Retrato de una dama 

Henry James

Volumen 1

1

 

 

            Era la hora dedicada a la ceremonia del té de la tar­de y sabido es que, en determinadas circunstancias, hay en la vida muy pocas horas que puedan compararse a ésa por el agrado y atractivo que ofrece a quienes saben disfru­tarla. Hay momentos en los cuales, se tome o no se tome té -cosa que, desde luego, algunos no hacen jamás-, la situación constituye por sí misma una verdadera delicia. Las personas que están presentes en mi imaginación al intentar escribir la primera página de esta sencilla histo­ria ofrecían a la vista un cuadro admirablemente ilustra­dor del disfrute de tan inocente pasatiempo. Los utensi­lios de ágape tan parco e íntimo se hallaban dispuestos sobre el tierno césped de una antigua casa de campo in­glesa durante una hora que yo calificaría de momento su­premo de una espléndida tarde de verano. Se había des­vanecido parte de dicha tarde, pero aún quedaba de ella bastante, que era precisamente su parte de más bella y ex­traordinaria calidad. Faltaban todavía algunas horas para el verdadero atardecer, mas el torrente de intensa luz de verano había empezado ya a decrecer, se había vuelto más suave el aire, y las sombras, como desperezándose, se iban estirando poco a poco sobre la tupida y tierna hierba. Era, como decimos, pausado su alargamiento, y el escenario de la naturaleza contribuía a favorecer el nacimiento de ese estado de ánimo, de solaz y abandono, que constituye la fuente principal de placer en semejante actividad y a semejante hora. Puede decirse que el intervalo de tiem­po comprendido entre las cinco y las ocho de la tarde de un día estival es a veces una pequeña eternidad; mas en mo­mentos como éste cabe afirmar que es y no puede ser más que una eternidad de placer. Los participantes en la mis­ma parecían estar disfrutando tranquilamente de él, y, por añadidura, no eran de los pertenecientes al sexo que se supone proporciona el mayor número de adeptos a tales ceremonias. Sobre el perfecto prado se recortaban unas sombras rectas y angulosas, que eran la de un hombre ya viejo, sentado en un profundo sillón de mimbre cerca de la mesa donde se había servido el té, y las de un par de jó­venes que iban de un lado para otro en presencia del an­ciano mientras mantenían con él una conversación, por parte de ellos completamente deshilvanada. Sostenía el viejo la taza de té en la mano; una taza desacostumbra­damente grande, de forma distinta de la del resto del ser­vicio y pintada de brillantes colores. Sorbía su contenido con gran calma, manteniéndola durante largo rato cerca de su barbilla, con el rostro vuelto hacia la casa. Los jó­venes que le acompañaban habían ya terminado de tomar el té, o acaso sentían una gran indiferencia hacia el privi­legio que tal ceremonia implicaba, y preferían fumar ex­quisitos cigarrillos mientras continuaban su ir y venir an­te el apacible anciano. Uno de ellos le miraba con gran curiosidad cada vez que pasaba ante él, sin que el bueno del viejo se diese cuenta, como lo demostraba el que no apartara sus ojos de la fachada de su mansión coloreada de rojo. La casa, que se alzaba al otro lado de la prade­ra, era un edificio merecedor del tributo de admiración que parecía estársele rindiendo y el objeto más caracte­rístico del cuadro netamente inglés que estoy intentan­do describir.

            La casa señoreaba la cima de un altozano próximo al caudaloso río -el Támesis-, y se hallaba a unas cuaren­ta millas de Londres. Era espaciosa su fachada de ladrillo rojo coronada de aleros y sobre la cual el paso del tiempo y las inclemencias de las estaciones parecían haberse com­placido en dejar toda suerte de pinceladas y retoques pictóricos, no para estropearla sino para mejorarla, em­bellecerla y darle un aire señorial con sus gualdrapas de hiedra, el enjambre de sus chimeneas y sus numerosas ven­tanas ahogadas de enredadera. Tenía la mansión su nom­bre y su historia; y cabe suponer el agrado con que el vie­jo que la contemplaba se habría puesto a explicar el uno y la otra. Seguramente hubiera contado con sumo gusto que su construcción databa de la época de Eduardo VI; que en ella había pasado una noche la gran Isabel (que se había dignado estirar sus augustos miembros en aquel lecho im­ponente, magnífico, y terriblemente inclinado que cons­tituía la más preciada joya de los dormitorios de la seño­rial mansión); que durante las guerras de Cromwell fue víctima de deterioros y daños, para ser después, y duran­te la Restauración, remodelada y agrandada hasta llegar al siglo dieciocho, que se encargó de desfigurarla al querer modernizarla, dejándola en el estado actual, en que pasó a poder y diligente cuidado de un sagaz banquero nortea­mericano -quien la adquirió en primer lugar porque, de­bido a circunstancias difíciles y penosas de explicar, se la ofrecieron como una verdadera ganga-, el cual, al ad­quirirla, refunfuñó hasta cansarse por su fealdad, su anti­güedad, su incomodidad, y que, en cambio ahora, al cabo de veinte años, había terminado por descubrir su verda­dero valor, concibiendo una verdadera pasión estética por ella, hasta el extremo de conocerla en todos sus detalles y aspectos y de poder decir dónde debía uno ponerse pa­ra apreciarlos en conjunto a tal o cual hora, cuando las sombras de todos sus salientes, al caer suavemente sobre la superficie cálida y desgastada de su ladrillo, ofrecían las proporciones requeridas para la contemplación placentera. Aparte de ello, como he dicho, habría podido enumerar a la mayoría de sus antiguos moradores, los nombres de mu­chos de los cuales habían sonado en el mundo por obra de la trompeta de la fama, y, seguramente, lo habría hecho de manera que, como quien no quiera la cosa, habría apa­recido el del último y actual morador de la misma como uno de sus no menos prestigiosos. La fachada de la casa que daba a esa parte de la pradera que nos interesa no era precisamente la del frente de la mansión, que caía ha­cia otro lado. Aquí podía estarse en la más completa inti­midad, y la extensa alfombra de césped que parecía de­rramarse hacia abajo desde la cima del altozano hubiérase dicho que de la misma casa salía y colgaba. Los grandes e inmóviles robles y las numerosas hayas proyectaban tam­bién hacia abajo una sombra tan densa como la de pesa­dos cortinajes de terciopelo, y el amplio espacio hubiéra­se dicho amueblado como una habitación, con sus mullidos asientos, sus esteras de abigarrados colores, los libros y pe­riódicos que yacían esparcidos sobre el césped. No lejos discurría el río, en cuya ribera podía decirse que termina­ba el prado, y el paseo por dicho prado hasta la orilla del río no era de los menos placenteros que esos parajes ofrecían.

            El anciano caballero de la mesa del té, que había venido de Norteamérica treinta años atrás, había traído consigo, como parte más importante de su equipaje, su fisonomía típicamente americana, y no sólo la había traí­do, sino que también la había conservado en perfecto es­tado por si se presentaba el caso de tener que volver a su país con ella. A pesar de todo, en esos momentos no se sentía en disposición de viajar; se habían acabado ya sus días de transhumancia, y ahora disfrutaba del breve des­canso que precede inevitablemente al descanso definiti­vo. Tenía nuestro hombre una cara enjuta y perfectamente rasurada, de rasgos apacibles y expresión de plácida agu­deza. Era evidentemente uno de esos rostros que no dis­ponen de una gran gama de expresiones, de modo que su aire de satisfecha sagacidad era aún más meritorio. Al con­templarlo, hubiérase dicho que estaba pregonando el éxi­to que su poseedor había logrado en la vida, mas parecía pregonarlo de suerte que no se lo tomara por un éxito ofensivo y exclusivo, sino que se pudiera considerar que tenía la inofensividad del fracaso.

            El personaje había, en efecto, tenido una gran ex­periencia en el trato de los hombres, pero mostraba una sencillez casi rústica en aquella desmayada sonri­sa que se extendía sobre sus anchas y huesudas mejillas en el momento en que depositaba cuidadosamente su tazón en la mesa. Iba pulcramente vestido de negro y con el traje bien cepillado. Sobre las rodillas tenía, ple­gado, un chal y calzaba unas gruesas zapatillas borda­das. Un hermoso pastor escocés yacía a sus pies en la hierba, la cara vuelta hacia la de su amo, al que con­templaba con mirada casi tan tierna como la de aquél al contemplar la autoritaria fachada de su mansión. Un revoltoso e hirsuto perrillo terrier jugueteaba con los otros contertulios.

            Uno de los dos caballeros mencionados era un hom­bre de treinta y cinco años de edad aproximadamente, muy bien constituido físicamente, con una cara tan in­glesa como poco inglesa era la del anciano que acabo de describir: rostro verdaderamente hermoso, de frescos colores, noble y franco, de rasgos correctos y bien di­bujados, ojos grises muy vivos, y encuadrado por una barba de suave color castaño. Ofrecía tal caballero el aspecto de ser persona excepcionalmente brillante y afortunada, y tenía aire de poseer un fuerte tempera­mento fertilizado por una refinada civilización que habría sido la envidia de cualquier observador ocasional. Cal­zaba altas botas con espuelas, pues acababa de desmon­tar después de una larga cabalgada. Su blanco sombre­ro parecía demasiado ancho para él. Llevaba las manos cruzadas a la espalda, y en uno de sus blancos, anchos y bien modelados puños apretaba un par de ricos guantes de piel de cerdo.

            Su compañero, que marchaba a su lado a lo largo  del prado, ofrecía un aspecto completamente distinto, y, si bien habría suscitado en cualquiera una gran curiosidad al verle, no era capaz, como el otro, de provocar en nadie el deseo de cambiarse por él. Alto y delgado, desgalichado, era de rostro feo, enfermizo, vivo, sim­pático, provisto, aunque no pueda decirse que decorado, de bigote ralo y patillas. Parecía muy inteligente y achacoso, combinación nada oportuna por cierto, y lle­vaba una chaqueta de terciopelo de color castaño os­curo. Llevaba las manos metidas en los bolsillos, de una manera tan natural que demostraba que esa postura era en él habitual. Su porte era extraño, pues andaba con paso vacilante e indeciso, como si no se sintiera firme sobre sus piernas. Como ya dije, cada vez que pasaba ante el anciano posaba en él los ojos, y si uno se fija­ba en ellos dos en tal instante y examinaba los rostros de ambos, no le era difícil darse cuenta de que eran pa­dre e hijo. El padre se percató al fin de la mirada de su hijo y correspondió a ella con una amable sonrisa, di­ciendo:

            -Me siento perfectamente bien.

            -¿Has tomado ya tu té? -le preguntó el hijo.    

            -Sí; lo he tomado y lo he saboreado.   

            -¿Quieres que te sirva un poco más?

            El anciano, después de pensarlo un momento, res­pondió:

            -Te diré. Me parece que prefiero esperar y ver... Al hablar, se le notaba un acento marcadamente ame­ricano.

            -¿Tienes frío? -preguntó el hijo.

            El padre se frotó suavemente las piernas y dijo:

            -La verdad, no lo sé. No podré decirlo hasta que lo sienta. El joven, sonriendo, replicó:

            -Tal vez otro pueda sentirlo por ti.

            -Claro. Espero que haya siempre quien pueda sen­tir algo por mí. Lord Warburton, ¿no siente usted algo por mí?

            -¡Oh, sí, muchísimo! -replicó apresuradamente el caballero a quien se acababa de llamar lord Warbur­ton-. Pero me inclino a creer que se siente usted ad­mirablemente.

            -No digo que no lo esté en muchos aspectos -di­jo el anciano y, acariciando suavemente el chal que tenía sobre sus rodillas, añadió-: Lo cierto es que me he sen­tido tan bien durante tantos años que estoy por creer que me he acostumbrado de tal manera a ello que ya no lo noto.

            A lo que replicó lord Warburton:

            -Ése es el inconveniente del bienestar: que única­mente lo conocemos cuando nos sentimos mal. Su com­pañero dijo:

            -Me llama la atención ver lo extraños que somos. Lord Warburton murmuró:

            -Oh, sí; verdaderamente somos muy extraños. Durante un rato permanecieron en silencio los tres hombres, los dos más jóvenes en pie y mirando al anciano sentado, el cual pidió un poco más de té. Lord Warburton, verdad es que no le perturba gran cosa. Apenas si re­cuerdo haberle visto tan pesimista como ahora. Muchas veces es él quien trata de animarme.

            El joven de quien tal se decía miró a lord Warbur­ton y se echó a reír. Dijo:     

-¿Qué encierran tus palabras: encendido panegíri­co o acusación de ligereza? ¿Es que quieres que saque a relucir mis teorías, papá?

            Lord Warburton exclamó:

            -¡La de cosas estrambóticas que tendríamos que oír, Santo Dios!

            -Supongo que no se te ocurrirá adoptar ese tono -dijo el anciano.

            -El de Warburton es mucho peor todavía que el mío; él presume de estar ya aburrido. Yo, en cambio, no lo estoy, en absoluto; por el contrario, la vida me parece sumamente interesante.

            -¡Ah, conque sumamente interesante! Pues no de­berías admitir que lo es, ya sabes.

            -Cuando vengo aquí, nunca me aburro. Aquí se puede disfrutar de una conversación desusadamente ex­celente -apuntó lord Warburton.

            -¿Es otra clase de chiste eso que está diciendo? -preguntó el anciano-. No tiene usted derecho a abu­rrirse, sea donde fuere. Cuando yo tenía sus años, no oía , jamás hablar de semejante cosa.

            -Seguramente habrá tardado mucho en madurar, en desarrollarse.

            -Todo lo contrario, crecí con gran rapidez. A los veinte años ya estaba desarrollado por completo en lo físico y en lo moral. Trabajaba ya con toda mi alma, con uñas y dientes. Cuando se tiene algo que hacer no se puede estar aburrido, pero ustedes los jóvenes de aho­ra son demasiado perezosos. Piensan demasiado en sus propios placeres, son demasiado exigentes, indolentes y ricos.

            -¡Ah, vamos! -dijo lord Warburton-. -¡No es us­ted el más indicado para acusar a los demás de ser demasiado ricos!

            -¿Lo dice usted porque soy banquero? -pregun­tó el anciano.

            -Quizá sea por eso, y, además, porque posee usted... ¿es o no cierto?... medios ilimitados.

            El otro joven dijo, como quien pide disculpas:

            -No es tan extraordinariamente rico. Ha donado ya una enorme cantidad de dinero.

            -Sería porque era suyo, digo yo -exclamó lord Warburton-, y, si así es, ¿qué mayor y mejor prueba de riqueza quiere usted? Los bienhechores de la humani­dad no deberían meterse con los amantes del placer.

            -Mi padre se apasiona por el placer... de los demás.    El anciano movió la cabeza como negando tal afir­mación y dijo:

            -Pero yo no presumo de haber contribuido en na­da a la diversión de mis contemporáneos.

            -Querido papá, eres demasiado modesto.

            -Eso es otro chiste -dijo lord Warburton.

            -Ustedes, la gente joven -dijo el anciano-, tie­nen siempre demasiados chistes a flor de labios. Cuan­do se les acaban, no les queda nada.

            A lo que el joven feo replicó:

            -Por fortuna, siempre los hay nuevos.

            -No lo creo así. Por lo contrario, creo que las co­sas van siendo más serias cada día. Ustedes, los jóvenes, llegarán también a convencerse de ello con el tiempo.

            -¡La seriedad cada día mayor de las cosas! He ahí un gran pretexto, una gran oportunidad para nuevos chistes.

            -Pues puedo asegurar que no tendrán nada de gra­ciosos -replicó el anciano-. Por mí parte, estoy con­vencido de que van a producirse grandes cambios... y, por desgracia, no para bien.

            -Estoy completamente de acuerdo con usted -di­jo lord Warburton-. Yo también tengo la seguridad de que va a haber cambios profundos y van a suceder cosas verdaderamente estrafalarias. Por eso me está re­sultando tan difícil poner en práctica el consejo que me dio usted el otro día, al decirme que debo agarrarme a algo. La verdad, uno no se siente con ánimos de aga­rrarse a algo que a los pocos minutos puede volar por los aires.

            A esto, su compañero replicó:

            -De lo que debes posesionarte es de una hermosa mujer. Está viendo si consigue enamorarse -añadió di­rigiéndose a su padre y como explicación de sus ante­riores palabras.

            Pero lord Warburton exclamó:

            -Las mujeres serían las primeras que podrían salir despedidas por los aires.

            -No, nada de eso, no lo crea usted -contestó el viejo caballero-. Ellas se quedarán firmemente donde están, los cambios políticos y sociales a que antes me he referido no llegarán a afectarlas.

            -¿Quiere usted decir que no serán abolidas? Perfec­tamente. Entonces, le echaré mano a una de ellas lo antes posible y me la ceñiré al cuello a manera de salvavidas.

            El anciano respondió:

            -Pues no le quepa duda de que las mujeres serán quienes nos salven; es decir, las mejores de entre ellas..., pues yo creo que se diferencian mucho unas de otras.

Conquiste a una mujer buena, hágala su esposa y su vi­da cobrará en el acto mayor interés.

            Se produjo un momentáneo silencio que tal vez ex­presaba la condescendiente magnanimidad del auditorio respecto del discurseador, toda vez que ni para el hijo ni para el visitante era un secreto que el matrimonio del que así acababa de hablar no había sido un camino de rosas. Mas, como él mismo manifestara, establecía entre ellas una diferencia; lo cual podía interpretarse como una confesión de su propio error al respecto, aunque, como es obvio, nin­guno de sus dos oyentes estaba calificado para declarar que la dama de su elección no había sido de las mejores.

            Al cabo de un momento, preguntó lord Warburton:

            -¿Quiere usted decir que, si me caso con una mu­jer interesante, sentiré interés por vivir? Su hijo no pre­sentó mi caso con exactitud. No tengo muchas ganas de contraer matrimonio, pero quién sabe lo que podría ha­cer por mí una mujer interesante.

            Su amigo dijo:

            -Me gustaría ver qué idea tienes tú de lo que es una mujer interesante.

            -Pero, amigo mío, no puedes aspirar a ver las ideas... sobre todo las que son de índole tan etérea e impalpable como las mías. Ya quisiera poder verlas yo mismo... lo cual supondría de por sí un gran progreso.

            El anciano intervino, diciendo:

            -Está bien; usted puede enamorarse de quien me­jor le parezca, pero no de mi sobrina.

            El hijo prorrumpió en una alegre carcajada.

            -¡Lo va a tomar como una provocación de parte tu­ya! Querido papá, has estado viviendo entre ingleses du­rante treinta años y has logrado pescar muchas de las co­sas que dicen, pero todavía no has llegado a aprender las cosas que se callan.

            Sin alterarse un ápice, el viejo replicó severamente:

            -Yo digo lo que me place.

            Por su parte, lord Warburton dijo:

            -No tengo el honor de conocer a su sobrina: hasta creo que es la primera vez que la oigo nombrar.

            -Es sobrina de mi esposa. La señora Touchett la trae consigo a Inglaterra.

            El joven señor Touchett tuvo a bien explicar el caso diciendo:

            -Mi madre, como ya sabes, ha pasado el invierno en América y la estamos esperando de vuelta de un momento a otro. Nos ha escrito diciendo que ha descubierto a una sobrina suya y que la ha invitado a venir aquí con ella.

            Lord Warburton dijo:

            -Ah, claro... muy gentil por su parte. ¿Y es intere­sante esa joven dama?

            -Apenas sabemos de ella más de lo que acabas de oír, porque mi madre no ha entrado en detalles. Se co­munica con nosotros principalmente por medio de tele­gramas, que son muchas veces indescifrables. Hay quien dice que las mujeres no saben redactar telegramas, pero eso no va seguramente con mi madre, que ha logrado la suprema maestría en el arte de resumir. Por ejemplo, para que veas los telegramas que solemos recibir de ella, éste es el último que nos ha llegado. Dice así: «Cansada Amé­rica, horrible temporada de verano, vuelvo Inglaterra con sobrina, primer barco camarote decente». Pero, antes de éste hubo otro, en el que, según creo, se hacía por pri­mera vez mención de la sobrina, y que decía: «Cambiado " hotel, malísimo, administrador desvergonzado, escríbe­me aquí. Tomado hija hermana muerta año pasado, va Europa, ambas hermanas muy independientes». Al leer esto, tanto mi padre como yo nos pusimos a darle vuel­tas y más vueltas al asunto, que, como ves, se presta a múltiples interpretaciones.

            -A mí entender -dijo el anciano-, hay sólo una cosa verdaderamente clara en él, y es que le echó un buen rapapolvo al administrador del hotel.

            -No comparto tu opinión, papá, desde el momento en que él se ha quedado y ha sido ella quien ha debido mu­darse de hotel. Al principio creíamos que la mencionada hermana era la hermana de tal administrador, pero la men­ción posterior de la sobrina parece indicar que tal alusión era relativa a una de mis tías. Entonces quedaba en pie la cuestión de saber quiénes eran aquellas dos hermanas men­cionadas; tal vez serían dos hijas de mi difunta tía. Pero se presentaba otra cuestión: ¿quién es muy independiente y en qué sentido se emplea tal palabra?... Y he aquí algo que aún no ha podido ser dilucidado. ¿Se aplica tal expresión concretamente a la joven adoptada por mí madre o es susceptible de aplicarse asimismo a sus hermanas?... Y, otra cosa: ¿tal expresión ha sido empleada en el sentido moral o en el financiero? ¿Querrá significar que se las ha aban­donado a sus propios recursos, o que no quieren some­terse a obligación alguna, o simplemente que les gusta ha­cer su santa voluntad? El señor Touchett hizo notar:

            -Sea lo que fuere, lo más seguro es que signifique eso último.

            -En fin, ya lo verán ustedes mismos -comentó lord Warburton-. ¿Cuándo llega la señora Touchett?

            -También estamos a oscuras a este respecto. En cuanto pueda encontrar un camarote decente. A lo me­jor lo está esperando todavía. Y nadie dice que no haya podido desembarcar ya en Inglaterra.

            -Pero, en tal caso, lo más probable es que les hu­biese telegrafiado.

            A lo que el anciano replicó:

            -Ella no telegrafía nunca cuando uno se lo espera... solamente lo hace cuando es del todo inesperado. Lo que le encanta es aparecer de improviso para sorprenderme haciendo algo que a ella se le antoja que está mal. Aún no lo ha conseguido, pero no desespera de lograrlo algún día.

            -En ella es un rasgo familiar esa independencia de que habla -arguyó el hijo, cuya opinión acerca del asun­to parecía más favorable-. Sea cual fuere el tempera­mento de esas jóvenes, no hay duda de que han de casar muy bien con el suyo, porque a ella le gusta hacer todo por sí misma y no cree que los demás puedan ni sean ca­paces de ayudarla en nada. A mí me considera tan inútil como un sello de correos sin engomar y jamás me per­donaría que se me ocurriese ir a Liverpool a buscarla.

            Pero lord Warburton insistió:

            -Bien, conformes. Y ahora, ¿puede usted, al fin, de­cirme cuándo llegará su prima?

            A lo que replicó el señor Touchett:

            -Se lo diré con una sola condición, la que ya he di­cho antes: que usted no ha de enamorarse de ella.   -Casi estoy por sentirme ofendido. ¿Es que no me considera usted bueno para el caso?

            -Lo que le considero es demasiado bueno... porque no quisiera que ella se casase con usted. Se me an­toja que no viene aquí en busca de marido. Muchas jó­venes han dado en hacerlo hoy día, como si en su país no hubiese candidatos. También puede ser que esté com­prometida, pues, según creo, las jóvenes americanas sue­len estar comprometidas. Por lo demás, no estoy segu­ro de que, a fin de cuentas, haya de ser usted un buen marido.

            -Desde luego, es probable que esté ya comprometida. He conocido a muchas jóvenes americanas y siem­pre daba la casualidad de que ya lo estaban, pero les doy  mi palabra de que jamás vi que ello tuviera la menor im­portancia ni supusiera diferencia alguna... -Y, después de un momento, el distinguido visitante del señor Tou­chett prosiguió-: Por lo que respecta a mi capacidad para ser un buen marido, la verdad, yo tampoco estoy muy convencido; pero nada cuesta probar.

            -Pruebe todo lo que quiera, pero no pruebe con mi sobrina -dijo el anciano con una amable sonrisa que deja­ba adivinar que su oposición era puramente humorística.

            -Bueno, como usted quiera -dijo lord Warburton, con mayor sentido del humor todavía-. A lo mejor, des­pués de todo, tampoco vale la pena probar con ella...

 

 

2

 

 

            Mientras tenía lugar tal intercambio de frases in­geniosas entre los dos personajes, Ralph Touchett se apartó un poco de ellos, andando siempre con su por­te cabizbajo, su paso vacilante, las manos en los bolsi­llos y su pequeño terrier en pos de él royéndole los ta­lones. Tenía el rostro vuelto hacia la casa, pero la mirada meditabunda estaba clavada en el verde prado, de mo­do que la persona que acababa de aparecer en lo alto, en el umbral de la espaciosa puerta, pudo observarlo antes de que él la viera. Y si él la vio fue porque su pe­rrillo se lanzó a la carrera emitiendo una andanada de agudos ladridos cuyo sonido tenía más visos de bienve­nida que de desafío. La persona en cuestión era una jo­ven, que pareció interpretar debidamente la acogida del chillón terrier. Éste llegó corriendo hasta los mismos pies de ella y, una vez allí, miró hacia arriba, ladrando con más fuerza y decisión que antes; en vista de lo cual, la joven se agachó amablemente y, sin dudar un instan­te, tomó al diminuto can en sus manos y lo alzó hasta tenerlo cara a cara mientras él continuaba su alborota­dora vocería. Como el dueño de Bunchic (que así se lla­maba el perrillo) lo había seguido de cerca, descubrió que el nuevo amigo de su compañero era una mucha­cha alta, vestida de negro, que a primera vista se le an­tojó agraciada. Llevaba la cabeza descubierta, como si estuviera morando en la casa, hecho que no pudo por menos de producir cierta perplejidad en el ánimo del hijo de su propietario, pues conocía la consigna contra la admisión de nuevos visitantes, establecida por la pre­caria salud de su padre, como regla inquebrantable de aquella morada. Mientras tanto, los otros dos persona­jes, que no se habían movido del sitio donde se halla­ban, habían percibido también a la recién llegada. Al verla, el señor Touchett exclamó:

            -¡Caramba! ¿Quién es esa mujer desconocida?

            Lord Warburton tuvo la ocurrencia de sugerir:

            -Tal vez sea la sobrina de la señora Touchett... la joven independiente de que hablamos. Por lo visto, de­be de ser ella; así lo creo a juzgar por la manera como se las entiende con el perro.

            A su vez, el pastor escocés se había fijado en la re­ciente aparición y corría ya en pos de la dama ante la por­talada de la mansión, meneando un poco la cola. El an­ciano murmuró:

            -¿Pero dónde diablos está entonces mi mujer?

            -Supongo que la joven la habrá dejado en alguna parte. Eso entra en los cánones de la independencia.

            La muchacha, que seguía sosteniendo al perrito, son­rió a Ralph, ya cercano a ella, y le preguntó sonriendo:

            -¿Es suyo este perrito, señor?

            -Hasta hace poco lo era, pero parece que usted ha adquirido ya un extraordinario derecho de propiedad so­bre él.

            -¿No podríamos poseerlo pro indiviso? -pregun­tó la joven-. Es un animalito tan precioso...

            Ralph se quedó mirándola un segundo en silencio, y cayó en la cuenta de que era insospechadamente bonita. Ya convencido de ello, sólo le restó replicar:

            -Puede considerarlo suyo.

            Aunque la joven parecía poseer una gran confianza en sí misma e incluso en los demás, tal súbita e inespe­rada generosidad no pudo por menos de sonrojarla y, de­jando al perrillo en tierra, contestó:

            -Ante todo, considero mi deber decirle que proba­blemente soy su prima...

 -Y, como el perro del anciano se acercara a ellos en aquel instante, añadió apresurada­mente-: ¡Ah, pero hay otro!

            El joven exclamó, riendo de buen humor:

            -¿Probablemente? Entonces, no hay más que ha­blar, ya sé a qué atenerme. ¿Ha llegado usted con mi madre?

            -Sí. Hará cosa de una media hora.

            -¿Es que ella la ha dejado a usted aquí y ha vuelto a marcharse enseguida?

            -No. Fue directamente a su habitación y me en­cargó le dijera a usted, si le veía, que lo espera allí a las siete menos cuarto.

            El joven miró su reloj y se limitó a decir:

            -Muy agradecido; seré puntual. -Y, alzando los ojos al rostro de ella y deleitándose en su contemplación, aña­dió-: Sea usted bienvenida. Encantado de conocerla.

            Ella lo observaba todo con una mirada que denota­ba una clara percepción de las cosas y los seres: miró a su compañero, a los dos perros, a los dos señores allá ba­jo los árboles y al hermoso escenario natural que la cir­cundaba, y dijo:

            -En mi vida he visto nada tan delicioso como este sitio. Ya he andado por toda la casa: esto es verdadera­mente encantador.

            -Deploro que haya usted estado tanto tiempo aquí sin que lo supiéramos.

            -Su madre me dijo que en Inglaterra la gente tenía la buena costumbre de llegar sin hacer ruido, y me pareció que eso es lo que yo debía hacer. ¿Es su padre alguno de aquellos dos señores?

            -Sí, el más viejo, el que está sentado.

            La joven, soltando una carcajada, replicó:

            -Ya suponía que no era el otro. Y ese otro, ¿quién es?

            -Un amigo nuestro... Lord Warburton..

            -¡Ah! Me imaginaba que debía de haber algún lord, igual que en las novelas. -Y, deteniéndose de repente y tomando de nuevo al perrito que, con su mirada, parecía implorárselo, exclamó-: ¡Oh, qué chuchito tan precioso!

            Permaneció ella donde estaban, sin iniciar movimien­to alguno que indicara su deseo de acercarse o de hablar al viejo señor Touchett; por lo cual el hijo, al verla así, de­morándose junto al quicio de la puerta con aquel aire tan atractivo y esbelto, pensó que acaso esperaba que el ancia­no se levantase y acudiese a saludarla y a ofrecerle sus res­petos. Sabía que las muchachas norteamericanas estaban  acostumbradas a que se tuviese con ellas toda clase de de­ferencia y ya se les había advertido de antemano que ella era una joven muy decidida. Ralph adivinó por su expre­sión que estaba precisamente esperando tal pleitesía. Sin embargo, armándose de valor, se atrevió a insinuar:

            -¿Quiere venir conmigo para conocer a mí padre? Es un anciano, está inválido y no se levanta de su sillón.     -¡Pobrecillo! ¡Cuánto lo siento! -exclamó ella echan­do a andar en el acto hacia donde el viejo se hallaba-. Por lo que su madre me ha dicho, tenía la impresión de que más bien era hombre de gran actividad.

            Ralph permaneció un instante en silencio y luego se limitó a decir:

            -Hace un año que no le ve.

            -Menos mal que tiene un hermoso lugar donde po­der sentarse -dijo ella-. Vamos, perrillo precioso.

            Él, mirándola de soslayo, contestó:

            -Cierto, es un viejo y muy hermoso lugar.

            -¿Cómo se llama? -preguntó ella, fija de nuevo su atención en el terrier.

            -¿Cómo se llama mi padre?

            -Sí -replicó ella, a quien pareció divertir esa pre­gunta-. Pero no le diga que yo se lo he preguntado.

            Cuando llegaron donde se encontraba el anciano se­ñor Touchett y éste se levantó con gran esfuerzo para presentarse a sí mismo, le dijo su hijo:

            -Mi madre ha llegado. Te presento a la señorita Ar­cher. El viejo puso ambas manos sobre los hombros de la joven, la miró un instante con suma benevolencia y la besó amablemente, diciendo:

            -Es un gran placer para mí verla en esta casa, pero habría preferido que nos hubiese proporcionado la opor­tunidad de ir a recibirla.

            La muchacha replicó:

            -Ya nos recibieron. Había como una docena de cria­dos en el vestíbulo a nuestra llegada. Una vieja señora salió a la puerta a darnos la bienvenida.

            -Si nos hubieran avisado... habríamos hecho algo mejor que eso. -El anciano permaneció de pie, son­riendo, frotándose las manos, mirándola y moviendo len­tamente la cabeza-. Pero la señora Touchett es enemi­ga de los grandes recibimientos.

            -Se fue derecha a su habitación.

            -Sí... y se encerró en ella con llave. Es lo que hace siempre. Bueno, tal vez tenga la suerte de poder verla la semana entrante -dijo el señor Touchett, y volvió a sen­tarse, adoptando su anterior postura.

            -¡Oh! ¡Mucho antes! -exclamó la señorita Archer-. Va a bajar a cenar a las ocho. -Y, volviéndose hacia Ralph, añadió con una sonrisa-: No lo olvide, ya sabe, a las siete menos cuarto.

            -¿Qué va a ocurrir a las siete menos cuarto?

            -Es la hora en que podré ver a mi madre -con­testó Ralph.

            -¡Dichoso tú! -comentó el anciano. Luego se di­rigió a la sobrina de su esposa-: Pero, haga el favor de sentarse y tomar un taza de té.

            -Ya me lo sirvieron en cuanto llegué a mi cuarto -contestó la joven. Y, mirando afablemente a su vene­rable anfitrión, exclamó-: Es una lástima que esté us­ted enfermo.

            -¡Bah! Soy un anciano, querida. Ya tengo años para estarlo; pero ahora, con usted aquí, voy a sentirme mejor.             Ella se había puesto a observar de nuevo cuanto la ro­deaba: el prado verdeante, los altos árboles, el plateado Tá­mesis bordeado de juncos, la antigua y bella mansión, sin excluir de su contemplación a sus compañeros de aquel ins­tante; esa capacidad de observación era de esperar en una joven como ella, a todas luces inteligente y en esos mo­mentos tan receptiva a todas las emociones. Dejó al perri­to en tierra, se sentó y entrelazó sus blancas manos en su           ' regazo sobre el negro traje. Con la cabeza erguida y la mi­rada viva, movía de un lado para otro el esbelto busto a me­dida que iba recogiendo con avidez las impresiones que de todos lados le iban llegando y que eran numerosas y agra­dables según reflejaba su radiante y suave sonrisa.

            -No he visto en toda mi vida nada tan bello -ex­clamó.

            El viejo señor Touchett contestó:

            -Verdaderamente, lo es. Me doy cuenta de cómo la impresiona, pues a mí me sucedió lo mismo. Pero también usted es muy bella. -Estas últimas palabras no respon­dían a una tosca jovialidad, sino a una cortesía que se de­leitaba en el privilegio que su edad le otorgaba, a pesar de que la joven pudiera en cierto modo alarmarse al oírlo.

            No hace falta analizar hasta qué punto experimen­taba ella semejante alarma. Lo cierto es que en el acto se levantó y se ruborizó, si bien su rubor no parecía res­ponder a ningún tipo de desagrado por lo que acababa de oír.

            Riendo amablemente, dijo:

            -Oh, bueno, soy bastante bonita. -Pero ensegui­da preguntó-: ¿Es muy antigua la casa? ¿Es de la épo­ca de la reina Isabel?

            Ralph Touchett contestó:

            -Es Tudor, de los primeros tiempos.

            Ella se volvió y mirándole directamente a los ojos, contestó:

            -¡Ah! ¿Tudor antiguo? ¡Deliciosa! Supongo que ha­brá otras parecidas.

            -Hay algunas mucho mejores.

            Al oírlo, el anciano protestó:

            -Hijo, no digas semejante cosa. No hay nada me­jor que esto.

            -Yo poseo una también admirable, que considero en muchos aspectos mejor que ésa -dijo lord Warbur­ton, que hasta aquel entonces había permanecido en si­lencio aunque observando atentamente a la señorita Archer. Al decirlo le dedicó una sonrisa y una leve incli­nación, pues tenía una exquisita manera de tratar a las mujeres. De ello se dio inmediatamente cuenta la joven, que además no se había olvidado de que era lord War­burton. Éste añadió-: Sería para mí un gran placer po­der mostrársela.

            -No le crea -exclamó el anciano-. Es una vieja barraca en absoluto comparable con ésta.

            La joven sonrió a lord Warburton.

            -No puedo ser juez en esta discusión porque no la conozco.

            Ralph Touchett no tomó parte en esta breve escara­muza domiciliaria y prefirió permanecer con las manos en los bolsillos con una expresión que mostraba clara­mente que le agradaría mucho renovar su interrumpido diálogo con aquella prima recién descubierta. Para en­tablar de nuevo la conversación, preguntó:

            -¿Le gustan a usted mucho los perros?... Inmediatamente cayó en la cuenta de que, para un hombre inteligente, había sido una manera bastante ton­ta de reanudar la conversación.

            -Muchísimo, naturalmente.

            -Entonces debe quedarse con el perrito -dijo sin lograr salir de la insignificancia del tema.

            -Bueno. Lo conservaré con mucho gusto, mientras me encuentre aquí.

            -Espero que será por mucho tiempo.

            -Es usted muy amable. Lo cierto es que no tengo la menor idea de ello. Eso es cosa que mi tía resolverá.       -Yo me encargaré de arreglarlo con ella... a las sie­te menos cuarto -aseguró dirigiendo otro vistazo a su reloj.

            La muchacha contestó:

            -Por lo pronto estoy encantada de encontrarme aquí.

            -Pero me imagino que usted no será de las que con­sienten que los demás les arreglen sus cosas.

            -Pues sí, lo soy; claro que siempre que las arreglen a mi gusto.

            -Yo lo arreglaré a mi manera -dijo Ralph-. Es verdaderamente imperdonable que no la hayamos co­nocido a usted hasta ahora.

            -Pues, yo estaba allí... No tenía usted más que ha­ber ido para conocerme.

            -¿Allí, dónde? ¿En qué sitio quiere usted decir?

            -En Estados Unidos: en Nueva York, en Albany, y en otras partes de Norteamérica.

            -Debo confesar que he estado allí, he recorrido to­do el país y... no la vi jamás.

            Después de un instante de reflexión, la señorita Ar­cher dijo:

            -Eso es debido a que durante algún tiempo hubo cierto desacuerdo entre su madre y mí padre después de la muerte de mi madre, cuando yo era una niña. El re­sultado de todo ello fue que perdimos la esperanza de verle a usted.

            -¡Ah! Pero yo no tengo nada que ver con los desa­cuerdos de mi madre -exclamó el joven Ralph. Y pro­siguió-: ¿Hace poco que perdió a su padre?

            -Poco más de un año. Después de ello, mi tía se mostró muy cariñosa conmigo; fue allí para verme y me propuso que la acompañase a Europa.

            -Vamos, ya caigo -dijo Ralph-. Por lo visto, la ha adoptado a usted.

            -¿Adoptado?... -La muchacha se sobresaltó, viva­mente ruborizada, y por sus bellos ojos pasó una ráfaga de dolor que causó verdadera alarma en su interlocutor.

            Éste había subestimado el efecto que podían causar sus palabras. Lord Warburton, que parecía constantemente deseoso de ver más de cerca a la señorita Archer, se ade­lantó hacia los dos primos, y la joven posó en él la mira­da de sus ojos muy abiertos antes de proseguir-: ¡Adop­tarme! ¡Oh, no, nada de eso! No me ha adoptado. Yo no soy precisamente una candidata a la adopción.

            -Le pido mil perdones -murmuró Ralph-. Qui­se decir... lo que quería decir...

            La verdad era que ignoraba lo que había querido decir.

            -Lo que usted quiso decir es que se ha encargado de mí. Eso es cierto, pues le gusta hacerlo. Ya le dije que se ha portado muy bien conmigo, pero... -agregó con visible empeño en ser explícita-, sobre todo yo aprecio mi libertad.

            El anciano, desde su sillón, preguntó elevando la voz:

            -¿Estáis hablando de la señora Touchett? Ven aquí, querida sobrinita, y dime algo de ella. Siempre quedo agradecido a los que informan de algo.

            La muchacha dudó de nuevo, sonriendo.

            -Verdaderamente, es muy bondadosa. -Y se diri­gió hacia su tío, cuyo regocijo aumentó al escuchar se­mejantes palabras.

            Lord Warburton se quedó solo con Ralph Touchett, al que dijo al cabo de un momento:

            -Hace poco quería usted saber cómo me imagina­ba yo a una mujer interesante. Ahí la tiene.

 

 

 

3

 

 

            Sin duda alguna, la señora Touchett era mujer de nu­merosas y singulares rarezas, un ejemplo de las cuales lo constituía su particular comportamiento a su vuelta a la casa de su marido tras varios meses de ausencia. Tenía un modo especial de hacer cuanto hacía; ésta es la descrip­ción más sencilla de un personaje que, aunque no caren­te por completo de ímpetus bondadosos, rara vez conse­guía dar una impresión de dulzura. Por mucho bien que hiciera, la señora Touchett no lograba agradar. Esa pe­culiar manera de obrar a su antojo, a la que tan fuerte­mente se aferraba, si bien no era en sí intrínsecamente ofensiva, se diferenciaba por completo y bien a las claras de la manera de proceder de los demás. Sus líneas de con­ducta eran tan tajantes que a los ojos de las personas sen­sibles aparecían como cortadas con agudo cuchillo. Tal dureza cortante fue lo primero que se puso de manifies­to en ella durante las primeras horas que siguieron a su regreso de América, cuando cabía presumir que se hu­biese apresurado a intercambiar los habituales saludos con su hijo y su esposo. Pero, en semejantes momentos, por motivos que sólo a ella parecían excelentes, la señora Tou­chett acostumbraba a encerrarse en una absoluta reclu­sión, posponiendo toda ceremonia sentimental hasta que lograba reparar el desarreglo de su atuendo con una pre­cisión cuya importancia era irrelevante, ya que no afectaba en absoluto ni a la belleza ni a la vanidad. La señora Touchett, mujer de edad avanzada, carecía tanto de gra­cia física como de una exquisita elegancia, pero profesa­ba un respeto extraordinario hacia sí misma por motivos que le eran muy caros y que condescendía fácilmente a explicar cuando se le rogaba que lo hiciera como favor es­pecial, en cuyo caso siempre se ponía de manifiesto que los motivos que la impulsaban eran totalmente distintos de los que le habían atribuido. Aunque de hecho vivía se­parada de su marido, se diría que tal situación no le pa­recía irregular en modo alguno. Desde los primeros mo­mentos de su vida en común se hizo patente que jamás llegarían a desear la misma cosa en el mismo momento, y tal convicción la había predispuesto a evitar cualquier enojo o desagrado que pudiera sobrevenirle en el vulgar ámbito de lo accidental. Había hecho todo lo posible pa­ra erigir tal norma en ley, dándole a ésta su aspecto más ejemplar al irse a vivir a Florencia, donde compró una ca­sa y fijó su residencia, y al dejar que su marido se quedase solo al frente de la sucursal inglesa de su banco. Se­mejante arreglo la complacía sobremanera por lo definido y preciso que era, aspecto bajo el que también se presen­taba a los ojos del marido en su oscura casa de una nebli­nosa plaza de Londres, donde a veces era lo único real­mente definido y preciso que alcanzaba a vislumbrar a pesar de que a todas luces habría preferido que cosas tan absurdas como las que le sucedían por lo menos aparentasen mayor vaguedad. Conceder, ponerse de acuerdo en no estar de acuerdo, había llegado a costarle un verdadero esfuerzo, pues se sentía dispuesto a admitir cualquier cosa menos aquélla y no hallaba razón alguna para que, con­sentidor o renuente él, los hechos hubieran de poseer tan terrible consistencia. Por su parte, la señora Touchett no se enfrascaba en cavilaciones ni lamentos de ninguna es­pecie y seguía su costumbre de ir a pasar, cada año, un mes con su marido, espacio de tiempo que empleaba en tratar de convencerle de que ella había adoptado el mé­todo razonable. En realidad, no le gustaba el sistema de vida inglés, y solía esgrimir dos o tres razones que aun­que no hacían referencia sino a puntos de menor impor­tancia, en su opinión eran más que sobradas para justificar su voluntad de no residir en el país. Entre otras cosas, de­testaba la salsa blanca, que, según sus propias palabras, parecía una cataplasma y sabía a jabón; se oponía al con­sumo de cerveza por parte de sus doncellas personales y aseguraba que las lavanderas inglesas -pues la señora Touchett tomaba muy en serio todo cuanto afectaba a su ropa blanca- desconocían su oficio. A intervalos fijos ha­cía una visita a su país, pero esta última había sido más prolongada que ninguna de las anteriores.

            Que se había hecho cargo de la tutela de su sobrina era algo que no cabía poner en duda. Una triste y hú­meda tarde, cuatro meses antes del suceso que acabo de relatar, se hallaba la señorita Archer sentada en su habita­ción, con un libro. Afirmar que estaba así ocupada es tanto como decir que su soledad no la agobiaba, pues su ansia de conocimientos era de índole verdaderamente fe­cunda, y el poder de su imaginación, muy grande. Sin embargo, por aquel entonces se sentía necesitada de al­go fresco y nuevo, necesidad que vino a colmar una ines­perada visita. La persona en cuestión no se había hecho anunciar y la joven la oyó cuando ya estaba en la habita­ción contigua. Sucedió ello en una antigua casa de Al­bany, una casa amplia, cuadrada, doble, con un cartelito en las ventanas del piso inferior donde se anunciaba que se hallaba en venta. Tenía dos entradas, una de las cua­les estaba fuera de uso desde hacía mucho tiempo, si bien no había sido eliminada. Ambas eran exactamente iguales: grandes puertas blancas con marco y moldura arqueados y anchos ventanales adjuntos, sobre sendas pequeñas es­calinatas de piedra roja que descendían hacia los latera­les hasta el pavimento de ladrillo de la calle. Formaban estas casas gemelas un solo edificio, cuya pared media­nera había sido demolida a fin de que se comunicasen. En el piso superior había numerosas habitaciones, todas pintadas de un blanco amarillento que, con el tiempo, se había desvaído. El tercer piso albergaba una especie de pasaje en arco que servía de enlace entre los dos lados de la casa y que, de pequeñas, Isabel y sus hermanas so­lían llamar el túnel, pues, aunque era corto y estaba bien iluminado, a la joven le pareció siempre solitario y si­niestro, sobre todo en las tardes de invierno. Ella había pasado temporadas en la casa en distintas épocas de su niñez, especialmente mientras vivía su abuela. Después había permanecido ausente durante diez años y su re­greso a ella se debió a la necesidad de acudir al lecho de muerte de su padre.

            Su abuela, la anciana señora Archer, había sido su­mamente hospitalaria, sobre todo con personas de la fa­milia y durante la niñez de las muchachas, que pasaban a veces con ella semanas enteras, de las que siempre guar­daron el mejor recuerdo. Allí, la manera de vivir era por completo distinta de la observada en su propia casa: más holgada, cómoda y alegre. La disciplina impuesta a los niños era lo bastante vaga para que ellos no la sintiesen gran cosa, y la oportunidad de poder escuchar las con­versaciones de las personas mayores era casi ilimitada, lo que para Isabel constituía el recreo más preciado. Rei­naba un ajetreo constante, un incesante ir y venir. Los hijos, hijas y nietos de su abuela parecían no estar espe­rando otra cosa que la invitación para ir y permanecer algún tiempo en la casa, de suerte que había momentos en que llegaba a parecer una especie de ruidoso mesón provinciano gobernado por una anciana y amable patro­na que suspiraba mucho y no presentaba jamás la cuen­ta. Por su parte, Isabel no sabía absolutamente nada acer­ca de tales cuentas y siempre, aun siendo niña, consideró extraordinariamente romántica la casa de su abuela. En la parte trasera había una especie de gran patio cubier­to, con un columpio que era motivo de inagotable y ex­citante interés, y, más allá, un amplio jardín que bajaba hacia el establo y donde crecían hermosos melocotone­ros increíblemente accesibles. Isabel había pasado varias temporadas con su abuela, pero podría decirse que de to­das ellas había guardado como el mejor de sus recuerdos el del sabor delicioso de los melocotones del jardín. Al otro lado, cruzando la calle, había una casa muy vieja a la que llamaban la Casa Holandesa, un peculiar edificio que databa de la primera época colonial, construido con ladrillos pintados de color amarillo, coronado por un ale­ro que parecía dirigido contra los extraños y defendido por una raquítica empalizada que corría a lo largo de la calle. Ocupaba este edificio una escuela primaria para ni­ños de ambos sexos, gobernada o, mejor dicho, desgo­bernada por una presumida señora de la que Isabel con­servaba como recuerdo sobresaliente que se sujetaba los cabellos junto a las sienes con unos raros peinecillos y que era viuda de un caballero de cierta importancia. A la pequeña Isabel se le había ofrecido la oportunidad de aprender las primeras letras en tal escuela, pero, después de haber pasado un día en ella, protestó violentamente contra sus reglas y logró que se le permitiera quedar­se en casa, desde donde en los templados días del mes de septiembre, cuando las ventanas de la Casa Holandesa Permanecían abiertas, le era dado oír el coro de voces in­fantiles repitiendo la tabla de multiplicar..., hecho en el cual se mezclaba de forma confusa el júbilo de la liber­tad con el dolor de la exclusión. Así pues, los cimientos de su sabiduría quedaron confiados a la indolencia de la casa de la abuela, donde, dado que la mayoría de sus pa­rientes eran personas no interesadas por la lectura, ella gozaba de libertad absoluta para adueñarse de todos los     volúmenes de la biblioteca, en la que abundaban los li­bros con bellas portadas. Solía subirse a una silla para retirarlos de sus anaqueles y, cuando hallaba uno de su gusto -para lo cual se dejaba guiar siempre por la por­tada-, lo llevaba consigo a un cuarto misterioso situa­do detrás de la biblioteca y al que tradicionalmente se le había llamado, sin que nadie supiera por qué causa, el despacho. Nunca logró ella saber de quién y en qué épo­ca había sido tal cuarto un verdadero despacho, pero le bastaba que reinara allí un eco de resonancia y un olor a rancio, y que fuese el lugar destinado a los trastos viejos e inútiles del mobiliario cuyos achaques no aparecían a simple vista (de tal suerte que, a los ojos de ella, la des­gracia en que habían caído parecía del todo inmerecida,      lo que les presentaba como víctimas propiciatorias de la injusticia), trastos con los que había llegado a establecer relaciones casi humanas, dramáticas sin duda alguna. En especial, había allí arrumbado un viejo sofá de crin al que ella había confiado muchos de sus infantiles sinsabores. Debía aquel lugar gran parte de su misteriosa melanco­lía al hecho de que se accediera a él por la segunda puer­ta de la casa, la que permanecía condenada y cerrada con gruesos cerrojos que a una niña débil y menuda le era de todo punto imposible descorrer. Ella conocía perfecta­mente aquel tranquilo y recoleto portal que daba a la ca­lle y desde el cual, si las ventanas laterales no hubieran estado tapadas con papel verde, habría podido ver la pe­queña escalinata de piedra rojiza y el pavimento de la­drillo artísticamente labrado. Sin embargo, no sentía si­quiera deseos de mirar hacia fuera porque, de intentar­lo, habría destruido su propia teoría de que aquél era un lugar extraño, desconocido, imposible de ver desde el otro lado..., un lugar que en su imaginación infantil apa­recía, según el estado de ánimo del momento, ora como un paraíso de delicias, ora como un páramo de terror.

            Era, pues, en este despacho donde se hallaba Isabel sentada aquella melancólica tarde de primavera a que me refería. Aunque entonces tenía toda la casa a su disposi­ción, escogió para su recogimiento el lugar más triste de todos, el más alejado de cualquier escena familiar. Jamás se le había ocurrido descorrer los cerrojos de la puerta ni arrancar el papel verde, que manos diligentes cambia­ban de vez en cuando, ni se había jamás preocupado de cerciorarse por sí misma de que la calle estaba allí cerca. Caía una lluvia fría y pertinaz. La primavera parecía con­tener una exhortación -que en aquel momento resultaba cínica y falta de sinceridad- a la paciencia. No obstan­te, Isabel no prestaba gran atención a las pequeñas infi­delidades atmosféricas y seguía con los ojos fijos en su libro, tratando de centrar su pensamiento. Se le había ocurrido no hacía mucho tiempo que su mente era de na­turaleza bastante vagabunda y, en su deseo de domeñarla, había empleado no poca imaginación para darle instruc­ción militar, enseñándole a avanzar, detenerse, retroceder y, en fin, realizar a la simple voz de mando toda clase de maniobras complicadas. En aquel momento le había da­do la orden de marchar, a fin de emprender la penosa ta­rea de cubrir las áridas llanuras de una Historia del Pen­samiento Germánico. De pronto percibió el ruido de unos Pasos que se distinguían notablemente de su propio paso intelectual; permaneció a la escucha y advirtió que había alguien en la biblioteca que comunicaba con el despacho.

Al principio le pareció el andar de una persona cuya visi­ta estaba esperando, pero inmediatamente lo identificó como característico de una mujer, desconocida por aña­didura. Era aquél un paso de carácter explorador y expe­rimental, que manifestaba no estar dispuesto a detenerse hasta llegar al umbral del despacho. Y, en efecto, en el um­bral apareció la figura de una dama que se detuvo un ins­tante y miró duramente a nuestra heroína. Era una mujer más bien fea, entrada en años, vestida con una capa im­permeable y en cuyo rostro aparecía un asomo de violen­ta actitud.

            La recién llegada, recorriendo con la mirada aque­llas sillas desparejadas y aquellas mesas cojas, inquirió:        -¡Oh! ¿Es aquí donde acostumbras a estar?

            Isabel, que se levantó prestamente para recibir a la intrusa, contestó:

            -No cuando recibo visitas.

            Acto seguido dirigió sus propios pasos y los de la vi­sitante hacia la biblioteca. La dama siguió mirando en derredor y comentó:

            -Por lo visto, tienes muchos otros cuartos para es­tar, y en mejores condiciones. Pero todo está terrible­mente deteriorado.

            -¿Ha venido usted a ver la casa? -preguntó Isa­bel-. La criada se la mostrará.

            -No, no la llames; no quiero comprar la casa. Fue a buscarte y anda por arriba dando vueltas; no parece muy inteligente. Más vale que le digas que no se preo­cupe. -Y de repente, mientras la muchacha trataba de adivinar quién era aquel inesperado crítico, añadió-: Supongo que tú serás una de las hijas.

            Isabel pensó para sus adentros que aquella dama te­nía unos modales singulares y contestó:

            -Según a qué hijas se refiera.

            -A las del difunto señor Archer... y mi pobre her­mana.

            Isabel dijo entonces pausadamente:

            -¡Ah! Usted debe de ser nuestra extravagante tía Lydia.

            -¿Es así como tu padre os enseñó a llamarme? Soy tu tía Lydia, pero no tengo nada de extravagante ni de loca. No padezco de ningún extravío. ¿Cuál de las hijas eres tú?

            -Soy la menor de las tres; me llamo Isabel.

            -Sí, ya sé; las otras dos son Edith y Lilian. ¿Eres tú la más guapa?

            -No tengo la menor idea -contestó la muchacha.

            -Me parece que debes de serlo...

            Y he aquí cómo se hicieron amigas tía y sobrina. Aquélla había reñido años atrás con su cuñado tras la muerte de su hermana, al recriminarle por la manera en que criaba a sus hijas; y él, que era hombre de malas pul­gas, había dicho que se ocupara de sus propios asuntos, cosa que ella siguió al pie de la letra desde entonces. Así, había estado muchos años sin tener contacto alguno con él y no había enviado ni una sola palabra de pésa­me con motivo de su muerte a las hijas, las cuales ha­bían sido criadas en esa irrespetuosidad hacia su tía que acabamos de ver en el caso de Isabel. Como de costum­bre, la actitud de la señora Touchett había sido absolu­tamente premeditada. Su viaje a América obedecía a un deseo de interesarse personalmente por sus asuntos eco­nómicos (con los que su marido, pese a la elevada posi­ción financiera de que disfrutaba, no tenía nada que ver) y, de paso, aprovechar la oportunidad para ver cómo es­taban sus sobrinas. No había considerado la posibilidad de escribir, toda vez que no habría concedido importan­cia alguna a los informes que por carta pudiera recibir.

Creía únicamente en lo que veía con sus propios ojos. Pero Isabel se dio cuenta de que sabía acerca de ellas mu­cho más de lo que habría podido creer, incluso respecto al matrimonio de las otras dos hermanas: que su padre les había dejado muy pocos bienes, que la casa de Albany,  que había pasado a manos del padre, iba a ser vendida para que ellas pudieran disponer de algún dinero y, por último, que Edmund Ludlow, el marido de Lilian, era el encargado de atender este asunto, razón por la cual la joven pareja había tenido que trasladarse a Albany duran­te la enfermedad del señor Archer y permanecía allí junto con Isabel ocupando la vieja mansión.

            -¿Cuánto esperáis que os den por ella? -pregun­tó la señora Touchett a su acompañante, quien la había conducido al salón, lugar que también su inquisitiva mi­rada recorrió sin mostrar entusiasmo alguno.

            -No tengo la menor idea -respondió la muchacha.

            -Es la segunda vez que me contestas así -replicó su tía-. Y sin embargo, no eres tonta del todo.

            -No, no soy tonta, pero no sé nada de cuestiones de dinero.

            -Ya veo. De esa manera os criaron..., como si fuerais a heredar millones. En realidad, ¿qué habéis heredado?

            -La verdad, no sabría decirlo. Tiene usted que pre­guntárselo a Lilian y a Edmund, que estarán de vuelta  dentro de una media hora.

            -Esto es lo que en Florencia llamaríamos una casa mala -dijo la señora Touchett-. Aunque me atrevería a decir que aquí se puede obtener por ella una buena su­ma. Lo suficiente para que os toque a cada una de voso­tras una respetable cantidad. Pero supongo que tendréis alguna otra cosa, más bienes. Es verdaderamente extraor­dinario que no estés enterada de ello. El emplazamiento de la casa es magnífico; casi seguro que querrán derribarla para construir en su lugar establecimientos comerciales. No me explico cómo no lo hacéis vosotras mismas; po­dríais alquilar las tiendas a muy buen precio.

            Isabel no salía de su asombro. La idea de alquilar tiendas le parecía de lo más extraño.

            -Espero que no la derriben -dijo-. Lo sentiría, porque me gusta mucho.

            -No me explico por qué te gusta. Tu padre murió en ella.

            -Cierto -replicó la muchacha en un tono extra­ño-, pero no por eso ha de desagradarme. Me gustan los sitios donde suceden o han sucedido cosas, aunque a veces sean tristes. No sólo mi padre, si otros han muer­to también aquí, de modo que este sitio estuvo repleto de vida en otros tiempos.

            -¿Esto es lo que tú llamas repleto de vida?

            -Quiero decir lleno de experiencia..., de sentimien­tos de las personas, de sus tristezas. Y no sólo de tristezas, pues yo misma, cuando era niña, fui muy dichosa en esta casa.

            -Si te agradan las casas donde han sucedido cosas, deberías ir a Florencia; en aquéllas sí que han sucedido cosas, sobre todo muertes. En el antiguo palacio donde yo vivo fueron asesinadas tres personas que se sepa, y se­guramente muchas otras de las que yo no he llegado a tener conocimiento.

            -¿En un palacio antiguo?

            -Sí, hija. Bastante distinto a esto, por cierto. Esta casa tiene un aspecto muy burgués.

            Isabel se emocionó profundamente al oír tales pala­bras, pues siempre había tenido en gran concepto la ca­sa de su abuela. No obstante, la propia emoción la im­pulsó a exclamar:

            -¡Cómo me gustaría ir a Florencia!

            -Pues si eres buena y haces todo lo que yo te diga, te llevaré -afirmó la señora Touchett.

            La emoción de la joven aumentó extraordinaria­mente. Calló un instante, se ruborizó un poco, sonrió en silencio a su tía y acabó por decir:

            -¿Que haga todo lo que usted quiera? No sé si me será posible prometer tal cosa.

            -Verdaderamente no pareces ese tipo de persona. Se nota que te gusta hacer tu voluntad, pero no seré yo quien te lo reproche.

            -¡Sin embargo, con tal de ir a Florencia, sería ca­paz de prometer casi cualquier cosa! -exclamó la joven con entusiasmo.

            Como Edmund y Lilian tardaron bastante en regre­sar, la señora Touchett pudo sostener una conversación ininterrumpida de más de una hora con su sobrina, que acabó por encontrarla tan interesante como extraña: lo que se dice un carácter, el primero genuino con que se había tropezado. Era, en realidad, tan excéntrica como Isabel la había imaginado siempre, mas con la idea que ella se forjaba cada vez que oía hablar de personas ex­céntricas, a las que consideraba alarmantes y ofensivas, pues semejante vocablo te sugería cosas grotescas e in­cluso siniestras. Pero su tía les daba un tono irónico y hasta cómico, y ello la indujo a preguntarse si el lengua­je corriente y moliente, que por lo demás era el único que había conocido, le había parecido alguna vez tan in­teresante. Nadie hasta entonces había logrado impre­sionarla tanto como aquella pequeña mujer de aspecto extranjero, labios finos y ojos brillantes, que ennoblecía su insignificante apariencia con la distinción de sus mo­dales y que, sentada allí delante de ella y envuelta en su impermeable, hablaba con la mayor soltura de los asun­tos políticos de Europa. La señora Touchett no era frí­vola, pero no reconocía la existencia de seres superiores so­cialmente hablando, y, al aludir en tales términos a los gran­des de la Tierra, lo hacía con la plena seguridad de estar causando enorme impresión en el ánimo susceptible y cán­dido de su sobrina. Isabel respondió a varias preguntas que su tía le hizo al principio y, por sus contestaciones, ésta se percató del alto grado de su inteligencia. Después de ha­berlas contestado, le tocó a ella el turno de hacerlas, y las respuestas de su tía fueron tales que, fuera cual fuera el gi­ro que tomasen, le proporcionaban siempre más que so­brada materia para hondas reflexiones. La señora Touchett estuvo esperando el regreso de su otra sobrina el tiempo que le pareció razonable; pero, al ver que a las seis de la tarde la señora Ludlow no se hallaba de vuelta, se dispuso a marcharse.

            -Tu hermana debe de ser una chismosa de prime­ra. ¿Tiene por costumbre pasar tantas horas fuera de casa?

            -Usted ha estado fuera de la suya tanto como ella -replicó Isabel-. Acababa de marcharse cuando llegó usted.

            La señora Touchett la miró con benevolencia. Com­prendía que la réplica era acertada, cosa que le agradaba y la predisponía a mostrarse amable.

            -Tal vez no haya tenido para hacerlo tan buena ra­zón como yo. De todos modos, dile que venga a verme esta noche a ese horrible hotel donde estoy alojada. Si quiere, puede venir con su marido, pero no es necesario que tú la acompañes. A ti ya tendré ocasión de verte lue­go todo lo que quiera.

 

 

4

 

 

            La señora Ludlow era la mayor de las tres hermanas y se la consideraba la más juiciosa. En general se decía que Lilian era la práctica, Edith la hermosa e Isabel la intelec­tual. La señora Keyes, segunda del grupo, era esposa de un oficial del Cuerpo de Ingenieros de Estados Unidos y, como para nada le afecta nuestra historia, nos limitaremos a decir que era muy bella y constituía el principal ornato de los acantonamientos militares del país -especialmen­te en el inelegante Oeste- a los que, con gran pesar por su parte, era destinado su marido. Lilian se había casado con un abogado de Nueva York, joven de potente voz y gran entusiasmo por su profesión. Su matrimonio no re­sultó un enlace brillante, como tampoco el de Edith, pe­ro a Lilian se le inculcó desde siempre la idea de que de­bía considerarse muy dichosa si llegaba a casarse con quien fuese... y por eso era mucho más sencilla que sus otras dos hermanas. Sin embargo, se sentía muy feliz, y por aquel entonces, en su calidad de madre de dos graciosos reto­ños y de dueña de una especie de escolio de oscura piedra violentamente encajonado en la calle Cincuenta y tres, pa­recía regodearse en su situación como en una feliz evasión de los sinsabores de este mundo. Era de baja estatura y cuerpo recio, y aunque de figura harto discutible, se le con­cedía buena presencia, ya que no majestad. No obstante, todos parecían convenir en que había ganado mucho con el matrimonio, y sentíase perfectamente segura de dos co­sas en la vida: de la fuerza de los argumentos de su mari­do y de la originalidad de su hermana Isabel. A veces so­lía decir: «Yo no podría seguir el ritmo de Isabel... Me ocuparía todo mi tiempo». A pesar de eso, mantenía so­bre ella una maternal vigilancia y la observaba con la mis­ma triste solicitud con que una gran perra de aguas con­templaría los movimientos de un galgo suelto.

            -Lo que yo quisiera es verla casada, eso es lo que de veras le conviene -decía con frecuencia a su marido.

            A lo que Edmund Ludlow solía replicar en un tono muy audible:

            -Pues debo confesar que no experimento el menor deseo de casarla.

            -Ya sé que lo dices por discutir. Lo tuyo es llevar siempre la contraria. No veo qué puedas tener contra ella, a no ser que es original.

            -Pues bien, es que no me gustan los originales, pre­fiero las traducciones -le había contestado más de una vez el señor Ludlow, añadiendo-: Isabel está escrita en un idioma extranjero y no puedo descifrarla. Lo que debería hacer es casarse con un armenio o un portugués.

            -Eso es precisamente lo que temo que haga -exclamaba Lilian, que creía a Isabel capaz de cualquier cosa.

            Así pues, al llegar a casa, escuchó con gran interés la " relación que su hermana menor le hizo acerca de la ines­perada aparición de la señora Touchett y, por la noche, se dispuso a obedecer el mandato de su tía. No se tiene noticia de lo que Isabel dijera entonces, pero sin duda al­guna sus palabras debieron de suscitar en su hermana el comentario que hizo a su esposo cuando ambos estaban preparándose para ir a hacer la visita:

            -Ojalá se le ocurra hacer algo por Isabel; creo que lo hará, pues parece haberse encaprichado mucho con ella.

            -Pero ¿qué quieres que haga? -preguntó Edmund Ludlow-. ¿Que le haga un buen regalo?

            -No me refiero a eso; seguramente no será nada por el estilo. Me refiero a que se tome verdadero inte­rés por ella, a que le resulte simpática. Precisamente, es de las pocas personas que pueden apreciarla, porque ha vivido mucho entre gente extranjera, y le ha contado a Isabel muchas cosas acerca de esa vida. Ya sabes que tú mismo has considerado siempre que Isabel tiene algo de extranjera.

            -Ya veo lo que quieres decir: que la tía le procure un poco de simpatía en el extranjero. ¿Crees que en su país no se le otorga la necesaria?

            -De todos modos, debería ir al extranjero -repli­có la señora Ludlow-. Es el tipo de persona que debe­ría viajar.

            -Y quieres que la vieja señora se la lleve, ¿no es eso?

            -Se ha ofrecido a llevarla... y está muerta de ga­nas de que Isabel vaya. Pero lo que yo deseo que haga cuando llegue allí con ella es que le proporcione toda clase de ventajas. Estoy segura de que lo único que de­bemos hacer es darle una oportunidad... -recalcó la señora Ludlow.

            -¿Oportunidad? ¿para qué?

            -Para perfeccionarse.

            Al oírlo, Edmund exclamó:

            -¡Dios Santo! ¡Espero que no vaya a perfeccionar­se más!

            -Si no tuviese la seguridad de que lo dices por dis­cutir, me molestaría mucho lo que acabas de decir -re­plicó la esposa-. Pero no puedes negar que la estimas.

            Más tarde, mientras el joven esposo se cepillaba el sombrero, preguntó a Isabel:

            -Tú sabes que te aprecio, ¿verdad?

            -Lo que sé y de lo que estoy segura es que me im­porta un bledo que me quieras o no -replicó la mucha­cha, con una sonrisa y un tono de voz que desmentían la altivez de sus palabras.

            -¡Oh! Desde que ha recibido la visita de la señora Touchett se siente tan superior... -comentó su herma­na. Pero Isabel replicó con seriedad.

            -No debes decir eso, Lily. No me siento superior a nadie.

            -Aunque así fuera, no habría mal en ello-dijo su hermana, siempre conciliadora.

            -Es que no veo en la visita de la señora Touchett nada que le haga a una sentirse superior.

            -¡Oh! -exclamó el señor Ludlow-, ahora se sien­te más superior que nunca.

            -Cuando yo me sienta superior, si alguna vez lo hago -dijo la muchacha-, será por otra razón mejor.

            Fuera como fuese, lo cierto es que se sentía diferen­te, como si le hubiese ocurrido algo. Una vez que se hu­bo quedado sola por la noche, se sentó bajo la lámpara, las manos vacías, sin ganas de ocuparlas en ninguna de sus habituales labores. Se levantó al cabo de un rato, se puso a andar de un lado para otro de la habitación y re­corrió también otros aposentos, deteniéndose especial­mente en los sitios en que la luz era menos intensa. La verdad era que se sentía intranquila, agitada, incluso ha­bía momentos en que temblaba. Lo que acababa de ocu­rrirle le parecía de una importancia desproporcionada, se había producido un verdadero cambio en su vida. Lo que éste hubiera de suponer en lo sucesivo era cosa por demás indefinida, pero en su actual situación ella daba un gran valor a cualquier cambio que le sobreviniese. Sentía un irresistible deseo de dejar atrás su pasado pa­ra, como ella misma decía, comenzar de nuevo. No ha­bía surgido tal deseo como por ensalmo con motivo de la ocasión presente, sino que éste le era tan familiar co­mo el repiqueteo de la lluvia en los vidrios de las venta­nas, y ya en más de una ocasión la había inducido a que­rer comenzar de nuevo. Se sentó en uno de los rincones más oscuros del silencioso salón y cerró los ojos, pero no con el deseo de quedarse adormilada para olvidar. Por el contrario, se sentía demasiado despierta y deseaba do­minar la sensación que le causaba percibir demasiadas cosas a la vez.

            Su imaginación había llegado a ser, por la fuerza del hábito, ridículamente activa, de suerte que, cuando la puerta no estaba abierta, se escapaba por la ventana. No tenía la costumbre de encerrarla bajo llave, y le sucedía que, en los momentos importantes en que se hubiera sen­tido agradecida por ser capaz de utilizar únicamente su capacidad de razonamiento, pagaba las consecuencias de haber dado alas a esa facultad de fantasear en la que no intervenía el análisis. En aquel momento, con la seguri­dad de que una mano invisible había tocado la nota del cambio, se le agolparon en la imaginación los fantasmas de las imágenes de las cosas que había dejado tras si; se presentaron a su recuerdo los días y las horas ya vividos, y los fue revisando lentamente en medio de aquel silen­cio que sólo interrumpía con su tictac el gran reloj de bronce. De aquel profundo examen, la verdad que más patente surgía ante sus ojos era la de que su vida había si­do muy dichosa, de que ella era una persona verdadera­mente afortunada. Había disfrutado lo mejor de todo y, en un mundo en que tantos individuos se desenvuelven en circunstancias nada envidiables, constituía una ventaja el no haber padecido nada desagradable. A Isabel le parecía que, en realidad, lo desagradable había permanecido demasiado ausente de su vida, ya que, de su contacto constante con la literatura, había deducido que lo desa­gradable constituía un manantial inagotable de interés e incluso de instrucción. Su padre... aquel hermoso y ado­rado padre que siempre experimentó tan marcada aver­sión por todo lo desagradable, la había mantenido aleja­da de ello. Para Isabel fue una gran felicidad haber sido hija de tal hombre, de suerte que llegó a sentirse orgu­llosa de su parentesco. Desde el momento de su muerte, ella lo recordó mostrándose siempre valeroso ante sus hijas, capaz de alejar las cosas feas de su propia imagina­ción, aunque no de su existencia. Pero eso sólo hizo que su ternura por él aumentara, y apenas si le resultaba do­loroso pensar que él había sido demasiado generoso, de­masiado alegre, demasiado indiferente a las ideas de sor­didez. Muchos sostenían que había llevado tal indiferencia demasiado lejos, sobre todo los que componían el gran número de personas a quienes debía dinero. Isabel no ha­bía llegado a conocer jamás las opiniones de tales perso­nas, pero al lector podría interesarle saber que, si bien le reconocían al difunto señor Archer una notable inteli­gencia y una manera de ser muy seductora, capaz de apo­derarse de los demás (y no faltaba quien dijera que siem­pre estaba apoderándose de algo), ello no les impedía declarar abiertamente que hacía muy mal uso de su vida. Había derrochado una gran fortuna, por ser excesiva­mente hospitalario, y había jugado sin freno. Y hasta hubo críticos que dijeron que ni siquiera se había preocupado de educar a sus hijas: que no habían recibido una educa­ción corriente, que no habían tenido un hogar perma­nente, y que habían sido al mismo tiempo malcriadas y abandonadas, relegando su educación a niñeras y gober­nantas (casi siempre muy malas), o a frívolas escuelas, di­rigidas por francesas, de las que al cabo de un mes eran retiradas con gran sentimiento de ellas, que lloraban a lá­grima viva al ser alejadas de allí. Tal apreciación del caso había suscitado la indignación de Isabel, ya que a su mo­do de ver había gozado de muchas y buenas oportunida­des. Incluso cuando su padre dejó a sus hijas durante tres meses en Neufchatel con una criada francesa, la cual no tardó en escaparse con un noble ruso que vivía en el mis­mo hotel..., aun en esa situación tan irregular que tuvo lugar cuando la muchacha no contaba más de once años, ella no experimentó el menor miedo ni la menor ver­güenza y se limitó a considerarla un episodio romántico, justificado por una educación sumamente liberal. Su padre tenía unas miras muy amplias acerca de la vida, co­mo lo probaba sobradamente su inquietud constante y la incoherencia ocasional de su conducta. Quería que sus hijas, aun siendo niñas, vieran cuanto fuera posible del mundo y, con tal objeto, antes de que Isabel alcanzara los catorce años de edad, ya las había hecho cruzar tres ve­ces el Atlántico, proporcionándoles en cada ocasión sólo unos cuantos meses para observar por sí mismas el asun­to propuesto. Esta táctica sólo había servido para abrir el apetito de nuestra heroína, excitando superlativamente su curiosidad sin llegar a satisfacérsela. Indudablemen­te ella era una acérrima partidaria de su padre, pues, de las tres, era la que mejor se las componía para compen­sarle por las incomodidades de las que él nunca se queja­ba. En los últimos días de su vida, el deseo paterno de abandonar este mundo, en el cual la dificultad de hacer lo que a uno le gustaba parecía ir aumentando a medida que él iba envejeciendo, se había visto profundamente al­terado por el dolor que le causaba tener que separarse de una hija tan inteligente, notable y superior. Posterior­mente, cuando cesaron los viajes a Europa, él comenzó a mostrarse todavía más indulgente con sus hijas y, aunque hubo de sufrir no pocas dificultades económicas, nada alteró en ellas la irreflexiva seguridad de hallarse en po­sesión de muchas cosas. Isabel, que por cierto bailaba muy bien, no recordaba haber logrado un gran éxito en Nue­va York como miembro del ambiente coreográfico; en cambio, su hermana Edith, al decir de muchos, tenía más condiciones para ello. Edith fue un caso tan notable de éxito que Isabel no pudo seguir haciéndose ilusiones acer­ca de lo requerido para lograr tal privilegio, así como tam­poco acerca de los límites de su propia capacidad de brin­car, saltar y desgañitarse... sobre todo para conseguir el efecto deseado. Diecinueve personas entre veinte (inclu­so la misma hermana menor) declaraban que Edith era la más guapa de las dos hermanas; sin embargo, la vigési­ma, a más de darse el gusto de pensar lo contrario, podía complacerse en pensar que todos los demás eran sólo unos estetas de lo más vulgar. En su naturaleza profunda, Isa­bel experimentaba un deseo más insaciable todavía que el de Edith de gustar, pero esa naturaleza profunda se en­contraba en un lugar tan inaccesible de su alma que entre ésta y la superficie había una docena de fuerzas capri­chosas que impedían la debida comunicación. Ella veía que los jóvenes acudían en tropel a visitar a su hermana, pero que, en cambio, sentían miedo de ella, pues tenían la sensación de que para hablarle había que poseer una preparación especial. La fama de ser mujer muy leída pe­saba sobre ella y la envolvía como la densa nube que ro­dea a las diosas de las epopeyas, haciendo suponer que sólo se interesaba por cuestiones abstrusas y que su con­versación jamás adquiría un tono apasionado. Si bien a la pobre le encantaba que se la considerase inteligente, la molestaba sobremanera que se la tuviese por libresca. Por ello, acostumbraba a leer en secreto y, aunque poseía una excelente memoria, procuraba abstenerse de citar lo que leía. La dominaba una gran ansia de saber, pero prefería a lo impreso cualquiera otra fuente de información di­recta, y era tal su curiosidad por las cosas de la vida que de todo se admiraba y todo la emocionaba. La vida había echado hondas raíces en ella y, por lo mismo, su goce más intenso consistía en sentir dentro de sí la continuidad en­tre las agitaciones de su propia alma y las del mundo exter­no. Ello hacía que le gustara extraordinariamente con­templar las grandes multitudes y las diversas regiones del país y leer lo más interesante acerca de las revoluciones y de las guerras, así como también admirar los cuadros his­tóricos... proclividad que en más de una ocasión la indu­jo a cometer la incongruencia de perdonar lo malo de la pintura en aras de su tema. En tiempo de la Guerra de Secesión ella era todavía muy niña, lo cual no impidió que durante tal período pasara largos meses entregada a una apasionada excitación, en la que tan pronto se sentía emo­cionada por el valor de un ejército como por el del con­trario, lo cual la sumía en una extraordinaria confusión. Desde luego, la circunspección de los suspicaces jóvenes no había llegado a convertirla en una proscrita social, pues el número de los que, al acercársele, sentían latir el cora­zón con la fuerza necesaria para recordar que también po­seían cabeza la había mantenido alejada de las excelsas disciplinas propias de su sexo y su edad. Así, ella tuvo cuanto pudo apetecer una muchacha: cariño, admiración, golosinas, ramos de flores, la convicción de que no se le escatimaba nada de lo que podía obtenerse en el mundo en que ella vivía, ocasiones constantes para bailar, abun­dancia de nuevos vestidos, la revista Spectator de Londres, las últimas publicaciones de prensa, la música de Gou­nod, la poesía de Browning, la prosa de George Elliot.

            Y todas aquellas cosas, a medida que la imaginación las iba evocando se transformaban en multitud de esce­nas vividas y de figuras conocidas. Cosas arrumbadas en

el desván de la memoria se le aparecían de nuevo, mien­tras que muchas otras a las que en su día había concedi­do gran importancia quedaban alejadas de su vista. El re­sultado era verdaderamente caleidoscópico; pero, en aquel instante, el girar caprichoso del instrumento quedó pa­ralizado por la llegada de la sirvienta que venía a anun­ciar la visita de un caballero: Caspar Goodwood. Era és­te un joven de Boston. Hacía doce meses que conocía a la señorita Archer y, considerándola la mujer más bella de aquel tiempo, había dictaminado que el tiempo era únicamente, guiándose por la norma a que antes he alu­dido, un necio período de la historia. Le había escrito de vez en cuando, y últimamente sus cartas estaban fecha­das en Nueva York; por lo cual ella casi confiaba en la posibilidad de que él viniera a verla... incluso puede de­cirse que pasó todo aquel día lluvioso esperándole sin darse cuenta cabal de que le esperaba. Sin embargo aho­ra, al saber que estaba allí, no experimentaba ningún de­seo de verle ni de recibirle. El era el joven más admira­ble que ella había visto, un espléndido joven que llegaba a inspirarle un respeto grande y poco usual, sentimien­to que ninguna otra persona le había inspirado hasta en­tonces. La gente se imaginaba que el quería hacerla su esposa, pero eso era algo que sólo a ellos dos concernía. Lo que desde luego puede afirmarse es que él hizo el via­je de Nueva York a Albany tan sólo por verla, después de haberse enterado en la primera de las dos ciudades, don­de estaba pasando una temporada y donde había creído encontrarla, que ella iba a permanecer en la capital del estado. Isabel retrasó algunos minutos el momento de ir a verle, y anduvo de un lado para otro de la habitación, abrumada por la intuición de que la esperaban nuevas complicaciones. Pero por fin decidió ir en su busca, y le vio, de pie bajo la lámpara, tal como era: alto, fuerte, tal vez algo tieso, al propio tiempo que delgado y moreno. Su belleza no era romántica sino más bien tenebrosa. Su fisonomía tenía algo que reclamaba la atención y esa aten­ción se veía recompensada por el encanto de unos ojos azules de imperturbable fijeza que no parecían corres­ponder a su semblante y de una mandíbula angulosa, de esas a las que suele atribuirse la virtud de denotar un tem­peramento enérgico y resuelto. Al verle, Isabel se dijo que aquella noche mostraba sin duda alguna una firme resolución. A pesar de ello, Caspar Goodwood, que me­dia hora antes había llegado allí esperanzado y resuelto, acabó por volverse a su alojamiento con la convicción de haber fracasado en su empresa. Conviene advertir, sin embargo, que no era un hombre capaz de aceptar un fra­caso así como así.

 

 

 

 

5

 

 

            Aunque Ralph Touchett era un verdadero filósofo, cuando llamó con los nudillos a la puerta de la habitación de su madre, a las siete menos cuarto en punto, sentía no poca inquietud. Los filósofos tienen también sus prefe­rencias, y no cabe la menor duda de que, respecto a sus progenitores, las de Ralph se inclinaban del lado del pa­dre, por el que sentía el mayor afecto y al que tributaba una filial sumisión. No se le ocultaba que su padre era quien poseía un sentimiento verdaderamente mater­nal, mientras que su madre se mostraba paternal y, para decirlo con el lenguaje popular del momento, incluso gu­bernativa. Lo cual no obstaba para que quisiera entraña­blemente a su único hijo y siempre insistiera en que pa­sara tres meses al año con ella. Por su parte, Ralph le devolvía el afecto debido, pues le constaba que, en los pensamientos y en el sistema de vida de su madre, con­cienzudamente organizada y dirigida, a él le tocaba el tur­no inmediatamente después de los asuntos que exigían su inmediata atención y cuya minuciosidad de ejecución constituía la esencia de su personalidad. Halló, pues, Ralph a su madre completamente vestida ya para la cena, y ella le abrazó y besó sin quitarse los guantes, haciéndole sentar luego en el sofá a su lado. La madre le pidió con todo in­terés noticias relativas a la salud del padre y a la de él mis­mo y, como los informes no la satisficieron en absoluto, manifestó estar más convencida que nunca del acierto de su decisión de no exponerse al clima de Inglaterra. De no ser así, tal vez ella habría podido ceder. Ralph se sonrió ante la simple idea de que su madre pudiese condes­cender, pero no quiso recordarle que la dolencia que él padecía no era en absoluto efecto del clima británico, pues él permanecía por lo general ausente del país la mayor parte del año.

            Ralph era todavía muy niño cuando su padre, Daniel Tracy Touchett, natural de Rutland, Estado de Vermont, vino a Inglaterra como socio subordinado de una casa de banca, en la que algunos años después llegó a ejercer una autoridad preponderante. Daniel Touchett se resignó a la idea de pasarse la vida en el país de adopción y, desde el principio, tuvo el acierto de acomodarse a él con una actitud sencilla y sana. Sin embargo, como se decía a sí mismo, no tenía, ni mucho menos, la intención de desa­mericanizarse, ni tampoco el deseo de enseñar a su hijo arte tan sutil. Le había resultado un problema de tan fá­cil solución vivir en Inglaterra asimilado al país y sin ab­dicar del suyo que le parecía igualmente fácil el que su legítimo heredero continuara después de su muerte ejer­ciendo la gerencia de aquel banco ya gris y anticuado, proyectando la luz brillante del sistema americano. Por ello se esforzó en intensificar esa luz enviando al hijo a su país para que en él se educara. Gracias a ello, Ralph había seguido varios cursos en una universidad de Nor­teamérica, en la cual se graduó, y como al regresar a In­glaterra asustó a su padre por lo excesivamente indíge­na que volviera, Ralph estudió en Oxford durante tres años. Y he aquí que Oxford acabó tragándose a Harvard y, por fin, Ralph se vio convertido en un verdadero in­glés. Su aparente conformidad con los procedimientos y maneras que le rodeaban era, no obstante, una máscara tras la cual ocultaba un espíritu ávido de independencia sobre el cual nada lograba prevalecer durante largo tiem­po, y al ser naturalmente propenso a la aventura y a la ironía, se permitía una libertad sin límite a la hora de for­mar sus propias opiniones. Comenzó siendo un joven que prometía mucho; logró distinguirse en Oxford, pa­ra gran satisfacción de su padre, y quienes le conocían afirmaban que era una verdadera lástima que un joven tan brillante no estudiase una carrera. Podía haber se­guido una carrera con sólo volver a su país de origen (aunque este punto está rodeado de incertidumbre), pe­ro aun cuando el señor Touchett hubiese consentido en separarse (y ése no era caso), a él mismo le habría resul­tado sumamente penoso poner un océano como barrera permanente entre su persona y la de su viejo padre, a quien consideraba su mejor amigo. Ralph no sólo que­ría verdaderamente a su padre sino que le admiraba... y se complacía no poco en observarle y verle actuar. A su juicio, Daniel Touchett era un hombre extraordinario, un verdadero genio y, aunque él no se sentía con aptitu­des para el oficio de banquero ni entendía los miste­rios de actividad bancaria, se había aplicado a estudiar de todo ello lo necesario para comprender el gran papel que su padre lograba desempeñar. Mas no era esto, con ser mucho, lo que de él más le gustaba; lo que más le atraía y admiraba era aquel semblante marfileño, como puli­mentado por el aire inglés, que el anciano había opues­to a cualquier intento de penetración. Daniel Touchett no había estudiado en Harvard ni en Oxford y era culpa suya haber proporcionado a su hijo los medios de ejer­citar la crítica moderna. Así, Ralph, que tenía la cabeza llena de ideas que su padre no llegaba a adivinar, sentía gran estimación por la originalidad de su progenitor. Por lo general se atribuye, acertada o erróneamente, a los americanos una extraordinaria facilidad de adaptación a las condiciones de otros países, pero buena parte del gran éxito del señor Touchett se debía precisamente a su re­nuencia a plegarse por completo al ambiente. Había sabi­do conservar con su prístina frescura la mayor parte de las características de su juventud, y su entonación, como acer­tadamente solía decir su hijo, era la de las regiones más feraces de Nueva Inglaterra. Al final de su vida había lle­gado a ser, en su propio terreno, tan apacible como rico, combinando la astucia más perfecta con una superficial fraternidad, y su «posición social», de la que nunca se ha­bía preocupado, tenía la turgente perfección de un fruto todavía intacto. Acaso fuese todo ello por su falta de ima­ginación y de lo que suele llamarse sentido histórico, pe­ro el hecho es que su espíritu permaneció siempre her­méticamente cerrado a las impresiones que por lo general causan en los extranjeros cultos las cosas de la vida ingle­sa. Había ciertas diferencias que jamás llegó a percibir,      ciertos hábitos que nunca adoptó, muchas oscuridades que jamás trató de aclarar. Por lo que a éstas respecta, cabe ase­gurar que si algún día hubiera llegado a sondearlas, su hi­jo no habría tenido tan buena opinión de él.

            Al dejar la Universidad de Oxford, Ralph había pa­sado un par de años viajando, después de los cuales se encontró encaramado en un alto taburete del banco de su padre, El honor y la responsabilidad que tal posición entraña no se mide, según creo, por la altura del men­cionado taburete, sino por consideraciones de otra ín­dole. Y Ralph, que tenía las piernas muy largas, no sólo se complacía en estar de pie cuando trabajaba sino, in­cluso, en andar de un lado para otro. Sin embargo, sólo pudo consagrar muy poco tiempo a dicho ejercicio, pues al cabo de año y medio se convenció de que había en­fermado en serio por culpa de un fuerte resfriado que le afectó gravemente los pulmones y se los dejó en un esta­do terrible. Tuvo, pues, que abandonar el trabajo y dedi­carse en cuerpo y alma al triste oficio de cuidar de su sa­lud. Al principio pareció desdeñar un poco su tarea, pues se le antojaba como si no hubiese de cuidarse a sí mismo sino a otra persona por la que él no sentía interés alguno y con la que nada tenía en común. Sin embargo, tal per­sona se fue haciendo más digna de aprecio a medida que la atendía, y Ralph no tuvo más remedio que ir conci­biendo, aunque a regañadientes, cierta tolerancia, inclu­so un si es no es oculto respeto por sí mismo. Mas, como nada hace tan buenos camaradas como el infortunio, y nuestro joven se había convencido de que se jugaba algo en el asunto... (generalmente consideraba que se trataba de su reputación de ingenioso) dedicó a su poco agracia­do pupilo la atención indispensable, lo cual no dejó de surtir el efecto requerido, que fue el de conservarle la vi­da al pobre enfermo. Así pues, comenzó a curarse uno de sus pulmones mientras que el otro prometió seguir su ejemplo, y se le aseguró que podría-soportar cuando me­nos otros doce inviernos si se avenía a pasarlos en los cli­mas a que acuden principalmente los atacados del mal de consunción. Y, como había llegado a estar verdaderamente encaprichado con la ciudad de Londres, maldecía con to­das sus fuerzas la falta de interés de su forzoso destierro. A pesar de todo, aunque lo maldecía acabó por confor­marse y, a medida que iba sintiendo que su sensible or­ganismo agradecía los favores que tan de mala gana le concedía, se inclinaba a concederlos cada vez con más buena voluntad. Así pues, como suele decirse, hibernó en el extranjero, calentándose al sol, quedándose en casa cuando soplaba el viento, yéndose a la cama cuando llo­vía, y más de una vez, cuando nevaba toda la noche, per­maneciendo acostado todo el día siguiente.

            Una secreta provisión de indiferencia... como sabro­so pastel que la buena niñera le hubiese puesto en su pri­mera cartera escolar... le proporcionó eficaz auxilio y le ayudó a soportar su sacrificio, ya que, en el mejor de los casos, sentíase demasiado enfermo para todo lo que no fuese aquella su ardua tarea. Como solía decirse a sí mis­mo, en realidad no había nada que él deseara hacer, de ma­nera que por lo menos no renunció desertando del cam­po de batalla. De todos modos, había veces en que la fragancia del fruto prohibido parecía envolverle y flotar en torno suyo para recordarle que el mejor de todos los placeres es el de lanzarse a la acción. Vivir como él estaba viviendo era tanto como leer un buen libro en una mala traducción... solaz harto desmedrado para un joven con­vencido de que habría podido llegar a ser un excelente lin­güista. Pasó algunos inviernos buenos y algunos malos, y, mientras aquéllos duraron, hubo momentos en que fue presa de la ilusión de que había recobrado la salud. Tal imagen quedó desvanecida tres años antes de que diera comienzo este relato. En aquella ocasión había permane­cido en Inglaterra más de lo debido y le había sorprendi­do muy mal tiempo antes de llegar a Argel. Arribó allí más muerto que vivo y en ese lugar hubo de permanecer va­rias semanas entre la vida y la muerte. Su convalecencia resultó un verdadero milagro, pero lo que primero se le ocurrió pensar fue que semejantes milagros no ocurren más que una vez. Se dijo, pues, que su hora estaba ya a la vista y que era deber suyo no quitarle ojo de encima, pe­ro que, por lo mismo, tenía que pasar el tiempo que le que­daba lo mejor posible y de acuerdo siempre con lo que su preocupación pudiera permitirle. Ante la simple perspec­tiva de llegar a perderlas en un futuro próximo, el uso de sus facultades le resultó el más delicado de los placeres, y le pareció que el deleite de la contemplación no había si­do jamás ensalzado como se merecía. Estaba lejos el tiem­po en que le parecía cosa sumamente ardua el verse obli­gado a abandonar la idea de lucirse; idea, no por vaga me­nos importante, y no menos deliciosa por verse forzada a luchar en el mismo pecho en el que ardía la llama de la autocrítica. Sus amigos le juzgaban ahora más alegre y atri­buían tal hecho a una teoría que aprobaban con los movi­mientos de cabeza del que conoce: a saber, que iba a re­cobrar la salud. Pero lo cierto era que su serenidad no era más que el adorno proporcionado por unas flores silves­tres en las ruinas de sí mismo.

            Con todo ello, era muy probable que la sabrosa cuali­dad de la cosa observada fuese lo que principalmente sus­citara el interés de Ralph por la llegada de una joven que a todas luces no tenía nada de insípida. Si él se hallaba en dis­posición favorable, algo le decía que tenía ya ocupación agradable para una infinidad de días. A lo cual cabría aña­dir, en forma harto sumaria, que la idea de amar... a dife­rencia de la de ser amado... seguía ocupando un sitio pre­ferente en el reducido boceto de su vida. Lo único que él se había prohibido deliberadamente era el desbordamien­to de la expresión. De todos modos, ni él había de querer inspirar una pasión a su prima, ni ella habría podido, aun cuando lo hubiese deseado, ayudarle a sentirla.

            Así pues, Ralph dijo a su madre:

            -Bueno. Y ahora, dime algo de la jovencita. ¿Qué piensas hacer con ella?

            La señora Touchett, que estaba ya lista para seme­jante pregunta, respondió:

            -Pienso pedirle a tu padre que la invite a pasar tres o cuatro semanas en Gardencourt.

            -No tienes por qué esperar a que tenga lugar esa ceremonia -dijo Ralph-. Estoy seguro de que mi pa­dre la invitará como la cosa más natural del mundo.

            -No sé nada de ello. Por lo pronto, es sobrina mía, no suya.

            -¡Por Dios, mamá! ¡Qué terrible sentido de la pro­piedad! Es una razón de más peso todavía para tratar de in­vitarla. Pero después de eso... quiero decir, después de los tres meses, pues sería absurdo pedirle a la joven que se que­dara solamente tres raquíticas semanas... después de eso, ¿qué piensas hacer con ella?

            -Pienso llevármela a París... para vestirla.

            -Ah, claro; eso, por lo pronto. Pero, aparte de eso, ¿qué?

            -La invitaré a que vaya a pasar conmigo el otoño a Florencia.

            -Ya veo que no te extiendes en detalles, mamá. Lo que quisiera saber es qué vas a hacer con ella, en general.

            -Lo que deba -declaró la señora Touchett. Y aña­dió-: Ya me figuro que le tienes lástima.

            -Nada de eso -contestó el hijo-. No es de las que mueven a compasión. Más bien creo que la envidio. Sin embargo, antes de estar seguro, dime qué es lo que con­sideras tu deber para con ella.

            -Le mostraré cuatro países de Europa... y la deja­ré que escoja dos de ellos... procurándole la oportunidad de perfeccionarse en el francés, que ya conoce bien.

            Ralph frunció un tanto el entrecejo y dijo:

            -Parecen unos planes un tanto áridos y algo abu­rridos, aun a pesar de que le permitas escoger dos países de su gusto.

            La madre se echó a reír y dijo:

            -Pues, si parecen áridos no tienes más que dejar que Isabel se encargue de remediarlo. Ella se basta y se so­bra porque es como la lluvia en pleno verano.

            -¿Quieres decir que es un ser extraordinario?

            -No sé si es o no un ser extraordinario; sé que es una muchacha muy inteligente, de una fuerte voluntad y de un gran temperamento. Y no sabe qué es el aburrimiento.

            -Ya me lo imagino -dijo Ralph. Y añadió brusca­mente-: ¿Cómo os lleváis las dos?

            -¿Quieres decir con eso que soy una pesada? No creo que ella piense tal cosa. Ya sé que algunas mucha­chas lo creen, pero Isabel es demasiado inteligente para ello. Por el contrario, me parece que la entretengo mu­cho. Nos llevamos perfectamente porque creo com­prenderla, porque sé qué clase de muchacha es. Isabel es una muchacha franca, yo también soy franca, y las dos sabemos perfectamente lo que cada una puede esperar de la otra.

            -Mi querida mamá -exclamó Ralph-, uno sabe siempre lo que puede esperar de ti. A mí no me has sor­prendido más que una voz, y ha sido precisamente hoy, haciéndome el regalo de una preciosa prima cuya exis­tencia ignoraba por completo.

            -¿Tan guapa te parece?

            -Muy guapa, sin duda, pero no hay por qué insis­tir en tal cualidad. Lo que más me llama la atención en ella es que parece tener verdadera personalidad. ¿Quién es y qué es esa criatura tan rara? ¿Dónde la encontraste y cómo tuviste la suerte de conocerla?

            -La encontré en una vieja casa de Albany, sentada en un cuarto triste en un día de lluvia, leyendo un libro­te enorme y aburriéndose mortalmente. Ella no se daba cuenta de que se aburría, pero, cuando la dejé, no me cupo la menor duda de que me quedaba muy agradeci­da por el favor que le había hecho... Ya me figuro que me dirás que no debía espabilarla... que debí dejarla en paz. Tal vez eso sea razonable, pero yo actué con plena con­ciencia de lo que hacía, porque se me antojó que ella estaba destinada a algo mucho mejor. Y entonces pensé que sería una buena obra por mi parte llevármela a via­jar y hacerle conocer el mundo. Ella piensa que conoce mucho de él, pero le pasa lo que a la mayoría de las mu­chachas norteamericanas, que está ridículamente enga­ñada. Si quieres saberlo, pensé que llegaría a sentirme orgullosa de ella. Yo deseo que piensen bien de mí, y pa­ra una mujer de mi edad no hay en cierto modo nada tan conveniente como una sobrina interesante y bonita. Ya sabes que durante muchos años no quise saber nada de los hijos de mi hermana, pues no estaba en absoluto de acuer­do con la conducta del padre. Pero siempre tuve el pro­pósito de hacer algo por ellos el día en que él recibiese su merecido. Así pues, antes me enteré del lugar donde podría hallarlos y, sin más preámbulos, fui y me presen­té yo sola. Hay dos hijas más, las dos casadas, pero no pude ver más que a la mayor, cuyo marido es por lo de­más un hombre bastante mal educado. Su esposa, que se llama Lily, se entusiasmó con mi idea de encargarme de Isabel y dijo que eso era precisamente lo que su herma­na precisaba..., que alguien se interesase por ella. Habló de Isabel como si se refiriera a una joven muy dotada, pero falta de ayuda y de aliento. Es posible que Isabel sea un genio, pero en tal caso no he llegado a saber todavía en qué sentido lo es. La señora Ludlow estaba verdaderamente entusiasmada con mi proyecto de traerla a Eu­ropa, pues allí todos consideran Europa una tierra don­de emigrar, una especie de refugio para su exceso de población. Isabel pareció también entusiasmada con la idea de venir, de manera que la cosa no ofreció la me­nor dificultad y todo se pudo arreglar de la forma más fácil del mundo. Sólo había una pequeña dificultad, y era lo relativo al dinero, pues Isabel parecía no querer estar sometida a dependencia pecuniaria alguna, aun­que posee una pequeña renta y se figura que viaja a sus propias expensas.

            Ralph había prestado atención a tan sensata infor­mación, que no hizo que disminuyera su interés. Luego dijo:

            -¡Ah!, pues, si es un genio, no hay duda de que ave­riguaremos en qué sentido lo es. ¿No lo será tal vez pa­ra el flirteo?

            -No me lo parece. Al principio es posible sospe­char tal cosa, pero sería un error. Te aseguro que así co­mo así no podrás llegar a conocerla.

            -Pues, entonces -exclamó Ralph con regocijo-, Warburton se equivoca lamentablemente, porque se va­nagloria de haber hecho tal descubrimiento.

            La madre, moviendo la cabeza, respondió:

            -Lord Warburton no podrá comprenderla, y no tie­ne por qué intentarlo.

            -Es un hombre muy inteligente, pero no le vendrá mal tener de vez en cuando algo de qué atormentarse y preocuparse.

            -A Isabel le encantará poder intranquilizar a todo un lord -dijo la señora Touchett.

            Y el hijo, frunciendo el ceño, replicó:

            -Pero ¿qué sabe ella de lords ni cosas por el estilo?

            -Absolutamente nada. Eso es precisamente lo que más le perturbará a él.

            Acogió Ralph tales palabras con una sonora carcaja­da y luego miró hacía el exterior por la ventana.

            -¿No bajas a ver a mi padre? -preguntó.

            -A las ocho menos cuarto -respondió la señora Touchett. Ralph consultó su reloj e insinuó:

            -Aún te queda un cuarto de hora. Bueno, dime al­go más sobre Isabel. -Pero como la señora Touchett se negó a complacerle, diciéndole que debía averiguarlo por

sí mismo, él prosiguió-: No hay duda de que te da pres­tigio, pero ¿no temes que te dé también algún quebra­dero de cabeza?

            -Espero que no, pero, si lo hiciera, no creas que voy a tratar de zafarme. No lo he hecho nunca, ni lo haría ahora.

            -A mí me parece una muchacha muy natural en to­do -replicó su hijo.

            -Pues la gente natural no es la que da más quebra­deros de cabeza.

            -Cierto -dijo Ralph-; tú eres una prueba de ello. Tú eres extraordinariamente natural y estoy seguro de que nunca le has ocasionado a nadie la menor molestia. Causar molestias da trabajo. Pero dime, se me acaba de ocurrir: ¿Isabel es capaz de hacerse antipática?

            -¡Ah! Eso es demasiado preguntar -contestó su madre-. Averígualo tú mismo.

            Pero Ralph no había acabado con el repertorio de preguntas, así que dijo:

            -Desde que estamos conversando no se te ha ocu­rrido decirme qué piensas hacer con ella.    

            -¿Qué pienso hacer con ella? Hablas como si se tra­tase de una vara de percal. Yo no pienso hacer absoluta­mente nada, y ella hará lo que mejor le parezca. Así me

lo ha hecho saber.       

            -Entonces, ¿qué querías decir en tu telegrama con aquello de que era de carácter independiente?

            -Yo no sé nunca lo que quiero decir en mis tele­gramas... sobre todo en los que envío desde América. La claridad resulta demasiado cara. Bueno, vamos a ver a tu padre.

            -No son todavía las ocho menos cuarto -dijo Ralph.

            -Pero debo aliviar su impaciencia -contestó la se­ñora Touchett.

            Ralph sabía perfectamente a qué atenerse con res­pecto a la impaciencia de su señor padre, pero no quiso replicar y se limitó a ofrecerle el brazo a su madre para bajar.

            Esto le permitió detenerse un momento con ella en el rellano de la escalera... de aquella suntuosa escalera ancha y corta, de macizas barandillas de roble ennegre­cidas por el tiempo y que era una de las características mías sobresalientes de la mansión de Gardencourt. Allí, Ralph dijo sonriendo:

            -¿No se te ha ocurrido la idea de casarla?

            -¿Casarla? Por nada del mundo quisiera hacerle esa mala jugada. Por lo demás, ella puede perfectamente ca­sarse, si ése es su gusto. Para ello tiene cuantas facilida­des pueda apetecer.

            -¿Quieres decir que ya tiene marido en perspectiva?

            -Por lo que a marido hace, no sé; pero parece que un joven de Boston...

            Sin embargo, Ralph no deseaba oír hablar del joven de Boston, de modo que comentó:

            -Bien dice mi padre que todas están siempre com­prometidas.

            Su madre le había insinuado que, para satisfacer su curiosidad, debía beber en la propia fuente, y pronto se hizo evidente que no le faltarían ocasiones de hacerlo. Así, cuando él y la joven se quedaron solos en el salón, tuvo con ella una larga e interesante charla. Antes de la comi­da, lord Warburton, que había hecho un viaje de unas diez millas a caballo desde su propia mansión, montó de nuevo en la silla y se marchó a trote largo; y, una hora después de terminada la comida, el señor y la señora Touchett, que parecían haber agotado todo tema de conversación, se retiraron, con el pretexto del cansancio, a sus respec­tivas habitaciones. En cambio, el joven se quedó todavía una hora más hablando con su prima, la que, a pesar de haber estado medio día viajando, no daba señales de ago­tamiento. Cierto que estaba cansada; bien lo sentía ella, como igualmente sentía que al día siguiente lo habría de pagar con creces, pero en esa época había adquirido la costumbre de soportar la fatiga hasta extremos insospe­chados y de no confesarlo hasta que ya no le era mate­rialmente posible disimularlo. De momento era posible proceder con exquisita hipocresía, pues estaba profunda­mente interesada en la conversación y, como se decía a sí misma, se sentía como suspendida, flotando en el aire. Rogó a Ralph que le mostrase los cuadros, tan abundan­tes en la casa y muchos de los cuales habían sido selec­cionados por él mismo. Los mejores de la colección es­taban colgados en una galería de madera de roble, de nobles proporciones, que por lo general estaba alumbra­da por la noche y en cuyos dos extremos había dos sa­loncitos de estar. La luz era demasiado escasa para hacer honor a los cuadros y la visita podría haberse aplazado hasta el día siguiente, y así se atrevió a sugerirlo Ralph; pero Isabel pareció contrariada y decepcionada y, con la mejor de sus sonrisas, dijo:

            -Si no tiene inconveniente, me gustaría echarles aunque sólo sea un vistazo.

            Estaba ansiosa por verlos, sabía que lo estaba y pare­cía estarlo, pero no le era posible evitarlo. Ralph dijo pa­ra sí: «Por lo visto no atiende a las insinuaciones que se le hacen». Lo pensó sin irritación, más bien complacido e interesado por la insistencia de la muchacha. De trecho en trecho, sobresalían de las paredes unas ménsulas que sostenían las lámparas, y si la iluminación era imperfec­ta, su resultado era pasmoso. La luz daba en las superfi­cies indistintas de ricos colores y en los ya desvanecidos dorados de los gruesos marcos de talla, y hacía brillar el encerado piso de la galería. Ralph tomó un candelabro y empezó a mostrarle a Isabel las cosas que eran más de su gusto. Ella fue mirando con la mayor atención las pintu­ras una tras otra, subrayando su opinión con pequeñas ex­clamaciones y murmullos. Se hacía evidente que era juez competente en la materia y que tenía un gusto verdade­ramente refinado, cosa que a Ralph le impresionó. Tomó ella otro candelabro y lo acercó a este y a otro cuadro de­tenidamente, levantándolo hacia la parte alta de tal o cual pintura... y, mientras lo hacía, él se dio cuenta de que es­taba plantado en medio de la sala, mirando también con profunda atención, pero no a los cuadros sino a ella. A decir verdad, no perdió nada con semejante contem­plación, pues ella era mucho más digna de admiración que la mayor parte de aquellas obras de arte. Era indiscuti­blemente delgada, probablemente liviana y evidentemente alta. Cuando quienes las conocían intentaban distinguir a Isabel de sus otras dos hermanas, la llamaban la esbelta. En las demás mujeres había llegado a suscitar enconada envidia su cabellera, tan oscura que era casi negra; y sus claros ojos grises, quizá demasiado firmes en los momen­tos más graves, tenían una suave mirada condescendien­te. Primo y prima fueron paseando de un extremo a otro de la galería hasta que, al cabo de un rato, ella dijo:

            -Bueno, ya sé más de lo que sabía cuando empe­zamos.

            -Por lo visto, el saber te apasiona -dijo su primo.

            -Así lo creo. La mayoría de las muchachas son te­rriblemente ignorantes.

            -Pero tú eres distinta de la mayoría.

            -Y muchas de ellas también lo serían... aunque tal como se les suele hablar... -murmuró Isabel, que pre­fería no concentrarse en misma. Y, para cambiar de con­versación, añadió-: Dime, ¿no hay aquí fantasmas?

            -¿Fantasmas?

            -Sí, algo así como un espectro del castillo, algo que se aparece. En América les llamamos duendes.

            -Y aquí también, cuando los vemos.

            -Entonces, ¿los veis? No hay duda de que habéis de verlos en esta vieja casa tan romántica.

            -No tiene nada de romántica -dijo Ralph-. Si así lo crees, te vas a llevar un gran desengaño. Es una casa tristemente prosaica. Aquí no hay más romanticismo que el que puedas haber traído contigo.

            -Indudablemente he traído mucho, pero creo que lo he traído al sitio más conveniente.

            -Más conveniente para que no corra ningún peli­gro, no hay duda. Nada malo podrá aquí ocurrirle por parte de mi padre o por la mía. Después de mirarle un momento, Isabel le preguntó:

            -¿Siempre estáis solos aquí tu padre y tú?

            -Naturalmente, está también mi madre.

            -¡Ah! Tu madre, la conozco perfectamente. No es nada romántica. ¿No hay nadie más?

            -Unas pocas personas.

            -Pues lo siento, porque me gusta mucho ver gente.

            -Entonces invitaremos a toda la del condado para que te entretengan -dijo Ralph.

            -Te estás burlando de mí -contestó ella con aire algo grave-. ¿Quién es el caballero que estaba con vo­sotros cuando yo llegué?

            -Un vecino del condado. No viene mucho por aquí.

            -Lo siento, porque me resultó simpático -dijo Isabel.

            -¡Vaya! Si me pareció que apenas le dirigiste la pa­labra -observó Ralph.

            -Eso no importa, me gustó de todos modos. Tam­bién me gusta mucho tu padre.

            -Es lo mejor que podría ocurrirte, porque es el hom­bre más amable del mundo.

            -Me apena mucho que esté enfermo -dijo Isabel.

            -Podrás ayudarme a cuidarle; debes de ser buena enfermera.

            -No lo creo; me han dicho que no lo soy. Dicen que tengo demasiadas teorías. Pero, ahora que caigo, todavía no me has dicho nada del fantasma.

            Ralph no hizo caso de tal insinuación y comentó:

            -Si te gustan mi padre y lord Warburton, tengo por seguro que también te gusta mi madre.

            -Así es; tu madre me gusta mucho porque... por­que... -Isabel trató de definir con claridad la razón del afecto que sentía por la señora Touchett.

            -¡Bah! Nunca sabemos por qué nos gusta alguien -dijo él riendo. Pero ella contestó:

            -Yo siempre sé por qué. Es porque ella no espera gustar a los demás. No le importa gustar o no gustar.

            -Entonces, ¿tú la adoras, por pura travesura? Si es así, me alegro, porque yo me parezco mucho a ella.          -No lo creo, en absoluto. A ti te gusta agradar a los demás y haces lo necesario para lograrlo.

            -¡Santo Dios! Qué bien calas a las personas -ex­clamó Ralph con una consternación que no. era fingida.

            -Pero me resultas igualmente simpático. La me­jor manera de confirmarme en ello será mostrarme el fantasma.

            Ralph movió la cabeza con escepticismo.

            -Aunque te lo mostrase, no podrías verlo. No to­dos tienen ese privilegio, cosa por lo demás nada envi­diable. Jamás lo vio una persona joven, inocente y feliz como tú. Uno tiene que haber sufrido antes, haber su­frido profundamente, y de tal suerte haber adquirido un triste conocimiento. Así es como los ojos de uno pueden

abrirse a la visión del fantasma. Yo lo vi hace mucho tiempo.

            -Ya te he dicho que me muero por adquirir cono­cimientos -dijo Isabel.

            -Sí, me doy cuenta, por conocer cosas agradables. Pe­ro tú no has sufrido y tampoco estás hecha para el sufri­miento. Así, confío en que nunca llegarás a ver al duende.

            Había estado ella escuchándolo atentamente con una dulce sonrisa en sus labios, pero con mirada grave y re­flexiva. Aunque a él le había parecido encantadora, tam­bién le dio la impresión de ser algo presuntuosa, en lo cual residía precisamente parte de su encanto. Esperó la contestación de la muchacha.

            -Ya sabes que no tengo miedo -dijo ella. Y a Ralph esa frase se le antojó harto presuntuosa.

            -¿De sufrir? ¿No tienes miedo de sufrir?

            -De sufrir, sí; pero no de los fantasmas. Opino que la gente sufre con demasiada facilidad.

            -No creo que pienses eso -dijo Ralph mirándola fijamente, con las manos en los bolsillos.

            -No creo que eso sea un defecto -respondió ella-. No es absolutamente necesario sufrir. No estamos hechos para eso.

            -Tú seguramente no.

            -No hablo de mí misma -dijo ella y se alejó unos pasos.

            -De acuerdo, no es un defecto -replicó el pri­mo-. Ser fuerte es un gran mérito.

            -Pero si una no sufre, la gente la califica de dura.

            A través del saloncito, por donde habían pasado al dejar la galería, llegaron al vestíbulo y se detuvieron allí al pie de la escalera. Ralph, tomando un candelabro de un nicho, se lo ofreció a su prima, diciéndole al mismo tiempo:

            -No te impone lo que puedan decir de ti, porque cuando uno sufre, le llaman idiota. Lo que importa es ser lo más dichoso posible.

            Le miró ella un momento, al punto que ponía el pie en el primer peldaño de roble, y dijo:

            -A eso es precisamente a lo que he venido a Euro­pa, a ser lo más dichosa posible. Buenas noches.

            -Buenas noches. Te deseo un gran éxito en tu em­peño y será para mí una gran satisfacción contribuir a ello cuanto pueda.

            Le volvió ella la espalda y él la contempló mientras subía poco a poco los bruñidos escalones. Y, metiéndose de nuevo las manos en los bolsillos, regresó al vacío y semioscuro saloncito próximo a la galería.

 

 

6

 

 

            Isabel Archer era una muchacha de imaginación su­mamente viva, que profesaba múltiples teorías. Por suer­te, poseía una inteligencia muy superior a la de la mayo­ría de la gente entre la que le cupo nacer, percibía con mayor amplitud la naturaleza de los hechos y realidades que la circundaban y, sobre todo, sentía una mayor preo­cupación por adquirir conocimientos de las cosas poco co­rrientes. De tal modo, que sus contemporáneos la consi­deraban una joven de gran profundidad, pues esas nobles gentes nunca escatimaban su admiración por la riqueza intelectual que ellos nunca cultivaban, y hablaban de Isa­bel como si fuera un prodigio de cultura, que además ha­bía leído a los clásicos... traducidos.

            Su tía paterna, la señora Varian, hizo correr un día la voz de que su sobrina estaba escribiendo un libro... pues ella, que sentía una gran veneración por los libros, estaba convencida de que la muchacha llegaría a distin­guirse notablemente como escritora. La señora Varian tenía un alto concepto de la literatura, a la que aprecia­ba con la estimación que acompaña a un sentimiento de privación. Su gran casa, notable por su conjunto de me­sas de mosaico y techos decorados, carecía de bibliote­ca, y en calidad de volúmenes impresos no contenía na­da más que media docena de novelas en rústica en la habitación de una de las señoritas Varian. En realidad, la relación de la señora Varian con la literatura se redu­cía a su lectura del The New York Interviewer, pues, co­mo ella decía, y no sin razón, una vez que se ha leído el Interviewer se ha perdido la fe en la cultura. De tal suer­te, procuraba guardar tal publicación fuera del alcance de sus hijas, pues estaba decidida a educarlas convenien­temente y, así, no leían absolutamente nada. Su impre­sión acerca de los trabajos de Isabel no pasaba de ser pu­ra fantasía, ya que la muchacha no había intentado jamás escribir un libro y no aspiraba en absoluto a ceñirse los laureles de gloria del autor. Ella carecía sin duda de ca­pacidad para expresarse, y no creía ser un genio, pero pensaba que estaban en lo cierto quienes la trataban co­mo si fuera realmente superior a ellos. Lo fuera o no, quienes la admiraban por creerla superior estaban en su perfecto derecho. Por su parte, a ella se le antojaba que su inteligencia era más rápida que la de los demás, y eso le producía una impaciencia que podía confundirse con un sentimiento de superioridad. Así pues, puede afirmarse que Isabel pecaba, seguramente, de excesiva estimación por sí misma; se complacía con frecuencia en contemplar su propia manera de ser y solía dar por sentado, a pesar de la falta de pruebas, que tenía razón, lo que la inducía a tributarse a sí misma el homenaje de la propia admira­ción. No obstante, sus errores y decepciones eran de la índole de esos que todo biógrafo interesado en preser­var la dignidad del sujeto biografiado debe guardarse de especificar. Sus ideas eran un embrollo de vagos sistemas que no había corregido el buen juicio de personas bien informadas. En cuestión de opiniones seguía su propio impulso, lo que la había conducido ya por mil ridículos extravíos, zigzags y vericuetos. A veces descubría ella so­la que estaba grotescamente equivocada y, entonces, pa­saba toda una semana dedicada a humillarse apasiona­damente, después de lo cual reaparecía con la cabeza más erguida que nunca, pues... no había nada que hacer... la joven sentía un insuperable deseo de tener buena opi­nión de sí misma. Profesaba la teoría de que únicamen­te así valía la pena vivir, que una debía figurar entre las mejores, tener conciencia de una buena organización (no le era posible pensar que su organización no fuera la mejor del mundo), moverse siempre dentro de un haz luminoso de sabiduría natural, de impulso feliz, de ins­piración graciosamente perenne. Le parecía casi tan inne­cesario e inexcusable dudar de sí misma como dudar del mejor de los amigos, pues cada uno debería tratar de ser su propio amigo y, de tal suerte, proporcionarse a sí mis­mo la mejor compañía.

            Sin duda alguna, la muchacha poseía cierta nobleza de imaginación que le otorgaba no pocos favores, pero que también le jugaba no pocas malas pasadas. La mitad del tiempo lo pasaba pensando en la belleza, el valor y la mag­nanimidad, y estaba resuelta a contemplar el mundo como un lugar de brillantez, de libre expansión, de acción irre­sistible, concluyendo por consiguiente que nada había tan detestable como el sentir miedo o vergüenza. Tenía una confianza ilimitada en que nunca haría nada que estuviera mal hecho. Cuando alguna vez había descubierto sus pro­pios sentimientos equivocados (descubrimiento que la ha­cía temblar como si hubiese logrado zafarse de una tram­pa donde habría podido quedar atrapada y ahogada) se había enojado tanto que la simple posibilidad de causar seme­jante dolor a otra persona, aunque sólo fuera accidental­mente, la hacía quedarse sin aliento, porque eso se le an­tojó siempre lo peor que pudiera acontecerle. En conjunto, cuando reflexionaba detenidamente, no experimentaba titubeo ni incertidumbre alguna acerca de lo que estaba mal. No le gustaba la apariencia de las cosas que no estaban bien y, cuando las miraba con atención, las reconocía en el acto. Le parecía mal ser mezquino, celoso, falso, cruel. No había visto gran cosa de las maldades del mundo, pe­ro si algunas mujeres que mentían y trataban de hacerse daño recíprocamente. Y el verlo irritaba de tal modo a su espíritu elevado, que le parecía indecoroso no denigrarlas. Por supuesto, el peligro que acecha al espíritu elevado, es el de ser incongruente... de seguir con la bandera izada, sin querer arriarla ni aun después de haberse rendido la plaza, un proceder tan avieso que casi resultaba un deshonor para la misma bandera. Mas Isabel, poco familiarizada con la clase de artillería a que suelen estar expuestas las jóvenes, se vanagloriaba haciéndose la ilusión de que nunca tales contradicciones estarían presentes en su conducta. Su vi­da iba a estar siempre en armonía con las impresiones más gratas que ella produciría; ella sería lo que aparentaba y aparentaría lo que era. A veces llegaba hasta el extremo de desear encontrarse algún día en una situación difícil a fin de poder estar a la altura de las circunstancias mos­trándose tan heroica como lo exigiera la ocasión. De tal suerte, habida cuenta de su escasa sabiduría, sus exaltados  ideales, su confianza a un tiempo inocente y dogmática, su mezcla de curiosidad y exigencia, de indiferencia y vivaci­dad, su anhelo de parecer estimable y de ser mejor aún si cabía, su decisión de ver, de probar, de conocerlo todo, su combinación de espíritu delicado, vivo y poco metódico y de criatura vehemente y de condición elevada, Isabel po­dría ser víctima de una crítica científica por parte del lec­tor, si no fuera destinada a suscitar en él un impulso más condescendiente, más expectante y benévolo.

            Una de las teorías predilectas de Isabel Archer era la de que tenía suerte al ser independiente, y que debía ha­cer un uso inteligente de ese estado, al cual no llamó ja­más estado de soledad ni mucho menos de aislamiento ya que tales descripciones se le antojaban poco convincen­tes y podían ser remediadas con sólo hacerle caso a su her­mana Lily, quien le suplicaba de continuo que fuese a ver­la y a vivir con ella. Tenía Isabel una amiga a la que había conocido poco antes de la muerte de su propio padre y a la que consideraba siempre un verdadero modelo por el ejemplo de actividad útil que con su vida ofrecía. Hen­rietta Stackpole, que así se llamaba la amiga, gozaba de la ventaja de poseer una habilidad definida. Se había lanza­do de lleno al periodismo, y sus crónicas al Interviewer desde Washington, desde Newport, desde las White Mountains y otros lugares le dieron un prestigio univer­sal. Calificaba Isabel tales crónicas de «efimeras», lo cual no obstaba para que experimentase la más alta estimación por el valor, la energía y el buen humor de aquella escri­tora que, sin influencias, medios de fortuna ni parientes, había adoptado a tres hijos de su hermana enferma y viu­da, y con el producto de sus trabajos literarios les pagaba la educación en los colegios a que asistían. Henrietta se hallaba de lleno en la vía del progreso y tenía opiniones tajantes acerca de la mayor parte de los asuntos. Desde hacía tiempo albergaba el gran anhelo de poder embar­carse para Europa y enviar una serie de crónicas al Inter­viewer desde un punto de vista avanzado... empeño tanto más fácil para ella cuanto que conocía perfectamente de antemano cuáles serían sus opiniones y las innumerables críticas que suscitaban la mayor parte de las instituciones europeas. De modo que, al enterarse de que Isabel par­tía para Europa, ella quiso zarpar también para el Viejo Mundo, pensando que sería una verdadera delicia el po­der hacer juntas el viaje; pero hubo de postergar la reali­zación de su proyecto. La escritora consideraba a Isabel un ser extraordinario y había hablado encubiertamente de ella en algunas de sus crónicas, aunque había tenido siempre buen cuidado de no decírselo a su amiga, a quien no le habría agradado y que no era lectora asidua del Interviewer. Para Isabel, Henrietta era la prueba fehaciente de que una mujer podía bastarse a sí misma y ser com­pletamente feliz. Sus recursos eran corrientes, pero, co­mo la misma Henrietta solía decir, aunque una no tuvie­ra talento periodístico ni el genio de adivinar lo que el público iba a desear, no por eso debía conformarse, creer que carecía de vocación y de aptitudes provechosas, y re­signarse a ser frívola y vacía. Por su parte, Isabel estaba. firmemente decidida a no ser vacía ni frívola. Todo era  cuestión de esperar, con la seguridad de que, si una sabía hacerlo con la paciencia conveniente, acabaría por hallar          al alcance de la mano la tarea satisfactoria. Ni qué decir tiene que, entre las varias teorías de la joven, figuraba una " surtida colección de ideas sobre el tema del matrimonio. La primera era su convencimiento de la vulgaridad que entrañaba el pensar demasiado en ello. Anhelaba con fer­vor el verse liberada de pensar con vehemencia en tal co­sa, y sostenía que una mujer debe poder vivir por sí y pa­ra sí, libre de toda insustancialidad, y que era del todo posible ser feliz sin la obligada compañía de una persona del otro sexo, de mentalidad más o menos tosca. Tales as­piraciones se realizaron totalmente. Había en ella algo realmente puro y orgulloso... -algo que un desdeñado . pretendiente con proclividades analíticas habría califica­do de seco y duro...- que hasta ahora la había mantenido ; desinteresada de cualquier vana conjetura sobre el tema de los posibles maridos. De los hombres que veía, muy po­cos le parecían merecedores de un gasto de tiempo, y le hacía reír el hecho de que alguno de ellos se presentase a sí mismo como un incentivo para la esperanza y una re­compensa a la paciencia. En lo más profundo de su alma se arraigaba la creencia de que, si una luz determinada al­boreaba en su vida, ella se entregaría por entero a ella. Sin embargo, tomada en conjunto, tal imagen era dema­siado imponente para ser atractiva. Los pensamientos de Isabel revoloteaban en torno a esta idea, si bien no se po­saban nunca por mucho tiempo en ella; y cada vez que lo hacía, acababa por producirle alarma. A menudo le pare­cía que se preocupaba demasiado de sí misma; y a tal ex­tremo era así que, en cualquier momento de cualquier época del año, para verla enrojecer hasta la raíz del cabe­llo hubiera bastado con llamarla egoísta empedernida. Pa­saba la vida haciendo planes para su perfeccionamiento espiritual y observando sus progresos. Con todo y con su engreimiento, su manera de ser poseía cierta cualidad de jardín, de la que se desprendía una sugerencia de perfu­me y de ramaje rumoroso, de umbrosas glorietas y pers­pectivas lejanas que le hacían pensar que, al fin y al cabo, la introspección venía a ser como un ejercicio al aire li­bre y que la visita a los lugares más recónditos del alma resultaba inofensiva si se tenía la suerte de regresar de ellos con las manos llenas de rosas. Pero con frecuencia se veía obligada a recordar que en el mundo existían otros jardines además del de su alma maravillosa, y que exis­tían muchos otros lugares que, lejos de ser jardines, no eran sino terrenos pantanosos y pestilentes en los que cre­cía y se desarrollaba una tupida vegetación de miseria y fealdad. En el caudal de esa provechosa curiosidad en que su espíritu había estado flotando y que la había llevado hasta la hermosa y vieja Inglaterra y pudiera tal vez con­ducirla mucho más allá, le ocurría con frecuencia conte­ner el paladeo de su felicidad pensando en los miles de personas que eran menos dichosas que ella... una idea que de pronto hacía que su madura introspección pareciera inmodesta. Así, ¿qué podría una hacer para paliar las desgracias del mundo cuando estaba absorbida por el proyecto de lograr lo agradable para sí misma? Sin em­bargo, hay que rendir culto a la verdad confesando que semejante preocupación nunca la embargó en demasía ni durante mucho tiempo. Era todavía demasiado joven, ex­perimentaba un ansia incontenible de vivir y desconocía casi por completo el dolor. Y se aferraba cada vez más a su teoría de que una joven, a la que todos sin excepción consideraban inteligente, debía comenzar por adquirir una impresión general de la vida. Semejante impresión le parecía necesaria a fin de evitar errores y, una vez logra­da, podría dedicar especial atención a considerar la triste condición de los demás.

            Inglaterra fue una verdadera revelación para ella, y, al verse allí, se dio cuenta de que estaba tan entretenida co­mo un chico ante una pantomima. En sus infantiles ex­cursiones a Europa no había visto sino el continente, y ello sólo a través de las ventanas de su cuarto de niña. En ta­les viajes, la Meca de su padre había sido siempre París y no Londres y, como es natural, las niñas no habían teni­do acceso a lo que a él le interesaba en la capital francesa. Además, las imágenes que le quedaban de semejante épo­ca se habían hecho débiles y remotas, y así esa extraña cua­lidad de Viejo Mundo que impregnaba todo cuanto veía tenía para ella el encanto de algo desconocido y misterio­so. La casa de su tío le parecía una pintura hecha realidad. No se le escapaba refinamiento alguno de cuanto era agra­dable; de modo que aquella rica perfección de la mansión de Gardencourt no sólo le revelaba todo un mundo igno­rado sino que venía a satisfacerle una verdadera necesidad. Las amplias habitaciones de techos oscuros y rincones sombríos, los gruesos alféizares y curiosos marcos de las  ventanas, la suave penumbra, los zócalos brillantes, la ver­de vegetación del jardín, que parecía asomarse al interior, el orden riguroso de lo puramente privado en medio de la «propiedad» -lugar en que todo sonido venía a ser co­mo un feliz accidente, donde hasta la pisada más leve pa­recía amortiguada por la tierra misma, y cuyo aire suave eliminaba toda fricción y estridencia en la conversación-, todo ello era muy del gusto de la joven, y nada ejercía tan­ta influencia sobre sus emociones como su gusto. Así, na­da de extraño tiene que se hiciera gran amiga de su tío y fuera a sentarse en compañía de él cuando le llevaban su sillón al césped. Allí se pasaba él las horas muertas al aire libre, sentado y con las manos cruzadas como un amable y buen dios doméstico, un dios servicial que hubiese rea­lizado su tarea, recibido su remuneración y quisiera tan sólo ir consumiendo semanas y meses hechos de días fes­tivos. Isabel le entretenía mucho más de lo que ella se fi­guraba... pues el efecto que solía producir en la gente era casi siempre muy distinto del que suponía... y a menudo se daba él el gustoso placer de hacerla charlar. Con ese vo­cablo solía él calificar la conversación de su sobrina, con­versación que tenía la misma cualidad incisiva de la de las jóvenes norteamericanas, a las que suele hacérseles más caso que a sus hermanas de los otros países. Con Isabel se había hecho lo mismo que con la mayoría de las mucha­chas en Norteamérica, alentarla a expresar su pensamien­to; se habían tomado en consideración sus observaciones, se había esperado de ella que experimentase emociones y tuviera opiniones propias. No hay duda de que muchas de sus opiniones carecían de verdadero valor, de que muchas de sus emociones se diluían al exteriorizarlas, pero, aun así, habían influido en ella acostumbrándola, por lo me­nos, a aparentar que sentía y pensaba, habían dotado a sus palabras, cuando algo la conmovía, de esa presteza y viva­cidad que muchos habían considerado señal indiscutible de superioridad. El señor Touchett pensaba a veces que le recordaba a su esposa cuando frisaba en los veinte años, pues precisamente fue por ser ella fresca y natural, de rá­pida comprensión y de palabra fácil -cualidades que en su sobrina se acusaban igualmente- por lo que en aquel entonces se enamoró él de la señora Touchett. Sin em­bargo, jamás se aventuró a comunicarle a la joven tal ana­logía, ya que, si la señora Touchett tuvo una época en que se pareció a su sobrina, Isabel no se parecía en nada a la señora Touchett.

            El anciano era todo bondad con la joven. Como el declaraba, hacía ya mucho tiempo que no se había sen­tido en la casa el aleteo de una vida joven; y, de tal mo­do, nuestra heroína, siempre activa y bulliciosa, de bien timbrada voz, le resultaba tan grata a sus sentidos como el murmullo del agua que corre. Estaba deseoso de ha­cer algo por ella y quería que ella se lo pidiera, pero ella no pedía nada y se limitaba a hacer preguntas, si bien en cantidad considerable. Su tío tenía siempre respuestas para todo, aunque, a decir verdad, algunas veces la in­sistencia de Isabel le desconcertaba. Ella no se cansaba de preguntarle acerca de Inglaterra, de la Constitución inglesa, del carácter británico, de la situación política, de las maneras y costumbres de la familia real, de las parti­cularidades de la aristocracia, del modo de vivir y pen­sar de sus vecinos; y, al solicitar que la informase acerca de tales cuestiones, inquiría si los datos que le propor­cionaba coincidían con lo descrito en los libros. Antes de responderle, el anciano la miraba siempre con su fina sonrisa, al tiempo que extendía sobre sus piernas la sua­ve manta de la que nunca se separaba.

            -¿Los libros? -dijo en cierta ocasión-. La ver­dad, yo sé poco de libros, para eso tienes que preguntarle a Ralph. Yo me he guiado siempre por mí mismo.., me he procurado mis datos en la forma natural. No hago nunca demasiadas preguntas; callo y escucho. Desde lue­go, he tenido buenas oportunidades... mejores que las que pueda tener una joven, naturalmente. Aunque no te darías cuenta de ello por mucho que llegaras a obser­varme, tengo un temperamento sumamente curioso e in­quisitivo. Y, por mucho que me observes, mucho más te observaré yo a ti. Durante más de treinta años he esta­do observando a la gente y no tengo reparo en asegurar que he adquirido acerca de ella un conocimiento insu­perable. En conjunto, éste es un país verdaderamente ad­mirable, acaso mucho más de lo que solemos conside­rarlo en el otro lado. Claro que es susceptible de muchas mejoras que me agradaría ver adoptadas, pero aquí no parece considerarlas necesarias. Sin embargo, cuando hay alguna necesidad que todos sienten, se las arreglan para satisfacerla, pero lo cierto es que hasta que lo lo­gran, parece que la espera les resulta cómoda. Por mi parte, he de confesar que me siento mucho más a gusto entre ellos de lo que al principio me figuré. Tal vez se deba esto a que he tenido bastante éxito en mis negocios, pues, cuando se tiene éxito uno se siente más a gusto y como en su propio país.

            -¿Cree usted que, si yo tuviera también éxito, me sentiría como en mi país? -preguntó Isabel.

            -Lo creo muy probable, y, por lo demás, estoy se­guro de que tendrás éxito. Aquí gustan mucho las jóvenes americanas, se muestran muy amables con ellas. Pero no te sientas demasiado como en casa, no lo olvides.

            -¡Oh! No estoy muy segura de que ello pueda sa­tisfacerme -recalcó Isabel con sensatez-. Me gusta mu­cho el país, pero no estoy segura de que la gente me lle­gue a gustar.

            -Aquí la gente es buena, sobre todo si le gustas.

            -No dudo de que lo sea -replicó Isabel-, pero, ¿saben ser agradables en sociedad? Ya sé de sobra que no me van a robar ni a pegar, pero ¿se mostrarán agrada­bles? Esto es lo que me gusta que la gente haga, y no du­do en decirlo porque sé apreciarlo siempre. No creo que sean aquí muy amables con las muchachas, por lo menos en las novelas no lo son.

            -No entiendo absolutamente nada de novelas -di­jo el señor Touchett-. Creo que están escritas con gran habilidad, pero me figuro que no son del todo exactas. Una vez estuvo pasando una temporada con nosotros una señora que escribía novelas. Era amiga de Ralph y él la invitó a venir. Era una mujer muy positiva en todo y pa­ra todo, pero no podía uno fiarse de ella en lo tocante a reflejar la realidad. Me imagino que tenía demasiada ima­ginación. Poco después publicó una obra en la que pre­tendía haber hecho el retrato -más bien caricatura, podría decirse- de mi pobre persona. Yo no lo leí, pero Ralph me entregó el libro con los pasajes más impor­tantes subrayados por él. Éstos constituían un intento de reflejar mi conversación, y todo eran cosas americanas, acento nasal, ideas yanquis, estrellas y barras. Te aseguro que no era nada exacto; por lo visto no se había moles­tado en escucharme bien. Yo no tenía nada que oponer a que ella describiese mi conversación, si ése era su gus­to, pero no podía agradarme que no se hubiese molesta­do siquiera en escucharla. Que hablo como un america­no, es indudable; naturalmente, no puedo hablar como un hotentote. De todas maneras, cuando hablo, me ha­go entender perfectamente por todo el mundo. Pero yo no hablo como el caballero anciano de la novela de esa escritora, el cual ni pasa por americano ni lo querríamos allá a ningún precio. Traigo este hecho a colación para que veas lo poco fidedignos que son esos libros. Por lo demás, como yo no tengo hijas y mi mujer vive en Flo­rencia, no he tenido muchas ocasiones de fijarme en las muchachas. Parece ser que a veces a las chicas de la cla­se baja no se las trataba muy bien, pero creo que en la clase alta ya se las trata mejor, y lo mismo, en cierto mo­do, en la clase media.

            -¡Qué gracioso! -exclamó Isabel-. ¿Cuántas cla­ses hay aquí? Me figuro que lo menos cincuenta.

            -Bueno, creo que no las he contado, porque nun­ca me preocupé gran cosa de las clases sociales. Ésta es una de las ventajas de ser americano aquí: que no se per­tenece a ninguna clase.

            -Por suerte -replicó Isabel-. Imagínese que una tuviera que pertenecer a una de las clases de la sociedad inglesa.

            -No hay que exagerar. Te aseguro que en algunas de ellas no se está del todo mal, especialmente en las más altas. Pero, a mí manera de ver, sólo hay dos clases: la de la gente de quien me fío y la contraria. Y tú, mi querida Isabel, perteneces a la primera de las dos.

            -Muchas gracias -respondió con vivacidad la mu­chacha. A veces adoptaba un continente severo para agra­decer los cumplidos y trataba de zafarse de ellos lo más pronto posible. Sin embargo, a este respecto solía juz­gársela mal, pues se la consideraba insensible a ellos cuan­do, en realidad, lo que hacía era ocultar lo muchísimo que le agradaban. El mostrarlo habría sido mostrar demasia­do. Así, se limitó a añadir-: Estoy convencida de que los ingleses son una gente de lo más convencional.

            Y el señor Touchett no pudo por menos de admitir:     -Todo lo tienen fijado de antemano. Todo ha sido previsto aquí... No les gusta dejar nada para el último momento.

            A lo que la muchacha respondió:

            -Pues a mí me gusta lo imprevisto, no me agrada que me fijen por anticipado lo que he de hacer.

            A su tío le divirtió mucho ver la claridad de las pre­ferencias de la joven.

            -Bueno, pues, por lo pronto, una cosa ha quedado establecida, y es que vas a tener aquí un gran éxito. Creo que eso te gustará.

            -Pues, si son tan tontamente convencionales, no tendré el menor éxito, porque yo no tengo nada de con­vencional, sino todo lo contrario, y eso es lo que no les va a gustar de mí.

            -No, no, te equivocas -dijo el anciano-. No se puede predecir lo que les gustará o desagradará. Son muy variables, y en eso reside su mayor interés.

            -Ah, bueno -replicó Isabel que, de pie delante de su tío y con las manos apoyadas en el cinturón del vesti­do, miraba atentamente hacia el verde césped-. Eso me parece muy bien.

 

 

 

7

 

 

            Tío y sobrina comentaron a menudo con agrado la manera de ser de los ingleses, como si la joven se halla­ra en condición de agradar al público británico; pero la verdad era que el público británico permanecía absolu­tamente indiferente respecto a la señorita Isabel Archer, cuyo destino, como su primo solía decir, la había hecho ir a parar a la casa más triste de toda Inglaterra. En ella su tío, enfermo de gota, recibía a muy poca gente y no era de esperar que la señora Touchett recibiese tampo­co a numerosas visitas, ya que no había cultivado las re­laciones con los vecinos de su esposo. Por lo demás, era muy especial en sus gustos, entre los que figuraba su gran afición a recibir tarjetas. En cambio, por lo que suele lla­marse trato social mostraba una desgana insuperable, a pesar de lo cual nada le agradaba tanto como cubrir la mesa del vestíbulo de la casa con fragmentos oblongos de simbólicos cartoncitos blancos.

            Se vanagloriaba de ser una mujer sumamente justa y había llegado a la irrebatible verdad de que en este mun­do nada se obtiene gratis. Como no había desempeñado en la vida social su papel de señora de Gardencourt, no era de creer que la gente de las cercanías llevase la cuen­ta de sus idas y venidas. Lo cual no obstaba para que ella considerase que no era correcto que hicieran tan poco caso de sus movimientos y creyera que su fracaso (en realidad, harto gratuito) en convertirse en un personaje importante en la comarca no tuviera nada que ver con la dureza con que ella se refería al país de adopción de su marido. He aquí, pues, que Isabel se hallaba en la singu­lar situación de tener que defender la Constitución in­glesa en contra de su tía, que experimentaba inaudito pla­cer en acribillar con sus venenosos comentarios tan venerable instrumento público. Isabel se sentía impulsa­da a mitigar aquellos ataques, no porque creyera que cau­saban algún daño a aquel pergamino viejo y seco, sino porque imaginaba que su tía era capaz de emplear mu­cho mejor la agudeza de su ingenio. Ella era también crí­tica, cualidad inherente tanto a su edad como a su sexo y a su nacionalidad; mas, al propio tiempo era muy sen­timental, y en la terrible sequedad de la señora Touchett había algo que daba libre salida al manantial de sus prin­cipios morales.

            -Vamos a ver -le preguntó un día a su tía-, ¿cuál es su punto de vista? No cabe duda de que, cuando cri­tica algo, es porque tiene su punto de vista sobre ello. El suyo no parece ser americano... pues todo lo de allí se le antoja sumamente desagradable. Yo, cuando critico al­go, es porque tengo mi punto de vista particular, y es un punto de vista netamente americano.

            A ello contestó la señora Touchett:

            -Mi querida sobrina, en el mundo hay tantos pun­tos de vista como personas de juicio susceptibles de man­tenerlos. Tú podrás por ello concluir que no deben de ser muy numerosos. ¡Americano, mi punto de vista! ¡Por Dios! ¡Jamás, por nada del mundo! Entonces, sería la­mentablemente estrecho. A Dios gracias, mi punto de  vista es netamente personal.

            Isabel pensó que ésa era una respuesta mejor de la que esperaba, pues constituía una descripción bastante aceptable de su propia manera de juzgar las cosas, aun cuando no habría estado bien que ella lo dijese clara­mente. En boca de una persona de menor edad y menor experiencia que la señora Touchett, es indudable que se­mejante declaración habría delatado una gran inmodes­tia, incluso una excesiva arrogancia. Sin embargo, ella se arriesgó a hacerlo poco después al hablar con Ralph, con quien departía a menudo y para el cual la conversación con su prima era un campo abierto para toda suerte de extravagancias. Como vulgarmente se dice, su primo ha­bía tomado por costumbre burlarse de ella, a cuyos ojos adquirió inmediatamente la reputación de tomarlo todo a broma; y él no era hombre que no sacara partido a los privilegios que una reputación semejante le pudiera con­ferir. Le acusaba Isabel de una falta de seriedad verda­deramente odiosa y de reírse de todo y de todos, empe­zando por sí mismo. Esa inclinación a la irreverencia la mostraba especialmente al hablar de su progenitor, si bien no dejaba de ejercitar despiadadamente su ingenio contra el mismo hijo de su señor padre y sus débiles pul­mones, contra la inutilidad de su vida, su fantástica ma­dre, sus amigos, especialmente lord Warburton, y su en­cantadora prima, recientemente hallada, oriunda de su propio país y a la que con tanto gusto había él adoptado. En una ocasión Ralph le dijo: «En mi antecámara tengo constantemente una orquesta de música, contratada pa­ra tocar sin interrupción, que me hace dos grandes fa­vores al mismo tiempo: el primero, impedir que lleguen a mi habitación los ruidos del exterior; el segundo, ha­cer creer a la gente que en mis habitaciones se está siem­pre de baile». En efecto, cuando uno se acercaba allí no dejaba de percibir el sonido de una orquestina interpre­tando los valses de moda, los cuales parecían flotar en el ambiente. Isabel se irritaba frecuentemente a causa de ese constante rascar de violines; le habría gustado dejar atrás la antecámara, como su primo la llamaba, y pene­trar en sus aposentos privados. Ante tan vehemente de­seo poco importaba que él hubiese dicho que era un lugar sombrío; ella habría entrado encantada para barrer, limpiar a fondo y poner un poco en orden las cosas que hubiera. Eso de no dejarla penetrar allí era practicar la hospitalidad a medias; y, para vengarse de ello y casti­garle, Isabel solía propinar a su primo innumerables pal­metazos con la férula de su vivo y juvenil ingenio. A de­cir verdad, lo mejor de su ingenio debía emplearlo en defenderse de los ataques de su primo, que solía diver­tirse llamándola «Columbia» y acusándola de un pa­triotismo tan ardiente que abrasaba. Ralph dibujó una caricatura de ella en que la representaba como una joven muy guapa vestida a la última moda con los colores de la bandera nacional. El temor que más acuciaba a Isabel en ese momento de su ascensión era precisamente que se la considerase estrecha de miras, e inmediatamente después, el serlo de veras. Con todo, no sentía el menor escrúpulo en dar la razón a las invectivas de su primo y hacerle ver que suspiraba por los encantos de su país de origen. De tal suerte, estaba dispuesta a ser tan america­na como a él le diera la gana creerla y, si se proponía reírse de ella por eso, sabría proporcionarle sobrado ma­terial para semejante entretenimiento. Isabel defendía a Inglaterra contra los ataques de la madre de Ralph, pe­ro cuando éste, por vapulearla como él decía, cantaba las alabanzas de este país, se las arreglaba para estar en de­sacuerdo con su primo en no pocos puntos. Lo cierto era que aquel país tan pequeño y maduro le parecía de una cualidad tan exquisita como la de las sabrosas peras del mes de octubre; y puede decirse que esa satisfacción tenía su origen en la misma raíz de la generosa condes­cendencia con que acogía las chanzas de su primo y que le daba medios para devolvérselas con creces. Y si, a ve­ces, flaqueaba en su buen humor, no era porque se sin­tiese poco hábil para seguir aparentándolo, sino porque su primo le daba lástima. Le parecía, en efecto, que Ralph hablaba a ciegas y no ponía mucho entusiasmo en lo que decía. Así, le dijo una vez:

            -No sé qué te ocurre, pero tengo la sospecha de que eres un charlatán.

            -Allá tú -contestó Ralph, que no estaba acostum­brado a que le hablaran con aquella crudeza.

            -No sé qué te importa de verdad; me parece que nada de nada. En realidad, Inglaterra te importa un ble­do aunque la alabes y te importa un comino América, aunque finjas que la denigras.

            A lo que él replicó:

            -Lo único que de veras me importa eres tú, queri­da prima.

            -Si pudiera creer aunque no fuera más que eso, se­ría muy dichosa.

            -¡Qué menos! -exclamó el joven.

            Si Isabel lo hubiese creído no habría estado muy le­jos dé la verdad. Lo cierto es que él pensaba mucho en ella, siempre la tenía presente. En un momento en que sus propios pensamientos constituían una carga dema­siado pesada, la repentina llegada de su prima, que nada prometía y era, sin embargo, como una dádiva ofrecida a manos llenas por el destino, sirvió para refrescar y alige­rar aquellas cavilaciones dándoles alas y pretexto para vo­lar. El infeliz Ralph llevaba varias semanas sumido en una honda melancolía, y sus perspectivas, habitualmente som­brías, se hallaban cubiertas por una nube todavía más den­sa y oscura. Su ansiedad por el estado de salud de su pa­dre había aumentado grandemente, pues la gota que le aquejaba y que hasta entonces parecía haberse confinado en sus piernas, empezaba ya a afectar regiones más vita­les del cuerpo. El anciano había estado gravemente en­fermo durante la primavera, y los médicos dieron a en­tender al hijo que, si sobrevenía otro ataque, no sería tan fácil de dominar. Ahora parecía haber comenzado a no sen­tir dolores, pero Ralph no las tenía todas consigo y pen­saba que aquello era un subterfugio del enemigo, que per­manecía al acecho para pillarle desprevenido. Y, si tal maniobra lograba triunfar, quedarían muy escasas espe­ranzas de ofrecerle una resistencia decidida y eficaz. Ralph siempre había tenido la convicción de que su padre le so­breviviría..., de que su nombre sería el primero pronun­ciado con gravedad. Padre e hijo habían sido compañe­ros inseparables, y la idea de quedarse solo con los restos de una vida sin aliciente entre las manos no le resultaba nada grato al joven, que siempre había confiado en la ayu­da de su mayor y mejor amigo para ir tirando lo menos mal posible. Ante la perspectiva de perder su auténti­ca motivación, Ralph acabó por perder su inspiración. Lo mejor sería que los dos muriesen al mismo tiempo, pero, sin el ánimo que la compañía de su padre le proporcio­naba, era muy probable que él no tuviera paciencia sufi­ciente para esperar su turno. Por otra parte, carecía del incentivo de sentirse indispensable para su madre, y an­te ésta tenía como norma no lamentarse. Pensó que no había mostrado gran bondad hacia su padre al desear que, de los dos, fuese el sujeto activo y no el pasivo el destina­do a sufrir la herida doliente, y recordaba que el anciano había considerado siempre su pronóstico de un fin pre­maturo un brillante sofisma que él estaría encantado de desbaratar mediante el sencillo procedimiento de morir primero. Mas, de aquellos dos triunfos -el de refutar a un hijo sofista y el de continuar durante un tiempo más en un estado que, con todos sus sinsabores y malestares, le era grato soportar-, a Ralph no le parecía pecado es­perar que el señor Touchett llegara a alcanzar el segundo.

A todas estas delicadas preguntas puso fin la llegada de Isabel, la cual sugería una posible compensación por la in­soportable contrariedad de sobrevivir al genial dueño de la mansión. Ralph llegó a pensar que, tal vez sin darse cuen­ta, estaba abrigando «amor» hacia aquella joven fresca y es­pontánea procedente de Albany; pero tras meditarlo dete­nidamente, decidió que no. A la semana de la llegada de Isabel, ya estaba plenamente convencido de ello y se afe­rraba cada vez más a su convencimiento. Quien la había juz­gado con verdadero acierto era lord Warburton, que la con­sideraba una damita realmente interesante; y a Ralph le maravillaba que su vecino hubiera llegado tan pronto a se­mejante conclusión, cosa que le ratificó en su idea sobre la gran habilidad de su amigo, por la cual había experimenta­do siempre una sincera admiración. Sin embargo, aunque su prima no fuera para él más que un entretenimiento, Ralph sabía que era un entretenimiento de primera categoría. «Ver en acción a un carácter como ése -se decía-, a una pe­queña pero auténtica y apasionada fuerza, es una de las más sabrosas delicias de la naturaleza, mejor que la más bella obra de arte, mejor que un bajorrelieve helénico, mejor que un cuadro de Ticiano, mejor que una catedral gótica. Es realmente agradable sentirse tan bien tratado cuando uno menos se lo espera. Nunca estuve más sombrío, más preo­cupado, que durante la semana anterior a su llegada, y ja­más tuve menos esperanzas de que pudiera sobrevenirme algo agradable. Y he aquí que fue como si de repente hu­biese recibido por correo un Ticiano para colgarlo en la pa­red de mi cuarto, o un bajorrelieve griego para colocarlo en el panel superior de la chimenea. Es como si me hubieran entregado la llave de un suntuoso palacio y me hubiesen autorizado a visitarlo y admirarlo a mis anchas sin vigilan­cia alguna. Amigo mío, has sido hasta ahora un triste desa­gradecido y lo que debes hacer en lo sucesivo es estar tran­quilo y dejar de refunfuñar». Nada, en verdad, más justo que el sentimiento que tales reflexiones inspiraban; sin em­bargo, no era exacto que a Ralph Touchett le hubiesen entregado una llave. Su prima era una joven muy brillante y habría que Hacer no poco antes de llegar a conocerla, pe­ro era preciso ponerse a ello, y su actitud, si bien contem­plativa e incluso crítica, no era en modo alguno enjuicia­dora. Así pues, Ralph contemplaba a sus anchas el edificio por el exterior y lo admiraba grandemente; lo miraba por dentro a través de las ventanas y admiraba igualmente su belleza de proporciones, pero se percataba de que sólo ha­bía logrado entreverlo y de que no podía decir aún que hu­biese traspasado el umbral. La puerta de la suntuosa man­sión permanecía cerrada y, aunque él tenía varias llaves en su bolsillo, estaba convencido de que ninguna de ellas le ser­viría. La muchacha era inteligente, generosa, de naturale­za libre y hermosa, pero ¿qué se proponía hacer de sí mis­ma? No era ésta una pregunta ortodoxa, ya que no cabe  hacerla respecto a la mayoría de las mujeres. Por regla ge­neral, las mujeres jamás hacen nada de sí mismas, limitán­dose a esperar más o menos graciosa y pasivamente que un hombre pase por su lado y ofrezca un destino a sus vidas. La originalidad de Isabel consistía principalmente en que daba la impresión de abrigar propósitos propios. «Ahora, que llegue a ponerlos en práctica ya es harina de otro cos­tal -se decía Ralph-. Me gustaría estar presente cuando lo haga».

            La llegada de Isabel le impuso, por lo pronto, el de­ber de hacer los honores de la casa. El señor Touchett se hallaba recluido en su sillón y, por su parte, la señora Touchett era una especie de visitante malhumorada; de tal suerte que, en lo que se refiere a las obligaciones que a la consideración y a la conciencia de Ralph se impo­nían, el placer se mezclaba en perfecta armonía con el deber. Así, aunque no era gran andarín, se dio a pasear por los campos con su prima, entretenimiento para el que el tiempo tenía a bien seguir mostrándose favorable con una persistencia que sobrepasaba las lúgubres ex­pectativas que Isabel se había forjado del clima del país; y en las largas tardes, cuya duración daba la medida exac­ta de la agradecida vehemencia de la joven, iban en barca por el río, el encantador riachuelo, como ella lo llama­ba, y cuya orilla opuesta parecía estar en un primer plano del paisaje ante su vista extendido; o recorrían los cami­nos en faetón, aquel bajo y espacioso faetón de gruesas ruedas que tanto usara en sus tiempos el señor Touchett y que había dejado ya de disfrutar. En cambio, era Isabel quien de el disfrutaba ahora enormemente y, empuñan­do las riendas de manera que el lacayo calificaba de «ex­perta», no se cansaba jamás de guiar a los mejores caba­llos de su tío por entre aquellas llanuras azotadas por el viento y aquellos caminos vecinales repletos de los rús­ticos detalles que ella sospechaba habría de encontrar: casitas de madera con techos de paja, modestas tabernas de pulidas celosías, antiguos prados comunales y reta­zos de parques vacíos rodeados de setos que el verano es­pesaba a su antojo. Y, cuando después de tales excursio­nes llegaban a la casa, era siempre para encontrar el té servido en una mesa al aire libre, sobre el césped de de­lante de la casa, y a la señora Touchett que se limitaba a alargarle la taza llena a su marido, sin que hubiera otra co­sa ni por parte de uno ni de otro, pues ambos permanecían la mayor parte del tiempo completamente silenciosos, él con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, ella absorta al parecer en su labor de punto y afectando ese aire de concentración mental que adoptan muchas damas al poner sus diminutas lanzas en movimiento.

            Pero un día se encontraron con que había un visitan­te. Los dos jóvenes habían pasado una hora bogando sua­vemente por el río y, al volver andando hacia la casa, vie­ron a lord Warburton sentado bajo un árbol y enzarzado en una conversación con la señora Touchett que, aun des­de lejos, podía apreciarse era bien insustancial. El lord ha­bía ido a caballo llevando consigo una maleta, signo ine­quívoco de que había esperado, como a ello le tenían acostumbrado con sus reiteradas invitaciones el padre y el hijo, que se le invitase a cenar y a pasar allí la noche. Isa­bel sólo le había visto durante media hora el día de su lle­gada, y tan poco tiempo le había servido para descubrir       que era muy de su gusto. La imagen del apuesto lord se había grabado con nitidez en el espíritu de la joven, que más de una vez pensaba ya en él con complacencia. Isabel había esperado volver a verle y deseaba ver también a al­gunos otros. Gardencourt, la herniosa mansión, no era triste; el lugar poseía una belleza soberbia, su tío se le apa­recía cada vez más como una especie de abuelo maravi­lloso y Ralph era distinto de todos los primos con quienes hasta entonces había tratado y que le habían hecho for­marse una lúgubre idea de los primos en general. Además, sus impresiones eran aún tan recientes y se renovaban con tanta celeridad que apenas dejaban zonas en blanco. Isa­bel tenía que obligarse a recordar que su principal interés era el conocimiento de la naturaleza humana y que su ma­yor ilusión, al emprender aquel viaje, había sido tener la oportunidad de conocer a una gran cantidad de gente.

            De modo que, cuando Ralph le decía, como ya ha­bía hecho más de una vez: «No sé si podrás soportar es­to. Deberías conocer a algunos de nuestros vecinos y ami­gos, pues, por extraño que te parezca tenemos unos cuantos», o cuando se ofrecía a invitar a, como él decía, «un montón de gente» y a introducirla en la sociedad in­glesa, ella le alentaba con entusiasmo para que llevase a cabo su hospitalario empeño y se comprometía por an­ticipado a poner todo de su parte.

            De todas maneras, hasta entonces poco o nada ha­bía puesto él en práctica de todas aquellas promesas, y será cosa de decirle confidencialmente al lector que, si parecía como si el joven estuviera demorando darles cumplimiento, era porque la tarea de proveer por sí mis­mo solaz y entretenimiento a su compañera no le re­sultaba, ni mucho menos, tan penosa como para recu­rrir a la cooperación de los demás. Varias veces había hablado Isabel de los «ejemplares», palabra que desem­peñaba un papel de gran importancia en su vocabula­rio y con la cual daba a entender que deseaba ver a la sociedad inglesa ilustrada con sus personajes más re­presentativos. De modo que aquella tarde, al ir desde el río hacia la casa tras haber desembarcado de la lan­cha, él le dijo con gran satisfacción cuando divisaron a lord Warburton:

            -Mira, ahí tienes un ejemplar.

            -¿Un ejemplar de qué? -preguntó la muchacha.

            -De caballero inglés -replicó el primo.

            -¿Quieres decir que todos son como él?

            -¡Oh, no! De ningún modo. No todos son como él.     -Pero es un buen ejemplar-dijo Isabel-, porque estoy segura de que es simpático.

            -Sí que lo es. Y, además, muy acaudalado.

            El acaudalado lord Warburton estrechó amablemen­te la mano de nuestra heroína y le preguntó si estaba bien, rectificando en el acto con las siguientes palabras:

            -Pero, bueno, no necesito preguntarlo, pues si ha estado usted remando...

            A lo que Isabel hubo de contestar:

            -En efecto, he remado un poco. Pero ¿cómo lo sabe?

            -Muy sencillo: porque sé que él no rema. Es de­masiado vago para eso -rió su señoría el lord mirando a Ralph.

            Tiene sus razones para ser un poco perezoso -co­mentó Isabel, bajando un poco la voz.

            -Sí, sí, siempre tiene excusas para todo -exclamó lord Warburton, con una alegre carcajada.

            -Mi excusa para no haber remado hoy -intervino Ralph- es que mi prima rema admirablemente. Bueno, todo lo hace igual de bien. No toca nada que no parez­ca quedar después adornado.

            -Le dan a uno ganas de que usted le toque, señori­ta Archer -declaró lord Warburton.

            -Pues déjese tocar, en el buen sentido de la pala­bra, que eso no le habrá de desmerecer-dijo Isabel, que, si bien se sentía complacida de oír que se le reconocían . tan diversas cualidades, era lo suficientemente fuerte pa­ra mostrar que semejante complacencia no derivaba de una posible debilidad de espíritu, toda vez que había va­nas cosas en las cuales sobresalía. Su deseo de pensar bien de sí misma contaba, cuando menos, con la humildad de precisar siempre una prueba.

            Lord Warburton no sólo pasó la noche en la man­sión de Gardencourt, sino que insistieron en que se que­dase todo el día siguiente, y, al final del segundo día, él mismo decidió postergar su partida hasta la mañana del otro. Durante todo aquel tiempo tuvo ocasión de dirigir no pocos cumplidos a Isabel, quien acogió aquellas ma­nifestaciones de aprecio con muy buena voluntad. Al fi­nal se dio cuenta de que él le gustaba extraordinariamente.

            Mucho había pesado sin duda la primera impre­sión que le produjo, pero, al final de la velada que ha­bían pasado juntos, la joven no podía por menos de considerarle, sin que en ello hubiese nada de fantásti­co, un verdadero héroe de novela. De modo que por la noche, al acostarse, experimentaba una sensación de buena fortuna y sentía una viva convicción de posibles dichas futuras. «Verdaderamente es hermoso conocer a dos personas tan encantadoras como éstas», se dijo, aludiendo con este vocablo numeral a su primo y al amigo de su primo. Pero, además, conviene no olvidar que había ocurrido un incidente susceptible de poner a prueba su buen humor. El señor Touchett había ido a acostarse a las nueve y media de la noche, pero su es­posa permaneció en el salón con el resto del grupo. Se quedó con ellos aproximadamente una hora, y luego, levantándose, hizo observar a su sobrina que ya era ho­ra de dar las buenas noches a los caballeros. Por su par­te, Isabel no tenía deseo alguno de ir a acostarse; la oca­sión le parecía divertida, y las diversiones no terminaban por lo general a hora tan temprana. De manera que, sin poner en ello la menor intención, replicó:

            -¿Ha de ser ahora mismo, tía? Subiré dentro de me­dia hora.

            -No me es posible esperarte -repuso la señora Touchett.

            -¡Ah! No tiene por qué esperarme. Ralph encen­derá mi vela -dijo alegremente la joven.

            -Yo la encenderé. Por favor, déjeme usted que yo la encienda -exclamó lord Warburton-. Pero con una condición: que no sea antes de medianoche.

            La señora Touchett lo traspasó con su encendida mi­rada y luego la posó fríamente en su sobrina, a la que dijo:

            -No puedes quedarte sola con los hombres. Que­rida, aquí no estás..., no estás en tu dichosa Albany.

            Isabel se levantó, ruborizada, y contestó:

            -Ojalá lo estuviese.

            -Mamá, por favor -intervino Ralph.

            -Mi querida señora Touchett... -murmuró lord Warburton. Pero la querida señora Touchett contestó majestuosamente:

            -Mi lord, no soy yo quien ha hecho su país. Debo aceptarlo tal como es.

            -¿No puedo quedarme con mi primo? -preguntó entonces Isabel.

            -No sabía que lord Warburton fuese primo tuyo.

            -Será mejor que yo me vaya a la cama-dijo lord Warburton-. Así se acabarán las discusiones.

            La señora Touchett le dirigió una breve mirada de desesperación y se sentó de nuevo.

            -Está bien, si es preciso, me quedaré hasta media­noche. Mientras tanto, Ralph le había dado a Isabel el candelabro. Durante aquel momento de breve entrecho­car de espadas estuvo observándola y le pareció que con ello se había puesto de relieve el carácter de la joven; el incidente podía ser de sumo interés. Mas, si se hizo la ilu­sión de presenciar un estallido, se llevó un gran chasco, pues la joven se limitó a sonreír suavemente, saludó a los caballeros dándoles las buenas noches y se retiró acom­pañando a su tía. Por lo que a Ralph atañía, se sentía mo­lesto por lo que hiciera su madre, si bien reconocía que tenía razón. Al llegar arriba, las dos mujeres se separaron delante de la puerta de la señora Touchett. Isabel no ha­bía abierto la boca mientras subían la escalera.

            -Supongo que estarás molesta porque me he in­miscuido en tus asuntos -dijo la señora Touchett.

            Isabel reflexionó un instante y repuso:

            -Molesta no, pero sí sorprendida... y bastante des­concertada. ¿Acaso no estaba bien que yo me quedase en el salón

            -En absoluto. Aquí, las muchachas, por lo menos en las casas decentes, no se quedan con los caballeros hasta altas horas de la noche.

            -Entonces ha hecho usted bien en decírmelo -re­plicó Isabel-. La verdad, no lo comprendo, pero me ale­gro de saberlo.

            -Te lo diré siempre que me parezca que te excedes.

            -No tenga reparo en hacerlo, se lo ruego. Aunque esto no quiere decir que sus observaciones hayan de pa­recerme siempre justas.

            -Ya me lo figuro. A ti te gusta mucho hacer lo que se te antoja.

            -Confieso que sí. Pero me gusta saber siempre las cosas que una no debe hacer.

            -¿Para hacerlas? -preguntó su tía.

            -Depende -respondió Isabel.

 

 

 

8

 

 

            Como Isabel era aficionada a las cosas románticas, lord Warburton se atrevió a manifestar su esperanza de que fuese algún día a ver su casa, un viejo caserón muy curio­so. Consiguió arrancar a la señora Touchett la promesa de que llevaría a su sobrina a Lockleigh, y Ralph manifestó su predisposición a acompañar a las damas siempre que su padre estuviese en condiciones de prescindir de él. Lord Warburton comunicó a nuestra heroína que, mientras tan­to, sus hermanas irían a visitarla. Isabel sabía ya algo acer­ca de ellas, pues durante las largas horas que acababan de pasar juntos en Gardencourt había tenido frecuentes oca­siones de sondearle respecto a su familia. Isabel, cuando algo le interesaba, hacía infinitas preguntas; y, como su in­terlocutor era un conversador empedernido, ella se vio plenamente recompensada en su curiosidad.

            Así pues, él tuvo ocasión de explicarle que tenía cua­tro hermanas y dos hermanos, y que había perdido a sus padres. Sus hermanos y hermanas eran todos muy bue­nos, según dijo, y añadió: «No extraordinariamente in­teligentes, ¿sabe usted?, pero muy bien educados y agra­dables». Y llevó su bondad al extremo de desear que la señorita Archer pudiese conocerles a fondo. De los herma­nos, uno había abrazado la carrera eclesiástica y se había establecido en el dominio familiar, una comarca muy po­blada y extensa, y era un hombre verdaderamente admirable, si bien pensaba de forma muy diferente a él en todo lo imaginable. Y aquí lord Warburton hizo referencia a al­gunas opiniones profesadas por su hermano, opiniones que Isabel había oído expresar frecuentemente y que se le antojaban comunes a la mayor parte de la familia-hu­mana. En realidad, incluso creía compartir muchas de ellas, y así lo pensó hasta que él afirmó que estaba com­pletamente equivocada, que eso era del todo imposible, que sin duda imaginaba que las compartía, pero que, si las examinaba bien, no tardaría en ver que eran absoluta­mente insustanciales. Y cuando Isabel contestó que ha­bía reflexionado hondamente sobre algunas de tales cues­tiones, él declaró que ella era otro ejemplo aparente de lo que tanto le había llamado siempre la atención; a sa­ber, que, de todas las gentes que poblaban el mundo, los  americanos eran los más burdamente supersticiosos. Eran todos unos rancios «tories» y unos beatos empedernidos, y no había conservadores comparables a los conservado­res americanos. Allí estaban para probarlo su tío y su pri­mo. Nada tan medieval como algunas de sus opiniones; profesaban ideas que hoy día, en Inglaterra, la gente se avergonzaría de confesar y tenían el descaro de preten­der conocer las necesidades y los peligros de la pobre, in­feliz y tonta Inglaterra mejor que él, que había nacido allí y que, para vergüenza suya, poseía un buen pedazo de su tierra. De todo lo cual llegó Isabel a inferir que lord War­burton, era un aristócrata de los de la nueva escuela, un reformador, un radical, un despreciador de los antiguos . métodos. Su otro hermano, que servía en el ejército de la India, era más bien indómito, testarudo, y bueno tan so­lo para contraer deudas que luego le tocaba a Warburton pagar..., lo que constituía uno de los más preciados privi­legios de la primogenitura. «Por supuesto, estoy decidi­do a no pagar ninguna más -declaró su amigo-. Lo cier­to es que vive infinitamente mejor que yo, se permite pla­ceres inauditos y se cree un caballero mucho más dis­tinguido que yo. Y, como me tengo por un empecinado radical, defiendo la igualdad, pero no soporto la superio­ridad de los hermanos menores». De sus cuatro hermanas, dos de ellas, la segunda y la cuarta, estaban casadas; a una, según se decía, le iba bastante bien, y a la otra regular nada más. El marido de la mayor, lord Haycock, era una excelente persona, pero desgraciadamente un «tory» es­pantoso, y su esposa, como todas las esposas inglesas, era mucho peor que el marido. La otra, casada con un pe­queño propietario de Norfolk como quien dice ayer, se las había arreglado para tener ya cinco hijos. Lord War­burton tuvo a bien proporcionar todos esos detalles y mu­chos más todavía a la joven americana, tomándose ade­más la molestia de exponerle las cosas con absoluta claridad y presentando completamente desnudas a su avidez de conocimiento todas las particularidades de la vida ingle­sa. A Isabel le divertía sumamente tal franqueza y la po­ca consideración que él parecía otorgar a su experiencia y su imaginación. «Me considera una completa salvaje -se decía- y se imagina que no he visto en mi vida te­nedores ni cucharas». De manera que se las ingeniaba pa­ra hacerle preguntas insulsas por el placer de oírselas con­testar con la mayor seriedad del mundo. Y, una vez que había caído en la trampa, ella exclamaba: «Lástima que no haya podido verme con plumas y tatuaje de guerrero. Si yo hubiese sabido lo bueno que se muestra usted con los pobres salvajes, me habría traído mi traje de indígena». Pero lord Warburton, que había viajado mucho por Es­tados Unidos, conocía del país mucho más que Isabel. Así, llevó su amabilidad al extremo de afirmar que era el país más delicioso del mundo, aunque se le antojaba, por los recuerdos que de él tenía, que en Inglaterra los americanos precisaban que se les explicasen muchísimas co­sas. «¡Si yo la hubiese tenido a usted para que me expli­case las cosas en América! -exclamó-. En su país me sentí más bien desconcertado. Estaba como aturdido, y lo peor era que, cuanto más me explicaban las cosas, más me desconcertaban. En realidad, sospecho que a veces me daban adrede una explicación equivocada; allí son muy listos para tales cosas. En cambio, cuando yo le explique algo, puede usted creerme a pie juntillas, pues en lo que yo le diga no habrá error jamás.» En lo que no cabía error, desde luego, es en que era un hombre muy inteligente y culto, y en que sabía de casi todo lo del mundo. Aun cuan­do decía cosas del mayor interés y tenía especialísimos puntos de vista sobre la mayoría de las cosas, Isabel se da­ba cuenta de que lo hacía sin el menor deseo de exhibi­ción; y, aun cuando había tenido extraordinarias oportu­nidades y logrado las más altas recompensas, estaba muy lejos de pretender presentarlas como un mérito. Si es cier­to que había disfrutado de las cosas mejores de la vida, no lo es menos que ellas no lograron jamás despojarle de su fino sentido de la medida. Destacaba en él como una mez­cla del efecto de una fecunda experiencia -desde luego, fácilmente adquirida- con una modestia que a veces pe­caba de infantil, una mezcla cuyo admirable y dulce sa­bor -pues en verdad resultaba tan agradable corno una golosina- no perdía nada porque se le añadiese un to­que de condescendiente bondad.

            -Me gusta mucho tu ejemplar de caballero inglés -le comentó Isabel a Ralph una vez que lord Warbur­ton se hubo marchado.

            -A mí también -dijo su primo-. Le quiero de ve­ras..., y le compadezco todavía más.

Isabel se quedó mirándole un tanto recelosa para lue­go decir:

            -No comprendo. Precisamente a mí se me antoja que su única falta es que... no puede una tenerle lástima. Pare­ce como si lo tuviera todo, lo supiese todo y lo fuera todo.

            -Y así es, pero en el mal sentido -dijo Ralph.

            -Supongo que no te referirás a su estado de salud.

            -No. En ese aspecto, posee una tremenda fortale­za. Lo que quiero decir es que ocupa una gran posición social y está haciendo toda clase de tonterías con ella. No se toma en serio a sí mismo.

            -¿Crees que se toma en broma?

            -Mucho peor; se considera una intolerable impo­sición..., un verdadero abuso.

            -Quién sabe. A lo mejor lo es -dijo Isabel.

            -Tal vez, aunque, en conjunto, no lo creo. Y ¿hay algo más digno de lástima que la conciencia del propio abuso, implantado por manos ajenas y hondamente arrai­gado, y el sufrimiento a causa de la injusticia que su exis­tencia entraña? En su lugar, yo me mostraría más so­lemne que una estatua de Buda. La posición que él ocupa es cosa que excita grandemente mi imaginación. Debe­ría suponer grandes responsabilidades, oportunidades magníficas, consideraciones eminentes, cuantiosa rique­za, poder considerable y una participación natural en la dirección de los asuntos de un gran país. Pero la verdad es que el pobre se ha hecho un lío consigo mismo, su si­tuación social, su influencia y, en una palabra, con todo lo habido y por haber. Es una víctima de esta época crí­tica en que vivimos. Ha dejado de creer en sí mismo, y ya no sabe en qué creer. A veces, cuando intento decír­selo (pues no te quepa la menor duda de que, si yo fue­ra él, sabría perfectamente en lo que debería creer) me califica de reaccionario. Tengo la seguridad de que me to­ma por un auténtico filisteo. Afirma que no compren­do la época en que me ha tocado vivir; pero te aseguro que la comprendo bastante mejor que él, que, para su desgracia, no puede ni exterminarse como peligro pú­blico ni mantenerse como institución.

            -Pues no parece tan dejado de la mano de Dios, tan pobre diablo -observó Isabel.

            -Acaso no, a pesar de que, siendo como es un hom­bre de mucho y buen gusto, debe de pasar horas nada placenteras. Pero, en cuanto a sus oportunidades se re­fiere, ¿no te parece que merece compasión? Para mí, no hay la menor duda de que la merece.

            -No creo -dijo Isabel.

            -Bueno, primita; pues, si no la merece, debería me­recerla -replicó Ralph.

            Por la tarde, Isabel pasó una hora entera con su tío en el césped, donde el anciano permaneció sentado co­mo de costumbre con una manta sobre las piernas y un gran tazón de té en la mano. Durante la conversación, él le preguntó qué le había parecido el visitante.

            -Me parece encantador -contestó Isabel con gran entusiasmo.

            -Es una persona muy agradable –dijo el señor Tou­chett-; pero te aconsejo que no te enamores de él.

            -Pues, entonces, no lo haré. No llegaré a enamo­rarme sino de quien usted me aconseje. Por lo demás -añadió-, mi primo me ha hecho una descripción po­co alentadora de lord Warburton.

            -¿De veras? Ignoro lo que puede haberte dicho, pe­ro ya sabes, y no debes olvidarlo, que Ralph es incapaz de permanecer callado.

            -El piensa que su amigo es demasiado subversivo..., o tal vez no lo suficiente. La verdad, no acabo de enten­derlo muy bien.

            El anciano meneó lentamente su cana cabeza, son­rió con suavidad y dejó el tazón en la mesita.

            -No sé qué decirte. Parece que va demasiado le­jos, pero es muy posible que se quede corto. Me imagi­no que eso es algo natural, pero no por ello es menos inconsistente. Se diría que quiere desembarazarse de muchas cosas y, al mismo tiempo, que desea seguir sien­do él mismo.

            Isabel no pudo contenerse.

            -¡Ojalá siga siendo él mismo! -exclamó-. Con­fieso que, si decidiera prescindir de sus amigos, le echa­ría mucho de menos.

            -Bueno, no te preocupes tanto -contestó el an­ciano-. Para mí, que se quedará donde está y entre­tendrá a sus amigos. Yo le extrañaría de veras aquí, en esta soledad de Gardencourt. A mí me entretiene mu­cho cuando le da por venir, y me parece que él también se entretiene. Ahora hay muchos como él pululando en la alta sociedad; es lo que se lleva. Por mi parte, igno­ro lo que pretenden llevar a cabo... Tal vez tratan de ha­cer una revolución. De todas formas, espero que no sea antes de que yo me vaya. Por lo visto, quieren trasto­carlo todo, pero yo, que soy un terrateniente de bas­tante importancia en el país, no tengo el menor deseo le que me trastoquen. Si hubiera sabido que iban a pro­ceder de tal manera, no me habría aventurado a venir... -prosiguió el señor Touchett con gran hilaridad-. Si, aquí, fue porque creí que Inglaterra era un país se­guro. Para mí constituye un verdadero fraude eso de querer implantar cambios de semejante importancia. rengo la seguridad de que, si lo hacen, decepcionarán a mucha gente.

            -¡Ojalá hiciesen una revolución! ¡Me encantaría verla! -exclamó, en cambio, Isabel.

            -Bueno, vamos a ver -dijo su tío en un tono en el que parecía haber no poco buen humor-. Ya no me acuerdo de qué lado estás, si de lo antiguo o de lo mo­derno. Según he oído, tus puntos de vista son bastante contradictorios.

            -Estoy con las dos partes. Me parece que estoy un poco de parte de unos y un poco de parte de otros. En una revolución..., una vez que la cosa fuera en serio..., creo que sería una orgullosa y empedernida partidaria de ella. Una acaba por simpatizar enormemente con los re­volucionarios, que tienen ocasión de portarse exquisita­mente, quiero decir, de actuar pintorescamente.

            -La verdad, no sé qué quieres decir con eso de obrar pintorescamente; lo que me parece es que tú actúas siem­pre de tal manera, querida sobrinita.

            -¡Oh, mi encantador tío! ¡No haga que me lo crea! -le interrumpió Isabel.

            -De todos modos, me imagino que no tendrás nin­gunas ganas de que te lleven aquí por nada a la guillotina, y menos ahora... Si quieres presenciar un gran movimiento

subversivo -prosiguió el señor Touchett-, tendrás que quedarte aquí mucho tiempo. Te aseguro una cosa: cuan­do llega la hora y se les ponen las cartas sobre la mesa, no les conviene que se les tome la palabra.

            -¿A quiénes se refiere usted, tío?

            -¿A quiénes ha de ser? A lord Warburton y sus ami­gos..., los radicales de la alta sociedad. Por lo demás, yo no sé más que una cosa, y es cómo me afecta a mí perso­nalmente. Hablan de cambios y más cambios, pero no creo que lleguen a realizarlos. Tanto tú como yo sabemos lo que significa haber vivido bajo la orden de institucio­nes democráticas. Por mi parte, yo las consideré siempre muy cómodas, pero porque estaba acostumbrado a ellas desde siempre y, sobre todo, porque no soy un lord. Aho­ra bien, aquí es otra cosa. Se trata de algo que hay que rea­lizar cada día y a cada instante, y no creo que muchos de ellos consideren eso tan agradable como lo que hasta aho­ra han tenido. Si quieren probar, allá ellos; pero dudo que pongan un enorme interés en ello.

            -Entonces, ¿no los cree sinceros? -preguntó Isabel.

            -Verás, lo cierto es que quieren sentirse serios -no tuvo inconveniente en admitir el señor Touchett-, pero es como si, en su inmensa mayoría, se atuvieran a la teo­ría solamente. Sus puntos de vista radicales son una espe­cie de diversión. Han sentido la necesidad de divertirse con algo y por suerte no se les ha ocurrido ser más vulga­res. Están acostumbrados a vivir con gran lujo, y esas ideas progresistas constituyen el mayor de sus lujos. Además, presentan la ventaja de hacerles sentirse morales sin per­judicarles en su posición, en la que piensan enormemen­te. No permitas que ninguno de ellos te convenza de lo contrario, pues si lo lograra y procedieses en consecuen­cia, no tardaría en pararte los pies en el acto.

            Isabel siguió atentamente la argumentación que su tío iba desarrollando con su habitual clarividencia y, aun­que no conocía a fondo a la aristocracia inglesa, vio que armonizaba con su idea general de la naturaleza huma­na. Sin embargo, no pudo por menos de expresar una protesta en apoyo de lord Warburton.

            -Yo no creo que lord Warburton sea un charlatán. Los demás me importan un comino, pero a lord War­burton me gustaría verlo puesto a prueba.

            -¡Dios nos libre de los amigos! -exclamó el señor Touchett-. Lord Warburton es, sin duda, persona ama­bilísima..., un joven por todos conceptos admirable. Dis­fruta de una renta anual de cien mil libras. Posee cincuenta mil acres de tierra en esta diminuta isla y, además, muchos otros bienes, amén de una docena de casas donde poder vivir. Ocupa un escaño en el Parlamento con el mismo derecho que yo ocupo un asiento en mí comedor. Sus f gustos son elegantes; se interesa por la literatura, el ar­te, la ciencia y las mujeres bonitas. Pero, de todos, el más elegante es el que siente por las nuevas teorías e inquie­tudes, además de ser el que mayores placeres le propor­ciona, seguramente más que ninguna otras cosa..., con excepción de las muchachas hermosas. Su casa, Lockleigh creo que la llama, es muy bonita, aunque no la conside­ro tan agradable como ésta. Pero eso es lo de menos, ya que tiene muchas otras. Por cuanto he podido observar, sus teorías no han causado aún perjuicio a nadie y, por supuesto, menos que a nadie, a él mismo. Y es seguro que, si llegara el caso de una revolución, sabría salir con bien de ella. Nadie se metería con él; le dejarían tran­quilo, pues todo el mundo lo quiere mucho.

            Isabel le interrumpió con vehemencia:

            -De modo que, ni aun queriéndolo, sería un már­tir. Pues, verdaderamente, es una situación muy poco ha­lagüeña.

            -Seguro que no será nunca mártir..., a menos que tú lo conviertas en uno de ellos -dijo el anciano.      Isabel movió lentamente la cabeza y pronunció una frase que habría movido a risa de no ser porque la dijo con un suave acento de melancolía:

            -Yo no convertiré jamás en mártir a nadie.

            -Y yo confío en que tú tampoco lo seas.

            -Así lo espero. Bueno, de todos modos -añadió-, usted no compadece a lord Warburton, como hace Ralph, ¿verdad?

            Su tío la miró con penetrante y clarividente mirada durante unos instantes.

            -Para ser sincero -dijo al fin-, en el fondo sí le compadezco.

 

 

 

 

9

 

 

            Las dos señoritas Molyneux, hermanas del aristó­crata, fueron a visitarla, e Isabel quedó prendada de aque­llas dos jóvenes que con su presencia le brindaban una estampa de lo más original. Bien es verdad que, cuando ella se las describió a su primo aplicándoles tal epíteto, Ralph declaró que, de todos los calificativos, aquél era el que menos les cuadraba, ya que había en Inglaterra por lo menos cincuenta mil jóvenes idénticas a las señoritas Molyneux. Sin embargo, aun desposeídas de tal cuali­dad, las visitantes de Isabel conservaban la de su exqui­sita amabilidad, una suave timidez en sus modales y unos ojos que a ella se le antojaron dos plácidos y redondos estanques dispuestos sabiamente en un jardín entre ma­cizos de geranios.

            «Sean lo que sean, no tienen nada de morboso», se di­jo nuestra heroína. Y, al decírselo, consideró que tal cuali­dad era un gran encanto en aquellas muchachas, pues re­cordaba a dos o tres de sus amigas de infancia a quienes podía hacerse semejante reproche (tan simpáticas como habrían sido de no ser por eso), por no mencionar que en ocasiones había intuido tal tendencia en su propia perso­na. Aunque las señoritas Molyneux no estaban ya en su pri­mera juventud, conservaban todavía una tersura de cutis, una brillantez de mirada y una encantadora sonrisa propias de la infancia. Sus ojos, que tanto admiraba Isabel, eran re-

dondos, tranquilos y apacibles, y una chaquetilla de piel de foca ceñía su busto, también generosamente redondo. Su amabilidad era tanta que casi les ruborizaba mostrarla, pa­reciendo intimidadas por aquella joven de allende los ma­res, a la que diríase manifestaban su cordialidad más con          miradas que con palabras. Ello nos les impidió rogarle cla­ramente, y sin dejar lugar a dudas, que fuese a almorzar con ellas a Lockleigh, donde vivían con su hermano, espe­rando en lo sucesivo poder verla con frecuencia, incluso muy a menudo. Mucho les agradaría que alguna vez se que­dara a dormir allí. Para final de mes, el día veintinueve, es­peraban invitados; tal vez también ella podría ir mientras estuvieran allí aquellas personas.

            La mayor, como para disculparse por anticipado, dijo:

            -Mucho me temo que no haya entre ellos nadie no­table, pero me inclino a creer que usted nos aceptará tal como somos.

            -Los encontraré deliciosos; por lo pronto, creo que son ustedes un verdadero encanto -contestó Isabel, que a veces era excesiva en el elogio.

            Las dos hermanas se ruborizaron visiblemente. Una vez se hubieron marchado, su primo le insinuó que, si les decía tales cosas, aquellas pobres muchachas pensa­rían que se burlaba de ellas de manera desconsiderada y ruda, pues tenía la seguridad de que era la primera vez que las habían llamado encantadoras. Pero Isabel con­testó con franqueza:

            -No lo puedo remediar. Me parece admirable te­ner esta serenidad, ser tan razonable y sentirse tan satis­fecho. Yo quisiera ser así.

            -¡No lo permita Dios! -exclamó con vehemencia Ralph.

            -Quiero decir, tratar de imitarlas -dijo Isabel-. Me encantará verlas en su casa.

            Algunos días después experimentó tal placer, cuan­do, acompañada de su tía y de Ralph, fue en coche a Loc­kleigh.

            Al llegar, halló a las señoritas Molyneux sentadas en un espacioso salón (uno de los muchos de la casa, como luego pudo ver), en medio de una espesura de cretonas de color evanescente y vestidas ellas de negro velludillo. En su casa le parecieron todavía más agradables que en la mansión de su tío, y le llamó aún más la atención que no tuvieran nada de morbosas. A primera vista se le an­tojó que, si de algo pecaban, era de falta de agilidad men­tal, pero ahora se daba perfecta cuenta de que eran muy capaces de experimentar emociones profundas. Antes del almuerzo tuvo ocasión de quedarse a solas con ellas en uno de los ángulos del salón, mientras que en el otro y a bastante distancia, lord Warburton conversaba con la se­ñora Touchett.

            Isabel, entrando ya en confianza, preguntó:

            -¿Es cierto que su hermano es tan radical?

            De sobra sabía ella que era cierto, mas, como ya he­mos visto, sentía un sincero interés por la personalidad humana y ello la impulsaba a cerciorarse del todo a tra­vés de las señoritas Molyneux.

            Mildred, la menor de las hermanas, respondió:

            -¡Oh, ya lo creo! Tiene unas ideas terriblemente avanzadas.

            -Pero, al mismo tiempo, es muy razonable -aña­dió la otra.

            Isabel le observó un momento al otro lado del salón, y vio que hacía ostensiblemente cuanto podía por resul­tar agradable a la señora Touchett. Por su parte, Ralph

había entablado amistad con uno de los perros delante de la chimenea que, en un mes de agosto netamente bri­tánico, no estaba de más en las viejas moradas.

            -¿Cree usted que su hermano es sincero? -pre­guntó Isabel sonriente.

            -¡Claro! ¿Por qué no iba a serlo? -contestó Mil­dred con vehemencia mientras la hermana mayor con­templaba silenciosa a nuestra heroína.

            -¿Cree que podrá superar la prueba?

            -¿La prueba?

            -Me refiero a si, por ejemplo, tuviera que despren­derse de todo esto...

            -¡Desprenderse de Lockleigh! -exclamó la seño­rita Molyneux, recobrando al fin el habla.       -Naturalmente, y también de esos otros sitios..., ¿cómo los llaman?

            Las dos hermanas se miraron con ojos de pavor.

            -¿Quiere usted decir..., quiere usted decir a causa de los gastos?-preguntó la pequeña.

            -Tal vez podría deshacerse de una o dos de sus ca­sas -dijo la otra.

            -¿Desprenderse de ellas por nada? -inquirió Isabel.

            -No puedo imaginar que quiera deshacerse de sus propiedades-dijo la señorita Molyneux.

            -Me temo que sea un impostor. ¿No les parece que ésa es una posición falsa?

            Sus compañeras de conversación se quedaron com­pletamente desconcertadas. Una de ellas preguntó:

            -¿La posición de mi hermano?

            -Todo el mundo sabe que es una posición muy só­lida -dijo seguridad la menor-, la primera en esta re­gión del condado.

            Isabel aprovechó la oportunidad para disculparse:

            -Se me ocurre que tal vez me están ustedes tomando por una gran irrespetuosa. Supongo que respetan mu­cho a su hermano y casi le temen..

            -Es natural que una admire a su hermano -dijo la señorita Molyneux con toda sencillez.

            -Pues si ustedes lo hacen es que debe de ser muy bue­no..., porque ustedes son verdaderamente muy buenas.             -Es sumamente generoso. Nadie sabe cuánto bien hace.

            -Y su talento -se complació en añadir Mildred-, es por demás conocido. Todo el mundo dice que es in­menso.

            -Eso a la vista está -declaró Isabel-. Pero, si yo fuera él, lucharía con toda mi alma hasta la muerte; es decir, lucharía por la herencia del pasado, me aferraría a él con todas mis fuerzas.

            -Yo creo que se debe ser liberal -replicó Mildred amablemente-. Nosotros lo hemos sido siempre, des­de los tiempos más remotos.

            -Evidentemente, veo que han logrado un gran éxi­to con ello -dijo Isabel-. Así, no es de extrañar que les guste serlo.

            Después del almuerzo, cuando lord Warburton le hizo los honores de la casa mostrándosela toda, a ella le pareció lo más natural del mundo que fuese como un hermoso cuadro. El interior había sido modernizado hasta el extremo de que algunas de sus partes habían perdido su prístina pureza. Sin embargo, al contem­plarla desde fuera, desde los amplios jardines -enor­me masa gris, de un matiz suave y profundo patinado por el tiempo y el clima, emergiendo del seno de un an­cho y tranquilo foso-, apareció a los ojos de la joven visitante como un verdadero castillo legendario. El día era algo frío y sin brillo. Parecían haber sonado ya las primeras notas anunciadoras del otoño, y los rayos del sol ponían aquí y allá sus húmedos y borrosos resplan­dores sobre los recios muros, en los sitios donde se diría

que más se hacía sentir el paso de los años. El herma­no de lord Warburton, el vicario, había asistido tam­bién al almuerzo, e Isabel tuvo ocasión de charlar con él durante cinco minutos..., el tiempo suficiente para lanzarse en busca de un arraigado espíritu sacerdotal y abandonar el intento por inútil. Las características del vicario de Lockleigh eran un cuerpo robusto, atlético, un rostro cándido y sencillo, un copioso apetito y una acentuada proclividad a reír de todo y por todo con igual entusiasmo. Isabel se enteró después por su primo Ralph de que el vicario, antes de recibir las sagradas órdenes, había sido un gran pugilista y que cuando se presenta­ba la ocasión -en la intimidad de la familia, por su­puesto- seguía siendo tan capaz como antes de dejar tendido en el suelo al contrincante más pintado. A Isa­bel le gustó -por lo visto estaba predispuesta a que le gustaran todos y todo-, pero a su imaginación se le ha­cía harto difícil comprender que aquel hombre pudie­se prestar auxilio espiritual de ninguna clase. Después del almuerzo salieron todos a dar un paseo por los alre­dedores de la casa, pero lord Warburton se las arregló para llevarse sola a su invitada lejos de los otros.

            -Quiero mostrarle todo esto como es debido -di­jo-. No podría apreciarlo bien si tuviese que prestar aten­ción a los chismes sin importancia de los demás.

            La conversación de lord Warburton (durante la cual se explayó en contar a Isabel la historia completa de la casa, muy curiosa por cierto) no fue lo que se dice ex­clusivamente arqueológica, sino que a veces se interna­ba en lo personal..., personal tanto para ella como para él. Así pues, tras una pausa bastante larga, volviendo un instante al tema que les ocupaba, el lord dijo:

            -¡Ah! No sabe cuánto me alegra que le guste a us­ted esta vieja choza. Me encantaría que pudiese verla más a sus anchas, que se quedase algún tiempo. Mis herma­nas están entusiasmadas con usted..., y eso podría indu­cirla a aceptar...

            -No es preciso que se me induzca -contestó Isa­bel amablemente-, pero me parece que no puedo acep­tar compromisos. Estoy por completo a merced de mi tía.

            -Usted me perdonará si le digo que no lo creo en absoluto. Estoy convencido de que puede hacer lo que le plazca.

            -Sentiría mucho haberle producido tal impresión, pues... no es una impresión muy grata.

            -En este caso, tiene cuando menos el mérito de per­mitirme abrigar alguna esperanza -dijo lord Warbur­ton, y se detuvo un instante.

            -¿Esperanza de qué?

            -De que, en lo sucesivo, podré verla con más fre­cuencia.

            E Isabel contestó, sonriendo:

            -¡Ah!, para tener ese placer no es preciso que esté tan terriblemente emancipada.

            -Sin duda, pero es que me da la impresión de que no soy santo de la devoción de su tío.

            -En eso se equivoca. Le he oído hablar de usted con el mayor encomio.

            Lord Warburton, visiblemente satisfecho, replicó:

            -Me halaga que hayan hablado ustedes de mí. Pe­ro, de todas formas, no creo que le agrade mucho que menudee mis visitas a Gardencourt.

            -No puedo responder de los gustos de mi tío -re­plicó la muchacha-. Sin embargo, es mi deber tenerlos en cuenta lo más posible. Yo, por mi parte, tendría un gran placer en verle a usted.

            -Eso es precisamente lo que yo quería oír. No sa­be cómo me complace que lo haya dicho.

            -Parece usted muy proclive a sentirse complacido, milord.

            -No lo crea -replicó él-, no tan fácilmente. -Se detuvo un segundo y prosiguió-: Pero la verdad es que usted sí me ha encantado, señorita Archer.

            Aquellas palabras fueron pronunciadas con una grave­dad que sobresaltó un tanto a Isabel, pues le parecieron el preludio de algo más importante; había oído aquel tono en

otra ocasión y lo reconoció. No obstante, en aquel momento no sentía el menor deseo de que semejante preludio tuvie­ra consecuencias, lo cual la indujo a decir con toda la ale­gría y rapidez que su interior agitación le permitió:

            -Mucho me temo que no me va a ser posible vol­ver aquí.

            -¿Nunca? -preguntó lord Warburton.

            -Nunca, sería mucho decir... y sonaría demasiado melodramático.

            -Entonces, ¿podré yo ir a verla cualquier día de la semana próxima?

            -Indudablemente. ¿Qué podría impedirlo?

            -Nada verdaderamente palpable, pero con usted no estoy nunca seguro. Me da la impresión de que juzga constantemente a los demás.

            -Eso no significaría que usted hubiera de salir perdiendo con ello.

            -Le agradezco mucho su deferencia, pero aunque saliera ganando, no es precisamente la justicia a secas lo que yo prefiero. ¿Tiene la señora Touchett el propósito de llevársela a usted al extranjero?

            -Así lo espero.

            -¿Acaso Inglaterra no es digna de usted?

            -Sus palabras son demasiado maquiavélicas y no merecen contestación. Mi deseo es conocer el mayor nú­mero posible de países.

            -Entonces, supongo que irá juzgándolos.

            -Y disfrutándolos también. Al menos, lo espero.

            -Sí, así es como más disfruta usted-dijo lord War­burton-. No sabría decir cuál es su objetivo. Usted se me antoja como alguien que abriga propósitos misterio­sos, grandes designios.

            -Es usted demasiado amable teniendo de mí una idea que no está a mi altura. ¿Qué misterio puede haber en un propósito llevado a cabo todos los años por cin­cuenta mil compatriotas míos, y que consiste en tratar de enriquecer el propio espíritu con lo que se aprende viajando por el extranjero?

            -Señorita Archer -respondió su interlocutor-, usted no puede enriquecer más su espíritu. Es ya un ins­trumento formidable, que nos mira a los demás de arri­ba abajo y nos desprecia.

            -¿Que les desprecia? Usted se está burlando de mí -contestó Isabel poniéndose muy seria.

            -Bueno, usted nos considera «chocantes», que pa­ra el caso es lo mismo. Y, ante todo y sobre todo, yo no quiero que se me considere «chocante» porque no lo soy en absoluto. Protesto contra tal calificativo.

            -Su protesta es precisamente una de las cosas más chocantes que he oído en mi vida -declaró Isabel rien­do alegremente.

            Lord Warburton se quedó callado un instante y al fin dijo:

            -Usted juzga sólo por lo externo y no le importa nada de nada. Lo único que le interesa es divertirse.

            A Isabel le pareció detectar el mismo tono de antes, si bien ahora con una cierta amargura..., una amargura tan súbita e inconsecuente que la muchacha creyó que le había ofendido. Ella había oído siempre decir que los in­gleses son gente excéntrica, e incluso recordaba haber leído en algún autor de gran ingenio que en el fondo son la raza más romántica que existe. Se preguntó si lord Warburton se estaría poniendo romántico y trataba de hacerle una escena de amor en su propia casa la tercera vez que la veía. Sin embargo, la tranquilizó pensar en su exquisita urbanidad, que no había sufrido menoscabo al­guno por el hecho de haber rebasado él los límites del buen gusto al manifestar su admiración a una joven con­fiada a su hospitalidad. Tenía ella perfecta razón al confiar en la exquisita urbanidad del lord, porque él rompió a reír amablemente sin que en su voz quedase rastro de lo que había llegado a alarmarla.

            -Por supuesto, no he querido ni quiero decir que le diviertan las nimiedades. Usted escoge grandes mate­riales, como las dolencias y congojas de la naturaleza hu­mana, o las singularidades de las naciones.

            -Por lo que a eso se refiere -contestó Isabel-, creo que en mi propia nación encontraría más que sobrada ma­teria de entretenimiento para años. Pero llevamos ya un gran rato andando y mi tía no tardará en querer irse.

            Así pues, se dirigió hacia los demás, y lord Warbur­ton se limitó a caminar a su lado en silencio. Antes de llegar donde los otros estaban, él dijo:

            -Iré a verla la semana próxima.

            Aquello le causó una honda impresión, pero, al sen­tirla desvanecerse, no le pareció que fuese una impresión desagradable. Sin embargo, respondió con cierta frial­dad a aquella declaración.

            -Como guste... -se limitó a decir.

            Semejante frialdad no era en absoluto calculada; se prestaba a ese juego en un grado desde luego muy infe­rior al que creería probable la mayoría de los críticos. Era, sencillamente, que experimentaba cierto temor.

 

 

 

10

 

 

            Al día siguiente de su visita a Lockleigh, Isabel reci­bió de su amiga, la señorita Stackpole, una carta cuyo so­bre, que mostraba conjuntamente el sello de Correos de Liverpool y la pulcra caligrafía de la hábil Henrietta, le produjo una viva emoción. En ella había escrito la seño­rita Stackpole: «Mi querida amiga. Aquí me tienes, al fin. Me las arreglé para poder venir y decidí el viaje la noche antes de abandonar Nueva York... en cuanto el Interviewer aceptó mis condiciones. En el acto me limité a meter apre­suradamente unas cuantas cosas en una pequeña maleta y, a la manera de los viejos periodistas, me dirigí al barco en tranvía. ¿Cuándo y dónde podemos vernos? Me ima­gino que estarás de visita en algún castillo o en algún otro sitio interesante y ya habrás adquirido el acento de la tierra. Tal vez te hayas casado ya con alguno de los gran­des lores del país. Casi lo espero, pues me son precisas algunas cartas de presentación para la gente de la alta sociedad y cuento contigo para que me proporciones unas cuantas. El Interviewer desea que informe sobre la aristo­cracia. Por lo pronto, mis impresiones de la generalidad de la gente no son de color de rosa, pero deseo cotejar­las con las tuyas, y ya sabes que peco de todo menos de superficial. Tengo, además, algo muy especial que decirte. Te ruego me des una cita lo antes posible y trates de venir a Londres, pues me gustaría visitar sus lugares más importantes en tu compañía, o si no te es posible, hazme sa­ber dónde puedo verte, estés donde estés. Iré allá con su­mo gusto, ya que todo me interesa muchísimo y quisiera ver lo más posible de la vida privada».

            Le pareció a Isabel que haría mejor en no mostrar esta carta a su tío, pero le hizo saber su contenido y, co­mo esperaba, él le pidió que escribiese a la señorita Stack­pole diciéndole en su nombre que tendría mucho placer en recibirla en Gardencourt. Y añadió:

            -Aunque es una mujer de letras, supongo que, sien­do también americana, no se le ocurrirá ponerme en la picota, como hizo la otra. Ya habrá visto gente parecida a mí.

            -No ha visto a nadie tan delicioso como usted -le contestó Isabel. Mas, a pesar de todo, no estaba tranquila en lo referente a Henrietta y a su instinto narrativo, que constituía el punto negro en el admirable carácter de su interesante amiga y lo que menos le agradaba de ella. Así pues, escribió a la señorita Stackpole diciéndole que se­ría bienvenida en casa del señor Touchett, y la vivaz jo­ven no tardó en anunciar su pronta llegada. Fue, pues, a Londres y desde allí tomó el tren que debía conducirla a la estación más próxima a Gardencourt, en la que Isa­bel y su primo Ralph estaban ya esperándola.

            Mientras ambos andaban de un lado al otro del an­dén, aguardando la llegada del tren, Ralph preguntó:

            -¿Me caerá simpática o tendré que detestarla?

            A lo que Isabel respondió tranquilamente:

            -Pienses lo que pienses, a ella le dará igual. A mi amiga le importa un bledo lo que los hombres puedan pensar de ella.

            -Como hombre, me siento inclinado a tenerle an­tipatía. Debe de ser una especie de monstruo terrible. Seguro que será muy fea...

            -No, señor. Es verdaderamente bonita.

            -Una mujer entrevistadora... una especie de reporter con faldas. Tengo verdadera curiosidad por verla -con­cedió Ralph.

            -Es fácil reírse de ella; lo que no es tan fácil es ser tan valiente ante la vida como ella lo es.

            -Estamos de acuerdo. Los crímenes violentos y los ataques a las personas exigen indudablemente cierto co­raje. ¿Crees que tratará de entrevistarme?

            -Por nada del mundo. Estoy segura de que no te considerará suficientemente importante para hacerlo.

            Pero Ralph contestó:

            -Ya lo verás. Seguro que enviará a su periódico una descripción de todos nosotros, metiendo en ella hasta el perro.

            -Yo le pediré que no lo haga -dijo Isabel.

            -Entonces, ¿la consideras capaz de hacerlo?

            -Naturalmente que sí.

            -A pesar de creerla capaz, la has hecho tu amiga íntima.

            -No la he hecho mi íntima amiga, pero la estimo mucho a pesar de sus defectos.

            -Ah, bueno-dijo Ralph-. Entonces me temo que va a desagradarme a pesar de sus méritos.

            -Puede que al cabo de tres días estés enamorado de ella.

            -¡Eso es! Para que publique mis cartas de amor en el Interviewer. ¡Eso nunca! -exclamó el joven.

            El tren llegó en aquel instante. La señorita Stackpo­le bajó rápidamente de su vagón y, como Isabel lo había prometido, demostró que, aun con su aire un poco pro­vinciano, era delicadamente linda. De mediana estatura, era pulcra, un tanto rolliza, con una carita redonda, una bo­ca pequeña, un cutis delicado, un puñado de rizos castaños en la nuca y unos ojos muy abiertos de expresión sor­prendida. Lo más notable de su persona era la mirada de extraordinaria fijeza que, haciendo un uso consciente de su derecho, clavaba sin descaro y sin provocación en todo ob­jeto o sujeto que la casualidad le presentaba. Así pues, la fijó en Ralph, quien se quedó un poco sorprendido por el gracioso y simpático aspecto de la señorita Stackpole, que parecía insinuar que no era tan fácil como él se había fi­gurado el no aprobar su manera de ser. Henrietta era un frufrú, un relampagueo de vestiduras frescas color tórto­la, y Ralph se dio cuenta al primer golpe de vista de que tenía toda la tiesura, la novedad y la integridad de un pri­mer ejemplar de periódico antes de ser plegado. No había en ella ni una sola errata de imprenta desde la punta del pie hasta el último pelo de la cabeza. Hablaba con una voz clara y aguda, no rica en sonoridades aunque fuerte. Empero, una vez que se hubieron acomodado en el coche del señor Touchett, creyó Ralph observar que no todo en ella estaba compuesto en letra grande, la letra de los atro­ces «titulares» que había esperado encontrar. Sin embar­go, la joven respondió con gran lucidez a las preguntas que le hizo Isabel, y a las cuales él se atrevió a añadir las suyas propias. Luego, en la biblioteca, cuando fue presentada al señor Touchett (ni que decir tiene que la señora Touchett no creyó conveniente aparecer) supo dar todavía mejor la medida de su confianza en sí misma.

            -La verdad -dijo de golpe-, me gustaría saber si ustedes se tienen por ingleses o por americanos, pues así " sabría a qué atenerme al hablar con ustedes.

            A lo que Ralph contestó amablemente:

            -Háblenos como se le antoje, que de todas mane­ras le quedaremos agradecidos.

            Clavó la visitante en él los ojos y algo había en ellos que a Ralph le hizo pensar en anchos y pulidos boto­nes... unos botones que cerraran los elásticos ojales de un recipiente tenso; se le antojó que todos los objetos circundantes se reflejaban en las pupilas de la periodis­ta. No suele considerarse humana la expresión de los botones, pero en la mirada de la señorita Stackpole ha­bía algo que a él, hombre harto modesto, le hacía sen­tirse vagamente azorado... menos invulnerable y más despreciado de lo que hubiese querido. Será bueno ad­vertir que, al cabo de dos o tres días de conocerse, tal impresión fue disminuyendo, si bien no llegó a desva­necerse por completo.

            -No creo que se le ocurra tratar de convencerme de que es usted un americano -dijo ella.

            -Con tal de agradarle, seré inglés, o acaso turco.

            -Sí tan fácil le es cambiar de esa manera, no se pri­ve -replicó ella.

            -Tengo la seguridad de que usted lo comprende to­do y de que para usted las diferencias de nacionalidad no suponen barreras de ninguna clase.

            Después de mirarle atentamente, dijo la señorita Stackpole:

            -¿Se refiere usted a las lenguas extranjeras?

            -Los idiomas no son nada. Me refiero al espíritu... al genio. La corresponsal del Interviewer contestó:

            -No estoy segura de entenderle a usted... pero su­pongo que antes de irme llegaré a comprenderle.

            -Es lo que se llama un verdadero cosmopolita -ter­ció Isabel.

            -Lo cual quiere decir que tiene un poco de todo y no mucho de nada. A decir verdad, yo creo que el pa­triotismo es como la caridad... empieza por la patria de uno.

            -Pero ¿dónde empieza la patria de uno? -preguntó Ralph.

            -Yo no sé dónde empieza, pero sí sé dónde acaba. Para mí, acabó mucho antes de llegar aquí.

            El señor Touchett preguntó a su vez con su voz cas­cada e ingenua:

            -¿No le gusta a usted esto?

            -Le diré, señor. Todavía no he planeado el camino que debo tomar. Me siento bastante entumecida, me he podido dar cuenta de ello durante el viaje de Liverpool a Londres.

            -Seguramente iría en un vagón demasiado lleno -sugirió Ralph.

            -Sí, pero el caso es que estaba lleno de amigos, un , grupo de americanos a quienes conocí a bordo, gente muy simpática de Little Rock, Arkansas. A pesar de ello me sentía un poco atontada, como si algo me oprimie­ra, aunque no sabía decir qué era. Desde el principio sentí como si no hubiese de encajar en el ambiente, pero me figuro que será un temor pasajero y no tardaré en formar mi propio ambiente. Ésa es la única manera de poder respirar libremente... Son muy agradables estos alrededores.

            -Nosotros también somos un grupo bastante acep­table -dijo Ralph-. Quédese aquí un poco y lo verá.

            La señorita Stackpole mostró su buena disposición a esperar y pareció dispuesta a permanecer en Gardencourt algún tiempo. Durante las mañanas se ocu­paba en su trabajo literario, pero eso no impedía que Isabel pasara gran parte del día con su amiga, que, una vez terminada su tarea, desaprobaba, incluso desafia­ba a la soledad. Isabel halló pronto la ocasión de con­vencerla de que no describiese en la letra de imprenta los encantos de su común estancia. Fue a la mañana si­guiente, cuando vio que ya estaba pergeñando para el Interviewer una crónica, cuyo título escrito con letra clara y perfectamente legible (la misma que nuestra he­roína recordaba de sus cuadernos de copia de la es­cuela) rezaba así: «Americanos y Tudores... Estampas de Gardencourt». Con la mejor buena fe del mundo la señorita Stackpole se ofreció a leer la crónica a Isabel, quien protestó en el acto contra el contenido del tra­bajo periodístico, diciendo:

            -Me parece que no debes hacer eso, que no debes hacer una descripción de este sitio.

            La escritora se la quedó mirando fijamente, como era su costumbre, y contestó:

            -¿Por qué? Esto es precisamente lo que quieren los lectores, y éste es un sitio admirable.

            -Demasiado admirable para que lo describan en los periódicos, cosa que mi tío no quiere de ningún modo.

            -¡Vamos, no lo creas! -exclamó Henrietta-. Siem­pre dicen lo mismo y, después, están encantados.

            -Pues ni mi tío ni mi primo estarán encantados, te lo aseguro; incluso lo considerarían un atentado a su hospitalidad.

            La señorita Stackpole no pareció conmoverse. Se li­mitó a limpiar cuidadosamente su pluma en un elegan­te artefacto que para ello llevaba y puso aparte el co­menzado manuscrito.

            -Naturalmente -dijo-, si te opones no lo haré, pe­ro lo siento de veras porque es sacrificar un tema precioso.

            -Ya tendrás muchos otros. No han de ser temas lo que te falte. Haremos algunas excursiones, te mostraré algunos paisajes deliciosos.

            -La descripción de paisajes no es mi fuerte; en mis escritos ha de prevalecer siempre algo de interés neta­mente humano. Ya sabes, Isabel, que yo soy y he sido siempre profundamente humana. -Y añadió-: Preci­samente iba a sacar a tu primo... el americano desarraigado. Ahora interesa mucho cuanto se diga en los pe­riódicos de los americanos desarraigados, y tu primo es un ejemplar magnífico de ellos. Es una pena no hacerlo, le habría tratado con una severidad que...

            Isabel interrumpió para exclamar:

            -¡Pues se habría muerto del disgusto...! No por tu severidad, sino por la publicidad.

            -Lo deploro porque me habría dado mucho gusto matarlo un poquito. Y me habría encantado describir a < tu tío, que me parece un tipo mucho más noble... el del ', americano que sigue siendo fiel a su nacionalidad. Es un anciano espléndido. No comprendo qué puede objetar a que yo le rinda en mis crónicas el honor que se merece.

            Isabel la miró muy asombrada y se quedó sumamente confusa al ver cómo una persona en la que siempre ha­bía hallado tantas cosas dignas de estimación tenía aque­llas caídas tan graves en el error.

            -Pero, Henrietta, no entiendes lo que significa la intimidad.

            Henrietta se ruborizó grandemente y durante un mo­mento sus ojos se humedecieron, mientras Isabel la en­contraba más inconsecuente que nunca. La señorita Stackpole contestó muy dignamente:

            -Isabel, eres muy injusta conmigo, porque yo no he escrito nunca una sola palabra sobre mí misma.

            -Me consta, Henrietta; pero me parece que una de­be ser también pudorosa para con los demás.

            -¡Ah! Ahí esta frase está muy bien -exclamó la pe­riodista, tomando de nuevo su pluma-. Voy a anotarla para poder utilizarla en otra ocasión. -Era, como se ve, una mujer de excelente carácter, y una hora más tarde estaba de nuevo del buen humor que podía esperarse de una periodista necesitada de temas. Así, dijo a Isabel-: Pero yo les he prometido hacer crónicas de la vida so­cial; ¿cómo quieres que las haga si no tengo la menor idea? Si no me es posible describir este sitio, ¿qué otros conoces que pueda describir?

            Isabel le prometió que pensaría en ello y, al día si­guiente, mientras charlaban juntas, mencionó como al azar su visita a la vieja casa de lord Warburton. En el ac­to, la señorita Stackpole exclamó:

            -Allí es donde debes llevarme... ése es el sitio que me conviene. Así podré echarle de cerca un vistazo a la aristocracia del país.

            -Yo no puedo llevarte allá -dijo Isabel-; pero lord Warburton va a venir pronto y entonces tendrás ocasión de verlo y observarlo. Ahora, que si te propones repro­ducir su conversación, no tendré más remedio que po­nerle a él sobre aviso.

            -¡Por Dios, no lo hagas! -exclamó su amiga-. Yo quiero que se comporte y hable naturalmente.

            A lo que Isabel contestó declarando:

            -Un inglés no es nunca tan natural como cuando se calla.

            Al cabo de tres días no era evidente, como ella profe­tizara, que su primo hubiese perdido todavía la cabeza por la señorita Stackpole, a pesar de haber pasado mucho tiem­po con ella. Pasearon juntos por el parque, se sentaron ba­jo los árboles y, por las tardes, cuando el bogar en las tran­quilas aguas del Támesis era una verdadera delicia, Henrietta ocupó un lugar en la lancha en la que antes Ralph sólo te­nía una compañera. Su presencia probó que, en cierto sen­tido, su espíritu era menos irreductible a los placeres sua­ves de lo que Ralph esperaba, pues éste había caído en el error muy natural de considerar más alegre el carácter de su prima. El hecho es que la corresponsal del Interviewer le hacía reír, y él tenía ya decidido largo tiempo atrás que el crescendo en el regocijo sería el solaz de sus años declinantes. Por su parte, Henrietta no confirmó la predicción que respecto a ella hiciera su amiga Isabel al referirse a su indiferencia por la opinión masculina, pues el pobre Ralph le parecía a Henrietta un importante problema que era cues­tión de amor propio tratar de resolver.

            La noche misma de su llegada había ella pregunta­do a Isabel:

            -¿Qué hace para vivir? ¿Se pasa todo el día de un lado para otro con las manos en los bolsillos?

            A lo que Isabel contestó sonriendo:

            -No hace nada, Es un caballero con abundantes re­cursos.

            -Bueno, pues me parece sencillamente vergonzo­so cuando pienso que yo he de trabajar como un carre­tero -replicó la señorita Stackpole-. Me gustaría po­der sacudirle un poco.

            Isabel se apresuró a contestar:

            -El pobre está muy mal de salud. No puede trabajar.

            -¡Bah! No creas semejante cosa. -Y añadió-: Yo trabajo incluso cuando estoy enferma.

            Luego, cuando se embarcó en el bote para la excur­sión por el río, dijo a Ralph que se figuraba que él la de­testaba y le preguntó si trataría de ahogarla.

            A lo que él contestó riendo:

            -¡Oh, no! Nada de eso, yo les reservo a mis vícti­mas una tortura mucho más lenta. Y usted puede ser una víctima muy interesante.

            -Bueno, puedo decir que en verdad me tortura, pero yo desbarato todos sus prejuicios, y eso es ya un consuelo.

            -¿Prejuicios, yo? No tengo absolutamente ninguno. En eso padezco de una verdadera indigencia intelectual.

            -Pues peor para usted. Yo tengo algunos verdade­ramente deliciosos. Por lo pronto, le desbarato a usted, su flirteo, o como quiera llamarlo, con su prima; pero no me importa el hacerlo porque creo que le hago un gran favor sacándole a usted de su reserva. Así verá ella lo en­deble que es usted.

            -¡Oh, sí! -exclamó Ralph-. Sáqueme de mi re­serva. Muy poca gente se tomaría esa molestia...

            En tal empeño la señorita Stackpole no escatimó nin­gún esfuerzo, echando mano, cada vez que se le presenta­ba la ocasión, del recurso de las preguntas. Al día siguiente hizo mal tiempo y, por la tarde, el joven, para procurarle un entretenimiento interesante en la casa, se brindó a mostrarle la galería de pinturas. Henrietta vagó con él por la larga galería mientras Ralph iba mostrándole los cuadros prin­cipales y mencionando sus temas y autores. La señorita Stackpole contemplaba las pinturas en silencio, sin profe­rir comentario alguno y procurando a Ralph la satisfacción de ver que no prorrumpía en ninguna de aquellas exclama­ciones formularias de deleite de que tan pródigos solían ser los visitantes de Gardencourt. Hay que reconocer que la jo­ven era muy poco aficionada a los términos consagrados; en su tono había algo serio e inventivo que, a veces, en los momentos de obligada deliberación, la hacía aparecer como una persona de gran cultura que estuviera hablando un idioma extranjero. Ralph Touchett se enteró después de que, en un tiempo, se había encargado de la crítica de arte de un diario del Nuevo Mundo, a pesar de lo cual pare­cía no llevar en el bolsillo ninguna de esas moneditas de la admiración corriente. De pronto, después de que Ralph le señalara un precioso cuadro de Constable, se volvió a él y, mirándole como si fuese un cuadro, preguntó:

            -¿Pasa siempre así el tiempo?

            -Muy contadas veces lo paso tan agradablemente.

            -Bueno, ya sabe lo que quiero decir... sin ocupa­ción fija.

            A lo que Ralph contestó:

            -¡Oh! Soy el más vago de los mortales.

            La señorita Stackpole volvió a contemplar el cuadro de Constable y él le indicó que se fijase en un pequeño Lancret que estaba cerca y que representaba a un caballe­ro vestido de rojo jubón, calzas y gorguera, apoyado en el pedestal de una estatua que representaba a una ninfa en un jardín, y tocando la guitarra para deleitar a dos damas que estaban sentadas en la hierba. Señalándolo, dijo:

            -Ése es mi ideal de una ocupación fija.

            La señorita Stackpole se volvió de nuevo hacía él y, aunque había posado los ojos en el cuadro, él se dio cuen­ta de que la escritora no se había percatado del tema y seguía pensando en algo mucho más serio.

            -No comprendo cómo no le remuerde la concien­cia -dijo ella.

            -Mi querida señora, es el caso que yo no tengo conciencia.

            -Bien, pues me permito aconsejarle que cultive una. La próxima vez que vaya a América le hará seguramen­te falta.

            -Es muy probable que no vaya allí nunca más.

            -¿Le da vergüenza que lo vean?

            Ralph, después de pensarlo un momento, dijo con una suave sonrisa:

            -Me imagino que, si uno no tiene conciencia, no tiene tampoco vergüenza.

            -De lo que no hay duda es de que tiene usted gran aplomo -declaró Henrietta-. ¿Le parece bien aban­donar a su país?

            -¡Ah! Por lo que a eso toca, uno no abandona a su país como tampoco abandona a su abuela. El uno y la otra son anteriores a toda posible elección... elementos de la esencia de uno mismo que no se pueden eliminar.

            -Me imagino que eso significa que usted lo ha in­tentado y ha sido derrotado. ¿En qué concepto le tiene la gente de aquí?

            -Todos me adoran.

            -Debe de ser porque usted los embauca.

            Y Ralph, suspirando, replicó:

            -¡Ah! Atribúyalo mejor a mi natural encanto.

            -No sé nada acerca de su natural encanto -dijo Henrietta-. El encanto que pueda tener es comple­tamente artificial, totalmente adquirido... o cuando menos, ha procurado adquirirlo viviendo en este lu­gar. Y, la verdad, no creo que lo haya logrado. Por lo me­nos, es un encanto que yo no sé apreciar. Procure ha­cerse útil de algún modo y volveremos a hablar del asunto.

            -Bueno; dígame lo que debo hacer -le pidió Ralph.

            -Por lo pronto y para comenzar, volver a su país.

            -Comprendido. ¿Y después?

            -Lanzarse de lleno a cualquier cosa.

            -Conformes. Pero ¿qué cosa?

            -Con tal de que se lo tome en serio, cualquier co­sa. Cualquier idea nueva, una gran obra.

            -¿Y es muy difícil lanzarse de lleno?

            -Si se pone todo el corazón en ello, no.

            -¡Ah, mi corazón! -dijo Ralph-. Si todo ha de depender de mi corazón...

            -¿Es que no tiene corazón?

            -Hasta hace pocos días lo tenía, pero desde enton­ces lo he perdido.

            -No es usted serio -le reprochó la señorita Stack­pole-, eso es lo que le ocurre.

            Pero al cabo de un par de días, centró de nuevo su atención en él, asignando una nueva causa a su miste­riosa perversidad.

            -Ya sé lo que le ocurre: que se cree demasiado bue­no para casarse -afirmó.

            Ralph contestó tranquilamente:

            -Así lo creí hasta que la conocí a usted, señorita Stackpole. Pero desde entonces, he cambiado de idea.

            -¡Bah! -refunfuñó Henrietta.

            Pero Ralph prosiguió:

            -Me parecía que yo no era bastante bueno.

            -El matrimonio lo hará mejor. Además, es su obli­gación. El joven exclamó:

            -¡Ah, mi obligación! ¡Tiene uno tantas obligacio­nes! ¿También eso es una obligación?

            -Naturalmente que lo es... ¿no lo sabía usted? Todos tienen el deber de casarse.

            Ralph se quedó callado un momento, decepcionado. Algo en la señorita Stackpole había comenzado a gus­tarle. Le parecía que, si no era una mujer encantadora, cuando menos era un «caso». Le faltaba ciertamente distinción, pero, según dijo Isabel, poseía un gran valor. Se había metido en las jaulas, había hecho restallar los látigos y había acabado siendo una domadora de leones. No la suponía capaz de emplear tretas vulgares, pero las  últimas palabras le habían sonado a nota falsa: cuando una joven casadera acucia a casarse a un joven que no piensa en tal cosa, la explicación más clara es que no obra de manera altruista.

            -¡Ah! Sobre eso hay mucho que decir -replicó Ralph.

            -Puede que lo haya, pero lo principal es eso. De­bo confesar que me parece cosa de privilegiados eso de , andar completamente solo en la vida como si creyera

que no hay mujer digna de usted. ¿Acaso se cree usted mejor que nadie en el mundo? En América, lo corrien­te es casarse.

            -Si esa es mi obligación, ¿no será, por analogía, tam­bién la suya? -preguntó Ralph.

            La señorita Stackpole mantuvo muy abiertos los ojos, en los que se reflejaba el sol, y dijo:

            -¿Tiene usted la vana esperanza de encontrar algún fallo en mi razonamiento? ¿Qué duda cabe de que yo tengo el mismo derecho que cualquier otra a casarme?

            -Pues entonces, no diré que me molesta el verla sol­tera, sino que, por lo contrario, me encanta.         

-Todavía no es usted serio. Ni lo será nunca.

            -No creerá usted eso el día que le confiese que de­seo abandonar mi costumbre de ir solito por la vida...

            La señorita Stackpole se quedó mirándole un instan­te de una manera que parecía anunciar una respuesta a la que técnicamente pudiera llamarse alentadora. Pero, con­tra lo que Ralph esperaba y con gran sorpresa suya, la aguardada expresión se trocó en una apariencia de alar­ma, incluso de enojo. Ella contestó secamente:

            -Ni aun entonces. -Y se marchó.

            Por la noche, Ralph le dijo a su prima:

            -Todavía no he concebido amor por tu amiga, y eso que esta mañana hemos estado hablando un buen rato del asunto.

            -Y no sólo hablasteis sino que tú dijiste algo que a ella no le agradó.

            Ralph se quedó asombrado.

            -Cómo, ¿se ha quejado de mí?

            -Me ha dicho que cree que hay algo excesivamen­te superior en el tono de los europeos al dirigirse a las mujeres.

            -¿Me llama ella europeo?

            -Uno de los peores. Me ha contado que le dijiste una cosa que un americano no habría sido capaz de de­cir. Pero no quiso repetírmelo.

            Ralph soltó una gran carcajada. Luego dijo:

            -Es una persona muy contradictoria. ¿Creyó acaso que la estaba cortejando?

            -No. Me figuro que incluso los americanos hacen eso. Pero al parecer se imaginó que tú entendiste mal al­go que ella dijo y lo interpretaste a tu gusto.          

            -Se me antojó que me estaba haciendo una propuesta de matrimonio y la acepté. ¿Había algo malo en ello?

            Isabel sonrió y dijo quedamente:         

            -Para mí, sí. Yo no quiero que te cases.

            -¿Qué quieres que haga uno metido todo el san­to día entre vosotras, querida primita? -preguntó Ralph-. La señorita Stackpole me dice que mi deber es casarme, y que el suyo es, en términos generales, ve­lar por que yo cumpla con él.

            A lo que Isabel contestó seriamente:

            -Henrietta tiene un hondo sentido del deber. El de­ber inspira todo cuanto dice. Por eso es por lo que la quiero tanto. Ella piensa que es indigno de ti guardar tantas cosas para ti solo. Eso es lo que quería decir. De j modo que, si te figurabas que estaba tratando de enga­tusarte... te equivocaste de medio a medio.

            -Sin duda era un modo bien extraño de conseguir­lo, pero se me antojó que estaba tratando de pescarme. Perdona mi perversidad, primita.

            -Eres demasiado presuntuoso. Ni por un instante acarició ella miras interesadas, ni supuso que tú se las atribuirías.

            -Verdaderamente, tiene uno que ser muy modesto para hablar con esa clase de mujeres -dijo Ralph con toda humildad-. Lo cierto es que es un tipo bien ex­traño. Demasiado personal... si se considera que ella es­pera que los demás no lo sean. Es de las que entran en la casa sin llamar a la puerta.

            -Cierto -dijo Isabel-. No se presta a reconocer de buen grado la existencia de los picaportes, a los que estoy segura que considera simples adornos pretencio­sos. Piensa que la puerta de la gente debe estar siem­pre abierta de par en par. Eso no quita para que yo si­ga queriéndola.

            -Pues yo sigo creyendo que se toma demasiadas confianzas -replicó Ralph que, naturalmente, se sentía algo molesto ante la idea de haberse engañado doble­mente respecto a la amiga de su prima.

            Isabel contestó:

            -Yo, la verdad, creo que la quiero precisamente por­que es más bien algo vulgar.

            -Ese razonamiento tuyo la halagará sin duda alguna.

            -Pero si yo tuviese que decírselo no lo expresaría de este modo. Le diría que es porque hay en ella algo de pueblo.

            -Por lo que hace a eso, ¿qué sabes tú de pueblos y qué sabe ella?

            -Ella, por lo pronto, mucho; y yo sé lo bastante para darme cuenta de que ella es como una emanación de la gran democracia... del continente, del país, de la nación entera. No es que yo quiera decir con esto que ella lo resume todo en sí, sería demasiado pedir... pe­ro el caso es que lo sugiere, que lo representa con gran realismo.

            -Así que la quieres tanto por una razón de patrio­tismo. En cambio, yo tengo el presentimiento que es precisamente por eso por lo que le pongo reparos.

            Isabel exhaló un hondo y alegre suspiro y dijo:

            -¡Ah! ¡Hay tantas cosas que me gustan y que quie­ro! Basta que una cosa me impresione con cierta inten­sidad para que yo la acepte enseguida. No es que pre­tenda presumir de ello, pero intuyo que soy más bien versátil. Me gusta que la gente sea distinta de Henrietta, como, por ejemplo, las señoritas Molyneux, las herma­nas de lord Warburton. Cuanto más las contemplo, más me parece que encarnan un verdadero tipo de ideal. Sin embargo, en cuanto veo a Henrietta, quedo en el acto convencida por ella no tanto por lo que ella es, sino por  lo que detrás de ella se amontona.

            -Entonces, te refieres a su lado oculto -sugirió su primo.

            -Ella tiene razón -dijo Isabel-, nunca llegarás a ser una persona seria. Yo adoro aquel gran país que se extiende a través de las praderas y más allá de los ríos, floreciendo, sonriendo y dilatándose hasta verterse en el Pacífico... Y Henrietta, no me eches en cara la compa­ración, ha recogido en los pliegues de su ropa todo el  aroma de aquel país.

            Isabel se ruborizó un poco al terminar su parrafada, y aquel rubor, junto con el ardor pasajero que había pues­to en sus palabras, le sentaron tan admirablemente que Ralph permaneció contemplándola un rato en silencio y sonriendo. Por fin dijo:

            -No tengo la seguridad de que el Pacífico sea tan grande como tú lo pintas, pero no cabe duda de que eres una mujer de gran imaginación. En cambio, Henrietta huele tanto a futuro que casi le tumba a uno de espaldas.

 

 

11

 

 

            Ralph adoptó la firme resolución de no interpretar tor­cidamente las palabras de la señorita Stackpole ni aun cuan­do ésta hablara en un sentido demasiado personal. Hubo de acostumbrarse a la idea de que para ella las personas no eran sino organismos sencillos y homogéneos, y de que por su parte él era un ejemplar demasiado corrompido de la naturaleza humana para tener derecho a tratarla en térmi­nos de reciprocidad. Llevó a cabo su decisión con un tac­to exquisito, de suerte que la joven periodista pudo, en su renovado contacto con él, ejercer sin trabas su habilidad para la investigación insaciable. De modo que, dado el gran aprecio que por ella sentía Isabel, y el no menor que ella experimentaba por esa agilidad de inteligencia que a juicio suyo hacía de Isabel su hermana espiritual, y dada la vene­rabilidad tan agradable del señor Touchett, cuyo noble to­no, como ella solía decir, merecía toda su aprobación, su situación en Gardencourt habría sido de lo más cómoda si no hubiese ella concebido desde el primer momento una gran desconfianza hacia la pequeña señora a quien al prin­cipio se creyó obligada a considerar dueña de la casa. Pe­ro no tardó en descubrir que semejante obligación no era nada pesada y que la señora Touchett no se preocupaba en absoluto de lo que la señorita Stackpole hiciera o dejara de hacer. La señora Touchett la había calificado, hablando con Isabel, de aventurera y de aburrida... concediendo que a veces las aventuras proporcionan verdaderas emo­ciones. Había manifestado a su sobrina su extrañeza de que hubiera escogido tal amiga, pero añadió a renglón seguido que sabía muy bien que los amigos de Isabel no eran cosa suya, y que jamás se había propuesto que le gustasen todos, ni obligar a la joven a tratar únicamente a aquellos que agradaban a su tía.

            -Si no hubieras de tratar más que a la gente que a mí me gusta -confesó- tendrías muy pocas rela­ciones, pues no conozco a ningún hombre ni ninguna  mujer que me gusten lo suficiente para poder reco­mendártelos. Eso de recomendar a alguien es cosa muy seria. Por ejemplo, la señorita Stackpole no me gusta absolutamente nada. Todo lo suyo me desagrada pro­fundamente; habla demasiado fuerte y la mira a una como si una estuviese deseando mirarla a ella... cosa que no ocurre. Tengo la seguridad de que ha vivido to­da su vida en pensiones de familia y no detesto nada tanto como las costumbres y libertades de semejantes sitios. Si me preguntas si prefiero mis modales, que se­guramente te parecerán horribles, te diré que me gus­tan infinitamente más que los de ella. La señorita Stack­pole sabe muy bien que yo detesto esa civilización de casa de huéspedes y me odia por detestarla, pues se figura que esa civilización es la más selecta del mundo. Gardencourt le gustaría más si fuera una casa de hués­pedes, aunque a mí me parece que tiene no poco de eso. Como nunca nos llevaremos bien ella y yo, más vale no intentarlo.

            La señora Touchett tenía razón al imaginarse que no merecía la aprobación de Henrietta, pero no lograba po­ner el dedo en la llaga del motivo de semejante senti­miento. Dos días después de la llegada de la señorita Stackpole, la señora Touchett hizo algunas injustas re­flexiones sobre los hoteles de América, y ello excitó el espíritu de contradicción de la corresponsal del Interviewer que, en su calidad de periodista, había conocido en el mundo occidental los más variados tipos de alojamien­to. Henrietta manifestó su opinión de que los hoteles de América eran los mejores del mundo, y la señora Tou­chett, que aún conservaba fresco el recuerdo de su lucha con algunos de ellos, expresó su convicción de que eran los peores. Ralph, queriendo poner en práctica su buen humor experimental y deseoso de encontrar un medio de zanjar la cuestión, dijo que la verdad estaba en el jus­to medio y que los establecimientos de que hablaban de­bían ser clasificados entre los medianos.

            La señorita Stackpole rechazó indignada tal clasifi­cación. Nada de medianos. O eran los mejores del mun­do o eran los peores, pero no había nada de términos me­dios con respecto a los hoteles de América.

            -Juzgamos desde distintos puntos de vista, es evi­dente -dijo la señora Touchett-. A mí me gusta que me traten como a una persona, a usted le gusta que la traten como a un número.

            -No sé qué quiere usted decir -repuso Hen­rietta-. A mí me gusta que me traten como a una seño­ra americana.

            -¡Pobres señoras americanas! -exclamó riendo la señora Touchett-. Son esclavas de esclavos.

            -Son compañeras de hombres libres -replicó Hen­rietta.

            -Compañeras de sus criados..., de la doncella ir­landesa y el mozo de comedor negro. Comparten sus trabajos.

            -¿Llama usted «esclavos» al servicio doméstico de una casa americana? -inquirió la señora Stackpole-. Si es así, no me extraña que no le guste América.

            -Si una no tiene buenos criados lo pasa terriblemente mal -dijo con tranquilidad la señora Touchett . En Amé­rica son muy malos; en cambio, en Florencia tengo cinco, a cual mejor.

            Henrietta no pudo contenerse de decir:

            -No veo para qué necesita usted cinco criados. Yo creo que no podría soportar ver a cinco personas a mi al­rededor en esas condiciones de servilismo.

            La señora Touchett proclamó con no poca intención:

            -Pues yo prefiero verlas en tal condición antes que , en algunas otras.

            El señor Touchett intervino diciendo:

            -¿Te gustaría yo más, querida, si fuera tu mayor­domo?

            -No estoy muy segura; por lo pronto, te faltan los modales y el tipo para ello.

            -Compañeras de los hombres libres... he ahí algo que de veras me gusta, señorita Stackpole -dijo Ralph-. Es una hermosa descripción.

            -Al decir hombres libres, no me refería a usted, . señor.

            Y ésa fue toda la recompensa que Ralph obtuvo por su anterior cumplido. La señorita Stackpole estaba perpleja. Era indudable que pensaba que había algo traicionero en la estima que la señora Touchett mostraba por una clase a la que Henrietta en privado calificaba de misteriosa su­pervivencia del feudalismo. Acaso porque estaba honda­mente preocupada por tal imagen dejó pasar varios días an­tes de buscar una ocasión para decir a Isabel:

            -Estoy por preguntarme, querida amiga, si no te habrás vuelto desleal.

            -¿Desleal? ¿Desleal hacia ti, Henrietta?

            -No. Eso sería una gran pena para mí, pero no es eso.

            -Entonces, ¿hacia mi país?

            -¡Ah! Espero que eso no suceda nunca. Cuando te escribí desde Liverpool, te comuniqué que tenía algo par­ticular que decirte. Nunca se te ha ocurrido preguntar­me qué era... ¿Es acaso porque lo has sospechado?

            -¿Sospechado, qué? Por lo general, no creo ser da­da a sospechar -dijo Isabel-. Cierto, ahora recuerdo la frase de tu carta, pero confieso que la había olvidado por completo. ¿Qué es lo que tienes que decirme?

            Henrietta pareció decepcionada y su firme mirada lo dio a entender.

            -No lo preguntas como es debido... como si te pa­reciese una cosa importante... Estás muy cambiada... pien­sas ya en otras cosas,

            -Dime lo que es y entonces pensaré en ello.

            -¿De veras pensarás en ello? Eso es de lo que yo quería asegurarme.

            Isabel contestó:

            -No tengo un dominio perfecto sobre sus pensa­mientos, pero haré lo que pueda. -Henrietta la miró en silencio durante tanto rato que acabó con la paciencia de Isabel y le hizo exclamar-: ¿Quieres decir que vas a ca­sarte?

            -No antes de haber visto Europa -respondió Hen­rietta. Y prosiguió-: ¿De qué te ríes? Lo que quiero de­cir es que el señor Goodwood vino en el mismo barco que yo.

            -¡Ah! -se limitó a responder Isabel.

            -Has dicho bien. A bordo tuvimos ocasión de char­lar largamente. Ha venido siguiéndote.

            -¿Te lo dijo él?

            -No, no me dijo absolutamente nada. Por eso lo supe -contestó ingeniosamente la escritora-. Él ha­bló poco de ti, pero, en cambio, yo hablé mucho de ese tema.

            Isabel se mantuvo a la espera. Había empalidecido al oír el nombre del señor Goodwood y, al final, acabó por decir:

            -Siento mucho que hablaras de mí.

            -Es que era un placer y me gustaba la manera en que me escuchaba. A un oyente así podría haberle ha­blado mucho tiempo. Escuchaba con tanta atención, tan callado, tan absorto en mis palabras...

            Isabel preguntó:

            -¿Qué dijiste de mí?    

            -Dije que, en conjunto, eras la criatura más per­fecta que conocía.

            -Pues lo siento en el alma. Él tiene ya demasiada; buena opinión de mí y no hay que alentarle por ese ca­mino.

            -Se muere porque le den alientos, por pocos que  sean. Me parece estar viendo su cara, aquella mirada ab­sorta mientras yo hablaba... Nunca he visto a un hom­bre feo transformarse en uno tan hermoso.

            -Es de ideas muy simples -contestó Isabel-. Y, ade­más, no es tan feo.

            -Nada torna a la gente tan sencilla como una gran pasión.

            -La suya no es una gran pasión, de eso estoy se­gura.

            -Lo dices como si no lo estuvieras.

            Isabel sonrió de manera más bien fría. Y declaró:

            -Haré mejor en decírselo al mismo señor Good­wood.

            -Pues pronto tendrás ocasión de ello -dijo Hen­rietta. Isabel no contestó a esa afirmación que su amiga acababa de hacer con gran seguridad. La periodista pro­siguió-: Te va a encontrar muy cambiada. El ambiente que te rodea te ha afectado mucho.

            -No digo que no. Todo me afecta.

            -Todo, menos el señor Goodwood -exclamó la se­ñorita Stackpole con una risa un tanto agria.

            Isabel ni siquiera sonrió y, al cabo de un instante, preguntó:

            -¿Te pidió él que me hablaras?

            -No lo dijo con estas palabras, pero me lo pidió con los ojos y con su apretón de manos cuando nos despedimos.

            -Te agradezco que lo hayas hecho -dijo Isabel, y se dio la vuelta.

            -Has cambiado, Isabel, has adquirido aquí otras ideas -insistió su amiga.

            -Por suerte para mí -replicó Isabel-. Una tiene el deber de adquirir el mayor número de ideas que le sea posible.

            -De acuerdo, pero las nuevas no deben desplazar a las antiguas, si las antiguas han sido las buenas.

            Isabel se le acercó nuevamente y dijo:

            -Si quieres decir que yo tenía alguna idea con res­pecto al señor Goodwood... -Pero, ante la implacable mirada de su amiga, optó por callarse.

            -Querida mía, ¿qué duda cabe de que le dejaste con­cebir esperanzas?

            Durante un momento Isabel pareció disponerse a rebatir aquel aserto, pero en lugar de eso dijo tranqui­lamente:

            -Es cierto, yo le di alientos. -Dicho lo cual, pre­guntó a su amiga si el señor Goodwood le había co­municado qué pensaba hacer. No era eso más que una concesión a su propia curiosidad, pues le desagradaba hablar del asunto y consideraba que Henrietta no ha­bía procedido con la delicadeza debida.

            -Se lo pregunté y me dijo que no pensaba hacer ab­solutamente nada -contestó la señorita Stackpole-. Naturalmente, yo no lo creí porque no es un hombre pa­sivo, sino de acción pronta y decidida. Ocúrrale lo que le ocurra, él hará siempre algo, y lo que haga estará siem­pre bien.

            Aunque Henrietta tal vez se había mostrado poco delicada, esa declaración conmovió a Isabel, que corroboró:

            -Yo también opino lo mismo.

            La periodista se lanzó al ataque, diciendo:

            -Y piensas en él.

            Isabel repitió:

            -Lo que él haga, siempre estará bien... Cuando un hombre es totalmente de una pieza, ¿qué puede impor­tarle lo que una sienta?

            -Puede que a él no le importe, pero le importa a una.

            -¡Bah! Lo que a mí me importa... no es precisamente lo que estamos discutiendo -dijo Isabel, sonriendo sin ganas.

            Su compañera adoptó un aire severo y replicó:

            -Bueno, eso no es cosa mía. Lo que veo es que es­tás cambiada, que no eres la misma que eras hace unas semanas, y el señor Goodwood se dará cuenta de ello. Yo espero que se presente aquí de un día a otro.

            -Pues, entonces, confío en que llegará a detestarme.

            -Ni creo que esperes tal cosa ni le creo a él capaz de ella.

            Nuestra heroína no replicó a esta observación, pues se había quedado anonadada ante la noticia que Henrietta acababa de darle respecto a la posible aparición de Caspar Goodwood en Gardencourt. Quiso engañarse a sí misma diciéndose que eso era imposible, y así se lo hi­zo saber más tarde a su amiga. Sin embargo, pasó en una gran ansiedad las cuarenta y ocho horas siguientes, es­perando a cada momento oír anunciar el nombre del jo­ven compatriota. Y tal preocupación la intranquilizó has­ta el punto de que le pareció sentir un gran bochorno en el aire, como si el tiempo fuese a cambiar... Tan grato ha­bía sido el tiempo, en el sentido social, hasta entonces para ella en Gardencourt, que cualquier cambio que en él se produjera no podría ser para bien. Sin embargo, su ansiedad cesó al segundo día. Había salido ella de paseo por el parque en compañía del simpático Bunchie y, des­pués de haber andado durante un rato tan intranquila y absorta en sí mima que no veía ni oía, se había sentado en un banco del jardín, no lejos de la casa y bajo una gran haya, donde, vestida de blanco, adornado su traje con la­zos negros, y entre las leves sombras que revoleteaban a su alrededor, ofrecía una imagen llena de gracia y armo­nía. Durante algunos instantes se entretuvo en hablar con el revoltoso perrito, respecto al cual se aplicaba con la mayor imparcialidad posible la proposición de bien in­diviso hecha por el primo... es decir, tan imparcialmen­te como lo permitían las veleidosas e inconstantes sim­patías del pequeño can. Pero en aquella ocasión se dio cuenta por primera vez de la limitación del intelecto de Bunchie, que hasta entonces le había parecido de gran­des dimensiones. Pensó que, antes de salir, hubiera sido oportuno proveerse de un libro, ya que, en otros tiem­pos, cuando se sentía desasosegada, le bastaba la compa­ñía de un buen volumen para que su ensimismamiento se aposentase en la morada de su pura razón. Última­mente, no vale la pena negarlo, pareció que la literatura no iluminaba sus inquietudes más que con una morteci­na luz; y, aun cuando se acordó de que la biblioteca de su tío contenía todos esos autores que no deben faltar en la de ningún caballero que se estime, el hecho es que per­manecía allí sentada, inmóvil y con las manos vacías, la mirada fija en el verde césped del prado. La llegada de un criado con una carta la sacó en aquel instante de su ensimismamiento. La carta, cuyo sobre tenía el sello de  Correos de Londres y estaba escrito con una letra que le era bien conocida... vino a ocupar un lugar en su imagi­nación, absorta ya en el que la había escrito, como si con , ella aportara la vivacidad del rostro o de la voz del autor. Por ser tal carta un documento corto, no habrá incon­veniente en transcribirla por completo. Decía así:           

 

 

            Querida señorita Archer:

            Ignoro si se habrá enterado de mi llegada a Lon­dres, pero, aunque no haya sabido nada de ella, creo que no será una sorpresa para usted. Recordará que cuando, hace tres meses, me dio su respuesta nega­tiva en Albany, yo no quise aceptarla y protesté con­tra ella. Por su parte, usted pareció aceptar seme­jante protesta y reconoció que yo tenía razón. Fui entonces a verla con la esperanza de que me permi­tiera intentar hacerle compartir mi convicción, ya `que las razones en que la fundo son inmejorables.

Pero usted me desengañó, pues la encontré cambia­da y sin poder darme razón aceptable acerca de su cambio. Usted misma reconoció que su actitud no era razonable, y ésa fue toda la concesión que se dig­nó hacer, pero era verdaderamente baladí porque no ' respondía a su manera de ser. No, usted no es, ni se­rá nunca, arbitraria ni caprichosa. Por el contrario, creo que me permitirá volver a verla. Me dijo que yo no le resultaba desagradable, cosa que creo, pues no ` sé por qué habría de serlo. Seguiré pensando siem­pre en usted y en ninguna otra. He venido a Ingla­terra sólo porque en ella se encuentra usted, ya que no podía permanecer en nuestro país estando usted ;' ausente de él, y lo detestaba porque usted lo había  abandonado. Si ahora me gusta tanto este país en tan sólo porque la tiene a usted en su seno. He estado en Inglaterra anteriormente, pero nunca me gustó gran cosa. ¿Me permite ir a verla, aunque no sea más que media hora? En el momento presente ése es el más vivo anhelo de su devoto

 

GASPAR GOODWOOD

 

 

            Isabel leyó esta carta con tan concentrada atención que ni siquiera oyó los pasos que hacia ella se acercaban quedamente sobre la hierba tierna. Alzó los ojos mien­tras plegaba maquinalmente la carta, y vio a lord War­burton de pie ante ella, contemplándola en silencio.

 

 

 

12

 

 

            Isabel se guardó la carta en el bolsillo y dirigió a su visitante una suave sonrisa de bienvenida, sin mostrar la menor alteración y sorprendiéndose a sí misma por su propia frialdad.

            Lord Warburton habló así:

            -Me dijeron que estaba usted aquí y, como no ha­bía un alma en el salón y era precisamente usted a quien me interesaba ver, me dirigí aquí sin más.

            Isabel se puso en pie, pues parecía sentir en su inte­rior un vago deseo de que él no se sentara a su lado.

            -Ya me disponía a entrar -dijo.

            -No se vaya, por favor. Se está mucho mejor aquí fuera. He venido a caballo desde Lockleigh y puedo ase­gurarle que hace un día espléndido.

            La sonrisa con que acompañara las anteriores pala­bras era especialmente amistosa y agradable, mientras que parecía desprenderse de toda su persona ese aura de bondad y amabilidad que tanto encantara a la joven des­de el momento en que le vio por vez primera; aura que le rodeaba como el resplandor de un deleitoso día del mes de junio.

            -Entonces daremos una vuelta -dijo Isabel, que a su pesar intuía la intención de la visita de su acompañante y que deseaba a un tiempo eludir aquella intención y sa­tisfacer su curiosidad. Ya otra vez había vislumbrado ese designio con la fugacidad de un relámpago y, como ya sabernos, le produjo gran alarma; una alarma cuyos ele­mentos no eran del todo desagradables. Por lo pronto llevaba varios días analizándolos, habiendo al fin logra­do separar la parte agradable de la idea de que lord War­burton la estaba cortejando, de la parte de esta idea que la resultaba desagradable. A muchos de nuestros lectores ha de antojárseles que la joven era a la vez precipitada e indebidamente exigente; pero este último reproche, ca­so de ser justo, puede contribuir a disculparla del descré­dito que el primero entraña. Isabel no sentía el menor de­seo de convencerse a sí misma de que un poderoso terrateniente, como había oído llamar a lord Warburton, estaba prendado de sus encantos, pues el hecho de una declaración procedente de él comportaría más interro­gantes de los que podría contestar. A ella le había im­presionado mucho el hecho de que él fuese un gran «per­sonaje», y se había dedicado a examinar la imagen que ese hecho le presentaba. Cabe decir, a riesgo de abundar aún más en la prueba de su autosuficiencia, que en de­terminados momentos la posibilidad de que tal persona­je le tributara tanta admiración le parecía una agresión  rayana en afrenta, casi una inconveniencia. Hasta en­tonces no había conocido a ningún verdadero persona­je, no los había habido antes en su vida, y acaso tampo­co existieran en su país de origen. Cuando ella había pensado que alguien pudiera ser eminente, lo hacía en razón de su carácter y de su ingenio... en razón de lo que a una pudiera gustarle en la inteligencia y en la conver­sación de un caballero. Por su parte, ella misma era to­do un carácter, y de eso estaba perfectamente convenci­da. Y hasta entonces su imagen de una conciencia plena tenía relación con cuestiones morales... cosas respecto a las cuales la pregunta sería si a su alma sublime le resultaban gratas. Así, pues, lord Warburton fulgía ante sus ojos intensa y brillantemente como un conjunto de atri­butos y poderes que no se medían por esa sencilla norma, sino que requerían una clase de apreciación totalmente distinta... una apreciación que la joven, acostumbrada a juzgar las cosas con gran celeridad y suma libertad, se sen­tía falta de paciencia para poder otorgar. Era como si él fuese a pedirle algo que ningún otro había pensado pe­dirle. Ella sentía que un gran magnate terrateniente, so­cial y político, había concebido el designio de arrastrar­la a un sistema en el cual él vivía y actuaba de un modo un tanto ofensivo. Y un cierto instinto persuasivo, si bien nada categórico, le decía que resistiera... murmurándo­le que ella tenía ya su propio sistema y su propia órbita. Le decía además, muchas otras cosas... cosas que a la vez se contradecían y confirmaban mutuamente; como que una muchacha podría sin duda hacer algo mucho peor que confiarse a semejante hombre, y que resultaría de veras interesante conocer su sistema desde el punto de vis­ta de él; que, sin embargo, mucho de aquel sistema cons­tituía para ella una constante complicación y que, inclu­so tomado en conjunto, tenía algo de rígido y de inflexible que lo convertía en una verdadera carga. Por si eso fue­ra poco, he aquí que acababa de llegar de América cier­to joven que carecía en absoluto de ninguna clase de sis­tema, pero que estaba dotado de un carácter respecto del cual le era inútil tratar de convencerse de que le ha­bía producido poca impresión. La carta que en el bolsi­llo tenía probaba precisamente lo contrario. Sin embar­go me atrevería a repetirle al lector que no sonriera ante esta sencilla muchacha de Albany que se atormentaba pensando en si debía aceptar a un par inglés antes de que él se le declarase y que, por otra parte, estaba conven­cida de que podía encontrar un candidato mejor. Como se ve, era una persona de inmensa buena fe, y si en rea­lidad había mucho de insensatez en su juicio, quienes ha­yan de juzgarla severamente pueden tener la satisfacción de comprobar que con el tiempo se tornó juiciosa, aun­que a costa de una enormidad de insensateces, que casi constituirían una apelación directa a la caridad.

            Lord Warburton parecía estar dispuesto a pasear, a sentarse o hacer lo que a Isabel se la antojara propo­ner, y así se lo aseguró con su aire habitual de com­placencia en el ejercicio de una virtud social. Pero, a pesar de todo, no era dueño de sus emociones y, mien­tras caminaba a su lado en silencio durante un mo­mento, y la miraba sin que ella se diese cuenta, había algo azorado en su mirada y en su risa a destiempo. Sí, ciertamente... ya que he tratado antes este punto, po­demos volver ahora sobre él... los ingleses son la gen­te más romántica del mundo, y lord Warburton estaba a punto de brindar un ejemplo de ello. Estaba al bor­de de dar un paso que habría de asombrar a todos sus amigos, desagradando a no pocos de ellos, y que visto superficialmente no tenía nada positivo. La joven que iba a su lado hollando el césped procedía de un país ex­traño de allende los mares, país que él conocía bastan­te; los antecedentes y las relaciones de la muchacha se le aparecían muy vagos salvo en la medida en que eran genéricos, pero en tal sentido se le antojaban claros y sin importancia. La señorita Archer no poseía fortuna ni esa clase de belleza que justifica a un hombre ante la multitud y él calculaba que había pasado ya como unas veintiséis horas en su compañía. El lo había so­pesado todo: la contumacia de su propio impulso, que rehusara aprovechar las mejores oportunidades que se le ofrecían para apaciguarse, y el juicio del género hu­mano, ejemplificado particularmente por la mitad más rápida a la hora de juzgar; después de mirar todas es­tas cosas cara a cara, en el acto las desalojó de su pen­samiento, no preocupándose de ellas más de lo que ha­bría podido preocuparse del capullo de rosa que llevaba prendido del ojal. La suerte del hombre que durante la mayor parte de su vida no ha necesitado realizar gran­des esfuerzos para no desagradar a sus amigos, consis­te en que no hay recuerdos molestos que lo desacredi­ten cuando deba tomar el camino contrario.

            Isabel, que estaba observando la indecisión de su ami­go, acabó por decirle:

            -Celebraré que le haya resultado agradable el paseo.

            -Sólo por el hecho de conducirme hasta aquí tenía que ser de lo más grato.    

-¿Tanto le gusta a usted Gardencourt? -preguntó la muchacha, cada vez más segura de que acabaría por pe­dirle algo y deseosa de no forzarle, caso de que él titubea­ra y, al mismo tiempo, de conservar toda su tranquilidad y lucidez mental por si se decidía. De pronto pensó que su actual situación era de las que unas semanas antes no habría dudado en calificar de romántica, a saber: el par­que de una vieja y prestigiosa mansión señorial en Ingla­terra y, en primer plano, uno de los «grandes» aristócra­tas del país (según creía ella) a punto de declarar su amor a una preciosa y joven dama que, luego de bien observa­da, acusaba notable parecido con Isabel misma. No obs­tante, al ser ella en aquel momento la heroína de seme­jante situación, no lograba mirarla serenamente.

            -Gardencourt me tiene absolutamente sin cuida­do -contestó el acompañante-. Lo que me interesa es usted.

            -Me conoce todavía demasiado poco para tener de­recho a decir semejante cosa, y no puedo creer que ha­ble en serio.

            No eran del todo sinceras las palabras de Isabel, pues no le cabía duda de que él lo era. Las dijo simplemente para rendir un tributo al hecho, del cual era muy cons­ciente, de que la afirmación de él habría causado gran sorpresa en el vulgo. Y si, por añadidura, hubiese habi­do algo capaz de convencerla, además de su presenti­miento de que lord Warburton no era ligero de cascos, habría bastado para ello el tono con que él le respondió:

            -Ese derecho no puede medirse por el tiempo, se­ñorita Árcher, sino por el sentimiento. Dentro de tres meses no estaré más convencido que ahora de lo que siento. Es cierto que la he visto muy poco, pero mi im­presión arranca del momento mismo en que nos cono­cimos. No perdí el tiempo, pues me enamoré de usted entonces. Como dicen las novelas, fue un flechazo. Aho­ra comprendo que tal frase no es pura fantasía y en ade­lante tendré mejor opinión de ese género literario. Los dos días que aquí pasé acabaron de arraigar mis ideas y mi decisión. Ignoro si usted se dio cuenta de lo que yo estaba haciendo, pero el hecho es que le consagré la ma­yor atención posible. No se me escapó nada de cuanto hi­zo, ni una sola de sus palabras. El otro día, cuando us­ted se dignó ir a Lockleigh... mejor dicho, cuando se marchó... ya estaba completamente seguro. No obs­tante, tomé la resolución de pensarlo seriamente de nue­vo y de interrogar mi ánimo con profundidad. Ya lo hi­ce. En realidad, durante todos estos días no he hecho otra cosa. Y no suelo cometer errores en cosas de ese calibre, soy un animal muy sensato. No me salgo fácil­mente de mis casillas, pero cuando me siento tocado es para toda la vida... Para toda la vida, señorita Árcher, es para toda la vida -repitió lord Warburton con la voz más grata, tierna y amable que Isabel oyera jamás, al tiempo que la miraba con ojos llenos de una pasión des­provista de las partes impuras de la emoción (ardor, des­varío, violencia) y que parecía brillar con llama tan po­tente como la de una antorcha en un lugar resguarda­do del viento.

            De común y tácito acuerdo siguieron andando cada vez más despacio mientras él hablaba, hasta que, al fin, se detuvieron y él le tomó una mano. Isabel dijo enton­ces suavemente:

            -¡Ah! ¡Qué mal me conoce usted, lord Warburton! -Y con gran delicadeza retiró su mano de la mano del aristócrata.

            -No me lo reproche, por favor; bastante desdicha­do soy por no conocerla mejor. Pero eso es lo que pre­tendo, y creo que estoy en el buen camino. Si consiente en ser mi esposa llegaré a conocerla y, cuando luego le comunique todo lo bueno que de usted pienso, no po­drá en modo alguno decir que es por ignorancia.

            Isabel respondió:

            -Si usted me conoce a mí poco, menos le conozco yo a usted.

            -Tal vez crea usted que, a diferencia suya, quizá yo no mejore cuando me conozca. Sin embargo, piense us­ted en lo resuelto que estoy a complacerla cuando me arriesgo a decirle lo que acaba de oír. Le gusto un poco, ¿no es cierto?

            -Me gusta usted muchísimo, lord Warburton -con­testó la joven; y era cierto que en aquel preciso instante le gustaba enormemente.

            -Le agradezco en el alma que me lo diga. Eso prue­ba que no me considera ya un extraño. Creo, en reali­dad, que hasta el presente he cumplido a plena satisfac­ción con todas las obligaciones de la vida, y no veo por qué no habría de cumplir con ésta... en la que me ofrez­co a mí mismo... cuando es precisamente la que más me

importa. Pregunte usted a los que bien me conocen y ellos responderán por mí.

            -Yo no preciso recomendaciones de sus amigos -contestó Isabel.

            -Es verdaderamente encantador de su parte. Usted se basta para creer en mí...

            -Por completo -dijo Isabel; y el placer de sentir lo que decía pareció iluminarla con una luz interior.

            La luz se tornó sonrisa en las pupilas de su compa­ñero, que prorrumpió en esta exclamación de alegría:

            -¡Que yo pierda cuanto tengo, si usted se equivo­ca, señorita Archer!

            Pensó ella si acaso lo había dicho para hacerle re­cordar su riqueza, pero al instante estuvo segura de que no. Eso él lo guardaba bajo llave, como él mismo habría dicho, y lo confiaba a la memoria de su interlocutor, en especial a la de una mujer a quien estaba proponiendo matrimonio. Isabel había rogado al cielo no sentirse de­sazonada mientras le escuchaba y se preguntaba qué era lo mejor que podría decir. ¿Qué debía contestar? Su mayor anhelo era decir algo tan exquisito cuando menos co­mo lo que acababan de decirle. En las palabras de su com­pañero había una convicción irresistible y ella se dio cuenta de que, por misterioso que fuera este hecho, lord Warburton la quería. Por fin contestó:

            -No tengo palabras con que agradecerle su ofreci­miento. Con él me ha hecho un gran honor.

            -Por favor, no diga semejante cosa -prorrumpió lord Warburton-. Me estaba temiendo que dijese algo por el estilo. No le va a usted esta clase de respuesta. No se me alcanza por qué ha de agradecerme nada. Yo soy quien tiene que agradecer a usted que haya querido oír­me y aguantar que un hombre a quien apenas conoce la haya acometido así de sopetón. Sin duda alguna se trata de una pregunta muy seria y no tengo el menor empacho en confesarle que antes prefiero hacerla que contestarla yo mismo... Sin embargo, la manera como la ha escucha­do... el mero hecho de que haya querido escucharme... me permite concebir alguna esperanza.

            -No tenga demasiadas esperanzas -dijo amable­mente Isabel.

            -Por favor, señorita Archer -murmuró su compa­ñero sonriendo amablemente en medio de su seriedad, como si esa advertencia pudiera considerarse fruto de un estado de ánimo alegre o de un exceso de júbilo.

            Isabel preguntó:

            -¿Le sorprendería a usted mucho si le pidiese que no abrigase ninguna esperanza?

            -¿Si me sorprendería? Ignoro lo que quiere usted decir con eso de la sorpresa. No es cuestión de sorpre­sa, sería un sentimiento muchísimo peor.

            Isabel se puso a andar de nuevo en silencio durante un rato. Dijo:

            -Tengo la completa seguridad de que la buena opi­nión que tengo de usted mejorará sin ninguna duda cuan­do le conozca mejor. De lo que no estoy tan segura es de que usted no pueda quedar decepcionado. Y no lo digo por falsa modestia, sino porque realmente lo creo así, con toda sinceridad.

            Su compañero replicó:

            -No obstante, estoy dispuesto a arriesgarme, seño­rita Archer.

            -Como usted bien dice, es una pregunta seria, una pregunta difícil.

            -Por supuesto, no pretendo que usted la conteste en el acto. Puede pensarla todo el tiempo que crea necesario. Si con la espera he de salir ganando, estaré encantado de tener que aguardar durante largo tiempo. Solamente, no olvide que, en último término, mi mayor felicidad depen­de de su respuesta.

            -Sentiría mucho tenerle en esa ansiedad -dijo Isabel.

            -No se preocupe por ello. Antes prefiero recibir dentro de seis meses una respuesta favorable que una des­favorable en este momento.

            -Pero es muy posible que tampoco dentro de seis meses pueda darle una que la parezca buena.

            -¿Por qué no, si es cierto que le gusto?

            -De eso no debe tener la menor duda -dijo Isabel.

            -Pues, entonces, no veo qué más pide usted.

            -No se trata de lo que pido, sino de lo que pueda dar. Creo que yo no le convengo a usted, de veras creo que no.

            -No tiene que preocuparse de semejante cosa. Eso es cosa mía. No ha de ser usted más papista que el papa.

            Isabel dijo:

            -Pero no es solamente eso. Es que no estoy segu­ra de querer casarme nunca con nadie.

            -Es muy posible. No cabe duda de que muchas grandes mujeres empiezan diciendo lo mismo -mani­festó el lord, de quien se puede afirmar que no creía en ti absoluto en el axioma con que intentaba engañar su pro­pia ansiedad-. Pero casi siempre se las convence.

            -Porque suele ser lo que están deseando -replicó Isabel riendo alegremente.

            Su compañero pareció desconcertado, y durante un momento se quedó mirándola en silencio. Luego dijo:

            -Me temo que sea mi condición de inglés lo que la haga dudar. Al parecer, su tío piensa que debe usted ca­sarse en su país.

            Isabel prestó gran atención a aquellas palabras, pues nunca se le había ocurrido que al señor Touchett se le ocurriera hablar con lord Warburton de las posibilida­des matrimoniales.

            -¿Le ha dicho él eso? -preguntó.

            -Recuerdo que hizo esa observación. Acaso habla­ra de los americanos en general.

            -Sin embargo, parece que a él le ha resultado muy grato vivir en Inglaterra.

            Las palabras de Isabel, aunque pudieron parecer un tan­to perversas, expresaban a un tiempo su certeza constante de la felicidad externa y material de su tío y su propia re­nuencia a adoptar un punto de vista limitado. Con lo cual dio en cierto modo alguna esperanza a su amigo, quien ex­clamó inmediatamente con entusiasmo:

            -¡Ah, señorita Archer! Usted sabe muy bien que In­glaterra es un gran país; y será todavía mejor cuando lo hayamos acicalado un poquito.

            -Por favor, no lo acicalen ustedes, lord Warburton, déjenlo tal como es. A mí me encanta así.

            -Pues, si eso es verdad, cada vez comprendo me­nos los inconvenientes que pone a mi proposición.

            -Temo que no va usted a poder comprenderme.

            -Haga lo posible por lograrlo. Afortunadamente, poseo una buena inteligencia. ¿Es que tiene usted mie­do?..., ¿qué teme, el clima? Entonces, ya sabe que po­dríamos vivir fuera, en otro país. Puede usted escoger el clima del mundo que más le convenga.

            Dijo estas palabras con un cándido ardor que era co­mo el cerco amoroso de unos brazos fuertes... como una exquisita fragancia que, a través de los labios de él, lim­pios y anhelantes, le acariciaba el rostro desde unos ex­traños jardines y en alas de un desconocido céfiro. Ha­bría dado su dedo meñique por sentir el impulso fuerte y sencillo de decirle: Lord Warburton, nada me sería más provechoso en este mundo que confiarme agradecida su lealtad». Pero a pesar de la admiración que sentía por la oportunidad que se le brindaba, consiguió retirarse a la zo­na más oscura de ese sentimiento, como un animal sal­vaje encerrado en una gran jaula. Lo más extraordinario que ella podía concebir no era precisamente la «esplén­dida» seguridad que se le ofrecía. Y lo último que se de­cidió a decir fue algo muy distinto... y que posponía la ne­cesidad de encarar aquella crisis.

            -No me considere dura si le ruego que no hable hoy más de este asunto.

            Y él exclamó:

            -¡No faltaba más, desde luego! Por nada del mun­do me permitiría yo molestarla.

            -Me ha dado usted ya mucho en que pensar, y le juro que lo haré como la cosa se merece.

            -Eso es lo único que pido por ahora... y no olvide hasta qué punto tiene mi total felicidad en sus manos.

            Isabel prestó la más respetuosa atención a estas pala­bras de advertencia, pero al cabo de un instante dijo:

            -Debo confesarle que en lo que voy a pensar es en la manera de decirle que es imposible lo que pide... ha­ciéndoselo saber sin causarle pena.

            -No existe modo alguno de hacerlo, señorita Archer. No diré que con su negativa vaya usted a matarme, segu­ramente no moriré por ello; pero será algo peor, porque mi vida carecerá de objeto.

            -Acabará casándose con una mujer mejor que yo.

            -No diga eso, se lo ruego -exclamó seriamente lord Warburton-. No es justo para ninguno de los dos.

            -¡Diré, entonces, que se casará con una peor!

            -Todo lo que puedo decir es que, si hay mujeres mejores que usted, prefiero las malas. Y prosiguió con gran seriedad-: Es cuanto puedo decir. Sobre gustos no hay discusión posible.

            Su seriedad se contagió a la muchacha, que lo de­mostró al rogarle de nuevo que dejase de hablar de tal asunto por el momento. Y añadió:

            -Yo misma le hablaré muy pronto, tal vez le escri­ba sobre ello.

            -Como usted guste -replicó lord Warburton-. Cualquier tiempo que usted se tome habrá de parecer­me largo, pero supongo que tendré que resignarme.

            -No le mantendré en vilo; pero tengo necesidad de tranquilizar mi espíritu.

            Suspiró él tristemente y permaneció mirándola un instante, las manos a la espalda y dándose pequeños y nerviosos golpes con su fusta.

            -¡Si supiera usted el miedo que tengo... de ese ad­mirable espíritu suyo!

            El biógrafo de nuestra heroína ignora por qué, pero esa exclamación conmovió hondamente a la muchacha y cubrió de rubor sus mejillas. Le devolvió la mirada y, con un acento que casi podía haberle movido a compasión, exclamó extrañamente:

            -No mayor que el mío, milord.

            Pero estas palabras no excitaron la compasión de lord Warburton, que necesitaba para sí mismo toda su facul­tad de sentir piedad.

            -¡Ah! Sea misericordiosa, sea benigna-murmuró.

            -Será mejor que se vaya --dijo ella-. Yo le escribiré.   -Como guste; pero ya sabe que, escriba lo que es­ criba, volveré para verla. -Y permaneció allí pensativo con los ojos fijos en la cara vigilante de Bunchie, que pa­recía haber comprendido todo lo que se había dicho y que pretendía ocultar su indiscreción simulando una re­pentina indiferencia y un súbito interés por las raíces centenarias de un roble próximo. El lord añadió-: Hay algo más. Ya sabe que si no le gusta Lockleigh... si usted cree que es húmedo o algo por el estilo... no tendrá necesidad de acercarse a cincuenta millas a la redonda de allí. No tiene nada de húmedo, desde luego. He he­cho revisar la mansión con todo cuidado y está en per­fectas condiciones de seguridad y salubridad. Pero, si a         :  usted no le apetece, no tiene por qué pensar siquiera en vivir en ella. En eso no habría dificultad de ningún género, pues lo que sobra son casas, como creo haberle di­cho. Hay mucha gente a quien no le hacen gracia los fosos. Adiós.

            -A mí me encantan los fosos. Adiós -dijo Isabel.

            Él le tendió la mano Y ella le entregó la suya un mo­mento muy breve... pero lo suficientemente largo para que él, inclinando su hermosa cabeza descubierta, la besase. Luego, agitando de nuevo la fusta, llevado de su contenida emoción, se marchó a toda prisa. No había du­da de que estaba profundamente conmovido.

            Isabel se sentía también conmovida, pero no había quedado tan afectada como ella se habría imaginado. Lo que sentía no era precisamente una enorme responsabi­lidad, una gran dificultad de elección, pues se le antojaba que en aquel caso no existía posibilidad de elección. No podía casarse con lord Warburton; la idea de esa boda no favorecía la culta ambición de explorar libremente la vi-, da que ella acariciara hasta entonces, o que ahora era capaz de acariciar. Se lo escribiría así a lord Warburton, llegaría a convencerle, lo cual constituía una tarea rela­tivamente sencilla. Pero lo que más la perturbaba, lle­gando a causarle verdadero asombro, era la facilidad c  que había rehusado una oferta tan extraordinaria. Por, encima de todo, era indiscutible que lord Warburton le  había ofrecido una gran oportunidad. Aun suponiendo que la futura situación estuviese preñada de posibles in-  comodidades, de opresiones, de elementos restrictivos que resultara pesada y anodina, aun suponiéndolo así, no era menoscabar a su sexo el creer que diecinueve de ca­da veinte mujeres, por lo menos, habrían aceptado muy dichosas situación semejante sin proferir la menor que­ja. ¿Por qué, pues, a ella no le parecía una propuesta irre­sistible?. ¿Quién y qué era ella para considerarse tan su­perior? ¿Qué plan de vida, qué designios superiores al hado, qué conceptos de la dicha tenía ella que fuesen su­periores a semejantes oportunidades, tan valiosas e in­cluso fabulosas? Si no se prestaba a hacer una cosa como aquélla, entonces tenía el deber de realizar otras más grandes, debía llevar a cabo algo muy superior. La po­bre Isabel había tenido razones para acordarse de vez en cuando de que no debía ser demasiado orgullosa y, en rea­lidad, ponía insuperable sinceridad en el fervor con que rogaba se le alejara de tal peligro. El aislamiento y la so­ledad de la soberbia tenían a su juicio el horror de un pa­raje desierto. Si era el orgullo lo que le había impedido aceptar la oferta de lord Warburton, nada tan fuera de lugar como semejante necedad; y, por otra parte, estaba tan segura de que él le gustaba que se atrevió a definir ese sentimiento como una dulce y comprensiva simpa­tía. Lo cierto era que le gustaba demasiado para casarse con él. Algo le susurraba al oído que se escondía una fa­lacia en la brillante lógica de la propuesta -tal como él la veía-, aun cuando ella no atinase a definir nada con­creto; y el infligirle pesar a un hombre que tanto ofrecía a una esposa con una propensión irrefrenable a la críti­ca habría constituido un acto verdaderamente ignomi­nioso. Ella le había prometido que reflexionaría sobre su proposición; y cuando, una vez que él la hubo dejado, Isabel fue a sentarse en el banco donde al principio la ha­lló entregada a su meditación, pareció como si empeza­se ya a cumplir su promesa. Pero no era tal el caso. Por lo contrario, se preguntaba si no sería ella un ser frío, duro, presuntuoso. De tal suerte, al levantarse y enca­minarse presurosamente hacía la casa, sintió, como an­tes le dijera a su amigo, que, en verdad, tenía miedo de sí misma.

 

 

 

13

 

 

            Era precisamente tal sentimiento y no el deseo de pedir un consejo que no había menester en absoluto, lo que impulsó a Isabel a ir en busca de su tío para referir­le cuanto acababa de pasar.

            Experimentaba la necesidad de hablar con alguien y, para ello, le pareció que confiarse a su tío era más ade­cuado que comentarlo con su tía o incluso con su amiga Henrietta. Su primo podía ser también, desde luego, su confidente, pero para comunicarle ese secreto especial a Ralph tendría que violentarse a sí misma. Así, pues, bus­có una oportunidad al día siguiente, después del desayu­no. Su tío no abandonaba jamás sus habitaciones hasta entrada la tarde, pero recibía a sus compinches, como él acostumbraba a decir, en su vestidor. Isabel había llega­do a ser uno de ellos, entre los que, además, figuraban el hijo del anciano, su médico, su ayuda de cámara y hasta la señorita Stackpole. No figuraba la señora Touchett en tal lista, lo que suponía ya un obstáculo de menos para que Isabel encontrase a su tío solo. Estaba él a la sazón sentado en uno de esos sillones adaptables de complicada mecánica, junto al balcón abierto de su cuarto, contem­plando tranquilamente el parque y el río, con los perió­dicos y las cartas amontonados en una mesita adjunta, el rostro fresco y cuidadosamente rasurado y todo él pre­dispuesto a la mayor benevolencia.

            No se anduvo Isabel con rodeos y le disparó la si­guiente noticia:

            -Creo mi deber decirle que lord Warburton me ha pedido que me case con él. Me figuro que debo decír­selo a mi tía, pero me pareció mejor decírselo antes a usted.

            El anciano no mostró la menor sorpresa y se limitó a agradecer la confianza de que le acababa de dar mues­tra. Luego preguntó:

            -¿Deseas que yo te diga si debes aceptarlo?

            -No le he contestado todavía definitivamente; he que­rido tomarme un poco de tiempo para pensarlo porque se trata de un asunto serio. Pero no aceptaré.

            El señor Touchett no hizo el menor comentario so­bre estas últimas palabras. Parecía estar pensando que, por mucho que pudiera interesarle el caso desde el punto de vista social, no tenía voz ni voto en ello. Y dijo:

            -¿Lo ves? ¿No te dije que ibas a tener aquí un éxi­to tremendo? A las americanas se las aprecia aquí enor­memente.

            -¡Sin duda! -replicó Isabel-. Pero, a pesar de que pueda aparecer desagradecida y de mal gusto, no creo poder casarme con lord Warburton.

            -Está bien -dijo el tío, y añadió-: Desde luego, un anciano no está en condiciones de ponerse en el lu­gar de una joven y juzgar. Me alegro de que no me lo ha­yas preguntado antes de tomar tu decisión. -Hizo una breve pausa y continuó diciendo lentamente, como si fuera cosa sin la menor importancia-: Yo también creo

mi deber decirte que desde hace tres días sé todo lo que al asunto se refiere.

            -¿Sobre el propósito de lord Warburton?

            -Sobre sus intenciones, como aquí se dice. El mis­mo me ha escrito una carta contándome todo lo relati­vo al caso. -Y el anciano preguntó amablemente-: ¿De­seas ver la carta?

            -No, gracias; no creo que me interese. Pero, de todas maneras, me alegro de que le escribiese a usted. Lo correcto era que lo hiciese, y era seguro que él ha­ría lo correcto.

            El señor Touchett declaró con suavidad:

            -Bien, bien. Tengo una ligera sospecha de que lord Warburton te gusta. No tienes necesidad de negarlo.        -No tengo inconveniente en admitirlo; me gusta extraordinariamente. Pero, precisamente ahora no quie­ro casarme.

            -Acaso piensas que pueda llegar de allá alguien que te guste más. Bueno, eso no tendría nada de particular -añadió el señor Touchett, que parecía querer mostrarse amable con la muchacha tratando de facilitarle su deci­sión y buscando razones alegres para ello.

            -No tengo interés en ver a ningún otro. Lord War­burton me gusta y basta. -Con lo que pareció cambiar súbitamente de opinión, actitud que a veces asombraba e incluso desagradaba a sus interlocutores.

            No obstante, su tío parecía ser impermeable a tales impresiones. Así, dijo con un tono que se habría podido considerar de aliento:

            -Es un hombre verdaderamente admirable. Su carta es una de las más amenas que he recibido desde hace mucho tiempo. Creo que una de las razones por las que me ha gustado tanto es porque está por entero consagrada a ti, excepto, naturalmente, la parte refe­rente a él mismo. Me figuro que te lo habrá contado todo.

            -Me lo habría contado, sin duda, si yo hubiese que­rido preguntárselo -contestó Isabel.

            -¿No sentiste siquiera curiosidad?

            -Mi curiosidad habría sido completamente inútil... toda vez que estaba decidida a no aceptar su proposición.

            -¿Es que no te pareció suficientemente interesante ni atrayente? -preguntó el señor Touchett.

Isabel permaneció callada un momento y luego con­testó:

            -Creo que fue eso, aunque la razón la ignoro.

            El tío dijo sonriendo:

            -Por fortuna las damas no tienen obligación de dar razones. Sin duda hay algo muy grato acerca de esta idea y no veo por qué han de empeñarse los ingleses en atraer­nos, sacándonos de nuestro país de origen. Yo me expli­co perfectamente que procuremos atraerles allá, dada nuestra escasa densidad de población, pero aquí, como todo el mundo sabe, hay un exceso de habitantes. Por lo demás, me imagino que en todas partes ha de haber siem­pre un huequecito para ciertas jóvenes encantadoras.

            -También parece que ha habido aquí un hueco pa­ra usted -dijo Isabel cuya mirada había estado vagan­do por los dilatados espacios de juego y los paseos del parque.

            El señor Touchett contestó con sonrisa ladina y cons­ciente:

            -En todas partes encontrarás siempre un hueco si estás dispuesta a pagar lo necesario por él. A veces, pien­so que hube de pagar demasiado por éste... y acaso tú también tengas que pagar demasiado...

            -Tal vez -replicó Isabel pausadamente.

            Semejante insinuación le proporcionó fuerza para afianzarse en lo que le habían aconsejado sus propios pen­samientos, y el hecho de que la amable intuición de su tío casara tan bien con su dilema parecía probar irrefu­tablemente que se sentía inspirada únicamente por las emociones razonables y naturales de la vida y que no era una víctima de la vehemencia intelectual y de las vagas ambiciones... ambiciones que iban más allá de la mara­villosa propuesta de lord Warburton y que aspiraban a al­go indefinido y tal vez no recomendable. En cuanto a la influencia que ese algo indefinido pudiera tener en aquel momento sobre la actitud de Isabel, hay que descartar en absoluto la idea, aún no expresada, de un posible enlace con Caspar Goodwood. Se había resistido a dejarse apri­sionar por las anchas manos tranquilas de su pretendiente inglés, y estaba muy lejos de sentirse dispuesta a permi­tir que el joven de Boston se apoderase de ella. El único sentimiento que la lectura de su carta le había inspirado fue el de censura por haber hecho el viaje, pues parte de la influencia que él ejercía sobre ella se debía a que pa­recía privarla en aquel momento de su propia libertad. Reconocía un impulso desagradablemente fuerte, una es­pecie de presencia violenta, en la manera en que él había aparecido ante ella. En más de una ocasión la había ator­mentado la imagen, el peligro de que él la desaprobase en algo, y se había preguntado... consideración que ja­más tributara en grado semejante a ninguna otra perso­na... si le agradaba lo que ella hacía. Estribaba la dificul­tad en que más que ningún otro hombre, mucho más que el pobre lord Warburton (pues había empezado ya a dig­narse a dar tal epíteto al distinguido aristócrata), Caspar Goodwood mostraba hacia ella una energía -que Isa­bel sentía como un poder- que emergía del fondo de su ser. No era en absoluto cuestión de sus «prerrogativas», sino del espíritu que brillaba en aquellos ardientes y cla­ros ojos como un infatigable vigía en la cofa del mástil de un barco. Le gustara ella o no, el hecho es que el in­sistía siempre con todo su peso y su fuerza, con los que había uno de contar siempre, aun en el trato usual con él. Y semejante idea de cercenamiento de su libertad le resultaba profundamente desagradable a Isabel, sobre to­do en un momento como aquél, cuando acababa de afir­mar su independencia con un acento tan personal como el de haber mirado frente a frente aquel formidable in­tento de soborno que suponía la propuesta de lord War­burton, y no haberse dejado sobornar. A veces le parecía que Caspar Goodwood se cruzaba con el destino de ella encarnando el más tozudo de los factores; y en tales mo­mentos llegó Isabel a pensar que podía zafarse de él du­rante algún tiempo, pero que, al final, no quedaría otro remedio que fijar determinadas condiciones entre los dos... las cuales no podrían por menos de favorecerle a él. Su empeño había, pues, consistido en hacerse con cuantos medios estuvieran a su alcance para poder ofre­cer resistencia a semejante obligación; y tal empeño ha­bía influido no poco en la vehemente prontitud con que había aceptado la invitación de su tía, pues le llegó cuan­do esperaba que el señor Goodwood se presentase el día menos pensado y en el momento en que se habría ale­grado de tener a flor de labio una respuesta para lo que él iba sin duda a decirle. Cuando ella le dijo en Albany, la noche de la visita de la señora Touchett, que no po­día entonces discutir cuestiones difíciles, deslumbrada todavía por el ofrecimiento que su tía acababa de ha­cerle de un viaje a Europa, él había declarado que aque­llo no era una respuesta, y con el fin de obtener una me­jor se había hecho a la mar en pos de ella. Que Isabel se dijese a sí misma que él era una especie de hado torvo era algo que estaba bien en una joven imaginativa dis­puesta a atribuirle grandes cosas, pero el lector tiene de­recho a poseer una visión más exacta y clara del asunto.

Era Caspar Goodwood hijo del propietario de una conocida fábrica de hilados de algodón en el estado de Massachusetts, el cual había logrado amasar con su in­dustria una gran fortuna. En aquel entonces Caspar era el gerente de la fábrica y, gracias a su buen juicio y a su temperamento, había logrado, pese a toda la competen­cia y a los malos años, preservar la prosperidad de la em­presa. Recibió parte de su educación en la Universidad de Harvard, donde se hizo famoso más bien por sus con­diciones de gimnasta y remero que por acaparador de otros y más diversos conocimientos. Luego había apren­dido que las inteligencias más cultivadas podían también saltar, arrastrarse y esforzarse... incluso batir marcas an­teriores y lanzarse a grandes hazañas. De tal suerte, des­cubrió que gozaba de una visión penetrante para los mis­terios de la mecánica y llegó a inventar una mejora en el procedimiento del hilado del algodón, que llevaba su nombre y se utilizaba en todas las grandes fábricas. De ello habían hablado todos los periódicos y revistas espe­cializados en tan fructífera industria; y él había dado la prueba irrefutable a Isabel mostrándole en el Interviewer de Nueva York un elogioso artículo relativo a la patente Goodwood... artículo no debido a la señorita Stackpole, por más que ella, como se ha visto, se había mostrado dispuesta a intervenir amistosamente en los intereses sen­timentales del joven. A éste le atraían las cosas compli­cadas y difíciles, le gustaba organizar, discutir, adminis­trar, podía hacer trabajar a la gente con arreglo a su voluntad, hacerla creer en él, marchar delante de él y jus­tificar todo lo que él hacía. Como suele decirse, en eso consiste el arte de manejar a los hombres... y que en él se basaba en una ambición osada aunque reflexiva. Quie­nes le conocían abrigaban el convencimiento de que po­día realizar cosas mucho más importantes que dirigir una fábrica de hilados de algodón, pues él no tenía nada de algodonoso, y sus amigos aseguraban que llegaría un día en que su nombre figuraría en algún sitio con letras grandes. Pero parecía como si algo enorme y confuso, feo y tenebroso le retuviera. En último término, no se avenía a vivir en una paz relamida, dedicado tan sólo a la vora­cidad y la ganancia, sentimiento cuyo aliento vital era una desenfrenada y ubicua publicidad. A Isabel le agra­daba creer que podría haber galopado en otros tiempos en un brioso corcel en medio del torbellino de una gran guerra... parecida a aquella guerra civil que ensombre­ciera los días de su consciente niñez y de la florida ado­lescencia de Caspar.

            Le gustaba sobre todo la idea de Caspar de que él llegaría a ser, por su carácter y sus hechos, una especie de conductor de hombres... idea que le agradaba infi­nitamente más que otros aspectos de su manera de ser. A Isabel le tenía completamente sin cuidado la fábrica de tejidos, y la patente Goodwood la dejaba más fría que el hielo. Físicamente, no habría querido que Caspar tuvie­ra una onza de menos, pero a veces se le ocurría pensar que habría sido más apuesto si tuviera un aspecto un po­co distinto. Su mandíbula era demasiado cuadrada y pro­minente y su figura demasiado rígida y estirada, cuali­dades que suponen una falta de consonancia con los ritmos más armoniosos y profundos de la vida. Además, ella consideraba con cierto recelo su modo de vestir tan uniforme; no es que pareciese llevar siempre la misma ropa, ya que, por lo contrario, sus trajes daban la impresión de ser demasiado nuevos, sino que se diría que eran todos de la misma pieza, y, por desgracia, de una hechura y tela de lo más corriente. Más de una vez se dijo a sí misma que aquello no pasaba de ser un reproche insus­tancial a un hombre de su importancia, diciéndose a ren­glón seguido, y como para enmendar su repulsa, que ha­bría sido un reproche frívolo únicamente en el caso de que ella le quisiera. Y, como no le amaba, podía criticar sus pequeños y grandes defectos... consistiendo los últi­mos principalmente en el que todos le achacaban, el de ser excesivamente serio, o más bien, no tanto de serio, puesto que nadie puede serlo demasiado, sino de apa­rentar indudablemente serlo. Mostraba sus designios y apetitos con una sencillez y un candor excesivos. Cuan­do estaba solo con ella hablaba demasiado del mismo asunto y, cuando había otras personas, no hablaba ape­nas de nada. No obstante, era de constitución extraordi­nariamente fuerte y bien definida, es decir, que Isabel veía sus distintos y bien formados miembros como había vis­to en los museos y en los cuadros los distintos miembros de guerreros de armadura... con coraza de acero incrus­tada de oro. Era una cosa verdaderamente extraña: ¿exis­tía alguna relación entre sus impresiones y sus actos? Cas­par Goodwood no respondió jamás a su idea de una persona agradable, y ella creía que era eso lo que la ha­bía tornado tan duramente crítica. Y, sin embargo, cuan­do lord Warburton, que no sólo respondía a su idea si­no que incluso la sobrepasaba, requirió su aprobación, se encontró con que tampoco estaba satisfecha. Era una cosa verdaderamente extraña.

            Aquella certeza de su propia incoherencia no la ayu­daba a contestar la carta de Caspar Goodwood, por lo cual decidió dejarla entonces sin respuesta. Si él había decidido hostigarla, tendría que atenerse a las conse­cuencias, entre las más notables de las cuales estaba la de hacerle comprender cuán poco le agradaría a ella verle volver por Gardencourt. Ella se había expuesto ya allí a las visitas de uno de los pretendientes y, aunque era co­sa grata sentirse igualmente apreciada en campos opues­tos, mostraría una especie de desvergüenza el entretener simultáneamente a dos pretendientes tan enamorados, aun en el caso en que el entretenimiento pudiera consistir en rechazarlos. Así, no contestó a la carta del señor Goodwood, pero, al cabo de tres días, se decidió a escri­bir a lord Warburton; y la misiva que le mandó forma parte de nuestra historia. Decía así:

 

 

Querido lord Warburton:

El haber pensado mucho y seriamente en ello no  ha logrado alterar mi opinión acerca de la propues­ta que usted se dignó hacerme el otro día. No me es posible, verdadera y realmente no me es posible, con­siderarle a usted bajo el aspecto de un compañero para toda la vida, o considerar su hogar... sus varios hogares... como el asiento fijo de mi existencia. És­tas son cosas que no se pueden razonar, y le ruego encarecidamente que no insista sobre un asunto que ya tuvimos que discutir tan minuciosamente. Cada uno ve su vida desde su propio punto de vista, privi­legio de que gozamos hasta los más débiles y los más humildes; y a mí no me sería jamás posible contem­plar la mía de la manera como usted propuso.

Que esto sea suficiente, por favor; y le ruego que crea que he meditado en su propuesta con la más profunda consideración y el respeto que se merece. Con mi mayor estimación, sinceramente suya,

ISABEL ARCHER

 

 

            Mientras la autora de esta misiva estaba pensando en enviarla, Henrietta Stackpole tomó una determinación a la que no se opuso objeción alguna. Invitó a Ralph Tou­chett a dar un paseo por el jardín, y cuando él aceptó con la presteza que parecía atestiguar su disposición a hacer siempre lo que de él se esperaba, ella le dijo que debía pedirle un gran favor. Bueno será admitir que, al oír tal cosa, el joven vaciló, pues ya sabemos que la señorita Stackpole le había impresionado como mujer capaz de apro­vechar cualquier ventaja. Sin embargo, su alarma de en­tonces no estaba muy meditada, pues aunque él conocía bien el alcance de la indiscreción de su amiga, no tenía idea de su profundidad, y había formado ya el propósito cortés de querer servirla en todo. Pero tenía miedo de ella, y así se lo manifestó, diciéndole:

            -Cuando me mira usted de cierta manera, mis ro­dillas comienzan a temblar, a chocar la una con la otra, y pierdo la cabeza. Me siento trastornado y lo único que deseo es tener fuerza bastante para poder cumplir sus órdenes. Tiene usted una autoridad que no había visto hasta ahora en ninguna otra mujer.

            -Está bien -replicó Henrietta-. Si yo no hubie­se sabido de antemano que usted pretendía de alguna ma­nera avergonzarme, me convencería de ello ahora. Con­migo es fácil lograrlo, porque me crié con ideas y costumbres completamente distintas; no me he habituado todavía a sus normas arbitrarias y nunca me han hablado en Amé­rica como usted me habla. Si allí un caballero me dijera las cosas que usted me dice, yo no entendería nada. No­sotros tomamos allí las cosas con mucha mayor natura­lidad y, desde luego, somos infinitamente más sencillos. Confieso que yo soy de lo más sencilla que puede ima­ginarse. De manera que si por eso se le ocurre a usted burlarse de mí, haga lo que quiera, pero creo que más me gusta ser como soy que como usted, y no tengo el me­nor deseo de cambiar. Hay muchísimas personas que me aprecian. por mí misma, tal como soy y por lo que soy! Naturalmente, se trata de americanos buenos y puros, nacidos en la libertad... -Henrietta había adoptado un tono de indefenso candor y gran condescendencia. Aña­dió-: Necesito que me ayude usted un poco. Me tiene sin cuidado que se divierta mientras lo hace; o mejor di­cho, estoy dispuesta a que su diversión sea su recom­pensa. Necesito su ayuda con respecto a Isabel.

            -¿Es que ella la ha ofendido? -preguntó él.

            -Si lo hubiera hecho, yo no lo habría tomado en cuenta y no se lo habría dicho a usted nunca. De lo que tengo miedo es de que se perjudique a sí misma.

            -Me parece que eso, sin duda, cabe dentro de lo posible.

            Su compañera detuvo sus pasos y le clavó aquella mi­rada que tanto le enervaba, diciendo:

            -Puede que también eso le divierta a usted. La ver­dad, ¡tiene usted una manera de decir las cosas! En mi vida he oído a nadie tan indiferente.

            -¿Con respecto a Isabel? ¡Ah! ¡Eso sí que no!

            -Bueno, supongo que no estará usted enamorado de ella.

            -¿Cómo podría estarlo si estoy enamorado de otra?    -De quien está enamorado es de usted mismo, no hay más otra que ésta -declaró la señorita Stackpole-. ¡Con su pan se lo coma, buen provecho le haga! Pero si por una sola vez en su vida, quiere ser serio, éste es el momento de intentarlo; y si verdaderamente tiene algún interés por su prima, ahora tendrá la oportunidad de pro­barlo. No voy a pretender que usted la comprenda, se­ría pedir demasiado. Tampoco necesita hacerlo para con­graciarse conmigo. Yo proporcionaré la inteligencia necesaria.

            Ralph exclamó:

            -¡Espléndido! Me encantará enormemente hacer­lo. Yo seré el Calibán y usted el Ariel del asunto.

            -Usted no tiene absolutamente nada de Calibán porque es demasiado sofisticado, cosa que Calibán no era. Pero yo no me refiero a personajes imaginarios, si­no que estoy hablando de Isabel, que es un ser verdade­ro e intensamente real. Lo que tenía que decirle a usted es que la encuentro terriblemente cambiada.

            -¿Quiere decir desde que usted llegó?

            -Desde que llegué y antes de llegar. No es la mis­ma que era antes.

            -¿En América?

            -Sí, señor, en América. Me imagino que ya sabe usted que proviene de allí. Es así y ella no lo puede re­mediar.

            -¿Y usted quiere que sea de nuevo como era antes?

            -Ni más ni menos; y además quiero que usted me ayude a ello.

            -Ah, vamos. Entonces soy Calibán solamente, no Próspero -dijo Ralph.

            -Ya ha sido lo bastante Próspero para convertirla en una persona diferente. Señor Touchett, desde que Isa­bel Archer llegó aquí, ha estado usted ejerciendo su in­fluencia en ella.

            -¿Yo, querida señorita Stackpole? Nada de eso, en absoluto. Ella es precisamente quien ha estado influyendo en mí, como influye en todos. Pero yo me he manteni­do pasivo por completo.

            -Pues, entonces, es usted demasiado pasivo. Más le valdría sacudirse un poco y tener cuidado. Isabel cam­bia cada día, va como arrastrada por la corriente hacia el mar. La he estado observando con cuidado y he po­dido verlo. Ya no es la brillante muchacha americana que era antes. Adopta puntos de vista diferentes, un ma­tiz distinto, olvida sus antiguos ideales. Yo quiero sal­var esos ideales, señor Touchett, y para eso es para lo que usted ha de actuar.

            -No como un ideal, por supuesto.

            Henrietta replicó con vivacidad:

            -Desde luego que no. No sé por qué me da el co­razón que quiere casarse con uno de esos decadentes eu­ropeos, y quiero a toda costa evitar semejante desgracia.

            -¡Ah, vamos, ya caigo! -exclamó Ralph-. Usted quiere evitarlo, y para evitarlo quiere que yo me case con ella.

            -Nada de eso. El remedio sería peor que la enfer­medad, puesto que usted es uno de esos europeos típi­camente débiles de quienes quiero rescatarla. No. Lo que yo quiero es que usted se interese por otra persona, por un joven al que antes ella dio grandes esperanzas y que ahora, por lo visto, no le parece bastante. Es, en verdad, gran hombre y un buen amigo mío, y yo quisiera que us­ted le invitase a venir aquí.

            Ralph se quedó sumamente perplejo ame tal peti­ción y tal vez no diga mucho en favor de su pureza de espíritu el hecho de que en el primer momento no la vio en toda su sencillez. Le pareció que presentaba un aspecto algo tortuoso, y el fallo de Ralph consistía en que no tenía la seguridad de que nada en el mundo pu­diera ser tan inocente como la petición de la señorita Stackpole. Eso de que una muchacha exija que a un jo­ven, al que califica de querido amigo, se le proporcione la oportunidad de hacerse grato a otra muchacha, cuya atención se ha desplazado y que posee mayores encan­tos... eso era una anomalía que ponía en cuestión toda su capacidad de interpretación. Más fácil resultaba leer entre líneas que atenerse al texto y, por otra parte, el suponer que la señorita Stackpole deseaba que se invi­tara por iniciativa suya al desconocido señor a Garden­court era indicio de un espíritu mucho más perturbado que vulgar. Sin embargo, Ralph logró salvarse de tal pecado venial de vulgaridad gracias a una fuerza que merece se la califique de inspiración. Sin más luz sobre el asunto que la acabada de adquirir, Ralph se conven­ció en el acto de que sería hacerle una soberana injus­ticia a la corresponsal del Inteiviewer atribuir a cual­quiera de sus actos un motivo deshonroso. Semejante convencimiento invadió su mente con extrema rapidez, lo que tal vez se debió al puro brillo de la imperturbable mirada de la muchacha allí presente. La resistió él du­rante un momento sin pestañear, como aceptando el de­safío y resistiéndose con todas sus fuerzas al deseo de fruncir el entrecejo, como se ve obligado a hacer quien no puede soportar la presencia de una luz más fuerte. Luego, preguntó:

            -¿Quién es ese caballero de quien habla?

            -El señor Caspar Goodwood, de Boston. El se ha mostrado muy atento con Isabel... está entregado a ella en cuerpo y alma. Ha venido en pos de ella a Europa y actualmente está en Londres, ignoro su dirección pero sospecho que podré procurármela.

            -No lo he oído nombrar en mi vida -replicó Ralph.

            -Supongo que no habrá usted oído hablar de todo el mundo. No creo tampoco que él haya oído hablar de usted, pero eso no es una razón para que Isabel no haya de casarse con él.

            Ralph soltó una carcajada y dijo:

            -Hay que ver qué furia emplea usted en querer ca­sar a la gente. ¿No se acuerda del empeño que puso el otro día en querer casarme también a mí?

            -Ya se me pasó. Usted no sabe cómo hacerse a esas ideas, pero el señor Goodwood sí sabe, y eso es lo que me gusta tanto de él. Es un hombre espléndido, un per­fecto caballero y eso lo sabe Isabel perfectamente.

            -¿Está enamorada de él?

            -Si no lo está, debería estarlo. Él está sencillamen­te hechizado por ella.

            -¿Y quiere usted que yo le invite a venir? -pre­guntó Ralph después de una breve reflexión.

            -Sería un acto de verdadera hospitalidad.

            -Caspar Goodwood. Es un nombre verdaderamente raro.

            -Eso me tiene sin cuidado. Lo mismo podría lla­marse Ezekiel Jenkins, que me daría igual. Es el único hombre que conozco que sea digno de Isabel.

            -No hay duda de que es usted buena amiga suya -dijo Ralph.

            -A mucha honra. Si lo dice usted por burlarse de mí, me tiene sin cuidado.

            -No lo digo por burlarme de usted, sino porque me llama mucho la atención.

            -Se pone usted todavía más satírico; pero le acon­sejo que no pretenda reírse del señor Goodwood.

            Ralph contestó:

            -Le aseguro que soy muy serio. Usted debería com­prenderlo.

            Ella lo comprendió, en efecto, en un segundo, y dijo:

            -Creo que sí lo es usted, incluso creo que ahora es demasiado serio.

            -Verdaderamente es difícil complacerla.

            -Oh, se ha puesto usted muy serio. No quiere in­vitar al señor Goodwood.

            -No lo sé todavía -dijo Ralph-. Soy capaz de las cosas más raras. Dígame algo del señor Goodwood. ¿Có­mo es?

            -Todo lo contrario de usted. Está al frente de una fábrica de hilados, una gran fábrica.

            -¿Tiene buenos modales? -preguntó Ralph.

            -Espléndidos... al estilo americano.

            -¿Resultaría un miembro agradable de nuestro pe­queño círculo?

            -No creo que le interesase gran cosa nuestro pe­queño círculo. Se concentraría por completo en Isabel.

            -¿Le gustaría tal cosa a mi prima?

            -Es muy posible que no le gustase en absoluto, pe­ro sería una buena cosa para ella. Haría que sus antiguas ideas regresaran.

            -¿De dónde?

            -De sitios foráneos y otros lugares extraños. Hace tres meses le dejó suponer al señor Goodwood que le pa­recía aceptable, y no es digno de Isabel volverse atrás de lo dicho a un verdadero amigo por la sencilla razón de ha­ber cambiado de ambiente. También yo he cambiado de ambiente y el efecto que ello me ha producido ha sido hacerme pensar en mis antiguas amistades más que nun­ca. Yo creo que cuanto antes vuelva Isabel a su antiguo lugar, mejor para ella. La conozco de sobra para saber que no sería nunca completamente feliz aquí, y yo qui­siera que contrajese algún fuerte vínculo americano que la defendiese como una coraza.

            Ralph preguntó:

            -¿No le parece a usted que tal vez tiene demasiada prisa? ¿No cree que debía dejarle más ocasiones de pro­bar suerte en esta desgraciada Inglaterra?

            -¿La ocasión de echar a perder su brillante juventud? Nunca es demasiado pronto para evitar que se ahogue una criatura humana de valía.

            -Por lo que veo -replicó Ralph-, usted preten­de que yo ice al señor Goodwood por encima de la bor­da del barco para que la salve. -Y añadió-: Por si us­ted lo ignora, debo decirle que jamás he oído a mi prima mencionar el nombre de esa persona.

            Henrietta sonrió triunfalmente y exclamó:

            -Estoy encantada de oírle decir eso, porque prue­ba lo mucho que ella piensa en él.

            Ralph aparentó admitir que había mucho de verdad en ello e hizo como que sopesaba tal idea mientras su compañera le observaba con gran atención.

            -Si yo le invitase -dijo por fin-, sería para dis­putar con él.

            -No se le ocurra hacerlo. Le demostraría su supe­rioridad.

            -Está usted haciendo lo posible para lograr que lo deteste. Verdaderamente no creo que pueda invitarle. Tengo miedo de ser descortés con él.

            -Haga lo que le parezca. No tenía la menor idea de que usted estuviese enamorado de Isabel.

            -¿Lo cree usted de veras? -preguntó Ralph enar­cando las cejas.

            La señorita Stackpole contestó ingeniosamente:

            -Éstas son las palabras más naturales que he oído de sus labios hasta ahora. Claro que lo creo.

            -Entonces -concluyó él-, para demostrarle que está completamente equivocada, le invitaré... Pero como amigo de usted, por supuesto.

            -Pero él no vendrá como amigo mío, y usted no le invitará para probarme que yo estaba en un error, sino para probárselo a sí mismo.

            Dicho esto, se separaron. Las últimas palabras de la señorita Stackpole contenían una gran parte de verdad, cosa que Ralph no tuvo más remedio que reconocer; pe­ro tan ligeramente rozó semejante reconocimiento que, aun sospechando que sería más imprudente mantener la promesa que retraerse de ella, se decidió a escribir al se­ñor Goodwood una breve esquela de seis líneas manifes­tándole el placer que le causaría al anciano señor Touchett recibirle en Gardencourt junto con un grupo de personas en el que figuraba la señorita Stackpole como uno de sus miembros más distinguidos. Después de enviar tal carta por intermedio del banco que Henrietta le había indicado, permaneció a la expectativa. Por primera vez había oído nombrar a aquella nueva y formidable figura, ya que, cuan­do el día de su llegada su madre hizo referencia al hecho de que la muchacha tenía un «admirador» en su país, tal idea no había llegado a adquirir la suficiente presencia y él no se tomó la molestia de hacer unas preguntas cuyas respuestas sólo podían contener vaguedades y provocarle desagrado. Ahora, en cambio, esa admiración tributada a su prima por alguien de allende los mares, parecía haberse concretado cada vez más hasta adquirir la forma corpórea de un joven que había cruzado el mar en pos de ella, si­guiéndola hasta Londres, que estaba al frente de una in­dustria algodonera y que tenía una espléndida educación al estilo americano. Ralph se había forjado dos teorías dis­tintas acerca del sujeto en cuestión: o bien tal amor no era más que una pura ficción sentimental de la señorita Stack­pole (sabido es que existe siempre una especie de tácita confabulación entre las mujeres, nacida de la solidaridad del sexo, y en cuya virtud se encuentran o descubren en todo momento recíprocamente enamorados las unas a las otras) y, en tal caso, no era de temer y era muy posible que no aceptase la invitación; o bien la aceptaría, en cuyo ca­so demostraría ser lo suficientemente insensato como pa­ra que no se le guardase consideración alguna. La segun­da parte del argumento de Ralph parecía a todas luces incoherente, pero contenía la convicción de que, si el se­ñor Goodwood estaba realmente interesado por Isabel de aquella manera descrita por Henrietta, no habría espera­do para presentarse en Gardencourt a recibir la carta ins­pirada por la joven periodista. «Y suponiendo que así fue­se -se dijo Ralph-, tendrá por fuerza que considerarla como una espina en el tallo de la rosa, como un interme­diario falto por completo de tacto.»

            Dos días después de haber enviado su invitación, Ralph recibió una nota de Caspar Goodwood dándole las gracias y deplorando que compromisos anteriores le impidiesen hacer una visita a Gardencourt, rogándole al mismo tiempo que tuviese la bondad de ofrecer sus res­petos a la señorita Stackpole. Ralph se limitó a mostrar­le la nota a Henrietta, que, al leerla, no pudo por menos de exclamar:

            -¡Hay qué ver! En mí vida he oído nada más seco.

            Ralph, por su parte, hizo la observación siguiente:

            -No sé por qué me da la impresión de que no le in­teresa mi prima tanto como usted suponía.

            -No es eso; debe de haber algún motivo más re­cóndito. Es un hombre de una naturaleza muy profun­da, pero yo estoy dispuesta a rastrear en el fondo de ella, y le escribiré para averiguar qué piensa.

            Su negativa a la invitación de Ralph no dejaba de resultarle a éste asaz desconcertante. El mero hecho de que no se dignase ir a Gardencourt hizo que nues­tro amigo empezase a considerarlo un personaje im­portante. Se preguntaba qué le importaba a él que los admiradores de Isabel fuesen unos bribones o unos pe­rezosos, dado que no eran rivales suyos y, por lo tanto, podían hacer de su capa un sayo y obrar como su humor les aconsejara. No obstante, sintió una gran curiosidad por saber el resultado de la prometida investigación de las causas de la sequedad del señor Goodwood, que la señorita Stackpole debía llevar a cabo..., curiosidad por el momento insatisfecha, pues, cuando tres días des­pués le preguntó si había escrito ya a Londres, ella no tuvo más remedio que confesar que lo había hecho en vano, pues el señor Goodwood había dado la callada por respuesta.

            La señorita Stackpole supo hallar el medio de decir:

            -Me figuro que lo estará pensando, porque no es «realmente» lo que se dice un impetuoso. Sin embargo, yo estoy acostumbrada a que se conteste a mis cartas el mismo día.

            Y se le ocurrió proponerle a Isabel hacer las dos una excursión a Londres, observando para justificarse:

            -Si he de decir la verdad, hasta ahora no he visto gran cosa en este sitio, y creo que tú tampoco. Ni siquiera he visto a ese aristócrata..., ¿cómo se llama?..., ah, sí, lord Warburton.

            -Acabo de enterarme de que lord Warburton llega mañana -repuso Isabel, pues había recibido una carta del señor de Lockleigh en respuesta a la que ella le en­viara-. Ahora tendrás una buena ocasión de devolverle del revés y ver todo lo que tiene dentro.

            -¡Bah! Acaso proporcione material para una cró­nica, pero ¿qué importa una cuando se han de escribir cincuenta? Ya he descrito todo el escenario de estos al­rededores y he disparatado lo habido y por haber a pro­pósito de las viejas de por aquí y hasta de los pollinos, y, dígase lo que se quiera, la simple descripción del am­biente no da verdadera vida a una crónica. Tengo que volver a Londres para recibir allí verdaderas impresio­nes de la vida. En los tres días que estuve antes de venir a este sitio no tuve tiempo siquiera de entrar en contac­to con ella.

            Y, como Isabel, durante su viaje de Nueva York a Gar­dencourt había visto aún menos que la otra de la capital inglesa, le pareció una magnífica ocurrencia que las dos hicieran una excursión de placer a la gran ciudad. Le pa­reció una idea soberbia, pues tenía gran curiosidad por co­nocer en todos sus pormenores esa ciudad de Londres que siempre había resplandecido ante su ardiente imaginación como fabulosamente grande y próspera. Se pusieron, pues,

a trazar planes juntas y se complacieron en la esperanza de las románticas horas que vivirían. Buscarían alojamiento en cualquiera de aquellos pequeños y pintorescos hosta­les descritos por Dickens, y pasearían por la ciudad en uno de aquellos lindos carruajes de pescante trasero. Henriet­ta era escritora, y su profesión le proporcionaba la gran ventaja de poder meterse por todas partes y hacer lo que quisiera. Cenarían en los cafés y luego irían a los teatros, visitarían la Abadía de Westminster y el Museo Británico y verían los lugares donde vivieron el doctor Johnson, Goldsmith y Addison. Isabel se entusiasmó muchísimo con la idea y reveló aquella su brillante visión a su primo Ralph, quien, al oírla, soltó una jocunda carcajada que dis­taba mucho de destilar la simpatía que ella esperaba.

            -Me parece un plan admirable -dijo Ralph-. Os aconsejo que vayáis al Duke's Flead de Covent Garden, que es un sitio alegre, sin etiqueta y de los más antiguos, y yo os inscribiré en mi club.

            -¿Es que ese sitio es... indecente? Pero ¡infeliz de mí!, ¿acaso hay aquí nada decente? De todas formas, con Henrietta tengo la seguridad de poder ir a todas partes; ella no se arredra ante nada. Después de haber viajado por todo el continente americano, no hay duda de que sa­brá desenvolverse de maravilla por estas islitas de nada.

            -Además, mira -dijo Ralph-, también yo quiero disfrutar de la ventaja de su protección e ir allá al mismo tiempo. Tal vez no vuelva a tener nunca la suerte de via­jar con tanta seguridad.

 

 

 

14

 

 

            La señorita Stackpole habría estado dispuesta a par­tir en el acto, pero, como ya hemos visto, Isabel había recibido la noticia de que lord Warburton iba a hacer una nueva visita a Gardencourt y le parecía su deber que­darse allí y verle. Dejó él pasar tres o cuatro días sin con­testar la carta de Isabel, pero luego escribió para decir que dos días después iría a almorzar con ella. Algo pare­cía haber ciertamente en estos aplazamientos y demoras que lograron impresionar a la joven y afirmaron en ella la sensación del deseo por él manifestado de mostrarse respetuoso y paciente y no querer acuciarla; actitud que ella analizaba con mayor interés por estar convencida de que «la quería de veras». Dijo Isabel a su tío que ha­bía escrito a lord Warburton y, al propio tiempo, le no­tificó la intención del otro de venir a almorzar con ella. En vista de lo cual, el anciano salió de su aposento antes de lo acostumbrado y no apareció hasta las dos, hora del refrigerio. Con ello no quería realizar un acto de vigilan­cia, sino simplemente ceder a su benévola idea de que, al estar con ellos, su presencia evitaría cualquier malen­tendido que pudiera producirse si Isabel prestaba de nue­vo oídos a su noble visitante. Éste trajo consigo desde Lockleigh a su hermana mayor, coincidiendo tal vez con las amables presunciones del señor Touchett. Los dos vi­sitantes fueron presentados a la señorita Stackpole, que ocupó en la mesa el asiento contiguo al de lord War­burton. Isabel, que estaba en verdad algo nerviosa y no tenía deseos de discutir nuevamente el asunto que él ha­bía con tanta premura planteado, no pudo por menos de admirar el buen humor con que el aristócrata ejercía el completo dominio de sí mismo, ocultando por comple­to hasta el menor síntoma de una preocupación que ella creía natural que sintiese al verla. El no la miró ni le ha­bló, y la única prueba de su emoción consistía en evitar cruzar con ella la mirada. Estuvo muy hablador con los demás y comió con buen apetito, sabiendo escoger lo más delicado. La señorita Molyneux, que tenía una ter­sa frente monjil y llevaba suspendida del cuello una gran cruz de plata cincelada, estaba a todas luces absorta en Henrietta Stackpole, a la que no quitaba ojo de encima, dando a entender que era presa de un grave conflicto en­tre la profunda repulsa y la anhelante admiración que la americana le inspiraba. Era, de las dos hermanas, la que más en gracia le había caído a Isabel por la enorme cal­ma hereditaria que en ella suponía. Nuestra heroína es­taba segura de que aquella frente de religiosa y aquella cruz argentina tenían relación con algún fantástico mis­terio anglicano..., acaso con el delicioso restablecimien­to del curioso cargo de canonesa. Se preguntaba a sí mis­ma qué pensaría de ella la señorita Molyneux si supiera que había rechazado el ofrecimiento de su hermano, pe­ro se tranquilizó al pensar que lord Warburton no le di­ría jamás semejante cosa y que, por tanto, no llegaría a saberla nunca. El la quería mucho y era muy bueno con ella, pero le hablaba muy poco de sus cosas. Eso era, por lo menos, lo que suponía Isabel, quien durante el al­muerzo, cuando no hablaba, se entretenía en forjar sus habituales teorías acerca de los demás comensales. Así, se imaginaba que si la señorita Molyneux hubiese sabi­do lo pasado entre ella y su hermano, era probable que le hubiera impresionado tristemente su incapacidad pa­ra medrar en la vida; o no, más bien (y ésta fue la con­clusión final de nuestra heroína) atribuiría a la joven ame­ricana una conciencia clara de la desigualdad.

            Hiciese Isabel lo que hiciese de las oportunidades que se le presentaran, lo innegable era que Henrietta Stackpole no estaba en absoluto dispuesta a desaprove­char aquéllas en las que ya se veía inmersa.

            -¿Sabe usted que es el primer lord que he visto en mi vida? -le espetó a su vecino-. Me imagino que creerá que me siento tremendamente azorada.

            -Pues se ha librado usted de ver a no pocos hom­bres bien feos -replicó lord Warburton, mirando como un poco abstraído en derredor.

            -¿De veras son tan feos? Pues en América se pre­tende hacernos creer que todos son apuestos y magnífi­cos, que llevan ropas suntuosas y coronas.

            -¡Bah! Las ropas suntuosas de corte y las coronas es­tán ya pasadas de moda -dijo lord Warburton-, lo mis­mo que los revólveres y las hachas de guerra de ustedes.

            -Pues lo siento -declaró Henrietta-, porque creo que la aristocracia debe ser algo espléndido. Si no, ¿qué es entonces?

            -¡Oh!, en el mejor de los casos, bien poca cosa, ¿sa­be usted? ¿Quiere una patata?

            -No me gustan mucho estas patatas europeas. Yo le habría tomado a usted por un caballero americano co­rriente. A lo que lord Warburton contestó:

            -Pues hábleme usted como si lo fuera. No me ex­plico cómo se las va a arreglar usted aquí sin patatas, pues no encontrará muchas cosas que comer por estos pagos.

            Henrietta se quedó callada un momento; tal vez lord Warburton no fuese sincero.

            -Desde que llegué no tengo apenas apetito -dijo tras una pausa-, de manera que no tiene la menor im­portancia. ¿Sabe que yo no le acepto a usted? Mi con­ciencia me dicta que se lo diga.

            -¿Que no me acepta?

            -Exactamente. Me figuro que nadie se lo ha dicho hasta ahora, ¿no es cierto? Lo que yo no acepto es al lord como institución. Creo que el mundo les ha dejado atrás..., muy atrás.

            -¡Oh, estoy de acuerdo! Después de todo, tampo­co me admito yo a mí mismo. Pero ¿sabe una cosa?, a ve­ces me hago esta reflexión: ¿cómo podría rechazarme a mí mismo si no fuese yo? Por lo demás, es preferible no ser presuntuoso.

            -Entonces, ¿por qué no renuncia? -preguntó la señorita Stackpole.

            -Renunciar... ¿a qué? -preguntó lord Warburton poniendo en su acento tanta suavidad como dureza ha­bía puesto ella.

            -A ser lord.

            -¡Oh, para lo poco que de ello tengo! Lo cierto es que uno acabaría verdaderamente por olvidarse de ello si ustedes, los americanos, no se lo estuvieran re­cordando a cada instante. De todas maneras tengo la intención de despojarme de ello, de lo poco que ya va quedando.

            -¡Me gustaría verlo! -exclamó Henrietta con cier­ta aspereza.

            -Ese día la invitaré a usted a la ceremonia. Habrá una gran cena y después baile.

            -Bueno, a mí me gusta conocer todos los puntos de vista. No acepto la existencia de clases privilegiadas, pero me gusta escucharlo que éstas dicen en defensa propia.

            -Bien poca cosa, como acaba de ver.

            -Quisiera sonsacarle un poco más todavía -dijo Henrietta-, pero tiene usted siempre la mirada ausen­te, como si tuviera miedo de encontrarse con la mía. Me doy perfecta cuenta de que intenta escabullirse.

            -Nada de eso. Me limito a contemplar esas pobres patatas desdeñadas.

            -¿Quiere, entonces, hacer el favor de explicarme la situación de esta señorita, su hermana? Ignoro qué es ella con relación a usted. ¿Es una lady?

            -Es, fundamentalmente, una buena muchacha.

            -No me agrada la manera en que lo dice, como si qui­siera cambiar de tema. ¿Es su posición inferior a la de usted?

            -En realidad, ninguno de los dos tenemos posición, pero ella sale mejor librada que yo del asunto porque no tiene quebraderos de cabeza.

            -Cierto. Verdaderamente no parece que tenga mu­chos quebraderos de cabeza. ¡Ojalá tuviera yo tan pocos! Aunque no hagan ustedes otra cosa, aquí por lo menos producen gente tranquila.

            -Sí, ya ve usted que, por lo general, nos tomamos la vida con calma. Y además somos muy sosos. ¡Ah!, cuando nos lo proponemos, no hay quien nos gane a insípidos.

            -Pues les aconsejaría que no se lo propusieran. A su hermana, la verdad, no sé de qué hablarle. ¡Parece tan dis­tinta! ¿Es un símbolo esa cruz?

            -¿Cómo? ¿Un símbolo?          

-Una insignia de nobleza.

            La mirada de lord Warburton, que había vagado un rato, al oír tal pregunta se fijó en la de Henrietta.

            -¡Oh!, desde luego -se apresuró a contestar-. Las mujeres se toman estas cosas muy en serio. La cruz de plata la llevan las hijas mayores de los vizcondes.

            Se trataba de una venganza, aunque inofensiva, por haber pecado tanto de credulidad respecto a Norteamérica. Después del almuerzo le propuso a Isabel ir a la ga­lería para ver los cuadros y, aunque ella sabía que los había visto más de veinte veces, no puso el menor reparo  en acceder a su deseo. Tenía la joven la conciencia per­fectamente tranquila y nunca se había sentido tan ligera ' de espíritu como desde que le había escrito la carta. El fue andando despacio hasta el final de la galería, con­templando las obras de arte en silencio, hasta que, de pronto, dijo:

            -No esperaba que me escribiese usted de ese modo.

            -Era el único modo de hacerlo, lord Warburton -replicó ella-. Le ruego que así lo crea.

            -Si fuera cuestión de querer, no dude que la cree­ría y dejaría de molestarla. Pero no basta querer creer para creer; confieso francamente que no lo comprendo. Puedo comprender y comprendería perfectamente que yo no le gustara. Pero usted ya reconoce lo que debería reconocer...

            Isabel le interrumpió, poniéndose intensamente pá­lida:

            -¿Qué es lo que yo he reconocido?

            -Que soy una buena persona, ¿no es cierto? -Ella no replicó y él siguió diciendo-: Usted no parece tener razón alguna para obrar así y eso me produce una sen­sación de injusticia.

            -Tengo una razón, lord Warburton -dijo en un tono que a él le puso el corazón en un puño.

            -Me gustaría mucho conocerla.

            -Se la diré algún día, cuando pueda mostrársela mejor.

            -Pues perdóneme si, mientras tanto, le digo que he de dudar de ella.

            Isabel se limitó a replicar:

            -Me está usted haciendo sufrir.           

            -No puedo deplorarlo. Así se dará cuenta de lo que yo estoy pasando. ¿Quiere, por favor, contestarme a una pregunta?

            Isabel no expresó su asentimiento, pero a él se le an­tojó ver en los ojos de ella algo que le alentaba a conti­nuar y preguntó:

            -¿Siente interés por otro?

            -Es una pregunta a la que preferiría no contestar.

            Y él dijo amargamente, como murmurando:

            -Entonces es que sí.

            Aquella patente amargura conmovió a Isabel, que exclamó:

            -Está usted en un error. No hay tal cosa.

            Olvidando toda ceremonia, él se sentó en un banco como sumido en un hondo pesar, apoyó los codos en las rodillas y clavó los ojos en el suelo. Por fin, echándose hacia atrás para apoyar la espalda dijo:

            -Tampoco eso puede alegrarme, porque debe de ser una excusa.

            Ella alzó las cejas en señal de sorpresa y repuso:

            -¿Una excusa? ¿Tengo yo que excusarme de algo?

            Pero él no contestó a tal pregunta, pues le rondaba ya otra idea por la cabeza:

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