí el chófer pretende todavía un pequeño pago suplementario, además del importe del viaje que ya he pagado. Y ahora me voy. Buenos días.

-Tú no te vas -dijo Delamarche.

-Ya se lo dije yo también -informó Robinsón desde el co­che.

-Sí que me voy -dijo Karl, y dio unos cuantos pasos. Pero ya Delamarche estaba a sus espaldas, empujándolo de vuelta con violencia.

-¡Digo que te quedes! -exclamó.

-Pero déjenme ustedes -dijo Karl, y se preparaba a con­seguir su libertad con los puños si fuera necesario, aunque bien poco éxito podía esperar frente a un hombre como De­lamarche. Pero allí estaba el agente de policía y también el chófer y de vez en cuando pasaban grupos de obreros por aquella calle que, por lo demás, era verdaderamente tran­quila; ¿acaso tolerarían que Delamarche cometiera una in­justicia con él? No hubiera querido estar a solas con Dela­marche en su cuarto, ¿pero aquí?

En ese momento Delamarche estaba pagándole tranqui­lamente al chófer y éste, con repetidas reverencias, se guar­dó la suma inmerecidamente elevada y por gratitud se acer­có a Robinsón, evidentemente para discutir con él la mejor manera de sacarlo del coche. Karl vio que no lo vigilaban; quizá le resultaría más fácil a Delamarche tolerar callada­mente que se marchase. Si la pelea podía evitarse era, desde luego, mejor, y por eso entró Karl en la calzada dispuesto sencillamente a alejarse lo más pronto posible. Los chicos se volvieron hacia Delamarche para advertirle de la fuga de Karl; pero ni siquiera tuvo que intervenir él personalmente, pues el agente de policía, con el bastón tendido hacia ade­lante, dijo:

-¡Alto! ¿Cómo te llamas? -preguntó; y poniendo el bas­tón bajo el brazo sacó lentamente una libreta.

Karl lo miró entonces por primera vez con mayor deteni­miento; era un hombre vigoroso, pero tenía ya casi total­mente blanca la cabeza.

-Karl Rossmann -dijo.

-Rossmann -repitió el agente, sin duda sólo porque era un hombre tranquilo y escrupuloso; pero Karl, teniendo que habérselas, como era el caso, por primera vez con las au­toridades norteamericanas, vio ya en esa repetición, cierta manifestación de sospecha. Y en efecto su asunto no debía de tener muy buena cara, pues hasta Robinsón, que tan ocupado estaba con sus propias penas, suplicaba desde el coche a Delamarche, con ademanes mudos y vivaces, que socorriese a Karl. Pero Delamarche lo rechazó negando bruscamente con la cabeza y se quedó mirando sin hacer nada, metidas las manos en sus bolsillos excesivamente grandes.

El muchacho que estaba sentado sobre la piedra angular del vano de la puerta explicó a una señora, que en ese mo­mento salía, toda la historia desde el principio. Los chicos formaron un semicírculo detrás de Karl y se quedaron mi­rando al agente de policía, quietos, levantando los ojos.

-Veamos tus documentos -dijo el agente

Esto era, sin duda, sólo una formalidad; pues no llevan­do chaqueta, como era el caso, mal podría llevar documen­tos consigo. Por eso Karl se quedó callado, prefiriendo más bien contestar explícitamente la pregunta siguiente y disi­mular así, en lo posible, la carencia de documentos.

Pero la pregunta siguiente fue:

-¿De manera que no tienes documentos?

Entonces Karl tuvo que responder:

-No los llevo conmigo.

-Esto sí que es grave -dijo el agente. Miró pensativo a la redonda y se puso a tamborilear con dos dedos sobre su li­breta.

-¿Tienes algún dinero ganado? -interrogó finalmente el agente de policía.

-Fui ascensorista -dijo Karl.

-Fuiste ascensorista, de manera que ya no lo eres; y si es así, ¿de qué vives ahora?

-Ahora me buscaré otro empleo.

-Pero, ¿te acaban de despedir entonces, ahora mismo?

-Sí, hace una hora.

-¿Repentinamente?

-Sí -dijo Karl alzando una mano como para excusarse.

No podía ponerse a contar allí toda la historia y, aunque hubiera sido posible, parecía no obstante del todo inútil querer repeler la amenaza de una injusticia con la narra­ción de otra injusticia ya sufrida. Y si no le habían hecho justicia la bondad de la cocinera mayor ni la comprensión del camarero mayor, no podía él esperar que se la hiciera aquella reunión callejera.

-¿Y te han despedido sin chaqueta? -preguntó el agente.

-Sí, pues -dijo Karl; de manera que también en los Esta­dos Unidos era característico de las autoridades que pre­guntaran expresamente lo que estaba a la vista. (¡Cuánta mala sangre se había hecho su padre por esas preguntas in­sistentes e inútiles de las autoridades, con motivo de la tra­mitación de su pasaporte!) Karl sentía unas ganas tremendas de escaparse, de esconderse en alguna parte, para ya no tener que escuchar ninguna clase de preguntas. Y ahora para colmo, pronunció el agente de policía aquella pregun­ta que Karl más temiera, y en inquietante previsión de la cual, él se había conducido hasta ese momento probable­mente con mayor cautela de la que de otro modo habría de­mostrado.

-¿Y en qué hotel estabas empleado?

Agachó la cabeza y no contestó; esa pregunta no la con­testaría de ninguna manera. No debía suceder, no, que es­coltado por un agente de policía volviera él al Hotel Occi­dental, que allí se organizaran interrogatorios con interven­ción de sus amigos y enemigos, que la cocinera mayor abandonara del todo la buena opinión, ya bastante debilita­da, que se había formado de Karl, viéndolo a él, a quien su­ponía en la Pensión Brenner, nuevamente de regreso, dete­nido por un agente de policía, en camisa, sin su tarjeta de vi­sita; mientras que el camarero mayor tal vez sólo meneara la cabeza comprendiéndolo todo; y el portero mayor, a su vez, hablara de la mano de Dios que por fin había alcanzado al pícaro.

-Estuvo empleado en el Hotel Occidental -dijo Dela­marche colocándose junto al agente.

-¡No! -exclamó Karl y dio una patada en el suelo-. ¡No es cierto!

Delamarche lo miró frunciendo burlescamente la boca, como diciendo que él podría revelar muchas cosas todavía. La inesperada irritación de Karl promovió una gran agita­ción entre los chicos, que se trasladaron hasta donde estaba Delamarche, prefiriendo contemplar a Karl desde allí con toda atención. Robinsón había sacado completamente la cabeza fuera del coche. Tan grande era su interés que se mantenía del todo quieto; sólo algún parpadeo de vez en cuando era su único movimiento. El muchacho de la puer­ta palmoteaba de puro placer, pero la señora que estaba junto a él le dio un codazo para que se quedara quieto. Los mozos de cuerda, que tenían en ese momento su descanso para tomar el desayuno, aparecieron todos con grandes ta­zones de café negro, que revolvían con largos panes. Algu­nos de ellos se sentaron en el borde de la acera y todos sor­bían el café muy ruidosamente.

-Según parece conoce usted a este muchacho -dijo el agente de policía a Delamarche.

-Más de lo que pudiera serme grato -dijo éste-. En cier­ta oportunidad he sido muy bueno con él, pero muy mal me lo ha pagado; cosa que usted comprenderá muy fácilmente, aun basándose sólo en ese brevísimo interrogatorio a que acaba de someterlo.

-Sí -dijo el agente-; parece un muchacho porfiado.

-Y lo es -dijo Delamarche-, pero ésta ni siquiera es la peor de sus cualidades.

-¿Cómo así? -preguntó el agente de policía.

-Sí -dijo Delamarche que ahora había tomado la palabra, entusiasmándose y comunicando al mismo tiempo, con las manos en los bolsillos, un movimiento ondulatorio a toda su bata-, es una buena pieza, éste. Mi amigo, el que está en el coche, y yo lo habíamos recogido casualmente en plena miseria; no tenía él entonces ni el menor asomo de conoci­miento de las condiciones de América, pues acababa de lle­gar de Europa; de allí también lo echaron por inútil; y bien, lo arrastramos con nosotros, le permitimos vivir a nuestro lado, lo instruimos acerca de todas las cosas; queríamos conseguirle un empleo; nos proponíamos hacer de él toda­vía, contra todas las señales que nos defraudaban, un hom­bre; pero desapareció cierta vez durante la noche; se mar­chó, y en circunstancias que realmente prefiero callar. ¿Ha sido así o no? -preguntó finalmente Delamarche, zaran­deando a Karl por la manga de la camisa.

-¡Atrás, chicos! -gritó el agente de policía, pues éstos, agolpándose, se habían adelantado tanto que poco faltó para que Delamarche tropezase cayendo por encima de uno de ellos.

Entretanto, también los mozos de cuerda, que hasta ese momento habían tenido en poco el interés que ese interro­gatorio ofrecía, comenzaban a prestar mayor atención con­gregándose en fila cerrada a espaldas de Karl, quien ahora no hubiera podido dar un solo paso atrás; además sonaba ahora en sus oídos, ininterrumpidamente, el barullo de las voces de aquellos mozos de cuerda, quienes, más que hablar, chapurreaban algún lenguaje inglés completamente incom­prensible, acaso entremezclado con voces eslavas.

-Gracias por la información -dijo el agente saludando militarmente a Delamarche-; de todas maneras me lo lleva­ré y lo haré conducir nuevamente al Hotel Occidental.

Pero Delamarche dijo:

-¿Me permitiría usted rogarle que dejara a ese muchacho por el momento a mi cargo? Tendría que ajustar con él cier­tas cuentas todavía. Me comprometo a llevarlo luego, yo mismo, al hotel.

-No puedo hacerlo -dijo el agente de policía. Delamarche dijo:

-Aquí tiene usted mi tarjeta -le tendió una tarjetita de vi­sita.

El agente de policía la miró con gesto aprobatorio; pero, a pesar de todo y sonriendo amablemente, dijo: -No, es inútil.

Por más que Karl hasta aquel momento se cuidara de De­lamarche, ahora veía en él la única salvación posible. Era por cierto sospechosa la manera que tenía éste de pretender obtener a Karl del agente, pero sería de todas maneras más fácil inducir a Delamarche a que no lo llevase de regreso al hotel, que no al agente de policía. Y aunque Karl volviera al hotel de la mano de Delamarche, ya sería mucho menos grave que si esto sucediera en compañía del agente. Claro que, por el momento, Karl no debía dejar traslucir, con todo, que en efecto deseaba quedarse con Delamarche; pues, de otro modo, todo estaba perdido. Y observó inquie­to la mano del agente de policía, que en cualquier instante podía levantarse para atraparlo.

-Por lo menos debería yo saber por qué lo han despedi­do tan repentinamente -acabó por decir el agente de policía, mientras que Delamarche apartaba la vista con gesto fasti­diado, estrujando entre las puntas de los dedos la tarjeta de visita.

-¡Pero si no está despedido! -exclamó Robinsón con la subsiguiente sorpresa general, y apoyándose en el chófer se asomó del coche lo más que pudo-. Al contrario; ¡si él tiene allí un buen empleo! En el dormitorio es el superior de to­dos los ascensoristas y puede llevar allí a quien quiera. Sólo que siempre está terriblemente ocupado y si se quiere algo de él hay que esperar muchísimo: está constantemente me­tido en el despacho del camarero mayor, o de la cocinera mayor, y es realmente persona de confianza. No está despe­dido de ninguna manera. No sé por qué habrá dicho tal cosa. ¿Cómo es posible que esté despedido? Yo me he lasti­mado gravemente allá en el hotel y a él le encargaron traer­me a mi casa, y puesto que en ese momento andaba sin cha­queta, se vino conmigo sin ella. No podía yo esperar hasta que fuese a buscarla.

-Pues entonces... -dijo Delamarche extendiendo los bra­zos, en un tono como si le reprochara al agente de policía una falta de perspicacia, de conocimiento de los hombres, y era como si esas dos palabras suyas introdujesen una in­controvertible claridad en el carácter vago de la declaración de Robinsón.

-Pero, ¿será esto realmente cierto? -preguntó el agente de policía con voz ya menos categórica-. ¿Y si es cierto, por qué pretende el muchacho haber sido despedido?

-Debes contestar tú -dijo Delamarche.

Karl miró al agente de policía, cuyo deber era restablecer allí el orden, entre gente extraña que sólo pensaba en sí mis­ma; y algo de sus preocupaciones generales se le contagió también a Karl. Él no quería mentir y mantenía las manos tras su espalda, estrechamente entrelazadas.

En la puerta de la casa apareció un capataz y golpeó las manos en señal de que los mozos de cuerda debían ya vol­ver a su trabajo. Arrojaron éstos de sus tazones el poso de café y, mudos y con paso vacilante, se retiraron y entraron en la casa.

-Así no llegamos a ningún fin -dijo el agente de policía, y quiso agarrar a Karl de un brazo. Pero éste involuntaria­mente retrocedió un poco, sintió detrás de sí el espacio libre que se había formado al retirarse los mozos de cuerda, se volvió y después de algunos grandes saltos iniciales, echó a correr. Los chicos prorrumpieron en un grito único y, con los bracitos extendidos, corrieron también unos pasos.

-¡Deténganlo! -gritó el agente de policía, y corrió tras Karl, cuesta abajo, por aquella larga calle casi desierta, pro­firiendo con regularidad la misma exclamación. Su silen­ciosa carrera revelaba un gran vigor y mucha ejercitación.

Fue una suerte para Karl que la persecución aconteciera en un barrio obrero. Los obreros no hacen causa común con la autoridad. Karl corría por el centro de la calzada, pues allí tenía menos obstáculos que en ninguna otra parte y veía, ahora, a obreros que de vez en cuando se quedaban plantados en la acera, mirándolo tranquilamente, mientras el agente les lanzaba su «¡deténganlo!», extendiendo al co­rrer -él se mantenía inteligentemente sobre la lisa acera- su bastón contra Karl, en forma constante.

Karl tenía pocas esperanzas de escapar y las perdió casi por completo cuando el agente de policía -puesto que se aproximaban a calles transversales que seguramente tenían también sus patrullas policíacas- se puso de pronto a emi­tir silbidos, unos silbidos en verdad ensordecedores. La ventaja de Karl era meramente su liviana vestimenta: vola­ba o más bien se precipitaba cuesta abajo por aquella calle cuyo declive se hacía cada vez más pronunciado, sólo que a menudo, distraído por el sueño que tenía, daba brincos de­masiado altos, que resultaban inútiles y le hacían perder tiempo. Pero además el agente de policía tenía su meta siempre frente a sí, sin tener nada qué pensar; para Karl, en cambio, la carrera era en verdad cosa secundaria; él debía reflexionar, escoger entre varias posibilidades, debía deci­dirse siempre de nuevo, una y otra vez.

Su plan, un tanto desesperado, era evitar por el momen­to las calles transversales, ya que no era posible saber qué podían ocultar; quizá si tomara por alguna de ellas correría derechamente a algún puesto de guardia; en tanto que fue­ra posible, no quería él apartarse de aquella calle, cuya perspectiva podía uno abarcar con la mirada hasta muy le­jos y que sólo muy, muy abajo, terminaba en un puente, del que apenas se veía el comienzo, ya que un poco más allá de­saparecía en una bruma de agua y sol. Precisamente y des­pués de tomar esta decisión, se disponía Karl a concentrar sus fuerzas para correr más ligero, a fin de pasar con espe­cial velocidad la primera calle transversal, cuando, no muy lejos delante de sí, vio a un agente de policía en acecho, aga­zapado contra la oscura pared de una casa que permanecía en la sombra, dispuesto a lanzarse sobre Karl en el momen­to oportuno. Ahora ya no le quedaba otra salida sino la ca­lle transversal, y cuando desde allí hasta lo llamaron por su nombre en forma absolutamente inofensiva -aunque pri­mero esto le pareciera una ilusión, pues ya todo este tiempo sentía un zumbido en los oídos-, no vaciló más, y, queriendo sorprender en lo posible a los agentes, giró sobre una sola pierna, y en ángulo recto dobló por esa calle.

Había dado dos saltos apenas -ya había olvidado el hecho de que hubieran gritado su nombre; ahora silbaba también el otro agente, y se notaba su vigor intacto y fresco y a lo le­jos algunos transeúntes de esa calle transversal parecían apretar el paso-, cuando de una pequeña puerta de calle surgió una mano que, asiendo a Karl, lo atrajo con estas pa­labras a un oscuro zaguán:

-¡Ahora quieto!

Era Delamarche, jadeante sin poder tomar aliento, con las mejillas encendidas y los cabellos pegados en torno de la cabeza. Llevaba la bata bajo el brazo y estaba vestido con sólo la camisa y los calzoncillos. Cerró en seguida la puerta, que en realidad no era una verdadera puerta de calle, sino sólo una insignificante entrada secundaria.

-Un momento -dijo luego apoyándose en la pared, con la cabeza erguida y respirando pesadamente.

Karl yacía casi en sus brazos y apretaba, medio desmaya­do, su cara contra el pecho del otro.

-Por ahí corren los señores -dijo Delamarche prestando atención de pronto y señalando la puerta con el dedo.

Realmente pasaron en ese momento, corriendo, los dos agentes de policía; en la calle desierta resonaba su correr como si se golpease acero contra piedra

-Tú estás bastante rendido -dijo Delamarche a Karl, que luchaba todavía por recobrar el aliento, sin poder proferir una palabra. Delamarche lo sentó cuidadosamente en el suelo, se arrodilló junto a él, le pasó la mano por la frente va­rias veces y se quedó observándolo.

-Ya estoy bien -dijo Karl y, haciendo un supremo esfuer­zo, se levantó.

-Vamos entonces -dijo Delamarche después de poner­se nuevamente su bata; y fue empujando hacia adelante a Karl, que por la extrema debilidad mantenía aún gacha la cabeza.

De tiempo en tiempo Delamarche lo zarandeaba, tratan­do de reanimarlo.

-¿Y tú pretendes estar cansado? -dijo-. Pero si podías correr al aire libre como un caballo, mientras que yo tenía que escurrirme a hurtadillas a través de esos malditos patios y pasillos. Pero por suerte soy corredor yo también. -De puro orgullo propinó a Karl un golpe impetuoso en la espal­da-. De tiempo en tiempo una carrera semejante con la po­licía es un buen ejercicio.

-Ya estaba fatigado cuando empecé a correr -dijo Karl.

-No hay excusas que valgan; no sabes correr -dijo Dela­marche-. Si no fuera por mí, ya hace rato que te hubieran prendido.

-También yo lo creo -dijo Karl-. Le estoy reconocido.

-Sin duda -dijo Delamarche.

Anduvieron por un pasillo largo y estrecho, pavimentado de piedras oscuras, lisas. De vez en cuando abríase a derecha e izquierda un nacimiento de escalera, o bien surgía la pers­pectiva de otro pasillo más largo. Apenas se veía alguna persona adulta; sólo había niños que jugaban en las escale­ras desiertas. En una barandilla apoyábase una muchachita que lloraba tanto que toda la cara le brillaba por las lágri­mas. Apenas hubo divisado a Delamarche, cuando echó a correr escaleras arriba, boquiabierta y jadeante; se calmó sólo cuando estuvo muy arriba y cuando después de volver­se varias veces se hubo convencido de que nadie la seguía ni quería seguirla.

-A ésta hace un momento la derribé al correr -dijo De­lamarche riendo y amenazándola con el puño; por lo cual ella, dando gritos, prosiguió su carrera hacia arriba.

También los patios que atravesaron estaban casi todos desiertos. Sólo aquí o allá un dependiente de comercio empujaba una carretilla de dos ruedas, una mujer llenaba una jarra con el agua que extraía con una bomba, un cartero cruzaba el patio con paso reposado, un viejo con mostacho blanco permanecía sentado cruzado de piernas ante una puerta de vidrio y fumaba su pipa. Delante de una empresa de transportes descargaban cajones y los caballos, desocu­pados, volvían las cabezas con indiferencia: un hombre de guardapolvo, con un papel en la mano, vigilaba todo el tra­bajo; en una oficina se veía a través de la ventana abierta a un empleado sentado frente a su escritorio; tenía apartada la vista del mismo y miraba pensativo hacia afuera, por don­de, en ese preciso momento, pasaban Karl y Delamarche.

-No es posible desear un barrio más tranquilo -dijo De­lamarche-; por la noche hay mucho barullo durante unas horas, pero durante el día las cosas transcurren de una ma­nera ejemplar.

Karl asentía con la cabeza; le parecía demasiado grande aquella tranquilidad.

-En ninguna otra parte podría yo vivir -dijo Delamar­che-, pues Brunelda no soporta ningún ruido, absoluta­mente ninguno. ¿Conoces a Brunelda? Pues ya la verás, en todo caso te recomiendo que te conduzcas lo más queda­mente que te sea posible.

Cuando llegaron a la escalera que conducía a la vivienda de Delamarche, el automóvil ya había partido, y el mucha­cho de la nariz carcomida, sin que lo asombrara en manera alguna la reaparición de Karl, anunció que él había cargado con Robinsón y lo había subido por la escalera. Delamarche no hizo más que aprobar con la cabeza, como si el mucha­cho fuese su sirviente y no hubiera hecho otra cosa que cumplir con su deber natural, y arrastró consigo escaleras arriba a Karl, que vaciló un poco mirando hacia la calle que resplandecía al sol.

-Ya estamos arriba -dijo Delamarche repetidas veces mientras subían por la escalera, mas su predicción no se cumplía en absoluto pues siempre se sumaba un tramo más, que subía alterando sólo imperceptiblemente la direc­ción.

Una vez hasta se detuvo Karl, en verdad no tanto por el cansancio como por el sentirse desarmado frente a semejan­te extensión de la escalera.

-El departamento queda muy alto, es cierto -dijo Dela­marche cuando prosiguieron su marcha-; pero esto tam­bién tiene sus ventajas. Sale uno muy rara vez y se queda el día entero en bata; llevamos, pues, una vida muy cómoda. Naturalmente, teniendo que subir hasta semejante altura, tampoco vienen visitas.

«¿De dónde habrían de venir las visitas?», pensó Karl.

Por fin en uno de los descansos de la escalera, ante la puerta cerrada de un departamento, apareció Robinsón, y ahora efectivamente habían llegado. La escalera ni siquiera había alcanzado su fin: continuaba perdiéndose a través de la penumbra y no había nada que pareciera señalar su pronta conclusión.

-¡Ya sabía yo -dijo Robinsón en voz baja, como si toda­vía lo afligieran las dolencias- que Delamarche lo traería! ¡Rossmann, qué sería de ti sin Delamarche!

Robinsón estaba de pie, en paños menores, y sólo inten­taba en la medida en que esto resultaba posible envolverse en la manta que le habían dado en el Hotel Occidental. No se podía comprender por qué no entraba en el departamen­to en vez de ponerse en ridículo, ante la gente que, tal vez, podía pasar.

-¿Está durmiendo ella? -preguntó Delamarche.

-Creo que no -dijo Robinsón-, pero con todo he preferi­do esperar hasta que vinieras tú.

-Primero tenemos que ver si está durmiendo -dijo Dela­marche inclinándose hasta el ojo de la cerradura. Después de haber mirado largo rato a través del mismo, se incorpo­ró y dijo-: No se la ve bien; está bajada la persiana. La veo sentada en el canapé, pero tal vez esté durmiendo.

-Pero, ¿está enferma? -preguntó Karl, pues Delamarche se quedaba inmóvil como si necesitara consejo. Pero ahora éste a su vez, y en tono áspero, preguntó:

-¿Enferma?

-Es que él no la conoce -dijo Robinsón disculpándolo.

Unas puertas más allá habían salido al pasillo dos muje­res; se enjugaban las manos con sus delantales, contem­plaban a Delamarche y a Robinsón, y parecía que de ellos hablaban. De una de las puertas salió de un salto una mu­chacha, una muchacha muy joven todavía, de lustrosa cabe­llera rubia y se estrechó entre las dos señoras, colgándose de sus brazos.

-¡Qué mujeres asquerosas! -dijo Delamarche en voz baja, evidentemente sólo por consideración a la durmiente Brunelda-. Uno de estos días las denunciaré a la policía y ya me dejarán en paz durante años. No las mires -dijo luego si­seando a Karl, quien no veía nada malo en mirar a las mu­jeres, ya que de todas maneras había que esperar allí, en el pasillo, el despertar de Brunelda.

Karl movió la cabeza disgustado, como diciendo que él no tenía por qué aceptar amonestaciones de Delamarche, y para demostrarlo más decididamente aún quiso acercarse a las mujeres, pero entonces Robinsón con las palabras: «¡Cuidado, Rossmann!» lo retuvo por la manga; y Delamar­che, ya irritado por Karl, se puso tan furioso con motivo de una sonora risotada de la muchacha que, tomando gran impulso y agitando brazos y piernas, echó a correr hacia las mujeres. Éstas, como llevadas por el viento, desaparecieron cada una por su puerta.

-Así tengo que despejar a menudo los pasillos -dijo De­lamarche volviendo con paso lento; entonces se acordó de la resistencia de Karl y dijo-: Y de tu parte espero una conduc­ta muy diferente, ¡pues de otro modo podrías llegar todavía a conocerme!

Y entonces una voz llamó desde el cuarto, en un tono suave y cansado:

-¿Delamarche?

-Sí -respondió éste mirando afablemente hacia la puer­ta-, ¿podemos entrar?

-¡Oh, sí! -se oyó entonces.

Delamarche, después de haber rozado con una mirada a los dos que esperaban tras él, abrió lentamente la puerta.

Entraron en una oscuridad total. La cortina de la puer­ta del balcón -ventana no había ninguna- estaba bajada hasta el suelo y era muy poco translúcida, pero además contribuía mucho al oscurecimiento del cuarto el hecho de que se viera repleto de muebles y de ropas colgadas y dispersas. La atmósfera era sofocante y, realmente, se olía el polvo, acumulado allí en rincones, manifiestamente inaccesibles a mano alguna. Lo primero que notó Karl al entrar fueron tres armarios apostados uno tras otro, sin interrupción.

En el canapé, acostada, estaba la mujer que antes había mirado desde el balcón. Su vestido rojo se le había torcido un poco por abajo y, formando una larga punta, colgaba hasta el suelo; por el otro lado se le veían las piernas casi has­ta las rodillas; tenía medias de lana, gruesas y blancas; no llevaba zapato alguno.

-¡Qué calor, Delamarche! -dijo; apartó la cara de la pared y sostuvo la mano negligentemente en suspenso, tendiéndo­sela a Delamarche. Éste la tomó y la besó.

Karl sólo miraba su papada que, al volver la cabeza, roda­ba con ella.

-¿No quieres que haga subir la cortina? -preguntó Dela­marche.

-No; todo menos eso -dijo con los ojos cerrados y como desesperada-; así empeoraría más aún.

Karl se aproximó al pie del canapé para examinar mejor a aquella mujer; le maravillaban sus quejas, pues el calor no era nada extraordinario.

-Espera, voy a ponerte un poco más cómoda -dijo Dela­marche temeroso. Le desabrochó unos botones cerca del cuello y abrió el vestido de manera que quedaron libres el cue­llo y el nacimiento del pecho; apareció también la puntilla, delicada y amarillenta, de la camisa.

-¿Quién es éste? -dijo súbitamente la mujer señalando con el dedo a Karl-; ¿por qué me clava así los ojos?

-Tú mira en seguida cómo hacerte útil -dijo Delamarche empujando a Karl a un lado, y tranquilizó a la mujer con es­tas palabras-: No es más que el muchacho que he traído para tu servicio.

-¡Pero si yo no quiero ninguno! -exclamó-. ¿Por qué traes gente extraña a mi casa?

-Pero si siempre estás deseando a alguien para tu servicio -dijo Delamarche arrodillándose, pues en el canapé, con ser muy ancho, no quedaba el menor lugar junto a Brunelda.

-¡Ay, Delamarche! -dijo ella-, tú no me entiendes y no me entiendes.

-Pues entonces realmente no te entiendo -dijo Delamar­che y tomó entre sus dos manos la cara de ella-; pero no ha pasado nada. Si tú así lo quieres, se marchará al instante.

-Ya que está, que se quede, pues -dijo ella, sin embargo.

Karl, debido a su cansancio, le agradeció tanto esas pala­bras, que en el fondo acaso no eran siquiera amables, que -pensando siempre confusamente en aquella escalera in­terminable que tal vez ya hubiera tenido que bajar de nue­vo- pasó por encima de Robinsón, que dormía pacífica­mente sobre su manta, y, a despecho de todo ese disgustado agitar de manos de Delamarche, dijo:

-Le agradezco de todas maneras que me permita usted quedarme un rato más aquí. Ya van seguramente veinticua­tro horas que no duermo, no obstante haber trabajado bas­tante y haber tenido diversos disgustos. Estoy terriblemen­te cansado. Ni siquiera sé bien dónde me encuentro. Pero cuando haya dormido unas horas podrá usted echarme sin consideración y me iré gustosamente.

-Puedes quedarte tranquilamente -dijo la mujer; y con ironía añadió-: Como ves, tenemos lugar de sobra.

-Tienes que irte, entonces -dijo Delamarche-; no pode­mos emplearte.

-No, no, que se quede -dijo la mujer, ahora ya en serio.

Y Delamarche, como ejecutando ese deseo, le dijo a Karl:

-Bueno, pues, acuéstate por fin en alguna parte.

-Puede acostarse sobre las cortinas, pero tiene que qui­tarse los zapatos para no romper nada.

Delamarche enseñó a Karl el lugar a que se refería. Entre la puerta y los tres armarios había un gran montón de los más diversos cortinajes de ventana. Si se hubieran doblado todos en regla, si se hubieran colocado abajo las cortinas más pesadas y arriba las más livianas y si, finalmente, se hu­bieran sacado las diversas tablas y anillas de madera metidas en el montón, aquel conjunto se habría convertido en un cómodo lecho; pero así como estaba no era más que una masa oscilante en la cual se deslizaba uno. Sin embargo, Karl se acostó instantáneamente, pues estaba demasiado cansado y no podía efectuar preparativos especiales para dormir y debía, además, cuidarse también de no causar allí demasiadas molestias en atención a sus huéspedes.

Ya estaba casi sumido en el sueño propiamente dicho cuando oyó un fuerte grito; se incorporó y vio a Brunelda, erguida, sentada en el canapé; extendía los brazos en amplio movimiento y rodeaba con ellos a Delamarche, que seguía arrodillado ante ella. Karl, penosamente impresionado por el espectáculo, se recostó nuevamente y se hundió en las cortinas a fin de continuar durmiendo. Le parecía fuera de toda duda que no aguantaría allí ni dos días, pero tanto más necesario era dormir primero debidamente, para poder to­mar luego las decisiones del caso con la mente lúcida, con prontitud y precisión.

Pero Brunelda ya había advertido los ojos de Karl, gran­demente abiertos de cansancio, que ya la asustaron una vez, y clamó:

-Delamarche, no aguanto más de calor, estoy ardiendo, tengo que desnudarme, tengo que bañarme; ¡manda a esos dos afuera, fuera del cuarto, a donde quieras: al pasillo, al balcón, con tal que no los vuelva a ver! Está una en su pro­pia casa y la estorban continuamente... ¡Si estuviera sola contigo, Delamarche! ¡Ay Dios mío, todavía siguen aquí! Cómo se despereza ese desvergonzado Robinsón, en ropa interior, en presencia de una dama. Y este chico extraño, hace un momento me miró como un salvaje y ahora, ¡cómo ha vuelto a acostarse para engañarme! Fuera con ellos, De­lamarche, pronto; los siento como una carga, me pesan so­bre el pecho y si ahora perezco será por su culpa.

-En el acto estarán fuera; puedes ir desnudándote -dijo Delamarche. Se acercó a Robinsón y poniéndole un pie so­bre el pecho comenzó a sacudirlo. Al mismo tiempo incre­pó a Karl-: ¡Rossmann, a levantarse! ¡A salir los dos al bal­cón! ¡Y ay de vosotros si entráis antes de que se os llame! Va­mos pronto, Robinsón. -Sacudía a Robinsón con más fuerza-. Y tú, Rossmann, cuidado que no te caiga yo enci­ma a ti también. -Y dos veces golpeó ruidosamente las ma­nos.

-¡Cuánto tardan! -exclamó Brunelda desde el canapé. Mantenía, en la posición sentada, muy separadas las pier­nas, para proporcionar así mayor espacio a su cuerpo exce­sivamente obeso; y sólo con el mayor esfuerzo y múltiples intentos de cogerlas, y descansando con frecuencia, pudo asir las medias por su parte superior y bajárselas un poco, mas no podía desnudarse del todo: eso tenía que hacerlo Delamarche, y ella lo esperaba ya con impaciencia.

Totalmente aturdido por el cansancio, abandonó Karl el montón de cortinas, deslizándose hasta el suelo y se dirigió lentamente a la puerta del balcón; un trozo de género de cortina se le había enredado en el pie y él fue arrastrándolo sin reparar en él. Tan distraído estaba que al pasar frente a Brunelda hasta llegó a decirle

-Le deseo a usted muy buenas noches.

Luego pasó junto a Delamarche, el cual apartó ligera­mente el cortinaje de la puerta, y siguió andando hasta lle­gar al balcón.

Tras Karl fue inmediatamente Robinsón, sin duda no menos necesitado de sueño, pues caminaba refunfuñando:

-Siempre y siempre lo maltratan a uno -dijo-; si no vie­ne Brunelda también, yo no salgo al balcón.

Pero a pesar de esta aseveración salió sin la menor resis­tencia y, ya afuera, puesto que Karl se había desplomado en el sillón, se acostó en el acto sobre el piso de losas.

Cuando Karl despertó ya había caído la noche; ya estaban las estrellas en el cielo, y tras las altas casas de enfrente as­cendía el claro de luna. Sólo después de mirar unas cuantas veces en torno de sí, para orientarse en aquel sitio descono­cido, y después de aspirar unas cuantas veces el aire fresco cobró Karl conciencia del lugar en que estaba. Cuán impru­dente había sido, cómo había desoído todos los consejos de la cocinera mayor, todas las advertencias de Therese, todos sus propios temores, ¡y se hallaba tranquilamente sentado en el balcón de Delamarche, y hasta se había quedado a dormir allí durante la mitad del día, como si tras la cortina no estuviera Delamarche, su gran enemigo! En el suelo se retorcía aquel haragán de Robinsón, zarandeaba a Karl por un pie y parecía que, en efecto, así lo había despertado, ya que estaba diciendo:

-¡Qué manera de dormir, Rossmann! ¡Lo que es la juven­tud despreocupada! ¿Hasta cuándo piensas seguir dur­miendo? Yo te hubiera dejado dormir por más tiempo; pero, en primer lugar estoy aburriéndome demasiado aquí en el suelo y, en segundo lugar, tengo mucha hambre. Le­vántate un poco, te lo ruego: ahí abajo, dentro del sillón, he guardado algunas cosas para comer y me gustaría mucho sacarlas; también a ti te daré algo.

Y Karl, habiéndose levantado, se quedó mirando cómo se aproximaba aquél, sin levantarse, arrastrándose sobre el vientre, y cómo sacaba de debajo del sillón, con las manos extendidas, una bandeja plateada, aproximadamente de esas que sirven para presentar tarjetas de visita. Sobre esta bandeja había medio chorizo muy negro, algunos cigarri­llos delgados, una lata de sardinas bastante llena todavía, en donde el aceite rebosaba, y una cantidad de bombones, en su mayor parte estrujados, que formaban una pelota. Luego apareció además un gran pedazo de pan y una especie de frasco de perfume que, no obstante, parecía contener algo muy distinto, pues Robinsón lo señaló con satisfacción es­pecial y, relamiéndose, le envió a Karl un chasquido con la lengua.

-¿Lo ves, Rossmann? -dijo Robinsón mientras tragaba sardina tras sardina y se limpiaba las manos del aceite, de vez en cuando, con un paño de lana que por lo visto Brunel­da había olvidado en el balcón-. ¿Lo ves, Rossmann? Aquí tiene uno que guardarse su comida si no quiere morirse de hambre. Sabes, muchacho: me han dejado completamente de lado. Y si lo tratan a uno sin cesar como a un perro, al fin llega uno a pensar que lo es de veras. Suerte que estás aquí, Rossmann; al menos puedo hablar con alguien; pues en esta casa nadie habla conmigo. Nos detestamos, y todo por esa Brunelda. Ella, claro está, es una hembra magnífica. Ven -y le hizo señas a Karl a fin de que se agachara para susu­rrarle luego al oído-: una vez la he visto desnuda. ¡Oh! -Y recordando ese placer se puso a estrujar y a golpear las pier­nas de Karl, hasta que éste, cogiéndole las manos y recha­zándolas, exclamó:

-Robinsón, ¡pero estás loco!

-Es que tú eres un chico todavía, Rossmann -dijo Robin­són, y sacó un puñal que llevaba prendido de un cordón que hacía de collar, le quitó la vaina y cortó con él el duro chorizo-. Tienes que aprender muchas cosas todavía. Pero aquí, en nuestra casa, has llegado a una buena fuente de co­nocimientos. Siéntate, pues. ¿No quieres comer algo tú también? Pues tal vez el mirarme a mí te abra el apetito. ¿Y no quieres beber tampoco? Tú no quieres nada, pero nada. Y tampoco eres muy conversador que digamos. Pero da ab­solutamente lo mismo quedarse en el balcón con cualquie­ra con tal de que haya alguien. Porque yo me quedo muy a menudo en el balcón, ¿sabes? Esto le divierte mucho a Bru­nelda. Por cualquier cosa que se le ocurre: ya sienta frío, ya calor, ya quiera dormir, ya quiera peinarse, ya quiera aflo­jarse el corsé, ya quiera ponérselo, a mí me mandan siempre al balcón. A veces hace ella realmente lo que dice, pero la mayor parte de las veces se queda acostada igual que antes en el canapé, y no se mueve. Antes abría yo a menudo la cortina un poco, así, y espiaba; pero desde que cierta vez, en una ocasión semejante, me dio Delamarche (sé perfecta­mente que él no quería hacerlo, que lo hizo sólo accediendo a los ruegos de Brunelda), desde que me dio, pues, unos cuantos latigazos en la cara, ¿ves las estrías?, ya no me atre­vo a espiar. Por eso me quedo aquí acostado en el balcón y no tengo más placer que la comida. Anteayer por la noche estaba aquí, solo; entonces llevaba yo todavía mi ropa ele­gante, la que por desgracia he perdido en tu hotel (esos perros, ¡le arrancan a uno del cuerpo esas ropas tan caras!), es­taba acostado, pues, entonces, tan solo aquí; me quedé mi­rando hacia abajo a través de la balaustrada y sentí una tris­teza tan grande por todo que me puse a sollozar. Y entonces casualmente, sin que yo lo notara al punto, salió Brunelda de la habitación y vino a verme, con su vestido rojo (es de entre todos, sin duda, el que mejor le queda), y se quedó mirándome un poco y al fin dijo: «Robinsón, ¿por qué llo­ras?» Luego, levantó su vestido y con el ribete me enjugó los ojos. Quién sabe qué más habría hecho, si no la hubiera lla­mado Delamarche, si no hubiera tenido que volver a entrar inmediatamente en la habitación. Como es natural, creía yo que había llegado mi hora y, a través del cortinaje, pregun­té si ya podía entrar en el cuarto. Y, ¿qué crees tú que me dijo Brunelda? «¡No!», dijo y «¿Cómo se te ocurre?»

-Y, ¿por qué, si te tratan de esta manera, te quedas aquí? -preguntó Karl.

-Perdona Rossmann, tu pregunta no es muy inteligente -repuso Robinsón-. Ya te quedarás tú también, así te traten peor todavía. Por otra parte, tan mal no me tratan.

-No -dijo Karl-; yo ciertamente me voy y, si es posible, esta misma noche. No me quedo con ustedes.

-Y, ¿cómo, por ejemplo, te las arreglarás para marcharte esta noche? -preguntó Robinsón, que había recortado la miga de su pan y la empapaba, cuidadosamente, en el acei­te de la lata de sardinas-. ¿Cómo quieres marcharte si ni si­quiera puedes entrar en el cuarto?

-¿Y por qué no podemos entrar?

-Y bien, mientras no suene la campanilla, no podemos entrar -dijo Robinsón abriendo la boca lo más que podía para devorar el grasiento pan y recogiendo a la vez, en una de sus manos, el aceite que goteaba del mismo, a fin de re­mojar de tiempo en tiempo el pan que todavía le quedaba en su mano ahuecada que servía de recipiente-. Aquí todo se ha vuelto más severo. Primero había sólo una cortina delga­da, por cierto nada se podía ver a través de ella; pero por la noche, con todo, se distinguían las sombras. Pero esto le de­sagradaba a Brunelda y entonces tuve que convertir en cor­tina una de sus capas de teatro y colgarla allí en lugar de la cortina vieja. Ahora ya no se ve nada. Luego: antes podía yo preguntar siempre si ya me permitían entrar y, según las circunstancias, me contestaban sí o no; pero seguramente aprovechaba yo esto demasiado y preguntaba con demasia­da frecuencia. Brunelda no podía soportarlo. Ella, a pesar de su gordura, es de constitución muy débil, tiene a menu­do dolor de cabeza y casi siempre tiene gota en las piernas. Por eso dispuso que no volviera a preguntar y que, en cam­bio, en caso de poder yo entrar, oprimirían el botón de la campanilla de mesa. Suena tan fuerte que hasta me despier­ta cuando duermo. Una vez tuve aquí un gato, para divertir­me; se escapó de susto al oír esta campanilla y no ha vuelto ya; bien, pues, hoy no sonó todavía porque cuando suena no sólo puedo, sino que en realidad ya debo entrar, y si esta vez no ha sonado en tanto tiempo, puede tardar muchísimo más todavía.

-Sí -dijo Karl-, pero no hay ninguna razón para que lo que es válido para ti, lo sea también para mí. Y, en general, una cosa semejante es válida sólo para quien la tolera.

-Pero -exclamó Robinsón-, ¿por qué no habría de ser válida también para ti? Es, desde luego, válida también para ti. Espera tranquilamente aquí conmigo hasta que suene la campanilla. Y luego puedes intentarlo; veremos si puedes marcharte.

-¿Por qué, realmente, no te marchas también de aquí? ¿Tan sólo porque Delamarche es, o más bien era, tu amigo? ¿Y es esto vida acaso? ¿No sería mejor estar ya en Butterford, a donde queríais ir vosotros primero? ¿O mejor aún en Ca­lifornia, donde tú tienes amigos?

-Sí -dijo Robinsón-, nadie podía prever esto. -Antes de continuar contando alcanzó a decir todavía-: A tu salud, querido Rossmann -y tomó un largo trago del contenido del frasco de perfume-. Pues en aquel entonces, cuando tú tan villanamente nos abandonaste, nuestra situación era pésima. En los primeros días no fue posible conseguir nin­gún trabajo. Por otra parte, Delamarche no quería trabajar, pues de otro modo ciertamente lo habría conseguido; me mandaba siempre a mí a buscar algo, y yo no tengo suerte. Él no hizo más que andar merodeando por aquí y por allá, pero ya casi había llegado la noche y sólo había traído un portamonedas de mujer. Era de perlas y, por cierto, muy bonito; se lo regaló a Brunelda, pero adentro no había casi nada. Luego dijo que fuéramos a mendigar por las casas; esto, naturalmente, da oportunidad de encontrar muchas cosas útiles, de manera que fuimos a mendigar, y yo, para guardar mejor las apariencias, cantaba ante las puertas de las casas. Y teniendo suerte Delamarche como la tiene siempre, apenas nos hubimos detenido ante la segunda casa, un departamento muy rico en la planta baja, y junto a la puerta les hubimos cantado algo a la cocinera y al criado, cuando llegó la señora a la cual pertenecía ese departamen­to, Brunelda, que subía la escalera. Acaso iba demasiado ce­ñida y no podía subir por eso aquellos pocos escalones. Pero ¡qué lindo aspecto tenía, Rossmann! Llevaba un vesti­do blanquísimo y una sombrilla roja. Estaba que daban ga­nas de relamerse. Estaba como para bebérsela toda. ¡Dios mío, Dios mío, qué linda estaba! ¡Qué mujer! Dime, por todo lo que quieras, ¿cómo es posible que exista una mujer así? La muchacha y el sirviente corrieron en seguida a su encuentro, claro está, y casi la subieron llevándola en vilo. Nosotros nos quedamos inmóviles, a derecha y a izquierda de la puerta e hicimos un saludo muy cortés, como es cos­tumbre aquí. Ella se detuvo un poco, porque todavía no te­nía bastante aliento, ahora bien, no sé cómo ha sucedido eso en verdad; el sufrir hambre ya tanto tiempo me había trastornado el juicio y además, de cerca estaba más hermo­sa aún y tremendamente ancha y muy maciza por todas partes, efectos de un corsé especial, puedo mostrártelo lue­go, está en el armario. En pocas palabras, la toqué un poqui­to por detrás, pero sólo muy ligeramente, ¿sabes?, sólo la toqué así. Desde luego no puede tolerarse que un mendigo toque a una señora rica. Por cierto, esto casi no era tocar si­quiera; pero al fin de cuentas y a pesar de todo era, sin em­bargo, tocar. Quién sabe qué malas consecuencias hubiera tenido eso si Delamarche no me hubiera dado, acto seguido, una bofetada, y una bofetada de tal categoría que necesité inmediatamente de mis dos manos, ya que las reclamaba mi mejilla.

-¡Las cosas que habéis hecho! -dijo Karl sentándose en el suelo fascinado completamente por aquella historia-. ¿Y era Brunelda?

-Sí, pues -dijo Robinsón-, era Brunelda.

-Pero, ¿no dijiste una vez que es cantante? -preguntó Karl.

-Por supuesto que es cantante, y una gran cantante -re­plicó Robinsón, que estaba haciendo correr sobre la lengua una gran masa de bombones y que, de vez en cuando, apre­taba con el dedo algún trozo que había sido empujado fue­ra de la boca, obligándolo así a volver adentro-. Pero, natu­ralmente, entonces no lo sabíamos todavía; sólo veíamos que era una dama, muy rica y muy distinguida. Ella hizo como si nada hubiese sucedido y tal vez ni siquiera hubiera sentido nada, pues yo realmente sólo la había rozado con la punta de los dedos. Pero se quedó mirando a Delamarche sin quitarle los ojos de encima, y éste -como suele acertar siempre en todas las cosas- le devolvió esa mirada, mirán­dola a su vez también derecho a los ojos. Después de lo cual, ella le dijo: «Ven, entra por un ratito», e indicó con la som­brilla el departamento abierto, queriendo significar con ello que Delamarche la precediera. Luego entraron los dos y la servidumbre cerró la puerta tras ellos. A mí me olvidaron afuera y entonces pensé que tanto, tanto no iba a tardar en el asunto y me senté en la escalera para esperar a Delamar­che. Pero en lugar de Delamarche salió un sirviente y me trajo un plato completamente lleno de sopa. «Una atención de Delamarche», me dije. El sirviente se quedó un rato de pie, a mi lado, y me contó algunas cosas sobre Brunelda; en­tonces comprendí qué importancia podía tener para noso­tros esa visita a Brunelda. ¡Porque Brunelda era una mujer divorciada, tenía una gran fortuna y vivía con independen­cia absoluta! Su ex marido, un fabricante de chocolate, se­guía por cierto amándola; pero ella no sentía trato alguno con él. Iba él muy a menudo al departamento, muy elegan­te siempre, ataviado como si fuera a un casamiento -todo esto es verdad palabra por palabra porque lo conozco yo mismo-, pero el criado, por grande que fuera el soborno, no se atrevía a preguntar a Brunelda si ella lo recibiría, pues va­rias veces se lo había preguntado y, cada vez, Brunelda le ha­bía arrojado a la cara lo que en ese preciso momento tenía a mano. Cierta vez hasta le tiró su calientapiés de agua calien­te y en esa oportunidad le sacó un diente anterior. Sí, Ross­mann, ¡estás abriendo la boca ahora!

-Y, ¿cómo conoces tú al marido? -preguntó Karl.

-A veces sube también hasta aquí -dijo Robinsón.

-¿Aquí arriba? -tan asombrado estaba Karl que dio una ligera palmada en el piso.

-Asómbrate, pues -continuó Robinsón-; yo mismo tam­bién me quedé asombrado cuando me lo contó entonces el criado. Imagínate, cuando no estaba Brunelda en la casa el hombre se hacía conducir a sus habitaciones por el sirvien­te y se llevaba siempre alguna cosita insignificante de re­cuerdo y, en cambio, dejaba siempre alguna cosa muy cara y fina para Brunelda; al criado le prohibía severamente de­cir de quién era. Pero cierta vez, cuando había llevado algo de porcelana -según decía el sirviente y lo creo-, algo real­mente impagable, Brunelda debe de haberlo reconocido de alguna manera; pues lo arrojó al suelo inmediatamente y lo pisoteó y escupió encima e hizo algunas otras cosas más, de manera que el criado apenas pudo llevárselo de allí, tanto era el asco que le daba.

-Pero, ¿qué le ha hecho a ella ese hombre? -preguntó Karl.

-En realidad, no lo sé -dijo Robinsón-; pero creo que nada especial. Él mismo, por lo menos, no lo sabe, pues ya he hablado con él más de una vez al respecto. Me espera diariamente allí, en esa esquina; si voy, tengo que contarle las novedades; si no puedo ir, espera media hora y luego se va. Para mí constituía una buena ganancia de carácter ex­traordinario, pues pagaba esas noticias muy generosamen­te; pero desde que Delamarche se enteró del negocio, tengo que entregarle todo a él y por eso, ahora, voy allí con menor frecuencia.

-Pero, ¿qué quiere el hombre? -preguntó Karl-. ¿Qué es lo que quiere? Ya ve, pues, que ella no quiere nada con él.

-Sí -suspiró Robinsón. Encendió un cigarrillo y, entre grandes giros de su brazo, iba exhalando el humo hacia lo alto. Pero luego pareció cambiar de decisión y dijo: -¿Qué me importa eso? Lo único que yo sé es que él daría mucho dinero si le permitieran estar aquí en el balcón, acostado como nosotros.

Karl se levantó, se apoyó en la balaustrada y miró hacia abajo, hacia la calle. La luna ya era visible, pero aún no lle­gaba su luz hasta lo hondo de la calle. Esa calle, tan desierta durante el día, estaba atestada de gente, en especial delante de las puertas principales de las casas; estaban todos en movimiento; era un movimiento lento, torpe; destacábanse débilmente en la oscuridad las mangas de camisa de los hombres y los vestidos claros de las mujeres y todos anda­ban con la cabeza descubierta.

Los muchos balcones de los alrededores veíanse ahora ocupados en su totalidad; allí se reunían las familias a la luz de una bombilla eléctrica y, según el tamaño del balcón, permanecían o bien sentadas en torno de una mesita, o simplemente en sillas apostadas en hileras, o al menos, aso­maban las cabezas de los cuartos. Los hombres se sentaban esparrancados, sacando los pies fuera de los balaustres, y leían diarios que casi llegaban hasta el suelo o jugaban a los naipes, en apariencia silenciosos, pero dando fuertes golpes en las mesas. Las mujeres tenían las faldas llenas de trabajo de costura y sólo de vez en cuando disponían de una breve mirada para las cosas que las rodeaban o para la calle. Una mujer rubia y de aspecto débil bostezaba sin cesar en el bal­cón vecino y al mismo tiempo ponía los ojos en blanco; le­vantaba a cada bostezo una prenda de ropa que estaba re­mendando, para cubrirse con ella la boca. Aun en los balco­nes más pequeños, se las componían los niños para correr y perseguirse mutuamente, lo que molestaba muchísimo a los padres.

En el interior de muchos cuartos había fonógrafos que emitían música de canto u orquestal, pero nadie se preocu­paba gran cosa por esa música; sólo de vez en cuando el jefe de la familia hacía una seña, y alguien entraba corriendo en el cuarto para cambiar el disco. En muchas ventanas veíase a parejas de amantes completamente inmóviles; en una de las ventanas, enfrente mismo de Karl, hallábase una de esas parejas, de pie: el joven rodeaba con su brazo a la muchacha y oprimía con la mano su pecho.

-¿Conoces a alguien de la gente de al lado? -preguntó Karl a Robinsón, quien ahora también se había incorpora­do, después de envolverse, ya que estaba tiritando de frío, en la manta de Brunelda, que había sumado a la que ya usaba.

-Casi a nadie; precisamente eso es lo malo de mi situa­ción -dijo Robinsón, y atrajo hacia sí a Karl, para poder su­surrarle al oído-; de otra manera, no tendría, en verdad, de qué quejarme por el momento. Ya ves que Brunelda ha ven­dido por Delamarche todo lo que tenía y se ha mudado con todas sus riquezas aquí, a esta vivienda de suburbio, sólo para poder dedicarse por entero a él y para que nadie los moleste. Por otra parte, éste era también el deseo de Dela­marche.

-¿Y ha despedido a la servidumbre? -preguntó Karl.

-Exactamente -dijo Robinsón-, ¿dónde quieres que alo­jen aquí a la servidumbre? Esos sirvientes son unos señores muy exigentes. Cierto día, en la casa de Brunelda, echó De­lamarche a uno de esos sirvientes del cuarto, lo echó senci­llamente a bofetadas; caían, una tras otra, hasta que el hom­bre estuvo afuera. Claro que los otros sirvientes se unieron a él y armaron un gran barullo delante de la puerta y enton­ces salió Delamarche (yo no era entonces sirviente, sino amigo de la casa, pero convivía, sin embargo, con los sir­vientes) y preguntó: «¿Qué queréis?» El más viejo de los sirvientes, un tal Isidor, repuso: «Usted nada tiene que hablar con nosotros; nuestra ama es la señora». Como has de no­tarlo, probablemente, querían ellos muchísimo a Brunelda. Pero Brunelda, sin hacer caso de ellos, corrió hasta Dela­marche (entonces, por cierto, no estaba todavía tan pesada como ahora), lo abrazó y lo besó delante de todos, llamán­dolo «queridísimo Delamarche». Y «echa de una vez a estos monos», dijo finalmente. Monos, era para los sirvientes; imagínate las caras que pusieron. Luego atrajo Brunelda la mano de Delamarche hacia el bolso que llevaba en el cintu­rón; Delamarche metió la mano y comenzó, pues, a pagar las cuentas de los sirvientes. La única participación de Brunelda en ese pago fue quedarse de pie, con el saquillo abier­to que pendía de su cinturón. Muchas veces tuvo Delamar­che que meter la mano allí, pues partía el dinero sin contar­lo y sin examinar las pretensiones. Finalmente dijo: «Puesto que no queréis hablar conmigo, os digo en nom­bre de Brunelda que os larguéis inmediatamente». Así fueron despedidos. Hubo luego algunos pleitos todavía; Delamarche hasta tuvo que comparecer una vez ante la justicia, pero de eso no sé nada cierto. Sólo sé que inme­diatamente después de haber despedido a los sirvientes le dijo Delamarche a Brunelda: «Y ahora, ¿te quedas sin ser­vidumbre?» Ella dijo: «Pero ahí está Robinsón.» Por lo cual me dio Delamarche una palmada en el hombro y al mismo tiempo dijo: «Bueno, tú serás nuestro sirviente.» Y Brunelda me dio luego unas palmaditas en la mejilla. Si se presenta la ocasión, Rossmann, deja que alguna vez tam­bién a ti te palmotee la mejilla; quedarás asombrado de lo agradable que es eso.

-¿De manera que te convertiste en sirviente de Delamar­che? -dijo Karl resumiendo.

Robinsón percibió el tono de compasión de esta pregun­ta y respondió:

-Sí, soy sirviente; pero sólo poca gente se da cuenta de ello. Ya lo ves, tú mismo no lo sabías, a pesar de que hace ya un buen rato que estás con nosotros. Ya has visto cómo an­daba yo vestido cuando fui al hotel. Llevaba puesto lo más fino de lo más fino. ¿Se visten acaso así los sirvientes? Sólo que el asunto es éste: yo no puedo salir a menudo; necesitan tenerme a mano, pues en la casa hay siempre algo que hacer. Es que una sola persona no alcanza a cumplir tanto trabajo. Como tal vez lo habrás notado, tenemos muchísimas cosas dispersas en la habitación; lo que no pudimos vender con motivo de la gran mudanza, lo hemos traído. Claro que hay muchas cosas que hubieran podido regalarse, pero Brunel­da no regala nada. Imagínate el trabajo que dio subir por la escalera hasta aquí todas esas cosas.

-Robinsón, ¿tú has subido todo eso? -preguntó Karl.

-¿Y quién sino yo? -dijo Robinsón-. Había también un obrero ayudante, un gran haragán; tuve que hacer la mayor parte del trabajo yo solo. Brunelda quedó abajo, junto al ca­rro; Delamarche disponía arriba dónde había que poner las cosas y yo corría constantemente yendo y viniendo. Nos lle­vó dos días; muchísimo tiempo, ¿no es cierto? Pero tú ni si­quiera sabes cuántas cosas hay aquí en este cuarto; todos los armarios están llenos y detrás de los armarios está todo repleto de cosas hasta el techo. Si se hubiera empleado a unas cuantas personas para el transporte bien pronto todo habría estado listo, pero Brunelda no quería confiárselo a nadie más que a mí. Estaba eso muy bien, pero yo en esa oportunidad me estropeé la salud para toda mi vida, y ¿qué otra cosa tenía yo, además de mi salud? Ahora, por el menor esfuerzo que haga, ya siento punzadas aquí, aquí y aquí. ¿Crees acaso que esos chicos del hotel, esos renacuajos (pues qué otra cosa son), hubieran podido vencerme algu­na vez, si yo hubiera estado sano? Pero tenga lo que tuviere, a Delamarche y a Brunelda no les diré ni una palabra, traba­jaré mientras pueda y cuando ya no pueda más, me echaré para morir; y sólo entonces, demasiado tarde, verán ellos que he estado enfermo y que, sin embargo, he seguido tra­bajando sin cesar, y que a su servicio me he matado traba­jando. ¡Ay, Rossmann! -dijo finalmente y se enjugó los ojos con la manga de la camisa de Karl. Después de un breve rato, dijo-: ¿No sientes frío? Te quedas ahí, en camisa.

-Anda, Robinsón -dijo Karl-, a cada momento estás llo­rando. No creo que estés tan enfermo. Tú tienes el aspecto de un hombre bastante sano, pero como te quedas siempre aquí, acostado en el balcón, te imaginas muchas cosas y nada más. Quizá sientas a veces una punzada en el pecho, eso me ocurre a mí también, y a cualquiera. Si todos los hombres quisieran llorar, como tú, por cualquier cosa sin importancia, tendría que llorar toda esa gente que está en los balcones.

-Eso, mejor lo sé yo -dijo Robinsón que se restregaba los ojos con la punta de su colcha-. El estudiante que vive aquí al lado, con esa mujer que subarrienda la casa y que antes cocinaba también para nosotros, me dijo el otro día al llevar yo de vuelta la vajilla: «Oiga usted, Robinsón, ¿no está usted enfermo?» A mí me prohibieron hablar con esa gente, de manera que no hice más que dejar la vajilla y quise mar­charme. Pero entonces él se me acercó y dijo: «Oiga, hom­bre, no lleve usted las cosas a tal extremo; usted está enfer­mo.» «Y bien, ¿qué debo hacer?, se lo ruego», pregunté. «Eso es asunto suyo», dijo él, y me volvió la espalda. Los otros que estaban allí, sentados a la mesa, se echaron a reír. Es que tenemos aquí enemigos en todas partes y por eso me retiré; era mejor.

-De manera que a la gente que se divierte a tu costa la crees y a la gente que quiere tu bien no la crees.

-Pero soy yo el que debe de saber cómo me siento -se en­crespó Robinsón; mas acto seguido volvió al llanto.

-Es el caso que eres tú precisamente el que no sabe lo que tiene. Deberías de buscarte algún trabajo como es debido, en lugar de seguir aquí como un sirviente de Delamarche. Pues por cuanto puedo juzgar yo, según tus relatos y según lo que yo mismo he visto, lo de aquí no es servicio, es escla­vitud. Ningún hombre podría soportarlo, ya lo creo. Y tú, en cambio, crees que por ser amigo de Delamarche no tienes derecho a abandonarlo. Esto es falso; si él no entiende ni ve la vida miserable que estás llevando, no tienes tú la menor obligación para con él.

-¿De manera que crees realmente, Rossmann, que podré reponerme si dejo este servicio?

-Ciertamente -dijo Karl.

-¿Ciertamente? -volvió a preguntar Robinsón.

-Pero ciertamente, sin duda -dijo Karl sonriendo.

-Pues entonces podría empezar a reponerme en seguida

-dijo Robinsón con la mirada fija en Karl.

-¿Cómo es eso? -preguntó éste.

-Pues porque tú deberás encargarte aquí de mi trabajo -respondió Robinsón.

-¿Y quién te ha dicho tal cosa? -preguntó Karl.

-¡Pero si éste es un viejo proyecto! Ya desde hace algunos días se habla de eso. La cosa comenzó al reñirme Brunelda por no mantener bastante limpio el departamento. Claro que prometí que sin demora lo arreglaría todo. Ahora bien, eso resulta muy difícil. Yo, por ejemplo, en mi estado, no puedo meterme en todos los rincones para quitar el polvo. Ni en el centro de la habitación puede uno moverse con li­bertad, ¡cuánto menos entonces entre los muebles y las co­sas depositadas! Y si uno quiere limpiarlo bien todo, es ne­cesario mover los muebles de su lugar, ¿y que yo solo haga eso? Además, todo eso debería hacerse en medio del mayor silencio ya que no se puede molestar a Brunelda, y ella ape­nas si abandona la habitación. De manera que he prometi­do por cierto limpiarlo todo, pero de hecho no lo he limpia­do. Cuando Brunelda lo advirtió, le dijo a Delamarche que eso no podía seguir así y que habría que tomar un sirviente auxiliar. «No quiero, Delamarche -decía ella-, que alguna vez me reproches el no haber llevado bien la casa. Yo misma no puedo hacer ningún esfuerzo, sin duda reconocerás esto, y Robinsón no basta. Al comienzo estaba tan fresco y ágil que atendía a todo; pero ahora está constantemente cansado y se queda casi siempre sentado en un rincón. Y una habitación con tantas cosas como la nuestra, no se arregla sola, ni se mantiene arreglada por sí sola.» Y enton­ces Delamarche se puso a pensar qué era lo que podía hacerse en tal caso, pues a una persona cualquiera naturalmente no puede tomársela en una casa como ésta, ni siquiera para prueba, ya que desde todas partes nos están espiando. Pero como soy buen amigo tuyo y supe por Renell cómo tenías que afanarte en el hotel, te propuse a ti. Delamarche en se­guida estuvo de acuerdo, a pesar de que aquella vez te habías insolentado con él, y yo, como es natural, quedé muy con­tento de poder serte tan útil. Pues para ti, este puesto está hecho como a medida: tú eres joven, fuerte y ágil, mientras que yo ya no valgo para nada. Sólo que debo advertirte, eso sí, que todavía no estás aceptado, de ninguna manera; si no le gustas a Brunelda, no nos sirves de nada. De modo que haz todo lo posible y esfuérzate mucho por resultarle agra­dable, y lo demás déjalo por mi cuenta.

-¿Y tú qué vas a hacer cuando yo sea sirviente aquí? -preguntó Karl; ¡se sentía tan libre!

El primer susto que le habían causado las noticias de Robin­són había pasado. Por lo tanto, Delamarche no tenía con él in­tenciones peores que las de hacerlo sirviente -pues si verdade­ramente hubiera tenido peores intenciones, ese charlatán de Robinsón sin duda se las habría revelado-, y si así estaban las cosas, se atrevía Karl a llevar a cabo la despedida aun esa mis­ma noche. No se le puede forzar a nadie a aceptar un empleo. Y mientras que antes le había preocupado a Karl la cuestión de si, después de haber sido despedido del hotel, encontraría un puesto conveniente y no inferior, en lo posible, lo bastante pronto como para salvarse del hambre, le parecía ahora que en comparación con éste que allí se le reservaba, que le resultaba en verdad repelente, cualquier otro empleo sería suficiente­mente bueno; y hasta la miseria de la desocupación le parecía preferible. Pero ni siquiera intentó hacérselo comprender a Robinsón, más aún porque Robinsón no podía juzgar ahora absolutamente nada, embargado como estaba por la esperan­za de verse aligerado con el trabajo de Karl.

-De manera que -dijo Robinsón acompañando su dis­curso con placenteros ademanes (tenía los codos apoyados en la balaustrada)- primero te lo explicaré todo y te enseña­ré las existencias. Tú eres culto y seguramente tienes buena letra también, de manera que podrás hacer en seguida una lista de todas las cosas que aquí tenemos. Hace rato que Brunelda desea tener esa lista. Si mañana por la mañana hace buen tiempo, rogaremos a Brunelda que se siente en el balcón y entre tanto podremos trabajar tranquilamente en la habitación sin molestarla. Pues en este sentido, Ross­mann, debes tener cuidado ante todo. No molestar a Bru­nelda por nada del mundo. Ella lo oye todo; seguramente tiene oído tan sensible porque es cantante. Así, por ejemplo, tú sacas rodando el barril de aguardiente que está detrás del armario; esto hace ruido porque es pesado y porque allí hay dispersas por todas partes muchísimas cosas, de modo que, para sacarlo, no es posible hacerlo rodar de un solo tirón. Brunelda, por ejemplo, está tranquilamente acostada en el canapé, cazando moscas, porque éstas, en general, le moles­tan mucho. Tú, entonces, crees que no hace caso de ti y si­gues haciendo rodar tu barril. Ella aún continúa tranquila. Pero en el momento en que menos te esperas tal cosa y cuando menos ruido haces, se incorpora ella de repente y se queda sentada y golpea el canapé con las dos manos que ni se la ve por el polvo que levanta (desde que estamos aquí no he sacudido el canapé; no puedo hacerlo, ella está siempre encima) y comienza a gritar horrorosamente, como un hombre, y así se queda gritando durante horas. Que cante ya se lo han prohibido los vecinos, pero nadie puede prohibir­le que grite; ella tiene que gritar. Por otra parte esto ahora sucede ya sólo rara vez, pues Delamarche y yo nos hemos tornado muy prudentes y cautelosos. Además, el gritar le ha hecho mucho daño. Una vez se desmayó y yo (Delamarche no estaba en ese momento) tuve que llamar al estudiante de al lado; éste la roció con un líquido de una botella grande, lo que ciertamente produjo un buen efecto; pero el tal líquido tenía un olor insoportable. Aun ahora mismo se huele toda­vía si se acerca la nariz al canapé. El estudiante es, sin duda, enemigo nuestro, como todos aquí; tú también deberás an­dar con cuidado frente a todo el mundo y no meterte con nadie.

-Oye, Robinsón -dijo Karl-, pero es un servicio bien pe­sado éste; para bonito puesto me has recomendado.

-No te preocupes -dijo Robinsón, y movió la cabeza ce­rrando los ojos para disipar así todas las posibles preocupa­ciones de Karl-; el puesto tiene también sus ventajas, como no te las puede brindar ningún otro. Te quedas constante­mente en la proximidad de una dama como Brunelda, duermes a veces en el mismo cuarto que ella, y esto, como bien puedes imaginártelo, supone por cierto múltiples en­cantos. Te pagarán espléndidamente, pues dinero hay a raudales. Yo, como amigo de Delamarche, no recibo nada; sólo cuando salgo, Brunelda me da siempre algo; pero a ti, naturalmente, te pagarán como a cualquier sirviente, pues­to que tampoco eres otra cosa. Pero lo más importante para ti es el hecho de que yo he de facilitarte muchísimo el de­sempeño de tu labor. Al comienzo, desde luego, no. haré nada, ya que debo reponerme; pero no bien esté un poco re­puesto, ya podrás contar conmigo. Y en general me queda­ré yo con el servicio personal de Brunelda; esto es con las ta­reas de peinarla y vestirla, en cuanto no las atienda Dela­marche. Tú sólo tendrás que ocuparte del arreglo de la habitación, de encargos y de los quehaceres domésticos más pesados.

-No, Robinsón -dijo Karl-; todo esto no me tienta.

-No hagas tonterías, Rossmann -dijo Robinsón muy cerca de la cara de Karl-; no desperdicies esta magnífica ocasión. ¿Dónde conseguirás en seguida un puesto? ¿Quién te conoce? ¿A quién conoces tú? Nosotros, dos hombres que ya hemos pasado por muchas cosas y que tenemos gran ex­periencia, anduvimos durante semanas sin conseguir traba­jo. No es fácil, no; es hasta desesperadamente difícil.

Karl asintió asombrándose de cuán cuerdamente sabía hablar Robinsón. Para él, claro está, esos consejos no tenían validez; él no podía quedarse allí; en esa gran ciudad segu­ramente hallaría algún lugarcito para él. Durante toda la noche, eso lo sabía, estaban atestadas de gente todas las fondas, se necesitaba servidumbre para los huéspedes y en esto él ya tenía cierta práctica. Ya sabría incorporarse, pronto y sin llamar la atención, a cualquier establecimiento. Precisamente, en la casa de enfrente estaba instalada una pequeña fonda, de la cual surgía una música muy sonora. La entrada principal estaba cubierta tan sólo por una gran cortina amarilla que a veces, movida por una corriente de aire, flameaba poderosamente hacia afuera, hacia la calle.

Por lo demás, el ruido de la calle se había calmado muchí­simo. La mayor parte de los balcones quedaban a oscuras; sólo a lo lejos se veía todavía, y aquí o allá, alguna luz aisla­da, pero apenas se quedaba uno mirándola un rato ya se le­vantaba allí también la gente y mientras todos se agolpaban por volver a la habitación un hombre acercaba la mano a la bombilla y, quedándose el último en el balcón, apagaba la luz después de echar a la calle una rápida mirada.

«Pero si ya está comenzando la noche -se dijo Karl-, y si me quedo aquí más tiempo todavía, ya seré uno de ellos.» Se volvió y se dispuso a descorrer la cortina que colgaba ante la puerta de la habitación.

-¿Qué es lo que quieres? -preguntó Robinsón interpo­niéndose entre Karl y la cortina.

-Irme, quiero irme -dijo Karl-. ¡Déjame! ¡Déjame!

-Pero no irás a estorbarlos -exclamó Robinsón-, ¡no se te vaya a ocurrir!

Rodeando con sus brazos el cuello de Karl, colgóse de él con todo su peso; entrelazó con sus piernas las de Karl y así lo arrastró en un momento al suelo. Pero entre los ascenso­ristas Karl había aprendido a pelear un poco; le asentó a Robinsón un puñetazo bajo el mentón, aunque sólo débil­mente y con sumo cuidado. Robinsón alcanzó todavía a darle a Karl, rápidamente y sin ninguna consideración, un fuerte rodillazo en el vientre; pero luego, con las dos manos en el mentón, rompió a llorar a gritos, tanto que un hombre del balcón vecino, golpeando salvajemente las manos, orde­nó: «¡Silencio!»

Un rato todavía se quedó Karl silenciosamente acostado, para sobreponerse al dolor que el golpe de Robinsón le ha­bía causado. Se limitaba a volver la cara hacia la cortina, que colgaba pesada y tranquila ante el cuarto, que, por lo visto, seguía a oscuras. ¡Pero si ya nadie parecía estar en ese cuarto!, quizá Delamarche había salido con Brunelda, con lo que Karl ya tendría plena libertad. Robinsón, que se con­ducía realmente como un perro guardián, estaba definitiva­mente descartado.

Resonaron entonces desde la calle, a lo lejos, en forma in­termitente, tambores y clarines. Gritos aislados, proferidos por mucha gente, se reunieron pronto en una gritería gene­ral. Karl volvió la cabeza y vio cómo se volvían a animar to­dos los balcones. Se irguió lentamente, no podía levantarse del todo y tenía que apoyarse contra la balaustrada con todo su peso. Abajo sobre la acera, marchaban a grandes pasos unos muchachos jóvenes con los brazos extendidos y las gorras en alto, vueltas las caras hacia atrás. La calzada quedaba todavía libre. Algunos agitaban, sobre unos palos altos, farolillos de papel envueltos en humo amarillo. Preci­samente surgían a la luz los tamborileros y los trompetas, en anchas filas, y Karl se asombraba de su gran cantidad cuan­do percibió voces detrás de sí. Se volvió y descubrió que Delamarche levantaba la pesada cortina y que luego surgía de la oscuridad del cuarto Brunelda, con el vestido rojo, con una mantilla de encaje sobre los hombros y una peque­ña cofia oscura sobre el cabello, probablemente despeinado y sólo amontonado a la ligera con puntas que asomaban sueltas, aquí y allí. Sostenía en la mano un pequeño abani­co desplegado, pero no lo movía, sólo lo estrechaba fuerte­mente contra sí.

Karl se hizo a un lado, deslizándose a lo largo de la ba­laustrada, para dejar sitio a los dos. Seguramente nadie lo obligaría a quedarse allí y aunque Delamarche quisiera in­tentarlo, Brunelda lo dejaría partir inmediatamente, si él se lo pidiera, pues ella ni podía sufrirlo; le asustaban sus ojos. Pero apenas dio un paso hacia la puerta, lo advirtió ella, sin embargo, y dijo:

-¿Adónde vas, chiquillo?

Karl se detuvo ante las miradas severas de Delamarche, y Brunelda lo atrajo hacia sí.

-¿No quieres ver el desfile de abajo? -dijo Brunelda em­pujándolo hacia adelante, hacia la balaustrada-. ¿Sabes de qué se trata? -le oyó decir Karl a sus espaldas, y sin ningún éxito intentó un movimiento involuntario para sustraerse a su presión. Tristemente se quedó mirando hacia abajo, ha­cia la calle, como si allá estuviera el motivo de su tristeza.

Delamarche se apostó primero con los brazos cruzados a espaldas de Brunelda, pero luego corrió al cuarto y le trajo los gemelos de teatro. Abajo, tras los músicos, había apare­cido la parte principal del cortejo. A horcajadas sobre los hombros de un hombre gigantesco iba sentado un señor del que no se veía, desde aquella altura, otra cosa que la calva, de un brillo mortecino, por encima de la cual mantenía en alto su sombrero de copa en saludo perpetuo. Alrededor de él llevaban, al parecer, grandes carteles de madera que, vis­tos desde el balcón, parecían completamente blancos; la disposición había sido tomada de manera que esos carteles se enderezaran verdaderamente, desde todos los lados, ha­cia el señor, el cual sobresalía, elevado entre ellos. Puesto que todo estaba en marcha, esa muralla de carteles que ro­deaba al señor se aflojaba constantemente y volvía luego a ordenarse sin cesar. En un ámbito mayor, todo el ancho de la calle en torno del señor -aunque por la oscuridad sólo al­canzaba a dominarse un trecho insignificante de su exten­sión-, estaban los secuaces de aquel hombre que venían palmoteando y anunciando, en ampulosa cantilena, algo que era probablemente el apellido del señor, un apellido brevísimo pero incomprensible. Algunos individuos, dis­tribuidos hábilmente entre la multitud, llevaban unos focos de automóvil que difundían una luz potente en sumo grado, y recorrían lentamente con la misma las casas, de abajo arriba y de arriba abajo, a ambos costados de la calle. A la al­tura donde se hallaba Karl ya no molestaba aquella luz; pero en los balcones más bajos se veía a la gente a la que al­canzaba ese rayo protegerse apresuradamente los ojos con las manos.

Delamarche, accediendo a los ruegos de Brunelda, trató de averiguar por la gente del balcón vecino qué significaba aquel acto. Karl tenía cierta curiosidad por saber si le con­testarían y cómo. Y, en efecto, Delamarche tuvo que pre­guntar tres veces, sin recibir respuesta. Ya se inclinaba peli­grosamente sobre la balaustrada. Brunelda golpeó leve­mente con el pie en el piso por el disgusto que le causaban aquellos vecinos. Karl sintió sus rodillas. Finalmente vino, con todo, alguna contestación; pero al mismo tiempo, en ese balcón atestado de gente, todos se echaron a reír estre­pitosamente; a lo cual Delamarche respondió gritando algo tan alto, que si en ese momento no hubiera sido tan fuerte el ruido en toda la calle hubieran tenido que advertirlo, sor­prendidos, todos a la redonda. Pero, de todas maneras, eso tuvo por efecto que la risa se acallara con una prontitud bien poco natural.

-En nuestro distrito elegirán juez mañana y el que llevan allá abajo es uno de los candidatos -dijo Delamarche al vol­ver junto a Brunelda, completamente calmado-. ¡Cosa rara! -exclamó luego golpeándole a Brunelda cariñosa­mente la espalda-. Ya ni siquiera sabemos lo que sucede en el mundo.

-Delamarche -dijo Brunelda a propósito de la conducta de los vecinos-, cuánto me gustaría mudarme de casa, si no fuese tan fatigoso. Pero desgraciadamente no puedo ani­marme a hacerlo. -Y entre hondos suspiros, inquieta y dis­traída, jugueteaba con la camisa de Karl, que trataba de apartar tenazmente, y en lo posible sin llamar la atención, aquellas manecitas regordetas; cosa que por otra parte le resultó bastante fácil, pues Brunelda no estaba pensando en él; muy otros eran los pensamientos que la ocupaban.

Pero también Karl olvidó pronto a Brunelda y toleró sobre sus hombros la carga de sus brazos, pues los sucesos de la ca­lle lo absorbían sobremanera. Por disposición de un pequeño grupo de hombres -que gesticulando marchaban justo delan­te del candidato y cuyas conversaciones debían de tener un significado especial, pues se veía que desde todas partes incli­nábanse hacia ellos rostros atentos- se hizo un alto frente a la fonda. Uno de esos hombres competentes hizo, con la mano levantada, una señal, destinada tanto a la muchedumbre como al candidato. La muchedumbre enmudeció, y el candi­dato, intentando varias veces ponerse de pie sobre los hom­bros de su portador y cayendo reiteradamente en su asiento, pronunció un pequeño discurso durante el cual iba agitando, con pasmosa rapidez, su sombrero de copa alta. La escena se veía con toda claridad, pues durante su discurso caían sobre él los haces de luz de todos los focos de los automóviles, de ma­nera que se hallaba en el centro de una estrella luminosa.

Pero por otra parte ya se notaba el interés que el asunto iba cobrando para toda la calle. En los balcones ocupados por los partidarios del candidato comenzaban a acompañar aquella cantilena de su apellido, coreándola, y a golpear maquinalmente las manos que se adelantaban por encima de la balaustrada. En los otros balcones, que hasta estaban en mayoría, levantóse un fuerte canto contrario, que cierta­mente no tenía ningún efecto uniforme, puesto que se tra­taba de los secuaces de diversos candidatos. En cambio, to­dos los enemigos del candidato presente se unieron, ade­más, en una rechifla general y en muchas partes hasta pusieron nuevamente en marcha los fonógrafos.

De balcón a balcón se dirimían diferencias políticas en medio de una gran excitación, realzada aún más por la hora nocturna. Los más ya vestían ropa de dormir y se habían li­mitado a cubrirse con unos abrigos; las mujeres se envolvían en grandes mantones oscuros; los niños, descuidados, tre­paban -cosa que daba miedo- sobre los salidizos de los bal­cones y surgían, en número creciente, de los cuartos oscu­ros, en los cuales ya habían estado durmiendo.

De vez en cuando, objetos aislados, indefinibles, volaban en dirección a los adversarios, arrojados por los que se aca­loraban extremadamente; a veces alcanzaban su blanco, pero las más veces caían a la calle y allí provocaban a menu­do aullidos de furia. Si el ruido se hacía abajo demasiado re­cio a los ojos de los organizadores, los tamborileros y los trompeteros recibían la orden de intervenir y su toque atro­nador, ejecutado con el máximo de sus fuerzas que pare­cían infinitas, sofocaba todas las voces humanas hasta lo más alto de los techos de las casas. Y siempre cesaba ese to­que tan repentinamente que apenas podía creerse y enton­ces la turbamulta de la calle, evidentemente ejercitada para ello, rugía hacia las alturas su estribillo partidario -a la luz de los focos de los automóviles se veían una por una las bo­cas ampliamente abiertas-, hasta que los adversarios, que entretanto se habían recobrado, lanzaban desde todos los balcones y ventanas su grita con decuplicado vigor, acallan­do así por completo al partido de abajo, después de su bre­ve victoria. Al menos así se presentaban las cosas apreciadas desde aquella altura.

-¿Qué tal?, ¿te gusta, chiquillo? -preguntó Brunelda, la que, muy apretada contra Karl, se volvía hacia un lado y ha­cia otro a fin de abarcar, en lo posible, todo lo que se pudie­ra ver a través de los gemelos.

Karl sólo respondió meneando la cabeza. De paso se daba cuenta de que Robinsón ponía todo su celo en comu­nicar a Delamarche diversas cosas evidentemente relaciona­das con la conducta de Karl; pero Delamarche no parecía dar a todo eso ninguna importancia, pues sólo trataba constantemente de hacer a un lado a Robinsón con la mano izquierda, pues con la derecha rodeada a su Brunelda.

-¿No quieres mirar a través de los gemelos?-preguntó Brunelda dándole a Karl unos golpecillos en el pecho para dar a entender que se dirigía a él.

-Veo bastante -dijo Karl.

-Pruébalo, pues -dijo ella-, así verás mejor.

-Tengo buena vista -respondió Karl-; lo veo todo.

No interpretó como una amabilidad que ella le aproxima­ra los gemelos a los ojos, sino que tan sólo sintió una moles­tia; y realmente no dijo ella más que la sola palabra «¡tú!» en tono melodioso pero amenazante. Y ya tenía Karl los geme­los ante sus ojos y ahora, en efecto, no veía nada.

-Si no veo nada -dijo queriendo librarse de los gemelos; pero ella los sostuvo firmemente y él no podía desplazar ni hacia atrás ni hacia un lado su cabeza, que estaba encajada en el pecho de ella.

-Pero ahora sí, ahora ya ves -dijo haciendo girar el torni­llo de los gemelos.

-No, pues, sigo sin ver nada -dijo Karl, y pensó que, sin quererlo, ya había exonerado en efecto a Robinsón: los ca­prichos insoportables de Brunelda se descargaban ahora sobre él.

-¿Y cuándo verás por fin? -dijo, y siguió haciendo girar el tornillo; ahora tenía Karl toda la cara sumergida en su pesado aliento-. ¿Ahora? -preguntó.

-¡No, no, no! -exclamó Karl, a pesar de que ya, en verdad, podía distinguir todas las cosas aunque con escasa nitidez. Pero en ese momento tenía Brunelda algo que hacer con Delamarche, ya sólo sostenía los gemelos flojamente ante la cara de Karl y éste podía, sin que ella lo notara, mirar a la ca­lle por debajo de los gemelos. Un momento después ya no insistió Brunelda tampoco en su deseo y usó los gemelos para sí.

De la fonda había salido un mozo que, dejando el umbral y yendo y viniendo de un lado para otro, recogía los pedidos de los dirigentes. Se le veía estirarse mucho para ver bien el interior del local y llamar en su ayuda a todo el personal de servicio disponible. Durante esos preparativos, que por lo visto iban destinados a un gran convite al aire libre, el can­didato no cesaba de hablar. Su portador, el hombre gigantes­co que le servía exclusivamente a él, se volvía, después de al­gunas frases, hacia uno y otro lado, girando un poco sobre sí mismo para que el discurso pudiera llegar en todas las di­recciones a la muchedumbre que los rodeaba.

El candidato se mantenía casi constantemente muy en­corvado e intentaba dar a sus palabras la mayor fuerza de persuasión posible mediante movimientos esporádicos de una de sus manos -la que tenía libre- y del sombrero de copa que llevaba en la otra. Pero a veces, a intervalos casi re­gulares, se exaltaba, se levantaba con los brazos extendidos y ya no se dirigía con sus palabras a un grupo sino a la tota­lidad; hablaba dirigiéndose a los habitantes de las casas, elevaba su voz pretendiendo que llegara hasta las alturas de los pisos superiores y, no obstante, quedaba fuera de toda duda que ya en los pisos inferiores nadie podía oírlo; es más aún, que nadie hubiera querido escucharlo aunque se hubie­ra dado tal posibilidad, pues en cada ventana y en cada bal­cón había por lo menos un orador vociferante.

Entretanto algunos mozos llevaron de la fonda una tabla repleta de vasos llenos, resplandecientes; era una tabla del tamaño de una mesa de billar. Los jefes organizaron la dis­tribución, que se llevó a cabo en forma de un desfile frente a la puerta de la fonda. Pero a pesar de que los vasos que es­taban sobre la tabla volvían a ser llevados muchas veces, no alcanzaban para semejante multitud; dos filas de mucha­chos escanciadores tuvieron que partir, deslizándose a dere­cha y a izquierda de la tabla, a fin de abastecer a la muche­dumbre más lejana. El candidato, desde luego, había dejado de hablar; aprovechó la pausa para reconfortarse. Aparta­do de la muchedumbre y de la luz cegadora, llevábalo su portador lentamente a un lado y a otro, y sólo algunos adeptos le acompañaban y le hablaban, levantando hacia él sus caras.

-Mira al chiquillo -dijo Brunelda-; de tanto mirar se ol­vida de dónde está. -Y sorprendió a Karl tomándole el ros­tro con ambas manos y haciéndolo volverse hacia ella de manera que así pudo mirarle a los ojos. Pero esto sólo duró un instante, pues inmediatamente sacudió Karl sus manos disgustado porque no lo dejaban un rato en paz, y al mismo tiempo muriéndose de ganas de irse a la calle y contemplar­lo todo de cerca; intentó entonces librarse con todas sus fuerzas de la presión de Brunelda y dijo:

-Por favor, deje usted que me marche.

-Te quedarás con nosotros -dijo Delamarche, sin des­viar la mirada de la calle y se limitó a extender una mano para impedir que Karl se marchara.

-Deja -dijo Brunelda rechazando la mano de Delamar­che-, si ya se queda. -Y apretó a Karl más fuertemente to­davía contra la balaustrada; para librarse habría tenido que luchar con ella. Y aunque hubiera logrado vencerla, ¡qué habría conseguido con ello! A su izquierda estaba Delamar­che, a su derecha se había colocado ahora Robinsón; se ha­llaba literalmente aprisionado.

-Puedes estar contento de que no se te eche -dijo Robin­són, y palmoteó a Karl con una de sus manos que había pa­sado por debajo del brazo de Brunelda.

-¿Echarlo? -dijo Delamarche-; a un ladrón escapado no se le echa, se le entrega a la policía. Y esto puede pasarle ya mañana a primera hora, si es que no se queda quieto, abso­lutamente quieto.

A partir de ese instante ya no le alegró a Karl el espec­táculo que se desarrollaba allá abajo, aunque seguía inclina­do sobre la balaustrada, claro está que por fuerza, ya que Brunelda le impedía mantenerse erguido. Lleno de su pro­pia pesadumbre, de sus preocupaciones personales, con la mirada distraída veía a la gente de abajo; grupos de unos veinte hombres se acercaban a la puerta de la fonda, cogían los vasos, se volvían y los agitaban en dirección al candida­to -ocupado ahora con su propia persona- lanzando al mismo tiempo un saludo partidario; vaciaban los vasos y los colocaban nuevamente sobre la tabla -operación que debían de realizar con gran estrépito, aunque resultaba im­perceptible desde aquella altura- para dejar su lugar a otro grupo que ya alborotaba de impaciencia. Por orden de los caudillos, la banda que hasta entonces tocara dentro de la fonda había salido a la calle; en medio de la oscura turba­multa resplandecían sus grandes instrumentos de viento, pero su música casi se perdía en el ruido general. Y ahora la calle, al menos del lado en que se encontraba la fonda, se veía atestada de gente en una gran extensión. Llegaban aflu­yendo desde arriba, por donde Karl llegó por la mañana en el automóvil, y desde abajo viniendo del puente. Acudían corriendo y aun las gentes de las casas no habían podido re­sistirse a la tentación de intervenir en ese asunto con sus propias manos; en los balcones y en las ventanas quedaban casi exclusivamente mujeres y niños mientras que los hom­bres se agolpaban para salir en las puertas de las casas. Y la música y el convite ya habían logrado su objeto, la asamblea era suficientemente numerosa; uno de los jefes políticos flanqueado por dos focos de automóvil hizo señas a la ban­da a fin de que cesara de tocar; emitió un fuerte silbido e in­mediatamente se vio acudir, pues se había desviado un tan­to, al portador con el candidato que llegaba a través de una brecha abierta en el gentío por los partidarios.

Apenas hubo llegado a la puerta de la fonda comenzó el candidato su nuevo discurso, en medio de la claridad de los focos de automóvil, dispuesto en tal forma que rodeaban al hombre en estrecho círculo. Pero ya todo resultaba mucho más difícil que antes; el portador ya no tenía la menor liber­tad para moverse, el hacinamiento era demasiado denso. Los partidarios más próximos, los que antes habían tratado de aumentar el efecto de las palabras del candidato median­te todos los recursos posibles, ahora debían esforzarse por permanecer en su proximidad; unos veinte se mantenían asidos al portador, empleando toda su fuerza. Pero ni aun ese hombre fuerte podía dar un solo paso que dependiese de su propia voluntad y ya nadie podía pensar en una posi­ble influencia sobre la multitud por medio de avances o re­trocesos adecuados, o bien por determinados giros del portador.

La muchedumbre se agitaba en constantes oleadas, sin dirección alguna; se recostaban unos sobre otros; ya nadie se mantenía erguido; el número de los adversarios parecía haber engrosado muchísimo con el nuevo público. El portador se había sostenido durante largo rato cerca de la puerta de la fonda, pero ahora se dejaba arrastrar por la corriente, al parecer sin ofrecer resistencia, calle arriba y calle abajo. El candidato hablaba sin cesar, pero ya no resultaba del todo claro saber si exponía su programa o si daba voces de soco­rro. Si no engañaban todos los indicios, había aparecido también un candidato opositor, o hasta varios; pues de vez en cuando veíase en medio de alguna luz, que de pronto se encendía, a un hombre de rostro pálido y puños cerrados, alzado por la muchedumbre, que pronunciaba un discurso saludado por múltiples exclamaciones.

-Pero, ¿qué es lo que sucede? -preguntó Karl y, muy con­fundido, sin poder tomar aliento, se dirigió a sus guardia­nes.

-Cómo se excita el chico con esto -dijo Brunelda a Dela­marche, y tomó a Karl de la barbilla para atraer hacia sí su cabeza. Pero Karl no lo toleró y se sacudió (perdiendo real­mente debido a los sucesos de la calle toda consideración) tan fuertemente que Brunelda no sólo lo soltó, sino que re­trocedió de pronto dejándolo del todo libre.

-Ya has visto bastante -dijo, evidentemente enojada por la conducta de Karl-; vete al cuarto y prepara las camas y todo para la noche.

Extendió la mano en dirección al cuarto. Pero ésta era, por cierto, la dirección que Karl deseaba tomar desde hacía ya algunas horas; no replicó, pues, ni una sola palabra. En aquel momento se oyó desde la calle el estrépito de muchos vidrios haciéndose añicos. Karl no pudo dominarse y se acercó una vez más a la balaustrada con un rápido salto, para echar tan sólo fugazmente una mirada más hacia aba­jo. Había salido airosa una conspiración de los adversarios, decisiva tal vez: los focos de los automóviles de los secuaces, que con su fuerte luz conseguían que al menos los sucesos principales ocurriesen ante la totalidad del público, mante­niendo con ello todas las cosas dentro de ciertos márgenes, habían sido destrozados todos simultáneamente. Rodeaba ahora al candidato y a su portador el mero e incierto alum­brado común que, en su repentina propagación, producía el efecto de una oscuridad total. Ni siquiera aproximadamen­te hubiera podido indicarse ya dónde se hallaba el candida­to, y lo engañoso de las tinieblas se veía acrecentado aún más por un canto amplio, uniforme, entonado en aquel pre­ciso momento, que venía de abajo, del puente.

-¿No te dije acaso lo que ahora tienes que hacer? -dijo Brunelda-. Apresúrate, estoy cansada -añadió; y levantó luego en alto los brazos, y su pecho se arqueó más todavía que de costumbre.

Delamarche, que seguía rodeándola con el brazo, se fue con ella arrastrándola a uno de los rincones del balcón. Ro­binsón los siguió para apartar los restos de su comida, que todavía estaban allí.

Karl debía aprovechar esta oportunidad favorable; ya no había tiempo para mirar abajo; de los sucesos de la calle aún vería bastante, y más que desde allá arriba, cuando ba­jara. En dos saltos atravesó la habitación alumbrada por una luz rojiza, pero la puerta estaba cerrada y quitada la lla­ve. Era cuestión de encontrar ahora esa llave, ¡pero quién iba a encontrar una llave en medio de semejante desorden y más aún en un tiempo tan breve y precioso como el que Karl tenía a su disposición! En realidad, en ese momento ya debería de estar él en la escalera, ya debería de estar co­rriendo y corriendo. ¡Y en cambio estaba buscando la llave! La buscó en todos los cajones accesibles, revolvió las cosas sobre la mesa, en la cual había dispersos varios objetos de la vajilla, servilletas y el comienzo de algún bordado; fue atraído por un sillón donde se veía un montón de ropa vie­ja completamente enmarañada entre la cual posiblemente estaría la llave, sin que jamás se la pudiera encontrar allí, y finalmente se arrojó sobre el canapé, maloliente en verdad, a fin de palparlo en todos sus rincones y pliegues y encon­trar así la llave. Luego cesó en su búsqueda y se detuvo en medio del cuarto.

«Sin duda -se dijo- Brunelda lleva la llave sujeta a su cin­turón.» De él colgaban muchas cosas y toda búsqueda resul­taría vana.

Y, ciegamente, cogió Karl dos cuchillos y los introdujo con fuerza entre las hojas de la puerta, uno arriba, otro aba­jo, a fin de obtener dos puntos de apoyo distintos y separa­dos. Apenas hizo fuerza con los cuchillos, naturalmente, se quebraron sus hojas. Él no había querido otra cosa: los ca­bos, que ahora podía hacer penetrar mucho más firme­mente, resistirían mucho mejor. Se puso entonces a force­jear empeñando todo su vigor, los brazos muy abiertos, apoyándose sobre las piernas muy separadas, gimiendo, y prestando con todo muchísima atención a la puerta. Sin duda no podría resistir: lo reconocía gozoso en el afloja­miento de los pasadores que claramente se percibía, pero cuanto más despacio sucediera esto tanto mejor sería. De ninguna manera debía saltar la cerradura, pues en tal caso llamaría la atención de los que estaban en el balcón; antes bien, era menester que la cerradura se soltase muy lenta­mente, y Karl procedía con máxima cautela en este sentido, acercando los ojos cada vez más a la cerradura.

-Mirad, mirad, ¿qué es lo que veo? -dijo entonces la voz de Delamarche.

Ya estaban los tres en la habitación; ya habían dejado caer tras ellos la cortina; su llegada debía de haber pasado inadvertida para Karl, que no los había oído; las manos se le bajaron con semejante aparición y soltó los cuchillos. Pero ni siquiera tuvo tiempo de pronunciar palabra alguna de explicación o excusa, pues en un ataque de furia que exce­día en mucho el motivo que lo originaba, se arrojó Dela­marche de un salto -el cordón suelto de su bata iba trazan­do una gran figura por los aires- sobre Karl. Solamente en el último instante, a decir verdad, logró Karl eludir el ata­que; habría podido extraer los cuchillos de la puerta y utili­zarlos en su defensa, pero no lo hizo. En cambio se agachó y levantándose de un salto agarró el ancho cuello de la bata de Delamarche, lo dobló hacia arriba y lo subió luego más to­davía -esa bata ya le quedaba excesivamente grande a Dela­marche-, y al fin, felizmente, logró sujetar a Delamarche por la cabeza. Éste, demasiado sorprendido, agitó primero las manos a ciegas y sólo un momento después se puso a golpear con los puños, mas sin emplear toda su fuerza toda­vía, la espalda de Karl, quien para proteger su rostro se ha­bía arrojado contra el pecho de Delamarche. Karl, aunque se retorciera de dolor y aunque los golpes se tornaran cada vez más fuertes, soportó los puñetazos. ¡Cómo no había de so­portarlos viendo que tenía la victoria por delante! Con las manos en la cabeza de Delamarche, los pulgares sin duda puestos exactamente sobre los ojos, lo condujo empuján­dolo hacia el lugar donde los muebles se amontonaban en mayor confusión y con las puntas de sus pies intentó, ade­más, enredar los de Delamarche en el cordón de su bata, para hacerlo caer de esa manera.

Pero puesto que no podía ocuparse sino exclusivamente y por entero de Delamarche -más aún porque sentía crecer su resistencia cada vez más, y porque aquel cuerpo se le oponía con una tensión cada vez mayor de los tendones-, olvidó, en efecto, que él no estaba solo con Delamarche. Pero con demasiada prontitud le fue recordado este hecho, pues repentinamente dejaron de obedecerle los pies: Ro­binson, que a sus espaldas se había arrojado al suelo, los se­paraba con fuerza y dando gritos. Karl, suspirando, soltó a Delamarche, que retrocedió un paso más todavía.

Brunelda ocupaba con todo su volumen el centro del cuarto y apostada allí, con las piernas ampliamente separa­das y las rodillas dobladas, observaba los acontecimientos con ojos fulgurantes. Como si ella realmente participara de la lucha, respiraba hondamente, apuntaba con los ojos, y adelantaba los puños lentamente. Delamarche se bajó el cuello dejando nuevamente libre la vista y, claro está, ya no habría lucha, sino meramente un castigo. Tomó a Karl de la camisa, por delante; casi lo levantó del suelo y sin mirarlo, tanto era su desprecio, lo arrojó con la mayor violencia con­tra un armario que se hallaba a varios pasos de allí. En el primer momento creyó Karl que aquellos dolores punzan­tes que sentía en la espalda y en la cabeza, originados por el golpe contra el armario, procedían directamente de la mano de Delamarche.

-¡Canalla! -oyó todavía exclamar a Delamarche en voz alta, en medio de la oscuridad que se levantaba ante sus ojos temblorosos. Y al caer en el agotamiento que lo hizo desplomarse ante el armario resonaron aún en sus oídos, débilmente, estas palabras-: ¡Espera!, ¡ya verás!

Cuando recobró el conocimiento, lo rodeaba la oscuridad más completa; sería a altas horas de la noche todavía. Des­de el balcón llegaba al cuarto, por debajo de la cortina, un leve resplandor del claro de luna. Oíase la tranquila y pau­sada respiración de los tres durmientes; la más ruidosa de todas, y con mucho, era la de Brunelda, que resoplaba mientras dormía tal como lo hacía a veces también al ha­blar; pero no era fácil establecer en qué dirección se hallaba cada uno de los durmientes: todo el cuarto estaba lleno del estruendo de su respiración.

Sólo al cabo de haber examinado un poco su derredor, pensó Karl en sí mismo y se asustó muchísimo, pues aun cuando se sentía encorvado y completamente rígido por tantos dolores, no había pensado, sin embargo, que podía haber sufrido alguna grave lesión sangrienta. Pero ahora sentía que una carga pesaba sobre su cabeza, y todo el ros­tro, el cuello y el pecho bajo la camisa estaban húmedos como de sangre. Necesitaba luz para examinar su estado detenidamente; tal vez lo habían golpeado hasta convertir­lo en un inválido, y en tal caso sin duda le gustaría a Dela­marche despedirlo, pero realmente ¿qué haría él entonces? Ya no le quedaría ninguna perspectiva. Acordóse del mu­chacho de la nariz carcomida que había visto en el zaguán y por un instante hundió su cara entre las manos.

Involuntariamente dirigió luego la mirada a la puerta y a tientas y andando en cuatro patas se dirigió hacia ella. Pronto las puntas de sus dedos palparon un zapato y un poco más lejos una pierna. Éste era por lo tanto Robinsón, ¿quién sino él dormiría con los zapatos puestos? Se le había ordenado que se acostase transversalmente ante la puerta para cerrar el paso e impedir así la fuga de Karl. ¿Pero aca­so ignoraban ellos el estado en que éste se encontraba? Por lo pronto ni siquiera deseaba fugarse; tan sólo deseaba lle­garse a la luz. De manera que si no podía salir por la puerta, era fuerza que saliese al balcón.

Encontró la mesa de comedor en un sitio que por lo vis­to era completamente distinto del que ocupaba al anoche­cer; en el canapé, al que se acercó Karl desde luego con suma cautela, no había nadie, cosa que le sorprendió; y en cambio tropezó en el centro del cuarto con prendas de ropa, mantas, cortinas, almohadas y alfombras apiladas en alto, aunque fuertemente prensadas. Pensó, primero, que sólo se trataría de un montoncillo similar al que por la no­che había encontrado sobre el sofá, y que podía haberse caído al suelo; mas para su asombro, al seguir arrastrándo­se notó que allí había toda una carretada de tales cosas; probablemente habían sido sacadas de los armarios para pasar la noche y durante el día volverían a ser guardadas en ellos.

Arrastrándose dio vuelta a todo el montón y pronto reco­noció que el todo constituía una especie de lecho sobre el cual, muy en lo alto, según pudo comprobar palpándolo todo cautelosamente, descansaban Delamarche y Brunelda.

Ya sabía, pues, dónde dormían todos, y se apresuró a lle­gar al balcón. Era un mundo enteramente distinto ese del otro lado de la cortina al cual se incorporó Karl rápidamen­te. Al aire fresco de la noche, bajo el pleno resplandor de la luna, se paseó varias veces por el balcón. Miró hacia la calle; estaba completamente tranquila; de la fonda surgían toda­vía los sones de la música, pero sólo como a la sordina; de­lante de la puerta un hombre barría la acera. En esa calle donde pocas horas antes no habían podido distinguirse, en medio de la salvaje algarabía general, los gritos de un can­didato electoral de mil otras voces, oíase ahora claramente el raspar de la escoba sobre el pavimento. Le llamó la aten­ción a Karl el ruido que produjo una mesa al ser movida en el balcón vecino y vio que allí alguien estaba sentado y estu­diaba. Era un hombre joven con una barbilla en punta, que retorcía constantemente durante su estudio; leía acompa­ñando su lectura con rápidos movimientos de los labios. Estaba sentado dándole la cara a Karl, ante una mesita cu­bierta de libros; había quitado del muro la bombilla y la ha­bía colocado entre dos grandes libros, de modo que lo baña­ba totalmente su brillante luz.

-Buenas noches -dijo Karl, porque creía haber notado que el joven le había dirigido una mirada.

Pero esto sin duda había sido un error, pues el joven que hasta aquel momento no parecía haberlo advertido siquie­ra, protegió con una mano sus ojos, para disminuir la luz y establecer quién era el que de pronto lo estaba saludando; luego, puesto que seguía sin ver nada levantó la bombilla para iluminar también con ella un poco el balcón vecino.

-Buenas noches -dijo también él; miró durante un ins­tante muy fijamente hacia el otro y luego añadió-: ¿Y qué más?

-¿Le molesto? -preguntó Karl.

-Ciertamente, ciertamente -dijo el hombre llevando la lamparilla a su lugar anterior.

Con estas palabras, por cierto, quedaba rechazado todo contacto; pero no abandonó Karl aquel lado del balcón donde permanecía lo más cerca posible del hombre. Se que­dó mirando, calladamente, cómo leía éste en su libro, cómo volvía las hojas, cómo buscaba alguna cosa en otro libro que consultaba siempre con suma rapidez y cómo tomaba notas a menudo en un cuaderno, inclinándose todas las ve­ces tanto sobre él que resultaba una proximidad realmente inusitada.

¿Sería ese hombre un estudiante? Todo esto daba real­mente la impresión de que estudiaba. No era muy distinta la manera de cómo -hacía ya ahora mucho tiempo de ello- so­lía sentarse Karl, en su casa, ante la mesa de sus padres, ha­ciendo sus ejercicios mientras su padre leía el diario o bien efectuaba asientos en algún libro o escribía cartas para algu­na sociedad y su madre se ocupaba en un trabajo de costu­ra y extraía el hilo de la tela levantando muy alto la mano. Para no molestar a su padre, Karl ponía sobre la mesa sólo el cuaderno y los utensilios de escritorio y distribuía los li­bros necesarios sobre sillas, a su derecha y a su izquierda. ¡Qué calma había reinado allí! ¡Qué rara vez penetraba en aquel aposento gente extraña! Ya de chiquillo le gustaba a Karl seguir a su madre y quedarse mirando cuando echaba la llave por la noche a la puerta principal de la casa. Ni si­quiera se imaginaba ella que Karl había llegado ahora hasta a querer violar con cuchillos ¡puertas ajenas!

¡Y qué objeto habían tenido todos sus estudios! ¡Si ya lo había olvidado todo! Si se hubiera tratado de continuar aquí sus estudios tal cosa le hubiera resultado muy difícil. Se acordó de que una vez en su casa había estado enfermo du­rante un mes; qué esfuerzos le costó en aquel entonces orientarse luego nuevamente en medio de los estudios inte­rrumpidos. ¡Y ahora hacía tanto tiempo que, fuera de ese texto de correspondencia comercial escrito en inglés, no habia leído ningún libro!

-Oiga usted, joven -oyó Karl que de pronto lo interpela­ban-, ¿no podría usted apostarse en cualquier otra parte? Su modo de quedarse mirando me molesta terriblemente. A las dos de la noche ya puede uno pedir, al fin y al cabo, que lo dejen trabajar tranquilo en el balcón. ¿Quiere usted algo de mí?

-¿Estudia usted? -preguntó Karl.

-Sí, sí, pues -dijo el hombre empleando esos momentos ya perdidos para el estudio en arreglar sus libros de acuer­do con un orden nuevo.

-Si es así, no quiero molestarle -dijo Karl-; de todas ma­neras ya vuelvo al cuarto. Buenas noches.

El hombre ni siquiera dio respuesta; apoyando pesada­mente la frente en su mano derecha, con súbita decisión re­comenzó su estudio al ver eliminada aquella molestia.

Y entonces Karl, ya delante de la cortina, recordó por qué había salido afuera; si, en verdad, no sabía todavía absolu­tamente cuál era su estado. ¿Qué era lo que pesaba sobre su cabeza? Se la palpó y quedó asombrado: no tenía ninguna le­sión sangrienta tal como temiera en la oscuridad del cuarto; lo que entonces tocaba no era más que un vendaje, húmedo aún, puesto en forma de turbante. Era, a juzgar por los restos de encaje que todavía le colgaban, alguna vieja pieza de ropa de Brunelda, con la que seguramente Robinsón le había en­vuelto a la ligera la cabeza. Sólo que olvidó retorcer el trapo y, por tanto, durante el desvanecimiento de Karl el agua se ha­bía derramado por la cara y bajo la camisa del muchacho, cosa que lo había alarmado tremendamente.

-Parece que todavía sigue usted aquí -dijo el hombre mi­rando entre parpadeos hacia el otro balcón.

-Pero ahora ya me voy de veras -dijo Karl-, sólo quería mirar un poco por aquí, pues la habitación está completa­mente a oscuras.

-Pero, ¿quién es usted? -dijo el hombre; puso su porta­plumas sobre el libro abierto que tenía delante y se acercó a la balaustrada-. ¿Cómo se llama usted? ¿Cómo vino usted a parar entre esa gente? ¿Hace mucho ya que está usted aquí? ¿Y qué es lo que quiere mirar? Encienda, pues, su bombilla, para que se le pueda ver.

Karl así lo hizo, pero antes de contestar corrió aún más la cortina de la puerta, a fin de que nada se notara en el inte­rior.

-Perdone usted -dijo luego susurrando- que hable en voz tan baja. Si me oyeran esos de allí adentro tendría otra vez un escándalo.

-¿Otra vez? -preguntó el hombre.

-Sí -dijo Karl-, precisamente esta noche he tenido una gran riña con ellos. Debo de tener todavía por aquí un chi­chón terrible -y palpó por detrás de su cabeza.

-¿Y que riña fue ésa? -preguntó el hombre y, como Karl no contestara en seguida, agregó-: A mí puede usted con­tarme confiadamente todo lo que le oprima el corazón con respecto a esos señores, pues odio a los tres, y muy especial­mente a su gran señora. Por otra parte me admiraría que no le hubiesen instigado ya contra mí. Yo me llamo Josef Men­del y soy estudiante.

-Sí -dijo Karl-, ciertamente ya me han hablado de usted; pero sin referirme nada malo. Usted ha atendido una vez a la señora Brunelda, ¿no es cierto?

-Es verdad -dijo el estudiante riendo-. ¿Todavía conser­va el canapé ese olor?

-¡Oh, sí! -dijo Karl.

-Esto sí que me alegra -dijo el estudiante pasándose la mano por el cabello-. Y ¿por qué le hacen chichones a us­ted?

-Fue una riña -dijo Karl, y pensó en cómo podría expli­cárselo al estudiante. Luego se interrumpió y preguntó-: Pero, ¿no le molesto a usted?

-En primer lugar -dijo el estudiante- ya me ha molesta­do usted y, por desgracia, soy tan nervioso que necesito mucho tiempo para volver a orientarme. Desde que ha co­menzado usted sus paseos en el balcón ya no adelanta nada mi estudio. Pero, en segundo lugar, hago siempre una pau­sa a las tres. De manera que puede seguir contándome tran­quilamente su asunto. Por otra parte, también me interesa.

-Es muy sencillo -dijo Karl-. Delamarche quiere hacerme sirviente de su casa y yo no quiero. Si hubiera sido por mí, me habría marchado ya. Él no quiso dejarme, me cerró la puerta con llave, yo quise forzarla y así se produjo luego la riña. Me siento muy desdichado por encontrarme todavía aquí.

-¿Acaso tiene usted otro empleo? -preguntó el estu­diante.

-No -dijo Karl-; pero no me importa, con tal que pueda marcharme de aquí.

-Pero oiga usted -dijo el estudiante-, ¿no le importa no tener empleo?

Los dos se quedaron callados durante un rato.

-¿Por qué no quiere quedarse con esa gente? -preguntó luego el estudiante.

-Delamarche es un mal hombre -dijo Karl-; ya lo conoz­co de antes. Una vez hemos marchado juntos durante un día y bien contento estaba yo cuando ya no me hallaba a su lado. ¿Y ahora quiere usted que me haga su sirviente?

-¡Si todos los sirvientes fueran tan delicados al escoger a sus amos como lo es usted! -dijo el estudiante y, al parecer, se sonrió-. Mire usted, yo durante el día soy vendedor en la tienda de Montly, un vendedor de última categoría, ya casi se podría decir un mandadero. Ese Montly es, sin duda, un canalla; pero esto me tiene completamente sin cuidado y sólo me pone furioso el hecho de que me paguen tan mise­rablemente. De manera que vea usted en mí un ejemplo.

-¿Cómo? -dijo Karl-, ¿es usted vendedor durante el día y de noche estudia?

-Sí -dijo el estudiante-; de otro modo nada podría hacer. Ya he intentado de todo y esta manera de vivir es, no obstan­te, la mejor de todas. Hace años era yo solamente estudian­te, tanto durante el día como durante la noche, ¿sabe us­ted?; pero procediendo así casi me he muerto de hambre. Dormía en una vieja y sucia cueva y no me atrevía a acercar­me a las aulas con el traje que llevaba entonces. Pero eso ya ha pasado.

-Y ¿cuándo duerme usted? -preguntó Karl, y miró admi­rado al estudiante.

-¡Ah, sí, dormir! -dijo el estudiante-. Ya dormiré cuan­do concluya mis estudios. Mientras tanto bebo café, café negro.

Volviéndose sacó de debajo de su mesa de estudio una gran botella; se sirvió de ella café negro en una tacita y la vertió dentro de sí, tal como se tragan apresuradamente los medicamentos, para sentir lo menos posible su sabor.

-Buena cosa el café -dijo el estudiante-. Lástima que esté usted lejos y que no pueda ofrecerle un poco.

-A mí no me gusta el café -dijo Karl.

-A mí tampoco -dijo riendo el estudiante-. Pero ¿qué haría yo sin él? Sin el café no me dejaría Montly en el pues­to ni un instante. Yo digo siempre Montly; aunque él, natu­ralmente, ni sospecha mi existencia en el mundo. No sé a ciencia cierta cómo me conduciría yo en la tienda si no tu­viera también allí, siempre lista, mi botella, del mismo ta­maño que ésta; pues jamás hasta ahora he osado suspender el café. Pero, créamelo, bien pronto estaría yo durmiendo echado detrás del mostrador. Por desgracia allí lo sospe­chan y me llaman «Café negro»: una broma estúpida que se­guramente ya me ha perjudicado en mi carrera.

-Y ¿cuándo terminará usted sus estudios? -preguntó Karl.

-Eso va despacio -dijo agachando la cabeza el estudian­te. Abandonó la balaustrada y se sentó a la mesa nuevamen­te; apoyó los codos sobre el libro abierto y revolviéndose con las manos el cabello dijo luego-: Podrá llevarme toda­vía de uno a dos años.

-Yo también quise estudiar -dijo Karl, como si tal cir­cunstancia le diese derecho a pretender una confianza ma­yor aún que la que el estudiante, que ya enmudecía, le había demostrado hasta entonces.

-¡Ah! -dijo el estudiante, y no se sabía con certeza si ya estaba otra vez leyendo en su libro o si sólo clavaba distraí­damente en él los ojos-, quédese usted contento por haber abandonado el estudio. Yo mismo, desde hace años, estudio ya tan sólo para ser consecuente. El estudio me da muy po­cas satisfacciones y menos aún promesas para el futuro. ¡Qué esperanzas de progreso podría yo abrigar! América está llena de curanderos.

-Yo quería hacerme ingeniero -se apresuró a decir Karl al estudiante que en el otro balcón ya no parecía prestar nin­guna atención.

-Y ahora, ¡a hacerse criado de esa gente! -dijo el estu­diante levantando fugazmente la mirada-, esto desde luego le duele.

Semejante deducción del estudiante era ciertamente un error; pero acaso podría serle útil en su relación con el estu­diante. Por eso preguntó:

-¿No podría quizá obtener yo también un empleo en la tienda?

Esta pregunta arrancó por completo al estudiante de su libro; ni siquiera se le cruzó por la mente el pensamiento de que él podría ser útil a Karl cuando éste solicitara el puesto.

-Inténtelo usted -dijo-; o mejor será que ni lo intente. El haber obtenido mi puesto en Montly ha sido hasta ahora el mayor éxito de mi vida. Si tuviera que elegir entre mis estu­dios y el puesto, me decidiría desde luego por el puesto. Todo mi empeño se encamina sencillamente a no permitir que surja la necesidad de semejante elección.

-Muy difícil es obtener un puesto allí -dijo Karl más bien para sí mismo.

-¡Oh, qué ha pensado usted! -dijo el estudiante-; aquí es más fácil llegar a ser juez de distrito que portero en la casa de Montly.

Karl se quedó callado. Ese estudiante, por cierto mucho más experimentado que él, que odiaba a Delamarche por cualesquiera razones que Karl todavía ignoraba, que en cambio no le deseaba nada malo, no hallaba para él ni una sola palabra de aliento, ningún estímulo que lo animara a abandonar a Delamarche. Y, para colmo, aún no conocía si­quiera el peligro que amenazaba a Karl de parte de la poli­cía y del cual sólo su estancia en la casa de Delamarche lo protegía hasta cierto punto.

-Ha visto usted esta noche la demostración de abajo, ¿verdad? Si uno no conociera las condiciones, podría pensar que ese candidato, se llama Lobter, tendrá al menos alguna esperanza o que siquiera entrará en consideración, ¿no es cierto?

-No entiendo nada de política -dijo Karl.

-Lo cual no deja de ser una falta -dijo el estudiante-; pero, aparte de ello, tiene usted ojos y oídos. Sin duda el hombre ha demostrado tener sus amigos y enemigos; esto no puede habérsele escapado a usted. Y ahora piense lo que significa esto: ese hombre, en mi opinión, no tiene la menor esperanza de salir elegido. Yo, por casualidad, lo sé todo acerca de él; aquí con nosotros vive uno que lo conoce. No es un hombre incapaz; de acuerdo con sus opiniones políti­cas y con su pasado político, sería él precisamente el juez más adecuado para el distrito. Pero nadie piensa que podrá resultar electo; será derrotado en la forma más espléndida que pueda darse. Habrá tirado unos cuantos dólares por la campaña electoral y eso será todo.

Karl y el estudiante se miraron durante un rato callada­mente. El estudiante meneó sonriendo la cabeza y con una mano apretó sus ojos fatigados.

-Y bien, ¿todavía no se irá usted a dormir? -preguntó luego-; ahora debo ponerme a estudiar. Vea usted cuánto trabajo me queda todavía. -Hojeó rápidamente medio libro para que Karl se formara una idea del trabajo que aún lo es­peraba.

-Buenas noches, entonces -dijo Karl inclinándose.

-Venga alguna vez a visitarnos -dijo el estudiante, ya de nuevo sentado ante su mesa-; naturalmente, sólo si tiene ganas. Encontrará usted aquí siempre una gran reunión. De nueve a diez de la noche tendré tiempo también para usted.

-¿De manera que usted me aconseja quedarme en casa de Delamarche? -preguntó Karl.

-Indudablemente -dijo el estudiante inclinando ya la ca­beza sobre sus libros. Parecía que ni siquiera hubiera podi­do ser él quien dijera esa palabra; resonó en los oídos de Karl como si la hubiera pronunciado una voz más profunda que la del estudiante.

Lentamente se acercó a la cortina y echó aún otra mirada hacia el estudiante, que ya en medio de su haz de luz perma­necía sentado en completa inmovilidad, rodeado por gran­des tinieblas. Luego se deslizó al cuarto. Lo acogieron las respiraciones reunidas de los tres durmientes. Fue buscan­do el canapé a lo largo de la pared y una vez que lo hubo en­contrado se tendió tranquilamente sobre él, como si éste fuera su lecho acostumbrado. Ya que el estudiante, que co­nocía bien las condiciones del lugar y también a Delamar­che, y que además era hombre culto, le había aconsejado que se quedase allí, él no tenía ya escrúpulos por el momen­to. No tenía él tampoco aspiraciones tan altas como las del estudiante; quizá ni aun en su casa paterna hubiera logrado llevar a buen término sus estudios; y si esto ya en su propia casa parecía apenas posible, nadie podía pedirle que lo hi­ciese allí, en un país extraño. Pero la esperanza de encontrar un puesto en el cual pudiera resultar útil y donde se recono­ciera su utilidad sería seguramente mayor si, por lo pronto, aceptaba el empleo de sirviente en la casa de Delamarche, esperando, al abrigo de la seguridad que este empleo le daba, una ocasión favorable. En esta misma calle parecía haber muchas oficinas de categoría inferior y mediana que tal vez en caso necesario no serían tan severas en la selección de su personal.

Con gusto, si fuera menester, se haría dependiente de co­mercio, pero a la postre no era imposible tampoco que lo emplearan sólo para trabajos auxiliares de oficina y que un día se sentara ante su escritorio como un verdadero em­pleado y que, libre de preocupaciones, se quedara mirando durante un rato a través de la ventana abierta, como aquel empleado que él había visto por la mañana cuando atrave­saba los patios. Lo tranquilizó, al cerrar los ojos, el pensa­miento de que él de todas maneras era joven y que alguna vez Delamarche lo dejaría libre; pues este hogar realmente no parecía estar hecho para la eternidad. Y una vez que Karl tuviese un puesto semejante en una oficina no se ocuparía de ninguna cosa más que de sus trabajos y no disgregaría sus fuerzas como el estudiante. Si fuera necesario, emplea­ría también la noche para la oficina, cosa que al comienzo, de todas maneras, le pedirían considerando su escasa preparación comercial. Y él no pensaría sino en los intereses del negocio a cuyo servicio estuviera, y se sometería a todos los trabajos sin excepción, aun a aquellos que otros empleados de la oficina rechazaran considerándolos indignos de ellos. Hacinábanse en su cabeza los buenos propósitos como si su futuro jefe estuviese allí presente y los leyera, uno a uno, en su rostro.

Sumido en tales pensamientos Karl se quedó dormido y sólo lo perturbó, en su primera somnolencia, un tremendo suspiro de Brunelda, la cual, hostigada al parecer por pesa­dos sueños, daba vueltas en su lecho.

 

Del servicio en casa de Brunilda [1]

 

-¡Arriba! ¡Arriba! -exclamó Robinsón no bien abrió Karl los ojos por la mañana.

La cortina de la puerta aún no estaba descorrida, mas por la uniforme luz solar que penetraba a través de las aber­turas se daba uno cuenta de cuán avanzada estaba ya la hora de la mañana. Robinsón corría presuroso de un lado para otro y sus miradas expresaban preocupación; iba y ve­nía llevando ya una toalla, ya un cubo de agua, ya prendas de ropa blanca y de vestir y cada vez, al pasar frente a Karl, trataba de animarlo mediante señas con la cabeza a que se levantara y demostraba, levantando lo que precisamente te­nía en la mano, cuánto se afanaba él todavía hoy por Karl, aunque fuera ésta la última vez que lo hacía; porque, natu­ralmente, el muchacho no podía entender ya desde la pri­mera mañana los pormenores del servicio.

Y pronto vio Karl a quién estaba verdaderamente sir­viendo Robinsón. Allí, en un recinto que Karl hasta enton­ces no había visto todavía, separado del resto del cuarto por dos armarios, se efectuaba un gran lavatorio. Veíase la cabe­za de Brunelda, su cuello desnudo -en ese momento el ca­bello le caía sobre la cara- y el nacimiento de su nuca, que sobresalían por encima del armario, y de vez en cuando la mano de Delamarche: sujetaba una esponja de baño que salpicaba todas las cosas a gran distancia y con la cual Bru­nelda era lavada y friccionada. Oíanse las breves órdenes que Delamarche le daba a Robinsón; éste no alcanzaba las cosas a través del verdadero acceso, ahora obstruido, de ese recinto; debía contentarse con una pequeña abertura que quedaba entre uno de los armarios y un biombo; además te­nía que extender mucho el brazo y volver la cara al ejecutar cada uno de esos servicios.

-¡La toalla! ¡La toalla! -exclamó Delamarche.

Robinsón apenas se asustó por ese pedido, pues precisa­mente estaba buscando alguna otra cosa bajo la mesa y es­taba sacando ya la cabeza de allí cuando se oyó:

-¡Dónde quedó el agua, diablos! -y por encima del arma­rio apareció bruscamente el rostro furioso de Delamarche.

Todo lo que, en opinión de Karl, para lavarse yvestirse se necesitaba generalmente una sola vez se pedía y se llevaba allí muchas veces, en todo orden de sucesión imaginable. Encima de un pequeño calentador eléctrico había constan­temente un cubo para calentar agua y Robinsón llevaba continuamente entre sus piernas, muy abiertas, la pesada carga hasta aquel recinto destinado a los baños. Si se consi­deraba la cantidad de trabajo que tenía era fácil comprender que no se atuviera siempre estrictamente a las órdenes y que una vez, al pedírsele de nuevo una toalla, recogiera sen­cillamente una camisa del gran lecho que estaba en el cen­tro de la habitación y la arrojara por encima de los armarios, aovillada en una gran pelota.

Pero también a Delamarche le tocaba ejecutar un trabajo bien pesado y quizá su irritación contra Robinsón -tan irri­tado estaba que a Karl, sencillamente, ni siquiera lo veía- se debía al hecho de no poder él mismo satisfacer a Brunelda.

-¡Ay! -lamentóse ella lanzando un grito, y hasta Karl, que por otra parte permanecía impasible, se estremeció-. ¡Cómo me haces daño! ¡Vete! ¡Prefiero lavarme yo sola an­tes que exponerme a sufrir tanto! Ahora, otra vez, ya no puedo levantar el brazo. ¡Qué mal me siento!, me aprietas tanto. Seguramente mi espalda ya está llena de moretones. Naturalmente tú no me lo querrás decir. Ya verás, haré que me mire Robinsón o nuestro chico. Pero no, si no lo voy a hacer; sólo lo digo para que seas un poco más delicado. Ten consideración, Delamarche. Pero es inútil, ya puedo repe­tirlo todas las mañanas, tú no tienes y no tienes considera­ción... ¡Robinsón! -exclamó luego de pronto y agitó sobre su cabeza un pequeño pantalón de encajes-, ¡ven y ayúda­me; mira cómo estoy sufriendo! ¡Y este Delamarche llama a esta tortura lavarme! Robinsón, Robinsón, ¿dónde estás?, ¿o es que no tienes corazón tú tampoco?

Karl calladamente le hizo a Robinsón una seña con el dedo para que fuese allí, pero Robinsón meneó la cabeza con aire de superioridad y bajando la vista; él sabía mejor lo que pasaba.

-¿Cómo se te ocurre? -dijo agachándose hasta el oído de Karl-. No es éste su propósito. Una sola vez he ido allí y nunca más luego. En aquella ocasión me agarraron los dos y me sumergieron en la bañera; casi me ahogo. Y durante días y días me reprochaba Brunelda mi conducta diciendo que era un desvergonzado y lo hacía repitiendo siempre las mismas frases: «Hace mucho ya que estuviste conmigo en el baño», o «Pero, ¿cuándo vendrás a mirarme otra vez en el baño?» Sólo cuando varias veces le hube pedido perdón de rodillas cesó. No lo olvidaré.

Y mientras Robinsón contaba estas cosas, Brunelda lla­maba una y otra vez:

-¡Robinsón! ¡Robinsón! ¡Pero dónde se quedó Robin­són!

Mas a pesar de que nadie acudía en su ayuda y ni siquie­ra le daban respuesta -Robinsón se había sentado junto a Karl y los dos se quedaron mirando calladamente hacia los armarios, por encima de los cuales aparecían de vez en cuando las cabezas de Brunelda o de Delamarche-, no cesó Brunelda, sin embargo, de quejarse de Delamarche a gritos.

-¡Pero, Delamarche! -exclamó-. Pero si ahora no sé si me estás lavando. ¿Dónde tienes la esponja? ¡Agárrala, pues! ¡Si sólo pudiera agacharme; si sólo pudiera moverme! Ya te enseñaría yo cómo se lava. ¡Ay, los tiempos de mucha­cha cuando allá en la finca de mis padres nadaba yo todas las mañanas en el Colorado! Era la más ágil entre todas mis amigas. ¡Y ahora! ¡Cuándo aprenderás a lavarme, Delamar­che! Tú sólo agitas la esponja, te afanas y yo no siento nada. Si dije que no apretaras hasta lastimarme, no quería decir con ello que mi deseo era quedarme aquí de pie para res­friarme. ¡Ya verás, voy a saltar de la bañera y me voy a esca­par tal como estoy!

Sin embargo, no ejecutó luego esta amenaza -por otra parte ni siquiera habría sido capaz de hacerlo-; Delamar­che, temiendo que se resfriara, parecía haberla metido en la bañera, pues se oía chapotear violentamente.

-Sólo esto sabes hacer, Delamarche -dijo Brunelda en voz un poco más baja-. Adular y adular, siempre y siempre, cuando has hecho mal alguna cosa.

-Ahora la está besando -dijo Robinsón, y arqueó las cejas.

-¿Qué trabajo viene ahora? -preguntó Karl. Ya que había decidido quedarse, deseaba comenzar con su servicio in­mediatamente. Dejó a Robinsón, que no respondió, solo en el canapé, y comenzó a deshacer el lecho, que aún seguía como prensado por la carga de los durmientes que habían yacido en él durante la larga noche, para plegar luego orde­nadamente cada una de las piezas de esa masa, cosa que sin duda no se había hecho ya desde semanas atrás.

-Ve y mira, Delamarche -dijo Brunelda entonces-, creo que están tirando abajo nuestra cama. Hay que estar pen­sando en todo, jamás se puede estar tranquila. Y tú debes ser más severo con esos dos, pues de otro modo harán lo que quieran.

-Seguramente es ese chico con su maldita diligencia -ex­clamó Delamarche probablemente dispuesto a precipitarse fuera del recinto del baño. Karl arrojó en el acto todo lo que tenía en la mano; pero por suerte dijo Brunelda:

-No te vayas, Delamarche, no te vayas. ¡Ay!, ¡qué calien­te está el agua!, ¡cómo me fatigo! Quédate conmigo, Dela­marche.

En realidad sólo en ese momento se dio cuenta Karl de cómo el vapor subía incesantemente tras los armarios.

Robinsón, asustado, puso una mano sobre su mejilla como si Karl hubiese cometido algo grave.

-¡A dejar todo como estaba! -resonó la voz de Delamar­che-. ¿Acaso no sabéis que siempre después del baño des­cansa Brunelda una hora más? ¡Miserable desorden! ¡Espe­rad a que os caiga yo encima! ¡Robinsón, tú seguramente ya estás soñando otra vez! A ti, sólo a ti te hago responsable por todas las cosas que sucedan. Tú tienes que contener al chi­co. ¡Aquí no se llevarán las cosas según su cabeza! Cuando uno precisa algo, nada se puede obtener de vosotros, y cuando no hay nada que hacer vosotros os aplicáis. ¡Meteos en algún rincón y esperad hasta que se os necesite!

Pero acto seguido todo esto estaba olvidado, pues Brunel­da, cansadísima, como si estuviera completamente sumer­gida en el agua caliente, susurró:

-¡El perfume! ¡Traed el perfume!

-¡El perfume! -gritó Delamarche-. ¡Moveos!

Bueno, ¿dónde estaba, pues, el perfume? Karl miró a Ro­binsón; Robinsón miró a Karl. Karl se dio cuenta de que allí él debía encargarse del asunto con sus propias manos: Ro­binsón no tenía la menor idea acerca de dónde se hallaba el perfume; se limitó a acostarse en el suelo y a agitar constan­temente los dos brazos debajo del canapé, pero sin lograr sa­car a luz otra cosa que pelotitas de polvo y cabellos de mu­jer. Karl fue corriendo primero hasta el tocador que estaba junto al lado de la puerta, pero en sus cajones había única­mente viejas novelas inglesas, revistas y partituras, y todo estaba tan repleto que no se podían cerrar los cajones una vez abiertos.

-El perfume -suspiraba entretanto Brunelda-, ¡cuánto tardan! Quisiera saber si hoy todavía tendré el perfume.

Con semejante impaciencia de Brunelda no podía per­mitirse Karl, claro está, buscar a fondo en ninguna parte; debía confiar tan sólo en sus primeras impresiones superfi­ciales. En el tocador no estaba el frasco; encima del tocador había sólo frasquitos viejos con medicamentos y pomadas; todo lo demás ya había sido llevado, sin duda, al recinto donde se efectuaba el lavatorio. Tal vez el frasco estuviera en el cajón de la mesa de comedor. Pero dirigiéndose a ella -Karl sólo pensaba en el perfume y en nada más- chocó violentamente con Robinsón, el cual, por fin, había abando­nado la búsqueda debajo del canapé y corría como ciego al encuentro de Karl, presa de un incipiente y vago presenti­miento con respecto al paradero del perfume. Se oyó clara­mente el choque de las cabezas: Karl se quedó mudo y Ro­binsón, aunque no se detuvo en su carrera, se puso a gritar ininterrumpidamente y con fuerza exagerada a fin de ali­viarse el dolor.

-En vez de buscar el perfume, están luchando -dijo Bru­nelda-. Enferma esta manera de llevar la casa, Delamarche, y con toda seguridad moriré en tus brazos. Yo necesito ese perfume -exclamó luego juntando fuerzas-, ¡lo necesito sin falta! No saldré de la bañera hasta que me lo traigan, aunque tenga que quedarme aquí hasta la noche. -Dio un puñetazo en el agua y se oyó cómo saltaba ésta.

Pero el perfume no estaba tampoco en el cajón de la mesa de comedor, pues aunque allí se encontraban exclusiva­mente objetos de tocador de Brunelda, tales como viejas borlas para polvos, botecillos de colorete, cepillos de cabe­za, rizos y muchas pequeñeces deshechas, enmarañadas y pegadas unas a otras, el perfume no estaba allí. Y tampoco Robinsón, que seguía gritando y abría y revolvía, uno tras otro, un centenar de cajas y estuches amontonados en un rincón -generalmente la mitad del contenido, casi siempre cosas de costura y correspondencia, se caía al suelo y allí quedaba- podía encontrar nada, según le indicaba a Karl de tiempo en tiempo por meneos de cabeza y encogimientos de hombros.

Y entonces Delamarche salió de un salto y en paños me­nores del recinto del baño, mientras se oía el llanto convul­sivo de Brunelda. Karl y Robinsón cesaron en la búsqueda y miraron a Delamarche, el cual totalmente empapado -has­ta de la cara y de los cabellos le chorreaba el agua- exclamó:

-¡Y ahora hacedme el favor y empezad a buscar! ¡Aquí! -le ordenó primero a Karl, y luego-: ¡Allí! -a Robinsón.

Karl buscó realmente y examinó también los sitios a los cuales ya había sido enviado Robinsón, pero encontró el perfume tanto como lo había hallado Robinsón, el cual buscaba con más celo que él y miraba de soslayo a Delamar­che. Éste, en cuanto lo permitía el espacio, se paseaba por el cuarto dando fuertes patadas; sin duda habría preferido a todo dar una buena zurra tanto a Karl como a Robinsón.

-¡Delamarche! -exclamó Brunelda-. ¡Ven por lo menos a secarme! Esos dos, de todas maneras, no van a encontrar el perfume; sólo van a desordenar todas las cosas. Que dejen de buscar inmediatamente. ¡Pero en seguida! ¡Y que dejen ahí todo lo que tengan en las manos! ¡Y que no toquen nada más! Si fuera por ellos, harían del departamento un establo. ¡Cógelos del cuello Delamarche, si es que no terminan! ¡Pero si todavía están trabajando!, acaba de caerse una caja. ¡Que no la levanten, que dejen todo como está y que se va­yan de la habitación! Echa tras ellos el cerrojo y ven a mi lado. ¡Ya hace demasiado tiempo que estoy acostada en el agua, más que demasiado; ya tengo completamente frías las piernas!

-¡En seguida, Brunelda, en seguida! -exclamó Delamar­che y fue corriendo hasta la puerta con Karl y Robinsón. Pero antes de despedirlos les dio orden de traer el desayuno y de conseguir prestado en cualquier parte, si fuera posible, un buen perfume para Brunelda.

-¡Qué desorden y qué mugre hay en vuestra casa! -dijo Karl cuando estuvieron en el pasillo-, no bien volvamos con el desayuno, tendremos que empezar a poner orden.

-¡Si no estuviera yo tan enfermo! -dijo Robinsón-. ¡Y se­mejante modo de tratarme!

Sin duda le ofendía a Robinsón el hecho de que Brunelda no hiciera la menor distinción entre él, que ya venía sir­viéndola durante meses, y Karl, que sólo ayer había entrado a su servicio. Pero en verdad no merecía otra cosa, y Karl dijo:

-Tienes que hacer un pequeño esfuerzo. -Mas para no abandonarlo totalmente, dejándolo a merced de su desespe­ración, añadió-: Será de todas maneras un trabajo único, de una sola vez. Luego yo te daré un lecho detrás de los arma­ríos y, una vez que todo esté un poco arreglado, podrás quedarte allí acostado el día entero sin preocuparte por nada; y así muy pronto sanarás.

-Pues ahora reconoces tú mismo en qué estado me en­cuentro -dijo Robinsón apartando de Karl la cara para quedarse a solas consigo y con su pena-. Pero, ¿acaso al­guna vez me dejarán ellos quedarme tranquilamente acostado?

-Si quieres, yo mismo hablaré de esto con Delamarche y Brunelda.

-¿Acaso tiene Brunelda alguna consideración? -exclamó Robinsón, y de un puñetazo abrió una puerta a la que aca­baban de llegar, sin que hubiese preparado a Karl previa­mente para ello.

Entraron en una cocina de cuyo hogar, que parecía exigir reparaciones, se levantaban en verdad negras nubecillas. Arrodillada ante la portezuela del hogar estaba una de las mujeres que Karl había visto la víspera en el pasillo; la cual, valiéndose tan sólo de sus manos, ponía grandes trozos de carbón en el fuego que examinaba desde todos los ángulos. La postura en que estaba era muy incómoda para una mu­jer de su edad y por eso suspiraba mientras observaba el fuego.

-Claro, y ahora viene también esta plaga -dijo al reparar en Robinsón; se levantó penosamente apoyando una mano en la carbonera y cerró la portezuela del hogar, cuya mani­ja agarraba envolviéndola con su delantal-; ahora, a las cuatro de la tarde -Karl miró asombrado el reloj de la coci­na-. ¿Tienen que desayunarse ustedes todavía? ¡Pandilla de inútiles!... Siéntense -dijo luego- y esperen hasta que tenga tiempo para ustedes.

Robinsón arrastró a Karl hasta una banqueta que estaba cerca de la puerta y le dijo cuchicheando:

-Tenemos que obedecerle: dependemos de ella. Alquilamos de ella nuestro cuarto y naturalmente puede echarnos en cualquier momento. Y nosotros no podemos mudarnos de casa, ¡cómo habríamos de sacar de nuevo todas aquellas cosas!, y, ante todo, ya ves que ni siquiera es posible trans­portar a Brunelda.

-¿Y aquí, en este pasillo, no puede conseguirse ningún otro cuarto? -preguntó Karl.

-Pero si nadie nos quiere -repuso Robinsón-; en toda la casa nadie nos quiere.

Y así se quedaron esperando tranquilamente sentados en la banqueta. La mujer corría constantemente yendo y vi­niendo entre dos mesas, una batea y el hogar. De sus excla­maciones se desprendía que su hija no se sentía bien y que por lo tanto quedaba a su solo cargo el atender y alimentar a treinta inquilinos. Y para colmo ahora no funcionaba bien la cocina y la comida no acababa de cocinarse. En dos ollas gigantescas hervía una espesa sopa, y la mujer, por más que la examinara con ayuda de un cucharón haciéndo­la caer desde lo alto, no lograba que mejorara; seguramente tenía la culpa aquel fuego tan malo, de modo que casi se sentó en el suelo delante de la portezuela del hogar y se puso a hurgonear trabajosamente con el atizador. El humo que llenaba toda la cocina le provocaba una tos que se hacía a ve­ces tan intensa que la obligaba a sentarse en una silla y, du­rante minutos, no hacer otra cosa que toser. A menudo de­cía, como al pasar, que de ningún modo prepararía el desa­yuno, puesto que no tenía ni tiempo ni ganas de hacerlo. Como Karl y Robinsón por un lado tenían orden de llevar el desayuno y, por el otro, no tenían ninguna posibilidad de obtenerlo por la fuerza, no contestaban a tales advertencias; permanecían, como antes, tranquilamente sentados.

En derredor, sobre sillas y banquillos, sobre las mesas y debajo de ellas, hasta amontonada en un rincón del suelo, estaba todavía sin lavar la vajilla del desayuno de los inqui­linos. Había allí jarrillas en las cuales se encontraría aún un poco de café o de leche, en algunos platitos había restos de manteca y de una lata grande, volcada, habían salido ro­dando a gran distancia los bizcochos. Era muy posible componer con todas estas cosas un desayuno contra el cual nada pudiera objetar Brunelda, si no se enteraba de su ori­gen. En el preciso momento en que Karl reflexionaba acer­ca de todo esto -dándose cuenta por una mirada al reloj de que ya hacía media hora que estaban esperando allí y de que tal vez Brunelda ya estaría furiosa e instigaría a Dela­marche contra la servidumbre-, exclamó la mujer en medio de un ataque de tos y mientras clavaba los ojos en Karl:

-Pueden ustedes quedarse sentados, pero el desayuno no lo recibirán; en cambio, dentro de dos horas les daré la cena.

-Ven, Robinsón -dijo Karl-, nos prepararemos nosotros mismos el desayuno.

-¿Cómo? -exclamó la mujer levantando la cabeza.

-Sea usted razonable, por favor -dijo Karl-; ¿por qué no quiere usted darnos el desayuno? Hace ya media hora que estamos esperando; ya es bastante. Creo que se le paga a us­ted todo, y seguramente nosotros pagamos precios más al­tos que todos los demás. El hecho de que nos desayunemos tan tarde le resulta a usted sin duda incómodo, pero noso­tros somos sus inquilinos, tenemos la costumbre de desayu­narnos tarde y debe usted tomar en consideración eso tam­bién. Hoy, naturalmente, debido a la enfermedad de su se­ñorita hija le resulta todo esto especialmente molesto; mas por eso mismo estamos dispuestos a prepararnos el desayu­no utilizando esos restos, si de otra manera no es posible y si no nos da usted cosas frescas.

Pero la mujer no estaba dispuesta a cambiar ideas ama­blemente con nadie; si a esos inquilinos les parecían sufi­cientemente buenos aun los restos del desayuno general, allá ellos, mas por otra parte ya la cansaba la insistencia de los dos sirvientes. Tomó por lo tanto una bandeja y empujó con ella a Robinsón, el cual sólo al cabo de un rato compren­dió, con semblante torturado, que debía sostenerla a fin de recibir la comida que la mujer eligiera. Ahora bien, con la mayor prisa cargó ella la bandeja con una cantidad de cosas, pero todo aquello tenía más bien el aspecto de un montón de vajilla sucia que el de un desayuno que estaba para ser­virse. Mientras la mujer todavía los empujaba hacia fuera, corrían ellos agachados hacia la puerta, como si temiesen insultos o empujones; Karl tomó la bandeja de manos de Robinsón, pues no le parecía bastante segura en su poder.

Una vez en el pasillo, y habiéndose alejado un buen tre­cho de la puerta de la patrona, sentóse Karl en el suelo para limpiar, ante todo, la bandeja y juntar las cosas correspon­dientes, esto es, verter en un solo recipiente la leche, reunir raspándolos los diversos restos de manteca en un solo plato y eliminar luego todas las señales del uso, es decir, limpiar cuchillos y cucharas, recortar los panecillos ya mordidos y dar así al conjunto un mejor aspecto. A Robinsón esa labor le parecía innecesaria; afirmaba él que el desayuno, a menu­do, ya había tenido un aspecto mucho peor aún, pero Karl no se dejó disuadir y estaba bastante contento con que Ro­binsón no quisiera intervenir en ese trabajo, pues tenía los dedos sucios. Para que se quedara tranquilo, Karl le asig­nó en seguida -si bien, según le dijo expresamente en ca­lidad de entrega única y definitiva- algunos bizcochos y el poso espeso de una cacerolita que había estado llena de chocolate.

Cuando llegaron a su habitación y Robinsón sin más puso la mano sobre el picaporte, Karl lo retuvo, puesto que no era cosa segura que ellos pudieran entrar.

-Pero sí -dijo Robinsón-, si ahora sólo está peinándola

Y en efecto, en el cuarto, que aún seguía sin airear y cerra­do por la cortina, estaba Brunelda sentada en el sillón muy esparrancada, y Delamarche, tras ella, peinaba, con la cara profundamente agachada, sus cabellos cortos, y probable­mente muy enredados. Brunelda llevaba nuevamente un vestido muy suelto, aunque esta vez de color rosa pálido; era quizá un poco más corto que el del día anterior; al me­nos se veían las medias blancas, de rústico tejido, casi hasta la rodilla. Impaciente porque llevaba tanto tiempo el peinar­la, agitaba Brunelda su lengua roja, gruesa, entre los labios, meneándola de un lado para otro y a veces hasta se des­prendía totalmente de Delamarche exclamando:

-¡Pero, Delamarche!

Éste operaba tranquilamente, con el peine en alto, hasta que ella recostara de nuevo la cabeza.

-Ha tardado mucho esto -dijo Brunelda en general; y di­rigiéndose especialmente a Karl-: Tienes que moverte un poco más si quieres que estemos satisfechos de ti. No debes tomar como ejemplo a ese Robinsón, que es haragán y co­milón. Seguramente entretanto ya os habéis desayunado en alguna parte y os digo que la próxima vez no lo toleraré.

Esto era muy injusto y, en efecto, Robinsón meneaba la cabeza y movía los labios, aunque por cierto sin pronunciar una sílaba, pero Karl, en cambio, comprendió que sólo se podía influir en los amos mostrándoles el trabajo que inne­gablemente habían cumplido. Extrajo por lo tanto de un rincón una baja mesita japonesa y colocó sobre ella las co­sas traídas. Quien conociera el origen del desayuno podía estar contento con el resultado; pero de otra manera, según tuvo que admitir Karl para sí, mucho había que objetar.

Por suerte Brunelda tenía hambre. Benévolamente le ha­cía señas a Karl mientras éste disponía todas las cosas y lo estorbaba a menudo sacando antes de tiempo algún bocado con su mano blanda, grasienta, que de pronto lo estrujaba todo.

-Bien, muy bien lo ha hecho -dijo chasqueando la len­gua, y atrajo a Delamarche, que dejó el peine enredado en su cabello para continuar luego el trabajo, y lo sentó junto a sí en una silla. También Delamarche se volvió amable al ver la comida; los dos tenían mucha hambre; sus manos se movían presurosas sobre la mesita, a troche y moche.

Karl comprendió que allí, para satisfacer, había que llevar la mayor cantidad posible y recordando que en la cocina había dejado en el suelo diversos comestibles que todavía podrían utilizarse dijo:

-La primera vez no supe cómo debía prepararse todo esto; la próxima vez lo haré mejor.

Pero no había terminado aún de hablar cuando recordó la clase de individuos a quienes hablaba; en exceso le había preocupado el asunto. Brunelda, mirando a Delamarche, asintió satisfecha y alcanzó a Karl, por recompensa, un pu­ñado de bizcochos.

 

 

La mudanza de Brunelda

 

Cierta mañana empujó Karl fuera del portón el vehículo para enfermos en que iba sentada Brunelda. Ya no era tan temprano como él esperara. Habían convenido realizar el éxodo en horas de la noche a fin de no llamar la atención por las calles, cosa que de día hubiera sido inevitable, por más que Brunelda pensara cubrirse, muy humildemente, con una manta gris. Pero el transporte por la escalera había lle­vado demasiado tiempo, pese a la colaboración sumamen­te solícita del estudiante, el cual era mucho más débil que Karl, según quedó demostrado en esa oportunidad. Bru­nelda se condujo muy valerosamente; apenas suspiraba y de todos los modos posibles trataba de facilitar el transpor­te a sus portadores. Sin embargo, no había otro modo de lle­varla sino haciéndola sentar cada cinco peldaños, para brindarse a sí mismos y a ella el tiempo necesario para el descanso.

Era una mañana fresca, por los pasillos corría un aire frío como aire de sótanos y, sin embargo, tanto Karl como el estudiante estaban empapados de sudor y, durante las pau­sas de descanso, cada uno de ellos para enjugarse la cara se veía obligado a tomar un cabo de la manta de Brunelda que ella, por otra parte, les tendía amablemente. Y así fue como sólo a las dos horas llegaron abajo, donde ya desde la noche anterior esperaba el carrito. Costó cierto trabajo todavía le­vantar a Brunelda y meterla dentro, pero, una vez consegui­do esto, bien se podía creer que todo estaba logrado con éxito, pues la tarea de empujar el carretón, gracias a sus al­tas ruedas, no debía de ser difícil y sólo quedaba el temor de que el carruaje se desvencijara bajo el peso de Brunelda. Ciertamente había que correr ese riesgo; no se podía llevar un carro de repuesto, aunque el estudiante, medio en bro­ma, se había ofrecido a ponerlo a su disposición y a condu­cirlo. Luego se llevó a cabo la despedida del estudiante, que por cierto llegó a ser hasta muy cordial. Toda desavenencia entre Brunelda y el estudiante parecía olvidada; éste hasta se disculpó reconociéndose culpable de la antigua ofensa que había infligido a Brunelda cuando estuvo enferma, pero ella dijo que todo estaba olvidado hacía mucho y que se sentía más que resarcida. Finalmente rogó al estudiante que acep­tara en señal de amistad y como recuerdo de ella un dólar que extrajo trabajosamente de entre sus muchas faldas.

Semejante regalo era muy significativo, si se consideraba la notoria avaricia de Brunelda. El estudiante, en efecto, sintió una gran alegría por ello y arrojó su gorra bien alto al aire. Luego, por cierto, tuvo que buscarla por el suelo y Karl le ayudó en su búsqueda; finalmente fue Karl quien la en­contró: estaba debajo del carro de Brunelda.

La despedida entre el estudiante y Karl fue desde luego mucho más sencilla: solamente se estrecharon la mano y expresaron su convencimiento de que, seguramente, vol­verían a verse alguna vez y que entonces por lo menos uno de ellos -el estudiante lo decía por Karl, Karl por el estu­diante- habría logrado algo loable, cosa que hasta ese mo­mento, por desgracia, no había sucedido. Luego, Karl co­gió animosamente la manija del carrito y lo empujó fuera del portón. El estudiante se quedó mirándolos y haciendo señas con un pañuelo, mientras aún se los podía ver. Karl se volvió muchas veces, saludando con la cabeza; también a Brunelda le hubiera gustado volverse, pero tales movi­mientos le resultaban demasiado fatigosos. Para facilitar­le a pesar de todo una última despedida todavía, Karl, al fi­nal de la calle, giró con el carro en círculo, de manera que también Brunelda pudo ver al estudiante, el cual aprove­chó esta oportunidad para agitar el pañuelo con celo espe­cial.

Después, eso sí, dijo Karl que desde ese momento no po­dían permitirse ya ninguna parada, pues el camino era lar­go y partían mucho más tarde de lo que había sido su inten­ción. En efecto, de vez en cuando ya se veían carruajes, como también, aunque muy aisladamente, alguna gente que se dirigía a su trabajo. Karl, con su observación, no ha­bía querido decir otra cosa que lo que realmente dijo, pero Brunelda, en su delicadeza de sentimientos, lo entendió de otra manera y se cubrió totalmente con su manta gris. Karl no objetó nada contra ello. Aquel carretón de mano, cu­bierto con una manta gris, resultaba por cierto muy llama­tivo; pero sin duda incomparablemente menos de lo que hubiera resultado con Brunelda descubierta.

Avanzaba Karl con sumo cuidado; antes de doblar por una esquina observaba la calle siguiente y, si eso le parecía necesario, hasta dejaba el carro y se adelantaba solo unos pasos y si preveía algún encuentro que podía ser desagrada­ble se quedaba esperando hasta que fuera posible evitarlo y aun llegaba a elegir otro camino por una calle totalmente distinta. Ni aun así, puesto que había estudiado con antici­pación todos los caminos posibles, corría el riesgo de dar al­gún rodeo de importancia.

Ciertamente aparecieron obstáculos que, si bien habían sido de temer, no habían podido preverse en sus detalles. Por ejemplo, surgió de pronto -en una calle que ascendía le­vemente, fácil de abarcar con la mirada y que además, por suerte, se veía completamente desierta: una ventaja que Karl trataba de aprovechar apresurándose especialmente­del rincón oscuro de una puerta principal un agente de po­licía que preguntó a Karl qué era lo que conducía en aquel carro tan cuidadosamente tapado. Pero por más severo que mirase a Karl, tuvo que sonreír, sin embargo, al levantar li­geramente la manta y reparar en la cara acalorada y temero­sa de Brunelda.

-¿Cómo? -dijo-, yo pensé que llevabas ahí diez bolsas de papas, y resulta que es una sola mujer. ¿A dónde van? ¿Quiénes son ustedes?

Brunelda ni siquiera osó mirarle la cara al agente, sólo fi­jaba sus ojos, constantemente, en Karl expresando su duda manifiesta de que ni él siquiera pudiera salvarla. Sin embar­go, Karl ya tenía bastante experiencia en el trato con los agentes de policía y a él no le pareció muy peligroso todo ese asunto.

-Bueno -dijo-, muestre usted, señorita, el documento que le han dado.

-¡Ah, claro! -dijo Brunelda y se puso a buscarlo de una manera tan desesperante que entonces sí ya debía de pare­cer realmente sospechosa.

-La señorita -dijo el agente con ironía indudable- no en­contrará el documento.

-¡Oh, sí! -dijo Karl con calma-; lo tiene con toda seguri­dad; sólo que se le ha extraviado.

Comenzó a buscar ahora él mismo y lo extrajo efectiva­mente tras la espalda de Brunelda. El agente de policía tan sólo le echó una mirada fugaz.

-Aquí está, pues -dijo el agente sonriendo-, ¿de manera que esta clase de señorita es la señorita? ¿Y usted, chico, hace de intermediario y se encarga del transporte? ¿No sabe usted, realmente, buscarse una ocupación mejor?

Karl no hizo más que encogerse de hombros; ya apare­cían una vez más las conocidas intromisiones de la policía.

-Bueno, feliz viaje -dijo el agente al no recibir respuesta. En las palabras de ese agente de policía había probablemen­te desprecio, y por eso Karl siguió sin saludar; era preferible el desprecio de la policía a su atención.

Poco después tuvieron un encuentro acaso más desagra­dable aún, pues se le acercó un hombre que venía empujan­do un carretón cargado con grandes cántaros de leche y al que, por lo visto, le hubiera gustado muchísimo saber qué había bajo aquella manta gris en el carro de Karl. No era de suponer que llevara el mismo camino que Karl, mas no obstante se quedaba a su vera por sorprendentes que fueran las vueltas que Karl ejecutaba. Al principio se contentó con exclamaciones, como por ejemplo: «¡Qué carga pesada has de tener!», o bien: «¡Cargaste mal, allí arriba se va a caer algo!» Pero luego preguntó directamente:

-Pero, ¿qué llevas debajo de esa manta?

Karl dijo:

-¿Qué te importa? -pero ya que esto aumentó más aún la curiosidad del hombre, dijo Karl finalmente-: Son manza­nas.

-¡Tantas manzanas! -dijo el hombre asombrado y no ce­saba de repetir esa exclamación-. Pero si es toda una cose­cha -dijo luego.

-Sí, pues -dijo Karl.

Pero ya fuera porque no le creyera a Karl, ya porque quisiera fastidiarlo, seguía andando junto a él y comenza­ba -todo esto durante la marcha- a tender la mano hacia la manta, como en broma; finalmente se atrevió hasta a ti­rar de ella. ¡Cómo sufriría Brunelda! Por consideración a ella no deseaba Karl trabarse en riña con aquel hombre y se metió en el primer portón abierto, como si ésta fuera su meta.

-He llegado -dijo-; gracias por la compañía.

El hombre se detuvo asombrado ante el portón y siguió a Karl con la vista, pero éste, si era necesario, estaba dispues­to a atravesar tranquilamente todo el primer patio. El hom­bre ya no podía dudar, pero, a fin de satisfacer su malicia por última vez, dejó su carro, corrió de puntillas tras Karl y tiró de la manta tan fuertemente que poco faltó para que descubriera la cara de Brunelda.

-Para que tus manzanas tengan más aire -dijo mientras se volvía corriendo.

Karl aceptó también eso sin inmutarse, ya que lo libraba definitivamente del hombre. Condujo luego el carro a un rincón del patio, donde había unos grandes cajones vacíos, bajo cuya protección pensaba decirle a Brunelda unas pala­bras tranquilizadoras. Pero tuvo que quedarse hablándole largo rato, pues ella estaba completamente bañada en lágri­mas y le suplicaba muy seriamente que permaneciesen todo el día allí; es decir, detrás de los cajones, y que prosiguiesen el viaje sólo cuando llegara la noche.

Quién sabe si hubiera podido persuadirla él solo de cuán equivocado era tal proceder; pero cuando allí, en el otro ex­tremo del montón de cajones, alguien arrojó un cajón vacío al suelo, con tal estrépito que resonó tremendamente en el patio desierto, se asustó ella tanto que, sin atreverse ya a pronunciar una sola palabra, se cubrió con la manta y se sintió probablemente dichosa porque Karl, en rápida deci­sión, había echado a andar en seguida.

Ya se iban animando las calles cada vez más; y, sin embar­go, el carretón no llamaba la atención tanto como Karl te­miera. Tal vez hubiera sido más prudente elegir otra hora para el transporte. Si un viaje semejante se hiciera necesario otra vez, Karl se atrevería a realizarlo al mediodía. Sin que lo molestaran gran cosa, dobló finalmente por la calle angos­ta, oscura, en la cual se encontraba la empresa número 25. El bizco administrador estaba de pie delante de la puerta con el reloj en la mano.

-¿Eres siempre tan poco puntual? -preguntó.

-Hubo diversos obstáculos -dijo Karl.

-Es sabido que siempre los hay -dijo el administrador-, pero en esta casa no valen. ¡Recuérdalo!

Karl apenas prestaba ya atención a tales discursos; todos aprovechaban su poder y escarnecían al humilde. Una vez que se había uno acostumbrado a ello, ya no sonaba sino como el tictac regular de los relojes. Lo que sí lo espantó al ir empujando el carro hacia el interior del zaguán fue la mu­gre que allí reinaba y que, por cierto, había esperado. Si bien se miraba, no era ésa una suciedad palpable que pudie­ra definirse. El piso embaldosado del zaguán estaba casi perfectamente barrido, la pintura de las paredes no era vie­ja, sólo un poco polvorientas las palmeras artificiales, y, sin embargo, todo allí resultaba grasiento y repelente; era como si de todas las cosas se hubiera hecho un mal uso y como si ya ninguna limpieza fuera capaz de remediarlo. Cuando Karl llegaba a alguna parte se complacía en reflexionar qué cosa se podía mejorar allí y cuánto placer experimentaría uno interviniendo inmediatamente sin considerar el traba­jo -interminable quizá- que eso exigiría. Pero en el presen­te caso no sabía qué era lo que habría que hacer. Con lenti­tud retiró la manta de Brunelda.

-Bienvenida, señorita -dijo remilgadamente el adminis­trador. No cabía duda de que Brunelda le había causado una buena impresión. En cuanto se dio cuenta de esa cir­cunstancia, supo ella aprovecharla sin demora, cosa que Karl se complació en comprobar. Y toda la angustia de las últimas horas se desvaneció.

 

8. El gran Teatro integral de Oklahoma

 

En una esquina vio Karl un cartel con el siguiente texto:

«¡En el hipódromo de Clayton se contratará hoy, desde las seis de la mañana hasta la medianoche, personal para el Teatro de Oklahoma! ¡Os llama el gran Teatro de Oklahoma! ¡Y llama sólo hoy, sólo una vez! ¡El que ahora pierda la oportunidad, la perderá para siempre! ¡El que piensa en su futuro es de los nuestros! ¡Todos serán bienvenidos! ¡El que quiera hacerse artista, preséntese! ¡Éste es el Teatro que está en condiciones de emplear a cualquiera! ¡Cada cual tendrá su puesto! ¡Felicitamos anticipadamente a todo el que se decida! ¡Pero daos prisa a fin de que seáis atendidos antes de la medianoche! ¡A las doce cerramos todo y ya no volvere­mos a abrir! ¡Maldito sea el que no nos crea! ¡Adelante, a Clayton! »

Había bastante gente delante del cartel, pero el interés que provocaba no parecía grande. ¡Había tantos carteles!; ya nadie creía lo que los carteles decían. Y ése era aún más in­verosímil que lo que suelen ser generalmente los carteles. Ante todo tenía un grave defecto: no se leía en él ni una sola palabra acerca de la paga. Por poco digna de mención que hubiese sido, el cartel se habría referido a ella sin duda; no habría olvidado el elemento más tentador. Nadie quería ha­cerse artista y, en cambio, todo el mundo deseaba que le pa­gasen por su trabajo.

No obstante, el cartel implicaba para Karl una gran ten­tación. «¡Todos serán bienvenidos!», decía. Todos, de mane­ra que también Karl. Sería olvidado todo lo que hasta aquel momento había hecho, nadie pensaría en reprochárselo. Allí podía él presentarse y solicitar un trabajo que no era ninguna vergüenza, sino al contrario, ya que era uno invita­do públicamente a hacerse cargo de él. Y además, de la mis­ma manera, es decir, públicamente, allí se hacía la promesa de que también a él se le acogería. Él no pedía nada mejor; estaba deseoso de encontrar por fin el comienzo de una ca­rrera decente y allí quizá se le ofrecía. Aunque fuese falso todo lo grandilocuente que había en aquel cartel, aunque el gran Teatro de Oklahoma no fuese más que un pequeño circo ambulante, el caso era que estaba dispuesto a tomar gente, y eso bastaba.

Karl no perdió tiempo en leer el cartel dos veces; sólo bus­có una vez más esa frase: «¡Todos serán bienvenidos!» Pensó primeramente ir hasta Clayton a pie, pero esto le habría lle­vado tres horas de marcha esforzada y luego, posiblemente, habría llegado justo a tiempo para enterarse de que ya habían sido ocupadas todas las vacantes. De acuerdo con el cartel, el número de los que serían admitidos era ciertamente ilimita­do, pero de esta suerte redactábanse siempre todas las ofertas similares de empleos. Karl se dio cuenta de que debía renun­ciar al puesto o tomar un vehículo. Volvió a contar su dinero: sin ese viaje, le habría alcanzado para ocho días; sobre la pal­ma extendida movía las moneditas de un lado para otro.

Un señor que lo observaba le dio unas palmaditas en el hombro, diciendo:

-Feliz viaje a Clayton.

Karl meneó la cabeza sin decir nada y siguió calculando. Mas se decidió pronto, apartó el dinero necesario para el viaje y fue corriendo a la estación del tren subterráneo.

Cuando descendió en Clayton, oyó al pronto el sonido de muchas trompetas. Era un sonido confuso, las trompetas no estaban afinadas una con otra y se las tocaba inconside­radamente. Este hecho no molestó a Karl, antes bien le con­firmaba que el Teatro de Oklahoma era realmente una gran empresa. Pero cuando salió de la estación y vio ante sus ojos toda la planta instalada se dio cuenta de que todo aquello era más grande aún que lo que de cualquier manera hubie­se podido pensar, y no comprendía cómo podía hacer ta­les inversiones una empresa con el solo fin de conseguir personal.

Delante de la entrada del hipódromo hablase construido una tarima, alargada y baja, sobre la cual centenares de mu­jeres -vestidas de ángeles, con telas blancas y grandes alas a la espalda- tocaban largas y refulgentes trompetas doradas. Mas no estaban ellas precisamente sobre la tarima, sino que cada una ocupaba un pedestal que empero no era visible, ya que las largas telas flameantes de la vestimenta angélica lo recubrían por completo. Ahora bien, como los pedestales eran muy altos, tenían quizá hasta dos metros de altura, las figuras de las mujeres parecían gigantescas y sólo sus peque­ñas cabezas disminuían un tanto aquella impresión de grandeza. También sus cabelleras sueltas colgaban a los costados demasiado cortas, casi ridículas, entre las grandes alas. A fin de que no se produjera monotonía alguna habían utilizado pedestales de los más diversos tamaños; había, pues, mujeres bajísimas y otras no mucho más altas que de tamaño natural, pero junto a ellas elevábanse otras mujeres a tales alturas que uno creía que peligraban con la menor rá­faga. Y bien: todas aquellas mujeres estaban tocando.

No había muchos oyentes. Pequeños en comparación con las grandes figuras, paseábanse ante la tarima unos diez mu­chachos que elevaban las miradas hacia las mujeres. Mostrá­banse unos a otros, a ésta o a aquélla, pero no parecían tener la intención de entrar para emplearse. Había un solo hombre de más edad y éste permanecía un tanto apartado. Sin pérdi­da de tiempo había traído a su mujer también y a un niño en su cochecito. La mujer sujetaba con una mano el coche, con la otra apoyábase en el hombro de su marido. Admiraban por cierto el espectáculo; pero se notaba su decepción. Ellos también, sin duda, habían esperado encontrar una ocasión de trabajar, y aquel concierto de trompetas los turbaba. Karl, a su vez, se hallaba en idéntica situación. Se acercó al hombre, se quedó un rato escuchando las trompetas y dijo luego:

-¿Es aquí, según creo, donde se realiza la admisión para el Teatro de. Oklahoma?

-Yo también lo creía -dijo el hombre-; pero hace ya una hora que estamos esperando aquí y no oímos otra cosa que esas trompetas. En ninguna parte puede descubrirse un cartel, no hay ningún pregonero, no hay nadie en ninguna parte que pueda dar alguna información.

Karl dijo:

-Tal vez estén esperando hasta que se reúna más gente. Realmente hay muy poca hasta ahora.

-Es posible -dijo el hombre; y se quedaron de nuevo en silencio.

Era difícil, por otra parte, percibir las palabras a través del estruendo de las trompetas. Luego, no obstante, la mu­jer le susurró algo a su marido, éste asintió y ella se dirigió inmediatamente a Karl preguntando:

-¿No podría usted llegar hasta el hipódromo y averiguar dónde se realiza la admisión?

-Sí -dijo Karl-; pero tendría que atravesar la tribuna por entre los ángeles.

-¿Y es tan difícil eso? -preguntó la mujer.

Le parecía que la empresa era fácil para Karl; pero era el caso que no quería enviar a su marido.

-Y bien -dijo Karl-; iré.

-Es usted muy amable -dijo la mujer; y tanto ella como su marido le estrecharon la mano.

Todos los muchachos se apiñaron para ver de cerca subir a Karl a la tarima. Era como si las mujeres soplaran con más fuerza para saludar al primer postulante de las vacantes. Y aquellas ante cuyo pedestal pasaba Karl en ese preciso mo­mento, hasta se quitaron la trompeta de la boca y se inclina­ron hacia un lado para seguirlo con la mirada mientras avanzaba. Karl vio en el otro extremo de la tarima a un hombre que se paseaba inquieto y que por lo visto sólo es­peraba a la gente para dar a todo el mundo toda la informa­ción que se pudiera desear. Karl ya estaba para acercarse a él e interrogarlo cuando por encima de su cabeza oyó gritar su nombre.

-Karl -llamó el ángel.

Karl levantó la vista y su alegre sorpresa lo hizo reír. Era Fanny.

-¡Fanny! -exclamó saludando hacia arriba con la mano. -Pero, ven, pues, aquí -exclamó Fanny-. ¡No irás a pasar de largo estando yo aquí! -Y abrió las telas de manera que quedaron libres el pedestal y una angosta escalera.

-¿Está permitido subir? -preguntó Karl.

-¿Quién podría prohibirnos que nos estrechemos la mano? -exclamó Fanny y miró furiosa en su derredor como si ya se acercara alguno por esa prohibición.

Karl subía ya presuroso la escalera.

-¡Más despacio! -exclamó Fanny-. ¡Nos caeremos los dos, junto con el pedestal!

Pero nada de eso sucedió; Karl llegó afortunadamente hasta el último escalón.

-Mira -dijo Fanny una vez que se hubieron saludado-; mira qué bello trabajo he conseguido.

-Bello, muy bello -dijo Karl y miró en derredor. Todas las mujeres que estaban cerca ya habían advertido la presen­cia de Karl y reprimían apenas la risa-. Eres casi la más alta -dijo extendiendo la mano para estimar la altura de las demás.

-Te vi inmediatamente -dijo Fanny-; en cuanto saliste de la estación, pero por desgracia estoy aquí en la última fila; a mí no se me ve y yo, por mi parte, no podía llamar. Cierta­mente me esforcé por tocar muy alto, para que me recono­cieras; pero tú no lo notaste.

-Pero si todas vosotras tocáis mal -dijo Karl-; déjame que toque yo una vez.

-Toma -dijo Fanny dándole la trompeta-; pero no es­tropees el caro; podrían despedirme.

Karl comenzó a tocar; la trompeta le había parecido burda­mente fabricada, destinada tan sólo a producir ruido, pero ahora quedaba de manifiesto que se trataba en verdad de un instrumento capaz de ejecutar casi los menores matices. Si to­dos los instrumentos eran de idéntica calidad, se hacía un gran abuso de ellos. Sin dejarse molestar por el ruido de las de­más, tocó Karl con todas sus fuerzas una canción que alguna vez había escuchado en alguna taberna. Estaba contento de haber encontrado a una vieja amiga y de poder tocar allí la trompeta, preferido entre todos, y de tener, además, la pers­pectiva de obtener pronto, posiblemente, un buen empleo.

Muchas de las mujeres cesaron de tocar y se pusieron a escuchar cuando, de pronto, Karl se interrumpió; quedaba en actividad apenas la mitad de las trompetas y sólo poco a poco fue restableciéndose el alboroto completo.

-Pero si eres un artista -dijo Fanny al tenderle Karl la trompeta para devolvérsela-; procura que te empleen de trompetero.

-¿Acaso emplean también a hombres? -preguntó Karl.

-Sí -dijo Fanny-; nosotras tocamos durante dos horas. Luego nos relevan los hombres, vestidos de diablos. Una mitad toca las trompetas; la otra, los tambores. Es un boni­to espectáculo; como que, en general, todo el equipo es muy costoso. ¿No es muy bonito también nuestro vestido? ¿Y las alas? -se recorrió con la mirada de arriba abajo.

-¿Crees -preguntó Karl- que yo también obtendré un puesto todavía?

-Con toda seguridad -dijo Fanny-; es el teatro más grande del mundo. Cuánto me alegra que estemos nueva­mente juntos. Claro que ahora depende de la clase de em­pleo que te den. Pues también sería posible que, aunque los dos estuviéramos empleados, no nos viésemos, sin embar­go, nunca.

-¿Pero es en realidad tan grande todo esto? -preguntó Karl.

-Es el teatro más grande del mundo -dijo Fanny otra vez-; yo misma, por cierto, no lo he visto todavía, pero mu­chas de mis compañeras que ya han estado en Oklahoma di­cen que casi no tiene límites.

-Pero viene a presentarse muy poca gente -dijo Karl se­ñalando a los muchachos que permanecían allá abajo y a la pequeña familia.

-Es cierto -dijo Fanny-, pero piensa que tomamos gen­te en todas las ciudades; que nuestro personal de la sección de propaganda está viajando continuamente y que, como ésta, hay muchas secciones más.

-Pero, ¿no está inaugurado ese teatro todavía? -pregun­tó Karl.

-¡Oh, sí! -dijo Fanny-; es un teatro antiguo, pero lo am­plían constantemente.

-Me extraña -dijo Karl- que no acuda más gente a dis­putarse esos puestos.

-Sí -dijo Fanny-, es raro.

-Quién sabe -dijo Karl- si esta movilización de ángeles y diablos no ahuyenta en lugar de atraer.

-Hay que ver cómo descubres las cosas -dijo Fanny-. Es posible que así sea. Díselo a nuestro adalid; quizás así pue­das serle útil.

-¿Dónde está? -preguntó Karl

-En el hipódromo -dijo Fanny-. En el palco del jurado.

-También esto me extraña -dijo Karl-; ¿por qué se reali­za esta admisión en el hipódromo?

-Sí -dijo Fanny-, hacemos en todas partes los mayores preparativos para el mayor gentío. Es que en el hipódromo hay mucho sitio. Y en todos los quioscos, donde suelen re­gistrarse las apuestas, se han instalado las oficinas de admi­sión. Dicen que hay doscientas oficinas diferentes.

-Pero -exclamó Karl-, ¿tiene el Teatro de Oklahoma in­gresos tan grandes como para sostener semejantes seccio­nes de propaganda?

-¿Y eso qué nos importa a nosotros? -dijo Fanny-; pero ahora vete, Karl, para que no pierdas nada. Yo, por otra parte, debo volver a tocar. Intenta en todo caso obte­ner un empleo en esta sección y ven en seguida a comuni­cármelo. Piensa que quedaré muy intranquila esperando esa noticia.

Le estrechó la mano, lo exhortó a que tuviera cuidado al descender y acercó de nuevo la trompeta a sus labios, pero no comenzó a tocar hasta que Karl hubo llegado al suelo, sano y salvo. Éste volvió a poner las telas sobre la escalera, tal como estaban antes; Fanny se lo agradeció inclinando la cabeza, y Karl, recapacitando en diversas formas sobre lo que acababa de oír, se encaminó hacia el hombre que ha­biendo visto a Karl arriba, junto a Fanny, ya se había apro­ximado al pedestal para esperarlo.

-¿Desea usted ingresar en nuestra empresa? -preguntó el hombre-; yo soy el jefe de personal de esta sección. Sea us­ted bienvenido.

Permanecía constantemente un poco inclinado hacia adelante, como por cortesía, y aunque no se moviera de su sitio, bailoteaba y jugaba con la cadena de su reloj.

-Gracias -dijo Karl-; he leído el cartel de su compañía y he venido a presentarme, tal como allí se pide.

-Muy bien hecho -dijo el hombre en tono aprobatorio-; por desgracia aquí no todo el mundo procede tan bien.

Karl pensó que en aquel momento podría advertir a ese hombre del hecho de que quizá fracasaran los medios de atracción de la sección de propaganda, precisamente debi­do a su grandiosidad. Pero no se lo dijo, pues aquel hombre no era en modo alguno el adalid de la sección, y además ha­bría sido poco recomendable que él, que ni siquiera estaba admitido todavía, hiciese ya proposiciones de mejoramien­to. Por eso tan sólo dijo:

-Allá afuera espera otro que también quiere presentarse; me ha mandado a mí primero. ¿Puedo ir a buscarlo ahora?

-Naturalmente -respondió el hombre-; cuantos más vengan, mejor será.

-Ha traído también a su mujer y, en su cochecito, a un niño; ¿les digo que vengan ellos también?

-Naturalmente -dijo el hombre; al parecer las dudas de Karl lo hacían sonreír-. Podemos emplear a todos, a quien sea.

-En seguida estaré de vuelta -dijo Karl y regresó co­rriendo hasta el borde de la tarima. Le hizo señas al matri­monio y pronunció unas palabras diciendo que podían acercarse todos. Ayudó a levantar el cochecito hasta la tari­ma y marcharon todos juntos.

Los muchachos, viendo aquello, se consultaron todos mutuamente, y luego, vacilantes hasta en el último momen­to, y con las manos en los bolsillos, subieron con lentitud a la tarima y siguieron finalmente a Karl y a la familia. En ese momento salían de la estación del tren subterráneo nuevos pasajeros que, viendo la tribuna con los ángeles, alzaban con asombro los brazos. De todas maneras, parecía que el concurso de vacantes cobraría ya, con todo, mayor movi­miento.     1

Karl estaba muy contento de haber llegado tan temprano, pues era acaso el primero; el matrimonio se mostraba teme­roso y formulaba diversas preguntas sobre si serían grandes las exigencias. Karl dijo que no sabía nada cierto todavía, pero que realmente había tenido la impresión de que toma­ban a todos sin excepción. Según su parecer podían estar bien tranquilos. Ya el jefe de personal acudía a su encuentro; se mostraba muy contento de que fueran tantos; se frotaba las manos, saludaba a cada uno con una leve reverencia y apostaba a todos en una fila. Karl fue el primero, luego lle­gó el matrimonio, y sólo después los demás.

Cuando todos se hubieron situado -los muchachos al comienzo se agolpaban confusamente y transcurrió un rato hasta que se aquietaron- dijo el jefe de personal en tanto que las trompetas enmudecían:

-Saludo a ustedes en nombre del Teatro de Oklahoma. Llegaron ustedes temprano -sin embargo, ya se aproxima­ba el mediodía-; el hacinamiento no es grande todavía, por lo tanto las formalidades de su ingreso quedarán pronto arregladas. Todos ustedes traen, naturalmente, sus docu­mentos de identidad.

Los muchachos sacaron acto seguido toda clase de pape­les, agitándolos hacia el jefe de personal; el marido empujó a su mujer y ésta extrajo de debajo del colchón del cocheci­to todo un fajo de papeles. Karl, por cierto, no tenía ningu­no. ¿Sería esto un obstáculo para su admisión? De todas maneras sabía Karl por experiencia propia que tales pres­cripciones podían eludirse fácilmente si uno se mostraba un poco resuelto. Esto no era nada improbable. El jefe de personal revisó la fila, se cercioró de que todos tenían docu­mentos y como también Karl alzó la mano, vacía por cierto, supuso que también en su caso todo estaba en orden.

-Está bien -dijo luego el jefe de personal rechazando con un gesto a los muchachos que pretendían que sus do­cumentos fuesen examinados inmediatamente-; los docu­mentos serán revisados ahora en las oficinas de admisión. Tal como ustedes habrán visto ya en nuestro cartel, pode­mos emplear a todo el mundo. Pero naturalmente es nece­sario que sepamos qué oficio ejercía cada uno hasta ahora para que podamos emplearlo en el sitio debido, donde pue­da aprovechar sus conocimientos.

«Pero si es un teatro», pensó Karl dudando; y escuchó con muchísima atención.

-Por tanto -continuó el jefe de personal-, hemos insta­lado en las casillas de los recaudadores de apuestas oficinas de admisión, una oficina para cada grupo profesional. De manera que cada uno de ustedes tendrá que indicarme aho­ra su profesión; la familia pertenece, por lo general, a la ofi­cina de admisión del hombre. Los conduciré luego a las oficinas, donde serán examinados primero sus documentos y sus conocimientos después; será un examen muy breve a cargo de peritos; nadie tiene por qué temer nada. Y allí mis­mo serán ustedes aceptados en el momento y recibirán las instrucciones del caso. Empecemos, pues. Esta primera ofi­cina, como ya lo dice el letrero, se destina a los ingenieros. ¿Hay por ventura algún ingeniero entre ustedes?

Karl se presentó. Él creía que precisamente por no tener documentos debía esforzarse por salvar lo más pronto posi­ble y precipitadamente todas las formalidades; además, te­nía un pequeño derecho a presentarse puesto que él había querido llegar a ser ingeniero. Pero viendo los muchachos que se adelantaba Karl, sintieron envidia y se presentaron todos ellos también; todos se presentaron: todos. El jefe de personal se irguió y dijo a los muchachos:

-¿Son ingenieros ustedes?

Y entonces todos ellos bajaron lentamente las manos; Karl en cambio persistió en su primera actitud. El jefe de personal lo miró incrédulo por cierto, pues Karl le parecía demasiado miserablemente vestido y también demasiado joven para ser ingeniero; sin embargo, no dijo nada, quizá por gratitud, porque Karl, al menos en su opinión, le había traído a los aspirantes. Se limitó a señalar la oficina con un gesto de invitación y hacia allí se encaminó Karl, mientras el jefe de personal se dirigía a los otros.

En la oficina para ingenieros había dos señores sentados a ambos lados de un pupitre rectangular, los cuales coteja­ban dos grandes listas que tenían delante. Uno de ellos leía en voz alta, el otro marcaba en su lista los nombres leídos. Cuando Karl, saludando, apareció ante ellos, dejaron inme­diatamente las listas a un lado y sacaron otros libros gran­des, que abrieron en seguida.

Uno de ellos, por lo visto nada más que un escribiente, dijo:

-Deme usted, por favor, sus documentos de identidad.

-Lamento no tenerlos conmigo -dijo Karl.

-No los tiene aquí -dijo el escribiente dirigiéndose al otro señor y registrando acto seguido la respuesta en su li­bro.

-¿Es usted ingeniero? -preguntó luego el otro que pare­cía ser el jefe de la oficina.

-No lo soy todavía -dijo Karl rápidamente-; pero...

-Basta -dijo el señor mucho más rápidamente toda­vía-; entonces ésta no es su oficina. Le ruego que observe el letrero.

Karl apretó los dientes; el señor debió haberlo notado, pues dijo:

-No hay motivo para inquietarse. Podemos tomar a todo el mundo. -Y le hizo una seña a uno de los ordenanzas que, ociosos, se paseaban entre las barreras-. Conduzca us­ted a este señor a la Oficina para Personal con Conocimien­tos Técnicos.

El ordenanza comprendió la orden al pie de la letra y co­gió a Karl de la mano. Pasaron entre muchas casillas, en una de las cuales vio Karl a uno de los muchachos que había sido admitido ya y que estrechaba, agradecido, la mano a los señores que allí estaban.

En la oficina a la cual Karl fue llevado después, el proce­dimiento se desarrolló de una manera parecida a la de la primera oficina, tal como Karl lo había previsto. Sólo que de allí, cuando se enteraron de que había cursado los estudios del ciclo medio, lo mandaron a la Oficina para Alumnos de Colegios de Ciclo Medio. Pero al decir Karl que él había fre­cuentado un colegio del ciclo medio europeo, se declararon incompetentes también allí y lo hicieron conducir a la Ofi­cina para Estudiantes del Ciclo Medio Europeo. Era una casilla situada en la punta más extrema: no sólo más chica sino hasta más baja que todas las demás. El ordenanza que lo llevó hasta allí estaba furioso por aquella prolongada conducción y por los muchos rechazos, de los cuales, en su opinión, Karl exclusivamente tenía la culpa. Ya ni se que­dó esperando las preguntas; se marchó en seguida y presu­roso.

Esta oficina era, sin duda, por otra parte, el último refu­gio. Al reparar Karl en el jefe de la oficina casi se asustó por el parecido que éste mostraba con un profesor que proba­blemente seguía aún dictando su cátedra como antes en la Realschule de la ciudad natal. Ciertamente tal parecido es­tribaba tan sólo en pormenores, cosa que quedó manifiesta al instante; pero aquellas gafas que reposaban sobre la ancha nariz, aquella barba cerrada rubia, cuidada como un ejem­plar de museo, la espalda levemente encorvada y la fuerte voz que prorrumpía inesperadamente cada vez, mantuvie­ron todavía durante un buen rato el asombro de Karl. Feliz­mente no fue necesario siquiera que se prestase allí mucha atención, pues las cosas se desarrollaron de un modo más sencillo que en las demás oficinas. Claro que también allí se registró que carecía de documentos de identidad y el jefe de la oficina dijo que era una negligencia inconcebible, pero el escribiente, que parecía ser el que allí mandaba, pasó por alto el hecho y declaró, después de algunas breves pregun­tas del jefe, y cuando éste precisamente se disponía a formu­lar alguna de mayor importancia, que Karl estaba admitido. El jefe se volvió boquiabierto hacia el escribiente, pero éste, con un ademán definitivo, dijo:

-Admitido -y anotó además inmediatamente esa deci­sión en el libro.

Por lo visto el escribiente opinaba que el hecho de ser es­tudiante del ciclo medio europeo era de suyo tan denigran­te, que se le podía creer sin más a cualquiera que afirmara tal cosa de sí mismo. Karl, por su parte, no tenía nada que objetar; se le acercó y quiso expresarle su agradecimiento. Pero una leve demora se produjo todavía cuando le pregun­taron por su nombre. No respondió en seguida; tenía cierto temor de decir su verdadero nombre, de permitir que lo anotasen. Una vez que obtuviera allí aunque fuese el menor de los puestos y cumpliera con él a satisfacción podían en­terarse de su nombre, mas no antes; demasiado tiempo lo había callado para revelarlo de pronto en aquel momento. Dijo por lo tanto, ya que al instante no se le ocurría ningún otro nombre, el apodo de sus últimos empleos:

-Negro.

-¿Negro? -preguntó el jefe y volvió la cabeza haciendo una mueca, como si ahora hubiera alcanzado Karl el colmo de la inverosimilitud.

También el escribiente miró a Karl durante un rato, como examinándolo, pero luego repitió: -Negro -y registró el nombre.

-¡Pero no habrá anotado Negro! -lo increpó el jefe.

-Sí, Negro -dijo el escribiente con calma e hizo un gesto con la mano, como queriendo decir que ahora le tocaba al jefe disponer lo demás.

Y en efecto, el jefe se dominó y poniéndose de pie dijo: -Pues entonces el Teatro de Oklahoma le...

No pudo decir nada más; no podía con su conciencia; se sentó y dijo:

-No se llama Negro.

El escribiente enarcó las cejas, se levantó luego él mismo y dijo:

-Entonces le comunico yo que está usted admitido en el Teatro de Oklahoma y que ahora le presentarán a nuestro adalid.

De nuevo fue llamado un ordenanza, el cual condujo a Karl al palco del jurado.

Al pie de la escalera vio Karl el cochecito; precisamente venía bajando el matrimonio; la mujer llevaba al niño en brazos.

-¿Está usted admitido? -preguntó el hombre, ya mucho más vivaz que antes; y también la mujer, riendo, lo miró por encima del hombro del marido.

Al responder Karl que acababan de admitirlo y que aho­ra iba a ser presentado, dijo el hombre:

-Le felicito. También a nosotros nos admitieron. Parece ser una buena empresa; claro que uno no puede estar en todo, pero esto ocurre en todas partes.

Se dijeron «hasta luego», y Karl subió al palco. Subió len­tamente, pues el pequeño espacio parecía atestado de gente y él no deseaba entrometerse a la fuerza. Hasta se detuvo un rato y abarcó de una mirada la gran pista del hipódromo que lindaba por doquiera con lejanos bosques. Sintió de pronto ganas de presenciar alguna vez una carrera de caba­llos; en América aún no había tenido oportunidad para ello. En Europa lo habían llevado una vez a una carrera, cuando era un niño pequeño; pero él no podía recordar sino el hecho de haber sido arrastrado por la madre entre mucha gente que se negaba a dejar libre el paso. Por lo tan­to, en verdad aún no había visto nunca una carrera. A sus espaldas comenzó a traquetear una maquinaria; Karl se volvió y observó que en el indicador donde en los días de ca­rreras se publican los nombres de los vencedores, alzaban ahora la inscripción siguiente: «Comerciante Kalla, con se­ñora e hijo». De manera que así comunicaban a las oficinas los nombres de los admitidos.

Precisamente algunos señores venían bajando presuro­sos la escalera, en viva conversación, con lápices y hojas de apuntes en las manos; Karl se estrechó contra la balaustra­da para dejarlos pasar y, ya que se había despejado el sitio de allá arriba, subió. En un rincón de la plataforma provista de barandas de madera -tenía todo esto el aspecto de un techo plano de una angosta torre- estaba sentado, con los brazos extendidos a lo largo de la baranda de madera, un señor que llevaba, atravesada sobre el pecho, una ancha cinta de seda blanca, con la inscripción: «Adalid de la Décima Sec­ción de Propaganda del Teatro de Oklahoma». A su lado había, sobre una mesita, un teléfono que se utilizaba segu­ramente también durante las carreras y mediante el cual el adalid se enteraba, sin duda, de todos los datos necesarios referentes a cada uno de los aspirantes, aún antes de la pre­sentación, ya que por lo pronto no le hizo ninguna clase de pregunta a Karl sino que dijo, dirigiéndose a un señor apo­yado junto a él, con las piernas cruzadas y la mano en el mentón:

-Negro, estudiante del Ciclo Medio Europeo.

Y como si con ello Karl, quien hizo una profunda reve­rencia, estuviera despachado por su parte, dirigió la mira­da escaleras abajo para ver si llegaba alguien más. Puesto que no llegaba nadie, prestó atención de vez en cuando al diálogo que el otro señor entabló con Karl, pero la mayor parte del tiempo deslizaba su mirada sobre la pista del hipó­dromo y se quedaba golpeteando con los dedos sobre la ba­randa. Aquellos dedos delicados y no obstante vigorosos, largos y veloces en el movimiento, atraían de tiempo en tiempo la atención de Karl, a pesar de que el otro señor lo absorbía bastante.

-¿Estuvo usted sin ocupación? -preguntó por lo pronto aquel señor.

Esta pregunta, y asimismo casi todas las demás que ha­cía eran muy sencillas, absolutamente nada capciosas; y las respuestas, por otra parte, eran examinadas a la luz de otras preguntas intermedias; sin embargo, el señor sabía darles una importancia especial por esa manera de pronunciarlas con los ojos bien abiertos, de observar su efecto inclinando el busto, de recibir las respuestas agachando la cabeza sobre el pecho y de repetirlas en voz alta de cuando en cuando, importancia que por cierto no se entendía, pero cuya sospe­cha ya lo tornaba a uno cauteloso y cohibido. Sucedió a me­nudo que Karl sintiera el impulso de revocar la respuesta dada, reemplazándola por otra que acaso encontraría ma­yor aprobación, pero con todo se dominó y se abstuvo de hacerlo, pues sabía bien cuán mala sería la impresión que semejante titubeo había de causar y cuán incalculable era además, casi siempre, el efecto de las respuestas. Mas, por otra parte, su admisión parecía ya cosa decidida, y el saber­lo le procuraba cierto apoyo.

A la pregunta de si había estado sin ocupación, contestó con un simple:

-Sí.

-¿Dónde estuvo usted empleado la última vez? -pregun­tó luego el señor. Ya se disponía Karl a responder, pero en­tonces el señor levantó el índice y dijo una vez más-: ¡la úl­tima vez!

Karl ya había comprendido perfectamente la primera pregunta; sin querer movió la cabeza como para librarse de esta última observación que venía a confundirlo y contestó:

-En una oficina.

Esto todavía era verdad; pero si el señor llegara a exigir una información más concreta acerca de qué clase de ofici­na era ésa, entonces ya tendría que mentir. El señor, sin em­bargo, no lo hizo; formuló, al contrario, una pregunta su­mamente, fácil de contestar con toda veracidad:

-¿Estaba usted contento allí?

-¡No! -exclamó Karl cortándole casi la palabra.

Con una mirada de soslayo notó Karl que el adalid son­reía ligeramente; Karl se arrepintió de lo irreflexivo de su úl­tima respuesta; pero había sido en exceso tentador gritar ese no, pues durante toda la época de su último empleo sólo había abrigado ese deseo tan grande de que algún patrono extraño entrara alguna vez y le dirigiese esa pregunta preci­samente.

Su respuesta bien podría acarrear otra desventaja más, porque el señor podía preguntar ahora por qué no había es­tado contento. Sin embargo, en lugar de reparar en eso, pre­guntó:

-¿Para qué puesto se siente usted apto?

Esta pregunta quizá implicaría realmente una trampa, pues, ¿con qué fin la formulaban habiendo sido Karl ya ad­mitido como actor? Mas a pesar de reconocer eso, no pudo, sin embargo, superar sus escrúpulos declarando que se sen­tía especialmente apto para la profesión de actor. Por lo tanto eludió la pregunta y, corriendo el riesgo de parecer testarudo, dijo:

-Leí el cartel en la ciudad y, como en él decía que se po­día tomar a cualquiera, me presenté.

-Esto ya lo sabemos -dijo el señor; luego se quedó calla­do demostrando así que insistía en su pregunta anterior.

-Me han admitido como actor -dijo Karl vacilando, para que el señor comprendiera el aprieto en que esta últi­ma pregunta lo había puesto.

-Es cierto -dijo el señor enmudeciendo de nuevo.

-No -dijo Karl y toda la esperanza de haber conseguido un puesto comenzaba a tambalearse-; yo no sé si voy a ser­vir para trabajar en el teatro; pero he de esforzarme y trata­ré de cumplir todas las órdenes.

El señor se volvió hacia el adalid, ambos asintieron con la cabeza: Karl parecía haber contestado como era debido; re­cobró, pues, ánimo y esperó erguido la pregunta siguiente. Ésta rezaba:

-¿Y qué quiso usted estudiar primeramente?

A fin de formular la pregunta con mayor exactitud -el se­ñor ponía siempre mucho empeño en enunciar definiciones exactas- añadió:

-Quiero decir, en Europa.

Al mismo tiempo se quitó la mano del mentón con un li­gero gesto que a la vez quería indicar qué lejos estaba Euro­pa y cuán carentes de importancia los proyectos otrora allí concebidos.

Karl dijo:

-Mi deseo fue llegar a ser ingeniero.

Ciertamente esta contestación le resultaba enojosa; era ridículo refrescar allí aquel viejo recuerdo de que una vez había querido hacerse ingeniero, refrescarlo con la con­ciencia clara de toda su carrera anterior en América y, ade­más, ¿acaso hubiera llegado a serlo alguna vez, aun en Euro­pa? Pero en aquel momento no se le ocurría ninguna otra respuesta, de manera que dio aquélla.

Y el señor lo tomó en serio, tal como tomaba todas las cosas.

-Bueno -dijo-; no podrá usted llegar a ser ingeniero en seguida; pero tal vez le guste, por el momento, ejecutar cua­lesquiera trabajos técnicos inferiores.

-Ciertamente -dijo Karl.

Estaba muy contento; era verdad que si aceptaba el ofre­cimiento se le trasladaba del gremio de los actores y se le co­locaba entre los obreros técnicos, pero él creía que efectiva­mente se desempeñaría mejor en esa clase de trabajos. Por lo demás, y se repetía esto constantemente, en su caso no se trataba tanto de la clase de trabajo que le dieran, sino de fi­jarse en general en alguna parte y en forma permanente.

-¿Y es usted bastante fuerte para trabajos más bien pesa­dos? -preguntó el señor.

-¡Oh, sí!,-dijo Karl.

En respuesta, el señor invitó a Karl a que se le aproxima­ra más y palpó su brazo.

-Es un chico fuerte -dijo luego llevando del brazo a Karl junto al adalid. Éste asintió sonriendo, tendió a Karl la mano, sin que por otra parte alterara su descansada postu­ra, y dijo:

-Entonces, hemos terminado. En Oklahoma todo esto será examinado una vez más. ¡Honre usted a nuestra sec­ción de propaganda!

Karl hizo una reverencia en señal de despedida; quiso despedirse luego también del otro señor, pero éste ya estaba paseándose sobre la plataforma, con la cara dirigida hacia lo alto, como si sus tareas hubiesen concluido por completo.

Mientras Karl bajaba alzaron al lado de la escalera, sobre el tablero indicador, esta inscripción: «Negro, trabajador técnico».

Ya que en todo se procedía allí debidamente, ni siquiera hubiera Karl lamentado que en el tablero se pudiese leer su verdadero nombre. Todo esto funcionaba realmente con un cuidado sumo, pues al pie de la escalera ya esperaba a Karl un ordenanza, el cual le fijó en el brazo una banda. Al levan­tar Karl luego el brazo para ver qué decía la inscripción de la banda, halló impresas, precisamente, las palabras: «Tra­bajador técnico».

Antes de ser conducido a cualquier parte deseaba Karl poder comunicarle a Fanny con cuánta suerte se había desa­rrollado todo. Pero, para su pesar, el ordenanza lo enteró de que tanto los ángeles como los diablos habían partido ya para su próximo destino, a fin de anunciar allí la llegada de la sección de propaganda, que tendría lugar el día siguiente:

-¡Qué lástima! -dijo Karl; era la primera decepción que experimentaba en esa empresa-. Yo tenía una conocida en­tre los ángeles.

-Volverá usted a verla en Oklahoma -dijo el ordenan­za-; y ahora venga, es usted el último.

Condujo a Karl a lo largo de la parte trasera de la tari­ma, antes ocupada por los ángeles; ahora se veían allí tan sólo los vacíos pedestales. Pero la suposición de Karl de que sin la música de los ángeles acudiría mayor cantidad de pretendientes resultó inexacta, pues ante la primera tarima ya no se veía ahora a ninguna persona adulta; sólo había allí unos cuantos chicos que luchaban disputándo­se una larga pluma blanca que probablemente se había desprendido de alguna ala de ángel. Un muchacho la sos­tenía en alto mientras que los otros chicos trataban de ba­jarle la cabeza con una de sus manos y son la otra intenta­ban atrapar la pluma.

Karl señaló a los chicos; pero el ordenanza, sin mirarlos, dijo:

-Venga usted más ligero; han tardado muchísimo en ad­mitirlo, ¿tenían dudas?

-No lo sé -dijo Karl, asombrado, pero no creía tal cosa.

Siempre, aun cuando las circunstancias se presentaran clarísimas, se hallaba con todo alguien deseoso de causar preocupaciones a sus prójimos. Pero ante el aspecto afa­ble que ofrecía la gran tribuna de espectadores, a la cual ya habían llegado, olvidó Karl bien pronto la observación del ordenanza. En dicha tribuna había un banco largo y grande, cubierto de blanco mantel; todos los admitidos estaban allí sentados de espaldas a la pista, sobre el banco inmediatamente inferior, y eran convidados. La alegría y la excitación eran generales y, en el preciso momento en que Karl se sentó inadvertidamente en el banco, incorpo­ráronse muchos con las copas en alto y uno de ellos pro­nunció un brindis en homenaje al adalid de la décima sección de propaganda, a quien llamó «padre de los que buscan empleo».

Alguien hizo notar que también desde allí se le podía ver y en efecto, el palco del jurado donde estaban los dos seño­res era visible desde el lugar en que se encontraban. Todos agitaron sus copas en aquella dirección, también Karl cogió el vaso que tenía delante, pero por más que se gritara y se in­tentara llamar la atención, en el palco del jurado nada indi­caba que hubieran advertido la ovación o que siquiera de­searan advertirla. El adalid permanecía recostado, como antes, en el rincón y el otro señor seguía a su lado con la mano en el mentón.

Un tanto desilusionados sentáronse todos; alguno se volvía todavía de vez en cuando hacia el palco del jurado, pero se servían, haciéndolas circular, magníficas aves con muchos tenedores clavados en la carne sabrgsamente asada. Karl nunca las había visto de tan excelente calidad; los sir­vientes no se cansaban de escanciar el vino -apenas se lo no­taba, ya estaba uno de ellos inclinado sobre el plato y de pronto caía a la copa el chorro del rojo vino-, y quien no de­seaba tomar parte en la conversación general, podía mirar estampas con vistas del Teatro de Oklahoma, apiladas en uno de los extremos de la mesa, para ser pasadas de mano en mano. Pero nadie se interesaba mucho por las estampas y así sucedió que al sitio de Karl, que era el último, llegara una sola de esas vistas. Por lo que se podía deducir de ese cuadro debían de ser muy dignas de verse todas, sin em­bargo.

La estampa que Karl vio representaba el palco del Presi­dente de los Estados Unidos. A primera vista se podía pen­sar que eso no era un palco, sino el escenario, en tan majes­tuoso arco adelantábase el antepecho al espacio libre. Ese antepecho era completamente de oro, en todas sus partes. Entre las columnillas, como recortadas con finísima tijera, habíanse colocado, uno junto al otro, unos medallones que representaban a los presidentes anteriores; uno de ellos te­nía la nariz extraordinariamente recta, labios abultados y la vista rígidamente dirigida hacia abajo, oculta por aboveda­dos párpados. En torno del palco, desde los lados y desde lo alto, surgían rayos de luz; era una luz blanca y suave que descubría, literalmente, el primer plano del palco, mientras que su fondo, tras el terciopelo rojo que en pliegues y mati­ces y guiado por cordones caía a lo largo de todos los bor­des, aparecía como un hueco de rojizo resplandor. Apenas era posible imaginarse la presencia de seres humanos en ese palco, tan autocráticamente magnífico era el aspecto que todo eso ofrecía. Karl no olvidó la comida, pero miró, sin embargo, muchas veces esa ilustración que colocó junto a su plato.

Al fin y al cabo le hubiera gustado muchísimo, con todo, contemplar al menos una estampa más pero no quiso ir a buscársela él mismo, pues un ordenanza tenía su mano so­bre las estampas y seguramente era necesario conservar el orden del turno, de manera que sólo intentó abarcar la mesa con la mirada para ver si a pesar de todo se iba acer­cando alguna estampa más. Y entonces notó con asombro -primero no quiso creerlo- entre las caras que más se aga­chaban sobre la comida, una que él conocía bien: Giácomo. Al instante corrió hacia él.

-¡Giácomo! -exclamó.

Éste, tímido como siempre que se le sorprendía, dejó la comida, se levantó en el estrecho espacio que había entre los bancos y se limpió la boca con la mano, pero luego se puso muy contento de ver a Karl, le rogó que se sentara a su lado y se ofreció a pasarse junto al sitio de Karl en el caso de que éste no quisiera abandonarlo; anhelaban con­tarse todas las cosas y seguir siempre juntos. Karl no qui­so molestar a los demás, por eso cada uno se quedaría, por el momento, en su sitio; la comida concluiría pronto y luego, naturalmente, ya harían causa común. Karl, sin embargo, se quedó un rato más junto a Giácomo, deseoso de mirarlo.

¡Cuántos recuerdos de tiempos pasados! ¿Dónde estaría la cocinera mayor? ¿Qué estaría haciendo Therese? El pro­pio Giácomo no había cambiado nada en su aspecto; la pre­dicción de la cocinera mayor de que al medio año llegaría a ser forzosamente un duro norteamericano, no se había cumplido; seguía delicado como antes, las mejillas igual­mente hundidas, aunque en ese momento se veían redon­deadas, pues tenía en la boca un trozo excesivamente gran­de de carne del cual sacaba lentamente los huesos sobrantes tirándolos luego sobre el plato.

Por lo que Karl pudo leer sobre su brazal, tampoco Giá­como había sido tomado como actor, sino como ascenso­rista. ¡El Teatro de Oklahoma parecía, realmente, poder emplear a quienquiera que fuese! Abismado en la contem­plación de Giácomo, quedóse Karl demasiado tiempo au­sente de su sitio. Precisamente quería llegar, cuando llegó el jefe de personal que, subiéndose a uno de los bancos situados más arriba, golpeó las manos y pronunció un pe­queño discurso mientras la mayor parte de la gente se le­vantaba y los que se habían quedado sentados, aquéllos que no podían separarse de la comida, eran obligados por empujones de los otros, finalmente, a incorporarse ellos también.

-Esperemos -decía (Karl ya había regresado de punti­llas a su sitio)- que les haya gustado nuestro convite de re­cepción. En general, la comida de nuestra sección de pro­paganda es objeto de elogios. Desgraciadamente, me veo obligado a levantar ya la mesa, pues el tren que llevará a ustedes a Oklahoma partirá dentro de cinco minutos. Es por cierto un viaje muy largo, pero ya verán ustedes que no les faltará ninguna clase de atenciones. Aquí les pre­sento al señor que les conducirá en su viaje y al cual deben ustedes obediencia.

Un señor pequeño y magro trepó al banco sobre el cual estaba de pie el jefe de personal; apenas se tomó el tiempo necesario para efectuar una fugaz reverencia, pues co­menzó inmediatamente a indicar, con manos nerviosas y extendidas, de qué manera había de concentrarse, orde­narse y ponerse en movimiento todo el mundo. Sin embar­go, no se le obedeció en seguida, pues aquel mismo co­mensal que antes había pronunciado un discurso golpeó con la mano en la mesa y dio comienzo a una prolongada oración de agradecimiento, a pesar de que -Karl se in­quietó muchísimo- se acababa de decir que el tren parti­ría acto seguido. Pero el orador no prestó atención al he­cho de que ni siquiera el jefe de personal le escuchase -pues éste estaba dando diversas instrucciones al director del transporte-, esbozó su discurso a grandes trazos, enu­meró luego todos los manjares que habían sido servidos, emitió su juicio sobre cada uno de ellos y concluyó luego resumiendo con esta exclamación:

-¡Estimados señores, ésta es la manera de conquistar­nos!

Todos, menos los aludidos, se echaron a reír, pero aque­llo era, no obstante, más verdad que broma.

Hubo que expiar ese discurso por otra parte, ya que se hizo necesario correr apresuradamente hasta la estación. Pero eso tampoco resultó muy difícil, pues -Karl lo notó sólo en ese momento- nadie llevaba pieza alguna de equipa­je; el único equipaje era en realidad el cochecito que a la ca­beza de la compañía y conducido por el padre, daba botes como barco sin timón. ¡Qué clase de gente desposeída, sos­pechosa, se había juntado allí; y se la recibía y se la atendía, sin embargo, tan espléndidamente! Parecía que todos ellos le hubiesen sido recomendados con especial encarecimien­to a aquel director del transporte. Ya cogía él mismo con una mano la barra de la manija del cochecito y levantaba la otra a fin de animar a toda la compañía; ya se le veía tras la última fila aguijoneando a los rezagados; ya corría a lo lar­go de los costados y echaba el ojo a más de uno que avanza­ba con paso retardado por el medio y trataba de hacerles comprender, agitando los brazos, que era sumamente nece­sario que corriesen.

Cuando llegaron a la estación ya estaba el tren dispuesto. La gente en la estación señalábase la compañía; se oían ex­clamaciones como ésta:

-¡Todos ésos son del Teatro de Oklahoma!

El Teatro parecía mucho más conocido que lo que Karl había supuesto; cierto que él jamás se había interesado mucho por asuntos de teatro. Todo un coche había sido destinado especialmente a la compañía; el director del transporte apremiaba a subir más aún que el empleado del tren. Revisó primero cada uno de los compartimentos ordenando alguna cosa, aquí y allí, y sólo después subió él mismo.

A Karl le tocó casualmente un asiento junto a una venta­nilla y arrastró a Giácomo a su lado. Y así se quedaron sen­tados, muy apretados el uno contra el otro; en el fondo se alegraban los dos con motivo de este viaje. Tan libres de toda preocupación no habían hecho ellos todavía ningún viaje en los Estados Unidos. Cuando el tren arrancó, se pu­sieron a hacer señas, sacando las manos por la ventanilla mientras que los muchachos que estaban enfrente se daban con el codo uno a otro, porque eso les parecía ridículo.

El viaje duró dos días y dos noches. Sólo entonces comprendió Karl la magnitud de los Estados Unidos. In­fatigablemente miraba por la ventanilla y Giácomo pug­naba tanto por asomarse él también que los muchachos de enfrente, muy ocupados con su juego de naipes, se cansa­ron y le cedieron el asiento junto a la ventanilla. Karl les dio las gracias -el inglés de Giácomo no resultaba com­prensible a cualquiera- y con el correr de las horas se vol­vieron mucho más amables, ya que otra cosa no puede suceder entre compañeros de compartimento; pero mu­chas veces resultaba también molesta su amabilidad ya que, por ejemplo, siempre que se les caía al suelo una car­ta y se agachaban para buscarla, pellizcaban con todas sus fuerzas a Karl o a Giácomo en las piernas. En tales momentos Giácomo, que no cesaba de asombrarse, grita­ba y levantaba mucho la pierna. Karl intentó una vez res­ponder con un puntapié; sin embargo, toleró todo aque­llo calladamente. Todo lo que acontecía en el pequeño compartimento, que aun con la ventanilla abierta estaba lleno de humo, carecía de importancia ante aquello que podía contemplarse afuera.

El primer día atravesaron altas montañas. Macizos de piedra, de un negro azulado, se aproximaban en puntiagu­das cuñas hasta el mismo tren; se asomaba uno por la ven­tanilla y buscaba en vano las cumbres: allí se abrían valles oscuros, estrechos, desgarrados, y uno señalaba con el dedo la dirección en que iban perdiéndose; allí venían an­chos ríos torrenciales, precipitándose con premura, en for­ma de grandes olas, sobre el quebrado lecho y, arrastrando en su seno mil pequeñas olas espumosas, volcábanse bajo los puentes que el tren atravesaba, tan cerca, que el rostro se estremecía al hálito de su frescor.

 

En el «casi ilimitado» Teatro de Oklahoma encontró Karl -según afirma Max Brod, basándose en insinuaciones orales de Franz Kafka, quien se refería a estos hechos sólo vagamente y con miste­riosa y amante sonrisa- su misión, su libertad, su fundamento vi­tal; más aún, hasta volvió a ver allí, como por encanto celestial, a sus padres, a su misma tierra patria. (N. del T.)


 

[1] Este fragmento y asimismo el siguiente, que relata la mudanza de Brunelda, son anteriores ambos al Capítulo final. Figuran únicamente en un apéndice de la última edición alemana (Schoken Verlag, Berlín, 1935). No aparecen tampoco en las ediciones inglesas y norteamerica­nas. (N. del T.)