Retrato de una dama 

Henry James

Volumen 1

1

 

 

            Era la hora dedicada a la ceremonia del té de la tar­de y sabido es que, en determinadas circunstancias, hay en la vida muy pocas horas que puedan compararse a ésa por el agrado y atractivo que ofrece a quienes saben disfru­tarla. Hay momentos en los cuales, se tome o no se tome té -cosa que, desde luego, algunos no hacen jamás-, la situación constituye por sí misma una verdadera delicia. Las personas que están presentes en mi imaginación al intentar escribir la primera página de esta sencilla histo­ria ofrecían a la vista un cuadro admirablemente ilustra­dor del disfrute de tan inocente pasatiempo. Los utensi­lios de ágape tan parco e íntimo se hallaban dispuestos sobre el tierno césped de una antigua casa de campo in­glesa durante una hora que yo calificaría de momento su­premo de una espléndida tarde de verano. Se había des­vanecido parte de dicha tarde, pero aún quedaba de ella bastante, que era precisamente su parte de más bella y ex­traordinaria calidad. Faltaban todavía algunas horas para el verdadero atardecer, mas el torrente de intensa luz de verano había empezado ya a decrecer, se había vuelto más suave el aire, y las sombras, como desperezándose, se iban estirando poco a poco sobre la tupida y tierna hierba. Era, como decimos, pausado su alargamiento, y el escenario de la naturaleza contribuía a favorecer el nacimiento de ese estado de ánimo, de solaz y abandono, que constituye la fuente principal de placer en semejante actividad y a semejante hora. Puede decirse que el intervalo de tiem­po comprendido entre las cinco y las ocho de la tarde de un día estival es a veces una pequeña eternidad; mas en mo­mentos como éste cabe afirmar que es y no puede ser más que una eternidad de placer. Los participantes en la mis­ma parecían estar disfrutando tranquilamente de él, y, por añadidura, no eran de los pertenecientes al sexo que se supone proporciona el mayor número de adeptos a tales ceremonias. Sobre el perfecto prado se recortaban unas sombras rectas y angulosas, que eran la de un hombre ya viejo, sentado en un profundo sillón de mimbre cerca de la mesa donde se había servido el té, y las de un par de jó­venes que iban de un lado para otro en presencia del an­ciano mientras mantenían con él una conversación, por parte de ellos completamente deshilvanada. Sostenía el viejo la taza de té en la mano; una taza desacostumbra­damente grande, de forma distinta de la del resto del ser­vicio y pintada de brillantes colores. Sorbía su contenido con gran calma, manteniéndola durante largo rato cerca de su barbilla, con el rostro vuelto hacia la casa. Los jó­venes que le acompañaban habían ya terminado de tomar el té, o acaso sentían una gran indiferencia hacia el privi­legio que tal ceremonia implicaba, y preferían fumar ex­quisitos cigarrillos mientras continuaban su ir y venir an­te el apacible anciano. Uno de ellos le miraba con gran curiosidad cada vez que pasaba ante él, sin que el bueno del viejo se diese cuenta, como lo demostraba el que no apartara sus ojos de la fachada de su mansión coloreada de rojo. La casa, que se alzaba al otro lado de la prade­ra, era un edificio merecedor del tributo de admiración que parecía estársele rindiendo y el objeto más caracte­rístico del cuadro netamente inglés que estoy intentan­do describir.

            La casa señoreaba la cima de un altozano próximo al caudaloso río -el Támesis-, y se hallaba a unas cuaren­ta millas de Londres. Era espaciosa su fachada de ladrillo rojo coronada de aleros y sobre la cual el paso del tiempo y las inclemencias de las estaciones parecían haberse com­placido en dejar toda suerte de pinceladas y retoques pictóricos, no para estropearla sino para mejorarla, em­bellecerla y darle un aire señorial con sus gualdrapas de hiedra, el enjambre de sus chimeneas y sus numerosas ven­tanas ahogadas de enredadera. Tenía la mansión su nom­bre y su historia; y cabe suponer el agrado con que el vie­jo que la contemplaba se habría puesto a explicar el uno y la otra. Seguramente hubiera contado con sumo gusto que su construcción databa de la época de Eduardo VI; que en ella había pasado una noche la gran Isabel (que se había dignado estirar sus augustos miembros en aquel lecho im­ponente, magnífico, y terriblemente inclinado que cons­tituía la más preciada joya de los dormitorios de la seño­rial mansión); que durante las guerras de Cromwell fue víctima de deterioros y daños, para ser después, y duran­te la Restauración, remodelada y agrandada hasta llegar al siglo dieciocho, que se encargó de desfigurarla al querer modernizarla, dejándola en el estado actual, en que pasó a poder y diligente cuidado de un sagaz banquero nortea­mericano -quien la adquirió en primer lugar porque, de­bido a circunstancias difíciles y penosas de explicar, se la ofrecieron como una verdadera ganga-, el cual, al ad­quirirla, refunfuñó hasta cansarse por su fealdad, su anti­güedad, su incomodidad, y que, en cambio ahora, al cabo de veinte años, había terminado por descubrir su verda­dero valor, concibiendo una verdadera pasión estética por ella, hasta el extremo de conocerla en todos sus detalles y aspectos y de poder decir dónde debía uno ponerse pa­ra apreciarlos en conjunto a tal o cual hora, cuando las sombras de todos sus salientes, al caer suavemente sobre la superficie cálida y desgastada de su ladrillo, ofrecían las proporciones requeridas para la contemplación placentera. Aparte de ello, como he dicho, habría podido enumerar a la mayoría de sus antiguos moradores, los nombres de mu­chos de los cuales habían sonado en el mundo por obra de la trompeta de la fama, y, seguramente, lo habría hecho de manera que, como quien no quiera la cosa, habría apa­recido el del último y actual morador de la misma como uno de sus no menos prestigiosos. La fachada de la casa que daba a esa parte de la pradera que nos interesa no era precisamente la del frente de la mansión, que caía ha­cia otro lado. Aquí podía estarse en la más completa inti­midad, y la extensa alfombra de césped que parecía de­rramarse hacia abajo desde la cima del altozano hubiérase dicho que de la misma casa salía y colgaba. Los grandes e inmóviles robles y las numerosas hayas proyectaban tam­bién hacia abajo una sombra tan densa como la de pesa­dos cortinajes de terciopelo, y el amplio espacio hubiéra­se dicho amueblado como una habitación, con sus mullidos asientos, sus esteras de abigarrados colores, los libros y pe­riódicos que yacían esparcidos sobre el césped. No lejos discurría el río, en cuya ribera podía decirse que termina­ba el prado, y el paseo por dicho prado hasta la orilla del río no era de los menos placenteros que esos parajes ofrecían.

            El anciano caballero de la mesa del té, que había venido de Norteamérica treinta años atrás, había traído consigo, como parte más importante de su equipaje, su fisonomía típicamente americana, y no sólo la había traí­do, sino que también la había conservado en perfecto es­tado por si se presentaba el caso de tener que volver a su país con ella. A pesar de todo, en esos momentos no se sentía en disposición de viajar; se habían acabado ya sus días de transhumancia, y ahora disfrutaba del breve des­canso que precede inevitablemente al descanso definiti­vo. Tenía nuestro hombre una cara enjuta y perfectamente rasurada, de rasgos apacibles y expresión de plácida agu­deza. Era evidentemente uno de esos rostros que no dis­ponen de una gran gama de expresiones, de modo que su aire de satisfecha sagacidad era aún más meritorio. Al con­templarlo, hubiérase dicho que estaba pregonando el éxi­to que su poseedor había logrado en la vida, mas parecía pregonarlo de suerte que no se lo tomara por un éxito ofensivo y exclusivo, sino que se pudiera considerar que tenía la inofensividad del fracaso.

            El personaje había, en efecto, tenido una gran ex­periencia en el trato de los hombres, pero mostraba una sencillez casi rústica en aquella desmayada sonri­sa que se extendía sobre sus anchas y huesudas mejillas en el momento en que depositaba cuidadosamente su tazón en la mesa. Iba pulcramente vestido de negro y con el traje bien cepillado. Sobre las rodillas tenía, ple­gado, un chal y calzaba unas gruesas zapatillas borda­das. Un hermoso pastor escocés yacía a sus pies en la hierba, la cara vuelta hacia la de su amo, al que con­templaba con mirada casi tan tierna como la de aquél al contemplar la autoritaria fachada de su mansión. Un revoltoso e hirsuto perrillo terrier jugueteaba con los otros contertulios.

            Uno de los dos caballeros mencionados era un hom­bre de treinta y cinco años de edad aproximadamente, muy bien constituido físicamente, con una cara tan in­glesa como poco inglesa era la del anciano que acabo de describir: rostro verdaderamente hermoso, de frescos colores, noble y franco, de rasgos correctos y bien di­bujados, ojos grises muy vivos, y encuadrado por una barba de suave color castaño. Ofrecía tal caballero el aspecto de ser persona excepcionalmente brillante y afortunada, y tenía aire de poseer un fuerte tempera­mento fertilizado por una refinada civilización que habría sido la envidia de cualquier observador ocasional. Cal­zaba altas botas con espuelas, pues acababa de desmon­tar después de una larga cabalgada. Su blanco sombre­ro parecía demasiado ancho para él. Llevaba las manos cruzadas a la espalda, y en uno de sus blancos, anchos y bien modelados puños apretaba un par de ricos guantes de piel de cerdo.

            Su compañero, que marchaba a su lado a lo largo  del prado, ofrecía un aspecto completamente distinto, y, si bien habría suscitado en cualquiera una gran curiosidad al verle, no era capaz, como el otro, de provocar en nadie el deseo de cambiarse por él. Alto y delgado, desgalichado, era de rostro feo, enfermizo, vivo, sim­pático, provisto, aunque no pueda decirse que decorado, de bigote ralo y patillas. Parecía muy inteligente y achacoso, combinación nada oportuna por cierto, y lle­vaba una chaqueta de terciopelo de color castaño os­curo. Llevaba las manos metidas en los bolsillos, de una manera tan natural que demostraba que esa postura era en él habitual. Su porte era extraño, pues andaba con paso vacilante e indeciso, como si no se sintiera firme sobre sus piernas. Como ya dije, cada vez que pasaba ante el anciano posaba en él los ojos, y si uno se fija­ba en ellos dos en tal instante y examinaba los rostros de ambos, no le era difícil darse cuenta de que eran pa­dre e hijo. El padre se percató al fin de la mirada de su hijo y correspondió a ella con una amable sonrisa, di­ciendo:

            -Me siento perfectamente bien.

            -¿Has tomado ya tu té? -le preguntó el hijo.    

            -Sí; lo he tomado y lo he saboreado.   

            -¿Quieres que te sirva un poco más?

            El anciano, después de pensarlo un momento, res­pondió:

            -Te diré. Me parece que prefiero esperar y ver... Al hablar, se le notaba un acento marcadamente ame­ricano.

            -¿Tienes frío? -preguntó el hijo.

            El padre se frotó suavemente las piernas y dijo:

            -La verdad, no lo sé. No podré decirlo hasta que lo sienta. El joven, sonriendo, replicó:

            -Tal vez otro pueda sentirlo por ti.

            -Claro. Espero que haya siempre quien pueda sen­tir algo por mí. Lord Warburton, ¿no siente usted algo por mí?

            -¡Oh, sí, muchísimo! -replicó apresuradamente el caballero a quien se acababa de llamar lord Warbur­ton-. Pero me inclino a creer que se siente usted ad­mirablemente.

            -No digo que no lo esté en muchos aspectos -di­jo el anciano y, acariciando suavemente el chal que tenía sobre sus rodillas, añadió-: Lo cierto es que me he sen­tido tan bien durante tantos años que estoy por creer que me he acostumbrado de tal manera a ello que ya no lo noto.

            A lo que replicó lord Warburton:

            -Ése es el inconveniente del bienestar: que única­mente lo conocemos cuando nos sentimos mal. Su com­pañero dijo:

            -Me llama la atención ver lo extraños que somos. Lord Warburton murmuró:

            -Oh, sí; verdaderamente somos muy extraños. Durante un rato permanecieron en silencio los tres hombres, los dos más jóvenes en pie y mirando al anciano sentado, el cual pidió un poco más de té. Lord Warburton, verdad es que no le perturba gran cosa. Apenas si re­cuerdo haberle visto tan pesimista como ahora. Muchas veces es él quien trata de animarme.

            El joven de quien tal se decía miró a lord Warbur­ton y se echó a reír. Dijo:     

-¿Qué encierran tus palabras: encendido panegíri­co o acusación de ligereza? ¿Es que quieres que saque a relucir mis teorías, papá?

            Lord Warburton exclamó:

            -¡La de cosas estrambóticas que tendríamos que oír, Santo Dios!

            -Supongo que no se te ocurrirá adoptar ese tono -dijo el anciano.

            -El de Warburton es mucho peor todavía que el mío; él presume de estar ya aburrido. Yo, en cambio, no lo estoy, en absoluto; por el contrario, la vida me parece sumamente interesante.

            -¡Ah, conque sumamente interesante! Pues no de­berías admitir que lo es, ya sabes.

            -Cuando vengo aquí, nunca me aburro. Aquí se puede disfrutar de una conversación desusadamente ex­celente -apuntó lord Warburton.

            -¿Es otra clase de chiste eso que está diciendo? -preguntó el anciano-. No tiene usted derecho a abu­rrirse, sea donde fuere. Cuando yo tenía sus años, no oía , jamás hablar de semejante cosa.

            -Seguramente habrá tardado mucho en madurar, en desarrollarse.

            -Todo lo contrario, crecí con gran rapidez. A los veinte años ya estaba desarrollado por completo en lo físico y en lo moral. Trabajaba ya con toda mi alma, con uñas y dientes. Cuando se tiene algo que hacer no se puede estar aburrido, pero ustedes los jóvenes de aho­ra son demasiado perezosos. Piensan demasiado en sus propios placeres, son demasiado exigentes, indolentes y ricos.

            -¡Ah, vamos! -dijo lord Warburton-. -¡No es us­ted el más indicado para acusar a los demás de ser demasiado ricos!

            -¿Lo dice usted porque soy banquero? -pregun­tó el anciano.

            -Quizá sea por eso, y, además, porque posee usted... ¿es o no cierto?... medios ilimitados.

            El otro joven dijo, como quien pide disculpas:

            -No es tan extraordinariamente rico. Ha donado ya una enorme cantidad de dinero.

            -Sería porque era suyo, digo yo -exclamó lord Warburton-, y, si así es, ¿qué mayor y mejor prueba de riqueza quiere usted? Los bienhechores de la humani­dad no deberían meterse con los amantes del placer.

            -Mi padre se apasiona por el placer... de los demás.    El anciano movió la cabeza como negando tal afir­mación y dijo:

            -Pero yo no presumo de haber contribuido en na­da a la diversión de mis contemporáneos.

            -Querido papá, eres demasiado modesto.

            -Eso es otro chiste -dijo lord Warburton.

            -Ustedes, la gente joven -dijo el anciano-, tie­nen siempre demasiados chistes a flor de labios. Cuan­do se les acaban, no les queda nada.

            A lo que el joven feo replicó:

            -Por fortuna, siempre los hay nuevos.

            -No lo creo así. Por lo contrario, creo que las co­sas van siendo más serias cada día. Ustedes, los jóvenes, llegarán también a convencerse de ello con el tiempo.

            -¡La seriedad cada día mayor de las cosas! He ahí un gran pretexto, una gran oportunidad para nuevos chistes.

            -Pues puedo asegurar que no tendrán nada de gra­ciosos -replicó el anciano-. Por mí parte, estoy con­vencido de que van a producirse grandes cambios... y, por desgracia, no para bien.

            -Estoy completamente de acuerdo con usted -di­jo lord Warburton-. Yo también tengo la seguridad de que va a haber cambios profundos y van a suceder cosas verdaderamente estrafalarias. Por eso me está re­sultando tan difícil poner en práctica el consejo que me dio usted el otro día, al decirme que debo agarrarme a algo. La verdad, uno no se siente con ánimos de aga­rrarse a algo que a los pocos minutos puede volar por los aires.

            A esto, su compañero replicó:

            -De lo que debes posesionarte es de una hermosa mujer. Está viendo si consigue enamorarse -añadió di­rigiéndose a su padre y como explicación de sus ante­riores palabras.

            Pero lord Warburton exclamó:

            -Las mujeres serían las primeras que podrían salir despedidas por los aires.

            -No, nada de eso, no lo crea usted -contestó el viejo caballero-. Ellas se quedarán firmemente donde están, los cambios políticos y sociales a que antes me he referido no llegarán a afectarlas.

            -¿Quiere usted decir que no serán abolidas? Perfec­tamente. Entonces, le echaré mano a una de ellas lo antes posible y me la ceñiré al cuello a manera de salvavidas.

            El anciano respondió:

            -Pues no le quepa duda de que las mujeres serán quienes nos salven; es decir, las mejores de entre ellas..., pues yo creo que se diferencian mucho unas de otras.

Conquiste a una mujer buena, hágala su esposa y su vi­da cobrará en el acto mayor interés.

            Se produjo un momentáneo silencio que tal vez ex­presaba la condescendiente magnanimidad del auditorio respecto del discurseador, toda vez que ni para el hijo ni para el visitante era un secreto que el matrimonio del que así acababa de hablar no había sido un camino de rosas. Mas, como él mismo manifestara, establecía entre ellas una diferencia; lo cual podía interpretarse como una confesión de su propio error al respecto, aunque, como es obvio, nin­guno de sus dos oyentes estaba calificado para declarar que la dama de su elección no había sido de las mejores.

            Al cabo de un momento, preguntó lord Warburton:

            -¿Quiere usted decir que, si me caso con una mu­jer interesante, sentiré interés por vivir? Su hijo no pre­sentó mi caso con exactitud. No tengo muchas ganas de contraer matrimonio, pero quién sabe lo que podría ha­cer por mí una mujer interesante.

            Su amigo dijo:

            -Me gustaría ver qué idea tienes tú de lo que es una mujer interesante.

            -Pero, amigo mío, no puedes aspirar a ver las ideas... sobre todo las que son de índole tan etérea e impalpable como las mías. Ya quisiera poder verlas yo mismo... lo cual supondría de por sí un gran progreso.

            El anciano intervino, diciendo:

            -Está bien; usted puede enamorarse de quien me­jor le parezca, pero no de mi sobrina.

            El hijo prorrumpió en una alegre carcajada.

            -¡Lo va a tomar como una provocación de parte tu­ya! Querido papá, has estado viviendo entre ingleses du­rante treinta años y has logrado pescar muchas de las co­sas que dicen, pero todavía no has llegado a aprender las cosas que se callan.

            Sin alterarse un ápice, el viejo replicó severamente:

            -Yo digo lo que me place.

            Por su parte, lord Warburton dijo:

            -No tengo el honor de conocer a su sobrina: hasta creo que es la primera vez que la oigo nombrar.

            -Es sobrina de mi esposa. La señora Touchett la trae consigo a Inglaterra.

            El joven señor Touchett tuvo a bien explicar el caso diciendo:

            -Mi madre, como ya sabes, ha pasado el invierno en América y la estamos esperando de vuelta de un momento a otro. Nos ha escrito diciendo que ha descubierto a una sobrina suya y que la ha invitado a venir aquí con ella.

            Lord Warburton dijo:

            -Ah, claro... muy gentil por su parte. ¿Y es intere­sante esa joven dama?

            -Apenas sabemos de ella más de lo que acabas de oír, porque mi madre no ha entrado en detalles. Se co­munica con nosotros principalmente por medio de tele­gramas, que son muchas veces indescifrables. Hay quien dice que las mujeres no saben redactar telegramas, pero eso no va seguramente con mi madre, que ha logrado la suprema maestría en el arte de resumir. Por ejemplo, para que veas los telegramas que solemos recibir de ella, éste es el último que nos ha llegado. Dice así: «Cansada Amé­rica, horrible temporada de verano, vuelvo Inglaterra con sobrina, primer barco camarote decente». Pero, antes de éste hubo otro, en el que, según creo, se hacía por pri­mera vez mención de la sobrina, y que decía: «Cambiado " hotel, malísimo, administrador desvergonzado, escríbe­me aquí. Tomado hija hermana muerta año pasado, va Europa, ambas hermanas muy independientes». Al leer esto, tanto mi padre como yo nos pusimos a darle vuel­tas y más vueltas al asunto, que, como ves, se presta a múltiples interpretaciones.

            -A mí entender -dijo el anciano-, hay sólo una cosa verdaderamente clara en él, y es que le echó un buen rapapolvo al administrador del hotel.

            -No comparto tu opinión, papá, desde el momento en que él se ha quedado y ha sido ella quien ha debido mu­darse de hotel. Al principio creíamos que la mencionada hermana era la hermana de tal administrador, pero la men­ción posterior de la sobrina parece indicar que tal alusión era relativa a una de mis tías. Entonces quedaba en pie la cuestión de saber quiénes eran aquellas dos hermanas men­cionadas; tal vez serían dos hijas de mi difunta tía. Pero se presentaba otra cuestión: ¿quién es muy independiente y en qué sentido se emplea tal palabra?... Y he aquí algo que aún no ha podido ser dilucidado. ¿Se aplica tal expresión concretamente a la joven adoptada por mí madre o es susceptible de aplicarse asimismo a sus hermanas?... Y, otra cosa: ¿tal expresión ha sido empleada en el sentido moral o en el financiero? ¿Querrá significar que se las ha aban­donado a sus propios recursos, o que no quieren some­terse a obligación alguna, o simplemente que les gusta ha­cer su santa voluntad? El señor Touchett hizo notar:

            -Sea lo que fuere, lo más seguro es que signifique eso último.

            -En fin, ya lo verán ustedes mismos -comentó lord Warburton-. ¿Cuándo llega la señora Touchett?

            -También estamos a oscuras a este respecto. En cuanto pueda encontrar un camarote decente. A lo me­jor lo está esperando todavía. Y nadie dice que no haya podido desembarcar ya en Inglaterra.

            -Pero, en tal caso, lo más probable es que les hu­biese telegrafiado.

            A lo que el anciano replicó:

            -Ella no telegrafía nunca cuando uno se lo espera... solamente lo hace cuando es del todo inesperado. Lo que le encanta es aparecer de improviso para sorprenderme haciendo algo que a ella se le antoja que está mal. Aún no lo ha conseguido, pero no desespera de lograrlo algún día.

            -En ella es un rasgo familiar esa independencia de que habla -arguyó el hijo, cuya opinión acerca del asun­to parecía más favorable-. Sea cual fuere el tempera­mento de esas jóvenes, no hay duda de que han de casar muy bien con el suyo, porque a ella le gusta hacer todo por sí misma y no cree que los demás puedan ni sean ca­paces de ayudarla en nada. A mí me considera tan inútil como un sello de correos sin engomar y jamás me per­donaría que se me ocurriese ir a Liverpool a buscarla.

            Pero lord Warburton insistió:

            -Bien, conformes. Y ahora, ¿puede usted, al fin, de­cirme cuándo llegará su prima?

            A lo que replicó el señor Touchett:

            -Se lo diré con una sola condición, la que ya he di­cho antes: que usted no ha de enamorarse de ella.   -Casi estoy por sentirme ofendido. ¿Es que no me considera usted bueno para el caso?

            -Lo que le considero es demasiado bueno... porque no quisiera que ella se casase con usted. Se me an­toja que no viene aquí en busca de marido. Muchas jó­venes han dado en hacerlo hoy día, como si en su país no hubiese candidatos. También puede ser que esté com­prometida, pues, según creo, las jóvenes americanas sue­len estar comprometidas. Por lo demás, no estoy segu­ro de que, a fin de cuentas, haya de ser usted un buen marido.

            -Desde luego, es probable que esté ya comprometida. He conocido a muchas jóvenes americanas y siem­pre daba la casualidad de que ya lo estaban, pero les doy  mi palabra de que jamás vi que ello tuviera la menor im­portancia ni supusiera diferencia alguna... -Y, después de un momento, el distinguido visitante del señor Tou­chett prosiguió-: Por lo que respecta a mi capacidad para ser un buen marido, la verdad, yo tampoco estoy muy convencido; pero nada cuesta probar.

            -Pruebe todo lo que quiera, pero no pruebe con mi sobrina -dijo el anciano con una amable sonrisa que deja­ba adivinar que su oposición era puramente humorística.

            -Bueno, como usted quiera -dijo lord Warburton, con mayor sentido del humor todavía-. A lo mejor, des­pués de todo, tampoco vale la pena probar con ella...

 

 

2

 

 

            Mientras tenía lugar tal intercambio de frases in­geniosas entre los dos personajes, Ralph Touchett se apartó un poco de ellos, andando siempre con su por­te cabizbajo, su paso vacilante, las manos en los bolsi­llos y su pequeño terrier en pos de él royéndole los ta­lones. Tenía el rostro vuelto hacia la casa, pero la mirada meditabunda estaba clavada en el verde prado, de mo­do que la persona que acababa de aparecer en lo alto, en el umbral de la espaciosa puerta, pudo observarlo antes de que él la viera. Y si él la vio fue porque su pe­rrillo se lanzó a la carrera emitiendo una andanada de agudos ladridos cuyo sonido tenía más visos de bienve­nida que de desafío. La persona en cuestión era una jo­ven, que pareció interpretar debidamente la acogida del chillón terrier. Éste llegó corriendo hasta los mismos pies de ella y, una vez allí, miró hacia arriba, ladrando con más fuerza y decisión que antes; en vista de lo cual, la joven se agachó amablemente y, sin dudar un instan­te, tomó al diminuto can en sus manos y lo alzó hasta tenerlo cara a cara mientras él continuaba su alborota­dora vocería. Como el dueño de Bunchic (que así se lla­maba el perrillo) lo había seguido de cerca, descubrió que el nuevo amigo de su compañero era una mucha­cha alta, vestida de negro, que a primera vista se le an­tojó agraciada. Llevaba la cabeza descubierta, como si estuviera morando en la casa, hecho que no pudo por menos de producir cierta perplejidad en el ánimo del hijo de su propietario, pues conocía la consigna contra la admisión de nuevos visitantes, establecida por la pre­caria salud de su padre, como regla inquebrantable de aquella morada. Mientras tanto, los otros dos persona­jes, que no se habían movido del sitio donde se halla­ban, habían percibido también a la recién llegada. Al verla, el señor Touchett exclamó:

            -¡Caramba! ¿Quién es esa mujer desconocida?

            Lord Warburton tuvo la ocurrencia de sugerir:

            -Tal vez sea la sobrina de la señora Touchett... la joven independiente de que hablamos. Por lo visto, de­be de ser ella; así lo creo a juzgar por la manera como se las entiende con el perro.

            A su vez, el pastor escocés se había fijado en la re­ciente aparición y corría ya en pos de la dama ante la por­talada de la mansión, meneando un poco la cola. El an­ciano murmuró:

            -¿Pero dónde diablos está entonces mi mujer?

            -Supongo que la joven la habrá dejado en alguna parte. Eso entra en los cánones de la independencia.

            La muchacha, que seguía sosteniendo al perrito, son­rió a Ralph, ya cercano a ella, y le preguntó sonriendo:

            -¿Es suyo este perrito, señor?

            -Hasta hace poco lo era, pero parece que usted ha adquirido ya un extraordinario derecho de propiedad so­bre él.

            -¿No podríamos poseerlo pro indiviso? -pregun­tó la joven-. Es un animalito tan precioso...

            Ralph se quedó mirándola un segundo en silencio, y cayó en la cuenta de que era insospechadamente bonita. Ya convencido de ello, sólo le restó replicar:

            -Puede considerarlo suyo.

            Aunque la joven parecía poseer una gran confianza en sí misma e incluso en los demás, tal súbita e inespe­rada generosidad no pudo por menos de sonrojarla y, de­jando al perrillo en tierra, contestó:

            -Ante todo, considero mi deber decirle que proba­blemente soy su prima...

 -Y, como el perro del anciano se acercara a ellos en aquel instante, añadió apresurada­mente-: ¡Ah, pero hay otro!

            El joven exclamó, riendo de buen humor:

            -¿Probablemente? Entonces, no hay más que ha­blar, ya sé a qué atenerme. ¿Ha llegado usted con mi madre?

            -Sí. Hará cosa de una media hora.

            -¿Es que ella la ha dejado a usted aquí y ha vuelto a marcharse enseguida?

            -No. Fue directamente a su habitación y me en­cargó le dijera a usted, si le veía, que lo espera allí a las siete menos cuarto.

            El joven miró su reloj y se limitó a decir:

            -Muy agradecido; seré puntual. -Y, alzando los ojos al rostro de ella y deleitándose en su contemplación, aña­dió-: Sea usted bienvenida. Encantado de conocerla.

            Ella lo observaba todo con una mirada que denota­ba una clara percepción de las cosas y los seres: miró a su compañero, a los dos perros, a los dos señores allá ba­jo los árboles y al hermoso escenario natural que la cir­cundaba, y dijo:

            -En mi vida he visto nada tan delicioso como este sitio. Ya he andado por toda la casa: esto es verdadera­mente encantador.

            -Deploro que haya usted estado tanto tiempo aquí sin que lo supiéramos.

            -Su madre me dijo que en Inglaterra la gente tenía la buena costumbre de llegar sin hacer ruido, y me pareció que eso es lo que yo debía hacer. ¿Es su padre alguno de aquellos dos señores?

            -Sí, el más viejo, el que está sentado.

            La joven, soltando una carcajada, replicó:

            -Ya suponía que no era el otro. Y ese otro, ¿quién es?

            -Un amigo nuestro... Lord Warburton..

            -¡Ah! Me imaginaba que debía de haber algún lord, igual que en las novelas. -Y, deteniéndose de repente y tomando de nuevo al perrito que, con su mirada, parecía implorárselo, exclamó-: ¡Oh, qué chuchito tan precioso!

            Permaneció ella donde estaban, sin iniciar movimien­to alguno que indicara su deseo de acercarse o de hablar al viejo señor Touchett; por lo cual el hijo, al verla así, de­morándose junto al quicio de la puerta con aquel aire tan atractivo y esbelto, pensó que acaso esperaba que el ancia­no se levantase y acudiese a saludarla y a ofrecerle sus res­petos. Sabía que las muchachas norteamericanas estaban  acostumbradas a que se tuviese con ellas toda clase de de­ferencia y ya se les había advertido de antemano que ella era una joven muy decidida. Ralph adivinó por su expre­sión que estaba precisamente esperando tal pleitesía. Sin embargo, armándose de valor, se atrevió a insinuar:

            -¿Quiere venir conmigo para conocer a mí padre? Es un anciano, está inválido y no se levanta de su sillón.     -¡Pobrecillo! ¡Cuánto lo siento! -exclamó ella echan­do a andar en el acto hacia donde el viejo se hallaba-. Por lo que su madre me ha dicho, tenía la impresión de que más bien era hombre de gran actividad.

            Ralph permaneció un instante en silencio y luego se limitó a decir:

            -Hace un año que no le ve.

            -Menos mal que tiene un hermoso lugar donde po­der sentarse -dijo ella-. Vamos, perrillo precioso.

            Él, mirándola de soslayo, contestó:

            -Cierto, es un viejo y muy hermoso lugar.

            -¿Cómo se llama? -preguntó ella, fija de nuevo su atención en el terrier.

            -¿Cómo se llama mi padre?

            -Sí -replicó ella, a quien pareció divertir esa pre­gunta-. Pero no le diga que yo se lo he preguntado.

            Cuando llegaron donde se encontraba el anciano se­ñor Touchett y éste se levantó con gran esfuerzo para presentarse a sí mismo, le dijo su hijo:

            -Mi madre ha llegado. Te presento a la señorita Ar­cher. El viejo puso ambas manos sobre los hombros de la joven, la miró un instante con suma benevolencia y la besó amablemente, diciendo:

            -Es un gran placer para mí verla en esta casa, pero habría preferido que nos hubiese proporcionado la opor­tunidad de ir a recibirla.

            La muchacha replicó:

            -Ya nos recibieron. Había como una docena de cria­dos en el vestíbulo a nuestra llegada. Una vieja señora salió a la puerta a darnos la bienvenida.

            -Si nos hubieran avisado... habríamos hecho algo mejor que eso. -El anciano permaneció de pie, son­riendo, frotándose las manos, mirándola y moviendo len­tamente la cabeza-. Pero la señora Touchett es enemi­ga de los grandes recibimientos.

            -Se fue derecha a su habitación.

            -Sí... y se encerró en ella con llave. Es lo que hace siempre. Bueno, tal vez tenga la suerte de poder verla la semana entrante -dijo el señor Touchett, y volvió a sen­tarse, adoptando su anterior postura.

            -¡Oh! ¡Mucho antes! -exclamó la señorita Archer-. Va a bajar a cenar a las ocho. -Y, volviéndose hacia Ralph, añadió con una sonrisa-: No lo olvide, ya sabe, a las siete menos cuarto.

            -¿Qué va a ocurrir a las siete menos cuarto?

            -Es la hora en que podré ver a mi madre -con­testó Ralph.

            -¡Dichoso tú! -comentó el anciano. Luego se di­rigió a la sobrina de su esposa-: Pero, haga el favor de sentarse y tomar un taza de té.

            -Ya me lo sirvieron en cuanto llegué a mi cuarto -contestó la joven. Y, mirando afablemente a su vene­rable anfitrión, exclamó-: Es una lástima que esté us­ted enfermo.

            -¡Bah! Soy un anciano, querida. Ya tengo años para estarlo; pero ahora, con usted aquí, voy a sentirme mejor.             Ella se había puesto a observar de nuevo cuanto la ro­deaba: el prado verdeante, los altos árboles, el plateado Tá­mesis bordeado de juncos, la antigua y bella mansión, sin excluir de su contemplación a sus compañeros de aquel ins­tante; esa capacidad de observación era de esperar en una joven como ella, a todas luces inteligente y en esos mo­mentos tan receptiva a todas las emociones. Dejó al perri­to en tierra, se sentó y entrelazó sus blancas manos en su           ' regazo sobre el negro traje. Con la cabeza erguida y la mi­rada viva, movía de un lado para otro el esbelto busto a me­dida que iba recogiendo con avidez las impresiones que de todos lados le iban llegando y que eran numerosas y agra­dables según reflejaba su radiante y suave sonrisa.

            -No he visto en toda mi vida nada tan bello -ex­clamó.

            El viejo señor Touchett contestó:

            -Verdaderamente, lo es. Me doy cuenta de cómo la impresiona, pues a mí me sucedió lo mismo. Pero también usted es muy bella. -Estas últimas palabras no respon­dían a una tosca jovialidad, sino a una cortesía que se de­leitaba en el privilegio que su edad le otorgaba, a pesar de que la joven pudiera en cierto modo alarmarse al oírlo.

            No hace falta analizar hasta qué punto experimen­taba ella semejante alarma. Lo cierto es que en el acto se levantó y se ruborizó, si bien su rubor no parecía res­ponder a ningún tipo de desagrado por lo que acababa de oír.

            Riendo amablemente, dijo:

            -Oh, bueno, soy bastante bonita. -Pero ensegui­da preguntó-: ¿Es muy antigua la casa? ¿Es de la épo­ca de la reina Isabel?

            Ralph Touchett contestó:

            -Es Tudor, de los primeros tiempos.

            Ella se volvió y mirándole directamente a los ojos, contestó:

            -¡Ah! ¿Tudor antiguo? ¡Deliciosa! Supongo que ha­brá otras parecidas.

            -Hay algunas mucho mejores.

            Al oírlo, el anciano protestó:

            -Hijo, no digas semejante cosa. No hay nada me­jor que esto.

            -Yo poseo una también admirable, que considero en muchos aspectos mejor que ésa -dijo lord Warbur­ton, que hasta aquel entonces había permanecido en si­lencio aunque observando atentamente a la señorita Archer. Al decirlo le dedicó una sonrisa y una leve incli­nación, pues tenía una exquisita manera de tratar a las mujeres. De ello se dio inmediatamente cuenta la joven, que además no se había olvidado de que era lord War­burton. Éste añadió-: Sería para mí un gran placer po­der mostrársela.

            -No le crea -exclamó el anciano-. Es una vieja barraca en absoluto comparable con ésta.

            La joven sonrió a lord Warburton.

            -No puedo ser juez en esta discusión porque no la conozco.

            Ralph Touchett no tomó parte en esta breve escara­muza domiciliaria y prefirió permanecer con las manos en los bolsillos con una expresión que mostraba clara­mente que le agradaría mucho renovar su interrumpido diálogo con aquella prima recién descubierta. Para en­tablar de nuevo la conversación, preguntó:

            -¿Le gustan a usted mucho los perros?... Inmediatamente cayó en la cuenta de que, para un hombre inteligente, había sido una manera bastante ton­ta de reanudar la conversación.

            -Muchísimo, naturalmente.

            -Entonces debe quedarse con el perrito -dijo sin lograr salir de la insignificancia del tema.

            -Bueno. Lo conservaré con mucho gusto, mientras me encuentre aquí.

            -Espero que será por mucho tiempo.

            -Es usted muy amable. Lo cierto es que no tengo la menor idea de ello. Eso es cosa que mi tía resolverá.       -Yo me encargaré de arreglarlo con ella... a las sie­te menos cuarto -aseguró dirigiendo otro vistazo a su reloj.

            La muchacha contestó:

            -Por lo pronto estoy encantada de encontrarme aquí.

            -Pero me imagino que usted no será de las que con­sienten que los demás les arreglen sus cosas.

            -Pues sí, lo soy; claro que siempre que las arreglen a mi gusto.

            -Yo lo arreglaré a mi manera -dijo Ralph-. Es verdaderamente imperdonable que no la hayamos co­nocido a usted hasta ahora.

            -Pues, yo estaba allí... No tenía usted más que ha­ber ido para conocerme.

            -¿Allí, dónde? ¿En qué sitio quiere usted decir?

            -En Estados Unidos: en Nueva York, en Albany, y en otras partes de Norteamérica.

            -Debo confesar que he estado allí, he recorrido to­do el país y... no la vi jamás.

            Después de un instante de reflexión, la señorita Ar­cher dijo:

            -Eso es debido a que durante algún tiempo hubo cierto desacuerdo entre su madre y mí padre después de la muerte de mi madre, cuando yo era una niña. El re­sultado de todo ello fue que perdimos la esperanza de verle a usted.

            -¡Ah! Pero yo no tengo nada que ver con los desa­cuerdos de mi madre -exclamó el joven Ralph. Y pro­siguió-: ¿Hace poco que perdió a su padre?

            -Poco más de un año. Después de ello, mi tía se mostró muy cariñosa conmigo; fue allí para verme y me propuso que la acompañase a Europa.

            -Vamos, ya caigo -dijo Ralph-. Por lo visto, la ha adoptado a usted.

            -¿Adoptado?... -La muchacha se sobresaltó, viva­mente ruborizada, y por sus bellos ojos pasó una ráfaga de dolor que causó verdadera alarma en su interlocutor.

            Éste había subestimado el efecto que podían causar sus palabras. Lord Warburton, que parecía constantemente deseoso de ver más de cerca a la señorita Archer, se ade­lantó hacia los dos primos, y la joven posó en él la mira­da de sus ojos muy abiertos antes de proseguir-: ¡Adop­tarme! ¡Oh, no, nada de eso! No me ha adoptado. Yo no soy precisamente una candidata a la adopción.

            -Le pido mil perdones -murmuró Ralph-. Qui­se decir... lo que quería decir...

            La verdad era que ignoraba lo que había querido decir.

            -Lo que usted quiso decir es que se ha encargado de mí. Eso es cierto, pues le gusta hacerlo. Ya le dije que se ha portado muy bien conmigo, pero... -agregó con visible empeño en ser explícita-, sobre todo yo aprecio mi libertad.

            El anciano, desde su sillón, preguntó elevando la voz:

            -¿Estáis hablando de la señora Touchett? Ven aquí, querida sobrinita, y dime algo de ella. Siempre quedo agradecido a los que informan de algo.

            La muchacha dudó de nuevo, sonriendo.

            -Verdaderamente, es muy bondadosa. -Y se diri­gió hacia su tío, cuyo regocijo aumentó al escuchar se­mejantes palabras.

            Lord Warburton se quedó solo con Ralph Touchett, al que dijo al cabo de un momento:

            -Hace poco quería usted saber cómo me imagina­ba yo a una mujer interesante. Ahí la tiene.

 

 

 

3

 

 

            Sin duda alguna, la señora Touchett era mujer de nu­merosas y singulares rarezas, un ejemplo de las cuales lo constituía su particular comportamiento a su vuelta a la casa de su marido tras varios meses de ausencia. Tenía un modo especial de hacer cuanto hacía; ésta es la descrip­ción más sencilla de un personaje que, aunque no caren­te por completo de ímpetus bondadosos, rara vez conse­guía dar una impresión de dulzura. Por mucho bien que hiciera, la señora Touchett no lograba agradar. Esa pe­culiar manera de obrar a su antojo, a la que tan fuerte­mente se aferraba, si bien no era en sí intrínsecamente ofensiva, se diferenciaba por completo y bien a las claras de la manera de proceder de los demás. Sus líneas de con­ducta eran tan tajantes que a los ojos de las personas sen­sibles aparecían como cortadas con agudo cuchillo. Tal dureza cortante fue lo primero que se puso de manifies­to en ella durante las primeras horas que siguieron a su regreso de América, cuando cabía presumir que se hu­biese apresurado a intercambiar los habituales saludos con su hijo y su esposo. Pero, en semejantes momentos, por motivos que sólo a ella parecían excelentes, la señora Tou­chett acostumbraba a encerrarse en una absoluta reclu­sión, posponiendo toda ceremonia sentimental hasta que lograba reparar el desarreglo de su atuendo con una pre­cisión cuya importancia era irrelevante, ya que no afectaba en absoluto ni a la belleza ni a la vanidad. La señora Touchett, mujer de edad avanzada, carecía tanto de gra­cia física como de una exquisita elegancia, pero profesa­ba un respeto extraordinario hacia sí misma por motivos que le eran muy caros y que condescendía fácilmente a explicar cuando se le rogaba que lo hiciera como favor es­pecial, en cuyo caso siempre se ponía de manifiesto que los motivos que la impulsaban eran totalmente distintos de los que le habían atribuido. Aunque de hecho vivía se­parada de su marido, se diría que tal situación no le pa­recía irregular en modo alguno. Desde los primeros mo­mentos de su vida en común se hizo patente que jamás llegarían a desear la misma cosa en el mismo momento, y tal convicción la había predispuesto a evitar cualquier enojo o desagrado que pudiera sobrevenirle en el vulgar ámbito de lo accidental. Había hecho todo lo posible pa­ra erigir tal norma en ley, dándole a ésta su aspecto más ejemplar al irse a vivir a Florencia, donde compró una ca­sa y fijó su residencia, y al dejar que su marido se quedase solo al frente de la sucursal inglesa de su banco. Se­mejante arreglo la complacía sobremanera por lo definido y preciso que era, aspecto bajo el que también se presen­taba a los ojos del marido en su oscura casa de una nebli­nosa plaza de Londres, donde a veces era lo único real­mente definido y preciso que alcanzaba a vislumbrar a pesar de que a todas luces habría preferido que cosas tan absurdas como las que le sucedían por lo menos aparentasen mayor vaguedad. Conceder, ponerse de acuerdo en no estar de acuerdo, había llegado a costarle un verdadero esfuerzo, pues se sentía dispuesto a admitir cualquier cosa menos aquélla y no hallaba razón alguna para que, con­sentidor o renuente él, los hechos hubieran de poseer tan terrible consistencia. Por su parte, la señora Touchett no se enfrascaba en cavilaciones ni lamentos de ninguna es­pecie y seguía su costumbre de ir a pasar, cada año, un mes con su marido, espacio de tiempo que empleaba en tratar de convencerle de que ella había adoptado el mé­todo razonable. En realidad, no le gustaba el sistema de vida inglés, y solía esgrimir dos o tres razones que aun­que no hacían referencia sino a puntos de menor impor­tancia, en su opinión eran más que sobradas para justificar su voluntad de no residir en el país. Entre otras cosas, de­testaba la salsa blanca, que, según sus propias palabras, parecía una cataplasma y sabía a jabón; se oponía al con­sumo de cerveza por parte de sus doncellas personales y aseguraba que las lavanderas inglesas -pues la señora Touchett tomaba muy en serio todo cuanto afectaba a su ropa blanca- desconocían su oficio. A intervalos fijos ha­cía una visita a su país, pero esta última había sido más prolongada que ninguna de las anteriores.

            Que se había hecho cargo de la tutela de su sobrina era algo que no cabía poner en duda. Una triste y hú­meda tarde, cuatro meses antes del suceso que acabo de relatar, se hallaba la señorita Archer sentada en su habita­ción, con un libro. Afirmar que estaba así ocupada es tanto como decir que su soledad no la agobiaba, pues su ansia de conocimientos era de índole verdaderamente fe­cunda, y el poder de su imaginación, muy grande. Sin embargo, por aquel entonces se sentía necesitada de al­go fresco y nuevo, necesidad que vino a colmar una ines­perada visita. La persona en cuestión no se había hecho anunciar y la joven la oyó cuando ya estaba en la habita­ción contigua. Sucedió ello en una antigua casa de Al­bany, una casa amplia, cuadrada, doble, con un cartelito en las ventanas del piso inferior donde se anunciaba que se hallaba en venta. Tenía dos entradas, una de las cua­les estaba fuera de uso desde hacía mucho tiempo, si bien no había sido eliminada. Ambas eran exactamente iguales: grandes puertas blancas con marco y moldura arqueados y anchos ventanales adjuntos, sobre sendas pequeñas es­calinatas de piedra roja que descendían hacia los latera­les hasta el pavimento de ladrillo de la calle. Formaban estas casas gemelas un solo edificio, cuya pared media­nera había sido demolida a fin de que se comunicasen. En el piso superior había numerosas habitaciones, todas pintadas de un blanco amarillento que, con el tiempo, se había desvaído. El tercer piso albergaba una especie de pasaje en arco que servía de enlace entre los dos lados de la casa y que, de pequeñas, Isabel y sus hermanas so­lían llamar el túnel, pues, aunque era corto y estaba bien iluminado, a la joven le pareció siempre solitario y si­niestro, sobre todo en las tardes de invierno. Ella había pasado temporadas en la casa en distintas épocas de su niñez, especialmente mientras vivía su abuela. Después había permanecido ausente durante diez años y su re­greso a ella se debió a la necesidad de acudir al lecho de muerte de su padre.

            Su abuela, la anciana señora Archer, había sido su­mamente hospitalaria, sobre todo con personas de la fa­milia y durante la niñez de las muchachas, que pasaban a veces con ella semanas enteras, de las que siempre guar­daron el mejor recuerdo. Allí, la manera de vivir era por completo distinta de la observada en su propia casa: más holgada, cómoda y alegre. La disciplina impuesta a los niños era lo bastante vaga para que ellos no la sintiesen gran cosa, y la oportunidad de poder escuchar las con­versaciones de las personas mayores era casi ilimitada, lo que para Isabel constituía el recreo más preciado. Rei­naba un ajetreo constante, un incesante ir y venir. Los hijos, hijas y nietos de su abuela parecían no estar espe­rando otra cosa que la invitación para ir y permanecer algún tiempo en la casa, de suerte que había momentos en que llegaba a parecer una especie de ruidoso mesón provinciano gobernado por una anciana y amable patro­na que suspiraba mucho y no presentaba jamás la cuen­ta. Por su parte, Isabel no sabía absolutamente nada acer­ca de tales cuentas y siempre, aun siendo niña, consideró extraordinariamente romántica la casa de su abuela. En la parte trasera había una especie de gran patio cubier­to, con un columpio que era motivo de inagotable y ex­citante interés, y, más allá, un amplio jardín que bajaba hacia el establo y donde crecían hermosos melocotone­ros increíblemente accesibles. Isabel había pasado varias temporadas con su abuela, pero podría decirse que de to­das ellas había guardado como el mejor de sus recuerdos el del sabor delicioso de los melocotones del jardín. Al otro lado, cruzando la calle, había una casa muy vieja a la que llamaban la Casa Holandesa, un peculiar edificio que databa de la primera época colonial, construido con ladrillos pintados de color amarillo, coronado por un ale­ro que parecía dirigido contra los extraños y defendido por una raquítica empalizada que corría a lo largo de la calle. Ocupaba este edificio una escuela primaria para ni­ños de ambos sexos, gobernada o, mejor dicho, desgo­bernada por una presumida señora de la que Isabel con­servaba como recuerdo sobresaliente que se sujetaba los cabellos junto a las sienes con unos raros peinecillos y que era viuda de un caballero de cierta importancia. A la pequeña Isabel se le había ofrecido la oportunidad de aprender las primeras letras en tal escuela, pero, después de haber pasado un día en ella, protestó violentamente contra sus reglas y logró que se le permitiera quedar­se en casa, desde donde en los templados días del mes de septiembre, cuando las ventanas de la Casa Holandesa Permanecían abiertas, le era dado oír el coro de voces in­fantiles repitiendo la tabla de multiplicar..., hecho en el cual se mezclaba de forma confusa el júbilo de la liber­tad con el dolor de la exclusión. Así pues, los cimientos de su sabiduría quedaron confiados a la indolencia de la casa de la abuela, donde, dado que la mayoría de sus pa­rientes eran personas no interesadas por la lectura, ella gozaba de libertad absoluta para adueñarse de todos los     volúmenes de la biblioteca, en la que abundaban los li­bros con bellas portadas. Solía subirse a una silla para retirarlos de sus anaqueles y, cuando hallaba uno de su gusto -para lo cual se dejaba guiar siempre por la por­tada-, lo llevaba consigo a un cuarto misterioso situa­do detrás de la biblioteca y al que tradicionalmente se le había llamado, sin que nadie supiera por qué causa, el despacho. Nunca logró ella saber de quién y en qué épo­ca había sido tal cuarto un verdadero despacho, pero le bastaba que reinara allí un eco de resonancia y un olor a rancio, y que fuese el lugar destinado a los trastos viejos e inútiles del mobiliario cuyos achaques no aparecían a simple vista (de tal suerte que, a los ojos de ella, la des­gracia en que habían caído parecía del todo inmerecida,      lo que les presentaba como víctimas propiciatorias de la injusticia), trastos con los que había llegado a establecer relaciones casi humanas, dramáticas sin duda alguna. En especial, había allí arrumbado un viejo sofá de crin al que ella había confiado muchos de sus infantiles sinsabores. Debía aquel lugar gran parte de su misteriosa melanco­lía al hecho de que se accediera a él por la segunda puer­ta de la casa, la que permanecía condenada y cerrada con gruesos cerrojos que a una niña débil y menuda le era de todo punto imposible descorrer. Ella conocía perfecta­mente aquel tranquilo y recoleto portal que daba a la ca­lle y desde el cual, si las ventanas laterales no hubieran estado tapadas con papel verde, habría podido ver la pe­queña escalinata de piedra rojiza y el pavimento de la­drillo artísticamente labrado. Sin embargo, no sentía si­quiera deseos de mirar hacia fuera porque, de intentar­lo, habría destruido su propia teoría de que aquél era un lugar extraño, desconocido, imposible de ver desde el otro lado..., un lugar que en su imaginación infantil apa­recía, según el estado de ánimo del momento, ora como un paraíso de delicias, ora como un páramo de terror.

            Era, pues, en este despacho donde se hallaba Isabel sentada aquella melancólica tarde de primavera a que me refería. Aunque entonces tenía toda la casa a su disposi­ción, escogió para su recogimiento el lugar más triste de todos, el más alejado de cualquier escena familiar. Jamás se le había ocurrido descorrer los cerrojos de la puerta ni arrancar el papel verde, que manos diligentes cambia­ban de vez en cuando, ni se había jamás preocupado de cerciorarse por sí misma de que la calle estaba allí cerca. Caía una lluvia fría y pertinaz. La primavera parecía con­tener una exhortación -que en aquel momento resultaba cínica y falta de sinceridad- a la paciencia. No obstan­te, Isabel no prestaba gran atención a las pequeñas infi­delidades atmosféricas y seguía con los ojos fijos en su libro, tratando de centrar su pensamiento. Se le había ocurrido no hacía mucho tiempo que su mente era de na­turaleza bastante vagabunda y, en su deseo de domeñarla, había empleado no poca imaginación para darle instruc­ción militar, enseñándole a avanzar, detenerse, retroceder y, en fin, realizar a la simple voz de mando toda clase de maniobras complicadas. En aquel momento le había da­do la orden de marchar, a fin de emprender la penosa ta­rea de cubrir las áridas llanuras de una Historia del Pen­samiento Germánico. De pronto percibió el ruido de unos Pasos que se distinguían notablemente de su propio paso intelectual; permaneció a la escucha y advirtió que había alguien en la biblioteca que comunicaba con el despacho.

Al principio le pareció el andar de una persona cuya visi­ta estaba esperando, pero inmediatamente lo identificó como característico de una mujer, desconocida por aña­didura. Era aquél un paso de carácter explorador y expe­rimental, que manifestaba no estar dispuesto a detenerse hasta llegar al umbral del despacho. Y, en efecto, en el um­bral apareció la figura de una dama que se detuvo un ins­tante y miró duramente a nuestra heroína. Era una mujer más bien fea, entrada en años, vestida con una capa im­permeable y en cuyo rostro aparecía un asomo de violen­ta actitud.

            La recién llegada, recorriendo con la mirada aque­llas sillas desparejadas y aquellas mesas cojas, inquirió:        -¡Oh! ¿Es aquí donde acostumbras a estar?

            Isabel, que se levantó prestamente para recibir a la intrusa, contestó:

            -No cuando recibo visitas.

            Acto seguido dirigió sus propios pasos y los de la vi­sitante hacia la biblioteca. La dama siguió mirando en derredor y comentó:

            -Por lo visto, tienes muchos otros cuartos para es­tar, y en mejores condiciones. Pero todo está terrible­mente deteriorado.

            -¿Ha venido usted a ver la casa? -preguntó Isa­bel-. La criada se la mostrará.

            -No, no la llames; no quiero comprar la casa. Fue a buscarte y anda por arriba dando vueltas; no parece muy inteligente. Más vale que le digas que no se preo­cupe. -Y de repente, mientras la muchacha trataba de adivinar quién era aquel inesperado crítico, añadió-: Supongo que tú serás una de las hijas.

            Isabel pensó para sus adentros que aquella dama te­nía unos modales singulares y contestó:

            -Según a qué hijas se refiera.

            -A las del difunto señor Archer... y mi pobre her­mana.

            Isabel dijo entonces pausadamente:

            -¡Ah! Usted debe de ser nuestra extravagante tía Lydia.

            -¿Es así como tu padre os enseñó a llamarme? Soy tu tía Lydia, pero no tengo nada de extravagante ni de loca. No padezco de ningún extravío. ¿Cuál de las hijas eres tú?

            -Soy la menor de las tres; me llamo Isabel.

            -Sí, ya sé; las otras dos son Edith y Lilian. ¿Eres tú la más guapa?

            -No tengo la menor idea -contestó la muchacha.

            -Me parece que debes de serlo...

            Y he aquí cómo se hicieron amigas tía y sobrina. Aquélla había reñido años atrás con su cuñado tras la muerte de su hermana, al recriminarle por la manera en que criaba a sus hijas; y él, que era hombre de malas pul­gas, había dicho que se ocupara de sus propios asuntos, cosa que ella siguió al pie de la letra desde entonces. Así, había estado muchos años sin tener contacto alguno con él y no había enviado ni una sola palabra de pésa­me con motivo de su muerte a las hijas, las cuales ha­bían sido criadas en esa irrespetuosidad hacia su tía que acabamos de ver en el caso de Isabel. Como de costum­bre, la actitud de la señora Touchett había sido absolu­tamente premeditada. Su viaje a América obedecía a un deseo de interesarse personalmente por sus asuntos eco­nómicos (con los que su marido, pese a la elevada posi­ción financiera de que disfrutaba, no tenía nada que ver) y, de paso, aprovechar la oportunidad para ver cómo es­taban sus sobrinas. No había considerado la posibilidad de escribir, toda vez que no habría concedido importan­cia alguna a los informes que por carta pudiera recibir.

Creía únicamente en lo que veía con sus propios ojos. Pero Isabel se dio cuenta de que sabía acerca de ellas mu­cho más de lo que habría podido creer, incluso respecto al matrimonio de las otras dos hermanas: que su padre les había dejado muy pocos bienes, que la casa de Albany,  que había pasado a manos del padre, iba a ser vendida para que ellas pudieran disponer de algún dinero y, por último, que Edmund Ludlow, el marido de Lilian, era el encargado de atender este asunto, razón por la cual la joven pareja había tenido que trasladarse a Albany duran­te la enfermedad del señor Archer y permanecía allí junto con Isabel ocupando la vieja mansión.

            -¿Cuánto esperáis que os den por ella? -pregun­tó la señora Touchett a su acompañante, quien la había conducido al salón, lugar que también su inquisitiva mi­rada recorrió sin mostrar entusiasmo alguno.

            -No tengo la menor idea -respondió la muchacha.

            -Es la segunda vez que me contestas así -replicó su tía-. Y sin embargo, no eres tonta del todo.

            -No, no soy tonta, pero no sé nada de cuestiones de dinero.

            -Ya veo. De esa manera os criaron..., como si fuerais a heredar millones. En realidad, ¿qué habéis heredado?

            -La verdad, no sabría decirlo. Tiene usted que pre­guntárselo a Lilian y a Edmund, que estarán de vuelta  dentro de una media hora.

            -Esto es lo que en Florencia llamaríamos una casa mala -dijo la señora Touchett-. Aunque me atrevería a decir que aquí se puede obtener por ella una buena su­ma. Lo suficiente para que os toque a cada una de voso­tras una respetable cantidad. Pero supongo que tendréis alguna otra cosa, más bienes. Es verdaderamente extraor­dinario que no estés enterada de ello. El emplazamiento de la casa es magnífico; casi seguro que querrán derribarla para construir en su lugar establecimientos comerciales. No me explico cómo no lo hacéis vosotras mismas; po­dríais alquilar las tiendas a muy buen precio.

            Isabel no salía de su asombro. La idea de alquilar tiendas le parecía de lo más extraño.

            -Espero que no la derriben -dijo-. Lo sentiría, porque me gusta mucho.

            -No me explico por qué te gusta. Tu padre murió en ella.

            -Cierto -replicó la muchacha en un tono extra­ño-, pero no por eso ha de desagradarme. Me gustan los sitios donde suceden o han sucedido cosas, aunque a veces sean tristes. No sólo mi padre, si otros han muer­to también aquí, de modo que este sitio estuvo repleto de vida en otros tiempos.

            -¿Esto es lo que tú llamas repleto de vida?

            -Quiero decir lleno de experiencia..., de sentimien­tos de las personas, de sus tristezas. Y no sólo de tristezas, pues yo misma, cuando era niña, fui muy dichosa en esta casa.

            -Si te agradan las casas donde han sucedido cosas, deberías ir a Florencia; en aquéllas sí que han sucedido cosas, sobre todo muertes. En el antiguo palacio donde yo vivo fueron asesinadas tres personas que se sepa, y se­guramente muchas otras de las que yo no he llegado a tener conocimiento.

            -¿En un palacio antiguo?

            -Sí, hija. Bastante distinto a esto, por cierto. Esta casa tiene un aspecto muy burgués.

            Isabel se emocionó profundamente al oír tales pala­bras, pues siempre había tenido en gran concepto la ca­sa de su abuela. No obstante, la propia emoción la im­pulsó a exclamar:

            -¡Cómo me gustaría ir a Florencia!

            -Pues si eres buena y haces todo lo que yo te diga, te llevaré -afirmó la señora Touchett.

            La emoción de la joven aumentó extraordinaria­mente. Calló un instante, se ruborizó un poco, sonrió en silencio a su tía y acabó por decir:

            -¿Que haga todo lo que usted quiera? No sé si me será posible prometer tal cosa.

            -Verdaderamente no pareces ese tipo de persona. Se nota que te gusta hacer tu voluntad, pero no seré yo quien te lo reproche.

            -¡Sin embargo, con tal de ir a Florencia, sería ca­paz de prometer casi cualquier cosa! -exclamó la joven con entusiasmo.

            Como Edmund y Lilian tardaron bastante en regre­sar, la señora Touchett pudo sostener una conversación ininterrumpida de más de una hora con su sobrina, que acabó por encontrarla tan interesante como extraña: lo que se dice un carácter, el primero genuino con que se había tropezado. Era, en realidad, tan excéntrica como Isabel la había imaginado siempre, mas con la idea que ella se forjaba cada vez que oía hablar de personas ex­céntricas, a las que consideraba alarmantes y ofensivas, pues semejante vocablo te sugería cosas grotescas e in­cluso siniestras. Pero su tía les daba un tono irónico y hasta cómico, y ello la indujo a preguntarse si el lengua­je corriente y moliente, que por lo demás era el único que había conocido, le había parecido alguna vez tan in­teresante. Nadie hasta entonces había logrado impre­sionarla tanto como aquella pequeña mujer de aspecto extranjero, labios finos y ojos brillantes, que ennoblecía su insignificante apariencia con la distinción de sus mo­dales y que, sentada allí delante de ella y envuelta en su impermeable, hablaba con la mayor soltura de los asun­tos políticos de Europa. La señora Touchett no era frí­vola, pero no reconocía la existencia de seres superiores so­cialmente hablando, y, al aludir en tales términos a los gran­des de la Tierra, lo hacía con la plena seguridad de estar causando enorme impresión en el ánimo susceptible y cán­dido de su sobrina. Isabel respondió a varias preguntas que su tía le hizo al principio y, por sus contestaciones, ésta se percató del alto grado de su inteligencia. Después de ha­berlas contestado, le tocó a ella el turno de hacerlas, y las respuestas de su tía fueron tales que, fuera cual fuera el gi­ro que tomasen, le proporcionaban siempre más que so­brada materia para hondas reflexiones. La señora Touchett estuvo esperando el regreso de su otra sobrina el tiempo que le pareció razonable; pero, al ver que a las seis de la tarde la señora Ludlow no se hallaba de vuelta, se dispuso a marcharse.

            -Tu hermana debe de ser una chismosa de prime­ra. ¿Tiene por costumbre pasar tantas horas fuera de casa?

            -Usted ha estado fuera de la suya tanto como ella -replicó Isabel-. Acababa de marcharse cuando llegó usted.

            La señora Touchett la miró con benevolencia. Com­prendía que la réplica era acertada, cosa que le agradaba y la predisponía a mostrarse amable.

            -Tal vez no haya tenido para hacerlo tan buena ra­zón como yo. De todos modos, dile que venga a verme esta noche a ese horrible hotel donde estoy alojada. Si quiere, puede venir con su marido, pero no es necesario que tú la acompañes. A ti ya tendré ocasión de verte lue­go todo lo que quiera.

 

 

4

 

 

            La señora Ludlow era la mayor de las tres hermanas y se la consideraba la más juiciosa. En general se decía que Lilian era la práctica, Edith la hermosa e Isabel la intelec­tual. La señora Keyes, segunda del grupo, era esposa de un oficial del Cuerpo de Ingenieros de Estados Unidos y, como para nada le afecta nuestra historia, nos limitaremos a decir que era muy bella y constituía el principal ornato de los acantonamientos militares del país -especialmen­te en el inelegante Oeste- a los que, con gran pesar por su parte, era destinado su marido. Lilian se había casado con un abogado de Nueva York, joven de potente voz y gran entusiasmo por su profesión. Su matrimonio no re­sultó un enlace brillante, como tampoco el de Edith, pe­ro a Lilian se le inculcó desde siempre la idea de que de­bía considerarse muy dichosa si llegaba a casarse con quien fuese... y por eso era mucho más sencilla que sus otras dos hermanas. Sin embargo, se sentía muy feliz, y por aquel entonces, en su calidad de madre de dos graciosos reto­ños y de dueña de una especie de escolio de oscura piedra violentamente encajonado en la calle Cincuenta y tres, pa­recía regodearse en su situación como en una feliz evasión de los sinsabores de este mundo. Era de baja estatura y cuerpo recio, y aunque de figura harto discutible, se le con­cedía buena presencia, ya que no majestad. No obstante, todos parecían convenir en que había ganado mucho con el matrimonio, y sentíase perfectamente segura de dos co­sas en la vida: de la fuerza de los argumentos de su mari­do y de la originalidad de su hermana Isabel. A veces so­lía decir: «Yo no podría seguir el ritmo de Isabel... Me ocuparía todo mi tiempo». A pesar de eso, mantenía so­bre ella una maternal vigilancia y la observaba con la mis­ma triste solicitud con que una gran perra de aguas con­templaría los movimientos de un galgo suelto.

            -Lo que yo quisiera es verla casada, eso es lo que de veras le conviene -decía con frecuencia a su marido.

            A lo que Edmund Ludlow solía replicar en un tono muy audible:

            -Pues debo confesar que no experimento el menor deseo de casarla.

            -Ya sé que lo dices por discutir. Lo tuyo es llevar siempre la contraria. No veo qué puedas tener contra ella, a no ser que es original.

            -Pues bien, es que no me gustan los originales, pre­fiero las traducciones -le había contestado más de una vez el señor Ludlow, añadiendo-: Isabel está escrita en un idioma extranjero y no puedo descifrarla. Lo que debería hacer es casarse con un armenio o un portugués.

            -Eso es precisamente lo que temo que haga -exclamaba Lilian, que creía a Isabel capaz de cualquier cosa.

            Así pues, al llegar a casa, escuchó con gran interés la " relación que su hermana menor le hizo acerca de la ines­perada aparición de la señora Touchett y, por la noche, se dispuso a obedecer el mandato de su tía. No se tiene noticia de lo que Isabel dijera entonces, pero sin duda al­guna sus palabras debieron de suscitar en su hermana el comentario que hizo a su esposo cuando ambos estaban preparándose para ir a hacer la visita:

            -Ojalá se le ocurra hacer algo por Isabel; creo que lo hará, pues parece haberse encaprichado mucho con ella.

            -Pero ¿qué quieres que haga? -preguntó Edmund Ludlow-. ¿Que le haga un buen regalo?

            -No me refiero a eso; seguramente no será nada por el estilo. Me refiero a que se tome verdadero inte­rés por ella, a que le resulte simpática. Precisamente, es de las pocas personas que pueden apreciarla, porque ha vivido mucho entre gente extranjera, y le ha contado a Isabel muchas cosas acerca de esa vida. Ya sabes que tú mismo has considerado siempre que Isabel tiene algo de extranjera.

            -Ya veo lo que quieres decir: que la tía le procure un poco de simpatía en el extranjero. ¿Crees que en su país no se le otorga la necesaria?

            -De todos modos, debería ir al extranjero -repli­có la señora Ludlow-. Es el tipo de persona que debe­ría viajar.

            -Y quieres que la vieja señora se la lleve, ¿no es eso?

            -Se ha ofrecido a llevarla... y está muerta de ga­nas de que Isabel vaya. Pero lo que yo deseo que haga cuando llegue allí con ella es que le proporcione toda clase de ventajas. Estoy segura de que lo único que de­bemos hacer es darle una oportunidad... -recalcó la señora Ludlow.

            -¿Oportunidad? ¿para qué?

            -Para perfeccionarse.

            Al oírlo, Edmund exclamó:

            -¡Dios Santo! ¡Espero que no vaya a perfeccionar­se más!

            -Si no tuviese la seguridad de que lo dices por dis­cutir, me molestaría mucho lo que acabas de decir -re­plicó la esposa-. Pero no puedes negar que la estimas.

            Más tarde, mientras el joven esposo se cepillaba el sombrero, preguntó a Isabel:

            -Tú sabes que te aprecio, ¿verdad?

            -Lo que sé y de lo que estoy segura es que me im­porta un bledo que me quieras o no -replicó la mucha­cha, con una sonrisa y un tono de voz que desmentían la altivez de sus palabras.

            -¡Oh! Desde que ha recibido la visita de la señora Touchett se siente tan superior... -comentó su herma­na. Pero Isabel replicó con seriedad.

            -No debes decir eso, Lily. No me siento superior a nadie.

            -Aunque así fuera, no habría mal en ello-dijo su hermana, siempre conciliadora.

            -Es que no veo en la visita de la señora Touchett nada que le haga a una sentirse superior.

            -¡Oh! -exclamó el señor Ludlow-, ahora se sien­te más superior que nunca.

            -Cuando yo me sienta superior, si alguna vez lo hago -dijo la muchacha-, será por otra razón mejor.

            Fuera como fuese, lo cierto es que se sentía diferen­te, como si le hubiese ocurrido algo. Una vez que se hu­bo quedado sola por la noche, se sentó bajo la lámpara, las manos vacías, sin ganas de ocuparlas en ninguna de sus habituales labores. Se levantó al cabo de un rato, se puso a andar de un lado para otro de la habitación y re­corrió también otros aposentos, deteniéndose especial­mente en los sitios en que la luz era menos intensa. La verdad era que se sentía intranquila, agitada, incluso ha­bía momentos en que temblaba. Lo que acababa de ocu­rrirle le parecía de una importancia desproporcionada, se había producido un verdadero cambio en su vida. Lo que éste hubiera de suponer en lo sucesivo era cosa por demás indefinida, pero en su actual situación ella daba un gran valor a cualquier cambio que le sobreviniese. Sentía un irresistible deseo de dejar atrás su pasado pa­ra, como ella misma decía, comenzar de nuevo. No ha­bía surgido tal deseo como por ensalmo con motivo de la ocasión presente, sino que éste le era tan familiar co­mo el repiqueteo de la lluvia en los vidrios de las venta­nas, y ya en más de una ocasión la había inducido a que­rer comenzar de nuevo. Se sentó en uno de los rincones más oscuros del silencioso salón y cerró los ojos, pero no con el deseo de quedarse adormilada para olvidar. Por el contrario, se sentía demasiado despierta y deseaba do­minar la sensación que le causaba percibir demasiadas cosas a la vez.

            Su imaginación había llegado a ser, por la fuerza del hábito, ridículamente activa, de suerte que, cuando la puerta no estaba abierta, se escapaba por la ventana. No tenía la costumbre de encerrarla bajo llave, y le sucedía que, en los momentos importantes en que se hubiera sen­tido agradecida por ser capaz de utilizar únicamente su capacidad de razonamiento, pagaba las consecuencias de haber dado alas a esa facultad de fantasear en la que no intervenía el análisis. En aquel momento, con la seguri­dad de que una mano invisible había tocado la nota del cambio, se le agolparon en la imaginación los fantasmas de las imágenes de las cosas que había dejado tras si; se presentaron a su recuerdo los días y las horas ya vividos, y los fue revisando lentamente en medio de aquel silen­cio que sólo interrumpía con su tictac el gran reloj de bronce. De aquel profundo examen, la verdad que más patente surgía ante sus ojos era la de que su vida había si­do muy dichosa, de que ella era una persona verdadera­mente afortunada. Había disfrutado lo mejor de todo y, en un mundo en que tantos individuos se desenvuelven en circunstancias nada envidiables, constituía una ventaja el no haber padecido nada desagradable. A Isabel le parecía que, en realidad, lo desagradable había permanecido demasiado ausente de su vida, ya que, de su contacto constante con la literatura, había deducido que lo desa­gradable constituía un manantial inagotable de interés e incluso de instrucción. Su padre... aquel hermoso y ado­rado padre que siempre experimentó tan marcada aver­sión por todo lo desagradable, la había mantenido aleja­da de ello. Para Isabel fue una gran felicidad haber sido hija de tal hombre, de suerte que llegó a sentirse orgu­llosa de su parentesco. Desde el momento de su muerte, ella lo recordó mostrándose siempre valeroso ante sus hijas, capaz de alejar las cosas feas de su propia imagina­ción, aunque no de su existencia. Pero eso sólo hizo que su ternura por él aumentara, y apenas si le resultaba do­loroso pensar que él había sido demasiado generoso, de­masiado alegre, demasiado indiferente a las ideas de sor­didez. Muchos sostenían que había llevado tal indiferencia demasiado lejos, sobre todo los que componían el gran número de personas a quienes debía dinero. Isabel no ha­bía llegado a conocer jamás las opiniones de tales perso­nas, pero al lector podría interesarle saber que, si bien le reconocían al difunto señor Archer una notable inteli­gencia y una manera de ser muy seductora, capaz de apo­derarse de los demás (y no faltaba quien dijera que siem­pre estaba apoderándose de algo), ello no les impedía declarar abiertamente que hacía muy mal uso de su vida. Había derrochado una gran fortuna, por ser excesiva­mente hospitalario, y había jugado sin freno. Y hasta hubo críticos que dijeron que ni siquiera se había preocupado de educar a sus hijas: que no habían recibido una educa­ción corriente, que no habían tenido un hogar perma­nente, y que habían sido al mismo tiempo malcriadas y abandonadas, relegando su educación a niñeras y gober­nantas (casi siempre muy malas), o a frívolas escuelas, di­rigidas por francesas, de las que al cabo de un mes eran retiradas con gran sentimiento de ellas, que lloraban a lá­grima viva al ser alejadas de allí. Tal apreciación del caso había suscitado la indignación de Isabel, ya que a su mo­do de ver había gozado de muchas y buenas oportunida­des. Incluso cuando su padre dejó a sus hijas durante tres meses en Neufchatel con una criada francesa, la cual no tardó en escaparse con un noble ruso que vivía en el mis­mo hotel..., aun en esa situación tan irregular que tuvo lugar cuando la muchacha no contaba más de once años, ella no experimentó el menor miedo ni la menor ver­güenza y se limitó a considerarla un episodio romántico, justificado por una educación sumamente liberal. Su padre tenía unas miras muy amplias acerca de la vida, co­mo lo probaba sobradamente su inquietud constante y la incoherencia ocasional de su conducta. Quería que sus hijas, aun siendo niñas, vieran cuanto fuera posible del mundo y, con tal objeto, antes de que Isabel alcanzara los catorce años de edad, ya las había hecho cruzar tres ve­ces el Atlántico, proporcionándoles en cada ocasión sólo unos cuantos meses para observar por sí mismas el asun­to propuesto. Esta táctica sólo había servido para abrir el apetito de nuestra heroína, excitando superlativamente su curiosidad sin llegar a satisfacérsela. Indudablemen­te ella era una acérrima partidaria de su padre, pues, de las tres, era la que mejor se las componía para compen­sarle por las incomodidades de las que él nunca se queja­ba. En los últimos días de su vida, el deseo paterno de abandonar este mundo, en el cual la dificultad de hacer lo que a uno le gustaba parecía ir aumentando a medida que él iba envejeciendo, se había visto profundamente al­terado por el dolor que le causaba tener que separarse de una hija tan inteligente, notable y superior. Posterior­mente, cuando cesaron los viajes a Europa, él comenzó a mostrarse todavía más indulgente con sus hijas y, aunque hubo de sufrir no pocas dificultades económicas, nada alteró en ellas la irreflexiva seguridad de hallarse en po­sesión de muchas cosas. Isabel, que por cierto bailaba muy bien, no recordaba haber logrado un gran éxito en Nue­va York como miembro del ambiente coreográfico; en cambio, su hermana Edith, al decir de muchos, tenía más condiciones para ello. Edith fue un caso tan notable de éxito que Isabel no pudo seguir haciéndose ilusiones acer­ca de lo requerido para lograr tal privilegio, así como tam­poco acerca de los límites de su propia capacidad de brin­car, saltar y desgañitarse... sobre todo para conseguir el efecto deseado. Diecinueve personas entre veinte (inclu­so la misma hermana menor) declaraban que Edith era la más guapa de las dos hermanas; sin embargo, la vigési­ma, a más de darse el gusto de pensar lo contrario, podía complacerse en pensar que todos los demás eran sólo unos estetas de lo más vulgar. En su naturaleza profunda, Isa­bel experimentaba un deseo más insaciable todavía que el de Edith de gustar, pero esa naturaleza profunda se en­contraba en un lugar tan inaccesible de su alma que entre ésta y la superficie había una docena de fuerzas capri­chosas que impedían la debida comunicación. Ella veía que los jóvenes acudían en tropel a visitar a su hermana, pero que, en cambio, sentían miedo de ella, pues tenían la sensación de que para hablarle había que poseer una preparación especial. La fama de ser mujer muy leída pe­saba sobre ella y la envolvía como la densa nube que ro­dea a las diosas de las epopeyas, haciendo suponer que sólo se interesaba por cuestiones abstrusas y que su con­versación jamás adquiría un tono apasionado. Si bien a la pobre le encantaba que se la considerase inteligente, la molestaba sobremanera que se la tuviese por libresca. Por ello, acostumbraba a leer en secreto y, aunque poseía una excelente memoria, procuraba abstenerse de citar lo que leía. La dominaba una gran ansia de saber, pero prefería a lo impreso cualquiera otra fuente de información di­recta, y era tal su curiosidad por las cosas de la vida que de todo se admiraba y todo la emocionaba. La vida había echado hondas raíces en ella y, por lo mismo, su goce más intenso consistía en sentir dentro de sí la continuidad en­tre las agitaciones de su propia alma y las del mundo exter­no. Ello hacía que le gustara extraordinariamente con­templar las grandes multitudes y las diversas regiones del país y leer lo más interesante acerca de las revoluciones y de las guerras, así como también admirar los cuadros his­tóricos... proclividad que en más de una ocasión la indu­jo a cometer la incongruencia de perdonar lo malo de la pintura en aras de su tema. En tiempo de la Guerra de Secesión ella era todavía muy niña, lo cual no impidió que durante tal período pasara largos meses entregada a una apasionada excitación, en la que tan pronto se sentía emo­cionada por el valor de un ejército como por el del con­trario, lo cual la sumía en una extraordinaria confusión. Desde luego, la circunspección de los suspicaces jóvenes no había llegado a convertirla en una proscrita social, pues el número de los que, al acercársele, sentían latir el cora­zón con la fuerza necesaria para recordar que también po­seían cabeza la había mantenido alejada de las excelsas disciplinas propias de su sexo y su edad. Así, ella tuvo cuanto pudo apetecer una muchacha: cariño, admiración, golosinas, ramos de flores, la convicción de que no se le escatimaba nada de lo que podía obtenerse en el mundo en que ella vivía, ocasiones constantes para bailar, abun­dancia de nuevos vestidos, la revista Spectator de Londres, las últimas publicaciones de prensa, la música de Gou­nod, la poesía de Browning, la prosa de George Elliot.

            Y todas aquellas cosas, a medida que la imaginación las iba evocando se transformaban en multitud de esce­nas vividas y de figuras conocidas. Cosas arrumbadas en

el desván de la memoria se le aparecían de nuevo, mien­tras que muchas otras a las que en su día había concedi­do gran importancia quedaban alejadas de su vista. El re­sultado era verdaderamente caleidoscópico; pero, en aquel instante, el girar caprichoso del instrumento quedó pa­ralizado por la llegada de la sirvienta que venía a anun­ciar la visita de un caballero: Caspar Goodwood. Era és­te un joven de Boston. Hacía doce meses que conocía a la señorita Archer y, considerándola la mujer más bella de aquel tiempo, había dictaminado que el tiempo era únicamente, guiándose por la norma a que antes he alu­dido, un necio período de la historia. Le había escrito de vez en cuando, y últimamente sus cartas estaban fecha­das en Nueva York; por lo cual ella casi confiaba en la posibilidad de que él viniera a verla... incluso puede de­cirse que pasó todo aquel día lluvioso esperándole sin darse cuenta cabal de que le esperaba. Sin embargo aho­ra, al saber que estaba allí, no experimentaba ningún de­seo de verle ni de recibirle. El era el joven más admira­ble que ella había visto, un espléndido joven que llegaba a inspirarle un respeto grande y poco usual, sentimien­to que ninguna otra persona le había inspirado hasta en­tonces. La gente se imaginaba que el quería hacerla su esposa, pero eso era algo que sólo a ellos dos concernía. Lo que desde luego puede afirmarse es que él hizo el via­je de Nueva York a Albany tan sólo por verla, después de haberse enterado en la primera de las dos ciudades, don­de estaba pasando una temporada y donde había creído encontrarla, que ella iba a permanecer en la capital del estado. Isabel retrasó algunos minutos el momento de ir a verle, y anduvo de un lado para otro de la habitación, abrumada por la intuición de que la esperaban nuevas complicaciones. Pero por fin decidió ir en su busca, y le vio, de pie bajo la lámpara, tal como era: alto, fuerte, tal vez algo tieso, al propio tiempo que delgado y moreno. Su belleza no era romántica sino más bien tenebrosa. Su fisonomía tenía algo que reclamaba la atención y esa aten­ción se veía recompensada por el encanto de unos ojos azules de imperturbable fijeza que no parecían corres­ponder a su semblante y de una mandíbula angulosa, de esas a las que suele atribuirse la virtud de denotar un tem­peramento enérgico y resuelto. Al verle, Isabel se dijo que aquella noche mostraba sin duda alguna una firme resolución. A pesar de ello, Caspar Goodwood, que me­dia hora antes había llegado allí esperanzado y resuelto, acabó por volverse a su alojamiento con la convicción de haber fracasado en su empresa. Conviene advertir, sin embargo, que no era un hombre capaz de aceptar un fra­caso así como así.

 

 

 

 

5

 

 

            Aunque Ralph Touchett era un verdadero filósofo, cuando llamó con los nudillos a la puerta de la habitación de su madre, a las siete menos cuarto en punto, sentía no poca inquietud. Los filósofos tienen también sus prefe­rencias, y no cabe la menor duda de que, respecto a sus progenitores, las de Ralph se inclinaban del lado del pa­dre, por el que sentía el mayor afecto y al que tributaba una filial sumisión. No se le ocultaba que su padre era quien poseía un sentimiento verdaderamente mater­nal, mientras que su madre se mostraba paternal y, para decirlo con el lenguaje popular del momento, incluso gu­bernativa. Lo cual no obstaba para que quisiera entraña­blemente a su único hijo y siempre insistiera en que pa­sara tres meses al año con ella. Por su parte, Ralph le devolvía el afecto debido, pues le constaba que, en los pensamientos y en el sistema de vida de su madre, con­cienzudamente organizada y dirigida, a él le tocaba el tur­no inmediatamente después de los asuntos que exigían su inmediata atención y cuya minuciosidad de ejecución constituía la esencia de su personalidad. Halló, pues, Ralph a su madre completamente vestida ya para la cena, y ella le abrazó y besó sin quitarse los guantes, haciéndole sentar luego en el sofá a su lado. La madre le pidió con todo in­terés noticias relativas a la salud del padre y a la de él mis­mo y, como los informes no la satisficieron en absoluto, manifestó estar más convencida que nunca del acierto de su decisión de no exponerse al clima de Inglaterra. De no ser así, tal vez ella habría podido ceder. Ralph se sonrió ante la simple idea de que su madre pudiese condes­cender, pero no quiso recordarle que la dolencia que él padecía no era en absoluto efecto del clima británico, pues él permanecía por lo general ausente del país la mayor parte del año.

            Ralph era todavía muy niño cuando su padre, Daniel Tracy Touchett, natural de Rutland, Estado de Vermont, vino a Inglaterra como socio subordinado de una casa de banca, en la que algunos años después llegó a ejercer una autoridad preponderante. Daniel Touchett se resignó a la idea de pasarse la vida en el país de adopción y, desde el principio, tuvo el acierto de acomodarse a él con una actitud sencilla y sana. Sin embargo, como se decía a sí mismo, no tenía, ni mucho menos, la intención de desa­mericanizarse, ni tampoco el deseo de enseñar a su hijo arte tan sutil. Le había resultado un problema de tan fá­cil solución vivir en Inglaterra asimilado al país y sin ab­dicar del suyo que le parecía igualmente fácil el que su legítimo heredero continuara después de su muerte ejer­ciendo la gerencia de aquel banco ya gris y anticuado, proyectando la luz brillante del sistema americano. Por ello se esforzó en intensificar esa luz enviando al hijo a su país para que en él se educara. Gracias a ello, Ralph había seguido varios cursos en una universidad de Nor­teamérica, en la cual se graduó, y como al regresar a In­glaterra asustó a su padre por lo excesivamente indíge­na que volviera, Ralph estudió en Oxford durante tres años. Y he aquí que Oxford acabó tragándose a Harvard y, por fin, Ralph se vio convertido en un verdadero in­glés. Su aparente conformidad con los procedimientos y maneras que le rodeaban era, no obstante, una máscara tras la cual ocultaba un espíritu ávido de independencia sobre el cual nada lograba prevalecer durante largo tiem­po, y al ser naturalmente propenso a la aventura y a la ironía, se permitía una libertad sin límite a la hora de for­mar sus propias opiniones. Comenzó siendo un joven que prometía mucho; logró distinguirse en Oxford, pa­ra gran satisfacción de su padre, y quienes le conocían afirmaban que era una verdadera lástima que un joven tan brillante no estudiase una carrera. Podía haber se­guido una carrera con sólo volver a su país de origen (aunque este punto está rodeado de incertidumbre), pe­ro aun cuando el señor Touchett hubiese consentido en separarse (y ése no era caso), a él mismo le habría resul­tado sumamente penoso poner un océano como barrera permanente entre su persona y la de su viejo padre, a quien consideraba su mejor amigo. Ralph no sólo que­ría verdaderamente a su padre sino que le admiraba... y se complacía no poco en observarle y verle actuar. A su juicio, Daniel Touchett era un hombre extraordinario, un verdadero genio y, aunque él no se sentía con aptitu­des para el oficio de banquero ni entendía los miste­rios de actividad bancaria, se había aplicado a estudiar de todo ello lo necesario para comprender el gran papel que su padre lograba desempeñar. Mas no era esto, con ser mucho, lo que de él más le gustaba; lo que más le atraía y admiraba era aquel semblante marfileño, como puli­mentado por el aire inglés, que el anciano había opues­to a cualquier intento de penetración. Daniel Touchett no había estudiado en Harvard ni en Oxford y era culpa suya haber proporcionado a su hijo los medios de ejer­citar la crítica moderna. Así, Ralph, que tenía la cabeza llena de ideas que su padre no llegaba a adivinar, sentía gran estimación por la originalidad de su progenitor. Por lo general se atribuye, acertada o erróneamente, a los americanos una extraordinaria facilidad de adaptación a las condiciones de otros países, pero buena parte del gran éxito del señor Touchett se debía precisamente a su re­nuencia a plegarse por completo al ambiente. Había sabi­do conservar con su prístina frescura la mayor parte de las características de su juventud, y su entonación, como acer­tadamente solía decir su hijo, era la de las regiones más feraces de Nueva Inglaterra. Al final de su vida había lle­gado a ser, en su propio terreno, tan apacible como rico, combinando la astucia más perfecta con una superficial fraternidad, y su «posición social», de la que nunca se ha­bía preocupado, tenía la turgente perfección de un fruto todavía intacto. Acaso fuese todo ello por su falta de ima­ginación y de lo que suele llamarse sentido histórico, pe­ro el hecho es que su espíritu permaneció siempre her­méticamente cerrado a las impresiones que por lo general causan en los extranjeros cultos las cosas de la vida ingle­sa. Había ciertas diferencias que jamás llegó a percibir,      ciertos hábitos que nunca adoptó, muchas oscuridades que jamás trató de aclarar. Por lo que a éstas respecta, cabe ase­gurar que si algún día hubiera llegado a sondearlas, su hi­jo no habría tenido tan buena opinión de él.

            Al dejar la Universidad de Oxford, Ralph había pa­sado un par de años viajando, después de los cuales se encontró encaramado en un alto taburete del banco de su padre, El honor y la responsabilidad que tal posición entraña no se mide, según creo, por la altura del men­cionado taburete, sino por consideraciones de otra ín­dole. Y Ralph, que tenía las piernas muy largas, no sólo se complacía en estar de pie cuando trabajaba sino, in­cluso, en andar de un lado para otro. Sin embargo, sólo pudo consagrar muy poco tiempo a dicho ejercicio, pues al cabo de año y medio se convenció de que había en­fermado en serio por culpa de un fuerte resfriado que le afectó gravemente los pulmones y se los dejó en un esta­do terrible. Tuvo, pues, que abandonar el trabajo y dedi­carse en cuerpo y alma al triste oficio de cuidar de su sa­lud. Al principio pareció desdeñar un poco su tarea, pues se le antojaba como si no hubiese de cuidarse a sí mismo sino a otra persona por la que él no sentía interés alguno y con la que nada tenía en común. Sin embargo, tal per­sona se fue haciendo más digna de aprecio a medida que la atendía, y Ralph no tuvo más remedio que ir conci­biendo, aunque a regañadientes, cierta tolerancia, inclu­so un si es no es oculto respeto por sí mismo. Mas, como nada hace tan buenos camaradas como el infortunio, y nuestro joven se había convencido de que se jugaba algo en el asunto... (generalmente consideraba que se trataba de su reputación de ingenioso) dedicó a su poco agracia­do pupilo la atención indispensable, lo cual no dejó de surtir el efecto requerido, que fue el de conservarle la vi­da al pobre enfermo. Así pues, comenzó a curarse uno de sus pulmones mientras que el otro prometió seguir su ejemplo, y se le aseguró que podría-soportar cuando me­nos otros doce inviernos si se avenía a pasarlos en los cli­mas a que acuden principalmente los atacados del mal de consunción. Y, como había llegado a estar verdaderamente encaprichado con la ciudad de Londres, maldecía con to­das sus fuerzas la falta de interés de su forzoso destierro. A pesar de todo, aunque lo maldecía acabó por confor­marse y, a medida que iba sintiendo que su sensible or­ganismo agradecía los favores que tan de mala gana le concedía, se inclinaba a concederlos cada vez con más buena voluntad. Así pues, como suele decirse, hibernó en el extranjero, calentándose al sol, quedándose en casa cuando soplaba el viento, yéndose a la cama cuando llo­vía, y más de una vez, cuando nevaba toda la noche, per­maneciendo acostado todo el día siguiente.

            Una secreta provisión de indiferencia... como sabro­so pastel que la buena niñera le hubiese puesto en su pri­mera cartera escolar... le proporcionó eficaz auxilio y le ayudó a soportar su sacrificio, ya que, en el mejor de los casos, sentíase demasiado enfermo para todo lo que no fuese aquella su ardua tarea. Como solía decirse a sí mis­mo, en realidad no había nada que él deseara hacer, de ma­nera que por lo menos no renunció desertando del cam­po de batalla. De todos modos, había veces en que la fragancia del fruto prohibido parecía envolverle y flotar en torno suyo para recordarle que el mejor de todos los placeres es el de lanzarse a la acción. Vivir como él estaba viviendo era tanto como leer un buen libro en una mala traducción... solaz harto desmedrado para un joven con­vencido de que habría podido llegar a ser un excelente lin­güista. Pasó algunos inviernos buenos y algunos malos, y, mientras aquéllos duraron, hubo momentos en que fue presa de la ilusión de que había recobrado la salud. Tal imagen quedó desvanecida tres años antes de que diera comienzo este relato. En aquella ocasión había permane­cido en Inglaterra más de lo debido y le había sorprendi­do muy mal tiempo antes de llegar a Argel. Arribó allí más muerto que vivo y en ese lugar hubo de permanecer va­rias semanas entre la vida y la muerte. Su convalecencia resultó un verdadero milagro, pero lo que primero se le ocurrió pensar fue que semejantes milagros no ocurren más que una vez. Se dijo, pues, que su hora estaba ya a la vista y que era deber suyo no quitarle ojo de encima, pe­ro que, por lo mismo, tenía que pasar el tiempo que le que­daba lo mejor posible y de acuerdo siempre con lo que su preocupación pudiera permitirle. Ante la simple perspec­tiva de llegar a perderlas en un futuro próximo, el uso de sus facultades le resultó el más delicado de los placeres, y le pareció que el deleite de la contemplación no había si­do jamás ensalzado como se merecía. Estaba lejos el tiem­po en que le parecía cosa sumamente ardua el verse obli­gado a abandonar la idea de lucirse; idea, no por vaga me­nos importante, y no menos deliciosa por verse forzada a luchar en el mismo pecho en el que ardía la llama de la autocrítica. Sus amigos le juzgaban ahora más alegre y atri­buían tal hecho a una teoría que aprobaban con los movi­mientos de cabeza del que conoce: a saber, que iba a re­cobrar la salud. Pero lo cierto era que su serenidad no era más que el adorno proporcionado por unas flores silves­tres en las ruinas de sí mismo.

            Con todo ello, era muy probable que la sabrosa cuali­dad de la cosa observada fuese lo que principalmente sus­citara el interés de Ralph por la llegada de una joven que a todas luces no tenía nada de insípida. Si él se hallaba en dis­posición favorable, algo le decía que tenía ya ocupación agradable para una infinidad de días. A lo cual cabría aña­dir, en forma harto sumaria, que la idea de amar... a dife­rencia de la de ser amado... seguía ocupando un sitio pre­ferente en el reducido boceto de su vida. Lo único que él se había prohibido deliberadamente era el desbordamien­to de la expresión. De todos modos, ni él había de querer inspirar una pasión a su prima, ni ella habría podido, aun cuando lo hubiese deseado, ayudarle a sentirla.

            Así pues, Ralph dijo a su madre:

            -Bueno. Y ahora, dime algo de la jovencita. ¿Qué piensas hacer con ella?

            La señora Touchett, que estaba ya lista para seme­jante pregunta, respondió:

            -Pienso pedirle a tu padre que la invite a pasar tres o cuatro semanas en Gardencourt.

            -No tienes por qué esperar a que tenga lugar esa ceremonia -dijo Ralph-. Estoy seguro de que mi pa­dre la invitará como la cosa más natural del mundo.

            -No sé nada de ello. Por lo pronto, es sobrina mía, no suya.

            -¡Por Dios, mamá! ¡Qué terrible sentido de la pro­piedad! Es una razón de más peso todavía para tratar de in­vitarla. Pero después de eso... quiero decir, después de los tres meses, pues sería absurdo pedirle a la joven que se que­dara solamente tres raquíticas semanas... después de eso, ¿qué piensas hacer con ella?

            -Pienso llevármela a París... para vestirla.

            -Ah, claro; eso, por lo pronto. Pero, aparte de eso, ¿qué?

            -La invitaré a que vaya a pasar conmigo el otoño a Florencia.

            -Ya veo que no te extiendes en detalles, mamá. Lo que quisiera saber es qué vas a hacer con ella, en general.

            -Lo que deba -declaró la señora Touchett. Y aña­dió-: Ya me figuro que le tienes lástima.

            -Nada de eso -contestó el hijo-. No es de las que mueven a compasión. Más bien creo que la envidio. Sin embargo, antes de estar seguro, dime qué es lo que con­sideras tu deber para con ella.

            -Le mostraré cuatro países de Europa... y la deja­ré que escoja dos de ellos... procurándole la oportunidad de perfeccionarse en el francés, que ya conoce bien.

            Ralph frunció un tanto el entrecejo y dijo:

            -Parecen unos planes un tanto áridos y algo abu­rridos, aun a pesar de que le permitas escoger dos países de su gusto.

            La madre se echó a reír y dijo:

            -Pues, si parecen áridos no tienes más que dejar que Isabel se encargue de remediarlo. Ella se basta y se so­bra porque es como la lluvia en pleno verano.

            -¿Quieres decir que es un ser extraordinario?

            -No sé si es o no un ser extraordinario; sé que es una muchacha muy inteligente, de una fuerte voluntad y de un gran temperamento. Y no sabe qué es el aburrimiento.

            -Ya me lo imagino -dijo Ralph. Y añadió brusca­mente-: ¿Cómo os lleváis las dos?

            -¿Quieres decir con eso que soy una pesada? No creo que ella piense tal cosa. Ya sé que algunas mucha­chas lo creen, pero Isabel es demasiado inteligente para ello. Por el contrario, me parece que la entretengo mu­cho. Nos llevamos perfectamente porque creo com­prenderla, porque sé qué clase de muchacha es. Isabel es una muchacha franca, yo también soy franca, y las dos sabemos perfectamente lo que cada una puede esperar de la otra.

            -Mi querida mamá -exclamó Ralph-, uno sabe siempre lo que puede esperar de ti. A mí no me has sor­prendido más que una voz, y ha sido precisamente hoy, haciéndome el regalo de una preciosa prima cuya exis­tencia ignoraba por completo.

            -¿Tan guapa te parece?

            -Muy guapa, sin duda, pero no hay por qué insis­tir en tal cualidad. Lo que más me llama la atención en ella es que parece tener verdadera personalidad. ¿Quién es y qué es esa criatura tan rara? ¿Dónde la encontraste y cómo tuviste la suerte de conocerla?

            -La encontré en una vieja casa de Albany, sentada en un cuarto triste en un día de lluvia, leyendo un libro­te enorme y aburriéndose mortalmente. Ella no se daba cuenta de que se aburría, pero, cuando la dejé, no me cupo la menor duda de que me quedaba muy agradeci­da por el favor que le había hecho... Ya me figuro que me dirás que no debía espabilarla... que debí dejarla en paz. Tal vez eso sea razonable, pero yo actué con plena con­ciencia de lo que hacía, porque se me antojó que ella estaba destinada a algo mucho mejor. Y entonces pensé que sería una buena obra por mi parte llevármela a via­jar y hacerle conocer el mundo. Ella piensa que conoce mucho de él, pero le pasa lo que a la mayoría de las mu­chachas norteamericanas, que está ridículamente enga­ñada. Si quieres saberlo, pensé que llegaría a sentirme orgullosa de ella. Yo deseo que piensen bien de mí, y pa­ra una mujer de mi edad no hay en cierto modo nada tan conveniente como una sobrina interesante y bonita. Ya sabes que durante muchos años no quise saber nada de los hijos de mi hermana, pues no estaba en absoluto de acuer­do con la conducta del padre. Pero siempre tuve el pro­pósito de hacer algo por ellos el día en que él recibiese su merecido. Así pues, antes me enteré del lugar donde podría hallarlos y, sin más preámbulos, fui y me presen­té yo sola. Hay dos hijas más, las dos casadas, pero no pude ver más que a la mayor, cuyo marido es por lo de­más un hombre bastante mal educado. Su esposa, que se llama Lily, se entusiasmó con mi idea de encargarme de Isabel y dijo que eso era precisamente lo que su herma­na precisaba..., que alguien se interesase por ella. Habló de Isabel como si se refiriera a una joven muy dotada, pero falta de ayuda y de aliento. Es posible que Isabel sea un genio, pero en tal caso no he llegado a saber todavía en qué sentido lo es. La señora Ludlow estaba verdaderamente entusiasmada con mi proyecto de traerla a Eu­ropa, pues allí todos consideran Europa una tierra don­de emigrar, una especie de refugio para su exceso de población. Isabel pareció también entusiasmada con la idea de venir, de manera que la cosa no ofreció la me­nor dificultad y todo se pudo arreglar de la forma más fácil del mundo. Sólo había una pequeña dificultad, y era lo relativo al dinero, pues Isabel parecía no querer estar sometida a dependencia pecuniaria alguna, aun­que posee una pequeña renta y se figura que viaja a sus propias expensas.

            Ralph había prestado atención a tan sensata infor­mación, que no hizo que disminuyera su interés. Luego dijo:

            -¡Ah!, pues, si es un genio, no hay duda de que ave­riguaremos en qué sentido lo es. ¿No lo será tal vez pa­ra el flirteo?

            -No me lo parece. Al principio es posible sospe­char tal cosa, pero sería un error. Te aseguro que así co­mo así no podrás llegar a conocerla.

            -Pues, entonces -exclamó Ralph con regocijo-, Warburton se equivoca lamentablemente, porque se va­nagloria de haber hecho tal descubrimiento.

            La madre, moviendo la cabeza, respondió:

            -Lord Warburton no podrá comprenderla, y no tie­ne por qué intentarlo.

            -Es un hombre muy inteligente, pero no le vendrá mal tener de vez en cuando algo de qué atormentarse y preocuparse.

            -A Isabel le encantará poder intranquilizar a todo un lord -dijo la señora Touchett.

            Y el hijo, frunciendo el ceño, replicó:

            -Pero ¿qué sabe ella de lords ni cosas por el estilo?

            -Absolutamente nada. Eso es precisamente lo que más le perturbará a él.

            Acogió Ralph tales palabras con una sonora carcaja­da y luego miró hacía el exterior por la ventana.

            -¿No bajas a ver a mi padre? -preguntó.

            -A las ocho menos cuarto -respondió la señora Touchett. Ralph consultó su reloj e insinuó:

            -Aún te queda un cuarto de hora. Bueno, dime al­go más sobre Isabel. -Pero como la señora Touchett se negó a complacerle, diciéndole que debía averiguarlo por

sí mismo, él prosiguió-: No hay duda de que te da pres­tigio, pero ¿no temes que te dé también algún quebra­dero de cabeza?

            -Espero que no, pero, si lo hiciera, no creas que voy a tratar de zafarme. No lo he hecho nunca, ni lo haría ahora.

            -A mí me parece una muchacha muy natural en to­do -replicó su hijo.

            -Pues la gente natural no es la que da más quebra­deros de cabeza.

            -Cierto -dijo Ralph-; tú eres una prueba de ello. Tú eres extraordinariamente natural y estoy seguro de que nunca le has ocasionado a nadie la menor molestia. Causar molestias da trabajo. Pero dime, se me acaba de ocurrir: ¿Isabel es capaz de hacerse antipática?

            -¡Ah! Eso es demasiado preguntar -contestó su madre-. Averígualo tú mismo.

            Pero Ralph no había acabado con el repertorio de preguntas, así que dijo:

            -Desde que estamos conversando no se te ha ocu­rrido decirme qué piensas hacer con ella.    

            -¿Qué pienso hacer con ella? Hablas como si se tra­tase de una vara de percal. Yo no pienso hacer absoluta­mente nada, y ella hará lo que mejor le parezca. Así me

lo ha hecho saber.       

            -Entonces, ¿qué querías decir en tu telegrama con aquello de que era de carácter independiente?

            -Yo no sé nunca lo que quiero decir en mis tele­gramas... sobre todo en los que envío desde América. La claridad resulta demasiado cara. Bueno, vamos a ver a tu padre.

            -No son todavía las ocho menos cuarto -dijo Ralph.

            -Pero debo aliviar su impaciencia -contestó la se­ñora Touchett.

            Ralph sabía perfectamente a qué atenerse con res­pecto a la impaciencia de su señor padre, pero no quiso replicar y se limitó a ofrecerle el brazo a su madre para bajar.

            Esto le permitió detenerse un momento con ella en el rellano de la escalera... de aquella suntuosa escalera ancha y corta, de macizas barandillas de roble ennegre­cidas por el tiempo y que era una de las características mías sobresalientes de la mansión de Gardencourt. Allí, Ralph dijo sonriendo:

            -¿No se te ha ocurrido la idea de casarla?

            -¿Casarla? Por nada del mundo quisiera hacerle esa mala jugada. Por lo demás, ella puede perfectamente ca­sarse, si ése es su gusto. Para ello tiene cuantas facilida­des pueda apetecer.

            -¿Quieres decir que ya tiene marido en perspectiva?

            -Por lo que a marido hace, no sé; pero parece que un joven de Boston...

            Sin embargo, Ralph no deseaba oír hablar del joven de Boston, de modo que comentó:

            -Bien dice mi padre que todas están siempre com­prometidas.

            Su madre le había insinuado que, para satisfacer su curiosidad, debía beber en la propia fuente, y pronto se hizo evidente que no le faltarían ocasiones de hacerlo. Así, cuando él y la joven se quedaron solos en el salón, tuvo con ella una larga e interesante charla. Antes de la comi­da, lord Warburton, que había hecho un viaje de unas diez millas a caballo desde su propia mansión, montó de nuevo en la silla y se marchó a trote largo; y, una hora después de terminada la comida, el señor y la señora Touchett, que parecían haber agotado todo tema de conversación, se retiraron, con el pretexto del cansancio, a sus respec­tivas habitaciones. En cambio, el joven se quedó todavía una hora más hablando con su prima, la que, a pesar de haber estado medio día viajando, no daba señales de ago­tamiento. Cierto que estaba cansada; bien lo sentía ella, como igualmente sentía que al día siguiente lo habría de pagar con creces, pero en esa época había adquirido la costumbre de soportar la fatiga hasta extremos insospe­chados y de no confesarlo hasta que ya no le era mate­rialmente posible disimularlo. De momento era posible proceder con exquisita hipocresía, pues estaba profunda­mente interesada en la conversación y, como se decía a sí misma, se sentía como suspendida, flotando en el aire. Rogó a Ralph que le mostrase los cuadros, tan abundan­tes en la casa y muchos de los cuales habían sido selec­cionados por él mismo. Los mejores de la colección es­taban colgados en una galería de madera de roble, de nobles proporciones, que por lo general estaba alumbra­da por la noche y en cuyos dos extremos había dos sa­loncitos de estar. La luz era demasiado escasa para hacer honor a los cuadros y la visita podría haberse aplazado hasta el día siguiente, y así se atrevió a sugerirlo Ralph; pero Isabel pareció contrariada y decepcionada y, con la mejor de sus sonrisas, dijo:

            -Si no tiene inconveniente, me gustaría echarles aunque sólo sea un vistazo.

            Estaba ansiosa por verlos, sabía que lo estaba y pare­cía estarlo, pero no le era posible evitarlo. Ralph dijo pa­ra sí: «Por lo visto no atiende a las insinuaciones que se le hacen». Lo pensó sin irritación, más bien complacido e interesado por la insistencia de la muchacha. De trecho en trecho, sobresalían de las paredes unas ménsulas que sostenían las lámparas, y si la iluminación era imperfec­ta, su resultado era pasmoso. La luz daba en las superfi­cies indistintas de ricos colores y en los ya desvanecidos dorados de los gruesos marcos de talla, y hacía brillar el encerado piso de la galería. Ralph tomó un candelabro y empezó a mostrarle a Isabel las cosas que eran más de su gusto. Ella fue mirando con la mayor atención las pintu­ras una tras otra, subrayando su opinión con pequeñas ex­clamaciones y murmullos. Se hacía evidente que era juez competente en la materia y que tenía un gusto verdade­ramente refinado, cosa que a Ralph le impresionó. Tomó ella otro candelabro y lo acercó a este y a otro cuadro de­tenidamente, levantándolo hacia la parte alta de tal o cual pintura... y, mientras lo hacía, él se dio cuenta de que es­taba plantado en medio de la sala, mirando también con profunda atención, pero no a los cuadros sino a ella. A decir verdad, no perdió nada con semejante contem­plación, pues ella era mucho más digna de admiración que la mayor parte de aquellas obras de arte. Era indiscuti­blemente delgada, probablemente liviana y evidentemente alta. Cuando quienes las conocían intentaban distinguir a Isabel de sus otras dos hermanas, la llamaban la esbelta. En las demás mujeres había llegado a suscitar enconada envidia su cabellera, tan oscura que era casi negra; y sus claros ojos grises, quizá demasiado firmes en los momen­tos más graves, tenían una suave mirada condescendien­te. Primo y prima fueron paseando de un extremo a otro de la galería hasta que, al cabo de un rato, ella dijo:

            -Bueno, ya sé más de lo que sabía cuando empe­zamos.

            -Por lo visto, el saber te apasiona -dijo su primo.

            -Así lo creo. La mayoría de las muchachas son te­rriblemente ignorantes.

            -Pero tú eres distinta de la mayoría.

            -Y muchas de ellas también lo serían... aunque tal como se les suele hablar... -murmuró Isabel, que pre­fería no concentrarse en misma. Y, para cambiar de con­versación, añadió-: Dime, ¿no hay aquí fantasmas?

            -¿Fantasmas?

            -Sí, algo así como un espectro del castillo, algo que se aparece. En América les llamamos duendes.

            -Y aquí también, cuando los vemos.

            -Entonces, ¿los veis? No hay duda de que habéis de verlos en esta vieja casa tan romántica.

            -No tiene nada de romántica -dijo Ralph-. Si así lo crees, te vas a llevar un gran desengaño. Es una casa tristemente prosaica. Aquí no hay más romanticismo que el que puedas haber traído contigo.

            -Indudablemente he traído mucho, pero creo que lo he traído al sitio más conveniente.

            -Más conveniente para que no corra ningún peli­gro, no hay duda. Nada malo podrá aquí ocurrirle por parte de mi padre o por la mía. Después de mirarle un momento, Isabel le preguntó:

            -¿Siempre estáis solos aquí tu padre y tú?

            -Naturalmente, está también mi madre.

            -¡Ah! Tu madre, la conozco perfectamente. No es nada romántica. ¿No hay nadie más?

            -Unas pocas personas.

            -Pues lo siento, porque me gusta mucho ver gente.

            -Entonces invitaremos a toda la del condado para que te entretengan -dijo Ralph.

            -Te estás burlando de mí -contestó ella con aire algo grave-. ¿Quién es el caballero que estaba con vo­sotros cuando yo llegué?

            -Un vecino del condado. No viene mucho por aquí.

            -Lo siento, porque me resultó simpático -dijo Isabel.

            -¡Vaya! Si me pareció que apenas le dirigiste la pa­labra -observó Ralph.

            -Eso no importa, me gustó de todos modos. Tam­bién me gusta mucho tu padre.

            -Es lo mejor que podría ocurrirte, porque es el hom­bre más amable del mundo.

            -Me apena mucho que esté enfermo -dijo Isabel.

            -Podrás ayudarme a cuidarle; debes de ser buena enfermera.

            -No lo creo; me han dicho que no lo soy. Dicen que tengo demasiadas teorías. Pero, ahora que caigo, todavía no me has dicho nada del fantasma.

            Ralph no hizo caso de tal insinuación y comentó:

            -Si te gustan mi padre y lord Warburton, tengo por seguro que también te gusta mi madre.

            -Así es; tu madre me gusta mucho porque... por­que... -Isabel trató de definir con claridad la razón del afecto que sentía por la señora Touchett.

            -¡Bah! Nunca sabemos por qué nos gusta alguien -dijo él riendo. Pero ella contestó:

            -Yo siempre sé por qué. Es porque ella no espera gustar a los demás. No le importa gustar o no gustar.

            -Entonces, ¿tú la adoras, por pura travesura? Si es así, me alegro, porque yo me parezco mucho a ella.          -No lo creo, en absoluto. A ti te gusta agradar a los demás y haces lo necesario para lograrlo.

            -¡Santo Dios! Qué bien calas a las personas -ex­clamó Ralph con una consternación que no. era fingida.

            -Pero me resultas igualmente simpático. La me­jor manera de confirmarme en ello será mostrarme el fantasma.

            Ralph movió la cabeza con escepticismo.

            -Aunque te lo mostrase, no podrías verlo. No to­dos tienen ese privilegio, cosa por lo demás nada envi­diable. Jamás lo vio una persona joven, inocente y feliz como tú. Uno tiene que haber sufrido antes, haber su­frido profundamente, y de tal suerte haber adquirido un triste conocimiento. Así es como los ojos de uno pueden

abrirse a la visión del fantasma. Yo lo vi hace mucho tiempo.

            -Ya te he dicho que me muero por adquirir cono­cimientos -dijo Isabel.

            -Sí, me doy cuenta, por conocer cosas agradables. Pe­ro tú no has sufrido y tampoco estás hecha para el sufri­miento. Así, confío en que nunca llegarás a ver al duende.

            Había estado ella escuchándolo atentamente con una dulce sonrisa en sus labios, pero con mirada grave y re­flexiva. Aunque a él le había parecido encantadora, tam­bién le dio la impresión de ser algo presuntuosa, en lo cual residía precisamente parte de su encanto. Esperó la contestación de la muchacha.

            -Ya sabes que no tengo miedo -dijo ella. Y a Ralph esa frase se le antojó harto presuntuosa.

            -¿De sufrir? ¿No tienes miedo de sufrir?

            -De sufrir, sí; pero no de los fantasmas. Opino que la gente sufre con demasiada facilidad.

            -No creo que pienses eso -dijo Ralph mirándola fijamente, con las manos en los bolsillos.

            -No creo que eso sea un defecto -respondió ella-. No es absolutamente necesario sufrir. No estamos hechos para eso.

            -Tú seguramente no.

            -No hablo de mí misma -dijo ella y se alejó unos pasos.

            -De acuerdo, no es un defecto -replicó el pri­mo-. Ser fuerte es un gran mérito.

            -Pero si una no sufre, la gente la califica de dura.

            A través del saloncito, por donde habían pasado al dejar la galería, llegaron al vestíbulo y se detuvieron allí al pie de la escalera. Ralph, tomando un candelabro de un nicho, se lo ofreció a su prima, diciéndole al mismo tiempo:

            -No te impone lo que puedan decir de ti, porque cuando uno sufre, le llaman idiota. Lo que importa es ser lo más dichoso posible.

            Le miró ella un momento, al punto que ponía el pie en el primer peldaño de roble, y dijo:

            -A eso es precisamente a lo que he venido a Euro­pa, a ser lo más dichosa posible. Buenas noches.

            -Buenas noches. Te deseo un gran éxito en tu em­peño y será para mí una gran satisfacción contribuir a ello cuanto pueda.

            Le volvió ella la espalda y él la contempló mientras subía poco a poco los bruñidos escalones. Y, metiéndose de nuevo las manos en los bolsillos, regresó al vacío y semioscuro saloncito próximo a la galería.

 

 

6

 

 

            Isabel Archer era una muchacha de imaginación su­mamente viva, que profesaba múltiples teorías. Por suer­te, poseía una inteligencia muy superior a la de la mayo­ría de la gente entre la que le cupo nacer, percibía con mayor amplitud la naturaleza de los hechos y realidades que la circundaban y, sobre todo, sentía una mayor preo­cupación por adquirir conocimientos de las cosas poco co­rrientes. De tal modo, que sus contemporáneos la consi­deraban una joven de gran profundidad, pues esas nobles gentes nunca escatimaban su admiración por la riqueza intelectual que ellos nunca cultivaban, y hablaban de Isa­bel como si fuera un prodigio de cultura, que además ha­bía leído a los clásicos... traducidos.

            Su tía paterna, la señora Varian, hizo correr un día la voz de que su sobrina estaba escribiendo un libro... pues ella, que sentía una gran veneración por los libros, estaba convencida de que la muchacha llegaría a distin­guirse notablemente como escritora. La señora Varian tenía un alto concepto de la literatura, a la que aprecia­ba con la estimación que acompaña a un sentimiento de privación. Su gran casa, notable por su conjunto de me­sas de mosaico y techos decorados, carecía de bibliote­ca, y en calidad de volúmenes impresos no contenía na­da más que media docena de novelas en rústica en la habitación de una de las señoritas Varian. En realidad, la relación de la señora Varian con la literatura se redu­cía a su lectura del The New York Interviewer, pues, co­mo ella decía, y no sin razón, una vez que se ha leído el Interviewer se ha perdido la fe en la cultura. De tal suer­te, procuraba guardar tal publicación fuera del alcance de sus hijas, pues estaba decidida a educarlas convenien­temente y, así, no leían absolutamente nada. Su impre­sión acerca de los trabajos de Isabel no pasaba de ser pu­ra fantasía, ya que la muchacha no había intentado jamás escribir un libro y no aspiraba en absoluto a ceñirse los laureles de gloria del autor. Ella carecía sin duda de ca­pacidad para expresarse, y no creía ser un genio, pero pensaba que estaban en lo cierto quienes la trataban co­mo si fuera realmente superior a ellos. Lo fuera o no, quienes la admiraban por creerla superior estaban en su perfecto derecho. Por su parte, a ella se le antojaba que su inteligencia era más rápida que la de los demás, y eso le producía una impaciencia que podía confundirse con un sentimiento de superioridad. Así pues, puede afirmarse que Isabel pecaba, seguramente, de excesiva estimación por sí misma; se complacía con frecuencia en contemplar su propia manera de ser y solía dar por sentado, a pesar de la falta de pruebas, que tenía razón, lo que la inducía a tributarse a sí misma el homenaje de la propia admira­ción. No obstante, sus errores y decepciones eran de la índole de esos que todo biógrafo interesado en preser­var la dignidad del sujeto biografiado debe guardarse de especificar. Sus ideas eran un embrollo de vagos sistemas que no había corregido el buen juicio de personas bien informadas. En cuestión de opiniones seguía su propio impulso, lo que la había conducido ya por mil ridículos extravíos, zigzags y vericuetos. A veces descubría ella so­la que estaba grotescamente equivocada y, entonces, pa­saba toda una semana dedicada a humillarse apasiona­damente, después de lo cual reaparecía con la cabeza más erguida que nunca, pues... no había nada que hacer... la joven sentía un insuperable deseo de tener buena opi­nión de sí misma. Profesaba la teoría de que únicamen­te así valía la pena vivir, que una debía figurar entre las mejores, tener conciencia de una buena organización (no le era posible pensar que su organización no fuera la mejor del mundo), moverse siempre dentro de un haz luminoso de sabiduría natural, de impulso feliz, de ins­piración graciosamente perenne. Le parecía casi tan inne­cesario e inexcusable dudar de sí misma como dudar del mejor de los amigos, pues cada uno debería tratar de ser su propio amigo y, de tal suerte, proporcionarse a sí mis­mo la mejor compañía.

            Sin duda alguna, la muchacha poseía cierta nobleza de imaginación que le otorgaba no pocos favores, pero que también le jugaba no pocas malas pasadas. La mitad del tiempo lo pasaba pensando en la belleza, el valor y la mag­nanimidad, y estaba resuelta a contemplar el mundo como un lugar de brillantez, de libre expansión, de acción irre­sistible, concluyendo por consiguiente que nada había tan detestable como el sentir miedo o vergüenza. Tenía una confianza ilimitada en que nunca haría nada que estuviera mal hecho. Cuando alguna vez había descubierto sus pro­pios sentimientos equivocados (descubrimiento que la ha­cía temblar como si hubiese logrado zafarse de una tram­pa donde habría podido quedar atrapada y ahogada) se había enojado tanto que la simple posibilidad de causar seme­jante dolor a otra persona, aunque sólo fuera accidental­mente, la hacía quedarse sin aliento, porque eso se le an­tojó siempre lo peor que pudiera acontecerle. En conjunto, cuando reflexionaba detenidamente, no experimentaba titubeo ni incertidumbre alguna acerca de lo que estaba mal. No le gustaba la apariencia de las cosas que no estaban bien y, cuando las miraba con atención, las reconocía en el acto. Le parecía mal ser mezquino, celoso, falso, cruel. No había visto gran cosa de las maldades del mundo, pe­ro si algunas mujeres que mentían y trataban de hacerse daño recíprocamente. Y el verlo irritaba de tal modo a su espíritu elevado, que le parecía indecoroso no denigrarlas. Por supuesto, el peligro que acecha al espíritu elevado, es el de ser incongruente... de seguir con la bandera izada, sin querer arriarla ni aun después de haberse rendido la plaza, un proceder tan avieso que casi resultaba un deshonor para la misma bandera. Mas Isabel, poco familiarizada con la clase de artillería a que suelen estar expuestas las jóvenes, se vanagloriaba haciéndose la ilusión de que nunca tales contradicciones estarían presentes en su conducta. Su vi­da iba a estar siempre en armonía con las impresiones más gratas que ella produciría; ella sería lo que aparentaba y aparentaría lo que era. A veces llegaba hasta el extremo de desear encontrarse algún día en una situación difícil a fin de poder estar a la altura de las circunstancias mos­trándose tan heroica como lo exigiera la ocasión. De tal suerte, habida cuenta de su escasa sabiduría, sus exaltados  ideales, su confianza a un tiempo inocente y dogmática, su mezcla de curiosidad y exigencia, de indiferencia y vivaci­dad, su anhelo de parecer estimable y de ser mejor aún si cabía, su decisión de ver, de probar, de conocerlo todo, su combinación de espíritu delicado, vivo y poco metódico y de criatura vehemente y de condición elevada, Isabel po­dría ser víctima de una crítica científica por parte del lec­tor, si no fuera destinada a suscitar en él un impulso más condescendiente, más expectante y benévolo.

            Una de las teorías predilectas de Isabel Archer era la de que tenía suerte al ser independiente, y que debía ha­cer un uso inteligente de ese estado, al cual no llamó ja­más estado de soledad ni mucho menos de aislamiento ya que tales descripciones se le antojaban poco convincen­tes y podían ser remediadas con sólo hacerle caso a su her­mana Lily, quien le suplicaba de continuo que fuese a ver­la y a vivir con ella. Tenía Isabel una amiga a la que había conocido poco antes de la muerte de su propio padre y a la que consideraba siempre un verdadero modelo por el ejemplo de actividad útil que con su vida ofrecía. Hen­rietta Stackpole, que así se llamaba la amiga, gozaba de la ventaja de poseer una habilidad definida. Se había lanza­do de lleno al periodismo, y sus crónicas al Interviewer desde Washington, desde Newport, desde las White Mountains y otros lugares le dieron un prestigio univer­sal. Calificaba Isabel tales crónicas de «efimeras», lo cual no obstaba para que experimentase la más alta estimación por el valor, la energía y el buen humor de aquella escri­tora que, sin influencias, medios de fortuna ni parientes, había adoptado a tres hijos de su hermana enferma y viu­da, y con el producto de sus trabajos literarios les pagaba la educación en los colegios a que asistían. Henrietta se hallaba de lleno en la vía del progreso y tenía opiniones tajantes acerca de la mayor parte de los asuntos. Desde hacía tiempo albergaba el gran anhelo de poder embar­carse para Europa y enviar una serie de crónicas al Inter­viewer desde un punto de vista avanzado... empeño tanto más fácil para ella cuanto que conocía perfectamente de antemano cuáles serían sus opiniones y las innumerables críticas que suscitaban la mayor parte de las instituciones europeas. De modo que, al enterarse de que Isabel par­tía para Europa, ella quiso zarpar también para el Viejo Mundo, pensando que sería una verdadera delicia el po­der hacer juntas el viaje; pero hubo de postergar la reali­zación de su proyecto. La escritora consideraba a Isabel un ser extraordinario y había hablado encubiertamente de ella en algunas de sus crónicas, aunque había tenido siempre buen cuidado de no decírselo a su amiga, a quien no le habría agradado y que no era lectora asidua del Interviewer. Para Isabel, Henrietta era la prueba fehaciente de que una mujer podía bastarse a sí misma y ser com­pletamente feliz. Sus recursos eran corrientes, pero, co­mo la misma Henrietta solía decir, aunque una no tuvie­ra talento periodístico ni el genio de adivinar lo que el público iba a desear, no por eso debía conformarse, creer que carecía de vocación y de aptitudes provechosas, y re­signarse a ser frívola y vacía. Por su parte, Isabel estaba. firmemente decidida a no ser vacía ni frívola. Todo era  cuestión de esperar, con la seguridad de que, si una sabía hacerlo con la paciencia conveniente, acabaría por hallar          al alcance de la mano la tarea satisfactoria. Ni qué decir tiene que, entre las varias teorías de la joven, figuraba una " surtida colección de ideas sobre el tema del matrimonio. La primera era su convencimiento de la vulgaridad que entrañaba el pensar demasiado en ello. Anhelaba con fer­vor el verse liberada de pensar con vehemencia en tal co­sa, y sostenía que una mujer debe poder vivir por sí y pa­ra sí, libre de toda insustancialidad, y que era del todo posible ser feliz sin la obligada compañía de una persona del otro sexo, de mentalidad más o menos tosca. Tales as­piraciones se realizaron totalmente. Había en ella algo realmente puro y orgulloso... -algo que un desdeñado . pretendiente con proclividades analíticas habría califica­do de seco y duro...- que hasta ahora la había mantenido ; desinteresada de cualquier vana conjetura sobre el tema de los posibles maridos. De los hombres que veía, muy po­cos le parecían merecedores de un gasto de tiempo, y le hacía reír el hecho de que alguno de ellos se presentase a sí mismo como un incentivo para la esperanza y una re­compensa a la paciencia. En lo más profundo de su alma se arraigaba la creencia de que, si una luz determinada al­boreaba en su vida, ella se entregaría por entero a ella. Sin embargo, tomada en conjunto, tal imagen era dema­siado imponente para ser atractiva. Los pensamientos de Isabel revoloteaban en torno a esta idea, si bien no se po­saban nunca por mucho tiempo en ella; y cada vez que lo hacía, acababa por producirle alarma. A menudo le pare­cía que se preocupaba demasiado de sí misma; y a tal ex­tremo era así que, en cualquier momento de cualquier época del año, para verla enrojecer hasta la raíz del cabe­llo hubiera bastado con llamarla egoísta empedernida. Pa­saba la vida haciendo planes para su perfeccionamiento espiritual y observando sus progresos. Con todo y con su engreimiento, su manera de ser poseía cierta cualidad de jardín, de la que se desprendía una sugerencia de perfu­me y de ramaje rumoroso, de umbrosas glorietas y pers­pectivas lejanas que le hacían pensar que, al fin y al cabo, la introspección venía a ser como un ejercicio al aire li­bre y que la visita a los lugares más recónditos del alma resultaba inofensiva si se tenía la suerte de regresar de ellos con las manos llenas de rosas. Pero con frecuencia se veía obligada a recordar que en el mundo existían otros jardines además del de su alma maravillosa, y que exis­tían muchos otros lugares que, lejos de ser jardines, no eran sino terrenos pantanosos y pestilentes en los que cre­cía y se desarrollaba una tupida vegetación de miseria y fealdad. En el caudal de esa provechosa curiosidad en que su espíritu había estado flotando y que la había llevado hasta la hermosa y vieja Inglaterra y pudiera tal vez con­ducirla mucho más allá, le ocurría con frecuencia conte­ner el paladeo de su felicidad pensando en los miles de personas que eran menos dichosas que ella... una idea que de pronto hacía que su madura introspección pareciera inmodesta. Así, ¿qué podría una hacer para paliar las desgracias del mundo cuando estaba absorbida por el proyecto de lograr lo agradable para sí misma? Sin em­bargo, hay que rendir culto a la verdad confesando que semejante preocupación nunca la embargó en demasía ni durante mucho tiempo. Era todavía demasiado joven, ex­perimentaba un ansia incontenible de vivir y desconocía casi por completo el dolor. Y se aferraba cada vez más a su teoría de que una joven, a la que todos sin excepción consideraban inteligente, debía comenzar por adquirir una impresión general de la vida. Semejante impresión le parecía necesaria a fin de evitar errores y, una vez logra­da, podría dedicar especial atención a considerar la triste condición de los demás.

            Inglaterra fue una verdadera revelación para ella, y, al verse allí, se dio cuenta de que estaba tan entretenida co­mo un chico ante una pantomima. En sus infantiles ex­cursiones a Europa no había visto sino el continente, y ello sólo a través de las ventanas de su cuarto de niña. En ta­les viajes, la Meca de su padre había sido siempre París y no Londres y, como es natural, las niñas no habían teni­do acceso a lo que a él le interesaba en la capital francesa. Además, las imágenes que le quedaban de semejante épo­ca se habían hecho débiles y remotas, y así esa extraña cua­lidad de Viejo Mundo que impregnaba todo cuanto veía tenía para ella el encanto de algo desconocido y misterio­so. La casa de su tío le parecía una pintura hecha realidad. No se le escapaba refinamiento alguno de cuanto era agra­dable; de modo que aquella rica perfección de la mansión de Gardencourt no sólo le revelaba todo un mundo igno­rado sino que venía a satisfacerle una verdadera necesidad. Las amplias habitaciones de techos oscuros y rincones sombríos, los gruesos alféizares y curiosos marcos de las  ventanas, la suave penumbra, los zócalos brillantes, la ver­de vegetación del jardín, que parecía asomarse al interior, el orden riguroso de lo puramente privado en medio de la «propiedad» -lugar en que todo sonido venía a ser co­mo un feliz accidente, donde hasta la pisada más leve pa­recía amortiguada por la tierra misma, y cuyo aire suave eliminaba toda fricción y estridencia en la conversación-, todo ello era muy del gusto de la joven, y nada ejercía tan­ta influencia sobre sus emociones como su gusto. Así, na­da de extraño tiene que se hiciera gran amiga de su tío y fuera a sentarse en compañía de él cuando le llevaban su sillón al césped. Allí se pasaba él las horas muertas al aire libre, sentado y con las manos cruzadas como un amable y buen dios doméstico, un dios servicial que hubiese rea­lizado su tarea, recibido su remuneración y quisiera tan sólo ir consumiendo semanas y meses hechos de días fes­tivos. Isabel le entretenía mucho más de lo que ella se fi­guraba... pues el efecto que solía producir en la gente era casi siempre muy distinto del que suponía... y a menudo se daba él el gustoso placer de hacerla charlar. Con ese vo­cablo solía él calificar la conversación de su sobrina, con­versación que tenía la misma cualidad incisiva de la de las jóvenes norteamericanas, a las que suele hacérseles más caso que a sus hermanas de los otros países. Con Isabel se había hecho lo mismo que con la mayoría de las mucha­chas en Norteamérica, alentarla a expresar su pensamien­to; se habían tomado en consideración sus observaciones, se había esperado de ella que experimentase emociones y tuviera opiniones propias. No hay duda de que muchas de sus opiniones carecían de verdadero valor, de que muchas de sus emociones se diluían al exteriorizarlas, pero, aun así, habían influido en ella acostumbrándola, por lo me­nos, a aparentar que sentía y pensaba, habían dotado a sus palabras, cuando algo la conmovía, de esa presteza y viva­cidad que muchos habían considerado señal indiscutible de superioridad. El señor Touchett pensaba a veces que le recordaba a su esposa cuando frisaba en los veinte años, pues precisamente fue por ser ella fresca y natural, de rá­pida comprensión y de palabra fácil -cualidades que en su sobrina se acusaban igualmente- por lo que en aquel entonces se enamoró él de la señora Touchett. Sin em­bargo, jamás se aventuró a comunicarle a la joven tal ana­logía, ya que, si la señora Touchett tuvo una época en que se pareció a su sobrina, Isabel no se parecía en nada a la señora Touchett.

            El anciano era todo bondad con la joven. Como el declaraba, hacía ya mucho tiempo que no se había sen­tido en la casa el aleteo de una vida joven; y, de tal mo­do, nuestra heroína, siempre activa y bulliciosa, de bien timbrada voz, le resultaba tan grata a sus sentidos como el murmullo del agua que corre. Estaba deseoso de ha­cer algo por ella y quería que ella se lo pidiera, pero ella no pedía nada y se limitaba a hacer preguntas, si bien en cantidad considerable. Su tío tenía siempre respuestas para todo, aunque, a decir verdad, algunas veces la in­sistencia de Isabel le desconcertaba. Ella no se cansaba de preguntarle acerca de Inglaterra, de la Constitución inglesa, del carácter británico, de la situación política, de las maneras y costumbres de la familia real, de las parti­cularidades de la aristocracia, del modo de vivir y pen­sar de sus vecinos; y, al solicitar que la informase acerca de tales cuestiones, inquiría si los datos que le propor­cionaba coincidían con lo descrito en los libros. Antes de responderle, el anciano la miraba siempre con su fina sonrisa, al tiempo que extendía sobre sus piernas la sua­ve manta de la que nunca se separaba.

            -¿Los libros? -dijo en cierta ocasión-. La ver­dad, yo sé poco de libros, para eso tienes que preguntarle a Ralph. Yo me he guiado siempre por mí mismo.., me he procurado mis datos en la forma natural. No hago nunca demasiadas preguntas; callo y escucho. Desde lue­go, he tenido buenas oportunidades... mejores que las que pueda tener una joven, naturalmente. Aunque no te darías cuenta de ello por mucho que llegaras a obser­varme, tengo un temperamento sumamente curioso e in­quisitivo. Y, por mucho que me observes, mucho más te observaré yo a ti. Durante más de treinta años he esta­do observando a la gente y no tengo reparo en asegurar que he adquirido acerca de ella un conocimiento insu­perable. En conjunto, éste es un país verdaderamente ad­mirable, acaso mucho más de lo que solemos conside­rarlo en el otro lado. Claro que es susceptible de muchas mejoras que me agradaría ver adoptadas, pero aquí no parece considerarlas necesarias. Sin embargo, cuando hay alguna necesidad que todos sienten, se las arreglan para satisfacerla, pero lo cierto es que hasta que lo lo­gran, parece que la espera les resulta cómoda. Por mi parte, he de confesar que me siento mucho más a gusto entre ellos de lo que al principio me figuré. Tal vez se deba esto a que he tenido bastante éxito en mis negocios, pues, cuando se tiene éxito uno se siente más a gusto y como en su propio país.

            -¿Cree usted que, si yo tuviera también éxito, me sentiría como en mi país? -preguntó Isabel.

            -Lo creo muy probable, y, por lo demás, estoy se­guro de que tendrás éxito. Aquí gustan mucho las jóvenes americanas, se muestran muy amables con ellas. Pero no te sientas demasiado como en casa, no lo olvides.

            -¡Oh! No estoy muy segura de que ello pueda sa­tisfacerme -recalcó Isabel con sensatez-. Me gusta mu­cho el país, pero no estoy segura de que la gente me lle­gue a gustar.

            -Aquí la gente es buena, sobre todo si le gustas.

            -No dudo de que lo sea -replicó Isabel-, pero, ¿saben ser agradables en sociedad? Ya sé de sobra que no me van a robar ni a pegar, pero ¿se mostrarán agrada­bles? Esto es lo que me gusta que la gente haga, y no du­do en decirlo porque sé apreciarlo siempre. No creo que sean aquí muy amables con las muchachas, por lo menos en las novelas no lo son.

            -No entiendo absolutamente nada de novelas -di­jo el señor Touchett-. Creo que están escritas con gran habilidad, pero me figuro que no son del todo exactas. Una vez estuvo pasando una temporada con nosotros una señora que escribía novelas. Era amiga de Ralph y él la invitó a venir. Era una mujer muy positiva en todo y pa­ra todo, pero no podía uno fiarse de ella en lo tocante a reflejar la realidad. Me imagino que tenía demasiada ima­ginación. Poco después publicó una obra en la que pre­tendía haber hecho el retrato -más bien caricatura, podría decirse- de mi pobre persona. Yo no lo leí, pero Ralph me entregó el libro con los pasajes más impor­tantes subrayados por él. Éstos constituían un intento de reflejar mi conversación, y todo eran cosas americanas, acento nasal, ideas yanquis, estrellas y barras. Te aseguro que no era nada exacto; por lo visto no se había moles­tado en escucharme bien. Yo no tenía nada que oponer a que ella describiese mi conversación, si ése era su gus­to, pero no podía agradarme que no se hubiese molesta­do siquiera en escucharla. Que hablo como un america­no, es indudable; naturalmente, no puedo hablar como un hotentote. De todas maneras, cuando hablo, me ha­go entender perfectamente por todo el mundo. Pero yo no hablo como el caballero anciano de la novela de esa escritora, el cual ni pasa por americano ni lo querríamos allá a ningún precio. Traigo este hecho a colación para que veas lo poco fidedignos que son esos libros. Por lo demás, como yo no tengo hijas y mi mujer vive en Flo­rencia, no he tenido muchas ocasiones de fijarme en las muchachas. Parece ser que a veces a las chicas de la cla­se baja no se las trataba muy bien, pero creo que en la clase alta ya se las trata mejor, y lo mismo, en cierto mo­do, en la clase media.

            -¡Qué gracioso! -exclamó Isabel-. ¿Cuántas cla­ses hay aquí? Me figuro que lo menos cincuenta.

            -Bueno, creo que no las he contado, porque nun­ca me preocupé gran cosa de las clases sociales. Ésta es una de las ventajas de ser americano aquí: que no se per­tenece a ninguna clase.

            -Por suerte -replicó Isabel-. Imagínese que una tuviera que pertenecer a una de las clases de la sociedad inglesa.

            -No hay que exagerar. Te aseguro que en algunas de ellas no se está del todo mal, especialmente en las más altas. Pero, a mí manera de ver, sólo hay dos clases: la de la gente de quien me fío y la contraria. Y tú, mi querida Isabel, perteneces a la primera de las dos.

            -Muchas gracias -respondió con vivacidad la mu­chacha. A veces adoptaba un continente severo para agra­decer los cumplidos y trataba de zafarse de ellos lo más pronto posible. Sin embargo, a este respecto solía juz­gársela mal, pues se la consideraba insensible a ellos cuan­do, en realidad, lo que hacía era ocultar lo muchísimo que le agradaban. El mostrarlo habría sido mostrar demasia­do. Así, se limitó a añadir-: Estoy convencida de que los ingleses son una gente de lo más convencional.

            Y el señor Touchett no pudo por menos de admitir:     -Todo lo tienen fijado de antemano. Todo ha sido previsto aquí... No les gusta dejar nada para el último momento.

            A lo que la muchacha respondió:

            -Pues a mí me gusta lo imprevisto, no me agrada que me fijen por anticipado lo que he de hacer.

            A su tío le divirtió mucho ver la claridad de las pre­ferencias de la joven.

            -Bueno, pues, por lo pronto, una cosa ha quedado establecida, y es que vas a tener aquí un gran éxito. Creo que eso te gustará.

            -Pues, si son tan tontamente convencionales, no tendré el menor éxito, porque yo no tengo nada de con­vencional, sino todo lo contrario, y eso es lo que no les va a gustar de mí.

            -No, no, te equivocas -dijo el anciano-. No se puede predecir lo que les gustará o desagradará. Son muy variables, y en eso reside su mayor interés.

            -Ah, bueno -replicó Isabel que, de pie delante de su tío y con las manos apoyadas en el cinturón del vesti­do, miraba atentamente hacia el verde césped-. Eso me parece muy bien.

 

 

 

7

 

 

            Tío y sobrina comentaron a menudo con agrado la manera de ser de los ingleses, como si la joven se halla­ra en condición de agradar al público británico; pero la verdad era que el público británico permanecía absolu­tamente indiferente respecto a la señorita Isabel Archer, cuyo destino, como su primo solía decir, la había hecho ir a parar a la casa más triste de toda Inglaterra. En ella su tío, enfermo de gota, recibía a muy poca gente y no era de esperar que la señora Touchett recibiese tampo­co a numerosas visitas, ya que no había cultivado las re­laciones con los vecinos de su esposo. Por lo demás, era muy especial en sus gustos, entre los que figuraba su gran afición a recibir tarjetas. En cambio, por lo que suele lla­marse trato social mostraba una desgana insuperable, a pesar de lo cual nada le agradaba tanto como cubrir la mesa del vestíbulo de la casa con fragmentos oblongos de simbólicos cartoncitos blancos.

            Se vanagloriaba de ser una mujer sumamente justa y había llegado a la irrebatible verdad de que en este mun­do nada se obtiene gratis. Como no había desempeñado en la vida social su papel de señora de Gardencourt, no era de creer que la gente de las cercanías llevase la cuen­ta de sus idas y venidas. Lo cual no obstaba para que ella considerase que no era correcto que hicieran tan poco caso de sus movimientos y creyera que su fracaso (en realidad, harto gratuito) en convertirse en un personaje importante en la comarca no tuviera nada que ver con la dureza con que ella se refería al país de adopción de su marido. He aquí, pues, que Isabel se hallaba en la singu­lar situación de tener que defender la Constitución in­glesa en contra de su tía, que experimentaba inaudito pla­cer en acribillar con sus venenosos comentarios tan venerable instrumento público. Isabel se sentía impulsa­da a mitigar aquellos ataques, no porque creyera que cau­saban algún daño a aquel pergamino viejo y seco, sino porque imaginaba que su tía era capaz de emplear mu­cho mejor la agudeza de su ingenio. Ella era también crí­tica, cualidad inherente tanto a su edad como a su sexo y a su nacionalidad; mas, al propio tiempo era muy sen­timental, y en la terrible sequedad de la señora Touchett había algo que daba libre salida al manantial de sus prin­cipios morales.

            -Vamos a ver -le preguntó un día a su tía-, ¿cuál es su punto de vista? No cabe duda de que, cuando cri­tica algo, es porque tiene su punto de vista sobre ello. El suyo no parece ser americano... pues todo lo de allí se le antoja sumamente desagradable. Yo, cuando critico al­go, es porque tengo mi punto de vista particular, y es un punto de vista netamente americano.

            A ello contestó la señora Touchett:

            -Mi querida sobrina, en el mundo hay tantos pun­tos de vista como personas de juicio susceptibles de man­tenerlos. Tú podrás por ello concluir que no deben de ser muy numerosos. ¡Americano, mi punto de vista! ¡Por Dios! ¡Jamás, por nada del mundo! Entonces, sería la­mentablemente estrecho. A Dios gracias, mi punto de  vista es netamente personal.

            Isabel pensó que ésa era una respuesta mejor de la que esperaba, pues constituía una descripción bastante aceptable de su propia manera de juzgar las cosas, aun cuando no habría estado bien que ella lo dijese clara­mente. En boca de una persona de menor edad y menor experiencia que la señora Touchett, es indudable que se­mejante declaración habría delatado una gran inmodes­tia, incluso una excesiva arrogancia. Sin embargo, ella se arriesgó a hacerlo poco después al hablar con Ralph, con quien departía a menudo y para el cual la conversación con su prima era un campo abierto para toda suerte de extravagancias. Como vulgarmente se dice, su primo ha­bía tomado por costumbre burlarse de ella, a cuyos ojos adquirió inmediatamente la reputación de tomarlo todo a broma; y él no era hombre que no sacara partido a los privilegios que una reputación semejante le pudiera con­ferir. Le acusaba Isabel de una falta de seriedad verda­deramente odiosa y de reírse de todo y de todos, empe­zando por sí mismo. Esa inclinación a la irreverencia la mostraba especialmente al hablar de su progenitor, si bien no dejaba de ejercitar despiadadamente su ingenio contra el mismo hijo de su señor padre y sus débiles pul­mones, contra la inutilidad de su vida, su fantástica ma­dre, sus amigos, especialmente lord Warburton, y su en­cantadora prima, recientemente hallada, oriunda de su propio país y a la que con tanto gusto había él adoptado. En una ocasión Ralph le dijo: «En mi antecámara tengo constantemente una orquesta de música, contratada pa­ra tocar sin interrupción, que me hace dos grandes fa­vores al mismo tiempo: el primero, impedir que lleguen a mi habitación los ruidos del exterior; el segundo, ha­cer creer a la gente que en mis habitaciones se está siem­pre de baile». En efecto, cuando uno se acercaba allí no dejaba de percibir el sonido de una orquestina interpre­tando los valses de moda, los cuales parecían flotar en el ambiente. Isabel se irritaba frecuentemente a causa de ese constante rascar de violines; le habría gustado dejar atrás la antecámara, como su primo la llamaba, y pene­trar en sus aposentos privados. Ante tan vehemente de­seo poco importaba que él hubiese dicho que era un lugar sombrío; ella habría entrado encantada para barrer, limpiar a fondo y poner un poco en orden las cosas que hubiera. Eso de no dejarla penetrar allí era practicar la hospitalidad a medias; y, para vengarse de ello y casti­garle, Isabel solía propinar a su primo innumerables pal­metazos con la férula de su vivo y juvenil ingenio. A de­cir verdad, lo mejor de su ingenio debía emplearlo en defenderse de los ataques de su primo, que solía diver­tirse llamándola «Columbia» y acusándola de un pa­triotismo tan ardiente que abrasaba. Ralph dibujó una caricatura de ella en que la representaba como una joven muy guapa vestida a la última moda con los colores de la bandera nacional. El temor que más acuciaba a Isabel en ese momento de su ascensión era precisamente que se la considerase estrecha de miras, e inmediatamente después, el serlo de veras. Con todo, no sentía el menor escrúpulo en dar la razón a las invectivas de su primo y hacerle ver que suspiraba por los encantos de su país de origen. De tal suerte, estaba dispuesta a ser tan america­na como a él le diera la gana creerla y, si se proponía reírse de ella por eso, sabría proporcionarle sobrado ma­terial para semejante entretenimiento. Isabel defendía a Inglaterra contra los ataques de la madre de Ralph, pe­ro cuando éste, por vapulearla como él decía, cantaba las alabanzas de este país, se las arreglaba para estar en de­sacuerdo con su primo en no pocos puntos. Lo cierto era que aquel país tan pequeño y maduro le parecía de una cualidad tan exquisita como la de las sabrosas peras del mes de octubre; y puede decirse que esa satisfacción tenía su origen en la misma raíz de la generosa condes­cendencia con que acogía las chanzas de su primo y que le daba medios para devolvérselas con creces. Y si, a ve­ces, flaqueaba en su buen humor, no era porque se sin­tiese poco hábil para seguir aparentándolo, sino porque su primo le daba lástima. Le parecía, en efecto, que Ralph hablaba a ciegas y no ponía mucho entusiasmo en lo que decía. Así, le dijo una vez:

            -No sé qué te ocurre, pero tengo la sospecha de que eres un charlatán.

            -Allá tú -contestó Ralph, que no estaba acostum­brado a que le hablaran con aquella crudeza.

            -No sé qué te importa de verdad; me parece que nada de nada. En realidad, Inglaterra te importa un ble­do aunque la alabes y te importa un comino América, aunque finjas que la denigras.

            A lo que él replicó:

            -Lo único que de veras me importa eres tú, queri­da prima.

            -Si pudiera creer aunque no fuera más que eso, se­ría muy dichosa.

            -¡Qué menos! -exclamó el joven.

            Si Isabel lo hubiese creído no habría estado muy le­jos dé la verdad. Lo cierto es que él pensaba mucho en ella, siempre la tenía presente. En un momento en que sus propios pensamientos constituían una carga dema­siado pesada, la repentina llegada de su prima, que nada prometía y era, sin embargo, como una dádiva ofrecida a manos llenas por el destino, sirvió para refrescar y alige­rar aquellas cavilaciones dándoles alas y pretexto para vo­lar. El infeliz Ralph llevaba varias semanas sumido en una honda melancolía, y sus perspectivas, habitualmente som­brías, se hallaban cubiertas por una nube todavía más den­sa y oscura. Su ansiedad por el estado de salud de su pa­dre había aumentado grandemente, pues la gota que le aquejaba y que hasta entonces parecía haberse confinado en sus piernas, empezaba ya a afectar regiones más vita­les del cuerpo. El anciano había estado gravemente en­fermo durante la primavera, y los médicos dieron a en­tender al hijo que, si sobrevenía otro ataque, no sería tan fácil de dominar. Ahora parecía haber comenzado a no sen­tir dolores, pero Ralph no las tenía todas consigo y pen­saba que aquello era un subterfugio del enemigo, que per­manecía al acecho para pillarle desprevenido. Y, si tal maniobra lograba triunfar, quedarían muy escasas espe­ranzas de ofrecerle una resistencia decidida y eficaz. Ralph siempre había tenido la convicción de que su padre le so­breviviría..., de que su nombre sería el primero pronun­ciado con gravedad. Padre e hijo habían sido compañe­ros inseparables, y la idea de quedarse solo con los restos de una vida sin aliciente entre las manos no le resultaba nada grato al joven, que siempre había confiado en la ayu­da de su mayor y mejor amigo para ir tirando lo menos mal posible. Ante la perspectiva de perder su auténti­ca motivación, Ralph acabó por perder su inspiración. Lo mejor sería que los dos muriesen al mismo tiempo, pero, sin el ánimo que la compañía de su padre le proporcio­naba, era muy probable que él no tuviera paciencia sufi­ciente para esperar su turno. Por otra parte, carecía del incentivo de sentirse indispensable para su madre, y an­te ésta tenía como norma no lamentarse. Pensó que no había mostrado gran bondad hacia su padre al desear que, de los dos, fuese el sujeto activo y no el pasivo el destina­do a sufrir la herida doliente, y recordaba que el anciano había considerado siempre su pronóstico de un fin pre­maturo un brillante sofisma que él estaría encantado de desbaratar mediante el sencillo procedimiento de morir primero. Mas, de aquellos dos triunfos -el de refutar a un hijo sofista y el de continuar durante un tiempo más en un estado que, con todos sus sinsabores y malestares, le era grato soportar-, a Ralph no le parecía pecado es­perar que el señor Touchett llegara a alcanzar el segundo.

A todas estas delicadas preguntas puso fin la llegada de Isabel, la cual sugería una posible compensación por la in­soportable contrariedad de sobrevivir al genial dueño de la mansión. Ralph llegó a pensar que, tal vez sin darse cuen­ta, estaba abrigando «amor» hacia aquella joven fresca y es­pontánea procedente de Albany; pero tras meditarlo dete­nidamente, decidió que no. A la semana de la llegada de Isabel, ya estaba plenamente convencido de ello y se afe­rraba cada vez más a su convencimiento. Quien la había juz­gado con verdadero acierto era lord Warburton, que la con­sideraba una damita realmente interesante; y a Ralph le maravillaba que su vecino hubiera llegado tan pronto a se­mejante conclusión, cosa que le ratificó en su idea sobre la gran habilidad de su amigo, por la cual había experimenta­do siempre una sincera admiración. Sin embargo, aunque su prima no fuera para él más que un entretenimiento, Ralph sabía que era un entretenimiento de primera categoría. «Ver en acción a un carácter como ése -se decía-, a una pe­queña pero auténtica y apasionada fuerza, es una de las más sabrosas delicias de la naturaleza, mejor que la más bella obra de arte, mejor que un bajorrelieve helénico, mejor que un cuadro de Ticiano, mejor que una catedral gótica. Es realmente agradable sentirse tan bien tratado cuando uno menos se lo espera. Nunca estuve más sombrío, más preo­cupado, que durante la semana anterior a su llegada, y ja­más tuve menos esperanzas de que pudiera sobrevenirme algo agradable. Y he aquí que fue como si de repente hu­biese recibido por correo un Ticiano para colgarlo en la pa­red de mi cuarto, o un bajorrelieve griego para colocarlo en el panel superior de la chimenea. Es como si me hubieran entregado la llave de un suntuoso palacio y me hubiesen autorizado a visitarlo y admirarlo a mis anchas sin vigilan­cia alguna. Amigo mío, has sido hasta ahora un triste desa­gradecido y lo que debes hacer en lo sucesivo es estar tran­quilo y dejar de refunfuñar». Nada, en verdad, más justo que el sentimiento que tales reflexiones inspiraban; sin em­bargo, no era exacto que a Ralph Touchett le hubiesen entregado una llave. Su prima era una joven muy brillante y habría que Hacer no poco antes de llegar a conocerla, pe­ro era preciso ponerse a ello, y su actitud, si bien contem­plativa e incluso crítica, no era en modo alguno enjuicia­dora. Así pues, Ralph contemplaba a sus anchas el edificio por el exterior y lo admiraba grandemente; lo miraba por dentro a través de las ventanas y admiraba igualmente su belleza de proporciones, pero se percataba de que sólo ha­bía logrado entreverlo y de que no podía decir aún que hu­biese traspasado el umbral. La puerta de la suntuosa man­sión permanecía cerrada y, aunque él tenía varias llaves en su bolsillo, estaba convencido de que ninguna de ellas le ser­viría. La muchacha era inteligente, generosa, de naturale­za libre y hermosa, pero ¿qué se proponía hacer de sí mis­ma? No era ésta una pregunta ortodoxa, ya que no cabe  hacerla respecto a la mayoría de las mujeres. Por regla ge­neral, las mujeres jamás hacen nada de sí mismas, limitán­dose a esperar más o menos graciosa y pasivamente que un hombre pase por su lado y ofrezca un destino a sus vidas. La originalidad de Isabel consistía principalmente en que daba la impresión de abrigar propósitos propios. «Ahora, que llegue a ponerlos en práctica ya es harina de otro cos­tal -se decía Ralph-. Me gustaría estar presente cuando lo haga».

            La llegada de Isabel le impuso, por lo pronto, el de­ber de hacer los honores de la casa. El señor Touchett se hallaba recluido en su sillón y, por su parte, la señora Touchett era una especie de visitante malhumorada; de tal suerte que, en lo que se refiere a las obligaciones que a la consideración y a la conciencia de Ralph se impo­nían, el placer se mezclaba en perfecta armonía con el deber. Así, aunque no era gran andarín, se dio a pasear por los campos con su prima, entretenimiento para el que el tiempo tenía a bien seguir mostrándose favorable con una persistencia que sobrepasaba las lúgubres ex­pectativas que Isabel se había forjado del clima del país; y en las largas tardes, cuya duración daba la medida exac­ta de la agradecida vehemencia de la joven, iban en barca por el río, el encantador riachuelo, como ella lo llama­ba, y cuya orilla opuesta parecía estar en un primer plano del paisaje ante su vista extendido; o recorrían los cami­nos en faetón, aquel bajo y espacioso faetón de gruesas ruedas que tanto usara en sus tiempos el señor Touchett y que había dejado ya de disfrutar. En cambio, era Isabel quien de el disfrutaba ahora enormemente y, empuñan­do las riendas de manera que el lacayo calificaba de «ex­perta», no se cansaba jamás de guiar a los mejores caba­llos de su tío por entre aquellas llanuras azotadas por el viento y aquellos caminos vecinales repletos de los rús­ticos detalles que ella sospechaba habría de encontrar: casitas de madera con techos de paja, modestas tabernas de pulidas celosías, antiguos prados comunales y reta­zos de parques vacíos rodeados de setos que el verano es­pesaba a su antojo. Y, cuando después de tales excursio­nes llegaban a la casa, era siempre para encontrar el té servido en una mesa al aire libre, sobre el césped de de­lante de la casa, y a la señora Touchett que se limitaba a alargarle la taza llena a su marido, sin que hubiera otra co­sa ni por parte de uno ni de otro, pues ambos permanecían la mayor parte del tiempo completamente silenciosos, él con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, ella absorta al parecer en su labor de punto y afectando ese aire de concentración mental que adoptan muchas damas al poner sus diminutas lanzas en movimiento.

            Pero un día se encontraron con que había un visitan­te. Los dos jóvenes habían pasado una hora bogando sua­vemente por el río y, al volver andando hacia la casa, vie­ron a lord Warburton sentado bajo un árbol y enzarzado en una conversación con la señora Touchett que, aun des­de lejos, podía apreciarse era bien insustancial. El lord ha­bía ido a caballo llevando consigo una maleta, signo ine­quívoco de que había esperado, como a ello le tenían acostumbrado con sus reiteradas invitaciones el padre y el hijo, que se le invitase a cenar y a pasar allí la noche. Isa­bel sólo le había visto durante media hora el día de su lle­gada, y tan poco tiempo le había servido para descubrir       que era muy de su gusto. La imagen del apuesto lord se había grabado con nitidez en el espíritu de la joven, que más de una vez pensaba ya en él con complacencia. Isabel había esperado volver a verle y deseaba ver también a al­gunos otros. Gardencourt, la herniosa mansión, no era triste; el lugar poseía una belleza soberbia, su tío se le apa­recía cada vez más como una especie de abuelo maravi­lloso y Ralph era distinto de todos los primos con quienes hasta entonces había tratado y que le habían hecho for­marse una lúgubre idea de los primos en general. Además, sus impresiones eran aún tan recientes y se renovaban con tanta celeridad que apenas dejaban zonas en blanco. Isa­bel tenía que obligarse a recordar que su principal interés era el conocimiento de la naturaleza humana y que su ma­yor ilusión, al emprender aquel viaje, había sido tener la oportunidad de conocer a una gran cantidad de gente.

            De modo que, cuando Ralph le decía, como ya ha­bía hecho más de una vez: «No sé si podrás soportar es­to. Deberías conocer a algunos de nuestros vecinos y ami­gos, pues, por extraño que te parezca tenemos unos cuantos», o cuando se ofrecía a invitar a, como él decía, «un montón de gente» y a introducirla en la sociedad in­glesa, ella le alentaba con entusiasmo para que llevase a cabo su hospitalario empeño y se comprometía por an­ticipado a poner todo de su parte.

            De todas maneras, hasta entonces poco o nada ha­bía puesto él en práctica de todas aquellas promesas, y será cosa de decirle confidencialmente al lector que, si parecía como si el joven estuviera demorando darles cumplimiento, era porque la tarea de proveer por sí mis­mo solaz y entretenimiento a su compañera no le re­sultaba, ni mucho menos, tan penosa como para recu­rrir a la cooperación de los demás. Varias veces había hablado Isabel de los «ejemplares», palabra que desem­peñaba un papel de gran importancia en su vocabula­rio y con la cual daba a entender que deseaba ver a la sociedad inglesa ilustrada con sus personajes más re­presentativos. De modo que aquella tarde, al ir desde el río hacia la casa tras haber desembarcado de la lan­cha, él le dijo con gran satisfacción cuando divisaron a lord Warburton:

            -Mira, ahí tienes un ejemplar.

            -¿Un ejemplar de qué? -preguntó la muchacha.

            -De caballero inglés -replicó el primo.

            -¿Quieres decir que todos son como él?

            -¡Oh, no! De ningún modo. No todos son como él.     -Pero es un buen ejemplar-dijo Isabel-, porque estoy segura de que es simpático.

            -Sí que lo es. Y, además, muy acaudalado.

            El acaudalado lord Warburton estrechó amablemen­te la mano de nuestra heroína y le preguntó si estaba bien, rectificando en el acto con las siguientes palabras:

            -Pero, bueno, no necesito preguntarlo, pues si ha estado usted remando...

            A lo que Isabel hubo de contestar:

            -En efecto, he remado un poco. Pero ¿cómo lo sabe?

            -Muy sencillo: porque sé que él no rema. Es de­masiado vago para eso -rió su señoría el lord mirando a Ralph.

            Tiene sus razones para ser un poco perezoso -co­mentó Isabel, bajando un poco la voz.

            -Sí, sí, siempre tiene excusas para todo -exclamó lord Warburton, con una alegre carcajada.

            -Mi excusa para no haber remado hoy -intervino Ralph- es que mi prima rema admirablemente. Bueno, todo lo hace igual de bien. No toca nada que no parez­ca quedar después adornado.

            -Le dan a uno ganas de que usted le toque, señori­ta Archer -declaró lord Warburton.

            -Pues déjese tocar, en el buen sentido de la pala­bra, que eso no le habrá de desmerecer-dijo Isabel, que, si bien se sentía complacida de oír que se le reconocían . tan diversas cualidades, era lo suficientemente fuerte pa­ra mostrar que semejante complacencia no derivaba de una posible debilidad de espíritu, toda vez que había va­nas cosas en las cuales sobresalía. Su deseo de pensar bien de sí misma contaba, cuando menos, con la humildad de precisar siempre una prueba.

            Lord Warburton no sólo pasó la noche en la man­sión de Gardencourt, sino que insistieron en que se que­dase todo el día siguiente, y, al final del segundo día, él mismo decidió postergar su partida hasta la mañana del otro. Durante todo aquel tiempo tuvo ocasión de dirigir no pocos cumplidos a Isabel, quien acogió aquellas ma­nifestaciones de aprecio con muy buena voluntad. Al fi­nal se dio cuenta de que él le gustaba extraordinariamente.

            Mucho había pesado sin duda la primera impre­sión que le produjo, pero, al final de la velada que ha­bían pasado juntos, la joven no podía por menos de considerarle, sin que en ello hubiese nada de fantásti­co, un verdadero héroe de novela. De modo que por la noche, al acostarse, experimentaba una sensación de buena fortuna y sentía una viva convicción de posibles dichas futuras. «Verdaderamente es hermoso conocer a dos personas tan encantadoras como éstas», se dijo, aludiendo con este vocablo numeral a su primo y al amigo de su primo. Pero, además, conviene no olvidar que había ocurrido un incidente susceptible de poner a prueba su buen humor. El señor Touchett había ido a acostarse a las nueve y media de la noche, pero su es­posa permaneció en el salón con el resto del grupo. Se quedó con ellos aproximadamente una hora, y luego, levantándose, hizo observar a su sobrina que ya era ho­ra de dar las buenas noches a los caballeros. Por su par­te, Isabel no tenía deseo alguno de ir a acostarse; la oca­sión le parecía divertida, y las diversiones no terminaban por lo general a hora tan temprana. De manera que, sin poner en ello la menor intención, replicó:

            -¿Ha de ser ahora mismo, tía? Subiré dentro de me­dia hora.

            -No me es posible esperarte -repuso la señora Touchett.

            -¡Ah! No tiene por qué esperarme. Ralph encen­derá mi vela -dijo alegremente la joven.

            -Yo la encenderé. Por favor, déjeme usted que yo la encienda -exclamó lord Warburton-. Pero con una condición: que no sea antes de medianoche.

            La señora Touchett lo traspasó con su encendida mi­rada y luego la posó fríamente en su sobrina, a la que dijo:

            -No puedes quedarte sola con los hombres. Que­rida, aquí no estás..., no estás en tu dichosa Albany.

            Isabel se levantó, ruborizada, y contestó:

            -Ojalá lo estuviese.

            -Mamá, por favor -intervino Ralph.

            -Mi querida señora Touchett... -murmuró lord Warburton. Pero la querida señora Touchett contestó majestuosamente:

            -Mi lord, no soy yo quien ha hecho su país. Debo aceptarlo tal como es.

            -¿No puedo quedarme con mi primo? -preguntó entonces Isabel.

            -No sabía que lord Warburton fuese primo tuyo.

            -Será mejor que yo me vaya a la cama-dijo lord Warburton-. Así se acabarán las discusiones.

            La señora Touchett le dirigió una breve mirada de desesperación y se sentó de nuevo.

            -Está bien, si es preciso, me quedaré hasta media­noche. Mientras tanto, Ralph le había dado a Isabel el candelabro. Durante aquel momento de breve entrecho­car de espadas estuvo observándola y le pareció que con ello se había puesto de relieve el carácter de la joven; el incidente podía ser de sumo interés. Mas, si se hizo la ilu­sión de presenciar un estallido, se llevó un gran chasco, pues la joven se limitó a sonreír suavemente, saludó a los caballeros dándoles las buenas noches y se retiró acom­pañando a su tía. Por lo que a Ralph atañía, se sentía mo­lesto por lo que hiciera su madre, si bien reconocía que tenía razón. Al llegar arriba, las dos mujeres se separaron delante de la puerta de la señora Touchett. Isabel no ha­bía abierto la boca mientras subían la escalera.

            -Supongo que estarás molesta porque me he in­miscuido en tus asuntos -dijo la señora Touchett.

            Isabel reflexionó un instante y repuso:

            -Molesta no, pero sí sorprendida... y bastante des­concertada. ¿Acaso no estaba bien que yo me quedase en el salón

            -En absoluto. Aquí, las muchachas, por lo menos en las casas decentes, no se quedan con los caballeros hasta altas horas de la noche.

            -Entonces ha hecho usted bien en decírmelo -re­plicó Isabel-. La verdad, no lo comprendo, pero me ale­gro de saberlo.

            -Te lo diré siempre que me parezca que te excedes.

            -No tenga reparo en hacerlo, se lo ruego. Aunque esto no quiere decir que sus observaciones hayan de pa­recerme siempre justas.

            -Ya me lo figuro. A ti te gusta mucho hacer lo que se te antoja.

            -Confieso que sí. Pero me gusta saber siempre las cosas que una no debe hacer.

            -¿Para hacerlas? -preguntó su tía.

            -Depende -respondió Isabel.

 

 

 

8

 

 

            Como Isabel era aficionada a las cosas románticas, lord Warburton se atrevió a manifestar su esperanza de que fuese algún día a ver su casa, un viejo caserón muy curio­so. Consiguió arrancar a la señora Touchett la promesa de que llevaría a su sobrina a Lockleigh, y Ralph manifestó su predisposición a acompañar a las damas siempre que su padre estuviese en condiciones de prescindir de él. Lord Warburton comunicó a nuestra heroína que, mientras tan­to, sus hermanas irían a visitarla. Isabel sabía ya algo acer­ca de ellas, pues durante las largas horas que acababan de pasar juntos en Gardencourt había tenido frecuentes oca­siones de sondearle respecto a su familia. Isabel, cuando algo le interesaba, hacía infinitas preguntas; y, como su in­terlocutor era un conversador empedernido, ella se vio plenamente recompensada en su curiosidad.

            Así pues, él tuvo ocasión de explicarle que tenía cua­tro hermanas y dos hermanos, y que había perdido a sus padres. Sus hermanos y hermanas eran todos muy bue­nos, según dijo, y añadió: «No extraordinariamente in­teligentes, ¿sabe usted?, pero muy bien educados y agra­dables». Y llevó su bondad al extremo de desear que la señorita Archer pudiese conocerles a fondo. De los herma­nos, uno había abrazado la carrera eclesiástica y se había establecido en el dominio familiar, una comarca muy po­blada y extensa, y era un hombre verdaderamente admirable, si bien pensaba de forma muy diferente a él en todo lo imaginable. Y aquí lord Warburton hizo referencia a al­gunas opiniones profesadas por su hermano, opiniones que Isabel había oído expresar frecuentemente y que se le antojaban comunes a la mayor parte de la familia-hu­mana. En realidad, incluso creía compartir muchas de ellas, y así lo pensó hasta que él afirmó que estaba com­pletamente equivocada, que eso era del todo imposible, que sin duda imaginaba que las compartía, pero que, si las examinaba bien, no tardaría en ver que eran absoluta­mente insustanciales. Y cuando Isabel contestó que ha­bía reflexionado hondamente sobre algunas de tales cues­tiones, él declaró que ella era otro ejemplo aparente de lo que tanto le había llamado siempre la atención; a sa­ber, que, de todas las gentes que poblaban el mundo, los  americanos eran los más burdamente supersticiosos. Eran todos unos rancios «tories» y unos beatos empedernidos, y no había conservadores comparables a los conservado­res americanos. Allí estaban para probarlo su tío y su pri­mo. Nada tan medieval como algunas de sus opiniones; profesaban ideas que hoy día, en Inglaterra, la gente se avergonzaría de confesar y tenían el descaro de preten­der conocer las necesidades y los peligros de la pobre, in­feliz y tonta Inglaterra mejor que él, que había nacido allí y que, para vergüenza suya, poseía un buen pedazo de su tierra. De todo lo cual llegó Isabel a inferir que lord War­burton, era un aristócrata de los de la nueva escuela, un reformador, un radical, un despreciador de los antiguos . métodos. Su otro hermano, que servía en el ejército de la India, era más bien indómito, testarudo, y bueno tan so­lo para contraer deudas que luego le tocaba a Warburton pagar..., lo que constituía uno de los más preciados privi­legios de la primogenitura. «Por supuesto, estoy decidi­do a no pagar ninguna más -declaró su amigo-. Lo cier­to es que vive infinitamente mejor que yo, se permite pla­ceres inauditos y se cree un caballero mucho más dis­tinguido que yo. Y, como me tengo por un empecinado radical, defiendo la igualdad, pero no soporto la superio­ridad de los hermanos menores». De sus cuatro hermanas, dos de ellas, la segunda y la cuarta, estaban casadas; a una, según se decía, le iba bastante bien, y a la otra regular nada más. El marido de la mayor, lord Haycock, era una excelente persona, pero desgraciadamente un «tory» es­pantoso, y su esposa, como todas las esposas inglesas, era mucho peor que el marido. La otra, casada con un pe­queño propietario de Norfolk como quien dice ayer, se las había arreglado para tener ya cinco hijos. Lord War­burton tuvo a bien proporcionar todos esos detalles y mu­chos más todavía a la joven americana, tomándose ade­más la molestia de exponerle las cosas con absoluta claridad y presentando completamente desnudas a su avidez de conocimiento todas las particularidades de la vida ingle­sa. A Isabel le divertía sumamente tal franqueza y la po­ca consideración que él parecía otorgar a su experiencia y su imaginación. «Me considera una completa salvaje -se decía- y se imagina que no he visto en mi vida te­nedores ni cucharas». De manera que se las ingeniaba pa­ra hacerle preguntas insulsas por el placer de oírselas con­testar con la mayor seriedad del mundo. Y, una vez que había caído en la trampa, ella exclamaba: «Lástima que no haya podido verme con plumas y tatuaje de guerrero. Si yo hubiese sabido lo bueno que se muestra usted con los pobres salvajes, me habría traído mi traje de indígena». Pero lord Warburton, que había viajado mucho por Es­tados Unidos, conocía del país mucho más que Isabel. Así, llevó su amabilidad al extremo de afirmar que era el país más delicioso del mundo, aunque se le antojaba, por los recuerdos que de él tenía, que en Inglaterra los americanos precisaban que se les explicasen muchísimas co­sas. «¡Si yo la hubiese tenido a usted para que me expli­case las cosas en América! -exclamó-. En su país me sentí más bien desconcertado. Estaba como aturdido, y lo peor era que, cuanto más me explicaban las cosas, más me desconcertaban. En realidad, sospecho que a veces me daban adrede una explicación equivocada; allí son muy listos para tales cosas. En cambio, cuando yo le explique algo, puede usted creerme a pie juntillas, pues en lo que yo le diga no habrá error jamás.» En lo que no cabía error, desde luego, es en que era un hombre muy inteligente y culto, y en que sabía de casi todo lo del mundo. Aun cuan­do decía cosas del mayor interés y tenía especialísimos puntos de vista sobre la mayoría de las cosas, Isabel se da­ba cuenta de que lo hacía sin el menor deseo de exhibi­ción; y, aun cuando había tenido extraordinarias oportu­nidades y logrado las más altas recompensas, estaba muy lejos de pretender presentarlas como un mérito. Si es cier­to que había disfrutado de las cosas mejores de la vida, no lo es menos que ellas no lograron jamás despojarle de su fino sentido de la medida. Destacaba en él como una mez­cla del efecto de una fecunda experiencia -desde luego, fácilmente adquirida- con una modestia que a veces pe­caba de infantil, una mezcla cuyo admirable y dulce sa­bor -pues en verdad resultaba tan agradable corno una golosina- no perdía nada porque se le añadiese un to­que de condescendiente bondad.

            -Me gusta mucho tu ejemplar de caballero inglés -le comentó Isabel a Ralph una vez que lord Warbur­ton se hubo marchado.

            -A mí también -dijo su primo-. Le quiero de ve­ras..., y le compadezco todavía más.

Isabel se quedó mirándole un tanto recelosa para lue­go decir:

            -No comprendo. Precisamente a mí se me antoja que su única falta es que... no puede una tenerle lástima. Pare­ce como si lo tuviera todo, lo supiese todo y lo fuera todo.

            -Y así es, pero en el mal sentido -dijo Ralph.

            -Supongo que no te referirás a su estado de salud.

            -No. En ese aspecto, posee una tremenda fortale­za. Lo que quiero decir es que ocupa una gran posición social y está haciendo toda clase de tonterías con ella. No se toma en serio a sí mismo.

            -¿Crees que se toma en broma?

            -Mucho peor; se considera una intolerable impo­sición..., un verdadero abuso.

            -Quién sabe. A lo mejor lo es -dijo Isabel.

            -Tal vez, aunque, en conjunto, no lo creo. Y ¿hay algo más digno de lástima que la conciencia del propio abuso, implantado por manos ajenas y hondamente arrai­gado, y el sufrimiento a causa de la injusticia que su exis­tencia entraña? En su lugar, yo me mostraría más so­lemne que una estatua de Buda. La posición que él ocupa es cosa que excita grandemente mi imaginación. Debe­ría suponer grandes responsabilidades, oportunidades magníficas, consideraciones eminentes, cuantiosa rique­za, poder considerable y una participación natural en la dirección de los asuntos de un gran país. Pero la verdad es que el pobre se ha hecho un lío consigo mismo, su si­tuación social, su influencia y, en una palabra, con todo lo habido y por haber. Es una víctima de esta época crí­tica en que vivimos. Ha dejado de creer en sí mismo, y ya no sabe en qué creer. A veces, cuando intento decír­selo (pues no te quepa la menor duda de que, si yo fue­ra él, sabría perfectamente en lo que debería creer) me califica de reaccionario. Tengo la seguridad de que me to­ma por un auténtico filisteo. Afirma que no compren­do la época en que me ha tocado vivir; pero te aseguro que la comprendo bastante mejor que él, que, para su desgracia, no puede ni exterminarse como peligro pú­blico ni mantenerse como institución.

            -Pues no parece tan dejado de la mano de Dios, tan pobre diablo -observó Isabel.

            -Acaso no, a pesar de que, siendo como es un hom­bre de mucho y buen gusto, debe de pasar horas nada placenteras. Pero, en cuanto a sus oportunidades se re­fiere, ¿no te parece que merece compasión? Para mí, no hay la menor duda de que la merece.

            -No creo -dijo Isabel.

            -Bueno, primita; pues, si no la merece, debería me­recerla -replicó Ralph.

            Por la tarde, Isabel pasó una hora entera con su tío en el césped, donde el anciano permaneció sentado co­mo de costumbre con una manta sobre las piernas y un gran tazón de té en la mano. Durante la conversación, él le preguntó qué le había parecido el visitante.

            -Me parece encantador -contestó Isabel con gran entusiasmo.

            -Es una persona muy agradable –dijo el señor Tou­chett-; pero te aconsejo que no te enamores de él.

            -Pues, entonces, no lo haré. No llegaré a enamo­rarme sino de quien usted me aconseje. Por lo demás -añadió-, mi primo me ha hecho una descripción po­co alentadora de lord Warburton.

            -¿De veras? Ignoro lo que puede haberte dicho, pe­ro ya sabes, y no debes olvidarlo, que Ralph es incapaz de permanecer callado.

            -El piensa que su amigo es demasiado subversivo..., o tal vez no lo suficiente. La verdad, no acabo de enten­derlo muy bien.

            El anciano meneó lentamente su cana cabeza, son­rió con suavidad y dejó el tazón en la mesita.

            -No sé qué decirte. Parece que va demasiado le­jos, pero es muy posible que se quede corto. Me imagi­no que eso es algo natural, pero no por ello es menos inconsistente. Se diría que quiere desembarazarse de muchas cosas y, al mismo tiempo, que desea seguir sien­do él mismo.

            Isabel no pudo contenerse.

            -¡Ojalá siga siendo él mismo! -exclamó-. Con­fieso que, si decidiera prescindir de sus amigos, le echa­ría mucho de menos.

            -Bueno, no te preocupes tanto -contestó el an­ciano-. Para mí, que se quedará donde está y entre­tendrá a sus amigos. Yo le extrañaría de veras aquí, en esta soledad de Gardencourt. A mí me entretiene mu­cho cuando le da por venir, y me parece que él también se entretiene. Ahora hay muchos como él pululando en la alta sociedad; es lo que se lleva. Por mi parte, igno­ro lo que pretenden llevar a cabo... Tal vez tratan de ha­cer una revolución. De todas formas, espero que no sea antes de que yo me vaya. Por lo visto, quieren trasto­carlo todo, pero yo, que soy un terrateniente de bas­tante importancia en el país, no tengo el menor deseo le que me trastoquen. Si hubiera sabido que iban a pro­ceder de tal manera, no me habría aventurado a venir... -prosiguió el señor Touchett con gran hilaridad-. Si, aquí, fue porque creí que Inglaterra era un país se­guro. Para mí constituye un verdadero fraude eso de querer implantar cambios de semejante importancia. rengo la seguridad de que, si lo hacen, decepcionarán a mucha gente.

            -¡Ojalá hiciesen una revolución! ¡Me encantaría verla! -exclamó, en cambio, Isabel.

            -Bueno, vamos a ver -dijo su tío en un tono en el que parecía haber no poco buen humor-. Ya no me acuerdo de qué lado estás, si de lo antiguo o de lo mo­derno. Según he oído, tus puntos de vista son bastante contradictorios.

            -Estoy con las dos partes. Me parece que estoy un poco de parte de unos y un poco de parte de otros. En una revolución..., una vez que la cosa fuera en serio..., creo que sería una orgullosa y empedernida partidaria de ella. Una acaba por simpatizar enormemente con los re­volucionarios, que tienen ocasión de portarse exquisita­mente, quiero decir, de actuar pintorescamente.

            -La verdad, no sé qué quieres decir con eso de obrar pintorescamente; lo que me parece es que tú actúas siem­pre de tal manera, querida sobrinita.

            -¡Oh, mi encantador tío! ¡No haga que me lo crea! -le interrumpió Isabel.

            -De todos modos, me imagino que no tendrás nin­gunas ganas de que te lleven aquí por nada a la guillotina, y menos ahora... Si quieres presenciar un gran movimiento

subversivo -prosiguió el señor Touchett-, tendrás que quedarte aquí mucho tiempo. Te aseguro una cosa: cuan­do llega la hora y se les ponen las cartas sobre la mesa, no les conviene que se les tome la palabra.

            -¿A quiénes se refiere usted, tío?

            -¿A quiénes ha de ser? A lord Warburton y sus ami­gos..., los radicales de la alta sociedad. Por lo demás, yo no sé más que una cosa, y es cómo me afecta a mí perso­nalmente. Hablan de cambios y más cambios, pero no creo que lleguen a realizarlos. Tanto tú como yo sabemos lo que significa haber vivido bajo la orden de institucio­nes democráticas. Por mi parte, yo las consideré siempre muy cómodas, pero porque estaba acostumbrado a ellas desde siempre y, sobre todo, porque no soy un lord. Aho­ra bien, aquí es otra cosa. Se trata de algo que hay que rea­lizar cada día y a cada instante, y no creo que muchos de ellos consideren eso tan agradable como lo que hasta aho­ra han tenido. Si quieren probar, allá ellos; pero dudo que pongan un enorme interés en ello.

            -Entonces, ¿no los cree sinceros? -preguntó Isabel.

            -Verás, lo cierto es que quieren sentirse serios -no tuvo inconveniente en admitir el señor Touchett-, pero es como si, en su inmensa mayoría, se atuvieran a la teo­ría solamente. Sus puntos de vista radicales son una espe­cie de diversión. Han sentido la necesidad de divertirse con algo y por suerte no se les ha ocurrido ser más vulga­res. Están acostumbrados a vivir con gran lujo, y esas ideas progresistas constituyen el mayor de sus lujos. Además, presentan la ventaja de hacerles sentirse morales sin per­judicarles en su posición, en la que piensan enormemen­te. No permitas que ninguno de ellos te convenza de lo contrario, pues si lo lograra y procedieses en consecuen­cia, no tardaría en pararte los pies en el acto.

            Isabel siguió atentamente la argumentación que su tío iba desarrollando con su habitual clarividencia y, aun­que no conocía a fondo a la aristocracia inglesa, vio que armonizaba con su idea general de la naturaleza huma­na. Sin embargo, no pudo por menos de expresar una protesta en apoyo de lord Warburton.

            -Yo no creo que lord Warburton sea un charlatán. Los demás me importan un comino, pero a lord War­burton me gustaría verlo puesto a prueba.

            -¡Dios nos libre de los amigos! -exclamó el señor Touchett-. Lord Warburton es, sin duda, persona ama­bilísima..., un joven por todos conceptos admirable. Dis­fruta de una renta anual de cien mil libras. Posee cincuenta mil acres de tierra en esta diminuta isla y, además, muchos otros bienes, amén de una docena de casas donde poder vivir. Ocupa un escaño en el Parlamento con el mismo derecho que yo ocupo un asiento en mí comedor. Sus f gustos son elegantes; se interesa por la literatura, el ar­te, la ciencia y las mujeres bonitas. Pero, de todos, el más elegante es el que siente por las nuevas teorías e inquie­tudes, además de ser el que mayores placeres le propor­ciona, seguramente más que ninguna otras cosa..., con excepción de las muchachas hermosas. Su casa, Lockleigh creo que la llama, es muy bonita, aunque no la conside­ro tan agradable como ésta. Pero eso es lo de menos, ya que tiene muchas otras. Por cuanto he podido observar, sus teorías no han causado aún perjuicio a nadie y, por supuesto, menos que a nadie, a él mismo. Y es seguro que, si llegara el caso de una revolución, sabría salir con bien de ella. Nadie se metería con él; le dejarían tran­quilo, pues todo el mundo lo quiere mucho.

            Isabel le interrumpió con vehemencia:

            -De modo que, ni aun queriéndolo, sería un már­tir. Pues, verdaderamente, es una situación muy poco ha­lagüeña.

            -Seguro que no será nunca mártir..., a menos que tú lo conviertas en uno de ellos -dijo el anciano.      Isabel movió lentamente la cabeza y pronunció una frase que habría movido a risa de no ser porque la dijo con un suave acento de melancolía:

            -Yo no convertiré jamás en mártir a nadie.

            -Y yo confío en que tú tampoco lo seas.

            -Así lo espero. Bueno, de todos modos -añadió-, usted no compadece a lord Warburton, como hace Ralph, ¿verdad?

            Su tío la miró con penetrante y clarividente mirada durante unos instantes.

            -Para ser sincero -dijo al fin-, en el fondo sí le compadezco.

 

 

 

 

9

 

 

            Las dos señoritas Molyneux, hermanas del aristó­crata, fueron a visitarla, e Isabel quedó prendada de aque­llas dos jóvenes que con su presencia le brindaban una estampa de lo más original. Bien es verdad que, cuando ella se las describió a su primo aplicándoles tal epíteto, Ralph declaró que, de todos los calificativos, aquél era el que menos les cuadraba, ya que había en Inglaterra por lo menos cincuenta mil jóvenes idénticas a las señoritas Molyneux. Sin embargo, aun desposeídas de tal cuali­dad, las visitantes de Isabel conservaban la de su exqui­sita amabilidad, una suave timidez en sus modales y unos ojos que a ella se le antojaron dos plácidos y redondos estanques dispuestos sabiamente en un jardín entre ma­cizos de geranios.

            «Sean lo que sean, no tienen nada de morboso», se di­jo nuestra heroína. Y, al decírselo, consideró que tal cuali­dad era un gran encanto en aquellas muchachas, pues re­cordaba a dos o tres de sus amigas de infancia a quienes podía hacerse semejante reproche (tan simpáticas como habrían sido de no ser por eso), por no mencionar que en ocasiones había intuido tal tendencia en su propia perso­na. Aunque las señoritas Molyneux no estaban ya en su pri­mera juventud, conservaban todavía una tersura de cutis, una brillantez de mirada y una encantadora sonrisa propias de la infancia. Sus ojos, que tanto admiraba Isabel, eran re-

dondos, tranquilos y apacibles, y una chaquetilla de piel de foca ceñía su busto, también generosamente redondo. Su amabilidad era tanta que casi les ruborizaba mostrarla, pa­reciendo intimidadas por aquella joven de allende los ma­res, a la que diríase manifestaban su cordialidad más con          miradas que con palabras. Ello nos les impidió rogarle cla­ramente, y sin dejar lugar a dudas, que fuese a almorzar con ellas a Lockleigh, donde vivían con su hermano, espe­rando en lo sucesivo poder verla con frecuencia, incluso muy a menudo. Mucho les agradaría que alguna vez se que­dara a dormir allí. Para final de mes, el día veintinueve, es­peraban invitados; tal vez también ella podría ir mientras estuvieran allí aquellas personas.

            La mayor, como para disculparse por anticipado, dijo:

            -Mucho me temo que no haya entre ellos nadie no­table, pero me inclino a creer que usted nos aceptará tal como somos.

            -Los encontraré deliciosos; por lo pronto, creo que son ustedes un verdadero encanto -contestó Isabel, que a veces era excesiva en el elogio.

            Las dos hermanas se ruborizaron visiblemente. Una vez se hubieron marchado, su primo le insinuó que, si les decía tales cosas, aquellas pobres muchachas pensa­rían que se burlaba de ellas de manera desconsiderada y ruda, pues tenía la seguridad de que era la primera vez que las habían llamado encantadoras. Pero Isabel con­testó con franqueza:

            -No lo puedo remediar. Me parece admirable te­ner esta serenidad, ser tan razonable y sentirse tan satis­fecho. Yo quisiera ser así.

            -¡No lo permita Dios! -exclamó con vehemencia Ralph.

            -Quiero decir, tratar de imitarlas -dijo Isabel-. Me encantará verlas en su casa.

            Algunos días después experimentó tal placer, cuan­do, acompañada de su tía y de Ralph, fue en coche a Loc­kleigh.

            Al llegar, halló a las señoritas Molyneux sentadas en un espacioso salón (uno de los muchos de la casa, como luego pudo ver), en medio de una espesura de cretonas de color evanescente y vestidas ellas de negro velludillo. En su casa le parecieron todavía más agradables que en la mansión de su tío, y le llamó aún más la atención que no tuvieran nada de morbosas. A primera vista se le an­tojó que, si de algo pecaban, era de falta de agilidad men­tal, pero ahora se daba perfecta cuenta de que eran muy capaces de experimentar emociones profundas. Antes del almuerzo tuvo ocasión de quedarse a solas con ellas en uno de los ángulos del salón, mientras que en el otro y a bastante distancia, lord Warburton conversaba con la se­ñora Touchett.

            Isabel, entrando ya en confianza, preguntó:

            -¿Es cierto que su hermano es tan radical?

            De sobra sabía ella que era cierto, mas, como ya he­mos visto, sentía un sincero interés por la personalidad humana y ello la impulsaba a cerciorarse del todo a tra­vés de las señoritas Molyneux.

            Mildred, la menor de las hermanas, respondió:

            -¡Oh, ya lo creo! Tiene unas ideas terriblemente avanzadas.

            -Pero, al mismo tiempo, es muy razonable -aña­dió la otra.

            Isabel le observó un momento al otro lado del salón, y vio que hacía ostensiblemente cuanto podía por resul­tar agradable a la señora Touchett. Por su parte, Ralph

había entablado amistad con uno de los perros delante de la chimenea que, en un mes de agosto netamente bri­tánico, no estaba de más en las viejas moradas.

            -¿Cree usted que su hermano es sincero? -pre­guntó Isabel sonriente.

            -¡Claro! ¿Por qué no iba a serlo? -contestó Mil­dred con vehemencia mientras la hermana mayor con­templaba silenciosa a nuestra heroína.

            -¿Cree que podrá superar la prueba?

            -¿La prueba?

            -Me refiero a si, por ejemplo, tuviera que despren­derse de todo esto...

            -¡Desprenderse de Lockleigh! -exclamó la seño­rita Molyneux, recobrando al fin el habla.       -Naturalmente, y también de esos otros sitios..., ¿cómo los llaman?

            Las dos hermanas se miraron con ojos de pavor.

            -¿Quiere usted decir..., quiere usted decir a causa de los gastos?-preguntó la pequeña.

            -Tal vez podría deshacerse de una o dos de sus ca­sas -dijo la otra.

            -¿Desprenderse de ellas por nada? -inquirió Isabel.

            -No puedo imaginar que quiera deshacerse de sus propiedades-dijo la señorita Molyneux.

            -Me temo que sea un impostor. ¿No les parece que ésa es una posición falsa?

            Sus compañeras de conversación se quedaron com­pletamente desconcertadas. Una de ellas preguntó:

            -¿La posición de mi hermano?

            -Todo el mundo sabe que es una posición muy só­lida -dijo seguridad la menor-, la primera en esta re­gión del condado.

            Isabel aprovechó la oportunidad para disculparse:

            -Se me ocurre que tal vez me están ustedes tomando por una gran irrespetuosa. Supongo que respetan mu­cho a su hermano y casi le temen..

            -Es natural que una admire a su hermano -dijo la señorita Molyneux con toda sencillez.

            -Pues si ustedes lo hacen es que debe de ser muy bue­no..., porque ustedes son verdaderamente muy buenas.             -Es sumamente generoso. Nadie sabe cuánto bien hace.

            -Y su talento -se complació en añadir Mildred-, es por demás conocido. Todo el mundo dice que es in­menso.

            -Eso a la vista está -declaró Isabel-. Pero, si yo fuera él, lucharía con toda mi alma hasta la muerte; es decir, lucharía por la herencia del pasado, me aferraría a él con todas mis fuerzas.

            -Yo creo que se debe ser liberal -replicó Mildred amablemente-. Nosotros lo hemos sido siempre, des­de los tiempos más remotos.

            -Evidentemente, veo que han logrado un gran éxi­to con ello -dijo Isabel-. Así, no es de extrañar que les guste serlo.

            Después del almuerzo, cuando lord Warburton le hizo los honores de la casa mostrándosela toda, a ella le pareció lo más natural del mundo que fuese como un hermoso cuadro. El interior había sido modernizado hasta el extremo de que algunas de sus partes habían perdido su prístina pureza. Sin embargo, al contem­plarla desde fuera, desde los amplios jardines -enor­me masa gris, de un matiz suave y profundo patinado por el tiempo y el clima, emergiendo del seno de un an­cho y tranquilo foso-, apareció a los ojos de la joven visitante como un verdadero castillo legendario. El día era algo frío y sin brillo. Parecían haber sonado ya las primeras notas anunciadoras del otoño, y los rayos del sol ponían aquí y allá sus húmedos y borrosos resplan­dores sobre los recios muros, en los sitios donde se diría

que más se hacía sentir el paso de los años. El herma­no de lord Warburton, el vicario, había asistido tam­bién al almuerzo, e Isabel tuvo ocasión de charlar con él durante cinco minutos..., el tiempo suficiente para lanzarse en busca de un arraigado espíritu sacerdotal y abandonar el intento por inútil. Las características del vicario de Lockleigh eran un cuerpo robusto, atlético, un rostro cándido y sencillo, un copioso apetito y una acentuada proclividad a reír de todo y por todo con igual entusiasmo. Isabel se enteró después por su primo Ralph de que el vicario, antes de recibir las sagradas órdenes, había sido un gran pugilista y que cuando se presenta­ba la ocasión -en la intimidad de la familia, por su­puesto- seguía siendo tan capaz como antes de dejar tendido en el suelo al contrincante más pintado. A Isa­bel le gustó -por lo visto estaba predispuesta a que le gustaran todos y todo-, pero a su imaginación se le ha­cía harto difícil comprender que aquel hombre pudie­se prestar auxilio espiritual de ninguna clase. Después del almuerzo salieron todos a dar un paseo por los alre­dedores de la casa, pero lord Warburton se las arregló para llevarse sola a su invitada lejos de los otros.

            -Quiero mostrarle todo esto como es debido -di­jo-. No podría apreciarlo bien si tuviese que prestar aten­ción a los chismes sin importancia de los demás.

            La conversación de lord Warburton (durante la cual se explayó en contar a Isabel la historia completa de la casa, muy curiosa por cierto) no fue lo que se dice ex­clusivamente arqueológica, sino que a veces se interna­ba en lo personal..., personal tanto para ella como para él. Así pues, tras una pausa bastante larga, volviendo un instante al tema que les ocupaba, el lord dijo:

            -¡Ah! No sabe cuánto me alegra que le guste a us­ted esta vieja choza. Me encantaría que pudiese verla más a sus anchas, que se quedase algún tiempo. Mis herma­nas están entusiasmadas con usted..., y eso podría indu­cirla a aceptar...

            -No es preciso que se me induzca -contestó Isa­bel amablemente-, pero me parece que no puedo acep­tar compromisos. Estoy por completo a merced de mi tía.

            -Usted me perdonará si le digo que no lo creo en absoluto. Estoy convencido de que puede hacer lo que le plazca.

            -Sentiría mucho haberle producido tal impresión, pues... no es una impresión muy grata.

            -En este caso, tiene cuando menos el mérito de per­mitirme abrigar alguna esperanza -dijo lord Warbur­ton, y se detuvo un instante.

            -¿Esperanza de qué?

            -De que, en lo sucesivo, podré verla con más fre­cuencia.

            E Isabel contestó, sonriendo:

            -¡Ah!, para tener ese placer no es preciso que esté tan terriblemente emancipada.

            -Sin duda, pero es que me da la impresión de que no soy santo de la devoción de su tío.

            -En eso se equivoca. Le he oído hablar de usted con el mayor encomio.

            Lord Warburton, visiblemente satisfecho, replicó:

            -Me halaga que hayan hablado ustedes de mí. Pe­ro, de todas formas, no creo que le agrade mucho que menudee mis visitas a Gardencourt.

            -No puedo responder de los gustos de mi tío -re­plicó la muchacha-. Sin embargo, es mi deber tenerlos en cuenta lo más posible. Yo, por mi parte, tendría un gran placer en verle a usted.

            -Eso es precisamente lo que yo quería oír. No sa­be cómo me complace que lo haya dicho.

            -Parece usted muy proclive a sentirse complacido, milord.

            -No lo crea -replicó él-, no tan fácilmente. -Se detuvo un segundo y prosiguió-: Pero la verdad es que usted sí me ha encantado, señorita Archer.

            Aquellas palabras fueron pronunciadas con una grave­dad que sobresaltó un tanto a Isabel, pues le parecieron el preludio de algo más importante; había oído aquel tono en

otra ocasión y lo reconoció. No obstante, en aquel momento no sentía el menor deseo de que semejante preludio tuvie­ra consecuencias, lo cual la indujo a decir con toda la ale­gría y rapidez que su interior agitación le permitió:

            -Mucho me temo que no me va a ser posible vol­ver aquí.

            -¿Nunca? -preguntó lord Warburton.

            -Nunca, sería mucho decir... y sonaría demasiado melodramático.

            -Entonces, ¿podré yo ir a verla cualquier día de la semana próxima?

            -Indudablemente. ¿Qué podría impedirlo?

            -Nada verdaderamente palpable, pero con usted no estoy nunca seguro. Me da la impresión de que juzga constantemente a los demás.

            -Eso no significaría que usted hubiera de salir perdiendo con ello.

            -Le agradezco mucho su deferencia, pero aunque saliera ganando, no es precisamente la justicia a secas lo que yo prefiero. ¿Tiene la señora Touchett el propósito de llevársela a usted al extranjero?

            -Así lo espero.

            -¿Acaso Inglaterra no es digna de usted?

            -Sus palabras son demasiado maquiavélicas y no merecen contestación. Mi deseo es conocer el mayor nú­mero posible de países.

            -Entonces, supongo que irá juzgándolos.

            -Y disfrutándolos también. Al menos, lo espero.

            -Sí, así es como más disfruta usted-dijo lord War­burton-. No sabría decir cuál es su objetivo. Usted se me antoja como alguien que abriga propósitos misterio­sos, grandes designios.

            -Es usted demasiado amable teniendo de mí una idea que no está a mi altura. ¿Qué misterio puede haber en un propósito llevado a cabo todos los años por cin­cuenta mil compatriotas míos, y que consiste en tratar de enriquecer el propio espíritu con lo que se aprende viajando por el extranjero?

            -Señorita Archer -respondió su interlocutor-, usted no puede enriquecer más su espíritu. Es ya un ins­trumento formidable, que nos mira a los demás de arri­ba abajo y nos desprecia.

            -¿Que les desprecia? Usted se está burlando de mí -contestó Isabel poniéndose muy seria.

            -Bueno, usted nos considera «chocantes», que pa­ra el caso es lo mismo. Y, ante todo y sobre todo, yo no quiero que se me considere «chocante» porque no lo soy en absoluto. Protesto contra tal calificativo.

            -Su protesta es precisamente una de las cosas más chocantes que he oído en mi vida -declaró Isabel rien­do alegremente.

            Lord Warburton se quedó callado un instante y al fin dijo:

            -Usted juzga sólo por lo externo y no le importa nada de nada. Lo único que le interesa es divertirse.

            A Isabel le pareció detectar el mismo tono de antes, si bien ahora con una cierta amargura..., una amargura tan súbita e inconsecuente que la muchacha creyó que le había ofendido. Ella había oído siempre decir que los in­gleses son gente excéntrica, e incluso recordaba haber leído en algún autor de gran ingenio que en el fondo son la raza más romántica que existe. Se preguntó si lord Warburton se estaría poniendo romántico y trataba de hacerle una escena de amor en su propia casa la tercera vez que la veía. Sin embargo, la tranquilizó pensar en su exquisita urbanidad, que no había sufrido menoscabo al­guno por el hecho de haber rebasado él los límites del buen gusto al manifestar su admiración a una joven con­fiada a su hospitalidad. Tenía ella perfecta razón al confiar en la exquisita urbanidad del lord, porque él rompió a reír amablemente sin que en su voz quedase rastro de lo que había llegado a alarmarla.

            -Por supuesto, no he querido ni quiero decir que le diviertan las nimiedades. Usted escoge grandes mate­riales, como las dolencias y congojas de la naturaleza hu­mana, o las singularidades de las naciones.

            -Por lo que a eso se refiere -contestó Isabel-, creo que en mi propia nación encontraría más que sobrada ma­teria de entretenimiento para años. Pero llevamos ya un gran rato andando y mi tía no tardará en querer irse.

            Así pues, se dirigió hacia los demás, y lord Warbur­ton se limitó a caminar a su lado en silencio. Antes de llegar donde los otros estaban, él dijo:

            -Iré a verla la semana próxima.

            Aquello le causó una honda impresión, pero, al sen­tirla desvanecerse, no le pareció que fuese una impresión desagradable. Sin embargo, respondió con cierta frial­dad a aquella declaración.

            -Como guste... -se limitó a decir.

            Semejante frialdad no era en absoluto calculada; se prestaba a ese juego en un grado desde luego muy infe­rior al que creería probable la mayoría de los críticos. Era, sencillamente, que experimentaba cierto temor.

 

 

 

10

 

 

            Al día siguiente de su visita a Lockleigh, Isabel reci­bió de su amiga, la señorita Stackpole, una carta cuyo so­bre, que mostraba conjuntamente el sello de Correos de Liverpool y la pulcra caligrafía de la hábil Henrietta, le produjo una viva emoción. En ella había escrito la seño­rita Stackpole: «Mi querida amiga. Aquí me tienes, al fin. Me las arreglé para poder venir y decidí el viaje la noche antes de abandonar Nueva York... en cuanto el Interviewer aceptó mis condiciones. En el acto me limité a meter apre­suradamente unas cuantas cosas en una pequeña maleta y, a la manera de los viejos periodistas, me dirigí al barco en tranvía. ¿Cuándo y dónde podemos vernos? Me ima­gino que estarás de visita en algún castillo o en algún otro sitio interesante y ya habrás adquirido el acento de la tierra. Tal vez te hayas casado ya con alguno de los gran­des lores del país. Casi lo espero, pues me son precisas algunas cartas de presentación para la gente de la alta sociedad y cuento contigo para que me proporciones unas cuantas. El Interviewer desea que informe sobre la aristo­cracia. Por lo pronto, mis impresiones de la generalidad de la gente no son de color de rosa, pero deseo cotejar­las con las tuyas, y ya sabes que peco de todo menos de superficial. Tengo, además, algo muy especial que decirte. Te ruego me des una cita lo antes posible y trates de venir a Londres, pues me gustaría visitar sus lugares más importantes en tu compañía, o si no te es posible, hazme sa­ber dónde puedo verte, estés donde estés. Iré allá con su­mo gusto, ya que todo me interesa muchísimo y quisiera ver lo más posible de la vida privada».

            Le pareció a Isabel que haría mejor en no mostrar esta carta a su tío, pero le hizo saber su contenido y, co­mo esperaba, él le pidió que escribiese a la señorita Stack­pole diciéndole en su nombre que tendría mucho placer en recibirla en Gardencourt. Y añadió:

            -Aunque es una mujer de letras, supongo que, sien­do también americana, no se le ocurrirá ponerme en la picota, como hizo la otra. Ya habrá visto gente parecida a mí.

            -No ha visto a nadie tan delicioso como usted -le contestó Isabel. Mas, a pesar de todo, no estaba tranquila en lo referente a Henrietta y a su instinto narrativo, que constituía el punto negro en el admirable carácter de su interesante amiga y lo que menos le agradaba de ella. Así pues, escribió a la señorita Stackpole diciéndole que se­ría bienvenida en casa del señor Touchett, y la vivaz jo­ven no tardó en anunciar su pronta llegada. Fue, pues, a Londres y desde allí tomó el tren que debía conducirla a la estación más próxima a Gardencourt, en la que Isa­bel y su primo Ralph estaban ya esperándola.

            Mientras ambos andaban de un lado al otro del an­dén, aguardando la llegada del tren, Ralph preguntó:

            -¿Me caerá simpática o tendré que detestarla?

            A lo que Isabel respondió tranquilamente:

            -Pienses lo que pienses, a ella le dará igual. A mi amiga le importa un bledo lo que los hombres puedan pensar de ella.

            -Como hombre, me siento inclinado a tenerle an­tipatía. Debe de ser una especie de monstruo terrible. Seguro que será muy fea...

            -No, señor. Es verdaderamente bonita.

            -Una mujer entrevistadora... una especie de reporter con faldas. Tengo verdadera curiosidad por verla -con­cedió Ralph.

            -Es fácil reírse de ella; lo que no es tan fácil es ser tan valiente ante la vida como ella lo es.

            -Estamos de acuerdo. Los crímenes violentos y los ataques a las personas exigen indudablemente cierto co­raje. ¿Crees que tratará de entrevistarme?

            -Por nada del mundo. Estoy segura de que no te considerará suficientemente importante para hacerlo.

            Pero Ralph contestó:

            -Ya lo verás. Seguro que enviará a su periódico una descripción de todos nosotros, metiendo en ella hasta el perro.

            -Yo le pediré que no lo haga -dijo Isabel.

            -Entonces, ¿la consideras capaz de hacerlo?

            -Naturalmente que sí.

            -A pesar de creerla capaz, la has hecho tu amiga íntima.

            -No la he hecho mi íntima amiga, pero la estimo mucho a pesar de sus defectos.

            -Ah, bueno-dijo Ralph-. Entonces me temo que va a desagradarme a pesar de sus méritos.

            -Puede que al cabo de tres días estés enamorado de ella.

            -¡Eso es! Para que publique mis cartas de amor en el Interviewer. ¡Eso nunca! -exclamó el joven.

            El tren llegó en aquel instante. La señorita Stackpo­le bajó rápidamente de su vagón y, como Isabel lo había prometido, demostró que, aun con su aire un poco pro­vinciano, era delicadamente linda. De mediana estatura, era pulcra, un tanto rolliza, con una carita redonda, una bo­ca pequeña, un cutis delicado, un puñado de rizos castaños en la nuca y unos ojos muy abiertos de expresión sor­prendida. Lo más notable de su persona era la mirada de extraordinaria fijeza que, haciendo un uso consciente de su derecho, clavaba sin descaro y sin provocación en todo ob­jeto o sujeto que la casualidad le presentaba. Así pues, la fijó en Ralph, quien se quedó un poco sorprendido por el gracioso y simpático aspecto de la señorita Stackpole, que parecía insinuar que no era tan fácil como él se había fi­gurado el no aprobar su manera de ser. Henrietta era un frufrú, un relampagueo de vestiduras frescas color tórto­la, y Ralph se dio cuenta al primer golpe de vista de que tenía toda la tiesura, la novedad y la integridad de un pri­mer ejemplar de periódico antes de ser plegado. No había en ella ni una sola errata de imprenta desde la punta del pie hasta el último pelo de la cabeza. Hablaba con una voz clara y aguda, no rica en sonoridades aunque fuerte. Empero, una vez que se hubieron acomodado en el coche del señor Touchett, creyó Ralph observar que no todo en ella estaba compuesto en letra grande, la letra de los atro­ces «titulares» que había esperado encontrar. Sin embar­go, la joven respondió con gran lucidez a las preguntas que le hizo Isabel, y a las cuales él se atrevió a añadir las suyas propias. Luego, en la biblioteca, cuando fue presentada al señor Touchett (ni que decir tiene que la señora Touchett no creyó conveniente aparecer) supo dar todavía mejor la medida de su confianza en sí misma.

            -La verdad -dijo de golpe-, me gustaría saber si ustedes se tienen por ingleses o por americanos, pues así " sabría a qué atenerme al hablar con ustedes.

            A lo que Ralph contestó amablemente:

            -Háblenos como se le antoje, que de todas mane­ras le quedaremos agradecidos.

            Clavó la visitante en él los ojos y algo había en ellos que a Ralph le hizo pensar en anchos y pulidos boto­nes... unos botones que cerraran los elásticos ojales de un recipiente tenso; se le antojó que todos los objetos circundantes se reflejaban en las pupilas de la periodis­ta. No suele considerarse humana la expresión de los botones, pero en la mirada de la señorita Stackpole ha­bía algo que a él, hombre harto modesto, le hacía sen­tirse vagamente azorado... menos invulnerable y más despreciado de lo que hubiese querido. Será bueno ad­vertir que, al cabo de dos o tres días de conocerse, tal impresión fue disminuyendo, si bien no llegó a desva­necerse por completo.

            -No creo que se le ocurra tratar de convencerme de que es usted un americano -dijo ella.

            -Con tal de agradarle, seré inglés, o acaso turco.

            -Sí tan fácil le es cambiar de esa manera, no se pri­ve -replicó ella.

            -Tengo la seguridad de que usted lo comprende to­do y de que para usted las diferencias de nacionalidad no suponen barreras de ninguna clase.

            Después de mirarle atentamente, dijo la señorita Stackpole:

            -¿Se refiere usted a las lenguas extranjeras?

            -Los idiomas no son nada. Me refiero al espíritu... al genio. La corresponsal del Interviewer contestó:

            -No estoy segura de entenderle a usted... pero su­pongo que antes de irme llegaré a comprenderle.

            -Es lo que se llama un verdadero cosmopolita -ter­ció Isabel.

            -Lo cual quiere decir que tiene un poco de todo y no mucho de nada. A decir verdad, yo creo que el pa­triotismo es como la caridad... empieza por la patria de uno.

            -Pero ¿dónde empieza la patria de uno? -preguntó Ralph.

            -Yo no sé dónde empieza, pero sí sé dónde acaba. Para mí, acabó mucho antes de llegar aquí.

            El señor Touchett preguntó a su vez con su voz cas­cada e ingenua:

            -¿No le gusta a usted esto?

            -Le diré, señor. Todavía no he planeado el camino que debo tomar. Me siento bastante entumecida, me he podido dar cuenta de ello durante el viaje de Liverpool a Londres.

            -Seguramente iría en un vagón demasiado lleno -sugirió Ralph.

            -Sí, pero el caso es que estaba lleno de amigos, un , grupo de americanos a quienes conocí a bordo, gente muy simpática de Little Rock, Arkansas. A pesar de ello me sentía un poco atontada, como si algo me oprimie­ra, aunque no sabía decir qué era. Desde el principio sentí como si no hubiese de encajar en el ambiente, pero me figuro que será un temor pasajero y no tardaré en formar mi propio ambiente. Ésa es la única manera de poder respirar libremente... Son muy agradables estos alrededores.

            -Nosotros también somos un grupo bastante acep­table -dijo Ralph-. Quédese aquí un poco y lo verá.

            La señorita Stackpole mostró su buena disposición a esperar y pareció dispuesta a permanecer en Gardencourt algún tiempo. Durante las mañanas se ocu­paba en su trabajo literario, pero eso no impedía que Isabel pasara gran parte del día con su amiga, que, una vez terminada su tarea, desaprobaba, incluso desafia­ba a la soledad. Isabel halló pronto la ocasión de con­vencerla de que no describiese en la letra de imprenta los encantos de su común estancia. Fue a la mañana si­guiente, cuando vio que ya estaba pergeñando para el Interviewer una crónica, cuyo título escrito con letra clara y perfectamente legible (la misma que nuestra he­roína recordaba de sus cuadernos de copia de la es­cuela) rezaba así: «Americanos y Tudores... Estampas de Gardencourt». Con la mejor buena fe del mundo la señorita Stackpole se ofreció a leer la crónica a Isabel, quien protestó en el acto contra el contenido del tra­bajo periodístico, diciendo:

            -Me parece que no debes hacer eso, que no debes hacer una descripción de este sitio.

            La escritora se la quedó mirando fijamente, como era su costumbre, y contestó:

            -¿Por qué? Esto es precisamente lo que quieren los lectores, y éste es un sitio admirable.

            -Demasiado admirable para que lo describan en los periódicos, cosa que mi tío no quiere de ningún modo.

            -¡Vamos, no lo creas! -exclamó Henrietta-. Siem­pre dicen lo mismo y, después, están encantados.

            -Pues ni mi tío ni mi primo estarán encantados, te lo aseguro; incluso lo considerarían un atentado a su hospitalidad.

            La señorita Stackpole no pareció conmoverse. Se li­mitó a limpiar cuidadosamente su pluma en un elegan­te artefacto que para ello llevaba y puso aparte el co­menzado manuscrito.

            -Naturalmente -dijo-, si te opones no lo haré, pe­ro lo siento de veras porque es sacrificar un tema precioso.

            -Ya tendrás muchos otros. No han de ser temas lo que te falte. Haremos algunas excursiones, te mostraré algunos paisajes deliciosos.

            -La descripción de paisajes no es mi fuerte; en mis escritos ha de prevalecer siempre algo de interés neta­mente humano. Ya sabes, Isabel, que yo soy y he sido siempre profundamente humana. -Y añadió-: Preci­samente iba a sacar a tu primo... el americano desarraigado. Ahora interesa mucho cuanto se diga en los pe­riódicos de los americanos desarraigados, y tu primo es un ejemplar magnífico de ellos. Es una pena no hacerlo, le habría tratado con una severidad que...

            Isabel interrumpió para exclamar:

            -¡Pues se habría muerto del disgusto...! No por tu severidad, sino por la publicidad.

            -Lo deploro porque me habría dado mucho gusto matarlo un poquito. Y me habría encantado describir a < tu tío, que me parece un tipo mucho más noble... el del ', americano que sigue siendo fiel a su nacionalidad. Es un anciano espléndido. No comprendo qué puede objetar a que yo le rinda en mis crónicas el honor que se merece.

            Isabel la miró muy asombrada y se quedó sumamente confusa al ver cómo una persona en la que siempre ha­bía hallado tantas cosas dignas de estimación tenía aque­llas caídas tan graves en el error.

            -Pero, Henrietta, no entiendes lo que significa la intimidad.

            Henrietta se ruborizó grandemente y durante un mo­mento sus ojos se humedecieron, mientras Isabel la en­contraba más inconsecuente que nunca. La señorita Stackpole contestó muy dignamente:

            -Isabel, eres muy injusta conmigo, porque yo no he escrito nunca una sola palabra sobre mí misma.

            -Me consta, Henrietta; pero me parece que una de­be ser también pudorosa para con los demás.

            -¡Ah! Ahí esta frase está muy bien -exclamó la pe­riodista, tomando de nuevo su pluma-. Voy a anotarla para poder utilizarla en otra ocasión. -Era, como se ve, una mujer de excelente carácter, y una hora más tarde estaba de nuevo del buen humor que podía esperarse de una periodista necesitada de temas. Así, dijo a Isabel-: Pero yo les he prometido hacer crónicas de la vida so­cial; ¿cómo quieres que las haga si no tengo la menor idea? Si no me es posible describir este sitio, ¿qué otros conoces que pueda describir?

            Isabel le prometió que pensaría en ello y, al día si­guiente, mientras charlaban juntas, mencionó como al azar su visita a la vieja casa de lord Warburton. En el ac­to, la señorita Stackpole exclamó:

            -Allí es donde debes llevarme... ése es el sitio que me conviene. Así podré echarle de cerca un vistazo a la aristocracia del país.

            -Yo no puedo llevarte allá -dijo Isabel-; pero lord Warburton va a venir pronto y entonces tendrás ocasión de verlo y observarlo. Ahora, que si te propones repro­ducir su conversación, no tendré más remedio que po­nerle a él sobre aviso.

            -¡Por Dios, no lo hagas! -exclamó su amiga-. Yo quiero que se comporte y hable naturalmente.

            A lo que Isabel contestó declarando:

            -Un inglés no es nunca tan natural como cuando se calla.

            Al cabo de tres días no era evidente, como ella profe­tizara, que su primo hubiese perdido todavía la cabeza por la señorita Stackpole, a pesar de haber pasado mucho tiem­po con ella. Pasearon juntos por el parque, se sentaron ba­jo los árboles y, por las tardes, cuando el bogar en las tran­quilas aguas del Támesis era una verdadera delicia, Henrietta ocupó un lugar en la lancha en la que antes Ralph sólo te­nía una compañera. Su presencia probó que, en cierto sen­tido, su espíritu era menos irreductible a los placeres sua­ves de lo que Ralph esperaba, pues éste había caído en el error muy natural de considerar más alegre el carácter de su prima. El hecho es que la corresponsal del Interviewer le hacía reír, y él tenía ya decidido largo tiempo atrás que el crescendo en el regocijo sería el solaz de sus años declinantes. Por su parte, Henrietta no confirmó la predicción que respecto a ella hiciera su amiga Isabel al referirse a su indiferencia por la opinión masculina, pues el pobre Ralph le parecía a Henrietta un importante problema que era cues­tión de amor propio tratar de resolver.

            La noche misma de su llegada había ella pregunta­do a Isabel:

            -¿Qué hace para vivir? ¿Se pasa todo el día de un lado para otro con las manos en los bolsillos?

            A lo que Isabel contestó sonriendo:

            -No hace nada, Es un caballero con abundantes re­cursos.

            -Bueno, pues me parece sencillamente vergonzo­so cuando pienso que yo he de trabajar como un carre­tero -replicó la señorita Stackpole-. Me gustaría po­der sacudirle un poco.

            Isabel se apresuró a contestar:

            -El pobre está muy mal de salud. No puede trabajar.

            -¡Bah! No creas semejante cosa. -Y añadió-: Yo trabajo incluso cuando estoy enferma.

            Luego, cuando se embarcó en el bote para la excur­sión por el río, dijo a Ralph que se figuraba que él la de­testaba y le preguntó si trataría de ahogarla.

            A lo que él contestó riendo:

            -¡Oh, no! Nada de eso, yo les reservo a mis vícti­mas una tortura mucho más lenta. Y usted puede ser una víctima muy interesante.

            -Bueno, puedo decir que en verdad me tortura, pero yo desbarato todos sus prejuicios, y eso es ya un consuelo.

            -¿Prejuicios, yo? No tengo absolutamente ninguno. En eso padezco de una verdadera indigencia intelectual.

            -Pues peor para usted. Yo tengo algunos verdade­ramente deliciosos. Por lo pronto, le desbarato a usted, su flirteo, o como quiera llamarlo, con su prima; pero no me importa el hacerlo porque creo que le hago un gran favor sacándole a usted de su reserva. Así verá ella lo en­deble que es usted.

            -¡Oh, sí! -exclamó Ralph-. Sáqueme de mi re­serva. Muy poca gente se tomaría esa molestia...

            En tal empeño la señorita Stackpole no escatimó nin­gún esfuerzo, echando mano, cada vez que se le presenta­ba la ocasión, del recurso de las preguntas. Al día siguiente hizo mal tiempo y, por la tarde, el joven, para procurarle un entretenimiento interesante en la casa, se brindó a mostrarle la galería de pinturas. Henrietta vagó con él por la larga galería mientras Ralph iba mostrándole los cuadros prin­cipales y mencionando sus temas y autores. La señorita Stackpole contemplaba las pinturas en silencio, sin profe­rir comentario alguno y procurando a Ralph la satisfacción de ver que no prorrumpía en ninguna de aquellas exclama­ciones formularias de deleite de que tan pródigos solían ser los visitantes de Gardencourt. Hay que reconocer que la jo­ven era muy poco aficionada a los términos consagrados; en su tono había algo serio e inventivo que, a veces, en los momentos de obligada deliberación, la hacía aparecer como una persona de gran cultura que estuviera hablando un idioma extranjero. Ralph Touchett se enteró después de que, en un tiempo, se había encargado de la crítica de arte de un diario del Nuevo Mundo, a pesar de lo cual pare­cía no llevar en el bolsillo ninguna de esas moneditas de la admiración corriente. De pronto, después de que Ralph le señalara un precioso cuadro de Constable, se volvió a él y, mirándole como si fuese un cuadro, preguntó:

            -¿Pasa siempre así el tiempo?

            -Muy contadas veces lo paso tan agradablemente.

            -Bueno, ya sabe lo que quiero decir... sin ocupa­ción fija.

            A lo que Ralph contestó:

            -¡Oh! Soy el más vago de los mortales.

            La señorita Stackpole volvió a contemplar el cuadro de Constable y él le indicó que se fijase en un pequeño Lancret que estaba cerca y que representaba a un caballe­ro vestido de rojo jubón, calzas y gorguera, apoyado en el pedestal de una estatua que representaba a una ninfa en un jardín, y tocando la guitarra para deleitar a dos damas que estaban sentadas en la hierba. Señalándolo, dijo:

            -Ése es mi ideal de una ocupación fija.

            La señorita Stackpole se volvió de nuevo hacía él y, aunque había posado los ojos en el cuadro, él se dio cuen­ta de que la escritora no se había percatado del tema y seguía pensando en algo mucho más serio.

            -No comprendo cómo no le remuerde la concien­cia -dijo ella.

            -Mi querida señora, es el caso que yo no tengo conciencia.

            -Bien, pues me permito aconsejarle que cultive una. La próxima vez que vaya a América le hará seguramen­te falta.

            -Es muy probable que no vaya allí nunca más.

            -¿Le da vergüenza que lo vean?

            Ralph, después de pensarlo un momento, dijo con una suave sonrisa:

            -Me imagino que, si uno no tiene conciencia, no tiene tampoco vergüenza.

            -De lo que no hay duda es de que tiene usted gran aplomo -declaró Henrietta-. ¿Le parece bien aban­donar a su país?

            -¡Ah! Por lo que a eso toca, uno no abandona a su país como tampoco abandona a su abuela. El uno y la otra son anteriores a toda posible elección... elementos de la esencia de uno mismo que no se pueden eliminar.

            -Me imagino que eso significa que usted lo ha in­tentado y ha sido derrotado. ¿En qué concepto le tiene la gente de aquí?

            -Todos me adoran.

            -Debe de ser porque usted los embauca.

            Y Ralph, suspirando, replicó:

            -¡Ah! Atribúyalo mejor a mi natural encanto.

            -No sé nada acerca de su natural encanto -dijo Henrietta-. El encanto que pueda tener es comple­tamente artificial, totalmente adquirido... o cuando menos, ha procurado adquirirlo viviendo en este lu­gar. Y, la verdad, no creo que lo haya logrado. Por lo me­nos, es un encanto que yo no sé apreciar. Procure ha­cerse útil de algún modo y volveremos a hablar del asunto.

            -Bueno; dígame lo que debo hacer -le pidió Ralph.

            -Por lo pronto y para comenzar, volver a su país.

            -Comprendido. ¿Y después?

            -Lanzarse de lleno a cualquier cosa.

            -Conformes. Pero ¿qué cosa?

            -Con tal de que se lo tome en serio, cualquier co­sa. Cualquier idea nueva, una gran obra.

            -¿Y es muy difícil lanzarse de lleno?

            -Si se pone todo el corazón en ello, no.

            -¡Ah, mi corazón! -dijo Ralph-. Si todo ha de depender de mi corazón...

            -¿Es que no tiene corazón?

            -Hasta hace pocos días lo tenía, pero desde enton­ces lo he perdido.

            -No es usted serio -le reprochó la señorita Stack­pole-, eso es lo que le ocurre.

            Pero al cabo de un par de días, centró de nuevo su atención en él, asignando una nueva causa a su miste­riosa perversidad.

            -Ya sé lo que le ocurre: que se cree demasiado bue­no para casarse -afirmó.

            Ralph contestó tranquilamente:

            -Así lo creí hasta que la conocí a usted, señorita Stackpole. Pero desde entonces, he cambiado de idea.

            -¡Bah! -refunfuñó Henrietta.

            Pero Ralph prosiguió:

            -Me parecía que yo no era bastante bueno.

            -El matrimonio lo hará mejor. Además, es su obli­gación. El joven exclamó:

            -¡Ah, mi obligación! ¡Tiene uno tantas obligacio­nes! ¿También eso es una obligación?

            -Naturalmente que lo es... ¿no lo sabía usted? Todos tienen el deber de casarse.

            Ralph se quedó callado un momento, decepcionado. Algo en la señorita Stackpole había comenzado a gus­tarle. Le parecía que, si no era una mujer encantadora, cuando menos era un «caso». Le faltaba ciertamente distinción, pero, según dijo Isabel, poseía un gran valor. Se había metido en las jaulas, había hecho restallar los látigos y había acabado siendo una domadora de leones. No la suponía capaz de emplear tretas vulgares, pero las  últimas palabras le habían sonado a nota falsa: cuando una joven casadera acucia a casarse a un joven que no piensa en tal cosa, la explicación más clara es que no obra de manera altruista.

            -¡Ah! Sobre eso hay mucho que decir -replicó Ralph.

            -Puede que lo haya, pero lo principal es eso. De­bo confesar que me parece cosa de privilegiados eso de , andar completamente solo en la vida como si creyera

que no hay mujer digna de usted. ¿Acaso se cree usted mejor que nadie en el mundo? En América, lo corrien­te es casarse.

            -Si esa es mi obligación, ¿no será, por analogía, tam­bién la suya? -preguntó Ralph.

            La señorita Stackpole mantuvo muy abiertos los ojos, en los que se reflejaba el sol, y dijo:

            -¿Tiene usted la vana esperanza de encontrar algún fallo en mi razonamiento? ¿Qué duda cabe de que yo tengo el mismo derecho que cualquier otra a casarme?

            -Pues entonces, no diré que me molesta el verla sol­tera, sino que, por lo contrario, me encanta.         

-Todavía no es usted serio. Ni lo será nunca.

            -No creerá usted eso el día que le confiese que de­seo abandonar mi costumbre de ir solito por la vida...

            La señorita Stackpole se quedó mirándole un instan­te de una manera que parecía anunciar una respuesta a la que técnicamente pudiera llamarse alentadora. Pero, con­tra lo que Ralph esperaba y con gran sorpresa suya, la aguardada expresión se trocó en una apariencia de alar­ma, incluso de enojo. Ella contestó secamente:

            -Ni aun entonces. -Y se marchó.

            Por la noche, Ralph le dijo a su prima:

            -Todavía no he concebido amor por tu amiga, y eso que esta mañana hemos estado hablando un buen rato del asunto.

            -Y no sólo hablasteis sino que tú dijiste algo que a ella no le agradó.

            Ralph se quedó asombrado.

            -Cómo, ¿se ha quejado de mí?

            -Me ha dicho que cree que hay algo excesivamen­te superior en el tono de los europeos al dirigirse a las mujeres.

            -¿Me llama ella europeo?

            -Uno de los peores. Me ha contado que le dijiste una cosa que un americano no habría sido capaz de de­cir. Pero no quiso repetírmelo.

            Ralph soltó una gran carcajada. Luego dijo:

            -Es una persona muy contradictoria. ¿Creyó acaso que la estaba cortejando?

            -No. Me figuro que incluso los americanos hacen eso. Pero al parecer se imaginó que tú entendiste mal al­go que ella dijo y lo interpretaste a tu gusto.          

            -Se me antojó que me estaba haciendo una propuesta de matrimonio y la acepté. ¿Había algo malo en ello?

            Isabel sonrió y dijo quedamente:         

            -Para mí, sí. Yo no quiero que te cases.

            -¿Qué quieres que haga uno metido todo el san­to día entre vosotras, querida primita? -preguntó Ralph-. La señorita Stackpole me dice que mi deber es casarme, y que el suyo es, en términos generales, ve­lar por que yo cumpla con él.

            A lo que Isabel contestó seriamente:

            -Henrietta tiene un hondo sentido del deber. El de­ber inspira todo cuanto dice. Por eso es por lo que la quiero tanto. Ella piensa que es indigno de ti guardar tantas cosas para ti solo. Eso es lo que quería decir. De j modo que, si te figurabas que estaba tratando de enga­tusarte... te equivocaste de medio a medio.

            -Sin duda era un modo bien extraño de conseguir­lo, pero se me antojó que estaba tratando de pescarme. Perdona mi perversidad, primita.

            -Eres demasiado presuntuoso. Ni por un instante acarició ella miras interesadas, ni supuso que tú se las atribuirías.

            -Verdaderamente, tiene uno que ser muy modesto para hablar con esa clase de mujeres -dijo Ralph con toda humildad-. Lo cierto es que es un tipo bien ex­traño. Demasiado personal... si se considera que ella es­pera que los demás no lo sean. Es de las que entran en la casa sin llamar a la puerta.

            -Cierto -dijo Isabel-. No se presta a reconocer de buen grado la existencia de los picaportes, a los que estoy segura que considera simples adornos pretencio­sos. Piensa que la puerta de la gente debe estar siem­pre abierta de par en par. Eso no quita para que yo si­ga queriéndola.

            -Pues yo sigo creyendo que se toma demasiadas confianzas -replicó Ralph que, naturalmente, se sentía algo molesto ante la idea de haberse engañado doble­mente respecto a la amiga de su prima.

            Isabel contestó:

            -Yo, la verdad, creo que la quiero precisamente por­que es más bien algo vulgar.

            -Ese razonamiento tuyo la halagará sin duda alguna.

            -Pero si yo tuviese que decírselo no lo expresaría de este modo. Le diría que es porque hay en ella algo de pueblo.

            -Por lo que hace a eso, ¿qué sabes tú de pueblos y qué sabe ella?

            -Ella, por lo pronto, mucho; y yo sé lo bastante para darme cuenta de que ella es como una emanación de la gran democracia... del continente, del país, de la nación entera. No es que yo quiera decir con esto que ella lo resume todo en sí, sería demasiado pedir... pe­ro el caso es que lo sugiere, que lo representa con gran realismo.

            -Así que la quieres tanto por una razón de patrio­tismo. En cambio, yo tengo el presentimiento que es precisamente por eso por lo que le pongo reparos.

            Isabel exhaló un hondo y alegre suspiro y dijo:

            -¡Ah! ¡Hay tantas cosas que me gustan y que quie­ro! Basta que una cosa me impresione con cierta inten­sidad para que yo la acepte enseguida. No es que pre­tenda presumir de ello, pero intuyo que soy más bien versátil. Me gusta que la gente sea distinta de Henrietta, como, por ejemplo, las señoritas Molyneux, las herma­nas de lord Warburton. Cuanto más las contemplo, más me parece que encarnan un verdadero tipo de ideal. Sin embargo, en cuanto veo a Henrietta, quedo en el acto convencida por ella no tanto por lo que ella es, sino por  lo que detrás de ella se amontona.

            -Entonces, te refieres a su lado oculto -sugirió su primo.

            -Ella tiene razón -dijo Isabel-, nunca llegarás a ser una persona seria. Yo adoro aquel gran país que se extiende a través de las praderas y más allá de los ríos, floreciendo, sonriendo y dilatándose hasta verterse en el Pacífico... Y Henrietta, no me eches en cara la compa­ración, ha recogido en los pliegues de su ropa todo el  aroma de aquel país.

            Isabel se ruborizó un poco al terminar su parrafada, y aquel rubor, junto con el ardor pasajero que había pues­to en sus palabras, le sentaron tan admirablemente que Ralph permaneció contemplándola un rato en silencio y sonriendo. Por fin dijo:

            -No tengo la seguridad de que el Pacífico sea tan grande como tú lo pintas, pero no cabe duda de que eres una mujer de gran imaginación. En cambio, Henrietta huele tanto a futuro que casi le tumba a uno de espaldas.

 

 

11

 

 

            Ralph adoptó la firme resolución de no interpretar tor­cidamente las palabras de la señorita Stackpole ni aun cuan­do ésta hablara en un sentido demasiado personal. Hubo de acostumbrarse a la idea de que para ella las personas no eran sino organismos sencillos y homogéneos, y de que por su parte él era un ejemplar demasiado corrompido de la naturaleza humana para tener derecho a tratarla en térmi­nos de reciprocidad. Llevó a cabo su decisión con un tac­to exquisito, de suerte que la joven periodista pudo, en su renovado contacto con él, ejercer sin trabas su habilidad para la investigación insaciable. De modo que, dado el gran aprecio que por ella sentía Isabel, y el no menor que ella experimentaba por esa agilidad de inteligencia que a juicio suyo hacía de Isabel su hermana espiritual, y dada la vene­rabilidad tan agradable del señor Touchett, cuyo noble to­no, como ella solía decir, merecía toda su aprobación, su situación en Gardencourt habría sido de lo más cómoda si no hubiese ella concebido desde el primer momento una gran desconfianza hacia la pequeña señora a quien al prin­cipio se creyó obligada a considerar dueña de la casa. Pe­ro no tardó en descubrir que semejante obligación no era nada pesada y que la señora Touchett no se preocupaba en absoluto de lo que la señorita Stackpole hiciera o dejara de hacer. La señora Touchett la había calificado, hablando con Isabel, de aventurera y de aburrida... concediendo que a veces las aventuras proporcionan verdaderas emo­ciones. Había manifestado a su sobrina su extrañeza de que hubiera escogido tal amiga, pero añadió a renglón seguido que sabía muy bien que los amigos de Isabel no eran cosa suya, y que jamás se había propuesto que le gustasen todos, ni obligar a la joven a tratar únicamente a aquellos que agradaban a su tía.

            -Si no hubieras de tratar más que a la gente que a mí me gusta -confesó- tendrías muy pocas rela­ciones, pues no conozco a ningún hombre ni ninguna  mujer que me gusten lo suficiente para poder reco­mendártelos. Eso de recomendar a alguien es cosa muy seria. Por ejemplo, la señorita Stackpole no me gusta absolutamente nada. Todo lo suyo me desagrada pro­fundamente; habla demasiado fuerte y la mira a una como si una estuviese deseando mirarla a ella... cosa que no ocurre. Tengo la seguridad de que ha vivido to­da su vida en pensiones de familia y no detesto nada tanto como las costumbres y libertades de semejantes sitios. Si me preguntas si prefiero mis modales, que se­guramente te parecerán horribles, te diré que me gus­tan infinitamente más que los de ella. La señorita Stack­pole sabe muy bien que yo detesto esa civilización de casa de huéspedes y me odia por detestarla, pues se figura que esa civilización es la más selecta del mundo. Gardencourt le gustaría más si fuera una casa de hués­pedes, aunque a mí me parece que tiene no poco de eso. Como nunca nos llevaremos bien ella y yo, más vale no intentarlo.

            La señora Touchett tenía razón al imaginarse que no merecía la aprobación de Henrietta, pero no lograba po­ner el dedo en la llaga del motivo de semejante senti­miento. Dos días después de la llegada de la señorita Stackpole, la señora Touchett hizo algunas injustas re­flexiones sobre los hoteles de América, y ello excitó el espíritu de contradicción de la corresponsal del Interviewer que, en su calidad de periodista, había conocido en el mundo occidental los más variados tipos de alojamien­to. Henrietta manifestó su opinión de que los hoteles de América eran los mejores del mundo, y la señora Tou­chett, que aún conservaba fresco el recuerdo de su lucha con algunos de ellos, expresó su convicción de que eran los peores. Ralph, queriendo poner en práctica su buen humor experimental y deseoso de encontrar un medio de zanjar la cuestión, dijo que la verdad estaba en el jus­to medio y que los establecimientos de que hablaban de­bían ser clasificados entre los medianos.

            La señorita Stackpole rechazó indignada tal clasifi­cación. Nada de medianos. O eran los mejores del mun­do o eran los peores, pero no había nada de términos me­dios con respecto a los hoteles de América.

            -Juzgamos desde distintos puntos de vista, es evi­dente -dijo la señora Touchett-. A mí me gusta que me traten como a una persona, a usted le gusta que la traten como a un número.

            -No sé qué quiere usted decir -repuso Hen­rietta-. A mí me gusta que me traten como a una seño­ra americana.

            -¡Pobres señoras americanas! -exclamó riendo la señora Touchett-. Son esclavas de esclavos.

            -Son compañeras de hombres libres -replicó Hen­rietta.

            -Compañeras de sus criados..., de la doncella ir­landesa y el mozo de comedor negro. Comparten sus trabajos.

            -¿Llama usted «esclavos» al servicio doméstico de una casa americana? -inquirió la señora Stackpole-. Si es así, no me extraña que no le guste América.

            -Si una no tiene buenos criados lo pasa terriblemente mal -dijo con tranquilidad la señora Touchett . En Amé­rica son muy malos; en cambio, en Florencia tengo cinco, a cual mejor.

            Henrietta no pudo contenerse de decir:

            -No veo para qué necesita usted cinco criados. Yo creo que no podría soportar ver a cinco personas a mi al­rededor en esas condiciones de servilismo.

            La señora Touchett proclamó con no poca intención:

            -Pues yo prefiero verlas en tal condición antes que , en algunas otras.

            El señor Touchett intervino diciendo:

            -¿Te gustaría yo más, querida, si fuera tu mayor­domo?

            -No estoy muy segura; por lo pronto, te faltan los modales y el tipo para ello.

            -Compañeras de los hombres libres... he ahí algo que de veras me gusta, señorita Stackpole -dijo Ralph-. Es una hermosa descripción.

            -Al decir hombres libres, no me refería a usted, . señor.

            Y ésa fue toda la recompensa que Ralph obtuvo por su anterior cumplido. La señorita Stackpole estaba perpleja. Era indudable que pensaba que había algo traicionero en la estima que la señora Touchett mostraba por una clase a la que Henrietta en privado calificaba de misteriosa su­pervivencia del feudalismo. Acaso porque estaba honda­mente preocupada por tal imagen dejó pasar varios días an­tes de buscar una ocasión para decir a Isabel:

            -Estoy por preguntarme, querida amiga, si no te habrás vuelto desleal.

            -¿Desleal? ¿Desleal hacia ti, Henrietta?

            -No. Eso sería una gran pena para mí, pero no es eso.

            -Entonces, ¿hacia mi país?

            -¡Ah! Espero que eso no suceda nunca. Cuando te escribí desde Liverpool, te comuniqué que tenía algo par­ticular que decirte. Nunca se te ha ocurrido preguntar­me qué era... ¿Es acaso porque lo has sospechado?

            -¿Sospechado, qué? Por lo general, no creo ser da­da a sospechar -dijo Isabel-. Cierto, ahora recuerdo la frase de tu carta, pero confieso que la había olvidado por completo. ¿Qué es lo que tienes que decirme?

            Henrietta pareció decepcionada y su firme mirada lo dio a entender.

            -No lo preguntas como es debido... como si te pa­reciese una cosa importante... Estás muy cambiada... pien­sas ya en otras cosas,

            -Dime lo que es y entonces pensaré en ello.

            -¿De veras pensarás en ello? Eso es de lo que yo quería asegurarme.

            Isabel contestó:

            -No tengo un dominio perfecto sobre sus pensa­mientos, pero haré lo que pueda. -Henrietta la miró en silencio durante tanto rato que acabó con la paciencia de Isabel y le hizo exclamar-: ¿Quieres decir que vas a ca­sarte?

            -No antes de haber visto Europa -respondió Hen­rietta. Y prosiguió-: ¿De qué te ríes? Lo que quiero de­cir es que el señor Goodwood vino en el mismo barco que yo.

            -¡Ah! -se limitó a responder Isabel.

            -Has dicho bien. A bordo tuvimos ocasión de char­lar largamente. Ha venido siguiéndote.

            -¿Te lo dijo él?

            -No, no me dijo absolutamente nada. Por eso lo supe -contestó ingeniosamente la escritora-. Él ha­bló poco de ti, pero, en cambio, yo hablé mucho de ese tema.

            Isabel se mantuvo a la espera. Había empalidecido al oír el nombre del señor Goodwood y, al final, acabó por decir:

            -Siento mucho que hablaras de mí.

            -Es que era un placer y me gustaba la manera en que me escuchaba. A un oyente así podría haberle ha­blado mucho tiempo. Escuchaba con tanta atención, tan callado, tan absorto en mis palabras...

            Isabel preguntó:

            -¿Qué dijiste de mí?    

            -Dije que, en conjunto, eras la criatura más per­fecta que conocía.

            -Pues lo siento en el alma. Él tiene ya demasiada; buena opinión de mí y no hay que alentarle por ese ca­mino.

            -Se muere porque le den alientos, por pocos que  sean. Me parece estar viendo su cara, aquella mirada ab­sorta mientras yo hablaba... Nunca he visto a un hom­bre feo transformarse en uno tan hermoso.

            -Es de ideas muy simples -contestó Isabel-. Y, ade­más, no es tan feo.

            -Nada torna a la gente tan sencilla como una gran pasión.

            -La suya no es una gran pasión, de eso estoy se­gura.

            -Lo dices como si no lo estuvieras.

            Isabel sonrió de manera más bien fría. Y declaró:

            -Haré mejor en decírselo al mismo señor Good­wood.

            -Pues pronto tendrás ocasión de ello -dijo Hen­rietta. Isabel no contestó a esa afirmación que su amiga acababa de hacer con gran seguridad. La periodista pro­siguió-: Te va a encontrar muy cambiada. El ambiente que te rodea te ha afectado mucho.

            -No digo que no. Todo me afecta.

            -Todo, menos el señor Goodwood -exclamó la se­ñorita Stackpole con una risa un tanto agria.

            Isabel ni siquiera sonrió y, al cabo de un instante, preguntó:

            -¿Te pidió él que me hablaras?

            -No lo dijo con estas palabras, pero me lo pidió con los ojos y con su apretón de manos cuando nos despedimos.

            -Te agradezco que lo hayas hecho -dijo Isabel, y se dio la vuelta.

            -Has cambiado, Isabel, has adquirido aquí otras ideas -insistió su amiga.

            -Por suerte para mí -replicó Isabel-. Una tiene el deber de adquirir el mayor número de ideas que le sea posible.

            -De acuerdo, pero las nuevas no deben desplazar a las antiguas, si las antiguas han sido las buenas.

            Isabel se le acercó nuevamente y dijo:

            -Si quieres decir que yo tenía alguna idea con res­pecto al señor Goodwood... -Pero, ante la implacable mirada de su amiga, optó por callarse.

            -Querida mía, ¿qué duda cabe de que le dejaste con­cebir esperanzas?

            Durante un momento Isabel pareció disponerse a rebatir aquel aserto, pero en lugar de eso dijo tranqui­lamente:

            -Es cierto, yo le di alientos. -Dicho lo cual, pre­guntó a su amiga si el señor Goodwood le había co­municado qué pensaba hacer. No era eso más que una concesión a su propia curiosidad, pues le desagradaba hablar del asunto y consideraba que Henrietta no ha­bía procedido con la delicadeza debida.

            -Se lo pregunté y me dijo que no pensaba hacer ab­solutamente nada -contestó la señorita Stackpole-. Naturalmente, yo no lo creí porque no es un hombre pa­sivo, sino de acción pronta y decidida. Ocúrrale lo que le ocurra, él hará siempre algo, y lo que haga estará siem­pre bien.

            Aunque Henrietta tal vez se había mostrado poco delicada, esa declaración conmovió a Isabel, que corroboró:

            -Yo también opino lo mismo.

            La periodista se lanzó al ataque, diciendo:

            -Y piensas en él.

            Isabel repitió:

            -Lo que él haga, siempre estará bien... Cuando un hombre es totalmente de una pieza, ¿qué puede impor­tarle lo que una sienta?

            -Puede que a él no le importe, pero le importa a una.

            -¡Bah! Lo que a mí me importa... no es precisamente lo que estamos discutiendo -dijo Isabel, sonriendo sin ganas.

            Su compañera adoptó un aire severo y replicó:

            -Bueno, eso no es cosa mía. Lo que veo es que es­tás cambiada, que no eres la misma que eras hace unas semanas, y el señor Goodwood se dará cuenta de ello. Yo espero que se presente aquí de un día a otro.

            -Pues, entonces, confío en que llegará a detestarme.

            -Ni creo que esperes tal cosa ni le creo a él capaz de ella.

            Nuestra heroína no replicó a esta observación, pues se había quedado anonadada ante la noticia que Henrietta acababa de darle respecto a la posible aparición de Caspar Goodwood en Gardencourt. Quiso engañarse a sí misma diciéndose que eso era imposible, y así se lo hi­zo saber más tarde a su amiga. Sin embargo, pasó en una gran ansiedad las cuarenta y ocho horas siguientes, es­perando a cada momento oír anunciar el nombre del jo­ven compatriota. Y tal preocupación la intranquilizó has­ta el punto de que le pareció sentir un gran bochorno en el aire, como si el tiempo fuese a cambiar... Tan grato ha­bía sido el tiempo, en el sentido social, hasta entonces para ella en Gardencourt, que cualquier cambio que en él se produjera no podría ser para bien. Sin embargo, su ansiedad cesó al segundo día. Había salido ella de paseo por el parque en compañía del simpático Bunchie y, des­pués de haber andado durante un rato tan intranquila y absorta en sí mima que no veía ni oía, se había sentado en un banco del jardín, no lejos de la casa y bajo una gran haya, donde, vestida de blanco, adornado su traje con la­zos negros, y entre las leves sombras que revoleteaban a su alrededor, ofrecía una imagen llena de gracia y armo­nía. Durante algunos instantes se entretuvo en hablar con el revoltoso perrito, respecto al cual se aplicaba con la mayor imparcialidad posible la proposición de bien in­diviso hecha por el primo... es decir, tan imparcialmen­te como lo permitían las veleidosas e inconstantes sim­patías del pequeño can. Pero en aquella ocasión se dio cuenta por primera vez de la limitación del intelecto de Bunchie, que hasta entonces le había parecido de gran­des dimensiones. Pensó que, antes de salir, hubiera sido oportuno proveerse de un libro, ya que, en otros tiem­pos, cuando se sentía desasosegada, le bastaba la compa­ñía de un buen volumen para que su ensimismamiento se aposentase en la morada de su pura razón. Última­mente, no vale la pena negarlo, pareció que la literatura no iluminaba sus inquietudes más que con una morteci­na luz; y, aun cuando se acordó de que la biblioteca de su tío contenía todos esos autores que no deben faltar en la de ningún caballero que se estime, el hecho es que per­manecía allí sentada, inmóvil y con las manos vacías, la mirada fija en el verde césped del prado. La llegada de un criado con una carta la sacó en aquel instante de su ensimismamiento. La carta, cuyo sobre tenía el sello de  Correos de Londres y estaba escrito con una letra que le era bien conocida... vino a ocupar un lugar en su imagi­nación, absorta ya en el que la había escrito, como si con , ella aportara la vivacidad del rostro o de la voz del autor. Por ser tal carta un documento corto, no habrá incon­veniente en transcribirla por completo. Decía así:           

 

 

            Querida señorita Archer:

            Ignoro si se habrá enterado de mi llegada a Lon­dres, pero, aunque no haya sabido nada de ella, creo que no será una sorpresa para usted. Recordará que cuando, hace tres meses, me dio su respuesta nega­tiva en Albany, yo no quise aceptarla y protesté con­tra ella. Por su parte, usted pareció aceptar seme­jante protesta y reconoció que yo tenía razón. Fui entonces a verla con la esperanza de que me permi­tiera intentar hacerle compartir mi convicción, ya `que las razones en que la fundo son inmejorables.

Pero usted me desengañó, pues la encontré cambia­da y sin poder darme razón aceptable acerca de su cambio. Usted misma reconoció que su actitud no era razonable, y ésa fue toda la concesión que se dig­nó hacer, pero era verdaderamente baladí porque no ' respondía a su manera de ser. No, usted no es, ni se­rá nunca, arbitraria ni caprichosa. Por el contrario, creo que me permitirá volver a verla. Me dijo que yo no le resultaba desagradable, cosa que creo, pues no ` sé por qué habría de serlo. Seguiré pensando siem­pre en usted y en ninguna otra. He venido a Ingla­terra sólo porque en ella se encuentra usted, ya que no podía permanecer en nuestro país estando usted ;' ausente de él, y lo detestaba porque usted lo había  abandonado. Si ahora me gusta tanto este país en tan sólo porque la tiene a usted en su seno. He estado en Inglaterra anteriormente, pero nunca me gustó gran cosa. ¿Me permite ir a verla, aunque no sea más que media hora? En el momento presente ése es el más vivo anhelo de su devoto

 

GASPAR GOODWOOD

 

 

            Isabel leyó esta carta con tan concentrada atención que ni siquiera oyó los pasos que hacia ella se acercaban quedamente sobre la hierba tierna. Alzó los ojos mien­tras plegaba maquinalmente la carta, y vio a lord War­burton de pie ante ella, contemplándola en silencio.

 

 

 

12

 

 

            Isabel se guardó la carta en el bolsillo y dirigió a su visitante una suave sonrisa de bienvenida, sin mostrar la menor alteración y sorprendiéndose a sí misma por su propia frialdad.

            Lord Warburton habló así:

            -Me dijeron que estaba usted aquí y, como no ha­bía un alma en el salón y era precisamente usted a quien me interesaba ver, me dirigí aquí sin más.

            Isabel se puso en pie, pues parecía sentir en su inte­rior un vago deseo de que él no se sentara a su lado.

            -Ya me disponía a entrar -dijo.

            -No se vaya, por favor. Se está mucho mejor aquí fuera. He venido a caballo desde Lockleigh y puedo ase­gurarle que hace un día espléndido.

            La sonrisa con que acompañara las anteriores pala­bras era especialmente amistosa y agradable, mientras que parecía desprenderse de toda su persona ese aura de bondad y amabilidad que tanto encantara a la joven des­de el momento en que le vio por vez primera; aura que le rodeaba como el resplandor de un deleitoso día del mes de junio.

            -Entonces daremos una vuelta -dijo Isabel, que a su pesar intuía la intención de la visita de su acompañante y que deseaba a un tiempo eludir aquella intención y sa­tisfacer su curiosidad. Ya otra vez había vislumbrado ese designio con la fugacidad de un relámpago y, como ya sabernos, le produjo gran alarma; una alarma cuyos ele­mentos no eran del todo desagradables. Por lo pronto llevaba varios días analizándolos, habiendo al fin logra­do separar la parte agradable de la idea de que lord War­burton la estaba cortejando, de la parte de esta idea que la resultaba desagradable. A muchos de nuestros lectores ha de antojárseles que la joven era a la vez precipitada e indebidamente exigente; pero este último reproche, ca­so de ser justo, puede contribuir a disculparla del descré­dito que el primero entraña. Isabel no sentía el menor de­seo de convencerse a sí misma de que un poderoso terrateniente, como había oído llamar a lord Warburton, estaba prendado de sus encantos, pues el hecho de una declaración procedente de él comportaría más interro­gantes de los que podría contestar. A ella le había im­presionado mucho el hecho de que él fuese un gran «per­sonaje», y se había dedicado a examinar la imagen que ese hecho le presentaba. Cabe decir, a riesgo de abundar aún más en la prueba de su autosuficiencia, que en de­terminados momentos la posibilidad de que tal persona­je le tributara tanta admiración le parecía una agresión  rayana en afrenta, casi una inconveniencia. Hasta en­tonces no había conocido a ningún verdadero persona­je, no los había habido antes en su vida, y acaso tampo­co existieran en su país de origen. Cuando ella había pensado que alguien pudiera ser eminente, lo hacía en razón de su carácter y de su ingenio... en razón de lo que a una pudiera gustarle en la inteligencia y en la conver­sación de un caballero. Por su parte, ella misma era to­do un carácter, y de eso estaba perfectamente convenci­da. Y hasta entonces su imagen de una conciencia plena tenía relación con cuestiones morales... cosas respecto a las cuales la pregunta sería si a su alma sublime le resultaban gratas. Así, pues, lord Warburton fulgía ante sus ojos intensa y brillantemente como un conjunto de atri­butos y poderes que no se medían por esa sencilla norma, sino que requerían una clase de apreciación totalmente distinta... una apreciación que la joven, acostumbrada a juzgar las cosas con gran celeridad y suma libertad, se sen­tía falta de paciencia para poder otorgar. Era como si él fuese a pedirle algo que ningún otro había pensado pe­dirle. Ella sentía que un gran magnate terrateniente, so­cial y político, había concebido el designio de arrastrar­la a un sistema en el cual él vivía y actuaba de un modo un tanto ofensivo. Y un cierto instinto persuasivo, si bien nada categórico, le decía que resistiera... murmurándo­le que ella tenía ya su propio sistema y su propia órbita. Le decía además, muchas otras cosas... cosas que a la vez se contradecían y confirmaban mutuamente; como que una muchacha podría sin duda hacer algo mucho peor que confiarse a semejante hombre, y que resultaría de veras interesante conocer su sistema desde el punto de vis­ta de él; que, sin embargo, mucho de aquel sistema cons­tituía para ella una constante complicación y que, inclu­so tomado en conjunto, tenía algo de rígido y de inflexible que lo convertía en una verdadera carga. Por si eso fue­ra poco, he aquí que acababa de llegar de América cier­to joven que carecía en absoluto de ninguna clase de sis­tema, pero que estaba dotado de un carácter respecto del cual le era inútil tratar de convencerse de que le ha­bía producido poca impresión. La carta que en el bolsi­llo tenía probaba precisamente lo contrario. Sin embar­go me atrevería a repetirle al lector que no sonriera ante esta sencilla muchacha de Albany que se atormentaba pensando en si debía aceptar a un par inglés antes de que él se le declarase y que, por otra parte, estaba conven­cida de que podía encontrar un candidato mejor. Como se ve, era una persona de inmensa buena fe, y si en rea­lidad había mucho de insensatez en su juicio, quienes ha­yan de juzgarla severamente pueden tener la satisfacción de comprobar que con el tiempo se tornó juiciosa, aun­que a costa de una enormidad de insensateces, que casi constituirían una apelación directa a la caridad.

            Lord Warburton parecía estar dispuesto a pasear, a sentarse o hacer lo que a Isabel se la antojara propo­ner, y así se lo aseguró con su aire habitual de com­placencia en el ejercicio de una virtud social. Pero, a pesar de todo, no era dueño de sus emociones y, mien­tras caminaba a su lado en silencio durante un mo­mento, y la miraba sin que ella se diese cuenta, había algo azorado en su mirada y en su risa a destiempo. Sí, ciertamente... ya que he tratado antes este punto, po­demos volver ahora sobre él... los ingleses son la gen­te más romántica del mundo, y lord Warburton estaba a punto de brindar un ejemplo de ello. Estaba al bor­de de dar un paso que habría de asombrar a todos sus amigos, desagradando a no pocos de ellos, y que visto superficialmente no tenía nada positivo. La joven que iba a su lado hollando el césped procedía de un país ex­traño de allende los mares, país que él conocía bastan­te; los antecedentes y las relaciones de la muchacha se le aparecían muy vagos salvo en la medida en que eran genéricos, pero en tal sentido se le antojaban claros y sin importancia. La señorita Archer no poseía fortuna ni esa clase de belleza que justifica a un hombre ante la multitud y él calculaba que había pasado ya como unas veintiséis horas en su compañía. El lo había so­pesado todo: la contumacia de su propio impulso, que rehusara aprovechar las mejores oportunidades que se le ofrecían para apaciguarse, y el juicio del género hu­mano, ejemplificado particularmente por la mitad más rápida a la hora de juzgar; después de mirar todas es­tas cosas cara a cara, en el acto las desalojó de su pen­samiento, no preocupándose de ellas más de lo que ha­bría podido preocuparse del capullo de rosa que llevaba prendido del ojal. La suerte del hombre que durante la mayor parte de su vida no ha necesitado realizar gran­des esfuerzos para no desagradar a sus amigos, consis­te en que no hay recuerdos molestos que lo desacredi­ten cuando deba tomar el camino contrario.

            Isabel, que estaba observando la indecisión de su ami­go, acabó por decirle:

            -Celebraré que le haya resultado agradable el paseo.

            -Sólo por el hecho de conducirme hasta aquí tenía que ser de lo más grato.    

-¿Tanto le gusta a usted Gardencourt? -preguntó la muchacha, cada vez más segura de que acabaría por pe­dirle algo y deseosa de no forzarle, caso de que él titubea­ra y, al mismo tiempo, de conservar toda su tranquilidad y lucidez mental por si se decidía. De pronto pensó que su actual situación era de las que unas semanas antes no habría dudado en calificar de romántica, a saber: el par­que de una vieja y prestigiosa mansión señorial en Ingla­terra y, en primer plano, uno de los «grandes» aristócra­tas del país (según creía ella) a punto de declarar su amor a una preciosa y joven dama que, luego de bien observa­da, acusaba notable parecido con Isabel misma. No obs­tante, al ser ella en aquel momento la heroína de seme­jante situación, no lograba mirarla serenamente.

            -Gardencourt me tiene absolutamente sin cuida­do -contestó el acompañante-. Lo que me interesa es usted.

            -Me conoce todavía demasiado poco para tener de­recho a decir semejante cosa, y no puedo creer que ha­ble en serio.

            No eran del todo sinceras las palabras de Isabel, pues no le cabía duda de que él lo era. Las dijo simplemente para rendir un tributo al hecho, del cual era muy cons­ciente, de que la afirmación de él habría causado gran sorpresa en el vulgo. Y si, por añadidura, hubiese habi­do algo capaz de convencerla, además de su presenti­miento de que lord Warburton no era ligero de cascos, habría bastado para ello el tono con que él le respondió:

            -Ese derecho no puede medirse por el tiempo, se­ñorita Árcher, sino por el sentimiento. Dentro de tres meses no estaré más convencido que ahora de lo que siento. Es cierto que la he visto muy poco, pero mi im­presión arranca del momento mismo en que nos cono­cimos. No perdí el tiempo, pues me enamoré de usted entonces. Como dicen las novelas, fue un flechazo. Aho­ra comprendo que tal frase no es pura fantasía y en ade­lante tendré mejor opinión de ese género literario. Los dos días que aquí pasé acabaron de arraigar mis ideas y mi decisión. Ignoro si usted se dio cuenta de lo que yo estaba haciendo, pero el hecho es que le consagré la ma­yor atención posible. No se me escapó nada de cuanto hi­zo, ni una sola de sus palabras. El otro día, cuando us­ted se dignó ir a Lockleigh... mejor dicho, cuando se marchó... ya estaba completamente seguro. No obs­tante, tomé la resolución de pensarlo seriamente de nue­vo y de interrogar mi ánimo con profundidad. Ya lo hi­ce. En realidad, durante todos estos días no he hecho otra cosa. Y no suelo cometer errores en cosas de ese calibre, soy un animal muy sensato. No me salgo fácil­mente de mis casillas, pero cuando me siento tocado es para toda la vida... Para toda la vida, señorita Árcher, es para toda la vida -repitió lord Warburton con la voz más grata, tierna y amable que Isabel oyera jamás, al tiempo que la miraba con ojos llenos de una pasión des­provista de las partes impuras de la emoción (ardor, des­varío, violencia) y que parecía brillar con llama tan po­tente como la de una antorcha en un lugar resguarda­do del viento.

            De común y tácito acuerdo siguieron andando cada vez más despacio mientras él hablaba, hasta que, al fin, se detuvieron y él le tomó una mano. Isabel dijo enton­ces suavemente:

            -¡Ah! ¡Qué mal me conoce usted, lord Warburton! -Y con gran delicadeza retiró su mano de la mano del aristócrata.

            -No me lo reproche, por favor; bastante desdicha­do soy por no conocerla mejor. Pero eso es lo que pre­tendo, y creo que estoy en el buen camino. Si consiente en ser mi esposa llegaré a conocerla y, cuando luego le comunique todo lo bueno que de usted pienso, no po­drá en modo alguno decir que es por ignorancia.

            Isabel respondió:

            -Si usted me conoce a mí poco, menos le conozco yo a usted.

            -Tal vez crea usted que, a diferencia suya, quizá yo no mejore cuando me conozca. Sin embargo, piense us­ted en lo resuelto que estoy a complacerla cuando me arriesgo a decirle lo que acaba de oír. Le gusto un poco, ¿no es cierto?

            -Me gusta usted muchísimo, lord Warburton -con­testó la joven; y era cierto que en aquel preciso instante le gustaba enormemente.

            -Le agradezco en el alma que me lo diga. Eso prue­ba que no me considera ya un extraño. Creo, en reali­dad, que hasta el presente he cumplido a plena satisfac­ción con todas las obligaciones de la vida, y no veo por qué no habría de cumplir con ésta... en la que me ofrez­co a mí mismo... cuando es precisamente la que más me

importa. Pregunte usted a los que bien me conocen y ellos responderán por mí.

            -Yo no preciso recomendaciones de sus amigos -contestó Isabel.

            -Es verdaderamente encantador de su parte. Usted se basta para creer en mí...

            -Por completo -dijo Isabel; y el placer de sentir lo que decía pareció iluminarla con una luz interior.

            La luz se tornó sonrisa en las pupilas de su compa­ñero, que prorrumpió en esta exclamación de alegría:

            -¡Que yo pierda cuanto tengo, si usted se equivo­ca, señorita Archer!

            Pensó ella si acaso lo había dicho para hacerle re­cordar su riqueza, pero al instante estuvo segura de que no. Eso él lo guardaba bajo llave, como él mismo habría dicho, y lo confiaba a la memoria de su interlocutor, en especial a la de una mujer a quien estaba proponiendo matrimonio. Isabel había rogado al cielo no sentirse de­sazonada mientras le escuchaba y se preguntaba qué era lo mejor que podría decir. ¿Qué debía contestar? Su mayor anhelo era decir algo tan exquisito cuando menos co­mo lo que acababan de decirle. En las palabras de su com­pañero había una convicción irresistible y ella se dio cuenta de que, por misterioso que fuera este hecho, lord Warburton la quería. Por fin contestó:

            -No tengo palabras con que agradecerle su ofreci­miento. Con él me ha hecho un gran honor.

            -Por favor, no diga semejante cosa -prorrumpió lord Warburton-. Me estaba temiendo que dijese algo por el estilo. No le va a usted esta clase de respuesta. No se me alcanza por qué ha de agradecerme nada. Yo soy quien tiene que agradecer a usted que haya querido oír­me y aguantar que un hombre a quien apenas conoce la haya acometido así de sopetón. Sin duda alguna se trata de una pregunta muy seria y no tengo el menor empacho en confesarle que antes prefiero hacerla que contestarla yo mismo... Sin embargo, la manera como la ha escucha­do... el mero hecho de que haya querido escucharme... me permite concebir alguna esperanza.

            -No tenga demasiadas esperanzas -dijo amable­mente Isabel.

            -Por favor, señorita Archer -murmuró su compa­ñero sonriendo amablemente en medio de su seriedad, como si esa advertencia pudiera considerarse fruto de un estado de ánimo alegre o de un exceso de júbilo.

            Isabel preguntó:

            -¿Le sorprendería a usted mucho si le pidiese que no abrigase ninguna esperanza?

            -¿Si me sorprendería? Ignoro lo que quiere usted decir con eso de la sorpresa. No es cuestión de sorpre­sa, sería un sentimiento muchísimo peor.

            Isabel se puso a andar de nuevo en silencio durante un rato. Dijo:

            -Tengo la completa seguridad de que la buena opi­nión que tengo de usted mejorará sin ninguna duda cuan­do le conozca mejor. De lo que no estoy tan segura es de que usted no pueda quedar decepcionado. Y no lo digo por falsa modestia, sino porque realmente lo creo así, con toda sinceridad.

            Su compañero replicó:

            -No obstante, estoy dispuesto a arriesgarme, seño­rita Archer.

            -Como usted bien dice, es una pregunta seria, una pregunta difícil.

            -Por supuesto, no pretendo que usted la conteste en el acto. Puede pensarla todo el tiempo que crea necesario. Si con la espera he de salir ganando, estaré encantado de tener que aguardar durante largo tiempo. Solamente, no olvide que, en último término, mi mayor felicidad depen­de de su respuesta.

            -Sentiría mucho tenerle en esa ansiedad -dijo Isabel.

            -No se preocupe por ello. Antes prefiero recibir dentro de seis meses una respuesta favorable que una des­favorable en este momento.

            -Pero es muy posible que tampoco dentro de seis meses pueda darle una que la parezca buena.

            -¿Por qué no, si es cierto que le gusto?

            -De eso no debe tener la menor duda -dijo Isabel.

            -Pues, entonces, no veo qué más pide usted.

            -No se trata de lo que pido, sino de lo que pueda dar. Creo que yo no le convengo a usted, de veras creo que no.

            -No tiene que preocuparse de semejante cosa. Eso es cosa mía. No ha de ser usted más papista que el papa.

            Isabel dijo:

            -Pero no es solamente eso. Es que no estoy segu­ra de querer casarme nunca con nadie.

            -Es muy posible. No cabe duda de que muchas grandes mujeres empiezan diciendo lo mismo -mani­festó el lord, de quien se puede afirmar que no creía en ti absoluto en el axioma con que intentaba engañar su pro­pia ansiedad-. Pero casi siempre se las convence.

            -Porque suele ser lo que están deseando -replicó Isabel riendo alegremente.

            Su compañero pareció desconcertado, y durante un momento se quedó mirándola en silencio. Luego dijo:

            -Me temo que sea mi condición de inglés lo que la haga dudar. Al parecer, su tío piensa que debe usted ca­sarse en su país.

            Isabel prestó gran atención a aquellas palabras, pues nunca se le había ocurrido que al señor Touchett se le ocurriera hablar con lord Warburton de las posibilida­des matrimoniales.

            -¿Le ha dicho él eso? -preguntó.

            -Recuerdo que hizo esa observación. Acaso habla­ra de los americanos en general.

            -Sin embargo, parece que a él le ha resultado muy grato vivir en Inglaterra.

            Las palabras de Isabel, aunque pudieron parecer un tan­to perversas, expresaban a un tiempo su certeza constante de la felicidad externa y material de su tío y su propia re­nuencia a adoptar un punto de vista limitado. Con lo cual dio en cierto modo alguna esperanza a su amigo, quien ex­clamó inmediatamente con entusiasmo:

            -¡Ah, señorita Archer! Usted sabe muy bien que In­glaterra es un gran país; y será todavía mejor cuando lo hayamos acicalado un poquito.

            -Por favor, no lo acicalen ustedes, lord Warburton, déjenlo tal como es. A mí me encanta así.

            -Pues, si eso es verdad, cada vez comprendo me­nos los inconvenientes que pone a mi proposición.

            -Temo que no va usted a poder comprenderme.

            -Haga lo posible por lograrlo. Afortunadamente, poseo una buena inteligencia. ¿Es que tiene usted mie­do?..., ¿qué teme, el clima? Entonces, ya sabe que po­dríamos vivir fuera, en otro país. Puede usted escoger el clima del mundo que más le convenga.

            Dijo estas palabras con un cándido ardor que era co­mo el cerco amoroso de unos brazos fuertes... como una exquisita fragancia que, a través de los labios de él, lim­pios y anhelantes, le acariciaba el rostro desde unos ex­traños jardines y en alas de un desconocido céfiro. Ha­bría dado su dedo meñique por sentir el impulso fuerte y sencillo de decirle: Lord Warburton, nada me sería más provechoso en este mundo que confiarme agradecida su lealtad». Pero a pesar de la admiración que sentía por la oportunidad que se le brindaba, consiguió retirarse a la zo­na más oscura de ese sentimiento, como un animal sal­vaje encerrado en una gran jaula. Lo más extraordinario que ella podía concebir no era precisamente la «esplén­dida» seguridad que se le ofrecía. Y lo último que se de­cidió a decir fue algo muy distinto... y que posponía la ne­cesidad de encarar aquella crisis.

            -No me considere dura si le ruego que no hable hoy más de este asunto.

            Y él exclamó:

            -¡No faltaba más, desde luego! Por nada del mun­do me permitiría yo molestarla.

            -Me ha dado usted ya mucho en que pensar, y le juro que lo haré como la cosa se merece.

            -Eso es lo único que pido por ahora... y no olvide hasta qué punto tiene mi total felicidad en sus manos.

            Isabel prestó la más respetuosa atención a estas pala­bras de advertencia, pero al cabo de un instante dijo:

            -Debo confesarle que en lo que voy a pensar es en la manera de decirle que es imposible lo que pide... ha­ciéndoselo saber sin causarle pena.

            -No existe modo alguno de hacerlo, señorita Archer. No diré que con su negativa vaya usted a matarme, segu­ramente no moriré por ello; pero será algo peor, porque mi vida carecerá de objeto.

            -Acabará casándose con una mujer mejor que yo.

            -No diga eso, se lo ruego -exclamó seriamente lord Warburton-. No es justo para ninguno de los dos.

            -¡Diré, entonces, que se casará con una peor!

            -Todo lo que puedo decir es que, si hay mujeres mejores que usted, prefiero las malas. Y prosiguió con gran seriedad-: Es cuanto puedo decir. Sobre gustos no hay discusión posible.

            Su seriedad se contagió a la muchacha, que lo de­mostró al rogarle de nuevo que dejase de hablar de tal asunto por el momento. Y añadió:

            -Yo misma le hablaré muy pronto, tal vez le escri­ba sobre ello.

            -Como usted guste -replicó lord Warburton-. Cualquier tiempo que usted se tome habrá de parecer­me largo, pero supongo que tendré que resignarme.

            -No le mantendré en vilo; pero tengo necesidad de tranquilizar mi espíritu.

            Suspiró él tristemente y permaneció mirándola un instante, las manos a la espalda y dándose pequeños y nerviosos golpes con su fusta.

            -¡Si supiera usted el miedo que tengo... de ese ad­mirable espíritu suyo!

            El biógrafo de nuestra heroína ignora por qué, pero esa exclamación conmovió hondamente a la muchacha y cubrió de rubor sus mejillas. Le devolvió la mirada y, con un acento que casi podía haberle movido a compasión, exclamó extrañamente:

            -No mayor que el mío, milord.

            Pero estas palabras no excitaron la compasión de lord Warburton, que necesitaba para sí mismo toda su facul­tad de sentir piedad.

            -¡Ah! Sea misericordiosa, sea benigna-murmuró.

            -Será mejor que se vaya --dijo ella-. Yo le escribiré.   -Como guste; pero ya sabe que, escriba lo que es­ criba, volveré para verla. -Y permaneció allí pensativo con los ojos fijos en la cara vigilante de Bunchie, que pa­recía haber comprendido todo lo que se había dicho y que pretendía ocultar su indiscreción simulando una re­pentina indiferencia y un súbito interés por las raíces centenarias de un roble próximo. El lord añadió-: Hay algo más. Ya sabe que si no le gusta Lockleigh... si usted cree que es húmedo o algo por el estilo... no tendrá necesidad de acercarse a cincuenta millas a la redonda de allí. No tiene nada de húmedo, desde luego. He he­cho revisar la mansión con todo cuidado y está en per­fectas condiciones de seguridad y salubridad. Pero, si a         :  usted no le apetece, no tiene por qué pensar siquiera en vivir en ella. En eso no habría dificultad de ningún género, pues lo que sobra son casas, como creo haberle di­cho. Hay mucha gente a quien no le hacen gracia los fosos. Adiós.

            -A mí me encantan los fosos. Adiós -dijo Isabel.

            Él le tendió la mano Y ella le entregó la suya un mo­mento muy breve... pero lo suficientemente largo para que él, inclinando su hermosa cabeza descubierta, la besase. Luego, agitando de nuevo la fusta, llevado de su contenida emoción, se marchó a toda prisa. No había du­da de que estaba profundamente conmovido.

            Isabel se sentía también conmovida, pero no había quedado tan afectada como ella se habría imaginado. Lo que sentía no era precisamente una enorme responsabi­lidad, una gran dificultad de elección, pues se le antojaba que en aquel caso no existía posibilidad de elección. No podía casarse con lord Warburton; la idea de esa boda no favorecía la culta ambición de explorar libremente la vi-, da que ella acariciara hasta entonces, o que ahora era capaz de acariciar. Se lo escribiría así a lord Warburton, llegaría a convencerle, lo cual constituía una tarea rela­tivamente sencilla. Pero lo que más la perturbaba, lle­gando a causarle verdadero asombro, era la facilidad c  que había rehusado una oferta tan extraordinaria. Por, encima de todo, era indiscutible que lord Warburton le  había ofrecido una gran oportunidad. Aun suponiendo que la futura situación estuviese preñada de posibles in-  comodidades, de opresiones, de elementos restrictivos que resultara pesada y anodina, aun suponiéndolo así, no era menoscabar a su sexo el creer que diecinueve de ca­da veinte mujeres, por lo menos, habrían aceptado muy dichosas situación semejante sin proferir la menor que­ja. ¿Por qué, pues, a ella no le parecía una propuesta irre­sistible?. ¿Quién y qué era ella para considerarse tan su­perior? ¿Qué plan de vida, qué designios superiores al hado, qué conceptos de la dicha tenía ella que fuesen su­periores a semejantes oportunidades, tan valiosas e in­cluso fabulosas? Si no se prestaba a hacer una cosa como aquélla, entonces tenía el deber de realizar otras más grandes, debía llevar a cabo algo muy superior. La po­bre Isabel había tenido razones para acordarse de vez en cuando de que no debía ser demasiado orgullosa y, en rea­lidad, ponía insuperable sinceridad en el fervor con que rogaba se le alejara de tal peligro. El aislamiento y la so­ledad de la soberbia tenían a su juicio el horror de un pa­raje desierto. Si era el orgullo lo que le había impedido aceptar la oferta de lord Warburton, nada tan fuera de lugar como semejante necedad; y, por otra parte, estaba tan segura de que él le gustaba que se atrevió a definir ese sentimiento como una dulce y comprensiva simpa­tía. Lo cierto era que le gustaba demasiado para casarse con él. Algo le susurraba al oído que se escondía una fa­lacia en la brillante lógica de la propuesta -tal como él la veía-, aun cuando ella no atinase a definir nada con­creto; y el infligirle pesar a un hombre que tanto ofrecía a una esposa con una propensión irrefrenable a la críti­ca habría constituido un acto verdaderamente ignomi­nioso. Ella le había prometido que reflexionaría sobre su proposición; y cuando, una vez que él la hubo dejado, Isabel fue a sentarse en el banco donde al principio la ha­lló entregada a su meditación, pareció como si empeza­se ya a cumplir su promesa. Pero no era tal el caso. Por lo contrario, se preguntaba si no sería ella un ser frío, duro, presuntuoso. De tal suerte, al levantarse y enca­minarse presurosamente hacía la casa, sintió, como an­tes le dijera a su amigo, que, en verdad, tenía miedo de sí misma.

 

 

 

13

 

 

            Era precisamente tal sentimiento y no el deseo de pedir un consejo que no había menester en absoluto, lo que impulsó a Isabel a ir en busca de su tío para referir­le cuanto acababa de pasar.

            Experimentaba la necesidad de hablar con alguien y, para ello, le pareció que confiarse a su tío era más ade­cuado que comentarlo con su tía o incluso con su amiga Henrietta. Su primo podía ser también, desde luego, su confidente, pero para comunicarle ese secreto especial a Ralph tendría que violentarse a sí misma. Así, pues, bus­có una oportunidad al día siguiente, después del desayu­no. Su tío no abandonaba jamás sus habitaciones hasta entrada la tarde, pero recibía a sus compinches, como él acostumbraba a decir, en su vestidor. Isabel había llega­do a ser uno de ellos, entre los que, además, figuraban el hijo del anciano, su médico, su ayuda de cámara y hasta la señorita Stackpole. No figuraba la señora Touchett en tal lista, lo que suponía ya un obstáculo de menos para que Isabel encontrase a su tío solo. Estaba él a la sazón sentado en uno de esos sillones adaptables de complicada mecánica, junto al balcón abierto de su cuarto, contem­plando tranquilamente el parque y el río, con los perió­dicos y las cartas amontonados en una mesita adjunta, el rostro fresco y cuidadosamente rasurado y todo él pre­dispuesto a la mayor benevolencia.

            No se anduvo Isabel con rodeos y le disparó la si­guiente noticia:

            -Creo mi deber decirle que lord Warburton me ha pedido que me case con él. Me figuro que debo decír­selo a mi tía, pero me pareció mejor decírselo antes a usted.

            El anciano no mostró la menor sorpresa y se limitó a agradecer la confianza de que le acababa de dar mues­tra. Luego preguntó:

            -¿Deseas que yo te diga si debes aceptarlo?

            -No le he contestado todavía definitivamente; he que­rido tomarme un poco de tiempo para pensarlo porque se trata de un asunto serio. Pero no aceptaré.

            El señor Touchett no hizo el menor comentario so­bre estas últimas palabras. Parecía estar pensando que, por mucho que pudiera interesarle el caso desde el punto de vista social, no tenía voz ni voto en ello. Y dijo:

            -¿Lo ves? ¿No te dije que ibas a tener aquí un éxi­to tremendo? A las americanas se las aprecia aquí enor­memente.

            -¡Sin duda! -replicó Isabel-. Pero, a pesar de que pueda aparecer desagradecida y de mal gusto, no creo poder casarme con lord Warburton.

            -Está bien -dijo el tío, y añadió-: Desde luego, un anciano no está en condiciones de ponerse en el lu­gar de una joven y juzgar. Me alegro de que no me lo ha­yas preguntado antes de tomar tu decisión. -Hizo una breve pausa y continuó diciendo lentamente, como si fuera cosa sin la menor importancia-: Yo también creo

mi deber decirte que desde hace tres días sé todo lo que al asunto se refiere.

            -¿Sobre el propósito de lord Warburton?

            -Sobre sus intenciones, como aquí se dice. El mis­mo me ha escrito una carta contándome todo lo relati­vo al caso. -Y el anciano preguntó amablemente-: ¿De­seas ver la carta?

            -No, gracias; no creo que me interese. Pero, de todas maneras, me alegro de que le escribiese a usted. Lo correcto era que lo hiciese, y era seguro que él ha­ría lo correcto.

            El señor Touchett declaró con suavidad:

            -Bien, bien. Tengo una ligera sospecha de que lord Warburton te gusta. No tienes necesidad de negarlo.        -No tengo inconveniente en admitirlo; me gusta extraordinariamente. Pero, precisamente ahora no quie­ro casarme.

            -Acaso piensas que pueda llegar de allá alguien que te guste más. Bueno, eso no tendría nada de particular -añadió el señor Touchett, que parecía querer mostrarse amable con la muchacha tratando de facilitarle su deci­sión y buscando razones alegres para ello.

            -No tengo interés en ver a ningún otro. Lord War­burton me gusta y basta. -Con lo que pareció cambiar súbitamente de opinión, actitud que a veces asombraba e incluso desagradaba a sus interlocutores.

            No obstante, su tío parecía ser impermeable a tales impresiones. Así, dijo con un tono que se habría podido considerar de aliento:

            -Es un hombre verdaderamente admirable. Su carta es una de las más amenas que he recibido desde hace mucho tiempo. Creo que una de las razones por las que me ha gustado tanto es porque está por entero consagrada a ti, excepto, naturalmente, la parte refe­rente a él mismo. Me figuro que te lo habrá contado todo.

            -Me lo habría contado, sin duda, si yo hubiese que­rido preguntárselo -contestó Isabel.

            -¿No sentiste siquiera curiosidad?

            -Mi curiosidad habría sido completamente inútil... toda vez que estaba decidida a no aceptar su proposición.

            -¿Es que no te pareció suficientemente interesante ni atrayente? -preguntó el señor Touchett.

Isabel permaneció callada un momento y luego con­testó:

            -Creo que fue eso, aunque la razón la ignoro.

            El tío dijo sonriendo:

            -Por fortuna las damas no tienen obligación de dar razones. Sin duda hay algo muy grato acerca de esta idea y no veo por qué han de empeñarse los ingleses en atraer­nos, sacándonos de nuestro país de origen. Yo me expli­co perfectamente que procuremos atraerles allá, dada nuestra escasa densidad de población, pero aquí, como todo el mundo sabe, hay un exceso de habitantes. Por lo demás, me imagino que en todas partes ha de haber siem­pre un huequecito para ciertas jóvenes encantadoras.

            -También parece que ha habido aquí un hueco pa­ra usted -dijo Isabel cuya mirada había estado vagan­do por los dilatados espacios de juego y los paseos del parque.

            El señor Touchett contestó con sonrisa ladina y cons­ciente:

            -En todas partes encontrarás siempre un hueco si estás dispuesta a pagar lo necesario por él. A veces, pien­so que hube de pagar demasiado por éste... y acaso tú también tengas que pagar demasiado...

            -Tal vez -replicó Isabel pausadamente.

            Semejante insinuación le proporcionó fuerza para afianzarse en lo que le habían aconsejado sus propios pen­samientos, y el hecho de que la amable intuición de su tío casara tan bien con su dilema parecía probar irrefu­tablemente que se sentía inspirada únicamente por las emociones razonables y naturales de la vida y que no era una víctima de la vehemencia intelectual y de las vagas ambiciones... ambiciones que iban más allá de la mara­villosa propuesta de lord Warburton y que aspiraban a al­go indefinido y tal vez no recomendable. En cuanto a la influencia que ese algo indefinido pudiera tener en aquel momento sobre la actitud de Isabel, hay que descartar en absoluto la idea, aún no expresada, de un posible enlace con Caspar Goodwood. Se había resistido a dejarse apri­sionar por las anchas manos tranquilas de su pretendiente inglés, y estaba muy lejos de sentirse dispuesta a permi­tir que el joven de Boston se apoderase de ella. El único sentimiento que la lectura de su carta le había inspirado fue el de censura por haber hecho el viaje, pues parte de la influencia que él ejercía sobre ella se debía a que pa­recía privarla en aquel momento de su propia libertad. Reconocía un impulso desagradablemente fuerte, una es­pecie de presencia violenta, en la manera en que él había aparecido ante ella. En más de una ocasión la había ator­mentado la imagen, el peligro de que él la desaprobase en algo, y se había preguntado... consideración que ja­más tributara en grado semejante a ninguna otra perso­na... si le agradaba lo que ella hacía. Estribaba la dificul­tad en que más que ningún otro hombre, mucho más que el pobre lord Warburton (pues había empezado ya a dig­narse a dar tal epíteto al distinguido aristócrata), Caspar Goodwood mostraba hacia ella una energía -que Isa­bel sentía como un poder- que emergía del fondo de su ser. No era en absoluto cuestión de sus «prerrogativas», sino del espíritu que brillaba en aquellos ardientes y cla­ros ojos como un infatigable vigía en la cofa del mástil de un barco. Le gustara ella o no, el hecho es que el in­sistía siempre con todo su peso y su fuerza, con los que había uno de contar siempre, aun en el trato usual con él. Y semejante idea de cercenamiento de su libertad le resultaba profundamente desagradable a Isabel, sobre to­do en un momento como aquél, cuando acababa de afir­mar su independencia con un acento tan personal como el de haber mirado frente a frente aquel formidable in­tento de soborno que suponía la propuesta de lord War­burton, y no haberse dejado sobornar. A veces le parecía que Caspar Goodwood se cruzaba con el destino de ella encarnando el más tozudo de los factores; y en tales mo­mentos llegó Isabel a pensar que podía zafarse de él du­rante algún tiempo, pero que, al final, no quedaría otro remedio que fijar determinadas condiciones entre los dos... las cuales no podrían por menos de favorecerle a él. Su empeño había, pues, consistido en hacerse con cuantos medios estuvieran a su alcance para poder ofre­cer resistencia a semejante obligación; y tal empeño ha­bía influido no poco en la vehemente prontitud con que había aceptado la invitación de su tía, pues le llegó cuan­do esperaba que el señor Goodwood se presentase el día menos pensado y en el momento en que se habría ale­grado de tener a flor de labio una respuesta para lo que él iba sin duda a decirle. Cuando ella le dijo en Albany, la noche de la visita de la señora Touchett, que no po­día entonces discutir cuestiones difíciles, deslumbrada todavía por el ofrecimiento que su tía acababa de ha­cerle de un viaje a Europa, él había declarado que aque­llo no era una respuesta, y con el fin de obtener una me­jor se había hecho a la mar en pos de ella. Que Isabel se dijese a sí misma que él era una especie de hado torvo era algo que estaba bien en una joven imaginativa dis­puesta a atribuirle grandes cosas, pero el lector tiene de­recho a poseer una visión más exacta y clara del asunto.

Era Caspar Goodwood hijo del propietario de una conocida fábrica de hilados de algodón en el estado de Massachusetts, el cual había logrado amasar con su in­dustria una gran fortuna. En aquel entonces Caspar era el gerente de la fábrica y, gracias a su buen juicio y a su temperamento, había logrado, pese a toda la competen­cia y a los malos años, preservar la prosperidad de la em­presa. Recibió parte de su educación en la Universidad de Harvard, donde se hizo famoso más bien por sus con­diciones de gimnasta y remero que por acaparador de otros y más diversos conocimientos. Luego había apren­dido que las inteligencias más cultivadas podían también saltar, arrastrarse y esforzarse... incluso batir marcas an­teriores y lanzarse a grandes hazañas. De tal suerte, des­cubrió que gozaba de una visión penetrante para los mis­terios de la mecánica y llegó a inventar una mejora en el procedimiento del hilado del algodón, que llevaba su nombre y se utilizaba en todas las grandes fábricas. De ello habían hablado todos los periódicos y revistas espe­cializados en tan fructífera industria; y él había dado la prueba irrefutable a Isabel mostrándole en el Interviewer de Nueva York un elogioso artículo relativo a la patente Goodwood... artículo no debido a la señorita Stackpole, por más que ella, como se ha visto, se había mostrado dispuesta a intervenir amistosamente en los intereses sen­timentales del joven. A éste le atraían las cosas compli­cadas y difíciles, le gustaba organizar, discutir, adminis­trar, podía hacer trabajar a la gente con arreglo a su voluntad, hacerla creer en él, marchar delante de él y jus­tificar todo lo que él hacía. Como suele decirse, en eso consiste el arte de manejar a los hombres... y que en él se basaba en una ambición osada aunque reflexiva. Quie­nes le conocían abrigaban el convencimiento de que po­día realizar cosas mucho más importantes que dirigir una fábrica de hilados de algodón, pues él no tenía nada de algodonoso, y sus amigos aseguraban que llegaría un día en que su nombre figuraría en algún sitio con letras grandes. Pero parecía como si algo enorme y confuso, feo y tenebroso le retuviera. En último término, no se avenía a vivir en una paz relamida, dedicado tan sólo a la vora­cidad y la ganancia, sentimiento cuyo aliento vital era una desenfrenada y ubicua publicidad. A Isabel le agra­daba creer que podría haber galopado en otros tiempos en un brioso corcel en medio del torbellino de una gran guerra... parecida a aquella guerra civil que ensombre­ciera los días de su consciente niñez y de la florida ado­lescencia de Caspar.

            Le gustaba sobre todo la idea de Caspar de que él llegaría a ser, por su carácter y sus hechos, una especie de conductor de hombres... idea que le agradaba infi­nitamente más que otros aspectos de su manera de ser. A Isabel le tenía completamente sin cuidado la fábrica de tejidos, y la patente Goodwood la dejaba más fría que el hielo. Físicamente, no habría querido que Caspar tuvie­ra una onza de menos, pero a veces se le ocurría pensar que habría sido más apuesto si tuviera un aspecto un po­co distinto. Su mandíbula era demasiado cuadrada y pro­minente y su figura demasiado rígida y estirada, cuali­dades que suponen una falta de consonancia con los ritmos más armoniosos y profundos de la vida. Además, ella consideraba con cierto recelo su modo de vestir tan uniforme; no es que pareciese llevar siempre la misma ropa, ya que, por lo contrario, sus trajes daban la impresión de ser demasiado nuevos, sino que se diría que eran todos de la misma pieza, y, por desgracia, de una hechura y tela de lo más corriente. Más de una vez se dijo a sí misma que aquello no pasaba de ser un reproche insus­tancial a un hombre de su importancia, diciéndose a ren­glón seguido, y como para enmendar su repulsa, que ha­bría sido un reproche frívolo únicamente en el caso de que ella le quisiera. Y, como no le amaba, podía criticar sus pequeños y grandes defectos... consistiendo los últi­mos principalmente en el que todos le achacaban, el de ser excesivamente serio, o más bien, no tanto de serio, puesto que nadie puede serlo demasiado, sino de apa­rentar indudablemente serlo. Mostraba sus designios y apetitos con una sencillez y un candor excesivos. Cuan­do estaba solo con ella hablaba demasiado del mismo asunto y, cuando había otras personas, no hablaba ape­nas de nada. No obstante, era de constitución extraordi­nariamente fuerte y bien definida, es decir, que Isabel veía sus distintos y bien formados miembros como había vis­to en los museos y en los cuadros los distintos miembros de guerreros de armadura... con coraza de acero incrus­tada de oro. Era una cosa verdaderamente extraña: ¿exis­tía alguna relación entre sus impresiones y sus actos? Cas­par Goodwood no respondió jamás a su idea de una persona agradable, y ella creía que era eso lo que la ha­bía tornado tan duramente crítica. Y, sin embargo, cuan­do lord Warburton, que no sólo respondía a su idea si­no que incluso la sobrepasaba, requirió su aprobación, se encontró con que tampoco estaba satisfecha. Era una cosa verdaderamente extraña.

            Aquella certeza de su propia incoherencia no la ayu­daba a contestar la carta de Caspar Goodwood, por lo cual decidió dejarla entonces sin respuesta. Si él había decidido hostigarla, tendría que atenerse a las conse­cuencias, entre las más notables de las cuales estaba la de hacerle comprender cuán poco le agradaría a ella verle volver por Gardencourt. Ella se había expuesto ya allí a las visitas de uno de los pretendientes y, aunque era co­sa grata sentirse igualmente apreciada en campos opues­tos, mostraría una especie de desvergüenza el entretener simultáneamente a dos pretendientes tan enamorados, aun en el caso en que el entretenimiento pudiera consistir en rechazarlos. Así, no contestó a la carta del señor Goodwood, pero, al cabo de tres días, se decidió a escri­bir a lord Warburton; y la misiva que le mandó forma parte de nuestra historia. Decía así:

 

 

Querido lord Warburton:

El haber pensado mucho y seriamente en ello no  ha logrado alterar mi opinión acerca de la propues­ta que usted se dignó hacerme el otro día. No me es posible, verdadera y realmente no me es posible, con­siderarle a usted bajo el aspecto de un compañero para toda la vida, o considerar su hogar... sus varios hogares... como el asiento fijo de mi existencia. És­tas son cosas que no se pueden razonar, y le ruego encarecidamente que no insista sobre un asunto que ya tuvimos que discutir tan minuciosamente. Cada uno ve su vida desde su propio punto de vista, privi­legio de que gozamos hasta los más débiles y los más humildes; y a mí no me sería jamás posible contem­plar la mía de la manera como usted propuso.

Que esto sea suficiente, por favor; y le ruego que crea que he meditado en su propuesta con la más profunda consideración y el respeto que se merece. Con mi mayor estimación, sinceramente suya,

ISABEL ARCHER

 

 

            Mientras la autora de esta misiva estaba pensando en enviarla, Henrietta Stackpole tomó una determinación a la que no se opuso objeción alguna. Invitó a Ralph Tou­chett a dar un paseo por el jardín, y cuando él aceptó con la presteza que parecía atestiguar su disposición a hacer siempre lo que de él se esperaba, ella le dijo que debía pedirle un gran favor. Bueno será admitir que, al oír tal cosa, el joven vaciló, pues ya sabemos que la señorita Stackpole le había impresionado como mujer capaz de apro­vechar cualquier ventaja. Sin embargo, su alarma de en­tonces no estaba muy meditada, pues aunque él conocía bien el alcance de la indiscreción de su amiga, no tenía idea de su profundidad, y había formado ya el propósito cortés de querer servirla en todo. Pero tenía miedo de ella, y así se lo manifestó, diciéndole:

            -Cuando me mira usted de cierta manera, mis ro­dillas comienzan a temblar, a chocar la una con la otra, y pierdo la cabeza. Me siento trastornado y lo único que deseo es tener fuerza bastante para poder cumplir sus órdenes. Tiene usted una autoridad que no había visto hasta ahora en ninguna otra mujer.

            -Está bien -replicó Henrietta-. Si yo no hubie­se sabido de antemano que usted pretendía de alguna ma­nera avergonzarme, me convencería de ello ahora. Con­migo es fácil lograrlo, porque me crié con ideas y costumbres completamente distintas; no me he habituado todavía a sus normas arbitrarias y nunca me han hablado en Amé­rica como usted me habla. Si allí un caballero me dijera las cosas que usted me dice, yo no entendería nada. No­sotros tomamos allí las cosas con mucha mayor natura­lidad y, desde luego, somos infinitamente más sencillos. Confieso que yo soy de lo más sencilla que puede ima­ginarse. De manera que si por eso se le ocurre a usted burlarse de mí, haga lo que quiera, pero creo que más me gusta ser como soy que como usted, y no tengo el me­nor deseo de cambiar. Hay muchísimas personas que me aprecian. por mí misma, tal como soy y por lo que soy! Naturalmente, se trata de americanos buenos y puros, nacidos en la libertad... -Henrietta había adoptado un tono de indefenso candor y gran condescendencia. Aña­dió-: Necesito que me ayude usted un poco. Me tiene sin cuidado que se divierta mientras lo hace; o mejor di­cho, estoy dispuesta a que su diversión sea su recom­pensa. Necesito su ayuda con respecto a Isabel.

            -¿Es que ella la ha ofendido? -preguntó él.

            -Si lo hubiera hecho, yo no lo habría tomado en cuenta y no se lo habría dicho a usted nunca. De lo que tengo miedo es de que se perjudique a sí misma.

            -Me parece que eso, sin duda, cabe dentro de lo posible.

            Su compañera detuvo sus pasos y le clavó aquella mi­rada que tanto le enervaba, diciendo:

            -Puede que también eso le divierta a usted. La ver­dad, ¡tiene usted una manera de decir las cosas! En mi vida he oído a nadie tan indiferente.

            -¿Con respecto a Isabel? ¡Ah! ¡Eso sí que no!

            -Bueno, supongo que no estará usted enamorado de ella.

            -¿Cómo podría estarlo si estoy enamorado de otra?    -De quien está enamorado es de usted mismo, no hay más otra que ésta -declaró la señorita Stackpole-. ¡Con su pan se lo coma, buen provecho le haga! Pero si por una sola vez en su vida, quiere ser serio, éste es el momento de intentarlo; y si verdaderamente tiene algún interés por su prima, ahora tendrá la oportunidad de pro­barlo. No voy a pretender que usted la comprenda, se­ría pedir demasiado. Tampoco necesita hacerlo para con­graciarse conmigo. Yo proporcionaré la inteligencia necesaria.

            Ralph exclamó:

            -¡Espléndido! Me encantará enormemente hacer­lo. Yo seré el Calibán y usted el Ariel del asunto.

            -Usted no tiene absolutamente nada de Calibán porque es demasiado sofisticado, cosa que Calibán no era. Pero yo no me refiero a personajes imaginarios, si­no que estoy hablando de Isabel, que es un ser verdade­ro e intensamente real. Lo que tenía que decirle a usted es que la encuentro terriblemente cambiada.

            -¿Quiere decir desde que usted llegó?

            -Desde que llegué y antes de llegar. No es la mis­ma que era antes.

            -¿En América?

            -Sí, señor, en América. Me imagino que ya sabe usted que proviene de allí. Es así y ella no lo puede re­mediar.

            -¿Y usted quiere que sea de nuevo como era antes?

            -Ni más ni menos; y además quiero que usted me ayude a ello.

            -Ah, vamos. Entonces soy Calibán solamente, no Próspero -dijo Ralph.

            -Ya ha sido lo bastante Próspero para convertirla en una persona diferente. Señor Touchett, desde que Isa­bel Archer llegó aquí, ha estado usted ejerciendo su in­fluencia en ella.

            -¿Yo, querida señorita Stackpole? Nada de eso, en absoluto. Ella es precisamente quien ha estado influyendo en mí, como influye en todos. Pero yo me he manteni­do pasivo por completo.

            -Pues, entonces, es usted demasiado pasivo. Más le valdría sacudirse un poco y tener cuidado. Isabel cam­bia cada día, va como arrastrada por la corriente hacia el mar. La he estado observando con cuidado y he po­dido verlo. Ya no es la brillante muchacha americana que era antes. Adopta puntos de vista diferentes, un ma­tiz distinto, olvida sus antiguos ideales. Yo quiero sal­var esos ideales, señor Touchett, y para eso es para lo que usted ha de actuar.

            -No como un ideal, por supuesto.

            Henrietta replicó con vivacidad:

            -Desde luego que no. No sé por qué me da el co­razón que quiere casarse con uno de esos decadentes eu­ropeos, y quiero a toda costa evitar semejante desgracia.

            -¡Ah, vamos, ya caigo! -exclamó Ralph-. Usted quiere evitarlo, y para evitarlo quiere que yo me case con ella.

            -Nada de eso. El remedio sería peor que la enfer­medad, puesto que usted es uno de esos europeos típi­camente débiles de quienes quiero rescatarla. No. Lo que yo quiero es que usted se interese por otra persona, por un joven al que antes ella dio grandes esperanzas y que ahora, por lo visto, no le parece bastante. Es, en verdad, gran hombre y un buen amigo mío, y yo quisiera que us­ted le invitase a venir aquí.

            Ralph se quedó sumamente perplejo ame tal peti­ción y tal vez no diga mucho en favor de su pureza de espíritu el hecho de que en el primer momento no la vio en toda su sencillez. Le pareció que presentaba un aspecto algo tortuoso, y el fallo de Ralph consistía en que no tenía la seguridad de que nada en el mundo pu­diera ser tan inocente como la petición de la señorita Stackpole. Eso de que una muchacha exija que a un jo­ven, al que califica de querido amigo, se le proporcione la oportunidad de hacerse grato a otra muchacha, cuya atención se ha desplazado y que posee mayores encan­tos... eso era una anomalía que ponía en cuestión toda su capacidad de interpretación. Más fácil resultaba leer entre líneas que atenerse al texto y, por otra parte, el suponer que la señorita Stackpole deseaba que se invi­tara por iniciativa suya al desconocido señor a Garden­court era indicio de un espíritu mucho más perturbado que vulgar. Sin embargo, Ralph logró salvarse de tal pecado venial de vulgaridad gracias a una fuerza que merece se la califique de inspiración. Sin más luz sobre el asunto que la acabada de adquirir, Ralph se conven­ció en el acto de que sería hacerle una soberana injus­ticia a la corresponsal del Inteiviewer atribuir a cual­quiera de sus actos un motivo deshonroso. Semejante convencimiento invadió su mente con extrema rapidez, lo que tal vez se debió al puro brillo de la imperturbable mirada de la muchacha allí presente. La resistió él du­rante un momento sin pestañear, como aceptando el de­safío y resistiéndose con todas sus fuerzas al deseo de fruncir el entrecejo, como se ve obligado a hacer quien no puede soportar la presencia de una luz más fuerte. Luego, preguntó:

            -¿Quién es ese caballero de quien habla?

            -El señor Caspar Goodwood, de Boston. El se ha mostrado muy atento con Isabel... está entregado a ella en cuerpo y alma. Ha venido en pos de ella a Europa y actualmente está en Londres, ignoro su dirección pero sospecho que podré procurármela.

            -No lo he oído nombrar en mi vida -replicó Ralph.

            -Supongo que no habrá usted oído hablar de todo el mundo. No creo tampoco que él haya oído hablar de usted, pero eso no es una razón para que Isabel no haya de casarse con él.

            Ralph soltó una carcajada y dijo:

            -Hay que ver qué furia emplea usted en querer ca­sar a la gente. ¿No se acuerda del empeño que puso el otro día en querer casarme también a mí?

            -Ya se me pasó. Usted no sabe cómo hacerse a esas ideas, pero el señor Goodwood sí sabe, y eso es lo que me gusta tanto de él. Es un hombre espléndido, un per­fecto caballero y eso lo sabe Isabel perfectamente.

            -¿Está enamorada de él?

            -Si no lo está, debería estarlo. Él está sencillamen­te hechizado por ella.

            -¿Y quiere usted que yo le invite a venir? -pre­guntó Ralph después de una breve reflexión.

            -Sería un acto de verdadera hospitalidad.

            -Caspar Goodwood. Es un nombre verdaderamente raro.

            -Eso me tiene sin cuidado. Lo mismo podría lla­marse Ezekiel Jenkins, que me daría igual. Es el único hombre que conozco que sea digno de Isabel.

            -No hay duda de que es usted buena amiga suya -dijo Ralph.

            -A mucha honra. Si lo dice usted por burlarse de mí, me tiene sin cuidado.

            -No lo digo por burlarme de usted, sino porque me llama mucho la atención.

            -Se pone usted todavía más satírico; pero le acon­sejo que no pretenda reírse del señor Goodwood.

            Ralph contestó:

            -Le aseguro que soy muy serio. Usted debería com­prenderlo.

            Ella lo comprendió, en efecto, en un segundo, y dijo:

            -Creo que sí lo es usted, incluso creo que ahora es demasiado serio.

            -Verdaderamente es difícil complacerla.

            -Oh, se ha puesto usted muy serio. No quiere in­vitar al señor Goodwood.

            -No lo sé todavía -dijo Ralph-. Soy capaz de las cosas más raras. Dígame algo del señor Goodwood. ¿Có­mo es?

            -Todo lo contrario de usted. Está al frente de una fábrica de hilados, una gran fábrica.

            -¿Tiene buenos modales? -preguntó Ralph.

            -Espléndidos... al estilo americano.

            -¿Resultaría un miembro agradable de nuestro pe­queño círculo?

            -No creo que le interesase gran cosa nuestro pe­queño círculo. Se concentraría por completo en Isabel.

            -¿Le gustaría tal cosa a mi prima?

            -Es muy posible que no le gustase en absoluto, pe­ro sería una buena cosa para ella. Haría que sus antiguas ideas regresaran.

            -¿De dónde?

            -De sitios foráneos y otros lugares extraños. Hace tres meses le dejó suponer al señor Goodwood que le pa­recía aceptable, y no es digno de Isabel volverse atrás de lo dicho a un verdadero amigo por la sencilla razón de ha­ber cambiado de ambiente. También yo he cambiado de ambiente y el efecto que ello me ha producido ha sido hacerme pensar en mis antiguas amistades más que nun­ca. Yo creo que cuanto antes vuelva Isabel a su antiguo lugar, mejor para ella. La conozco de sobra para saber que no sería nunca completamente feliz aquí, y yo qui­siera que contrajese algún fuerte vínculo americano que la defendiese como una coraza.

            Ralph preguntó:

            -¿No le parece a usted que tal vez tiene demasiada prisa? ¿No cree que debía dejarle más ocasiones de pro­bar suerte en esta desgraciada Inglaterra?

            -¿La ocasión de echar a perder su brillante juventud? Nunca es demasiado pronto para evitar que se ahogue una criatura humana de valía.

            -Por lo que veo -replicó Ralph-, usted preten­de que yo ice al señor Goodwood por encima de la bor­da del barco para que la salve. -Y añadió-: Por si us­ted lo ignora, debo decirle que jamás he oído a mi prima mencionar el nombre de esa persona.

            Henrietta sonrió triunfalmente y exclamó:

            -Estoy encantada de oírle decir eso, porque prue­ba lo mucho que ella piensa en él.

            Ralph aparentó admitir que había mucho de verdad en ello e hizo como que sopesaba tal idea mientras su compañera le observaba con gran atención.

            -Si yo le invitase -dijo por fin-, sería para dis­putar con él.

            -No se le ocurra hacerlo. Le demostraría su supe­rioridad.

            -Está usted haciendo lo posible para lograr que lo deteste. Verdaderamente no creo que pueda invitarle. Tengo miedo de ser descortés con él.

            -Haga lo que le parezca. No tenía la menor idea de que usted estuviese enamorado de Isabel.

            -¿Lo cree usted de veras? -preguntó Ralph enar­cando las cejas.

            La señorita Stackpole contestó ingeniosamente:

            -Éstas son las palabras más naturales que he oído de sus labios hasta ahora. Claro que lo creo.

            -Entonces -concluyó él-, para demostrarle que está completamente equivocada, le invitaré... Pero como amigo de usted, por supuesto.

            -Pero él no vendrá como amigo mío, y usted no le invitará para probarme que yo estaba en un error, sino para probárselo a sí mismo.

            Dicho esto, se separaron. Las últimas palabras de la señorita Stackpole contenían una gran parte de verdad, cosa que Ralph no tuvo más remedio que reconocer; pe­ro tan ligeramente rozó semejante reconocimiento que, aun sospechando que sería más imprudente mantener la promesa que retraerse de ella, se decidió a escribir al se­ñor Goodwood una breve esquela de seis líneas manifes­tándole el placer que le causaría al anciano señor Touchett recibirle en Gardencourt junto con un grupo de personas en el que figuraba la señorita Stackpole como uno de sus miembros más distinguidos. Después de enviar tal carta por intermedio del banco que Henrietta le había indicado, permaneció a la expectativa. Por primera vez había oído nombrar a aquella nueva y formidable figura, ya que, cuan­do el día de su llegada su madre hizo referencia al hecho de que la muchacha tenía un «admirador» en su país, tal idea no había llegado a adquirir la suficiente presencia y él no se tomó la molestia de hacer unas preguntas cuyas respuestas sólo podían contener vaguedades y provocarle desagrado. Ahora, en cambio, esa admiración tributada a su prima por alguien de allende los mares, parecía haberse concretado cada vez más hasta adquirir la forma corpórea de un joven que había cruzado el mar en pos de ella, si­guiéndola hasta Londres, que estaba al frente de una in­dustria algodonera y que tenía una espléndida educación al estilo americano. Ralph se había forjado dos teorías dis­tintas acerca del sujeto en cuestión: o bien tal amor no era más que una pura ficción sentimental de la señorita Stack­pole (sabido es que existe siempre una especie de tácita confabulación entre las mujeres, nacida de la solidaridad del sexo, y en cuya virtud se encuentran o descubren en todo momento recíprocamente enamorados las unas a las otras) y, en tal caso, no era de temer y era muy posible que no aceptase la invitación; o bien la aceptaría, en cuyo ca­so demostraría ser lo suficientemente insensato como pa­ra que no se le guardase consideración alguna. La segun­da parte del argumento de Ralph parecía a todas luces incoherente, pero contenía la convicción de que, si el se­ñor Goodwood estaba realmente interesado por Isabel de aquella manera descrita por Henrietta, no habría espera­do para presentarse en Gardencourt a recibir la carta ins­pirada por la joven periodista. «Y suponiendo que así fue­se -se dijo Ralph-, tendrá por fuerza que considerarla como una espina en el tallo de la rosa, como un interme­diario falto por completo de tacto.»

            Dos días después de haber enviado su invitación, Ralph recibió una nota de Caspar Goodwood dándole las gracias y deplorando que compromisos anteriores le impidiesen hacer una visita a Gardencourt, rogándole al mismo tiempo que tuviese la bondad de ofrecer sus res­petos a la señorita Stackpole. Ralph se limitó a mostrar­le la nota a Henrietta, que, al leerla, no pudo por menos de exclamar:

            -¡Hay qué ver! En mí vida he oído nada más seco.

            Ralph, por su parte, hizo la observación siguiente:

            -No sé por qué me da la impresión de que no le in­teresa mi prima tanto como usted suponía.

            -No es eso; debe de haber algún motivo más re­cóndito. Es un hombre de una naturaleza muy profun­da, pero yo estoy dispuesta a rastrear en el fondo de ella, y le escribiré para averiguar qué piensa.

            Su negativa a la invitación de Ralph no dejaba de resultarle a éste asaz desconcertante. El mero hecho de que no se dignase ir a Gardencourt hizo que nues­tro amigo empezase a considerarlo un personaje im­portante. Se preguntaba qué le importaba a él que los admiradores de Isabel fuesen unos bribones o unos pe­rezosos, dado que no eran rivales suyos y, por lo tanto, podían hacer de su capa un sayo y obrar como su humor les aconsejara. No obstante, sintió una gran curiosidad por saber el resultado de la prometida investigación de las causas de la sequedad del señor Goodwood, que la señorita Stackpole debía llevar a cabo..., curiosidad por el momento insatisfecha, pues, cuando tres días des­pués le preguntó si había escrito ya a Londres, ella no tuvo más remedio que confesar que lo había hecho en vano, pues el señor Goodwood había dado la callada por respuesta.

            La señorita Stackpole supo hallar el medio de decir:

            -Me figuro que lo estará pensando, porque no es «realmente» lo que se dice un impetuoso. Sin embargo, yo estoy acostumbrada a que se conteste a mis cartas el mismo día.

            Y se le ocurrió proponerle a Isabel hacer las dos una excursión a Londres, observando para justificarse:

            -Si he de decir la verdad, hasta ahora no he visto gran cosa en este sitio, y creo que tú tampoco. Ni siquiera he visto a ese aristócrata..., ¿cómo se llama?..., ah, sí, lord Warburton.

            -Acabo de enterarme de que lord Warburton llega mañana -repuso Isabel, pues había recibido una carta del señor de Lockleigh en respuesta a la que ella le en­viara-. Ahora tendrás una buena ocasión de devolverle del revés y ver todo lo que tiene dentro.

            -¡Bah! Acaso proporcione material para una cró­nica, pero ¿qué importa una cuando se han de escribir cincuenta? Ya he descrito todo el escenario de estos al­rededores y he disparatado lo habido y por haber a pro­pósito de las viejas de por aquí y hasta de los pollinos, y, dígase lo que se quiera, la simple descripción del am­biente no da verdadera vida a una crónica. Tengo que volver a Londres para recibir allí verdaderas impresio­nes de la vida. En los tres días que estuve antes de venir a este sitio no tuve tiempo siquiera de entrar en contac­to con ella.

            Y, como Isabel, durante su viaje de Nueva York a Gar­dencourt había visto aún menos que la otra de la capital inglesa, le pareció una magnífica ocurrencia que las dos hicieran una excursión de placer a la gran ciudad. Le pa­reció una idea soberbia, pues tenía gran curiosidad por co­nocer en todos sus pormenores esa ciudad de Londres que siempre había resplandecido ante su ardiente imaginación como fabulosamente grande y próspera. Se pusieron, pues,

a trazar planes juntas y se complacieron en la esperanza de las románticas horas que vivirían. Buscarían alojamiento en cualquiera de aquellos pequeños y pintorescos hosta­les descritos por Dickens, y pasearían por la ciudad en uno de aquellos lindos carruajes de pescante trasero. Henriet­ta era escritora, y su profesión le proporcionaba la gran ventaja de poder meterse por todas partes y hacer lo que quisiera. Cenarían en los cafés y luego irían a los teatros, visitarían la Abadía de Westminster y el Museo Británico y verían los lugares donde vivieron el doctor Johnson, Goldsmith y Addison. Isabel se entusiasmó muchísimo con la idea y reveló aquella su brillante visión a su primo Ralph, quien, al oírla, soltó una jocunda carcajada que dis­taba mucho de destilar la simpatía que ella esperaba.

            -Me parece un plan admirable -dijo Ralph-. Os aconsejo que vayáis al Duke's Flead de Covent Garden, que es un sitio alegre, sin etiqueta y de los más antiguos, y yo os inscribiré en mi club.

            -¿Es que ese sitio es... indecente? Pero ¡infeliz de mí!, ¿acaso hay aquí nada decente? De todas formas, con Henrietta tengo la seguridad de poder ir a todas partes; ella no se arredra ante nada. Después de haber viajado por todo el continente americano, no hay duda de que sa­brá desenvolverse de maravilla por estas islitas de nada.

            -Además, mira -dijo Ralph-, también yo quiero disfrutar de la ventaja de su protección e ir allá al mismo tiempo. Tal vez no vuelva a tener nunca la suerte de via­jar con tanta seguridad.

 

 

 

14

 

 

            La señorita Stackpole habría estado dispuesta a par­tir en el acto, pero, como ya hemos visto, Isabel había recibido la noticia de que lord Warburton iba a hacer una nueva visita a Gardencourt y le parecía su deber que­darse allí y verle. Dejó él pasar tres o cuatro días sin con­testar la carta de Isabel, pero luego escribió para decir que dos días después iría a almorzar con ella. Algo pare­cía haber ciertamente en estos aplazamientos y demoras que lograron impresionar a la joven y afirmaron en ella la sensación del deseo por él manifestado de mostrarse respetuoso y paciente y no querer acuciarla; actitud que ella analizaba con mayor interés por estar convencida de que «la quería de veras». Dijo Isabel a su tío que ha­bía escrito a lord Warburton y, al propio tiempo, le no­tificó la intención del otro de venir a almorzar con ella. En vista de lo cual, el anciano salió de su aposento antes de lo acostumbrado y no apareció hasta las dos, hora del refrigerio. Con ello no quería realizar un acto de vigilan­cia, sino simplemente ceder a su benévola idea de que, al estar con ellos, su presencia evitaría cualquier malen­tendido que pudiera producirse si Isabel prestaba de nue­vo oídos a su noble visitante. Éste trajo consigo desde Lockleigh a su hermana mayor, coincidiendo tal vez con las amables presunciones del señor Touchett. Los dos vi­sitantes fueron presentados a la señorita Stackpole, que ocupó en la mesa el asiento contiguo al de lord War­burton. Isabel, que estaba en verdad algo nerviosa y no tenía deseos de discutir nuevamente el asunto que él ha­bía con tanta premura planteado, no pudo por menos de admirar el buen humor con que el aristócrata ejercía el completo dominio de sí mismo, ocultando por comple­to hasta el menor síntoma de una preocupación que ella creía natural que sintiese al verla. El no la miró ni le ha­bló, y la única prueba de su emoción consistía en evitar cruzar con ella la mirada. Estuvo muy hablador con los demás y comió con buen apetito, sabiendo escoger lo más delicado. La señorita Molyneux, que tenía una ter­sa frente monjil y llevaba suspendida del cuello una gran cruz de plata cincelada, estaba a todas luces absorta en Henrietta Stackpole, a la que no quitaba ojo de encima, dando a entender que era presa de un grave conflicto en­tre la profunda repulsa y la anhelante admiración que la americana le inspiraba. Era, de las dos hermanas, la que más en gracia le había caído a Isabel por la enorme cal­ma hereditaria que en ella suponía. Nuestra heroína es­taba segura de que aquella frente de religiosa y aquella cruz argentina tenían relación con algún fantástico mis­terio anglicano..., acaso con el delicioso restablecimien­to del curioso cargo de canonesa. Se preguntaba a sí mis­ma qué pensaría de ella la señorita Molyneux si supiera que había rechazado el ofrecimiento de su hermano, pe­ro se tranquilizó al pensar que lord Warburton no le di­ría jamás semejante cosa y que, por tanto, no llegaría a saberla nunca. El la quería mucho y era muy bueno con ella, pero le hablaba muy poco de sus cosas. Eso era, por lo menos, lo que suponía Isabel, quien durante el al­muerzo, cuando no hablaba, se entretenía en forjar sus habituales teorías acerca de los demás comensales. Así, se imaginaba que si la señorita Molyneux hubiese sabi­do lo pasado entre ella y su hermano, era probable que le hubiera impresionado tristemente su incapacidad pa­ra medrar en la vida; o no, más bien (y ésta fue la con­clusión final de nuestra heroína) atribuiría a la joven ame­ricana una conciencia clara de la desigualdad.

            Hiciese Isabel lo que hiciese de las oportunidades que se le presentaran, lo innegable era que Henrietta Stackpole no estaba en absoluto dispuesta a desaprove­char aquéllas en las que ya se veía inmersa.

            -¿Sabe usted que es el primer lord que he visto en mi vida? -le espetó a su vecino-. Me imagino que creerá que me siento tremendamente azorada.

            -Pues se ha librado usted de ver a no pocos hom­bres bien feos -replicó lord Warburton, mirando como un poco abstraído en derredor.

            -¿De veras son tan feos? Pues en América se pre­tende hacernos creer que todos son apuestos y magnífi­cos, que llevan ropas suntuosas y coronas.

            -¡Bah! Las ropas suntuosas de corte y las coronas es­tán ya pasadas de moda -dijo lord Warburton-, lo mis­mo que los revólveres y las hachas de guerra de ustedes.

            -Pues lo siento -declaró Henrietta-, porque creo que la aristocracia debe ser algo espléndido. Si no, ¿qué es entonces?

            -¡Oh!, en el mejor de los casos, bien poca cosa, ¿sa­be usted? ¿Quiere una patata?

            -No me gustan mucho estas patatas europeas. Yo le habría tomado a usted por un caballero americano co­rriente. A lo que lord Warburton contestó:

            -Pues hábleme usted como si lo fuera. No me ex­plico cómo se las va a arreglar usted aquí sin patatas, pues no encontrará muchas cosas que comer por estos pagos.

            Henrietta se quedó callada un momento; tal vez lord Warburton no fuese sincero.

            -Desde que llegué no tengo apenas apetito -dijo tras una pausa-, de manera que no tiene la menor im­portancia. ¿Sabe que yo no le acepto a usted? Mi con­ciencia me dicta que se lo diga.

            -¿Que no me acepta?

            -Exactamente. Me figuro que nadie se lo ha dicho hasta ahora, ¿no es cierto? Lo que yo no acepto es al lord como institución. Creo que el mundo les ha dejado atrás..., muy atrás.

            -¡Oh, estoy de acuerdo! Después de todo, tampo­co me admito yo a mí mismo. Pero ¿sabe una cosa?, a ve­ces me hago esta reflexión: ¿cómo podría rechazarme a mí mismo si no fuese yo? Por lo demás, es preferible no ser presuntuoso.

            -Entonces, ¿por qué no renuncia? -preguntó la señorita Stackpole.

            -Renunciar... ¿a qué? -preguntó lord Warburton poniendo en su acento tanta suavidad como dureza ha­bía puesto ella.

            -A ser lord.

            -¡Oh, para lo poco que de ello tengo! Lo cierto es que uno acabaría verdaderamente por olvidarse de ello si ustedes, los americanos, no se lo estuvieran re­cordando a cada instante. De todas maneras tengo la intención de despojarme de ello, de lo poco que ya va quedando.

            -¡Me gustaría verlo! -exclamó Henrietta con cier­ta aspereza.

            -Ese día la invitaré a usted a la ceremonia. Habrá una gran cena y después baile.

            -Bueno, a mí me gusta conocer todos los puntos de vista. No acepto la existencia de clases privilegiadas, pero me gusta escucharlo que éstas dicen en defensa propia.

            -Bien poca cosa, como acaba de ver.

            -Quisiera sonsacarle un poco más todavía -dijo Henrietta-, pero tiene usted siempre la mirada ausen­te, como si tuviera miedo de encontrarse con la mía. Me doy perfecta cuenta de que intenta escabullirse.

            -Nada de eso. Me limito a contemplar esas pobres patatas desdeñadas.

            -¿Quiere, entonces, hacer el favor de explicarme la situación de esta señorita, su hermana? Ignoro qué es ella con relación a usted. ¿Es una lady?

            -Es, fundamentalmente, una buena muchacha.

            -No me agrada la manera en que lo dice, como si qui­siera cambiar de tema. ¿Es su posición inferior a la de usted?

            -En realidad, ninguno de los dos tenemos posición, pero ella sale mejor librada que yo del asunto porque no tiene quebraderos de cabeza.

            -Cierto. Verdaderamente no parece que tenga mu­chos quebraderos de cabeza. ¡Ojalá tuviera yo tan pocos! Aunque no hagan ustedes otra cosa, aquí por lo menos producen gente tranquila.

            -Sí, ya ve usted que, por lo general, nos tomamos la vida con calma. Y además somos muy sosos. ¡Ah!, cuando nos lo proponemos, no hay quien nos gane a insípidos.

            -Pues les aconsejaría que no se lo propusieran. A su hermana, la verdad, no sé de qué hablarle. ¡Parece tan dis­tinta! ¿Es un símbolo esa cruz?

            -¿Cómo? ¿Un símbolo?          

-Una insignia de nobleza.

            La mirada de lord Warburton, que había vagado un rato, al oír tal pregunta se fijó en la de Henrietta.

            -¡Oh!, desde luego -se apresuró a contestar-. Las mujeres se toman estas cosas muy en serio. La cruz de plata la llevan las hijas mayores de los vizcondes.

            Se trataba de una venganza, aunque inofensiva, por haber pecado tanto de credulidad respecto a Norteamérica. Después del almuerzo le propuso a Isabel ir a la ga­lería para ver los cuadros y, aunque ella sabía que los había visto más de veinte veces, no puso el menor reparo  en acceder a su deseo. Tenía la joven la conciencia per­fectamente tranquila y nunca se había sentido tan ligera ' de espíritu como desde que le había escrito la carta. El fue andando despacio hasta el final de la galería, con­templando las obras de arte en silencio, hasta que, de pronto, dijo:

            -No esperaba que me escribiese usted de ese modo.

            -Era el único modo de hacerlo, lord Warburton -replicó ella-. Le ruego que así lo crea.

            -Si fuera cuestión de querer, no dude que la cree­ría y dejaría de molestarla. Pero no basta querer creer para creer; confieso francamente que no lo comprendo. Puedo comprender y comprendería perfectamente que yo no le gustara. Pero usted ya reconoce lo que debería reconocer...

            Isabel le interrumpió, poniéndose intensamente pá­lida:

            -¿Qué es lo que yo he reconocido?

            -Que soy una buena persona, ¿no es cierto? -Ella no replicó y él siguió diciendo-: Usted no parece tener razón alguna para obrar así y eso me produce una sen­sación de injusticia.

            -Tengo una razón, lord Warburton -dijo en un tono que a él le puso el corazón en un puño.

            -Me gustaría mucho conocerla.

            -Se la diré algún día, cuando pueda mostrársela mejor.

            -Pues perdóneme si, mientras tanto, le digo que he de dudar de ella.

            Isabel se limitó a replicar:

            -Me está usted haciendo sufrir.           

            -No puedo deplorarlo. Así se dará cuenta de lo que yo estoy pasando. ¿Quiere, por favor, contestarme a una pregunta?

            Isabel no expresó su asentimiento, pero a él se le an­tojó ver en los ojos de ella algo que le alentaba a conti­nuar y preguntó:

            -¿Siente interés por otro?

            -Es una pregunta a la que preferiría no contestar.

            Y él dijo amargamente, como murmurando:

            -Entonces es que sí.

            Aquella patente amargura conmovió a Isabel, que exclamó:

            -Está usted en un error. No hay tal cosa.

            Olvidando toda ceremonia, él se sentó en un banco como sumido en un hondo pesar, apoyó los codos en las rodillas y clavó los ojos en el suelo. Por fin, echándose hacia atrás para apoyar la espalda dijo:

            -Tampoco eso puede alegrarme, porque debe de ser una excusa.

            Ella alzó las cejas en señal de sorpresa y repuso:

            -¿Una excusa? ¿Tengo yo que excusarme de algo?

            Pero él no contestó a tal pregunta, pues le rondaba ya otra idea por la cabeza:

            -¿Es por mis opiniones políticas? ¿Las considera demasiado avanzadas?

            -No tengo nada que reprochar a sus ideas políticas por la sencilla razón de que no las comprendo.

            -Claro, lo que yo piense le tiene a usted sin cuida­do, le da lo mismo.

            Isabel se apartó hacia el otro lado de la galería y allí permaneció un momento volviéndole la espalda, que era en extremo encantadora; él contempló su leve y esbel­ta figura, la esbeltez de su blanco cuello al inclinar ella la cabeza y el espesor de sus oscuras trenzas. Se detuvo ella ante un pequeño cuadro como si lo estuviese exami­nando, y había un no sé qué tan lleno de juventud y agi­lidad en su movimiento que, con aquella su flexibilidad, parecía estar burlándose de él. Sin embargo, nada veían sus ojos, que se habían cubierto súbitamente de lágrimas. Al poco él se acercó, pero Isabel había enjugado ya su llanto. Al volverse de nuevo, su cara estaba profunda­mente pálida y sus ojos tenían una rara expresión.

            -La razón que no quería exponerle... -dijo-, voy, después de todo, a exponérsela. Es que no puedo esca­par a mi destino.

            -¿Su destino?

            -Casarme con usted sería un intento de huida.

            -No la comprendo. ¿Y por qué no habría de ser su destino éste, como cualquier otro?

            -Porque no lo es -replicó Isabel con suave femi­nidad-. Yo sé que no lo es. Mi destino no es abando­nar..., yo sé perfectamente que no puede serlo.

            El pobre lord Warburton se quedó profundamente asombrado, con una interrogación en los ojos:

            -¿Llama usted abandonar a casarse conmigo?

            -Desde luego, no en el sentido corriente. Sé que es recibir..., recibir... enormemente... Pero, al mismo tiem­po, supone prescindir de otras oportunidades.

            -¿Otras oportunidades de qué?

            -No me refiero al matrimonio -replicó Isabel, que ya iba recobrando el color. Y se detuvo, mirando hacia abajo con el entrecejo fruncido, como si le resultase poco menos que imposible tratar de expresarse con claridad.

            Su compañero se decidió a susurrar:

            -No creo que sea una presunción por mi parte su­gerir que ganaría mucho más de lo que perdería.

            -A lo que no puedo escapar es a la desgracia -di­jo Isabel-. Y, casándome con usted, intentaría lograrlo.

            Y él exclamó prorrumpiendo en una risa de ansiedad:

            -No sé si lo intentaría, pero no me cabe duda de que lo lograría, se lo digo con toda franqueza.

            -¡Pero es que no debo..., no puedo! -exclamó la joven.

            -De todos modos, si usted está resuelta a ser des­graciada, no veo por qué ha de empeñarse en que yo tam­bién lo sea. Si para usted la desgracia está llena de en­cantos, para mí le aseguro que no tiene ninguno.

            -Yo no estoy resuelta a vivir una vida desgraciada -dijo Isabel-. Al contrario, siempre he estado firme­mente decidida a ser dichosa, incluso con frecuencia he creído que llegaría a serlo. Pero de vez en cuando se me ocurre que no podré ser feliz por ningún procedimien­to extraordinario, huyendo, separándome...

            -¿Separándose de qué?

            -De la vida, de sus peligros y oportunidades co­rrientes, por los que la mayoría de la gente pena y que tantos conocen.

            Lord Warburton esbozó una sonrisa que pareció de­latar un si es no es de esperanza.

            -Mi querida señorita Archer -comenzó a explicar con respetuoso anhelo-, yo no le ofrezco a usted nin­guna renuncia a la vida, ni a peligros u oportunidades de ninguna clase. ¡Ojalá pudiese! ¡Tenga usted por seguro que lo haría! Por favor, ¿por quién me toma? A Dios gra­cias, no soy el emperador de la China. Lo que yo le ofrez­co es, en resumen, que participe de las comunes angustias de la vida de una manera en cierto modo cómoda. ¡Las angustias comunes de la vida! Yo soy uno de sus más de­votos. Concierte usted una alianza conmigo y le asegu­ro que no le habrán de faltar. Por lo demás, no tendrá que separarse de nada, ni siquiera de su amiga la señori­ta Stackpole.

            -Ella no lo aprobaría jamás -dijo Isabel tratando de sonreír y aprovechando esta salida, no sin despreciarse bastante a sí misma por hacerlo.

            -¿Hablamos de la señorita Stackpole? -preguntó impaciente el lord-. En mi vida he visto una persona que juzgue las cosas de un modo tan exclusivamente teórico.

            -Creo que ahora habla usted de mí -replicó Isabel, y se apartó de nuevo al ver que por el extremo opuesto de la galería acababan de entrar la señorita Molyneux, Henrietta y Ralph.

            La hermana de lord Warburton se dirigió a él con cierta timidez para recordarle que debía estar en casa a la hora del té, pues había invitado a algunas personas pa­ra tomarlo con ella. Él no le contestó, al parecer por no haberla oído; tenía entonces muchas otras cosas que con harta razón le preocupaban. Y la señorita Molyneux, co­mo si él fuera un soberano, permaneció a la espera en ac­titud de camarera mayor.

            Al verlo, Henrietta Stackpole exclamó:

            -¡Eso si que no, señorita Molyneux! ¡Si yo tuviese que irme, él tendría que irse! ¡Si yo necesitara que mi hermano hiciese algo, tendría que hacerlo!

            -¡Oh! Warburton hace siempre lo que se le pide -contestó la señorita Molyneux con una pronta y tí­mida risita. Y, volviéndose hacia Ralph, prosiguió-: ¡Cuántos cuadros tienen ustedes!

            -Parecen muchos porque están todos juntos -dijo Ralph-. Pero no es un modo apropiado de colocarlos.

            -A mí me parece muy hermoso. Me gustaría enor­memente que hubiera una galería de pinturas en Lockleigh. Los cuadros me gustan muchísimo -continuó diciendo la señorita Molyneux sin detenerse para evitar que la inter­pelase de nuevo Henrietta, que parecía a la vez fascinarla y asustarla.

            -Me lo explico; los cuadros son muy conveniente: -dijo Ralph, que se daba cuenta de la clase de reflexio­nes convenientes para ella.

            Y la joven dama continuó:

            -¡Cuando llueve, resultan tan agradables...! En es­te último tiempo ha llovido con mucha frecuencia.

            -Siento mucho que se vaya usted, lord Warburton -intervino Henrietta-. Necesitaba sonsacarle todavía algo más.

            -No me voy todavía -repuso lord Warburton.

            -Dice su hermana que debe irse. En Norteaméri­ca los hombres obedecen a las damas.

            La señorita Molyneux dijo suavemente, mirando a su hermano:

            -Me temo que tendremos invitados a tomar el té.         -Está bien, querida. Entonces nos iremos.

            -Creí que iba usted a resistirse -exclamó Hen­rietta-. Me habría gustado ver lo que hubiese hecho la señorita Molyneux.

            -Yo no hago nunca nada -replicó ésta.

            -Me imagino que, dada su posición, le bastará con vivir. Me gustaría mucho verla en su casa.

            -Tiene que ir otra vez a Lockleigh -dijo dulce­mente la señorita Molyneux dirigiéndose a Isabel, como si no hubiese oído aquella observación de la periodista.

            Isabel contempló un instante sus tranquilos ojos y en aquel mismo instante le pareció ver en el fondo gris de ellos el reflejo de todo lo que había rechazado al recha­zar a lord Warburton: la paz, la bondad, el honor, las pro­piedades, una gran seguridad e intimidad. Besó a la se­ñorita Molyneux y le dijo:

            -Me parece que no voy a poder volver por allí.

            -Lo siento en el alma -replicó la señorita Moly­neux-. Creo que hace usted muy mal con ello.

            Lord Warburton prestó atención a lo que las dos jó­venes decían y luego se volvió hacia uno de los cuadros. Ralph, con las manos en los bolsillos y apoyado en la ba­randilla de delante del cuadro, estuvo observándole un momento.

            Henrietta se acercó a lord Warburton para decirle:

            -Quisiera verle en su casa. Me gustaría charlar una hora con usted, pues tengo que hacerle infinidad de pre­guntas.

            El dueño de Lockleigh contestó:

            -Será para mí un gran placer verla allí, pero estoy seguro de que no podré contestar a muchas de sus pre­guntas. ¿Cuándo piensa usted venir?

            -En cuanto la señorita Archer quiera llevarme. Pen­samos ir a Londres, pero antes iremos a verle. Estoy de­cidida a que usted satisfaga mi curiosidad.

            -Pues si depende de la señorita Archer, me temo ' ° que no va usted a satisfacerla, porque ella no irá a Lockleigh. No le gusta nada el sitio.

            -¿Cómo? ¡Si me ha asegurado que es encantador! -exclamó Henrietta.

            Lord Warburton dudó un segundo y luego dijo:

            -A pesar de todo, no irá. Más vale que vaya us­ted sola.

            Henrietta se irguió, abrió desmesuradamente los ojos y en un tono bastante áspero preguntó:

            -¿Le diría usted eso a una dama inglesa?

            Lord Warburton se quedó sorprendido.

            -Según -dijo al fin-; si me gustase lo suficien­te, sí.

            -Pues procure que no le guste lo bastante. Si la se­ñorita Archer no quiere volver a su casa es porque no desea llevarme. Sé perfectamente lo que ella piensa de mí... y supongo que usted pensará lo mismo: que no debo sacar a relucir a personas concretas. -Lord War­burton estaba en la luna. No le habían dicho nada de la personalidad profesional de la señorita Stackpole y no captó la alusión-. Tengo la seguridad de que la señori­ta Archer le ha prevenido -añadió Henrietta.

            -¿Que me ha prevenido?

            -¿Para qué, si no para ponerle en guardia respecto a mí, vino aquí sólita con usted?

            -Oh, no, nada de eso, mi distinguida amiga -re­plicó lord Warburton con desenvoltura-.Nuestra con­versación no ha tenido tanta solemnidad.

            -Pues lo cierto es que usted ha estado constante­mente en guardia..., ¡y de qué manera! Ya me imagino que en usted ha de ser lo natural, y eso es precisamente

lo que quería observar. Y lo mismo la señorita Moly­neux..., tampoco ha querido soltar prenda, También us­ted ha sido prevenida, aunque en su caso no era nece­sario -dijo Henrietta dirigiéndose a la hermana del lord.

            -Más vale así -contestó ésta con cierta vaguedad.

            Ralph intervino para explicar amablemente:

            -He de decirles que la señorita Stackpole escribe y toma notas. Es una gran satírica. Escudriña en nuestro interior y luego nos lo presenta según su modo de ver.

            -Pues, la verdad, debo confesar que nunca he teni­do tan mala suerte con mi material, ni un material tan malo -declaró Henrietta paseando la vista de Isabel a lord Warburton y del aristócrata a su hermana y a Ralph-. A todos ustedes les ocurre algo; están todos tan alicaídos como si hubiesen recibido un cable con malas noticias.

            -Usted ve bien en nuestro interior, señorita Stack­pole -dijo Ralph, haciendo un leve movimiento de ca­beza afirmativo al tiempo que les conducía fuera de la galería-. A todos nosotros nos ocurre algo.

            Detrás de ellos dos iba Isabel. La señorita Molyneux, que le profesaba ya gran simpatía, la había tomado del brazo para caminar a su lado por aquel piso tan encera­do. Al otro lado iba lord Warburton, con las manos en los bolsillos y la mirada gacha. Permaneció callado un momento y luego preguntó:

            -¿Es cierto que va usted a ir a Londres?

            -Creo que ya es cosa decidida.

            -¿Y cuándo piensa volver?

            -Dentro de unos días. Pero será por poco tiempo, porque tengo que ir a París con mi tía.

            -Entonces, ¿cuándo volveré a verla?

            -No por una temporada -contestó Isabel-, aun­que espero que un día u otro suceda.

            -¿De veras lo espera? -Muy de veras.

            Él dio unos cuantos pasos más en silencio; luego se detuvo y, tendiéndole la mano, dijo:

            -Adiós.

            -Adiós -contestó Isabel.

            La señorita Molyneux volvió a besarla y ella les mi­ró marchar juntos. Después, en lugar de reunirse con Henrietta y Ralph, se fue directamente a su habitación. Antes de la hora de la cena, la señora Touchett entró a verla aprovechando que se dirigía al salón.

            -Debo comunicarte -le dijo- que tu tío me ha informado de tus relaciones con lord Warburton, «¿Relaciones? -pensó Isabel-. Apenas si las hay ¡Qué cosa tan extraña! Si no me ha visto más que tres o cuatro veces».

            La señora Touchett preguntó en tono desapasionado:

            -¿Por qué se lo dijiste a tu tío en vez de decírmelo a mí?

            La joven volvió a dudar y respondió:

            -Porque él conoce mejor a lord Warburton.

            -Cierto. Pero, en cambio, yo te conozco mejor a ti.

            -No estoy muy segura de ello -contestó Isabel sonriendo.

            -Ni yo tampoco, después de todo, especialmente cuando me miras de ese modo tan presuntuoso. Cual­quiera diría que estás encantada de ti misma y que te has

llevado un premio. Me imagino que, cuando has recha­zado una proposición como la de lord Warburton es por­que tienes a la vista algo mejor.

            Isabel sonrió otra vez y dijo:

            -¡Seguro que mi tío no ha dicho eso!

 

 

 

15

 

 

            Se había acordado que las dos jóvenes fuesen a Londres escoltadas por Ralph, aunque a la señora Touchett no le ha­cía gracia semejante plan al hablar de él, dijo que era el que sin duda se le habría ocurrido a la señorita Stackpole suge­rir, y preguntó si a la corresponsal del Interviewer se le iba a ocurrir también llevarles a su casa de huéspedes favorita.

            -Me tiene sin cuidado adonde quiera llevarnos -contestó Isabel-, con tal de que sea un sitio con color local. Para eso es precisamente para lo que vamos a Londres.

            -Ya me imagino -replicó su tía- que cuando una muchacha ha rechazado a un lord inglés puede permitírselo todo. Después de eso, no vale la pena pararse en ba­gatelas.

            -¿Le habría gustado que me hubiese casado con lord Warburton? -preguntó Isabel.

            -Naturalmente que sí.

            -Creía que detestaba a los ingleses.

            -Y los detesto; pero eso es el mejor motivo para uti­lizarlos.

            -¿Es ésa la idea que tiene usted del matrimonio?

            -E Isabel se atrevió a añadir que, a su entender, su tía había utilizado bien poco al señor Touchett.

            -Tu tío no es un aristócrata inglés -repuso la se­ñora Touchett-. Y aunque lo hubiera sido, tal vez me habría ido igualmente a vivir a Florencia.

            -¿Cree usted que lord Warburton puede hacerme mejor de lo que soy? -preguntó la joven algo excitada-. No quiero decir que me considere demasiado buena y que no desee mejorar, sino que no amo a lord Warburton lo bastante como para casarme con él.

            -Entonces has hecho muy bien en rechazarlo -di­jo la señora Touchett con su voz más baja y sobria-. Ahora espero que, a la próxima gran oferta que se te ha­ga, sepas estar a la misma altura.

            -Más vale que esperemos hasta que se presente, en vez de hablar de ello. Lo que deseo con toda mi alma es que no me hagan por ahora ofrecimientos de ninguna clase. Acaban por perturbarme completamente.

            -Si adoptas definitivamente la vida bohemia, pue­des tener la seguridad de que no te molestarán mucho

con ellos. De todos modos, le he prometido a Ralph que

no criticaría...

            -Haré lo que Ralph diga -respondió Isabel-. Ten­go en él una ilimitada confianza.

            -Su madre se siente muy agradecida -repuso la señora Touchett, riendo con sequedad.

Isabel, sin poder contenerse, replicó:

            -Es lo que me parece que debe sentirse.

            Ralph había dicho que no iba en absoluto contra las conveniencias sociales que los tres hicieran juntos una excursión para ver las cosas más interesantes de la me­trópoli; pero la señora Touchett no lo consideraba así. Como muchas otras señoras de su país que habían vivi­do largo tiempo en Europa, había olvidado su manera nativa de pensar acerca de muchos puntos, producién­dose en ella una reacción contra la excesiva libertad con­cedida a los jóvenes de allende los mares, no injustifica­da en sí misma, pero cargada de escrúpulos tan exagerados como gratuitos. Ralph acompañó a las jóvenes a Londres y las albergó en una fonda tranquila de una calle que ha­cía esquina con Piccadilly. Al principio pensó instalarlas

en la casa de su padre, en Winchester Square, una enor­me y triste mansión que en tal época del año se hallaba

envuelta en la mortaja del más profundo silencio y de las fundas de holanda cruda; pero cayó en la cuenta de que, estando el cocinero en Gardencourt, no había nadie en la casa que pudiese encargarse de hacer la comida, por lo que finalmente fue el hotel Pratt su paradero.

            Por su parte, Ralph se instaló en la mansión de Win­chester Square, donde tenía un escondrijo que a él le encantaba y donde podía abrigar temores de mucha peor catadura que el de una cocina apagada. Lo cierto es que se proponía utilizar en gran medida los recursos del hotel Pratt, y a estos efectos empezó al día siguiente por hacer una visita a sus compañeras de viaje. Allí tuvo la satisfacción de que el señor Pratt en persona, enfunda­do en un amplio blusón blanco, acudiese a levantar la ta­padera de los platos del desayuno. Después de lo cual, Ralph, ya otro hombre como él mismo dijo, trazó con sus compañeras el plan para los vagares del día en curso. Como en el mes de septiembre Londres tendría un sem­blante completamente blanco si no fuese por las salpica­duras y manchas del tráfago anterior, Ralph, que para tal ocasión creyó prudente adoptar un tono solemne, se con­sideró obligado a decir a sus compañeras, excitando con ello los crueles sarcasmos de la señorita Stackpole, que en la ciudad no había en esos momentos ni un alma.

            -Supongo que se refiere usted a la aristocracia -re­plicó Henrietta-, pero no creo que pueda tener prueba mejor de que no se la echaría de menos si estuviese por completo ausente. A mí me parece que la ciudad está de gente hasta los topes. No hay un alma, no; sólo tres o cua­tro millones. Pero pertenecen a..., ¿cómo lo llama usted?..., a la clase media. Y ésas, que componen toda la pobla­ción de Londres, no tienen, por lo visto, la menor im­portancia.

            Ralph declaró que no había vacío dejado por la aris­tocracia que ella con su presencia no llenara y que en aquel momento no había hombre tan contento como él.         En lo cual le asistía perfecta razón, pues el tedioso sep­tiembre en la ciudad inmensa y medio vacía encerraba un encanto como de piedra preciosa de vividos colores envuelta en un paño sucio. Cuando Ralph se retiraba por la noche a la vacía mansión de Winchester Square tras las horas pasadas con sus compañeras, tan ardientes si con él se las comparaba, se ponía a vagar por el enorme y oscuro comedor, donde no había más luz que la del can­delabro que él tomaba de la mesa del vestíbulo al entrar.            La plaza se hallaba sumida en el mayor silencio, silen­ciosa estaba igualmente la triste mansión, y, cuando abría uno de los anchos ventanales del comedor para dejar en­trar el aire fresco, sólo oía el pausado rechinar de las pe­sadas botas del policía que estaba de guardia. En aquel I lugar tan vacío, sus propios pasos resonaban fuertes y so­noros, pues habían retirado algunas de las gruesas al­fombras y, cada vez que se movía, levantaba y esparcía un eco melancólico. Sentado en uno de los sillones, ob­servaba la enorme y oscura mesa que brillaba en ciertas partes a la débil luz de las bujías del candelabro, y los cua­dros de las paredes, todos muy oscuros, que parecían do­tados de un alma vaga e incoherente. Se diría que flotaba en el ambiente el fantasma de cenas tiempo ha digeridas, de festivas conversaciones de sobremesa que habían per­dido vigencia. Acaso tal presentimiento de lo sobrena­tural tuviese que ver con el hecho de que él dejase volar libremente su añorante imaginación, permaneciendo en aquel sillón hasta mucho más tarde de lo que tenía por costumbre acostarse..., de que se quedase sin hacer ab­solutamente nada, sin tan siquiera leer el diario de la no­che. Digo y sostengo que no hacía nada, pues en tales momentos se limitaba a pensar en Isabel, y pensar en ella no podía ser para él más que una vaga y perezosa ocu­pación que a nada conducía y a nadie podía servir de gran cosa. Su prima no le había parecido jamás tan encanta­dora como en aquellos días empleados en bucear a la ma­nera turística por las profundidades y oquedades de la vi­da metropolitana.

            Tenía Isabel la cabeza llena de elementos lógicos -pre­misas, conclusiones- y de emociones; y, si lo que había ido buscando era color local, podía darse por satisfecha, porque lo encontraba en todas partes. Le hacía ella más preguntas de las que él estaba en condiciones de con­testar, y se lanzaba a improvisar nuevas y osadas teorías acerca de las causas históricas y sus repercusiones so­ciales, que él tampoco sabía refutar y que ignoraba si de­bía aceptar. Fueron más de una vez al Museo Británico y a aquel otro palacio del arte aún más brillante que, por su antigua variedad, exige que se le consagre un espacio tan extenso por lo menos como el de un monótono ba­rrio; pasaron una mañana en la Abadía y se embarcaron en uno de los vaporcitos que por el precio de un peni­que llevan a los visitantes hasta la Torre de Londres. Contemplaron los cuadros de las colecciones públicas y privadas, y más de una vez hubieron de sentarse en los bancos de los jardines de Kensington bajo los árboles centenarios. Henrietta demostró tener una inagotable curiosidad y ser un juez mucho menos benigno de lo que Isabel habría creído. Como era de esperar, se llevó no pocos desengaños y, en conjunto, Londres hubo de su­frir no poco en la apasionada comparación de su vida con los puntos fuertes de la idea norteamericana de civismo; no obstante, sacaba el máximo de sus empañadas dignidades y sólo se permitía de vez en cuando algún que otro suspiro acompañado de un desalentado «Bien», que no iba más allá y se perdía en el abismo de lo re­trospectivo. La pura verdad era que no se hallaba en su elemento. Un día, en la Galería Nacional, le dijo a Isa­bel: «Yo no simpatizo con los objetos inanimados», y siguió sufriendo ponla pobreza de su visión de la vida interior con que la naturaleza la había dotado. Los pai­sajes de Turner y los toros asirios eran una compensa­ción bien pobre por la falta de esas cenas literarias en las que había esperado conocer el genio y el renombre de Gran Bretaña.

            «¿Dónde están sus hombres públicos, sus grandes hombres y mujeres intelectuales? -le preguntó un día a Ralph, parándose en mitad de Trafalgar Square, como si creyera que aquél era el sitio idóneo para darse de nari­ces con algunos-. ¿Acaso es uno de ellos ese que está allá en lo alto de la columna? ¿Cómo le llaman ustedes...? ¿Lord Nelson? ¿También era lord? ¿No era bastante al­to de por si para que hayan tenido que colocarlo a cien pies del suelo? Eso es el pasado..., y a mí el pasado no me interesa. Lo que yo quiero es ver a las mentes conduc­toras del presente; y no digo del futuro porque creo muy poco en él». El pobre Ralph contaba entre sus relacio­nes con muy pocas de aquellas mentes conductoras, y muy rara vez podía permitirse el placer de asaetear con sus preguntas a un individuo célebre; lo que, a juicio de la señorita Stackpole, acusaba una lamentable falta de es­píritu de empresa. Así, solía decir: «Si yo estuviera allen­de el mar, me iría derecha a casa de un gran hombre, lla­maría tranquilamente a su puerta, fuera quien fuese, y le diría: "Señor, he oído hablar mucho acerca de usted y vengo a ver yo misma qué hay en todo ello". Pero, por lo que deduzco, no es ésa la costumbre aquí. Ustedes tie­nen sin duda infinidad de costumbres que me parecen insensatas, pero ninguna que pueda servir para algo. In­dudablemente, nosotros estamos más adelantados. De

todos modos, no tengo más remedio que escribir acerca de la vida social en su conjunto». Henrietta, que llevaba siempre encima su guía turística y su lápiz, escribió pa­ra el Interviewer una crónica describiendo la Torre de Londres (incluido el relato de la ejecución en ella de lady Jane Gray); pero, después de haberla escrito, tuvo el con­vencimiento de no estar a la altura de la misión que se le había confiado.

            El incidente que precedió a la partida de Isabel de Gar­dencourt había dejado una dolorosa huella en el ánimo de nuestra joven heroína; y, cuando volvía a sentir en su ros­tro, como una ráfaga recurrente, el aliento frío de la sor­presa de su último pretendiente, su único recurso era ta­parse bien la cabeza hasta que el viento amainara. La verdad es que no podía hacer más de lo que hacía.

            Pero la manera en que lo llevaba a cabo tenía tan po­ca gracia como cualquier movimiento puramente físico realizado en una actitud forzada, lo cual alejaba de ella el menor deseo de enorgullecerse de su conducta. No obstante, ello se mezclaba con una sensación de libre al­bedrío que le era sumamente grata en sí misma y que, mientras vagaba por la inmensa ciudad en compañía de sus dispares compañeros, exteriorizaba mediante de­mostraciones estrafalarias. Así acontecía que, cuando, por ejemplo, paseaban por los jardines de Kensington, se detenía a conversar con los rapaces que jugaban en la hierba, especialmente con los más pobres; les pregunta­ba sus nombres, les daba unas monedas de cobre y a los más graciosos los besaba. Ralph tomaba nota de todas esas raras salidas, como de todo lo que ella hacía. Un día, para hacer pasar un rato a sus compañeras, las invitó a J tomar el té en su casa de Winchester Square y, a tal efec­to, hizo que la arreglaran y pusieran lo más posible en orden para recibir la visita. Había allí otro invitado, un simpático soltero, antiguo amigo de Ralph, que se ha­llaba casualmente de paso en la ciudad, y para quien en­trar en inmediato trato con la señorita Stackpole no pa­recía entrañar la menor dificultad ni despertarle el más leve temor. El señor Bantling, hombre de unos cuaren­ta años, fornido, atildado, admirablemente vestido, conocedor de todo y extravagantemente divertido, se rió a mandíbula batiente con todas las cosas que Henrietta di­jo, le ofreció varias tazas de té, examinó con ella la nada desdeñable colección de curiosidades de Ralph y, luego, cuando el anfitrión les propuso salir a la plaza diciendo que les ofrecía una fete-champétre, dio unas cuantas vuel­tas con ella por el recinto, mostrando una gran pasión, charlando como si experimentase un enorme interés por el asunto discutido, ante las reflexiones de ella acerca de la vida interior.

            -Ya me doy cuenta. Me atrevería a decir que Gar­dencourt le ha parecido a usted de una quietud desespe­rante. Naturalmente, no puede haber mucho ajetreo en un sitio cuando se está tan enfermo. Touchett está muy mal, ya sabe. Los médicos le han prohibido terminante­mente que esté en Inglaterra, pero él ha venido para cui­dar a su padre. Y el pobre viejo, según creo, tiene por lo menos media docena de achaques. Dicen que es la gota, i pero yo tengo entendido que se trata de una enfermedad orgánica tan avanzada que puede usted tener por segu­ro que desaparecerá a la carrera el día menos pensado. Naturalmente, todas estas circunstancias hacen tremen­damente triste cualquier casa; lo que me asombra es que les guste recibir gente cuando pueden hacer tan poca cosa para obsequiarla. Además, me imagino que el señor Touchett estará discutiendo constantemente con su mu­jer. Como usted sabe, viven separados siguiendo esa cu­riosa costumbre de los americanos. Si usted quiere ver una casa donde siempre pasan cosas, le recomiendo que pase unos días con mi hermana, lady Pensil, en Bed­fordshire. Mañana mismo le escribiré y tengo la plena seguridad de que la invitará enseguida. Ya me hago car­go de lo que usted precisa: una casa donde la gente sea aficionada al teatro, las merendolas y cosas por el estilo. Pues mi hermana es precisamente una mujer que ni pin­tada para todo ello; se pasa la vida organizando una u otra fiesta y le encanta tener gente que pueda ayudarla. Es­toy seguro de que la invitará a vuelta de correo, pues le gustan a rabiar los escritores y toda clase de gente dis­tinguida. Ella escribe también, ¿sabe usted?, pero no he leído nada suyo. Por lo general escribe versos, y yo no soy un gran aficionado a la poesía..., a no ser la de Byron. Me figuro que admirarán mucho a Byron en Nor­teamérica... -prosiguió el señor Bantling, excitando la estimulada atención de la señorita Stackpole, sacando ex­trañas conclusiones con una extraordinaria facilidad y cambiando de tema como quien hace un trabajo de pres­tidigitación. Y con aquella versatilidad tan sugestiva, in­sistió en la idea, cautivadora y fascinante para Henrietta, de hacerle ir a pasar unos días en casa de lady Pensil, en Bedfordshire-. Sé perfectamente lo que usted quiere; lo que quiere es ver y disfrutar de algún pasatiempo ge­nuinamente inglés. Los Touchett, como sabe, no tienen nada de ingleses. Tienen sus propias costumbres, su pro­pia manera de hablar, sus comidas especiales..., incluso creo que profesan una extraña religión particular. Según dicen, el anciano considera la caza un pecado. Debería usted ir a casa de mi hermana durante los –preparativos para la función teatral; seguro que le dará un papel y no me cabe la menor duda de que lo hará usted muy bien, pues veo que es muy inteligente. Mi hermana tiene ya cuarenta años y siete hijos, pero va a interpretar el pa­pel principal. A pesar de lo sencilla que es, se maquilla muy bien..., dadas sus condiciones, por supuesto. Ni que decir tiene que, si no desea actuar, no está obliga­da a hacerlo.

            De tal suerte iba expresándose el señor Bantling mientras caminaban lentamente por el césped, que, aun­que salpicado del hollín de las chimeneas londinenses, invitaba a estirar las piernas. Aquel solterón gallardo y elocuente, tan impresionable ante las altas cualidades fe­meninas y con sugerencias tan interesantes, le pareció a Henrietta un hombre verdaderamente grato y apreció en lo mucho que para ella valían las oportunidades que le brindaba.

            -Si su hermana me invitase, desde luego que iría -le dijo-. Creo que es mi deber. ¿Cómo dice usted que se apellida?

            -Pensil. Un apellido raro, pero nada malo.

            -Para mí lo mismo da uno que otro. Pero ¿cuál es su rango social?

            -Es esposa de un barón; una posición bastante acep­table. Refinada, pero no demasiado.

            -Seguro que demasiado refinada para mí. ¿Cómo dice usted que se llama- el sitio donde vive? ¿Bedfordshire?

            -Vive en la parte norte del condado. Es un paraje aburrido, pero no creo que a usted le importe. Por mi parte, yo trataré de ir allá mientras usted esté.

            La señorita Stackpole estaba encantada con todo lo que le decía el hermano de lady Pensil, pero, muy a pe­sar suyo, no tenía más remedio que dejarle porque la es­taban esperando unas amigas que encontró en Piccadilly el día antes y a las que no había visto desde hacía más de un año: las señoritas Climbers, dos damas de Wilmington, del estado de Delaware, que tras haber viajado por to­do el continente se preparaban para regresar a su país. Henrietta había sostenido con ellas una larga conversa­ción en pleno Piccadilly, pero, aun cuando las tres ha­blaban al mismo tiempo, les quedaron muchas cosas en el tintero. Así pues, acordaron que Henrietta iría a ce­nar con ellas en su alojamiento de Jermyn Street a las seis de la tarde del día siguiente; y acababa de acor­darse entonces de tal compromiso. Por consiguiente, se dispuso a ir a la mencionada callé, despidiéndose pri­mero de Ralph e Isabel, que, sentados en un banco en otro lado de la plaza, se hallaban ocupados -si así pue­de decirse- en intercambiar amenidades a buen segu­ro menos provechosas que las que habían compartido Henrietta y el señor Bantling. Una vez de acuerdo Isa­bel y su amiga en que se encontrarían después a una ho­ra respetable en el hotel Pratt, Ralph señaló que la pe­riodista debía tomar un coche, pues no podía ir a pie hasta Jermyn Street.

            -Me figuro que lo que quiere decir es que no está bien que vaya sola por la calle. ¡Santo cielo! -exclamó Henrietta- ¿Y para esto he venido yo aquí?

            -No es en absoluto necesario que vaya usted a pie sola -dijo alegremente el señor Bantling-. Será un gran placer para mí acompañarla.

            -Lo que quise decir -replicó Ralph- es que lle­gará tarde a la cena y las pobres señoras podrían creer que al final nos hemos resistido a privarnos de su pre­sencia.

            -Me parece que lo mejor es que tomes un coche, Henrietta -dijo Isabel.

            -Si no desconfía de mí, yo le conseguiré uno -ve ofreció el señor Bantling-. Caminaremos un poco has­ta dar con él.

            -No veo motivo para no fiarme de él, ¿y tú? -le preguntó Henrietta a Isabel.

            -No ve me ocurre qué podría hacerte el señor Bantling -respondió cortésmente Isabel-. Pero, vi quie­res, iremos con vosotros hasta que encuentres el carruaje.

            -No os molestéis, iremos solos. Vamos, señor Bantling, y a ver vi me consigue uno de los buenos.

            Se comprometió el señor Bantling a hacer todo lo que pudiera y ambos ve marcharon dejando a la mucha­cha y a su primo juntos en Winchester Square, que la luz del suave crepúsculo septembrino comenzaba a embru­jar. Reinaba allí la más absoluta calma. El ancho cuadri­látero de casas de la oscura plaza no mostraba todavía ninguna luz en sus ventanas, cuyas celosías y persianas estaban cerradas; el pavimento era una superficie total­mente despejada y, a no ver por dos chiquillos de una de

las callejuelas próximas que, atraídos por la inusitada ani­mación en el interior de la plaza, metían la cabeza por !.

entre los barrotes de la verja, el objeto más vivo a la vis­ta habría sido la roja columna del ángulo sudeste.

            -Henrietta le pedirá que suba al coche y la acom­pañe hasta la calle Jermyn, estoy seguro -dijo Ralph al

cabo de un momento. Al hablar de la señorita Stackpo­le decía siempre simplemente Henrietta.

            -Es muy posible -respondió su compañera.

            -Aunque tal vez no ve lo pida, y entonces verá

Bantling quien lo haga.

            -También es muy posible. Me alegro mucho de que hayan congeniado tanto.

            -Ella ha hecho una conquista. Bantling la convidera una mujer brillante. Esto puede llegar lejos.

            -Yo también considero a Henrietta una mujer bri­llante -dijo Isabel tras un breve silencio-, pero no creo

que esto pueda ir lejos.

            No llegarían nunca a conocerse de veras. Ni él tie­ne la menor idea de lo que ella es, ni ella la acertada com­prensión del señor Bantling.

            -La base más frecuente de una unión suele ser la falta de entendimiento recíproco -dijo su primo-. Sin embargo -añadió-, no debe de ver tarea difícil com­prender a Bantling, porque es un espíritu sencillo.

            -De acuerdo, pero Henrietta lo es más todavía. En fin, ¿qué podemos hacer? -preguntó Isabel mirando a través de la luz evanescente, bajo la cual el limitado pai­saje ajardinado de la plaza adquirió una apariencia de au­téntica amplitud-. No creo que ve te ocurra proponer que, para divertirnos, nos vayamos en un coche a dar vueltas por las calles de Londres.

            -No hay razón para que no permanezcamos aquí..., a no ver que no te agrade. Hace una agradable tempera­tura, falta todavía cosa de media hora para que sea com­pletamente oscuro y..., vi me lo permites, encenderé un cigarrillo.

            -Puedes hacer lo que quieras -dijo Isabel- con tal que me entretengas hasta las siete. A esa hora me iré al hotel Pratt y me sentaré sólita a ingerir mi cena: dos huevos pasados por agua y un panecillo.

            -¿Me permites cenar contigo? -preguntó Ralph.

            -No; tú cenaras en tu club.

            Habían vuelto a sus asientos en el centro de la plaza y Ralph encendió su cigarrillo. Sin duda le habría agradado enormemente haber tomado parte en el modestísimo fes­tín que ella acababa de describir, pero, en su defecto, le en­cantaba que se lo prohibiera. En aquel instante lo que le gustaba extraordinariamente era estar a solas con ella, en la oscuridad que iba poco a poco adensándose en medio de la enorme ciudad multitudinaria, imaginar que depen­día de él y estaba bajo su poder. Sin embargo, no podía ejer­citar semejante poder sino muy vagamente, y la mejor ma­nera que de hacerlo tenía era acatando sumisamente toda decisión de ella. Así, después de una pausa, preguntó:

            -¿Por qué no me permites cenar contigo?

            -Porque no me interesa.

            -Me figuro que estarás cansada de mí.

            -Lo estaré dentro de una hora. Como ves, tengo el don de prever las cosas.

            -Te prometo que de ahora en adelante seré entrete­nido -aseguró Ralph. Pero no se le ocurrió decir nada más y, como ella no le replicó tampoco, continuaron durante algún tiempo sentados y en una calma que parecía una fla­grante contradicción a la promesa de entretenimiento que él acababa de formular. Se le antojó que estaba preocupa­da, y se preguntaba a sí mismo en qué estaría pensando, pues tenía dos o tres motivos de cavilación. Por fin, pre­guntó de nuevo-: ¿El negarte a que te acompañe a cenar esta noche es porque esperas a algún otro visitante?

            Ella se volvió, le miró con sus ojos claros y serenos, y dijo:

            -¿Otro visitante? ¿Qué otro visitante quieres que tenga?

            Y, en efecto, no tenía a quién sugerir, lo que hizo que su pregunta le pareciese a él mismo tan tonta como brutal.

            -Tienes muchos amigos que yo no conozco -se atrevió finalmente a insinuar-. Posees todo un pasado del que he sido deliberada y perversamente excluido.

            -Porque estabas reservado para mi futuro. No de­bes olvidar que mi pasado quedó al otro lado del mar y que no hay nada de él en Londres.

            -Perfectamente. Entonces el futuro que te con­cierne se halla sentado a tu lado. Es estupendo tener el futuro tan a mano. -Ralph encendió otro cigarrillo pen­sando si tal vez Isabel habría querido decir que tenía no­ticias de que Caspar Goodwood estaba en París. Después exhaló una bocanada de humo y añadió, resumiendo-: Hace un momento te prometí que iba a ser entretenido, pero ya ves que no me salgo con la mía, y es porque re­sulta una gran temeridad intentar entretener a una per­sona como tú. ¿Cómo van a interesarte mis pobres es­fuerzos? Tú acaricias grandes ideas..., tienes pensamientos muy elevados sobre muchos asuntos, mientras que yo he de limitarme a meter en mis habitaciones una pequeña orquesta o una compañía de saltimbanquis.

            -Con un saltimbanqui basta, y tú lo haces muy bien. Vamos, sigue, que dentro de diez minutos soltaré la car­cajada.

            -Te advierto que hablo en serio -contestó Ralph-. De veras, pides demasiado.

            -No sé lo que quieres decir. Yo no pido absoluta­mente nada.

            -Di mejor que no aceptas nada.

            Se ruborizó ella mucho y le pareció adivinar de pron­to adonde quería él ir a parar. Pero ¿a santo de qué tenía que hablarle de semejante cosa? Ralph se detuvo un ins­tante como dudando y luego prosiguió:

            -Me agradaría mucho decirte una cosa. Es algo que quisiera preguntarte y creo que tengo derecho a hacer­lo porque la respuesta me interesa enormemente.

            -Pregunta lo que quieras -contestó Isabel con ama­bilidad-. Trataré de complacerte.

            -Bien. Supongo, entonces, que no te molestará que te diga que Warburton me ha hecho saber algo que ha sucedido entre vosotros dos.

            Isabel reprimió su primer impulso y permaneció sen­tada mirando con calma su abanico, que tenía abierto.

            -Era natural que te hiciese algún comentario al

respecto.

            -Tengo su autorización para decirte que lo hizo -dijo Ralph-. Él tiene todavía esperanzas...     

-¿Todavía?

            -Por lo menos, hace unos pocos días aún las tenía.

            -Pues ahora no creo que tenga ya ninguna -repli­có ella.

            -Entonces lo siento de veras por él. Es una buena persona.

            -Dime, por favor, ¿te pidió él que me hablases?

            -No, eso no; pero me lo contó porque el pobre no pudo remediarlo. Somos buenos y viejos amigos, y el in­feliz estaba profundamente decepcionado. Me mandó unas líneas pidiéndome que fuese a verlo y fui en el co­che a Lockleigh el día antes de que él y su hermana vi­nieran a almorzar con nosotros. Estaba tan triste... Aca­baba de recibir una carta tuya.

            -¿Te enseñó la carta? -preguntó Isabel en un ins­tante de momentánea altivez.

            -No, pero me dijo que era una negativa categóri­ca. Yo lo sentí verdaderamente mucho por él -volvió a decir Ralph.

            Isabel permaneció en silencio un momento, y luego preguntó:

            -¿Sabes cuántas veces me ha visto en total? No más de cinco o seis.

            -Eso redunda en honor tuyo.

            -No lo digo por eso.

            -¿Por qué, entonces? No será para demostrar que el

pobre Warburton tiene un espíritu superficial, porque estoy

completamente, seguro de que no piensas semejante cosa.

            Indudablemente, Isabel no podía afirmar que lo pen­sase, pero se abstuvo de decir nada en contra de ello.

            -Si lord Warburton no te ha pedido que discutas el asunto conmigo, es que lo haces desinteresadamente o... por ganas de discutir.

            -No tengo ningunas ganas de discutir contigo. Lo único que quiero es dejarte tranquila. Pero tus senti­mientos despiertan en mí un profundo interés.

            -Te quedo sumamente agradecida -replicó Isabel con una risita un tanto nerviosa.

            -Ya veo, con eso quieres decirme que estoy me­tiéndome en lo que no me importa. Pero ¿por qué no he de poder hablarte de ello sin que te moleste o sin com­prometerme a mí mismo? Si ser tu primo no me confie­re ciertos privilegios, entonces, ¿para qué lo soy? ¿De qué ha de servirme adorarte sin la menor esperanza ja­más de una recompensa, por insignificante que sea? ¿De qué sirve estar enfermo, inútil y reducido al papel de me­ro espectador del interesante juego de la vida, si no se me ha de permitir siquiera ver la función después de ha­ber pagado tan cara la entrada? Dime la verdad -prosi­guió Ralph mientras ella le escuchaba con atención cre­ciente-, ¿en qué estabas pensando en el momento de rechazar a lord Warburton?

            -¿Cómo que en qué estaba pensando?

            -Sí. ¿Con qué lógica..., qué visión de tu situación futura te aconsejó acto tan incomprensible?

            -La lógica... de que no quería casarme con él.

            -No, eso no es una cosa lógica..., eso ya lo sabía yo. La verdad es que no fue nada, y tú lo sabes perfectamente. ¿Qué te dijiste a ti misma? Seguro que hubo de ser algo más que eso.

            Isabel reflexionó un instante y replicó preguntando a su vez:

            -¿Por qué calificas de «tan incomprensible» mi ac­to? Es lo mismo que opina tu madre.            r

            -Porque Warburton es verdaderamente un buen partido. Como hombre, creo que no tiene apenas faltas que echarle en cara. Además, no es nada pretencioso. Po­see grandes propiedades y su esposa sería seguramente considerada un ser superior. Reúne todas las ventajas ma­teriales y morales.

            Contempló Isabel a su primo como tratando de adi­vinar hasta dónde pretendía llegar. Luego declaró:

            -Lo rechacé porque entonces me pareció demasia­do perfecto. Yo no tengo nada de perfecta y es demasiado para mí. Además, estoy segura de que tanta perfección acabaría por exasperarme.

            -Mucho más ingenioso que sincero es eso que aca­bas de decir -observó Ralph-. Para empezar, tú no crees que haya en el mundo nada demasiado perfecto para ti.

            -¿Tanto crees que me figuro que valgo?

            -No, pero, aun sin creerte demasiado buena tú mis­ma, eres en extremo exigente. Diecinueve mujeres de ca­da veinte, aun de las más exigentes, sin duda se las ha­brían arreglado para pescar a Warburton. ¡Si supieras cuántas y de qué modo han tratado de cazarle!

            -No me importa ni quiero saberlo -dijo Isabel-. Sin embargo, recuerdo que un día, al hablar de él, me di­jiste que tenía rarezas.

            Ralph dio una larga chupada al cigarrillo y reflexionó.

            -Tengo la seguridad de que lo que entonces dije no podía afectarte, porque las cosas a que me refería no eran precisamente faltas, sino meras singularidades de su situación. Y, si hubiera imaginado que pensaba ca­sarse contigo, jamás habría aludido a ellas. Creo haber dicho que era un escéptico con respecto a su posición.

Tal vez habría estado en tu mano convertirle de escép­tico en creyente.

            -No lo creo. No entiendo de esos asuntos y tengo el convencimiento de que no estoy destinada a desem­peñar ninguna misión de esa índole. -Luego, contem­plando a su primo con triste amabilidad, añadió-: ¿Te habría gustado que yo contrajera ese matrimonio?

            -De ninguna manera. No tengo arte ni parte en el asunto. No pretendo aconsejarte; me contento con ob­servarte... con el más profundo interés.

            -¡Ojalá me inspirase yo a mí misma tanto interés como te lo inspiro a ti! -exclamó Isabel exhalando un profundo suspiro.

            -Tampoco ahora eres sincera. Tú te interesas enor­memente en ti misma. -Y añadió, animándose-: ¿Sa­bes que, si verdaderamente le has dado a Warburton una respuesta definitiva, estoy por alegrarme de que haya si­do la que ha sido? Esto no significa que me alegre por ti, y mucho menos por él, sino por mí mismo.

            -¿Es que te propones hacerme una declaración?

            -De ningún modo. Desde el punto de vista que es­toy hablando, sería fatal para mí. Sería matar la gallina que me proporciona los huevos para mis incomparables tortillas, y ése es un animal que yo utilizo como símbo­lo de mis locas ilusiones. Quiero dar a entender que de­bo disfrutar de la emoción de observar qué se le ocurre hacer a una muchacha que desdeña casarse con lord Warburton.

            -Eso es lo que espera también tu madre.

            -¡Ah! ¡No te quepa la menor duda de que habrá in­numerables espectadores! Todos estaremos pendientes del desarrollo de tu carrera. Seguramente yo no podré observarla toda, pero sí tal vez sus años más interesan­tes. Desde luego, casándote con nuestro amigo también harías carrera..., muy decente y brillante, por cierto, aun­que un tanto prosaica, establecida de antemano, caren­te por completo de improvisación y de elementos ines­perados. Ya sabes cómo me gusta a mí lo inesperado, y ahora que tú te has lanzado a la empresa, confío en que nos des un ejemplo formidable de ello.

            -Creo que no te comprendo del todo, pero sí lo su­ficiente para decir que, si esperas de mí ejemplos sor­prendentes, me temo que te decepcionaré.

            -Eso sólo sucederá si te decepcionas a ti misma..., ¡y te resultará muy difícil!

            Isabel no contestó directamente, pues había en ello no poco de verdad que merecía la reflexión más profun­da. Por fin dijo malhumorada:

            -No veo qué puede haber de malo en no querer atarme. No quiero empezar la vida casándome. Hay otras mil cosas que una mujer puede hacer.

            -Ninguna tan bien como ésa. Pero tú tienes múl­tiples facetas.

            -Con tener dos, ya basta -repuso Isabel.

            -Tú tienes más; eres el más delicioso de los polie­dros -exclamó su compañero, que se puso serio al ver que ella le miraba fijamente. Para probar su seriedad se le ocurrió añadir-: Quieres ver la vida... ¡y que te ahor­quen si no lo consigues!, como dicen los muchachos.

            -No creo que desee verla como los jóvenes la quie­ren ver. Pero sí echar un vistazo a mi alrededor.

            -Ya comprendo, quieres apurar la copa de la expe­riencia.

            -Nada de eso; no entra en mis cálculos apurar la copa de la experiencia, que es una bebida envenenada. Lo que deseo es ver con mis propios ojos.

            -Naturalmente, lo que tú quieres es ver, no sentir -observó Ralph.

            -No comprendo cómo, siendo una criatura sensi­ble, se pueda hacer tal distinción. Pienso, en gran parte, como Henrietta. El otro día, cuando le pregunté si de­seaba casarse, me contestó: Pues bueno; lo mismo digo yo; no quiero casarme hasta que haya visto Europa.

            -Indudablemente, esperas encontrar alguna testa coronada que se dé de bruces contigo y quede a mer­ced tuya.

            -Eso sería peor que casarme con lord Warburton. -Hizo una breve pausa y añadió-: Está oscureciendo y tengo que ir a casa.

            Isabel se levantó, pero Ralph se quedó sentado mi­rándola. Como él no se moviera, Isabel se detuvo, le miró, y entre los dos se cruzaron unas miradas llenas, es­pecialmente la de Ralph, de declaraciones demasiado va­gas para expresarlas con palabras.

            -Ya has contestado a mi pregunta -dijo por fin Ralph-. Ya me has dicho lo que quería saber. Te lo agra­dezco en el alma.

            -Me parece que te he dicho bien pocas cosas.

            -Me has dicho la más grande de todas: que te inte­resa el mundo y que quieres lanzarte de lleno a él.

            Los ojos de ella fulgieron un instante en la oscuridad.

            -Nunca he dicho semejante cosa -declaró.

            -Me pareció que querías decir eso. No te arre­pientas. ¡Es tan hermoso!

            -No sé qué idea estás tratando de forjarte de mí, porque, a fin de cuentas, no tengo un espíritu aventure­ro. Las mujeres no somos como los hombres.

            Ralph acabó por levantarse y fueron andando lenta­mente hacia la salida de la plaza.

            -No -dijo-, las mujeres no suelen alardear de su valor; en cambio, los hombres lo hacen con harta frecuencia.

            -Los hombres pueden presumir de él.

            -También las mujeres. Tú, por ejemplo, enorme­mente.

            -Ahora no tengo más que el suficiente para irme en un coche de alquiler al hotel Pratt.

            Ralph abrió la cancela y, una vez que hubieron sali­do, volvió a cerrarla y dijo:

            -Bueno, vamos a buscar ese coche.

            Y, al dar la vuelta a la esquina de la calle próxima, donde esperaban encontrar uno, volvió a preguntar si le permitía verla tranquilamente en su hotel.

            -De ninguna manera -contestó Isabel-. Estás muy cansado; debes irte a casa y meterte en la cama.

            Encontraron el coche, la ayudó él a subir y, al cerrar la portezuela, dijo:

            -Cuando la gente se olvida de que soy un desgra­ciado, me siento muy molesto; pero aún es peor cuando se acuerda.

 

 

 

 

 

16

 

 

            No es que ella tuviera motivos ocultos para no que­rer que la acompañase al hotel. Era sencillamente que du­rante aquellos días había estado robándole sin orden ni concierto una enorme cantidad de tiempo a su compañe­ro, y su espíritu independiente de muchacha americana, a quien la excesiva ayuda acaba por hacerla considerarse «afectada», la había impulsado a decidirse a permanecer en casa y encerrarse en sí misma durante unas cuantas ho­ras. Gustaba, además, de saborear de vez en cuando gran­des ratos de soledad, y desde su llegada a Inglaterra no ha­bía tenido ocasión de proporcionárselos. Ese era un regalo que podía permitirse en su patria cada vez que le venía en gana y que a sabiendas había ido abandonando. No obs­tante, aquella noche ocurrió un incidente que, de haber habido algún crítico que tomase nota de él, habría desva­necido por completo la teoría de que su deseo de quedar­se sola era lo que la había impulsado a deshacerse de su primo. A eso de las nueve de la noche, sentada en medio de la sombría iluminación del hotel Pratt y tratando de enfrascarse, a la luz de dos velas, en la lectura de un li­bro que había llevado consigo desde Gardencourt, le ocu­rrió que le parecía estar leyendo unas palabras distintas de las impresas en la página que ante los ojos tenía..., pa­labras que Ralph le había dicho aquella tarde. De pronto, unos quedos golpes sonaron en su puerta, la cual se abrió

apareciendo en ella la figura de un sirviente que, a modo I de glorioso trofeo, presentaba una tarjeta de visita. Cuan­do aquel pedazo de blanca cartulina presentó a los ojos de Isabel el nombre de Gaspar Goodwood, ella le dejó clava­do allí de pie durante un rato sin comunicarle sus deseos.

            El criado, poniendo en su voz cierto acento de insi­nuación afirmativa, preguntó:

            -Señora, ¿puedo hacer pasar al caballero?

            Isabel siguió en su incertidumbre y, mientras duda­ba, se miró al espejo.

            -Puede hacerle pasar -dijo al fin y se dispuso a es­perarle, abstraída no tanto en alisar sus cabellos como en acerarse el ánimo.

            Al cabo de un momento, Gaspar Goodwood estaba en la habitación estrechándole la mano, pero no pro­nunció ni una palabra hasta que el criado hubo salido.

            -¿Por qué no contestó usted a mi carta? -inquirió

de pronto en un tono breve, cortante, rotundo, un tan­to perentorio.,., el tono de un hombre cuyas preguntas tenían habitualmente determinada intención y que era capaz de una gran insistencia.

            A lo que ella contestó con otra pregunta no menos

rápida:

            -¿Cómo se ha enterado usted de que yo estaba aquí?

            -Por la señorita Stackpole -respondió él-. Ella me ha dicho que usted estaría probablemente sola aquí esta noche y que le gustaría verme.

            -¿Dónde le ha visto ella para decirle tal cosa?

            -No me ha visto, me ha escrito diciéndomelo.

            Isabel se quedó silenciosa. Ninguno de los dos se ha­bía sentado. Estaban allí el uno frente a la otra como en actitud de desafío o, cuando menos, de expectativa.

            -Henrietta no me dijo que pensara escribirle -di­jo por fin ella-. Ése no es su procedimiento.

            -¿Tan desagradable le resulta verme? -preguntó

entonces el joven.

            -No esperaba tal cosa. Y no me gusta esta clase de sorpresas.

            -Pero usted sabía que yo estaba aquí. Era natural

que acabáramos por encontrarnos.

            -¿A eso le llama usted encontramos? Yo esperaba no encontrarle..., cosa que en una ciudad tan enorme co­mo Londres se me antoja bien fácil.

            -Por lo visto, hasta le repugnaba escribirme -pro­siguió él.

            Isabel no contestó. La idea de la traición de Henrietta Stackpole, como ella calificaba su intromisión, la atormentaba hondamente. Por fin pudo comentar, aun­que con amargura:

            -Al parecer, Henrietta no es en todo un modelo de delicadeza. Era una libertad demasiado grande para po­der tomársela.

            -Me imagino que tampoco yo soy un modelo... de semejantes virtudes ni de ninguna otra. La culpa es tan­to mía como suya.

            Le miró Isabel y le pareció que su mandíbula era en­tonces más cuadrada que nunca. Tal sensación pudo ha­berla desagradado, pero actuó en otro sentido.

            -La culpa no es tanto suya como de ella. Me ima­gino que lo que ha hecho era inevitable... para usted.

            Caspar Goodwood soltó una pequeña carcajada de satisfacción y replicó:

            -Naturalmente que lo era... Y, ahora que ya estoy aquí, ¿puedo quedarme?

            -¿Cómo no? Siéntese.

            Ella volvió a su sillón mientras su visitante se senta­ba sin cumplidos en la primera silla que encontró a ma­no, al modo de los hombres acostumbrados a no conceder la menor importancia a tal clase de convenciones. Luego creyó oportuno decir:

            -He estado esperando días y días que contestase a mi carta. Podía, cuando menos, haberme escrito unas líneas.

            -No era la molestia de escribirle lo que me lo im­pedía, pues lo mismo podía haberle escrito cuatro pági­nas que una. Mi silencio era intencionado. Me pareció lo más indicado.

            Tenía él clavados los ojos en ella, mientras hablaba. Luego los fue bajando hasta fijarlos en una mancha de la alfombra, como si estuviese realizando un enorme es­fuerzo para no decir más de lo debido. Era terco en el error y lo bastante avisado para comprender que una de­mostración innecesaria de su fuerza sólo conseguiría po­ner de relieve la falsedad de su situación. Por su parte, Isabel tenía capacidad más que sobrada para sacar parti­do, en tal situación, de una persona en las condiciones de su pretendiente y, aunque no sintiera la comezón de hacerlo patente a los ojos del otro, podía cuando menos darse el gusto de decirle con aire triunfal:

            -Usted sabe perfectamente que no debía haberme escrito.

            Alzó Gaspar Goodwood los ojos de la mancha de la al­fombra, miró a Isabel y su mirada pareció fulgir intensa­mente como a través de la visera de un casco de armadu­ra. Poseía un exacto sentido de la justicia y estaba dispuesto a discutir en el momento y en el día que fuere la cuestión de sus derechos acerca del asunto que allí le traía.

            -Reconozco que usted me dijo que esperaba no vol­ver a saber nunca más de mí, es cierto -confesó-. Sin embargo, yo no acepté jamás semejante decisión como una regla inflexible relativa a mí persona, y le advertí que tendría noticias mías muy pronto.

            -Yo no dije que no quería volver a saber nunca más de usted -rectificó ella.

            -Bueno, dijo durante cinco, diez o veinte años. ¿Aca­so no es lo mismo?

            -¿Usted cree? Pues, para mí, hay una enorme dife­rencia. Me parece que, al cabo de diez años, podríamos sostener una agradable correspondencia. Para entonces yo podría haber mejorado mucho mi estilo epistolar.

            Miró a lo lejos mientras decía estas palabras, sabe­dora de que su expresión no mostraba tanta seriedad co­mo el semblante de su interlocutor. Por fin posó en él los ojos, en el momento en que él formulaba una pre­gunta totalmente fuera de lugar:

            -¿Lo pasa usted bien en casa de su tío?

            -Admirablemente, por supuesto. -Y tras una bre­ve pausa, prorrumpió-: ¿Qué espera usted con su in­sistencia?

            -Espero, por lo pronto, no perderla.

            -No tiene derecho a aspirar a no perder lo que no le pertenece. Y, aun creyendo lo contrario -añadió-, debe tener el tacto de saber cuándo hay que dejar a al­guien en paz.

            -Veo que la desagrado enormemente -dijo Gas­par Goodwood tristemente, aunque no con la intención de inspirar compasión por un hombre perfectamente consciente de tan descorazonadora realidad, sino para colocarla bien enfrente de él a fin de poder mirarla ca­ra a cara y obrar en consecuencia.

            -En efecto, no me complace usted en esta ocasión. Ahora no está en absoluto en condiciones de serme gra­to, y lo peor es que resulta completamente inútil poner­lo a prueba en las presentes circunstancias.

            No podía ciertamente decirse que el organismo de su interlocutor presentase aquel estado de calma del que se siente como si le hubieran extraído sangre con una aguja; pero lo innegable era que, desde el momento en que le co­noció, y en cuantas ocasiones tuvo incluso que defender­se contra aquel aire suyo de aparentar saber mejor que ella lo que le convenía, Isabel se dio cuenta de que la mejor ar­ma contra él era la franqueza. Tratar de no herir su sus­ceptibilidad o escaparse de su cerco, como podría haber­lo hecho del de un hombre que hubiese interceptado su camino menos porfiadamente, era cosa que, tratándose de Gaspar Goodwood, hombre que se aferraba tenazmente a cuanto se le ofrecía, resultaba una picardía completa­mente *inútil. No es que careciese de susceptibilidad, ni mucho menos, sino que el campo de su actividad y el de su pasividad eran espaciosos, y podía tenerse la seguridad

de que, en la medida de lo necesario, sería perfectamente

capaz de curarse él solo sus heridas. Así, ella experimentó

su antigua sensación, al pensar en sus posibles penas y do­lores, de que era un hombre de acero, forjado de una pie­za, y todo él esencialmente armado para la agresión.

            -No puedo acostumbrarme a esa idea -se limitó a decir él.

            Había en ello una peligrosa convicción, e Isabel ad­virtió que él quería dejar sentado el hecho de que no le había desagradado siempre.

            -Tampoco yo puedo acostumbrarme, y no es cier­tamente así como debemos llevarnos. Si usted logra ale­jarme de su pensamiento durante unos cuantos meses, puede que, al cabo de ellos, volvamos a estar en buenos términos.

            -Comprendo. Si consigo realmente dejar de pen­sar en usted durante unos meses, me daré cuenta de que puedo continuar así indefinidamente.

            -Indefinidamente es más de lo que yo pido, incluso más de lo que yo quisiera.

            -Usted sabe muy bien que lo que pide es imposi­ble -dijo el joven Gaspar, dando a este adjetivo un va­lor de cosa irrefutable que no pudo por menos de exas­perarla.

            -¿Le es a usted completamente imposible realizar ningún esfuerzo calculado? Ya que tan fuerte es para tantas otras cosas, ¿por qué no lo ha de ser también pa­ra ésta?

            -Un esfuerzo calculado, ¿para qué? -E inmediata­mente, como si ella hubiese errado el tiro, añadió-: De nada soy capaz respecto a usted, salvo de estar endemo­niadamente enamorado. Y cuanto más fuerte es uno, con más fuerza quiere.

            -Eso es mucho por sí solo... -Y, en efecto, la jo­ven no pudo dejar de percibir la verdadera fuerza que en ello había..., la percibió como arrojada al azar en medio de la grandeza de la verdad y la poesía y como una espe­cie de cebo para su imaginación. Pero no tardó en recu­perar el control de sí misma y replicó-: Piense en mí o no piense, como le sea posible. Lo que deseo es que me deje en paz.

            -¿Por cuánto tiempo?

            -Por uno o dos años.

            -¿Cómo dice usted? Entre uno y dos años hay una diferencia formidable.

            -Entonces, pongamos dos -contestó Isabel, afec­tando una estudiada vehemencia.

            -¿Y qué ganaré yo con ello? -preguntó su amigo, que no daba señales de intentar retroceder.

            -Suscitar mi gran agradecimiento.

            -¿Cuál sería entonces mi recompensa?

            -Ah, ¿es que usted necesita forzosamente una re­compensa por un acto de generosidad?

            -Cuando ese acto entraña un gran sacrificio, sí.

            -No hay generosidad sin algo de sacrificio. Hay muchas cosas que los hombres no comprenden. Si usted realiza ese sacrificio, contará con toda mi admiración.

            -Su admiración me importa un bledo, sin algo a cambio de ella. La cuestión es ésta y no otra: ¿cuándo se casará usted conmigo?

            -Si sigue haciéndome sentir como ahora, jamás.

            -¿Y qué ganaré si no trato de hacer que se sienta de otro modo?

            -Lo mismo que ganaría matándome a fuerza de aburrimiento.

            Caspar Goodwood bajó nuevamente la vista y con­templó un momento el forro de su sombrero. De pron­to, su rostro se cubrió de un intenso rubor y ella se per­cató de que su dureza había llegado a herirle, lo que inmediatamente cobró a sus ojos el valor de algo clá­sico, tal vez romántico, redentor, ¿qué sabía ella qué? Para ella, lo del «dolor del hombre fuerte» era una de las categorías de la impetración humana, por poco que fuese el encanto que él pudiera aportar al caso presen­te. De suerte que Isabel no pudo evitar decir con voz temblorosa:

            -¿Por qué me obliga a decirle ciertas cosas cuando yo me proponía ser amable, verdaderamente buena con usted? Le aseguro que para mí no tiene nada de agrada­ble ver que hay personas interesadas en mí y tener que razonar para convencerles de que me dejen en paz. Yo creo que los demás deben ser también considerados; ca­da uno debe juzgar por sí mismo. Ya sé que usted es todo lo considerado que le es posible y que tiene razones de peso para hacer lo que hace. Pero, por encima de todo, yo no quiero casarme por ahora, ni oír hablar de ello. Es muy probable que no llegue a casarme nunca... no, ja­más. Tengo perfecto derecho a pensar así y no está bien acosar de tal manera a una mujer, acuciarla contra su vo­luntad. Si le causo a usted dolor, lo único que puedo de­cirle es que lo siento sinceramente. No es culpa mía, y no puedo casarme con usted simplemente por darle gus­to. No quiero decir que seguiré siendo siempre amiga suya, porque, cuando las mujeres lo dicen en ocasiones como ésta, se me antoja que eso tiene un aire de burla. Pero trate de comprobarlo algún día.

            Durante toda esta larga parrafada, Gaspar Goodwood había permanecido con los ojos fijos en el nombre del fabricante de su sombrero y no los levantó hasta un buen rato después de que ella dejara de hablar. Al levantarlos vio el rostro de Isabel cubierto de una sonrosada y ama­ble ansiedad, lo que le sumió en un mar de confusiones respecto a la interpretación que debía dar a sus palabras. Por último atinó a decir:

            -Volveré a nuestro país..., me iré mañana mismo..., la dejaré en paz. -Y añadió tristemente-; La verdad, detesto la idea de tener que perderla de vista.

            -No tema. No le hará daño.

            -Tan seguro como que estoy sentado aquí -declaró Caspar Goodwood-, que usted se va a casar con otro.

            -¿.Cree que eso es una carga deseable?

            -¿Por qué no ha de serlo? Habrá infinidad de hom­bres que tratarán de conseguirla.

            -Hace un momento le he dicho que no quiero ca­sarme, y estoy casi segura de que nunca me casaré.

            -Ya lo he oído y me ha gustado muchísimo su «casi segura», porque no tengo fe en lo que acaba de decir.

            -Muchas gracias por su amabilidad. ¿Me acusa us­ted de estar mintiendo con el propósito de zafarme? Ver­daderamente dice usted cosas de una gran delicadeza.

            -¿Y por qué no habría de decirlo? Usted no me ha prometido nada.

            -¡Vamos, hasta ahí podíamos llegar!

            -Puede que usted llegue incluso a creer que está a  salvo de... querer hacerlo. Pero sepa que no lo está -declaró el joven como si tratara de prepararse para lo peor.

            -Bien, pongamos que no estoy segura; tómelo como le plazca.

            -De todos modos -replicó Caspar Goodwood-, no sé ya si, aun no perdiéndola de vista, podría evitarlo.

            -¿De veras? En fin de cuentas, lo cierto es que me da usted mucho miedo. -Y, cambiando de tono, pre­guntó bruscamente-: ¿Cree que es tan fácil agradarme?

            -No, nada de eso; no lo creo, y por eso trataré de consolarme. Pero no olvide que hay muchos hombres extraordinariamente brillantes en el mundo, y con que hubiera sólo uno bastaría. El más deslumbrador de to­dos tratará de ir derecho a apoderarse de usted. Y es in­discutible que usted no aceptará uno que no lo sea.

            -Si por deslumbrador entiende usted que sea de in­teligencia brillante..., pues no puedo creer que quiera us­ted significar otra cosa..., le diré que no necesito que nin­gún hombre inteligente me enseñe a vivir. Puedo aprender yo por mí misma.

            -¿Aprender a vivir sola? Yo quisiera que, cuando aprendiese, se dignara a enseñarme.

            Isabel le miró un instante y, luego, con una pronta sonrisa, dijo:

            -¡Oh, usted sí que debería casarse!

            No se le debe culpar porque, durante un momento, semejante exclamación de su amiga resonara en sus oí­dos como un trompetazo infernal, y no consta tampoco en ningún sitio que estuviera muy claro el motivo para clavarle semejante dardo. Pero él acabó por compren­der, en su propio beneficio, que no debía continuar per­siguiéndola como si estuviese depauperado y hambrien­to. Así pues, se rehizo, murmuró entre dientes un «Dios la ampare» y se apartó unos pasos.

            El acento de Isabel le había hecho interpretar mal sus palabras y, al cabo de un momento, comprendió ella que necesitaba rectificar. Su instinto le dijo que la mejor manera de conseguirlo era ponerle en su sitio.

            -Usted es sumamente injusto conmigo..., dice lo que no sabe... Yo no seré nunca una víctima tan fácil..., me parece que ya lo tengo probado.

            -Conmigo, desde luego, no hay duda. Perfecta­mente probado.

            -También se lo he probado a otros. -Tras una pau­sa, declaró-: La semana pasada rechacé una oferta de matrimonio... de esas que sin duda alguna pueden lla­marse... deslumbradoras.

            -Me alegro mucho de saberlo -repuso él muy serio.

            -Era una oferta que la mayoría de las muchachas se habría apresurado a aceptar, porque todo parecía reco­mendarla. -A decir verdad, Isabel no se había propues­to sacar este hecho a colación, pero, una vez empezado, se apoderó de ella la satisfacción de hablar del asunto y de justificarse a sus propios ojos-. Una persona que me gusta extraordinariamente me ofreció una alta posición social y una gran fortuna.

            Caspar la miró con enorme interés y preguntó:

            -¿Un inglés?

            -Un aristócrata inglés.

            Su visitante quedó un instante en silencio ante tal re­velación.

            -Me alegro de que se haya llevado un desengaño -dijo por fin.

            -Entonces, ya que tiene compañero de infortunio, confórmese lo mejor que pueda.

            -No puedo llamarle compañero de infortunio -res­pondió Gaspar frunciendo el entrecejo.

            -¿Por qué no, si rechacé indeclinablemente su ofre­cimiento?

            -Eso no basta para convertirlo en mi compañero. Además, es inglés.

            -Por favor, ¿acaso los ingleses no son también seres humanos?

            -¿Quién, esa gente? No pertenecen a mi humani­dad y no me importa lo que pueda ocurrirles.

            -Está usted demasiado enojado -declaró la mu­chacha-. Ya hemos discutido sobradamente este asunto.

            -De que estoy enojadísimo no hay la menor duda. Confieso mi culpa.

            Se apartó ella de su visitante, se acercó a la ventana abierta y estuvo allí de pie un momento contemplando la tenebrosa oquedad de la calle, en la que una vacilante farola de gas representaba toda la animación social del triste lugar. Los dos permanecieron silenciosas unos ins­tantes. Gaspar se apoyó en el antepecho de la chimenea, los tristes ojos fijos en ella. Se hacía perfectamente car­go de que, con su actitud, Isabel le estaba pidiendo que se marchase, pero, a riesgo de llegar a hacerse odioso, permaneció allí, como clavado al suelo. La joven era, en realidad, una aspiración demasiado acariciada como pa­ra renunciar a ella sin más, y él había cruzado el océano con el solo fin de arrancarle aunque no fuera más que una leve señal de compromiso. Se apartó ella de la ven­tana, volvió frente a él y dijo:

            -Veo que me hace usted muy poca justicia..., des­pués de haberle dicho lo que ha oído. Ya que, por lo vis­to, le importa tan poco, siento habérselo dicho.

            -¡Ah! ¡Si por lo menos, al -decirlo, hubiera pensado usted en mil -exclamó el joven. Pero se detuvo en el acto, como temeroso de que ella pudiera negar una sospecha que tan feliz le hacía.

            Isabel dijo sencillamente:

            -Y pensé un poco en usted.

            -¿Un poco? Confieso que no lo comprendo. Si el sa­ber lo que yo siento por usted no pesa más que para hacer­la pensar un poco, es gran cosa para tenerla en cuenta.

            Isabel meneó un tanto violentamente la cabeza, como

quien trata de desechar una mala idea.

            -Ya le he dicho que he rechazado a un caballero

aristócrata y de lo más grato que pueda haber. Confór­mese con eso.

            -Mil gracias, entonces -replicó Gaspar Good­wood-. Se lo agradezco de veras.

            -Y ahora, más vale que se marche.

            Él se atrevió a preguntar:

            -¿Podré volver a verla?

            -Es mejor que no. Seguramente volvería usted a hablar de esto, y ya ve que no conduce a nada.

            -Le juro que no diré una sola palabra que pueda molestarla.

            Isabel reflexionó un instante y dijo:

            -Dentro de uno o dos días volveré a casa de mi tío y no puedo proponerle que vaya a verme allí; estaría por demás injustificado. Gaspar Goodwood replicó entonces:

            -Usted debe también ser justa conmigo. Hace más

de una semana que recibí una invitación de su tío y de­cliné el aceptarla.

            Isabel expresó su sorpresa:

            -¿De quién era la invitación?

            -De Ralph Touchett, que supongo será su primo.

Decliné el aceptarla porque no tenía la autorización de usted para ello. Parece ser que fue la señorita Stackpole quien le sugirió la idea al señor Touchett.

            -Desde luego no fui yo quien se lo sugirió. La ver­dad es que Henrietta ha ido demasiado lejos.

            -No sea tan dura con ella..., esto es cosa mía.

            -Si declinó la invitación, hizo perfectamente y se lo agradezco infinito.

            Y por su cuerpo corrió un breve escalofrío, como si temiera que lord Warburton y el señor Goodwood se hu­biesen encontrado en Gardencourt, lo que habría resul­tado verdaderamente embarazoso para lord Warburton.

            -Cuando deje a su tío, ¿a dónde piensa ir?

            -Con mi tía, al extranjero. A Florencia y a algunos otros sitios.

            La tranquilidad con que ella lo dijo hizo que al jo­ven se le encogiera el corazón, pues le pareció que la arrastraban a una órbita de la que él quedaba despiada­damente alejado. Sin embargo, halló fuerzas para seguir preguntando:

            -¿Cuándo piensa volver a América?

            -Tal vez tarde mucho tiempo. Me siento muy feliz aquí.

            -Supongo que no pensará abandonar su país.

            -¡No sea criatura!

            -Bueno, lo cierto es que la perderé de vista.

            Ella respondió con aires de grandeza:

            -Tal vez no. A pesar de lo inmenso que es el mun­do, tal como se están acercando todos estos lugares pa­rece cada día más pequeño.

            -Ésa es una visión demasiado grande para mí --ex­clamó Gaspar Goodwood con una sencillez que ella habría podido considerar verdaderamente conmovedora si no hubiese estado dispuesta a no hacer concesión de ningu­na clase.

            Su actitud formaba parte de un sistema, parecía obe­decer a una teoría que Isabel se había forjado última­mente. Y, para ser fiel a ella, se vio obligada a decir tras una breve pausa:

            -No me considere dura si le digo que lo que me agra­da es precisamente..., estar lejos de su vista. Si usted estu­viese en el mismo lugar que yo, no dejaría de vigilarme y eso no me gusta absolutamente nada. Amo demasiado mi libertad. Si algo hay en el mundo de lo que estoy verda­deramente enamorada es de mi independencia personal -concluyó con un pequeño ademán de grandeza.

            Cuanto de verdaderamente superior pudiera haber en las anteriores frases elocuentes de Isabel suscitó la ad­miración de Gaspar, y nada había en su magnificencia ante lo cual debiera él retroceder. Jamás se le había ocu­rrido pensar que ella hubiese de carecer de alas y que no necesitaba una absoluta libertad de movimientos; y, al contemplarse a sí mismo en posesión de aquellos largos ' brazos y piernas poderosas, no tenía por qué recelar de que residiese también en ella una fuerza verdadera. De suerte que, si Isabel había abrigado la intención de mo­lestarle o herirle con sus palabras, erró por completo el blanco, pues sólo consiguió hacerle sonreír con la segu­ridad de que estaban de completo acuerdo en la cuestión.

            -¿Hay acaso alguien que quiera menos que yo coar­tar su libertad? ¿Qué podría darme a mí mayor satisfacción que verla a usted completamente independiente... y ha­ciendo lo que le agradase? Precisamente para hacerla in­dependiente es para lo que quiero casarme con usted.

            -Hermoso sofisma -arguyó ella con una delicio­sa sonrisa.

            -Una mujer soltera..., una muchacha de su edad... no es independiente -replicó Gaspar-, hay muchas cosas que no puede hacer, todo son obstáculos en su camino.

            -Eso será según se considere la cuestión -dijo Isa­bel con gran agudeza-. Yo no estoy ya en mi primera juventud..., puedo hacer lo que me parezca..., de modo que pertenezco por completo a la categoría de personas independientes. No tengo padre ni madre, soy pobre y juiciosa y no soy bonita. Por lo tanto, no tengo por qué ser ni tímida ni convencional, aparte de que no puedo permitirme semejantes lujos. Por otra parte, hago lo po­sible por juzgar las cosas con arreglo a mi propio crite­rio, y sostengo que es mucho más honroso equivocarse al juzgarlas que no juzgarlas en absoluto. No quiero ser una oveja más del rebaño; quiero escoger mi propio des­tino y conocer de las cosas humanas más allá de lo que algunos consideran compatible con la corrección poder decirme. -Se detuvo un instante, sí bien no lo bastante para darle a él tiempo de replicar. Ya estaba a punto de hacerlo cuando prosiguió-: Permítame decirle una co­sa, señor Goodwood: es usted muy bueno al manifestar su temor de que llegue a casarme. Si alguna vez oye ru­mores de que voy a hacerlo..., cosa a que estamos natural­mente expuestos..., acuérdese de cuanto acabo de decirle de mi amor a la libertad y opte por ponerlo en duda.

            Indudablemente había algo apasionadamente since­ro en el tono con que Isabel dio ese consejo, y el candor que en sus ojos brillaba le convenció al mismo tiempo de que debía creer cuanto estaba diciendo. Bien pensa­do, podía tranquilizarse, y así pareció mostrarlo con la ansiedad que puso en sus palabras al preguntar:

            -Entonces, ¿lo que usted quiere es simplemente via­jar un par de años? Yo no tengo inconveniente en esperar esos dos años y, mientras tanto, usted podrá hacer lo que quiera, Si eso es todo lo que necesita, dígalo, por favor. No quiero que sea insincera conmigo, ¿se lo parezco yo acaso? ¿Desea usted cultivar aún más su inteligencia, per­feccionar su espíritu? Los dos son, tal cual, sobradamen­te buenos para mí, pero si a usted le interesa vagar un po­co por el mundo y ver países distintos, será para mí un pla­cer ayudarla del modo que esté en, mi mano.

            -Es usted muy generoso, no es una novedad para mí; pero la mejor manera que tiene de ayudarme es po­ner entre los dos la mayor cantidad posible de millas marinas.

            -Cualquiera diría que va usted a cometer una atro­cidad -dijo Caspar Goodwood.

            -Quién sabe. Y quiero ser libre incluso para poder hacerlo, si me da la ventolera.

            -Está bien -replicó Caspar pausadamente-. En­tonces regresaré a nuestro país.

            Y le tendió la mano tratando de parecer contento y confiado.

            La confianza que Isabel tenía en él era, desde luego, muy superior a la de él respecto a ella, lo cual no quiere decir que la creyese capaz de cometer una atrocidad; pe­ro, pensándolo a su modo, como él debía hacer, no po­día por menos de sentir que había algo de fatal en la ma­nera en que ella quería reservarse el derecho a toda opción ante la vida. Sintió la muchacha, al darle la mano, un gran respeto por él, porque pensó en su verdadera magnani­midad y en la gran preocupación que por ella sentía. Per­manecieron así durante un momento, mirándose mu­tuamente y unidos por aquel apretón de manos que dejó de ser puramente pasivo por parte de ella. Por fin Isabel atinó a decir con amabilidad, casi con ternura:

            -Está bien. Con ser razonable no tendrá nada que perder.

            -Pero volveré dentro de dos años, esté usted don­de esté -replicó él con su característica impetuosidad.

            Ya se ha visto la inconsecuencia del carácter de la jo­ven. Por lo cual no es de extrañar que, al oír aquello, cam­biara inmediatamente del todo para decir:

            -¡Ah! Pero no olvide que no prometo nada..., ab­solutamente nada. -Y, a renglón seguido, como tratan-         f do de ayudarle a que la dejase sola, añadió con mayor dulzura-: Y acuérdese también de que no seré una víc­tima fácil.

            -Acabará usted por cansarse de su independencia.

            -No digo que no; incluso es bastante probable. El día que eso ocurra, me alegraré mucho de volver a verle.

            Puso ella la mano en el tirador de la puerta que con­ducía a su habitación y esperó un instante a que él se dis­pusiera a marcharse. Pero el joven Goodwood parecía incapaz de moverse, mostrando en toda su actitud una inmensa desgana de abandonarla y en sus ojos un triste reproche. Al fin, Isabel hubo de decir:

            -Tengo que dejarle ya. -Acto seguido, abrí la puerta y entró en la habitación contigua.

            La habitación estaba a oscuras, si bien atenuada su oscuridad por la vaga luz que provenía del patio del ho­tel, de suerte que Isabel podía distinguir las siluetas de los muebles, el oscuro brillo del espejo y la masa del le­cho con cuatro columnas macizas. Se quedó allí un mo­mento inmóvil, escuchando, hasta que oyó los pasos de Gaspar Goodwood saliendo del saloncito y el ruido de la puerta al cerrarse. Todavía permaneció un instante en aquella actitud y, luego, sin poder dominarse más, cayó desplomada de rodillas ante la cama y hundió en ella la cabeza escondida entre sus manos.       

 

 

17

 

 

            No estaba Isabel rezando, sino temblando, temblando de pies a cabeza. La vibración era en ella un fenómeno que se daba con frecuencia y facilidad, y en esos mo­mentos se sentía susurrar con sonido quedo como arpa recién pulsada. Parecía pedir únicamente que la cubrie­ran con la funda, que la tapasen con el oscuro dril. Hizo cuanto pudo por resistir a su actual excitación y aquella genuflexa actitud que adoptó hubo de tranquilizarla un poco. Se alegró infinito de que Gaspar Goodwood se hu­biese marchado. En la forma en que, por fin, había lo­grado deshacerse de él había algo parecido al pago de una antigua deuda que le había sido posible cancelar y ponerle el sello de «pagado».

            Al sentirse liberada de aquel peso, inclinó un poco más la cabeza y se dio cuenta de que la sensación estaba más abajo, latiendo con fuerza en su corazón; formaba parte de su emoción, pero se le antojó algo de lo que de­biera sentirse avergonzada..., algo profano y completa­mente fuera de lugar.

            Permaneció diez minutos más arrodillada y, aun des­pués de haber vuelto al saloncito, seguía con un leve tem­blor que obedecía a dos causas: una, la prolongada dis­cusión que había sostenido con Gaspar Goodwood, si bien era de temer que la otra no fuese más que la satis­facción por ella sentida en el ejercicio de su poder. Se sentó de nuevo en el sillón de antes y tomó otra vez el libro, aunque sin hacer nada por abrirlo. Apoyó la cabe­za en el respaldo y prorrumpió en aquel murmullo sua­ve, casi imperceptible y aspirante que solía exhalar para responder a los accidentes que le sobrevenían y cuya par­te más brillante no era fácilmente apreciable; y acabó re­creándose en la inmensa satisfacción de decirse que había rechazado a dos pretendientes en un par de semanas. Ese acendrado amor a la libertad, de que tan patente muestra diera a Caspar Goodwood, era casi del todo puramente teórico, toda vez que aún no había podido ponerlo a prue­ba en mayor y más real escala. Pero le parecía que aca­baba de hacer algo, que había saboreado, si no el gusto de la batalla, sí seguramente el de la victoria, realizando por fin lo que más se avenía a su plan. A la luz tenue de su conciencia, aquella imagen del señor Goodwood ca­minando hacia su casa a través de la ciudad neblinosa se le presentaba con cierta fuerza acusadora. Así que cuan­do oyó que la puerta se abría, se levantó con miedo de que hubiese vuelto. Sin embargo, era Henrietta que re­gresaba de cenar con sus amigas.

            La señorita Stackpole se dio cuenta inmediatamente

de que algo le había ocurrido a la muchacha, descubri­miento que, por lo demás, no exigía una extraordinaria perspicacia. Y se fue derecha a su amiga, que la recibió sin ninguna demostración de contento. La satisfacción de Isabel por haber hecho regresar a América a Caspar Goodwood presuponía alegrarse en cierto modo de ha­berlo visto; pero, al mismo tiempo, recordó que Hen­rietta no tenía derecho alguno a tenderle una trampa. De suerte que, cuando la periodista inquirió ansiosamente si él había estado allí, Isabel se alejó de ella y estuvo un momento sin contestar. Luego declaró fríamente:

            -Has hecho muy mal.

            -Lo hice pensando en lo mejor. Ojalá tú hayas he­cho lo mismo.

            -Tú no eres juez en este caso. Ya no puedo confiar en ti.

            Semejante declaración no sonó precisamente agra­dable, pero Henrietta era demasiado desprendida para apropiarse del reproche que encerraba y únicamente se preocupó de lo concerniente al bien de su amiga.

            -Isabel Archer -declaró en tono duro y solemne-, si te casas con un individuo de éstos, no volveré a dirigirte la palabra en toda mi vida.

            -Antes de proferir semejante terrible amenaza -con­testó Isabel-, espera a que me lo pidan.

            Era el caso que, como no había dicho una sola pala­bra a la señorita Stackpole de la declaración de lord Warburton, no sentía el menor deseo de justificarse ahora comunicándole haber rechazado, al aristócrata.

            -Oh, ya verás. En cuanto vayas al continente, verás cómo te lo piden. A Annie Climber, la pobre y sencilla Annie, se lo pidieron tres veces sólo en Italia.

            -Pues si ella no se dejó pescar, ¿por qué habré de dejarme yo?

            -Porque no creo que a ella la acuciasen; pero estoy

segura de que a ti te van a perseguir de lo lindo.

            -Esa convicción me halaga -dijo Isabel tranquila­mente.

            -Yo no te halago ni tengo por qué, Isabel; me limi­to a decirte la verdad -exclamó su amiga-. Espero que no me digas que dejaste marchar al señor Goodwood sin darle ninguna esperanza.

            -No veo por qué he de decirte nada. Te repito que no me fío de ti. Pero ya que te interesas tanto por el se­ñor Goodwood, te comunico que vuelve de inmediato

a América.

Henrietta dijo casi gritando:

            -¡No irás a decirme que le has despedido!

            -Le pedí que me dejara en paz..., y lo mismo te pi­do a ti, Henrietta.

            La señorita Stackpole pareció quedarse un instante con la mirada apagada, se dirigió al espejo situado sobre la chimenea y, mirándose en él, se quitó el sombrero.

            -Celebraré que lo hayas pasado bien en la cena.

            Pero su compañera no estaba en aquel preciso ins­tante para bromas.

            -¿Te das cuenta de adonde vas a parar, Isabel Archer? -dijo.

            -Por lo pronto, a la cama -contestó la joven en el mismo tono frívolo.

            -¿Te das cuenta de a dónde te diriges? -insistió Henrietta sosteniendo con delicadeza su sombrero.

            -No tengo la menor idea y me parece encantador no saberlo. Un carruaje bien rápido, rodando a distan­cia en la noche oscura y tirado !por cuatro briosos caba­llos por caminos invisibles, ésa es mi idea de la felicidad.

            -Estoy segura de que el señor Goodwood no te ha en­señado a decir esas cosas..., como - si fueras la heroína de una novela inmoral -repuso la señorita Stackpole-. Esta carrera te llevará a caer en un gran error.

            Isabel estaba enojada por la, intromisión de su amiga, mas se daba cuenta de la verdad que tal declaración pudie­ra contener. Y no se le ocurrió nada que le impidiera decir:

            -Henrietta, debes de estar- muy encariñada conmigo cuando tan agresiva te muestras.

            -Cierto, te quiero enormemente, Isabel -respon­dió la señorita Stackpole con sinceridad.

            -Bueno, pues si me quieres enormemente, déjame enormemente en paz. Es lo que le pedí al señor Co­wntul y lo que tengo que pedirte también a ti.

            -Ten cuidado, no te dejemos demasiado sola.

            -Eso mismo me dijo el señor Goodwood. Y yo le contesté que debo correr el riesgo.

            -Eres una criatura idónea para correrlo, y me es­tremezco de sólo pensarlo -exclamó Henrietta-. ¿Cuándo vuelve a América el señor Goodwood?

            -No lo sé..., no me lo dijo.

            -Tal vez no se lo preguntaste -replicó Henrietta con la ironía de quien se siente cargado de razón.

            -Fui tan poco amable con él que no me consideré con derecho a hacerlo.

            Se le antojó a Henrietta que semejante afirmación suponía un desafío a cualquier comentario y exclamó:

            -Está bien, Isabel. La verdad, si no te conociese como te conozco, me inclinaría a creer que no tienes co­razón.

            -Mucho ojo, me estás haciendo daño -dijo Isabel.

            -Me temo que el daño ya está hecho -contestó Henrietta, y añadió-: Espero que, por lo menos, el se­ñor Goodwood pueda hacer el viaje de vuelta con Anita Climber.

            A la mañana siguiente Isabel se enteró de que su com­pañera no pensaba volver a Gardencourt (adonde el an­ciano señor Touchett se había ofrecido a recibirla de nue­vo con gran contento). Prefería esperar en Londres la invitación que el señor Bantling le había prometido que le enviaría su hermana, lady Pensil. La señorita Stackpole refirió sin remilgos la conversación que había teni­do con el simpático amigo del señor Touchett y confesó que creía estar segura de haberle echado al fin el guante a una cosa que seguramente la conduciría a algo. En cuan­to recibiera la carta de lady Pensil -documento cuya pronta llegada casi le había garantizado el amable señor Banding-, iría a Bedfordshire y, si Isabel tenía algún

interés en conocer sus impresiones, con toda seguridad las encontraría en el Interviewer. Sin duda alguna, esta vez Henrietta podría contar algo de la vida íntima del país.

            -Henrietta Stackpole, ¿te das cuenta de adonde vas a parar? -preguntó Isabel imitando el tono en que le había hablado su amiga la noche anterior.

            -Voy a parar a una gran situación: la de reina del periodismo norteamericano. Si mi próxima crónica no la reproducen en todo el país, me trago el limpiaplumas.

            Henrietta había acordado con su amiga Annie Climber, la de las tres propuestas continentales de matrimonio, salir juntas de compras, lo cual constituía la despedida de la señorita Climber de un continente donde había sido tan apreciada. Así pues, se dirigió a la calle Jermyn en busca de su compañera. Poco después de que ella se hu­bo marchado, anunciaron a Isabel la visita de Ralph Touchett y, nada más verlo, la joven comprendió que algo extraordinario le preocupaba. No tardó éste en hacerle sus confidencias y decirle que acababa de recibir un te­legrama de su madre comunicándole que su padre había sufrido un fuerte ataque, que ella estaba muy alarmada y le suplicaba que se apresurase a volver a Gardencourt. Esta vez, por lo menos, la afición de la señora Touchett al telégrafo no merecía censura alguna.

            -Me ha parecido aconsejable consultar primero al eminente doctor sir Matthew Hope. Por fortuna está en la ciudad. He de verle a las doce y media y trataré de con­seguir que vaya a Gardencourt, cosa que hará con gusto, pues ya ha visitado varias veces a mi padre tanto allí co­mo aquí, en Londres. A las dos cuarenta y cinco hay un tren expreso, que yo tomaré; tú puedes volver conmigo o, si lo prefieres, quedarte aquí unos cuantos días más.

            -Desde luego, me iré contigo -contestó Isabel-. No creo que pueda serle útil a mi tío en nada, pero, si se halla verdaderamente enfermo, quisiera estar a su lado.

            -Creo que le has tomado gran afecto y que le apre­cias de veras -dijo Ralph con un tímido placer plasma­do en el semblante-, cosa que no hace todo el mundo. Es un hombre de una cualidad exquisita.

            -Más que quererle, le adoro -dijo Isabel tras un instante.

            -Eso me parece admirable, porque, después de su hijo, él es tu mayor admirador.

            A Isabel le agradó infinito saber que era objeto de semejante admiración, pero exhaló un profundo suspiro de satisfacción al pensar que, por lo menos, tal admira­dor era de los que no pretenderían casarse con ella. Sin embargo, se abstuvo de decir tal cosa y, en cambio, co­municó a Ralph que tenía otras razones para no perma­necer en Londres. Ya estaba cansada de la gran ciudad, deseaba abandonarla de una vez y, además, Henrietta iba a marcharse una temporadita a Bedfordshire.

            -¿A Bedfordshire?

            -Sí. Con lady Pensil, la hermana del señor Bantling, quien le ha prometido que la hará invitar.

            Ralph estaba verdaderamente intranquilo, pero, al oír esto, soltó una sonora carcajada. Sin embargo, no tar­dó en ponerse serio otra vez.

            -Verdaderamente ese Bantling es un hombre de va­lor-dijo-. Pero ¿qué ocurriría si la invitación se per­diera en el camino?

            -Yo tenía entendido que el servicio de correos en Inglaterra es perfecto.

            -Sí, pero el buen Homero también echa un sueñe­

o de vez en cuando. En cualquier caso -añadió, más jovial-, el bueno de Bantling no se duerme nunca y, su­ceda lo que suceda, cuidará de Henrietta.

            Se marchó Ralph a ver al doctor sir Matthew Hope, según lo convenido, e Isabel se puso a hacer los pre­parativos para dejar el hotel Pratt. El peligro que su tío corría la había afectado sobremanera y las lágrimas comenzaron a fluir lentamente de sus ojos mientras permanecía ante el baúl abierto sin saber qué meter pri­mero en él. Por eso, cuando Ralph volvió a las dos para buscarla y llevarla a la estación, no estaba lista todavía. Al pasar, encontró a la señorita Stackpole en el salon­cito donde acababa de almorzar, la cual declaró sen­tirse muy afligida por el empeoramiento del padre de su amigo.

            -Se divertirá usted mucho en Bedfordshire.

            -Estaré demasiado afligida, por lo de su padre, para poder divertirme -replicó Henrietta con gran deli­cadeza. E inmediatamente añadió-: De todos modos me gustaría conmemorar sus últimos momentos.

            -Todavía puede mi padre vivir largos años -dijo Ralph con la mayor sencillez. Y, luego, poniéndose a ha­blar de cosas más alegres, le preguntó qué planes tenía para el futuro.

            Al ver a Ralph tan apenado se puso a hablarle con más condescendencia y dijo que le estaba muy agradeci­da por haberle presentado al señor Bantling.

            -Me ha contado precisamente las cosas que yo que­ría saber: los chismes de la sociedad y todo lo referente a la familia real. Tengo para mí que cuanto de la familia real me ha contado no es cosa para acreditarla mucho, pero él dice que eso es efecto de mi especial punto de vista. Lo que yo quiero son hechos, conocer las realida­des, que, una vez las sepa, sabré aderezarlas sin demora.

            Y añadió que el señor Bantling había tenido la bon­dad de prometerle que vendría a buscarla para salir con ella por la tarde.

            -¿Para llevarla adonde? -se atrevió a preguntar Ralph.

            -Al palacio de Buckingham. Va a enseñármelo to­do para que yo pueda hacerme una idea de la vida que llevan allí dentro.

            -Vaya, pues -dijo Ralph-. La dejamos en buenas manos. Lo primero que sabremos de usted es que la han invitado oficialmente al castillo de Windsor.

            -Si me lo piden, no le quepa la menor duda de que iré. Una vez que me pongo en marcha no tengo miedo de nada. Pero nada de esto podrá satisfacerme porque no estaré tranquila acerca de Isabel.

            -¿Cuál ha sido su última fechoría?

            -Bueno, ya que le dije algo en otra ocasión, no creo que haya inconveniente en comunicarle el resto. Cuando empiezo con un asunto, me gusta llegar hasta el final. El señor Caspar Goodwood estuvo aquí anoche.

            Ralph abrió los ojos con asombro e incluso se rubo­rizó un poco..., rubor que acusaba una emoción bastan­te te profunda. Recordó que, al separarse de él en Win­chester Square, la muchacha había rechazado su hipótesis de que tal vez prefería dejarle porque esperaba a otro vi­sitante en el hotel Pratt, y la sola sospecha de creerla ca­paz de doblez le causaba hondo pesar. Por otra parte, se decía a sí mismo que nada tenía que importarle que ella tuviera una cita con algún enamorado, ya que siempre había sido considerado cosa corriente y exquisita que las jóvenes guardasen en el mayor secreto la existencia de semejantes citas.

            -Yo creía, después de lo que usted me dijo hace po­co, que eso la satisfaría plenamente -comentó Ralph con gran diplomacia.

            -¿Qué? ¿Que él la viera? Todo salió a pedir de bo­ca, y fue una trama mía. Le hice saber que estábamos en Londres y, cuando acordé con mis amigas que pasaría la velada con ellas, le envié unas palabras..., las palabras que se acostumbra decir a la gente sensata: que espera­ba que la encontraría sola. No voy a pretender que no confiaba en que estuviera usted ausente. El vino a verla y estuvo con ella un buen rato, pero para el caso es co­mo si no hubiese estado.

            -¿Le trató duramente Isabel? -Y el semblante de Ralph se iluminó con la satisfacción de pensar que su pri­ma no había obrado con doblez y falsedad.

            -Ignoro en absoluto lo que ocurrió entre ellos. Pero de lo que estoy segura es de que no le dio satisfacción... y le dijo que regresara a América.

            -¡Pobre señor Goodwood! -suspiró Ralph.

            Hay que ser sinceros y confesar que semejante ex­clamación fue puramente automática y que no expresó fielmente el pensamiento de Ralph, que estaba tomando ya otro sesgo.

            -No dice usted eso como si de veras lo sintiese. No creo que le importe nada.

            -¡Ah! Debe usted tener presente que no conozco a ese joven, que ni siquiera lo he visto en mi vida.

            -Bueno. Yo le veré y le aconsejaré que no la deje. Si no creyese que Isabel volverá al buen camino -aña­dió la señorita Stackpole-, entonces quien se quitaría de en medio sería yo. Es decir, prescindiría de ella.

 

 

 

18

 

 

Ralph pensó que, en tales circunstancias, la despedi­da entre Isabel y su amiga había de ser de índole un tan­to molesta y salió a la puerta del hotel a esperar a su pri­ma, quien no tardó en aparecer mostrando en sus ojos la expresión de una reconvención no aceptada. Hicieron el viaje a Gardencourt casi sin abrir la boca ninguno de los dos durante todo el trayecto. El criado que estaba espe­rándoles en la estación no pudo darles buenas noticias acerca del estado del anciano señor Touchett, lo que hi­zo a Ralph alegrarse de haber conseguido que el doctor Hope prometiera ir a la mansión en el tren de las cinco para quedarse a pasar allí la noche. Al llegar a la casa, se enteró de que la señora Touchett había permanecido constantemente junto a su esposo y estaba acompañán­dole en aquel instante. Esto le hizo pensar en que lo úni­co que a su madre le había faltado siempre era la ocasión propicia. Los caracteres mejores eran los que brillaban a intervalos más distantes. Isabel se marchó a su habita­ción percibiendo en toda la casa ese tímido silencio que precede a las tristes crisis.

Al cabo de una hora bajó en busca de su tía para pre­guntar noticias del anciano. Fue a buscarla a la biblio­teca, pero la señora Touchett no se encontraba allí y, co­mo el tiempo, que había estado húmedo y frío, acabó de estropearse del todo, supuso que no habría salido a dar su acostumbrado paseo al aire libre. Isabel iba a llamar para pedir a alguien que fuese a las habitaciones de la señora Touchett a preguntar, cuando a sus oídos llegó otro sonido completamente inesperado, el de una me­lodía quedamente interpretada procedente del salón. Como sabía que su tía no tocaba jamás el piano, se le ocurrió que tal vez Ralph estaba tocando para distraer­se; lo cual permitía suponer que ya se había calmado su ansiedad por el estado de su padre. De tal suerte, la mu­chacha, tranquilizada a su vez, se dirigió hacia el lugar de donde le llegaba aquella dulce melodía. El salón de Gardencourt era una habitación de vastas proporciones y, como el piano estaba colocado en el extremo más dis­tante de la puerta por la que ella entrara, la persona sen­tada ante el teclado no advirtió su presencia. Tal perso­na no era ciertamente Ralph ni tampoco su madre; era una dama, en quien Isabel vio en el acto una desconoci­da para ella, si bien estaba de espaldas a la puerta. Isabel         Y contempló con gran sorpresa durante algunos instantes  aquella espalda ancha y bien vestida. La dama era, por ° tanto, una invitada que había llegado durante su ausen­cia y a la que no había mencionado ninguno de los sir­vientes -entre ellos la doncella de la señora Touchett, con quienes intercambió algunas palabras desde su regreso. De todos modos, Isabel había tenido ya ocasión de aprender las reservas que pueden a veces tenerse al recibir órdenes, y se había dado exacta cuenta de la se­quedad con que la había tratado la doncella de su tía, entre cuyas manos se había escurrido tal vez con exce­siva desconfianza y con aires de poseer un plumaje de brillantes colores.

Precisamente la llegada de un nuevo huésped no tenía en sí nada de desconcertante en aquel lugar. Pero ella no había logrado aún despojarse de la juvenil superstición de que todo nuevo conocido tenía que ejercer cierta momen­tánea influencia en su propia vida. Mientras estaba hacién­dose estas reflexiones, se dio cuenta de que la dama que to­caba el piano lo hacía admirablemente. Interpretaba en aquel momento algo de Schubert -no sabía Isabel a punto fijo qué obra, pero algo de Schubert sin duda- y lo expresaba de una manera muy personal que acusaba gran habilidad técnica y hondo sentimiento. Se sentó Isabel sin hacer el menor ruido y se quedó inmóvil hasta el final de la pieza. Una vez terminada, experimentó un irresistible deseo de dar las gracias a la intérprete y se levantó de su asiento para hacerlo. Al mismo tiempo, la forastera se volvió rápi­damente, como si hubiese percibido la presencia de alguien.

-Es una obra muy bella y su manera de interpre­tarla la embellece más todavía -dijo Isabel con la misma juvenil expansión con que solía expresarse cuando se sen­tía verdaderamente arrebatada.

-¿No cree usted entonces que moleste al señor Touchett? -contestó la pianista con la suavidad que a la ex­quisitez del cumplido correspondía. Y añadió-: La ca­sa es tan inmensa, y esta habitación está tan retirada, que pensé que podría atreverme, sobre todo tocando, como lo estaba haciendo... du bout des doigts.

«Es francesa -pensó Isabel-. Habla como si lo fue­ra». Y esa hipótesis realzó el interés de la artista a los ojos de nuestra curiosa heroína.

-Espero que mi tío se encuentre mejor -dijo-. Me inclino a pensar que oír esa deliciosa música le re­confortará.

-Me temo que hay momentos en la vida en que ni el mismo Schubert tiene nada que decirnos -observó la dama, aunque sonriendo-. Naturalmente, hemos de re­conocer que tales momentos son los peores que pode­mos pasar.

-Por fortuna no me siento en uno de ellos -dijo Isabel-. Al contrario, me agradaría infinito oírle tocar algo más.

-Si de veras le interesa..., por mí, encantada.

Y la amable persona se sentó de nuevo al piano y to­có unos cuantos acordes mientras Isabel se acercaba más al instrumento. De pronto, la nueva visitante se detuvo sin levantar las manos del teclado y se volvió, mirando por encima del hombro. Era una mujer como de unos cuarenta años, no hermosa, aunque de expresión suma­mente interesante.

-Perdone -dijo-, ¿no es usted la sobrina..., la jo­ven americana?

Isabel replicó sencillamente:

-Sí, soy su sobrina.

La dama del piano siguió un momento en la misma posición, mirando con interés por encima del hombro.

-Está muy bien; somos compatriotas -dijo al fin, y comenzó de nuevo a tocar.

-Entonces no es francesa -murmuró Isabel.

Y, como su anterior hipótesis la tornara romántica, era de suponer que tal revelación le provocara un desencanto. Mas no hubo tal cosa, pues mas raro aún que ser francesa parecía ser americana y tan singularmente interesante.

Tocó la dama a la manera de antes, con igual suavi­dad y solemnidad, y mientras lo hacía empezaron a adensarse las sombras en el salón. El crepúsculo otoñal iba deslizándose dentro de aquel recinto en tanto que Isa­bel, desde su sitio, contemplaba cómo la lluvia comen­zaba a caer ya fuertemente, inundando el verde césped, y el viento agitaba con furia los frondosos árboles. Por último, al terminar la música, la artista se levantó, se acer­có a ella y, antes de que Isabel tuviese tiempo de darle nuevamente las gracias, dijo:

-Me alegro mucho de que haya vuelto. He oído hablar mucho de usted.

Isabel pensó que era una persona muy simpática, pe­ro, a pesar de ello, no pudo por menos de preguntar con cierta brusquedad en respuesta a las palabras de la otra:

-¿Quién le ha hablado a usted de mí?

-Su tío -dijo la extraña mujer tras dudar un ins­tante-. Llevo aquí tres días, y el primero me hizo ir a verle a su habitación y me estuvo hablando de usted to­do el tiempo.

-Teniendo en cuenta que no me conocía, debió de aburrirse mucho.

-No. Me entraron ganas de conocerla. Sobre todo porque desde entonces..., como la señora Touchett está tanto con su marido..., me he pasado sola casi todo el tiem­po y ya estoy cansada de mi propia compañía. Verdadera­mente no he escogido un buen momento para mi visita.

En aquel instante entró un criado con unos cande­labros, seguido por otro portador del servicio de té. La señora Touchett debió de haber sido avisada de aquel re­frigerio, porque al instante hizo acto de presencia y se dirigió sin más a la tetera. Su manera de dar la bienve­nida a su sobrina no se diferenció absolutamente en na­da de su manera de levantar la tapadera del recipiente para ver cómo estaba el contenido; en ninguno de los dos actos apareció la menor señal de ansiedad. Al pregun­társele por su marido, no pudo decir que le encontraba mejor, pero el médico de la localidad estaba ahora con él y podía esperarse mucho de la consulta que luego ten­dría lugar entre él y el doctor sir Matthew Hope.

-Supongo que ya habrán entablado conocimiento -prosiguió la señora Touchett-. Si aún no lo han he­cho, les recomiendo que lo hagan, pues mientras Ralph y yo tengamos que seguir junto a la cabecera del señor

Touchett, deberán conformarse exclusivamente con su mutua compañía.

-Lo único que hasta ahora sé de usted es que es una gran pianista -dijo Isabel a la visitante.

-Pues hay muchas otras cosas que saber de ella -apostilló la señora Touchett en su acostumbrado to­no seco.

-De todo ello habrá muy poco que pueda interesar a la señorita Archer -comentó la pianista riendo suave­mente-. Soy una antigua amiga de su tía y he vivido mu­cho tiempo en Florencia. Soy madame Merle.

Dio a conocer su nombre como si estuviera hablan­do de una persona distante y completamente distinta de ella. Todo lo cual era, en realidad, bien poca cosa para Isabel. Lo único que de madame Merle la impresionaba era que tenía los modales más encantadores y distingui­dos que hasta entonces había visto.

-A pesar de su nombre -dijo la señora Touchett-, no es extranjera, pues nació..., siempre olvido su lugar de nacimiento.

-Entonces casi no vale la pena que se lo diga. -Todo lo contrario -replicó la señora Touchett, que jamás dejaba pasar por alto la menor falta de lógi­ca-. Si me acordara, sería completamente innecesario que usted me lo dijera.

Madame Merle sonrió a Isabel con una de esas son­ risas de índole mundial que de inmediato atraviesan to­da suerte de fronteras, y dijo:

-Nací a la sombra de nuestra bandera nacional.  La señora Touchett interrumpió para decir: -Le entusiasma todo lo misterioso; ése es su gran defecto.

-Desde luego, tengo muchos defectos -admitió madame Merle-, pero no creo que ése sea uno de ellos.

Por lo menos, no el mayor de todos. Vine al mundo en el arsenal de Brooklyn. Mi padre era un oficial de alta graduación de la Marina de Estados Unidos y en aquel entonces desempeñaba un cargo de gran responsabilidad en el astillero. Así pues, lo natural sería que me gustara mucho el mar, pero en cambio lo detesto, y ésa es la ra­zón por la que no he vuelto a América. Amo la tierra, y lo verdaderamente grande es amar algo.

En su calidad de testigo desapasionado, Isabel no se había sentido impresionada por la breve descripción que su tía acababa de hacer de la nueva visitante, quien tenía un rostro expresivo, abierto a la comunicación, simpáti­co y completamente distinto de lo que a Isabel se le an­tojaba debían ser los de personas reservadas y en exceso recónditas. Era un rostro que denotaba gran amplitud de espíritu, emociones prontas y espontáneas y, aunque no poseía una belleza regular, era en grado sumo atrayente y acogedor. Madame Merle era una mujer alta, rubia y bien proporcionada. En ella todo era curvo y lleno, aun­que sin esas acumulaciones que denotan la pesadez. Sus rasgos eran marcados, pero en debida proporción y ar­monía, y su semblante denotaba buena salud.

Tenía los ojos grises, pequeños, pero llenos de luz e incapaces de toda tontería..., incluso, al decir de mu­chos, incapaces de verter lágrimas; grande y bien dibu­jada era su boca, cuya comisura izquierda se elevaba un poco al sonreír de un modo que la mayoría de la gente consideraba exótico, algunos afectado, y sólo unos cuan­tos gracioso. Isabel entró a formar parte del grupo de los últimos. Madame Merle tenía una cabellera espesa, ru­bia, peinada un poco a la manera clásica, como si quisie­ra representar un busto que a Isabel se le antojaba pu­diera ser el de Juno o el de una Niobe; unas manos grandes y blancas de corte y forma perfectos, tan perfectos que su dueña prefería dejarlas completamente desnudas, por lo que no llevaba ningún anillo. Como ya vimos, Isabel la tomó al pronto por francesa, pero una observación más detenida podía haberla clasificado como alemana, de clase alta, tal vez austríaca, baronesa, condesa, in­cluso princesa.

Nunca se habría sospechado que había venido al mundo en Brooklyn... aunque en verdad nadie podía sos­tener que el aire de suprema distinción que su persona irradiaba fuera incompatible con el hecho de haber na­cido en el lugar mencionado. Bien es cierto que sobre su cuna había flotado la bandera nacional y que la brisa de libertad que agitaba el pedazo de tela tachonado de es­trellas y surcado de barras horizontales acaso tuvo una influencia decisiva en la actitud que ella tomó frente a la vida. Y, sin embargo, no tenía absolutamente nada del gallardete agitado y sacudido por el viento, sino que, por el contrario, sus modales, ademanes y movimientos de­notaban la calma y la confianza que se adquieren en una larga experiencia. La experiencia, empero, no había apa­gado su juventud, sólo le había otorgado tolerancia y sim­patía. En resumidas cuentas, puede decirse que era una mujer de grandes impulsos, mantenidos en un orden ad­mirable. Lo que a los ojos de Isabel aparecía como una combinación ideal.

La muchacha se hacía todas estas reflexiones mien­tras las tres damas tomaban el té, ceremonia que no tar­dó en quedar interrumpida por la llegada del gran doc­tor de Londres, a quien inmediatamente se hizo pasar al salón.

La señora Touchett se lo llevó a la biblioteca para hablar allí a solas con él, y madame Merle e Isabel se se­pararon para volver a reunirse a la hora de la cena. La idea de ir conociendo a mujer tan interesante contribu­yó a mitigar un tanto en Isabel aquel sentimiento de tristeza que parecía difundido por toda la enorme mansión de Gardencourt.

Cuando volvió al salón antes de la cena, lo encontró vacío, pero al cabo de un instante llegó Ralph. Su an­gustia por el estado de su padre parecía haberse calma­do un tanto, pues la opinión del doctor Hope acerca del paciente era menos pesimista de la que el hijo abrigaba. El doctor recomendó que durante las tres o cuatro horas siguientes solo se quedase la enfermera acompañando al paciente; de modo que Ralph, su madre y el doctor pu­dieron acudir a la mesa para comer. A su debido tiempo aparecieron la señora Touchett y el doctor y, por último, madame Merle.

Antes de que llegara, Isabel, acercándose a Ralph, que estaba de pie junto a la chimenea, le preguntó:

-Por favor, dime, ¿quién es esa señora Merle?

-La mujer más inteligente que he conocido en mi vida, sin excluirte a ti -contestó Ralph.

-Me ha parecido verdaderamente agradable.

-Estaba seguro de que habría de parecértelo.

-¿La invitaste por eso?

-No la invité yo y, a nuestro regreso de Londres, no sabía siquiera que estuviese aquí. No la ha invitado nadie. Es una amiga de mi madre; y cuando tú y yo aca­bábamos de irnos a Londres, mi madre recibió unas lí­neas de ella. Había llegado a Inglaterra (actualmente vi­ve en el extranjero, aunque antes solía vivir la mayor parte del tiempo aquí). En ellas le pedía su consentimiento pa­ra venir a pasar unos días a casa. Es una mujer que pue­de permitirse tales confianzas, pues siempre es admira­blemente recibida dondequiera que va. Con mi madre no tenía por qué andarse con cumplidos, porque es pre­cisamente la única persona del mundo a quien mi madre admira. Si mi madre no fuera quien es, (que, después de todo, es lo que prefiere) le gustaría ser madame Merle. Eso supondría, naturalmente, un cambio enorme, como puedes figurarte.

-Es un encanto -dijo Isabel-. Además, toca ad­mirablemente.

-Lo hace todo admirablemente. Es una mujer completa.

Isabel miró a su primo y dijo:

-A ti no te gusta.

-Al contrario, hubo un tiempo en que estuve enamorado de ella.

-Y no te hizo caso y por eso no te gusta. -¿Cómo se iba a plantear tal cosa si monsieur Merle vivía entonces?

-¿Murió?        

-Eso dice ella.

-¿No lo crees?

-Sí, porque la declaración concuerda con todas las probabilidades. El marido de madame Merle era lógico que muriera.

Isabel miró a su primo nuevamente y dijo:

-No sé lo que quieres decir. Quieres decir algo... que no piensas. ¿Quién era el señor Merle?

-El marido de madame.

-Eres insoportable. ¿Tuvieron hijos?

-Ni la más mínima criatura... por fortuna.

-¿Por fortuna?

-Digo por fortuna... para el hijo. Seguramente ella lo habría echado a perder.

Isabel estaba a punto de decirle por tercera vez que era insoportable, cuando la discusión fue interrumpida por la entrada de la dama de quien estaban hablando. Llegó ésta apresuradamente, pidiendo disculpas por su tardanza, cerrándose una pulsera y vestida con un traje de satén azul oscuro que dejaba ver un blanco busto apenas cubierto por un curioso collar de plata cincelada. Ralph se apresuró a ofrecerle el brazo con la cortés premura del hombre que ha dejado de estar enamorado.

Sin embargo, aun cuando hubiese sido aquélla su con­dición, Ralph tenía en aquel momento otras preocupa­ciones. El doctor pasó la noche en Gardencourt y, al vol­ver a Londres por la mañana después de otra consulta con el médico de cabecera del señor Touchett, accedió al de­seo de Ralph de volver a verle al día siguiente. Así pues, al siguiente día se presentó de nuevo el doctor y su opinión fue entonces menos favorable que la primera vez, pues el enfermo había empeorado en las últimas veinticuatro horas. Su debilidad era tan extrema que a su hijo, que no se apartaba de la cabecera de la cama, le parecía que el fi­nal estaba próximo. El médico local, hombre sumamen­te sagaz en quien Ralph tenía más confianza que en el célebre doctor de la capital, apenas se separaba del en­fermo, y el doctor sir Matthew Hope volvió a visitarle va­rias veces. El señor Touchett se pasaba la mayor parte del tiempo sin sentido, durmiendo mucho y hablando muy rara vez. Isabel ardía en deseos de serle útil en algo, y le permitían acompañarle durante las horas en que sus otros enfermeros (entre los cuales la señora Touchett no era la menos asidua) se iban a descansar. El enfermo parecía no reconocerla nunca y ella se decía a sí misma: «Si se mu­riese mientras yo estoy sentada aquí ...». Esta idea la te­nía siempre espabilada y despierta. Una vez abrió él los ojos y los fijó en ella como si la reconociese, pero cuando Isabel fue a acercársela, creyendo que la reconocería, los cerró y cayó de nuevo en el sopor. Al día siguiente pare­ció revivir durante un largo rato. Se hallaba en tal mo­mento solo con Ralph, y el anciano comenzó a hablar, con gran satisfacción por parte del hijo, que le aseguraba que no tardarían en verle otra vez sentado.

-No, hijo mío -dijo el señor Touchett-, a menos que me hagas enterrar sentado, como hacían algunos an­tiguos... ¿eran los antiguos?

-Vamos, papá; no digas esas cosas -murmuró Ralph-. No vas a negar que estás mejor.

-No tendría por qué negarlo si tú no lo dijeras -con­testó el anciano-. ¿Por qué hemos de engañarnos preci­samente al final? Antes no nos engañábamos. Alguna vez me he de morir, y más vale morirse cuando uno está en­fermo que cuando se está bueno. Estoy muy enfermo... co­mo nunca estuve. ¿No vas a querer demostrarme que aún puedo verme peor que ahora? Eso estaría demasiado mal. No lo harás, ¿eh? Bien, entonces.

Y después de haber establecido su opinión se quedó tranquilo. Pero en la siguiente ocasión que el hijo se que­dó solo con él entabló de nuevo la conversación. La en­fermera se había marchado a cenar y Ralph hacía solo su turno, reemplazando a la señora Touchett, que había per­manecido a la cabecera del enfermo desde la hora de la comida. La habitación estaba solamente iluminada por el chisporroteante fuego de la chimenea, que era indis­pensable mantener, y la sombra de Ralph se proyectaba muy alargada, ya sobre la pared, ya contra el techo, siem­pre variante y siempre igualmente grotesca.

El anciano preguntó:

-¿Quién está conmigo... es mi hijo?

-Sí, es tu hijo, papá.

-¿No hay nadie más?

-Nadie más.

El viejo señor Touchett permaneció un momento en silencio. Luego dijo:

-Quiero que hablemos un poco.

Ralph quiso oponerse diciendo:

-Te vas a cansar, papá.

-No importa si me canso. Por fin voy a tener un largo descanso. Quiero hablarte de ti.

Ralph se había aproximado más al lecho y, sentán­dose, adelantó la mano para tomar la de su padre.

-Podrías haber escogido otro tema más brillante -dijo.

-Tú has sido siempre brillante. Recuerdo que me enorgullecía de tu brillantez. Me gustaría pensar que vas a hacer algo.

-Si nos dejas, lo único que podré hacer es echarte de menos -contestó su hijo.

-Precisamente eso es lo que yo no quiero, y de eso deseo hablar. Debes tomarte nuevo interés por algo.

-No quiero interesarme por nada, papá. Tengo de­masiados viejos intereses y no sé qué hacer con ellos.

El anciano clavó la mirada en el hijo; su rostro era el de un moribundo, pero los ojos eran los de Daniel Touchett. Parecía que estaba reflexionando sobre los intere­ses de Ralph. Al final dijo:

-Por lo pronto tienes a tu madre. Tendrás que cui­dar de ella.

-Ella se las arreglará siempre sola.

El anciano contestó:

-Tal vez, a medida que se vaya haciendo más vieja, tendrá necesidad de ayuda.

-Yo no llegaré a verlo. Seguramente ella vivirá más que yo.

-Es muy posible que así sea, pero eso no es una razón...

-El señor Touchett exhaló esta frase junto con un tenue suspiro y volvió a quedarse callado.

-No te preocupes por nosotros -dijo Ralph-. Ya sabes que mi madre y yo nos llevamos perfectamente.

-Sí, a fuerza de no estar juntos, y eso no es lo na­tural.

-Si nos dejas, tal vez nos veremos más.

El viejo observó con divagante incoherencia:

-La verdad, no cabe decir que mi muerte haya de cambiar gran cosa la vida de tu madre.

-Tal vez más de lo que tú piensas.

-Tendrá, por lo pronto, más dinero -comentó el anciano-. Le he dejado una buena viudedad, como si hubiera sido una buena esposa.

-Y lo ha sido, papá... con arreglo a sus ideas. Nun­ca te molestó.

El señor Touchett murmuró:

-¡Ah! Algunas molestias resultan agradables; por ejemplo, las que tú me has proporcionado. Pero las de tu madre han sido menos... menos... ¿cómo las llama­ré?... menos fuera de lugar desde que estoy tan enfermo. Me imagino que ella sabe que me he dado cuenta.

-Yo se lo diré; y me alegro con toda el alma de que lo comentes.

-Eso la tendrá sin cuidado, porque no lo hace por serme útil. Lo hace por agradar... por agradar... -Y se recostó un rato tratando de pensar en por qué lo hacía ella. Al fin, añadió-: Lo hace porque le va bien. Pero no era de eso de lo que quería hablar. Es de ti mismo. Tú quedarás en una situación muy acomodada.

-Ya lo sé; pero supongo que no te habrás olvidado de lo que hablamos hace un año cuando te dije exacta­mente el dinero que precisaba, y te pedí que hicieras al­go de provecho con el resto.

-Sí, es cierto, me acuerdo. A los pocos días hice otro testamento. Me pareció que era la primera vez que ocu­rría eso, que un joven procurase que se hiciera un testa­mento que le perjudicara.  

-No me perjudica -replicó Ralph-. Lo que me per­judicaría sería tener grandes propiedades que administrar. A un hombre de mi precario estado de salud le es imposible gastar mucho dinero, y con lo necesario basta y sobra.

-Bien, pues tendrás lo suficiente... y algo añadido. Quiero decir que habrá más que suficiente para uno... y bastante para dos.

-Es demasiado -dijo Ralph.

-No digas eso. Lo mejor que puedes hacer, una vez que yo me haya ido, es casarte.

Ralph había barruntado adonde quería llegar su pa­dre, de modo que tal insinuación no le resultó del todo nueva. Era para su padre la más ingeniosa manera de mantener una visión optimista sobre la duración de su hijo. Ralph la había tomado siempre a broma, pero en aquellas circunstancias no era cuestión de seguir bro­meando. Se apoyó, pues, en el respaldo de su silla y de­volvió con su afectuosa mirada la angustiosa de su padre.

-Si yo, con una esposa que no me ha querido, he podido tener una vida dichosa -dijo suavemente el an­ciano, llevando aún más allá su inventiva-, ¿qué vida no podrás tener tú casándote con una persona distinta de la señora Touchett? Hay muchas más mujeres distintas de ella que parecidas a ella. -Ralph continuó sin decir pa­labra, y, al cabo de un instante, el padre resumió cariño­samente-: ¿Qué piensas de tu prima para eso?

Ralph se sobresaltó al oír tal pregunta, y contestó con una sonrisa forzada:

-¿Me quieres con eso insinuar que debería casar­me con Isabel?

-A ello quería ir a parar después de todo. ¿Es que no te gusta Isabel?

-Muchísimo. -Ralph se levantó de la silla don­de estaba sentado y se acercó a la chimenea. Estuvo un instante inmóvil ante ella y luego se puso a atizar el fuego mecánicamente. Por fin repitió-: Isabel me gus­ta muchísimo.

Su padre dijo entonces:

-Yo sé que también tú le gustas a ella. Ella me ha dicho que te quiere mucho.

-¿Pero te especificó alguna vez que le gustaría casarse conmigo?

-No, pero no puede tener nada contra ti, y no he visto en mi vida mujer tan deliciosa como ella. Segura­mente sería muy buena para ti. No sabes cuánto llevo pensado en ello.

Ralph volvió nuevamente al lado de la cama y con­testó:

-También yo; no tengo inconveniente en confesarlo.

-Di. ¿Estás enamorado de ella? He creído que lo estabas. Parece como si hubiera llegado a propósito.

-Enamorado de ella, no, no lo estoy; pero lo estaría si algunas cosas fuesen distintas de lo que son.

-¡Ah! Por desgracia, las' cosas son siempre distin­tas de lo que deben ser -exclamó el anciano-. Si pien­sas esperar a que cambien, no harás nunca nada. Igno­ro si tú lo sabes, pero me imagino que en un momento así no hago mal en mencionarlo: hace unos días, una persona ha propuesto a Isabel casarse con ella y ha sido rechazado.

-Ya sé que ha rechazado a Warburton. El mismo me lo dijo.

-Pues eso prueba, por lo pronto, que hay probabi­lidades para algún otro.

-También hubo otro en Londres hace tres días que corrió el mismo riesgo... con idéntico resultado.

El anciano señor Touchett preguntó ansiosamente:

-¿Tú?

-No; fue un antiguo amigo de ella. Un pobre hom­bre que cruzó el mar y vino de América para volverse de vacío.

-Pues lo siento por él, sea quien fuere. Todo eso no prueba más que una cosa: que tienes expedito el camino.

-Pero, querido papá, la cuestión es que yo no es­toy en condiciones de poder andarlo. Soy hombre de pocas convicciones, pero las que tengo están bien arrai­gadas en mi alma. Una de ellas es que lo mejor de to­do es no casarse con parientes, especialmente entre pri­mos. Otra, que los individuos que padecen de una afección pulmonar en estado avanzado no deben casar­se en absoluto.

El viejo señor Touchett levantó la mano, la movió dos o tres veces de un lado para otro y dijo:

-¿Qué clase de preocupaciones son ésas? Miras las cosas de una manera que todo tiene que salirte al revés. ¿Qué clase de prima es una a la que no has visto hasta después de que haya cumplido los veinte años? A decir verdad, todos somos primos entre nosotros y, si nos pa­rásemos en escrúpulos como ése, hace tiempo que la hu­manidad habría desaparecido. Lo mismo digo de tu di­chosa afección pulmonar. Ahora estás mucho mejor que antes. Lo único que necesitas, pues, es llevar una vida normal, natural. Es mucho más natural casarse con una hermosa muchacha a la que se ama que permanecer sol­tero por atenerse a falsos principios.

-Pero yo no estoy enamorado de Isabel -protes­tó Ralph.

-Hace un momento has dicho que lo estarías si no creyeses que eso estaba mal. Y voy a probarte que no es­tá mal en absoluto.

-Pero papá, no vas a conseguir más que fatigarte -dijo Ralph, que estaba admirado de la tenacidad de su

padre y de cómo lograba sacar fuerzas de flaquezas pa­ra insistir-. ¿A dónde iremos a parar, entonces?

-¿A dónde irías a parar tú si yo no hubiese ya dis­puesto lo necesario? No quieres tener nada que ver con el banco y no me tendrás a mí para ocuparme de esas cosas. Dices que tienes muchos intereses, pero yo no los veo.

Ralph se apoyó en el respaldo de su silla con los bra­zos cruzados y durante un momento fijó los ojos en el suelo, meditando. Por fin, con actitud de quien se revis­te de coraje, dijo:

-Yo siento un enorme interés por mi prima, pero no un interés de la clase que tú deseas. Seguramente no vi­viré muchos años, pero tengo la esperanza de vivir lo bas­tante para ver qué va a hacer ella consigo misma. Isabel es por completo independiente de mí, no puedo ejercer sino escasísima influencia en su vida; pero me agradaría poder hacer algo por ella.

-¿Qué es lo que te gustaría hacer?

-Algo como... darles un poco de viento a sus velas.

-¿Qué quieres decir con eso?

-Que me gustaría facilitarle los medios para que hi­ciese algunas de las cosas que anhela. Por ejemplo, ella quiere ver el mundo, y me gustaría meterle en los bolsi­llos el dinero necesario para ello.

El anciano dijo:

-Me alegro de que hayas pensado en eso. Por lo pronto, yo también había pensado. En mí testamento le dejo un legado de cinco mil libras.

-Eso es lo principal, y has sido muy generoso al ha­cerlo; pero yo quería hacer algo más aún.

Algo de aquella velada agudeza con que el anciano había acostumbrado durante toda la vida a escuchar una propuesta financiera remoloneaba todavía en su semblante, en el que el enfermo no había borrado al hom­bre de negocios. Calló, pues, un instante y luego dijo:

-Será para mí un placer examinar detenidamente el asunto.

-Isabel es pobre. Mi madre me ha dicho que sólo dispone de unos cuantos cientos de dólares al año y yo quisiera hacerla rica.

-¿Qué entiendes tú por ser rico?

-A mí me parece que es rico el que cuenta con los medios para satisfacer las exigencias de su imaginación. Ya sabes que Isabel tiene mucha imaginación.

-También tú la tienes, hijo mío -dijo el señor Touchett escuchando con atención, si bien un tanto confuso.

-Me has dicho que voy a tener dinero bastante pa­ra dos. Entonces, lo que quiero es que me retires lo que ha de ser superfluo para mí y se lo dejes a Isabel. Divide mi herencia en dos mitades iguales y déjale una a ella.

-¿Para hacer lo que ella quiera?

-Absolutamente lo que le parezca.

-¿Y sin ninguna contrapartida?

-¿Qué contrapartida quieres que haya?

-La que antes dije.

-¿El que se case con alguien? Precisamente, te ha­go esta sugerencia para evitar que tenga que caer en ello. Si disfruta de una renta suficiente, no se verá obligada a casarse con uno que pueda mantenerla en- buenas con­diciones. Eso es lo que yo quisiera evitar a toda costa. Ella quiere ser libre y tu legado le daría la libertad que apetece.

-Bien; a la vista está que has pensado ya en ello -dijo el viejo señor Touchett-. Pero, la verdad, no sé por qué recurres a mí. El dinero ha de ser tuyo, y pue­des dárselo tú mismo.

Ralph le miró boquiabierto.

-Por favor, padre; yo no puedo ofrecerle dinero a Isabel.

El anciano emitió un gemido.

-¡No me digas que no estás enamorado de ella! ¿Quieres, entonces, que yo me encargue por completo del asunto?

-Por completo. Lo único que quiero es que inclu­yas una nueva cláusula en el testamento, pero sin hacer ninguna referencia a mi deseo.

-¿Y quieres que haga otro testamento?

-Nada de eso, con unas cuantas palabras bastará. En cuanto te sientas un poco mejor podrás hacerlo.

-Entonces, telegrafía al señor Hilary No quiero hacer nada sin consultarle.

-Mañana mismo lo verás.

-Va a pensar que nos hemos peleado -comentó el señor Touchett.

-Es lo más probable -dijo Ralph sonriendo-. Pre­fiero que piense eso y, para remachar la idea, te preven­go que me mostraré lo más antipático, duro y horrendo contigo.

Al señor Touchett pareció atraerle el humor de aque­lla farsa, y estuvo reflexionando sobre ello en silencio. Por fin dijo:

-Como quieras, haré lo que digas. Pero te confieso que no sé si haremos bien. Tú dices que quieres insu­flarle viento en sus velas, pero cuidado, no sea que so­ples demasiado.

-Me gustaría verla impulsada por una brisa.

-Hablas como si para ti fuese cosa de diversión.

-Y, en gran parte, lo es.

-Pues no sé si te entiendo -dijo suspirando el señor Touchett . Verdaderamente, los jóvenes de hoy son bien distintos de lo que yo era. Cuando en mis tiempos me gus­taba una muchacha, no me contentaba con mirarla. Tú tie­nes unos escrúpulos que yo no habría tenido, ideas que tampoco habría tenido. ¿Dices que Isabel quiere ser li­bre y que el serlo le evitará tener que casarse por dinero? ¿Crees que ella es mujer capaz de semejante cosa?

-En absoluto. Pero es que ahora tiene menos di­nero que nunca. Su padre le proporcionaba antes todo, porque se comía el capital. Ahora a Isabel no le quedan para vivir más que las migajas del festín, y no se da cuen­ta de lo escasas que son... no ha podido enterarse toda­vía. Mi madre me lo ha contado todo, Isabel se enterará cuando se vea arrojada al torbellino del mundo, y me se­ría muy doloroso pensar que no pudiera satisfacer mu­chas de sus necesidades.

-Con las cinco mil libras que le dejo puede satisfa­cer muchas necesidades.

-Sin duda, pero es muy probable que se las gaste en dos o tres años.

-¿Entonces piensas que será una derrochadora?

-No me cabe la menor duda -dijo Ralph sonrien­do tranquilamente.

La agudeza del anciano señor Touchett estaba sien­do rápidamente reemplazada por una visible confusión.

-Entonces el que dé fin a la cantidad mayor que pueda recibir será sólo cuestión de tiempo.

-No lo creo, aunque me temo que, al principio, em­piece a tirar la casa por la ventana. También es muy pro­bable que dé una parte a sus hermanas. Pero, en cuanto recapacite y recobre el dominio de sí misma, se acorda­rá de que tiene toda una vida ante sí y de que ha de vivir con sus propios medios.

El viejo dijo como resignado:

-Vamos, se ve que lo tienes todo bien pensado. No hay duda de que te inspira un enorme interés.

-En realidad, no puedes decir que voy demasiado lejos. Tú querías que fuera más lejos todavía.

El señor Touchett replicó:

-La verdad, no sé. Creo que no lo veo igual que tú. Me parece un poco inmoral.

-¿Cómo, inmoral, querido papá?

-Bueno, no creo que esté bien facilitarle tanto las cosas a nadie.

-Depende de quién sea. Cuando se trata de una buena persona, el facilitar las cosas es rendir crédito a la virtud. ¿Puede haber acto más noble que facilitar la rea­lización de los buenos impulsos?

Al señor Touchett le resultaba difícil seguir aquel ra­zonamiento y se detuvo un instante. Al cabo del cual, dijo: -Verdaderamente Isabel es un encanto, pero, ¿la crees tan buena como todo eso?

-Será tan buena como lo sean sus mejores oportu­nidades -replicó Ralph.

Y el viejo señor Touchett declaró:

-Pues con sesenta mil libras no le van a faltar bue­nas oportunidades.

-No me cabe duda de que sabrá aprovecharlas. -Desde luego, yo haré lo que tú quieras única­mente quería entenderlo un poco.

-Pero ¿no lo entiendes ya, querido papá? -pre­guntó Ralph con voz acariciante-. Si te parece, no nos preocupemos más del asunto. Dejémoslo ya.

El señor Touchett se quedó callado durante largo ra­to, y su hijo se imaginó que había abandonado ya el deseo de seguir dándole vueltas. Pero luego el viejo comenzó de nuevo a hablar con gran lucidez:

-Antes de todo, dime: ¿no te parece que una mu­chacha con sesenta mil libras podría ser víctima de los cazadores de dotes?

-Le será difícil ser la víctima de más de uno.

-Uno me parece ya demasiado.

-No hay que retroceder. Ese es uno de los riesgos, y ya lo he calculado. Lo considero un riesgo apreciable, aunque pequeño, y estoy dispuesto a aceptarlo.

El anciano señor Touchett fue pasando del estado de agudeza mental al de perplejidad y de la perplejidad a la admiración. Y dijo:

-Bien, ya te has metido en ello; pero no veo qué fruto puedas sacar de todo ese embrollo.

Ralph se inclinó sobre las almohadas de su padre y las ahuecó con suavidad, temeroso de haber prolongado con exceso la conversación. No obstante, dijo:

-Sacaré lo que hace un momento te dije que que­ría poner al alcance de Isabel... el haber satisfecho las exi­gencias de mi imaginación... Y reconozco que es un ver­dadero escándalo la manera cómo me he aprovechado de ti para lograrlo.

 

 

 

19

 

Como había anticipado la señora Touchett, madame Merle e Isabel hubieron de verse con tal asiduidad durante la enfermedad del anciano que casi habría cons­tituido una falta de cortesía el no llegar a ser íntimas amigas. Aparte de que la cortesía de ambas era exquisi­ta, se agradaban mucho recíprocamente. Sería acaso ex­cesivo decir que se juraron una amistad eterna, pero por lo menos tácitamente pusieron al tiempo por testigo. Isabel lo hizo con la conciencia limpia, si bien vacilaba ante la idea de admitir que era íntima amiga de la otra en el alto sentido que en su interior atribuía a semejan­te calificativo. A veces, incluso se preguntaba si era ca­paz de ser íntima de nadie. Tenía su ideal propio de la amistad, como de algunos otros sentimientos, aunque en este caso no dejaba de parecerle... (cosa que no le ha­bía ocurrido en los otros casos) que su ideal no estaba plenamente expresado. Sin embargo, con frecuencia pen­saba que existían razones especiales para que una no pu­diera concretar nunca su ideal. Era algo en que había que creer, aun sin ver... no era cuestión de experiencia sino de fe. Sin duda alguna, la experiencia podía pro­porcionar imitaciones muy apropiadas de ello y lo ver­daderamente sensato consistía en sacar el mejor parti­do posible. A decir verdad, Isabel no se había tropezado jamás con una figura tan interesante y agradable como madame Merle, ni conocía persona alguna que tuviese menos que ella ese defecto que constituye el principal obstáculo a la amistad y que consiste en reproducir los aspectos más fatigantes, anticuados y excesivamente ín­timos del propio carácter. La muchacha había abierto de par en par y más que nunca las puertas de su con­fianza a madame Merle, y llegó a decirle cosas que ja­más había dicho a ninguna otra persona. A veces llega­ba incluso a alarmarle su propia franqueza, pues parecía como si entregase a algún extraño la llave del joyero de sus alhajas. En realidad, esas joyas espirituales eran las únicas de cierta importancia que ella poseía, pero por eso mismo debía poner mucho más cuidado en guar­darlas celosamente. Por lo demás, tenía siempre pre­sente que una no debe jamás lamentar el haber cometi­do un error generoso y que, si madame Merle no tenía todos los méritos que ella le atribuía, tanto peor para madame Merle. De que los tenía no cabía dudan era in­teligente, culta, simpática, encantadora. Y lo que es más todavía (pues Isabel no había tenido la mala fortuna de pasar por la vida sin encontrar personas de su propio se­xo de las que no pudiera decirse otro tanto), madame Merle era singular, preeminente, de veras superior. En el mundo hay muchas personas simpáticas y madame Merle distaba mucho de ser vulgarmente bondadosa y perpetuamente ocurrente. Sabía cómo pensar... virtud rara en la mujer... y su pensamiento siempre había esta­ do dirigido a unos propósitos adecuados. Además, sabía también cómo debía sentir, e Isabel no llevaba una se­ mana en su compañía cuando ya se dio perfecta cuenta de ello. En eso consistía el gran talento y el don más ad­mirable de madame Merle. Se veían en ella los efectos de la vida; la había sentido con intensidad, y parte de la satisfacción que deparaba su compañía residía en la com­prensión que la dama mostraba cuando Isabel se ponía a hablar de los que se complacía en llamar asuntos verda­deramente serios. Cierto que para madame Merle la emo­ción era algo que más bien pertenecía a la historia; y no se recataba en decir que el manantial inagotable de la pa­sión, por haber sido harto explotado en otros tiempos, no fluía ya con la misma abundancia y facilidad que antaño.

Y, como era de esperar, se había propuesto acabar con sus sentimentalismos, reconociendo que había estado verda­deramente chiflada anteriormente a causa de ellos, pero que actualmente estaba curada por completo.

A veces decía a Isabel: «Yo juzgo ahora más de lo que solía, y es que me parece que con el tiempo me he gana­do el derecho a hacerlo. Hasta los cuarenta no tiene una la suficiente ecuanimidad para juzgar; hasta esa edad so­mos ansiosas, duras, crueles y, por añadidura, ignorantes en demasía. Lo siento por usted, porque aún le falta mu­cho para los cuarenta. En realidad, cada ganancia supone una cierta pérdida. A veces se me ocurre pensar que, des­pués de los cuarenta, ya no puede una sentir de veras, por­que ya han desaparecido la frescura y la viveza. Estoy segura de que usted las conservará durante más tiempo que la mayoría, y sería para mí una verdadera satisfacción verla a usted dentro de unos cuantos años; me agradaría saber lo que de usted hará la vida. Tengo la seguridad de que no la echará a perder. Acaso la empuje a cosas horri­bles, pero estoy convencida de que no la doblegará».

Recibió Isabel esta manifestación de confianza en ella como el soldado bisoño que, todavía jadeante de una esca­ramuza de la que ha salido con honor, recibe una palmada de satisfacción de la mano de su coronel. Este reconoci­miento de su mérito iba acompañado de autoridad; porque no podía sino influir en Isabel la opinión de quien contes­taba a casi todos sus comentarios: «Querida mía, también yo me he visto en situaciones iguales, y pasaron como pasa todo lo demás». Madame Merle habría podido producir una verdadera irritación en muchos de sus interlocutores, porque se hacía harto difícil llegar a sorprenderla. Sin em­bargo, Isabel, aunque deseaba impresionar a su nueva ami­ga, no sentía semejante impulso. Era demasiado sincera y se interesaba de veras por su sensata compañera. A eso ha­bía que sumar el hecho de que madame Merle no decía ja­más aquellas cosas en son de triunfo ni de jactancia, y sólo las traía a colación como meras confesiones hechas en frío.

Gardencourt estaba ahora bajo la maldición del mal tiempo. Los días se acortaban, y ya no había meriendas ni tés al aire libre en el césped frente a la casa. Ello no obsta­ba para que nuestra joven heroína mantuviera en el interior de la casa prolongadas conversaciones con su amiga, y am­bas salían a veces de paseo a pesar de la lluvia, provistas de ese aparato defensivo que el clima de Inglaterra y el genio inglés han llevado, conjuntamente a tal grado de perfección. A madame Merle, a quien le gustaba casi todo, le gustaba también la lluvia inglesa, de la cual solía decir: «Siempre cae un poco y nunca demasiado de golpe, nunca moja mucho y siempre huele bien». Declaraba, además, que en Inglate­rra los placeres del olfato eran grandes... ya que en tan ini­mitable isla se mezclaban los olores de la niebla, de la cer­veza y del hollín, llegando a producir una especie de aroma nacional que era una verdadera delicia para el olfato; y, pa­ra probarlo, acostumbraba a hundir la nariz en la manga de su abrigo aspirando el grato y suave olor de la lana.

El pobre Ralph Touchett, en cuanto el otoño hizo su aparición, se convirtió en un resignado prisionero, pues el mal tiempo le impedía salir y se pasaba a veces largos ratos pegado a una ventana con las manos en los bolsillos, contemplando con triste mirada de reproche a Isabel y a madame Merle que se paseaban fuera, bajo la lluvia, cobijadas por sendos paraguas. Las carreteras pró­ximas a Gardencourt eran tan firmes en toda época que las dos damas retornaban siempre de sus húmedas ex­cursiones con el rostro radiante y lleno de animación, mirando las suelas de sus inmaculadas y fuertes botas de goma y declarando que su paseo les había producido in­mensa satisfacción. Antes del almuerzo, madame Merle estaba indefectiblemente ocupada, e Isabel admiraba y envidiaba aquella distribución admirable de las horas de la mañana. Ella, que pasaba por ser una mujer de múlti­ples aptitudes, de lo cual se enorgullecía justamente, iba vagando, como si estuviera al acecho del otro lado de las tapias de un jardín, en torno a los talentos, aptitudes y realizaciones de madame Merle. Y llegó a desear emu­lar aquellas cualidades excepcionales y a tomar por mo­delo en muchos sentidos a tan notable dama. «¡Cómo me gustaría ser así!», exclamaba a veces cuando descu­bría algún nuevo aspecto de la capacidad de su amiga; y no tardó mucho en darse cuenta de que estaba apren­diendo una gran lección de una encumbrada autoridad. Y tampoco pasó mucho tiempo sin que se diese cuenta de que, como suele decirse, estaba bajo una gran in­fluencia. Pero ella lo admitía, diciendo para sí: «¿Qué peligro puede haber en ello desde el momento en que es una influencia sana? Cuanto más pueda una estar bajo una buena influencia, tanto mejor para una. Lo único que se debe hacer es ver a dónde encaminamos nuestros pasos y... comprenderlos mientras vamos marchando. Esto es indudablemente lo que haré yo siempre. No tengo por qué tener miedo de llegar a ser demasiado maleable, tal vez sea culpa mía si no soy bastante flexible». Sabido es que a veces la imitación es la forma más sincera de la adu­lación; y si en muchas ocasiones Isabel se sentía impul­sada a quedarse boquiabierta en presencia de su amiga con aspiración y desesperación, no era porque quisiese poder brillar ella, sino porque quería mantener en alto la lámpara para alumbrar a madame Merle, la cual le agra­daba aunque le suscitaba más bien deslumbramiento que atracción. A veces se preguntaba qué diría Henrietta Stackpole al ver su admiración por aquel adulterado pro­ducto de su tierra común, y tenía el convencimiento de que la juzgaría con gran severidad. Henrietta no daría su visto bueno a la manera de ser de madame Merle; Isabel no sabía por qué, pero lo veía como una verdad indiscu­tible. Por otra parte, tenía el convencimiento de que, de presentarse ocasión favorable, su nueva amiga no deja­ría de formarse una opinión favorable de la antigua; madame Merle poseía bastante sentido del humor y dotes de observación para hacer justicia a Henrietta y, al co­nocerla, no dejaría de mostrar su exquisito tacto, que la señorita Stackpole no podría esperar emular. Parecía que en el fondo de su experiencia guardaba la piedra de to­que para probar la autenticidad de todo, y no había du­da de que en el hueco de su memoria genial encontraría la llave de la valía de Henrietta. «Eso es lo verdadera­mente grande, la suprema dicha -se dijo Isabel solem­nemente-: estar en mejores condiciones para apreciar a los demás, de las que ellos están para apreciarla a una». Y añadió, siempre para sí, que «cuando bien se piensa en ello, se ve que en eso radica el privilegio de la posición aristocrática, y en tal sentido y no en otro debe una as­pirar a hallarse en una posición aristocrática».

Imposible sería ir contando los eslabones de la cadena que arrastró a Isabel a considerar aristocrática la posición de madame Merle... punto al que jamás había hecho la me­nor referencia la propia interesada, que a pesar de haber visto grandes cosas y conocido a personajes de lo más en­cumbrados, nunca había desempeñado un papel importante. Pensaba de sí misma que era una partícula infinitesi­mal de la tierra, que no estaba hecha para los honores, y co­nocía el mundo demasiado bien para hacerse una exagera­da ilusión acerca del lugar que en él debía ocupar. Había tenido oportunidad de conocer a algunos de los elegidos de la Tierra y sabía perfectamente en qué puntos difería su pro­pia fortuna de la de ellos. No obstante, si bien por su cons­ciente sentido de la medida no estaba hecha para figurar en­tre las grandes figuras del retablo mundial, a la imaginación de Isabel se presentaba siempre con una especie de extra­ordinaria grandeza. Ser tan culta y civilizada, tan sensata y sencilla y aun así, darse tan poca importancia, eso era ser una verdadera gran dama, sobre todo teniendo en cuenta su porte y su presencia. ¿Era acaso porque en cierto modo tuviera la sociedad a su servicio junto con todas las artes y gracias que ésta practicaba... o sería más bien efecto de los agradables usos para ella encontrados, incluso desde remo­ta distancia, y transformados luego en sutiles servicios que prestaba a un mundo clamoroso dondequiera que se halla­se? Después del almuerzo, madame Merle se entregaba a despachar su voluminosa correspondencia, pues las cartas que a diario le llegaban eran innumerables. Esa correspon­dencia resultaba ser una fuente inagotable de sorpresas pa­ra Isabel cuando a veces iban juntas a la oficina de correos del pueblo, a depositar las cartas de madame Merle. Como había dicho a Isabel, conocía a mucha más gente de la que podría complacer, y nunca le faltaba asunto acerca del cual escribir. Era muy aficionada a la pintura y en un dos por tres hacía un dibujo o un boceto con la misma facilidad de quien se quita los guantes. En Gardencourt aprovechaba la más breve hora de sol para salir con un taburete plegable y una caja de acuarelas. Ya hemos tenido ocasión de ver lo buena música que era y, cuando por las noches se sentaba al pia­no, sus oyentes se resignaban sin murmurar a verse privados del placer de su conversación para saborear el de su in­terpretación. Desde que la conocía, Isabel se avergonzaba de su propia facilidad, a la que ahora consideraba de índo­le decididamente inferior; y, aunque en su ciudad natal se la tenía casi por un prodigio, lo cierto es que, cuando sen­tada en el taburete volvía la espalda a su auditorio, el públi­co salía perdiendo más que ganando. Cuando madame Merle no pintaba, no escribía o no tocaba el piano, se ocupaba en hacer primorosos bordados, como almohadones, corti­nas, mantelillos para chimenea y centros de mesa, arte en el cual sobresalía tanto por la fantasía de sus creaciones co­mo por la agilidad de su manos. Jamás se quedaba sin ha­cer nada, pues, cuando no estaba entretenida con algo de lo dicho, se ponía a leer (le pareció a Isabel que sólo leía «co­sas importantes», y de éstas todo lo que aparecía), paseaba, o hacía solitarios o charlaba con sus íntimos. Además de to­do lo cual, tenía siempre esa exquisita cualidad de dama de la sociedad, consistente en no parecer jamás bruscamente ausente y tampoco demasiado ocupada. Dejaba sus pasa­tiempos con la misma facilidad que a ellos se entregaba, ha­blaba mientras trabajaba y no parecía darle la menor im­portancia a nada de lo que hacía. Regalaba sus bocetos o bordados, se levantaba del piano o seguía ante el teclado se­gún la conveniencia de sus oyentes, que en todo momento adivinaba. En resumen, era la persona más cómoda, servi­cial y tratable con que podía vivirse. Si algún defecto tenía para Isabel es que no era natural; entendía con eso no ya que fuese afectada o pretenciosa (ya que no existía mujer a quien menos se le pudiera reprochar tales vicios), sino que la costumbre había ido modelando demasiado su tempera­mento y redondeando sus aristas, al extremo de convertir­la en demasiado flexible, demasiado servicial, demasiado acabada y demasiado definitiva. En una palabra, era el ani­mal social más perfecto que jamás haya aspirado a ser cual­quier hombre o mujer; y, además, se había desembarazado de esa vivificante rudeza que podemos suponer caracterís­tica de las personas, incluso de las más amables, antes de que se pusiera de moda la vida en las casas de campo. A Isa­bel le costaba trabajo imaginársela viviendo aislada, pues existía solamente en razón de sus relaciones, directas o in­directas, con el resto de los mortales. Cabía preguntarse qué comercio podía ella mantener con su propio espíritu. Pero siempre se acababa pensando que una superficie encanta­dora no implica forzosamente que se sea superficial, ilusión que ella había tenido la suerte de no llegar a alimentar en su juventud. Madame Merle no era una mujer superficial, ella no. Era una mujer profunda, y esa cualidad se trans­parentaba a pesar de que utilizaba un lenguaje convencio­nal. Isabel se decía a veces:

            «Después de todo, ¿qué es el lenguaje sino puro convencionalismo? Ella tiene el buen gus­to de no pretender expresarse, como otros que he conoci­do, por medio de signos originales».

Una vez, en respuesta a una alusión que parecía ha­berla afectado, Isabel aprovechó la oportunidad para decir a su amiga:

-Se me antoja que usted ha debido de sufrir mucho.

-¿Qué le hace pensar eso? -le preguntó madame Merle con la sonrisa del que parece entretenerse con un luego de adivinanzas. Y añadió-: Me parece que no ten­go el aspecto de una persona desdichada.

-Ciertamente que no, pero a veces dice usted co­sas que me imagino no son capaces de pensar los que fue­ron siempre dichosos.

-Yo no he sido siempre dichosa -contestó madame Merle sonriendo con burlona gravedad y como si le estuviese confiando un secreto a un niño-: ¡No hay que maravillarse de ello!

Pero Isabel supo recoger la ironía y replicó:

-Mucha gente me da la impresión de que nunca ha sentido nada en ningún momento.

-Y así es. Hay muchas más ollas de hierro que de porcelana; pero puede tener la seguridad de que todas ellas tienen algún fallo, hasta las ollas más resistentes de hierro muestran un diminuto agujero o una abolladura o un arañazo. Yo me enorgullezco de ser robusta, pero, para serle sincera, le diré que he sufrido espantosos desconchones y abolladuras y, si todavía sirvo para algo, es porque me han reparado hábilmente, y ahora me limito a permanecer todo lo que puedo en la alacena, en la tranquila y oscura alacena que huele a especias rancias. Y cuando por fuerza tengo que mostrarme a plena luz... créame usted, soy un verdadero horror.

Ignoro si fue en tal ocasión, o en alguna otra en que la conversación tomó el giro que acabamos de indicar, cuando madame Merle dijo a Isabel que, al llegar el mo­mento oportuno, le contaría una historia. Isabel contestó que le encantaría escucharla y luego hubo de recordarle más de una vez el compromiso contraído. Pero madame Merle pedía siempre que se le concediera un respiro, y acabó por decir a su amiga que tendría que esperar a que se conociesen un poco mejor. Lo cual no podría por me­nos de llegar a producirse, ya que parecía que habría de ligarlas una larga amistad. Isabel asintió, pero preguntó si no inspiraba confianza suficiente... si podía temerse que traicionara la confianza en ella depositada.

Su compañera contestó:

-De lo que tengo miedo no es de que usted pueda repetir lo que yo diga, sino de todo lo contrario, de que se lo tome demasiado a pecho, porque llegaría a juzgar­me muy duramente; está usted todavía en la edad cruel.

Por el momento, prefería hablar a Isabel de Isabel mis­ma, mostrando el mayor interés por conocer la vida de nuestra heroína, sus sentimientos, esperanzas y propósi­tos.

La hacía hablar y escuchaba su parloteo con la mayor condescendencia. Ello halagaba y espoleaba a la mucha­cha, que estaba impresionada por toda aquella gente dis­tinguida que su amiga había conocido y porque ésta ha­bía vivido, según decía la señora Touchett, en los mejores ambientes de Europa.

Isabel se consideraba enaltecida por disfrutar del favor de una persona que disponía de un campo de com­paración tan vasto; y acaso fuera por salir beneficiada de la comparación por lo que a menudo apelaba a aque­llas reminiscencias. Madame Merle había vivido en va­rios países y tenía relaciones en una docena de ellos. Así solía decir: «Yo no presumo de ser instruida, pero lo cierto es que me sé mi Europa de memoria», y un día hablaba de ir a Suecia para pasar una temporadita con una amiga, y otras veces de dirigirse a Malta para cultivar una amistad reciente. Inglaterra, donde había vivido en varías ocasiones, le era completamente fa­miliar y, para provecho de Isabel, dijo algunas cosas que arrojaron bastante luz sobre las costumbres del país y el carácter de sus gentes, las que, «después de todo», como le gustaba repetir, eran las mejores del mundo para la convivencia.

-No debes extrañarte de que permanezca aquí pre­cisamente en este momento, cuando el señor Touchett está a punto de morir -dijo un día a su sobrina la espo­sa del mencionado caballero-. Es una mujer incapaz de cometer un error y la de más tacto que he conocido en toda mi vida. Me hace un enorme favor con quedarse aquí, y para ello ha tenido que renunciar a ir a visitar mu­chas otras grandes mansiones -añadió la señora Touchett, que no podía olvidar que, al hallarse en Inglate­rra, descendía dos o tres grados en la esfera social-. Puede escoger el sitio que más le guste; no son techos que la cobijen lo que le falta. Pero yo le he rogado que permanezca con nosotros porque quiero que la conoz­cas a fondo, pues tengo la seguridad de que te hará mu­cho bien. Serena Merle es una mujer sin defectos.

-Si no me gustara tanto, esa descripción llegaría a        a alarmarme -replicó Isabel.

-Ella no está jamás ni un milímetro fuera de lugar.

Yo te he traído aquí y deseo hacer por ti todo lo que me sea posible. Tu hermana Lily me dijo que esperaba que te proporcionase muchas oportunidades. Y yo te las doy poniéndote en contacto de madame Merle, que es una de las mujeres más brillantes de toda Europa.

-Me gusta más ella que la descripción que usted ha­ce de su persona. -Isabel persistía en su comentario.

-¿Presumes que la vas a encontrar alguna vez digna de crítica? Cuando te ocurra, no dejes de comunicármelo.

-Eso sería una crueldad para con usted –replicó  Isabel.

-No te preocupes por mí. Estoy segura de que no le encontrarás un solo defecto.

-Tal vez, no. Pero si lo tiene, no se me escapará.

-Serena sabe todo cuando hay que saber en este mundo -dijo la señora Touchett.

Después de tal conversación, Isabel le comentó a madame Merle que la suponía al tanto de que la señora Touchett la consideraba una mujer sin tacha. Madame Merle contestó, diciendo:

-Le agradezco infinito que me lo diga, pero me temo que su tía únicamente piensa o, cuando menos alude, a las aberraciones que el espejo del reloj pone de manifiesto.

-Eso quiere decir que tiene usted un lado rebel­de que ella desconoce.

-¡Ah, eso no! Me temo que mis facetas desconoci­das son las más inofensivas. Lo que quiero decir es que para su tía el no tener defectos supone el no llegar nun­ca tarde a la hora de la cena... de sus cenas, por supuesto. Por cierto que el otro día, cuando regresaron ustedes de Londres, no es que yo llegase tarde: la hora de la cena era a las ocho, y a las ocho en punto llegué yo; lo que pasó es que ustedes habían llegado con anticipación. Supone que una contesta a una carta suya el mismo día que la recibe y que, cuando una va a pasar unos días con ella, no ha de llevar mucho equipaje y ha de tener buen cuidado de no caer-enferma. Estas cosas representan la virtud a los ojos de la señora Touchett... y es una verdadera bendición el poder reducirla a elementos tan simples.

La conversación de la señora Merle, como acaba de verse, estaba salpicada de audaces y francos toques de crí­tica que ni siquiera cuando tenían un efecto restricti­vo le parecían a Isabel antinaturales. A la joven no se le ocurría, por ejemplo, que la talentosa amiga de su tía es­tuviera denigrándola, y ello por varias razones: la pri­mera, Isabel compartía el sentido de aquellos reparos; la segunda, madame Merle dejaba suponer que aún que­daba mucho por decir; y la tercera, estaba claro que el que una persona te hablara sin remilgos de tus parientes próximos era una grata señal de la intimidad que tenía contigo. A medida que fueron pasando los días, fueron también aumentando las señales de profunda comunión de ideas que entre ambas se establecía, y a nada se mos­traba Isabel tan sensible como al hecho de que madame Merle la escogiera con frecuencia a ella como tema de conversación. Aunque a menudo se refería a los inci­dentes de su propia carrera, nunca se detenía en ellos, pues tenía muy poco de egoísta y absolutamente nada de chismosa.

-Ya estoy vieja, agotada y descolorida -solía de­cir-, y no ofrezco más interés que un diario atrasado. Usted es joven y fresca y tiene lo más importante... está de actualidad. También lo estuve yo en mis tiempos, to­dos tenemos nuestro cuarto de hora. Pero a usted es muy posible que le dure mucho. Hablemos, pues, de usted, que nada de lo que diga dejará de tener un gran interés para mí. Eso de que me guste hablar con gente mucho más joven que yo demuestra que ya voy para vieja. Sin embargo, lo considero una compensación admirable. Si no podemos ya sentir la juventud dentro de nosotros mis­mos, podemos sentirla fuera y, en verdad, me parece que la vemos y la sentimos mejor de tal modo. Desde luego, debemos ser benevolentes con ella... y yo lo seré siempre. Ignoro si me mostraré impaciente con la gente de edad... creo que no, y hay personas ancianas a las que adoro. Pero con la juventud solo puedo ser servil, porque despierta en mí una gran simpatía y me emociona mucho. De mo­do que le doy a usted «carta blanca», incluso, si le cua­dra, puede ser impertinente, yo se lo permitiré, con lo que la echaré terriblemente a perder. Dirá usted que es­toy hablando como si tuviera cien años. Es que los ten­go, si vamos a eso, nací antes de la Revolución francesa. ¡Ay, amiga mía! La verdad es queje viens de loro, que per­tenezco a lo pasado, al mundo del ayer. Pero no es de ése del que quiero hablar sino del nuevo. Tiene que contar­me más cosas de América; nunca me parecen bastantes las que me cuenta. Aquí he vivido siempre, desde que me trajeron a Europa de pequeñita, y es en verdad ridículo, mejor dicho escandaloso, lo poco que conozco de aquel país terrible, espléndido y divertido... y seguramente el mayor y más estrafalario de todos. Por aquí hay mu­cha gente como yo y debo decir que a veces pienso que somos unos pobres diablos. Uno debe vivir en su propia tierra, donde, pase lo que pase, cada uno tiene su lugar correspondiente. Si no somos buenos americanos, aquí no podemos ser más que unos europeos mediocres; nues­tro sitio natural no es éste. Aquí somos meros parásitos arrastrándonos sobre la tierra, no tenemos los pies fir­memente hundidos en el suelo. Por lo menos, una pue­de saberlo y no hacerse ilusiones. Las mujeres pueden tal vez defenderse mejor, porque me parece que la mujer no tiene en ninguna parte su sido natural; dondequiera que esté habrá de permanecer en la superficie y arrastrarse de una manera o de otra. ¿Protesta usted, querida amiga? ¿Se horroriza usted? ¿Declara usted que nunca se arras­trará? En verdad, no podría yo decir que la veo a usted arrastrándose, usted permanece más erguida que la ma­yoría de las criaturas. Está bien, yo soy la primera en creer que no se arrastrará. Pero los hombres, los americanos, dígame por favor, je vous demande un peu, ¿qué demonios hacen por estos pagos? La verdad, no es cosa de envi­diarles al verles tratando de amoldarse a esto. Ahí tiene, un ejemplo, a Ralph Touchett, ¿cómo se le puede llamar? Afortunadamente para él padece de tisis, y digo afortu­nadamente porque así tiene algo en qué ocuparse. Su tisis es su carrera, algo así como una posición. Uno puede referirse a él diciendo: ¡Ah, el señor Touchett! El hom­bre cuida sus pulmones y sabe todo cuanto hay que saber sobre los distintos climas. Pero, si le quitan eso, ¿qué es, en realidad, qué representa? Solamente el señor Ralph Touchett, es decir un americano que vive en Europa, y pare usted de contar. Eso no significa nada... no puede haber nada que signifique menos que eso. Dirán que es muy culto y que tiene una linda colección de cajas de ra­pé. Lo único precisamente que le faltaba para que se le compadeciera. Ya estoy cansada de oír el sonido de la palabra compasión, que ha terminado por parecerme sencillamente grotesco. Ahora, el padre ya es otra cosa; tiene su propia personalidad, toda de una pieza. Repre­senta a una gran institución financiera, y esto, en nuestro tiempo, vale tanto como cualquier otra cosa. De todos modos, para un americano es suficiente. Pero sigo pen­sando que para su primo es una suerte padecer una en­fermedad crónica, siempre que no muera de ella; mucho mejor por descontado que las cajitas para rapé. Si no es­tuviera enfermo, haría algo, ocuparía el puesto de su pa­dre en la empresa, pero no sé por qué se me antoja que al pobre no le entusiasma gran cosa la empresa. De todas formas, usted lo conoce mejor que yo, aunque le conocí en otros tiempos bastante bien, por más que él pueda po­nerlo en duda. Pero yo creo que el caso peor de todos es el de un amigo mío, un compatriota nuestro también, que vive en Italia (a donde igualmente le llevaron antes de que pu­diese conocer nada mejor) y que es uno de los hombres más deliciosos que he conocido. Algún día tendrá usted que conocerlo, yo procuraré ponerles en contacto y verá que es verdad lo que digo. Se llama Gilbert Osmond, vi­ve en Italia... y eso es todo lo que se puede decir o saber de él. Es inteligente en grado sumo, un hombre naci­do para distinguirse, pero, como le digo, su descripción se agota con decir: es el señor Osmond que vive tout béte­ment en Italia. Sin carrera, sin nombre, sin posición, sin fortuna, sin pasado ni futuro, sin nada en fin. Pinta, es cierto, si así puede decirse... hace acuarelas como yo, aun­ que mejores que las mías. Su pintura es bastante mala, co­sa que, lejos de entristecerme, a decir verdad, me alegra.

Afortunadamente para él, es muy perezoso, tan indolente que eso es como una especie de posición suya. Así, puede permitirse el lujo de decir: «¡Oh, yo no hago nada, soy demasiado perezoso. Uno no puede hacer hoy nada si no se levanta a las cinco de la mañana». Y así viene a ser co­mo una especie de excepción, pues uno llega a creer que en realidad podría llevar algo a cabo si se levantase a la hora del alba. No habla jamás de su pintura... a todo el mundo por lo menos... es demasiado listo para eso; pero tiene una hijita... encantadora por cierto, y de ella sí ha­bla. Siente un gran cariño por ella y, si el ser buen padre fuese una carrera, se habría distinguido grandemente en la suya. Pero mucho me temo que eso no valga más que las cajitas para rapé, a lo mejor ni eso.

»Dígame, por favor, qué hacen en América -prosi­guió madame Merle, que, dicho sea entre paréntesis, no expresó de una vez tales reflexiones, que aparecen aquí arracimadas para mayor conveniencia del lector.

Habló de Florencia, donde vivía la señora Touchett ocupando un palacio de la Edad Media; habló de Roma, donde ella tenía un pequeño pied-á-terre con buenos da­mascos antiguos. Habló de otros muchos lugares, de las gentes, y hasta, como suele decirse, de «temas», y de cuando en cuando se refería a su anciano y amable anfi­trión y a las probabilidades de su mejoría. A decir ver­dad, no tenía, desde el primer momento, gran fe en ella, e Isabel se quedó admirada ante la manera positiva, com­petente y analítica con que ella calibraba lo que le que­daba de vida. Una noche le anunció categóricamente:

-Sir Matthew Hope me lo ha dicho con toda la cla­ridad que permite el decoro, ahí mismo, de pie delante del fuego. Es un hombre muy agradable el tal doctor. No se refirió claramente al asunto, pero sabe decir las cosas con un tacto exquisito. Cuando le manifesté que yo me sentía incómoda por estar aquí en estos instantes y que creía in­discreto seguir... porque tampoco soy capaz de asistir al en­fermo, me contestó: «Usted debe quedarse, no se vaya, que su tarea comenzará después». Lo cual era, a mi modo de ver, una delicada manera de decirme que el señor Touchett estaba camino del otro mundo y que yo resultaría luego útil para dar consuelo a los demás. Cuando de hecho mi utilidad va a ser nula. Su tía se consolará sola, y únicamente ella sabe cuánto consuelo precisará. Sería tarea mucho más delicada para otra persona ponerse a administrarle la do­sis del consuelo. Con su primo de usted la cuestión es del todo distinta; echará enormemente de menos a su padre, pero no puedo pretender acompañarle en su dolor pues no estamos en términos que a ello se presten.

Madame Merle había aludido más de una vez a cier­ta incongruencia en sus relaciones con Ralph Touchett. Isabel supo, pues, aprovechar la ocasión para preguntar si eran buenos amigos, a lo cual contestó su amiga:

-Sí, lo somos, pero no le agrado.

-¿Qué le ha hecho usted?

-Nada, pero para eso no hacen falta razones.

-Para no quererla a usted, sí. Para eso creo que ha­brá que tener alguna razón aceptable.

-Es usted muy amable, pero asegúrese de tener una lista para el día que usted empiece.

-¿A no quererla? No pienso empezar nunca.

-Espero que no, porque el día que empiece ya no se detendrá. Así ocurre con su primo. Es una incompatibi­lidad de caracteres... si puede darse este nombre a algo completamente unilateral. Yo no tengo absolutamente nada contra él ni le guardo rencor por ser injusto conmi­go. Todo lo que yo preciso es justicia y nada más que jus­ticia. De todos modos, está claro que es un perfecto ca­ballero y jamás hablará mal de nadie a sus espaldas. -Hizo una pausa y a renglón seguido añadió-: Cartes sur table. No le tengo miedo.

-Ya lo supongo -contestó Isabel que añadió algo referente a que era el mejor hombre del mundo. Sin em­bargo, recordó que, cuando le preguntó a él por madame

Merle, contestó de manera que la dama podría haber con­siderado injuriosa sin ser explícita. Isabel pensó para sí que entre los dos había sin duda algo, pero no pasó de ahí. Pen­só que, si fuera cosa de importancia, merecería todo res­peto, y, si no lo era, no valía la pena sentir curiosidad. A pesar de su afición al saber, sentía una natural repulsión a levantar cortinas para escudriñar rincones escondidos. En su espíritu coexistían en la armonía más perfecta el deseo de conocimiento y la mejor disposición a la ignorancia.

De vez en cuando madame Merle decía cosas que la sobresaltaban, la hacían enarcar las claras cejas y después rumiar las palabras oídas.

-Yo daría cualquier cosa por volver a tener la edad de usted -dijo una vez su compañera, con una amargu­ra que, sí bien diluida en su acostumbrada amplitud ver­bal, no quedaba del todo disipada. Y añadió-: Si pudiera volver a empezar de nuevo... si pudiera tener toda la vi­da por delante...

Isabel, que había quedado un tanto anonadada por lo que acababa de oír, contestó:

-Usted tiene todavía la vida por delante.

-No; la mejor parte ha pasado ya... y por nada.

-Seguramente que no habrá sido por nada -dijo Isabel.

-¿Por qué no... qué es lo que me ha dado? Ni ma­rido, ni hijos, ni fortuna, ni posición, ni siquiera huellas de una belleza que no tuve jamás.

-Pero, mi querida señora, tiene usted numerosos amigos.

-Tampoco estoy segura de ello -exclamó madame Merle.

-Me parece que está usted en un gran error; tiene usted recuerdos, encantos, aptitudes...

Madame Merle la interrumpió para decir:

-¡Aptitudes! ¿Qué me han proporcionado mis ap­titudes? Apenas la necesidad de utilizarlas para consu­mir mis horas, mis años, para engañarme a mí misma con falsos movimientos, en la inconsciencia más com­pleta. Y, por lo que hace a mis encantos y recuerdos, cuanto menos se hable de ellos, mejor. Usted será amiga mía hasta que encuentre alguien mejor en quien depo­sitar su amistad.

-De usted dependerá que así no sea -replicó Isabel.

-Cierto. Y haré un esfuerzo por conservarla. -Hizo un alto y luego prosiguió-: Cuando digo que quisie­ra tener la edad de usted, quiero decir con sus cuali­dades... siendo franca, generosa y sincera como usted. En tal caso, yo haría de mi vida algo mejor de lo que he hecho.

-¿Qué habría usted querido realizar que no haya realizado?

Madame Merle tomó un cuaderno de música... Ha­bía estado sentada al piano mientras hablaban y de pron­to se volvió en el taburete y empezó a pasar las hojas. Por último dijo:

-Soy muy ambiciosa.

-Pues si no ha logrado satisfacer sus ambiciones,

han debido de ser extraordinariamente grandes.

-Y lo fueron. Me pondría en ridículo si hablara de

ellas.

Isabel se preguntó cuáles habrían sido, si madame Merle habría pretendido ceñirse una corona.

-No sé cuál será su idea acerca del éxito -dijo-, pero se me antoja que usted lo ha conseguido. Por lo me­nos, a mis ojos es usted la viva imagen del éxito.

Madame Merle dejó a un lado la partitura con una sonrisa triste y preguntó:

-¿Y la suya, cuál es su idea del éxito?

-Evidentemente, piensa usted que debe de ser muy modesta. A mí me parece que consiste en ver materiali­zarse un sueño de la juventud.

-¡Ah! -exclamó madame Merle-, yo no he visto jamás semejante cosa. Pero mis sueños eran tan extraor­dinarios... tan absurdos. Que el ciclo me perdone, estoy soñando ahora. -Se volvió hacia el piano y se puso a tocar arrebatadamente.

A la mañana siguiente, le dijo a Isabel que su defi­nición del éxito era muy linda, pero espantosamente triste. Si se medía por ese baremo, ¿quién habría ver­daderamente triunfado? Los sueños de la juventud eran encantadores y, por lo mismo, divinos. ¿Quién los ha­bía visto realizarse?

-Yo misma... algunos de ellos -Isabel se atrevió a decir.

-¿Tan pronto?... Sueños de ayer mismo, sin duda.

-Empecé a soñar de muy niña -replicó Isabel son­riendo.

-¡Ah! Si se refiere a las aspiraciones de su infancia... cuando se sueña con un cinturón rojo y una muñeca que abre y cierra los ojos...

-No me refiero a eso.

-O con un joven de lindo bigote arrastrándose a los pies de una...

-No, tampoco es eso -contestó Isabel con aún ma­yor énfasis.

Madame Merle pareció darse cuenta de la vehe­mencia de su amiga y dijo:

-Sospecho que sí se refiere a eso. Todas hemos te­nido nuestro joven del lindo bigote, el inevitable joven; pero eso no cuenta.

Isabel permaneció callada un instante y luego dijo con especial inconsecuencia:

-¿Por qué no ha de contar? Hay jóvenes y jóvenes.

-Y el suyo era una maravilla, ¿es eso lo que quiere decir? -preguntó riendo de buena gana su amiga. Y pro­siguió-: Si usted logró tener al joven de sus sueños, eso fue un verdadero éxito y la felicito con toda el alma. Pe­ro en ese caso, ¿por qué no huyó con él a su castillo de los Apeninos?

-No tiene ningún castillo en los Apeninos.

-¿Qué tiene entonces... una sórdida casa de ladri­llos en la calle Cuarenta? Por favor, no me lo diga. Me niego en absoluto a aceptarlo como ideal.

-Su casa me tiene sin cuidado -dijo Isabel.

-Eso es muy cruel por su parte. Cuando tenga us­ted mis años, verá que todo ser humano tiene su casca­rón y que hay que tener en cuenta tal cascarón. Al hablar del cascarón, me refiero al conjunto de las circunstancias que lo envuelven. No existen el hombre ni la mujer to­talmente aislados, y cada uno de nosotros está constitui­do por un puñado de pertenencias. ¿Qué constituye nues­tro propio yo? ¿Dónde empieza y dónde acaba? Parece desbordarse en todo lo que nos pertenece y luego volver a retraerse. Yo sé que gran parte de mí misma está en los vestidos que me gusta ponerme. Siento un gran respeto por las cosas. Para los demás, el propio yo es cuanto una expresa; la propia casa, el mobiliario, la decoración, los libros que lee y los amigos que tiene... todo esto expre­sa la personalidad de una.

Todo ello era harto metafísico, aunque no más que muchas de las observaciones hechas por madame Merle. A Isabel le gustaba mucho la metafísica, pero no podía, a pesar de ello, lanzarse al intrincado análisis de la perso­nalidad humana, que tan fácil parecía ser para su amiga.

No estoy de acuerdo con usted -dijo-, pienso Pre­cisamente todo lo contrario. No sé si lograré expresarme bien a mí misma, pero creo que ninguna otra cosa puede hacerlo. Nada de cuanto me pertenece da la medida de mí misma, sino que todo constituye una limitación, una ba­rrera, muchas veces completamente arbitraria. Es induda­ble que los vestidos que me gusta ponerme, como usted di­ce, ni me expresan ni quiera Dios que puedan llegar a expresarme.

-Pues usted sabe vestirse muy bien -interpuso a la ligera madame Merle.

-Es posible. Pero me resisto a que se me juzgue por eso. Mis vestidos pueden, a lo sumo, expresar a la mo­dista o al sastre, pero de ninguna manera a mí. Por lo pronto, no soy yo quien los elige, sino la sociedad que me impone que los lleve.

-¿Preferiría usted andar sin ellos? -preguntó madame Merle con un tono que de hecho ponía punto fi­nal a la discusión.

Aunque pueda entrañar cierto descrédito para la des­cripción que he hecho de la juvenil lealtad de nuestra he­roína hacia aquella distinguida dama, debo confesar que Isabel no le había dicho nada sobre lord Warburton y se había mostrado igualmente callada en lo que a Caspar Goodwood se refería. Sin embargo, no le había oculta­do que había recibido vanas propuestas matrimoniales ni pasó por alto el hecho de que algunas eran muy venta­josas. Lord Warburton se había marchado de Lockleigh dirigiéndose a Escocia con sus hermanas. De vez en cuan­do escribía a Ralph interesándose por la salud del ancia­no, de suerte que la joven se veía libre del azaramiento consiguiente a las indagaciones que el lord habría que­rido hacer personalmente si se hubiese hallado en las cer­canías de la mansión de los Touchett. Aunque el lord era hombre de procedimientos exquisitos, Isabel estaba se­gura de que si él hubiera visitado Gardencourt, habría trabado conocimiento con madame Merle, hubieran sin duda simpatizado, y el aristócrata no habría tardado en comunicar a la distinguida visitante el secreto de su amor por la joven.

La casualidad había hecho que durante las anteriores visitas de la dama a Gardencourt (ambas fue­ron mucho más cortas que la actual) lord Warburton no estuviera en Lockleigh o no fuera a visitar a sus amigos de Gardencourt. De modo que, si bien madame Merle le conocía de oídas como la personalidad más importante de toda la comarca, no tenía motivos para sospechar que fuese pretendiente de la recién importada sobrina del señor Touchett.

-Todavía tiene usted mucho tiempo por delante -so­lía decir a Isabel en respuesta a las parciales confidencias que le hacía la joven y que no eran completas a pesar de que a veces la muchacha sentía el temor de haber dicho de­masiado-. Me alegro mucho de que no haya hecho aún nada... de que deje la cosa esperar. Es algo magnífico para una muchacha el haber rechazado algunas propuestas... siempre y cuando no sean las mejores que se le puedan ha­cer en su vida. Disculpe si mis palabras le parecen corrup­tas, pero es que a veces hay que adoptar los puntos de vista mundanos. Ahora bien, no se le ocurra seguir rechazando las proposiciones de matrimonio sólo por darse el gusto de rechazarlas. Es un admirable ejercicio de poder, pero des­pués de todo también el aceptar implica un ejercicio de po­der. Se corre siempre peligro de rechazar demasiado, pe­ligro que no es precisamente en el que yo incurrí... porque no rechacé lo bastante. Usted es una muchacha deliciosa y me gustaría verla casada con un primer ministro; pero, ha­blando en puridad, usted sabe muy bien que no es lo que suele llamarse técnicamente un parti. Es usted extraordi­nariamente agraciada e inteligente, sin duda una mujer ex­cepcional. Usted se me antoja una persona que no tiene si­ no una idea muy vaga de sus bienes terrenales y, por lo que me parece haber deducido, no posee una renta. Sin em­bargo, me gustaría que tuviese algún dinero.

-¡Qué más quisiera yo! -dijo Isabel, pareciendo haber olvidado que la pobreza había representado tan só­lo un pecado venial para dos galantes pretendientes.

A pesar de la benévola recomendación del doctor Hope, madame Merle no pudo quedarse hasta el fin, ya que el desenlace de la enfermedad del señor Touchett había sido predicho con claridad. Tenía varios compro­misos con otras personas, que le era imposible eludir, y abandonó Gardencourt no sin antes convenir que de to­dos modos volvería a ver a la señora Touchett, allí mis­mo o en la ciudad, antes de su partida de Inglaterra. Su despedida de Isabel fue, todavía más que su encuentro, el comienzo de una verdadera amistad. Madame Merle le dijo al despedirse:

-Voy a visitar seis casas distintas una detrás de otra, pero no veré en ellas a ninguna persona que me guste tanto como usted. Todas ellas son, sin embargo, antiguas amistades, pues a mi edad no suelen hacerse amigos nue­vos. Con usted he hecho una gran excepción. No lo ol­vide y piense de mí lo mejor que le sea posible. Debe re­compensarme creyendo en mí.

En respuesta, Isabel le dio un beso y, aunque es sa­bido que las mujeres besan con facilidad, no lo es menos que hay besos y besos, y el de Isabel fue completamente grato a madame Merle. Después de marcharse ésta, nues­tra joven heroína se quedó verdaderamente sola, apenas sí veía a su tía y a su primo a las horas de las comidas, y llegó a descubrir que, de las horas en que la señora Touchett estaba invisible, sólo dedicaba una pequeña parte de ellas a cuidar de su esposo. Se pasaba la tía la mayor parte del tiempo recluida en sus habitaciones, ocupada, por lo visto, en ejercicios misteriosos e inescrutables, puesto que a nadie le era permitida la entrada, ni siquie­ra a su misma sobrina. En la mesa se mantenía siempre solemne y grave, si bien Isabel comprobó que esa grave­dad no era en absoluto afectada sino una verdadera con­vicción. Se preguntaba si su tía estaría arrepentida de ha­ber obrado antes a su propio antojo, pero no había indicio alguno de ello... ni lágrimas, ni suspiros, ni exceso de un celo siempre apropiado. La señora Touchett parecía ex­perimentar la irresistible necesidad de pensar en las co­sas para luego resumirlas. Tenía un «libro moral» de con­tabilidad... -con columnas inflexiblemente dispuestas y un fuerte cierre de acero...- libro que llevaba con infa­lible exactitud. De cualquier modo, en ella la reflexión formulada tenía siempre resonancias prácticas. Así, dijo a su sobrina una vez que madame Merle se hubo ido:

-Si yo hubiese sabido esto, no te habría propuesto que vinieras ahora conmigo a Europa; habría esperado y te hubiera hecho venir el año próximo.

-Sí, pero entonces no habría tenido la suerte de co­nocer a mi tío. Para mí ha sido una verdadera dicha ha­ber venido ahora.

-Eso está muy bien. Pero yo no te traje a Europa para que conocieses a tu tío.

Era una verdad irrefutable, pero fuera de lugar, a jui­cio de Isabel. Ésta tenía ahora tiempo sobrado para pen­sar en este y en otros asuntos. Se dedicó a dar un paseo sola todos los días y a pasarse las horas muertas en la bi­blioteca revolviendo y hojeando libros. Uno de los temas que la mantenían ocupada era las aventuras de su amiga la señorita Stackpole, con la que estaba en constante corres­pondencia. A Isabel le gustaba más el estilo epistolar que el periodístico de su amiga, hasta el extremo de creer que sus crónicas habrían sido admirables si no las hubie­ran publicado. Henrietta estaba muy lejos de obtener en su carrera un éxito tan notable como sería de desear, pen­sando en su felicidad personal. Aquella visión de la vida inglesa que tanto ansiaba ella reproducir en sus crónicas parecía estar danzando ante sus ojos como un fuego fatuo. Debido a camas misteriosas, la invitación de lady Pensil no llegó nunca a sus manos; y el consternado señor Bantling, con toda su amistosa inventiva, no fue capaz de explicar aquella desatención tan grave hacia una carta que él había enviado. No cabía duda de que estaba tomando muy a pe­cho las cosas de Henrietta y pensaba que le debía una com­pensación por su desengaño respecto a lo de Bedfordshire. Henrietta escribió en una de sus cartas a Isabel: «El señor Bantling dice que cree que debo ir al continente, y como él piensa ir pronto allá, pienso que me aconseja sin­ceramente. Quiere saber por qué no me decido a estudiar la vida francesa, y lo cierto es que tengo un vivo deseo de conocer la nueva República. Al señor Bantling no le inte­resa demasiado eso de la República, pero de todos modos piensa ir a París. Debo confesar que conmigo es todo lo atento que se puede ser, y luego podré, por lo menos, de­cir que he tratado a un inglés verdaderamente bien edu­cado. De vez en cuando digo al señor Bantling que debe­ría haber sido americano, y no puedes imaginarte cuánto le gusta esta idea. Cada vez que se lo digo prorrumpe en la misma exclamación: "¡Vamos, qué cosas tiene!"». Pocos días después, Henrietta escribió diciendo que había por fin decidido ir a París a fines de la semana siguiente y que el señor Bantling le había prometido despedirla... acom­pañándola quizás hasta Dover para embarcarla. Añadía que esperaría en París hasta que Isabel llegara, y lo decía como si creyese que Isabel fuera a emprender sola la ex­cursión por el continente y sin hacer alusión alguna a la señora Touchett. Isabel, pensando en el interés que Ralph sentía por su compañera, le leyó algunos párrafos de la carta ya que éste seguía con una emoción casi anhelante la carrera de la corresponsal del Interviewer.

-Me parece que hace muy bien yendo a París con un ex lancero -comentó Ralph-. Si quiere algo interesan­te para describir, con este episodio ya tiene suficiente.

-Acaso no sea una cosa convencional -contestó Isabel-, pero si quieres dar a entender que, por lo que respecta a Henrietta, no es algo inocente, te equivocas de medio a medio. Tú no llegarás nunca a comprender a Henrietta.

-Perdona, pero la conozco perfectamente. Al prin­cipio no llegué a comprenderla, pero ahora ya sé a qué atenerme. De todos modos, temo que Bantling no com­parta mi manera de pensar; puede prepararle alguna sor­presa. Te aseguro que comprendo a Henrietta tan bien como si la hubiese hecho con mis propias manos.

No estaba Isabel muy segura de ello, pero no lo dejó traslucir, pues estaba dispuesta por entonces a tratar a su primo con la mayor comprensión. Una tarde, a la semana de la partida de madame Merle, Isabel estaba instalada en la biblioteca sosteniendo un libro en cuya lectura no fija­ba la menor atención. Se había sentado junto al alféizar de uno de los amplios ventanales, desde el cual se veía el par­que, triste y húmedo. Y, como la biblioteca estaba en án­gulo recto con la entrada de la casa, Isabel podía ver des­de su sitio la berlina del doctor, que llevaba dos horas esperando ante la puerta. A Isabel le llamó la atención que estuviera tanto tiempo en la casa, pero al fin le vio apare­cer en el pórtico, permanecer allí un momento mientras se ponía los guantes, mirar las patas de su caballo y, por últi­mo, subir al coche, que se puso en movimiento. Isabel si­guió en su sitio durante una media hora. En la casa reina­ba un gran silencio, tan profundo que al oír ella unos pasos lentos y suaves sobre la mullida alfombra de la biblioteca casi se sobresaltó. Al volverse vio ante sí a Ralph que, con las manos en los bolsillos, como siempre, no mostraba en el rostro su sonrisa habitual. Isabel se levantó, y en su ade­mán y en su mirada palpitaba una angustiosa pregunta.

-Todo se acabó -dijo Ralph con sencillez.

-Cómo, ¿quieres decir que mi tío...? -Isabel se detuvo.

-Hace una hora que mi padre ha muerto.

Ella suspiró, realmente apenada, le tendió ambas ma­nos y exclamó:

-¡Ah, mi pobre Ralph!

 

 

 

20

 

 

            Un par de semanas después de tal suceso madame Merle llegó en un coche de alquiler a la casa de la plaza Winchester. Al bajar de él, lo primero que vieron sus ojos fue una ancha y pulida tabla de madera, suspendida entre las ventanas del comedor, y sobre cuyo negro fondo cam­peaban pintadas en blanco estas palabras: «Casa señorial en venta» y, debajo, la dirección del agente. «No pierden el tiempo, por lo visto», se dijo a sí misma la visitante al empuñar el llamador de bronce, añadiendo mientras es­peraba que acudiesen a abrir: «Es gente práctica». Una vez dentro de la casa, subió al salón, en el que advirtió no pocas señales de abandono: los cuadros descolgados de las paredes descansando sobre los sofás, las ventanas des­guarnecidas, los pisos desnudos de alfombras. La señora Touchett la recibió y, antes de que hablase, dijo que daba el pésame por recibido.

            -Sé perfectamente lo que va usted a decirme... que era un hombre verdaderamente bueno. Eso lo sé yo me­jor que nadie porque fui quien le dio más oportunidades de demostrarlo, por lo cual creo que fui para él una bue­na esposa. -Y añadió que, al final, él pareció reconocer­lo así-. Me ha tratado con gran generosidad. No diré que con más de la que me esperaba, puesto que no esperaba ninguna. Ya sabe usted que, por regla general, yo espero poco o nada. Pero, por lo visto, tuvo a bien reconocer el hecho de que, si bien yo vivía casi siempre en el extranje­ro y me integraba, libremente, si usted quiere, en esa vi­da foránea, jamás mostré la menor preferencia por nin­guna otra persona.

            «Por ninguna otra, excepto por usted misma», con­testó mentalmente madame Merle; pero, como lo hizo mentalmente, nadie lo oyó.

            La señora Touchett prosiguió su discurso con aque­lla manera tajante de hablar:

            -Nunca sacrifiqué mi marido a ningún otro.     

            Y madame Merle volvió a pensar otra vez para sí: «Conformes; usted no ha hecho jamás nada por nadie».

            En tales mudos comentarios había indudablemente un tanto de cinismo que requiere una explicación. Sobre todo, porque no parecen estar de acuerdo con la imagen -acaso algo superficial- que nos hemos formado del ca­rácter de madame Merle, ni con los hechos reales de la vi­da de la señora Touchett; y, más todavía, porque madame Merle tenía el firme convencimiento de que la última ob­servación de su amiga no podía interpretarse como una estocada dirigida contra ella. Lo cierto es que, en cuanto hubo traspasado el umbral, tuvo la impresión de que la muerte del señor Touchett había acarreado sutiles conse­cuencias, algunas de las cuales habían sido provechosas pa­ra un reducido círculo de personas, entre las que no esta­ba ella incluida. Desde luego, era un acontecimiento que no podía por menos de llevar aparejadas consecuencias, y su imaginación no había dejado de ponderarlas durante su reciente estancia en Gardencourt. Pero una cosa era ba­rruntar los hechos mentalmente y otra bien distinta ha­llarse ante sus corpóreas, macizas realidades. La idea del reparto de los bienes casi diría ella de los despojos- le embotó de repente el juicio y la irritó al hacerla sentir su exclusión. Nada más lejos de mi propósito que el descri­birla como una de esas bocas hambrientas o esos corazo­nes envidiosos del común de los mortales, pero ya hemos visto que ella había acariciado anhelos que no vio jamás realizados. Si se le hubiese preguntado, habría desde lue­go admitido -con su más distinguida y orgullosa sonri­sa-, que ella no tenía el menor derecho a participar en el reparto de los bienes del señor Touchett, y habría dicho: Debo añadir que, si en aquel momento no podía evitar sentir una codicia perversa, tuvo buen cuidado de no de­jarlo traslucir. Al fin y al cabo, se alegraba tanto por las ga­nancias de la señora Touchett como por sus pérdidas.

            -Me ha dejado esta casa -dijo la reciente viuda-; desde luego, no voy a vivir en ella, tengo en Florencia una mucho mejor. Sólo hace tres días que se abrió el testamento, pero ya habíamos puesto el anuncio de la venta. Tengo también una participación en el banco, pero no sé si con la obligación de dejarla allí. Si no es así, seguro que la retiraré. Desde luego, a Ralph le ha dejado Gardencourt, pero no creo que él cuente con medios para poder conservar la posesión. Ha quedado muy bien, ni qué decir tiene, pero su padre ha reparti­do una enorme cantidad de dinero; hay legados hasta para ciertos primos en tercer grado del estado de Vermont. A Ralph le encanta Gardencourt y se las arre­glará para vivir allí los meses de verano con una criada para todo y un ayudante de jardinero. -Y la señora Touchett añadió-: La única cláusula verdaderamente notable del testamento de mi marido es que le ha deja­do una fortuna a mi sobrina.

            -Una fortuna -repitió quedamente madame Merle.

            -Parece ser que Isabel va a percibir unas sesenta mil libras.

            Madame Merle tenía las manos cruzadas en el rega­zo; al oír aquello las levantó y sin descruzarlas se oprimió el pecho, con los ojos un tanto dilatados y fijos en los de su amiga.

            -¡Ah! -exclamó-, ¡Qué criatura tan inteligente!

            La señora Touchett le dirigió una rápida ojeada.

            -¿Qué quiere decir con esas palabras?

            Madame Merle se ruborizó súbitamente y bajó los ojos, respondiendo:

            -No hay duda de que es preciso ser inteligente pa­ra lograr semejante triunfo... sin ningún esfuerzo.

            -Ah, de eso, de que no hubo esfuerzo no cabe la menor duda. No lo llame, pues, triunfo.

            Rara vez incurría madame Merle en la torpeza de re­tractarse de sus afirmaciones. Por lo general tenía el acier­to de mantenerlas y presentarlas en su aspecto más fa­vorable. Así supo decir:

            -Mi querida amiga, es indudable que Isabel no ha­bría recibido una herencia de sesenta mil libras si no hu­biese sido la muchacha más encantadora del mundo; y entre sus principales encantos se encuentra el de su gran inteligencia.

            -Estoy segura de que nunca soñó en que mi marido fuera a hacer nada por ella, ni yo me imaginé tal co­sa, porque él nunca me dijo que tuviera esa intención. Ella no tenía ningún derecho legal a la fortuna de mi ma­rido, y el ser sobrina mía no podía constituir una gran recomendación. Si ha logrado algo, ha sido inconscien­temente.

            -¡Ah, ésos son los grandes golpes! exclamó ma­dame Merle.

            -Ciertamente, la muchacha ha tenido una suerte extraordinaria -dijo la señora Touchett reservándose su opinión-, no lo niego. Por el momento se ha quedado estupefacta.

            -¿Quiere decir que no sabe qué hacer con el dinero?

            -Me imagino que apenas ha meditado en tal cosa.

No sabe qué pensar de todo ello. Es como si, de golpe,

hubiesen disparado una escopeta a su espalda; está pal­pándose para ver si no está herida. Hace tres días recibió la visita del principal de los albaceas, que vino galante­mente en persona para notificárselo él mismo. Luego él me contó que, cuando Isabel hubo escuchado su pequeña disertación, se echó a llorar. El dinero ha de quedarse en el banco y ella percibirá los intereses.

            Madame Merle movió la cabeza con sensata y aho­ra benigna sonrisa, diciendo:

            -¡Verdaderamente delicioso! En cuanto lo haga un par de veces acabará por acostumbrarse. -Después de un silencio, preguntó bruscamente-: ¿Qué dice de to­do eso su hijo Ralph?

            -Se marchó de Inglaterra antes de que se abriera el testamento. Estaba el pobre agotado por la fatiga y la an­siedad y se dio prisa en irse al sur. Fue a la Riviera y to­davía no sé nada de él. Pero no es probable que se opon­ga a la última voluntad de su padre.

            -¿No ha dicho usted antes que la parte de su hijo había quedado disminuida?

            -Por su propio deseo. Me consta que pidió a su pa­dre que hiciera algo por sus lejanos parientes de Améri­ca. No es hombre que se preocupe de la persona núme­ro uno.

            -Eso depende de a quién considere el número uno -dijo madame Merle, que clavó los ojos en el suelo du­rante un rato. Por último, al levantarlos, preguntó-: ¿No podría ver a su afortunada sobrina?

            -¡No faltaba más! Puede verla, pero no crea que va a verla muy contenta. Estos tres últimos días ha estado tan solemne ,que parecía una Dolorosa -dijo la señora Touchett, y tiró del cordón llamando a un criado.

            Isabel llegó pocos instantes después de que fueran a buscarla. Al verla, se percató madame Merle de que la comparación de la señora Touchett no carecía de fuerza ni de originalidad. La joven estaba pálida y seria, y su ves­tido de riguroso luto no contribuía a disminuir ese efecto tristón. Pero su rostro quedó iluminado por su mas bri­llante y graciosa sonrisa en cuanto vio a madame Merle, la cual se adelantó hacia ella, puso la mano en el hombro de nuestra heroína y, después de contemplarla un instan­te, la besó como si aquel beso fuera devolución del que Isabel le diera al marcharse ella de Gardencourt. Y ésa fue la única alusión que el buen gusto de la visitante hi­zo por el momento a la herencia de su joven amiga.

            La señora Touchett no tenía intención de esperar en Londres hasta la conclusión de la venta de la casa. Des­pués de haber escogido entre el mobiliario los objetos que más le interesaba transportar a su otra vivienda, de­jó el resto para que fuera vendido en pública subasta y marchó al continente. La acompañó, desde luego, su so­brina, que ahora disfrutaba del ocio suficiente para me­dir, sopesar e incluso disponer de la ganga de cuya pose­sión la había en secreto felicitado madame Merle. Isabel había reflexionado ya más de una docena de veces acer­ca de su entrada en posesión de aquellos abundantes re­cursos, considerándolos desde distintos puntos de vista; pero no trataremos ahora de desentrañar el dédalo de sus pensamientos ni de explicar por qué en los primeros ins­tantes su estado de ánimo era más bien de decaimiento. Sin embargo, tal falta de capacidad para experimentar una inmediata alegría fue, en verdad, breve. La mucha­cha acabó por hacerse a la idea de que el ser rica era una virtud, porque representaba ser capaz de actuar, y eso de­bía de ser cosa sumamente agradable. Era precisamente el aspecto contrario de la estúpida debilidad... sobre to­do de índole femenina. Si bien se miraba, el ser débil era hasta cierto punto una gracia en una joven delicada, pe­ro, en definitiva, como la propia Isabel se decía a sí mis­ma, existía una gracia muy superior a aquélla. Por el mo­mento, no tenía gran cosa que hacer después de haber enviado dos cheques, uno a Lily y otro a la pobre Edith; pero agradecía los varios meses de tranquilidad a que por ahora habían de condenarla sus vestidos de luto y la re­ciente viudedad de su tía. La conciencia de tener poder la tornó seria. Analizó ese poder con una especie de ca­riñosa ferocidad, pero no sintió ansiedad por ejercitarlo. Empezó a hacerlo durante la estadía de varios meses que hubo de pasar con su tía en París, si bien lo hizo por pro­cedimientos que podrían considerarse triviales. Seme­jantes procedimientos eran los que naturalmente habían de adoptarse en una ciudad como París, cuyas tiendas son la admiración del mundo y cuya frecuentación le aconsejaba sin reserva la señora Touchett, que se impu­so la femenina y práctica tarea de transformar a su so­brina de muchacha pobre en muchacha rica. Así le dijo de una vez por todas:

            -Ahora que eres una joven con fortuna, debes sa­ber cómo desempeñar tu papel... es decir, desempeñar­lo bien. La primera obligación de una muchacha rica es que todo lo suyo sea hermoso. Tú no sabes todavía có­mo cuidar de tus cosas, y tienes que aprenderlo. Ésta es tu segunda obligación.

            Isabel admitió cuanto su tía le dijo, pero, en aquel entonces, su imaginación no se sentía aún enardecida. Estaba, en verdad, aguardando unas oportunidades que no eran precisamente de la índole de las indicadas por su tía.

            Era muy raro que la señora Touchett alterase sus pla­nes y, como antes de la muerte de su esposo se había propuesto pasar gran parte del invierno en París, no veía ra­zón para privarse -y menos aún para privar a su sobri­na- de las ventajas que eso comportaba. Aunque iban a llevar una vida retirada, podía permitirse el presentar sin ceremonia su sobrina a un reducido círculo de compa­triotas que habitaban en los alrededores de los Campos Elíseos. La señora Touchett era íntima de algunos de ellos y compartía su expatriación, sus pasatiempos, sus ideas, incluso su aburrimiento. Isabel vio llegar asidua­mente aquellas amistades de su tía a la mansión en la que se alojaban y no tardó en juzgarlas de una manera tajan­te que, sin duda, podría explicarse por su exaltado y tem­poral concepto del deber humano. Estaba convencida de que la vida de aquellas gentes, por regalada que fuese, re­sultaba del todo inane, y acabó despertando una cierta an­tipatía al manifestar su franca opinión en las brillantes tar­des de domingo, cuando los expatriados americanos acostumbraban a visitarse unos a otros. Aunque sus oyen­tes eran individuos afables gracias a los cuidados de sus cocineros, sastres y modistas, dos o tres de ellos consi­deraron que su brillantez de espíritu, por todos recono­cida, era inferior a la de la obra teatral en boga. Isabel se complacía en preguntar:

            -¿Qué persiguen ustedes viviendo aquí de esta ma­nera? Se me antoja que esto no conduce a nada y me in­clino a creer que acabarán por cansarse pronto.

            A la señora Touchett le parecía una pregunta digna

de Henrietta Stackpole. Se habían encontrado a la pe­riodista en París e Isabel la veía constantemente; de suer­te que, si la señora Touchett no estuviera convencida de que su sobrina tenía sobrada capacidad para discurrir por sí sola, habría creído que imitaba el estilo de las obser­vaciones de la amiga periodista. La primera ocasión en que Isabel habló de tal forma fue durante una visita que hicieron a la señora Luce, una antigua amiga de la seño­ra Touchett y la única a quien entonces iba a ver. La se­ñora Luce había vivido en París desde los tiempos de Luis Felipe y acostumbraba a decir que era de la generación de 1830... una alusión cuyo sentido sus oyentes no siem­pre captaban, por lo que ella se explicaba diciendo: «¡Oh, sí! Yo soy una de las románticas». No había llegado to­davía a dominar bien el francés. Todos los domingos por la tarde se quedaba en casa, rodeada de compatriotas que compartían sus puntos de vista y que eran siempre los mismos. En realidad, se pasaba la vida en casa y en aquel cómodo rincón de la brillante ciudad reproducía con ex­traordinaria fidelidad el aspecto doméstico de su nativa ciudad de Baltimore. Lo cual constreñía a su digno es­poso, el señor Luce -un caballero alto, delgado, de gri­ses cabellos y siempre impecablemente cepillado, que gastaba lentes de oro y llevaba el sombrero un si es no es demasiado echado hacia atrás- a entonar alabanzas me­ramente platónicas de las «distracciones» de París (así las llamaba), de las que intentaba zafarse con un celo que nadie podría jamás adivinar. Una de esas sus distraccio­nes era ir a diario al banco americano, donde había una oficina postal cuyo ambiente era casi tan relajado y fa­miliar como el de cualquier pequeña ciudad americana de provincias. Cuando hacía buen tiempo se pasaba una hora sentado en una silla en los Campos Elíseos, y siem­pre cenaba admirablemente en su propia casa, en un co­medor de piso tan bien encerado que constituía el orgu­llo de la señora Luce, quien se sentía completamente feliz al creer que su encerador era el mejor de la capital fran­cesa. Alguna que otra vez cenaba el señor Luce con uno o dos amigos en el café Inglés, donde su talento para en­cargar una buena cena constituía un manantial de deli­ras Para sus compañeros de mesa e incluso para el mismo jefe de comedor. Tales eran sus únicos pasatiempos co­nocidos, pero éstos le habían entretenido durante más de medio siglo y sin duda alguna justificaba su insisten­te declaración de que no existía lugar comparable a Pa­rís. En ningún otro sitio y con esas mismas distracciones hubiera podido el señor Luce presumir, como presumía, de que estaba disfrutando de las delicias de la vida. No había nada como París, pero debemos confesar que el se­ñor Luce tenía un concepto menos elogioso de la actual escena de su disipación que en sus tiempos ya remotos. No hay que omitir en la lista de sus recursos sus consi­deraciones políticas, pues constituían indudablemente el principio que animaba muchas horas suyas, que sin ello podrían haber parecido superficialmente vacuas. Al igual que muchos de sus compatriotas de la colonia america­na, él era un gran o, mejor dicho, un profundo conser­vador, y no aprobaba el gobierno entonces constituido en Francia. No tenía fe en su duración, y era cosa de ver­le asegurando año tras año que de aquél no pasaba: «Le digo a usted, señor, que necesitan que se les sujete, que se les domine bien, con mano de hierro, y únicamente así se les podrá contener». De ese modo solía expresarse acerca del pueblo francés, y su ideal de un gobierno in­teligente y eficiente era el del ya fenecido Imperio. «Pa­rís es hoy mucho menos agradable que durante los días del emperador, que sabía perfectamente cómo hacer atra­yente la ciudad», solía comentar el señor Luce a la se­ñora Touchett, que compartía la mayor parte de sus opi­niones y se preguntaba por qué habría cruzado la gente el odioso Atlántico si no fuera para escapar de aquellas repúblicas de allende el mar.

            -Vea usted, señora -decía el señor Luce-. Re­cuerdo que, sentado en los Campos Elíseos frente al Pa­lacio de la Industria, llegué a ver las carrozas de la corte pasar arriba o abajo hasta siete veces al día, y algunos has­ta nueve veces. Ahora, en cambio, ¿qué es lo que uno ve? No es cosa de discutirlo, se perdió el estilo. Napoleón sabía perfectamente lo que el pueblo francés necesitaba y París, nuestro París, parecerá seguir estando cubierto por una negra nube hasta que vuelvan a alumbrarlo los días del Imperio.

            Entre los visitantes que acudían a casa de la señora Luce los domingos por la tarde, había un joven con quien Isabel había entablado largas conversaciones y a quien consideraba enriquecido con valiosos conocimientos. Edward Rosier -Ned Rosier, como todos le llamaban ­era oriundo de Nueva York, pero había sido criado en París bajo la vigilancia de su padre que, daba la casuali­dad, había sido amigo íntimo del difunto señor Archer. Edward Rosier se acordaba de Isabel, niña. Fue su pro­pio padre quien se apresuró a ayudar a las niñas Archer en la fonda de Neufchatel (viajaba por casualidad con el hijo por aquel país y había ido a parar al mismo hotel que ellas) cuando la criada francesa se escapó con el prínci­pe ruso, precisamente en unos días en que las activida­des del señor Archer permanecían en el más absoluto misterio. Isabel se acordaba, por su parte, del pulcro mu­chachito cuyos cabellos olían deliciosamente a cosméti­co y que tenía una criada para él solo, comprometida a no perderle de vista bajo ningún pretexto. Recordaba Isa­bel haber dado un paseo con los dos alrededor de un la­go y que el pequeño Edward le pareció entonces tan lin­do como un ángel, comparación que para ella no era nada convencional, pues tenía un concepto bien definido del tipo de rasgos que conforman un semblante angelical, y su nuevo amiguito era un perfecto exponente de ello. Una carita sonrosada, rematada por una gorrita de ter­ciopelo azul y emergiendo de una tiesa gorguera bordada, había sido el sostén de sus sueños de niña; y durante un tiempo creyó que los moradores de las regiones celestes hablaban una rara jerga franco-inglesa con la que expre­saban sus más bellos sentimientos; como, por ejemplo, cuando Edward le había dicho que su criada le «defendía» acercarse al borde del lago y que uno debe obede­cer a su criada. El inglés de Ned Rosier había mejorado y ya ofrecía menos interpolaciones de francés. Cuando el padre falleció la criada fue despedida, pero el joven, fiel a los principios antes aprendidos, no se acercó nun­ca a la orilla del lago. Algo había en él que resultaba pla­centero al olfato y no desagradable a los sentidos más nobles. Era un joven simpático y agraciado, con lo que suele llamarse gustos cultivados... conocedor de la por­celana antigua, de los buenos vinos, de las ricas encua­dernaciones, del Almanaque de Gotha, de las mejores tiendas y los mejores hoteles, incluso de los horarios de los trenes. Era tan competente para pedir una buena co­mida como el mismo señor Luce y, a medida que crecía en experiencia, parecía ser digno sucesor de aquel caba­llero cuyas torvas opiniones políticas también defendía, aunque haciéndolo en voz baja e inocente. Algunas de las habitaciones de su casa de París estaban decoradas con antiguos encajes españoles de iglesia que eran la en­vidia de sus amigas, quienes decían que sus repisas de chi­menea estaban mejor adornadas que los hombros de mu­chas duquesas. Por lo general, pasaba gran parte de los inviernos en Pau y en una ocasión estuvo dos meses en Estados Unidos.

            Edward se interesó mucho por Isabel y se acordaba perfectamente de su paseo en Neufchatel, cuando ella se empeñó en acercarse a la orilla del lago. Le pareció a él observar aquella misma propensión infantil en el inte­rrogatorio casi subversivo de que ya se ha hecho men­ción y se dispuso a contestar a las preguntas de nuestra heroína con una cortesía tal vez superior a la que eran acreedoras. Así, dijo:

            -¿Cómo que a dónde conduce, señorita Archer? Pa­rís conduce a todo y a todas partes. Usted no puede ir a ninguna parte sin antes haber pasado por París. Todo el que viene a Europa tiene que pasar por aquí. ¿No lo dice sólo en este sentido? ¿Pregunta qué bien le puede hacer? ¿Cómo puede penetrar en el futuro? ¿Cómo puede usted predecir lo que hay más allá? ¿Qué importa adonde pue­da conducir, con tal de que sea agradable el camino? A mí me gusta ese camino, señorita Archer, el viejo y querido asfalto. No puede uno llegar a cansarse de él... no puede aunque uno se empeñe. Usted se figura que podría, pero no es así, porque hay siempre algo nuevo y fresco. Ahí tiene, por ejemplo, el hotel Drouot. Cada semana cele­bran dos o tres subastas. ¿Dónde puede usted obtener tantas cosas como aquí? A pesar de todo lo que dicen, sos­tengo que, cuando se conocen los sitios que hay que co­nocer, es también más barato. Yo conozco muchos si­tios, pero me guardo el secreto. Si quiere, se lo revelaré a usted, pero sólo como un favor personal y a condición de que no ha de decírselo a nadie más. No vaya a ninguna parte sin preguntarme a mí antes, quiero que me lo pro­meta. Como regla general, evite los bulevares lo más po­sible, hay muy poco que hacer allí. Sinceramente hablando sans blague- no creo que haya nadie que conozca Pa­rís tan bien como yo. Usted y la señora Touchett deben venir a almorzar algún día conmigo y les enseñaré mis co­sas; je ne vous dis que ça. Últimamente se ha hablado mucho de Londres, está de moda poner Londres por las nubes, pero la verdad es que en Londres no hay nada... que uno no puede hacer nada en Londres. No hay estilo Luis XV... ni nada del Primer Imperio, y, en cambio, el eterno Reina Ana, que está muy bien para la alcoba, para el cuar­to de aseo, si usted quiere, pero no para un salón... ¿Que si me paso la vida en las subastas? -prosiguió el señor Rosier en respuesta a una de las preguntas que le hiciera Isabel-. ¡Oh, no! Nada de eso, no tengo los medios pa­ra ello. ¡Ojalá pudiera! Usted se figura que soy un frívo­lo, lo estoy viendo en la expresión de su cara..., tiene us­ted un rostro maravillosamente expresivo. Espero que no le importe que lo diga, es una especie de advertencia. Us­ted cree que debo hacer algo y yo opino lo mismo, siem­pre y cuando no se quiera especificar demasiado, porque cuando se llega al punto concreto hay que pararse en se­co. Yo no puedo volver a nuestro país y ser un tendero. Usted cree que tengo grandes condiciones para ello, pe­ro, mi querida señorita Archer, me sobreestima usted enormemente. Yo soy un excelente comprador, sé com­prar muy bien, no hay duda, pero no puedo vender; ten­dría usted que verlo cuando quiero deshacerme de algu­na de mis cosas. Se precisa mucha más habilidad para hacer comprar a los demás que para comprar uno mismo. Cuando pienso en ello, me admiro de lo inteligentes que son los que consiguen hacerme comprar algo. ¡Ah, no! Yo no podría de ninguna manera ser un tendero. Tampoco puedo ser doctor, porque la medicina es una cosa repul­siva. No puedo ser clérigo, porque no tengo fe ni voca­ción; y, además, no puedo pronunciar bien los nombres de la Biblia. Son enormemente difíciles, sobre todo los del Antiguo Testamento. No puedo ser tampoco abogado, porque no comprendo eso de... ¿cómo lo llaman?... el sis­tema procesal de América. ¿Qué otra cosa hay? Nada. Pa­ra un caballero, no hay nada que hacer en América. Me agradaría ser diplomático, pero la diplomacia americana no es tampoco para caballeros. Tengo la seguridad de que, si hubiera usted visto la última mi...

            Henrietta Stackpole, que solía estar con su amiga cuando el señor Rosier iba a visitarla a última hora de la tarde, estaba también aquel día y, al oírle hablar de la ma­nera que he descrito, interrumpió al joven al llegar a ese punto y le echó un sermón sobre los deberes del ciuda­dano americano. En su opinión Edward era un tipo ex­traño, peor aún que el pobre Ralph Touchett. Henrietta se sentía en aquel entonces más propensa que nunca a la crítica, porque se le había removido la conciencia por lo que respectaba a Isabel. Ni siquiera felicitó a la joven por su cambio de fortuna, y le pidió que la excusara por no hacerlo.

            -Si el señor Touchett me hubiera consultado sobre si debía dejarte tanto dinero, yo le habría dicho: ¡jamás!

            -Ya sé -contestó Isabel-. Piensas que, en cierto modo, esto constituye para mí una maldición disfrazada. Tal vez lo sea.

            -Déjeselo a otra persona que le interese menos... eso es lo que yo le habría dicho.

            -¿A ti misma, por ejemplo? -respondió Isabel bro­meando. Luego preguntó, ya en serio-: ¿De veras crees que esto me echará a perder?

            -Me alegraré de que no te eche a perder, pero sin duda alguna favorecerá tus peligrosas inclinaciones.

            -¿Como, por ejemplo, el amor al lujo... al derroche?

            -No, no, no es nada de eso; a lo que me refiero es al peligro que correrás en el sentido moral. Yo no abomino del lujo, lo apruebo y creo que debemos ser lo más ele­gantes posible. Fíjate en el lujo de nuestras ciudades del Oeste. No he visto aquí nada que pueda parangonarse con ellas. Confío en que no acabarás volviéndote toscamente sensual, no temo tal cosa. El peligro reside en que vives demasiado en el mundo de tus sueños, en que no mantie­nes suficiente contacto con la realidad, con el mundo que te rodea... con el mundo que trabaja, que lucha, que su­fre, incluso que peca. Eres demasiado refinada, tienes la cabeza llena de ilusiones de elegancia. Tu fortuna recien­temente adquirida te obligará cada vez más a limitarte al trato de unos cuantos seres egoístas y sin corazón que só­lo se interesarán por conservar lo que tienen.

Isabel abrió unos ojos como platos ante esa escena tan terrible. Y preguntó:

            -¿Cuáles son mis ilusiones? Yo hago cuanto puedo por no tenerlas.

            -Verás -contestó Henrietta-. Crees que puedes llevar una vida romántica, que puedes dedicarte sola­mente a darte gusto a ti misma y a complacer a los de­más. Al final te convencerás de que estás equivocada. Sea cual fuere la vida que lleves, debes poner toda el alma en ella... si quieres hacer algo de provecho; y, en cuanto en­caras la vida de esta forma, deja de ser novelesca, puedes estar segura, y se convierte en triste realidad. Además, no puede una hacer siempre lo que quiere, a veces hay que complacer a los demás. Reconozco que estás dis­puesta a hacerlo, pero hay algo todavía mucho más im­portante... y es que, a veces, tendrás que desagradar a los demás. Debes estar siempre dispuesta a ello... no de­bes tratar de rehuirlo. Ya sé que esto no te gusta... te „ agrada que te admiren, que tengan buen concepto de ti. Crees que uno puede zafarse de sus obligaciones desa­gradables con sólo adoptar teorías románticas... es tu gran ilusión, mi querida amiga. Pero no podemos. De­bes tener previsto que en muchas ocasiones no agrada­rás a nadie... ni a ti misma.

            Isabel movió tristemente la cabeza. Parecía turbada y asustada.

            -Me parece, Henrietta, que ésta de ahora es, para ti, una de esas ocasiones.

            Era indiscutiblemente verdad que la señorita Stack­pole, durante su estadía en París, que, desde el punto de vista profesional había sido mucho más remunerativa pa­ra ella que su estadía en Inglaterra, no había vivido en la región de los sueños. El señor Bantling, de regreso ya en Inglaterra, había sido su compañero durante las cuatro primeras semanas de su permanencia allí, y el señor Bantling no tenía en absoluto nada de soñador. Isabel supo por boca de su amiga que los dos habían llevado una vi­da de gran intimidad, lo que había redundado en gran beneficio para Henrietta, debido al gran conocimiento que de París tenía su amigo. Él se lo explicó todo, le mos­tró todos los lugares, fue su guía y su intérprete cons­tantemente. Habían desayunado juntos, comido juntos, habían asistido al teatro, habían cenado juntos, y hasta cierto punto casi habían vivido juntos. Más de una vez Henrietta le aseguró a nuestra heroína que era un ver­dadero amigo, y que nunca hubiera creído que un inglés le gustaría tanto como él. Por su parte, Isabel, sin poder decir por qué, encontraba algo que provocaba su hilari­dad en aquella alianza establecida entre la corresponsal del Interviewer y el hermano de lady Pensil; algo que subsis­tía aun frente al hecho de que esa alianza les honraba a los dos. Isabel no lograba librarse de la sospecha de que estaban hasta cierto punto jugando a los despropósitos... y que la sencillez de ambos había caído en la trampa; sen­cillez que tanto en uno como en otro era perfectamente sincera. Tan amable era por parte de Henrietta el creer que el señor Bantling se interesaba profundamente por la difusión del periodismo eficaz y dinámico y consoli­dar la situación de las corresponsales, como amable era por parte de su compañero el suponer que la causa del Interviewer-publicación periódica sobre la cual no se formara nunca idea bien definida- era, si sutilmente se la analizaba (objeto para el que se consideraba per­fectamente capaz el señor Bantling), la causa de la nece­sidad de demostraciones de afecto por parte de la seño­rita Stackpole. Cada uno de esos dos perplejos célibes satisfacía en todo momento una necesidad que el otro sentía con impaciente certeza. El señor Bantling, que era de índole más lenta y razonadora, saboreaba el atractivo de una mujer dispuesta, aguda, positiva, que le encantaba por el señuelo de una mirada brillante y desafiadora y una singular frescura, y avivaba la percepción de lo pi­cante en un espíritu al cual el menú corriente de la vida le parecía insípido. Por otra parte, Henrietta disfrutaba de la compañía de un caballero que en cierto modo pa­recía hecho -gracias a procesos costosos, indirectos y casi raros- a propósito para ella y cuya condición ocio­sa, si bien por lo general censurable, resultaba ser un ver­dadero regalo para una infatigable camarada, y que te­nía siempre pronta una respuesta tranquila y tradicional aunque de ningún modo exhaustiva, para casi todas las preguntas de carácter social o práctico que pudieran sur­gir. Las respuestas del señor Bantling, le parecían a me­nudo muy convenientes y, en su apresuramiento por no perder el correo americano, las reseñaba en sus escritos lanzándolas extensiva y aparatosamente a la publicidad. Era de temer que en efecto estuviera deslizándose hacia esos abismos de adulteración contra los que una vez, bus­cando una réplica graciosa, la había puesto en guardia Isabel. Para Isabel tal vez hubiera graves peligros al ace­cho pero, por lo que a la señorita Stackpole respectaba, no era de esperar que hallara una quietud permanente por el hecho de adoptar los puntos de vista de una clase comprometida en todos los viejos abusos. Isabel conti­nuó previniéndola con buen humor, y el hermano de lady Pensil era más de una vez, en boca de nuestra heroína, objeto de alusiones irrespetuosas y festivas. Sin embar­go, nada lograba superar la afabilidad de Henrietta a tal respecto, pues acostumbraba a unirse al punto de vista de Isabel y a referir en tono jocoso las horas que había pasado en compañía de aquel perfecto hombre de mun­do... término que ya había dejado de tener para ella un sentido oprobioso. Momentos después se olvidaba de que habían estado departiendo en broma y relataba con irre­frenable entusiasmo una de las excursiones realizadas en su compañía.

            -Oh, Versalles, me lo sé de memoria. He estado allá con el señor Bantling. Tenía yo gran empeño en verlo a fondo, de modo que nos quedamos tres días allí en el ho­tel y no dejamos rincón sin visitar. Hacía un tiempo hermosísimo... algo así como un veranillo de San Martín, aunque no tan agradable. Nos pasamos la vida en aquel parque delicioso. Oh, te aseguro que a mí no hay quien pueda decirme nada acerca de Versalles...

            Al parecer, Henrietta había tomado ya las disposi­ciones precisas para encontrarse después en Italia con su galante amigo.

 

 

 

21

 

 

            Aun antes de haber llegado a París, la señora Touchett había ya fijado el día de su partida, y a mediados de febrero comenzó de nuevo a viajar hacia el sur. Hizo un alto en su excursión para visitar a su hijo, que se había pa­sado un aburrido aunque soleado invierno bajo una blan­ca sombrilla en San Remo, en la costa italiana del Medi­terráneo. Isabel acompañó a su tía como cosa de rutina, si bien la señora Touchett, con su habitual lógica llena de sencillez, le presentó antes un par de alternativas.

            -Ahora ya eres, naturalmente, dueña absoluta de ti misma, tan libre como el pájaro en la rama. No quiero decir que no lo fueses también antes, pero ahora estás en distinta situación... pues los bienes levantan una especie de valla. Ahora que eres rica, puedes hacer muchas cosas que levantarían severas críticas si fueses pobre. Puedes ir y venir, viajar sola y establecerte donde te agrade. Puedes tomar incluso una compañera... una dama venida a me­nos, con un abrigo raído, el pelo teñido y que sepa bor­dar arabescos en terciopelo. ¿No crees que fuera a gus­tarte? Desde luego, puedes hacer lo que quieras. Lo único que deseo es que te des cuenta de la libertad de que pue­des disfrutar. Podrías tomar a la señorita Stackpole co­mo dame de compagnie, la cual te serviría como nadie pa­ra alejar de ti a los importunos. De todos modos, creo que más que nada te conviene quedarte conmigo, a pesar de que no tienes obligación ninguna de hacerlo; y es me­jor por varias razones, dejando aparte que no te guste. Me imagino que no habrá de gustarte, pero te recomiendo que hagas el sacrificio. Desde luego, el efecto de nove­dad que, al principio, pudiera haberte producido mi com­pañía, ha desaparecido ya por completo, y me vuelves a ver como soy: una anciana aburrida, terca y de miras es­trechas.

            -Yo no creo en absoluto que usted sea aburrida -replicó Isabel.

            -Pero ¿crees que soy terca y estrecha de miras? ¡Te lo dije! -exclamó la señora Touchett con júbilo al sen­tirse justificada.

            Isabel se quedó de momento con su tía porque, a pe­sar de sus impulsos excéntricos, sentía un gran respeto i por lo que generalmente se consideraba decente, y una joven sin parientes le había parecido siempre una flor sin follaje. Cierto era que la conversación de la señora Tou­chett no le había vuelto nunca a parecer tan brillante co­mo la tarde de aquel primer día en Albany, cuando, sen­tada y envuelta en su impermeable, ésta le describiera todas las oportunidades que un viaje a Europa podía ofre­cerle a una joven de buen gusto. Pero ello era en gran parte culpa de la muchacha, que con sólo vislumbrar la experiencia de su tía, adivinaba cuáles iban a ser los jui­cios y las emociones de una mujer tan desprovista de ima­ginación. Aparte de eso, la señora Touchett tenía a su fa­vor que era recta como un huso; su firmeza y rigidez resultaban en cieno modo confortables; pues se sabía exactamente dónde encontrarla y no eran de temer tro­piezos ni obstáculos. En su propio terreno estaba muy presente, pero nunca mostraba una curiosidad excesiva respecto del terreno del vecino. Isabel llegó a concebir por ella una especie de lástima secreta. Había algo deso­lado en la condición de una persona que, por su modo de ser tan limitado, dejaba tan poco espacio a las posibi­lidades del contacto humano. Nada tierno ni amable ha­bía tenido jamás oportunidad de arraigar en ella: ni la simiente arrastrada por el viento, ni el suave musgo fa­miliar. En otras palabras, la superficie pasiva que ofrecía a los demás tenía la anchura del filo de un cuchillo. Isabel tenía sin embargo motivos para pensar que, a medida que avanzaba en edad, su tía iba haciendo más concesiones a algo confuso que era distinto a la conveniencia... y más de las que ella por su cuenta exigía. Estaba aprendiendo a sacrificar la firmeza a las consideraciones de orden in­ferior, para las que debe hallarse una excusa precisa en cada caso particular. No encajaba con su inflexible rec­titud el hecho de que diera un rodeo hasta Florencia pa­ra pasar unas cuantas semanas con su hijo inválido, ya que una de las más arraigadas convicciones de la señora Touchett era que, cuando su hijo quisiera verla, no tenía sino que acordarse de que en el palacio Crescentini ha­bía siempre un gran. departamento conocido como el de­partamento del señorito.

            -Quisiera preguntarte una cosa -dijo Isabel a su joven primo el día siguiente al de su llegada a San Re­mo-. Es algo que más de una vez pensé preguntarte por carta, pero que no me he atrevido a escribir. Ahora que estamos frente a frente, me parece más fácil hacer la pregunta: ¿sabías tú que tu padre pensaba dejarme tanto dinero?

            Ralph estiró las piernas más que de costumbre y clavó la vista sobre la apacible superficie del Mediterráneo azul.

            -Mi querida Isabel -contestó-, ¿qué importan­cia tiene que yo lo supiera? Ya sabes lo terco que era mi padre.

            -¿De manera que lo sabías? -preguntó Isabel.

            -Sí, él me lo dijo. Hablamos de eso unos momentos.

            -¿Para qué lo hizo? -le espetó de pronto Isabel.

            -Supongo que para tributarte una especie de ho­menaje.

            -¿Homenaje a qué?

            -A la belleza de tu existencia.

            -Me quería demasiado -declaró ella.

            -Todos caemos en eso.

            -Si yo creyera tal cosa, sería muy desgraciada. Afor­tunadamente no lo creo. Quiero que se me trate con jus­ticia. Es lo único que pido.

            -De acuerdo. Pero no olvides que la justicia res­pecto a un ser adorable es algo así como un sentimiento retórico.

            -Yo no soy un ser adorable. ¿Cómo puedes decirlo

en el instante mismo en que estoy haciéndote estas pre­guntas odiosas? ¡Debo de parecerte muy delicada!      -Lo que me pareces ahora es simplemente turbada.

            -Y lo estoy.

            -¿Por qué razón?

            Isabel se quedó callada un momento, luego irrumpió:

            -¿De veras crees que me conviene verme rica así tan de repente? Henrietta no lo cree.

            -¡Bah! Al cuerno con Henrietta -dijo Ralph con ordinariez-. Si me lo preguntas a mí, te diré que yo es­toy encantado.

            -¿Lo hizo tu padre para eso... para proporcionarte una distracción?

            -Opino de distinta manera que la señorita Stack­pole -continuó él en tono más serio-, y creo que te conviene mucho contar con abundantes recursos.

            Isabel le miró con ojos llenos de curiosidad y dijo:

            -Me pregunto si sabes lo que me conviene... y si te importa siquiera.

            -Lo sé y te aseguro que me importa. ¿Quieres que te diga lo que has de hacer? Pues, no atormentarte más.

            -Que no te atormente a ti, supongo que quieres decir.

            -Tú no puedes hacerlo, estoy hecho a prueba de tormentos. Toma las cosas con calma. No interrogues tanto a tu conciencia... acabará por desafinarse como un piano mal tocado. Resérvalo para las grandes ocasiones. No te esfuerces de esa manera por forjarte un carácter. Es como querer que se abra por fuerza un tierno capu­llo de rosa. Vive como más te agrade, que tu carácter se irá forjando él sólito. Hay infinidad de cosas que te con­vienen, las excepciones son pocas y entre ellas no se en­cuentra el poseer una buena renta. -Ralph hizo un al­to y sonrió a Isabel que le escuchaba con atención; luego prosiguió-: Tienes demasiada capacidad para pensar y, sobre todo, demasiada conciencia. Es increíble la canti­dad de cosas que te parecen mal. No analices tanto. Pur­ga tu fiebre, abre tus alas, elévate sobre la tierra, que en ello no hay mal.

            Como ya he dicho, Isabel había estado escuchando con toda atención, y una de sus cualidades era la rapidez de comprensión.

            -No sé si te das cuenta exacta de lo que me dices -respondió-. Si te la das, contraes una responsabili­dad enorme.

            -Me asustas un poco, pero creo que estoy en lo cier­to -replicó Ralph tratando de conservar el buen humor.

            -De todos modos -Isabel continuó-, reconozco que cuanto has dicho es verdad. No podías haber dicho nada más cierto. Estoy demasiado ensimismada... vivo co­mo si siguiera un régimen impuesto por el médico. ¿Por qué tenemos que estar siempre preguntándonos si las cosas nos convienen o dejan de convenirnos, como si fuéramos enfermos internados en un hospital? En ver­dad, ¿por qué habré de tener miedo de no obrar bien?... ¡Cómo si al mundo le importase algo el que yo no me condujese como es debido!

            -Eres una persona extraordinaria para recibir con­sejos; resulta que me estás robando mis propios argu­mentos.

            Ella le miró como si no le hubiese oído, si bien se­guía la trayectoria de los pensamientos que él había encendido.

            -Me preocupo más de la gente que de mí misma... pero siempre retorno a mí, porque tengo miedo. -Se detuvo un instante; y en su voz se notaba un ligero tem­blor-. Es verdad, sí, me da miedo, te lo aseguro. Una gran fortuna significa libertad completa, y eso es lo que me da miedo. Es una cosa admirable, y una podría em­plearla admirablemente. Y, si no lo hiciese, acabaría por avergonzarse. No hay más remedio que pensar constan­temente en ello, en un esfuerzo incesante. No estoy se­gura de que la falta de ese poder no constituya una dicha superior.

            -No cabe duda de que para la gente débil consti­tuye una felicidad mucho mayor -respondió él-. Esa gente tiene que realizar un esfuerzo verdaderamente gran­de para no merecer el desdén.

            -¿Cómo sabes que no soy débil? -preguntó Isabel.

            Ralph contestó con un rubor que ella no pudo por menos de notar:

            -¡Ah! Si lo fueras, me habría equivocado de medio a medio.

            El encanto del Mediterráneo se iba apoderando más y más del alma de nuestra heroína a medida que lo contemplaba, porque era el umbral de Italia, como la puerta dorada tras la cual están esperando admira­bles tesoros. Italia, todavía tan escasamente vista y sen­tida, extendíase ante ella como una verdadera tierra de promisión, una tierra en que el amor de la belleza po­día ser satisfecho hasta lo infinito por el conocimien­to ilimitado.

            Cuando ella paseaba por la playa con su primo -lo acompañaba en su paseo todos los días- miraba anhe­lante a lo lejos, donde sabía que estaba situada Génova. Al verse a sí misma al borde de esta gran aventura, se sentía satisfecha de hacer un alto, pues incluso aquella es­pera le resultaba emocionante. Representaba para ella un apacible intermedio, como un distante sonido de pífanos y tambores en una carrera que no tenía aún motivos pa­ra considerar agitada, pero que imaginaba a través del prisma de sus esperanzas, sus temores, sus fantasías, sus ambiciones y predilecciones, que reflejaban de manera harto dramática todos esos accidentes subjetivos. Madame Merle había predicho a la señora Touchett que, en cuanto su sobrina se metiera una docena de veces la ma­no en el bolsillo, aceptaría el hecho de que se lo había llenado la mano generosa de un tío próvido; y la reali­dad justificaba ya, como antes la había justificado, la pers­picacia de tan distinguida dama. Ralph Touchett elogia­ba en su prima esa propensión a sentirse moralmente arrebatada, su diligencia en aceptar una sugerencia dada a modo de buen consejo. Y el consejo de él tal vez la hu­biera ayudado. El hecho es que, antes de dejar San Re­mo, ya Isabel se había hecho a la idea de que era una mu­jer rica. El reconocimiento de tal realidad halló su lugar en un denso grupo de ideas que ella tenía acerca de sí misma y, por lo general, no le resultó en absoluto desa­gradable. Siempre daba por sentado un sinfín de buenas intenciones. Isabel se sumergió en un laberinto de visio­nes: las cosas admirables que podía hacer una muchacha generosa, rica e independiente, dotada de una visión am­plia y humana de las obligaciones y las ocasiones que, en su conjunto, resultaban algo sublime. Su fortuna empe­zó a aparecérsele como una parte integrante de lo mejor de su propio ser, pues le prestaba gran importancia e in­cluso, gracias a la imaginación, cierta belleza ideal. Aho­ra bien, lo que respecto a ella eso les sugería a los demás era cosa bien distinta y que a su debido tiempo no deja­remos de considerar. Las visiones extraordinarias que acabo de referir estaban entremezcladas en su espíritu con otros debates. A ella le agradaba más pensar en lo futuro que en lo pasado; pero, cuando a veces escucha­ba el murmullo del Mediterráneo, sus pensamientos re­gresaban al pasado. Con los ojos del alma contemplaba entonces a dos personales que, a pesar de la gran distan­cia que de ella les separaba, cobraban singular relieve, fi­guras que sin la menor dificultad reconocía como perte­necientes a Caspar Goodwood y a lord Warburton. Era extraño pensar con cuánta facilidad aquellas dos enérgi­cas figuras habían pasado al último plano en la vida de nuestra joven heroína, Había sido siempre una rara pre­disposición de su espíritu el perder la fe en la realidad de las cosas o de los seres ausentes. Ciertamente le cabía el recurso, en caso preciso, de reavivar la fe con un esfuer­zo de voluntad, pero tal esfuerzo resultaba con frecuen­cia harto penoso, incluso cuando la realidad había sido grata. Lo pasado tendía a parecer muerto y al reavivarlo surgía envuelto en la lívida luz del día del Juicio Final. Además, la joven no acostumbraba a creerse que vivía en la imaginación de los demás... y no tenía la fatuidad de figurarse que dejaba indelebles huellas de su persona don­dequiera que hubiese pasado. Sin embargo, no le era difícil sentirse herida al saber que se la había olvidado; pe­ro de todas las libertades, la que más apreciable y grata le parecía era la de poder olvidar. Sentimentalmente ha­blando, no había dado ni un chelín de su propia perso­na a Caspar Goodwood ni a lord Warburton, lo cual no le impedía considerar que éstos debían sentirse grande­mente en deuda con ella. Se acordaba perfectamente de que Caspar Goodwood se proponía dar de nuevo seña­les de vida, pero aún faltaba un año y medio para ello, y en tal lapso de tiempo podrían suceder muchas otras co­sas. No había atinado a pensar que su pretendiente ame­ricano podía hallar otra muchacha más fácil de cortejar, pues, aun cuando era indudable que habría muchas otras en tales condiciones, ella daba por seguro que esa cir­cunstancia no bastaría para atraerle. Sin embargo, sus re­flexiones le decían que ella misma podía llegar a cono­cer la humillación de un cambio: podía realmente llegar a agotar todas las cosas que no eran Caspar (aunque se le antojaba que eran muchísimas), y encontrar un ver­dadero descanso en aquellos elementos de su presencia que hoy parecían constituir verdaderos impedimentos a su más amplio respirar. Acaso estos impedimentos lle­gasen a ser algún día una bendición disfrazada... un tran­quilo y límpido puerto de salvación resguardado por un ancho rompeolas de granito. Pero tal día sólo llegaría a su debido tiempo, y ella no podía estarse esperándolo con los brazos cruzados. La posibilidad de que lord Warburton continuase adorando su imagen le parecía una idea que una noble humildad o un orgullo clarividente no podían cultivar. Ella había tan definitivamente pro­curado no guardar constancia. alguna de lo que entre am­bos ocurriera que le parecía más que justificado que por su parte ese caballero hiciera otro tanto. Aunque así pu­diera parecer, esto no era en absoluto una mera teoría envuelta en sarcasmo. Isabel creía ingenuamente que el lord acabaría, como suele decirse, por olvidar su desengaño.

Que eso lo había afectado, eso sí lo creía ella y todavía ha­llaba placer en creerlo; pero resultaba absurdo que un hom­bre tan inteligente y que había recibido un trato tan hon­rado guardase una cicatriz tan desproporcionada con la herida. Isabel se decía a sí misma que a los ingleses les gus­taba vivir con comodidad, y poco podría darle a lord War­burton, a la larga, el seguir cavilando sobre una muchacha norteamericana en exceso independiente que sólo había sido una amistad ocasional. Se hacía la ilusión de que, si el día menos pensado le dijeran que se había casado con una muchacha de su país que hubiese hecho más que ella por merecerle, tal noticia no le produciría la menor sen­sación de dolor, ni aun de sorpresa. Habría demostrado que él la creía una mujer fuerte... lo que ella había queri­do parecer. Y con esto se satisfacía su propio orgullo.

 

 

22

 

 

            A los seis meses de la muerte del señor Touchett, en uno de los primeros días del mes de mayo y en una de las muchas habitaciones de una antigua villa que coronaba una colina plantada de olivos en las afueras de la Puerta de Roma de Florencia, se había formado un pequeño grupo de personas que, a los ojos de un pintor, habría parecido armoniosamente compuesto. La villa era un edificio largo y compacto, con uno de esos tejados de ancho alero que tanto gustan en la Toscana y que, vistos desde lejos, forman en las deliciosas colinas que rodean Florencia armoniosos rectángulos con los cipreses oscuros, rectos y bien perfilados, que se al­zan junto a las casas. La fachada del edificio en cues­tión daba a una plaza diminuta y vacía, cubierta de hierba, que ocupaba parte de la cumbre del cerro; en ella se abrían aquí y allá unas cuantas ventanas y a lo largo de su base se extendía un banco de piedra, ade­cuado para el descanso de una o dos personas reco­nocibles por ese aire de mérito ignorado que en Italia suele atribuirse, por cualquier razón, a quienes asu­men una actitud pasiva... sin embargo, aquella facha­da da tan sólida, antigua y pulida por la intemperie tenía un aspecto poco comunicativo. Pero era la máscara, no el rostro de la casa. Sus párpados eran pesados; mas carecía de ojos. En realidad, la casa miraba hacia otra parte, hacia la inmensa extensión y hacia la matizada luz vespertina. Por ese lado, la villa dominaba la fal­da de la colina y el largo valle del río Arno, envuelto en una densa niebla teñida del color del paisaje italia­no. A manera de terraza tenía un pequeño jardín cu­bierto de una maraña de escaramujos y salpicado de más bancos de piedra casi cubiertos de musgo y ca­lentados por el sol. El parapeto de la terraza tenía la altura justa para apoyarse en él y debajo de él comen­zaba el declive poblado de viñas y olivares. Mas no es el exterior del edificio lo que nos interesa; en esta bri­llante mañana de esplendorosa primavera, los habi­tantes de la casa tenían motivos para preferir la parte sombreada del muro del edificio. Vistas desde la pla­za, las ventanas de la planta baja guardaban dignas pro­porciones arquitectónicas y eran de gran nobleza, pero su misión parecía consistir menos en brindar comu­nicación con el mundo que en impedir que el mundo se asomase. Estaban defendidas por gruesos barrotes de hierro y colocadas a tal altura que la curiosidad, in­cluso aunque se aupara de puntillas, expiraba antes de alcanzarlas. En una estancia iluminada por una fila de tres de aquellas celosas ventanas (uno de las numero­sos apartamentos en que se dividía la gran mansión y que por lo general ocupaban extranjeros de diversa es­tirpe residentes en Florencia) se hallaban sentados un caballero, en compañía de una joven y dos religiosas. La habitación era, en realidad, menos sombría de lo que mi descripción haya podido insinuar, pues tenía una puerta ancha y alta que daba al pequeño jardín y que en aquel momento permanecía abierta. Por otra parte, las altas celosías de hierro dejaban pasar canti­dades más que suficientes del sol de Italia. Era un lu­gar cómodo y lujoso, que revelaba una cuidadosa de­coración y un refinamiento esmerado, y que exhibía un despliegue de esas colgaduras descoloridas de gas­tados damascos y desvaídos tapices, de esos cofres y estuches de tallado roble patinado por el tiempo, de esos angulosos ejemplares del arte pictórico encerra­dos en sus marcos pedantemente primitivos, de esas reliquias medievales de bronce y de cerámica de per­verso aspecto, de los que Italia ha sido la proveedora casi inagotable durante tanto tiempo.

            Sin embargo, estas cosas armonizaban con las dis­tintas piezas de mobiliario moderno en cuyo diseño se había tenido muy en cuenta los gustos de una genera­ción dada a la holganza, como así lo demostraban las butacas grandes y bien tapizadas y el gran espacio ocu­pado por el enorme escritorio cuya perfección inge­niosa llevaba el sello de Londres y del siglo diecinueve. Había abundancia de libros, revistas ilustradas y dia­rios, sin contar algunos pequeños cuadros, raros y com­plicados, casi todos pintados a la acuarela. Uno de tales productos del arte estaba colocado en un caballete de salón y ante él se hallaba, en el momento en que em­pezamos a cobrar interés por ella, la muchacha que he mencionado contemplando silenciosa el cuadro. Sus compañeros no guardaban un silencio absoluto, pero su conversación tenía una continuidad forzada. Las dos religiosas no se habían acomodado a sus anchas en sus sillones; sus actitudes respectivas denotaban una total reserva y en sus rostros había un barniz de prudencia. Eran dos mujeres corpulentas, de facciones corrientes y benignas, con una especie de eficiente modestia que realzaban ventajosamente la tiesura impersonal de las albas tocas y sus hábitos de estameña que parecían cla­veteados en un marco. Una de ellas, la de más edad, con anteojos, de tez lozana y mejillas tersas, hablaba con mayor circunspección que su compañera y pare­cía la responsable de su común cometido, que sin du­da alguna se refería a la joven. Este objeto de su interés llevaba sombrero... ornamento de suma sencillez al igual que su vestido de percal, demasiado corto para su edad, aunque seguramente ya se lo habrían alargado. El ca­ballero que presuntamente debiera entretener a las monjas, tal vez era consciente de las dificultades de su em­peño, pues tan arduo resulta conversar con los humil­des como con los poderosos. Al mismo tiempo, estaba muy atento observando al callado objeto de la tutela de las monjas y, como la joven le volvía la espalda, se en­tretenía en admirar su esbelta figura. Era un hombre de unos cuarenta años, con una frente alta y una cabe­za bien formada, cuyos cabellos abundantes se habían tornado prematuramente grises y que él llevaba muy cortos. Su cara refinada, enjuta, perfectamente mode­lada y de expresión serena, tenía el único defecto de parecer quizá demasiado angulosa, efecto a que contri­buía grandemente el corte de su barba. Tal barba, re­cortada a la manera del siglo dieciséis y rematada por un rubio bigote cuyas guías se curvaban graciosamen­te hacia arriba, daba a su portador un aspecto extranje­ro y tradicional y hacía pensar que era un caballero de esos que cuidan el estilo. Sin embargo, sus ojos avispa­dos, a un tiempo vagos y penetrantes, duros e inteli­gentes y tan propios del observador como del soñador, os habrían dado la seguridad de que estudiaba su estilo dentro de ciertos limites y que en la medida en que lo bus­caba lo encontraba. Vana habría sido la tarea de quien pretendiese averiguar su país y su clima originales, pues no tenía ninguno de esos signos externos que suelen ha­cer tan insípidamente fácil la respuesta a semejante pre­gunta. Si acaso tenía algo de sangre inglesa en las ve­nas sería, sin duda, con algunas gotas de francesa o ita­liana; pero en la fina moneda de oro que era aquel hom­bre no se advertía sello ni emblema de la acuñación corriente que asegura la circulación general. Era una k medalla de elegante y complicado troquel, hecha espe­cialmente para una ocasión especial. Su figura era li­viana, delgada, más bien lánguida, y no se le veía ni al­to ni bajo. Vestía como suele vestir todo hombre que

sólo se ocupa de su guardarropa para evitar que haya

en él cosas vulgares.

            -Bien, querida, ¿qué te parece? -preguntó a la jo­ven. Se expresaba en italiano con gran facilidad, pero ello no habría bastado para convencer a nadie de que era ita­liano de origen.

            Meneó la muchacha la cabeza hacia uno y otro lado

y respondió:

            -Me parece muy hermoso, papá. ¿Lo has hecho tú?

            -Claro que sí. ¿Qué?, ¿te parece que soy hábil?

            -Sí, muy hábil, papá. También yo he aprendido a pintar-dijo, y se volvió dejando ver una linda cara donde se dibujaba una sonrisa extraordinariamente suave.

            -Has debido traerme algunas pruebas de tus habi­lidades.

            -He traído muchas. Están en mi baúl.

            La mayor de las monjas observó, hablando en francés:           

-Dibuja con mucho, mucho esmero.

            -Me alegro de saberlo. ¿Es usted quien le ha en­señado?

            Se sonrojó un tanto la buena religiosa y replicó:

            -Felizmente no. Ce n'est pas ma partie. Yo no ense­ño nada. Dejo eso para las que saben más. Tenemos un admirable maestro de dibujo, el señor... el señor... ¿có­mo se llama? -preguntó a su compañera.

            Ésta clavó la mirada en la alfombra durante un mo­mento y contestó en italiano, como si su respuesta hu­biera menester traducción:

            -Es un nombre alemán.

            -Sí, es un alemán -corroboró la otra-, lleva con nosotras muchos años.

            La muchacha, que se había desentendido de la con­versación de los otros tres, se aproximó a la puerta abier­ta de la amplia habitación y se puso a mirar al jardín. El caballero preguntó:

            -¿Usted, madre, es francesa?

            -Sí, señor -respondió amablemente la interroga­da-. A mis discípulas les hablo en mi propio idioma, pues no conozco ningún otro. Pero tenemos madres de muchos otros países... inglesas, alemanas, irlandesas. Ca­da una de ellas habla su propia lengua.

            El caballero sonrió.

            -¿Ha estado mi hija al cuidado de alguna de las da­mas irlandesas? -Y como viera que sus interlocutoras recelaban alguna broma, aunque sin comprenderla, aña­dió-: Son ustedes muy completas.

            -¡Oh, sí! Tenemos de todo y, de todo, lo mejor.

            La hermanita italiana se arriesgó a decir:

            -Hasta gimnasio tenemos... pero no es peligroso.

            -Ya me figuro que no. ¿Es ésa su ocupación?

            Semejante pregunta provocó risas ingenuas en am­bas religiosas; cuando su hilaridad remitió, el caballe­ro, echando un vistazo a su hija, comentó que había crecido.

            La monja francesa replicó:

            -Sí, pero yo creo que ya ha terminado de crecer... no será muy alta.

            -No lo lamento -dijo el caballero-. Opino de las mujeres como de los libros... prefiero que sean buenos y no demasiado largos. Pero, por lo demás, no veo por qué mi hija ha de ser baja.

            La monjita alzó mansamente los hombros, como pa­ra dar a entender que esas cosas están más allá de nues­tro entendimiento, y dijo:

            -Lo importante es que tenga buena salud, y la tie­ne excelente.

            -En efecto, parece sana. -El padre se quedó mi­rándola un instante, luego le preguntó en francés-: ¿Qué ves en el jardín?

            -Veo muchas flores -le contestó ella con una vo­cecita dulce y con un acento tan puro como el de él.

            -Sí, pero no muy delicadas. Sin embargo, anda, cor­ta unas cuantas de ésas para ces dames.

            La muchacha se volvió a él y preguntó con una son­risa todavía más encantadora:

            -¿Lo dices de veras?

            -Te lo estoy diciendo -contestó su padre.

            La muchacha miró a la mayor de las monjitas y pre­guntó:

            -¿Puedo hacerlo, ma mére?

            -Obedece a tu señor padre, hija mía –respondió la religiosa ruborizándose de nuevo¿

            La muchacha, satisfecha con semejante autoriza­ción, desapareció del umbral y enseguida se perdió de vista.

            -Ya veo que no las tienen consentidas –comentó alegremente el padre.

            -Deben pedir permiso para todo. Ese es nuestro método. El permiso se concede sin la menor dificultad, pero es indispensable pedirlo.

            -No discuto su sistema, ni dudo de que sea exce­lente. Les he confiado a mi hija para ver qué podían ha­cer de ella. Tenía plena confianza.

            -Hay que tener fe -respondió blandamente la re­ligiosa mirando a través de sus anteojos.

            -¿Puedo creer que mi fe ha obtenido su debida re­compensa? ¿Qué han hecho ustedes de ella?

            La monja bajó sus ojos y replicó:

            -Una buena cristiana, señor.

            También bajó él los suyos, pero acabó aquel movi­miento obedeciera a dos impulsos completamente dis­tintos.

            -Está bien. ¿Y qué más?

            Miró a la dama del convento, pensando que proba­blemente iba a decir que bastaba con ser buena cristiana, pero, por mucha que fuera su sencillez de espíritu, ella no era tan simple. Así, ella añadió:

            -Una encantadora damita... una verdadera señori­ta... una hija que no ha de proporcionarle a usted sino satisfacciones.

            -Verdaderamente me parece muy gentille. Es real­mente bonita -dijo el padre.

            -Es perfecta. No tiene defectos.

            -De niña no los tuvo. Celebro que ustedes no le ha­yan sembrado ninguno.

            La religiosa de los anteojos dijo con gran dignidad:

            -Nosotras la queremos mucho. En cuanto a los de­fectos, ¿cómo podríamos proporcionarle lo que nosotras no tenemos? Le couvent n'est pas comme le monde, monsieur. Podría decirse que es nuestra hija, la hemos tenido des­de que era tan pequeña...

            -De todas las que vamos a perder este año, ella es la que echaremos más de menos -murmuró con defe­rencia la monja más joven.

            -Oh, seguramente -dijo la otra-. No dejaremos de recordarla con frecuencia. La pondremos como ejem­plo a las nuevas.

            En este punto pareció percatarse de que se habían empañado sus anteojos; inmediatamente su compañera, después de rebuscar en sus bolsillos, acabó por sacar un pañuelo de duradera textura.

            -No es seguro que hayan de perderla definitiva­mente -declaró amablemente su anfitrión, no con in­tención de anticiparse a las lagrimitas de las otras, sino con el tono de quien dice lo que le resulta más grato.

            -Nos agradaría mucho poder creerlo así. Quince años son muy pocos para dejarnos.

            El caballero replicó con más vivacidad de la que has­ta aquel momento había mostrado:

            -¡Oh! No soy yo el que quiere llevársela. Yo qui­siera que se quedara siempre con ustedes.

            La mayor de las monjitas, sonriendo y levantándo­se, dijo:

            -Ah, monsieur, aunque es tan buena, está hecha pa­ra el mundo. Le monde y gagnerá.

            Y su compañera, levantándose a su vez, añadió sua­vemente:

            -Si toda la buena gente se recluyera en conventos, ¿qué sería del mundo?

            Era aquélla una pregunta de mucha más enjundia de la que la buena mujer suponía. De manera que la reli­giosa de los anteojos creyó prudente adoptar un punto de vista conciliador diciendo:

            -Por fortuna hay personas buenas en todas partes.

            Y el caballero replicó galantemente:

            -Al marcharse ustedes, habrá dos menos en esta casa.

            Para aquella extravagante salida no tenían respuesta sus sencillas visitantes, y se limitaron a mirarse la una a la otra con decorosa desaprobación. Su confusión que­dó en el acto disipada por la llegada de la joven, que volvía del jardín con dos grandes ramos de flores blan­cas las de uno y las del otro, rojas.

            -Escoja usted, madre Catherine -dijo la mucha­cha-. Sólo se diferencian en el color, pero hay las mismas rosas en un ramo que en otro.

            Las dos religiosas se volvieron la una a la otra son­riendo y dudando, con aquello de «¿Cuál prefiere usted, hermana?», «No, escoja usted primero».

            La madre Catherine, mirando por debajo de sus lentes, dijo:

            -MI gracias; entonces tomaré las rojas, porque tam­bién yo soy coloradita... Nos servirán de consuelo en nuestro viaje de regreso a Roma.

            -Pero no durarán -exclamó la niña-. Quisiera darles algo que durase mucho tiempo.

            -Nos has dado un buen recuerdo tuyo, hija mía. Eso, sin duda, durará.

            -Si las monjitas pudiesen llevar cosas lindas -si­guió diciendo la muchacha-, les daría mi collar de cuen­tas azules.

            -¿Regresan a Roma esta misma noche? -preguntó el padre.

            -Sí, otra vez vamos a tomar el tren. Tenemos mucho que hacer allá.

            -¿Y no están ustedes cansadas?

            -Nosotras no estamos cansadas nunca.

            -A veces, sí, madre -murmuró la más joven.    -En todo caso, hoy no lo estamos, pues hemos des­cansado muy bien aquí. Que Dieu vous garde, ma filie -di­jo la madre Catherine.

            Mientras ellas intercambiaban besos con su hija, el caballero fue a abrir la puerta por donde debían salir; pe­ro, al hacerlo, prorrumpió en una breve exclamación y se quedó mirando al otro lado. La puerta daba a una es­pecie de vestíbulo abovedado, alto como una capilla y pa­vimentado con losas rojas, en el cual acababa de entrar una dama, precedida por un criado de librea raída que la conducía hacia la gran habitación donde se hallaban reu­nidos nuestros amigos. El caballero permaneció en si­lencio en la puerta, e igualmente en silencio avanzó la dama. Él no le dirigió ningún saludo audible ni tampo­co le tendió la mano, sino que se limitó a apartarse para dejarla pasar al salón. En el umbral, ella dudó un mo­mento y preguntó:

            -¿Hay alguien ahí dentro?

            -Alguien a quien usted puede ver.

            Entró la dama y se vio frente a las monjitas y su alum­na, que se acercaba entre las dos dándole el brazo a una y otra. Al ver a la nueva visitante, se detuvieron, y la dama, que también se había detenido, se quedó mirándolas.

            La jovencita lanzó un gritito ahogado de alegría y exclamó:

            -¡Ah, madame Merle!

            La visitante había experimentado un leve sobresalto, pero sus modales no perdieron nada de su gracia e in­mediatamente dijo:

            -Sí, es madame Merle que viene a darte la bienve­nida en tu casa.

            Tendió ambas manos a la muchacha, que se adelantó a ella y le dio su frente a besar. Madame Merle imprimió su saludo en aquella pequeña porción de la encantadora joven y luego miró sonriendo a las dos monjitas. Co­rrespondieron ellas a su sonrisa con una reverencia, pe­ro no se permitieron escrutar a aquella imponente y dis­tinguida dama que parecía llevar consigo algo de la claridad del mundo exterior.

            -Estas señoras han traído a mi hija a casa y ahora se vuelven para su convento explicó el caballero.

            -¡Ah! ¿Van ustedes para Roma? Yo he llegado ha­ce poco de allí. Ahora hace un tiempo delicioso en la ciu­dad -dijo madame Merle.

            Las dos religiosas permanecieron de pie con las ma­nos ocultas en las mangas y aceptaron esa declaración sin rechistar. El caballero preguntó entonces cuánto tiempo hacía que había abandonado Roma. Y la mu­chacha, sin darle tiempo a madame Merle a contestar, dijo:

            -Vino a verme al convento.

            -Pansy, estuve más de una vez -manifestó madame Merle-. ¿Acaso no soy en Roma tu mejor ami­ga?

            -La vez que más recuerdo es la última, porque me

dijo que iba a salir del convento -contestó Pansy.

            -¿Le dijo usted tal cosa? -preguntó el padre.   -No recuerdo bien. Le dije lo que creía que le iba a agradar. Llevo ya una semana en Florencia. Esperaba

que fuera usted a verme.

            -Así lo habría hecho, si lo hubiera sabido. Uno no sabe las cosas por ciencia infusa... aunque supongo que debería saberlas. Haga el favor de sentarse.

            Estos dos breves parlamentos fueron dichos en un tono especial de voz... particularmente tranquilo y bas­tante quedo, no por una necesidad concreta sino por obra de la costumbre. Madame Merle miró en derredor suyo para escoger su asiento y dijo:

            -¿Iba usted a acompañarlas a la puerta? Hágalo, no quiero interrumpir la ceremonia. -Y, dirigiéndose en francés a las religiosas, añadió como para despedir­las-: Je vous salue, mesdames.

            -Esta señora es una gran amiga nuestra -dijo el anfitrión-, ustedes ya la habrán visto en el convento. Tenemos una gran confianza en su opinión y ella me ayu­dará a decidir si mi hija ha de volver con ustedes o no después de las vacaciones.

            -Espero que usted decidirá a favor nuestro, señora -se atrevió a decir la monjita de los lentes.

            Madame Merle dijo, como si estuviera de chanza también:

            -Eso es una broma del señor Osmond, porque yo no decido absolutamente nada. Creo que el colegio de ustedes es admirable, pero los amigos de la señorita Osmond deben recordar que ella está naturalmente destinada a vivir en el mundo.

            -Eso es lo que le decía yo al señor. Se trata de pre­pararla para el mundo -explicó la madre Catherine mi­rando a Pansy, que estaba abstraída contemplando el ele­gante atuendo de madame Merle.

            El padre de Pansy dijo entonces a su hija:

            -¿Has oído, Pansy? Estás hecha para vivir en el mundo.

            La muchachita fijó en él sus claros y puros ojos.

            -¿No para vivir contigo, papá?

            El padre soltó una carcajada breve y ligera.

            -Lo uno no quita lo otro, hijita. También yo vivo en el mundo.

            -Con su permiso, nos retiramos -manifestó la ma­dre Catherine-. De todas maneras, procura ser siempre buena y feliz, hija mía.

            -No duden de que iré a verlas -dijo Pansy despi­diéndose con nuevos abrazos que enseguida fueron in-          , terrumpidos por la intervención de madame Merle.

            -Quédate aquí conmigo, hijita, y deja que tu padre acompañe hasta la puerta a esas señoras.

            Pansy, decepcionada, se quedó mirándola con los ojos muy abiertos, aunque sin protestar. No cabía duda de que le habían inculcado la idea de la sumisión debida a cualquiera que le hablase en tono de autoridad, y era una espectadora pasiva de los designios de su destino. No obstante, preguntó con gran dulzura:

            -¿No puedo ayudar a la madre Catherine a subir al coche?

            -Me gustaría más que te quedases aquí conmigo -contestó madame Merle mientras el señor Osmond y sus compañeras, que habían hecho un nuevo y reverencioso saludo a la dama, pasaban a la antecámara.

            -Sí, me quedaré -accedió Pansy acercándose a madame Merle y dejando que ésta la tomara de la mano. Miró a través de la ventana y sus lindos ojos se llenaron de lágrimas.

            -Me alegro de que te hayan enseñado a obedecer -dijo madame Merle-. Eso es lo que las niñas deben hacer.

            -Yo obedezco muy bien -exclamó Pansy con suave complacencia, casi con jactancia, como si hubiese estado hablando de su facilidad para tocar el piano. Y exhaló un débil y casi imperceptible suspiro.

            Madame Merle, sin soltar la mano de la muchachi­ta, la posó sobre la fina palma de la suya y la miró atenta­mente con mirada crítica, si bien no halló nada digno de censura, pues la mano de la joven era blanca y delicada. Al cabo de un instante, dijo:

            -Supongo que te harán llevar siempre guantes. Por lo general a las jovencitas no les gusta ponérselos.

            -Antes no me gustaba ponérmelos –comentó Pansy-, pero ya me he acostumbrado y ahora me gusta.

            -Entonces te regalaré una docena de pares.

            -Muchísimas gracias. ¿De qué color? –preguntó la jovencita con gran interés.

            -De colores prácticos -declaró madame Merle des­pués de pensar un momento.

            -Pero bonitos, ¿verdad?

            -¿Te gustan mucho las cosas bonitas?

            -Me gustan... pero no demasiado -dijo Pansy con un atisbo de ascetismo.

            -En tal caso, no serán demasiado bonitos -afirmó madame Merle echándose a reír. Tomó la otra mano de la jovencita y la atrajo hacia sí. Una vez que la tuvo bien cerca, preguntó-: ¿Vas a echar mucho de menos a la madre Catherine?

            -Mucho... cuando piense en ella.

            -Pues procura no pensar en ella. -Y añadió-: Tal vez algún día tengas otra madre.

            -No creo que sea necesario -dijo Pansy exhalan­do de nuevo un dulce suspiro conciliador. Tenía más de treinta madres en el convento.

            Los pasos del padre resonaron nuevamente en la ha­bitación contigua, y madame Merle dejó a la muchachi­ta y se levantó. El señor Osmond entró y cerró la puerta y, sin mirar siquiera a madame Merle, reintegró un par de butacas a su sitio. La visitante observó sus movimien­tos, esperando que hablara, pero por fin ella misma dijo:

            -Yo esperaba que iría usted a Roma. Supuse que iría usted mismo a sacar a Pansy del convento.

            -Era una suposición de lo más natural; pero me fi­guro que no ha sido la primera vez que mis hechos han defraudado sus cálculos.

            -Cierto; por eso le creo tan malvado -contestó ma­dame Merle.

            El señor Osmond se atareó unos momentos por la habitación -donde había mucho espacio para moverse ­como quien busca pretextos para no prestar una atención que puede resultarle molesta. Pero una vez agotados to­dos los pretextos no le quedó nada por hacer (a menos que tomara un libro) sino quedarse allí plantado con las manos a la espalda y mirando fijamente a Pansy. Luego preguntó bruscamente y en francés a la jovencita:

            -¿Por qué no saliste a despedir hasta el coche a la madre Catherine?

            Pansy dudó un instante, mirando a madame Merle, que contestó:

            -Porque yo le pedí que se quedase conmigo. -Y se sentó en otro sitio.

            -Ah, bien -condescendió el señor Osmond; con lo cual se dejó caer en un sillón y, apoyando los codos en los brazos del asiento, se inclinó hacia delante y cruzó las ma­nos mientras miraba a madame Merle.

            -Madame Merle me va a regalar unos guantes -di­jo Pansy.

            -No hace falta que se lo digas a todo el mundo -ob­servó madame Merle.

            -Es usted muy buena con ella -comentó el señor

Osmond-, pero es de esperar que no le haga falta nada.

            -Me parece que ya tiene bastante de monjitas.

            -Si vamos a hablar de esa cuestión, más vale que es­temos solos.

            -No, que se quede. Hablaremos de otra cosa -re­plicó madame Merle.

Pansy dijo con una ingenuidad que casi era convin­cente:

            -Si quieren, no escucharé.

            -Puedes escuchar, hijita, porque de todos modos no vas a comprender -contestó su padre. La muchacha se sen­tó respetuosamente cerca de la puerta abierta desde la que se divisaba el jardín, que contempló con sus ojos inocentes y despiertos. Su padre prosiguió abruptamente, dirigién­dose a su visitante-: Tiene usted un aspecto estupendo.

            -Me parece que siempre tengo el mismo -res­pondió madame Merle.

            -Usted es siempre la misma, no cambia nunca. Es usted una mujer admirable.

            -En efecto, yo también lo creo.

            -Sin embargo, a veces cambia de idea. A su regre­so de Inglaterra me dijo que por ahora no pensaba aban­donar Roma.

            -Me encanta ver que recuerda usted tan bien todo lo que digo. Ésa era, en efecto, mi intención, pero he ve­nido a Florencia a ver algunas amigas que han llegado últimamente y de cuyos planes no estoy muy enterada.

            -Una razón muy típica. Siempre está usted hacien­do algo por sus amistades.

            Madame Merle le sonrió amablemente y dijo:

            -Es mucho menos característica que su comentario, que está falto por completo de sinceridad. Por lo demás, no se lo recrimino, porque si usted no cree lo que dice, tampoco tiene motivos para creerlo. Puede estar seguro de que no me arruino por mis amistades y, por lo tanto, no merezco esos elogios. Sé tener buen cuidado de mí misma.

            -Exacto; pero su ser incluye a muchas otras perso­nas, a una gran parte de las demás y de todo lo existente. No he conocido jamás una persona cuya vida incluyese tantas otras vidas.

            -¿Qué entiende usted por la vida de uno? -pre­guntó madame Merle-. ¿La apariencia de uno, sus mo­vimientos, sus compromisos, sus compañías?

            -A su vida de usted yo la llamo su ambición -con­testó el señor Osmond.

            Madame Merle miró a Pansy y murmuró:

            -Me pregunto si será capaz de comprender tal cosa.

            -Ya ve que no puede quedarse con nosotros. -El padre de Pansy sonrió con visible tristeza y le dijo a la jovencita en francés-: Ve al jardín, ma petite mignonne, y corta una o dos flores para madame Merle.

            -Eso es lo que estaba pensando -respondió Pansy, que se levanto prestamente y se fue sin hacer el menor, ruido. Su padre la siguió hasta la puerta abierta, la ob­servó durante unos momentos y luego volvió pero per­maneció de pie, o, más bien, se puso a andar de un lado a otro, como para disfrutar de una libertad que otra ac­titud no le habría proporcionado.

            -Mis ambiciones se refieren sobre todo a usted -di­jo madame Merle mirándole con valor.

            -Volvamos a lo que estaba diciendo: yo formo par­te de su vida... como miles de otras personas. Tengo que reconocer que usted no es egoísta. Si lo fuera, ¿qué se­ría yo? ¿Con qué epíteto podría calificárseme?

            -Con el de indolente. Para mí, ése es su mayor defecto.

            -Me temo que en el fondo sea el menor. -

            -A usted le tiene sin cuidado -dijo madame Merle con seriedad.

            -Hasta cierto punto; la verdad. Por lo pronto, esa indolencia mía fue una de las razones por las que no hi­ce el viaje a Roma; pero sólo fue una de ellas.

            -No tiene la menor importancia... para mí por lo menos... el que usted no fuera, aunque me habría gustado mucho verle. Me alegro de que ahora no esté usted en Roma, donde podría estar todavía sí no hubiese ido hace un mes. Prefiero que esté aquí, porque en estos momentos hay algo que me gustaría que hiciera aquí, en Florencia.

            -Por favor, no olvide mi indolencia -dijo el señor Osmond.

            -La tengo presente, pero le ruego que la olvide. De ese modo, alcanzará al mismo tiempo la virtud y la re­compensa. No se trata de un trabajo arduo, y pudiera en­cerrar verdadero interés. ¿Hace mucho que no ha hecho ninguna nueva amistad?

            -No recuerdo haber hecho otra desde la suya.

            -Pues ya es hora de que haga otra. Hay una amiga mía que quiero que conozca.

            En sus idas y venidas, el señor Osmond llegó hasta la puerta abierta y se puso a contemplar las andanzas de su hija bajo el intenso sol.

            -¿Para qué va a servirme? -preguntó con jovial brusquedad.

            -Por lo pronto, para entretenerse -contestó al ca­bo de un momento madame Merle, y en su respuesta no había nada brusco, pues la había meditado.

            -Si usted lo dice, ya sabe que la creo -declaró el señor Osmond acercándose a ella-. Respecto de algu­nas cosas mi confianza en usted es absoluta. Por ejem­plo, estoy convencido de que usted distingue a maravi­lla la buena sociedad de la mala.

            -Toda sociedad es mala.

            -Disculpe. El conocimiento que yo le atribuyo no es un saber corriente. Usted lo ha adquirido como Dios manda, con la experiencia, porque ha tenido la oportu­nidad de poder comparar entre sí a una infinidad de in­dividuos de lo más pintoresco.

            -Bueno, pues le invito a usted a aprovecharse de mi ciencia.

            -¿Aprovecharme? ¿Está usted segura de que voy a conseguirlo?

            -Así lo espero. Dependerá de usted mismo. Si, por lo menos, pudiera lograr que se decidiese a realizar un esfuerzo...

            -¡Ah! ¡Al fin salió aquello! Ya sabía yo que algo fa­tigoso estaría a la vista. ¿Qué hay en el mundo, qué hay que pueda darse por estas latitudes que sea digno de un esfuerzo?

            Madame Merle se ruborizó como si la hubiera herido.

            -No sea necio, Osmond. Nadie sabe mejor que us­ted lo que es digno de esfuerzo. ¿Acaso no le he visto en otras épocas?

            -Sé reconocer algunas cosas, pero ninguna de ellas es probable en esta desdichada vida.

            -Sólo el esfuerzo puede hacerlas probables -res­pondió madame Merle.

            -Algo oculto debe de haber en todo esto. ¿Quién es, pues, esa amiga suya?

            -La persona que he venido a ver a Florencia: una sobrina de la señora Touchett, a la que supongo no ha­brá olvidado.

            -¿Una sobrina? La palabra sugiere juventud e ig­norancia. Ya veo dónde quiere usted ir a parar.

            -Sí. Es joven, tiene sólo veintitrés años, y es una gran amiga mía. La conocí en Inglaterra hace unos me­ses y sellamos enseguida una estrecha alianza. Me gusta extraordinariamente y, cosa que no suelo hacer con to­do el mundo, la admiro. Estoy segura de que lo mismo le ocurrirá a usted.

            -Si me es posible evitarlo, lo evitaré.

            -Precisamente; pero le será imposible evitarlo.

            -¿Es bella, ingeniosa, rica, universalmente inteli­gente e insuperablemente virtuosa? Únicamente con tales condiciones podrá interesarme conocerla. Ya sa­be que hace un tiempo le pedí que no me hablara de ninguna criatura que no corresponda a tal descripción. Ya conozco demasiada gente anodina. No quiero co­nocer más.

            -La señorita Archer no tiene nada de anodina, si­no que es radiante como el amanecer. Se adapta perfec­tamente a su descripción, y por eso quiero que usted la conozca. Satisface todos los requisitos.

            -Más o menos, claro está.

            -No, señor; por completo. Es hermosa, cultivada, ge­nerosa y, para una norteamericana, hasta de buena familia. Además, es muy inteligente y afable y, por añadidura, po­see una bonita fortuna.

            El señor Osmond escuchaba todo esto en silencio; diríase que lo estaba sopesando mentalmente, sin apartar los ojos de su interlocutora. Por último se decidió a preguntar:

            -¿Qué se propone hacer con ella?

            -Ya lo ve. Ponérsela en su camino.

            -¿No estará destinada a algo mucho mejor?

            -No tengo la pretensión de saber a qué están des­tinados los seres -dijo madame Merle-. Lo único que sé es lo que puedo hacer con ellos.

            -Pues lo siento por la señorita Archer -declaró Osmond.

            Madame Merle se levantó.

            -Si esto es un comienzo de interés por ella, tomo buena nota. Los dos estaban frente a frente. Ella se co­locó la mantilla manteniendo los ojos bajos.

            -Tiene usted muy buen aspecto -repitió Osmond aún más incongruentemente que antes-. Se trae algo entre manos. Nunca tiene tan buen aspecto como cuan­do se trae algo entre manos. Le sienta admirablemente.

            En los modales y el tono de estas dos personas, cuan­do se encontraban en cada nueva ocasión, sobre todo cuando lo hacían en presencia de otros, había siempre algo indirecto y circunspecto, como si hubiesen llega­do a reunirse por caminos oblicuos y se comunicaran por sobreentendidos. El efecto mutuo que se producí­an parecía ser el de aumentar la cautela del otro. Des­de luego, madame Merle sobrellevaba mejor que su ami­go las situaciones embarazosas, pero en la presente ocasión no logró mantener la actitud que le hubiese agradado... es decir, la perfecta posesión de sí misma que le habría gustado lucir ante su anfitrión. Sin em­bargo, lo que nos interesa es que llegado un momento aquello que se alzaba entre los dos, fuere de la índole que fuere, acababa por allanarse dejándolos en un fren­te a frente más íntimo del que ninguno de ambos dis­frutara con otra persona. Eso acababa de suceder. Allí estaban; se conocían bien y en definitiva ambos estaban por igual dispuestos a aceptar la satisfacción de cono­cer, a cambio del inconveniente -fuere cual fuere- de ser conocido.

            Madame Merle acabó diciendo tranquilamente:

            -Quisiera con toda mi alma que no fuese usted tan despiadado. Eso le ha perjudicado y seguirá perjudicándo­le siempre.

            -No soy tan despiadado como cree. De vez en cuan­do hay algo que me conmueve... como, por ejemplo, lo que acaba de decir: que su ambición es por mí. No lo com­prendo, porque no veo cómo o por qué ha de ser así. Pe­ro la verdad es que me conmueve, y mucho.

            -Es muy probable que lo entienda menos todavía a medida que el tiempo pasa. Hay cosas que usted no com­prenderá nunca; ni tampoco es absolutamente necesario que llegue a comprenderlas.

            -Después de todo -dijo Osmond-, no hay mu­jer tan extraordinaria como usted. Tiene muchas más co­sas dentro que todas las demás personas. No veo por qué piensa que la sobrina de la señora Touchett pueda llegar a interesarme tanto:.. cuando... cuando... -Y se detuvo un instante.

            -¿Cuando yo he llegado a importar tan poco, no es cierto?

            -No es eso, desde luego, lo que he querido decir, sino: cuando ya he conocido y apreciado a una mujer co­mo usted.

            -Isabel Archer vale más que yo -confesó madame Merle.

            Su compañero rió francamente y dijo:

            -¡Qué poco debe considerarla para decir eso!

            -¿Me cree usted capaz de tener celos? Contésteme, por favor.

            -¿De mí? Desde luego, no; no lo creo, en general.

            -Pues vaya a verme dentro de un par de días. Me alojo en casa de la señora Touchett, en el Palazzo Cres­centini, y la joven estará presente.

            -¿Pero por qué no me pidió al comienzo simple­mente que fuera, sin necesidad de hablarme de la mu­chacha? Ella estará allí de todas maneras.

            Madame Merle le miró como si ninguna pregunta

que él le hiciera pudiera pillarla desprevenida:

            -¿Quiere saber por qué? Pues porque ya le he ha­blado a ella de usted.

            Osmond frunció el entrecejo y miró para otro lado.

            -Más me hubiera gustado no saberlo.  -Luego, pa­sado un instante, señaló el caballete que sostenía la pe­queña acuarela y preguntó-: ¿Ha visto usted eso? Es mi última obra.

            Madame Merle se aproximó y la contempló deteni­damente:

            -De los Alpes Vénetos, ¿no? ¿Un apunte del año pasado?

            -¡Sí: hay que ver cómo lo adivina usted todo!

            Ella siguió contemplando la acuarela y dijo:

            -Ya sabe que sus pinturas no me interesan.

            -Lo sé, y es cosa que siempre me sorprende, por­que, la verdad, son mejores que las de la mayoría de los pintores.

            -No digo que no. Pero para ser lo único que usted hace... le diré que es bien poco. Lo que yo quisiera es verle haciendo muchas otras cosas; ésa fue siempre mi ambición.

            -Sí, ya me lo ha dicho varias veces... cosas que eran imposibles.

            -Cosas que eran imposibles -repitió madame Merle; luego prosiguió, en tono bien distinto-: En sí el cuadrito está muy bien. -Paseó la mirada por la es­tancia: por los cofrecillos tallados, los tapices, los cua­dros, las superficies de apagada seda-, Por lo menos, el arreglo de sus habitaciones es perfecto. Cada vez que vengo me maravillo, le aseguro que no las conozco me­jores. De esto sabe usted más que nadie. Tiene un gus­to exquisito.

            -¡Bah! Ya estoy harto de mi gusto exquisito -re­plicó Gilbert Osmond.

            -De todos modos, debe invitar aquí a la señorita Archer para que las vea.

            -No tengo inconveniente en mostrar mis cosas a la gente... siempre y cuando no sea gente imbécil.

            -Usted lo hace admirablemente. Como «cicerone» de su propio museo, no tiene rival.

            En respuesta a este cálido elogio, el señor Osmond adoptó un talante más frío y atento.

            -¿Ha dicho que es rica?

            -Tiene sesenta mil libras.

            -En écus bien comptés?

            -No cabe duda alguna. Puedo decir que he visto su fortuna.

            -¡Admirable mujer!... Me refiero a usted. Dígame, si voy a verla, ¿tendré que ver a la madre?

            -¿Qué madre? No tiene padre ni madre.

            -Entonces, la tía... esa señora... ¿cómo la llama us­ted?... la señora Touchett, ¿no?

            -Puedo mantenerla alejada.

            -No tengo nada contra ella. Más bien me gusta. Tiene una manera anticuada de ser que acusa una viva personalidad. Pero, ese memo zanquilargo de su hijo... ¿está también con ellas?

            -También está, pero no les molestará en nada.

            -Es un verdadero asno.

            -Nada de eso, está usted equivocado. Es un hom­bre muy inteligente, pero suele evitarme cuando yo me hallo en la casa, porque no le gusto.

            -Eso demuestra lo burro que es. ¿Dice usted que ella es guapa? -siguió inquiriendo Osmond.

            -Eso he dicho; pero no lo voy a repetir, no sea que luego lo decepcione. Lo único que le pido es que vaya. Todas las cosas requieren principio.

            -¿Principio de qué?

            Madame Merle permaneció callada un instante y lue­go dijo:

            -Por supuesto, lo que quiero es que se case usted con ella.

            -Eso sería el comienzo del fin. Bueno. Iré a verla por mí mismo. ¿Le ha expuesto a ella su idea?

            -¿Por quién me toma usted? No es una pieza tos­ca de maquinaria... ni tampoco lo soy yo.

            -Verdaderamente -dijo Osmond tras cierta refle­xión-, no comprendo sus ambiciones.

            -Estoy segura de que ésta la comprenderá en cuan­to haya visto a la señorita Archer. Hasta entonces, apla­ce su juicio. -Se había acercado a la puerta que daba al jardín y permaneció unos momentos mirando al exte­rior-. Pansy se ha puesto preciosa -comentó.

            -Eso mismo creo yo.

            -Pero ya ha estado bastante en el convento.

            -No sé -replicó Osmond-. No me disgusta có­mo la han modelado. Es encantadora.

            -Eso no es obra del convento. Es la naturaleza mis­ma de la muchacha.

            -Creo que es la combinación de ambas cosas. Pansy es pura como una perla.

            -Entonces, ¿por qué no me trae las flores? -pre­guntó madame Merle-. Por lo visto, no se da prisa.

            -Pues vamos nosotros a buscarlas.

            -La niña no me quiere -dijo la dama al tiempo que abría su sombrilla y ambos salían al jardín.

 

 

23

 

 

            Madame Merle, llegada a Florencia poco después de la señora Touchett y por invitación de ésta, que le había ofrecido la hospitalidad del Palazzo Crescentini, volvió a hablar a Isabel de Gilbert Osmond, manifestando su deseo de que llegasen a conocerse, sin hacer en ello tan­to to hincapié como la hemos visto hacer al recomendar tan calurosamente la muchacha a la atención del señor Osmond. mond. Se debía esto a que Isabel no opuso resistencia a la propuesta de madame Merle. En Italia, lo mismo que en Inglaterra, la distinguida dama tenía un gran núme­ro de amistades, tanto entre los nativos del país como en­tre sus heterogéneos visitantes. Había nombrado ya a su amiga muchas de las personas a quienes le convenía co­nocer (aunque dijo que Isabel, desde luego, podría tra­tar a quien se le antojase), y a la cabeza de las personas de calidad colocó al señor Osmond. Era éste un antiguo amigo suyo, al que conoció hacía una docena de años, y al que consideraba uno de los hombres más brillantes y agradables de toda Europa. Se hallaba en todo muy por encima de la media de personas respetables; era otra co­sa. Por lo demás, no era uno de esos cautivadores profe­sionales, y el efecto que producía en los demás dependía siempre del estado de sus nervios y de su ánimo. En sus momentos de decaimiento podía caer tan bajo como el que más, si bien en tales ocasiones le salvaba su aspecto de príncipe desterrado. Pero si el caso le interesaba, le picaba, presentaba el justo desafío... -tenía que ser exac­tamente el punto justo de desafío- entonces había que rendirse a la evidencia de su gran talento y distinción. Semejantes cualidades no dependían en él, como en mu­chos otros individuos, de que hiciera o dejara de hacer esto o aquello. Tenía, desde luego, sus manías -como ya Isabel vería que tenían todos los hombres que valía la pena conocer- y no brillaba con la misma luz ante los ojos de todos. Pero madame Merle creía poder conseguir que a los ojos de Isabel apareciese, brillante. Se abu­rría con facilidad y la gente sosa le enojaba; pero era in­dudable que una joven avispada y culta como Isabel podría proporcionarle un estímulo del que con harta frecuen­cia carecía su vida. De todas suertes, era una persona a la que no debía dejar de conocer. Nadie debería preten­der vivir en Italia sin hacer amistad con Gilbert Osmond, que conocía el país mejor que nadie, a excepción de un par de catedráticos alemanes. Y si ellos poseían mayores conocimientos, él tenía una comprensión más acertada y mejor gusto, pues era en todo y por todo un verdade­ro artista. Isabel recordaba que su amiga le había habla­do de él durante aquellos sus interminables coloquios de Gardencourt y se preguntaba, un si es no es intrigada, qué clase de vínculo debía de unir a aquellos dos espíritus superiores. Intuía ella que en el fondo de todas las ínti­mas relaciones de madame Merle había alguna historia, y esa impresión formaba parte del interés suscitado por aquella mujer que en todo era excesiva. Sin embargo, en lo tocante a sus relaciones con el señor Osmond no daba indicios sino de una amistad tranquila y sedimentada. Isabel dijo a su amiga que tendría mucho gusto en co­nocer a una persona que había disfrutado de su privile­giada confianza durante tantos años.

            -Tiene usted que conocer a muchos hombres -se­ñaló madame Merle-, al mayor número posible, para irse acostumbrando a ellos.

            -¿Acostumbrarme a ellos? -repitió Isabel con aque­lla solemne mirada que a veces parecía denotar su defi­ciente sentido de lo cómico-. ¿Acaso cree que les ten­go go miedo? Estoy tan acostumbrada a ellos como una cocinera al chico del carnicero.

            -Acostumbrarse a ellos, quiero decir... para des­preciarlos, que es lo que se acaba por hacer con la ma­yoría. Y usted escogerá para su círculo a los pocos a quie­nes no desprecie.

            Madame Merle no solía entregarse a semejantes no­tas de cinismo; pero Isabel no se sintió alarmada, porque nunca había supuesto que, a medida que uno iba cono­ciendo mejor el mundo, viniera a ser el sentimiento de respeto la más activa de las emociones; sí se lo había cau­sado, sin embargo, la ciudad de Florencia, que le había gustado tanto como madame Merle le pronosticara; y, si por su percepción desasistida no hubiese acertado a ca­librar sus encantos, contaba con inteligentes compañe­ros que oficiarían de sacerdotes de aquel misterio. En efecto, no le faltaba esclarecimiento artístico, porque pa­ra su primo Ralph el servir de «cicerone» a su joven y ávida parienta constituía un placer que renovaba su pa­sión temprana. Madame Merle solía permanecer en ca­sa, pues había visto ya los tesoros de Florencia una y mil veces, y siempre tenía algo interesante que hacer. Pero hablaba de las cosas con una extraordinaria retentiva de la memoria, acordándose de todo: del ángulo derecho del gran cuadro del Perugino o de las maravillosas ma­nos de santa Isabel en el cuadro contiguo. Tenía su pro­pio criterio acerca del carácter de muchas obras maes­tras, disintiendo a menudo de Ralph con mucho brío y defendiendo sus opiniones con tanta inventiva como buen humor. Isabel escuchaba las discusiones que se entabla­ban entre los dos, con la sensación de que podrían serle de provecho y de que constituían una de las ventajas de que no habría podido disfrutar en Albany. En las claras mañanas del mes de mayo, antes de la hora del almuer­zo, que en casa de la señora Touchett se servía a las do­ce en punto, Isabel deambulaba con su primo por las som­brías callejuelas de la ciudad, parándose a descansar en la densa penumbra de alguna histórica iglesia o en las abovedadas cámaras de algún convento deshabitado. Vi­sitaba pinacotecas y palacios, contemplaba cuadros y es­tatuas que hasta entonces fueron para ella grandes nom­bres, y trocaba un presentimiento que había demostrado ser una hoja en blanco por un conocimiento que a veces era una limitación. Realizó todos los actos de voluntaria humillación mental en que con tanta frecuencia suele in­currir el entusiasmo y la juventud. Sintió latir su cora­zón en presencia del genio inmortal y conoció la dulzu­ra de las lágrimas que le empañaban la visión de los frescos descoloridos y los mármoles oscurecidos. Pero la vuelta a casa, cada día, le resultaba más agradable que la salida; le gustaba regresar al amplio y monumental patio de la enorme casa en que la señora Touchett estableciera mu­chos años atrás su residencia, y a las altas y frescas es­tancias donde las vigas talladas y los pomposos frescos del siglo dieciséis parecían despreciar las domésticas co­modidades de la era de la publicidad. Habitaba la seño­ra Touchett en un histórico edificio de una estrecha ca­lle cuyo nombre recordaba las numerosas refriegas que allí tuvieron lugar durante la Edad Media, y veía com­pensado lo oscuro de su fachada por la baratura del al­quiler y la exuberancia de un jardín donde la naturaleza misma parecía tan arcaica como la tosca arquitectura del palacio, y que iluminaba y perfumaba las habitaciones de la casa. Para Isabel, el vivir en aquel sitio era tanto como tener pegado el oído en la caracola del pasado; aquel ru­mor vago y eterno mantenía despierta su imaginación.

            Gilbert Osmond fue a visitar a madame Merle, quien le presentó a la joven que acechaba al otro extremo del salón. En aquella oportunidad Isabel casi no tomó par­te en la conversación y apenas sonreía cuando los otros se volvían hacia ella en un gesto de solícita invitación. Permanecía sentada como si asistiera a una representa­ción teatral y hubiese pagado un alto precio por su loca­lidad. La señora Touchett no estuvo presente, de suerte que los otros dos tuvieron vía libre para hacer gala de su brillantez intelectual. Hablaban de los florentinos, de los romanos y del mundo cosmopolita y, al oírles, podrían haber sido distinguidos actores de una función benéfica. Todo tenía esa perfecta soltura procedente de un ensa­yo. Madame Merle le dio la impresión de estar en un es­cenario; pero Isabel era capaz de hacer oídos sordos a cualquier pie convenido sin estropear la escena, aunque así dejara en mal lugar a la amiga que la había avalado ante el señor Osmond. Por una sola vez no importaba; incluso si se hubiera tratado de algo de mayor impor­tancia, ella no habría intentado destacarse. Había algo en aquel visitante que la contenía y la mantenía en sus­penso, haciéndola comprender que era mucho más im­portante para ella recibir una adecuada impresión de él que tratar de producírsela. Además, carecía de la sufi­ciente habilidad para causar una impresión que sabía es­perada: nada tan satisfactorio como resultar deslumbrante, pero Isabel sentía una irresistible repugnancia a tener que brillar por encargo. Par ser justos, diremos que el se­ñor Osmond tenía la reserva educada de quien no espe­ra nada, una tranquilidad agradable que parecía cubrirlo todo, incluso la primera exhibición de su propio ingenio. Y era cosa tanto más grata cuanto que tenía un semblante sumamente sensible. No era hermoso, pero sí distingui­do, con la distinción de aquellos personajes que figura­ban en las telas de la galería degli Uffizi. También su voz era distinguida..., cosa de extrañar, pues, a pesar de su claridad, no era dulce. Ése había sido en parte el motivo de que ella se abstuviera de mezclarse en la conversación. La dicción de Osmond era como la vibración del cristal y, si ella hubiese posado el dedo, acaso habría alterado el diapasón y echado a perder el concierto. Sin embargo, tuvo que hablar antes de que él se marchara.

            -Madame Merle -dijo él- ha consentido subir a mi atalaya un día de la próxima semana para tomar el té en mi jardín. Sería para mí un placer que usted se dig­nara acompañarla. Dicen que el sitio es bonito... se disfruta de lo que llaman una vista panorámica. Mi hija tam­bién se alegraría... aunque es todavía demasiado jovencita para experimentar fuertes emociones; yo me alegraría mucho... muchísimo... -El señor Osmond se detuvo con un ligero azoramiento sin acabar su frase, y añadió-: Sería para mí una gran satisfacción que usted conociese a mi hija.

            Isabel contestó que le encantaría conocer a la seño­rita Osmond y, si madame Merle la llevaba a lo alto de la colina, le quedaría muy agradecida. Con esta garantía el visitante se despidió, e Isabel creyó que su amiga iba a regañarla por haberse mostrado tan sosa. Pero ante su sorpresa madame Merle, que en verdad no incurría ja­más en lo consabido, le dijo al cabo de un momento:

            -Ha estado usted encantadora, querida; no se ha­bría podido pedir más. Usted nunca decepciona.

            Un regaño habría sido quizás irritante, aunque era mucho más probable que Isabel lo hubiese asumido bien.

Pero, por extraño que parezca, las palabras pronuncia­das por madame Merle fueron las primeras que le pro­dujeron a Isabel cierto desagrado en boca de su aliada.

            -Es más de lo que yo pretendía -contestó Isabel fríamente-. Que yo sepa, no tengo obligación ninguna de agradar al señor Osmond.

            Madame Merle se sonrojó visiblemente, pero ya se ha visto que no acostumbraba retractarse.

            -Hijita -dijo-, no hablaba para él, pobre hom­bre, sino para usted. Desde luego, no se trata de que us­ted le guste a él, eso no tiene la menor importancia; pe­ro me pareció que él le gustaba a usted.

            -Así es -declaró Isabel con franqueza-. Pero tam­poco veo qué importancia pueda tener eso.

            -Para mí, sí. Todo lo que le concierne a usted tie­ne suma importancia para mí -dijo madame Merle con su aire de cansada nobleza-; sobre todo cuando con­cierne al mismo tiempo a otro buen amigo.

            Fueran cuales fueran los deberes de gratitud de Isa­bel hacia el señor Osmond, hemos de confesar que le pa­recieron motivo suficiente para hacerle unas preguntas a Ralph. Pensaba que los juicios de Ralph estaban alte­rados por sus propios padecimientos, pero creía haber aprendido a aplicarles las correcciones oportunas.

            -¿Si le conozco? -dijo su primo-. Claro que le conozco, aunque no muy bien desde luego, pero, en conjunto, lo suficiente. No puedo decir que haya cul­tivado mucho su trato, y, por lo visto, tampoco él ha considerado el mío absolutamente indispensable para su felicidad. ¿Que quién es y qué es? Un americano di­fuso, indefinido, que ha estado viviendo estos últimos treinta años en Italia. ¿Que por qué le llamo indefini­do? Únicamente para disimular mi ignorancia a su res­pecto, pues no conozco sus antecedentes, su familia ni su origen. Por cuanto sé de él, lo mismo puede ser un príncipe de incógnito, y de hecho lo parece, un prínci­pe que ha abdicado en un momento de hastío y desde entonces está siempre fastidiado. Antes solía vivir en Roma, pero desde hace unos años ha fijado su residen­cia aquí; recuerdo haberle oído decir que Roma se ha­bía puesto muy vulgar. Él aborrece la vulgaridad, y ése es el aspecto más notable de su carácter, por lo menos el único que yo conozco. Vive de sus rentas, que no creo sean vulgarmente cuantiosas, y es un caballero pobre pero honrado, según dice él mismo. Se casó joven, en­viudó joven y me parece que tiene una hija. Tiene tam­bién una hermana, casada con no sé qué conde o algo por el estilo de esta parte del país. Tengo entendido que ella es más agradable que él, pero bastante loca. Re­cuerdo que circulan acerca de ella no pocas historias, y no te recomendaría que la conocieras. Pero, ¿por qué no le preguntas a madame Merle, que sabe de esa gente mucho más que yo?

            -Si te pregunto a ti es porque necesito tu opinión tanto como la suya -dijo Isabel.

            -¡Mi opinión no cuenta! Si te enamoras del señor Osmond, valiente cosa va a importarte mi opinión.

            -Es probable; pero entretanto tiene su importan­cia. Cuanto más informada esté una sobre los peligros que pueda correr, tanto mejor.

            -No estoy de acuerdo contigo... eso hace surgir otros peligros. Vivimos en una época en que oímos de­masiadas cosas acerca de la gente. Nuestros oídos, nues­tros ojos, nuestras bocas están ahítos de personalidades. No hagas caso de lo que unos te digan de otros. Piensa y juzga de todos y de todo por ti misma.

            -Eso es lo que estoy tratando de hacer -dijo Isa­bel-, pero entonces la gente te cree engreída.

            -Tampoco tienes que hacer caso de eso... ahí está la fuerza de mi tesis. No hacer caso de lo que digan los de­más de uno mismo y, menos aún, de lo que digan de tu ami­go o de tu enemigo.

            Isabel reflexionó un momento y dijo:

            -Creo que tienes razón, pero hay algunas cosas de las que no tengo más remedio que hacer caso; por ejem­plo, cuando atacan a un amigo mío o cuando me alaban de mí.

            -Por supuesto que debes tener la libertad de juzgar al crítico. De todos modos, juzga a la gente como los crí­ticos hacen y acabarás condenándolos a todos -conclu­yó Ralph.

            -Estudiaré al señor Osmond yo misma. He pro­metido ir a visitarle -dijo Isabel.

            -¿A visitarle?

            -Es decir, ir allá arriba a ver sus cuadros, su vista panorámica, su hija y no sé qué otras cosas. Madame Merle va a llevarme. Dice que muchas damas van a visitarle.

            -¡Ah! Si es con madame Merle, puedes ir con toda confianza -declaró Ralph-. Ella no conoce más que a gente de alto copete.

            Isabel no dijo más sobre el señor Osmond, pero al poco señaló a su primo que no la satisfacía mucho el to­no que empleaba al hablar de madame Merle.

            - Parece como si quisieras insinuar algo acerca de ella. No sé lo que quieres decir, pero si tienes algún mo­tivo para no quererla bien, hay siempre dos caminos: o decir las cosas francamente o no decir nada en absoluto.

            Ralph acogió tal censura con mayor seriedad de la que de ordinario solía mostrar.

            -Hablo de madame Merle exactamente de la mis­ma forma en que le hablo a ella: con un respeto incluso exagerado.

            -Precisamente, exagerado. De eso es de lo que me quejo.

            -Si lo hago así es porque exageran los méritos de madame Merle.

            -¿Quién? Vamos a ver, dímelo. ¿Yo? Si soy yo, le hago un flaco servicio.

            -No, no; es ella misma.

            -¡Eso sí que no! ¡Protesto! -exclamó Isabel con ardor-. ¡Si ha habido jamás una mujer con menos pre­tensiones... !

            -Has puesto el dedo en la llaga -la interrumpió Ralph-. Su modestia es exagerada. No abriga preten­siones pequeñas... está en su derecho de tenerlas grandes.

            -Entonces es que sus méritos son grandes. ¿No ves que te contradices?

            -Sus méritos son inmensos. Es indescriptiblemen­te intachable, un desierto de virtud sin senda alguna, la única mujer que no concede la menor posibilidad.  

-¿Posibilidad de qué?

            -Pues, de llamarla necia. Es la única mujer que co­nozco que sólo tiene ese defecto.

            Isabel se volvió con un gesto de impaciencia.

            -No te comprendo. Eres demasiado paradójico pa­ra mi pobre intelecto.

            -Pues te lo voy a explicar. Cuando digo que ella exagera, no quiero decir que lo hace en el sentido vul­gar de la palabra: es decir, que fanfarronea, que desor­bita, que habla demasiado bien de sí misma. Lo que quie­ro decir es que lleva tan lejos el anhelo de perfección que... acaba por sobrepasar sus propios méritos. Es de­masiado buena, excesivamente generosa, inteligente en demasía, demasiado cumplida, demasiado... todo. En una palabra, es demasiado completa. Te confieso que me ataca los nervios y que siento por ella algo parecido- a lo que aquel ateniense humanísimo sentía por Arístides el Justo.

            Isabel miró intrigada a su primo; pero el espíritu bur­lón, si anidaba en las palabras de Ralph, por esta vez no se asomaba a su rostro.

            -¿Querrías desterrar a madame Merle? -preguntó.

            -De ningún modo -contestó Ralph-. Es una com­pañía demasiado buena. A mí, por lo menos, me deleita.

            -¡Eres de lo más odioso! -exclamó ella. Luego le preguntó si sabía algo que no hablase en honor de su bri­llante amiga.

            -Absolutamente nada -dijo Ralph-. ¿No ves que eso es lo que te estoy diciendo? Podrás encontrar un pun­tito negro en el carácter de cualquiera otra persona. Ten­go la seguridad de que también podría encontrártelo a ti si le dedicara media hora de tiempo. Por mi parte, yo tengo más manchas que un leopardo. Pero, en madame Merle, ni una; ¡nada, nada, nada!

            -Eso es justamente lo que yo creo -afirmó Isabel con un enérgico cabeceo-. Y por eso la quiero tanto.

            -Para ti, es una persona extraordinaria. Ya que quie­res ver mundo, no puedes encontrar mejor guía que ella.

            -Supongo que con eso querrás decir que es una mu­jer de mundo.

            -¿De mundo? Nada de eso -dijo Ralph-. ¡Es el globo del mundo en persona!

            No se trataba, como Isabel había querido al princi­pio creer, de un refinamiento de la malicia por parte de Ralph decir que le deleitaba madame Merle. Ralph Touchett tomaba su placer donde lo hallaba y no se habría perdonado a sí mismo una indiferencia total a los hechizos de aquella maestra del arte social. Hay, sin duda, simpa­tías y antipatías profundas, y podía haber sucedido que, a pesar de la justicia con que él juzgaba a madame Merle, la ausencia de ésta de casa de su madre no hubiera con­vertido la vida de Ralph en un erial. Pero Ralph Touchett había aprendido a observar más o menos inescrutable­mente, y no existía nada tan «sostenido» como presen­ciar la actuación global de madame Merle. Él la degustaba a pequeños sorbos, le permitía actuar, con un sentido de la oportunidad que ni ella misma habría podido supe­rar. En algunos momentos sentía lástima por ella y, cosa extraña, era en tales ocasiones cuando se mostraba me­nos generoso. Estaba seguro de que madame Merle ha­bía sido enormemente ambiciosa y de que lo por ella logrado quedaba muy por debajo de su secreta medida. A pesar de haberse entrenado a la perfección, su amiga no había alcanzado ninguno de los premios. Seguía sien­do nada más que madame Merle, viuda de un negociant suizo, con una pequeña renta y numerosas relaciones, una señora que iba a pasar muchas temporadas en casa de unos y otros, era querida por todo el mundo y a todos «gusta­ba», como el último libro de habladurías amenas. Había algo trágico en el contraste entre su situación verdadera y la otra media docena de situaciones que a juicio de él suscitaban la esperanza de la dama. La madre de Ralph estaba convencida de que se llevaba muy bien con su ami­ga. Para la señora Touchett, dos personas que seguían de tal manera dos líneas de conducta tan ingeniosas, tan en­teramente personales, por fuerza tendrían mucho en co­mún. Ralph había prestado la debida consideración a la intimidad de Isabel con su eminente compañera, y hacía ya tiempo que en su fuero interno había resuelto que no podía, sin hallar oposición, guardarse a su prima para él solo; y se conformó con sacar el mejor partido de ello, co­mo había hecho con cosas peores. Creía que todo acaba­ría por arreglarse, y que no podía durar eternamente. Nin­guna de esas dos personas superiores conocía tan bien a la otra como se figuraba, y cuando una de ellas hubiera hecho un par de descubrimientos importantes habría, si no una verdadera ruptura, cuando menos un enfriamien­to en sus relaciones. Entretanto, él no tenía inconveniente en admitir que la conversación de la dama de más edad era ventajosa para la más joven, pues ésta tenía no poco que aprender, y no cabía duda de que lo aprendería me­jor de madame Merle que de cualquier otro maestro de la juventud. En tal caso, no era probable que Isabel su­friese perjuicio alguno.

 

 

 

 

 

24

 

 

            Ciertamente habría sido difícil discernir qué perjui­cio pudiera ocasionarle a Isabel su visita a lo alto de la colina del señor Osmond. Nada tan encantador como aquella ocasión... una deliciosa tarde de la primavera toscana en plena sazón. El coche que llevaba a las dos visi­tantes franqueó la Puerta Romana, pasando por debajo de la enorme y lisa construcción que corona el claro y hermoso arco de aquel portal y le vuelve tan extraordi­nariamente grandioso, y serpenteó entre plantíos. cerca­dos de altas tapias, detrás de las que la exuberancia de los huertos en flor se desbordaba vertiendo su fragancia, has­ta llegar a la diminuta plaza de lo alto de la ciudad, pla­zuela de curvada traza donde la fachada larga y oscura de la villa ocupada parcialmente por el señor Osmond cons­tituía un elemento imponente. Isabel y su amiga cruza­ron un patio amplio, donde una leve penumbra descan­saba en la parte baja, mientras que en lo alto el sol acariciaba dos galerías de arcos enfrentadas, deslizándose sobre las esbeltas columnas y las floridas enredaderas que en ellas se enroscaban. Había algo fuerte y grave en aquel lugar y, al contemplarlo, daba cierta sensación de que, una vez dentro, haría falta un acto de energía para salir. Pero en aquel momento, para Isabel no era cuestión de abando­narlo, sino de seguir avanzando. El señor Osmond salió a recibirlas al fresco vestíbulo -incluso en el mes de mayo resultaba fresco- y las hizo pasar al apartamento que ya conocemos.

            Madame Merle iba delante y, -mientras Isabel se de­moraba un poco hablando con él, ella se adelantó para saludar familiarmente a otras dos personas que estaban sentadas en el salón. Una de ellas era Pansy, a la que be­só, y la otra una dama, la hermana del señor Osmond se­gún éste indicó a Isabel, la condesa Gemini.

            -Y ésta es mi hijita -dijo-, que acaba de salir del convento.

            Llevaba Pansy un vestido corto y blanco, y la rubia cabellera cuidadosamente recogida en una redecilla y los zapatitos atados a los tobillos, a modo de sandalias. Hi­zo a Isabel una pequeña reverencia conventual y luego se acercó para dejarse besar. La condesa Gemini se limi­tó a saludar con la cabeza sin levantarse; Isabel observó que se trataba de una mujer de mucho postín. Era del­gada, morena, nada hermosa y con facciones que hacían pensar en algún pájaro tropical... nariz larga y picuda, ojos pequeños y vivaces, boca y barbilla notablemente hundidas. Sin embargo, su expresión, gracias a diversas intensidades de énfasis y asombro, de horror y de ale­gría, no resultaba falta de humanidad; y, por lo que a su apariencia atañía, se veía a las claras que se conocía bien y sabía sacarse partido. Su atuendo, que era voluminoso pero delicado y de llamativa elegancia, tenía destellos de plumaje, y sus actitudes eran tan súbitas y versátiles co­mo la del animal que vive posado en la rama. Tenía mu­cho estilo, e Isabel, que no había conocido a nadie con tanta clase, la clasificó como el colmo de la afectación. Recordó que Ralph no se la había recomendado como relación deseable, pero se sentía dispuesta a reconocer que, a primera vista, la condesa Gemini no parecía tener gran­des profundidades. Sus demostraciones sugerían el vio­lento ondear de una bandera de armisticio general... se­da blanca y flameantes gallardetes.

            -Creerá lo mucho que me alegro de verla si le di­go que he venido porque sabía que usted iba a estar aquí. Yo no vengo nunca a ver a mi hermano; hago que baje él a visitarme. Esta colina suya es atroz, no sé qué gra­cia le encuentra. De veras, Osmond, vas a ser la ruina de mis caballos el día menos pensado y si les pasa algo no tendrás más remedio que regalarme otro tronco. Hoy los he oído resollar como no tienes idea, te ase­guro que es verdad. Es muy desagradable oír jadear a los caballos cuando una está en el coche; parece como si no fuesen lo que deben ser. Yo he procurado tener siempre buenos caballos. Podrá faltarme cualquier otra cosa, pero eso siempre lo he tenido. Mi marido no sa­be de muchas cosas, pero en cuestión de caballos es un genio. Por lo general, los italianos no entienden de ca­ballos, pero mi marido está, según sus escasas luces, a favor de todo lo inglés. Y, como mis caballos son in­gleses, sería una verdadera lástima que se echaran a perder. -Y dirigiéndose directamente a Isabel, prosi­guió-: Debo decirle a usted que Osmond no me in­vita con frecuencia; creo que no le gusta tenerme por aquí. Lo de venir hoy ha sido una idea enteramente mía. Me gusta ver caras nuevas, y seguro que es usted novísima. Pero no se siente usted ahí, que ese sillón no es lo que parece. Hay aquí asientos muy buenos, pero otros son horrorosos.

            Formuló estas observaciones con toda suerte de res­pingos y picotazos, de gorgoritos estridentes, y con un acento que tenía un divertido sabor a buen inglés, o me­jor dicho a buen hablar de americano en desgracia.

            -¿Que no me gusta tenerte, querida? -dijo su her­mano-, ¡pero si eres inapreciable!

            -Pues yo no veo tales horrores -dijo Isabel, mi­rando en torno suyo-. A mí me parece todo lo que veo bello y precioso de veras.

            -Sin duda tengo algunas cosas buenas -convino el señor Osmond- y, desde luego, lo que no tengo es na­da muy malo. Pero tampoco tengo lo que me gustaría.

            Permanecía allí de pie con cierta torpeza, sonriendo y mirando en derredor suyo; su actitud era una extraña mezcla de despego e interés. Parecía dar a entender que nada, salvo los «valores» correctos, tenía importancia. Isabel sacó rápidamente la conclusión de que la verda­dera sencillez no constituía la divisa de la familia. Hasta la jovencita recién salida del convento que, con su rela­mido vestidito blanco, con su carita humilde y obedien­te y sus manos cruzadas delante de ella, estaba allí como en actitud de ir a tomar la primera comunión, hasta esa diminuta hija del señor Osmond, tenía algo de pulido y acabado que no carecía totalmente de artificio.

            -Lo que usted habría querido tener-dijo madame Merle-, es algunas cosas de las galerías Uffizi y Pitti; eso es lo que le habría gustado de veras.

            -¡El pobre Osmond, siempre a vueltas con sus cor­tinajes y sus crucifijos! -exclamó la condesa Gemini, que al parecer sólo llamaba a su hermano por el apelli­do. En realidad, su exclamación no tenía un objetivo concreto; sonrió a Isabel al hacerla y la miró de arriba abajo.

            Su hermano no la había oído y aparentaba estar pen­sando lo que podría decir a Isabel. Por fin, se le ocurrió observar:

            -Pero usted querrá tomar el té. Debe de estar muy cansada.

            -No; no estoy cansada. ¿Qué he hecho para can­sarme?

            Experimentaba Isabel cierta necesidad de mostrar­se muy directa y de no alardear de nada. Le parecía que algo flotaba en el aire -tal era su impresión general, aunque no sabría decir en qué consistía-, algo que le impedía hacerse notar. Aquella casa, la ocasión, la mez­cla de personas allí congregadas, significaban mucho más de lo que a simple vista aparecía. Se proponía tra­tar de comprender y no limitarse a decir insustanciales bagatelas. La pobre sin duda no se daba cuenta de que muchas mujeres habrían soltado banalidades de buen tono para encubrir el juego de su observación. La ver­dad era que se sentía un poco alarmada en su orgullo: un hombre del que oyera hablar en términos que des­pertaban interés y dotado de cualidades que le permitían sobresalir la había invitado a ella, una joven que no pro­digaba sus favores, a ir a su casa. Ahora que la tenía allí, era él quien debía hacerles grata la estancia a sus invita­das mediante su ingenio. Pero Isabel no se sintió menos observadora y, a nuestro juicio, tampoco indulgente, al darse cuenta de que el señor Osmond llevaba a cabo aquel empeño con mucho menor complacencia de la que hubiera podido esperarse. Se figuraba que él se estaría diciendo: «¡Qué estúpido he sido al meterme sin nece­sidad en esto!».

            -Estará cansada cuando vuelva a casa, si Osmond le enseña todos sus «bibelots» y le da una conferencia sobre cada uno -dijo la condesa Gemini.

            -Yo no tengo ese temor; pero si me canso, por lo menos habré aprendido algo.

            -No será mucho, desde luego -dijo el señor Osmond-. En cambio, a mi hermana le espanta aprender.

            -¡Oh! No tengo inconveniente en confesarlo. No quiero saber nada más... sé ya demasiadas cosas. Cuanto más sabe una, más desgraciada es.

            -No debe usted rebajar el prestigio de la cultura

delante de Pansy, que aún no ha terminado su educación -terció madame Merle con una sonrisa.

            -¡Oh! Pansy está por encima del mal -dijo el pa­dre de la niña-. Es una florecilla de convento.

            La condesa exclamó, agitando todos sus volantes:

            -¡Ah, conventos, dichosos conventos! Que no me ven­gan a mí con conventos. Allí se aprende de todo. También yo fui una florecilla de convento. Yo no tengo la preten­sión de ser buena, pero las monjas, sí. ¿Comprende usted lo que quiero decir? -terminó dirigiéndose a Isabel.

Isabel no estaba muy segura de haberla entendido y se excusó diciendo que no era muy hábil para seguir una discusión. La condesa manifestó entonces que por su par­te detestaba también discutir, pero que era gusto de su hermano... que a todo le buscaba las vueltas.

            -Para mí -dijo- una cosa gusta o no gusta; desde luego, todo no puede gustar. Pero lo que no se puede es tratar de explicárselo... porque nunca se sabe adonde se va a parar. A veces, hay buenos sentimientos que vienen de muy malas razones, ¿no es cierto? Como también senti­mientos muy malos pueden venir de buenas razones. ¿Com­prende ahora? A mí no me importan las razones, pero sé lo que me gusta.

            -¡Ah, eso es lo importante! -dijo Isabel sonriendo y pensando para sí que el trato con aquella leve y fugaz persona no iba a aportarle ningún reposo intelectual. Si a la condesa le molestaba discutir, tampoco a Isabel le ape­tecía en aquel momento, y tendió la mano a Pansy con la agradable certeza de que tal ademán no la comprometía a nada que diera pie a una divergencia de opiniones.

            Gilbert Osmond parecía tener por irremediable el tono de su hermana y orientó la conversación hacia otro tema. Fue a sentarse junto a su hijita, que había rozado

tímidamente los dedos de Isabel con los suyos; pero aca­bó por hacerla levantar y colocarla de pie entre sus ro­dillas, apoyándola contra él y rodeándole con el brazo el leve talle. La muchachita fijó en Isabel una mirada des­provista de interés y, al parecer, vacía de toda intención, pero que parecía a la vez consciente de una atracción. El señor Osmond habló de muchas cosas. Madame Merle había dicho de él que sabía ser agradable cuando se lo proponía y hoy, al final, parecía no solamente habérse­lo propuesto sino estar resuelto a serlo. Madame Merle y la condesa estaban sentadas un poco aparte, conver­sando con esa soltura de quienes se conocen perfecta­mente y no andan con cumplidos. De vez en cuando, Isa­bel oía que la condesa, queriendo seguir los lúcidos comentarios de su amiga, se lanzaba tras ellos como se lanza un perro en pos del palo que se le ha arrojado. Pa­recía como si madame Merle estuviera tanteando hasta dónde podía llegar. El señor Osmond hablaba de Flo­rencia, de Italia, del inmenso placer de vivir en ese país y de las cortapisas a este placer. Había, a la vez, satisfac­ciones e inconvenientes; los últimos eran muy numero­sos. Los extranjeros se sentían inclinados a creer que en este país todo era romántico. Era un reducto acogedor para los que habían fracasado humana o socialmente... con lo cual se refería a los que no podían sobreponerse a su sensibilidad. Aquí podían conservarla, en su pobre­za y sin caer en el ridículo, como se conserva un legado o un mayorazgo incómodo que no renta nada. Así que había ventajas en vivir en un país que contenía la mayor suma de bellezas del mundo, y ciertas impresiones sólo se podían obtener en él. Aunque otras, favorables a la 'vi­da, no se obtenían nunca, y se recibían algunas pésimas. Pero de vez en cuando había una impresión de tal cali­dad que compensaba todo lo demás. De todos modos, lo cierto era que Italia había echado a perder a mucha gen­te, y él mismo tenía algunas veces la fatuidad de creer que, si no hubiese pasado allí tantos años de su vida, habría sido un hombre mejor de lo que era. Italia le hacía a uno perezoso, diletante y mediocre; no fomentaba la disciplina del carácter, ni le impulsaba a uno a cultivar la habilidad social y otros «descaros» que a tal punto flo­recían en París y en Londres.

            -Somos deliciosamente provincianos -dijo el se­ñor Osmond-. Por mi parte, comprendo que estoy tan herrumbroso como una llave que no encuentra cerradu­ra. El hablar con usted me afina un poco... y no es que presuma de poder abrir esa complicada cerradura que me imagino ha de ser su intelecto. Pero usted se irá de aquí antes de que la haya visto tres veces, y acaso no vuelva a verla después. Este es el inconveniente de vivir en un país donde la gente está sólo de paso. Si los individuos que vienen son agradables, malo; si son desagradables, mu­cho peor. Cuando uno empieza a cobrarles afecto o sim­patía ya se han ido. Yo me he llevado muchas decepcio­nes, de modo que no me he permitido contraer nuevos afectos, ni experimentar ciertas atracciones. ¿Piensa us­ted quedarse aquí... establecerse? Eso sería un gran ali­vio. Ah, sin duda, su tía es una especie de garantía, con ella puede contarse. Es una veterana de Florencia... lo digo en el sentido literal de la palabra: una veterana, no como esos advenedizos actuales. Es una verdadera con­temporánea de los Medici, debió de estar presente en la cremación de Savonarola y tengo para mí que echó al­gún manojo de astillas a la pira. Su cara parece la de un cuadro primitivo: diminuta, seca, definida, con una ex­presión que quizá fuera muy intensa, pero siempre la mis­ma. Estoy seguro de que puedo mostrarle su retrato en uno de los frescos del Ghirlandaio. Bueno, me imagino que no le molestará que le hable así de su tía, ¿verdad? Se me antoja que no. Tal vez a usted le parezca peor todavía. Le aseguro que en esto no hay falta alguna de respeto ha­cia ninguna de las dos. Ya sabe que soy un verdadero ad­mirador de madame Touchett.

            Mientras su anfitrión procuraba entretener a Isabel de esta manera un tanto confidencial, ella miraba de vez en cuando a madame Merle, quien en una ocasión le de­volvió la mirada con una sonrisa vaga en la que no pare­cía patente ninguna insinuación de que nuestra heroína estuviera luciéndose. Al cabo, madame Merle propuso a la condesa de Gemini salir al jardín, y la condesa se le­vantó, se sacudió el abundante plumaje y se encaminó hacia la puerta.

            -¡Pobre señorita Archer! -exclamó mirando al gru­po con expresión compasiva-. La han metido de lleno en la familia.

            -La señorita Archer no puede sino sentir simpatía por una familia a la que tú perteneces -respondió el se­ñor Osmond con una risa que, si bien tenía no poco de ironía, manifestaba también una refinada paciencia.

            -Ignoro lo que quieres decir con eso. Tengo la se­guridad de que ella no verá en mí nada de malo fuera de lo que tú le cuentes. No le crea, señorita Archer, soy mu­cho mejor de lo que él dice. -Se calló un segundo y pro­siguió en el acto-: Bastante necia y aburrida. ¿No le ha dicho nada más? Ah, entonces es que le tiene usted de buen humor. ¿Ha empezado ya a hablar de sus temas favoritos? Le advierto que son dos o tres los que trata á fond. Si se pone en ello, ya puede usted ir quitándose el sombrero.

            Isabel, que se había puesto de pie, replicó:

            -Me parece que todavía no sé cuáles son los temas favoritos del señor Osmond.

            La condesa fingió sumirse en una intensa meditación, oprimiéndose la frente con las yemas de los dedos.

            -Voy a decírselo ahora mismo. Uno de ellos es Maquiavelo; el otro Victoria Colonna, y por fin, Metastasio.

            -Vamos, venga conmigo -dijo madame Merle, pasando el brazo en derredor del talle de la condesa Gemini, como para conducirla al jardín-. El señor Osmond no se pone nunca tan histórico.

            -Bueno, usted sí que es un verdadero Maquiavelo -observó la condesa mientras ambas se alejaban-, una verdadera Victoria Colonna.

            -No tardaremos en oír que la pobre madame Merle es Metastasio en persona -suspiró con resignación Gilbert Osmond.

            Isabel se había puesto de pie, por creer que tam­bién ellos iban a pasar al jardín, pero su anfitrión no parecía inclinado a abandonar la estancia, sino que se­guía allí, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, mientras su hija, colgada de su brazo, alzaba los ojos para contemplar alternativamente la cara de su padre y la de su visitante. Isabel esperó, con una latente sa­tisfacción, que le dirigieran los movimientos. Le gusta­ba la conversación del señor Osmond, su compañía, y tenía en aquel momento lo que siempre le produjera una viva emoción: la seguridad de estar haciendo una nueva amistad. Por las puertas abiertas del gran salón vio a madame Merle y a la condesa pasear sobre el fi­no césped del jardín; se volvió después y recorrió con la mirada las cosas que la rodeaban. Lo acordado ha­bía sido que el señor Osmond le mostrara sus tesoros: sus cuadros, sus tallas, que allí parecían verdaderos te­soros. Pasado un momento, Isabel se dirigió a uno de los cuadros para verlo mejor, y, mientras lo hacía, él le pre­guntó bruscamente:

            -Señorita Archer, ¿qué opina usted de mi herma­na? Ella se volvió a mirarle con cierta sorpresa.

            -Ah, por favor, no me lo pregunte... apenas si la he visto unos instantes.

            -Cierto, apenas la ha visto... pero habrá observado que tampoco hay gran cosa que ver. ¿Qué piensa usted del tono general de nuestra familia? -prosiguió él con su fría sonrisa-. Me gustaría saber de qué manera im­presiona a una mente fresca y libre de prejuicios. Ya sé lo que va usted a decirme, que apenas ha tenido tiempo de observarla. Ni que decir tiene que ha sido sólo un pri­mer vistazo. Pero, en lo sucesivo, si la ocasión vuelve a presentársele, no deje de observar. A veces pienso que nos hemos aventurado por un camino errado, al vivir aquí entre cosas y gentes que no son las nuestras, sin respon­sabilidades ni ataduras, sin cohesión ni apoyo; casándo­nos con extranjeros, forjándonos gustos artificiales, ha­ciéndole trampas a nuestra misión natural. De todos modos, permítame añadir que todo esto lo digo mucho más por mí que por mi hermana. Ella es una dama muy honesta, mucho más de lo que parece. Es bastante des­graciada y, como no es de carácter muy serio, no tiende a manifestarlo por lo trágico, sino que prefiere explotar el lado cómico de la cosa. La pobre tiene un marido in­soportable, aunque no estoy seguro de que sepa mane­jarlo. Indudablemente un marido insoportable es algo muy incómodo. Madame Merle le da de vez en cuando sabios consejos a mi hermana, pero viene a ser lo mismo que dar­le a un niño un diccionario para que aprenda un idio­ma: podrá el niño leer las palabras, pero no sabrá cómo unirlas. Mi hermana precisa una gramática, pero des­graciadamente no es una persona gramatical. Disculpe usted que la haya aburrido con estos detalles. Razón te­nía mi hermana al decir que ya la habíamos metido en la familia. Voy a bajar este cuadro; necesita más luz pa­ra verlo.

            Descolgó el cuadro, lo llevó cerca de la ventana y refirió algunos datos sobre él. Isabel contempló las otras obras de arte y él le fue ampliando la información, co­mo parecía oportuno hacer con una joven que había ido de visita en una tarde de verano. Sus cuadros, medallo­nes y tapices eran sumamente interesantes; pero, al ca­bo de un rato, Isabel se percató de que su dueño lo era mu­cho más todavía, e independientemente de ellos, por mucho que parecieran pesar en su vida. No se parecía a nadie que ella hubiera visto. La mayoría de las personas que ella co­nocía podía dividirse en grupos de media docena de ejemplares. Había un par de excepciones, pues, a decir verdad, no acertaba a imaginar  ningún 4o ( $ de incluir a su tía Lydia. Otros individuos podían conside­rarse, hablando en términos relativos, originales -ori­ginales, digamos, por pura cortesía-, como, por ejem­plo, el señor Goodwood, su primo Ralph, Henrietta Stackpole, lord Warburton y madame Merle. No obs­tante, en lo esencial, si los miraba atentamente, com­prendía que pertenecían a ciertas categorías que ya es­taban presentes en su imaginación. En cambio, su imaginación no tenía sitio apropiado para colocar al se­ñor Osmond... que era, en verdad, un caso aparte. No era que Isabel reconociera todas estas verdades de in­mediato, pero sí iban ordenándose ante ella. De mo­mento, sólo se dijo a sí misma que aquella «nueva rela­ción» podría llegar a parecerle la más distinguida de todas. Madame Merle había hecho sonar, ciertamente, esa nota de exquisita rareza, pero ¡de qué distinta ma­nera sonaba cuando el que la emitía era un hombre! No era tanto lo que él decía o hacía, sino lo que guardaba para sí, lo que a los ojos de Isabel le imprimía al señor Osmond esa marca de singularidad, como la que él le mostraba en el dorso de los platos antiguos y en el án­gulo de los bocetos del siglo dieciséis. No se esforzaba él en tratar de distinguirse de lo corriente, y era origi­nal sin ser excéntrico. Nunca se había Isabel tropezado con un hombre de calidad tan elevada. Para empezar, su singularidad era, ante todo, física y se iba extendiendo a lo impalpable. Su cabello delicado y espeso, sus facciones perfectamente dibujadas, casi retocadas, su piel clara, sa­ludable sin tosquedad, su barba perfectamente recorta­da y aquella constitución ágil y armónica que hacía que el movimiento de uno solo de sus dedos produjera el efecto de un gesto expresivo... todos estos detalles per­sonales le parecían a nuestra sensible heroína signos in­discutibles de calidad e intensidad, y en cierto modo sus­ceptibles de despertar interés. Sin duda alguna era exigente y crítico, y tal vez fácilmente irascible; un hom­bre a merced de su sensibilidad, acaso excesivamente do­minado por ella, sensibilidad que le había llevado a gas­tar poca paciencia con las perturbaciones vulgares y a vivir para sí en un mundo seleccionado, tamizado y arre­glado a su manera, donde entregarse de lleno a la me­ditación artística, a la belleza y a la historia. Para todo había consultado únicamente su propio gusto y nada más, como el enfermo que se sabe condenado consulta sólo a su abogado; todo eso era lo que le distinguía tan extraordinariamente de los demás. Ralph poseía tam­bién algo de esa rara cualidad, esa apariencia de creer que la vida era un asunto para connaisseurs, pero en Ralph era una anomalía, una especie de excrecencia humorís­tica, mientras que en el señor Osmond era la tónica, a la que se ajustaba toda su vida. Isabel estaba lejos de com­prenderle por completo; el sentido de sus palabras no siempre era obvio. Por ejemplo, resultaba difícil saber qué quería decir al hablar de su propio lado provincia­no, que era precisamente el lado que en opinión de Isa­bel le faltaba. Y se preguntaba si sería una paradoja di­cha por él con el propósito de desconcertarla, o si sería el producto más refinado de una cultura exquisita. Con­fiaba en esclarecerlo con el tiempo, pues sería cosa su­mamente interesante. Si era provinciano el disponer de aquella armonía, ¿en qué estribaba la superioridad de la capital? Creyó Isabel que podría hacerle tal pregunta, a pesar de sentir que su anfitrión era un hombre tímido, ya que una timidez como la suya -la de los nervios a flor de piel y de la fina percepción- era perfectamen­te compatible con la mejor educación. De hecho, era ca­si señal de unas pautas y unos cánones fuera de lo vul­gar; sin duda estaba seguro de que el estar en primera línea de acción era cosa de gente ordinaria. No era hom­bre que gozara de un gran aplomo, de esos que charlan y hablan por los codos con esa fluidez propia de los ca­racteres superficiales; era crítico consigo mismo, como también con los demás y, al exigir mucho a los demás para considerarlos agradables, probablemente contem­plaba con ironía lo que él mismo podía ofrecer; algo que demostraba que no era un presuntuoso. De no haber si­do tímido, no habría podido realizar aquella conversión sutil, gradual y triunfante de su condición, que consti­tuía todo lo que a la joven le agradaba y la desconcerta­ba. El preguntarle de improviso qué opinaba de la con­desa Gemini era una prueba indiscutible de que sentía interés por Isabel, ya que de sobra conocía a su herma­na y de nada le hubiera servido la opinión ajena. Y el he­cho de que demostrase tal interés denotaba un espíritu curioso, si bien era un poco singular, que sacrificara el sentimiento fraternal a su curiosidad. Eso era lo más ex­céntrico de cuanto había hecho.

Más allá de aquella habitación en donde la había reci­bido, se hallaban otras dos, llenas asimismo de objetos ro­mánticos, en las que Isabel pasó otro cuarto de hora. To­do lo que contenían era sumamente precioso y raro, y el señor Osmond continuó mostrándose un «cicerone» de lo más amable y la condujo de una a otra habitación, llevan­do todavía a su hija de la mano. Aquella amabilidad casi sorprendía a la joven, que se preguntaba por qué se tomaba el señor Osmond tantas molestias por ella; y al final, aque­lla acumulación de belleza y saber en que se veía inmer­sa acabó por abrumarla. Ya era bastante por aquella vez. Había dejado de escuchar lo que él le decía, y aunque lo miraba con atención no pensaba en sus palabras. Proba­blemente, él la consideraba mucho más avispada, más in­teligente y mejor preparada de lo que en realidad era. Aca­so madame Merle había exagerado afablemente; lo cual sería una lástima porque, al final, él no dejaría de descu­brirlo; y en tal caso, ni aun la gran inteligencia de la joven conseguiría que él se perdonase su propio error. Parte del cansancio de Isabel provenía del esfuerzo que hacía para parecer tan inteligente como se imaginaba que madame Merle la había descrito, y del temor (muy insólito en ella) de revelar, no ya su ignorancia -cosa que le importaba bastante poco- sino su posible falta de finura en la com­prensión. Nada la habría atormentado tanto como dar a entender que le gustaba algo que él, dado sus superiores conocimientos, pensase que no debía gustarle, o no fijarse en algo que una inteligencia cultivada nunca habría pasa­do por alto. No experimentaba el menor deseo de incurrir en la actitud grotesca en que había visto a algunas mujeres (y eso era una advertencia) zozobrar con tanta serenidad como desdoro. Por ello tenía sumo cuidado con lo que de­cía, así como con lo que observaba o dejaba de observar, infinitamente más cuidado del que tuviera hasta entonces.

            Después de ese recorrido por las dos habitaciones, volvieron a la primera, donde ya estaba servido el té, pe­ro como las otras damas seguían en la terraza, y dado que Isabel no había tenido aún ocasión de contemplar la vis­ta panorámica -atracción principal de la casa del señor Osmond-, éste la condujo sin demora al jardín. Madame Merle y la condesa habían hecho sacar asientos y, co­mo era una tarde deliciosa, la condesa propuso que to­masen el té al aire libre. Encargaron a Pansy que avisara al criado para que hiciese lo necesario. El sol había ido descendiendo, su luz dorada tenía un tono más intenso, y sobre las montañas y la llanura que se extendían ante la vista se acumulaban sombras purpúreas que resplan­decían con la misma brillantez que los lugares todavía iluminados. Un indefinible encanto parecía flotar sobre el panorama. Había en el aire una quietud casi solemne, y la anchura del paisaje, con su cultura ajardinada y su nobleza de diseño, con su fértil valle y sus desgastadas colinas, sus toques de población tan peculiarmente hu­manos, era toda armonía y gracia clásica. Osmond con­dujo a Isabel hasta uno de los ángulos de la terraza y allí observó:

            -Parece usted tan complacida que casi me atrevo a confiar en que se dignará volver.

            -Seguro que volveré -contestó ella-, aunque us­ted pretenda que es contraproducente vivir en Italia. ¿Qué era eso que decía acerca de la misión natural de cada uno? No sé si yo faltaría a mi misión natural al establecerme en Florencia.

            -La misión natural de una mujer es quedarse don­de más se la estime.

            -El problema está en averiguar qué sitio es ése.

            -Sin duda... y a veces ella pierde mucho tiempo en esta indagación. Hay que hacérselo comprender.

            -Por lo menos, a mí habrá que demostrármelo con claridad -dijo Isabel sonriendo.

            -Yo celebro, en todo caso, que hable de establecer­se aquí. Madame Merle me había hecho pensar que te­nía usted un espíritu andariego. Creo que me habló de que usted tenía el proyecto de dar la vuelta al mundo.

            -La verdad es que me avergüenzo de mis proyec­tos, porque hago uno nuevo cada día.

            -No veo por qué habría usted de avergonzarse. No hay placer comparable a ése.

            -A mí entender, parece una frivolidad. Una debe decidirse por algo definido, después de pensarlo bien, y ser fiel a ello.

            -Según esta regla, yo no he sido frívolo.

            -¿Usted nunca ha hecho planes?

            -Sí. Años atrás hice uno, y hasta el día de hoy sigo realizándolo.

            -Debió de ser un plan muy agradable -se permi­tió observar Isabel.

            -Era muy sencillo. Vivir tan tranquilo como me fue­ra posible.

            -¿Tranquilo? -repitió la joven.

            -Sí. No preocuparme... no ambicionar, no luchar. Resignarme, contentarme con poco. -Dijo esas frases lentamente, espaciándolas con breves pausas, y fijando sus ojos llenos de inteligencia en los de su visitante, con la plena conciencia del hombre que se decide a confesar algo.

            -¿Y a eso le llama usted sencillo? -preguntó ella con suave ironía.

            -Sí, porque es negativo.

            -¿Entonces su vida ha sido negativa?

            -Llámela positiva, si le agrada. Aunque sólo ha lo­grado afirmar mi indiferencia. Pero fíjese bien; no mi indiferencia natural, de la cual carecía, sino mi renun­ciación voluntaria, estudiada a conciencia.

Isabel apenas le entendía. Debía desentrañar si ha­blaba en broma o en serio. ¿Cómo era posible que un hombre, que a sus ojos poseía tantas reservas mentales, se mostrara de pronto tan confidencial? Sin embargo, eso era asunto de él, y sus confidencias eran realmente interesantes.

            -La verdad, no veo por qué tenía que renunciar -dijo pasado un momento.

            -Porque no podía hacer nada. No tenía grandes pers­pectivas. Era pobre y no era un genio, ni siquiera tenía grandes cualidades; supe valorarme desde muy joven. Era, sencillamente, el jovencito más descontentadizo de la Tie­rra. Había dos o tres individuos en el mundo a quienes envidiaba, como el zar de Rusia y el sultán de Turquía. E incluso en ciertos momentos envidiaba al papa de Ro­ma... nada más que por el respeto de que disfruta. Me hu­biera agradado gozar de tanta consideración; pero, como eso era imposible tampoco quise conformarme con me­nos, y resolví no aspirar a honores de ninguna clase. El más menesteroso de los caballeros puede respetarse siem­pre a sí mismo, y yo, aunque menguado, era por fortuna un caballero. En Italia no podía hacer nada... ni siquiera ser un patriota italiano. Para serlo habría tenido que mar­charme del país, y estaba demasiado encariñado con él para abandonarlo; aparte de que me satisfacía demasia­do, hablando en términos generales, tal como era enton­ces, para querer cambiarlo. De manera que me he pasa­do muchísimos años aquí, en perfecta calma, realizando el plan de que antes le hablé; y puedo decir que no he si­do desgraciado del todo. Esto no implica que no me ha­ya interesado por nada, sino que las cosas que me han in­teresado han sido siempre definidas, limitadas. Los acontecimientos de mi vida han pasado completamente inadvertidos para todos, excepto para mí mismo: adqui­rir un antiguo crucifijo de plata a precio de ganga (nun­ca he comprado nada caro, desde luego), o descubrir, co­mo descubrí una vez, un boceto de Correggio en una tabla que un idiota inspirado había emborronado.

            Habría sido un recuento bastante árido de la carre­ra del señor Osmond si Isabel lo hubiera creído a pie juntillas; pero la imaginación de la joven suplió el elemen­to humano que a buen seguro no había faltado. La vida de Osmond se había mezclado con otras vidas mucho más de lo que él confesaba, aunque, naturalmente, ella no esperaba que entrase en ese tema. Por el momento, Isabel se abstuvo de provocar otras revelaciones; insinuar que él no lo había dicho todo habría sido mostrarse más familiar y menos considerada de lo que ella deseaba mos­trarse... habría sido de una vulgaridad escandalosa. Cier­tamente él le había dicho ya bastante. Pero, en aquel mo­mento, ella se sentía inclinada a expresarle su enhorabuena por haber logrado conservar su independencia.

            -Indudablemente, es una vida muy grata renunciar a todo... menos a Correggio.

            -¡Oh! A mi manera le he sacado partido. No crea que me lamento. Si uno no es feliz, la culpa es suya.

            Éste era un pensamiento elevado y ella permaneció en un plano más terrestre.

            -¿Ha vivido siempre aquí? -preguntó.

            -No siempre. Viví mucho tiempo en Nápoles y al­gunos años en Roma, pero aquí llevo ya bastante tiem­po. Acaso tenga que cambiar; hacer algo distinto. Ya no puedo pensar sólo en mí. Mi hija está creciendo y es muy posible que los crucifijos y los Correggios le inte­resen mucho menos que a mí. Tendré que hacer lo que sea más conveniente para ella.

            -Sí, eso es lo que debe hacer. Es una criatura en­cantadora -dijo Isabel.

            -¡Ah! ¡Es una santa bajada del cielo, mi verdadera felicidad! -exclamó Gilbert Osmond.

 

 

25

 

 

            Mientras continuaba este coloquio bastante íntimo (que se prolongó más allá del punto en que lo hemos de­jado), madame Merle y su compañera, poniendo fin a su silencio de cierta duración, comenzaron a intercambiar comentarios.

            Estaban sentadas en una actitud de silenciosa expec­tativa, sobre todo la condesa Gemini que, de tempera­mento mucho más nervioso, no tenía tanta habilidad co­mo su amiga para disimular la impaciencia. Lo que ambas estaban esperando no era cosa fácil de adivinar y tal vez ellas mismas no lo tuvieran muy definido. Ma­dame Merle esperaba a que el señor Osmond libera­se a su joven amiga de aquel prolongado téte-á-téte, y la condesa esperaba porque eso hacía madame Merle. No obstante, la condesa, quizás a fuerza de esperar, vio llegado el momento de soltar una de sus lindas per­versidades. Quizá llevara unos minutos queriendo co­locarla. Mientras su hermano se alejaba con Isabel hasta el extremo del jardín, ella les siguió con la vista y dijo:

            -Querida, me disculpará si no la felicito.

            -¡De muy buen grado, porque no tengo idea de por qué habría usted de felicitarme!

            La condesa, indicando con un movimiento de cabe­za a la distante pareja, preguntó:

            -¿No tiene usted un pequeño plan que le parece muy grato?

            Los ojos de madame Merle tomaron la misma di­rección y, luego, miró serenamente a su vecina.

            -Ya sabe usted que nunca la comprendo bien del todo -contestó con una sonrisa.

            -Sin embargo, cuando quiere, no hay quien com­prenda mejor. Pero veo que ahora no quiere.

            -Me dice usted unas cosas que nadie me ha dicho nunca -observó madame Merle con una seriedad des­provista de amargura.

            -¿Cosas que no le agradan? ¿No dice Osmond mu­chas veces cosas por el estilo?

            -Pero todo lo que dice su hermano tiene una fina­lidad.

            -Sí, a veces llena de veneno. Si usted quiere dar a entender que no soy tan inteligente como él, no piense que esa apreciación suya va a causarme desazón; pero se­rá mejor que me entienda.

            -¿Por qué? ¿A qué nos conduciría eso? -pregun­tó madame Merle.

            -Si yo no apruebo su plan, usted debería saberlo para poder medir el peligro que mi intervención podría suponer.

            Madame Merle la miró como si estuviera dispuesta a admitir que en eso podía haber algo de verdad; pero, al cabo de un instante, contestó con toda calma:

            -Usted me cree mucho más calculadora de lo que soy.

            -No es de que haga cálculos de lo que me quejo; es que creo que ha calculado usted mal. Por lo menos, en este caso.

            -Mucho tiene que haber calculado usted misma pa­ra descubrirlo.

            -No, por cierto, porque no he tenido tiempo -di­jo la condesa-. Ésta es la única vez que he visto a la mu­chacha, y he adquirido de pronto ese convencimiento. Me gusta mucho.

            -También a mí -dijo con toda sencillez madame Merle.

            -Pues tiene usted una extraña manera de demos­trarlo.

            -No me negará que le he hecho un favor a esa chi­ca al presentársela a usted.

            La condesa soltó uno de sus desafinados grititos, diciendo:

            -Esa es una de la mejores cosas que podrían su­cederle.

            Madame Merle guardó silencio durante un rato. La actitud de la condesa le parecía repulsiva, verdaderamente rastrera, pero eso provenía de una antigua historia; y, fi­jando los ojos en la ladera color violeta del monte Morello, hizo suavemente esta reflexión:

            -Le aconsejo que no se agite. El asunto en cuestión concierne a tres personas de voluntad mucho más fuer­te que la suya.

            -¿Tres personas? Usted y Osmond, desde luego. Pero ¿también la señorita Archer es voluntariosa?

            -Tanto como nosotros.

            -¡Ah! En ese caso -dijo radiante la condesa-, si llego a convencerla de que debe resistir, lo hará admira­blemente.

            -¿Resistir? ¿Por qué se expresa usted de manera tan burda? Isabel no está expuesta a coacciones ni engaños.

            -No estoy segura. Usted y Osmond son capaces de todo. No digo Osmond solo, ni tampoco usted sola. Pe­ro la. verdad, juntos son peligrosos, como una terrible combinación química.

            -En este caso, más valdrá que nos deje usted tran­quilos -advirtió sonriendo madame Merle.

            -No pienso meterme con ustedes..., pero hablaré con esa joven.

            -Mi pobre Amy -murmuró madame Merle-, no sé qué se le ha metido en la cabeza.

            -Me intereso por la joven. Eso es lo que se me ha metido en la cabeza. Me gusta la muchacha.

            -Pues no creo que usted le guste a ella -dijo ma­dame Merle tras dudar un breve instante.

            La condesa abrió de par en par sus brillantes ojillos y en su rostro se perfiló una mueca.

            -¡Ah! Hasta sola es usted peligrosa.

            -Si usted quiere gustarle, no le hable mal de su her­mano -le aconsejó madame Merle.

            -No pretenderá decirme que Isabel se ha enamo­rado de él en sólo dos encuentros.

            Madame Merle contempló un momento a Isabel y al dueño de la casa. Él estaba apoyado contra el parapeto, con los brazos cruzados y de frente a ella; y era evidente que la joven no estaba absorta en el mero panorama im­personal, a pesar de mirarlo con persistencia. Mientras madame Merle la contemplaba, bajó los ojos. Acaso es­tuviera escuchando con cierta turbación, hincando en la tierra del camino la contera de su sombrilla. Madame Merle se levantó del sillón.

            -¡Sí, eso creo! -declaró.

            Convocado por Pansy, el raído lacayo -que, por lo deslustrado de su librea y su aspecto estrafalario, parecía escapado de algún boceto extraviado de antiguas usanzas, «retocado» por el pincel de un Longhi o de un Goya­llegó, al fin,, con una mesita que dejó sobre el césped para volver a buscar el servicio del té, después de lo cual desa­pareció otra vez y regresó con otras dos sillas. Pansy había observado con interés todas estas idas y venidas, las ma­nos cruzadas delante de su corto vestido; pero no se le ha­bía ocurrido proponer su ayuda. No obstante, una vez to­do dispuesto, se acercó a su tía para preguntarle:

            -Tía, ¿ crees que papá me dejará preparar el té?

            La condesa la contempló de arriba abajo con una mi­rada voluntariamente crítica.

            -Pero sobrinita querida, ¿es éste tu mejor vestido?

            -¡Oh, no, tía!; es una «toilette» para las ocasiones corrientes.

            -¿Y te parece corriente la ocasión cuando yo ven­go a verte... por no hablar de madame Merle y de esa se­ñorita tan guapa?

            Pansy reflexionó un momento, pasando su mirada grave de una a otra de las dos damas. Después apareció en su rostro su sonrisa perfecta.

            -Tengo un vestido bonito, pero es también muy sencillo. ¿Para qué lo voy a mostrar al lado de estas co­sas tan elegantes que llevan ustedes?

            -Porque es el más bonito que tienes; para mí de­bes ponerte siempre lo más bonito. No dejes de ponér­telo la próxima vez. Ya veo que no te visten todo lo bien que debieran.

            La niña se alisó brevemente la anticuada falda.

            -¿No te parece un vestido a propósito para servir el té? ¿Crees que papá me dejará hacerlo?

            -Me es imposible decírtelo, hijita -dijo la conde­sa-. Las ideas de tu padre me resultan insondables... Madame Merle las comprende mejor. Pregúntale a ella.

            Madame Merle sonrió con su gracia habitual.

            -Es una cuestión muy grave...; déjame pensar. Me parece que a tu papá le agradaría que su hacendosa hiji­ta le preparara el té. Es la obligación de la hija de la ca­sa..., cuando ya es mayor.

            -¡Eso me parecía a mí, madame Merle! -exclamó Pansy-. Ya verá lo bien que lo hago; una cucharadita

por cabeza... -Y empezó a ajetrearse con las cosas de la merienda.

            -Para mí dos cucharaditas -dijo la condesa que, junto con madame Merle, estuvo observándola unos momentos-. Dime, Pansy -añadió por fin-, ¿qué te parece la señorita que ha venido a visitarte?

            -No ha venido a visitarme a mí, sino a papá -con­testó Pansy.

            -A ti también -dijo madame Merle, persuasiva.

            -Me alegro mucho de saberlo. Ha sido muy ama­ble conmigo.

            -¿Te gusta, entonces? -preguntó la condesa.

            -Es encantadora, encantadora -repitió Pansy con su pulcro tonillo conversacional-. Me gusta enormemente.

            -¿Te parece que le gusta también a tu papá?

            -Por favor, condesa -murmuró madame Merle con acento disuasorio-. Anda, avísales que ya está listo el té -añadió dirigiéndose a la muchachita.

            -Ya verá cómo les gusta -declaró Pansy, corriendo a avisar a los otros dos, que seguían conversando al extremo del jardín.

            -Si la señorita Archer va a ser su madre, es intere­sante saber si a la niña le agrada -manifestó la condesa.

            -Si su hermano vuelve a casarse -repuso madame Merle-, no será por darle gusto a su hija. La muchacha va a cumplir dieciséis años, y pronto le hará más falta un marido que una madrastra.

            -¿Se encargará usted de buscarle también marido?

            -Sin duda, pondré el mayor interés en que contraiga un matrimonio acertado. Me imagino que usted hará otro tanto.

            -¡Desde luego que no! -exclamó la condesa-. ¿Por qué voy a ser yo, precisamente, quien conceda tan­to valor a un marido?

            -Usted no ha tenido suerte en su matrimonio, a eso

me refiero. Cuando digo un marido, quiero decir un buen

marido.

            -No ¡os hay buenos; y Osmond no lo será.

            Madame Merle cerró los ojos un instante.

            -Usted está irritada -dijo al poco-, no sé por qué.

Estoy segura de que en el fondo no se opone a que se ca­sen su hermano o su sobrina, cuando llegue el momen­to. Por lo que a Pansy respecta, yo confío en que un día

tendremos el placer de buscarle marido las dos juntas.

Las muchas relaciones que usted tiene serían de gran uti­lidad.

            -La verdad, sí, estoy irritada. Usted me irrita a me­nudo. En cambio, esa frialdad suya es formidable. ¡Qué

mujer tan extraña es usted!

            Madame Merle, como si no la hubiese oído, prosiguió:

            -Como digo, será mucho mejor que actuemos

juntas.

            -¿Lo dice como amenaza? -preguntó la condesa, poniéndose en pie.

            Madame Merle meneó la cabeza, como si esa pre­gunta la divirtiera.

            -¡No, desde luego! ¡No tiene usted la misma frial­dad que yo!

            Isabel y el señor Osmond se acercaban despacio ha­cia ellas; Isabel había tomado a Pansy de la mano.

            -¿No me dirá que cree que Osmond la haría feliz?      

            -Estoy segura de que, si se casara con la señorita

Archer, se conduciría como todo un caballero.

            La condesa adoptó una serie de poses:

            -¿Quiere usted decir como se conducen la mayoría

de los caballeros? ¡Pues sí que sería de agradecer! Por des­contado, Osmond es un caballero; no hace falta que se lo recordemos a su hermana. ¿Pero acaso él cree que puede casarse con la primera muchacha en quien ponga los ojos? Que Osmond es un caballero, de eso no hay la menor du­da; pero le aseguro que en la vida he visto a nadie con las pretensiones que tiene Osmond. Lo que no sé es en qué se fundan. Soy su hermana y debería saberlo. Pues con­fieso que estoy aún en ayunas. Dígame, ¿quién es, qué ha hecho en su vida? Si en sus orígenes hubiera algo verda­deramente extraordinario, si estuviera fabricado de algu­na arcilla especial, me imagino que algo de ello me habría tocado a mí. Si en nuestra familia hubiese habido cosas de gran honor o de esplendor deslumbrante, es seguro que yo habría sacado el mejor partido de ellas y que se habrían exteriorizado mejor a través de mí. Pero el caso es que no hay nada, absolutamente nada de eso, nada de nada. Nues­tros padres eran gente encantadora, como lo éramos tam­bién nosotros. Todo el mundo es hoy gente encantadora; hasta lo soy yo misma.... no se ría usted, lo digo tal como lo siento. Por su parte, Osmond ha actuado siempre co­mo si descendiera de los mismos dioses del olimpo.

-Usted podrá decir lo que se le antoje -contestó madame Merle, de quien cabía creer que no había pres­tado menos atención a aquella salida de la condesa pese a haber apartado sus oídos de ella y haberse entretenido en arreglar los lazos de las cintas de su vestido-. Uste­des, los Osmond, son gente de una raza fina, su sangre de­be de fluir de una fuente muy pura. Su hermano, con lo inteligente que es, ha abrigado siempre esa convicción aunque no tenga en qué fundamentarla. Usted se mues­tra harto modesta sobre ello, pero también es sumamente distinguida. Y de su sobrina, ¿qué me dice? Parece una princesita de cuento de hadas. -Se calló un breve ins­tante y prosiguió-: De todas maneras, no crea usted que va a ser cosa tan fácil para Osmond casarse con la seño­rita Archer. Que pruebe, a ver.

            -Espero que ella lo rechace. Eso le hará bajar un poco de su pedestal.

            -Sin embargo, no olvide que es uno de los hombres más brillantes que existen.

            -Ya se lo he oído decir más de una vez, pero el ca­so es que yo no he podido descubrir lo que hasta ahora ha hecho.

            -¿Qué ha hecho? Pues no hacer nada que no de­biera y saber esperar.

            -¿Esperar qué, el dinero de la señorita Archer? En resumidas cuentas, ¿cuánto tiene?

            -No era eso lo que yo quería decir -contestó ma­dame Merle-. Por lo demás, la señorita Archer tiene se­senta mil libras.

            Al oír tal suma, la condesa declaró:

            -Es una verdadera lástima que sea tan atractiva. Pa­ra ser sacrificada, cualquier otra habría estado bien. No tiene por qué ser una mujer superior.

            -Si no fuese una mujer superior, su hermano no se dignaría siquiera mirarle a la cara. Él merece llevarse lo mejor.

            Se adelantaron al encuentro de los otros madame Merle y la condesa, y ésta concluyó, diciendo:

            -Sí, es muy difícil de contentar. Eso es precisamente lo que me hace temer por su felicidad.

 

 

 

26

 

 

            Gilbert Osmond fue a ver de nuevo a Isabel, es de­cir, fue al Palazzo Crescentini. Tenía allí, desde luego, otros amigos, y tanto con la señora Touchett como con madame Merle se comportaba siempre con exquisita e imparcial cortesía. La primera de estas dos damas ob­servó que en el transcurso de dos semanas había ido de visita al palacio cinco veces y recordaba que el año ante­rior, durante todo el tiempo de su estadía en Florencia, no le había hecho más que dos visitas, y no le pareció que precisamente escogiera para hacerlas los momentos en que madame Merle se hallase bajo su techo. Seguramente no iba por madame Merle, pues eran viejos amigos y él no salía exclusivamente para verla. En cuanto a su hijo, la ver­dad es que no sentía una gran inclinación por él -el mis­mo Ralph se lo había confesado-, y no era de suponer que, de la noche a la mañana, hubiera cambiado del to­do y sintiera ahora un gran interés por el joven enfermo. Por lo demás, Ralph se mantenía imperturbable en su aparentemente perezosa cortesía, que le envolvía como un abrigo mal hecho pero del que nunca se despojaba. Creía que el señor Osmond era un excelente compañe­ro de conversación y no le desagradaba verle de vez en cuando, de modo que lo acogía con hospitalidad. No quería ello decir que se hiciese la ilusión de que el se­ñor Osmond quisiera reparar su error del año anterior menudeando ahora las visitas; veía con claridad lo que ocurría. La verdadera atracción la constituía Isabel, y eso bastaba como motivo para las visitas. Como Osmond era un crítico, un curioso investigador de todo lo exquisito, nada de extraño tenía que experimentase la natural cu­riosidad por aquella extraña aparición. De manera que, cuando su madre le dijo que estaba claro como el agua lo que al señor Osmond le interesaba, Ralph contestó que él era de la misma opinión.

            Desde hacía mucho tiempo, la señora Touchett ha­bía reservado un lugar en la lista de sus relaciones para ese caballero, a pesar de barruntar oscuramente median­te qué artes y procedimientos -tan negativos e ingenio­sos ambos- había llegado a imponerse dondequiera que se presentara. Como jamás había sido un visitante im­portuno, no había tenido tiempo ni ocasión de resultar ofensivo y, a sus ojos, destacaba grandemente el hecho de que él podía prescindir de ella, lo mismo que ella podía prescindir por completo de él, cualidad que, por extraña que parezca, era la mejor de todas las que podían apro­vecharse para entablar con la señora Touchett una agra­dable relación. No obstante, no le agradó pensar que se le hubiese metido en la cabeza el casarse con su sobrina. Se le antojaba que, por parte de Isabel, semejante unión parecería el efecto de una perversidad morbosa. La se­ñora Touchett se acordaba perfectamente de que la joven había rechazado a un par inglés; y el hecho de que una muchacha con la que en balde había luchado lord Warburton fuera a contentarse ahora con un oscuro dilettante americano de edad ya madura, con una hija incauta y una renta insuficiente, era algo que no respondía a su idea del éxito en la vida. Como se verá, por lo que al matrimonio concernía, ella no consideraba el asunto desde el punto de vista sentimental, sino político, punto de vista que tie­ne siempre no poco a su favor. Así, al hablar de ello, le di­jo a Ralph: «No creo que Isabel vaya a cometer la locura de escucharle». A lo que el hijo contestó diciendo que una cosa era que Isabel escuchase y otra que respondiera. De sobra sabía él que su prima había escuchado ya varios par­tidos, como su padre se complacía en decir, pero les ha­bía hecho a su vez escucharla; y le divertía grandemente la idea de que en los pocos meses que la conocía hubiese ya otro pretendiente rondándola. Lo que ella necesitaba era conocer la vida, y el hecho de poseer una fortuna le brindaba tal posibilidad y servía su gusto. Unos cuantos pretendientes arrastrándose de rodillas ante ella podrían hacerle tanto bien como cualquier otra cosa. Ralph pen­saba ya en el cuarto, en el quinto, quizás en el décimo pre­tendiente, pues no creía que su prima pudiese hacer alto en el tercero. Mantendría ella siempre su puerta de par en par abierta y se mostraría dispuesta a parlamentar, pero era seguro que no dejaría entrar al número tres para que se quedase. Poco más o menos, éstas fueron las palabras con que Ralph expresó su opinión a su madre, quien pa­recía mirarle como si le estuviese viendo bailar la jiga. Te­nía una manera tan fantástica y pintoresca de decir las co­sas que lo mismo hubiera podido dirigirse a ella con el alfabeto de los sordomudos.

            Al cabo de un momento, ésta dijo:

            -Me parece que no te entiendo; empleas demasia­das figuras al hablar y yo nunca he podido comprender las alegorías. Para mí las dos únicas palabras del lengua­je dignas de respeto son: sí y no. Y si a Isabel se le mete en la cabeza casarse con el señor Osmond, lo hará pese a todas las imágenes que se te ocurran, a pesar de todas tus comparaciones. Por lo menos, que encuentre por sí sola a la persona apropiada para cada una de las cosas que emprenda. Sé muy poco del joven pretendiente de América, y no creo que ella pierda mucho tiempo pensando en él, por lo que me figuro que se habrá cansado ya de esperarla. Si ella considera deseable a Osmond desde cier­to punto de vista, no habrá nada en el mundo capaz de impedirle que se case con él. Me parece perfecto. No hay quien apruebe de mejor grado que yo eso de que una ha­ga lo que le gusta; pero el caso es que a ella le gustan co­sas muy raras. Isabel es capaz de casarse con el señor Osmond nada más que por la brillantez de sus ideas o porque posee un autógrafo de Miguel Ángel. Quiere ser abso­lutamente desinteresada..., como si ella fuese la única persona que estuviera en peligro de no serlo. ¿Lo será tanto él cuando se halle en condiciones de disponer de su dinero? Ésa era la idea de Isabel antes de la muerte de tu padre, y tal idea ha adquirido desde entonces nuevos en­cantos para ella. Es seguro que no querrá casarse más que con alguien de cuyo desinterés esté perfectamente con­vencida; y para eso la prueba mejor es que el pretendiente posea también fortuna propia.

            -Mamá, yo no comparto ninguno de tus temores -contestó Ralph-. Me parece que lo que está hacien­do es sencillamente burlarse de nosotros. Que pretende darse gusto, es indudable; pero puedes estar segura de que lo hará estudiando bien de cerca la naturaleza humana y, al mismo tiempo, conservando su libertad. Ha em­prendido una expedición de exploradora y no creo que, antes de emprenderla de lleno, se vuelva atrás a una sim­ple seña del señor Osmond. Puede que durante una hora o dos le falte el vapor, pero no tengas la menor duda de que, antes de que nos demos cuenta, ya se habrá puesto en marcha otra vez a toda velocidad. Y perdóname esta otra metáfora.

            Puede que la señora Touchett no tuviera inconve­niente alguno en excusarla, pero no se sentía tan tran­quila como para no comunicar sus temores a madame Merle.

            -Usted que lo sabe todo -le dijo-, debe saber también eso. ¿Es que, de veras, ese hombre tan curioso le está haciendo la corte a mi sobrina?

            Madame Merle abrió de par en par los ojos y con perfecta conciencia de lo que decía, exclamó:

            -Gilbert Osmond. ¡El cielo nos ampare! ¡Qué ocu­rrencia!

            -¿No se le había ocurrido?

            -Verdaderamente, me está usted haciendo ver lo estúpida que soy, pero' debo confesar que no se me ha­bía ocurrido. Lo que me pregunto es si se le habrá ocu­rrido a Isabel.

            -Voy a preguntárselo -dijo la señora Touchett.

            Tras un instante de reflexión, madame Merle exclamó:

            -No vaya usted a metérselo ahora en la cabeza. Lo mejor sería preguntarle al señor Osmond.

            -No puedo hacer semejante cosa. No quiero expo­nerme a que me responda, con ese aire suyo tan altivo y en vista de la situación de Isabel, que eso no es cosa mía.

            -Pues entonces se lo preguntaré yo misma -de­claró con decisión madame Merle.

            -Pero él pensará lo mismo..., que tampoco es cosa de usted.

             -Justamente, ésa es la razón que puedo aducir pa­ra atreverme a hablarle. Y a mí me importa mucho me­nos que a nadie que pueda salir con lo que se le antoje. Pero, según él proceda, podré darme cabal cuenta de to­do y conocer su pensamiento.

            -Entonces -dijo la señora Touchett-, no deje de comunicarme el resultado de su penetración. Por mi parte, aunque no pueda hablar con él, podré hablar con Isabel.

            Al oír tal propósito, madame Merle creyó conve­niente hacer una advertencia.

            -No vaya demasiado lejos con ella. Mire que se ex­pone a inflamarle la imaginación.

            -Yo no le he hecho jamás nada a la imaginación de nadie. De lo que estoy segura es de que ella no hará..., no hará..., bueno, nada de lo que yo haría.

            -Desde luego, no es precisamente esto lo que a us­ted le gustaría.

            -¿Y por qué habría de gustarme, quiere decírmelo, por favor? El señor Osmond no tiene, en realidad, nada sólido que ofrecer.

            Madame Merle permaneció callada, al tiempo que su inteligente sonrisa le elevaba la boca con mayor en­canto que de. costumbre hacia la comisura izquierda.

            -No confundamos -dijo al fin-. Gilbert Osmond no es ni mucho menos cualquiera. Es un hombre que, en condiciones favorables, puede causar una impresión ex­traordinaria. Por lo que yo sé, no es la primera vez que la causa.

            -No me diga nada acerca de sus enredos amorosos puramente carnales; son cosa que no me interesa en ab­soluto -exclamó la señora Touchett-. Por eso que us­ted dice es por lo que quisiera que dejase de frecuentar esta casa. Lo único que tiene en el mundo, que yo sepa, es una o dos docenas de tiernos infantes y una hijita más o menos petulante.

            -Los tiernos infantes -replicó madame Merle valen hoy en día una enorme suma de dinero. Y respec­to a la hijita, es una persona muy joven, inocente y to­talmente inofensiva.

            -Dicho de otras palabras: una chiquilla insípida. ¿No es eso lo que quiere usted decir? Y, como no tiene fortuna, no puede confiar en casarse como en este país se casan. De manera que Isabel tendría que mantenerla o dotarla.

            -Me parece que Isabel no tendría inconveniente en mostrarse generosa con ella. Se ve que le ha tomado afec­to a la pobre muchachita.

            -Ahí tiene otra razón para que el señor Osmond se quede tranquilo en su casa. De lo contrario, a lo mejor den­tro de una semana nos encontraremos de pronto con que mi sobrina se ha convencido de que su misión en la vida es demostrar que una madrastra puede sacrificarse... y que, para probarlo, debe antes convertirse ella en tal cosa.

            Madame Merle sonrió.

            -No hay duda de que sería una madrastra delicio­sa; pero estamos de acuerdo, no debe darse prisa en de­cidir acerca de la misión que le incumbe. Eso de alterar la misión de una es tan difícil como cambiar la forma de su nariz; ambas están ahí plantadas, una ante la cara y la otra en el carácter..., y hay que empezar desde muy atrás para ello. De todos modos, averiguaré lo que haya y la tendré al corriente.

            Ocurría todo esto sin que la sobrina tuviese la me­nor noticia, sin que llegase ni remotamente a sospechar que sus relaciones con el señor Osmond estaban sobre el tapete. Madame Merle no había dicho nada que pu­diese ponerla en guardia, procurando no aludir a él con mas interés que a cualquiera de los restantes distingui­dos caballeros de Florencia, tanto nativos como extran­jeros, que acudían cada vez en mayor número a ofrecer sus respetos a la tía de la señorita Archer. A Isabel le pa­recía un hombre interesante y volvía con frecuencia so­bre el tema. Decididamente le gustaba pensar en él en tal forma. De su visita a la casa de la colina había guar­dado una imagen que los sucesivos encuentros con él no lograban borrar y que a juicio suyo establecía una especial armonía con otras cosas supuestas y adivinadas, historias íntimas dentro de otras historias. Nada borraba la ima­gen de aquel inteligente, tranquilo, sensible y distingui­do caballero, que se paseaba en su digna soledad sobre la tierna grama de su terraza allá en lo alto del suave va­lle del Arno, llevando de la mano a una muchachita cu­ya timbrada voz añadía un encanto más a su inocencia.

El cuadro que en su imaginación se pintaba carecía de rasgos sobresalientes, de adornos, pero le gustaba preci­samente por esa suavidad de tonos y aquella atmósfera de atardecer de estío que parecía envolverla. Un cuadro que le hablaba al espíritu de aquella especie de cuestión personal que más pudiera impresionarla; de la conscien­te selección entre la gran variedad de objetos, sujetos, contactos..., ¿cómo debería llamarlos?, sujetos a finas y nobles asociaciones; de una vida de estudio en un país admirable; de una antigua tristeza que, de vez en cuan­do, volvía a hacerse sentir; de un sentimiento de orgullo que, si a veces era exagerado, no por ello dejaba de tener una gran nobleza; de una constante preocupación por la belleza, tan natural y al propio tiempo cultivada como las vistas ordenadas, las escalinatas, las terrazas y las fuen­tes de un jardín italiano..., lugares áridos refrescados por el rocío de una rara paternidad, un tanto intranquila y descorazonada. En el Palazzo Crescentini, el señor Osmond conservaba su misma manera de ser; un tanto des­confiada al comienzo aunque, sin duda alguna, consciente de todo y actuando bajo el esfuerzo, tan sólo perceptible a las miradas simpatizantes, por sobreponerse a tal des­ventaja, esfuerzo que casi siempre se resolvía con acre­centamiento de su facilidad de palabra, en una conver­sación, vivida, amena, positiva, agresiva a veces y siempre extraordinariamente sugestiva..., y sin que en ella apare­ciese el menor intento del señor Osmond de querer bri­llar por encima de los demás. No le fue difícil a Isabel creer que era sincera toda persona que presentaba los signos aparentes de una firme convicción, como, por ejemplo, la apreciación explícita y gratuita de algo que manifestaran a favor de lo por él defendido..., tal vez di­cho especialmente por la misma señorita Archer. Y lo que más agradaba a la joven era ver que, al hablar de tal manera, por el simple placer de departir y entretener a los demás, no lo hacía, como era en tantos otros cos­tumbre, por producir efecto. Exponía él sus ideas como si, por raras que a veces pudieran parecer, estuviese de siempre habituado a ellas y hubiera vivido siempre con ellas; como si fuesen algo así como viejos puños, pulidas bolas o cabezas de rara y preciosa materia susceptibles de ser adaptados al extremo de nuevos bastones..., no va­ras caídas del árbol corriente y exhibidas luego preten­ciosamente como objetos de elegancia suma. Uno de los días en que fue a visitarla, llevó consigo a su hijita. Isa­bel se alegró mucho de ver de nuevo a la muchacha, quien presentó la frente a todos los allí reunidos para que la be­saran, lo que hizo a Isabel acordarse de un ingenuo per­sonaje en una comedia francesa. La joven no había visto jamás una muchachita con tal manera de ser. Las joven­citas americanas eran muy distintas de ella, como igual­mente lo eran las inglesas. Pansy estaba perfectamente formada y preparada para el insignificante lugar que ha­bría de tocarle en el mundo y, por lo que a la vista salta­ba, era inocente e infantil a más no poder. La mucha­chita se sentó en el sofá al lado de Isabel. Llevaba un pequeño abrigo de color granate y unos guantes de los varios pares que madame Merle le regalara, guantes gri­ses abrochados con un solo botón. De tal suerte, parecía una verdadera hoja de papel en blanco..., la jovencita ideal de las novelas rosa. Isabel deseó para sus adentros que tal hoja de papel, tan usa y limpia, encontrase una mano que la supiera llenar de hermosas y nobles palabras.

            También la condesa Gemini fue a visitarla, pero eso era harina de otro costal. Ésta no tenía absolutamente nada de hoja en blanco; por lo contrario, eran muchas las manos que en ella habían ya escrito. Y la señora Touchett, que no se sintió honrada con tal visita, pensó que estaba visiblemente salpicada de numerosas manchas. La condesa provocó una discusión entre la dueña de la casa y su amiga venida de Roma, discusión en la que madame Merle (que no cometía la estupidez de resultar car­gante a la gente mostrándose siempre de acuerdo con ella) se aprovechó con toda soltura y maña de la autori­zación de disconformidad que la señora Touchett sabía permitir a los demás tanto como tomársela ella. La se­ñora Touchett había declarado que era de una audacia inaudita eso de que un personaje tan controvertido se hubiera presentado a tal hora del día a la puerta de una casa donde se le estimaba tan poco, como seguramente debía de saber era su caso en el Palazzo Crescentini. Isa­bel se había enterado ya de la existencia de tal manera de sentir en la casa bajo cuyo techo se albergaba. La opi­nión allí corriente presentaba a la hermana del señor Osmond como una señora que había llevado a cabo tantas fechorías que ya no se las tenía en cuenta -que es por lo general lo que se busca-, y no eran sino los desperdi­cios, los restos flotantes de un naufragio, algo así como un tema molesto de conversación en sociedad. La había casado su madre -mujer admirablemente administrati­va que sentía por los títulos nobiliarios una estimación que su hija parecía haber arrojado por la borda- con un aristócrata italiano que tal vez le diera motivos para in­tentar sofocar su conciencia del desvarío. Por lo demás, la condesa se había consolado desaforadamente y, con el tiempo, la lista infinita de sus excusas llegó a quedar per­dida en el laberinto de sus aventuras. Aunque, desde ha­cía mucho tiempo, la condesa había hecho todo lo posi­ble por lograrlo, la señora Touchett no consintió jamás en recibirla. Si Florencia no tenía mucho de ciudad aus­tera, la señora Touchett, como ella solía decir, debía tra­zar esa raya de la que no se pasa.

            Madame Merle se dio a la tarea de defender a la infe­liz condesa con mucho empeño y no menor ingenio. No comprendía cómo la señora Touchett quería convertir en víctima propiciatoria a una mujer que, en realidad, no ha­bía causado perjuicio a nadie y sólo se dedicó a hacer el bien, aunque de equivocada manera. Indudablemente, una estaba en su derecho de trazar la raya, pero al hacerlo de­bía procurar que fuese bien recta, y no cabía duda que sería del todo torcida esa raya de tiza que pretendiese de­jar fuera a la condesa Gemini. Para proceder así, lo me­jor que podía hacer la señora Touchett era cerrar su ca­sa a todo el mundo. Tal vez fuera eso lo mejor mientras permaneciese en Florencia. Había que ser justos y no establecer diferencias arbitrarias. Era indudable que a la condesa podían imputársele imprudencias; no tenía la suerte de haber sido tan lista como otras mujeres. La po­bre era una buena mujer, aunque no inteligente. Por lo demás, ¿desde cuándo era tal cosa un motivo de exclu­sión de nadie en la más encopetada sociedad? Hacía ya mucho tiempo que no se sabía nada de ella, lo cual per­mitía pensar que había renunciado a sus antiguos desva­ríos..., y la mejor prueba de ello era que deseaba entrar a formar parte del círculo de amigos de la señora Touchett. Por su parte, Isabel no se mezcló para nada en tan interesante discusión, limitándose a recibir con toda ama­bilidad a la infeliz señora, que, a pesar de todos sus de­fectos, tenía para ella la gran cualidad de ser hermana del señor Osmond. Como su hermano le gustaba tanto, Isa­bel creyó lo más natural del mundo que también le gus­tase la hermana; y, a pesar de la complicación cada día mayor de las cosas, era todavía capaz de persistir en esa su consecuente manera de obrar. Cierto, no le había cau­sado muy buena impresión la condesa cuanto la vio por primera vez en la villa de la colina, pero agradecía la opor­tunidad que se le presentaba de poder corregir su juicio. ¿Acaso no había dicho el señor Osmond que era una mujer respetable? Tal afirmación por parte del señor Osmond pudiera haber parecido descarada, pero madame Merle supo aderezarla de manera conveniente. Así pues, se complació en referir a Isabel mucho más de lo que el señor Osmond le dijera y le contó la historia del casa­miento de la hermana y las consecuencias lamentables que del acto se derivaron. El tal conde pertenecía a una antigua familia toscana, pero con bienes tan escasos que hubo de considerarse dichoso de poder aceptar a Amy Osmond a despecho de su ya discutible belleza, que aún no había entorpecido su carrera, y con la novia la mo­desta dote que la madre pudo ofrecerle, una suma equi­valente a lo que constituía la parte del hermano en el pa­trimonio familiar. Después de ello, la condesa Gemini recibió alguna que otra herencia y ahora, para ser italia­nos, estaban bastante bien, aunque Amy era tremenda­mente manirrota. El conde era un bruto de la peor es­pecie, que había dado a su mujer toda clase de motivos que justificaban su comportamiento. No tenía hijos, pues los tres que tuviera los perdió antes de haber cumplido un año. Su madre, que se las daba de mujer de gran sa­ber, escribía poemas descriptivos y enviaba crónicas so­bre temas italianos a las revistas semanales inglesas, mu­rió tres años después de la boda de la condesa; en cuanto al padre, perdido en el gris amanecer americano de la ac­tual situación y a quien se tenía allí por hombre rico y fuerte, murió mucho antes. Esto era fácilmente aprecia­ble en Gilbert, sostuvo madame Merle. Se podía apre­ciar que había sido criado y educado por una mujer, aun­que, para ser justos con él, cabría suponer que lo educara una mujer más sensata que aquella Corina americana, como se complacía en llamarse a sí misma la señora Osmond. Ésta había traído a sus dos hijos a Italia al año de la muerte del padre, y la señora Touchett se acordaba perfectamente de cómo era al año de su llegada; la con­sideraba una terrible snob, pero ése era un juicio equivo­cado de la señora Touchett, porque ella, igual que la se­ñora Osmond, prestaba toda su aprobación a los matrimonios políticos. La condesa era una buena com­pañera, y no la mujer superficial que parecía; todo lo que con ella debía hacerse era guardar la mayor incredulidad respecto a cualquier cosa que se le ocurriese decir. Madame Merle había hecho siempre por ella todo lo posible en consideración al hermano, y éste apreciaba grande­mente cualquier gentileza que con ella se tuviese, por­que, para decir la verdad, pensaba que había despresti­giado un tanto su común apellido. No cabía duda de que a él no podía en modo alguno gustarle su estilo, sus chi­llidos, su terrible egocentrismo, sus violaciones del buen gusto y sobre todo de la verdad; le sacaba de sus casillas, no era su tipo. Ahora bien, ¿cuál era su tipo? Precisa­mente todo lo contrario de la condesa; la mujer para quien la verdad es siempre cosa sagrada. Isabel había perdido la cuenta de las veces que en media hora la profanara su visitante; la condesa le había dejado más bien la impre­sión de proceder con una estúpida sinceridad. En todo el tiempo no hizo otra cosa que hablar casi exclusiva­mente de sí misma; de cuánto le gustaría tratar a la se­ñorita Archer; de que le encantaría tener una amiga de veras; de lo despreciable que era la gente en Florencia; de lo cansada que estaba ya de tal ciudad; de lo mucho que le gustaría vivir en otro sitio cualquiera como París, Londres o Washington; de lo difícil que era conseguir algo adecuado que ponerse en Italia, con excepción de hermosos encajes antiguos; de lo agradable que en todas partes se estaba volviendo el mundo y de la triste vida que a ella le había tocado llevar. Madame Merle escuchó con gran atención lo referido por Isabel de esta parte de su conversación con la condesa y se dio perfecta cuenta de que había causado gran angustia en su amiga. En con­junto, no experimentaba el menor temor por la condesa y podía hacer lo que más conveniente le parecía, que era no aparentarlo.

            Mientras tanto, Isabel había recibido la visita de otra persona a quien no era tan fácil, ni aun sin saberlo ella, proteger: Henrietta Stackpole. Ésta había dejado París tras la partida de la señora Touchett para San Remo, y camino del sur, como ella decía, había pasado por las ciu­dades del norte de Italia hasta llegar a orillas del Arno a mediados del mes de mayo. Madame Merle la examinó con una sola ojeada de los pies a la cabeza y, con todo el sentimiento de su alma, se decidió a soportarla. Estaba, pues, dispuesta a chancearse de ella. Ciertamente no era posible aspirarla como a una rosa; habría, pues, que aga­rrarla como a una ortiga. Con gran ingenio, madame Merle supo sumirla en la insignificancia, e Isabel sintió que, al adivinar tal posibilidad, había hecho estricta jus­ticia a la superior inteligencia de su amiga. La llegada de Henrietta la había anunciado el señor Bantling, quien había llegado allí desde Niza mientras ella permanecía en Venecia y habiendo creído que la hallaría en Floren­cia (cosa que no ocurrió), fue al Palazzo Crescentini pa­ra mostrar su decepción ante aquel retraso. La llegada de Henrietta tuvo lugar dos días después, y puede cal­cularse la emoción que produjo en el señor Bantling si se tiene en cuenta que no había vuelto a verla desde el romántico episodio de Versalles. Todos se hicieron per­fectamente cargo del lado humorístico del caso, pero el único que a ello se refirió fue Ralph Touchett cuando, a solas con él y fumando un magnífico habano, el señor Bantling se enteró de la comedia que los otros repre­sentaban al juzgar a la periodista y a su protector britá­nico. El caballero inglés tomó también la cosa por el la­do bueno y confesó ingenuamente que en todo ello no había de positivo más que una aventura puramente inte­lectual. La señorita Stackpole le gustaba extraordinaria­mente, no lo negaba; creía que tenía una cabeza admira­blemente asentada sobre los hombros y se complacía grandemente en andar con una mujer que no estaba a to­das horas pendiente del qué dirán, de cómo tomarían lo que ella había hecho y de cómo hacían los demás las co­sas que hacían. A la señorita Stackpole le tenía comple­tamente sin cuidado cómo podría parecer o dejar de pa­recer una cosa; y, si a ella no le importaba, ¿por qué razón le había de importar a él? De modo que estaba decidido a llegar tan lejos como ella llegase, y no veía por qué mo­tivo tendría que darse él por vencido.

            Por su parte, Henrietta no daba tampoco señal al­guna de darse por vencida. Sus perspectivas habían me­jorado al abandonar Inglaterra y ahora se hallaba en ple­no disfrute de abundantes recursos económicos. Ni que decir tiene que se había visto forzada a renunciar a sus de­seos de penetrar en la vida íntima de las gentes. La vida de sociedad le presentaba en el continente dificultades to­davía mayores de las que había hallado en Inglaterra. Pe­ro, en compensación de ello, en el continente existía la vida exterior, palpable y visible por doquier y mucho más fácilmente transformable en materia literaria que las cos­tumbres de los opacos isleños británicos. En los demás países, como ella decía con harto ingenio, si se contem­pla la vida externa, parece que una está viendo el lado de­recho del tapiz, mientras que en Inglaterra parece que esté una viendo el revés y con ello adquiere una falsa idea de las figuras. No poca pena hubo de costarle a su his­toriadora tener que reconocerlo; mas Henrietta, desco­razonada por otras cosas más ocultas, consagraba ya ma­yor atención a la vida externa. En Venecia había estado estudiándola durante dos meses y desde allí envió al Interviewer una serie de brillantes crónicas acerca de las góndolas, de la Piazza, del puente de los Suspiros, de las palomas de San Marcos y del bello gondolero cantando, mientas rema, poemas de Tasso. Tal vez el Interviewer sufriera con ello una decepción, pero, por lo pronto, ella estaba conociendo Europa. Su actual proyecto era ir a Roma antes de que comenzase allí la temporada de la malaria -por lo visto se imaginaba que debía comenzar un día determinado-, y, gracias a tal proyecto, había pa­sado por Florencia, donde pensaba detenerse unos días. Iría a Roma acompañada del señor Bantling, y le hizo saber a Isabel que, como éste conocía la gran urbe, era militar y había recibido una formación clásica -lo edu­caron en Eton, donde no se estudiaba más que latín y White-Melville, según dijo ella-, podría serle suma­mente útil en la ciudad de los césares. Se le ocurrió en­tonces a Ralph proponer a Isabel que ella, a quien él ten­dría mucho gusto en servir de guía, hiciese también un viaje a Roma aprovechando tal coyuntura. Pensaba su prima pasar en la ciudad santa gran parte del invierno, cosa que a él le parecía muy bien pero eso no impedía que hicieran una breve excursión anticipada. Quedaban todavía diez días del mes de mayo, el más hermoso de to­dos los meses para el verdadero amante de las cosas de Ro­ma. Era indudable, así lo creían ellos, que Isabel se con­vertiría inmediatamente en una entusiasta de Roma. Po­día, además, contar con la compañía de una persona de confianza y de su propio sexo, que, dadas las otras aten­ciones que sobre ella pesaban, no habría de resultarle en exceso molesta. Madame Merle se quedaría con la seño­ra Touchett, puesto que había dejado definitivamente Ro­ma durante los meses de verano y no tenía pensamiento de volver allí por ahora. Su casa estaba ya cerrada y la co­cinera en Palestrina, su pueblo de la campiña romana. Madame Merle aconsejó a Isabel que aceptara la propuesta de Ralph, asegurándole que no era cosa de despreciar un buen guía en su primera visita a la espléndida ciudad. No precisaba Isabel que se la instase mucho a acceder, de suer­te que los miembros integrantes de la expedición empe­zaron a hacer los preparativos para llevarla a cabo. Se re­signó la señora Touchett en tal ocasión a la idea de no hacer acompañar a la sobrina por una «dueña», pues ya hemos visto que había acabado por adaptarse al hecho de que su sobrina se las arreglara sola. Uno de los preliminares del viaje, por lo que a Isabel atañía, consistió en ver a Gilbert Osmond y comunicarle su proyecto.

            Al oírlo, se limitó Osmond a contestar:

            -Me agradaría infinito estar en Roma con usted; me encantaría verla en esa tierra maravillosa.

            -No tiene más que venir -replicó ella, casi titu­beando.

            -Habrá mucha gente con usted.

            -Desde luego, sola no voy a estar -admitió Isabel.

            Él permaneció callado un instante y, al fin, dijo:           

            -Le gustará enormemente. A pesar de lo mucho que la han echado a perder, quedará usted embrujada por la ciudad.

            -¿Dejaría acaso de gustarme por el hecho de que a la pobre, esa Niobe de las naciones, como usted sabe, la hayan echado a perder?

            -No lo creo. ¡Tantas veces la han echado a perder en épocas sucesivas! Pero si me decidiese a ir, ¿qué ha­ría con mi hijita?

            -¿No puede dejarla en la villa?

            -No sé hasta qué punto me agradaría hacerlo..., por más que hay una buena mujer, de edad respetable, que la cuida; mis medios no me permiten tener una ins­titutriz.

            -¡Pues entonces, llévela con usted! -replicó Isabel con gran vivacidad.

            El pareció pensar seriamente el asunto y contestó:

            -Ha estado todo el invierno en el convento, y es to­davía demasiado joven para hacer viajes de placer.

            -¿No le gusta hacerle ver el mundo? -preguntó Isabel.

            -No. Me parece que a las jovencitas hay que man­tenerlas alejadas de él.

            -A mí me criaron de un modo completamente distinto.

            -¿A usted? Bueno, con usted dio buen resultado porque usted es excepcional.

            -No sé en qué -dijo Isabel, quien, a pesar de ello, no estaba segura de que su amigo no hubiese dicho una verdad.

            El señor Osmond, sin pararse a explicar sus palabras, continuó:

            -Si yo creyese que ponerla en contacto con deter­minado grupo social en Roma le iba a hacer parecerse a usted, mañana mismo la llevaba.

            -No quiero que se parezca a mí. Consérvela tal como es.

            -Podría también confiársela a mi hermana -dijo el señor Osmond como quien pide consejo. Se diría que experimentaba placer al hablar de estos pequeños asun­tos domésticos con la señorita Archer.

            Isabel coincidió con él, y añadió:

            -Sí. Creo que, dejándola con ella, no llegará a pa­recerse mucho a mí.

            Después de que ella se hubo marchado de Floren­cia, Gilbert Osmond se encontró un día con madame Merle en casa de la condesa Gemini. Había allí varias personas más, pues el salón de la condesa Gemini esta­ba siempre bastante concurrido. Como la conversación era general, el señor Osmond aprovechó la circunstan­cia para acercarse a madame Merle y sentarse en una oto­mana próxima, un poco detrás del sillón por ella ocupa­do. Una vez allí, le dijo en voz baja:

            -Quiere que vaya a Roma con ella.

            -¿Que vayas con ella?

            -Es decir, que esté allí mientras ella esté.

            -¿No querrás decir que se lo propusiste y ella aceptó?

            -Desde luego, yo di pie. Pero, la verdad, ella se muestra muy alentadora..., verdaderamente alentadora.

            -Me alegro mucho de oír lo que dices. De todos modos, no cantes victoria demasiado pronto. De mo­mento, lo que debes hacer es ir a Roma.

            -Hay que ver el trabajo que le da a uno esa idea -comentó Osmond.

            -No trates de hacerme creer que no te gusta..., eres un ingrato. En todos estos años no has tenido ninguna ocupación tan agradable.

            -Es admirable la manera en que te lo tomas. Aho­ra resulta que tengo que estarte agradecido por esto.

            -Pero no demasiado, por supuesto -replicó ma­dame Merle. Hablaba con su habitual sonrisa, apoyándose en el respaldo del sillón y mirando en todas direc­ciones-. Has causado muy buena impresión -dijo-, y con mis propios ojos he visto que la recibida por ti no ha sido menos buena. Estoy segura de que no has ido sie­te veces al Palazzo Crescentini con el solo objeto de ser­me agradable a mí.

            -La muchacha no es antipática -declaró tranqui­lamente Osmond.

            Madame Merle le miró fijamente un instante, apretó los labios con dureza y preguntó:

            -¿Eso es todo lo que se te ocurre decir de esa en­cantadora criatura?

            -¿Cómo todo? ¿No te parece bastante? ¿De cuántos me has oído decir eso ni muchísimo menos?

            Madame Merle no respondió a tales palabras y vol­vió su agradable rostro al resto de la concurrencia.

            -Eres verdaderamente fantástico -dijo al cabo de unos instantes-. Me da miedo pensar en el abismo a que la he precipitado.

            Pareció que a él la cosa le divertía, y dijo:

            -Ya no puedes volverte atrás..., has ido demasiado lejos.

            -Está bien. Pues, entonces, haz tú el resto.

            -Lo haré -afirmó Gilbert Osmond.

            Madame Merle se calló y él volvió a cambiar de si­tio; pero, cuando ella se levantó para marcharse, también él se despidió. La berlina de la señora Touchett estaba

esperando a su amiga en el patio y él, después de ayu­darla a subir, permaneció allí deteniéndola.

            -Has sido muy indiscreto -le dijo madame Merle

con cierto enojo-. No has debido moverte al marchar­me yo.

            El se había quitado el sombrero. Se pasó la mano por la frente y dijo casi confuso:

            -Siempre lo olvido. He perdido ya la costumbre.

            -Eres verdaderamente fantástico -repitió ella mi­rando hacia las ventanas de la casa, que era uno de los re­cientes edificios de la parte nueva de la ciudad.

            Él pareció no darse cuenta de aquella observación y dijo como si hablase para sí:

            -Verdaderamente, es encantadora. No he conoci­do jamás una criatura tan agradable.

            -No sabes cómo me gusta oírte decir eso. Cuanto más te guste a ti, mejor para mí.

            -Me gusta extraordinariamente. Es exactamente tal cual la describiste y, por añadidura, capaz, por lo menos así me lo parece, de gran afecto. No tiene más que un defecto.

            -¿Puede saberse cuál?

            -Demasiadas ideas.

            -Ya te advertí que era una mujer muy inteligente.

            -Por suerte, son muy malas -replicó Osmond.

            -¿En qué consiste entonces la suerte?

            -¡Diantre! ¡Si hay que sacrificarlas, más vale que sean malas!

            Madame Merle se apoyó en el respaldo y fijó la vis­ta delante para dar órdenes al cochero. Antes de que lo hiciese, su amigo la detuvo nuevamente.

            -¿Qué voy a hacer con Pansy, en caso de que vaya a Roma? -preguntó.

            -Yo me ocuparé de eso -contestó madame Mer­le-. Iré a verla.

 

 

 

27

 

            Lejos de mí intentar describir la profunda impresión que Roma produjo en nuestra joven heroína, analizar sus sentimientos mientras pisaba las losas del Foro o contar sus pulsaciones cuando desembocó en la plaza de San Pe­dro ante el Vaticano. Baste, pues, decir que su impresión fue la que no podía por menos de esperarse de una per­sona de su frescura y entusiasmo. La historia le había in­teresado siempre extraordinariamente, y he aquí que te­nía ante sus ojos la historia viva, por dondequiera que fuese, en las piedras de la ciudad y hasta en los átomos de la misma luz del sol. Poseía una imaginación que se inflamaba ante la simple relación de los grandes hechos, y de aquí que dondequiera que se volviese hallaba vesti­gios de hechos sublimes que allí se realizaran. Todo cuan­to veía la conmovía, pero sólo en su interior. Sus com­pañeros se figuraban que hablaba menos que de costumbre y, cuando Ralph Touchett parecía estar mirando torpe e in­diferentemente por encima de su cabeza, lo que hacía era observarla con gran intensidad. Ella se sentía por sí so­la sumamente feliz, incluso se forjaba la idea de que aque­llas horas eran las más felices que en toda su vida dis­frutara. Si bien pesaba en su ánimo el terrible pasado de la humanidad, tenía el presentimiento de que algo to­talmente contemporáneo podría prestarle de nuevo las alas que lo hicieran volar otra vez al empíreo azul. El acervo de sus conocimientos se le antojaba ahora tan em­brollado que no podía saber adonde acabarían por arras­trarla las diferentes partes que lo componían; y andaba de un lado para otro de la ciudad como en continuo éx­tasis contenido, en ese éxtasis de contemplación que ha­ce ver en las cosas admiradas mucho más de lo que en realidad hay en ellas, éxtasis que, por otra parte, no le dejaba tiempo para ver todas las otras cosas que su guía Murray recomendaba. Como Ralph decía, Roma se en­tregaba de lleno al momento psicológico. Por fortuna, habían ya desaparecido los rebaños de turistas, y los lu­gares más solemnes de la ciudad se revestían de nuevo de su augusta solemnidad. El cielo era todo un inmenso fulgor azul y el chapoteo de las innumerables fuentes en sus tazas musgosas de mármol había perdido su frialdad y redoblado la sugestión de su música incesante.

            En las esquinas de las templadas y rumorosas calles y en las escalinatas de ciertas plazas tenía uno que an­dar entre montones de flores. Una de aquellas tardes, la tercera después de su llegada, habían ido nuestros amigos a presenciar las excavaciones del Foro Roma­no, que entonces comenzaban a cobrar gran importan­cia, y habían bajado desde la calle moderna al nivel de la Vía Sacra, por la que caminaron algunos de ellos con paso respetuoso que no todos supieron adoptar. A Hen­rietta Stackpole le llamó profundamente la atención el hecho de que Roma estuviese en gran parte pavimen­tada como Nueva York, e incluso creía ver cierta ana­logía entre las hondas rodadas de los históricos carros en las antiguas calles legendarias y las chillonas plan­chas de hierro de las calles neoyorquinas que denotan la intensidad de la vida norteamericana. Era el momento en que el sol había empezado a descender, en que el ai­re era como una exquisita bruma transparente de oro, y las alargadas sombras de las columnas truncas y de los inmóviles pedestales yacían en el centro del campo de las ruinas. Henrietta vagaba en compañía del señor Bantling, a todas luces encantada de oírle tachar a Julio Cé­sar de sinvergonzón, y, por su parte, Ralph prodigaba a nuestra heroína todos los esclarecimientos que para su uso particular había preparado. Un modesto arqueó­logo de los que suelen vagar por aquellos lugares se pu­so a disposición de los dos y repitió la lección aprendi­da con una extraordinaria fluidez de palabra que en nada había mermado, por lo visto, lo avanzado de la es­tación. En uno de los extremos del Foro estaban lle­vando a cabo una excavación, y el arqueólogo sugirió a los signori que fuesen allá, pues tal vez pudieran ver al­go de gran interés. La insinuación fue mucho mejor acogida por Ralph que por Isabel, ya harto fatigada de tanto vagar y meditar. De tal suerte, le rogó que fuera a satisfacer su curiosidad mientras ella aguardaba tran­quilamente a que volviese. La hora y el lugar eran muy de su gusto, de manera que habría de proporcionarle gran placer quedarse sola unos instantes. Ralph se ale­jó en compañía del cicerone, e Isabel se sentó en una de las caídas columnas que había cerca de los cimien­tos del Capitolio. Necesitaba aunque sólo fuera unos instantes de soledad, pero no pudo saborearlos mucho tiempo. Por grande que fuese su interés en las maltre­chas reliquias del pasado romano que yacían desperdi­gadas cerca de ella, y en las que el paso corrosivo de los siglos no lograba borrar por completo la vida, sus pen­samientos, después de recrearse un instante en tales co­sas, habían ido elevándose, por una concatenación de causas que requeriría gran sutileza poder definir, a las regiones y los objetos dotados de atracción más huma­na y activa. Desde aquel prestigioso pasado romano hasta el futuro de esta Isabel Archer había un trecho bien largo y, sin embargo, su poderosa imaginación, que ha­bía logrado salvarlo de un solo vuelo, parecía revolotear ahora en círculos cada vez más cerrados sobre campos más próximos y próvidos. Tan absorta estaba en sus pro­pios pensamientos que, mientras contemplaba una hi­lera de losas hendidas, aunque no desunidas, que a sus pies había, no oyó los pasos que a ella iban acercándo­se hasta que una determinada sombra apareció en el cercano campo de su visión. Alzó los ojos y vio a un ca­ballero..., que no era precisamente Ralph y que volvía de las excavaciones proclamando que eran un verdade­ro aburrimiento. El personaje se quedó verdaderamen­te sobrecogido al ver el susto que la joven se había lle­vado y, deteniéndose, se quitó el sombrero.

            -¡Lord Warburton! -exclamó Isabel levantándose al instante.

            -No tenía la menor idea de que fuese usted. Al dar la vuelta por esa esquina he venido a su encuentro sin sa­berlo.

            Ella miró a su alrededor como tratando de explicarse.

            -Estoy en este instante sola -dijo-, mis compa­ñeros acaban de abandonarme un momento. Mi primo ha ido a presenciar los trabajos de excavación, allí don­de está aquella gente.

            -¡Ah! Sí, ya lo veo erijo lord Warburton mirando en la dirección que ella le indicaba y permaneciendo fir­memente en su puesto, pues ya había recobrado el aplo­mo y deseaba demostrarlo, si bien con toda gentileza-. No quisiera molestarla -añadió-. Me parece que está usted algo cansada.

            -Sí, estoy más bien fatigada. -Dudó un segundo, se sentó de nuevo, y dijo-: Pero, por favor, no quisiera interrumpir su visita al Foro.

            -¡Oh! Mi querida amiga, estoy completamente so­lo. No tengo absolutamente nada que hacer en el mundo. No tenía la menor idea de que estuviese usted en Roma. Acabo de llegar de Oriente y estoy solamente de paso.

            -Parece que ha estado usted haciendo un largo via­je -dijo Isabel, que por su primo Ralph se había ente­rado de la ausencia de lord Warburton de Inglaterra.

            -En efecto, partí para el extranjero por seis meses, algo después de la última vez que la vi. He estado va­gando un poco por Turquía y Asia Menor, y he llegado de Atenas hace unos días. -Hacía lo posible por no pa­recer azorado, pero no estaba tampoco tranquilo; y, des­pués de mirarla con mayor detenimiento, adoptó un to­no más humano, preguntando-: ¿Quiere usted que la deje, o me permite que la acompañe un momento?

            Ella reaccionó del mejor modo posible.

            -No quiero que me deje usted, lord Warburton, y me alegro mucho de haberle visto.

            -Muchas gracias por haberlo dicho. ¿Me permite que me siente?

            El acanalado fuste de la columna donde ella estaba sentada ofrecía más que sobrado sitio de descanso para va­rias personas, de suerte que también debía de haberlo pa­ra un inglés bien desarrollado. Y aquel selecto ejemplar de la clase privilegiada se sentó junto a nuestra joven amiga, y al cabo de cinco minutos le había hecho ya varías pregun­tas, algunas escogidas al azar y cuyas respuestas pareció no haber oído, toda vez que varias de ellas hubo de hacerlas más de una vez; por su parte, le había proporcionado to­da la información precisa respecto a su propia persona, in­formación que ella, con su superior sentido femenino de la tranquilidad, no echó en saco roto. Reiteró lo ya dicho: que no esperaba en absoluto encontrarla en semejante si­tio, de lo que resultaba evidente que era un encuentro para el cual habría él necesitado hallarse bien preparado. De pronto, empezó a pasar de la impunidad de las cosas a su solemnidad, de su deliciosa manera de ser a su manera de ser insoportable. Estaba completamente tostado por el sol, incluso su bien poblada barba estaba requemada por el sol de Asia. Vestía esa indumentaria suelta y heterogénea que el inglés que viaja por países extraños se complace en po­nerse para su propia comodidad y afirmar, de paso, su al­tiva nacionalidad. De tal suerte, con sus ojos agradables y serenos, su rostro bronceado, fresco aunque ya maduro, su figura varonil, sus modales acomodaticios y su aspecto general de ser un caballero y un explorador, era una re­presentación tan genuina de la raza británica que nadie habría dejado de reconocerle como tal en los países que por ella sienten algún afecto. Isabel observó todas estas condiciones y se consideró encantada de que siempre le hubiese gustado. Él había conservado, sin duda, a pesar de los muchos contratiempos, todas sus cualidades merito­rias..., propiedades que en parte constituyen la esencia de las grandes cosas prestigiosas, como todos afirman, que se asemejan a sus ornamentos y utensilios más íntimos y que sólo es posible arrancar de ellas mediante una demolición total. Como es natural, procedieron a hablar de los asun­tos por turno riguroso; a saber, la muerte de su tío, la sa­lud de su primo Ralph, cómo había pasado ella el invier­no, su excursión a Roma, su retorno a Florencia, sus proyectos para el próximo verano, el hotel donde se alo­jaba, e inmediatamente después los acontecimientos pre­senciados por lord Warburton en todo aquel tiempo, sus aventuras, movimientos, impresiones y domicilio en aquel entonces. Y, como remate de todo ello, un silencio mucho más elocuente que cuantas palabras hubiesen podido de­cirse el uno al otro y tras el cual lord Warburton tuvo a bien decir:

            -Le he escrito a usted varias veces.

            -¿Que me ha escrito? Jamás recibí carta suya.

            -No las eché al correo. Las quemé todas.

            -¡Ah! -exclamó riendo Isabel, y añadió-: Más va­le que haya sido usted y no yo quien lo haya hecho.

            -Pensé que no le interesarían -prosiguió él con una sencillez tan natural que casi la conmovió-. Me pa­reció que, después de todo, no tenía ningún derecho a molestarla con cartas.

            -Pues me habría gustado mucho tener noticias suyas. Ya sabe cuánto esperaba yo que..., que... -Y se quedó callada, temiendo no decir más que una insustancialidad.

            -Sé perfectamente lo que iba usted a decir: que esperaba que continuáramos siendo siempre buenos amigos.

            Ciertamente, tal y como acababa de expresarla, se­mejante fórmula no pasaba de ser igualmente una insustancialidad; pero tenía gran interés en hacerla parecer así a los ojos de Isabel.

             -No hablemos de eso, por favor -fue lo más inte­resante que ella acertó a decir, frase que, como se ve, no era muy superior en ingenio a la por él dicha.

            -¡Vaya un consuelo para mí! -exclamó él con cier­ta energía.

            -No pretendo consolarle -dijo la joven, que, sen­tada como estaba, se echó hacia atrás como irguiéndose por la interna satisfacción del triunfo que para ella su­ponía la respuesta que le dio hacía seis meses y de la que tan poco satisfecho quedara él. A pesar de lo agradable, galante y poderoso que era, a pesar de que no había hom­bre mejor que él, la respuesta seguía en pie.

            -Es perfectamente natural que no pretenda conso­larme, puesto que no es cosa que esté en su mano -oyó

ella que decía su compañero como cortándole su extra­ño júbilo.

            -Yo deseaba que volviéramos a vernos porque no creía que usted intentara hacerme ver que le había heri­do. Pero, tal como se comporta..., es mayor la pena que

el placer. -Y se levantó con una especie de majestuosa altivez buscando con la vista a sus compañeros.

            -No quisiera que sintiese eso, que, por lo pronto, no puedo decir. Lo único que quisiera es que supiese un par de cosas... para mi propia tranquilidad. Puede tener la seguridad de que no he de volver a hablarle más del asun­to. Lo que le dije el año pasado lo sentía con toda el alma en aquel momento y me era del todo imposible pensar en nada distinto. Hice lo posible por olvidar... sistemática­mente y con todas mis fuerzas. Hice también lo posible y lo imposible por interesarme por otras cosas y por las demás personas. Se lo digo porque quiero que sepa que cumplí con mi deber. Pero fracasé rotundamente en mi empeño. Ésa fue también la razón de mi largo viaje al ex­tranjero..., y lo más lejos posible. Dicen que viajar aleja las penas y procura distracción, pero yo no he logrado distraerme. Pienso constantemente en usted desde la úl­tima vez que la vi. Soy el mismo de siempre, la amo a us­ted exactamente igual que antes, y todo cuanto digo aho­ra es exactamente tan verdad como lo que antes dije. Este mismo instante sirve para hacerme ver de qué manera, para mi gran desgracia, siento el insuperable encanto de su persona. Ya sabe..., no puedo decir nada menos. Pue­de estar tranquila, porque no pienso en absoluto insistir, ha sido sólo un momento. Y debo añadir que, cuando ha­ce unos minutos la encontré, no tenía ni la más remota idea de que había de encontrarla, y le doy mi palabra de honor de que en tal instante estaba deseando saber dón­de pudiera hallarse.

            Lord Warburton había recobrado, al fin, el comple­to dominio de sí mismo mientras hablaba. Tan completo era que habló con la misma seguridad que si se dirigiese a una junta de hombre de negocios..., para hacer una de­claración de gran importancia con toda claridad y ab­soluta calma; incluso como si, de vez en cuando, hu­biese tenido la ocasión de echar una mirada furtiva a las notas de su discurso escritas en un papel que lle­vara dentro del sombrero. No cabe duda de que la jun­ta estimaría el asunto perfectamente discutido y lo ha­bría aprobado.

            -Yo también he pensado a veces en usted, lord Warburton -declaró a su vez Isabel-. Puede estar se­guro de que lo haré siempre. -Y añadió en un tono que, sin dejar de ser amable, no fuera alentador-: No creo que en ello haya peligro alguno para ninguna de las dos partes.

            Comenzaron a andar el uno junto a la otra, y ella se sentía ya con deseo de preguntarle por sus hermanas y pedirle les hiciera saber que lo había hecho. Por el mo­mento, no volvió él a hacer alusión alguna a la gran cues­tión, pero se zambulló en unas aguas todavía más pro­fundas y seguras, tratando de saber cuánto tiempo pensaba ella permanecer en Roma. Al enterarse por la respuesta d Babel del límite temporal de su estadía, dijo estar en­cantado de que aún se hallase tan lejos, lo cual motivó que ella preguntara con cierta ansiedad:

            -¿Por qué dice usted tal cosa si hace un rato me ha manifestado que está aquí sólo de paso?

            -¡Ah! Es cierto, pero, al decir que estaba de paso, no quería hacer creer que podía hacer en Roma lo mis­mo que si me hallara en el empalme de Clapham. Estar de paso en Roma supone detenerse, cuando menos, una o dos semanas.

            -Diga con franqueza que piensa quedarse aquí mientras yo esté.

            Sonrió él ruborizándose levemente y dijo, como son­deándola:

            -Supongo que eso no le acomodaría. Tiene usted miedo de verme demasiado.

            -No se trata de que me acomode o no. Desde lue­go no puedo pretender que abandone esta deliciosa ciu­dad por causa mía. Pero confieso que le tengo miedo.

            -¿Miedo de que empiece otra vez? Le prometo que llevaré mucho cuidado.

            Sin darse cuenta se habían detenido y se quedaron mirándose fijamente el uno al otro. Al final dijo ella en un tono de compasión que tanto parecía ir dirigida a él como a ella:

            -¡Pobre lord Warburton!

            -En efecto. ¡Pobre lord Warburton! Pero llevaré cuidado.

            -Usted podrá ser desgraciado, pero no logrará que yo lo sea. Eso no lo permitiré.

            -Si creyese que podía hacerla desgraciada, creo que lo intentaría. -Al oír semejante declaración, Isabel rea­nudó la marcha-. De todas formas -prosiguió él-, no diré jamás una palabra que pueda desagradarle.

            -Perfectamente. Si la dice, ya sabe, se acabó nues­tra amistad.

            -Tal vez algún día..., pasado un tiempo..., me con­ceda usted permiso...

            -¿Permiso para hacerme desdichada?

            -Para volver a decirle... -comenzó a responder él tras un instante de titubeo. Pero se contuvo y añadió-: Me lo guardaré para mí. Me lo guardaré siempre para mí.

            Henrietta Stackpole y su escolta se habían unido a Ralph en la visita a las excavaciones y, al cabo de un mo­mento, vieron aproximarse a Isabel y su acompañante. El pobre Ralph acogió a su amigo con demostraciones de alegría mezcladas de extrañeza y Henrietta exclamó casi gritando: «¡Diantre, si está aquí el lord!». Ralph y su compañero inglés le saludaron con esa sobriedad con que se saludan los amigos ingleses después de una larga separación; por su parte, Henrietta contempló intensa­mente al aristócrata tostado por el sol.

            E inmediatamente estableció la relación entre la cri­sis ocurrida y lo que a ella personalmente concernía. De suerte que se aventuró a decir:

            -Me figuro que no se acordará usted de mí, señor.

            -¿Cómo que no? -contestó lord Warburton-. Recuerdo perfectamente que la invité a que fuera a verme y que usted no lo hizo.

            -Yo no voy a todos los lugares a los que se me in­vita -replicó con frialdad la señorita Stackpole.

            -En tal caso -contestó riendo el dueño de Lockleigh-, no volveré a invitarla.

            -Pues tenga la seguridad de que, si lo hace, iré.

            Por lo mucho que de tal salida se rió, lord Warburton parecía estar plenamente seguro de lo que acababa de oír. El señor Bantling había permanecido un poco aparte, sin hacerse el encontradizo, pero aprovechó aque­lla oportunidad para saludar con una ligera inclinación de cabeza al noble par, que al reconocerle exclamó, tendiéndole la mano:

            -¿Cómo, usted aquí, Bantling?

            -No sabía que se conocieran -dijo Henrietta.

            -Me imagino que usted no sabe a cuántas personas conozco -repuso el señor Bantling en un tonillo lige­ramente burlón.

            -Yo pensaba que, cuando un inglés conoce a un lord, lo primero que hace es decirlo.

            Lord Warburton se echó a reír nuevamente y dijo:

            -Debe de haberlo ocultado porque se avergonzaba de mí.

            Aquella réplica fue muy del gusto de Isabel. Exhaló, pues, un ligero suspiro de alivio, y todos emprendieron el regreso.

            Al día siguiente era domingo, y ella se pasó toda la mañana ocupada en escribir dos largar cartas: una a su hermana Lily y la otra a madame Merle, mas no men­cionó en ninguna de ellas el hecho de que un preten­diente rechazado la amenazara con un nuevo requeri­miento. Los domingos por la tarde, todo buen romano (los mejores son a veces los bárbaros del norte) va a re­zar las vísperas a la basílica de San Pedro. Nuestros ami­gos, por su parte, habían decidido acudir juntos a seme­jante acto religioso en la inmensa catedral. Después del almuerzo, lord Warburton se presentó en el Hotel de París e hizo una visita a las dos damas, pues Ralph Touchett y el señor Bantling habían salido juntos poco an­tes. Pareció el visitante esforzarse en demostrar a Isabel que era capaz de cumplir la promesa que el día antes le hiciera, y supo mostrarse discreto y franco..., ni callada­mente importuno, ni remotamente concentrado. De tal suerte, le hizo comprender cuán buen amigo suyo era ca­paz de ser. Habló de sus viajes por Persia y Turquía, y cuando la señorita Stackpole le preguntó si podría ser provechoso para ella visitar tales países, le aseguró que ofrecían un campo de ilimitadas perspectivas a las em­presas femeninas. Isabel le hizo la debida justicia, pero se preguntaba qué se proponía y qué esperaba ganar de­mostrando la fuerza superior de su sinceridad. Si espe­raba ablandarla probándole lo buen amigo que era, no valía la pena que se tomara tal molestia. Ella conocía so­bradamente la fuerza superior que había en cuanto le ro­deaba, y nada de lo que él pudiera hacer serviría para ilu­minar con más intensidad el panorama. Por lo demás, el hecho de hallarse en Roma era para ella una complica­ción de la mala suerte, y únicamente le agradaban las complicaciones que eran para bien. Así es que, al despe­dirse él y decir que también pensaba acudir a San Pedro y que trataría de encontrarle allí, a ella y a sus amigos, Isabel no tuvo más remedio que decirle que podía hacer como gustara.

            En la basílica, mientras ella caminaba sobre la in­mensa taracea de mosaico del pavimento, a la primera persona que vio fue a lord Warburton. No era nuestra heroína uno de tantos turistas que dicen sentir una de­cepción ante el templo de San Pedro al no encontrarlo merecedor de tanta fama. La primera vez que pasó por entre las pesadas cortinas de cuero que se mueven y gol­petean en la entrada, la primera vez que se vio bajo la al­tísima bóveda y contempló la luz filtrándose hacia ella a través del aire denso de las nubes de incienso y de los re­flejos de mármoles y dorados, de mosaicos y bronces, su concepto de la grandeza y de la grandiosidad se elevó a una altura vertiginosa. Después de aquello, no podía fal­tar nunca espacio para elevarse y remontar el vuelo. Isa­bel miraba a todas partes, de todo se admiraba como un niño o un campesino, y rendía su tributo silencioso a lo sublime del lugar. Lord Warburton caminaba al lado de ella, 1 hablaba de Santa Sofía de Constantinopla, y ella temía que acabara haciéndole observar su conducta ejem­plar. Aún no había comenzado el acto religioso, pero en San Pedro hay mucho que ver y admirar, se diría que hay algo profano en aquella vastedad que parece imaginada tanto para el ejercicio físico como para el espiritual. Los distintos grupos, los simples curiosos y espectadores, con­fundidos con los devotos creyentes, pueden satisfacer la propia inclinación sin por ello causar molestia ni produ­cir escándalo en el vecino o provocar conflicto. En se­mejante maravillosa vastedad las indiscreciones indivi­duales no llegan muy lejos, Pero ni Isabel ni sus compañeros pecaron de ello, pues, aunque Henrietta se consideró ingenuamente obligada a declarar que la cúpula de Mi­guel Ángel era una bagatela en comparación con la del Capitolio de Washington, vertió aquella observación al oído del señor Bantling, reservándose el exponerla más cruda y brillantemente en las columnas del Interviewer. Isabel dio la vuelta a toda la iglesia en compañía de lord Warburton y, al ir aproximándose al coro, cerca del la­do izquierdo de la entrada, llegaron a sus oídos las vo­ces de los cantores del papa por encima de las cabezas de la inmensa muchedumbre que se agolpaba fuera. Se detuvieron un instante al borde de aquella multitud compuesta de genuinos romanos y extranjeros curio­sos, y mientras permanecían allí dio comienzo el con­cierto sacro. Ralph, Henrietta y Bantling estaban en el interior, e Isabel, mirando por encima del nutrido gru­po que delante de ella se apiñaba, pudo contemplar la luz del atardecer suspendida entre las nubes de incien­so, y mezcladas con ellas las espléndidas notas del canto que parecían volar a recogerse entre los tallados mar­cos de los altos ventanales. Al cesar el canto, lord War­burton se dispuso a seguir andando con ella, y he aquí que, a los pocos pasos, Isabel se halló frente a Gilbert Osmond, que, por lo visto, había estado escuchando también a corta distancia de ella. Se acercó él con toda suerte de modales respetuosos..., que parecía querer au­mentar en respeto y consideración al lugar y la opor­tunidad del momento.

            Isabel le tendió la mano y dijo:

            -¿Por fin se decidió a venir?

            -Llegué anoche y esta misma tarde fui a visitarla al hotel. Allí me dijeron que iba a venir a San Pedro y es­taba tratando de ver si la encontraba.

            -Los otros están dentro -se decidió a decir Isabel.

            -No he venido precisamente por los otros -repli­có él con vivacidad.

            Dirigió ella la mirada en torno y vio a lord Warburton, que estaba contemplándolos y que tal vez hubiera oí­do la última frase. De pronto se acordó de que eso era precisamente lo que él le había dicho el día que fue a Gardencourt a proponerle que se casara con él. Las palabras del señor Osmond la habían ruborizado un poco, y se­mejante recuerdo no logró disipar el leve rubor. Para evi­tar traicionarse a sí misma, presentó a aquellos dos ca­balleros; por fortuna, en aquel instante el señor Bantling salió del coro, hendiendo la muchedumbre con británi­ca apostura y seguido por la señorita Stackpole y Ralph Touchett.

            Si digo «por fortuna» es simplemente una manera de expresarnos tal vez harto superficial, pues, en cuanto Ralph Touchett divisó al caballero de Florencia, pareció no ha­cerle el hecho gracia alguna. Sin embargo, no por eso se mostró menos cortés, y con toda amabilidad dijo a su pri­ma que, de seguir así, no tardaría en tener a su alrededor a todos sus amigos. La señorita Stackpole había tenido oportunidad de conocer al señor Osmond en Florencia y también de decir a Isabel que no le parecía mejor que nin­guno de sus otros admiradores..., es decir, que el señor Touchett, lord Warburton e incluso el pequeño señor Ro­sier de París. «La verdad, no sé lo que te ocurre -se ha­bía complacido en declarar-, pero, para ser una mucha­cha tan agradable, atraes a la gente más rara del mundo. El señor Goodwood es el único que me inspira algún interés y es precisamente el único que a ti no te interesa».

            El señor Osmond, mientras tanto, había comenzado a interrogar a Isabel acerca de sus impresiones de Roma.

            -¿Qué le parece a usted San Pedro?

            -Inmenso, y tan brillante como inmenso -se li­mitó a contestar ella.

            -Demasiado grande. Le hace a uno sentirse como un verdadero átomo.

            -¿No es así como debe una sentirse en el más gran­de de todos los templos del mundo? -Y, después de di­cha, le pareció que su frase había estado acertada.

            -A mí me parece que es como debe uno sentirse en todas partes cuando no es nadie. A mi me gusta sentirme así lo mismo en una ermita que en cualquier otra parte.

            -Sin embargo, a usted le habría gustado ser el Pa­pa -dijo Isabel acordándose de algo que él le había de­clarado al principio de conocerse.

            -¡Ah! ¡Eso sí que me habría gustado! -exclamo Gilbert Osmond.

            Lord Warburton se había reunido con Ralph Touchett y ambos se pusieron a andar juntos.

            -¿Quién es ese individuo que está hablando con la señorita Archer? -preguntó el lord.

            -Se llama Gilbert Osmond y vive en Florencia.

            -¿Y qué más?

            -Nada más. ¡Ah, sí! Es americano, pero le hace a uno

olvidar que lo es porque, en realidad, lo es bien poco.

            -¿Hace mucho que conoce a la señorita Archer?

            -Tres o cuatro semanas.

            -¿Le gusta a ella?

            -Eso es lo que ella está tratando de averiguar.

            -¿Y lo conseguirá?

            -¿Qué, averiguarlo...?-preguntó Ralph.

            -Que le guste.

            -¿Quieres decir si le aceptará?

            -Sí erijo lord Warburton tras dudar un instante-. Ésa es la horrible cosa que quiero decir.

            -Tal vez no, si nadie trata de evitarlo –replicó Ralph.

            El lord se quedó un momento sorprendido, pero pa­reció comprender perfectamente y dijo;

            -Entonces, debemos permanecer absolutamente tranquilos.

            -Tan tranquilos como serios. Y confiar sólo en la suerte -dijo Ralph.

            -¿En la suerte de que pueda...?

            -En la suerte de que pueda no...

            Lord Warburton se quedó un segundo preocupado

y luego preguntó:

            -¿Es por ventura extraordinariamente inteligente?.

            -Extraordinariamente -respondió Ralph.

            El lord volvió a reflexionar otro poco y dijo:

            -¿Y qué más?

            -¿Qué más quieres? -refunfuñó Ralph.

            -Querrás decir qué más quiere ella.

            Ralph le tomó del brazo para conducirle hacia don­de estaban los demás y añadió con toda calma:

            -Ella no quiere nada que nosotros podamos darle.

            -¡Pues si no te quiere a ti...! -exclamó el aristó­crata graciosamente mientras ambos avanzaban cogidos del brazo...

 

 

Volumen 2

 

28

 

 

            Al día siguiente lord Warburton se presentó en el hotel de sus amigos para verles, pero le dijeron que ha­bían ido a la función de la ópera. Fue, pues, allí con el propósito de visitarles en su palco, como era en aquel en­tonces la moda en la sociedad italiana; y, una vez en el teatro -que era uno de los de segunda categoría- pa­seó la vista en torno suyo por aquella sala mal ilumina­da y tan vasta como desnuda de adornos. Acabado el ac­to, podía buscar a sus anchas y tratar de localizar a sus amigos. Después de mirar atentamente dos o tres pisos donde había tales receptáculos, divisó en uno de ellos a una dama a quien al punto reconoció. La joven estaba sentada de frente al escenario y casi oculta por la corti­na del palco. A su lado, y recostado en el respaldo del si­llón, estaba Gilbert Osmond. Parecía como si el palco fuera sólo de ellos, y lord Warburton supuso que sus com­pañeros estarían fuera tomando el relativo fresco de que en el vestíbulo se disfrutaba. Permaneció un momento con los ojos clavados en aquella interesante pareja, pre­guntándose si debía entrar e interrumpirles o abstener­se de hacerlo. Por último se le antojó que Isabel le había visto y semejante accidente le decidió. No existía indi­cación alguna de que se prohibiera el acceso, de suerte que se encaminó a los pisos superiores y en la escalera casi se dio de bruces con su amigo Ralph Touchett, que bajaba con el sombrero ladeado, como aburrido, y las manos donde era su costumbre llevarlas.

            A guisa de saludo, Ralph le dijo:

            -Hace un instante te vi desde arriba y bajaba en tu busca. Me siento solo y necesito compañía.

            -Pues tenías una incomparable y acabas de aban­donarla.

            -Si te refieres a mi prima, tiene ya compañero y no me precisa para nada. Y la señorita Stackpole y el señor Bantling han ido al café a tomar un helado..., porque a ella le encantan los helados. Pensé que tampoco ellos me precisaban para nada. La ópera que están dando es muy mala; las mujeres parecen lavanderas y cantan como lo­ros. Me siento muy deprimido.

            -Entonces, más te valdría irte a casa -repuso lord Warburton con afabilidad.

            -¿Y dejar a mi damita en este sitio tan desolado?

Eso, de ningún modo. Tengo que velar por ella.

            -¿Por qué? Parece que tiene amigos en abundancia.

            -Precisamente por eso debo velar -contestó Ralph

con melancolía un tanto socarrona.

            -Pues, si no te precisa a ti, es muy probable que

tampoco me precise a mí.

            -No. Tú eres distinto. Ve al palco y quédate allí mientras yo estiro un poco las piernas.

            Lord Warburton se dirigió pues al palco, donde Isa­bel le recibió como a un amigo tan honorablemente anti­guo que él se preguntaba atónito qué estrambótica pro­vincia de dominio temporal creía ella haberse anexionado. Cambió un cortés saludo con el señor Osmond, al que ha­bía conocido el día antes y que, desde el momento en que él entrara, permaneció en silencio y un poco aparte, co­mo quien no acepta la competencia en la probable diluci­dación de asuntos extraños. Al segundo visitante le llamó poderosamente la atención ver que en aquella oportuni­dad la señorita Archer parecía como rodeada de una au­reola, transfigurada por inefable exaltación. Sin embargo, siendo como era una joven de mirada vivaz, de actitudes rápidamente cambiantes, de muy animada conversación, nada de extraño tendría que se hubiera equivocado al ima­ginársela de la anterior suerte. En su conversación con él se complació ella en mostrarse perfectamente dueña de su espíritu, patentizando una afabilidad tan deliberada e in­geniosa que no dejaba lugar a dudas acerca del completo dominio que ejercía sobre sus propias facultades. El po­bre lord Warburton tuvo momentos de verdadero azora­miento. Ella le había hecho perder la esperanza hasta el punto de ser casi cruel. ¿Qué se proponía, pues, con aque­llas artes y amabilidades, sobre todo con semejante tono de reparación..., de preparación acaso? Su voz tenía ma­tices de gran dulzura que le alteraban profundamente. Re­gresaron los demás compañeros de palco, y dio comien­zo otro acto de la ópera trivial, triste y familiar. Como el palco era espacioso, quedaba sitio para que lord Warbur­ton pudiese permanecer allí si se sentaba atrás y un poco en la sombra. Y así lo hizo él durante una media hora, mientras el señor Osmond se quedó delante, los codos apoyados en las rodillas. Detrás del asiento de Isabel, lord Warburton no oía absolutamente nada y, desde su oscuro rincón, se dedicó a contemplar el nítido perfil de aquella exquisita joven destacando sobre la parca iluminación de la sala. Al llegar el otro entreacto nadie salió del palco. El señor Osmond se puso a hablar con Isabel y lord War­burton se quedó en su rincón, si bien no mucho tiempo. Se levantó, se despidió y dio las buenas noches a las damas. Isabel no dijo nada susceptible de hacerle quedar, pero ello no impidió que de nuevo le intrigara hondamente. ¿Por qué se empeñaba en destacar uno de sus valores -precisamente el menos oportuno-, toda vez que se desenten­día de otros más estimables? Estaba furioso consigo mis­mo por sentirse de tal modo perplejo, y enojado por estar furioso. De poco consuelo había de servirle en tal estado de ánimo la música de Verdi. Abandonó, pues, el teatro y se fue caminando hacia su hotel, sin saber qué camino se­guir por aquellas tortuosas y trágicas callejuelas de Roma, donde desde hacía tantos siglos tenían lugar a la luz de las estrellas situaciones bastante más tristes y desoladoras que la suya.

            Después que se hubo marchado, Osmond preguntó a Isabel:

            -¿Qué carácter tiene ese caballero?

            -Irreprochable..., ¿no acaba usted de verlo?

            -Es dueño de casi media Inglaterra; ése es su carác­ter -intervino Henrietta Stackpole, como molesta-. Eso es lo que llaman un país libre.

            -¡Ah! ¿Es un gran propietario? ¡Dichoso él! -ex­clamó Gilbert Osmond.

            -¿Llama usted dicha... a ser propietario de infeli­ces criaturas humanas? Él es amo de sus colonos y los cuenta por miles. Es, sin duda, agradable tener propie­dades, pero yo me conformo con poseer objetos inani­mados. Yo no actúo sobre la carne y la sangre, el pensa­miento y la conciencia. .

            -Tengo para mí que usted posee, por lo menos, la propiedad de uno o dos seres humanos -repuso en tono de broma el señor Osmond-. Dudo mucho de que War­burton maneje a sus súbditos como usted me maneja a mí.

            -Lord Warburton es un gran radical -creyó opor­tuno decir Isabel-. Tiene opiniones muy avanzadas.

            -Lo que son muy avanzados son sus muros de pie­dra. Su parque está rodeado treinta millas en derredor por una gigantesca verja de hierro. -Y como para in­formar al señor Osmond, Henrietta añadió-: Ya qui­siera yo verle discutiendo con algunos de nuestros radi­cales de Boston.

            -Que no aprobarían nuestras verjas de hierro, me figuro -dijo el señor Bantling.

            -Sí. Para encerrar dentro de ellas a los malvados conservadores. Cada vez que hablo con usted, me pare­ce estar hablando de algo que tuviera el filo cortante de un vidrio roto.

            -¿Conoce usted bien a ese reformador no refor­mado? -siguió preguntando Osmond a Isabel.

            -Lo bastante para el uso que de él hago.

            -¿Y en qué consiste tal uso?

            -Pues, en que me agrada que me guste.

            -Gustarle a uno que otro le guste... es casi tanto co­mo una pasión.

            -No -arguyó Isabel-, entienda usted por gustar­le a uno no tenerle aversión.

            Osmond se echó a reír.

            -¿Se propone usted hacerme concebir un gran afec­to por él? No contestó ella nada en aquel instante, pero un poco después respondió a tal pregunta con excesiva gravedad.

            -No, señor Osmond -dijo-. Creo que no me atre­vería nuca a provocarle a usted. -Luego, un poco-más tranquila , añadió-: De todos modos, lord Warburton es un hombre muy gentil.

            -¿De gran capacidad? -preguntó su amigo.

            -De excelente capacidad, y tan bueno como parece.

            -Como bien parecido, querrá usted decir. Sin du­da es muy bien parecido. ¡Qué afortunado! ¡Ser un gran magnate inglés, apuesto e inteligente por añadidura, y, para colmo de venturas, gozar de los altos favores de us­ted! He ahí un hombre al que yo podría envidiar.

            Isabel le miró con interés, y dijo:

            -Me parece que usted está siempre envidiando a al­guien. Ayer era al papa; hoy, al pobre lord Warburton.

            -Mi envidia no es dañina; no haría mal ni a un infe­liz ratoncillo. Yo no quiero destruir a la gente..., lo único que quiero es ser ella. Ya ve usted que esto no me llevaría más que a destruirme a mí mismo.

            -¿De veras le habría gustado ser el papa?

            -Mucho..., pero tenía que haber sido antes. Pero dígame -preguntó tras un segundo de reflexión-, ¿por qué habla usted de su amigo llamándole el pobre lord Warburton?

            -Cuando las mujeres son buenas..., verdaderamen­te muy buenas, suelen compadecer a los hombres a quie­nes han hecho daño; es el gran procedimiento para mos­trar su bondad -dijo Ralph, tomando por primera vez parte en la conversación y haciéndolo con un cinismo tan claramente ingenioso como inocente en apariencia.

            -Por favor, ¿acaso he herido yo a lord Warburton? -preguntó Isabel levantando las cejas como si aquella idea fuera gran novedad.

            -Pues, si lo ha hecho, bien merecido se lo tiene -di­jo Henrietta al tiempo que se alzaba el telón para dar pa­so al ballet.

            Isabel estuvo veinticuatro horas sin ver a su víctima propiciatoria, pero al segundo día le encontró en la gale­ría del Capitolio, donde él estaba contemplando la pieza más notable de la colección: el Gladiador Moribundo. Isabel había ido allí con sus habituales compañeros, entre los que se hallaba también en tal ocasión Gilbert Osmond, y el gru­po acababa de entrar en el primero y mejor de los salones cuando ella divisó al otro visitante. Lord Warburton se di­rigió a nuestra heroína con bastante soltura y le comunicó que se disponía a marcharse en aquel momento.

            -Me marcho también de Roma -añadió-, de ma­nera que debo decirle adiós.

            Por inconsecuente que pueda parecer, Isabel se sintió triste al oírlo. Lo cual se debía tal vez a que ya no temía que él la molestara con su renovada pretensión y pensaba en otra cosa. Estaba a punto de decirle que lo sentía, pero logró contenerse y se limitó a desearle un feliz viaje, lo que le hacía parecer a sus ojos hombre de poca importancia.

            -Me imagino que me considerará usted muy volu­ble, porque el otro día le dije que pensaba estar aquí una temporadita.

            -Nada de eso; puede cambiar de idea.

            -Eso es precisamente lo que he hecho.

            -Entonces, bon voyage.

            -Parece que tiene usted una gran prisa en perder­me de vista -comentó el aristócrata.

            -No hay tal; es que me molestan las despedidas.

            -¡Qué poco le importa a usted lo que yo haga! -in­sistió él.

            -Cuidado, está quebrantando su promesa -dijo Isabel después de mirarle amablemente un momento.

            Se ruborizó él como un muchacho de quince abriles y replicó:

            -Si no la mantengo es porque materialmente no puedo. Precisamente por eso me marcho.

            -Adiós, entonces.

            -Adiós. -Siguió sin moverse y luego preguntó-: ¿Cuándo volveré a verla?

            Isabel dudó un segundo, pero, como su tuviera una súbita inspiración, contestó en el acto:

            -Cualquier día después de que se haya usted casado.

            -Eso sólo sucederá después de que usted lo haya hecho.

            Ella sonrió y dijo:

            -Para el caso, es lo mismo.

            -En efecto. Completamente lo mismo. Adiós.

            Se dieron la mano y él la dejó sola en aquella glo­riosa sala en medio de tantos maravillosos mármoles antiguos. Isabel se sentó en el centro de las inmóviles presencias marmóreas y se puso a mirarlas distraída­mente, posando su mirada en aquellos hermosos rostros vacíos de expresión que parecían estar escuchando el si­lencio eterno. Es de todo punto imposible, en Roma por lo menos, contemplar durante largo tiempo un gran nú­mero de esculturas griegas sin sentir el efecto de su quie­tud majestuosa, que, a la manera de una elevada puerta cerrada para sacra ceremonia, deja caer suavemente so­bre el espíritu el amplio manto de la paz. Digo que es­pecialmente sucede así en Roma porque el aire romano constituye un medio exquisito para semejantes impre­siones. Se mezcla con ellas la luz dorada del sol, y la cal­ma profunda del pasado, tan vivida aún -si bien ya no es más que un inmenso vacío poblado de nombres ilus­tres-, parece hechizarlas con un supremo encamo. Las celosías de las ventanas del Capitolio estaban entorna­das y la suave penumbra que envolvía a las estatuas pa­recía hacerlas más graciosamente humanas. Isabel per­maneció sentada allí largo rato, cautivada por el encanto de tanta belleza inmóvil, pensando a cuál de sus antiguas experiencias estarían aquellos ojos abiertos y cómo a nues­tros oídos extraños podrían aquellos labios hablar. La pa­red de color rojo oscuro prestaba relieve a las figuras ha­ciendo que los pulidos mármoles del pavimento reflejaran su hermosura. Aunque ya las había visto antes, se reno­vaba ahora en ella el placer estético, incrementado por­que se sentía contenta de estar sola. Por fin, fatigada ya su atención, la arrastró el interés s t otra urda de la marea de la vida. Un turista pasó por allí, se detuvo un se­gundo ante el Gladiador Moribundo y salió por la otra puerta haciendo oír sus pasos sobre el brillante piso. Al cabo de una media hora reapareció Gilbert Osmond, ade­lantado, al parecer, al resto de sus compañeros. Avanzó hacia ella lentamente con las manos en la espalda y con su acostumbrada sonrisa, siempre curiosa si bien no siem­pre suplicante.

            -Me sorprende verla sola -dijo-. Creí que tenía compañía.

            -La tengo..., no la hay mejor -repuso ella miran­do las figuras del Fauno y de Antinoo.

            -¿Le parecen a usted mejor compañía que todo un par inglés?

            -Ah, mi par inglés se marchó hace ya un buen rato -contestó la joven con deliberada sequedad, al tiempo que se levantaba.

            No le pasó inadvertida aquella sequedad al señor Os­mond, pero, lejos de molestarle, pareció que añadía más interés a su pregunta.

            -Me temo que sea verdad lo que oí decir la otra tar­de; que es usted cruel con ese aristócrata -declaró.

            Isabel miró un instante hacia la estatua del Gladia­dor Moribundo.

            -No es cierto -dijo-. Yo soy escrupulosamente

buena.

            -Esto es lo que quiero decir -replicó Gilbert Os­mond con tan satisfecha sonrisa que su chiste no preci­saba explicación.

            Sabido es que le gustaba todo lo original, raro, su­perior y exquisito; y ahora, que había visto a lord War­burton, a quien consideraba un raro ejemplar de su raza

y su casta, le resultaba singularmente atrayente adue­ñarse de una joven que había merecido figurar en su colección de objetos raros y que se había permitido rechazar tan noble mano. Gilbert Osmond sentía un ex­traordinario aprecio por aquel especial patricio, no ya a causa de sus cualidades, que consideraba fácilmente su­perables, sino por su sólida posición. Nunca le había perdonado a su estrella que no le hubiese favorecido con un ducado inglés; por lo cual estaba en insuperables con­diciones para justipreciar una actitud tan inesperada co­mo la de Isabel. Era natural que la mujer con quien se casara hubiese hecho algo por el estilo.

 

 

 

29

 

 

            En su conversación con su buen amigo, Ralph Tou­chett no había dejado de reconocer en alto grado las cua­lidades y los méritos personales de Gilbert Osmond; pe­ro, ante la conducta de tal caballero durante el resto de su visita a Roma, quizá sintiera que no había sido del to­do justo. Osmond pasaba la mayor parte del día con Isa­bel y sus compañeros y acabó por infundirles la idea de que no había hombre de tan agradable trato. ¿A quién se le escapaba el hecho de que era en todo momento perfectamente dueño de sí y de que se comportaba con exquisito tacto o alegría según los casos? Esa era preci­samente la razón por la que Ralph le reprochaba su an­tigua superficialidad en el trato social. Hasta el injusto pariente de Isabel no tenía más remedio que reconocer que era un compañero encantador. Su buen humor era constante, su conocimiento del hecho, exacto, su ex­presión con la palabra, precisa, y todo ello tan adecua­do como su amable premura al prender el fósforo para que uno de los demás encendiese el cigarrillo. No cabía la menor duda de que estaba divirtiéndose..., divirtién­dose a la manera en que podría hacerlo quien no puede ser apenas sorprendido y sabe hacerse casi aplaudir in­teriormente. No es que se mostrase excesivamente ale­gre, pues era de los que en el concierto del placer nun­ca habría tocado el tambor sino con las yemas o los nudillos de los dedos, ya que detestaba toda nota estri­dente o chillona, cosa que solía denominar los desvaríos del azar. Creía que la señorita Archer se mostraba a ve­ces de una presteza harto premurosa y consideraba una lástima que tuviese tal defecto, porque, de no haberlo tenido, no habría, en realidad, tenido ninguno y habría sido tan adaptable a sus necesidades generales como el puño de marfil de un bastón a la palma de la mano. Si, personalmente, él no era vonciglero, sí era, en cambio, profundo, y durante aquellos últimos días de mayo no había para él placer comparable al de caminar lenta­mente bajo los pinos de la Villa Borghese, sobre prados floridos y entre mármoles cubiertos de verdín. Todo le gustaba; nunca hasta entonces le habían gustado tantas cosas al mismo tiempo. Se renovaban en su espíritu im­presiones antiguas, viejos placeres del espíritu. Una no­che, al retirarse a su habitación del hotel, escribió un so­neto que tituló «Roma revisitada». Dos días después mostró a Isabel aquel ejemplar único de un trabajo lite­rario perfecto y le explicó que era una antigua costum­bre italiana conmemorar los faustos acontecimientos de la vida rindiendo un tributo a las musas.

            Por lo general, gustaba de experimentar tales pla­ceres solo. Con frecuencia excesiva -era el primero en reconocerlo- se daba amarga cuenta de lo malo, de lo feo, y, por el contrario, era muy rara la vez que sobre su espíritu llegaba a descender el fértil rocío de una felicidad imaginable. Sin embargo, en aquel momento sentíase feliz..., acaso mucho más de lo que jamás lo fuera, y se­mejante sentimiento tenía un sólida razón de ser. Era lisa y llanamente el convencimiento del propio éxito, la emoción sin duda más grata al corazón humano. A de­cir verdad, Osmond no la había experimentado nunca en demasía; en tal sentido había experimentado una sor­da irritación contra la ajena saciedad, como él bien sa­bía y de sobra tenía presente. «La verdad es que la suer­te no me ha mimado -solía decir-, no me ha mima­do en absoluto. Si llego a triunfar antes de morir, me lo tendré bien ganado». Tenía una gran predisposición a considerar que ganarse esta especie de festín consistía sobre todo en sufrir secretamente por él, y hubo de re­ducirse a semejante ejercicio. Para ser exactos, hay que decir que su carrera no había estado totalmente des­provista de éxitos, de tal modo que podía hacer creer a algún espectador que se dedicaba a dormir sobre vagos laureles. Pero algunos de sus triunfos eran ya demasia­do antiguos y otros habían sido demasiado fáciles. El de ahora había resultado menos arduo de lo que cabía es­perar; pero había sido fácil -es decir, rápido- por la sola razón de que había realizado un esfuerzo verdade­ramente excepcional, mucho mayor de lo que él mismo hubiera creído poder llevar a cabo. El sueño de su ju­ventud había sido tener algo que mostrar en prueba de su valía, cualquier cosa; pero, con el discurrir del tiem­po, las condiciones que toda prueba imponía cada vez le habían parecido más groseras, y detestables, como echar­se al coleto, una tras otra, varias jarras de cerveza para demostrar el aguante. Si una anónima obra de arte col­gada en la pared de un museo fuese consciente y cauta, podría experimentar al placer de verse, al fin, súbita­mente identificada -como obra de gran maestro- por el simple hecho de tener un estilo determinado. Ese «es­tilo» fue, pues, lo que la joven descubrió en él sin gran dificultad; y ahora, además de poder disfrutar de él, na­die tan calificado como ella para proclamarlo ante el mundo sin que el agraciado tuviera que tomarse moles­tia alguna. Eso es lo que ella haría por él. De tal suerte, no habría esperado en vano.

            Poco antes del momento fijado para su partida de Roma, la joven recibió de la señora Touchett un tele­grama redactado en estos términos: «Dejo Florencia cua­tro junio hacia Bellaggio, llevándote conmigo si no tie­nes otros proyectos. Pero no puedo esperar si continúas vagando en Roma».

            Ese vaguear en Roma tenía indudablemente sus en­cantos, pero Isabel había trazado otros planes e hizo sa­ber a su tía que estaba dispuesta a ir inmediatamente con ella. Se lo comunicó asimismo a Gilbert Osmond, quien dijo que, dado que pasaba en Italia la mayor parte de sus inviernos y veranos, se quedaría a holgazanear un po­quito más a la fresca sombra de los muros de San Pedro. Volvería a Florencia pasados unos diez días y para tal fe­cha ya estaría ella en Bellaggio. De modo que pasarían meses antes de que volviera a verla.

            Tenía lugar esta conversación en el amplio salón pri­vado de nuestros amigos en el hotel donde se hospeda­ban. Era de noche, ya algo tarde, y Ralph Touchett debía llevar a su prima a la mañana siguiente a Florencia. Osmond halló sola a nuestra heroína, pues la señorita Stackpole, que había hecho íntima amistad con una familia americana alojada en el cuarto piso, había subido a visi­tarla. Henrietta era especialista en entablar amistades en los viajes con suma facilidad, y en el ferrocarril había hecho ya algunas que se contaban entre las más valiosas de que disponía. Por su parte, Ralph estaba haciendo los arreglos precisos para el día siguiente, mientras que Isabel se hallaba sola, sentada entre un verdadero bos­que de amarilla tapicería. De color naranja eran sillas, sillones y sofá; rojo oro las paredes; y oro y rojo los cor­tinajes de las ventanas. Los espejos y los cuadros estaban encerrados en grandes y vistosos marcos, y en el above­dado techo divertíanse en abigarrada mezcla musas des­nudas e inocentes querubines. A Osmond le resultaba feo aquel lugar hasta la desesperación. Aquellos falsos colores y aquel fingido esplendor eran como vulgares, falsas y pretenciosas palabras. Isabel tenía entre las ma­nos un libro de Ampére que le había regalado Ralph a su llegada a Roma, pero el libro yacía como olvidado sobre su falda, si bien su dedo índice lo hendía entre dos pági­nas cuya lectura, por lo visto, no sentía extrema impa­ciencia en reanudar. Una lámpara, cubierta con un col­gante velo de papel vitela rojo, estaba encendida cerca de ella en la mesa y esparcía en torno una extraña y sua­ve palidez rosada.

            -Usted dice que volverá, pero ¿quién sabe? -dijo Gilbert Osmond-. No sé por qué se me antoja que más bien ha de sentirse dispuesta a emprender su viaje alre­dedor del mundo No tiene ninguna obligación de vol­ver, puede hacer lo que más le agrade, incluso errar de un lado a otro por el espacio.

            -Cierto -repuso Isabel-. Pero, según creo, Italia forma también parte del espacio y puedo incluirla en mi itinerario.

            -Es decir, en su recorrido alrededor del mundo. Por favor, no haga tal cosa. No nos coloque usted en un pa­réntesis. Concédanos, cuando menos, todo un capítulo. Yo no quiero verla viajando. Prefiero verla cuando haya terminado de viajar. Quisiera verla cuando esté ya ahíta y cansada... -Hizo una pausa y reafirmó-: Sí, preferi­ría verla en tal estado.

            Isabel, con la mirada gacha y el índice hendiendo otras páginas del libro de Ampére, contestó:

            -Usted ridiculiza las cosas sin parecer querer ha­cerlo, aunque no, según creo, sin pretenderlo. No sien­te el menor respeto por mis viajes..., los ridiculiza.

            -¿De dónde saca usted semejante cosa?

            Ella continuó en igual tono, rozando el lomo del li­bro con un abrecartas.

            -Usted ve perfectamente mi ignorancia, mis erro­res, me ve ir de un lado a otro como si el mundo fuese mío, por la sencilla razón..., simplemente porque me han proporcionado los medios de poder hacerlo. Usted no cree que una mujer deba hacer semejante cosa; piensa que es un comportamiento pretencioso y torpe.

            -Al contrario -repuso Osmond-, creo que es al­go hermoso. Ya conoce mis ideas; la he puesto a usted bastante en contacto con ellas. ¿Acaso no recuerda lo que yo mismo le he dicho, que uno debe hacer de su propia vida una obra de arte? Al principio, eso pareció chocar­la, pero entonces fue cuando le dije que era precisamen­te lo que se me antojaba que estaba usted tratando de ha­cer con la suya.

            Isabel levantó los ojos del libro.

            -Lo que usted desprecia más en el mundo es el ar­te malo, el arte estúpido.

            -No digo que no. Pero el de usted me parece ex­celente y diáfano.

            -Estoy segura de que, si se me ocurriera ir al Japón el invierno próximo, se reiría de mí.

            Osmond sonrió, con afabilidad pero sin llegar a sol­tar la carcajada, ya que el tono de la conversación que sostenía no era jocoso. Isabel se mostraba de vez en cuan­do solemne, cosa que él ya había observado. Así, dijo:

            -Tiene usted una imaginación desconcertante.

            -Eso es precisamente lo que quiero decir. Usted cree que tal idea es absurda.

            -Está equivocada. Yo daría mi dedo meñique por ir al Japón, uno de los pocos países que quisiera de verdad conocer. ¿No lo cree usted, a pesar de mi gran afición a las buenas lacas antiguas?

            -Pero yo no tengo la excusa de ser aficionada a las lacas antiguas -contestó Isabel.

            -Usted tiene una excusa mejor todavía: los medios para ir allá. Está completamente equivocada en su creen­cia de que me río de usted. No sé qué ha podido hacér­selo creer así.

            -No sería nada extraordinario que a usted le pare­ciera ridículo que yo tenga medios para hacer el viaje y usted no, porque usted lo sabe todo y yo no sé nada.

            -Razón de más para que viaje y aprenda -dijo Osmond sonriendo-. Por lo demás... -añadió, como pa­ra dejar bien sentado un punto de importancia-, yo no lo sé todo.

            No le llamó a Isabel la atención el hecho de que él dijera aquello con suma gravedad. Pensaba que el inci­dente más agradable de su vida -así complacíase ella en calificar aquellos breves días en Roma, que podía haber comparado con la figura de una princesita de una de las épocas del buen vestir, agobiada bajo un manto de cere­monia y arrastrando una cola sostenida por pajes o his­toriadores-, que toda aquella felicidad estaba tocando a su fin. Que al señor Osmond se debía la mayor parte del interés suscitado por la estadía en la ciudad era lo de menos; en esos momentos, ya había hecho la debida jus­ticia respecto a tal punto. Y se dijo a si misma que, si hu­biese algún peligro de que no llegaran a volver a verse, tal -,,vez sería lo mejor. Las cosas y los hechos felices no se repiten, y su aventura cobraba ya el aspecto cambiante y marinero de una isla romántica donde, tras un sabroso festín de rojos racimos, se estaba ya aparejando para aban­donarla a favor de la fresca y dorada brisa del amanecer. Podía volver a Italia y encontrar cambiado a aquel hom­bre..., aquel hombre tan extraño que tanto le gustaba tal como era..., de modo que no volver era preferible a exponerse al riesgo que ello supondría. Pero, si no había de volver, aún le causaba mayor pena dar por finalizado el capítulo. Durante unos momentos sintió un dolor tan intenso que casi estuvo a punto de provocarle las lágri­mas. Tal sensación la hizo permanecer callada, y Gilbert Osmond siguió igualmente silencioso, mirándola inten­samente. Al fin, dijo en voz baja y amable:

            -Vaya usted a donde le agrade; haga cuanto quie­ra, obtenga de la vida todo lo que pueda. Sea dichosa..., triunfe de verdad.

            -¿Qué quiere decir con lo de triunfar?

            -Pues... hacer lo que a uno le gusta.

            -Entonces, para mí, triunfar ha de ser fracasar.

A veces, hacer todas las cosas insustanciales que una quie­re es enormemente agotador.

            -Exacto -replicó Osmond con tranquila preste­za-. Como no hace mucho le dije, día llegará en que se sentirá cansada. -Hizo una breve pausa y luego prosi­guió-: la verdad, no sé si sería mejor esperar hasta en­tonces para decirle algo de lo que deseo hacerla partícipe.

            -Pues yo no puedo aconsejarle sin saber de qué se trata. Ahora que, cuando me siento cansada, me com­porto de un modo horrible -añadió con una insospe­chada inconsecuencia.

            -No lo creo; lo que sí puede ocurrir es que a veces se enoje, aunque nunca la he visto así; pero tengo la se­guridad de que nunca se pone impertinente.

            -¿Ni aun cuando pierdo los estribos?

            -Usted no los pierde nunca..., al contrario, los en­cuentra, y debe de ser muy hermoso -dijo Osmond con noble seriedad-. Ha de haber grandes momentos en que valga la pena verla.

            -¡Si por lo menos pudiera encontrarlos ahora! -ex­clamó Isabel algo nerviosa.

            -Yo no siento temor alguno. Voy a cruzarme de bra­zos y a admirarla. Le advierto que estoy hablando en se­rio. -Se adelantó un poco, colocó ambas manos sobre las rodillas, bajó los ojos y tras alzarlos de nuevo, aña­dió-: Lo que quiero decirle es que he llegado al con­vencimiento de que estoy enamorado de usted.

            Isabel se levantó instantáneamente y exclamó:

            -¡Olvide eso hasta que esté cansada!

            -¿Cansada de qué, de oírselo decir a los demás?  -Siguió él sentado, mirándola-. No, es necesario que lo diga usted ahora; o nunca, como quiera. Pero, en cualquier caso, yo no tengo más remedio que decírse­lo ahora.

            Se apañó ella, pero al hacerlo se detuvo un instante y lo miró intensamente. Los dos permanecieron mirán­dose durante largo rato, con esa mirada detenida, cons­ciente y reflexiva de los momentos críticos de la vida. Por fin, él se levantó, se aproximó y, respetuosamente, como temiendo obrar con excesiva confianza, declaró:

            -Estoy perdidamente enamorado de usted.

            Dijo las anteriores palabras en un tono de discreción casi impersonal, como quien espera bien poca cosa de ello y necesita decirlo para desahogarse y quedarse tran­quilo. Se le llenaron a Isabel de lágrimas los ojos, pero en esa ocasión producíalas la intensidad de un dolor que le sugería algo así como el correr y descorrer de un her­moso cerrojo..., algo que no sabía qué era ni en qué con­sistía. Las palabras que acababa de pronunciar hacían de Osmond, que no se había movido de donde estaba, un ser generoso y gallardo, le envolvían en una especie de manto sutil como el aire dorado del temprano otoño. Sin embargo, moralmente, hacían retroceder a la muchacha, que no dejaba de mirarle amorosamente, de igual modo que se había retirado antes, en ocasiones similares.

            -Por favor, no diga eso -murmuró con una inten­sidad en la súplica que delataba también ahora su miedo a verse obligada a escoger y decidir.

            Lo que acrecentaba aún más su temor era precisa­mente aquella fuerza que, al parecer, debió de desvane­cer todos los temores, la sensación de que había algo dentro de ella, allá en lo más hondo de su ser, que se le antojaba una inesperada y sincera pasión. Era como si tuviese una cuantiosa suma depositada en un banco y ex­perimentase un miedo insuperable de empezar a gastarla. Porque, una vez que la hubiera tocado, toda ella se disi­paría enseguida.

            Osmond dijo por fin, suavemente:

            -Supongo que no le importará mucho lo que aca­bo de decirle. Lo que puedo ofrecerle es demasiado po­co. Lo que yo tengo es bastante para mí..., pero no pa­ra usted. Ni tengo fortuna, ni renombre, ni ninguna otra de esas ventajas externas que tanto se aprecian. De manera que no le ofrezco nada. Se lo digo porque no creo que con ello la ofenda y porque se me antoja que llegará el día en que le agrade. Por mi parte, le ase­guro que a mí me proporciona gran placer decírselo. -Continuó de pie ante ella, un poco inclinado hacia delante como en espera de sus palabras, y dándole len­tas vueltas al sombrero que acababa de tomar con todo el recatado temor de la torpeza y sin extravagancia, pre­sentando a los ojos de ella su rostro firme, refinado y un tanto demacrado-. A mí no me causa dolor alguno decirle esto porque es de lo más sencillo -añadió-. Para mí será usted siempre la mujer más importante del mundo.

            Isabel se consideró a sí misma en tal aspecto, y pen­só que le sentaba bien. Sin embargo, lo que dijo no ex­presaba en modo alguno semejante complacencia propia.

            -Usted no me ofende, pero no olvide que, sin sen­tirse ofendida, puede una sentirse incomodada y turbada.

            Se oyó a sí misma decir la palabra «incomodada» y le pareció ridícula. No sabía de qué estúpida manera pu­do habérsele ocurrido.

            -No lo olvidaré. Por lo pronto, se ha quedado us­ted sorprendida y azorada. Pero, si no es más que eso, no tardará en pasar. Y tal vez deje alguna huella de la que yo no tenga por qué avergonzarme.

            -Ignoro lo que pueda dejar. De todas formas, puede usted ver por sí mismo que no estoy abatida-dijo Isabel con pálida sonrisa-. No estoy tan turbada como para no poder pensar. Y pienso que me alegro de que hayamos de separarnos y de tener que marcharme mañana de Roma.

            -Siento decirle que no estamos de acuerdo en eso.

            -Yo no le conozco a usted en absoluto -replicó Isabel bruscamente, y se ruborizó al oírse diciendo lo que ya dijera hacía un año a lord Warburton.

            -Si no se marchara, no por eso me conocería mejor.

            -Puede que alguna vez lo logre.

            -Así lo deseo. Soy bien fácil de conocer.

            Ella contestó con gran énfasis:

            -No, no; en eso no es sincero. Usted no es nada fá­cil de conocer. Es imposible serlo menos.

            -Bueno -repuso él riendo-, si digo eso es por­que me conozco bien a mí mismo. Pudiera parecer una fanfarronería, pero así es.

             -Es muy posible. Pero es porque usted es muy sensato.

            -También lo es usted, señorita Archer -exclamó Osmond.

            -No creo que lo sea en este momento, aunque sí lo bastante para pensar que será mejor que se vaya. Buenas noches.

            -Dios la bendiga -dijo Gilbert Osmond tomán­dole la mano que ella se olvidara de tenderle. Después de lo cual, añadió-: Si volvemos alguna vez a vernos, me encontrará usted igual que me deja. Y, si no nos ve­mos más, yo seguiré siendo siempre el mismo.

            -Se lo agradezco infinito. Adiós.

            Había algo tranquilamente decidido en el visitante de Isabel que le impulsaba a querer marcharse por su propia voluntad, no despedido.

            -Hay algo más que debo decirle. Yo no le he pedi­do nada..., ni siquiera que tenga un pensamiento para mí en el futuro; justicia que espero sabrá usted hacerme. Sin embargo, quisiera pedirle un favor insignificante. No pienso regresar a mi casa en unos cuantos días. Roma es­tá deliciosa en estos momentos y es lugar harto apropia­do para un hombre en mi estado de ánimo. ¡Ah! Yo sé que usted siente dejarla, pero me parece bien que haga lo que su tía desea.

            -Ni desea tal cosa ni exige nada -replicó Isabel.

            Osmond estuvo a punto de decir algo que respon­diera bien a tales palabras, pero cambió de idea y se li­mitó a comentar:

            -Está bien; de todos modos es correcto que vaya usted con ella, muy correcto. Haga siempre lo correcto; ésa es mi norma. Perdone que la aconseje tanto. Usted dice que no me conoce, pero, cuando de veras me co­nozca, verá el gran culto que profeso a la corrección.

            -Pero usted no es un hombre convencional, ¿no es cierto? -preguntó Isabel con gravedad.

            -Me gusta la manera en que dice usted esa palabra. No, no es que sea convencional, es que soy la conven­ción social personificada. ¿No lo comprende usted? -Y se detuvo un instante, sonriendo-. Me gustaría poder explicárselo. -De pronto, en una salida llena de natu­ralidad, presteza y brillantez, exclamó-: ¡No deje de vol­ver! ¡Tenemos aún tantas cosas de qué hablar!

            Ella permanecía con la mirada gacha.

            -¿De qué favor quería usted hablarme hace un mo­mento? -se limitó a preguntar.

            -Que antes de abandonar Florencia vaya a ver a mi hijita. Está sola en la villa; me decidí a no enviarla a casa de mi hermana porque ésta no comparte precisamente mis ideas. Dígale usted que debe querer mucho a su pobre papaíto -terminó diciendo amablemente Osmond.

            -Tendré un verdadero placer en ir a verla-dijo Isa­bel en el mismo tono- y le diré lo que usted me pide. Adiós otra vez.

            Se despidió él rápida y respetuosamente. Una vez que hubo desaparecido, Isabel se quedó pensando pro­fundamente en sí misma y acabó sentándose poco a po­co con aire de suma preocupación. Así permaneció, sen­tada, con las manos cruzadas y la vista clavada en la horrenda alfombra, hasta que volvieron sus compañeros. Su agitación, que no había en nada decrecido, era toda­vía muy intensa. Lo que acababa de ocurrir era algo pa­ra lo que estaba mentalmente preparada desde hacía un mes; pero, cuando llegó el momento, se detuvo... y aquel principio sublime que la inspiraba se vino en cierto mo­do abajo. Extraña era la manera de proceder del espíri­tu de nuestra heroína, y yo no puedo presentarla más que como la veo, sin pretender en absoluto hacerla apa­recer como la cosa más natural del mundo. Como ya he dicho, su imaginación retrocedió. Le quedaba todavía un último y vago espacio que no podía cruzar..., algo como un camino oscuro e incierto con no poca apariencia de ambiguo y un si es no es de traicionero, como un espe­so matorral visto a la luz del oscurecer. Pero no le que­daba más remedio que atravesarlo.

30

 

 

            A la mañana siguiente Isabel regresó a Florencia en compañía de su primo, quien, aunque contrario a la dis­ciplina del ferrocarril, consideró de todo punto admira­bles aquellas horas pasadas en el tren, ya que con ellas se alejaba su compañera de la ciudad a la que ahora cabía el honor de ser la preferida de Gilbert Osmond, unas ho­ras que tal vez empezaban a delinearse como la primera etapa de un extenso proyecto de viajes.

            La señorita Stackpole se había quedado en Roma, pues planeaba hacer una pequeña excursión a Nápoles con la ayuda y bajo la guía del señor Bantling. Isabel de­bía pasar aún tres días en Florencia antes de la partida de la señora Touchett, fijada para el día 4 de junio, y resol­vió dedicar el último de ellos a cumplir la promesa que hiciera a Osmond de ir a visitar a su hijita. Sin embargo, tal proyecto estuvo a punto de sufrir una leve alteración por deferencia a una idea de madame Merle. Conti­nuaba todavía esta señora en casa de la señora Touchett, pero estaba también en vísperas de abandonar Floren­cia para trasladarse a un antiguo castillo situado en las montañas de la Toscana y residencia de una aristocrá­tica familia del país, cuya amistad (como ella decía, los conocía de toda la vida) se le antojaba a Isabel, a juzgar por ciertas fotografías del inmenso y almenado edificio que su amiga tuvo a bien mostrarle, un extraordinario privilegio. Refirió, pues, a tan privilegiada mujer el he­cho de que el señor Osmond le había pedido que fuese a ver a su hijita, pero sin decirle que antes le hiciera una declaración de amor.

            Madame Merle exclamó:

            -Ab, comme cela se trouve! Precisamente, yo tam­bién estaba pensando en ir a ver a la chiquilla antes de marcharme.

            A lo cual respondió Isabel sensatamente:

            -Podemos ir juntas si le parece.

            Digo «sensatamente» porque no fue una proposi­ción hecha con verdadero entusiasmo. Se había hecho ella la ilusión de realizar aquella corta peregrinación a solas, cosa que le habría gustado seguramente más. No obstante, estaba gentilmente dispuesta a sacrificar tal sen­timiento un tanto místico a la consideración que por su amiga sentía.

            Sin embargo, después de pensarlo detenidamente, la importante dama dijo:

            -¿Para qué vamos a ir las dos, teniendo como tene­mos tantas cosas que hacer ambas en estas últimas horas?

            -Bueno; en tal caso puedo ir yo sola.

            -No sé hasta qué punto está bien que vaya usted so­la... a casa de un apuesto soltero. Estuvo casado, como sabe.,., pero hace ya tanto tiempo...

            -Pero, si se halla ausente, ¿qué importancia tiene eso? -repuso Isabel, turbada.

            -Tenga en cuenta que ellos no saben que se en­cuentra ausente.

            -¿Quiénes son ellos? ¿A quiénes se refiere usted?

            -A todo el mundo. Aunque, a lo mejor, no tiene la menor importancia.

            -Si usted puede ir, ¿por qué no he de poder ir yo también? -preguntó Isabel.

            -Porque yo soy una vieja cascarrabias y usted es una joven hermosa.

            -Admitido todo eso, usted no ha hecho ninguna promesa de ir.

            -¡Cuánto le preocupan a usted sus promesas! -ex­clamó la dama con acento levemente burlón.

            -Me preocupan mucho. ¿Le llama eso la atención?

            -Tiene usted razón -murmuró madame Merle-. De veras, creo que debe portarse bien con la muchachi­ta, ser buena con ella.

            -Tengo un gran deseo de serlo.

            -Entonces, vaya a verla; nadie podría ser más pru­dente que usted. Y dígale que, si usted no hubiera ido, habría ido yo. O mejor -añadió madame Merle-, no se lo diga; va a importarle un comino.

            Mientras Isabel se dirigía públicamente en coche abierto por el empinado camino hacia la villa del señor Osmond, iba pensando en qué habría querido decir madame Merle con aquello de que nadie podría ser más pru­dente. El hecho era que, de vez en cuando, aquella da­ma cuya discreción viajera parecía por lo general más avezada a los embates del mar abierto que a los riesgos de los canales ocultos, dejaba caer una frase de índole

ambigua o hacía sonar una nota falsa. ¿Qué le importa­ba Isabel Archer el juicio vulgar de la gente insignifi­cante? ¿Cómo podía imaginar madame Merle que ella era capaz de hacer las cosas a hurtadillas? No era eso, se­guramente. Debía de haber algo más..., algo que, en el apresuramiento de las horas que preceden a la partida, no había tenido tiempo de explicar. Isabel tendría que vol­ver sobre ello algún día, porque había cosas en las que de­seaba actuar siempre con toda claridad. Al llegar a la vi­lla, oyó a Pansy aporreando el piano en una habitación distinta de aquella donde la introdujeron en su primera visita al salón del señor Osmond. La muchachita estaba «practicando», e Isabel tuvo la satisfacción de notar que ponía en ello todo su empeño. La jovencita acudió en­seguida su encuentro alisándose el trajecito e hizo los ho­nores de la casa de su padre con gran desenvoltura y ex­quisita cortesía. Isabel permaneció sentada allí durante una media hora, y Pansy supo encumbrarse a sus ojos en tal ocasión como el hada diminuta y alada de la panto­mima que se eleva por medio de hilos invisibles, sin po­nerse a chismorrear sino a conversar, mostrando por las cosas de Isabel el mismo interés respetuoso que la otra se dignaba mostrar por las de ella. Isabel la miraba con arrobamiento; jamás había tenido ante los ojos la flor blanca de la afabilidad tan minuciosamente cultivada. Nuestra joven admiradora manifestó su complacencia al ver lo bien enseñada que estaba la jovencita, lo inteli­gentemente que la habían ido formando y modelando y, pese a ello, lo sencilla, natural e inocente que hasta en­tonces se había conservado. Le gustaba mucho a Isabel conocer el carácter y la calidad de las personas, bucear, como quien dice, en las profundidades misteriosas de las almas, pero hasta entonces .le había agradado dudar si aquel tierno pimpollo lo sabría ya todo. Se preguntaba si su extrema ingenuidad era un disfraz de la perfecta con­ciencia de sí misma que empleaba para agradar a una co­nocida de su padre, o si era la manifestación pura y sin­cera de una naturaleza todavía inmaculada. La hora que Isabel pasó en las hermosas salas vacías y penumbrosas -pues las ventanas estaban medio entornadas para evi­tar el calor y la luz del espléndido día casi estival que se filtraba a través de algunas rendijas prendiendo un ful­gor de color desvaído, o de oro apagado, en la rica os­curidad-, tal hora en conversación con la muchachita le proporcionó la solución del inquietante problema que la atormentaba. Se convenció, pues, de que Pansy era una hoja en blanco, una superficie alba y pura, por for­tuna conservada cuidadosamente en tal estado. Carecía de artificio, de estratagema, de temperamento, de talen­to..., y sólo poseía dos o tres instintos exquisitos, si bien insignificantes: el de conocer al amigo, el de evitar un error, el de cuidar una vieja muñeca o un nuevo vestido. Sin embargo, siendo tan tierna tenía que ser además con­movedora, y daba la impresión de que sería una víctima fácil del destino. No tendría jamás voluntad ni fuerza pa­ra resistir, ni el sentido de su propia importancia; se pres­taría fácilmente al engaño y no costaría trabajo amila­narla; su única fuerza consistiría en saber cómo y cuándo tendría que adherirse a algo. Acompañó a su visitante por las habitaciones de la casa, que la otra había deseado ver de nuevo, y supo exponer su opinión personal respecto a algunas de las obras de arte en ellas contenidas. Habló igualmente de sus proyectos, de sus ocupaciones, de los propósitos de su padre. No se mostró excesivamente ego­céntrica, pero se consideró en el deber de ofrecer a aque­lla distinguida amiga de su padre toda la información que pudiera necesitar.

            -Dígame, por favor, ¿sabe si, en Roma, mi papá fue ver a la madre Catherine? -preguntó-. El me dijo que lo haría, pero tal vez no haya tenido tiempo. Creo que quería hablarle sobre el asunto de mi educa­ción. Un día, papá me dijo que tendría que terminarla él mismo porque el último o los dos últimos años los pro­fesores que enseñan en el convento son muy caros. Pa­pá no es rico, y yo sentiría mucho que tuviese que pagar tanto dinero por mí, porque creo que no lo valgo. No soy muy lista para aprender, no tengo memoria suficiente. Para lo que me cuentan sí la tengo, sobre todo si es algo divertido; pero no para las cosas que se aprenden en los libros. Había una muchacha que era mi mejor amiga, y la retiraron del convento a los catorce años para hacer­le..., ¿cómo se dice en inglés?..., para hacerle una dot [1]. ¿No se dice también así en inglés? A mí no me parece mal. Yo creo que no está mal. Bueno, lo que quiero de­cir es que querían guardar el dinero para poder casarla. Yo no sé si es para eso para lo que papá quiere también ahorrar dinero..., para casarme. Debe de costar mucho dinero casarse. -Pansy se detuvo un instante, suspiró y prosiguió-: Me parece que papá quiere ahorrarse ese gasto del convento. De todas formas, yo soy todavía de­masiado joven y no me importan nada los señores; el úni­co que me interesa es papá. Si no fuera mi papá, me gus­taría casarme con él, pero, siendo así, prefiero ser su hija que la esposa... de un extraño. Lo echo mucho de me­nos, aunque no tanto como usted podría creer, porque he estado lejos de él mucho tiempo. Con papá he pasa­do, sobre todo, las vacaciones. También echo mucho de menos a la madre Catherine, pero no se lo diga a él. ¿No va a volver a verle? Pues lo siento mucho, y estoy segu­ra de que él también lo sentirá. De todas las personas que vienen aquí, la que más me gusta es usted. No es un gran cumplido, porque la verdad es que viene muy poca gen­te. Ha sido usted muy buena viniendo hoy..., con lo le­jos que estamos de su casa, porque, después de todo, yo no soy todavía más que una niña. Hasta ahora no tengo más entretenimientos que los de las niñas. ¿Cuándo de­jó usted de tener esos entretenimientos de niña? Me gus­taría saber la edad que tiene, pero no es correcto pre­guntarlo. En el convento nos enseñaron que no debíamos preguntar nunca la edad a los demás. A mí no me gusta hacer nada que no se espere, porque parece que no le han enseñado a una como es debido. Tampoco me gus­taría que me pillaran por sorpresa. Papá me dio instruc­ciones para todo. Me acuesto muy temprano. Cuando el sol da de ese lado, me voy al jardín. Papá me dio órdenes muy estrictas de que no dejara que el sol me quemase la piel. La vista desde aquí me encanta cada vez más, y las montañas son cada día más hermosas. En Roma, desde el convento, no se ven más que techos de casas y campana­rios. Todos los días practico piano tres horas, pero no to­co muy bien. ¿Toca usted también? Me gustaría mucho que tocase algo para mí. Madame Merle ha tocado varias veces para mí sola, y eso es lo que más me gusta de ella. A papá le gusta que oiga buena música. Madame Merle tiene una facilidad enorme, pero yo no tendré nunca ver­dadera facilidad. Además, no tengo voz..., mi voz es co­mo el chirrido de un pizarrin cuando se garabatea en él.

Isabel satisfizo aquel respetuoso deseo; se quitó los guantes y se sentó al piano, teniendo a su lado a Pansy, que admiraba sus blancas y finas manos deslizándose li­geramente sobre el teclado. Cuando terminó, dio a la niña un beso de despedida, la estrechó contra su cora­zón, la miró durante un rato y le dijo:

            -Procura ser muy buena y dar gusto a tu padre.

            -Creo que es precisamente para eso para lo que vi­vo -repuso Pansy-. El pobre no lo pasa muy bien; es más que nada un hombre triste.

            Isabel escuchó semejante declaración con un interés tal que le pareció un) tormento la sola idea de querer ocul­tarlo. La detenían su orgullo y un indiscutible sentimiento de la conveniencia, pues eran muchas otras las cosas que le rondaban por la cabeza y que ella sentía irrefrenable impulso de hacerle decir a Pansy acerca de su padre; im­pulso que, sin embargo, lograba contener. Muchas cosas le habría gustado oír de boca de la muchachita, pero, en cuanto se dio cuenta de su malsano deseo, desechó con horror la idea de aprovecharse de la joven -toda su vi­da habría tenido que estar arrepintiéndose de ello- y de dejar flotando en aquel ambiente, donde él podía luego tener la sensación de estar respirándolo, el aroma de su encantada persona. Ella había ido..., había ido, pero só­lo para permanecer una hora. Isabel se levantó rápida­mente del taburete del piano, pero permaneció allí un poco más todavía, enlazando cada vez con más afecto el tierno busto de la muchachita y mirándola casi con en­vidia. No podía por menos de confesarse a sí misma que habría experimentado un inmenso placer en hablarle de Gilbert Osmond a aquella diminuta criatura que tan uni­da estaba a él por los lazos de la sangre.

            Pero no dijo una palabra más y se limitó a besarla otra vez. Fueron juntas por el vestíbulo hasta la puerta que daba al patio. La muchachita se detuvo allí y dijo mi­rando con anhelo hacía fuera:

            -No puedo ir más allá; le prometí a papá que no pa­saría de esta puerta.

            -Haces muy bien en obedecerle, porque nunca te pedirá nada que no sea razonable.

            -Yo le obedeceré siempre. Pero ¿cuándo volverá usted?

            -Me temo que tardaré bastante.

            -Espero que sea cuanto antes -dijo Pansy-. Yo no soy más que una chiquilla, pero la esperaré siempre.

            Y la pequeña silueta de la jovencita quedó recortada en el alto y oscuro umbral mientras Isabel atravesaba el ancho y claro patio y desaparecía en la gloriosa luz de la tarde por el portone, que, al abrirse, dio paso a una clari­dad más intensa.

 

 

31

 

 

            Isabel no volvió a Florencia hasta pasados unos cuan­tos meses, intervalo de su vida cargado de incidentes. Sin embargo, no es lo sucedido en tal intervalo lo que de ella nos interesa. Nuestra atención se concentra de nuevo en el Palazzo Crescentini, en cierto día del final de la pri­mavera y justamente un año después de los aconteci­mientos de que acabamos de dar cuenta. En aquel ins­tante se encontraba Isabel sola en uno de los diversos salones dedicados por la señora Touchett a las atencio­nes sociales, y por su actitud se podría creer que espera­ba a algún visitante. La gran ventana de la habitación estaba abierta y, aunque sus verdes celosías quedaban en­tornadas, el aire del jardín penetraba en la estancia lle­nándola de su inefable aroma y su tibieza. Nuestra he­roína permaneció junto a ella durante algún tiempo con las manos cruzadas detrás de la espalda y mirando hacia el exterior con cierta inquietud. Incapaz de centrar su atención, se movía en un círculo de escaso radio. Sin em­bargo, no podía esperar divisar al visitante cuando lle­gara a la casa, porque la entrada del palacio no daba precisamente al jardín, en el que reinaban la calma y la intimidad más completas. Intentaba más bien adivinar su llegada haciendo conjeturas y, a juzgar por la expresión de su semblante, era cosa que le costaba no poco es­fuerzo. Se veía ahora a sí misma más seria y mucho más serena gracias a la experiencia de todo un año pasado via­jando. Como ella decía, había recorrido mucho espacio y observado a gran parte de la humanidad, y a sus pro­pios ojos se sentía una persona bien distinta de la frívo­la joven de Albany que, dos años antes, se había dedica­do, empezando por la mansión de Gardencourt, a tomarle medida al mundo. Enorgullecíase  con razón de haber atesorado mucha más sabiduría y de haber conocido de la vida mucho más de lo que nunca hubiera sospechado. Si sus ideas se hubiesen complacido en llevarla hacia atrás en vez de agitar sus nerviosas alas en torno a lo presen­te, habrían evocado en ella un gran número de intere­santes cuadros, unos de meros paisajes, los otros de fi­guras y estos últimos mucho más numerosos que los primeros. Ya conocemos sobradamente a muchas de las figuras susceptibles de ser proyectadas en ese campo vi­sual. Por ejemplo, no podría faltar allí la acomodaticia Lily, hermana de nuestra heroína y esposa de Edmund Ludlow, que había llegado de Nueva York para pasar cin­co meses con Isabel. La hermana había dejado a su ma­rido en América, pero se había llevado a sus hijos, con los que Isabel desempeñaba con igual generosidad que ternura el simpático papel de tía soltera.

            Hacia el final de la estancia de Lily en Europa, el se­ñor Ludlow logró concederse unas pocas semanas de asueto en sus triunfos forenses y, después de atravesar con gran celeridad el océano, pasó todo un mes con las dos damas en París antes de volver con su mujer a su ca­sa de América. Los pequeños Ludlow no estaban toda­vía en edad turística ni siquiera con arreglo al criterio americano, de manera que, mientras su hermana estuvo con ella, Isabel hubo de restringir sus actividades a un pequeño círculo. Lily y los niños se habían reunido con ella en Suiza durante el mes de julio, y pasaron un deli­cioso período estival en un valle alpino donde las prade­ras rebosaban de flores y las frondosas copas de los cas­taños brindaban con la hospitalidad de su fresca sombra un exquisito lugar de reposo para las fatigosas excursio­nes que pudieran emprender montaña arriba niños y se­ñoras en las calientes tardes veraniegas. Después de Sui­za habían ido a la capital francesa, a la que Lily rindió tributo en el acto con ceremonias altamente costosas, pe­ro que Isabel consideraba tan ruidosamente vacía que en tal tiempo echó mano de sus recuerdos de Roma, como podía haber echado mano en una habitación abarrotada de gente, e insoportable por el calor, de un frasco de sa­les oculto en su pañuelo.

            Como ya queda dicho, la señora Ludlow presentó su ofrenda a París, pero tuvo dudas y asombros imposibles de aliviar en semejante altar; y, una vez que su marido se reunió con ella, experimentó todavía más pena al ver la incapacidad de éste para entregarse de lleno a tales es­peculaciones que tenían siempre a Isabel como tema del máximo interés. Como había hecho siempre hasta en­tonces, no se prestó a mostrarse sorprendido, o apena­do, o defraudado, o entusiasmado, por nada de lo que pudiera hacer o dejar de hacer su cuñada. Las nociones mentales de la señora Ludlow eran de lo más variadas. Unas veces pensaba que su joven hermana debía volver a su país y tomar una casa en Nueva York, como por ejem­plo la de los Rossiter, que tenía un precioso invernade­ro y estaba cerca de la de ellos, a la vuelta de la esquina; en cambio, otras no podía por menos de manifestar su gran sorpresa por que la muchacha no estuviera ya casa­da con uno de los personajes más distinguidos de las gran­des familias. Como ya se ha dicho, no había logrado es­tablecer contacto con las probabilidades. Experimentaba más satisfacción corla prosperidad de Isabel que con la idea de que le hubiesen dejado a ella todo aquel dinero; le parecía que proporcionaba el merecido reposo a la fi­gura un tanto endeble, pero no por ello menos eminente, de su hermana. Sin embargo, Isabel había progresado menos de lo que su hermana esperaba, consistiendo pa­ra Lily aquel progreso en algo misterioso relacionado con las visitas de la mañana y las reuniones de la tarde y de la noche. No le cabía duda de que intelectualmente había avanzado a pasos de gigante, pero en cuanto a lo social no parecía haber realizado las numerosas conquistas cuyos trofeos ella esperaba haber podido admirar. La idea que Lily se había forjado de tales conquistas era suma­mente vaga, pero eso era precisamente lo que ella espe­raba de su hermana, que les diese cuerpo y forma palpa­bles. Sin duda alguna, Isabel podía haber logrado todo aquello en Nueva York, y la señora Ludlow apeló a su marido para que le dijera si había un privilegio de cual­quier índole del que su hermana disfrutase en Europa y que no pudiera ofrecerle la sociedad de Nueva York. Ya sabemos que Isabel había hecho conquistas; si eran su­periores o inferiores a las que habría logrado realizar en su propio país, es cosa que no nos incumbe definir en es­te momento. Y es para nosotros un gran placer volver a declarar que se abstuvo de dar publicidad a tales victo­rias. Así, no había dicho una sola palabra a su hermana sobre la historia de lord Warburton, ni tampoco sobre el estado de ánimo del señor Osmond, aunque no tenía más motivos para querer guardar silencio que para querer hablar, salvo que era mucho más romántico no mencionar tales asuntos. Y, como estaba saboreando profundamente y en el mayor secreto aquella novela de su vida, se sentía tan poco dispuesta a pedir consejo a su hermana Lily co­mo lo habría estado a cerrar para siempre aquel delicio­so volumen. Pero Lily no podía comprender todos esos distingos y lo único que estaba a su alcance era senten­ciar que la carrera de su hermana parecía una extraña contra culminación, impresión confirmada por el hecho de que su silencio respecto al señor Osmond, por ejem­plo, estuviera en proporción directa con la frecuencia con que éste ocupaba su pensamiento. Dado que ello sucedía con harta frecuencia, lo menos que la señora Ludlow llegó a pensar es que su hermana había perdido su ante­rior ánimo. Resultado tan insólito de un hecho tan ex­traordinario como el haber heredado una fortuna llovi­da del cielo no podía menos de sumir en honda perplejidad a la ingenua y alegre Lily, y la ratificaba en su idea de que Isabel no era como el resto de la gente.

            Sin embargo, se habría dicho que el ánimo de nues­tra heroína llegaba a su cénit una vez que sus parientes regresaron a su país. Indudablemente, era capaz de ima­ginar cosas de mayor envergadura que pasar el invierno en París -por lo pronto, París tenía muchos puntos en común con Nueva York, era como una atildada y minu­ciosa prosa-, y su correspondencia ininterrumpida con madame Merle hizo no poco por estimular aquellas pre­tensiones. Nunca había experimentado una sensación tan exacta de la liberación, del denuedo y regocijo que la li­bertad proporciona, como el día en que dejó atrás el an­dén de la estación de Euston, uno de los últimos días del mes de noviembre, después de la salida del tren que con­ducía a Lily y los suyos hacía el vapor que debía retor­narles a Nueva York desde Liverpool. Había complaci­do a Isabel el ser espléndida y hacerles dichosos; se daba perfecta cuenta de ello. Era muy observadora de lo que le resultaba conveniente y vivía en-un constante esfuer­zo por hallar cosas que resultaran buenas. Y, a fin de po­der disfrutar de tales ventajas, había hecho el viaje desde París con los no envidiados viajeros. Lo mismo podría haberles acompañado hasta Liverpool, pero Ludlow le suplicó que no lo hiciera; Lily se ponía muy nerviosa y hacía las más extrañas preguntas. Isabel estuvo allí con­templando cómo el tren se movía lentamente, besó la ma­no al mayor de sus sobrinitos, un chiquillo muy efusivo que provocó gran hilaridad con la escena de la separa­ción y que sacaba todo el cuerpo por la ventanilla del va­gón, y luego salió de la estación y se perdió en las bru­mosas calles londinenses. Ante ella se abría el mundo. Podía hacer lo que quisiese. Había indudablemente en ello una profunda emoción llena de posibilidades; pero, por el momento, a lo único que se decidió fue a regresar tranquilamente al hotel. El pronto anochecer de la tarde de noviembre había adensado ya las sombras. Las farolas brillaban con un débil luz rojiza en el aire espeso y oscu­ro, nadie esperaba a nuestra heroína y la estación de Euston estaba a buena distancia de Piccadilly. Isabel realiza­ba el trayecto con perfecta conciencia de los peligros que la amenazaban y se perdió casi deliberadamente dos o tres veces con el propósito de experimentar sensaciones para ella desconocidas; por eso se sintió defraudada cuando un policía la puso de nuevo amablemente en el buen cami­no. Tanto la atraía el espectáculo de la vida humana que hasta le encantaba el aspecto del anochecer en las calles de Londres: la multitud fluida, los presurosos carruajes, las tiendas iluminadas, los escaparates refulgentes, la humedad oscura y brillante de todas las cosas. Aquella noche, una vez en el hotel, escribió una carta a madame Merle anuncián­dole su partida para Roma dos o tres días más tarde. Fue a Roma sin pasar por Florencia, sino por Venecia y luego por Ancona.

            Realizó todo el viaje sin más compañía que la de su doncella, pues sus protectores naturales no se hallaban entonces en el país. Por su parte, Ralph Touchett estaba pasando el invierno en Corfú y la señorita Stackpole ha­bía sido reclamada el pasado mes de septiembre por el Interviewer, que ofrecía a la brillante cronista un campo más propicio para su genio que el de las decadentes ciu­dades de Europa. Henrietta tuvo cuando menos el con­suelo, en el momento de partir, de oírle prometer al se­ñor Bantling que no tardaría en ir a América a reunirse con ella. Isabel escribió a la señora Touchett excusándo­se por detenerse en Florencia, pero su tía le contestó en la forma que le era peculiar. Las excusas tenían para ella, decía la señora Touchett, la misma utilidad que las bur­bujas, y ella era de las que jamás incurrían en necedades semejantes. O se hacía una cosa o no se hacía, y lo que uno «habría» hecho pertenecía a la categoría de lo de­satinado, como la idea de la vida futura o del origen de las cosas. Su carta era franca, pero (caso bien raro tra­tándose de la señora Touchett) mucho menos franca de lo que pretendía ser. La tía no tardó en perdonar a la so­brina por no haberse detenido en Florencia, porque con ello creyó adivinar que el asunto Gilbert Osmond esta­ba perdiendo terreno. Trató, además, de enterarse de si él hallaba algún pretexto para ir a Roma y, al ver que no había incidido en culpabilidad por ausencia, se quedó mucho más tranquila.

            Por su parte, Isabel llevaba tan sólo dos semanas en Roma cuando le propuso a madame Merle hacer juntas un viaje al este. Madame Merle comentó a su amiga que estaba como azogada, pero añadió que había tenido siem­pre el deseo de visitar Atenas y Constantinopla. Así pues, las dos damas iniciaron la expedición y permanecieron tres meses en Grecia, Turquía y Egipto. Isabel se inte­resó enormemente por las cosas de tales países, si bien madame Merle continuó observando que, aun en los si­tios de mayor prestigio clásico y en medio de los escenarios de la naturaleza que más pudieran sugerir el re­poso y la meditación, parecía persistir en el espíritu de Isabel cierta incoherencia. Isabel viajaba con celeridad y sin descanso, como una persona que bebe ávidamente copa tras copa. Y madame Merle, cual la dama de com­pañía de una princesa que viajase de incógnito, la seguía jadeante. Había accedido a acompañar a Isabel, invitada por ella, y con su presencia y prestancia rodeaba de la de­bida dignidad aquella irrefrenable ansiedad de la mu­chacha. Madame Merle desempeñaba su papel con el tac­to que de ella cabía esperar, sabiendo no destacar cuando era conveniente y aceptando su situación de compañera cuyos gastos son con extraordinaria liberalidad sufraga­dos. Sin embargo, la situación era por ambas partes man­tenida con una delicadeza exquisita, sin que jamás se pro­dujera el menor roce, hasta el punto que la gente que se encontraba en los viajes con aquella curiosa pareja no po­día decir quién era la acompañada y quién la acompa­ñante. Afirmar que madame Merle ganaba con el trato supondría ignorar la impresión que producía en su ami­ga, quien desde el primer momento la encontrara tan amplia de miras y tan condescendiente. Al cabo de tres meses de intimidad Isabel creía conocerla mejor, pues su carácter se había revelado en toda su verdad. Ya no ha­bía por qué continuar con misterios, y la admirable mu­jer se creía en la obligación de referir su historia desde su propio punto de vista, necesidad que se hacía sentir cada vez más dado que Isabel ya la había oído desde el punto de vista de los demás. Tal historia era tan triste (por cuanto concernía al difunto monsieur Merle -un verdadero aventurero, bien podía ella decirlo, aunque al principio pareciera digno de todo elogio-, que años atrás se había aprovechado de su juventud y de una inexpe­riencia en la que a las personas que la conocían les re­sultaba inverosímil), estaba tan repleta de conmovedo­res y lamentables incidentes que su compañera se hacía cruces al ver cómo una persona tan eprouvée era capaz de conservar todavía aquella frescura y aquel interés por la vida. Buceó ella con el mayor empeño en esa frescura de madame Merle y llegó a considerarla algo profesional y un tanto mecánica, llevada con la misma desenvoltura que el virtuoso lleva a todas partes su violín, o alisada y cepillada como el «favorito» del jockey. Y, después de verla así, la quería y le gustaba tanto como antes, pero aún quedaba un extremo del velo por levantar. Era co­mo si, después de todo, siguiera siendo un personaje con­denado a no aparecer más que caracterizado y vestido para representar. Una vez había dicho que ella venía de muy lejos, que pertenecía al mundo «antiguo», e Isabel siempre tuvo la impresión de que aquella mujer era algo así como el producto de un clima moral y social distin­to del suyo, de que había crecido y se había desarrollado bajo otras constelaciones.

            Creía, desde luego, que en el fondo tenía una moral distinta. Como es natural, todas las personas civilizadas tienen una moral muy parecida; pero a los ojos de nues­tra heroína la de madame Merle era una moral de valo­res un tanto falsos o, como suele decirse en lenguaje co­mercial, rebajada de precio. Con la vanidad y presunción propias de la juventud, pensaba ella que toda moral que no fuera exactamente como la suya tenía que ser inferior; convencimiento que la ayudaba a descubrir todo rasgo accidental de crueldad, todo ocasional olvido de la inge­nuidad en una persona que había hecho de la bondad un arte exquisito y cuya soberbia era demasiado altiva para dejar sitio en su ánimo a la decepción. Tal vez su opinión sobre los motivos humanos determinantes de la acción, a juzgar por ciertos detalles, fuera producto de la convivencia en una corte decadente, y en su lista figuraban va­rios de los que nuestra heroína ni siquiera tenía noticia. No lo sabía todo, eso era indiscutible, y lo era también que en el mundo había infinidad de cosas que era prefe­rible no saber. Una o dos veces llegó a llevarse un ver­dadero susto, pues el hecho le había afectado tanto que no pudo por menos de exclamar: «¡Dios la perdone, no me comprende!». Y, por absurdo que pudiera parecer, tal descubrimiento actuaba en ella como una verdadera conmoción, le producía un vago desaliento en el que ha­bía una especie de corazonada. Pero semejantes desa­lientos se diluían súbitamente en inmediatas pruebas de la extraordinaria inteligencia de madame Merle, lo que no impedía que aquel momento de perplejidad quedara como la marca del nivel alcanzado por el agua en el flujo y reflujo de la confianza. Madame Merle había expues­to más de una vez su creencia de que, cuando una amis­tad cesa de aumentar, comienza a decrecer, sin que haya un punto de equilibrio entre el querer más y el querer menos. Dicho de otro modo, era absolutamente impo­sible la existencia de un afecto estable, siempre el mis­mo; tenía que oscilar forzosamente en un sentido o en otro. Fuera como fuese, la joven tenía en aquel momen­to más que sobrada materia para dar rienda suelta a su espíritu romántico, ahora más fuerte en ella que nunca hasta entonces. No tratamos de eludir con esto al extraor­dinario impulso que ese espíritu recibió al contemplar Isabel las Pirámides en su excursión desde El Cairo, ni estando entre las acanaladas columnas del Partenón con la vista fija en el punto señalado como el estrecho de Salamina, aunque tales emociones quedaron honda y per­durablemente grabadas en ella. A fines de marzo volvió de su excursión a Egipto y Grecia y pasó unos cuantos días en Roma. Pocos después de su llegada, Gilbert Osmond fue allá desde Florencia y permaneció tres semanas en la Ciudad Santa; y, como se alojaba en casa de madame Merle, su antigua amiga, era inevitable que viera a Isabel a dia­rio. A fines de abril ésta escribió a su tía aceptando la invi­tación que tiempo atrás le había hecho, y marcho a Florencia a pasar una temporada en el Pallazo Crescentini, en tanto que madame Merle permanecía en Roma. Isabel encontró a su tía sola, pues su primo seguía en Corfú. Sin embargo, se le esperaba de un día para otro en Florencia, e Isabel, que no le había visto desde hacía más de un año, estaba dis­puesta a darle la bienvenida más afectuosa.

 

 

32

 

 

            Pero no era en él precisamente en quien estaba Isa­bel pensando mientras permanecía junto a la ventana donde la encontramos hace un rato, ni tampoco en nin­guno de los asuntos que con tanta rapidez acabo de des­cribir. Tenía toda la razón en esperar una escena, y ella era de lo más reacia a toda clase de escenas. No se pre­guntaba tampoco lo que le diría a su visitante, interro­gante despejado hacía ya tiempo. Lo que le preocupaba era lo que él pudiese decirle. Seguramente no sería na­da amable, de eso estaba harto convencida, convicción que se mostraba bien claramente en un fruncimiento de entrecejo. Por lo demás, en su espíritu reinaba la más diáfana claridad. Se había quitado ya el luto por su tío, y luciendo un vestido claro, se movía con una gracia llena de s ave esplendor. Se sentía con más años, muchos más, y le parecía que ello la revalorizaba, como a una curiosa moneda o una medalla sin par en la colección de un an­ticuario o un numismático. Pero no pudo permanecer por mucho tiempo entregada a sus vacilaciones, pues en aquel momento vio ante sí a un criado que le presenta­ba en una bandeja una tarjeta de visita.

            -Haga pasar a ese caballero -dijo, y continuó mi­rando por la ventana aun después que el criado se hubo re­tirado. No se volvió hasta que oyó el ruido de la puerta al cerrarse detrás de la persona a la que habían dejado paso.

            Quien estaba allí de pie era Caspar Goodwood, que por un instante sintió sobre sí, recorriéndole de pies a cabeza, la mirada seca, fulgente y acerada con que ella, más que brindarle un saludo, se lo negaba. Si la sensa­ción de mayor madurez en él corría pareja con la de Isabel, es cosa que probablemente no tardemos en averiguar. Sin embargo, dicho sea en honor a la verdad, la mira­da de Isabel no advirtió en él daño alguno inferido por el tiempo. Como antes, erguido, fuerte y recio, no ha­bía en su apariencia nada que expresase positivamente ni juventud ni edad madura, y, de igual suerte que ca­recía de inocencia y debilidad, carecía de toda filosofía práctica. Su mandíbula denotaba el mismo carácter vo­luntarioso de siempre, pero era inevitable que una cri­sis como aquella por la que estaba pasando se manifes­tara en un aspecto ceñudo. Tenía el aire de un hombre que ha viajado a costa de muchos esfuerzos. Al princi­pio no dijo nada, como si le faltara el aliento, silencio que aprovechó Isabel para decirse: «¡Pobre hombre! ¡De cuántas cosas es capaz y qué lástima que derroche tan inútilmente su admirable fuerza! ¡Y qué lastima tam­bién que una no pueda contentar a todo el mundo!». Y, como el silencio duró un minuto entero, tuvo tiempo de decirle:

            -No se imagina hasta qué punto habría preferido que no viniera.

            -No lo dudo -repuso él, y miró a su alrededor bus­cando un asiento. Acababa de llegar y ya quería sentarse.

            -Debe de estar muy cansado -dijo Isabel al tiem­po que se sentaba, pensando generosamente en darle una oportunidad.

            -No, no estoy cansado, en absoluto. ¿Cuándo me ha visto usted cansado?

            -Nunca. ¡Ojalá le hubiera visto! ¿Cuándo llegó?

            -Anoche, ya muy tarde, en un tren tortuga. Estos tre­nes italianos marchan al paso de los funerales americanos.

            -Al tener que soportar esa marcha..., se habrá sen­tido como si viniera a enterrarme.

            Isabel sonrió forzadamente, como para alentarle a que afrontara la situación. Ya había expuesto anterior­mente con claridad el asunto, de modo que tenía claro que no quebrantaba fe dada ni falsificaba contrato sus­crito, pero aun así sentía miedo ante él. Y se avergonza­ba de experimentar aquel miedo, si bien le consolaba la idea de que no había ninguna otra cosa de la cual tuvie­ra que avergonzarse. Él le dirigió una mirada dura e in­sistente carente por completo de tacto, una mirada que caía sobre ella con un peso casi físico.

            -No, no he sentido semejante cosa -declaró él in­genuamente-. ¡Ojalá hubiese podido sentirla!

            -Le agradezco infinito su buen deseo.

            -Más quisiera pensar en usted muerta que casada con otro.

            -Eso es una prueba de su enorme egoísmo -re­plicó ella como enardecida por una firme convicción-. Si usted no es feliz, los demás tienen derecho a serlo.

            -Sí, es muy posible que sea egoísmo por mi parte, pero no me importa que lo diga. No me importa nada de lo que usted pueda decirme ahora..., no lo siento. Las cosas más crueles que usted fuera capaz de idear y de­cirme no pasarían de ser meros alfilerazos. Después de lo que ha hecho usted, no sentiré nunca nada..., quiero decir, nada más que eso. Eso lo sentiré toda mi vida.

            El señor Goodwood profirió estas afirmaciones con una seca determinación, con el duro y grave acento ame­ricano absolutamente desprovisto de suavidad incluso al pronunciar palabras tan crudas. Aquel tono exasperó a Isabel en lugar de emocionarla; pero su enojo fue tal vez acertado por cuanto le proporcionó una razón de más para dominarse a sí misma. Gracias a tal dominio, pudo permitirse mostrar cierta ligereza:

            -¿Cuándo salió usted de Nueva York?

            El levantó la cabeza como si estuviera calculando y contestó:

            -Hace diecisiete días.

            -Por lo visto, ha viajado de prisa a pesar de la len­titud de los trenes.

            -Vine todo lo de prisa que pude. Si hubiera podi­do, hace cinco días que habría llegado.

            -Habría sido exactamente igual, señor Goodwood -dijo ella sonriendo.

            -Para usted, sí; pero no para mí.

            -Nada gana usted con ello.

            -Eso nadie puede juzgarlo más que yo.

            -Por supuesto, pero me parece que se está usted atormentando en vano.

            Luego, por cambiar de tema, le preguntó si había visto a Henrietta Stackpole. Él pareció asombrado, co­mo dando a entender que no había ido desde Boston a Florencia por el mero placer de hablar de Henrietta Stackpole; pero, de todos modos, contestó con toda cla­ridad diciendo que la señorita en cuestión había estado con él justamente poco antes de su partida de América.. Al oírlo, Isabel preguntó:

            -¿Fue ella a verle?

            -Sí, estaba en Boston y fue a verme a mi oficina pre­cisamente el día que recibí su carta.

            -¿Se lo dijo usted? -preguntó Isabel con cierta ansiedad.

            -Oh, no, nada de eso -respondió sencillamente Caspar-. No quise hacerlo; pero no tardará en ente­rarse, porque se entera de todo.

            -Le escribiré, y ella me contestará para regañarme -dijo Isabel intentando sonreír de nuevo.

Caspar permaneció sumamente grave y declaró:

            -Me parece que no tardará en volver.

            -¿Para qué, para regañarme acaso?

            -Lo ignoro. Parece ser que no ha conocido Euro­pa lo bastante a fondo.

            -Me alegro de que me lo diga. Me prepararé para recibirla como es debido.

            El señor Goodwood clavó por un momento los ojos en el suelo; por fin los levantó y preguntó:

            -¿Conoce ella al señor Osmond?

            -No mucho. Y no le gusta. Pero, como es natural, yo no tengo que casarme a gusto de Henrietta.

            Habría sido mejor para el pobre señor Goodwood si hubiese tratado de favorecer a Henrietta, pero se abstuvo de hacerlo y limitóse a preguntar cuándo tendría lugar la boda, a lo que ella contestó que aún no lo sabía.

            -Lo único que sé es que será pronto -añadió-. No se lo he dicho todavía a nadie más que a usted y a otra persona..., un antiguo amigo del señor Osmond.

            Él siguió preguntando:

            -¿Acaso no estarán sus amigos de acuerdo con ese matrimonio?

            -No tengo la menor idea de ello; pero, como antes

le dije, no me caso para dar satisfacción a mis amigos.

            Caspar Goodwood se abstuvo de hacer ningún co­mentario o proferir exclamación de ninguna clase, pero' continuó preguntando sin la menor delicadeza:

            -¿Qué y quién es ese señor Osmond?

            -¿Quién y qué? Pues, nadie y nada, a no ser un ca­ballero muy bueno y honrado. No se dedica a los ne­gocios. No es rico, y no es conocido por ninguna otra particularidad.

            Aunque no le gustaban las preguntas del señor Good­wood, se dijo que le debía una mínima satisfacción. Pe­ro la satisfacción que el pobre Caspar mostraba era po­ca; permanecía allí inmóvil, tieso, sin saber qué decir.

            -¿De dónde ha salido, a qué país pertenece? -in­sistió. Nunca le había agradado a Isabel la manera en que él utilizaba el verbo pertenecer. Así, le contestó:

            -No ha salido de ninguna parte y ha vivido en Ita­lia casi toda su vida.

            -En su carta decía usted que es americano. ¿No tie­ne lugar de nacimiento?

            -Lo ha olvidado. Partió de él cuando era muy niño.      -¿Y no ha vuelto nunca?

            -¿Para qué había de volver? -preguntó Isabel enar­decida, a la defensiva-. No tiene profesión.

            -Podía haber vuelto por gusto. ¿Es que no le gus­ta Estados Unidos?

            -No lo conoce. Y, como es muy tranquilo y muy sencillo..., se contenta con Italia.

            -Con Italia y con usted -dijo Goodwood con cru­deza, sin la menor intención de parecer ingenioso-. ¿Qué ha hecho, entonces? -añadió bruscamente.

            -¿Para que me case con él? Nada en absoluto -re­plicó Isabel, a quien se le estaba agotando la paciencia-. ¿Me disculparía usted más si él hubiera hecho grandes cosas? Déjelo ya, señor Goodwood. Voy a casarme con un don nadie. No se esfuerce en interesarse por él, por­que no puede.

            -Ya entiendo. Lo que usted quiere decir es que no puedo apreciarlo. Además, no diga que es un don nadie, porque está usted pensando todo lo contrario. Lo que usted piensa es que es un hombre extraordi­nario, un gran hombre, aunque los demás no lo crean así.

            Isabel se puso colorada, pues comprendió que aque­llas palabras encerraban una apreciación exacta de los he­chos y constituían una prueba flagrante de cómo la pa­sión puede aguzar la percepción de la realidad en una persona que ella no creyó jamás la tuviese muy fina. Pe­ro se sobrepuso al instante y preguntó:

            -¿Por qué ha de salir siempre con lo que piensan los otros? Yo no puedo discutir con usted sobre la per­sonalidad del señor Osmond.

            -Lo reconozco -admitió Caspar Goodwood. Y se quedó sentado con su aire de desvalimiento, como si no sólo fuese verdad lo que acababa de oír sino como si, ade­más, no hubiese ninguna otra cosa de la que pudiera se­guir departiendo.

            Ella, dueña de la situación, dijo ensañándose:

            -Ya ve usted mismo lo poco que tiene que ganar..., el escaso consuelo y la poca o ninguna satisfacción que está en mi mano darle.

            -No esperaba tampoco que fuera a darme mucha.

            -Entonces no comprendo cómo se le ocurrió venir.

            -Porque deseaba, por lo menos, verla a usted de nuevo... exactamente tal como es todavía.

            -Se lo agradezco en lo que vale; pero, si hubiese us­ted esperado, seguro que más tarde o más temprano ha­bríamos vuelto a vemos, y nuestro encuentro habría sido mucho más agradable para los dos que éste de ahora.

            -¿Esperar hasta que estuviese usted casada? Eso es precisamente lo que yo no quería. Entonces será usted otra.

            -No lo creo. Seguiré siendo siempre una gran ami­ga suya. Ya lo verá.

            -Eso sería peor aún -dijo torvamente Caspar.

            -Es usted muy difícil de contentar. Pero yo no pue­do detestarle para ayudarle de tal forma a que se resigne.

            -No me importaría que lo hiciera.

            Isabel se levantó impacientemente y se dirigió a la ventana, junto a la que permaneció un rato mirando ha­cia fuera. Cuando se volvió, su visitante seguía inmóvil

en el mismo sitio. Se acercó a él y apoyó una mano en el respaldo del sillón que acababa de abandonar.

            -¿De veras quiere usted decir que vino sólo para verme? Puede que eso sea mejor para usted que para mí.

            -Quería oír una última vez el sonido de su voz.

            -Ya la ha oído, y ha podido comprobar que no di­ce nada que a usted le parezca grato.

            -De todas maneras, me ha proporcionado un gran placer.

            Tras estas palabras, se puso en pie.

            Ella se había sentido apenada y molesta al saber que Caspar estaba en Florencia y que iría a verla una hora más tarde. Le había contrariado, a pesar de lo cual res­pondió a través del mensajero que podía ir cuando lo es­timase oportuno. Y, al verlo, no experimentó mayor sa­tisfacción, pues su presencia allí suponía un cúmulo de desagradables incidentes, entrañaba derechos, reproches, rechazo, la esperanza de hacerla cambiar de propósito y otras molestias. Todo lo cual, si bien implícito, no había llegado a ser directamente expresado.

            Y he aquí que, ahora, a la joven empezaba a molestar­le aquel admirable dominio de sí mismo de que él estaba dando fehaciente prueba. Tal silenciosa infelicidad era lo que más la irritaba, tal varonil contención de su ma­no lo que precipitaba los latidos de su corazón. Se daba cuenta de que su agitación iba en aumento y decíase a sí misma que estaba enojada como puede estarlo una mujer cuando ha cometido un error. Ella no lo había cometido, sin embargo; afortunadamente, no tenía que tragarse tal píldora, pero, de todas formas, habría preferido que él la acusase de algo. Habría deseado que la visita fuese corta, puesto que carecía de todo objeto y no era en absoluto ade­cuada. Y, no obstante, ahora que él se disponía a alejarse, experimentaba un súbito horror de que la dejase sin decir una sola palabra que le proporcionase la oportunidad de defenderse mejor de lo que lo había hecho en la carta es­crita un mes antes, con unas cuantas palabras escogidas anunciándole su compromiso. Pero, sí era cierto que no se sentía culpable, ¿por qué deseaba defenderse? Eso de de­sear que el señor Caspar Goodwood se enojara, constituía un exceso de generosidad por parte de Isabel. Y, si hasta aquel momento él no hubiera puesto todo su empeño en contenerse, tal vez habría surtido ese efecto el tono en que ella exclamó, como si le echase en cara haberla acusado:

            -¡Yo no le he engañado! ¡Era completamente libre!

            -Sí, lo sé -se limitó a decir él.

            -Además, le advertí bien claramente que haría lo que me pareciera bien.

            -Usted dijo que tal vez no se casaría nunca, y lo di­jo de tal manera que lo creí a ciegas.

            Reflexionó ella un instante y replicó:

            -La primera sorprendida por mi actual decisión soy yo misma.

            -Usted me dijo que, si oía decir que estaba com­prometida, no lo creyese -prosiguió Caspar-. Hace veinte días lo supe por usted misma y, al recordar aque­llas palabras, supuse que debía de haber algún error. Esa es, en parte, la razón por la que he venido.

            -Si quiere que se lo repita de viva voz, nada más fá­cil. No ha habido ni hay error alguno.

            -Ya me di perfecta cuenta de ello al entrar en esta habitación.

            Isabel preguntó en un tono de descontento:

            -¿Qué bien habría de representar para usted el que yo no me casara?

            -Para mí habría sido preferible a esto.

            -Repito que es usted muy egoísta.

            -Lo sé. Soy egoísta como el hierro.

            -Hasta el hierro se ablanda a veces. Si es usted ra­zonable, no tendré inconveniente en volver a verle.

            -¿La parece que ahora no lo soy?

            -No sé qué decirle -contestó ella con inesperada humildad.

            -No la molestaré mucho más. -El joven se ade­lantó hacia la puerta, pero se detuvo para añadir-: Otra de las razones por las que vine fue para ver qué explica­ción daba usted de su cambio de actitud.

            La humildad se desvaneció en el acto al oír aquello.

            -¿Ha dicho usted explicación? ¿Acaso tengo yo el deber de dar explicación de ninguna clase?

            Él la miró silenciosamente un momento y contestó:

            -Parecía usted muy convencida, de modo que así lo creí.

            -Yo también, pero ¿cree usted por ventura que po­dría explicarlo aunque quisiera?

            -No, supongo que no... Bueno, ya he hecho lo que quería: verla a usted.

            -Ya ve lo poco que ha sacado de días tan terribles como los que acaba de pasar. -Y en el acto se dio cuen­ta de la insignificancia de la contestación que había dado.

            -Si teme que no sea capaz de resistir... este tipo de cosas..., puede tranquilizarse. -Se volvió inmediata­mente y, sin darle la mano ni decir frase alguna de des­pedida, se dirigió a la puerta. La abrió y, con la mano en el tirador, añadió sin la menor emoción en la voz-: Ma­ñana mismo me iré de Florencia.

            -Encantada de oírlo -replicó ella con firmeza.

            A los cinco minutos escasos de haberse marchado Caspar, Isabel rompía en amargo llanto.

 

 

 

33

 

 

            Toda huella de llanto había desaparecido y las lá­grimas estaban ya olvidadas cuando, una hora después, Isabel le espetó la noticia a su tía. Empleo esta expre­sión porque Isabel daba por seguro que a la señora Touchett iba a desagradarle sobremanera. La joven ha­bía esperado para decírselo hasta ver al señor Good­wood. Se le antojaba que no era honesto dar publici­dad al propósito antes de haber oído lo que el señor Goodwood tuviera que decir al respecto. En realidad, había dicho mucho menos de lo que ella esperaba, y en aquel momento la joven tenía la sensación de ha­ber perdido el tiempo. Pero no lo perdería más en lo sucesivo. Esperó, pues, a que la señora Touchett lle­gase al comedor para el almuerzo y empezó de esta forma:

            -Tía Lydia, tengo que decirle una cosa.

            La señora Touchett dio un breve respingo, la miró casi enfurecida y contestó:

            -No necesitas decírmelo. Ya sé lo que es.

            -No ¡he explico cómo puede usted saberlo.

            -Igual que sé que la ventana está abierta al... notar la corriente de aire. Vas a casarte con ese hombre.

            -¿A qué hombre se refiere usted? -preguntó Isa­bel con altiva dignidad.

            -Al amigo de madame Merle..., al señor Osmond.

            -No sé por qué le llama usted el amigo de mada­me Merle, como si no tuviera otro título mejor con qué. designarle.

            -Si no es amigo de ella, debería serlo... después de todo lo que ha hecho por él -exclamó la señora Tou­chett-. Nunca me habría esperado semejante cosa de ella. Ha sido un gran desengaño para mí.

            -Si con eso quiere usted decir que madame Merle ha tenido algo que ver con mi compromiso, está usted equi­vocada del todo -declaró Isabel con enérgica frialdad.

            -O sea, que han bastado tus atractivos, que no ha habido necesidad de espolearlo. Sí, sin duda tienes ra­zón. Tus atractivos son extraordinarios. Pero seguro que nunca se le habría ocurrido pensar en ti si ella no se lo hubiera metido en la cabeza. Tiene demasiada buena opi­nión de sí mismo, y no es capaz de tomarse tales moles­tias. Madame Merle se las ha tomado por él.

            -Pues le aseguro a usted que sí se ha esforzado, y mucho -exclamó Isabel riendo de buena gana.

            La señora Touchett movió bruscamente la cabeza y dijo:

            -En realidad, tiene que haberlo hecho para lograr que te guste tanto.

            -Creí que a usted también le gustaba.

            -Hubo un tiempo en que sí. Por eso estoy enojada con él.

            -Pues entonces enójese usted conmigo y no con él-replicó la muchacha.

            -¡Bah! Contigo lo estoy siempre. ¡Valiente satis­facción! ¿Por eso fue por lo que rechazaste a lord Warburton?

            -Por favor, no volvamos a eso. ¿Por qué no habría de gustarme a mí el señor Osmond cuando ha gustado a tantas otras?

            -Pero esas otras no quisieron jamás casarse con él, ni siquiera en sus momentos de mayor ofuscación. Por­que ese hombre no es nada -añadió la señora Touchett a guisa de explicación.

            -Entonces no puede herirme.

            -¿Crees que vas a ser dichosa? Deberías saber que nadie lo es en estos asuntos.

            -Entonces yo lo pondré de moda. ¿Para qué se ca­sa la gente?

            -Sólo Dios sabe para qué te vas a casar tú. Por lo general, la gente se casa por lo mismo que se asocia: pa­ra fundar una casa. Pero, en vuestra asociación, tú vas a aportarlo casi todo.

            -¿Se refiere usted a que el señor Osmond no es ri­co? ¿Es por ventura de eso de lo que está usted hablando?

            -Ni tiene dinero, ni apellido, ni prestigio. Yo valo­ro como es debido esas cosas y me atrevo a decirlo. Creo que son de un gran valor. Muchos otros piensan lo mis­mo y también lo demuestran, aunque dan razones dis­tintas.

            Isabel dudó un instante y replicó:

            -Yo creo que le doy su valor a todo cuanto lo tie­ne. El dinero me importa enormemente, y por eso quie­ro que el señor Osmond disponga de un poco.

            -Dáselo, entonces; pero cásate con cualquier otro.

            -Su apellido me basta. Por cierto, es muy bonito. ¿Acaso tengo yo uno tan ilustre?

            -Razón de más para que trates de elevarlo. No hay más que una docena de apellidos americanos que cuen­ten. ¿Te casas con él para hacer una obra de caridad?

            -Tía Lydia, considero que era mi deber decírse­lo, pero no creo que lo sea también explicárselo. Aun cuando lo fuera, no podría hacerlo. De manera que no me reprenda, por favor. Me encuentro en posición desventajosa respecto a usted, porque yo no puedo hablar del asumo.

            -No te reprendo ni te reconvengo. Lo único que hago es contestarte, porque debo demostrar que tengo la cabeza sobre los hombros. Estaba viendo venir la cosa y no decía nada, porque no me gusta meterme en asuntos ajenos.

            -Es cierto, no lo hace nunca; le estoy muy agradeci­da por ello. Ha sido usted verdaderamente considerada conmigo.

            -No era por consideración sino por conveniencia... -dijo la señora Touchett-. Pero ya hablaré yo con ma­dame Merle.

            -No comprendo por qué se empeña usted en mez­clarla en esto. Se ha portado como una buena amiga conmigo.

            -Es posible. Pero menos buena conmigo.

            -¿Qué le ha hecho a usted?

            -Me ha defraudado. Su amistad conmigo era tan bue­na que me había prometido impedir ese compromiso.

            -Pero ella no habría podido evitarlo.

            -Para ella todo es posible. Por eso siempre la he admirado. Sabía que es capaz de representar cualquier pa­pel, pero suponía que representaba uno después de otro. Lo que jamás supuse es que hiciera dos al mismo tiempo.

            -Ignoro qué papel ha representado ante usted; eso es cosa suya. Conmigo se ha portado como una mujer honesta, buena y abnegada.

            -Abnegada, no hay duda, puesto que quería casarte con su candidato. A mí me dijo que te vigilaba para in­terponerse.

            -Si lo dijo fue por complacerla -replicó la joven, si bien dándose cuenta de la impropiedad de tal explicación.

            -¿Para complacerme defraudándome? No me co­noce tan mal. ¿Estoy acaso contenta ahora?

            -Me parece que usted no lo está nunca mucho -se vio Isabel obligada a observar-. Si madame Merle sabía que usted acabaría por conocer la verdad, ¿qué ganaba con su falta de sinceridad?

            -Ya lo has visto; ganaba, por lo pronto, tiempo. Mientras yo esperaba que interviniera, tú empezabas a desfilar y ella iba delante abriendo camino.

            -Supongamos que así sea. Pero usted misma ha ad­mitido que me estaba viendo desfilar y que, aun cuando ella hubiese dado la voz de alarma, usted no habría tra­tado de detenerme.

            -Yo no, pero algún otro tal vez sí.

            -¿A quién se refiere usted? -preguntó Isabel mi­rando a su tía duramente.

            Los diminutos ojos de la señora Touchett, con su acostumbrada movilidad, más que devolver, sostuvieron la mirada de Isabel.

            -¿Habrías escuchado el consejo de Ralph?

            -Si hubiera insultado al señor Osmond, no.

            -Ralph es incapaz de insultar a nadie, lo sabes per­fectamente. Te quiere de veras.

            -Ya lo sé -dijo Isabel-. Ahora es cuando podré apreciar su afecto en todo lo que vale, porque él sabe que tengo mis razones para hacer todo lo que hago.

            -Nunca creyó que hicieras esto. Yo le dije que eras perfectamente capaz de ello, y sostuvo lo contrario.

            -Por el placer de discutir, nada más -dijo la mu­chacha sonriendo-. Si no le acusa usted a él de ha­berla defraudado, ¿por qué acusa de ello a madame Merle?

            -Porque él jamás dijo que lo evitaría.

            -Celebro saberlo -repuso Isabel alegremente-. Cuando vuelva, me gustaría que fuese usted la primera en anunciarle mi compromiso.

            -Desde luego que lo haré. A ti no volveré a decir­te ni una palabra del asunto, pero te advierto que habla­ré de ello a los demás.

            -Haga lo que te parezca. Yo únicamente me refe­ría a que me parece preferible que sea usted quien se lo anuncie.

            -Estoy de acuerdo contigo. Es lo más apropiado.

            Terminada así la pequeña discusión, se pusieron tía y sobrina a almorzar, sin que durante el almuerzo, cum­plidora de su palabra, la señora Touchett hiciese la me­nor alusión al señor Osmond. Después de un silencio bastante prolongado, preguntó a su sobrina quién había ido a visitarla una hora antes.

            -Un antiguo amigo..., un caballero americano -con­testó Isabel ruborizándose un poco.

            -Americano tenía que ser. Sólo a un americano pue­de ocurrírsele hacer visitas a las diez de la mañana.

            -Eran ya las diez y media, y tenía mucha prisa por­que se va esta misma noche.

            -Podía haber venido ayer a una hora más apropiada.

            -Llegó anoche.

            -¿No va a pasar más que veinticuatro horas en Flo­rencia? -exclamó la señora Touchett-. No hay duda de que es un caballero americano.

            -Ciertamente lo es -replicó Isabel, que en aquel instante pensaba con profunda admiración en lo que Cas­par Goodwood había hecho por ella.

            Ralph llegó dos días después; y, aun cuando Isabel estaba absolutamente segura de que la señora Touchett se había apresurado a comunicarle la gran noticia, él pareció al principio no saber nada del asunto. De lo primero que hablaron fue, naturalmente, de la salud. Isabel deseaba, además, hacerle varias preguntas acer­ca de Corfú. Se había quedado bastante sorprendida al verle aparecer, pues ya no recordaba su aspecto enfer­mizo. A pesar de su estancia en Corfú parecía muy en­fermo en aquel momento, y ella se preguntaba si real­mente estaba peor o si era que no tenía ya la costumbre de vivir con un inválido. Con la edad, el pobre Ralph no se acercaba precisamente a los cánones oficiales de belleza, y su actual completa pérdida de la salud hacía bien poca cosa por atenuar la natural extravagancia de su persona. Marchito y exhausto, pero todavía iróni­co, su semblante parecía un desvencijado farol de pa­pel. Sus ralas patillas le lamían los enjutos carrillos, y el arco ya prominente de su nariz había aumentado ex­traordinariamente su curva. Estaba más delgado que nunca; flaco, largo y desmadejado: una especie de reu­nión fortuita de ángulos descoyuntados. Su oscura cha­queta de pana parecía eterna, pues no se la quitaba de encima, y diríase que sus manos estaban ya incrustadas en los bolsillos. Andaba a tropezones, vacilando y arras­trando los pies, cosa que revelaba su estado de gran de­cadencia física. Tal vez se debiera a su continente tan estrafalario el que su carácter se acercara cada vez más al de un inválido de humor sarcástico para quien has­ta sus propios achaques constituyen motivo de burla. A ello se debía acaso también su falta de seriedad ante las cosas de un mundo en el 'que su existencia no tenía ya razón alguna de ser. A Isabel le había gustado su feal­dad, y su aspecto estrafalario le resultaba sumamente simpático, de manera que apenas notaba tales imper­fecciones, gracias al continuo trato, y eran para ella unos rasgos característicos que le hacían encantador. Y tanto lo era para su prima que la sensación que a és­ta le producía su enfermedad venía a ser una especie de consuelo, toda vez que semejante estado de salud tan precario parecía no sufrir limitación en el sentido intelectual, sino incluso favorecer tal actividad, al ha­berle relevado de toda clase de emociones profesiona­les y oficiales y permitiéndole el lujo de vivir exclusi­vamente en personal. De tal modo, la personalidad de ello resultante era en verdad deliciosa. Él constituía una prueba fehaciente del triunfo sobre la ranciedad de la dolencia y, si bien no tenía más remedio que re­signarse a estar lamentablemente enfermo, había lo­grado en cierto modo librarse de ser un enfermo im­portante y solemne. Tal era la impresión de Isabel sobre la enfermedad de su primo; si alguna vez llegaba a com­padecerle, lo hacía por pura reflexión. Y, como gusta­ba tanto de la reflexión, por fuerza debía compadecer­le grandemente, pero tenía siempre un verdadero temor de perder aquella esencia..., aquel algo precioso y mu­cho más valioso para ella que para todos 1-os demás. Ahora no necesitaba una gran sensibilidad para dar­se cuenta de que el hilo que sostenía la vida del pobre Ralph era menos elástico de lo que debiera. Sabía que su primo era un espíritu brillante, generoso y libre, con todas las luces de la sabiduría y sin el menor asomo de pedantería, y con sus propios ojos lo veía encaminar­se derecho a la muerte.

            Isabel pensó de nuevo en cuán ardua era la vida para algunos seres y sintió cierto cosquilleo de vergüenza al ver hasta qué punto se presentaba prometedora de dichas pa­ra ella. Se había preparado para oír decir que a Ralph no le agradaba su compromiso, pera, a pesar del afecto que le profesaba, no se sentía dispuesta a permitir que tal desa­grado echase a perder la situación. Tampoco estaba dis­puesta, al menos así lo creía, a molestarse por su discon­formidad, ya que era no sólo privilegio suyo, sino incluso natural en él, encontrar defectos a cualquier determina­ción que ella pudiera tomar respecto al matrimonio. Que el primo de una mujer detestase a su marido era lo tradi­cional y clásico; formaba parte de la común creencia de que el primo debe adorar siempre a su prima. Ralph era por encima de todo un crítico encarnizado. Y aunque, apar­te de otras consideraciones, habría sido para ella un pla­cer contentar a él y a los demás con un matrimonio a gus­to de todos, era absurdo pretender que su decisión tuviera que acomodarse al punto de vista de su primo. Después de todo, ¿en qué consistía tal punto de vista? Hubo un mo­mento en que dio a entender que habría sido mejor para ella casarse con lord Warburton, pero fue debido al hecho de que Isabel hubiese rechazado a personaje tan impor­tante. Y es seguro que, si le hubiera aceptado, Ralph habría adoptado otro tono, pues le gustaba llevar siempre la contraria. Todo matrimonio era susceptible de crítica, ya que lo esencial de semejante unión es precisamente pres­tarse a toda suerte de críticas. Si le diese la ventolera, ¿quién se hallaba en mejores condiciones que ella misma para cri­ticar su matrimonio? Pero tenía otras cosas de que ocu­parse y Ralph venía como agua de mayo para relevarla de tal cuidado. Estaba Isabel predispuesta a mostrar la pa­ciencia más grande y una indulgencia insuperable. Ralph debía haberse dado cuenta de ello y por eso resultaba tanto más extraño que no dijera una sola palabra. Después de tres días sin que él hubiese hablado para nada del asunto, Isabel se cansó de esperar; aunque le desagradase, pensaba ella, no podía dejar de hacerlo. Nosotros, que le conoce­mos bastante mejor que su prima, tenemos motivos para pensar que, durante las horas que siguieron a su llegada al Palazzo Crescentini, había investigado en silencio y habíase entregado a múltiples actos.

            Su madre le recibió dándole la noticia a bocajarro, lo cual le resultó más escalofriante que el beso mater­nal. Ralph se sintió defraudado y humillado; sus cálculos habían resultado fallidos y la persona a quien él más quería estaba irremisiblemente perdida. Se dio a vagar por la casa como un bajel abandonado en mar procelo­so cerca de la costa roqueña. A veces se sentaba en el jar­dín, en el amplio sillón de mimbre, y estiraba las pier­nas cuan largas eran, apoyaba la cabeza en el respaldo y se bajaba el sombrero sobre el rostro tapándose los ojos.

Sentía frío en el corazón, jamás tuvo menos gusto ni in­clinación por nada. ¿Qué podía entonces decir, qué ha­cer? El intento de reclamar no era aceptable más que en el caso de que produjese un resultado satisfactorio. Tra­tar de convencerla de que había algo sórdido o siniestro en los propósitos del hombre a cuyo arte mágico había llegado a sucumbir sólo sería hasta cierto punto discre­to en el caso de que lograra convencerla. De lo contra­rio corría el riesgo de perjudicarse simplemente a sí mis­mo. Costaba exactamente lo mismo decir lo que pensaba que disentir; ni le era posible prestar asentimiento sin­ceramente, ni protestar con fundada esperanza.

            Entretanto, sabía -o tal vez suponía- que los no­vios renovaban a diario sus juramentos de amor. El se­ñor Osmond no se dejaba ver ahora muy a menudo por el Palazzo Crescentini, pero Isabel lo veía todos los días en otra parte, como tenía absoluta libertad de hacer una vez que se había dado publicidad a su compromiso. A tal efecto, había ella alquilado por meses un coche, para no tener que deberle a su tía los medios de proseguir unas re­laciones que desaprobaba, y en tal coche se iba todas las mañanas a las Cascine. Durante las primeras horas del día aquel parque suburbano estaba completamente vacío, y allí reuníanse ambos enamorados, en la parte más tran­quila de su arbolado, paseaban bajo la rumorosa fronda por las anchas avenidas italianas y dejaban que cautivara sus oídos el canto de los ruiseñores.

 

 

34

 

 

            Una mañana, a su vuelta del paseo, como media ho­ra antes del almuerzo, bajó Isabel del coche en el patio del palacio y, en lugar de subir hasta el piso de arriba por la grande y solemne escalera, cruzó el patio y fue derecha al jardín. No era posible imaginar en aquel instante lugar más deleitoso. Flotaba en él la calma imperturbable del mediodía y la templada penumbra, cerrada y quieta, que hacía de los cenadores espaciosas cuevas. Ralph estaba sentado en un claro, al pie de una estatua de Terpsícore, ninfa danzante con crótalos en los dedos y flotantes velos, a la manera de Bernini. El gran abandono del cuerpo de Ralph hizo al punto creer a Isabel que estaba dormido. Sus ligeros pasos sobre la hierba no le habían hecho in­corporarse y, antes de irse de allí, la joven se detuvo un moho para contemplarlo. Abrió él los ojos y enton­ces ella se sentó en una silla rústica que había cerca. Aun­que en su enojo pudiera Isabel acusarle de indiferencia, no dejaba de ver que estaba cociendo en su interior algo que poder decirle. Se había ella explicado aquel aire au­sente por la debilidad cada vez mayor que de él se iba apo­derando y, en parte también, por las preocupaciones que le causaban los bienes heredados de su padre, cuyos ex­céntricos arreglos hacíanse acreedores a las más acerbas cen­suras de la señora Touchett y, como ésta había comunica­do a Isabel, encontraban gran oposición en los otros socios de la casa bancaria. Decía su madre que, en vez de ir a Florencia, debía haber ido a Inglaterra, donde no había estado desde hacía muchos meses. Le dedicaba el mismo interés a los asuntos del banco que el que le habría podi­do dedicar a las cosas de la lejana Patagonia.

            -Siento haberte despertado -dijo Isabel-. Pare­ces algo cansado.

            -No algo, sino mucho. No dormía. Estaba pensan­do en ti.

            -¿Y eso te cansa?

            -Mucho. No conduce a nada. El camino es largo y no llego nunca.

            -¿A dónde quieres llegar? -preguntó ella cerran­do la sombrilla.

            -A expresarme apropiadamente a mí mismo lo que pienso acerca de tu compromiso.

            -No pienses demasiado en eso -le contestó Isabel con dulzura.

            -¿Quieres decir que es asunto que no me concierne?

            -Hasta cierto punto, sí.

            -Ése es precisamente el punto que quiero aclarar. Se me antoja que has debido de encontrarme un tanto grosero por no haberte felicitado.

            -La verdad, lo he echado en falta, y me pregunta­ba por qué permanecías tan callado.

            -Tenía mis razones para ello y voy a exponértelas -dijo Ralph quitándose el sombrero y dejándolo en el suelo. Luego se incorporó y la miró fijamente, se echó hacia atrás protegido por Bernini, apoyó la cabeza en el pedestal de mármol, dejó caer los brazos a ambos lados del sillón y empezó a acariciar con las manos el mimbre. Parecía molesto, azorado, y estuvo dudando largo tiem­po. Isabel no decía nada. Solía compadecer a la gente cuando estaba en un trance apurado, pero no quería ayu­dar a Ralph a proferir una sola palabra y dejó a su elec­ción que se dignara hacerlo cuando le pareciese bien. Fi­nalmente él dijo-: No me he repuesto todavía de mi sorpresa. Tú eras la última persona que creía que se de­jaría atrapar.

            -No sé lo que quieres decir con eso de atrapar.

            -Que te van a meter en una jaula.

            -Si la jaula es de mi gusto, no debes preocuparte por ello.

            -Eso es precisamente lo que me admira; y por eso es por lo que he estado pensando.

            -Pues, si tú has estado pensando, imagínate lo que no habré pensado yo. Y tengo la satisfacción de ver que me sienta admirablemente.

            -Por lo visto, has cambiado enormemente. Hace un año ponías tu libertad por encima de cualquier otra cosa. Sólo querías contemplar la vida.

            -Ya la he visto -contestó Isabel-. Y, la verdad, convengo en que no me parece ahora tan extraordinaria.

            -Ni yo pretendo decir que lo sea. Lo que creía es que tú pensabas formarte una idea de ella y seguir con­templándola desde lo alto.

            -Pero he llegado a convencerme de que no se pue­de tener esa visión tan general. Hay que limitarse a es­coger el rincón que mejor le parezca a cada cual y culti­varlo con cuidado.

            -Eso es justamente lo que yo creo. Cada uno debe escoger el mejor rincón que le sea posible. Durante to­do el invierno, mientras leía tus deliciosas cartas, no me pasó ni por un momento por la imaginación que estu­vieses dedicándote a escoger. No decías nada de ello, tu silencio me engañó y no pude ponerme en guardia.

            -Era un asunto del que no me gustaba hablarte por carta. Además, no sabía nada del porvenir. Eso llegó después. -Calló un instante, pareció reflexionar y lue­go añadió-: ¿Qué habrías hecho si hubieses estado en guardia, como dices?

            -Habría dicho, sencillamente: espera un poco más.

            -¿Esperar qué?

            -Un poco más de claridad, de luz -dijo Ralph con una sonrisa más bien absurda mientras sus manos bus­caban sus bolsillos.

            -¿De dónde tenía que haberme venido esa luz..., de ti?

            -Yo podría haber producido unos pocos destellos.

Isabel se quitó los guantes y los alisó contra su ro­dilla. La suavidad de aquel movimiento exquisito fue puramente usual, pues su expresión no tenía nada de conciliadora.

            -Ralph -dijo-, estás dando palos de ciego. Quieres decir que no te gusta el señor Osmond y no te atreves.

            -«Deseoso de herir y temeroso de asestar el gol­pe.» Que quiero herirle a él, eso sí es cierto..., pero a ti no. Tengo miedo de ti, no de él. Y, si te casas con él, no habrá sido una satisfacción para mí el haber hablado.

            -¿Si me caso con él? ¿Confías en llegar a disuadirme?

            -Supongo que te parecerá una fatuidad por mi parte.

Tras un instante de vacilación, Isabel dijo:

            -No es eso; lo que me parece es sumamente enter­necedor.

            -Es lo mismo. Me pone tan en ridículo que te doy lástima. Isabel alisó nuevamente sus guantes con unos le­ves golpecitos.

            -Ya sé que me tienes un gran cariño -dijo-. No puedo zafarme de ello.

            -Ni lo intentes, por favor. No lo pierdas nunca de vista. Él te convencerá de hasta qué punto deseo tu bien.

            -Ya veo la poca confianza que en mí tienes.

            Hubo un momento de profundo silencio. La copa azul y cóncava del cielo de mediodía parecía estar escu­chando, recogiendo el sonido de sus voces.

            -Confío en ti, pero no en él.

            Isabel alzó la vista y le dirigió una mirada larga y pro­funda.

            -Me alegro de que hayas dicho eso tan claramen­te. Te pesará.

            -Si eres justa, no.

            -Soy justa, muy justa -repuso Isabel-. ¿Qué ma­yor prueba quieres de que lo soy que el no enojarme con­tigo? No sé qué me ocurre, pero el hecho es que no me enojo. Tal vez debería hacerlo, pero estoy segura de que el señor Osmond pensaría de otra manera. El quiere que yo lo sepa todo; por eso me gusta tanto. Yo sé que tú no tienes nada que ganar. Nunca he sido tan buena conti­go, de soltera, como para que quieras que siga siéndolo. Sabes dar muy buenos consejos y lo haces con gran fre­cuencia. Por mi parte, estoy absolutamente tranquila porque he creído siempre en tu buen juicio. -Conti­nuó presumiendo altivamente de su gran tranquilidad y, al mismo tiempo, hablando como con exaltación conte­nida. La exaltaba su apasionado deseo de ser justa, lo cual le llegó a Ralph hasta el mismo corazón y le afectó co­mo si le estuviese acariciando una criatura a la que aca­baba de herir. Le entraron ganas de interrumpir aquella conversación, de tranquilizarla del todo; y, durante unos instantes, sintió su propia inconsistencia hasta el punto de que de buena gana se habría retractado de cuanto aca­baba de decir. Pero ella no le dio oportunidad de hacer­lo; prosiguió, pues se había ya lanzado a ello, y le pare­ció vislumbrar un destello de la heroica línea de acción que le estaba destinada y en cuya dirección le era forzo­so seguir-. Ya sé que tienes una idea y me gustaría mucho conocerla, porque tengo la seguridad de que es completamente desinteresada, me doy perfectamente cuenta de ello. Parece una cosa extraña, por lo demás, para hablar de ella. Por lo pronto, lo primero que debo decirte es que, si crees poder disuadirme, pierdes el tiem­po. No me harás mover ni una sola pulgada de mi sitio; ya es demasiado tarde. Como bien has dicho, estoy atra­pada. Seguramente, para ti no será nada grato acordarte de esto, pero no tendrás más dolor que el de tus pensa­mientos. Yo no te lo echaré en cara jamás.

            -No creo que lo hagas -dijo Ralph-. En cual­quier caso, no es la clase de matrimonio que pensé que fueras a hacer.

            -¿Qué clase de matrimonio esperabas de mí? Dí­melo, por favor.

            -Bueno, no sé qué decirte, porque no tengo una opinión positiva de ello sino puramente negativa. Nun­ca pensé que te decidieras por..., por ese tipo de persona.

            -¿Puede saberse qué tiene de malo el señor Os­mond, si es que hay algo? Lo que yo veo sobre todo en él es su manera de ser tan independiente, tan distinta -dijo firmemente la joven-. ¿Tienes algo en contra suya? Tú mismo confiesas que apenas le conoces.

            -Cierto -dijo Ralph-. Le conozco muy poco y con­fieso que no estoy en posesión de datos ni de hechos que puedan acusarle de villanía. Pero, de todos modos, no pue­do por menos de pensar que vas a correr un gran riesgo.

            -El matrimonio es siempre un gran riesgo, y tanto va a correrlo él como yo.

            -Eso es cosa suya. Si le da miedo, que abandone. ¡Ojalá quisiera Dios que lo hiciese!

            Isabel se reclinó en su sillón y, cruzando los brazos y mirando fijamente a su primo durante un momento, declaró con frialdad:

            -Creo que no te comprendo. No sé de qué estás hablando.

            -Siempre pensé que te casarías con un hombre de más importancia.

            Si hacía un momento ella le había replicado con frial­dad, ahora el rubor le cubrió intensamente el rostro, y exclamó:

            -De más importancia, ¿para quién? Me parece que para quien debe tener importancia un marido es para su mujer.

            Ralph se ruborizó también. Se sentía molesto por la actitud que había adoptado. Trató de hallarle un reme­dio, físico por lo pronto; y se estiró, se inclinó luego ha­cia delante y, apoyando una mano en cada rodilla, clavó los ojos en el suelo, pareciendo meditar hondamente. Al cabo de un instante de reflexión, dijo:

            -Voy a exponerte lo que pienso.

            Parecía agitado, presa de gran ansiedad, pero, ya que había dado comienzo a la discusión del asunto, quería de­cir cuanto pensaba y descargar su conciencia. Al mismo tiempo, quería comportarse lo más amablemente posible.

            Isabel esperó un instante y luego tomó la palabra con majestad:

            -En todo cuanto puede hacerle a una interesarse por la gente, el señor Osmond ocupa enseguida un lu­gar de indiscutible preeminencia. Puede que haya almas más nobles que la suya, pero yo no he tenido hasta aho­ra la dicha de conocer a ninguna. El señor Osmond es el ser más bueno que conozco hasta hoy. Para mí es todo lo bueno, interesante e inteligente que es preciso. Me llama mucho la atención, infinitamente más lo que tie­ne y representa que lo que pueda faltarle.

            -Yo había llegado a hacerme grandes ilusiones so­bre ti -dijo Ralph sin contestar a las últimas palabras de su prima-, a forjarme una encantadora visión de tu por­venir en la que no había nada de este estilo. En mi vi­sión, tú no descendías tan fácilmente ni tan pronto.

            -¿Has dicho descender?

            -Bueno, eso es lo que a mí me parece que te ha su­cedido. Yo te imaginaba volando en lo azul del cielo..., desplegando tus alas a la radiante luz del día, flotando por encima de los hombres. Y de aquí que de pronto al­guien arroja al aire un capullo de rosa marchito..., pro­yectil que jamás debió alcanzarte..., y en el acto caes, pre­cipitándote hacia el suelo. -Se detuvo un instante y prosiguió, armándose de valor-: Te aseguro que me ha dolido, que me ha dolido tanto como si hubiese caído yo mismo.

            Ella le envolvió en una mirada de compasión y asombro.

            -No te comprendo en absoluto. Dices que te entre­tenías forjando proyectos acerca de mi posible carrera fu­tura..., pues no lo entiendo. Procura no entretenerte, no divertirte demasiado con ello, porque no tendré más re­medio que pensar que estás divirtiéndote a mi costa.

            Ralph meneó tristemente la cabeza y replicó:

            -Tengo la seguridad de que en ningún momento has pensado que yo no abrigara grandes ideas respecto a ti.

            -¿Qué has querido decir con esa imagen de volar en el azul y desplegar las alas? Por lo que a mí respecta, jamás me he movido en un plano superior a aquel en el que ahora me estoy moviendo. Para una muchacha no puede haber y no hay nada más elevado que casarse con la persona a quien quiere -concluyó la infeliz Isabel, perdiéndose en el camino de lo didáctico.

            -Mi querida primita, precisamente lo que yo me atrevo a criticar es que hayas llegado a querer a la perso­na de que se trata. Lo que yo quiero decir es que me hu­biese gustado que el hombre elegido por ti fuera más ac­tivo, más amplío, de espíritu más libre. -Dudó un se­gundo y añadió-: No puedo avenirme a la idea de no pensar que Osmond es..., bueno, lo diré..., es poca cosa.

            Pronunció estas dos últimas palabras con escasa se­guridad, temeroso de que ella montase nuevamente en cólera, pero, con gran sorpresa por su parte, permaneció tranquila, aparentando considerar el hecho concienzu­damente.

            -¿Poca cosa? -repitió Isabel, dando a aquellas pa­labras una sonoridad de gran resonancia.

            -Se me antoja que es un hombre estrecho de mi­ras, egoísta..., que se toma muy en serio a sí mismo.

            -Que se tiene un gran respeto a sí mismo, es cier­to; y no seré yo quien le censure por ello. Eso le hace a uno respetar más a los otros.

            Ralph se sintió tranquilizado al oírla expresarse en aquel tono de gran mesura.

            -En efecto-dijo-. Pero todo es relativo. Uno de­be sentirse a sí mismo en relación con las cosas que le ro­dean..., con los demás; y yo no creo que el señor Osmond lo haga.

            -Lo que me interesa a mí es, ante todo, su relación conmigo. Y en eso, no puedo por menos de decir que es excelente.

            -Es la encarnación del gusto-prosiguió Ralph, pen­sando con empeño cómo podría manifestar que Gilbert Osmond era hombre de siniestras cualidades sin ponerse a sí mismo en evidencia por parecer describirle rudamen­te. Quería tratar de describirlo de manera impersonal, cien­tíficamente-. Todo lo reduce a eso: juzga, mide, aprueba o condena en todo y por todo con arreglo al gusto.

            -Pues me parece admirable, toda vez que su gusto es exquisito.

            -Teniendo en cuenta que le ha conducido a esco­gerte por esposa, no hay duda alguna dé qué su gusto es exquisito. Pero ¿por ventura has visto tú a semejan­te buen gusto..., un gusto verdaderamente exquisito..., enojado?

            -Espero tener la suerte de no desagradar jamás al dé mi marido.

            Al oír tales palabras, Ralph sé encendió de pasión incontenida y exclamó:

            -¡Ah! ¡Eso es ya testarudez por parte tuya, cosa in­digna de ti! Tú no has nacido para que sé té mida con ése rasero..., tú has nacido para algo más y mejor qué mon­tar guardia a la puerta dé la sensibilidad de un dilettante estéril.

            Isabel sé levantó como accionada por un resorte, y lo mismo hizo Ralph. Se quedaron mirándose fijamente él uno al otro, como si él hubiera lanzado un desafío o un insulto a la cara dé ella; pero la joven sé contentó con exclamar casi suspirando:

            -¡Té estás propasando!

            -No he hecho más qué decirte lo qué pienso..., y lo he dicho porqué te amo.

Isabel palideció al oírlo. ¿También él figuraba en la lista de enamorados? Le dieron ganas de golpearle, pe­ro sé contuvo.

            -¡Ah! ¡Entonces no hablas desinteresadamente! -exclamó.

            -Yo té amo, pero té amo sin esperanza-replicó Ralph en el acto, sonriendo forzadamente y sintiendo que con aquella declaración había dicho infinitamente más de lo que hubiese querido.

            Isabel se separó un poco y sé quedó con la mirada extraviada en la quietud del jardín iluminado por el sol. Tras un instante, volvió hacia él y dijo:

            -Me temo que tus palabras estén dictadas por la rabia de la desesperación. No lo comprendo, pero no importa. No quiero discutir contigo, me sería imposible hacerlo. Lo único que he hecho ha sido tratar dé escucharte, y te que­dó muy agradecida por haber procurado explicarte.-Puso en sus palabras gran dulzura, como si se hubiera disipado por completo la cólera que al principio sé había apodera­do de ella-. Si verdaderamente estás alarmado reconoz­co qué es una buena obra por tu parte tratar dé prevenir­me, pero no quiero prometerte qué pensaré en lo qué me has dicho; lo qué haré será olvidarlo lo antes posible, y es lo qué debes hacer tú también: procurar olvidar. Tú has cumplido con tu deber y no hay quién pueda hacer más qué eso No me es posible explicarte ahora lo que pienso y lo qué siento, y tampoco lo haría si pudiese.-Se quedó callada un instante y luego prosiguió con una inconse­cuencia qué hizo concebir a Ralph, en su gran ansiedad, la posibilidad dé una concesión por pequeña qué fuese-. No voy a discutir la opinión qué té has formado del señor Os­mond. No puedo tomarla en consideración porqué yo le veo de una manera muy distinta. No es un hombre im­portante..., desde luego, no lo es. Al contrario, es una per­sona a quien la importancia le tiene soberanamente sin cuidado. Si eso es lo qué quieres expresar cuando dices dé él qué es «poca cosa», entonces, de acuerdo, es todo lo «poca cosa» qué te parezca. Yo, en cambio, llamo a eso grandeza..., y no conozco nada de mayor grandeza. No puedo discutir contigo sobré la persona con quién me voy a casar, como ya té he dicho. Ni tampoco tengo él menor interés en defender a Osmond, porqué no es tan débil qué haya menester dé mi defensa. Ya me imagino qué té pa­recerá extraño qué hablé de él con tanta frialdad y tanta calma, como si sé tratase de una persona cualquiera. Pe­ro es qué no hablaría dé él con ninguna otra persona, sólo contigo lo hago, y, después de lo que has dicho, creo que debo contestarte de una vez por todas. Dime, por fa­vor, ¿te gustaría verme en un matrimonio de convenien­cia, como un mercenario..., que me casara, como suele de­cirse, por ambición? Yo tengo una sola ambición: la de ser libre de seguir un impulso noble. Si otras tuve antes, ya son cosa pasada. ¿Te parece mal lo del señor Osmond por­que no es rico? Pues por eso es precisamente por lo que me gusta. Por suerte, yo ahora tengo suficiente dinero y nunca he agradecido tanto como ahora el tenerlo. Hay momentos en que me dan ganas de ir a arrodillarme ante la tumba de tu padre. Tal vez hizo una cosa mejor de lo que creía al proporcionarme los medios para poder casar­me con un hombre pobre... que ha sabido llevar su po­breza con tanta dignidad e indiferencia. El señor Osmond no ha querido trepar nunca, no ha luchado..., no se ha preocupado por conseguir ninguna recompensa munda­na. Si esto merece calificarse de estrechez de miras, de egoísmo, entonces estamos de acuerdo; las palabras no me asustan, ni siquiera me molestan. Lo único que siento es que hayas incurrido precisamente tú en error tan grande. Que otros lo hayan hecho, bueno; pero me sorprende en tu caso. Tú debes conocer a un caballero a simple vista..., sobre todo cuando es un caballero distinguido. El, el se­ñor Osmond, no comete tales errores, porque lo sabe to­do, lo comprende todo y tiene el alma más buena, afable y generosa que pueda existir. Tú te has forjado una idea falsa. Es lástima que así sea, pero no puedo remediarlo porque es cosa tuya y no mía.

            Isabel se quedó un instante en silencio, mirando a su primo con ojos en los que brillaba un sentimiento que estaba en flagrante contradicción con la irreprochable calma de que acababa de hacer gala..., un sentimiento ex­traño, mezcla del enojo que las palabras de él provoca­ran y de su orgullo herido al verse obligada a justificar una elección que para ella sólo encerraba nobleza y pu­reza. Ralph no la interrumpió al verla hacer aquella pau­sa porque comprendió que aún tenía más que decir. La veía altiva, pero sumamente solícita; indiferente y, al mis­mo tiempo, apasionada. De pronto, ella preguntó:

            -¿Con qué clase de persona te hubiese gustado ver­me casada? Hablas de volar por lo alto, pero para casar­se hay que pisar tierra firme. Tenemos sentimientos hu­manos y necesidades, un corazón dentro del pecho, y debemos casarnos con una persona concreta. Tu madre no me ha perdonado todavía que no llegara a entender­me con lord Warburton y se horroriza ante la idea de que me contente con un hombre que no posee ninguna de las condiciones que el otro tenía: ni grandes propie­dades, ni títulos nobiliarios, ni honores, ni casas, ni cam­pos, ni posición, ni fama, ni ninguna otra de las brillan­tes cualidades que se aprecian. Pues precisamente lo que a mí me agrada es la ausencia total de todas esas cosas. El señor Osmond es un hombre muy solo, muy culto y muy honrado..., y no un terrateniente extraordinario.

            Ralph la escuchó con la mayor atención, como si cada una de las cosas por ella dichas mereciesen ser profun­damente consideradas. Pero, en realidad, sólo pensaba a medias en esas cosas y, en cuanto a lo demás, ateníase únicamente a la impresión por él experimentada, la im­presión de la ardiente fe de su prima. A su juicio, ésta se había equivocado, pero tenía fe; estaba decepcionada, pe­ro seguía firme en su empeño. Era admirablemente ca­racterístico en ella, después de haber inventado una ad­mirable teoría sobre Gilbert Osmond, que le amase no por lo que poseía sino precisamente por su pobreza, ele­vada a la categoría de honor. Y Ralph recordó entOn­ces lo que le había dicho a su padre: que quería que le proporcionase a Isabel los recursos para satisfacer los an­helos de su imaginación. Su padre lo hizo, y ella sabía aprovechar todas las ventajas de semejante lujo. El po­bre Ralph se sintió desfallecido y avergonzado. Isabel ha­bía pronunciado las últimas palabras en un tono bajo y solemne, con la solemnidad de la convicción, poniendo punto final a aquella larga discusión y acabando defini­tivamente con ella al apartarse de allí y dirigirse hacia la casa. Ralph echó a andar a su lado; juntos atravesaron el jardín y juntos llegaron al pie de la amplia y suntuosa es­calera. Se detuvo él, e Isabel hizo una breve pausa, mi­rándole con cara de alborozo..., de una gratitud completa y perversa. La oposición de su primo le había dado una idea más clara todavía de la conducta que debía seguir.

            -¿No subes a almorzar? -preguntó.

            -No, no necesito almorzar, no tengo hambre.

            -Pero debes comer, parece que estés viviendo del aire.

            -Es mi mejor alimento, de modo que vuelvo al jar­dín a tomar otro bocado. Te he acompañado hasta aquí solamente para decirte una cosa. El año pasado te dije que, si te veía en algún triste aprieto, entonces yo esta­ría lastimosamente acabado. Pues bien: es lo que siento que me está pasando ahora.

            -¿Crees acaso que estoy en algún grave aprieto?

            -Cuando se está cometiendo un error se está en gra­ve aprieto.

            -Muy bien. No acudiré nunca a ti a quejarme cuan­do me vea en alguno de importancia. -Y comenzó a su­bir la escalera.

            Ralph se quedó abajo, con las manos en los bolsillos, viéndola subir. El fresco del patio de altos muros le hizo estremecer, y retornó al jardín para almorzar unos cuan­tos bocados de sol florentino.

 

 

35

 

 

            Cuando al día siguiente Isabel fue a las Cascine a pa­sear con su prometido, no sintió el menor deseo de co­municarle la escasa aprobación que su matrimonio halla­ba en el Palazzo Crescentini. A decir verdad, no le causaba gran impresión la oposición que discretamente ofrecían su tía y su primo; la moraleja de todo ello era que no te­nían más razón sino que él no les gustaba. Tal desafec­ción no resultaba alarmante para Isabel y apenas si la de­ploraba, ya que para lo único que servía era para poner en evidencia el hecho, desde todo punto de vista altamente ' honroso, de que se casaba porque así le placía. Unos ha­cían cosas por complacer a los demás; otros para su pro­pia y personal satisfacción; pero la de Isabel se fundaba en la conducta admirable de su enamorado. Que Gilbert Osmond estaba enamorado era un hecho irrefutable, como también lo era el que nunca merecía menos que enton­ces la crítica acerba que de él hiciera Ralph Touchett; nun­ca menos que en aquellos días tranquilos y brillantes, con­tados uno tras otro, que precedieron a la realización de sus esperanzas. La impresión más profunda que en el es­píritu de Isabel produjera tal crítica fue que la pasión amo­rosa distanciaba a su víctima de todos, menos del objeto amado. Así, ella se sentía alejada de cuantos hasta enton­ces había conocido: de sus hermanas, que le escribieron para expresarle sus augurios de una felicidad en la que parecían no creer demasiado y manifestarle la sorpresa un tanto vaga de que no hubiese elegido a una persona que contara en su haber con anécdotas más interesantes; de Henrietta, de quien estaba segura que antes o después saldría con sus reproches; de lord Warburton, que aca­baría seguramente por consolarse; de Caspar Goodwood, que tal vez no lo consiguiera; de su tía, que tenía sobre el matrimonio no pocas ideas, todas ellas huecas, y no se tomaba la molestia de disimular su desprecio por el ma­trimonio; y de Ralph, cuya afirmación acerca de las am­biciosas perspectivas que para ella imaginaba era segura­mente una caprichosa manera de ocultar su decepción personal. Ralph parecía no querer que ella se casara por­que se divertía con sus aventuras de mujer soltera; eso y no otra cosa era lo que, en realidad, quería él decir. Su desengaño era lo que le hacía decir todas aquellas cosas desagradables acerca del hombre que ella había elegido, anteponiéndolo incluso a él; e Isabel se enorgullecía al pensar que Ralph se había sentido tremendamente eno­jado. Le resultaba infinitamente más fácil pensar de tal manera sobre ello porque, como ya se ha dicho, en aque­llos días su ánimo no albergaba pensamientos menores y consideraba un accidente, incluso un verdadero orna­mento de su actuación, el hecho de que preferir a Gilbert Osmond como ella le prefería supusiera forzosamente romper los lazos anteriores. Complacíase en paladear el dulzor de tal preferencia y dábase casi con verdadero asom­bro exacta cuenta del carácter malévolo e hiriente de es­tar poseído y embrujado, por mas que tradicionalmente se imputara todos los honores y virtudes a enamorarse. Esa era la parte trágica de la felicidad: que el bien de unos se fraguase con el mal de otros.

            El júbilo del triunfo que, sin duda alguna, debía de inflamar el ánimo de Osmond, desprendía muy poco hu­mo en relación con la brillante llama en que se consu­mía. Su contento no adoptó forma vulgar alguna. En la mayoría de los hombres conscientes, la excitación era una especie de éxtasis de autodominio. Y esta disposi­ción de su ánimo le convertía en un enamorado perfec­to, dándole una visión constante del estado de encanta­miento y dedicación. Como ya hemos dicho, jamás se olvidaba a sí mismo y, de tal suerte, no se olvidaba jamás de ser tierno y agradecido, de adoptar la apariencia -co­sa que no le ofrecía dificultad alguna- de mantener los sentidos siempre alerta y mostrar siempre hondas inten­ciones. Se sentía sobremanera complacido con la joven. Madame Merle le había hecho un regalo de incalculable valor, pues no podía haber dicha comparable a la de vi­vir con un espíritu elevado, perfectamente armonizado con la dulzura. ¿Acaso no seria aquella suavidad toda pa­ra él, y la energía para los otros, que admiraban los aires de superioridad? ¿Qué don podría ser más apreciado en una compañera que el de poseer un espíritu despierto y fantástico que le ahorrase a uno toda clase de repeticio­nes y reflejara los propios pensamientos en una elegan­te y pulida superficie? A Osmond le desagradaba pro­fundamente ver sus pensamientos e ideas reproducidos literalmente, cosa que los hacía aparecer necios e insípi­dos; prefería que adquiriesen frescura en la reproduc­ción, como las «palabras» mediante la magia de la mú­sica. Su egolatría no llegaba hasta el extremo de desear una esposa triste y aburrida. La inteligencia de la dama de sus sueños debía ser como una bandeja de plata cin­celada, no de barro, una magnífica bandeja que él pu­diese llenar a su gusto de frutos maduros y sabrosos, a los que ya se encargaría de dar un valor decorativo a fin de que la conversación se convirtiese para él en una es­pecie de postre del festín. Y halló tal cualidad de plata cincelada en la perfección de Isabel, pues no tenía más que apelar levemente a su imaginación para que aquélla emitiera en el acto la correspondiente sonoridad argen­tina. Aunque nadie se lo dijera, él sabía perfectamente que su unión no gozaba de gran favor entre los parien­tes de la joven, pero la había tratado siempre como a una persona tan por completo independiente de ellos que no le parecía del menor interés manifestar su contrariedad por la actitud de su familia. No obstante, una mañana hi­zo una súbita alusión a ello.

            -Lo que les molesta es la diferencia de nuestras for­tunas, porque se imaginan que de lo que estoy enamo­rado es de tu dinero -dijo.

            -¿Te refieres a mí tía y a mi primo? -preguntó Isa­bel-. ¿Cómo sabes lo que piensan?

            -¿No me has dicho tú misma el placer que les cau­só cuando el otro día escribí a la señora Touchett, no con­testar a mi carta? Si les hubiera agradado, habrían dado alguna muestra de ello, y el hecho de que yo sea pobre y tú rica es la explicación más razonable de la reserva que me muestran. Desde luego, todo hombre pobre que se casa con una mujer rica debe estar preparado para espe­rar semejantes imputaciones. Por fortuna, a mí me tie­nen sin cuidado. Lo único que me interesa es que tú no tengas ni la menor sombra de duda. A mí no me impor­ta nada lo que puedan pensar individuos a quienes nada pregunto-, ni siquiera me siento capaz de desear sa­berlo. Jamás me he tomado tantas molestias, Dios me lo perdone; entonces, ¿por qué habría de comenzar ahora que pretendo recompensarme a mí mismo por todo? De­cir que deploro el que seas rica sería faltar a la verdad; estoy encantado de que lo seas, porque me encanta todo cuanto contigo se relaciona, lo mismo la fortuna que la virtud. El dinero es una cosa horrenda cuando uno an­da tras él y una cosa encantadora cuando se lo encuen­tra. Me parece que yo tengo más que de sobra probado lo poco que me desazona. No me he preocupado en to­da mi vida de ganar un solo penique, por lo que soy me­nos susceptible de tal sospecha que la mayoría de la gente que se pasa la vida escarbando donde hay y apo­derándose de lo que encuentra. Me imagino que es cosa de la familia eso de abrigar semejante sospecha, y en el fondo me parece natural que lo hagan. Algún día me apre­ciarán más, y también tú. Mientras tanto, no tengo por qué hacerme mala sangre;. debo limitarme a sentirme agradecido a la vida y al amor.

            En otra ocasión Gilbert Osmond le dijo:

            -El amarte me ha hecho mucho más bueno; me ha hecho más sensato y afable, e incluso, no cabe negarlo, más brillante y más fuerte. Antes quería muchas cosas y me disgustaba no poseerlas. Me sentía satisfecho en teo­ría y, creo habértelo dicho al principio, me enorgullecía de haber sabido limitar mis necesidades. Pero también es verdad que solía ser víctima de accesos de cólera; so­lían darme ataques morbosos, estériles y denigrantes de hambre, de deseo. Ahora me siento totalmente satisfe­cho porque no me es posible concebir nada mejor. Es co­mo cuando uno trata de leer a la débil luz del crepúscu­lo y, de pronto, se encienden las luces. Hasta ahora yo había estado tratando de ver en el libro de la vida sin ha­llar en él nada que recompensase mis esfuerzos, pero aho­ra puedo leerlo con la máxima facilidad... y veo que se trata de una historia maravillosa. Amor mío, no sé cómo decirte que la vida se ofrece ahora ante nosotros como una interminable tarde de estío, una de estas tardes de Italia, con esa especie de flotante neblina dorada y las sombras que comienzan a invadirlo todo con la divina delicadeza del aire y del paisaje que tanto he amado toda mi vida, y que ahora tú comienzas a amar igualmente. Mi palabra de honor, no veo por qué razón no habríamos de gustar de todas estas delicias juntos. Tenemos lo que queremos, además de tenernos el uno al otro. Tenemos la capaci­dad de saber admirar, amén de muchas otras impor­tantes convicciones. No somos tontos, ni mezquinos, ni estamos sujetos por lazos de ninguna especie a la igno­rancia o al miedo. Tú eres admirablemente fresca y yo soy admirablemente maduro. Para que nos solace, tene­mos a mi hijita, a la que trataremos de hacerle un hueco en la vida. Todo es dulce y suave..., y tiene el color de las cosas de Italia.

            Ni que decir tiene que hicieron juntos muchos pla­nes, pero se dejaron también un amplio margen. Desde luego, era cosa convenida que, de momento, vivirían en Italia. Allí se habían conocido, Italia les había propor­cionado las primeras sensaciones comunes e Italia debe­ría, por tanto, proporcionarles la mejor parte de su feli­cidad. Osmond sentía el apego a las cosas de antaño conocidas, y ella el estímulo de las nuevas, que parecía asegurarle el porvenir con un alto grado de conocimiento y disfrute de lo bello. Su deseo por la expansión sin lí­mite y sin fin había dejado paso en el ánimo de la joven a la sensación de que la vida resultaba completamente vacía sin alguna obligación de carácter privado que pu­diera reunir todas las energía en un punto dado y en un determinado momento. Le había dicho a Ralph que había «visto la vida» en uno o dos años y que ya estaba cansada, no tanto de vivir como de observar. ¿Qué que­daba, pues, de todos aquellos ardores, aspiraciones y teo­rías, de su alta estimación de la independencia y sus in­cipientes convicciones de que nunca llegaría a casarse? Todos estos movimientos del espíritu habían sido total­mente absorbidos por una necesidad más primitiva: la necesidad de responder a lo que desvanecía muchas pre­guntas al satisfacer numerosos deseos. Era algo que sim­plificaba de golpe todas las situaciones, que descendía de lo alto como la luz de las estrellas y que no requería ex­plicación alguna. Ya había más que sobrada explicación en el hecho real de que él estuviese enamorado de Isabel y de que ella estuviera en condiciones de serle útil. Ella podía rendírsele con una sensación de humildad, podía casarse con él con una sensación de verdadero orgullo, con lo cual no sólo daba sino que también recibía.

            Dos o tres veces llevó él consigo a las Cascine a Pansy, que, si bien un poco más alta que el año anterior, aún no había madurado mucho. Su padre manifestaba la con­vicción de que seguía siendo tan niña como antes. La lle­vaba todavía de la mano y le decía que fuera a jugar mien­tras él se sentaba con la linda joven. Llevaba Pansy un traje corto y un abrigo largo, y el sombrero parecía que­darle siempre demasiado grande. Le producía un gran placer caminar de prisa, con pasos cortos y rápidos, has­ta el final de la avenida y regresar de la misma manera, sonriendo alegremente como pidiendo aprobación por su hazaña. Isabel aprobaba con largueza, y aquella lar­gueza y aquella magnanimidad surtían el efecto que la naturaleza afectiva de la muchacha precisaba. Se esme­raba en todas las indicaciones que le hacía, como si fue­ran muy importantes para ella misma. En realidad, Pansy formaba ya parte del servicio que la joven disponíase a ofrecer, de la responsabilidad que se preparaba para asu­mir. Su padre atribuía a su manera infantil de ser el hecho de no haberle explicado todavía la relación que mante­nía con la elegante señorita Archer.

            -No sabe todavía y no adivina -le dijo a Isabel-. Le parece perfectamente natural que tú y yo vengamos aquí tranquilamente a conversar y pasear como simples buenos amigos. Se me antoja que en eso hay algo encantadoramente inocente, y así es como yo deseo que sea. Por tanto, no tengo razón para considerarme un fracasa­do, como antes solía considerarme a mí mismo. No lo soy, porque voy a casarme con la mujer que adoro y he criado a mí hija a la antigua usanza, como era mi deseo.

            Era un admirador, en todos los sentidos, de la anti­gua usanza, cosa que había impresionado a Isabel como una de sus notas características más finas, tranquilas y sinceras.

            -Me parece que hasta que se lo digas no podrás es­tar seguro de si has fracasado o no -repuso ella-. De­bes ver cuál es su reacción ante la noticia, cuando se la des. Tal vez se horrorice..., tal vez sienta celos.

            -No tengo el menor temor de ello; por lo que a eso respecta, te quiere ya demasiado. Me parece que la de­jaré todavía un poco más de tiempo en ayunas a ver si a ella misma se le ocurre que, si no estamos comprometi­dos, deberíamos estarlo.

            Isabel quedó grandemente impresionada por la vi­sión artística, casi plástica que, al parecer, tenía Osmond de la inocencia de Pansy; su propia apreciación era más ardientemente moral. Así, pocos días después quedó su­mamente complacida cuando él le comunicó que ya se lo había dicho a su hija, cuya respuesta fue: «¡Oh! En­tonces voy a tener una hermana muy guapa». Y, contra lo que él esperaba, no se había sorprendido ni alarmado, y tampoco se había echado a llorar.

            -A lo mejor ya lo había adivinado -dijo Isabel.

            -No digas eso; me habría disgustado mucho que así fuera. Lo que yo esperaba es que le hubiera chocado un poco, pero se ve que prima sobre todo su urbanidad. Eso es precisamente lo que yo deseaba. Ya lo verás tú misma. Mañana te felicitará personalmente.

            El encuentro tuvo lugar al día siguiente en casa de la condesa Gemini, adonde la llevó su padre, conocedor de que Isabel iría a devolver la visita que aquélla le hi­ciera al saber que iban a ser cuñadas. Al presentarse en casa de la señora Touchett, la visitante no había encon­trado a Isabel. Pero, cuando la joven llegó a la casa de la condesa y entró en el salón, Pansy acudió a su encuen­tro para decirle que su tía saldría enseguida a recibirla. La muchacha estaba pasando el día en casa de la conde­sa, quien opinaba que la jovencita estaba ya en edad de empezar a aprender cómo comportarse en sociedad. Isa­bel era de la opinión de que era la sobrina quien podía dar lecciones de buena educación a su tía, y la confirmó en tal creencia la conversación que ambas sostuvieron mientras esperaban que apareciese la condesa. La deci­sión adoptada por su padre el año anterior había sido fi­nalmente enviarla de nuevo al convento para que reci­biera los últimos toques en su educación, y la madre Catherina se había encargado de poner en práctica su teoría de que era preciso preparar a la muchachita para la vida del gran mundo.

            -Papá me ha dicho que usted se ha dignado acce­der a casarse con él -dijo, pues, la discípula de la efi­ciente monja-. Es maravilloso. Creo que es muy apro­piada para él.

            -¿Crees que también seré apropiada para ti?

            -Para mí será perfecta; pero lo que quiero decir es que usted y papá hacen una pareja magnífica. Los dos son personas tranquilas y serias. Usted no es tan tran­quila como él..., ni como madame Merle, pero es más tranquila que muchas otras personas. A él no le conviene una esposa como mi tía, por ejemplo, que está a todas ho­ras agitándose, moviéndose, hoy sobre todo; ya lo verá cuando venga. En el convento nos decían que no está bien eso de criticar a las personas mayores, pero no creo que tenga nada de malo si las juzgamos favorablemente. Es­toy segura de que usted será una compañera deliciosa pa­ra papá.

            -Espero que también para ti -dijo Isabel.

            -He hablado primero de él a propósito. Ya le he di­cho lo que pienso de usted; desde el primer día me gus­tó muchísimo. La admiro tanto que me parece una gran suerte poder tenerla siempre delante. Usted será mi mo­delo. Trataré de imitarla, aunque me temo que no ten­dré bastante habilidad para ello. Me alegro mucho por papá; necesitaba a alguien además de mí. Sin usted, no sé cómo se las habría arreglado. Usted será mi madras­tra, pero no emplearemos esa palabra porque, según to­dos, las madrastras suelen ser crueles y no creo que us­ted lo sea nunca hasta el extremo de pellizcarme ni de empujarme. No tengo miedo de nada de eso con usted.

            -Querida Pansy, yo seré siempre buena contigo -dijo Isabel, y en ese momento tuvo como una visión inconsecuente y vaga de que la muchachita se aproxi­maba a ella de extraña manera, como necesitando su protección, y ello le produjo un leve escalofrío.

            -Bueno, entonces no tengo nada que temer -re­plicó Pansy con notable presteza, como quien lo dice co­mo una lección aprendida... o por temor de un severo castigo en caso de no cumplir bien su cometido.

            La descripción que de su tía hiciera no pecaba de ine­xacta, pues la condesa estaba más lejos que nunca de ha­ber plegado las alas. Se presentó la condesa en el salón agi­tando el aire como un verdadero remolino y besó a Isabel

primero en la frente y luego en cada una de las mejillas,

por lo visto, con arreglo a un antiguo rito de ella conocido.

A continuación condujo a la visitante al sofá y, observán­dola con rápidos movimientos de cabeza, empezó a hablar mucho y muy versátilmente, como si, sentada ante el ca­ballete, paleta y pinceles en mano, diera rápidas pincela­das a algunas figuras previamente dibujadas.

            -Si espera usted que la felicite, tiene que perdo­narme que no lo haga. Ya me figuro que le importará un comino que me abstenga; debo suponer que a usted, sien­do tan inteligente como es, no le preocupan las cosas corrientes. Pero yo me guardo mucho de decir embustes. Jamás los digo, a no ser que con ello gane algo. Y no veo qué podría ganar en su caso, entre otras cosas porque no me creería. No hago declaraciones, del mismo modo que no hago pantallas fruncidas ni flores de papel; no sé có­mo se hacen. Mis pantallas se quemarían enseguida y mis rosas y mis embustes resultarían demasiado grandes. Por lo que a mí respecta, estoy contentísima de que se case usted con Osmond, pero no puedo decir lo mismo por lo que respecta a usted. Usted es una mujer brillante... ya sabe que así se expresan todos cuando hablan de us­ted; es una rica heredera, muy bien parecida y original, sin nada que la haga parecer banal; de suerte que es una gran cosa tenerla en la familia. Nosotros somos de muy buena familia, supongo que Osmond se lo habrá dicho ya. Mi madre era una mujer muy distinguida; la llama­ban la Corina americana. Pero ahora estamos en una de­cadencia tremenda y puede que usted nos devuelva nues­tro rango. Tengo gran confianza en usted y muchas cosas importantes de que hablarle. Nunca felicito a ninguna muchacha por el hecho de casarse; pienso que habría que hacer algo para que el matrimonio no fuese una trampa de acero. Quizá Pansy no debería escuchar estas cosas. Pero para eso viene a verme, para ir adquiriendo el to­no de la buena sociedad. No le perjudicará ir aprendiendo los males que pueden esperarla. La primera vez que me di cuenta de que mi hermano tenía ciertas ideas acerca de usted, estuve tentada de escribirle para recomendar­ le que no le hiciese ningún caso. Pero luego pensé que eso sería obrar deslealmente, y yo detesto todo lo que sea obrar de tal modo. Además, como ya le he dicho, por mi parte estaba verdaderamente encantada... y, después de todo, soy una egoísta. Estoy segura de que usted no sen­tirá el menor respeto hacia mí y de que no llegaremos a ser íntimas jamás. A mí me gustaría, pero a usted no. Sin embargo, día llegará en que seremos mucho mejores ami­gas de lo que usted habría creído en un principio. Mi ma­rido irá a verles, aunque, como tal vez ya sepa, no está en muy buenos términos con Osmond. Se pirra por ver mu­jeres bonitas, pero en ese aspecto usted no me da ningún miedo. En primer lugar, porque me tiene sin cuidado lo que él haga; y en segundo lugar, porque a usted no le in­teresará lo más mínimo. Jamás será persona para usted; por su parte, y a pesar de lo idiota que es, se convencerá enseguida de que tampoco usted es para él. Algún día, si tiene el valor de resistirlo, le contaré todo lo referente a él. ¿No le parece que mi sobrina debería salir del salón? Pansy, ve y practica un poco en mi boudoir.

            -Deje que se quede, por favor -dijo Isabel-. Pre­fiero no oír yo tampoco nada que ella no pueda oír.

 

 

36

 

 

            Una tarde de otoño del año 1876, a eso del anoche­cer, tiraba de la campanilla de un departamento del tercer piso de una casa de Roma un joven de agradable presen­cia. Cuando le abrieron la puerta, preguntó por madame Merle; y, en el acto, la criada, una limpia y sencilla mujer con cara de francesa y modales de doncella de una gran dama, le introdujo en un diminuto salón, pidién­dole que tuviera a bien darle su nombre.

            -Edward Rosier -dijo el joven, y se sentó en es­pera de que la señora de la casa saliese a recibirlo.

            Acaso no haya olvidado el lector que el señor Rosier era uno de los elementos decorativos del círculo nortea­mericano de París en aquel entonces, pero cabe recordar que a veces durante un tiempo desaparecía de ese hori­zonte. Había pasado muchos inviernos en Pau y, como era hombre de inveteradas costumbres, podría haber repeti­do durante años y años su visita invernal a ese lugar en­cantador. Sin embargo, en el verano de 1876 le ocurrió un incidente que determinó un cambio radical, no sólo en sus ideas sino también en sus costumbres de siempre. Pasó un mes en la Alta Engadina, y en Saint Moritz trabó co­nocimiento con una joven encantadora. De inmediato, comenzó a dedicarle una asidua atención, pues le parecía exactamente aquel ángel del hogar que llevaba tanto tiem­po buscando. El señor Rosier no se precipitaba jamás, era en todo de lo más discreto, por lo que de momento se abs­tuvo de declarar su pasión; pero sintió, cuando se despi­dieron -ella para ir a Italia y él a Ginebra, donde se ha­bía comprometido a reunirse con algunos amigos...- que sería terriblemente desgraciado si no la volvía a ver.

            La manera más sencilla de verla sería ir a Roma en otoño, donde la señorita Osmond residía con su familia. Así pues, el señor Rosier emprendió su peregrinación a la capital italiana, donde llegó en el mes de noviembre. Era en sí una empresa agradable, pero al joven se le antojó que en­trañaba un elemento de heroísmo. Podía exponerse, sin estar habituado a ello, al aire malsano de Roma que, so­bre todo en el mes de noviembre, representaba una ame­naza. Pero la fortuna favorece al valiente, y nuestro aven­turero, que ingería tres granos de quinina diarios, al cabo de un mes no tenía motivos para deplorar su temeridad.

Hasta cierto punto había hecho buen uso de su tiempo tratando en vano de hallar algún defecto en la composi­ción de Pansy Osmond. La muchacha tenía un acabado perfecto; le habían dado hasta el último toque; era una consumada pieza de arte. El señor Rosier se sumía en amo­rosas meditaciones, pensando en ella como en una pastorcilla de porcelana de Dresde. En verdad que la señori­ta Osmond, con su esplendor juvenil, tenía algo de rococó que el joven Rosier, cuyos gustos se inclinaban hacía este género, no podía por menos de apreciar. Fácil era supo­ner que estimaba las obras de épocas comparativamente frívolas al ver la atención que concedió al salón de madame Merle, que, si bien adornado con muestras de varios estilos, era especialmente rico en artículos de los dos últi­mos siglos. De inmediato se colocó una lente en un ojo y miró a su alrededor murmurando: «¡Por Júpiter, madame Merle tiene cosas verdaderamente admirables!». El salón era pequeño y estaba lleno de muebles, producien­do al visitante la impresión de que las sedas descoloridas y las estatuillas de varios estilos podrían tambalearse si uno se movía. Por lo cual, el señor Rosier avanzó con gran cuidado entre todos aquellos objetos, inclinándose sobre las meses cubiertas de chucherías y los cojines con bor­dados de escudos principescos. Al entrar en el salón madame Merle le encontró ante la chimenea, con la nariz casi pegada a un chal de encaje adherido al damasco que cubría la repisa, y que él había levantado con delicadeza, como para olerlo.

            -Encaje antiguo de Venecia -dijo ella al verle-; es bastante bueno.

            -Demasiado bueno para darle este destino; debe­ría usted llevarlo puesto.

            -Pues, según me han dicho, usted tiene en París al­gunos mejores y en la misma situación que éste.

            -Es que yo no puedo ponérmelos -dijo sonrien­do el visitante.

            -No veo por qué. Tengo encajes todavía mejores que éste para vestir.

            Los ojos del señor Rosier recorrieron complacidos la habitación.

            -Tiene algunas cosas magníficas -comentó.

            -Sí, pero las detesto.

            -¿Es que quiere deshacerse de ellas? -preguntó rápidamente el joven.

            -No. Es conveniente tener algo que odiar; así se desahoga una.

            -Pues yo, en cambio, adoro mis cosas -dijo el se­ñor Rosier, ya sentado y ruborizándose al hacer tal con­fesión-. Pero no he venido a verla a usted para hablar­le de ellas, ni de las suyas. -Hizo una breve pausa y luego

prosiguió más suavemente-: Me interesa mucho más la

señorita Osmond que todos los bibelots de Europa.

            Madame Merle abrió de par en par los ojos y pre­guntó:

            -¿Y para decirme eso ha venido usted a verme?

            -Para pedirle consejo.

            Ella lo miró complacida, se acarició la barbilla con su mano ancha y blanca y contestó:

            -Hombre enamorado no pide consejo.

            -¿Por qué no, si se halla en situación difícil? Ese suele ser el caso del hombre enamorado. Yo he estado enamorado ya otras veces y lo sé, Pero, la verdad, nun­ca lo he estado tanto como ahora. Me interesa sobre to­do la opinión que le merece mi propósito. Mucho me te­mo que para el señor Osmond yo no soy... bueno, no soy una pieza de coleccionista.

            -¿Y quiere usted que yo interceda? -preguntó madame Merle cruzando los hermosos brazos y levantando la comisura izquierda de su bonita boca.

            -Le quedaría eternamente agradecido si pudiera us­ted decir algo en favor mío. Sería inútil molestar a la se­ñorita Osmond hasta tener buenas razones para creer que su padre va a aceptarme.

            -Es usted muy considerado y eso dice no poco en su favor. Pero supone usted un tanto a la ligera que yo sí le tengo por un buen partido.

            -Usted siempre me ha tratado bien. Por eso he ve­nido a verla -respondió el joven.

            -Yo siempre trato bien a la gente que tiene buenos objetos Luis XIV; hoy son verdaderamente raros y no se sabe lo que pueden valer -dijo madame Merle subra­yando la broma con un gesto todavía más pronunciado de la comisura de la boca.

            A pesar de lo cual, él mantuvo su actitud aprensiva y tenaz.

            -¡Ah! Yo creía que usted me apreciaba por mí mismo.

            -Yo le aprecio mucho. Pero, por favor, no anali­cemos. Disculpe si le parezco paternalista, pero es por­que le creo un perfecto caballero. De todos modos, de­bo decirle que la boda de Pansy Osmond no depende de mí.

            -No he pensado tal cosa, pero me pareció que us­ted era íntima de su familia y pensé que podría tener al­guna influencia. Madame Merle reflexionó.

            -¿Qué entiende usted por su familia?

            -¿Quién ha de ser? Su padre y su... ¿cómo dicen us­tedes en inglés... su belle-mére?

            -Su padre, el señor Osmond, ciertamente lo es, pe­ro su mujer no puede decirse que sea miembro de la fa­milia de la muchacha. La señora Osmond no tiene nada que ver con la boda de Pansy.

            -Lo lamento -dijo Rosier con un hondo suspiro de buena fe-. Creí que la señora Osmond me favorecería.

            -Es muy probable... si el padre se opusiera.

            -¿Es que le lleva la contraria? -preguntó él enar­cando las cejas.

            -En todo y por todo. Piensan de un modo muy distinto.

            -Lo siento de veras -contestó el señor Rosier-, aunque es cosa que no me incumbe. Lo cierto es que ella quiere mucho a Pansy.

            -Sí, la quiere mucho.

            -También Pansy a ella. La misma Pansy me ha di­cho que la quiere tanto como si fuese su verdadera madre.

            -Ya veo que, después de todo, ha tenido alguna con­versación íntima con la pobre niña. ¿Le ha declarado us­ted sus sentimientos?

            -Jamás -contestó Rosier levantando su mano fi­namente enguantada-. Ni lo haré hasta que conozca los de sus padres.

            -¿Siempre espera a saber eso? Se ve que tiene muy buenos principios y que observa las conveniencias.

            -Me parece que se está usted burlando de mí -di­jo el joven recostándose en el sillón y acariciándose el bi­gotito-. No esperaba semejante cosa de usted, madame Merle.

            Movió ella lentamente la cabeza, como persona que veía las cosas muy claras.

            -Es usted injusto conmigo. Creo que su conducta acredita su buen gusto y es la mejor que podría adoptar. Ésta es mi opinión.

            -Yo no querría turbar a Pansy por el simple placer de turbarla. La quiero demasiado para eso -dijo Ned Rosier.

            -En el fondo, me alegro de que me lo haya dicho -prosiguió madame Merle-. Déjelo un poco de mi cuenta. Creo que podré ayudarle.

            Su visitante exclamó con incontenible júbilo:

            -¡Ya sabía yo que usted era la persona a quien ha­bía que acudir!

            A lo que madame Merle contestó algo secamente:

            -Es usted muy agudo. Si le digo que puedo ayu­darle es partiendo de la base de que su causa lo merez­ca. Examinemos si es así.

            -Ya sabe usted que soy una persona formal -dijo Rosier con seriedad-. No diré que no tenga defectos, pero sí que no tengo vicios.

            -Todo eso es puramente negativo, y, además, de­pende de lo que la gente considere como vicios. ¿Cuál es su lado positivo? ¿Cuál el virtuoso? ¿Qué posee usted además de sus encajes españoles y sus tazas de porcela­na de Sajonia?

            -Tengo una fortunita desahogada... unos cuarenta mil francos de renta anuales. Y dado mi talento para la administración, podemos vivir espléndidamente con esos ingresos.

            -Espléndidamente no, pasablemente sí. Y eso de­penderá de dónde vivan.

            -En París, desde luego. Me establecería en París.

            Madame Merle levantó la comisura izquierda de la boca.

            -No sería muy famoso el asunto; tendrían ustedes que usar las tazas de Sajonia y acabarían por romperse.

            -No queremos ser famosos. Bastaría con que la señorita Osmond lo tuviera todo bonito. Cuando se es tan hermosa como ella se puede hasta usar... ¿cómo de­cirlo?... en fin, hasta faience barata. No debería vestir más que muselinas, y sin adornos -dijo Rosier refle­xivamente.

            -¿Ni los adornos le permitiría usted? Pues le que­daría agradecida por semejante teoría.

            -Es la correcta, se lo aseguro, y no dudo de que ella también la aceptará, porque lo comprende todo. Por eso la quiero.

            -Es una muchachita muy buena, muy ordenada y agraciada. Pero, por lo que sé, su padre no puede darle nada.

            -Ni yo deseo que lo haga -afirmó Rosier sin in­mutarse-. Pero me permito señalarle que vive como un hombre muy acaudalado.

            -El dinero es de su mujer, que aportó una gran fortuna.

            -Entonces, como la señora Osmond quiere mucho a su hijastra, podrá hacer algo por ella.

            -¡Para ser un zagal enamorado, no se le escapa na­da! -exclamó madame Merle echándose a reír.

            -Yo estimo mucho una dote. Puedo pasarme sin ella, pero la estimo.

            -Es muy probable que la señora Osmond trate de conservar su dinero para sus propios hijos -observó madame Merle.

            -¿Para sus hijos? ¡Si no los tiene!

            -Pero puede tenerlos. Ya tuvo un hijito hace dos años, y el pobrecillo murió a los seis meses de, nacer. Pue­den venir otros más.

            -Si han de hacerla feliz, ojalá los tenga. Lo merece porque es una mujer espléndida.

            Madame Merle tardó un poco en contestar.

            -¡Ah! De ella hay mucho que decir. Todo lo es­pléndida que usted quiera. Pero aún no hemos esta­blecido que sea usted un buen partido. La ausencia de vicios no suele ser una fuente de ingresos.

            -Perdone, yo creo que puede serlo -dijo Rosier con harta lucidez.

            -Formarán ustedes una pareja deliciosa, viviendo de su inocencia.

            -Creo que usted me subestima.

            -¿Acaso no es tan inocente como todo eso? ¿De ve­ras no lo es? -dijo madame Merle-. Por supuesto, cua­renta mil francos al año y un buen carácter son una com­binación digna de tomarse en cuenta. No diré que irresistible, pero podría haber ofertas peores. De todas suertes, es muy posible que el señor Osmond crea que puede conseguir algo mejor.

            -Tal vez pueda. Pero ¿y su hija? ¿Qué puede ella

hacer mejor que casarse con el hombre a quien ama? Por­que sepa usted que me ama -dijo Rosier con orgullo.

            -Cierto, le ama... lo sé perfectamente.

            -¡Ah! -exclamó el joven-. Ya decía yo que era us­ted la persona a quien debía acudir.

            -Pero lo que no comprendo -dijo madame Mer­le- es cómo lo sabe usted si no se lo ha preguntado.

            -En un caso así no hacen falta preguntas ni res­puestas; como usted dice, somos una pareja inocente. ¿Cómo lo sabía usted?

            -¿Yo que no soy inocente? Pues, siendo astuta. Dé­jelo de mi cuenta. Ya lo averiguaré por usted.

            Rosier se levantó y, alisando el sombrero, dijo:

            -Lo dice con cierta frialdad. No se trata sólo de saber cómo está el asunto, sino de hacer que sea como debe ser.

            -Haré cuanto me sea posible. Trataré de sacar ven­taja de los méritos de usted.

            -Se lo agradezco en el alma. Mientras tanto, yo le diré algo a la señora Osmond.

            -Gardez-vous-en-bien -dijo madame Merle po­niéndose en pie-. Si la mezcla usted en el asunto, lo echará todo a perder.

            Rosier se quedó contemplando el interior de su som­brero, preguntándose si su anfitriona sería de veras la persona a quien acudir.

            -La verdad, no la comprendo a usted. Soy un anti­guo amigo de la señora Osmond y creo que se alegraría de que yo tuviera éxito.

            -Puede ser todo lo antiguo amigo que quiera. Cuan­tos más antiguos amigos tenga, mejor para ella, pues no se lleva muy bien con los nuevos. Pero por ahora no le haga romper lanzas por usted. Su marido puede tener un punto de vista distinto, y, como la quiero bien, le acon­sejo a usted que no multiplique los motivos de fricción entre los dos.

            El pobre Rosier pareció alarmarse mucho; aspirar a la mano de Pansy Osmond era asunto todavía más com­plicado de lo que había previsto su gusto por las tran­sacciones correctas. Pero el extremado buen sentido que poseía oculto bajo una apariencia de cuidadosa elegan­cia vino en su ayuda.

            -No veo por qué tengo que preocuparme tanto del señor Osmond -exclamó.

            -Si no de él, de ella sí. Dice usted ser un antiguo amigo. ¿Querría hacerla sufrir?

            -¡Por nada del mundo!

            -Entonces, ándese con mucho tiento y deje las co­sas como están hasta que yo haya sondeado...

            -¡Dejar las cosas como están! Pero, querida mada­me Merle, no olvide que estoy enamorado.

            -¡Ah, vaya! ¡No se irá usted a morir por eso! ¿Para qué ha acudido a mí, si no es para hacer caso de lo que

yo le diga?

            -Es usted muy amable; me portaré muy bien -pro­metió el joven-. Pero me temo que el señor Osmond es un hombre bastante duro -añadió a medía voz mien­tras se dirigía hacia la puerta.

            Madame Merle soltó una pequeña carcajada y dijo:     -Ya es cosa sabida, pero tampoco su mujer es fácil de manejar.

            -¡Ah, es una mujer espléndida! -comentó Ned a modo de despedida.

            Decidió que su conducta fuese digna de un preten­diente como él, que hasta la fecha había sido un modelo de discreción. Sin embargo, en las promesas que hiciera a madame Merle no le pareció ver nada que le desauto­rizara a mantenerse en buen ánimo haciendo una visita ocasional a la señorita Osmond. No dejaba de pensar en las advertencias de su consejera y le daba vueltas a aquel tono bastante circunspecto. Como solía decirse en Pa­rís, había acudido a ella de confiance, pero tal vez hubie­se obrado con precipitación. Le costaba trabajo tildarse de temerario, pues raras veces se había expuesto a tal re­proche. Sin embargo, lo cierto era que sólo hacía un mes que conocía a madame Merle y que el mero hecho de considerarla una mujer encantadora no le daba motivo para creer que había de estar deseosa de arrojar a Pansy en sus brazos, por muy dispuestos que estuvieran estos miembros a recibirla. Por otra parte, madame Merle se había mostrado afable con él y parecía gozar de toda la estimación de los parientes de la joven, en relación con los cuales producía un efecto notable (Rosier se había preguntado más de una vez cómo lo conseguía) de inti­midad exenta de familiaridades. Pero posiblemente hu­biera él exagerado esas ventajas. A decir verdad, no veía razón alguna para que madame Merle tuviese que mo­lestarse por él. Una mujer encantadora lo era general­mente con todo el mundo, por lo que Rosier se sentía un poco tonto al pensar que se había dirigido a ella con­vencido de que lo había distinguido con su afabilidad. Era posible -aunque parecía haberlo dicho en broma­ que ella no pensara más que en los bibelots que él poseía. ¿Acaso se le había ocurrido que él podría regalarle dos o tres de las joyas de su colección? Si ella le ayudaba a ca­sarse con la señorita Osmond, él estaba dispuesto a re­galarle el museo entero. Naturalmente, no le diría tal co­sa, porque parecería un soborno demasiado grosero, pero le gustaría que ella lo creyera.

            Con esos pensamientos, se dirigió de nuevo a casa de la señora Osmond en una de las tardes en que ella «re­cibía» -los jueves de cada semana-, cuando no cabía atribuir a su visita otro objetivo que el de cumplir con un deber de cortesía. El objeto del afecto mesurado del señor Rosier moraba en una de las casas altas del centro de Roma, un edificio oscuro y macizo que daba a una so­leada plazuela cerca del Palazzo Farnesio. También vivía en un palacio la pequeña Pansy... un palacio para los cá­nones de Roma, pero una mazmorra para el espíritu aprensivo del pobre Rosier. Le parecía de mal agüero que la joven con quien quería casarse y a cuyo hosco padre dudaba mucho poder conquistar estuviese encerrada en una especie de fortaleza doméstica, un edificio que os­tentaba un antiguo y austero nombre romano, que olía a hechos históricos, a crímenes, tretas y violencias; que figuraba en la guía Murray y era visitado por los turistas que, después de echarle una ojeada, parecían decepcio­nados y deprimidos; que poseía frescos del Caravaggio en el piano nobile y una hilera de estatuas mutiladas y pol­vorientas hornacinas en la amplia loggia de nobles arcos que daba al húmedo y fresco patio, donde una fuente ma­naba de un nicho musgoso. En un estado de ánimo más tranquilo habría apreciado en su justa medida el palacio Roccanera; habría podido comprender el sentir de la se­ñora Osmond, quien le había dicho una vez que al esta­blecerse en Roma con su esposo habían escogido aquella morada por su afición al color local. Indudablemente, co­lor local no le faltaba y, aunque el señor Rosier entendía menos de arquitectura que de esmaltes de Limoges, se daba cuenta de que las proporciones de las ventanas e in­cluso los detalles de la cornisa tenían un gran estilo. Pe­ro a Rosier le atormentaba la convicción de que en los tiempos pintorescos de la ciudad se encerraba allí a las muchachas para apartarlas de sus enamorados y, luego, bajo amenaza de recluirlas para siempre en los conven­tos, se les obligaba a contraer matrimonios impíos. Sin embargo, había un aspecto que jamás dejaba de recono­cer cada vez que recorría los cálidos y opulentos salones de la señora Osmond, situados en el segundo piso. Ad­mitía que aquellas gentes eran especialistas en «cosas buenas». Todo era del gusto de Osmond, no de ella; así se lo había dicho ella misma la primera vez que él visitó la casa, cuando, tras un cuarto de hora de preguntarse si tendrían allí mejores cosas «francesas» que él en París, se vio obligado a confesarse al momento que sí lo tenían, y dominó su envidia, como cumplía a un caballero, has­ta el extremo de manifestar a su anfitriona su profunda admiración por los tesoros allí reunidos. Por la señora Osmond supo que, ya antes del matrimonio, su marido había reunido una colección extensa y que, aunque ha­bía añadido algunas piezas de gran valor en los tres últi­mos años, sus mejores adquisiciones las realizó Osmond cuando todavía no contaba con su consejo. Rosier inter­pretó aquellas palabras a su manera, sustituyendo la pa­labra «consejo» por la palabra «dinero». Pero el hecho de que Osmond hubiese conseguido sus mejores piezas durante su período de vacas flacas venía a confirmar su teoría más preciada, la de que se puede ser un gran co­leccionista siendo pobre, a condición de tener mucha pa­ciencia. Por lo general, cuando Rosier iba a visitarlos los jueves por la tarde, su primer saludo era para las paredes del salón, en las que colgaban dos o tres objetos que le quitaban el sueño. Pero, después de su conversación con madame Merle, se dio cuenta de la seriedad de su situa­ción; y ahora entraba buscando la figura de la hija de la casa con toda la avidez que podía permitirse un caballe­ro cuya sonrisa, cada vez que cruzaba un umbral, deno­taba su confianza en todas las comodidades de la vida.

 

 

 

37

 

 

            No se hallaba Pansy en el primero de los salones, una amplia estancia de techo cóncavo y paredes tapizadas de rojo damasco antiguo; era allí donde solía sentarse la se­ñora Osmond -si bien no estaba allí aquella tarde- ro­deada del círculo de sus más íntimos amigos, frente al fuego del hogar. El salón, iluminado por una claridad le­ve y difusa, contenía las cosas de mayor tamaño y casi siempre estaba perfumado por una suave fragancia de flores. Aquel día Pansy debía de hallarse en uno de los salones próximos, refugio de los visitantes más jóvenes y donde se servía el té. Osmond se hallaba ante la chime­nea con las manos a la espalda; tenía un pie levantado, para calentarse la suela. Agrupadas a su alrededor, me­dia docena de personas charlaban entre sí; pero él no atendía a la conversación; sus ojos tenían aquella expre­sión, frecuente en ellos, de estar contemplando objetos más dignos de consideración que las apariencias que se ofrecían ante su vista. Como Rosier no había sido anun­ciado, no atrajo su atención; pero el joven, siempre aman­te de las buenas formas, aun siendo excepcionalmente consciente de que su visita era para la esposa y no para él, se le acercó para darle la mano. Osmond, sin cambiar de postura, le tendió la mano izquierda.

            -¿Cómo le va? -dijo-. Mi mujer anda por ahí, no sé dónde.

            -No se moleste, ya la encontraré -dijo alegremente Rosier.

            Sin embargo, Osmond le retuvo, mirándole de arri­ba abajo; Rosier nunca se había sentido tan eficazmente calibrado. «Madame Merle se lo ha dicho, y no le gus­ta», razonó para sus adentros. Había esperado encontrar allí a madame Merle, pero no la veía por ninguna parte; acaso estuviese en otro salón, o llegara más tarde. Nun­ca le había hecho mucha gracia Osmond, que a su juicio se daba mucho tono; pero él no era quisquilloso y, en ma­teria de cortesía, experimentaba la necesidad imperiosa de hacer siempre lo correcto. Miró a su alrededor y son­rió, todo eso sin ayuda, y luego dijo:

            -Hoy he visto una magnífica pieza de Capodimonte. Osmond no contestó, pero al cabo de un momento y mientras seguía calentándose la suela, dijo:

            -Me importan un rábano las Capodimonte.

            -¿Cómo? No creo que hayan dejado ya de intere­sarle.

            -¿Qué, las fuentes y los cacharros? Sí, han dejado ya de interesarme.

            Rosier olvidó por un instante lo delicado de su posición.

            -¿No estará pensando en desprenderse de algunas co­sitas? -preguntó.

            -No, no pienso desprenderme absolutamente de nada, señor Rosier-dijo Osmond con los ojos aún fijos en los de su visitante.

            -Ah, vamos; quiere conservar, pero no añadir -co­mentó Rosier con animación.

            -Exacto. No tengo nada que quiera emparejar.

            El pobre Rosier notó que se ponía colorado y se aver­gonzó de su falta de aplomo.

            -¡Ah!, yo sí -fue todo lo que pudo murmurar; y supo que al alejarse se perdía parte de su murmullo.

            Se dirigió al salón contiguo y en el profundo umbral se topó con la señora Osmond, que salía. Iba vestida de terciopelo negro y en aquel momento era una mujer im­ponente y espléndida, tal como él había dicho, y sin em­bargo, ¡tan radiante de dulzura! Ya sabemos lo que de ella pensaba el señor Rosier y en qué términos había expresa­do su admiración al hablar con madame Merle. Al igual que su apreciación de la pequeña hijastra de Isabel, la ad­miración de Rosier estaba en parte basada en su buen ojo para el aspecto decorativo, en su instinto de lo auténtico; pero también en una fina intuición para los valores no catalogados y para el secreto del «lustre» que se mantiene a salvo de pérdidas o nuevos descubrimientos y que su afi­ción a los géneros quebradizos no le impedía reconocer. En aquel momento la señora Osmond habría podido gra­tificar ampliamente aquella clase de gustos. Los años sólo la habían rozado para enriquecerla, pues la flor de su ju­ventud no se había deslucido, tan sólo se erguía más serena en el erecto tallo. Había perdido algo de aquella pronta vehemencia que su marido había criticado privadamente, y ahora tenía más el aspecto de poder esperar. En cualquier caso, ahora, enmarcada por el dorado quicio, le pareció a nuestro joven la imagen de una distinguida dama.

            -Ya ve usted que soy asiduo. Pero si yo no lo fuera, ¿quién lo iba a ser?

            -Cierto, a usted le conozco desde hace más tiem­po que a ninguno de los presentes. Pero no es cosa de abandonarnos ahora a los recuerdos. Quiero presentar­le a una señorita.

            -¿A qué señorita, por favor? -Rosier era inmen­samente complaciente, pero no era a eso a lo que había venido.

            -A la que va vestida de rosa, y que se encuentra sen­tada cerca del fuego, que no tiene con quién hablar.

            Rosier dudó un momento.

            -¿Cómo que no tiene? ¿No puede hablar con ella el señor Osmond? La tiene a menos de seis pies.

            La señora Osmond titubeó a su vez.

            -Es que no es muy animada y a él no le gusta la gen­te sosa.

            -Pero ¿para mí sí está bien? ¡Vaya! Eso es duro de aceptar.

            -Lo que quiero decir es que a usted le sobran te­mas de conversación... y es además tan amable.

            -También lo es su marido.

            -No, no conmigo. -La señora Osmond, sonrió va­gamente.

            -Por consiguiente, debería serlo el doble con otras mujeres.

            -Eso es lo que yo le digo -replicó ella, aún son­riendo.

            -Es que yo querría tomar un poco de té -contes­tó Rosier mirando hacia dentro con cierta añoranza.

            -Perfecto. Vaya a ofrecerle una taza a mi joven amiga.

            -Lo haré, pero después la abandonaré a su suerte. La verdad monda y lironda es que me estoy muriendo por charlar un poquito con la señorita Osmond.

            -¡Ah!, en eso no puedo ayudarle -dijo Isabel al tiempo que se alejaba.

            Cinco minutos más tarde, mientras Rosier servía una taza de té a la damisela vestida de rosa, a la que había conducido al otro salón, éste se preguntaba si al ha­cerle a la señora Osmond la confesión que acabo de ci­tar no habría quebrantado el espíritu de la promesa que antes hiciera a madame Merle. Una cuestión de esta índole podía ocupar la mente de nuestro joven duran­te largo rato. Sin embargo, acabó decidiéndose -ha­blando en términos relativos- por la osadía: le im­portaba poco las promesas que pudiera romper. La suerte a la que había amenazado con abandonar a la damise­la de rosa resultó no ser tan terrible, pues Pansy Osmond, que le había dado el té para su acompañante -Pansy seguía con la misma afición a preparar el té-, se le ha­bía acercado y estaba charlando con ella. Edward Rosier no tomó gran parte en aquel coloquio y se limitó a permanecer sentado mirando pensativo a su amada. Si nosotros la miramos ahora a través de los ojos del joven Rosier, al pronto no veremos mucho que nos re­cuerde a la sumisa jovencita a quien tres años antes se enviaba a pasear en la Cascine de Florencia mientras su padre y la señorita Isabel Archer hablaban de temas reservados a las personas mayores. Sin embargo, al ca­bo de un momento advertiremos que si a los diecinueve años Pansy era toda una señorita, no cumplía en ver­dad su cometido; que, si bien había embellecido mu­cho, carecía deplorablemente de esa cualidad que en la apariencia de las mujeres se conoce y estima con el nombre de estilo; y que, si bien vestía con mucha gra­cia, lucía sus galas con no disimulado cuidado, como si se las hubieran prestado para aquella oportunidad. Se diría que Edward Rosier era el hombre más indicado para notar tales defectos; y de hecho no había en aque­lla joven cualidad alguna que él no hubiese observado. Pero a esas cualidades les ponía Rosier nombres de su cosecha, algunos realmente acertados. Así, solía decir­se: «No cabe duda, es única... absolutamente única» y podríamos estar seguros de que ni por un instante habría admitido que ella carecía de estilo. ¿Estilo? Si ella tenía el estilo de una princesa, y el que no lo viera no te­nía ojos en la cara. No era un estilo moderno ni cons­ciente, seguro que no produciría impresión en Broadway.

Lo único que parecía aquella seria y linda damisela, con su vestidito almidonado, era una infanta de Velázquez. Y eso satisfacía el gusto de Rosier, que la encontraba deliciosamente anticuada. Sus ojos anhelantes, sus la­bios encantadores, su figura delgadita eran tan con­movedores como una plegaria infantil. Rosier sentía la comezón irresistible de averiguar hasta qué punto él le gustaba, una comezón que le hacía removerse en su asiento. Se sofocaba, y tuvo que enjugarse la frente con el pañuelo; nunca se había sentido tan incómodo. Pansy era una perfecta jeune filie, y a una jeune filie no se le podía plantear la pregunta indispensable para arrojar luz sobre tal punto. Rosier había soñado siempre con la perfecta jeune falle... pero una jeune filie que no fuese francesa, porque pensaba él que si fuera de tal nacio­nalidad podrían complicarse las cosas. Estaba seguro de que Pansy no había hojeado nunca un periódico, y de que, en lo referente a novelas, todo lo más habría leído a sir Walter Scott. ¿Qué podía haber en el mundo me­jor que una jeune falle americana? Sería franca y alegre, pero no saldría a pasear sola, ni recibiría cartas de los hombres, ni la llevarían al teatro a ver comedias de cos­tumbres. Rosier no podía negar que, tal como estaban las cosas, sería una afrenta a la hospitalidad el apelar directamente a aquella inocente criatura; pero ahora corría el peligro inminente de preguntarse si la hospi­talidad era la cosa más sagrada del mundo. ¿Por ven­tura no era infinitamente más importante el sentimiento que le inspiraba la señorita Osmond? Para él sí, desde luego... pero tal vez no para el dueño de la casa. Le quedaba un consuelo: aun en el caso de que ese caba­llero hubiese sido alertado por madame Merle, segu­ramente él no le habría dicho nada a Pansy, pues no formaría parte de su táctica el hacerle saber que un jo­ven atractivo estaba enamorado de ella. Sin embargo, era cierto que el joven atractivo estaba enamorado de ella, y todas aquellas restricciones circunstanciales ha­bían acabado por irritarle. ¿Qué es lo que había preten­dido Gilbert Osmond al tenderle sólo dos dedos de la mano izquierda? Si Osmond se mostraba grosero, bien podía él mostrarse audaz. Y se sintió tremendamente au­daz cuando la aburrida joven, tan inútilmente vestida de color de rosa respondió a la llamada de su madre que entró para decir, con una tonta sonrisa significativa ha­cia Rosier, que iba a conducirla a nuevos triunfos. Ma­dre e hija partieron juntas, y ahora sólo dependía de él quedarse a solas con Pansy.

            Hasta entonces nunca había estado a solas con ella ni con ninguna otra jeune falle. Era por tanto un gran momento y el pobre Rosier comenzó a enjugarse de nuevo la frente con su pañuelo. Había otro salón más allá de aquel que ahora ocupaban, un salón cito que ha­bía sido abierto e iluminado pero que, como la concu­rrencia no era muy numerosa, permanecía vacío. Es­taba tapizado de color amarillo pálido y lo alumbraban varias lámparas. Visto a través de la puerta, semejaba el mismísimo templo para el amor autorizado. Rosier atisbo un instante por aquella abertura; temió que Pansy se escapara, y casi se sentía capaz de extender el brazo para retenerla. Pero ella se demoraba allí donde la otra muchacha la había dejado, sin hacer ademán de reu­nirse con el grupo de visitantes que se hallaba en el extremo opuesto del salón. Durante unos instantes, a Rosier se le ocurrió que estaba asustada, tal vez tan asustada que no se atrevía a moverse, pero una segun­da ojeada le convenció de que no, y se dijo que era de­masiado inocente para estarlo. Tras un momento de su­prema vacilación, Rosier le preguntó a la muchacha si le permitía ir a ver el salón amarillo, que parecía tan atrayente como virginal. En realidad, ya había estado en él con Osmond para examinar el mobiliario, que era del Primer Imperio francés, y sobre todo para admirar el reloj (que a decir verdad él no admiró), una inmen­sa y clásica obra de arte de esa época. Por ello ahora Rosier tuvo el convencimiento de que estaba empe­zando a maniobrar.

            -Puede usted ir, no faltaba más -dijo Pansy-, y si quiere, yo se lo mostraré.

            No estaba nada asustada.

            -Es lo que estaba deseando que me dijera; es usted muy amable -murmuró Rosier.

            Entraron juntos en aquel otro salón, que a Rosier se le antojó feísimo y muy frío. Lo mismo pareció sentir Pansy, que comentó:

            -No es para las tardes de invierno, sino más bien para el verano. Todo está según el gusto de papá, que tie­ne mucho.

            Rosier pensó que tendría mucho, pero en parte muy malo. Miró en derredor; no sabía qué decir en semejan­te situación.

            -¿La señora Osmond no se interesa por la deco­ración de sus salones? -preguntó-. ¿Es que no tiene gusto?

            -¡Oh, ya lo creo! ¡Y mucho! -dijo Pansy-, sobre todo para la literatura y la conversación. Pero a papá tam­bién le interesan esas cosas; yo creo que lo sabe todo.

            Rosier se quedó un instante silencioso.

            -¡Hay una cosa que estoy seguro que sabe! -ex­clamó-, y es que, cuando vengo aquí, con todos los res­petos hacia él y con todos los respetos hacia la señora Osmond, que es encantadora... es, en realidad, para ver­la a usted.

            -¿Para verme a mí? -dijo Pansy elevando hacia él los ojos, vagamente turbados.

            -Sí, para verla a usted. Para eso nada más -repi­tió Rosier sintiendo la embriaguez de una ruptura con la autoridad.

            Pansy se le quedó mirando con fijeza, atenta y fran­camente; no hacía falta rubor para dar mayor modestia a su expresión.

            -Ya me figuraba yo que era por eso -dijo.

            -¿Y no le desagradaba?

            -No habría podido decirlo; no lo sabía. Usted no me dijo nunca nada.

            -Porque tenía miedo de ofenderla.

            -Usted no me ofende -murmuró la jovencita son­riendo como si un ángel acabase de besarla.

            -Entonces, ¿le gusto a usted, Pansy? -preguntó Rosier dulcemente, sintiendo una gran dicha en su in­terior.

            -Sí, me gusta.

            Se habían acercado hasta la chimenea, donde esta­ba posado el frío y enorme reloj estilo Imperio. Se ha­llaban en el fondo del salón, ocultos a la observación desde fuera. El tono en que ella había pronunciado esas tres palabras le pareció a Rosier el propio hálito de la naturaleza, y su reacción no pudo ser otra que tomarle la mano y retenerla un momento. Después se la llevó a los labios. Ella accedió con su sonrisa pura y confiada, en la que había algo inefablemente pasivo. El le gus­taba, le había gustado siempre; ¡ahora podría suceder cualquier cosa! Pansy estaba pronta -lo había estado siempre-, en espera de que él hablase. Si él no hubie­se hablado, habría esperado eternamente; pero cuando oyó pronunciar la palabra, cayó como cae del árbol la fruta madura. Rosier pensó que si la atrajera hacía sí y la estrechara contra su corazón, ella se sometería sin un murmullo, reposaría allí sin preguntar nada. Cierto que eso constituiría un experimento temerario en un salottino Imperio de color amarillo. Pansy había sabido que él ve­nía sólo por verla y, no obstante, se había portado como una verdadera damita.

            -Me es usted muy querida -murmuró él, procu­rando creer que, después de todo, existía una cosa lla­mada hospitalidad.

            Ella se miró un instante la mano que él acababa de besarle y preguntó:

            -¿Dice usted que papá lo sabe?

            -Usted misma me ha dicho que lo sabe todo.   -Pero debería usted asegurarse -dijo Pansy.    -¡Ah, querida mía, mientras yo esté seguro de usted!

-le murmuró Rosier al oído, con lo que ella se encaminó

a los otros salones con aire decidido que dejaba suponer

que la consulta debía ser inmediata.

            Entretanto, en las restantes estancias se había toma­do conciencia de la llegada de madame Merle, que don­dequiera que fuese producía sensación al entrar. Ni el más atento espectador habría sabido decir cómo lo con­seguía, porque ni hablaba en voz alta, ni reía con algazara, ni se movía con excesiva soltura, ni vestía con esplendor, ni apelaba al auditorio de una manera espe­cial. Fuerte, rubia, sonriente, serena, había algo de su propio reposo que se esparcía a su alrededor, y, cuando los demás volvían la cabeza para mirar, era porque se ha­bía producido un súbito silencio. En esta oportunidad había actuado del modo más discreto que le era posible: después de besar a la señora Osmond, que fue lo más lla­mativo, se sentó en un pequeño sofá a charlar con el dueño de la casa. Hubo entre ellos un breve intercam­bio de tópicos -siempre rendían, en público, cierto tri­buto formal al tópico- y luego madame Merle, que ha­bía dejado errar la mirada, preguntó si el señor Rosier había ido aquella tarde.

            -Llegó hace cosa de una hora, pero ha desapareci­do -dijo Osmond.

            -Y Pansy, ¿dónde está?

            -En el salón de al lado. Hay allí otras personas.

            -Puede que él esté entre ellas -sugirió madame Merle.

            -¿Quiere usted verle? -preguntó Osmond con un tono provocativamente falto de interés.

            Madame Merle le miró un momento; conocía per­fectamente toda la gama de sus tonos.

            -Sí -respondió Quisiera decirle que le he di­cho a usted lo que él quiere y que usted no siente el me­nor interés por el asunto.

            -No se lo diga. Trataría de interesarme, que es pre­cisamente lo que yo no quiero. Dígale que detesto su propuesta.

            -Pero no es verdad, no la detesta usted.

            -Para el caso es lo mismo; no me gusta. Yo mismo se lo he dado a entender esta tarde. Me mostré grosero con él adrede. Esta clase de cosas son un fastidio. No hay ninguna prisa.

            -Entonces le diré que usted quiere tomarse un tiem­po para pensarlo:

            -No, por favor, no lo haga. Insistirá.

            -También lo hará si lo desanimo.

            -Sí, pero en uno de los casos tratará de hablar y dar explicaciones... lo que resultaría enormemente enojoso; en el otro caso, lo más probable es que se calle y busque una estrategia mejor. Lo cual me dejaría tranquilo. Me molesta hablar con un asno.

            -¿Así califica al pobre señor Rosier?

            -¡Oh! No hay quien le aguante con su eterna por­celana.

            Madame Merle bajó los ojos y sonrió impercepti­blemente.

            -Es todo un caballero, de muy buen carácter y, además, tiene una renta de cuarenta mil francos.

            -Es un pelmazo... un pelmazo educado -la atajó Osmond-. No es lo que yo he soñado para Pansy.

            -Está bien. Él me ha prometido que no le diría na­da a Pansy.

            -¿Y usted le cree? -preguntó Osmond como dis­traído.

            -Claro que le creo. Pansy piensa mucho en él, pero supongo que usted no concederá a eso mucha importancia.

            -No le concedo absolutamente ninguna. Ni creo que ella piense mucho en él.

            -Esa opinión resulta más cómoda -contestó tran­quilamente madame Merle.

            -¿Le ha dicho ella que está enamorada de él?

            -¿Por quién la toma usted? -Y al instante aña­dió-: ¿Y por quién me toma a mí?

            Osmond había levantado el pie y apoyado el fino to­billo en la rodilla de la otra pierna. Se agarró familiarmente el tobillo -con el índice y el pulgar podía abarcarlo con facilidad- y permaneció un rato mirando al frente.

            -Estas cosas no me toman desprevenido. Para esto precisamente la he educado. Todo, absolutamente, fue para que, cuando se presentara el caso, ella hiciese lo que yo prefiero.

            -Y yo no temo que deje de hacerlo.

            -Entonces, ¿dónde está el problema?

            -No veo ninguno. De todos modos, le recomien­do que no ponga en fuga al señor Rosier. Consérvelo a mano, pudiera ser útil.

            -Yo no puedo conservarlo. Consérvelo usted.

            -Está bien. Le pondré en un rincón y le daré su ra­ción cada día.

            Mientras hablaban, madame Merle había estado ca­si todo el tiempo mirando en derredor suyo. Era ésa su costumbre en semejantes situaciones, como era su cos­tumbre interponer frecuentes pausas vacías de expresión. Una de éstas, prolongada, siguió a las últimas palabras que acabo de mencionar. Antes de ponerle fin vio a Pansy salir del salón contiguo seguida por Rosier. La mucha­cha dio unos pasos y se detuvo, mirando a su padre y a madame Merle.

            -Rosier ya le ha hablado -prosiguió madame Merle dirigiéndose a Osmond.

            Su compañero ni siquiera volvió la cabeza.

            -Para que se fíe usted de promesas. Merecería que lo azotaran.

            -El pobrecillo quiere confesarse.

            Osmond se levantó; había dirigido a su hija una mi­rada penetrante.

            -No importa -murmuró alejándose.

            Al cabo de un momento, Pansy se dirigió a madame Merle con sus aprendidos modales de cortesía exenta de familiaridad. La recepción que la otra dama le dispensó no fue más íntima. Se limitó a dirigirle una amable son­risa, al tiempo que se levantaba del sofá.

            -Llega usted muy tarde -dijo suavemente la joven.

            -Hijita mía, no llego nunca más tarde de lo que me propongo.

            Madame Merle no se había levantado en atención a Pansy; se adelantó hacía Rosier. Él se acercó a saludar­la y susurró con presteza, como para quitarse un peso del alma:

            -Ya le he hablado.

            -Lo sé, señor Rosier.

            -¿Se lo ha dicho ella?

            -Acaba de decírmelo. Compórtese convenientemente durante el resto de la visita y vaya a verme mañana a las cinco y cuarto. -Habló en tono severo, y en su manera de volverle la espalda había un grado de desprecio que le hizo farfullar una imprecación decorosa.

            Rosier no tenía la menor intención de hablar con Osmond; no era la ocasión ni el lugar propicios. Pero instin­tivamente se dirigió hacia Isabel, que estaba conversando con una señora de edad. Él se sentó al otro lado y, como la vieja dama era italiana, dio por sentado que no entendería el inglés.

            -Hace poco ha dicho usted que no me prestaría su ayuda -le comentó a Isabel-. Tal vez cambie usted de idea cuando sepa... cuando sepa...

            -¿Cuándo sepa qué? -preguntó Isabel saliendo al paso de su indecisión.

            -Que todo va bien con respecto a su hijastra.

            -¿Qué quiere usted decir con eso?

            -Pues... que hemos llegado a un entendimiento.

            -Entonces todo va mal dijo Isabel-. No puede ser.

            El pobre Rosier se la quedó mirando medio implo­rante y medio colérico, y el súbito rubor que le cubrió el rostro puso de manifiesto que se había sentido herido.

            -Nunca se me ha tratado de manera semejante -di­jo- ¿Qué es, después de todo, lo que tienen contra mí? No es ésta la consideración que se me suele dar. Yo podía haberme casado ya veinte veces si hubiera querido.

            -Es una lástima que no lo haya hecho. No veinte veces sino una, y felizmente -dijo Isabel sonriendo amablemente-. No es usted bastante rico para Pansy.

            -A ella no le importa el dinero.

            -Pero a su padre sí le importa.

            -¡Ah, eso sí! ¡Bien lo ha demostrado! -exclamó el joven Rosier.

            Isabel se levantó y se alejó de él dejando, sin más cum­plidos, a la vieja señora con quien estaba departiendo. Du­rante los diez minutos siguientes Rosier fingió contemplar la colección de miniaturas de Gilbert Osmond, que esta­ban cuidadosamente colocadas en sus estuches de tercio­pelo. Pero miraba sin ver. Tenía las mejillas encendidas, la sensación de ofensa le quemaba el pecho. Era cierto que nunca le habían tratado de aquel modo, y no estaba acos­tumbrado a que nadie le dijera que no valía lo bastante. Él sabía bien cuánto valía y, si semejante falacia no hubiera si­do tan perjudicial para él, se habría echado a reír de bue­na gana. Buscó con la vista a Pansy, pero había desapare­cido; ahora su mayor deseo era marcharse de la casa. Antes volvió a hablar a Isabel. No le resultaba agradable pensar que él acababa de decirle una cosa descortés... lo único que podría justificar que tuviera mala opinión de él.

            -Hace un momento me he referido al señor Osmond de un modo equivocado. Pero supongo tendrá us­ted en cuenta mi situación.

            -No recuerdo ya lo que ha dicho -repuso ella fría­mente.

            -Ah, comprendo que está usted ofendida; ahora nunca me ayudará.

            Isabel guardó silencio un instante y luego, cambian­do de tono, exclamó casi con pasión:

            -No es que no quiera. Es sencillamente que no puedo.

            -Si usted pudiese, por poco que fuera, yo no vol­vería a hablar de su esposo más que para decir que es un ángel.

            -El incentivo es grande -contestó Isabel con voz grave,.., inescrutable, como él más tarde se diría, para sí; y le lanzó a los ojos una mirada que también era ines­crutable, que le hizo recordar que la había conocido en la infancia; pero era demasiado penetrante para su gus­to, y Rosier optó por marcharse.

 

 

38

 

 

            Al día siguiente fue a ver a madame Merle, y ella, pa­ra su sorpresa, estuvo bastante suave, pero le hizo pro­meter que no daría un paso más en tanto no hubiera al­go decidido. El señor Osmond se había forjado grandes expectativas. Sin embargo, no teniendo él intención de dar una dote a su hija, tales expectativas se prestaban a la crítica, o incluso le ponían en ridículo. Pero ella le acon­sejó al señor Rosier que no adoptase ese tono, pues si sa­bía tener paciencia, sin duda alcanzaría la felicidad anhe­lada. El señor Osmond no se mostraba favorable a su propósito, pero no sería un milagro que poco a poco cam­biara de parecer. Pansy no se atrevería jamás a desafiar a su padre, de eso podía estar seguro, de suerte que nada se ganaría con la precipitación. El señor Osmond tenía que acostumbrarse a considerar un tipo de oferta con el que hasta entonces no había contado, y el resultado se produciría por sí solo, por lo que era completamen­te inútil tratar de forzarlo. Rosier hizo notar que entre­tanto su situación iba a ser de lo más violenta, y madame Merle le aseguró que lo sentía por él. Pero, como declaró con acierto, no se podía tener todo lo que se de­seaba; lección que ella sabía de corrido por experiencia propia. Por lo tanto, sería de todo punto inútil escribir­le a Gilbert Osmond, el cual le había encomendado que se lo dijese. Era su deseo que no se tratara del asunto durante unas semanas, y él mismo escribiría al señor Rosier cuando tuviera algo agradable que comunicarle.

            -No le ha gustado que usted hablara con Pansy; ¡no le ha gustado absolutamente nada! -dijo madame Merle.

            -Estoy dispuesto a facilitarle la ocasión para que me lo diga.

            -Si lo hace, le dirá más cosas de las que le agrada­ría oír. Procure ir lo menos posible por la casa durante el ames próximo y deje el asunto en mis manos.

            -¿Lo menos posible? ¿Quién va a medir la posi­bilidad?

            -Yo, con su permiso. Vaya usted los jueves por la tarde, cuando todo el mundo, pero no a otras horas, y no se preocupe demasiado de Pansy. Yo me encargaré de que ella lo comprenda; por fortuna tiene un carácter tran­quilo y sabrá tomar las cosas con calina.

            Edward Rosier se preocupó mucho de Pansy, pero hi­zo lo que le habían aconsejado y no volvió al Palazzo Roccanera hasta el siguiente jueves por la tarde. Como a la hora (le comer había habido varios invitados, la concu­rrencia era todavía bastante numerosa. Copio de costum­bre, Osmond estaba en el primer salón, cerca del fuego y mirando hacia la puerta; de suerte que, para no mostrar­se deliberadamente descortés, Rosier no tuvo más reme­dio que acercarse a él y hablarle.

            -Celebro que sea capaz de recoger una indirecta -dijo el padre (le Pansy entrecerrando los acerados y perspicaces ojos.

            -No recojo indirectas. Lo que recogí fue un men­saje, o algo que interpreté como tal.

            -¿Que recogió usted un mensaje? ¿Dónde lo recogió?

            Le pareció a Rosier que aquello era un insulto y me­ditó hasta qué punto debía aguantar un enamorado fiel. Y contestó:

            -Madame Merle me dio -o así lo interpreté- un mensaje de usted en el sentido de que usted declinaba darme la oportunidad que deseo, la ocasión de explicar-' le mis intenciones. Y se hizo la ilusión de haber hablado con bastante severidad.

            -No entiendo qué tiene que ver madame Merle en este asunto. ¿Por qué se dirigió usted a ella?

            -Lo hice tan sólo para pedirle su opinión, y nada más. Y, si lo hice, fue porque me pareció que le conoce a usted muy bien.

            -Mucho menos de lo que ella se cree -dijo Osmond.

            -Lo siento, porque me ha dado algún motivo de es­peranza. Osmond contempló fijamente el fuego.

            -Yo valoro en mucho a mi hija.

            -No la valorará más que yo. ¿No se lo demuestro queriendo casarme con ella?

            -Yo quiero casarla muy bien -replicó Osmond con una seca impertinencia que, en otra tesitura, sin duda ha­bría admirado al pobre Rosier.

            -Yo pretendo, desde luego, que al casarse conmigo ella se casaría muy bien. No podría casarse con un hom­bre que la amase más, ni a quien... me atrevería a decir, ella amase más.

            -Yo no tengo por qué aceptar sus teorías acerca de a quién mi hija pueda amar-dijo Osmond con una son­risa breve y fría.

            -No se trata de teorías. Su hija ha hablado.

            -Conmigo, no -continuó Osmond, inclinándose un tanto hacia adelante y mirándose las puntas de las botas.

            -¡Tengo su promesa, señor! -exclamó Rosier con la acritud de la exasperación.

            Como hasta entonces habían hablado en voz muy queda, la exclamación de Rosier despertó cierta atención entre la concurrencia. Osmond esperó, a que se desva­neciera aquel movimiento de curiosidad y luego dijo:

            -Me parece que ella ya no recuerda haber hecho promesa alguna.

            Ambos estaban de pie y de cara al fuego, pero pro­nunciadas estas palabras, el dueño de la casa se volvió nuevamente hacia el salón.

            Antes de que Rosier tuviese tiempo de replicarle, observó que un caballero, un desconocido, acababa de entrar sin ser anunciado, según la costumbre romana, y venía a presentarse a su anfitrión. Este sonrió suave­mente, pero un poco perdido. El visitante, de hermosas facciones y una barba rubia y poblada, era evidentemente un inglés.

            -Al parecer, no me reconoce usted -dijo con una sonrisa que expresaba mucho más que la de Osmond.

            -¡Ah, sí! Ahora caigo. Lo que menos me esperaba era verle por aquí; por eso no le reconocí.

            Rosier se apartó y fue directamente en busca de Pansy. Como de costumbre, la buscó en el salón conti­guo, pero de nuevo volvió a tropezarse en su camino con la señora Osmond. No la saludó siquiera, pues estaba tan indignado que sólo atinó a decirle bruscamente:

            -Su marido tiene una sangre fría increíble.

            Ella le dirigió la misma sonrisa mística que ya advir­tiera él antes.

            -No esperará que todos sean tan ardientes como usted.

            -Yo no presumo de frío, pero estoy sereno. ¿Qué le ha hecho él a su hija?

            -No tengo la menor idea.

            -¿Es que no le interesa saberlo? -preguntó Rosier dándose cuenta de que también ella empezaba a irritarle.

            Isabel de momento no le contestó; luego exclamó:

            -¡No! -Pero en su mirada asomaba un brillo que contradecía de plano esa palabra.

            -Perdóneme si no me lo creo. ¿Dónde está Pansy?

            -En el fondo, preparando el té. Por favor, déjela donde está.

            Rosier descubrió en el acto a su amiga, que los corrillos interpuestos le habían ocultado. La contempló un momento, pero ella estaba completamente absorta en su tarea.

            -Pero, ¿qué es lo que le ha hecho ese hombre? -vol­vió a preguntar en tono implorante-. Acaba de decirme que ella ha renunciado a mí.

            -No es cierto, no ha renunciado a usted -dijo Isa­bel en voz baja y sin mirarle de frente.

            -¡Ah! Gracias por decírmelo. Ahora la dejaré tran­quila todo el tiempo que usted quiera.

            Apenas acababa de hablar cuando vio que Isabel cam­biaba de color y reparó en que Osmond venía hacia ella acompañado por el caballero recién llegado. Y le pare­ció que este último, a pesar de su admirable prestancia y su clara desenvoltura social, estaba un poco azorado.

            -Isabel -dijo el marido-, te traigo a un viejo ami­go. A pesar de su sonrisa, la expresión de la señora Osmond no parecía más tranquila que la de su antiguo amigo.

            -Me alegro mucho de ver a lord Warburton -dijo.

            Rosier se apartó y, ahora que su conversación con ella había sido interrumpida, se consideró relevado de la pequeña promesa que acababa de hacer. Además, se le antojó que la señora Osmond no iba a fijarse en lo que él hiciera.

            Para ser justos con él diremos que, en efecto, duran­te un rato Isabel dejó de observarle. Se había sobresalta­do, y no sabía a ciencia cierta si sentía placer o dolor. En

cambio lord Warburton, ahora que se veía frente a ella, estaba muy seguro de la sensación que a él le producía el encuentro, aunque sus ojos grises conservaban su her­mosa y original propiedad de reflejar con sinceridad todo reconocimiento y toda declaración. Estaba mas «lle­no» que antaño y parecía más viejo, pero ahí se encon­traba, todo él solidez, todo él cordura.

            -Supongo que no esperaba verme -dijo-. Acabo de llegar, como quien dice. Esta misma tarde he arriba­do a Roma, y ya ve que no he perdido tiempo en venir a presentarle mis respetos. Sabía que los jueves recibía usted en casa.

            -Ya ves que la fama de tus jueves ha llegado hasta Inglaterra -hizo observar Osmond a su esposa.

            -Es muy amable por parte de lord Warburton venir tan pronto a vernos. Nos sentimos muy honrados -dijo Isabel.

            -Bueno, siempre es mejor que quedarse en una de esas horribles hosterías -comentó Osmond.

            -El hotel parece muy bueno. Creo que es el mis­mo donde lo vi a usted hace cuatro años. Recordará que nos conocimos aquí en Roma, ¡cuánto hace ya de eso! ¿Se acuerda de dónde me despedí de usted? -preguntó su señoría a su anfitriona-. Fue en el Capitol, en el pri­mer salón.

            -También yo me acuerdo -dijo Osmond-. Yo an­daba por allí.

            -En efecto, lo recuerdo. Sentí muchísimo marchar­me de Roma entonces... tanto que, no sé por qué, guar­do un recuerdo casi triste y hasta ahora no he tenido ga­nas de volver. -Y, dirigiéndose a Isabel, continuó-: Sabía que vivía usted aquí y le aseguro que la he recordado mu­chas veces. Debe de ser muy agradable vivir aquí-agre­gó con una ojeada circular a aquel hogar de ella, una mi­rada en la que ella podía haber vislumbrado al pálido fan­tasma de su antigua tristeza.

            -Nos habría alegrado verle en cualquier momento -señaló Osmond con urbanidad.

            -Muy agradecido. Desde entonces no he abando­nado Inglaterra. Hasta hace cosa de un mes creí que mis viajes se habían acabado para siempre.

            -He sabido de usted de tiempo en tiempo -dijo Isabel, que ya, con su rara capacidad para las proezas in­teriores, había calibrado lo que significaba para ella vol­ver a verle.

            -Supongo que no habrá oído nada malo. Mi vida ha sido un paréntesis total.

            -Como los buenos reinados de la historia -apun­tó Osmond. Pareció dar por terminados sus deberes de anfitrión... convencido de que los había llevado a cabo a conciencia. No cabía nada más propio, más ajustado, que su cortesía con el viejo amigo de su esposa. Era etique­tera, explícita, cualquier cosa menos natural... deficien­cia que el mismo lord Warburton, que por lo general era bastante natural en sus actos, debió de haber advertido. Osmond añadió-: Y ahora, con su permiso, le dejo a so­las con la señora Osmond. Ustedes dos tienen recuerdos en los que yo no participo.

            -¡Me temo que sea mucho lo que se pierde! -le despidió lord Warburton según se alejaba, en un tono que acaso traicionaba un exceso de agradecimiento por aquella generosidad. Luego el visitante se volvió a Isa­bel y la contempló con una honda consciencia en la mi­rada, que paulatinamente se hizo más seria-. Me alegro infinito de volver a verla.

            -Me complace. Es usted muy amable.

            -¿Sabe usted que está un poquito cambiada?

            Ella dudó un instante y dijo:

            -No un poquito; mucho.

            -No quiero decir que para peor, por supuesto. Y, sin embargo, ¿como le voy a decir que para mejor?

            -Creo que yo no tendría escrúpulo en decirle eso a usted.

            -¡Ah! Bueno, yo... ha pasado mucho tiempo. Sería

una lástima que no se me notara en nada.

            Tomaron asiento, y ella le preguntó por sus her­manas, junto con otras interrogaciones de rigor. El res­pondía a sus preguntas como si le interesasen, y ella no tardó en ver, o creyó ver, que su señoría no iba a pre­sionarla con la fuerza de antaño. El tiempo había so­plado sobre el fuego del corazón de lord Warburton y, sin llegar a helarlo, le había proporcionado la sensación reparadora de haber tomado el aire. Isabel sintió cre­cer de golpe su estima acostumbrada por el Tiempo. La actitud de su amigo era sin duda la de un hombre con­tento, que quisiera que los demás, al menos ella, le vieran como tal.

            -Hay una cosa que quiero decirle sin más demo­ra -dijo el caballero-. He traído conmigo a Ralph Touchett.

            -¿Que lo ha traído con usted? -La sorpresa de Isa­bel fue extraordinaria.

            -Sí. Está en el hotel. Estaba demasiado cansado pa­ra salir y se ha metido en la cama.

            -Pues iré yo a verle inmediatamente -dijo ella.

            -Eso es lo que yo esperaba que hiciese. Tenía la idea de que desde su matrimonio le había visto usted muy po­co... de que las relaciones entre ustedes eran... algo dis­tantes. Por eso he titubeado... como corresponde a un torpe británico.

            -Yo sigo teniéndole a Ralph el mismo cariño de siempre -contestó Isabel-. Pero ¿por qué ha venido a

Roma? -Su declaración fue muy dulce; su pregunta, un tanto brusca.

            -Pues porque-está muy enfermo, señora Osmond.

            -Pero Roma no es el sitio indicado para él. Él mismo me comunicó que había decidido abandonar su costum­bre de invernar en el extranjero y que pensaba perma­necer en Inglaterra, sin salir de casa, en lo que él llama un clima artificial.

            -Al pobre no le sienta bien lo artificial. Hace tres semanas fui a verle a Gardencourt y lo encontré muy mal. Ha ido empeorando de año en año, y ya no le quedan fuerzas. Ya ni siquiera fuma. Es verdad que se ha creado un clima artificial; en la casa hacía tanto calor como en la misma Calcuta. Sin embargo, se le había metido en la cabeza irse a Sicilia. Yo no lo creí conveniente..., ni tam­poco los médicos, ni ninguno de sus amigos. Ya sabrá us­ted que su madre está en América, de manera que no ha­bía nadie que le parase los pies. Estaba empeñado en que lo único que podía salvarle era pasar el invierno en Catania. Decía que se llevaría consigo muebles y servi­dumbre, todo lo preciso para estar cómodo, pero lo cier­to es que no ha traído nada de eso. Yo quería que, por lo menos, hiciera el viaje por mar para que no se fatigara, pero me dijo que detestaba el mar y quería detenerse en Roma. Visto lo cual, y a pesar de que todo el asunto me parecía una insensatez, me decidí a venir con él. De mo­do que estoy haciendo de... ¿cómo dicen ustedes en Amé­rica?... de una especie de moderador. El pobre Ralph es­tá ya muy moderado. Hace dos semanas que partimos de Inglaterra y ha estado muy enfermo durante todo el via­je. No puede entrar en calor y, cuanto más hacia el Sur vamos yendo, más frío va sintiendo él. Aunque le acom­paña un criado bastante eficiente, temo que no tenga ya remedio. Yo quería que se trajera a alguien competente, es decir, algún médico joven y despierto, pero no quiso ni oír hablar del asunto. No lo tome usted a mal, pero creo que la señora Touchett no ha podido escoger peor momento para irse a América.

Isabel le había escuchado ávidamente; su semblante reflejaba dolor y asombro.

            -Mi tía tiene sus fechas fijas para irse, y nada es ca­paz de detenerla. Cuando llega el día se pone en mar­cha, suceda lo que suceda; yo creo que lo mismo habría partido aunque Ralph se estuviera muriendo.

            -A veces yo también pienso que sí se está muriendo -contestó lord Warburton.

            Isabel se levantó como movida por un resorte.

            -Iré a verle ahora mismo.

            Lord Warburton la contuvo. Estaba un poco des­concertado por el rápido efecto de sus palabras.

            -No he querido decir que fuera ésta mi impresión de esta noche. Al contrario, hoy, en el tren, parecía ha­llarse mucho mejor. El pensar que estábamos llegando a Roma -ya sabe usted cómo le gusta esta ciudad- le da­ba nuevas fuerzas. Hace una hora, cuando le di las buenas noches, me dijo que se sentía muy cansado, pero muy di­choso. Vaya usted a verle mañana por la mañana, no pre­tendo más. Al separarnos, no le dije que iba a venir aquí. Luego recordé que, según me había dicho, usted recibía los jueves, y se me ocurrió venir y decirle a usted que es­tá aquí, y advertirle que no espere a que él venga a visi­tarla. Creo que me dijo no le había escrito a usted.

No era necesario que Isabel se declarase dispuesta a actuar de acuerdo con la información que Warburton le daba; allí sentada, parecía un ser alado al que se le impi­de echarse a volar.

            -Además, yo también quería verla -añadió su vi­sitante con galantería.

            -No comprendo el plan de Ralph. Me parece una locura. Me tranquilizaba imaginarlo entre los muros de Gardencourt.

            -El pobre estaba allí completamente solo, sin más compañía que la de sus gruesas paredes.

            -Fue usted muy bueno al ir a verle.

            -Bueno, no tenía nada que hacer.

            -Al contrario, oímos decir que está usted haciendo grandes cosas. Todo el mundo habla de usted como de un gran estadista y su nombre aparece constantemen­te en las columnas del Times, donde por cierto no parece que lo quieran mucho. Por lo visto, sigue usted siendo el mismo radical feroz.

            -Yo no me siento tan feroz; ya sabe que el mundo me va dando la razón. Durante todo el camino, desde Londres, Touchett y yo venimos sosteniendo una espe­cie de debate parlamentario. Yo le digo que es el último de los tories y él me llama «el rey de los godos»... porque dice que hasta en el último detalle de mi apariencia per­sonal se adivina la marca de la barbarie. Ya ve usted que todavía conserva los ánimos.

            Isabel tenía muchas preguntas que hacerle acerca de Ralph, pero se abstuvo; ya se enteraría por sí misma a la mañana siguiente. Se daba cuenta de que, al cabo de un rato, lord Warburton se cansaría de hablar de ese asun­to; y tenía otros posibles temas de conversación. Cada vez se sentía más capaz de decirse a sí misma que su señoría se había recobrado y... cosa aún más importante... de decír­selo sin amargura. Tiempo atrás lord Warburton había si­do para ella la imagen viviente del apremio, de la insis­tencia, de una fuerza con la que era preciso luchar y razonar; y al principio su aparición la había amenazado con nuevas complicaciones. Pero ahora se sentía com­pletamente tranquila, pues veía que sólo quería estar en buenas relaciones con ella, que le daba a entender que la había ya perdonado y que nunca tendría el mal gusto de hacer alusiones intencionadas. Por supuesto, no era aque­llo una forma de vengarse; no albergaba ella la sospecha de que quisiese castigarla mostrando su desengaño, y fue justa con él al creer que se le había ocurrido que a ella le agradaría saber que estaba resignado. Era la resignación de un temperamento sano y varonil, en el que las heridas sentimentales no llegarían nunca a enconarse. La políti­ca inglesa le había curado, como ella había pensado que ocurriría. Y pensó con envidia en la suerte de los hom­bres, que siempre pueden zambullirse en las aguas cura­tivas de la acción. Lord Warburton hablaba, como no, del pasado, pero sin segundas; incluso llegó a aludir a su an­terior encuentro en Roma como a un episodio feliz. Y le dijo que le había interesado mucho la noticia de su ma­trimonio y que le resultaba un gran placer conocer al se­ñor Osmond... ya que no podía decirse que lo hubiera co­nocido en aquella otra ocasión. No había escrito a Isabel por la época de aquel pasaje de su vida, pero no le pidió disculpas por ello. Lo único que se traslucía de su actitud era que eran viejos amigos, amigos íntimos. Muy de ami­go íntimo fue el tono con el que le dijo de súbito, después de una breve pausa que llenó con su sonrisa mientras mi­raba a su alrededor como el que se entretiene, en una reu­nión provinciana, con un juego de adivinanzas...

            -Bien, supongo que ahora será usted dichosa... y todo lo que suele decirse.

Isabel respondió con una carcajada: su entonación le había hecho tanta gracia como un acento de comedia.

            -¿Se imagina que, si no lo fuera, se lo iba a decir?

            -Pues no lo sé. No veo por qué no.

            -Pues, sí, se lo diré. Afortunadamente, soy feliz.

            -Tienen ustedes una casa espléndida.

            -Cierto, es muy agradable. Pero el mérito no es mío, sino de mi marido.

            -¿Quiere decir que la ha puesto él?

            -Sólo él. Cuando llegamos no valía nada.

            -Debe de ser un hombre de talento.

            -Es un genio para las tapicerías -dijo Isabel.

            -Ahora se ha puesto de moda ese tipo de cosas -observó lord Warburton-. Pero usted tendrá su pro­pio gusto.

            -Soy capaz de disfrutar de las cosas cuando las veo ya instaladas, pero no tengo ideas. Nunca se me ocurre proponer nada.

            -O sea, que acepta lo que otros proponen.

            -De muy buen grado, casi siempre.

            -Me alegro de saberlo. Yo le propondré algo.

            -Será muy amable por su parte. De todos modos, debo confesar que para algunas cosas pequeñas tengo cierta iniciativa. Por ejemplo, me gustaría presentarle a algunas de estas personas.

            -No, por favor, no lo haga. Prefiero seguir aquí sen­tado. A menos que quiera presentarme a esa señorita de azul; tiene una expresión encantadora.

            -¿La que está hablando con ese joven rubicundo? Es la hija de mi marido.

            -¡Dichoso él! ¡Qué criatura tan encantadora!

            -Venga a conocerla.

            -Dentro de un instante, por favor. Me gusta con­templarla desde aquí. -Pero pronto dejó de mirarla, sus ojos volvían constantemente a la señora Osmond-. ¿Sa­be usted que me equivocaba hace un momento al decir­le que ha cambiado? -prosiguió al fin-. Después de to­do, me parece usted la misma.

            -Sin embargo, a mí me parece un gran cambio es­tar casada -dijo Isabel con suave jovialidad.

            -A casi todo el mundo le afecta más de lo que la ha afectado a usted. Ya ve, yo no me he decidido.

            -Y no deja de sorprenderme.

            -Debería usted comprenderlo, señora Osmond. Pe­ro es verdad que quiero casarme -añadió con mayor sencillez.

            -Debería serle fácil -dijo Isabel levantándose. Pero en el acto pensó, con pena tal vez harto visible, que ella no era la persona más indicada para decir se­mejante cosa. Y, como quizás adivinó ese dolor, lord Warburton se abstuvo de recordarle que, en su momen­to, ella no había contribuido precisamente a esta faci­lidad.

            Edward Rosier se había sentado entretanto en una otomana junto a la mesa donde Pansy hacía el té. Al prin­cipio simuló querer hablar de naderías y ella le pregun­tó quién era el caballero desconocido que conversaba con su madrastra.

            -Es un lord inglés. No sé más dije Roser.

            -Puede que quiera tomar una taza de té. A los in­gleses les gusta mucho el té.

            -No se preocupe de eso. Tengo algo muy impor­tante que decirle.

            -No hable tan alto, todo el mundo le va a oír -di­jo Pansy.

            -Seguro que no oirán nada si continúa usted con ese gesto como si su única preocupación en la vida fue­ra que el calentador llegara a hervir.

            -Acaban de llenarlo, los criados no saben nunca su obligación -dijo la jovencita con un hondo suspi­ro, como abrumada por el enorme peso de su respon­sabilidad.

            -¿Sabe lo que me acaba de decir su padre? Que no decía usted en serio lo que me dijo la semana pasada.

            -Yo no hablo siempre en serio. ¿Qué muchacha jo­ven puede hacer semejante cosa? Pero con usted habló en serio.

            -Él dice que usted ya me ha olvidado.

            -Eso sí que no, yo no olvido tan fácilmente -di­jo Pansy mostrando sus bonitos dientes en una sonri­sa fija.

            -Entonces, ¿todo sigue exactamente igual?

            -¡Ah! No, ni mucho menos. Papá ha estado muy severo conmigo.

            -¿Qué le ha hecho a usted?

            -Me ha preguntado qué me había dicho usted y yo se lo he contado todo. Me ha prohibido que me case con usted.

            -Pero de eso no hay que hacer caso.

            -Ah, sí. Tengo que hacerlo. No puedo desobedecer a papá.

            -¿Ni siquiera por alguien que la quiere como yo, y a quien usted dice querer?

            La jovencita levantó la tapa del recipiente y atisbo en su interior. Después dejó caer seis palabras en sus aro­máticas profundidades.

            -Yo le quiero a usted igual.

            -¿Y eso de qué me va a servir?

            -Ah, no lo sé -dijo Pansy alzando su mirada dul­ce e inocente.

            -Me decepciona usted -gimió el pobre Rosier. Ca­lló ella un instante, y dio una taza de té al criado dicien­do por lo bajo:

            -Por favor, no siga hablando.

            -¿Con esto debo darme por satisfecho?

            -Papá ha dicho que no debo hablar con usted.

            -¿Y usted me sacrifica de esa manera? ¡Vamos, es­to es demasiado!

            -Debe esperar un poco -dijo la joven, en voz ape­nas lo bastante perceptible para que se advirtiera un temblor.

            -Si me diera alguna esperanza, claro que esperaría. Pero me quita usted la vida.

            -Nunca renunciaré a usted... ¡eso no! -siguió diciendo Pansy.

            -Pero él tratará de que se case con otro.

            -Yo no haré nunca semejante cosa.

            -¿A qué esperamos, entonces?

            La joven titubeó nuevamente.

            -Yo hablaré con la señora Osmond y ella nos ayu­dará. -Era así como casi siempre llamaba a su ma­drastra.

            -No nos ayudará gran cosa, porque tiene miedo.

            -¿Miedo, de qué?

            -De su padre, supongo.

            Pansy meneó la cabecita en señal de negación.

            -Ella no tiene miedo de nada. Tenemos que tener paciencia.

            -¡Ah, qué palabra tan horrible! -gimió Rosier, pro­fundamente desconcertado.

            Olvidándose de las regías de la buena sociedad, sepul­tó la cabeza entre las manos y, sosteniéndola con elegante melancolía, se quedó mirando fijamente a la alfombra. Al rato notó mucho movimiento a su alrededor y, al alzar los ojos, vio que Pansy saludaba con una reverencia -la pe­queña reverencia aprendida en el convento- al lord inglés a quien su madrastra la estaba presentando.

 

 

 

39

 

 

            Al lector reflexivo no le sorprenderá demasiado el hecho de que Ralph Touchett hubiese visto mucho me­nos a su prima después de su boda de lo que solía verla antes de tal acontecimiento... acontecimiento que a sus ojos revestía un carácter que difícilmente confirmaba la intimidad entre ellos dos. Como ya sabemos, había for­mulado su pensamiento y luego había callado, toda vez que ella no le había invitado a reanudar una discusión que había marcado un hito en sus relaciones. Esa discusión había instaurado una diferencia -diferencia que él te­mía más que esperaba-. No había enfriado el celo de la joven por llevar adelante su compromiso, y sí había es­tado a punto de echar a pique una gran amistad. Jamás se volvió a aludir entre ellos a lo que Ralph opinaba acer­ca de Gilbert Osmond, de modo que, rodeando ese te­ma de un silencio sagrado, lograron ambos conservar una apariencia de recíproca franqueza. Pero había una dife­rencia, como Ralph acostumbraba a decirse en sus soli­loquios... había una diferencia. Y era que ella no le ha­bía perdonado, que no le perdonaría jamás... y eso era todo lo que él había ganado. Isabel creía haberle perdo­nado, creía no dar importancia al asunto, y se sentía a la vez generosa y ufana de que tales convicciones repre­sentaran una cierta realidad. Pero, aun en el caso de que el tiempo llegara a darle la razón a Ralph Touchett, lo cierto era que él la había agraviado, y ese agravio era de los que las mujeres olvidan rara vez. En su calidad de es­posa de Osmond ella no podía volver a ser su amiga. Si en esa condición llegaba a gozar de la dicha que espera­ba, entonces no experimentaría sino desprecio por el hombre que de antemano había querido socavar seme­jante dicha; y, si, por el contrarío, la advertencia de Ralph resultaba justificada, la promesa que ella se hiciera a sí misma de que él jamás lo sabría sería una carga tan pe­sada sobre su ánimo que la obligaría a odiarlo. Así de fú­nebre había sido, durante el año que siguió a la boda de su prima, la previsión del futuro que Ralph se hacía; y si sus meditaciones nos parecen mórbidas, preciso es re­cordar que su salud no era floreciente. Ralph se consoló como Dios le dio a entender, y obrando (como se lo ha­bía propuesto) con hidalguía, estuvo presente en la cere­monia que unió a Isabel en matrimonio con Osmond, la cual tuvo lugar en Florencia durante el mes de junio. Su madre le había dicho que Isabel pensó en un princi­pio celebrar la boda en su país natal, pero, como lo que más le interesaba era la sencillez del acto, acabó por re­solver, a pesar de las declaraciones de Osmond de estar dispuesto a viajar adonde hiciera falta, que lo que mejor encarnaba ese principio era casarse ante el clérigo más próximo y en el tiempo más breve. Así pues, la ceremo­nia tuvo lugar en la pequeña capilla americana, en un día tremendamente caluroso y con la única presencia de la señora Touchett y de su hijo, de la condesa Gemini y Pansy. Esa sencillez de actuación que acabo de referir fue en parte resultado de la ausencia de dos personas que ha­brían podido asistir al acto y lo hubieran sin duda real­zado. Madame Merle había sido invitada, pero, al no po­der abandonar Roma, escribió una deliciosa carta de excusas. Henrietta Stackpole, en cambio, no había sido invitada, pues su partida de América, que el señor Goodwood anunciara a Isabel, se había visto frustrada por de­beres de su profesión; pero había enviado una carta, menos gentil que la de madame Merle, haciendo saber que, si le hubiese sido posible cruzar el océano, habría asistido a la boda, no sólo en calidad de testigo sino tam­bién en la de crítico. Su vuelta a Europa se produjo algo más tarde, y durante el otoño tuvo un encuentro con Isa­bel en París, en cuya ocasión dio rienda suelta, acaso con excesiva libertad, a su ingenio crítico.

            El pobre Osmond, que constituía el objeto de tan acerbas censuras, había protestado con tanta viveza que Henrietta tuvo que comunicar a Isabel que el paso que ésta había dado era una barrera alzada entre las dos. «No se trata de que te hayas casado, sino de que te hayas ca­sado con él», se creyó Henrietta en el deber de declarar; en lo cual, sin ella sospecharlo, venía a estar de acuerdo con Ralph Touchett, aunque sin las vacilaciones y los arrepentimientos de éste.

            De todos modos, la segunda visita de Henrietta a Eu­ropa no había sido en vano, pues en el preciso momen­to en que Osmond declaraba ante Isabel que no podía por menos de poner reparos a la periodista, y en que Isa­bel replicaba que era demasiado duro con ella, había en­trado de pronto en escena el bueno del señor Bantling proponiendo un viaje a España. Las crónicas de Hen­rietta desde España resultarían ser las más celebradas de cuantas publicara hasta entonces, sobre todo una, envia­da desde la Alhambra de Granada y titulada «Los moros y la luna», que en la opinión general quedó como su obra maestra. Isabel se había llevado una secreta decepción al ver que su marido no sabía optar por el sencillo recurso de tomarse a broma a la pobre chica. Y llegó a pregun­tarse si su sentido de la diversión, o de lo divertido –que sería su sentido del humor, ¿no?- no sería acaso defi­ciente. Huelga decir que, por su parte, Isabel contem­plaba la cuestión como persona en cuya actual felicidad no podía hacer mella la conciencia ofendida de Henrietta Stackpole.

            Osmond había considerado la alianza entre ellas al­go así como una terrible monstruosidad, y no le cabía en la cabeza que pudiesen tener nada de común. A sus ojos, la compañera turística del señor Bantling era la mujer más vulgar del mundo, y a esa calificación había añadido otra: la de que era de costumbres muy relajadas. Isabel pro­testó contra la última cláusula del veredicto con un ar­dor que le hizo asombrarse, una vez más, de lo extraños que eran algunos gustos de su esposa. Isabel no tenía otra explicación del caso que la de que le gustaba conocer a personas lo más diferentes posible de sí misma. «En­tonces ¿por qué no haces amistad con tu lavandera?», había inquirido su marido. Isabel le contestó que temía que su lavandera no la quisiera. Henrietta sí la quería, y mucho.

            Ralph no la había visto durante los dos años siguientes a su matrimonio. El invierno que marcó el comienzo de la residencia de ella en Roma lo pasó él nuevamente en San Remo, donde en la primavera se unió su madre; des­pués marchó con él a Inglaterra, a ver qué hacían en el banco.... operación que ella no había conseguido indu­cirle a realizar.

            Ralph había alquilado una casa en San Remo, una pequeña villa que siguió habitando otro invierno más, pe­ro a fines de abril de ese segundo año fue a Roma. Era la primera vez desde la boda de Isabel que se encontra­ba frente a frente con ella, y su deseo de volver a verla se había hecho agudísimo. Isabel había seguido su costum­bre de escribirle de vez en cuando, mas sus cartas no le decían nada de lo que deseaba saber. Había preguntado a su madre qué hacía Isabel con su vida, y su madre se li­mitó a contestarle que suponía que estaba sacándole el f mejor partido posible. La imaginación de la señora Touchett no era de las que se comunican con lo invisible, y ahora no presumía de intimidad con su sobrina, a la que rara vez veía. Esta joven daba la impresión de llevar una existencia harto honorable, si bien la señora Touchett se­guía opinando que ese matrimonio había sido un desas­tre. Tampoco le resultaba agradable pensar en la situa­ción de Isabel, que consideraba lamentable. De vez en cuando, en Florencia, se topaba con la condesa Gemini, y hacía todo lo posible por reducir al mínimo el contac­to, pero, por su parte, la condesa le recordaba a Osmond, lo que la llevaba a pensar en Isabel. Era cierto que en los últimos tiempos se hablaba menos de la condesa, pero eso le daba mala espina a la señora Touchett; sólo venía a demostrar lo mucho que antes se había hablado de ella. Había sugerencias más directas de Isabel en la persona ' de madame Merle, pero las relaciones de ésta con Lydia Touchett habían sufrido un sensible cambio. La tía de Isabel le había dicho, sin rodeos, que había desempeña­do un papel demasiado ingenioso en el asunto de la bo­da de la sobrina; y madame Merle, que jamás reñía con nadie, pues al parecer no consideraba que nadie lo va­liera, y que había realizado el milagro de vivir varios años con la señora Touchett sin mostrar señales de irritación... madame Merle adoptó entonces un tono muy altanero y proclamó que aquélla era una acusación que no iba a rebajarse a rebatir. Y añadió, no obstante (sin rebajarse), que en todo caso su comportamiento había sido dema­siado simple, puesto que se había limitado a creer lo que veía, o sea que Isabel no mostraba impaciencia alguna por casarse ni Osmond por agradar (a pesar de sus reiteradas visitas, que nada suponían, a no ser que el pobre se mo­ría de aburrimiento en lo alto de su colina y la visitaba tan sólo por entretenerse). Isabel había guardado sus sentimientos para sí misma, pero el viaje a Grecia y a Egipto había sido una cortina de humo para su compa­ñera. Madame Merle aceptó el evento... no tenía por qué parecerle escandaloso. Pero el que ella hubiese te­nido parte alguna, doble o sencilla, era una imputación que rechazaba con orgullo. Debido sin duda a esa acti­tud de la señora Touchett y a la ofensa que entrañaba para las costumbres consagradas por tantas y tan gratas temporadas, madame Merle decidió pasar muchos me­ses seguidos en Inglaterra, donde su prestigio continuaba incólume. La señora Touchett la había ofendido, y hay cosas que no se pueden perdonar. Sin embargo, madame Merle sufría en silencio; siempre había algo de exquisi­to en su austera dignidad.

            Como ya he dicho, Ralph había querido ver la ver­dad por sí mismo, pero al intentarlo había vuelto a per­catarse de lo necio que había sido al poner en guardia a su prima. Había jugado la carta equivocada, y ahora te­nía perdida la partida. Ya no iba a ver ni a saber nada, pues ella llevaría siempre una máscara para él. El acierto habría consistido en mostrarse encantado con la boda, y así después, cuando, como Ralph decía, la cosa hiciera agua, ella podría haberse dado el gusto de decirle que ha­bía sido un necio. De buena gana hubiera él pasado por mentecato con tal de conocer la verdadera situación de Isabel. Ahora, en cambio, ella no le reprochaba sus fala­cias, ni tampoco presumía de haber acertado al deposi­tar su propia confianza. Si llevaba una máscara, era de las que cubrían por completo el rostro. La serenidad que en su semblante se pintaba era algo fijo y mecánico; no era una expresión, se decía Ralph, sino una representación, incluso una especie de anuncio. Isabel había perdido a su hijo, lo cual era un motivo de dolor, un dolor del que apenas hablaba; había más cosas que decir respecto de las que ella podía decirle a Ralph. Además, eso pertene­cía al pasado, había ocurrido seis meses atrás, y ella se había quitado ya la ropa de luto. Al parecer, ella llevaba una vida mundana. Ralph oyó decir que su posición so­cial era «extraordinaria». Por su parte, él observó que su prima producía la impresión de ser peculiarmente digna de envidia, incluso que suponía un gran privilegio llegar a conocerla. En efecto, su casa no se abría a todo e! mun­do y tenía cada semana una tarde de recibo a la que no invitaba así como así. Vivía Isabel con cierta magnifi­cencia, pero había que ser miembro de su círculo para advertirlo, pues en la vida ordinaria del señor Osmond y de su esposa no había nada que mirar boquiabierto, na­da que criticar, nada siquiera que admirar. Ralph reco­nocía en todo ello la mano del maestro, pues sabía que Isabel no tenía la facultad de producir unas impresiones estudiadas. Le pareció que su prima mostraba una gran afición al movimiento, a la alegría, al trasnoche, a las largas correrías a caballo, a la fatiga; un anhelo insacia­ble de entretenerse, de interesarse, incluso de aburrirse, de entablar conocimientos, de ver a gente nombrada y de explorar los alrededores de Roma, de entrar en relación con algunas de las reliquias más fosilizadas de su vieja so­ciedad. En todo eso había mucha menos selección que en aquel deseo de una madurez que todo lo abarcara, aquel deseo que tantas veces había servido para Ralph de blanco de su ingenio. En algunos de los impulsos de Isa­bel había una especie de violencia, en algunos de sus ex­perimentos había cierta tosquedad, que a Ralph le cau­saron honda sorpresa; y hasta le pareció que ella hablaba más deprisa, se movía más deprisa, incluso comía más deprisa que antes de casarse. Era indudable que Isabel había incurrido en exageraciones..., ella, a la que antes tanto preocupaba la verdad, y, si en otro tiempo hallaba un verdadero deleite en la polémica bienhumorada, en el juego del intelecto (nunca parecía tan encantadora co­mo cuando, en el calor de la discusión, recibía un tre­mendo golpe espiritual en pleno rostro, golpe que ella se apartaba como si fuera una pluma), ahora diríase que todo le daba igual y que no atribuía importancia ni a es­tar de acuerdo con los demás ni a disentir de ellos. Si an­tes había sido curiosa, parecía ahora indiferente, y, sin embargo, a pesar de su indiferencia, su actividad resul­taba mayor que nunca. Delgada siempre, aunque más se­ductora que antes, no presentaba un aspecto más madu­ro, pero había en su arreglo personal un cuidado y un esplendor que ponían en su belleza un toque de inso­lencia. Pobre Isabel, de corazón tan humano ¿qué ex­traña perversidad la había picado? Se diría que su paso leve arrastraba en pos de sí metros y metros de tela, que su inteligente cabeza sostenía una majestuosa diadema. Aquella muchacha libre y vehemente se había trocado en una persona muy distinta; y lo que veía él era la dama elegante que, al parecer, representaba algo. ¿Y qué era lo que Isabel representaba?, se preguntó Ralph, y lo úni­co que se le ocurrió responderse fue que representaba a Gilbert Osmond. «¡Dios santo, qué papel!», exclamó apenado. Estaba sumido en el asombro ante el misterio insondable de las cosas.

            Como acabo de decir, notaba la mano de Osmond, la reconocía a cada paso. Veía cómo aquel hombre lo con­tenía todo dentro de ciertos límites, cómo ajustaba, re­gulaba y animaba el modo de vivir de los dos. Osmond se hallaba en su elemento; por fin tenía material con que trabajar. Poseía buena vista para los efectos, y esos efec­tos eran siempre minuciosamente calculados. No los pro­ducía por medios vulgares, pero el motivo solía ser tan vulgar como grande era el arte. Rodear el interior de su casa con una especie de aureola de odiosa santidad, atormentar a la sociedad con un sentimiento de exclu­sión, hacer creer que su mansión era distinta de todas las demás, prestar al rostro que ofrecía al mundo una fría originalidad... en eso consistía el ingenioso esfuerzo del individuo a quien Isabel había atribuido una moral superior. «Indudablemente ese hombre trabaja con un material superior -se decía Ralph-; es una abun­dancia, una opulencia comparado con sus anteriores re­cursos». Ralph era un hombre perspicaz, pero nunca lo había sido tanto, a su propio juicio, como cuando obser­vó, para su coleto, que, aunque aparentaba interesarse sólo por los valores intrínsecos, Osmond vivía exclusi­vamente para el mundo. Lejos de ser el dueño del mun­do, como pretendía ser, era su humilde siervo, cifrando la medida de su éxito en el grado de atención que el mun­do le concedía. Vivía atento a él de la mañana a la noche, y el mundo era tan necio que no se daba cuenta del truco. Todo, absolutamente todo lo que hacía era pura pose... una pose tan perfectamente estudiada que había que es­tar ojo avizor para no tomarla por impulso. Ralph no se había tropezado jamás con un hombre que viviera hasta tal punto en el país de la consideración. Sus gustos, sus estudios, sus logros, sus colecciones, todo era intencio­nado. Su vida en lo alto de la colina de Florencia había sido una actitud consciente durante años y años. Su so­ledad, su aburrimiento, su amor por su hijita, sus modales corteses, sus modales descorteses, eran otros tantos ele­mentos de una imagen mental que tenía siempre ante los ojos como un modelo de mistificación e impertinen­cia. Su ambición no consistía en complacer, al mundo, sino a sí mismo, excitando la curiosidad de los demás pa­ra luego negarse a satisfacerla. Siempre le había hecho sen­tirse importante conseguir embaucar al mundo. Lo que en toda su vida había hecho más directamente por darse gusto a sí mismo era casarse con la señorita Archer, si bien en ese caso el mundo crédulo estaba encarnado por la po­bre Isabel, que se había dejado embaucar hasta el fondo.

Ralph, desde luego, se encontraba más a gusto sien­do coherente. Había abrazado un credo y, como por él había sufrido, no podía apostatar honrosamente. Doy ese ligero esbozo de los artículos de su credo por lo que a la sazón pudieran valer. Indudablemente era en extremo habilidoso para adaptar los hechos a su teoría... incluso el hecho de que, durante el mes que en aquel entonces pasó en Roma, el marido de la mujer a quien amaba pa­recía no considerarle en absoluto un enemigo.

            Para Gilbert Osmond, Ralph no tenía ahora impor­tancia. No era que tuviese la importancia de un amigo, sino que no tenía importancia de ninguna clase. Era el primo de Isabel y estaba enfermo de un modo más bien desagradable... ésa era la base sobre la cual Osmond le trató. Hizo las inquisiciones de rigor, le preguntó por su salud, por la señora Touchett, su opinión sobre los cli­mas de invierno, si estaba cómodo en su hotel. En las contadas ocasiones en que se vieron no le dirigió ni una sola palabra que no fuera necesaria, pero sus modales mostraron siempre la cortesía propia del éxito conscien­te ante el fracaso también consciente. Pese a todo lo cual Ralph tuvo, ya hacia el final, ¡a aguda impresión íntima de que Osmond daba pocas facilidades a su esposa para que siguiera recibiendo al señor Touchett. No era que estuviese celoso... tenía esa excusa, pues nadie podía es­tar celoso de Ralph, pero hacía pagar a Isabel su cariño de antaño, del que todavía quedaba tanto. Y como Ralph no quería que Isabel pagase demasiado, una vez que su sospecha se hizo aguda, se quitó de en medio. Con ello privó a Isabel de una ocupación interesante, que era la de averiguar por qué admirable principio su primo se mantenía en vida. Isabel había decidido que no era otro que el de su amor a la conversación, que ahora era más brillante que nunca. Ralph había abandonado sus paseos, no era el caminante divertido de antaño. Permanecía sentado todo el santo día en un sillón... casi cualquier asiento servía, y dependía tanto de lo que uno pudiera hacer por él que, de no haber sido su conversación alta­mente contemplativa, cualquiera habría pensado que es­taba ciego. El lector ya sabe acerca de él mucho más de lo que Isabel llegaría a saber nunca, y por lo tanto pue­de proporcionársele la clave de semejante misterio. Lo que mantenía en vida a Ralph era sencillamente el he­cho de que todavía no había visto bastante de la persona que más le interesaba en el mundo; todavía no se sentía satisfecho. Aún faltaban cosas, no podía hacerse a la idea de perdérselas. Quería ver lo que Isabel hacía con su ma­rido... o lo que su marido hacía con ella. Eso constituía sólo el primer acto de la obra, y estaba decidido a que­darse hasta el final de la representación. Su determina­ción había resistido; le había mantenido en pie durante dieciocho meses más, hasta su regreso a Roma con lord Warburton. Le había dado, de hecho, una apariencia tal de querer vivir indefinidamente que la señora Touchett, aunque más proclive que nunca a toda suerte de confu­siones mentales respecto a aquel extraño, poco remune­rador y poco remunerado hijo, no había tenido escrú­pulos, como ya hemos sabido, en embarcarse para tierras lejanas. Si a Ralph le había mantenido en vida la incer­tidumbre, fue con muy parecida emoción -la excitación de pensar en qué estado habría de encontrarle- como Isabel subió a las habitaciones de su primo al día siguiente de que lord Warburton le comunicara la llegada de éste a Roma.

            Pasó una hora con él; fue la primera de varias visi­tas. Gilbert Osmond fue a verle puntualmente, y el pro­pio Ralph, como se enviara el coche a buscarle, acudió más de una vez al Palazzo Roccanera. Al cabo de dos se­manas, Ralph anunció a su amigo lord Warburton que ya no pensaba ir a Sicilia. Los dos habían cenado juntos después de una jornada que el último había pasado va­gando por la campiña romana. Se habían levantado de la mesa, y lord Warburton, delante de la chimenea, es­taba encendiendo un cigarro que enseguida apartó de sus labios.

            -Cómo, ¿ya no piensas ir a Sicilia? -preguntó-. ¿Adonde quieres ir, entonces?

            -Me parece que no voy a ir a ninguna parte -dijo Ralph desde el sofá sin la menor vergüenza.

            -Qué piensas entonces, ¿regresar a Inglaterra?

            -Oh, nada de eso, amigo mío: quedarme tranqui­lamente en Roma.

            -Pero no va a sentarte bien. Roma no es un sitio bastante cálido.

            -Pues tendrá que convenirme. Yo haré que me con­venga. Tú mismo puedes ver lo bien que me ha sentado.

            Lord Warburton se le quedó mirando, dando chu­padas al cigarro y como si intentara comprender.

            -Estás mejor que durante el viaje, es cierto. Toda­vía me pregunto cómo has podido aguantarlo. Pero la verdad, yo no entiendo de tu estado. Te recomiendo que intentes ir a Sicilia.

            -No puedo intentarlo -dijo el pobre Ralph-. Ya no puedo seguir intentando. No soy capaz de continuar. No puedo arriesgarme a hacer ese viaje. Imagíname en­tre Escila y Caribdis. No quiero morir en las llanuras si­cilianas y ser arrebatado, como Proserpina en la misma localidad, hacia las regiones oscuras del averno.

            -¿Para qué demonios has venido entonces? -pre­guntó el ilustre lord.

            -Porque me dio por ahí. Sé que no va a salir bien. Lo mismo da que esté en un sitio o en otro. Ya he ago­tado todos los remedios, he aguantado todos los climas. Ya que estoy aquí, aquí me quedo. En Sicilia no tengo prima ninguna, y mucho menos, casada.

            -Indudablemente, tu prima es un incentivo. Pero ¿qué dice a todo eso el médico?

            -No se lo he preguntado, y me importa un comi­no. Si muero aquí, la señora Osmond se encargará de en­terrarme. Pero estoy seguro de que no moriré aquí.

            -Así lo espero -dijo lord Warburton, que conti­nuaba fumando, meditabundo-. En fin -añadió-, por mi parte, estoy encantado de que no insistas en ir a Sicilia. Me daba horror ese viaje.

            -Pero a ti no te afectaba. Yo no tenía la menor in­tención de arrastrarte conmigo.

            -Y yo no pensaba dejarte ir solo.

            -Mi querido Warburton, nunca he contado con que me siguieras más allá de Roma -exclamó Ralph.

            -Pero yo habría ido contigo y te habría dejado ins­talado -dijo lord Warburton.

            -Eres un buen cristiano... y un hombre bueno.

            -Y luego habría vuelto aquí.

            -Y después a Inglaterra.

            -No, no; me habría quedado aquí.

            -Entonces, si los dos estamos en lo mismo -dijo Ralph-, ¡no sé qué pinta Sicilia!

            Su compañero guardó silencio; sentado, miraba fi­jamente el fuego. Levantó, al fin, los ojos y preguntó:

            -Dime la verdad; cuando salimos, ¿pensabas de ve­ras llegar a Sicilia?

            -¡Ah! Vous m'en demandez trop! Antes, permíteme hacerte otra pregunta, Al venir conmigo, ¿lo hacías del todo platónicamente?

            -No sé lo que quieres decir con eso. Quería ir al extranjero.

            -Sospecho que cada uno de nosotros ha estado ha­ciendo su pequeño juego.

            -Habla por cuenta propia. Yo no tengo por qué

ocultar que deseaba permanecer aquí una temporada.

            -Cierto, ahora recuerdo que dijiste que deseabas ver al ministro de Relaciones Exteriores.

            -Lo he visto ya tres veces. Es muy divertido.

            -Me parece que ya has olvidado lo que te traía aquí -dijo Ralph.

            -Tal vez -contestó con seriedad su compañero.

            Estos dos caballeros, pertenecientes a una raza que no se distingue por su falta de reserva, habían viajado juntos desde Londres hasta Roma sin hacer la menor alu­sión a cosas que estaban muy presentes en el ánimo de ambos. Había una cuestión ya vieja que alguna vez ha­bían discutido, pero a la que ya no prestaban tanta aten­ción, e incluso después de su llegada a Roma, en donde tantas otras cosas les remitían a ella, habían guardado el mismo silencio medio receloso, medio confiado.

            Después de una larga pausa, lord Warburton dijo de pronto:

            -De todos modos, mi consejo es que pidas permi­so al médico.

            -Ese permiso le quitaría la gracia. Procuro pres­cindir de él siempre que puedo.

            -¿Qué piensa de ello la señora Osmond? -pre­guntó el amigo de Ralph.

            -No se lo he dicho... Tal vez diga que Roma es de­masiado fría y se ofrezca a acompañarme a Catania. Es capaz de ello.

            -A mí, si estuviera en tu lugar, eso me gustaría.

            -Pero a su marido no le gustará.

            -Me lo imagino, aunque no creo que debas preo­cuparte por lo que le guste o no al marido. Eso es cosa de él.

            -No quiero crear discordia entre ellos -dijo Ralph.

            -¿Tanta hay ya?

            -Por lo menos, todo está preparado para que la haya. Si Isabel se fuera conmigo provocaría la explo­sión. A Osmond no le hace ninguna gracia el primo de su mujer.

            -Entonces es claro que armaría un alboroto. Pero ¿no lo armará igualmente si te quedas aquí?

            -Esto es lo que quiero ver. Lo armó la última vez que estuve en Roma, y entonces consideré que era mi deber desaparecer. En cambio, ahora pienso que mi de­ber es precisamente quedarme y tratar de defenderla.

            -Mi querido Touchett... ¡lo que son tus poderes de­fensivos...! -empezó diciendo sonriente lord Warburton. Pero algo que vio en el rostro de su amigo le contuvo, de modo que continuó, más en serio-: Tu deber, en estas circunstancias, me parece una cuestión sutil.

            Ralph estuvo un rato sin decir palabra.

            -Es verdad que mis poderes defensivos son mo­destos -respondió al fin-, pero como mi fuerza agre­siva es todavía menor, es posible que Osmond piense que no valgo siquiera lo que vale la pólvora de su pistola. De todos modos, hay cosas que tengo curiosidad por ver.

            -Es decir, que vas a sacrificar tu salud a tu curiosidad.

            -Mi salud no me interesa demasiado, y la señora Osmond me interesa muchísimo.

            -También a mí. Pero no como antaño -se apresu­ró a añadir lord Warburton. Ésta era una alusión que no había tenido oportunidad de hacer hasta aquel momento.

            -¿Tú crees que es muy feliz? -preguntó Ralph, en­valentonado por esa confidencia.

            -No sé qué decirte. Apenas he pensado en ello. La otra noche me dijo que era feliz.

            -Naturalmente, a ti tenía que decirte eso -excla­mó Ralph sonriendo.

            -No veo por qué. Me parece más bien que yo soy la persona a quien ella podría quejarse.

            -¿Quejarse? Ella no se quejará nunca. Ha hecho... lo que ha hecho... y lo sabe. Serías el último a quien ella se quejaría. Tiene mucho cuidado con lo que hace.

            -Pues no tiene por qué. No pienso volver a cor­tejarla.

            -Me encanta oírtelo decir. Al menos, no cabe du­da de cuál es tu obligación.

            -¡Ah, no! Ninguna, desde luego -dijo seriamente lord Warburton.

            -¿Me permites una pregunta? ¿Es para dejar en cla­ro que no piensas volver a cortejarla por lo que te mues­tras tan amable con la jovencita?

            Lord Warburton dio un respingo, se levantó y se de­tuvo delante del fuego, mirándolo fijamente.

            -¿Te parece muy ridículo?

            -¿Ridículo? En absoluto. Si de verdad te gusta la muchacha.

            -Me parece una criatura deliciosa. No recuerdo a ninguna joven de su edad que me haya gustado tanto.

            -Es una muchacha encantadora. Ah, por lo menos, ella es auténtica.

            -Claro que hay que pensar en la diferencia de edad... más de veinte años.

            -Mi querido Warburton, ¿hablas en serio? -pre­guntó Ralph.

            -Totalmente en serio..., hasta ahora.

            -Me alegro mucho -exclamó Ralph-. ¡Cielo san­to! ¡Habrá que ver lo contento que va a ponerse el bue­no de Osmond!

            -Oye, no lo estropees -dijo su compañero frun­ciendo el ceño-. No tengo la menor intención de pe­dir la mano de su hija para agradarle a él.

            -Pero él tendrá la perversidad de sentirse halagado de todos modos.

            -No creo, no me aprecia hasta ese punto -dijo el aristócrata.

            -¿Hasta qué punto? Mi querido Warburton, lo ma­lo de tu posición es que no hace falta apreciarte para que­rer emparentar contigo. En cambio yo, en tu caso, ten­dría la grata certeza de ser apreciado.

            Pero lord Warburton no parecía muy inclinado a considerar axiomas generales..., estaba pensando en un caso particular.

            -¿Crees que a ella le halagará? -preguntó.

            -¿Te refieres a la muchacha? Le encantará, tenlo por seguro.

            -No, no; me refiero a la señora Osmond. Ralph le miró fijamente un momento.

            -Mi querido amigo, ¿qué tiene que ver ella con eso?

            -Tiene muchísimo que ver. Quiere mucho a Pansy.

            -Eso es cieno, es cierto -dijo Ralph poniéndose en pie lentamente-. He ahí una cuestión interesante... hasta dónde la llevará su cariño por Pansy. -Se detuvo con las manos en los bolsillos y el ceño fruncido. Luego exclamó-: Supongo que, en fin... que estás muy... muy seguro... ¡Demonio!... No sé cómo decirlo.

            -Sí que sabes. Sabes decirlo todo.

            -Es que... resulta embarazoso... ¿Estás seguro de que entre los méritos de la señorita Osmond no es el principal el de estar..., eh..., tan cerca de su madrastra?

            -¡Por Dios, Touchett! ¿Por quién me tomas? -ex­clamó lord Warburton en tono airado.

 

 

 

40

 

 

            Desde su matrimonio, Isabel no había visto mucho a madame Merle, porque esta dama se ausentaba con fre­cuencia de Roma. Una vez pasó seis meses seguidos en Inglaterra, y otra, gran parte del invierno en París. Ha­bía hecho numerosas visitas a amigos distantes y daba pie a sospechar que en el futuro sería una romana menos in­veterada que en el pasado. Como hasta ahora había sido una habitante inveterada de Roma sólo en el sentido de tener constantemente un pisito en uno de los más solea­dos rincones del Pincio..., pisito que a menudo perma­necía deshabitado... ello parecía sugerir la posibilidad de una ausencia casi constante; peligro que en cierta época Isabel se había sentido inclinada a deplorar. La familia­ridad había ido modificando en cierto grado su primera impresión de madame Merle, pero no la había alterado esencialmente. Todavía le despertaba una asombrada ad­miración. El personaje estaba armado por los cuatro cos­tados. Era un placer ver un carácter tan admirablemente pertrechado para la batalla social. Enarbolaba discreta­mente su bandera, pero sus armas eran del mejor acero, y las usaba con una destreza que a Isabel le parecía cada vez más la de un veterano. No daba nunca la impresión de estar fatigada, ni embargada por algún disgusto; nun­ca parecía necesitar descanso ni consuelo. Tenía sus ideas propias; muchas las había expuesto en otro tiempo ante Isabel, que sabía también que, bajo la apariencia de un extraordinario dominio de sí misma, su cultísima ami­ga ocultaba una exquisita sensibilidad. Sin embargo, su voluntad era dueña de su vida, y había algo aguerrido en su manera de seguir siempre adelante. Era como si hubiera descubierto el secreto, como si el arte de la vi­da fuese un astuto truco que hubiese adivinado. Isabel, a medida que iba creciendo en años, conocía los dis­gustos, las rebeldías, hasta el extremo de que algunos días el mundo se le aparecía negro y se preguntaba con cierta acritud para qué pretendía vivir. Su antigua cos­tumbre había sido vivir gracias al entusiasmo, enamo­rarse de las posibilidades súbitamente percibidas, de la idea de alguna nueva aventura. Cuando era más joven, solía pasar de una exaltación a otra, sin que entre ellas se produjeran intervalos de aburrimiento. Pero mada­me Merle había suprimido el entusiasmo, ya no se ena­moraba de nada y vivía enteramente guiada por la ra­zón y por la sabiduría. Había momentos en que Isabel hubiera dado cualquier cosa por unas cuantas lecciones de aquel arte, y, si su ilustre amiga hubiese estado cer­ca, habría acudido a ella. Se daba cuenta mucho más que antes de las ventajas que proporciona el ser así... el haberse convertido en una superficie lisa, en una espe­cie de coraza de plata.

            Mas, como digo, hasta el invierno en que últimamente renovamos el contacto con nuestra heroína, no había vuel­to el personaje en cuestión a pasar una larga temporada en Roma. Isabel la veía ahora mucho más de lo que la ha­bía visto desde su boda; pero a estas alturas las necesida­des y aficiones de nuestra heroína habían cambiado sen­siblemente. A la sazón no era a madame Merle a quien habría acudido en busca de instrucción, pues ya no expe­rimentaba el deseo de conocer el truco clarividente de esa dama. Ahora pensaba que si tenía penas, debía callárse­las, y, si la vida le resultaba difícil, no facilitaría las cosas el confesarse derrotada. Sin duda alguna madame Merle era de gran utilidad para sí misma y un ornato en cual­quier círculo social; pero ¿era -seria- igualmente útil para los demás en momentos de sutil apuro? La mejor manera, pues, de aprovecharse de la sabiduría de su ami­ga -y eso era lo que Isabel había pensado siempre- era imitarla, ser tan firme y brillante como ella. Madame Mer­le no confesaba sus apuros e Isabel, considerando este he­cho, decidió por enésima vez deshacerse de los suyos. Le pareció además, al reanudar unas relaciones que prácti­camente se habían truncado, que su antigua aliada se mos­traba diferente, casi despegada... llevando al extremo un cierto temor más bien artificial de ser indiscreta. Ralph Touchett, como ya sabemos, había sido de la opinión que aquella dama tendía a exagerar, a forzar la nota... que, co­mo vulgarmente se dice, se pasaba de la raya. Isabel no había admitido jamás semejante acusación..., de hecho nunca la había entendido del todo. A su parecer, la con­ducta de madame Merle llevaba siempre el sello del buen gusto, era siempre «apacible». Sin embargo, en aquello de no querer mezclarse en la vida íntima de la familia Os­mond, pensaba nuestra heroína que exageraba un poco. Eso no era, naturalmente, del mejor gusto, eso era un tan­to violento. Madame Merle se acordaba demasiado de que Isabel estaba casada, de que ahora tenía otras in­quietudes; de que aunque ella, madame Merle, había conocido a Gilbert Osmond y a la pequeña Pansy muy bien, casi mejor que nadie, en fin de cuentas no formaba parte de su círculo familiar. Estaba siempre en guardia y no hablaba nunca de sus asuntos a menos que se le pre­guntara, que se la presionara incluso..., como cuando se requería su opinión; tenía pavor a parecer entrometida.

Madame Merle era tan sincera como ya sabemos y un día expresó sinceramente ese pavor ante Isabel.

            -No tengo más remedio que estar en guardia, por­que, a lo mejor, sin sospecharlo, podría ofenderla. Ten­dría usted razón al ofenderse, aunque mis intenciones fueran de lo más puro. Yo no debo olvidar que conocí a su esposo mucho antes que usted, no debo consentir que eso me delate. Si usted fuese una mujer tonta, podría sen­tirse celosa; afortunadamente usted no es tonta, eso lo sé perfectamente. Tampoco yo lo soy, y por lo tanto estoy decidida a no meterme en líos. Un poco de daño se ha­ce sin querer, y un error se comete, aun sin querer, an­tes de que una pueda darse cuenta. Desde luego, si yo hubiese querido enamorar a su marido, habría tenido diez años para hacerlo sin ningún impedimento; de mo­do que no sería lógico que empezase ahora, cuando soy mucho menos atractiva que entonces. Pero, si yo la mo­lestase a usted pareciendo querer ocupar un sitio que no me pertenece, usted no se haría tal reflexión, sino que me culparía de olvidar ciertas diferencias... Y yo estoy re­suelta a no olvidarlas. Indudablemente, una buena ami­ga no está siempre pensando en estas cosas, nadie sos­pecha que sus amigos obren injustamente. Yo no sospecho en absoluto de usted, querida, pero sospecho de la natu­raleza humana. No piense que me siento siempre incó­moda, pues no me dedico a vigilarme todo el tiempo. Creo que se lo estoy demostrando suficientemente por el hecho de hablarle como le hablo. Lo único que le quie­ro decir, en fin, es que si usted llegara a sentirse celosa... ya que ésa sería la forma que adoptaría el caso... yo a la fuerza pensaría que era un poco por mi culpa. Desde lue­go que no sería por culpa de su marido.

Isabel había tenido tres años para meditar sobre aquella teoría de la señora Touchett de que madame Merle había arreglado el matrimonio de Gilbert Os­mond. Y ya sabemos cómo la había recibido en un prin­cipio. Era muy posible que madame Merle hubiese compuesto la boda de Gilbert Osmond, pero en abso­luto la de Isabel Archer. Ésta había sido obra de... Isa­bel apenas sabía de qué: de la naturaleza, del azar, de la providencia, del eterno misterio de todas las cosas. Bien es cierto que la queja de su tía no se refería tan­to a la actividad de madame Merle cuanto a su dupli­cidad; ella había provocado el extraño acontecimiento y después había negado su culpa. Esa culpa no habría sido grande, a juicio de Isabel, pues no' podía ver deli­to en que madame Merle hubiese sido el agente causal de la amistad más importante que había hecho en su vi­da. Esto se le había ocurrido justo en vísperas de su matrimonio, tras un pequeño altercado con su tía y en una época en que era todavía capaz de aquella amplia introspección, hecha con el tono del historiador filo­sófico, en sus anales todavía incipientes. Si madame Merle había deseado su cambio de estado, lo único que cabía decir es que había sido una idea feliz. Con ella, además, había actuado con total franqueza, no ocul­tando jamás su alta opinión de Gilbert Osmond. Des­pués de su boda, Isabel descubrió que su marido abri­gaba una opinión menos cómoda del asunto, y raras veces consentía, durante sus conversaciones, en pasar entre los dedos aquella cuenta, la más suave y redon­da del rosario social de los dos.

            -¿No te gusta madame Merle? -le había pregun­tado una vez Isabel-. Pues ella tiene muy buena opi­nión de ti.

            -Te lo diré de una vez por todas -había contestado Osmond-. Antes me gustaba más que ahora. Ya estoy can­sado de ella, aunque me avergüenza decirlo. ¡Es tan antinaturalmente buena! Me alegro de que no esté en Italia; se encuentra uno más relajado... es una especie de deténte mo­ral. No hables mucho de ella, sería como hacerla volver. Ya volverá a su debido tiempo, pierde cuidado.

            En efecto, madame Merle volvió antes de que fuera demasiado tarde... es decir, demasiado tarde para recobrar las ventajas que hubiese podido perder. Entretanto, si, como ya he dicho, se mostraba sensiblemente distinta, tampoco la manera de sentir de Isabel era la misma. Su consciencia de la situación era tan aguda como antes, pe­ro mucho menos satisfactoria. Un espíritu insatisfecho, por muchas cosas que eche de menos, nunca se halla es­caso de razones: florecen como los ranúnculos en el mes de junio. El hecho de que madame Merle hubiera tenido parte en el matrimonio de Gilbert Osmond dejó de ser uno de sus títulos honoríficos; a fin de cuentas, podría ha­berse escrito que no era tanto lo que había que agrade­cerle. Con el paso del tiempo, cada vez había menos que agradecerle, e Isabel acabó por decirse que tal vez sin la intervención de su amiga esas cosas no habrían sucedi­do. Cierto que tal reflexión fue sofocada al instante; Isa­bel se horrorizó de inmediato por habérsela hecho. «Me pase lo que me pase -Isabel se dijo entonces-, no de­bo ser nunca injusta; mi deber es soportar mi carga y no traspasársela a los demás». Semejante disposición de áni­mo fue puesta a prueba más adelante por aquella inge­niosa apología de su conducta presente que madame Mer­le tuvo a bien hacer, y de la cual he dado un esbozo; porque había algo sin duda irritante..., casi un aire de burla, en sus claras convicciones y sus nítidas distinciones. En la mente de Isabel nada estaba claro a aquellas alturas; había una confusión de pesares y un enredo de temores. Pare­cía sentirse desamparada al separarse de su amiga, que acababa de hacer las declaraciones que he citado. ¡Ma­dame Merle sabía tan poco de lo que ella estaba pensan­do! Isabel, además, se sentía incapaz de explicarlo. ¿Có­mo, celos de su amiga... celos de ella con Gilbert? Tal idea no le sugería en absoluto una realidad próxima. Ojalá hubiese sido posible concebir celos, habrían cons­tituido una especie de refrigerio. ¿No eran, en cierto modo, uno de los síntomas de la felicidad? Madame Mer­le, sin embargo, era sabia, tanto que podía pretender co­nocer a Isabel mejor aún de lo que Isabel se conocía a sí misma. Esta joven había sido siempre fecunda en deci­siones... muchas de ellas de elevado carácter; pero en nin­gún otro período de su vida habían florecido con tanta fuerza como ahora en lo recóndito de su corazón. A de­cir verdad, todas ellas tenían un aire de familia y podían resumirse en la determinación de que, si tenía que ser desgraciada, no sería por su propia culpa. Su pobre es­píritu alado había tenido siempre un vivo deseo de obrar lo mejor posible, y hasta el presente no había recibido serios desalientos. Deseaba, por lo tanto, aferrarse a la justicia, y no resarcirse con venganzas mezquinas. Asociar a madame Merme con su desengaño habría constituido una venganza mezquina... sobre todo porque el placer que ello le reportase habría sido del todo insincero. Ha­bría podido alimentar su sensación de amargura, pero no podía aflojar sus cadenas. Era imposible tratar de con­vencerse de que no había obrado con los ojos abiertos, pues si una joven había actuado alguna vez con entera libertad, fue ella. Bien era cierto que una muchacha ena­morada no era un ser libre, pero la única fuente de su error había sido ella misma. No había existido conjura ni trampa de ninguna clase; ella y sólo ella había mirado, considerado y resuelto. Cuando una mujer cometía se­mejante error, no había más que un modo de reparar­lo..., reparación inmensa (¡ah, y con la mayor grandeza!): aceptarlo. Una locura era bastante, sobre todo si iba a durar para siempre, y una segunda no la corregiría ape­nas. En este voto de reticencia había cierta nobleza que sostenía a Isabel; pero a pesar de todo madame Merle había hecho bien en tomar las precauciones debidas.

            Un día, aproximadamente un mes después de que Ralph Touchett llegara a Roma, Isabel volvía de dar un paseo con Pansy. El mostrarse tan afable con Pansy no era tan sólo parte de su decisión de ser justa, sino que obedecía también a su ternura por todo lo que era puro y débil. Quería de veras a Pansy, y en su vida no había nada que tuviese la rectitud del afecto de aquella criatu­ra ni la dulzura de su propia clarividencia respecto de se­mejante sentimiento. Era como una suave presencia... como una mano diminuta dentro de la suya; y por parte de Pansy era más que un afecto, era una especie de fe ar­diente y coercitiva. Del lado de Isabel, la sensación de aquella dependencia de la jovencita era más que un pla­cer, operaba como una razón concreta cuando otras de­terminaciones amenazaban abandonarla. Se había dicho a sí misma que hay que asumir el deber allí donde se lo encuentre, y buscarlo en la medida de lo posible. El afec­to de Pansy era una exhortación directa, parecía como si le advirtiera de que ahí había una oportunidad, acaso no extraordinaria, pero sí inconfundible. Oportunidad de qué, Isabel apenas lo habría podido decir; en general, de ser para la muchacha más de lo que la muchacha pudiese ser para sí misma. Isabel acaso se habría sonreído al re­cordar que su pequeña compañera se había mostrado en cierta época algo ambigua, pues ahora comprendía que aquello que le pareció ambigüedad no era sino su propia tosquedad de visión. Isabel no había podido creer que na­die pudiera tener tanto empeño... tantísimo empeño:.. en agradar. Pero desde entonces había visto esa delicada facultad en acción, y sabía ya qué pensar de ella. Cons­tituía todo el ser de la criatura... era una especie de ge­nialidad. Pansy no tenía orgullo que la estorbase, y, aun­que iba extendiendo de día en día sus conquistas, no se envanecía. Las dos estaban constantemente juntas. Rara vez se veía a la señora Osmond sin su hijastra. A Isabel le agradaba su compañía; hacía el mismo efecto de llevar un ramillete compuesto todo de la misma flor. Había convertido en un artículo de su religión el propósito de no desatender a Pansy, no desatenderla en ninguna cir­cunstancia. Por su parte, la joven daba todas las mues­tras de estar más a gusto en compañía de Isabel que en la de ninguna otra persona, excepto su padre, al que ad­miraba con una intensidad justificada por el hecho de que, como la paternidad constituía un placer exquisito para Osmond, éste había sido siempre un padre deleito­samente blando. Isabel se daba cuenta de cuánto le gus­taba a Pansy estar con ella y hasta qué punto estudiaba la joven la manera de complacerla. Pansy había decidi­do que la mejor manera de agradarle era la negativa, que consistía en no ocasionarle molestias... convicción que des­de luego no podía hacer referencia a las molestias ya exis­tentes. Se mostraba, por lo tanto, ingeniosamente pasi­va y casi imaginativamente dócil; ponía el mayor cuidado hasta en moderar el ímpetu con que asentía a las pro­posiciones de Isabel, y que pudiera haber implicado la posibilidad de que ella deseara otra cosa. Jamás inte­rrumpía, no hacía jamás preguntas por pura fórmula, y aunque la aprobación la encantaba hasta el punto de ha­cerla palidecer, no tendía jamás la mano para pedirla. Se limitaba a esperar con anhelo..., con un gesto que, a me­dida que fue creciendo, hizo de sus ojos los más her­mosos del mundo. Cuando, durante el segundo invier­no que pasaron en al Palazzo Roccanera, empezó la muchacha a asistir a fiestas y bailes, era siempre la pri­mera en proponer que se marchasen a casa a una hora razonable, no fuera que la señora Osmond llegara a can­sarse. Isabel apreciaba ese sacrificio de los últimos bai­les, pues le constaba que su pequeña compañera experi­mentaba una auténtica pasión por ese ejercicio, ajustando sus pasos a la música como un hada escrupulosa. Ade­más, la vida de sociedad no encerraba para ella inconve­nientes; le gustaba hasta en lo que tenía de fatigoso... el calor a veces sofocante de los salones de baile, el aburri­miento de las cenas, los apretujones en las puertas, la abu­rrida espera del carruaje. Durante el día, en ese vehícu­lo, iba sentada al lado de su madrastra, con una postura rígida y atenta, un poco inclinada hacia delante y vaga­mente sonriente, como si fuera la primera vez que la sa­caran de paseo.

            En el día de que hablo habían salido por una de las puertas de la ciudad, y al cabo de media hora dejaron el coche esperándolas junto a la carretera mientras da­ban un paseo sobre la corta yerba de la campiña roma­na, que hasta en los meses de invierno está salpicada de florecillas. Era casi un hábito cotidiano de Isabel, que era muy aficionada a caminar y que lo hacía con paso largo y ligero, aunque no tan ligero como cuando lle­gó a Europa. Si bien no era la forma de ejercicio que Pansy prefería, le gustaba, porque le gustaba todo; de suerte que avanzaba con una ondulación más corta al lado de la esposa de su padre, que después, al regresar a Roma, accedía a sus gustos haciendo que el coche vol­viese por el Pincio o por Villa Borhese. Pansy había re­cogido unas cuantas flores en un rincón soleado, lejos de las murallas de Roma, y al llegar al Palazzo Rocca­nera fue directamente a su habitación para ponerlas en un búcaro. Isabel pasó por el salón que ella ocupaba de ordinario, el segundo a partir del amplio vestíbulo al que se accedía desde la escalera, y en el que ni siquie­ra los lujosos arreglos de Gilbert Osmond habían lo­grado corregir un aspecto de majestuosa desnudez. Ape­nas traspasado el umbral del salón, Isabel se detuvo en seco, y lo hizo motivada por una fuerte impresión. La impresión no tenía, en realidad, nada de insólito, pero ella la sintió como algo nuevo, pues lo apagado de sus pasos le dio tiempo a contemplar la escena antes de in­terrumpirla. Madame Merle estaba allí, con el som­brero puesto, y Osmond conversaba con ella; durante cosa de un minuto no se dieron cuenta de su presen­cia. No era la primera vez que Isabel veía una escena parecida, pero lo que lamas había visto, o cuando me­nos observado, era que su coloquio se hubiese conve­nido en una especie de silencio familiar, del que, como advirtió de inmediato, su entrada iba a sacarles con un sobresalto. Madame Merle estaba de pie en la alfom­bra, un poco apartada del fuego, mientras que Gilbert Osmond permanecía sentado en un sillón, con la ca­beza apoyada en el respaldo y mirándola fijamente. Ma­dame Merle tenía, como de costumbre, la cabeza er­guida, pero bajaba los ojos para fijarlos en él. Lo que primero chocó a Isabel fue que madame Merle estu­viese de pie y él sentado; había en eso una anomalía que la impresionó. Luego se percató de que en su inter­cambio de ideas habían llegado a una pausa espontánea y que estaban meditando frente a frente, con esa liber­tad de los viejos amigos que intercambian a veces ideas sin necesidad de expresarlas verbalmente. No había en eso nada de que escandalizarse, ya que eran viejos ami­gos. Pero la escena se plasmó en una imagen que sólo duró un instante, como un súbito fogonazo. Sus pos­turas respectivas, su mirada mutuamente absorta, le dieron la sensación de haber detectado algo. Pero cuan­do empezaba a asumirlo, se acabó: madame Merle la ha­bía visto y saludado sin moverse de su sitio, en cambio su marido se había puesto en píe de un brinco. Ensegui­da murmuró algo sobre salir a estirar las piernas, y, des­pués de rogar a su visitante que le excusara, abandonó la habitación.

            -Vine a verla, suponiendo que estaría ya en casa, pero como no había llegado, me quedé a esperarla -di­jo madame Merle.

            -¿Gilbert no le pidió que se sentara? -preguntó Isabel con una sonrisa.

            Madame Merle miró en derredor suyo y dijo:

            -Ah, es cierto; es que estaba a punto de marcharme.

            -Pero ahora se quedará, supongo.

            -Naturalmente. He venido por un motivo especial. Tengo algo que decirle.

            -Como ya le he dicho en otras ocasiones, hace fal­ta algo extraordinario para traerla a usted a esta casa.

            -Y sabe también lo que yo le he dicho a usted, que tanto si vengo como si no, mis motivos son siempre los mismos... el afecto que le profeso.

            -Cierto, me lo ha dicho usted.

            -Pues ahora parece como si usted no lo creyera -di­jo madame Merle.

            -¡Ah! -respondió Isabel-. Lo último que yo pon­dría en duda sería la profundidad de sus motivos.

            -Antes dudaría usted de la sinceridad de mis palabras.

            Isabel movió la cabeza con un gesto grave.

            -Usted se ha portado siempre bien conmigo.

            -Cada vez que usted me lo permite. Pero a veces no lo acepta, y entonces hay que dejarla tranquila. Pero hoy no he venido para ser buena con usted, sino para otro asunto bien distinto. He venido para desembara­zarme de un problema mío y pasárselo a usted. De eso estaba hablando con su marido.

            -Me sorprende; usted sabe que a él no le gustan los problemas.

            -Sobre todo los de los demás, lo sé perfectamente.

Ni a usted tampoco, supongo. De todas maneras, le gus­ten a usted o no, tiene que ayudarme. Se trata del pobre Rosier.

            -¡Ah! -dijo Isabel con aire pensativo-. Entonces el problema es de él, no de usted.

            -Ha conseguido cargarlo sobre mis espaldas. Vie­ne a verme diez veces por semana para hablarme de Pansy.

            -Sí, estoy al tanto. Quiere casarse con ella.      Madame Merle vaciló.

            -Me ha parecido, por lo que su esposo me ha di­cho, que usted no lo sabía.

            -¿Cómo sabe él lo que yo sé? Él no me ha hablado

jamás del asunto.

            -Será porque no sabe cómo hablar del tema.

            -Sin embargo, es ésa una cuestión que no le suele desconcertar.

            -Sí, porque por regla general sabe perfectamente qué pensar. Pero ahora, no.

            -¿No se lo ha dicho a usted? -preguntó Isabel.

            Madame Merle le dirigió una sonrisa radiante y al­go forzada.

            -¿No cree que está siendo un poco adusta?

            -Sí. No puedo remediarlo. Rosier ha hablado tam­bién conmigo.

            -En eso ha obrado con buen criterio. Está usted tan próxima a la muchacha.

            -¡Ah! -dijo Isabel-. Pues no le he dado mucho

consuelo. Si a usted le parece que soy adusta, ¿qué le pa­receré a él?

            -Lo que le parece, creo yo, es que usted podría ha­cer más de lo que ha hecho.

            -Yo no puedo hacer nada.

            -En todo caso podrá hacer más que yo. Yo no sé qué misteriosa conexión habrá podido descubrir entre Pansy y yo; pero desde el principio, acudió a mí como si yo tuviese su suerte en mis manos. Ahora sigue vinien­do para acuciarme, para saber qué esperanzas puede te­ner, para desahogar sus sentimientos.

            -Parece muy enamorado -dijo Isabel.

            -Mucho... para lo que es él.

            -Mucho para lo que es Pansy, podría usted decir.

            Madame Merle bajó un momento los ojos.

            -¿No la cree usted atractiva? -preguntó.

            -La criatura más deliciosa que existe... pero muy limitada.

            -Razón de más para que la quiera el señor Rosier. Tampoco él es ilimitado.

            -No -dijo Isabel-. Tiene aproximadamente las dimensiones de un pañuelo, de esos pequeños con bor­de de encaje. -Su humor se había ido conviniendo en sarcasmo, pero se avergonzó de ejercitarlo contra un ob­jeto tan inocente como el pretendiente de Pansy-. Es muy bueno y muy formal -añadió enseguida-, y no tan tonto como parece.

            -Me asegura que ella está ilusionadísima con él -afirmó madame Merle.

            -Lo ignoro; no se lo he preguntado.

            -¿Nunca la ha sondeado usted un poquito?

            -Eso no me corresponde a mí, sino a su padre.

            -¡Ah! Es usted demasiado estricta -suspiró mada­me Merle.

            -Tengo que atenerme a mi propio criterio.

            Madame Merle volvió a dirigirle su sonrisa.

            -No es cosa fácil ayudarla a usted.

            -¿A mí? -dijo Isabel muy seriamente-. ¿Qué quie­re usted decir?

            -Es fácil incomodarla. ¿No ve como hago bien en andarme con cuidado? Por lo pronto, le comunico, co­mo acabo de comunicar a Osmond, que me lavo las ma­nos en el asunto de los amores de Pansy con el señor Edward Rosier. Je n y peux rien, moi! No puedo hablarle a Pansy acerca de él, sobre todo porque no lo considero un marido ideal.

            Isabel se quedó unos instantes pensativa y luego sonrió.

            -Entonces, no se lava usted las manos -dijo. Y aña­dió en distinto tono-: Ya no puede usted hacerlo... se ha tomado demasiado interés.

            Madame Merle se levantó despacio; había lanzado a Isabel una ojeada tan rápida como la insinuación que unos momentos antes vislumbrara nuestra heroína. Sólo que en esta ocasión Isabel no la captó.

            -Pregúnteselo la próxima vez, y lo verá.

            -No puedo preguntárselo; ha dejado de venir por es­ta casa. Gilbert le dio a entender que no es bien recibido.

            -Ah, es cierto -dijo madame Merle-. Ya lo había olvidado... y eso que es el tema central de sus lamenta­ciones. Dice que Osmond le ha insultado. De todos mo­dos, a Osmond no le desagrada tanto como él se figura.

            Se había levantado como para dar por terminada la conversación, pero se demoraba, mirando acá y allá; era evidente que le quedaba algo por decir. Isabel se dio cuenta de ello e incluso adivinó a dónde quería ir a pa­rar, pero también ella tenía sus razones para no dar el primer paso.

            -Eso le habrá complacido, si es que usted se lo ha dicho -respondió Isabel sonriendo.

            -Ya lo creo que se lo he dicho; en ese aspecto le he dado ánimos. Le he recomendado que tenga pa­ciencia y le he dicho que su caso no es del todo deses­perado con tal de que mantenga la boca cerrada y esté tranquilo. Pero, por desgracia, se le ha metido en la ca­beza sentir celos.

            -¿Celos?

            -Sí, de lord Warburton, que según él se pasa aquí la vida.

            Isabel, que estaba cansada, había permanecido sen­tada, pero al oír esto se levantó también.

            -¡Ah! -se limitó en exclamar, dirigiéndose despa­cio hacia la chimenea,

            Madame Merle la observó avanzar y detenerse un momento ante el espejo de encima de la chimenea para retocarse un mechón de cabello.

            -El pobre Rosier cree que no es imposible que lord Warburton se enamore de Pansy -prosiguió madame Merle.

            Isabel guardó silencio; después se apartó del espejo.

            -Cierto... no hay nada imposible -contestó por

fin, en un tono más serio y amable.

            -Es lo que he tenido que reconocer yo ante Rosier.

            Y lo mismo piensa su marido.

            -Eso lo ignoro.

            -Pregúntele y verá.

            -No le pienso preguntar -dijo Isabel.

            -Discúlpeme, olvidaba que ya me lo ha señalado... Claro está -añadió madame Merle- que usted ha te­nido mucha más ocasión que yo de observar la actitud de lord Warburton.

            -No tengo por qué ocultarle que mi hijastra le gus­ta mucho. Madame Merle volvió a lanzarle otra de sus rápidas ojeadas.

            -¿Que le gusta... quiere decir... del mismo modo

que le gusta al señor Rosier?

            -Yo no sé lo que siente el señor Rosier; pero lord Warburton me ha dado a entender que está encantado con Pansy.

            -¿Y usted no se lo ha dicho a Osmond? -Esta ob­servación fue inmediata, precipitada, casi un estallido en los labios de madame Merle.

            Isabel posó los ojos en ella.

            -Me imagino que lo sabrá a su debido tiempo. Lord Warburton tiene lengua para hablar y sabe cómo ex­presarse.

            Madame Merle se dio cuenta en el acto de que se ha­bía precipitado al hablar, cosa que no era habitual en ella, y esa reflexión la hizo ruborizarse un poco.

            Esperó a que se calmara aquel impulso traicionero, y luego dijo como si lo hubiera estado meditando:

            -Eso sería mucho mejor que casarse con el pobre Rosier.

            -Mucho mejor, en mi opinión.

            -Resultaría delicioso. Sería una boda sonada. Es verdaderamente generoso por parte de él.

            -¿El qué es generoso?

            -El haber posado los ojos en una muchachita tan sencilla como ella.

            -No lo veo yo así.

            -Es usted muy buena. Pero la verdad es que Pansy Osmond...

            -¡La verdad es que Pansy Osmond es la persona

más atractiva que él ha conocido! -exclamó Isabel.      Madame Merle la miró fijamente, y de hecho tenía buenas razones para asombrarse.

            -Pues hace un instante parecía usted restarle valor.

            -He dicho que era limitada, y lo es. También lo es lord Warburton.

            -Si a eso vamos, todos los somos. Si no es más de lo que Pansy merece, mejor que mejor. Pero si ella en­trega su afecto al señor Rosier, no admitiré que eso es lo que ella se merece. Sería demasiada perversidad.

            -El señor Rosier es un engorro -exclamó de so­petón Isabel.

            -Estamos de acuerdo, y me encanta que no se me pida que atice la llama de su amor. A partir de ahora, la puerta de mi casa estará cerrada para él. -Madame Mer­le, recogiéndose la capa, se dispuso a partir.

            Pero en su camino hacia la puerta, la detuvo una pe­tición incongruente de Isabel.

            -De todos modos, sea amable con él.

            Alzó madame Merle los hombros y las cejas y se que­dó mirando a su amiga.

            -,No entiendo sus contradicciones! Estoy decidida a no ser amable con él, porque sería una falsa amabili­dad. Quiero ver a Pansy casada con lord Warburton.

            -Debería usted esperar a que él la pida.

            -Si lo que usted dice es cierto, la pedirá. Sobre to­do -añadió pasado un instante- si usted le empuja.

            -¿Empujarle yo?

            -En su mano está. Usted tiene una gran influencia sobre él.

Isabel frunció el entrecejo.

            -¿De dónde ha sacado usted eso?

            -Me lo dijo la señora Touchett... Desde luego... us­ted nunca me lo dijo -recalcó madame Merle sonriendo.

            -Cierto, nunca le dije a usted nada por el estilo.

            -Sin embargo, podía haberlo hecho, porque no le faltó ocasión, cuando nos hacíamos algunas confidencias. Pero la verdad es que usted me contaba muy pocas co­sas; más de una vez lo he pensado.

            También Isabel lo había pensado, y a veces con cier­ta satisfacción. Pero ahora no lo quiso reconocer, acaso por no dar la impresión que se felicitaba por ello.

            -Parece ser que en mi tía ha tenido usted una mag­nífica fuente de información -se limitó a decir.

            -Su tía me comentó que usted había rechazado una propuesta de matrimonio de lord Warburton; me lo dijo porque estaba muy disgustada y no podía callárselo. Por lo demás, yo considero que usted supo escoger mejor. Pe­ro, ya que no quiso casarse con lord Warburton, déle cuan­do menos la compensación de ayudarle a casarse con otra.

Isabel había escuchado todas esas palabras con un semblante que persistía en no reflejar la radiante expre­sividad del de madame Merle. Sin embargo, al cabo de un momento dijo, muy razonable y gentilmente:

            -Por mi parte, me alegraría muchísimo de que, en lo que a Pansy respecta, pudiera arreglarse satisfactoria­mente.

            Tras de lo cual su interlocutora, que pareció tomar­lo como discurso de buen augurio, la abrazó más tierna­mente de lo que hubiera sido de esperar y se retiró con aire triunfal.

 

 

 

 

41

 

 

            Aquella noche, Osmond tocó el tema por primera vez, entrando muy tarde en el salón, donde Isabel se ha­llaba sentada a solas. Habían pasado la velada en casa y Pansy se había ido ya a la cama. El propio Osmond se había recluido después de cenar en una pequeña habita­ción donde tenía sus libros y a la que llamaba su despa­cho. Lord Warburton se había presentado a las diez, co­mo hacía siempre que sabía por Isabel que la encontraría en casa. Como se dirigía a algún otro sitio, sólo se detu­vo media hora. Después de pedirle noticias de Ralph, ella apenas le dirigió la palabra, porque deseaba que hablase con su hijastra. Así, fingió leer, y al cabo de un rato se sentó al piano, incluso se preguntó si no sería mejor mar­charse del salón. Poco a poco había llegado a ver con buenos ojos la idea de que Pansy se convirtiera en la es­posa del propietario de la hermosa mansión de Lockleigh, si bien al principio esa perspectiva no le había suscitado un gran entusiasmo. Madame Merle, aquella tarde, ha­bía aplicado un fósforo a un montón de materia infla­mable. Cada vez que Isabel se sentía desgraciada, mira­ba en torno suyo -en parte por impulso y en parte por teoría- en busca de alguna forma de esfuerzo positivo. No podía desprenderse de la noción de que la desdicha era un estado de enfermedad: el sufrir como opuesto al hacer. Hacer..., fuere lo que fuese, sería por lo tanto una salida, acaso en cierto grado un remedio. Además, quería convencerse de haber hecho todo lo posible por conten­tar a su esposo, y estaba firmemente decidida a no dejar­se atormentar por el terror de ser una esposa débil, inca­paz de prestar la ayuda que se le pedía. Era evidente que a él le agradaría mucho ver a Pansy casada con un aris­tócrata inglés, y le agradaría con razón, ya que ese aristó­crata era una persona muy formal. Parecíale a Isabel que si ella lograba imponerse el deber de hacer realidad ese acontecimiento, desempeñaría el cometido de una bue­na esposa. Quería ser una buena esposa; quería poder creer sinceramente, y con pruebas, que lo había sido. Además, la empresa tenía otros alicientes. La manten­dría ocupada, y ella anhelaba ocuparse en algo. Incluso la distraería, y, si verdaderamente conseguía distraerse, quizás entonces estaría salvada. Por último sería hacer­le un favor a lord Warburton, quien evidentemente se sentía a gusto en compañía de la encantadora mucha­chita. A decir verdad, eso era un poco «raro» -siendo él quien era-, pero no cabía explicar semejantes impre­siones. Indudablemente Pansy podía cautivar a cual­quiera... por lo menos a cualquiera que no fuese lord Warburton. Isabel la consideraba demasiado insignifi­cante, demasiado poca cosa, incluso tal vez demasiado artificial para eso. Todo lo suyo tenía algo de muñeca, y no era eso lo que lord Warburton había estado buscan­do. Pero ¿quién sabría decir lo que buscaban los hom­bres? Buscaban lo que encontraban, no sabían lo que les gustaba hasta que lo habían visto. En esos asuntos no va­lían teorías, ni había cosas más inexplicables o más na­turales que otras. Si lord Warburton se había interesado por ella, podía parecer raro que se interesara por Pansy, que era tan distinta en todos sentidos; pero, por lo vis­to, ella no le había interesado tanto como él se imagina­ra. O, caso de que sí le hubiese interesado, ya lo había superado del todo, y era natural que, viendo fracasado aquel proyecto, pensara tener éxito en otro de muy dis­tinta índole. Como digo, Isabel no acogió al pronto tal idea con entusiasmo, pero en aquel momento sí, y eso la hizo sentirse casi feliz. Era asombroso cuánta felicidad era aún capaz de hallar en la idea de procurarle satisfac­ción a su marido. ¡Qué pena, sin embargo, que Edward Rosier se hubiese cruzado en el camino!

            Ante esa reflexión, la luz que de improviso había alumbrado ese camino perdió algo de su fulgor. Por des­gracia, Isabel estaba tan segura de que a Pansy le pare­cía Rosier el más agradable de los jóvenes... tan segura como si éste hubiese conversado con ella sobre dicho asunto. Y era muy enojoso estar tan segura, cuando se había abstenido cuidadosamente de informarse; casi tan enojoso como que al pobre Rosier se le hubiese metido en la cabeza. Ciertamente, Rosier valía mucho menos que lord Warburton. No era tanto la diferencia de fortunas cuanto la diferencia de personas, ya que el joven ameri­cano, comparado con el otro, era de bien poco pesó. Per­tenecía, mucho más que el aristócrata inglés, a esa clase de caballeros elegantes e inútiles. En verdad, no existían razones particulares para que Pansy tuviese que casarse con un estadista. Pero si un estadista la admiraba, eso era cosa de él, y Pansy sería una parejita perfecta para un par de Inglaterra.

            Podrá parecerle al lector que la señora Osmond se había vuelto de pronto extrañamente cínica, pues termi­nó diciéndose que esa dificultad seguramente podría sol­ventarse. En cualquier caso, el obstáculo representado por el pobre Rosier no podría ser muy peligroso, y siem­pre habría el modo de allanar los obstáculos de menor importancia. Isabel era totalmente consciente de no haber medido la tenacidad de Pansy, que pudiera llegar a ser un gran estorbo; aunque más se inclinaba a considerar­la dispuesta a ceder ante una sugerencia que a aferrarse ante una desaprobación... porque tenía mucho más de­sarrollada la facultad del asentimiento que la de la pro­testa. Pero no, Pansy se aferraría, se aferraría aunque de hecho le importaba poco a qué se aferraba. Lo mismo serviría lord Warburton que el señor Rosier... sobre to­do porque parecía que aquél le gustaba bastante. La jo­ven había expresado ese sentimiento a Isabel sin la me­nor reserva; había dicho que su conversación le parecía de lo más interesante, pues le había contado muchas co­sas de la India.

            Lord Warburton había empleado con Pansy sus ma­neras más correctas y afables..., eso la propia Isabel lo había notado, como asimismo había observado que no le hablaba con un tono paternalista por consideración a su juventud e inexperiencia, sino como si ella comprendie­se sus temas con la misma eficiencia con que seguía los de las óperas de moda, y que le permitía distinguir la mú­sica y la voz del barítono. Por su parte, él ponía cuidado en ser sólo atento... tan atento como antaño lo fuera en Gardencourt con otra jovencita emocionada. A una mu­chacha eso le impresionaba. Recordaba cuan sensible ha­bía sido ella misma a semejante actitud, y pensaba que, si hubiese sido tan ingenua como Pansy, la impresión por ella recogida sin duda habría sido mucho más profunda. En cambio, cuando le rechazó, no había sido nada inge­nua ni sencilla, pues tal operación le había resultado tan complicada como, más tarde, aceptar a Gilbert Osmond. A pesar de su sencillez e ingenuidad, Pansy comprendía perfectamente y le agradaba que lord Warburton no le hablase de sus compañeros de baile y de sus ramos de flo­res sino de la situación de Italia, de la condición de los campesinos, del impuesto sobre la molienda, de la pela­gra y de sus impresiones sobre la sociedad romana. Mien­tras bordaba minuciosamente el tapete que tenía entre las manos, le miraba con ojos temerosos; y, cuando los bajaba, dirigía furtivas miradas de reojo a sus manos, a sus pies, a su traje, como si estuviera estudiándolo. Has­ta su propio físico era mejor que el de Rosier, podría ha­berle hecho observar Isabel. Pero en aquellos momen­tos la señora Osmond se contentaba con preguntarse dónde estaría aquel caballero y por qué motivo ya no se le veía por el Palazzo Roccanera. Era en verdad sor­prendente hasta qué punto la obsesionaba la idea de con­tribuir a que su marido se sintiera complacido.

            Era sorprendente por varias razones que vamos a ex­poner de pasada. La noche a la que hemos hecho refe­rencia, mientras lord Warburton estuvo allí sentado, ha­bía acudido a su mente la idea de dar un gran paso: salir del salón y dejar solos a sus compañeros. Y nos atreve­mos a llamarlo gran paso porque estamos seguros de que así lo habría considerado Gilbert Osmond, y ella trataba de acomodarse en todo a la manera de pensar de éste. En cierto modo puede decirse que lo había logrado, pero, en cambio, había fracasado en el punto en cuestión. Lo cier­to es que no pudo levantarse con tal propósito, pues algo parecía retenerla. No era, desde luego, nada vulgar ni in­sidioso, ya que, por lo general, las mujeres realizan se­mejantes maniobras con la conciencia absolutamente lim­pia, e Isabel se mostraba siempre mucho más fiel que traidora al genio común de su sexo...

            Lo que se interponía, al parecer, era una duda un tan­to vaga..., una extraña sensación de la que no estaba se­gura. De modo que decidió quedarse en el salón, y po­co después lord Warburton se marchó a su reunión, de la que prometió informar a Pansy con todo detalle al día siguiente. Una vez que él hubo partidlo, Isabel se pre­guntó si había evitado algo que inevitablemente se habría producido en caso de que ella se hubiese ausentado, por lo menos, un cuarto de, hora; pero no tardó en de­cirse -siempre mentalmente, por supuesto- que si su aristocrático visitante hubiera querido que ella saliera del salón habría hallado el medio de hacérselo saber indi­rectamente. Después de que se marchara, Pansy no dijo una sola palabra sobre él, lo mismo que Isabel, que dejó de hacerlo intencionadamente, pues se había hecho a sí mis­ma voto de absoluta reserva hasta que él se dignara de­clararse. Si nos atenemos a la descripción de sus senti­mientos que a Isabel hiciera, no podremos por menos de ver que en esta ocasión tardaba más de lo esperado. Pansy se fue a la cama, e Isabel debió reconocer que no tenía la menor idea de lo que su hijastra estaría pensando en aquel momento. Su pequeña y transparente compañera parecía, por el momento, bastante opaca.

            Se quedó, pues, completamente sola y con los ojos fijos en el fuego hasta que, al cabo de una media hora, apareció su esposo. Llegó él andando quedamente y, sin decir palabra, se sentó cerca de ella y clavó también los ojos, en el fuego. Isabel no tardó en llevar su mirada des­de el chisporroteante leño al rostro de su marido, y le es­tuvo observando mientras él seguía callado. La obser­vación muda se había convertido en una costumbre en ella, en un instinto del que no sería exagerado decir que estaba unido al de la propia defensa y que terminó por con­vertirse en habitual. Deseaba ella, en cuanto fuera posible, conocer sus ideas, lo que iba a decir, y saberlo por an­ticipado a fin de poder preparar su respuesta. Desde tiempo atrás, su fuerte no era precisamente tener res­puestas preparadas; en tal sentido no había ido nunca más allá de pensar posteriormente en las brillantes res­puestas que habría podido dar. Pero había aprendido a obrar con cautela, en la medida que lo exigía la con­tención extraordinaria de su marido. Aquel rostro era el mismo que ella mirara un día con ojos igualmente se­rios que ahora, si bien menos penetrantes, en la terra­za de una villa situada en lo alto de una colina de Flo­rencia, con la salvedad de que después de la boda su dueño había engordado un poco. No obstante, Osmond podía llamar la atención de cualquiera como hombre sumamente distinguido.

            -¿Ha estado aquí lord Warburton? -preguntó éste.

            -Sí, estuvo como una media hora.

            -¿Vio a Pansy?

            -Se sentó en el sofá y allí permaneció con ella to­do ese tiempo.

            -¿Habló mucho con ella?

            -Habló casi solamente con ella.

            -Me parece un hombre muy atento. ¿No es así co­mo llamas tú a eso?

            -Yo no lo llamo de ninguna manera -contestó Isa­bel-. Estaba esperando a que tú le dieras el nombre apropiado.

            -No siempre muestras tanta consideración -co­mentó Osmond tras una pausa.

            -Esta vez he decidido tratar de actuar como a ti te agradaría que lo hiciese. He fallado muchas veces en eso.

            Osmond volvió lentamente la cabeza y se quedó mi­rándola.

            -¿Estás intentando discutir?

            -Al contrario: vivir en paz.

            -Pues nada más fácil. Ya sabes que, por mi parte, no hay nunca riña.

            -Entonces, ¿cómo llamas a lo que haces cuando tra­tas de enojarme? -preguntó Isabel.

            -Nunca trato de hacerlo. Si alguna vez sucede, me sale como la cosa más natural del mundo. Además, aho­ra no intento en absoluto hacerlo.

            Isabel sonrió y dijo:

            -No importa. Estoy decidida a no volver a enojar­me nunca más.

            -Es una decisión admirable. Tu carácter no es muy bueno que digamos.

            -No..., no es muy bueno.

            La joven dejó el libro que había estado leyendo y to­mó el tapete que Pansy dejara sobre la mesa.

            -Por eso es por lo que, en parte, no te he hablado hasta ahora del asunto de mi hija elijo Osmond, desig­nando a Pansy de la manera que en él era habitual-. Te­mía encontrar oposición..., que tú también te hicieses al­guna idea sobre la cuestión al ver que había despachado al señor Rosier.

            -¿Temías que intercediese por el señor Rosier? ¿No te has dado cuenta de que jamás te he hablado de él?

            -Porque nunca te di la oportunidad de hacerlo. He­mos hablado muy poco últimamente, pero sé que es un antiguo amigo tuyo.

            -En efecto, es un antiguo amigo mío -admitió Isabel, aunque la verdad era que le importaba menos aún que el tapete que tenía en las manos. Sin embargo, sintió el deseo de no disminuir en nada ante su marido los lazos que al otro la ligaban. Tenía Osmond una ma­nera tal de mostrar su desdén por los demás que no lo­graba sino acrecentar la lealtad que ella les profesaba, aun cuando, como en el caso de ahora, se tratase de perso­nas insignificantes. A veces, la joven experimentaba grandes accesos de cariño por ciertos recuerdos que no podían aducir más mérito que el de pertenecer a su vi­da de soltera-. Pero, a pesar de nuestra amistad -aña­dió-, por lo que a Pansy respecta no le he dado el me­nor aliento.

            -Ha sido una verdadera suerte -observó Osmond.

            -Supongo que querrás decir una suerte para mí. A él le importa un comino.

            -No vale la pena hablar de él -replicó Osmond-. Ya te he dicho que lo he despachado.

            -Sí, pero un enamorado despachado suele conver­tirse en despechado, y no deja de estar enamorado; a ve­ces, mucho más todavía. El señor Rosier no ha perdido por completo la esperanza.

            -Pues va a resultar una molestia. Por lo pronto, mi hija no tiene más que sentarse tranquilamente y esperar hasta verse convertida en lady Warburton.

            -¿Te gustaría que lo fuera? -preguntó Isabel con una sencillez mucho menos afectada de lo que podría parecer.

            Estaba firmemente decidida a no tomar ninguna de­terminación, pues Osmond tenía una especial manera de volver en contra de ella todas las determinaciones que to­maba. La base de todas sus últimas cavilaciones había sido la intensidad con que él quería que su hija se convirtiera en lady Warburton. Pero eso se lo guardaba para sí mis­ma, y no reconocería absolutamente nada hasta que Os­mond hubiera hablado del asunto. No daría por supuesto que él consideraba a lord Warburton digno de realizar un esfuerzo, cosa completamente desusada en la familia Os­mond. La advertencia constante de Gilbert Osmond era que nada en la vida podía constituir para él recompensa su­ficiente de un esfuerzo, que trataba de igual a igual a la gen­te más distinguida del mundo y que a su hija le bastaba con tender displicentemente la vista en derredor para tener en seguida un príncipe rendido a sus pies. No obstante, y aun cuando otra de sus afirmaciones habituales era que siempre actuaba de forma coherente, al cabo de un tiempo tuvo que apearse de su creencia y admitir que deseaba a lord War­burton para su hija, y que, si tal aristócrata no caía, seria difícil encontrar otro que pudiera comparársele. Le habría gustado que su mujer aceptase sin más este punto. Pero, por extraño que parezca, ahora que Isabel estaba frente a él y a pesar de que una hora antes se había estado preguntando qué debería hacer para agradarle, resultaba que no se sentía acomodaticia ni con ganas de aceptar las cosas sin más. Sin embargo, sabía exactamente el efecto que en el ánimo de él produciría su pregunta, cuyo resultado podría ser el de la humillación. No importaba. El era perfecta­mente capaz de humillarla, aunque para ello tuviese que aguardar una gran oportunidad y, en cambio, se mostra­ra altivamente desdeñoso con las pequeñas. Y si Isabel no tenía más remedio que echar mano de una oportunidad pequeña, era porque no se le había presentado ninguna de las grandes.

            Osmond supo salir muy bien del aprieto diciendo:

            -Me gustaría infinito; sería una gran boda. Además, lord Warburton tiene otra ventaja: es un antiguo amigo tuyo y le agradaría entrar en la familia. Verdaderamen­te es extraño que todos los pretendientes de Pansy sean antiguos amigos tuyos.

            -Es natural que vengan a verme, y, al venir, vean a Pansy. Al verla, es natural que se enamoren de ella.

            -Eso creo yo; pero tú no tienes por qué creerlo.

            -Me gustaría mucho que se casara con lord War­burton -dijo Isabel con toda franqueza-. Es un hom­bre excelente desde todos los puntos de vista. Tú dices que ella no tiene más que sentarse tranquilamente, pero puede que no se siente tan tranquilamente como tú de­seas. Si ve que va a perder al señor Rosier, puede que sal­te de su asiento.

            Osmond hizo como si no hubiese oído tales palabras

y continuó sentado mirando al fuego. Al cabo de un mo­mento, dijo con una voz en la que se percibía cierta emo­ción de cariño:

            -A Pansy le gustaría ser una gran dama; y, sobre to­do, le gustaría agradar.

            -Al señor Rosier, tal vez.

            -No. Agradarme a mí.

            -Y un poco también a mí, creo yo -dijo Isabel.           

-Cierto, a ti también, porque tiene una gran opi­nión de ti. Pero, en fin de cuentas, hará lo que yo quiera.

            -Si estás seguro de ello, entonces no hay ningún problema.

            -Mientras tanto, sería conveniente que nuestro distinguido visitante hablase de una vez.

            -A mí ya me ha hablado. Me ha dicho que le cau­saría un gran placer pensar que Pansy se interesa por él.

            Osmond volvió rápidamente la cabeza y la miró fijamente:

            -¿Por qué no me lo habías dicho? -preguntó se­camente.

            -Porque no se había presentado la ocasión. Ya sabes cómo vivimos. He aprovechado la primera oportunidad que se me ha presentado.

            -¿Le has hablado de Rosier?

            -Unas palabras tan sólo.

            -No era en absoluto necesario.

            -Me pareció que era mejor que lo supiera para que... para que...

            -¿Para qué? Dilo de una vez.

            -Pues, para que obrara en consonancia.

            -Para que se volviera atrás, sin duda.

            -Al contrario; para que se adelantara mientras ha­bía tiempo para ello.

            -Pues no parece ser ése el efecto producido.

            -Debes tener paciencia -repuso Isabel-. Ya sa­bes que los ingleses son un poco tímidos.

            -Ese no lo es. No lo era, al menos, cuando te hizo la corte a ti.

            Siempre había temido ella que Osmond tocase tal pun­to, porque le resultaría muy desagradable. Así, replicó:

            -Perdona que te diga que conmigo lo fue mucho.

            Se quedó él un momento sin decir nada. Tomó un libro y estuvo hojeándolo distraídamente, mientras que ella continuó sentada en silencio, entreteniéndose en se­guir el bordado de Pansy. Por fin, Osmond dijo:

            -Tú tienes sin duda una gran influencia sobre él; en cuanto quieras, podrás hacerle abordar el asunto.

            Aquello le .resultó más ofensivo todavía, pero se dio cuenta de la gran naturalidad con que él lo dijera y pen­só que, después de todo, era algo muy parecido a lo que ella se había dicho a sí misma.

            -¿Por qué he de tener tal influencia? ¿Acaso he he­cho algo que le obligue a estarme agradecido?

            -No quisiste casarte con él -contestó Osmond mi­rando el libro.

            -No tengo por qué presumir gran cosa por ello.

            Osmond dejó el libro, se levantó y se puso delante de la chimenea con las manos en la espalda.

            -Bien, por mi parte, dejo el asunto completamen­te en tus manos. Te basta con un poquito de buena vo­luntad para arreglarlo a satisfacción de todos. Piénsalo despacio y no olvides que cuento contigo para llevarlo a buen término.

            Esperó Osmond un momento a fin de dejarle tiem­po para que le diese una respuesta, pero ella no contes­tó absolutamente nada. Visto lo cual, salió despacio del salón, tal como en él había entrado.

 

 

 

42

 

 

            Si Isabel no contestó, fue porque las palabras de él le habían planteado la cuestión escuetamente y estaba absorta en su contemplación. Existía entre ellos algo que hacía que sus vibraciones fueran en el acto muy hondas, tan profundas que le había dado miedo aventurarse a con­testarle. Una vez que él se hubo ido, reclinó la cabeza en el respaldo del sillón, cerró los ojos y permaneció así sen­tada hasta altas horas de la noche, pensando en lo que acababa de oír. Llegó un criado de la casa para atender el fuego, y ella le ordenó que trajera otros candelabros y se retirase a dormir. Osmond le había pedido que pen­sara en lo que él había dicho. Y eso estaba haciendo: pensar en ello, y en muchas ,otras cosas. La sugerencia de que ella tenía una influencia decisiva sobre lord War­burton la sobrecogió con el impulso que acompaña al re­conocimiento de un hecho real. Indudablemente había entre ellos dos algo que podía hacer que lord Warbur­ton se declarase a Pansy, acaso una simple proclividad por parte de él a aprobar sus deseos, un anhelo de com­placerla haciendo lo que ella quería. En realidad, Isabel no se preguntaba a sí misma qué podía haber de cierto, pues no se había sentido forzada a ello en manera algu­na; pero ahora que el asunto se le presentaba clara y firmemente vio la respuesta, y la respuesta la asustó. Sí, algo había... por parte de lord Warburton, por supuesto.

La primera vez que él fue a Roma, ella creyó roto por completo el lazo que les uniera antes, pero poco a poco se había ido convenciendo de que todavía existía palpa­blemente. Bien es verdad que era delgado y quebradizo como un cabello, mas en ciertos momentos diríase que ella lo oía vibrar. Por su parte, nada había cambiado. Lo que en otros tiempos pensara de él, seguía pensándolo ahora; no era necesario que tal manera de sentir cam­biase, sobre todo porque ahora ella consideraba que ese sentimiento era mejor. Pero ¿y él? ¿Seguía pensando que ella era más que todas las demás mujeres? ¿Acaso quería evocar los momentos, si bien escasos, de intimidad que ambos pasaran antes juntos? Isabel se daba perfecta cuen­ta de que había visto en sus ojos señales de semejante dis­posición de ánimo. Pero ¿qué esperanzas abrigaba, cuá­les eran sus pretensiones y de qué modo tan extraño habían llegado a mezclarse con aquel sincero aprecio que parecía profesarle a la pobre Pansy? ¿Estaba enamorado de la esposa de Gilbert Osmond? Y, si así era, ¿qué con­suelo esperaba obtener de todo ello? Una de dos: si es­taba enamorado de Pansy, no estaba enamorado de la madrastra; y si estaba enamorado de Isabel, no lo estaba de la hijastra. ¿Debía ella aprovecharse de la ventaja de su posición en el corazón del otro para inducirle a en­tregarse a Pansy, sabiendo que lo haría sólo por ella y no por la jovencita?... ¿Y era ése el favor que su marido le pidiera antes? Cuando menos, ése era el deber que ella se veía en situación de afrontar, al no poder por menos de reconocer que su antiguo amigo continuaba sintiendo una irremisible predilección por su compañía. De todo lo cual sacaba en conclusión que su cometido no era nada grato, sino bien repulsivo. Se preguntaba con tristeza si, por desgracia, lord Warburton fingía estar enamorado de Pansy a fin de cultivar otra satisfacción y algo más, que podría llamarse otras oportunidades. Pero, después de pensarlo bien, le absolvió de semejante refinamien­to de duplicidad y prefirió considerar que actuaba de buena fe. Aunque, si su enamoramiento de Pansy resul­taba una desilusión, no era eso, en verdad, mejor que si fuese una ficción. Isabel se perdió en el dédalo de todas estas ingratas posibilidades, muchas de las cuales, al en­frentarlas, le parecieron sumamente feas. Se frotó los ojos como para salir de aquel laberinto, declarándose a sí misma que, si su imaginación no la honraba grande­mente, mucho menos la honraba todavía la de su señor esposo. Lord Warburton se había desinteresado de ella tanto como era necesario; Isabel no significaba para él más de lo que debía significar. Y decidió aceptar esta manera de pensar hasta que no se demostrase lo con­trario mediante algo más eficaz que una cínica insinua­ción de Osmond.

            No obstante, tal decisión no le proporcionó la paz que su espíritu había menester, dominado como estaba por terrores que se adueñaban de su pensamiento en cuan­to se les ofrecía el menor lugar para asentarse allí. Ape­nas si llegaba a darse cuenta de lo que lo había agitado, a no ser la impresión que aquella tarde recibiera al ver que su marido mantenía con madame Merle una comunica­ción mucho más directa de lo que ella hubiese podido ja­más sospechar. Tal impresión se le presentaba, volvía a presentársele y retornaba de nuevo a su mente, y se asom­braba de que no se le hubiese ocurrido antes. Aparte de ello, la conversación que acababa de mantener con Os­mond era una prueba flagrante de cómo llegaba él a mar­chitar todo aquello en lo que ponía sus manos, de cómo echaba a perder para ella aquello en lo que posaba sus ojos. Bien estaba lo de tratar de ofrecerle una prueba de lealtad; lo malo era que el solo hecho de saber que él esperaba algo de una era más que sobrado para susci­tar una presunción en contra suya. Era como si llevara consigo el mal de ojo, como si su presencia produjera ago­tamiento y su favor resultara una desgracia. Ahora bien, ¿radicaba en él semejante defecto o se debía a la profunda desconfianza que había llegado a inspirarle? Semejante des­confianza se le aparecía actualmente como el resultado más patente de su breve vida de casados. Entre los dos se abría un profundo abismo por encima del cual ambos se mira­ban uno a otro con ojos que eran como una irrebatible declaración de la decepción recíprocamente sufrida. Era aquélla una oposición en verdad extraña, que jamás hu­biera Isabel soñado que llegase a producirse y en la que el principio vital de cada uno era una especie de despre­cio por el otro. Ella no tenía la culpa, pues no había ali­mentado la decepción; no había hecho más que admirar­le y creer en él. Ella dio los primeros pasos en el terreno de la confianza más pura, pero no tardó en darse cuenta de que el panorama de la vida múltiple que a sus ojos se ofre­cía no era sino una estrecha y oscura avenida en cuyo fi­nal se elevaba un muro impenetrable. En vez de elevarla a la cumbre de la felicidad para que, desde allí, pudiera decir que el mundo yacía a sus pies hasta el extremo de permitirle mirar hacia abajo con exaltación y prepoten­cia, juzgar, decidir y compadecer a su antojo, aquella ave­nida conducía más bien hacia abajo, hacia regiones de es­casez y depresión donde el sonido de las vibraciones de otras vidas más libres y sosegadas se escuchaba como ve­nido de arriba, no contribuyendo, por tanto, más que a ahondar el sentimiento del fracaso. Lo que ante sus ojos oscurecía el mundo por completo era, en resumidas cuen­tas, la profunda desconfianza que de su esposo sentía. Tal sentimiento es fácil de mencionar, pero no tan fácil de ex­plicar, y tan complicado resultaba en su manera de ser que necesitó largo tiempo y hondo sufrimiento para alcanzar su perfección de aquel entonces. En Isabel el sufrimien­to era una especie de condición activa; no era un estre­mecimiento, ni una desesperación, ni un estupor, sino una pasión por lo mental, lo especulativo, por responder a cualquier presión. Se enorgullecía de haber guardado pa­ra sí misma el secreto del fracaso de su fe, y el único que podía sospecharlo era Osmond. Seguramente éste lo sa­bía de sobra, y había veces en que ella pensaba que le re­sultaba un verdadero placer. Semejante realidad no se hi­zo patente de forma súbita, sino que fue presentándose poco a poco, pues únicamente al final del primer año de su vida en común, que tan admirablemente íntima pare­ciera al principio, escuchó ella en su interior la voz de alarma. E inmediatamente después, las nubes comenza­ron a adensarse, como si deliberadamente, casi perversa­mente, Osmond se hubiese complacido en ir apagando todas las luces una tras otra. Al principio, la oscuridad era vaga y leve hasta el punto de que ella podía seguir vien­do su camino a través de ella; pero no tardó en espesar­se, y si de vez en cuando parecía aclararse en algunos pun­tos, había siempre regiones de la perspectiva donde las sombras resultaban impenetrables. No eran pura emana­ción de su intelecto tales sombras, de eso estaba segura Isabel, que había hecho cuanto en su mano estaba por ser justa y afable por no ver más que la verdad. Eran una par­te, una especie de creación y consecuencia de la presen­cia de su marido. No eran ni desvaríos ni delitos suyos, de nada le acusaba... a no ser de algo que en realidad no era un pecado, una falta, un crimen. No sabía ella de ma­la acción alguna por él cometida; no era cruel ni violen­to. Lo único que creía Isabel era que la detestaba. Eso y no otra cosa era lo que le reprochaba, y lo más triste de todo era que aquello no constituía precisamente un crimen, pues ante un crimen era indudable que habría podido rebelarse. Osmond había descubierto que ella era muy diferente de lo que él había creído que podía llegar a ser. Al principio pensó que podría cambiarla, y, por su parte, ella trató de hacer lo que él quería. Pero, después de todo, ella era ella..., no lo podía remediar, y ahora re­sultaba completamente inútil fingir, poniéndose una más­cara o un disfraz, porque él la conocía ya perfectamente y se había hecho su composición de lugar. Isabel no le te­mía, no tenía miedo de que la hiriese, pues la mala vo­luntad que le profesaba no era de semejante índole. A ser posible, él no le daría jamás el menor pretexto, ni come­tería el menor error. Había veces en que ella casi le com­padecía, porque si bien no había llegado a decepcionarle en la intención, se daba cuenta perfectamente de hasta qué punto le había decepcionado en realidad. Cuando se conocieron, ella quiso borrarse casi del todo, empeque­ñecerse, incluso pretendiendo que era más pequeña de lo que realmente era. Ello se debía a que sucumbió al en­canto extraordinario que, por su parte, se había esforza­do él en mostrar. Osmond no había cambiado, y, duran­te el año que duró su cortejo, no se distinguió en nada por encima de ella. Pero la verdad es que ella no vio más, que no logró ver más que la mitad de su verdadero ca­rácter, como se ve el disco de la Luna cuando queda ta­pado en parte, durante un eclipse, por la sombra de la Tierra. Ahora, en cambio, veía toda la Luna, al hombre completo tal cual era. Sin embargo, había permanecido en silencio a fin de dejarle el campo libre, y a pesar de ello había tomado la parte por el todo. ¡Ah! No cabía la me­nor duda de que había sucumbido al hechizo, y éste no se había desvanecido, continuaba actuando. Ella sabía de sobra qué era lo que hacía tan extraordinariamente deli­cioso a Osmond cuando a él se le antojaba serlo. Se le an­tojó serlo cuando le hacía la corte, y, como ella no desea­ba sino que la encantaran, no era de extrañar que él lo hu­biese logrado. Y lo consiguió porque entonces fue since­ro, y ahora jamás se le ocurría a ella negar que lo hubiera sido. El la admiró y le explicó el porqué de su admiración: porque era la mujer más imaginativa que había conocido. Nada se oponía a que eso fuera la verdad, pues durante todos aquellos meses su imaginación construyó cosas que parecían privadas de sustancia real. Ella concibió una vi­sión maravillosa de él, alimentada por sensaciones sor­prendentes y una fantasía exaltada, porque no leyó bien en su alma. Le había llamado la atención una especial combinación de elementos, en los cuales ella había que­rido verle como la más notable de todas las figuras. El he­cho de que fuera pobre y estuviese solo, y a pesar de ello mantuviera una altiva dignidad, la interesó profundamente y pareció ofrecerle la oportunidad anhelada. Diríase que todo parecía rodearle con una belleza indefinible, belle­za que no era sólo la de su situación sino que incluso se extendía a su figura física, a su rostro, a su inteligencia. Al mismo tiempo, Isabel se había dado cuenta de que él carecía de protección y de eficacia, y el sentimiento que tal carencia le inspiró se transformó en un cariño que era la forma misma del respeto. A sus ojos, él era una especie de viajero escéptico que se paseara por la playa esperando que subiera la marea, mirando al mar, pero sin atreverse a lanzarse a él. Y he aquí donde ella veía la ocasión que le estaba deparada. Ella botaría el barco que él necesitaba, sería su providencia. Y pensó que debía de ser una gran cosa amarle de veras. Y le amó. Ansiosamente le amó, ardientemente se le entregó, en gran parte por lo que ha­lló en él, pero en gran parte también por lo que ella le aportaba y que podía enriquecer la dádiva. Cuando, en sus momentos de reflexión, volvía la vista hacia aquellas semanas, le parecía ver en todo ello tina especie de ins­tinto materno, la felicidad que experimenta una mujer consciente de que va a contribuir soberanamente a la fe­licidad del ser amado, de que va hacia él con las manos llenas. Bien claro veía ahora que no lo habría hecho de no ser por su dinero. Y al llegar a este punto su pensa­miento voló en pos del pobre señor Touchett, que dor­mía su sueño eterno allá lejos, bajo el húmedo césped de la tierra inglesa, hacia el benéfico autor de tantas y tan­tas angustias e infortunio. Porque esta y no otra era la fantástica realidad. En el fondo, aquel dinero había cons­tituido una verdadera carga, había caído como una losa sobre ella, que experimentaba el deseo de ceder su peso a otra conciencia, a otro receptáculo mejor preparado. ¿Y qué podría descargarle la conciencia tan perfecta­mente como el ceder aquel peso al hombre de mejor gus­to del inundo? A menos que lo hubiese donado a un hospital, no había cosa mejor en qué emplearlo, y no exis­tía institución caritativa de ninguna clase que le inspira­ra interés tan profundo como Gilbert Osmond. El po­dría emplear su fortuna de modo que la hiciese a ella pensar mejor sobre el echo de poseerla y la despojara de ciertas prevenciones contra su buena suerte y su ines­perada herencia. No existía delicadeza alguna en el he­cho de haber heredado sesenta mil libras; la delicadeza estaba en el señor Touchett, que había tenido la idea de dejárselas. Pero, en lo de casarse con Gilbert Osmond y aportarle tan considerable suma de dinero..., en eso sí había delicadeza por parte de ella. Por parte de él, des­de luego, había mucha menos, era cierto; mas eso era co­sa exclusivamente suya, y, si la quería, no tendría por qué hacer objeción alguna por el hecho de que fuese rica. En efecto, ¿no había él tenido el valor de decirle que se ale­graba de que lo fuese?

Isabel sintió que el calor le quemaba las mejillas al pensar y preguntarse si, en realidad, había contraído ma­trimonio sobre la base de una falsa creencia, pensando poder hacer algo verdaderamente digno de aprecio con su dinero. A lo cual podía en el acto contestarse que aque­llo no era sino la mitad del cuento. Lo cierto es que se había adueñado de ella una especie de ardor, una sensa­ción de la seriedad de su cariño y de deleite por las cua­lidades personales del futuro esposo, que le parecía me­jor que todos los demás. Este supremo convencimiento de tal superioridad le llenó por completo el espíritu du­rante meses y meses, y aún le quedaba de sobra para ha­cerle comprender que, cuando así lo hizo, no podía obrar de otra manera. El mejor de todos los organismos -en el sentido de la sutileza- había llegado a pertenecerle, y para ella, en aquel entonces, llegó casi a constituir un acto de devoción el mero hecho de alargar la mano y sen­tir su contacto. Por lo que respecta a la belleza extraor­dinaria de la inteligencia de su amado, no había sentido jamás la menor decepción; conocía perfectamente aque­lla facultad. Con ella había vivido, casi parecía que dentro de ella, como si hubiese sido su propia morada. Si había sido capturada, había hecho falta una mano poderosa, re­flexión que a sus ojos entrañaba cierto mérito por su par­te. No había encontrado hasta la fecha entendimiento más ingenioso, flexible, cultivado y acostumbrado a los ejercicios admirables; y era precisamente con instrumento espiritual tan exquisito con el que debía ella actuar en lo sucesivo. Así, cayó en un desaliento profundo cuando pensó en la magnitud de la decepción por él experimen­tada. Por ello era hasta casi milagroso que no la detes­tase más todavía. Acordábase perfectamente de la pri­mera señal que diera él de semejante actitud y que fue como el timbre que hizo levantar el telón antes de la representación del drama de su vida. Un día le dijo que tenía demasiadas ideas y que debía deshacerse de ellas, cosa que ya le dijera también antes del matrimonio y a la que entonces ella no prestara atención, pero a la que había vuelto después a la carga. Cuando se lo dijo una vez casados, ella hubo de tomarlo en consideración por­que vio que él pensaba lo que decía y decía lo que que­ría. Superficialmente consideradas, aquellas palabras no eran en realidad gran cosa; pero, vistas luego a la luz de la profunda experiencia, le parecieron portentosas. Es decir, que si él decía lo que pensaba, lo que quería era que no tuviese de sí misma más que su linda apariencia externa. De tal suerte, Isabel había sabido que tenía de­masiadas ideas; pero el caso es que tenía aún más de las que él suponía, muchas más de las que ella le había mos­trado cuando le pidió que se casaran. Cierto, había sido hipócrita, pero era porque le gustaba tanto... Sin duda tenía muchas ideas propias, pero precisamente para eso se casaba una, para compartirlas con otra persona. En úl­timo término, una o podía arrancarlas de cuajo, si bien podía suprimirlas, procurar no proclamarlas. Lo de me­nos había sido lo que él dijera de sus opiniones; nada, en verdad. Ella no tenía realmente opiniones; ninguna, des­de luego, que no hubiese estado pronta a sacrificar por la satisfacción de sentirse amada. Lo que él había queri­do significar era el conjunto, es decir su carácter, su ma­nera de sentir, su propio juicio. Eso era lo que ella se ha­bía reservado y lo que él no había conocido hasta que se encontró cara a cara frente a ello y como con la puerta cerrada a su espalda. Ella tenía una manera de conside­rar la vida que a él le parecía una ofensa personal. ¡Sabía Dios que, por lo menos ahora, era una manera muy adap­table y humilde! Lo extraño es que, al principio, jamás habría Isabel sospechado que la manera de él fuese tan diametralmente opuesta. Había creído que era tan am­plia, ilustrada y perfecta como correspondía a un hom­bre honrado y a un caballero. ¿Acaso no le había dicho él que no tenía supersticiones de ninguna especie, que carecía de tristes limitaciones, que todos sus anteriores prejuicios habían fenecido? ¿Acaso no tenía la aparien­cia de un hombre que vive independiente del mundo, ajeno a toda preocupación de segundo orden, exclusiva­mente preocupado por la verdad y el saber, convencido de que dos seres inteligentes deben darse a la tarea de buscarlos juntos y sentirse felices con su búsqueda, los encuentren o no los encuentren? Le había él declarado que le gustaba lo convencional, pero eso tenía en cierto sentido los visos de una declaración bien noble. En tal sen­tido -el de la armonía, el orden y la conveniencia en todas las cuestiones ya establecidas en la vida- ella aceptó de buen grado sus puntos de vista, y todas su admoniciones no contenían para ella nada de humillan­te. Pero cuando, al cabo de los meses, le siguió hasta lle­gar a su morada, se dio cuenta exactamente del lugar donde verdaderamente estaba.

            En su imaginación revivió aquellos instantes, el in­crédulo terror que se había adueñado de ella y con el que afrontó su nueva morada. Desde entonces había vivido entre las cuatro paredes de aquella mansión, y entre ellas le parecía que debía pasar el resto de su vida. Era una morada de oscuridad, de sordera, de sofocación. La ma­ravillosa mente de Osmond no le proporcionaba luz ni aire; en todo caso, parecía mirar hacia abajo por una al­ta claraboya y burlarse de ella. No había habido sufri­miento físico de ninguna clase, por supuesto; a tales su­frimientos se les halla remedio eficaz bien pronto. Tenía libertad completa; podía entrar y salir como le pluguie­se, y su marido era siempre perfectamente cortés con ella.

Pero se tomaba tan en serio a sí mismo que casi resulta­ba espantoso. Bajo su aspecto de gran cultura, de inge­niosidad, amenidad, buen carácter, facilidad para todo, conocimiento de la vida, bajo todo eso yacía su tremendo egocentrismo, oculto como una serpiente en un macizo de flores. Por su parte, ella le había tomado también en serio, mas no hasta tal extremo. ¿Cómo podía ser de tal suerte, sobre todo cuando le había conocido siendo mu­cho mejor? Debía verle como él se veía a sí mismo: co­mo el hombre más grande de Europa. Así es como lo consideró al principio; y ésa fue, desde luego, la razón por la que se casó con él. Pero, en cuanto empezó a dar­se cuenta de lo que todo ello suponía, fue haciéndose atrás. Había mucho más en aquel compromiso de lo que ella estaba dispuesta a aceptar. Suponía un desprecio so­berano por todo el mundo, excepto tres o cuatro perso­nas sumamente eximias a las que Osmond envidiaba, y un no menor desprecio por todo lo del mundo salvo me­dia docena de ideas suyas. Todo lo cual estaba muy bien e incluso se sentía capaz de acompañarle en tal manera de ser más lejos todavía, pues le mostraba con tanta fuer­za la bajeza y suciedad de vida, le abría hasta tal punto los ojos ante la estupidez ajena, la depravación y la ig­norancia de la humanidad, que había quedado profun­damente impresionada por la vulgaridad infinita de las cosas y por la virtud de conservarse incontaminado. Pe­ro, después de todo, para tal mundo innoble era para el que uno tenía que vivir, el que había de contemplar cons­tantemente con sus propios ojos, no ya con el deseo de ilustrarlo, convertirlo o redimirlo, sino para extraer de él algún reconocimiento de la propia superioridad. Si por una parte podía decirse que tal cosa era despreciable, por la otra proporcionaba un baremo. Osmond le había hablado a Isabel de sus renuncias, su indiferencia, la fa­cilidad con que desdeñaba los concursos ajenos en el lo­gro del éxito; todo lo cual era verdaderamente admira­ble a los ojos de ella, que consideraba tal manera de ser como una gran indiferencia, como una independencia ex­quisita. Sin embargo, la indiferencia era la última de sus cualidades, pues ella no recordaba haber visto jamás a nin­guna otra persona que viviera tan pendiente de los demás. En cambio, Isabel podía decir sin ambages de ninguna especie que lo que más le interesaba siempre era el mun­do, y que nada le apasionaba tanto como el estudio de los demás seres humanos. No obstante, habría estado dis­puesta a renunciar a todas sus curiosidades y simpatías por una vida personal, a condición de que la persona in­teresada le hiciese creer que con ello obtenía un verda­dero beneficio. Tal era, cuando menos, su actual convic­ción, y habría sido sin duda alguna mucho más sencillo que preocuparse por la sociedad hasta el extremo que Osmond se preocupaba.

            No le era posible vivir sin ella, e Isabel constataba que nunca hasta entonces lo había hecho, pues siempre estaba contemplándola desde la ventana, incluso cuando más indiferente parecía. Acariciaba él su propio ideal, de igual manera que ella había tratado de lograr el suyo; mas era verdaderamente extraño ver de qué distinto modo buscaban dos personas la realización de la justicia. Con­sistía el ideal de Osmond en una gran prosperidad y en la posesión de cuantiosa riqueza, en llevar una vida aris­tocrática que él creía, según Isabel veía ahora con clari­dad meridiana, haber llevado siempre, al menos en lo esencial. Ni un solo instante dejaba él de pensar en ello, nunca se habría repuesto de la vergüenza que le hubiese causado haber pensado en algo distinto. Pero no era eso lo censurable; le parecía a ella perfectamente, y se mos­traba de acuerdo con tal manera de ser; el escollo estaba en que los dos aplicaban, a la realización de un posible único ideal, procedimientos e ideas, deseos y asociacio­nes completamente distintos. La noción que Isabel tenía de la vida aristocrática era sencillamente la unión de una gran cultura con una gran libertad, correspondiendo a la cultura infundir la sensación del deber, y a la liber­tad, la sensación del posible disfrute. Para Osmond, en cambio, todo era una actitud perfectamente estudiada y consciente, cuestión de puras formas. Él prefería lo anti­guo, lo consagrado, lo transmitido de generación en ge­neración; también a ella le gustaba infinito todo eso, pe­ro se reservaba el derecho de utilizarlo como mejor le pareciese. Profesaba él un culto extraordinario a la tradi­ción, y una vez llegó a decirle que lo mejor del mundo era tenerla, y que, si alguien era tan desgraciado que no la tenía, su obligación era hacer en el acto cuanto le fue­ra posible para obtenerla. Isabel se daba perfecta cuenta de que con tales palabras quería darle a entender que ella carecía de semejante tradición y que, por tanto, él era su­perior, pese a lo cual jamás llegó a saber de dónde arran­caban las tradiciones de que él parecía blasonar. Por des­contado, tenía una gran colección de ellas, y su esposa no tardó en comenzar a verlo. Lo esencial, al parecer, era conducirse de acuerdo con ellas..., lo esencial no sólo pa­ra él sino también para su mujer. Isabel estaba vagamen­te convencida de que las tradiciones debían ser algo de calidad extraordinariamente superior para poder servir al que las poseyera, de suerte que nunca se prestó a su exi­gencia de marchar al son de una música antigua que pa­recía venir de los períodos ignotos del pasado de su ma­rido; imposible habría de ser prestarse a eso, siendo, como ella era, persona de tan libre porte, tan desviado, variable y rebelde a cuanto significara rigidez procesional. Había cosas que debían forzosamente hacer, personas que de­bían conocer y otras que no debían conocer, actitudes fi­jas que debían adoptar. Cuando ella se percató de que se­mejante rígido sistema se cerraba en torno suyo, por en­vuelto que estuviera en pintados tapices, apoderóse de su ánimo la sensación de sofoco, ahogo y oscuridad a la que ya nos hemos referido, y antojósele que tenía que callar envuelta en un olor a moho y a cosa periclitada. Ni que decir tiene que se resistió a ello; al principio, lo hizo de manera irónica, humorística, afectuosa; luego, a medida que la situación se tornaba más seria, de manera apasio­nada, con ansiedad, suplicando. Había abogado en de­fensa de su mutua libertad de acción, de obrar como me­jor les pareciera, de no preocuparse por el aspecto ni la clasificación ajena de su vida conjunta..., en favor de otros instintos y anhelos, de un ideal diferente.

            Entonces fue cuando la personalidad de su esposo, revestida como nunca antes lo estuviera, se irguió con firmeza. Lo que Isabel se aventuraba a decir no merecía más que sarcasmo por respuesta, y al fin llegó a com­prender que su marido se sentía inefablemente avergon­zado de ella. ¿Acaso la consideraba baja, innoble y vul­gar? Cuando menos, ahora sabía que carecía de tradiciones. En su minuciosa previsión de las cosas y acon­tecimientos no figuraba el que ella revelase semejante falta de altura; a su juicio, los sentimientos de Isabel eran, a lo sumo, dignos de un diario radical o de un predicador unitario. Como ella descubrió finalmente, el verdadero pecado consistía en tener una inteligencia independien­te. Su inteligencia tenía que pertenecerle a él, estar ad­herida a la suya como un jardincillo a un gran coto de ca­za mayor. El se encargaría de remover suavemente la tierra y de regar las flores, él dispondría los macizos y de vez en cuando prepararía un ramo florido. Sería una diminuta y grata propiedad para un propietario harto distante. No quería él que ella fuese tonta. Al contrario, si por algo le gustó fue porque era en extremo inteligente. Pero espe­raba que aquella inteligencia actuase a su favor y, lejos de desear que el entendimiento de su esposa fuese nulo, se enorgullecía de que fuera tan admirablemente recep­tivo. Había confiado que su esposa sintiera con él y pa­ra él, que compartiera todas sus opiniones, ambiciones y preferencias. E Isabel no tenía más remedio que decirse a sí misma que, después de todo, no representaba una ex­traordinaria insolencia por parte de un marido tan com­pleto y, en un principio, tan cariñoso. No obstante, había muchas cosas que no podía en modo alguno aceptar. Por lo pronto, eran escandalosamente sucias. Si bien ella no era hija de puritanos, creía en ciertos sentimientos y vir­tudes como los de la castidad e incluso la decencia, por los que, al parecer, no tenía Osmond la menor conside­ración; y algunas de tales tradiciones le hacían rechazar los líos de faldas. ¿Tenían, por ventura, amantes todas las mujeres? ¿Acaso todas mentían y obtenían de ello bue­na recompensa? ¿Era cierto que no existían sino dos o tres que no engañasen a sus maridos? Cuando Isabel le oyó decir tales cosas, sintió por ellas todavía más desdén que por los comadres de pueblo, desdén que logró con­servar con toda su frescura aun en una atmósfera suma­mente viciada. ¿Viciada tal vez por su hermana política? ¿Es que su marido no juzgaba más que por la actitud de la condesa Gemini? Tal dama no sólo mentía descarada­mente, sino que incluso ponía de manifiesto que el en­gaño no era cosa simplemente verbal. Ya resultaba, pues, bastante que tales hechos estuviesen admitidos por las tradiciones de Osmond, ya era más que bastante sin dar­les una extensión más general. El sarcasmo por ella mos­trado ante tal admisión fue lo que hizo a Osmond esti­rarse, erguirse orgullosamente. Atesoraba él desprecio para dar y vender, y era justo que su esposa recibiese la parte alícuota que le correspondía. En cambio, lo que no podía en modo alguno admitir era que ella se permi­tiese enfocar con la linterna de su desdén aquella con­cepción de las cosas por él mantenida. Creyó Osmond que debía haber moldeado las emociones de ella antes de que se hubiera producido tal estado de cosas, e Isabel podía fácilmente columbrar hasta qué punto debió de quedarse sorprendido al descubrir que se había confia­do en exceso. Y cuando un hombre tiene una esposa que le produce semejante sensación, no le queda más reme­dio que aborrecerla.

            Isabel estaba ya absolutamente convencida de que tal sentimiento de odio, que en un comienzo constituyó un refugio y un mero solaz, había acabado por convertirse en una verdadera ocupación y en el consuelo de su vida. Tal sentimiento era profundo porque era sincero, y Osmond llegó a tener la revelación clarísima de que ella po­dría, después de todo, prescindir de él. Si a los mismos ojos de ella semejante obra resultaba abrumadora, si lle­gaba a antojársele a Isabel una especie de infidelidad, una capacidad para la corrupción posible, ¿qué efecto deso­lador y formidable no había de causarle a él? La cosa era bien sencilla: él la despreciaba profundamente porque carecía de tradiciones y tenía la moral de un pastor pro­testante unitario. ¡Y la verdad es que la pobre Isabel ja­más había entendido la teoría de la secta unitaria! Con tal certidumbre había estado viviendo durante un tiempo del que ya había perdido la noción. ¿Qué vendría luego, qué le aguardaba en el horizonte de la vida conyugal? Esta era la pregunta que ahora se hacía constantemente. ¿Qué iba a hacer él, qué iba a hacer ella? ¿A dónde podía llegarse cuando un hombre odiaba a su esposa? En cam­bio, ella tenía el convencimiento de que no le aborrecía, pues muy a menudo sentía la imperiosa necesidad de ofrecerle una pequeña demostración de su deseo de agra­darle, alguna delicada sorpresa. Sin embargo, con fre­cuencia sentía miedo cuando le venía a las mientes, co­mo ya hemos dicho, el recuerdo de haberle engañado al principio. Estaban, en verdad, extrañamente casados y su vida en común era realmente horrible. Durante la última semana apenas le había dirigido la palabra y su ac­titud con ella era tan seca como una hoguera consumi­da. Isabel sabía cuál era la razón de tal actitud: que Ralph Touchett estaba en Roma. Le parecía que veía demasia­do a su primo; la semana anterior, sin ir más lejos, le ha­bía dicho que consideraba indecente que fuese a verlo a su hotel. Seguro que habría dicho más todavía si no le hubiese puesto en evidencia el estado de completa inva­lidez del pobre Ralph; pero el haber tenido que conte­nerse por tal consideración había ahondado aún más el abismo entre ellos existente y aumentado aún más su dis­gusto. Isabel veía todo aquello con la misma claridad con que veía la hora en el reloj de enfrente, y era tan cons­ciente de la rabia que en Osmond suscitaba el interés por ella demostrado hacia su primo como si la hubiese en­cerrado en su habitación, que estaba segura de que era lo que habría querido hacer. Pensaba Isabel honrada­mente que su actitud no era en absoluto desafiante, pe­ro no podía fingir que Ralph le era indiferente. Creía sin­ceramente que estaba muriéndose y que no volvería a verle más, lo que le infundía hacia su primo un cariño que jamás sintiera antes en tal forma. Nada le propor­cionaba ya el menor placer. ¿Cómo podría algo causar placer a quien, como ella, sabía perfectamente que había desperdiciado por completo su vida? Su corazón sopor­taba un peso constante y todo parecía alumbrado con una luz mortecina. De tal suerte, la visita de Ralph vino a ser como una claridad en las tinieblas, pues durante la hora que solían pasar juntos, la tortura del dolor que por ella misma experimentaba tornábase en dolor sufrido por causa de él. Aquel día sintió ella como si Ralph fuera su hermano. No había tenido ningún hermano, pero pre­sentía que, si lo hubiera tenido y si ella se hubiese halla­do en el estado de desasosiego en que ahora se hallaba y él moribundo, lo habría querido de igual forma que en­tonces quería a Ralph. Cierto, si Osmond estaba celoso de ella, tal vez tenía sus razones, porque Isabel lo veía con un aspecto realmente deplorable tras pasar media hora en compañía de Ralph. No era necesario que ha­blasen de él, ni siquiera que lo mencionaran. Su nombre no era jamás pronunciado entre los dos. La única razón de ello consistía en que Ralph era un hombre generoso y su marido no lo era en absoluto. Había algo en la con­versación de Ralph, en su sonrisa, en el hecho de su per­manencia en Roma, que hacía que el maldito círculo en que ella se movía ensanchara de pronto su diámetro. Su primo le hacía ver y sentir la bondad del mundo, lo que podía haber sido. Después de todo, Ralph era tan inte­ligente como Osmond, amén de ser infinitamente más bueno. De tal suerte, le parecía a ella una demostración de afecto hacia él no hacerle partícipe de su desgracia. Por eso la ocultaba cuidadosamente, hasta el extremo de que diríase que, en su conversación, estaba todo el tiem­po corriendo cortinas y colocando biombos aquí y allá. Aún tenía viva en la imaginación -jamás llegó a morir en ella- aquella mañana en el jardín de Florencia, cuan­do él la había prevenido contra Osmond. No tenía más que cerrar los ojos para ver inmediatamente el lugar, oír su voz, sentir la palpitación suave y acariciadora del ai­re. Y se preguntaba cómo podía él haberlo adivinado. Le parecía un verdadero milagro semejante capacidad de visión. ¿Era, pues, tan inteligente como Osmond? No tanto, sino mucho más tenía que serlo para haber llega­do a concebir semejante juicio. Nunca había sido Gilbert ni tan profundo ni tan justo. Isabel le había dicho entonces que, por lo menos en cuanto de ella dependía, nunca sabría él si hacía bien o mal; y eso era precisamente lo que procuraba en esos momentos. Le resultaba un po­co trabajoso, ya que en lograrlo ponía su pasión, su exal­tación, incluso su religión. Las mujeres practican a veces la religión de muy extraña manera, con raros ejercicios, e Isabel, al representar el papel que ante su primo esta­ba representando, creía firmemente estar haciendo una buena obra. En realidad, lo habría sido si por un solo ins­tante hubiese logrado engañarle. En la situación actual, la buena obra consistía principalmente en hacerle creer que una vez él la hirió gravemente, lo que redundaba en desdoro suyo; pero, como era generosa y él estaba en­fermo, ella no le guardaba rencor e incluso no dudaba en hacer ostentación de su propia dicha en la cara del otro. Ralph sonrió en el sofá donde estaba tendido al oír que era objeto de semejante consideración, y la perdo­nó, complacido por el hecho de que ella le hubiese per­donado a él. Isabel no quería causarle el dolor de hacer­le saber que era desgraciada. Eso era lo esencial, y no importaba que semejante conocimiento le hubiese dado la razón.

            Isabel permaneció largo tiempo en el salón después de que el fuego se hubo apagado. No era de temer que sintiera frío, pues se hallaba en un estado febril. Oyó so­nar las horas una tras otra, pero en su vigilia no hizo ca­so del tiempo. Su mente, asaltada por varias visiones, fun­cionaba con actividad extraordinaria; y las visiones podían bailar mejor su ronda en torno a ella en aquel lugar, don­de estaba sentada, que en otro, sí tuviera la cabeza en la almohada y quisieran perturbar su sueño. Como ya he­mos dicho, no creía ella que su actitud fuese desafiante. ¿Qué mejor prueba de ello que el haberse pasado allí me­dia noche, tratando de convencerse a sí misma de que no había más razón para que Pansy no se casase que para que una no echase una carta al correo, por ejemplo? Cuando sonaron las cuatro en el gran reloj, Isabel se le­vantó, disponiéndose a irse a la cama, pues hacía ya tiem­po que la lámpara se había apagado y las velas se habían consumido. Antes de abandonar el salón, se detuvo y de nuevo acudió a su mente la escena allí vista, con su es­poso y madame Merle departiendo sin preocuparse de nada y en franca asociación familiar.

 

 

43

 

 

            Tres noches después, Isabel llevó a Pansy a una gran fiesta, a la que Osmond, enemigo de ir a bailes, no las acompañó. Pansy estaba tan dispuesta a bailar como de costumbre. No tenía por norma generalizar, de suerte que no aplicaba a los demás placeres aquella severa prohibición que veía impuesta sobre los del amor. Que estuviese tomándose el tiempo necesario o que tratara de embaucar a su padre era cosa que habría acusado en ella cierta previsión del éxito posible. Isabel no creía que hubiera nada de semejante intención y pensaba que Pansy se había limitado a ser una buena muchacha. Nun­ca había tenido ocasión tan propicia y ella estimaba grandemente las buenas ocasiones. Consagró, pues, a su persona la atención acostumbrada y contempló con la misma ansiedad de siempre su vaporoso vestido; asió con firmeza su ramo y contó las flores por lo menos veinte veces. A su lado, Isabel se sentía vieja. Le pare­cía que hacía un tiempo infinito desde que ella sintiera agitación al ir a un baile. Pansy, que gozaba de la ad­miración general, poco después de llegar tenía ya todos los bailes comprometidos y confió inmediatamente su ra­mo a Isabel, que no bailaba, para que se lo guardase. Ha­cía algunos minutos que Isabel lo sostenía cuando repa­ró en la presencia cercana de Edward Rosier, que estaba de pie ante ella; su amable sonrisa se había desvanecido y su mirada acusaba una decisión casi militar. Si Isabel no hubiese pensado que la situación de su amigo esta­ba a punto de ser verdaderamente desesperada, no ha­bría podido por menos de sonreír al ver aquella adusta apariencia en quien siempre había olido más a helio­tropo que a pólvora. El la miró un instante con cierto enojo, como para hacerle saber que era hombre peli­groso, y luego se fijó en el ramo. Tras haberlo exami­nado a satisfacción, suavizó la fiereza de su mirada y di­jo precipitadamente:

            -Son pensamientos[2], ¡debe de ser de ella!        Isabel sonrió amablemente.

            -Sí, es su ramo -contestó-. Me ha encargado que se lo guarde.

            -¿Puede dejármelo un momento, señora Osmond?

            -No, no puedo. Tengo miedo de que quiera que­dárselo.

            -No estoy seguro de que no intentase hacerlo. Tal vez me marcharía enseguida con él. Pero ¿no puedo, por lo menos, quedarme una de sus flores?

            Dudó Isabel un instante, y, luego, tendiendo el ra­mo, dijo:

            -Escójala usted mismo. Es una temeridad lo que es­toy haciendo por usted.

            -¡Ah, si no hace usted más que esto, señora Osmond! -exclamó Rosier poniéndose el monóculo para escoger una florecilla.

            -No se la ponga en el ojal -le pidió Isabel-. No lo haga por los demás.

            -Quisiera que ella lo viese. Se ha negado a bailar conmigo, pero me gustaría hacerle ver que aún sigo cre­yendo en ella.

            -Está muy bien eso de hacérselo ver a ella, pero fue­ra de lugar el hacérselo ver a los demás. Su padre le ha prohibido que baile con usted.

            -¿Eso es todo lo que puede hacer usted por mí? La verdad, esperaba mucho más de usted, señora Osmond -exclamó el joven sin entrar en detalles-. Ya sabe que somos viejos amigos..., desde el tiempo de nuestra ino­cente infancia.

            -No me envejezca demasiado -repuso Isabel con amable paciencia-. Siempre está usted con lo mismo, y yo no lo niego nunca. Pero, por dejos amigos que sea­mos, debo decirle que, si usted me hubiese pedido que nos casáramos, me habría negado en el acto.

            -¡Ah! Ya veo que usted no siente aprecio por mí. Diga de una vez que me considera un parisiense frívolo.

            -Le aprecio de veras, pero no estoy enamorada de usted. Desde luego, lo que quiero decir es que no estoy enamorada de usted para Pansy.

            -Está bien..., comprendo. Usted me compadece..., eso es todo.

            Edward Rosier miró a su alrededor, muy apenado, a través de su brillante monóculo. Para él resultaba una verdadera revelación que la gente no se mostrase com­placida a su respecto, pero, al fin y al cabo, era demasia­do orgulloso para demostrar que tal deficiencia le afec­taba hondamente.

            Isabel permaneció callada un instante. La actitud y apariencia de su amigo no tenían la dignidad de la hon­da tragedia, pues lo primero que a ella le impedía pen­sar era aquel monóculo reluciente. Pero, de pronto, se sintió conmovida. Después de todo, su desdicha tenía al­go en común con la del otro, y cayó en la cuenta de que, más que nunca -de forma reconocible, si bien no ro­mántica-, aquello era lo más emotivo del mundo: el amor joven en lucha contra la adversidad. Así, al cabo de un momento le preguntó afablemente:

            -¿Sería usted verdaderamente bueno con ella?

            Bajó él mansamente los ojos, llevó a sus labios la florecilla que tenía entre los dedos y, mirándola, dijo:

            -Usted me compadece a mí, pero ¿por qué no sien­te también un poco de lástima por ella?

            -No sé por qué, no estoy segura. Ella disfrutará siempre de la vida.

            A lo que el señor Rosier contestó acertadamente:

            -Eso depende de lo que usted considere vida. Pue­de tener la seguridad de que no la hará disfrutar el que la torturen.

            -Eso no sucederá.

            -Me alegro infinito de oírlo. Ella sabe lo que le in­teresa. Ya lo verá.

            -Pienso que lo sabe, y que no desobedecerá nunca a su padre. Pero veo que viene hacia mí -añadió Isabel, rápida y cautelosa-. Por favor, le ruego que se retire.

            El señor Rosier se apartó lo suficiente para ver acer­carse a Pansy del brazo de su acompañante y se situó a distancia conveniente para poder mirarla cara a cara. Ac­to seguido se retiró con la cabeza alta y de tal manera que, al ver Isabel la forma en que aceptaba su sacrificio, que­dó convencida del gran amor que a su hijastra profesaba.

            Pansy, que rara vez se descomponía al bailar, aparen­tando una deliciosa frescura después de tal ejercicio, es­peró un momento y recogió de nuevo su ramo de flores. Isabel la observó y vio que las estaba contando, de lo que dedujo que, por lo visto, había en juego algunas fuerzas que ella ignoraba que existiesen. Pansy había visto a Ro­sier retirándose, pero no dijo a su madrastra nada de él. Limitóse a hablar de su compañero del baile anterior, una vez que se hubo marchado después de saludarla; habló también de la música, del piso del salón, de la infrecuen­te desgracia de haberse desgarrado el vestido. Isabel tenía la seguridad absoluta de que había descubierto ya la falta de la flor que su enamorado se llevara, si bien disimuló tal descubrimiento con la exquisita gracia con que respondió a la petición de su siguiente compañero de danza.

            Aquella admirable amabilidad expresada con una con­tención extraordinaria, con un perfecto disimulo, for­maba parte de todo un complicado sistema. De nuevo se alejó en brazos de un ruboroso joven, llevando el ramo consigo. No hacía sino breves minutos que se había ale­jado, cuando he aquí que Isabel vio a lord Warburton que avanzaba hendiendo la multitud, abriéndose paso en­tre los bailarines. El joven se acercó a ella y, tras salu­darla, miró a su alrededor y preguntó:

            -¿Por dónde anda la doncellita? -Tal era el modo en que había tomado por costumbre llamar a la hija del señor Osmond.

            -Por ahí anda bailando. No tardará usted en dar con ella. Dirigió él la mirada a la multitud del salón y al momento divisó a Pansy.

            -Me ha visto -dijo-, pero hace como si no me vie­ra. Y usted, ¿no baila? -añadió, volviéndose hacía Isabel.

            -Como ve, estoy de mirona.

            -¿No quiere bailar conmigo?

            -Mil gracias. Prefiero que baile con la doncellita.

            -Lo cortés no quita lo valiente. Además, parece que está comprometida.

            -Pero no para toda la noche; puede hablar con ella y reservar su turno. Ella no para de bailar y usted entra­rá de refresco.

            -Baila admirablemente -afirmó lord Warburton siguiéndola con los ojos. Y enseguida añadió-: ¡Vaya, por fin! Se ha dignado sonreírme.

            Permanecía él allí de pie, con su hermosa, fiable e importante figura, y a Isabel, que le estaba observando, se le ocurrió preguntarse, como ya en otra ocasión lo hi­ciera, cómo era posible que un hombre de su empuje se interesara por una muchachita como aquélla. Eso le cho­caba como una soberana incongruencia. Ni los múltiples y pequeños atractivos de Pansy, ni su propia bondad, ni su amable condescendencia, ni su deseo de entretener­se, que era considerable y continuo, bastaban para justi­ficar semejante inclinación. Y, sin volverse de frente a Isabel, continuó:

            -Me gustaría mucho bailar con usted, pero prefie­ro que hablemos.

            -Sí, es mejor, desde luego, y más apropiado para su dignidad. A los grandes estadistas no les va bien eso del bailoteo.

            -No sea cruel. Entonces, ¿por qué acaba de reco­mendarme que baile con la señorita Osmond?

            -¡Ah! Eso es distinto. Si baila con ella, parecerá una simple amabilidad, una condescendencia por su parte..., como si lo hiciera por entretenerla. Si bailase conmigo, parecería que lo hace por divertirse.

            -Diga, por favor, ¿acaso no tengo yo también de­recho a divertirme?

            -No, cuando tiene los asuntos del Imperio británi­co en sus manos.

            -¡Al cuerno el Imperio británico! No hace usted más que reírse de eso.

            -Pues diviértase usted hablándome -replicó Isabel.

            -No estoy seguro de que eso constituya un verda­dero recreo. Usted es demasiado puntillosa y tengo que estar constantemente defendiéndome. Además, esta no­che parece más agresiva conmigo que de costumbre. ¿De­finitivamente no quiere bailar conmigo?

            -No puedo abandonar este sitio; Pansy debe en­contrarme aquí.

            Permaneció él callado un instante y, de pronto, dijo:

            -Es usted admirablemente buena con ella.

            Isabel se azoró un poquito y sonrió.

            -¿Le cabe a usted en la cabeza que alguien no lo sea?

            -No, ciertamente. Sé perfectamente hasta qué pun­to queda uno subyugado por su encanto. Usted ha debi­do de tener gran parte en ello.

            -Me he limitado a hacerla salir conmigo y a pro­curar que vaya bien vestida.

            -Su compañía debe de haberle hecho mucho bien, hablándole, aconsejándola, ayudándola a desenvolverse.

            Ah, desde luego; si no es la rosa misma, ha vivido muy cerca de ella.

            Isabel rió y rió también su compañero, pero en la ex­presión de éste, cierta preocupación le impedía que se abandonara a una total hilaridad.

            -Todos intentamos vivir lo más cerca posible de ella -dijo tras un momento de duda.

            Isabel se apartó un poco de él; Pansy estaba a pun­to de llegar de nuevo, y ella estaba impaciente porque fuera cuanto antes. Ya es sabido cuánto le gustaba lord Warburton, que le parecía mucho más agradable de lo que justificaba la lista de sus numerosos méritos. En aquella amistad había algo que venía a ser una fuente de recursos en caso de necesidad, una especie de cuan­tiosa cuenta corriente en un banco. Sentíase ella más feliz cuando él estaba en la habitación porque había al­go tranquilizador en su voz que le traía a la imagina­ción los beneficios de la naturaleza. Por todo lo cual, no estaba bien que él permaneciese demasiado tiempo cerca de ella, que considerase demasiado otorgada por anticipado su buena voluntad. Sentía miedo de semejante posibilidad, se apartaba voluntariamente de ella, y quería que él no estuviese cerca. Tenía el presenti­miento de que, si él se aproximaba demasiado, la haría estallar como un trueno para pedirle que se alejara. Pansy se acercó de nuevo a Isabel con otro desgarrón en el vestido, lógica consecuencia del primero y que le mostró con expresión afligida. Había demasiados ca­balleros de uniforme que calzaban aquellas terribles espuelas tan temibles para los vestidos y las faldas de las jovencitas. No tardó en hacerse a todas luces pa­tente que los recursos de las mujeres son inagotables, pues Isabel se consagró al vestido de la doncellita; con­siguió un alfiler y reparó el desaguisado. Después de lo cual, sonrió y escuchó el relato de la aventura que la jovencita le hiciera. Su atención y su simpatía pusiéronse inmediatamente en juego y en relación direc­ta con un sentimiento con el que no guardaba ningún nexo: la viva suposición de que lord Warburton esta­ba haciéndole la corte, suposición que no derivaba de sus palabras de entonces sino de otras muchas, de la referencia y la continuidad. Así pensaba mientras re­paraba con el alfiler el desperfecto del vestido de Pansy. Si, como ella temía, era así, resultaba poco inteligente por parte de él, que no debía de haberse dado verda­dera cuenta de su intención. Mas eso no presentaba el asunto bajo mejores auspicios ni tornaba la situación menos imposible. De tal suerte, cuanto antes reanu­dara él sus relaciones correctas con las cosas, tanto me­jor. Lord Warburton comenzó enseguida a hablar con Pansy, a la que sin duda estaba tratando de engañar prodigándole sonrisas de casta admiración. Como de costumbre, Pansy le contestaba con su aire de reflexi­va aspiración. Al hablar, tenía él que inclinarse no po­co hacia ella, y, como de costumbre, la mirada de ella subía y bajaba a lo largo de su robusto cuerpo como si él estuviese exhibiéndolo.

            Pansy siempre parecía un poco asustada, pero tal te­mor no era de la índole dolorosa de los que surgen del desagrado. Por el contrario, le miraba como si supiera que él sabía que le gustaba. Isabel les dejó un instante so­los para reunirse con una amiga que había visto allí cer­ca y con la que se puso a charlar hasta que dio comien­zo el siguiente baile, para el que le constaba que Pansy tenía ya compromiso. La jovencita fue en su busca un tanto ruborosa y agitada, e Isabel, que seguía al pie de la letra las instrucciones de Osmond relativas a su hija, la consignó como quien entrega un precioso objeto en de­pósito a su nuevo compañero de baile. Naturalmente, ella se forjaba sus propias ideas al respecto, al igual que tenía sus propias reservas mentales; había momentos en que la excesiva sumisión de Pansy las hacía parecer a am­bas un tanto desequilibradas. Pero Osmond le había da­do unas cuantas instrucciones relativas a sus funciones de dueña en relación con su hija, consistentes en ama­bles alternativas de condescendencia y rigor, y algunas de ellas quería observarlas concienzudamente e imagi­narse que las obedecía sin quitar una tilde. Acaso lo hicie­ra así, porque, al pensar en algunas de ellas y observar­las fielmente, se le antojaba que las reducía al absurdo.

            Una vez que Pansy se alejó, vio a lord Warburton que se acercaba a ella nuevamente. Le miró de frente, como deseando que adivinara sus pensamientos, pero él no dio la menor señal de confusión y dijo:

            -Me ha prometido bailar conmigo más tarde.

            -Me alegro mucho. Supongo que la habrá usted com­prometido para el cotillón.

            Él pareció un poco azorado y replicó:

            -No. No le pedí eso. Le pedí el rigodón.

            -¡Bah! No es usted muy inteligente que digamos. Le he dicho que reserve el cotillón por si usted le pedía bailar con ella.

            -¡Pobre doncellita! ¡Imagínese usted! -Y lord Warburton se echó a reír de buena gana-. Desde lue­go, si a usted le gusta, lo haré.

            -¿Si a mí me gusta? ¡Pues si ha de bailar con ella porque a mí me guste...!

            -Tengo miedo de aburrirla. He visto que tiene apun­tados a muchos jóvenes en su carnet.

Isabel bajó en el acto los ojos. Lord Warburton si­guió mirándola, y ella, al notar su mirada, experimentó un gran deseo de decirle que le quitase la vista de enci­ma. De todos modos, no se aventuró a hacerlo y, al ca­bo de un minuto, elevado hacia él la suya, dijo:

            -Por favor, ayúdeme a comprender.

            -Comprender qué?

            -Hace diez días, si mal no recuerdo, me dijo usted que le gustaría casarse con mi hijastra. ¿No lo habrá ol­vidado ya?

            -¿Olvidado? Precisamente esta misma mañana he escrito al señor Osmond sobre esa cuestión.

            -¡Ah! Pues no me ha dicho que haya tenido noti­cias suyas -comentó Isabel.

            Lord Warburton titubeó un tanto y confesó:

            -Es que... no he enviado la carta.

            -A lo mejor se le ha olvidado nada menos que eso.

            -No. Lo que pasa es que no me sentía satisfecho de ella. Resulta endiabladamente difícil escribir ese tipo de car­tas. Pero la enviaré esta noche.

            -¿A las tres de la mañana?

            -Quiero decir luego, en el transcurso del día.

            -Perfecto. Entonces, ¿insiste usted en casarse con ella?

            -Desde luego.

            -¿Y no tiene miedo de aburrirla? -Y, como su com­pañero pareciera sorprenderse ante tal pregunta, aña­dió-: Si no puede bailar con usted durante media hora, ¿cómo podrá hacerlo durante toda la vida?

            -¡Ah! -replicó lord Warburton con viveza-, la dejaré bailar con otros. Por lo que respecta al cotillón..., la verdad es que usted..., que usted...

            -Debería bailarlo con usted, ¿no es eso? Ya le he dicho antes que no.

            -Exacto; es lo mismo que yo pienso. De suerte que, mientras lo bailan los demás, yo podría encontrar un rin­cón tranquilo donde sentarnos y hablar.

            -¡Oh! Es usted muy amable conmigo.

            Al llegar el cotillón, resultó que Pansy ya se había comprometido, pues creía humildemente que lord War­burton no tenía intención de bailarlo. Isabel le recomendó que buscara otra pareja, pero él dijo que no bailaría con nadie si no era con ella. Mas, como ella, a pesar de las re­convenciones de la anfitriona, no había querido aceptar otras invitaciones so pretexto de que no era en absoluto aficionada al baile, no le resultaba posible en modo al­guno hacer una excepción en favor de lord Warburton.

            -Después de todo, me da lo mismo no bailar -dijo él-. Es una costumbre verdaderamente salvaje. Prefiero mil veces charlar con usted.

            Y en el acto insinuó que ya había descubierto el rin­cón que buscaba, una especie de escondrijo en uno de los salones más pequeños, adonde la música llegaba débil­mente y no les impediría conversar. Isabel había resuelto dejarle llevar a cabo su idea, quería darse esa satisfacción. Así pues, abandonaron juntos el salón de baile, aunque re­cordaba que su marido no quería que perdiese de vista a su hija. Pero tenía la excusa de que estaba con su pre­tendiente, lo que no podría por menos de parecerle bien a Osmond. Al salir del salón de baile se encontró con Edward Rosier, que estaba en una de las puertas miran­do el baile, como hombre que ha perdido ya todas sus ilusiones. Ella se detuvo un momento y le preguntó si no bailaba.

            -Desde luego que no, si no puedo bailar con ella... -respondió él.

            -Entonces, más vale que se marche -le dijo Isabel a guisa de buen consejo.

            -No me iré mientras ella esté aquí. -Y dejó paso a lord Warburton sin dignarse siquiera mirarle.

            El aristócrata había observado a aquel triste joven y preguntó a Isabel quién era su desconsolado amigo, ha­ciéndole saber que ya le había visto en alguna otra parte.

            -Es el joven que le he dicho que está enamorado de Pansy.

            -¡Ah! Sí, ya me acuerdo. No parece muy contento que digamos.

            -Sus motivos tiene. Mi marido no quiere saber na­da de él.

            -¿Por qué? -preguntó lord Warburton-. ¿Qué le pasa? Parece un muchacho inofensivo.

            -No tiene bastante dinero y no es muy brillante.

            Lord Warburton escuchó con gran interés y pareció quedar un tamo sorprendido por la descripción de Ed­ward Rosier.

            -¡Caramba! -exclamó-. A fe mía que parece un joven distinguido.

            -Y lo es; pero mi esposo es muy especial.

            -Sí, ya lo veo. -Lord Warburton se detuvo un mo­mento y se atrevió a preguntar-: ¿Cuánto dinero tiene?

            -Unos cuarenta mil francos por año.

            -¿Dieciséis mil libras? Eso es una suma muy apre­ciable.

            -Eso mismo creo yo; pero, por lo visto, mi esposo tiene ideas más ambiciosas.

            -En efecto, ya he notado que su marido tiene ideas muy ambiciosas. ¿Es que ese joven es verdaderamente tonto?

            -¿Tonto? Nada de eso. Al contrario, es muy sim­pático. Cuando tenía doce años yo estaba locamente enamorada de él.

            -Pues no parece que ahora tenga muchos más -con­testó vagamente lord Warburton mirándolo-. ¿Le pare­ce bien que nos sentemos aquí? -añadió, deteniéndose.

            -Donde usted quiera.

            Aquella habitación era una especie de salita-tocador iluminada por una suave luz rosada. Al entrar allí nues­tros amigos, abandonaron la habitación una dama y un caballero que en ella estaban.

            -Es muy gentil de su parte interesarse tanto por el señor Rosier -dijo Isabel.

            -Me da la impresión de que se le trata excesiva­mente mal. Tiene una expresión muy seria. Me preocu­pa lo que le hace sufrir de ese modo.

            -Es usted un hombre verdaderamente generoso. Has­ta para un rival suyo sabe tener un pensamiento amable.

            Lord Warburton se volvió súbitamente con extraña mirada y preguntó:

            -¿Un rival mío? ¿Ha dicho usted que es mi rival?

            -Así parece..., desde el momento que los dos quie­ren casarse con la misma persona...

            -Cierto..., pero si él no tiene posibilidades...

            -De cualquier forma, me gusta que se ponga en su lugar. Eso: demuestra imaginación.

            -¿Le gusta? -Lord Warburton la miró con des­confianza-. No sé por qué me da la sensación de que se está burlando de mí.  

            -Así es, me estoy riendo un poco de usted. Pero es que me gusta hacerlo.      

            -¡Ah! Déjeme pensar un poco más detenidamente en la situación de ese joven. ¿Qué cree usted que podría hacer en favor suyo?

            -Ya que acabo de rendir tributo admirativo a su ima­ginación, lo dejo por cuenta de ella -dijo Isabel-. A Pansy también le gustaría usted por eso.

            -¿La señorita Osmond? ¡Ah! A ella, me enorgu­llezco de poder decirlo, yo le gusto.

            -Mucho, según me parece.

            Detúvose él un instante y la miró fijamente, como queriendo penetrar en su pensamiento.

            -Bueno, vamos a ver -dijo-, creo que no la com­prendo. Lo que usted quiere decir, ¿es que ella se inte­resa por él?

            -Ni más ni menos. Ya se lo he dicho: creo que a ella le interesa.

            El se ruborizó un poco y frunció el entrecejo.

            -Lo que usted me ha dicho es que ella no tiene más voluntad que la de su padre..., y como he podido dedu­cir que él estaría dispuesto a favorecerme... -Hizo una pausa, se ruborizó otro poco y añadió-: ¿Comprende?

            -Sí. Le he dicho que ella siente un gran deseo de complacer a su padre y que eso podría llevarla muy lejos.

            -Me parece un sentimiento admirable -replicó lord Warburton.

            -Sin duda alguna lo es. -Isabel se quedó .callada un momento. El saloncito seguía vacío y el sonido de la música llegaba hasta ellos apagado por la distancia y el recorrido a través de las otras habitaciones. Finalmente dijo-: Pero lo que me preocupa hondamente es la cla­se de sentimiento que un hombre quisiera poder agra­decer a su esposa.

            -Lo ignoro. Si la esposa es buena y él cree que ac­túa correctamente...

            -Desde luego, usted piensa de esa manera.

            -En efecto. No puedo remediarlo. Pero supongo que usted dirá que ésa es una manera netamente inglesa.

            -No, no lo digo. Pienso que Pansy hará admira­blemente en casarse con usted, y no creo que haya nadie que lo sepa mejor que usted mismo. Pero usted no está enamorado.

            -Sí lo estoy, señora Osmond.

            Isabel movió pausadamente la cabeza y dijo:

            -A usted le agrada pensar que efectivamente lo es­tá mientras permanece sentado aquí conmigo, pero no es ésa la impresión que a mí me da.

            -Que no estoy como el joven aquel de la puerta es evidente, de acuerdo. Pero ¿qué hay de malo en ello? ¿Puede haber en el mundo una mujer tan adorable co­mo la señorita Osmond?

            -Es posible que ninguna. Pero el amor no tiene gran cosa que ver con las razones, por buenas que sean.

            -No estoy de acuerdo con usted. A mí me encanta tener buenas razones.

            -No niego que le encante. Pero si estuviera verda­deramente enamorado, le importarían un comino.

            -¡Ah, verdaderamente enamorado..., verdadera­mente enamorado! Ésas son palabras mayores -excla­mó lord Warburton cruzando los brazos, apoyándose en el respaldo de la butaca y estirándose un poco-. No ol­vide usted que tengo ya cuarenta y dos años. No puedo aspirar a estarlo tanto como antes lo estuve.

            -Bien; si está usted seguro, la cosa es perfecta -re­plicó Isabel.

            Él se abstuvo de contestar y permaneció como esta­ba, con la cabeza echada hacia atrás y mirando al frente.

            Pero, de pronto, cambió de postura y, volviéndose hacia su amiga, preguntó:

            -¿Por qué se muestra usted de tan mala voluntad, tan escéptica?

            Los ojos de ella se clavaron en los suyos y durante un momento ambos permanecieron mirándose fijamente. Si lo que ella buscaba era una confirmación, vio indu­dablemente algo que se la proporcionó; vio en su ex­presión el fulgor de una idea que la intranquilizaba, que incluso le inspiraba miedo, que delataba una sospecha, aunque no una esperanza, y que, al manifestarse de tal modo, le decía cuanto deseaba saber. Ni por un segun­do llegó él a sospechar que ella detectase en su propó­sito de casarse con su hijastra un deseo de estar más cerca de ella, ni que por tal causa el hecho le pareciera vergonzoso. En aquella vivida, fúlgida, rápida y recí­proca mirada se cruzaron entre ellos hondos pensa­mientos, de los que durante, un instante tuvieron am­bos plena conciencia.

            -Mi querido lord Warburton -dijo ella al fin, son­riendo-, por lo que a mí respecta, puede usted hacer lo que le pase por la cabeza.

            Acto seguido se levantó y se dirigió a la habitación contigua, donde, en presencia de su compañero, fue in­mediatamente abordada por dos caballeros, personajes conspicuos de la alta sociedad romana que, al parecer, andaban buscándola. Al ponerse a hablar con ellos, de­ploró haberse movido de donde estaba, pues le pareció que había actuada; como si se diera a la fuga, especial­mente al ver que lord Warburton no la seguía. De eso se alegró, sin embargo, y de todas formas se sentía satisfe­cha. Hasta tal punto que, al pasar de nuevo al salón de baile y encontrar a Edward Rosier, que no se había mo­vido de donde antes lo viera, se detuvo y le dijo:

            -Ha hecho usted bien en no marcharse. Tengo al­go con que consolarle un poco.

            -Bien lo necesito -suspiró blandamente el ena­morado-, pues al verla a usted tan terriblemente ami­gada con él...

            -No lo mencione. Yo haré por usted lo que pueda. Temo que no podrá ser gran cosa, pero, en todo caso, haré lo que pueda.

            Él la miró con torva tristeza y preguntó:

            -¿Qué le ha hecho a usted venir aquí tan de repente?

            -La creencia de que es usted un estorbo en las puer­tas -replicó ella, y se alejó.

            Media hora después Isabel y Pansy se despidieron, y al pie de escalera las dos damas tuvieron que aguardar, co­mo tantos otros invitados, a que su coche fuera a buscar­las. Lord Warburton, que salía en ese momento de la ca­sa, se acercó a ellas y las ayudó a buscar su coche. Una vez localizado, permaneció un instante junto a la portezuela del vehículo, preguntando a Pansy si se había divertido; tras contestar, ella se recostó en el asiento como si estu­viera cansadísima. Isabel le retuvo un instante más para decirle por lo bajo antes de que se pusieran en marcha los caballos:

            -No se olvide de enviarle la carta a su padre.

 

 

44

 

 

            La condesa Gemini se sentía con frecuencia tre­mendamente aburrida; según ella misma decía, se mo­ría de aburrimiento. Sin embargo, aún sobrevivía y lu­chaba a brazo partido con su destino, que era el de haberse casado con un intolerante caballero de Flo­rencia empecinado en vivir en su ciudad natal, donde gozaba de todo el predicamento que suele alcanzar una persona cuya habilidad para perder en los juegos de nai­pes no tenía el mérito de obedecer a su deseo de agra­dar. Así pues, al conde Gemini no le apreciaban ni aun aquellos que le ganaban en el juego. Su apellido era de los que, teniendo gran valor en su propio terruño, ca­recían-de valor en otras regiones de la península italia­na. En Roma no era más que un florentino aburrido, y así, no es de extrañar que no hiciera visitas frecuentes a un lugar donde, para hacerle soportable, había que dar explicaciones harto prolijas de su estolidez. La con­desa vivía siempre con los ojos puestos en Roma, y el gran rencor que contra su esposo abrigaba era por no tener allí casa donde alojarse. Se avergonzaba de decir las pocas veces que había visitado la gran urbe, sin que pudiera servirle de consuelo el hecho de que hubiese muchas otras familias de la nobleza florentina que ja­más pusieron el pie en ella. Todo lo que podía decir es que iba cada vez que podía. 0 eso era lo único que, según ella, podía decir. En realidad, tenía no poco que decir, y más de una vez había expuesto las razones por las que detestaba Florencia y deseaba terminar sus días a la sombra de San Pedro. Muchas de tales razones ca­recen de verdadero interés para nosotros y, por lo ge­neral, se resumían en la declaración de que Roma era la Ciudad Eterna y Florencia una pequeña y linda ciu­dad como tantas otras. Y, por lo visto, la condesa pre­cisaba relacionar la idea de eternidad con la de peren­nidad de sus diversiones. Tenía el convencimiento de que la sociedad era infinitamente más' interesante en Roma, donde, en invierno, se coincidía en todas las ce­nas con las celebridades del momento. En Florencia, en cambio, no se encontraban personalidades, por lo menos ninguna de la que se oyera hablar. A raíz del ma­trimonio de su hermano, su impaciencia en tal sentido había ido en aumento, porque tenía la convicción de que la esposa de Osmond llevaba una vida social mu­cho más brillante que la suya. Aunque no era tan inte­lectual como Isabel, su conocimiento bastaba para ha­cer justicia a Roma, no ya en lo referente a sus ruinas y catacumbas, ni a sus museos y monumentos, sino en lo relativo a todo lo demás. Oía hablar mucho de su cu­ñada y sabía perfectamente que Isabel lo estaba pasan­do muy bien. Por lo demás, había podido convencerse de ello por sí misma la única vez que disfrutara de la hos­pitalidad del Palazzo Roccanera. Había pasado una se­mana en él durante el primer invierno después de la bo­da de su hermano, pero no se le había insistido para que renovara tal satisfacción. Osmond no la quería ver, de eso estaba plenamente convencida; pero, de todos mo­dos, habría ido porque, a fin de cuentas, su señor her­mano le importaba un rábano. Quien no la dejaba era su marido, y la dificultad estribaba siempre en la cues­tión del dinero. Isabel se había portado muy gentil­mente. A la condesa, que había quedado encantada con su cuñada desde el primer momento, no la había cega­do la envidia hasta el extremo de impedirle ver loa, ver­daderos méritos de Isabel. Por el contrario, tenía ob­servado que se. llevaba infinitamente mejor con las mujeres inteligentes que con las, tontas como ella; las tontas no llegaban a comprender su clarividencia, y, en cambio, las inteligentes se daban cuenta enseguida de su tonte­ría. Le parecía que, a pesar de lo distintas que en reali­dad eran en aspecto y estilo, Isabel y ella tenían una base común que, un día u otro, acabaría por acercarlas. No era todavía muy ancha, pero sí bastante firme, y ambas se darían perfecta cuenta de ello en el momento pre­ciso. Con la señora Osmond vivía bajo la promesa de una sorpresa agradable, de suerte que esperaba cons­tantemente que Isabel la requiriese y veía que tal deseo se postergaba sin cesar. Se preguntaba cuándo empe­zaría, como si se tratara de unos fuegos artificiales, de las comidas de vigilia o de las funciones de ópera. No es que ello le importase gran cosa, pero le intranquili­zaba saber a qué se debía que siguiera aún en suspen­so. Su cuñada la miraba con poco interés y sentía por la pobre condesa tan escasa admiración como poco des­dén. En realidad, Isabel se preocupaba tan poco de desde­ñarla como de juzgar moralmente a un saltamontes. Sin embargo, la hermana de su marido no le era indiferente y le tenía un poco de-miedo. Algunas veces pensaba en ella y entonces la consideraba verdaderamente extraordi­naria, le parecía que la condesa no tenía alma. Su ima­gen se le aparecía como un brillante y raro cascarón vacío de cuya superficie cuidadosamente pulimentada emergieran unos labios exageradamente rojos, por los cuales escapaba un extraño sonido, como de sonajero, cuando se la sacudía. Lo que allí dentro tan extraña­mente sonaba era, al parecer, el principio espiritual de la condesa, que como una especie de pequeña almen­dra se agitaba en el interior. Era demasiado estrambó­tica para inspirar desdén y demasiado singular para las comparaciones. Isabel la habría invitado gustosa otra vez (ni que decir que tiene que quedaba descartado in­vitar al conde), pero, después de la boda, Osmond no había tenido el menor recato en decir que su hermana era una loca de la peor especie..., una loca cuya locura tenía la incontenible fuerza del genio. Otra vez dijo de ella que no tenía corazón, añadiendo que lo había re­partido a pedacitos como un pastel de boda ya seco. El que no la hubiesen invitado era otro de los obstáculos que se oponían a la visita de la condesa a Roma. Sin em­bargo, en el momento de que estamos hablando reci­bió una invitación en la que se le pedía que fuera a pa­sar unas semanas al Palazzo Roccanera. La invitación provenía del mismo Osmond, quien escribió a su her­mana diciéndole que se preparase para estar bien calla­da. Si ella fue o no capaz de adivinar el sentido oculto de tal frase, es cosa que no podremos decir, pero el ca­so es que aceptó la invitación con todas las condiciones que comportaba. Además, sentía gran curiosidad, pues una de las impresiones que de su primera visita se lle­vó fue la de que, al fin, su hermano había encontrado la persona que precisaba. Antes de la boda había senti­do gran pena por Isabel, hasta el punto de que llegó a pensar seriamente -si es que cabía en su magín algún pensamiento serio- ponerla en guardia. Pero dejó pa­sar aquel impulso y no tardó en tranquilizarse. Osmond continuaba siendo tan altivo como siempre, pero su es­posa no sería una fácil víctima. Aunque la condesa no tenía un sentido muy fino de la medida, se le antojó que si Isabel se erguía con empeño sería, de los dos espíri­tus, el de más altura. Lo que ahora le interesaba era sa­ber si Isabel había logrado erguirse lo suficiente, pues le habría proporcionado un placer sin límites ver a Osmond superado.

            Algunos días antes de partir para Roma, el criado le presentó una tarjeta de visita en la que simplemente se leía: «Henrietta C. Stackpole». La condesa se oprimió la sien con la yema del dedo índice, pues no recordaba a na­die que se llamase de aquel modo, a ninguna Henrietta. El criado informó a la condesa que la visitante le había dicho que, si la señora no se acordaba de su nombre, la reconoce­ría en cuanto la viese. Pero antes de acudir a verla, recordó que una vez conoció a una literata en casa de la señora Touchett, la única literata que había visto en su vida..., es decir, la única en vida, ya que ella era hija de una poetisa difunta. En cuanto vio a la señorita Stackpole, la reconoció, sobre todo porque Henrietta estaba exactamente igual que an­tes, aparentemente no había cambiado absolutamente en nada, y la condesa, que era buena de naturaleza, conside­ró lo más natural del mundo que fuera a visitarla una per­sona tan distinguida como la literata americana. Se imagi­nó que tal vez la señorita Stackpole había ido a verla por algo referente a su madre, pues sin duda habría oído ha­blar de la Corina americana. Su madre no se parecía en ab­soluto a aquella amiga de Isabel, de lo cual se dio cuenta en el acto la condesa al observar que ésta era infinitamen­te más moderna en todos los sentidos; y se quedó impre­sionada por los progresos que estaban en vías de realizar­se -en los países lejanos sobre todo- en lo referente al carácter (profesional, desde luego) de las damas literatas. Recordaba que su madre solía llevar un leve chal romano sobre los hombros, que tímidamente emergía de la prisión del terciopelo negro del corpiño (oh, los deliciosos vestidos de antaño), y una áurea diadema de laurel sobre una albo­rotada multitud de brillantes rizos. Su manera de hablar era suave y vaga, con el acento de sus antepasados «crio­llos», como solía confesar, por lo demás, suspiraba con har­ta frecuencia y no tenía absolutamente nada de empren­dedora. En cambio, Henrietta, como bien podía observar la condesa, llevaba siempre los ribeteados vestidos sólida­mente abotonados y tenía el aspecto de una mujer muy vi­varacha, dispuesta para los negocios y de maneras casi estudiadamente familiares. De forma que tenía tan poco sentido imaginársela en un suspiro como poco sentido te­nía echar al correo una carta sin escribir en el sobre la co­rrespondiente dirección. La condesa no podía, pues, dejar de advertir que la corresponsal del Interviewer estaba infi­nitamente más integrada en el movimiento moderno que la Corroa americana. Henrietta manifestó que había ido a visitarla porque era la única persona que conocía en Flo­rencia, y, cuando iba a una ciudad, fuera la que fuese, pro­curaba ver algo más que a los frívolos turistas. Conocía también a la señora Touchett, pero ésta se hallaba en aquel entonces en América, y aun cuando hubiese estado en Flo­rencia, Henrietta no se habría molestado en ir a verla por­que tal señora no era santo de su devoción.

            -¿Quiere usted decir con eso que yo lo soy? -pre­guntó ingenuamente la condesa.

            -La verdad, usted me gusta más que ella -admitió la señorita Stackpole-. Me parece recordar que, cuan­do la vi a usted por vez primera, me pareció muy intere­sante. Ignoro si fue por casualidad o porque es en usted lo habitual. Lo cierto es que me llamó la atención mu­cho de lo que usted dijo. Y después, lo utilicé en parte en mis escritos,            -¡Santo Dios! -exclamó la condesa, azorándose y casi terriblemente alarmada-. No tenía la menor idea de haber dicho nada notable. Me hubiera gustado saberlo con tiempo.

            -Fue acerca de la situación de la mujer en esta ciu­dad -recordó la señorita Stackpole-. Me pareció que' lo dicho por usted arrojaba mucha luz sobre el asunto.

            -La situación de la mujer es muy incómoda. Su­pongo que sería eso lo que usted me atribuyó. ¿Lo es­cribió y lo publicó así? ¡Ah! Déjemelo ver.

            -Ya escribí a la redacción diciendo que le enviasen el periódico -dijo Henrietta-. Por supuesto, me abs­tuve de mencionar su nombre, limitándome a aludir a una dama de alto rango en la sociedad, y luego expuse sus puntos de vista en la materia.

            La condesa se recostó en la butaca, agitando en lo alto las manos cruzadas.

            -¿Sabe usted que casi lamento que no dijera mi nom­bre? Me hubiese gustado verlo en los periódicos. Ya no me acuerdo de cuáles eran mis opiniones entonces, pues tengo tantas... Pero no me avergüenzo de ello. No me pa­rezco a mi hermano..., supongo que usted le conocerá. El cree que es poco menos que escandaloso verse citado en los periódicos. Si alguna vez lo menciona usted, puede te­ner la seguridad de que no se lo perdonará nunca.

            -No tiene nada que temer. No pienso nombrarle jamás -contestó la señorita Stackpole con suave seque­dad-. Ésa es otra de las razones por las que deseaba ver­la. Usted sabe que el señor Osmond se casó con mi ami­ga más querida.

            -¡Ah! Sí, ahora caigo; estaba tratando de recordar qué sabía acerca de usted.

            -Para mí es un placer que se me conozca por eso -declaró Henrietta-. Pero no es precisamente por eso por lo que a su hermano le gusta conocerme. Él ha tratado de hacernos romper nuestra amistad.

            -No lo consienta usted -dijo la condesa.

            -De eso es de lo que deseo hablarle. Voy a ir a Roma.

            -Yo también voy a ir -exclamó la condesa-. Po­dríamos ir juntas.

            -Con mucho gusto. Así, cuando describa mi viaje la citaré a usted personalmente como compañera.

            La condesa se levantó casi de un brinco de la buta­ca y fue a sentarse en el sofá al lado de su visitante.

            -¡Ah! No deje de hacer que me envíen el periódi­co. Seguramente a mi marido no le gustará nada, pero no tiene por qué verlo. Además, no sabe leer.

            Henrietta abrió los ojos con sorpresa.

            -¿Cómo, no sabe leer? ¿Puedo escribir eso en mi carta?

            -¿En qué carta?

            -En mi crónica, en la carta que mando al Interviewer, el periódico que represento.

            -Por supuesto, si usted lo cree conveniente; y con su nombre y todo. ¿Se alojará en casa de Isabel en Roma?

            Henrietta levantó la cabeza y se quedó un rato mi­rando en silencio a su compañera.

            -No me lo ha pedido. Le escribí diciéndole que iba para allá y contestó que me buscaría alojamiento en una pensión, aunque no me explicó el porqué de esa medida.

            La condesa escuchó con gran interés y declaró ro­tundamente:

            -Eso es cosa de Osmond.

            -Isabel tiene que ponerse en su sitio -dijo la se­ñorita Stackpole-. Me parece que ha cambiado enor­memente. Ya le advertí yo que le pasaría eso.

            -No sabe cuánto siento tener que oírlo. Yo habría que­rido que ella se mantuviese firme. ¿Por qué mi hermano no la quiere a usted? -preguntó ingenuamente la condesa.

            -No lo sé, y me tiene completamente sin cuidado. Está en su perfecto derecho de tenerme antipatía. No pretendo gustarle a todo el mundo. Si así lo hicieran, pensaría yo menos en mí misma. Una periodista no pue­de aspirar a hacer nada que valga la pena si no despierta grandes odios. Así es como se entera de que su trabajo es apreciado. Lo mismo ocurre con una verdadera dama. Pero yo no creí a Isabel capaz de eso.

            -¿Cree que la detesta? -preguntó la condesa.

            -Lo ignoro, y eso es lo que deseo averiguar. Para eso precisamente voy a Roma.

            -¡Santo Dios, un viaje tan fatigoso para eso! -ex­clamó la condesa.

            -Ya no me escribe de la misma manera que antes; la diferencia es bien visible. Si usted sabe algo a ese respec­to, me gustaría conocerlo de antemano para trazar mi lí­nea de conducta -declaró resueltamente Henrietta.

            La condesa adelantó el labio inferior y se encogió poco a poco de hombros.

            -Por mi parte, sé bien poca cosa. Veo y oigo muy rara vez a Osmond. Tampoco le gusto yo mucho más de lo que, al parecer, le gusta usted.

            -Y eso que usted no es periodista -dijo Henrietta preocupada.

            -Eso a él no le importa. Razones no le faltan, las tiene a porrillo. Pero aun así me han invitado, y me alo­jaré en su casa.

            La condesa sonrió casi con orgullo. Su satisfacción no tuvo en aquel instante en cuenta para nada la decep­ción de la señorita Stackpole, quien consideró el asunto tranquilamente y dijo:

            -De todas maneras, aunque me lo hubiese pedi­do, yo no habría ido. Es decir, creo que no habría ido, y me alegro mucho de no tener que tomar una decisión al respecto. Habría sido un asunto muy delicado. No me habría gustado tener que irme de su casa, y sin em­bargo, no habría sido feliz allí. Me parece mejor lo de la pensión. Pero no es eso todo.

            -Éste es un magnífico momento para ir a Roma -dijo la condesa-. La ciudad está ahora repleta de gente ilus­tre. ¿No ha oído usted hablar nunca de lord Warburton?

            -¿Si he oído hablar de él? Le conozco perfectamen­te ¿Le considera usted tan brillante como dicen?

            -No lo conozco, pero he oído decir que es un ver­dadero grand seigneur. Ahora le está haciendo la corte a Isabel.

            -¿Que le está haciendo la corte?

            -Por lo menos, eso he oído decir -respondió la condesa sin darle gran importancia-. Pero Isabel está completamente segura.

            Henrietta se quedó mirando muy seria a su compa­ñera y estuvo un momento sin decir palabra. Luego, pre­guntó bruscamente:

            -¿Cuándo sale usted para Roma?

            -No creo que pueda ser antes de una semana.

            -Yo saldré mañana. Me parece mejor no esperar.

            -Lo siento en el alma, querida. Tengo que hacer­me varios vestidos, pues he oído decir que Isabel recibe muchísimo. Pero la veré allí, iré a buscarla a su pensión.     Henrietta continuó sentada, perdida en la tremenda confusión de sus pensamientos. De pronto, la condesa exclamó:

            -Pero, si no vamos juntas, no podrá usted hacer la descripción de nuestro viaje.

            La señorita Stackpole pareció no alterarse por seme­jante observación, pues estaba pensando en otra cosa.

            -Creo que no he entendido bien lo que ha dicho de lord Warburton.

            -¿Entendido? He querido decir que es muy gentil; eso es todo.

            -¿Considera usted gentil hacerle la corte a una mu­jer casada? -preguntó Henrietta con pausada claridad.

            La condesa se quedó un tanto sorprendida, abrió los ojos cuan grandes eran, soltó una pequeña carcajada y respondió:

            -Es lo que hacen todos los hombres verdaderamente gentiles. Cásese usted y lo sabrá por experiencia.

            -Bastaría esa sola idea para impedirme hacerlo. Yo me contentaría con mi marido y no querría ningún otro hombre... ¿Cree usted que Isabel es culpable..., culpable de...? -Y se detuvo un instante como buscando la pala­bra apropiada.

            -¿Cómo que si la creo culpable?... No, querida, todavía no; por lo menos, así lo espero. Lo único que quiero decir es que Osmond es insoportable y que lord Warburton, según me han dicho, frecuenta bastante la casa. Me temo que se ha escandalizado usted.

            -No -replicó Henrietta-. Simplemente estoy preocupada.

            -No le hace usted mucho favor a Isabel. Debe te­ner más confianza. Si ha de servirle de consuelo -aña­dió precipitadamente la condesa-, me comprometo a quitárselo de encima, si usted quiere.

            La señorita Stackpole se limitó, al principio, a con­testar con la más profunda y solemne de sus miradas.

            -No me comprende usted -dijo al cabo de un mo­mento-. No tengo esa idea que supone. No temo por Isabel... en ese sentido. Lo único que temo es que sea desgraciada... y por eso quiero ir a verla.

            La condesa hizo varios movimientos de cabeza. Pa­recía impaciente y sarcástica, y es que la señorita Stackpole empezaba a aburrirla.

            -Es muy posible -dijo-. Por mi parte, yo quisie­ra saber si también lo es Osmond.

            Henrietta prosiguió:

            -Si verdaderamente Isabel ha cambiado, ésa debe de ser la razón de fondo.

            -En fin, usted lo ha de ver. Ella se lo dirá -repu­so la condesa.

            -¡Ah! Tal vez no me lo diga..., ¡eso es lo que temo!

            -Bueno, pues si Osmond no está divirtiéndose... a . su antigua manera, me enorgullezco de decir que yo lo descubriré.

            -Eso a mí no me preocupa -dijo Henrietta.

            -A mí muchísimo -contestó la otra-. Si Isabel fue­ra desgraciada, lo sentiría con toda el alma, pero no me sería posible remediarlo. Yo podría decirle cosas que la ha­rían sentirse todavía peor, pero ninguna que le sirviera de consuelo. ¿Por qué se le ocurrió casarse con él? Si me hu­biera hecho caso a mí, lo habría mandado a paseo. De mo­do que, si le ha dado su merecido, yo no tendré el menor reparo en perdonarla. Sí, en cambio, se ha limitado a de­jarse aplastar por él, no sé si tendré siquiera ánimos para compadecerla. Pero no creo que haya sucedido así. Cuan­do menos espero que, si ella es desgraciada, se habrá to­mado el desquite haciendo que él lo sea igualmente.

Henrietta se levantó. Semejante expectativa le pa­recía sencillamente espantosa. Creyó sinceramente que no tenía el menor deseo de ver desdichado al señor Osmond. Por lo demás, a sus ojos no podía aparecer como el objeto de una simple fantasía. En conjunto, estaba de­cepcionada con la condesa, cuya mente se movía en un círculo mucho más estrecho de lo que al principio ella había creído, si bien conservaba su gran capacidad para decir vulgaridades. Sin embargo, como para acabar de manera edificante, exclamó:

            -Después de todo, lo mejor será que los dos se amen de veras.

            -No es posible. Él no puede amar a nadie.

            -Me figuré que así sería. Y eso no hace más que agravar el asunto en relación con Isabel. Decididamen­te, tomaré el tren mañana mismo.

            -Indudablemente, Isabel tiene muchos amigos fie­les -dijo la condesa sonriendo con vivacidad-. Por mi parte, declaro que no la compadezco.

            -Tal vez yo pueda socorrerla -prosiguió la seño­rita Stackpole como si ya no hubiera que hacerse ilusio­nes.

            -De todos modos, lo habrá intentado, y algo es al­go. Me imagino que para eso ha venido usted de Amé­rica -añadió inopinadamente la condesa.

            -Sí. Quería ofrecerle mi ayuda.

            Su compañera permaneció de pie sonriéndole con sus ojillos brillantes, las aletas de la nariz palpitantes, las mejillas arreboladas y dijo:

            -¡Ah! Eso sí que es verdaderamente hermoso..., c'est bien gentil! ¿No es eso lo que llaman verdadera amistad?

            -Ignoro lo que aquí entienden por ella. Yo pensé que hacía bien en venir.

            -Isabel es muy feliz..., verdaderamente afortunada. Además, tiene muchas otras cosas. -De pronto, excla­mó con apasionamiento-: ¡Es mil veces más dichosa que yo! Yo soy tan desgraciada como ella... porque tengo un marido muy malo, mucho peor que Osmond. Y además, no tengo amigos. Creí que los tenía, pero han desapare­cido. Ningún hombre, ninguna mujer haría por mí lo que usted ha hecho por ella.

            Henrietta se sintió emocionada porque vio que aque­lla amarga efusión era natural. Contempló a su compa­ñera un momento y dijo:

            -Mire, condesa, estoy dispuesta a hacer por usted to­do lo que quiera. Esperaré para que podamos viajar juntas.

            La condesa cambió en el acto de tono y replicó:         

-No se preocupe por mí. Lo que sí debe hacer es describirme en su periódico.

            Antes de marcharse, Henrietta le hizo comprender que no haría una descripción ficticia de su viaje a Roma, porque era una reportera completamente veraz. Al salir de la casa, Henrietta siguió andando por el Lung'Arno, la orilla soleada del amarillo río donde se alinean todos los establecimientos de comer y beber con fachadas de brillantes colores, tan conocidos por los turistas. Ya ha­bía aprendido a andar por las calles de Florencia (tenía una especial capacidad de orientación) y, gracias a ello, pudo dar la vuelta con gran decisión y salir de la plazuela que constituye el acceso al puente de la Santa Trinidad. De allí tomó hacia la izquierda en dirección al Ponte Vecchio y se detuvo ante uno de los hoteles situados frente a aque­lla admirable construcción. Sacó de una cartera de bolsi­llo una tarjetita y, tras meditar un momento, escribió en ella unas líneas. Ya que es uno de nuestros privilegios po­der mirar por encima del hombro de quien escribe, dire­mos que, en tal tarjeta, pergeñó estas palabras: «¿Puedo verle esta noche para un asunto de verdadera importan­cia?». Después de esto, que era lo esencial, añadió que a la mañana siguiente salía para Roma. Provista del peque­ño documento se dirigió al portero, que acababa de si­tuarse ante la puerta del establecimiento, y preguntó si el señor Goodwood se hallaba en el hotel. El portero repli­có, como suelen siempre hacer, que el señor había salido hacía veinte minutos, y entonces la periodista le entregó la tarjeta para que se la dieran en cuanto volviese. A con­tinuación se alejó del hotel y prosiguió su paseo a lo lar­go del muelle hasta llegar al severo pórtico de los Uffiz­zi, por donde se adentró en la famosa galería de pinturas. Una vez dentro, subió la alta escalera que conduce a las salas superiores. El largo corredor, acristalado en uno de sus lados y adornado en el otro con profusión de bustos antiguos alineados contra la pared, por el que se accede a dichas salas, estaba completamente vacío, sin más ani­mación que la pálida luz del sol invernal que brillaba dé­bilmente sobre el lustroso pavimento de mármol. La ga­lería es verdaderamente fría y, durante las semanas de pleno invierno, son escasos los curiosos que la visitan. La señorita Stackpole puede, tal vez, parecer más ardiente en su anhelo de belleza artística de lo que hasta ahora ha­bía parecido, pero el caso es que, después de todo, tenía también sus preferencias y admiraciones exclusivamente personales. Una de éstas era el pequeño Correggio de la Tribuna, en el que se presenta a la Virgen arrodillada an­te el divino niño, quien reposa en su lecho de paja, y ha­ciéndole palmas al tiempo que él ríe y grita de contento. Henrietta experimentaba una admiración sin límite por aquella íntima escena familiar y creía que la pintura que la representaba era la mejor obra de arte del mundo. En su viaje de Nueva York a Roma, sólo pasaría tres días en Florencia y aun así recordó que no debía dejarlos trans­currir sin ir a ver de nuevo su obra de arte favorita. Po­seía un gran sentido de la belleza en todas sus formas, lo que suponía no pocos desvelos de índole intelectual. Es­taba a punto de entrar en la Tribuna cuando vio a un ca­ballero que de ella salía y con el cual estuvo a punto de darse de bruces. Y he aquí que tal caballero no era otro que su amigo Caspar Goodwood.

            -Acabo de estar en su hotel y le he dejado una tar­jeta -dijo Henrietta.

            A lo cual contestó Caspar Goodwood, como si real­mente sintiera lo que decía:

            -Es un gran honor para mí.

            -No ha sido para hacerle ningún honor para lo que he ido. Ya fui a verle otra vez antes y sé que no le gusta. Era para hablarle acerca de un asunto.

            Contempló él un momento la hebilla del sombrero de Henrietta y declaró:

            -Tendré mucho gusto en oír lo que usted quiera decirme.

            -A usted no le gusta hablar conmigo -dijo Hen­rietta-, pero eso me tiene sin cuidado; yo no hablo pa­ra entretenerle. Le he escrito unas líneas para pedirle que fuera a verme, pero, ya que le encuentro aquí, aprove­charé la ocasión.

            -Ya me iba -repuso Caspar-, pero, desde luego, esperaré lo que sea necesario.

            Su actitud era cortés, aunque no entusiasta. Sin em­bargo, Henrietta, que nunca buscaba cumplidos ni gran­des demostraciones y que estaba seriamente preocupada, le agradeció que estuviera dispuesto a escucharla donde fuese. Con todo, empezó por preguntarle si había visto todos los cuadros de la galería.

            -Todo los que deseaba. He estado aquí una hora.

            -Acaso no haya visto mi Correggio. He venido aquí ex profeso para escribir un libro sobre él.

            Henrietta se dirigió a la Tribuna y él la acompañó a paso lento.

            -Debo de haberlo visto, pero no sabía que fuera su­yo. No tengo buena memoria para los cuadros, sobre to­do los de esa clase.

            Henrietta señaló su cuadro favorito y Caspar le pre­guntó si quería hablarle de él.

            -No -respondió Henrietta-. Es sobre algo me­nos... armonioso. -Tenían a su disposición toda aquella pequeña y brillante sala, que guardaba tan preciosos y pre­ciados tesoros. El único vigilante de tal parte del edificio estaba vagando alrededor de la Venus de Mediéis. Hen­rietta añadió-: Quisiera que me hiciese un favor.

            Caspar Goodwood frunció un poco el entrecejo, mas no dio muestras de molestia alguna al no manifestar la menor inquietud. Su rostro aparentaba muchos más años que cuando le vimos por primera vez.

            -Estoy seguro de que se trata de algo que no me agradará -contestó, más bien de mal humor.

            -Tal vez; no creo que le agrade. Si le agradase, no habría favor en ello.

            -Bien; veamos de qué se trata -dijo con el tono del hombre que sabe perfectamente hasta dónde puede lle­gar su paciencia.

            -En realidad, no hay ninguna razón concreta para que usted me haga un favor, aunque yo sé de una. De manera que si usted me lo hace, le pagaré con otro.

            Henrietta puso gran sinceridad en su tono, en el que no había el menor deseo de producir efecto; y fue tan suave y preciso que su compañero, a pesar de poner ca­ra de vinagre, no pudo por menos de sentirse afectado por él. Cuando algo le afectaba, Goodwood no presen­taba ningún signo exterior de tal estado de ánimo; ni pa­recía preocupado, ni miraba a otra parte, ni se sonrojaba; se limitaba a mirar más fijamente y aparentaba consi­derar la cuestión con más decisión. Así pues, Henrietta continuó desinteresadamente y sin dejar ver la ventaja que al otro llevaba.

            -Puedo decirle, por lo pronto..., me parece una bue­na ocasión para hacerlo..., que si alguna vez le he mo­lestado, y creo habrá sido más de una, es porque sabía que no tenía reparo en sufrir contratiempos por su cau­sa. Indudablemente, te he molestado, pero es que yo es­taría dispuesta a tomarme molestias por usted.

            Goodwood dudó un instante y dijo:

            -Como, al parecer, le está ocurriendo ahora.

            -Así es..., un poco. Quisiera que pensase si, después de todo, sería mejor que no fuese usted a Roma.

            A lo que él replicó, sin gran ingenio:

            -Me figuraba que iba usted a salir con ésas.    

            -Entonces, ¿lo ha pensado bien?

            -Naturalmente, con todo detenimiento. He consi­derado todos los aspectos de la cuestión. De no ser así, no habría venido de tan lejos para ello. Por eso me detuve dos meses completos en París, para pensarlo detenidamente.

            -Mucho me temo que, si lo hizo, fue porque le gus­tó. Si decidió que era mejor quedarse allí tanto tiempo fue porque sintió que le atraía.

            -¿Mejor para quién? -preguntó Caspar.

            -Bien, para usted en primer lugar, y luego para la señora Osmond.

            -Bah, no creo que ello pueda hacerle bien alguno.

            -Lo que interesa es saber si le ocasionará algún mal.

            -No veo qué pueda importarle el que yo vaya. Ya no soy nada para la señora Osmond. Pero, si desea que le diga la verdad, le diré que quiero verla.

            -Claro. Y para eso va usted.

            -Naturalmente. ¿Qué razón mejor que ésa?

            -Lo que yo me pregunto es: ¿a santo de qué..., qué bien puede hacerle a usted tal cosa?

            -Eso es precisamente lo que no puedo decirle a us­ted, y lo que estuve meditando todo ese tiempo en París.

            -Lo único que sacará usted en claro será quedarse más descontento.

            -¿Por qué dice usted «más» de esa manera? -pre­guntó Goodwood con cierta dureza-. ¿Cómo sabe us­ted que yo estoy descontento?

            Henrietta dudó un instante y, al fin, dijo:

            -Pues porque..., porque parece que nunca se ha in­teresado usted por ninguna otra.

            -¿Y cómo sabe usted por qué cosa puedo yo inte­resarme? -exclamó él, sonrojándose levemente-. Lo que ahora me interesa, por lo pronto, es ir a Roma.

            Henrietta le miró en silencio, con una expresión tris­te pero clarividente.

            -Está bien. Lo que yo quería era únicamente de­cirle lo que pienso, porque me estaba dando vueltas en la cabeza. Ya me imagino que usted pensará que no me importa; pero, si a eso vamos, a nadie le importa nada de nadie.

            Caspar Goodwood no pudo por menos de contestar:

            -Es muy amable por su parte y le agradezco infini­to el interés que se toma. Iré a Roma y sabré no herir en nada a la señora Osmond.

            -Quizá no la mortifique, pero ¿podrá auxiliarla en algo? Ésa es la cuestión.

            -¿Necesita acaso que la socorran? -preguntó Goodwood lentamente, con intensa y penetrante mirada.

            -La mayoría de las mujeres lo necesita -dijo Hen­rietta, tratando de zafarse y de generalizar con menos es­peranzas que de costumbre. Y añadió-: Si va usted a Roma, confío en que se mostrará como un verdadero amigo, no como un amigo egoísta. -Y se alejó un poco de él para ponerse a mirar los cuadros.

            Caspar Goodwood la dejó ir y la estuvo observando mientras ella admiraba algunas obras de arte. Luego se acercó y dijo ansiosamente:

            -Usted ha debido de oír algo acerca de ella. Qui­siera saber de qué se trata.

            Henrietta siempre había tenido por norma de vida no faltar jamás a la verdad y, aunque en aquella ocasión pu­diera haber alguna buena finalidad en intentarlo, decidió,

después de pensar en ello un momento, no hacer excep­ción alguna que pudiese parecer superficial. Así pues, contestó francamente:

            -En efecto, he oído bastante; pero, como quiero que no vaya usted a Roma, no se lo diré.

            -Como usted guste. Lo averiguaré yo mismo. -Luego con una insistencia que en nada le favorecía, añadió-: Usted ha oído decir que es desgraciada.

            -Eso no podrá usted averiguarlo -repuso Henrietta.

            -Me figuro que no. ¿Cuándo parte usted?

            -Mañana, en el tren de la noche. ¿Y usted?

            Caspar Goodwood se contuvo, pues no tenía el me­nor deseo de hacer el viaje a Roma en compañía de la señorita Stackpole. Su indiferencia ante tal privilegio no era de la misma índole que la de Gilbert Osmond, pe­ro en tal momento tenía la misma claridad, y consistía más en un tributo a las cualidades de la señorita Stackpole que en un reconocimiento de sus defectos. La con­sideraba él verdaderamente notable y brillante, y, en teo­ría, no tenía el menor reparo que oponer a la clase de donde provenía. Le parecía que las damas periodistas formaban parte indispensable del sistema de progreso de un país que avanzaba a pasos de gigante, y, aunque no leía jamás sus crónicas, suponía de buen grado que con­tribuían no poco a la prosperidad social. Pero precisa­mente por esa situación de eminencia que él no tenía por qué no reconocerle era por lo que no quería que la señorita Stackpole lo diera todo por supuesto. Y ella daba por supuesto que Goodwood estaba deseando ha­cer una alusión a la señora Osmond. Así lo pensó cuan­do le vio en París seis semanas después de su llegada, y se había reiterado a sí misma tal suposición en cada nue­va oportunidad. Sin embargo, él no experimentaba el menor deseo de aludir a la señora Osmond, por la sen­cilla razón de que no pensaba constantemente en ella..., y de eso estaba seguro. Era el más reservado y menos parlanchín de los hombres, he aquí que aquella inquisi­tiva escritora no le dejaba en paz dirigiendo constante­mente la linterna de su investigación a las ya tranquilas sombras de su alma. Habría él querido que ella no se preocupara tanto, incluso, por brutal que ello pudiera parecer, que le dejase completamente solo. No obstan­te todo ello, acababa de hacerse otras reflexiones que ponen de manifiesto cuán distinto era, en sus efectos, su mal humor del mal humor de Gilbert Osmond. Expe­rimentó, pues, el deseo de partir para Roma en el acto y hubiera querido poder ir solo en el tren nocturno. De­testaba esos vagones de los trenes europeos en los que uno se ve obligado a permanecer sentado durante horas y horas como atornillado, casi pegado a las rodillas y a la nariz del pasajero de enfrente, con un compañero de viaje que protesta acaloradamente si uno desea abrir la ventana; y, si el viaje resulta peor aún durante la noche que durante el día, por lo menos durante la noche pue­de uno dedicarse a dormir y a soñar con el coche salón tipo americano. Pero él no podía tomar un tren distin­to al de la señorita Stackpole, se le antojó que eso iba a ser un insulto a una mujer que carecía de protección. Ni podía tampoco esperar a que ella se hubiese ido, a me­nos que esperase más de lo que su paciencia le permi­tía. No bastaría, desde luego, con salir al día siguiente. Henrietta le preocupaba, le oprimía, y la idea de pasarse todo el viaje con ella en el vagón de un tren europeo presagiaba un sinfín de irritaciones. Pero el caso era que Henrietta viajaba sola y era una dama, y, por tanto, él tenía el deber de molestarse por ella. No había modo de escabullirse, se trataba de una necesidad inexcusable. Así, Goodwood pareció sumamente preocupado durante un largo momento y luego dijo sin el menor asomo de galantería, sino con la mayor claridad:

            -Por supuesto, si usted parte mañana, yo también par­tiré y podré servirle de algo, por si acaso me necesitara.

            -Está bien, señor Goodwood -repuso Henrietta amablemente-. No esperaba menos de usted.

 

45

           

 

            He tenido razón al decir que Isabel sabía cómo y cuánto le desagradaba a Gilbert Osmond que Ralph pro­longara su estancia en Roma. Tal convicción la tenía bien presente al dirigirse al hotel de su primo el día después de haber invitado a lord Warburton a que diese prueba palpable de su sinceridad. En tal momento, como en otros muchos, se daba perfecta cuenta de dónde provenía la oposición de Osmond. Este no quería que su esposa tu­viese libertad alguna de pensamiento, y le constaba que Ralph era un apóstol incansable de semejante libertad. Por lo cual, Isabel pensaba precisamente todo lo con­trario y consideraba un verdadero alivio para ella el ir a verle. Era evidente que estaba decidida a procurarse ese alivio a pesar de la aversión de su marido, pero se lo pro­curaba discretamente, o eso quería creer. En realidad, no estaba aún decidida a obrar directamente contra la vo­luntad de su marido, en el que debía ver a su dueño re­conocido y consagrado, hecho que miraba más de una vez con una especie de ausente incredulidad. Sin em­bargo, pesaba sobre su imaginación; siempre tenía pre­sentes en su ánimo las dignidades y las santidades tradi­cionales del matrimonio. La simple idea de transgredirlas la llenaba de vergüenza y de miedo, ya que al entregar­se había perdido de vista semejante posibilidad, en su creencia de que su marido no le iba a la zaga en cuanto a generosidad de propósitos. No obstante, le parecía ver aproximarse el día en que tendría que recuperar algo que había cedido solemnemente. Semejante ceremonia sería abominable y monstruosa, y trataba de cerrar los ojos pa­ra no verla. Desde luego, Osmond no se lo haría más fá­cil dando el primer paso, echaría esa carga sobre los hom­bros de ella hasta el final. Todavía no le había prohibido formalmente que fuera a visitar a su primo, pero tenía la plena seguridad de que, si Ralph no se marchaba pron­to de Roma, la prohibición no tardaría en producirse. ¿Y cómo iba a poder marcharse el pobre Ralph? El mal tiempo le impedía de momento hacerlo. Isabel com­prendía perfectamente las ganas que tenía su marido de que se produjera ese acontecimiento y, para hablar con justicia, no se le alcanzaba que a su esposo pudiera agra­darle que estuviese con su primo. Ralph no decía jamás nada contra él, pero no por eso era menos fundada la protesta amarga y muda de Osmond. Si éste llegaba a in­terponerse decididamente, si pretendía hacer valer su au­toridad, ella tendría que tomar partido, y no sería cosa fácil. La perspectiva de semejante posibilidad le hacía la­tir el corazón y arder las mejillas, como dije por antici­pado. Momentos había en que, en su deseo sincero de evitar una ruptura, se sorprendía deseando que Ralph partiera en el acto, incluso con riesgo de su vida. De na­da servía que, al sorprenderse a sí misma en ese estado de ánimo, se reprochara su actitud llamándose débil de espíritu y cobarde. No es que amara menos a Ralph, si­no que casi todo le parecía preferible a repudiar el acto más serio -el único acto sagrado- de su vida. Con ello el futuro se le aparecía odioso. El romper con Osmond una vez sería romper para siempre. Cualquier reconoci­miento expreso de necesidades irreconciliables conduci­ría a admitir el fracaso del intento por los dos realizado.

Para ellos no podía haber perdón, ni compromiso, ni ol­vido fácil, ni reajuste formal. Habían perseguido tan só­lo una cosa, y ésta tenía que haber sido exquisita en to­dos sentidos. Una vez perdida, ninguna otra haría sus veces, no existía sustituto posible para tal logro. De mo­mento, Isabel continuó yendo al Hotel de París con la frecuencia que le parecía apropiada; la medida de lo que era apropiado residía en las normas del buen gusto, y no cabía mejor prueba de que la moralidad era, por así de­cirlo, cuestión de sabia apreciación. La aplicación que hacía Isabel de tal medida había sido particularmente li­bre aquel día, porque, aparte de la verdad general de que no podía dejar que Ralph muriera solo, tenía algo im­portante que preguntarle; y ese algo se refería tanto a Gilbert como a ella misma.

            No tardó, pues, en entrar en materia.

            -Quiero que me contestes a una pregunta sobre lord Warburton.

            -Creo adivinarla -respondió Ralph desde su buta­ca, de la cual salían sus piernas, más delgadas que nunca.

            -Es posible que la adivines. Hazme, pues, el favor de contestarla.

            -¡Ah! No digo que me sea posible.

            -Sois íntimos -dijo ella-, tienes muchas ocasio­nes de observarle.

            -Pero, ¡imagínate cuánto tendrá que disimular!

            -¿A santo de qué tendría que disimular? Eso no cua­dra con su manera de ser.

            -Pero no debes olvidar que las circunstancias son extraordinarias- contestó Ralph, como si eso le produ­jera una íntima diversión.

            -Hasta cierto punto, sí... desde luego. Pero ¿está

realmente enamorado?

            -Creo que mucho. Puedo asegurarlo.

            -¡Ah! -dijo Isabel con cierta sequedad.

            Ralph la miró con una expresión en la que la suave hilaridad había dado paso al asombro.

            -Lo dices como si eso te decepcionara.

            Isabel se levantó, y alisó sus guantes observándolos con detenimiento.

            -Después de todo -dijo-, no es cosa mía.

            -Muy filosófica estás -comentó él. Y luego de un instante, preguntó-: ¿Puedo saber de qué hablas?

            Isabel le miró fijamente.

            -Creí que lo sabías. Lord Warburton me dice que su mayor deseo en la vida es casarse con Pansy. Ya te lo he dicho antes, sin sacarte el menor comentario. Bien po­drías aventurar uno esta mañana, me parece. Di, ¿crees que de veras se interesa por ella?

            -¡Ah, por Pansy, desde luego que no! -exclamó Ralph, muy seguro.

            -Pero si acabas de decir que sí.

            Ralph esperó un momento.

            -Que le interesas tú, señora Osmond.   Isabel movió gravemente la cabeza.

            -Eso es un disparate.

            -Claro que lo es. Pero el disparate es de lord War­burton, no mío.

            -Sería mucha complicación -dijo Isabel, deseosa de creer que se expresaba con mucha sutileza.

            -Aunque debo decirte que a mí me lo ha negado -prosiguió Ralph.

            -¡Me parece muy bonito que habléis los dos del te­ma! ¿Te ha dicho también que está enamorado de Pansy?

            -Me ha hablado muy bien de ella... como resulta adecuado. Me ha dado a entender, cómo no, que consi­dera que ella haría muy buen papel en Lockleigh.

            -Pero ¿lo piensa de veras?

            -¡Ah! ¡Lo que lord Warburton piensa de veras... eso...!

            Isabel volvió a alisarse los guantes: unos guantes lar­gos, holgados, con los que podía juguetear a gusto. Pron­to, sin embargo, levantó la vista y exclamó brusca y apa­sionadamente:

            -¡Ay, Ralph, no me ayudas!

            Era la primera vez que aludía a su necesidad de au­xilio, y aquellas palabras impresionaron a su primo por su violencia. Exhaló éste un largo murmullo de alivio, de compasión y de afecto; le pareció que por fin se colma­ba el abismo que había entre los dos. Eso fue lo que le hizo exclamar, después de un momento:

            -¡Qué desdichada debes de ser!

            No había terminado de hablar cuando ella recobró por completo el dominio de sí misma, y el primer uso que hizo de él fue aparentar que no le había oído. Así, sonrió prestamente y dijo:

            -Cuando hablo de ayuda estoy diciendo una san­dez. ¡Cómo voy a molestarte con mis contrariedades de carácter doméstico! El asunto es sencillo: lord Warbur­ton tendrá que arreglárselas solo. Yo no puedo compro­meterme a ayudarte a salir del paso.

            -No creo que tenga la menor dificultad en lograr su deseo -dijo Ralph.

            -Puede. Pero ya sabes que... no siempre lo ha lo­grado.

            -Es verdad. Sin embargo, tú sabes lo mucho que eso me ha sorprendido siempre. ¿Será la señorita Os­mond capaz de darnos una sorpresa?

            -Más bien vendría de parte de él. Me da la impre­sión de que, al final, abandonará el caso.

            -No creo que haga nada deshonroso -dijo Ralph.

            -Ni yo tampoco. Lo más honrado que podría hacer sería dejar tranquila a la pobre muchacha. Ella quiere a otro y es una crueldad deslumbrarla con maravillosos ofre­cimientos para que renuncie.

            -Una crueldad para la otra persona tal vez... para el hombre a quien ella quiere; pero lord Warburton no está obligado a preocuparse de eso.

            -No, sería una crueldad para ella -afirmó Isabel-. Sería muy desdichada si se dejara convencer para aban­donar al señor Rosier. Parece que esta idea te divierte, ¿verdad? Bien se ve que no estás enamorado. Para Pansy, Rosier tiene el mérito inmenso de estar enamo­rado de ella, y a Pansy le basta con mirar a lord War­burton para ver que no lo está.

            -Pero sería muy bueno con ella.

            -Hasta ahora lo ha sido. Por fortuna, no le ha di­cho una sola palabra que la desasosiegue. Mañana mis­mo podría venir a decirle adiós sin faltar a las normas de corrección.

            -¿Qué le parecería eso a tu mando?

            -Muy mal. Y podría ser que en eso tuviera razón.

Pero deberá obtener la explicación por sí mismo.

            -¿Te ha encomendado a ti que se la proporciones?

-se atrevió a preguntar Ralph.

            -Era natural que como antigua amiga de lord War­burton... más antigua que Gilbert, quiero decir... me toma­ra cierto interés en lo que respecta a sus intenciones.

            -¿Un interés por que renuncie a ellas, quieres decir? Isabel vaciló, arrugando el ceño.

            -Vamos a ver si lo entiendo. ¿Acaso estás defen­diendo su causa?

            -En absoluto. Celebraré infinito que no llegue a ser el marido de tu hijastra. ¡Sería un parentesco tan extra­ño contigo! -dijo Ralph sonriendo-. Pero me inquie­ta un poco que tu marido crea que no le has empujado todo lo que debías.

            Isabel se vio capaz de sonreír lo mismo que él.

            -Me conoce lo bastante para no esperar que yo lo empuje. Además, él tampoco tiene intención de empu­jarle. ¡No tengo miedo de no poder justificarme! -dijo con cierta ligereza.

            Por un instante se le había caído la máscara, pero se la había vuelto a poner, ante el gran desencanto de Ralph. Éste había atisbado su rostro al natural, y anhelaba inten­samente observarlo de cerca. Sentía un deseo casi salvaje de oírla quejarse de su marido... de oírla confesar que és­te la haría responsable a ella de la defección de lord War­burton. Ralph estaba convencido de que era ésa la situa­ción; conocía instintivamente y por anticipado qué forma tomaría el disgusto de Osmond llegado el caso. No po­dría ser sino la más mezquina y cruel. Le habría gustado advertírselo a Isabel... hacerle ver, cuando menos, hasta qué punto juzgaba por ella y sabía lo que pasaba. Poco im­portaba que Isabel lo supiese mucho mejor. Si anhelaba demostrarle que a él no se le engañaba, era más por su pro­pia satisfacción que por la de ella. Una y otra vez trataba de que ella delatase a Osmond; el empeño le hacía sentir­se inhumano, cruel, incluso casi innoble. Pero eso no im­portaba, porque fracasaba siempre. Entonces, ¿a qué había venido Isabel y para qué parecía brindarle casi la oportu­nidad de quebrantar su tácito convenio? ¿Por qué le pedía consejo si no le daba libertad para contestar? ¿Cómo iban a hablar de sus contrariedades domésticas, como ella hu­morísticamente había querido llamarlas, si el principal fac­tor no podía ser mencionado? Tales contradicciones no eran sino una indicación del mal que la aquejaba, y su an­terior impetración de auxilio era, en realidad, lo único que él debía tomar en consideración.

            -De todas formas, estaréis en desacuerdo -dijo. Y como ella no contestó, mirándole como si apenas le entendiera, añadió-: Os daréis cuenta de que pensáis de modo diametralmente opuesto.

            -Eso puede suceder hasta en las parejas más uni­das. -Recogió ella su sombrilla, y él adivinó que tenía miedo de lo que pudiera decirle-: En fin de cuentas -prosiguió Isabel-, es un asunto por el que difícil­mente podemos llegar a reñir, ya que el interés radica en su lado y no en el mío; después de todo, Pansy es hija su­ya y no mía. -Y le tendió la mano para despedirse.

            Ralph adoptó en su interior la resolución de no dejar­la marchar sin darle a entender que lo sabía todo; parecía una oportunidad demasiado buena para perderla.

            -¿Sabes lo que ese interés le va a hacer decir? -pre­guntó tomándole la mano. Ella sacudió la cabeza seca­mente, aunque con un gesto que no era disuasorio, y él prosiguió-: Pues le hará decir que tu falta de empeño en el asunto se debe a los celos. -Se detuvo al momento: el semblante de Isabel le daba miedo.

            -¿Los celos?

            -Exactamente; que estás celosa de su hija.

            Ella enrojeció hasta la raíz del cabello, echó atrás la cabeza y exclamó con un tono que él jamás le había oído:

            -No eres amable.

            -Vamos, sé franca conmigo y tú misma lo verás -respondió él.

            Isabel no replicó; se limitó a retirar de la mano de Ralph la suya, que él todavía seguía aprisionando, y salió rápida­mente del salón. Decidió hablar con Pansy, y aquel mismo día encontró la ocasión yendo a la habitación de la joven antes de cenar. Pansy estaba ya vestida, pues siempre lo ha­cía con bastante anticipación; lo cual parecía corroborar su inalterable paciencia y la graciosa quietud con que era ca­paz de sentarse a esperar. En aquel momento estaba sen­tada, recién compuesta, ante el fuego de la chimenea de su alcoba. Había apagado las velas después de su aseo, con arreglo a las leyes de sabia economía doméstica que le in­fundieran las monjitas y que ahora tenía más cuidado que nunca en observar; de suerte que la habitación estaba sólo alumbrada por un par de leños que chisporroteaban en la chimenea. En el Palazzo Roccanera, las habitaciones eran tan amplias como numerosas, y el virginal retiro de Pansy era una inmensa cámara de tenebroso techo artesonado. En medio de semejante vastedad, su diminuta ocupante pa­recía una mota de humanidad y, cuando se levantó defe­rentemente para saludar a Isabel, a ésta la impresionó más que nunca su tímida sinceridad. La misión de Isabel era di­fícil de desempeñar... y no cabía sino cumplirla con la ma­yor sencillez posible. Venía Isabel enojada y amargada, pe­ro diciéndose que no debía dejar traslucir su enojo. Tenía incluso miedo de aparecer demasiado seria, o cuando me­nos demasiado severa, pues con ello podría suscitar alar­ma. Pero Pansy pareció haber adivinado que venía más o menos como confesor, pues una vez que hubo acercado más al fuego la butaquita en que había estado sentada, y que Isabel hubo tomado asiento en ella, se arrodilló en un cojín a su lado, alzando los ojos y apoyando las manos jun­tas en las rodillas de su madrastra. Lo que Isabel quería era oír de sus labios que no tenía el pensamiento puesto en lord Warburton; pero si deseaba esa garantía, no se sentía con libertad suficiente para provocarla. El padre de la joven lo habría sin duda calificado de vil traición; y bien sabía Isa­bel que, si Pansy mostraba el menor indicio de estar dis­puesta a dar alientos a lord Warburton, ella tendría que mantener la boca cerrada. La mayor dificultad estribaba en hacer preguntas sin aparentar sugerir las respuestas. La ex­traordinaria sencillez de Pansy, cuya inocencia era todavía mucho mayor de lo que Isabel había llegado a suponer, prestaba un efecto de admonición al más leve sondeo.

Pansy, arrodillada allí ante el vago resplandor del fuego, con su lindo vestido reluciendo tenuemente, las manos cruzadas en actitud medio suplicante y medio sumisa, los dulces ojos alzados y fijos, conscientes de la gravedad del momento, miraba a Isabel, un mártir infantil engalanado para el sacrificio y sin concederse apenas esperanzas de es­capar. Cuando Isabel le dijo que si no le había hablado aún de lo que pudiera estar pasando en relación con su futuro matrimonio, no era por indiferencia o ignorancia, sino por su deseo de dejarla en libertad de decidir, Pansy elevó el rostro hacia Isabel acercándolo cada vez más, y con un te­nue murmullo que sin expresaba su incontenible anhelo, contestó que había estado deseando que se decidiese a ha­blar y que la rogaba la aconsejara en aquel momento.

            -Es muy difícil para mí aconsejarte -contestó Isa­bel-. No veo cómo voy a poder hacerlo. Eso es cosa de tu padre; debes escuchar su consejo y, sobre todo, obrar de acuerdo con lo que él te diga.

            Al oír aquello, Pansy bajó los ojos y durante un mo­mento no dijo una sola palabra. Pero al fin, declaró:

            -Me parece que prefiero su consejo al de papá.

            -No es eso lo que debe ser -replicó Isabel con frialdad-. Yo te quiero mucho, es cierto, pero tu padre te quiere más todavía.

            -No es porque usted me quiere, sino porque es una señora... y una señora puede aconsejar .a una muchacha mejor que un hombre-dijo Pansy como si su declara­ción fuera de lo más razonable.

            -Entonces, mi deber es aconsejarte que acates con el mayor respeto la voluntad de tu padre.

            -¡Ah, claro! -dijo la joven con vehemencia-. Ten­go que hacerlo.

            -Pero si te hablo ahora del asunto de tu posible ma­trimonio -continuó Isabel-, no lo hago por ti, sino por mí. Si procuro saber por ti misma lo que esperas, lo que deseas, es únicamente para poder obrar en consecuencia.

            Pansy la miró fijamente y con gran presteza preguntó:

            -¿Va usted a hacer todo lo que yo le pida?

            -Antes de decir que sí, tengo que saber de qué se trata.

            Pansy le confesó que lo único que quería en la vi­da era casarse con el señor Rosier. El se lo había pedi­do y ella le había contestado que lo haría si su padre tenía a bien consentirlo. El caso era que papá no lo consentía.

            -Perfectamente. Entonces, es de todo punto imposible -sentenció Isabel.

            -Sí, es imposible -dijo Pansy sin suspirar y con la misma atención extraordinaria en su delicada carita.

            -En ese caso, tienes que pensar en alguna otra cosa.

            Pansy, suspirando esta vez al oírlo, confesó que ya lo había intentado sin el menor éxito.

            -Una piensa en los que piensan en una -dijo son­riendo con dulzura-, y yo sé que el señor Rosier pien­sa seriamente en mí.

            -Pues no debes hacerlo -dijo Isabel enfáticamen­te-. Tu padre le ha hecho saber claramente que debe abandonar esa idea.

            -Pero él no puede remediarlo porque sabe que yo pienso en él.

            -Es que tú no debes pensar en él. Para él quizás ha­ya una excusa, pero no la hay para ti.

            -Yo quisiera que usted procurase encontrar una -exclamó la joven como si estuviera elevando una plegaria a la Virgen.

            -Sentía tener que hacerlo -replicó la supuesta Vir­gen con una frialdad en ella desacostumbrada-. Si sa­bes de algún otro que piense en ti, ¿pensarás en él?

            -Nadie puede pensar en mi como piensa Rosier; nadie tiene el derecho de hacerlo.

            -¡Ah! Es que yo no admito tal derecho del señor Rosier -exclamó Isabel con cierta hipocresía.

            Pansy la miró fijamente con evidente desconcierto. E Isabel, aprovechándose de ello, procedió a exponerle las terribles consecuencias que le acarrearía el hecho de deso­bedecer a su padre. Pansy la detuvo asegurándole que no le desobedecería jamás, que nunca se casaría sin su consenti­miento. Pero añadió con su tono más afable y sereno que, .aunque no se casara con el señor Rosier, no dejaría nunca de pensar en él. Parecía haber aceptado de buen grado la idea de permanecer soltera toda la vida, pero Isabel era li­bre de pensar que la joven no tenía idea de lo que eso re­presentaba. La muchacha era completamente sincera y es­taba dispuesta a abandonar a su enamorado. Eso podía parecer un paso muy importante para aceptar a otro pre­tendiente, pero, evidentemente, no era por ahí por donde iba Pansy. No sentía resquemor contra su padre, pues no lo había en su tierno corazón, en el que sólo tenía cabida la dulzura de la fidelidad hacia Rosier y una rara y exquisita insinuación de que tal vez valdría más, en último término, quedarse soltera que casarse con nadie, incluso con él.

            -Lo que quiere tu padre es que hagas una boda me­jor -dijo Isabel-. La fortuna del señor Rosier no es muy grande.

            -¿Cómo habla usted de una boda mejor... si ésa se­ría bastante para mí? Además, yo tengo también muy po­co dinero; ¿por qué me habría de preocupar por poseer una gran fortuna?

            -Por lo mismo que tienes tan poco, debes tratar de tener más.

            Al decir semejante cosa, Isabel sintió un gran alivio por la penumbra que reinaba en el aposento virginal, pues sentía como si su rostro se hubiese tornado horriblemente falso. Pensaba que estaba haciendo aquello por Osmond, ¡y era aquello lo que debía hacer por él! Los ojos cándi­dos de Pansy se fijaron solemnemente en los suyos y ca­si la turbaron, porque estaba avergonzada de haber tra­tado con tan ligereza las preferencias sentimentales de su linda hijastra.

            -¿Qué quiere usted que haga? -preguntó dulce­mente su compañera.

            La pregunta era, en verdad, terrible, Por lo que Isabel consideró prudente refugiarse tras una respuesta vaga.

            -Que recuerdes la satisfacción que está en tu ma­no proporcionarle a tu padre.

            -¿Quiere usted decir que me case con otro... si el me lo pide?

Isabel tuvo que dejar pasar un momento antes de res­ponder. Y luego se oyó a sí misma decir en aquel silencio profundo, creado gracias a la calma conque Pansy aguar­daba su respuesta:

            -Eso... casarte con otro.

            La mirada de la joven se hizo más penetrante toda­vía. A Isabel le pasó por las mientes la idea de que Pansy estuviera dudando de su sinceridad y esa convicción se acentuó al ver que la muchacha se levantaba pausada­mente del cojín en que se había arrodillado. Esta per­maneció un momento en pie con las manos desunidas y, con voz temblorosa, exclamó:

            -Bueno. ¡Ojalá no haya nadie que pida mi mano!

            -Ya ha habido algo de eso. Por lo visto alguien ha estado dispuesto a hacerlo.

            -No creo que nadie pueda estar dispuesto -dijo la joven.

            -Pues al parecer lo habría estado si tuviera la segu­ridad de que no iba a fracasar.

            -¿Si tuviese la seguridad? Entonces es que no está verdaderamente dispuesto.

Isabel no pudo por menos de pensar que semejante respuesta denotaba bastante agudeza. Se levantó a su vez de la butaquita, se quedó un instante mirando al fuego y luego dijo:

            -Lord Warburton se ha mostrado muy atento con­tigo; desde luego, me imagino que sabes que he estado hablándote de él. -Contra lo que ella misma esperaba, se había visto en la necesidad de justificarse, lo cual la obligó a mencionar al aristócrata británico más clara­mente de lo que hubiese deseado.

            -Lord Warburton ha sido muy amable conmigo y me resulta muy simpático. Pero si cree que va a pedir mi mano, está usted completamente equivocada.

            -Tal vez lo esté; pero a tu padre eso le gustaría mu­cho. Pansy movió suavemente la cabeza con una ligera sonrisa.

            -Lord Warburton no va a casarse precisamente pa­ra darle gusto a papá.

            -A tu padre le agradaría que tú le dieras alientos -contestó mecánicamente Isabel.       -¿Y cómo hacerlo?

            -No sé. Es cosa de tu padre, él te lo dirá.

            Pansy se quedó callada un momento, pero su cándi­da sonrisa daba a entender que conocía un secreto que le daba seguridad.

            -De todos modos, ¡no hay peligro... no hay peli­gro! -declaró finalmente.

            Parecía haber tal convicción en su manera de decir­lo y tanta satisfacción en esa creencia, que Isabel sintió cierto embarazo. Intuía que se la acusaba de falta de hon­radez en su proceder, y tal idea era repugnante; para re­parar su amor propio estuvo a punto de decir que lord Warburton le había hecho saber que sí había peligro. Pe­ro se contuvo; lo único que dijo -arrastrada por la tur­bación bastante lejos del tema-, fue que, desde luego, él se había mostrado de lo más amable y de lo más cordial.

            -Sí, ha sido muy amable conmigo; por eso le aprecio.

            -Bueno. Entonces, ¿dónde está esa dificultad tan grande?

            -Yo he tenido siempre la seguridad de que él sabe que no quiero... ¿cómo dice usted?... que no quiero darle alien­tos. Sabe que yo no quiero casarme, y quiere darme a en­tender que en vista de eso no me va a molestar. Eso es lo que significa su amabilidad. Es como si me dijera: «Usted me gusta mucho, pero si no le agrada que se lo diga, no se lo diré nunca más...». Y me parece que eso es muy amable y muy noble -prosiguió Pansy con aplomo creciente-. Eso es todo lo que nos hemos dicho. Además, yo no le in­tereso. No hay peligro, se lo aseguro.

Isabel se quedó maravillada de la profundidad de per­cepción de que era capaz aquella jovencita tan sumisa; le dio miedo la clarividencia de Pansy... y casi empezó a re­troceder ante ella.

            -Creo que debes decirle eso a tu padre -observó con reservas.

            -Yo creo que será mejor no decírselo -respondió Pansy sin reservas.

            -Pero no deberías dejar que conciba falsas espe­ranzas.

            -Quizá no. Pero para mí es bueno que las tenga.

            Mientras papá siga creyendo que lord Warburton pre­tende hacer lo que usted dice, no propondrá a ningún otro, y eso será una gran ventaja para mí -terminó di­ciendo la muchacha con gran lucidez.

Había algo brillante en aquella lucidez, algo que hi­zo que su compañera respirara hondo, porque sintió que la relevaba de una grave responsabilidad. Pansy tenía su­ficientes luces para guiarse por sí misma, e Isabel intuyó que en aquel momento a ella no le sobraban luces de la pequeña reserva que poseía. Sin embargo, sentía que de­bía continuar siendo leal a Osmond, pues se jugaba el honor al tratar el asunto de su hija. Inspirada por ese sen­timiento, lanzó otra sugerencia antes de retirarse, una sugerencia con la que le pareció haber hecho cuanto es­taba en su mano.

            -Tu padre da, cuando menos, por sentado que te gustaría casarte con un aristócrata.

            Pansy estaba en la puerta y había levantado la corti­na para dar paso a Isabel.

            -¡Yo creo que el señor Rosier lo parece! -observó con gran seriedad.

 

 

46

 

 

            Lord Warburton no se dejó ver en varios días por los salones de la señora Osmond, e Isabel no pudo dejar de observar que su marido no le decía una palabra de si ha­bía recibido carta de él. Tampoco dejó de notar que Osmond parecía hallarse a la expectativa y que, aunque no le resultaba agradable dejarlo traslucir, pensaba que su distinguido amigo le hacía esperar demasiado. Al cabo de cuatro días aludió a su ausencia.

            -¿Qué ha sido de Warburton? ¿A qué viene eso de tratarnos como si fuéramos el tendero que espera con la factura?

            -No sé nada de él -contestó Isabel-. Le vi el vier­nes pasado en el baile de los alemanes, y me dijo que pen­saba escribirte.

            -Pues no me ha escrito.

            -Ya me lo figuro, cuando no me lo has dicho.

            -Es un tipo raro -dijo Osmond para definirlo.

            Y, al no contestar Isabel, pasó a preguntar si su señoría tardaba cinco días en pergeñar una carta-. ¿Tanto le cuesta poner una palabra detrás de otra?

            -No lo sé -se vio Isabel obligada a contestar-. Nunca he recibido ninguna carta suya.

            -¿Que no has recibido ninguna carta suya? Se me antojaba que en un tiempo mantuvisteis una íntima correspondencia.

            Isabel respondió que no había sido así y dejó decaer la conversación. Al día siguiente, sin embargo, entrando a úl­tima hora de la tarde en el salón, su marido la reanudó.

            -¿Qué le dijiste a lord Warburton cuando te mani­festó su intención de escribirme?

            Ella vaciló un instante.

            -Creo que le dije que no se le olvidara.

            -¿Pensabas que existía ese riesgo?

            -Tú mismo has dicho que es un tipo raro.

            -Pues, por lo visto, lo ha olvidado -dijo Osmond-. Ten la bondad de recordárselo.

            -¿Pretendes que le escriba? -inquirió Isabel.

            -No veo inconveniente.

            -Me parece que esperas demasiado de mí.

            -Cierto, espero muchísimo de ti.

            -Temo que voy a decepcionarte.

            -Mis expectativas han sobrevivido a muchísimas de­cepciones.

            -Lo sé de sobra. Imagínate la decepción que me he causado a mí misma. Si verdaderamente quieres echar el lazo a lord Warburton, tendrás que echárselo tú mismo.

            Osmond permaneció callado un par de minutos, y luego dijo:

            -Si tú actúas en contra mía, no será cosa fácil.

            Isabel se sobresaltó, notó que comenzaba a temblar. Él tenía una manera de mirarla con los párpados semicerrados, como si estuviera pensando en ella pero apenas llegara a verla, que le pareció cargada de una intención enormemente cruel. Parecía reconocerla como una ne­cesidad desagradable del pensamiento pero apartarla de su mente como presencia real. Semejante efecto no ha­bía sido nunca tan marcado como ahora.

            -Me parece que estás acusándome de algo muy ba­jo -replicó.

            -Te acuso de no ser de fiar. Si, al final, este hom­bre no se decide, será porque tú se lo has quitado de la cabeza. Yo no sé si eso es bajo, pero desde luego es cosa que una mujer siempre se cree autorizada a hacer. No dudo de que a ti se te ocurren muy buenas ideas.

            -Ya te dije que haría cuanto me fuera posible -afir­mó Isabel.

            -Con lo cual ganabas tiempo.

            Al oír aquella recriminación, Isabel recordó que en tiempos ese hombre le había parecido perfecto.

            -¡Cuántas ganas debes de tener de atraparlo! -ex­clamó al cabo de un instante.

            No más decirlo, se dio cuenta del verdadero alcan­ce de sus palabras, pronunciadas sin pensar. Establecían automáticamente una comparación entre ella y su espo­so, y le recordaban que en otro tiempo ella tuvo aquel codiciado tesoro entre las manos y se había sentido lo bastante rica para dejarlo caer. Y un júbilo momentáneo se apoderó de ella... el horrible deleite de haberlo herido, pues adivinó por su expresión que la fuerza de aquella ex­clamación no se había perdido en el vacío. Sin embargo, él no lo manifestó, y se limitó a decir con presteza:

            -¡Oh, sí! Unas ganas inmensas.

            En aquel momento apareció un criado anunciando a una visita, y tras él entró el propio lord Warburton, quien, al ver a Osmond, se quedó visiblemente descon­certado. Miró rápida y alternativamente del dueño a la dueña de la casa, como quien se siente molesto por ha­ber interrumpido una conversación o se da cuenta de que hay algo desagradable en el ambiente. Y avanzó con su británica soltura, en la que cierta vaga timidez aparecía como un elemento de la buena educación, cuyo único defecto consistía en la dificultad de realizar transiciones. Osmond se azaró. No sabía qué decir, pero Isabel declaró con presteza que precisamente estaban hablando de su visitante. A esto agregó su esposo que no sabían qué ha­bía sido de él... temían que se hubiera ido.

            -No -explicó él, sonriendo y mirando a Osmond-, pero estoy con el pie en el estribo, como suele decirse.

            -A continuación mencionó que le habían llamado ur­gentemente de Inglaterra y que partiría al día siguiente o al otro. Y acabó exclamando-: ¡Siento en el alma tener que abandonar al pobre Touchett!

            Sus dos compañeros guardaron silencio durante un momento. Osmond escuchaba, arrellanado en su asien­to, e Isabel no le miraba; tenía que imaginarse la expre­sión de su esposo. Ella mantenía los ojos clavados en el rostro de su visitante, donde podían detenerse con toda libertad, pues los de su señoría los esquivaban con cui­dado. Pero Isabel estaba segura de que, si sus miradas se hubieran cruzado, la de él habría sido sumamente ex­presiva. Oyó que su marido decía con ligereza al cabo de un momento:

            -Más valdría que se llevara usted al pobre Touchett.

            -Le conviene esperar a que el tiempo mejore y haga más calor -respondió lord Warburton-. Por mi parte, yo no le aconsejaría que emprendiese ahora el viaje.

            Lord Warburton permaneció un cuarto de hora allí sentado, hablando como si tal vez no hubiera de volver a verles.., a menos que ellos se decidieran a ir a Inglaterra, posibilidad que les recomendó vivamente, sugiriéndoles que se dieran una vuelta por allá durante el otoño... lo que le parecía una idea excelente. Para él seria un placer aten­derles en lo que pudiera... recibirles en su casa y que pa­saran un mes con él. Según él mismo confesara, Osmond no había estado más que una vez en Inglaterra, cosa inad­misible en un hombre de su cultura y libre de ocupacio­nes. Era el país ideal para él... donde sin duda se sentiría a gusto. Después, lord Warburton preguntó a Isabel si se acordaba de lo bien que lo había pasado allí y si no le gustaría volver a probar. ¿No le apetecía volver a Gardencourt? Aquél era un lugar muy agradable. Touchett no lo cuidaba como debía, pero era uno de esos sitios que no se echan a perder por el hecho de tenerlo abandona­do. ¿Porqué no le hacían una visita a Touchett? Seguro que él se lo había pedido. ¿No se lo había pedido? ¡Ha­bía que ver qué mal educado!... Ya le tiraría él luego de las orejas. Por supuesto que era un mero accidente: a Touchett le encantaría tenerlos a su lado. Si se decidían a pa­sar un mes con Touchett y otro mes con él y conocían a toda la gente que debían conocer allí, no lo pasarían del todo mal. Lord Warburton añadió que también sería en­tretenido para la señorita Osmond, que le había dicho que no conocía Inglaterra, y a quien él había asegurado que era un país que ella merecía conocer. Por descontado, no ne­cesitaba ir a Inglaterra para ser admirada... cosa que te­nía que ocurrirle en todas partes, pero allí tendría un éxi­to inmenso, y eso podría constituir un incentivo más para el viaje. Preguntó si Pansy estaba en casa; ¿no podría des­pedirse de ella? No era que le gustasen las despedidas, las detestaba con toda su alma. Prueba de ello era que al partir de Inglaterra no se había despedido de ningún ser humano. Y ahora mismo, casi había estado a punto de abandonar Roma sin molestar a la señora Osmond con una última visita. ¿Había nada más triste que un último en­cuentro? Nunca decía uno las cosas que quería decir y só­lo las recordaba una hora después y en cambio uno decía muchas cosas que no debía decir, por el hecho de sentirse obligado a decir algo... era una sensación muy fastidiosa y que a uno le confundía las ideas. Él la tenía en ese mo­mento y le producía ese mismo efecto. Si a la señora Osmond no le parecía que hablaba como era debido, tenía que achacarlo a los nervios, pues no era cosa fácil despe­dirse de ella. La verdad, sentía en el alma tener que mar­charse. Había pensado escribirle a Isabel en vez de venir a despedirse... de todos modos le escribiría para decirle un montón de cosas que seguro que se le ocurrirían en cuanto saliera de la casa. Tenían que pensar seriamente en lo de ir a Locldeigh.

            Si había algo embarazoso en las condiciones de su visita o en el anuncio de su partida, nada afloró a la super­ficie. Lord Warburton habló de su intranquilidad, pero no la mostró de ninguna otra manera, e Isabel comprendió que, una vez decidido a emprender la retirada, sabría lle­varla a cabo con gallardía. Ella se alegraba mucho por él. Le apreciaba lo bastante para desear verle salir airoso de un trance apurado. Y tenía la seguridad de que él así lo haría en cualquier situación, y no por descaro sino sen­cillamente por la costumbre de triunfar, y sentía Isabel que no estaba al alcance de su marido el frustrar esa fa­cultad. Mientras permanecía allí sentada, en su mente se desarrollaba una complicada operación. Por una parte escuchaba a su visitante, le decía lo que consideraba opor­tuno, leía más o menos entre líneas lo que él quería de­cir, y se preguntaba lo que habría dicho si la hubiese en­contrado sola. Por otra parte, tenía conciencia de la emoción de Osmond, y casi le daba lástima, condenado como estaba a sufrir el dolor de la pérdida sin el consuelo de poder maldecir. Había concebido una inmensa espe­ranza, y ahora la veía desvanecerse sin poder hacer otra cosa que seguir sentado, sonriendo y dando vueltas a los pulgares. No es que se molestara en sonreír demasiado, se limitaba a volver hacia su común amigo un semblan­te todo lo inexpresivo que podía admitirse en un hom­bre tan listo. Parte de la listeza de Osmond consistía, en efecto, en saber aparentar una indiferencia consumada.

Su aspecto presente no era, sin embargo, una confesión de desencanto, sino simplemente parte del sistema en él habitual, consistente en aparecer tanto menos expresivo cuanto más estaba al acecho. Y había estado al acecho de esta presa desde el primer momento, pero nunca había dejado que la avidez se asomara a su refinado rostro. Ha­bía tratado a su posible yerno como trataba a todos los demás... con aire de interesarse por él sólo por su pro­pio bien, no por el provecho que de ello pudiera deri­varse para una persona tan bien provista ya en todos sen­tidos como Gilbert Osmond. No mostraría ahora la más leve señal de la rabia interior que le consumía, resultado de que la perspectiva de beneficio se disipaba... ni la más leve señal, ni la más sutil. De eso Isabel podía estar se­gura, le diera o no alguna satisfacción. Por extraño, por muy extraño que pudiera parecer, era una satisfacción. Quería que lord Warburton triunfara delante de su ma­rido y, al mismo tiempo, que su marido apareciese supe­rior a lord Warburton. A su manera, Osmond resultaba verdaderamente admirable, pues, al igual que su visitan­te, contaba con la ventaja de un hábito adquirido: no el de triunfar sino el de otro que casi valía otro tanto... el de no esforzarse. Apoltronado en su asiento y escuchando sin mucha atención los amistosos ofrecimientos y las medias explicaciones del otro -como si lo correcto fue­ra considerar que se dirigían esencialmente a su mujer-, tenía cuando menos (ya que le quedaban tan pocas cosas) el consuelo de pensar en lo bien que había sabido man­tenerse ajeno al asunto y en que ese aire de indiferencia que ahora podía adoptar poseía la belleza añadida de lo consecuente. Tenía su mérito poder considerar que los movimientos de su visitante no guardaban relación algu­na con su propio pensamiento. La actuación del presun­to viajero era sin duda magnífica, pero la representación de Osmond era en sí misma mucho más acabada. Des­pués de todo, la situación de lord Warburton era fácil, ya que no existía razón alguna que le impidiese marcharse de Roma. Había tenido designios bien intencionados, pero éstos no habían llegado a cumplirse; en ningún mo­mento se había comprometido, y su honor quedaba a sal­vo. Osmond pareció tomar un interés sólo modesto en la propuesta de que fuera a su casa y en la alusión al éxi­to que Pansy podría cosechar durante esa visita. Murmuró una expresión de agradecimiento, y dejó que Isabel ma­nifestara que el asunto requería una seria reflexión. In­cluso mientras hacía tal observación, Isabel veía el inmen­so panorama que de repente se abría ante la mente de su marido, en el que la figurita de Pansy avanzaba por en medio.

            Lord Warburton había solicitado permiso para des­pedirse de Pansy, pero ni Isabel ni Osmond habían he­cho ademán de mandar a buscarla. Aquél parecía querer indicar que su visita iba a ser corta; se había sentado en una silla bajita, como si sólo fuera a permanecer un mo­mento, y conservaba el sombrero en la mano. Pero allí seguía, y no se marchaba. Isabel se preguntaba qué esta­ría esperando. Creía que él no confiaba en ver a Pansy, y tenía la impresión de que, en fin de cuentas, preferiría no verla. Lo que él deseaba era verla a ella a solas... Que­ría decirle algo. Isabel no tenía muchas ganas de oírlo, porque temía que fuera una explicación, y podía pasarse sin ella. Osmond, por su parte, acabó por levantarse, co­mo hombre de buen gusto a quien acababa de ocurrír­sele que tan asiduo visitante quizá desearía decir sus úl­timas frases de despedida a las damas.

            -Le ruego que me disculpe -dijo-. Tengo que es­cribir una carta antes de la cena. De paso veré si mi hija no está ocupada y, si puede venir, le diré que está usted aquí.

Espero que, si vuelve a Roma, no dejará de venir a vernos.     La señora Osmond hablará con usted acerca de esa excur­sión a tierra inglesa. Estas cosas las decide ella solamente.

La inclinación de cabeza con que, en lugar del apre­tón de manos, remató esa pequeña alocución, fue tal vez una forma de salutación un tanto exigua; pero, en reali­dad, era lo adecuado a la situación. Isabel pensó que cuan­do Osmond hubiera salido de la habitación, lord Warburton no tendría motivo para decir: «Su marido está muy enojado», cosa que le habría resultado muy desa­gradable oír, y a la que habría tenido que contestar: «Bah, no se preocupe, no es a usted a quien aborrece; a quien detesta es a mí».

            Únicamente después de quedarse solos los dos su ami­go mostró cierto vago azoramiento... pues se sentó en otra silla y manoseó dos o tres chucherías que tenía cerca.

            -Espero que haga venir a la señorita Osmond -comentó al poco-. Tengo verdaderos deseos de verla.

            -Me alegro de que sea la última vez -respondió Isabel.

            -También yo. Me he dado cuenta de que no le in­tereso.

            -Verdad. No le interesa usted.

            -No me extraña -replicó él, y enseguida añadió con inconsecuencia-: Por supuesto, irán ustedes a In­glaterra, ¿verdad?

            -Me parece que será mejor no ir.

            -Recuerde que me debe una visita. ¿Ha olvidado que tenía que haber ido una vez a Lockleigh y que nun­ca fue?

            -Las cosas han cambiado desde entonces.

            -Espero que no para peor, en cuanto a nosotros se refiere. Verla a usted en mi casa -y aquí hizo una bre­ve pausa- sería una gran satisfacción.

            Ella había temido una explicación, pero aquélla fue la única. Hablaron un poco de Ralph, y, al cabo de un momento, Pansy se presentó, vestida ya para la ce­na y con las mejillas un tanto arreboladas. Tendió la mano a lord Warburton y se quedó mirándole al ros­tro con aquella sonrisa fija... una sonrisa que Isabel sa­bía, aunque su señoría a buen seguro jamás llegaría a sospecharlo, que disimulaba un gran deseo de romper en llanto.

            -Me marcho -dijo lord Warburton-. Quería des­pedirme de usted.

            -Adiós, lord Warburton. -Su voz temblaba de un modo perceptible.

            -Quiero, además, decirle que deseo de todo cora­zón que sea feliz.

            -Gracias, lord Warburton -respondió Pansy.

            Él se demoró un instante y lanzó una mirada a Isabel.

            -Por fuerza ha de ser feliz... tiene usted un verda­dero ángel de la guarda.

            -Estoy segura de que lo seré -replicó Pansy con el tono de la persona cuyas certidumbres son siempre alegres.

            -Ese convencimiento le ayudará mucho a serlo; pe­ro si alguna vez le faltara, recuerde que... que... -Titu­beó un poco y, al fin, añadió con una vaga risa-: ¡Pien­se en mí, ya sabe! -Estrechó en silencio la mano de Isabel y desapareció rápidamente.

            Una vez que hubo dejado el salón, Isabel creyó que Pansy rompería a llorar; pero, con gran sorpresa suya, su hijastra la obsequió con algo muy distinto, pues exclamó con dulzura:

            -¡También yo creo que es usted mi ángel guardián!      -No soy un ángel de ninguna clase -contestó Isa­bel-. Todo lo más, una buena amiga.

            -Pues entonces, una amiga muy buena... por ha­berle pedido a papá que me trate bien.

            -No le he pedido nada a tu padre -dijo Isabel, extrañada.

            -Acaba de decirme que viniera al salón, y me ha da­do un beso muy cariñoso.

            -¡Ah! Eso ha sido sólo idea suya.

            Ella reconocía perfectamente la idea; era muy ca­racterística de él, y aún habría de verla en muchas otras ocasiones. Ni siquiera frente a Pansy quería Osmond aparecer culpable. Aquel día cenaron fuera, y, después de la cena, fueron a otra diversión, de suerte que Isabel no pudo verlo a solas hasta altas horas de la noche. Cuando Pansy lo besó antes de irse a acostar, Osmond corres­pondió a su abrazo con más afecto de lo que tenía por costumbre, e Isabel se preguntó si sería una insinuación de que su hija había sido perjudicada por las maquina­ciones de su madrastra. Era una expresión parcial, en cualquier caso, de lo que seguía esperando de su esposa. Ésta se disponía a seguir a Pansy, pero él le señaló su de­seo de que se quedase, pues tenía algo que decirle. Lue­go dio unos cuantos pasos por el salón, mientras ella aguardaba de pie, sin quitarse la capa.

            -No comprendo lo que quieres hacer -dijo al ca­bo de un momento-. Me gustaría saberlo, para obrar en consecuencia.

            -Ahora mismo, lo que quiero es irme a la cama. Es­toy rendida.

            -Siéntate y descansa; no voy a detenerte mucho tiem­po. No, ahí no; donde estés cómoda. -Juntó unos cuan­tos cojines que yacían desordenadamente esparcidos en un vasto diván; pero ella no se sentó en él sino que se de­jó caer en la butaca más próxima. El fuego se había ex­tinguido y las luces eran pocas para la gran estancia. Ella se arrebujó en su capa; sentía un frío mortal-. Creo que estás tratando de humillarme -continuó Osmond-. Es una empresa por demás absurda.

            -No tengo la menor idea de a qué te refieres -re­plicó ella.

            -Has estado jugando un juego difícil y lo has orga­nizado bien.

            -¿Qué es lo que he organizado?

            -Pero no creas que lo has dejado zanjado. Volvere­mos a verle.

            Y se detuvo ante ella con las manos en los bolsillos y mirándola pensativamente, según su costumbre, con aquella mirada que parecía querer decirle que ella no era el objeto sino un simple incidente, más bien desagrada­ble, de su pensamiento.

            -Si te refieres a que lord Warburton tiene alguna obligación de volver, estás completamente equivocado -dijo Isabel-. Nada le obliga.

            -De eso es precisamente de lo que me quejo. Pero cuando digo que volverá, no me refiero a que venga im­pulsado por su sentido del deber.

            -Pues no creo que haya ningún otro motivo. Ro­ma está ya agotada para él.

            -No lo creas; ése es un juicio superficial. Roma es inagotable. -Comenzó de nuevo a andar de un lado pa­ra otro y añadió-: De todos modos, sobre eso quizá no haya prisa. Ha tenido una buena idea con lo de que va­yamos a Inglaterra. Si no fuera por el temor de encon­trar allí a tu primo, creo que yo mismo trataría de con­vencerte de que fuéramos.

            -Tal vez no encuentres a mi primo.

            -Quisiera estar seguro de ello. Pero me aseguraré lo más que pueda. Por otra parte, me gustaría ver su ca­sa, de la que tanto me has hablado en otros tiempos... ¿có­mo se llama?... Gardencourt, si mal no recuerdo. Debe de ser un lugar encantador. Ya sabes que, además, tengo una gran veneración por la memoria de tu tío; tú me hi­ciste tomarle mucho cariño. Me gustaría ver dónde vivió y murió. Pero esto no es más que un pequeño detalle. Tu amigo tenía razón: Pansy debe conocer Inglaterra.

            -No me cabe duda de que le gustará -dijo Isabel.

            -Pero de aquí al otoño hay un largo trecho -conti­nuó Osmond-, y entretanto hay otras cosas que nos tocan más de cerca. ¿De veras me crees tan soberbio? -pregun­tó de súbito.

            -Me pareces muy extraño.

            -Es que no me comprendes.

            -No; ni siquiera cuando me insultas.

            -Yo no te insulto. Soy incapaz de ello. Lo único que hago es traer a colación algunos hechos, y si aludir a ellos te hace daño, no es culpa mía. No hay la menor duda de que este asunto lo has manejado tú sola.

            -¿Vas a volver a lo de lord Warburton? -pregun­tó Isabel-. Ya estoy harta de oír ese nombre.

            -Pues volverás a oírlo, porque todavía no hemos terminado con este asunto.

            Ella había dicho que él la insultaba, pero, de pron­to, a Isabel le pareció que eso no le causaba ya dolor. Él estaba cayendo... cayendo, y la visión de un descenso así casi le producía vértigo; ése era todo su dolor. Él era de­masiado extraño, demasiado distinto, tanto que ya no la rozaba. Sin embargo, el funcionamiento de la mórbida pasión de su marido era extraordinario, y ella sentía una curiosidad creciente por saber de qué manera se justifi­caba ante sus propios ojos.

            -Podría decirte que creo que no tienes nada que de­cirme que merezca la pena escuchar -replicó pasado un momento-. Sin embargo, tal vez esté equivocada; hay

una cosa que vale la pena que oiga... y es que me digas, con las palabras más claras posible, de qué me acusas.

            -De haber impedido que Pansy se casara con lord Warburton. ¿Te parece suficiente claridad?

            -Por el contrario, he puesto mucho interés. Te lo dije; y cuando me dijiste que contabas conmigo... creo que eso es lo que dijiste... acepté la obligación. Fui una tonta al aceptarla, pero lo hice.

            -Fingiste aceptarla, e incluso fingiste no querer ha­cerlo para que yo confiara más en ti. Luego comenzaste a emplear tu inventiva para quitarle de en medio.

            -Creo comprender lo que quieres decir.

            -¿Dónde está la carta que me dijiste que me había escrito? -preguntó su marido.

            -No tengo la menor idea. No se lo he preguntado.

            -La interceptaste tú.

            Isabel se levantó poco a poco y permaneció un mo­mento inmóvil; envuelta en aquella capa blanca que la cubría hasta los pies, podía haber representado el ángel del desdén, pariente cercano de la compasión.

            -¡Oh, Gilbert! Para un hombre que era tan exqui­sito... -exclamó en un largo murmullo.

            -Nunca lo he sido tanto como tú. Has hecho todo lo que has querido. Lo has quitado de en medio sin pa­recer hacerlo y me has colocado en la situación en que querías verme... la del hombre que ha procurado casar a su hija con un lord y ha fracasado grotescamente.

            -Pansy no se interesa por él. Está muy contenta de que se vaya.

            -Eso no tiene nada que ver con la cuestión.

            -Y a él no le interesa Pansy.

            -Eso no vale. Tú me dijiste que sí. No comprendo por qué necesitabas esta satisfacción, podrías haberte pro­curado cualquier otra. Creo que no he sido presuntuo­so... que no he dado demasiadas cosas por supuestas. He sido muy modesto en todo ello, muy discreto. La idea no partió de mí. Él comenzó a dar muestras de que la mu­chacha le gustaba antes de que a mí se me hubiera pasa­do por la cabeza. Y yo te confié todo el asunto.

            -Bien que te agradó entonces dejarlo en mis manos. Pues en adelante tendrás que ocuparte tú de estas cosas.

            Él la miró un momento y luego se alejó.

            -Creí que estabas encariñada con mi hija.

            -Nunca lo ha estado tanto como ahora.

            -Por lo visto, tu afecto está lleno de inmensas li­mitaciones. Es posible que eso sea lo natural.

            Isabel tomó un candelabro que había sobre una de las mesas y preguntó:

            -¿Es eso todo lo que querías decirme?

            -¿Estás satisfecha? ¿Me ves suficientemente de­fraudado?

            -No creo que en el fondo estés tan decepcionado. Has tenido una oportunidad más para intentar dejarme estupefacta.

            -No es eso. Lo que se ha demostrado es que Pansy puede picar más alto.

            -¡Pobrecita Pansy! -dijo Isabel mientras se dirigía hacia la puerta con el candelabro en la mano.

 

 

47

 

 

            Isabel supo por Henrietta Stackpole que Caspar Goodwood estaba en Roma, lo que aconteció tres días después de la partida de lord Warburton. Este incidente había l estado precedido por otro de cierta importancia para Isa­bel: la ausencia temporal, una vez más, de madame Merle, que había ido a pasar una corta temporada en Nápoles, invitada por una amiga, afortunada propietaria de una villa en Posilippo. Madame Merle había cesado de con­tribuir a la felicidad de Isabel, quien se quedó pregun­tándose si la mujer más discreta del mundo no sería tam­bién la más peligrosa. A veces, por la noche, tenía extrañas visiones. Le parecía estar viendo a su marido y a su ami­ga... la amiga también de él... formando una borrosa e indistinguible combinación. Se le antojaba que esa se­ñora no había terminado aún con ella, que todavía le re­servaba algo. La imaginación de Isabel se aplicaba acti­vamente a este punto huidizo, pero de vez en cuando la refrenaba un pavor sin nombre, de tal suerte que, cuan­do la encantadora dama se hallaba ausente de Roma, te­nía Isabel algo así como una sensación de alivio. Ya an­tes había sabido por Henrietta Stackpole que Caspar Goodwood estaba en Europa, pues la periodista se lo ha­bía comunicado por escrito en cuanto se encontró con él en París. Por su parte, él no escribía jamás a Isabel y ésta creyó que, a pesar de estar en Europa, él no quería verla. La última entrevista, antes del matrimonio de ella, había tenido todo el carácter de una ruptura definitiva; y, si no recordaba mal, Caspar le había dicho que quería verla por última vez. Desde aquel entonces, aquel hom­bre venía siendo la nota más discordante de su etapa an­terior..., la única, de hecho, que llevaba asociada un do­lor permanente. La mañana de su despedida la había dejado con la sensación del más innecesario de los gol­pes, y la escena entre los dos sucedida se le representaba como la colisión de dos barcos en pleno día. No había ha­bido niebla ni corrientes ocultas que la justificaran, y, por su parte, ella trató de esquivarla. Pero él había chocado contra su proa, mientras ella tenía la mano en el timón, y-para completar la metáfora- había causado en el na­vío más ligero un daño que esporádicamente se delata­ba en un débil crujido. Había sido horrible verle, ya que él representaba, a juicio de Isabel, el único daño serio que ella ocasionara en toda su vida, la única persona que tenía contra ella una reclamación no satisfecha. Le ha­bía hecho desgraciado, no pudo evitarlo; y su infelicidad era una dura realidad. Isabel había sollozado de rabia cuando él la dejara... no sabía por qué, y quiso pensar que había sido por la falta de consideración de Caspar. El se había presentado ante ella con su infelicidad justo cuan­do la dicha de ella era más perfecta; había hecho lo po­sible por empañar el fulgor de aquellos puros rayos. No se había mostrado violento, pero produjo una impresión de violencia. Sea como fuere, en algo y en alguna parte había existido violencia; acaso únicamente en el ataque de llanto de Isabel y en el regusto que le quedó durante tres o cuatro días después de la escena.

El efecto de aquella súplica final se había desvaneci­do y, durante el primer año de matrimonio, Goodwood desapareció por completo de su imaginación. Era un te­ma de referencia ingrato, y resultaba desagradable pen­sar en un individuo que estaba dolido y resentido con una, y a quien sin embargo no se podía ayudar. Otra co­sa habría sido si ella hubiese podido dudar, aun cuando sólo fuera un poco, de su desconsuelo, como dudaba del de lord Warburton. Por desgracia, eso estaba fuera de duda, y era precisamente aquel cariz agresivo, insobor­nable de la situación lo que la hacía tan desagradable. Ja­más podría ella decirse que aquel hombre dolorido tu­viera compensaciones, como podía decirse en el caso del aristócrata inglés. Carecía de fe en las compensaciones de Goodwood y no les concedía valor. Una fábrica de te­jidos de algodón no era una compensación por nada... y menos por no haber podido casarse con Isabel Archer. Aparte de esto, ella no sabía apenas lo que él poseía ­salvo sus cualidades intrínsecas. Oh, todo lo de Caspar era intrínseco; jamás se le ocurrió pensar que buscara ayuda artificial de ninguna clase. Si ampliaba su indus­tria -lo cual, a juicio de ella, era la única forma que po­dían tomar sus esfuerzos-, era porque eso suponía una actitud emprendedora, un beneficio para su negocio, de ningún modo porque esperara así encubrir el pasado. Eso le daba a su figura una especie de desolación y desnudez que hacían que el hecho de recordarla o de tener que re­cordarla constituyese una peculiar conmoción. Su figu­ra carecía de esa pañería social que en tiempos supercivilizados como los actuales amortigua la dureza de los contactos humanos. Su absoluto silencio, el hecho de no saber de él directamente y muy rara vez oírle nombrar, ahondaba aún más esa impresión de soledad en que él vi­vía. De vez en cuando le pedía noticias de él a su hermana Lily, pero Lily no sabía absolutamente nada de Boston... su imaginación limitaba por el este con Madison Avenue. A medida que el tiempo iba pasando, Isabel pensaba en él más a menudo y con menos restricciones. Más de una vez estuvo tentada de escribirle y se contuvo. Nunca había hablado de él a su marido... no le había informado de las visitas que Caspar le hiciera en Florencia; reserva ésta que en los primeros tiempos no venía dictada por falta de confianza en Osmond, sino simplemente por creer que el secreto del desengaño del joven no le pertene­cía a ella sino a él. Habría sido un craso error por su par­te -así lo creía- comunicárselo a otro, ya que, después de todo, los asuntos de Goodwood poco podían intere­sar a Gilbert. De suerte que, a la hora de escribirle, nun­ca se decidió a hacerlo. Se le antojaba que, consideran­do lo dolido que estaba Caspar, lo mejor que podría hacer era dejarle tranquilo. Aun así, se habría alegrado de es­tar en cierta forma más cerca de él. No es que se le ocu­rriera jamás que podía haberse casado con él. Ni siquie­ra en los momentos en que las consecuencias de su actual unión se le aparecían con más nitidez había esa reflexión pasado por su mente, a pesar de las otras muchas que sí se le presentaban. Pero cuando Isabel se vio en apuros, Caspar pasó a ser miembro de aquel círculo de seres y cosas con quienes quería ponerse en regla. Ya he con­signado con cuánta pasión deseaba convencerse de que la desdicha que padecía no era fruto de sus propios erro­res. No tenía previsión cercana de morir y, sin embargo, quería quedar en paz con el mundo... poner en orden sus asuntos espirituales. De tiempo en tiempo, se le ocurría pensar que tenía una cuenta pendiente con Caspar, y aho­ra se veía capaz de saldarla y dispuesta a hacerlo en tér­minos más favorables para él que en ninguna otra oca­sión. No obstante, al enterarse de que se encaminaba a Roma, tuvo verdadero miedo; sin duda sería más desa­gradable para él que para nadie averiguar -porque se­guro que averiguaría la verdad, como al repasar un ba­lance falseado o algo por el estilo- el íntimo desbara­juste de los asuntos de Isabel. En lo más hondo de su co­razón, ella creía que Caspar lo había invertido todo en que fuera feliz, mientras que los demás sólo habían in­vertido una parte. Era una persona más a quien tenía que ocultar su angustia. Sin embargo, se tranquilizó después de que él llegara a Roma, porque Caspar dejó transcurrir varios días sin ir a verla.

            Fácil es suponer que Henrietta Stackpole fue mucho más puntual, e Isabel se vio grandemente favorecida con la compañía de su antigua amiga. Se arrojó en brazos de tal amistad porque, ahora que estaba decidida a tener limpia la conciencia, era ésa una manera de probar que no había sido superficial... tanto más cuanto que los años, en su transcurrir, habían enriquecido más que agostado aquellas singularidades de Henrietta que fueran jocosa­mente criticadas por personas menos interesadas que Isa­bel, unas peculiaridades que seguían siendo lo bastante marcadas como para poner un punto de heroísmo en la lealtad de Isabel. Henrietta se mostraba tan aguda, viva y fresca como siempre, e igual de clara, sincera y brillan­te. Sus ojos extraordinariamente abiertos, iluminados co­mo grandes y acristaladas estaciones de ferrocarril, no tenían postigos que los protegieran; su atavío no había perdido nada de su tiesura, sus opiniones conservaban el perfume de la referencia nacional. Sin embargo, no es­taba en absoluto inalterada; Isabel creyó encontrar en ella cierta vaguedad. Anteriormente nunca la había teni­do, y aunque acometiera muchas investigaciones a la vez, se las había compuesto para estar entera e incisiva en cada una. Tenía siempre una razón para cada cosa que hacía; disponía de una profusión de motivos. Antes, cuando vi­no a Europa fue porque quería conocer ese continente, pero ahora que ya lo conocía no podía aducir semejante excusa. No se le ocurrió ni por un momento pretender que el deseo de estudiar las decadentes civilizaciones tu­viera nada que ver con su periplo actual; su excursión era más bien una demostración de independencia respecto del viejo mundo que un reconocimiento de deberes para con él.

            -Esto de venir a Europa no es nada -le dijo a Isa­bel-, y no creo que hagan falta tantas razones para ha­cerlo. Quedarse en su propio país no está mal, pero esto es mucho más importante.

            No fue, pues, con la sensación de hacer nada de im­portante como se concedió una nueva peregrinación a Ro­ma. Ya había visto la ciudad y la había estudiado a fondo, de modo que su visita de ahora constituía más bien una muestra de familiaridad, de conocerla perfectamente, de tener tanto derecho como el que más a estar allí. Todo es­to estaba muy bien, y Henrietta era una mujer inquieta; cosa que tenía también derecho a ser. Pero en el fondo te­nía para venir a Roma una razón mucho más poderosa que la de la ciudad, la cual no le importaba nada. Su compa­triota lo detectó enseguida, y con ello apreció como nun­ca la fidelidad de la periodista. Esta había cruzado el océa­no a mitad del invierno, la peor de las estaciones, porque vislumbraba que su amiga estaba triste. Henrietta adivi­naba muchas cosas, pero nunca había tenido una intuición tan atinada. Isabel gozaba por entonces de bien pocas sa­tisfacciones, pero, aun cuando hubiesen sido numerosas, aún habría habido algo de personal alegría en aquel sen­tirse justificada por haber tenido siempre tan alto concepto de Henrietta. Había hecho grandes concesiones a su res­pecto, pero insistía en que, a pesar de los pesares, seguía siendo muy valiosa. Sin embargo, no era su propio triunfo lo que la satisfacía, sino el alivio de confesar a esta con­fidente, la primera persona ante quien lo reconocía, que no estaba a gusto ni mucho menos. Henrietta tuvo la vir­tud de abordar el tema sin perder tiempo, y acusó cara a cara a su amiga de ser desgraciada. Henrietta era una mu­jer, una hermana; no era Ralph, ni lord Warburton, ni Cas­par Goodwood; por tanto, Isabel podía hablar.

            -Sí, soy desgraciada -dijo muy suavemente. Le de­sagradó oírselo decir a sí misma, y trató de expresarlo lo más juiciosamente posible.

            -¿Qué te hace tu marido? -preguntó Henrietta frunciendo el ceño como si estuviera investigando las operaciones de un médico charlatán.

            -No me hace nada. Pero no le gusto.

            -¡Es difícil de contentar! -exclamó la señorita Stackpole-. ¿Por qué no lo dejas?

            -No puedo cambiar de esa manera -contestó Isabel.

            -¿Por qué no, vamos a ver? Lo que ocurre es que no quieres confesar que has cometido un error. Eres de­masiado orgullosa.

            -Ignoro si lo soy, pero no puedo pregonar mi equi­vocación. Me parece que eso no es decoroso. Preferiría morir.

            -No siempre pensarás así.

            -No sé a qué extremos me podría llevar el ser muy desdichada, pero creo que siempre sentiría una gran ver­güenza. Hay que aceptar las propias acciones. Me casé con él ante el mundo; era libre de hacer mi santa volun­tad, era imposible hacer nada más meditado. No se pue­de cambiar de ese modo -repitió Isabel.

            -Por imposible que parezca, tú has cambiado. Es­pero que no me vayas a decir que le quieres.

            Isabel dudó un momento.

            -No, no le quiero. A ti te lo puedo decir porque es­toy harta de guardar el secreto. Pero basta con esto. No voy a pregonarlo por calles y plazas.

            Henrietta se echó a reír.

            -¿No te parece que le guardas demasiadas consideraciones?

            -No se las guardo a él, sino a mí misma -respon­dió Isabel.

            No era de extrañar que Gilbert Osmond no hubie­se tomado afición a Henrietta Stackpole. Su instinto le había colocado naturalmente en oposición a una joven dama capaz de aconsejar a su esposa que abandonase la morada conyugal. Al llegar ella a Roma, Osmond le di­jo a Isabel que esperaba que dejase en paz a su amiga la periodista, pero su esposa le contestó que, para él al me­nos, no había nada que temer. A Henrietta le comunicó que, como su marido le tenía antipatía, no podía invitarla a cenar, pero que les sería fácil verse de otras maneras. Isabel recibía en su salón particular y la llevó varías ve­ces de paseo en su coche sentada frente a Pansy, que, un poco inclinada hacia adelante, contemplaba a la presti­giosa escritora con una atención respetuosa que en oca­siones llegaba a irritar a la misma Henrietta. Esta se que­jó a Isabel de que la señorita Osmond la miraba de un modo como si quisiera recordar todo lo que decía.

            -No quiero que se me recuerde de esa manera -de­claró la señorita Stackpole-. Entiendo que mi conversa­ción se refiere sólo al momento, como los diarios de la ma­ñana. Tu hijastra, ahí sentada, parece como si fuera guardando todos los números atrasados para poder algún día sacarlos para contradecirme.

            Por más que lo intentaba, no podía mirar con bue­nos ojos a Pansy, cuya ausencia de iniciativa, de conver­sación, de anhelos personales le parecía algo poco natu­ral e incluso inquietante en una joven de veinte años. Isabel vio enseguida que a Osmond le habría gustado que ella defendiera con más calor la causa de su amiga, que insis­tiera para que él la recibiera, a fin de poder aparentar so­portarla en honor de los buenos modales. El que Isabel hubiera aceptado sin rechistar las objeciones de su ma­rido le dejaba a éste mal parado... pues una de las des­ventajas de manifestar desprecio consiste en no poder al mismo tiempo ganarse la aprobación ajena mostrando simpatía. Osmond no renunciaba a esa aprobación, pe­ro tampoco a sus objeciones, elementos ambos difíciles de reconciliar. Lo bueno habría sido que la señorita Stackpole fuera a cenar un par de veces al Palazzo Roccanera, a fin de que (a pesar de la cortesía superficial, siempre extraordinaria, del anfitrión) pudiera juzgar por sí mis­ma lo poco que le agradaba al señor Osmond. En vista, sin embargo, de que las dos damas eran tan poco com­placientes, no le quedaba sino desear que la dama de Nueva York se marchase. Era sorprendente la poca sa­tisfacción que a Osmond le daban las amistades de su mujer; así se lo señaló a Isabel.

            -Desde luego no has tenido suerte con tus amigos íntimos; ojalá pudieras hacerte otra colección -le dijo una mañana sin referirse a nada visible en aquel momento, pero en un tono de madurada reflexión que despojaba a ese comentario de toda brusquedad brutal-, Es como si te hubieras tomado la molestia de escoger, entre todas las del mundo, a las personas con quienes tengo menos en común. Tu primo me ha parecido siempre un asno en­greído... aparte de ser el animal menos agraciado que co­nozco. Además, resulta insoportable no podérselo decir; hay que ahorrárselo en atención a su salud. Yo diría que su salud es lo mejor que posee porque le concede unos privilegios de que nadie puede disfrutar. Si tan grave­mente enfermo está no hay más que una manera de de­mostrarlo, pero no parece muy dispuesto a ello. Tampoco cabe decir mucho más en favor del gran Warburton. Pensándolo bien, la fría insolencia de su actuación ha sido cosa digna de ver. El hombre llega y contempla a la hija de uno como si se tratara de una casa de alquiler; prue­ba los tiradores, se asoma a las ventanas, golpea las pare­des y casi está a punto de arrendar el local.. ¿Quiere usted hacer el favor de extender el contrato? Pero después se le ocurre que las habitaciones son pequeñas, que no se acos­tumbraría a vivir en un tercer piso, tiene que buscarse un piano nobile. Y se marcha tan tranquilo después de ha­berse alojado gratis un mes entero en el pobre pisito. La señorita Stackpole, ni que decir tiene, es tu hallazgo más prodigioso. A mí me produce la impresión de estar vien­do a un monstruo. No hay nervio del organismo que ella no ponga en tensión. Ya sabes que no la he considera­do nunca una mujer. ¿Quieres saber a qué me recuerda? A una pluma de acero nueva... la cosa mas odiosa del uni­verso. Habla igual que escriben las plumas de acero. ¿No vienen sus cartas, por cierto, en papel rayado? Piensa, se agita, camina y mira exactamente igual que habla. Tú di­rás que no puede molestarme, porque no la veo. Cierto, no la veo, pero la oigo, la oigo todo el día. Tengo su voz metida en los oídos, no lo puede evitar. Sé exactamente lo que dice y conozco cada inflexión del tono con que lo dice. Dice cosas encantadoras acerca de mí, que a ti te proporcionan un gran consuelo. No me gusta nada pen­sar que habla de mí... me produce la misma sensación que si supiera que uno de mis lacayos lleva puesto mi sombrero.

            Como Isabel le aseguró, Henrietta hablaba de Gilbert Osmond mucho menos de lo que él presumía. Po­seía multitud de otros temas de conversación, por dos de los cuales cabe suponer que el lector sentirá especial in­terés. La periodista comunicó a su amiga que Caspar Goodwood había descubierto por sus propios medios que Isa­bel no era feliz, aunque Henrietta, pese a su inventiva, no pudo explicarle qué clase de consuelo pensaba él pro­porcionar a Isabel estando en Roma y no tratando de verla. Le habían visto ya dos veces en la calle, pero él no pareció haberlas divisado pues ellas iban en coche, y él tenía la costumbre de ir mirando al frente, como si se propusiera no ver más que un objeto cada vez. Para Isa­bel fue como si lo hubiera visto la víspera; debió de ser con la misma cara e idéntico paso como saliera del por­tal de la señora Touchett después de su última entre­vista. Vestía igual que en aquel día, Isabel recordaba el color de su corbata; y no obstante, a pesar de aquel as­pecto para ella familiar, había también algo extraño en su figura, algo que le hizo sentir nuevamente que era te­rrible el hecho de que hubiese ido a Roma. Parecía más grande y más descollante que antaño, y eso que en aque­llos días llegaba ya a buena altura. Ella observó que la gente, al pasar, se volvía a mirarlo, pero él seguía imper­turbable hacia delante, alzando por encima de ellos un rostro que era como un cielo de febrero.

            El otro tema de conversación de la señorita Stackpole era del todo distinto y se refería al señor Bantling, del que dio a Isabel las últimas noticias que poseía. El año pasado él había ido a Estados Unidos y Henrietta celebraba haber podido prestarle bastante atención. No podría decir si lo había pasado muy bien, pero lo cierto es que la excursión le sentó de maravilla, pues no era, al marcharse, el mismo hombre que al llegar. Aquello le ha­bía abierto los ojos y le había demostrado que Inglaterra no lo era todo. Había caído muy bien en casi todas par­tes y le encontraron extraordinariamente sencillo... mu­cho más sencillo de lo que allí se consideraba a los in­gleses. No faltó quien le considerase afectado; pero no sabía Henrietta si sería que tomaban su sencillez por afectación. Hacía preguntas verdaderamente lamentables; creía que todas las camareras eran hijas de agricultores o que todas las hijas de agricultores eran camareras, ella no lo recordaba con exactitud. Al parecer tampoco fue capaz de comprender el gran sistema escolar americano, eso era demasiado para él. En conjunto, se había compor­tado como si todo fuera demasiado, como si sólo pudiera digerir una pequeña parte. Lo que más le había interesa­do era la organización de los hoteles y la navegación flu­vial. En realidad, se diría que estaba fascinado por los ho­teles, y había guardado una fotografía de cada uno de los que visitó. Pero lo que más le interesó fueron los vapo­res fluviales. Nada le gustaba tanto como navegar en aquellos grandes barcos. Habían viajado juntos de Nueva York a Milwaukee deteniéndose en las principales ciu­dades del trayecto y, cada vez que reanudaban la marcha, él preguntaba si podían ir en vapor. Era como si no tu­viese la menor idea de la geografía... creía que Baltimore era una ciudad del Oeste y esperaba constantemente lle­gar al Mississipi. Por lo visto el único río de América del que había oído hablar era el Mississipi, y no se hallaba preparado para reconocer la existencia del Hudson, aun­que al cabo tuvo que admitir que era tan importante co­mo el Rin. Habían pasado horas muy gratas en los va­gones de lujo de los trenes, y él siempre estaba encargando helados al mozo de color. Nunca llegó a acostumbrarse a la idea de que se pudiese pedir helados en un tren. Na­turalmente, en los trenes ingleses no los hay, ni tampo­co ventiladores, ni caramelos, ni nada de nada. El calor le pareció sofocante y ella le dijo que esperaba que fue­ra el más intenso que él hubiera experimentado. Ahora el señor Bantling estaba cazando, de coto en coto, como decía Henrietta, diversión que era la que practicaban los pieles rojas de América, y de la que nosotros habíamos prescindido hace ya muchos años. En Inglaterra existía la creencia general de que llevábamos todavía el hacha de los indios y sus plumas, pero semejante atuendo era más propio de las costumbres inglesas. El señor Bantling no tenía ahora tiempo para venir a verla a Italia, pero, cuando fuera a París, él iría a reunirse allí con ella. Te­nía muchos deseos de ver otra vez Versalles, pues era un gran admirador del Antiguo Régimen. En eso no esta­ban de acuerdo; pues eso era lo que a ella le gustaba tan­to de Versalles; que allí se veía que el Antiguo Régimen había sido barrido. Ya no había duques ni marquesas, y Henrietta recordaba que un día había cinco familias ame­ricanas paseándose tranquilamente por el parque. El se­ñor Bantling le insistía mucho en que ella volviese a abor­dar el tema de Inglaterra, porque pensaba que ahora podría verla bajo mejor aspecto, pues Inglaterra había cambiado mucho en los dos o tres últimos años. Ahora es­taba decidido, si ella iba allá, a ir en persona a ver a su hermana lady Pensil, y tenía la seguridad de que esta vez la invitación le llegaría en el acto. Jamás había podido explicarse el misterio de lo que pasara con la otra.

            Por fin, Caspar Goodwood fue al Palazzo Roccanera, no sin antes haber escrito a Isabel unas líneas pidién­dole permiso para visitarla, cosa que le fue inmediata­mente concedida; Isabel estaría en casa aquella tarde, a las seis. Pasó ella todo el día preguntándose a qué ven­dría Caspar... qué provecho esperaba sacar. Hasta en­tonces, Goodwood se había presentado como persona desprovista de la facultad de transigir, que o se llevaba lo que pedía o no se llevaba nada. Isabel le acogió con una hospitalidad desprovista de preguntas, y a ella no le fue difícil aparentar ser lo bastante dichosa para engañarle. Al menos tuvo el convencimiento de que le había enga­ñado, de haberle hecho creer que estaba mal informado.

Pero vio también, o le pareció ver, que él no se sentía de­fraudado, como seguramente a juicio de ella se habrían sentido muchos otros. No había ido él a Roma en busca de una oportunidad. Nunca averiguó Isabel para qué ha­bía ido, porque él no dio la menor explicación, y no cabía otra cosa que la muy simple de que quería verla. En otras palabras, había ido a Roma por placer. Isabel se aferró a tal suposición con avidez y estuvo encantada de haber encontrado una fórmula que desvaneciera de una vez el fantasma del antiguo agravio de ese caballero. Si había venido a Roma por simple recreo, eso era precisamente lo que ella deseaba, porque si le apetecía un placer era que ya tenía olvidada su antigua congoja; si se le había quitado la pena, todo estaba como debía estar, y su pro­pia responsabilidad había terminado. Verdad era que Cas­par se tomaba su esparcimiento con cierta rigidez, pero nunca había sido desenvuelto ni campechano, y ella te­nía todos los motivos para creer que estaba satisfecho con lo que veía. Henrietta no gozaba de su confianza, aunque él sí de la de ella, de suerte que Isabel no recibió ninguna aclaración indirecta acerca del estado de ánimo de su amigo. Por lo general,. él era hombre poco dado a conversar sobre temas generales. Recordaba Isabel que años antes había dicho de él que era hombre que habla­ba mucho pero decía poco. Ahora hablaba también mu­cho, pero decía quizá tan poco como antaño; sobre to­do, si se tenía en cuenta lo mucho que se podía decir de Roma. Su llegada no contribuyó gran cosa a facilitar las relaciones de Isabel con su esposo, pues si el señor Osmond no sentía la menor simpatía por sus amigos, el se­ñor Goodwood no podía aducir más mérito que el de ha­ber sido uno de los primeros. No tenía ella otra cosa que decir de él sino que era el más antiguo; en esa síntesis bastante parca se agotaban los hechos. Isabel se había vis­to obligada a presentárselo a Gilbert; era imposible de­jar de invitarle a cenar y a sus recepciones de los jueves, de las que ya estaba cansada pero a las que Osmond se­guía aferrándose, no tanto por el placer de invitar a la gente cuanto por no invitarla.

            El señor Goodwood acudía a las reuniones de los jue­ves de un modo asiduo y solemne, llegando bastante pron­to; parecía tomárselas con mucha gravedad. Isabel de vez en cuando sentía un momento de ira ante aquel hombre tan falto de imaginación. Se decía que ya podría haberse dado cuenta de que ella no sabía qué hacer con él. Pero no podía llamarle obtuso, porque no lo era en absoluto, sólo era extraordinariamente sincero. Ser así lo hacía muy diferente de la mayoría de la gente y le obligaba a una a ser igualmente sincera con él. Esta última reflexión se la hizo al tiempo que se felicitaba por haberle hecho creer que era la más despreocupada de las mujeres. Él nun­ca manifestó la menor duda acerca de ese punto, ni le hi­zo jamás la menor pregunta personal. Con Osmond se llevaba mucho mejor de lo que habría podido creerse. A Gilbert le desagradaba profundamente que se conta­ra con él, y en tal caso experimentaba un irresistible de­seo de defraudar a los demás. En virtud de ese principio se concedió el entretenimiento de interesarse por aquel bostomano perpendicular al que se esperaba que tratase con frialdad. Le preguntó a Isabel si también Goodwood ha­bía pretendido casarse con ella, y se mostró muy sor­prendido de que no lo hubiera aceptado, pues habría si­do algo excelente, algo así como vivir al pie de un alto campanario que diera todas las horas y produjese una ex­traña vibración en el aire. Declaró que le gustaba hablar con el gran Goodwood; al principio no era fácil, pues ha­bía que trepar por una escalera empinada e interminable hasta lo alto de la torre; pero una vez allí se disfrutaba de un hermoso panorama y se aspiraba una brisa tonifican­te. Como ya sabemos, Osmond poseía cualidades muy gratas, y dejó que Goodwood disfrutara de todas ellas. Isabel veía que Caspar miraba a su marido con más favor de lo que habría querido. Aquella distante mañana de Flo­rencia Caspar le había parecido impermeable a cualquier buena impresión. Gilbert le invitó repetidas veces a ce­nar, luego Goodwood fumaba con él un buen cigarro y hasta manifestaba el deseo de que le enseñara sus colec­ciones de arte. Gilbert le comentó a Isabel que su amigo era muy original; tan fuerte y de tan buen estilo como un baúl inglés... lleno de correas y de hebillas que nunca se desgastarían y una cerradura. Caspar se aficionó a pasear a caballo por la Campagna y dedicaba a ese deporte mu­cho tiempo, así que era a última hora de la tarde cuando veía a Isabel. Un día a ésta se le ocurrió decirle que, si él quisiera, podría hacerle un gran favor.

            -En realidad, no sé con qué derecho se lo pido-aña­dió sonriendo.

            -Si alguna persona en el mundo tiene derecho a pe­dírmelo es usted -respondió él-. Yo le he dado garan­tías que no he dado a nadie más.

            El favor era que fuese a ver a su primo, que estaba solo y enfermo en el Hotel de París, y que estuviese con él lo más amable posible. El señor Goodwood no le ha­bía visto jamás, pero sabría reconocerlo; si no estaba equi­vocado, Ralph le había invitado una vez a Gardencourt. Caspar recordaba perfectamente la invitación y, aunque no se le tenía por persona de mucha imaginación, poseía la suficiente para ponerse en él lugar de un pobre hom­bre que estaba muriéndose en una fonda romana. Fue al Hotel de París, y cuando le condujeron a presencia del propietario de Gardencourt, encontró a la señorita Stackpole sentada junto a su sofá. De hecho, las relaciones de esta dama con Ralph Touchett habían experimentado un gran cambio. Isabel no le había pedido a Henrietta que fue­ra a verle, pero al oír ésta que estaba tan enfermo que no podía salir, fue a visitarle por propio impulso. Después ha­bía seguido visitándole a diario... siempre con la convic­ción de que eran grandes enemigos.

            -¡Sí, somos enemigos íntimos! -decía Ralph, y la acusaba francamente... todo lo francamente que el hu­mor de la situación lo permitía... de ir allí para matarle a disgustos.

            Resultó que se hicieron muy amigos, y Henrietta se extrañaba de que aquel hombre nunca le gustara hasta en­tonces. A Ralph ella le gustaba lo mismo que siempre, pues jamás había dudado de que Henrietta fuese un excelente compañero. Hablaban de todo, pero no estaban de acuer­do en nada; es decir, hablaban de todo menos de Isabel, tema acerca del que Ralph parecía tener siempre el flaco índice sobre los labios. En cambio, el señor Bantling re­sultó una mina, pues Ralph era capaz de pasarse horas en­teras conversando acerca de Bantling con Henrietta.

            La conversación se veía estimulada, desde luego, por la inevitable diferencia de puntos de vista. Ralph se di­vertía sosteniendo la tesis de que el jovial ex oficial de la guardia era un verdadero Maquiavelo. Caspar Goodwood no podía aportar nada a ese debate, pero cuando se que­dó a solas con el enfermo, descubrió que había otros po­sibles asuntos que tratar. Hay que reconocer que la da­ma que acababa de dejarles no era uno de ellos. Caspar admitía de antemano todos los méritos de la señorita Stackpole, pero no tenía nada más que decir de ella. Ni tampoco, después de las primeras alusiones, se explaya­ron los dos caballeros sobre la señora Osmond... tema en el que Goodwood percibía tantos peligros como el propio Ralph. Caspar sintió mucha lástima por aquel personaje tan extraño. No podía soportar el ver a un hombre agra­dable, agradable a pesar de todas sus rarezas, tan fuera del alcance de todo cuanto pudiera hacerse por él. Pero para Goodwood siempre había algo que hacer, y en este caso lo hizo repitiendo sus visitas al Hotel de París. A Isa­bel le parecía que ella había obrado con mucha inteli­gencia, pues se había librado del superfluo Caspar pro­porcionándole una ocupación al convertirle en el cuidador de Ralph. Tenía incluso el proyecto de enviarle hacia el norte tan pronto como el tiempo lo permitiese. De tal suerte, lord Warburton habría traído a Ralph a Roma y Caspar Goodwood se lo llevaría. Parecía haber en ello una fantástica simetría, e Isabel experimentaba un ansia enorme de que Ralph mejorase y pudiese partir de una vez. Tenía un miedo insuperable de que su primo pu­diera morir allí, ante su vista, y el horror de que ello ocurriese en un albergue y tuviesen que sacarle por aquella puerta que él tan pocas veces había franqueado. A su jui­cio, Ralph debía sumirse en el sueño eterno en su que­rida casa, en una de aquellas sombrías habitaciones de Gardencourt, donde la oscura hiedra se adhiere a las mol­duras exteriores de la ventana pálidamente iluminada. Para Isabel, en aquel entonces, Gardencourt era como un lugar sagrado, donde no había capítulo de lo pasado que fuera tan admirablemente irrecuperable. Cuando se ponía a pensar en los meses que allí había pasado, los ojos se le llenaban de lágrimas. Como ya se ha dicho, se ufa­naba de su inventiva, pero le hacía falta toda la que pu­diera acopiar, pues se produjeron varios acontecimientos que parecieron darse cita para afrontarla y desafiarla. Uno de ellos fue la condesa Gemini, que llegó un buen día de Florencia... con sus numerosos baúles, sus vestidos, su inagotable parloteo, su falsedad, su frivolidad y la extra­ña y perversa leyenda de sus numerosos amantes. El otro fue Edward Rosier, que había estado ausente en alguna parte nadie, ni aun la misma Pansy, sabía dónde-, y que también un buen día reapareció en Roma y comen­zó a escribirle largas cartas que ella no contestó. Y, por último, madame Merle, que regresó de Nápoles y le di­jo con una extraña sonrisa: «Pero ¿qué hizo usted de lord Warburton?». ¡Como si eso fuera cosa que a ella le im­portase en absoluto!

 

 

48

 

 

            Un día de fines del mes de febrero, Ralph Touchett decidió regresar a Inglaterra. Tenía poderosas razones para haberlo decidido así, pero no quería comunicarlas a nadie. Sin embargo, Henrietta Stackpole, a quien se las había participado, se enorgulleció de haberlas adivinado con anterioridad. Pero se abstuvo de manifestar su pre­visión y se limitó a decir tras un momento, acercándose más al sofá:

            -Supongo que se dará cuenta de que no puede ir solo.

            -Ni pienso en ello -contestó Ralph-. Desde lue­go, tendré gente que me acompañe.

            -¿Qué quiere usted decir con eso de «gente»? ¿Sir­vientes mercenarios?

            -¡Ah! -exclamó Ralph riendo-. Después de to­do, son también seres humanos.

            -¿Hay alguna mujer entre ellos? -quiso saber la señorita Stackpole.

            -Habla usted como si hubiese de haber una doce­na. Confieso que no hay ni una sola pizpireta doncella a mis órdenes.

            -Bueno -dijo tranquilamente Henrietta-, usted no puede viajar de tal modo hasta Inglaterra. Precisa los cuidados de una mujer.

            -Me ha prodigado usted tantos en estas dos últimas semanas que creo que me bastarán para una temporada.

            -Todavía no le he prodigado bastantes. Me parece que voy a acompañarle -dijo Henrietta.

            -¿Acompañarme usted? -preguntó con asombro Ralph, incorporándose poco a poco.

            -Sí. Ya sé que no le gusto, pero iré de todos modos. Ande, échese otra vez, que más le valdrá para su salud.

            Ralph la miró un instante y se tendió de nuevo.

            -Al contrario -dijo al cabo de un momento-, us­ted me gusta mucho.

            -No crea que va a conquistarme con tan poca cosa -dijo la señorita Stackpole soltando una de sus raras car­cajadas. Y añadió-: No solamente iré con usted, sino que, además, le cuidaré lo mejor posible.

            -Es usted una mujer admirable -exclamó Ralph.

            -Espere, para decirlo, a que le deje cómodamente instalado en su casa. A decir verdad, no será tan fácil. Pe­ro, de todos modos, creo sinceramente que es lo mejor que puede usted hacer.

            Antes de que ella se marchara, Ralph le preguntó:

            -¿De veras está usted dispuesta a cuidarme?

            -Sí; estoy dispuesta, desde luego, a intentarlo.

            -Entonces tengo el placer de comunicarle que acep­to. ¡Oh, acepto con toda el alma!

            Acaso fuera una patente prueba de su aceptación su­misa el que minutos después de haberlo ella dejado es­tallara en una gran carcajada. Hacer aquel largo viaje a través de toda Europa bajo la cuidadosa vigilancia de la señorita Stackpole se le aparecía en aquellos momentos como una muestra concluyente de su abdicación de to­da suerte de actividades, de su renuncia a todo ejercicio. Y lo verdaderamente estrafalario del asunto es que la idea le gustaba muchísimo pues le convidaba a una suntuosa y grata pasividad. Así, pues, sentía impaciencia por par­tir cuanto antes y experimentaba un incontenible anhe­lo de volver a ver su casa. Tenía el fin de todo al alcance de la mano; le parecía que no necesitaba sino tenderla para tocarlo. Quería morir en su propia casa. No le que­daba ya más voluntad que ésa: tenderse tranquilamente en la amplia y silenciosa habitación donde su padre ha­bía muerto, y cerrar para siempre los ojos al comienzo del verano.

            Aquel mismo día Caspar Goodwood fue a verle y Ralph le hizo saber que la señorita Stackpole le había to­mado a su cargo e iba a acompañarlo a Inglaterra.

            -Entonces me temo que voy a ser la quinta rueda del coche -dijo Goodwood al oír tal cosa-, porque la señora Osmond me ha hecho prometerle que iré con usted.

            -¡Santo cielo, esto es la edad de oro! Son todos us­tedes demasiado amables.

            -Por mi parte, la amabilidad es hacia ella; escasa­mente hacia usted.

            -Pues siendo así -dijo Ralph sonriendo-, ella es verdaderamente amable.

            -¿Por hacer que haya quien le acompañe? En cier­to modo, indudablemente, es una gran prueba de ama­bilidad -contestó Goodwood sin tomarlo a broma ni por asomo-. Por lo que a mí respecta -añadió-, con­fieso que prefiero mil veces viajar con usted y la señori­ta Stackpole que con la señorita Stackpole sola.

            -Pero más que cualquiera de esas dos cosas, lo que le gustaría es quedarse aquí -dijo Ralph-. En realidad, no es necesario que usted venga. Henrietta se basta y so­bra, es una mujer de gran disposición.

            -No lo dudo. Pero se lo he prometido a la señora Osmond.

            -¡Bah! Nada le será a usted más fácil que hacer que le releve de su compromiso.

            -Por nada del mundo me relevaría de él. Quiere que yo cuide de usted; pero no es ése el principal motivo. La razón principal es que quiere que me vaya de Roma.

            -Usted interpreta su pensamiento -sugirió Ralph.

            -La verdad es que la aburro. No sabe qué decirme. Por eso ha inventado lo de acompañarlo, para quitárse­me de en medio.

            -Entonces, si es por conveniencia de ella, accedo a que usted me acompañe. Aunque, a decir verdad -aña­dió tras un instante-, no veo en qué pueda estribar tal conveniencia.

            -En que cree que la estoy vigilando -contestó Cas­par sin tapujos.

            -¿Vigilándola?

            -Ni más ni menos; tratando de averiguar si es feliz.

            -Eso es bien fácil de averiguar -replicó Ralph-. Aparentemente es la mujer más dichosa que conozco.

            -Lo mismo creo, de modo que me doy por satis­fecho -respondió Goodwood secamente. Sin embar­go, a pesar de aquella sequedad, añadió-: En efecto, he estado observándola. Soy un viejo amigo suyo y me pare­ció que tenía perfecto derecho a hacerlo. Ella finge ser feliz, eso es precisamente lo que se proponía; y me pa­reció que debía averiguar por mí mismo hasta qué pun­to era cierto. Ya lo he visto -continuó en tono cortante- y no quiero ver más. Ahora estoy dispuesto para partir.

            -¿Sabe que me llama profundamente la atención el tiempo que ha necesitado para averiguarlo? -dijo Ralph.

            Y he aquí la única conversación que acerca de la se­ñora Osmond mantuvieron los dos caballeros.

            Henrietta hizo todos los preparativos para la parti­da, entre los cuales le pareció conveniente aclarar algu­nas cosas con la condesa Gemini cuando ésta le devolvió en la casa de huéspedes de Roma la visita que ella le ha­bía hecho en Florencia.

            -Estaba usted equivocada acerca de lord Warburton -le dijo-, y considero mi deber informarla.

            -¿Acerca de que estaba cortejando a Isabel? Pero, mi pobre señora, ¡si iba a verla tres veces al día! -excla­mó la condesa-. Le aseguro que ha dejado bastantes huellas de su paso.

            -Lo que él quería era casarse con su sobrina. Por eso iba a la casa.

            La condesa se quedó mirándola fijamente y soltó una carcajada insolente.

            -¡Ah! ¿Es eso lo que cuenta Isabel? No está mal, para como van las cosas. Si quiere casarse con mi sobri­na, dígame, por favor, ¿por qué no lo hace? Puede que haya ido a comprar el anillo de boda y que vuelva el mes próximo cuando yo ya no esté aquí.

            -Volver no volverá, desde luego, porque la señori­ta Osmond no quiere casarse con él.

            -Es formidablemente acomodaticia, por lo visto. Yo sabía que quería mucho a Isabel, pero no creía que llevase su cariño hasta ese extremo.

            Henrietta se percató de la perversidad de la conde­sa y contestó fríamente:

            -No comprendo lo que quiere usted decir. Insisto en lo mío: que Isabel no alentó jamás las atenciones de lord Warburton.

            -Mi querida amiga, ¿qué sabemos usted y yo acer­ca de eso? Lo único que sabemos es que mi hermano es capaz de cualquier cosa.

            -Yo no sé de qué es su hermano capaz -replicó Henrietta dignamente.

            -De lo que yo me quejo no es precisamente de que haya alentado a Warburton, sino de que lo haya despachado. Tengo gran interés en verlo. ¿Cree que ella pen­só que yo le haría ser desleal? -prosiguió la condesa con una audacia y una insistencia increíbles- Lo que pasa es que quiere retenerlo para ella, eso salta a la vista. Parece como si la casa estuviera llena de su persona, como si su nombre flotase en el aire. No le quepa duda de que ha dejado profunda huella. A buen seguro que lo veré.

Henrietta, con uno de aquellos golpes de inspiración que tanto éxito habían proporcionado a sus crónicas en el Interviewer, exclamó:

            -Bueno, puede que con usted tenga más éxito que con Isabel.

            Cuando la periodista le habló a su amiga del ofreci­miento que le había hecho a Ralph, Isabel contestó que no podía haber hecho ninguna otra cosa que más le agradase. Siempre había confiado en que, a la postre, Ralph y ella acabarían por entenderse. Al oír esto, Henrietta declaró:

            -A mí me tiene sin cuidado que me entienda o de­je de entenderme. Lo importante es que no se muera en un vagón del tren.

            -No se morirá -dijo Isabel moviendo suavemente su cabeza, como con súbita exaltación de ilimitada con­fianza.

            -No se morirá, si yo puedo asistirle. Ya me doy cuen­ta de que quieres vernos a todos lejos, aunque ignoro por completo con qué propósito.

            -Porque quiero estar sola -contestó Isabel senci­llamente.

            -Con toda la gente que pulula a tu alrededor, te va a ser difícil.

            -¡Bah! Ellos forman parte de la comedia; y voso­tros sois espectadores.

            -¿Y a esto lo llamas tú comedia, Isabel Archer? -preguntó Henrietta con gravedad.

            -Llámalo tragedia, si te place. Lo cierto es que to­dos vosotros me observáis y eso me hace sentirme desa­sosegada.

            Henrietta consideró el asunto.

            -Pareces un ciervo herido tratando de esconderse en lo más espeso del bosque -dijo tras unos instantes. Y exclamó súbitamente-: ¡Qué sensación de inutilidad me produces!

            -No soy inútil en absoluto. Me propongo hacer muchas cosas.

            -No me refiero a ti, sino a mí misma. Verdadera­mente, es demasiado: ¡haber venido ex profeso para es­to y tener que marcharme dejándote como te encon­tré!

            -No es cierto, me dejas con una grata sensación de haberme refrescado -dijo Isabel.

            -Valiente refresco..., una limonada amarga. Qui­siera que me prometieses una cosa.

            -Eso sí que no. No volveré a hacer jamás otra pro­mesa. Hace cuatro años hice una muy solemne y mira lo mal que la he mantenido.

            -Porque no has tenido quien te alentara. Pues bien, yo quiero hacerlo diciéndote que dejes de una vez a tu marido antes de que sobrevenga lo peor. Eso es lo que quiero que me prometas.

            -¿Lo peor? ¿A qué llamas tú lo peor, Henrietta?

            -Déjalo antes de que eche a perder tu hermoso carácter.

            -¿Quieres decir mi buena disposición de ánimo? Eso no hay quien me lo pueda echar a perder -contestó Isa­bel sonriendo-. Tengo buen cuidado de ello. Verdadera­mente -añadió, apartándose un poco-, me lastima ver con qué facilidad hablas de abandonar a un marido. Cómo se ve que nunca lo has tenido.

            -Bueno -dijo Henrietta como si se dispusiera a discutir los pormenores de una interesante cuestión-, nada es tan corriente como eso en las ciudades de nues­tro país, y a ellas es adonde debemos volver la vista en el futuro.

            Sin embargo, su argumento no afecta a esta historia, que tiene muchos otros hilos que desenredar.

            Henrietta le anunció a Ralph que estaba preparada para partir de Roma en el tren que él dispusiera, y Ralph decidió que fuera inmediatamente.

            Isabel fue a verle en el último momento, y él le hizo la misma observación que le hiciera Henrietta. Le lla­maba la atención el contento que experimentaba Isabel al verles marchar a todos ellos.

            Por toda respuesta a semejante observación, Isabel le puso la mano afectuosamente en el hombro y dijo:

            -¡Mi querido Ralph...!

            Era más que sobrada respuesta, y él se dio por satis­fecho. No obstante, añadió en su peculiar estilo ingenuo y jocoso:

            -En verdad, no puedo decir que te haya visto tan­to como podía haberte visto, pero más vale algo que na­da. Menos mal que he oído mucho acerca de ti.

            -No sé a quién, llevando la vida que llevas.

            -A las voces del aire. A ninguna otra, desde luego, pues ya sabes que no dejo que nadie me hable de ti. Siem­pre dicen que eres una mujer encantadora, y eso es tan vulgar...

            -Ciertamente, podía haberte visto más -contestó Isabel-, pero cuando luna está casada tiene tantas ocu­paciones...

            -Por fortuna para mí, yo no estoy casado. Cuando vayas a verme a Inglaterra, podré dedicarme a ti con to­da la libertad de que dispone un soltero.

            Ralph siguió hablando como si de veras hubiesen de volver a encontrarse, y llegó hasta a hacerle creer en la po­sibilidad de tal suposición. No hizo la menor alusión a su creencia de que el final estuviese próximo, a la probabili­dad de no durar más que el verano. Si así lo prefería él, Isa­bel estaba de acuerdo en secundarle en su deseo. La reali­dad era lo suficientemente diáfana para que no hubiera necesidad de tener que ir señalándola con el dedo en el curso de la conversación. Eso habría estado bien en los primeros tiempos, aunque acerca de ello, como acerca de sus otros asuntos, Ralph no se mostró jamás egoísta. Ha­bló Isabel del viaje, de las etapas en que debía dividirlo, de las precauciones que debía tomar; pero Ralph contestó:

            -La mayor de todas mis precauciones es Henrietta. La conciencia de esa mujer es verdaderamente sublime.

            -Seguro que lo hará todo a conciencia.

            -¿Lo hará? Ya lo ha hecho. Si viene conmigo es por­que considera su deber hacerlo. Ahí tienes una concep­ción del deber digna de considerar.

            -Es verdaderamente generoso por su parte -dijo Isabel-. Me da vergüenza pensar que soy yo quien de­bería acompañarte y que no lo hago.

            -A tu marido no le gustaría.

            -Seguro que no; pero, de todos modos, podría ir.

            -Me asombra la osadía de tu imaginación. Imagí­name a mí siendo la manzana de la discordia entre tu ma­rido y tú.

            -Precisamente por eso es por lo que no voy -dijo Isabel tan sencilla como misteriosamente.

            Ralph, sin embargo, la comprendió a la perfección.

            -No puedo pensar de otro modo..., con todas esas ocupaciones de que hablas.

            -No es eso. Es que tengo miedo -repuso Isabel. Y tras una breve pausa, repitió como si quisiera oír ella misma sus propias palabras más que hacérselas oír a él-: Tengo miedo.

            Ralph no acertaba a comprender exactamente lo que aquel tono encerraba, pues parecía tan extrañamente me­ditado, tan vacío de emoción que le dejó atónito. ¿Que­ría acaso hacer acto de pública contrición por un pecado del que no se la acusaba? ¿O aquellas palabras represen­taban más bien un esfuerzo de triste introspección? Fue­ra lo que fuere, Ralph aprovechó la magnífica oportuni­dad que se le presentaba para decir:

            -¿Miedo de tu marido?

            -No. Miedo de mí misma -dijo ella levantándo­se. Permaneció un momento en pie y luego añadió-: Si tuviese miedo de mi marido, no haría más que cumplir con mi deber. Es lo que se espera de las mujeres.

            -¡Ah, sí! -exclamó riendo Ralph-. Pero, en com­pensación, no falta nunca el hombre que tenga un mie­do terrible de su mujer.

            Ella fingió no haber oído la broma y adoptó en el ac­to un tono distinto.

            -Se me ocurre que, con Henrietta al frente de tu pe­queña tropa, el señor Goodwood no tendrá mucho que hacer.

            -Mi querida Isabel, ya está acostumbrado -con­testó Ralph-. El señor Goodwood nunca ha tenido na­da que hacer.

            Ella se ruborizó un tanto y dijo que no tenía más re­medio que dejarle. Permanecieron un instante de pie el uno frente al otro con las manos entrelazadas.

            -Tú has sido siempre mi mejor amigo -confesó ella.

            -Era por ti por quien yo quería..., por quien que­ría vivir. Pero ya no puedo servirte de nada.

            Al pensamiento de ella acudió con más triste fuerza que nunca la idea de que no volvería a verle. Y eso era algo que no podía en absoluto aceptar. No podía despe­dirse de él de tal modo. Por lo cual no pudo por menos que decir con toda sinceridad:

            -Si necesitas que vaya, iré.

            -Pero tu marido no lo consentiría.

            -Oh, sí; yo lo arreglaría.

            -Recordaré esto como mi última satisfacción -di­jo Ralph.

            Por toda respuesta, ella no supo hacer otra cosa que besarle.

            Aquel día era jueves, y por la noche Caspar Goodwood fue al Palazzo Roccanera, adonde llegó uno de los primeros. Así, pudo pasar un rato a solas conversando con Gilbert Osmond, que estaba casi siempre presente en las recepciones de su mujer. Se sentaron, pues, juntos, y Osmond, comunicativo, hablador y expansivo, parecía presa de un júbilo intelectual. Éste se arrellanó en el asiento, cru­zó las piernas y comenzó a charlar y a divagar mientras Goodwood, menos tranquilo y nada vivaz, trataba de adoptar una postura cómoda, manoseaba su sombrero y hacía crujir el pequeño sofá bajo el peso de su humanidad. Animaba el rostro de Osmond una sonrisa agresiva y afilada, nacida al calor de las buenas noticias que le habían proporcionado. Manifestó a Goodwood que sentía mucho que fueran a per­derle, y que él, por su parte, le echaría de menos. Veía al ca­bo del año a tan pocos hombres inteligentes..., escaseaban tanto en Roma que iba a notar enormemente su falta. Le gustaría estar seguro de que pensaba volver. Había algo de vivificante para un italiano inveterado, como él, en poder hablar con un genuino extranjero.

            -Ya sabe usted que soy un entusiasta de Roma -di­jo Osmond-, pero lo que más me agrada es tratar con gente que no tiene tal superstición. Después de todo, hay que confesar que el mundo moderno es muy hermoso. Usted, por ejemplo, es verdaderamente moderno, y sin embargo, no tiene nada de vulgar. Pero muchos de los individuos modernos que vemos son de lo más insig­nificante que darse puede. Si ésos son los hombres de mañana, la verdad, dan ganas de morirse. Eso no quiere decir que los antiguos no sean verdaderamente abu­rridos. A mi mujer y a mí nos encanta todo lo que sea verdaderamente nuevo..., no lo que tenga la mera pre­tensión de serlo. Por desgracia, no hay nada nuevo en la ignorancia y en la sandez. Mucho de ello puede verse en lo que nos ofrecen como revelación del progreso, de la luz. En fin de cuentas, mera revelación de la vulgaridad. En cambio, hay cierta revelación de la vulgaridad que no me parece del todo nueva; no creo que haya habido ja­más nada parecido hasta la fecha. Por lo pronto, yo no veo absolutamente nada que sea vulgar antes del presente siglo. Se ve indudablemente cierto conato de ella aquí y allá en el siglo pasado, pero, lo que es hoy, el aire se ha vuelto ya tan denso que resulta casi imposible reconocer las cosas. De modo que usted nos ha resultado agrada­ble... -Pareció dudar un instante, puso amablemente su mano en la rodilla de Goodwood y, sonriendo con un si es no es de azotamiento y confianza al mismo tiempo, continuó-: Voy a decir algo sumamente ofensivo y con­descendiente, pero supongo que me concederá usted la satisfacción de hacerlo. Si nos ha resultado usted tan gra­to, si nos ha gustado, es porque..., porque nos ha recon­ciliado un poco con el porvenir. Si en lo sucesivo ha de haber en abundancia personas como usted, entonces... á la bonne heure. Por supuesto, hablo en nombre de mi mujer tanto como en el propio, ya se lo figurará usted. Mi mujer habla por mí; ¿por qué no habría de hablar yo por ella? Estamos íntimamente unidos, somos carne y uña. ¿Exagero acaso al decir que me parece haber com­prendido que sus actividades han sido..., en fin, co­merciales? En ello hay un serio peligro, pero lo que nos ha admirado es la manera en que ha sabido usted no hacerlo ver. Perdóneme si este pequeño elogio le parece tal vez de un gusto deplorable; afortunadamente mi mujer no me está oyendo. Lo que quiero decir es que usted podía haber sido lo que..., lo que acabo de mencionar, ya que toda la organización del mundo ameri­cano conspiraba para hacer de usted tal cosa; pero se resistió porque en usted hay algo que le ha salvado de caer en ello. ¡Y eso a pesar de lo moderno que es, de lo moderno que parece, de ser el hombre más moderno que conocemos! Para nosotros será siempre un gran placer verle.

            Ya he dicho que Osmond estaba aquella noche de buen humor, y, por si de ello cupiese duda alguna, las mencionadas observaciones lo prueban más que sobra­damente. Tales observaciones eran infinitamente más personales de lo que, por lo general, solían ser, y si Cas­par Goodwood las hubiera escuchado con más atención tal vez habría pensado que la defensa de la delicadeza estaba confiada a manos verdaderamente raras. Cabe, sin embar­go, creer que Osmond sabía perfectamente con quién se las entendía, y que, si se había arriesgado a emplear aquel tono protector con una grosería en él no acostumbrada, era porque tenía excelentes razones para permitírselo. Goodwood tenía la vaga sensación de que en cierto mo­do su anfitrión estaba cargando las tintas, pero ignoraba en qué exactamente. Por lo demás, comprendía a duras penas el galimatías de Osmond. Lo que quería era estar a solas con Isabel, y tal idea resonaba con más fuerza en su interior que la voz estudiadamente bien entonada de su marido. La vio hablando con otras personas, y se pre­guntó cuándo quedaría libre para poder pedirle que pasara a otro de los salones y hablar allí con ella. No estaba de tan buen humor como Osmond, ni mucho menos; por el contrario, en su comprensión de la realidad había un tanto de sorda rabia. Hasta aquel momento no había lle­gado a sentir antipatía hacia Osmond personalmente; le había considerado una persona muy instruida y cortés, y mucho más semejante de lo que se habría imaginado al tipo de compañero que Isabel Archer debía tener en ca­lidad de esposo. Su anfitrión le había aventajado gran­demente en la liza, y Goodwood tenía demasiado desa­rrollado el sentido del juego limpio para menospreciarle por tal causa. No se había propuesto nunca pensar bien de él. Goodwood era absolutamente incapaz de un im­pulso de benevolencia sentimental, ni aun en los días en que más a punto había estado de resignarse a aceptar lo ocurrido. Le consideraba más bien un personaje brillante, de temperamento de gran aficionado y con un exce­so de holganza que se dedicaba a rellenar artificiosamente con los refinamientos de la conversación. Pero no se fia­ba de él más que a medias; nunca había podido explicar­se a santo de qué Osmond se dignaba prodigar refina­mientos de ninguna clase con él. Y ello le hacía sospechar que se divertía con tal cosa y le producía la impresión de que su victorioso rival realizaba semejante tarea con una cierta perversidad. Sabía, desde luego, que Osmond no podía tener motivos para quererle mal, pues no tenía nada que temer de él. Después de haber logrado la ven­taja suprema, bien podía mostrarse generoso con un hom­bre que lo había perdido todo. Bien es verdad que en algunos momentos Goodwood deseaba con toda el al­ma que el otro muriese, e incluso le habría matado con sus propias manos; pero, por su parte, Osmond carecía de medios de enterarse de ello, ya que, a fuerza de prác­tica, el joven de Boston había perfeccionado el arte de parecer inaccesible a toda emoción violenta. Cultivaba asiduamente tal arte con el fin de engañarse a sí mis­mo, pero a quienes engañaba ante todo y sobre todo era a los demás. Por otra parte, no lograba grandes éxi­tos en su cultivo, como lo demostraba patentemente el hecho de la sorda irritación que en su interior reinó al oír hablar a Osmond en nombre de su mujer y de sus sentimientos como si fuera el encargado de responder por ellos.

            Esto era lo único a lo que había prestado oídos de todo cuanto el otro le dijo aquella noche. Le pareció que Osmond había insistido más de lo que sería lógico en re­ferirse a la armonía conyugal reinante en el Palazzo Roccanera. Había puesto más esmero que nunca en dar a en­tender que él y su esposa consideraban todas las cosas en la más amigable compañía, como si para ellos fuese igual de natural decir «nosotros» o «yo». En todo ello había indudablemente una intención que desconcertaba y eno­jaba grandemente al pobre joven de Boston, quien se consolaba pensando que las relaciones entre la señora Osmond y su marido eran cosa que no le incumbía en absoluto. Por lo demás, no tenía prueba alguna de que él las falsease en nada y, a juzgar por las apariencias, no podía por menos de reconocer que a ella le encantaba aquella vida. Por lo pronto, Isabel nunca había dado la menor señal de descontento.

            La señorita Stackpole le dijo que Isabel había perdi­do ya todas las ilusiones, pero sabido era que la señorita Stackpole escribía para los periódicos, y que eso la obli­gaba a lo sensacional, por ser demasiado aficionada a las noticias frescas. Además, desde que pusiera el pie en Ro­ma se había comportado con gran cautela y había deja­do de enfocarle con su linterna; lo cual, dicho sea en honor de ella, hubiera sido obrar contra su propia conciencia. Una vez que se hubo convencido de la verda­dera situación de Isabel, se impuso una justa reserva. Tratar de incitar a sus antiguos enamorados exponiendo los errores de Isabel era la peor manera de prestarle la ayuda que había menester. Así pues, la señorita Stackpole continuó tomándose un gran interés por los senti­mientos del señor Goodwood, pero se limitaba a demos­trárselo enviándole recortes de noticias escogidas y cosas humorísticas de los periódicos americanos, varios de los cuales recibía por correo y que leía siempre armada de sus tijeras. Los artículos que recortaba los metía en un so­bre destinado al señor Goodwood, sobre que ella misma depositaba en el hotel de éste. Él no le hacía jamás nin­guna pregunta acerca de Isabel, ya que había hecho un viaje de cinco mil millas con el objeto de averiguarlo por sí mismo. Así pues, nada parecía autorizarle a considerar desdichada a la señora Osmond; pero esa misma falta de autorización actuaba a modo de revulsivo administrado al mal humor con que, pese a su creencia de que había perdido el interés, reconocía, en lo concerniente ella, que nada le reservaba ya el porvenir. Ni siquiera tenía la sa­tisfacción de saber la verdad; al parecer, no se confiaba en que la respetase en caso de saber que era verdaderamen­te desdichada. Se sentía, pues, un hombre totalmente inú­til, abandonado y desesperanzado. Y ella se lo había he­cho ver con su ingenioso proyecto para hacerle partir de Roma. En tal sentido, no tenía reparo que oponer y es­taba dispuesto a hacer cuanto fuese necesario en favor de su primo, pero le hacía rechinar los dientes de rabia pensar que, de todos los favores que podía haberle pedido, hu­biese sido aquél el que con más empeño escogiera. Podía haber escogido cualquier otro que no le obligara a ale­jarse de Roma, en la seguridad de que no habría habido el menor peligro en hacerlo así.

            Estaba él pensando aquella noche en que al día si­guiente la dejaría y en que lo único a que su visita a Ita­lia le había conducido era a convencerse de que hacía tan poca falta como siempre. Por lo que a ella respectaba, bien poco lograra saber; continuaba siendo inescrutable, imperturbable, impenetrable, impasible. Le pareció que aquella antigua amargura que tratara de devorar en su interior le apretaba de nuevo la garganta, y sabía perfec­tamente que hay desengaños que duran tanto como la misma vida. Osmond continuaba hablando, pero Goodwood no se daba apenas cuenta de que estaba tocando otra vez el punto de su intimidad con su mujer. Le pare­ció por momentos que aquel hombre poseía una imagi­nación endemoniada, pues no era posible que hubiese escogido semejante tema de conversación sin una refina­da malicia. Pero ¿qué importaba, en último término, que fuese o no demoníaca su imaginación, y que Isabel le ama­ra o le aborreciese? Ella podía perfectamente odiarle con toda su alma sin que por eso hubiese uno de salir ganan­do absolutamente nada por tal causa.

            -Parece que va usted a emprender el viaje con Ralph Touchett -dijo Osmond-. Eso quiere decir que irán ustedes despacio.

            -Lo ignoro. Haré lo que él quiera.

            -Es usted muy amable. Le estamos verdaderamen­te agradecidos, permítame que se lo diga. Tal vez mi mu­jer le haya manifestado ya nuestra manera de sentir. Nos hemos pasado todo el invierno pendientes del estado de salud de Ralph Touchett; en más de una ocasión nos pa­reció que se quedaría en Roma por toda la eternidad. La verdad es que no debió haber venido. Es cometer algo mucho peor que una imprudencia el lanzarse a viajar en un estado de salud tan extremadamente delicado. Por na­da del mundo querría yo tener que quedarle tan obligado a Touchett como él ha debido quedarnos a mi mujer y a mí. Forzosamente, los demás han de mirar por él, pero todo el mundo no tiene tan buenos sentimientos como usted.

            -No tengo otra cosa que hacer:-contestó Caspar secamente.

            Osmond le miró de soslayo y dijo:

            -Procure casarse y entonces tendrá bastante que hacer. Cierto que, en tal caso, no podrá estar disponible para las obras inspiradas por la misericordia.

            -¿Cree usted que, por su condición de hombre ca­sado, está tan cargado de ocupaciones? -preguntó Goodwood mecánicamente.

            -Verá, estar casado es ya en sí una verdadera ocu­pación, no siempre activa y con frecuencia pasiva, pero es­ta segunda forma exige mucha mayor atención. Mi mujer y yo hacemos infinidad de cosas juntos. Leemos, estudia­mos, dedicamos largos ratos a la música, paseamos a pie y en coche..., incluso hablamos como lo hacíamos en los pri­meros tiempos de conocernos. Hoy, mi mayor delicia la constituye la conversación de mi mujer. Si, por desgra­cia, está usted aburrido, siga mi consejo y cásese. Es po­sible que, en tal caso, su mujer llegue a aburrirle, pero usted no se aburrirá. Tendrá siempre algo que decirse a sí mismo, un tema de reflexión.

            -Yo no me aburro nunca -contestó Goodwood-. Tengo mucho en que pensar y que decirme a mí mismo.

            -¡Más que a los demás! -exclamó Osmond con una leve risa-. ¿Adonde piensa ir después? Quiero decir, después de haber depositado a Touchett en manos de quienes deben naturalmente cuidarle..., pues creo que su madre está de vuelta para atenderle. ¡La pequeña seño­ra es formidable! Hay que ver con qué tranquilidad pa­sa por alto sus deberes... ¿Piensa usted pasar el verano en Inglaterra?

            -No lo sé. No tengo plan ninguno.

            -¡Hombre feliz! La cosa parece un poco fría, pero muy libre.

            -Sin duda; estoy totalmente libre.

            -Entonces lo estará para volver otra vez a Roma -dijo Osmond levantándose al ver a un grupo de amis­tades que entraban en aquel momento en el salón. Y aña­dió-: No olvide, cuando vuelva aquí, que contamos con usted.

            Goodwood se había hecho el propósito de marcharse pronto, pero la velada transcurrió sin que tuviese oportu­nidad de hablar con Isabel más que en presencia de otras personas. Se diría que había algo perverso en la habilidad con que ella le esquivaba, y su rencor le hacía ver una de­terminada intención donde, a decir verdad, no existía la menor en tal sentido. Ella le miró con sus claros ojos se­renos y su acogedora sonrisa como si quisiera pedirle que la ayudase a atender a algunos de aquellos visitantes. Pero él opuso a tal sugerencia no expresada una rígida impa­ciencia. Vagó un poco por el salón y habló con las escasas personas que conocía, quienes por primera vez le encon­traron un tanto contradictorio consigo mismo, cosa rara en él que, no obstante acostumbraba a contradecir fre­cuentemente a los demás. En el Palazzo Roccanera se so­lía interpretar música, y por lo general buena música. Gra­cias a ella había logrado contenerse, pero al final, cuando vio que la gente empezaba a marcharse, se acercó a Isabel y le preguntó por lo bajo si podía hablar con ella unas pa­labras en alguno de los otros salones, que había visto que estaban vacíos. Sonrió ella como queriendo agradecérse­lo, pero se vio completamente imposibilitada de hacerlo.

            -Me parece que es del todo imposible -dijo-. La gente se está despidiendo y no tengo más remedio que estar donde me vean.

            -Entonces esperaré hasta que todos se hayan ido.

            Isabel vaciló un momento.

            -¡Ah! -exclamó-. Eso será verdaderamente de­licioso.

            Y él se quedó esperando, aunque tuvo que hacerlo durante largo tiempo. Algunas personas parecían ator­nilladas a la alfombra. La condesa Gemini, que, según decía, no empezaba a ser ella sino después de mediano­che, no parecía darse cuenta de que la fiesta había toca­do a su fin y estaba de pie con unos cuantos caballeros de­lante de la chimenea, haciéndoles soltar de vez en cuando a todos una carcajada unánime. Osmond ya había desa­parecido -nunca se molestaba en despedirse de la gente y la condesa iba extendiendo el círculo de sus contertulios, de acuerdo con su inveterada costumbre a tales horas de la noche. Isabel, que había mandado a Pansy a acostarse, se sentó un poco aparte, al parecer con ga­nas de que su cuñada tocase alguna nota menos aguda y dejara que los últimos rezagados se marchasen en paz.

            Goodwood se acercó a ella y le preguntó:

            -¿Puedo hablar ahora con usted?

            Isabel se levantó en el acto y respondió sonriendo:

            -¿Cómo no? Vamos a otra parte, si quiere.

            Salieron juntos, dejando a la condesa con su pequeño círculo, y ambos permanecieron un momento en silencio tras haber cruzado el umbral. Isabel no se sentó, sino que se detuvo en medio del otro salón abanicándose lenta­mente; para él tenía el mismo encanto de siempre. Pare­cía esperar que el otro hablase. Y ahora que estaba solo con ella, toda la pasión que Caspar jamás lograra so­focar embargó sus sentidos, se agolpó en sus ojos y le nu­bló la vista. El salón brillante y vacío se le antojó que se tornaba oscuro y borroso, y la vio como a través de un espeso velo, flotando ante él con los ojos resplandecien­tes y los labios entreabiertos. Si hubiera podido ver me­jor, habría observado que la sonrisa era un poco forzada y que ella tenía miedo de lo que veía en su rostro.

            -Supongo que querrá usted despedirse de mí -di­jo finalmente Isabel.

            -Sí, pero no me gusta hacerlo. No me gusta mar­charme de Roma -contestó con una perfecta y casi su­plicante honradez.

            -Ya me lo imagino. Es usted admirablemente bueno. La verdad, no sé cómo decirle lo bondadoso que me parece.

            Calló él un momento y luego repuso:

            -Con unas cuantas palabras como ésas me obliga usted a irme.

            -Tiene que volver algún día -contestó ella en to­no jovial.

            -¿Algún día? ¿Quiere usted decir lo más tarde po­sible?

            -No se me ha ocurrido semejante cosa.

            -Entonces ¿qué quiere decir? No comprendo ab­solutamente nada. Pero he dicho que me iría, y me iré -añadió Goodwood.

            -Vuelva cuando quiera -dijo Isabel intentando no mostrarse brusca.

            -¡Su primo me importa un rábano! -estalló Caspar.

            -¿Era eso lo que quería decirme?

            -No, yo no quería decirle nada. Lo que quena era pre­guntarle... -Se detuvo un momento y añadió en voz baja, con precipitación-: ¿Qué ha hecho usted de su vida? -Hizo una pausa como esperando respuesta, pero al ver que ella no decía nada prosiguió-: No puedo compren­derlo, no puedo penetrar en su pensamiento, ¿Qué debo pensar...? ¿Qué quiere usted que piense? -Mas ella siguió sin contestar, no haciendo otra cosa sino mirarle fijamente, incluso sin pretender calmarle-. Me han dicho que es usted desgraciada y, si de veras lo fuese, yo debería saber­lo. Eso significaría algo para mí. Pero usted dice, en cam­bio, que es feliz, y en cierto modo adopta una actitud tan callada, tan afable, tan dura... Está completamente cam­biada. Usted oculta algo. Es como si yo no estuviese cerca de usted.

            Isabel contestó amablemente, pero en tono de ad­vertencia:

            -Usted está muy cerca de mí.

            -Sin embargo, no la alcanzo, no llego a tocarla. ¡Y yo necesito saber la verdad! '¿Ha actuado usted bien haciendo lo que ha hecho?

            -Pregunta usted demasiado.

            -Ya sabe que siempre he preguntado mucho. Por supuesto, no me lo dirá; no llegaré jamás a saberlo si us­ted puede remediarlo. Además, lo sé perfectamente, es cosa que no me importa. -Goodwood hacía visibles es­fuerzos por dominarse, a fin de poder dar una forma sen­sata a un insensato estado de ánimo; pero la sensación de que era su última oportunidad, de que la quería y la ha­bía perdido, de que ella le creería un necio dijera lo que dijese, le aguijoneó ferozmente y prestó una honda vi­bración al tono quedo de su voz-. Usted se mantiene terriblemente inescrutable -prosiguió-, y eso es lo que me obliga a pensar que oculta algo. Y le he dicho que su primo me tiene sin cuidado, pero eso no quiere decir que no le aprecie. Lo que quiero decir es que no es precisa­mente por apreciarlo por lo que me marcho con él. Iría igualmente si fuera un verdadero idiota y usted me lo hu­biese pedido. Si usted me lo pidiera, iría hasta la misma Siberia mañana mismo. ¿Por qué quiere usted que me marche de aquí? Debe de tener sus razones para ello. Si, en realidad, estuviera usted tan contenta como pretende hacer creer, no le importaría que me fuese o me queda­se. Yo preferiría saber toda la verdad sobre usted, aun­que fuera algo perverso y condenable, antes que haber venido para nada. Yo no he venido para esto.

            He venido porque tenía la imperiosa necesidad de con­vencerme de que no tengo por qué seguir pensando en us­ted. No he pensado en ninguna otra cosa, y usted está en su perfecto derecho de desear que me vaya. Pero, si tengo que marcharme, no habrá nada malo en que me desaho­gue un poco, ¿verdad? Si la maltratan..., si él la maltrata, no le molestará nada de lo que yo pueda decirle. Si le digo que la amo con toda mi alma, es porque he venido para eso. Yo creí honradamente que era por otro motivo, pero la ver­dad es que era sólo por eso. Yo no le diría lo que le estoy diciendo si no creyera que no la volveré a ver. Esta es la úl­tima vez; déjeme, pues, arrancar una flor tan sólo. Sé per­fectamente que no tengo derecho a decir esto, y que usted está en su perfecto derecho de no escucharlo. De todos modos, usted no escucha nunca, siempre está pensando en otra cosa. Desde luego, después de esto, no me queda más que marcharme; así tendré, cuando menos, alguna razón. El que usted me lo pida no es una verdadera razón. Por lo que su marido dice, no me es posible juzgar -continuó casi incoherentemente, sin tino-: Yo no comprendo a ese hombre. Me ha dicho que ustedes dos se adoran. ¿A san­to de qué me ha dicho semejante cosa? ¿Qué ha de im­portante a mí? Pone usted al oír esto una cara muy ex­traña, pero siempre la pone. No hay duda de que oculta algo. Ya sé que eso no es cosa mía, es cierto, pero no es menos cierto que la adoro -concluyó Goodwood.

            Verdaderamente, como él había declarado, Isabel te­nía una expresión extraña. Miró hacia la puerta del salón y levantó un poco el abanico como para prevenirle.

            -Se ha comportado usted muy bien; no lo eche to­do a perder -dijo afablemente.

            -Nadie nos oye. Es increíble cómo ha tratado de desanimarme. La quiero como nunca la ha querido.

            -Lo sé. Me di cuenta de ello al ver que se avenía a marcharse.

            -De todos modos, no puede usted remediarlo. Lo remediaría si pudiera, pero, por desgracia, no puede. Por desgracia para mí, por supuesto... No pido nada..., nada. Es decir, no debería pedir nada, pero pido una sola sa­tisfacción... Que me diga usted..., que me diga...

            -¿Que le diga qué?

            -Si puedo compadecerla.

            -¿Le gustaría? -preguntó Isabel, tratando de son­reír nuevamente.

            -¿Compadecerla? ¡Claro que sí! Por lo menos, se­ría hacer algo... y daría mi vida por ello.

            Se cubrió ella el rostro con el abanico, dejando tan sólo sus bellos ojos al descubierto, que se posaron un ins­tante en los de él. Al fin, dijo:

            -No es preciso que dé su vida por ello, pero, de vez en cuando, conságrele un pensamiento afectuoso.

            Tras estas palabras, regresó junto a la condesa Gemini.

 

 

 

49

 

 

            Madame Merle no había aparecido por el Palazzo Roccanera la noche de ese jueves cuyas incidencias aca­bamos de narrar, e Isabel, aun cuando notó su ausencia, no se mostró grandemente sorprendida. Entre ambas ha­bían pasado ciertas cosas que no eran precisamente un estímulo a la sociabilidad; para apreciarlas convendría re­troceder un poco en nuestra historia. Ya se dijo que madame Merle había regresado de Nápoles poco después de la partida de lord Warburton de Roma, y que en su primera entrevista con Isabel (hay que hacerle la justicia de decir que fue inmediatamente a verla) sus primeras palabras fueron para inquirir acerca de la conducta de aquel aristócrata, de la que parecía hacer responsable a su amiga.

            Por toda respuesta, Isabel dijo:

            -Por favor, no lo mencione; bastante hemos teni­do que oír de él últimamente.

            Madame Merle inclinó un poco la cabeza hacia un lado como protestando, elevó un poco la boca, con su habitual sonrisa, hacia la comisura izquierda y replicó:

            -Usted, sí; pero debe recordar que yo estaba en Ná­poles y no he oído hablar tanto de él. Al contrario, es­peraba encontrarlo aquí y poder felicitar a Pansy.

            -A Pansy puede, de todos modos, felicitarla, pero no precisamente por casarse con lord Warburton.

            -¿Cómo puede decir semejante cosa? ¿No sabe us­ted que yo había puesto toda mi alma en ese empeño? -preguntó madame Merle con bastante viveza, pero en un tono de indudable buen humor.

            Isabel se quedó azorada, pero pareció disponerse tam­bién a dar prueba de su buen humor.

            -Pues entonces -contestó-, no tenía que haber­se marchado a Nápoles. Debió quedarse aquí para no perder de vista el asunto.

            -Tenía absoluta confianza en usted. ¿Cree que ya será demasiado tarde?

            -Más valdrá que se lo pregunte a Pansy -dijo Isabel.

            -Tiene razón. Le preguntaré qué le dijo usted.

            Tales palabras justificaban de sobra el impulso de­fensivo que en Isabel suscitó la actitud crítica de su ami­ga. Como es sabido, madame Merle se había abstenido hasta entonces de criticar nada, manteniéndose cons­tantemente discreta, temerosa de mezclarse en nada. Pe­ro, por lo visto, no había hecho sino reservarse para es­ta ocasión, a juzgar por la viva y fulgurante mirada de sus ojos y su aire de irritación, que ni su admirable capaci­dad de contención podía disimular del todo. Había, en efecto, sufrido un profundo desengaño, que produjo hon­da sorpresa en Isabel, ya que nuestra heroína no tenía la menor idea de su extraordinario interés por la boda de Pansy, y lo puso de manifiesto de manera tal que no pu­do por menos de alarmar a la señora Osmond. Isabel oyó entonces con más claridad que en ninguna otra ocasión una voz fría y burlona que le llegaba no sabía de dónde y llenaba el tenebroso vacío que la rodeaba por doquier, y cayó en la cuenta de que aquella mujer tan fuerte, bri­llante, definitiva y mundana, aquella encarnación de lo práctico, de lo personal y de lo inmediato constituía una poderosa fuerza de acción en su destino. Estaba mucho más cerca de ella de lo que Isabel hubiera jamás llegado a suponer, y tal proximidad le parecía ahora que no era el accidente agradable que ella había imaginado duran­te tanto tiempo. Por lo pronto, aquella sensación de la existencia de tal accidente había desaparecido para siem­pre el día en que sorprendió en insospechada intimidad a la extraordinaria dama y a su esposo, sentados juntos y hablando en privado. Sin embargo, ninguna sospecha ha­bía llegado a definirse todavía, aunque era suficiente pa­ra obligarla a considerar a su amiga de manera bien dis­tinta, y para hacerle pensar que en toda su conducta pasada había habido mucha más segunda intención de lo que ella sospechara anteriormente. De que hubiese ha­bido tal segunda intención no cabía la menor duda, se dijo Isabel, pareciéndole que despertaba de un prolon­gado y pernicioso sueño. ¿Qué era lo que le traía a la mente la idea de que la intención de madame Merle pu­diera haber sido maligna? Pues la desconfianza que de ella se había apoderado y que venía a corroborar ahora el asombro extraordinario que le produjera aquel insospe­chado desafío de su visitante por causa de Pansy. En tal desafío había sin duda algo que al manifestarse, suscitó en respuesta una gran desconfianza; y había también una extraña vitalidad que Isabel no había llegado a percibir jamás en las manifestaciones de delicadeza y prudencia de su amiga. Cierto era que madame Merle no manifes­tó nunca el menor deseo de intervenir, pero fue única­mente mientras no se produjo nada que requiriese su in­tervención. Al lector podrá tal vez parecerle que Isabel obraba precipitadamente al concebir sospechas de una sinceridad puesta a prueba con los servicios prestados durante varios años. Pero no podía por menos de ac­tuar con celeridad porque acababa de filtrarse en su áni­mo una extraña verdad, a saber: el interés de madame Merle parecía idéntico al de su marido, y eso era ya bas­tante. Así, contestó a la última observación de su amiga diciendo:

            -No creo que Pansy le diga a usted nada que pue­da enojarla.

            -Yo no estoy enojada en absoluto. Lo único que deseo es ver si todavía es posible deshacer el entuerto. ¿Cree usted que lord Warburton se nos ha esfumado pa­ra siempre?

            -No puedo decírselo. No la comprendo. Creo que todo se acabó. Por favor, dejemos el asunto. Osmond me ha hablado harto de ello y no tengo nada más que decir ni oír al respecto. No me cabe la menor duda -añadió­ de que a él le agradará discutir el caso con usted.

            -Sé perfectamente lo que piensa. Anoche fue a verme.

            -¿En cuanto usted llegó? Pues, entonces, ya está al corriente de todo y no necesita que yo le dé más detalles.

            -No son detalles lo que necesito sino cooperación. Yo había puesto toda mi alma en esa boda. Era algo que lograba lo que muy pocas cosas suelen lograr..., llenaba la imaginación.

            -La de usted tal vez, pero no la de las personas in­teresadas.

            -Por lo visto, usted cree que yo no figuro entre los interesados. Por supuesto, no directamente; pero, cuan­do se es amiga tan antigua como yo, no puede una por menos de poner algo de sí misma en ello. No se olvide del tiempo que hace que conozco a Pansy. Y madame Merle añadió-: Ya me doy cuenta, desde luego, de que cree que usted sí es una de las personas interesadas.

            -No, nada de eso; es la última cosa en que se me ocurriría pensar. Estoy ya tan cansada de todo que no puedo más.

            Madame Merle dudó un instante y dijo:

            -Claro, su trabajo ya está terminado.

            -Tenga cuidado con lo que dice -aconsejó Isabel gravemente.

            -No se preocupe, que ya lo tengo, acaso más cuan­do menos lo parece. Ha de saber que su marido la juzga severamente en este caso.

            Isabel permaneció un momento sin contestar; se sen­tía presa de una profunda amargura. No era ciertamen­te la insolencia de que madame Merle le comunicara que Osmond le había hecho confidencias desfavorables acer­ca de su mujer lo que más le chocaba, pues no se le an­tojó que lo dijera por insolencia. Madame Merle se mos­traba muy rara vez insolente y siempre en el momento oportuno. Pero aquél no lo era o, cuando menos, aún no. Lo que a Isabel le dolía profundamente, como una gota de ácido corrosivo en una herida, era que su marido la deshonrase de palabra tanto como de pensamiento.

            -¿Quiere saber lo que pienso yo de él? -se arries­gó a preguntar.

            -No, porque usted no me lo diría nunca. Además, me resultaría doloroso saberlo.

            Se produjo una pausa, y, por primera vez desde que Isabel la conocía, madame Merle le pareció antipática. Estaba deseando que se fuera. Por lo cual y como para poner fin a la entrevista dijo:

            -Tenga usted presente lo encantadora que es Pansy y no pierda la esperanza.

            Pero la expansiva presencia de madame Merle pare­ció no darse por enterada, pues la dama se limitó a re­coger su capa y, al revuelo de tal movimiento, esparció por el aire un suave y delicado perfume.

            -No sólo no pierdo la esperanza, sino que me sien­to más reconfortada -dijo-. Además, no he venido para regañarla sino, si es posible, para saber la verdad, porque estoy segura de que, si se la pregunto, me la di­rá. Es una verdadera bendición del cielo tener la segu­ridad de que se puede contar siempre con usted. No puede imaginarse el consuelo que eso supone para mí.

            -¿A qué verdad se refiere? -preguntó Isabel ex­trañada.

            -Simplemente a ésta: si lord Warburton cambió de idea por su propio impulso o porque usted se lo aconsejó; por complacerse a sí mismo o por complacerla a usted. Ima­gínese la confianza que tengo en usted..., a pesar de haber debido perder un poquitín de ella añadió madame Merle con maliciosa sonrisa. Se sentó para ver el efecto que en su amiga producían aquellas palabras y luego prosiguió-: No se le ocurra ahora dárselas de heroica, ni ofenderse, ni dejar de ser razonable. A mi modo de ver, le estoy hacien­do un honor al hablarle de esta manera, porque no sé de ninguna otra mujer a quien se me ocurriría hacérselo. No tengo la menor constancia de que haya ninguna otra mu­jer capaz de decir la verdad en tal caso. ¿Y no le parece que sería admirable que su marido la supiera? Cierto que él no ha tenido, por lo visto, un tacto exquisito en su manera de querer averiguarla y se ha permitido hacer suposiciones gra­tuitas. Sin embargo, eso no altera el hecho de que habría significado una gran diferencia en sus planes respecto a su hija el saber a ciencia cierta lo que ocurría. Que lord Warburton se aburriera de la infeliz criatura, es una cosa y una verdadera lástima. Si la abandonó para darle gusto a usted, es otra muy distinta. Una lástima también, pero en otro sen­tido. En este caso tal vez debió usted resignarse a no darse tal gusto..., y a ver simplemente a su hijastra casada. Si se ha quedado fuera..., hay que hacer que entre de nuevo.

Madame Merle había hablado con toda intención, observando a su compañera y, al parecer, figurándose que podía seguir tranquila por tal camino. Pero, a medida que hablaba, Isabel se ponía más pálida, cruzaba con más fuerza las manos sobre el regazo. No era que su visitan­te se hubiese propuesto ser insolente, no había aparien­cia de tal cosa. Era algo mucho más horrible que eso; e Isabel no pudo por menos de murmurar:

            -¿Quién es usted..., qué es usted? ¿Qué tiene usted que ver con mi marido?

            Y pareció cosa extraña que en tal instante ella trata­se de acercarse a él como si, en realidad, le amara entra­ñablemente.

            -Ah, ¿de modo que lo toma por la tremenda? Lo siento infinito. Pero no piense ni por un momento que yo voy a hacer otro tanto.

            -¿Qué tiene usted que ver conmigo? -prosiguió Isabel.

            Madame Merle se levantó despacio, sacudió su man­guito sin apartar los ojos de los de ella y contestó:

            -Todo.

            Isabel se quedó sentada, mirando a la otra, y su ros­tro parecía ser una especia de súplica de que le aclarasen todo aquello. Pero lejos de proporcionarle luz, los ojos de su compañera parecían ser la oscuridad misma.

            -¡Oh, qué horror! -murmuró al fin con indefini­ble acento de congoja, y se echó hacia atrás, tapándose la cara con las manos.

            De improviso le había venido, como una gigantesca ola llegada de lo más remoto del océano, la idea de que la se­ñora Touchett tenía razón, de que su casamiento había si­do obra de madame Merle. Al cabo de un momento retiró sus manos del rostro; pero madame Merle había abando­nado ya el salón.

            Aquella tarde Isabel salió a pasear sola en coche, por­que quería ir lejos, bajo el alto cielo azul, y dejar el carruaje donde le pluguiese para caminar entre margaritas silves­tres. Desde hacía mucho tiempo había convenido a Ro­ma en la confidente de sus pesares y tristezas, por pare­cerle que en un mundo en ruinas no estaría desplazada, ni semejaría una catástrofe incomprensible la ruina de su felicidad. Hacía descansar su fatiga sobre cosas que ya se habían desmoronado desde luengos siglos y que, sin em­bargo, permanecían erectas; vertía su tristeza en el silen­cio de los lugares solitarios, donde la condición de extra­ordinaria modernidad de tal sentimiento destacaba vigorosamente y se hacía meramente objetiva, como cuan­do se sentaba los días de invierno en una esquina caldea­da por el sol, o cuando permanecía largo rato de pie en una vieja y enmohecida iglesia sonriendo extáticamente y pensando en su pequeñez. Pequeño era, en verdad, en medio de aquella inmensidad de la historia romana; y la obsesiva conciencia que tenía Isabel de la continuidad de la suerte humana la elevaba sin dificultad de lo menor a lo mayor. Había acabado por ser una profunda y amoro­sa conocedora de Roma, pues la admirable ciudad cal­maba y endulzaba su pasión. Pero pensaba en ella como en un lugar donde las gentes habían sufrido de extraor­dinaria manera. Así se le antojaba en las tambaleantes igle­sias, donde las columnas de mármol llevadas de ruinas pa­ganas ofrendaban un sólido compañerismo en el sufrimiento, y donde el incienso rancio semejaba una mezcla de impre­caciones y plegarias no atendidas. En realidad, no había hereje más contemporizador ni más amable que Isabel. Ni el más férvido devoto, al contemplar las polícromas figuras de los venerados retablos o los candelabros repu­jados de múltiples brazos, habría experimentado más ín­timamente la sugestión de tales objetos, ni habría sido tan susceptible como ella en tal momento a las visiones espi­rituales. Como ya hemos dicho, Pansy la acompañaba ca­si siempre, y en los últimos tiempos la condesa Gemini, con su sombrilla de color rosa, añadía la prestancia de su extraña figura a la brillantez del conjunto femenino; pe­ro, cuando a su estado de ánimo convenía y cuando el sitio la atraía, hallaba el medio de estar sola consigo mis­ma. En tales ocasiones tenía determinados sitios favori­tos; el más accesible de ellos era el bajo parapeto que li­mita el amplio espacio cubierto de grama delante del alto y frío frontispicio de San Juan de Letrán, desde donde se divisa a través de la campiña romana, allá a lo lejos, la orgullosa silueta del monte Albano y la inmensa llanura todavía habitada por las acciones a que sirviera en otros tiempos de escenario. Después de la partida de su primo y de su amiga de Roma, se dio a vagar más que de cos­tumbre, trasladando su triste y sombrío espíritu de un lugar sagrado a otro. Incluso cuando la acompañaban Pansy y la condesa se sentía en contacto con un mundo ya de­saparecido. Su coche dejaba atrás los muros de la gran ur­be y se adentraba por estrechas veredas donde la madre­selva se desbordaba por encima de los tapiales de los huertos, o la esperaba en sitios tranquilos a la linde de los campos, mientras ella seguía caminando sobre la hier­ba florida o se sentaba en una piedra que antaño tuvo su utilidad y, a través del velo de su tristeza personal, con­templaba la espléndida tristeza del paisaje... a la luz cá­lida y densa, con la casi imperceptible graduación de sua­ves colores, con los inmóviles pastores en actitud solitaria y las colinas donde las sombras de las nubes tenían la li­viandad de un rubor.

            La tarde de que hemos empezado a hablar Isabel adop­tó la firme resolución de no pensar más en madame Merle, pero en vano, pues la imagen de la mencionada dama parecía flotar constantemente sobre ella. Se preguntaba con terror casi infantil si a aquella íntima amiga de varios años se le podía aplicar el gran epíteto histórico de per­versa. La idea de semejante personaje se había asentado en su cerebro a través de sus lecturas de la Biblia y de cier­tas obras literarias, pero personalmente jamás había teni­do el menor contacto con la perversidad. Su constante an­helo fue siempre establecer un continuo contacto con la vida humana, y, a pesar de que se enorgullecía de culti­varlo con éxito, lo cierto es que nunca llegó a disfrutar de tan grato privilegio. Acaso no pudiera calificarse de per­verso -en el significado histórico del vocablo- el ser pro­fundamente falso; porque, en resumidas cuentas, eso es lo que había sido madame Merle: falsa, constantemente fal­sa, constante y terriblemente falsa. La tía de Isabel, Lydia, había realizado tal descubrimiento mucho antes, y se lo comunicó a su sobrina; pero en aquel entonces Isabel se enorgullecía de tener una apreciación más amplia de las cosas, sobre todo la espontaneidad de su propia carrera y de la nobleza de sus propias interpretaciones, que la se­ñora Touchett, con su raquítica y tiesa manera de razonar. Madame Merle había realizado lo que quería: llevar a ca­bo la unión de sus dos amigos; y no podía por menos de llamar la atención que hubiese puesto empeño tan tenaz en que esa unión fuera un día un hecho. Había personas que tenían la obsesión casamentera como los partidarios del arte la tenían por el arte; pero madame Merle, aunque gran artista, no era de ese tipo. Pensaba con demasiada acritud del matrimonio, incluso de la vida misma; si había sentido el deseo de ver realizada aquella boda, en cambio, no había experimentado el de ver otras. Además, tenía un claro concepto de la ganancia, e Isabel se preguntaba có­mo y dónde podía haber hallado con ello beneficio algu­no. Necesitó mucho tiempo para realizar su descubrimiento, e incluso, una vez realizado, fue de lo más imperfecto. Le vino a la memoria el hecho de que, si bien madame Mer­le había aparentado cobrarle gran afecto desde que la co­noció en Gardencourt, se había mostrado mucho más ca­riñosa con ella después de la muerte del señor Touchett y de saber que su joven amiga había sido objeto de la cari­dad del anciano señor. Ella había encontrado su benefi­cio, no en el grosero sistema de pedir dinero prestado, si­no en el infinitamente más refinado de poner a uno de sus amigos íntimos en contacto con la fortuna todavía fresca e ingenua de la joven heredera. Como era natural, había escogido para ello a su amigo más íntimo, e Isabel veía ahora con claridad meridiana que era Gilbert el que ocu­paba tal posición. De tal suerte, se encontró ante la triste convicción de que el hombre en quien menos habría creí­do jamás que hubiese algo de sordidez, se había casado con ella, como el aventurero más vulgar, por el simple hecho de que tenía dinero. Por extraño que pudiera parecer, ja­más se le había ocurrido semejante cosa; si había pensado no poco en contra de Osmond hasta aquel instante, nun­ca le infirió tal ofensa. Aquella era lo último que podría ocurrírsele a ella, y por algo había estado diciéndose rei­teradamente que faltaba aún lo peor por venir. Induda­blemente, un hombre podía casarse con una mujer por su dinero; ocurría con gran frecuencia. Pero, por lo menos, él debía hacérselo saber. Se preguntaba si, puesto que lo que quería era su dinero, se daría ahora por satisfecho con él. ¿Se quedaría con el dinero y la dejaría marcharse de su vera? Verdaderamente, si la gran caridad hecha por el se­ñor Touchett sirviera al menos para ayudarla en semejan­te ocasión, bendita mil veces. Isabel no tardó en pensar que, si madame Merle había querido prestar a Gilbert aquel señalado servicio, su agradecimiento hacia ella por la inesperada dádiva tenía que haber perdido ya mucho de su primer calor. ¿Cuál sería, pues, su manera de sentir res­pecto a su celosa bienhechora y con qué expresión habría llegado a concretarse en un hombre que era tan consu­mado maestro en la ironía? El hecho singular pero carac­terístico era que, antes de regresar de su paseo silencioso de aquella tarde, Isabel interrumpió su silencio para ex­clamar: «¡Pobre madame Merle!».

            Su compasión acaso se habría visto justificada si aque­lla misma tarde hubiese podido esconderse detrás de al­guna de las valiosas cortinas de damasco antiguo que de­coraban el interesante saloncito de la dama en cuestión; el elegante aposento que ya visitamos una vez en compañía del señor Rosier. Pues, a eso de las seis de la tarde de aquel día, Gilbert Osmond estaba sentado y su amiga en pie de­lante de él, como Isabel les había visto en la ocasión ya mencionada en esta historia con un énfasis no tan propio de su importancia aparente como de su importancia real.

            Madame Merle decía:

            -No creo que seas desgraciado; creo que esto te agrada.

            -¿Acaso he dicho que sea desagraciado? -pregun­tó Osmond con rostro lo bastante serio como para ha­cer creer que podía serlo.

            -No; pero no has dicho lo contrario, como era tu deber elemental de gratitud.

            -No me hables de gratitud -replicó él secamente. Y al cabo de un momento añadió-: Y no me exasperes.

            Madame Merle se sentó lentamente con los brazos cruzados y las manos dispuestas a modo de soporte de uno de ellos y bello ornato del otro. Parecía exquisita­mente tranquila, pero impresionantemente triste.

            -Y tú no trates de asustarme. Me pregunto si me adivinas el pensamiento.

            -Procuro dedicarle la mínima atención. De sobra tengo con el mío.

            -Será por lo delicioso que es.

            Osmond reclinó la cabeza en el respaldo del sillón que ocupaba y dijo a su compañera, dirigiéndole una cí­nica mirada que parecía al propio tiempo expresión de una gran fatiga:

            -No me exasperes, te lo repito. Estoy verdadera­mente cansado.

            -Et moi donc! -exclamó madame Merle.

            -Tú te fatigas a ti misma; en mi caso, el cansancio es involuntario.

            -Si me fatigo es por ti. Te he proporcionado un ob­jeto de interés; es un gran regalo.

            -¿Cómo lo llamas, objeto de interés? -preguntó Osmond con displicencia.

            -Indudablemente, puesto que te ayuda a pasar el tiempo.

            -Jamás me pareció el tiempo tan largo como este invierno.

            -Pues nunca has tenido mejor aspecto; nunca has estado tan agradable ni tan brillante.

            -¡Al cuerno mi brillantez! -murmuró pensativo, y añadió-: Después de todo, hay que ver qué poco me co­noces todavía.

            Madame Merle contestó sonriendo:

            -Pues si no te conozco a ti, no conozco nada en el mundo. ¡Bah! Estás convencido de tu gran éxito.

            -No; no estaré de veras convencido hasta que con­siga que dejes de juzgarme.

            -Hace tiempo que dejé de hacerlo. Hablo por lo que sé de tiempos pasados. Aunque ahora te expresas bas­tante más.

            -En cambio, quisiera que tú te expresaras bastante menos -contestó Osmond sulfurado.

            -¿Acaso te gustaría reducirme al silencio? Recuer­da que no soy ninguna charlatana. No obstante, hay dos

o tres cosas que quiero decirte. En primer lugar -pro­siguió cambiando de tono-, tu esposa no sabe qué ha­cer de sí misma.

            -Perdona, pero lo sabe perfectamente. Se ha fijado una línea inflexible de conducta y se propone llevar a ca­bo sus ideas.

            -Sus ideas pueden ser en este momento verdade­ramente notables.

            -Lo son. Y tiene más que nunca.

            -Pues esta mañana no ha podido mostrarme ni una sola de ellas. Parecía hallarse en un estado de ánimo ver­daderamente simple, casi de estupidez. Estaba por com­pleto aturdida.

            -Di de una vez que se sentía patética.

            -Ah, no; no quiero hacértelo creer demasiado.

            Continuó él sentado como estaba, echado hacia atrás, el tobillo de un pie apoyado en la rodilla de la otra pierna.

            -Me gustaría saber qué te ocurre -dijo al fin.

            -Lo que me ocurre..., lo que me ocurre... -Madame Merle hizo una pausa. Luego prosiguió en un desahogo incontenible de la pasión, como el estallido de un trueno durante una tempestad de verano-: Lo que me ocurre es que daría mi mano derecha por romper a llorar..., ¡y no puedo!

            -¿A qué te conduciría llorar?