El Americano

Henry James

 

 

 

 


 

CAPÍTULO I

 

 

Un radiante día de mayo, en el año 1868, un caballero se halla­ba cómodamente recostado en el gran diván circular que por aquellos tiempos ocupaba la parte central del Salón Carré, en el Museo del Louvre. Esta conveniente otomana ya no está allí, para inmenso desconsuelo de todos los amantes de las bellas artes que tienen las rodillas débiles; pero el caballero en cues­tión había tomado serena posesión de su punto más mullido y, con la cabeza inclinada hacia atrás y las piernas estiradas, con­templaba la bella Madonna de la luna*, de Murillo, en profundo disfrute de su postura. Se había quitado el sombrero, y a su lado había dejado una pequeña guía roja y unos gemelos. El día era caluroso; la caminata le había sofocado, y se pasaba una y otra vez el pañuelo por la frente con gesto un tanto cansino. Y, sin embargo, evidentemente no se trataba de un hombre a quien la fatiga le fuese familiar; alto, delgado y musculoso, insinuaba esa clase de vigor que suele conocerse como «resistencia». Pero en este día concreto sus esfuerzos habían sido de un tipo inusi­tado, y a menudo había realizado grandes proezas físicas que le habían dejado menos exhausto que su tranquilo paseo por el Louvre. Había ido en busca de todos los cuadros que venían acompañados de un asterisco en las formidables páginas, de refinada impresión, de su Bädeker*; había hecho un sobrees­fuerzo de atención y los ojos se le habían ofuscado, y había tomado asiento con una jaqueca estética. Además, no sólo había mirado los cuadros, sino también todas las copias que se desarrollaban en torno a ellos a manos de las innumerables jóvenes de intachable compostura que se dedican, en Francia, a la difusión de las obras maestras; y, a decir verdad, con fre­cuencia había admirado la copia mucho más que el original. Su fisonomía habría bastado para indicar que era un tipo sagaz y competente, y lo cierto era que con frecuencia se había queda­do toda la noche frente a un enojoso fardo de cuentas, oyendo el canto del gallo sin un solo bostezo. Pero Rafael, Ticiano y Rubens constituían una nueva especie de aritmética, y a nues­tro amigo le infundían, por primera vez en su vida, una vaga falta de confianza en sí mismo.

Un observador dotado de buen ojo para los tipos nacionales no habría tenido ninguna dificultad para determinar el origen local de este entendido inmaduro, y sin duda ese mismo obser­vador habría podido sentir cierto disfrute cómico ante la per­fección casi ideal con que encarnaba el carácter nacional. El caballero del diván era un rotundo ejemplar de americano. Pero no sólo era un magnífico americano; ante todo era, fisica­mente, un hombre magnífico. Parecía poseer esa clase de salud y fuerza que, cuando se encuentra bajo su forma perfecta, es la más imponente: ese capital fisico que nada hace su dueño por «mantener». Si era un cristiano musculoso, lo era sin saberlo en absoluto. Si era necesario caminar hasta un lugar remoto, cami­naba, pero nunca se había visto en las circunstancias de «hacer ejercicio». No albergaba ninguna teoría respecto a los baños fríos o el uso de mazas de gimnasia; no era remero, ni fusilero, ni espadachín -nunca había tenido tiempo para estas distrac­ciones- e ignoraba por completo que la equitación se reco­mienda para ciertas formas de indigestión. Por tendencia propia era un hombre moderado; si bien la noche anterior a su visita al Louvre había cenado en el Café Anglais -alguien le había dicho que era una experiencia que no se podía pasar por alto-, aun así había dormido el sueño de los justos. Su actitud y su porte habituales eran de corte bastante relajado y holgazán, pe­ro cuando, por alguna inspiración especial, se ponía firme, parecía un granadero en pleno desfile. Nunca fumaba. Le habían asegurado -se dicen cosas así- que los cigarros eran excelentes para la salud, y era perfectamente capaz de creérselo; pero sabía tan poco de tabaco como de homeopatía. Tenía una cabe­za muy bien formada, con un equilibrio torneado y simétrico entre el desarrollo frontal y el occipital, y abundante pelo cas­taño, lacio y un tanto seco. Su tez era morena, y el arco de su nariz enérgico y bien pronunciado. Los ojos eran de un gris claro y frío, y, a excepción de un bigote bastante poblado, iba bien afeitado. Tenía la mandíbula plana y el cuello nervudo que tan frecuentes son en el tipo americano; pero los trazos del origen nacional atañen a la expresión aún más que al rasgo, y era en este aspecto donde el semblante de nuestro amigo resul­taba sumamente elocuente. Con todo, el observador perspicaz que hemos estado imaginando podría perfectamente haber apreciado su expresividad y aun así haber sido incapaz de des­cribirla. Su expresión poseía esa típica vaguedad que no es vacuidad, esa ausencia que no es simpleza, ese aire de no estar comprometido con nada en particular, de adoptar una actitud de hospitalidad general ante las oportunidades de la vida, de disponer enteramente de uno mismo, tan característico de muchos rostros americanos. Era sobre todo la mirada de nues­tro amigo la que contaba su historia; una mirada en la que ino­cencia y experiencia se fundían de modo singular. Estaba llena de señales contradictorias; y aunque bajo ningún concepto era el astro ardiente de un héroe novelesco, se podía encontrar en ella casi todo lo que se buscase. Fría y aun así amistosa, franca pero cauta, astuta pero crédula, positiva pero escéptica, segura pero tímida, en extremo inteligente y en extremo jovial, había algo vagamente desafiante en sus concesiones y algo profunda­mente tranquilizador en su reserva. El corte del bigote de este caballero, junto con las dos arrugas prematuras en la parte superior de la mejilla y el estilo de su atuendo, en el que una pechera expuesta y un fular cerúleo desempeñaban quizá un papel demasiado prominente, completaban las condiciones de su identidad. Quizá nos hayamos acercado a él en un momento que no es especialmente favorable; no está, ni mucho menos, en pose de retrato. A pesar de estar lánguidamente repantiga­do y un tanto perplejo ante la cuestión estética, y de ser culpa­ble del reprobable error (como nos hemos enterado hace poco) de confundir el mérito del artista con el de su obra (y es que admira la Madonna bizca de la joven del peinado amucha­chado porque la propia joven le parece singularmente atracti­va), la perspectiva de conocerle resulta bastante prometedora. Firmeza, salud, jocosidad y prosperidad parecen estar a su alcance; es a todas luces un hombre práctico, pero las ideas, en su caso, tienen imprecisos y misteriosos confines que invitan a la imaginación a activarse en beneficio propio.

Mientras la pequeña copista seguía con su trabajo, lanzaba de cuando en cuando una mirada de interés hacia su admira­dor. El cultivo de las bellas artes parecía exigir, a su juicio, un gran despliegue escénico, un frecuente apartarse con los bra­zos cruzados inclinando la cabeza de un lado a otro, un acari­ciarse el hoyuelo de la barbilla con una mano delicada, un sus­pirar y fruncir el ceño y dar golpecitos con el pie, un buscar a tientas horquillas nómadas entre los mechones revueltos. Es­tas actuaciones iban acompañadas de una mirada inquieta, que se posaba más rato sobre el caballero que hemos descrito que sobre ningún otro lugar. Por fin, súbitamente éste se levantó, se puso el sombrero y se acercó a la joven. Se colocó frente a su cuadro y lo miró unos instantes, durante los cuales ella fingió no darse cuenta de su inspección. Entonces, diri­giéndose a la joven con la única palabra que constituía el fuer­te de su vocabulario francés y alzando un dedo con un ade­mán que le parecía que aclaraba su significado, preguntó con brusquedad:

-Combien ?

La artista le miró de hito en hito por un momento, hizo un pequeño mohín, se encogió de hombros, dejó a un lado la pale­ta y los pinceles y empezó a frotarse las manos.

-¿Cuánto? -dijo nuestro amigo, en inglés- Combien?

-¿Monsieur desea comprarlo? -preguntó la joven, en francés.

-Muy bonito, splendide. Combien? -repitió el americano.

-¿A monsieur le agrada mi pequeño cuadro? Es un tema muy hermoso -dijo la joven.

-La Madonna, eso es; no soy católico, pero quiero comprarlo. Combien ? Escríbalo aquí -sacó un lápiz de su bolsillo y le mostró la guarda de su guía. Ella se quedó mirándole y rascándose la barbilla con el lápiz-. ¿No está a la venta? -preguntó él. Y como la joven seguía reflexionando y mirándole con unos ojos que, a pesar de su deseo de darle a tan ávido mecenazgo el trato de una historia consabida, traicionaban una incredulidad casi con­movedora, temió haberla ofendido. La joven, simplemente, intentaba aparentar indiferencia mientras se preguntaba hasta dónde podría llegar-. No he cometido ningún error... pas insul­té, ¿no? -prosiguió su interlocutor-. ¿No entiende usted un poco de inglés?

La aptitud de la joven para improvisar un papel era sorpren­dente. Clavó sobre él su mirada consciente y perceptiva y le pre­guntó si no hablaba nada de francés. Acto seguido, dijo breve­mente: «Donnez!», y cogió la guía abierta. En la esquina superior de la guarda trazó un número con una caligrafía diminuta y extremadamente delicada. Después le devolvió el libro y volvió a coger su paleta.

Nuestro amigo leyó la cifra: «2.000 francos». Durante un rato no dijo nada, sino que se quedó mirando el cuadro mien­tras la artista empezaba a chapotear enérgicamente con la pin­tura.

-Tratándose de una copia, ¿no le parece mucho? -preguntó al fin-. Pas beaucoup?

La joven alzó los ojos de su paleta, le escrutó de la cabeza a los pies y encontró, con admirable sagacidad, la respuesta adecuada.

-Sí, es mucho. Pero mi copia tiene virtudes extraordinarias; no vale ni un ápice menos.

El caballero que nos ocupa no entendía nada de francés, pero ya he dicho que era inteligente, y he aquí una buena oca­sión para demostrarlo. Se dio cuenta, por un instinto natural, de cuál era el significado de la frase de la joven, y le agradó pensar que fuese tan honrada. Belleza, talento, virtud; ¡lo tenía todo!

-Pero debe usted terminarlo -dijo-. Terminer, ya sabe -y seña­ló la mano, aún sin pintar, de la imagen.

-Ah, será terminado a la perfección... ¡a la perfección de per­fecciones! -exclamó mademoiselle; y, para confirmar su promesa, depositó un borrón sonrosado en plena mejilla de la Madonna.

Pero el americano frunció el ceño.

-Ah, demasiado rojo, ¡demasiado rojo! -replicó-. Su tez dijo a la vez que apuntaba hacia el Murillo- es más delicada.

-¿Delicada? Oh, será delicada, monsieur; tan delicada como la porcelana de Sèvres. Voy a bajarle el tono; conozco todos los secretos de mi arte. ¿Y adónde nos permitirá que se lo envie­mos? ¿Cuál es su dirección?

-¿Mi dirección? ¡Ah, sí! -y el caballero extrajo una tarjeta de su cartera y escribió algo en ella. Después vaciló un instante y dijo-: Sepa usted que, si no me gusta cuando esté terminado, no me veré en la obligación de adquirirlo.

La joven parecía ser tan buena adivina como él.

-Bueno, estoy segura de que monsieur no es antojadizo -dijo con una sonrisa pícara.

-¿Antojadizo? -y árate esto monsieur empezó a reírse-. No, no, no soy antojadizo. Soy muy fiel. Soy muy constante. Comprenez?

-Monsieur es constante; entiendo perfectamente. Es una vir­tud poco habitual. Para recompensarle, tendrá usted su cuadro en cuanto sea posible; la semana que viene... tan pronto como se seque. Cogeré la tarjeta de monsieur.

Cogió la tarjeta y leyó su nombre: «Christopher Newman».

Intentó repetirlo en voz alta y se rió de su mal acento.

-¡Sus nombres ingleses son tan estrafalarios!

-¿Estrafalarios? -dijo el señor Newman, riéndose también-. ¿Ha oído hablar alguna vez de Cristóbal Colón?

-Bien sûr! Inventó América; un gran hombre. ¿Es su patrón?

-¿Mi patrón?

-Su santo patrón, en el calendario.

-Ah, exactamente; mis padres me dieron su nombre.

-¿Monsieur es americano?

-¿Acaso no lo ve? -preguntó monsieur.

-¿Y tiene usted la intención de llevarse mi pequeño cuadro hasta allí? -y explicó la frase con un ademán.

-Bueno, mi intención es comprar muchos cuadros... beau­ coup, beaucoup -dijo Christopher Newman.

-Me hace usted un gran honor -respondió la joven-, ya que estoy segura de que monsieur tiene muy buen gusto.

-Pero ha de darme usted su tarjeta -dijo Newman-; su tarje­ta, ya sabe.

La joven se puso seria por un instante, y después dijo:

-Mi padre le visitará.

Pero a Newman esta vez le fallaron los poderes adivinatorios.

-Su tarjeta, su dirección -se limitó a repetir.

-¿Mi dirección? -dijo mademoiselle. Ya continuación, enco­giéndose de hombros-: ¡Felizmente para usted, es usted ame­ricano! Es la primera vez que le doy mi tarjeta a un caballero -y sacando de su bolsillo un monedero bastante pringoso, extrajo una pequeña tarjeta de visita glaseada y se la ofreció a su mece­nas. Tenía una pulcra inscripción a lápiz, con muchas floritu­ras: «Mlle. Noémie Nioche». Pero el señor Newman, a diferencia de su compañera, leyó el nombre con absoluta solemnidad; todos los nombres franceses se le antojaban igualmente estra­falarios.

-Y, precisamente, aquí está mi padre, que ha venido para acompañarme a casa -dijo mademoiselle Noémie-. Habla in­glés. Concretará con usted los pormenores -y se volvió para recibir a un pequeño y anciano caballero que se acercaba arras­trando los pies y mirando a Newman con ojos escrutadores por encima de sus anteojos.

Monsieur Nioche llevaba un lustroso peluquín, de color po­co natural, que caía sobre su pequeño rostro sumiso, pálido y anodino, apenas dotándole de mas expresión que la de las hor­mas sin facciones sobre las que se exponen estos artículos en el escaparate del barbero. Ofrecía una exquisita imagen de raído refinamiento. Su pequeño abrigo, de mala factura y cepillado con ahínco, los guantes zurcidos, las botas bruñidas, el simétri­co sombrero descolorido, contaban la historia de una persona que había «tenido pérdidas» y que se aferraba al espíritu de los hábitos meticulosos, a pesar de que su sentido literal se había borrado irremediablemente. Entre otras cosas, monsieur Nio­che había perdido denuedo. La adversidad no sólo le había lle­vado a la ruina sino que además le había atemorizado, y a todas luces recorría lo que le quedaba de vida de puntillas, por miedo a despertar a los hados hostiles. Si este extraño caballero le esta­ba diciendo algo impropio a su hija, monsieur Nioche le roga­ría con voz ronca que, como un favor especial, desistiera de hacerlo; pero al mismo tiempo admitiría que era muy presun­tuoso por pedir favores especiales.

-Monsieur ha comprado mi cuadro -dijo mademoiselle Noémie-. Cuando esté terminado, habrás de llevárselo en un cabriolé.

-¡En un cabriolé! -exclamó monsieur Nioche, y se quedó mirándola atónito, como si hubiese visto salir el sol a mediano­che.

-¿Es usted el padre de la joven? -dijo Newman-. Creo que me ha dicho que habla usted inglés.

-Que hablo inglés... sí -dijo el anciano, frotándose pausada­mente las manos-. Se lo llevaré en un cabriolé.

-Di algo, entonces -instó su hija-. Agradéceselo un poco... pero no demasiado.

-Un poco, hija mía, un poco -dijo monsieur Nioche, perple­jo-. ¿Cuánto ha sido?

-¡Dos mil! -dijo mademoiselle Noémie-. No armes un escán­dalo o se echará atrás.

-¡Dos mil! -exclamó el anciano, y se puso a buscar a tientas su caja de rapé. Miró a Newman de la cabeza a los pies, después a su hija y por último al cuadro-. ¡Tenga cuidado, no vaya a estropearlo! -exclamó en un tono casi sublime.

-Debemos irnos a casa -dijo mademoiselle Noémie-. Ha sido un buen día de trabajo. ¡Cuidado con cómo lo llevas! -y empe­zó a guardar sus utensilios.

-¿Cómo se lo puedo agradecer? -preguntó monsieur Nio­che-. Mi inglés no es suficiente.

-Ya quisiera yo hablar francés así de bien -dijo Newman de buen talante-. Su hija es muy mañosa.

-¡Ah, señor! -y monsieur Nioche miró por encima de sus len­tes con ojos llorosos y asintió varias veces con aire de infinita tris­teza-. ¡Ha tenido una educación... très supérieure! No se ha esca­timado nada. Lecciones de pastel a diez francos cada una, lec­ciones de óleo a doce francos. En aquellos tiempos no contaba los francos. Es una artiste, ¿eh?

-¿Me está diciendo que ha sufrido usted un revés de fortuna? -preguntó Newman.

-¿Un revés? Oh, señor, desgracias... ¡terribles!

-Desafortunado en los negocios, ¿eh?

-Muy desafortunado, señor.

-Bueno, no tema, volverá a ponerse en pie -dijo animosamente Newman.

El anciano ladeó la cabeza y le miró con expresión de dolor, como si sus palabras hubiesen sido una burla cruel.

-¿Qué es lo que dice? -quiso saber mademoiselle Nioche.

Monsieur Nioche tomó un pellizco de rapé.

-Dice que recuperaré mi fortuna.

-Quizá él te ayude. ¿Y qué más?

-Dice que eres muy mañosa.

-Es muy posible que sí. ¿Tú lo crees así, padre?

-¿Creerlo, hija mía? ¡Con pruebas como ésta...! -y a modo de homenaje el anciano se volvió de nuevo hacia el osado borrón del caballete clavando en él una mirada de asombro.

-Pregúntale, entonces, si no le gustaría aprender francés.

-¿Aprender francés?

-Recibir lecciones.

-¿Lecciones, hija mía? ¿De ti?

-¡De ti!

-¿De mí, criatura? ¿Cómo habría yo de dar lecciones?

-Pas de raisons! ¡Pregúntaselo ahora mismo! -dijo mademoi­selle Noémie con suave concisión.

Monsieur Nioche se quedó estupefacto, pero la mirada de su hija le hizo recobrar el juicio y, esforzándose por esbozar una sonrisa agradable, cumplió sus órdenes.

-¿Seria de su agrado instruirse en nuestro hermoso idioma? -preguntó con voz trémula y suplicante.

-¿Estudiar francés? -preguntó Newman, mirándole fijamente.

Monsieur Nioche se apretó las puntas de los dedos y alzó len­tamente los hombros.

-¡Un poco de conversación!

-Conversación... ¡eso es! -murmuró mademoiselle Noémie, que había entendido la palabra-. La conversación de la socie­dad más distinguida.

-Nuestra conversación francesa es famosa, sabe usted -se atre­vió a añadir monsieur Nioche-. Es un gran talento.

-¿Pero no es enormemente difícil? -preguntó simple y llana­mente Newman.

-¡No para un hombre de esprit como monsieur, un admira­dor de la belleza en todas sus formas! -y monsieur Nioche diri­gió una expresiva mirada a la Madonna de su hija.

-¡No puedo imaginarme parloteando francés! -dijo New­man entre risas-. Y, por otro lado, supongo que cuanto más sepa un hombre, mejor.

-Monsieur lo ha expresado muy felizmente. Hélas, oui!

-Supongo que para mis andanzas por Paris me seria de gran ayuda conocer el idioma.

-¡Ah, hay tantas cosas que monsieur querrá decir... cosas difi­ciles!

-Todo lo que quiero decir es difícil. Pero ¿usted imparte lec­ciones?

El pobre monsieur Nioche se quedó turbado; esbozó una sonrisa aún más suplicante.

-No soy un profesor autorizado -admitió-. Es que no le puedo decir que soy profesor -le explicó a su hija.

-Dile que es una oportunidad excepcional -respondió mademoiselle Noémie-; ¡un homme du monde, un caballero, con­versando con otro! Recuerda lo que eres, ¡lo que has sido!

-Profesor de idiomas, ¡en ningún caso! ¡Y mucho menos ahora que en otros tiempos! ¿Y si pregunta cuánto cuestan las lecciones?

-No lo preguntará -dijo mademoiselle Noémie.

-¿Puedo decirle que lo que le plazca?

-Jamás! Es de mal estilo.

-¿Y si pregunta, qué?

Mademoiselle Noémie se había puesto la toca y se estaba atando los lazos. Los alisó, alzando a la vez su pequeña y suave barbilla.

-Diez francos -dijo rápidamente.

-¡Hija mía! Jamás me atreveré.

-¡Pues no te atrevas! No preguntará hasta el final de las lec­ciones, y entonces seré yo quien haga la factura.

Monsieur Nioche se volvió de nuevo hacia el confiado ex­tranjero y se quedó frotándose las manos con un aire que hacía parecer que se declaraba culpable, y que no resultaba más intenso sólo porque habitualmente ya era muy llamativo. En ningún momento se le pasó por la cabeza a Newman pedirle una garantía de su destreza para instruir; daba por supuesto que monsieur Nioche conocía su propio idioma, y su suplicante desamparo respondía a la perfección a lo que el americano, por razones vagas, siempre había asociado con cualquier extranjero de cierta edad perteneciente a la clase que imparte lecciones. Newman nunca había reflexionado sobre procesos filológicos. Su principal impresión respecto a cómo precisar cuáles eran los misteriosos correlatos de sus conocidos vocablos ingleses que circulaban por aquella extraordinaria ciudad que era París era que se reducía a una mera cuestión de enorme esfuerzo mus­cular, inusitado y bastante ridículo, por su parte.

-¿Cómo aprendió el inglés? -preguntó al anciano.

-Cuando era joven, antes de mis desgracias. Ah, en aquella época yo era muy despierto. Mi padre era un gran commerçant; me colocó durante un año en un despacho en Inglaterra. ¡Algo se me pegó, pero se me ha olvidado!

-¿Cuánto francés puedo aprender en un mes?

-¿Qué dice? -preguntó mademoiselle Noémie.

Monsieur Nioche se lo explicó.

-¡Llegará a hablar como un ángel! -exclamó su hija.

La integridad vernácula que vanidosamente se había ejerci­do para garantizar la prosperidad comercial de monsieur Nio­che volvió a encenderse.

¡Bueno, monsieur! -respondió- ¡Todo lo que le pueda enseñar! -y acto seguido, recuperándose ante una señal de su hija-: Iré a visitarle a su hotel.

-Sí, me gustaría aprender francés -prosiguió Newman, con democrática confianza-. ¡Que me aspen, a mí nunca se me habría ocurrido! Daba por sentado que era imposible. Pero si usted aprendió mi idioma, ¿por qué no iba yo a aprender el suyo? -y su risa franca y amistosa le quitó veneno a la broma-. Sólo que, sabe usted, si vamos a conversar se le tendrá que ocu­rrir algo alegre de lo que hablar.

-Es usted muy bueno, señor; ¡estoy abrumado! -dijo mon­sieur Nioche, extendiendo las manos-. ¡Pero si tiene usted ale­gría y felicidad para los dos!

-Ah, no -dijo Newman con tono más serio-. Usted deberá mostrarse jovial y animado; es parte del trato.

Monsieur Nioche hizo una reverencia, con la mano sobre el corazón.

-Muy bien, señor; ya me ha animado usted.

-Venga entonces y tráigame el cuadro; le pagaré y hablare­mos de él. ¡Ése sí que será un tema alegre!

Mademoiselle Noémie había recogido sus bártulos y confió la preciada Madonna al cuidado de su padre, que se retiró cami­nando de espaldas hasta perderse de vista, sosteniéndola con el brazo extendido y reiterando sus respetos. La joven se arropó con el chal como una perfecta parisina, y con la sonrisa de una parisina se despidió de su mecenas.

 

CAPÍTULO II

 

Regresó sin prisas al diván y se sentó al otro lado, con vistas al gran lienzo en el que Paolo Veronés pintó el festín de las bodas de Caná. A pesar de que estaba fatigado, el cuadro le pareció entretenido; sentía que creaba una impresión; satisfacía su idea, que era ambiciosa, de cómo debía ser un espléndido banquete. En la esquina izquierda del cuadro hay una joven de rizos rubios confinados en una toca dorada; está inclinada hacia adelante y escucha, con la sonrisa de una encantadora mujer en un convi­te, a su vecino. Newman la detectó entre el gentío, la admiró y se dio cuenta de que también ella tenía su propio copista devo­to: un joven con el cabello de punta. De pronto fue consciente del germen de la manía del «coleccionista»; había dado el pri­mer paso, ¿por qué no habría de seguir? No habían transcurri­do más que veinte minutos desde que comprara el primer cua­dro de su vida y ya estaba imaginándose el mecenazgo artístico como una actividad fascinante. Sus reflexiones avivaron su buen humor, y a punto estuvo de abordar al joven con otro « Com­bien?». A este respecto hay dos o tres hechos dignos de atención, aunque la cadena lógica que los conecta pueda parecer imper­fecta. Sabía que mademoiselle Nioche había pedido demasiado; no le guardaba ningún rencor por ello y estaba decidido a pagarle al joven exactamente la suma adecuada. En ese preciso instante, sin embargo, atrajo su atención un caballero proce­dente de otra parte de la sala y cuyo porte era el de alguien ajeno a la galería, a pesar de que no iba equipado con guía ni con gemelos. Llevaba un parasol blanco forrado de seda azul, y se paseaba frente al Paolo Veronés mirándolo vagamente, pero demasiado cerca para ver algo más que el grano del lienzo. Justo enfrente de Christopher Newman hizo una pausa y se dio la vuelta, y entonces nuestro amigo, que le había estado observan­do, tuvo la oportunidad de verificar la sospecha que una visión imperfecta de su rostro le había suscitado. El resultado de este examen más completo fue que acto seguido se puso en pie de un salto, cruzó la sala a zancadas y, alargando la mano, detuvo al caballero del parasol del forro azul. Éste le miró de hito en hito, pero le tendió su mano al azar. Era corpulento y sonrosa­do, y aunque su semblante, que estaba adornado con una her­mosa barba blonda cuidadosamente dividida en el centro y cepi­llada hacia afuera por los lados, no destacaba por la intensidad de su expresión, parecía una persona dispuesta a estrecharle la mano a cualquiera. Ignoro lo que pensó Newman de su rostro, pero al estrecharle la mano notó una falta de respuesta.

-¡Vaya, vaya! -dijo entre risas-; ¡no me irá a decir ahora que no me conoce... porque no llevo un parasol blanco!

El sonido de su voz aguzó la memoria del otro. Su rostro se dilató hasta alcanzar su capacidad máxima, y también él estalló en risas.

-Vaya, Newman... ¡que me aspen! ¿Dónde demonios...?, confie­so que... ¿quién lo habría dicho? ¿Sabe?, está usted muy cambiado.

-Usted no -dijo Newman.

-Para mejor no, sin duda. ¿Cuándo llegó?

-Hace tres días.

-¿Por qué no me avisó?

-No tenía ni idea de que usted estuviese aquí.

-Llevo aquí los seis últimos años.

-Habrán pasado seis o siete desde que nos conocimos.

-Algo así. Éramos muy jóvenes.

-Fue en Saint Louis, durante la guerra. Usted estaba en el ejército.

-No, no, yo no. Pero usted sí.

-En efecto, eso creo.

-¿Salió bien parado?

-Salí con las piernas y los brazos de una pieza... y contento. Todo aquello suena muy lejano.

-Y ¿cuánto tiempo lleva en Europa?

-Diecisiete días.

-¿Es la primera vez?

-Sí, así es.

-¿Qué, hizo su sempiterna fortuna?

Christopher Newman permaneció callado un instante, y des­pués, con una sonrisa apacible, respondió:

-Sí.

-Y ha venido a París a gastársela, ¿eh?

-Bueno, ya veremos. Así que aquí llevan estos parasoles... los hombres, ¿no?

-Por supuesto. Son unos chismes fantásticos. Aquí saben bien lo que es el confort.

-¿Dónde se compran?

-En cualquier sitio, en todas partes.

-Bueno, Tristram, me alegro de haberle pillado. Me podrá enseñar cómo funciona todo. Supongo que conocerá París de cabo a rabo.

El señor Tristram esbozó una melosa sonrisa de autocompla­cencia.

-Bueno, supongo que no hay muchos hombres que me pue­dan enseñar nada nuevo. Yo me ocuparé de usted.

-Es una pena que no estuviese usted aquí hace unos minu­tos. Acabo de comprar un cuadro. Quizá hubiese podido ulti­mar el trato por mí.

-¿Ha comprado un cuadro? -dijo el señor Tristram, recorrien­do las paredes con una mirada vaga-. Vaya, ¿acaso los venden?

-Estoy hablando de una copia.

-Ah, ya entiendo. Éstos -dijo el señor Tristram, indicando con un gesto los ticianos y los vandykes-, éstos supongo que son los originales, ¿no?

-Eso espero -exclamó Newman-. No quisiera una copia de una copia.

-Ah -dijo misteriosamente el señor Tristram-, nunca se sabe. Imitan tan condenadamente bien, sabe usted... Es como los jo­yeros, con sus piedras falsas. Entre al Palais Royal, ahí mismo; verá la palabra «imitación» en la mitad de las vitrinas. La ley les obliga a ponerlo, ¿sabe?, pero es imposible distinguir entre una cosa y otra. A decir verdad -continuó el señor Tristram con una mueca-, no tengo nada que ver con la pintura. Dejo eso para mi esposa.

-Ah, ¿tiene esposa?

-¿No se lo había dicho? Es una mujer muy agradable; debe conocerla. Está ahí, en la Avenue d'Iéna.

-¿Así que ha sentado la cabeza: casa y niños y todo lo demás?

-Sí, una casa de primera y un par de jovenzuelos.

-Bueno -dijo Christopher Newman, estirando un poco los brazos y soltando un suspiro-, le envidio.

-Ah, no, eso sí que no -respondió el señor Tristram, dándo­le un golpecito con el parasol.

-Disculpe, pero así es.

-Bueno, pues entonces dejará de hacerlo cuando... cuando...

-Supongo que no querrá decir que cuando haya visto su resi­dencia.

-Cuando haya visto París, amigo mío. Aquí, lo que uno desea es ser el único dueño de sí mismo.

-Llevo siendo mi propio dueño toda mi vida y ya estoy harto.

-Bueno, pruebe con París. ¿Qué edad tiene?

-Treinta y seis.

-C’est le bel âge, como dicen aquí.

-¿Qué significa?

-Significa que un hombre no debe apartar su plato hasta que no se ha hartado.

-¿Todo eso? Acabo de llegar a un acuerdo para recibir lec­ciones de francés.

-Bah, no necesita usted lecciones. Lo irá aprendiendo. Yo nunca recibí.

-Supongo que hablará francés tan bien como el inglés.

-¡Mejor! -dijo el señor Tristram rotundamente-. Es un idio­ma espléndido. Se puede decir todo tipo de agudezas.

-Pero supongo -siguió Christopher Newman con un sincero deseo de informarse- que para eso habrá que ser agudo.

-En absoluto; ésa es precisamente su belleza.

Mientras intercambiaban estos comentarios, los dos amigos se habían quedado de pie en el lugar donde se habían encon­trado, apoyados contra el pretil que protegía los cuadros. El señor Tristram admitió al fin que estaba exhausto y que nada le haría más feliz que sentarse. Newman recomendó encarecida­mente el gran diván en el que había estado descansando, y se prepararon para sentarse.

-Es un gran lugar, ¿no cree? -dijo Newman con ardor.

-Un gran lugar, un gran lugar. Lo más excelente que hay en el mundo -y de pronto, el señor Tristram titubeó y miró a su alrededor-. Supongo que aquí no dejarán fumar.

Newman se le quedó mirando fijamente.

-¿Fumar? No tengo ni idea. Usted conoce mejor que yo las normativas.

-¿Yo? ¡Nunca había estado aquí!

-¡Nunca! ¿En seis años?

-Creo que mi esposa me arrastró aquí una vez a nuestra lle­gada a París, pero no volví a encontrar el camino para regresar.

-¡Pero si dice que conoce París muy bien!

-¡A esto yo no lo llamo París! -exclamó el señor Tristram con aplomo-. Venga, vayamos al Palais Royal a echar unas caladas.

-No fumo -dijo Newman.

-Entonces, un trago.

Y el señor Tristram le mostró a su acompañante el camino de salida. Cruzaron las gloriosas salas del Louvre, bajaron las esca­leras y a través de las frescas y oscuras galerías de escultura salie­ron al enorme atrio. Newman iba mirando a su alrededor mien­tras caminaba, pero no hizo comentarios; y sólo cuando al fin salieron al aire libre le dijo a su amigo:

-Creo que en su lugar yo habría venido aquí una vez a la semana.

-Ah, no, ¡no lo habría hecho! -dijo el señor Tristram-. Eso cree, pero no. No habría tenido tiempo. Siempre tendría la intención, pero nunca iría. Hay mejores diversiones, aquí en París. Para ver cuadros hay que ir a Italia; espere a ir. Allí hay que hacerlo; no se puede hacer otra cosa. Es un país terrible; no se puede conseguir ni un solo cigarro decente. No sé por qué he entrado hoy en el museo. Estaba paseando, bastante ne­cesitado de distracción. Al pasar reparé más o menos en el Louvre, y se me ocurrió entrar a ver qué era lo que se estaba cociendo. Pero de no haberle encontrado dentro me habría sentido bastante estafado. ¡Diantre, los cuadros me traen sin cuidado, prefiero la realidad! -y el señor Tristram despachó esta feliz fórmula con un descaro que la nutrida clase que for­man las personas que padecen una sobredosis de «cultura» le habría envidiado.

Los dos caballeros prosiguieron por la Rue de Rivoli hasta lle­gar al Palais Royal, donde se sentaron a una de las pequeñas mesas situadas a la puerta del café que se adentra en el gran patio cuadrado abierto. El lugar estaba lleno de gente, las fuen­tes soltaban chorros de agua, tocaba una banda, bajo los tilos se habían apiñado grupos de sillas, y las lozanas nodrizas, cubier­tas con cofias blancas y repartidas por los bancos, ofrecían a las criaturas que estaban a su custodia las más holgadas facilidades para la nutrición. Recorría la escena una animación natural y sencilla, y Christopher Newman tuvo la sensación de que era típicamente parisina.

-Y ahora -empezó a decir el señor Tristram cuando proba­ron la decocción que a petición suya les habían servido-, ahora hábleme de usted. ¿Qué ideas tiene, cuáles son sus planes, de dónde viene y adónde va? En primer lugar, ¿dónde se aloja?

-En el Grand Hotel -dijo Newman.

El señor Tristram frunció su rollizo semblante.

-¡No sirve! Tiene que mudarse.

-¿Mudarme? -preguntó Newman-. Vaya, pero si nunca había estado en un hotel tan selecto.

-No le hace falta un hotel «selecto»; necesita usted algo pequeño, tranquilo y elegante donde respondan a su timbre y reconozcan su... su persona.

-No paran de corretear para ver si he llamado antes de haber tocado siquiera el timbre -dijo Newman-, y, en cuanto a mi per­sona, le hacen continuas reverencias y alharacas.

-Supongo que les estará dando propinas a todas horas. Eso es de muy mal tono.

-¿A todas horas? De ningún modo. Ayer, un hombre me trajo una cosa y después se quedó haraganeando como un mendigo. Le ofrecí una silla y le pregunté si quería sentarse. ¿Fue de mal tono?

-¡Mucho!

-Pero salió disparado al instante. En cualquier caso, es un sitio que me divierte. Al diantre con su elegancia, si me va a abu­rrir. Anoche estuve sentado en el patio del Grand Hotel hasta las dos de la madrugada observando el ajetreo y las idas y veni­das de la gente.

-Se contenta usted con poco. Pero un hombre de su posi­ción... puede hacer lo que le parezca. Ha amasado una buena pila de dinero, ¿eh?

-He ganado bastante.

-¡Dichoso el hombre que pueda decir lo mismo! ¿Bastante para qué?

-Bastante para descansar un tiempo, para olvidarme del di­choso dinero, mirar a mi alrededor, ver mundo, pasarlo bien, cultivarme y, si se me antoja, casarme con una mujer.

Newman hablaba lentamente, con cierto tono de indiferen­cia y frecuentes pausas. Ésta era su manera habitual de pro­nunciar, pero en las palabras que acabo de citar fue especial­mente marcada.

-¡Por Júpiter! ¡Eso sí que es un buen programa! -exclamó el señor Tristram-. Qué duda cabe de que todo eso cuesta dinero, sobre todo la esposa; a no ser, claro está, que sea ella quien lo aporte, como hizo la mía. Y ¿cuál es la historia? ¿Cómo lo ha conseguido?

Newman se había retirado el sombrero de la frente, se había cruzado de brazos y había estirado las piernas. Escuchó la músi­ca y observó la animada muchedumbre, las fuentes chapotean­tes, las nodrizas y los bebés.

-¡Trabajando! -respondió al fin.

Tristram le miró durante unos instantes y dejó que sus pláci­dos ojos sopesaran la generosa longitud de su amigo y se posa­sen sobre su rostro, cómodamente contemplativo.

-¿En qué ha trabajado?

-Bueno, en varias cosas.

-Supongo que es usted un tipo listo, ¿eh?

Newman siguió mirando a las nodrizas y a los bebés; impri­mían a la escena una suerte de sencillez primigenia, bucólica.

-Sí -dijo al cabo-, supongo que lo soy.

Y entonces, respondiendo a las preguntas de su amigo, le refi­rió brevemente su historia desde su último encuentro. Era una historia absolutamente típica del Oeste, y versaba sobre iniciati­vas que no hará falta darle a conocer al lector en detalle. New­man había acabado la guerra con el grado de general de briga­da, honor que en este caso -sin comparaciones odiosas- había recaído sobre unos hombros sobradamente competentes para llevarlo. Pero aunque era capaz de desenvolverse en un com­bate si la ocasión lo exigía, a Newman todo ese asunto le desa­gradaba sobremanera; sus cuatro años en el ejército le habían dejado una conciencia furiosa y amarga del derroche de las cosas preciosas: vida, tiempo, dinero, «astucia», el vigor juvenil de las metas; y se había volcado sobre las tareas de la paz con una energía y un brío apasionados. Como es obvio, tan pobre era cuando se quitó los galones como cuando se los puso, y el único capital que tenía a su disposición era su tenaz denuedo y su intensa percepción de los fines y de los medios. El es­fuerzo y la acción le eran tan naturales como respirar; jamás un mortal tan enteramente sano había pisado la flexible tierra del Oeste. Además, su experiencia era tan dilatada como su capa­cidad; cuando tenía catorce años, la necesidad le había prendi­do por sus delgados hombros juveniles y le había empujado a la calle para que se ganase la cena de esa noche. No se la había ganado, pero sí la de la noche siguiente, y, en lo sucesivo, cuan­do no había cenado era porque había renunciado a ello para emplear el dinero en otra cosa, en algún placer más intenso o en algún beneficio de mejor calidad. Se había puesto manos a la obra, y con ellas la cabeza, en muchas cosas; había sido emprendedor, en el sentido más eminente del término; había sido aventurero e incluso temerario, y había conocido el amar­go fracaso tanto como el fulgor del éxito; pero era un experi­mentador nato, y siempre había encontrado algo que disfrutar bajo el apremio de la necesidad, aun cuando ésta fuese tan exasperante como el cilicio del monje medieval. En una época pareció que su sino era, inexorablemente, fracasar; la mala for­tuna pasó a compartir su lecho, y todo lo que tocaba lo conver­tía no en oro sino en cenizas. Su concepción más gráfica de un elemento sobrenatural en los asuntos mundanos le había sobre­venido en cierta ocasión en que esta terquedad del infortunio llegó a su punto culminante; le pareció que en la vida había al­go más fuerte que su propia voluntad. Pero ese misterioso algo sólo podía ser el demonio, y en consecuencia se apoderó de él una intensa hostilidad personal hacia esta impertinente fuerza. Había sabido lo que era agotar por completo su crédito, ser incapaz de ganar ni un dólar y encontrarse al anochecer en una ciudad extraña sin un solo penique con el que paliar la extra­ñeza. Fue en estas circunstancias como hizo su entrada en San Francisco, escenario, de ahí en adelante, de sus más felices gol­pes de fortuna. Si no caminaba calle arriba ronzando un pane­cillo, como el doctor Franklin en Filadelfia*, tan sólo se debía a que carecía del panecillo necesario para hacerlo. En sus días más funestos había tenido un solo estímulo, práctico y senci­llo: el deseo, como él mismo habría dicho, de hacer las cosas a fondo. Por fin lo hizo; se abrió paso a golpes hasta que llegó a aguas tranquilas, y ganó dinero a mansalva. Hay que admitir, con toda franqueza, que el único objetivo en la vida de Chris­topher Newman había sido ganar dinero; desde su punto de vista, había venido al mundo simplemente para extraerle una fortuna, cuanto más grande mejor, a la desafiante circunstan­cia. Esta idea ocupaba todo su horizonte y satisfacía a su ima­ginación. Sobre los usos del dinero, sobre qué se podía hacer con una vida a la que se le había logrado inyectar un chorro de oro, apenas había reflexionado hasta los treinta y cinco años. La vida había sido para él un juego abierto, y había apos­tado a lo grande. Por fin había ganado y se había llevado sus ganancias; y ahora, ¿qué cabía hacer con ellas? Era un hombre al que, sin duda, tarde o temprano se le tenía que plantear la pregunta, y la respuesta pertenece a nuestro relato. Ya se había adueñado de él una vaga sensación de que había más respues­tas posibles que aquellas con las que hasta entonces había soñado su filosofía, y parecía intensificarse dulce y agradable­mente mientras descansaba con su amigo en este luminoso rincón de París.

-Debo confesar -continuó al poco rato- que aquí no me siento en absoluto listo. Mis extraordinarios talentos se me anto­jan inútiles. Me siento tan simple como un chiquillo, y un chi­quillo podría cogerme de la mano y guiarme de un lado a otro.

Ah, yo seré su chiquillo -dijo alegremente Tristram-; yo le cogeré de la mano. Póngase bajo mi custodia.

-Soy un buen trabajador -siguió Newman-, pero tiendo a pensar que soy un mal gandul. He venido al extranjero a dis­traerme, pero tengo dudas de saber hacerlo.

-Eso se aprende fácilmente.

-Bueno, puede que aprenda, pero me temo que nunca lle­garé a hacerlo sin pensar. Tengo la mejor voluntad del mundo, pero mi genio no apunta en esa dirección. A diferencia de lo que deduzco de usted, en lo que respecta al ocio yo nunca seré original.

-Sí -dijo Tristram-, supongo que soy original; como todos esos cuadros inmorales del Louvre.

-Además -continuó Newman-, no quiero tomarme el placer como un trabajo, de la misma manera que no me tomé el tra­bajo como un juego. Quiero tomármelo con tranquilidad. Me siento deliciosamente vago, y me gustaría pasar seis meses como estoy ahora, sentado bajo un árbol y escuchando a una banda de música. Sólo pido una cosa: quiero oír buena música.

-¡Música y pintura! Dios mío, ¡qué gustos más refinados! Es usted lo que mi esposa llama un intelectual. Yo no, ni pizca. Pero sabremos encontrarle algo mejor que hacer que sentarse bajo un árbol. Para empezar, ha de venirse al club.

-¿Qué club?

-El Occidental. Allí verá a todos los americanos; al menos, a los mejores. Por supuesto, juega usted al póquer, ¿no?

-¡Oiga! -exclamó enérgicamente Newman-, ¡no pretenderá encerrarme en un club y clavarme a una mesa de juego! No he venido de tan lejos para eso.

-¿A qué demonios ha venido si no? Recuerdo que bien que le gustaba jugar al póquer en Saint Louis cuando me desplumó.

-He venido a ver Europa, a sacar de ella lo mejor que pueda. Quiero ver todas las cosas importantes y hacer lo que hace la gente inteligente.

-¿La gente inteligente? ¡Muy agradecido! ¿Así que me coloca entre los zoquetes?

Newman, sentado de lado en su silla, tenía el codo en el res­paldo y apoyaba la cabeza sobre la mano. Sin moverse, miró un rato a su compañero con su sonrisa seca, cauta, semiinescruta­ble y, aun así, en conjunto cordial.

-¡Presénteme a su esposa! -dijo al fin. Tristram dio un bote en la silla.

-A fe mía que no lo haré. ¡No necesita ayuda para hacerme ascos, ni usted tampoco!

-Yo no le hago ascos, mi querido amigo; ni a nadie, ni a nada. No soy arrogante, le aseguro que no soy arrogante. Por eso estoy dispuesto a seguir el ejemplo de la gente inteligente.

-Bueno, si, como dicen aquí, yo no soy la rosa, sí que he vivi­do cerca de ella. Además le puedo presentar a unas cuantas personas inteligentes. ¿Conoce al general Packard? ¿Conoce a C. P. Hatch? ¿Conoce a la señorita Kitty Upjohn?

-Será un placer conocerlos; quiero cultivar las relaciones sociales.

Tristram parecía inquieto y receloso; miró a su amigo de reojo y preguntó:

-De todos modos, ¿qué se trae entre manos? ¿Va a escribir un libro?

Christopher Newman guardó silencio durante un rato mien­tras se retorcía una punta del bigote, y al cabo respondió:

-Un día, hace un par de meses, me ocurrió algo muy curioso. Había ido a Nueva York por un importante asunto de negocios; una historia más bien larga... se trataba de ganarle la delantera a otra parte interesada, de una manera un tanto particular, en el mercado de valores. Este sujeto me había hecho una mala jugarreta en cierta ocasión. Le guardaba rencor; en aquel momento me sentía terriblemente furioso, y juré que, a la primera oportu­nidad que se me presentase, le partiría las narices, hablando en términos figurados. Había en juego un asunto de unos sesenta mil dólares. Si lo apartaba de su camino, el tipo habría de sentir el golpe, y realmente no merecía que se le diese cuartel. Me subí a un simón y me fui por ahí a hacer mis cosas, y fue en este simón (este simón inmortal, histórico) donde ocurrió ese extraño hecho del que le hablo. Era un simón como cualquier otro, tan sólo un poco más sucio, con una franja pringosa por encima de los cojines amarillentos, como si se hubiese utilizado en muchos funerales irlandeses. Es posible que me echase una siesta; había estado viajando toda la noche y, a pesar de que mi misión me tenía acalorado, sentía la necesidad de dormir. En todo caso me desperté bruscamente de un sueño o de una especie de ensoña­ción con la más sorprendente de las sensaciones: una repugnan­cia tremenda por lo que iba a hacer. ¡Me vino de golpe! -y chas­queó los dedos-, con la brusquedad de una vieja herida que empieza a doler. No pude explicarme su significado; tan sólo sentí que aborrecía todo ese asunto y que quería desentenderme de él. La idea de perder esos sesenta mil dólares, de dejar que se escabullesen y huyesen por completo sin volver a saber nada de ellos, comparecía ante mí como la cosa más dulce del mundo. Y todo esto tuvo lugar absolutamente al margen de mi voluntad, y me quedé sentado contemplándolo como si fuera una obra de teatro. Lo sentía desarrollarse en mi interior. Puede usted estar seguro de que en nuestro interior ocurren cosas de las que com­prendemos extraordinariamente poco.

-¡Por Júpiter! Me pone usted la carne de gallina -exclamó Tristram-. Y mientras estaba ahí sentado en el simón, viendo la obra de teatro, como dice usted, ¿irrumpió el otro hombre y se embolsó sus sesenta mil dólares?

-No tengo la menor idea. ¡Eso espero, pobre diablo! Pero nunca llegué a enterarme. Nos detuvimos en Wall Street frente al lugar al que me dirigía, pero me quedé quieto en el carrua­je, hasta que al fin el conductor bajó de su silla para ver si su carruaje se había convertido en un coche fúnebre. Era tan inca­paz de apearme como si hubiese sido un cadáver. ¿Qué me esta­ba pasando? Idiotez pasajera, dirá usted. De donde quería salir era de Wall Street. Le dije al hombre que condujese hasta el ferry de Brooklyn y que cruzase al otro lado. Una vez allí, le dije que me llevase al campo. Como al principio le había dicho que se dirigiese al centro de la ciudad como si le fuese la vida en ello, supongo que pensaría que estaba loco. Quizá lo estuviese, pero de ser así sigo estando loco. Pasé la mañana contemplan­do las primeras hojas verdes de Long Island. Estaba harto de los negocios; quería dar al traste con todo y cortar de cuajo; tenía el dinero suficiente, y, si no, debía tenerlo. Parecía como si sin­tiera que había un hombre nuevo bajo mi antigua piel, y anhe­laba un mundo nuevo. Cuando deseas algo con tanto ahínco más vale que te des el gusto. No entendía ni un ápice de lo que estaba ocurriendo; pero le di al viejo caballo las bridas y le dejé que encontrase su propio camino. Tan pronto como me pude salir del juego, zarpé con rumbo a Europa. Así es como he lle­gado a estar aquí sentado.

-Debería usted haberse desprendido de aquel simón -dijo Tristram-; no es un vehículo lo bastante seguro para dejarlo por ahí. Entonces, ¿de verdad que se ha vendido; se ha retirado de los negocios?

-Le he traspasado mi parte a un amigo; cuando me sienta dispuesto, puedo volver a coger mis cartas. Me atrevo a decir que de aquí a doce meses el proceso cambiará de sentido. El vaivén del péndulo volverá a ser de regreso. Estaré sentado en una góndola o sobre un dromedario y de pronto me querré escabullir. Pero por el momento estoy absolutamente libre. Incluso he llegado al acuerdo de que no habré de recibir nin­guna carta de negocios.

-¡Vaya, es un auténtico caprice de prince! -observó Tristram-. Me echo atrás; un pobre diablo como yo no le puede hacer mal­gastar un ocio tan magnífico como el suyo. Debería hacerse presentar a las testas coronadas.

Newman le miró un instante, y después, con su tranquila son­risa, preguntó:

-¿Y eso cómo se hace?

-¡Mire, eso me gusta! -exclamó Tristram-. Demuestra que habla en serio.

-Por supuesto que hablo en serio. ¿No le acabo de decir que quiero lo mejor? Sé que lo mejor no se puede obtener sola­mente con dinero, pero me inclino a pensar que el dinero ayuda bastante. Además, estoy dispuesto a tomarme todas las molestias que haga falta.

-No es usted nada tímido, ¿eh?

-No tengo ni idea. Quiero el mejor recreo que pueda obte­ner un hombre. Gente, lugares, arte, naturaleza, ¡todo! Quiero ver las montañas más altas, los lagos más azules, los cuadros más bellos, las iglesias más nobles, a los hombres más célebres y a las mujeres más hermosas.

-Entonces quédese en París. Aquí no hay montañas, que yo sepa, y el único lago está en el Bois de Boulogne, y no es que sea especialmente azul. Pero hay de todo lo demás: cuadros e iglesias en abundancia, un sinfín de hombres célebres y más de una mujer hermosa.

-Pero no me puedo establecer en París esta temporada, justo cuando empieza el verano.

-Ah, para el verano suba a Trouville.

-¿Qué es Trouville?

-El Newport francés*. La mitad de los americanos va allí.

-¿Está cerca de los Alpes?

-Tan cerca como Newport de las Montañas Rocosas.

-Ah, quiero ver el Mont Blanc -dijo Newman-, y Amsterdam, y el Rin, y muchos sitios. Sobre todo, Venecia. Me imagino cosas magníficas de Venecia.

-¡Ah! -dijo el señor Tristram poniéndose en pie-. ¡Veo que tendré que presentarle a mi esposa!

 

CAPÍTULO III

 

Llevó a efecto esa ceremonia al día siguiente, cuando, tras pre­via cita, Christopher Newman fue a cenar con él. El señor y la señora Tristram vivían detrás de una de esas fachadas color tiza que decoran con su pomposa monotonía las anchas avenidas elaboradas por el barón Haussmann en las inmediaciones del Arco del Triunfo. Su apartamento abundaba en comodidades modernas, y a Tristram le faltó tiempo para dirigir la atención de su visitante a sus principales tesoros domésticos, las lámparas de gas y los tubos de las calderas.

-Siempre que se sienta nostálgico -dijo-, debe venir aquí. Le pondremos delante de un hornillo, bajo un estupendo quema­dor, y...

-Y pronto se le pasará la nostalgia -dijo la señora Tristram.

Su marido la miró fijamente; su esposa tenía a menudo un tono que le resultaba inescrutable; ni por todo el oro del mun­do conseguía averiguar si bromeaba o si hablaba en serio. Lo cierto era que las circunstancias habían contribuido mucho a cultivar en la señora Tristram una notoria tendencia a la ironía. Su gusto difería en muchas cuestiones del de su marido; y aun­que hacía frecuentes concesiones, hay que confesar que no siempre eran elegantes. Estaban basadas en su vago proyecto de hacer algún día algo muy positivo, algo ligeramente apasiona­do. Respecto a qué pretendía hacer, ni ella misma habría sido en absoluto capaz de decirlo; no obstante, mientras tanto se estaba comprando una buena conciencia, a plazos.

Habría que añadir, sin más dilación y para evitar malentendi­dos, que su pequeño plan de independencia no incluía expre­samente la ayuda de otra persona del sexo opuesto; no estaba ahorrando virtud para cubrir los costes de un flirteo. Había varios motivos para ello. Para empezar, tenía un rostro muy vul­gar, y estaba muy lejos de hacerse ilusiones sobre su aspecto. Le tenía tomadas las medidas hasta al último cabello, conocía lo peor y lo mejor, se había aceptado a sí misma. Y esto, sin duda, no sin esfuerzo. Cuando era una muchacha se había pasado horas de espaldas al espejo, llorando a lágrima viva; y más ade­lante, impulsada por la desesperación y a modo de bravucona da, había adoptado la costumbre de proclamarse la mujer menos agraciada del mundo, con el fin -como era inevitable según la cortesía habitual- de ser contradicha y reafirmada. Fue al venir a vivir a Europa cuando empezó a tomarse el asunto con filosofía. Sus dotes de observación, que aquí ejercitaba vivamen­te, le habían sugerido que el primer deber de una mujer no es ser hermosa, sino simpática; y se encontró con tantas mujeres que agradaban sin hermosura, que empezó a sentir que había descubierto su misión. En cierta ocasión, le había oído afirmar a un músico entusiasta, al que un inspirado zote le había agota­do la paciencia, que en realidad una buena voz supone un obs­táculo para cantar como es debido; y se le ocurrió que, de la misma manera, quizá fuese cierto que un rostro hermoso es un obstáculo para la adquisición de modales encantadores. La seño­ra Tristram, por tanto, se dedicó a ser exquisitamente simpática, y le echó a la tarea una devoción realmente conmovedora. Hasta qué punto habría tenido éxito, no puedo saberlo; por desgracia, se apeó a medio camino. Su propia excusa fue la falta de ánimos por parte de su círculo inmediato. Pero me inclino a pensar que carecía de auténtico genio para el asunto, pues si no se habría dedicado al encantador arte por sí mismo. La pobre dama era muy incompleta. Recurrió a las armonías del tocador, que entendía a fondo, y se contentó con vestirse a la perfección. Vivía en París, ciudad que fingía detestar, porque sólo en París se podía hallar cosas que encajasen exactamente con el aspecto de uno. Además, fuera de París siempre suponía cierto trastor­no conseguir guantes de diez botones. Cuando vituperaba esta servicial ciudad y se le preguntaba dónde preferiría residir, ofre­cía respuestas harto inesperadas. Decía que en Copenhague o en Barcelona, habiendo pasado un par de días en cada uno de estos sitios cuando hizo la gira europea. En conjunto, con sus poéticos faralaes y su pequeño rostro mal formado e inteligente, era, cuando se la conocía, una mujer indudablemente intere­sante. Era tímida por naturaleza, y es probable que (puesto que carecía de vanidad) de haber nacido una belleza habría seguido siendo tímida. Ahora bien, era a la vez apocada e importuna; extremadamente reservada a veces con sus amigos y extraña­mente expansiva con desconocidos. Despreciaba a su marido; le despreciaba en exceso, puesto que había tenido absoluta liber­tad para no casarse con él. Había estado enamorada de un hom­bre inteligente que la había desairado, y se había casado con un necio con la esperanza de que aquel ingrato listillo, al reflexio­nar, llegase a la conclusión de que era ciega al mérito, y de que se había hecho ilusiones al suponer que ella apreciaba el suyo. Inquieta, descontenta, quimérica, sin ambiciones personales pero con cierta codicia de imaginación, era, como he dicho antes, eminentemente incompleta. Estaba llena -para bien y para mal- de inicios que se quedaban en nada; pero a pesar de todo poseía, moralmente, una chispa del fuego sagrado.

A Newman le gustaba, en toda circunstancia, la compañía de las mujeres; y ahora que estaba fuera de su elemento nativo, y privado de sus intereses habituales, se volcó en ella para com­pensar. Cobró un gran afecto a la señora Tristram; ella le corres­pondió sinceramente, y después de su primer encuentro pasó un buen número de horas en su sala de estar. Al cabo de dos o tres charlas se hicieron amigos íntimos. Newman tenía una peculiar conducta con las mujeres, y exigía cierto ingenio por parte de una dama descubrir que la admiraba. Carecía de toda galantería, en el sentido habitual del término; ningún cumpli­do, ninguna lindeza, ningún discurso. Muy dado a lo que se lla­ma hacer chanzas en sus tratos con los hombres, nunca se encontraba en un sofá junto a un miembro del sexo débil sin sentirse extremadamente serio. No era tímido, y, en la medida en que la torpeza nace de una lucha contra la timidez, no era torpe; serio, atento, sumiso, a menudo silencioso, simplemente se dejaba llevar por una especie de rapto de respeto. Esta emo­ción no era en absoluto teórica, ni siquiera era muy sentimen­tal; había reflexionado muy poco sobre la «posición» de las mujeres, y no le resultaba familiar, ni por simpatía ni por nin­gún otro medio, la imagen de un presidente con enaguas. Su actitud era simplemente el fruto de su bondad general y parte de su suposición, instintiva y sinceramente democrática, de que todo el mundo tiene derecho a llevar una vida fácil. Si un mendigo harapiento tenía derecho a cama, alojamiento, salario y voto, por supuesto que las mujeres, que eran más débiles que los mendigos y cuyo tejido físico era en sí mismo un atractivo, de­bían ser mantenidas, sentimentalmente, con fondos públicos. Newman estaba dispuesto a pagar generosos impuestos para este fin, en proporción a sus medios. Es más, para él muchas de las tradiciones comunes con respecto a las mujeres eran refres­cantes impresiones personales; ¡jamás había leído una novela! Le habían impresionado su agudeza, su sutileza, su tacto, sus acertados juicios. Le parecían exquisitamente organizadas. Si es cierto que en las tareas de este mundo uno siempre ha de tener una religión, o al menos un ideal, de algún tipo, Newman halla­ba su inspiración metafísica en una vaga aceptación de su res­ponsabilidad última con alguna esclarecida testa femenina.

Pasaba una buena parte del tiempo escuchando los consejos de la señora Tristram; consejos, todo sea dicho, que nunca había pedido. No habría sido capaz de hacerlo, pues carecía de la menor percepción de las dificultades y, por tanto, de la menor curiosidad respecto a los remedios. El complejo mundo parisino que le rodeaba le parecía un asunto muy simple; era un espec­táculo inmenso, asombroso, pero ni inflamaba su imaginación ni excitaba su curiosidad. Se metía las manos en los bolsillos, mira­ba afablemente, deseaba no perderse nada importante, observaba de cerca un montón de cosas y nunca volvía sobre sí mismo. Los «consejos» de la señora Tristram formaban parte del espectácu­lo, y eran el elemento más entretenido de su abundante cotilleo. Disfrutaba oyéndole hablar de él; parecía parte de su hermoso ingenio, pero jamás llevó a la práctica nada de lo que decía ni lo recordaba cuando se alejaba de ella. En cuanto a ella, se apropió de Newman; hacía muchos meses que no se le presentaba una cosa tan interesante en la que pensar. Deseaba hacer algo con él; apenas sabía qué. Lo tenía todo; era tan rico y tan fuerte, tan natural, amigable y bien dispuesto que mantenía su imaginación en constante estado de alerta. Por ahora, lo único que podía hacer era tenerle afecto. Le dijo que era un hombre «terrible­mente típico del Oeste», pero en este cumplido el adverbio esta­ba teñido de insinceridad. Le llevaba con ella a todas partes, le presentó a cincuenta personas y se sentía extremadamente satis­fecha con su conquista. Newman aceptaba cada propuesta, estre­chaba manos de manera generalizada y promiscua y parecía tan ajeno al azoramiento como a la euforia. Tom Tristram se queja­ba de la avidez de su esposa, y proclamaba que nunca conseguía estar cinco minutos seguidos con su amigo. De haber sabido cómo se iban a desarrollar las cosas, no le habría llevado a la Ave­nue d'Iéna. En otros tiempos, estos dos hombres no habían sido íntimos, pero Newman recordaba la antigua impresión que tenía de su anfitrión, y le hizo la justicia a la señora Tristram, que de ningún modo le había franqueado el acceso a sus confidencias, pero cuyo secreto había descubierto, de admitir que su marido era un mortal bastante degenerado. A los veinticinco años era un buen tipo, y aunque a este respecto no había cambiado, cabía esperar algo más de un hombre de su edad. La gente decía que era sociable, pero esto era tan evidente como que una esponja mojada se dilata, y tampoco es que fuera la suya una sociabilidad de primer orden. Era un gran cotilla y un charlatán, y con el fin de provocar unas risas no habría perdonado ni la reputación de su anciana madre. Newman tenía cariño a los viejos recuerdos, pero le resultaba imposible no darse cuenta de que en la actua­lidad Tristram era un peso pluma. Sus únicas aspiraciones eran resistir en el póquer en su club, conocer los nombres de todas las cocottes, dar apretones de manos a diestro y siniestro, atiborrar su sonrosado gaznate de trufas y champaña y crear incómodos tor­bellinos y obstáculos entre los átomos constitutivos de la colonia americana. Era vergonzosamente holgazán, débil, sensual, pre­suntuoso. Irritaba a nuestro amigo con el tono de sus alusiones al país natal de ambos, y Newman no conseguía entender por qué Estados Unidos no era lo bastante bueno para el señor Tris­tram. Nunca había sido un patriota demasiado consciente, pero le exasperaba que su amigo apenas le diese mejor trato que a un olor vulgar ante sus narices, y finalmente estalló y juró que era el mejor país del mundo, que se podía meter toda Europa en el bolsillo del pantalón y que a un americano que hablase mal de Estados Unidos habría que enviarle de vuelta a casa con grilletes y obligarle a vivir en Boston. (Esto, para Newman, era una mane­ra muy vindicativa de exponer las cosas.) Era cómodo reprender a un hombre como Tristram; no tenía malicia, y siguió insistien­do para que Newman pusiera término a sus veladas en el Club Occidental.

Christopher Newman cenó varias veces en la Avenue d'Iéna, y su anfitrión siempre proponía una clausura temprana a esta costumbre. La señora Tristram protestaba, y manifestaba que su marido agotaba todo su ingenio en intentar disgustarla.

-Ah, no, jamás lo intento, amor mío -respondía él-. Sé lo mucho que me aborreces cuando aprovecho la oportunidad.

Newman odiaba ver a un matrimonio en estas condiciones, y estaba convencido de que uno de los dos debía de ser muy infe­liz. Sabía que no se trataba de Tristram. La señora Tristram tenía un mirador delante de sus ventanas, donde, en las tardes de junio, gustaba de sentarse, y Newman solía decir con toda franqueza que prefería el balcón al club. Tenía una hilera de macetas de plantas aromáticas, y al final de la ancha calle le per­mitía a uno ver el Arco del Triunfo, con su borrosa mole de esculturas bajo la luz de las estrellas del verano. En ocasiones Newman mantenía su promesa de seguir al señor Tristram al Occidental al cabo de media hora, y en otras se olvidaba. Su anfitriona le hacía numerosas preguntas sobre sí mismo, pero sobre este tema era un mediocre conversador. No era lo que se dice subjetivo, si bien cuando notaba que el interés era sincero hacía un intento casi heroico de serlo. Le contó un sinfín de cosas que había hecho y le deleitó con anécdotas de la vida del Oeste; ella era de Filadelfia, y al cabo de ocho años en París hablaba de sí misma como de una lánguida mujer del Este. Pero siempre era otro el héroe de los relatos de Newman, y ello no siempre contribuía a su propio lucimiento; además, las emo­ciones de Newman apenas eran objeto de una parca crónica. La señora Tristram tenía un deseo especial de saber si alguna vez había estado enamorado -seria, apasionadamente-, y como las alusiones de Newman no le aportaban satisfacción alguna, ter­minó preguntándoselo sin mediaciones. Newman vaciló duran­te un rato, y al cabo dijo: «¡No!». La señora Tristram declaró que estaba encantada de oírlo, pues confirmaba su íntima con­vicción de que era un hombre sin sentimientos.

-¿De verdad? -preguntó Newman con tono muy grave-. ¿Eso piensa? ¿Cómo reconoce a un hombre con sentimientos?

-No consigo distinguir -dijo la señora Tristram- si es usted muy simple o muy profundo.

-Soy muy profundo. Es la pura verdad.

-Creo que si le dijese con cierto tono que carece usted de sentimientos, habría de creerme ciegamente.

-¿Con cierto tono? Inténtelo y verá.

-Me creería, pero no le importaría.

-Confunde usted todo. Me importaría muchísimo, pero no la creería. La verdad es que nunca he tenido tiempo para sen­tir cosas. He tenido que hacerlas, que hacer sentir mi presencia.

-Me es fácil suponer que a veces lo habrá hecho a lo grande.

-Sí, en eso no se equivoca.

-No debe de ser muy agradable cuando se enfurece.

-Nunca me enfurezco.

-Cuando se enfada, entonces, o cuando se disgusta.

-Nunca me enfado, y hace tanto tiempo que no me disgusto que se me ha olvidado por completo.

-No me creo -repuso la señora Tristram- que nunca se enfa­de. Un hombre debe enfadarse a veces, y no es usted ni lo bas­tante bueno ni lo bastante malo para guardar siempre la calma.

-Quizá la pierda una vez cada cinco años.

-Está llegando la hora, entonces -dijo su anfitriona-. Antes de que hayan pasado seis meses desde que le conozco, le veré con un buen ataque de ira.

-¿Tiene usted intención de provocármelo?

-No me importaría. Se toma usted las cosas demasiado a la ligera. Me exaspera. Y además es demasiado feliz. Posee algo que debe de ser la cosa más agradable del mundo: la certeza de que ha comprado su placer por adelantado y de que ya lo tiene pagado. No tiene en perspectiva ni un solo día de ajuste de cuentas. Sus ajustes de cuentas han terminado.

-Bueno, supongo que soy feliz -dijo Newman, meditabundo.

-Ha sido usted odiosamente afortunado.

-Afortunado en el cobre -dijo Newman-, tan sólo a medias en los ferrocarriles y un fiasco irremediable en el petróleo.

-Es muy desagradable enterarse de cómo han ganado su dinero los americanos. Ahora tiene el mundo ante sí. Sólo tiene que. disfrutar.

-Bueno, supongo que soy un hombre muy acomodado -dijo Newman-. Pero estoy harto de que me lo echen en cara. Ade­más, hay varias desventajas. No soy nada intelectual.

-Nadie espera eso de usted -respondió la señora Tristram. Y a continuación-: ¡Además, sí que lo es!

-Bueno, mi intención es pasármelo bien, lo sea o no -dijo Newman-. No soy culto, ni siquiera me he educado; no sé nada de historia, ni de arte, ni de idiomas extranjeros ni de ninguna otra cuestión erudita. Pero tampoco soy un necio, y me encar­garé de haber aprendido algo sobre Europa para cuando haya terminado con ella. Siento algo aquí, debajo de las costillas -añadió a continuación-, que no puedo explicar... una especie de anhelo intenso, un deseo de estirarme y de contraerme.

-¡Bravo! -exclamó la señora Tristram-, eso está muy bien. Es usted el Gran Bárbaro del Oeste, que con toda su inocencia y su poderío da un paso al frente y se queda un rato contem­plando este pobre y estéril Viejo Mundo para abatirse después precipitadamente sobre él.

-Venga, venga -dijo Newman-. Disto mucho de ser un bár­baro. Soy justo lo contrario. He visto bárbaros; sé cómo son.

-No estoy diciendo que sea usted un jefe comanche, ni que se vista con capa y plumas. Hay pequeñas diferencias.

-Soy un hombre muy civilizado -dijo Newman-. Eso lo man­tengo. Si no me cree, me gustaría demostrárselo.

La señora Tristram permaneció un rato en silencio.

-Me gustaría hacer que me lo demostrase -dijo al fin-. Me gustaría ponerle en una situación difícil.

-Por favor, hágalo.

-¡Eso suena un tanto presuntuoso! -replicó su compañera. Ah -dijo Newman-, es que tengo muy buena opinión de mí mismo.

-Ojalá fuera yo capaz de ponerla a prueba. Deme tiempo, y lo haré -y después la señora Tristram guardó silencio duran­te un buen rato, como si estuviese intentando mantener su compromiso. Esa noche no pareció conseguirlo, pero mientras Newman se levantaba para despedirse, la señora Tristram pasó, como era habitual en ella, de un tono de implacable burla a otro de simpatía casi trémula-. Hablando en serio -añadió-, creo en usted, señor Newman. Halaga usted mi patriotismo.

-¿Su patriotismo? -preguntó Christopher.

-Así es. Tardaría demasiado en explicárselo, y probablemen­te no me entendería. Además, podría tomárselo como... sí, se lo podría tomar como una declaración. Pero no tiene nada que ver con usted personalmente; es lo que usted representa. Por fortuna, no sabe nada de todo esto, porque si no su presunción crecería de manera insufrible.

Newman se quedó mirándola fijamente y preguntándose qué diantre «representaba».

-Disculpe mi entrometido parloteo, y olvídese de mi conse­jo. Es muy absurdo por mi parte ponerme a decirle lo que ha de hacer. Cuando esté en apuros, haga lo que considere mejor y le irá bien. Cuando tenga dificultades, juzgue por sí mismo.

-Recordaré todo lo que me ha dicho -dijo Newman-. Aquí hay tantas formalidades y ceremonias...

-A formalidades y ceremonias me refiero, por supuesto.

-Ah, pero yo quiero respetarlas -dijo Newman-. ¿Acaso no tengo yo el mismo derecho que cualquiera? No me asustan, y no tiene usted por qué darme permiso para violarlas. No lo acepto.

-No es eso a lo que me refiero. Quiero decir que las respete a su modo. Resuelva por sí mismo asuntos delicados. Corte el nudo o desátelo, como prefiera.

-Bueno, de lo que estoy seguro es de que nunca me enreda­ré con él -respondió Newman.

La siguiente ocasión en que cenó en la Avenue d'léna era domingo, día en que el señor Tristram se abstenía de barajar las cartas, de tal modo que por la tarde había un trío en el balcón. La conversación giraba en torno a muchas cosas, y al fin la seño­ra Tristram le hizo notar súbitamente a Christopher Newman que ya iba siendo hora de que escogiese una esposa.

-¿Oye lo que dice? ¡Vaya descaro! -dijo Tristram, que los do­mingos por la tarde estaba siempre muy sarcástico.

-Me imagino que no habrá decidido no casarse, ¿no? -conti­nuó la señora Tristram.

-¡Dios me libre! -exclamó Newman-. Estoy firmemente re­suelto a hacerlo.

-Es muy fácil -dijo Tristram-, ¡fatalmente fácil!

-Bueno, pues entonces supongo que no pretenderá esperar a cumplir los cincuenta.

-Todo lo contrario, tengo mucha prisa.

-Nadie lo diría. ¿Espera que venga una dama y se le proponga?

-No; estoy dispuesto a declararme yo. Pienso mucho en ello.

-Cuénteme algunos de sus pensamientos.

-Bueno -dijo lentamente Newman-, quiero casarme muy bien.

-Entonces cásese con una mujer de sesenta años -dijo Tristram.

-¿«Bien» en qué sentido?

-En todos los sentidos. Me conformaré con poco.

-Debe usted recordar que, como dice el proverbio francés, ni la joven más hermosa del mundo puede dar más de lo que tiene.

-Ya que me lo pregunta -dijo Newman-, le diré con toda franqueza que tengo enormes deseos de casarme. Para empe­zar, ya es hora; antes de darme cuenta tendré cuarenta años. Y además me siento solo, desamparado y aburrido. Pero si me caso ahora, y ya que no lo hice precipitadamente a los veinte años, debo hacerlo con los ojos bien abiertos. Quiero hacerlo a lo grande. No sólo no quiero cometer ningún error, sino que además deseo que sea un gran éxito. Quiero escoger. Mi espo­sa ha de ser una mujer magnífica.

-Voilà ce qui s appelle parler! -exclamó la señora Tristram.

-Ah, he pensado en ello largo y tendido.

-Quizá piense usted demasiado. Lo mejor es, sencillamente, enamorarse.

-Cuando encuentre a la mujer que me agrade, la amaré de sobra. Mi esposa tendrá una posición muy desahogada.

-¡Es usted espléndido! Aún queda una oportunidad para las mujeres magníficas.

-No es justa -replicó Newman-. Le sonsaca usted a uno, le hace bajar la guardia y luego se mofa de él.

-Le aseguro -dijo la señora Tristram- que hablo completa­mente en serio. Para demostrárselo, le voy a hacer una pro­puesta. ¿Querría usted que, como dicen aquí, yo le casase?

-¿Que me busque una esposa?

-Ya la he encontrado. Los pondré en contacto.

-Venga, venga -dijo Tristram-, no tenemos una agencia ma­trimonial. Va a pensar que quieres comisión.

-Presénteme usted a una mujer que esté a la altura de mi concepto -dijo Newman- y me casaré con ella mañana mismo.

-Lo dice con un tono bastante extraño, y no acabo de enten­derle. No le suponía con tanta sangre fría ni tan calculador.

Newman permaneció un rato en silencio.

-Bueno -dijo al fin-, quiero una gran mujer. Eso lo manten­go. Es algo en lo que puedo darme el gusto, y si puedo tenerlo me propongo que así sea. ¿Para qué si no he trabajado y he bre­gado durante todos estos años? Lo he logrado, y ¿qué debo hacer ahora con mi éxito? Para que sea perfecto, tal y como yo lo entiendo, debe haber una mujer hermosa coronando la ci­ma, como una estatua en un monumento. Ha de ser tan buena como hermosa, y tan inteligente como buena. Le puedo dar mucho a mi esposa, así que por mi parte no temo exigirle mucho. Tendrá todo lo que puede desear una mujer; ni siquie­ra objetaré a que sea demasiado buena para mí; podrá ser más inteligente y más sabia de lo que yo alcance a comprender, y eso sólo me agradará más. Quiero poseer, en una palabra, el mejor artículo del mercado.

-¿Por qué no me soltó todo esto al principio? -quiso saber Tristram-. ¡Con todo lo que me he esforzado para que me apre­cie a mí!

-Esto es muy interesante -dijo la señora Tristram-. Me gusta ver a un hombre que sabe lo que quiere.

-Lo he sabido desde hace mucho tiempo -siguió Newman-. Decidí en un momento más o menos temprano de mi vida que una mujer hermosa es lo que más vale la pena tener en este mundo. Es la mayor victoria sobre las circunstancias. Cuando digo hermosa, me refiero a su espíritu y a su conducta, así como a su persona. Es algo a lo que todo hombre tiene el mismo derecho; puede conseguirlo si es capaz. No tiene por qué haber nacido con ciertas facultades para ello; basta con que sea un hombre. Después sólo tiene que emplear su voluntad, además de todo el ingenio que tenga, e intentarlo.

-Me parece que su matrimonio es más bien una cuestión de vanidad.

-Bueno, qué duda cabe de que si la gente repara en mi mujer y la admira, me sentiré enormemente halagado.

-Después de esto -exclamó la señora Tristram-, ¡para qué queremos hombres modestos!

-Pero ninguno la admirará tanto como yo.

-Veo que le tiene usted afición al esplendor.

Newman vaciló un poco, y acto seguido dijo:

-¡Creo, honestamente, que sí la tengo!

-Y supongo que ya habrá mirado usted mucho a su alrededor.

-Bastante, según las ocasiones.

-¿Y no ha visto nada que le haya satisfecho?

-No -dijo Newman, medio a regañadientes-, he de decir con toda sinceridad que nada de lo que he visto me ha dejado real­mente satisfecho.

-Me recuerda usted a los héroes de los poetas románticos franceses, Rolla y Fortunio*, y a todos esos caballeros insaciables para los que nada en este mundo era lo bastante excelente. Pero veo que es usted sincero, y quisiera ayudarle.

-Cariño, ¿a quién demonios le vas a colocar? -exclamó Tris­tram-. Conocemos un montón de muchachas bonitas, gracias a Dios, pero las mujeres magníficas no abundan.

-¿Tiene usted algo que objetar a una extranjera? -continuó su esposa dirigiéndose a Newman, que había inclinado su silla hacia atrás y, apoyados los pies en una barra de la baranda del balcón y con las manos en los bolsillos, miraba las estrellas.

-Irlandesas, abstenerse** -dijo Tristram.

Newman estuvo cavilando un rato.

-No por el hecho de ser extranjera -dijo finalmente-; no tengo prejuicios.

-¡Querido amigo, no tiene recelos! -exclamó Tristram-. No sabe usted lo terribles que son estas parroquianas extranjeras; sobre todo las «magníficas». ¿Qué le parecería una bella circa­siana, con un puñal al cinto?

Newman se propinó un enérgico cachete en la rodilla.

-Me casaría con una japonesa, si me gustase -afirmó.

-Más vale que nos limitemos a Europa -dijo la señora Tris­tram-. Entonces, ¿lo único que pide es que la persona sea en sí misma de su gusto?

-¡Le va a ofrecer una institutriz a la que nadie quiere! -gimió Tristram.

-No me cabe duda. No negaré que, si no intervienen otros factores, preferiría a una de mis compatriotas. Hablaríamos el mismo idioma, cosa que sería un consuelo. Pero no temo a una extranjera. Además, más bien me gusta la idea de incluir Euro­pa. Aumenta el campo de selección. Cuando se escoge entre un número mayor, se puede hacer una elección de mejor calidad.

-¡Habla usted como Sardanápalo! -exclamó Tristram.

-Le está usted diciendo todo esto a la persona adecuada -siguió la anfitriona de Newman-. He aquí que cuento entre mis amigos con la mujer más encantadora del mundo. Ni más ni menos. No diré que sea una persona embelesadora ni una mujer muy estimable ni una gran belleza; me limito a decir que es la mujer más encantadora del mundo.

-¡Por todos los demonios! -gritó Tristram-, te lo has tenido muy callado. ¿Me tenías miedo?

-La has visto -dijo su esposa-, pero no sabes percibir un mérito como el de Claire.

Ah, ¿se llama Claire? Me rindo.

-¿Desea casarse su amiga? -preguntó Newman.

-En absoluto. Le corresponde a usted hacerla cambiar de opi­nión. No será fácil; ha tenido un marido, y le dio una pobre opinión de lo que es la especie.

Ah, entonces, ¿es una viuda? -preguntó Newman.

-¿Ya tiene usted miedo? A los dieciocho años sus padres la desposaron, siguiendo la costumbre francesa, con un desagra­dable anciano. Pero tuvo el buen gusto de morirse un par de años después, y ella tiene ahora veinticinco años.

-¿Así que es francesa?

-Francesa por parte de padre, inglesa por la de madre. En realidad es más inglesa que francesa, y habla inglés tan bien como usted o como yo... por no decir que mucho mejor. Perte­nece a la flor y nata, como dicen aquí. Su familia, por ambas par­tes, es de una antigüedad fabulosa; su madre es hija de un conde católico inglés. Su padre murió, y desde su viudez ha vivido con su madre y con un hermano casado. Hay otro hermano, más joven, que tengo entendido que es un alocado. Tienen una anti­gua mansión en la Rue de l'Université, pero su fortuna es peque­ña y, por mor de la economía, han formado un hogar común. Cuando era niña me eduqué en un convento de aquí, mientras mi padre hacía la gira europea. Fue una tontería hacer esto con­migo, pero tuvo la ventaja de que me llevó a conocer a Claire de Bellegarde. Era más joven que yo, pero nos hicimos amigas ínti­mas. Le tomé un afecto tremendo y ella correspondió a mi pasión en la medida en que le era posible. La tenían atada tan corto que apenas podía hacer nada, y cuando me fui del con­vento tuvo que renunciar a mí. Yo no era de su monde; tampoco lo soy ahora, pero a veces nos vemos. Es una gente terrible, la de su monde; va montada en zancos de una milla de altura y tiene pedigrís proporcionalmente extensos. Es la nata de la leche de la antigua noblesse. ¿Sabe usted lo que es un legitimista, o un ultramontano? Entre usted cualquier tarde en la sala de estar de madame de Cintré, a las cinco, y verá los especímenes mejor conservados. Aunque le digo que vaya, no admiten a nadie que no pueda mostrar sus cincuenta escudos de armas.

-¿Y ésta es la mujer con la que sugiere usted que me case? -preguntó Newman-. ¿Una mujer a la que ni siquiera me pue­do acercar?

-Pero si acaba de decir que no reconocía ningún obstáculo.

Newman miró a la señora Tristram durante un rato, acari­ciándose el bigote.

-¿Es una belleza? -quiso saber.

-No.

-Ah, entonces es inútil que...

-No es una belleza, pero es hermosa, dos cosas muy distintas.

El rostro de una belleza carece de defectos; el rostro de una mujer hermosa puede tener defectos que no hacen sino realzar su encanto.

-Ahora me acuerdo de madame de Cintré -dijo Tristram-. Es más corriente que el agua. Ningún hombre la miraría dos veces.

Al decir que él no la miraría dos veces, mi marido la descri­be de sobra -replicó la señora Tristram.

-¿Es buena, es inteligente? -preguntó Newman.

-¡Es perfecta! No diré más. Cuando le cantas las alabanzas de una persona a otra que la va a conocer, entrar en detalles no es una buena táctica. No voy a exagerar. Simplemente, la reco­miendo. Destaca entre todas las mujeres que he conocido; está hecha de distinta pasta.

-Me gustaría verla -se limitó a decir Newman.

-Intentaré arreglarlo. El único modo será invitándola a ce­nar. No la he invitado nunca, y no estoy segura de que vaya a venir. Esa vieja condesa feudal que es su madre gobierna la familia con mano de hierro, y no le permite que tenga amigos aparte de los que ella misma le escoge ni que haga visitas más allá de cierto círculo sagrado. Pero al menos se lo puedo pre­guntar.

En ese instante la señora Tristram fue interrumpida; un sir­viente se asomó al mirador y anunció que había visitas en la sala de estar. Cuando la anfitriona de Newman hubo salido a recibir a sus amigos, Tom Tristram abordó a su invitado.

-No meta la pezuña en esto, amigo mío -dijo mientras inha­laba las últimas caladas de su cigarro-. ¡No hay nada dentro!

Newman le miró de reojo, inquisitivo.

-Usted tiene otra versión, ¿no?

-Yo sólo digo que madame de Cintré es una gran muñecona blanca que cultiva una silenciosa altivez.

-Ah, entonces es altiva, ¿eh?

-Te mira como si fueras transparente y eso es más o menos lo que le importas.

-¡Así que es muy orgullosa!

-¿Orgullosa? Tan orgullosa como yo humilde.

-¿Y no es guapa?

Tristram se encogió de hombros.

-El suyo es un tipo de belleza que para entenderlo hay que ser un intelectual. En fin, debo irme a entretener al grupo.

Transcurrió un rato antes de que Newman siguiera a sus ami­gos a la sala de estar. Cuando al fin hizo acto de presencia se quedó poco tiempo, y durante este período guardó completo silencio, escuchando a una dama que la señora Tristram le había presentado al instante y que hablaba, sin una sola pausa, con la plena potencia de una voz extraordinariamente chillona. Newman la miraba con fijeza y atendía. Al cabo de un rato se dirigió a la señora Tristram para darle las buenas noches.

-¿Quién es esa dama? -preguntó.

-La señorita Dora Finch. ¿Qué tal le cae?

-Es demasiado ruidosa.

-¡Tiene fama de ser muy brillante! No cabe duda de que es usted exigente -dijo la señora Tristram.

Newman vaciló unos instantes y al fin dijo:

-No se olvide de su amiga, ¿madame... cómo-se-llama?, la orgullosa belleza. Invítela a cenar y avíseme con tiempo.

Y con estas palabras se marchó.

Varios días después regresó; era por la tarde. Encontró a la señora Tristram en su sala de estar; con ella había una visita, una mujer joven y bonita vestida de blanco. Las dos mujeres se habían puesto de pie y parecía que la visita se estaba despidien­do. Mientras se acercaba, Newman recibió de la señora Tris­tram una mirada repleta del más elocuente significado, que no fue capaz de interpretar inmediatamente.

-Es un buen amigo nuestro -dijo la señora Tristram interpelando a su acompañante-, el señor Christopher Newman. Le he hablado de usted y tiene enormes deseos de conocerla. Si hubiese consentido en venir a cenar, me habría permitido darle una oportunidad.

La desconocida volvió el rostro hacia Newman, con una son­risa. Éste no se turbó, porque su inconsciente sang-froid era infi­nita; pero al darse cuenta de que ésta era la orgullosa y bella madame de Cintré, la mujer más encantadora del mundo, la perfección prometida, el ideal completo, hizo un movimiento instintivo para poner las ideas en orden. Más allá de la ligera absorción que reflejaba, percibió un rostro alargado e inmacu­lado, y dos ojos que eran a la vez brillantes y apacibles.

-Me habría hecho muy feliz -dijo madame de Cintré-. Por desgracia, como ya le he dicho a la señora Tristram, el lunes me voy al campo.

Newman hizo una reverencia solemne.

-Lo lamento mucho -dijo.

-En París está empezando a hacer demasiado calor -añadió madame de Cintré, estrechando de nuevo la mano de su amiga a modo de despedida.

La señora Tristram parecía haber tomado una determinación repentina y un tanto arriesgada, y sonrió con mayor intensidad, como hacen las mujeres cuando toman este tipo de decisiones.

-Quiero que el señor Newman la conozca -dijo, ladeando la cabeza y mirando los lazos del sombrero de madame de Cintré.

Christopher Newman guardó un profundo silencio, mientras su perspicacia nativa le precavía. La señora Tristram estaba deci­dida a forzar a su amiga a dirigirle una palabra de aliento que debía tenía que ser algo más que una de las fórmulas habituales de cortesía; y si era la caridad la que la inducía a ello, era la cari­dad que empieza por uno mismo. Madame de Cintré era su que­ridísima Claire, y objeto de su especial admiración; pero a mada­me de Cintré le había sido imposible cenar con ella, y por una vez había que forzarla con suavidad a rendir tributo a la señora Tristram.

-Sería un gran placer -dijo, mirando a la señora Tristram.

-¡En el caso de madame de Cintré -exclamó la otra mujer­- eso ya es decir mucho!

-Le estoy muy agradecido -dijo Newman-. La señora Tris­tram puede hablar en mi nombre mejor de lo que yo pueda hablar de mí mismo.

Madame de Cintré le miró de nuevo con la misma viveza apa­cible.

-¿Piensa usted quedarse mucho tiempo en París? -preguntó.

-Le retendremos aquí -dijo la señora Tristram.

-¡A mí sí que me están reteniendo! -dijo madame de Cintré, y le estrechó la mano a su amiga.

-Sólo un rato más -dijo la señora Tristram.

Madame de Cintré volvió a mirar a Newman; esta vez, sin su sonrisa. Sus ojos se posaron sobre él un instante.

-¿Vendrá usted a verme? -le preguntó.

La señora Tristram le dio un beso. Newman expresó su agra­decimiento y madame de Cintré se despidió. Su anfitriona la acompañó a la puerta y dejó solo a Newman un momento. En seguida volvió, frotándose las manos.

-Ha sido una afortunada coincidencia -dijo-. Había venido a declinar mi invitación. Ha triunfado usted en el acto, al con­seguir que al cabo de tres minutos le invite a su casa.

-Ha sido usted quien ha triunfado -dijo Newman-. No debe ser demasiado exigente con ella.

La señora Tristram le miró fijamente.

-¿Qué quiere decir?

-No me pareció tan orgullosa. Más bien diría que es tímida.

-Es usted muy sagaz. Y ¿qué opina de su rostro?

-¡Es hermoso! -dijo Newman.

-¡Eso mismo diría yo! Por supuesto, irá a verla.

-¡Mañana! -exclamó Newman.

-No, mañana no; pasado mañana. Será domingo; se marcha de París el lunes. Si no la ve, al menos será un comienzo -dijo, y le dio la dirección de madame de Cintré.

Entrada ya la tarde de verano, Newman cruzó el Sena y se abrió camino por esas calles grises y silenciosas del Faubourg Saint-Germain, cuyas casas presentan al mundo exterior una fachada tan impasible y tan sugerente de la concentración de intimidad que hay en su interior como las desnudas paredes de los serrallos de Oriente. A Newman se le antojó un extraño modo de vida para la gente rica; su ideal de grandeza era una fachada espléndida que difunde también su lustre al exterior, irradiando hospitalidad. La casa a la que había sido dirigido tenía un oscuro y polvoriento portal pintado que se abrió de par en par en respuesta a su llamada. Le dio acceso a un ancho patio de gravilla, rodeado a tres bandas por ventanas cerradas y con una puerta que daba a la calle, a la que se llegaba subien­do tres escalones y rematada por una marquesina de estaño. Todo el lugar estaba a la sombra; respondía a la idea que tenía Newman de un convento. La portera no supo decirle si madame de Cintré estaba visible; le rogó que llamase a la puerta del fondo. Cruzó el patio; sentado en los escalones del pórtico había un caballero, con la cabeza descubierta, jugando con un hermoso pointer. Se alzó mientras Newman se acercaba y, posando la mano sobre el timbre, dijo en inglés con una sonri­sa que se temía que habría de esperar; los sirvientes se habían extraviado; también él había estado llamando; no sabía qué dia­blos les pasaba. Era un hombre joven; su inglés era excelente, y su sonrisa muy franca. Newman pronunció el nombre de madame de Cintré.

-Creo -dijo el joven- que mi hermana está visible. Entre, y si me da usted su tarjeta yo mismo se la llevaré.

Acompañaba a Newman en su misión un ligero sentimiento, no diré tanto que de reto -una tendencia a la agresión o a la defensa, según fuera necesario- como de recelo reflexivo y jovial. Parado en el pórtico, se sacó del bolsillo una tarjeta en la que, bajo su nombre, había escrito las palabras «San Francisco», y mientras la presentaba miraba con cautela a su interlocutor. Su mirada era singularmente tranquilizadora; le gustaba el ros­tro del joven; se parecía mucho al de madame de Cintré. A todas luces, era su hermano. El joven, a su vez, había hecho una rápida inspección de la persona de Newman. Había cogido la tarjeta y estaba a punto de entrar con ella en la casa cuando apa­reció otra figura en el umbral: un hombre de más edad, de buena presencia, vestido con traje de etiqueta. Clavó la mirada en Newman, y Newman le miró. «Madame de Cintré», repitió el joven, a modo de presentación del visitante. El otro cogió la tarjeta de su mano, la leyó de una fugaz ojeada, volvió a mirar a Newman de la cabeza a los pies, titubeó un instante y dijo luego con tono grave pero cortés:

-Madame de Cintré no se encuentra en casa.

El más joven de los dos hizo un gesto, y a continuación, diri­giéndose a Newman, dijo:

-Lo siento mucho, señor.

Newman hizo una mueca amistosa para indicar que no le guardaba rencor y volvió sobre sus pasos. A la altura de la casa de la portera se detuvo; los dos hombres seguían de pie en el pórtico.

-¿Quién es el caballero que está con el perro? -le preguntó a la anciana, que apareció de nuevo. Había empezado a apren­der francés.

-Ése es monsieur le Comte.

-¿Y el otro?

-Monsieur le Marquis.

-¿Un marqués? -dijo Christopher Newman en inglés, que afortunadamente la anciana no entendía-. ¡Ah, entonces no es el mayordomo!

 

CAPÍTULO IV

 

Una mañana temprano, cuando Christopher Newman aún no se había vestido, un anciano hombrecillo fue anunciado en su apartamento, seguido de un joven con blusón que llevaba un cuadro con un brillante marco. Newman, entre las distraccio­nes de París, se había olvidado de monsieur Nioche y de su habilidosa hija, pero éste fue un eficaz recordatorio.

-Me temo que me había dado por perdido, señor -dijo el anciano tras muchas disculpas y salutaciones-. ¡Le hemos he­cho esperar tantos días! Nos habrá acusado, quizá, de incons­tancia, de mala fe. ¡Pero mire, por fin estoy aquí! Y mire tam­bién la bonita Madonna. Ponla en una silla, amigo mío, con buena luz, para que monsieur pueda admirarla.

Y monsieur Nioche, dirigiéndose a su acompañante, le ayudó a colocar la obra de arte.

Había sido provista de una capa de barniz de una pulgada de espesor, y su marco, de primoroso diseño, tenía como poco un pie de anchura. Resplandecía y destellaba con la luz de la maña­na, y a los ojos de Newman ofrecía un aspecto maravillosamen­te espléndido y refinado. Se le antojó que era una compra muy afortunada, y poseerla le hizo sentirse rico. Se quedó mirándo­la con satisfacción mientras continuaba su aseo, y monsieur Nioche, que había despedido a su acompañante, merodeaba alrededor sonriendo y frotándose las manos.

-Es de una maravillosa finesse-murmuró, con voz acariciado­ra-. Y aquí y allá tiene toques magníficos; sin duda los verá, señor. Ha llamado mucho la atención en el Boulevard, mientras veníamos. ¡Y esa gradación de tonos! Eso sí que es saber pintar. No lo digo porque sea su padre, señor; pero como hombre de buen gusto que se dirige a otro, no puedo privarme de obser­var que tiene usted ahí una obra exquisita. Resulta difícil crear cosas así y tener que separarse de ellas. ¡Ojalá nuestros medios nos permitiesen el lujo de quedárnosla! Sinceramente le digo, señor -y monsieur Nioche soltó una risita débilmente insi­nuante-, sinceramente le digo que le envidio. ¿Sabe? -añadió al momento-, nos hemos tomado la libertad de ofrecerle un marco. Aumenta una pizca la valía de la obra, y le ahorrará la molestia (tan grande para una persona de su sensibilidad) de ir regateando por las tiendas.

El lenguaje que hablaba monsieur Nioche era un curioso fárrago, y renuncio a intentar reproducirlo en su integridad. Parece que antaño había tenido ciertos conocimientos de in­glés, y su acento estaba estrambóticamente teñido del cockney de la metrópolis británica. Pero su saber se había oxidado debido a la falta de uso, y su vocabulario era deficiente y caprichoso. Lo había remendado con grandes parches de francés, con palabras anglicadas mediante un proceso propio y con giros nativos tra­ducidos literalmente. El resultado, en la forma en que con toda humildad lo presentaba, apenas habría resultado comprensible para el lector, así que me he atrevido a adaptarlo y a cribarlo. Newman sólo le entendía a medias, pero le divertía, y el deco­roso desamparo del anciano atraía sus instintos democráticos. El supuesto de una fatal caída en la miseria siempre ponía fuera de sí a su intensa benevolencia -era prácticamente lo único que lo hacía-, y sentía el impulso de borrarlo, por así decirlo, con la esponja de su propia prosperidad. Sin embargo, el padre de mademoiselle Noémie parecía haber sido enérgicamente adoc­trinado para esta ocasión, y manifestaba cierta avidez medrosa de cultivar oportunidades inesperadas.

-¿Cuánto le debo, pues, con el marco incluido? -preguntó Newman.

-En total serán tres mil francos -dijo el anciano, sonriendo agradablemente pero entrecruzando los dedos a modo de ins­tintiva súplica.

-¿Podría darme un recibo?

-He traído uno -dijo monsieur Nioche-. Me tomé la liber­tad de extenderlo por si acaso monsieur tenía a bien desear liquidar su deuda -y sacó un papel de su cartera que entregó a su protector. El documento estaba escrito con una caligrafía diminuta y estrafalaria, y expresado en el más selecto de los len­guajes.

Newman entregó el dinero, y monsieur Nioche dejó caer los napoleones uno a uno, solemne y amorosamente, en un viejo monedero de cuero.

-¿Y qué tal está su damita? -preguntó Newman-. Me causó una gran impresión.

-¿Impresión? Monsieur es muy amable. ¿Monsieur admira su aspecto?

-Es muy bonita, sin duda.

-¡Ay, sí, es muy bonita!

-¿Qué mal hay en que sea bonita?

Monsieur Nioche clavó los ojos en un punto de la alfombra y sacudió la cabeza. Después, alzándolos hacia Newman con una mirada que pareció volverse más animada y expansiva, dijo:

-Monsieur ya sabe lo que es París. Es peligroso para la belle­za, cuando la belleza no puede ofrecer ni un penique.

-Ah, pero no es el caso de su hija. Ahora es rica.

-Muy cierto; seremos ricos durante seis meses. Pero, con todo, si mi hija fuese una muchacha corriente yo dormiría mejor.

-¿Teme usted a los jóvenes?

-¡A los jóvenes y a los viejos!

-Debería conseguir un marido.

-Ah, monsieur, no se consigue un marido a cambio de nada. Su marido deberá aceptarla tal y como es; no la puedo dotar ni con un penique. Pero los jóvenes no miran con esos ojos.

-Bueno -dijo Newman-, su talento es en sí mismo una dote.

-¡Ah, señor, primero hay que convertirlo en especie! -y mon­sieur Nioche le dio un tierno cachete a su portamonedas antes de guardarlo-. Una operación así no ocurre todos los días.

-Bueno, los jóvenes de aquí son muy mezquinos -dijo Newman-; no puedo decir otra cosa. Deberían ser ellos quienes pa­gasen por su hija, en vez de pedir dinero.

-Sus ideas son muy nobles; pero ¿qué quiere? No son las ideas de este país. Queremos saber qué nos traemos entre ma­nos cuando nos vamos a casar.

-¿Qué dote necesita su hija?

Monsieur Nioche le miró fijamente, como si se estuviese pre­guntando qué venía a continuación; pero casualmente se recu­peró al punto y replicó que conocía a un joven muy agradable, empleado de una compañía de seguros, que se contentaría con quince mil francos.

-Que su hija me pinte media docena de cuadros y tendrá su dote.

-¡Media docena de cuadros... su dote! ¿No estará hablando monsieur irreflexivamente?

-Si me hace seis u ocho copias del Louvre tan bonitas como esa Madonna, le pagaré el mismo precio -dijo Newman.

El pobre monsieur Nioche se quedó sin habla durante unos instantes, lleno de asombro y gratitud; después cogió la mano de Newman, la apretó entre sus diez dedos y clavó sobre él unos ojos húmedos.

-¿Tan bonitas como ésa? Serán mil veces más bonitas; serán magníficas, sublimes. ¡Ah, ojalá supiera yo pintar, señor, para echarle así una mano! ¿Qué puedo hacer para agradecérselo? Voyons! -dijo, y se estrujó la frente mientras intentaba que se le ocurriese algo.

-Bueno, ya me lo ha agradecido bastante -dijo Newman.

-¡Ah, ya sé, señor! -exclamó monsieur Nioche-. Para expre­sarle mi gratitud, no le cobraré nada por las lecciones de con­versación francesa.

-¿Lecciones? Se me habían olvidado por completo. Escuchar su inglés -añadió Newman, riéndose- es casi una lección de francés.

-Ah, no digo que enseñe inglés, ciertamente -dijo monsieur Nioche-. Pero en cuanto a mi admirable lengua, sigo estando a su servicio.

-Entonces, puesto que está usted aquí -dijo Newman-, em­pezaremos. Es muy buena hora. Voy a tomarme el café; venga cada mañana a las nueve y media y tómese el suyo conmigo.

-¿Monsieur me ofrece el café, también? -exclamó monsieur Nioche-. Sin duda, regresan mis beaux jours.

-Venga -dijo Newman-, empecemos. El café está terrible­mente caliente. ¿Cómo se dice eso en francés?

Así pues, cada día, durante las tres semanas siguientes, la figu­ra circunstancialmente respetable de monsieur Nioche hacía acto de presencia, con una retahíla de pequeñas reverencias inquisitivas y exculpatorias, entre los aromáticos vapores de la bebida matinal de Newman. No sé cuánto francés aprendió nuestro amigo; pero como él mismo decía, si el esfuerzo no le servía de nada, en cualquier caso no le perjudicaba. Y le diver­tía; satisfacía ese lado irregularmente sociable de su naturaleza que siempre se había manifestado en su disfrute de la conver­sación agramatical, y que a menudo, incluso en sus días de aje­treo y preocupaciones, le había llevado a sentarse sobre las vallas de jóvenes pueblos del Oeste, en la penumbra, y sostener charlas poco menos que fraternales con cómicos haraganes y turbios buscadores de fortuna. Allá donde iba, tenía la inten­ción de hablar con los nativos; le habían asegurado, y su propio juicio aprobaba el consejo, que cuando se viaja por el extranje­ro es una idea excelente examinar la vida del país. Monsieur Nioche era todo un nativo, y, aunque su vida quizá no merecie­se un estudio especial, él era una parte palmaria y bien pulida de esa pintoresca civilización parisina que tanto recreo fácil le ofrecía a nuestro héroe y tantos problemas curiosos le plantea­ba a su entendimiento inquisitivo y práctico. Newman tenía aprecio por las estadísticas; le gustaba saber cómo se hacían las cosas; le gratificaba enterarse de cuántos impuestos se pagaban, qué beneficios se obtenían, cuáles eran los hábitos comerciales predominantes, cómo se libraba la batalla de la vida. Monsieur Nioche, en tanto que capitalista mermado, estaba familiarizado con estas consideraciones, y formulaba su información, que se sentía orgulloso de poder impartir, en los términos más claros posibles y con un pellizco de rapé entre el dedo índice y el pul­gar. Como buen francés -muy al margen de los napoleones de Newman-, monsieur Nioche adoraba conversar, y ni siquiera en plena decadencia se le había olvidado la urbanidad. También como buen francés, sabía dar un informe claro de las cosas, y -también como buen francés- cuando sus conocimientos le fallaban sabía suplir los lapsus con las hipótesis más oportunas e ingeniosas. Al pequeño financiero venido a menos le produ­cía un intenso placer que le hiciesen preguntas; rebañaba infor­mación mediante procedimientos frugales, y tomaba notas, en su pequeño y grasiento cuaderno de bolsillo, de incidentes que pudieran serle de interés a su munificente amigo. Leía viejos almanaques en los puestos de libros de los embarcaderos, y empezó a frecuentar otro café donde se recibían más periódi­cos y donde su demitasse de sobremesa le costaba un penique extra, y allí solía escudriñar las páginas descuartizadas en busca de anécdotas curiosas, fenómenos de la naturaleza y raras coin­cidencias. A la mañana siguiente relataba con solemnidad que se acababa de morir en Burdeos un niño de cinco años cuyo cerebro se había descubierto que pesaba sesenta onzas, ¡el cere­bro de un Napoleón o un Washington!, o que madame P., char­cutière de la Rue de Clichy, había encontrado en el forro de un viejo vestido la cantidad de trescientos sesenta francos que había perdido hacía cinco años. Pronunciaba estas palabras con gran precisión y sonoridad, y Newman le aseguró que su modo de contender con la lengua francesa era muy superior al des­concertante parloteo que oía en otras bocas. Ante esto, monsieur Nioche desarrolló una agudeza más primorosa que nunca; se ofreció a leer extractos de Lamartine, y afirmó que, a pesar de que se esforzaba en la medida de sus pocas luces por cultivar una dicción refinada, si monsieur quería el no va más, debía ir al Théâtre Français.

Newman mostró interés por la frugalidad francesa y concibió una viva admiración por las economías parisinas. Su propio genio económico estaba tan completamente volcado en opera­ciones a mayor escala, y tan imperiosa era su necesidad, para moverse con desenvoltura, de sentir que había grandes desafíos y grandes premios, que hallaba un sincero entretenimiento en el espectáculo de las fortunas que se habían amasado reunien­do monedas de cobre y en la minuciosa subdivisión de trabajo y beneficio. Preguntaba a monsieur Nioche por su modo de vida, y sentía una amistosa mezcla de compasión y respeto ante el recital de sus delicadas frugalidades. El digno señor le contó que en otra época él y su hija habían sustentado su existencia, cómodamente, con la cantidad de quince peniques per diem; en tiempos recientes, habiendo conseguido llevar a buen puerto los últimos restos flotantes del naufragio de su fortuna, su pre­supuesto había sido un poco más amplio. Pero todavía tenían que contar exhaustivamente cada penique, y monsieur Nioche le confió con un suspiro que mademoiselle Noémie no ponía en esa tarea el ferviente entusiasmo que cabía desear.

-Pero ¿qué le voy a contar? -preguntó filosóficamente-. Es joven y bonita, necesita trajes y guantes nuevos; no se puede estar con vestidos astrosos entre los esplendores del Louvre.

-Pero su hija gana lo suficiente para costearse su propia ropa -dijo Newman.

Monsieur Nioche le miró con ojos débiles e inseguros. Le habría gustado ser capaz de decir que los talentos de su hija eran objeto de aprecio y que sus pintarrajos deformes dispo­nían de todo un mercado; pero parecía escandaloso abusar de la credulidad de este forastero dadivoso que, sin sospechas ni preguntas, le había reconocido los mismos derechos sociales. Se decantó por un término medio, y dijo que, aun siendo obvio que bastaba con ver las reproducciones de los maestros anti­guos de mademoiselle Noémie para codiciarlas, los precios que se veía obligada a pedir por ellos en virtud de su especial finu­ra de ejecución habían mantenido a los compradores a una res­petuosa distancia.

-¡Pobre criatura! -suspiró monsieur Nioche-; ¡casi es una pena que su trabajo sea tan perfecto! Le irían mejor las cosas si no pintase tan bien.

-Pero si mademoiselle Noémie tiene tanta devoción por su arte -observó Newman en cierta ocasión-, ¿por qué habría usted de tener esos temores de los que me hablaba el otro día?

Monsieur Nioche se quedó meditando; había cierta inconsis­tencia en su postura que le hacía sentirse enormemente incómo­do. A pesar de que no tenía el menor deseo de acabar con la gallina de los huevos de oro -la benévola confianza de Newman-, sentía un tímido impulso a expresarle todas sus tribulaciones.

-Ah, es una artista, señor mío, de eso no hay duda -declaró-. Pero, a decir verdad, también es una franche coquette. De veras lamento decir -añadió al instante, meneando la cabeza con toda la inofensiva amargura del mundo- que lo ha heredado. ¡Su madre ya lo fue antes que ella!

-¿No fue usted feliz con su esposa? -preguntó Newman.

Monsieur Nioche sacudió bruscamente la cabeza varias veces.

-¡Era mi purgatorio, monsieur!

-¿Le engañaba?

-Ante mis propias narices, año tras año. Fui demasiado estú­pido, y la tentación era demasiado grande. Pero al fin la pillé. Una sola vez en mi vida he sido un hombre al que temer; lo sé muy bien: ¡fue en aquel momento! Pero no me gusta pensar en ello. La amaba... no sabría decirle lo mucho que la amaba. Era una mala mujer.

-¿Ya no vive?

-Se fue por su cuenta y riesgo.

-Entonces -dijo Newman para darle ánimos-, no hay por qué temer su influencia en su hija.

-¡Su hija le importaba tan poco como las suelas de sus zapa­tos! Pero a Noémie no le hace falta que influyan en ella. Se basta por sí sola. Es más fuerte que yo.

-No le obedece, ¿eh?

-No puede obedecer, señor, puesto que yo no ordeno. ¿De qué serviría? Se enfadaría y la empujaría a hacer un coup de tête. Es muy inteligente, como su madre; no se lo pensaría dos veces. De niña (cuando yo era dichoso, o eso creía) estudió dibujo y pintura con profesores de primera, y me aseguraron que tenía talento. Yo estaba encantado de creérmelo, y cuando me rela­cionaba con gente solía llevarme sus cuadros en un portafolios y se los enseñaba a unos y a otros. Recuerdo cierta ocasión en que una dama pensó que los estaba poniendo a la venta, y me lo tomé muy mal. ¡No sabemos hasta qué punto somos capaces de ceder! Después llegaron mis malos tiempos, y mi estallido con madame Nioche. Noémie no recibió más lecciones a vein­te francos; pero al cabo del tiempo, cuando creció y fue suma­mente imperioso que hiciese algo que contribuyese a mante­nernos vivos, se acordó de su paleta y de sus pinceles. Algunos amigos nuestros del quartier tacharon la idea de descabellada: recomendaron que probase a hacer sombreros, que consiguie­ra un empleo en una tienda o (si era más ambiciosa) que se anunciara para un puesto de dame de compagnie. Se anunció, y una anciana le escribió una carta pidiéndole que fuese a verla. A la anciana le gustó, y le ofreció la manutención y seiscientos francos al año; pero Noémie descubrió que se pasaba la vida en la butaca y que sólo recibía dos visitas, su confesor y su sobrino: el confesor, muy estricto, y el sobrino, un hombre de cincuenta años con la nariz rota y un cargo de dos mil francos al año en la administración del gobierno. Noémie abandonó a su vieja dama, se compró una caja de pinturas, un lienzo y un vestido nuevo y se fue al Louvre a colocar su caballete. Ahí, de un sitio a otro, ha pasado los dos últimos años; no puedo decir que nos haya hecho millonarios. Pero Noémie me dice que Roma no se ganó en una hora, que está haciendo grandes progresos y que debo dejarla a su aire. El hecho es que, sin menoscabo para su genio, no tiene la más mínima intención de enterrarse en vida. Le gusta ver mundo, y que la vean. Ella misma dice que no puede trabajar en la sombra. Con su aspecto, es natural. Sólo que no puedo evitar preocuparme y estremecerme y pregun­tarme por lo que le pueda ocurrir ahí sola, día tras día, entre tanto ir y venir de extraños. No siempre puedo estar a su lado. La acompaño por la mañana y voy a buscarla, pero en el intervalo no me permite estar con ella; dice que la pongo nerviosa. ¡Como si a mí no me pusiera nervioso estar todo el día deam­bulando sin ella! ¡Ay, si le ocurriese algo! -exclamó monsieur Nioche, apretando los puños y sacudiendo nuevamente la cabe­za con un ademán de mal agüero.

-Bueno, me imagino que no ocurrirá nada -dijo Newman.

-¡Creo que le pegaría un tiro! -dijo el anciano con tono so­lemne.

-Bueno, la casaremos -dijo Newman-, ya que es así como trata usted la cuestión; y yo iré a verla mañana al Louvre y selec­cionaré los cuadros que ha de copiar para mí.

Monsieur Nioche le había traído a Newman un mensaje de parte de su hija en el que la joven aceptaba el magnífico encar­go y se declaraba su más devota servidora, prometiendo esfor­zarse con ahínco y lamentándose de que las normas de la eti­queta le impidiesen ir a agradecérselo en persona. La mañana siguiente a la conversación que se acaba de narrar, Newman vol­vió a referirse a su intención de encontrarse con mademoiselle Noémie en el Louvre. Monsieur Nioche parecía estar preocu­pado, y no abrió su saco de anécdotas; tomó rapé en abundan­cia y lanzó miradas oblicuas e implorantes a su resuelto alum­no. Finalmente, cuando se estaba marchando, se detuvo un instante tras sacarle brillo al sombrero con su pañuelo de cali­có, posando sus ojos pequeños y sin brillo de manera extraña sobre Newman.

-¿Qué ocurre? -preguntó nuestro héroe.

-¡Disculpe la inquietud del corazón de un padre! -dijo mon­sieur Nioche-. Usted me inspira una confianza infinita, pero no puedo evitar hacerle una advertencia. Al fin y al cabo, es usted un hombre, es joven y es libre. ¡Permítame implorarle, pues, que respete la inocencia de mademoiselle Nioche!

Newman se había estado preguntando qué vendría a conti­nuación, y al oír esto estalló en una carcajada. Estuvo a punto de observar que más riesgo le parecía que corría su propia ino­cencia, pero se contentó con prometer que trataría a la joven poco menos que con veneración. La encontró esperándole, sentada en el gran diván del Salón Carré. No iba vestida con su traje de faena sino con sombrero y guantes y llevaba un parasol, en honor a la ocasión. Estos artículos habían sido seleccionados con un gusto infalible, y no cabía concebir una imagen más fresca y bonita de viveza juvenil y discernimiento en flor. Le hizo a Newman una respetuosa reverencia y le expresó su gratitud por su generosidad con un discursito deliciosamente grácil. A Newman le molestó tener ahí enfrente a una encantadora muchacha dándole las gracias, y le hizo sentirse incómodo pen­sar que esta perfecta joven, con sus excelentes modales y su modulada entonación, estaba literalmente a su servicio. New­man le aseguró, con el francés del que fue capaz, que no mere­cía la pena ni mencionarlo y que consideraba sus servicios un gran favor.

-Entonces, cuando usted quiera -dijo mademoiselle Noé­mie-, pasaremos revista.

Caminaron lentamente por la sala, después pasaron a las otras y pasearon durante una media hora. Era obvio que made­moiselle Noémie disfrutaba de la situación, y no sentía ningún deseo de concluir su entrevista pública con su atractivo mece­nas. Newman observó que la prosperidad le sentaba bien. El airecillo insolente y perentorio con que se había dirigido a su padre durante su anterior encuentro había cedido paso a un tono de lo más reposado y acariciador.

-¿Qué tipo de cuadros desea? -preguntó-. ¿Sagrados o pro­fanos?

-Bueno, unos cuantos de cada -dijo Newman-. Pero quiero algo luminoso y alegre.

-¿Algo alegre? No hay nada demasiado alegre en este solem­ne y viejo Louvre. Pero vamos a ver qué podemos encontrar.

Habla usted hoy francés con mucho encanto. Mi padre ha obra­do maravillas.

-Bueno, soy un mal subordinado. Soy demasiado viejo para aprender un idioma -dijo Newman.

-¿Demasiado viejo? Quelle folie! -exclamó mademoiselle Noé­mie, con una risa cristalina y chillona-. Es usted un hombre muy joven. Y ¿qué le parece mi padre?

-Es un caballero muy agradable. Nunca se ríe de mis dispa­rates.

-Es muy comme il faut, mi papá -dijo mademoiselle Noémie-, y tan honrado como la luz del día. ¡Ah, es de una probidad excepcional! Sería posible confiar varios millones a su custodia.

-¿Usted siempre le obedece?

-¿Obedecerle?

-¿Hace lo que le manda?

La joven se detuvo y le miró; tenía una mancha de rubor en cada mejilla, y sus expresivos ojos franceses, demasiado saltones para ser de una belleza perfecta, brillaban con un ligero descaro.

-¿Por qué me pregunta eso?

-Porque quiero saberlo.

-¿Me considera una niña mala? -y esbozó una extraña sonrisa.

Newman la miró un momento; vio que era bonita, pero no se quedó en absoluto deslumbrado. Recordó cómo había suplica­do el pobre monsieur Nioche por su «inocencia», y volvió a reír­se a la vez que se cruzaban sus miradas. Su rostro era una extra­ñísima mezcla de juventud y madurez, y bajo la cándida expresión su penetrante sonrisita parecía contener todo un mundo de intenciones ambiguas. Era lo bastante bonita, sin duda, para poner nervioso a su padre; pero en lo que se refiere a su inocencia, Newman habría afirmado allí mismo que no se había desprendido de ella. Sencillamente, nunca la había teni­do; había estado mirando el mundo desde que tenía diez años, y el hombre que le pudiese contar algún secreto sería un hom­bre sabio. En sus largas mañanas del Louvre no se había limitado a estudiar madonnas y san juanes; había estado vigilando las diversas encarnaciones de la naturaleza humana que había a su alrededor y había sacado sus propias conclusiones. A juicio de Newman, en cierto sentido monsieur Nioche podía estar tran­quilo; quizá su hija hiciera algo muy osado, pero nunca haría nada estúpido. Newman, con su sonrisa larga y sosegada y su manera de hablar serena y sin prisas, siempre se tomaba su tiem­po, mentalmente; ahora se estaba preguntando por qué le miraba ella de esa manera. Tenía la impresión de que quería oírle confesar que, en efecto, la consideraba una niña mala.

-No, no -dijo al fin-; sería muy maleducado por mi parte juz­garla de esa manera. No la conozco.

-Pero mi padre se le ha quejado -dijo mademoiselle Noémie.

-Dice que es usted una coqueta.

-¡No debería ir por ahí diciéndoles esas cosas a los caballe­ros! Pero usted no se lo cree, ¿verdad?

-No -dijo Newman con gravedad-, no me lo creo.

Ella volvió a mirarle, se encogió de hombros y sonrió y des­pués indicó un pequeño cuadro italiano, unas bodas de santa Catalina.

-¿Qué le parecería éste? -preguntó.

-No me gusta -dijo Newman-. La joven del vestido amarillo no es bonita.

-Ah, es usted un gran experto -murmuró mademoiselle Noémie.

-¿En cuadros? No, no lo soy; sé muy poco de cuadros.

-¿En mujeres bonitas, entonces?

-En eso apenas soy mejor.

-¿Qué me dice de éste, entonces? -preguntó la joven indi­cando un soberbio retrato italiano de una dama-. Se lo haré a una escala más pequeña.

-¿A menor escala? ¿Y por qué no del mismo tamaño que el original?

Mademoiselle Noémie echó un vistazo al radiante esplendor de la obra maestra veneciana e hizo un pequeño ademán con la cabeza.

-No me gusta esa mujer. Parece estúpida.

-A mí sí que me gusta -dijo Newman-. Decididamente, debo tenerla, y a tamaño natural. Y tan estúpida como es ahí.

La joven volvió a clavar los ojos sobre Newman, y dijo con su sonrisa burlona:

-¡Sin duda, me será fácil darle aspecto de estúpida!

-¿Qué quiere decir? -preguntó Newman, desconcertado. Mademoiselle Noémie volvió a encogerse de hombros.

-¿En serio, entonces, que quiere ese retrato... el cabello dora­do, el raso púrpura, el collar de perlas, ese magnífico par de brazos?

-Todo, exactamente como está.

-¿No le serviría ninguna otra cosa?

-Bueno, quiero más cosas, pero también quiero éste.

Mademoiselle Noémie se apartó un momento, caminó hacia el otro lado de la sala y se quedó allí, mirando vagamente a un lado y a otro. Al fin regresó.

-Debe de ser delicioso poder encargar cuadros de ese modo. ¡Retratos venecianos a tamaño natural! Se comporta como un príncipe. ¿Y así es como va a viajar por Europa?

-Sí, tengo intención de viajar -dijo Newman.

-¿Encargando, comprando, gastando dinero?

-Por supuesto que gastaré algo de dinero.

-Es usted muy afortunado por tenerlo. ¿Y es usted completa­mente libre?

-¿Qué quiere decir con libre?

-¿No tiene nada que le moleste: familia, esposa, prometida?

-Sí, soy razonablemente libre.

-Es usted muy afortunado -dijo mademoiselle Noémie con tono solemne.

-Je le veux bien! -dijo Newman, demostrando que había apren­dido más francés de lo que admitía.

-¿Y cuánto tiempo se va a quedar en París? -continuó la joven.

-Sólo unos cuantos días más.

-¿Por qué se marcha?

-Empieza a hacer calor, y me tengo que ir a Suiza.

-¿A Suiza? Es un hermoso país. ¡Daría mi parasol nuevo por verlo! ¡Lagos y montañas, románticos valles y cumbres nevadas! Ah, le felicito. Mientras tanto, yo me pasaré el caluroso verano aquí sentada, pintarrajeando sus cuadros.

-Bueno, tómese todo el tiempo que necesite -dijo Newman-. Hágalos cuando buenamente pueda.

Siguieron caminando y miraron unas cuantas cosas más. New­man señalaba lo que le gustaba, y mademoiselle Noémie por lo general lo criticaba y proponía otra cosa. Entonces, de pronto, se desvió hacia una cuestión personal.

-¿Qué le impulsó a hablarme el otro día en el Salón Carré? -preguntó de modo abrupto.

-Admiraba su cuadro.

-Pues estuvo usted dudando un buen rato.

-Bueno, no hago nada precipitadamente -dijo Newman.

-Sí, vi que me observaba. Pero en ningún momento pensé que fuese a hablar conmigo. Jamas soñé que hoy estaría paseán­dome por aquí con usted. Es muy curioso.

-Es muy natural -observó Newman.

-Oh, disculpe, para mí no. Por muy coqueta que pueda usted considerarme, nunca me había paseado en público con un caballero. ¿En qué estaría pensando mi padre cuando accedió a nuestro encuentro?

-Se estaba arrepintiendo de sus injustas acusaciones -replicó Newman.

Mademoiselle Noémie guardó silencio, y después se dejó caer en un asiento.

-Bueno, pues está todo dicho respecto a esos cinco. Cinco copias tan espléndidas y hermosas como me sea posible. Nos queda una por elegir. ¿No le gustaría uno de esos magníficos rubens... las bodas de Marie de Médicis? Mírelo, vea qué her­moso es.

-Ah, sí, ése me gustaría -dijo Newman-. Con él ya son seis.

-Con él ya son seis... ¡muy bien! -se rió. Siguió sentada un momento, mirándole, y de pronto se levantó y se irguió frente a él con las manos entrelazadas por delante-. No le comprendo -dijo con una sonrisa-. No comprendo cómo un hombre puede ser tan ignorante.

-Ah, soy ignorante, cierto -dijo Newman a la vez que se metía las manos en los bolsillos.

-¡Es ridículo! Yo no sé pintar.

-¿No sabe?

-Pinto como un gato; no soy capaz de dibujar ni una línea recta. No había vendido ni un solo cuadro hasta que usted me compró aquella cosa el otro día -y mientras ofrecía esta sor­prendente información seguía sonriendo.

Newman prorrumpió en una carcajada.

-¿Por qué me cuenta esto? -preguntó.

-Porque me irrita que un hombre inteligente meta así la pata. Mis cuadros son grotescos.

Y el que yo poseo...

-Ése es bastante peor que los demás.

-Bueno -dijo Newman-, ¡en cualquier caso me gusta!

Ella le miró de refilón.

-Eso es muy amable por su parte -respondió-, pero mi deber es advertirle antes de que vaya usted más lejos. Este encargo suyo es imposible, ¿sabe? ¿Por quién me ha tomado? Es un tra­bajo para diez hombres. Escoge usted los seis cuadros más difí­ciles del Louvre y espera que me ponga a trabajar como si fuese a hacer dobladillos para una docena de pañuelos. Quería ver hasta dónde iba a llegar usted.

Newman miró a la joven con cierta perplejidad. A pesar del ridículo error del que se le acusaba, estaba muy lejos de ser un papanatas, y tenía la viva sospecha de que la súbita franqueza de mademoiselle Noémie no era esencialmente más honrada que haberle mantenido en el error. Estaba jugando a algo; no era mera compasión por su inmadurez estética. ¿Qué esperaba ganar? Las apuestas eran altas y el riesgo grande; el premio, por tanto, tenía que ser proporcional. Pero, aun concediendo que el premio pudiese ser grande, Newman no pudo resistir un impulso de admiración por la intrepidez de su acompañante. Estaba tirando con una mano, al margen de lo que se propu­siese hacer con la otra, una bonita suma de dinero.

-¿Está usted de broma -le preguntó- o va en serio?

-¡Oh, es en serio! -exclamó mademoiselle Noémie, pero con su extraordinaria sonrisa.

-Sé muy poco de cuadros, o de cómo se pintan. Si no puede hacer todo eso, es obvio que no puede. Haga entonces lo que pueda.

-Quedará muy mal -dijo mademoiselle Noémie.

-Ah -dijo Newman, riéndose-, si ha decidido usted que va a quedar mal, por supuesto que lo estará. Pero ¿por qué sigue pintando si lo hace mal?

-No sé hacer otra cosa; no tengo ningún talento verdadero.

-Entonces está usted engañando a su padre. La joven titubeó un instante.

-¡Él lo sabe perfectamente!

-No -proclamó Newman-; estoy seguro de que cree en usted.

-Me tiene miedo. Sigo pintando aunque lo haga mal, como usted dice, porque quiero aprender. En cualquier caso, me gusta. Y me gusta estar aquí; es un lugar al que ir a diario; es mejor que sentarse en un cuartito húmedo y oscuro en una corrala, o que vender botones y ballenas de corsé detrás de un mostrador.

-Por supuesto, es mucho más entretenido -dijo Newman-. Pero para una muchacha pobre, ¿no es un entretenimiento más bien caro?

-Oh, hago muy mal, de eso no hay duda -dijo mademoiselle Noémie-. Pero antes que ganarme la vida como hacen algunas muchachas, afanándose con una aguja en un negro cuchitril, fuera del mundo, me tiraría al Sena.

-No hay ninguna necesidad -respondió Newman-; ¿le ha hablado su padre de mi oferta?

-¿Su oferta?

-Quiere que usted se case, y yo le he dicho que le daría la oportunidad de ganarse su dot.

-Me lo ha contado todo, ¡y ya ve usted el partido que le saco! ¿Por qué habría de tomarse tanto interés por mi matrimonio?

-Mi interés era por su padre. Mantengo mi oferta; haga lo que pueda y le compraré lo que pinte.

Durante un rato se quedó pensativa, con los ojos clavados en el suelo. Al fin, alzando la vista, preguntó:

-¿Qué tipo de marido se puede obtener por doce mil fran­cos?

-Su padre me ha dicho que conoce a varios jóvenes muy apropiados.

-¡Tenderos y carniceros y pequeños maîtres de cafés! O me caso bien o no me caso.

-Le recomendaría que no fuese demasiado puntillosa -dijo Newman-. Es el único consejo que puedo darle.

-¡Estoy muy disgustada por lo que acabo de decir! -exclamó la joven-. No me ha hecho ningún bien. Pero no he podido evi­tarlo.

-¿Qué bien esperaba que le hiciera?

-Sencillamente, no he podido evitarlo.

Newman la miró por unos instantes.

-Bueno, puede que sus cuadros sean malos, pero aun así es usted demasiado inteligente para mí. No la comprendo. ¡Adiós! -dijo, y le tendió la mano.

Ella no hizo ninguna réplica ni devolvió ningún gesto de des­pedida. Se apartó, se sentó de lado en un banco y apoyó la cabe­za sobre el dorso de la mano, agarrándose a la baranda que había frente a los cuadros. Newman se quedó un momento y después dio media vuelta de talón y se retiró. La había com­prendido mejor de lo que confesaba; esta curiosa escena era todo un comentario práctico a la afirmación de su padre de que era una coqueta redomada.

 

CAPÍTULO V

 

Cuando Newman le refirió a la señora Tristram su infructuosa visita a madame de Cintré, aquélla le apremió a que en lugar de desanimarse pusiera en marcha su plan de «ver Europa» durante el verano, a que volviese a París en otoño y se instala­se cómodamente para el invierno. «Madame de Cintré segui­rá igual -dijo-; no es una mujer que se case de un día para otro.» Newman no hizo ninguna afirmación clara de que regresaría a París; incluso habló de Roma y del Nilo, y se abs­tuvo de manifestar ningún interés especial por la prolongada viudedad de madame de Cintré. Este detalle chocaba con su habitual franqueza, y quizá quepa considerarlo como caracte­rístico del incipiente estado de esa pasión que se suele cono­cer más específicamente como la misteriosa. Lo cierto es que la expresión de un par de ojos que eran a la vez brillantes y sua­ves se había convertido en un recuerdo muy familiar, y no se habría resignado fácilmente a la perspectiva de no volver a mirarlos jamás. Le comunicaba a la señora Tristram otras muchas cosas, de mayor o menor importancia, según se mire; pero en este punto concreto seguía su propio consejo. Se despidió afablemente de monsieur Nioche después de asegurarle que, en lo que a él se refería, la mismísima Madonna del traje azul podría haber estado presente en su entrevista con made­moiselle Noémie, y dejó al anciano acariciándose el bolsillo de la pechera, en un éxtasis que hasta para la desgracia más inten­sa habría sido todo un reto disipar. Newman emprendió entonces sus viajes con su acostumbrado aire de calmada deso­cupación y con la claridad y profundidad de miras que le eran esenciales. No había hombre que pareciese tener menos pri­sas, y aun así ningún hombre llevaba tantas cosas a cabo en períodos breves. Tenía ciertos instintos prácticos que le eran de extraordinaria utilidad en su oficio de turista. Se orientaba en ciudades extranjeras intuitivamente, su memoria era exce­lente cuando volcaba su atención en cuerpo y alma y salía de diálogos en lenguas extranjeras, de los que formalmente no había entendido ni una sola palabra, en plena posesión del dato concreto que había deseado averiguar. Su hambre de datos era enorme, y aunque al típico viajero sentimental muchos de los que anotaba le podrían parecer tristemente ári­dos y desvaídos, un atento examen de la lista habría demos­trado que su imaginación tenía un punto sensible. En la encantadora ciudad de Bruselas -su primera parada después de salir de París- hizo muchas preguntas sobre los tranvías, y se quedó extremadamente satisfecho con la reaparición de este conocido símbolo de la civilización americana; pero tam­bién le impresionó mucho la bella torre gótica del ayunta­miento, y se preguntó si no sería posible «levantar algo así en San Francisco. En la abarrotada plaza que hay frente a este edi­ficio estuvo media hora escuchando de pie, exponiéndose al inminente peligro de las ruedas de los carruajes, a un viejo cicerone desdentado que farfullaba en un inglés roto la con­movedora historia de los condes Egmont y Horn; y escribió los nombres de estos caballeros -por razones que sólo él conocía­en el dorso de una vieja carta.

 

Al principio, nada más salir de París, su curiosidad no había sido intensa; parecía que el entretenimiento pasivo en los Champs Élysées y en los teatros era todo lo que le cabía esperar de sí mismo, y aunque, tal y como le dijo a Tristram, deseaba ver el misterioso y complaciente óptimo, ni por asomo sentía el Grand Tour*  como un peso en la conciencia, y no era dado a poner en duda la diversión del momento. Consideraba que Europa estaba hecha para él y no él para Europa. Había dicho que quería cultivarse, pero habría sentido cierta turbación, in­cluso cierta vergüenza -aunque posiblemente falsa-, de haber­se sorprendido a sí mismo estudiándose intelectualmente ante el espejo. Ni a este ni a ningún otro respecto poseía Newman un elevado sentido de la responsabilidad; su principal convic­ción era que la vida de un hombre tenía que ser fácil, y que él tenía que ser capaz de reducir el privilegio a algo natural. El mundo, a su modo de ver, era un gran bazar por el que uno se podía pasear y comprar objetos hermosos; pero, personalmen­te, era tan poco consciente de la presión de la sociedad como de que existiese algo como una compra obligatoria. No sólo sentía aversión, sino también una especie de desconfianza moral, los pensamientos incómodos, y le era a la vez molesto y ligeramente despreciable sentirse obligado a ajustarse a un patrón. El patrón de uno era alcanzar el ideal de la propia pros­peridad gozosa, esa prosperidad que permitía dar tanto como recibir. Abrirse sin preocuparse por ello -sin holgazana pusila­nimidad, por un lado, ni locuaz entusiasmo, por otro- hasta abarcar la esfera completa de lo que habría llamado una expe­riencia «placentera» era el plan de vida más inequívoco de Newman. Siempre había odiado apresurarse para coger el tren, y aun así siempre lo había cogido; del mismo modo, un afán des­medido por la «cultura» le parecía como entretenerse tonta­mente en la estación, un proceder propiamente limitado a mujeres, extranjeros y otras personas poco prácticas. Reconoci­do todo esto, una vez que ya estaba moderadamente en marcha Newman disfrutaba de su viaje con la misma intensidad que el más entusiasta de los diletantes. Las teorías de uno, al fin y al cabo, importan poco; en realidad, lo grandioso es la disposición del ánimo. Nuestro amigo era inteligente, y eso no lo podía evi­tar. Se paseó por Bélgica, Holanda y Renania, por Suiza y el norte de Italia, sin hacer planes pero viéndolo todo. Los guías y valets de place le consideraban un tipo excelente. Siempre estaba accesible, pues era muy aficionado a quedarse en los vestíbulos y pórticos de las posadas y se aprovechaba poco de las impre­sionantes oportunidades para recluirse que tan abundante­mente se ofrecen en Europa a los caballeros que viajan con monederos bien dotados. Cuando le proponían una excursión, una iglesia, una galería o una ruina, lo primero que hacía Newman después de escudriñar a su postulante en silencio de la cabeza a los pies era sentarse a una mesita y pedir algo de beber. El cicerone, durante este proceso, solía retirarse a una distancia respetuosa; de no ser así, no estoy seguro de que Newman no le hubiese invitado a sentarse también a beber algo y a preguntar­le si, sinceramente, esta iglesia o aquella galería merecían en verdad la pena. Al final se levantaba y estiraba sus largas piernas, le hacía una seña al hombre de los monumentos, miraba su reloj de bolsillo y clavaba la mirada sobre el adversario. «¿De qué se trata?», preguntaba. «¿A qué distancia?» Y fuese cual fuese la respuesta, aunque pareciese vacilar nunca se negaba. Se subía a un cabriolé abierto, hacía sentarse al guía a su lado para que respondiese a sus preguntas, pedía al conductor que fuese rápido (sentía una especial animadversión a la conduc­ción lenta) y avanzaba, con toda probabilidad a través de un arrabal polvoriento, hacia la meta de su peregrinaje. Si la meta era decepcionante, si la iglesia era poca cosa o la ruina un mon­tón de basura, Newman jamás protestaba ni regañaba a su cice­rone; miraba con ojos imparciales los grandes monumentos y los pequeños, hacía que el guía recitase la lección, la escuchaba religiosamente, preguntaba si no había nada más que ver en las inmediaciones y se hacía llevar de vuelta con un rápido traque­teo. Es de temer que su percepción de las diferencias entre la buena y la mala arquitectura no fuese aguda, y que en algunas ocasiones se le haya podido ver contemplando con culpable serenidad producciones menores. Las iglesias feas formaban parte de su recreo en Europa tanto como las bellas, y su gira era toda ella un recreo. Pero a veces no hay nada como la imagina­ción de aquellas personas que carecen de ella, y Newman, de cuando en cuando, durante un paseo sin guía por una ciudad extranjera, ante una solitaria iglesia con un triste campanario o una torpe reproducción de alguien que había rendido algún servicio cívico en un pasado ignoto, había sentido un raro estre­mecimiento interior. No era excitación ni perplejidad; era una sensación plácida e insondable de estar divirtiéndose.

En Holanda se encontró por casualidad con un joven americano con quien, durante un tiempo, formó una especie de asociación viajera. Eran hombres de muy distinto tenor, pero cada uno a su modo era tan buen tipo que durante unas pocas semanas al menos, resultó un placer compartir los aza­res del camino. El camarada de Newman, de nombre Bab­cock, era un joven pastor unitarista; un hombre pequeño, enjuto y acicalado con una fisonomía que llamaba la atención por lo cándida. Era oriundo de Dorchester, Massachusetts, y se hacía cargo espiritual de un pequeño conjunto de feligre­ses en otro arrabal de esta metrópolis de Nueva Inglaterra. Era de digestión delicada y se sustentaba principalmente de pan integral y miel, régimen al que estaba tan apegado que le pareció que su gira estaba destinada a frustrarse cuando, al desembarcar en el Continente, se encontró con que tales manjares no florecían bajo el sistema de la table d'hôte. En París se había comprado una bolsa de maíz molido en un esta­blecimiento llamado Agencia Americana, donde también era posible conseguir la prensa ilustrada de Nueva York, y había cargado con ella a todas partes, dando muestras de una sere­nidad y una fortaleza extremas al hallarse en la tesitura, un tanto difícil, de hacer que le preparasen y sirviesen su maíz molido a horas anómalas en los hoteles que iba visitando. Una vez, por motivos de negocios, Newman había pasado una mañana en el lugar natal del señor Babcock, y, por razones demasiado recónditas para ser desveladas, aquella visita reves­tía siempre en su imaginación un tono jocoso. Por hacer un chiste, que, qué duda cabe, resulta insulso si no se explica, a menudo solía dirigirse a su compañero como «Dorchester». Entre compañeros de viaje en seguida surge la intimidad, pero es muy improbable que aquellos caracteres tan suma­mente dispares hubiesen descubierto en casa ningún punto cómodo de encuentro. De hecho, eran todo lo diferentes que cabe ser. Newman, que jamás reflexionaba sobre esas cuestio­nes, aceptaba la situación con gran ecuanimidad, pero, en cambio. Babcock la solía ponderar en privado; en efecto, por la noche solía retirarse temprano a su alcoba con el expreso propósito de analizarla a conciencia y con imparcialidad. No estaba seguro de que para él fuese bueno asociarse con nues­tro héroe, cuyo modo de tomarse la vida tanto distaba del suyo. Newman era un tipo excelente y generoso; a veces el señor Babcock se decía a sí mismo que era un tipo noble, y, sin duda, era imposible no apreciarle. Pero ¿no sería deseable intentar ejercer alguna influencia sobre él, estimular su vida moral, agudizar su sentido del deber? Todo le gustaba, todo lo aceptaba, en todo hallaba solaz; no hacía discriminaciones, no era el suyo un espíritu distinguido. El joven de Dorchester acusaba a Newman de un defecto que consideraba muy grave y que él hacía todo lo posible por evitar: lo que habría llama­do una carencia de «reacción moral». El pobre señor Bab­cock era muy aficionado a la pintura y a las iglesias, y llevaba las obras de la señora Jameson* en su baúl; se recreaba en el análisis estético, y de todo lo que veía sacaba curiosas impre­siones. Pero, a pesar de todo, en lo más profundo de su cora­zón detestaba Europa, y sentía la irritante necesidad de pro­testar contra la crasa hospitalidad intelectual de Newman. Me temo que la malaise moral del señor Babcock estaba localiza­da en un lugar más profundo que el que pueda alcanzar una definición mía. Desconfiaba del temperamento europeo, sufría con el clima europeo, odiaba la hora de cenar europea; la vida europea le parecía sin escrúpulos e impura. Y, con todo, el señor Babcock poseía un exquisito sentido de la belleza; y como la belleza a menudo se asociaba de manera inextricable con las desagradables condiciones mencionadas, y como ante todo deseaba ser justo y desapasionado y, ade­más, profesaba una devoción extrema a la «cultura», no podía llegar a la conclusión de que Europa era completamente mala. Pero pensaba que era muy mala, y su desavenencia con Newman consistía en que este desordenado epicúreo tenía una percepción lamentablemente insuficiente de lo malo. En realidad, el propio Babcock tenía tan poco conocimiento de lo malo, en cualquier parte del mundo, como un bebé de pecho; su comprensión más vívida del mal había sido el des­cubrimiento de que un condiscípulo de universidad que estu­diaba arquitectura en París sostenía una relación amorosa con una joven que no contaba con que él fuese a desposarla. Babcock le había contado este incidente a Newman y nuestro héroe le había dedicado un epíteto poco halagüeño a la joven. Al día siguiente, su compañero le preguntó si estaba completamente seguro de haber empleado la palabra exacta para caracterizar a la amante del joven arquitecto. Newman se le quedó mirando y se rió.

-Existen muchísimas palabras para expresar una idea -dijo-; ¡escoja usted mismo!

-Oh, quiero decir -dijo Babcock-, ¿no sería posible juzgarla a otra luz? ¿No cree que en realidad contaba con que él se casa­ría con ella?

-La verdad es que no lo sé. Es probable que sí; no me cabe la menor duda de que es una estupenda mujer -dijo Newman, y empezó a reírse de nuevo.

-Tampoco quería decir eso -dijo Babcock-; tan sólo temía que pareciese que ayer no me acordé... que no tuve en cuen­ta...; bueno, creo que le escribiré a Percival al respecto.

Y había escrito a Percival (que le respondió de una manera realmente procaz), y había reflexionado que, en cierto sentido, por parte de Newman era injusto y temerario asumir con ese aire de indiferencia que la joven de París pudiese ser «estupen­da». Con frecuencia, el laconismo de los juicios de Newman le escandalizaba y le dejaba turbado. Su manera de censurar a la gente sin posterior apelación posible, o de afirmar de alguien que era la mejor de las compañías a pesar de darse síntomas desagradables, parecía indigna de un hombre cuya conciencia se hubiese cultivado adecuadamente. Y aun así el pobre Bab­cock le tenía afecto y recordaba que, aunque a veces fuera des­concertante y doloroso, no era éste un motivo para renunciar a él. Goethe recomendaba la observación de la naturaleza huma­na en sus formas más variadas, y el señor Babcock consideraba que Goethe era absolutamente espléndido. A menudo intenta­ba, en conversaciones de más o menos media hora, infundirle a Newman algo de su propio almidón espiritual, pero la textu­ra personal de Newman era demasiado suelta para dejarse entu­mecer. Tan incapaz era su entendimiento de retener principios como un cedazo de retener el agua. Sentía una gran admira­ción por los principios, y consideraba a Babcock un tipejo sen­sacional por tener tantos. Aceptaba todos los que su excitable compañero le ofrecía y los almacenaba en lo que se le antojaba un lugar muy seguro; pero después el pobre Babcock nunca reconocía sus regalos entre los artículos de uso diario de New­man.

Viajaron juntos por Alemania y entraron en Suiza, donde durante tres o cuatro semanas estuvieron caminando fatigosa­mente por desfiladeros y holgando en lagos azules. Al fin cru­zaron el Simplon y se dirigieron a Venecia. El señor Babcock se había puesto taciturno e incluso algo irritable; parecía mohíno, ausente, preocupado; embrollaba sus planes, y tan pronto ha­blaba de hacer una cosa como al siguiente momento de hacer otra. Newman hacía su vida habitual, conocía a gente nueva, estaba a sus anchas en las galerías y en las iglesias, invertía un tiempo desorbitado en pasearse por la Piazza de San Marcos, compraba muchísimos cuadros malos y durante dos semanas disfrutó de Venecia a lo grande. Una noche, de regreso a su posada, vio a Babcock esperándole en el pequeño jardín conti­guo. El joven salió a su encuentro con un aspecto muy lúgubre, le tendió la mano y dijo con tono solemne que se temía que debían separarse. Newman manifestó su sorpresa y su pesar, y quiso saber por qué se había hecho necesario separarse.

-No tenga miedo de que me haya hartado de usted -dijo Newman.

-¿No está harto de mí? -preguntó Babcock, mirándole fija­mente con sus claros ojos grises.

-¿Por qué diantre iba a estarlo? Es usted un tipo muy animo­so. Además, yo no me harto de las cosas.

-No nos entendemos -dijo el joven pastor.

-¿Que yo no le entiendo? -exclamó Newman-. Vaya, tenía la esperanza de que sí. Pero si no es así, ¿qué más da, qué tiene eso de malo?

-Yo no le entiendo a usted -dijo Babcock. Y se sentó y apoyó la cabeza en la mano, alzando la vista hacia su inconmensura­ble amigo.

¡Santo cielo, a mí no me importa! -exclamó Newman entre risas.

-Pero para mí es muy angustioso. Me produce un estado de inquietud. Me irrita; no puedo decidir nada. No creo que sea bueno para mí.

-Se preocupa usted demasiado; eso es lo que le pasa -dijo Newman.

-Por supuesto, así lo ve usted. Piensa que me tomo las cosas demasiado en serio, y yo pienso que usted se las toma demasia­do a la ligera. Nunca podremos estar de acuerdo.

-Pero hasta ahora hemos estado completamente de acuerdo.

-No, yo no he estado de acuerdo -dijo Babcock meneando la cabeza-. Estoy muy incómodo. Tendría que haberme separa­do de usted hace un mes.

-¡Horror de horrores! ¡Me avendré a lo que sea! -exclamó Newman.

El señor Babcock ocultó la cabeza entre ambas manos. Al fin, alzando la vista, dijo:

-No creo que aprecie usted mi situación. Y además va usted demasiado aprisa. Para mí, es usted demasiado apasionado, de­masiado extravagante. Siento como si tuviese que recorrerme de nuevo, yo solo, todas estas tierras que hemos atravesado jun­tos. Me temo que he cometido muchos errores.

-Ah, no tiene usted por qué dar tantas explicaciones -dijo Newman-. Sencillamente, está harto de mi compañía. Está us­ted en todo su derecho.

-¡No, no, no estoy harto! -exclamó, molesto, el joven sacer­dote-. Hartarse está muy mal.

-¡Me doy por vencido! -se rió Newman-. Pero es evidente que de nada servirá seguir cometiendo errores. Siga su camino, a toda costa. Aunque le echaré de menos, ya ha visto que hago amistades con mucha facilidad. Usted se sentirá solo, pero escrí­bame unas líneas cuando le apetezca y le esperaré donde usted me diga.

-Creo que regresaré a Milán. Me temo que no le hice justicia a Luini.

-¡Pobre Luini! -dijo Newman.

-Quiero decir que me temo que le sobreestimé. No creo que sea un pintor de primera fila.

-¿Luini? -exclamó Newman-; ¡vaya, pero si es encantador! Hay algo en su genio que es como una mujer hermosa. Produ­ce la misma sensación.

El señor Babcock frunció el ceño y dio un respingo. Hay que añadir que, para Newman, éste había sido un arrebato desacos­tumbradamente metafísico; pero es que en su paso por Milán le había cobrado una gran simpatía al pintor.

-¡Ya está usted con las mismas de siempre! -dijo el señor Bab­cock-. Sí, será mejor que nos separemos.

Y a la mañana siguiente volvió sobre sus pasos y se dirigió a atenuar sus impresiones sobre el gran artista de la Lombar­día.

Unos cuantos días después, Newman recibió una nota de su antiguo compañero que decía lo siguiente:

 

Mi querido señor Newman:

Me temo que mi conducta en Venecia, hace una semana, le pareció extraña y desagradecida, y quisiera explicarle mi postu­ra, que, como dije en su momento, creo que usted no aprecia.

Llevaba mucho tiempo pensando en proponerle que nos sepa­rásemos, y en realidad este paso no fine tan abrupto como pare­ció. En primer lugar, sabe usted, estoy recorriendo Europa financiado por mi feligresía, que amablemente me ofreció unas vacaciones y la oportunidad de enriquecer mi espíritu con los tesoros de la naturaleza y el arte del Viejo Mundo. Me siento, por tanto, como si tuviese que sacar el máximo provecho de mi tiem­po. Tengo un elevado sentido de la responsabilidad. A usted parece que sólo le preocupa el placer del momento, y se vuelca en él con un ardor que, debo confesar, no soy capaz de emular. Siento que debo llegar a una conclusión y cristalizar mis opinio­nes sobre ciertos puntos. El Arte y la Vida se me antojan cosas profundamente serias, y durante nuestros viajes por Europa deberíamos recordar en especial la inmensa seriedad del Arte. Usted parece considerar que si una cosa le divierte en el momento, no necesita pedirle más; y su tendencia al mero esparcimiento también es muy superior a la mía. Además, incor­pora usted a su placer una especie de confianza temeraria que a veces, lo confieso, me ha parecido -¿debo decirlo?- casi cínica. Su rumbo, en cualquier caso, no es el mío, y seria una impru­dencia que siguiésemos intentando ir al alimón. No obstante, permítame añadir que sé que cabe decir muchas cosas a favor de su rumbo; he sentido inmensamente, en compañía de usted, su atractivo. Pero, justo por eso, debería haberle abandonado hace mucho. Sin embargo, ¡estaba tan confuso! Espero no haber obrado mal. Me siento como si tuviese que recuperar mucho tiempo perdido. Le ruego se tome todo esto como se lo digo, que, bien lo sabe el cielo, no es de mala fe. Le profeso una gran estima personal, y espero que algún día, cuando haya recupera­do mi equilibrio, volvamos a encontrarnos. Espero que siga usted disfrutando de sus viajes; tan sólo recuerde que la Vida y el Arte son dos cosas extremadamente serias. Considéreme usted su amigo más sincero y bienqueriente,

 

BENJAMIN BABCOCK

P.D. - Luini me deja muy perplejo.

 

Esta carta sumió el ánimo de Newman en una singular mezcla de regocijo y asombro. En un primer momento pensó que la delicada conciencia del señor Babcock era una inmensa farsa, y le pareció que su regreso a Milán, que no hacía sino embro­llarle más, era la justa recompensa, exquisita y ridícula, a su pedantería. Después reflexionó que se trataba de un enorme misterio; que quizá fuese él esa cosa funesta y apenas mencio­nable, un cínico, y que su modo de juzgar los tesoros del arte y los privilegios de la vida quizá fuera ruin e inmoral. Newman sentía un gran desprecio por la inmoralidad, y aquella noche, mientras se hallaba sentado contemplando el resplandor de las estrellas sobre el cálido Adriático, se sintió durante más de me­dia hora reprendido y deprimido. No sabía cómo responder a la carta de Babcock. Su buen carácter le impedía ofenderse por las pomposas admoniciones del joven pastor, y su sentido del humor sólido y tenaz le prohibía tomárselas demasiado en serio. No le escribió ninguna respuesta, pero uno o dos días des­pués encontró en una tienda de objetos curiosos una grotesca estatuilla de marfil del siglo xvi que le envió a Babcock sin comentarios. Representaba a un enjuto monje de aspecto ascé­tico, vestido con un hábito y un capuchón andrajosos, arrodi­llado, con las manos entrelazadas y cara de mal agüero. Era una talla extraordinariamente delicada, y en seguida, a través de uno de los desgarrones del hábito, se columbraba un gordo capón que colgaba de la cintura del monje. ¿Cuál era la inten­ción de Newman respecto a lo que simbolizaba la figurilla? ¿Sig­nificaba que iba a intentar ser tan «distinguido» como a prime­ra vista parecía el monje, pero que temía lograrlo con tan poca fortuna como, bajo un examen más atento, había demostrado tener el fraile? No cabe suponer que su intención fuese hacer una sátira del propio ascetismo de Babcock, ya que habría sido un golpe verdaderamente cínico. En todo caso, le hizo a su anti­guo compañero un regalito muy valioso.

Al salir de Venecia, Newman cruzó el Tirol rumbo a Viena, y después regresó por el oeste a través del sur de Alemania. El otoño le sorprendió en Baden-Baden, donde pasó varias sema­nas. El lugar era encantador y no tenía ninguna prisa por mar­charse; además estaba mirando a su alrededor y decidiendo qué hacer durante el invierno. Su verano había sido muy com­pleto, y sentado bajo los grandes árboles junto al río en minia­tura que se escurre por los lechos florales de Baden estuvo rumiándolo con detenimiento. Había visto y hecho muchas cosas, había disfrutado y observado un montón; se sentía más viejo y aun así también se sentía más joven. Se acordó del señor Babcock y de su deseo de llegar a conclusiones, y tam­bién recordó que se había beneficiado muy poco de la exhor­tación de su amigo a que cultivase ese respetable hábito. ¿Acaso él no podía hacer acopio de unas cuantas conclusio­nes? Baden-Baden era el lugar más bonito que había visto hasta entonces, y la música de orquesta al anochecer, bajo las estrellas, era sin duda una gran institución. ¡Ésta era una de sus conclusiones! Pero de ahí pasó a reflexionar que había obrado muy sabiamente levantando el campamento y saliendo al extranjero; esto de ver mundo era muy interesante. Había aprendido una barbaridad; no sabía decir exactamente qué, pero ahí estaba, bajo la cinta de su sombrero. Había hecho lo que quería; había visto las cosas importantes y le había dado a su espíritu la oportunidad de «cultivarse», al menos. Creía ale­gremente que lo había cultivado. Sí, esto de ver mundo era muy agradable, y de buena gana seguiría haciéndolo un poco más. A sus treinta y seis años aún tenía ante sí un buen trecho de vida, y no tenía por qué empezar a contar las horas. ¿Adón­de debía ir ahora a empaparse de mundo? Ya he dicho que recordaba los ojos de la dama que se había encontrado en la sala de estar de la señora Tristram; habían transcurrido cuatro meses y aún no los había olvidado. Desde entonces había mira­do -se lo había propuesto- muchísimos ojos más, pero en los únicos que pensaba ahora era en los de madame de Cintré. Si quería ver más del mundo, ¿lo descubriría en los ojos de mada­me de Cintré? Sin duda, ahí encontraría algo, llámese este mundo o el siguiente. Durante estas caóticas cavilaciones a veces pensaba en su vida anterior y en la larga serie de años (¡había empezado tan pronto!) en los que nada había ocupa do su cabeza salvo la «iniciativa». Quedaban ahora muy leja­nos, porque su actitud actual iba más allá de unas vacaciones: era casi una ruptura. Le había dicho a Tristram que el péndu­lo volvía a regresar, y daba la impresión de que el vaivén de vuelta aún no había terminado. Aun así la «iniciativa», que estaba allí en el otro rincón del globo, revestía ante su pensa­miento distintos aspectos según el momento. En su estela, mil episodios olvidados volvieron a desfilar ante su memoria. Algu­nos los miraba de frente con bastante complacencia; ante otros apartaba la vista. Eran viejos esfuerzos, viejas proezas, añejos ejemplos de «astucia» y clarividencia. De algunos, al contemplarlos, se sentía indudablemente orgulloso; se admi­raba a sí mismo como si hubiese estado contemplando a otro hombre. De hecho, muchas de las cualidades que definen una gran hazaña estaban ahí: la decisión, la resolución, el valor, la celeridad, la claridad de miras y la mano firme. De otros éxi­tos sería ir demasiado lejos decir que se sentía avergonzado de ellos, puesto que Newman nunca había tenido las tragaderas para hacer trabajo sucio. Estaba bendecido con el impulso natural a desfigurar, de un golpe directo y libre de argumen­taciones, la atractiva faz de la tentación. Y, ciertamente, en nin­gún hombre habría sido menos excusable la falta de integri­dad. Newman sabía distinguir de un solo vistazo entre lo torcido y lo recto, y lo primero le había costado, sobre todo, muchísimos momentos de intensa aversión. No obstante, pare­cía que algunos recuerdos exhibían ahora un semblante bas­tante desairado y sórdido, y se le ocurrió que, si bien nunca había hecho nada feísimo, por otro lado tampoco había hecho nada especialmente hermoso. Había dedicado sus años al infa­tigable esfuerzo de añadir miles a más miles, y ahora que esta­ba bien lejos de todo aquello la tarea de obtener dinero se le antojaba extremadamente árida y estéril. Está muy bien sentir desprecio por ganar dinero cuando uno ya se ha llenado los bolsillos, y Newman, todo hay que decirlo, debería haber empezado un poco antes a moralizar con tanta finura. Cabe responder a esto que, de haberlo querido, podría haber ama­sado otra fortuna más; y debemos añadir que no es que estu­viese precisamente moralizando. Sencillamente, le había veni­do a la cabeza que lo que había estado contemplando todo el verano era un mundo rico y hermoso, y que no todo él era obra de astutos ferroviarios y corredores de Bolsa.

Durante su estancia en Baden-Baden recibió una carta de la señora Tristram, en la que le reñía por las parcas noticias que había comunicado a sus amigos de la Avenue d'Íéna y le roga­ba que confirmase que no había tramado ningún horrible plan para invernar en regiones remotas sino que iba a regresar con cordura y prontitud a la ciudad más cómoda del mundo. La res­puesta de Newman rezaba así:

 

Supongo que usted sabía que soy un lamentable escritor de car­tas y no esperaba nada de mí. No creo que haya escrito ni vein­te cartas de pura amistad en toda mi vida; en América mantenía mi correspondencia exclusivamente por telegrama. Ésta es una carta de amistad pura; se ha hecho usted con una curiosidad, y confío en que sabrá apreciar su valor. Quiere saber todo lo que me ha ocurrido en estos tres meses. La mejor manera de con­társelo sería, creo, enviarle mi media docena de guías, con mis comentarios a lápiz en los márgenes. Cada vez que se tope con una raya, una cruz, un «¡Precioso!», un «¡Así es!» o un «¡Se queda corto!», podrá usted saber que he tenido una sensación de algún tipo. Ésa viene a ser mi historia desde que la dejé. Bél­gica, Holanda, Suiza, Alemania, Italia... he pasado por toda la lista, y no creo que me haya hecho ningún mal. No pensaba que un hombre pudiese saber tanto como sé yo de madonnas y cam­panarios de iglesia. He visto cosas muy bonitas, y quizá este invierno hablé de ellas junto al fuego de su hogar. No crea que me opongo por completo a París. He tenido todo tipo de planes e inspiraciones, pero su carta ha dado al traste con la mayoría. L appétit vient en mangeant, dice el proverbio francés, y me doy cuenta de que, cuanto más veo del mundo, más quiero ver. Ahora que me he enganchado al carro, ¿por qué no habría de trotar hasta el final de la pista? A veces pienso en el Extremo Oriente, y no paro de recitar los nombres de las ciudades orien­tales: Damasco y Bagdad, Medina y La Meca. El mes pasado estu­ve una semana en compañía de un misionero que había regre­sado de esos lugares, y me dijo que tendría que darme vergüenza estar haraganeando por Europa con las cosas tan magníficas que pueden verse allá. Es cierto que quiero dedicar­me a explorar, pero creo que preferiría hacerlo allí, en la Rue de l'Université. ¿Tiene usted noticias de aquella linda dama? Si con­sigue que prometa estar en casa la próxima vez que le haga una visita, regresaré a París inmediatamente. Tengo, más que nunca, esa disposición de la que le hablé aquella tarde; quiero una espo­sa de primera. He vigilado a todas las muchachas bonitas con las que me he cruzado este verano, pero ninguna estaba a la altura de mi ideal, ni siquiera cerca. Habría disfrutado de todo esto mil veces más de haber estado conmigo la dama que le acabo de mencionar. Lo más parecido a ella fue un pastor unitarista de Boston, que en seguida exigió que nos separásemos por incom­patibilidad de caracteres. Me dijo que yo tenía inclinaciones vul­gares, que era un inmoral y un fanático del «arte por el arte»... sea lo que sea eso; todo lo cual me afligió mucho, pues se trata­ba de un tipo realmente entrañable. Pero poco después conocí a un inglés con quien entablé una relación que en un principio parecía muy prometedora: un hombre muy brillante que escri­be en la prensa londinense y conoce París casi tan bien como Tristram. Anduvimos juntos de un lado a otro durante una sema­na, pero pronto renunció a mí con hastío. Yo era, con mucho, demasiado virtuoso; era un moralista demasiado rígido. Me dijo, en tono amistoso, que mi maldición era tener conciencia; que juzgaba las cosas como un metodista y hablaba de ellas como una anciana. Me quedé muy desconcertado. ¿A cuál de mis dos críticos había de creer? No me preocupé, y muy pronto decidí que ambos eran idiotas. Pero hay una cosa sobre la que nadie tendrá nunca la impudicia de alegar que estoy equivocado; a saber, que soy su fiel amigo,

C. N.

 

CAPÍTULO VI

 

Newman renunció a Damasco y a Bagdad y regresó a París cuando el otoño aún no había llegado a su fin. Se instaló en unas habitaciones que Tom Tristram había escogido para él, según el juicio que este último se había formado de lo que lla­maba su posición social. Cuando Newman se enteró de que su posición social era algo a tener en cuenta, se confesó absoluta­mente incompetente y le rogó a Tom Tristram que le relevase de la preocupación.

-No sabía que tuviese una posición social -dijo-, y si es así no tengo ni la menor idea de lo que es. ¿No consiste en conocer a dos o tres mil personas e invitarlas a cenar? Yo le conozco a us­ted, a su esposa y al viejo señor Nioche, que me dio clases de francés la primavera pasada. ¿Puedo invitarlos a cenar para que se conozcan? Si es así, habrán de venir mañana.

-No me está usted muy agradecido que digamos -dijo la señora Tristram-; el año pasado le presenté a todas las criaturas vivientes que conozco.

-En efecto, lo hizo; se me había olvidado. Pero pensaba que quería que lo olvidase -dijo Newman con aquel tono de simple ponderación que a menudo caracterizaba sus expresiones, y que un observador no habría sabido si calificar de cierta afec­tación de ignorancia misteriosamente socarrona o de una mo­desta aspiración al conocimiento-; me dijo usted que todos ellos le' desagradaban.

Ah, al menos su manera de acordarse de lo que digo es muy halagadora. Pero en el futuro -añadió la señora Tristram- hága­me el favor de olvidarse de todo lo malo y recuerde sólo lo bueno. Le será fácil, y no le fatigará la memoria. Le aviso de que si confía en mi marido para que escoja sus habitaciones, le espe­ra algo horrendo.

-¿Horrendo, querida? -exclamó Tristram.

-Hoy no debo decir nada malvado; si no, usaría un lenguaje más ofensivo.

-¿Qué cree usted que diría si se pusiera a ello en serio, Newman? -preguntó Tristram-. Sabe expresar su descontento con soltura en dos o tres idiomas; en eso consiste ser intelectual. Me saca una absoluta ventaja, porque yo no sé blasfemar, aunque me maten, más que en inglés. Cuando me enfado tengo que acudir a nuestra vieja y querida lengua materna. Al fin y al cabo, no hay nada que se le compare.

Newman confesó que no sabía nada de mesas ni de sillas, y que en lo relativo al alojamiento aceptaría con los ojos cerrados cualquier cosa que le ofreciese Tristram. Esto respondía en buena medida a una auténtica sinceridad por parte de nuestro héroe, pero también a la caridad. Sabía que fisgonear y ver habi­taciones, hacerle abrir ventanas a la gente, dar un golpecito a los sofás con la punta de su bastón, cotillear con las caseras y pre­guntar quién vivía arriba y quién abajo era, en suma, de todos los pasatiempos el más caro al corazón de Tristram, y se sintió aún más dispuesto a ponérselo en bandeja por cuanto era cons­ciente de que, en relación con su servicial amigo, había experi­mentado cierta disminución del cariño de la antigua camarade­ría. Además, carecía de gusto para la tapicería; ni siquiera era demasiado dueño de un exquisito sentido del confort o de la utilidad. Gozaba del lujo y el esplendor, pero se satisfacía con artículos bastante vulgares. Apenas distinguía una butaca de una poltrona, y su don para estirar las piernas prescindía de faci­lidades adventicias. Su idea del confort consistía en habitar apo­sentos muy amplios, tener muchos y ser consciente de que había en ellos abundantes dispositivos mecánicos patentados, sin que se le fuera a presentar jamás la oportunidad de utilizar la mitad de ellos. Los apartamentos tenían que ser luminosos, brillantes, majestuosos; en cierta ocasión había dicho que le gus­taban las habitaciones en las que daban ganas de dejarse pues­to el sombrero. Por lo demás, se quedaba satisfecho con la garantía de cualquier persona respetable que le dijese que todo era «magnífico». En consecuencia, Tristram le consiguió un apartamento al que cabía aplicarle profusamente este epíteto. Estaba en el Boulevard Haussmann, en un primer piso, y con­sistía en una serie de habitaciones recubiertas del suelo al techo con estuco dorado de un pie de espesor, tapizadas con raso de varios tonos suaves y cuyo principal mobiliario eran espejos y relojes. A Newman le parecieron espléndidas, se lo agradeció de corazón a Tristram y tomó posesión al instante, y durante tres meses tuvo sin retirar de la sala de estar uno de sus baúles.

Un día, la señora Tristram le dijo que su hermosa amiga madame de Cintré había regresado del campo; que se habían encontrado tres días antes al salir de la iglesia de Saint Sulpice. La señora Tristram se había desplazado hasta aquel lejano barrio en busca de una encajera poco conocida, de cuya des­treza había oído grandes alabanzas.

-Y ¿cómo estaban esos ojos? -preguntó Newman.

-¡Esos ojos estaban enrojecidos de tanto llorar, ya que me lo pregunta! -dijo la señora Tristram-. Se acababa de confesar.

-No cuadra con la descripción que hizo usted de ella -dijo

Newman- el que tenga pecados que confesar.

-No eran pecados; eran penas.

-¿Cómo lo sabe?

-Me pidió que fuese a verla; he ido esta mañana.

-¿Y de qué sufre?

-No se lo pregunté. Con ella, por alguna razón, una es muy discreta. Pero no me fue difícil adivinarlo. Sufre a causa de su vieja y malvada madre y de ese Gran Turco que es su hermano. La persiguen. Pero casi puedo perdonarlos, porque, como le dije, ella es una santa, y lo único que necesita para sacar a la luz su santidad y ser perfecta es una persecución.

-Es una teoría muy consoladora para ella. Espero que nunca se la comunique usted a sus parientes. ¿Por qué permite que la intimiden? ¿Acaso no es dueña de sí misma?

-Legalmente, sí, supongo; pero moralmente, no. En Francia nunca debes decirle «No» a tu madre, te exija lo que te exija. Puede ser la vieja más abominable del mundo y hacerte la vida un purgatorio, pero al fin y al cabo es ma mère y no tienes ningún dere­cho a juzgarla. Debes, simplemente, obedecerla. Esto tiene un lado bueno. Madame de Cintré agacha la cabeza y pliega las alas.

-¿No puede hacer, al menos, que su hermano la deje en paz?

-Su hermano es el chef de la famille, como dicen aquí; es la cabeza del clan. Para esa gente, la familia lo es todo; no debes obrar por tu propio placer, sino en beneficio de la familia.

-¡Me pregunto qué es lo que mi familia querría que yo hicie­se! -exclamó Tristram.

-¡Ojalá la tuvieses! -dijo su esposa.

-Pero ¿qué quieren sacar de esta pobre dama? -preguntó Newman.

-Otro matrimonio. No son ricos, y quieren meter más dine­ro en la familia.

-¡Ahí tiene su oportunidad, amigo mío! -dijo Tristram.

Y madame de Cintré se opone -continuó Newman.

-Ya fue vendida una vez; como es natural, se opone a que la vendan de nuevo. Parece ser que la primera vez hicieron un mal negocio; monsieur de Cintré dejó una propiedad mezquina.

-Y ¿con quién quieren casarla ahora?

-Me pareció mejor no preguntar, pero puede estar seguro de que con algún horroroso y viejo nabab o con algún duquecillo disoluto.

-¡Ahí tiene usted a la señora Tristram en todo su esplendor! -exclamó su marido-. Observe la riqueza de su imaginación. No ha hecho ni una sola pregunta (es vulgar preguntar) y aun así lo sabe todo. Se sabe al dedillo la historia del matrimonio de madame de Cintré. Ha visto a la adorable Claire de rodillas, con los cabellos sueltos y los ojos anegados, y a los otros en guardia con estacas, aguijadas y hierros candentes, listos para abatirse sobre ella si rechaza al borrachín del duque. La triste verdad es que le han montado un número por la factura de su sombrere­ra o se han negado a darle un palco en la ópera.

Newman desplazó la mirada desde Tristram a su esposa, con cierta desconfianza en ambas direcciones.

-¿En serio quiere decir -le preguntó a la señora Tristram- que a su amiga la están forzando a contraer un matrimonio desdichado?

-Me parece sumamente probable. Esa gente es muy capaz de algo semejante.

-Es como algo que ocurriese en una obra de teatro -dijo Newman-; esa casa vieja y oscura tiene todo el aspecto de que en ella se han hecho cosas terribles, y de que podrían volver a hacerse de nuevo.

-Tienen una casa vieja aún más oscura en el campo, me ha dicho madame de Cintré, y ahí, durante el verano, es donde probablemente se haya tramado esta confabulación.

-¡Repare en eso: donde probablemente se haya tramado! -dijo Tristram.

-Al fin y al cabo -sugirió Newman tras un silencio-, quizá sea otro el motivo de sus penas.

-Si es por otra cosa, entonces es por algo peor -dijo la seño­ra Tristram con elocuente decisión.

Newman permaneció un rato en silencio. Parecía sumido en reflexiones.

-¿Es posible -preguntó al fin- que aquí hagan ese tipo de cosas? ¿Que obliguen a mujeres indefensas a casarse con hom­bres a los que odian?

-Por todo el mundo hay mujeres indefensas que lo pasan mal dijo la señora Tristram-. Hay mucha intimidación en todas partes.

-Hay mucho de eso en Nueva York -dijo Tristram-. A las jó­venes se las intimida, se las convence o se las soborna (o las tres cosas juntas) para que se casen con tipejos desagradables. Eso ocurre sin tregua en la Quinta Avenida, además de otras cosas dañinas. ¡Los misterios de la Quinta Avenida! Alguien debería sacarlos a la luz.

-¡No me lo creo! -dijo Newman, muy serio-. No me creo que en América se someta jamás a las jóvenes a coacciones. No creo que haya habido ni una docena de casos desde los orígenes del país.

-¡Escuchen la voz del águila aliabierta!* -exclamó Tristram.

-El águila aliabierta debería usar las alas -dijo la señora Tris­tram-. ¡Vuele al rescate de madame de Cintré!

-¿Al rescate?

-Abaláncese, engánchela con sus garras y llévesela. Sea usted quien se case con ella.

Por unos instantes, Newman no respondió; pero al rato dijo:

-Supongo que estará ya harta de oír hablar de matrimonio. La manera más afectuosa de tratarla sería admirarla y a la vez no mencionarlo siquiera. Ese tipo de cosas es infame -añadió-; me pone furioso oír hablar de ello.

Sin embargo, posteriormente oyó hablar de ello más de una vez. La señora Tristram volvió a ver a madame de Cintré, y de nuevo la encontró con un aspecto muy triste. Pero en estas oca­siones no había habido lágrimas; sus bellos ojos estaban claros y serenos. «Está desalentada, tranquila y desesperanzada», de­claró, añadiendo que cuando le había mencionado que su ami­go el señor Newman había vuelto a París y seguía fiel a su deseo de conocer a madame de Cintré, la adorable mujer había sabi­do encontrar una sonrisa entre su desesperación y había mani­festado que sentía haberse perdido su visita en primavera y que esperaba que Newman no hubiera perdido arrojo.

-Le conté algo de usted -dijo la señora Tristram.

-Es un consuelo -dijo plácidamente Newman-. Me gusta que la gente sepa cosas de mí.

Al cabo de varios días, una sombría tarde de otoño, volvió a la Rue de l'Université. Había caído la noche temprana cuando pidió que le diesen acceso al tan guarnecido Hôtel de Belle­garde. Le dijeron que madame de Cintré se hallaba en casa; cruzó el patio, entró por la puerta del fondo y fue dirigido a tra­vés de un vestíbulo amplio, oscuro y frío a una ancha escalera de piedra con una vetusta balaustrada de hierro, hasta que llegó a un apartamento del segundo piso. Una vez anunciado y cuan­do le hubieron hecho pasar, se encontró en una especie de gabinete artesonado, en uno de cuyos extremos había una dama y un caballero sentados frente al fuego. El caballero esta­ba fumando un cigarro; no había luz en la habitación, salvo la de un par de velas y el destello del hogar. Ambas personas se pusieron en pie para dar la bienvenida a Newman, que, a la luz del fuego, reconoció a madame de Cintré. Ella le tendió la mano con una sonrisa que parecía por sí sola una luz, y, seña­lando a su compañero, dijo suavemente: «Mi hermano». El caballero le dedicó a Newman un saludo franco y amistoso, y nuestro héroe se dio cuenta de que era el joven que le había hablado en el patio de la mansión en su anterior visita y que le había parecido un buen tipo.

-La señora Tristram me ha hablado mucho de usted -dijo con dulzura madame de Cintré mientras volvía a ocupar su sitio.

Una vez sentado, Newman empezó a pensar en cuál, sincera­mente, era su misión. Tenía una sensación insólita e inesperada de haber llegado deambulando hasta un extraño rincón del mundo. No era dado, en general, a anticipar peligros o pro­nosticar desastres, y en esta ocasión concreta no había tenido estremecimientos sociales. No era tímido y no era impúdico.

Sentía demasiado aprecio por sí mismo para lo uno, y demasia­da afabilidad hacia el resto del mundo para lo otro. Pero a veces su perspicacia natal ponía su carácter relajado a su merced; a pesar de su disposición a tomarse las cosas con sencillez, se veía obligado a percibir que algunas cosas no eran tan sencillas como otras. Se sentía como se siente uno cuando, durante un ascenso, no encuentra un escalón allí donde esperaba. Esta mujer extraña y bonita, de charla con su hermano frente al fuego del hogar, en las grises profundidades de su inhóspita casa... ¿qué le podía decir él? Parecía arropada por una especie de intimidad fantástica; ¿con qué motivos había descorrido él la cortina? Por un instante se sintió como si se hubiese zambulli­do en un medio tan profundo como el océano y tuviese que hacer un esfuerzo para no seguir hundiéndose. Mientras, mira­ba a madame de Cintré, que se estaba colocando en su silla y recogiéndose el largo vestido mientras volvía su rostro hacia él. Sus ojos se encontraron; al momento ella retiró la vista y le hizo una seña a su hermano para que añadiera un tronco al fuego. Pero ese momento, y la mirada que lo había recorrido, habían bastado para aliviar a Newman del primer y último arrebato de turbación que habría de conocer en toda su vida. Ejecutó aquel movimiento tan habitual en él, y que siempre era una especie de símbolo de que se apoderaba mentalmente de una escena: extendió las piernas. La impresión que le causó madame de Cintré en su primer encuentro volvió al instante; había sido más profunda de lo que pensó. Era una mujer agradable, era inte­resante; Newman había abierto un libro y las primeras líneas habían atrapado su atención.

Madame de Cintré le hizo varias preguntas: cuánto hacía que había visto a la señora Tristram, cuánto tiempo llevaba en París, cuánto tiempo esperaba quedarse, qué le parecía. Hablaba inglés sin acento, o más bien con aquel acento claramente bri­tánico que, a su llegada a Europa, a Newman se le había anto­jado un idioma por completo extranjero pero que, en las muje­res, había llegado a apreciar en grado sumo. Aquí y allá, la pronunciación de madame de Cintré tenía un vago tono de extrañeza, pero al cabo de diez minutos Newman se descubrió a sí mismo a la espera de estos suaves baches. Los disfrutaba y le maravillaba ver cómo esa cosa tan tosca, el error, se llevaba hasta un punto tan exquisito.

-Tiene usted un país precioso -siguió diciendo madame de Cintré.

-¡Ah, es magnífico! -dijo Newman-. Debería usted verlo.

-No lo veré nunca -dijo madame de Cintré con una sonrisa.

-¿Por qué no? -preguntó Newman.

-No viajo; sobre todo, tan lejos.

-Pero a veces se marcha; no está siempre aquí, ¿no?

-Me voy en verano, cerca de aquí, al campo.

Newman le quería preguntar algo más, algo personal, apenas sabía qué.

-¿No le resulta esto un poco... un poco silencioso? -dijo-; tan lejos de la calle...

Bastante «sombrío», iba a decir, pero pensó que sería des­cortés.

-Sí, es muy silencioso -dijo madame de Cintré-; pero eso nos gusta.

-Ah, les gusta -repitió lentamente Newman.

-Además, he vivido aquí toda mi vida.

-Ha vivido aquí toda su vida -dijo Newman, de la misma manera.

-Nací aquí, y antes que yo nació mi padre, y mi abuelo, y mis bisabuelos. ¿A que sí, Valentin? -y se dirigió a su hermano.

-¡Sí, nacer aquí es una costumbre familiar! -dijo el joven entre risas y levantándose para arrojar el resto del cigarro al fuego. Se quedó apoyado contra la repisa de la chimenea. Un buen observador se habría dado cuenta de que deseaba tener una mejor perspectiva de Newman, a quien escudriñaba con disimulo mientras se acariciaba el bigote.

-Su casa, entonces, es tremendamente antigua dijo Newman.

-¿Cuántos años tiene, hermano? -preguntó madame de Cintré.

El joven cogió las dos velas de la repisa, alzó una con cada mano y elevó la mirada hacia la cornisa de la habitación, por encima de la chimenea. Este último elemento del aparta­mento era de mármol blanco y del consabido estilo rococó del siglo pasado; pero encima había un artesonado de una fecha anterior, primorosamente tallado, pintado de blanco e iluminado en oro aquí y allá. El blanco se había vuelto ama­rillo, y el dorado estaba deslucido. En la parte superior, las figuras se alineaban formando una especie de escudo en el que estaba grabado un blasón de armas. Encima, en relieve, había una fecha: 1627.

Ahí lo tiene -dijo el joven-. Que sea viejo o nuevo depen­derá de su punto de vista.

-Bueno -dijo Newman-, aquí el punto de vista de uno va cambiando considerablemente -echó hacia atrás la cabeza y recorrió la habitación con la mirada-. Su casa tiene un estilo muy curioso de arquitectura.

-¿Le interesa la arquitectura? -preguntó el joven, apostado en la chimenea.

-Bueno, este verano me tomé la molestia de examinar (según mis cálculos) unas cuatrocientas setenta iglesias. ¿Le llama usted «interés» a eso?

-Quizá le interese la teología -dijo el joven.

-No especialmente. ¿Es usted católica, madame? -y se volvió hacia madame de Cintré.

-Sí, señor -dijo ella solemnemente.

A Newman le sorprendió la gravedad de su tono; echó la cabeza hacia atrás y volvió a mirar la habitación.

-¿Nunca se había fijado usted en esa cifra de allá arriba? -preguntó al fin.

Ella vaciló un instante, y dijo después:

-Hace años, sí.

Su hermano había estado observando los movimientos de Newman.

-Quizá quiera usted ver la casa -dijo.

Newman bajó los ojos despacio y le miró, con la vaga impre­sión de que el joven de la chimenea tenía tendencia a la ironía. Era un tipo apuesto; cruzaba su rostro una sonrisa, su bigote tenía las puntas rizadas y había en su mirada un pequeño des­tello danzarín.

«¡Maldito sea su descaro francés! -estuvo a punto de decirse a sí mismo Newman-. ¿Por qué diablos se sourie?»

Lanzó una mirada a madame de Cintré; estaba sentada, mi­rando al suelo. Alzó los ojos, se encontraron con los de New­man y miró a su hermano. Newman se volvió de nuevo hacia el joven y observó que guardaba un sorprendente parecido con su hermana. Esto obraba en su favor, añadido a que la primera impresión que tuvo nuestro héroe del conde Valentin había sido agradable. Su desconfianza se disipó, y dijo que se alegra­ría mucho de ver la casa.

El joven soltó una abierta risotada y apoyó la mano sobre uno de los candelabros.

-¡Bien, bien, bien! -exclamó-. Vamos, pues.

Pero madame de Cintré se levantó rápidamente y le agarró por el brazo.

-¡Ay, Valentin! dijo-. ¿Qué pretendes hacer?

-Enseñarle la casa al señor Newman. Será muy divertido.

Ella retuvo la mano sobre su brazo y se dirigió a Newman con una sonrisa.

-No le permita que le lleve -dijo-; no le va a resultar diverti­do. Es una casa vieja y rancia como cualquier otra.

-Está llena de cosas curiosas -dijo el conde, resistiéndose-. Además, quiero hacerlo; es una ocasión única.

-Eres malo, hermano mío -respondió madame de Cintré.

-¡El que nada arriesga, nada gana! -exclamó el joven-. ¿Vie­ne usted?

Madame de Cintré dio un paso hacia Newman, entrelazando pausadamente las manos y sonriendo con suavidad.

-¿No preferiría usted mi compañía, aquí, junto al fuego, a ir trompicando por esos oscuros pasillos detrás de mi hermano?

-¡Cien veces! -dijo Newman-. Ya veremos la casa otro día.

El joven bajó el candelabro con una solemnidad burlona y dijo, sacudiendo la cabeza:

-¡Ah, ha desbaratado usted un gran plan, caballero!

-¿Un plan? No entiendo -dijo Newman.

-Entonces, tanto mejor habría desempeñado usted su papel. Quizá otro día tenga ocasión de explicárselo.

-Calla, y avisa para que traigan el té -dijo madame de Cintré. El joven obedeció, y al poco rato un criado trajo el té, colocó la bandeja en una mesita y se marchó. Desde su sitio, madame de Cintré se ocupaba de prepararlo. Acababa de empezar cuan­do la puerta se abrió de par en par y una dama entró precipita­damente con un sonoro frufrú. Miró fijamente a Newman, hizo un pequeño ademán a modo de saludo y dijo: «¡Monsieur!», y acto seguido se dirigió a madame de Cintré y le ofreció la fren­te para que la besara. Madame de Cintré la saludó y siguió pre­parando el té. La recién llegada era joven y bonita, pensó New­man; llevaba sombrero y capa, y una cola de dimensiones regias. Se puso a hablar en francés a toda velocidad.

-¡Ah, dame un poco de té, bonita mía, por amor de Dios! Estoy exhausta, destrozada, masacrada.

Newman se vio incapaz de seguir sus palabras; hablaba con mucha menos claridad que monsieur Nioche.

-Ésta es mi cuñada -dijo el conde Valentin, inclinándose hacia él.

-Es muy bonita -dijo Newman.

-Exquisita -respondió el joven, y esta vez, de nuevo, Newman sospechó cierta ironía.

Su cuñada dio la vuelta hasta el otro lado del fuego con la taza de té en la mano, sosteniéndola con el brazo extendido para no derramarlo sobre su vestido y soltando grititos de alar­ma. Colocó la taza en la repisa y empezó a quitarse los alfileres del velo y los guantes, sin dejar de mirar a Newman.

-¿Hay algo que pueda hacer por ti, mi querida dama? -pre­guntó el conde Valentin con una especie de tono burlescamen­te zalamero.

-Preséntame a monsieur -dijo su cuñada. El joven respondió:

-¡El señor Newman!

-No puedo hacerle una reverencia, monsieur, porque derra­maría el té -dijo la dama-. ¿Así que Claire recibe a extraños así, como si nada? -añadió en voz baja, en francés, a su cuñado.

-¡Eso parece! -respondió éste con una sonrisa. Newman per­maneció un instante en su sitio y luego se acercó a madame de Cintré, que elevó la mirada hacia él como si estuviese pensando en algo que decir. Pero pareció que no se le ocurría nada, así que se limitó a sonreír. Newman se sentó a su lado y ella le ofre­ció una taza de té. Estuvieron hablando del té un rato, durante el cual él la estuvo mirando. Recordaba lo que le había dicho la señora Tristram acerca de su «perfección», y de que poseía, en conjunto, todas las cosas espléndidas que Newman soñaba con encontrar. Esto le llevó a observarla no sólo sin desconfianza, sino sin conjeturas inquietantes; desde el primer momento, la presunción había sido a su favor. Y aun sí, aunque era hermosa, no era una belleza deslumbrante. Era alta y de formas alarga­das; su cabello era denso y rubio, tenía la frente ancha y había en sus rasgos una especie de irregularidad armónica. Sus claros ojos grises eran extraordinariamente expresivos; a la vez afables e inteligentes, a Newman le gustaron muchísimo, pero carecían de esos matices de esplendor -esos rayos multicolor- que ilu­minan el semblante de las bellezas famosas. Madame de Cintré era bastante delgada, y parecía más joven de lo que probable­mente era. En toda su persona había algo a la vez juvenil y apa­gado, frugal y aun así pródigo, sereno y no obstante tímido; una mezcla de inmadurez y sosiego, de inocencia y dignidad. ¿A qué se habría referido Tristram, se preguntó Newman, cuando dijo de ella que era orgullosa? Ahora, con él, no era en absoluto orgullosa; y en caso de serlo era inútil, porque a él le pasaba desapercibido; tendría que apuntar más alto si esperaba que se diese cuenta. Era una hermosa mujer, y resultaba muy fácil llevarse bien con ella. ¿Era una condesa, una marquise, una suerte de formación histórica? Newman, que apenas había oído usar estas palabras, nunca se había tomado la molestia de adherirles imágenes concretas, pero ahora se le ocurrieron y parecían car­gadas de una especie de sentido melodioso. Significaban algo bello y delicadamente espléndido, de aires tranquilos y amena conversación.

-¿Tiene usted muchos amigos en París; sale usted? -pregun­tó madame de Cintré, a quien por fin se le había ocurrido algo que decir.

-¿Se refiere usted a si bailo y cosas por el estilo?

-¿Va usted dans le monde, como decimos aquí?

-He visto a un montón de personas. La señora Tristram me ha paseado por ahí. Hago todo lo que me dice.

-¿No disfruta a solas de las diversiones?

-Sí, claro, de algunas. No me gusta bailar y ese tipo de cosas, soy demasiado viejo y sobrio. Pero quiero divertirme; para eso vine a Europa.

-Pero también se puede divertir en América.

-No podía; siempre estaba trabajando. Aunque, al fin y al cabo, ésa era mi diversión.

En ese instante madame de Bellegarde vino a por otra taza de té, acompañada del conde Valentin. Después de servirle, mada­me de Cintré reanudó su charla con Newman y, recordando las últimas palabras de éste, preguntó:

-¿Estaba usted muy ocupado en su país?

-Estaba metido en negocios. Llevo en los negocios desde que tenía quince años.

-Y ¿cuál era su negocio? -preguntó madame de Bellegarde, que, decididamente, no era tan bonita como madame de Cintré.

-Me he dedicado a todo -dijo Newman-. En una época ven­día cuero; en otra, fabricaba pilas de baño.

Madame de Bellegarde hizo un pequeño mohín.

-¿Cuero? No me gusta. Mejor pilas de baño. Prefiero el olor a jabón. Espero que al menos le hicieran ganar una fortuna -parloteó con el aire de una mujer con fama de decir todo lo que se le venía a la cabeza, y con un marcado acento francés.

Newman había hablado con animada seriedad, pero el tono de madame de Bellegarde le hizo proseguir, tras una pausa reflexiva, con cierta jocosidad levemente adusta.

-No, perdí dinero con las pilas de baño, pero con el cuero salí bastante bien parado.

-He llegado a la conclusión dijo madame de Bellegarde- de que, al fin y al cabo, lo importante es (¿cómo dice usted?) ajustar cuentas. Me postro ante el dinero, no lo niego. Si usted lo tiene, no hago preguntas. En ese sentido soy una auténtica demócrata... igual que usted, monsieur. Madame de Cintré es muy orgullosa, pero a mí me parece que se obtiene mucho más placer en esta triste vida si no se miran las cosas demasiado de cerca.

-Santo cielo, señora mía, vaya enfoque el tuyo -dijo el conde Valentin, bajando la voz.

-Supongo que es un hombre al que se le puede hablar, ya que mi cuñada le recibe -respondió la dama-. Además, es ver­dad; ésas son mis ideas.

-Ah, las llamas ideas -murmuró el joven.

-La señora Tristram me dijo que había estado usted en el ejército, en su guerra -dijo madame de Cintré.

-¡Sí, pero eso no son negocios! -dijo Newman.

-¡Muy cierto! -dijo madame de Bellegarde-. En caso contra­rio, quizá yo no estaría sin blanca.

-¿Es verdad -preguntó Newman acto seguido- que es usted tan orgullosa? Ya lo había oído antes.

Madame de Cintré sonrió.

-¿Se lo parezco a usted?

-Ah -dijo Newman-, yo no soy un juez. Si es orgullosa con­migo, tendrá que decírmelo. Si no, no lo sabré. Madame de Cintré empezó a reírse.

-¡Mala posición sería ésa para el orgullo! -dijo.

-En parte, lo sería -continuó Newman-, porque yo no que­rría saberlo. Quiero que me trate usted bien.

Madame de Cintré, cuya risa había cesado, le miró apartan­do un poco la cabeza, como si tuviese miedo de lo que le iba a decir Newman.

-La señora Tristram le dijo la pura verdad -siguió él-; tengo grandes deseos de conocerla. No he venido hoy aquí simple­mente a visitarla; he venido con la esperanza de que quizá usted me pida que vuelva.

-Oh, por favor, venga a menudo -dijo madame de Cintré.

-¿Pero estará usted en casa? -insistió Newman. Incluso ante sus propios ojos se veía un poco «avasallador», pero en realidad lo que estaba era un poco agitado.

-¡Eso espero! -dijo madame de Cintré. Newman se puso en pie.

-Bueno, ya veremos -dijo, alisándose el sombrero con el puño de su abrigo.

-Hermano -dijo madame de Cintré-, invita al señor Newman a que vuelva.

El conde Valentin miró a nuestro héroe de la cabeza a los pies con su peculiar sonrisa, que parecía una desconcertante mezcla de descaro y cortesía.

-¿Es usted un hombre valiente? -preguntó, mirándole de reojo.

-Bueno, eso espero -dijo Newman.

-Eso sospecho. En tal caso, vuelva.

-¡Ah, vaya invitación! -murmuró madame de Cintré, con algo doloroso en la sonrisa.

-Bueno, quiero que venga el señor Newman... de manera especial. Será un gran placer. Me sentiré desolado si me pierdo alguna de sus visitas. Pero sostengo que debe ser valiente. ¡Un corazón fuerte, caballero! -dijo el joven, y le tendió la mano a Newman.

-No vendré a verle a usted; vendré a ver a madame de Cintré -dijo Newman.

-Necesitará aún más valor.

-¡Ah, Valentin! -dijo madame de Cintré con tono implo­rante.

-¡Sin ninguna duda -exclamó madame de Bellegarde-, aquí soy la única persona capaz de decir algo cortés! Venga a verme a mí; no le hará falta tener valor -dijo.

Newman soltó una risa que no llegaba a ser un asentimiento y se despidió. Madame de Cintré no respondió al reto de su cuñada de ser cortés, sino que miró con cierto aire de preocu­pación al invitado que se retiraba.

 

CAPÍTULO VII

 

Una noche, ya muy tarde y más o menos una semana después de ir a ver a madame de Cintré, el criado de Newman le trajo una tarjeta de visita. Pertenecía al joven señor de Bellegarde. Instantes después, cuando fue a recibir a su visitante, le encontró en medio de su gran salón dorado, mirándolo desde la cornisa hasta la alfombra. A Newman le pareció que el rostro de mon­sieur de Bellegarde expresaba un aire de animada diversión. «¿De qué diablos se ríe ahora?», se preguntó nuestro héroe. Pero se hizo la pregunta sin acritud, ya que le daba la impresión de que el hermano de madame de Cintré era un buen tipo y tenía el presentimiento de que sobre esta base de camaradería estaban abocados a entenderse. Sólo que, si había algo de lo que reírse, también él quería echarle un vistazo.

-Antes que nada -dijo el joven tendiéndole la mano-, ¿he venido demasiado tarde?

-¿Demasiado tarde para qué? -preguntó Newman.

-Para fumarme un cigarro con usted.

-Para eso habría venido usted demasiado temprano –dijo Newman-. No fumo.

-¡Ah, es usted un hombre fuerte!

-Pero tengo cigarros -añadió Newman-. Siéntese.

-Está claro que aquí no puedo fumar -dijo monsieur de Bellegarde.

-¿Qué ocurre? ¿La habitación es demasiado pequeña?

-Es demasiado amplia. Es como fumar en un salón de baile o en una iglesia.

-¿De eso se reía usted ahora mismo? -preguntó Newman-; ¿Del tamaño de mi habitación?

-No se trata sólo del tamaño -replicó el señor de Bellegar­de-, sino del esplendor, y de la armonía, y de la belleza de los detalles. Era una sonrisa de admiración.

Newman le miró por un momento, y después preguntó:

-¿Así que es muy fea?

-¿Fea, señor mío? Es magnífica.

-Viene a ser lo mismo, supongo -dijo Newman-. Póngase cómodo. Su visita, así lo interpreto, es un gesto de amistad. No estaba usted obligado. Así pues, si cualquier cosa de las que hay aquí le hace gracia, será para bien. Ríase tan alto como le plaz­ca; me gusta que mis visitas estén alegres. Sólo he de pedirle esto: que me explique el chiste tan pronto como sea capaz de hablar. No quiero perderme nada.

Monsieur de Bellegarde se le quedó mirando fijamente, con aspecto perplejo pero sin resentimiento. Puso la mano sobre la manga de Newman y pareció a punto de decir algo, pero de pronto se contuvo, se recostó en su silla y dio una calada a su cigarro. No obstante, al fin rompió el silencio:

-En efecto, venir a verle es un gesto de amistad. Aun así, en cierta medida estaba obligado a hacerlo. Mi hermana me pidió que viniese, y para mí un ruego de mi hermana es una orden. Me hallaba cerca, y observé que había luces en lo que supuse que eran sus habitaciones. No era una hora ceremo­niosa para hacer una visita, pero no me arrepentía de hacer algo que demostrase que no estaba cumpliendo con una mera ceremonia.

-Bueno, pues aquí estoy, de cuerpo entero -dijo Newman estirando las piernas.

-No sé a qué se refiere -prosiguió el joven- con eso de darme permiso ilimitado para reírme. Es cierto que soy un gran reidor, y es mejor reírse demasiado que demasiado poco. Pero debo decirle que no es para reírnos juntos (o por separado) para lo que he querido conocerle. Dicho con una sinceridad casi inso­lente, ¡usted me interesa!

Todo esto fue pronunciado por monsieur de Bellegarde con la modulada desenvoltura del hombre de mundo, y, a pesar de su excelente inglés, del hombre francés; pero Newman, a la vez que tomaba nota de su armoniosa fluidez, percibió que no se trataba de mera urbanidad mecánica. Sin duda, algo había en su visitante que le gustaba. Monsieur de Bellegarde era un ex­tranjero de la cabeza a los pies, y si Newman se hubiese topado con él en una pradera del Oeste le habría parecido adecuado dirigirse a él con un «¿Qué tal va todo, monsieur?». Pero había algo en su fisonomía que parecía tender una especie de puen­te sobre el insuperable abismo producido por la diferencia de razas*. Estaba por debajo de la altura media, y su cuerpo era robusto y ágil. Valentin de Bellegarde, se enteró Newman más adelante, tenía mortal pavor a que la robustez superase su agi­lidad; tenía miedo de volverse grueso; era demasiado bajito, como decía él, para permitirse una barriga. Cabalgaba, practi­caba la esgrima y la gimnasia con infatigable celo, y si uno le saludaba con un « ¡Qué buen aspecto tienes! » se estremecía y se ponía pálido. El «buen» lo interpretaba como una palabra más gruesa. Tenía una cabeza redonda que subía muy por encima de sus orejas, una mata de pelo a la vez densa y sedosa, la fren­te ancha y baja, la nariz corta (de tipo irónico e inquisitivo más que dogmático o susceptible) y un bigote tan delicado como el de un paje novelesco. Se parecía a su hermana no sólo en las facciones, sino también en la expresión de sus ojos claros y bri­llantes, carentes por completo de introspección, y en la mane­ra de sonreír. El mejor rasgo de su rostro era que estaba inten­samente vivo: vivo de un modo franco, ardoroso, valiente. Tenía el aspecto de una campana cuyo mango podría haber estado en el alma del joven: al menor movimiento del mango, repicaba con un fuerte sonido plateado. Había algo en sus intensos ojos castaños que aseguraba que no estaba haciendo economías con su conciencia; no vivía en una de sus esquinas con el fin de aho­rrarse el mobiliario del resto. Había acampado de lleno en el centro, y tenía la puerta siempre abierta. Cuando sonreía, era como el movimiento de una persona que al vaciar una taza la pone boca abajo: le daba a uno hasta la última gota de su jovialidad. A Newman le inspiraba una bondad semejante a la que nuestro héroe solía sentir en sus años mozos hacia aquellos compañeros suyos que sabían realizar trucos raros y hábiles, los que chasqueaban las articulaciones en extraños lugares o silba­ban con la parte trasera de la boca.

-Me dijo mi hermana -continuó monsieur de Bellegarde- ­que debía venir a borrar la impresión que tantas molestias me tomé en causarle; la impresión de que soy un loco. ¿Le pareció que tuve un comportamiento muy extraño el otro día?

-Más bien sí -dijo Newman.

-Eso dice mi hermana -y monsieur de Bellegarde observó un momento a su anfitrión a través de las espirales de humo-. Si es así, mejor que lo dejemos correr. No intenté que usted cre­yese que soy un loco, en absoluto; por el contrario, quería cau­sarle una impresión favorable. Pero si, después de todo, hice el ridículo, sería designio de la Providencia. Me perjudicaría a mí mismo si protestase en exceso, porque parecería que reivindico una cordura que, en el transcurso de nuestra relación, no podría justificar de ninguna manera. Considéreme un loco con períodos de cordura.

-Bueno, adivino que sabe usted lo que se trae entre manos -dijo Newman.

-Cuando estoy cuerdo, estoy muy cuerdo; eso lo admito -res­pondió monsieur de Bellegarde-. Pero no he venido aquí a hablar de mí. Quisiera hacerle unas cuantas preguntas. ¿Me permite?

-Deme un ejemplo -dijo Newman.

-¿Vive aquí completamente solo?

-Absolutamente. ¿Con quién habría de vivir?

-Por el momento -dijo monsieur de Bellegarde con una son­risa-, estoy haciendo preguntas, no respondiéndolas. ¿Ha veni­do a París por placer?

Newman guardó silencio durante un rato. Al fin, dijo:

-¡Todo el mundo me pregunta lo mismo! -dijo con su apa­cible morosidad-. Suena tremendamente absurdo.

-Pero, en todo caso, tendría usted un motivo.

-¡Ah, vine por placer! -dijo Newman-. Aunque sea absurdo, es cierto.

-¿Y lo está disfrutando?

Como buen americano, a Newman le pareció que lo mejor sería no plegarse al extranjero.

-Bueno, más o menos -respondió.

Monsieur de Bellegarde dio en silencio otra calada a su cigarro.

-En cuanto a mí -dijo al fin-, estoy enteramente a su servi­cio. Todo lo que pueda hacer por usted, tendré mucho gusto en hacerlo. Llámeme cuando le venga bien. ¿Hay alguien a quien desee conocer, algo que quiera ver? Sería una pena que no disfrutase usted de París.

-¡Oh, sí que lo disfruto! -dijo Newman, de buen talante-. Le estoy muy agradecido.

-Hablando francamente -siguió monsieur de Bellegarde-, me resulta algo absurdo oírme haciéndole estas ofertas. Repre­sentan mucha buena voluntad, pero poco más. Usted es un hombre de éxito y yo soy un fracaso, y hablar como si le pudie­se echar una mano es cambiar las tornas.

-¿En qué sentido es usted un fracaso? -preguntó Newman.

-¡Bueno, no soy un fracaso trágico! -exclamó el joven entre risas-. No me he caído de las alturas, y mi fiasco no ha hecho nin­gún ruido. Usted, es evidente, ha tenido éxito. Ha hecho fortu­na, ha construido un edificio, es usted un poder financiero y empresarial, puede viajar por todo el mundo hasta que encuen­tre un punto mullido y se tumbe en él con la conciencia de haberse ganado un descanso. ¿No es cierto? Bueno, imagínese el revés absoluto de todo eso y aquí me tiene. No he hecho nada, ¡no puedo hacer nada!

-¿Por qué no?

-Es una larga historia. Algún día se la contaré. Mientras tanto, ¿a que tengo razón? ¿A que es usted una persona de éxito? ¿A que ha hecho fortuna? No es asunto mío, pero, en pocas palabras, ¿es usted rico?

-Ésa es otra cosa que suena ridícula -dijo Newman-. ¡Qué demonios, ningún hombre es rico!

-He oído a los filósofos afirmar -se rió monsieur de Belle­garde- que ningún hombre es pobre; pero su fórmula me pare­ce todo un adelanto. En términos generales, lo confieso, no me gustan las personas de éxito, y los hombres inteligentes que han amasado grandes fortunas me resultan muy ofensivos. Me molestan; me ponen incómodo. Pero nada más verle me dije para mis adentros: «Ah, he aquí un hombre con quien me he de llevar bien. Tiene la afabilidad del éxito y nada de su morgue; carece de nuestra condenadamente irritable vanidad francesa». En resumen, le cobré afecto. Somos muy diferentes, de eso estoy seguro; no creo que haya ni un solo tema del que pense­mos o sintamos lo mismo. Pero tiendo a pensar que nos lleva­remos bien, porque, sabe usted, existe una cosa tal como ser demasiado diferentes para discutir.

-Oh, yo nunca discuto -dijo Newman.

-¿Nunca? A veces es un deber... o al menos un placer. ¡Ah, en mis tiempos tuve dos o tres discusiones deliciosas! -dijo mon­sieur de Bellegarde, y su apuesta sonrisa adquirió, mientras recordaba aquellos incidentes, una intensidad casi voluptuosa.

Habiendo expresado los preámbulos en su parte del frag­mento del diálogo anterior, le hizo a nuestro héroe una larga visita; sentados, con los talones apoyados sobre el resplande­ciente hogar de Newman, oyeron cómo las primeras horas de la madrugada iban sonando cada vez más largas desde un campa­nario lejano. Valentin de Bellegarde era siempre, según confe­saba, un gran conversador, y en esta ocasión estaba a todas luces de un humor especialmente locuaz. Era una tradición de su raza el que la gente de su sangre siempre otorgase un favor con su sonrisa y, puesto que los entusiasmos de monsieur de Belle­garde eran tan escasos como constante su buena educación, tenía doble motivo para no sospechar que su amistad pudiese ser nunca inoportuna. Además, siendo como era la flor de un antiguo tallo, la tradición (ya que he usado esta palabra) care­cía en su temperamento de una rigidez desagradable. Iba arro­pada en sociabilidad y cortesía, como una vieja viuda con enca­jes y collares de perlas. Valentin era lo que en Francia se llama un gentilhomme, de la más pura cepa, y su norma de vida, hasta donde estuviese clara, era desempeñar el papel de gentilhomme. Esto, a su juicio, bastaba para tener cómodamente ocupado a un joven de talentos buenos y corrientes. Pero todo lo que era obedecía al instinto y no a la teoría, y la gentileza de su carácter era tanta que algunas de las virtudes aristocráticas, que en algu­nos aspectos resultan más bien ariscas y cáusticas, adquirían cuando él las ponía en práctica una cordialidad extrema. En sus años mozos había sido sospechoso de tener gustos vulgares, y su madre había tenido pavor a que resbalase en el lodazal y salpi­case el escudo de la familia. Le habían obsequiado, por tanto, con ración doble de estudios y adiestramiento, pero sus instructores no habían logrado encaramarle sobre unos zancos. No consi­guieron estropear su sana espontaneidad, y siguió siendo el menos cauto y el más afortunado de los jóvenes nobles. Le ha­bían atado tan corto en su juventud que ahora guardaba un mortal rencor a la disciplina familiar. Se le había oído decir, en el seno de la familia, que, con todo lo frívolo que era, el honor del apellido estaba más seguro en sus manos que en las de algu­nos de sus otros miembros, y que si algún día había que demostrarlo, ya lo verían. Su charla era una rara mezcla de locuaci­dad casi juvenil con la reserva y la discreción del hombre de mundo, y Newman le consideraba, como a menudo habría de considerar más adelante a los jóvenes de las razas latinas, a ratos graciosamente juvenil y a ratos terriblemente maduro. En Amé­rica, reflexionó Newman, los mozos de veinticinco y treinta años tienen cabezas viejas y corazones jóvenes, o al menos una moral joven; aquí tienen cabezas jóvenes y corazones muy enve­jecidos, y una moral de lo más entrecana y arrugada.

-Lo que envidio es su libertad -observó monsieur de Belle­garde-, su amplio margen de movimientos, su libertad para ir y venir, que no tenga a un montón de gente que se toma a sí misma demasiado en serio esperando algo de usted. Yo vivo -añadió con un suspiro- bajo la mirada de mi admirable ma­dre.

-Es culpa suya; ¿qué podría impedir que vaya y venga? -dijo Newman.

-¡Su comentario es de una simpleza deliciosa! Todo me lo impide. Para empezar, estoy sin blanca.

-También yo estaba sin blanca cuando empecé a moverme por ahí.

-Ah, pero su pobreza era su capital. Siendo americano, era imposible que se quedase en lo que era al nacer, y como nació pobre (¿lo entiendo bien?) resultaba inevitable que se hiciera rico. Estaba usted en una posición que a uno se le hace la boca agua: miró a su alrededor y vio un mundo lleno de cosas que podía coger con sólo dar un paso. Cuando yo tenía veinte años, miraba a mi alrededor y veía un mundo en el que todo estaba etiquetado con «¡Prohibido tocar!», y lo más endiablado de todo era que la etiqueta parecía dirigida exclusivamente a mí.

No podía dedicarme a los negocios, no podía ganar dinero, porque era un Bellegarde. No podía meterme en política por­que era un Bellegarde... y los Bellegarde no reconocen a los Bonaparte. No podía dedicarme a la literatura porque era un zote. No podía casarme con una muchacha rica porque ningún Bellegarde ha desposado jamás a una roturière, y no era decoro­so que empezase yo. Pero acabaremos haciéndolo. Las herede­ras casaderas, de notre bord, no se pueden conseguir a cambio de nada; ha de ser apellido por apellido y fortuna por fortuna. Lo único que podía hacer era irme a luchar por el Papa. Eso hice, meticulosamente, y recibí una apostólica herida en Castelfidar­do. Ni al Santo Padre ni a mí nos hizo ningún bien, de eso me di cuenta. Roma era, sin duda, un lugar muy entretenido en los tiempos de Calígula, pero desde entonces ha decaído triste­mente. Pasé tres años en el castillo de Sant' Angelo, y después regresé a la vida secular.

-¿Así que no tiene usted una profesión, no hace nada? -dijo Newman.

-¡No hago nada! Se supone que debo divertirme, y, a decir verdad, me he divertido. Es posible, si se sabe cómo. Pero no puede durar para siempre. Serviré para unos cinco años más, quizá, pero preveo que después perderé el apetito. Y entonces ¿qué? Creo que me haré monje. En serio, creo que me ceñiré una cuerda a la cintura y entraré en un monasterio. Era una antigua costumbre, y las antiguas costumbres eran muy buenas. La gente entendía la vida tan bien como nosotros. Dejaban el Puchero hirviendo hasta que se resquebrajaba, y luego lo po­nían sobre el estante.

-¿Es usted muy religioso? -preguntó Newman con un tono que dotó a la pregunta de un efecto grotesco.

Era evidente que monsieur de Bellegarde había reparado en el elemento cómico de la pregunta, pero miró un instante a Newman con enorme seriedad.

-Soy muy buen católico. Respeto a la Iglesia. Adoro a la Santa Virgen. Temo al diablo.

-Bueno, entonces -dijo Newman- lo tiene todo muy bien ordenado. Tiene usted placer en el presente y religión en el futuro; ¿de qué se queja?

-Quejarse forma parte del propio placer. Sus circunstancias tienen algo que me irrita. Es usted el primer hombre al que he envidiado. Es curioso, pero así es. He conocido a muchos hom­bres que, además de las ventajas artificiales que yo pueda tener, por si fuera poco tenían dinero y cerebro; pero por lo que sea nunca alteraron mi buen humor. Pero usted posee algo que yo habría deseado para mí. No es el dinero, ni siquiera es la inteli­gencia, aunque no cabe duda de que la suya es excelente. No son sus seis pies de altura, a pesar de que habría preferido ser un par de pulgadas más alto. Es esa especie de aire que tiene usted de sentirse completamente a gusto en el mundo. Cuando era niño, mi padre me dijo que era por ese tipo de aire por lo que la gente reconocía a un Bellegarde. Hizo que me percata­se de ello. No me aconsejó que lo cultivase; me dijo que cuan­do crecíamos venía siempre por sí solo. Yo suponía que me había llegado, porque creo que siempre he tenido esa sensa­ción. Mi puesto en la vida estaba hecho a mi medida, y parecía fácil ocuparlo. Pero usted, que, tal y como yo lo entiendo, se ha construido su propio lugar; usted que, como nos dijo el otro día, ha fabricado pilas de baño... me parece, de alguna manera, un hombre que está a sus anchas, que mira las cosas desde las alturas. Me lo imagino recorriendo el mundo como un hombre que viaja en un ferrocarril del que posee una gran cantidad de acciones. Hace usted que me sienta como si me hubiese perdi­do algo. ¿De qué se trata?

-Se trata de la orgullosa conciencia de haber hecho un es­fuerzo honrado... de haber fabricado unas cuantas pilas de baño -dijo Newman, a la vez jocoso y serio.

-No, no; he conocido a hombres que habían hecho aún más, hombres que no sólo habían hecho pilas, sino tambien jabón, un jabón amarillo de olor muy fuerte, en grandes pastillas; y jamás me hicieron sentir mínimamente incómodo.

-Entonces se trata del privilegio de ser un ciudadano ameri­cano -dijo Newman-. Eso pone a un hombre en buena situa­ción.

-Quizá -replicó monsieur de Bellegarde-. Pero me veo obli­gado a decir que he visto a muchísimos ciudadanos americanos que ni por asomo parecían bien situados, ni tampoco grandes accionistas. Nunca los envidié. Opino más bien que es un éxito suyo.

-¡Ande, ande! -dijo Newman-, ¡me va a volver un orgulloso!

-No, no lo haré. Usted no tiene nada que ver con el orgullo, ni con la humildad; forma parte de ese porte suyo tan desen­vuelto. La gente sólo es orgullosa cuando tiene algo que perder, y humilde cuando tiene algo que ganar.

-No sé qué puedo perder -dijo Newman-, pero sin duda tengo algo que ganar.

-¿De qué se trata? -preguntó su visitante.

Newman vaciló unos instantes.

-Se lo diré cuando le conozca mejor.

-¡Espero que sea pronto! Si puedo ayudarle entonces a con­seguirlo, me alegraré de hacerlo.

-Quizá pueda -dijo Newman.

-No se olvide, pues, de que estoy a su servicio -respondió monsieur de Bellegarde, y al poco rato se marchó.

Durante las tres semanas siguientes Newman vio varias veces a Bellegarde, y, sin jurarse formalmente una amistad eterna, ambos hombres establecieron una especie de camaradería. A juicio de Newman, Bellegarde era el francés ideal, el francés de la tradición y de las novelas, en la medida en que nuestro héroe tenía conocimiento de estas influencias místicas. Galante, expansivo, divertido, más complacido él con el efecto que oca­sionaba que aquellos para quienes lo ocasionaba (aun cuando les complaciese mucho); dueño de todas las virtudes típica­mente sociales y adepto de toda sensación agradable; devoto de algo misterioso y sagrado a lo que a veces aludía en términos aún más extáticos que aquellos en los que hablaba de la última mujer bonita, y que no era sino la imagen bella aunque algo anticuada del honor, Valentin de Bellegarde era irresistible­mente entretenido y animado, y formaba un personaje al que Newman era tan capaz de hacerle justicia una vez que ya había entablado relación con él, como improbable era que, al cavilar sobre las posibles mezclas de nuestros ingredientes humanos, lo hubiese prefigurado mentalmente. Bellegarde no le hizo modi­ficar en absoluto su premisa necesaria de que todos los france­ses están hechos de una sustancia hueca e imponderable; sim­plemente, le recordó que los materiales ligeros se pueden batir hasta conseguir un compuesto muy agradable. No podía haber dos compañeros más dispares, pero sus diferencias constituían una base excelente para una amistad cuya característica distin­tiva era que a ambos les resultaba enormemente entretenida.

Valentin de Bellegarde vivía en el bajo de una vieja casa de la Rue d'Anjou Saint Honoré, y sus pequeños aposentos se halla­ban entre el patio de la casa y un viejo jardín que se extendía por atrás; uno de esos jardines grandes, sin sol y húmedos que uno descubre inesperadamente en París desde ventanas trase­ras y se pregunta cómo encuentran espacio entre las mezquinas moradas. Cuando Newman le devolvió la visita a Bellegarde, insinuó que su vivienda daba, como poco, tanta risa como la suya. Pero sus peculiaridades eran de distinto tipo a las de los salones dorados de nuestro héroe en el Boulevard Haussmann: el lugar era bajo, sombrío, estrecho, y estaba abarrotado de curiosas antigüedades. Bellegarde, aun siendo un patricio sin blanca, era un coleccionista insaciable; sus paredes estaban revestidas de herrumbrosas armas y vetustos artesones y plate­les, sobre los vanos de las puertas colgaban tapices desvaídos, pieles salvajes cubrían los suelos. Aquí y allá había uno de aque­llos incómodos tributos a la elegancia en los que el arte de la tapicería es tan prolífico en Francia; un hueco encortinado con una lámina de espejo en la que, entre las sombras, no se podía ver nada; un diván cuyos muchos festones y faralás impedían que uno se sentase; una pieza de chimenea bajo un drapeado de volantes y chorreras que excluía el fuego por completo. Las propiedades del joven estaban en pintoresco desorden, y el olor a cigarro, mezclado con perfumes más inescrutables, impreg­naba el apartamento. A Newman se le antojaba un lugar húme­do y sombrío para vivir, y le desconcertó el carácter obstructor y fragmentario del mobiliario.

Bellegarde, siguiendo la costumbre de su país, hablaba muy generosamente de sí mismo, y desvelaba los misterios de su his­toria privada con mano implacable. Inevitablemente, tenía una infinidad de cosas que decir sobre las mujeres, y a menudo se abandonaba a apóstrofes sentimentales e irónicos a las autoras de sus dichas e infortunios.

-¡Ah, mujeres, mujeres, las cosas que me han llevado a hacer! -exclamaba con ojos brillantes-. ¡C’est égal; de todas las locuras y estupideces que he cometido por ellas, no me habría perdido ni una!

Sobre este tema, Newman solía mostrarse reservado; expla­yarse en detalle le había parecido siempre un proceder vaga­mente análogo al arrullo de las palomas y el parloteo de los monos, incluso contradictorio con una personalidad plena­mente desarrollada. Pero las confidencias de Bellegarde le divertían sobremanera y raras veces le disgustaban, ya que el generoso joven francés no era un cínico.

-Realmente pienso -había dicho en cierta ocasión- que no soy más depravado que la mayoría de mis contemporáneos. ¡Son tole­rablemente depravados, mis contemporáneos!

Decía cosas preciosas de sus amistades femeninas, y, aunque habían sido abundantes y variadas, afirmaba que en general ha­bía en ellas más de bueno que de malo. «Pero no debe usted tomarse esto como un consejo -añadía-. Soy muy poco de fiar como autoridad en la materia. Estoy predispuesto a su favor; ¡soy un idealista!» Newman le escuchaba con su sonrisa impar­cial, y se alegraba, por su bien, de que tuviese excelentes senti­mientos; pero mentalmente repudiaba la idea de que un francés hubiese descubierto algún mérito en el sexo amable que él no sospechase. Monsieur de Bellegarde, no obstante, no confinaba su conversación al cauce autobiográfico; interrogaba largo y tendido a nuestro héroe sobre los acontecimientos de su vida, y Newman le contó varias historias mejores que cualquiera de las que Bellegarde tenía en su surtido. De hecho, narraba su tra­yectoria desde el inicio con todas sus variantes, y, cuando le parecía que la credulidad de su amigo o bien sus hábitos de cor­tesía protestaban, se divertía realzando el tono del episodio. Newman se había unido a corros de humoristas del Oeste en torno a estufas de hierro fundido; había visto cómo los relatos «increíbles» iban creciendo sin venirse abajo, y su propia ima­ginación había aprendido el truco de ir apilando maravillas congruentes. La actitud habitual de Bellegarde acabó siendo de risueña autodefensa; para mantener su reputación de caballero francés omnisciente, dudaba de todo al por mayor. El efecto de esto era que a Newman le resultaba imposible convencerle de ciertas verdades consagradas.

-Pero los detalles carecen de importancia -dijo monsieur de Bellegarde-. Usted ha vivido, sin duda, unas cuantas aventuras sorprendentes; ha visto aspectos extraños de la vida, ha rodado de un lado a otro por todo un continente de la misma manera que yo voy y vengo por el bulevar. ¡Es usted un hombre de mundo en cuerpo y alma! Ha sufrido muchas horas de aburri­miento letal, y ha hecho cosas extremadamente desagradables: ha cavado arena, de niño, para obtener el almuerzo, y ha comi­do perro asado en un campamento de buscadores de oro. Se ha quedado sumando cifras durante diez horas seguidas, y ha so­portado sermones metodistas con el fin de contemplar a una muchacha bonita que estaba sentada en otro banco. Todo esto es muy duro, como decimos nosotros. Pero, en cualquier caso, ha hecho algo y es usted algo; ha empleado su voluntad y ha hecho fortuna. No le ha atolondrado el libertinaje y no ha hipo­tecado su fortuna a las conveniencias sociales. Se toma las cosas con tranquilidad y tiene aún menos prejuicios que yo, que finjo no tener ninguno pero que en realidad tengo tres o cuatro.

Feliz usted que es un hombre fuerte y libre. Pero ¿qué diablos -preguntó el joven a modo de conclusión- se propone hacer con tales ventajas? Para aprovecharlas de verdad necesita un mundo mejor que éste. Aquí no hay nada que le merezca la pena.

-Ah, yo creo que sí lo hay -dijo Newman.

-¿De qué se trata?

-Bueno -murmuró Newman-, ¡se lo diré en algún otro momento!

De esta manera, nuestro héroe iba retrasando día a día abordar un tema que guardaba en lo más profundo de su cora­zón. No obstante, mientras tanto casi había llegado a serle familiar; en otras palabras, había vuelto a visitar, tres veces, a madame de Cintré. Tan sólo en dos de estas ocasiones la había encontrado en casa, y en ambas tenía otras visitas. Sus visitan­tes eran numerosos y extremadamente locuaces, y exigían mucha atención por parte de su anfitriona. Aun así, ésta con­seguía sacar algo de tiempo para dedicárselo a Newman por medio de alguna que otra sonrisa vaga, cuya misma vaguedad agradaba a éste porque le permitía completarla mentalmente, en el momento y después, con aquellos significados que más le complacían. Se quedaba sentado sin hablar, mirando las entradas y salidas, los saludos y chismorreos de las visitas de madame de Cintré. Se sentía como si estuviese ante una obra de teatro, y como si al hablar fuese a interrumpir; a veces de­seaba tener un libreto para seguir el diálogo, y en parte espe­raba que saliese una mujer con una cofia blanca y cintas de color rosa ofreciéndole uno al precio de dos francos. Algunas de las damas le miraban con mucha firmeza... o con mucha suavidad, según se quiera entender; otras parecían profunda­mente ajenas a su presencia. Los hombres sólo miraban a madame de Cintré: esto era inevitable, pues, se la considerase o no hermosa, ocupaba y llenaba por completo el campo visual de uno, lo mismo que un sonido agradable colma el oído. Newman apenas cruzó con ella veinte palabras precisas, pero se llevó consigo una impresión a la que solemnes pro­mesas no podrían haber dado un valor más alto. Ella formaba parte, tanto como sus acompañantes, de la obra a cuya repre­sentación él asistía; pero ¡cómo ocupaba el escenario, y cuán­to mejor lo hacía ella! Ya se levantase o se sentase, o acompa­ñase a la puerta a los amigos que se marchaban, apartando a su paso la pesada cortina, siguiéndoles un instante con la mira­da y dándoles el último saludo, o se recostase en la silla con los brazos cruzados y los ojos en descanso mientras escuchaba y sonreía a la vez, a Newman le hacía sentir que le gustaría tener­la siempre ante él, en lento desplazamiento por toda la escala de las expresiones de hospitalidad. Si esto pudiera ocurrir para él, estaría bien; si ocurriese por él, ¡estaría aún mejor! ¡Era tan alta y aun así tan ligera, a la vez tan activa y serena, elegante y sencilla, franca y misteriosa! Era el misterio -lo que ella era fuera del escenario, por así decirlo- lo que más le interesaba a Newman. No podría haber dicho cuál era su autorización para hablar de misterios; de haber tenido el hábito de expresarse con figuras poéticas, quizá habría dicho que al observar a madame de Cintré le parecía ver el halo borroso que a veces rodea al disco semilleno de la luna. No es que fuese reservada; por el contrario, era tan diáfana como el agua que fluye. Pero Newman estaba seguro de que poseía cualidades que ni ella misma sospechaba.

Por varios motivos, Newman se había abstenido de contarle algunas de estas cosas a Bellegarde. Un motivo era que antes de emprender una acción siempre era circunspecto, conjetural, contemplativo; era poco vehemente, como correspondía a un hombre que sabía que cuando empezaba a moverse en serio caminaba con paso largo. Y además, sencillamente, le gustaba no hablar; le tenía ocupado, le estimulaba. Pero un día Belle­garde había estado cenando con él en un restaurante, y la sobremesa había sido larga. Al levantarse, Bellegarde sugirió que, para terminar la velada, fuesen a ver a madame Dandelard. Madame Dandelard era una damita italiana que se había casa­do con un francés que resultó ser un calavera y un bruto y el tor­mento de su vida. Su marido se había gastado todo su dinero, y entonces, sin medios para procurarse placeres más caros, se había aficionado a darle palizas en sus ratos muertos. En algún lugar tenía un cardenal que enseñaba a varias personas, inclui­do Bellegarde. Consiguió separarse de su marido, reunió las sobras de su fortuna (eran muy escasas) y se vino a vivir a Paris, donde se hospedaba en un hôtel garni*. Siempre estaba buscan­do apartamento, y visitaba con actitud inquisitiva los de otras personas. Era muy bonita, muy aniñada, y hacía extraordinarios comentarios. Bellegarde había entablado relaciones con ella, y la fuente de su interés era, según su propia confesión, la curio­sidad respecto a qué habría de ocurrirle.

-Es pobre, es bonita, y es tonta -decía-; me parece que sólo puede ir por un camino. Es una pena, pero no tiene remedio. Le daré seis meses. No tiene nada que temer de mí, pero estoy observando el proceso. Siento curiosidad por ver cómo irán las cosas. Sí, sé lo que me va a decir usted: este horrible París le endurece a uno el corazón. ¡Pero agudiza el ingenio y termina por enseñarle a uno a observar con sutileza! Ver cómo se va interpretando ahora el pequeño drama de esta mujercita supo­ne para mí un placer intelectual.

-Si se va a echar a perder -había dicho Newman-, debería usted pararla.

-¿Pararla? ¿Cómo pararla?

-Hable con ella; dele buenos consejos.

Bellegarde se rió.

-¡Dios nos salve a los dos! ¡Imagínese la situación! Vaya usted mismo a darle consejos.

Había sido después de esto cuando Newman había ido con Bellegarde a ver a madame Dandelard. Al marcharse, Bellegar­de le reprochó a su acompañante:

-¿Qué hay de su famoso consejo? No escuché ni una sola palabra.

-Bah, renuncio a ello -se limitó a decir Newman.

-¡Entonces es usted tan malo como yo! -dijo Bellegarde.

-No, porque yo no saco un «placer intelectual» de sus posi­bles aventuras. No quiero ver ni por asomo cómo cae cuesta abajo. Prefiero mirar a otro lado. Pero ¿por qué -preguntó, acto seguido- no hace que vaya su hermana a verla?

Bellegarde le miró fijamente.

-¿Ir a ver a madame Dandelard... mi hermana?

-Podría dar muy buenos resultados que hablase con ella.

Bellegarde sacudió la cabeza con una seriedad repentina.

-Mi hermana no puede ver a este tipo de personas. Madame Dandelard no es nada; nunca se conocerían.

-Habría pensado -dijo Newman- que su hermana puede ver a quien le plazca.

Y decidió para sus adentros que, cuando la conociese un poco mejor, le pediría a madame de Cintré que fuese a hablar con la absurda damita italiana.

Después de la cena con Bellegarde en la ocasión que he men­cionado, puso objeciones a la sugerencia de su amigo de que volviesen a escuchar cómo describía madame Dandelard sus desgracias y sus magulladuras.

-Se me ocurre algo mejor -dijo-; venga conmigo a casa y concluya la velada frente a mi chimenea.

Bellegarde siempre daba la bienvenida a la perspectiva de un largo trecho de conversación, y al poco rato los dos hombres estaban sentados, contemplando la gran hoguera que difundía sus destellos por los altos ornamentos del salón de baile de Newman.

 

CAPÍTULO VIII

 

-Cuénteme algo de su hermana -dijo bruscamente Newman.

Bellegarde se dio la vuelta y le echó un vistazo fugaz.

-Ahora que lo pienso, hasta ahora nunca me ha preguntado nada sobre ella.

-Lo sé muy bien.

-Si es porque no se fía usted de mí, tiene toda la razón -dijo Bellegarde-. No puedo hablar de ella racionalmente. La admi­ro demasiado.

-Hable de ella como pueda -replicó Newman-. Déjese llevar.

-Bueno, somos muy buenos amigos; somos un hermano y una hermana como no se conocen desde Orestes y Electra. Usted la ha visto; sabe cómo es: alta, delgada, liviana, imponen­te y afable, mitad grande dame y mitad ángel; una mezcla de orgu­llo y humildad, de águila y paloma. Se parece a una estatua que no está lograda en su condición de piedra y que, resignada ante sus grandes deficiencias, ha cobrado una vida de carne y hueso para llevar capas blancas y largas colas. Tan sólo puedo decir que realmente posee cada uno de los méritos que su rostro, su mira­da, su sonrisa y el tono de su voz prometen; y eso ya es decir mucho. En general, cuando una mujer parece muy encantado­ra, yo diría: «¡Cuidado!». Pero en la misma proporción en que Claire parece encantadora, uno se puede cruzar de brazos y dejarse llevar por la corriente; no hay peligro. ¡Es tan buena! Nunca he visto a una mujer que sea ni la mitad de perfecta ni tan completa. Lo tiene todo; eso es lo único que puedo decir de ella. ¡Ya lo ve! -concluyó Bellegarde-. Le dije que hablaría con entusiasmo.

Newman guardó silencio unos instantes, como si estuviera dando vueltas a las palabras de su compañero.

-Es muy buena, ¿eh? -repitió al fin.

-¡Divinamente buena!

-¿Bondadosa, caritativa, dulce, generosa?

¡La generosidad misma; la bondad elevada al cuadrado!

-¿Es lista?

-Es la mujer más inteligente que conozco. Póngala a prueba algún día con algo difícil y ya verá.

-¿Le gusta ser admirada?

-Parbleu! -exclamó Bellegarde-; ¿a qué mujer no?

-Ah, cuando le tienen demasiado apego a la admiración co­meten todo tipo de insensateces para obtenerla.

-¡Yo no he dicho que le tuviese demasiado apego! -exclamó Bellegarde-. Dios me libre de decir algo tan estúpido. ¡No es demasiado nada! Si fuese a decir que es fea, no me referiría a que es demasiado fea. Le gusta complacer, y si complace a alguien se siente agradecida. Si no, lo deja pasar y no piensa mal ni del otro ni de sí misma. No obstante, supongo que espera compla­cer a los santos del cielo, porque estoy seguro de que es incapaz de intentar agradar por ningún medio que ellos reprobasen.

-¿Es seria o alegre? -preguntó Newman.

Ambas cosas; no de manera alternativa, ya que siempre está igual. Hay seriedad en su alegría, y alegría en su seriedad. Pero no hay ninguna razón para que esté especialmente alegre.

-¿Es infeliz?

-No diré que lo es, porque la infelicidad depende de cómo se tome uno las cosas, y Claire se las toma siguiendo alguna fór­mula que le haya podido comunicar la Santa Virgen en una revelación. Ser infeliz es ser desagradable, cosa que, para ella, está descartada. Así que ha dispuesto sus circunstancias de tal modo que pueda ser feliz con ellas.

-Es una filósofa -dijo Newman.

-No; sencillamente, es una mujer encantadora.

-En cualquier caso, ¿sus circunstancias han sido desagrada­bles?

Bellegarde vaciló un momento, cosa que raramente hacía.

-Ah, querido amigo, si entro en la historia de mi familia habré de darle más de lo que espera.

-No, todo lo contrario, eso es lo que espero -dijo Newman.

-Entonces tendremos que fijar una sesión especial, y empe­zar temprano. Por ahora, baste con decir que Claire no ha dormido en un lecho de rosas. Contrajo, a los dieciocho años, un matrimonio que se esperaba que fuese espléndido, pero que resultó ser como una lámpara que se apaga: todo humo y mal olor. Monsieur Cintré tenía sesenta años y era un caballero odioso. Con todo, vivió poco tiempo, y después de su muerte su familia se abalanzó sobre su dinero, entabló un pleito con­tra su viuda y presionó al máximo. Su pleito tenía todas las de ganar, ya que resultó que monsieur Cintré, que había sido el administrador legal de algunos de sus parientes, había incurri­do en prácticas muy irregulares. En el transcurso del juicio, se revelaron unos datos de su historia privada que a mi hermana le parecieron tan desagradables que dejó de defenderse y se lavó las manos en cuanto concernía a la propiedad. Esto exigía cierto valor, ya que estaba entre dos fuegos: la familia de su marido contra ella, y su propia familia forzándola. Mi madre y mi hermano querían que se aferrase a lo que consideraban que eran sus derechos. Pero ella se resistió firmemente, y al final compró su libertad: consiguió que mi madre accediese a que abandonase el pleito al precio de una promesa.

-¿Cuál fue la promesa?

-Hacer, durante los diez años siguientes, todo aquello que se le pidiese... esto es, todo excepto casarse.

-¿Tanto aborrecía a su marido?

-¡Nadie sabe hasta qué punto!

-¿El matrimonio se había celebrado siguiendo esa horrible costumbre francesa -continuó Newman-, organizado por am­bas familias, sin darle a ella voz alguna?

-Fue un capítulo digno de una novela. Vio por vez primera a monsieur de Cintré un mes antes de la boda, cuando todo, hasta el más nimio de los detalles, estaba ya dispuesto. Al mirar­le se puso pálida, y pálida se quedó hasta el día de su boda. La víspera de la ceremonia se desmayó, y pasó toda la noche sumi­da en sollozos. Mi madre se quedó con ella, cogiéndole las ma­nos, y mi hermano estuvo paseándose de un extremo a otro de la habitación. Yo manifesté que todo ello era repugnante, y le dije públicamente a mi hermana que, si se negaba en redondo, yo la apoyaría. Me dijeron que me ocupase de mis asuntos, y se convirtió en la condesa de Cintré.

-Su hermano -dijo Newman con tono reflexivo- debe de ser un joven muy agradable.

-Es muy agradable*, pero no es joven. Tiene más de cin­cuenta años; me saca quince años. Ha sido como un padre para mi hermana y para mí. Es un hombre excepcional; tiene los mejores modales de toda Francia. Es extremadamente listo; sin duda, es muy culto. Está escribiendo la historia de Las princesas de Francia que nunca se casaron.

Esto fue dicho por Bellegarde con extrema gravedad, miran­do a Newman a los ojos y con una expresión que no denotaba ninguna reserva mental; o, al menos, que casi no denotaba nin­guna.

Es posible que Newman descubriese la poca que había, pues al poco rato dijo:

-Usted no quiere a su hermano.

-Discúlpeme -dijo Bellegarde ceremoniosamente-; la gente de buena crianza siempre quiere  a sus hermanos.

-¡Bueno, pues yo no le quiero! -respondió Newman.

-¡Espere a conocerle! -replicó Bellegarde, y esta vez sonrió.

-¿Su madre también es excepcional? -preguntó Newman tras una pausa.

-Por mi madre -dijo Bellegarde, esta vez con una intensa solemnidad- siento la mayor de las admiraciones. Es una mujer extraordinaria. No se puede uno acercar a ella sin percibirlo.

-Es hija, según tengo entendido, de un noble inglés.

-Del conde de Saint Dunstan's.

-¿Es muy antigua la familia del conde de Saint Dunstan's?

-Más o menos; siglo dieciséis. Por el lado de mi padre es por donde nos remontamos hacia atrás... muy, muy atrás. Hasta los anticuarios de la familia se quedan sin aliento. Al final se detie­nen, jadeando y abanicándose, por ahí por el siglo noveno, en la época de Carlomagno. Ahí es cuando empezamos.

-¿No hay ningún error? -dijo Newman.

-Espero que no, sin duda. De ser así, habremos estado equi­vocados durante varios siglos.

-¿Y siempre se han casado con familias antiguas?

-Como norma, sí, aunque en un período de tiempo tan largo ha habido excepciones. Tres o cuatro Bellegardes, en los siglos XVII y XVIII, tomaron esposas de la bourgeoisie: se casaron con hijas de abogados.

-La hija de un abogado; eso está muy mal, ¿no? -preguntó Newman.

-¡Horrible! Uno de nosotros, en la Edad Media, hizo mejor las cosas: se casó con una mendiga del servicio, como el rey Cophetua*. Realmente, eso estuvo mejor; era como casarse con un pájaro o con un mono; no había que pensar para nada en su familia. Nuestras mujeres siempre han hecho bien las cosas; ni siquiera han entrado en la petite noblesse. Que yo sepa, entre las mujeres no hay constancia de ninguna alianza malograda.

Newman estuvo dándole vueltas a esto durante un rato, y al final dijo:

-La primera vez que vino usted a verme, se ofreció a hacer­ me cualquier favor que estuviese a su alcance. Le dije que en algún momento le diría algo que podría hacer. ¿Lo recuerda?
-¿Recordarlo? Vengo contando cada minuto desde entonces.

-Muy bien; aquí está su oportunidad. Haga lo que pueda para conseguir que su hermana tenga una buena opinión de mí.

Bellegarde le miró fijamente, sonriendo.

-Vaya, estoy seguro de que ya le merece la mejor opinión posible.

-¿Una opinión basada en que me ha visto tres o cuatro veces? Me da por zanjado con muy poca cosa. Quiero algo más. Lo he pensado bastante, y al fin he decidido decírselo a usted. Me gus­taría mucho casarme con madame de Cintré.

Bellegarde le había estado mirando con animada expecta­ción, y con la misma sonrisa con la que había recibido la alusión de Newman a su promesa de pedirle algo. Ante esta última declaración siguió con la mirada fija, pero su sonrisa recorrió tres o cuatro fases curiosas. Sintió, en apariencia, un impulso pasajero a ensancharse, pero inmediatamente lo reprimió. Des­pués, la sonrisa estuvo consultando consigo misma durante unos instantes, al término de los cuales decretó la retirada. Se borró lentamente y dejó tras de sí una expresión de seriedad modificada por el deseo de no ser grosera. Una sorpresa extre­ma había irrumpido en la cara del conde Valentin, pero había reflexionado que sería descortés dejarla ahí. Sin embargo, ¿qué demonios iba a hacer con ella? Se levantó, en plena agitación, y se puso frente a la chimenea, sin dejar de mirar a Newman. Estuvo más tiempo pensando qué decir del que cabría haber esperado.

-Si no puede usted hacerme el favor que le pido -dijo New­man-, ¡dígalo!

-Déjeme oírlo una vez más, con claridad -dijo Bellegarde-. Es muy importante, ¿sabe? Defenderé su causa ante mi hermana, porque usted quiere... quiere... ¿casarse con ella? Es eso, ¿no?

-Bueno, no digo exactamente que defienda mi causa; intenta­ré hacerlo yo mismo. Pero de vez en cuando diga un par de cosas en mi favor... hágale saber que tiene usted buena opinión de mí.

Al oír esto, Bellegarde soltó una leve risita.

-Al fin y al cabo, lo que quiero -siguió Newman- es, funda­mentalmente, tan sólo hacerle saber lo que tengo en la cabeza. Supongo que eso es lo que esperan de uno, ¿no? Quiero hacer lo que sea habitual aquí. Si hay que hacer algo en particular, hága­melo saber y lo haré. Por nada del mundo me acercaría a madame de Cintré sin guardar las formas correctas. Si he de ir a decír­selo a su madre, pues iré y se lo diré. Incluso iré a decírselo a su hermano. Iré a decírselo a todo aquel que usted me diga. Como no conozco a nadie más, empiezo por decírselo a usted. Pero esto, aunque sea una obligación social, también es un placer.

-Sí, ya veo... ya veo -dijo Bellegarde, acariciándose suave­mente la barbilla-. Tiene usted una opinión muy exacta del asunto, pero me alegro de que haya empezado conmigo -hizo una pausa, titubeó y después se dio la vuelta y cruzó lentamen­te la habitación.

Newman se levantó y se apoyó contra la repisa de la chime­nea con las manos metidas en los bolsillos, mientras observaba el paseo de Bellegarde. El joven francés volvió y se detuvo fren­te a él.

-Me rindo -dijo-; no voy a fingir que no estoy sorprendido. Lo estoy... ¡enormemente! ¡Uf! ¡Vaya alivio!

-Este tipo de noticias siempre es una sorpresa -dijo Newman-. Hagas lo que hagas, la gente nunca está preparada. Pero aunque se sorprenda tanto, al menos espero que le complazca.

-¡Bueno! -dijo Bellegarde-. Voy a ser absolutamente sincero. No sé si me complace o si me horroriza.

-Si le complace, me animará -dijo Newman-, y me sentiré... estimulado. Si le horroriza lo lamentaré, pero no habré de desa­nimarme. Sáquele el mejor partido que pueda.

-Eso es cierto; no le cabe otra actitud. ¿Va usted absoluta­mente en serio?

-¿Acaso soy francés, para que no sea así? -preguntó Newman-. Pero ¿qué motivo iba a tener usted, dicho sea de paso, para horrorizarse?

Bellegarde se llevó la mano a la nuca y se frotó rápidamente la cabellera de arriba abajo, sacando a la vez la punta de la lengua.

-Vaya, no es usted noble, por ejemplo -dijo.

-¡Que me aspen si no lo soy!

-Ah -dijo Bellegarde, un poco más serio-, no sabía que tuvie­se usted un título.

-¿Un título? ¿A qué se refiere con un título? -preguntó New­man-. ¿Un conde, un duque, un marqués? No sé nada de eso, no sé quién lo es y quién no. Pero digo que soy noble. No sé con exactitud a qué se refiere usted con ello, pero es una palabra hermosa y una hermosa idea; la reclamo para mí.

-Pero ¿qué puede enseñar usted, mi querido amigo; qué pruebas tiene?

-¡Lo que usted quiera! Pero no vaya a suponer que voy a intentar demostrar que soy noble. Le corresponde a usted de­mostrar lo contrario.

-Eso es muy fácil. Ha fabricado pilas de baño.

Newman le miró fijamente un momento.

-¿Y por eso no soy noble? No acierto a verlo. Dígame algo que no haya hecho, algo que no pueda hacer.

-No se puede usted casar con una mujer como madame de Cintré tan sólo con pedirlo.

-Supongo que quiere decir -dijo lentamente Newman- que no soy lo bastante bueno.

-Hablando con crudeza... ¡sí!

Bellegarde había vacilado un momento, y mientras vacilaba la atenta mirada de Newman se había vuelto un tanto ansiosa. En respuesta a estas últimas palabras, por un instante no dijo nada. Simplemente, se sonrojó un poco. Después alzó la vista y se quedó mirando a uno de los sonrosados querubines que esta­ban pintados en el techo.

-Por supuesto, no espero casarme con una mujer sólo con pedirlo -dijo al fin-; primero, espero llegar a merecer su acep­tación. Para empezar, le tengo que gustar. Pero que yo no sea lo suficientemente bueno como para hacer la prueba es toda una sorpresa.

En la expresión de Bellegarde se entremezclaban perpleji­dad, simpatía y diversión.

-Entonces, ¿usted no dudaría en acercarse mañana a una duquesa para pedirle que se casase con usted?

-Si pensara que me conviene, no. Pero soy muy exigente; podría ser que no me conviniese en absoluto.

La diversión empezó a prevalecer en Bellegarde.

-¿Y se quedaría usted sorprendido si le rechazase?

Newman titubeó un instante.

-Suena fatuo decir que sí, pero, con todo, creo que así es. Porque le haría una oferta muy generosa.

-¿Cuál sería?

-Todo lo que ella deseara. Si consigo una mujer que esté a la altura de mis exigencias, nada me parecerá lo bastante bueno para ella. Llevo mirando mucho tiempo, y creo que las mujeres así son infrecuentes. Parece que es difícil reunir las cualidades que exijo, pero vencer la dificultad merece una recompensa. Mi esposa tendrá una buena posición, y no temo decir que habré de ser un buen marido.

-Y esas cualidades que exige usted, ¿cuáles son?

-Bondad, belleza, inteligencia, una buena educación, ele­gancia personal... en una palabra, todo lo que adorna a una mujer espléndida.

-Y buena cuna, evidentemente -dijo Bellegarde.

-Ah, si la hay, inclúyala en el lote, sin duda. ¡Cuanto más, mejor!

-¿Y le parece que mi hermana tiene todas esas cosas?

-Es exactamente lo que he estado buscando. Es mi sueño hecho realidad.

-¿Y sería usted muy buen marido?

-Eso es lo que quería que usted le dijese.

Bellegarde puso por un momento la mano sobre el brazo de su amigo, le miró de arriba abajo con la cabeza ladeada y, a con­tinuación, con una sonora risotada y sacudiendo la otra mano en el aire, se apartó. Volvió a cruzar la habitación, y de nuevo regresó y se apostó frente a Newman.

-Todo esto es muy interesante... es muy curioso. En lo que acabo de decir no estaba hablando por mí mismo, sino por mis tradiciones, mis supersticiones. En cuanto a mí, a decir verdad, su propuesta me agrada. Al principio me sobresaltó, pero cuanto más lo pienso mejor me parece. Es inútil que intente explicar­le nada; no me entendería. Al fin y al cabo, no veo qué necesi­dad hay en ello; no se pierde gran cosa.

-¡Si queda algo por explicar, inténtelo! Quiero avanzar con los ojos abiertos. Haré todo lo que pueda por entender.

-No -dijo Bellegarde-, me resulta desagradable; renuncio. Me gustó usted la primera vez que le vi, y a eso me voy a atener.

Sería detestable por mi parte que me pusiera a hablar con usted como si pudiese favorecerle. Le he dicho antes que le envidio; vous m'imposez, como decimos aquí. No le conocía demasiado hasta hace cinco minutos. Así que dejaremos que las cosas flu­yan, y no le diré nada que, si nuestras situaciones se intercam­biasen, usted no me diría.

No sé si, al renunciar a la misteriosa oportunidad a la que alu­dió, Bellegarde pensó que estaba haciendo algo muy generoso. De ser así, no tuvo recompensa; su generosidad pasó desaper­cibida. Newman no supo reconocer el poder del joven francés para herir sus sentimientos, y no tenía ninguna sensación de estar escapándose o zafándose con facilidad. No le dio las gra­cias a su amigo, ni siquiera con una mirada.

-Aun así, tengo los ojos bien abiertos -dijo-, porque prácti­camente me ha venido usted a decir que su familia y sus amigos me tratarán con desdén. Nunca he pensado mucho en las razo­nes que justifican que la gente sea desdeñosa, y por tanto sólo puedo llegar a una conclusión improvisada. Analizándolo de este modo, no consigo ver nada en ello. Sencillamente pienso, si quiere saberlo, que valgo tanto como el que más. Respecto a quiénes sean los mejores, no pretendo decirlo. Tampoco lo he pensado mucho. A decir verdad, siempre he tenido una opi­nión bastante buena de mí mismo; un hombre de éxito no lo puede evitar. Pero admito que he sido presuntuoso. A lo que no respondo «sí» es a que yo no esté en lo alto, tan en lo alto como cualquiera. Es un hilo especulativo que yo no habría elegido, pero debe recordar que fue usted quien lo inició. Jamás habría pensado que estuviese a la defensiva ni que tuviese que justifi­carme; pero si es así como lo quiere su gente, haré todo lo que esté en mis manos.

-Hace un rato se ofreció a cortejar, como decimos nosotros, a mi madre y a mi hermano.

¡Maldita sea! -exclamó Newman-, quiero portarme con edu­cación.

-¡Bien! -replicó Bellegarde-; esto va a llegar muy lejos, va a ser muy entretenido. Disculpe que hable de ello de manera tan despiadada, pero para mí, forzosamente, el asunto tiene algo de espectáculo. Qué duda cabe, es emocionante. Pero aparte de eso simpatizo con usted, y en la medida de lo posible ejer­ceré de actor tanto como de espectador. Es usted un tipo de pri­mera; creo en usted y le apoyo. El mero hecho de que aprecie usted a mi hermana será esa prueba que le estaba pidiendo. Todos los hombres son iguales, ¡sobre todo los hombres de buen gusto!

-¿Piensa usted -preguntó entonces Newman- que madame de Cintré está decidida a no casarse?

-Ésa es mi impresión. Pero eso no obra en contra de usted; a usted le corresponde hacerle cambiar de opinión.

-Me temo que será difícil -dijo Newman con gravedad.

-No creo que vaya a ser fácil. En términos generales, no veo por qué una viuda tendría que volver a casarse. Ha conseguido los beneficios del matrimonio (libertad y respeto) y se ha libra­do de los inconvenientes. ¿Por qué iba a meter de nuevo el cue­llo en el lazo? Su motivo habitual es la ambición; si un hombre le puede ofrecer una gran posición, convertirla en princesa o en embajadora, puede que le parezca una compensación sufi­ciente.

-Y, en ese sentido, ¿madame de Cintré es ambiciosa?

-Quién sabe -dijo Bellegarde, encogiéndose de hombros-. No pretendo decir todo lo que ella es o todo lo que no es. Creo que puede sentirse emocionada ante la perspectiva de conver­tirse en la esposa de un gran hombre. Pero creo que, en cierto sentido, haga lo que haga será lo improbable. No se confie dema­siado, pero tampoco dude absolutamente. Su mejor baza para el éxito será, precisamente, que ella le considere insólito, ines­perado, original. No intente ser otra persona; sea simplemente usted, de arriba abajo. Es imposible que no salga nada de ahí; siento una gran curiosidad por ver de qué se trata.

-Le estoy muy agradecido por su consejo -dijo Newman-. Y -añadió con una sonrisa- me alegro por usted de que yo vaya a ser tan divertido.

-Será algo más que divertido -dijo Bellegarde-; será estimu­lante. Yo lo miro desde mi punto de vista, y usted desde el suyo. ¡Al fin y al cabo, todo sea por un cambio! ¡Y pensar que tan sólo ayer estaba bostezando como para dislocarme la mandíbula, y afirmando que no hay nada nuevo bajo el sol! O mucho me equivoco, o es toda una novedad verle entrar a usted en la fami­lia como pretendiente. Permítame decirlo, querido amigo; no le daré ningún otro nombre, ni bueno ni malo; me limitaré a decir que es nuevo -y agotado por la sensación de novedad que se presagiaba, Valentin de Bellegarde se precipitó sobre una mullida butaca frente al fuego, y, con una intensa sonrisa inmó­vil, parecía que estaba teniendo una visión de todo ello en la llama de los troncos. Al cabo de un rato alzó la mirada-. Ade­lante, amigo mío; le acompañan mis mejores deseos -conti­nuó-. Pero es una verdadera lástima que no me entienda, que no sepa qué es exactamente lo que estoy haciendo.

-Ah -dijo Newman entre risas-, no haga nada malo. Mejor, déjeme a mis anchas o bien desafíeme abiertamente. Jamás pondría un peso sobre su conciencia.

Bellegarde volvió a levantarse de un salto; era obvio que esta­ba muy animado; el brillo de su mirada era aún más cálido que de costumbre.

-Nunca entenderá... nunca sabrá -dijo-; y si sale airoso y resulta que yo le he ayudado, nunca me lo agradecerá, no como mereceré que lo haga. Siempre será usted un tipo excelente, pero no será agradecido. Aunque no importa, porque yo le sacaré mi propia diversión a todo esto -y prorrumpió en una carcajada extravagante-. Parece usted perplejo -añadió-; casi parece asustado.

-Es realmente una lástima -dijo Newman- que no le entien­da. Me voy a perder unos chistes buenísimos.

-Le dije, recuerde, que éramos unas personas muy extrañas -siguió Bellegarde-. Vuelvo a advertirle. ¡Lo somos! Mi madre es extraña, mi hermano es extraño, y sinceramente pienso que yo soy más extraño que cualquiera de los dos. Incluso mi hermana le parecerá un poco extraña. Los árboles viejos tienen ramas tor­cidas, las casas viejas tienen grietas curiosas, las viejas estirpes tie­nen raros secretos. ¡Recuerde que tenemos ochocientos años!

-Muy bien -dijo Newman-; para eso vine a Europa, en busca de cosas de ese tipo. Encajan ustedes con mi programa.

-Touchez-là, entonces -dijo Bellegarde, tendiéndole la ma­no-. Es un trato: le acepto; abrazo su causa. Se debe en gran medida a que le aprecio, pero no es ésta la única razón -y siguió sosteniendo la mano de Newman y mirándole al sesgo.

-¿Cuál es la otra?

-Formo parte de la oposición. Hay una persona que me desa­grada.

-¿Su hermano? -preguntó Newman con su entonación plana.

Bellegarde se llevó el dedo a los labios y susurró: «¡Chitón!».

-¡Las viejas razas tienen extraños secretos! -dijo-. ¡Póngase en marcha, venga a ver a mi hermana y confíe en que cuenta con mi simpatía!

Y tras esto se marchó.

Newman se dejó caer en una butaca frente a su chimenea, y se quedó un largo rato con la mirada perdida entre las llamas.

 

CAPÍTULO IX

 

Al día siguiente fue a ver a madame de Cintré, y el criado le informó de que se hallaba en casa. Como de costumbre, pasó por la gran escalera gélida y después por un amplio vestíbulo, cuyas paredes parecían todas ellas compuestas por pequeños cuarterones con un toque de dorado descolorido hacía tiempo; de ahí se le hizo pasar a la sala de estar donde ya había sido recibido. Estaba vacía, y el criado le dijo que madame la Com­tesse saldría en seguida. Tuvo tiempo, mientras esperaba, de preguntarse si Bellegarde habría visto a su hermana desde la noche anterior, y si en tal caso le habría hablado de su conver­sación. De ser así, que le recibiese madame de Cintré era alen­tador. Sintió cierto azoramiento al pensar que quizá ella entra­se con la expresión en los ojos de conocer su profunda admiración y el proyecto que sobre ella había erigido; pero la sensación no era desagradable. Su rostro era incapaz de exhibir nada que le quitase hermosura, y tenía de antemano la certeza de que, se tomase como se tomase la proposición que tenía en reserva, no se la tomaría con escarnio ni con ironía. Tenía la impresión de que, con que pudiese apenas leer en el fondo de su corazón y medir la magnitud de su buena voluntad hacia ella, sería absolutamente bondadosa.

Al fin entró, después de un lapso tan largo que Newman se preguntó si no habría estado dudando. Madame de Cintré le sonrió con su habitual franqueza y le tendió la mano; le miró a la cara con sus ojos suaves y luminosos, y dijo, sin el menor asomo de temblor en la voz, que se alegraba de verle y que espe­raba que estuviese bien. Newman encontró en ella lo que ya había encontrado antes: aquel leve perfume de una timidez personal atenuada por el contacto con el mundo, pero tanto más perceptible cuanto más se acercaba uno a ella. Este persis­tente recato parecía darle un valor especial a lo que de inequí­voco y confiado había en su conducta; hacía que pareciese un don, un bello talento, algo que cabría comparar con un exqui­sito toque de un pianista. Era, de hecho, la «autoridad» de madame de Cintré, como dicen de los artistas, lo que especial­mente impresionaba y fascinaba a Newman; siempre volvía a sospechar que, cuando se completase tomando una esposa, era ésta la versión de sí mismo que le gustaría que su esposa le ofre­ciese al mundo. El único problema era, claro está, que al ser el instrumento tan perfecto se interponía demasiado entre uno mismo y el genio que lo utilizaba. Newman percibía en mada­me de Cintré una educación minuciosa, el paso por misteriosas ceremonias y procesos de cultura en su juventud, una hechura y una adaptación fruto de ciertas necesidades sociales sublimes. Todo esto, como ya he dicho, la hacían parecer rara y preciosa: un artículo muy caro, como habría dicho Newman, y cuya posesión sería sumamente agradable para un hombre con la am­bición de rodearse de todo lo mejor. Pero contemplando la cuestión con vistas a la felicidad privada, Newman se preguntó dónde, en mezcla tan exquisita, trazaban naturaleza y arte su línea divisoria. ¿Dónde se separaba la intención especial del hábito de los buenos modales? ¿Dónde acababa la cortesía y empezaba la sinceridad? Newman se hizo estas preguntas aun cuando estaba dispuesto a aceptar el admirado objeto en toda su complejidad; pensaba que podía hacerlo con absoluta con­fianza y que ya examinaría después, sin prisas, su mecanismo.

-Me alegro mucho de encontrarla a solas -dijo-. Ya sabe que hasta ahora no he tenido nunca tanta suerte.

-Pues parecía usted muy satisfecho con su suerte -dijo mada­me de Cintré-. Ha estado sentándose y observando a mis visitas con un aire de plácido disfrute. ¿Qué le han parecido?

-Bueno, las damas me han parecido muy elegantes y muy dignas, y asombrosamente agudas en las réplicas. Pero lo que más he pensado ha sido que no hacen sino ayudarme a admi­rarla a usted. -No era galantería por parte de Newman, arte éste en el que no estaba en absoluto versado. Era, sencillamen­te, el instinto del hombre práctico que había decidido lo que quería y estaba empezando ahora a dar pasos activos para obte­nerlo.

Madame de Cintré dio un ligero respingo y arqueó las cejas; evidentemente, no se esperaba un cumplido tan fervoroso.

-Ah, en ese caso -dijo con una risa-, que me encuentre us­ted sola no me trae buena suerte. Espero que alguien entre pronto.

-Espero que no -dijo Newman-. Tengo algo especial que decirle. ¿Ha visto usted a su hermano?

-Sí; le vi hace una hora.

-¿Le dijo que me vio anoche?

-Eso dijo.

-¿Y le contó de qué estuvimos hablando?

Madame de Cintré vaciló un instante. Mientras Newman le hacía estas preguntas había palidecido un poco, como si esti­mase necesario lo que venía a continuación, pero no agradable.

-¿Le dio usted un recado para mí? -preguntó.

-No era exactamente un recado; le pedí que me hiciera un favor.

-El favor consistía en cantar sus virtudes, ¿no es así? -y mada­me de Cintré acompañó la pregunta con una sonrisita, como para facilitarse las cosas.

-Sí, en realidad se reduce a eso -dijo Newman-. ¿Ha canta­do mis virtudes?

-Habló muy bien de usted. Aunque, sabiendo que obedecía a una petición especial, debo, por supuesto, tomarme su pane­gírico con reservas.

-Ah, eso no cambia las cosas -dijo Newman-. Su hermano no habría hablado bien de mí si no creyese lo que estaba diciendo. Es demasiado honrado para eso.

-Usted es muy astuto, ¿no? -preguntó madame de Cintré-. ¿Intenta complacerme alabando a mi hermano? Confieso que es un buen método.

-Para mí, cualquier método que tenga éxito será bueno. Me pasaré el día entero alabando a su hermano, si eso ha de ayudarme. Es un tipo noble. Me ha hecho sentir, al prometer­me que haría todo lo posible por ayudarme, que puedo con­fiar en él.

-No le dé demasiada importancia a eso -dijo madame de Cintré-. Muy poco le puede ayudar.

-Naturalmente, debo abrirme camino yo solo. Lo sé muy bien; tan sólo quiero una oportunidad para hacerlo. Después de lo que le dijo, que usted consienta en verme casi parece como darme una oportunidad.

-Le veo -dijo madame de Cintré lenta y gravemente- porque le prometí a mi hermano que lo haría.

-¡Bendito sea su hermano! -exclamó Newman-. Lo que le dije anoche fue lo siguiente: que la admiraba más que a ningu­na mujer que haya visto nunca, y que me gustaría enormemen­te convertirla en mi esposa -pronunció estas palabras con gran claridad y firmeza, sin confusión alguna.

Estaba embebido en su idea, la había domado por completo, y parecía estar mirando a madame de Cintré y toda su elegan­cia concentrada desde las alturas de su tonificante buena con­ciencia. Es probable que no hubiese podido dar con nada mejor que estos aires y este porte concretos. Pero la sonrisa leve, forzada de manera apenas perceptible, con que su acompa­ñante le había escuchado se fue borrando, y entonces empezó a mirarle con los labios entreabiertos y un semblante tan solem­ne como el de una máscara trágica. Sin duda, había algo que le resultaba muy doloroso en la escena a la que Newman la estaba sometiendo, y aun así su impaciencia no se traducía en una voz de enfado. Newman se preguntó si le estaría haciendo daño; no conseguía imaginarse por qué la generosa devoción que inten­taba expresarle habría de serle antipática. Se levantó y se puso frente a ella, apoyando una mano sobre la chimenea.

-Ya sé que la he visto demasiado poco para decirle esto, tan poco que tal vez lo que digo suene irrespetuoso. ¡Ésa es mi des­gracia! Lo podría haber dicho la primera vez que la vi. En rea­lidad, ya la había visto antes; la había visto con la imaginación; casi me pareció una vieja amiga. Así pues, lo que digo no son meras galanterías, ni cumplidos ni tonterías: no puedo hablar así, no sé hacerlo y, aunque pudiese, no lo haría con usted. Esto es tan serio como cabe ser a las palabras de este tipo. Me siento como si la conociera y supiese qué hermosa y admirable mujer es usted. Quizá llegue un día en que lo sepa mejor, pero ahora tengo una idea general. Usted es justo la mujer que he estado buscando, sólo que es mucho más perfecta. No haré declara­ciones y promesas, pero puede confiar en mí. Es muy pronto, lo sé, para decir todo esto; casi es ofensivo. Pero ¿por qué no ganar tiempo si se puede? Y si necesita usted tiempo para reflexionar (y por supuesto que lo necesita), cuanto antes empiece, mejor para mí. No sé qué opinión le merezco, pero no tengo dema­siado misterio; lo que usted ve es lo que soy. Su hermano me dijo que mis antecedentes y mis ocupaciones obraban en con­tra mía; que de alguna manera su familia está en un nivel más alto que yo. Es una idea, por supuesto, que ni entiendo ni acep­to. Pero a usted todo eso no le importa. Le puedo asegurar que soy un tipo muy concienzudo, y que si me empeño puedo orga­nizar las cosas de tal modo que en muy pocos años no tendré que perder el tiempo explicando quién soy y lo que soy. Usted decidirá por sí misma si le gusto o no. Lo que hay, lo tiene usted delante. Sinceramente pienso que no tengo vicios ocultos ni malas artes. ¡Soy muy, muy bondadoso! Todo lo que un hombre puede darle a una mujer, yo se lo daré. Poseo una gran fortuna, una fortuna enorme; algún día, si usted me lo permite, entraré en detalles. Si quiere esplendor, todas las modalidades de esplendor que el dinero pueda darle, lo tendrá. Y respecto a cualquier cosa a la que pudiese tener que renunciar, no dé demasiado por hecho que su lugar no pueda ocuparse. Déjeme eso a mí; yo la cuidaré; sabré lo que necesita. La energía y el ingenio pueden arreglarlo todo. ¡Soy un hombre fuerte! ¡Ya está, he dicho lo que llevaba en el corazón! Era mejor soltarlo. Lo siento si le resulta desagradable, pero piense que es mucho mejor que las cosas estén claras. No me responda ahora si no quiere. Piénselo; piénselo todo lo despacio que le plazca. Por supuesto, no he dicho, no puedo decir, ni la mitad de lo que quiero decir, sobre todo de mi admiración por usted. Pero míreme desde una perspectiva favorable; no será sino lo justo.

Durante este discurso, el más largo que jamás había pronun­ciado Newman, madame de Cintré no apartó de él la mirada, que al final se amplió para convertirse en una especie de gesto fijo de fascinación. Cuando Newman dejó de hablar, madame de. Cintré bajó los ojos y siguió sentada unos instantes sin des­pegarlos del suelo. Luego se levantó despacio, y un par de ojos excepcionalmente agudos habrían percibido que su movimien­to iba acompañado de un leve temblor. Su aspecto seguía sien­do de una seriedad extrema.

-Le estoy muy agradecida por su oferta -dijo-. Aunque pa­rezca extraño, me alegro de que haya hablado sin más demora. Será mejor descartar el asunto. Agradezco todo lo que dice; me hace usted un gran honor. Pero he decidido no casarme.

-¡Ah, no diga eso! -exclamó Newman con un tono absoluta­mente naïf por su cadencia implorante y melosa. Madame de Cintré había empezado a alejarse, y ante esto se detuvo un momento dándole la espalda-. Piénselo mejor. Es usted dema­siado joven, demasiado hermosa, demasiado hecha para ser feliz y hacer felices a otros. Si teme perder su libertad, le puedo asegurar que esta libertad de aquí, esta vida que ahora lleva, es un sombrío cautiverio comparada con lo que yo le ofreceré. Hará cosas que no creo que se le hayan pasado jamás por la cabeza. La llevaré a vivir a cualquier parte del ancho mundo que usted proponga. ¿Es usted infeliz? Me da la impresión de que es infeliz. No tiene ningún derecho a serlo ni a que se lo hagan ser. Permítame que entre y ponga fin a esto.

Madame de Cintré se quedó allí un momento más, con la mirada apartada de Newman. Si estaba conmovida por su manera de hablar, era comprensible. La voz de Newman, siem­pre muy suave e interrogativa, se fue volviendo tan dulce y tan tiernamente razonadora como si le hubiese estado hablando a un chiquillo muy querido. Newman se quedó observándola y al fin ella se volvió, pero esta vez sin mirarle, y habló con un sosie­go en el que había evidentes indicios de esfuerzo.

-Hay numerosas razones por las que no debo casarme -di­jo-, más de las que le puedo explicar. En cuanto a mi felicidad, soy muy feliz. Su proposición me resulta extraña, también por más razones de las que puedo decir. Por supuesto, está usted en todo su derecho a hacerla. Pero no la puedo aceptar: es impo­sible. Por favor, jamás vuelva a hablar de este asunto. Si no me lo puede prometer, tendré que pedirle que no regrese.

-¿Por qué es imposible? -quiso saber Newman-. Puede que se lo parezca a primera vista, sin que en realidad lo sea. No espe­raba que le agradase de entrada, pero creo de verdad que, si piensa en ello un buen rato, se quedará satisfecha.

-No le conozco -dijo madame de Cintré-. Tenga en cuenta lo poco que le conozco.

-Muy poco, por supuesto, y por eso no le pido que me dé la respuesta en el acto. Sólo le pido que no diga que no y que me dé esperanzas. Esperaré todo lo que usted quiera. Mientras, podrá verme más y conocerme mejor, contemplarme como un posible marido (como un candidato) y decidirse.

Algo estaba sucediendo, a toda velocidad, en los pensamien­tos de madame de Cintré; estaba sopesando una cuestión ahí mismo, ante los ojos de Newman, sopesándola y decidiendo.

-Puesto que no le ruego con todos mis respetos que aban­done la casa y no regrese nunca -dijo-, le escucho y parece que le doy esperanzas. Le he escuchado contra mi leal saber y enten­der. Se debe a que es usted elocuente. Si me hubiesen dicho esta mañana que habría de acceder a considerarle como un posible marido, me habría parecido que mi informante estaba un poco loco. ¡Le escucho!, ¿no lo ve? -y extendió las manos, dejándolas caer con un gesto que apenas traducía una expre­sión mínima de débil súplica.

-Bueno, en lo que respecta a decir, lo he dicho todo -dijo Newman-. Creo en usted sin reservas, y pienso de usted todo lo bueno que cabe pensar de un ser humano. Creo firmemente que casándose conmigo estará segura. Como acabo de decir -prosiguió con una sonrisa-, no tengo malas artes. Puedo hacer mucho por usted. Y si teme que yo no sea aquello a lo que ha sido acostumbrada, que no sea refinado y atento y puntilloso, quizá esté llevando demasiado lejos su interpretación. ¡Soy aten­to! ¡Ya lo verá!

Madame de Cintré se alejó una pequeña distancia y se detu­vo ante una gran planta, una azalea que florecía en un tiesto de porcelana frente a su ventana. Arrancó una de las flores y, retor­ciéndola entre los dedos, deshizo sus pasos. Después se sentó en silencio, y su actitud parecía aprobar que Newman siguiese hablando.

-¿Por qué ha de decir que es imposible que usted se case? -continuó-. Lo único que podría llevar a que fuese realmente imposible seria que ya estuviese casada. ¿Se debe a que fue des­dichada en su matrimonio? Razón de más. ¿Se debe a que su familia la coarta, le pone dificultades, la incomoda? Otra razón de más; usted debería ser absolutamente libre, y el matrimonio hará que lo sea. No digo nada contra su familia; ¡téngalo muy claro! -añadió Newman, con una vehemencia que a un obser­vador perspicaz le podría haber hecho sonreír-. Sean cuales sean sus sentimientos hacia ellos, serán los debidos, y todo lo que usted desee que yo haga para serles simpático, lo haré lo mejor que sepa. ¡No lo dude!

Ella volvió a levantarse y avanzó hacia la chimenea, cerca de la cual estaba Newman. La expresión de dolor y turbación ha­bía abandonado el rostro de madame de Cintré, iluminado ahora con algo que, al menos esta vez, no debería haber con­fundido a Newman respecto a si obedecía al hábito o a la inten­ción, al arte o a la naturaleza. Tenía el aire de una mujer que ha cruzado la frontera de la amistad y que, al mirar a su alre­dedor, ve que la región es extensa. El habitual fulgor discreto de sus ojos se mezclaba con cierta exaltación reprimida y con­trolada.

-No me negaré a volver a verle dijo-, ya que mucho de lo que ha dicho me ha sido grato. Pero le veré tan sólo con esta condi­ción: que no vuelva a decir nada parecido en mucho tiempo.

-¿Cuánto tiempo?

-Seis meses. Ha de ser una promesa solemne.

-Muy bien; lo prometo.

-Entonces, adiós -dijo, y le tendió la mano.

Newman la sostuvo un momento, como si fuese a decir algo más. Pero se limitó a mirarla; luego, se marchó.

Esa noche, en el Boulevard, se encontró con Valentin de Bellegarde. Después de intercambiar saludos, Newman le dijo que había visto a madame de Cintré unas horas antes.

-Lo sé -dijo Bellegarde-. He cenado en la Rue de l'Univer­site.

Y después, durante unos instantes, ambos hombres guarda­ron silencio. Newman deseaba preguntarle a Bellegarde qué impresión palpable había causado su visita, y a su vez el conde Valentin tenía una pregunta que hacerle. Bellegarde habló pri­mero.

-No es asunto mío, pero ¿qué diablos le dijo a mi hermana?

-Me complace decirle -dijo Newman- que le hice una pro­posición de matrimonio.

-¿Ya? -dijo el joven, y soltó un silbido-. ¡El tiempo es oro! ¿No es eso lo que se dice en América? ¿Y madame de Cintré? -añadió con una inflexión interrogativa.

-No me la aceptó.

-No podía hacerlo, sabe usted, de esa manera.

-Pero he de volver a verla -dijo Newman.

-¡Ah, extrañas mujeres! -exclamó Bellegarde. Entonces se interrumpió y retuvo a Newman a distancia de un brazo-. ¡Le miro con respeto! -exclamó-. ¡Ha logrado usted lo que llama­mos aquí un éxito personal! Ahora, inmediatamente, debo pre­sentarle a mi hermano.

-¡Cuando usted quiera! -dijo Newman.

 

CAPÍTULO X

 

Newman siguió viendo a sus amigos los Tristram con mucha fre­cuencia, aunque, de hacer caso a la versión de la señora Tris­tram, cabría suponer que se les había repudiado cínicamente en aras de relaciones más ilustres.

-Estábamos muy bien siempre y cuando no hubiese rivales: mejor nosotros que nada. Pero ahora que se ha puesto usted de moda y que cada día puede escoger entre tres invitaciones a cenar, nos tira a un rincón. No me cabe duda de que está muy bien por su parte eso de venir a vernos una vez al mes; me extra­ña que no nos envíe su tarjeta en un sobre. Cuando lo haga, que lleve, por favor, una orla negra, por la muerte de mi última ilusión.

Con este tono mordaz moralizaba la señora Tristram sobre el supuesto abandono de Newman, que en realidad no era sino una constancia de lo más ejemplar. Bromeaba, por supuesto, pero había siempre algo irónico en sus chistes, al igual que había siempre algo chistoso en su seriedad.

-No se me ocurre mejor prueba de que los he tratado muy bien -había dicho Newman- que el hecho de que se tome tan­tas libertades conmigo. La familiaridad engendra desprecio; no me he hecho valer. Si tuviese un mínimo de orgullo como es debido, me mantendría alejado un tiempo y cuando me invita­sen ustedes a cenar les diría que iba a ver a la princesa Boreals­ka. Pero carezco de orgullo cuando lo que está en juego es mi disfrute, y para que sigan teniendo ganas de verme (aunque sólo sea para insultarme) accederé a lo que usted quiera; estoy dispuesto a admitir que soy el mayor esnob de París.

De hecho, Newman había declinado una invitación que le había hecho personalmente la princesa Borealska, una fisgona dama polaca a quien había sido presentado, por el motivo de que ese día concreto cenaba siempre en casa de la señora Tris­tram; su infidelidad a las antiguas amistades no era más que una teoría tiernamente perversa de su anfitriona de la Avenue d'Ié­na. Necesitaba la teoría para explicarse cierta irritación moral que a menudo le rondaba; aunque si esta explicación es defec­tuosa habrá de ser un analista más profundo que yo quien ofrezca la acertada. Después de haber lanzado a nuestro héroe a la corriente que con tanta rapidez le iba arrastrando, parecía que sólo estaba satisfecha a medias de su celeridad. La señora Tristram había tenido demasiado éxito; había llevado a cabo su juego con demasiada inteligencia y ahora quería revolver las cartas de la baraja. Newman le había dicho, en su día, que su amiga era «satisfactoria». El epíteto no era romántico, pero a la señora Tristram no le fue difícil percibir que, en lo esencial, el sentimiento latente sí que lo era. De hecho, la concisión mode­rada y expansiva con que él pronunció estas palabras, junto con cierta expresión a la vez suplicante e inescrutable que emitie­ron sus ojos entreabiertos mientras apoyaba la cabeza sobre el respaldo de la silla, se le antojaron el más elocuente testimonio de un sentimiento maduro que jamás había presenciado. Newman, como reza el dicho francés*, tan sólo contribuía a reafir­mar la sensación que ella tenía, pero sus templados arrebatos producían un efecto singular en aquel ardor que ella misma había manifestado tan libremente varios meses antes. Ahora parecía dada a adoptar una opinión exclusivamente crítica de madame de Cintré, y deseaba dejar bien claro que no se hacía responsable de que ésta fuese un dechado de todas las virtudes.

-Jamás ha habido una mujer que fuese tan buena como pare­ce serlo esta mujer -dijo-. Recuerde cómo llama Shakespeare a Desdémona: «una veneciana supersutil». Madame de Cintré es una parisina supersutil. Es una mujer encantadora, y tiene méri­tos a pares; pero a usted más le valdría tener eso presente.

¿No estaría descubriendo la señora Tristram que, sencilla­mente, tenía celos de su querida amiga del otro lado del Sena, y que al proponerse dotar a Newman de una esposa ideal había confiado demasiado en su propio desinterés? Nos podemos permitir ponerlo en duda. La inconsecuente damita de la Ave­nue d'Iéna tenía una necesidad insuperable de cambiar de sitio, intelectualmente hablando. Poseía una viva imaginación, y era capaz, en ciertas ocasiones, de imaginarse el polo opuesto de sus creencias más caras con una intensidad superior a la de la convicción. Se cansaba de pensar como es debido, pero no había ningún peligro en ello porque, de la misma manera, se cansaba de pensar mal. En lo más recio de sus misteriosos retor­cimientos tenía admirables fogonazos de justicia. Uno de ellos sobrevino cuando Newman le contó que le había hecho una proposición formal a madame de Cintré. Repitió en pocas pala­bras lo que había dicho, y en muchas lo que ella había respon­dido. La señora Tristram le escuchó con sumo interés.

-Pero al fin y al cabo -dijo Newman- no hay nada por lo que felicitarme. No es ningún triunfo.

-Le ruego que me disculpe -dijo la señora Tristram-; es un gran triunfo. Es un gran triunfo que no le mandase callar a la primera palabra y le pidiese que no volviera a hablarle jamás.

-No lo veo así -observó Newman.

-Por supuesto que no; ¡líbrele el cielo! Cuando le dije que siguiera su propio camino e hiciese lo que se le viniera a la cabe­za, no tenía ni idea de que fuese a ir al grano tan aprisa. Jamas imaginé que se declararía usted después de cinco o seis visitas matinales. Hasta ese momento, ¿qué había hecho usted para que ella le apreciase? Tan sólo quedarse sentado (y no muy derecho) y mirarla fijamente. Pero ella le aprecia.

-Eso está por ver.

-No, eso está demostrado. Lo que está por ver es qué va a salir de ahí. Que usted le fuese a proponer que se casen, sin más, nunca se le podría haber pasado por la cabeza. Apenas se puede hacer idea de lo que se le vino a la cabeza mientras usted habla­ba; si en efecto llega a casarse con usted, el lance vendrá carac­terizado por la justicia habitual que todos los asuntos humanos hacen a las mujeres. Usted creerá que se hace una idea amplia de ella; pero ni siquiera llegará a atisbar el extraño mar de sen­timientos que habrá atravesado antes de aceptarle. El otro día, allí quieta frente a usted, se zambulló en él. Se dijo «¿Por qué no?» a algo que, unas horas antes, había sido inconcebible. Giró en torno al eje de mil prejuicios adquiridos y tradiciones y miró a donde nunca había mirado hasta entonces. Cuando lo pien­so... cuando pienso en Claire de Cintré y en todo lo que representa, me parece que hay algo muy hermoso en todo esto. Cuando le recomendé que probase suerte con ella tenía, por supuesto, buena opinión de usted, y a pesar de sus pecados la sigo teniendo. Pero confieso que no llego a ver del todo qué es, ni qué es lo que ha hecho para conseguir que una mujer como ella haga una cosa así por usted.

-¡Ah, hay algo muy hermoso en todo esto! -se rió Newman, repitiendo sus palabras. Le producía una satisfacción inmensa oír que había algo hermoso en el asunto. Él, por su parte, care­cía de la menor duda al respecto, pero ya había empezado a valorar la admiración del mundo por madame de Cintré como algo que aumentaba la probable gloria de la posesión.

Fue justo tras esta conversación cuando Valentin de Belle­garde fue a acompañar a su amigo a la Rue de l'Université con el objeto de presentarlo a los demás miembros de su familia.

-Ya ha entrado en la familia -dijo-, y se ha empezado a ha­blar de usted. Mi hermana le ha mencionado a mi madre sus sucesivas visitas, y ha sido una casualidad que mi madre no estu­viese presente en ninguna. Yo he hablado de usted como de un americano de inmensa fortuna, además de como del mejor tipo del mundo, que va en busca de algo muy superior en lo que a una esposa se refiere.

-¿Cree usted -preguntó Newman- que madame de Cintré le ha contado a su madre la última conversación que tuve con ella?

-Estoy convencido de que no; seguirá su propio parecer. Mientras tanto, debe usted abrirse camino con el resto de la familia. Esto es lo que se sabe hasta ahora de usted: que ha ama­sado una gran fortuna con los negocios, que es un poco excén­trico y que admira sinceramente a nuestra querida Claire. Pare­ce ser que mi cuñada, a quien recordará haber visto en la sala de estar de madame de Cintré, le ha cobrado cierta simpatía; según su descripción, tiene usted beaucoup de cachet. Mi madre, por ende, siente curiosidad por verle.

-Espera reírse de mí, ¿eh? -dijo Newman.

-Nunca se ríe. Si no es usted de su agrado, no espere obte­ner su favor siendo divertido. ¡Siga mi consejo!

Esta conversación tuvo lugar por la tarde, y media hora des­pués Valentin dirigió a su camarada a un apartamento de la casa de la Rue de l'Université en el que aún no había entrado: el salón de la viuda marquise de Bellegarde. Era una habitación enorme y alta, con molduras recargadas y macizas pintadas de un gris blanquecino a lo largo de la parte superior de las pare­des y del techo; una profusa tapicería desvaída, y cuidadosa­mente restaurada, en los dinteles de las puertas y en los respal­dos de las sillas; una alfombra turca de colores claros sobre el suelo, todavía suave y mullida a pesar de su gran antigüedad, y los retratos de cada uno de los hijos de madame de Bellegarde a la edad de diez años colgados de una vieja mampara de seda roja. La habitación estaba iluminada -lo estrictamente necesa­rio para conversar- con media docena de candelabros reparti­dos a grandes distancias por rincones apartados. Sentada en un mullido sillón, junto al fuego, había una anciana vestida de negro; en el otro extremo de la habitación había una persona al piano, tocando un vals muy expresivo. En esta última perso­na Newman reconoció a la joven marquise de Bellegarde.

Valentin presentó a su amigo, y Newman se dirigió a la vieja dama que estaba junto al fuego y le estrechó la mano. Tuvo una impresión fugaz de un rostro blanco, delicado y envejecido, con la frente alta, una boca pequeña y un par de fríos ojos azules que conservaban mucha de la frescura de la juventud. Madame de Bellegarde le miró con detenimiento y le devolvió el apretón de manos con una especie de flema británica que a Newman le recordó que era la hija del conde de Saint Dunstan's. Su nuera dejó de tocar y le dedicó una agradable sonrisa. Newman se sentó y se puso a mirar a un lado y a otro, mientras Valentin iba a besar la mano de la joven marquesa.

-Debería haberle visto antes -dijo madame de Bellegarde-. Le ha hecho usted varias visitas a mi hija.

-Así es -dijo, sonriente, Newman-; a estas alturas, madame de Cintré y yo somos ya viejos amigos.

-Ha ido usted deprisa -dijo madame de Bellegarde.

-No tan deprisa como yo quisiera dijo con osadía Newman.

-Ah, es usted muy ambicioso -respondió la anciana dama.

-Sí, confieso que lo soy -sonrió Newman.

Madame de Bellegarde le miró con sus fríos y finos ojos, y él le devolvió la mirada a la vez que reflexionaba que era una posi­ble adversaria y se intentaba formar un juicio acerca de ella. Sus ojos permanecieron unos instantes en contacto. Entonces madame de Bellegarde desvió la mirada y, sin sonreír, dijo:

-También yo soy muy ambiciosa.

Newman notó que no era fácil formarse un juicio; era una mujer terrible, inescrutable. Se parecía a su hija, y sin embargo era absolutamente distinta. Madame de Cintré tenía la misma tez, y la noble delicadeza de su frente y de su nariz era heredi­taria. Pero su rostro era una copia más grande y más libre, y su boca en especial divergía felizmente de aquel orificio pruden­te, de aquel diminuto par de labios a la vez rollizos y apretados que, cuando estaban cerrados, no parecían capaces de abrirse más que lo justo para tragarse una grosella o emitir un «¡Ay, Dios mío!», que con toda probabilidad pensaba que añadía la pincelada final a la lindeza aristocrática de lady Emmeline Athe­ling* tal y como la habían retratado, cuarenta años atrás, en varios Books of Beauty**. El rostro de madame de Cintré tenía, a juicio de Newman, un abanico expresivo tan deliciosamente vasto como la extensión de una pradera del Oeste con vientos racheados y salpicada de nubes. En cambio, el semblante blan­co, intenso y respetable de su madre, con su mirada formal y su sonrisa limitada, sugería un documento firmado y sellado; algo hecho con pergamino, tinta y líneas regladas. «Es una mujer de fuertes convicciones y decoro -se dijo para sus adentros mien­tras la miraba-; su mundo es el mundo de las cosas sometidas a una sentencia inmutable. Pero ¡qué cómoda vive en él, y qué paraíso es para ella! Se pasea por él como si fuera un parque flo­rido, un jardín del Edén; y cuando ve un mojón donde está escrito "Esto es distinguido" o "Esto es impropio", se detiene estáticamente, como si estuviera escuchando un ruiseñor u oliendo una rosa.» Madame de Bellegarde llevaba atada bajo la barbilla una pequeña capucha de terciopelo negro, y estaba envuelta en un viejo chal negro de cachemira.

-¿Es usted americano? -dijo al poco rato-. He visto a varios americanos.

-Hay varios en París -dijo Newman jocosamente.

-¿Ah, sí? -dijo madame de Bellegarde-. Fue en Inglaterra donde los vi, o en algún otro sitio; en París, no. Creo que debió de ser en los Pirineos, hace muchos años. Tengo entendido que sus damas son muy bonitas. ¡Una de aquellas damas era muy bonita! ¡Una tez maravillosa! Me dio una carta de presentación de parte de alguien (no recuerdo quién) y mandó con ella una nota suya. Guardé la nota durante mucho tiempo, por lo extra­ño de su expresión. Me sabía algunas frases de memoria. Pero ya se me han olvidado; han pasado tantos años... Desde enton­ces no he visto más americanos. Creo que mi nuera sí; es una pindonga, ve a todo el mundo.

Al oír esto la joven dama se acercó entre frufrús, estrujándo­se la delgadísima cintura y lanzando ojeadas perezosamente absortas al frente de su vestido, sin duda diseñado para un baile. Era, de modo singular, a la vez fea y bonita; tenía ojos protube­rantes y los labios eran de un rojo extraño. A Newman le recor­daba a su amiga, mademoiselle Nioche; así habría querido ser aquella joven que a tantos obstáculos se enfrentaba. Valentin de Bellegarde la siguió a cierta distancia, dando saltitos para apar­tarse de la larga cola desplegada de su vestido.

-Deberías enseñar más los hombros por atrás -le dijo con tono muy solemne-. Lo mismo te daba ponerte una gorguera que llevar un vestido como éste.

La joven se colocó de espaldas al espejo que había sobre la chimenea y se echó un vistazo por detrás para comprobar la afirmación de Valentin. El espejo llegaba cerca del suelo, pero aun así no reflejaba más que una gran superficie de carne des­nuda. La joven marquesa se llevó las manos atrás y tiró hacia abajo de la cintura del vestido.

-¿Así quieres decir? -preguntó.

-Eso está un poco mejor -dijo Bellegarde con el mismo to­no-, pero deja mucho que desear.

-Oh, nunca exagero las cosas -dijo su cuñada. Y luego, diri­giéndose a madame de Bellegarde-: ¿Cómo me acaba de lla­mar, madame?

-Te he llamado pindonga -dijo la anciana dama-. Pero tam­bién te podría llamar otra cosa.

-¿Pindonga? ¡Vaya palabra más fea! ¿Qué significa?

-Una persona muy hermosa -se atrevió a decir Newman, al ver que era una palabra francesa.

-Es un bonito cumplido, pero una mala traducción -dijo la joven marquesa. Y acto seguido, mirándole un momento-: ¿Baila usted?

-Ni un paso.

-Hace usted muy mal -se limitó a decir ella. Y después de dar otro vistazo a su espalda en el espejo, se alejó.

-¿Le gusta París? -siguió la vieja dama, que evidentemente se estaba preguntando cuál sería el mejor modo de hablarle a un americano.

-Sí, mucho -dijo Newman. Y añadió con una entonación amistosa-: ¿A usted no?

-No puedo decir que lo conozca. Conozco mi casa, conozco a mis amigos... no conozco París.

-Ah, se pierde usted mucho -dijo Newman con tono de con­dolencia.

Madame de Bellegarde le clavó la vista; posiblemente fuese la primera vez que alguien la compadecía por sus pérdidas.

-Estoy satisfecha con lo que tengo -dijo con dignidad.

En ese preciso momento, los ojos de Newman estaban vagan­do por la habitación, que le pareció un tanto triste y raída; pasa­ron desde los altos ventanales de bisagras y los recios marcos de sus pequeños cristales hasta los tonos cetrinos de dos o tres retratos al pastel, del siglo pasado, que colgaban entre ellos. Por supuesto, tendría que haber respondido que la satisfacción de su anfitriona era lo natural: poseía un montón de cosas. Pero la idea no se le ocurrió durante la breve pausa que vino a conti­nuación.

-Bueno, querida madre -dijo Valentin, acercándose a apo­yarse en la chimenea-, ¿qué piensas de mi querido amigo Newman? ¿Es o no el tipo excelente del que te hablé?

-Mi relación con el señor Newman no ha ido muy lejos -dijo madame de Bellegarde-. Por ahora sólo puedo apreciar su gran cortesía.

-Mi madre es una gran juez en estas cuestiones -le dijo Va­lentin a Newman-. Si le ha satisfecho, es un triunfo.

-Espero que habré de satisfacerle, algún día -dijo Newman dirigiéndose a la vieja dama-. Aún no he hecho nada.

-No debe escuchar a mi hijo; le meterá en líos. Es un infeliz tarambana.

-Ah, yo le aprecio... le aprecio -dijo cordialmente Newman.

-Le divierte, ¿eh?

-Sí, desde luego.

-¿Oyes esto, Valentin? -dijo madame de Bellegarde-. Divier­tes al señor Newman.

-¡Puede que todos lleguemos a ese punto! -exclamó Valentin.

-Debe ver a mi otro hijo -dijo madame de Bellegarde-. Vale mucho más que éste. Pero no le divertirá.

-¡No sé... no sé! -murmuró reflexivamente Valentin-. Aun­que en seguida lo sabremos. Aquí llega monsieur mon frère.

La puerta se acababa de abrir para dar acceso a un caballero de cuyo rostro se acordaba Newman. Había sido el autor del desconcierto de nuestro héroe la primera vez que intentó pre­sentarse ante madame de Cintré. Valentin de Bellegarde fue al encuentro de su hermano, le miró un instante y después, cogiéndole del brazo, le llevó hasta Newman.

-Éste es mi excelente amigo el señor Newman -dijo melosa mente-. Tienes que conocerle.

-Estoy encantado de conocer al señor Newman -dijo el mar­qués, haciendo una profunda reverencia pero sin ofrecerle la mano.

«Es la viva imagen de la vieja», se dijo Newman para sus aden­tros a la vez que devolvía el saludo a monsieur de Bellegarde. Y éste fue el punto de partida para elaborar, mentalmente, una teoría especulativa respecto a que el difunto marqués había sido un extranjero muy afable y que tendía a tomarse la vida con tranquilidad; Newman tuvo la sensación de que al marido de la altisonante dama sentada junto al fuego le había sido difí­cil hacerlo. Pero si había hallado poco consuelo en su esposa, no así en sus dos hijos menores, que habían sido enteramente de su gusto, mientras que madame de Bellegarde había forma­do pareja con su primogénito.

-Mi hermano me ha hablado de usted -dijo monsieur de Bellegarde-; y puesto que también tiene usted trato con mi her­mana, ya era hora de que nos conociésemos -se volvió hacia su madre y se inclinó galantemente sobre su mano, rozándosela con los labios, tras lo cual se apostó delante de la chimenea. De cara larga y enjuta, nariz aguileña y pequeños ojos opacos, tenía mucho aspecto de inglés. Sus bigotes eran rubios y lustrosos, y tenía un gran hoyuelo, de origen inconfundiblemente británi­co, en medio de la augusta barbilla. Era «distinguido» hasta la punta de sus uñas bruñidas, y no había un solo movimiento en su elegante persona perpendicular que no fuese noble y majes­tuoso. Hasta ahora, Newman nunca se había enfrentado a una encarnación semejante del arte de tomarse a uno mismo en serio; sintió una especie de impulso de dar un paso atrás, como cuando se busca una perspectiva de una gran fachada.

-Urbain -dijo la joven madame de Bellegarde, que aparen­temente había estado esperando a su esposo para que la llevase al baile-, dirijo tu atención al hecho de que estoy vestida.

-Es una buena idea -murmuró Valentin.

-Estoy a tus órdenes, mi querida amiga -dijo monsieur de Bellegarde-. Permíteme tan sólo que converse primero un po­co con el señor Newman.

-Ah, si van ustedes a una fiesta, no quisiera retenerlos -obje­tó Newman-. Estoy seguro de que volveremos a vernos. De hecho, si quiere conversar conmigo me alegraré de fijar una hora -dijo. Estaba impaciente por dejar claro que respondería de buen grado a todas las preguntas y satisfaría todos los reque­rimientos.

Monsieur de Bellegarde permaneció en una postura equili­brada frente al fuego, acariciándose un lado del rubio bigote con una de sus blancas manos y mirando a Newman de refilón, con unos ojos desde los cuales un singular destello observador se abrió paso a través de una sonrisa general y sin sentido.

-Es muy amable por su parte hacer un ofrecimiento así -di­jo-. Si no me equivoco, sus ocupaciones son tales que convier­ten su tiempo en oro. Está usted en... esto... como decimos aquí, dans les affaires.

-¿Metido en negocios, quiere usted decir? Ah, no, por el momento he tirado los negocios por la borda. Estoy «gandu­leando», como decimos nosotros. Mi tiempo está a mi entera dis­posición.

-Ah, está usted tomándose unas vacaciones -replicó mon­sieur de Bellegarde-. «Ganduleando.» Sí, he oído esa expre­sión.

-El señor Newman es americano dijo madame de Bellegarde.

-Mi hermano es un gran etnólogo -dijo Valentin.

-¿Etnólogo? -dijo Newman-. Ah, colecciona usted calaveras de negros y ese tipo de cosas.

El marqués miró fijamente a su hermano y se empezó a aca­riciar el otro lado del bigote. Después se volvió hacia Newman y le preguntó con una cortesía sostenida:

-¿Viaja usted por placer?

-Bueno, estoy trafagando para coger algo de aquí y algo de allá. Por supuesto, me es muy placentero.

-¿Qué le interesa especialmente? -preguntó el marqués.

-Bueno, me interesa todo -dijo Newman-. No soy pejiguero. las manufacturas son lo que más me gusta.

-¿Ha sido ésa su especialidad?

-No puedo decir que haya tenido ninguna especialidad. Mi especialidad ha sido hacer la mayor fortuna posible en el me­nor tiempo posible.

Newman hizo este último comentario con toda intención; quería dejar la vía libre, en caso de que fuese necesario, para un informe terminante de sus recursos.

Monsieur de Bellegarde se rió con agrado.

-Espero que haya tenido éxito -dijo.

-Sí, he hecho fortuna en un tiempo razonable. No soy tan viejo, ¿sabe?

-París es un sitio muy bueno para gastarse una fortuna. Le deseo un gran disfrute de la suya -y con esto, monsieur de Bellegarde sacó los guantes y empezó a ponérselos.

Newman estuvo observando unos instantes cómo deslizaba sus blancas manos dentro de la cabritilla blanca, y, mientras, sus sentimientos tomaron un curioso sesgo. Los buenos deseos de monsieur de Bellegarde parecían descender de la blanca extensión de su sublime serenidad con el suave movimiento disperso de una ducha de copos de nieve. Pero Newman no se molestó; no tenía la sensación de que le estuviese tratando con condes­cendencia; no era consciente de sentir ningún impulso especial de introducir discordia en tan noble armonía. Sólo que de pronto sintió que estaba en contacto personal con las fuerzas a las que su amigo Valentin le había dicho que tendría que opo­nerse, y se hizo sensible a su intensidad. Deseaba hacer algunas manifestaciones a modo de réplica, estirarse cuan largo era, tocar una nota del último extremo de su propia escala. Hay que añadir que, si bien no era un impulso feroz ni malicioso, en absoluto estaba desprovisto de expectativas humorísticas. Tan dispuesto estaba Newman a darle juego a esa sonrisa suya tan expedita, en el caso de que sus anfitriones se escandalizasen, como lejos de planear escandalizarlos intencionadamente.

-París es muy buen sitio para la gente ociosa -dijo-, o es muy buen sitio si la familia de uno lleva mucho tiempo establecida aquí y uno conoce a gente y tiene cerca a sus allegados; o si se tiene una casa grande como ésta, y esposa e hijos y madre y her­mana, y todas las comodidades. No me gusta eso de vivir todos juntos en habitaciones puerta con puerta. Pero no soy un hol­gazán. Intento serlo, pero no lo consigo; no va con mi carácter. Mis hábitos comerciales están demasiado arraigados. Además, no tengo ninguna casa que pueda llamar mía, ni nada en lo que a familia se refiere. Mis hermanas están a cinco mil millas de dis­tancia, mi madre murió cuando yo era un muchacho y no tengo esposa; ¡ojalá la tuviera! Así pues, ya ve, no sé claramente cómo ocupar el tiempo. No me gustan los libros como a usted, señor, y me canso de cenar fuera y de ir a la ópera. Echo de me­nos mi actividad empresarial. Y es que, ¿sabe?, empecé a ganar­me la vida cuando casi era un bebé, y hasta hace pocos meses jamás había dejado de estar manos a la obra. El ocio elegante llega con dificultad.

Este discurso fue seguido de unos instantes de profundo silen­cio por parte de los anfitriones de Newman. Valentin se quedó mirándole firmemente con las manos en los bolsillos, y después, despacio, casi deslizándose, salió de la habitación. El marqués siguió poniéndose los guantes con una sonrisa benigna.

-¿Empezó a ganarse la vida cuando no era más que un bebé? -dijo el marqués.

-Poco más: un niño.

-Dice usted que no le gustan los libros -dijo monsieur de Bellegarde-; pero debe ser justo consigo mismo y recordar que sus estudios se interrumpieron a una edad temprana.

-Eso es cierto; en mi décimo cumpleaños dejé de ir a la escuela. Me pareció un modo magnífico de celebrarlo. Pero posteriormente fui adquiriendo información -dijo Newman con tono tranquilizador.

-¿Tiene usted hermanas? -preguntó la anciana madame de Bellegarde.

-Sí, dos hermanas. ¡Unas mujeres espléndidas!

-Espero que las penalidades de la vida no empezaran tan temprano para ellas.

-Se casaron muy pronto, si a eso le llama usted penalidad, como hacen las muchachas en nuestras tierras del Oeste. Una de ellas está casada con el propietario de la mayor casa comer­cial de caucho del Oeste.

-Ah, ¿también construyen casas de caucho? -preguntó el marqués.

-Se pueden estirar a medida que va aumentando la familia -dijo la joven madame de Bellegarde, que se estaba arrebujan­do con un largo chal blanco.

Newman se permitió un estallido de alborozo, y explicó que la casa donde vivía su cuñado era una gran estructura de made­ra, pero que fabricaba y vendía caucho a una escala colosal.

-Mis hijos tienen unos zapatos de caucho que se ponen cuan­do van a jugar a las Tullerías y el tiempo está húmedo -dijo la joven marquesa-. Me pregunto si los habrá hecho su cuñado.

-Posiblemente sí -dijo Newman-; en ese caso, puede usted estar segura de que están bien hechos.

-Bueno, no debe usted desanimarse -dijo monsieur de Belle­garde, vagamente cortés.

-Oh, no es mi intención. Tengo un proyecto que me da mucho que pensar, y eso es una ocupación -y tras esto Newman se quedó callado un momento, dudando y aun así pensando a toda prisa; quería dejar claras sus intenciones, y sin embargo esto le obligaba a expresarse de un modo que le era desagra­dable. No obstante continuó, dirigiéndose a la anciana mada­me de Bellegarde-: Les contaré mi proyecto; quizá puedan ustedes ayudarme. Quiero casarme.

-Es un proyecto muy bueno, pero no soy ninguna alcahueta -dijo la vieja dama.

Newman la miró un instante, y después, con absoluta since­ridad, afirmó:

-Habría pensado que sí lo era.

Al parecer, madame de Bellegarde le consideró demasiado sin­cero. Murmuró ásperamente algo en francés y clavó los ojos en su hijo. En ese preciso instante la puerta de la habitación se abrió de par en par, y con paso rápido apareció de nuevo Valentin.

-Tengo un mensaje para ti -le dijo a su cuñada-. Claire me dice que te pida que aún no salgas para el baile. Irá con voso­tros.

-¡Claire viene con nosotros! -exclamó la joven marquesa-. Et voilà, du nouveau!

-Ha cambiado de parecer; lo decidió hace media hora, ¡y se está enganchando el último diamante en el pelo! -dijo Valen­tin.

-¿Qué habrá poseído a mi hija? -preguntó madame de Belle­garde severamente-. En estos tres últimos años no ha salido al mundo. ¿Da un paso así media hora antes y sin consultármelo?

-Me lo ha consultado a mí, querida madre, hace cinco minu­tos -dijo Valentin-, y le he dicho que una mujer tan hermosa (porque reconocerás que es hermosa) no tiene ningún dere­cho a enterrarse en vida.

-Deberías haber remitido a Claire a su madre, hermano mío -dijo monsieur de Bellegarde en francés-. Esto es muy raro.

-¡La remito a toda la compañía! ¡Aquí viene! -dijo Valentin, y, acercándose a la puerta abierta, se reunió con madame de Cintré en el umbral, la cogió de la mano y la condujo a la habi­tación. Iba de blanco, pero en torno a los hombros, abrochada con un pasador de plata, llevaba una larga capa azul que le col­gaba casi hasta los pies. No obstante, se la había echado hacia atrás, dejando al descubierto sus largos brazos blancos. Una docena de diamantes rutilaba en su denso cabello castaño. Tenía aspecto serio y, pensó Newman, estaba bastante pálida, pero miró a todos y al verle sonrió y le tendió la mano. A New­man se le antojó tremendamente hermosa. Tuvo oportunidad de mirarla abiertamente a la cara, pues se detuvo un momento en el centro de la habitación, dudando a todas luces qué hacer y sin cruzar la mirada con la de Newman. Después se encaminó hacia su madre, que, sentada en su mullida butaca frente al fuego, la miraba casi con fiereza. De espaldas a los demás, ma­dame de Cintré se retiró la capa para mostrar su vestido.

-¿Qué te parezco? -preguntó.

-Me pareces una descarada -dijo la marquesa-. Hace apenas tres días, cuando te pedí, como un favor especial, que fueses a ver a la duquesa de Lusignan, me dijiste que no ibas a ningún sitio y que tenías que ser coherente. ¿Es ésta tu coherencia? ¿Por qué habrías de distinguir a madame Robineau? ¿A quién deseas complacer esta noche?

-Deseo complacerme a mí misma, madre -dijo madame de Cintré, inclinándose y besando a la anciana.

-No me gustan las sorpresas, hermana -dijo Urbain de Belle­garde-; sobre todo cuando uno está a punto de entrar en un salón.

En esta coyuntura, Newman se sintió inspirado y habló.

-¡Ah, si entra en una habitación con madame de Cintré, no debe temer que se fijen en usted!

Monsieur de Bellegarde se volvió hacia su hermana con una sonrisa demasiado intensa para ser natural.

-Espero que aprecies un cumplido que se te concede a costa de tu hermano -dijo-. Venga, venga usted aquí, madame -y ofreciéndole el brazo a madame de Cintré, la sacó deprisa de la habitación. Valentin le hizo el mismo servicio a la joven mada­me de Bellegarde, que, aunque aparentemente había estado meditando sobre el hecho de que el vestido de baile de su cuña­da era mucho menos radiante que el suyo, no había consegui­do derivar de su reflexión un consuelo absoluto. Con una son­risa de despedida, buscó el complemento a su consuelo en los ojos del visitante americano, y no es improbable que, al percibir en ellos cierto destello misterioso, se hiciese la ilusión de haber­lo encontrado.

Newman, una vez a solas con madame de Bellegarde, siguió ante ella en silencio unos minutos.

-Su hija es muy hermosa -dijo al fin.

-Es muy rara -dijo madame de Bellegarde.

-Me alegra oír eso -replicó Newman, sonriendo-. Me da esperanzas.

-¿Esperanzas de qué?

-De que habrá de consentir, algún día, en casarse conmigo. La vieja dama se puso en pie lentamente.

-Así pues, ¿realmente es ése su proyecto?

-Sí; ¿lo apoyará usted?

-¿Apoyarlo? -madame de Bellegarde le miró un momento y acto seguido sacudió la cabeza-. ¡No! -dijo con voz queda.

-Entonces, ¿lo soportará? ¿Dejará que siga adelante?

-No sabe usted lo que está pidiendo. Soy una anciana muy orgullosa y muy entrometida.

-Bueno, yo soy muy rico -dijo Newman.

Madame de Bellegarde dirigió la vista al suelo, y a Newman le pareció probable que estuviese sopesando las razones para sentirse agraviada por la brutalidad de este comentario. Pero al fin, alzando la vista, se limitó a decir:

-¿Cómo de rico?

Newman expresó sus ingresos con una cifra redonda que tenía el magnífico sonido que adquieren las grandes sumas de dólares cuando se traducen a francos. Añadió unas cuantas con­sideraciones de carácter financiero, que completaban una ex­posición suficientemente atractiva de sus recursos.

Madame de Bellegarde escuchó en silencio.

-Es usted muy sincero -dijo al cabo-. También yo he de serlo. En términos generales, preferiré apoyarle a soportarle. Me será más fácil.

-Sean cuales sean los términos, le quedo agradecido -dijo Newman-. Pero, por ahora, ya me ha soportado bastante. ¡Bue­nas noches! -dijo, y se despidió.

 

CAPÍTULO XI

 

A su regreso a París, Newman no había reanudado el estudio de la conversación francesa con monsieur Nioche; descubrió que tenía demasiadas otras cosas a las que dedicar su tiempo. No obstante, monsieur Nioche fue a verle sin demora, después de averiguar su paradero mediante un misterioso proceso del que su patrón nunca tuvo la clave. El pequeño capitalista mermado repitió su visi­ta más de una vez. Parecía abrumado por la humillante sensación de que se le había pagado de más, y por lo visto deseaba amortizar su deuda ofreciendo información gramatical y estadística a peque­ños plazos. Lucía las mismas trazas decentemente melancólicas que meses antes; unos pocos meses más o menos de cepillado ape­nas podían modificar el lustre añejo de su abrigo y de su sombre­ro. Pero el espíritu del pobre hombre estaba un poco más raído; daba la impresión de que había sido objeto de duros restregones durante el verano. Newman preguntó con interés por mademoi­selle Noémie, y al principio monsieur Nioche, a modo de res­puesta, se limitó a mirarle sumido en un silencio lacrimógeno.

-No me pregunte, señor -dijo al fin-. Me siento y la miro, pero no puedo hacer nada.

-¿Quiere usted decir que se porta mal?

-No lo sé, de verdad. No puedo mantenerme al corriente. No la comprendo. Tiene algo en la cabeza; no sé qué es lo que intenta hacer. Es demasiado misteriosa para mí.

-¿Sigue yendo al Louvre? ¿Me ha hecho ya alguna de esas copias?

-Va al Louvre, pero yo de las copias no veo nada. Tiene algo en el caballete; supongo que será uno de los cuadros que usted encargó. Un encargo tan magnífico debería darles alas a los dedos. Pero no es formal. No le puedo decir nada; le tengo miedo. El verano pasado, una tarde en que la llevé a pasear por los Campos Elíseos, dijo unas cuantas cosas que me asustaron.

-¿Qué cosas?

-Excuse a un padre infeliz de contárselo -dijo monsieur Nio­che mientras desdoblaba su pañuelo de calicó.

Newman se prometió que le haría otra visita a mademoiselle Noémie en el Louvre. Sentía curiosidad por ver cómo iban pro­gresando sus copias, pero debe añadirse que aún sentía más curiosidad por el progreso de la propia joven. Una tarde se fue al gran museo y deambuló por varias de las salas, buscándola sin éxito. Estaba dirigiendo sus pasos hacia la gran sala de los maes­tros italianos cuando, de pronto, se encontró cara a cara con Valentin de Bellegarde. El joven le saludó con entusiasmo y le ase­guró que le venía como caído del cielo. Se sentía del peor de los humores y necesitaba alguien a quien llevarle la contraria.

-¿De mal humor entre todas estas cosas hermosas? -dijo Newman-. Pensaba que era usted muy aficionado a los cuadros, sobre todo si son viejos y negros. Hay dos o tres así que debe­rían subirle los ánimos.

-Ah -contestó Valentin-, hoy no estoy de humor para cua­dros, y cuanto más bellos son menos me gustan. Esos ojazos que te miran fijamente y esas posturas estáticas me resultan irritan­tes. Me siento como si estuviese en una fiesta enorme y aburri­da, en una habitación llena de personas con las que no me ape­tece hablar. ¿Por qué habría de importarme su belleza? Es una lata, y, lo que es peor, es un reproche. Tengo un montón de ennuis, me siento sañudo.

-Si tan poco consuelo le ofrece el Louvre, ¿por qué demo­nios ha venido? -preguntó Newman.

-Ése es uno de mis ennuis. Vine a encontrarme con mi prima (una espantosa prima inglesa, de la familia de mi madre), que está pasando una semana en París con su marido y quiere que le indique las «principales bellezas». ¡Imagínese usted una mu­jer que va con un sombrero de cendal verde en diciembre y que lleva unas tiras colgando de los tobillos de sus interminables botas! Mi madre me suplicó que hiciese algo por complacerlos. Me he comprometido a hacer de valet de place esta tarde. Tenían que haberse reunido aquí conmigo a las dos, y llevo esperán­dolos veinte minutos. ¿Por qué no llega? Cuenta con un par de pies para traerla. No sé si estar furioso porque me han engaña­do, o encantado por haber huido de ellos.

-Creo que yo en su lugar estaría furioso -dijo Newman-, por­que todavía pueden llegar, y entonces su furia aún le será útil. Mientras que si estuviese encantado y hubiesen de aparecer des­pués, quizá no sabría usted qué hacer con su alegría.

-Me da usted un excelente consejo, y ya me siento mejor. Estaré furioso; dejaré que se vayan al diablo y yo me iré con usted... a no ser que, por un azar, también usted tenga una cita.

-No se trata exactamente de una cita -dijo Newman-. Pero, de hecho, he venido a ver a una persona, no un cuadro.

-¿Una mujer, quizá?

-Una joven.

-Bueno -dijo Valentin-, por su bien le deseo de todo cora­zón que no se haya vestido de tul gris y que sus pies no sean demasiado extravagantes.

-No sé gran cosa sobre sus pies, pero sus manos son muy bonitas.

Valentin soltó un suspiro.

-¿Y con esta garantía debo separarme de usted?

-No estoy seguro de que vaya a encontrar a mi joven dama -dijo Newman-, y ante un riesgo así no estoy dispuesto a per­derme su compañía. No me parece especialmente deseable presentársela, y sin embargo me gustaría bastante saber qué opinión le merece.

-¿Es bonita?

-Supongo que se lo parecerá.

Bellegarde cogió del brazo a su compañero.

-¡Diríjame hacia ella al instante! Me avergonzaría que una mujer bonita tuviese que esperar mi veredicto.

Newman se dejó impulsar mansamente por la misma direc­ción que había estado siguiendo, pero su paso no era rápido. Le daba vueltas a algo en la cabeza. Los dos hombres entraron en la larga galería de los maestros italianos, y Newman, tras una breve ojeada a su magnífica vista, se desvió para entrar en el apartado menor dedicado a esta escuela, a la izquierda. Había muy pocas personas, pero en el extremo opuesto estaba senta­da mademoiselle Nioche ante su caballete. No estaba trabajan­do; había dejado a un lado su paleta y sus pinceles y, con las manos cruzadas sobre el regazo, estaba reclinada en su silla mirando atentamente a dos damas que estaban al otro lado de la sala y que, de espaldas a ella, se habían detenido ante uno de los cuadros. Estas mujeres eran, evidentemente, personas de mu­cho estilo; vestían con esplendor, y sus largas colas y volantes de seda se desplegaban sobre el suelo pulido. Lo que miraba mademoiselle Noémie eran sus vestidos, si bien no sabría yo decir en qué estaba pensando. Aventuro la suposición de que se estaba diciendo que poder arrastrar una cola así por un suelo pulido era una felicidad digna de cualquier precio. Sus refle­xiones, en todo caso, fueron interrumpidas por la llegada de Newman y su acompañante. Les echó un rápido vistazo, y des­pués, sonrojándose un poco, se levantó y se puso de pie ante su caballete.

-He venido a propósito para verla -dijo Newman con su mal francés, ofreciéndole la mano. Y a continuación, como buen americano, presentó formalmente a Valentin-: Permítame pre­sentarle al conde Valentin de Bellegarde.

Valentin hizo una reverencia que a mademoiselle Noémie debió de parecerle que armonizaba con lo imponente de su título, pero la grácil brevedad de su propia respuesta no hizo ninguna concesión a la vulgar sorpresa. Se volvió hacia Newman, llevándose las manos al cabello para alisar su delicado encrespamiento. Entonces, apresuradamente, le dio la vuelta al lienzo que estaba sobre su caballete.

-¿No se ha olvidado de mí? -preguntó.

-Nunca la olvidaré -dijo Newman-. Puede estar segura de ello.

-Oh, hay un montón de maneras distintas de recordar a una persona -y miró de frente a Valentin de Bellegarde, que la observaba como hace un caballero cuando se espera de él un «veredicto».

-¿Ha pintado algo para mí? -dijo Newman-. ¿Ha sido usted hacendosa?

-No, no he hecho nada.

Y, cogiendo la paleta, empezó a mezclar los colores al albur.

-Pues su padre me dice que ha venido aquí constantemente.

-¡No tengo otro sitio adonde ir! Aquí al menos hacía fresco durante el verano.

-Entonces, ya que estaba aquí -dijo Newman-, podría haber intentado algo.

-Ya le dije -respondió ella suavemente- que no sé pintar.

-Pero si tiene usted ahora algo encantador en el caballete -dijo Valentin-; si me dejase verlo...

Mademoiselle Noémie, abriendo los dedos, cubrió con am­bas manos el reverso del lienzo; aquellas manos que Newman había llamado bonitas y que Valentin, a pesar de las manchas de pintura, podía admirar ahora.

-Mi pintura no tiene el menor encanto -dijo ella.

-Será entonces lo único en usted que no lo tenga, made­moiselle -dijo galantemente Valentin.

Ella cogió su pequeño lienzo y se lo dio en silencio. Valentin lo miró, y acto seguido dijo ella:

-Seguro que es usted un juez.

-Sí -respondió-, lo soy.

-Entonces sabrá que es muy malo.

-¡Mon Dieu -dijo Valentin, encogiéndose de hombros-, dis­tingamos!

-Usted sabe bien que yo no debería intentar pintar -siguió ella.

-En fin, para ser sinceros, mademoiselle, creo que no debe­ría.

La joven se puso a mirar de nuevo los vestidos de las dos espléndidas damas, punto éste sobre el cual, puesto que ya he aventurado una conjetura, pienso que bien puedo aventurar otra. Mientras miraba a las damas estaba viendo a Valentin de Bellegarde. En cualquier caso, él a ella la veía. Dejó el tosco lien­zo embadurnado y le hizo un pequeño chasquido con la lengua a Newman, a la vez que arqueaba las cejas.

-¿Dónde se ha metido todos estos meses? -le preguntó mademoiselle Noémie a nuestro héroe-. ¿Hizo aquellos mag­níficos viajes, se lo pasó bien?

-Sí, sí -dijo Newman-. Me lo pasé muy bien.

-Me alegro mucho -dijo mademoiselle Noémie con suma gentileza, y empezó a chapotear de nuevo con los colores. Era especialmente bonita, con ese aspecto de seria simpatía que se le ponía en el rostro.

Valentin se aprovechó de que tenía la mirada baja para vol­ver a telegrafiar a su compañero. Reanudó su misterioso juego fisonómico, al tiempo que sacudía los dedos en el aire con un rápido movimiento trémulo. Era obvio que mademoiselle Noé­mie le estaba pareciendo extremadamente interesante; los malos humores se habían disipado, dejando libre el terreno.

-Cuénteme algo sobre sus viajes -murmuró la joven.

-Ah, fui a Suiza... a Ginebra, Zermatt, Zurich y sitios así, ya sabe; bajé a Venecia, recorrí Alemania, bajé por el Rin y fui a Holanda y a Bélgica... el circuito habitual. ¿Cómo se dice eso en francés, el circuito habitual? -le preguntó Newman a Valentin.

Mademoiselle Nioche fijó los ojos un instante sobre Belle­garde, y después, con una sonrisita, dijo:

-No entiendo nada, monsieur, cuando dice tantas cosas a la vez. ¿Sería usted tan amable de traducir?

-Preferiría decirle cosas de mi propia cosecha -declaró Va­lentin.

-No -dijo gravemente Newman, todavía con su mal francés-, no debe hablar con mademoiselle Nioche, porque dice usted cosas desalentadoras. Debería usted decirle que trabaje, que persevere.

-¡Y que a nosotros los franceses, mademoiselle -dijo Valen­tin-, se nos tache de falsos aduladores!

-No quiero halagos, sólo quiero la verdad. Pero conozco la verdad.

-Lo único que digo es que sospecho que hay cosas que sabe hacer mejor que pintar -dijo Valentin.

-Conozco la verdad... conozco la verdad -repitió mademoi­selle Noémie. Y, mojando el pincel en un grumo de pintura roja, cruzó su pintura inacabada con un gran borrón horizon­tal.

-¿Qué es eso? -preguntó Newman.

Sin responder, trazó otro largo borrón encarnado, en direc­ción vertical, por la mitad del lienzo, y así, en un instante, com­pletó la tosca señal de una cruz.

-Es el signo de la verdad -dijo fi