Johann Wolfgang von Goethe

WERTHER

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

HE recogido con afán todo lo que he podido encontrar

referente a la historia del desdichado Werther, y aquí os

lo ofrezco, seguro de que me lo agradeceréis. Es imposible

que no tengáis admiración y amor para su genio y carácter,

lágrimas para su triste fin.

Y tú, pobre alma que sufres el mismo tormento ¡ojalá

saques consuelo de sus amarguras, y llegue este librito a

ser tu amigo si, por capricho de la suerte o por tu propia

culpa, no encontraste otro mejor!

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

LIBRO I

4 DE MAYO DE 1771

¡CUÁNTO me alegro de mi viaje! ¡Ay, amigo mío, lo es

el corazón del hombre! ¡Alejarme de ti, a quien tanto quiero;

dejarte, siendo inseparable, y sentirme dichoso! Sé que

me lo perdonas. ¿No parece que el destino me había puesto

en contacto con los demás amigos, con el exclusivo fin

de atormentarme? ¡Pobre Leonor! Y, sin embargo, no es

culpa mía, ¿Podía yo evitar que se desarrollase una pasión

en su desdichado espíritu, mientras me embelesaba con

las gracias hechiceras de su hermana? Así y todo, ¿no

tengo nada que echarme en cara? ¿No he nutrido esa

pasión? Más aún: ¿no me he divertido frecuentemente con

la sencillez e inocencia de su lenguaje, que muchas veces

nos hacía reír, aunque nada tenía de risible? ¿No he?..

¡Oh! ¡Qué es el hombre, y por qué se atreve a quejarse?

Quiero corregirme, amigo mío; quiero corregirme, y te

doy palabra de hacerlo; quiero no volver a preocuparme

con los dolores pasajeros que la suerte nos ofrece sin

cesar; quiero vivir de lo presente, y que lo pasado sea

para mí pasado por completo. Confieso que tienes razón

cuando dices que aquí abajo habría menos amarguras si

los hombres (Dios sabrá por qué los ha hecho como son)

no se dedicasen con tanto ahínco a recordar dolores

antiguos, en vez de soportar con entereza los presentes.

«Di a mi madre que no dejaré de la mano su asunto, y que

le daré noticias de él lo más pronto que pueda. He visto a

mi tía: lejos de encontrar en ella a la perversa mujer que

ahí me hablaron, te aseguro que tiene excesiva viveza y

excelente corazón. Me he hecho eco de las quejas de mi

madre por la parte de herencia que le retiene, me ha

explicado su conducta y los motivos que la justifican;

también me ha dicho bajo qué condiciones está dispuesta

a entregarnos aún más de lo que pedimos. Basta de esto

por hoy, di a mi madre que todo se arreglará. He visto una

vez más, amigo mío, en este negocio insignificante que

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

las equivocaciones de la negligencia causan en el mundo

más daño que la astucia y la maldad; bien es cierto que

éstas abundan menos.

«Por lo demás, aquí me encuentro perfectamente. La

soledad de este paraíso terrenal es un precioso bálsamo

para mi alma, y esta estación juvenil consuela por completo

mi corazón, que con frecuencia se estremece de pena.

Cada árbol, cada planta es un ramillete de flores, y siente

uno deseos de convertirse en abeja, para revolotear en

esta atmósfera embalsamada, sacando de ella el necesario

alimento.

«La ciudad propiamente dicha es desagradable; pero en

sus cercanías brilla la naturaleza con todo su esplendor.

Por eso el difunto conde de M... hizo plantar su jardín en

una de estas colinas, que se cruzan en variado y encantador

panorama, formando los valles más deliciosos. El jardín

es sencillo, y se observa desde la entrada que el plan, más

que engendro de sabio jardinero, es combinación de un

alma sensible, deseosa de gozar de sí misma. Muchas

lágrimas he consagrado ya a la memoria del conde en las

ruinas de un pabelloncito, que era su retiro predilecto y

que también es el mío. En breve seré yo el dueño del

jardín: en sólo dos días me he sabido granjear la buena

voluntad del jardinero y te aseguro que no llegará a

arrepentirse de ello.»

10 DE MAYO

«Reina en mi espíritu una alegría admirable, muy parecida

a las dulces alboradas de la primavera, de que gozo aquí

con delicia. Estoy solo, y me felicito de vivir en este país,

el más a propósito para almas como la mía, soy tan

dichoso, mi querido amigo, me sojuzga de tal modo la

idea de reposar, que no me ocupo de mi arte. Ahora no

sabría dibujar, ni siquiera hacer una línea con el lápiz; y,

sin embargo, jamás he sido mejor pintor Cuando el valle

se vela en torno mío con un encaje de vapores; cuando el

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

sol de mediodía centellea sobre la impenetrable sombra

de mi bosque sin conseguir otra cosa que filtrar entre las

hojas algunos rayos que penetran hasta el fondo del santuario,

cuando recostado sobre la crecida hierba, cerca

de la cascada, mi vista, más próxima a la tierra, descubre

multitud de menudas y diversas plantas; cuando siento

más cerca de mi corazón los rumores de vida de ese

pequeño mundo que palpita en los tallos de las hojas, y

veo las formas innumerables e infinitas de los gusanillos y

de los insectos; cuando siento, en fin, la presencia del

Todopoderoso, que nos ha creado a su imagen, y el soplo

del amor sin limites que nos sostiene y nos mece en el

seno de una eterna alegría; amigo mío, si los primeros

fulgores del alba me acarician, y el cielo y el mundo que

me rodean se reflejan en mi espíritu como la imagen de

una mujer adorada, entonces suspiro y exclamo: «¡Si yo

pudiera expresar todo lo que siento! ¡Si todo lo que dentro

de mí se agita con tanto calor, con tanta exuberancia de

vida, pudiera yo extenderlo sobre el papel, convirtiendo

éste en espejo de mi alma, como mi alma es espejo de

Dios!» Amigo... Pero me abismo y me anonada la

sublimidad de tan magníficas imágenes,».

12 DE MAYO

«No sé si vagan por este país algunos genios burlones, o

si sólo existe dentro de mí la vívida y celestial visión que

da apariencias de paraíso a todo lo que me rodea. Cerca

de la ciudad hay una fuente, donde estoy encantado, como

Melusina con sus hermanas. Siguiendo la rampa de una

pequeña colina se llega a la entrada de una gruta; bajando

después unos veinte escalones se ve brotar entre las rocas

un agua cristalina. El pequeño muro que sirve de cinturón

a la gruta, los corpulentos árboles que le dan sombra, la

frescura del lugar, todo atrae y todo causa una sensación

indefinible.

«Ningún día paso menos de una hora en este sitio, al que

las muchachas de la ciudad acuden por agua: ejercicio

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

inocente y necesario que en otro tiempo desempeñaban

las mismas hijas de los reyes. Sentado aquí, pienso con

frecuencia en las costumbres particulares, veo a los

hombres de antaño hacer sus conocimientos y buscar sus

mujeres en la fuente; sueño con los genios benéficos,

moradores de los arroyos y manantiales. El que no sienta

lo que yo siento no sabe lo que en un día de verano es la

saludable frescura de un riachuelo después de una jornada

penosa.»

13 DE MAYO

«¿Me preguntas si debes enviarme mis logros? ¡Por Dios,

hombre, no me abrumes con ese aumento de equipaje!

No quiero que me guíen, que me exciten, que me espoleen:

aquí me basta mi corazón. Sólo echaba de menos un canto

que me arrullase, y he encontrado en mi Homero más de

lo que buscaba. ¡Cuántas veces templo con sus versos el

hervor de mi sangre! Porque tú no conoces nada más

desigual, ni más variable que mi corazón. Amigo mío:

¿necesitaré decírtelo, a ti que has sufrido más de una vez

viéndome pasar de la tristeza a la alegría más alborotadora,

y de una dulce melancolía a la pasión más violenta? Trato

a este pobre corazón como a un niño enfermo, le concedo

cuanto me pide. No se lo cuentes a nadie, que no faltaría

quien dijese que con ello cometo un crimen.»

15 DE MAYO

«Ya me conoce y me quiere la gente humilde de estos

lugares: sobre todo los niños. Cuando al principio me

acercaba a ella, le dirigía amistosamente tal o cual pregunta,

había quien, recelando que quería divertirme a su costa,

me volvía la espalda sin pizca de urbanidad. No me

desanimaba esto, pero me hacía pensar con insistencia en

una cosa que antes de ahora he observado, y es que los

que ocupan cierta posición social se mantienen siempre

impasibles a cierta distancia de las clases inferiores del

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

pueblo, como si temieran mancharse con su contacto,

habiendo también calaveras y bufones que fingen acercarse

a esta pobre gente, cuando su verdadero objeto es hacerle

sentir con más fuerza el peso de la voluntad.

«Bien sé que no somos iguales ni podemos serlo; pero,

en mi opinión, el que cree preciso vivir alejado de lo que

se llama pueblo para que éste le respete, es tan despreciable

como el mandria que se oculta de sus enemigos por temor

de que le venzan.

«Hace poco estuve en la fuente y encontré en ella a una

criadita, que, habiendo colocado su cántaro al pie de la

escalinata, buscaba con la vista a alguna de sus compañeras

para que le ayudase o colocárselo sobre la cabeza. Bajé,

y fijando en ella mi mirada le dije: «¿Quieres que te ayude,

hija mía?» «¡Oh señor!...», balbució, poniéndose roja

como una amapola. «¡Bah!, fuera escrúpulos...» La ayudé

a salir del apuro, me dio las gracias y se fue.»

17 DE MAYO

«He hecho conocimientos de todos géneros, aunque sin

formar sociedad con nadie. Algún atractivo, que no me

doy cuenta, debo de tener para muchas personas que

espontáneamente se me acercan con deseos de intimar;

por mi parte, siento el separarme de ellas cuando sólo un

breve rato seguimos el mismo camino. Si me preguntas

cómo es la gente de este país, te diré: «Como la de todos.»

La raza humana es igual en todas partes. La inmensa

mayoría emplea casi todo su tiempo en trabajar para vivir,

y le abruma de tal modo la poca libertad de que goza, que

pone de su parte cuanto puede para perderla. ¡Oh destino

de los mortales!

«Por lo demás, la gente es buena. Si algunas veces me

entrego con ella a placeres que aún quedan a los hombres,

como son el charlar alegre, franca y cordialmente en torno

a una mesa bien servida, organizar una expedición al

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

campo, un baile u otra diversión cualquiera, me encuentro

en mi elemento, con tal que no se me ocurra entonces la

idea de que hay en mí otra porción de facultades que

debo ocultar cuidadosamente, por más que se enmohezcan

no ejercitándolas. ¡Ah!, esto desgarra el corazón, pero el

hombre nace para morir sin que le hayan conocido. ¡Ay!

... ¿Por qué no existe ya la amiga de mi juventud? ¿Por

qué la conocí? Me diré a mí mismo: «¡Insensato! Buscas

lo que nadie encuentra en la tierra.» Y, sin embargo, yo lo

he encontrado; yo he poseído aquel corazón, aquella alma

superior, en cuya presencia me figuraba ser más de lo que

soy, porque era cuanto yo podía ser. ¿Qué fuerza de mi

espíritu, Dios mío, estaba entonces paralizada? ¿No podía

yo desplegar ante ella la maravillosa sensibilidad con que

mi corazón abraza el universo? ¿No era nuestro trato una

cadena continua de los más delicados sentimientos, de

los ímpetus más vehementes, cuyos matices, hasta los

más superficiales, brillaban con el esmalte del talento? Y

ahora..., ¡ay! Tenía algunos años más que yo, y ha llegado

antes al sepulcro. Jamás olvidaré su privilegiada razón y

su indulgencia más que humana. Hace algunos días

encontraré a M. V., joven franco y expansivo, y de una

fisonomía que revela felicidad. Ha acabado sus estudios

y, sin presumir de genio, está convencido de que no todos

valen lo que él. Mis observaciones atestiguan que es

laborioso; en resumen, sabe algo. Habiendo averiguado

que dibujo y poseo el griego (dos fenómenos en este país),

cultiva mi amistad alardeando frecuentemente de erudito,

pasa revista desde Bateux hasta Wood, desde Piles hasta

Winkelmann, y me ha asegurado que conoce la primera

parte de la teoría de Sulzer y que tiene un manuscrito de

Heine sobre el estudio del arte antiguo. Yo le dejo hablar.

«También he hecho conocimiento con el juez, hombre

excelente y de un carácter abierto y leal. Dicen que es

delicioso verle rodeado de sus nueve hijos, y todo el

mundo se hace lenguas de la hija mayor. Me ha ofrecido

su casa, y un día de éstos le haré mi primera visita. Por

permiso que le han concedido después de la muerte de su

mujer, vive en una casa de campo, del príncipe, a legua y

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

media de la ciudad. Ésta y la morada que en ella tenía

habían llegado a serle insoportables. Por último también

he encontrado aquí algunos entes en los cuales todo me

parece fastidioso, y más fastidioso que nada, sus

demostraciones de afecto.

«Adiós: esta carta te agradará; es historia desde el principio

hasta el fin.»

22 DE MAYO

«Muchas veces se ha dicho que la vida es un sueño, y no

puedo desechar de mí esta idea. Cuando considero los

estrechos límites en que están encerradas las facultades

intelectuales del hombre; cuando veo que la meta de

nuestros esfuerzos estriba en satisfacer nuestras

necesidades, que éstas sólo tienden a prolongar una

existencia efímera; que toda nuestra tranquilidad sobre

ciertos puntos de nuestras investigaciones no es otra cosa

que una resignación meditabunda, y que nos entretenemos

en bosquejar deslumbradoras perspectivas y figuras

abigarradas en los muros que nos aprisionan; todo esto,

Guillermo, me hace enmudecer. Me reconcentro en mí

mismo y hallo un mundo dentro de mí; pero un mundo

más poblado de presentimientos y de deseos sin formular,

que de realidades y de fuerzas vivas

«Cuantos se dedican a la enseñanza convienen en que los

niños no saben darse cuenta de su voluntad; pero, por

más que para mí sea una verdad inconcusa, no creerán

muchos que los hombres como los niños, caminando a

tientas sobre la tierra, ignorando de dónde vienen y adónde

van, son poco menos que autómatas y, exactamente como

los niños, se dejan gobernar con juguetes, confites y

azotes.

«Te concederé desde luego (porque sé que me lo puedes

objetar) que los más felices son los que no se curan del

pasado ni del porvenir, los que pasean, visten y desnudan

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

su muñeca, y los que, dando cautelosas vueltas alrededor

del armario donde la madre ha encerrado las golosinas,

cuando logran atrapar el manjar apetecido, lo devoran a

dos carrillos y gritan: «¡Más!» Estas criaturas son

envidiables. También lo son las que, encareciendo con

títulos pomposos sus frívolas ocupaciones, o tal vez sus

pasiones, reclaman gratitud al género humano, como si

para su salud y su dicha hubieran llevado a cabo alguna

empresa gigantesca. ¡Feliz el que pueda vivir de este

modo! Sin embargo, el hombre humilde que comprende

adónde va todo a parar; el que observa con cuánta facilidad

convierte cualquiera su huerto en un paraíso, y con cuánto

tesón el infeliz que gime encorvado bajo el fardo de la

miseria prosigue casi exánime su camino, aspirando, como

todos, a ver un minuto más la luz del sol, está tranquilo,

crea un mundo, que saca de sí mismo, y también es feliz,

porque es hombre. Podrá agitarse en una esfera muy limitada;

pero siempre llevará en su corazón la dulce idea de

la libertad y el convencimiento de que saldrá de esta prisión

cuando quiera.»

26 DE MAYO

«Hace mucho tiempo que conoces mi modo de alojarme,

mi costumbre de hacerme una cabaña en cualquier punto

solitario donde me instalo, sin ningún género de

comodidades. Pues bien, aquí he encontrado un rinconcito

que me ha seducido.

«A una legua de la ciudad está la aldea de Wahlhelm (1).

Su situación al pie de una colina es muy agradable, y

cuando, saliendo de la aldea, se sigue la vereda de una

loma, llega a descubrirse de cuatro años de edad, que se

había sentado en el todo el valle de una ojeada.

(1) El lector hará bien en no perder el tiempo buscando los lugares que

se citen, porque ha sido necesario cambiar los verdaderos que se

encontraban en el original. (Nota del autor.)

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

«Una viejecita muy servicial y de muy buen humor vende

en un ventorrillo vino, cerveza y café. Lo que más me

encanta son dos tilos que dan sombra con su amplio

ramaje a una plazoleta que hay delante de la iglesia, rodeada

de casas rústicas, de cortijos y de chozas. Conozco pocos

parajes tan ocultos y tranquilos. Hago que desde mi albergue

me lleven a él mi mesita y mi silla. y tomo café y

leo a Homero. La primera vez que la casualidad me

condujo bajo los tilos, era una hermosa siesta y encontré

desierta la plaza: los aldeanos estaban en el campo. Sólo

vi a un muchacho, como de cuatro años de edad, que se

había sentado en el suelo, estrechando contra su pecho a

otro niño de seis meses. Le tenía entre sus piernas,

formando así una especie de asiento. A pesar de la

vivacidad con que sus ojos miraban a todas partes,

permanecía sentado y tranquilo. Este espectáculo me

cautivó. Sentéme yo en un arado que había enfrente y

dibujé con sumo gusto este episodio fraternal. Añadiendo

los setos cercanos, la puerta de una cabaña y algunos

pedazos de ruedas de carretas, todo con el desorden en

que estaba; vi al cabo de una hora que había hecho un

dibujo bien compuesto y lleno de interés, sin haber añadido

nada de mi propia invención. Esto me aferró a mi propósito

de no atenerme en adelante más que a la naturaleza. Sólo

ella posee una riqueza inagotable; sólo ella forma a los

grandes artistas. Mucho puede cacarearse en favor de las

reglas; casi lo mismo que en alabanza de la sociedad civil.

Un hombre formado según las reglas, jamás producirá

nada absurdo y absolutamente malo, así como el que obre

con sujeción a las leyes y a la urbanidad nunca puede ser

un vecino insoportable ni un gran malvado; sin embargo,

y dígase lo que se quiera, toda regla asfixia los verdaderos

sentimientos y destruye la verdadera expresión de la

naturaleza. «No tanto—dirás tú; la regla no hace más que

encerrarnos en justos límites; es una podadera que corta

las ramas inútiles» Amigo mío, permite que te haga una

comparación. Sucede en esto lo que en el amor. Un joven

se enamora de una mujer, pasa todas las horas del día a

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

su lado, le prodiga sus caricias y sus bienes, y así le prueba

sin cesar que ella es para él todo en el mundo. Llega

entonces un vecino, un empleado, que le dice: «Caballerito,

amar es de hombres; pero es preciso amar a lo hombre.

Divide tu tiempo; dedica una parte de él al trabajo, y no

consagres a tu querida más que los ratos de ocio; piensa

en ti, y cuando tengas asegurado lo que necesites, no seré

yo quien te prohiba hacer con lo que te sobre algún regalo

a tu amada; pero no con mucha frecuencia; el día de su

santo por ejemplo, o el aniversario de su nacimiento...»

Si nuestro enamorado le escucha, llegará a ser un hombre

útil, y hasta yo aconsejaré al príncipe que le dé algún

empleo; pero ¡adiós el amor!..., ¡adiós el arte!, si él es

artista. ¡Oh amigos míos! ¿Por qué el torrente del genio

se desborda tan de tarde en tarde? ¿Por qué muy pocas

veces hierven sus olas y hacen que vuestras almas se

estremezcan de asombro? Queridos amigos: porque

pueblan una y otra orilla algunos vecinos pacíficos, que

tienen lindos pabelloncitos, cuadrados de tulipanes y

arriates de hierbajos que serían destruidos, cosa que saben

ellos muy bien, por lo cual conjuran con diques y zanjas

de desagüe el peligro que los amenaza.»

27 DE MAYO

«Ahora caigo en que entregado al éxtasis, a las

comparaciones y la declamación, he dado al olvido referirte

hasta el fin lo que fue de los dos muchachos. Sumergido

en el idealismo artístico de que en desaliñado estilo, te

daba razón mi carta de ayer permanecí dos horas largas

sobre el arado. Una joven, con una cesta al brazo, vino

por la tarde a buscar a los pequeñuelos, y gritó desde

lejos: «Felipe, eres un buen chico.» Me saludó, le devolví

el saludo, me levanté, me acerqué a ella y le pregunté si

era la madre de aquellas criaturas. Me contestó

afirmativamente, y después de haber dado un bollo al

mayor, tomó al otro en sus brazos y le besó con toda la

ternura de una madre. «Había encargado a Felipe que

cuidase de su hermanito—me dijo—, y yo con el mayor

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

de mis hijos he estado en la ciudad a comprar pan blanco,

azúcar y un puchero—todo esto se veía en la cesta, cuya

tapa se había caído—. Quiero dar esta noche una cena a

mi Juan—éste era el nombre del más pequeño—. El mayor

es un aturdido que me rompió ayer el puchero, peleándose

con Felipe por arrebañarlo.» Le pregunté dónde estaba el

mayor, y mientras me contestaba que corriendo en el prado

detrás de un par de patos, apareció dando brincos y

trayendo a Felipe una varita de avellano. Seguí hablando

algunos momentos con esta mujer, y supe que era hija del

maestro de escuela, que su marido estaba en Suiza en

busca de una herencia que le había dejado un primo.

«Querían engañarle—dijo—y no contestaban a sus cartas:

por eso ha ido. ¡Con tal que no le suceda nada malo!

Hasta ahora no he recibido noticias suyas.» Me separé

con pena de esta mujer; di un kreutzer a los niños mayores,

y otro a la madre para el más pequeño, diciéndole que

cuando volviese a la ciudad le comprase en mi nombre

una tortita. Después de esto nos separamos. Te juro, amigo

mío, que cuando no estoy en calma basta para apagar

mis arrebatos la presencia de una criatura como ésta, que

recorre en un abandono feliz el círculo estrecho de su

vida, sin pensar en el mañana, y sin ver en la caída de las

hojas de los árboles otra cosa que la proximidad del

invierno.

«Desde ese día voy frecuentemente a aquel paraje. Los

muchachos se han acostumbrado a verme; yo les doy

azúcar cuando tomo el café, y por la tarde ellos parten

conmigo su pan con manteca y su cuajada. Ningún

domingo dejo de darles un kreutzer, y si no estoy en casa

cuando salen de la iglesia, lo reciben de mi pupilera, a

quien dejo el encargo de hacerlo.

«Son cariñosos; me cuentan toda especie de cuentos y

me divierto, sobre todo, con sus pasiones y la cándida

explosión de sus deseos, cuando se reúnen con otros

chicos de la aldea. Mucho trabajo me ha costado

convencer a la madre que no debe inquietarse con la idea

de que sus hijos puedan, como ella dice, incomodar al

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

señor.»

30 DE MAYO

«Lo que te dije el otro día sobre la pintura es aplicable a

la poesía: basta con conocer lo que es bello y atreverse a

expresarlo. En verdad, no se puede decir más en menos

palabras. He asistido hoy a una escena que, fielmente

referida, sería el mesor idilio del mundo; pero poesía,

escenario, idilio..., ¿qué falta hacen? ¿Es preciso, cuando

debemos interesarnos en una manifestación de la naturaleza,

que se halle artísticamente combinada?

«Si después de este exordio esperas oír algo grande y

sublime, te llevas un gran chasco: es pura y simplemente

una joven aldeana que me ha inspirado esta irresistible

simpatía... Como de costumbre, referiré mal, y, como de

costumbre me encontrarás, según creo exagerado. Culpa

es de Wahlheim, y siempre de Wahlheim el que suceda

así.

«Se había formado una reunión bajo los tilos para tomar

café. Esto no me hacía gracia, e inventé un pretexto para

echarme fuera.

«Salió un joven de una casa inmediata y se puso a

componer el arado donde yo había dibujado poco antes.

Me agradó su aspecto y le dirigí la palabra preguntándole

por su manera de vivir. Pronto nos hicimos amigos, como

siempre sucede con esta clase de gente; en seguida hubo

intimidad entre los dos. Me contó que servía a una viuda

que le trataba a maravilla. Por lo que de esto me dijo y por

los grandes elogios que hizo de ella, conocí al punto que

el pobre diablo estaba enamorado. Decía que no era joven,

que había sufrido mucho con el primer marido y que

temblaba ante la idea de contraer segundas nupcias. Su

relato hacía verse de tal modo hasta qué extremo era a

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

sus ojos bella y encantadora, y con cuánto afán deseaba

que se dignase elegirle para borrar el recuerdo de las faltas

de su primer marido, que yo debería repetírtelo palabra

por palabra, para darte cabal idea de la inclinación

desinteresada, del amor y de la fidelidad de este hombre.

Necesitaría el talento del mejor poeta para pintar, al mismo

tiempo, de una manera expresiva, la animación de sus

gestos, la armonía de su voz y el fuego celestial de sus

miradas. No, no hay palabras que puedan reproducir la

ternura que rebosaba todo su ser y su lenguaje: cuanto yo

te dijera sería pálido. Llamaba particularmente mi atención

verle temeroso de que yo pudiera formar injustos

pensamientos sobre sus relaciones o dudase de la

intachable conducta de la viuda. El placer que experimenté

oyéndole hablar de su figura y de su belleza, que, sin

tener el encanto de la juventud, le atraía irresistiblemente y

le encadenaba, no puedo explicármelo más que con el

corazón. Nunca había visto un deseo apremiante, una

pasión ardiente, unidos a tanta pureza; sí, puedo decirlo;

nunca había imaginado ni soñado que existiese tal pureza.

No hagas burla de mí si te confieso que al recuerdo de

esta inocencia y de este candor me abraso en oculto fuego,

languidezco y me consumo. Ahora deseo encontrar pronto

ocasión de conocerla...; mejor dicho, y pensándolo bien,

deseo evitarlo. Más vale que la vea por los ojos de su

amante: acaso los míos no la verían de la manera que

ahora la veo, ¿y qué gano en privarme de esta hermosa

imagen?»

16 DE JUNIO

«¿Por qué no te escribo? Tú me lo preguntas; ¡tú, que te

cuentas entre nuestros sabios! Debes adivinar que me

encuentro bien y que..., en una palabra, he hecho una

amistad que interesa a mi corazón. Yo he..., yo no sé...

«Difícil me será referirte de por sí cómo he conocido a la

más amable de las criaturas. Soy feliz y estoy contento;

por lo tanto, seré mal historiador.

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

«¡Un ángel! ¡Bah! Todos dicen lo mismo de la que aman,

¿no es verdad? Y, sin embargo, yo no podré decirte cuán

perfecta es y por qué es perfecta; en resumen, ha

esclavizado todo mi ser.

« ¡Tanta inocencia con tanto talento! ¡Tanta bondad con

tanta firmeza! ¡Y el reposo del alma en medio de la vida

real, de la vida activa!

«Cuando digo de ella no es más que una palabre ría insulsa,

una helada abstracción, que no puede darte ni remota idea

de lo que es. Otra vez..., no quiero contártelo en seguida.

Si lo dejo, no lo haré nunca, porque (dicho sea para

nosotros), desde que he comenzado esta carta, tres veces

he tenido ya intención de soltar la pluma, hacer ensillar mi

caballo y marcharme. Y, sin embargo, esta mañana me

había jurado a mí mismo no ir; así y todo, a cada momento

me asomo a la ventana para ver la altura a que se encuentra

el sol.

.......................................

«No he podido vencerme: he ido a hacerle una visita. Heme

ya de vuelta, Guillermo, estoy cenando y escribiéndote.

«Si continúo de este modo, no sabrás al fin más que al

principio. Escucha, pues: procuraré sosegarme para

poderte hacer una detallada relación de todo.

«Te dije últimamente que había hecho conocimiento con

el juez S. y que me había invitado a visitarle en su retiro, o

por mejor decir, en su reinezuelo. No me acordaba de

esta visita, y acaso no la hubiera hecho nunca si la

casualidad no me hubiese descubierto el tesoro escondido

en este paraje solitario.

«La gente joven había dispuesto un baile en el campo, al

que debía yo asistir. Tomé por pareja a una señorita bella

y de buen genio, pero de trato indiferente, y convinimos

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

en que yo iría con un coche a buscar a esta señorita y a su

tía, que la acompañaba, para conducirlas al sitio de la

fiesta y convinimos, además, en que al paso recogeríamos

a Carlota S. «Vais a conocer a una joven muy guapa», me

dijo mi pareja, mientras atravesábamos la gran selva y nos

acercábamos a la casa. «¡Cuidado con enamorarse!»,

añadió la tía. «¿Y por qué?» pregunté yo. «Porque ya

está prometida a un joven que vale mucho y que, por

haber perdido a su padre, ha tenido necesidad de hacer

un viaje para arreglar sus asuntos y solicitar un buen

empleo.» Escuché estos detalles con bastante indiferencia.

«Descendía el sol rápidamente hacia las montañas que

limitaban el horizonte, cuando el coche se detuvo en la

puerta del patio de la casa. Hacía un calor sofocante, y

las señoras tenían miedo de que descargase una tempestad,

que parecía formarse entre pardas y oscuras nubecillas

que cercaban el horizonte. Disipé los temores de mis

compañeras, fingiendo tener profundos conocimientos del

tiempo, a pesar de que también yo presentía que se nos

iba a aguar la fiesta.

«Ya había yo bajado del coche, cuando llegó una criada a

la puerta del patio y nos dijo que hiciésemos el favor de

aguardar un momento, que la señorita Carlota no tardaría

en salir. Atravesé el patio y avancé con desenfado hacia la

casa; cuando hube subido la escalera y franqueé la puerta,

contemplaron mis ojos el espectáculo más encantador que

he visto en mi vida. En la primera habitación, seis niños,

desde dos hasta once años de edad saltaban alrededor de

una hermosa joven, de mediana estatura, vestida con una

sencilla túnica blanca, adornada con lazos de color de

rosa en las mangas y en el pecho. Tenía en la mano un

pan moreno, del que a cada uno de los niños cortaba un

pedazo proporcionado a su edad y a su apetito. Les repartía

las rebanadas con la mayor gracia, y ellos, gritando, se lo

agradecían, después de haber tenido un buen rato las

manecitas levantadas, aun antes que el pan estuviese

cortado. Por fin, provistos de su merienda, unos se

alejaron saltando de contento; otro, de carácter menos

-21-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

juguetón, se fueron sosegadamente a la puerta del patio

para ver a los forasteros y el coche que debía llevarse a

Carlota. Esta me dijo: «¿Me perdonaréis que haya causado

la molestia de entrar y haber hecho esperar a esas señoras?

Distraída en vestirme y en tomar las disposiciones que en

la casa exige mi ausencia, me había olvidado de dar su

merienda a los niños, que no quieren recibirla sino de mi

mano.» Contesté con un cumplido insignificante: mi alma

estaba absorta en contemplar su talle, su rostro, su voz,

sus menores movimientos. Apenas pude volver de mi

sorpresa al verla entrar presurosa en otra habitación para

tomar los guantes y el abanico. Los niños, permaneciendo

a cierta distancia, me miraban de reojo; yo me acerqué al

más pequeño, cuya fisonomía era sumamente interesante.

Se retiraba huyendo de mí, cuando Carlota, que salía ya

por la puerta, le dijo: «Luis, da la mano a ese caballero,

que es tu primo.»

«Obedeció el niño sonriendo, y, aunque tenía las narices

llenas de mocos, no pude resistir la tentación de darle

algunos besos.

«¿ Primo?—dije a Carlota, ofreciéndole la mano—. ¿Creéis

que yo merezca la dicha de ser pariente vuestro?» «¡Oh!—

exclamó ella jovialmente—; nuestro parentesco es muy

antiguo, y yo sentiría infinito que fueseis el peor de la

familia.»

«Al salir, encargó a Sofía, niña de once a doce años y la

mayor de las hermanas que quedaban en la casa, que

cuidase bien de los niños y saludase a su padre cuando

volviese de paseo. Recomendó a los pequeños que

obedeciesen a Sofía como si fuese ella misma, lo que

muchos prometieron terminantemente; pero una traviesa

rubilla, que podría tener unos seis años, se apresuró a

decir: «Pero ella no eres tú, Lota, y nosotros queremos

mejor que seas tú.» Los dos hermanos mayores se habían

encaramado en el coche, y, por mi intercesión, Carlota les

permitió acompañarnos hasta la selva, aunque haciéndoles

prometer que se mantendrían firmes y que no se pelearían

-22-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

el uno con el otro.

«Apenas nos habíamos colocado nuestros asientos;

apenas las damas habían cambiado el saludo y las lisonjas

de costumbre sobre los trajes, especialmente sobre los

sombrerillos, y pasado revista a las personas que debían

asistir al baile, cuando Carlota hizo para el coche y mandó

a sus hermanos apearse. Estos quisieron besarle de nuevo

la mano: el mayor lo hizo con toda la ternura de un adolescente;

el más pequeño, con tanta viveza como atolondramiento.

Les encargó una vez más que saludasen a

sus otros hermanos, y continuamos nuestra marcha.

«La tía de mi pareja preguntó a Carlota si había concluido

el libro que últimamente le había prestado. «No—dijo

ella—, no me gusta, y os lo devolveré pronto; tampoco el

anterior me hizo mucha gracia.» Manifesté curiosidad por

saber de qué libros se trataba, y quedé sorprendido al

contestar Carlota que (2). Encontraba en cuanto decía un

talento nada común; cada palabra añadía nuevos encantos,

nuevos fulgores de inteligencia a su rostro, y observé que

se explicaba con tanto más gusto cuanto que veía en mí

una persona que la comprendía.

«Cuando yo era más niña—me dijo—mi lectura favorita

eran las novelas. Dios sabe cuánto placer experimentaba

yo cuando podía sentarme el domingo en algún rinconcillo

para participar con todo mi corazón de la dicha o de la

desgracia de alguna miss Jenni. No quiere esto decir que

este género de literatura haya perdido a mis ojos todos

sus encantos; pero, como ahora son contadas las veces

que puedo leer, cuando lo hago deseo que la obra esté

perfectamente dentro de mi gusto. El autor que prefiero

es aquel en quien hallo el mundo que me rodea, el que

cuenta las cosas como las veo en torno mío, el que con

sus descripciones, me atrae y me interesa tanto como mi

propia vida doméstica, que indudablemente no es un

paraíso, pero sí una fuente de dicha inefable para mí.» (2) Me veo obligado a descartar aquí un pasaje para no herir la

susceptibilidad de algunos autores, a pesar de que realmente éstos deben

hacer poco caso de los juicios de una señorita y de un joven tan

impresionable como Werther. (Nota del autor.)

-23-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

«Procuré ocultar la emoción que me causaban estas

palabras, pero no lo conseguí por mucho tiempo, pues

cuando la oí hablar, incidentalmente, del vicario de

Wakefield, de... (3), no pudiendo contenerme, le dije

cuanto se me ocurrió en aquel instante, y sólo después de

un rato, al dirigir Calota la palabra a nuestras compañeras,

caí en la cuenta de que éstas habían permanecido como

dos marmolillos, sin tomar parte en la conversación. La

tía me miró más de una vez con un aire de burla, del que

no hice el menor caso.

«Hablamos entonces del baile. «Si bailar es un defecto—

dijo Carlota—, confieso ingenuamente que no concibo

otro de más atractivos. Cuando alguna cosa me desvela

con exceso y me acerco a mi clavicémbalo, aunque esté

desafinado, me basta con mal tocar una contradanza para

darlo todo al olvido.» «¡Con cuánto embeleso mientras

ella hablaba, fijaba yo mi vista en los ojos negros! ¡Cómo

enardecían mi alma la animación de sus labios y la frescura

risueña de sus mejillas! ¡Cuántas veces, absorto en

los magníficos pensamientos que exponía dejé de prestar

atención a las palabras con que se explicaba! Tú, que me

conoces a fondo puedes formar una idea exacta de todo

esto. En fin, cuando el coche paró delante de la casa del

baile yo eché pie a tierra completamente abstraído. La

hora del crepúsculo, el laberinto de sueños en que vagaba

mi imaginación, todo contribuyó a que apenas hiciese alto

en los torrentes de armonía que llegaban hasta nosotros

desde la sala iluminada.

«El señor Audran y un tal... (¿quién puede retener en la

memoria todos los nombres?), que eran las parejas de la

tía y de Carlota, nos recibieron en la puerta y se

(3) También suprimo aquí los nombres de algunos escritores

contemporáneos alemanes, aunque, si llegan a ver estas cartas, lo sentirán

aquellos a quienes alcanza parte de las alabanzas de Carlota: es

indudable que nadie necesita conocer las preferencias de nuestra joven.

(Nota del autor.)

-24-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

apoderaron de sus damas, yo los seguí con la mía.

«Comenzamos por bailar varias veces el minué. Saqué

una por una todas las señoras y pude observar que las

que valían menos eran las que hacían más dengues antes

de decidirse a ponerse a bailar Carlota y su caballero

comenzaron una contradanza inglesa: puedes figurarte el

placer que experimenté cuando le tocó hacer la figura

conmigo. ¡Es preciso verla bailar! Lo hace con todo su

corazón, con toda su alma; todo su cuerpo está en una

perfecta armonía, y se abandona de tal modo con tanta

naturalidad, que parece que para ella el baile lo resume

todo, que no tiene otra idea ni otro sentimiento y que,

mientras baila, lo demás se desvanece ante sus ojos.

«Le pedí la segunda contradanza y me ofreció la tercera,

asegurándome que tendría mucho gusto en bailar la

alemanda. «Aquí es costumbre—añadió— cada cual baile

la alemanda con su pareja, pero mi caballero valsa mal y

me agradecerá que le releve de esta obligación. Vuestra

compañera tampoco la sabe ni se cuida de ello, y he

observado, durante la danza inglesa, que bailáis a maravilla.

Por lo tanto, si queréis bailar conmigo la alemanda, id a

pedirme a mi caballero mientras yo hablo a vuestra dama.»

Después le di la mano, y se convino en que, mientras

nosotros bailábamos juntos, su caballero acompañaría a

mi pareja.

«Se comenzó, nos entretuvimos un rato en hacer diferentes

pasos y figuras. ¡Qué gracia, qué agilidad en sus

movimientos! Cuando llegamos al vals y las parejas, como

las esferas celestes, empezaron a girar unas alrededor de

otras, hubo un momento de confusión, porque son

contados los que valsan bien. Tuvimos la prudencia de

-25-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

dejar pasar el primer ímpetu de los demás; pero cuando

los menos hábiles se retiraron, nos lanzamos de nuevo y

dejamos bien puesto nuestro pabellón, y seguidos de otra

pareja, que eran Audran y su compañera. Jamás he sido

más ligero; yo era ya un hombre. Tener en mis brazos a la

criatura más amable, volar con ella como una exhalación,

desapareciendo de mi vista todo lo que rodeaba, y...,

Guillermo, te lo diré ingenuamente: me hice el juramento

de que mujer que yo amase, y sobre la cual tuviera algún

derecho, no valsaría jamás con otro que conmigo; Jamás,

aunque me costase la vida. ¿Me comprendes?

«Dimos algunas vueltas por la sala para tomar aliento;

después ella se sentó y le presenté, para que refrescase,

unos limones que yo había separado cuando se hacía el

ponche, los únicos que quedaban. Observé que agradecía

mi atención; pero se hallaba al lado una dama indiscreta, a

quien ella ofrecía pedacitos por pura cortesía, y cada uno

que tomaba era un puñal que me atravesaba el corazón.

En la tercera contradanza inglesa nos tocó ser la segunda

pareja. Cuando concluíamos de hacer la cadena y yo (¡Dios

sabe con cuánta voluptuosidad!) me adhería al brazo de

Carlota, fijo en sus ojos, que brillaban con la cándida

expresión del placer más puro y espontáneo, nos hallamos

delante de una señora que, aunque ya se iba alejando de

lo mas florido de su juventud, me había llamado la atención

por cierto aire de amabilidad que hermoseaba su semblante.

Miró a Carlota sonriendo, hizo como que la amenazaba, y

pronunció al paso dos veces el nombre de Alberto, con

un tonillo misterioso.

«»¿Puedo dije a Carlota—sin cometer una imprudencia

preguntaros quién es Alberto?» Iba a responderme; pero

tuvimos que separarnos para ha cer la gran cadena, y

cuando llegamos a cruzar uno al lado del otro, me pareció

que estaba pensativa.

«»¿Por qué os lo he de ocultar?—me dijo al darme la

mano para hacer una figura—. Alberto es un joven muy

apreciable al cual estoy prometida.»

-26-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

«Aunque esto no era nuevo para mí, porque lo había

sabido en el coche, me causó tanta sorpresa como si lo

ignorase, y es que no me había ocupado de tal noticia

con relación a Carlota, que en tan breves instantes llegó a

serme tan querida. En una palabra, me turbé, me

desconcerté y embrollé de tal modo la figura, que, sin la

presencia de ánimo de Carlota y la oportunidad con que

enmendaba mis torpezas, no se hubiera podido continuar

la contradanza. Aún duraba el baile cuando los relámpagos

que desde mucho antes esclarecían el horizonte, y

que yo achacaba sin cesar a ráfagas de calor se hicieron

más intensos, y el ruido del trueno apagaba el de la música.

Tres señoras, seguidas de sus caballeros, abandonaron la

contradanza, se generalizó el desorden y enmudecieron

los instrumentos. Cuando repentino pavor o accidente

imprevisto nos sorprende en medio de los placeres,

producen en nosotros, y es natural, una impresión más

honda que de ordinario ya sea por el contraste que se

destaca vigorosamente, ya porque, una vez abiertos

nuestros sentidos a las emociones, adquieren una

sensibilidad exquisita. A esta causa debo atribuir los gestos

extraños que vi hacer entonces a muchas señoras. La más

prudente corrió a sentarse en un rincón, tapándose los

oídos y volviendo la espalda hacia la ventana; otra se

arrodilló delante de ella y escondió la cabeza en su regazo;

una tercera se metió entre las dos ventanas y abrazaba a

sus hermanitas, vertiendo torrentes de lágrimas. Algunas

querían volverse a sus casas; otras, que estaban más

amilanadas, ni siquiera tenían ánimo para reprimir la audacia

de los astutos jóvenes, que se ocupaban afanosos en robar

de los labios de las bellas afligidas las temidas plegarias

que dirigían al cielo. Algunos hombres habían salido a

fumarse tranquilamente una pipa, y los demás de la reunión

acogieron con júbilo la feliz idea que tuvo la dueña de la

casa de trasladarnos a otra pieza donde las ventanas tenían

postigos y colgaduras. Carlota, apenas entramos en la

nueva habitación, hizo poner las sillas en corro y propuso

un juego. Vi que varios caballeros, enderezándose como

para indicar que estaban prontos, se relamían de gusto,

-27-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

soñando ya en las sentencias de las prendas. «Jugamos a

contar —dijo ella—. Pestadme atención. Yo iré pasando

por toda la rueda, siempre de derecha a izquierda y

vosotros al mismo tiempo contaréis desde uno hasta mil,

diciendo a mi paso cada cual el número que le toque.

Debe contarse muy de prisa, y el que titubee o se

equivoque recibirá un bofetón.» Nada más divertido.

Carlota, con el brazo extendido, echó a andar dentro del

corro. «¡Uno!», dijo el primero. «¡Dos!», el segundo.

«¡Tres!», el que estaba al lado, y así sucesivamente. Ella

fue poco a poco acelerando sus pasos, aquello ya no era

andar: volaba. Uno se equivocaba. ¡Plaf!, bofetón; el que

le sigue lanza una carcajada. ¡Plaf!, nuevo bofetón y Carlota

corriendo cada vez más. A mí me alcanzaron dos sopapos,

y con inefable placer creí haber notado que me los aplicaba

más fuerte que a los otros. El juego concluyó en medio

de una risa y una algazara general antes que la cuenta

hubiese llegado al número mil. Las personas que tenían

más intimidad formaron conversación aparte; la tempestad

había cesado, y yo seguí a Carlota, que se volvió a la

sala. En el camino me dijo: «Los bofetones han hecho

que se olviden de la tempestad y de todo.» Nada pude

contestarle. «Yo era—prosiguió—una de las más

miedosas; pero aparentando valor para animar a los demás,

llegué a tenerlo de veras.» Nos acercamos a la ventana; se

oían truenos lejanos y el ruido apacible de una abundante

lluvia que caía sobre los campos. Una atmósfera tibia nos

acaricia con oleadas de los más suaves perfumes.

«¡Carlota había apoyado los codos en el marco de la

ventana y miraba hacia la campiña, luego levantó los ojos

al cielo; después los fijó en mí y vi que los tenía cuajados

de lágrimas; por fin, puso su mano sobre la mía y exclamó:

«¡Oh Klopstock!» (4).

«Abismado en un torrente de emociones que esta sola

palabra despertó en mi espíritu, recordé al instante la oda

sublime que ocupaba a la sazón el pensamiento de Carlota.

No pude resistir: me incliné sobre su mano, se la llené de

besos y de lágrimas de placer, y volvieron mis ojos a (4) Federico Gottlieb Klopstok poeta sajón que nació en 1724 y

murió en 1803. (Nota del traductor.)

-28-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

encontrarse con los suyos. ¡Oh insigne poeta! Esta sola

mirada, que debías haber visto, basta para tu apoteosis.

¡Ojalá no vuelva yo a oír pronunciar tu nombre tan frecuentemente

pronunciado!»

19 DE JUNIO

«¿En qué punto de mi relato quedé el otro día? No lo

recuerdo. y sólo puedo decirte que eran las dos de la

madrugada cuando me acosté, y que, si en vez de

escribirte, hubiera podido hablarte, alcaso te hubiera hecho

pasar toda la noche en claro.

«Nada te he dicho aún de lo que sucedió a nuestro regreso

del baile, ni hoy tengo disponible el tiempo que necesitaría

para hacerlo.

«El día amaneció deslumbrador. Algunas gotas de agua

caían de las hojas de los árboles, y la campiña hacía gala

de vivificante humedad. Nuestras compañeras de viaje

comenzaron a dar cabezadas y Carlota me dijo que, si yo

quería hacer otro tanto, no lo dejase por ella.

«Mientras vea esos ojos abiertos—le contesté, fijando en

ella mi mirada—no hay peligro de que yo me duerma.»

«Uno y otro hemos llegado despiertos a su casa. La criada

le abrió la puerta sin hacer ruido, y habiéndole preguntado

Carlota por su madre y hermanitos, aseguró que todos

seguían bien y durmiendo a pierna suelta. Despedíme de

ella, pidiéndole permiso para volver a verla el mismo día.

Me lo concedió, fui, desde entonces bien pueden el sol,

la luna y las estrellas recorrer sosegadamente sus órbitas,

sin que yo sepa si es de día o de noche, porque todo el

universo ha desaparecido ante mis ojos.»

21 DE JUNIO

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

Paso unos días tan felices como los que Dios reserva a

sus elegidos, y sucédeme lo que me suceda, no podré

decir que no he saboreado los placeres más puros de la

vida. Me he establecido enteramente en mi retiro de

Wahlheim que ya conoces, allí no me separa más que

media legua de distancia de la casa de Carlota; allí estoy

siempre contento, y gozo cuanto el hombre puede gozar

en la tierra.

«Cuando elegí a Wahlheim por límite de mis excursiones,

¿cómo hubiera yo podido figurarme que estuviese tan

cerca del cielo? ¡Cuántas veces, prolongando mis largos

paseos, he visto más allá del río, ora desde la cima de la

montaña, ora desde lo hondo del valle, esa casa de campo

que hoy es el centro de todos mis deseos!

«He hecho, mi querido Guillermo, mil reflexiones sobre

el afán con que el hombre trata de extenderse fuera de sí

mismo, de hacer nuevos descubrimientos y de correr sin

objetivo fijo; después he meditado sobre la oculta

inclinación que le nace buscarse límites y seguir el camino

trillado, sin cuidarse de lo que hay a derecha o izquierda.

Cuando yo vine aquí y contemplé desde la colina este

hermoso valle, me atrajo hacia él un encanto inconcebible...

Allá abajo, el bosquecillo... ¡Ah, si tú pudieras descansar

a su sombra! Allá arriba, la cumbre de la montaña. ¡Ah, si

tú pudieras contemplar desde ella este soberbio paisaje!

Y estas cordilleras de colinas, y estos valles solitarios...

¡Oh, quién pudiera perderse en su seno!... Yo iba y venía

sin encontrar jamás lo que buscaba. Con lo que está

distante de nosotros sucede lo que con el porvenir. Un

horizonte inmenso y oscuro se extiende delante de nuestro

espíritu; en él, a la par que nuestras miradas, se sumergen

nuestros sentimientos, y, ¡ay!, ardemos en deseos de

entregarle por completo nuestro ser, soñando saborear en

toda su plenitud las delicias de una sensación grande,

sublime, sin igual. Pero cuando hemos corrido para llegar,

cuando el allí se ha convertido en aquí, vemos que todo

es como era antes; permanecemos en nuestra miseria,

-30-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

encerrados en el mismo círculo, y el alma suspira por la

ventura que acaba de escapársele una y otra vez.

«Por eso el hombre más inquieto y vagabundo vuelve al

fin los ojos hacia su patria, y halla en su lugar, en los

brazos de su esposa, en medio de sus hijos, entregado a

los cuidados que se impone para el bien de tan queridos

seres, la dicha que en vano ha buscado por toda la tierra.

«Cuando al despuntar el día me pongo en camino para ir

a mi nido de Wahlheim, y en el jardín de la casa donde me

hospedo cojo yo mismo los guisantes, y me siento para

quitarles las vainas al mismo tiempo que leo a Homero;

cuando tomo un puchero en la cocina, corto la manteca,

pongo mis legumbres al fuego y me coloco cerca para

menearlas de vez en cuando, entonces comprendo

perfectamente que los orgullosos amantes de Penélope

puedan matar, descuartizar y asar por sí mismos los bueyes

y los cerdos. No hay nada que me llene de ideas más

pacíficas y verdaderas que estos rasgos de costumbres

patriarcales, y, gracias al cielo, puedo emplearlos, sin que

sea afectación, en mi método de vida.

«¡Cuán feliz me considero con que mi corazón sea capaz

de sentir el inocente y sencillo regocijo del hombre que

sirve en su mesa la col que él mismo ha cultivado, y que,

además del placer de comerla, tiene otro mayor recordando

en aquel instante los hermosos días que ha pasado

cultivándola, la alegre mañana en que la plantó, las serenas

tardes en que la regó, y el gozo con que la veía medrar de

día en día.»

29 DE JUNIO

«El médico de la ciudad estuvo anteayer en casa del Juez

y me halló, entre los hermanos de Carlota, echado en el

suelo, donde unos gateaban sobre mí, otros me pellizcaban

y yo les hacía cosquillas, formando todos juntos un ruido

espantoso. El doctor, sabio maniquí que mientras se

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

arregla los puños y una chorrera que vale por dos, juzgó

mi faena indigna de un hombre de seso; lo conocí en su

semblante. Sin turbarme ni mucho menos, le dejé mascullar

estupendos discursos, ocupándome, entre tanto, en

levantar los castillejos de naipes de los niños que éstos

habían echado por tierra; él se apresuró a decir en la ciudad

que los hijos del juez estaban muy mal criados, y que

Werther acaba de echarlos a perder.

«Sí, querido Guillermo, no hay nada en el mundo que

interese a mi corazón tanto como los niños. Cuando los

observo y descubro en estos diablillos los gérmenes de

todas las virtudes, de todas las facultades que algún día

les serán necesarias; cuando veo en su terquedad la

constancia y la entereza futuras en su travieso desenfado

el buen humor y la indiferencia con que más adelante

sortearán los peligros de la vida..., todo esto tan puro tan

entero...., entonces repito siempre, las admirables palabras

del gran maestro de los hombres: «¡Si no os hacéis

semejantes a uno de ellos!» Y, sin embargo, amigo mío,

nosotros tratamos como a esclavos a estas criaturas, que

son nuestros iguales, y que debíamos tomar por modelos.

No les concedemos voluntad propia; pero ¿la tenemos

nosotros? ¿Cuál es, pues, nuestra prerrogativa? ¿Acaso

consiste en la mayor edad e inteligencia? ¡Oh Dios eterno!

Desde tu cielo ves niños viejos, niños jóvenes, y nada

más. Hace mucho tiempo que tu Hijo nos hizo saber cuáles

son los que Tú prefieres. Pero los hombres creen en Él y

no le escuchan—ésta es también una añeja costumbre—y

hacen a sus hijos como ellos son y...

«Adiós, Guillermo: no quiero desatinar más sobre esta

materia.»

1 DE JULIO

«Mi corazón, que sufre más que el que se consume en el

lecho del dolor, comprende lo útil que debe de ser Carlota

para un enfermo. Ésta va a pasar ahora algunos días en la

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

ciudad, cuidando a una excelente señora, que, al decir de

los médicos, está cerca de su fin, y desea llegar al amargo

trance en brazos de mi amiga. La semana pasada hicimos

una visita al cura de ***, aldehuela situada en la montaña,

a una legua de aquí, Carlota llevaba consigo a la mayor de

sus hermanas, cuando entramos en el patio de la casa, al

que daban sombra dos grandes nogales; el buen anciano

estaba sentado en un escaño, delante de la puerta. Pareció

reanimarse a la vista de Carlota; olvidó su nudoso bastón,

y se arriesgó a salir a recibirla. Carlota corrió hacia él le

obligó a sentarse, haciéndolo ella a su lado: le dio mil

recuerdos de parte de su padre y besó al hijo del cura,

que es un mequetrefe muy mimado y muy sucio. Si tú la

hubieses visto cómo entretenía al pobre viejo, cómo alzaba

la voz para hacerla penetrar en sus oídos casi embotados;

cómo le hablaba de jóvenes robustos que habían muerto

de repente, y de la excelencia de las aguas de Carlsbad,

aprobando la intención que tenía el cura de ir a tomarlas

el verano del año siguiente; cómo le manifestaba que tenía

mejor semblante y un aire más animado que la última vez

que se habían visto... Mientras tanto, yo ofrecí mis

respetos a la mujer del sacerdote. Este se había puesto

más contento que unas pascuas, y no pudiendo yo resistir

el deseo de alabar los hermosos nogales que nos daban

agradabilísima sombra, emprendió, no sin algún trabajo,

la tarea de contarnos su historia.

«»No sabemos—dijo—quién ha plantado el más viejo;

unos dicen que fue tal cura, otros, que tal otro. El más

joven tendrá cincuenta años cuando llegue octubre: es de

la edad de mi mujer. Su padre, que me precedió en este

curato, lo plantó una mañana, y ella vino al mundo la noche

del mismo día. No podré deciros cuánto quería él este

árbol; pero os diré que no lo quiero yo menos. Siendo un

pobre estudiante, vine aquí por primera vez hace veintisiete

años; la que hoy es mi mujer estaba haciendo media debajo

del nogal, sentada sobre una viga.»

«Habiéndole preguntado Carlota por su hija, dijo que había

ido con el señor Schmidt al llano a ver a los trabajadores;

-33-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

luego continuó su discurso, refiriéndonos cómo le habían

tomado cariño en aquella casa, cómo llegó a ser vicario

de su antecesor y cómo, por último, lo había reemplazado.

Apenas dio punto a su relato, cuando vimos llegar por el

jardín a su hija, acompañada del señor Schmidt. Saludó a

Carlota con la mayor cordialidad, y debo confesar que

me fue muy simpática. Es una morenita vivaracha y esbelta,

capaz de hacer pasar a cualquiera en el campo una

deliciosa temporada. Su novio (pues el señor Schmidt se

presentó desde luego como tal) es un joven de buen

aspecto, pero taciturno; en vano le incitó varias veces

Carlota a que tomase parte en nuestra conversación. Lo

que más me enfadó fue que creí notar en su tono que

aquella tenacidad con que se oponía a comunicarse, no

era hija de la falta de talento, sino del capricho y el mal

humor. Por desgracia, tuve bien pronto ocasión para

convencerme de ello; pues mientras Federica paseaba y

charlaba con mi amiga, e incidentalmente conmigo, la cara

del señor Schmidt, que era de suyo algo morena tomó un

tinte sombrío, tan pronunciado, que Carlota se vio en el

caso de llamarme la atención y hacerme comprender que

no debía mostrarme tan galante con aquella joven. No

hay nada que me disguste tanto como ver a los hombres

martirizarse unos a otros, sobre todo cuando en la flor de

la edad, pudiendo abrirse fácilmente los corazones a todos

los deleites del contento, pierden por tonterías aquellos

días hermosos, sin percatarse hasta muy tarde de que

semejante prodigalidad no tiene reparación posible. Esta

idea me atormentaba, y cuando al anochecer volvimos al

presbiterio y nos sentamos a una mesa, donde nos sirvieron

lacticinios, aprovechando la circunstancia de estar

hablando sobre los placeres y penas de la vida, troné con

todas mis fuerzas contra el mal humor.

«Los hombres—dije—nos quejamos con frecuencia de

que son muchos más los días malos que los buenos, y

me parece que casi nunca nos quejamos con razón. Si

nuestro corazón estuviera siempre dispuesto para gozar

de los bienes que Dios nos dispensa cada día, tendríamos

bastante fuerza para soportar los males cuando se

-34-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

presentan.»

«»El buen o mal humor no obedece a nuestra voluntad—

exclamó la mujer del cura—. ¡Cuántas cosas hay que

dependen del cuerpo! ... Todo nos fastidia cuando no

estamos bien.»

«Manifesté que pensaba lo mismo, y añadí:

«»Consideremos ese fastidio como una enfermedad, y

veamos si hay manera de curarla.»

«»Eso es hablar razonablemente—dijo Carlota—y por mi

parte, creo que podemos hacer mucho: hablo por

experiencia. Cuando alguna cosa me mortifica y comienzo

a ponerme triste, corro a mi jardín, me paseo tarareando

algunas contradanzas, y se acabó la pena.»

«»Eso quería yo decir—repuse al instante—. Sucede con

el mal humor lo que con la pereza. Hay una especie de

pereza a la cual propende nuestro cuerpo, lo que no impide

que trabajemos con ardor y encontremos un verdadero

placer en la actividad, si conseguimos una vez hacernos

superiores a esa propensión».

«Federica estaba muy contenta: su novio me replicó que

no siempre es el hombre dueño de sí mismo, y sobre

todo, que no hay remedio conocido para manejar los

sentimientos.

«»Aquí se trata—respondí—de una sensación desagradable,

que ninguno querría experimentar, y mal

podemos conocer la extensión de nuestras fuerzas si no

las ponemos a prueba. Todo el que está enfermo consulta

con los médicos, y nunca rechaza el tratamiento más

penoso ni las medicinas más amargas, si cree recobrar la

salud que desea.»

«Adivirtiendo que el buen anciano aplicaba el oído para

participar en la conversación, levanté la voz, y le dirigí

(5) Hoy tenemos sobre este tema un excelente sermón de Lavater,

que forma parte de los que ha basado en el libro de Jonás. (Nota del

autor.)

-35-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

estas palabras:

«»Se predica contra muchos vicios; pero no sé que nadie

haya predicado contra el mal humor.» (5).

«»Esto toca a los párrocos de las ciudades—dijo el padre

de Federica—; los aldeanos no tienen ni noticia de tal

achaque. Sin embargo, no vendría mal alguna que otra

vez un sermoncito: a lo mejor, seria una lección para el

juez y para nuestras mujeres.»

«Todos nos reímos de este final; él mismo hizo lo propio,

y tanto que rompió a toser, con lo cual quedó interrumpida

la conversación por algunos minutos. Después tomó la

palabra el señor Schmidt, y me dijo:

«»Habéis dado el nombre de vicio al mal humor, y me

parece que eso es exagerar.»

«»De ningún modo—repliqué—, ¿cómo he de calificar

una cosa que daña a nuestro prójimo y a nosotros mismos?

¿No basta con que no podamos hacernos felices los unos

a los otros? ¿Es también preciso que acabáremos al placer

que cada uno puede procurarse aún a sí propio? Citadme

un atrabiliario que sepa disimular su mal humor y

soportarlo sólo para no turbar la alegría de los que le

rodean. ¿no es más bien un despecho oculto, hijo de nuestra

pequeñez, un descontento de nosotros mismos loca

vanidad? Vemos gente feliz que no nos debe su felicidad,

y esto nos es insoportable.»

«Carlota me miró, riéndose de la vehemencia conque yo

hablaba y una lágrima que sorprendí en los ojos de

Federica me animó a continuar:

-36-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

«»¡Mal hayan—dije—aquellos que utilizan el imperio que

tienen sobre un corazón, para arrancarle las alegrías

inocentes que brotan en él! Todos los dones, todos los

agasajos posibles, no bastan para pagar un instante de

placer espontáneo que suele convertir en amargura la

envidiosa suspicacia de nuestro verdugo.»

«Mi corazón estaba lleno de pasión en este momento, mil

recuerdos acudieron a mi alma, y el llanto se agolpó en

mis ojos.

«Continué: «¿Por qué no hemos de decirnos cada día:

todo lo que puedes hacer por tus amigos es respetar sus

placeres y aumentarlos tomando parte en ellos? ¿Puedes

acaso ofrecerles una gota de bálsamo consolador, cuando

sus almas se hallan atormentadas por una pasión que aflige,

despedazadas por el dolor?... ¡Y cuando la última, la más

espantosa enfermedad sorprenda a quien hayas atormentado

en sus horas de dicha cuando en el lecho, en el

más triste abatimiento levante al cielo sus apagados ojos,

y el sudor de la muerte se apodere de su frente lívida, y

tú, de pie junto a la cama como un condenado, veas que

nada puedes con todo tu poder y sientas filtrarse la

angustia hasta el fondo de tu alma, pensando que lo darías

todo por depositar en el seno del moribundo un átomo de

alivio, una chispa de valor!...»

«Estas palabras me hicieron recordar de una ma nera

vigorosa un suceso parecido que yo había presenciado.

Me alejé del grupo, llevándome el pañuelo a los ojos, y

sólo volví en mí cuando la voz de Carlota me gritó:

«¡Vámonos!»

«¡Cómo me ha regañado durante el camino, por dedicar a

todo un entusiasmo vehemente! ... Dice que esto me matará

si no consigo dominarme. ¡Oh, no, ángel mío! Yo quiero

vivir para ti.»

-37-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

6 DE JULIO

«Carlota está siempre al lado de su moribunda amiga, y

siempre es la misma; siempre esta criatura afable y

benéfica, cuya mirada, dondequiera que se fija, dulcifica

el dolor y hace felices a las personas. Ayer tarde fue a

pasearse con Mariana y la pequeña Amelia. Yo lo sabía,

me reuní con ellas y caminamos juntos. Después de haber

andado como una legua y media, volvimos hacia la ciudad,

y llegamos a la fuente, que ya me gustaba mucho y que

ahora me gusta mil veces más.

«Sentóse Carlota sobre el pequeño muro, los demás

estábamos de pie delante de ella. Miré alrededor, y me

acordé del tiempo en que mi corazón estaba solitario.

«¡Fuente querida!—me dije a mí mismo—; ¡cuánto tiempo

hace que no he gozado de tu frescura, y cuántas veces,

pasando de prisa junto a ti ni siquiera te he mirado!» Bajé

los ojos y vi que subía la pequeña Amelia con un vaso de

agua, cuidando de no verterlo.

«Miré a Carlota y comprendí todo lo que ella es para mí.

En esto, llegó Amelia con su vaso; Mariana quiso

quitárselo.

«¡No!—exclamó la niña con la más dulce expresión—,

¡No! Lota, tú has de beber antes que nadie.»

«La verdad, la bondad con que aquella muñeca pronunció

estas palabras, me arrebataron hasta el punto de que, para

expresar mis sentimientos, no supe hacer otra cosa que

tomarla en mis brazos y besarla con tanta efusión, que

empezó a gritar y a llorar.

«»Eso no está bien hecho,» me dijo Carlota.

«Quedéme confuso.

«»Ven, Amelia—prosiguió, cogiéndola de la mano y

haciéndole bajar los escalones—. Lávate en seguida en

-38-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

esa agua fresca, y no te sucederá nada.» Fijé mi atención

en la niña, que afanosa se frotaba las mejillas con sus

manos mojadas, convencida de que la fuente milagrosa la

limpiaría de toda mancha, quitándole la afrenta de haber

sido tocada por una barba impura. Carlota le decía:

«¡Basta ya!» Y ella continuaba frotándose con nuevo brío,

como si mientras más lo hiciese, fuera mejor. Guillermo,

te aseguro que no he asistido a ninguna ceremonia con

más respeto... Y cuando Carlota subió, de buena gana

me hubiera prosternado a sus pies, como ante los de un

profeta redentor de los pecados de un pueblo. No pude

resistirme al deseo de contar por la noche lo sucedido,

con toda la alegría de mi corazón, a uno que yo creía

sensible, porque tiene agudeza. ¡Cómo me equivocaba!

Censuró la conducta de Carlota, dijo que no se debía

hacer creer nada a los niños; que estos abusos eran origen

de errores y supersticiones sin número, que hay necesidad

de evitar desde muy temprano... Entonces recordé que

ocho días antes había hecho este charlatán bautizar a un

niño, por lo cual, oyéndole como el que oye llover, seguí

siendo fiel con todo mi corazón a esta verdad: preciso

obrar con los niños como obra con nosotros el Señor,

que nunca nos hace más felices que cuando nos deja

embriagarnos con una ilusión agradable.»

8 DE JULIO

«¡Qué niños somos! ¡Con qué vehemencia suspiramos

por una mirada! Habíamos ido a pie a Wahlheim, las

señoras salieron en coche, y durante nuestro paseo creí

ver en los ojos negros de Carlota... Soy un loco:

perdóname. Sería preciso que vieras estos ojos. Abreviaré,

porque el sueño cierra los míos.

«Las señoras subieron en el coche, y al lado es tábamos

el joven W., Selstadt, Audran y yo. Charlaban por la

portezuela con estos jóvenes aturdidos que son, por cierto,

locos y superficiales. Yo buscaba los ojos de Carlota.

¡Ay!, sus miradas vagaban ya a un lado, ya a otro, sin

-39-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

dirigirse a mí, que sólo de ella me ocupaba. Mi corazón le

dijo adiós mil veces; pero ella no me veía. Pasó el coche,

y una lágrima humedeció mis párpados. Lo seguí con la

vista. Carlota sacó la cabeza por la portezuela y se volvió

a mirar.... ¡Ah!..., ¿era a mí? Amigo mío, floto en esta

incertidumbre; esto me consuela. Acaso volvió para verme;

acaso... Buenas noches. ¡Oh, qué niño soy!»

10 DE JULIO

«Quisiera que vieses la cara estúpida que pongo cuando

la gente habla de Carlota, y, sobre todo cuando me

preguntan si me gusta. ¡Gustarme! Odio de muerte esta

palabra. ¿Qué hombre habrá a quien no le guste, a quien

no le robe el pensamiento, todo el corazón?... ¡Gustar! El

otro día me preguntaron si Ossian me gustaba.»

11 DE JULIO

«La señora M.... está muy mala. Ruego a Dios por su

vida, porque sufro viendo que Carlota sufre. No la veo

sino alguna vez en casa de una de sus amigas donde hoy

me ha contado una historia singular. El señor M... es un

viejo avaro, perverso y repugnante, que ha tenido

atormentada y muy sujeta a su mujer toda la vida; ella, sin

embargo, ha sabido sacar fruto de su situación. Habiéndola

desahuciado el médico hace algunos días, mandó a llamar

a su marido, y, en presencia de Carlota, le habló en estos

términos: «Debo confesarte una cosa que, después de mi

muerte, podría ser motivo de inquietud y pesares. Hasta

hoy he gobernado la casa con todo el orden y economía

posible; pero debo pedirte perdón porque te he engañado

durante treinta años. Desde nuestro casamiento fijaste una

cantidad muy pequeña para los gastos de comida y demás

de la casa. Cuando ésta ha prosperado, y nuestros

negocios han levantado el vuelo, no he podido lograr que

aumentes la suma destinada para cada semana; tú sabes

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

que en el tiempo de nuestros mayores gastos me obligabas

a atender a todo con un florín diario. He obedecido sin

replicar, y cada semana he tomado del cofre del dinero lo

indispensable para cubrir mis atenciones, segura de que

jamás se sospecharía que una mujer robase a su marido.

Nada he malgastado, y sin hacer esta confesión hubiera

entrado tranquila en la eternidad; pero sé que la que me

suceda en el gobierno de la casa no podrá manejarse con

lo poco que tú das, y no quiero que llegues a echarle en

cara que tu mujer se contentaba con ello.

«He hablado con Carlota sobre la increíble ceguera que

hace que un hombre no sospeche manejo alguno en una

mujer que con siete florines cubre de domingo a domingo

todos los gastos cuando se ve que éstos pasan del doble.

Sin embargo, conozco gente que hubiera recibido en su

casa, sin asombrarse, la inagotable cántara de aceite del

profeta.»

13 DE JULIO

«No, no me engaño: leo en sus ojos negros el verdadero

interés que le inspiran mi persona y mi suerte. Conozco, y

en esto debo creer en mi corazón, que ella... ¡Oh! ¿Podré

y me atreveré a expresar en estas palabras la dicha que

siento? Conozco que me ama.

«¡Soy amado!... ¡Si vieras cómo me ofreció ahora; si

vieras..., te lo diré, porque tú sabrás comprenderme: si

vieras lo mucho más que valgo a mis propios ojos desde

que soy dueño de su amor! Somos realmente el uno del

otro por sentimiento o sólo por vanidad? No conozco

hombre alguno capaz de robarme el corazón de Carlota,

y, a pesar de ello cuando ésta habla de su futuro esposo,

con todo el calor, con todo el amor posible, me hallo

como el desgraciado a quien despojan de todos sus títulos

y honores, y le obligan a entregar su espada.»

-41-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

16 DE JULIO

«¡Ah qué sensación tan grata inunda todas mis venas

cuando por casualidad mis dedos tocan los suyos, o

nuestros pies se tropiezan debajo de la mesa! Los aparto

como de un fuego, y una fuerza secreta me acerca de

nuevo a pesar mío. El vértigo se apodera de todos mis

sentidos, y su inocencia su alma cándida, no le permiten

siquiera imaginar cuánto me hacen sufrir esta

insignificantes familiaridades. Si pone su mano sobre la

mía cuando hablamos, y si en el calor de la conversación

se aproxima tanto a mí que su divino aliento se confunde

con el mío, creo morir herido por el rayo, Guillermo y

este cielo, esta confianza, si llego a atreverme... Tú me

entiendes. No, mi corazón no está tan corrompido. Es

débil, demasiado débil... Pero, en esto, ¿no hay

corrupción?

«Carlota es sagrada para mí. Todos los deseos se

desvanecen en su presencia. Nunca sé lo que experimento

cuando estoy a su lado: creo que mi alma se dilata por

todos mis nervios.

«Hay una sonata que ella ejecuta en el clavicémbalo con

la expresión de un ángel: ¡tiene tal sencillez y tal encanto!

Es su música favorita y le basta tocar su primera nota

para alejar mi zozobra cuidados y aflicciones.

«No me parece inverosímil nada de lo que se cuenta sobre

la antigua magia de la música ¡Cómo me esclaviza este

canto sencillo! ¡Y cómo sabe ella ejecutarlo en aquellos

instantes en que yo sepultaría contento una bala en mi

cabeza! Entonces, disipándose la turbación y las tinieblas

de mi alma, respiro con más libertad.»

18 DE JULIO

«Guillermo, sin el amor, ¿qué sería el mundo para nuestro

corazón? Lo que una linterna mágica sin luz. Apenas se

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

introduce la lamparilla, cuando las imágenes más variadas

aparecen en el lienzo diáfano. Y aunque el amor no sea

otra cosa que fantasmas pasajeros, esto basta para labrar

nuestra dicha cuando, deteniéndonos a contemplarlos

como niños alegres, nos extasiamos con tan maravillosas

ilusiones. Hoy no he podido ir a casa de Carlota; una

visita inevitable lo ha impedido.

«¿Qué hacer? He enviado a mi criado, sin más objeto que

el de tener cerca de mi a alguno que la haya visto hoy.

¡Con cuánta impaciencia le he esperado! ¡Con qué alegría

he vuelto a verle! Le hubiera besado, a no ser el colmo de

la locura.

«Cuentan que la piedra de Bolonia, cuando se pone al sol

absorbe los rayos y puede luego alumbrar parte de la

noche: en este caso se hallaba mi criado para mí. La idea

de que los ojos de Carlota se habían fijado en su cara, en

sus mejillas, en los botones de su casaca y en el cuello de

su abrigo, hacía todo esto tan sagrado y tan precioso

para mí, que en aquel momento no hubiera yo dado a mi

sirviente por mil escudos. Su presencia me llenaba de

gozo. ¡Dios te libre de reírte! Guillermo, ¿se puede llamar

ilusiones a lo que nos hace felices?»

19 DE JULIO

«¡La veré!, exclamo con júbilo por la mañana cuando, al

despertarme lleno de alegría, dirijo mis miradas hacia el

naciente sol; ¡la veré!, y no tengo otro deseo en todo el

día. Lo demás desaparece ante esta esperanza.»

20 DE JULIO

«Vuestra idea de que me vaya con el embajador de... no

es aún la mía. No me gusta depender de nadie, y, además,

sabemos que ese hombre es áspero en su trato. Dices

que mi madre se alegrará de verme ocupado. Deja que me

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

ría. ¿No tengo ya bastante que hacer? Y, en el fondo, ¿no

es lo mismo que yo cuente guisantes que lentejas? Todas

las cosas de este mundo vienen a parar en bagatelas, y el

que por complacer a los demás, contra su gusto y sin

necesidad, se fatiga corriendo tras la fortuna, los honores

u otra cosa cualquiera, es siempre un loco.»

24 DE JULIO

«Dado el interés que manifiestas en que no descuide el

dibujo, casi preferiría callarme a decirte que desde hace

mucho tiempo apenas me he ocupado de tal cosa.

«Jamás he sido tan feliz; jamás me ha impresionado la

naturaleza tan profundamente: hasta una piedrecilla, un tallo

de hierba..., y, sin embargo, no sé cómo expresarme. ¡Mi

imaginación está tan débil! Todo vaga y oscila ante mí de

tal modo, que ni siquiera puedo captar un contorno. A

pesar de ello, me figuro que, si tuviese barro o cera,

modelaría perfectamente cuanto concibo. Si esto dura,

me entretendré con barro común, aunque no haga más

que bolitas.

«Tres veces he comenzado el retrato de Carlota, y las tres

me ha salido mal. Esto me es tanto más sensible cuanto

que hace poco tiempo tenía yo gran facilidad para sacar

el parecido. Últimamente he hecho su retrato de perfil;

preciso será que me contente con él.»

25 DE JULIO

«Si, Carlota, yo cuidaré de todo y lo arreglaré todo; sólo

os pido que me deis más encargos y con más frecuencia.

También tengo que haceros una súplica: no uséis la

salvadera cuando me escribáis. He besado con efusión la

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

carta de hoy, y todavía rechina la arenilla entre mis

dientes.»

26 DE JULIO

«Más de una vez me he propuesto no verla tan a menudo,

pero ¿quién podría cumplirlo? Todos los días me vence

la tentación, y todos también me digo a mí mismo

solemnemente: «Mañana no iré»; pero, cuando mañana

se vuelve hoy, hallo un nuevo y poderoso motivo que me

conduce a su casa antes de haberme dado cuenta de ello.

Ya porque me ha preguntado por la noche si nos veremos

al día siguiente, y sería una grosería no ir; ya porque me

ha hecho algún encargo y quiero yo mismo decirle el

resultado; ya porque, estando la mañana deliciosa, me

voy a Wahlheim, desde donde sólo falta media legua para

llegar a su casa, y su atmósfera me atrae..., ¡zas!, me planto

allí de un brinco. Sabía mi abuela un cuento de una montaña

de imán: los bajeles que se acercaban demasiado perdían

de pronto todo el herraje; los clavos volaban hacia la

montaña, y los pobres marineros perecían entre las tablas,

que se iban sumergiendo unas tras otras.»

30 DE JULIO

«Alberto ha llegado y yo me marcharé. Aunque él fuese el

mejor y más noble de los hombres, y yo me reconociera

inferior bajo todos conceptos, me sería insoportable que

a mi vista poseyese tantas perfecciones. ¡Poseer! ... Basta,

Guillermo; el novio está aquí. Es joven bueno y honrado

a quien nadie puede dejar de querer. Felizmente, yo no he

presenciado la llegada: me hubiera desgarrado el corazón.

Es tan generoso, que ni una sola vez se ha atrevido aún a

abrazar a Carlota en mi presencia. ¡Dios se lo pague! La

respeta tanto, que debo quererle. Se muestra muy

afectuoso conmigo, y supongo que esto es más obra de

Carlota que efecto de su propia inclinación; las mujeres

son muy mañosas en este punto y están en lo firme; cuando

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

pueden hacer que dos adoradores vivan en buena in

teligencia, lo que sucede pocas veces lo hacen, y el

provecho, indudablemente, es para ellas.

«Sin embargo, no puedo rehusar mi estimación a Alberto.

Su exterior tranquilo forma marcadísimo contraste con

mi carácter turbulento, que en vano desearía ocultar. Tiene

una sensibilidad exquisita y no desconoce el tesoro que

posee con Carlota. Parece poco dado al mal humor, que,

como sabes es el vicio que más detesto.

«Me juzga hombre de talento, y mi amistad con Carlota,

unida al vivo interés que pone en todas sus cosas, da más

valor a su triunfo y la quiere cada vez más. No me meteré

en averiguar si suele atormentarla a solas con tal o cual

chispazo de celos; pero confieso que si yo estuviese en

su lugar, no dejaría de sentirlos

«Sea lo que quiera, la alegría que yo experimentaba al

lado de Carlota se ha desvanecido. ¿Diré que esto es locura

o ceguera? Pero ¿qué importa el nombre? La cosa no

puede ser más clara. No sé hoy nada que no supiera antes

de la llegada de Alberto; no ignoraba que no debía formar

ninguna pretensión respecto a Carlota y tampoco la había

formado..., quiero decir que únicamente sentía lo que es

inevitable sentir al contemplar tantos hechizos, y así y

todo, no sé qué me pasa al ver que el otro llega y se alza

con la dama.

«Estoy que bramo, y mandaré a paseo a todo el que diga

que debo resignarme, y que esto no podía suceder de

otro modo... ¡Vayan al diablo los razonadores! Vago por

los bosques, y cuando llego a casa de Carlota y veo a

Alberto sentado junto a ella entre el follaje del jardinillo, y

tengo precisión de detenerme, me vuelvo loco de atar y

hago mil necedades. «En nombre del cielo—me ha dicho

hoy Carlota—, os ruego que no repitáis la escena de

anoche: estáis espantoso cuando os ponéis tan contento.»

Te diré, para entre nosotros, que acecho todos los instantes

en que él interviene; de un salto me meto entonces en su

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

casa, y me vuelvo loco de alegría siempre que ella está

sola.»

8 DE AGOSTO

«Te ruego, querido Guillermo, que te persuadas de que

no pensaba en ti cuando calificaba de insoportables a los

que recomiendan resignación, siempre que sucede lo que

es lógico que suceda. Verdaderamente, no se me ocurría

entonces que tú fueses del mismo parecer. Tienes razón

en el fondo; pero escucha una palabra, amigo mío. En el

mundo se sale pocas veces de un apuro con un dilema.

Los sentimientos y las acciones tienen tantos matices como

gradaciones hay entre una nariz aguileña y otra chata.

«No creo que te enojes si, admitiendo tu argumento en

todas sus partes, procuro salvarme entre dos supuestos.

«O tienes alguna esperanza respecto a Carlota—me

dices— o no tienes ninguna. En el primer caso, trata de

realizarla, esfuérzate para ver cumplidos tus deseos; en el

segundo caso, ármate de valor y haz por librarte de una

pasión funesta que te aniquilará.» Amigo mío, esto está

muy bien.... y se dice pronto.

«¿Puedes exigir al desdichado cuya vida se extingue poco

a poco por irresistible influjo de una enfermedad lenta,

puedes exigir, digo, que en un instante ponga fin a sus

dolores con una puñalada? El mal que debilita sus fuerzas,

¿no le quita al mismo tiempo el valor necesario para librarse

de él? Es verdad que puedes contestarme con una comparación

análoga. ¿Habrá quien no prefiera cortarse un

brazo a arriesgarse a perder la vida por indecisión y

cobardía? No lo sé; y como no hemos de entablar una

lucha de comparaciones, hago punto. Sí. Guillermo, tengo

algunas veces momentos de un valor súbito y vehemente,

y cuando esto sucede, me bastaría saber adónde he de

ir..., para irme sin vacilar.

«Por la tarde. Me he encontrado hoy con mi diario entre

las manos, del que apenas me ocupo hace tiempo, y noto

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

con estupefacción el modo que he tenido de avanzar a

sabiendas paso a paso, en este asunto, conduciéndome

como un muchacho, a pesar de haber visto siempre con

claridad mi situación. Hoy mismo la veo tan clara como la

luz, y, sin embargo, no hay un solo síntoma de alivio.»

10 DE AGOSTO

«Si yo no fuese uno loco, podría pasarme la vida más

feliz y sosegada. Pocas veces se reúnen para alegrar un

corazón circunstancias tan favorables como las que me

rodean. Esto afirma mi creencia de que nuestra felicidad

depende de nosotros mismos. Formar parte de esta amable

familia ser querido de los padres como un hijo, de los

niños como un padre, y de Carlota... y de este excelente

Alberto que no turba mi dicha con celos ni mal humor,

que me profesa verdadera amistad y que ve en mí a la

persona que más estima en el mundo después de Carlota...

Guillermo, es un placer oírnos cuando vamos de paseo y

hablamos de ella; nunca se ha imaginado nada tan dichoso

como nuestra situación, y, sin embargo, las lágrimas

algunas veces humedecen mis ojos.

«Cuando me habla de la virtuosa madre de Carlota, y me

refiere que poco antes de morir dejó al cuidado de ella la

casa y los niños, y al de él a Carlota; que desde entonces

la joven ha revelado dotes inusitadas; que se ha vuelto

una verdadera madre para la dirección de los asuntos

domésticos, que todos los momentos de su vida están

esmaltados por la ternura y el trabajo, sin que jamás hayan

sufrido alteración su buen humor y su alegría... Yo camino

junto a él, cogiendo las flores que encuentro al paso, con

las cuales hago un bonito ramillete y lo arrojo al cercano

río, siguiéndolo con la mirada mientras se aleja sobre las

ondas mansamente. No sé si te he dicho que Alberto

permanecerá en esta ciudad, y que espera de la corte,

donde es muy querido, un buen empleo. Conozco pocas

personas que le igualen en el orden y el apego a los

negocios.»

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

12 DE AGOSTO

«Alberto es indudablemente, el mejor de los hombres que

cobija el cielo. Ayer me pasó con él un lance peregrino.

Había ido a su casa a despedirme, porque se me antojó

dar un paseo a caballo por las montañas, desde donde te

escribo ahora. Yendo y viniendo por su cuarto, vi sus

pistolas. «Préstamelas para el viaje», le dije. «Con mucho

gusto—respondió—, si quieres tomarte el trabajo de

cargarlas, aquí sólo están como un mueble de adorno.»

Tomé una; él continuó: «Desde el chasco que me ha

ocurrido por mi exceso de precaución, no quiero cuentas

con esas armas». Tuve curiosidad de saber esta historia,

y él dijo: «Habiendo ido a pasar tres meses en el campo

con un amigo, llevé un par de pistolas; estaban

descargadas, yo dormía tranquilo. Una tarde lluviosa, en

que no tenía nada que hacer, se me ocurrió la idea, no sé

por qué, de que podían sorprendernos, hacer falta las

pistolas, y... tú sabes lo que son apreciaciones. Di mis

armas al criado para que las limpiase y las cargara. Jugando

éste con las criadas, quiso asustarlas, y al tirar del gatillo,

la chimenea, Dios sabe cómo, dio fuego, y despidiendo

la baqueta que estaba en el cañón, hirió en un dedo a una

pobre muchacha. Sobre consolarla tuve que pagar la cura,

y desde entonces dejo siempre las pistolas vacías. ¿De

qué sirve la previsión, querido amigo? El peligro no se

deja ver por completo. Sin embargo...» Ya sabes cuánto

quiero a este hombre; me encocoran sus sin embargo.

¿Qué regla general no tiene excepciones? Este Alberto es

tan meticuloso, que, cuando cree haber dicho una cosa

atrevida absoluta, casi un axioma no cesa de limitar,

modificar, quitar y poner hasta que desaparece cuanto ha

dicho. No fue en esta ocasión infiel a su sistema; yo acabé

por no escucharle, meciéndome en un mar de sueños,

con súbito movimiento, apoyé el cañón de una pistola

sobre mi frente, más arriba del ojo derecho. «Aparta eso—

dijo Alberto, echando mano a la pistola—. ¿Qué quieres

hacer?» «No está cargada», contesté. «¿Y qué importa?

-49-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

¿Qué quieres hacer? —repitió con impaciencia—. No

comprendo que haya quien pueda levantarse la tapa de

los sesos. Sólo pensarlo me horroriza.» «¡Oh hombres!—

exclamé— no sabréis hablar de nada sin decir: esto es

una locura, eso es razonable, tal cosa es buena, tal otra es

mala! ¿Qué significan todos estos juicios? Para emitirlos,

¿habéis profundizado los resortes secretos de una acción?

¿ Sabéis distinguir con seguridad las causas que la

producen y que lógicamente debían producirla? Si tal

ocurriese, no juzgaríais con tanta ligereza.» «Tú me

concederás—dijo Alberto—que ciertas acciones serán

siempre crímenes sea el que quiera el motivo que las

produzca.» «Concedido—respondí yo, encogiéndome de

hombros— Sin embargo, advierte, amigo mío que ni eso

es verdad en absoluto. Indudablemente, el robo es un

crimen; pero si un hombre está a punto de morir de hambre,

y con él su familia, y ese hombre por salvarla, se atreve a

robar, merece compasión o merece castigo? ¿Quién se

atrevería a tirar la primera piedra contra el marido que en

el arrebato de una cólera justa mata a su infiel esposa y al

infame seductor? ¿Quién quede acusar a la sensible

doncella que en un momento de voluptuoso delirio se

abandona a las irresistibles delicias del amor? Hasta

nuestras leyes, que son pedantes e insensibles, se dejan

conmover y detienen la espada de la justicia.» «Eso es

distinto—respondió Alberto—, el que sigue los impulsos

de una pasión pierde la facultad de reflexionar, y se le

mira como a un ebrio o un demente.» «¡Oh hombres de

juicio!—exclamé sonriéndome—. ¡Pasión! ¡Embriaguez!

¡Demencia! ¡Todo esto es letra muerta para vosotros,

impasibles moralistas! Condenáis al borracho y detestáis

al loco con la frialdad del que sacrifica, y dais a Dios,

como el fariseo, porque no sois ni locos ni borrachos.

Más de una vez he estado ebrio, más de una vez me han

puesto mis pasiones al borde de la locura, y no lo siento,

porque he aprendido que siempre se ha dado el nombre

de beodo o insensato a todos los hombres extraordinarios

que han hecho algo grande, algo que parecía imposible.

Hasta en la vida privada es insoportable ver que de quien

piensa dar cima a cualquier acción noble generosa,

-50-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

inesperada, se dice con frecuencia: «¡Está borracho! ¡Está

loco!» ¡Vergüenza para vosotros los que sois sobrios,

vergüenza para vosotros los que sois sabios!»

«»¡Siempre extravagante!—dijo Alberto—. Todo lo

exageras, y esta vez llevas la humorada hasta el extremo

de comparar con grandes acciones el suicidio, que es de

lo que se trata, y que sólo debe mirarse como una debilidad

del hombre; porque, indudablemente es más fácil morir

que soportar sin tregua una vida llena de amarguras.»

«Estuve a punto de cortar la conversación: no hay nada

que me ponga más fuera de mí que razonar con quien

sólo responde trivialidades, cuando yo hablo con todo

mi corazón. Sin embargo, me contuve porque no era la

primera vez que le oía decir vulgaridades y que me sacaba

de mis casillas. Le repliqué con alguna viveza: «¿A eso

llamas debilidad? Te suplico que no te dejes seducir por

las apariencias. ¿Te atreverías a llamar débil a un pueblo

que gime bajo el insoportable yugo de un tirano, si al fin

estalla y rompe sus cadenas? Un hombre que al ver con

espanto arder su casa, siente que se multiplican sus

fuerzas, y carga fácilmente con un peso que sin la excitación

apenas podría levantar del suelo, un hombre que, furioso

de verse insultado, acomete a sus contrarios y los vence:

a estos dos hombres, ¿se los puede llamar débiles?

Créeme, amigo mío: si los esfuerzos son la medida de la

fuerza, ¿ por qué un esfuerzo supremo ha de ser otra

cosa?»

«Alberto me miró, y dijo: «No te enojes; pero esos

ejemplos que citas no tienen aquí verdadera aplicación.»

«Puede ser—le contesté—; no es la primera vez que

califican mi lógica de palabrería. Veamos si podemos

representarnos de otro modo lo que debe experimentar el

hombre que se resuelve a deshacerse del peso, tan ligero

para otros, de la vida, porque no raciocinaremos bien

sobre ello mientras nos andemos por las ramas. La

naturaleza —proseguí—tiene sus límites; puede soportar,

hasta cierto punto, la alegría, la pena, el dolor; si pasa

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

más allá, sucumbe. No se trata, pues, de saber si un

hombre es débil o fuerte, sino de si puede soportar la

extensión de su desgracia, sea moral, sea física; y me

parece tan ridículo decir que un hombre que se suicida es

cobarde como absurdo sería dar el mismo nombre al que

muere de una fiebre maligna.» «¡Paradoja! ¡Rara

paradoja!» dijo Alberto. «No tanto como crees—

respondí—. Convendrás conmigo en que llamamos

enfermedad mortal a la que ataca a la naturaleza de tal

modo, que sus fuerzas destruidas en parte, paralizadas,

se incapacitan para reponerse y restablecer por una

evolución favorable el curso ordinario de la vida... Pues

bien querido amigo: apliquemos esto al espíritu. Mira al

hombre en su limitada esfera, y verás cómo le aturden

ciertas impresiones, cómo le esclavizan ciertas ideas, hasta

que arrebatándole una pasión todo su juicio y toda su

fuerza de voluntad, le arrastra a su perdición. En vano un

hombre razonable y de sangre fría se compadecerá de la

situación del infeliz; en vano le exhortará; es semejante al

hombre sano que está junto al lecho de un enfermo, sin

poderle dar la más pequeña parte de sus fuerzas.» Estas

ideas parecieron a Alberto poco concretas. Le hice

recordar a una joven que había encontrado ahogada hacía

poco tiempo, y le conté su historia.

«Era una criatura bondadosa, encerrada desde su infancia

en el estrecho círculo de las ocupaciones domésticas, de

un trabajo siempre igual, que no conocía otros placeres

que los de ir algunas veces a pasearse los domingos por

los contornos de la ciudad con sus compañeras,

engalanada con la ropa que poco a poco había podido

adquirir, o bailar una sola vez en las grandes fiestas, y

charlar algunas horas con una vecina, con toda la

vehemencia del más sincero interés, sobre un chisme o

una disputa. El ardor de su juventud le hace experimentar

deseos desconocidos, que aumentan con las lisonjas de

los hombres; sus antiguos placeres llegan paso a paso a

serle insípidos; al cabo encuentra a un hombre hacia el

cual le empuja con incontrastable fuerza un sentimiento

nuevo para ella, y fija en él todas sus esperanzas; se olvida

-52-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

del mundo entero, nada oye nada ve, nada ama sino a él,

sólo a él; no suspira más que por él, sólo por él. No está

corrompida por los frívolos placeres de una inconstante

vanidad, y su deseo va derecho a su objeto: quiere ser de

él; quiere, en una unión eterna, encontrar toda la dicha

que le falta, gozar de todas las alegrías juntas al lado del

que adora. Promesas repetidas ponen el sello a todas sus

esperanzas; atrevidas caricias aumentan sus deseos y

sojuzgan su alma por entero; flota en un sentimiento vago,

en una idea anticipada de todas las alegrías; ha llegado al

colmo de la exaltación. En fin, tiende los brazos apara

abrazar todos sus deseos... y su amante la abandona.

Mírala delante de un abismo, inmóvil, demente: una noche

profunda le rodea; no hay horizonte, no hay consuelo, no

hay esperanza: la abandona el que era su vida. No ve el

inmenso mundo que tiene delante ni los numerosos amigos

que podrían hacerle olvidar lo que ha perdido; se siente

aislada, abandonada de todo el universo, y ciega,

acongojada por el horrible martirio de su corazón, para

huir de sus angustias se entrega a la muerte, que todo lo

devora. Alberto, ésta es la historia de muchos. ¡Ah!....

¿no es éste el mismo caso de una enfermedad? La

naturaleza no encuentra ningún medio para salir del

laberinto de fuerzas revueltas y contrarias que la agitan, y

entonces es preciso morir. Infeliz del que lo sepa y diga:

«¡Insensata!, si hubiera esperado, si hubiera dejado obrar

al tiempo, la desesperación, trocada en calma, hubiera

encontrado otro hombre que la consolase.» Esto es lo

mismo que decir: «¡Loca! ¡Morir de una fiebre! Si hubiera

esperado a recobrar sus fuerzas, a que se purificasen los

malos humores, a que cediera el arrebato de su sangre,

todo se hubiera arreglado y todavía viviría.»

«No Juzgando Alberto muy exacta esta comparación, hizo

nuevas observaciones; entre otras cosas, que yo no había

hablado más que de una joven inocente, y que no debe

juzgarse del mismo modo a un hombre de talento, cuya

inteligencia menos limitada le permite ver el anverso y el

reverso de las cosas. «Amigo mío—exclamé—, el hombre

siempre es hombre, y el talento que tengan este o el otro

-53-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

sirve de poco, o más bien de nada, cuando al fermentar

una pasión, la naturaleza se arroja a los límites de sus

fuerzas. Más aún...Pero ya volveremos a hablar de esto»,

añadí tomando mi sombrero.

«Mi corazón estaba a punto de estallar, y nos separamos

sin haber llegado a entendernos. Es verdad que en este

mundo pocas veces sucede lo contrario.»

15 DE AGOSTO

«Es muy cierto que sólo el amor hace que el hombre

necesite a sus semejantes. Conozco que contraría a Carlota

perderme, y los niños no piensan en otra cosa sino en que

siempre volveré al siguiente día. Hoy he ido a su casa

para afinar el clavicémbalo, lo cual no he conseguido,

porque los pequeños me perseguían para que les contase

un cuento, y Carlota misma se empeñó en que debía darles

gusto. Les he repartido el pan de la merienda, que ahora

reciben de mis manos tan contentos como de las de Carlota,

y les he referido la historia de la princesa servida por

encantamiento. Te aseguro que con esto aprendo mucho,

y me asombra la impresión que el relato les produce.

Como algunas veces me veo obligado a inventar algún

incidente que no recuerdo al repetir el cuento, en seguida

me dicen que antes pasaba de distinto modo, por lo cual

me dedico ahora a referir siempre lo mismo, sin variante

de ningún género. De esto he deducido que el autor que al

hacer una segunda edición de una obra la modifica, daña

necesariamente a su libro aunque gane desde el punto de

vista literario. Recibimos con docilidad toda primera

impresión, porque el hombre está hecho de tal modo, que

llega a persuadirse de que son verdad las cosas más

absurdas, pero desde luego se graban en él tan

profundamente, que infeliz del que pretenda destruirlas o

borrarlas.»

18 DE AGOSTO

-54-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

«¿Es preciso que lo que constituye la felicidad del hombre

sea también la fuente de su miseria? Este sentimiento, que

llena y rejuvenece mi corazón ante la vivaz naturaleza, que

vierte sobre mi seno torrentes de deliciosas dulzuras y

convierte en un paraíso el mundo que me rodea, ha llegado

a ser para mí un insoportable verdugo, un espíritu que me

atormenta y que me persigue por todas partes. Cuando

contemplaba otras veces desde las crestas de las rocas,

más allá del río, hasta las lejanas colinas, el fértil valle, y

que todo germinaba con lozanía en torno mío, cuando

veía esas montañas bordadas, desde la falda hasta la cima,

de espesos y corpulentos árboles, estos valles salpicados

de risueña floresta en todos sus contornos: el arroyo apacible

que se deslizaba adormecido con el murmullo de los

cañaverales, reflejando las matizadas nubes que la brisa

suave de la tarde mecía en el cielo; cuando escuchaba a

los pájaros animando con sus gorjeos la enramada,

mientras copiosísimos enjambres de insectillos jugueteaban

alegremente en los últimos rayos de sol, a cuyo destello el

escarabajo oculto antes debajo de la hierba abandonaba,

zumbando su prisión; cuando el ruido y la vida llamaban

mi atención hacia la tierra, y el musgo que arranca su

alimento a la dura roca, y las retamas que crecen en la

pendiente de la árida colina arenosa, me descubría la

íntima, ardiente y santa vida de la naturaleza, ¡con qué

jubilo abrazaba todos estos objetos mi encendido corazón!

Yo estaba como un dios en este mar de riquezas, en este

inmenso universo, cuyas formas sublimes parecían

moverse, animando toda mi creación en el fondo de mi

alma. Me rodeaban enormes montañas; tenía delante de

mí profundos abismos, donde se precipitaban torrentes

tempestuosos, los ríos se deslizaban bajo mis pies; oía

algo como un rugido en los bosques y los montes

agitándose y confundiéndose todas estas fuerzas

misteriosas en las profundidades de la tierra, mientras sobre

ésta y bajo el cielo revoloteaban las razas infinitas de los

seres que lo pueblan todo de mil diversas formas, mientras

los hombres se juzgan reyes de este vasto universo,

agazapándose juntos en el nido de sus reducidas moradas.

-55-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

¡Pobre loco, que todo te parece mezquino, porque tú eres

muy pequeño! Desde la inaccesible montaña y el desierto

que ningún pie ha pisado aún, hasta la última orilla de los

océanos desconocidos, lo anima todo tu espíritu del eterno

creador, gozándose en estos átomos de polvo que viven

y le comprenden. ¡Ay cuántas veces deseaba entonces,

con las alas de la garza que pasaba sobre mi cabeza,

trasladarme a las costas de ese inmenso mar para beber

en la espumosa copa de lo infinito dulcísimas delicias y

sentir, aunque sólo fuera por un momento, en el espacio

estrecho de mi seno una gota de la felicidad del ser que

todo lo engendra en él y por él! Hermano mío, el recuerdo

de tales horas basta para fortalecerme. Más aún: los

esfuerzos que hago para recordar estos sentimientos

inefables, para poder expresarlos, elevan mi alma sobre

ella misma, y me obligan a sentir doblemente lo angustioso

de mi estado actual.

«Parece que se ha levantado un velo delante de mi alma, y

el inmenso espectáculo de la vida no es a mis ojos otra

cosa que el abismo de la tumba, eternamente abierto.

¿Podrás decir «esto existe» cuando todo pasa, cuando

todo se precipita con la rapidez del rayo, sin conservar

casi nunca todas sus fuerzas, y se ve, ¡ay!, encadenado,

tragado por el torrente y despedazado contra las rocas?

No hay momento que no te consuma, que no consuman

los tuyos; no hay un momento en que no seas, en que no

debas ser destructor: tu paseo más inocente cuesta la vida

a millares de pobres insectos; uno solo de tus pasos

destruye los laboriosos edificios de las hormigas y

sumerge todo un pequeño mundo en un sepulcro.

«¡Ah!, no son las grandes y poco frecuentes catástrofes

del mundo, no son esas inundaciones, esos temblores de

tierra, que se tragan a vuestras ciudades, lo que me

conmueve, lo que me roe el corazón es la fuerza

devoradora que se oculta en toda la naturaleza, y que no

ha producido nada que no destruya cuanto le rodea y no

se destruya a sí mismo.

-56-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

«De este modo avanzo yo con angustia por mi inseguro

camino, rodeado del cielo, de la tierra, y de sus fuerzas

activas: no veo más que un monstruo ocupado eternamente

en mascar y tragar.»

21 DE AGOSTO

«Al sacudir por las montañas el yugo de una pesadilla, es

en vano que extienda los brazos hacia ella, en vano que la

busque por la noche en mi lecho, cuando un sueño feliz y

sencillo me hace creer que estoy en el campo, sentado a

su lado, estrechando su mano y llenándola de besos. ¡Ah!,

cuando todavía embriagado por el sueño busco esa mano

y me despierto, un torrente de lágrimas brota de mi corazón

oprimido y lloro sin consuelo en las tinieblas de lo

porvenir.»

22 DE AGOSTO

«Es cosa fatal, Guillermo. Mi actividad se consume en

una inquieta indolencia; no puedo estar ocioso, y, sin

embargo, no puedo hacer nada. Mi imaginación y mi

sensibilidad no se conmueven ante la naturaleza, los libros

me causan tedio. Cuando el hombre no se encuentra a sí

mismo, no encuentra nada. Te juro que muchas veces me

alegraría de ser un jornalero para tener, al menos, al despertarme

por la mañana, la perspectiva de un día ocupado,

un móvil, una esperanza. Envidio con frecuencia a Alberto

cuando le veo enterrado en papeles hasta los ojos, y creo

que sería feliz hallándome en su lugar. Más de una vez he

estado a punto de escribirte y de escribir al ministro

solicitando ese destino en la embajada que, según me

aseguras, me concederían al instante. Así lo creo. Hace

tiempo que me estima el ministro, y antes de ahora me ha

instado mucho para que acepte un empleo. Suele

preocuparme esto durante una hora; pero cuando lo

reflexiono y recuerdo la fábula del caballo que, cansado

de su libertad, se deja poner la silla y la brida para estar

poco después rendido de fatiga.... no sé lo que debo hacer.

-57-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

Por otra parte, querido Guillermo, este deseo de cambiar

de estado que me subyuga, ¿no será acaso una oculta

insoportable impaciencia que me perseguirá por todas

partes?»

28 DE AGOSTO

«Es indudable que, si mi mal tuviera cura, esta gente lo

curaría. Hoy es mi cumpleaños, y muy de mañana he

recibido un paquetito de Alberto. Lo primero que ha herido

mis ojos al abrirlo ha sido uno de los dos lazos de color

de rosa que llevaba Carlota la primera vez que la vi, lazo

que después le había pedido varias veces; lo segundo,

dos tomitos en dozavo, las obras de Homero, de Wetstein

edición que tanto he deseado para no ir a mis paseos

cargado con la Ernesti. Ya ves cómo previenen mis deseos;

cómo buscan medios para darme estas pequeñas pruebas

de amistad, mil veces más preciosas que esos presentes

magníficos conque nos humilla la vanidad del que nos

obsequia. Beso el lazo infinitas veces al día, y en cada

aspiración saboreo el recuerdo de las felicidades con que

me embriagaron esos pocos días felices que han pasado

para siempre. Guillermo, es lo que debe ser, y no me

quejo: las flores de la tierra sólo son vanas apariencias.

¡Cuántas se marchitan sin dejar ni el más leve rastro! ¡Qué

pocas fructifican y qué pocos de estos frutos llegan a la

madurez! Y, sin embargo..., ¡oh hermano mío!...,

¿podemos no hacer caso de los frutos maduros,

despreciarlos y dejar que se pudran sin gozar de ellos?

«Adiós. El verano es magnífico. Trepo algunas veces a

los árboles del jardín de Carlota, y con una pértiga larga

cojo las peras de las ramas más altas. Carlota está debajo

del árbol y recoge los frutos que yo echo a sus pies.»

30 DE AGOSTO

«Desgraciado, ¿no está loco? ¿No te engañas a ti mismo?

-58-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

¿Adónde te conducirá esta pasión indómita y sin objeto?

No pienso más en ella; ya no cabe en mi imaginación otra

figura que la suya, y todo lo que me rodea no lo veo sino

con relación a ella.

«Esto me procura algunas horas de felicidad que deben

concluir tan pronto como sea preciso que nos separemos.

¡Ah, Guillermo, adónde me arrastra con frecuencia mi

corazón! Siempre que paso dos o tres horas a su lado,

absorto en la contemplación de su hermosura, de sus

movimientos, de su celestial lenguaje, todos mis sentidos

se excitan insensiblemente, una sombra se extiende ante

mi vista, y mis oídos se embotan, siento que oprime mi

corazón una mano homicida; mi corazón, con sus latidos

precipitados, busca consuelo a mis sentidos oprimidos y

no hace más que aumentar el desorden...

«Guillermo, muchas veces no sé si estoy en el mundo y si

la tristeza me agobia o si Carlota no me concede el triste

consuelo de aliviar mi martirio, dejándome bañar su mano

con mi llanto. Necesito salir, necesito huir, y corro a

ocultarme muy lejos en los campos. Entonces gozo

trepando por una montaña escarpada, abriéndome paso

entre un bosque impenetrable, entre las breñas que me

hieren y los zarzales que me despedazan. Entonces me

encuentro un poco mejor, ¡un poco!, y cuando, extenuado

de sed y de cansancio, sucumbo y me detengo en el

camino; cuando en la profunda noche, brillando sobre mi

cabeza la luna llena, me siento en el bosque solitario sobre

un tronco torcido, para dar algún descanso a mis pies

desgarrados, o me entrego a un sueño tranquilo durante la

claridad crepuscular..., ¡oh Guillermo!, el silencio albergue

de una celda, un sayal y el cicilio son los únicos consuelos

a que aspira mi alma. Adiós. No veo para esta cuita otro

fin que el sepulcro.»

3 DE SEPTIEMBRE

«Mi marcha es precisa, Guillermo: te agradezco que hayas

-59-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

fijado mi resolución vacilante. Quince días hace que

acaricio la idea de dejarla. Mi marcha es precisa. Está de

nuevo en la ciudad, en casa de una amiga, y Alberto...,

y... Mi marcha es precisa.»

10 DE SEPTIEMBRE

«¡Qué noche, Guillermo, qué noche tan horrible he

pasado! Ahora tengo valor para todo. No volveré a verla.

¡Oh!, que no pueda ir volando a arrojarme en tus brazos;

que no pueda, amigo mío, expresarte con el mayor

transporte y derramando un raudal de llanto los

sentimientos que oprimen mi corazón! Heme aquí, delante

de mi pupitre, casi sin aliento, procurando sosegarme y

aguardando a que amanezca, porque los caballos estarán

ensillados al despuntar el sol.

«¡Ah! Carlota duerme descuidada sin sospechar que no

volverá a verme. He tenido bastante valor para separarme

de ella sin descubrir mi secreto durante una conversación

de dos horas. ¡Y qué conversación, Dios mío!

«Alberto me había ofrecido que iría al jardín con Carlota

después de cenar. Yo estaba en la explanada, bajo los

corpulentos castaños, viendo por última vez el sol que se

oculta más allá del risueño valle, y el río que se desliza

mansamente. ¡Había estado tantas veces con ella en aquel

paraje! ¡Había contemplado tantas veces el mismo

magnífico espectáculo! Y ahora . . . Empecé a ir y venir

por aquella alameda, para mí tan querida, donde un

atractivo secreto y simpático me había retenido

frecuentemente antes de conocer a Carlota. ¡Con qué

placer, al alborear nuestra amistad, nos dimos mutuamente

cuenta de la preferencia que nos inspiraba este sitio, que

es, sin duda, uno de los más seductores que conozco

entre las creaciones del arte!

«A través de los castaños se descubre una vasta

perspectiva. . . ¡Ah! Recuerdo que te he hablado bastante

-60-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

en mis cartas de estos altos muros de haya y de esta

alameda en que insensiblemente va desapareciendo la luz

cuanto más próximo está un bosquecillo donde termina y

donde todo se confunde en una plazoleta que parece

impregnada de todas las melancolías de la soledad. Aún

me dura la indefinible sensación que experimenté cuando

entré en ella por primera vez. En el instante en que el sol

se hallaba en lo más alto de su carrera; ya entonces tuve

un vago presentimiento de que aquel alto paraje sería para

mí teatro de infinito dolor y grandes alegrías.

«Hacía media hora que estaba entregado a los dulces y

crueles pensamientos de la despedida y de volvernos a

ver, cuando los vi subir por la explanada. Corrí hacia

ellos, cogí con el mayor entusiasmo la mano de Carlota y

se la besé. Llegábamos a lo más alto cuando apareció la

luna por detrás de los zarzales que cubrían la colina.

Hablamos de cosas distintas y nos aproximamos a la

sombría plazoleta. Carlota entró y se sentó, Alberto se

puso a uno de sus lados, y yo, al otro, pero mi inquietud

no me permitía permanecer mucho tiempo sentado. Me

levanté me coloqué delante de ella; di algunos pasos y

volví a sentarme. Yo sentía algo parecido a la agonía.

Carlota nos hizo observar el bello efecto de la luna, que

por encima de las hayas alumbraba toda la explanada. El

cuadro era soberbio y tanto más sublime para nosotros

cuanto que nos rodeaba una profunda oscuridad. Después

de un breve rato en que todos guardamos silencio, Carlota

tomó la palabra: «Nunca—dijo—, nunca me paseo a la

claridad de la luna sin acordarme de mis queridos amigos

difuntos, sin sentirme conmovida por la idea de la muerte

y de lo porvenir. ¡Nada muere! —añadió con un acento,

que revelaba la sensación más viva—: pero Werther

¿volveremos a encontrarnos? ¿Nos reconoceremos? ¿Qué

pensáis de esto? ¿Qué decís?»

«»Carlota—exclamé, presentándole mi mano y con los

ojos cuajados de lágrimas—, ¡sí, volveremos a vernos!

En esta vida y en la otra volveremos a vernos.»

-61-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

«No pude decir más, Guillermo. ¿Era preciso que ella me

hiciese esta pregunta cuando toda mi alma se ocupaba de

tan cruel separación?

«»Y nuestros queridos muertos—continuó Carlota—,

¿saben algo de nosotros? ¿Tienen idea de que los traemos

a la memoria con indecible cariño en nuestros momentos

de felicidad? ¡Oh! La imagen de mi padre vaga siempre

en torno mío, cuando estoy por la noche sentada

tranquilamente en medio de sus hijos, de mis hijos, que se

agrupan en mi derredor como se agrupan al suyo. Sí,

entonces dirijo al cielo mis ojos, bañados por una lágrima

de deseo, anhelando que vea cómo cumplo la palabra

que en su lecho de muerte le di de ser la madre de sus

hijos—exclamó llena de emoción—. Perdóname, madre

querida, si no soy para ellos lo que tú fuiste. ¡Ah!, yo

hago cuanto puedo: están vestidos y alimentados y, sobre

todo, se los cuida y se los quiere. Si pudieras ver nuestra

unión, ¡oh alma queridísima!, elevarías las más vivas

acciones de gracias a ese Dios a quien pedías con las

más amargas lágrimas, con las últimas que brotaron de

tus ojos, que hiciera felices a tus hijos.»

«Esto decía Carlota. ¡Oh Guillermo, quién pudiera repetir

lo que decía! ¿Cómo la letra, fría e insensible, podría

reproducir sus palabras, que eran flores celestiales de su

alma? Alberto la interrumpió, diciendo con dureza:

«Carlota, eso te afecta demasiado. Comprendo que esas

ideas te son queridísimas, pero te ruego...»

«»Alberto—dijo Carlota—, ya sé que no has olvidado

aquellas noches en que nos sentábamos alrededor del

velador, cuando papá estaba fuera y habíamos hecho

acostarse a los niños. Tú tenías casi siempre un buen

libro, y casi nunca leías en él. La conversación de aquella

criatura sublime, ¿no era preferible a todo? ¡Qué mujer!

Amable, bella, siempre alegre y siempre trabajadora... ¡Dios

sabe las veces que, arrodillada sobre mi lecho y

derramando lágrimas, le he pedido que me haga semejante

a mi madre! «

-62-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

«»Carlota—exclamé, arrojándome a sus plantas y

estrechando su mano, que bañaba con mi llanto—; Carlota,

siempre os acompañen la bendición de Dios y el espíritu

de vuestra madre.

«»¡Si la hubierais conocido!—dijo, apretándome la

mano—. Era digna de que la conocierais.» Creí que me

anonadaba: nunca se había pronunciado en mi elogio una

frase más grande, más gloriosa. Carlota prosiguió: « ¡Y

esa mujer ha muerto en la flor de su edad, cuando su

último hijo no había cumplido seis meses! Su enfermedad

no fue larga: estaba resignada y tranquila; su única pena

era tener que abandonar a sus hijos, sobre todo al más

pequeñito. Cuando entraba en la agonía me dijo: «¡Tráemelos!

» Yo los llevé, los menores no comprendían su

desgracia; los mayorcitos estaban profundamente

afectados. Cuando rodearon su lecho, levantó las manos

al cielo y rogó por ellos; luego, uno después de otro, los

besó; después, les dio el último adiós, y me dijo: «Tú

serás su madre.» Por toda respuesta estreché su mano.

«Mucho me prometes, hija mía —me dijo—.

Frecuentemente he visto en tus lágrimas de reconocimiento

que comprendes lo que hay en las miradas y el corazón

de una madre. Ten lo uno y lo otro para tus hermanos, y

para tu padre, la fidelidad y la obediencia de la esposa.

Serás su consuelo.» Pidió que entrase mi padre, que había

salido para ocultarnos el inmenso dolor que le abrumaba;

tenía el corazón despedazado. Tú Alberto, estabas en la

alcoba; oyó ella que alguno paseaba, preguntó quién era,

y dijo que te acercases. Nos miró a los dos fijamente, y

su mirada tranquila revelaba la idea de que juntos habíamos

de ser felices.» Alberto se arrojó en sus brazos,

exclamando: «¡Lo somos! ¡Lo seremos!» El flemático

Alberto estaba fuera de sí: yo no me conocía a mí mismo.

«»Werther—prosiguió Carlota—, ¿y esta mujer debía

morir? ¡Oh Dios! Cuando algunas veces pienso cómo

nos dejamos robar lo que más queremos en el mundo. Y

nadie lo siente con tanta fuerza como los niños; los míos,

mucho después se quejaban de que los hombres negros

se habían llevado a mamá.»

-63-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

LIBRO II

22 DE SEPTIEMBRE DE 1771

"LLEGAMOS ayer. El embajador está indispuesto y

guardará cama algunos días, si, al menos, fuera un hombre

de buen trato, todo marcharía bien. Lo veo, lo veo, la

suerte me ha reservado rudas pruebas; pero, ¡ánimo! Un

carácter ligero lo soporta todo. ¡Un carácter ligero! Risa

me da al ver que esta frase se ha escapado de mi pluma.

¡Ah! si yo fuera algo más superficial, sería el hombre más

feliz de la tierra. Pero, ¡quía! Otros, pobres de fuerza y de

talento, se pavonean delante de mí con aire de suficiencia,

y yo me aburro con mi superioridad y mis conocimientos.

Tú, Señor, que me has dado estos bienes, ¿por qué no

me negaste la mitad de ellos concediéndome, en cambio,

la confianza y satisfacción de mí mismo?

"¡Paciencia, paciencia!, esto cambiará. Sí, amigo mío,

confieso que tienes razón: desde que paso todos los días

mezclado con la multitud y veo lo que son los demás y

cómo proceden estoy mucho más contento de ser como

soy. Indudablemente, puesto que nos han hecho así y

todo lo comparamos con nosotros mismos, y a nosotros

mismos con todo, el bien o el mal está en el objeto que

nos sirven para el paralelo, y, por tanto, nada me parece

más pernicioso que la soledad.

"Nuestra imaginación, propensa por su naturaleza a

exaltarse, alimentada por las fantásticas imágenes de la

poesía, se forja una serie de seres, entre los cuales

ocupamos el último lugar, y todo nos parece más grande

fuera de nosotros, y todas las personas, más perfectas

que la nuestra.

Sin duda, esto es natural; a cada paso vemos que nos

faltan muchas cosas, y precisamente lo que nos falta nos

parece que otro lo posee; le atribuimos todo cuanto

nosotros tenemos, y le encontramos, además, cierto

atractivo ideal. Así, pues, este hombre es perfectamente

feliz, tal como nosotros le soñamos.

-64-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

"Al contrario, cuando con toda nuestra debilidad y

nuestros esfuerzos proseguimos nuestro trabajo sin

distraernos, vemos con frecuencia que, caminando

reposadamente y costeando, avanzamos más que otros a

fuerza de vela y remo... Y, sin embargo, siempre está

contento de sí mismo el que marcha al lado de los demás

o logra adelantarse."

26 DE SEPTIEMBRE DE 1771

"A decir verdad, comienzo a estar aquí bastante bien. Lo

mejor de todo es que no me falte trabajo y que esta gente

y estas fisonomías de todas clases, nuevas para mí, me

entretienen de un modo agradable. He hecho conocimiento

con el conde de C., a quien estimo más cada día. Persona

de superior inteligencia, revela un alma formada por

la amistad y la ternura. Se ha encariñado conmigo con

motivo de un asunto cuyo arreglo me encargaron. Desde

las primeras frases observó que nos entendíamos y que

podía hablarme de diferente modo que a los demás. No

encuentro palabras para alabar la franqueza con que me

honra, ni hay nada en el mundo que produzca una alegría

tan grande y tan verdadera como el hallazgo de un alma

privilegiada que nos abre sus puertas."

24 DE DICIEMBRE DE 1771

"El embajador me hace pasar muy malos ratos cosa que

ya tenía yo prevista. Es el tonto más insoportable de la

tierra; caminando paso a paso y siendo meticuloso como

una solterona, nunca está satisfecho de sí mismo, ni hay

medio de contentarle. Me gusta trabajar de prisa y no

retocar lo que escribo: él es capaz de devolverme una

minuta diciéndome: "Está bien, pero repasadla; siempre

se encuentra alguna expresión mejor, alguna palabra más

propia." Cuando esto pasa, me daría a todos los

demonios. No ha de faltar una conjunción; es enemigo

mortal de las inversiones gramaticales que a veces se me

-65-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

escapan; no comprende más periodo que el que escribe

con la cadencia del ritmo tradicional. Es un suplicio tener

que entenderse con semejante hombre.

"Lo único que me consuela es la amistad con el conde de

C. Hace algunos días me manifestó con la mayor franqueza

que le fastidian soberanamente la lentitud y nimiedad

característica de mi embajador. "Esta gente es una polilla

para sí misma y para los demás—me decía—; pero hay

que sufrirla, como sufre cualquier viajero el estorbo de

una montaña. Si ésta no existiera, el camino, indudablemente,

sería más fácil y más corto; pero la montaña existe y

hay que pasarla."

"El viejo conoce bien la preferencia que sobre él me da el

conde; esto le quema, y aprovecha las ocasiones que se

presentan para hablar mal de él en presencia mía. Como

es natural, yo le contradigo, y ya tenemos altercado. Ayer,

por ejemplo, me cogió por su cuenta, y me sacó por

completo de mis casillas. "El conde—decía—conoce

bastante bien las cosas del mundo, tiene facilidad para el

trabajo y escribe bien; pero, como la mayor parte de Los

hombres de ingenio, carece de conocimientos profundos."

Después hizo una mueca que podría traducirse por "¿Te

alcanza a ti este dardo?", pero no me produjo ningún

efecto. Desprecio a quien piensa y se conduce de este

modo, y le respondí con bastante viveza, que el conde

merece el mayor respeto, tanto por su carácter como por

su instrucción. "No conozco a nadie—añadí—que haya

logrado desarrollar mejor talento y aplicarlo a multitud de

objetos, conservando, sin embargo, toda la actividad

necesaria para la vida común" Hablar así a este imbécil

era hablarle en griego, y me despedí de él para evitar que

me revolviese más la bilis diciendo majaderías. Y toda la

culpa es de los que me habéis amarrado a este yugo,

contándome maravillas de la actividad. ¡Actividad! Remaría

voluntariamente diez años más en la galera donde ahora

estoy sujeto, si el que no tiene otra ocupación que la de

plantar patatas y el que va a vender sus granos a la ciudad

no hiciera más que yo. ¿Y la miseria brillante que veo, el

-66-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

fastidio que reina entre esta gente tosca, esta manía de

clases en la cual estriba el que acechen y espíen la ocasión

de elevarse unos sobre otros, fútiles y menguadas pasiones

que se presentan al desnudo? Aquí, por ejemplo, hay una

mujer que no habla a nadie de otra cosa que de su nobleza

y de sus fincas; de modo que los forasteros dirán para

sus adentros: "Esta es una sandía a quien un poco de

nobleza y cuatro terrones le han vuelto el juicio." Pero no

es esto lo peor: la susodicha es simplemente hija de un

escribano de estas cercanías. No puedo comprender a la

especie humana, cuyas pretensiones orgullosas suelen estar

destituidas de todo fundamento. Es verdad, mi querido

Guillermo, que cada día me convenzo más de lo estúpido

que es querer juzgar a los demás. ¡Tengo tanto que hacer

conmigo mismo y con mi corazón, que es tan turbulento!

¡Ah! Dejaría de buen grado seguir a todos su camino, si

ellos quisieran también dejarme andar por el mío.

"Lo que más me irrita son las miserables distinciones

sociales. Sé, cómo cualquiera, cuán necesaria es la

diferencia de clases y conozco sus ventajas, de las que

yo mismo me aprovecho; pero no quisiera que viniesen a

estorbarme el paso, precisamente cuando podría gozar

aún alguna pequeña alegría, alguna apariencia de felicidad.

He hecho conocimientos últimamente en el paseo con la

señorita B., criatura amable, que, en medio del mundo

infatuado en que vive, conserva bastante naturalidad.

Nuestra conversación nos fue grata a los dos, y cuando

nos separamos le pedí permiso para visitarla. Me lo

concedió con tanta franqueza, que apenas pude aguardar

la hora conveniente para ir a verla. No es de aquí, y vive

con una tía suya. La fisonomía de la vieja me desagradó;

yo me mostraba deferente con ella, le dirigía casi siempre

la palabra, y en menos de media hora adiviné lo que la

sobrina me ha confesado después; esto es, que su querida

tía carece, a su edad, de todo: de fortuna y de talento. No

tiene más recursos que una larga lista de abuelos, en la

que se atrinchera como detrás de un muro, ni más

diversiones que la de mirar con altanería a la plebe que

pasa por debajo de su balcón. Debe de haber sido hermosa

-67-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

en su juventud y ha pasado su vida en bagatelas: ha sido

por sus caprichos el tormento de algunos jóvenes infelices,

y después, en su edad madura, aceptó humildemente el

yugo de un oficial ya anciano que, por un mediano pasar,

sufrió con ella la edad de bronce y murió; pero ahora ella

se ve sola en la edad de hierro, y nadie la miraría si su

sobrina fuese menos amable."

8 DE ENER0 DE 1772

"¡Qué pobres hombres son los que dedican toda su alma

a los cumplimientos y cuya única ambición es ocupar la

silla más visible de la mesa! Se entregan con tanto ahínco

a estas tonterías que no tienen tiempo para pensar en los

asuntos verdaderamente importantes. Una de tantas

sandeces me aguó, la semana última, toda una fiesta.

"¡Necios!, no ven que el lugar no significa nada y que el

que ocupa el primer puesto hace muy pocas veces el primer

papel. ¡Cuántos reyes gobernados por sus ministros!

¿Cuántos ministros por sus secretarios! ¿Y quién es el

primero? Yo creo que aquel cuyo ingenio domina al de

los demás, de que por su carácter y destreza convierte las

fuerzas y las pasiones ajenas en instrumentos de sus

deseos."

20 DE ENERO

"Necesito escribiros, mi querida Carlota, aquí en un rincón

de una pobre posada de aldea donde me he refugiado

huyendo de una tempestad. Desde que me encuentro en

este triste albergue de D., entre personas extrañas,

completamente extrañas a mi corazón, ni un instante, ni

uno siquiera, he dejado de sentir la imperiosa necesidad

de escribiros. Vuestro ha sido mi primer pensamiento en

esta cabaña, en esta soledad, en esta prisión, en tanto que

la nieve y el granizo golpean contra mi ventana. Desde

que entré aquí, ¡oh Carlota!, vuestra imagen y vuestro

-68-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

recuerdo, este recuerdo tan vivo y tan santo, se han

apoderado de mí y he creído, ¡Dios mío!, sentir todas las

alegrías de nuestra primera entrevista.

"¡Si pudierais verme querida Carlota, en medio del torrente

de distracciones que me asedian! Todas mis sensaciones

se enervan y se embotan. Ni un solo momento de regocijo

para mi corazón, ni el más insignificante solaz para mi

alma. Nada, nada: estoy aquí como si asistiera a una

función de sombras chinescas. Veo pasar y repasar delante

de mí hombrezuelos y caballitos y me pregunto muchas

veces si no es esto una ilusión óptica. Yo formo parte de

los personajes y desempeño también mi papel: mejor dicho,

se me obliga desempeñarlo, se me hace maniobrar como

a un autómata. Si cojo la mano del que tengo más cerca,

retrocedo con espanto, creyendo que es de madera.

"Por la noche hago proyecto de ir a ver la alborada del

siguiente día: amanece y me quedo en la cama. De día

acaricio la idea de ver después la luna, y cuando llega la

noche, me olvido de ello en mi alcoba. Apenas me explico

por qué me levanto y por qué me acuesto.

"El resorte que daba movimiento a mi vida, se ha roto; el

encanto que me tenía despierto en las tinieblas de la noche

y me desvelaba por las mañanas se ha desvanecido.

"Sólo una criatura he encontrado aquí digna del nombre

de mujer: la señorita B. Se parece a mi querida Carlota, si

es que alguien puede parecerse a vos. "¡Y qué—diréis—

, ¿ahora venís con galanterías?" Sí, no es esto del todo

falso: desde hace algún tiempo soy muy lisonjero... porque

no puedo ser otra cosa. Me doy aires de ingenioso, y

dicen las damas que nadie podrá hacer un elogio con más

delicadeza que yo. Añadid: ni mentir, porque lo uno va

siempre unido a lo otro. Os estaba hablando de la señorita

B. En el fuego de sus ojos azules se adivina desde luego

la energía de su alma. Su posición la mortifica, porque no

basta a satisfacer ninguno de los deseos de su corazón.

Aspira a alejarse del torbellino social, y soñamos horas

-69-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

enteras con una felicidad pura, en medio del campo. ¡Ah,

cuántas veces, Carlota, la he obligado a que os admire!

¿Obligado? No, su admiración es espontánea. ¡Tiene tanto

gusto en oír hablar de Carlota! ¡La quiere tanto! ¡Oh si yo

estuviese sentado a vuestros pies en aquel gabinetito

seductor y tranquilo, con los niños retozando a nuestro

derredor! cuando os molestase el ruido que hicieran, yo

los agruparía y obligaría a guardar silencio, refiriéndoles

algún cuento pavoroso. El sol declina majestuosamente

detrás de las colinas cubiertas de deslumbradora nieve; la

tempestad ha pasado, y yo... es preciso que me vuelva a

mi jaula. ¡Adiós! ¿Está Alberto a vuestro lado? ¿Qué digo?

Dios me perdone esta pregunta."

8 DE FEBRERO

"Hace una semana que el tiempo no puede ser peor, y me

alegro de ello, porque desde que estoy aquí no he logrado

ver un día bueno sin que algún cócora me lo estropee o

me lo robe. Al menos, cuando llueve de firme, cuando

nieva, cuando hiela o deshiela, me digo a mí mismo: "Mejor

estoy en casa, que fuera." Pero si amanece con sol, si

todo pronostica un buen día, nunca dejo de exclamar:

"He aquí un favor del cielo, que podemos usurparnos

unos a otros." No hay nada que los hombres no se quiten

sin escrúpulos: salud, reputación, alegría, reposo. Por

supuesto, casi siempre con la sonrisa en la boca, y, según

ellos dicen, con las mejores intenciones. Algunas veces

quisiera suplicarles que no se desgarrasen tan

despiadadamente las entrañas."

17 DE FEBRERO

"Sospecho que no podré continuar mucho tiempo al lado

del embajador.

"Este hombre es completamente insoportable. Tiene una

manera tan ridícula de trabajar, que no puedo menos de

altercar con él y de obrar con frecuencia a mi capricho y a

-70-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

mi modo, cosa que, como es natural, jamás le deja

contento. Últimamente se ha quejado a la corte, y el

ministro me ha reprendido; con mucha blandura, por cierto,

pero ello es que me ha reprendido, y ya tenía propósito

de presentar mi dimisión, cuando ha llegado a mis manos

una carta particular que me envía... (6), la carta que me ha

hecho arrodillarme para adorar su espíritu noble, sabio y

elevado. ¡Cómo elogia el espontáneo y juvenil ardor de

mis exaltadas ideas de actividad, de influir en los demás y

de energía en los negocios; buscando, sin destruir esas

ideas, el medio de moderarlas y conducirlas al punto en

que pueden encontrar su verdadero desarrollo y producir

su efecto! Ya me tienes animado por ocho días y

reconciliado conmigo mismo. ¡Qué hermosa es la paz del

alma, y qué triste, amigo mío, que semejante joya tenga

tanto de frágil como de bello y singular!"

20 DE FEBRERO

"Dios os bendiga, amigos míos, y os dé todos los días

felices que a mí me niega. Alberto te agradezco que me

hayas engañado. Aguardaba la noticia del día de vuestra

boda, porque ese día tenía resuelto descolgar

solemnemente de la pared el retrato de Carlota, y enterrarlo

entre mis papeles. ¡Ya estáis casados y todavía tengo aquí

su retrato! Aquí permanecerá. ¿Por qué no? Sé que

también estoy con vosotros: sé que, sin perjuicio tuyo,

tengo un lugar en el corazón de Carlota. Sí; ocupo en él el

segundo puesto, y quiero y debo conservarlo. ¡Oh ! Me

volvería loco si ella pudiese olvidar... Alberto, dentro de

esta idea se encierra el infierno, adiós. Adiós, Carlota;

adiós ángel del cielo."

(6) Por consideración a tan respetables personas, no incluimos en el

relato esta carta y otra de que se habla más adelante. El más profundo

reconocimiento del público no excusaría, en nuestra opinión, la audacia

de publicarlas. (Nota del autor.)

-71-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

15 DE MARZO

"He sufrido una mortificación que me echará de aquí:

estoy furioso. Lo dicho: esto es un hecho, y vosotros

tenéis la culpa de todo; vosotros, que me habéis

soliviantado, atormentado, obligado a tomar un destino

que yo no quería. Nos hemos lucido. Y con el fin de que

no me digas que lo echo todo a perder con mis ideas

exageradas, voy, mi querido amigo, a exponerte lo

sucedido, con la sencillez y exactitud de un cronista.

"El conde de C. me aprecia y me distingue, ya lo sabes,

porque te lo he dicho cien veces. Ayer comí en su casa.

Justamente era uno de los días en por las tardes tiene

tertulia, a la que concurren las damas y caballeros más

distinguidos. Yo no había pensado semejante cosa, y jamás

pude figurarme que nosotros, los menos encopetados,

sobrábamos allí. Adelante. Comí, y después de comer

estuve paseándome y charlando con el conde en el gran

salón. Llegó el coronel B. que terció en nuestras plática, y

por fin, insensiblemente sonó la hora de la tertulia. ¡Bien

sabe Dios que no pensaba en ello! Entró la nobilísima

señora de S. con su marido y la pava de su hija, que tiene

el pecho como una tabla y un talle que no es talle. Pasaron

por delante de mí con el aire desdeñoso que los

caracteriza. No inspirándome la gente de este linaje otra

cosa que una antipatía profunda, resolví retirarme, y

aguardaba sólo a que el conde se viese libre de su fastidiosa

palabrería, cuando entró la señorita B. Como siempre que

la veo se impresiona un poco mi corazón, me quedé, y fui

a colocarme detrás de su asiento. Llegué a observar que

me hablaba con menos franqueza que la acostumbrada y

con algún embarazo. Esto me sorprendió. "Es ella como

todas estas gentes?", me pregunté a mí mismo. Estaba

picado y quería retirarme; sin embargo, me quedaba,

-72-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

esperando con alguna frase que me dirigiera llegaría a convencerme

de que mi pregunta era injusta. Entre tanto, el

salón se llenó. El barón F., que llevaba encima todo un

guardarropa del tiempo en que se coronó a Francisco 1

(7); el consejero áulico R., que se anuncia haciéndose

llamar su excelencia con su mujer, que es sorda, etcétera.

No debo pasar por alto a J., el desaliñado, que tapa los

agujeros de su traje gótico con retales del día. Estas y

otras personas fueron entrando, mientras yo hablaba con

algunas conocidas mías, que me parecieron muy lacónicas.

Pensando y ocupándome exclusivamente de B., no advertí

que las señoras cuchicheaban en un extremo del salón, y

que algo extraordinario sucedía entre los caballeros; no

advertí que la señora de S. hablaba aparte con el conde

(Todo esto me lo ha dicho después la señorita B.) Por

último, el conde se acercó a mí, y me llevó al hueco de

una ventana. "Ya conocéis—me dijo—nuestras

costumbres extravagantes. He observado que la tertulia

en masa está descontenta de veros aquí, y aunque yo no

querría por todo el mundo..." "Dispensadme, señor —

exclamé, interrumpiéndole—. Debía haber caído en ello,

lo sé, y sé también que me perdonaréis esta irreflexión—

dije al mismo tiempo que le hacía una reverencia—. Yo ya

había pensado retirarme, y no sé que espíritu me lo ha

detenido."

"El conde me apretó la mano de un modo que daba a

entender cuanto podía decir. Me escurrí pausadamente y,

fuera ya de la augusta asamblea, subí a mi birlocho y fui a

M., para ver desde la colina la puesta del sol, leyendo el

magnífico canto en que refiere Homero cómo Ulises fue

hospedado por uno que guardaba puercos. Hasta aquí

todo iba bien.

"Ya de noche, volví a mi posada para cenar. Sólo encontré

algunas personas que jugaban a los dados en el comedor,

en un ángulo de la mesa, para lo cual habitan levantado un

poco los manteles. Entró el apreciable A. y dejó su sombrero,

mirándome al mismo tiempo; se vino hacia mí y

me dijo en voz baja:

-73-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

(7) Emperador de Alemania en 1745. (Nota del traductor.)

"¿Conque has tenido un disgusto?" "¿Yo?" "El conde te

ha echado de su tertulia." "¡Cargue el diablo con ella! Me

salí para respirar un aire más puro." "Me alegro de que

no des importancia a lo que no la tiene; solamente siento

que la cosa se haya hecho pública." Esto dio margen a

que se desertase en mí el enojo. Conforme iba llegando la

gente para sentarse a la mesa, me miraban, y yo decía

para mi sayo: "Te miran por lo de la reunión." Y esto me

quemaba la sangre.

"Y como ahora, donde quiera que me presentó, oigo decir

que los que me envidian baten palmas, que me citan como

un ejemplo de lo que sucede a los presuntuosos que se

creen autorizados para prescindir de todas las

consideraciones porque están dotados de algún ingenio,

y oigo, además, otras majaderías semejantes, de buena

gana me clavaría un cuchillo en el corazón. Digan lo que

digan de los caracteres despreocupados, yo querría saber

quien es el que puede sufrir que tanto bellaco murmure

de él de este modo. Sólo cuando carece de fundamento

la murmuración es fácil depreciar a los murmuradores."

16 DE MARZO

"Todo conspira contra mí. Hoy he encontrado en el paseo

a la señorita B. Me he visto obligado a acercarme y, apenas

nos hemos alejado un poco de los demás, le he dado mil

quejas por lo que anteayer me ocurrió con ella. "¡Oh

Werther!—me dijo con la mayor ternura—. ¿Cómo

interpretáis tan mal aquella turbación mía, vos que me

conocéis tan bien? ¡Cuánto he sufrido por vos, desde el

instante en que os vi en el salón! Todo lo adiviné; cien

veces estuve a punto de decíroslo. Sabía que las señoras

de S. y de T. se alejarían con sus maridos antes que

permanecer en vuestra compañía; sabia que el conde no

se atrevería romper con ellos..., ¡y ahora vos me pedís

-74-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

cuenta!" "¡Cómo señorita!", dije, ocultando mi turbación

y sintiendo que algo como agua hirviendo corría por mis

venas, a la par que recordaba todo lo que me había dicho

A. al entrar en casa. "¡Cuánto me ha costado ya todo

esto!", exclamó aquella hermosa criatura con los ojos

llenos de lágrimas. Dejé de ser dueño de mí mismo, y

faltó poco para que me arrojase a sus pies. "Explicaos",

le dije. Sus lágrimas rodaron; yo estaba fuera de mí. Se

enjugó el llanto sin cuidarse de ocultármelo.

""Mi tía—prosiguió—, a quien ya conocéis, se hallaba

presente. ¡Contenta se puso de veros a mi lado! Werther,

ayer tarde y esta mañana he tenido que sufrir un sermón

por ser amiga vuestra, y me he visto obligada a oír que os

insultaban, que os humillaban, sin poder defenderos y sin

atreverme a defenderos más que a medias."

"Cada palabra que profería era una espada que atravesaba

mi corazón. Sin comprender el bien que me hubiera hecho

ocultándome todas estas cosas continuó refiriendo lo que

aún dirían de mí, y quiénes se gozarían en el triunfo,

celebrándolo y haciendo saber que se ha castigado mi

orgullo y mi desprecio hacia los demás, cosas que hace

tiempo vienen echándome en cara.

"¡Y oír todo esto de su boca, Guillermo; oírselo a ella,

cuyo afecto para mí es verdadero y profundo! Quedé

anonadado, y todavía fermenta la cólera en mi pecho.

Quisiera qué alguno de ellos tuviera el valor de pronunciar

una sola palabra delante de mí, para atravesarle de parte a

parte con mi espada. Me sosegaría si viese correr la

sangre. ¡Ah! más de cien veces he cogido un cuchillo

para acabar con la asfixia que me ahoga. Se habla de una

noble raza de caballos que, cuando están enardecidos y

cansados con exceso, se abren por instinto una vena para

respirar con más libertad. Muchas veces me encuentro en

este caso; querría abrirme una vena que me proporcionase

la libertad eterna."

24 DE MARZO

-75-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

"He pedido mi cesantía con esperanzas de obtenerla y sé

que me perdonarás el que lo haya hecho sin consultarte.

Necesito salir de aquí, y sé todo lo que pudieras decirme

para evitarlo; así, pues, di a mi madre lo que ocurre, de

modo que no ponga el grito en el cielo. Es preciso que

lleve con paciencia el que no la satisfaga quien ni a sí

mismo logro satisfacerse.

"No dudo que esto le causará mucha pena. ¡Ver que su

hijo se detiene de pronto en la brillante carrera que le

llevaba en línea recta a los puestos de consejero y

embajador! ¡Ver que se desvía del camino!... Haz todas

las objeciones que se te ocurran y cuantas combinaciones

conduzcan a demostrar en qué casos podía y debía

continuar aquí; he decidido irme, y me voy. Para que sepas

adónde te diré que mi compañía es muy grata al príncipe

de..., y que, cuando ha tenido noticia de mi determinación,

me ha pedido que le acompañe a sus estados para pasar

con él la primavera. Me ha prometido que tendré libertad

absoluta; y como estamos de acuerdo casi en todo, voy a

correr el albur y marcharme con él."

POST SCRIPTUM, 19 DE ABRIL

"Te agradezco tus cartas. No las he contestado porque

para enviarte ésta esperaba a recibir el cese de la corte,

temía que mi madre influyera con el ministro y diese al

traste con mis planes; pero ya está todo arreglado puesto

que ha sido aceptada mi dimisión. No te diré la repugnancia

con que han accedido a mis deseos ni lo que me escribe

el ministro, porque aumentarían vuestras lamentaciones.

El príncipe heredero me ha dado una gratificación,

veinticuatro ducados, diciéndome palabras que me han

enternecido hasta el punto de hacerme llorar. No necesito,

pues, el dinero que últimamente había pedido a mi madre."

5 DE MAYO

-76-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

"Salgo mañana, y como sólo dista seis millas del camino

el lugar donde nací, quiero volver a verlo y recordar los

antiguos días de mi infancia, que pasaron como un sueño.

"Quiero entrar por la misma puerta por donde salí con mi

madre cuando, después de quedarse viuda, abandonó esta

querida y sosegada aldea para encerrarse en esa horrible

ciudad. Adiós, Guillermo; ya tendrás noticias de mi viaje."

9 DE MAYO

"He visitado el pueblo donde nací, con toda la devoción

de un peregrino, impresionándome una porción de

sentimientos inesperados. Hice detener el coche cerca del

gran tilo que hay a un cuarto de legua de la población, a la

parte sur; me apeé y mandé al cochero que fuese delante,

con objeto de seguir yo a pie y saborear todos los

recuerdos con toda viveza y plenitud de la novedad. Me

detuve bajo el tilo que en mi infancia había sido objeto y

término de mis paseos. ¡Qué diferencia! Entonces con

una dichosa ignorancia me lanzaba impetuosamente hacia

ese mundo desconocido en que esperaba hallar para mi

corazón todo el alimento, todas las venturas que debían

colmar y satisfacer la efervescencia de mis deseos. Ahora

vuelvo ya de ese vasto mundo, y ¡oh amigo mío, cuántas

esperanzas perdidas, cuántos planes destruidos! Aquí

están delante de mí las montañas que mil veces contemplé

como el único muro que se oponía a mis deseos. Entonces

podía quedarme en estos sitios horas enteras, pensando

en escalar esas alturas, llevando mi pensamiento al fondo

de los valles y de las alamedas que divisaba entre las tintas

suaves del crepúsculo; y cuando llegaba el momento de

volver a mi casa, yo abandonaba este paraje querido con

indecible pena. Al acercarme al pueblo, he saludado todos

los viejos pabellones de los jardines. Los nuevos me desagradan,

como todos los cambios que he observado. Pasé

la puerta que da entrada a la población, y entonces sí que

me encontré dentro de mis recuerdos. Amigo mío, no

quiero detenerme en detalles, la relación sería tan pesada

-77-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

como grande ha sido el placer que he experimentado.

Pensaba alojarme en la plaza, precisamente al lado de

nuestra antigua casa. Observé al paso que la escuela,

donde una buena vieja nos reunía cuando niños, se había

convertido en una abacería. Me acordé de la inquietud,

de los temores, los apuros y las aflicciones que yo había

sufrido en aquella especie de agujero. No daba un paso

que no me obligara a entusiasmarme. No encuentra un

peregrino en tierra santa tantos lugares consagrados por

religiosos recuerdos, y dudo que su alma experimente tan

puras emociones. Bajé por la orilla del río adelante hasta

una alquería adonde iba yo en otro tiempo muy a menudo:

es un paraje reducido, donde los muchachos nos

divertíamos en tirar piedras a la superficie del agua para

ver quién las hacia singlar mejor. Recordé vivamente que

me detenía algunas veces a ver correr el agua, formándome

las ideas más maravillosas de su curso; recordé las

caprichosas pinturas que me hacía de los países adonde

aquella corriente debía ir a parar; recordé que pronto

encontraba mi imaginación los límites de esos países, y

que, sin embargo, yo iba más lejos, y acababa por

perderme en la contemplación de un paisaje lejano y

vagoroso. Amigo mío, de este modo con esta felicidad,

vivieron los venerables padres del género humano; tan

infantiles fueron sus impresiones y su poesía. Cuando

Ulises habla de la mar inmensa y de la tierra, su lenguaje

es verdadero, humano, intimo, sorprendente y misterioso.

¿De qué me sirve poder repetir con todos los colegas que

la Tierra es redonda? ¡La Tierra! Sólo necesita el hombre

algunas palabras para tener ocupación toda su vida, y

menos todavía para volver a esta tierra de donde salió.

"Estoy ahora en la casa de campo del príncipe. Se vive

muy bien con este hombre: es la verdad y la sencillez

personificada, pero está rodeado de gente singular que

no acabo de comprender. Sin tener el aspecto de unos

bribones, les falta el talento de los hombres de bien.

Algunas veces me parecen muy respetables, y, sin embargo,

no llego a fiarme de ellos. Me molesta que el

príncipe hable con frecuencia de cosas que ha oído decir

-78-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

o que ha leído, copiando siempre servilmente lo que lee y

lo oye. Añade a esto, que tiene en más mi talento que mi

corazón, este corazón, única cosa de que estoy orgulloso,

única fuente de toda fuerza, de toda felicidad y de

todo infortunio. ¡Ah! Lo que yo sé, cualquiera lo puede

saber; pero mi corazón lo tengo yo sólo."

25 DE MAYO

"Tenía un proyecto del que pensaba hablarte cuando se

hubiera realizado; ahora veo que no resultará nada, y voy

a darte cuenta de mi secreto: quería entrar en el ejército.

Mucho tiempo he acariciado esta idea, causa la más

poderosa de cuantas me movieron a seguir al príncipe,

que es general de las fuerzas de ... Paseando juntos le he

descubierto mi designio; pero me ha disuadido, y sólo

hubiera dejado de ceder a sus razones si fuera en mí una

verdadera vocación lo que no pasa de simple capricho."

11 DE JUNIO

"Di lo que quieras; pero necesito irme de aquí, donde no

hago otra cosa que fastidiarme. El príncipe no puede ser

para mi mejor dé lo que es; sin embargo, no estoy contento

a su lado, y consiste en que en el fondo no hay nada

semejante entre los dos. Es un hombre de talento, pero de

talento vulgar. Su conversación no me causa mayor placer

que uno obra bien escrita. Permaneceré aún ocho días

aquí: cuando hayan pasado volveré a vagabundear. Lo

mejor que he hecho desde que vine, ha sido dedicare al

dibujo. El príncipe no es extraño al arte y aún lo sería

menos si no estuviese forrado de fastidiosas fórmulas

científicas y de una huera terminología. Más de una vez,

arrastrándome mi loca imaginación por los caminos del

arte y de la naturaleza, me muerdo los labios al ver que,

convencido de que pone una pica en Flandes, me

interrumpe a tontas y a locas para encajar en la

conversación algún término técnico."

16 DE JULIO

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Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

"Sí; yo no soy otra cosa que un viajero, un peregrino en

el mundo. ¿Y tú? ¿Eres algo más?"

18 DE JULIO

"¿Adónde quiero ir? Te lo diré en confianza. Tengo

precisión de permanecer aquí otros quince días. Después,

me he dicho a mí mismo que deseo visitar las minas de...;

pero, en el fondo, no hay nada de esto: lo que quiero

únicamente es aproximarme a Carlota. Esto es todo. Me

río de mi corazón, y hago todo lo que me manda."

29 DE JULIO

"¡Bien! ¡Muy bien! Todo marcha a maravilla. ¡Yo! ¡Su

marido! ¡Oh Dios! si tú, que me has dado la vida, me

hubieses reservado semejante felicidad, mi existencia

hubiera sido una adoración continua. No quiero quejarme

contra ti; perdóname estas lágrimas, perdona mis inútiles

deseos. ¡Ella, mi mujer! ¿Si hubiera estrechado entre mis

brazos a la criatura más amable que hay bajo el cielo!

Guillermo, cuando Alberto abraza su talle esbelto, tiemblo

de pies a cabeza.

"¿Me atreveré a decirlo? ¿Y por qué no? Carlota hubiera

sido conmigo más feliz que con él. No; no es éste el hombre

que puede satisfacer todos los deseos de este ángel. Cierta

falta de sensibilidad, cierta falta de... (traduce esto como

te parezca). Yo veo que sus almas no simpatizan; lo veo

cuando, leyendo uno de nuestros libros favoritos, laten al

unísono el corazón de Carlota y el mío, y lo veo en otras

mil ocasiones en que revelamos los sentimientos que nos

producen las acciones ajenas. ¡Oh Guillermo! ¿Es verdad

que él la ama con toda su alma..., y que, así y todo, no

merece el amor de ella?

"Un importuno ha venido a interrumpirme. Mis lágrimas

se han secado, mi melancolía ha desaparecido. Adiós,

-80-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

querido amigo."

4 DE AGOSTO

"No soy el único que se queja. Todos los hombres ven

burladas sus esperanzas y son engañados en lo que

desean. Acabo de visitar a la buena mujer de los tilos: el

mayor de los muchachos ha corrido a mi encuentro. Sus

gritos de alegría han anunciado mi llegada a la madre, que

está muy abatida. Sus primeras palabras han sido: "¡Ay,

mi buen señor! Mi Juan ha muerto. "Juan era el menor de

los niños. Yo guardé silencio. "Mi marido—añadió— ha

vuelto de Suiza con las manos en la cabeza a no ser por

algunas buenas almas, se hubiera visto obligado a venir

pidiendo limosna." No se me ocurrió decirle nada; pero

hice un regalillo a su hijo. Ella me rogó que aceptase unas

manzanas, las tomé y me alejé de aquel sitio de tan triste

memoria."

21 DE AGOSTO

"He cambiado por completo en un abrir y cerrar de ojos.

Aunque todavía algunas veces se ilumina mi vida con la

claridad de una luz suave, no es, ¡ay!, más que por un

solo instante. Cuando me entrego a mis ensueños, no

consigo desechar este pensamiento. "Pues qué, si Alberto

muriese, ¿no podrías tú ser..., no podría ser ella...?" Y

así continúo corriendo tras esta vaga sombra, hasta que

me conduce al borde del abismo, donde me detengo con

espanto.

"¡Qué diferente me parece todo, cuando salgo de la ciudad

por el camino que recorrí en coche el día que, para llevarla

al baile, fui por Carlota la primera vez! Todo ha cambiado,

todo ha desaparecido. Ni una señal en la naturaleza, ni un

latido en mi corazón que recuerde aquel día. Soy como la

-81-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

sombra de un príncipe opulento que volviese al palacio

edificado y decorado con todo lujo y magnificencia por

él en otra época, para encontrar arruinadas las espléndidas

maravillas que legó a un hijo queridísimo."

3 DE SEPTIEMBRE

"Hay ocasiones en que no comprendo cómo puede amar

a otro hombre, cómo se atreve a amar a otro hombre,

cuando yo la amo con un amor tan perfecto, tan profundo,

tan inmenso; cuando no conozco más que a ella, ni veo

más que a ella, ni pienso más que en ella."

4 DE SEPTIEMBRE

"Sí, así es. Al mismo tiempo que la naturaleza anuncia la

proximidad del otoño, siento el otoño dentro de mí y en

torno mío. Mis hojas amarillean, y las de los árboles

vecinos se han caído ya. ¿He vuelto a hablarte de un joven

aldeano que conocí cuando vino por primera vez a estos

parajes? He pedido en Wahlheim noticias suyas, y me han

dicho que, habiéndole echado de la casa donde servía,

nadie ha vuelto a saber de él. Ayer le encontré, por

casualidad, camino de otra aldea; le dirigí la palabra, y me

ha contado su historia, que me ha impresionado mucho

como comprenderás fácilmente cuando a mi vez te la

refiera. Pero ¿a qué conducen estos pormenores? ¿No

debía yo guardar para mí lo que me aflige y me angustia?

¿Por qué he de afligirte también? ¿Por qué he de darte sin

cesar ocasión para que te quejes y me riñas? ¡Bah!, acaso

no es mía la culpa, sino de mi estrella.

"Este hombre respondió a mis primeras preguntas con

sombría tristeza, en la que me pareció ver alguna confusión;

pero en breve, como si cayera en la cuenta de con quién

hablaba, y me reconociese, me confesó con franqueza

sus faltas y deploró su desdicha. ¡Que no pueda yo, amigo

mío, recordar una por una sus palabras! Confesaba,

refería (experimentando, al hacer memoria de ello, una

-82-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

especie de alegría y de placer) que su amor hacia su ama

fue aumentando cada vez más hasta el punto de no saber

lo que hacía ni, hablándote en su lenguaje, dónde tenía la

cabeza. No podía beber, comer ni dormir; esto le

martirizaba, y hacía lo que no debía hacer y olvidaba lo

que le habían mandado, parecía que tenía los demonios

en el cuerpo, y por último, un día que ella estaba en una

habitación de un piso alto, lo supo él y la siguió, o más

bien se sintió arrastrado en pos de ella. Rogó inútilmente

y pretendió hacer uso de la fuerza. Ignoraba cómo pudo

llegar a tal extremo y ponía a Dios por testigo de que

siempre había pensado en ella con toda pureza y de que

su más vehemente deseo había sido casarse para pasar la

vida a su lado. Después de platicar un rato de este modo,

titubeó, como aquel a quien aún le falta algo que decir y

que no se atreve a continuar. Al cabo me confesó tímidamente

que ella le solía tolerar ciertas confianzas y le había

concedido algunos ligeros favores. Cortó dos o tres veces

el relato para repetirme que no decía esto "por

despreciarla"; que la quería tanto como antes; que jamás

había hablado con nadie de estas cosas, y que sólo me

las refería para que me convenciese de que él no era un

malvado ni un insensato. Y ahora, amigo mío, vuelvo a

mi eterno estribillo: ¡si yo pudiera pintarte a este muchacho

tal como estaba, tal como todavía le ven mis ojos; si yo

pudiera decirte perfectamente todo para que

comprendieses cómo me interesa, cómo debo interesarme

por él! Basta; conoces lo que me pasa, me conoces y

sabes demasiado bien cuánto me interesan todos los

desdichados, y, sobre todos, este de que te hablo.

"Leo lo escrito, y observo que se me olvidaba referirte el

fin de la historia, que se adivina fácilmente. La viuda se

defendió, llegó su hermano, que hacía mucho tiempo

odiaba al criado y deseaba echarle de la casa, por temor

de que un nuevo matrimonio de la hermana privase a sus

hijos de una herencia que esperaban fundadamente, puesto

que aquélla no tenía sucesión directa; este hermano plantó

al criado en la calle, y armó tan completo escándalo sobre

lo ocurrido, que aunque la viuda hubiera deseado recibir

-83-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

de nuevo al muchacho, no se hubiera atrevido a ello. Dicen

que también ahora está que trina el hermano con otro criado

que tiene la consabida, respecto al cual aseguran que se

casará con ella, cosa que el antiguo está firmemente

resuelto a no sufrir mientras aliente.

"No he exagerado ni embellecido esta historia; hasta puedo

decir que la he contado débil, debilísimamente, y que ha

perdido mucho de su sencillez, porque la he encerrado en

el molde de nuestro lenguaje usual y circunspecto.

"Esta pasión, que encarna tanto amor y tanta fidelidad,

no es una ficción poética; vive, centellea con toda su pureza

en estos hombres que apellidamos incultos y groseros

nosotros, gente civilizada hasta el punto de no ser ya nada.

"Lee esta historia con recogimiento, te lo suplico. Yo,

escribiéndote hoy estas cosas estoy sosegado, ya lo ves:

ni me precipito ni me embrollo, como acostumbro. Lee,

querido Guillermo, y piensa quien que ésta es, además, la

historia de tu amigo. Sí, esto es lo que me ha sucedido,

esto es lo que me sucederá a mí, que no tengo la mitad

del valor y la resolución de este pobre diablo, con el cual

apenas me atrevo a compararme."

5 DE SEPTIEMBRE

"Carlota escribió una nota a su marido, que estaba en el

campo, donde le retenían los negocios. La esquela

comenzaba así: "Querido, queridísimo amigo: vuelve lo

más pronto que puedas; te espero impaciente... "Uno que

llegó trajo la noticia de que algunas ocupaciones

impedirían a Alberto regresar tan pronto. La carta quedó

sin concluir sobre la mesa, y por la noche vino a dar en

mis manos. La leí y sonreí: Carlota me preguntó la causa.

"La imaginación es una cosa divina—exclamé—, por un

momento me había figurado que este escrito era para mí.

"No contestó nada; creo que le disgustó mi ocurrencia.

Yo guardé silencio."

-84-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

6 DE SEPTIEMBRE

"Mucho me ha costado resolverme a dejar el frac azul

que llevaba cuando bailé con Carlota por primera vez;

pero ya estaba inservible.

"Me he encargado otro idéntico, con cuello y vuelos

iguales, y una chupa y unos calzones amarillos como los

que tenía. Bien conozco que no es lo mismo llevar uno

que otro; sin embargo..., ¿quién sabe? Me figuro que,

con el tiempo, le tocará al nuevo su turno, y será el

preferido."

12 DE SEPTIEMBRE

"Habiendo ido Carlota a ver a Alberto, ha estado ausente

algunos días. Hoy, al entrar en su habitación, salió a mi

encuentro y le besé la mano con indecible júbilo.

"Sobre un espejo había un canario que voló a sus

hombros. Cogiéndole entre sus dedos, me dijo: "Es un

nuevo amigo que destino a mis niños. Es muy bonito;

miradle. Cuando le doy pan, divierte ver cómo agita las

alas y picotea. También me besa; vedlo: "acercó su boca

al pajarillo, y éste se plegó tan amorosamente contra sus

dulces labios, como si comprendiese la felicidad que

gozaba.

""Quiero que también os dé un beso", dijo ella, acercando

el pájaro a mi boca. Este trasladó su piquito desde los

labios de Carlota a los míos, y sus picotazos eran como

un soplo de celestial felicidad.

""Sus besos—dijo—no son completamente desinteresados;

busca comida, y cuando no la encuentra en las

caricias que le hacen, se retira descontento" "También

come en mi boca.", exclamó Carlota, presentándole

algunas migajas de pan en sus labios entreabiertos, sobre

los cuales sonreían con voluptuosidad el placer y el éxtasis

de un amor correspondiente.

-85-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

"Volví la cabeza. Ella no debía hacer lo que hacía, ella no

debía inflamar mi imaginación con estos transportes

candorosos de alegría purísima, ni despertar mi corazón

del sueño en que le arrulla la indiferencia que siento por la

vida. ¿Y por qué no? Es que se fía de mí, es que sabe de

qué modo la amo."

15 DE SEPTIEMBRE

"En verdad, Guillermo, que hay para darse al diablo cuando

se ven personas tan desprovistas de razón y de

sentimientos, que desconocen cuanto tiene valor en este

mundo. Tú recordarás aquellos nogales del presbiterio, a

cuya sombra me sentaba yo con Carlota. ¡Cuánto me

alegraba el corazón la vista de tan magníficos árboles y

cómo embellecían el patio! ¡Cuánta frescura había en su

sombra y cuánta majestad en su follaje! Eran recuerdos

vivos de los respectivos párrocos que, en un tiempo ya

remoto, los habían plantado. El maestro de escuela nos

ha citado muchas veces el nombre de uno de éstos, llevaba

el mismo de su abuelo, y parece que era una persona

dignísima. Por eso, cuando me sentaba debajo de aquellos

nogales, en este recuerdo había algo querido y sagrado

para mí. Ayer deplorábamos que los hayan cortado: el

maestro de escuela lloraba. ¡Cortado! Tengo tal indignación

que sería capaz de matar al miserable que les dio el primer

hachazo.

"Si yo fuera dueño de dos árboles semejantes, me bastaría

ver a uno secarse de viejo para desesperarme. Juzga por

esto lo que me afecta el sacrilegio cometido. ¿De qué

sirve la conciencia a los hombres? Todo el pueblo

murmura, y la mujer del cura actual comprenderá la herida

que ha abierto en los instintos de los buenos aldeanos,

cuando recoja la manteca, los huevos y los demás tributos

voluntarios. Porque ella, la esposa del nuevo párroco (el

que yo conocí ha muerto también) es la autora; ella, criatura

flacucha y enclenque, que hace muy bien en no interesarse

-86-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

por nadie en el mundo, porque nadie comete la sandez de

interesarse por ella, marisabidilla que se atreve a disertar

sobre los cánones de la iglesia y a trabajar para la reforma

crítico-moral del cristianismo, encogiéndose de hombros

ante las ideas de Lavater, mujer, en fin, cuya salud raquítica

no resiste la más inocente diversión. Sólo un bicho así

hubiera sido capaz de cortar los nogales. ¿Comprendes

que las hojas que se caían, sobre ensuciar el patio de esta

señora, lo llenasen de humedad? Además, las ramas

quitaban la luz, y cuando maduraban las nueces los

chiquillos se entretenían en derribarlas a pedradas, lo cual

alborotaba los nervios de la pobrecita, robándole el sosiego

en sus profundas meditaciones, cuando acaso comparaba

y pesaba juntos a Kennikot, Semler y Michaelis. Al

avistarme con la gente de la aldea, después de tan

importante descubrimiento, pregunté, sobre todo a los

viejos, por qué lo habían consentido.

""¿Y qué creéis—me respondieron—, cuando el alcalde

manda una cosa, ¿quién ha de oponerse?" Hay, sin embargo,

en este asunto un lado cómico. El alcalde y el cura

(porque éste pensaba sacar algún provecho del disparate

cometido por su mujer, que con frecuencia le quema la

sangre) el alcalde y el cura, digo, pensaban repartirse el

fruto de los árboles cortados; pero el administrador de

rentas lo supo y dio con el plan en tierra, haciendo valer

antiguos derechos sobre el patio del presbiterio donde

habían estado los nogales, que fueron vendidos en pública

subasta. En resumen, ya no hay nogales... ¡Oh, si yo fuera

príncipe, ya les diría a la mujer del cura, al alcalde y al

administrador...! ¡Príncipe! ... ¡Ah!, si yo fuera príncipe

¿qué me importarían los árboles de mi país?"

10 DE OCTUBRE

"Me basta ver sus ojos negros para ser feliz. Lo que me

apena es que Alberto no parece tan dichoso como él

esperaba y como él mismo creía. ¡Ah! si yo... No me

gusta emplear reticencias; pero no puedo expresarme de

otro modo..., y me parece que me explico con bastante

-87-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

claridad."

12 DE OCTUBRE

"Ossián ha desbancado a Homero en mi espíritu. ¡A qué

mundo nos transportan los sublimes cantos de aquel

poeta! ¡Vagar por los matorrales, aspirar el aire de fuego

que columpia en las nubes las sombras del firmamento a

los pálidos rayos de la luna, oír quejarse en la montaña la

voz de trueno del torrente de la selva, y los gemidos de

las plantas medio abrasadas por el viento, confundiéndose

quejas y gemidos con los suspiros de la joven que

agoniza al pie de cuatro piedras cubiertas de musgo, bajo

las cuales reposa el héroe glorioso que fue su amante!

¡Oh!, cuando en aquel desierto contemplo al bardo

encanecido por los años, que busca las huellas de sus

padres y sólo encuentra sus sepulcros, mientras,

sollozando, vuelve la vista hacia la estrella de la tarde,

medio escondida entre el oleaje de una mar tempestuosa;

cuando veo que renace el pasado en el alma del héroe,

que como en los tiempos en que la misma estrella irradiaba

sobre los bravos guerreros exploradores, o la luna ayudaba

con su propia claridad al regreso de sus naves victoriosas,

cuando leo en su frente un profundo dolor, y le veo solo

en el mundo caminando trémulo hacia la tumba,

saboreando una suprema y dolorosa alegría en la aparición

de los fantasmas inmóviles de sus padres; cuando le oigo

gritar, fijos los ojos en la tierra seca y en la hierba doblada

por el viento: "El viajero vendrá; vendrá el que me ha

conocido en mi esplendor, y preguntará dónde está el

bardo, preguntará qué ha sido del hijo de Finga! Y su pie

hollará mi tumba mientras su voz llamará en vano! ...

Entonces, amigo mío, quisiera, como leal escudero, sacar

la espada, y con ella librar a mi príncipe de las angustias

de una vida que es una muerte lenta, hiriéndome después

a mí mismo para enviar mi alma en pos de la del héroe

libertado."

19 DE OCTUBRE

-88-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

"¡Ay de mí! Este vacío, este horrible vacío que siente mi

alma... Muchas veces me digo: "Si pudiera un momento,

uno solo estrecharla contra mi corazón, todo este vacío

se llenaría."

26 DE OCTUBRE

"Sí, amigo mío, cada día estoy más convencido de que

la vida de una criatura vale bien poco. Ayer estuvo a ver a

Carlota una amiga suya. Entré en una pieza inmediata y

cogí un libro para distraerme; pero no tenía la cabeza

bastante despejada para fijarme en la lectura. Oí que

hablaban en voz baja. Charlaron de cosas indiferentes, de

las novedades que ocurrían en el pueblo, de que tal persona

se había casado y tal otra se hallaba enferma, muy

enferma. "Tiene una tos seca—dijo la amiga—, las mejillas

hundidas, la cara más larga. No daría yo un ochavo por

su vida." "M. N.—dijo Carlota— está también bastante

echado a perder." "Es verdad—repitió la otra—; tiene el

cuerpo hinchado de una manera que asusta."

"Así platicaban tranquilamente, mientras yo me

transportaba con la imaginación al lado de estos

desdichados y veía con cuánta ansiedad sentían escapárseles

la vida, y cómo se asían a la más débil

esperanza. Después de todo, Guillermo, estas jóvenes

hablaban del asunto como habla todo el mundo cuando

se trata de la muerte de un extraño. Yo paseando mi vista

en torno mío, viendo echados acá y allá los vestidos de

Carlota, y los papeles de Alberto sobre estos muebles

que han llagado a serme familiares hasta el punto de notar

la menor alteración, me decía a mí mismo: "Puede

asegurarse que en esta casa eres todo para todos; tus

amigos te honran, tú contribuyes a su alegría, y parece

que no podríais vivir los unos sin los otros. No obstante,

si tú te alejases de su lado, sentirían... ¿cuánto tiempo

sentirían el vacío que tu pérdida dejaría en sus existencias?

¡Ah!, el hombre es tan versátil por naturaleza, que, aun

donde tenga seguridad de ser apreciado en algo, aun allí

donde pueda dejar un recuerdo profundo de su existencia

-89-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

o de su paso en la memoria y en el alma de los que le son

queridos, aun allí debe extinguirse y desaparecer; y esto,

¡ay!, demasiado pronto."

27 DE OCTUBRE

"Es cosa de arañarse y romperse la cabeza considerar lo

poco que valemos unos para otros. ¡Ay de mí! Nadie me

dará el amor, la alegría, el goce de las felicidades que no

siento dentro de mí. Y aunque no tuviera el alma llena de

la más dulces sensaciones, no sabría hacer dichoso a quien

en la suya careciese de todo."

27 DE OCTUBRE POR LA NOCHE

"¡Siento tantas cosas..., y mi pasión por ella lo devora

todo! ¡Tantas cosas! . . . ¡Y sin ella todo se reduce a

nada!"

30 DE OCTUBRE

"Más de cien veces he estado a punto de arrojarme a su

cuello. Sólo Dios sabe cuánto me cuesta mirar y remirar

tantos encantos, sin atreverme a extender mis manos hacia

ella. Apoderarse de lo que se ofrece a nuestra vista y nos

embelesa, ¿no es un instinto propio de la humanidad? ¿No

se esfuerza el niño por coger cuanto le gusta? Y yo..?"

3 DE NOVIEMBRE

"Sólo Dios sabe cuántas veces me he dormido con el

deseo y la esperanza de no despertar jamás. Y al día

siguiente abro los ojos, vuelvo a ver la luz del sol y siento

de nuevo el peso de mi existencia.

"¡Ah! ¿Por qué no soy uno de esos maniquíes que se

amoldan a todo, a todo, menos a sí mismos? Entonces,

al menos, el insoportable fondo de mi desolación no

pesaría sobre mí más que a medias. Por desgracia,

comprendo que la culpa es únicamente mía. ¡La culpa!

-90-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

No. Bastante es ya que lleve en mí la fuente de todos los

dolores, como hace poco llevaba el manantial de todos

mis placeres. ¿No soy siempre aquel hombre que otras

veces se deleitaba con los más puros goces de una

exquisita sensibilidad que a cada paso creía descubrir un

paraíso, y cuyo corazón abierto a un amor sin límites, era

capaz de abrazar el mundo entero? Este corazón está ahora

muerto, cerrado a todas las sensaciones; mis ojos están

secos, y mis acerbos dolores, que no tienen desahogo,

llenan de prematuras arrugas mi frente. ¡Cuánto sufro! He

perdido ese don del cielo, que por sí solo embellece mi

vida, esa fuerza vivificante que hacía crear mundos a mi

dolor. Cuando desde mi ventana contemplo el horizonte

y tras la cumbre de las colinas el sol disipa las brumas

matinales y desliza sus primeros rayos hasta el fondo de

los valles, mientras el sosegado río corre mansamente hacia

mí, serpenteando entre los viejos troncos de los sauces

desnudos; este admirable cuadro, ahora inanimado y frío

como una estampa de color, este espléndido espectáculo

que otras veces ha hecho desbordarse mi corazón, no

derrama ahora en él ni una sola gota de entusiasmo o de

contento. Allí está el hombre, inmóvil, árido, frente a su

Dios, siendo un pozo vacío, una cisterna cuyas piedras

se han roto con la sequía. Muchas veces me he arrodillado

para pedir lágrimas al Señor, como el labrador implora la

lluvia cuando ve sobre su cabeza un cielo cobrizo y a sus

pies la tierra muriéndose de sed. Pero, ¡ay!, Dios no concede

la lluvia ni el sol a nuestros ruegos importunos. ¿Por

qué aquel tiempo, cuyo recuerdo me mata, era para mí

tan dichoso? Porque entonces yo esperaba, confiado en

que el cielo no me olvidaría, y recogía las delicias con

que me embriagaba un corazón lleno de reconocimiento."

8 DE NOVIEMBRE

"Carlota ha censurado mis excesos... ¡pero con qué tierno

interés! ¡Mis excesos! Porque después de apurar un vaso

de vino, sigo algunas veces bebiendo hasta consumir una

botella.

-91-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

""No volváis a hacer eso—me dijo—; pensad en Carlota."

""¡Pensar!—exclamé. ¿Qué necesidad tenéis de

recordármelo, puesto que, piense o no piense, siempre

estáis presente en mi alma? Hoy me senté en el mismo

sitio donde en otro tiempo os bajasteis del coche."

"Cambió la conversación para impedirme que hablase del

asunto.

"Amigo mío, aquí me tienes en un estado tal, que esta

mujer hace de mí cuanto quiere."

15 DE NOVIEMBRE

"Te doy las gracias, Guillermo, por el tierno interés que

me manifiestas y por los buenos consejos que me das;

pero te ruego que no te alarmes, que me dejes arrostrar la

crisis. A pesar de mi abatimiento, me siento aún con

bastantes fuerzas para llegar hasta el fin. Respeto la religión,

bien lo sabes: para el que desmaya es un apoyo; para el

que se siente devorado por la sed es un bálsamo vivificante.

Pero ¿puede ni debe dar a todos la salud? ¿A cuántos ha

dejado de dársela, y a cuántos no se la dará jamás,

conózcanla o no la conozcan? Y a mí, ¿me salvará? ¿El

mismo hijo de Dios no ha dicho que sólo estarán con él

los que su padre le dé? ¿Y si su padre quiere reservarme

para sí, como presiente mi corazón . . .?

"No interpretes mal mis palabras ni veas, en lo que es una

idea sencilla, la menor intención de mofarse, te lo suplico.

Te hablo con el corazón en la mano. A no ser así, preferiría

callarme, porque no me gusta perder el tiempo diciendo

palabras vanas sobre materias de que los demás entienden

tan poco como yo. ¿Qué otra misión puede tener el hombre

más que la de llenar todo el camino con sus dolores,

y apurar su cáliz hasta las heces? Y puesto que este cáliz

fue amargo al mismo Dios del cielo cuando lo acercó a

sus labios de hombre, ¿por qué he de fingir yo una fuerza

-92-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

sobrehumana haciendo creer que lo encuentro dulce y

agradable? ¿Por qué no he de confesar mi angustia en

este momento en que mi ser tiembla y fluctúa entre la vida

y la muerte, en que el pasado se proyecta como un

relámpago en el sombrío abismo del porvenir, en que todo

lo que me rodea se desploma y en que el mundo parece

acabarse conmigo? ¿No reconoces la voz de la criatura

extenuada, desfallecida, que se hunde sin remedio, y a

pesar de su inútil lucha, gritando con amargura: "¡Dios

mío, Dios mio! ¿Por qué me has abandonado? ¿Y ha de

darme vergüenza esta exclamación. y he de temer que

llegue el momento en que se escape de mi boca, cuando

se escapó de la vida de aquel que, hijo de los cielos, se ha

envuelto en ellos como un sudario?"

21 DE NOVIEMBRE

"Carlota no ve ni conoce que prepara por sí misma un

veneno mortal para los dos, y yo llevo con voluptuosidad

la copa fatal que ella me presenta. ¿Qué significa el aire de

bondad con que frecuentemente me mira?

¡Frecuentemente! No, algunas veces. ; Por qué muestra

complacencia al notar el efecto que su vista me produce a

despecho mío? ¿Qué causa reconoce la compasión que

revela en sus ojos?

"Ayer, cuando me retiraba, me dio la mano diciéndome:

"Buenas noches, querido Werther." ¡Querido Werther! Es

la primera vez que me ha llamado así, y hasta en lo más

hondo de mi alma he sentido una dicha inefable. Más de

cien veces he repetido estas palabras, y por la noche, al

acostarme, hablando conmigo mismo, exclamé, sin darme

cuenta de ello: "¡Buenas noches, querido Werther!" No

he podido menos de reírme de semejante puerilidad."

22 DE NOVIEMBRE

"Al dirigir mis ruegos a Dios, no puedo decir:

"¡Conservádmela!" Y, sin embargo, hay momentos en que

creo que me pertenece. Tampoco puedo decir:

-93-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

"¡Dádmela!", porque pertenece a otro. Así es como me

agito sin cesar sobre mi lecho de dolores. Basta; no sé

adónde iría a parar si continuase."

24 DE NOVIEMBRE

"No ignora Carlota lo que sufro. Su mirada ha penetrado

hoy hasta lo más profundo de mi corazón. La encontré

sola: yo no despegaba mis labios, y ella me miraba

fijamente. Absorto ante aquella mirada sublime, llena de

afectuoso interés y dula compasión, no veía en aquel

momento su seductora belleza ni la aureola de inteligencia

que ilumina su frente. ¿Por qué no me arrojé a sus pies o

la estreché en mis brazos cubriéndola de besos? Se puso

al piano: a sus armoniosos acordes unió su dulce y

melodiosa voz. No he visto nunca más adorables sus

labios; parecía que se entreabrían lánguidamente para

aspirar los dulces sonidos del instrumento, y exhalarlos

de nuevo, suavizados por su hálito. ¡Ah, si yo pudiera

hacer que compartieses conmigo lo que entonces sentí!

Incliné la cabeza, desfallecido, y me juré no atreverme

jamás a imprimir un beso en aquella boca..., en aquella

boca donde revoloteaban los celestiales serafines. Y, sin

embargo, yo quiero... No; hay una barrera inaccesible que

la separa de mi alma. ¡Destruir esta pureza! .... Y luego, el

castigo siguiendo al pecado... ¡Un pecado!...

26 DE NOVIEMBRE

"Suelo decirme a mí mismo: Tu destino no tiene igual:

comparados contigo, los demás hombres son felices;

porque jamás mortal alguno se vio atormentado como tú.

"Entonces leo a cualquier poeta antiguo y me parece que

es el libro mi propio corazón. ¡Qué! ¿Aún me queda tanto

que sufrir? ¿Y antes que yo ha habido hombres tan

desgraciados?"

30 DE NOVIEMBRE

"Nunca, nunca podrá tranquilizarse mi espíritu. Por

-94-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

dondequiera que voy encuentro algo que me pone fuera

de mí. Hoy mismo..., ¡Oh destino!, ¡oh pobre

humanidad...! Me había ido a pasear a la orilla del río, a la

hora de comer, porque no tenía ningún apetito. No había

nadie. El oeste frío y húmedo soplaba de la montaña;

algunas nubes grises rodeaban el valle. A larga distancia

distinguí un hombre mal vestido que andaba encorvado

entre las rocas, como si buscase algo. Me acerqué a él, y

al ruido de mis pasos se volvió. Tenía una fisonomía

interesante, con cierta expresión de tristeza que revelaba

un corazón honrado. Sus negros cabellos le caían en bucles

sobre la frente, y los de atrás descendían hasta la espalda,

formando una apretada trenza. Como su traje indicaba

que era un hombre del pueblo, creí que no se disgustaría

porque me ocupase de él, y le pregunté qué hacía.

"Dando un profundo suspiro, me contestó: "Busco flores

y no las encuentro." "Lo creo—repuse sonriendo—; ahora

no es tiempo de flores." "Hay muchas—añadió,

acercándose a mí—. En mi jardín tengo rosas y dos

especies de madreselvas... Una me la regaló mi padre;

ésta crece con la rapidez que los hierbajos, y, sin embargo,

hace dos días que busco una y no la encuentro.

También aquí hay flores en todo tiempo: las hay amarillas,

azules, rojas... y hay centenares que son unas florecillas

muy lindas. Pues en vano las busco, no encuentro una

siquiera."

"Yo notaba en sus palabras y en su aire un no sé qué

zahareño y feroz, y mañosamente le pregunté para qué

quería las flores. Una sonrisa extraña y convulsiva contrajo

su semblante. "Si me prometéis no hacerme traición—

dijo, poniéndose un dedo sobre la boca—, os diré que he

ofrecido un ramo a mi novia." "Bien, muy bien", repliqué.

"¡Oh!, ella tiene muchas cosas buenas...; es rica." "Y,

aun así, hace caso de vuestro ramo." "Tiene diamantes...

y una corona..." "Pues ¿quién es? ¿Cómo se llama?" Sin

responder a esta pregunta, añadió: "Si el gobierno quisiera

pagarme, yo sería otro hombre. Sí; hubo un tiempo en

que yo estaba bien; pero hoy.... todo ha concluido. Ya no

-95-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

soy nada..." Sus ojos, preñados de lágrimas, se fijaron en

el cielo con viva expresión. "¿Eras feliz entonces?", le

pregunté. "¡Ah ojalá lo fuera ahora lo mismo! Sí; contento,

alegre, dichoso, vivía en un verdadero paraíso." "¡Enrique!",

exclamó en aquel instante una anciana que se

aproximaba a nosotros, ¿dónde te metes? Ando

buscándote por todas partes. Vamos, ven a comer." "¿Es

hijo vuestro?", le pregunté adelantándome hacia ella. "Sí,

señor, es mi pobre hijo. Dios me ha dado una cruz bastante

pesada." "¿Hace mucho tiempo que está así?" "A Dios

gracias, hace ya seis meses que ha recobrado la

tranquilidad. Pero antes durante un año, ha estado furioso

y fue preciso encerrarle en una casa de salud. Ahora no

hace mal a nadie; pero siempre está soñando con reyes y

emperadores . ¡Era tan bueno y tan cariñoso! Me ayudaba

a vivir con el producto de su trabajo, porque tenía una

letra preciosa... De repente dio en estar caviloso; cayó

enfermo con una fiebre devoradora, y ahora... ya veis el

estado en que se encuentra. Si el señor quiere que le

cuente..." Interrumpí este flujo de palabras para preguntarle

a qué época se refería su hijo, cuando decía que había

sido muy dichoso. "¡Ah, señor! El pobre alude al tiempo

en que estaba completamente loco: al que pasó en el hospital,

cuando no tenía conciencia de sí mismo. No cesa

de recordar aquellos días..." Estas palabras me hirieron

como un rayo. Puse una moneda de plata en las manos de

la anciana y me alejé casi corriendo.

"Entonces eras feliz—pensaba yo, caminando rápidamente

hacia el pueblo. ¡Entonces vivías alegre en un verdadero

paraíso! Pero, señor, ¿estará escrito en el destino del

hombre que sólo puede ser feliz antes de tener razón o

después de haberla perdido? ¡Pobre insensato! Envidio

tu locura, envidio el laberinto mental en que te pierdes. Tú

sales lleno de esperanza a coger flores para tu reina en

medio del invierno, y te desesperas porque no les

encuentras, y no comprendes la causa de que no las

encuentres... Pero yo..., yo salgo sin esperanza, sin objeto,

y vuelvo a entrar en mi casa como salgo. Tú sueñas en lo

que serías si el gobierno te pagase ¡feliz criatura que sólo

-96-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

en un obstáculo material hallas tu desgracia, que no sabes

que en el extravío de tu cerebro, en el desorden de tu

espíritu estriba tu daño, del que todos los reyes de la

tierra no podrían librarte! ¿Puede morir desesperado el

que se ríe de los enfermos que, en su opinión, agravan

sus enfermedades y aceleran su fin yendo lejos a buscar

la salud en aguas minerales maravillosas? ¿Puede morir

desesperado el que insulta a la pobre criatura, cuya alma

oprimida hace voto de visitar el santo sepulcro, para

librarse de sus remordimientos y calmar sus escrúpulos y

cuitas? Cada paso que dé sobre la tierra dura e inculta por

ásperos senderos que desgarran los pies, es una gota de

bálsamo echado sobre la herida de su alma, y después de

la jornada de cada día, se acuesta con el corazón aliviado

de una parte del fondo que le agobiaba. ¿Y os atrevéis a

llamar esto necia preocupación, vosotros, charlatanes

felices?... ¡Preocupación!... Dios mío, tú ves mis lágrimas.

¿Cómo al crear el hombre tan pequeño, le das hermanos

que hasta le despojan en sus amarguras, robándole la

confianza que ha puesto en ti, en ti, que nos amas

infinitamente? Porque la fe en la virtud de una planta medicinal,

o en el agua que destila la vid después de podada,

¿qué es si no es fe en ti, que al lado del mal has puesto el

remedio y el consuelo que tanto necesitamos?

"¡Oh padre que no conozco! ¡Padre que otras veces has

llenado toda mi alma, y que ahora te apartas de mí, llámame

pronto a tu lado! No guardes silencio más tiempo, porque

tu silencio no detendrá a mi alma impaciente. Y si entre

los hombres no podría enojarse un padre porque su hijo

volviese a su lado antes de la hora marcada, y se arrojase

en sus brazos exclamando: "Héme aquí de regreso, padre

mío; no os incomodéis porque haya interrumpido el

viaje que me habéis mandado terminar; el mundo es igual

por todas partes; tras el dolor y el trabajo, la recompensa

y el placer... ¿Qué me importa? Yo no estaré bien más que

donde vos estéis; en vuestra presencia es donde yo quiero

gozar y padecer... Tú, padre celestial y misericordioso,

¿podrías rechazarme?"

-97-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

1 DE DICIEMBRE

"¡Oh Guillermo! Ese hombre de que te he hablado, ese

desdichado feliz, tenía un empleo en casa del padre de

Carlota, y una desgraciada pasión que concibió por ella...,

¡por ella!, pasión que ocultó largo tiempo y que al fin

descubrió, le hizo perder su destino. Éste ha sido el origen

de su locura. Estas pocas palabras, llenas de sequedad,

pueden hacerte comprender lo que esta historia me habrá

trastornado, cuando Alberto me la refirió con tanta frialdad

como acaso vas tú a leerla."

4 DE DICIEMBRE

"Te suplico que tengas piedad de mí, porque es un hecho

que no podré soportar más tiempo mi situación.

"Hoy estaba sentado cerca de ella, que tocaba diferentes

melodías en su clavicémbalo, con una expresión.... ¡con

una expresión!... ¿Cómo podría pintártela? La más

pequeña de sus hermanas jugaba con sus muñecas sobre

mis rodillas. De pronto se me saltaron las lágrimas y bajé

la cabeza; vi entonces en su dedo el anillo de boda, y mi

llanto corrió con más abundancia. En aquel mismo instante

comenzaba a tocar aquella antigua melodía que tanto me

impresionaba, y mi corazón sintió una especie de consuelo,

recordando el tiempo en que aquella música había herido

agradablemente mis oídos; tiempo de felicidad en que las

penas eran pocas, horas de esperanza que pronto huyeron.

Me levanté y empecé a pasearme por la habitación sin

orden ni concierto. Me ahogaba.

""¡Basta—exclamé—, basta, por Dios!" Carlota se detuvo

y clavó en mí una mirada investigadora.

""Werther—dijo, muy malo debéis estar, cuando vuestra

música favorita os desagrada de ese modo. Retiraos, y

haced por recobrar la calma."

"Me separé de ella y... ¡Dios mío!, tú que ves mis

sufrimientos, debes ponerles fin."

-98-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

6 DE DICIEMBRE

"Su imagen me persigue: duerma o vele, ella sola llena

toda mi alma. Cuando cierro los párpados, en el cerebro

donde se encuentra la potencia de la vista, dispongo

claramente sus ojos negros. Es imposible que te explique

esto. Me duermo, y los veo también: siempre están allí,

siempre fascinadores como el abismo. Todo mi ser, todo,

está absorbido por ellos. ¿Qué es pues, el hombre, ese

semidios tan ensalzado? ¿No le faltan las fuerzas cuando

más las necesita? Y cuando bate sus alas en el cielo de los

placeres, lo mismo que cuando se sumerge en la

desesperación, ¿no se ve siempre detenido y condenado

a convencerse de que es débil y pequeño, él, que esperaba

perderse en lo infinito?"

-99-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

EL EDITOR AL LECTOR

¡CUÁNTO hubiera deseado tener, respecto a los últimos

días de nuestro desgraciado amigo, suficientes pormenores

escritos de su propia mano, para no verme en la necesidad

de intercalar relatos en la continuación de las cartas que él

nos ha dejado!

He puesto empeño en recoger los más exactos detalles de

las personas que debían estar mejor informadas, y estos

detalles tienen todos un carácter uniforme. Las narraciones

convienen hasta en las menores circunstancias. Unicamente

en la manera de juzgar los sentimientos de los personajes

difieren algo tanto los pareceres.

Sólo nos resta, pues, referir con fidelidad lo que nuestras

averiguaciones nos han hecho conocer, añadiendo a esto

las cartas o fragmentos de cartas que ha dejado aquel que

ya no existe.

No se debe despreciar el menor documento auténtico,

teniendo en cuenta lo difícil que es profundizar y conocer

los verdaderos motivos, los móviles secretos de una

acción, por insignificante que sea, cuando emana de un

individuo que sale de la esfera vulgar.

El desaliento y el pesar habían echado profundas raíces

en el alma de Werther, y poco a poco habían ido

apoderándose de todo su ser. La armonía de sus facultades

se había destruido por completo. El ciego y febril arrebato

que las trastornaba causó en él los más fuertes estragos,

concluyendo por sumirse en un triste abatimiento, más

penoso aún de soportar que los males con que había

luchado hasta entonces.

Las angustias de su corazón agotaron las fuerzas que le

quedaban. Su viveza y su sagacidad se extinguieron. Cada

vez se mostraba más sombrío e insociable, y, a medida

que iba siendo más desgraciado, se volvía más injusto.

Así, al menos, lo aseguran los amigos de Alberto, los

cuales dicen que Werther no había sabido apreciar a aquel

-100-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

hombre de corazón recto que, gozando al fin de una dicha

largo tiempo deseada, sólo pensaba en afianzar el porvenir

de su felicidad. ¿Como había de comprender

semejante anhelo quien disipaba y entregaba al azar los

tesoros de su alma, sin reservarse para lo sucesivo más

que privaciones y sufrimientos?

Afirman también que Alberto no había podido cambiar

en tan poco tiempo, que era siempre el mismo hombre

tan ponderado y estimado por Werther cuando empezaron

a conocerse. Amaba a Carlota sobre todo en el mundo,

estaba orgulloso de ella, y deseaba verla admirada por

cuantos se le acercaban como la más perfecta criatura.

¿Podía vituperársele porque tratara de alejar de ella la

sombra de una sospecha o porque rehusara ceder en lo

más mínimo la posesión de tan preciado bien? Confiesan,

ciertamente, que Alberto abandonaba con frecuencia la

habitación de su mujer cuando Werther se presentaba en

ella; pero no era, según dicen, ni por odio ni por indiferencia

hacia su amigo, sino únicamente porque había notado el

pesar secreto que su presencia ocasionaba a Werther.

Un día, hallándose enfermo el padre de Carlota y habiendo

tenido necesidad de guardar cama, mandó el coche en

busca de su hija. Era una hermosa mañana de invierno.

Las primeras nieves habían caído en abundancia y el

campo estaba cubierto de blanca alfombra.

Werther se puso en camino al día siguiente para ir a reunirse

con Carlota y acompañarla a su casa si Alberto no iba

por ella.

El aire fresco y puro de la mañana hizo poca impresión en

su ánimo. Un peso enorme oprimía su pecho; su espíritu

se hallaba atormentado por las más tristes imágenes, y de

sus ideas le hacía vagar entre crueles reflexiones. Como

vivía en un perpetuo hastío de sí mismo, la situación de

los demás le parecía tan violenta y agitada como la suya.

Se imaginaba haber turbado la buena armonía de Alberto

y Carlota, y se dirigía con este motivo los más severos

-101-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

reproches, mezclados de sorda indignación contra el

marido. Durante el camino sus pensamientos tomaron este

rumbo: "¡Ah!—se decía apretando los dientes con furor

—, ya está rota esa unión tan íntima, tan cordial, tan

espontánea. ¿Qué ha sido de aquel tierno interés, de aquella

confianza tranquila que parecía inalterable? Hoy ya no es

sino hastío e indiferencia. El menor asunto interesa a ese

hombre más que su mujer, ¡una mujer tan adorable! Pero

¿sabe él acaso apreciarla? ¿Sospecha ni remotamente lo

que vale? ¡Y ella le pertenece, es suya!... ¡Oh!, bien lo sé.

Debía haberme acostumbrado ya a esta idea, y, sin embargo,

me desespera y acabará por matarme. Y la amistad

que Alberto me había prometido, ¿qué se ha hecho

de ella? ¿No ve en mi adhesión a Carlota un ataque a sus

derechos y en mis atenciones y cuidados, una embozada

censura? Lo conozco y lo siento; me ve con disgusto;

quisiera tenerme muy lejos de aquí: mi presencia es un

peso para él."

Razonando así, tan pronto aceleraba su marcha como la

detenía. Algunas veces parecía querer volverse atrás; pero

de nuevo emprendía el camino, sumido siempre en

sombrías reflexiones que sólo se adivinaban por algunas

palabras entrecortadas que salían de sus labios. De este

modo llegó a la casa sin darse apenas cuenta de ello. Entró

preguntando por el juez y por Carlota, y encontró a toda

la gente en conmoción. El mayor de los hermanos de

Carlota le hizo saber que había sucedido una desgracia

en Wahlheim: un aldeano había sido asesinado. Esta noticia

no hizo en él mayor impresión, y se dirigió a la sala

inmediata, donde halló a Carlota esforzándose por retener

a su padre, quien enfermo y todo como estaba, quería

marchar en seguida al lugar del crimen, para instruir las

primeras diligencias sobre aquel crimen, cuyo autor era

aún desconocido. Se había encontrado el cadáver por la

mañana muy temprano delante de la puerta de un cortijo y

las sospechas recaían ya en alguno. La víctima había

estado al servicio de una viuda, que poco antes despidió

a otro criado con motivo de un grave disgusto.

-102-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

Cuando Werther supo estas circunstancias, se levantó de

repente exclamando:

—¿Es posible? Se impone que vaya yo sin perder un

momento.

Se dirigió a Walheim, convencido, luego que reunió todos

sus recuerdos, de que el autor del crimen era aquel joven

a quien él había hablado tantas veces y que le había

inspirado grandes simpatías. Como era indispensable

pasar por los tilos para llegar al figón donde habían

depositado el cadáver, no pudo menos de experimentar

cierta turbación a la vista de aquellos lugares que en otro

tiempo le fueron tan queridos. El umbral de la puerta donde

los chicos acudían a jugar frecuentemente estaba lleno de

sangre. Así el amor y la fidelidad sentimientos los más

bellos del hombre habían degenerado en violencia y

asesinato. Parecía que para armonizar con este

pensamiento, los corpulentos árboles, despojados de

follaje, se habían cubierto de escarcha; el seto vivo que

rodeaba las tapias del cementerio había perdido su

hermoso color verde y dejaba ver, a través de anchos

portillos, las piedras de los sepulcros llenas de nieve.

Al aparecer Werther en el figón, adonde había acudido

todo el pueblo, se dejó oír un grave murmullo.

A lo lejos se distinguía un pelotón de hombres armados,

y todos comprendieron que traían al asesino.

No bien dirigió Werther una mirada sobre el preso, se

disiparon sus dudas.

Si, era él; era aquel criado tan enamorado de su ama, a

quien pocos días antes había visto presa de negra

melancolía y luchando contra una secreta desesperación.

—¿Qué has hecho, desgraciado?—le preguntó al

acercarse.

-103-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

El preso miró a Werther sin despegar sus labios luego

dijo fríamente:

—Ella no será de nadie, ni nadie será de ella.

Condujeron al asesino a presencia de su víctima y Werther

se alejó precipitadamente. La extraña y violenta emoción

que acababa de experimentar había trastornado su seso;

se sintió arrancado de su melancólica apatía por el irresistible

interés que le inspiraba aquel joven y por un deseo

ardiente de salvarle. Comprendía tan bien la desesperación

que le había impulsado al crimen; le encontraba tantas

disculpas y se penetraba tan profundamente de la situación

de aquel infortunado, que se creía capaz de hacer participar

de sus sentimientos a todo el mundo.

Ardía ya en deseos de defender a voz en grito al acusado,

el discurso más elocuente pugnaba ya por brotar de sus

labios. Corrió a casa del juez, ordenando mentalmente los

apasionados argumentos con que pensaba inclinar su ánimo

en favor del prisionero.

Al entrar en el salón encontró a Alberto, cuya presencia le

desconcertó por un instante; pero bien pronto se repuso,

y dirigiéndose al juez, le manifestó su opinión sobre aquel

trágico suceso, con la convicción de que se sentía

animado.

El juez movió varias veces la cabeza durante el relato y,

aunque Werther hizo uso de toda la energía, todo el arte

persuasivo que un hombre puede emplear en defensa de

un semejante, el magistrado. como era lógico, no dio

señales de sensibilidad ni vacilación. Sin dejar concluir a

nuestro amigo, refutó con brío sus doctrinas y le censuró

por mostrarse tan decididamente protector de un criminal.

Le demostró que, con tal sistema, todas las leyes

serian fáciles de eludir y la seguridad pública se vería

comprometida constantemente. Añadió que, en un asunto

de tal gravedad, no podía intervenir del modo que lo hacía

sin incurrir en una gran responsabilidad, y que era preciso

-104-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

que el proceso siguiera su curso ordinario.

Werther sin embargo, no se desanimó, y suplicó al juez

que consintiese en hacer la vista gorda respecto a la evasión

del prisionero; pero también sobre este punto fue inflexible

el magistrado.

Alberto, que hasta entonces había permanecido silencioso

tomó parte en la discusión para apoyar lo dicho por el

juez. Werther, en vista de esto, enmudeció y se alejó con

el corazón traspasado de amargura mientras el juez repetía:

—No, no; nada puede salvarle.

No es difícil calcular la impresión que estas palabras

hicieron en el ánimo de Werther, conociendo algunas frases

escritas, sin duda, aquel mismo día que hemos encontrado

entre sus papeles.

"¡No es posible salvarte, desgraciado! No; bien veo que

nada puede salvarnos."

Lo que Alberto había dicho del criminal en presencia del

juez, causó a Werther extraordinaria extrañeza. Creyó

descubrir en sus palabras una alusión a él y sus

sentimientos, y, por más que algunas maduras reflexiones

le hicieron comprender que aquellos dos hombres podían

tener razón, se resistía a abandonar su proyecto y sus

ideas.

Entre sus papeles hemos encontrado otra nota que se

refiere a esta circunstancia y expresa tal vez sus verdaderos

sentimientos para Alberto:

"¿De qué sirve decirme y repetirme: es bueno y honrado?

¡Ah! Cuando así se me desgarra el corazón, ¿puedo yo

ser justo?"

-105-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

***

La tarde era apacible y el tiempo propendía al deshielo.

Carlota y Alberto se volvieron a pie. De vez en cuando

volvía ella la cabeza, como echando de menos la compañía

de Werther. Alberto hizo recaer la conversación en su amigo

y le censuró con justicia. Habló de su desgraciada pasión,

y dijo que había debido alejarse por su propio interés.

—Yo lo deseo también por nosotros—añadió—, Y te

ruego, Carlota, que trates de dar otro giro a sus ideas y

sus relaciones contigo, diciéndole que escasee sus visitas.

La gente empieza ya a ocuparse de esto, y yo sé que

somos objeto de juicios poco caritativos.

Carlota guardó silencio, y Alberto creyó comprender el

motivo de ésta reserva. Desde aquel momento no volvió

a hablar de Werther: si ella, por casualidad o

intencionadamente, pronunciaba el nombre de su amigo,

él mudaba o interrumpía la conversación. La vana tentativa

de Werther para salvar al infeliz aldeano, fue como el último

resplandor de una llama moribunda. Cayó en un

abatimiento cada vez más profundo, y una desesperación

mansa se apoderó de él cuando supo que quizá le llamarían

para declarar contra el asesino, que procuraba defenderse

negando su crimen. Todo lo que había sufrido hasta

entonces en el transcurso de su vida activa, sus disgustos

en casa del embajador, sus proyectos frustrados, todo,

en fin, lo que le había herido o contrariado, acudía en

tropel a su memoria y le agitaba terriblemente. Creyéndose

condenado a la inacción por tan repetidas contrariedades,

todo lo veía cerrado a su paso y se sentía incapaz de

soportar la vida.

Así, pues, encerrado perpetuamente en sí mismo,

consagrado a la idea fija de una sola pasión, perdido en

un laberinto sin salida por sus relaciones diarias con la

mujer adorada cuyo reposo turbaba, agotando inútilmente

sus fuerzas y debilitándose sin esperanza, se iba

familiarizando cada vez más con el horrible proyecto que

-106-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

bien pronto debía realizar

Insertaremos aquí algunas cartas que dejó y que dan exacta

idea de su turbación, de su delirio de sus crueles angustias,

de sus luchas supremas y del desprecio que sentía por la

vida:

12 DE DICIEMBRE

"Querido Guillermo: Me encuentro en un estado que debe

parecerse al de los que antiguamente se creían poseídos

del espíritu maligno. No es el pesar, no es tampoco un

deseo ardiente, sino una rabia sorda y sin nombre lo que

me desgarra el pecho, me anuda la garganta y me sofoca.

Sufro, quisiera huir de mí mismo, y paso las noches vagando

por los parajes desiertos y sombríos de que abunda

esta estación enemiga.

"Anoche salí. Sobrevino súbitamente el deshielo y supe

que el río se había salido de madre, que todos los arroyos

de Welhein corrían desbordados y que la inundación

era completa en mi querido valle. Me dirigí a él cuando

rayaba la medianoche, y presencié un espectáculo

aterrador. Desde la cumbre de una roca vi a la claridad de

la luna revolverse los torrentes por los campos, por las

praderas y entre los vallados, devorándolo y sumergiéndolo

todo; vi desaparecer el valle; vi en su lugar un mar rugiente

y espumoso, azotado por el soplo de los huracanes.

Después, profundas tinieblas; después la luna, que aparecía

de nuevo para arrojar una siniestra claridad sobre aquel

soberbio e imponente cuadro. Las olas rodaban con estrépito...,

venían a estrellarse a mis pies violentamente...

Un extraño temblor y una tentación inexplicable se

apoderaron de mí. Me encontraba allí con los brazos

extendidos hacia el abismo, acariciando la idea de arrojarme

en él. Sí, arrojarme y sepultar conmigo en su fondo mis

dolores y sufrimientos. Pero ¡ay qué desgraciado soy!

No tuve fuerzas para concluir de una vez con mis males,

mi hora no ha llegado todavía, lo conozco. ¡Ah, Guillermo!

-107-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

¡Con qué placer hubiera dado esta pobre vida humana

para confundirme con el huracán, rasgar con él los mares

y agitar sus olas! ¡Ah!, ¿no alcanzaremos nunca esta dicha

los que nos consumimos en nuestra prisión? ¡Qué tristeza

se apoderó de mí cuando mis ojos se fijaron en el sitio

donde había descansado con Carlota bajo un sauce

después de un largo rato de paseo! También allí había

llegado la inundación, y a duras penas pude distinguir la

copa del sauce. Pensé entonces en la casa del juez en sus

prados... El torrente debía de haber arrancado también

nuestros pabellones y destruido nuestros lechos de césped.

Un luminoso rayo del pasado brilló ante mi alma, como

brilla en los sueños de un cautivo una ola de luz que le

finge praderas ganado o grandezas de la vida. Yo estaba

allí de pie... ¡Ah! ¿Es que me falta valor para morir? Yo

debía... Y, sin embargo, heme aquí como una pobre vieja

que recoge del suelo sus andrajos y va de puerta en puerta

pidiendo pan para sostener y prolongar un instante más

su miserable vida."

14 DE DICIEMBRE

"¿Qué es esto, amigo mío? Estoy asustado de mí mismo.

El amor que ella me inspira, ¿no es el más puro, el más

santo y el más fraternal de los amores? ¿He abrigado nunca

en lo más recóndito de mi alma un deseo culpable? ¡Ah;

no me atrevería a asegurarlo. ¡Si ahora mismo sueño!

¡Cuánta razón tienen los que dicen que somos juguetes

de fuerzas misteriosas!

"Anoche..., temo decirlo..., la tenía entre mis brazos,

fuertemente estrechada contra mi corazón... Sus labios

balbuceaban palabras de cariño, interrumpidas por un

millón de besos, y mis ojos se embriagaban con la dicha

que rebosaba de los suyos. ¿Soy culpable, Dios mío, por

acordarme de tanta felicidad y porque deseo soñar otra

vez lo mismo? ¡Carlota!, Carlota! ... Hace ocho días que

mis sentidos se han turbado; ya no tengo fuerzas ni para

pensar; mis ojos se llenan de lágrimas. No me hallo bien

en ninguna parte, y, sin embargo, estoy bien en todas. No

-108-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

espero nada, nada deseo. ¿No es mejor que me ausente?"

* * *

La resolución de abandonar este mundo había ido

robusteciéndose y afirmándose en el ánimo de Werther.

Desde su vuelta al lado de Carlota había considerado la

muerte como el término de sus males y como recurso

extremo de que siempre podría disponer. Pero se había

propuesto no acudir a él de una manera brusca y violenta.

No quería dar este último paso sino con mucha calma e

impulsado por la más firme convicción. Sus incertidumbres,

sus luchas se reflejan en algunas líneas que parecen

ser el principio de una carta a su amigo. El papel no tiene

ninguna fecha:

"Su presencia..., su situación..., el interés que manifiesta

por mi suerte, arrancan lágrimas de mi cerebro petrificado.

"Levantar el vuelo y seguir adelante: esto es todo...

¿Por qué asustarse? ¿Por qué dudar? ¿Acaso porque se

ignore lo que hay allá, porque no vuelve, o más bien

porque es propio de nuestra naturaleza suponer que todo

es confuso y tinieblas en lo desconocido?"

Cada vez se acostumbraba más a estos funestos pensamientos,

y llegaron a hacérsele en extremo familiares.

Su proyecto fue, al fin, determinado de una manera irrevocable.

La prueba se encuentra en la siguiente carta de

doble sentido que escribió a su amigo:

20 DE DICIEMBRE

"Agradezco, querido Guillermo, que tu amistad haya

comprendido tan bien lo que yo quería decir. Tienes razón;

lo mejor que puedo hacer es ausentarme. Pero la invitación

que me haces para que vuelva a vuestro lado no está muy

en armonía con mi pensamiento. Antes haré una corta

excursión, a la que convidan el frío continuado que es de

-109-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

esperar y los caminos que estarán en buen estado. Tu

deseo de venir a buscarme me agrada mucho; pero te

ruego me concedas un plazo de quince días, y que esperes

a recibir otra carta mía en la que te comunique mis últimas

noticias. Di a mi madre que ruegue a Dios por su hijo; dile

también que le pido perdón por todos los pesares que le

he causado. Sin duda, entraba en mi destino apesadumbrar

a las personas a quienes hubiera querido hacer fe luces.

Adiós, mi querido amigo; el cielo derrame sobre ti sus

bendiciones."

* * *

No intentamos describir ahora lo que pasaba en el corazón

de Carlota y los sentimientos que en él despertaban su

esposo y su desgraciado amigo, por más que el

conocimiento que tenemos de su carácter nos permite

formar una idea aproximada.

Toda mujer dotada de un alma noble se identificará con

ella y comprenderá lo que ha debido sufrir.

Indudablemente, estaba decidida a hacer cuanto de su

parte dependiera para alejar a Werther. Si aún vacilaba, su

vacilación era hija de afectuosa piedad: sabía bien cuánto

había de costar a su amigo aquel paso supremo, porque

conocía hasta dónde llegaban sus fuerzas. Y, sin embargo,

no tardó en verse obligada a tomar una resolución. Su

marido continuaba guardando silencio sobre el asunto, y

ella hacía otro tanto; pero esto era un nuevo motivo para

que demostrase con hechos que sus sentimientos

encerraban la misma dignidad que los de Alberto.

El día en que Werther escribió a su amigo la última carta

que hemos copiado era el domingo anterior a la Navidad.

Fue por la tarde a casa de Carlota y la encontró sola,

entretenida en preparar algunos regalos que pensaba hacer

a sus hermanos el día de Nochebuena. Con este motivo

él habló de la alegría que iban a experimentar los niños

cuando abriéndose de pronto una puerta. viesen aparecer

el árbol de la Navidad lleno de velitas, de dulces y de

-110-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

juguetes.

—Vos también—dijo, ocultando con una sonrisa el

embarazo que la presencia de Werther le causaba—tendréis

vuestro aguinaldo si sois juicioso: una vela y alguna otra

cosa.

—¿A qué llamáis ser juicioso?—preguntó él—. ¿Cómo

debo, cómo puedo yo ser, Carlota?

—El jueves—repuso ella—es la víspera de la Navidad, y

vendrán los niños con mi padre. Cada uno recibirá

entonces su aguinaldo. Venid también ese día..., pero antes,

no.

Werther se quedó aterrado.

—Os ruego—añadió Carlota—que lo hagáis así, y os lo

ruego porque lo exige mi tranquilidad. Esto no puede

continuar, Werther; no, no puede continuar."

Él bajó los ojos y, paseándose por la habitación a grandes

pasos, murmuraba entre dientes: "Esto no puede

continuar."

Carlota, al ver el violento estado en que habían sumido

sus palabras, trató por mil medios de distraerle de sus

pensamientos; pero fue en vano

—No, Carlota—exclamó—, no volveré a veros.

—¿Por qué, Werther? Podéis y hasta debéis venir

a vernos, pero también debéis procurar ser más dueño de

vos. ¡Ah! ¿Por qué habéis nacido con ese fuego indomable

y esa apasionada violencia que mostráis en vuestras

afecciones? Os suplico—añadió cogiéndole la mano—

que procuréis dominaros. Vuestro talento, vuestras

relaciones, vuestra instrucción os tienen reservados

muchos goces. Sed hombre... y triunfaréis de esa fatal

-111-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

inclinación que os arrastra hacia una mujer que todo lo

que puede hacer por vos es compadeceros.

Werther rechinó los dientes y la miró con aire sombrío.

Carlota, mientras tanto, retenía entre sus manos la de su

amigo.

—Tened calma—le dijo—. ¿No comprendéis que corréis

voluntariamente a vuestra ruina? ¿Por qué he de ser yo,

precisamente yo..., que pertenezco a otro hombre?... ¡Ah!,

temo que la imposibilidad de obtener mi amor es lo que

exalta vuestra pasión.

Werther retiró su mano y miró a Carlota con disgusto

—Está bien—asintió—; sin duda esa observación se le

ha ocurrido a Alberto. Es profunda. . ., ¡muy profunda! .

. .

—Cualquiera puede hacerla—repuso ella. ¿No habrá en

todo el mundo una joven capaz de satisfacer los deseos

de vuestro corazón? Buscadla; yo os respondo de que la

encontraréis. Hace bastante tiempo que deploro, por vos

y por nosotros, el aislamiento en que os habéis condenado.

Vamos, haced un pequeño esfuerzo; un viaje puede

distraeros; si buscáis bien, encontraréis algún objeto digno

de vuestro cariño, y entonces podéis volver para que

disfrutemos todos de esa tranquilidad que da una amistad

sincera.

—Podrían imprimirse vuestras palabras—dijo Werther

sonriendo con amargura—y recomendarlas a todos los

que se dedican a la enseñanza. ¡Ah, querida Carlota!,

concededme un corto plazo, y todo se arreglará.

—Concedido; pero no volváis hasta la víspera de la

nochebuena.

Werther iba a responder cuando entró Alberto. Se

saludaron en tono seco y desabrido, y ambos se pusieron

-112-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

a pasear, uno al lado del otro, visiblemente azorados.

Werther habló de cosas insignificantes que dejaba a medio

decir; Alberto, después de hacer otro tanto, preguntó a

su mujer por algunos encargos que le tenía encomendados.

Al saber que no habían sido terminados, le dirigió algunas

frases que Werther encontró no sólo frías sino duras. Éste

quiso marcharse, y le faltaron las fuerzas. Permaneció allí

hasta las ocho, aumentándose su mal humor, cuando vio

que ponían la mesa, tomó su bastón y su sombrero.

Alberto le invitó a quedarse; pero él consideró la invitación

como un acto de obligada cortesía, y se retiró dando

fríamente las gracias. Cuando volvió a su casa tomó la

luz de mano de su criado, que quería alumbrarle, y subió

solo a su habitación. Una vez en ella, se puso a recorrerla

a grandes pasos, sollozando y hablando solo, pero en

voz alta y con calor; acabó por arrojarse vestido sobre el

lecho, donde el criado le halló tendido a las once, cuando

entró a preguntarle si quería que le quitase las botas. Werther

consintió que lo hiciera, prohibiéndole al mismo tiempo

que entrara en su cuarto al día siguiente antes de que él le

llamase.

El lunes 21 de diciembre, por la mañana, escribió a Carlota

la siguiente carta, que se encontró cerrada sobre su mesa

y fue remitida a la persona a quien se dirigía. La insertamos

aquí por fragmentos, como parece que él la escribió:

"Es cosa resuelta, Carlota: quiero morir y te lo participo

sin ninguna exaltación romántica, con la cabeza tranquila,

el mismo día en que te veré por última vez.

"Cuando leas estas líneas, mi adorada Carlota yacerán en

la tumba los despojos del desgraciado que en los últimos

instantes de su vida no encuentra placer más dulce que el

placer de pensar en ti. He pasado una noche terrible: con

todo, ha sido benéfica, porque ha fijado mi resolución.

¡Quiero morir!

-113-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

"Al separarme ayer de tu lado, un frío inexplicable se

apoderó de todo mi ser; refluía mi sangre al corazón, y

respirando con angustiosa dificultad pensaba en mi vida,

que se consume cerca de ti, sin alegría, sin esperanza.

¡Ah!, estaba helado de espanto.

Apenas pude llegar a mi alcoba, donde caí de rodillas,

completamente loco. ¡Oh Dios mío!, tú me concediste

por última vez el consuelo de llorar. Pero ¡qué lágrimas

tan amargas! Mil ideas, mil proyectos agitaron

tumultuosamente mi espíritu, fundiéndose al fin todos en

uno solo, pero firme, inquebrantable: ¡morir! Con esta

resolución me acosté, con esta resolución, inquebrantable

y firme como ayer, he despertado: ¡quiero morir! No es

desesperación, es convencimiento: mi carrera está

concluida, y me sacrifico por ti. Sí, Carlota, ¿por qué te

lo he de ocultar? Es preciso que uno de los tres muera, y

quiero ser yo. ¡Oh vida de mi vida! Más de una vez en mi

alma desgarrada ha penetrado un horrible pensamiento:

matar a tu marido..., a ti..., a mí. Sea yo, yo solo; así será.

"Cuando al anochecer de algún hermoso día de verano

subas a la montaña, piensa en mí y acuérdate de que he

recorrido muchas veces el valle; mira luego hacia el

cementerio, y a los últimos rayos del sol poniente vean

tus ojos cómo el viento azota la hierba de mi sepultura.

Estaba tranquilo al comenzar esta carta, y ahora lloro como

un niño. ¡Tanto martirizan estas ideas mi pobre corazón!"

Werther llamó a su criado cerca de las diez. Mientras le

vestía, le dijo que iba a hacer un viaje de algunos días, y

que era preciso, por tanto, sacar la ropa y preparar las

maletas; le mandó, además, arreglar las cuentas, recoger

muchos libros que había prestado y dar a algunos pobres,

a quienes socorría una vez por semana, el importe

anticipado de la limosna de dos meses.

Se hizo servir el almuerzo en su cuarto, y después de

haber comido, se dirigió a la casa del juez, a quien no

encontró. Se paseó por el jardín con aire pensativo que

-114-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

parecía indicar el deseo de fundir en una sola todas las

ideas capaces de avivar sus amarguras. Los niños del juez

no le dejaron solo mucho tiempo: salieron a su encuentro

saltando de alegría y le dijeron que cuando llegase mañana

y pasado mañana, y el día siguiente, Carlota les daría los

aguinaldos: sobre esto le contaron todas las maravillas

que les prometía su imaginación. "¡Mañana —exclamó

Werther—, y pasado mañana..., y después otro día!"

Los abrazó cariñosamente, se disponía a abandonarlos,

cuando el más pequeño dio señales de querer decir algo

al oído. El secreto se redujo a participarle que sus

hermanos mayores habían escrito felicitaciones para el

año nuevo: una para el papá, otra para Alberto y Carlota,

y otra para Werther. Todas las entregarían por la mañana

temprano el primer día del año. Estas palabras le

enternecieron: hizo algunos regalos a todos y tras de

encargarles que saludaran a su papá, montó a caballo y se

marchó llorando.

A las cinco volvió a su casa; recomendó a la criada que

cuidase de la lumbre hasta la noche, y encargó al criado

que empaquetase los libros y la ropa blanca y metiese en

la maleta los trajes.

Parece probable que después de esto debió de ser cuando

escribió el siguiente párrafo de su última carta de Carlota:

"Tú no me esperas; tú crees que voy a obedecerte y a no

volver a tu casa hasta la víspera de la Navidad... ¡Oh

Carlota!..., hoy o nunca. El día de la Nochebuena tendrás

este papel en tus manos trémulas y lo humedecerás con

tus preciosas lágrimas. Lo quiero..., es preciso. ¡Oh, qué

contento estoy de mi resolución!"

Entre tanto, Carlota se encontraba en una situación de

ánimo bien extraña. En su última entrevista con Werther

había comprendido cuán difícil le sería decidirle a que se

alejara, y había adivinado mejor que

nunca los tormentos que el infeliz iba a sufrir separado de

-115-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

ella.

Habiendo participado a su marido, como incidentalmente,

que Werther no volvería hasta la víspera de la Navidad.

Alberto se marchó a ver al juez de un distrito inmediato

para ventilar un asunto que debía retenerle hasta el siguiente

día.

Carlota estaba sola, ninguna de sus hermanas se encontraba

a su lado. Aprovechando esta circunstancia, se abandonó

a sus ideas y dejó vagar su espíritu entre los afectos de su

pasado y su presente.

Se contemplaba unida a un hombre cuyo amor y fidelidad

le eran bien conocidos y a quien amaba con toda su alma;

a un hombre que por su carácter, tan entero como apacible,

parecía formado para asegurar la felicidad de una mujer

honrada. Comprendía lo que este hombre era y debía ser

siempre para ella y para su familia. Por otra parte, le había

sido tan simpático Werther desde el momento en que se

conocieron, y llegó a serle tan querido, era tan espontáneo

el afecto que los unía, y había engendrado tal intimidad el

largo trato que medió entre ambos, que el corazón de

Carlota conservaba de ello impresiones indelebles. Se había

acostumbrado a contarle todo lo que pensaba, todo lo

que sentía.

Su marcha, por tanto, iba a producir en la vida de Carlota

un vacío que nada podía llenar. ¡Ah!, si ella hubiera podido

hacerle su hermano, ¡qué feliz habría sido! ¡Si hubiera

podido casarlo con alguna de sus amigas! ¡Si hubiera

podido restablecer la buena inteligencia que antes reinó

entre Alberto y él! Pasó en su mente revista a todas sus

amigas, y en todas encontraba defectos...; ninguna le

pareció digna del amor de Werther. Después de mucho

reflexionar concluyó por sentir confusamente, sin atreverse

a confesárselo, que el secreto deseo de su corazón era

reservárselo para ella, por más que se decía a sí misma

que ni podía ni debía hacerlo. Su alma, tan pura y tan

hermosa, y hasta entonces tan inaccesible a la tristeza,

-116-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

recibió en aquel momento una herida cruel. La perspectiva

de su dicha se disipaba entre las nubes que cubrían el

horizonte de su vida.

A las seis y media oyó a Werther, que subía la escalera,

preguntando por ella. Al momento reconoció sus pasos y

su voz, y el corazón le latió vivamente por primera vez,

podemos decirlo, al acercarse el joven. De buena gana

habría mandado que le dijesen que no estaba en casa, y,

cuando le vio entrar, no pudo menos que exclamar con

visible azoramiento y llena de emoción.

—¡Ah!, habéis faltado a vuestra palabra.

—Yo nada os prometí—repuso él.

—Pero debisteis haber atendido mis súplicas, teniendo

en cuenta que os las hice para bien de amigos.

No se daba cuenta de lo hacía, ni de lo que decía y envió

por dos amigas suyas para no encontrarse sola con

Werther. Éste dejó algunos libros que había llevado y pidió

otros.

Carlota esperaba con afán que sus amigas llegasen, pero

un momento después deseaba lo contrario. Volvió la criada

y dijo que ninguna de las dos podía complacerla.

Entonces se la ocurrió dar a la criada orden de que se

quedara en la habitación inmediata haciendo labor; pero

en seguida cambió de idea.

Werther se paseaba por la sala con visible agitación.

Carlota se sentó al clavicémbalo y quiso tocar un minué;

pero sus dedos se resistían a secundar su intento.

Abandonó el clavicémbalo y fue a sentarse al lado de

Werther, que ocupaba en el sofá su sitio de costumbre.

—¿No traéis nada que leer?—dijo Carlota.

-117-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

No traía él nada.

—Ahí, en la cómoda—prosiguió ella—, tengo la

traducción que hicisteis de algunos cantos de Ossián.

Todavía no la he visto, porque esperaba que vos me la

leeríais; pero hasta ahora no se ha presentado ocasión.

Werther sonrió y fue a buscar el manuscrito. Al cogerlo

experimentó un involuntario estremecimiento; al hojearlo

se llenaron de lágrimas sus ojos. Luego, esforzándose

para que su voz pareciera segura, leyó lo que sigue:

—"¡Estrella del crepúsculo que resplandeces soberbia en

occidente, que asomas tu radiante faz entre las nubes y te

paseas majestuosa sobre la colina!..., ¿qué miras a través

del follaje? Los indómitos vientos se han calmado; se oye

lejano el ruido del torrente; las espumosas olas se estrellan

al pie de las rocas y el confuso rumor de los insectos

nocturnos se cierne en los aires. ¿Qué miras, luz hermosa?

Sonríes y sigues tu camino. Las ondas se elevan gozosas

hasta ti, bañando tu brillante cabellera. ¡Adiós, rayo de

luz dulce y tranquilo! ¡Y tú, sublime luz del alma de Ossián

brilla aparece a mis ojos! Vedla; allí asoma en todo su

esplendor. Ya distingo a mis amigos muertos; se reúnen

en Lora como durante mejores días... Fingal avanza con

una húmeda columna de bruma; en torno suyo están sus

valientes. Ved los dulcísimos bardos; Ulino, con su cabello

gris; el majestuoso Ryno; Alpino, el celestial cantor, y tú,

quejumbrosa Minona! ¡Cuánto habéis cambiado, amigos

míos, desde las fiestas de Selma, donde nos diputábamos

el honor de cantar, como los céfiros de primavera columpian

unas tras otras las lozanas hierbas de la montaña! Se

adelantó Minona, en todo el esplendor de su belleza, con

la vista baja y los ojos llenos de lágrimas. Flotaba su

cabellera a merced del viento que soplaba desde la colina.

El alma de los héroes se entristeció al oír su dulce canto,

porque habían visto muchas veces la tumba de Salgar, y

muchas también la agreste morada de la blanca Colma...,

de Colma, abandonada en la montaña, sin más compañía

-118-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

que la del eco de su voz armoniosa. Salgar había prometido

ir; pero, antes que llegase, la noche envolvió en sus

tinieblas a Colma. Escuchad su voz; oíd lo que cantaba

vagando por la montaña:

""COLMA.—Es de noche; estoy sola, extraviada en las

tempestuosas cimas de los montes. El viento silba en torno

mío. El torrente se precipita con estruendo desde lo alto

de las rocas. No tengo ni una cabaña que me defienda

contra la lluvia, y estoy abandonada entre estos peñascos

azotados por la tormenta. Rompe, ¡oh luna!, tu prisión de

nubes. ¡Dejadme ver vuestros resplandores, luceros de la

noche! Guíeme un rayo de luz al sitio donde el dueño de

mi amor reposa de las fatigas de la caza, con el arco suelto

a sus pies, con los perros jadeando en su derredor. ¿Es

preciso que permanezca aquí, sola y sentada sobre la roca,

encima de la cóncava cascada? Oigo los rugidos del

torrente y del huracán, pero, ¡ay!, no llega a mi oído la del

que amo. ¿Por qué tarda tanto mi Salgar? ¿Habrá olvidado

su promesa? Éstos son la roca y el árbol, éstas las

espumosas ondas. Tú me ofreciste venir aquí al

anochecer... ¡Ah! ¿Dónde estás, Salgar mío? Yo quería

huir contigo, yo quería abandonar por ti a mi orgulloso

padre y a mi orgulloso hermano. Hace mucho tiempo que

son enemigas nuestras familias; pero nosotros no somos

enemigos, Salgar. ¡Cálmate por un momento, huracán!

¡Enmudece por un instante, potente catarata! Dejad que

mi voz resuene por todo el valle, y que la oiga mi viajero.

Salgar, yo soy quien te llama. Aquí están el árbol y la

roca. Salgar, dueño mío, aquí me tienes; ven... ¿Por qué

tardas? La luna aparece; las olas, en el valle, reflejan sus

rayos; las rocas se esclarecen; las cumbres se iluminan.

Sin embargo, no veo a mi amado. Sus perros, que siempre

se le adelantan, no me anuncian su venida. ¡Ah, Salgar!

¿Por qué me dejas sola? Pero ¿quiénes son aquellos que

se distinguen allá abajo entre los arbustos? Hablad, amigos

míos... ¡Oh!, no contestan. . . ¡Qué ansiedad siente mi

alma!... ¡Están muertos! Sus cuchillas se han enrojecido

con la sangre del combate. ¡Oh, hermano mío!..., ¿por

qué has matado a mi Salgar? Y tú mi querido Salgar, ¿por

-119-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

qué has matado a mi hermano? ¡Os quería tanto a los

dos! ¡Estabas tú tan bello entre los mil guerreros de la

montaña! ¡Y él era tan bravo en la pelea! Escuchad mi

voz y respondedme, amados míos. Pero, ¡ay de mí!, se

hallan mudos, mudos para siempre. Sus corazones permanecen

helados como la tierra. ¡Oh!, desde las altas

rocas, desde las cumbres en que se forman las

tempestades, habladme vosotros, espíritus de los muertos.

Yo os escucharé sin pavor. ¿Adónde habéis ido a reposar?

¿En qué gruta del monte podré encontrarlos? Ninguna voz

suspira en el viento; ningún gemido solloza entre los de la

tempestad. Aquí, abismada en mi dolor, anegada en llanto,

espero la nueva aurora. Cavad su sepultura, amigos de

los muertos; pero no la cerréis hasta que yo baje a ella. Mi

vida se desvanece como un sueño. ¿Acaso puedo

sobrevivirlos? Aquí, cerca del torrente que salta entre

peñascos, es donde quiero quedarme con ellos. Cuando

la noche caiga sobre la montaña y silbe el viento entre los

matorrales, mi espíritu se lanzará al espacio lamentando la

muerte de mis amigos. El cazador me oirá desde su cabaña

de follaje; mi voz le dará miedo y, sin embargo me amará,

porque será dulce mientras llore por ellos. ¡Los quería

tanto! Así cantabas, ¡oh Minona, bella y pálida hija de

Thormann! Nuestras lágrimas corren por Colma y nuestra

alma se torna sombría como la noche. Ulino apareció

con el arpa y nos hizo oír el canto de Alpino. Alpino fue

un cantor melodioso, y el alma de Ryno era un rayo de

fuego. Pero uno y otro yacían en la estrecha mansión de

los muertos, y sus voces no resonaban ya en Selma. Un

día, volviendo Ulino de la caza, antes que los dos héroes

hubiesen sucumbido, los oyó cantar en la colina. Su canto

era dulce, pero no triste. Se lamentaban de la muerte de

Morar, el mayor de los héroes. El alma de Morar era gemela

de la de Fingal; su espada, semejante a la espada de Oscar.

Murió; gimió su padre, y los ojos de su hermana

Minona se llenaron de lágrimas al oír el canto de Ulino.

Minona retrocedió como la luna esconde su cabeza detrás

de las nubes cuando presiente la tempestad. Yo

acompañaba con el arpa el canto de las lamentaciones."

-120-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

""RYNO.— Cesaron ya el viento y la lluvia las nubes se

disipan; el cielo aparece diáfano; el sol, caminando al ocaso

dora con sus últimos rayos las crestas de los montes. El

torrente enrojecido rueda por el valle. Dulce es el murmullo

del río, pero más dulce es la voz de Alpino cuando canta

a los muertos. Su cabeza está inclinada por el peso de los

años, y sus ojos, escaldados por el llanto. Alpino, celestial

cantor, ¿por qué vagas solitario por la montaña

silenciosa? ¿Por qué gimes como el viento en el bosque y

como la ola que se rompe en lejana playa?"

""ALPINO.—Mi llanto, Ryno, brota por los muertos. Mi

voz va hacia los habitantes del sepulcro. Tú eres ágil y

esbelto, Ryno, eres bello entre los hijos de la montaña;

pero caerás como Morar, y la aflicción irá también a

sentarse sobre tu ataúd. La montaña te olvidará, y tu arco

abandonado penderá de lo alto de la muralla. ¡Oh, Morar!,

tú eras ligero como el corzo que ama la colina, terrible

como el fuego del cielo en la oscuridad de la noche; tu

cólera era una tempestad, tu espada era un rayo en el

combate, tu voz era el rugido del torrente después de la

lluvia, el del trueno rodando sobre las montañas. Muchos

han caído al golpe de tu brazo; la llama de tu cólera los ha

consumido... Pero cuando volvías de la guerra, ¡qué dulce

y apacible era tu encanto! Tu rostro parecía el sol después

de la tormenta; parecía la luna iluminando una noche serena.

Tu pecho era un reflejo del mar cuando se calma el viento

que lo agita. ¡Qué pequeña y sombría es ahora tu morada!

Con tres pasos se mide la sepultura del que no ha

mucho fue tan grande. Cuatro piedras cubiertas de musgo

son tu único monumento. Un árbol sin hojas, altas hierbas

que columpia la brisa. Eso es todo lo que revela al experto

cazador el sitio donde yace el poderoso Morar. Tú no

tienes madre ni amante que te lloren: murió la que te dio el

ser: murió también la hija de Morglan. ¿Quién es aquel

hombre que se apoya tristemente en un bastón? ¿Quién

es aquel hombre cuya cabeza blanquea antes de tiempo, y

no cesa de llorar? Es tu padre, ¡oh Morar!, tu padre, que

no tenía otro hijo. Muchas veces oyó hablar de tu valor,

de los enemigos que cayeron a los golpes de tu espada:

-121-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

muchas veces oyó hablar de la gloria de Morar ¡ay!, ¿por

qué le contaron también tu muerte? Llora, desgraciado

padre, llora, que tu hijo no te oirá. El sueño de los muertos

es muy profundo; su almohada de polvo está muy honda.

No se levantará tu hijo al oír tu voz; no se despertará a tus

gritos. ¡Ah!, ¿cuándo penetrará la luz en el sepulcro?

¿Cuándo se podrá decir al que duerme en él: "despierta"?

¡Adiós, noble joven; adiós, valiente guerrero! Ya no

volverán a verte los campos de batalla; ya el bosque

sombrío no se iluminará con el centelleo de tu espada.

No has dejado hijos, pero el canto de los trovadores

conservará y transmitirá tu nombre a la posteridad. Las

edades futuras oirán hablar de tus hazañas y conocerán a

Morar. La aflicción de los guerreros era profunda; pero

los sollozos de Armino la dominaban. Este canto le

recordó la pérdida de un hijo, muerto en la flor de su

edad. Carmor estaba junto al héroe; Carmor, el príncipe

de Galmar. "¿Por qué suspiras de este modo?" le dijo.

¿Es aquí donde hay que llorar? La música y el canto que

se dejan oír, ¿no son para reanimar el espíritu, lejos de

abatirle? Ligeros vapores se escapan del lago, invaden el

bosque y humedecen las flores: el sol aparece brillante,

los vapores se disipan. ¿Por qué estás triste, ¡oh Armino!,

tú que reinas en Gorma, que tiene un cinturón de

olas?"

""ARMINO.—Estoy triste, y tengo motivos poderosos

para estarlo. Carmor, tú no has perdido un hijo ni tienes

que llorar la muerte de una hija radiante de hermosura.

Colgar, el intrépido joven, vive aún, y como él la bella

Almira. Los retoños de tu raza florecen, Carmor, pero

Armino es el último de una rama seca. Sombrío es tu

lecho, Daura; sombrío es tu sueño en el sepulcro.

¿Cuándo despertarás? ¿Cuándo volverá a resonar tu voz

melodiosa? Levantaos, vientos del otoño...,

desencadenaos sobre la oscura maleza... Torrentes de la

selva, desbordaos... Huracanes, arrancad a vuestro paso

las encinas... Y tú, luna, muestra y esconde alternativamente

tu pálido rostro entre las rasgadas nubes. Recuérdame la

terrible noche en que murieron mis hijos, mi valiente Arindal

-122-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

y mi querida Daura. Daura, hija mía; tú eres tan hermosa

como el astro de plata que esclarece la colina, blanca como

la nieve y dulce, dulce como la brisa embalsamada de la

de la mañana. Arindal, tu arco era invencible, fuerte tu

lanza, poderosa tu mirada, como la nube que rueda sobre

las olas; tu escudo parecía un meteoro en el seno de una

tempestad. Armar célebre en los combates, solicitó el amor

de Daura, y bien pronto lo obtuvo. Pero Erath, hijo de

Odgall, temblaba de rabia porque su hermano había sido

muerto por Armar. Vino disfrazado de batelero; su barca

se columpiaba gallardamente sobre las ondas. Traía el

pelo blanco; su semblante era grave y tranquilo. "¡Oh!,

tú, la más bella de las jóvenes, amable hija de Armino—

dijo—, allá abajo, en una roca, no lejos de la orilla, espera

Armar a su querida Daura." Ella le siguió y llamó a Armar;

pero el eco sólo contestó a su voz. "Armar, dueño mío,

mi bien, ¿por qué me apesadumbras de este modo?

Escucha, hijo de Armath, oye mis ruegos... Es tu Daura

quien te llama." El traidor Erath la dejó sobre la roca, y

volvió a tierra riéndose. Daura se deshizo en gritos, llamando

a su padre y a su hermano: "Arindal, Armino, no

vendréis ninguno de los dos a salvar a vuestra Daura?"

Arindal, mi hijo, descendió de la montaña cargado con el

botín de la caza, con las flechas suspendidas del costado,

el arco en la mano y rodeado de cinco perros negros.

Distinguió en su orilla al imprudente Erath; se apoderó de

él y le ató a un roble con fuertes ligaduras. Mientras Erath

llenaba de gemidos el espacio, Arindal, apoderándose de

su barca, se dirigió a la roca donde se hallaba Daura. En

esto, llega Armar, prepara furioso una flecha, silba el dardo,

y tú. hijo mío, pereces del golpe destinado al pérfido Erath.

En el momento en que la barca arribó a la roca, Arindal

dio el último suspiro. ¡Oh, Daura! La sangre de tu hermano

corrió a tus pies. ¡Cuál sería tu desesperación! La barca

deshecha contra la roca, se sumergió en el abismo. Armar

se arrojó al agua para salvar a Daura o morir. Una ráfaga

de viento baja de la montaña, arremolina el oleaje, y Armar

desaparece y no vuelve a aparecer. Mi desgraciada hija

quedaba sin amparo, sola, sobre un peñasco azotado por

las olas. Yo, su padre, oía sus lamentos y nada podía

-123-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

intentar en su auxilio. Toda la noche permanecí en la orilla,

contemplándola a los débiles rayos de la luna. Toda la

noche estuve oyendo sus clamores. El viento silbaba, el

agua caía a torrentes, y la voz de Daura se iba debilitando

a medida que se acercaba el día. Pronto se extinguió por

completo, como se desvanece la brisa de la tarde entre

las hierbas de la montaña. Consumida por la desesperación,

expiró, dejando a Armino solo en el mundo. Mi valor, mis

fuerzas y mi orgullo murieron con ella. Cuando las tormentas

bajan de la montaña, cuando el viento del norte

alborota el oleaje, yo me siento en la ribera, y fijo mis ojos

en la funesta roca. Muchas veces mientras la luna aparece

en el cielo, veo flotar en una penumbra luminosa las almas

de mis ojos, que vagan por el espacio unidas en abrazo

fraternal."

Un torrente de lágrimas que brotó de los ojos de Carlota,

desahogando su oprimido corazón, interrumpió la lectura

de Werther. Éste arrojó a un lado el manuscrito y,

apoderándose de una de las manos de la joven, vertió

también amargo llanto. Carlota, apoyando la cabeza en la

otra mano, se cubrió el rostro con su pañuelo. Víctimas

él y ella de una terrible agitación, veían su propio infortunio

en la suerte de los héroes de Ossián y juntos lo deploraban.

Sus lágrimas se confundieron. Los ardientes labios de

Werther tocaron el brazo de Carlota. Ella se estremeció y

quiso alejarse; pero el dolor y la compasión la tenían

clavada en su asiento, como si una masa de plomo pesase

sobre su cabeza. Ahogándose y queriendo dominarse,

suplicó, sollozante, a Werther que prosiguiese la lectura,

su voz rogaba con un acento celestial.

Werther, cuyo corazón latía con tal violencia, que parecía

querer salirse del pecho, temblaba como un azogado, tomó

el libro y leyó con insegura voz:

—¿Por qué me despiertas, soplo embalsamado de la

primavera? Tú me acaricias y me dices: "Traigo conmigo

el rocío del cielo; pero pronto estaré marchito, porque

-124-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

pronto vendrá la tempestad que arrebatará mis hojas.

Mañana llegará el viajero; vendrá el que me ha conocido

en toda mi belleza; su vista me buscará en torno suyo, me

buscará y no me encontrará."

Estas palabras causaron a Werther un profundo

abatimiento. Se arrojó a los pies de Carlota, completa y

espantosamente desesperado, y cogiéndole las manos, las

oprimió contra su frente.

Carlota sintió entonces un vago presentimiento de un

siniestro propósito. Turbado su juicio, cogió a su vez las

manos de Werther y las colocó sobre su corazón. Inclinóse

hacia él con ternura, y sus abrasadas mejillas se tocaron.

El mundo desapareció para ellos; él la estrechó entre sus

brazos, la apretó contra su pecho y cubrió de frenéticos

besos los temblorosos labios de su amada, que balbucía

palabras entrecortadas.

—¡Werther!—murmuraba ella con voz ahogada y

desviándose—. ¡Werther!—repetía, y con suave

movimiento trataba de alejarse—. ¡Werther!—exclamó por

tercera vez, ya con acento digno e imponente.

Él se sintió dominado; la soltó y se arrojó al suelo como

un loco.

Carlota se levantó y, completamente turbada, indecisa entre

el amor y la cólera, le dijo:

—Es la última vez, Werther; no volveréis a verme

Y, lanzando sobre aquel desgraciado una mirada llena de

amor, corrió a la habitación inmediata y se encerró, afligida,

en ella.

Werther extendió las manos sin atreverse a detenerla. En

el suelo, Y con la cabeza apoyada en el sofá, permaneció

más de una hora sin dar señales de vida.

-125-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

Al cabo de este tiempo oyó ruido y volvió en sí. Era la

criada qué venía a poner la mesa. Se levantó y empezó a

pasear por la habitación. Cuando volvió a quedarse solo,

se aproximó a la puerta por donde había desaparecido

Carlota, y exclamó en voz baja:

—¡Carlota! ¡Carlota! Una palabra sola, un adiós siquiera...

Ella guardó silencio. Esperó él, suplicó, esperó de nuevo...

Por último, se alejó de la puerta gritando:

— ¡Adiós, Carlota...; adiós para siempre!

Llegó a las puertas de la ciudad; los guardias, que estaban

acostumbrados a verle, le dejaron pasar. Caían menudos

copos de nieve; él, sin embargo, no volvió a la población

hasta una hora antes de medianoche.

Cuando llegó a su casa, el criado notó que no llevaba

sombrero; pero no se atrevió a decírselo. Le ayudó a

desnudarse; toda la ropa estaba calada. Más tarde

encontraron el sombrero en un peñasco que se destaca

sobre todos los de la montaña y que parece querer

desgajarse sobre el valle. No se comprende como en una

noche lluviosa y oscura pudo llegar a aquel punto sin

despeñarse.

Se acostó y durmió largo tiempo: cuando el criado entró

en el cuarto al día siguiente para despertarle, le halló

escribiendo, y le pidió café, que le sirvió en seguida.

Entonces Werther añadió estos párrafos a la carta que

tenía empezada para Carlota:

"Ésta es la última vez que abro los ojos; la última, ¡ay de

mí! Ya no volverán a ver la luz del sol, que hoy se oculta

detrás de una niebla densa y sombría. ¡Si, viste de luto,

naturaleza! Tu hijo, tu amigo, tu amante se acerca a su fin.

¡Ah, Carlota!, es una cosa que no se parece a nada y que

-126-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

sólo puede compararse con las percepciones confusas

de un sueño, el decirse: "¡Esta mañana es la última!"

Carlota, apenas puedo darme cuenta del sentido de esta

palabra: "¡La última!" Yo, que ahora tengo la plenitud de

mis fuerzas, mañana estaré sobre la tierra rígido y sin vida.

¡Morir! ¿Qué significa esto? Ya lo ves: los hombres

soñamos siempre que hablamos de la muerte. He visto

morir a mucha gente; pero somos tan pobres de

inteligencia, que a pesar de cuanto vemos, cunea sabemos

nada del principio ni del fin de la vida. En este momento

todavía soy mío..., todavía soy tuyo, si, tuyo, querida

Carlota; y dentro de poco..., ¡separados.... desunidos,

quizá para siempre! ¡No, Carlota, no! ¿Cómo puedo dejar

de ser? Existimos, sí. ¡Dejar de ser! ¿Qué significa esto?

Es una frase más, un ruido vano que mi corazón no

comprende. ¡Muerto, Carlota! ¡Cubierto por la tierra fría

en un rincón estrecho y sombrío! Tuve en mi adolescencia

una amiga que carecía de apoyo y de consuelo. Murió y

la acompañé hasta la fosa, donde estuve cuando bajaron

el ataúd; oí el crujir de las cuerdas cuando las soltaron y

cuando las recogieron. Luego arrojaron la primera palada

de tierra, y la fúnebre caja produjo un ruido sordo, después

más sordo, y después más sordo todavía, hasta que quedó

completamente cubierta de tierra. Caí al lado de la fosa,

delirante, oprimido, y con las entrañas hechas pedazos.

Pues bien: yo no sé nada de lo que hay más allá del

sepulcro. ¡Muerte! ¡Sepulcro! No comprendo estas

palabras.

"¡Oh! ¡Perdóname, perdóname! Ayer... aquél debió ser el

último momento de mi vida. ¡Oh ángel! Fue la primera

vez, si, la primera vez que una alegría pura y sin límites

llenó todo mi ser.

"Me ama, me ama... Aún quema mis labios el fuego sagrado

que brotaba de los suyos; todavía inundan mi corazón

estas delicias abrasadoras. ¡Perdóname, perdóname! Sabía

que me amabas; lo sabía desde tus primeras miradas

aquellas miradas llenas de tu alma; lo sabía desde la primera

vez que estrechaste mi mano. Y, sin embargo, cuando me

-127-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

separaba de ti o veía a Alberto a tu lado, me asaltaban por

doquiera rencorosas dudas.

"¿Te acuerdas de las flores que me enviaste el día de

aquella enojosa reunión en que ni pudiste darme la mano

ni decirme una sola palabra? Pasé la mitad de la noche

arrodillado ante las flores, porque eran para mí el sello de

tu amor; pero, ¡ay!, estas impresiones se borraron como

se borra poco a poco en el corazón del creyente el

sentimiento de la gracia que Dios le prodiga por medio de

símbolos visibles. Todo perece, todo; pero ni la misma

eternidad puede destruir la candente vida que ayer recogí

en tus labios y que siento dentro de mí. ¡Me ama! Mis

brazos la han estrechado, mi boca ha temblado, ha

balbuceado palabras de amor sobre su boca. ¡Es mía!

¡Eres mía! Sí, Carlota, mía para siempre. ¿Qué importa

que Alberto sea tu esposo? ¡Tu esposo! No lo es más

que para el mundo, para ese mundo que dice que amarte

y querer arrancarte de los brazos de tu marido para recibirte

en los míos es un pecado. ¡Pecado!, sea. Si lo es, ya lo

expío. Ya he saboreado ese pecado en sus delicias, en

sus infinitos éxtasis. He aspirado el bálsamo de la vida y

con él he fortalecido mi alma. Desde ese momento eres

mía, ¡eres mía, oh Carlota! Voy delante de ti; voy a reunirme

con mi padre, que también lo es tuyo, Carlota; me quejaré

y me consolará hasta que tú llegues. Entonces volaré a tu

encuentro, te cogeré en mis brazos y nos uniremos en

presencia del Eterno; nos uniremos con un abrazo que

nunca tendrá fin. No sueño ni deliro. Al borde del sepulcro

brilla para mí la verdadera luz. ¡Volveremos a vernos!

¡Veremos a tu madre y le contaré todas las cuitas de mi

corazón! ¡Tu madre! ¡Tu perfecta imagen!"

A las once llamó Werther a su criado y le preguntó si

había regresado Alberto. El criado contestó que le había

visto pasar a caballo. Entonces le mandó una esquela

abierta que sólo contenía estas palabras:

"¿Quieres hacerme el favor de prestarme tus pistolas para

-128-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

un viaje que he proyectado? Consérvate bueno. Adiós."

***

La pobre Carlota apenas había podido dormir la noche

anterior. Su sangre pura, que hasta entonces había corrido

tranquilamente por sus venas, se agitaba en curso febril.

Mil sensaciones distintas con movían su noble corazón.

¿Era que abrasaba su seno el calor de las caricias de

Werther o que estaba indignada de su atrevimiento? ¿Era

que le mortificaba comparar su situación del momento

con su vida pasada, con sus días de inocencia, sosiego y

confianza? ¿Cómo presentarse a su esposo? ¿Cómo confesarle

una escena de que ella misma no quería darse

cuenta, por más que no tuviese nada de que avergonzarse?

Mucho tiempo hacía que marido y mujer no hablaban de

Werther, y precisamente ella debía romper el silencio para

hacerle una confesión no menos penosa que inesperada.

Temía que el solo anuncio de la visita de Werther fuese

para Alberto una gran mortificación. ¿Qué sucedería

cuando supiera él todo lo ocurrido? ¿Podría esperarse

que juzgara las cosas sin pasión y las viese tales como

habían pasado? ¿Podría desearse que leyera claramente

en el fondo de su alma? Y, por otra parte, ¿cómo disimular

ante un hombre para quien el pecho de ella había sido

siempre un transparente cristal y a quien no había ocultado

ni quería ocultar nunca el menor pensamiento? Estas

reflexiones la abrumaban, abismándola en una cruel

incertidumbre, y siempre se volvía su pensamiento hacia

Werther que la adoraba; hacia Werther, a quien no podía

abandonar y a quien era preciso que abandonase. ¡Ah...,

qué vacío para ella!

Aunque la agitación de su espíritu no le permitiese ver

claramente la verdad de las cosas, comprendió que pesaba

sobre ella la fatal desavenencia que separaba a su marido

y Werther; dos hombres tan buenos y tan inteligentes que

empezando por ligeras divergencias de sentimiento, habían

llegado a una mutua reserva y a una indiferencia glacial.

Cada uno se encerraba en el círculo de su propio derecho

-129-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

y de los errores del otro. Se había aumentado la tirantez

por ambas partes y había llegado a ser tal la situación,

que ya no podía despejarse sin violencia. Si los hubiera

unido más una dichosa confianza en los primeros

momentos, si la amistad y la indulgencia hubieran abierto

sus almas a algunas dulces expansiones, acaso habría sido

posible salvar al desgraciado joven. Una circunstancia

particular aumentaba la perplejidad de Carlota. Werther,

como hemos visto en sus cartas, no ocultó nunca su deseo

de abandonar el mundo. Alberto había combatido esta

idea muchas veces, y con frecuencia había cuestionado

sobre ella con su mujer. Impulsado por una instintiva

repugnancia hacia el suicidio, Alberto había sostenido muy

a menudo, con una rudeza impropia de su carácter, que

semejante resolución no era de hombre serio, y hasta se

había permitido alguna burla sobre el asunto, haciendo

así que su incredulidad se reflejara un tanto en Carlota.

Esto la tranquilizaba un poco cuando en su espíritu

aparecían siniestras imágenes; pero esto mismo impedía

que participara sus temores a su marido.

No tardó Alberto en llegar, y ella salió a recibirle con una

solicitud no exenta de embarazo. Alberto parecía

disgustado. No había podido terminar sus asuntos por

ciertas dificultades, hijas del carácter intratable y minucioso

del juez. El mal estado de los caminos había acabado de

ponerle de mal humor.

Preguntó si había ido alguien durante su ausencia, y su

mujer se apresuró a decirle que Werther había estado allí

la víspera por la tarde. Informado después de que en su

cuarto tenía algunas cartas y paquetes que habían llevado

para él, dejó sola a Carlota. La presencia del hombre por

quien sentía tanto cariño y tanto respeto, operó una nueva

revolución en el espíritu de ella. El recuerdo de la

generosidad del esposo, de su amor y de sus bondades,

le devolvió el sosiego. Experimentó un secreto deseo de

seguirle, y decidida a ello, hizo lo que hacía muchas veces:

ir a buscarle a su cuarto. Le encontró abriendo y leyendo

las cartas; algunas parecían preñadas de noticias

-130-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

desagradables. Le formuló varias preguntas sobre esto, y

él contestó lacónicamente, poniéndose luego a escribir.

Durante una hora permanecieron silenciosos, uno enfrente

del otro. Carlota se entristecía por momentos.

Comprendía que, aunque su marido estuviese del mejor

humor del mundo, iba a verse apurada para darle cuenta

de lo que sentía su corazón, y cayó en un abatimiento que

se tornaba más profundo a medida que se esforzaba ella

por ocultar y devorar sus lágrimas.

La llegada del criado de Werther aumentó la turbación

que experimentaba. El hombre entregó la carta de su amo,

y Alberto, después de leerla, se volvió fríamente hacia su

mujer, y le dijo:

—Dale mis pistolas—y volviéndose luego al criado,

añadió—: Decid a vuestro amo que le deseo un buen viaje.

Estas palabras produjeron en Carlota el efecto de un rayo.

Apenas tuvo fuerzas para levantarse. Se dirigió lentamente

a la pared, descolgó las armas y las limpió con mano

temblorosa.

Estaba indecisa, y habría tardado largo rato en

entregárselas al criado si Alberto, con una mirada

interrogadora, no la hubiese obligado a obedecer al punto.

Carlota entregó las pistolas al criado sin poder articular

una sola palabra. Cuando éste hubo salido, ella volvió a

tomar su labor y se retiró a su cuarto, presa de una

turbación espantosa y con el corazón agitado por

siniestros presentimientos.

Tan pronto quería ir a arrojarse a los pies de su marido y

confesarle la escena de la víspera, la turbación de su

conciencia y sus terribles temores, como desistía de

hacerlo, preguntándose de qué serviría aquel paso. ¿Podría

esperar que su marido, atendiendo a sus ruegos, corriese

inmediatamente a casa de Werther?

-131-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

La comida estaba en la mesa. Llegó una amiga de Carlota

sin más objeto que charlar un poco, pero temiendo

importunar, quiso retirarse. Carlota la retuvo en su

compañía. Esto dio margen a una conversación que animó

la comida, y, aunque esforzándose, se charló, y al cabo

se dio todo al olvido.

El criado de Werther llegó a su casa con las pistolas y las

entregó a su amo, que se apresuró a cogerlas al saber que

venían de manos de Carlota.

Mandó que le llevaran pan y vino, y encargando después

a su criado que fuera a comer, se puso a escribir:

"Han pasado por tus manos; tú misma les has quitado el

polvo, tú las has tocado..., y yo las beso ahora una y mil

veces.

"¡Angel del cielo, tú favoreces mi resolución! Tú, Carlota,

eres quien me presentas este arma destructora, así recibiré

la muerte de quien yo quería recibirla. ¡Qué bien me he

enterado por el criado de los menores detalles! Temblabas

al entregarle estas armas...; pero ni un adiós me envías.

¡Ay de mí!, ni un adiós. ¿Acaso el odio me ha cerrado tu

corazón por aquel instante de embriaguez que me ha unido

a ti para siempre? ¡Ah, Carlota!, el transcurso de los

siglos no borrará aquella impresión; y tú, estoy seguro de

ello, no podrás aborrecer nunca a quien tanto te idolatra."

Después de comer mandó al criado que acabase de

empaquetarlo todo. Rompió muchos papeles, salió a pagar

algunas cuentas que tenía pendientes y se volvió luego a

su casa. Más tarde, a pesar de que llovía, salió de nuevo

y llegó hasta el jardín del difunto conde de M., fuera de la

población. Estuvo paseándose largo tiempo por los

alrededores y regresó a su morada al anochecer. Entonces

se puso a escribir:

"Guillermo: por última vez he visto los campos, el cielo y

los bosques. También a ti te doy el último adiós. Tú,

-132-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

madre mía, perdóname. Consuélala, Guillermo. Dios os

colme de bendiciones. Todos mis asuntos quedan

arreglados. Adiós, volveremos a vernos..., y entonces

seremos más felices."

***

"Mal he pagado tu amistad, Alberto; pero sé que me

perdonas. He turbado la paz de tu hogar, he introducido

la desconfianza entre vosotros... Adiós: ahora voy a

subsanar estas faltas. ¡Quiera el cielo que mi muerte os

devuelva la dicha! ¡Alberto, Alberto!, haz feliz a ese ángel

para que la bendición de Dios descienda sobre ti."

***

Por la noche aún estuvo revolviendo sus papeles; rompió

muchos, que arrojó al fuego, y cerró algunos pliegos

dirigidos a Guillermo. El contenido de éstos se reducía a

breves disertaciones y pensamientos sueltos, de los cuales

no conozco más que una parte. A eso de las diez hizo

que encendieran lumbre, mandó que le llevaran una botella

de vino y envió a dormir a su criado. El cuarto de éste,

como los de todos los que vivían en la casa, se hallaba a

gran distancia del de Werther. El criado se acostó vestido

para estar dispuesto muy temprano, porque su amo le

había dicho que los caballos de posta llegarían antes de

las seis de la mañana.

DESPUÉS DE LAS ONCE

"Todo duerme en torno mío, y mi alma está tranquila. Te

doy gracias, ¡oh Dios!, por haberme concedido en

momento tan supremo resignación tan grande. Me asomo

a la ventana, amada mía, y distingo a través de las

tempestuosas nubes algunos luceros esparcidos en la

inmensidad del cielo. ¡Vosotros no desapareceréis, astros

inmortales! El Eterno os lleva, lo mismo que a mí. Veo las

estrellas de la Osa, que es mi constelación favorita, porque,

de noche, cuando salía de su casa, la tenía siempre de-

-133-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

lante. ¡Con qué delicia la he contemplado muchas veces!

¡Cuántas he levantado mis manos hacia ella para tomarla

por testigo de la felicidad de que entonces disfrutaba!

¡Oh Carlota!, ¿qué hay en el mundo que no traiga a mi

memoria tu recuerdo? ¿No estás en cuanto me rodea?

¿No te he robado codicioso como un niño, mil objetos

insignificantes que habías santificado con sólo tocarlos?

"Tu retrato, este retrato querido, te lo doy suplicándote

que lo conserves. He estampado en él mil millones de

besos, y lo he saludado mil veces al entrar en mi habitación

y al salir de ella. Dejo una carta escrita para tu padre,

rogándole que proteja mi cadáver. Al final del cementerio,

en la parte que da al campo, hay dos tilos, a cuya sombra

deseo reposar. Esto puede hacer tu padre por su amigo, y

tengo la seguridad de que lo hará. Pídeselo tú también.

Carlota. No pretendo que los piadosos cristianos dejen

depositar el cuerpo de un desgraciado cerca de sus

cuerpos. Deseo que mi sepultura esté a orillas de un camino

o en un valle solitario, para que, cuando el sacerdote o el

levita pasen junto a ella, eleven sus brazos al cielo,

bendiciéndome, y para que el samaritano la riegue con

sus lágrimas. Carlota, no tiemblo al tomar el cáliz terrible

y frío que me dará la embriaguez de la muerte. Tú me lo

has presentado, y no vacilo. Así van a cumplirse todas

las esperanzas y todos los deseos de mi vida, todos, sí,

todos.

"Sereno y tranquilo voy a llamar a la puerta de bronce del

sepulcro. ¡Ah, si me hubiese cabido en suerte morir

sacrificándome por ti! Con alegría con entusiasmo hubiera

abandonado este mundo, seguro de que mi muerte

afianzaba tu reposo y la felicidad de toda tu vida. Pero,

¡ay!, sólo algunos seres privilegiados logran dar su sangre

por los que aman y ofrecerse en holocausto Para

centuplicar los goces de sus preciosas existencias. Carlota,

deseo que me entierren con el traje que tengo puesto,

porque tú lo has bendecido al tocarlo. La misma petición

hago a tu padre. Prohibo que me registren los bolsillos.

Llevo en uno aquel lazo de cinta color de rosa que tenías

-134-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

 

en el pecho el primer da que te vi rodeada de tus niños...

¡Oh! Abrázalos mil veces y cuéntales el infortunio de su

desdichado amigo. ¡Cuánto los quiero! Aún los veo

agruparse en torno mío. ¡Ay, cuánto te he amado desde el

momento en que te vi! Desde ese momento comprendí

que llenarías toda mi vida... Haz que entierren el lazo conmigo...

Me lo diste el día de mi cumpleaños, y lo he

conservado como sagrada reliquia. ¡Ah!, nunca sospeché

que aquel principio tan agradable me condujese a este fin.

Ten calma, te lo ruego; no te desesperes... Están

cargadas... Oigo las doce... ¡Sea lo que ha de ser!

Carlota..., Carlota... ¡Adiós, adiós!"

Un vecino vio el fogonazo y oyó la detonación; pero como

todo permaneció tranquilo, no se cuidó de averiguar lo

ocurrido. A las seis de mañana del siguiente día entró el

criado en la alcoba con una luz, y vio a su amo tendido en

el suelo, bañado en su sangre y con una pistola al lado. Le

llamó y no obtuvo respuesta. Quiso levantarle y observó

que todavía respiraba. Corrió a avisar al médico y a

Alberto. Cuando Carlota oyó llamar, un temblor convulsivo

se apoderó de todo su cuerpo. Despertó a su marido y se

levantaron. El criado, acongojado y sollozando, les dio la

fatal noticia. Carlota cayó desmayada a los pies de su

marido.

Cuando el médico llegó al lado del infeliz Werther, le halló

todavía en el suelo y en un estado deplorable. Latía el

pulso aún; pero todos sus miembros estaban paralizados.

Había entrado la bala por encima del ojo derecho,

haciendo saltar los sesos. Le sangraron de un brazo, y

corrió la sangre; todavía respiraba. Unas manchas de

sangre que se veían en el respaldo de su silla indicaban

que consumó el suicidio sentado delante de la mesa donde

escribía y que en las convulsiones de la agonía había

rodado al suelo. Se hallaba tendido boca arriba, cerca de

la ventana, vestido y calzado, con frac azul y chaleco

amarillo.

-135-

Johann Wolfgang von Goethe: Werther

La gente de la casa y de la vecindad, y poco después

todo el pueblo, se pusieron en movimiento. Llegó Alberto.

Habían acostado a Werther en su lecho con la cabeza

vendada. Su rostro tenía ya el sello de la muerte. No se

movía; pero sus pulmones funcionaban aún de un modo

espantoso: unas veces casi imperceptiblemente, otras con

ruidosa violencia. Se esperaba que de un momento a otro

exhalase el último suspiro.

No había bebido más que un vaso de vino de la botella

que tenia sobre la mesa. El libro Emilia Galotti (8) estaba

abierto sobre el pupitre. Eran indescriptibles la

consternación de Alberto y la desesperación de Carlota.

El anciano juez llegó turbado y conmovido. Abrazó al

moribundo, bañándole el rostro con su llanto. No tardaron

en reunírsele sus hijos mayores, y se arrodillaron junto al

lecho, besando las manos del herido y no pudieron

contener el más intenso dolor. El mayor, que había sido

siempre el predilecto de Werther, se colgó al cuello de su

amigo y permaneció abrazado a él hasta que expiró.

La presencia del juez y las medidas que tomó evitaron

todo desorden. Hizo enterrar el cadáver por la noche a las

once en el sitio que había indicado Werther. El anciano y

sus hijos fueron formando parte del fúnebre cortejo;

Alberto no tuvo valor para tanto.

Durante algún tiempo se temió por la vida de Carlota.

Werther fue conducido por jornaleros al lugar de su

sepultura, sin que le acompañara ningún sacerdote.

FIN

(8) Tragedia del célebre poeta Golthold Efraín Lessing, que nació en

1729 y murió en 1781.