Volumen 1
1
Era la hora dedicada a la ceremonia del té de la tarde y sabido es que, en determinadas circunstancias, hay en la vida muy pocas horas que puedan compararse a ésa por el agrado y atractivo que ofrece a quienes saben disfrutarla. Hay momentos en los cuales, se tome o no se tome té -cosa que, desde luego, algunos no hacen jamás-, la situación constituye por sí misma una verdadera delicia. Las personas que están presentes en mi imaginación al intentar escribir la primera página de esta sencilla historia ofrecían a la vista un cuadro admirablemente ilustrador del disfrute de tan inocente pasatiempo. Los utensilios de ágape tan parco e íntimo se hallaban dispuestos sobre el tierno césped de una antigua casa de campo inglesa durante una hora que yo calificaría de momento supremo de una espléndida tarde de verano. Se había desvanecido parte de dicha tarde, pero aún quedaba de ella bastante, que era precisamente su parte de más bella y extraordinaria calidad. Faltaban todavía algunas horas para el verdadero atardecer, mas el torrente de intensa luz de verano había empezado ya a decrecer, se había vuelto más suave el aire, y las sombras, como desperezándose, se iban estirando poco a poco sobre la tupida y tierna hierba. Era, como decimos, pausado su alargamiento, y el escenario de la naturaleza contribuía a favorecer el nacimiento de ese estado de ánimo, de solaz y abandono, que constituye la fuente principal de placer en semejante actividad y a semejante hora. Puede decirse que el intervalo de tiempo comprendido entre las cinco y las ocho de la tarde de un día estival es a veces una pequeña eternidad; mas en momentos como éste cabe afirmar que es y no puede ser más que una eternidad de placer. Los participantes en la misma parecían estar disfrutando tranquilamente de él, y, por añadidura, no eran de los pertenecientes al sexo que se supone proporciona el mayor número de adeptos a tales ceremonias. Sobre el perfecto prado se recortaban unas sombras rectas y angulosas, que eran la de un hombre ya viejo, sentado en un profundo sillón de mimbre cerca de la mesa donde se había servido el té, y las de un par de jóvenes que iban de un lado para otro en presencia del anciano mientras mantenían con él una conversación, por parte de ellos completamente deshilvanada. Sostenía el viejo la taza de té en la mano; una taza desacostumbradamente grande, de forma distinta de la del resto del servicio y pintada de brillantes colores. Sorbía su contenido con gran calma, manteniéndola durante largo rato cerca de su barbilla, con el rostro vuelto hacia la casa. Los jóvenes que le acompañaban habían ya terminado de tomar el té, o acaso sentían una gran indiferencia hacia el privilegio que tal ceremonia implicaba, y preferían fumar exquisitos cigarrillos mientras continuaban su ir y venir ante el apacible anciano. Uno de ellos le miraba con gran curiosidad cada vez que pasaba ante él, sin que el bueno del viejo se diese cuenta, como lo demostraba el que no apartara sus ojos de la fachada de su mansión coloreada de rojo. La casa, que se alzaba al otro lado de la pradera, era un edificio merecedor del tributo de admiración que parecía estársele rindiendo y el objeto más característico del cuadro netamente inglés que estoy intentando describir.
La casa señoreaba la cima de un altozano próximo al caudaloso río -el Támesis-, y se hallaba a unas cuarenta millas de Londres. Era espaciosa su fachada de ladrillo rojo coronada de aleros y sobre la cual el paso del tiempo y las inclemencias de las estaciones parecían haberse complacido en dejar toda suerte de pinceladas y retoques pictóricos, no para estropearla sino para mejorarla, embellecerla y darle un aire señorial con sus gualdrapas de hiedra, el enjambre de sus chimeneas y sus numerosas ventanas ahogadas de enredadera. Tenía la mansión su nombre y su historia; y cabe suponer el agrado con que el viejo que la contemplaba se habría puesto a explicar el uno y la otra. Seguramente hubiera contado con sumo gusto que su construcción databa de la época de Eduardo VI; que en ella había pasado una noche la gran Isabel (que se había dignado estirar sus augustos miembros en aquel lecho imponente, magnífico, y terriblemente inclinado que constituía la más preciada joya de los dormitorios de la señorial mansión); que durante las guerras de Cromwell fue víctima de deterioros y daños, para ser después, y durante la Restauración, remodelada y agrandada hasta llegar al siglo dieciocho, que se encargó de desfigurarla al querer modernizarla, dejándola en el estado actual, en que pasó a poder y diligente cuidado de un sagaz banquero norteamericano -quien la adquirió en primer lugar porque, debido a circunstancias difíciles y penosas de explicar, se la ofrecieron como una verdadera ganga-, el cual, al adquirirla, refunfuñó hasta cansarse por su fealdad, su antigüedad, su incomodidad, y que, en cambio ahora, al cabo de veinte años, había terminado por descubrir su verdadero valor, concibiendo una verdadera pasión estética por ella, hasta el extremo de conocerla en todos sus detalles y aspectos y de poder decir dónde debía uno ponerse para apreciarlos en conjunto a tal o cual hora, cuando las sombras de todos sus salientes, al caer suavemente sobre la superficie cálida y desgastada de su ladrillo, ofrecían las proporciones requeridas para la contemplación placentera. Aparte de ello, como he dicho, habría podido enumerar a la mayoría de sus antiguos moradores, los nombres de muchos de los cuales habían sonado en el mundo por obra de la trompeta de la fama, y, seguramente, lo habría hecho de manera que, como quien no quiera la cosa, habría aparecido el del último y actual morador de la misma como uno de sus no menos prestigiosos. La fachada de la casa que daba a esa parte de la pradera que nos interesa no era precisamente la del frente de la mansión, que caía hacia otro lado. Aquí podía estarse en la más completa intimidad, y la extensa alfombra de césped que parecía derramarse hacia abajo desde la cima del altozano hubiérase dicho que de la misma casa salía y colgaba. Los grandes e inmóviles robles y las numerosas hayas proyectaban también hacia abajo una sombra tan densa como la de pesados cortinajes de terciopelo, y el amplio espacio hubiérase dicho amueblado como una habitación, con sus mullidos asientos, sus esteras de abigarrados colores, los libros y periódicos que yacían esparcidos sobre el césped. No lejos discurría el río, en cuya ribera podía decirse que terminaba el prado, y el paseo por dicho prado hasta la orilla del río no era de los menos placenteros que esos parajes ofrecían.
El anciano caballero de la mesa del té, que había venido de Norteamérica treinta años atrás, había traído consigo, como parte más importante de su equipaje, su fisonomía típicamente americana, y no sólo la había traído, sino que también la había conservado en perfecto estado por si se presentaba el caso de tener que volver a su país con ella. A pesar de todo, en esos momentos no se sentía en disposición de viajar; se habían acabado ya sus días de transhumancia, y ahora disfrutaba del breve descanso que precede inevitablemente al descanso definitivo. Tenía nuestro hombre una cara enjuta y perfectamente rasurada, de rasgos apacibles y expresión de plácida agudeza. Era evidentemente uno de esos rostros que no disponen de una gran gama de expresiones, de modo que su aire de satisfecha sagacidad era aún más meritorio. Al contemplarlo, hubiérase dicho que estaba pregonando el éxito que su poseedor había logrado en la vida, mas parecía pregonarlo de suerte que no se lo tomara por un éxito ofensivo y exclusivo, sino que se pudiera considerar que tenía la inofensividad del fracaso.
El personaje había, en efecto, tenido una gran experiencia en el trato de los hombres, pero mostraba una sencillez casi rústica en aquella desmayada sonrisa que se extendía sobre sus anchas y huesudas mejillas en el momento en que depositaba cuidadosamente su tazón en la mesa. Iba pulcramente vestido de negro y con el traje bien cepillado. Sobre las rodillas tenía, plegado, un chal y calzaba unas gruesas zapatillas bordadas. Un hermoso pastor escocés yacía a sus pies en la hierba, la cara vuelta hacia la de su amo, al que contemplaba con mirada casi tan tierna como la de aquél al contemplar la autoritaria fachada de su mansión. Un revoltoso e hirsuto perrillo terrier jugueteaba con los otros contertulios.
Uno de los dos caballeros mencionados era un hombre de treinta y cinco años de edad aproximadamente, muy bien constituido físicamente, con una cara tan inglesa como poco inglesa era la del anciano que acabo de describir: rostro verdaderamente hermoso, de frescos colores, noble y franco, de rasgos correctos y bien dibujados, ojos grises muy vivos, y encuadrado por una barba de suave color castaño. Ofrecía tal caballero el aspecto de ser persona excepcionalmente brillante y afortunada, y tenía aire de poseer un fuerte temperamento fertilizado por una refinada civilización que habría sido la envidia de cualquier observador ocasional. Calzaba altas botas con espuelas, pues acababa de desmontar después de una larga cabalgada. Su blanco sombrero parecía demasiado ancho para él. Llevaba las manos cruzadas a la espalda, y en uno de sus blancos, anchos y bien modelados puños apretaba un par de ricos guantes de piel de cerdo.
Su compañero, que marchaba a su lado a lo largo del prado, ofrecía un aspecto completamente distinto, y, si bien habría suscitado en cualquiera una gran curiosidad al verle, no era capaz, como el otro, de provocar en nadie el deseo de cambiarse por él. Alto y delgado, desgalichado, era de rostro feo, enfermizo, vivo, simpático, provisto, aunque no pueda decirse que decorado, de bigote ralo y patillas. Parecía muy inteligente y achacoso, combinación nada oportuna por cierto, y llevaba una chaqueta de terciopelo de color castaño oscuro. Llevaba las manos metidas en los bolsillos, de una manera tan natural que demostraba que esa postura era en él habitual. Su porte era extraño, pues andaba con paso vacilante e indeciso, como si no se sintiera firme sobre sus piernas. Como ya dije, cada vez que pasaba ante el anciano posaba en él los ojos, y si uno se fijaba en ellos dos en tal instante y examinaba los rostros de ambos, no le era difícil darse cuenta de que eran padre e hijo. El padre se percató al fin de la mirada de su hijo y correspondió a ella con una amable sonrisa, diciendo:
-Me siento perfectamente bien.
-¿Has tomado ya tu té? -le preguntó el hijo.
-Sí; lo he tomado y lo he saboreado.
-¿Quieres que te sirva un poco más?
El anciano, después de pensarlo un momento, respondió:
-Te diré. Me parece que prefiero esperar y ver... Al hablar, se le notaba un acento marcadamente americano.
-¿Tienes frío? -preguntó el hijo.
El padre se frotó suavemente las piernas y dijo:
-La verdad, no lo sé. No podré decirlo hasta que lo sienta. El joven, sonriendo, replicó:
-Tal vez otro pueda sentirlo por ti.
-Claro. Espero que haya siempre quien pueda sentir algo por mí. Lord Warburton, ¿no siente usted algo por mí?
-¡Oh, sí, muchísimo! -replicó apresuradamente el caballero a quien se acababa de llamar lord Warburton-. Pero me inclino a creer que se siente usted admirablemente.
-No digo que no lo esté en muchos aspectos -dijo el anciano y, acariciando suavemente el chal que tenía sobre sus rodillas, añadió-: Lo cierto es que me he sentido tan bien durante tantos años que estoy por creer que me he acostumbrado de tal manera a ello que ya no lo noto.
A lo que replicó lord Warburton:
-Ése es el inconveniente del bienestar: que únicamente lo conocemos cuando nos sentimos mal. Su compañero dijo:
-Me llama la atención ver lo extraños que somos. Lord Warburton murmuró:
-Oh, sí; verdaderamente somos muy extraños. Durante un rato permanecieron en silencio los tres hombres, los dos más jóvenes en pie y mirando al anciano sentado, el cual pidió un poco más de té. Lord Warburton, verdad es que no le perturba gran cosa. Apenas si recuerdo haberle visto tan pesimista como ahora. Muchas veces es él quien trata de animarme.
El joven de quien tal se decía miró a lord Warburton y se echó a reír. Dijo:
-¿Qué encierran tus palabras: encendido panegírico o acusación de ligereza? ¿Es que quieres que saque a relucir mis teorías, papá?
Lord Warburton exclamó:
-¡La de cosas estrambóticas que tendríamos que oír, Santo Dios!
-Supongo que no se te ocurrirá adoptar ese tono -dijo el anciano.
-El de Warburton es mucho peor todavía que el mío; él presume de estar ya aburrido. Yo, en cambio, no lo estoy, en absoluto; por el contrario, la vida me parece sumamente interesante.
-¡Ah, conque sumamente interesante! Pues no deberías admitir que lo es, ya sabes.
-Cuando vengo aquí, nunca me aburro. Aquí se puede disfrutar de una conversación desusadamente excelente -apuntó lord Warburton.
-¿Es otra clase de chiste eso que está diciendo? -preguntó el anciano-. No tiene usted derecho a aburrirse, sea donde fuere. Cuando yo tenía sus años, no oía , jamás hablar de semejante cosa.
-Seguramente habrá tardado mucho en madurar, en desarrollarse.
-Todo lo contrario, crecí con gran rapidez. A los veinte años ya estaba desarrollado por completo en lo físico y en lo moral. Trabajaba ya con toda mi alma, con uñas y dientes. Cuando se tiene algo que hacer no se puede estar aburrido, pero ustedes los jóvenes de ahora son demasiado perezosos. Piensan demasiado en sus propios placeres, son demasiado exigentes, indolentes y ricos.
-¡Ah, vamos! -dijo lord Warburton-. -¡No es usted el más indicado para acusar a los demás de ser demasiado ricos!
-¿Lo dice usted porque soy banquero? -preguntó el anciano.
-Quizá sea por eso, y, además, porque posee usted... ¿es o no cierto?... medios ilimitados.
El otro joven dijo, como quien pide disculpas:
-No es tan extraordinariamente rico. Ha donado ya una enorme cantidad de dinero.
-Sería porque era suyo, digo yo -exclamó lord Warburton-, y, si así es, ¿qué mayor y mejor prueba de riqueza quiere usted? Los bienhechores de la humanidad no deberían meterse con los amantes del placer.
-Mi padre se apasiona por el placer... de los demás. El anciano movió la cabeza como negando tal afirmación y dijo:
-Pero yo no presumo de haber contribuido en nada a la diversión de mis contemporáneos.
-Querido papá, eres demasiado modesto.
-Eso es otro chiste -dijo lord Warburton.
-Ustedes, la gente joven -dijo el anciano-, tienen siempre demasiados chistes a flor de labios. Cuando se les acaban, no les queda nada.
A lo que el joven feo replicó:
-Por fortuna, siempre los hay nuevos.
-No lo creo así. Por lo contrario, creo que las cosas van siendo más serias cada día. Ustedes, los jóvenes, llegarán también a convencerse de ello con el tiempo.
-¡La seriedad cada día mayor de las cosas! He ahí un gran pretexto, una gran oportunidad para nuevos chistes.
-Pues puedo asegurar que no tendrán nada de graciosos -replicó el anciano-. Por mí parte, estoy convencido de que van a producirse grandes cambios... y, por desgracia, no para bien.
-Estoy completamente de acuerdo con usted -dijo lord Warburton-. Yo también tengo la seguridad de que va a haber cambios profundos y van a suceder cosas verdaderamente estrafalarias. Por eso me está resultando tan difícil poner en práctica el consejo que me dio usted el otro día, al decirme que debo agarrarme a algo. La verdad, uno no se siente con ánimos de agarrarse a algo que a los pocos minutos puede volar por los aires.
A esto, su compañero replicó:
-De lo que debes posesionarte es de una hermosa mujer. Está viendo si consigue enamorarse -añadió dirigiéndose a su padre y como explicación de sus anteriores palabras.
Pero lord Warburton exclamó:
-Las mujeres serían las primeras que podrían salir despedidas por los aires.
-No, nada de eso, no lo crea usted -contestó el viejo caballero-. Ellas se quedarán firmemente donde están, los cambios políticos y sociales a que antes me he referido no llegarán a afectarlas.
-¿Quiere usted decir que no serán abolidas? Perfectamente. Entonces, le echaré mano a una de ellas lo antes posible y me la ceñiré al cuello a manera de salvavidas.
El anciano respondió:
-Pues no le quepa duda de que las mujeres serán quienes nos salven; es decir, las mejores de entre ellas..., pues yo creo que se diferencian mucho unas de otras.
Conquiste a una mujer buena, hágala su esposa y su vida cobrará en el acto mayor interés.
Se produjo un momentáneo silencio que tal vez expresaba la condescendiente magnanimidad del auditorio respecto del discurseador, toda vez que ni para el hijo ni para el visitante era un secreto que el matrimonio del que así acababa de hablar no había sido un camino de rosas. Mas, como él mismo manifestara, establecía entre ellas una diferencia; lo cual podía interpretarse como una confesión de su propio error al respecto, aunque, como es obvio, ninguno de sus dos oyentes estaba calificado para declarar que la dama de su elección no había sido de las mejores.
Al cabo de un momento, preguntó lord Warburton:
-¿Quiere usted decir que, si me caso con una mujer interesante, sentiré interés por vivir? Su hijo no presentó mi caso con exactitud. No tengo muchas ganas de contraer matrimonio, pero quién sabe lo que podría hacer por mí una mujer interesante.
Su amigo dijo:
-Me gustaría ver qué idea tienes tú de lo que es una mujer interesante.
-Pero, amigo mío, no puedes aspirar a ver las ideas... sobre todo las que son de índole tan etérea e impalpable como las mías. Ya quisiera poder verlas yo mismo... lo cual supondría de por sí un gran progreso.
El anciano intervino, diciendo:
-Está bien; usted puede enamorarse de quien mejor le parezca, pero no de mi sobrina.
El hijo prorrumpió en una alegre carcajada.
-¡Lo va a tomar como una provocación de parte tuya! Querido papá, has estado viviendo entre ingleses durante treinta años y has logrado pescar muchas de las cosas que dicen, pero todavía no has llegado a aprender las cosas que se callan.
Sin alterarse un ápice, el viejo replicó severamente:
-Yo digo lo que me place.
Por su parte, lord Warburton dijo:
-No tengo el honor de conocer a su sobrina: hasta creo que es la primera vez que la oigo nombrar.
-Es sobrina de mi esposa. La señora Touchett la trae consigo a Inglaterra.
El joven señor Touchett tuvo a bien explicar el caso diciendo:
-Mi madre, como ya sabes, ha pasado el invierno en América y la estamos esperando de vuelta de un momento a otro. Nos ha escrito diciendo que ha descubierto a una sobrina suya y que la ha invitado a venir aquí con ella.
Lord Warburton dijo:
-Ah, claro... muy gentil por su parte. ¿Y es interesante esa joven dama?
-Apenas sabemos de ella más de lo que acabas de oír, porque mi madre no ha entrado en detalles. Se comunica con nosotros principalmente por medio de telegramas, que son muchas veces indescifrables. Hay quien dice que las mujeres no saben redactar telegramas, pero eso no va seguramente con mi madre, que ha logrado la suprema maestría en el arte de resumir. Por ejemplo, para que veas los telegramas que solemos recibir de ella, éste es el último que nos ha llegado. Dice así: «Cansada América, horrible temporada de verano, vuelvo Inglaterra con sobrina, primer barco camarote decente». Pero, antes de éste hubo otro, en el que, según creo, se hacía por primera vez mención de la sobrina, y que decía: «Cambiado " hotel, malísimo, administrador desvergonzado, escríbeme aquí. Tomado hija hermana muerta año pasado, va Europa, ambas hermanas muy independientes». Al leer esto, tanto mi padre como yo nos pusimos a darle vueltas y más vueltas al asunto, que, como ves, se presta a múltiples interpretaciones.
-A mí entender -dijo el anciano-, hay sólo una cosa verdaderamente clara en él, y es que le echó un buen rapapolvo al administrador del hotel.
-No comparto tu opinión, papá, desde el momento en que él se ha quedado y ha sido ella quien ha debido mudarse de hotel. Al principio creíamos que la mencionada hermana era la hermana de tal administrador, pero la mención posterior de la sobrina parece indicar que tal alusión era relativa a una de mis tías. Entonces quedaba en pie la cuestión de saber quiénes eran aquellas dos hermanas mencionadas; tal vez serían dos hijas de mi difunta tía. Pero se presentaba otra cuestión: ¿quién es muy independiente y en qué sentido se emplea tal palabra?... Y he aquí algo que aún no ha podido ser dilucidado. ¿Se aplica tal expresión concretamente a la joven adoptada por mí madre o es susceptible de aplicarse asimismo a sus hermanas?... Y, otra cosa: ¿tal expresión ha sido empleada en el sentido moral o en el financiero? ¿Querrá significar que se las ha abandonado a sus propios recursos, o que no quieren someterse a obligación alguna, o simplemente que les gusta hacer su santa voluntad? El señor Touchett hizo notar:
-Sea lo que fuere, lo más seguro es que signifique eso último.
-En fin, ya lo verán ustedes mismos -comentó lord Warburton-. ¿Cuándo llega la señora Touchett?
-También estamos a oscuras a este respecto. En cuanto pueda encontrar un camarote decente. A lo mejor lo está esperando todavía. Y nadie dice que no haya podido desembarcar ya en Inglaterra.
-Pero, en tal caso, lo más probable es que les hubiese telegrafiado.
A lo que el anciano replicó:
-Ella no telegrafía nunca cuando uno se lo espera... solamente lo hace cuando es del todo inesperado. Lo que le encanta es aparecer de improviso para sorprenderme haciendo algo que a ella se le antoja que está mal. Aún no lo ha conseguido, pero no desespera de lograrlo algún día.
-En ella es un rasgo familiar esa independencia de que habla -arguyó el hijo, cuya opinión acerca del asunto parecía más favorable-. Sea cual fuere el temperamento de esas jóvenes, no hay duda de que han de casar muy bien con el suyo, porque a ella le gusta hacer todo por sí misma y no cree que los demás puedan ni sean capaces de ayudarla en nada. A mí me considera tan inútil como un sello de correos sin engomar y jamás me perdonaría que se me ocurriese ir a Liverpool a buscarla.
Pero lord Warburton insistió:
-Bien, conformes. Y ahora, ¿puede usted, al fin, decirme cuándo llegará su prima?
A lo que replicó el señor Touchett:
-Se lo diré con una sola condición, la que ya he dicho antes: que usted no ha de enamorarse de ella. -Casi estoy por sentirme ofendido. ¿Es que no me considera usted bueno para el caso?
-Lo que le considero es demasiado bueno... porque no quisiera que ella se casase con usted. Se me antoja que no viene aquí en busca de marido. Muchas jóvenes han dado en hacerlo hoy día, como si en su país no hubiese candidatos. También puede ser que esté comprometida, pues, según creo, las jóvenes americanas suelen estar comprometidas. Por lo demás, no estoy seguro de que, a fin de cuentas, haya de ser usted un buen marido.
-Desde luego, es probable que esté ya comprometida. He conocido a muchas jóvenes americanas y siempre daba la casualidad de que ya lo estaban, pero les doy mi palabra de que jamás vi que ello tuviera la menor importancia ni supusiera diferencia alguna... -Y, después de un momento, el distinguido visitante del señor Touchett prosiguió-: Por lo que respecta a mi capacidad para ser un buen marido, la verdad, yo tampoco estoy muy convencido; pero nada cuesta probar.
-Pruebe todo lo que quiera, pero no pruebe con mi sobrina -dijo el anciano con una amable sonrisa que dejaba adivinar que su oposición era puramente humorística.
-Bueno, como usted quiera -dijo lord Warburton, con mayor sentido del humor todavía-. A lo mejor, después de todo, tampoco vale la pena probar con ella...
2
Mientras tenía lugar tal intercambio de frases ingeniosas entre los dos personajes, Ralph Touchett se apartó un poco de ellos, andando siempre con su porte cabizbajo, su paso vacilante, las manos en los bolsillos y su pequeño terrier en pos de él royéndole los talones. Tenía el rostro vuelto hacia la casa, pero la mirada meditabunda estaba clavada en el verde prado, de modo que la persona que acababa de aparecer en lo alto, en el umbral de la espaciosa puerta, pudo observarlo antes de que él la viera. Y si él la vio fue porque su perrillo se lanzó a la carrera emitiendo una andanada de agudos ladridos cuyo sonido tenía más visos de bienvenida que de desafío. La persona en cuestión era una joven, que pareció interpretar debidamente la acogida del chillón terrier. Éste llegó corriendo hasta los mismos pies de ella y, una vez allí, miró hacia arriba, ladrando con más fuerza y decisión que antes; en vista de lo cual, la joven se agachó amablemente y, sin dudar un instante, tomó al diminuto can en sus manos y lo alzó hasta tenerlo cara a cara mientras él continuaba su alborotadora vocería. Como el dueño de Bunchic (que así se llamaba el perrillo) lo había seguido de cerca, descubrió que el nuevo amigo de su compañero era una muchacha alta, vestida de negro, que a primera vista se le antojó agraciada. Llevaba la cabeza descubierta, como si estuviera morando en la casa, hecho que no pudo por menos de producir cierta perplejidad en el ánimo del hijo de su propietario, pues conocía la consigna contra la admisión de nuevos visitantes, establecida por la precaria salud de su padre, como regla inquebrantable de aquella morada. Mientras tanto, los otros dos personajes, que no se habían movido del sitio donde se hallaban, habían percibido también a la recién llegada. Al verla, el señor Touchett exclamó:
-¡Caramba! ¿Quién es esa mujer desconocida?
Lord Warburton tuvo la ocurrencia de sugerir:
-Tal vez sea la sobrina de la señora Touchett... la joven independiente de que hablamos. Por lo visto, debe de ser ella; así lo creo a juzgar por la manera como se las entiende con el perro.
A su vez, el pastor escocés se había fijado en la reciente aparición y corría ya en pos de la dama ante la portalada de la mansión, meneando un poco la cola. El anciano murmuró:
-¿Pero dónde diablos está entonces mi mujer?
-Supongo que la joven la habrá dejado en alguna parte. Eso entra en los cánones de la independencia.
La muchacha, que seguía sosteniendo al perrito, sonrió a Ralph, ya cercano a ella, y le preguntó sonriendo:
-¿Es suyo este perrito, señor?
-Hasta hace poco lo era, pero parece que usted ha adquirido ya un extraordinario derecho de propiedad sobre él.
-¿No podríamos poseerlo pro indiviso? -preguntó la joven-. Es un animalito tan precioso...
Ralph se quedó mirándola un segundo en silencio, y cayó en la cuenta de que era insospechadamente bonita. Ya convencido de ello, sólo le restó replicar:
-Puede considerarlo suyo.
Aunque la joven parecía poseer una gran confianza en sí misma e incluso en los demás, tal súbita e inesperada generosidad no pudo por menos de sonrojarla y, dejando al perrillo en tierra, contestó:
-Ante todo, considero mi deber decirle que probablemente soy su prima...
-Y, como el perro del anciano se acercara a ellos en aquel instante, añadió apresuradamente-: ¡Ah, pero hay otro!
El joven exclamó, riendo de buen humor:
-¿Probablemente? Entonces, no hay más que hablar, ya sé a qué atenerme. ¿Ha llegado usted con mi madre?
-Sí. Hará cosa de una media hora.
-¿Es que ella la ha dejado a usted aquí y ha vuelto a marcharse enseguida?
-No. Fue directamente a su habitación y me encargó le dijera a usted, si le veía, que lo espera allí a las siete menos cuarto.
El joven miró su reloj y se limitó a decir:
-Muy agradecido; seré puntual. -Y, alzando los ojos al rostro de ella y deleitándose en su contemplación, añadió-: Sea usted bienvenida. Encantado de conocerla.
Ella lo observaba todo con una mirada que denotaba una clara percepción de las cosas y los seres: miró a su compañero, a los dos perros, a los dos señores allá bajo los árboles y al hermoso escenario natural que la circundaba, y dijo:
-En mi vida he visto nada tan delicioso como este sitio. Ya he andado por toda la casa: esto es verdaderamente encantador.
-Deploro que haya usted estado tanto tiempo aquí sin que lo supiéramos.
-Su madre me dijo que en Inglaterra la gente tenía la buena costumbre de llegar sin hacer ruido, y me pareció que eso es lo que yo debía hacer. ¿Es su padre alguno de aquellos dos señores?
-Sí, el más viejo, el que está sentado.
La joven, soltando una carcajada, replicó:
-Ya suponía que no era el otro. Y ese otro, ¿quién es?
-Un amigo nuestro... Lord Warburton..
-¡Ah! Me imaginaba que debía de haber algún lord, igual que en las novelas. -Y, deteniéndose de repente y tomando de nuevo al perrito que, con su mirada, parecía implorárselo, exclamó-: ¡Oh, qué chuchito tan precioso!
Permaneció ella donde estaban, sin iniciar movimiento alguno que indicara su deseo de acercarse o de hablar al viejo señor Touchett; por lo cual el hijo, al verla así, demorándose junto al quicio de la puerta con aquel aire tan atractivo y esbelto, pensó que acaso esperaba que el anciano se levantase y acudiese a saludarla y a ofrecerle sus respetos. Sabía que las muchachas norteamericanas estaban acostumbradas a que se tuviese con ellas toda clase de deferencia y ya se les había advertido de antemano que ella era una joven muy decidida. Ralph adivinó por su expresión que estaba precisamente esperando tal pleitesía. Sin embargo, armándose de valor, se atrevió a insinuar:
-¿Quiere venir conmigo para conocer a mí padre? Es un anciano, está inválido y no se levanta de su sillón. -¡Pobrecillo! ¡Cuánto lo siento! -exclamó ella echando a andar en el acto hacia donde el viejo se hallaba-. Por lo que su madre me ha dicho, tenía la impresión de que más bien era hombre de gran actividad.
Ralph permaneció un instante en silencio y luego se limitó a decir:
-Hace un año que no le ve.
-Menos mal que tiene un hermoso lugar donde poder sentarse -dijo ella-. Vamos, perrillo precioso.
Él, mirándola de soslayo, contestó:
-Cierto, es un viejo y muy hermoso lugar.
-¿Cómo se llama? -preguntó ella, fija de nuevo su atención en el terrier.
-¿Cómo se llama mi padre?
-Sí -replicó ella, a quien pareció divertir esa pregunta-. Pero no le diga que yo se lo he preguntado.
Cuando llegaron donde se encontraba el anciano señor Touchett y éste se levantó con gran esfuerzo para presentarse a sí mismo, le dijo su hijo:
-Mi madre ha llegado. Te presento a la señorita Archer. El viejo puso ambas manos sobre los hombros de la joven, la miró un instante con suma benevolencia y la besó amablemente, diciendo:
-Es un gran placer para mí verla en esta casa, pero habría preferido que nos hubiese proporcionado la oportunidad de ir a recibirla.
La muchacha replicó:
-Ya nos recibieron. Había como una docena de criados en el vestíbulo a nuestra llegada. Una vieja señora salió a la puerta a darnos la bienvenida.
-Si nos hubieran avisado... habríamos hecho algo mejor que eso. -El anciano permaneció de pie, sonriendo, frotándose las manos, mirándola y moviendo lentamente la cabeza-. Pero la señora Touchett es enemiga de los grandes recibimientos.
-Se fue derecha a su habitación.
-Sí... y se encerró en ella con llave. Es lo que hace siempre. Bueno, tal vez tenga la suerte de poder verla la semana entrante -dijo el señor Touchett, y volvió a sentarse, adoptando su anterior postura.
-¡Oh! ¡Mucho antes! -exclamó la señorita Archer-. Va a bajar a cenar a las ocho. -Y, volviéndose hacia Ralph, añadió con una sonrisa-: No lo olvide, ya sabe, a las siete menos cuarto.
-¿Qué va a ocurrir a las siete menos cuarto?
-Es la hora en que podré ver a mi madre -contestó Ralph.
-¡Dichoso tú! -comentó el anciano. Luego se dirigió a la sobrina de su esposa-: Pero, haga el favor de sentarse y tomar un taza de té.
-Ya me lo sirvieron en cuanto llegué a mi cuarto -contestó la joven. Y, mirando afablemente a su venerable anfitrión, exclamó-: Es una lástima que esté usted enfermo.
-¡Bah! Soy un anciano, querida. Ya tengo años para estarlo; pero ahora, con usted aquí, voy a sentirme mejor. Ella se había puesto a observar de nuevo cuanto la rodeaba: el prado verdeante, los altos árboles, el plateado Támesis bordeado de juncos, la antigua y bella mansión, sin excluir de su contemplación a sus compañeros de aquel instante; esa capacidad de observación era de esperar en una joven como ella, a todas luces inteligente y en esos momentos tan receptiva a todas las emociones. Dejó al perrito en tierra, se sentó y entrelazó sus blancas manos en su ' regazo sobre el negro traje. Con la cabeza erguida y la mirada viva, movía de un lado para otro el esbelto busto a medida que iba recogiendo con avidez las impresiones que de todos lados le iban llegando y que eran numerosas y agradables según reflejaba su radiante y suave sonrisa.
-No he visto en toda mi vida nada tan bello -exclamó.
El viejo señor Touchett contestó:
-Verdaderamente, lo es. Me doy cuenta de cómo la impresiona, pues a mí me sucedió lo mismo. Pero también usted es muy bella. -Estas últimas palabras no respondían a una tosca jovialidad, sino a una cortesía que se deleitaba en el privilegio que su edad le otorgaba, a pesar de que la joven pudiera en cierto modo alarmarse al oírlo.
No hace falta analizar hasta qué punto experimentaba ella semejante alarma. Lo cierto es que en el acto se levantó y se ruborizó, si bien su rubor no parecía responder a ningún tipo de desagrado por lo que acababa de oír.
Riendo amablemente, dijo:
-Oh, bueno, soy bastante bonita. -Pero enseguida preguntó-: ¿Es muy antigua la casa? ¿Es de la época de la reina Isabel?
Ralph Touchett contestó:
-Es Tudor, de los primeros tiempos.
Ella se volvió y mirándole directamente a los ojos, contestó:
-¡Ah! ¿Tudor antiguo? ¡Deliciosa! Supongo que habrá otras parecidas.
-Hay algunas mucho mejores.
Al oírlo, el anciano protestó:
-Hijo, no digas semejante cosa. No hay nada mejor que esto.
-Yo poseo una también admirable, que considero en muchos aspectos mejor que ésa -dijo lord Warburton, que hasta aquel entonces había permanecido en silencio aunque observando atentamente a la señorita Archer. Al decirlo le dedicó una sonrisa y una leve inclinación, pues tenía una exquisita manera de tratar a las mujeres. De ello se dio inmediatamente cuenta la joven, que además no se había olvidado de que era lord Warburton. Éste añadió-: Sería para mí un gran placer poder mostrársela.
-No le crea -exclamó el anciano-. Es una vieja barraca en absoluto comparable con ésta.
La joven sonrió a lord Warburton.
-No puedo ser juez en esta discusión porque no la conozco.
Ralph Touchett no tomó parte en esta breve escaramuza domiciliaria y prefirió permanecer con las manos en los bolsillos con una expresión que mostraba claramente que le agradaría mucho renovar su interrumpido diálogo con aquella prima recién descubierta. Para entablar de nuevo la conversación, preguntó:
-¿Le gustan a usted mucho los perros?... Inmediatamente cayó en la cuenta de que, para un hombre inteligente, había sido una manera bastante tonta de reanudar la conversación.
-Muchísimo, naturalmente.
-Entonces debe quedarse con el perrito -dijo sin lograr salir de la insignificancia del tema.
-Bueno. Lo conservaré con mucho gusto, mientras me encuentre aquí.
-Espero que será por mucho tiempo.
-Es usted muy amable. Lo cierto es que no tengo la menor idea de ello. Eso es cosa que mi tía resolverá. -Yo me encargaré de arreglarlo con ella... a las siete menos cuarto -aseguró dirigiendo otro vistazo a su reloj.
La muchacha contestó:
-Por lo pronto estoy encantada de encontrarme aquí.
-Pero me imagino que usted no será de las que consienten que los demás les arreglen sus cosas.
-Pues sí, lo soy; claro que siempre que las arreglen a mi gusto.
-Yo lo arreglaré a mi manera -dijo Ralph-. Es verdaderamente imperdonable que no la hayamos conocido a usted hasta ahora.
-Pues, yo estaba allí... No tenía usted más que haber ido para conocerme.
-¿Allí, dónde? ¿En qué sitio quiere usted decir?
-En Estados Unidos: en Nueva York, en Albany, y en otras partes de Norteamérica.
-Debo confesar que he estado allí, he recorrido todo el país y... no la vi jamás.
Después de un instante de reflexión, la señorita Archer dijo:
-Eso es debido a que durante algún tiempo hubo cierto desacuerdo entre su madre y mí padre después de la muerte de mi madre, cuando yo era una niña. El resultado de todo ello fue que perdimos la esperanza de verle a usted.
-¡Ah! Pero yo no tengo nada que ver con los desacuerdos de mi madre -exclamó el joven Ralph. Y prosiguió-: ¿Hace poco que perdió a su padre?
-Poco más de un año. Después de ello, mi tía se mostró muy cariñosa conmigo; fue allí para verme y me propuso que la acompañase a Europa.
-Vamos, ya caigo -dijo Ralph-. Por lo visto, la ha adoptado a usted.
-¿Adoptado?... -La muchacha se sobresaltó, vivamente ruborizada, y por sus bellos ojos pasó una ráfaga de dolor que causó verdadera alarma en su interlocutor.
Éste había subestimado el efecto que podían causar sus palabras. Lord Warburton, que parecía constantemente deseoso de ver más de cerca a la señorita Archer, se adelantó hacia los dos primos, y la joven posó en él la mirada de sus ojos muy abiertos antes de proseguir-: ¡Adoptarme! ¡Oh, no, nada de eso! No me ha adoptado. Yo no soy precisamente una candidata a la adopción.
-Le pido mil perdones -murmuró Ralph-. Quise decir... lo que quería decir...
La verdad era que ignoraba lo que había querido decir.
-Lo que usted quiso decir es que se ha encargado de mí. Eso es cierto, pues le gusta hacerlo. Ya le dije que se ha portado muy bien conmigo, pero... -agregó con visible empeño en ser explícita-, sobre todo yo aprecio mi libertad.
El anciano, desde su sillón, preguntó elevando la voz:
-¿Estáis hablando de la señora Touchett? Ven aquí, querida sobrinita, y dime algo de ella. Siempre quedo agradecido a los que informan de algo.
La muchacha dudó de nuevo, sonriendo.
-Verdaderamente, es muy bondadosa. -Y se dirigió hacia su tío, cuyo regocijo aumentó al escuchar semejantes palabras.
Lord Warburton se quedó solo con Ralph Touchett, al que dijo al cabo de un momento:
-Hace poco quería usted saber cómo me imaginaba yo a una mujer interesante. Ahí la tiene.
3
Sin duda alguna, la señora Touchett era mujer de numerosas y singulares rarezas, un ejemplo de las cuales lo constituía su particular comportamiento a su vuelta a la casa de su marido tras varios meses de ausencia. Tenía un modo especial de hacer cuanto hacía; ésta es la descripción más sencilla de un personaje que, aunque no carente por completo de ímpetus bondadosos, rara vez conseguía dar una impresión de dulzura. Por mucho bien que hiciera, la señora Touchett no lograba agradar. Esa peculiar manera de obrar a su antojo, a la que tan fuertemente se aferraba, si bien no era en sí intrínsecamente ofensiva, se diferenciaba por completo y bien a las claras de la manera de proceder de los demás. Sus líneas de conducta eran tan tajantes que a los ojos de las personas sensibles aparecían como cortadas con agudo cuchillo. Tal dureza cortante fue lo primero que se puso de manifiesto en ella durante las primeras horas que siguieron a su regreso de América, cuando cabía presumir que se hubiese apresurado a intercambiar los habituales saludos con su hijo y su esposo. Pero, en semejantes momentos, por motivos que sólo a ella parecían excelentes, la señora Touchett acostumbraba a encerrarse en una absoluta reclusión, posponiendo toda ceremonia sentimental hasta que lograba reparar el desarreglo de su atuendo con una precisión cuya importancia era irrelevante, ya que no afectaba en absoluto ni a la belleza ni a la vanidad. La señora Touchett, mujer de edad avanzada, carecía tanto de gracia física como de una exquisita elegancia, pero profesaba un respeto extraordinario hacia sí misma por motivos que le eran muy caros y que condescendía fácilmente a explicar cuando se le rogaba que lo hiciera como favor especial, en cuyo caso siempre se ponía de manifiesto que los motivos que la impulsaban eran totalmente distintos de los que le habían atribuido. Aunque de hecho vivía separada de su marido, se diría que tal situación no le parecía irregular en modo alguno. Desde los primeros momentos de su vida en común se hizo patente que jamás llegarían a desear la misma cosa en el mismo momento, y tal convicción la había predispuesto a evitar cualquier enojo o desagrado que pudiera sobrevenirle en el vulgar ámbito de lo accidental. Había hecho todo lo posible para erigir tal norma en ley, dándole a ésta su aspecto más ejemplar al irse a vivir a Florencia, donde compró una casa y fijó su residencia, y al dejar que su marido se quedase solo al frente de la sucursal inglesa de su banco. Semejante arreglo la complacía sobremanera por lo definido y preciso que era, aspecto bajo el que también se presentaba a los ojos del marido en su oscura casa de una neblinosa plaza de Londres, donde a veces era lo único realmente definido y preciso que alcanzaba a vislumbrar a pesar de que a todas luces habría preferido que cosas tan absurdas como las que le sucedían por lo menos aparentasen mayor vaguedad. Conceder, ponerse de acuerdo en no estar de acuerdo, había llegado a costarle un verdadero esfuerzo, pues se sentía dispuesto a admitir cualquier cosa menos aquélla y no hallaba razón alguna para que, consentidor o renuente él, los hechos hubieran de poseer tan terrible consistencia. Por su parte, la señora Touchett no se enfrascaba en cavilaciones ni lamentos de ninguna especie y seguía su costumbre de ir a pasar, cada año, un mes con su marido, espacio de tiempo que empleaba en tratar de convencerle de que ella había adoptado el método razonable. En realidad, no le gustaba el sistema de vida inglés, y solía esgrimir dos o tres razones que aunque no hacían referencia sino a puntos de menor importancia, en su opinión eran más que sobradas para justificar su voluntad de no residir en el país. Entre otras cosas, detestaba la salsa blanca, que, según sus propias palabras, parecía una cataplasma y sabía a jabón; se oponía al consumo de cerveza por parte de sus doncellas personales y aseguraba que las lavanderas inglesas -pues la señora Touchett tomaba muy en serio todo cuanto afectaba a su ropa blanca- desconocían su oficio. A intervalos fijos hacía una visita a su país, pero esta última había sido más prolongada que ninguna de las anteriores.
Que se había hecho cargo de la tutela de su sobrina era algo que no cabía poner en duda. Una triste y húmeda tarde, cuatro meses antes del suceso que acabo de relatar, se hallaba la señorita Archer sentada en su habitación, con un libro. Afirmar que estaba así ocupada es tanto como decir que su soledad no la agobiaba, pues su ansia de conocimientos era de índole verdaderamente fecunda, y el poder de su imaginación, muy grande. Sin embargo, por aquel entonces se sentía necesitada de algo fresco y nuevo, necesidad que vino a colmar una inesperada visita. La persona en cuestión no se había hecho anunciar y la joven la oyó cuando ya estaba en la habitación contigua. Sucedió ello en una antigua casa de Albany, una casa amplia, cuadrada, doble, con un cartelito en las ventanas del piso inferior donde se anunciaba que se hallaba en venta. Tenía dos entradas, una de las cuales estaba fuera de uso desde hacía mucho tiempo, si bien no había sido eliminada. Ambas eran exactamente iguales: grandes puertas blancas con marco y moldura arqueados y anchos ventanales adjuntos, sobre sendas pequeñas escalinatas de piedra roja que descendían hacia los laterales hasta el pavimento de ladrillo de la calle. Formaban estas casas gemelas un solo edificio, cuya pared medianera había sido demolida a fin de que se comunicasen. En el piso superior había numerosas habitaciones, todas pintadas de un blanco amarillento que, con el tiempo, se había desvaído. El tercer piso albergaba una especie de pasaje en arco que servía de enlace entre los dos lados de la casa y que, de pequeñas, Isabel y sus hermanas solían llamar el túnel, pues, aunque era corto y estaba bien iluminado, a la joven le pareció siempre solitario y siniestro, sobre todo en las tardes de invierno. Ella había pasado temporadas en la casa en distintas épocas de su niñez, especialmente mientras vivía su abuela. Después había permanecido ausente durante diez años y su regreso a ella se debió a la necesidad de acudir al lecho de muerte de su padre.
Su abuela, la anciana señora Archer, había sido sumamente hospitalaria, sobre todo con personas de la familia y durante la niñez de las muchachas, que pasaban a veces con ella semanas enteras, de las que siempre guardaron el mejor recuerdo. Allí, la manera de vivir era por completo distinta de la observada en su propia casa: más holgada, cómoda y alegre. La disciplina impuesta a los niños era lo bastante vaga para que ellos no la sintiesen gran cosa, y la oportunidad de poder escuchar las conversaciones de las personas mayores era casi ilimitada, lo que para Isabel constituía el recreo más preciado. Reinaba un ajetreo constante, un incesante ir y venir. Los hijos, hijas y nietos de su abuela parecían no estar esperando otra cosa que la invitación para ir y permanecer algún tiempo en la casa, de suerte que había momentos en que llegaba a parecer una especie de ruidoso mesón provinciano gobernado por una anciana y amable patrona que suspiraba mucho y no presentaba jamás la cuenta. Por su parte, Isabel no sabía absolutamente nada acerca de tales cuentas y siempre, aun siendo niña, consideró extraordinariamente romántica la casa de su abuela. En la parte trasera había una especie de gran patio cubierto, con un columpio que era motivo de inagotable y excitante interés, y, más allá, un amplio jardín que bajaba hacia el establo y donde crecían hermosos melocotoneros increíblemente accesibles. Isabel había pasado varias temporadas con su abuela, pero podría decirse que de todas ellas había guardado como el mejor de sus recuerdos el del sabor delicioso de los melocotones del jardín. Al otro lado, cruzando la calle, había una casa muy vieja a la que llamaban la Casa Holandesa, un peculiar edificio que databa de la primera época colonial, construido con ladrillos pintados de color amarillo, coronado por un alero que parecía dirigido contra los extraños y defendido por una raquítica empalizada que corría a lo largo de la calle. Ocupaba este edificio una escuela primaria para niños de ambos sexos, gobernada o, mejor dicho, desgobernada por una presumida señora de la que Isabel conservaba como recuerdo sobresaliente que se sujetaba los cabellos junto a las sienes con unos raros peinecillos y que era viuda de un caballero de cierta importancia. A la pequeña Isabel se le había ofrecido la oportunidad de aprender las primeras letras en tal escuela, pero, después de haber pasado un día en ella, protestó violentamente contra sus reglas y logró que se le permitiera quedarse en casa, desde donde en los templados días del mes de septiembre, cuando las ventanas de la Casa Holandesa Permanecían abiertas, le era dado oír el coro de voces infantiles repitiendo la tabla de multiplicar..., hecho en el cual se mezclaba de forma confusa el júbilo de la libertad con el dolor de la exclusión. Así pues, los cimientos de su sabiduría quedaron confiados a la indolencia de la casa de la abuela, donde, dado que la mayoría de sus parientes eran personas no interesadas por la lectura, ella gozaba de libertad absoluta para adueñarse de todos los volúmenes de la biblioteca, en la que abundaban los libros con bellas portadas. Solía subirse a una silla para retirarlos de sus anaqueles y, cuando hallaba uno de su gusto -para lo cual se dejaba guiar siempre por la portada-, lo llevaba consigo a un cuarto misterioso situado detrás de la biblioteca y al que tradicionalmente se le había llamado, sin que nadie supiera por qué causa, el despacho. Nunca logró ella saber de quién y en qué época había sido tal cuarto un verdadero despacho, pero le bastaba que reinara allí un eco de resonancia y un olor a rancio, y que fuese el lugar destinado a los trastos viejos e inútiles del mobiliario cuyos achaques no aparecían a simple vista (de tal suerte que, a los ojos de ella, la desgracia en que habían caído parecía del todo inmerecida, lo que les presentaba como víctimas propiciatorias de la injusticia), trastos con los que había llegado a establecer relaciones casi humanas, dramáticas sin duda alguna. En especial, había allí arrumbado un viejo sofá de crin al que ella había confiado muchos de sus infantiles sinsabores. Debía aquel lugar gran parte de su misteriosa melancolía al hecho de que se accediera a él por la segunda puerta de la casa, la que permanecía condenada y cerrada con gruesos cerrojos que a una niña débil y menuda le era de todo punto imposible descorrer. Ella conocía perfectamente aquel tranquilo y recoleto portal que daba a la calle y desde el cual, si las ventanas laterales no hubieran estado tapadas con papel verde, habría podido ver la pequeña escalinata de piedra rojiza y el pavimento de ladrillo artísticamente labrado. Sin embargo, no sentía siquiera deseos de mirar hacia fuera porque, de intentarlo, habría destruido su propia teoría de que aquél era un lugar extraño, desconocido, imposible de ver desde el otro lado..., un lugar que en su imaginación infantil aparecía, según el estado de ánimo del momento, ora como un paraíso de delicias, ora como un páramo de terror.
Era, pues, en este despacho donde se hallaba Isabel sentada aquella melancólica tarde de primavera a que me refería. Aunque entonces tenía toda la casa a su disposición, escogió para su recogimiento el lugar más triste de todos, el más alejado de cualquier escena familiar. Jamás se le había ocurrido descorrer los cerrojos de la puerta ni arrancar el papel verde, que manos diligentes cambiaban de vez en cuando, ni se había jamás preocupado de cerciorarse por sí misma de que la calle estaba allí cerca. Caía una lluvia fría y pertinaz. La primavera parecía contener una exhortación -que en aquel momento resultaba cínica y falta de sinceridad- a la paciencia. No obstante, Isabel no prestaba gran atención a las pequeñas infidelidades atmosféricas y seguía con los ojos fijos en su libro, tratando de centrar su pensamiento. Se le había ocurrido no hacía mucho tiempo que su mente era de naturaleza bastante vagabunda y, en su deseo de domeñarla, había empleado no poca imaginación para darle instrucción militar, enseñándole a avanzar, detenerse, retroceder y, en fin, realizar a la simple voz de mando toda clase de maniobras complicadas. En aquel momento le había dado la orden de marchar, a fin de emprender la penosa tarea de cubrir las áridas llanuras de una Historia del Pensamiento Germánico. De pronto percibió el ruido de unos Pasos que se distinguían notablemente de su propio paso intelectual; permaneció a la escucha y advirtió que había alguien en la biblioteca que comunicaba con el despacho.
Al principio le pareció el andar de una persona cuya visita estaba esperando, pero inmediatamente lo identificó como característico de una mujer, desconocida por añadidura. Era aquél un paso de carácter explorador y experimental, que manifestaba no estar dispuesto a detenerse hasta llegar al umbral del despacho. Y, en efecto, en el umbral apareció la figura de una dama que se detuvo un instante y miró duramente a nuestra heroína. Era una mujer más bien fea, entrada en años, vestida con una capa impermeable y en cuyo rostro aparecía un asomo de violenta actitud.
La recién llegada, recorriendo con la mirada aquellas sillas desparejadas y aquellas mesas cojas, inquirió: -¡Oh! ¿Es aquí donde acostumbras a estar?
Isabel, que se levantó prestamente para recibir a la intrusa, contestó:
-No cuando recibo visitas.
Acto seguido dirigió sus propios pasos y los de la visitante hacia la biblioteca. La dama siguió mirando en derredor y comentó:
-Por lo visto, tienes muchos otros cuartos para estar, y en mejores condiciones. Pero todo está terriblemente deteriorado.
-¿Ha venido usted a ver la casa? -preguntó Isabel-. La criada se la mostrará.
-No, no la llames; no quiero comprar la casa. Fue a buscarte y anda por arriba dando vueltas; no parece muy inteligente. Más vale que le digas que no se preocupe. -Y de repente, mientras la muchacha trataba de adivinar quién era aquel inesperado crítico, añadió-: Supongo que tú serás una de las hijas.
Isabel pensó para sus adentros que aquella dama tenía unos modales singulares y contestó:
-Según a qué hijas se refiera.
-A las del difunto señor Archer... y mi pobre hermana.
Isabel dijo entonces pausadamente:
-¡Ah! Usted debe de ser nuestra extravagante tía Lydia.
-¿Es así como tu padre os enseñó a llamarme? Soy tu tía Lydia, pero no tengo nada de extravagante ni de loca. No padezco de ningún extravío. ¿Cuál de las hijas eres tú?
-Soy la menor de las tres; me llamo Isabel.
-Sí, ya sé; las otras dos son Edith y Lilian. ¿Eres tú la más guapa?
-No tengo la menor idea -contestó la muchacha.
-Me parece que debes de serlo...
Y he aquí cómo se hicieron amigas tía y sobrina. Aquélla había reñido años atrás con su cuñado tras la muerte de su hermana, al recriminarle por la manera en que criaba a sus hijas; y él, que era hombre de malas pulgas, había dicho que se ocupara de sus propios asuntos, cosa que ella siguió al pie de la letra desde entonces. Así, había estado muchos años sin tener contacto alguno con él y no había enviado ni una sola palabra de pésame con motivo de su muerte a las hijas, las cuales habían sido criadas en esa irrespetuosidad hacia su tía que acabamos de ver en el caso de Isabel. Como de costumbre, la actitud de la señora Touchett había sido absolutamente premeditada. Su viaje a América obedecía a un deseo de interesarse personalmente por sus asuntos económicos (con los que su marido, pese a la elevada posición financiera de que disfrutaba, no tenía nada que ver) y, de paso, aprovechar la oportunidad para ver cómo estaban sus sobrinas. No había considerado la posibilidad de escribir, toda vez que no habría concedido importancia alguna a los informes que por carta pudiera recibir.
Creía únicamente en lo que veía con sus propios ojos. Pero Isabel se dio cuenta de que sabía acerca de ellas mucho más de lo que habría podido creer, incluso respecto al matrimonio de las otras dos hermanas: que su padre les había dejado muy pocos bienes, que la casa de Albany, que había pasado a manos del padre, iba a ser vendida para que ellas pudieran disponer de algún dinero y, por último, que Edmund Ludlow, el marido de Lilian, era el encargado de atender este asunto, razón por la cual la joven pareja había tenido que trasladarse a Albany durante la enfermedad del señor Archer y permanecía allí junto con Isabel ocupando la vieja mansión.
-¿Cuánto esperáis que os den por ella? -preguntó la señora Touchett a su acompañante, quien la había conducido al salón, lugar que también su inquisitiva mirada recorrió sin mostrar entusiasmo alguno.
-No tengo la menor idea -respondió la muchacha.
-Es la segunda vez que me contestas así -replicó su tía-. Y sin embargo, no eres tonta del todo.
-No, no soy tonta, pero no sé nada de cuestiones de dinero.
-Ya veo. De esa manera os criaron..., como si fuerais a heredar millones. En realidad, ¿qué habéis heredado?
-La verdad, no sabría decirlo. Tiene usted que preguntárselo a Lilian y a Edmund, que estarán de vuelta dentro de una media hora.
-Esto es lo que en Florencia llamaríamos una casa mala -dijo la señora Touchett-. Aunque me atrevería a decir que aquí se puede obtener por ella una buena suma. Lo suficiente para que os toque a cada una de vosotras una respetable cantidad. Pero supongo que tendréis alguna otra cosa, más bienes. Es verdaderamente extraordinario que no estés enterada de ello. El emplazamiento de la casa es magnífico; casi seguro que querrán derribarla para construir en su lugar establecimientos comerciales. No me explico cómo no lo hacéis vosotras mismas; podríais alquilar las tiendas a muy buen precio.
Isabel no salía de su asombro. La idea de alquilar tiendas le parecía de lo más extraño.
-Espero que no la derriben -dijo-. Lo sentiría, porque me gusta mucho.
-No me explico por qué te gusta. Tu padre murió en ella.
-Cierto -replicó la muchacha en un tono extraño-, pero no por eso ha de desagradarme. Me gustan los sitios donde suceden o han sucedido cosas, aunque a veces sean tristes. No sólo mi padre, si otros han muerto también aquí, de modo que este sitio estuvo repleto de vida en otros tiempos.
-¿Esto es lo que tú llamas repleto de vida?
-Quiero decir lleno de experiencia..., de sentimientos de las personas, de sus tristezas. Y no sólo de tristezas, pues yo misma, cuando era niña, fui muy dichosa en esta casa.
-Si te agradan las casas donde han sucedido cosas, deberías ir a Florencia; en aquéllas sí que han sucedido cosas, sobre todo muertes. En el antiguo palacio donde yo vivo fueron asesinadas tres personas que se sepa, y seguramente muchas otras de las que yo no he llegado a tener conocimiento.
-¿En un palacio antiguo?
-Sí, hija. Bastante distinto a esto, por cierto. Esta casa tiene un aspecto muy burgués.
Isabel se emocionó profundamente al oír tales palabras, pues siempre había tenido en gran concepto la casa de su abuela. No obstante, la propia emoción la impulsó a exclamar:
-¡Cómo me gustaría ir a Florencia!
-Pues si eres buena y haces todo lo que yo te diga, te llevaré -afirmó la señora Touchett.
La emoción de la joven aumentó extraordinariamente. Calló un instante, se ruborizó un poco, sonrió en silencio a su tía y acabó por decir:
-¿Que haga todo lo que usted quiera? No sé si me será posible prometer tal cosa.
-Verdaderamente no pareces ese tipo de persona. Se nota que te gusta hacer tu voluntad, pero no seré yo quien te lo reproche.
-¡Sin embargo, con tal de ir a Florencia, sería capaz de prometer casi cualquier cosa! -exclamó la joven con entusiasmo.
Como Edmund y Lilian tardaron bastante en regresar, la señora Touchett pudo sostener una conversación ininterrumpida de más de una hora con su sobrina, que acabó por encontrarla tan interesante como extraña: lo que se dice un carácter, el primero genuino con que se había tropezado. Era, en realidad, tan excéntrica como Isabel la había imaginado siempre, mas con la idea que ella se forjaba cada vez que oía hablar de personas excéntricas, a las que consideraba alarmantes y ofensivas, pues semejante vocablo te sugería cosas grotescas e incluso siniestras. Pero su tía les daba un tono irónico y hasta cómico, y ello la indujo a preguntarse si el lenguaje corriente y moliente, que por lo demás era el único que había conocido, le había parecido alguna vez tan interesante. Nadie hasta entonces había logrado impresionarla tanto como aquella pequeña mujer de aspecto extranjero, labios finos y ojos brillantes, que ennoblecía su insignificante apariencia con la distinción de sus modales y que, sentada allí delante de ella y envuelta en su impermeable, hablaba con la mayor soltura de los asuntos políticos de Europa. La señora Touchett no era frívola, pero no reconocía la existencia de seres superiores socialmente hablando, y, al aludir en tales términos a los grandes de la Tierra, lo hacía con la plena seguridad de estar causando enorme impresión en el ánimo susceptible y cándido de su sobrina. Isabel respondió a varias preguntas que su tía le hizo al principio y, por sus contestaciones, ésta se percató del alto grado de su inteligencia. Después de haberlas contestado, le tocó a ella el turno de hacerlas, y las respuestas de su tía fueron tales que, fuera cual fuera el giro que tomasen, le proporcionaban siempre más que sobrada materia para hondas reflexiones. La señora Touchett estuvo esperando el regreso de su otra sobrina el tiempo que le pareció razonable; pero, al ver que a las seis de la tarde la señora Ludlow no se hallaba de vuelta, se dispuso a marcharse.
-Tu hermana debe de ser una chismosa de primera. ¿Tiene por costumbre pasar tantas horas fuera de casa?
-Usted ha estado fuera de la suya tanto como ella -replicó Isabel-. Acababa de marcharse cuando llegó usted.
La señora Touchett la miró con benevolencia. Comprendía que la réplica era acertada, cosa que le agradaba y la predisponía a mostrarse amable.
-Tal vez no haya tenido para hacerlo tan buena razón como yo. De todos modos, dile que venga a verme esta noche a ese horrible hotel donde estoy alojada. Si quiere, puede venir con su marido, pero no es necesario que tú la acompañes. A ti ya tendré ocasión de verte luego todo lo que quiera.
4
La señora Ludlow era la mayor de las tres hermanas y se la consideraba la más juiciosa. En general se decía que Lilian era la práctica, Edith la hermosa e Isabel la intelectual. La señora Keyes, segunda del grupo, era esposa de un oficial del Cuerpo de Ingenieros de Estados Unidos y, como para nada le afecta nuestra historia, nos limitaremos a decir que era muy bella y constituía el principal ornato de los acantonamientos militares del país -especialmente en el inelegante Oeste- a los que, con gran pesar por su parte, era destinado su marido. Lilian se había casado con un abogado de Nueva York, joven de potente voz y gran entusiasmo por su profesión. Su matrimonio no resultó un enlace brillante, como tampoco el de Edith, pero a Lilian se le inculcó desde siempre la idea de que debía considerarse muy dichosa si llegaba a casarse con quien fuese... y por eso era mucho más sencilla que sus otras dos hermanas. Sin embargo, se sentía muy feliz, y por aquel entonces, en su calidad de madre de dos graciosos retoños y de dueña de una especie de escolio de oscura piedra violentamente encajonado en la calle Cincuenta y tres, parecía regodearse en su situación como en una feliz evasión de los sinsabores de este mundo. Era de baja estatura y cuerpo recio, y aunque de figura harto discutible, se le concedía buena presencia, ya que no majestad. No obstante, todos parecían convenir en que había ganado mucho con el matrimonio, y sentíase perfectamente segura de dos cosas en la vida: de la fuerza de los argumentos de su marido y de la originalidad de su hermana Isabel. A veces solía decir: «Yo no podría seguir el ritmo de Isabel... Me ocuparía todo mi tiempo». A pesar de eso, mantenía sobre ella una maternal vigilancia y la observaba con la misma triste solicitud con que una gran perra de aguas contemplaría los movimientos de un galgo suelto.
-Lo que yo quisiera es verla casada, eso es lo que de veras le conviene -decía con frecuencia a su marido.
A lo que Edmund Ludlow solía replicar en un tono muy audible:
-Pues debo confesar que no experimento el menor deseo de casarla.
-Ya sé que lo dices por discutir. Lo tuyo es llevar siempre la contraria. No veo qué puedas tener contra ella, a no ser que es original.
-Pues bien, es que no me gustan los originales, prefiero las traducciones -le había contestado más de una vez el señor Ludlow, añadiendo-: Isabel está escrita en un idioma extranjero y no puedo descifrarla. Lo que debería hacer es casarse con un armenio o un portugués.
-Eso es precisamente lo que temo que haga -exclamaba Lilian, que creía a Isabel capaz de cualquier cosa.
Así pues, al llegar a casa, escuchó con gran interés la " relación que su hermana menor le hizo acerca de la inesperada aparición de la señora Touchett y, por la noche, se dispuso a obedecer el mandato de su tía. No se tiene noticia de lo que Isabel dijera entonces, pero sin duda alguna sus palabras debieron de suscitar en su hermana el comentario que hizo a su esposo cuando ambos estaban preparándose para ir a hacer la visita:
-Ojalá se le ocurra hacer algo por Isabel; creo que lo hará, pues parece haberse encaprichado mucho con ella.
-Pero ¿qué quieres que haga? -preguntó Edmund Ludlow-. ¿Que le haga un buen regalo?
-No me refiero a eso; seguramente no será nada por el estilo. Me refiero a que se tome verdadero interés por ella, a que le resulte simpática. Precisamente, es de las pocas personas que pueden apreciarla, porque ha vivido mucho entre gente extranjera, y le ha contado a Isabel muchas cosas acerca de esa vida. Ya sabes que tú mismo has considerado siempre que Isabel tiene algo de extranjera.
-Ya veo lo que quieres decir: que la tía le procure un poco de simpatía en el extranjero. ¿Crees que en su país no se le otorga la necesaria?
-De todos modos, debería ir al extranjero -replicó la señora Ludlow-. Es el tipo de persona que debería viajar.
-Y quieres que la vieja señora se la lleve, ¿no es eso?
-Se ha ofrecido a llevarla... y está muerta de ganas de que Isabel vaya. Pero lo que yo deseo que haga cuando llegue allí con ella es que le proporcione toda clase de ventajas. Estoy segura de que lo único que debemos hacer es darle una oportunidad... -recalcó la señora Ludlow.
-¿Oportunidad? ¿para qué?
-Para perfeccionarse.
Al oírlo, Edmund exclamó:
-¡Dios Santo! ¡Espero que no vaya a perfeccionarse más!
-Si no tuviese la seguridad de que lo dices por discutir, me molestaría mucho lo que acabas de decir -replicó la esposa-. Pero no puedes negar que la estimas.
Más tarde, mientras el joven esposo se cepillaba el sombrero, preguntó a Isabel:
-Tú sabes que te aprecio, ¿verdad?
-Lo que sé y de lo que estoy segura es que me importa un bledo que me quieras o no -replicó la muchacha, con una sonrisa y un tono de voz que desmentían la altivez de sus palabras.
-¡Oh! Desde que ha recibido la visita de la señora Touchett se siente tan superior... -comentó su hermana. Pero Isabel replicó con seriedad.
-No debes decir eso, Lily. No me siento superior a nadie.
-Aunque así fuera, no habría mal en ello-dijo su hermana, siempre conciliadora.
-Es que no veo en la visita de la señora Touchett nada que le haga a una sentirse superior.
-¡Oh! -exclamó el señor Ludlow-, ahora se siente más superior que nunca.
-Cuando yo me sienta superior, si alguna vez lo hago -dijo la muchacha-, será por otra razón mejor.
Fuera como fuese, lo cierto es que se sentía diferente, como si le hubiese ocurrido algo. Una vez que se hubo quedado sola por la noche, se sentó bajo la lámpara, las manos vacías, sin ganas de ocuparlas en ninguna de sus habituales labores. Se levantó al cabo de un rato, se puso a andar de un lado para otro de la habitación y recorrió también otros aposentos, deteniéndose especialmente en los sitios en que la luz era menos intensa. La verdad era que se sentía intranquila, agitada, incluso había momentos en que temblaba. Lo que acababa de ocurrirle le parecía de una importancia desproporcionada, se había producido un verdadero cambio en su vida. Lo que éste hubiera de suponer en lo sucesivo era cosa por demás indefinida, pero en su actual situación ella daba un gran valor a cualquier cambio que le sobreviniese. Sentía un irresistible deseo de dejar atrás su pasado para, como ella misma decía, comenzar de nuevo. No había surgido tal deseo como por ensalmo con motivo de la ocasión presente, sino que éste le era tan familiar como el repiqueteo de la lluvia en los vidrios de las ventanas, y ya en más de una ocasión la había inducido a querer comenzar de nuevo. Se sentó en uno de los rincones más oscuros del silencioso salón y cerró los ojos, pero no con el deseo de quedarse adormilada para olvidar. Por el contrario, se sentía demasiado despierta y deseaba dominar la sensación que le causaba percibir demasiadas cosas a la vez.
Su imaginación había llegado a ser, por la fuerza del hábito, ridículamente activa, de suerte que, cuando la puerta no estaba abierta, se escapaba por la ventana. No tenía la costumbre de encerrarla bajo llave, y le sucedía que, en los momentos importantes en que se hubiera sentido agradecida por ser capaz de utilizar únicamente su capacidad de razonamiento, pagaba las consecuencias de haber dado alas a esa facultad de fantasear en la que no intervenía el análisis. En aquel momento, con la seguridad de que una mano invisible había tocado la nota del cambio, se le agolparon en la imaginación los fantasmas de las imágenes de las cosas que había dejado tras si; se presentaron a su recuerdo los días y las horas ya vividos, y los fue revisando lentamente en medio de aquel silencio que sólo interrumpía con su tictac el gran reloj de bronce. De aquel profundo examen, la verdad que más patente surgía ante sus ojos era la de que su vida había sido muy dichosa, de que ella era una persona verdaderamente afortunada. Había disfrutado lo mejor de todo y, en un mundo en que tantos individuos se desenvuelven en circunstancias nada envidiables, constituía una ventaja el no haber padecido nada desagradable. A Isabel le parecía que, en realidad, lo desagradable había permanecido demasiado ausente de su vida, ya que, de su contacto constante con la literatura, había deducido que lo desagradable constituía un manantial inagotable de interés e incluso de instrucción. Su padre... aquel hermoso y adorado padre que siempre experimentó tan marcada aversión por todo lo desagradable, la había mantenido alejada de ello. Para Isabel fue una gran felicidad haber sido hija de tal hombre, de suerte que llegó a sentirse orgullosa de su parentesco. Desde el momento de su muerte, ella lo recordó mostrándose siempre valeroso ante sus hijas, capaz de alejar las cosas feas de su propia imaginación, aunque no de su existencia. Pero eso sólo hizo que su ternura por él aumentara, y apenas si le resultaba doloroso pensar que él había sido demasiado generoso, demasiado alegre, demasiado indiferente a las ideas de sordidez. Muchos sostenían que había llevado tal indiferencia demasiado lejos, sobre todo los que componían el gran número de personas a quienes debía dinero. Isabel no había llegado a conocer jamás las opiniones de tales personas, pero al lector podría interesarle saber que, si bien le reconocían al difunto señor Archer una notable inteligencia y una manera de ser muy seductora, capaz de apoderarse de los demás (y no faltaba quien dijera que siempre estaba apoderándose de algo), ello no les impedía declarar abiertamente que hacía muy mal uso de su vida. Había derrochado una gran fortuna, por ser excesivamente hospitalario, y había jugado sin freno. Y hasta hubo críticos que dijeron que ni siquiera se había preocupado de educar a sus hijas: que no habían recibido una educación corriente, que no habían tenido un hogar permanente, y que habían sido al mismo tiempo malcriadas y abandonadas, relegando su educación a niñeras y gobernantas (casi siempre muy malas), o a frívolas escuelas, dirigidas por francesas, de las que al cabo de un mes eran retiradas con gran sentimiento de ellas, que lloraban a lágrima viva al ser alejadas de allí. Tal apreciación del caso había suscitado la indignación de Isabel, ya que a su modo de ver había gozado de muchas y buenas oportunidades. Incluso cuando su padre dejó a sus hijas durante tres meses en Neufchatel con una criada francesa, la cual no tardó en escaparse con un noble ruso que vivía en el mismo hotel..., aun en esa situación tan irregular que tuvo lugar cuando la muchacha no contaba más de once años, ella no experimentó el menor miedo ni la menor vergüenza y se limitó a considerarla un episodio romántico, justificado por una educación sumamente liberal. Su padre tenía unas miras muy amplias acerca de la vida, como lo probaba sobradamente su inquietud constante y la incoherencia ocasional de su conducta. Quería que sus hijas, aun siendo niñas, vieran cuanto fuera posible del mundo y, con tal objeto, antes de que Isabel alcanzara los catorce años de edad, ya las había hecho cruzar tres veces el Atlántico, proporcionándoles en cada ocasión sólo unos cuantos meses para observar por sí mismas el asunto propuesto. Esta táctica sólo había servido para abrir el apetito de nuestra heroína, excitando superlativamente su curiosidad sin llegar a satisfacérsela. Indudablemente ella era una acérrima partidaria de su padre, pues, de las tres, era la que mejor se las componía para compensarle por las incomodidades de las que él nunca se quejaba. En los últimos días de su vida, el deseo paterno de abandonar este mundo, en el cual la dificultad de hacer lo que a uno le gustaba parecía ir aumentando a medida que él iba envejeciendo, se había visto profundamente alterado por el dolor que le causaba tener que separarse de una hija tan inteligente, notable y superior. Posteriormente, cuando cesaron los viajes a Europa, él comenzó a mostrarse todavía más indulgente con sus hijas y, aunque hubo de sufrir no pocas dificultades económicas, nada alteró en ellas la irreflexiva seguridad de hallarse en posesión de muchas cosas. Isabel, que por cierto bailaba muy bien, no recordaba haber logrado un gran éxito en Nueva York como miembro del ambiente coreográfico; en cambio, su hermana Edith, al decir de muchos, tenía más condiciones para ello. Edith fue un caso tan notable de éxito que Isabel no pudo seguir haciéndose ilusiones acerca de lo requerido para lograr tal privilegio, así como tampoco acerca de los límites de su propia capacidad de brincar, saltar y desgañitarse... sobre todo para conseguir el efecto deseado. Diecinueve personas entre veinte (incluso la misma hermana menor) declaraban que Edith era la más guapa de las dos hermanas; sin embargo, la vigésima, a más de darse el gusto de pensar lo contrario, podía complacerse en pensar que todos los demás eran sólo unos estetas de lo más vulgar. En su naturaleza profunda, Isabel experimentaba un deseo más insaciable todavía que el de Edith de gustar, pero esa naturaleza profunda se encontraba en un lugar tan inaccesible de su alma que entre ésta y la superficie había una docena de fuerzas caprichosas que impedían la debida comunicación. Ella veía que los jóvenes acudían en tropel a visitar a su hermana, pero que, en cambio, sentían miedo de ella, pues tenían la sensación de que para hablarle había que poseer una preparación especial. La fama de ser mujer muy leída pesaba sobre ella y la envolvía como la densa nube que rodea a las diosas de las epopeyas, haciendo suponer que sólo se interesaba por cuestiones abstrusas y que su conversación jamás adquiría un tono apasionado. Si bien a la pobre le encantaba que se la considerase inteligente, la molestaba sobremanera que se la tuviese por libresca. Por ello, acostumbraba a leer en secreto y, aunque poseía una excelente memoria, procuraba abstenerse de citar lo que leía. La dominaba una gran ansia de saber, pero prefería a lo impreso cualquiera otra fuente de información directa, y era tal su curiosidad por las cosas de la vida que de todo se admiraba y todo la emocionaba. La vida había echado hondas raíces en ella y, por lo mismo, su goce más intenso consistía en sentir dentro de sí la continuidad entre las agitaciones de su propia alma y las del mundo externo. Ello hacía que le gustara extraordinariamente contemplar las grandes multitudes y las diversas regiones del país y leer lo más interesante acerca de las revoluciones y de las guerras, así como también admirar los cuadros históricos... proclividad que en más de una ocasión la indujo a cometer la incongruencia de perdonar lo malo de la pintura en aras de su tema. En tiempo de la Guerra de Secesión ella era todavía muy niña, lo cual no impidió que durante tal período pasara largos meses entregada a una apasionada excitación, en la que tan pronto se sentía emocionada por el valor de un ejército como por el del contrario, lo cual la sumía en una extraordinaria confusión. Desde luego, la circunspección de los suspicaces jóvenes no había llegado a convertirla en una proscrita social, pues el número de los que, al acercársele, sentían latir el corazón con la fuerza necesaria para recordar que también poseían cabeza la había mantenido alejada de las excelsas disciplinas propias de su sexo y su edad. Así, ella tuvo cuanto pudo apetecer una muchacha: cariño, admiración, golosinas, ramos de flores, la convicción de que no se le escatimaba nada de lo que podía obtenerse en el mundo en que ella vivía, ocasiones constantes para bailar, abundancia de nuevos vestidos, la revista Spectator de Londres, las últimas publicaciones de prensa, la música de Gounod, la poesía de Browning, la prosa de George Elliot.
Y todas aquellas cosas, a medida que la imaginación las iba evocando se transformaban en multitud de escenas vividas y de figuras conocidas. Cosas arrumbadas en
el desván de la memoria se le aparecían de nuevo, mientras que muchas otras a las que en su día había concedido gran importancia quedaban alejadas de su vista. El resultado era verdaderamente caleidoscópico; pero, en aquel instante, el girar caprichoso del instrumento quedó paralizado por la llegada de la sirvienta que venía a anunciar la visita de un caballero: Caspar Goodwood. Era éste un joven de Boston. Hacía doce meses que conocía a la señorita Archer y, considerándola la mujer más bella de aquel tiempo, había dictaminado que el tiempo era únicamente, guiándose por la norma a que antes he aludido, un necio período de la historia. Le había escrito de vez en cuando, y últimamente sus cartas estaban fechadas en Nueva York; por lo cual ella casi confiaba en la posibilidad de que él viniera a verla... incluso puede decirse que pasó todo aquel día lluvioso esperándole sin darse cuenta cabal de que le esperaba. Sin embargo ahora, al saber que estaba allí, no experimentaba ningún deseo de verle ni de recibirle. El era el joven más admirable que ella había visto, un espléndido joven que llegaba a inspirarle un respeto grande y poco usual, sentimiento que ninguna otra persona le había inspirado hasta entonces. La gente se imaginaba que el quería hacerla su esposa, pero eso era algo que sólo a ellos dos concernía. Lo que desde luego puede afirmarse es que él hizo el viaje de Nueva York a Albany tan sólo por verla, después de haberse enterado en la primera de las dos ciudades, donde estaba pasando una temporada y donde había creído encontrarla, que ella iba a permanecer en la capital del estado. Isabel retrasó algunos minutos el momento de ir a verle, y anduvo de un lado para otro de la habitación, abrumada por la intuición de que la esperaban nuevas complicaciones. Pero por fin decidió ir en su busca, y le vio, de pie bajo la lámpara, tal como era: alto, fuerte, tal vez algo tieso, al propio tiempo que delgado y moreno. Su belleza no era romántica sino más bien tenebrosa. Su fisonomía tenía algo que reclamaba la atención y esa atención se veía recompensada por el encanto de unos ojos azules de imperturbable fijeza que no parecían corresponder a su semblante y de una mandíbula angulosa, de esas a las que suele atribuirse la virtud de denotar un temperamento enérgico y resuelto. Al verle, Isabel se dijo que aquella noche mostraba sin duda alguna una firme resolución. A pesar de ello, Caspar Goodwood, que media hora antes había llegado allí esperanzado y resuelto, acabó por volverse a su alojamiento con la convicción de haber fracasado en su empresa. Conviene advertir, sin embargo, que no era un hombre capaz de aceptar un fracaso así como así.
5
Aunque Ralph Touchett era un verdadero filósofo, cuando llamó con los nudillos a la puerta de la habitación de su madre, a las siete menos cuarto en punto, sentía no poca inquietud. Los filósofos tienen también sus preferencias, y no cabe la menor duda de que, respecto a sus progenitores, las de Ralph se inclinaban del lado del padre, por el que sentía el mayor afecto y al que tributaba una filial sumisión. No se le ocultaba que su padre era quien poseía un sentimiento verdaderamente maternal, mientras que su madre se mostraba paternal y, para decirlo con el lenguaje popular del momento, incluso gubernativa. Lo cual no obstaba para que quisiera entrañablemente a su único hijo y siempre insistiera en que pasara tres meses al año con ella. Por su parte, Ralph le devolvía el afecto debido, pues le constaba que, en los pensamientos y en el sistema de vida de su madre, concienzudamente organizada y dirigida, a él le tocaba el turno inmediatamente después de los asuntos que exigían su inmediata atención y cuya minuciosidad de ejecución constituía la esencia de su personalidad. Halló, pues, Ralph a su madre completamente vestida ya para la cena, y ella le abrazó y besó sin quitarse los guantes, haciéndole sentar luego en el sofá a su lado. La madre le pidió con todo interés noticias relativas a la salud del padre y a la de él mismo y, como los informes no la satisficieron en absoluto, manifestó estar más convencida que nunca del acierto de su decisión de no exponerse al clima de Inglaterra. De no ser así, tal vez ella habría podido ceder. Ralph se sonrió ante la simple idea de que su madre pudiese condescender, pero no quiso recordarle que la dolencia que él padecía no era en absoluto efecto del clima británico, pues él permanecía por lo general ausente del país la mayor parte del año.
Ralph era todavía muy niño cuando su padre, Daniel Tracy Touchett, natural de Rutland, Estado de Vermont, vino a Inglaterra como socio subordinado de una casa de banca, en la que algunos años después llegó a ejercer una autoridad preponderante. Daniel Touchett se resignó a la idea de pasarse la vida en el país de adopción y, desde el principio, tuvo el acierto de acomodarse a él con una actitud sencilla y sana. Sin embargo, como se decía a sí mismo, no tenía, ni mucho menos, la intención de desamericanizarse, ni tampoco el deseo de enseñar a su hijo arte tan sutil. Le había resultado un problema de tan fácil solución vivir en Inglaterra asimilado al país y sin abdicar del suyo que le parecía igualmente fácil el que su legítimo heredero continuara después de su muerte ejerciendo la gerencia de aquel banco ya gris y anticuado, proyectando la luz brillante del sistema americano. Por ello se esforzó en intensificar esa luz enviando al hijo a su país para que en él se educara. Gracias a ello, Ralph había seguido varios cursos en una universidad de Norteamérica, en la cual se graduó, y como al regresar a Inglaterra asustó a su padre por lo excesivamente indígena que volviera, Ralph estudió en Oxford durante tres años. Y he aquí que Oxford acabó tragándose a Harvard y, por fin, Ralph se vio convertido en un verdadero inglés. Su aparente conformidad con los procedimientos y maneras que le rodeaban era, no obstante, una máscara tras la cual ocultaba un espíritu ávido de independencia sobre el cual nada lograba prevalecer durante largo tiempo, y al ser naturalmente propenso a la aventura y a la ironía, se permitía una libertad sin límite a la hora de formar sus propias opiniones. Comenzó siendo un joven que prometía mucho; logró distinguirse en Oxford, para gran satisfacción de su padre, y quienes le conocían afirmaban que era una verdadera lástima que un joven tan brillante no estudiase una carrera. Podía haber seguido una carrera con sólo volver a su país de origen (aunque este punto está rodeado de incertidumbre), pero aun cuando el señor Touchett hubiese consentido en separarse (y ése no era caso), a él mismo le habría resultado sumamente penoso poner un océano como barrera permanente entre su persona y la de su viejo padre, a quien consideraba su mejor amigo. Ralph no sólo quería verdaderamente a su padre sino que le admiraba... y se complacía no poco en observarle y verle actuar. A su juicio, Daniel Touchett era un hombre extraordinario, un verdadero genio y, aunque él no se sentía con aptitudes para el oficio de banquero ni entendía los misterios de actividad bancaria, se había aplicado a estudiar de todo ello lo necesario para comprender el gran papel que su padre lograba desempeñar. Mas no era esto, con ser mucho, lo que de él más le gustaba; lo que más le atraía y admiraba era aquel semblante marfileño, como pulimentado por el aire inglés, que el anciano había opuesto a cualquier intento de penetración. Daniel Touchett no había estudiado en Harvard ni en Oxford y era culpa suya haber proporcionado a su hijo los medios de ejercitar la crítica moderna. Así, Ralph, que tenía la cabeza llena de ideas que su padre no llegaba a adivinar, sentía gran estimación por la originalidad de su progenitor. Por lo general se atribuye, acertada o erróneamente, a los americanos una extraordinaria facilidad de adaptación a las condiciones de otros países, pero buena parte del gran éxito del señor Touchett se debía precisamente a su renuencia a plegarse por completo al ambiente. Había sabido conservar con su prístina frescura la mayor parte de las características de su juventud, y su entonación, como acertadamente solía decir su hijo, era la de las regiones más feraces de Nueva Inglaterra. Al final de su vida había llegado a ser, en su propio terreno, tan apacible como rico, combinando la astucia más perfecta con una superficial fraternidad, y su «posición social», de la que nunca se había preocupado, tenía la turgente perfección de un fruto todavía intacto. Acaso fuese todo ello por su falta de imaginación y de lo que suele llamarse sentido histórico, pero el hecho es que su espíritu permaneció siempre herméticamente cerrado a las impresiones que por lo general causan en los extranjeros cultos las cosas de la vida inglesa. Había ciertas diferencias que jamás llegó a percibir, ciertos hábitos que nunca adoptó, muchas oscuridades que jamás trató de aclarar. Por lo que a éstas respecta, cabe asegurar que si algún día hubiera llegado a sondearlas, su hijo no habría tenido tan buena opinión de él.
Al dejar la Universidad de Oxford, Ralph había pasado un par de años viajando, después de los cuales se encontró encaramado en un alto taburete del banco de su padre, El honor y la responsabilidad que tal posición entraña no se mide, según creo, por la altura del mencionado taburete, sino por consideraciones de otra índole. Y Ralph, que tenía las piernas muy largas, no sólo se complacía en estar de pie cuando trabajaba sino, incluso, en andar de un lado para otro. Sin embargo, sólo pudo consagrar muy poco tiempo a dicho ejercicio, pues al cabo de año y medio se convenció de que había enfermado en serio por culpa de un fuerte resfriado que le afectó gravemente los pulmones y se los dejó en un estado terrible. Tuvo, pues, que abandonar el trabajo y dedicarse en cuerpo y alma al triste oficio de cuidar de su salud. Al principio pareció desdeñar un poco su tarea, pues se le antojaba como si no hubiese de cuidarse a sí mismo sino a otra persona por la que él no sentía interés alguno y con la que nada tenía en común. Sin embargo, tal persona se fue haciendo más digna de aprecio a medida que la atendía, y Ralph no tuvo más remedio que ir concibiendo, aunque a regañadientes, cierta tolerancia, incluso un si es no es oculto respeto por sí mismo. Mas, como nada hace tan buenos camaradas como el infortunio, y nuestro joven se había convencido de que se jugaba algo en el asunto... (generalmente consideraba que se trataba de su reputación de ingenioso) dedicó a su poco agraciado pupilo la atención indispensable, lo cual no dejó de surtir el efecto requerido, que fue el de conservarle la vida al pobre enfermo. Así pues, comenzó a curarse uno de sus pulmones mientras que el otro prometió seguir su ejemplo, y se le aseguró que podría-soportar cuando menos otros doce inviernos si se avenía a pasarlos en los climas a que acuden principalmente los atacados del mal de consunción. Y, como había llegado a estar verdaderamente encaprichado con la ciudad de Londres, maldecía con todas sus fuerzas la falta de interés de su forzoso destierro. A pesar de todo, aunque lo maldecía acabó por conformarse y, a medida que iba sintiendo que su sensible organismo agradecía los favores que tan de mala gana le concedía, se inclinaba a concederlos cada vez con más buena voluntad. Así pues, como suele decirse, hibernó en el extranjero, calentándose al sol, quedándose en casa cuando soplaba el viento, yéndose a la cama cuando llovía, y más de una vez, cuando nevaba toda la noche, permaneciendo acostado todo el día siguiente.
Una secreta provisión de indiferencia... como sabroso pastel que la buena niñera le hubiese puesto en su primera cartera escolar... le proporcionó eficaz auxilio y le ayudó a soportar su sacrificio, ya que, en el mejor de los casos, sentíase demasiado enfermo para todo lo que no fuese aquella su ardua tarea. Como solía decirse a sí mismo, en realidad no había nada que él deseara hacer, de manera que por lo menos no renunció desertando del campo de batalla. De todos modos, había veces en que la fragancia del fruto prohibido parecía envolverle y flotar en torno suyo para recordarle que el mejor de todos los placeres es el de lanzarse a la acción. Vivir como él estaba viviendo era tanto como leer un buen libro en una mala traducción... solaz harto desmedrado para un joven convencido de que habría podido llegar a ser un excelente lingüista. Pasó algunos inviernos buenos y algunos malos, y, mientras aquéllos duraron, hubo momentos en que fue presa de la ilusión de que había recobrado la salud. Tal imagen quedó desvanecida tres años antes de que diera comienzo este relato. En aquella ocasión había permanecido en Inglaterra más de lo debido y le había sorprendido muy mal tiempo antes de llegar a Argel. Arribó allí más muerto que vivo y en ese lugar hubo de permanecer varias semanas entre la vida y la muerte. Su convalecencia resultó un verdadero milagro, pero lo que primero se le ocurrió pensar fue que semejantes milagros no ocurren más que una vez. Se dijo, pues, que su hora estaba ya a la vista y que era deber suyo no quitarle ojo de encima, pero que, por lo mismo, tenía que pasar el tiempo que le quedaba lo mejor posible y de acuerdo siempre con lo que su preocupación pudiera permitirle. Ante la simple perspectiva de llegar a perderlas en un futuro próximo, el uso de sus facultades le resultó el más delicado de los placeres, y le pareció que el deleite de la contemplación no había sido jamás ensalzado como se merecía. Estaba lejos el tiempo en que le parecía cosa sumamente ardua el verse obligado a abandonar la idea de lucirse; idea, no por vaga menos importante, y no menos deliciosa por verse forzada a luchar en el mismo pecho en el que ardía la llama de la autocrítica. Sus amigos le juzgaban ahora más alegre y atribuían tal hecho a una teoría que aprobaban con los movimientos de cabeza del que conoce: a saber, que iba a recobrar la salud. Pero lo cierto era que su serenidad no era más que el adorno proporcionado por unas flores silvestres en las ruinas de sí mismo.
Con todo ello, era muy probable que la sabrosa cualidad de la cosa observada fuese lo que principalmente suscitara el interés de Ralph por la llegada de una joven que a todas luces no tenía nada de insípida. Si él se hallaba en disposición favorable, algo le decía que tenía ya ocupación agradable para una infinidad de días. A lo cual cabría añadir, en forma harto sumaria, que la idea de amar... a diferencia de la de ser amado... seguía ocupando un sitio preferente en el reducido boceto de su vida. Lo único que él se había prohibido deliberadamente era el desbordamiento de la expresión. De todos modos, ni él había de querer inspirar una pasión a su prima, ni ella habría podido, aun cuando lo hubiese deseado, ayudarle a sentirla.
Así pues, Ralph dijo a su madre:
-Bueno. Y ahora, dime algo de la jovencita. ¿Qué piensas hacer con ella?
La señora Touchett, que estaba ya lista para semejante pregunta, respondió:
-Pienso pedirle a tu padre que la invite a pasar tres o cuatro semanas en Gardencourt.
-No tienes por qué esperar a que tenga lugar esa ceremonia -dijo Ralph-. Estoy seguro de que mi padre la invitará como la cosa más natural del mundo.
-No sé nada de ello. Por lo pronto, es sobrina mía, no suya.
-¡Por Dios, mamá! ¡Qué terrible sentido de la propiedad! Es una razón de más peso todavía para tratar de invitarla. Pero después de eso... quiero decir, después de los tres meses, pues sería absurdo pedirle a la joven que se quedara solamente tres raquíticas semanas... después de eso, ¿qué piensas hacer con ella?
-Pienso llevármela a París... para vestirla.
-Ah, claro; eso, por lo pronto. Pero, aparte de eso, ¿qué?
-La invitaré a que vaya a pasar conmigo el otoño a Florencia.
-Ya veo que no te extiendes en detalles, mamá. Lo que quisiera saber es qué vas a hacer con ella, en general.
-Lo que deba -declaró la señora Touchett. Y añadió-: Ya me figuro que le tienes lástima.
-Nada de eso -contestó el hijo-. No es de las que mueven a compasión. Más bien creo que la envidio. Sin embargo, antes de estar seguro, dime qué es lo que consideras tu deber para con ella.
-Le mostraré cuatro países de Europa... y la dejaré que escoja dos de ellos... procurándole la oportunidad de perfeccionarse en el francés, que ya conoce bien.
Ralph frunció un tanto el entrecejo y dijo:
-Parecen unos planes un tanto áridos y algo aburridos, aun a pesar de que le permitas escoger dos países de su gusto.
La madre se echó a reír y dijo:
-Pues, si parecen áridos no tienes más que dejar que Isabel se encargue de remediarlo. Ella se basta y se sobra porque es como la lluvia en pleno verano.
-¿Quieres decir que es un ser extraordinario?
-No sé si es o no un ser extraordinario; sé que es una muchacha muy inteligente, de una fuerte voluntad y de un gran temperamento. Y no sabe qué es el aburrimiento.
-Ya me lo imagino -dijo Ralph. Y añadió bruscamente-: ¿Cómo os lleváis las dos?
-¿Quieres decir con eso que soy una pesada? No creo que ella piense tal cosa. Ya sé que algunas muchachas lo creen, pero Isabel es demasiado inteligente para ello. Por el contrario, me parece que la entretengo mucho. Nos llevamos perfectamente porque creo comprenderla, porque sé qué clase de muchacha es. Isabel es una muchacha franca, yo también soy franca, y las dos sabemos perfectamente lo que cada una puede esperar de la otra.
-Mi querida mamá -exclamó Ralph-, uno sabe siempre lo que puede esperar de ti. A mí no me has sorprendido más que una voz, y ha sido precisamente hoy, haciéndome el regalo de una preciosa prima cuya existencia ignoraba por completo.
-¿Tan guapa te parece?
-Muy guapa, sin duda, pero no hay por qué insistir en tal cualidad. Lo que más me llama la atención en ella es que parece tener verdadera personalidad. ¿Quién es y qué es esa criatura tan rara? ¿Dónde la encontraste y cómo tuviste la suerte de conocerla?
-La encontré en una vieja casa de Albany, sentada en un cuarto triste en un día de lluvia, leyendo un librote enorme y aburriéndose mortalmente. Ella no se daba cuenta de que se aburría, pero, cuando la dejé, no me cupo la menor duda de que me quedaba muy agradecida por el favor que le había hecho... Ya me figuro que me dirás que no debía espabilarla... que debí dejarla en paz. Tal vez eso sea razonable, pero yo actué con plena conciencia de lo que hacía, porque se me antojó que ella estaba destinada a algo mucho mejor. Y entonces pensé que sería una buena obra por mi parte llevármela a viajar y hacerle conocer el mundo. Ella piensa que conoce mucho de él, pero le pasa lo que a la mayoría de las muchachas norteamericanas, que está ridículamente engañada. Si quieres saberlo, pensé que llegaría a sentirme orgullosa de ella. Yo deseo que piensen bien de mí, y para una mujer de mi edad no hay en cierto modo nada tan conveniente como una sobrina interesante y bonita. Ya sabes que durante muchos años no quise saber nada de los hijos de mi hermana, pues no estaba en absoluto de acuerdo con la conducta del padre. Pero siempre tuve el propósito de hacer algo por ellos el día en que él recibiese su merecido. Así pues, antes me enteré del lugar donde podría hallarlos y, sin más preámbulos, fui y me presenté yo sola. Hay dos hijas más, las dos casadas, pero no pude ver más que a la mayor, cuyo marido es por lo demás un hombre bastante mal educado. Su esposa, que se llama Lily, se entusiasmó con mi idea de encargarme de Isabel y dijo que eso era precisamente lo que su hermana precisaba..., que alguien se interesase por ella. Habló de Isabel como si se refiriera a una joven muy dotada, pero falta de ayuda y de aliento. Es posible que Isabel sea un genio, pero en tal caso no he llegado a saber todavía en qué sentido lo es. La señora Ludlow estaba verdaderamente entusiasmada con mi proyecto de traerla a Europa, pues allí todos consideran Europa una tierra donde emigrar, una especie de refugio para su exceso de población. Isabel pareció también entusiasmada con la idea de venir, de manera que la cosa no ofreció la menor dificultad y todo se pudo arreglar de la forma más fácil del mundo. Sólo había una pequeña dificultad, y era lo relativo al dinero, pues Isabel parecía no querer estar sometida a dependencia pecuniaria alguna, aunque posee una pequeña renta y se figura que viaja a sus propias expensas.
Ralph había prestado atención a tan sensata información, que no hizo que disminuyera su interés. Luego dijo:
-¡Ah!, pues, si es un genio, no hay duda de que averiguaremos en qué sentido lo es. ¿No lo será tal vez para el flirteo?
-No me lo parece. Al principio es posible sospechar tal cosa, pero sería un error. Te aseguro que así como así no podrás llegar a conocerla.
-Pues, entonces -exclamó Ralph con regocijo-, Warburton se equivoca lamentablemente, porque se vanagloria de haber hecho tal descubrimiento.
La madre, moviendo la cabeza, respondió:
-Lord Warburton no podrá comprenderla, y no tiene por qué intentarlo.
-Es un hombre muy inteligente, pero no le vendrá mal tener de vez en cuando algo de qué atormentarse y preocuparse.
-A Isabel le encantará poder intranquilizar a todo un lord -dijo la señora Touchett.
Y el hijo, frunciendo el ceño, replicó:
-Pero ¿qué sabe ella de lords ni cosas por el estilo?
-Absolutamente nada. Eso es precisamente lo que más le perturbará a él.
Acogió Ralph tales palabras con una sonora carcajada y luego miró hacía el exterior por la ventana.
-¿No bajas a ver a mi padre? -preguntó.
-A las ocho menos cuarto -respondió la señora Touchett. Ralph consultó su reloj e insinuó:
-Aún te queda un cuarto de hora. Bueno, dime algo más sobre Isabel. -Pero como la señora Touchett se negó a complacerle, diciéndole que debía averiguarlo por
sí mismo, él prosiguió-: No hay duda de que te da prestigio, pero ¿no temes que te dé también algún quebradero de cabeza?
-Espero que no, pero, si lo hiciera, no creas que voy a tratar de zafarme. No lo he hecho nunca, ni lo haría ahora.
-A mí me parece una muchacha muy natural en todo -replicó su hijo.
-Pues la gente natural no es la que da más quebraderos de cabeza.
-Cierto -dijo Ralph-; tú eres una prueba de ello. Tú eres extraordinariamente natural y estoy seguro de que nunca le has ocasionado a nadie la menor molestia. Causar molestias da trabajo. Pero dime, se me acaba de ocurrir: ¿Isabel es capaz de hacerse antipática?
-¡Ah! Eso es demasiado preguntar -contestó su madre-. Averígualo tú mismo.
Pero Ralph no había acabado con el repertorio de preguntas, así que dijo:
-Desde que estamos conversando no se te ha ocurrido decirme qué piensas hacer con ella.
-¿Qué pienso hacer con ella? Hablas como si se tratase de una vara de percal. Yo no pienso hacer absolutamente nada, y ella hará lo que mejor le parezca. Así me
lo ha hecho saber.
-Entonces, ¿qué querías decir en tu telegrama con aquello de que era de carácter independiente?
-Yo no sé nunca lo que quiero decir en mis telegramas... sobre todo en los que envío desde América. La claridad resulta demasiado cara. Bueno, vamos a ver a tu padre.
-No son todavía las ocho menos cuarto -dijo Ralph.
-Pero debo aliviar su impaciencia -contestó la señora Touchett.
Ralph sabía perfectamente a qué atenerse con respecto a la impaciencia de su señor padre, pero no quiso replicar y se limitó a ofrecerle el brazo a su madre para bajar.
Esto le permitió detenerse un momento con ella en el rellano de la escalera... de aquella suntuosa escalera ancha y corta, de macizas barandillas de roble ennegrecidas por el tiempo y que era una de las características mías sobresalientes de la mansión de Gardencourt. Allí, Ralph dijo sonriendo:
-¿No se te ha ocurrido la idea de casarla?
-¿Casarla? Por nada del mundo quisiera hacerle esa mala jugada. Por lo demás, ella puede perfectamente casarse, si ése es su gusto. Para ello tiene cuantas facilidades pueda apetecer.
-¿Quieres decir que ya tiene marido en perspectiva?
-Por lo que a marido hace, no sé; pero parece que un joven de Boston...
Sin embargo, Ralph no deseaba oír hablar del joven de Boston, de modo que comentó:
-Bien dice mi padre que todas están siempre comprometidas.
Su madre le había insinuado que, para satisfacer su curiosidad, debía beber en la propia fuente, y pronto se hizo evidente que no le faltarían ocasiones de hacerlo. Así, cuando él y la joven se quedaron solos en el salón, tuvo con ella una larga e interesante charla. Antes de la comida, lord Warburton, que había hecho un viaje de unas diez millas a caballo desde su propia mansión, montó de nuevo en la silla y se marchó a trote largo; y, una hora después de terminada la comida, el señor y la señora Touchett, que parecían haber agotado todo tema de conversación, se retiraron, con el pretexto del cansancio, a sus respectivas habitaciones. En cambio, el joven se quedó todavía una hora más hablando con su prima, la que, a pesar de haber estado medio día viajando, no daba señales de agotamiento. Cierto que estaba cansada; bien lo sentía ella, como igualmente sentía que al día siguiente lo habría de pagar con creces, pero en esa época había adquirido la costumbre de soportar la fatiga hasta extremos insospechados y de no confesarlo hasta que ya no le era materialmente posible disimularlo. De momento era posible proceder con exquisita hipocresía, pues estaba profundamente interesada en la conversación y, como se decía a sí misma, se sentía como suspendida, flotando en el aire. Rogó a Ralph que le mostrase los cuadros, tan abundantes en la casa y muchos de los cuales habían sido seleccionados por él mismo. Los mejores de la colección estaban colgados en una galería de madera de roble, de nobles proporciones, que por lo general estaba alumbrada por la noche y en cuyos dos extremos había dos saloncitos de estar. La luz era demasiado escasa para hacer honor a los cuadros y la visita podría haberse aplazado hasta el día siguiente, y así se atrevió a sugerirlo Ralph; pero Isabel pareció contrariada y decepcionada y, con la mejor de sus sonrisas, dijo:
-Si no tiene inconveniente, me gustaría echarles aunque sólo sea un vistazo.
Estaba ansiosa por verlos, sabía que lo estaba y parecía estarlo, pero no le era posible evitarlo. Ralph dijo para sí: «Por lo visto no atiende a las insinuaciones que se le hacen». Lo pensó sin irritación, más bien complacido e interesado por la insistencia de la muchacha. De trecho en trecho, sobresalían de las paredes unas ménsulas que sostenían las lámparas, y si la iluminación era imperfecta, su resultado era pasmoso. La luz daba en las superficies indistintas de ricos colores y en los ya desvanecidos dorados de los gruesos marcos de talla, y hacía brillar el encerado piso de la galería. Ralph tomó un candelabro y empezó a mostrarle a Isabel las cosas que eran más de su gusto. Ella fue mirando con la mayor atención las pinturas una tras otra, subrayando su opinión con pequeñas exclamaciones y murmullos. Se hacía evidente que era juez competente en la materia y que tenía un gusto verdaderamente refinado, cosa que a Ralph le impresionó. Tomó ella otro candelabro y lo acercó a este y a otro cuadro detenidamente, levantándolo hacia la parte alta de tal o cual pintura... y, mientras lo hacía, él se dio cuenta de que estaba plantado en medio de la sala, mirando también con profunda atención, pero no a los cuadros sino a ella. A decir verdad, no perdió nada con semejante contemplación, pues ella era mucho más digna de admiración que la mayor parte de aquellas obras de arte. Era indiscutiblemente delgada, probablemente liviana y evidentemente alta. Cuando quienes las conocían intentaban distinguir a Isabel de sus otras dos hermanas, la llamaban la esbelta. En las demás mujeres había llegado a suscitar enconada envidia su cabellera, tan oscura que era casi negra; y sus claros ojos grises, quizá demasiado firmes en los momentos más graves, tenían una suave mirada condescendiente. Primo y prima fueron paseando de un extremo a otro de la galería hasta que, al cabo de un rato, ella dijo:
-Bueno, ya sé más de lo que sabía cuando empezamos.
-Por lo visto, el saber te apasiona -dijo su primo.
-Así lo creo. La mayoría de las muchachas son terriblemente ignorantes.
-Pero tú eres distinta de la mayoría.
-Y muchas de ellas también lo serían... aunque tal como se les suele hablar... -murmuró Isabel, que prefería no concentrarse en misma. Y, para cambiar de conversación, añadió-: Dime, ¿no hay aquí fantasmas?
-¿Fantasmas?
-Sí, algo así como un espectro del castillo, algo que se aparece. En América les llamamos duendes.
-Y aquí también, cuando los vemos.
-Entonces, ¿los veis? No hay duda de que habéis de verlos en esta vieja casa tan romántica.
-No tiene nada de romántica -dijo Ralph-. Si así lo crees, te vas a llevar un gran desengaño. Es una casa tristemente prosaica. Aquí no hay más romanticismo que el que puedas haber traído contigo.
-Indudablemente he traído mucho, pero creo que lo he traído al sitio más conveniente.
-Más conveniente para que no corra ningún peligro, no hay duda. Nada malo podrá aquí ocurrirle por parte de mi padre o por la mía. Después de mirarle un momento, Isabel le preguntó:
-¿Siempre estáis solos aquí tu padre y tú?
-Naturalmente, está también mi madre.
-¡Ah! Tu madre, la conozco perfectamente. No es nada romántica. ¿No hay nadie más?
-Unas pocas personas.
-Pues lo siento, porque me gusta mucho ver gente.
-Entonces invitaremos a toda la del condado para que te entretengan -dijo Ralph.
-Te estás burlando de mí -contestó ella con aire algo grave-. ¿Quién es el caballero que estaba con vosotros cuando yo llegué?
-Un vecino del condado. No viene mucho por aquí.
-Lo siento, porque me resultó simpático -dijo Isabel.
-¡Vaya! Si me pareció que apenas le dirigiste la palabra -observó Ralph.
-Eso no importa, me gustó de todos modos. También me gusta mucho tu padre.
-Es lo mejor que podría ocurrirte, porque es el hombre más amable del mundo.
-Me apena mucho que esté enfermo -dijo Isabel.
-Podrás ayudarme a cuidarle; debes de ser buena enfermera.
-No lo creo; me han dicho que no lo soy. Dicen que tengo demasiadas teorías. Pero, ahora que caigo, todavía no me has dicho nada del fantasma.
Ralph no hizo caso de tal insinuación y comentó:
-Si te gustan mi padre y lord Warburton, tengo por seguro que también te gusta mi madre.
-Así es; tu madre me gusta mucho porque... porque... -Isabel trató de definir con claridad la razón del afecto que sentía por la señora Touchett.
-¡Bah! Nunca sabemos por qué nos gusta alguien -dijo él riendo. Pero ella contestó:
-Yo siempre sé por qué. Es porque ella no espera gustar a los demás. No le importa gustar o no gustar.
-Entonces, ¿tú la adoras, por pura travesura? Si es así, me alegro, porque yo me parezco mucho a ella. -No lo creo, en absoluto. A ti te gusta agradar a los demás y haces lo necesario para lograrlo.
-¡Santo Dios! Qué bien calas a las personas -exclamó Ralph con una consternación que no. era fingida.
-Pero me resultas igualmente simpático. La mejor manera de confirmarme en ello será mostrarme el fantasma.
Ralph movió la cabeza con escepticismo.
-Aunque te lo mostrase, no podrías verlo. No todos tienen ese privilegio, cosa por lo demás nada envidiable. Jamás lo vio una persona joven, inocente y feliz como tú. Uno tiene que haber sufrido antes, haber sufrido profundamente, y de tal suerte haber adquirido un triste conocimiento. Así es como los ojos de uno pueden
abrirse a la visión del fantasma. Yo lo vi hace mucho tiempo.
-Ya te he dicho que me muero por adquirir conocimientos -dijo Isabel.
-Sí, me doy cuenta, por conocer cosas agradables. Pero tú no has sufrido y tampoco estás hecha para el sufrimiento. Así, confío en que nunca llegarás a ver al duende.
Había estado ella escuchándolo atentamente con una dulce sonrisa en sus labios, pero con mirada grave y reflexiva. Aunque a él le había parecido encantadora, también le dio la impresión de ser algo presuntuosa, en lo cual residía precisamente parte de su encanto. Esperó la contestación de la muchacha.
-Ya sabes que no tengo miedo -dijo ella. Y a Ralph esa frase se le antojó harto presuntuosa.
-¿De sufrir? ¿No tienes miedo de sufrir?
-De sufrir, sí; pero no de los fantasmas. Opino que la gente sufre con demasiada facilidad.
-No creo que pienses eso -dijo Ralph mirándola fijamente, con las manos en los bolsillos.
-No creo que eso sea un defecto -respondió ella-. No es absolutamente necesario sufrir. No estamos hechos para eso.
-Tú seguramente no.
-No hablo de mí misma -dijo ella y se alejó unos pasos.
-De acuerdo, no es un defecto -replicó el primo-. Ser fuerte es un gran mérito.
-Pero si una no sufre, la gente la califica de dura.
A través del saloncito, por donde habían pasado al dejar la galería, llegaron al vestíbulo y se detuvieron allí al pie de la escalera. Ralph, tomando un candelabro de un nicho, se lo ofreció a su prima, diciéndole al mismo tiempo:
-No te impone lo que puedan decir de ti, porque cuando uno sufre, le llaman idiota. Lo que importa es ser lo más dichoso posible.
Le miró ella un momento, al punto que ponía el pie en el primer peldaño de roble, y dijo:
-A eso es precisamente a lo que he venido a Europa, a ser lo más dichosa posible. Buenas noches.
-Buenas noches. Te deseo un gran éxito en tu empeño y será para mí una gran satisfacción contribuir a ello cuanto pueda.
Le volvió ella la espalda y él la contempló mientras subía poco a poco los bruñidos escalones. Y, metiéndose de nuevo las manos en los bolsillos, regresó al vacío y semioscuro saloncito próximo a la galería.
6
Isabel Archer era una muchacha de imaginación sumamente viva, que profesaba múltiples teorías. Por suerte, poseía una inteligencia muy superior a la de la mayoría de la gente entre la que le cupo nacer, percibía con mayor amplitud la naturaleza de los hechos y realidades que la circundaban y, sobre todo, sentía una mayor preocupación por adquirir conocimientos de las cosas poco corrientes. De tal modo, que sus contemporáneos la consideraban una joven de gran profundidad, pues esas nobles gentes nunca escatimaban su admiración por la riqueza intelectual que ellos nunca cultivaban, y hablaban de Isabel como si fuera un prodigio de cultura, que además había leído a los clásicos... traducidos.
Su tía paterna, la señora Varian, hizo correr un día la voz de que su sobrina estaba escribiendo un libro... pues ella, que sentía una gran veneración por los libros, estaba convencida de que la muchacha llegaría a distinguirse notablemente como escritora. La señora Varian tenía un alto concepto de la literatura, a la que apreciaba con la estimación que acompaña a un sentimiento de privación. Su gran casa, notable por su conjunto de mesas de mosaico y techos decorados, carecía de biblioteca, y en calidad de volúmenes impresos no contenía nada más que media docena de novelas en rústica en la habitación de una de las señoritas Varian. En realidad, la relación de la señora Varian con la literatura se reducía a su lectura del The New York Interviewer, pues, como ella decía, y no sin razón, una vez que se ha leído el Interviewer se ha perdido la fe en la cultura. De tal suerte, procuraba guardar tal publicación fuera del alcance de sus hijas, pues estaba decidida a educarlas convenientemente y, así, no leían absolutamente nada. Su impresión acerca de los trabajos de Isabel no pasaba de ser pura fantasía, ya que la muchacha no había intentado jamás escribir un libro y no aspiraba en absoluto a ceñirse los laureles de gloria del autor. Ella carecía sin duda de capacidad para expresarse, y no creía ser un genio, pero pensaba que estaban en lo cierto quienes la trataban como si fuera realmente superior a ellos. Lo fuera o no, quienes la admiraban por creerla superior estaban en su perfecto derecho. Por su parte, a ella se le antojaba que su inteligencia era más rápida que la de los demás, y eso le producía una impaciencia que podía confundirse con un sentimiento de superioridad. Así pues, puede afirmarse que Isabel pecaba, seguramente, de excesiva estimación por sí misma; se complacía con frecuencia en contemplar su propia manera de ser y solía dar por sentado, a pesar de la falta de pruebas, que tenía razón, lo que la inducía a tributarse a sí misma el homenaje de la propia admiración. No obstante, sus errores y decepciones eran de la índole de esos que todo biógrafo interesado en preservar la dignidad del sujeto biografiado debe guardarse de especificar. Sus ideas eran un embrollo de vagos sistemas que no había corregido el buen juicio de personas bien informadas. En cuestión de opiniones seguía su propio impulso, lo que la había conducido ya por mil ridículos extravíos, zigzags y vericuetos. A veces descubría ella sola que estaba grotescamente equivocada y, entonces, pasaba toda una semana dedicada a humillarse apasionadamente, después de lo cual reaparecía con la cabeza más erguida que nunca, pues... no había nada que hacer... la joven sentía un insuperable deseo de tener buena opinión de sí misma. Profesaba la teoría de que únicamente así valía la pena vivir, que una debía figurar entre las mejores, tener conciencia de una buena organización (no le era posible pensar que su organización no fuera la mejor del mundo), moverse siempre dentro de un haz luminoso de sabiduría natural, de impulso feliz, de inspiración graciosamente perenne. Le parecía casi tan innecesario e inexcusable dudar de sí misma como dudar del mejor de los amigos, pues cada uno debería tratar de ser su propio amigo y, de tal suerte, proporcionarse a sí mismo la mejor compañía.
Sin duda alguna, la muchacha poseía cierta nobleza de imaginación que le otorgaba no pocos favores, pero que también le jugaba no pocas malas pasadas. La mitad del tiempo lo pasaba pensando en la belleza, el valor y la magnanimidad, y estaba resuelta a contemplar el mundo como un lugar de brillantez, de libre expansión, de acción irresistible, concluyendo por consiguiente que nada había tan detestable como el sentir miedo o vergüenza. Tenía una confianza ilimitada en que nunca haría nada que estuviera mal hecho. Cuando alguna vez había descubierto sus propios sentimientos equivocados (descubrimiento que la hacía temblar como si hubiese logrado zafarse de una trampa donde habría podido quedar atrapada y ahogada) se había enojado tanto que la simple posibilidad de causar semejante dolor a otra persona, aunque sólo fuera accidentalmente, la hacía quedarse sin aliento, porque eso se le antojó siempre lo peor que pudiera acontecerle. En conjunto, cuando reflexionaba detenidamente, no experimentaba titubeo ni incertidumbre alguna acerca de lo que estaba mal. No le gustaba la apariencia de las cosas que no estaban bien y, cuando las miraba con atención, las reconocía en el acto. Le parecía mal ser mezquino, celoso, falso, cruel. No había visto gran cosa de las maldades del mundo, pero si algunas mujeres que mentían y trataban de hacerse daño recíprocamente. Y el verlo irritaba de tal modo a su espíritu elevado, que le parecía indecoroso no denigrarlas. Por supuesto, el peligro que acecha al espíritu elevado, es el de ser incongruente... de seguir con la bandera izada, sin querer arriarla ni aun después de haberse rendido la plaza, un proceder tan avieso que casi resultaba un deshonor para la misma bandera. Mas Isabel, poco familiarizada con la clase de artillería a que suelen estar expuestas las jóvenes, se vanagloriaba haciéndose la ilusión de que nunca tales contradicciones estarían presentes en su conducta. Su vida iba a estar siempre en armonía con las impresiones más gratas que ella produciría; ella sería lo que aparentaba y aparentaría lo que era. A veces llegaba hasta el extremo de desear encontrarse algún día en una situación difícil a fin de poder estar a la altura de las circunstancias mostrándose tan heroica como lo exigiera la ocasión. De tal suerte, habida cuenta de su escasa sabiduría, sus exaltados ideales, su confianza a un tiempo inocente y dogmática, su mezcla de curiosidad y exigencia, de indiferencia y vivacidad, su anhelo de parecer estimable y de ser mejor aún si cabía, su decisión de ver, de probar, de conocerlo todo, su combinación de espíritu delicado, vivo y poco metódico y de criatura vehemente y de condición elevada, Isabel podría ser víctima de una crítica científica por parte del lector, si no fuera destinada a suscitar en él un impulso más condescendiente, más expectante y benévolo.
Una de las teorías predilectas de Isabel Archer era la de que tenía suerte al ser independiente, y que debía hacer un uso inteligente de ese estado, al cual no llamó jamás estado de soledad ni mucho menos de aislamiento ya que tales descripciones se le antojaban poco convincentes y podían ser remediadas con sólo hacerle caso a su hermana Lily, quien le suplicaba de continuo que fuese a verla y a vivir con ella. Tenía Isabel una amiga a la que había conocido poco antes de la muerte de su propio padre y a la que consideraba siempre un verdadero modelo por el ejemplo de actividad útil que con su vida ofrecía. Henrietta Stackpole, que así se llamaba la amiga, gozaba de la ventaja de poseer una habilidad definida. Se había lanzado de lleno al periodismo, y sus crónicas al Interviewer desde Washington, desde Newport, desde las White Mountains y otros lugares le dieron un prestigio universal. Calificaba Isabel tales crónicas de «efimeras», lo cual no obstaba para que experimentase la más alta estimación por el valor, la energía y el buen humor de aquella escritora que, sin influencias, medios de fortuna ni parientes, había adoptado a tres hijos de su hermana enferma y viuda, y con el producto de sus trabajos literarios les pagaba la educación en los colegios a que asistían. Henrietta se hallaba de lleno en la vía del progreso y tenía opiniones tajantes acerca de la mayor parte de los asuntos. Desde hacía tiempo albergaba el gran anhelo de poder embarcarse para Europa y enviar una serie de crónicas al Interviewer desde un punto de vista avanzado... empeño tanto más fácil para ella cuanto que conocía perfectamente de antemano cuáles serían sus opiniones y las innumerables críticas que suscitaban la mayor parte de las instituciones europeas. De modo que, al enterarse de que Isabel partía para Europa, ella quiso zarpar también para el Viejo Mundo, pensando que sería una verdadera delicia el poder hacer juntas el viaje; pero hubo de postergar la realización de su proyecto. La escritora consideraba a Isabel un ser extraordinario y había hablado encubiertamente de ella en algunas de sus crónicas, aunque había tenido siempre buen cuidado de no decírselo a su amiga, a quien no le habría agradado y que no era lectora asidua del Interviewer. Para Isabel, Henrietta era la prueba fehaciente de que una mujer podía bastarse a sí misma y ser completamente feliz. Sus recursos eran corrientes, pero, como la misma Henrietta solía decir, aunque una no tuviera talento periodístico ni el genio de adivinar lo que el público iba a desear, no por eso debía conformarse, creer que carecía de vocación y de aptitudes provechosas, y resignarse a ser frívola y vacía. Por su parte, Isabel estaba. firmemente decidida a no ser vacía ni frívola. Todo era cuestión de esperar, con la seguridad de que, si una sabía hacerlo con la paciencia conveniente, acabaría por hallar al alcance de la mano la tarea satisfactoria. Ni qué decir tiene que, entre las varias teorías de la joven, figuraba una " surtida colección de ideas sobre el tema del matrimonio. La primera era su convencimiento de la vulgaridad que entrañaba el pensar demasiado en ello. Anhelaba con fervor el verse liberada de pensar con vehemencia en tal cosa, y sostenía que una mujer debe poder vivir por sí y para sí, libre de toda insustancialidad, y que era del todo posible ser feliz sin la obligada compañía de una persona del otro sexo, de mentalidad más o menos tosca. Tales aspiraciones se realizaron totalmente. Había en ella algo realmente puro y orgulloso... -algo que un desdeñado . pretendiente con proclividades analíticas habría calificado de seco y duro...- que hasta ahora la había mantenido ; desinteresada de cualquier vana conjetura sobre el tema de los posibles maridos. De los hombres que veía, muy pocos le parecían merecedores de un gasto de tiempo, y le hacía reír el hecho de que alguno de ellos se presentase a sí mismo como un incentivo para la esperanza y una recompensa a la paciencia. En lo más profundo de su alma se arraigaba la creencia de que, si una luz determinada alboreaba en su vida, ella se entregaría por entero a ella. Sin embargo, tomada en conjunto, tal imagen era demasiado imponente para ser atractiva. Los pensamientos de Isabel revoloteaban en torno a esta idea, si bien no se posaban nunca por mucho tiempo en ella; y cada vez que lo hacía, acababa por producirle alarma. A menudo le parecía que se preocupaba demasiado de sí misma; y a tal extremo era así que, en cualquier momento de cualquier época del año, para verla enrojecer hasta la raíz del cabello hubiera bastado con llamarla egoísta empedernida. Pasaba la vida haciendo planes para su perfeccionamiento espiritual y observando sus progresos. Con todo y con su engreimiento, su manera de ser poseía cierta cualidad de jardín, de la que se desprendía una sugerencia de perfume y de ramaje rumoroso, de umbrosas glorietas y perspectivas lejanas que le hacían pensar que, al fin y al cabo, la introspección venía a ser como un ejercicio al aire libre y que la visita a los lugares más recónditos del alma resultaba inofensiva si se tenía la suerte de regresar de ellos con las manos llenas de rosas. Pero con frecuencia se veía obligada a recordar que en el mundo existían otros jardines además del de su alma maravillosa, y que existían muchos otros lugares que, lejos de ser jardines, no eran sino terrenos pantanosos y pestilentes en los que crecía y se desarrollaba una tupida vegetación de miseria y fealdad. En el caudal de esa provechosa curiosidad en que su espíritu había estado flotando y que la había llevado hasta la hermosa y vieja Inglaterra y pudiera tal vez conducirla mucho más allá, le ocurría con frecuencia contener el paladeo de su felicidad pensando en los miles de personas que eran menos dichosas que ella... una idea que de pronto hacía que su madura introspección pareciera inmodesta. Así, ¿qué podría una hacer para paliar las desgracias del mundo cuando estaba absorbida por el proyecto de lograr lo agradable para sí misma? Sin embargo, hay que rendir culto a la verdad confesando que semejante preocupación nunca la embargó en demasía ni durante mucho tiempo. Era todavía demasiado joven, experimentaba un ansia incontenible de vivir y desconocía casi por completo el dolor. Y se aferraba cada vez más a su teoría de que una joven, a la que todos sin excepción consideraban inteligente, debía comenzar por adquirir una impresión general de la vida. Semejante impresión le parecía necesaria a fin de evitar errores y, una vez lograda, podría dedicar especial atención a considerar la triste condición de los demás.
Inglaterra fue una verdadera revelación para ella, y, al verse allí, se dio cuenta de que estaba tan entretenida como un chico ante una pantomima. En sus infantiles excursiones a Europa no había visto sino el continente, y ello sólo a través de las ventanas de su cuarto de niña. En tales viajes, la Meca de su padre había sido siempre París y no Londres y, como es natural, las niñas no habían tenido acceso a lo que a él le interesaba en la capital francesa. Además, las imágenes que le quedaban de semejante época se habían hecho débiles y remotas, y así esa extraña cualidad de Viejo Mundo que impregnaba todo cuanto veía tenía para ella el encanto de algo desconocido y misterioso. La casa de su tío le parecía una pintura hecha realidad. No se le escapaba refinamiento alguno de cuanto era agradable; de modo que aquella rica perfección de la mansión de Gardencourt no sólo le revelaba todo un mundo ignorado sino que venía a satisfacerle una verdadera necesidad. Las amplias habitaciones de techos oscuros y rincones sombríos, los gruesos alféizares y curiosos marcos de las ventanas, la suave penumbra, los zócalos brillantes, la verde vegetación del jardín, que parecía asomarse al interior, el orden riguroso de lo puramente privado en medio de la «propiedad» -lugar en que todo sonido venía a ser como un feliz accidente, donde hasta la pisada más leve parecía amortiguada por la tierra misma, y cuyo aire suave eliminaba toda fricción y estridencia en la conversación-, todo ello era muy del gusto de la joven, y nada ejercía tanta influencia sobre sus emociones como su gusto. Así, nada de extraño tiene que se hiciera gran amiga de su tío y fuera a sentarse en compañía de él cuando le llevaban su sillón al césped. Allí se pasaba él las horas muertas al aire libre, sentado y con las manos cruzadas como un amable y buen dios doméstico, un dios servicial que hubiese realizado su tarea, recibido su remuneración y quisiera tan sólo ir consumiendo semanas y meses hechos de días festivos. Isabel le entretenía mucho más de lo que ella se figuraba... pues el efecto que solía producir en la gente era casi siempre muy distinto del que suponía... y a menudo se daba él el gustoso placer de hacerla charlar. Con ese vocablo solía él calificar la conversación de su sobrina, conversación que tenía la misma cualidad incisiva de la de las jóvenes norteamericanas, a las que suele hacérseles más caso que a sus hermanas de los otros países. Con Isabel se había hecho lo mismo que con la mayoría de las muchachas en Norteamérica, alentarla a expresar su pensamiento; se habían tomado en consideración sus observaciones, se había esperado de ella que experimentase emociones y tuviera opiniones propias. No hay duda de que muchas de sus opiniones carecían de verdadero valor, de que muchas de sus emociones se diluían al exteriorizarlas, pero, aun así, habían influido en ella acostumbrándola, por lo menos, a aparentar que sentía y pensaba, habían dotado a sus palabras, cuando algo la conmovía, de esa presteza y vivacidad que muchos habían considerado señal indiscutible de superioridad. El señor Touchett pensaba a veces que le recordaba a su esposa cuando frisaba en los veinte años, pues precisamente fue por ser ella fresca y natural, de rápida comprensión y de palabra fácil -cualidades que en su sobrina se acusaban igualmente- por lo que en aquel entonces se enamoró él de la señora Touchett. Sin embargo, jamás se aventuró a comunicarle a la joven tal analogía, ya que, si la señora Touchett tuvo una época en que se pareció a su sobrina, Isabel no se parecía en nada a la señora Touchett.
El anciano era todo bondad con la joven. Como el declaraba, hacía ya mucho tiempo que no se había sentido en la casa el aleteo de una vida joven; y, de tal modo, nuestra heroína, siempre activa y bulliciosa, de bien timbrada voz, le resultaba tan grata a sus sentidos como el murmullo del agua que corre. Estaba deseoso de hacer algo por ella y quería que ella se lo pidiera, pero ella no pedía nada y se limitaba a hacer preguntas, si bien en cantidad considerable. Su tío tenía siempre respuestas para todo, aunque, a decir verdad, algunas veces la insistencia de Isabel le desconcertaba. Ella no se cansaba de preguntarle acerca de Inglaterra, de la Constitución inglesa, del carácter británico, de la situación política, de las maneras y costumbres de la familia real, de las particularidades de la aristocracia, del modo de vivir y pensar de sus vecinos; y, al solicitar que la informase acerca de tales cuestiones, inquiría si los datos que le proporcionaba coincidían con lo descrito en los libros. Antes de responderle, el anciano la miraba siempre con su fina sonrisa, al tiempo que extendía sobre sus piernas la suave manta de la que nunca se separaba.
-¿Los libros? -dijo en cierta ocasión-. La verdad, yo sé poco de libros, para eso tienes que preguntarle a Ralph. Yo me he guiado siempre por mí mismo.., me he procurado mis datos en la forma natural. No hago nunca demasiadas preguntas; callo y escucho. Desde luego, he tenido buenas oportunidades... mejores que las que pueda tener una joven, naturalmente. Aunque no te darías cuenta de ello por mucho que llegaras a observarme, tengo un temperamento sumamente curioso e inquisitivo. Y, por mucho que me observes, mucho más te observaré yo a ti. Durante más de treinta años he estado observando a la gente y no tengo reparo en asegurar que he adquirido acerca de ella un conocimiento insuperable. En conjunto, éste es un país verdaderamente admirable, acaso mucho más de lo que solemos considerarlo en el otro lado. Claro que es susceptible de muchas mejoras que me agradaría ver adoptadas, pero aquí no parece considerarlas necesarias. Sin embargo, cuando hay alguna necesidad que todos sienten, se las arreglan para satisfacerla, pero lo cierto es que hasta que lo logran, parece que la espera les resulta cómoda. Por mi parte, he de confesar que me siento mucho más a gusto entre ellos de lo que al principio me figuré. Tal vez se deba esto a que he tenido bastante éxito en mis negocios, pues, cuando se tiene éxito uno se siente más a gusto y como en su propio país.
-¿Cree usted que, si yo tuviera también éxito, me sentiría como en mi país? -preguntó Isabel.
-Lo creo muy probable, y, por lo demás, estoy seguro de que tendrás éxito. Aquí gustan mucho las jóvenes americanas, se muestran muy amables con ellas. Pero no te sientas demasiado como en casa, no lo olvides.
-¡Oh! No estoy muy segura de que ello pueda satisfacerme -recalcó Isabel con sensatez-. Me gusta mucho el país, pero no estoy segura de que la gente me llegue a gustar.
-Aquí la gente es buena, sobre todo si le gustas.
-No dudo de que lo sea -replicó Isabel-, pero, ¿saben ser agradables en sociedad? Ya sé de sobra que no me van a robar ni a pegar, pero ¿se mostrarán agradables? Esto es lo que me gusta que la gente haga, y no dudo en decirlo porque sé apreciarlo siempre. No creo que sean aquí muy amables con las muchachas, por lo menos en las novelas no lo son.
-No entiendo absolutamente nada de novelas -dijo el señor Touchett-. Creo que están escritas con gran habilidad, pero me figuro que no son del todo exactas. Una vez estuvo pasando una temporada con nosotros una señora que escribía novelas. Era amiga de Ralph y él la invitó a venir. Era una mujer muy positiva en todo y para todo, pero no podía uno fiarse de ella en lo tocante a reflejar la realidad. Me imagino que tenía demasiada imaginación. Poco después publicó una obra en la que pretendía haber hecho el retrato -más bien caricatura, podría decirse- de mi pobre persona. Yo no lo leí, pero Ralph me entregó el libro con los pasajes más importantes subrayados por él. Éstos constituían un intento de reflejar mi conversación, y todo eran cosas americanas, acento nasal, ideas yanquis, estrellas y barras. Te aseguro que no era nada exacto; por lo visto no se había molestado en escucharme bien. Yo no tenía nada que oponer a que ella describiese mi conversación, si ése era su gusto, pero no podía agradarme que no se hubiese molestado siquiera en escucharla. Que hablo como un americano, es indudable; naturalmente, no puedo hablar como un hotentote. De todas maneras, cuando hablo, me hago entender perfectamente por todo el mundo. Pero yo no hablo como el caballero anciano de la novela de esa escritora, el cual ni pasa por americano ni lo querríamos allá a ningún precio. Traigo este hecho a colación para que veas lo poco fidedignos que son esos libros. Por lo demás, como yo no tengo hijas y mi mujer vive en Florencia, no he tenido muchas ocasiones de fijarme en las muchachas. Parece ser que a veces a las chicas de la clase baja no se las trataba muy bien, pero creo que en la clase alta ya se las trata mejor, y lo mismo, en cierto modo, en la clase media.
-¡Qué gracioso! -exclamó Isabel-. ¿Cuántas clases hay aquí? Me figuro que lo menos cincuenta.
-Bueno, creo que no las he contado, porque nunca me preocupé gran cosa de las clases sociales. Ésta es una de las ventajas de ser americano aquí: que no se pertenece a ninguna clase.
-Por suerte -replicó Isabel-. Imagínese que una tuviera que pertenecer a una de las clases de la sociedad inglesa.
-No hay que exagerar. Te aseguro que en algunas de ellas no se está del todo mal, especialmente en las más altas. Pero, a mí manera de ver, sólo hay dos clases: la de la gente de quien me fío y la contraria. Y tú, mi querida Isabel, perteneces a la primera de las dos.
-Muchas gracias -respondió con vivacidad la muchacha. A veces adoptaba un continente severo para agradecer los cumplidos y trataba de zafarse de ellos lo más pronto posible. Sin embargo, a este respecto solía juzgársela mal, pues se la consideraba insensible a ellos cuando, en realidad, lo que hacía era ocultar lo muchísimo que le agradaban. El mostrarlo habría sido mostrar demasiado. Así, se limitó a añadir-: Estoy convencida de que los ingleses son una gente de lo más convencional.
Y el señor Touchett no pudo por menos de admitir: -Todo lo tienen fijado de antemano. Todo ha sido previsto aquí... No les gusta dejar nada para el último momento.
A lo que la muchacha respondió:
-Pues a mí me gusta lo imprevisto, no me agrada que me fijen por anticipado lo que he de hacer.
A su tío le divirtió mucho ver la claridad de las preferencias de la joven.
-Bueno, pues, por lo pronto, una cosa ha quedado establecida, y es que vas a tener aquí un gran éxito. Creo que eso te gustará.
-Pues, si son tan tontamente convencionales, no tendré el menor éxito, porque yo no tengo nada de convencional, sino todo lo contrario, y eso es lo que no les va a gustar de mí.
-No, no, te equivocas -dijo el anciano-. No se puede predecir lo que les gustará o desagradará. Son muy variables, y en eso reside su mayor interés.
-Ah, bueno -replicó Isabel que, de pie delante de su tío y con las manos apoyadas en el cinturón del vestido, miraba atentamente hacia el verde césped-. Eso me parece muy bien.
7
Tío y sobrina comentaron a menudo con agrado la manera de ser de los ingleses, como si la joven se hallara en condición de agradar al público británico; pero la verdad era que el público británico permanecía absolutamente indiferente respecto a la señorita Isabel Archer, cuyo destino, como su primo solía decir, la había hecho ir a parar a la casa más triste de toda Inglaterra. En ella su tío, enfermo de gota, recibía a muy poca gente y no era de esperar que la señora Touchett recibiese tampoco a numerosas visitas, ya que no había cultivado las relaciones con los vecinos de su esposo. Por lo demás, era muy especial en sus gustos, entre los que figuraba su gran afición a recibir tarjetas. En cambio, por lo que suele llamarse trato social mostraba una desgana insuperable, a pesar de lo cual nada le agradaba tanto como cubrir la mesa del vestíbulo de la casa con fragmentos oblongos de simbólicos cartoncitos blancos.
Se vanagloriaba de ser una mujer sumamente justa y había llegado a la irrebatible verdad de que en este mundo nada se obtiene gratis. Como no había desempeñado en la vida social su papel de señora de Gardencourt, no era de creer que la gente de las cercanías llevase la cuenta de sus idas y venidas. Lo cual no obstaba para que ella considerase que no era correcto que hicieran tan poco caso de sus movimientos y creyera que su fracaso (en realidad, harto gratuito) en convertirse en un personaje importante en la comarca no tuviera nada que ver con la dureza con que ella se refería al país de adopción de su marido. He aquí, pues, que Isabel se hallaba en la singular situación de tener que defender la Constitución inglesa en contra de su tía, que experimentaba inaudito placer en acribillar con sus venenosos comentarios tan venerable instrumento público. Isabel se sentía impulsada a mitigar aquellos ataques, no porque creyera que causaban algún daño a aquel pergamino viejo y seco, sino porque imaginaba que su tía era capaz de emplear mucho mejor la agudeza de su ingenio. Ella era también crítica, cualidad inherente tanto a su edad como a su sexo y a su nacionalidad; mas, al propio tiempo era muy sentimental, y en la terrible sequedad de la señora Touchett había algo que daba libre salida al manantial de sus principios morales.
-Vamos a ver -le preguntó un día a su tía-, ¿cuál es su punto de vista? No cabe duda de que, cuando critica algo, es porque tiene su punto de vista sobre ello. El suyo no parece ser americano... pues todo lo de allí se le antoja sumamente desagradable. Yo, cuando critico algo, es porque tengo mi punto de vista particular, y es un punto de vista netamente americano.
A ello contestó la señora Touchett:
-Mi querida sobrina, en el mundo hay tantos puntos de vista como personas de juicio susceptibles de mantenerlos. Tú podrás por ello concluir que no deben de ser muy numerosos. ¡Americano, mi punto de vista! ¡Por Dios! ¡Jamás, por nada del mundo! Entonces, sería lamentablemente estrecho. A Dios gracias, mi punto de vista es netamente personal.
Isabel pensó que ésa era una respuesta mejor de la que esperaba, pues constituía una descripción bastante aceptable de su propia manera de juzgar las cosas, aun cuando no habría estado bien que ella lo dijese claramente. En boca de una persona de menor edad y menor experiencia que la señora Touchett, es indudable que semejante declaración habría delatado una gran inmodestia, incluso una excesiva arrogancia. Sin embargo, ella se arriesgó a hacerlo poco después al hablar con Ralph, con quien departía a menudo y para el cual la conversación con su prima era un campo abierto para toda suerte de extravagancias. Como vulgarmente se dice, su primo había tomado por costumbre burlarse de ella, a cuyos ojos adquirió inmediatamente la reputación de tomarlo todo a broma; y él no era hombre que no sacara partido a los privilegios que una reputación semejante le pudiera conferir. Le acusaba Isabel de una falta de seriedad verdaderamente odiosa y de reírse de todo y de todos, empezando por sí mismo. Esa inclinación a la irreverencia la mostraba especialmente al hablar de su progenitor, si bien no dejaba de ejercitar despiadadamente su ingenio contra el mismo hijo de su señor padre y sus débiles pulmones, contra la inutilidad de su vida, su fantástica madre, sus amigos, especialmente lord Warburton, y su encantadora prima, recientemente hallada, oriunda de su propio país y a la que con tanto gusto había él adoptado. En una ocasión Ralph le dijo: «En mi antecámara tengo constantemente una orquesta de música, contratada para tocar sin interrupción, que me hace dos grandes favores al mismo tiempo: el primero, impedir que lleguen a mi habitación los ruidos del exterior; el segundo, hacer creer a la gente que en mis habitaciones se está siempre de baile». En efecto, cuando uno se acercaba allí no dejaba de percibir el sonido de una orquestina interpretando los valses de moda, los cuales parecían flotar en el ambiente. Isabel se irritaba frecuentemente a causa de ese constante rascar de violines; le habría gustado dejar atrás la antecámara, como su primo la llamaba, y penetrar en sus aposentos privados. Ante tan vehemente deseo poco importaba que él hubiese dicho que era un lugar sombrío; ella habría entrado encantada para barrer, limpiar a fondo y poner un poco en orden las cosas que hubiera. Eso de no dejarla penetrar allí era practicar la hospitalidad a medias; y, para vengarse de ello y castigarle, Isabel solía propinar a su primo innumerables palmetazos con la férula de su vivo y juvenil ingenio. A decir verdad, lo mejor de su ingenio debía emplearlo en defenderse de los ataques de su primo, que solía divertirse llamándola «Columbia» y acusándola de un patriotismo tan ardiente que abrasaba. Ralph dibujó una caricatura de ella en que la representaba como una joven muy guapa vestida a la última moda con los colores de la bandera nacional. El temor que más acuciaba a Isabel en ese momento de su ascensión era precisamente que se la considerase estrecha de miras, e inmediatamente después, el serlo de veras. Con todo, no sentía el menor escrúpulo en dar la razón a las invectivas de su primo y hacerle ver que suspiraba por los encantos de su país de origen. De tal suerte, estaba dispuesta a ser tan americana como a él le diera la gana creerla y, si se proponía reírse de ella por eso, sabría proporcionarle sobrado material para semejante entretenimiento. Isabel defendía a Inglaterra contra los ataques de la madre de Ralph, pero cuando éste, por vapulearla como él decía, cantaba las alabanzas de este país, se las arreglaba para estar en desacuerdo con su primo en no pocos puntos. Lo cierto era que aquel país tan pequeño y maduro le parecía de una cualidad tan exquisita como la de las sabrosas peras del mes de octubre; y puede decirse que esa satisfacción tenía su origen en la misma raíz de la generosa condescendencia con que acogía las chanzas de su primo y que le daba medios para devolvérselas con creces. Y si, a veces, flaqueaba en su buen humor, no era porque se sintiese poco hábil para seguir aparentándolo, sino porque su primo le daba lástima. Le parecía, en efecto, que Ralph hablaba a ciegas y no ponía mucho entusiasmo en lo que decía. Así, le dijo una vez:
-No sé qué te ocurre, pero tengo la sospecha de que eres un charlatán.
-Allá tú -contestó Ralph, que no estaba acostumbrado a que le hablaran con aquella crudeza.
-No sé qué te importa de verdad; me parece que nada de nada. En realidad, Inglaterra te importa un bledo aunque la alabes y te importa un comino América, aunque finjas que la denigras.
A lo que él replicó:
-Lo único que de veras me importa eres tú, querida prima.
-Si pudiera creer aunque no fuera más que eso, sería muy dichosa.
-¡Qué menos! -exclamó el joven.
Si Isabel lo hubiese creído no habría estado muy lejos dé la verdad. Lo cierto es que él pensaba mucho en ella, siempre la tenía presente. En un momento en que sus propios pensamientos constituían una carga demasiado pesada, la repentina llegada de su prima, que nada prometía y era, sin embargo, como una dádiva ofrecida a manos llenas por el destino, sirvió para refrescar y aligerar aquellas cavilaciones dándoles alas y pretexto para volar. El infeliz Ralph llevaba varias semanas sumido en una honda melancolía, y sus perspectivas, habitualmente sombrías, se hallaban cubiertas por una nube todavía más densa y oscura. Su ansiedad por el estado de salud de su padre había aumentado grandemente, pues la gota que le aquejaba y que hasta entonces parecía haberse confinado en sus piernas, empezaba ya a afectar regiones más vitales del cuerpo. El anciano había estado gravemente enfermo durante la primavera, y los médicos dieron a entender al hijo que, si sobrevenía otro ataque, no sería tan fácil de dominar. Ahora parecía haber comenzado a no sentir dolores, pero Ralph no las tenía todas consigo y pensaba que aquello era un subterfugio del enemigo, que permanecía al acecho para pillarle desprevenido. Y, si tal maniobra lograba triunfar, quedarían muy escasas esperanzas de ofrecerle una resistencia decidida y eficaz. Ralph siempre había tenido la convicción de que su padre le sobreviviría..., de que su nombre sería el primero pronunciado con gravedad. Padre e hijo habían sido compañeros inseparables, y la idea de quedarse solo con los restos de una vida sin aliciente entre las manos no le resultaba nada grato al joven, que siempre había confiado en la ayuda de su mayor y mejor amigo para ir tirando lo menos mal posible. Ante la perspectiva de perder su auténtica motivación, Ralph acabó por perder su inspiración. Lo mejor sería que los dos muriesen al mismo tiempo, pero, sin el ánimo que la compañía de su padre le proporcionaba, era muy probable que él no tuviera paciencia suficiente para esperar su turno. Por otra parte, carecía del incentivo de sentirse indispensable para su madre, y ante ésta tenía como norma no lamentarse. Pensó que no había mostrado gran bondad hacia su padre al desear que, de los dos, fuese el sujeto activo y no el pasivo el destinado a sufrir la herida doliente, y recordaba que el anciano había considerado siempre su pronóstico de un fin prematuro un brillante sofisma que él estaría encantado de desbaratar mediante el sencillo procedimiento de morir primero. Mas, de aquellos dos triunfos -el de refutar a un hijo sofista y el de continuar durante un tiempo más en un estado que, con todos sus sinsabores y malestares, le era grato soportar-, a Ralph no le parecía pecado esperar que el señor Touchett llegara a alcanzar el segundo.
A todas estas delicadas preguntas puso fin la llegada de Isabel, la cual sugería una posible compensación por la insoportable contrariedad de sobrevivir al genial dueño de la mansión. Ralph llegó a pensar que, tal vez sin darse cuenta, estaba abrigando «amor» hacia aquella joven fresca y espontánea procedente de Albany; pero tras meditarlo detenidamente, decidió que no. A la semana de la llegada de Isabel, ya estaba plenamente convencido de ello y se aferraba cada vez más a su convencimiento. Quien la había juzgado con verdadero acierto era lord Warburton, que la consideraba una damita realmente interesante; y a Ralph le maravillaba que su vecino hubiera llegado tan pronto a semejante conclusión, cosa que le ratificó en su idea sobre la gran habilidad de su amigo, por la cual había experimentado siempre una sincera admiración. Sin embargo, aunque su prima no fuera para él más que un entretenimiento, Ralph sabía que era un entretenimiento de primera categoría. «Ver en acción a un carácter como ése -se decía-, a una pequeña pero auténtica y apasionada fuerza, es una de las más sabrosas delicias de la naturaleza, mejor que la más bella obra de arte, mejor que un bajorrelieve helénico, mejor que un cuadro de Ticiano, mejor que una catedral gótica. Es realmente agradable sentirse tan bien tratado cuando uno menos se lo espera. Nunca estuve más sombrío, más preocupado, que durante la semana anterior a su llegada, y jamás tuve menos esperanzas de que pudiera sobrevenirme algo agradable. Y he aquí que fue como si de repente hubiese recibido por correo un Ticiano para colgarlo en la pared de mi cuarto, o un bajorrelieve griego para colocarlo en el panel superior de la chimenea. Es como si me hubieran entregado la llave de un suntuoso palacio y me hubiesen autorizado a visitarlo y admirarlo a mis anchas sin vigilancia alguna. Amigo mío, has sido hasta ahora un triste desagradecido y lo que debes hacer en lo sucesivo es estar tranquilo y dejar de refunfuñar». Nada, en verdad, más justo que el sentimiento que tales reflexiones inspiraban; sin embargo, no era exacto que a Ralph Touchett le hubiesen entregado una llave. Su prima era una joven muy brillante y habría que Hacer no poco antes de llegar a conocerla, pero era preciso ponerse a ello, y su actitud, si bien contemplativa e incluso crítica, no era en modo alguno enjuiciadora. Así pues, Ralph contemplaba a sus anchas el edificio por el exterior y lo admiraba grandemente; lo miraba por dentro a través de las ventanas y admiraba igualmente su belleza de proporciones, pero se percataba de que sólo había logrado entreverlo y de que no podía decir aún que hubiese traspasado el umbral. La puerta de la suntuosa mansión permanecía cerrada y, aunque él tenía varias llaves en su bolsillo, estaba convencido de que ninguna de ellas le serviría. La muchacha era inteligente, generosa, de naturaleza libre y hermosa, pero ¿qué se proponía hacer de sí misma? No era ésta una pregunta ortodoxa, ya que no cabe hacerla respecto a la mayoría de las mujeres. Por regla general, las mujeres jamás hacen nada de sí mismas, limitándose a esperar más o menos graciosa y pasivamente que un hombre pase por su lado y ofrezca un destino a sus vidas. La originalidad de Isabel consistía principalmente en que daba la impresión de abrigar propósitos propios. «Ahora, que llegue a ponerlos en práctica ya es harina de otro costal -se decía Ralph-. Me gustaría estar presente cuando lo haga».
La llegada de Isabel le impuso, por lo pronto, el deber de hacer los honores de la casa. El señor Touchett se hallaba recluido en su sillón y, por su parte, la señora Touchett era una especie de visitante malhumorada; de tal suerte que, en lo que se refiere a las obligaciones que a la consideración y a la conciencia de Ralph se imponían, el placer se mezclaba en perfecta armonía con el deber. Así, aunque no era gran andarín, se dio a pasear por los campos con su prima, entretenimiento para el que el tiempo tenía a bien seguir mostrándose favorable con una persistencia que sobrepasaba las lúgubres expectativas que Isabel se había forjado del clima del país; y en las largas tardes, cuya duración daba la medida exacta de la agradecida vehemencia de la joven, iban en barca por el río, el encantador riachuelo, como ella lo llamaba, y cuya orilla opuesta parecía estar en un primer plano del paisaje ante su vista extendido; o recorrían los caminos en faetón, aquel bajo y espacioso faetón de gruesas ruedas que tanto usara en sus tiempos el señor Touchett y que había dejado ya de disfrutar. En cambio, era Isabel quien de el disfrutaba ahora enormemente y, empuñando las riendas de manera que el lacayo calificaba de «experta», no se cansaba jamás de guiar a los mejores caballos de su tío por entre aquellas llanuras azotadas por el viento y aquellos caminos vecinales repletos de los rústicos detalles que ella sospechaba habría de encontrar: casitas de madera con techos de paja, modestas tabernas de pulidas celosías, antiguos prados comunales y retazos de parques vacíos rodeados de setos que el verano espesaba a su antojo. Y, cuando después de tales excursiones llegaban a la casa, era siempre para encontrar el té servido en una mesa al aire libre, sobre el césped de delante de la casa, y a la señora Touchett que se limitaba a alargarle la taza llena a su marido, sin que hubiera otra cosa ni por parte de uno ni de otro, pues ambos permanecían la mayor parte del tiempo completamente silenciosos, él con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, ella absorta al parecer en su labor de punto y afectando ese aire de concentración mental que adoptan muchas damas al poner sus diminutas lanzas en movimiento.
Pero un día se encontraron con que había un visitante. Los dos jóvenes habían pasado una hora bogando suavemente por el río y, al volver andando hacia la casa, vieron a lord Warburton sentado bajo un árbol y enzarzado en una conversación con la señora Touchett que, aun desde lejos, podía apreciarse era bien insustancial. El lord había ido a caballo llevando consigo una maleta, signo inequívoco de que había esperado, como a ello le tenían acostumbrado con sus reiteradas invitaciones el padre y el hijo, que se le invitase a cenar y a pasar allí la noche. Isabel sólo le había visto durante media hora el día de su llegada, y tan poco tiempo le había servido para descubrir que era muy de su gusto. La imagen del apuesto lord se había grabado con nitidez en el espíritu de la joven, que más de una vez pensaba ya en él con complacencia. Isabel había esperado volver a verle y deseaba ver también a algunos otros. Gardencourt, la herniosa mansión, no era triste; el lugar poseía una belleza soberbia, su tío se le aparecía cada vez más como una especie de abuelo maravilloso y Ralph era distinto de todos los primos con quienes hasta entonces había tratado y que le habían hecho formarse una lúgubre idea de los primos en general. Además, sus impresiones eran aún tan recientes y se renovaban con tanta celeridad que apenas dejaban zonas en blanco. Isabel tenía que obligarse a recordar que su principal interés era el conocimiento de la naturaleza humana y que su mayor ilusión, al emprender aquel viaje, había sido tener la oportunidad de conocer a una gran cantidad de gente.
De modo que, cuando Ralph le decía, como ya había hecho más de una vez: «No sé si podrás soportar esto. Deberías conocer a algunos de nuestros vecinos y amigos, pues, por extraño que te parezca tenemos unos cuantos», o cuando se ofrecía a invitar a, como él decía, «un montón de gente» y a introducirla en la sociedad inglesa, ella le alentaba con entusiasmo para que llevase a cabo su hospitalario empeño y se comprometía por anticipado a poner todo de su parte.
De todas maneras, hasta entonces poco o nada había puesto él en práctica de todas aquellas promesas, y será cosa de decirle confidencialmente al lector que, si parecía como si el joven estuviera demorando darles cumplimiento, era porque la tarea de proveer por sí mismo solaz y entretenimiento a su compañera no le resultaba, ni mucho menos, tan penosa como para recurrir a la cooperación de los demás. Varias veces había hablado Isabel de los «ejemplares», palabra que desempeñaba un papel de gran importancia en su vocabulario y con la cual daba a entender que deseaba ver a la sociedad inglesa ilustrada con sus personajes más representativos. De modo que aquella tarde, al ir desde el río hacia la casa tras haber desembarcado de la lancha, él le dijo con gran satisfacción cuando divisaron a lord Warburton:
-Mira, ahí tienes un ejemplar.
-¿Un ejemplar de qué? -preguntó la muchacha.
-De caballero inglés -replicó el primo.
-¿Quieres decir que todos son como él?
-¡Oh, no! De ningún modo. No todos son como él. -Pero es un buen ejemplar-dijo Isabel-, porque estoy segura de que es simpático.
-Sí que lo es. Y, además, muy acaudalado.
El acaudalado lord Warburton estrechó amablemente la mano de nuestra heroína y le preguntó si estaba bien, rectificando en el acto con las siguientes palabras:
-Pero, bueno, no necesito preguntarlo, pues si ha estado usted remando...
A lo que Isabel hubo de contestar:
-En efecto, he remado un poco. Pero ¿cómo lo sabe?
-Muy sencillo: porque sé que él no rema. Es demasiado vago para eso -rió su señoría el lord mirando a Ralph.
Tiene sus razones para ser un poco perezoso -comentó Isabel, bajando un poco la voz.
-Sí, sí, siempre tiene excusas para todo -exclamó lord Warburton, con una alegre carcajada.
-Mi excusa para no haber remado hoy -intervino Ralph- es que mi prima rema admirablemente. Bueno, todo lo hace igual de bien. No toca nada que no parezca quedar después adornado.
-Le dan a uno ganas de que usted le toque, señorita Archer -declaró lord Warburton.
-Pues déjese tocar, en el buen sentido de la palabra, que eso no le habrá de desmerecer-dijo Isabel, que, si bien se sentía complacida de oír que se le reconocían . tan diversas cualidades, era lo suficientemente fuerte para mostrar que semejante complacencia no derivaba de una posible debilidad de espíritu, toda vez que había vanas cosas en las cuales sobresalía. Su deseo de pensar bien de sí misma contaba, cuando menos, con la humildad de precisar siempre una prueba.
Lord Warburton no sólo pasó la noche en la mansión de Gardencourt, sino que insistieron en que se quedase todo el día siguiente, y, al final del segundo día, él mismo decidió postergar su partida hasta la mañana del otro. Durante todo aquel tiempo tuvo ocasión de dirigir no pocos cumplidos a Isabel, quien acogió aquellas manifestaciones de aprecio con muy buena voluntad. Al final se dio cuenta de que él le gustaba extraordinariamente.
Mucho había pesado sin duda la primera impresión que le produjo, pero, al final de la velada que habían pasado juntos, la joven no podía por menos de considerarle, sin que en ello hubiese nada de fantástico, un verdadero héroe de novela. De modo que por la noche, al acostarse, experimentaba una sensación de buena fortuna y sentía una viva convicción de posibles dichas futuras. «Verdaderamente es hermoso conocer a dos personas tan encantadoras como éstas», se dijo, aludiendo con este vocablo numeral a su primo y al amigo de su primo. Pero, además, conviene no olvidar que había ocurrido un incidente susceptible de poner a prueba su buen humor. El señor Touchett había ido a acostarse a las nueve y media de la noche, pero su esposa permaneció en el salón con el resto del grupo. Se quedó con ellos aproximadamente una hora, y luego, levantándose, hizo observar a su sobrina que ya era hora de dar las buenas noches a los caballeros. Por su parte, Isabel no tenía deseo alguno de ir a acostarse; la ocasión le parecía divertida, y las diversiones no terminaban por lo general a hora tan temprana. De manera que, sin poner en ello la menor intención, replicó:
-¿Ha de ser ahora mismo, tía? Subiré dentro de media hora.
-No me es posible esperarte -repuso la señora Touchett.
-¡Ah! No tiene por qué esperarme. Ralph encenderá mi vela -dijo alegremente la joven.
-Yo la encenderé. Por favor, déjeme usted que yo la encienda -exclamó lord Warburton-. Pero con una condición: que no sea antes de medianoche.
La señora Touchett lo traspasó con su encendida mirada y luego la posó fríamente en su sobrina, a la que dijo:
-No puedes quedarte sola con los hombres. Querida, aquí no estás..., no estás en tu dichosa Albany.
Isabel se levantó, ruborizada, y contestó:
-Ojalá lo estuviese.
-Mamá, por favor -intervino Ralph.
-Mi querida señora Touchett... -murmuró lord Warburton. Pero la querida señora Touchett contestó majestuosamente:
-Mi lord, no soy yo quien ha hecho su país. Debo aceptarlo tal como es.
-¿No puedo quedarme con mi primo? -preguntó entonces Isabel.
-No sabía que lord Warburton fuese primo tuyo.
-Será mejor que yo me vaya a la cama-dijo lord Warburton-. Así se acabarán las discusiones.
La señora Touchett le dirigió una breve mirada de desesperación y se sentó de nuevo.
-Está bien, si es preciso, me quedaré hasta medianoche. Mientras tanto, Ralph le había dado a Isabel el candelabro. Durante aquel momento de breve entrechocar de espadas estuvo observándola y le pareció que con ello se había puesto de relieve el carácter de la joven; el incidente podía ser de sumo interés. Mas, si se hizo la ilusión de presenciar un estallido, se llevó un gran chasco, pues la joven se limitó a sonreír suavemente, saludó a los caballeros dándoles las buenas noches y se retiró acompañando a su tía. Por lo que a Ralph atañía, se sentía molesto por lo que hiciera su madre, si bien reconocía que tenía razón. Al llegar arriba, las dos mujeres se separaron delante de la puerta de la señora Touchett. Isabel no había abierto la boca mientras subían la escalera.
-Supongo que estarás molesta porque me he inmiscuido en tus asuntos -dijo la señora Touchett.
Isabel reflexionó un instante y repuso:
-Molesta no, pero sí sorprendida... y bastante desconcertada. ¿Acaso no estaba bien que yo me quedase en el salón
-En absoluto. Aquí, las muchachas, por lo menos en las casas decentes, no se quedan con los caballeros hasta altas horas de la noche.
-Entonces ha hecho usted bien en decírmelo -replicó Isabel-. La verdad, no lo comprendo, pero me alegro de saberlo.
-Te lo diré siempre que me parezca que te excedes.
-No tenga reparo en hacerlo, se lo ruego. Aunque esto no quiere decir que sus observaciones hayan de parecerme siempre justas.
-Ya me lo figuro. A ti te gusta mucho hacer lo que se te antoja.
-Confieso que sí. Pero me gusta saber siempre las cosas que una no debe hacer.
-¿Para hacerlas? -preguntó su tía.
-Depende -respondió Isabel.
8
Como Isabel era aficionada a las cosas románticas, lord Warburton se atrevió a manifestar su esperanza de que fuese algún día a ver su casa, un viejo caserón muy curioso. Consiguió arrancar a la señora Touchett la promesa de que llevaría a su sobrina a Lockleigh, y Ralph manifestó su predisposición a acompañar a las damas siempre que su padre estuviese en condiciones de prescindir de él. Lord Warburton comunicó a nuestra heroína que, mientras tanto, sus hermanas irían a visitarla. Isabel sabía ya algo acerca de ellas, pues durante las largas horas que acababan de pasar juntos en Gardencourt había tenido frecuentes ocasiones de sondearle respecto a su familia. Isabel, cuando algo le interesaba, hacía infinitas preguntas; y, como su interlocutor era un conversador empedernido, ella se vio plenamente recompensada en su curiosidad.
Así pues, él tuvo ocasión de explicarle que tenía cuatro hermanas y dos hermanos, y que había perdido a sus padres. Sus hermanos y hermanas eran todos muy buenos, según dijo, y añadió: «No extraordinariamente inteligentes, ¿sabe usted?, pero muy bien educados y agradables». Y llevó su bondad al extremo de desear que la señorita Archer pudiese conocerles a fondo. De los hermanos, uno había abrazado la carrera eclesiástica y se había establecido en el dominio familiar, una comarca muy poblada y extensa, y era un hombre verdaderamente admirable, si bien pensaba de forma muy diferente a él en todo lo imaginable. Y aquí lord Warburton hizo referencia a algunas opiniones profesadas por su hermano, opiniones que Isabel había oído expresar frecuentemente y que se le antojaban comunes a la mayor parte de la familia-humana. En realidad, incluso creía compartir muchas de ellas, y así lo pensó hasta que él afirmó que estaba completamente equivocada, que eso era del todo imposible, que sin duda imaginaba que las compartía, pero que, si las examinaba bien, no tardaría en ver que eran absolutamente insustanciales. Y cuando Isabel contestó que había reflexionado hondamente sobre algunas de tales cuestiones, él declaró que ella era otro ejemplo aparente de lo que tanto le había llamado siempre la atención; a saber, que, de todas las gentes que poblaban el mundo, los americanos eran los más burdamente supersticiosos. Eran todos unos rancios «tories» y unos beatos empedernidos, y no había conservadores comparables a los conservadores americanos. Allí estaban para probarlo su tío y su primo. Nada tan medieval como algunas de sus opiniones; profesaban ideas que hoy día, en Inglaterra, la gente se avergonzaría de confesar y tenían el descaro de pretender conocer las necesidades y los peligros de la pobre, infeliz y tonta Inglaterra mejor que él, que había nacido allí y que, para vergüenza suya, poseía un buen pedazo de su tierra. De todo lo cual llegó Isabel a inferir que lord Warburton, era un aristócrata de los de la nueva escuela, un reformador, un radical, un despreciador de los antiguos . métodos. Su otro hermano, que servía en el ejército de la India, era más bien indómito, testarudo, y bueno tan solo para contraer deudas que luego le tocaba a Warburton pagar..., lo que constituía uno de los más preciados privilegios de la primogenitura. «Por supuesto, estoy decidido a no pagar ninguna más -declaró su amigo-. Lo cierto es que vive infinitamente mejor que yo, se permite placeres inauditos y se cree un caballero mucho más distinguido que yo. Y, como me tengo por un empecinado radical, defiendo la igualdad, pero no soporto la superioridad de los hermanos menores». De sus cuatro hermanas, dos de ellas, la segunda y la cuarta, estaban casadas; a una, según se decía, le iba bastante bien, y a la otra regular nada más. El marido de la mayor, lord Haycock, era una excelente persona, pero desgraciadamente un «tory» espantoso, y su esposa, como todas las esposas inglesas, era mucho peor que el marido. La otra, casada con un pequeño propietario de Norfolk como quien dice ayer, se las había arreglado para tener ya cinco hijos. Lord Warburton tuvo a bien proporcionar todos esos detalles y muchos más todavía a la joven americana, tomándose además la molestia de exponerle las cosas con absoluta claridad y presentando completamente desnudas a su avidez de conocimiento todas las particularidades de la vida inglesa. A Isabel le divertía sumamente tal franqueza y la poca consideración que él parecía otorgar a su experiencia y su imaginación. «Me considera una completa salvaje -se decía- y se imagina que no he visto en mi vida tenedores ni cucharas». De manera que se las ingeniaba para hacerle preguntas insulsas por el placer de oírselas contestar con la mayor seriedad del mundo. Y, una vez que había caído en la trampa, ella exclamaba: «Lástima que no haya podido verme con plumas y tatuaje de guerrero. Si yo hubiese sabido lo bueno que se muestra usted con los pobres salvajes, me habría traído mi traje de indígena». Pero lord Warburton, que había viajado mucho por Estados Unidos, conocía del país mucho más que Isabel. Así, llevó su amabilidad al extremo de afirmar que era el país más delicioso del mundo, aunque se le antojaba, por los recuerdos que de él tenía, que en Inglaterra los americanos precisaban que se les explicasen muchísimas cosas. «¡Si yo la hubiese tenido a usted para que me explicase las cosas en América! -exclamó-. En su país me sentí más bien desconcertado. Estaba como aturdido, y lo peor era que, cuanto más me explicaban las cosas, más me desconcertaban. En realidad, sospecho que a veces me daban adrede una explicación equivocada; allí son muy listos para tales cosas. En cambio, cuando yo le explique algo, puede usted creerme a pie juntillas, pues en lo que yo le diga no habrá error jamás.» En lo que no cabía error, desde luego, es en que era un hombre muy inteligente y culto, y en que sabía de casi todo lo del mundo. Aun cuando decía cosas del mayor interés y tenía especialísimos puntos de vista sobre la mayoría de las cosas, Isabel se daba cuenta de que lo hacía sin el menor deseo de exhibición; y, aun cuando había tenido extraordinarias oportunidades y logrado las más altas recompensas, estaba muy lejos de pretender presentarlas como un mérito. Si es cierto que había disfrutado de las cosas mejores de la vida, no lo es menos que ellas no lograron jamás despojarle de su fino sentido de la medida. Destacaba en él como una mezcla del efecto de una fecunda experiencia -desde luego, fácilmente adquirida- con una modestia que a veces pecaba de infantil, una mezcla cuyo admirable y dulce sabor -pues en verdad resultaba tan agradable corno una golosina- no perdía nada porque se le añadiese un toque de condescendiente bondad.
-Me gusta mucho tu ejemplar de caballero inglés -le comentó Isabel a Ralph una vez que lord Warburton se hubo marchado.
-A mí también -dijo su primo-. Le quiero de veras..., y le compadezco todavía más.
Isabel se quedó mirándole un tanto recelosa para luego decir:
-No comprendo. Precisamente a mí se me antoja que su única falta es que... no puede una tenerle lástima. Parece como si lo tuviera todo, lo supiese todo y lo fuera todo.
-Y así es, pero en el mal sentido -dijo Ralph.
-Supongo que no te referirás a su estado de salud.
-No. En ese aspecto, posee una tremenda fortaleza. Lo que quiero decir es que ocupa una gran posición social y está haciendo toda clase de tonterías con ella. No se toma en serio a sí mismo.
-¿Crees que se toma en broma?
-Mucho peor; se considera una intolerable imposición..., un verdadero abuso.
-Quién sabe. A lo mejor lo es -dijo Isabel.
-Tal vez, aunque, en conjunto, no lo creo. Y ¿hay algo más digno de lástima que la conciencia del propio abuso, implantado por manos ajenas y hondamente arraigado, y el sufrimiento a causa de la injusticia que su existencia entraña? En su lugar, yo me mostraría más solemne que una estatua de Buda. La posición que él ocupa es cosa que excita grandemente mi imaginación. Debería suponer grandes responsabilidades, oportunidades magníficas, consideraciones eminentes, cuantiosa riqueza, poder considerable y una participación natural en la dirección de los asuntos de un gran país. Pero la verdad es que el pobre se ha hecho un lío consigo mismo, su situación social, su influencia y, en una palabra, con todo lo habido y por haber. Es una víctima de esta época crítica en que vivimos. Ha dejado de creer en sí mismo, y ya no sabe en qué creer. A veces, cuando intento decírselo (pues no te quepa la menor duda de que, si yo fuera él, sabría perfectamente en lo que debería creer) me califica de reaccionario. Tengo la seguridad de que me toma por un auténtico filisteo. Afirma que no comprendo la época en que me ha tocado vivir; pero te aseguro que la comprendo bastante mejor que él, que, para su desgracia, no puede ni exterminarse como peligro público ni mantenerse como institución.
-Pues no parece tan dejado de la mano de Dios, tan pobre diablo -observó Isabel.
-Acaso no, a pesar de que, siendo como es un hombre de mucho y buen gusto, debe de pasar horas nada placenteras. Pero, en cuanto a sus oportunidades se refiere, ¿no te parece que merece compasión? Para mí, no hay la menor duda de que la merece.
-No creo -dijo Isabel.
-Bueno, primita; pues, si no la merece, debería merecerla -replicó Ralph.
Por la tarde, Isabel pasó una hora entera con su tío en el césped, donde el anciano permaneció sentado como de costumbre con una manta sobre las piernas y un gran tazón de té en la mano. Durante la conversación, él le preguntó qué le había parecido el visitante.
-Me parece encantador -contestó Isabel con gran entusiasmo.
-Es una persona muy agradable –dijo el señor Touchett-; pero te aconsejo que no te enamores de él.
-Pues, entonces, no lo haré. No llegaré a enamorarme sino de quien usted me aconseje. Por lo demás -añadió-, mi primo me ha hecho una descripción poco alentadora de lord Warburton.
-¿De veras? Ignoro lo que puede haberte dicho, pero ya sabes, y no debes olvidarlo, que Ralph es incapaz de permanecer callado.
-El piensa que su amigo es demasiado subversivo..., o tal vez no lo suficiente. La verdad, no acabo de entenderlo muy bien.
El anciano meneó lentamente su cana cabeza, sonrió con suavidad y dejó el tazón en la mesita.
-No sé qué decirte. Parece que va demasiado lejos, pero es muy posible que se quede corto. Me imagino que eso es algo natural, pero no por ello es menos inconsistente. Se diría que quiere desembarazarse de muchas cosas y, al mismo tiempo, que desea seguir siendo él mismo.
Isabel no pudo contenerse.
-¡Ojalá siga siendo él mismo! -exclamó-. Confieso que, si decidiera prescindir de sus amigos, le echaría mucho de menos.
-Bueno, no te preocupes tanto -contestó el anciano-. Para mí, que se quedará donde está y entretendrá a sus amigos. Yo le extrañaría de veras aquí, en esta soledad de Gardencourt. A mí me entretiene mucho cuando le da por venir, y me parece que él también se entretiene. Ahora hay muchos como él pululando en la alta sociedad; es lo que se lleva. Por mi parte, ignoro lo que pretenden llevar a cabo... Tal vez tratan de hacer una revolución. De todas formas, espero que no sea antes de que yo me vaya. Por lo visto, quieren trastocarlo todo, pero yo, que soy un terrateniente de bastante importancia en el país, no tengo el menor deseo le que me trastoquen. Si hubiera sabido que iban a proceder de tal manera, no me habría aventurado a venir... -prosiguió el señor Touchett con gran hilaridad-. Si, aquí, fue porque creí que Inglaterra era un país seguro. Para mí constituye un verdadero fraude eso de querer implantar cambios de semejante importancia. rengo la seguridad de que, si lo hacen, decepcionarán a mucha gente.
-¡Ojalá hiciesen una revolución! ¡Me encantaría verla! -exclamó, en cambio, Isabel.
-Bueno, vamos a ver -dijo su tío en un tono en el que parecía haber no poco buen humor-. Ya no me acuerdo de qué lado estás, si de lo antiguo o de lo moderno. Según he oído, tus puntos de vista son bastante contradictorios.
-Estoy con las dos partes. Me parece que estoy un poco de parte de unos y un poco de parte de otros. En una revolución..., una vez que la cosa fuera en serio..., creo que sería una orgullosa y empedernida partidaria de ella. Una acaba por simpatizar enormemente con los revolucionarios, que tienen ocasión de portarse exquisitamente, quiero decir, de actuar pintorescamente.
-La verdad, no sé qué quieres decir con eso de obrar pintorescamente; lo que me parece es que tú actúas siempre de tal manera, querida sobrinita.
-¡Oh, mi encantador tío! ¡No haga que me lo crea! -le interrumpió Isabel.
-De todos modos, me imagino que no tendrás ningunas ganas de que te lleven aquí por nada a la guillotina, y menos ahora... Si quieres presenciar un gran movimiento
subversivo -prosiguió el señor Touchett-, tendrás que quedarte aquí mucho tiempo. Te aseguro una cosa: cuando llega la hora y se les ponen las cartas sobre la mesa, no les conviene que se les tome la palabra.
-¿A quiénes se refiere usted, tío?
-¿A quiénes ha de ser? A lord Warburton y sus amigos..., los radicales de la alta sociedad. Por lo demás, yo no sé más que una cosa, y es cómo me afecta a mí personalmente. Hablan de cambios y más cambios, pero no creo que lleguen a realizarlos. Tanto tú como yo sabemos lo que significa haber vivido bajo la orden de instituciones democráticas. Por mi parte, yo las consideré siempre muy cómodas, pero porque estaba acostumbrado a ellas desde siempre y, sobre todo, porque no soy un lord. Ahora bien, aquí es otra cosa. Se trata de algo que hay que realizar cada día y a cada instante, y no creo que muchos de ellos consideren eso tan agradable como lo que hasta ahora han tenido. Si quieren probar, allá ellos; pero dudo que pongan un enorme interés en ello.
-Entonces, ¿no los cree sinceros? -preguntó Isabel.
-Verás, lo cierto es que quieren sentirse serios -no tuvo inconveniente en admitir el señor Touchett-, pero es como si, en su inmensa mayoría, se atuvieran a la teoría solamente. Sus puntos de vista radicales son una especie de diversión. Han sentido la necesidad de divertirse con algo y por suerte no se les ha ocurrido ser más vulgares. Están acostumbrados a vivir con gran lujo, y esas ideas progresistas constituyen el mayor de sus lujos. Además, presentan la ventaja de hacerles sentirse morales sin perjudicarles en su posición, en la que piensan enormemente. No permitas que ninguno de ellos te convenza de lo contrario, pues si lo lograra y procedieses en consecuencia, no tardaría en pararte los pies en el acto.
Isabel siguió atentamente la argumentación que su tío iba desarrollando con su habitual clarividencia y, aunque no conocía a fondo a la aristocracia inglesa, vio que armonizaba con su idea general de la naturaleza humana. Sin embargo, no pudo por menos de expresar una protesta en apoyo de lord Warburton.
-Yo no creo que lord Warburton sea un charlatán. Los demás me importan un comino, pero a lord Warburton me gustaría verlo puesto a prueba.
-¡Dios nos libre de los amigos! -exclamó el señor Touchett-. Lord Warburton es, sin duda, persona amabilísima..., un joven por todos conceptos admirable. Disfruta de una renta anual de cien mil libras. Posee cincuenta mil acres de tierra en esta diminuta isla y, además, muchos otros bienes, amén de una docena de casas donde poder vivir. Ocupa un escaño en el Parlamento con el mismo derecho que yo ocupo un asiento en mí comedor. Sus f gustos son elegantes; se interesa por la literatura, el arte, la ciencia y las mujeres bonitas. Pero, de todos, el más elegante es el que siente por las nuevas teorías e inquietudes, además de ser el que mayores placeres le proporciona, seguramente más que ninguna otras cosa..., con excepción de las muchachas hermosas. Su casa, Lockleigh creo que la llama, es muy bonita, aunque no la considero tan agradable como ésta. Pero eso es lo de menos, ya que tiene muchas otras. Por cuanto he podido observar, sus teorías no han causado aún perjuicio a nadie y, por supuesto, menos que a nadie, a él mismo. Y es seguro que, si llegara el caso de una revolución, sabría salir con bien de ella. Nadie se metería con él; le dejarían tranquilo, pues todo el mundo lo quiere mucho.
Isabel le interrumpió con vehemencia:
-De modo que, ni aun queriéndolo, sería un mártir. Pues, verdaderamente, es una situación muy poco halagüeña.
-Seguro que no será nunca mártir..., a menos que tú lo conviertas en uno de ellos -dijo el anciano. Isabel movió lentamente la cabeza y pronunció una frase que habría movido a risa de no ser porque la dijo con un suave acento de melancolía:
-Yo no convertiré jamás en mártir a nadie.
-Y yo confío en que tú tampoco lo seas.
-Así lo espero. Bueno, de todos modos -añadió-, usted no compadece a lord Warburton, como hace Ralph, ¿verdad?
Su tío la miró con penetrante y clarividente mirada durante unos instantes.
-Para ser sincero -dijo al fin-, en el fondo sí le compadezco.
9
Las dos señoritas Molyneux, hermanas del aristócrata, fueron a visitarla, e Isabel quedó prendada de aquellas dos jóvenes que con su presencia le brindaban una estampa de lo más original. Bien es verdad que, cuando ella se las describió a su primo aplicándoles tal epíteto, Ralph declaró que, de todos los calificativos, aquél era el que menos les cuadraba, ya que había en Inglaterra por lo menos cincuenta mil jóvenes idénticas a las señoritas Molyneux. Sin embargo, aun desposeídas de tal cualidad, las visitantes de Isabel conservaban la de su exquisita amabilidad, una suave timidez en sus modales y unos ojos que a ella se le antojaron dos plácidos y redondos estanques dispuestos sabiamente en un jardín entre macizos de geranios.
«Sean lo que sean, no tienen nada de morboso», se dijo nuestra heroína. Y, al decírselo, consideró que tal cualidad era un gran encanto en aquellas muchachas, pues recordaba a dos o tres de sus amigas de infancia a quienes podía hacerse semejante reproche (tan simpáticas como habrían sido de no ser por eso), por no mencionar que en ocasiones había intuido tal tendencia en su propia persona. Aunque las señoritas Molyneux no estaban ya en su primera juventud, conservaban todavía una tersura de cutis, una brillantez de mirada y una encantadora sonrisa propias de la infancia. Sus ojos, que tanto admiraba Isabel, eran re-
dondos, tranquilos y apacibles, y una chaquetilla de piel de foca ceñía su busto, también generosamente redondo. Su amabilidad era tanta que casi les ruborizaba mostrarla, pareciendo intimidadas por aquella joven de allende los mares, a la que diríase manifestaban su cordialidad más con miradas que con palabras. Ello nos les impidió rogarle claramente, y sin dejar lugar a dudas, que fuese a almorzar con ellas a Lockleigh, donde vivían con su hermano, esperando en lo sucesivo poder verla con frecuencia, incluso muy a menudo. Mucho les agradaría que alguna vez se quedara a dormir allí. Para final de mes, el día veintinueve, esperaban invitados; tal vez también ella podría ir mientras estuvieran allí aquellas personas.
La mayor, como para disculparse por anticipado, dijo:
-Mucho me temo que no haya entre ellos nadie notable, pero me inclino a creer que usted nos aceptará tal como somos.
-Los encontraré deliciosos; por lo pronto, creo que son ustedes un verdadero encanto -contestó Isabel, que a veces era excesiva en el elogio.
Las dos hermanas se ruborizaron visiblemente. Una vez se hubieron marchado, su primo le insinuó que, si les decía tales cosas, aquellas pobres muchachas pensarían que se burlaba de ellas de manera desconsiderada y ruda, pues tenía la seguridad de que era la primera vez que las habían llamado encantadoras. Pero Isabel contestó con franqueza:
-No lo puedo remediar. Me parece admirable tener esta serenidad, ser tan razonable y sentirse tan satisfecho. Yo quisiera ser así.
-¡No lo permita Dios! -exclamó con vehemencia Ralph.
-Quiero decir, tratar de imitarlas -dijo Isabel-. Me encantará verlas en su casa.
Algunos días después experimentó tal placer, cuando, acompañada de su tía y de Ralph, fue en coche a Lockleigh.
Al llegar, halló a las señoritas Molyneux sentadas en un espacioso salón (uno de los muchos de la casa, como luego pudo ver), en medio de una espesura de cretonas de color evanescente y vestidas ellas de negro velludillo. En su casa le parecieron todavía más agradables que en la mansión de su tío, y le llamó aún más la atención que no tuvieran nada de morbosas. A primera vista se le antojó que, si de algo pecaban, era de falta de agilidad mental, pero ahora se daba perfecta cuenta de que eran muy capaces de experimentar emociones profundas. Antes del almuerzo tuvo ocasión de quedarse a solas con ellas en uno de los ángulos del salón, mientras que en el otro y a bastante distancia, lord Warburton conversaba con la señora Touchett.
Isabel, entrando ya en confianza, preguntó:
-¿Es cierto que su hermano es tan radical?
De sobra sabía ella que era cierto, mas, como ya hemos visto, sentía un sincero interés por la personalidad humana y ello la impulsaba a cerciorarse del todo a través de las señoritas Molyneux.
Mildred, la menor de las hermanas, respondió:
-¡Oh, ya lo creo! Tiene unas ideas terriblemente avanzadas.
-Pero, al mismo tiempo, es muy razonable -añadió la otra.
Isabel le observó un momento al otro lado del salón, y vio que hacía ostensiblemente cuanto podía por resultar agradable a la señora Touchett. Por su parte, Ralph
había entablado amistad con uno de los perros delante de la chimenea que, en un mes de agosto netamente británico, no estaba de más en las viejas moradas.
-¿Cree usted que su hermano es sincero? -preguntó Isabel sonriente.
-¡Claro! ¿Por qué no iba a serlo? -contestó Mildred con vehemencia mientras la hermana mayor contemplaba silenciosa a nuestra heroína.
-¿Cree que podrá superar la prueba?
-¿La prueba?
-Me refiero a si, por ejemplo, tuviera que desprenderse de todo esto...
-¡Desprenderse de Lockleigh! -exclamó la señorita Molyneux, recobrando al fin el habla. -Naturalmente, y también de esos otros sitios..., ¿cómo los llaman?
Las dos hermanas se miraron con ojos de pavor.
-¿Quiere usted decir..., quiere usted decir a causa de los gastos?-preguntó la pequeña.
-Tal vez podría deshacerse de una o dos de sus casas -dijo la otra.
-¿Desprenderse de ellas por nada? -inquirió Isabel.
-No puedo imaginar que quiera deshacerse de sus propiedades-dijo la señorita Molyneux.
-Me temo que sea un impostor. ¿No les parece que ésa es una posición falsa?
Sus compañeras de conversación se quedaron completamente desconcertadas. Una de ellas preguntó:
-¿La posición de mi hermano?
-Todo el mundo sabe que es una posición muy sólida -dijo seguridad la menor-, la primera en esta región del condado.
Isabel aprovechó la oportunidad para disculparse:
-Se me ocurre que tal vez me están ustedes tomando por una gran irrespetuosa. Supongo que respetan mucho a su hermano y casi le temen..
-Es natural que una admire a su hermano -dijo la señorita Molyneux con toda sencillez.
-Pues si ustedes lo hacen es que debe de ser muy bueno..., porque ustedes son verdaderamente muy buenas. -Es sumamente generoso. Nadie sabe cuánto bien hace.
-Y su talento -se complació en añadir Mildred-, es por demás conocido. Todo el mundo dice que es inmenso.
-Eso a la vista está -declaró Isabel-. Pero, si yo fuera él, lucharía con toda mi alma hasta la muerte; es decir, lucharía por la herencia del pasado, me aferraría a él con todas mis fuerzas.
-Yo creo que se debe ser liberal -replicó Mildred amablemente-. Nosotros lo hemos sido siempre, desde los tiempos más remotos.
-Evidentemente, veo que han logrado un gran éxito con ello -dijo Isabel-. Así, no es de extrañar que les guste serlo.
Después del almuerzo, cuando lord Warburton le hizo los honores de la casa mostrándosela toda, a ella le pareció lo más natural del mundo que fuese como un hermoso cuadro. El interior había sido modernizado hasta el extremo de que algunas de sus partes habían perdido su prístina pureza. Sin embargo, al contemplarla desde fuera, desde los amplios jardines -enorme masa gris, de un matiz suave y profundo patinado por el tiempo y el clima, emergiendo del seno de un ancho y tranquilo foso-, apareció a los ojos de la joven visitante como un verdadero castillo legendario. El día era algo frío y sin brillo. Parecían haber sonado ya las primeras notas anunciadoras del otoño, y los rayos del sol ponían aquí y allá sus húmedos y borrosos resplandores sobre los recios muros, en los sitios donde se diría
que más se hacía sentir el paso de los años. El hermano de lord Warburton, el vicario, había asistido también al almuerzo, e Isabel tuvo ocasión de charlar con él durante cinco minutos..., el tiempo suficiente para lanzarse en busca de un arraigado espíritu sacerdotal y abandonar el intento por inútil. Las características del vicario de Lockleigh eran un cuerpo robusto, atlético, un rostro cándido y sencillo, un copioso apetito y una acentuada proclividad a reír de todo y por todo con igual entusiasmo. Isabel se enteró después por su primo Ralph de que el vicario, antes de recibir las sagradas órdenes, había sido un gran pugilista y que cuando se presentaba la ocasión -en la intimidad de la familia, por supuesto- seguía siendo tan capaz como antes de dejar tendido en el suelo al contrincante más pintado. A Isabel le gustó -por lo visto estaba predispuesta a que le gustaran todos y todo-, pero a su imaginación se le hacía harto difícil comprender que aquel hombre pudiese prestar auxilio espiritual de ninguna clase. Después del almuerzo salieron todos a dar un paseo por los alrededores de la casa, pero lord Warburton se las arregló para llevarse sola a su invitada lejos de los otros.
-Quiero mostrarle todo esto como es debido -dijo-. No podría apreciarlo bien si tuviese que prestar atención a los chismes sin importancia de los demás.
La conversación de lord Warburton (durante la cual se explayó en contar a Isabel la historia completa de la casa, muy curiosa por cierto) no fue lo que se dice exclusivamente arqueológica, sino que a veces se internaba en lo personal..., personal tanto para ella como para él. Así pues, tras una pausa bastante larga, volviendo un instante al tema que les ocupaba, el lord dijo:
-¡Ah! No sabe cuánto me alegra que le guste a usted esta vieja choza. Me encantaría que pudiese verla más a sus anchas, que se quedase algún tiempo. Mis hermanas están entusiasmadas con usted..., y eso podría inducirla a aceptar...
-No es preciso que se me induzca -contestó Isabel amablemente-, pero me parece que no puedo aceptar compromisos. Estoy por completo a merced de mi tía.
-Usted me perdonará si le digo que no lo creo en absoluto. Estoy convencido de que puede hacer lo que le plazca.
-Sentiría mucho haberle producido tal impresión, pues... no es una impresión muy grata.
-En este caso, tiene cuando menos el mérito de permitirme abrigar alguna esperanza -dijo lord Warburton, y se detuvo un instante.
-¿Esperanza de qué?
-De que, en lo sucesivo, podré verla con más frecuencia.
E Isabel contestó, sonriendo:
-¡Ah!, para tener ese placer no es preciso que esté tan terriblemente emancipada.
-Sin duda, pero es que me da la impresión de que no soy santo de la devoción de su tío.
-En eso se equivoca. Le he oído hablar de usted con el mayor encomio.
Lord Warburton, visiblemente satisfecho, replicó:
-Me halaga que hayan hablado ustedes de mí. Pero, de todas formas, no creo que le agrade mucho que menudee mis visitas a Gardencourt.
-No puedo responder de los gustos de mi tío -replicó la muchacha-. Sin embargo, es mi deber tenerlos en cuenta lo más posible. Yo, por mi parte, tendría un gran placer en verle a usted.
-Eso es precisamente lo que yo quería oír. No sabe cómo me complace que lo haya dicho.
-Parece usted muy proclive a sentirse complacido, milord.
-No lo crea -replicó él-, no tan fácilmente. -Se detuvo un segundo y prosiguió-: Pero la verdad es que usted sí me ha encantado, señorita Archer.
Aquellas palabras fueron pronunciadas con una gravedad que sobresaltó un tanto a Isabel, pues le parecieron el preludio de algo más importante; había oído aquel tono en
otra ocasión y lo reconoció. No obstante, en aquel momento no sentía el menor deseo de que semejante preludio tuviera consecuencias, lo cual la indujo a decir con toda la alegría y rapidez que su interior agitación le permitió:
-Mucho me temo que no me va a ser posible volver aquí.
-¿Nunca? -preguntó lord Warburton.
-Nunca, sería mucho decir... y sonaría demasiado melodramático.
-Entonces, ¿podré yo ir a verla cualquier día de la semana próxima?
-Indudablemente. ¿Qué podría impedirlo?
-Nada verdaderamente palpable, pero con usted no estoy nunca seguro. Me da la impresión de que juzga constantemente a los demás.
-Eso no significaría que usted hubiera de salir perdiendo con ello.
-Le agradezco mucho su deferencia, pero aunque saliera ganando, no es precisamente la justicia a secas lo que yo prefiero. ¿Tiene la señora Touchett el propósito de llevársela a usted al extranjero?
-Así lo espero.
-¿Acaso Inglaterra no es digna de usted?
-Sus palabras son demasiado maquiavélicas y no merecen contestación. Mi deseo es conocer el mayor número posible de países.
-Entonces, supongo que irá juzgándolos.
-Y disfrutándolos también. Al menos, lo espero.
-Sí, así es como más disfruta usted-dijo lord Warburton-. No sabría decir cuál es su objetivo. Usted se me antoja como alguien que abriga propósitos misteriosos, grandes designios.
-Es usted demasiado amable teniendo de mí una idea que no está a mi altura. ¿Qué misterio puede haber en un propósito llevado a cabo todos los años por cincuenta mil compatriotas míos, y que consiste en tratar de enriquecer el propio espíritu con lo que se aprende viajando por el extranjero?
-Señorita Archer -respondió su interlocutor-, usted no puede enriquecer más su espíritu. Es ya un instrumento formidable, que nos mira a los demás de arriba abajo y nos desprecia.
-¿Que les desprecia? Usted se está burlando de mí -contestó Isabel poniéndose muy seria.
-Bueno, usted nos considera «chocantes», que para el caso es lo mismo. Y, ante todo y sobre todo, yo no quiero que se me considere «chocante» porque no lo soy en absoluto. Protesto contra tal calificativo.
-Su protesta es precisamente una de las cosas más chocantes que he oído en mi vida -declaró Isabel riendo alegremente.
Lord Warburton se quedó callado un instante y al fin dijo:
-Usted juzga sólo por lo externo y no le importa nada de nada. Lo único que le interesa es divertirse.
A Isabel le pareció detectar el mismo tono de antes, si bien ahora con una cierta amargura..., una amargura tan súbita e inconsecuente que la muchacha creyó que le había ofendido. Ella había oído siempre decir que los ingleses son gente excéntrica, e incluso recordaba haber leído en algún autor de gran ingenio que en el fondo son la raza más romántica que existe. Se preguntó si lord Warburton se estaría poniendo romántico y trataba de hacerle una escena de amor en su propia casa la tercera vez que la veía. Sin embargo, la tranquilizó pensar en su exquisita urbanidad, que no había sufrido menoscabo alguno por el hecho de haber rebasado él los límites del buen gusto al manifestar su admiración a una joven confiada a su hospitalidad. Tenía ella perfecta razón al confiar en la exquisita urbanidad del lord, porque él rompió a reír amablemente sin que en su voz quedase rastro de lo que había llegado a alarmarla.
-Por supuesto, no he querido ni quiero decir que le diviertan las nimiedades. Usted escoge grandes materiales, como las dolencias y congojas de la naturaleza humana, o las singularidades de las naciones.
-Por lo que a eso se refiere -contestó Isabel-, creo que en mi propia nación encontraría más que sobrada materia de entretenimiento para años. Pero llevamos ya un gran rato andando y mi tía no tardará en querer irse.
Así pues, se dirigió hacia los demás, y lord Warburton se limitó a caminar a su lado en silencio. Antes de llegar donde los otros estaban, él dijo:
-Iré a verla la semana próxima.
Aquello le causó una honda impresión, pero, al sentirla desvanecerse, no le pareció que fuese una impresión desagradable. Sin embargo, respondió con cierta frialdad a aquella declaración.
-Como guste... -se limitó a decir.
Semejante frialdad no era en absoluto calculada; se prestaba a ese juego en un grado desde luego muy inferior al que creería probable la mayoría de los críticos. Era, sencillamente, que experimentaba cierto temor.
10
Al día siguiente de su visita a Lockleigh, Isabel recibió de su amiga, la señorita Stackpole, una carta cuyo sobre, que mostraba conjuntamente el sello de Correos de Liverpool y la pulcra caligrafía de la hábil Henrietta, le produjo una viva emoción. En ella había escrito la señorita Stackpole: «Mi querida amiga. Aquí me tienes, al fin. Me las arreglé para poder venir y decidí el viaje la noche antes de abandonar Nueva York... en cuanto el Interviewer aceptó mis condiciones. En el acto me limité a meter apresuradamente unas cuantas cosas en una pequeña maleta y, a la manera de los viejos periodistas, me dirigí al barco en tranvía. ¿Cuándo y dónde podemos vernos? Me imagino que estarás de visita en algún castillo o en algún otro sitio interesante y ya habrás adquirido el acento de la tierra. Tal vez te hayas casado ya con alguno de los grandes lores del país. Casi lo espero, pues me son precisas algunas cartas de presentación para la gente de la alta sociedad y cuento contigo para que me proporciones unas cuantas. El Interviewer desea que informe sobre la aristocracia. Por lo pronto, mis impresiones de la generalidad de la gente no son de color de rosa, pero deseo cotejarlas con las tuyas, y ya sabes que peco de todo menos de superficial. Tengo, además, algo muy especial que decirte. Te ruego me des una cita lo antes posible y trates de venir a Londres, pues me gustaría visitar sus lugares más importantes en tu compañía, o si no te es posible, hazme saber dónde puedo verte, estés donde estés. Iré allá con sumo gusto, ya que todo me interesa muchísimo y quisiera ver lo más posible de la vida privada».
Le pareció a Isabel que haría mejor en no mostrar esta carta a su tío, pero le hizo saber su contenido y, como esperaba, él le pidió que escribiese a la señorita Stackpole diciéndole en su nombre que tendría mucho placer en recibirla en Gardencourt. Y añadió:
-Aunque es una mujer de letras, supongo que, siendo también americana, no se le ocurrirá ponerme en la picota, como hizo la otra. Ya habrá visto gente parecida a mí.
-No ha visto a nadie tan delicioso como usted -le contestó Isabel. Mas, a pesar de todo, no estaba tranquila en lo referente a Henrietta y a su instinto narrativo, que constituía el punto negro en el admirable carácter de su interesante amiga y lo que menos le agradaba de ella. Así pues, escribió a la señorita Stackpole diciéndole que sería bienvenida en casa del señor Touchett, y la vivaz joven no tardó en anunciar su pronta llegada. Fue, pues, a Londres y desde allí tomó el tren que debía conducirla a la estación más próxima a Gardencourt, en la que Isabel y su primo Ralph estaban ya esperándola.
Mientras ambos andaban de un lado al otro del andén, aguardando la llegada del tren, Ralph preguntó:
-¿Me caerá simpática o tendré que detestarla?
A lo que Isabel respondió tranquilamente:
-Pienses lo que pienses, a ella le dará igual. A mi amiga le importa un bledo lo que los hombres puedan pensar de ella.
-Como hombre, me siento inclinado a tenerle antipatía. Debe de ser una especie de monstruo terrible. Seguro que será muy fea...
-No, señor. Es verdaderamente bonita.
-Una mujer entrevistadora... una especie de reporter con faldas. Tengo verdadera curiosidad por verla -concedió Ralph.
-Es fácil reírse de ella; lo que no es tan fácil es ser tan valiente ante la vida como ella lo es.
-Estamos de acuerdo. Los crímenes violentos y los ataques a las personas exigen indudablemente cierto coraje. ¿Crees que tratará de entrevistarme?
-Por nada del mundo. Estoy segura de que no te considerará suficientemente importante para hacerlo.
Pero Ralph contestó:
-Ya lo verás. Seguro que enviará a su periódico una descripción de todos nosotros, metiendo en ella hasta el perro.
-Yo le pediré que no lo haga -dijo Isabel.
-Entonces, ¿la consideras capaz de hacerlo?
-Naturalmente que sí.
-A pesar de creerla capaz, la has hecho tu amiga íntima.
-No la he hecho mi íntima amiga, pero la estimo mucho a pesar de sus defectos.
-Ah, bueno-dijo Ralph-. Entonces me temo que va a desagradarme a pesar de sus méritos.
-Puede que al cabo de tres días estés enamorado de ella.
-¡Eso es! Para que publique mis cartas de amor en el Interviewer. ¡Eso nunca! -exclamó el joven.
El tren llegó en aquel instante. La señorita Stackpole bajó rápidamente de su vagón y, como Isabel lo había prometido, demostró que, aun con su aire un poco provinciano, era delicadamente linda. De mediana estatura, era pulcra, un tanto rolliza, con una carita redonda, una boca pequeña, un cutis delicado, un puñado de rizos castaños en la nuca y unos ojos muy abiertos de expresión sorprendida. Lo más notable de su persona era la mirada de extraordinaria fijeza que, haciendo un uso consciente de su derecho, clavaba sin descaro y sin provocación en todo objeto o sujeto que la casualidad le presentaba. Así pues, la fijó en Ralph, quien se quedó un poco sorprendido por el gracioso y simpático aspecto de la señorita Stackpole, que parecía insinuar que no era tan fácil como él se había figurado el no aprobar su manera de ser. Henrietta era un frufrú, un relampagueo de vestiduras frescas color tórtola, y Ralph se dio cuenta al primer golpe de vista de que tenía toda la tiesura, la novedad y la integridad de un primer ejemplar de periódico antes de ser plegado. No había en ella ni una sola errata de imprenta desde la punta del pie hasta el último pelo de la cabeza. Hablaba con una voz clara y aguda, no rica en sonoridades aunque fuerte. Empero, una vez que se hubieron acomodado en el coche del señor Touchett, creyó Ralph observar que no todo en ella estaba compuesto en letra grande, la letra de los atroces «titulares» que había esperado encontrar. Sin embargo, la joven respondió con gran lucidez a las preguntas que le hizo Isabel, y a las cuales él se atrevió a añadir las suyas propias. Luego, en la biblioteca, cuando fue presentada al señor Touchett (ni que decir tiene que la señora Touchett no creyó conveniente aparecer) supo dar todavía mejor la medida de su confianza en sí misma.
-La verdad -dijo de golpe-, me gustaría saber si ustedes se tienen por ingleses o por americanos, pues así " sabría a qué atenerme al hablar con ustedes.
A lo que Ralph contestó amablemente:
-Háblenos como se le antoje, que de todas maneras le quedaremos agradecidos.
Clavó la visitante en él los ojos y algo había en ellos que a Ralph le hizo pensar en anchos y pulidos botones... unos botones que cerraran los elásticos ojales de un recipiente tenso; se le antojó que todos los objetos circundantes se reflejaban en las pupilas de la periodista. No suele considerarse humana la expresión de los botones, pero en la mirada de la señorita Stackpole había algo que a él, hombre harto modesto, le hacía sentirse vagamente azorado... menos invulnerable y más despreciado de lo que hubiese querido. Será bueno advertir que, al cabo de dos o tres días de conocerse, tal impresión fue disminuyendo, si bien no llegó a desvanecerse por completo.
-No creo que se le ocurra tratar de convencerme de que es usted un americano -dijo ella.
-Con tal de agradarle, seré inglés, o acaso turco.
-Sí tan fácil le es cambiar de esa manera, no se prive -replicó ella.
-Tengo la seguridad de que usted lo comprende todo y de que para usted las diferencias de nacionalidad no suponen barreras de ninguna clase.
Después de mirarle atentamente, dijo la señorita Stackpole:
-¿Se refiere usted a las lenguas extranjeras?
-Los idiomas no son nada. Me refiero al espíritu... al genio. La corresponsal del Interviewer contestó:
-No estoy segura de entenderle a usted... pero supongo que antes de irme llegaré a comprenderle.
-Es lo que se llama un verdadero cosmopolita -terció Isabel.
-Lo cual quiere decir que tiene un poco de todo y no mucho de nada. A decir verdad, yo creo que el patriotismo es como la caridad... empieza por la patria de uno.
-Pero ¿dónde empieza la patria de uno? -preguntó Ralph.
-Yo no sé dónde empieza, pero sí sé dónde acaba. Para mí, acabó mucho antes de llegar aquí.
El señor Touchett preguntó a su vez con su voz cascada e ingenua:
-¿No le gusta a usted esto?
-Le diré, señor. Todavía no he planeado el camino que debo tomar. Me siento bastante entumecida, me he podido dar cuenta de ello durante el viaje de Liverpool a Londres.
-Seguramente iría en un vagón demasiado lleno -sugirió Ralph.
-Sí, pero el caso es que estaba lleno de amigos, un , grupo de americanos a quienes conocí a bordo, gente muy simpática de Little Rock, Arkansas. A pesar de ello me sentía un poco atontada, como si algo me oprimiera, aunque no sabía decir qué era. Desde el principio sentí como si no hubiese de encajar en el ambiente, pero me figuro que será un temor pasajero y no tardaré en formar mi propio ambiente. Ésa es la única manera de poder respirar libremente... Son muy agradables estos alrededores.
-Nosotros también somos un grupo bastante aceptable -dijo Ralph-. Quédese aquí un poco y lo verá.
La señorita Stackpole mostró su buena disposición a esperar y pareció dispuesta a permanecer en Gardencourt algún tiempo. Durante las mañanas se ocupaba en su trabajo literario, pero eso no impedía que Isabel pasara gran parte del día con su amiga, que, una vez terminada su tarea, desaprobaba, incluso desafiaba a la soledad. Isabel halló pronto la ocasión de convencerla de que no describiese en la letra de imprenta los encantos de su común estancia. Fue a la mañana siguiente, cuando vio que ya estaba pergeñando para el Interviewer una crónica, cuyo título escrito con letra clara y perfectamente legible (la misma que nuestra heroína recordaba de sus cuadernos de copia de la escuela) rezaba así: «Americanos y Tudores... Estampas de Gardencourt». Con la mejor buena fe del mundo la señorita Stackpole se ofreció a leer la crónica a Isabel, quien protestó en el acto contra el contenido del trabajo periodístico, diciendo:
-Me parece que no debes hacer eso, que no debes hacer una descripción de este sitio.
La escritora se la quedó mirando fijamente, como era su costumbre, y contestó:
-¿Por qué? Esto es precisamente lo que quieren los lectores, y éste es un sitio admirable.
-Demasiado admirable para que lo describan en los periódicos, cosa que mi tío no quiere de ningún modo.
-¡Vamos, no lo creas! -exclamó Henrietta-. Siempre dicen lo mismo y, después, están encantados.
-Pues ni mi tío ni mi primo estarán encantados, te lo aseguro; incluso lo considerarían un atentado a su hospitalidad.
La señorita Stackpole no pareció conmoverse. Se limitó a limpiar cuidadosamente su pluma en un elegante artefacto que para ello llevaba y puso aparte el comenzado manuscrito.
-Naturalmente -dijo-, si te opones no lo haré, pero lo siento de veras porque es sacrificar un tema precioso.
-Ya tendrás muchos otros. No han de ser temas lo que te falte. Haremos algunas excursiones, te mostraré algunos paisajes deliciosos.
-La descripción de paisajes no es mi fuerte; en mis escritos ha de prevalecer siempre algo de interés netamente humano. Ya sabes, Isabel, que yo soy y he sido siempre profundamente humana. -Y añadió-: Precisamente iba a sacar a tu primo... el americano desarraigado. Ahora interesa mucho cuanto se diga en los periódicos de los americanos desarraigados, y tu primo es un ejemplar magnífico de ellos. Es una pena no hacerlo, le habría tratado con una severidad que...
Isabel interrumpió para exclamar:
-¡Pues se habría muerto del disgusto...! No por tu severidad, sino por la publicidad.
-Lo deploro porque me habría dado mucho gusto matarlo un poquito. Y me habría encantado describir a < tu tío, que me parece un tipo mucho más noble... el del ', americano que sigue siendo fiel a su nacionalidad. Es un anciano espléndido. No comprendo qué puede objetar a que yo le rinda en mis crónicas el honor que se merece.
Isabel la miró muy asombrada y se quedó sumamente confusa al ver cómo una persona en la que siempre había hallado tantas cosas dignas de estimación tenía aquellas caídas tan graves en el error.
-Pero, Henrietta, no entiendes lo que significa la intimidad.
Henrietta se ruborizó grandemente y durante un momento sus ojos se humedecieron, mientras Isabel la encontraba más inconsecuente que nunca. La señorita Stackpole contestó muy dignamente:
-Isabel, eres muy injusta conmigo, porque yo no he escrito nunca una sola palabra sobre mí misma.
-Me consta, Henrietta; pero me parece que una debe ser también pudorosa para con los demás.
-¡Ah! Ahí esta frase está muy bien -exclamó la periodista, tomando de nuevo su pluma-. Voy a anotarla para poder utilizarla en otra ocasión. -Era, como se ve, una mujer de excelente carácter, y una hora más tarde estaba de nuevo del buen humor que podía esperarse de una periodista necesitada de temas. Así, dijo a Isabel-: Pero yo les he prometido hacer crónicas de la vida social; ¿cómo quieres que las haga si no tengo la menor idea? Si no me es posible describir este sitio, ¿qué otros conoces que pueda describir?
Isabel le prometió que pensaría en ello y, al día siguiente, mientras charlaban juntas, mencionó como al azar su visita a la vieja casa de lord Warburton. En el acto, la señorita Stackpole exclamó:
-Allí es donde debes llevarme... ése es el sitio que me conviene. Así podré echarle de cerca un vistazo a la aristocracia del país.
-Yo no puedo llevarte allá -dijo Isabel-; pero lord Warburton va a venir pronto y entonces tendrás ocasión de verlo y observarlo. Ahora, que si te propones reproducir su conversación, no tendré más remedio que ponerle a él sobre aviso.
-¡Por Dios, no lo hagas! -exclamó su amiga-. Yo quiero que se comporte y hable naturalmente.
A lo que Isabel contestó declarando:
-Un inglés no es nunca tan natural como cuando se calla.
Al cabo de tres días no era evidente, como ella profetizara, que su primo hubiese perdido todavía la cabeza por la señorita Stackpole, a pesar de haber pasado mucho tiempo con ella. Pasearon juntos por el parque, se sentaron bajo los árboles y, por las tardes, cuando el bogar en las tranquilas aguas del Támesis era una verdadera delicia, Henrietta ocupó un lugar en la lancha en la que antes Ralph sólo tenía una compañera. Su presencia probó que, en cierto sentido, su espíritu era menos irreductible a los placeres suaves de lo que Ralph esperaba, pues éste había caído en el error muy natural de considerar más alegre el carácter de su prima. El hecho es que la corresponsal del Interviewer le hacía reír, y él tenía ya decidido largo tiempo atrás que el crescendo en el regocijo sería el solaz de sus años declinantes. Por su parte, Henrietta no confirmó la predicción que respecto a ella hiciera su amiga Isabel al referirse a su indiferencia por la opinión masculina, pues el pobre Ralph le parecía a Henrietta un importante problema que era cuestión de amor propio tratar de resolver.
La noche misma de su llegada había ella preguntado a Isabel:
-¿Qué hace para vivir? ¿Se pasa todo el día de un lado para otro con las manos en los bolsillos?
A lo que Isabel contestó sonriendo:
-No hace nada, Es un caballero con abundantes recursos.
-Bueno, pues me parece sencillamente vergonzoso cuando pienso que yo he de trabajar como un carretero -replicó la señorita Stackpole-. Me gustaría poder sacudirle un poco.
Isabel se apresuró a contestar:
-El pobre está muy mal de salud. No puede trabajar.
-¡Bah! No creas semejante cosa. -Y añadió-: Yo trabajo incluso cuando estoy enferma.
Luego, cuando se embarcó en el bote para la excursión por el río, dijo a Ralph que se figuraba que él la detestaba y le preguntó si trataría de ahogarla.
A lo que él contestó riendo:
-¡Oh, no! Nada de eso, yo les reservo a mis víctimas una tortura mucho más lenta. Y usted puede ser una víctima muy interesante.
-Bueno, puedo decir que en verdad me tortura, pero yo desbarato todos sus prejuicios, y eso es ya un consuelo.
-¿Prejuicios, yo? No tengo absolutamente ninguno. En eso padezco de una verdadera indigencia intelectual.
-Pues peor para usted. Yo tengo algunos verdaderamente deliciosos. Por lo pronto, le desbarato a usted, su flirteo, o como quiera llamarlo, con su prima; pero no me importa el hacerlo porque creo que le hago un gran favor sacándole a usted de su reserva. Así verá ella lo endeble que es usted.
-¡Oh, sí! -exclamó Ralph-. Sáqueme de mi reserva. Muy poca gente se tomaría esa molestia...
En tal empeño la señorita Stackpole no escatimó ningún esfuerzo, echando mano, cada vez que se le presentaba la ocasión, del recurso de las preguntas. Al día siguiente hizo mal tiempo y, por la tarde, el joven, para procurarle un entretenimiento interesante en la casa, se brindó a mostrarle la galería de pinturas. Henrietta vagó con él por la larga galería mientras Ralph iba mostrándole los cuadros principales y mencionando sus temas y autores. La señorita Stackpole contemplaba las pinturas en silencio, sin proferir comentario alguno y procurando a Ralph la satisfacción de ver que no prorrumpía en ninguna de aquellas exclamaciones formularias de deleite de que tan pródigos solían ser los visitantes de Gardencourt. Hay que reconocer que la joven era muy poco aficionada a los términos consagrados; en su tono había algo serio e inventivo que, a veces, en los momentos de obligada deliberación, la hacía aparecer como una persona de gran cultura que estuviera hablando un idioma extranjero. Ralph Touchett se enteró después de que, en un tiempo, se había encargado de la crítica de arte de un diario del Nuevo Mundo, a pesar de lo cual parecía no llevar en el bolsillo ninguna de esas moneditas de la admiración corriente. De pronto, después de que Ralph le señalara un precioso cuadro de Constable, se volvió a él y, mirándole como si fuese un cuadro, preguntó:
-¿Pasa siempre así el tiempo?
-Muy contadas veces lo paso tan agradablemente.
-Bueno, ya sabe lo que quiero decir... sin ocupación fija.
A lo que Ralph contestó:
-¡Oh! Soy el más vago de los mortales.
La señorita Stackpole volvió a contemplar el cuadro de Constable y él le indicó que se fijase en un pequeño Lancret que estaba cerca y que representaba a un caballero vestido de rojo jubón, calzas y gorguera, apoyado en el pedestal de una estatua que representaba a una ninfa en un jardín, y tocando la guitarra para deleitar a dos damas que estaban sentadas en la hierba. Señalándolo, dijo:
-Ése es mi ideal de una ocupación fija.
La señorita Stackpole se volvió de nuevo hacía él y, aunque había posado los ojos en el cuadro, él se dio cuenta de que la escritora no se había percatado del tema y seguía pensando en algo mucho más serio.
-No comprendo cómo no le remuerde la conciencia -dijo ella.
-Mi querida señora, es el caso que yo no tengo conciencia.
-Bien, pues me permito aconsejarle que cultive una. La próxima vez que vaya a América le hará seguramente falta.
-Es muy probable que no vaya allí nunca más.
-¿Le da vergüenza que lo vean?
Ralph, después de pensarlo un momento, dijo con una suave sonrisa:
-Me imagino que, si uno no tiene conciencia, no tiene tampoco vergüenza.
-De lo que no hay duda es de que tiene usted gran aplomo -declaró Henrietta-. ¿Le parece bien abandonar a su país?
-¡Ah! Por lo que a eso toca, uno no abandona a su país como tampoco abandona a su abuela. El uno y la otra son anteriores a toda posible elección... elementos de la esencia de uno mismo que no se pueden eliminar.
-Me imagino que eso significa que usted lo ha intentado y ha sido derrotado. ¿En qué concepto le tiene la gente de aquí?
-Todos me adoran.
-Debe de ser porque usted los embauca.
Y Ralph, suspirando, replicó:
-¡Ah! Atribúyalo mejor a mi natural encanto.
-No sé nada acerca de su natural encanto -dijo Henrietta-. El encanto que pueda tener es completamente artificial, totalmente adquirido... o cuando menos, ha procurado adquirirlo viviendo en este lugar. Y, la verdad, no creo que lo haya logrado. Por lo menos, es un encanto que yo no sé apreciar. Procure hacerse útil de algún modo y volveremos a hablar del asunto.
-Bueno; dígame lo que debo hacer -le pidió Ralph.
-Por lo pronto y para comenzar, volver a su país.
-Comprendido. ¿Y después?
-Lanzarse de lleno a cualquier cosa.
-Conformes. Pero ¿qué cosa?
-Con tal de que se lo tome en serio, cualquier cosa. Cualquier idea nueva, una gran obra.
-¿Y es muy difícil lanzarse de lleno?
-Si se pone todo el corazón en ello, no.
-¡Ah, mi corazón! -dijo Ralph-. Si todo ha de depender de mi corazón...
-¿Es que no tiene corazón?
-Hasta hace pocos días lo tenía, pero desde entonces lo he perdido.
-No es usted serio -le reprochó la señorita Stackpole-, eso es lo que le ocurre.
Pero al cabo de un par de días, centró de nuevo su atención en él, asignando una nueva causa a su misteriosa perversidad.
-Ya sé lo que le ocurre: que se cree demasiado bueno para casarse -afirmó.
Ralph contestó tranquilamente:
-Así lo creí hasta que la conocí a usted, señorita Stackpole. Pero desde entonces, he cambiado de idea.
-¡Bah! -refunfuñó Henrietta.
Pero Ralph prosiguió:
-Me parecía que yo no era bastante bueno.
-El matrimonio lo hará mejor. Además, es su obligación. El joven exclamó:
-¡Ah, mi obligación! ¡Tiene uno tantas obligaciones! ¿También eso es una obligación?
-Naturalmente que lo es... ¿no lo sabía usted? Todos tienen el deber de casarse.
Ralph se quedó callado un momento, decepcionado. Algo en la señorita Stackpole había comenzado a gustarle. Le parecía que, si no era una mujer encantadora, cuando menos era un «caso». Le faltaba ciertamente distinción, pero, según dijo Isabel, poseía un gran valor. Se había metido en las jaulas, había hecho restallar los látigos y había acabado siendo una domadora de leones. No la suponía capaz de emplear tretas vulgares, pero las últimas palabras le habían sonado a nota falsa: cuando una joven casadera acucia a casarse a un joven que no piensa en tal cosa, la explicación más clara es que no obra de manera altruista.
-¡Ah! Sobre eso hay mucho que decir -replicó Ralph.
-Puede que lo haya, pero lo principal es eso. Debo confesar que me parece cosa de privilegiados eso de , andar completamente solo en la vida como si creyera
que no hay mujer digna de usted. ¿Acaso se cree usted mejor que nadie en el mundo? En América, lo corriente es casarse.
-Si esa es mi obligación, ¿no será, por analogía, también la suya? -preguntó Ralph.
La señorita Stackpole mantuvo muy abiertos los ojos, en los que se reflejaba el sol, y dijo:
-¿Tiene usted la vana esperanza de encontrar algún fallo en mi razonamiento? ¿Qué duda cabe de que yo tengo el mismo derecho que cualquier otra a casarme?
-Pues entonces, no diré que me molesta el verla soltera, sino que, por lo contrario, me encanta.
-Todavía no es usted serio. Ni lo será nunca.
-No creerá usted eso el día que le confiese que deseo abandonar mi costumbre de ir solito por la vida...
La señorita Stackpole se quedó mirándole un instante de una manera que parecía anunciar una respuesta a la que técnicamente pudiera llamarse alentadora. Pero, contra lo que Ralph esperaba y con gran sorpresa suya, la aguardada expresión se trocó en una apariencia de alarma, incluso de enojo. Ella contestó secamente:
-Ni aun entonces. -Y se marchó.
Por la noche, Ralph le dijo a su prima:
-Todavía no he concebido amor por tu amiga, y eso que esta mañana hemos estado hablando un buen rato del asunto.
-Y no sólo hablasteis sino que tú dijiste algo que a ella no le agradó.
Ralph se quedó asombrado.
-Cómo, ¿se ha quejado de mí?
-Me ha dicho que cree que hay algo excesivamente superior en el tono de los europeos al dirigirse a las mujeres.
-¿Me llama ella europeo?
-Uno de los peores. Me ha contado que le dijiste una cosa que un americano no habría sido capaz de decir. Pero no quiso repetírmelo.
Ralph soltó una gran carcajada. Luego dijo:
-Es una persona muy contradictoria. ¿Creyó acaso que la estaba cortejando?
-No. Me figuro que incluso los americanos hacen eso. Pero al parecer se imaginó que tú entendiste mal algo que ella dijo y lo interpretaste a tu gusto.
-Se me antojó que me estaba haciendo una propuesta de matrimonio y la acepté. ¿Había algo malo en ello?
Isabel sonrió y dijo quedamente:
-Para mí, sí. Yo no quiero que te cases.
-¿Qué quieres que haga uno metido todo el santo día entre vosotras, querida primita? -preguntó Ralph-. La señorita Stackpole me dice que mi deber es casarme, y que el suyo es, en términos generales, velar por que yo cumpla con él.
A lo que Isabel contestó seriamente:
-Henrietta tiene un hondo sentido del deber. El deber inspira todo cuanto dice. Por eso es por lo que la quiero tanto. Ella piensa que es indigno de ti guardar tantas cosas para ti solo. Eso es lo que quería decir. De j modo que, si te figurabas que estaba tratando de engatusarte... te equivocaste de medio a medio.
-Sin duda era un modo bien extraño de conseguirlo, pero se me antojó que estaba tratando de pescarme. Perdona mi perversidad, primita.
-Eres demasiado presuntuoso. Ni por un instante acarició ella miras interesadas, ni supuso que tú se las atribuirías.
-Verdaderamente, tiene uno que ser muy modesto para hablar con esa clase de mujeres -dijo Ralph con toda humildad-. Lo cierto es que es un tipo bien extraño. Demasiado personal... si se considera que ella espera que los demás no lo sean. Es de las que entran en la casa sin llamar a la puerta.
-Cierto -dijo Isabel-. No se presta a reconocer de buen grado la existencia de los picaportes, a los que estoy segura que considera simples adornos pretenciosos. Piensa que la puerta de la gente debe estar siempre abierta de par en par. Eso no quita para que yo siga queriéndola.
-Pues yo sigo creyendo que se toma demasiadas confianzas -replicó Ralph que, naturalmente, se sentía algo molesto ante la idea de haberse engañado doblemente respecto a la amiga de su prima.
Isabel contestó:
-Yo, la verdad, creo que la quiero precisamente porque es más bien algo vulgar.
-Ese razonamiento tuyo la halagará sin duda alguna.
-Pero si yo tuviese que decírselo no lo expresaría de este modo. Le diría que es porque hay en ella algo de pueblo.
-Por lo que hace a eso, ¿qué sabes tú de pueblos y qué sabe ella?
-Ella, por lo pronto, mucho; y yo sé lo bastante para darme cuenta de que ella es como una emanación de la gran democracia... del continente, del país, de la nación entera. No es que yo quiera decir con esto que ella lo resume todo en sí, sería demasiado pedir... pero el caso es que lo sugiere, que lo representa con gran realismo.
-Así que la quieres tanto por una razón de patriotismo. En cambio, yo tengo el presentimiento que es precisamente por eso por lo que le pongo reparos.
Isabel exhaló un hondo y alegre suspiro y dijo:
-¡Ah! ¡Hay tantas cosas que me gustan y que quiero! Basta que una cosa me impresione con cierta intensidad para que yo la acepte enseguida. No es que pretenda presumir de ello, pero intuyo que soy más bien versátil. Me gusta que la gente sea distinta de Henrietta, como, por ejemplo, las señoritas Molyneux, las hermanas de lord Warburton. Cuanto más las contemplo, más me parece que encarnan un verdadero tipo de ideal. Sin embargo, en cuanto veo a Henrietta, quedo en el acto convencida por ella no tanto por lo que ella es, sino por lo que detrás de ella se amontona.
-Entonces, te refieres a su lado oculto -sugirió su primo.
-Ella tiene razón -dijo Isabel-, nunca llegarás a ser una persona seria. Yo adoro aquel gran país que se extiende a través de las praderas y más allá de los ríos, floreciendo, sonriendo y dilatándose hasta verterse en el Pacífico... Y Henrietta, no me eches en cara la comparación, ha recogido en los pliegues de su ropa todo el aroma de aquel país.
Isabel se ruborizó un poco al terminar su parrafada, y aquel rubor, junto con el ardor pasajero que había puesto en sus palabras, le sentaron tan admirablemente que Ralph permaneció contemplándola un rato en silencio y sonriendo. Por fin dijo:
-No tengo la seguridad de que el Pacífico sea tan grande como tú lo pintas, pero no cabe duda de que eres una mujer de gran imaginación. En cambio, Henrietta huele tanto a futuro que casi le tumba a uno de espaldas.
11
Ralph adoptó la firme resolución de no interpretar torcidamente las palabras de la señorita Stackpole ni aun cuando ésta hablara en un sentido demasiado personal. Hubo de acostumbrarse a la idea de que para ella las personas no eran sino organismos sencillos y homogéneos, y de que por su parte él era un ejemplar demasiado corrompido de la naturaleza humana para tener derecho a tratarla en términos de reciprocidad. Llevó a cabo su decisión con un tacto exquisito, de suerte que la joven periodista pudo, en su renovado contacto con él, ejercer sin trabas su habilidad para la investigación insaciable. De modo que, dado el gran aprecio que por ella sentía Isabel, y el no menor que ella experimentaba por esa agilidad de inteligencia que a juicio suyo hacía de Isabel su hermana espiritual, y dada la venerabilidad tan agradable del señor Touchett, cuyo noble tono, como ella solía decir, merecía toda su aprobación, su situación en Gardencourt habría sido de lo más cómoda si no hubiese ella concebido desde el primer momento una gran desconfianza hacia la pequeña señora a quien al principio se creyó obligada a considerar dueña de la casa. Pero no tardó en descubrir que semejante obligación no era nada pesada y que la señora Touchett no se preocupaba en absoluto de lo que la señorita Stackpole hiciera o dejara de hacer. La señora Touchett la había calificado, hablando con Isabel, de aventurera y de aburrida... concediendo que a veces las aventuras proporcionan verdaderas emociones. Había manifestado a su sobrina su extrañeza de que hubiera escogido tal amiga, pero añadió a renglón seguido que sabía muy bien que los amigos de Isabel no eran cosa suya, y que jamás se había propuesto que le gustasen todos, ni obligar a la joven a tratar únicamente a aquellos que agradaban a su tía.
-Si no hubieras de tratar más que a la gente que a mí me gusta -confesó- tendrías muy pocas relaciones, pues no conozco a ningún hombre ni ninguna mujer que me gusten lo suficiente para poder recomendártelos. Eso de recomendar a alguien es cosa muy seria. Por ejemplo, la señorita Stackpole no me gusta absolutamente nada. Todo lo suyo me desagrada profundamente; habla demasiado fuerte y la mira a una como si una estuviese deseando mirarla a ella... cosa que no ocurre. Tengo la seguridad de que ha vivido toda su vida en pensiones de familia y no detesto nada tanto como las costumbres y libertades de semejantes sitios. Si me preguntas si prefiero mis modales, que seguramente te parecerán horribles, te diré que me gustan infinitamente más que los de ella. La señorita Stackpole sabe muy bien que yo detesto esa civilización de casa de huéspedes y me odia por detestarla, pues se figura que esa civilización es la más selecta del mundo. Gardencourt le gustaría más si fuera una casa de huéspedes, aunque a mí me parece que tiene no poco de eso. Como nunca nos llevaremos bien ella y yo, más vale no intentarlo.
La señora Touchett tenía razón al imaginarse que no merecía la aprobación de Henrietta, pero no lograba poner el dedo en la llaga del motivo de semejante sentimiento. Dos días después de la llegada de la señorita Stackpole, la señora Touchett hizo algunas injustas reflexiones sobre los hoteles de América, y ello excitó el espíritu de contradicción de la corresponsal del Interviewer que, en su calidad de periodista, había conocido en el mundo occidental los más variados tipos de alojamiento. Henrietta manifestó su opinión de que los hoteles de América eran los mejores del mundo, y la señora Touchett, que aún conservaba fresco el recuerdo de su lucha con algunos de ellos, expresó su convicción de que eran los peores. Ralph, queriendo poner en práctica su buen humor experimental y deseoso de encontrar un medio de zanjar la cuestión, dijo que la verdad estaba en el justo medio y que los establecimientos de que hablaban debían ser clasificados entre los medianos.
La señorita Stackpole rechazó indignada tal clasificación. Nada de medianos. O eran los mejores del mundo o eran los peores, pero no había nada de términos medios con respecto a los hoteles de América.
-Juzgamos desde distintos puntos de vista, es evidente -dijo la señora Touchett-. A mí me gusta que me traten como a una persona, a usted le gusta que la traten como a un número.
-No sé qué quiere usted decir -repuso Henrietta-. A mí me gusta que me traten como a una señora americana.
-¡Pobres señoras americanas! -exclamó riendo la señora Touchett-. Son esclavas de esclavos.
-Son compañeras de hombres libres -replicó Henrietta.
-Compañeras de sus criados..., de la doncella irlandesa y el mozo de comedor negro. Comparten sus trabajos.
-¿Llama usted «esclavos» al servicio doméstico de una casa americana? -inquirió la señora Stackpole-. Si es así, no me extraña que no le guste América.
-Si una no tiene buenos criados lo pasa terriblemente mal -dijo con tranquilidad la señora Touchett . En América son muy malos; en cambio, en Florencia tengo cinco, a cual mejor.
Henrietta no pudo contenerse de decir:
-No veo para qué necesita usted cinco criados. Yo creo que no podría soportar ver a cinco personas a mi alrededor en esas condiciones de servilismo.
La señora Touchett proclamó con no poca intención:
-Pues yo prefiero verlas en tal condición antes que , en algunas otras.
El señor Touchett intervino diciendo:
-¿Te gustaría yo más, querida, si fuera tu mayordomo?
-No estoy muy segura; por lo pronto, te faltan los modales y el tipo para ello.
-Compañeras de los hombres libres... he ahí algo que de veras me gusta, señorita Stackpole -dijo Ralph-. Es una hermosa descripción.
-Al decir hombres libres, no me refería a usted, . señor.
Y ésa fue toda la recompensa que Ralph obtuvo por su anterior cumplido. La señorita Stackpole estaba perpleja. Era indudable que pensaba que había algo traicionero en la estima que la señora Touchett mostraba por una clase a la que Henrietta en privado calificaba de misteriosa supervivencia del feudalismo. Acaso porque estaba hondamente preocupada por tal imagen dejó pasar varios días antes de buscar una ocasión para decir a Isabel:
-Estoy por preguntarme, querida amiga, si no te habrás vuelto desleal.
-¿Desleal? ¿Desleal hacia ti, Henrietta?
-No. Eso sería una gran pena para mí, pero no es eso.
-Entonces, ¿hacia mi país?
-¡Ah! Espero que eso no suceda nunca. Cuando te escribí desde Liverpool, te comuniqué que tenía algo particular que decirte. Nunca se te ha ocurrido preguntarme qué era... ¿Es acaso porque lo has sospechado?
-¿Sospechado, qué? Por lo general, no creo ser dada a sospechar -dijo Isabel-. Cierto, ahora recuerdo la frase de tu carta, pero confieso que la había olvidado por completo. ¿Qué es lo que tienes que decirme?
Henrietta pareció decepcionada y su firme mirada lo dio a entender.
-No lo preguntas como es debido... como si te pareciese una cosa importante... Estás muy cambiada... piensas ya en otras cosas,
-Dime lo que es y entonces pensaré en ello.
-¿De veras pensarás en ello? Eso es de lo que yo quería asegurarme.
Isabel contestó:
-No tengo un dominio perfecto sobre sus pensamientos, pero haré lo que pueda. -Henrietta la miró en silencio durante tanto rato que acabó con la paciencia de Isabel y le hizo exclamar-: ¿Quieres decir que vas a casarte?
-No antes de haber visto Europa -respondió Henrietta. Y prosiguió-: ¿De qué te ríes? Lo que quiero decir es que el señor Goodwood vino en el mismo barco que yo.
-¡Ah! -se limitó a responder Isabel.
-Has dicho bien. A bordo tuvimos ocasión de charlar largamente. Ha venido siguiéndote.
-¿Te lo dijo él?
-No, no me dijo absolutamente nada. Por eso lo supe -contestó ingeniosamente la escritora-. Él habló poco de ti, pero, en cambio, yo hablé mucho de ese tema.
Isabel se mantuvo a la espera. Había empalidecido al oír el nombre del señor Goodwood y, al final, acabó por decir:
-Siento mucho que hablaras de mí.
-Es que era un placer y me gustaba la manera en que me escuchaba. A un oyente así podría haberle hablado mucho tiempo. Escuchaba con tanta atención, tan callado, tan absorto en mis palabras...
Isabel preguntó:
-¿Qué dijiste de mí?
-Dije que, en conjunto, eras la criatura más perfecta que conocía.
-Pues lo siento en el alma. Él tiene ya demasiada; buena opinión de mí y no hay que alentarle por ese camino.
-Se muere porque le den alientos, por pocos que sean. Me parece estar viendo su cara, aquella mirada absorta mientras yo hablaba... Nunca he visto a un hombre feo transformarse en uno tan hermoso.
-Es de ideas muy simples -contestó Isabel-. Y, además, no es tan feo.
-Nada torna a la gente tan sencilla como una gran pasión.
-La suya no es una gran pasión, de eso estoy segura.
-Lo dices como si no lo estuvieras.
Isabel sonrió de manera más bien fría. Y declaró:
-Haré mejor en decírselo al mismo señor Goodwood.
-Pues pronto tendrás ocasión de ello -dijo Henrietta. Isabel no contestó a esa afirmación que su amiga acababa de hacer con gran seguridad. La periodista prosiguió-: Te va a encontrar muy cambiada. El ambiente que te rodea te ha afectado mucho.
-No digo que no. Todo me afecta.
-Todo, menos el señor Goodwood -exclamó la señorita Stackpole con una risa un tanto agria.
Isabel ni siquiera sonrió y, al cabo de un instante, preguntó:
-¿Te pidió él que me hablaras?
-No lo dijo con estas palabras, pero me lo pidió con los ojos y con su apretón de manos cuando nos despedimos.
-Te agradezco que lo hayas hecho -dijo Isabel, y se dio la vuelta.
-Has cambiado, Isabel, has adquirido aquí otras ideas -insistió su amiga.
-Por suerte para mí -replicó Isabel-. Una tiene el deber de adquirir el mayor número de ideas que le sea posible.
-De acuerdo, pero las nuevas no deben desplazar a las antiguas, si las antiguas han sido las buenas.
Isabel se le acercó nuevamente y dijo:
-Si quieres decir que yo tenía alguna idea con respecto al señor Goodwood... -Pero, ante la implacable mirada de su amiga, optó por callarse.
-Querida mía, ¿qué duda cabe de que le dejaste concebir esperanzas?
Durante un momento Isabel pareció disponerse a rebatir aquel aserto, pero en lugar de eso dijo tranquilamente:
-Es cierto, yo le di alientos. -Dicho lo cual, preguntó a su amiga si el señor Goodwood le había comunicado qué pensaba hacer. No era eso más que una concesión a su propia curiosidad, pues le desagradaba hablar del asunto y consideraba que Henrietta no había procedido con la delicadeza debida.
-Se lo pregunté y me dijo que no pensaba hacer absolutamente nada -contestó la señorita Stackpole-. Naturalmente, yo no lo creí porque no es un hombre pasivo, sino de acción pronta y decidida. Ocúrrale lo que le ocurra, él hará siempre algo, y lo que haga estará siempre bien.
Aunque Henrietta tal vez se había mostrado poco delicada, esa declaración conmovió a Isabel, que corroboró:
-Yo también opino lo mismo.
La periodista se lanzó al ataque, diciendo:
-Y piensas en él.
Isabel repitió:
-Lo que él haga, siempre estará bien... Cuando un hombre es totalmente de una pieza, ¿qué puede importarle lo que una sienta?
-Puede que a él no le importe, pero le importa a una.
-¡Bah! Lo que a mí me importa... no es precisamente lo que estamos discutiendo -dijo Isabel, sonriendo sin ganas.
Su compañera adoptó un aire severo y replicó:
-Bueno, eso no es cosa mía. Lo que veo es que estás cambiada, que no eres la misma que eras hace unas semanas, y el señor Goodwood se dará cuenta de ello. Yo espero que se presente aquí de un día a otro.
-Pues, entonces, confío en que llegará a detestarme.
-Ni creo que esperes tal cosa ni le creo a él capaz de ella.
Nuestra heroína no replicó a esta observación, pues se había quedado anonadada ante la noticia que Henrietta acababa de darle respecto a la posible aparición de Caspar Goodwood en Gardencourt. Quiso engañarse a sí misma diciéndose que eso era imposible, y así se lo hizo saber más tarde a su amiga. Sin embargo, pasó en una gran ansiedad las cuarenta y ocho horas siguientes, esperando a cada momento oír anunciar el nombre del joven compatriota. Y tal preocupación la intranquilizó hasta el punto de que le pareció sentir un gran bochorno en el aire, como si el tiempo fuese a cambiar... Tan grato había sido el tiempo, en el sentido social, hasta entonces para ella en Gardencourt, que cualquier cambio que en él se produjera no podría ser para bien. Sin embargo, su ansiedad cesó al segundo día. Había salido ella de paseo por el parque en compañía del simpático Bunchie y, después de haber andado durante un rato tan intranquila y absorta en sí mima que no veía ni oía, se había sentado en un banco del jardín, no lejos de la casa y bajo una gran haya, donde, vestida de blanco, adornado su traje con lazos negros, y entre las leves sombras que revoleteaban a su alrededor, ofrecía una imagen llena de gracia y armonía. Durante algunos instantes se entretuvo en hablar con el revoltoso perrito, respecto al cual se aplicaba con la mayor imparcialidad posible la proposición de bien indiviso hecha por el primo... es decir, tan imparcialmente como lo permitían las veleidosas e inconstantes simpatías del pequeño can. Pero en aquella ocasión se dio cuenta por primera vez de la limitación del intelecto de Bunchie, que hasta entonces le había parecido de grandes dimensiones. Pensó que, antes de salir, hubiera sido oportuno proveerse de un libro, ya que, en otros tiempos, cuando se sentía desasosegada, le bastaba la compañía de un buen volumen para que su ensimismamiento se aposentase en la morada de su pura razón. Últimamente, no vale la pena negarlo, pareció que la literatura no iluminaba sus inquietudes más que con una mortecina luz; y, aun cuando se acordó de que la biblioteca de su tío contenía todos esos autores que no deben faltar en la de ningún caballero que se estime, el hecho es que permanecía allí sentada, inmóvil y con las manos vacías, la mirada fija en el verde césped del prado. La llegada de un criado con una carta la sacó en aquel instante de su ensimismamiento. La carta, cuyo sobre tenía el sello de Correos de Londres y estaba escrito con una letra que le era bien conocida... vino a ocupar un lugar en su imaginación, absorta ya en el que la había escrito, como si con , ella aportara la vivacidad del rostro o de la voz del autor. Por ser tal carta un documento corto, no habrá inconveniente en transcribirla por completo. Decía así:
Querida señorita Archer:
Ignoro si se habrá enterado de mi llegada a Londres, pero, aunque no haya sabido nada de ella, creo que no será una sorpresa para usted. Recordará que cuando, hace tres meses, me dio su respuesta negativa en Albany, yo no quise aceptarla y protesté contra ella. Por su parte, usted pareció aceptar semejante protesta y reconoció que yo tenía razón. Fui entonces a verla con la esperanza de que me permitiera intentar hacerle compartir mi convicción, ya `que las razones en que la fundo son inmejorables.
Pero usted me desengañó, pues la encontré cambiada y sin poder darme razón aceptable acerca de su cambio. Usted misma reconoció que su actitud no era razonable, y ésa fue toda la concesión que se dignó hacer, pero era verdaderamente baladí porque no ' respondía a su manera de ser. No, usted no es, ni será nunca, arbitraria ni caprichosa. Por el contrario, creo que me permitirá volver a verla. Me dijo que yo no le resultaba desagradable, cosa que creo, pues no ` sé por qué habría de serlo. Seguiré pensando siempre en usted y en ninguna otra. He venido a Inglaterra sólo porque en ella se encuentra usted, ya que no podía permanecer en nuestro país estando usted ;' ausente de él, y lo detestaba porque usted lo había abandonado. Si ahora me gusta tanto este país en tan sólo porque la tiene a usted en su seno. He estado en Inglaterra anteriormente, pero nunca me gustó gran cosa. ¿Me permite ir a verla, aunque no sea más que media hora? En el momento presente ése es el más vivo anhelo de su devoto
GASPAR GOODWOOD
Isabel leyó esta carta con tan concentrada atención que ni siquiera oyó los pasos que hacia ella se acercaban quedamente sobre la hierba tierna. Alzó los ojos mientras plegaba maquinalmente la carta, y vio a lord Warburton de pie ante ella, contemplándola en silencio.
12
Isabel se guardó la carta en el bolsillo y dirigió a su visitante una suave sonrisa de bienvenida, sin mostrar la menor alteración y sorprendiéndose a sí misma por su propia frialdad.
Lord Warburton habló así:
-Me dijeron que estaba usted aquí y, como no había un alma en el salón y era precisamente usted a quien me interesaba ver, me dirigí aquí sin más.
Isabel se puso en pie, pues parecía sentir en su interior un vago deseo de que él no se sentara a su lado.
-Ya me disponía a entrar -dijo.
-No se vaya, por favor. Se está mucho mejor aquí fuera. He venido a caballo desde Lockleigh y puedo asegurarle que hace un día espléndido.
La sonrisa con que acompañara las anteriores palabras era especialmente amistosa y agradable, mientras que parecía desprenderse de toda su persona ese aura de bondad y amabilidad que tanto encantara a la joven desde el momento en que le vio por vez primera; aura que le rodeaba como el resplandor de un deleitoso día del mes de junio.
-Entonces daremos una vuelta -dijo Isabel, que a su pesar intuía la intención de la visita de su acompañante y que deseaba a un tiempo eludir aquella intención y satisfacer su curiosidad. Ya otra vez había vislumbrado ese designio con la fugacidad de un relámpago y, como ya sabernos, le produjo gran alarma; una alarma cuyos elementos no eran del todo desagradables. Por lo pronto llevaba varios días analizándolos, habiendo al fin logrado separar la parte agradable de la idea de que lord Warburton la estaba cortejando, de la parte de esta idea que la resultaba desagradable. A muchos de nuestros lectores ha de antojárseles que la joven era a la vez precipitada e indebidamente exigente; pero este último reproche, caso de ser justo, puede contribuir a disculparla del descrédito que el primero entraña. Isabel no sentía el menor deseo de convencerse a sí misma de que un poderoso terrateniente, como había oído llamar a lord Warburton, estaba prendado de sus encantos, pues el hecho de una declaración procedente de él comportaría más interrogantes de los que podría contestar. A ella le había impresionado mucho el hecho de que él fuese un gran «personaje», y se había dedicado a examinar la imagen que ese hecho le presentaba. Cabe decir, a riesgo de abundar aún más en la prueba de su autosuficiencia, que en determinados momentos la posibilidad de que tal personaje le tributara tanta admiración le parecía una agresión rayana en afrenta, casi una inconveniencia. Hasta entonces no había conocido a ningún verdadero personaje, no los había habido antes en su vida, y acaso tampoco existieran en su país de origen. Cuando ella había pensado que alguien pudiera ser eminente, lo hacía en razón de su carácter y de su ingenio... en razón de lo que a una pudiera gustarle en la inteligencia y en la conversación de un caballero. Por su parte, ella misma era todo un carácter, y de eso estaba perfectamente convencida. Y hasta entonces su imagen de una conciencia plena tenía relación con cuestiones morales... cosas respecto a las cuales la pregunta sería si a su alma sublime le resultaban gratas. Así, pues, lord Warburton fulgía ante sus ojos intensa y brillantemente como un conjunto de atributos y poderes que no se medían por esa sencilla norma, sino que requerían una clase de apreciación totalmente distinta... una apreciación que la joven, acostumbrada a juzgar las cosas con gran celeridad y suma libertad, se sentía falta de paciencia para poder otorgar. Era como si él fuese a pedirle algo que ningún otro había pensado pedirle. Ella sentía que un gran magnate terrateniente, social y político, había concebido el designio de arrastrarla a un sistema en el cual él vivía y actuaba de un modo un tanto ofensivo. Y un cierto instinto persuasivo, si bien nada categórico, le decía que resistiera... murmurándole que ella tenía ya su propio sistema y su propia órbita. Le decía además, muchas otras cosas... cosas que a la vez se contradecían y confirmaban mutuamente; como que una muchacha podría sin duda hacer algo mucho peor que confiarse a semejante hombre, y que resultaría de veras interesante conocer su sistema desde el punto de vista de él; que, sin embargo, mucho de aquel sistema constituía para ella una constante complicación y que, incluso tomado en conjunto, tenía algo de rígido y de inflexible que lo convertía en una verdadera carga. Por si eso fuera poco, he aquí que acababa de llegar de América cierto joven que carecía en absoluto de ninguna clase de sistema, pero que estaba dotado de un carácter respecto del cual le era inútil tratar de convencerse de que le había producido poca impresión. La carta que en el bolsillo tenía probaba precisamente lo contrario. Sin embargo me atrevería a repetirle al lector que no sonriera ante esta sencilla muchacha de Albany que se atormentaba pensando en si debía aceptar a un par inglés antes de que él se le declarase y que, por otra parte, estaba convencida de que podía encontrar un candidato mejor. Como se ve, era una persona de inmensa buena fe, y si en realidad había mucho de insensatez en su juicio, quienes hayan de juzgarla severamente pueden tener la satisfacción de comprobar que con el tiempo se tornó juiciosa, aunque a costa de una enormidad de insensateces, que casi constituirían una apelación directa a la caridad.
Lord Warburton parecía estar dispuesto a pasear, a sentarse o hacer lo que a Isabel se la antojara proponer, y así se lo aseguró con su aire habitual de complacencia en el ejercicio de una virtud social. Pero, a pesar de todo, no era dueño de sus emociones y, mientras caminaba a su lado en silencio durante un momento, y la miraba sin que ella se diese cuenta, había algo azorado en su mirada y en su risa a destiempo. Sí, ciertamente... ya que he tratado antes este punto, podemos volver ahora sobre él... los ingleses son la gente más romántica del mundo, y lord Warburton estaba a punto de brindar un ejemplo de ello. Estaba al borde de dar un paso que habría de asombrar a todos sus amigos, desagradando a no pocos de ellos, y que visto superficialmente no tenía nada positivo. La joven que iba a su lado hollando el césped procedía de un país extraño de allende los mares, país que él conocía bastante; los antecedentes y las relaciones de la muchacha se le aparecían muy vagos salvo en la medida en que eran genéricos, pero en tal sentido se le antojaban claros y sin importancia. La señorita Archer no poseía fortuna ni esa clase de belleza que justifica a un hombre ante la multitud y él calculaba que había pasado ya como unas veintiséis horas en su compañía. El lo había sopesado todo: la contumacia de su propio impulso, que rehusara aprovechar las mejores oportunidades que se le ofrecían para apaciguarse, y el juicio del género humano, ejemplificado particularmente por la mitad más rápida a la hora de juzgar; después de mirar todas estas cosas cara a cara, en el acto las desalojó de su pensamiento, no preocupándose de ellas más de lo que habría podido preocuparse del capullo de rosa que llevaba prendido del ojal. La suerte del hombre que durante la mayor parte de su vida no ha necesitado realizar grandes esfuerzos para no desagradar a sus amigos, consiste en que no hay recuerdos molestos que lo desacrediten cuando deba tomar el camino contrario.
Isabel, que estaba observando la indecisión de su amigo, acabó por decirle:
-Celebraré que le haya resultado agradable el paseo.
-Sólo por el hecho de conducirme hasta aquí tenía que ser de lo más grato.
-¿Tanto le gusta a usted Gardencourt? -preguntó la muchacha, cada vez más segura de que acabaría por pedirle algo y deseosa de no forzarle, caso de que él titubeara y, al mismo tiempo, de conservar toda su tranquilidad y lucidez mental por si se decidía. De pronto pensó que su actual situación era de las que unas semanas antes no habría dudado en calificar de romántica, a saber: el parque de una vieja y prestigiosa mansión señorial en Inglaterra y, en primer plano, uno de los «grandes» aristócratas del país (según creía ella) a punto de declarar su amor a una preciosa y joven dama que, luego de bien observada, acusaba notable parecido con Isabel misma. No obstante, al ser ella en aquel momento la heroína de semejante situación, no lograba mirarla serenamente.
-Gardencourt me tiene absolutamente sin cuidado -contestó el acompañante-. Lo que me interesa es usted.
-Me conoce todavía demasiado poco para tener derecho a decir semejante cosa, y no puedo creer que hable en serio.
No eran del todo sinceras las palabras de Isabel, pues no le cabía duda de que él lo era. Las dijo simplemente para rendir un tributo al hecho, del cual era muy consciente, de que la afirmación de él habría causado gran sorpresa en el vulgo. Y si, por añadidura, hubiese habido algo capaz de convencerla, además de su presentimiento de que lord Warburton no era ligero de cascos, habría bastado para ello el tono con que él le respondió:
-Ese derecho no puede medirse por el tiempo, señorita Árcher, sino por el sentimiento. Dentro de tres meses no estaré más convencido que ahora de lo que siento. Es cierto que la he visto muy poco, pero mi impresión arranca del momento mismo en que nos conocimos. No perdí el tiempo, pues me enamoré de usted entonces. Como dicen las novelas, fue un flechazo. Ahora comprendo que tal frase no es pura fantasía y en adelante tendré mejor opinión de ese género literario. Los dos días que aquí pasé acabaron de arraigar mis ideas y mi decisión. Ignoro si usted se dio cuenta de lo que yo estaba haciendo, pero el hecho es que le consagré la mayor atención posible. No se me escapó nada de cuanto hizo, ni una sola de sus palabras. El otro día, cuando usted se dignó ir a Lockleigh... mejor dicho, cuando se marchó... ya estaba completamente seguro. No obstante, tomé la resolución de pensarlo seriamente de nuevo y de interrogar mi ánimo con profundidad. Ya lo hice. En realidad, durante todos estos días no he hecho otra cosa. Y no suelo cometer errores en cosas de ese calibre, soy un animal muy sensato. No me salgo fácilmente de mis casillas, pero cuando me siento tocado es para toda la vida... Para toda la vida, señorita Árcher, es para toda la vida -repitió lord Warburton con la voz más grata, tierna y amable que Isabel oyera jamás, al tiempo que la miraba con ojos llenos de una pasión desprovista de las partes impuras de la emoción (ardor, desvarío, violencia) y que parecía brillar con llama tan potente como la de una antorcha en un lugar resguardado del viento.
De común y tácito acuerdo siguieron andando cada vez más despacio mientras él hablaba, hasta que, al fin, se detuvieron y él le tomó una mano. Isabel dijo entonces suavemente:
-¡Ah! ¡Qué mal me conoce usted, lord Warburton! -Y con gran delicadeza retiró su mano de la mano del aristócrata.
-No me lo reproche, por favor; bastante desdichado soy por no conocerla mejor. Pero eso es lo que pretendo, y creo que estoy en el buen camino. Si consiente en ser mi esposa llegaré a conocerla y, cuando luego le comunique todo lo bueno que de usted pienso, no podrá en modo alguno decir que es por ignorancia.
Isabel respondió:
-Si usted me conoce a mí poco, menos le conozco yo a usted.
-Tal vez crea usted que, a diferencia suya, quizá yo no mejore cuando me conozca. Sin embargo, piense usted en lo resuelto que estoy a complacerla cuando me arriesgo a decirle lo que acaba de oír. Le gusto un poco, ¿no es cierto?
-Me gusta usted muchísimo, lord Warburton -contestó la joven; y era cierto que en aquel preciso instante le gustaba enormemente.
-Le agradezco en el alma que me lo diga. Eso prueba que no me considera ya un extraño. Creo, en realidad, que hasta el presente he cumplido a plena satisfacción con todas las obligaciones de la vida, y no veo por qué no habría de cumplir con ésta... en la que me ofrezco a mí mismo... cuando es precisamente la que más me
importa. Pregunte usted a los que bien me conocen y ellos responderán por mí.
-Yo no preciso recomendaciones de sus amigos -contestó Isabel.
-Es verdaderamente encantador de su parte. Usted se basta para creer en mí...
-Por completo -dijo Isabel; y el placer de sentir lo que decía pareció iluminarla con una luz interior.
La luz se tornó sonrisa en las pupilas de su compañero, que prorrumpió en esta exclamación de alegría:
-¡Que yo pierda cuanto tengo, si usted se equivoca, señorita Archer!
Pensó ella si acaso lo había dicho para hacerle recordar su riqueza, pero al instante estuvo segura de que no. Eso él lo guardaba bajo llave, como él mismo habría dicho, y lo confiaba a la memoria de su interlocutor, en especial a la de una mujer a quien estaba proponiendo matrimonio. Isabel había rogado al cielo no sentirse desazonada mientras le escuchaba y se preguntaba qué era lo mejor que podría decir. ¿Qué debía contestar? Su mayor anhelo era decir algo tan exquisito cuando menos como lo que acababan de decirle. En las palabras de su compañero había una convicción irresistible y ella se dio cuenta de que, por misterioso que fuera este hecho, lord Warburton la quería. Por fin contestó:
-No tengo palabras con que agradecerle su ofrecimiento. Con él me ha hecho un gran honor.
-Por favor, no diga semejante cosa -prorrumpió lord Warburton-. Me estaba temiendo que dijese algo por el estilo. No le va a usted esta clase de respuesta. No se me alcanza por qué ha de agradecerme nada. Yo soy quien tiene que agradecer a usted que haya querido oírme y aguantar que un hombre a quien apenas conoce la haya acometido así de sopetón. Sin duda alguna se trata de una pregunta muy seria y no tengo el menor empacho en confesarle que antes prefiero hacerla que contestarla yo mismo... Sin embargo, la manera como la ha escuchado... el mero hecho de que haya querido escucharme... me permite concebir alguna esperanza.
-No tenga demasiadas esperanzas -dijo amablemente Isabel.
-Por favor, señorita Archer -murmuró su compañero sonriendo amablemente en medio de su seriedad, como si esa advertencia pudiera considerarse fruto de un estado de ánimo alegre o de un exceso de júbilo.
Isabel preguntó:
-¿Le sorprendería a usted mucho si le pidiese que no abrigase ninguna esperanza?
-¿Si me sorprendería? Ignoro lo que quiere usted decir con eso de la sorpresa. No es cuestión de sorpresa, sería un sentimiento muchísimo peor.
Isabel se puso a andar de nuevo en silencio durante un rato. Dijo:
-Tengo la completa seguridad de que la buena opinión que tengo de usted mejorará sin ninguna duda cuando le conozca mejor. De lo que no estoy tan segura es de que usted no pueda quedar decepcionado. Y no lo digo por falsa modestia, sino porque realmente lo creo así, con toda sinceridad.
Su compañero replicó:
-No obstante, estoy dispuesto a arriesgarme, señorita Archer.
-Como usted bien dice, es una pregunta seria, una pregunta difícil.
-Por supuesto, no pretendo que usted la conteste en el acto. Puede pensarla todo el tiempo que crea necesario. Si con la espera he de salir ganando, estaré encantado de tener que aguardar durante largo tiempo. Solamente, no olvide que, en último término, mi mayor felicidad depende de su respuesta.
-Sentiría mucho tenerle en esa ansiedad -dijo Isabel.
-No se preocupe por ello. Antes prefiero recibir dentro de seis meses una respuesta favorable que una desfavorable en este momento.
-Pero es muy posible que tampoco dentro de seis meses pueda darle una que la parezca buena.
-¿Por qué no, si es cierto que le gusto?
-De eso no debe tener la menor duda -dijo Isabel.
-Pues, entonces, no veo qué más pide usted.
-No se trata de lo que pido, sino de lo que pueda dar. Creo que yo no le convengo a usted, de veras creo que no.
-No tiene que preocuparse de semejante cosa. Eso es cosa mía. No ha de ser usted más papista que el papa.
Isabel dijo:
-Pero no es solamente eso. Es que no estoy segura de querer casarme nunca con nadie.
-Es muy posible. No cabe duda de que muchas grandes mujeres empiezan diciendo lo mismo -manifestó el lord, de quien se puede afirmar que no creía en ti absoluto en el axioma con que intentaba engañar su propia ansiedad-. Pero casi siempre se las convence.
-Porque suele ser lo que están deseando -replicó Isabel riendo alegremente.
Su compañero pareció desconcertado, y durante un momento se quedó mirándola en silencio. Luego dijo:
-Me temo que sea mi condición de inglés lo que la haga dudar. Al parecer, su tío piensa que debe usted casarse en su país.
Isabel prestó gran atención a aquellas palabras, pues nunca se le había ocurrido que al señor Touchett se le ocurriera hablar con lord Warburton de las posibilidades matrimoniales.
-¿Le ha dicho él eso? -preguntó.
-Recuerdo que hizo esa observación. Acaso hablara de los americanos en general.
-Sin embargo, parece que a él le ha resultado muy grato vivir en Inglaterra.
Las palabras de Isabel, aunque pudieron parecer un tanto perversas, expresaban a un tiempo su certeza constante de la felicidad externa y material de su tío y su propia renuencia a adoptar un punto de vista limitado. Con lo cual dio en cierto modo alguna esperanza a su amigo, quien exclamó inmediatamente con entusiasmo:
-¡Ah, señorita Archer! Usted sabe muy bien que Inglaterra es un gran país; y será todavía mejor cuando lo hayamos acicalado un poquito.
-Por favor, no lo acicalen ustedes, lord Warburton, déjenlo tal como es. A mí me encanta así.
-Pues, si eso es verdad, cada vez comprendo menos los inconvenientes que pone a mi proposición.
-Temo que no va usted a poder comprenderme.
-Haga lo posible por lograrlo. Afortunadamente, poseo una buena inteligencia. ¿Es que tiene usted miedo?..., ¿qué teme, el clima? Entonces, ya sabe que podríamos vivir fuera, en otro país. Puede usted escoger el clima del mundo que más le convenga.
Dijo estas palabras con un cándido ardor que era como el cerco amoroso de unos brazos fuertes... como una exquisita fragancia que, a través de los labios de él, limpios y anhelantes, le acariciaba el rostro desde unos extraños jardines y en alas de un desconocido céfiro. Habría dado su dedo meñique por sentir el impulso fuerte y sencillo de decirle: Lord Warburton, nada me sería más provechoso en este mundo que confiarme agradecida su lealtad». Pero a pesar de la admiración que sentía por la oportunidad que se le brindaba, consiguió retirarse a la zona más oscura de ese sentimiento, como un animal salvaje encerrado en una gran jaula. Lo más extraordinario que ella podía concebir no era precisamente la «espléndida» seguridad que se le ofrecía. Y lo último que se decidió a decir fue algo muy distinto... y que posponía la necesidad de encarar aquella crisis.
-No me considere dura si le ruego que no hable hoy más de este asunto.
Y él exclamó:
-¡No faltaba más, desde luego! Por nada del mundo me permitiría yo molestarla.
-Me ha dado usted ya mucho en que pensar, y le juro que lo haré como la cosa se merece.
-Eso es lo único que pido por ahora... y no olvide hasta qué punto tiene mi total felicidad en sus manos.
Isabel prestó la más respetuosa atención a estas palabras de advertencia, pero al cabo de un instante dijo:
-Debo confesarle que en lo que voy a pensar es en la manera de decirle que es imposible lo que pide... haciéndoselo saber sin causarle pena.
-No existe modo alguno de hacerlo, señorita Archer. No diré que con su negativa vaya usted a matarme, seguramente no moriré por ello; pero será algo peor, porque mi vida carecerá de objeto.
-Acabará casándose con una mujer mejor que yo.
-No diga eso, se lo ruego -exclamó seriamente lord Warburton-. No es justo para ninguno de los dos.
-¡Diré, entonces, que se casará con una peor!
-Todo lo que puedo decir es que, si hay mujeres mejores que usted, prefiero las malas. Y prosiguió con gran seriedad-: Es cuanto puedo decir. Sobre gustos no hay discusión posible.
Su seriedad se contagió a la muchacha, que lo demostró al rogarle de nuevo que dejase de hablar de tal asunto por el momento. Y añadió:
-Yo misma le hablaré muy pronto, tal vez le escriba sobre ello.
-Como usted guste -replicó lord Warburton-. Cualquier tiempo que usted se tome habrá de parecerme largo, pero supongo que tendré que resignarme.
-No le mantendré en vilo; pero tengo necesidad de tranquilizar mi espíritu.
Suspiró él tristemente y permaneció mirándola un instante, las manos a la espalda y dándose pequeños y nerviosos golpes con su fusta.
-¡Si supiera usted el miedo que tengo... de ese admirable espíritu suyo!
El biógrafo de nuestra heroína ignora por qué, pero esa exclamación conmovió hondamente a la muchacha y cubrió de rubor sus mejillas. Le devolvió la mirada y, con un acento que casi podía haberle movido a compasión, exclamó extrañamente:
-No mayor que el mío, milord.
Pero estas palabras no excitaron la compasión de lord Warburton, que necesitaba para sí mismo toda su facultad de sentir piedad.
-¡Ah! Sea misericordiosa, sea benigna-murmuró.
-Será mejor que se vaya --dijo ella-. Yo le escribiré. -Como guste; pero ya sabe que, escriba lo que es criba, volveré para verla. -Y permaneció allí pensativo con los ojos fijos en la cara vigilante de Bunchie, que parecía haber comprendido todo lo que se había dicho y que pretendía ocultar su indiscreción simulando una repentina indiferencia y un súbito interés por las raíces centenarias de un roble próximo. El lord añadió-: Hay algo más. Ya sabe que si no le gusta Lockleigh... si usted cree que es húmedo o algo por el estilo... no tendrá necesidad de acercarse a cincuenta millas a la redonda de allí. No tiene nada de húmedo, desde luego. He hecho revisar la mansión con todo cuidado y está en perfectas condiciones de seguridad y salubridad. Pero, si a : usted no le apetece, no tiene por qué pensar siquiera en vivir en ella. En eso no habría dificultad de ningún género, pues lo que sobra son casas, como creo haberle dicho. Hay mucha gente a quien no le hacen gracia los fosos. Adiós.
-A mí me encantan los fosos. Adiós -dijo Isabel.
Él le tendió la mano Y ella le entregó la suya un momento muy breve... pero lo suficientemente largo para que él, inclinando su hermosa cabeza descubierta, la besase. Luego, agitando de nuevo la fusta, llevado de su contenida emoción, se marchó a toda prisa. No había duda de que estaba profundamente conmovido.
Isabel se sentía también conmovida, pero no había quedado tan afectada como ella se habría imaginado. Lo que sentía no era precisamente una enorme responsabilidad, una gran dificultad de elección, pues se le antojaba que en aquel caso no existía posibilidad de elección. No podía casarse con lord Warburton; la idea de esa boda no favorecía la culta ambición de explorar libremente la vi-, da que ella acariciara hasta entonces, o que ahora era capaz de acariciar. Se lo escribiría así a lord Warburton, llegaría a convencerle, lo cual constituía una tarea relativamente sencilla. Pero lo que más la perturbaba, llegando a causarle verdadero asombro, era la facilidad c que había rehusado una oferta tan extraordinaria. Por, encima de todo, era indiscutible que lord Warburton le había ofrecido una gran oportunidad. Aun suponiendo que la futura situación estuviese preñada de posibles in- comodidades, de opresiones, de elementos restrictivos que resultara pesada y anodina, aun suponiéndolo así, no era menoscabar a su sexo el creer que diecinueve de cada veinte mujeres, por lo menos, habrían aceptado muy dichosas situación semejante sin proferir la menor queja. ¿Por qué, pues, a ella no le parecía una propuesta irresistible?. ¿Quién y qué era ella para considerarse tan superior? ¿Qué plan de vida, qué designios superiores al hado, qué conceptos de la dicha tenía ella que fuesen superiores a semejantes oportunidades, tan valiosas e incluso fabulosas? Si no se prestaba a hacer una cosa como aquélla, entonces tenía el deber de realizar otras más grandes, debía llevar a cabo algo muy superior. La pobre Isabel había tenido razones para acordarse de vez en cuando de que no debía ser demasiado orgullosa y, en realidad, ponía insuperable sinceridad en el fervor con que rogaba se le alejara de tal peligro. El aislamiento y la soledad de la soberbia tenían a su juicio el horror de un paraje desierto. Si era el orgullo lo que le había impedido aceptar la oferta de lord Warburton, nada tan fuera de lugar como semejante necedad; y, por otra parte, estaba tan segura de que él le gustaba que se atrevió a definir ese sentimiento como una dulce y comprensiva simpatía. Lo cierto era que le gustaba demasiado para casarse con él. Algo le susurraba al oído que se escondía una falacia en la brillante lógica de la propuesta -tal como él la veía-, aun cuando ella no atinase a definir nada concreto; y el infligirle pesar a un hombre que tanto ofrecía a una esposa con una propensión irrefrenable a la crítica habría constituido un acto verdaderamente ignominioso. Ella le había prometido que reflexionaría sobre su proposición; y cuando, una vez que él la hubo dejado, Isabel fue a sentarse en el banco donde al principio la halló entregada a su meditación, pareció como si empezase ya a cumplir su promesa. Pero no era tal el caso. Por lo contrario, se preguntaba si no sería ella un ser frío, duro, presuntuoso. De tal suerte, al levantarse y encaminarse presurosamente hacía la casa, sintió, como antes le dijera a su amigo, que, en verdad, tenía miedo de sí misma.
13
Era precisamente tal sentimiento y no el deseo de pedir un consejo que no había menester en absoluto, lo que impulsó a Isabel a ir en busca de su tío para referirle cuanto acababa de pasar.
Experimentaba la necesidad de hablar con alguien y, para ello, le pareció que confiarse a su tío era más adecuado que comentarlo con su tía o incluso con su amiga Henrietta. Su primo podía ser también, desde luego, su confidente, pero para comunicarle ese secreto especial a Ralph tendría que violentarse a sí misma. Así, pues, buscó una oportunidad al día siguiente, después del desayuno. Su tío no abandonaba jamás sus habitaciones hasta entrada la tarde, pero recibía a sus compinches, como él acostumbraba a decir, en su vestidor. Isabel había llegado a ser uno de ellos, entre los que, además, figuraban el hijo del anciano, su médico, su ayuda de cámara y hasta la señorita Stackpole. No figuraba la señora Touchett en tal lista, lo que suponía ya un obstáculo de menos para que Isabel encontrase a su tío solo. Estaba él a la sazón sentado en uno de esos sillones adaptables de complicada mecánica, junto al balcón abierto de su cuarto, contemplando tranquilamente el parque y el río, con los periódicos y las cartas amontonados en una mesita adjunta, el rostro fresco y cuidadosamente rasurado y todo él predispuesto a la mayor benevolencia.
No se anduvo Isabel con rodeos y le disparó la siguiente noticia:
-Creo mi deber decirle que lord Warburton me ha pedido que me case con él. Me figuro que debo decírselo a mi tía, pero me pareció mejor decírselo antes a usted.
El anciano no mostró la menor sorpresa y se limitó a agradecer la confianza de que le acababa de dar muestra. Luego preguntó:
-¿Deseas que yo te diga si debes aceptarlo?
-No le he contestado todavía definitivamente; he querido tomarme un poco de tiempo para pensarlo porque se trata de un asunto serio. Pero no aceptaré.
El señor Touchett no hizo el menor comentario sobre estas últimas palabras. Parecía estar pensando que, por mucho que pudiera interesarle el caso desde el punto de vista social, no tenía voz ni voto en ello. Y dijo:
-¿Lo ves? ¿No te dije que ibas a tener aquí un éxito tremendo? A las americanas se las aprecia aquí enormemente.
-¡Sin duda! -replicó Isabel-. Pero, a pesar de que pueda aparecer desagradecida y de mal gusto, no creo poder casarme con lord Warburton.
-Está bien -dijo el tío, y añadió-: Desde luego, un anciano no está en condiciones de ponerse en el lugar de una joven y juzgar. Me alegro de que no me lo hayas preguntado antes de tomar tu decisión. -Hizo una breve pausa y continuó diciendo lentamente, como si fuera cosa sin la menor importancia-: Yo también creo
mi deber decirte que desde hace tres días sé todo lo que al asunto se refiere.
-¿Sobre el propósito de lord Warburton?
-Sobre sus intenciones, como aquí se dice. El mismo me ha escrito una carta contándome todo lo relativo al caso. -Y el anciano preguntó amablemente-: ¿Deseas ver la carta?
-No, gracias; no creo que me interese. Pero, de todas maneras, me alegro de que le escribiese a usted. Lo correcto era que lo hiciese, y era seguro que él haría lo correcto.
El señor Touchett declaró con suavidad:
-Bien, bien. Tengo una ligera sospecha de que lord Warburton te gusta. No tienes necesidad de negarlo. -No tengo inconveniente en admitirlo; me gusta extraordinariamente. Pero, precisamente ahora no quiero casarme.
-Acaso piensas que pueda llegar de allá alguien que te guste más. Bueno, eso no tendría nada de particular -añadió el señor Touchett, que parecía querer mostrarse amable con la muchacha tratando de facilitarle su decisión y buscando razones alegres para ello.
-No tengo interés en ver a ningún otro. Lord Warburton me gusta y basta. -Con lo que pareció cambiar súbitamente de opinión, actitud que a veces asombraba e incluso desagradaba a sus interlocutores.
No obstante, su tío parecía ser impermeable a tales impresiones. Así, dijo con un tono que se habría podido considerar de aliento:
-Es un hombre verdaderamente admirable. Su carta es una de las más amenas que he recibido desde hace mucho tiempo. Creo que una de las razones por las que me ha gustado tanto es porque está por entero consagrada a ti, excepto, naturalmente, la parte referente a él mismo. Me figuro que te lo habrá contado todo.
-Me lo habría contado, sin duda, si yo hubiese querido preguntárselo -contestó Isabel.
-¿No sentiste siquiera curiosidad?
-Mi curiosidad habría sido completamente inútil... toda vez que estaba decidida a no aceptar su proposición.
-¿Es que no te pareció suficientemente interesante ni atrayente? -preguntó el señor Touchett.
Isabel permaneció callada un momento y luego contestó:
-Creo que fue eso, aunque la razón la ignoro.
El tío dijo sonriendo:
-Por fortuna las damas no tienen obligación de dar razones. Sin duda hay algo muy grato acerca de esta idea y no veo por qué han de empeñarse los ingleses en atraernos, sacándonos de nuestro país de origen. Yo me explico perfectamente que procuremos atraerles allá, dada nuestra escasa densidad de población, pero aquí, como todo el mundo sabe, hay un exceso de habitantes. Por lo demás, me imagino que en todas partes ha de haber siempre un huequecito para ciertas jóvenes encantadoras.
-También parece que ha habido aquí un hueco para usted -dijo Isabel cuya mirada había estado vagando por los dilatados espacios de juego y los paseos del parque.
El señor Touchett contestó con sonrisa ladina y consciente:
-En todas partes encontrarás siempre un hueco si estás dispuesta a pagar lo necesario por él. A veces, pienso que hube de pagar demasiado por éste... y acaso tú también tengas que pagar demasiado...
-Tal vez -replicó Isabel pausadamente.
Semejante insinuación le proporcionó fuerza para afianzarse en lo que le habían aconsejado sus propios pensamientos, y el hecho de que la amable intuición de su tío casara tan bien con su dilema parecía probar irrefutablemente que se sentía inspirada únicamente por las emociones razonables y naturales de la vida y que no era una víctima de la vehemencia intelectual y de las vagas ambiciones... ambiciones que iban más allá de la maravillosa propuesta de lord Warburton y que aspiraban a algo indefinido y tal vez no recomendable. En cuanto a la influencia que ese algo indefinido pudiera tener en aquel momento sobre la actitud de Isabel, hay que descartar en absoluto la idea, aún no expresada, de un posible enlace con Caspar Goodwood. Se había resistido a dejarse aprisionar por las anchas manos tranquilas de su pretendiente inglés, y estaba muy lejos de sentirse dispuesta a permitir que el joven de Boston se apoderase de ella. El único sentimiento que la lectura de su carta le había inspirado fue el de censura por haber hecho el viaje, pues parte de la influencia que él ejercía sobre ella se debía a que parecía privarla en aquel momento de su propia libertad. Reconocía un impulso desagradablemente fuerte, una especie de presencia violenta, en la manera en que él había aparecido ante ella. En más de una ocasión la había atormentado la imagen, el peligro de que él la desaprobase en algo, y se había preguntado... consideración que jamás tributara en grado semejante a ninguna otra persona... si le agradaba lo que ella hacía. Estribaba la dificultad en que más que ningún otro hombre, mucho más que el pobre lord Warburton (pues había empezado ya a dignarse a dar tal epíteto al distinguido aristócrata), Caspar Goodwood mostraba hacia ella una energía -que Isabel sentía como un poder- que emergía del fondo de su ser. No era en absoluto cuestión de sus «prerrogativas», sino del espíritu que brillaba en aquellos ardientes y claros ojos como un infatigable vigía en la cofa del mástil de un barco. Le gustara ella o no, el hecho es que el insistía siempre con todo su peso y su fuerza, con los que había uno de contar siempre, aun en el trato usual con él. Y semejante idea de cercenamiento de su libertad le resultaba profundamente desagradable a Isabel, sobre todo en un momento como aquél, cuando acababa de afirmar su independencia con un acento tan personal como el de haber mirado frente a frente aquel formidable intento de soborno que suponía la propuesta de lord Warburton, y no haberse dejado sobornar. A veces le parecía que Caspar Goodwood se cruzaba con el destino de ella encarnando el más tozudo de los factores; y en tales momentos llegó Isabel a pensar que podía zafarse de él durante algún tiempo, pero que, al final, no quedaría otro remedio que fijar determinadas condiciones entre los dos... las cuales no podrían por menos de favorecerle a él. Su empeño había, pues, consistido en hacerse con cuantos medios estuvieran a su alcance para poder ofrecer resistencia a semejante obligación; y tal empeño había influido no poco en la vehemente prontitud con que había aceptado la invitación de su tía, pues le llegó cuando esperaba que el señor Goodwood se presentase el día menos pensado y en el momento en que se habría alegrado de tener a flor de labio una respuesta para lo que él iba sin duda a decirle. Cuando ella le dijo en Albany, la noche de la visita de la señora Touchett, que no podía entonces discutir cuestiones difíciles, deslumbrada todavía por el ofrecimiento que su tía acababa de hacerle de un viaje a Europa, él había declarado que aquello no era una respuesta, y con el fin de obtener una mejor se había hecho a la mar en pos de ella. Que Isabel se dijese a sí misma que él era una especie de hado torvo era algo que estaba bien en una joven imaginativa dispuesta a atribuirle grandes cosas, pero el lector tiene derecho a poseer una visión más exacta y clara del asunto.
Era Caspar Goodwood hijo del propietario de una conocida fábrica de hilados de algodón en el estado de Massachusetts, el cual había logrado amasar con su industria una gran fortuna. En aquel entonces Caspar era el gerente de la fábrica y, gracias a su buen juicio y a su temperamento, había logrado, pese a toda la competencia y a los malos años, preservar la prosperidad de la empresa. Recibió parte de su educación en la Universidad de Harvard, donde se hizo famoso más bien por sus condiciones de gimnasta y remero que por acaparador de otros y más diversos conocimientos. Luego había aprendido que las inteligencias más cultivadas podían también saltar, arrastrarse y esforzarse... incluso batir marcas anteriores y lanzarse a grandes hazañas. De tal suerte, descubrió que gozaba de una visión penetrante para los misterios de la mecánica y llegó a inventar una mejora en el procedimiento del hilado del algodón, que llevaba su nombre y se utilizaba en todas las grandes fábricas. De ello habían hablado todos los periódicos y revistas especializados en tan fructífera industria; y él había dado la prueba irrefutable a Isabel mostrándole en el Interviewer de Nueva York un elogioso artículo relativo a la patente Goodwood... artículo no debido a la señorita Stackpole, por más que ella, como se ha visto, se había mostrado dispuesta a intervenir amistosamente en los intereses sentimentales del joven. A éste le atraían las cosas complicadas y difíciles, le gustaba organizar, discutir, administrar, podía hacer trabajar a la gente con arreglo a su voluntad, hacerla creer en él, marchar delante de él y justificar todo lo que él hacía. Como suele decirse, en eso consiste el arte de manejar a los hombres... y que en él se basaba en una ambición osada aunque reflexiva. Quienes le conocían abrigaban el convencimiento de que podía realizar cosas mucho más importantes que dirigir una fábrica de hilados de algodón, pues él no tenía nada de algodonoso, y sus amigos aseguraban que llegaría un día en que su nombre figuraría en algún sitio con letras grandes. Pero parecía como si algo enorme y confuso, feo y tenebroso le retuviera. En último término, no se avenía a vivir en una paz relamida, dedicado tan sólo a la voracidad y la ganancia, sentimiento cuyo aliento vital era una desenfrenada y ubicua publicidad. A Isabel le agradaba creer que podría haber galopado en otros tiempos en un brioso corcel en medio del torbellino de una gran guerra... parecida a aquella guerra civil que ensombreciera los días de su consciente niñez y de la florida adolescencia de Caspar.
Le gustaba sobre todo la idea de Caspar de que él llegaría a ser, por su carácter y sus hechos, una especie de conductor de hombres... idea que le agradaba infinitamente más que otros aspectos de su manera de ser. A Isabel le tenía completamente sin cuidado la fábrica de tejidos, y la patente Goodwood la dejaba más fría que el hielo. Físicamente, no habría querido que Caspar tuviera una onza de menos, pero a veces se le ocurría pensar que habría sido más apuesto si tuviera un aspecto un poco distinto. Su mandíbula era demasiado cuadrada y prominente y su figura demasiado rígida y estirada, cualidades que suponen una falta de consonancia con los ritmos más armoniosos y profundos de la vida. Además, ella consideraba con cierto recelo su modo de vestir tan uniforme; no es que pareciese llevar siempre la misma ropa, ya que, por lo contrario, sus trajes daban la impresión de ser demasiado nuevos, sino que se diría que eran todos de la misma pieza, y, por desgracia, de una hechura y tela de lo más corriente. Más de una vez se dijo a sí misma que aquello no pasaba de ser un reproche insustancial a un hombre de su importancia, diciéndose a renglón seguido, y como para enmendar su repulsa, que habría sido un reproche frívolo únicamente en el caso de que ella le quisiera. Y, como no le amaba, podía criticar sus pequeños y grandes defectos... consistiendo los últimos principalmente en el que todos le achacaban, el de ser excesivamente serio, o más bien, no tanto de serio, puesto que nadie puede serlo demasiado, sino de aparentar indudablemente serlo. Mostraba sus designios y apetitos con una sencillez y un candor excesivos. Cuando estaba solo con ella hablaba demasiado del mismo asunto y, cuando había otras personas, no hablaba apenas de nada. No obstante, era de constitución extraordinariamente fuerte y bien definida, es decir, que Isabel veía sus distintos y bien formados miembros como había visto en los museos y en los cuadros los distintos miembros de guerreros de armadura... con coraza de acero incrustada de oro. Era una cosa verdaderamente extraña: ¿existía alguna relación entre sus impresiones y sus actos? Caspar Goodwood no respondió jamás a su idea de una persona agradable, y ella creía que era eso lo que la había tornado tan duramente crítica. Y, sin embargo, cuando lord Warburton, que no sólo respondía a su idea sino que incluso la sobrepasaba, requirió su aprobación, se encontró con que tampoco estaba satisfecha. Era una cosa verdaderamente extraña.
Aquella certeza de su propia incoherencia no la ayudaba a contestar la carta de Caspar Goodwood, por lo cual decidió dejarla entonces sin respuesta. Si él había decidido hostigarla, tendría que atenerse a las consecuencias, entre las más notables de las cuales estaba la de hacerle comprender cuán poco le agradaría a ella verle volver por Gardencourt. Ella se había expuesto ya allí a las visitas de uno de los pretendientes y, aunque era cosa grata sentirse igualmente apreciada en campos opuestos, mostraría una especie de desvergüenza el entretener simultáneamente a dos pretendientes tan enamorados, aun en el caso en que el entretenimiento pudiera consistir en rechazarlos. Así, no contestó a la carta del señor Goodwood, pero, al cabo de tres días, se decidió a escribir a lord Warburton; y la misiva que le mandó forma parte de nuestra historia. Decía así:
Querido lord Warburton:
El haber pensado mucho y seriamente en ello no ha logrado alterar mi opinión acerca de la propuesta que usted se dignó hacerme el otro día. No me es posible, verdadera y realmente no me es posible, considerarle a usted bajo el aspecto de un compañero para toda la vida, o considerar su hogar... sus varios hogares... como el asiento fijo de mi existencia. Éstas son cosas que no se pueden razonar, y le ruego encarecidamente que no insista sobre un asunto que ya tuvimos que discutir tan minuciosamente. Cada uno ve su vida desde su propio punto de vista, privilegio de que gozamos hasta los más débiles y los más humildes; y a mí no me sería jamás posible contemplar la mía de la manera como usted propuso.
Que esto sea suficiente, por favor; y le ruego que crea que he meditado en su propuesta con la más profunda consideración y el respeto que se merece. Con mi mayor estimación, sinceramente suya,
ISABEL ARCHER
Mientras la autora de esta misiva estaba pensando en enviarla, Henrietta Stackpole tomó una determinación a la que no se opuso objeción alguna. Invitó a Ralph Touchett a dar un paseo por el jardín, y cuando él aceptó con la presteza que parecía atestiguar su disposición a hacer siempre lo que de él se esperaba, ella le dijo que debía pedirle un gran favor. Bueno será admitir que, al oír tal cosa, el joven vaciló, pues ya sabemos que la señorita Stackpole le había impresionado como mujer capaz de aprovechar cualquier ventaja. Sin embargo, su alarma de entonces no estaba muy meditada, pues aunque él conocía bien el alcance de la indiscreción de su amiga, no tenía idea de su profundidad, y había formado ya el propósito cortés de querer servirla en todo. Pero tenía miedo de ella, y así se lo manifestó, diciéndole:
-Cuando me mira usted de cierta manera, mis rodillas comienzan a temblar, a chocar la una con la otra, y pierdo la cabeza. Me siento trastornado y lo único que deseo es tener fuerza bastante para poder cumplir sus órdenes. Tiene usted una autoridad que no había visto hasta ahora en ninguna otra mujer.
-Está bien -replicó Henrietta-. Si yo no hubiese sabido de antemano que usted pretendía de alguna manera avergonzarme, me convencería de ello ahora. Conmigo es fácil lograrlo, porque me crié con ideas y costumbres completamente distintas; no me he habituado todavía a sus normas arbitrarias y nunca me han hablado en América como usted me habla. Si allí un caballero me dijera las cosas que usted me dice, yo no entendería nada. Nosotros tomamos allí las cosas con mucha mayor naturalidad y, desde luego, somos infinitamente más sencillos. Confieso que yo soy de lo más sencilla que puede imaginarse. De manera que si por eso se le ocurre a usted burlarse de mí, haga lo que quiera, pero creo que más me gusta ser como soy que como usted, y no tengo el menor deseo de cambiar. Hay muchísimas personas que me aprecian. por mí misma, tal como soy y por lo que soy! Naturalmente, se trata de americanos buenos y puros, nacidos en la libertad... -Henrietta había adoptado un tono de indefenso candor y gran condescendencia. Añadió-: Necesito que me ayude usted un poco. Me tiene sin cuidado que se divierta mientras lo hace; o mejor dicho, estoy dispuesta a que su diversión sea su recompensa. Necesito su ayuda con respecto a Isabel.
-¿Es que ella la ha ofendido? -preguntó él.
-Si lo hubiera hecho, yo no lo habría tomado en cuenta y no se lo habría dicho a usted nunca. De lo que tengo miedo es de que se perjudique a sí misma.
-Me parece que eso, sin duda, cabe dentro de lo posible.
Su compañera detuvo sus pasos y le clavó aquella mirada que tanto le enervaba, diciendo:
-Puede que también eso le divierta a usted. La verdad, ¡tiene usted una manera de decir las cosas! En mi vida he oído a nadie tan indiferente.
-¿Con respecto a Isabel? ¡Ah! ¡Eso sí que no!
-Bueno, supongo que no estará usted enamorado de ella.
-¿Cómo podría estarlo si estoy enamorado de otra? -De quien está enamorado es de usted mismo, no hay más otra que ésta -declaró la señorita Stackpole-. ¡Con su pan se lo coma, buen provecho le haga! Pero si por una sola vez en su vida, quiere ser serio, éste es el momento de intentarlo; y si verdaderamente tiene algún interés por su prima, ahora tendrá la oportunidad de probarlo. No voy a pretender que usted la comprenda, sería pedir demasiado. Tampoco necesita hacerlo para congraciarse conmigo. Yo proporcionaré la inteligencia necesaria.
Ralph exclamó:
-¡Espléndido! Me encantará enormemente hacerlo. Yo seré el Calibán y usted el Ariel del asunto.
-Usted no tiene absolutamente nada de Calibán porque es demasiado sofisticado, cosa que Calibán no era. Pero yo no me refiero a personajes imaginarios, sino que estoy hablando de Isabel, que es un ser verdadero e intensamente real. Lo que tenía que decirle a usted es que la encuentro terriblemente cambiada.
-¿Quiere decir desde que usted llegó?
-Desde que llegué y antes de llegar. No es la misma que era antes.
-¿En América?
-Sí, señor, en América. Me imagino que ya sabe usted que proviene de allí. Es así y ella no lo puede remediar.
-¿Y usted quiere que sea de nuevo como era antes?
-Ni más ni menos; y además quiero que usted me ayude a ello.
-Ah, vamos. Entonces soy Calibán solamente, no Próspero -dijo Ralph.
-Ya ha sido lo bastante Próspero para convertirla en una persona diferente. Señor Touchett, desde que Isabel Archer llegó aquí, ha estado usted ejerciendo su influencia en ella.
-¿Yo, querida señorita Stackpole? Nada de eso, en absoluto. Ella es precisamente quien ha estado influyendo en mí, como influye en todos. Pero yo me he mantenido pasivo por completo.
-Pues, entonces, es usted demasiado pasivo. Más le valdría sacudirse un poco y tener cuidado. Isabel cambia cada día, va como arrastrada por la corriente hacia el mar. La he estado observando con cuidado y he podido verlo. Ya no es la brillante muchacha americana que era antes. Adopta puntos de vista diferentes, un matiz distinto, olvida sus antiguos ideales. Yo quiero salvar esos ideales, señor Touchett, y para eso es para lo que usted ha de actuar.
-No como un ideal, por supuesto.
Henrietta replicó con vivacidad:
-Desde luego que no. No sé por qué me da el corazón que quiere casarse con uno de esos decadentes europeos, y quiero a toda costa evitar semejante desgracia.
-¡Ah, vamos, ya caigo! -exclamó Ralph-. Usted quiere evitarlo, y para evitarlo quiere que yo me case con ella.
-Nada de eso. El remedio sería peor que la enfermedad, puesto que usted es uno de esos europeos típicamente débiles de quienes quiero rescatarla. No. Lo que yo quiero es que usted se interese por otra persona, por un joven al que antes ella dio grandes esperanzas y que ahora, por lo visto, no le parece bastante. Es, en verdad, gran hombre y un buen amigo mío, y yo quisiera que usted le invitase a venir aquí.
Ralph se quedó sumamente perplejo ame tal petición y tal vez no diga mucho en favor de su pureza de espíritu el hecho de que en el primer momento no la vio en toda su sencillez. Le pareció que presentaba un aspecto algo tortuoso, y el fallo de Ralph consistía en que no tenía la seguridad de que nada en el mundo pudiera ser tan inocente como la petición de la señorita Stackpole. Eso de que una muchacha exija que a un joven, al que califica de querido amigo, se le proporcione la oportunidad de hacerse grato a otra muchacha, cuya atención se ha desplazado y que posee mayores encantos... eso era una anomalía que ponía en cuestión toda su capacidad de interpretación. Más fácil resultaba leer entre líneas que atenerse al texto y, por otra parte, el suponer que la señorita Stackpole deseaba que se invitara por iniciativa suya al desconocido señor a Gardencourt era indicio de un espíritu mucho más perturbado que vulgar. Sin embargo, Ralph logró salvarse de tal pecado venial de vulgaridad gracias a una fuerza que merece se la califique de inspiración. Sin más luz sobre el asunto que la acabada de adquirir, Ralph se convenció en el acto de que sería hacerle una soberana injusticia a la corresponsal del Inteiviewer atribuir a cualquiera de sus actos un motivo deshonroso. Semejante convencimiento invadió su mente con extrema rapidez, lo que tal vez se debió al puro brillo de la imperturbable mirada de la muchacha allí presente. La resistió él durante un momento sin pestañear, como aceptando el desafío y resistiéndose con todas sus fuerzas al deseo de fruncir el entrecejo, como se ve obligado a hacer quien no puede soportar la presencia de una luz más fuerte. Luego, preguntó:
-¿Quién es ese caballero de quien habla?
-El señor Caspar Goodwood, de Boston. El se ha mostrado muy atento con Isabel... está entregado a ella en cuerpo y alma. Ha venido en pos de ella a Europa y actualmente está en Londres, ignoro su dirección pero sospecho que podré procurármela.
-No lo he oído nombrar en mi vida -replicó Ralph.
-Supongo que no habrá usted oído hablar de todo el mundo. No creo tampoco que él haya oído hablar de usted, pero eso no es una razón para que Isabel no haya de casarse con él.
Ralph soltó una carcajada y dijo:
-Hay que ver qué furia emplea usted en querer casar a la gente. ¿No se acuerda del empeño que puso el otro día en querer casarme también a mí?
-Ya se me pasó. Usted no sabe cómo hacerse a esas ideas, pero el señor Goodwood sí sabe, y eso es lo que me gusta tanto de él. Es un hombre espléndido, un perfecto caballero y eso lo sabe Isabel perfectamente.
-¿Está enamorada de él?
-Si no lo está, debería estarlo. Él está sencillamente hechizado por ella.
-¿Y quiere usted que yo le invite a venir? -preguntó Ralph después de una breve reflexión.
-Sería un acto de verdadera hospitalidad.
-Caspar Goodwood. Es un nombre verdaderamente raro.
-Eso me tiene sin cuidado. Lo mismo podría llamarse Ezekiel Jenkins, que me daría igual. Es el único hombre que conozco que sea digno de Isabel.
-No hay duda de que es usted buena amiga suya -dijo Ralph.
-A mucha honra. Si lo dice usted por burlarse de mí, me tiene sin cuidado.
-No lo digo por burlarme de usted, sino porque me llama mucho la atención.
-Se pone usted todavía más satírico; pero le aconsejo que no pretenda reírse del señor Goodwood.
Ralph contestó:
-Le aseguro que soy muy serio. Usted debería comprenderlo.
Ella lo comprendió, en efecto, en un segundo, y dijo:
-Creo que sí lo es usted, incluso creo que ahora es demasiado serio.
-Verdaderamente es difícil complacerla.
-Oh, se ha puesto usted muy serio. No quiere invitar al señor Goodwood.
-No lo sé todavía -dijo Ralph-. Soy capaz de las cosas más raras. Dígame algo del señor Goodwood. ¿Cómo es?
-Todo lo contrario de usted. Está al frente de una fábrica de hilados, una gran fábrica.
-¿Tiene buenos modales? -preguntó Ralph.
-Espléndidos... al estilo americano.
-¿Resultaría un miembro agradable de nuestro pequeño círculo?
-No creo que le interesase gran cosa nuestro pequeño círculo. Se concentraría por completo en Isabel.
-¿Le gustaría tal cosa a mi prima?
-Es muy posible que no le gustase en absoluto, pero sería una buena cosa para ella. Haría que sus antiguas ideas regresaran.
-¿De dónde?
-De sitios foráneos y otros lugares extraños. Hace tres meses le dejó suponer al señor Goodwood que le parecía aceptable, y no es digno de Isabel volverse atrás de lo dicho a un verdadero amigo por la sencilla razón de haber cambiado de ambiente. También yo he cambiado de ambiente y el efecto que ello me ha producido ha sido hacerme pensar en mis antiguas amistades más que nunca. Yo creo que cuanto antes vuelva Isabel a su antiguo lugar, mejor para ella. La conozco de sobra para saber que no sería nunca completamente feliz aquí, y yo quisiera que contrajese algún fuerte vínculo americano que la defendiese como una coraza.
Ralph preguntó:
-¿No le parece a usted que tal vez tiene demasiada prisa? ¿No cree que debía dejarle más ocasiones de probar suerte en esta desgraciada Inglaterra?
-¿La ocasión de echar a perder su brillante juventud? Nunca es demasiado pronto para evitar que se ahogue una criatura humana de valía.
-Por lo que veo -replicó Ralph-, usted pretende que yo ice al señor Goodwood por encima de la borda del barco para que la salve. -Y añadió-: Por si usted lo ignora, debo decirle que jamás he oído a mi prima mencionar el nombre de esa persona.
Henrietta sonrió triunfalmente y exclamó:
-Estoy encantada de oírle decir eso, porque prueba lo mucho que ella piensa en él.
Ralph aparentó admitir que había mucho de verdad en ello e hizo como que sopesaba tal idea mientras su compañera le observaba con gran atención.
-Si yo le invitase -dijo por fin-, sería para disputar con él.
-No se le ocurra hacerlo. Le demostraría su superioridad.
-Está usted haciendo lo posible para lograr que lo deteste. Verdaderamente no creo que pueda invitarle. Tengo miedo de ser descortés con él.
-Haga lo que le parezca. No tenía la menor idea de que usted estuviese enamorado de Isabel.
-¿Lo cree usted de veras? -preguntó Ralph enarcando las cejas.
La señorita Stackpole contestó ingeniosamente:
-Éstas son las palabras más naturales que he oído de sus labios hasta ahora. Claro que lo creo.
-Entonces -concluyó él-, para demostrarle que está completamente equivocada, le invitaré... Pero como amigo de usted, por supuesto.
-Pero él no vendrá como amigo mío, y usted no le invitará para probarme que yo estaba en un error, sino para probárselo a sí mismo.
Dicho esto, se separaron. Las últimas palabras de la señorita Stackpole contenían una gran parte de verdad, cosa que Ralph no tuvo más remedio que reconocer; pero tan ligeramente rozó semejante reconocimiento que, aun sospechando que sería más imprudente mantener la promesa que retraerse de ella, se decidió a escribir al señor Goodwood una breve esquela de seis líneas manifestándole el placer que le causaría al anciano señor Touchett recibirle en Gardencourt junto con un grupo de personas en el que figuraba la señorita Stackpole como uno de sus miembros más distinguidos. Después de enviar tal carta por intermedio del banco que Henrietta le había indicado, permaneció a la expectativa. Por primera vez había oído nombrar a aquella nueva y formidable figura, ya que, cuando el día de su llegada su madre hizo referencia al hecho de que la muchacha tenía un «admirador» en su país, tal idea no había llegado a adquirir la suficiente presencia y él no se tomó la molestia de hacer unas preguntas cuyas respuestas sólo podían contener vaguedades y provocarle desagrado. Ahora, en cambio, esa admiración tributada a su prima por alguien de allende los mares, parecía haberse concretado cada vez más hasta adquirir la forma corpórea de un joven que había cruzado el mar en pos de ella, siguiéndola hasta Londres, que estaba al frente de una industria algodonera y que tenía una espléndida educación al estilo americano. Ralph se había forjado dos teorías distintas acerca del sujeto en cuestión: o bien tal amor no era más que una pura ficción sentimental de la señorita Stackpole (sabido es que existe siempre una especie de tácita confabulación entre las mujeres, nacida de la solidaridad del sexo, y en cuya virtud se encuentran o descubren en todo momento recíprocamente enamorados las unas a las otras) y, en tal caso, no era de temer y era muy posible que no aceptase la invitación; o bien la aceptaría, en cuyo caso demostraría ser lo suficientemente insensato como para que no se le guardase consideración alguna. La segunda parte del argumento de Ralph parecía a todas luces incoherente, pero contenía la convicción de que, si el señor Goodwood estaba realmente interesado por Isabel de aquella manera descrita por Henrietta, no habría esperado para presentarse en Gardencourt a recibir la carta inspirada por la joven periodista. «Y suponiendo que así fuese -se dijo Ralph-, tendrá por fuerza que considerarla como una espina en el tallo de la rosa, como un intermediario falto por completo de tacto.»
Dos días después de haber enviado su invitación, Ralph recibió una nota de Caspar Goodwood dándole las gracias y deplorando que compromisos anteriores le impidiesen hacer una visita a Gardencourt, rogándole al mismo tiempo que tuviese la bondad de ofrecer sus respetos a la señorita Stackpole. Ralph se limitó a mostrarle la nota a Henrietta, que, al leerla, no pudo por menos de exclamar:
-¡Hay qué ver! En mí vida he oído nada más seco.
Ralph, por su parte, hizo la observación siguiente:
-No sé por qué me da la impresión de que no le interesa mi prima tanto como usted suponía.
-No es eso; debe de haber algún motivo más recóndito. Es un hombre de una naturaleza muy profunda, pero yo estoy dispuesta a rastrear en el fondo de ella, y le escribiré para averiguar qué piensa.
Su negativa a la invitación de Ralph no dejaba de resultarle a éste asaz desconcertante. El mero hecho de que no se dignase ir a Gardencourt hizo que nuestro amigo empezase a considerarlo un personaje importante. Se preguntaba qué le importaba a él que los admiradores de Isabel fuesen unos bribones o unos perezosos, dado que no eran rivales suyos y, por lo tanto, podían hacer de su capa un sayo y obrar como su humor les aconsejara. No obstante, sintió una gran curiosidad por saber el resultado de la prometida investigación de las causas de la sequedad del señor Goodwood, que la señorita Stackpole debía llevar a cabo..., curiosidad por el momento insatisfecha, pues, cuando tres días después le preguntó si había escrito ya a Londres, ella no tuvo más remedio que confesar que lo había hecho en vano, pues el señor Goodwood había dado la callada por respuesta.
La señorita Stackpole supo hallar el medio de decir:
-Me figuro que lo estará pensando, porque no es «realmente» lo que se dice un impetuoso. Sin embargo, yo estoy acostumbrada a que se conteste a mis cartas el mismo día.
Y se le ocurrió proponerle a Isabel hacer las dos una excursión a Londres, observando para justificarse:
-Si he de decir la verdad, hasta ahora no he visto gran cosa en este sitio, y creo que tú tampoco. Ni siquiera he visto a ese aristócrata..., ¿cómo se llama?..., ah, sí, lord Warburton.
-Acabo de enterarme de que lord Warburton llega mañana -repuso Isabel, pues había recibido una carta del señor de Lockleigh en respuesta a la que ella le enviara-. Ahora tendrás una buena ocasión de devolverle del revés y ver todo lo que tiene dentro.
-¡Bah! Acaso proporcione material para una crónica, pero ¿qué importa una cuando se han de escribir cincuenta? Ya he descrito todo el escenario de estos alrededores y he disparatado lo habido y por haber a propósito de las viejas de por aquí y hasta de los pollinos, y, dígase lo que se quiera, la simple descripción del ambiente no da verdadera vida a una crónica. Tengo que volver a Londres para recibir allí verdaderas impresiones de la vida. En los tres días que estuve antes de venir a este sitio no tuve tiempo siquiera de entrar en contacto con ella.
Y, como Isabel, durante su viaje de Nueva York a Gardencourt había visto aún menos que la otra de la capital inglesa, le pareció una magnífica ocurrencia que las dos hicieran una excursión de placer a la gran ciudad. Le pareció una idea soberbia, pues tenía gran curiosidad por conocer en todos sus pormenores esa ciudad de Londres que siempre había resplandecido ante su ardiente imaginación como fabulosamente grande y próspera. Se pusieron, pues,
a trazar planes juntas y se complacieron en la esperanza de las románticas horas que vivirían. Buscarían alojamiento en cualquiera de aquellos pequeños y pintorescos hostales descritos por Dickens, y pasearían por la ciudad en uno de aquellos lindos carruajes de pescante trasero. Henrietta era escritora, y su profesión le proporcionaba la gran ventaja de poder meterse por todas partes y hacer lo que quisiera. Cenarían en los cafés y luego irían a los teatros, visitarían la Abadía de Westminster y el Museo Británico y verían los lugares donde vivieron el doctor Johnson, Goldsmith y Addison. Isabel se entusiasmó muchísimo con la idea y reveló aquella su brillante visión a su primo Ralph, quien, al oírla, soltó una jocunda carcajada que distaba mucho de destilar la simpatía que ella esperaba.
-Me parece un plan admirable -dijo Ralph-. Os aconsejo que vayáis al Duke's Flead de Covent Garden, que es un sitio alegre, sin etiqueta y de los más antiguos, y yo os inscribiré en mi club.
-¿Es que ese sitio es... indecente? Pero ¡infeliz de mí!, ¿acaso hay aquí nada decente? De todas formas, con Henrietta tengo la seguridad de poder ir a todas partes; ella no se arredra ante nada. Después de haber viajado por todo el continente americano, no hay duda de que sabrá desenvolverse de maravilla por estas islitas de nada.
-Además, mira -dijo Ralph-, también yo quiero disfrutar de la ventaja de su protección e ir allá al mismo tiempo. Tal vez no vuelva a tener nunca la suerte de viajar con tanta seguridad.
14
La señorita Stackpole habría estado dispuesta a partir en el acto, pero, como ya hemos visto, Isabel había recibido la noticia de que lord Warburton iba a hacer una nueva visita a Gardencourt y le parecía su deber quedarse allí y verle. Dejó él pasar tres o cuatro días sin contestar la carta de Isabel, pero luego escribió para decir que dos días después iría a almorzar con ella. Algo parecía haber ciertamente en estos aplazamientos y demoras que lograron impresionar a la joven y afirmaron en ella la sensación del deseo por él manifestado de mostrarse respetuoso y paciente y no querer acuciarla; actitud que ella analizaba con mayor interés por estar convencida de que «la quería de veras». Dijo Isabel a su tío que había escrito a lord Warburton y, al propio tiempo, le notificó la intención del otro de venir a almorzar con ella. En vista de lo cual, el anciano salió de su aposento antes de lo acostumbrado y no apareció hasta las dos, hora del refrigerio. Con ello no quería realizar un acto de vigilancia, sino simplemente ceder a su benévola idea de que, al estar con ellos, su presencia evitaría cualquier malentendido que pudiera producirse si Isabel prestaba de nuevo oídos a su noble visitante. Éste trajo consigo desde Lockleigh a su hermana mayor, coincidiendo tal vez con las amables presunciones del señor Touchett. Los dos visitantes fueron presentados a la señorita Stackpole, que ocupó en la mesa el asiento contiguo al de lord Warburton. Isabel, que estaba en verdad algo nerviosa y no tenía deseos de discutir nuevamente el asunto que él había con tanta premura planteado, no pudo por menos de admirar el buen humor con que el aristócrata ejercía el completo dominio de sí mismo, ocultando por completo hasta el menor síntoma de una preocupación que ella creía natural que sintiese al verla. El no la miró ni le habló, y la única prueba de su emoción consistía en evitar cruzar con ella la mirada. Estuvo muy hablador con los demás y comió con buen apetito, sabiendo escoger lo más delicado. La señorita Molyneux, que tenía una tersa frente monjil y llevaba suspendida del cuello una gran cruz de plata cincelada, estaba a todas luces absorta en Henrietta Stackpole, a la que no quitaba ojo de encima, dando a entender que era presa de un grave conflicto entre la profunda repulsa y la anhelante admiración que la americana le inspiraba. Era, de las dos hermanas, la que más en gracia le había caído a Isabel por la enorme calma hereditaria que en ella suponía. Nuestra heroína estaba segura de que aquella frente de religiosa y aquella cruz argentina tenían relación con algún fantástico misterio anglicano..., acaso con el delicioso restablecimiento del curioso cargo de canonesa. Se preguntaba a sí misma qué pensaría de ella la señorita Molyneux si supiera que había rechazado el ofrecimiento de su hermano, pero se tranquilizó al pensar que lord Warburton no le diría jamás semejante cosa y que, por tanto, no llegaría a saberla nunca. El la quería mucho y era muy bueno con ella, pero le hablaba muy poco de sus cosas. Eso era, por lo menos, lo que suponía Isabel, quien durante el almuerzo, cuando no hablaba, se entretenía en forjar sus habituales teorías acerca de los demás comensales. Así, se imaginaba que si la señorita Molyneux hubiese sabido lo pasado entre ella y su hermano, era probable que le hubiera impresionado tristemente su incapacidad para medrar en la vida; o no, más bien (y ésta fue la conclusión final de nuestra heroína) atribuiría a la joven americana una conciencia clara de la desigualdad.
Hiciese Isabel lo que hiciese de las oportunidades que se le presentaran, lo innegable era que Henrietta Stackpole no estaba en absoluto dispuesta a desaprovechar aquéllas en las que ya se veía inmersa.
-¿Sabe usted que es el primer lord que he visto en mi vida? -le espetó a su vecino-. Me imagino que creerá que me siento tremendamente azorada.
-Pues se ha librado usted de ver a no pocos hombres bien feos -replicó lord Warburton, mirando como un poco abstraído en derredor.
-¿De veras son tan feos? Pues en América se pretende hacernos creer que todos son apuestos y magníficos, que llevan ropas suntuosas y coronas.
-¡Bah! Las ropas suntuosas de corte y las coronas están ya pasadas de moda -dijo lord Warburton-, lo mismo que los revólveres y las hachas de guerra de ustedes.
-Pues lo siento -declaró Henrietta-, porque creo que la aristocracia debe ser algo espléndido. Si no, ¿qué es entonces?
-¡Oh!, en el mejor de los casos, bien poca cosa, ¿sabe usted? ¿Quiere una patata?
-No me gustan mucho estas patatas europeas. Yo le habría tomado a usted por un caballero americano corriente. A lo que lord Warburton contestó:
-Pues hábleme usted como si lo fuera. No me explico cómo se las va a arreglar usted aquí sin patatas, pues no encontrará muchas cosas que comer por estos pagos.
Henrietta se quedó callada un momento; tal vez lord Warburton no fuese sincero.
-Desde que llegué no tengo apenas apetito -dijo tras una pausa-, de manera que no tiene la menor importancia. ¿Sabe que yo no le acepto a usted? Mi conciencia me dicta que se lo diga.
-¿Que no me acepta?
-Exactamente. Me figuro que nadie se lo ha dicho hasta ahora, ¿no es cierto? Lo que yo no acepto es al lord como institución. Creo que el mundo les ha dejado atrás..., muy atrás.
-¡Oh, estoy de acuerdo! Después de todo, tampoco me admito yo a mí mismo. Pero ¿sabe una cosa?, a veces me hago esta reflexión: ¿cómo podría rechazarme a mí mismo si no fuese yo? Por lo demás, es preferible no ser presuntuoso.
-Entonces, ¿por qué no renuncia? -preguntó la señorita Stackpole.
-Renunciar... ¿a qué? -preguntó lord Warburton poniendo en su acento tanta suavidad como dureza había puesto ella.
-A ser lord.
-¡Oh, para lo poco que de ello tengo! Lo cierto es que uno acabaría verdaderamente por olvidarse de ello si ustedes, los americanos, no se lo estuvieran recordando a cada instante. De todas maneras tengo la intención de despojarme de ello, de lo poco que ya va quedando.
-¡Me gustaría verlo! -exclamó Henrietta con cierta aspereza.
-Ese día la invitaré a usted a la ceremonia. Habrá una gran cena y después baile.
-Bueno, a mí me gusta conocer todos los puntos de vista. No acepto la existencia de clases privilegiadas, pero me gusta escucharlo que éstas dicen en defensa propia.
-Bien poca cosa, como acaba de ver.
-Quisiera sonsacarle un poco más todavía -dijo Henrietta-, pero tiene usted siempre la mirada ausente, como si tuviera miedo de encontrarse con la mía. Me doy perfecta cuenta de que intenta escabullirse.
-Nada de eso. Me limito a contemplar esas pobres patatas desdeñadas.
-¿Quiere, entonces, hacer el favor de explicarme la situación de esta señorita, su hermana? Ignoro qué es ella con relación a usted. ¿Es una lady?
-Es, fundamentalmente, una buena muchacha.
-No me agrada la manera en que lo dice, como si quisiera cambiar de tema. ¿Es su posición inferior a la de usted?
-En realidad, ninguno de los dos tenemos posición, pero ella sale mejor librada que yo del asunto porque no tiene quebraderos de cabeza.
-Cierto. Verdaderamente no parece que tenga muchos quebraderos de cabeza. ¡Ojalá tuviera yo tan pocos! Aunque no hagan ustedes otra cosa, aquí por lo menos producen gente tranquila.
-Sí, ya ve usted que, por lo general, nos tomamos la vida con calma. Y además somos muy sosos. ¡Ah!, cuando nos lo proponemos, no hay quien nos gane a insípidos.
-Pues les aconsejaría que no se lo propusieran. A su hermana, la verdad, no sé de qué hablarle. ¡Parece tan distinta! ¿Es un símbolo esa cruz?
-¿Cómo? ¿Un símbolo?
-Una insignia de nobleza.
La mirada de lord Warburton, que había vagado un rato, al oír tal pregunta se fijó en la de Henrietta.
-¡Oh!, desde luego -se apresuró a contestar-. Las mujeres se toman estas cosas muy en serio. La cruz de plata la llevan las hijas mayores de los vizcondes.
Se trataba de una venganza, aunque inofensiva, por haber pecado tanto de credulidad respecto a Norteamérica. Después del almuerzo le propuso a Isabel ir a la galería para ver los cuadros y, aunque ella sabía que los había visto más de veinte veces, no puso el menor reparo en acceder a su deseo. Tenía la joven la conciencia perfectamente tranquila y nunca se había sentido tan ligera ' de espíritu como desde que le había escrito la carta. El fue andando despacio hasta el final de la galería, contemplando las obras de arte en silencio, hasta que, de pronto, dijo:
-No esperaba que me escribiese usted de ese modo.
-Era el único modo de hacerlo, lord Warburton -replicó ella-. Le ruego que así lo crea.
-Si fuera cuestión de querer, no dude que la creería y dejaría de molestarla. Pero no basta querer creer para creer; confieso francamente que no lo comprendo. Puedo comprender y comprendería perfectamente que yo no le gustara. Pero usted ya reconoce lo que debería reconocer...
Isabel le interrumpió, poniéndose intensamente pálida:
-¿Qué es lo que yo he reconocido?
-Que soy una buena persona, ¿no es cierto? -Ella no replicó y él siguió diciendo-: Usted no parece tener razón alguna para obrar así y eso me produce una sensación de injusticia.
-Tengo una razón, lord Warburton -dijo en un tono que a él le puso el corazón en un puño.
-Me gustaría mucho conocerla.
-Se la diré algún día, cuando pueda mostrársela mejor.
-Pues perdóneme si, mientras tanto, le digo que he de dudar de ella.
Isabel se limitó a replicar:
-Me está usted haciendo sufrir.
-No puedo deplorarlo. Así se dará cuenta de lo que yo estoy pasando. ¿Quiere, por favor, contestarme a una pregunta?
Isabel no expresó su asentimiento, pero a él se le antojó ver en los ojos de ella algo que le alentaba a continuar y preguntó:
-¿Siente interés por otro?
-Es una pregunta a la que preferiría no contestar.
Y él dijo amargamente, como murmurando:
-Entonces es que sí.
Aquella patente amargura conmovió a Isabel, que exclamó:
-Está usted en un error. No hay tal cosa.
Olvidando toda ceremonia, él se sentó en un banco como sumido en un hondo pesar, apoyó los codos en las rodillas y clavó los ojos en el suelo. Por fin, echándose hacia atrás para apoyar la espalda dijo:
-Tampoco eso puede alegrarme, porque debe de ser una excusa.
Ella alzó las cejas en señal de sorpresa y repuso:
-¿Una excusa? ¿Tengo yo que excusarme de algo?
Pero él no contestó a tal pregunta, pues le rondaba ya otra idea por la cabeza:
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