Canto I. Los dioses deciden en asamblea el retorno de Odiseo
Canto II. Telémaco reúne en asamblea al pueblo de Itaca
Canto III. Telémaco viaja a Pilos para informarse sobre su padre
Canto IV. Telémaco viaja a Esparta para informarse sobre su padre
Canto V. Odiseo llega a Esqueria de los feacios
Canto VI. Odiseo y Nausícaa
Canto VII. Odiseo en el palacio de Alcínoo
Canto VIII. Odiseo agasajado por los feacios
Canto IX. Odiseo cuenta sus aventuras: los Cicones, los Lotófagos, los Cíclopes
Canto X. La isla de Eolo. El palacio de Circe la hechicera
Canto X1. Descensus ad inferos
Canto XII. Las Sirenas. Ercila y Caribdis. La isla del Sol.Ogigia
Canto XIII. Los feacios despiden a Odiseo. Llegada a Itaca
Canto XIV. Odiseo en la majada de Eumeo
Canto XV. Telémaco regresa a Itaca
Canto XVI. Telémaco reconoce a Odiseo
Canto XVII. Odiseo mendiga entre los pretendientes
Canto XVIII. Los pretendientes vejan a Odiseo
Canto XIX. La esclava Euriclea reconoce a Odiseo
Canto XX. La última cena de los pretendientes
Canto XXI. El certamen del arco
Canto XXII. La venganza
Canto XXIII. Penélope reconoce a Odiseo
Canto XXIV. El pacto
CANTO I
LOS DIOSES DECIDEN EN ASAMBLEA
EL RETORNO DE ODISEO
Cuéntame, Musa, la historia del hombre de muchos senderos,
que anduvo errante muy mucho después de Troya sagrada asolar;
vió muchas ciudades de hombres y conoció su talante,
y dolores sufrió sin cuento en el mar tratando
de asegurar la vida y el retorno de sus compañeros.
Mas no consiguió salvarlos, con mucho quererlo,
pues de su propia insensatez sucumbieron víctimas,
¡locas! de Hiperión Helios las vacas comieron,
y en tal punto acabó para ellos el día del retorno.
Diosa, hija de Zeus, también a nosotros,
cuéntanos algún pasaje de estos sucesos.
Ello es que todos los demás, cuantos habían escapado a la amarga muerte, estaban
en casa, dejando atrás la guerra y el mar. Sólo él estaba privado de regreso y
esposa, y lo retenía en su cóncava cueva la ninfa Calipso, divina entre las
diosas, deseando que fuera su esposo.
Y el caso es que cuando transcurrieron los años y le llegó aquel en el que los
dioses habían hilado que regresara a su casa de Itaca, ni siquiera entonces
estuvo libre de pruebas; ni cuando estuvo ya con los suyos. Todos los dioses se
compadecían de él excepto Poseidón, quién se mantuvo siempre rencoroso con el
divino Odiseo hasta que llegó a su tierra.
Pero había acudido entonces junto a los Etiopes que habitan lejos (los Etiopes
que están divididos en dos grupos, unos donde se hunde Hiperión y otros donde se
levanta), para asistir a una hecatombe de toros y carneros; en cambio, los demás
dioses estaban reunidos en el palacio de Zeus Olímpico. Y comenzó a hablar el
padre de hombres y dioses, pues se había acordado del irreprochable Egisto, a
quien acababa de matar el afamado Orestes, hijo de Agamenón. Acordóse, pues, de
éste, y dijo a los inmortales su palabra:
«¡Ay, ay, cómo culpan los mortales a los dioses!, pues de nosotros, dicen,
proceden los males. Pero también ellos por su estupidez soportan dolores más
allá de lo que les corresponde. Así, ahora Egisto ha desposado cosa que no le
correspondía a la esposa legítima del Atrida y ha matado a éste al regresar; y
eso que sabía que moriría lamentablemente, pues le habíamos dicho, enviándole a
Hermes, al vigilante Argifonte, que no le matara ni pretendiera a su esposa.
"Que habrá una venganza por parte de Orestes cuando sea mozo y sienta nostalgia
de su tierra." Así le dijo Hermes, mas con tener buenas intenciones no logró
persuadir a Egisto. Y ahora las ha pagado todas juntas.»
Y le contestó luego la diosa de ojos brillantes, Atenea:
«Padre nuestro Cronida, supremo entre los que mandan, ¡claro que aquél yace
víctima de una muerte justa!, así perezca cualquiera que cometa tales acciones.
Pero es por el prudente Odiseo por quien se acongoja mi corazón, por el
desdichado que lleva ya mucho tiempo lejos de los suyos y sufre en una isla
rodeada de corriente donde está el ombligo del mar. La isla es boscosa y en ella
tiene su morada una diosa, la hija de Atlante, de pensamientos perniciosos, el
que conoce las profundidades de todo el mar y sostiene en su cuerpo las largas
columnas que mantienen apartados Tierra y Cielo. La hija de éste lo retiene
entre dolores y lamentos y trata continuamente de hechizarlo con suaves y
astutas razones para que se olvide de Itaca; pero Odiseo, que anhela ver
levantarse el humo de su tierra, prefiere morir. Y ni aun así se te conmueve el
corazón, Olímpico. ¿Es que no te era grato Odiseo cuando en la amplia Troya te
sacrificaba víctimas junto a las naves aqueas? ¿Por qué tienes tanto rencor,
Zeus?»
Y le contestó el que reúne las nubes, Zeus:
«Hija mía, ¡qué palabra ha escapado del cerco de tus dientes! ¿Cómo podría
olvidarme tan pronto del divino Odiseo, quien sobresale entre los hombres por su
astucia y más que nadie ha ofrendado víctimas a los dioses inmortales que poseen
el vasto cielo? Pero Poseidón, el que conduce su carro por la tierra, mantiene
un rencor incesante y obstinado por causa del Cíclope a quien aquél privó del
ojo, Polifemo, igual a los dioses, cuyo poder es el mayor entre los Cíclopes. Lo
parió la ninfa Toosa, hija de Forcis, el que se cuida del estéril mar, uniéndose
a Poseidón en profunda cueva. Por esto, Poseidón, el que sacude la tierra, no
mata a Odiseo, pero lo hace andar errante lejos de su tierra patria. Conque,
vamos, pensemos todos los aquí presentes sobre su regreso, de forma que vuelva.
Y Poseidón depondrá su cólera; que no podrá él solo rivalizar frente a todos los
inmortales dioses contra la voluntad de éstos.»
Y le contestó luego la diosa de ojos brillantes, Atenea:
«Padre nuestro Cronida, supremo entre los que mandan, si por fin les cumple a
los dioses felices que regrese a casa el muy astuto Odiseo, enviemos enseguida a
Hermes, al vigilante Argifonte, para que anuncie inmediatamente a la Ninfa de
lindas trenzas nuestra inflexible decisión: el regreso del sufridor Odiseo. Que
yo me presentaré en Itaca para empujar a su hijo y ponerle valor en el pecho a
que convoque en asamblea a los aqueos de largo cabello a fin de que pongan coto
a los pretendientes que siempre le andan sacrificando gordas ovejas y
cuernitorcidos bueyes de rotátiles patas. Lo enviaré también a Esparta y a la
arenosa Pilos para que indague sobre el regreso de su padre, por si oye algo, y
para que cobre fama da valiente entre los hombres.»
Así diciendo, ató bajo sus pies las hermosas sandalias inmortales, doradas, que
la suelen llevar sobre la húmeda superficie o sobre tierra firme a la par del
soplo del viento. Y tomó una fuerte lanza con la punta guarnecida de agudo
bronce, pesada, grande, robusta, con la que domeña las filas de los héroes
guerreros contra los que se encoleriza la hija del padre Todopoderoso. Luego
descendió lanzándose de las cumbres del Olimpo y se detuvo en el pueblo de Itaca
sobre el pórtico de Odiseo, en el umbral del patio. Tenía entre sus manos una
lanza de bronce y se parecía a un forastero, a Mentes, caudillo de los tafios.
Y encontró a los pretendientes. Éstos complacían su ánimo con los dados delante
de las puertas y se sentaban en pieles de bueyes que ellos mismos habían
sacrificado. Sus heraldos y solícitos sirvientes se afanaban, unos en mezclar
vino con agua en las cráteras, y los otros en limpiar las mesas con agujereadas
esponjas; se las ponían delante y ellos se distribuían carne en abundancia. El
primero en ver a Atenea fue Telémaco, semejante a un dios; estaba sentado entre
los pretendientes con corazón acongojado y pensaba en su noble padre: ¡ojalá
viniera e hiciera dispersarse a los pretendientes por el palacio!, ¡ojalá
tuviera él sus honores y reinara sobre sus posesiones! Mientras esto pensaba
sentado entre los pretendientes, vió a Atenea. Se fue derecho al pórtico, y su
ánimo rebosaba de ira por haber dejado tanto tiempo al forastero a la puerta. Se
puso cerca, tomó su mano derecha, recibió su lanza de bronce y le dirigió aladas
palabras:
«Bienvenido, forastero, serás agasajado en mi casa. Luego que hayas probado del
banquete, dirás qué precisas.»
Así diciendo, la condujo y ella le siguió, Palas Atenea. Cuando ya estaban
dentro de la elevada morada, llevó la lanza y la puso contra una larga columna,
dentro del pulimentado guardalanzas donde estaban muchas otras del sufridor
Odiseo. La condujo e hizo sentar en un sillón y extendió un hermoso tapiz
bordado; y bajo sus pies había un escabel. Al lado colocó un canapé labrado
lejos de los pretendientes, no fuera que el huésped, molesto por el ruido, no se
deleitara con el banquete alcanzado por sus arrogancias y para preguntarle sobre
su padre ausente. Y una esclava derramó sobre fuente de plata el aguamanos que
llevaba en hermosa jarra de oro, para que se lavara, y al lado extendió una mesa
pulimentada. Luego la venerable ama de llaves puso comida sobre ella y añadió
abundantes piezas escogidas, favoréciéndole entre los que estaban presentes. El
trinchante les ofreció fuentes de toda clase de carnes que habían sacado del
trinchador y a su lado colocó copas de oro. Y un heraldo se les acercaba a
menudo y les escanciaba vino.
Luego entraron los arrogantes pretendientes y enseguida comenzaron a sentarse
por orden en sillas y sillones. Los heraldos les derramaron agua sobre las
manos, las esclavas amontonaron pan en las canastas y los jóvenes coronaron de
vino las cráteras. Y ellos echaron mano de los alimentos que tenían dispuestos
delante. Después que habían echado de sí el deseo de comer y beber, ocuparon su
pensamiento el canto y la danza, pues éstos son complementos de un banquete; así
que un heraldo puso hermosa cítara en manos de Femio, quien cantaba a la fuerza
entre los pretendientes, y éste rompió a cantar un bello canto acompañándose de
la cítara.
Entonces Telémaco se dirigió a Atenea, de ojos brillantes, y mantenía cerca su
cabeza para que no se enteraran los demás:
«Forastero amigo, ¿vas a enfadarte por lo que te diga? Éstos se ocupan de la
cítara y el canto ¡y bien fácilmente! , pues se están comiendo sin pagar unos
bienes ajenos, los de un hombre cuyos blancos huesos ya se están pudriendo bajo
la acción de la lluvia, tirados sobre el litoral, o los voltean las olas en el
mar. ¡Si al menos lo vieran de regreso a Itaca...! Todos desearían ser más
veloces de pies que ricos en oro y vestidos. Sin embargo, ahora ya está perdido
de aciago destino, y ninguna esperanza nos queda por más que alguno de los
terrenos hombres asegure que volverá. Se le ha acabado el día del regreso.
«Pero, vamos, dime esto e infórmame con verdad : ¿quién, de dónde eres entre los
hombres?, ¿dónde están tu ciudad y tus padres?, ¿en qué nave has llegado?, ¿cómo
te han conducido los marineros hasta Itaca y quiénes se precian de ser? Porque
no creo en absoluto que hayas llegado aquí a pie. Dime también con verdad, para
que yo lo sepa, si vienes por primera vez o eres huésped de mi padre; que muchos
otros han venido a nuestro palacio, ya que también él hacía frecuentes visitas a
los hombres.»
Y Atenea, de ojos brillantes, se dirigió a él:
«Claro que te voy a contestar sinceramente a todo esto. Afirmo con orgullo ser
Mentes, hijo de Anquíalo, y reino sobre los tafios, amantes del remo. Ahora
acabo de llegar aquí con mi nave y compañeros navegando sobre el ponto rojo como
el vino hacia hombres de otras tierras; voy a Temesa en busca de bronce y llevo
reluciente hierro. Mi nave está atracada lejos de la ciudad en el puerto Reitro,
a los pies del boscoso monte Neyo. Tenemos el honor de ser huéspedes por parte
de padre; puedes bajar a preguntárselo al viejo héroe Laertes, de quien afirman
que ya no viene nunca a la ciudad y sufre penalidades en el campo en compañía de
una anciana sierva que le pone comida y bebida cuando el cansancio se apodera de
sus miembros, de recorrer penosamente la fructífera tierra de sus productivos
viñedos.
«He venido ahora porque me han asegurado que tu padre estaba en el pueblo. Pero
puede que los dioses lo hayan detenido en el camino, porque en modo alguno esta
muerto sobre la tierra el divino Odiseo, sino que estará retenido, vivo aún, en
algún lugar del ancho mar, en alguna isla rodeada de corriente donde lo tienen
hombres crueles y salvajes que lo sujetan contra su voluntad.
«Así que te voy a decir un presagio porque los inmortales lo han puesto en mi
pecho y porque creo que se va a cumplir, no porque yo sea adivino ni entienda
una palabra de aves de agüero : ya no estará mucho tiempo lejos de su tierra
patria, ni aunque lo retengan ligaduras de hierro. Él pensará cómo volver, que
es rico en recursos.
«Pero, vamos, dime e infórmame con verdad si tú, tan grande ya, eres hijo del
mismo Odiseo. Te pareces a aquél asombrosamente en la cabeza y los lindos ojos;
que muy a menudo nos reuníamos antes de embarcar él para Troya, donde otros
argivos, los mejores, embarcaron en las cóncavas naves. Desde entonces no he
visto a Odiseo, ni él a mí.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Desde luego, huésped, te voy a hablar sinceramente. Mi madre asegura que soy
hijo de él; yo, en cambio, no lo sé; que jamás conoció nadie por sí mismo su
propia estirpe. ¡Ojalá fuera yo el hijo dichoso de un hombre al que alcanzara la
vejez en medio de sus posesiones! Sin embargo, se ha convertido en el más
desdichado de los mortales hombres aquél de quien dicen que yo soy hijo, ya que
me lo preguntas.»
Y Atenea, de ojos brillantes, se dirigió a él:
Seguro que los dioses no te han dado linaje sin nombre, puesto que Penélope te
ha engendrado tal como eres. Conque, vamos, dime esto e infórmame con verdad :
¿qué banquete, qué reunión es ésta y que necesidad tienes de ella? ¿Se trata de
un convite o de una boda?, porque seguro que no es una comida a escote: ¡tan
irrespetuosos me parece que comen en el palacio, más de lo conveniente! Se
irritaría viendo tantas torpezas cualquier hombre con sentido común que
viniera.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Huésped, puesto que me preguntas esto a inquieres, este palacio fue en otro
tiempo seguramente rico a irreprochable mientras aquel hombre estaba todavía en
casa. Pero ahora los dioses han decidido otra cosa maquinando desgracias; lo han
hecho ilocalizable más que al resto de los hombres. No me lamentaría yo tanto
por él aunque estuviera muerto, si hubiera sucumbido entre sus compañeros en el
pueblo de los troyanos o entre los brazos de los suyos, una vez que hubo
cumplido la odiosa tarea de la guerra. En este caso le habría construido una
tumba el ejército panaqueo y habría cosechado para el futuro un gran renombre
para su hijo. Sin embargo, las Harpías se lo han llevado sin gloria; se ha
marchado sin que nadie lo viera, sin que nadie le oyera, y a mí sólo me ha
legado dolores y lágrimas.
«Pero no solo lloro y me lamento por aquél; que los dioses me han proporcionado
otras malas preocupaciones, pues cuantos nobles reinan sobre las islas Duliquio,
Same y la boscosa Zantez y cuantos son poderosos en la escarpada Itaca pretenden
a mi madre y arruinan mi casa. Ella ni se niega al odioso matrimonio ni es capaz
de ponerles coto, y ellos arruinan mi hacienda comiéndosela. Luego acabarán
incluso conmigo mismo.»
Y le contestó, irritada, Palas Atenea:
«¡Ay, ay, mucha falta te hace ya el ausente Odiseo!; que pusiera él sus manos
sobre los desvergonzados pretendientes. Pues si ahora, ya de regreso, estuviera
en pie ante el pórtico del palacio sosteniendo su hacha, su escudo y sus dos
lanzas tal como yo le vi por primera vez en nuestro palacio bebiendo y gozando
del banquete recién llegado de Efira, del palacio de Mermérida... (había
marchado allí Odiseo en rápida nave para buscar veneno homicida con que untar
sus broncíneas flechas. Aquél no se lo dió, pues veneraba a los dioses que viven
siempre, pero se lo entregó mi padre, pues lo amaba en exceso). ¡Con tal atuendo
se enfrentara Odiseo con los pretendientes! Corto el destino de todos sería y
amargas sus nupcias. Pero está en las rodillas de los dioses si tomará venganza
en su palacio al volver o no.
«En cuanto a ti, te ordeno que pienses la manera de echar del palacio a los
pretendientes. Conque, vamos, escúchame y presta atención a mis palabras:
convoca mañana en asamblea a los héroes aqueos y hazles a todos manifiesta tu
palabra; y que los dioses sean testigos. Ordena a los pretendientes que se
dispersen a sus casas, y a tu madre.., si su deseo la impulsa a casarse, que
vuelva al palacio de su poderoso padre; le prepararán unas nupcias y le
dispondrán una dote abundante, cuanta es natural que acompañe a una hija
querida.
«A ti, sin embargo, te voy a aconsejar sagazmente, por si quieres obedecerme:
bota una nave de veinte remos, la mejor, y marcha para informarte sobre tu padre
largo tiempo ausente, por si alguno de los mortales pudiera decirte algo o por
si escucharas la Voz que viene de Zeus, la que, sobre todas, lleva a los hombres
las noticias.
«Primero dirígete a Pilos y pregunta al divino Néstor, y desde allí a Esparta al
palacio del rubio Menelao, pues él ha llegado al postrero de los aqueos que
visten bronce. Si oyes de tu padre que vive y está de vuelta, soporta todavía
otro año, aunque tengas pesar; pero si oyes que ha muerto y que ya no vive,
regresa enseguida a tu tierra patria, levanta una tumba en su honor y ofréndale
exequias en abundancia, cuantas están bien.
Y entrega tu madre a un marido. Luego que esto hayas concluido, medita en tu
mente y en tu corazón la manera de matar a los pretendientes en tu casa con
engaño o a las claras.
Y es preciso que no juegues a cosas de niños, pues no eres de edad para hacerlo.
¿No has oído qué fama ha cobrado el divino Orestes entre todos los hombres por
haber matado al asesino de su padre, a Egisto fecundo en ardides, porque había
quitado la vida a su ilustre padre? También tú, amigo —pues te veo vigoroso y
bello—, sé valiente para que alguno de tus descendientes hable bien de ti. Yo me
marcho ahora mismo a la rápida nave junto a mis compañeros, que deben estar
cansados de tanto esperarme. Tú ocúpate de esto y presta oídos a mis palabras.»
Y le contestó Telémaco discretamente:
«Huésped, en verdad dices esto con sentimientos amigos, como un padre a su hijo,
y jamás los echaré a olvido. Mas, vamos, quédate ahora por muy deseoso que estés
del camino, para que después de bañarte y gozar en tu pecho marches alegre a la
nave portando un presente, un regalo estimable y hermoso que será para ti un
tesoro de mí, como los que hospedan dan a sus huéspedes.»
Y contestó luego Atenea, de ojos brillantes:
«No me detengas más, que ya ansío el camino. El regalo que tu corazón te empuje
a darme, entrégamelo cuando vuelva otra vez para llevarlo a casa. Escoge uno
bueno de verdad y tendrás otro igual en recompensa.»
Así hablando, partió la de ojos brillantes, Atenea, y se remontó como un ave, e
infundió audacia en el pecho de Telémaco y valentía. Pero después de reflexionar
en su mente quedó estupefacto, pues pensó que era un dios. Y, mortal a los
dioses igual, marchó enseguida junto a los pretendientes.
Entre éstos estaba cantando el ilustre aedo, y ellos escuchaban sentados en
silencio. Cantaba el regreso de los aqueos que Palas Atenea les había deparado
funesto desde Troya. La hija de Icario, la prudente Penélope, acogió en su pecho
el inspirado canto desde el piso de arriba y descendió por la elevada escalera
de su palacio; mas no sola, que la acompañaban dos siervas. Cuando hubo llegado
a los pretendientes la divina entre las mujeres, se detuvo junto al pilar
central del techo labrado llevando ante sus mejillas un grueso velo, y a cada
lado se puso una fiel sirvienta. Luego habló llorando al divino aedo:
«Femio, sabes otros muchos cantos, hechizo de los mortales, hazañas de hombres y
dioses que los aedos hacen famosas. Cántales uno de éstos sentado a su lado y
que ellos beban su vino en silencio; mas deja ya ese canto triste que me está
dañando el corazón dentro del pecho, puesto que a mí sobre todos me ha alcanzado
un dolor inolvidable, pues añoro, acordándome continuamente, la cabeza de un
hombre cuyo renombre es amplio en la Hélade y hasta el centro de Argos».
Y Telémaco le dijo discretamente:
«Madre mía, ¿qué reprochas al amable aedo que nos deleite como le impulse su
voluntad? No son los aedos culpables, sino en cierto sentido Zeus, el que dota a
los hombres que comen grano como quiere a cada uno».
Para éste no habrá castigo porque cante el destino aciago de los dánaos, pues
éste es el canto que más celebran los hombres, el que llega más reciente a los
oyentes.
«Que tu corazón y tu espíritu soporten escucharlo, pues no sólo Odiseo perdió en
Troya el día de su regreso, que también perecieron otros muchos hombres. Conque
marcha a tu habitación y cuídate de tu trabajo, el telar y la rueca, y ordena a
las esclavas que se ocupen del suyo. La palabra debe ser cosa de hombres, de
todos, y sobre todo de mí, de quien es el poder en este palacio.»
Admiróse ella y se encaminó de nuevo a su habitación, pues puso en su interior
la palabra discreta de su hijo. Subió al piso de arriba en companía de las
esclavas y luego rompió a llorar a Odiseo su esposo hasta que Atenea, de ojos
brillantes, echo dulce sueño sobre sus parpados.
Los pretendientes rompieron a alborotar en el sombrío mégaron y deseaban todos
acostarse en su cama al lado de ella. Entonces comenzó a hablarles Telémaco
discretamente:
«Pretendientes de mi madre que tenéis excesiva insolencia, gocemos ahora con el
banquete y que no haya vocerío, puesto que lo mejor es escuchar a un aedo como
éste, semejante en su voz a los dioses».
«Al amanecer marchemos a la plaza y sentemonos todos para que os diga sin
empacho que salgáis de mi palacio, os preparéis otros banquetes y comáis
vuestros propios bienes invitándoos mutuamente. Pero si os parece lo mejor y más
acertado destruir sin pagar la hacienda de un solo hombre, consumidla. Yo
clamaré a los dioses, que viven siempre, por si Zeus de algun modo me concede
que vuestras obras sean castigadas: pereceréis al punto, sin nadie que os
vengue, dentro de este palacio!»
Así habló, y todos clavaron los dientes en sus labios. Estaban admirados de
Telémaco porque había hablado audazmente. Y Antínoo, hijo de Eupites, se dirigió
a él:
«Telémaco, seguramente los dioses mismos te enseñan a ser ya arrogante en la
palabra y a hablar audazmente. ¡Que el hijo de Crono no te haga rey de Itaca,
rodeada de mar, cosa que por linaje te corrresponde como herencia paterna! »
Y Telemaco le contestó discretamente:
«Antínoo, aunque te enojes conmigo por lo que voy a decir, esto es precisamente
lo que quisiera yo obtener si Zeus me lo concede. ¿O acaso crees que es lo peor
entre los hombres? No es nada malo ser rey, no; rapidamente tu palacio se hace
rico y tu mismo más respetado. Pero hay muchos otros personajes reales en Itaca,
rodeada de mar; que uno de ellos ocupe el trono, muerto el divino Odiseo. Yo
seré soberano de mi palacio y de los esclavos que el divino Odiseo tomó para mi
como botin. »
Y Eurímaco, hijo de Pólibo, le dijo a su vez:
«Telémaco, en verdad está en las rodillas de los dioses quién de los aqueos va a
reinar en Itaca, rodeada de mar; tú harías mejor en conservar tus posesiones y
reinar sobre tus esclavos. ¡Cuidado no venga algún hombre que lo prive de tus
posesiones por la fuerza, contra tu voluntad, mientras Itaca siga habitada!
«Pero quiero, excelente, preguntarte sobre el forastero de dónde es, de qué
tierra se precia de ser y dónde tiene ahora su linaje y heredad paterna. ¿Acaso
trae un mensaje de tu padre ausente o ha llegado aquí por algún asunto propio?
Cuán rápido se levantó y marchó enseguida sin esperar a que lo conociéramos.
Desde luego no parecía en su aspecto un hombre del pueblo.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Eurímaco, con certeza se ha acabado el regreso de mi padre. No hago ya caso a
noticia alguna, venga de donde viniere, ni presto oídos al oráculo de
procedencia divina que mi madre pueda comunicarme llamándome al mégaron. Este
hombre es huésped paterno mío y afirma con orgullo que es Mentes, hijo del
prudence Anquíalo, y reina sobre los Tafios, amantes del remo.»
Así dijo Telémaco, aunque había reconocido a la diosa inmortal en su mente.
Volvieron ellos al baile y al canto para deleitarse y aguardaron al lucero de la
tarde y cuando se estaban deleitando les sobrevino éste, así que se pusieron en
camino cada uno a su casa deseando acostarse.
Entonces Telémaco se dirigió cavilando hacia el lecho, hacia donde tenía
construido su suntuoso dormitorio en el muy hermoso patio, en lugar de amplia
visión. Junto a él llevaba teas ardientes la fiel Euriclea, hija de Ope
Pisenórida, a la que había comprado en otro tiempo Laertes, cuando todavía era
adolescente, por el valor de veinte bueyes; la honraba en el palacio igual que a
su casta esposa, pero nunca se unió a ella en la cama por evitar la cólera de su
mujer. Ésta era quien llevaba a su lado las ardientes antorchas y lo amaba más
que ninguna esclava, pues lo había criado cuando era pequeño.
Abrió Telémaco las puertas del dormitorio, suntuosamente construido, y se sentó
en el lecho, se desnudó del suave manto y lo echó sobre las manos de la muy
diligente anciana. Ésta estiró y dobló el manto y colgándolo de un clavo junto
al lecho agujereado se puso en camino para salir del dormitorio. Tiró de la
puerta con una anilla de plata y echó el cerrojo con la correa.
Durante toda la noche, cubierto por el vellón de una oveja, planeaba él en su
mente el viaje que le había dispuesto Atenea.
CANTO II
TELÉMACO REÚNE EN ASAMBLEA
AL PUEBLO DE ITACA
Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, al punto
el amado hijo de Odiseo se levantó del lecho, vistió sus vestidos, colgó de su
hombro la aguda espada y bajo sus pies, brillantes como el aceite, calzó
hermosas sandalias.
Luego se puso en marcha, salió del dormitorio semejante a un dios en su porte y
ordenó a los vocipotentes heraldos que convocaran en asamblea a los aqueos de
largo cabello; aquéllos dieron el bando y éstos comenzaron a reunirse con
premura. Después, cuando hubieron sido reunidos y estaban ya congregados, se
puso en camino hacia la plaza en su mano una lanza de bronce ; mas no solo, que
le seguían dos lebreles de veloces patas. Entonces derramó Atenea sobre él una
gracia divina y lo contemplaban admirados todos los ciudadanos; se sentó en el
trono de su padre y los ancianos le cedieron el sitio.
A continuación comenzó a hablar entre ellos el héroe Egiptio, quien estaba ya
encorvado por la vejez y sabía miles de cosas, pues también su hijo, el lancero
Antifo, había embarcado en las cóncavas naves en compañla del divino Odiseo
hacia Ilión de buenos potros; lo había matado el salvaje Cíclope en su profunda
cueva y lo había preparado como último bocado de su cena. Aún le quedaban tres:
uno estaba entre los pretendientes y los otros dos cuidaban sin descanso los
bienes paternos. Pero ni aun así se había olvidado de aquél, siempre
lamentándose y afligiéndose. Derramando lágrimas por su hijo levantó la voz y
dijo:
«Escuchadme ahora a mí, itacenses, lo que voy a deciros. Nunca hemos tenido
asamblea ni sesión desde que el divino Odiseo marchó en las cóncavas naves.
¿Quién, entonces, nos convoca ahora de esta manera? ¿A quién ha asaltado tan
grande necesidad ya sea de los jóvenes o de los ancianos? ¿Acaso ha oído alguna
noticia de que llega el ejército, noticia que quiere revelarnos una vez que él
se ha enterado?, ¿o nos va a manifestar alguna otra cosa de interés para el
pueblo? A mí me parece que es noble, afortunado. ¡Así Zeus llevara a término lo
bueno que él revuelve en su mente!»
Así habló, y el amado hijo de Odiseo se alegró por sus palabras. Con que ya no
estuvo sentado por más tiempo y sintió un deseo repentino de hablar. Se puso en
pie en mitad de la plaza y le colocó el cetro en la mano el heraldo Pisenor,
conocedor de consejos discretos.
Entonces se dirigió primero al anciano y dijo:
«Anciano, no está lejos ese hombre, soy yo el que ha convocado al pueblo (y tú
lo sabrás pronto), pues el dolor me ha alcanzado en demasía.. No he escuchado
noticia alguna de que llegue el ejército que os vaya a revelar después de
enterarme yo, ni voy a manifestaros ni a deciros nada de interés para el pueblo,
sino un asunto mío privado que me ha caído sobre el palacio como una peste, o
mejor como dos: uno es que he perdido a mi noble padre, que en otro tiempo
reinaba sobre vosotros aquí presentes y era bueno como un padre. Pero ahora me
ha sobrevenido otra peste aún mayor que está a punto de destruir rápidamente mi
casa y me va a perder toda la hacienda: asedian a mi madre, aunque ella no lo
quiere, unos pretendientes hijos de hombres que son aquí los más nobles. Estos
tienen miedo de ir a casa de su padre Icario para que éste dote a su hija y se
la entregue a quien él quiera y encuentre el favor de ella. En cambio vienen
todos los días a mi casa y sacrifican bueyes, ovejas y gordas cabras y se
banquetean y beben a cántaros el rojo vino. Así que se están perdiendo muchos
bienes, pues no hay un hombre como Odiseo que arroje esta maldición de mi casa.
Yo todavía no soy para arrojarla, pero ¡seguro que más adelante voy a ser débil
y desconocedor del valor! En verdad que yo la rechazaría si me acompañara la
fuerza, pues ya no son soportables las acciones que se han cometido y mi casa
está perdida de la peor manera. Indignaos también vosotros y avergonzaos de
vuestros vecinos, los que viven a vuestro lado. Y temed la cólera de los dioses,
no vaya a ser que cambien la situación irritados por sus malas acciones. Os lo
ruego por Zeus Olímpico y por Temis, la que disuelve y reúne las asambleas de
los hombres; conteneos, amigos, y dejad que me consuma en soledad, víctima de la
triste pena a no ser que mi noble padre Odiseo alguna vez hiciera mal a los
aqueos de hermosas grebas, a cambio de lo cual me estáis dañando rencorosamente
y animáis a los pretendientes. Para mí sería más ventajoso que fuerais vosotros
quienes consumen mis propiedades y ganado. Si las comierais vosotros algún día
obtendría la devolución, pues recorrería la ciudad con mi palabra demandándoos
el dinero hasta que me fuera devuelto todo; ahora, sin embargo, arrojáis sobre
mi corazón dolores incurables.»
Así habló indignado y arrojó el cetro a tierra con un repentino estallido de
lágrimas. Y la lástima se apoderó de todo el pueblo. Quedaron todos en silencio
y nadie se atrevió a replicar a Telémaco con palabras duras; sólo Antínoo le
dijo en contestación:
«Telémaco, fanfarrón, incapaz de reprimir tu cólera; ¿qué cosa has dicho,
cubriéndonos de vergüenza? Desearías cubrirnos de baldón. Sabes que los
culpables no son los pretendientes de entre los aqueos, sino tu madre, que sabe
muy bien de astucias. Pues ya es éste el tercer año, y con rapidez se acerca el
cuarto, desde que aflige el corazón en el pecho de los aqueos. A todos da
esperanzas y hace promesas a cada pretendiente enviándole recados; pero su
imaginación maquina otras cosas.
«Y ha meditado este otro engaño en su pecho: levantó un gran telar en el palacio
y allí tejía, telar sutil a inacabable, y sin dilación nos dijo: "Jóvenes
pretendientes míos, puesto que ha muerto el divino Odiseo, aguardad, por mucho
que deseéis esta boda conmigo, a que acabe este manto no sea que se me pierdan
inútilmente los hilos , este sudario para el héroe Laertes, para cuando lo
arrebate el destructor destino de la muerte de largos lamentos. Que no quiero
que ninguna de las aqueas del pueblo se irrite conmigo si yace sin sudario el
que tanto poseyó."
«Así dijo, y nuestro noble ánimo la creyó. Así que durante el día tejía la gran
tela y por la noche, colocadas antorchas a su lado, la destejía. Su engaño pasó
inadvertido durante tres años y convenció a los aqueos, pero cuando llegó el
cuarto año y pasaron las estaciones, una de sus mujeres, que lo sabía todo, nos
lo reveló y sorprendimos a ésta destejiendo la brillante tela. Así fue como la
terminó, y no voluntariamente, sino por la fuerza.
«Conque ésta es la respuesta que te dan los pretendientes, para que la conozcas
tú mismo y la conozcan todos los aqueos: envía por tu madre y ordénala que se
case con quien la aconseje su padre y a ella misma agrade. Pero si todavía sigue
atormentando mucho tiempo a los hijos de los aqueos ejercitando en su mente las
cualidades que la ha concedido Atenea en exceso (ser entendida en trabajos
femeninos muy bellos y tener pensamientos agudos y astutos como nunca hemos oído
que tuvieran ninguna de las aqueas de lindas trenzas ni siquiera de las que
vivieron antiguamente, como Tiro, Alcmena y.Micena de linda corona ninguna de
ellas pensó planes semejantes a los de Penélope ), entonces esto al menos no
habrá sido lo más conveniente que haya planeado. Pues tu hacienda y propiedades
te serán devoradas mientras ella mantenga semejante decisión que los dioses han
puesto ahora en su pecho. Se está creando para sí una gran gloria, pero para ti
sólo la añoranza de tu mucha hacienda.
«En cuanto a nosotros, no marcharemos a nuestros trabajos ni a parte alguna
hasta que se case con el que quiera de los aqueos.»
Y le respondió Telémaco discretamente:
«Antínoo, no me es posible echar de mi casa contra su voluntad a la que me ha
dado a luz, a la que me ha criado, mientras mi padre está en otra parte de la
tierra viva él o esté muerto. Y será terrible para mí devolver a Icario muchas
cosas si envío a mi madre por propia iniciativa. Por parte de mi padre sufriré
castigo y otros me darán la divinidad, puesto que mi madre conjurará a las
diosas Erinias si se marcha de casa, y también por parte de los hombres tendré
castigo. Por esto jamás diré yo esa palabra. Conque, si vuestro ánimo se irrita
por esto, salid de mi palacio y preparaos otros banquetes comiendo vuestras
posesiones e invitándoos en vuestras casas recíprocamente, que yo clamaré a los
dioses, que viven siempre, por si Zeus me concede que vuestras obras sean
castigadas de algun modo: ¡pereceréis al punto, sin nadie que os vengue, dentro
de este palacio!»
Así habló Telémaco, y Zeus que ve a lo ancho, le echó a volar dos águilas desde
arriba, desde las cumbres de la montaña. Estas se dirigían volando a la par del
soplo del viento cerca una de otra, extendidas las alas. Cuando llegaron al
centro de la plaza, donde mucho se habla, comenzaron a dar vueltas batiendo sus
espesas alas y llegaron cerca de las cabezas de todos, y en sus ojos brillaba la
muerte. Y desgarrándose con las uñas mejillas y cuellos se lanzaron por la
derecha a través de las casas y la ciudad de los itacenses. Admiraron éstos
aterrados a las aves cuando las vieron con sus ojos, y removían en su corazón
qué era lo que iba a cumplirse. Y entre ellos habló el anciano héroe Haliterses
Mastorida, pues sólo él aventajaba a los de su edad en conocer los pájaros y
explicar presagios. Levantó la voz con buenas intenciones hacia ellos y comenzó
a hablar:
«Ahora, itacenses, escuchadme a mí lo que voy a deciros y es sobre todo a los
pretendientes a quienes voy a hacer esta revelación : sobre ellos anda dando
vueltas una gran desgracia, pues Odiseo ya no estará mucho tiempo lejos de los
suyos, sino que ya está cerca, en alguna parte, y está sembrando la muerte y el
destino para todos éstos. También para otros muchos de los que habitamos Itaca,
hermosa al atardecer, habrá desgracias. Pensemos entonces cuanto antes cómo
ponerles término o bien que se lo pongan ellos a sí mismos, pues esto será lo
que más les conviene. Y yo no vaticino como un inexperto, sino como uno que sabe
bien. Os aseguro que todo se está cumpliendo para él como se lo dije cuando los
argivos embarcaron para Ilión y con ellos marchó el astuto Odiseo. Le dije que
sufriría muchas calamidades, que perdería a todos sus compañeros y que volvería
a casa a los veinte años desconocido de todos. Y ya se está cumpliendo todo.»
Y le contestó Eurímaco, hijo de Pólibo:
«Viejo, vete ya a casa a profetizar a tus hijos, no sea que sufran alguna
desgracia en el futuro. Estas cosas las vaticino yo mucho mejor que tú.
Numerosos son los pájaros que van y vienen bajo los rayos del Sol y no todos son
de agüero. Está claro que Odiseo ha muerto lejos ¡ojalá que hubieras perecido tú
también con él!; no habrías dicho tantos vaticinios ni habrías incitado al
irritado Telémaco esperando ansiosamente un regalo para tu casa, por si te lo
daba. Conque voy a hablarte, y esto sí se va a cumplir: si tú, sabedor de muchas
y antiguas cosas, incitas con tus palabras a un hombre más joven a que se
irrite, para él mismo primero será más penoso pues nada podrá conseguir con
estas predicciones , y a ti, viejo, te pondremos una multa que te será doloroso
pagar. Y tu dolor será insoportable.
En cuanto a Telémaco, yo mismo voy a darle un consejo delante de todos: que
ordene a su madre volver a casa de su padre. Ellos le prepararán unas nupcias y
le dispondrán una muy abundante dote, cuanta es natural que acompañe a una hija
querida. No creo yo que los hijos de los aqueos renuncien a su pretensión
laboriosa, pues no tememos a nadie a pesar de todo y no, desde luego, a Telémaco
por mucha palabrería que muestre. Tampoco hacemos caso del presagio sin
cumplimiento que tú, viejo, nos revelas haciéndotenos todavía más odioso.
Igualmente serán devorados tus bienes de mala manera y jamás lo serán
compensados, al menos mientras ella entretenga a los aqueos respecto de su boda.
Pues nosotros nos mantenemos expectantes todos los días y rivalizamos por causa
de su excelencia, y no marchamos tras otras con las que a cada uno nos
convendría casar.»
Entonces le contestó Telémaco discretamente:
«Eurímaco y demás ilustres pretendientes: no voy a apelar más a vosotros ni
tengo más que decir; ya lo saben los dioses y todos los aqueos. Pero dadme ahora
una rápida nave y veinte compañeros que puedan llevar a término conmigo un viaje
aquí y allá, pues me voy a Esparta y a la arenosa Pilos para enterarme del
regreso de mi padre, largo tiempo ausente, por si alguno de los mortales me lo
dice o escucho la Voz que viene de Zeus, la que, sobre todas, lleva a los
hombres las noticias. Si oigo que mi padre vive y está de vuelta, soportaré
todavía otro año; pero si oigo que ha muerto y que ya no vive, regresaré
enseguida a mi tierra patria, levantaré una tumba en su honor y le ofrendaré
exequias en abundancia, cuantas está bien, y entregaré mi madre a un marido.»
Así hablando se sentó, y entre ellos se levantó Méntor, que era compañero del
irreprochable Odiseo y a quien éste al marchar en las naves había encomendado
toda su casa que obedecieran todos al anciano y que él conservara todo intacto .
Éste levantó la voz con buenos sentimientos hacia ellos y dijo:
«Escuchadme ahora a mí, itacenses, lo que voy a deciros: ¡que de ahora en
adelante ningún rey portador de cetro sea benévolo, ni amable, ni bondadoso, y
no sea justo en su pensamiento, sino que siempre sea cruel y obre injustamente!,
pues del divino Odiseo no se acuerda ninguno de los ciudadanos sobre los que
reinó, aunque era tierno como un padre. Mas yo me lamento no de que los
esforzados pretendientes cometan acciones violentas por la maldad de su
espíritu, pues exponen sus propias cabezas al comerse con violencia la hacienda
de Odiseo, asegurando que éste ya no volverá jamás. Me irrito más bien contra el
resto del pueblo, de qué modo estáis todos sentados en silencio y, aun siendo
muchos, no contenéis a los pretendientes, que son pocos, cercándoles con
vuestras palabras.»
Y le contestó Leócrito, el hijo de Evenor:
«Obstinado Méntor, ayuno de sesos; ¿qué has dicho incitándolos a que nos
contengan? Difícil sería incluso a hombres más numerosos luchar por un banquete.
Pues aunque el itacense Odiseo viniera en persona y maquinara en su mente
arrojar del palacio a los nobles pretendientes que se banquetean en su casa, no
se alegraría su esposa de que viniera, por mucho que lo desee, sino que allí
mismo atraería sobre sí vergonzosa muerte si luchara con hombres más numerosos.
Y tú no has hablado como te corresponde. Vamos, ciudadanos, dispersaos cada uno
a sus trabajos. A éste le ayudarán para el viaje Méntor y Halitérses, que son
compañeros de su padre desde hace mucho tiempo. Aunque sentado por mucho tiempo,
creo yo, escuchará las noticias en Itaca y jamás llevará a término tal viaje. »
Así habló y disolvió la asamblea rápidamente. Se dispersaron cada uno a su casa
y los pretendientes marcharon al palacio del divino Odiseo.
Telémaco, en cambio, se alejó hacia la orilla del mar, lavó sus manos en el
canoso mar y suplicó a Atenea:
«Préstame oídos tú, divinidad que llegaste ayer a mi palacio y me diste la orden
de marchar en una nave sobre el brumoso ponto para informarme sobre el regreso
de mi padre, largo tiempo ausente. Todo esto lo están retrasando los aqueos,
sobre todo los pretendientes, funestamente arrogantes.»
Así habló suplicándole; Atenea se le acercó semejante a Méntor en la figura y
voz y se dirigió a él con aladas palabras:
«Telémaco, no serás en adelante cobarde ni estúpido si has heredado el noble
corazón de tu padre; ¡cómo era él para realizar obras y palabras! Por esto tu
viaje no va a ser infructuoso ni baldío. Pero si no eres hijo de aquél y de
Penélope, no tengo esperanza alguna de que lleves a cabo lo que meditas. Pocos,
en efecto, son los hijos iguales a su padre; la mayoría son peores y sólo unos
pocos son mejores que su padre. Pero puesto que en el futuro no vas a ser
cobarde ni estúpido ni te ha abandonado del todo el talento de Odiseo, hay
esperanza de que llegues a realizar tal empresa.
«Deja, pues, ahora las intenciones y pensamientos de los enloquecidos
pretendientes, pues no son sensatos ni justos; no saben que la muerte y la negra
Ker están ya a su lado para matar a todos en un día. El viaje que preparas ya no
está tan lejano para ti, y es que yo soy tan buen amigo de tu padre que te voy a
aparejar una rápida nave y acompañar en persona.
«Conque marcha ahora a tu casa a reunirte con los pretendientes; prepara
provisiones y mételas todas en recipientes, el vino en cántaros, y la harina,
sustento de los hombres, en pellejos espesos. Yo voy por el pueblo a reunir
voluntarios. Existen numerosas naves en Itaca, rodeada de corriente, nuevas y
viejas; veré cuál es la mejor y aparejándola rápidamente la lanzaremos al ancho
ponto.»
Así habló Atenea, hija de Zeus, y Telémaco ya no aguardó más, pues había
escuchado la voz de un dios. Así que se puso en camino, su corazón acongojado,
hacia el palacio y encontró a los altivos pretendientes degollando cabras y
asando cerdos en el patio.
Antínoo se encaminó riendo hacia Telémaco, le tomó de la mano, le dijo su
palabra y le llamó por su nombre:
«Telémaco, fanfarrón, incapaz de contener tu cólera, que no ocupe tu pecho
ninguna acción o palabra mala, sino comer y beber conmigo como antes. Los aqueos
te prepararán una nave y remeros elegidos para que llegues con más rapidez a la
agradable Pilos en busca de noticias de tu ilustre padre.»
Y le respondió Telémaco discretamente:
«Antínoo, no me es posible comer callado en vuestra arrogante compañía y gozar
tranquilamente. ¿O es que no es bastante que me hayáis destruido hasta ahora
muchas y buenas cosas de mi propiedad, pretendientes, mientras era todavía un
niño? Mas ahora que ya soy grande y que, escuchando la palabra de los demás,
comprendo todo y el arrojo me ha crecido en el pecho, intentaré enviaros las
funestas Keres, ya sea marchando a Pilos o aquí mismo, en el pueblo.
«Me marcho y el viaje que os anuncio no será infructuoso como pasajero, pues no
poseo naves ni remeros. Esto os parecía lo más ventajoso para vosotros!»
Así dijo y retiró con rapidez su mano de la mano de Antínoo.
Y los pretendientes se aplicaban al banquete dentro del palacio y se mofaban de
él zahiriéndolo con sus palabras.
Así decía uno de los jóvenes arrogantes:
«Seguro que Telémaco nos está meditando la muerte; traerá alguien de la arenosa
Pilos para que lo defienda o tal vez de Esparta, pues mucho lo desea. O quizá
quiere ir a Efira, tierra fértil, a fin de traer de allí venenos que corrompen
la vida y echarlos en la crátera para destruirnos a todos.»
Y otro de los jóvenes arrogantes decía:
¿Quién sabe si, marchando en la cóncava nave, no perece también él vagando lejos
de los suyos como Odiseo! Así nos acrecentaría el trabajo, pues repartiríamos
todos sus bienes y la casa se la daríamos a su madre y al que con ella casara
para que la conservaran.»
Mientras así hablaban descendió Telémaco a la despensa de elevado techo de su
padre, espaciosa, donde había oro amontonado en el suelo y bronce, y en arcones
vestidos, y oloroso aceite en abundancia. También había allí dispuestas en fila,
junto a la pared, tinajas de añejo vino sabroso que contenían sin mezcla la
divina bebida por si alguna vez volvía a casa Odiseo después de sufrir dolores
sin cuento. Las puertas que allí había se podían cerrar fuertemente ensambladas,
eran de dos hojas, y permanecía allí día y noche un ama de llaves que vigilaba
todo con la agudeza de su mente, Euriclea, hija de Ope Pisenórida.
A ésta dirigió Telémaco su palabra llamándola a la despensa:
«Vamos, ama, sácame en ánforas sabroso vino, el más preciado después del que tú
guardas pensando en aquel desdichado, por si viene algún día Odiseo de linaje
divino después de evitar la muerte y las Keres; lléname doce hasta arriba y
ajusta todas con tapas. Échame también harina en bien cosidos pellejos, hasta
veinte medidas de harina de trigo molido. Sólo tú debes saberlo. Que esté todo
preparado, pues lo recogeré por la tarde cuando ya mi madre haya subido al piso
de arriba y esté ocupada en acostarse. Me marcho a Esparta y a la arenosa Pilos
para enterarme del regreso de mi padre, por si oigo algo.»
Así habló; rompió en lamentos su nodriza Euriclea y dijo llorando aladas
palabras:
«¿Por qué, hijo mío, tienes en tu interior este proyecto? ¿Por dónde quieres ir
a una tierra tan grande siendo el bienamado hijo único? Ha sucumbido lejos de su
patria Odiseo, de linaje divino, en un país desconocido, y éstos te andan
meditando la muerte para el mismo momento en que te marches, para que mueras en
emboscada. Ellos se lo repartirán todo. Anda, quédate aquí sentado sobre tus
cosas; no tienes necesidad ninguna de sufrir penalidades en el estéril ponto ni
de andar errante.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Anímate, ama, puesto que esta decisión me ha venido no sin un dios. Ahora
júrame que no dirás esto a mi madre antes de que llegue el día décimo o el
duodécimo, o hasta que ella misma me eche de menos y oiga que he partido, para
que no afee, desgarrándola, su hermosa piel.»
Así habló, y la anciana juró por los dioses con gran juramento que no lo haría.
Cuando hubo jurado y llevado a término este juramento vertió enseguida vino en
las ánforas y echó harina en bien cosidos sacos. Y Telémaco se puso en camino
hacia las habitaciones de abajo para reunirse con los pretendientes.
Entonces la diosa de ojos brillantes, Atenea, concibió otra idea. Tomando la
forma de Telémaco marchó por toda la ciudad y poniéndose cerca de cada hombre
les decía su palabra; les ordenaba que se congregaran con el crepúsculo junto a
la rápida nave. Después pidió una rápida nave a Noemón, esclarecido hijo de
Fronio, y éste se la ofreció de buena gana. Y se sumergió Helios y todos los
caminos se llenaron de sombras. Entonces empujó hacia el mar a la rápida nave,
puso en ella todas las provisiones que suelen llevar las naves de buenos bancos
y la detuvo al final del puerto.
Los valientes compañeros ya se habían congregado en grupo, pues la diosa había
movido a cada uno en particular.
Entonces la diosa de ojos brillantes, Atenea, concibió otra idea: se puso en
camino hacia el palacio del divino Odiseo y una vez allí derramó dulce sueño
sobre los pretendientes, los hechizó cuando bebían e hizo caer las copas de sus
manos. Y éstos se apresuraron por la ciudad para ir a dormir y ya no estuvieron
sentados por más tiempo, pues el sueño se posaba sobre sus párpados.
Entonces Atenea, de ojos brillantes, se dirigió a Telémaco llamándolo desde
fuera del palacio, agradable para vivir, asemejándose a Méntor en la figura y
timbre de voz:
«Ya tienes sentados al remo a tus compañeros de hermosas grebas y esperan tu
partida. Vamos, no retrasemos por más tiempo el viaje.»
Así habló, y lo condujo rápidamente Palas Atenea, y él marchaba en pos de las
huellas de la diosa. Cuando llegaron a la nave y al mar encontraron sobre la
ribera a los aqueos de largo cabello y entre ellos habló la sagrada fuerza de
Telémaco:
«Aquí, los míos, traigamos las provisiones; ya está todo junto en mi palacio. Mi
madre no está enterada de nada ni las demás esclavas; sólo una ha oído mi
palabra.»
Así habló y los condujo, y ellos le seguían de cerca. Se llevaron todo y lo
pusieron en la nave de buenos bancos como había ordenado el querido hijo de
Odiseo.
Subió luego Telémaco a la nave; Atenea iba delante y se sentó en la popa, y a su
lado se sentó Telémaco.
Los compañeros soltaron las amarras, subieron todos y se sentaron en los bancos.
Y Atenea, de ojos brillantes, les envió un viento favorable, el fresco Céfiro
que silba sobre el ponto rojo como el vino.
Telémaco animó a sus compañeros, les ordenó que se asieran a las jarcias y éstos
escucharon al que les urgía. Levantaron el mástil de abeto y lo colocaron dentro
del hueco construido en medio, lo ataron con maromas y extendieron las blancas
velas con bien retorcidas correas de piel de buey. El viento hinchó la vela
central y las purpúreas olas bramaron a los lados de la quilla de la nave en su
marcha, y corría apresurando su camino sobre las olas.
Después ataron los aparejos a la rápida nave y levantaron las cráteras llenas de
vino hasta los bordes haciendo libaciones a los inmortales dioses, que han
nacido para siempre, y entre todos especialmente a la de ojos brillantes, a la
hija de Zeus.
Y la nave continuó su camino toda la noche y durante el amanecer.
CANTO III
TELÉMACO VIAJA A PILOS PARA INFORMARSE
SOBRE SU PADRE
Habíase levantado Helios, abandonando el hermosísimo estanque del mar, hacia el
broncíneo cielo para alumbrar a los inmortales y a los mortales caducos sobre la
Tierra donadora de vida, cuando llegaron a Pilos, la bien construida ciudadela
de Neleo.
Los pilios estaban sacrificando sobre la ribera del mar toros totalmente negros
en honor del de azuloscura cabellera, el que sacude las tierras. Había nueve
asientos y en cada uno estaban sentados quinientos hombres y de cada uno hacían
ofrenda de nueve toros. Mientras éstos gustaban las entrañas y quemaban los
muslos en honor del dios, los itacenses entraban en el puerto; amainaron las
velas de la equilibrada nave, las ataron, fondearon la nave y descendieron.
Entonces descendió Telémaco de la nave y Atenea iba delante. Y a él dirigió sus
primeras palabras la diosa de ojos briIlantes:
«Telémaco, ya no has de tener vergüenza, ni un poco siquiera, pues has navegado
el mar para inquirir dónde oculta la tierra a tu padre y qué suerte ha corrido.
«Conque, vamos, marcha directamente a casa de Néstor, domador de caballos;
sepamos qué pensamientos guarda en su pecho. Y suplícale para que te diga la
verdad; mentira no te dirá, es muy discreto.»
Y le contestó Telémaco discretamente:
«Méntor, ¿cómo voy a ir a abrazar sus rodillas? No tengo aún experiencia alguna
en discursos ajustados. Y además a un hombre joven le da vergüenza preguntar a
uno más viejo.»
Y la diosa de ojos brillantes, Atenea, se dirigió de nuevo a él:
«Telémaco, unas palabras las concebirás en tu propia mente y otras te las
infundirá la divinidad. Estoy seguro de que tú has nacido y te has criado no sin
1a voluntad de los dioses.»
Así habló y lo condujo con rapidez Palas Atenea, y él siguió en pos de la diosa.
Llegaron a la asamblea y a los asientos de los hombres de Pilos, donde Néstor
estaba sentado con sus hijos, y en torno a ellos los compañeros asaban la carne
y la ensartaban preparando el banquete.
Cuando vieron a los forasteros se reunieron todos en grupo, les tomaron de las
manos en señal de bienvenida y les ordenaron sentarse. Pisístrato, el hijo de
Néstor, fue el primero que se les acercó: les tomó a ambos de la mano y los hizo
sentarse en torno al banquete sobre blandas pieles de ovejas, en las arenas
marinas, a la vera de su hermano Trasimedes y de su padre. Luego les dió parte
de las entrañas, les vertió vino en copa de oro y dirigió a Palas Atenea, la
hija de Zeus, portador de égidas, sus palabras de bienvenida:
«Forastero, eleva tus súplicas al soberano Poseidón, pues en su honor es el
banquete con el que os habéis encontrado al llegar aquí. Luego que hayas hecho
las libaciones y súplicas como está mandado, entrega también a éste la copa de
agradable vino para que haga libación; que también él, creo yo, hace súplicas a
los inmortales, pues todos los hombres. necesitan a los dioses. Pero es más
joven, de mi misma edad, por eso quiero darte a ti primero la copa de oro.»
Así diciendo, puso en su mano la copa de agradable vino; Atenea dio las gracias
al discreto, al cabal hombre, porque le había dado a ella primero la copa de oro
y a continuación dirigió una larga plegaria al soberano Poseidón:
«Escúchame, Poseidón, que conduces tu carro por la tierra, y no te opongas por
rencor a que los que te suplican llevemos a término esta empresa. Concede a
Néstor antes que a nadie, y a sus hijos, honor, y después concede a los demás
pilios una recompensa en reconocimiento por su espléndida hecatombe. Concede
también a Telémaco y a mí que volvamos después de haber conseguido aquello por
lo que hemos venido aquí en veloz, negra nave.»
Así orando, realizó (ritualmente) todo y entregó a Telémaco la hermosa copa
doble. Y el querido hijo de Odiseo elevó su súplica de modo semejante.
Cuando habían asado la carne exterior de las víctimas, la sacaron del asador,
repartieron las porciones y se aplicaron al magnífico festín. Y después que
habían echado de sí el apetito de comer y beber, comenzó a hablarles el de
Gerenias, el caballero Néstor:
«Ahora que se han saciado de comida, lo mejor es entablar conversación y
preguntar a los forasteros quiénes son. Forasteros, ¿quiénes sois?, ¿de dónde
habéis llegado navegando los húmedos senderos? ¿Andáis errantes por algún asunto
o sin rumbo como los piratas por la mar, los que andan a la aventura exponiendo
sus vidas y llevando la destrucción a los de otras tierras?»
Y Telémaco se llenó de valor y le contestó discretamente pues la misma Atenea le
infundió valor en su interior para que le preguntara sobre su padre ausente y
para que cobrara fama de valiente entre los hombres:
«Néstor, hijo de Neleo, gran honra de los aqueos, preguntas de dónde somos y yo
te lo voy a exponer en detalle.
«Hemos venido de Itaca, a los pies del monte Neyo, y el asunto de que te voy a
hablar es privado, no público. Ando a lo ancho en busca de noticias sobre mi
padre por si las oigo en algún sitio , de Odiseo el divino, el sufridor, de
quien dicen que en otro tiempo arrasó la ciudad de Troya luchando a tu lado. Ya
me he enterado dónde alcanzó luctuosa muerte cada uno de cuantos lucharon contra
los troyanos, pero su muerte la ha hecho desconocida el hijo de Crono, pues
nadie es capaz de decirme claramente dónde está muerto, si ha sucumbido en
tierra firme a manos de hombres enemigos o en el mar entre las olas de Anfitrite.
Por esto me llego ahora a tus rodillas, por si quieres contarme su luctuosa
muerte la hayas visto con tus propios ojos o hayas escuchado el relato de algún
caminante ; ¡digno de lástima lo parió su madre! Y no endulces tus palabras por
respeto ni piedad, antes bien cuéntame detalladamente cómo llegaste a verlo. Te
lo suplico si es que alguna vez mi padre, el noble Odiseo, te prometió algo y te
lo cumplió en el pueblo de los troyanos donde los aqueos sufríais penalidades.
Acuérdate de esto ahora y cuéntame la verdad.»
Y le contestó luego el de Gerenia, el caballero Néstor:
«Hijo mío, puesto que me has recordado los infortunios que tuvimos que soportar
en aquel país los hijos de los aqueos de incontenible furia: cuánto vagamos con
las naves en el brumoso ponto, a la deriva en busca de botín por donde nos
guiaba Aquiles y cuánto combatimos en torno a la gran ciudad del soberano
Príamo... Allí murieron los mejores: allí reposa Ayax, hijo de Ares, y allí
Aquiles, y allí Patroslo, consejero de la talla de los dioses, y allí mi querido
hijo, fuerte a la vez que irreprochable, Antíloco, que sobresalía en la carrera
y en el combate. Otros muchos males sufrimos además de éstos. ¿Quién de los
mortales hombres podría contar todas aquellas cosas? Nadie, por más que te
quedaras a su lado cinco o seis años para preguntarle cuántos males sufrieron
allí los aqueos de linaje divino. Antes volverías apesadumbrado a tu tierra
patria. Durante nueve años tramamos desgracias contra ellos acechándoles con
toda clase de engaños y a duras penas puso término (a la guerra) el hijo de
Cronos.
«Jamás quiso nadie igualársele en inteligencia, puesto que el divino Odiseo era
muy superior en toda clase de astucias, tu padre, si es que verdaderamente eres
descendencia suya. (Al verte se apodera de mí el asombro. En verdad vuestras
palabras son parecidas y no se puede decir que un hombre joven hable tan
discretamente.)
«Jamás, durante todo el tiempo que estuvimos allí, hablábamos de diferente modo
yo y el divino Odiseo ni en la asamblea ni en el consejo, sino que teníamos un
solo pensamiento, y con juicio y prudente consejo mostrábamos a los aqueos cómo
saldría todo mejor.
«Después, cuando habíamos saqueado la elevada ciudad de Príamo y embarcamos en
las naves y la divinidad dispersó a los aqueos, Zeus concibió en su mente un
regreso lamentable para los argivos porque no todos eran prudentes ni justos.
Así que muchos de éstos fueron al encuentro de una desgraciada muerte por causa
de la funesta cólera de la de poderoso padre, de la de ojos brillantes que
asentó la Disensión entre ambos atridas. Convocaron éstos en asamblea a todos
los aqueos, insensatamente, a destiempo, cuando Helios se sumerge, y los hijos
de los aqueos se presentaron pesados por el vino, y les dijeron por qué habían
reunido al ejército.
«Allí Menelao aconsejaba a todos los aqueos que pensaran en volver sobre el
ancho lomo del mar. Pero no agradó en absoluto a Agamenón, pues quería retener
al pueblo y ejecutar sagradas hecatombes para aplacar la tremenda cólera de
Atenea. ¡Necio!, no sabía que no iba a persuadirla, que no se doblega
rápidamente la voluntad de los dioses que viven siempre. Así que los dos se
pusieron en pie y se contestaban con palabras agrias. Y los hijos de los aqueos
de hermosas grebas se levantaron con un vocerío sobrehumano: divididos en dos
bandos les agradaba una a otra decisión.
«Pasamos la noche removiendo en nuestro interior maldades unos contra otros,
pues ya Zeus nos preparaba el azote de la desgracia.
«Al amanecer algunos arrastramos las naves hasta el divino mar y metimos
nuestros botines y las mujeres de profundas cinturas. La mitad del ejército
permaneció allí, al lado del atrida Agamenón, pastor de su pueblo, pero la otra
mitad embarcamos y partimos. Nuestras naves navegaban muy aprisa una divinidad
había calmado el ponto que encierra grandes monstruos y llegados a Ténedos
realizamos sacrificios a los dioses con el deseo de volver a casa. Pero Zeus no
se preocupó aún de nuestro regreso. ¡Cruel! Él, que levantó por segunda vez
agria disensión: unos dieron la vuelta a sus bien curvadas naves y retornaron
con el prudente soberano Odiseo, el de pensamientos complicados, para dar
satisfacción al atrida Agamenón, pero yo, con todas mis naves agrupadas, las que
me seguían, marché de allí porque barruntaba que la divinidad nos preparaba
desgracias.
«También marchó el belicoso hijo de Tideo y arrastró consigo a sus compañeros y
más tarde navegó a nuestro lado el rubio Menelao nos encontró en Lesbos cuando
planeábamos el largo regreso: o navegar por encima de la escabrosa Quios en
dirección de la isla Psiría dejándola a la izquierda o bien por debajo de Quios
junto al ventiscoso Mirnante. Pedimos a la divinidad que nos mostrara un
prodigio y enseguida ésta nos lo mostró y nos aconsejó cortar por la mitad del
mar en dirección a Eubea, para poder escapar rápidamente de la desgracia. Así
que levantó, para que soplara, un sonoro viento y las naves recorrieron con suma
rapidez los pecillenos caminos. Durante la noche arribaron a Geresto y ofrecimos
a Poseidón muchos muslos de toros por haber recorrido el gran mar. Era el cuarto
día cuando los compañeros del tidida Diomedes, el domador de caballos, fondearon
sus equilibradas naves en Argos. Después yo me dirigí a Pilos y ya nunca se
extinguió el viento desde que al principio una divinidad lo envió para que
soplara. Así llegué, hijo mío, sin enterarme, sin saber quiénes se salvaron de
los aqueos y quiénes perecieron, pero cuanto he oído sentado en mi palacio lo
sabrás como es justo y nada te ocultaré. Dicen que han llegado bien los
mirmidones famosos por sus lanzas, a los que conducía el ilustre hijo del
valeroso Aquiles y que llegó bien Filoctetes, el brillante hijo de Poyante.
Idomeneo condujo hasta Creta a todos sus compañeros, los que habían sobrevivido
a la guerra, y el mar no se le engulló a ninguno. En cuanto al Atrida, ya habéis
oído vosotros mismos, aunque estáis lejos, cómo llegó y cómo Egisto le había
preparado una miserable muerte, aunque ya ha pagado lamentablemente. ¡Qué bueno
es que a un hombre muerto le quede un hijo! Pues aquél se ha vengado del asesino
de su padre, del tramposo Egisto, porque le había asesinado a su ilustre padre.
También tú, hijo pues te veo vigoroso y bello , sé fuerte para que cualquiera de
tus descendientes hable bien de. ti.»
Y le contestó Telémaco discretamente:
«Néstor, hijo de Neleo, gran honra de los aqueos, así es, por cierto; aquél se
vengó y los aqueos llevarán a lo largo y a lo ancho su fama, motivo de canto
para los venideros.
«¡Ojalá los dioses me dotaran de igual fuerza para hacer pagar a los
pretendientes por su dolorosa insolencia!, pues ensoberbecidos me preparan
acciones malvadas. Pero los dioses no han tejido para mí tal dicha; ni para mi
padre ni para mí. Y ahora no hay más remedio que aguantar.»
Y le contestó luego el de Gerenia, el caballero Néstor:
«Amigo puesto que me has recordado y dicho esto , dicen que muchos pretendientes
de tu madre están cometiendo muchas injusticias en él palacio contra tu
voluntad. Dime si cedes de buen gusto o te odia la gente en el pueblo siguiendo
una inspiración de la divinidad. ¡Quién sabe si llegará Odiseo algún día y les
hará pagar sus acciones violentas, él solo o todos los aqueos. juntos! Pues si
la de ojos brillantes, Atenea, quiere amarte del mismo modo que protegía al
ilustre Odiseo en aquel entonces en el pueblo de los troyanos donde los aqueos
pasamos penalidades (pues nunca he visto que los dioses amen tan a las claras
como Palas Atenea le asistía a él), si quiere amarte a ti así y preocuparte de
ti en su ánimo, cualquiera de aquéllos se olvidaría del matrimonio.»
Y le contestó Telémaco discretamente:
«Anciano, no creo que esas palabras lleguen a realizarse nunca. Has dicho algo
excesivamente grande. El estupor me tiene sujeto. Esas cosas no podrían
sucederme por más que lo espere ni aunque los dioses lo quisieran así.»
Y de pronto la diosa de ojos brillantes, Atenea, se dirigió a él:
«¡Telémaco, qué palabra ha escapado del cerco de tus dientes! Es fácil para un
dios, si quiere, salvar a un hombre aun desde lejos. Preferiría yo volver a casa
aun después de sufrir mucho y ver el día de mi regreso, antes que morir al
llegar, en mi propio hogar, como ha perecido Agamenón víctima de una trampa de
Egisto y de su esposa. Pero, en verdad, ni siquiera los dioses pueden apartar la
muerte, común a todos, de un hombre, por muy querido que les sea, cuando ya lo
ha alcanzado el funesto Destino de la muerte de largos lamentos.»
Y le contestó discretamente Telémaco:
«Méntor, no hablemos más de esto aun a pesar de nuestra preocupación. En verdad
ya no hay para él regreso alguno, que los dioses le han pensado la muerte y la
negra Ker. Ahora quiero hacer otra indagación y preguntarle a Néstor, puesto que
él sobresale por encima de los demás en justicia a inteligencia. Pues dicen que
ha sido soberano de tres generaciones de hombres, y así me parece inmortal al
mirarlo. Néstor, hijo de Neleo y dime la verdad , ¿cómo murió el poderoso atrida
Agamenón?, ¿dónde estaba Menelao?, ¿qué muerte le preparó el tramposo Egisto,
puesto que mató a uno mucho mejor que él? ¿O es que no estaba en Argos de Acaya,
sino que andaba errante, en cualquier otro sitio, y Egisto lo mató cobrando
valor?»
Y le contestó a continuación el de Gerenia, el caballero Néstor:
«Hijo, te voy a decir toda la verdad. Tú mismo puedes imaginarte qué habría
pasado si al volver de Troya el Atrida, el rubio Menelao, hubiera encontrado
vivo a Egisto en el palacio. Con seguridad no habrían echado tierra sobre su
cadáver, sino que los perros y las aves, tirado en la llanura lejos de la
ciudad, lo habrían despedazado sin que lo llorara ninguna de las aqueas: ¡tan
gran crimen cometió! Mientras nosotros realizábamos en Troya innumerables
pruebas, él estaba tranquilamente en el centro de Argos, criadora de caballos, y
trataba de seducir poco a poco a la esposa de Agamenón con sus palabras.
«Esta, al principio, se negaba al vergonzoso hecho, la divina Clitemnestra, pues
poseía un noble corazón, y a su lado estaba también el aedo, a quien el Atrida
al marchar a Troya había encomendado encarecidamente que protegiera a su esposa.
Pero cuando el Destino de los dioses la forzó a sucumbir se llevó al aedo a una
isla desierta y lo dejó como presa y botin de las aves. Y Egisto la llevó a su
casa de buen grado sin que se opusiera. Luego quemó muchos muslos sobre los
sagrados altares de los dioses y colgó muchas ofrendas vestidos y oro por haber
realizado la gran hazaña que jamás esperó en su ánimo llevar a cabo.
«Nosotros navegábamos juntos desde Troya, el Atrida y yo, con sentimientos
comunes de amistad. Pero cuando llegamos al sagrado Sunio, el promontorio de
Atenas, Febo Apolo mató al piloto de Menelao alcanzándole con sus suaves flechas
cuando tenía entre sus manos el timón de la nave, a Frontis, hijo de Onetor, que
superaba a la mayoría de los hombres en gobernar la nave cuando se
desencadenaban las tempestades. Asi que se detuvo allí, aunque anhelaba el
camino, para enterrar a su compañero y hacerle las honras fúnebres.
«Cuando ya de camino sobre el ponto rojo como el vino alcanzó con sus cóncavas
naves la escarpada montaña de Maleas en su carrera, en ese momento el que ve a
lo ancho, Zeus, concibió para él un viaje luctuoso y derramó un huracán de
silbantes vientos y monstruosas bien nutridas olas semejantes a montes. Allí
dividió parte de las naves e impulsó a unas hacia Creta, donde viven los Cidones
en torno a la corriente del Jardano. Hay una pelada y elevada roca que se mete
en el agua, en el extremo de Górtina, en el nebuloso ponto, donde Noto impulsa
las grandes olas hacia el lado izquierdo del saliente, en dirección a Festos, y
una pequeña piedra detiene las grandes olas. Allí llegaron las naves y los
hombres consiguieron evitar la muerte a duras penas, pero las olas quebraron las
naves contra los escollos. Sin embargo, a otras cinco naves de azuloscuras proas
el viento y el agua las impulsaron hacia Egipto. Allí reunió éste abundantes
bienes y oro, y se dirigió con sus naves en busca de gentes de lengua extraña.
«Y, entre tanto, Egisto planeó estas malvadas acciones en casa, y después de
asesinar al Atrida, el pueblo le estaba sometido. Siete años reinó sóbre la
dorada Micenas, pero al octavo llegó de vuelta de Atenas el divino Orestes para
su mál y mató al asesino de su padre, a Egisto, al inventor de engaños, porque
había asesinado a su ilustre padre. Y después de matarlo dió a los argivos un
banquete fúnebre por su odiada madre y por el cobarde Egisto.
«Ese mismo día llegó Menelao, de recia voz guerrera, trayendo muchas riquezas,
cuantas podían soportar sus naves en peso.
«En cuanto a ti, amigo, no andes errante mucho tiempo lejos de tu casa, dejando
tus posesiones y hombres tan arrogantes en tu palacio, no sea que se lo repartan
todos tus bienes y se los coman y camines un viaje baldío. Antes bien, te
aconsejo y exhorto a que vayas junto a Menelao, pues él está recién llegado de
otras regiones, de entre tales hombres de los que nunca soñaría poder regresar
aquel a quien los huracanes lo impulsen desde el principio hacia un mar tan
grande que ni las aves son capaces de recorrerlo en un año entero, puesto que es
grande y terrorífico. Vamos, márchate con la nave y los compañeros, pero si
quieres ir por tierra tienes a tu disposición un carro y caballos y a la
disposición están mis hijos que te servirán de escolta hasta la divina
Lacedemonia, donde está el rubio Menelao. Ruégale para que te diga la verdad;
mentira no te dirá, es muy discreto.»
Así habló, y Helios se sumergió y sobrevino la oscuridad.
Y les dijo la diosa de ojos brillantes, Atenea:
«Anciano, has hablado como te corresponde. Pero, vamos, cortad las lenguas y
mezclad el vino para que hagamos libaciones a Poseidón y a los demás inmortales
y nos ocupemos de dormir, pues ya es hora. Ya ha descendido la luz a la región
de las sombras y no es bueno estar sentado mucho tiempo en un banquete en honor
de los dioses, sino regresar.»
Así habló la hija de Zeus y ellos prestaron atención a la que hablaba.
Y los heraldos derramaron agua sobre sus manos y los jóvenes coronaron de vino
las cráteras y lo repartieron entre todos haciendo una primera ofrenda, por
orden, en las copas. Luego arrojaron las lenguas al fuego y se pusieron en pie
para hacer la libación.
Cuando hubieron libado y bebido cuanto su apetito les pedía, Atenea y Telémaco,
semejante a un dios, se pusieron en camino para volver a la cóncava nave. Pero
Néstor todavía los retuvo tocándolos con sus palabras:
«No permitirán Zeus y los demás dioses inmortales que volváis de mi casa a la
rápida nave como de casa de uno que carece por completo de ropas, o de un
indigente que no tiene mantas ni abundantes sábanas en casa ni un dormir blando
para sí y para sus huéspedes. Que en mi casa hay mantas y sábanas hermosas. No
dormirá sobre los maderos de su nave el querido hijo de Odiseo mientras yo viva
y aún me queden hijos en el palacio para hospedar a mis huéspedes, quienquiera
que sea el que arribe a mi palacio.»
Y la diosa de ojos brillantes, Atenea, le dijo:
«Has hablado bien, anciano amigo. Sería conveniente que Telémaco te hiciera
caso. Así, pues, él te seguirá para dormir en tu palacio, pero yo marcharé a la
negra nave para animar a los compañeros y darles órdenes, pues me precio de ser
el más anciano entre ellos. Y los demás nos siguen por amistad, hombres jóvenes
todos, de la misma edad que el valiente Telémaco. Yo dormiré en la cóncava,
negra nave, y al amanecer iré junto a los impetuosos caucones, dondé se me debe
una deuda no de ahora ni pequeña, desde luego.
«Tú, envíalo con un carro y un hijo tuyo, pues ha llegado a tu casa como
huésped. Y dale caballos, los que sean más veloces en la carrera y más
excelentes en vigor.» .
Así hablando partió la de ojos brillantes, Atenea, tomando la forma del buitre
barbado.
Y la admiración atenazó a todos los aqueos. Admiróse el anciano cuando lo vio
con sus ojos y tomando la mano de Telémaco le dirigió su palabra y le llamó por
su nombre.
«Amigo, no creo que llegues a ser débil ni cobarde si ya, tan joven, lo siguen
los dioses como escolta. Pues éste no era otro de entre los que ocupan las
mansiones del Olimpo que la hija de Zeus, la rapaz Tritogéneia, la que honraba
también a tu noble padre entre los argivos. Soberana, séme propicia, dame fama
de nobleza a mí mismo, a mis hijos y a mi venerable esposa y a cambio yo te
sacrificaré una cariancha novilla de un año, no domada, a la que jamás un hombre
haya llevado bajo el yugo. Te la sacrificaré rodeando de oro sus cuernos.»
Así dirigió sus súplicas y Palas Atenea le escuchó. Y el de Gerenia, el
caballero Néstor, condujo a sus hijos y yernos hacia sus hermosas mansiones.
Cuando llegaron al palacio de este soberano se sentaron por orden en sillas y
sillones y, una vez llegados, el anciano les mezcló una crátera de vino dulce al
paladar que el ama de llaves abrió a los once años de estar cerrada desatando la
cubierta. El anciano mezcló una crátera de este vino y oró a Atenea al hacer la
libación, a la hija de Zeus el que lleva la égida.
Después, cuando hubieron hecho la libación y bebido cuanto les pedía su apetito,
los parientes marcharon cada uno a su casa para dormir. Pero a Telémaco, el
querido hijo del divino Odiseo, lo hizo acostarse allí mismo el de Gerenia, el
caballero Néstor, en un lecho taladrado bajo el sonoro pórtico. Y a su lado hizo
acostarse a Pisístrato de buena lanza de fresno, caudillo de guerreros, el que
de sus hijos permanecía todavía soltero en el palacio.
Néstor durmió en el centro de la elevada mansión y su señora esposa le preparó
el lecho y la cama.
Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, se
levantó del lecho el de Gerenia, el caballero Néstor. Salió y se sentó sobre las
pulimentadas piedras que tenía, blancas, resplandecientes de aceite, delante de
las elevadas puertas, sobre las que solía sentarse antes Neleo, consejero de la
talla de los dioses. Pero éste había ya marchado a Hades sometido por Ker, y
entonces se sentaba Néstor, el de Gerenia, el guardián de los aqueos, el que
tenía el cetro.
Y sus hijos se congregaron en torno suyo cuando salieron de sus dormitorios,
Equefrón y Estratio, Perseo y Trasímedes semejante a un dios. A continuación
llegó a ellos en sexto lugar el héroe Pisístrato, y a su lado sentaron a
Telémaco semejante a los dioses.
Y entre ellos comenzó a hablar el de Gerenia, el caballero Néstor:
«Hijos míos, llevad a cabo rápidamente mi deseo para que antes que a los demás
dioses propicie a Atenea, la que vino manifiestamente al abundante banquete en
honor del dios. Vamos, que uno marche a la llanura a por una novilla de modo que
llegue lo antes posible: que la conduzca el boyero; que otro marche a la negra
nave del valiente Telémaco y traiga a todos los compañeros dejando sólo dos; que
otro ordene que se presente aquí Laerques, el que derrama el oro, para que
derrame oro en torno a los cuernos de la novilla. Los demás quedaos aquí
reunidos y decid a las esclavas que dispongan un banquete dentro del ilustre
palacio; que traigan asientos y leña alrededor y brillante agua.»
Así habló, y al punto todos se apresuraron. Y llegó enseguida la novilla de la
llanura y llegaron los compañeros del valiente Telémaco de junto a la
equilibrada nave; y llegó el broncero llevando en sus manos las herramientas de
bronce, perfección del arte: el yunque y el martillo y las bien labradas tenazas
con las que trabajaba el oro. Y llegó Atenea para asistir a los sacrificios.
El anciano, el cabalgador de caballos, Néstor, le entregó oro a Laerques, y éste
lo trabajó y derramó por los cuernos de la novilla para que la diosa se alegrara
al ver la ofrenda. Y llevaron a la novilla por los cuernos Estratio y el divino
Equefrón; y Areto salió de su dormitorio llevándoles el agua manos en una vasija
adornada con flores y en la otra llevaba la cebada tostada dentro de una cesta.
Y Trasímedes, el fuerte en la lucha, se presentó con una afilada hacha en la
mano para herir a la novilla, y Perseo sostenía el vaso para la sangre.
El anciano, el cabalgador de caballos, Néstor, comenzó las abluciones y la
esparsión de la cebada sobre el altar suplicando insitentemente a Atenea
mientras realizaba el rito preliminar de arrojar al fuego cabellos de su testuz.
Cuando acabaron de hacer las súplicas y la esparsión de la cebada, el hijo de
Néstor, el muy valiente Trasímedes, condujo a la novilla, se colocó cerca, y el
hacha segó los tendones del cuello y debilitó la fuerza de la novilla. Y
lanzaron el grito ritual las hijas y nueras y la venerable esposa de Néstor,
Eurídice, la mayor de las hijas de Climeno.
Luego levantaron a la novilla de la tierra de anchos caminos, la sostuvieron y
al punto la degolló Pisístrato, caudillo de guerreros.
Después que la oscura sangre le salió a chorros y el aliento abandonó sus
huesos, la descuartizaron enseguida, le cortaron las piernas según el rito, las
cubrieron con grasa por ambos lados, haciéndolo en dos capas y pusieron sobre
ellas la carne cruda. Entonces el anciano las quemó sobre la leña y por encima
vertió rojo vino mientras los jóvenes cerca de él sostenían en sus manos
tenedores de cinco puntas.
Después que las piernas se habían consumido por completo y que habían gustado
las entrañas cortaron el resto en, pequeños trozos, lo ensartaron y lo asaron
sosteniendo los puntiagudos tenedores en sus manos.
Entre tanto, la linda Policasta lavaba a Telémaco, la más joven hija de Néstor,
el hijo de Neleo. Después que lo hubo lavado y ungido con aceite le rodeó el
cuerpo con una túnica y un manto. Salió Telémaco del baño, su cuerpo semejante a
los inmortales, y fue a sentarse al lado de Néstor, pastor de su pueblo. Luego
que la parte superior de la carne estuvo asada, la sacaron y se sentaron a
comer, y unos jóvenes nobles se levantaron para escanciar el vino en copas de
oro.
Después que arrojaron de sí el deseo de comida y bebida, comenzó a hablarles el
de Gerenia, el caballero Néstor:
«Hijos míos, vamos, traed a Telémaco caballos de hermosas crines y enganchadlos
al carro para que prosiga con rapidez su viaje.»
Así habló, y ellos le escucharon y le hicieron caso, y con diligencia
engancharon al carro ligeros corceles. Y la mujer, la ama de llaves, le preparó
vino y provisiones como las que comen los reyes a los que alimenta Zeus.
Enseguida ascendió Telémaco al hermoso carro, y a su lado subió el hijo de
Néstor, Pisístrato, el caudillo de guerreros. Empuñó las riendas y restalló el
látigo para que partieran, y los dos caballos se lanzaron de buena gana a la
llanura abandonando la elevada ciudad de Pilos. Durante todo el día agitaron el
yugo sosteniéndolo por ambos lados.
Y Helios se sumergió y todos los caminos se llenaron de sombras cuando llegaron
a Feras, al palacio de Diocles, el hijo de Ortíloco a quien Alfeo había
engendrado. Allí durmieron aquella noche, pues él les ofreció hospitalidad.
Y se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa; engancharon los
caballos, subieron al bien trabajado carro y salieron del pórtico y de la
resonante galería.
Restalló Pisístrato el látigo para que partieran, y los dos caballos se lanzaron
de buena gana, y llegaron a la llanura, a la que produce trigo, poniendo término
a su viaje: ¡de tal manera lo llevaban los veloces caballos!
Y se sumergió Helios y todos los caminos se llenaron de sombras.
CANTO IV
TELÉMACO VIAJA A ESPARTA
PARA INFORMASE SOBRE SU PADRE
Llegaron éstos a la cóncava y cavernosa Lacedemonia y se encaminaron al palacio
del ilustre Menelao. Lo encontraron con numerosos allegados, celebrando con un
banquete la boda de su hijo e ilustre hija. A su hija iba a enviarla al hijo de
Aquiles, el que rompe las filas enemigas; que en Troya se la ofreció por vez
primera y prometió entregarla, y los dioses iban a llevarles a término las
bodas. Mandábale ir con caballos y carros a la muy ilustre ciudad de los
mirmidones, sobre los cuales reinaba aquél. A su hijo le entregaba como esposa
la hija de Alector, procedente de Esparta. El vigoroso Megapentes, su hijo, le
había nacido muy querido de una esclava, que los dioses ya no dieron un hijo a
Helena luego que le hubo nacido el primer hijo la deseada Hermione, que poseía
la hermosura de la dorada Afrodita.
Conque se deleitaban y celebraban banquetes en el gran palacio de techo elevado
los vecinos y parientes del ilustre Menelao; un divino aedo les cantaba tocando
la cítara, y dos volatineros giraban en medio de ellos, dando comienzo a la
danza.
Y los dos jóvenes, el héroe Telémaco y el ilustre hijo de Néstor se detuvieron y
detuvieron los caballos a la puerta del palacio. Violos el noble Eteoneo cuando
salía, ágil servidor del ilustre Menelao, y echó a andar por el palacio para
comunicárselo al pastor de su pueblo. Y poniéndose junto a él le dijo aladas
palabras:
«Hay dos forasteros, Menelao, vástago de Zeus, dos mozos semejantes al linaje
del gran Zeus. Dime si desenganchamos sus rápidos caballos o les mandamos que
vayan a casa de otro que los reciba amistosamente.»
Y el rubio Menelao le dijo muy irritado:
«Antes no eras tan simple, Eteoneo, hijo de Boeto, mas ahora dices sandeces
corno un niño. También nosotros llegamos aquí, los dos, después de comer muchas
veces por amor de la hospitalidad de otros hombres. ¡Ojalá Zeus nos quite de la
pobreza para el futuro! Desengancha los caballos de los forasteros y hazlos
entrar para que se les agasaje en la mesa».
Así dijo; salió aquél del palacio y llamó a otros diligentes servidores para que
lo acompañaran. Desengancharon los caballos sudorosos bajo el yugo y los ataron
a los pesebres, al lado pusieron escanda y mezclaron blanca cebada; arrimaron
los carros al muro resplandeciente e introdujeron a los forasteros en la divina
morada. Estos, al observarlo, admirábanse del palacio del rey, vástago de Zeus;
que había un resplandor como del sol o de la luna en el palacio de elevado techo
del glorioso Menelao. Luego que se hubieron saciado de verlo con sus ojos,
marcharon a unas bañeras bien pulidas y se lavaron. Y luego que las esclavas los
hubieron ungido con aceite, les pusieron ropas de lana y mantos y fueron a
sentarse en sillas junto al Atrida Menelao. Y una esclava virtió agua de
lavamanos que traía en bello jarro de oro sobre fuente de plata y colocó al lado
una pulida mesa. Y la venerable ama de llaves trajo pan y sirvió la mesa
colocando abundantes alimentos, favoreciéndoles entre los que estaban presentes.
Y el trinchador les sacó platos de carnes de todas clases y puso a su lado copas
de oro. Y mostrándoselos, decía el prudente Menelao:
«Comed y alegraos, que luego que os hayáis alimentado con estos manjares os
preguntaremos quiénes sois de los hombres. Pues sin duda el linaje de vuestros
padres no se ha perdido, sino que sois vástagos de reyes que llevan cetro de
linaje divino, que los plebeyos no engendran mozos así.»
Así diciendo puso junto a ellos, asiéndolo con la mano, un grueso lomo asado de
buey que le habían ofrecido a él mismo como presente de honor. Echaron luego
mano a los alimentos colocados delante, y después que arrojaron el deseo de
comida y bebida, Telémaco habló al hijo de Néstor acercando su cabeza para que
los demás no se enteraran:
«Observa, Nestórida grato a mi corazón, el resplandor de bronce en el resonante
palacio, y el del oro, el eléctro, la plata y el marfil. Seguro que es así por
dentro el palacio de Zeus Olímpico. ¡Cuántas cosas inefables!, el asombro me
atenaza al verlas.»
El rubio Menelao se percató de lo que decía y habló aladas palabras:
Hijos míos, ninguno de los mortales podría competir con Zeus, pues son
inmortales su casa y posesiones; pero de los hombres quizá alguno podría
competir conmigo o quizá no en riquezas; las he traído en mis naves y llegué al
octavo año después de haber padecido mucho y andar errante mucho tiempo. Errante
anduve por Chipre, Fenicia y Egipto; llegué a los etiopes, a los sidonios, a los
erembos y a Libia, donde los corderos enseguida crían cuernos, pues las ovejas
paren tres veces en un solo año. Ni amo ni pastor andan allí faltos de queso ni
de carne, ni de dulce leche, pues siempre están dispuestas para dar abundante
leche. Mientras andaba yo errante por allí, reuniendo muchas riquezas, otro mató
a mi hermano a escondidas, sin que se percatara, con el engaño de su funesta
esposa. Así que reino sin alegría sobre estas riquezas. Ya habréis oído esto de
vuestros padres, quienes quiera que sean, pues sufrí muy mucho y destruí un
palacio muy agradable para vivir que contenía muchos y valiosos bienes. ¡Ojalá
habitara yo mi palacio aún con un tercio de éstos, pero estuvieran sanos y
salvos los hombres que murieron en la ancha Troya lejos de Argos, criadora de
caballos. Y aunque lloro y me aflijo a menudo por todos en mi palacio, unas
veces deleito mi ánimo con el llanto y otras descanso, que pronto trae cansancio
el frío llanto. Mas no me lamento tanto por ninguno, aunque me aflija, como por
uno que me amarga el sueño y la comida al recordarlo, pues ninguno de los aqueos
sufrió tanto como Odiseo sufrió y emprendió. Para él habían de ser las
preocupaciones, para mí el dolor siempre insoportable por aquél, pues está lejos
desde hace tiempo y no sabemos si vive o ha muerto. Sin duda lo lloran el
anciano Laertes y la discreta Penélope y Telémaco, a quien dejó en casa recién
nacido.»
Así dijo y provocó en Telémaco el deseo de llorar por su padre. Cayó a tierra
una lágrima de sus párpados al oír hablar de éste, y sujetó ante sus ojos el
purpúreo manto con las manos.
Menelao se percató de ello, y dudaba en su mente y en su corazón si dejarle que
recordara a su padre o indagar él primero y probarlo en cada cosa en particular.
En tanto que agitaba esto en su mente y en su corazón, salió Helena de su
perfumada estancia de elevado techo semejante a Afrodita, la de rueca de oro.
Colocó Adrastra junto a ella un sillón bien trabajado, y Alcipe trajo un tapete
de suave lana. También trajo Filo la canastilla de plata que le había dado
Alcandra, mujer de Pólibo, quien habitaba en Tebas la de Egipto, donde las casas
guardan muchos tesoros. (Dio Pólibo a Menelao dos bañeras de plata, dos trípodes
y diez talentos de oro. Y aparte, su esposa hizo a Helena bellos obsequios: le
regaló una rueca de oro v una canastilla sostenida por ruedas de plata, sus
bordes terminados con oro.) Ofreciósela, pues, Filo, llena de hilo trabajado, y
sobre él se extendía un huso con lana de color violeta. Y se sentó en la silla y
a sus pies tenía un escabel. Y luego preguntó a su esposo, con su palabra, cada
detalle:
«¿Sabemos ya, Menelao, vástago de Zeus, quiénes de los hombres se precian de ser
éstos que han llegado a nuestra casa? ¿Me engañaré o será cierto lo que voy a
decir? El ánimo me lo manda. Y es que creo que nunca vi a nadie tan semejante,
hombre o mujer (¡el asombro me atenaza al contemplarlo!), como éste se parece al
magnífico hijo de Odiseo, a Telémaco, a quien aquel hombre dejó recién nacido en
casa cuando los aqueos marchasteis a Troya por causa de mí, ¡desvergonzada!,
para llevar la guerra.»
Y el rubio Menelao le contestó diciendo:
«También pienso yo ahora, mujer, tal como lo imaginas, pues tales eran los pies
y las manos de aquél, y las miradas de sus ojos, y la cabeza y por encima los
largos cabellos. Así que, al recordarme a Odiseo, he referido ahora cuánto
sufrió y se fatigó aquél por mí. Y él vertía espeso llanto de debajo de sus
cejas sujetando con las manos el purpúreo manto ante sus ojos.»
Y luego Pisístrato, el hijo de Néstor, le dijo:
«Atrida Menelao, vástago de Zeus, caudillo de tu pueblo, en verdad éste es el
hijo de aquél, tal como dices, pero es prudente y se avergüenza en su ánimo de
decir palabras descaradas al venir por primera vez ante ti, cuya voz nos cumple
como la de un dios.
«Néstor me ha enviado, el caballero de Gerenia, para seguirlo como acompañante,
pues deseaba verte a fin de que le sugirieras una palabra o una obra. Pues
muchos pesares tiene en palacio el hijo de un padre ausente si no tiene otros
defensores como le sucede a Telémaco. Ausentóse su padre y no hay otros
defensores entre el pueblo que lo aparten de la desgracia.»
Y el rubio Menelao contestó y dijo a éste:
«!Ay!, ha venido a mi casa el hijo del querido hombre que por mí padeció muchas
pruebas. Pensaba estimarlo por encima de los demás argivos cuando volviera, si
es que Zeus Olímpico, el que ve a lo ancho, nos concedía a los dos regresar en
las veloces naves. Le habría dado como residencia una ciudad en Argos y lé
habría edificado un palacio trayéndolo desde Itaca con sus bienes, su hijo y
todo el pueblo, después de despoblar una sola ciudad de las que se encuentran en
las cercanías y son ahora gobernadas por mí. Sin duda nos habríamos reunido con
frecuencia estando aquí y nada nos habría separado en siendo amigos y estando
contentos, hasta que la negra nube de la muerte nos hubiera envuelto. Pero debía
envidiarlo el dios que ha hecho a aquel desdichado el único que no puede
regresar.»
Así dijo y despertó en todos el deseo de llorar. Lloraba la argiva Helena,
nacida de Zeus, y lloraba Telémaco y el Atrida Menelao. Tampoco el hijo de
Néstor tenía sus ojos sin llanto, pues recordaba en su interior al irreprochable
Antíloco, a quien mató el ilustre hijo de la resplandeciente Eos. Y acordándose
de él dijo aladas palabras:
«Atrida, decía el anciano Néstor cuando lo mentábamos en su palacio, y
conversábamos entre nosotros, que eres muy sensato entre los mortales. Conque
ahora, si es posible, préstame atención. A mí no me cumple lamentarme después de
la cena, pero va a llegar Eos, la que nace de la mañana. No me importará
entonces llorar a quien de los mortales haya perecido y arrastrado su destino.
Esta es la única honra para los miserables mortales, que se corten el cabello y
dejen caer las lágrimas por sus mejillas. Pues también murió un mi hermano que
no era el peor de los argivos tú debes saberlo, pues yo ni fui ni lo vi , y
dicen que era Antíloco superior a los demás, rápido en la carrera y luchador.»
Y le contestó y dijo el rubio Menelao:
«Amigo, has hablado como hablaría y obraría un hombre sensato y que tuviera más
edad que tú. Eres hijo de tal padre porque también tú hablas prudentemente. Es
fácil de reconocer la descendencia del hombre a quien el Cronida concede
felicidad cuando se casa o cuando nace, como ahora ha concedido a Néstor
envejecer cada día tranquilamente en su palacio y que sus hijos sean prudentes y
los mejores con la lanza. Mas dejemos el llanto que se nos ha venido antes y
pensemos de nuevo en la cena; y que viertan agua para las manos. Que Telémaco y
yo tendremos unas palabras al amanecer para conversar entre nosotros.»
Así dijo, y Asfalión vertió agua sobre sus manos, rápido servidor del ilusre
Menelao; y ellos echaron mano de los alimentos que tenían preparados delante.
Entonces Helena, nacida de Zeus, pensó otra cosa: al pronto echó en el vino del
que bebían una droga para disipar el dolor y aplacadora de la cólera que hacía
echar a olvido todos los males. Quien la tomara después de mezclada en la
crátera, no derramaría lágrimas por las mejillas durante un día, ni aunque
hubieran muerto su padre y su madre o mataran ante sus ojos con el bronce a su
hermano o a su hijo. Tales drogas ingeniosas tenía la hija de Zeus, y
excelentes, las que le había dado Polidamna, esposa de Ton, la egipcia, cuya
fértil tierra produce muchísimas drogas, y después de mezclarlas muchas son
buenas y muchas perniciosas; y allí cada uno es médico que sobresale sobre todos
los hombres, pues es vástago de Peón. Así pues, luego que echó la droga ordenó
que se escanciara vino de nuevo; y contestó y dijo su palabra:
«Atrida Menelao, vástago de Zeus, y vosotros, hijos de hombres nobles. En verdad
el dios Zeus nos concede unas veces bienes y otras males, pues lo puede todo.
Comed ahora sentados en el palacio y deleitaos con palabras, que yo voy a
haceros un relato oportuno. Yo no podría contar ni enumerar todos los trabajos
de Odiseo el sufridor, pero sí esto que realizó y soportó el animoso varón en el
pueblo de los troyanos donde los aqueos padecisteis penalidades: infligiéndose a
sí mismo vergonzosas heridas y echándose por los hombros ropas miserables, se
introdujo como un siervo en la ciudad de anchas calles de sus enemigos. Así que
ocultándose, se parecía a otro varón, a un mendigo, quien no era tal en las
naves de los aqueos. Y como tal se introdujo en la ciudad de los troyanos, pero
ninguno de ellos le hizo caso; sólo yo lo reconocí e interrogué, y él me evitaba
con astucia. Sólo cuando lo hube lavado y arreglado con aceite, puesto un
vestido y jurado con firme juramento que no lo descubriría entre los troyanos
hasta que llegara a las rápidas naves y a las tiendas, me manifestó Odiseo todo
el plan de los aqueos. Y después de matar a muchos troyanos con afilado bronce,
marchó junto a los argivos llevándose abundante información. Entonces las
troyanas rompieron a llorar con fuerza, mas mi corazón se alegraba, porque ya
ansiaba regresar rápidamente a mi casa y lamentaba la obcecación que me otorgó
Afrodita cuando me condujo allí lejos de mi patria, alejándome de mi hija, de mi
cama y de mi marido, que no es inferior a nadie ni en juicio ni en porte.»
Y el rubio Menelao le contestó y dijo:
«Sí, mujer, todo lo has dicho como te corresponde. Yo conocí el parecer y la
inteligencia de muchos héroes y he visitado muchas tierras. Pero nunca vi con
mis ojos un corazón tal como era el del sufridor Odiseo. ¡Como esto que hizo y
aguantó el recio varón en el pulido caballo donde estábamos los mejores de los
argivos para llevar muerte y desgracia a los troyanos! Después llegaste tú debió
impulsarte un dios que quería conceder gloria a los troyanos yo seguía Deífobo
semejante a los dioses. Tres veces lo acercaste a palpar la cóncava trampa y
llamaste a los mejores dánaos, designando a cada uno por su nombre, imitando la
voz de las esposas de cada uno de los argivos. También yo y el hijo de Tideo y
el divino Odiseo, sentados en el centro, lo oímos cuando nos llamaste. Nosotros
dos tratamos de echar a andar para salir o responder luego desde dentro. Pero
Odiseo lo impidió y nos contuvo, aunque mucho lo deseábamos. Así que los demás
hijos de los aqueos quedaron en silencio, y sólo Anticlo deseaba contestarte con
su palabra. Pero Odiseo apretó su fuerte mano reciamente sobre la boca y salvó a
todos los aqueos. Y mientras lo retenía, lo llevó lejos Palas Atenea.»
Y le contestó Telémaco discretamente:
«Atrida Menelao, vástago de Zeus, caudillo de hombres, ello es más doloroso,
pues esto no lo apartó de la funesta muerte ni aunque tenía dentro un corazón de
hierro. Pero, vamos, envíanos a la cama para que nos deleitemos ya con el dulce
sueño.»
Así dijo, y la argiva Helena ordenó a las esclavas colocar camas bajo el pórtico
y disponer hermosas mantas de púrpura, extender por encima colchas y sobre ellas
ropas de lana para cubrirse. Así que salieron de la sala sosteniendo antorchas
en sus manos y prepararon las camas. Y un heraldo condujo a los huéspedes.
Acostáronse allí mismo, en el vestíbulo de la casa, el héroe Telémaco y el
ilustre hijo de Néstor. El Atrida durmió en el interior del magnífico palacio y
Helena, de largo peplo, se acostó junto a él, la divina entre las mujeres.
Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana , la de dedos de rosa, Menelao,
el de recia voz guerrera, se levantó del lecho, vistió sus vestidos, colgó de su
hombro la aguda espada y bajo sus pies brillantes como el aceite calzó hermosas
sandalias. Luego se puso en marcha, salió del dormitorio semejante de frente a
un dios y se sentó junto a Telémaco, le dijo su palabra y le llamó por su
nombre:
«¿Qué necesidad lo trajo aquí, héroe Telémaco, a la divina Lacedemonia, sobre el
ancho lomo del mar? ¿Es un asunto público o privado? Dímelo sinceramente.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Atrida Menelao, vástago de Zeus, caudillo de hombre, he venido por si podías
darme alguna noticia sobre mi padre. Se consume mi casa y mis ricos campos se
pierden; el palacio está lleno de hombres malvados que continuamente degüellan
gordas ovejas y cuernitorcidos bueyes de rotátiles patas, los pretendientes de
mi madre, que tienen una arrogancia insolente. Por esto me llego ahora a tus
rodillas, por si quieres contarme su luctuosa muerte, la hayas visto con tus
propios ojos o hayas escuchado el relato de algún caminante; digno de lástima
más que nadie lo parió su madre. Y no endulces tus palabras por respeto ni
piedad; antes bien, cuéntame detalladamente cómo llegaste a verlo. Te lo
suplico, si es que alguna vez mi padre, el noble Odiseo, lo prometió y cumplió
alguna palabra o alguna obra en el pueblo de los troyanos, donde los aqueos
sufristeis penalidades. Acuérdate de esto ahora y cuéntame la verdad».
Y le contestó irritado el rubio Menelao:
«¡Ay, ay, conque quieren dormir en el lecho de un hombre intrépido quienes son
cobardes! Como una cierva acuesta a sus dos recién nacidos cervatillos en la
cueva de un fuerte león y mientras sale a buscar pasto en las laderas y los
herbosos valles, aquél regresa a su guarida y da vergonzosa muerte a ambos, así
Odiseo dará vergonzosa muerte a aquéllos. ¡Padre Zeus, Atenea y Apolo, ojalá que
fuera como cuando en la bien construida Lesbos se levantó para disputar y luchó
con Filomeleides, lo derribó violentamente y todos los aqueos se alegraron!
Ojalá que con tal talante se enfrentara Odiseo con los pretendientes: corto el
destino de todos sería y amargas sus nupcias. En cuanto a lo que me preguntas y
suplicas, no querría apartarme de la verdad y engañarte. Conque no lo ocultaré
ni guardaré secreto sobre lo que me dijo el veraz anciano del mar.
«Los dioses me retuvieron en Egipto, aunque ansiaba regresar aquí, por no
realizar hecatombes perfectas; que siempre quieren los dioses que nos acordemos
de sus órdenes. Hay una isla en el ponto de agitadas olas delante de Egipto la
llaman Faro ,tan lejos cuanto una cóncava nave puede recorrer en un día si sopla
por detrás sonoro viento, y un puerto de buen fondeadero de donde echan al mar
las equilibradas naves, luego de sacar negra agua. Retuviéronme allí los dioses
veinte días, y no aparecían los vientos que soplan favorables, los que conducen
a la naves sobre el ancho lomo del mar. Todos los víveres y el vigor de mis
hombres se habría acabado a no ser que una de las diosas se hubiera compadecido
y sentido piedad de mí, Idoteas, la hija del valiente Proteo, el anciano de los
mares, pues la conmovió el ánimo. Encontróse conmigo cuando vagaba solo lejos de
mis compañeros (continuamente vagaban éstos por la isla pescando con curvos
anzuelos, pues el hambre retorcía sus estómagos), y acercándose me dijo estas
palabras: "¿Eres así de simple y atontado, forastero, o te abandonas de buen
grado y gozas padeciendo males?, puesto que permaneces en la isla desde hace
tiempo sin poder hallar remedio y se consume el ánimo de tus compañeros." Así
dijo, y yo le contesté: "Te diré, quienquiera que seas de las diosas, que no
estoy detenido de buen grado; que debo haber faltado a los inmortales que poseen
el ancho cielo. Pero dime tú, pues los dioses lo saben todo, quién de ellos me
detiene y aparta de mi camino, y cómo llevaré a cabo el regreso a través del
ponto rico en peces." Así dije, y ella, la divina entre las diosas, me respondió
luego: "Forastero, te voy a informar muy sinceramente. Viene aquí con frecuencia
el veraz anciano del mar, el inmortal Proteo egipcio, que conoce las
profundidades de todo el mar, siérvo de Poseidón y dicen que él me engendró y es
mi padre. Si tú pudieras apresarlo de alguna manera, poniéndote al acecho, él lo
diría el camino, la extensión de la ruta y cómo llevarás a cabo el regreso a
través del ponto rico en peces. Y también lo diría, vástago de Zeus, si es que
lo deseas, lo bueno y lo malo que ha sucedido en tu palacio después que
emprendiste este viaje largo y difícil." Así dijo, y yo le contesté y dije:
"Sugiéreme tú misma una emboscada contra el divino anciano a fin de que no me
rehúya si me conoce y se da cuenta de ante mano, pues es difícil para un hombre
mortal sujetar a un dios." Así dije, y ella, la divina entre las diosas, me
respondió luego: "Yo lo diré esto muy sinceramente. Cuando el sol va por el
centro del cielo, el veraz anciano marino sale del mar con el soplo de Céfiro,
oculto por el negro encrestamiento de las olas. Una vez fuera, se acuesta en
honda gruta y a su alrededor duermen apiñadas las focas, descendientes de la
hermosa Halosidne, que salen del canoso mar exhalando el amargo olor de las
profundidades marinas. Yo lo conduciré allí al despuntar la aurora, lo acostaré
enseguida y escogerás a tres compañeros, a los mejores de tus naves de buenos
bancos. Te diré todas las argucias de este anciano: primero contará y pasará
revista a las focas y cuando las haya contado y visto todas, se acostará en
medio de ellas como el pastor de un rebaño de ovejas. Tan pronto como lo veáis
durmiendo, poned a prueba vuestra fuerza y vigor y retenedlo allí mismo, aunque
trate de huir ansioso y precipitado. Intentará tornarse en todos los reptiles
que hay sobre la tierra, así como en agua y en violento fuego. Pero vosotros
retenedlo con firmeza y apretad más fuerte. Y cuando él lo pregunte, volviendo a
mostrarse tal como lo visteis durmiendo, abstente de la violencia y suelta al
anciano. Y pregúntale cuál de los dioses lo maltrata y cómo llevarás a cabo el
regreso a través del ponto rico en peces."
Habiendo hablado así, se sumergió en el ponto alborotado y yo marché hacia las
naves que se encontraban en la arena. Y mientras caminaba, mi corazón agitaba
muchos pensamientos. Pero una vez que llegué a las naves y al mar, preparamos la
cena y se nos vino la divina noche. Entonces nos acostamos en la ribera del mar.
«Tan pronto como apuntó la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, me marché
luego a la orilla del mar, el de anchos caminos, suplicando mucho a los dioses.
Y llevé tres compañeros en los que más fiaba para empresas de toda suerte.
«Entre tanto, Idotea, que se había sumergido en el ancho seno del mar, sacó
cuatro pieles de foca del ponto, todas ellas recién desolladas, pues había
ideado un engaño contra su padre: había cavado hoyos en la arena del mar y se
sentó para esperar. Nosotros llegamos muy cerca de ella, nos acostó en fila y
echó sobre cada uno una piel. La emboscada era angustiosa, pues nos atormentaba
terriblemente el mortífero olor de las focas criadas en el mar. Pues ¿quién se
acostaría junto a un monstruo marino? Pero ella nos salvó y nos dio un gran
remedio: colocó a cada uno debajo de la nariz ambrosía que despedía un muy
agradable olor y acabó con la fetidez del monstruo. Esperamos toda la mañana con
ánimo resignado y las focas salieron del mar apiñadas y se tendieron en fila
sobre la ribera. El anciano salió del mar al mediodía y encontró a las rollizas
focas, pasó revista a todas y contó el número. Nos contó los primeros entre los
monstruos, pero no se percató su ánimo de que había engaño. A continuación se
acostó también él. Conque nos lanzamos gritando y le echamos mano. El anciano no
se olvidó de sus engañosas artes, y primero se convirtió en melenudo león, en
dragón, en pantera, en gran jabalí; también se convirtió en fluida agua y en
árbol de frondosa copa, mas nosotros lo reteníamos con fuerte coraje. Y cuando
el artero anciano estaba ya fastidiado me preguntó y me dijo: "Quién de los
dioses, hijo de Atreo, te aconsejó para que me apresaras contra mi voluntad
tendiéndome emboscada? ¿Qué necesitas de mí?" Así dijo, y yo le contesté y dije:
"Sabes anciano (¿por qué me dices esto intentando engañarme?) que tiempo ha que
estoy retenido en esta isla sin poder hallar remedio y mi corazón se me consume
dentro. Pero dime puesto que los dioses lo saben todo quién de los inmortales me
detiene y aparta de mi camino y cómo llevaré a cabo el regreso a través del
ponto rico en peces." Así dije, y al punto me contestó y dijo: "Debieras haber
hecho al embarcar hermosos sacrificios a Zeus y a los demás dioses que poseen el
ancho cielo para llegar a tu patria navegando sobre el ponto rojo como el vino.
No creo que tu destino sea ver a los tuyos y llegar a tu bien edificada casa y a
tu patria hasta que vuelvas a recorrer las aguas del Egipto, río nacido de Zeus
y sacrifiques sagradas hecatombes a los dioses inmortales que poseen el ancho
cielo. Entonces los dioses te concederán el camino que tanto deseas." Así dijo y
se me conmovió el corazón, pues me mandaba ir de nuevo a Egipto a través del
ponto, sombrío camino, largó y difícil. Pero aun así le contesté y le dije:
"Anciano, haré como mandas. Pero, vamos, dime e infórmame con verdad si llegaron
sanos y salvos todos los aqueos que Néstor y yo dejamos cuando partimos de Troya
o murió alguno de cruel muerte en su nave o a manos de los suyos después de
soportar la guerra laboriosa." Así dije, y él me contestó y dijo: "¡Atrida!,
¿por qué me preguntas esto? No te es necesario saberlo ni conocer mi
pensamiento. Te aseguro que no estarás mucho tiempo sin llanto luego que te
enteres de todo, pues muchos de ellos murieron y muchos han sobrevivido. Sólo
dos jefes de los aqueos que visten bronce murieron en el regreso (pues tú mismo
asististe a la guerra); y uno que vive aún está retenido en el vasto ponto.
Ayante pereció junto con sus naves de largos remos: primero lo arrimó Poseidón a
las grandes rocas de Girea y lo salvó del mar, y habría escapado de la muerte,
aunque odiado de Atenea, si no hubiera pronunciado una palabra orgullosa y se
hubiera obcecado grandemente. Dijo que escaparía al gran abismo del mar contra
la voluntad de los dioses. Poseidón le oyó hablar orgullosamente y a
continuación, cogiendo con sus manos el tridente, golpeó la roca Girea y la
dividió: una parte quedo allí, pero se desplomó en el ponto el trozo sobre el
que Ayante, sentado desde el principio, había incurrido en gran cegazón; y lo
arrastró hacia el inmenso y alborotado ponto. Así pereció después de beber la
salobre agua.
«"También tu hermano escapó a la maldición de Zeus y huyó en las cóncavas naves,
pues lo salvó la venerable Hera. Mas cuando estaba a punto de llegar al
escarpado monte de Malea, arrebatólo una tempestad que lo llevó gimiendo
penosamente por el ponto rico en peces. hasta un extremo del campo donde en otro
tiempo habitó Tiestes; mas entonces la habitaba Egisto, el hijo de Tiestes. Así
que cuando, una vez allí, le parecía feliz el regreso y los dioses cambiaron el
viento y llegaron a sus casas, entonces tu hermano pisó alegre su tierra patria:
tocaba y besaba la tierra y le caían muchas ardientes lágrimas cuando
contemplaba con júbilo su tierra. Pero lo vio desde una atalaya el vigilante que
había puesto allí el tramposo Egisto (le había ofrecido en recompensa dos
talentos de oro). Vigilaba éste desde hacía un año, para que no le pasara
inadvertido si llegaba y recordara su impetuosa fuerza. Y marchó a palacio para
dar la noticia al pastor de su pueblo. Y enseguida Egisto tramó una engañosa
trampa: eligiendo los veinte mejores hombres entre el pueblo, los puso en
emboscada y luego mandó preparar un banquete en otra parte, y marchó a llamar a
Agamenón, pastor de su pueblo, con caballos y carros meditando obras indignas.
Condújolo, desconocedor de su muerte, y mientras lo agasajaba lo mató como se
mata a un buey en el pesebre. No quedó vivo ninguno de los compañeros del Atrida
que lo acompañaban, ni ninguno de Egisto, que todos fueron muertos en el
palacio."
«Así dijo, y se me conmovió el corazón; lloraba sentado en la arena, y mi
corazón no quería vivir ya ni ver la luz del sol. Y después que me harté de
llorar y agitarme me dijo el veraz anciano del mar: "No llores, hijo de Atreo,
mucho tiempo y sin cesar, puesto que así no hallaremos ningún remedio. Conque
trata de volver a tu patria rápidamente, pues o lo encontrarás aún vivo o bien
Orestes lo habrá matado adelantándose y tú puedes estar presente a sus
funerales." Así dijo, y mi corazón y ánimo valeroso se caldearon de nuevo en mi
pecho, aunque estaba afligido. Y le hablé y le dije aladas palabras: "De éstos
ya sé ahora. Nómbrame, pues, al tercer hombre, el que, aún vivo, está retenido
en el vasto ponto o está ya muerto. Pues aunque afligido quiero oírlo." Así le
dije, y él al punto me contestó y me dijo: "El hijo de Laertes que habita en
Itaca. Lo vi en una isla derramando abundante llanto, en el palacio de la ninfa
Calipso, que lo retiene por la fuerza. No puede regresar a su tierra, pues no
tiene naves provistas de remos ni compañeros que lo acompañen por el ancho lomo
del mar. Respecto a ti, Menelao, vástago de Zeus, no está determinado por los
dioses que mueras en Argos, criadora de caballos, enfrentándote con tu destino,
sino que los inmortales lo enviarán a la llanura Elisia, al extremo de la
tierra, donde está el rubio Radamanto. Allí la vida de los hombres es más
cómoda, no hay nevadas y el invierno no es largo; tampoco hay lluvias, sino que
Océano deja siempre paso a los soplos de Céfiro que sopla sonoramente para
refrescar a los hombres. Porque tienes por esposa a Helena y para ellos eres
yerno de Zeus."
«Y hablando así, se sumergió en el alborotado ponto. Yo enfilé hacia las naves
con mis divinos compañeros, y mientras caminaba, mi corazón agitaba muchas
cosas; y luego que llegamos a la nave y al mar, preparamos la cena y se nos echó
encima la divina noche; así que nos acostamos en la ribera del mar.
«Y cuando apareció Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, en primer
lugar lanzamos al mar divino las naves y colocamos los mástiles y velas en las
proporcionadas naves y todos se fueron a sentar en los bancos; y sentados en
fila, batían el canoso mar con los remos.
«Detuve las naves en el Egipto, río nacido de Zeus, e hice perfectas hecatombes.
Y cuando había puesto fin a la cólera de los dioses que existen siempre, levanté
un túmulo a Agamenón para que su gloria sea inextinguible.
«Acabado esto, partí, y los inmortales me concedieron viento favorable y
rápidamente me devolvieron a mi tierra. Pero, vamos, permanece ahora en mi
palacio, hasta que llegue el undécimo o el duodécimo día. Entonces te despediré
y te daré como espléndidos regalos tres caballos y un carro bien trabajado;
también te daré una hermosa copa para que hagas libaciones a los dioses
inmortales y te acuerdes de mí todos los días.»
Y a su vez, Telémaco le contestó discretamente:
«¡Atrida!, no me retengas aquí durante mucho tiempo, pues yo permanecería un año
junto a ti sin que me atenazara la nostalgia de mi casa ni de mis padres, que me
cumple sobremanera escuchar tus relatos y palabras. Pero ya mis compañeros
estarán disgustados en la divina Pilos y tú me retienes aquí hace tiempo. Que el
regalo que me des sea un objeto que se pueda conservar. Los caballos no los
llevaré a Itaca, te los dejaré aquí como ornato, pues tú reinas en una llanura
vasta en la que hay mucho loto, juncia, trigo, espelta y blanca cebada que cría
el campo. En Itaca no hay recorridos extensos ni prado; es tierra criadora de
cabras y más encantadora que la criadora de caballos. Pues ninguna de las islas
que se reclinan sobre el mar es apta para el paso de caballos ni rica en prados,
a Itaca menos que ninguna.»
Así dijo, y Menelao, de recia voz guerrera, sonrió y lo acarició con la mano; le
llamó por su nombre y le dijo su palabra:
«Hijo querido, eres de sangre noble, según hablas. Te cambiaré el regalo, pues
puedo. Y de cuantos objetos hay en mi palacio que se pueden conservar, te daré
el más hermoso y el de más precio. Te daré una crátera bien trabajada, de plata
toda ella y con los bordes pulidos en oro. Es obra de Hefesto; me la dio el
héroe Fedimo, rey de los sidonios, cuando me alojó en su casa al regresar. Esto
es lo que quiero regalarte.»
Mientras departían entre sí iban llegando los invitados al palacio del divino
rey. Unos traían ovejas, otros llevaban confortante vino, y las esposas de
lindos velos les enviaban el pan. Así preparaban comida en el palacio.
Entre tanto, los pretendientes se complacían arrojando discos y venablos ante el
palacio de Odiseo, en el sólido pavimento donde acostumbraban, llenos de
arrogancia.
Hallábanse sentados Antínoo y Eurímaco, semejantes a los dioses, los jefes de
los pretendientes y los mejores con preferencia por su valor. Y acercándoseles
el hijo de Fronio, Noemón, le preguntó y dijo a Antínoo su palabra:
«Antínoo, ¿sabemos cuándo vendrá Telémaco de la arenosa Pilos o no? Se fue
llevándose mi nave y preciso de ella para pasar a la espaciosa Elide, donde
tengo doce yeguas y mulos no domados, buenos para el laboreo; si traigo alguno
de estos podría domarlo.»
Así dijo, y ellos quedaron atónitos, pues no pensaban que Telémaco hubiera
marchado a Pilos de Neleo, sino que se encontraba en el campo con las ovejas o
con el porquerizo.
Mas, al fin, Antínoo, hijo de Eupites, contestóle diciendo:
«Háblame sinceramente. ¿Cuándo se fue y qué mozos lo acompañaban? ¿Los mejores
de Itaca o sus obreros y criados? Que también pudo hacerlo así. Dime también con
verdad, para que yo lo sepa, si te quitó la negra nave por la fuerza y contra tu
voluntad o se la diste de buen grado, luego de suplicarte una y otra vez.»
Y Noemón, el hijo de Fronio, le contestó:
«Yo mismo se la di de buen grado. ¿Qué se podría hacer si te la pide un hombre
como él, con el ánimo lleno de preocupaciones? Sería difícil negársela. Los
jóvenes que le acompañaban son los que sobresalen entre nosotros en el pueblo.
También vi embarcando como jefe a Méntor, o a un dios, pues así parecía en todo.
Lo que me extraña es que vi ayer por la mañana al divino Méntor aquí, y eso que
entonces se embarcó para Pilos.»
Cuando así hubo hablado marchó hacia la casa de su padre, y a éstos se les
irritó su noble ánimo. Hicieron sentar a los pretendientes todos juntos y
detuvieron sus juegos. Y entre ellos habló irritado Antínoo, hijo de Eupites; su
corazón rebosaba negra cólera y sus ojos se asemejaban al resplandeciente fuego:
«¡Ay, ay, buen trabajo ha realizado Telémaco arrogantemente con este viaje; y
decíamos que no lo llevaría a cabo! Contra la voluntad de tantos hombres un crío
se ha marchado sin más, después de botar una nave y elegir los mejores entre el
pueblo. Enseguida comenzará a ser un azote. ¡Así Zeus le destruya el vigor antes
de que llegue a la plenitud de la juventud Conque, ea, dadme una rápida nave y
veinte compañeros para ponerle emboscada y esperarle cuando vuelva en el
estrecho entre Itaca y la escarpada Same. Para que el viaje que ha emprendido
por causa de su padre le resulte funesto.»
Así dijo, y todos aprobaron sus palabras y lo apremiaban.
Así que se levantaron y se pusieron en camino hacia el palacio de Odiseo.
Penélope no tardó mucho en enterarse de los planes que los prentendientes
meditaban en secreto. Pues se los comunicó el heraldo Medonte, que escuchó sus
decisiones aunque estaba fuera del patio cuando éstos las urdían dentro. Y se
puso en camino por el palacio para cómunicárselo a Penélope. Cuando atravesaba
el umbral le dijo ésta:
«Heraldo, ¿a qué te mandan los ilustres pretendientes? ¿Acaso para que ordenes a
las esclavas del divino Odiseo que dejen sus labores y les preparen comida?
iOjalá dejaran de cortejarme y de reunirse y cenaran su última y definitiva
cena! Con tanto reuniros aquí estáis acabando con muchos bienes, con las
posesiones del prudence Telémaco. ¿No habéis oído contar a vuestros padres
cuando erais niños cómo era Odiseo con ellos, que ni hizo ni dijo nada injusto
en el pueblo? Este es el proceder habitual de los divinos reyes: a un hombre le
odian mientras que a otro le aman. Pero aquél jamás hizo injusticia a hombre
alguno. Así que han quedado al descubierto vuestro ánimo a injustas obras, y no
tenéis agradecimiento por sus beneficios.»
Y a su vez le dijo Medonte, de pensamientos prudentes:
«Reina, ¡ojalá fuera ésta el mayor mal! Pero los pretendientes meditan otro
mucho mayor y más penoso que ojalá no cumpla el Cronida! Desean ardientemente
matar a Telémaco con el agudo bronce cuando vuelva a casa, pues partió a la
augusta Pilos y a la divina Lacedemonia en busca de noticias dé su padre.»
Así dijo. Flaqueáronle a Penélope las rodillas y el corazón, el estupor le
arrebató las palabras por largo tiempo, y los ojos se le llenaron de lágrimas, y
la vigorosa voz se le quedó detenida. Más tarde le contestó y dijo:
«¡Heraldo! ¿Por qué se ha marchado mi hijo? No precisaba embarcar en las naves
que navegan veloces, que son para los hombres caballos en la mar y atraviesan la
abundante humedad. ¿Acaso lo hizo para que no quede ni siquiera su nombre entre
los hombres?» Y le contestó a continuación Medonte, conocedor de prudencia:
«No sé si lo impulsó algún dios o su propio ánimo a ir a Pilos para indagar
acerca del regreso de su padre o del destino con el que se ha enfrentado.»
Cuando hubo hablado así, se fue por el palacio de Odiseo. Envolvió a Penélope
una pena mortal y no soportó estar sentada en la silla, de las que había
abundancia en la casa, sino que se sentó en el muy trabajado umbral de su
aposento, quejándose de manera lamentable. Y a su alrededor gemían todas las
criadas, cuantas habia en el palacio, jóvenes y viejas. Y Penélope les dijo,
llorando agudamente:
«Escuchadme, amigas, pues el Olímpico me ha concedido dolores por encima de las
que nacieron o se criaron conmigo: perdí primero a un esposo noble de corazón de
león y que se distinguía entre los dánaos por excelencias de todas clases, un
noble varón cuya vasta gloria se extiende por la Hélade y hasta el centro de
Argos.
«Y ahora las tempestades han arrebatado sin gloria del palacio a mi amado hijo.
No me enteré cuándo marchó. Desdichadas, tampoco a vosotras se os ocurrió
levantarme de la cama, aunque bien sabíais cuándo partió aquél en la cóncava y
negra nave; pues si hubiera barruntado que pensaba en este viaje, se habría
quedado aquí por más que lo ansiara o me habría tenido que dejar muerta en el
palacio. Vamos, que llame alguna al anciano Dolio, mi esclavo, el que me dio mi
padre cuando vine aquí y cuida mi huerto abundante en árboles, para que vaya
cerca de Laertes lo antes posible a contarle todo esto, por si urdiendo alguna
astucia en su mente sale a quejarse a los ciudadanos que desean destruir el
linaje de Odiseo, semejante a un dios.»
Y a su vez le dijo su nodriza Euriclea:
«¡Hija mía!, mátame con implacable bronce o déjame en palacio, mas no te
ocultaré mi palabra; yo sabía todo esto y le di cuanto ordenó, pan y dulce vino,
y me tomó un solemne juramento: que no te lo dijera antes de que llegara el
duodécimo día o tú misma lo echaras de menos y escucharas que se había marchado,
para que no afearas llorando tu hermosa piel.
«Vamos, báñate, toma vestidos limpios para tu cuerpo y sube al piso superior con
las esclavas. Y suplica a Atenea, hija de Zeus, portador de égida, pues ella, en
efecto, lo salvará de la muerte. No hagas desgraciado a un pobre anciano, pues
no creo en absoluto que el linaje del hijo de Arcisio sea odiado por los
bienaventurados dioses; que alguno sobrevivirá que ocupe el palacio de elevado
techo y posea en la lejanta los fértiles campos.»
Así diciendo, calmóse y cerró sus ojos al llanto.
Y luego de bañarse y coger vestidos limpios para su cuerpo, subió al piso
superior con las criadas y colocó en una cesta granos de cebada. E imploró a
Atenea:
«Escúchame, hija de Zeus, portador de égida, Atritona; si alguna vez el muy
hábil Odiseo quemó en el palacio gordos muslos de buey o de oveja, acuérdate de
ellos ahora, salva a mi hijo y aleja a los muy orgullosos pretendientes.»
Cuando hubo hablado así lanzó el grito ritual y la diosa escuchó su oración. Los
pretendientes alborotaban en la sombría sala, y uno de los jóvenes orgullosos
decía así:
«La reina muy solicitada por nosotros prepara sus nupcias sin saber que ha sido
fabricada la muerte para su hijo.»
Así decía uno, ignorando lo que había ocurrido. Y entre ellos habló Antínoo y
dijo:
«Desgraciados, evitad toda palabra arrogante, no sea que alguien se la vaya a
comunicar. Mas, vamos, levantémonos y ejecutemos en silencio ese plan que a
todos nos cumple.»
Cuando hubo dicho así, escogió a los veinte mejores y se dirigió hacia la rápida
nave y a la orilla del mar. Arrastráronla primero al profundo mar y colocaron el
mástil y las velas a la negra nave. Prepararon luego los remos con estrobos de
cuero todo como corresponde, desplegaron las blancas velas y los audaces
sirvientes les trajeron las armas. Anclaron la nave en aguas profundas y luego
que hubieron desembarcado comieron allí y esperaron a que cayera la tarde.
Entre tanto, la discreta Penélope yacía en ayunas en el piso superior sin tomar
comida ni bebida, cavilando si su ilustre hijo escaparía a la muerte o
sucumbiría a manos de los soberbios pretendientes. Y le sobrevino el dulce sueño
mientras meditaba lo que suele meditar un león entre una muchedumbre de hombres
cuando lo llevan acorralado en engañoso círculo. Dormía reclinada y todos sus
miembros se aflojaron.
En esto, tramó otro plan la diosa de ojos brillantes, Atenea: construyó una
figura semejante al cuerpo de una mujer, de Iftima, hija del magnánimo Icario, a
la que había desposado Eumelo, que tenía su casa en Feras, y envióla al palacio
del divino Odiseo para que aliviara del llanto y los gemidos a Penélope, que se
lamentaba entre sollozos. Entró en el dormitorio por la correa del pasador, se
colocó sobre la cabeza de Penélope y le dijo su palabra:
«Penélope, ¿duermes afligida en tu corazón? No, los dioses que viven fácilmente
no van a permitir que llores ni te aflijas, pues tu hijo ya está en su camino de
vuelta, que en nada es culpable a los ojos de los dioses.»
Y le contestó luego la discreta Penélope, durmiendo plácidamente en las mismas
puertas del sueño:
«Hermana, ¿por qué has venido? No sueles venir con frecuencia, al menos hasta
ahora, ya que vives muy lejos.
«Así que me mandas dejar los lamentos y los numerosos dolores que se agitan en
mi interior, a mí que ya he perdido mi marido noble y valiente como un león,
dotado de toda clase de virtudes entre los dánaos, cuya fama de nobleza es
extensa en la Hélade y hasta el centro de Argos. Ahora de nuevo mi hijo amado ha
partido en cóncava nave, mi hijo inocente desconocedor de obras y palabras. Es
por éste por quien me lamento más que por aquél. Por éste tiemblo y temo no le
vaya a pasar algo, sea por obra de los del pueblo a donde ha marchado o sea en
el mar. Pues muchos enemigos traman contra él deseando matarlo antes de que
llegue a su tierra patria.»
Y le contestó la imagen invisible:
«Ánimo, no temas ya nada en absoluto. Ésta es quien le acompaña como guía, Palas
Atenea pues puede , a quien cualquier hombre desearía tener a su lado. Se ha
compadecido de tus lamentos y me ha enviado ahora para que te comunique esto.»
Y le contestó a su vez la prudente Penélope:
«Si de verdad eres una diosa y has oído la voz de un dios, vamos, háblame
también de aquel desdichado, si vive aún y contempla la luz del sol o ya ha
muerto y está en el Hades.»
Y le contestó y dijo la imagen invisible:
«De aquél no te voy a decir de fijo si vive o ha muerto, que es malo hablar
cosas vanas.»
Así diciendo, desapareció en el viento por la cerradura de la puerta. Y ella se
desperezó del sueñó, la hija de Icario. Y su corazón se calmó, porque en lo más
profundo de la noche se le había presentado un claro sueño.
Conque los pretendientes embarcaron y navegaban los húmedos caminos removiendo
en su interior la muerte para Telémaco.
Hay una isla pedregosa en mitad del mar entre Itaca y la escarpada Same, la isla
de Asteris. No es grande, pero tiene puertos de doble entrada que acogen a las
naves. Así que allí se emboscaron los aqueos y esperaban a Telémaco.
CANTO V
ODISEO LLEGA A ESQUERIA
DE LOS FEACIOS
En esto, Eos se levantó del lecho, de junto al noble Titono, para llevar la luz
a los inmortales y a los mortales. Los dioses se reunieron en asamblea, y entre
ellos Zeus, que truena en lo alto del cielo, cuyo poder es el mayor. Y Atenea
les recordaba y relataba las muchas penalidades de Odiseo. Pues se interesaba
por éste, que se encontraba en el palacio de la ninfa:
«Padre Zeus y demás bienaventurados dioses inmortales, que ningún rey portador
de cetro sea benévolo ni amable ni bondadoso y no sea justo en su pensamiento,
sino que siempre sea cruel y obre injustamente, ya que no se acuerda del divino
Odiseo ninguno de los ciudadanos entre los que reinaba y era tierno como un
padre. Ahora éste se encuentra en una isla soportando fuertes penas en el
palacio de la ninfa Calipso y no tiene naves provistas de remos ni compañeros
que lo acompañen por el ancho lomo del mar. Y, encima, ahora desean matar a su
querido hijo cuando regrese a casa, pues ha marchado a la sagrada Pilos y a la
divina Lacedemonia en busca de noticias de su padre».
Y le contestó y dijo Zeus, el que amontona las nubes:
«Hija mía, ¡qué palabra ha escapado del cerco de tus dientes! ¿Pues no
concebiste tú misma la idea de que Odiseo se vengara de aquéllos cuando llegara?
Tú acompaña a Telémaco diestramente, ya que puedes, para que regrese a su patria
sano y salvo, y que los pretendientes regresen en la nave.»
Y luego se dirigió a Hermes, su hijo, y le dijo:
«Hermes, puesto que tú eres el mensajero en lo demás, ve a comunicar a la ninfa
de lindas trenzas nuestra firme decisión: la vuelta de Odiseo el sufridor, que
regrese sin acompañamiento de dioses ni de hombres mortales. A los veinte días
llegará en una balsa de buena trabazón a la fértil Esqueria, después de padecer
desgracias, a la tierra de los feacios, que son semejantes a los dioses, quienes
lo honrarán como a un dios de todo corazón y lo enviarán a su tierra en una nave
dándole bronce, oro en abundancia y ropas, tanto como nunca Odiseo hubiera
sacado de Troya si hubiera llegado indemne habiendo obtenido parte del botín.
Pues su destino es que vea a los suyos, llegue a su casa de alto techo y a su
patria.»
Así dijo, y el mensajero Argifonte no desobedeció. Conque ató, luego a sus pies
hermosas sandalias, divinas, de oro, que suelen llevarlo igual por el mar que
por la ilimitada tierra a la par del soplo del viento. Y cogió la varita con la
que hechiza los ojos de los hombres que quiere y los despierta cuando duermen.
Con ésta en las manos echó a volar el poderoso Argifonte y llegado a Pieria cayó
desde el éter en el ponto, y se movía sobre el oleaje semejante a una gaviota
que, pescando sobre los terribles senos del estéril ponto, empapa sus espesas
alas en el agua del mar. Semejante a ésta se dirigía Hermes sobre las numerosas
olas.
Pero cuando llegó a la isla lejana salió del ponto color violeta y marchó tierra
adentro hasta que llegó a la gran cueva en la que habitaba la ninfa de lindas
trenzas. Y la encontró dentro. Un gran fuego ardía en el hogar y un olor de
quebradizo cedro y de incienso se extendía al arder a lo largo de la isla.
Calipso tejía dentro con lanzadera de oro y cantaba con hermosa voz mientras
trabajaba en el telar. En torno a la cueva había nacido un florido bosque de
alisos, de chopos negros y olorosos cipreses, donde anidaban las aves de largas
alas, los búhos y halcones y las cornejas marinas de afilada lengua que se
ocupan de las cosas del mar.
Había cabe a la cóncava cueva una viña tupida que abundaba en uvas, y cuatro
fuentes de agua clara que corrían cercanas unas de otras, cada una hacia un
lado, y alrededor, suaves y frescos prados de violetas y apios. Incluso un
inmortal que allí llegara se admiraría y alegraría en su corazón.
El mensajero Argifonte se detuvo allí a contemplarlo; y, luego que hubo admirado
todo en su ánimo, se puso en camino hacia la ancha cueva. Al verlo lo reconoció
Calipso, divina entre las diosas, pues los dioses no se desconocen entre sí por
más que uno habite lejos. Pero no encontró dentro al magnánimo Odiseo, pues
éste, sentado en la orilla, lloraba donde muchas veces, desgarrando su ánimo con
lágrimas, gemidos y pesares, solía contemplar el estéril mar. Y Calipso, la
divina entre las diosas, preguntó a Hermes haciéndolo sentar en una silla
brillante, resplandeciente:
«¿Por qué has venido, Hermes, el de vara de oro, venerable y querido? Pues antes
no venías con frecuencia. Di lo que piensas, mi ánimo me empuja a cumplirlo si
puedo y es posible realizarlo. Pero antes sígueme para que te ofrezca los dones
de hospitalidad.»
Habiendo hablado así, la diosa colocó delante una mesa llena de ambrosía y
mezcló rojo néctar. El mensajero bebió y comió, y después que hubo cenado y
repuesto su ánimo con la comida, le dijo su palabra:
«Me preguntas tú, una diosa, por qué he venido yo, un dios.
Pues bien, voy a decir con sinceridad mi palabra, pues lo mandas. Zeus me ordenó
que viniera aquí sin yo quererlo. ¿Quién atravesaría de buen grado tanta agua
salada, indecible? Además, no hay ninguna ciudad de mortales en la que hagan
sacrificios a los dioses y perfectas hecatombes.
«Pero no le es posible a ningún dios rebasar o dejar sin cumplir la voluntad de
Zeus, el que lleva la égida. Dice que se encuentra contigo un varón, el más
desgraciado de cuantos lucharon durante nueve años en derredor de la ciudad de
Príamo. Al décimo regresaron a sus casas, después de destruir la ciudad, pero en
el regreso faltaron contra Atenea, y ésta les levantó un viento contrario. Allí
perecieron todos sus fieles compañeros, pero a él el viento y grandes olas lo
acercaron aquí. Ahora te ordena que lo devuelvas lo antes posible, que su
destino no es morir lejos de los suyos, sino ver a los suyos y regresar a su
casa de elevado techo y a su patria.»
Así dijo, y Calipso, divina entre las diosas, se estremeció, habló y le dijo
palabras aladas:
«Sois crueles, dioses, y envidiosos más que nadie, ya que os irritáis contra las
diosas que duermen abiertamente con un hombre si lo han hecho su amante. Así,
cuando Eos, de rosados dedos, arrebató a Orión, os irritasteis los dioses que
vivís con facilidad, hasta que la casta Artemis de trono de oro lo mató en
Ortigia, atacándole con dulces dardos. Así, cuando Deméter, de hermosas trenzas,
cediendo a su impulso, se unió en amor y lecho con Jasión en campo tres veces
labrado. No tardó mucho Zeus en enterarse, y lo mató alcanzándolo con el
resplandeciente rayo. Así ahora os irritáis contra mí, dioses, porque está
conmigo un mortal. Yo lo salvé, que Zeus le destrozó la rápida nave arrojándole
el brillante rayo en medio del ponto rojo como el vino. Allí murieron todos sus
nobles compañeros, pero a él el viento y las olas lo acercaron aquí. Yo lo traté
como amigo y lo alimenté y le prometí hacerlo inmortal y sin vejez para siempre.
Pero puesto que no es posible a ningún dios rebasar ni dejar sin cumplir la
voluntad de Zeus, el que lleva la égida, que se vaya por el mar estéril si aquél
lo impulsa y se lo manda. Mas yo no te despediré de cualquier manera, pues no
tiene naves provistas de remos ni compañeros que lo acompañen sobre el ancho
lomo del mar. Sin embargo, le aconsejaré benévola y nada le ocultaré para que
llegue a su tierra sano y salvo.»
Y el mensajero, el Argifonte, le dijo a su vez:
«Entonces despídele ahora y respeta la cólera de Zeus, no sea que se irrite
contigo y sea duro en el futuro.»
Cuando hubo hablado así partió el poderoso Argifonte.
Y la soberana ninfa acercóse al magnánimo Odiseo luego que hubo escuchado el
mensaje de Zeus. Lo encontró sentado en la orilla. No se habían secado sus ojos
del llanto, y su dulce vida se consumía añorando el regreso, puesto que ya no le
agradaba la ninfa, aunque pasaba las noches por la fuerza en la cóncava cueva
junto a la que lo amaba sin que él la amara. Durante el día se sentaba en las
piedras de la orilla desgarrando su ánimo con lágrimas, gemidos y dolores, y
miraba al estéril mar derramando lágrimas.
Y deteniéndose junto a él le dijo la divina entre las diosas:
«Desdichado, no te me lamentes más ni consumas tu existencia, que te voy a
despedir no sin darte antes buenos consejos. ¡Hala!, corta unos largos maderos y
ensambla una amplia balsa con el bronce. Y luego adapta a ésta un elevado
tablazón para que te lleve sobre el brumoso ponto, que yo te pondré en ella pan
y agua y rojo vino en abundancia que alejen de ti el hambre. También te daré
ropas y te enviaré por detrás un viento favorable de modo que llegues a tu
patria sano y salvo, si es que lo permiten los dioses que poseen el ancho cielo,
quienes son mejores que yo para hacer proyectos y cumplirlos.»
Así habló; estremecióse el sufridor, el divino Odiseo, y hablando le dirigió
aladas palabras:
«Diosa, creo que andas cavilando algo distinto de mi marcha, tú que me apremias
a atravesar el gran abismo del mar en una balsa, cosa difícil y peligrosa; que
ni siquiera las bien equilibradas naves de veloz proa lo atraviesan animadas por
el favorable viento de Zeus. No, yo no subiría a una balsa mal que te pese, si
no aceptas jurarme con gran juramento, diosa, que no maquinarás contra mí
desgracia alguna.»
Así habló; sonrió Calipso, divina entre las diosas, le acarició la mano y le
dijo su palabra, llamándole por su nombre:
«Eres malvado a pesar de que no piensas cosas vanas, pues te has atrevido a
decir tales palabras. Sépalo ahora la Tierra, y desde arriba el ancho Cielo y el
agua que fluye de la Estige éste es el mayor y el más terrible juramento para
los bienaventurados dioses que no maquinaré contra ti desgracia alguna. Esto es
lo que yo pienso y te voy a aconsejar, cuanto para mí misma pensaría cuando me
acuciara tal necesidad. Mi proyecto es justo, y no hay en mi pecho un ánimo de
hierro, sino compasivo.»
Hablando así la divina entre las diosas marchó luego delante y él marchó tras
las huellas de la diosa. Y llegaron a la profunda cueva la diosa y el varón.
Éste se sentó en el sillón de donde se había levantado Hermes, y la ninfa le
ofreció toda clase de comida para comer y beber, cuantas cosas suelen yantar los
mortales hombres. Sentóse ella frente al divino Odiseo y las siervas le
colocaron néctar y ambrosía. Echaron mano a los alimentos preparados que tenían
delante y después que se saciaron de comida y bebida empezó a hablar Calipso,
divina entre las diosas:
«Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo, rico en ardides, ¿así que quieres
marcharte enseguida a tu casa y a tu tierra patria? Vete enhorabuena. Pero si
supieras cuántas tristezas te deparará el destino antes de que arribes a tu
patria, te quedarías aquí conmigo para guardar esta morada y serías inmortal por
más deseoso que estuvieras de ver a tu esposa, a la que continuamente deseas
todos los días. Yo en verdad me precio de no ser inferior a aquélla ni en el
porte ni en el natural, que no conviene a las mortales jamás competir con las
inmortales ni en porte ni en figura.»
Y le dijo el muy astuto Odiseo:
«Venerable diosa, no te enfades conmigo, que sé muy bien cuánto te es inferior
la discreta Penélope en figura y en estátura al verla de frente, pues ella es
mortal y tú inmortal sin vejez. Pero aun así quiero y deseo todos los días
marcharme a mi casa y ver el día del regreso. Si alguno de los dioses me
maltratara en el ponto rojo como el vino, lo soportaré en mi pecho con ánimo
paciente; pues ya soporté muy mucho sufriendo en el mar y en la guerra. Que
venga esto después de aquello.»
Así dijo. El sol se puso y llegó el crepusculo. Así que se dirigieron al
interior de la cóncava cueva a deleitarse con el amor en mutua compañía.
Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, Odiseo se
vistió de túnica y manto, y ella, la ninfa, vistió una gran túnica blanca, fina
y graciosa, colocó alrededor de su talle hermoso cinturón de oro y un velo sobre
la cabeza, y a continuación se ocupó de la partida del magnánimo Odiseo. Le dio
una gran hacha de bronce bien manejable, aguzada por ambos lados y con un
hermoso mango de madera de olivo bien ajustado. A continuación le dio una azuela
bien pulimentada, y emprendió el camino hacia un extremo de la isla donde habían
crecido grandes árboles, alisos y álamos negros y abetos que suben hasta el
cielo, secos desde hace tiempo, resecos, que podían flotar ligeros. Luego que le
hubo mostrado dónde crecían los árboles, marchó hacia el palacio Calipso, divina
entre las diosas, y él empezó a cortar troncos y llevó a cabo rápidamente su
trabajo. Derribó veinte en total y los cortó con el bronce, los pulió
diestramente y los enderezó con una plomada mientras Calipso, divina entre las
diosas, le llevaba un berbiquí. Después perforó todos, los unió unos con otros y
los ajustó con clavos y junturas. Cuanto un hombre buen conocedor del arte de
construir redondearía el fondo de una amplia nave de carga, así de grande hizo
Odiseo la balsa. Plantó luego postes, los ajustó con vigas apiñadas y construyó
una cubierta rematándola con grandes tablas. Hizo un mástil y una antena
adaptada a él y construyó el timón para gobernarla. Cubrióla después con cañizos
de mimbre a uno y otro lado para que fuera defensa contra el oleaje y puso
encima mucha madera. Entre tanto, le trajo Calipso, divina entre las diosas,
tela para hacer las velas, y él las fabricó con habilidad. Ató en ellas cuerdas,
cables y bolinas y con estacas la echó al divino mar.
Era el cuarto día y ya tenía todo preparado. Y al quinto lo dejó marchar de la
isla la divina Calipso después de lavarlo y ponerle ropas perfumadas. Entrególe
la diosa un odre de negro vino, otro grande de agua y un saco de víveres, y le
añadió abundantes golosinas. Y le envió un viento próspero y cálido.
Así que el divino Odiseo desplegó gozoso las velas al viento y sentado gobernaba
el timón con habilidad. No caía el sueño sobre sus párpados contemplando las
Pléyades y el Bootes, que se pone tarde, y la Osa, que llaman carro por
sobrenombre, que gira allí y acecha a Orión y es la única privada de los baños
de Océano. Pues le había ordenado Calipso, divina entre las diosas, que navegase
teniéndola a la mano izquierda. Navegó durante diecisiete días atravesando el
mar, y al decimoctavo aparecieron los sombríos montes del país de los feacios,
por donde éste le quedaba más cerca y parecía un escudo sobre el brumoso ponto.
El poderoso, el que sacude la tierra, que volvía de junto a los etiopes, lo vio
de lejos, desde los montes Sólymos, pues se le apareció surcando el mar.
Irritóse mucho en su corazón, y moviendo la cabeza habló a su ánimo:
«¡Ay!, seguro que los dioses han cambiado de resolución respecto a Odiseo
mientras yo estaba entre los etíopes, que ya está cerca de la tierra de los
feacios, donde es su destino escapar del extremo de las calamidades que le
llegan. Pero creo que aún le han de alcanzar bastantes desgracias.»
Cuando hubo hablado así, amontonó las nubes y agitó el mar, sosteniendo el
tridente entre sus manos, e hizo levantarse grandes tempestades de vientos de
todas clases, y ocultó con las nubes al mismo tiempo la tierra y el ponto. Y la
noche surgió del cielo. Cayeron Euro y Noto, Céfiro de soplo violento y Bóreas
que nace en cielo despejado levantando grandes olas. Entonces las rodillas y el
corazón de Odiseo desfallecieron, e irritado dijo a su magnánimo espíritu:
«Ay de mí, desgraciado, ¿qué me sucederá por fin ahora? Mucho temo que todo lo
que dijo la diosa sea verdad; me aseguró que sufriría desgracias en el ponto
antes de regresar a mi patria, y ahora todo se está cumpliendo. ¡Con qué nubes
ha cerrado Zeus el vasto cielo y agitado el ponto, y las tempestades de vientos
de todas clases se lanzan con ímpetu!
«Seguro que ahora tendré una terrible muerte. ¡Felices tres y cuatro veces los
dánaos que murieron en la vásta Troya por dar satisfacción a los Atridas! Ojalá
hubiera muerto yo y me hubiera enfrentado con mi destino el día en que cantos
troyanos lanzaban contra mí broncíneas lanzas alrededor del Pelida muerto! Allí
habría obtenido honores fúnebres y los aqueos celebrarían mi gloria, pero ahora
está determinado que sea sorprendido por una triste muerte.»
Cuando hubo dicho así, le alcanzó en lo más alto una gran ola que cayó
terriblemente y sacudió la balsa. Odiseo se precipitó fuera de la balsa soltando
las manos del timón, y un terrible huracán de mezclados vientos le rompió el
mástil por la mitad. Cayeron al mar, lejos, la vela y la antena, y a él lo tuvo
largo tiempo sumergido sin poder salir con presteza por el ímpetu de la ingente
ola, pues le pesaban los vestidos que le había dado la divina Calipso.
A1 fin emergió mucho después y escupió de su boca la amarga agua del mar que le
caía en abundancia, con ruido, desde la cabeza. Pero ni aun así se olvidó de la
balsa, aunque estaba agotado, sino que lanzándose entre las olas se apoderó de
ella. El gran oleaje la arrastraba con la corriente aquí y allá. Como cuando el
otoñal Bóreas arrastra por la llanura los espinos y se enganchan espesos unos
con otros, así los vientos la llevaban por el mar por aquí y por allá. Unas
veces Noto la lanzaba a Bóreas para que se la llevase, y otras Euro la cedía a
Céfiro para perseguirla.
Pero lo vio Ino Leucotea, la de hermosos tobillos, la hija de Cadmo que antes
era mortal dotada de voz, mas ahora participaba del honor de los dioses en el
fondo del mar. Compadecióse de Odiseo, que sufría pesares a la deriva, y emergió
volando del mar semejante a una gaviota; se sentó sobre la balsa y le dijo:
«¡Desgraciado! ¿Por qué tan acerbamente se ha encolerizado contigo Poseidón, el
que sacude la tierra, para sembrarte tantos males? No te destruirá por mucho que
lo desee. Conque obra del modo siguiente, pues paréceme que eres discreto:
quítate esos vestidos, deja que la balsa sea arrastrada por los vientos, y trata
de alcanzar nadando la tierra de los feacios, donde es tu destino que te salves.
Toma, extiende este velo inmortal bajo tu pecho, y no temas padecer ni morir.
Mas cuando alcances con tus manos tierra firme, suéltalo enseguida y arrójalo al
ponto rojo como el vino, muy lejos de tierra, y apártate lejos.»
Cuando hubo hablado así la diosa, le dió el velo, y con presteza se sumergió en
el alborotado ponto, semejante a una gaviota, y una negra ola la ocultó. El
divino Odiseo, el sufridor, dio en cavilar y habló irritado a su magnánimo
corazón:
«¡Ay de mí! ¡No vaya a ser que alguno de los inmortales urde contra mí una
trampa, cuando me ordena abandonar la balsa! Mas no obedeceré, que yo vi a lo
lejos con mis propios ojos la tierra donde me dijo que tendría asilo. Más bien,
pues me parece mejor, obraré así: mientras los maderos sigan unidos por las
ligazones permaneceré aquí y aguantaré sufriendo males, pero una vez que las
olas desencajen la balsa me pondré a nadar, pues no se me alcanza prevision
mejor.»
Mientras esto agitaba en su mente, y en su corazón, Poseidon, el que sacude la
tierra, levantó una gran ola, terrible y penosa, abovedada, y lo arrastró. Como
el impetuoso viento agita un montón de pajas secas que dispersa acá y allá, así
dispersó los grandes maderos de la balsa. Pero Odiseo montó en un madero como si
cabalgase sobre potro de carrera y se quitó los vestidos que le había dado la
divina Calipso. Y al punto extendió el velo por su pecho y púsose boca abajo en
el mar, extendidos los brazos, ansioso de nadar.
Y el poderoso, el que sacude la tierra, lo vio, y moviendo la cabeza, habló a su
ánimo:
. «Ahora que has padecido muchas calamidades vaga por el ponto hasta que llegues
a esos hombres vástagos de Zeus. Pero ni aun así creo que estimarás pequeña tu
desgracia.»
Cuando hubo hablado así, fustigó a los caballos de hermosas crines y enfiló
hacia Egas, donde tiene ilustre morada.
Pero Atenea, la hija de Zeus decidió otra cosa: cerró el camino a todos los
vientos y mandó que todos cesaran y se calmaran; levantó al rápido Bóreas y
quebró las olas hasta que Odiseo, movido por Zeus, llegara a los feacios,
amantes del remo, escapando a la muerte y al destino.
Así que anduvo éste a la deriva durante dos noches y dos días por las sólidas
olas, y muchas veces su corazón presintió la muerte. Pero cuando Eos, de lindas
trenzas, completó el tercer día, cesó el viento y se hizo la calma, y Odiseo vio
cerca la tierra oteando agudamente desde lo alto de una gran ola. Como cuando
parece agradable a los hijos la vida de un padre que yace enfermo entre grandes
dolores, consumiéndose durante mucho tiempo, pues le acomete un horrible demón y
los dioses le libran felizmente del mal, así de agradable le parecieron a Odiseo
la tierra y el bosque, y nadaba apresurándose por poner los pies en tierra
firme. Pero cuando estaba a tal distancia que se le habría oído al gritar,
sintió el estrépito del mar en las rocas. Grandes olas rugían estrepitosamente
al romperse con estruendo contra tierra firme, y todo se cubría de espuma
marina, pues no había puertos, refugios de las naves, ni ensenadas, sino
acantilados, rocas y escollos. Entonces se aflojaron las rodillas y el corazón
de Odiseo y decía afligido a su magnánimo corazón:
«¡Ay de mí! Después que Zeus me ha concedido inesperadamente ver tierra y he
terminado de surcar este abismo, no encuentro por dónde salir del canoso mar.
Afuera las rocas son puntiagudas, y alrededor las olas se levantan
estrepitosamente, y la roca se yergue lisa y el mar es profundo en la orilla,
sin que sea posible poner allí los pies y escapar del mal. Temo que al salir me
arrebate una gran ola y me lance contra pétrea roca, y mi esfuerzo sería inútil.
Y si sigo nadando más allá por si encuentro una playa donde rompe el mar
oblicuamente o un puerto marino, temo que la tempestad me arrebate de nuevo y me
lleve al ponto rico en peces mientras yo gimo profundamente, o una divinidad
lance contra mí un gran monstruo marino de los que cría a miles la ilustre
Anfitrite. Pues sé que el ilustre, el que sacude la tierra, está irritado
conmigo.»
Mientras meditaba esto en su mente y en su corazón, lo arrastró una gran ola
contra la escarpada orilla, y allí se habría desgarrado la piel y roto los
huesos si Atenea, la diosa de ojos brillantes, no le hubiese inspirado a su
ánimo lo siguiente: lanzóse, asió la roca con ambas manos y se mantuvo en ella
gimiendo hasta que pasó una gran ola. De este modo consiguió evitarla, pero al
refluir ésta lo golpeó cuando se apresuraba y lo lanzó a lo lejos en el ponto.
Como cuando al sacar a un pulpo de su escondrijo se pegan infinitas piedrecitas
a sus tentáculos, así se desgarró en la roca la piel de sus robustas manos.
Luego lo cubrió una gran ola, y allí habría muerto el desgraciado Odiseo contra
lo dispuesto por el destino si Atenea, la diosa de ojos brillantes, no le
hubiera inspirado sensatez. Así que emergiendo del oleaje que rugía en dirección
a la costa, nadó dando cara a la tierra por si encontraba orillas batidas por
las olas o puertos de mar. Y cuando llegó nadando a la boca de un río de hermosa
corriente, aquél le pareció el mejor lugar, libre de piedras y al abrigo del
viento. Y al advertir que fluía le suplicó en su ánimo:
«Escucha, soberano, quienquiera que seas; llego a ti, muy deseado, huyendo del
ponto y de las amenazas de Poseidón. Incluso los dioses inmortales respetan al
hombre que llega errante como yo llego ahora a tu corriente y a tus rodillas
después de sufrir mucho. Compadécete, soberano, puesto que me precio de ser tu
suplicante.»
Así dijo; hizo éste cesar al punto su corriente, retirando las olas, e hizo la
calma delante de él, llevándolo salvo a la misma desembocadura. Y dobló Odiseo
ambas rodillas y los robustos brazos, pues su corazón estaba sometido por el
mar. Tenía todo el cuerpo hinchado, y de su boca y nariz fluía mucho agua
salada: así que cayó sin aliento y sin voz y le sobrevino un terrible cansancio.
Mas cuando respiró y se recuperó su ánimo, desató el velo de la diosa y lo echó
al río que fluye hacia el mar, y al punto se lo llevó una gran ola con la
corriente y luego la recibió Ino en sus manos. Alejóse del río, se echó delante
de una junquera y besó la fértil tierra. Y, afligido, decía a su magnánimo
corazón:
«¡Ay de mí! ¿Qué me va a suceder? ¿Qué me sobrevendrá por fin? Si velo junto al
río durante la noche inspiradora de preocupaciones, quizá la dañina escarcha y
el suave rocío venzan al tiempo mi agonizante ánimo a causa de mi debilidad,
pues una brisa fría sopla antes del alba desde el río. Pero si subo a la colina
y umbría selva y duermo entre las espesas matas, si me dejan el frío y el
cansancio y me viene el dulce sueño, temo convertirme en botín y presa de las
fieras.».
Después de pensarlo, le pareció que era mejor así, y echó a andar hacia la selva
y la encontró cerca del agua en lugar bien visible; y se deslizó debajo de dos
matas que habían nacido del mismo lugar, una de aladierma y otra de olivo. No
llegaba a ellos el húmedo soplo de los vientos ni el resplandeciente sol los
hería con sus rayos, ni la lluvia los atravesaba de un extremo a otro (tan
apretados crecían entrelazados uno con el otro). Bajo ellos se introdujo Odiseo,
y luego preparó ancha cama con sus manos, pues había un gran montón de hojarasca
como para acoger a dos o tres hombres en el invierno por riguroso que fuera. A1
verla se alegró el divino Odiseo, el sufridor, y se acostó en medio y se echó
encima un montón de hojas. Como el que esconde un tizón en negra ceniza en el
extremo de un campo (y no tiene vecinos) para conservar un germen de fuego y no
tener que ir a encenderlo a otra parte, así se cubrió Odiseo con las hojas y
Atenea vertió sobre sus ojos el sueño para que se le calmara rápidamente el
penoso cansancio, cerrándole los párpados.
CANTO VI
ODISEO Y NAUSÍCAA
Aí es como dormía allí el sufridor, el divino Odiseo, agotado por el sueño y el
cansancio.
En tanto marchó Atenea al país y a la ciudad de los hombres feacios que antes
habitaban la espaciosa Hiperea cerca de los Cíclopes, hombres soberbios que los
dañaban continuamente, pues eran superiores en fuerza. Sacándolos de allí los
condujo Nausítoo, semejante a un dios, y los asentó en Esqueria, lejos de los
hombres industriosos; rodeó la ciudad con un muro, construyó casas a hizo los
templos de los dioses y repartió los campos. Pero éste, vencido ya por Ker,
había marchado a Hades, y entonces gobernaba Alcínoo, inspirado en sus designios
por los dioses.
Al palacio de éste se encaminó Atenea, la de ojos brillantes, planeando el
regreso para el magnánimo Odiseo. Llegó a la muy adornada estancia en la que
dormía una joven igual a las diosas en su porte y figura, Nausícaa, hija del
magnánimo Alcínoo. Y dos sirvientas que poseían la belleza de las Gracias
estaban a uno y otro lado de la entrada, y las suntuosas puertas estaban
cerradas. Apresuróse Atenea como un soplo de viento hacia la cama de la joven, y
se puso sobre su cabeza y le dirigió su palabra tomando la apariencia de la hija
de Dimante, famoso por sus naves, pues era de su misma edad y muy grata a su
ánimo.
Asemejándose a ésta, le dijo Atenea, la de ojos brillantes:
«Nausícaa, ¿por qué tan indolente te parió tu madre? Tienes descuidados los
espléndidos vestidos, y eso que está cercana tu boda, en que es preciso que
vistas tus mejores galas y se las proporciones también a aquellos que lo
acompañen. Pues de cosas así resulta buena fama a los hombres y se complacen el
padre y la venerable madre.
Conque marchemos a lavar tan pronto como despunte la aurora; también yo ire
contigo como compañera para que dispongas todo enseguida, porque ya no vas a
estar soltera mucho tiempo, que te pretenden los mejores de los feacios en el
pueblo donde también tú tienes tu linaje. Así que, anda, pide a tu ilustre padre
que prepare antes de la aurora mulas y un carro que lleve los cinturones, las
túnicas y tu espléndida ropa. Es para ti mucho mejor ir así que a pie, pues los
lavaderos están muy lejos de la ciudad.»
Cuando hubo hablado así se marchó Atenea, la de los brillantes, al Olimpo, donde
dicen que está la morada siempre segura de los dioses, pues no es azotada por
los vientos ni mojada por las lluvias, ni tampoco la cubre la nieve. Permanece
siempre un cielo sin nubes y una resplandeciente claridad la envuelve. Allí se
divierten durante todo el día los felices dioses. Hacia allá marchó la de ojos
brillantes cuando hubo aconsejado a la joven.
Al punto llegó Eos, la de hermoso trono, que despertó a Nausícaa; de lindo pelo,
y asombrada del sueño echó a correr por el palacio para contárselo a sus
progenitores, a su padre y a su madre. Y encontró dentro a los dos; ella estaba
sentada junto al hogar con sus siervas hilando copos de lana teñidos con púrpura
marina; a él lo encontró a las puertas cuando marchaba con los ilustres reyes al
Consejo, donde lo reclamaban los nobles feacios.
Así que se acercó a su padre y le dijo:
«Querido papá, ¿no podrías aparejarme un alto carro de buenas ruedas para que
lleve a lavar al río los vestidos que tengo sucios? Que también a ti conviene,
cuando estás entre los principales, participar en el Consejo llevando sobre tu
cuerpo vestidos limpios. Además, tienes cinco hijos en el palacio, dos casados
ya, pero tres solteros en la flor de la edad, y éstos siempre quieren ir al
baile con los vestidos bien limpios, y todo esto está a mi cargo.»
Así dijo, pues se avergonzaba de mentar el floreciente matrimonio a su padre.
Pero él comprendió todo y le respondió con estas palabras:
«No te voy a negar las mulas, hija, ni ninguna otra cosa. Ve; al momento los
criados lo prepararán un alto carro de buenas ruedas con una cesta ajustada a
él.»
Cuando hubo dicho así, daba órdenes a sus criados y éstos al momento le
obedecieron. Prepararon fuera el carro mulero de buenas ruedas, trajeron mulas y
las uncieron al yugo. La joven sacó de la habitación un lujoso vestido y lo
colocó en el bien pulido carro, y la madre puso en un capacho abundante y rica
comida, así como golosinas, y en un odre de cuero de cabra vertió vino. La joven
subió al carro, y todavía le dió en un recipiente de oro aceite húmedo para que
se ungiera con sus sirvientas. Tomó Nausícaa el látigo y las resplandecientes
riendas y lo restalló para que partieran. Y se dejó sentir el batir de las
mulas, y mantenían una tensión incesante llevando los vestidos y a ella misma;
mas no sola, que con ella marchaban sus esclavas. Así que hubieron llegado a la
hermosisima corriente del río donde estaban los lavaderos perennes (manaba un
caudal de agua muy hermosa para lavar incluso la ropa más sucia), soltaron las
mulas del carro y las arrearon hacia el río de hermosos torbellinos para que
comieran la fresca hierba suave como la miel. Tomaron ellas en sus manos los
vestidos, los llevaron a la oscura agua y los pisoteaban con presteza en las
pilas, emulándose unas a otras.
Una vez que limpiaron y lavaron toda la suciedad, extendieron la ropa
ordenadamente a la orilla del mar precisamente donde el agua devuelve a la
tierra los guijarros más limpios.
Y después de bañarse y ungirse con el grasiento aceite, tomaron el almuerzo
junto a la orilla del río y aguardaban a que la ropa se secara con el resplandor
del sol.
Apenas habían terminado de disfrutar el almuerzo, las criadas y ella misma se
pusieron a jugar con una pelota, despojándose de sus velos. Y Nausícaa, de
blancos brazos, dio comienzo a la danza. Como Artemis va por los montes, la
Flechadora, ya sea por el Taigeto muy espacioso o por el Erimanto, mientras
disfruta con los jabalíes y ligeros ciervos, y con ella las ninfas agrestes,
hijas de Zeus portador de la égida, participan en los juegos y disfruta en su
pecho Leto... (de todas ellas tiene por encima la cabeza y el rostro, así que es
fácilmente reconocible, aunque todas son bellas), así se distinguía entre todas
sus sirvientas la joven doncella.
Pero cuando ya se disponían a regresar de nuevo a casa, después de haber uncido
las mulas y doblado los bellos vestidos, la diosa de ojos brillantes, Atenea,
dispuso otro plan: que Odiseo se despertara y viera a la joven de hermosos ojos
que lo conduciría a la ciudad de los feacios. Conque la princesa tiró la pelota
a una sirvienta y no la acertó; arrojóla en un profundo remolino y ellas
gritaron con fuerza. Despertó el divino Odiseo, y sentado meditaba en su mente y
en su corazón:
«¡Ay de mí! ¿De qué clase de hombres es la tierra a la que he llegado? ¿Son
soberbios, salvajes y carentes de justicia o amigos de los forasteros y con
sentimientos de piedad hacia los dioses?. Y es el caso que me rodea un griterío
femenino como de doncellas, de ninfas que poseen las elevadas cimas de los
montes, las fuentes de los ríos y los prados cubiertos de hierba. ¿O es que
estoy cerca de hombres dotados de voz articulada? Pero, ea, yo mismo voy a
comprobarlo a intentaré verlo.»
Cuando hubo dicho así, salió de entre los matorrales el divino Odiseo, y de la
cerrada selva cortó con su robusta mano una rama frondosa para cubrirse
alrededor las vergüenzas. Y se puso en camino como un león montaraz que,
confiado en su fuerza, marcha empapado de lluvia y contra el viento y le arden
los ojos; entonces persigue a bueyes o a ovejas o anda tras los salvajes
ciervos; pues su vientre lo apremia a entrar en un recinto bien cerrado para
atacar a los ganados. Así iba a mezclarse Odiseo entre las doncellas de lindas
trenzas, aun estando desnudo, pues la necesidad lo alcanzaba. Y apareció ante
ellas terriblemente afeado por la salmuera.
Temblorosas se dispersan cada una por un lado hacia las salientes riberas. Sola
la hija de Alcínoo se quedó, pues Atenea le infundió valor en su pecho y arrojó
el miedo de sus miembros. Y permaneció a pie firme frente a Odiseo. Éste dudó
entre suplicar a la muchacha de lindos ojos abrazado a sus rodillas o pedirle
desde lejos, con dulces palabras, que le señalara su ciudad y le entregara
ropas. Y mientras esto cavilaba, le pareció mejor suplicar desde lejos con
dulces palabras, no fuera que la doncella se irritara con él al abrazarle las
rodillas. Así que pronunció estas dulces y astutas palabras:
«A ti suplico, soberana. ¿Eres diosa o mortal? Si eres una divinidad de las que
poseen el espacioso cielo, yo te comparo a Arternis, la hija del gran Zeus, en
belleza, talle y distinción, y si eres uno de los mortales que habitan la
tierra, tres veces felices tu padre y tu venerable madre; tres veces felices
también tus hermanos, pues bien seguro que el ánimo se les ensancha por tu causa
viendo entrar en el baile a tal retoño; y con mucho el más feliz de todos en su
corazón aquel que venciendo con sus presentes te lleve a su casa. Que jamás he
visto con mis ojos semejante mortal, hombre o mujer. Al mirarte me atenaza el
asombro. Una vez en Delos vi que crecía junto al altar de Apolo un retoño
semejante de palmera (pues también he ido allí y me seguía un numeroso ejército
en expedición en que me iban a suceder funestos males.) Así es que contemplando
aquello quedé entusiasmado largo tiempo, pues nunca árbol tal había crecido de
la tierra.
«Del mismo modo te admiro a ti, mujer, y te contemplo absorto al tiempo que temo
profundamente abrazar tus rodillas. Pero me alcanza un terrible pesar. Ayer
escapé del ponto, rojo como el vino, después de veinte días. Entretanto me han
zarandeado sin cesar el oleaje y turbulentas tempestades desde la isla Ogigia, y
ahora por fin me ha arrojado aquí algún demón, sin duda para que sufra algún
contratiempo; pues no creo que éstos vayan a cesar, sino que todavía los dioses
me preparan muchas desventuras.
«Pero tú, sobrerana, ten compasión, pues es a ti a quien primero encuentro
después de haber soportado muchas desgracias, que no conozco a ninguno de los
hombres que poseen esta tierra y ciudad. Muéstrame la ciudad y dame algo de ropa
para cubrirme si al venir trajiste alguna para envoltura de tus vestidos. ¡Que
los dioses te concedan cuantas cosas anhelas en tu corazón: un marido, una casa,
y te otorguen también una feliz armonía! Seguro que no hay nada más bello y
mejor que cuando un hombre y una mujer gobiernan la casa con el mismo parecer;
pesar es para el enemigo y alegría para el amigo, y, sobre todo, ellos consiguen
buena fama. »
Y le respondió luego Nausícaa, la de blancos brazos:
«Forastero, no pareces hombre plebeyo ni insensato. El mismo Zeus Olímpico
reparte la felicidad entre los hombres tanto a nobles como a plebeyos, según
quiere a cada uno. Sin duda también a ti te ha concedido esto, y es preciso que
lo soportes con firmeza hasta el fin.
«Ahora que has llegado a nuestra ciudad y a nuestra tierra, no te verás privado
de vestidos ni de ninguna otra cosa de las que son propias del desdichado
suplicante que nos sale al encuentro. Te mostraré la ciudad y te diré los
nombres de sus gentes. Los feacios poseen esta ciudad y esta tierra; yo soy la
hija del magnánimo Alcínoo, en quien descansa el poder y la fuerza de los
feacios.»
Así dijo, y ordenó a las doncellas de lindas trenzas:
«Deteneos, siervas. ¿A dónde húís por ver a este hombre? ¿Acaso creéis que es un
enemigo? No existe viviente ni puede nacer hombre que llegue con ánimo hostil al
país de los feacios, pues somos muy queridos de los dioses y habitamos lejos en
el agitado ponto, los más apartados, y ningún otro mortal tiene trato con
nosotros.
«Peró éste ha llegado aquí como un desdichado después de andar errante, y ahora
es preciso atenderle. Que todos los huéspedes y mendigos proceden de Zeus, y
para ellos una dádiva pequeña es querida. ¡Vamos!, dadle de comer y de beber y
lavadlo en el río donde haya un abrigo contra el viento. »
Así dijo; ellas se detuvieron y se animaron unas a otras, hicieron sentar a
Odiseo en lugar resguardado, según lo había ordenado Nausícaa, hija del
magnánimo Alcínoo, le proporcionáron un manto y una túnica como vestido, le
entregaron aceite húmedo en una ampolla de oro y lo apremiaban para que se
bañara en las corrientes del río.
Entonces, por fin, dijo el divino Odiseo a las siervas:
«Siervas, deteneos ahí lejos mientras me quito de los hombros la salmuera y me
unjo con aceite, pues ya hace tiempo que no hay grasa sobre mi cuerpo; que no me
lavaré yo frente a vosotras, pues me avergüenzo de permanecer desnudo entre
doncellas de lindas trenzas. »
Así dijo y ellas se alejaron y se lo contaron a la muchacha. Cónque el divino
Odiseo púsose a lavar su cuerpo en las aguas del río y a quitarse la salmuera
que cubría sus anchas espaldas y sus hombros, y limpió de su cabeza la espuma de
la mar infatigable. Después que se hubo lavado y ungido con aceite, se vistió
las ropas que le proporcionara la no sometida doncella. Entonces le concedió,
Atenea, la hija de Zeus, aparecer más apuesto y robusto e hizo caer de su cabeza
espesa cabellera, semejante a la flor del jacinto. Así como derrama oro sobre
plata un diestro orfebre a quien Hefesto y Palas Atenea han enseñado toda clase
de artes y termina graciosos trabajos, así Atenea vertió su gracia sobre la
cabeza y hombros de Odiseo. Fuese entonces a sentar a lo lejos junto a la orilla
del mar, resplandeciente de belleza y de gracia, y la muchacha lo contemplaba.
Por fin dijo a las siervas de lindas trenzas:
«Esuchadme, siervas de blancos brazos, mientras os hablo; no en contra de la
voluntad de todos los dioses, los que poseen el Olimpo, tiene trato este hombre
con los feacios semejantes a los dioses. Es verdad que antes me pareció
desagradable, pero ahora es semejante a los dioses, los que poseen el amplio
cielo. ¡Ojalá semejante varón fuera llamado esposo mío habitando aquí y le
cumpliera permanecer con nosotros! Vamos, siervas, dad al huésped comida y
bebida.»
Así dijo; ellas la escucharon y al punto realizaron sus deseos: pusieron comida
y bebida junto a Odiseo y verdad es que comía y bebía con voracidad el sufridor,
el divino Odiseo, pues durante largo tiempo estuvo ayuno de comida.
De pronto Nausícaa, de blancos brazos, cambió de parecer. Después de haber
plegado sus vestidos los colocó en el hermoso carro, unció las mulas de fuertes
cascos y ascendió ella misma. Animó a Odiseo, le llamó por su nombre y le
dirigió su palabra:
«Forastero, levántate ahora para ir a la ciudad y para que yo te acompañe a casa
de mi prudente padre, donde te aseguro que verás a los más excelentes de todos
los feacios. Pero ahora cuidate de obrar así ya que no me pareces insensato :
mientras vayamos por los campos y las labores de los hombres, marcha presto con
las sirvientas tras las mulas y el carro y yo seré guía. Pero cuando subamos a
la ciudad... a ésta la rodea una elevada muralla; hay un hermoso puerto a ambos
lados de la ciudad y es estrecha la entrada, y las curvadas naves son
arrastradas por el camino, pues todos ellos tienen refugios para sus naves.
También tienen en torno al hermoso templo de Poseidón el ágora construida con
piedras gigantescas que hunden sus raíces en la tierra. Aquí se ocupan los
hombres de los aparejos de sus negras naves, cables y velas, y aquí afilan sus
remos. Pues los feacios no se ocupan de arco y carcaj, sino de mástiles y remos,
y de proporcionadas naves con las que recorren orgullosos el canoso mar. De
éstos quiero evitar el amargo comentario, no sea que alguno murmure por detrás,
pues muchos son los soberbios en el pueblo, y quizá alguno, el más vil, diga al
salirnos al encuentro: "¿Quién es este hermoso y apuesto forastero que sigue a
Nausícaa?, ¿dónde lo encontró? Quizá llegue a ser su esposo, o quizá es algún
navegante al que, errante en su nave, le dio hospitalidad, de los hombres que
viven lejos, ya que nadie vive cerca de aquí. O quizá un dios le ha bajado del
cielo tras invocarlo y lo va a tener con ella para siempre. Mejor si ha
encontrado por ahí un esposo de fuera, pues desdeña a los demás feacios en el
pueblo, aunque son muchos y nobles los que la pretenden." Así dirán, y para mí
estas palabras serán odiosas. Pero yo también me indignaría con otra que hiciera
cosas semejantes contra la voluntad de su padre y de su madre y se uniera con
hombres antes que celebre público matrimonio.
«Conque, forastero, haz caso de mi palabra para que consigas pronto de mi padre
escolta y regreso.
«Encontrarás un espléndido bosque de Atenea junto al camino, de álamos negros;
allí mana una fuente y alrededor hay un prado; allí está el cercado de mi padre
y la florida viña, tan cerca de la ciudad que se oye al gritar. Espera un poco
allí sentado para que nosotras alcancemos la ciudad y lleguemos a casa de mi
padre, y cuando supongas que hemos llegado al palacio, disponte entonces a
marchar a la ciudad de los feacios y pregunta por la casa de mi padre, el
magnánimo Alcínoo. Es fácilmente reconocible y hasta un niño pequeño te puede
conducir, pues no es nada semejante a las casas de los demás feacios: ¡tal es el
palacio del héroe Alcínoo! Y una vez que te cobijen la casa y el patio, cruza
rápidamente el mégaron para llegar hasta mi madre; ella está sentada en el hogar
a la luz del fuego, hilando copos purpúreos ¡una maravilla para verlos! apoyada
en la columna. Y sus esclavas se sientan detrás de ella. Allí también está el
trono de mi padre apoyado contra la columna, en el que se sienta a beber su vino
como un dios inmortal. Pásalo de largo y arrójate a abrazar con tus manos las
rodillas de mi madre, a fin de que consigas pronto el día del regreso, para tu
felicidad, aunque seas de lejana tierra. Pues si ella te guarda sentimientos
amigos en su corazón, podrás cumplir el deseo de ver a los tuyos, tu bien
construida casa y tu tierra patria.»
Hablando así golpeó con su brillante látigo a las mulas y éstas abandonaron
veloces las corrientes del río: trotaban muy bien y cruzaban bien las patas. Y
ella llevaba las riendas para que pudieran seguirle a pie las sirvientas y
Odiseo; así es que manejaba el látigo con tiento.
Y se sumergió Helios y al punto llegaron al famoso bosquecillo sagrado de
Atenea, donde se sentó el divino Odiseo:
Y se puso a invocar a la hija del gran Zeus:
«Escúchame, hija de Zeus, portador de égida, Atritona, escúchame en este
momento, ya que antes no me escuchaste cuando sufrí naufragio, cuando me golpeó
el famoso, el que sacude la tierra. Concédeme llegar a la tierra de los feacios
como amigo y digno de lástima.»
Así dijo suplicando y le escuchó Palas Atenea.
Pero no le salió al encuentro, pues respetaba al hermano de su padre que
mantenía su cólera violenta contra Odiseo, semejante a un dios, hasta que
llegara a su patria.
CANTO VII
ODISEO EN EL PALACIO DE ALCÍNOO
Y mientras así rogaba el sufridor, el divino Odiseo, el vigor de las mulas
llevaba a la doncella a la ciudad. Cuando al fin llegó a la famosa morada de su
padre, se detuvo ante las puertas y la rodearon sus hermanos, semejantes a los
inmortales, quienes desuncieron las mulas del carro y llevaron adentro las
ropas. Ella se dirigió a su habitación y le encendió fuego una anciana de Apira,
la camarera Eurimedusa, a la que trajeron desde Apira las curvadas naves. Se la
habían elegido a Alcínoo como recompensa, porque reinaba sobre todos los feacios
y el pueblo lo escuchaba como a un dios. Ella fue quien crió a Nausícaa, la de
blancos brazos, en el mégaron; ella le avivaba el fuego y le preparaba la cena.
Entonces Odiseo se dispuso a marchar a la ciudad, y Atenea, siempre preocupada
por Odiseo, derramó en torno suyo una gran nube, no fuera que alguno de los
magnánimos feacios, saliéndole al encuentro, le molestara de palabra y le
preguntara quién era. Conque cuando estaba ya a punto de penetrar en la
agradable ciudad, le salió al encuentro la diosa Atenea, de ojos brillantes,
tomando la apariencia de una niña pequeña con un cántaro, y se detuvo delante de
él, y le preguntó luego el divino Odiseo:
«Pequeña, ¿querrías llevarme a casa de Alcínoo, el que gobierna entre estos
hombres? Pues yo soy forastero y después de muchas desventuras he llegado aquí
desde lejos, de una tierra apartada; por esto no conozco a ninguno de los
hombres que poseen esta ciudad y estas tierras de labor.»
Y le respondió luego Atenea, la diosa de ojos brillantes:
«Yo te mostraré, padre forastero, la casa que me pides, ya que vive cerca de mi
irreprochable padre. Anda, ven en silencio y te mostraré el camino, pero no
mires ni preguntes a ninguno de los hombres, pues no soportan con agrado a los
forasteros ni agasajan con gusto al que llega de otra parte. Confiados en sus
rápidas naves surcan el gran abismo del mar, pues así se lo ha encomendado el
que sacude la tierra, y sus naves son tan ligeras como las alas o como el
pensamiento.»
Hablando así le condujo rápidamente Palas Atenea y él marchaba tras las huellas
de la diosa. Pero no lo vieron los feacios, famosos por sus naves, mientras
marchaba entre ellos por su ciudad, ya que no lo permitía Atenea, de lindas
trenzas, la terrible diosa que preocupándose por él en su ánimo le había
cubierto con una nube divina.
Odiseo iba contemplando con admiración los puertos y las proporcionadas naves,
las ágoras de ellos, de los héroes y las grandes murallas elevadas, ajustadas
con piedras, maravilla de ver. Y cuando al fin llegó a la famosa morada del rey,
Atenea, de ojos brillantes, comenzó a hablar:
«Ese es, padre forastero, el palacio que me pedías que te mostrara; encontrarás
a los reyes, vástagos de Zeus, celebrando un banquete. Tú pasa adentro y no te
turbes en tu ánimo, pues un hombre con arrojo resulta ser el mejor en toda
acción, aunque llegue de otra tierra. Primero encontrarás a la reina en el
mégaron; su nombre es Arete y desciende de los mismos padres que engendraron a
Alcínoo. A Nausítoo lo engendraron primero Poseidón, el que sacude la tierra, y
Peribea, la más excelente de las mujeres en su porte, hija menor del magnánimo
Eurimedonte, que entonces gobernaba sobre los soberbios Gigantes éste hizo
perecer a su arrogante pueblo, pereciendo también él ; con ella se unió Poseidón
y engendró a su hijo, el magnánimo Nausítoo, que reinó entre los feacios.
Nausítoo fue el padre de Rexenor y Alcínoo. A aquél lo alcanzó Apolo, el del
arco de plata, recién casado y sin hijos varones y en la casa dejó a una niña
sola, a Arete, a la que Alcínoo hizo su ésposa y honró como jamás ninguna otra
ha sido honrada de cuantas mujeres gobiernan una casa sometidas a su esposo. Así
ella ha sido honrada en su corazón y lo sigue siendo por sus hijos y el mismo
Alcínoo y por su pueblo que la contempla como a una diosa, y la saludan con
agradables palabras cuando pasea por la ciudad, que no carece tampoco ella de
buen juicio y resuelve los litigios, incluso a los hombres por los que siente
amistad. Si ella te recibe con sentimientos amigos puedes tener la esperanza de
ver a los tuyos, regresar a tu casa de alto techo y a tu tierra patria.»
Cuando hubo hablado así marchó Atenea, de ojos brillantes, por el estéril ponto
y abandonó la agradable Esqueria. Llegó así a Maratón y a Atenas, de anchas
calles, y penetró en la sólida morada de Erecteo.
Entretanto, Odiseo caminaba hacia la famosa morada de Alcínoo, y su corazón
removía diversos pensamientos cuando se detuvo antes de alcanzar el broncíneo
umbral. Pues hay un resplandor como de sol o de luna en el elevado palacio del
magnánimo Alcínoo; a ambos lados se extienden muros de bronce desde el umbral
hasta el fondo y en su torno un azulado friso; puertas de oro cierran por dentro
la sólida estancia; las jambas sobre el umbral son de plata y de plata el
dintel, y el tirador, de oro. A uno y otro lado de la puerta había perros de oro
y plata que había esculpido Hefesto con la habilidad de su mente para custodiar
la morada del magnánimo Alcínoo perros que son inmortales y no envejecen nunca.
A lo largo de la pared y a ambos lados, desde el umbral hasta el fondo, había
tronos cubiertos por ropajes hábilmente tejidos, obra de mujeres. En ellos se
sentaban los señores feacios mientras bebían y comían; y los ocupaban
constantemente. Había también unos jovenes de oro en pie sobre pedestales
perfectamente construidos, portando en sus manos antorchas encendidas, los
cuales alumbraban los banquetes nocturnos del palacio. Tiene cincuenta esclavas
en su mansión: unas muelen el dorado fruto, otras tejen telas y sentadas hacen
funcionar los husos, semejantes a las hojas de un esbelto álamo negro, y del
lino tejido gotea el húmedo aceite. Tanto como los feacios son más expertos que
los demás hombres en gobernar su rápida nave sobre el ponto, así son sus mujeres
en el telar. Pues Atenea les ha concedido en grado sumo el saber realizar
brillantes labores y buena cabeza.
Fuera del patio, cerca de las puertas, hay un gran huerto de cuatro yugadas y
alrededor se extiende un cerco a ambos lados. Allí han nacido y florecen
árboles: perales y granados, manzanos de espléndidos frutos, dulces itigueras y
verdes olivos; de ellos no se pierde el fruto ni falta nunca en invierno ni en
verano: son perennes. Siempre que sopla Céfiro, unos nacen y otros maduran. La
pera envejece sobre la pera, la manzana sobre la manzana, la uva sobre la uva y
también el higo sobre el higo. Allí tiene plantada una viña muy fructífera, en
la que unas uvas se secan al sol en lugar abrigado, otras las vendimian y otras
las pisan: delante están las vides que dejan salir la flor y otras hay también
que apenas negrean. Allí también, en el fondo del huerto, crecen liños de
verduras de todas clases siempre lozanas. También hay allí dos fuentes, la una
que corre por todo el huerto, la otra que va de una parte a otra bajo el umbral
del patio hasta la elevada morada a donde van por agua los ciudadanos. Tales
eran las brillantes dádivas de los dioses en la mansión de Alcínoo.
Allí estaba el divino Odiseo, el sufridor, y lo contemplaba con admiración.
Conque una vez que hubo contemplado todo boquiabierto cruzó el umbral con
rapidez para entrar en la casa. Y encontró a los jefes y señores de los feacios
que hacían libación con sus copas al vigilante Argifonte, a quien solían ofrecer
libación en último lugar, cuando ya sentían necesidad del lecho. Así que el
sufridor, el divino Odiseo, echó a andar por la casa envuelto en la espesa
niebla que le había derramado Atenea, hasta que llegó ante Arete y el rey
Alcínoo.
Abrazó Odiseo las rodillas de Arete y entonces, por fin, se disipó la divina
nube. Quedaron todos en silencio al ver a un hombre en el palacio y se llenaron
de asombro al contemplarle. Y Odiseo suplicaba de esta guisa:
«Arete, hija de Rexenor, semejante a un inmortal, me he llegado a tu esposo, a
tus rodillas y ante éstos tus invitados, después de sufrir muchas desventuras.
¡Ojalá los dioses concedan a éstos vivir en la abundancia; que cada uno pueda
legar a sus hijos los bienes de su hacienda y las prerrogativas que les ha
concedido el pueblo. En cuanto a mí, proporcionadme escolta para llegar
rápidamente a mi patria. Pues ya hace tiempo que padezco pesares lejos de los
míos.»
Así diciendo se sentó entre las cenizas junto al fuego del hogar. Todos ellos
permanecían inmóviles en silencio. Al fin tomó la palabra un anciano héroe,
Equeneo, que era el más anciano entre los feacios y sobresalía por su palabra,
pues era conocedor de muchas y antiguas cosas. Este les habló y dijo con
sentimientos de amistad:
«Alcínoo, no me parece lo mejor, ni está bien, que el huésped permanezca sentado
en el suelo entre las cenizas del hogar. Estos permanecen callados esperando
únicamente tu palabra. Anda, haz que se levante y siéntalo en un trono de clavos
de plata. Ordena también a los heraldos que mezclen vino para que hagamos
libaciones a Zeus, el que goza con el rayo, el que asiste a los venerables
suplicantes. En fin, que el ama de llaves proporcione al forastero alguna vianda
de las que hay dentro.»
Cuando hubo escuchado esto, la sagrada fuerza de Alcínoo asiendo de la mano a
Odiseo, prudente y hábil en astucias, lo hizo levantar del hogar y lo asentó en
su brillante trono, después de haber levantado a su hijo, al valeroso
Laodamante, que solía sentarse a su lado y al que sobre todos quería. Una
sirvienta trajo aguamanos en hermoso jarro de oro y la vertió sobre una jofaina
de plata para que se lavara. A su lado extendió una pulimentada mesa. La
venerable ama de llaves le proporcionó pan y le dejó allí toda clase de
manjares, favoreciéndole gustosa entre los presentes. En tanto que comía y bebía
el sufridor, divino Odiseo, la fuerza de Alcínoo dijo a un heraldo:
«Pontónoo, mezcla vino en la crátera y repártelo a todos en la casa para que
ofrezcamos libaciones a Zeus, el que goza con el rayo, el que asiste siempre a
los venerables suplicantes.»
Así dijo; Pontónoo mezcló el dulce vino y lo repartió entre todos, haciendo una
primera ofrenda, por orden, en las copas. Una vez que hicieron las libaciones y
bebieron cuanto quiso su ánimo, habló entre ellos Alcínoo y dijo:
«Escuchadme, jefes y señores de los feacios, para que os diga lo que mi corazón
me ordena en el pecho. Dad ahora fin al banquete y marchad a acostaros a vuestra
casa. Y a la aurora, después de convocar al mayor número de ancianos,
ofreceremos hospitalidad al forastero, haremos hermosos sacrificios a los dioses
y después trataremos de su escolta para que el forastero alcance su tierra
patria sin fatiga ni esfuerzo con nuestra escolta la que recibirá contento por
muy lejana que sea, y para que no sufra ningún daño antes de desembarcar en su
tierra. Una vez allí sufrirá cuantas desventuras le tejieron con el hilo en su
nacimiento, cuando lo parió su madre, la Aisa y las graves Hilanderas. Pero si
fuera uno de los inmortales que ha venido desde el cielo, alguna otra cosa nos
preparan los dioses, pues hasta ahora siempre se nos han mostrado a las claras,
cuando les ofrecemos magníficas hecatombes y participan con nosotros del
banquete sentados allí donde nos sentamos nosotros. Y si algún caminante
solitario se topa con ellos, no se le ocultan, y es que somos semejantes a ellos
tanto como los Cíclopes y la salvaje raza de los Gigantes.»
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
«Alcínoo, deja de preocuparte por esto, que yo en verdad en nada me asemejo a
los inmortales que poseen el ancho cielo, ni en continente ni en porte, sino a
los mortales hombres; quien vosotros sepáis que ha soportado más desventuras
entre los hombres mortales, a éste podría yo igualarme en pesares. Y todavía
podría contar desgracias mucho mayores, todas cuantas soporté por la voluntad de
los dioses. Pero dejadme cenar, por más angustiado que yo esté, pues no hay cosa
más inoportuna que el maldito estómago que nos incita por fuerza a acordarnos de
él, y aun al que está muy afligido y con un gran pesar en las mientes, como yo
ahora tengo el mío, lo fuerza a comer y beber. También a mí me hace olvidar
todos los males, que he padecido; y me ordena llenarlo.
«Vosotros, en cuanto apunte la aurora, apresuraos a dejarme a mí, desgraciado,
en mi tierra patria, a pesar de lo que he sufrido. Que me abandone la vida una
vez que haya visto mi hacienda, mis siervos y mi gran morada de elevado techo.»
Así dijo; todos aprobaron sus palabras y aconsejaban dar escolta al forastero,
ya que había hablado como le correspondía.
Una vez que hicieron las libaciones y bebieron cuanto su ánimo quiso, cada uno
marchó a su casa para acostarse. Así que quedó sólo en el mégaron el divino
Odiseo y a su lado se sentaron Arete y Alcínoo, semejante a un dios. Las siervas
se llevaron los útiles del banquete.
Y Arete, de blancos brazos, comenzó a hablar, pues, al verlos, reconoció el
manto, la túnica y los hermosos ropajes que ella misma había tejido con sus
siervas. Y le habló y le dijo aladas palabras:
«Huésped, seré yo la primera en preguntarte: ¿quién eres?, ¿de dónde vienes?,
¿quién te dio esos vestidos?, ¿no dices que has llegado aquí después de andar
errante por el ponto?»
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
Es doloroso, reina, que enumere uno a uno mis padecimientos, que los dioses
celestes me han otorgado muchos. Pero con todo te contestaré a lo que me
preguntas a inquieres. Lejos, en el mar, está la isla de Ogigia, donde vive la
hija de Atlante, la engañosa Calipso de lindas trenzas, terrible diosa; ninguno
de los dioses ni de los hombres mortales tienen trato con ella. Sólo a mí,
desventurado, me llevó como huésped un demón después que Zeus, empujando mi
rápida nave, la incendió con un brillante rayo en medio del ponto rojo como el
vino. Todos mis demás valientes compañeros perecieron, pero yo, abrazado a la
quilla de mi curvada nave, aguanté durante nueve días; y al décimo, en negra
noche, los dioses me echaron a la isla Ogigia, donde habita Calipso de lindas
trenzas, la terrible diosa que acogiéndome gentilmente me alimentaba y no dejaba
de decir que me haría inmortal y libre de vejez para siempre; pero no logró
convencer a mi corazón dentro del pecho. Allí permanecí, no obstante, siete años
regando sin cesar con mis lágrimas las inmortales ropas que me había dado
Calipso. Pero cuando por fin cumplió su curso el año octavo, me apremió e incitó
a que partiera ya sea por mensaje de Zeus o quizá porque ella misma cambió de
opinión. Despidióme en una bien trabada balsa y me proporcionó abundante pan y
dulce vino, me vistió inmortales ropas y me envió un viento próspero y cálido.
Diecisiete días navegué por el ponto, hasta que el decimoctavo aparecieron las
sombrías montañas de vuestras tierras. Conque se me alegró el corazón,
¡desdichado de mí!, pues aún había de verme envuelto en la incesante aflición
que me proporcionó Poseidón, el que sacude la tierra, quien impulsando los
vientos me cerró el camino, sacudió el mar infinito y el oleaje no permitía que
yo, mientras gemía incesamente, avanzara en mi balsa; después la destruyó la
tempestad. Fue entonces cuando surqué nadando el abismo hastá que el viento y el
agua me acercaron a vuestra tierra; y cuando trataba de alcanzar la orilla,
habríame arrojado violentamente el oleaje contra las grandes rocas, en lugar
funesto; pero retrocedí de nuevo nadando, hasta que llegué al río, allí donde me
pareció el mejor lugar, limpio de piedras y al abrigo del viento. Me dejé caer
allí para recobrar el aliento y se me echó encima la noche divina. Alejéme del
río nacido de Zeus y entre los matorrales acomodé mi lecho amontonando alrededor
muchas hojas; y un dios me vertió profundo sueño. Allí, entre las hojas, dormí
con el corazón afligido toda la noche, la aurora y hasta el mediodía. Se ponía
el Sol cuando me abandonó el dulce sueño. Vi jugando en la orilla a las siervas
de tu hija; y ella era semejante a las diosas. Le supliqué y no estuvo ayuna de
buen juicio, como no se podría esperar que obrara una joven que se encuentra con
alguien. Pues con frecuencia los jóvenes son sandios. Me entregó pan suficiente
y oscuro vino, me lavó en el río y me proporcionó esta ropa. Aun estando
apesadumbrado te he contado toda la verdad.»
Y le respondió Alcínoo y dijo:
«Huésped, en verdad mi hija no tomó un acuerdo sensato al no traerte a nuestra
casa con sus siervas. Y sin embargo fue ella la primera a quien dirigiste tus
súplicas.»
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
«¡Héroe! No reprendas por esto a tu irreprochable hija; ella me aconsejó
seguirla con sus siervas, pero yo no quise por vergüenza, y temiendo que al
verme pudieras disgustarte. Que la raza de los hombres sobre la tierra es
suspicaz.»
Y le respondió Alcínoo y dijo:
«Huésped! El corazón que alberga mi pecho no es tal como para irritarse sin
motivo, pero todo es mejor si es ajustado. ¡Zeus padre, Atenea y Apolo, ojalá
que siendo como eres y pensando las mismas cosas que yo pienso, tomases a mi
hija por esposa y permaneciendo aquí pudiese llamarte mi yerno!; que yo te daría
casa y hacienda si permanecieras aquí de buen grado. Pero ninguno de los feacios
te retendrá contra tu voluntad, no sea que esto no fuera grato a Zeus. Yo te
anuncio, para que lo sepas bien, tu viaje para mañana. Mientras tú descansas
sometido por el sueño, ellos remarán por el mar encalmado hasta que llegues a tu
patria y a tu casa, o a donde quiera que te sea grato, por distance que esté
(aunque más lejos que Eubea, la más lejana según dicen los que la vieron de
nuestros soldados cuando llevaron allí al rubio Radamanto para que visitara a
Ticio, hijo de la Tierra. Allí llegaron y, sin cansancio, en un solo día,
llevaron a cabo el viaje y regresaron a casa). Tú mismo podrás observar qué
excelentes son mis navíos y mis jóvenes en golpear el mar con el remo.»
Así dijo y se alegró el divino Odiseo, el sufridor, y suplicando dijo su palabra
y lo llamó por su nombre:
«Padre Zeus, ¡ojalá cumpla Alcínoo cuanto ha prometido! Que su fama jamás se
extinga sobre la nutricia tierra y que yo llegue a mi tierra patria.»
Mientras ellos cambiaban estas palabras, Arete, de blancos brazos, ordenó a las
mujeres colocar lechos bajo el portico y disponer las más bellas mantas de
púrpura y extender encima las colchas y sobre ellas ropas de lana para cubrirse.
Así que salieron las siervas de la sala con hachas ardiendo, y una vez que
terminaron de hacer diligentemente la cama, dirigiéronse a Odiseo y lo invitaron
con estas palabras:
«Huésped, levántate y ven a dormir, tienes hecha la cama.»
Así hablaron y a él le plugo marchar a acostarse. Así que allí durmió debajo del
sonoro pórtico el sufridor, el divino Odiseo, en lecho taladrado. Luego se
acostó Alcínoo en el interior de la alta morada; le había dispuesto su esposa y
señora el lecho y la cama.
CANTO VIII
ODISEO AGASAJADO POR LOS FEACIOS
Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, se
levantó del lecho la sagrada fuerza de Alcínoo y se levantó Odiseo del linaje de
Zeus, el destructor de ciudades. La sagrada fuerza de Alcínoo los conducía al
ágora que los feacios tenían construida cerca de las naves. Y cuando llegaron se
sentaron en piedras pulimentadas, cerca unos de otros.
Y recorría la ciudad Palas Atenea, que tomó el aspecto del heraldo del prudente
Alcínoo, preparando el regreso a su patria para el valeroso Odiseo. La diosa se
colocaba cerca de cada hombre y le decía sú palabra:
«¡Vamos, caudillos y señores de los feacios! Id al ágora para que os informéis
sobre el forastero que ha llegado recientemente a casa del prudente Alcínoo
después de recorrer el ponto, semejante en su cuerpo a los inmortales.»
Así diciendo movía la fuerza y el ánimo de cada uno. Bien pronto el ágora y los
asientos se llenaron de hombres que se iban congregando y muchos se admiraron al
ver al prudente hijo de Laertes; que Atenea derramaba una gracia divina por su
cabeza y hombros e hizo que pareciese más alto y más grueso: así sería grato a
todos los feacios y temible y venerable, y Ilevaría a término muchas pruebas,
las que los feacios iban a poner a Odiseo. Cuando se habían reunido y estaban ya
congregados, habló entre ellos Alcínoo y dijo:
«Oídme, caudillos y señores de los feacios, para que os diga lo que mi ánimo me
ordena dentro del pecho. Este forastero y no sé quién es ha llegado errante a mi
palacio bien de los hombres de Oriente o de los de Occidente; nos pide una
escolta y suplica que le sea asegurada. Apresuremos nosotros su escolta como
otras veces, que nadie que llega a mi casa está suspirando mucho tiempo por
ella.
«Vamos, echemos al mar divino una negra nave que navegue por primera vez, y que
sean escogidos entre el pueblo cincuenta y dos jóvenes, cuantos son siempre los
mejores. Atad bien los remos a los bancos y salid. Preparad a continuación un
convite al volver a mi palacio, que a todos se lo ofreceré en abundancia. Esto
es lo que ordeno a los jóvenes. Y los demás, los reyes que lleváis cetro,
venid,a mi hermosa mansión para que honremos en el palacio al forastero. Que
nadie se niegue. Y llamad al divino aedo Demódoco, a quien la divinidad há
otorgado el canto para deleitar siempre que su ánimo lo empuja a cantar.»
Así habló y los condujo y ellos le siguieron, los reyes que llevan cetro. El
heraldo fue a llamar al divino aedo y los cincuenta y dos jóyenes se dirigieron,
como les había ordenado, á la ribera del mar estéril. Cuando llegaron a la negra
nave y al mar echaron la nave al abismo del mar y pusieron el mástil y las velas
y ataron los remos con correas, todo según correspondía. Extendieron hacia
arriba las blancás velas, anclaron a la nave en aguas profundas y se pusieron en
camino para ir a la gran casa del prudente Alcínoo. Y los pórticos, el recinto
de los patios y las habitaciones se llenaron de hombres que se congregaban, pues
eran muchos, jóvenes y ancianos. Para ellos sacrificó Alcínoo doce ovejas y ocho
cerdos albidentes y dos bueyes de rotátíles patas. Los desollaron y prepararon a
hicieron un agradable banquete.
Y se acercó el heraldo con el deseable aedo a quien Musa amó mucho y le había
dado lo bueno y lo malo: le privó de los ojos, pero le concedió el dulce canto.
Pontónoo le puso un sillón de clavos de plata en medio de los comensales,
apoyándolo a una elevada columna, y el heraldo le colgó de un clavo la sonora
cítara sobre su cabeza. y le mostró cómo tomarla con las manos. También le puso
al lado un canastillo y una linda mesa y una copa de vino para beber siempre que
su ánimo le impulsara.
Y ellos echaron mano de las viándas qúe tenían delante. Y cuando hubieron
arrojado el deseo de comida y bebida, Musa empujó al aedo a que cantara la
gloria de los guerreros con un canto cuya fama llegaba entonces al ancho cielo:
la disputa de Odiseo y del Pelida Aquiles, cómo en cierta ocasión discutieron en
el suntuoso banquete de los dioses con horribles palabras. Y el soberano de
hombres; Agamenón, se alegraba en su ánimó de que riñeran los mejores de los
aqueos. Así se lo había dicho con su oráculo Febo Apolo en la divina Pitó cuando
sobrépasó el umbral de piedra para ir a consultarle; en aquel momento comenzó a
desarrollarse el principio de la calamidad para teucros y dánaos por los
designios del gran Zeus. Esta cantaba el muy ilustre aedo. Entonces Odiseo tomó
con sus pesadas manos su grande, purpúrea manta; se lo echó par encima de la
cabeza y cubrió su hermoso rostro; le daba vergüenza déjar caer lágrimas bajo
sus párpados delanté de los feacios. Siempre que el divino aedo dejaba de cantar
se enjugaba las lágrimas y retiraba el manto de su cabeza y, tomando una copa
doble, hacía libaciones a los dioses.
Pero cuando comenzaba otra vez -lo impulsaban a cantar los más nobles de los
feacios porque gozaban con sus versos , Odiseo se cubría nuevamente la cabeza y
lloraba. A los demás les pasó inadvertido que derramaba lágrimas. Sólo Alcínoo
lo advirtió y observó, pues estaba sentado al lado y le oía gemir gravemente.
Entonces dijo el soberano a los feacios amantes del remo:
«¡Oídme, caudillós y señores de los feacios! Ya hemos gozado del bien
distribuido banquete y de la cítara que es compañera del festín espléndido;
salgamos y probemos toda clase de juegos. Así también el huésped contará a los
suyos al volver a casa cuánto superamos a los demás en el pugilato, en la lucha,
en el salto y en la carrera.»
Así habló y los condujo y ellos les siguieron. El heraldo colgó del clavo la
sonora cítara y tomó de la mano a Demódoco; lo sacó del mégaron y lo conducía
por el mismo camino que llevaban los mejores de los feacios para admirar los
juegos,. Se pusieron en camino para ir al ágora y los seguía una gran multitud,
miles. Y se pusieron en pie muchos y vigorosos jóvenes, se levantó Acroneo, y
Ocíalo, y Elatreo, y Nauteo, y Primneo, y Anquíalo, y Eretmeo, y Ponteo, y
Poreo, y Toón, y Anabesineo, y Anfíalo, hijo de Polineo Tectónida. Se levantó
también Eurfalo, semejante a Ares, funesto para los mortales, el que más
sobresalía en cuerpo y hermosura de todos los feacios después del irreprochable
Laodamante. También se pusieron en pie tres hijos del egregio Alcínoo:
Laodamante, Halio y Élitoneo, parecido a un dios. Éstos hicieron la primera
prueba con los pies. Desde la línea de salida se les extendía la pista y volaban
velozmente por la llanura levantando polvo. Entre ellos fue con mucho el mejor
en el correr el irreprochable Clitoneo; cuanto en un campo noval es el alcance
de dos mulas, tanto se les adelantó llegando a la gente mientras los otros se
quedaron atrás. Luego hicieron la prueba de la fatigosa lucha y en ésta venció
Euríalo a todos los mejores. Y en el salto fue Anfíalo el mejor, y en el disco
fue Elatreo el mejor de todos con mucho, y en el pugilato Laodamante, el noble
hijo de Alcínoo. Y cuando todos hubieron deleitado su ánimo con los juegos,
entre ellos habló Laodamante, el hijo de Alcínoo:
«Aquí, amigos, preguntemos al huésped si conoce y ha aprendido algún juego. Que
no es vulgar en su natural: en sus músculos y piernas, en sus dos brazos, en su
robusto cuello y en su gran vigor. Y no carece de vigor juvenil, sino que está
quebrantado por numerosos males; que no creo yo que haya cosa peor que el mar
para abatir a un hombre por fuerte que sea.»
Y Euríalo le contestó y dijo:
«Has hablado como te corresponde. Ve tú mismo a desafiarlo y manifiéstale tu
palabra.»
Cuando le oyó se adelantó el noble hijo de Alcínoo, se puso en medio y dijo a
Odiseo:
«Ven aquí, padre huésped, y prueba tú también los juegos si es que has aprendido
alguno. Es natural que los conozcas, pues no hay gloria mayor para el hombre
mientras vive que lo que hace con sus pies o con sus manos. Vamos, pues, haz la
prueba y arroja de tu ánimo las penas, pues tu viaje no se diferirá por más
tiempo; ya la nave te ha sido botada y tienes preparados unos acompañantes.»
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
«¡Laodamante! ¿Por qué me ordenáis tal cosa por burlaros de mí? Las perlas
ocupan mi interior más que los juegos. Yo he sufrido antes mucho y mucho he
soportado. Y ahora estoy sentado en vuestra asamblea necesitando el regreso,
suplicando al rey y a todo el pueblo.»
Entonces, Euríalo le contestó y le echó en cara:
«No, huésped, no te asemejas a un hombre entendido en juegos, cuantos hay en
abundancia entre los hombres, sino al que está siempre en una nave de muchos
bancos, a un comandante de marinos mercantes que cuida de la carga y vigíla las
mercancías y las ganancias debidas al pillaje. No tienes traza de atleta.»
Y lo miró torvamente y le contestó el muy astuto Odiseo:
«¡Huésped! No has hablado bien y me pareces un insensato. Los dioses no han
repartido de igual modo a todos sús ámables dones de hermosura, inteligencia y
elocuencia. Un hombre es inferior por su aspecto, pero la divinidad lo corona
con la hermosura de la palabra y todos miran hacia él complacidos. Les habla con
firmeza y con suavidad respetuosa y sobresale entre los congregados, y lo
contemplan como a un dios cuando anda por la ciudad.
«Otro, por el contrario, se parece a los inmortales en su porte, pero no lo
corona la gracia cuando habla.
«Así tu aspecto es distinguido y ni un dios lo habría formado de otra guisa, mas
de inteligencia eres necio. Me has movido el ánimo dentro del pecho al hablar
inconvenientemente. No soy desconocedor de los juegos como tú aseguras, antes
bién, creo que estaba entre los primeros mientras confiaba en mi juventud y mis
brazos. Pero ahora estóy poseído por la adversidad y los dolores, pues he
soportado mucho guerreando con los hombres y atravesando las dolorosas olas.
Pero aun así, aunque haya padecido muchos males, probaré en los juegos: tu
palabra ha mordido mi corazón y me has provocado al hablar.»
Dijo, y con su mismo vestido se levantó, tomó un disco mayor y más ancho y no
poco más pesado que con el que solían competir entre sí los feacios. Le dio
vueltas, lo lanzó de su pesada mano y la piedra resonó. Echáronse a tierra los
feacios de largos remos, hombres ilustres por sus naves, por el ímpetu de la
piedra, y ésta sobrevoló todas las señales al salir velozmente de su mano.
Atenea le puso la señal tomando la forma de un hombre, le dijo su palabra y lo
llamó por su nombre:
«Incluso un ciego, forastero, distinguiría a tientas la señal, pues no está
mezclada entre la multitud sino mucho más adelante; confía en esta prueba;
ninguno de los feacios la alcanzará ni sobrepasará.»
Así habló, y se alegró el sufridor, el divino Odiseo gozoso porque había visto
en la competición un compañero a su favor. Y entonces habló más suavemente a los
feacios:
«Alcanzad esta señal, jóvenes; en breve lanzaré, creo yo, otra piedra tan lejos
o aún más. Y aquél entre los demás feacios, salvo Laodamante, a quien su corazón
y su ánimo le impulse, que venga acá, que haga la prueba puesto que me habéis
irritado en exceso en el pugilato o en la lucha o en la carrera; a nada me
niego. Pues Laodamante es mi huésped: ¿Quién lucharía con el que lo honra como
huésped? Es hombre loco y de poco precio el que propone rivalizar en los juegos
a quien le da hospitalidad en tierra extranjera, pues se cierra a sí mismo la
puerta. Pero de los demás no rechazo a ninguno ni lo desprecio, sino que quiero
verlo y ejecutar las pruebas frente a él. Que no soy malo en todas las
competiciones cuantas hay entre los hombres. Sé muy bien tender el arco bien
pulimentado; sería el primero en tocar a un hombre enviando mi dardo entre una
multitud de enemigos aunque lo rodearan muchos compañeros y lanzaran flechas
contra los hombres. Sólo Filoctetes me superaba en el arco en el pueblo de los
troyanos cuando disparábamos los aqueos. De los demás os aseguro que yo soy el
mejor con mucho, de cuantos mortales hay sobre la tierra que comen pan. Aunque
no pretendo rivalizar con hombres antepasados como Heracles y Eurito Ecaliense,
los que incluso con los inmortales rivalizaban en el arco. Por eso murió el gran
Eurito y no llegó a la vejez en su palacio, pues Apolo lo mató irritado porque
le había desafiado a tirar con el arco.
«También lanzo la jabalina a donde nadie llegaría con una flecha. Sólo temo a la
carrera, no sea que uno de los feacios me sobrepase; que fui excesivamente
quebrantado en medio del abundante oleaje, puesto que no había siempre
provisiones en la nave y por esto mis miembros están flojos.»
Así habló, y todos enmudecieron en silencio. Sólo Alcínoo contestó y dijo:
«Huésped, puesto que esto que dices entre nosotros no es desagradable, sino que
quieres mostrar la valía que te acompaña, irritado porque este hombre se ha
acercado a injuriarte en el certamen pues no pondría en duda tu valía cualquier
mortal que supiera en su interior decir cosas apropiadas . ...Pero, vamos,
atiende a mi palabra para que a tu vez se lo comuniques a cualquiera de los
héroes, cuando comas en tu palacio junto a tu esposa y tus hijos, acordándote de
nuestra valía: qué obras nos concede Zeus también a nosotros continuamente ya
desde nuestros antepasados. No somos irreprochables púgiles ni luchadores, pero
corremos velozmente con los pies y somos los mejores en la navegación;
continuamente tenemos agradables banquetes y cítara y bailes y vestidos mudables
y baños calientes y camas.
«Conque, vamos, bailarines de los feacios, cuantos sois los mejores, danzad; así
podrá también decir el huésped a los suyos cuando regrese a casa cuánto
superamos a los demás en la náutica y en la carrera y en el baile y en el canto.
Que alguien vaya a llevar a Demódoco la sonora cítara que yace en algún lugar de
nuestro palacio.»
Así habló Alcínoo semejante a un dios, y se levantó un heraldo para llevar la
curvada cítara de la habitación del rey. También se levantaron árbitros
elegidos, nueve en total los que organizaban bien cada cosa en los concursos ,
allanaron el piso y ensancharon la hermosa pista. Se acercó el heraldo trayendo
la sonora cítara a Demódoco y éste enseguida salió al centro. A su alrededor se
colocaron unos jóvenes adolescentes conocedores de la danza y batían la divina
pista con los pies. Odiseo contemplaba el brillo de sus pies y quedó admirado en
su ánimo.
Y Demódoco, acompañándose de la cítara, rompió a cantar bellamente sobre los
amores de Ares y de la de linda corona, Afrodita: cómo se unieron por primera
vez a ocultas en el palacio de Hefesto. Ares le hizo muchos regalos y deshonró
el lecho y la cama de Hefesto, el soberano. Entonces se lo fue a comunicar
Helios, que los había visto unirse en amor. Cuando oyó Hefesto la triste
noticia, se puso en camino hacia su fragua meditando males en su interior;
colocó sobre el tajo el enorme yunque y se puso a forjar unos hilos irrompibles,
indisolubles, para que se quedaran allí firmemente.
Y cuando había construido su trampa irritado contra Ares, se puso en camino
hacia su dormitorio, donde tenía la cama, y extendió los hilos en círculo por
todas partes en torno a las patas de la cama; muchos estaban tendidos desde
arriba, desde el techo, como suaves hilos de araña, hilos que no podría ver
nadie, ni siquiera los dioses felices, pues estaban fabricados con mucho engaño.
Y cuando toda su trampa estuvo extendida alrededor de la cama, simuló marcharse
a Lemnos, bien edificada ciudad, la que le era más querida de todas las tierras.
Ares, el que usa riendas de oro, no tuvo un espionaje ciego, pues vio marcharse
lejos a Hefesto, al ilustre herrero, y se puso en camino hacia el palacio del
muy ilustre Hefesto deseando el amor de la diosa de linda corona, de la de
Citera. Estabá ella sentada, recién venida de junto a su padre, el poderoso hijo
de Cronos. Y él entró en el palacio y la tomó de la mano y la llamó por su
nombre:
«Ven acá, querida, vayamos al lecho y acostémonos, pues Hefesto ya no está entre
nosotros, sino que se ha marchado a Lemnos, junto a los sintias, de salvaje
lengua.»
Así habló, y a ella le pareció deseable acostarse. Y los dos marcharon a la cama
y se acostaron. A su alrededor se extendían los hilos fabricados del prudence
Hefesto y no les era posible mover los miembros ni levantarse. Entonces se
dieron cuenta que no había escape posible. Y llegó a su lado el muy ilustre cojo
de ambos pies, pues había vuelto antes de llegar a tierra de Lemnos; Helios
mantenía la vigilancia y le dio la noticia y se puso en camino hacia su palacio,
acongojado su corazón. Se detuvo en el pórtico y una rabia salvaje se apoderó de
él, y gritó estrepitosamente haciéndose oír de todos los dioses:
«Padre Zeus y los demás dioses felices que vivís siempre, venid aquí para que
veáis un acto ridículo y vergonzoso: cómo Afrodita, la hija de Zeus, me deshonra
continuamente porque soy cojo y se entrega amorosamente al pernicioso Ares; que
él es hermoso y con los dos pies, mientras que yo soy lisiado. Pero ningún otro
es responsable, sino mis dos padres: ¡no me debían haber engendrado! Pero mirad
dónde duermen estos dos en amor; se han metido en mi propia cama. Los estoy
viendo y me lleno de dolor, pues nunca esperé ni por un instante que iban a
dormir así por mucho que se amaran. Pero no van a desear ambos seguir durmiendo,
que los sujetará mi trampa y las ligaduras hasta que mi padre me devuelva todos
mis regalos de esponsales, cuantos le entregué por la muchacha de cara de perra.
Porque su hija era bella, pero incapaz de contener sus deseos.»
Así habló, y los dioses se congregaron junto a la casa de piso de bronce. Llegó
Poseidón, el que conduce su carro por la tierra; llegó el subastador, Hermes, y
llegó el soberano que dispara desde lejos, Apolo. Pero las hembras, las diosas,
se quedaban por vergüenza en casa cada una de ellas.
Se apostaron los dioses junto a los pórticos, los dadores de bienes, y se les
levantó inextinguible la risa al ver las artes del prudente Hefesto. Y al verlo,
decía así uno al que tenía más cerca:
«No prosperan las malas acciones; el lento alcanza al veloz. Así, ahora,
Hefesto, que es lento, ha cogido con sus artes a Ares, aunque es el más veloz de
los dioses que ocupan el Olimpo, cojo como es. Y debe la multa por adulterio.»
Así decían unos a otros. Y el soberano, hijo de Zeus, Apolo, se dirigió a
Hermes:
«Hermes, hijo de Zeus, Mensajero, dador de bienes, ¿te gustaría dormir en la
cama junto a la dorada Afrodita sujeto por fuertes ligaduras?»
Y le contestó el mensajero el Argifonte:
«¡Así sucediera esto, soberano disparador de lejos, Apolo! ¡Que me sujetaran
interminables ligaduras tres veces más que ésas y que vosotros me mirarais, los
dioses y todas las diosas!»
Así dijo y se les levantó la risa a los inmortales dioses. Pero a Poseidón no le
sujetaba la risa y no dejaba de rogar a Hefesto, al insigne artesano, que
liberara a Ares. Y le habló y le dirigió aladas palabras:
«Suéltalo y te prometo, como ordenas, que te pagaré todo lo que es justo entre
los inmortales dioses.»
Y le contestó el insigne cojo de ambos pies:
«No, Poseidón, que conduces tu carro por la tierra, no me ordenes eso; sin valor
son las fianzas que se toman por gente sin valor. ¿Cómo iba yo a requerirte
entre los inmortales dioses si Ares se escapa evitando la deuda y las ligaduras?
Y le respondió Poseidón, el que sacude la tierra:
«Hefesto, si Ares se escapa huyendo sin pagar la deuda, yo mismo te la pagaré.»
Y le contestó el muy insigne cojo de ambos pies:
«No es posible ni está bien negarme a tu palabra.»
Así hablando los liberó de las ligaduras la fuerza de Hefesto. Y cuando se
vieron libres de las ligaduras, aunque eran muy fuertes, se levantaron
enseguida: él marchó a Tracia y ella se llegó a Chipre, Afrodita, la que ama la
risa. Allí la lavaron las Gracias y la ungieron con aceite inmortal, cosas que
aumentan el esplendor de los dioses que viven siempre y la vistieron deseables
vestidos, una maravilla para verlos.
Esto cantaba el muy insigne aedo. Odiseo gozaba en su interior al oírlo y
también los demás feacios que usan largos remos, hombres insignes por sus naves.
Alcínoo ordenó a Halio y Laodamante que danzaran solos, pues nadie rivalizaba
con ellos. Así que tomaron en sus manos una hermosa pelota de púrpura (se la
había hecho el sabio Pólibo); el uno la lanzaba hacia las sombrías nubes
doblándose hacia atrás y el otro saltando hacia arriba la recibía con facilidad
antes de tocar el suelo con sus pies.
Después; cuando habían hecho la prueba de lanzar la pelota en línea recta,
danzaban sobre la tierra nutricia cambiando a menudo sus posiciones; los demás
jóvenes aplaudían en pie entre la concurrencia y gradualmente se levantaba un
gran murmullo.
Fue entonces cuando el divino Odiseo se dirigió a Alcínoo:
«Alcínoo, poderoso, el más insigne de todo tu pueblo, con razón me asegurabas
que erais los mejores bailarines. Se ha presentado esto como un hecho cumplido,
la admiración se apodera de mí al verlo.»
Así habló, y se alegró la sagrada fuerza de Alcínoo. Y enseguida dijo a los
feacios amantes del remo:
«Escuchad, caudillos y señores de los feacios. El huésped me parece muy
discreto. Vamos, démosle un regalo de hospitalidad, como es natural. Puesto que
gobiernan en el pueblo doce esclarecidos reyes yo soy el decimotercero , cada
uno de éstos entregadle un vestido bien lavado y un manto y un talento de
estimable oro. Traigámoslo enseguida todos juntos para que el huésped, con ello
en sus manos, se acerque al banquete con ánimo gozoso. Y que Euríalo lo aplaque
con sus palabras y con un regalo, que no dijo su palabra como le correspondía.»
Así dijó, y todos aprobaron sus palabras y se lo aconsejaron a Euríalo. Y cada
uno envió un heraldo para que trajera los regalos.
Entonces, Euríalo le contestó y dijo:
«Alcínoo poderoso, el más señalado de todo el pueblo, aplacaré al huésped como
tú ordenas. Le regalaré esta espada Coda de bronce, cuya empuñadura es de plata
y cuya vaina está rodeada de marfil recién cortado. Y le será de mucho valor.»
Así dijo, y puso en manos de Odiseo la espada de clavos de plaza; le habló y le
dirigió aladas palabras:
«Salud, padre huésped, si alguna palabra desagradable ha sido dicha, que la
arrebaten los vendavales y se la lleven. Y a ti, que los dioses te concedan ver
a tu esposa y llegar a to patria, pues sufres penalidades largo tiempo ya lejos
de los tuyos.»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
«También a ti, amigo, salud y que los dioses te concedan felicidad, y que
después no sientas nostalgia de la espada ésta que ya me has dado aplacándome
con tus palabras.»
Así dijo, y colocó la espada de clavos de plata en torno a sus hombros.
Cuando se sumergió Helios ya tenía él a su lado los insignes regalos; los
ilustres heraldos los llevaban al palacio de Alcínoo y los hijos del
irreprochable Alcínoo los recibieron y colocaron los muy hermosos regalos junto
a su venerable madre.
Ante ellos marchaba la sagrada fuerza de Alcínoo y al llegar se sentaron en
elevados sillones.
Entonces se dirigió a Arete la fuerza de Alcínoo:
«Trae acá, mujer, un arcón insigne, el que sea mejor. Y en él coloca un vestido
bien lavado y un manto. Calentadle un caldero de bronce con fuego alrededor y
templad el agua para que se lave y vea bien puestos todos los regalos que le han
traído aquí los irreprochables feacios, y goce con el banquete escuchando
también la música de una tonada. También yo le entregaré esta copa mía
hermosísima, de oro, para qua se acuerde de mí todos los días al hacer
libaciones en su palacio a Zeus y a los demás dioses.»
Así dijo, y Arete ordenó a sus. esclavas que colocaran al fuego un gran trípode
lo antes posible. Ellas colocaron al fuego ardiente una bañera de tres patas,
echaron agua, pusieron leña y la encendieron debajo. Y el fuego lamía el vientre
de la bañera y se calentaba el agua.
Entretanto Arete traía de su tálamo un arcón hermosísimo para el huésped en él
había colocado los lindos regalos, vestidos y oro, que los feacios le habían
dado. También había colocado en el arcón un hermoso vestido y un manto y le
habló y le dirigió aladas palabras:
«Mira tú mismo esta tapa y échale enseguida un nudo, no sea que alguien la
fuerce en el viaje cuando duermas dulce sueño al marchar en la negra nave.»
Cuando escuchó esto el sufridor, el divino Odiseo, adaptó la tapa y le echó
enseguida un bien trabado nudo, el que le había enseñado en otro tiempo la
soberana Circe.
Acto seguido el ama de llaves ordenó que lo lavaran una vez metido en la bañera,
y él vio con gusto el baño caliente, pues no se había cuidado a menudo de él
desde que había abandonado la morada de Calipso, la de lindas trenzas. En
aquella época le estaba siempre dispuesto el baño como para un dios.
Cuando las esclavas lo habían lavado y ungido con aceite y le habían puesto
túnica y manto, salió de la bañera y fue hacia los hombres que bebían vino. Y
Nausícaa, que tenía una hermosura dada por los dioses se detuvo junto a un pilar
del bien fabricado techo. Y admiraba a Odiseo al verlo en sus ojos; y le habló y
le dijo aladas palabras:
«Salud, huésped, acuérdate de mí cuando estés en tu patria, pues es a mí la
primera a quien debes la vida.»
Y le contestó y le dijo el muy astuto Odiseo:
«Nausícaa, hija del valeroso Alcínoo, que me conceda Zeus, el que truena fuerte,
el esposo de Hera, volver a mi casa y ver el día del regreso. Y a ti, incluso
allí te haré súplicas como a una diosa, pues tú, muchacha, me has devuelto la
vida.»
Dijo, y se sentó en su sillón junto al rey Alcínoo.
Y ellos ya estaban repartiendo las porciones y mezclando el vino.
Y un heraldo se acercó conduciendo al deseable aedo, a Demódoco, honrado en el
pueblo, y le hizo sentar en medio de los comensales apoyándolo junto a una
enorme columna.
Entonces se dirigió al heraldo el muy inteligente Odiseo, mientras cortaba el
lomo pues aún sobraba mucho de un albidente cerdo (y alrededor había abundante
grasa):
«Heraldo, van acá, entrega esta carne a Demódoco para que lo coma, que yo le
mostraré cordialidad por triste que esté. Pues entre todos los hombres terrenos
los aedos participan de la honra y del respeto, porque Musa les ha enseñado el
canto y ama a la raza de los aedos.»
Así dijo, el heraldo lo llevó y se lo puso en las manos del héroe Demódoco, y
éste lo recibió y se alegró en su ánimo. Y ellos echaban mano de las viandas que
tenían delante.
Cuando hubieron arrojado lejos de sí el deseo de bebida y de comida, ya entonces
se dirigió a Demódoco el muy inteligente Odiseo:
«Demódoco, muy por encima de todos los mortales te alabo: seguro que te han
enseñado Musa, la hija de Zeus, o Apolo. Pues con mucha belleza cantas el
destino de los aqueos cuánto hicieron y sufrieron y cuánto soportaron como si tú
mismo lo hubieras presenciado o lo hubieras escuchado de otro allí presente!
«Pero, vamos, pasa a otro tema y canta la estratagema del caballo de madera que
fabricó Epeo con la ayuda de Atenea; la emboscada que en otro tiempo condujo el
divino Odiseo hasta la Acrópolis, llenándola de los hombres que destruyeron
Ilión.
«Si me narras esto como te corresponde, yo diré bien alto a todos los hombres
que la divinidad te ha concedido benigna el divino canto.»
Así habló, y Demódoco, movido por la divinidad, inició y mostró su cánto desde
el momento en que los argivos se embarcaron en las naves de buenos bancos y se
dieron a la mar después de incendíar las tiendas de campaña. Ya estaban los
emboscados con el insigne Odiseo en el ágora de los troyanos, ocultos dentro del
caballo, pues los mismos troyanos lo habían arrastrado hasta la Acrópolis.
Así estaba el caballo, y los troyanos deliberaban en medio de una gran
incertidumbre sentados alrededor de éste. Y les agradaban tres decisiones: rajar
la cóncava madera con el mortal bronce, arrojarlo por las rocas empujándolo
desde to alto, o dejar que la gran estatua sirviera para aplacar a los dioses.
Esta última decisión es la que iba a cumplirse. Pues era su Destino que
perecieran una vez que la ciudad encerrara el gran caballo de madera donde
estaban sentados todos los mejores de los argivos portando la muerte y Ker para
los troyanos. Y cantaba cómo los hijos de los aqueos asolaron la ciudad una vez
que salieron del caballo y abandonaron la cóncava emboscada. Y cantaba que unos
por un lado y otros por otro iban devastando la elevada ciudad, pero que Odiseo
marchó semejante a Ares en compañía del divino Menelao hacia el palacio de
Deífobo.
Y dijo que, una vez allí, sostuvo el más terrible combate y que al fin venció
con la ayuda de la valerosa Atenea.
Esto es lo que cantaba el insigne aedo, y Odiseo se derretía: el llanto empapaba
sus mejillas deslizándose de sus párpados.
Como una mujer llora a su marido arrojándose sobre él caído ante su ciudad y su
pueblo por apartar de ésta y de sus hijos el día de la muerte ella lo contempla
moribundo y palpitante, y tendida sobre él llora a voces; los enemigos cortan
con sus lanzas la espalda y los hombros de los ciudadanos y se los llevan
prisioneros para soportar el trabajo y la pena, y las mejillas de ésta se
consumen en un dolor digno de lástima , así Odiseo destilaba bajo sus párpados
un llanto digno de lástima.
A los demás les pasó desapercibido que derramaba lágrimas, y sólo Alcínoo lo
advirtió y observó sentado como estaba cerca de él y le oyó gemir pesadamente.
Entonces dijo al punto a los feacios amantes del remo:
«Escuchad, caudillos y señores de los feacios. Que Demódoco detenga su cítara
sonora, pues no agrada a todos al cantar esto. Desde que estamos cenando y
comenzó el divino aedo, no ha dejado el huésped un momento el lamentable llanto.
El dolor le rodea el ánimo.
«Varnos, que se detenga para que gocemos todos por igual, los que le damos
hospitalidad y el huésped, pues así será mucho mejor. Que por causa del
venerable huésped se han preparado estas cosas, la escolta y amables regalos,
cosas que le entregamos como muestra de afecto. Como un hermano es el huésped y
el suplicante para el hombre que goce de sensatez por poca que sea. Por ello,
tampoco tú escondas en tu pensamiento astuto lo que voy a preguntarte, pues lo
mejor es hablar. Dime tu nombre, el que te llamaban allí tu madre y tu padre y
los demás, los que viven cerca de ti. Pues ninguno de los hombres carece
completamente de nombre, ni el hombre del pueblo ni el noble, una vez que han
nacido. Antes bien, a todos se lo ponen sus padres una vez que lo han dado a
luz.
Dime también tu tierra, tu pueblo y tu ciudad para que te acompañen allí las
naves dotadas de inteligencia. Pues entre los feacios no hay pilotos ni timones
en sus naves, cosas que otras naves tienen. Ellas conocen las intenciones y los
pensamientos de los hombres y conocen las ciudades y los fértiles campos de
todos los hombres. Recorren velozmente el abismo del mar aunque estén cubiertas
por la oscuridad y la niebla, y nunca tienen miedo de sufrir daño ni de ser
destruidas. Pero yo he oído decir en otro tiempo a mi padre Nausítoo que
Poseidón estaba celoso de nosotros porque acompañamos a todos sin daño. Y decía
que algún día destruiría en el nebuloso ponto a una bien fabricada nave de los
feacios al volver de una escolta y nos bloquearía la ciudad con un gran monte.
Así decía el anciano; que la divinidad cumpla esto o lo deje sin cumplir, como
sea agradable a su ánimo.
«Pero, vamos, dime e infórmame en verdad. , por dónde has andado errante y a qué
regiones de hombres has llegado. Háblame de ellos y de sus bien habitadas
ciudades, los que son duros y salvajes y no justos, y los que son amigos de los
forasteros y tienen sentimientos de veneración hacia los dioses. Dime también
por qué lloras y te lamentas en tu ánimo al oír el destino de los argivos, de
los dánaos y de Ilión. Esto lo han hecho los dioses y han urdido la perdición
para esos hombres, para que también sea motivo de canto pará los venideros. ¿Es
que ha perecido ante Ilión algún pariente tuyo..., un noble yerno, o suegro, los
que son más objeto de preocupación después de nuestra propia sangre y linaje? ¿O
un noble amigo de sentimientos agradables? Pues no es inferior a un hermano el
amigo que tiene pensamientos discretos.»
CANTO IX
ODISEO CUENTA SUS AVENTURAS:
LOS CICONES, LOS LOTÓFAGOS, LOS CÍCLOPES
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
«Poderoso Alcínoo, el más noble de todo tu pueblo, en verdad es agradable
escuchar al aedo, tal como es, semejante a los dioses en su voz. No creo yo que
haya un cumplimiento más delicioso que cuando el bienestar perdura en todo el
pueblo y los convidados escuchan a lo largo del palacio al aedo sentados en
orden, y junto a ellos hay mesas cargadas de pan y carne y un escanciador trae y
lleva vino que ha sacado de las cráteras y lo escancia en las copas. Esto me
parece lo más bello.
«Tu ánimo se ha decidido a preguntar mis penalidades a fin de que me lamente
todavía más en mi dolor. Porque, ¿qué voy a narrarte lo primero y qué en último
lugar?, pues son innumerables los dolores que los dioses, los hijos de Urano, me
han proporcionado. Conque lo primero qué voy a decir es mi nombre para que lo
conozcáis y para que yo después de escapar del día cruel continúe manteniendo
con vosotros relaciones de hospitalidad, aunque el palacio en que habito esté
lejos.
«Soy Odiseo, el hijo de Laertes, el que está en boca de todos los hombres por
toda clase de trampas, y mi fama llega hasta el cielo. Habito en Itaca, hermosa
al atardecer. Hay en ella un monte, el Nérito de agitado follaje, muy
sobresaliente, y a su alrededor hay muchas islas habitadas cercanas unas de
otras, Duliquio y Same, y la poblada de bosques Zante. Itaca se recuesta sobre
el mar con poca altura, la más remota hacia el Occidente, y las otras están más
lejos hacia Eos y Helios. Es áspera, pero buena criadora de mozos.
«Yo en verdad no soy capaz de ver cosa alguna más dulce que la tierra de uno. Y
eso que me retuvo Calipso, divina entre las diosas, en profunda cueva deseando
que fuera su esposo, e igualmente me retuvo en su palacio Circe, la hija de Eeo,
la engañosa, deseando que fuera su esposo.
«Pero no persuadió a mi ánimo dentro de mi pecho, que no hay nada más dulce que
la tierra de uno y de sus padres, por muy rica que sea la casa donde uno habita
en tierra extranjera y lejos de los suyos.
«Y ahora os voy a narrar mi atormentado regreso, el qúe Zeus me ha dado al venir
de Troya. El viento que me traía de Ilión me empujó hacia los Cicones, hacia
Ismaro. Allí asolé la ciudad, a sus habitantes los pasé a cuchillo, tomamos de
la ciudad a las esposas y abundante botín y lo repartimos de manera que nadie se
me fuera sin su parte correspondiente. Entonces ordené a los míos que huyeran
con rápidos pies, pero ellos, los muy estúpidos, no rne hicieron caso. Así que
bebieron mucho vino y degollaron muchas ovejas junto a la ribera y
cuernitorcidos bueyes de rotátiles patas.
«Entre tanto, los Cicones, que se hábían marchado, lanzaron sus gritos de ayuda
a otros Cicones que, vecinos suyos, eran a la vez más numerosos y mejores, los
que habitaban tierra adentro, bien entrenados en luchar con hombres desde el
carro y a pie, donde sea preciso. Y enseguida llegaron tan numerosos como nacen
en primavera las hojas y las flores, veloces.
«Entonces la funesta Aisa de Zeus se colocó junto a nosotros, de maldito
destino, para que sufriéramos dolores en abundancia; lucharon pie a sierra junto
a las veloces naves, y se herían unos a otros con sus lanzas de bronce. Mientras
Eos duró y crecía el sagrado día, los aguantamos rechazándoles aunque eran más
numerosos. Pero cuando Helios se dirigió al momento de desuncir los bueyes, los
Cicones nos hicieron retroceder venciendo a los aqueos y sucumbieron seis
compañeros de buenas grebas de cada nave. Los demás escapamos de la muerte y de
nuestro destino, y desde allí proseguimos navegando hacia adelante con el
corazón apesadumbrado, escapando gustosos de la muerte aunque habíamos perdido a
los compañeros. Pero no prosiguieron mis curvadas naves, que cada uno llamamos
por tres veces a nuestros desdichados compañeros, los que habían muerto en la
llanura a manos de los Cicones.
«Entonces el que reúne las nubes, Zeus; levantó el viento Bóreas junto con una
inmensa tempestad, y con las nubes ocultó la tierra y a la vez el ponto. Y la
noche surgió del cielo. Las naves eran arrastradas transversalmente y el ímpetu
del viento rasgó sus velas en tres y cuatro trozos. Las colocamos sobre cubierta
por terror a la muerte, y haciendo grandes esfuerzos nos dirigimos a remo hacia
tierra.
«Allí estuvimos dos noches y dos días completos, consumiendo nuestro ánimo por
el cansancio y el dolor.
«Pero cuando Eos, de lindas trenzas, completó el tercer día, levantamos los
mástiles, extendimos las blancas velas y nos sentamos en las naves, y el viento
y los pilotos las conducían. En ese momento habría llegado ileso a mi tierra
patria, pero el oleaje, la corriente y Bóreas me apartaron al doblar las Maleas
y me hicieron vagar lejos de Citera. Así que desde allí fuimos arrastrados por
fuertes vientos durante nueve días sobre el ponto abundante en peces, y al
décimo arribamos a la tierra de los Lotófagos, los que comen flores de alimento.
Descendimos a tierra, hicimos provisión de agua y al punto mis compañeros
tomaron su comida junto a las veloces naves. Cuando nos habíamos hartado de
comida y bebida, yo envié delante a unos compañeros para que fueran a indagar
qué clase de hombres, de los que se alimentan de trigo, había en esa región;
escogí a dos, y como tercer hombre les envié a un heraldo. Y marcharon enseguida
y se encontraron con los Lotófagos. Éstos no decidieron matar a nuestros
compañeros, sino que les dieron a comer loto, y el que de ellos comía el dulce
fruto del loto ya no quería volver a informarnos ni regresar, sino que preferían
quedarse allí con los Lotófagos, arrancando loto, y olvidándose del regreso.
Pero yo los conduje a la fuerza, aunque lloraban, y en las cóncavas naves los
arrastré y até bajo los bancos. Después ordené a mis demás leales compañeros que
se apresuraran a embarcar en las rápidas naves, no fuera que alguno comiera del
loto y se olvidara del regreso. Y rápidamente embarcaron y se sentaron sobre los
bancos, y, sentados en fila, batían el canoso mar con los remos.
«Desde allí proseguimos navegando con el corazón acongojado, y llegamos a la
tierra de 1os Cíclopes, los soberbios, los sin ley; los que, obedientes a los
inmortales, no plantan con sus manos frutos ni labran la tierra, sino que todo
les nace sin sembrar y sin arar: trigo y cebada y viñas que producen vino de
gordos racimos; la lluvia de Zeus se los hace crecer. No tienen ni ágoras donde
se emite consejo ni leyes; habitan las cumbres de elevadas montañas en profundas
cuevas y cada uno es legislador de sus hijos y esposas, y no se preocupan unos
de otros.
«Más allá del puerto se extiende una isla llana, no cerca ni lejos de la tierra
de los Cíclopes, llena de bosques. En ella se crían innumerables cabras
salvajes, pues no pasan por allí hombres que se lo impidan ni las persiguen los
cazadores, los que sufren dificultades en el bosque persiguiendo las crestas de
los montes. La isla tampoco está ocupada por ganados ni sembrados, sino que, no
sembrada ni arada, carece de cultivadores todo el año y alimenta a las baladoras
cabras. No disponen los Cíclopes de naves de rojas proas, ni hay allí armadores
que pudieran trabajar en construir bien entabladas naves; éstas tendrían como
término cada una de las ciudades de mortales a las que suelen llegar los hombres
atravesando con sus naves el mar, unos en busca de otros, y los Cíclopes se
habrían hecho una isla bien fundada. Pues no es mala y produciría todos los
frutos estacionales; tiene prados junto a las riberas del canoso mar, húmedos,
blandos. Las viñas sobre todo producirían constantemente, y las tierras de pan
llevar son llanas. Recogerían siempre las profundas mieses en su tiempo
oportuno, ya que el subsuelo es fértil. También hay en ella un puerto fácil para
atracar, donde no hay necesidad de cable ni de arrojar las anclas ni de atar las
amarras. Se puede permanecer allí, una vez arribados, hasta el día en que el
ánimo de los marineros les impulse y soplen los vientos.
«En la parte alta del puerto corre un agua resplandeciente, una fuente que surge
de la profundidad de una cueva, y en torno crecen álamos. Hacia allí navegamos y
un demón nos conducía a través de la oscura noche. No teníamos luz para verlo,
pues la bruma era espesa en torno a las naves y Selene no irradiaba su luz desde
el cielo y era retenida por las nubes; así que nadie vio la isla con sus ojos ni
vimos las enormes olas que rodaban hacia tierra hasta que arrastramos las naves
de buenos bancos. Una vez arrastradas, recogimos todas las velas y descendimos
sobre la orilla del mar y esperamos a la divina Eos durmiendo allí.
«Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa,
deambulamos llenos de admiración por la isla.
«Entonces las ninfas, las hijas de Zeus, portador de égida, agitaron a las
cabras montafaces para que comieran mis compañeros. Así que enseguida sacamos de
las naves los curvados arcos y las lanzas de largas puntas, y ordenados en tres
grupos comenzamos a disparar, y pronto un dios nos proporcionó abundante caza.
Me seguían doce naves, y a cada una de ellas tocaron en suerte nueve cabras, y
para mí solo tomé diez. Así estuvimos todo el día hasta el sumergirse de Helios,
comiendo innumerables trozos de carne y dulce vino; que todavía no se había
agotado en las naves el dulce vino, sino que aún quedaba, pues cada uno había
guardado mucho en las ánforas cuando tomamos la sagrada ciudad de los Cicones.
«Echamos un vistazo a la tierra de los Cíclopes que estaban cerca y vimos el
humo de sus fogatas y escuchamos el vagido de sus ovejas y cabras. Y cuando
Helios se sumergió y sobrevino la oscuridad, nos echamos a dormir sobre la
ribera del mar.
«Cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, convoqué
asamblea y les dije a todos:
«"Quedaos ahora los demás, mis fieles compañeros, que yo con mi nave y los que
me acompañan voy a llegarme a esos hombres para saber quiénes son, si soberbios,
salvajes y carentes de justicia o amigos de los forasteros y con sentimientos de
piedad para con los dioses."
«Así dije, y me embarqué y ordené a mis compañeros que embarcaran también ellos
y soltaran amarras. Embarcaron éstos sin tardanza y se sentaron en los bancos, y
sentados batían el canoso mar con los remos. Y cuando llegamos a un lugar
cercano, vimos una cueva cerca del mar, elevada, techada de laurel. Allí pasaba
la noche abundante ganado ovejas y cabras , y alrededor había una alta cerca
construida con piedras hundidas en tierra y con enormes pinos y encinas de
elevada copa. Allí habitaba un hombre monstruoso que apacentaba sus rebaños,
solo, apartado, y no frecuentaba a los demás, sino que vivía alejado y tenía
pensamientos impíos. Era un monstruo digno de admiración: no se parecía a un
hombre, a uno que come trigo, sino a una cima cubierta de bosque de las elevadas
montañas que aparece sola, destacada de las otras. Entonces ordené al resto de
mis fieles compañeros que se quedaran allí junto a la nave y que la botaran.
«Yo escogí a mis doce mejores compañeros y me puse en camino. Llevaba un pellejo
de cabra con negro, agradable vino que me había dado Marón, el hijo de Evanto,
e1 sacerdote de Apolo protector de Ismaro, porque lo había yo salvado junto con
su hijo y esposa respetando su techo. Habitaba en el bosque arbolado de Febo
Apolo y me había donado regalos excelentes: me dio siete talentos de oro bien
trabajados y una crátera toda de plata, y, además vino en doce ánforas que
llenó, vino agradable, no mezclado, bebida divina. Ninguna de las esclavas ni de
los esclavos de palacio conocían su existencia, sino sólo él y su esposa y
solamente la despensera. Siempre que bebían el rojo, agradable vino llenaba una
copa y vertía veinte medidas de agua, y desde la crátera se esparcía un olor
delicioso, admirable; en ese momento no era agradable alejarse de allí. De este
vino me llevé un gran pellejo lleno y también provisiones en un saco de cuero,
porque mi noble ánimo barruntó que marchaba en busca de un hombre dotado de gran
fuerza, salvaje, desconocedor de la justicia y de las leyes.
«Llegamos enseguida a su cueva y no lo encontramos dentro, sino que guardaba sus
gordos rebaños en el pasto. Conque entramos en la cueva y echamos un vistazo a
cada cosa: los canastos se inclinaban bajo el peso de los quesos, y los establos
estaban llenos de corderos y cabritillos. Todos estaban cerrados por separado: a
un lado los lechales, a otro los medianos y a otro los recentales.
«Y todos los recipientes rebosaban de suero colodras y jarros bien construidos,
con los que ordeñaba.
«Entonces mis compañeros me rogaron que nos apoderásemos primero de los quesos y
regresáramos, y que sacáramos luego de los establos cabritillos y corderos y,
conduciéndolos a la rápida nave, diéramos velar sobre el agua salada. Pero yo no
les hice caso aunque hubiera sido más ventajoso , para poder ver al monstruo y
por si me daba los dones de hospitalidad. Pero su aparición no iba a ser
deseable para mis compañeros.
«Así que, encendiendo una fogata, hicimos un sacrificio, repartimos quesos, los
comimos y aguardamos sentados dentro de la cueva hasta que llegó conduciendo el
rebaño. Traía el Cíclope una pesada carga de leña seca para su comida y la tiró
dentro con gran ruido. Nosotros nos arrojamos atemorizados al fondo de la cueva,
y él a continuación introdujo sus gordos rebaños, todos cuantos solía ordeñar, y
a los machos a los carneros y cabrones los dejó a la puerta, fuera del profundo
establo. Después levantó una gran roca y la colocó arriba, tan pesada que no la
habrían levantado del suelo ni veintidós buenos carros de cuatro ruedas: ¡tan
enorme piedra colocó sobre la puerta! Sentóse luego a ordeñar las ovejas y las
baladoras cabras, cada una en su momento, y debajo de cada una colocó un
recental. Enseguida puso a cuajar la mitad de la blanca leche en cestas bien
entretejidas y la otra mitad la colocó en cubos, para beber cuando comiera y le
sirviera de adición al banquete.
Cuando hubo realizado todo su trabajo prendió fuego, y al vernos nos preguntó:
«"Forasteros, ¿quiénes sois? ¿De dónde venís navegando los húmedos senderos?
¿Andáis errantes por algún asunto, o sin rumbo como los piratas por la mar, los
que andan a la aventura exponiendo sus vidas y llevando la destrucción a los de
otras tierras?”.
«Así habló, y nuestro corazón se estremeció por miedo a su voz insoportable y a
él mismo, al gigante. Pero le contesté con mi palabra y le dije:
«Somos aqueos y hemos venido errantes desde Troya, zarandeados por toda clase de
vientos sobre el gran abismo del mar, desviados por otro rumbo, por otros
caminos, aunque nos dirigimos de vuelta a casa. Así quiso Zeus proyectarlo. Nos
preciamos de pertenecer al ejército del Atrida Agamenón, cuya fama es la más
grande bajo el cielo: ¡tan gran ciudad ha devastado y tantos hombres ha hecho
sucumbir! Conque hemos dado contigo y nos hemos llegado a tus rodillas por si
nos ofreces hospitalidad y nos das un regalo, como es costumbre entre los
huéspedes. Ten respeto, excelente, a los dioses; somos tus suplicantes y Zeus es
el vengador de los suplicantes y de los huéspedes, Zeus Hospitalario, quien
acompaña a los huéspedes, a quienes se debe respeto."
«Así hablé, y él me contestó con corazón cruel:
«"Eres estúpido, forastero, o vienes de lejos, tú que me ordenas temer o
respetar a los dioses, pues los Ciclopes no se cuidan de Zeus, portador de
égida, ni de los dioses felices. Pues somos mucho más fuertes. No te perdonaría
ni a ti ni a tus compañeros, si el ánimo no me lo ordenara, por evitar la
enemistad de Zeus.
«"Pero dime dónde has detenido tu bien fabricada nave al venir, si al final de
la playa o aquí cerca, para que lo sepa."
«Así habló para probarme, y a mí, que sé mucho, no me pasó esto desapercibido.
Así que me dirigí a él con palabras engañosas:
«"La nave me la ha destrozado Poseidón, el que conmueve la tierra; la ha lanzado
contra los escollos en los confines de vuestro país, conduciéndola hasta un
promontorio, y el viento la arrastró del ponto. Por ello he escapado junto con
éstos de la dolorosa muerte."
«Así hablé, y él no me contestó nada con corazón cruel, mas lanzóse y echó mano
a mis compañeros. Agarró a dos a la vez y los golpeó contra el suelo como a
cachorrillos, y sus sesos se a esparcieron por el suelo empapando la tierra.
Cortó en trozos sus miembros, se los preparó como cena y se los comió, como un
león montaraz, sin dejar ni sus entrañas ni sus carnes ni sus huesos llenos de
meollo.
«Nosotros elevamos llorando nuestras manos a Zeus, pues veíamos acciones
malvadas, y la desesperación se apoderó de nuestro ánimo.
«Cuando el Cíclope había llenado su enorme vientre de carne humana y leche no
mezclada, se tumbó dentro de la cueva, tendiéndose entre los rebaños. Entonces
yo tomé la decisión en mi magnánimo corazón de acercarme a éste, sacar la aguda
espada de junto a mi muslo y atravesarle el pecho por donde el diafragma
contiene el hígado y la tenté con mi mano. Pero me contuvo otra decisión, pues
allí hubiéramos perecido también nosotros con muerte cruel: no habríamos sido
capaces de retirar de la elevada entrada la piedra que había colocado. Así que
llorando esperamos a Eos divina. Y cuando se mostró Eos, la que nace de la
mañana, la de dedos de rosa, se puso a encender fuego y a ordeñar a sus insignes
rebaños, todo por orden, y bajo cada una colocó un recental. Luego que hubo
realizado sus trabajos, agarró a dos compañeros a la vez y se los preparó como
desayuno. Y cuando había desayunado, condujo fuera de la cueva a sus gordos
rebaños retirando con facilidad la gran piedra de la entrada. Y la volvió a
poner como si colocara la tapa a una aljaba. Y mientras el Cíclope encaminaba
con gran estrépito sus rebaños hacia el monte, yo me quedé meditando males en lo
profundo de mi pecho: ¡si pudiera vengarme y Atenea me concediera esto que la
suplico...!
«Y ésta fue la decisión que me pareció mejor. Junto al establo yacía la enorme
clava del Ciclope, verde, de olivo; la había cortado para llevarla cuando
estuviera seca. Al mirarla la comparábamos con el mástil de una negra nave de
veinte bancos de remeros, de una nave de transporte amplia, de las que recorren
el negro abismo: así era su longitud, así era su anchura al mirarla. Me acerqué
y corté de ella como una braza, la coloqué junto a mis compañeros y les ordené
que la afilaran. Éstos la alisaron y luego me acerqué yo, le agucé el extremo y
después la puse al fuego para endurecerla. La coloqué bien cubriéndola bajo el
estiércol que estaba extendido en abundancia por la cueva. Después ordené que
sortearan quién se atrevería a levantar la estaca conmigo y a retorcerla en su
ojo cuando le llegara el dulce sueño, y eligieron entre ellos a cuatro, a los
que yo mismo habría deseado escoger. Y yo me conté entre ellos como quinto.
Llegó el Cíclope por la tarde conduciendo sus ganados de hermosos vellones e
introdujo en la amplia cueva a sus gordos rebaños, a todos, y no dejó nada fuera
del profundo establo, ya porque sospechara algo o porque un dios así se lo
aconsejó. Después colocó la gran piedra que hacía de puerta, levantándola muy
alta, y se sentó a ordeñar las ovejas y las baladoras cabras, todas por orden, y
bajo cada una colocó un recental. Luego que hubo realizado sus trabajos agarró a
dos compañeros a La vez y se los preparó como cena. Entonces me acerqué y le
dije al Cíclope sosteniendo entre mis manos una copa de negro vino:
«"¡Aquí, Cíclope! Bebe vino después que has comido carne humana, para que veas
qué bebida escondía nuestra nave. Te lo he traído como libación, por si te
compadescas de mí y me enviabas a casa, pues estás enfurecido de forma ya
intolerable. ¡Cruel¡, ¿cómo va a llegarse a ti en adelante ninguno de los
numerosos hombres? Pues no has obrado como lo corresponde."
«Así hablé, y él la tomó, bebió y gozó terriblemente bebiendo la dulce bebida. Y
me pidió por segunda vez:
«"Dame más de buen grado y dime ahora ya tu nombre para que te ofrezca el don de
hospitalidad con el que te vas a alegrar. Pues también la donadora de vida, la
Tierra, produce para los Cíclopes vino de grandes uvas y la lluvia de Zeus se
las hace crecer. Pero esto es una catarata de ambrosia y néctar."
«Así habló, y yo le ofrecí de nuevo rojo vino. Tres veces se lo llevé y tres
veces bebió sin medida. Después, cuando el rojo vino había invadido la mente del
Cíclope, me dirigí a él con dulces palabras:
«"Cíclope, ¿me preguntas mi célebre nombre? Te to voy a decir, mas dame tú el
don de hospitalidad como me has prometido. Nadie es mi nombre, y Nadie me llaman
mi madre y mi padre y todos mis compañeros."
«Así hablé, y él me contestó con corazón cruel:
«"A Nadie me lo comeré el último entre sus compañeros, y a los otros antes. Este
será tu don de hospitalidad."
«Dijo, y reclinándose cayó boca arriba. Estaba tumbadó con su robusto cuello
inclinado a un lado, y de su garganta saltaba vino y trozos de carne humana;
eructaba cargado de vino.
«Entonces arrimé la estaca bajo el abundante rescoldo para que se calentara y
comencé a animar con mi palabra a todos los compañeros, no fuera que alguien se
me escapara por miedo. Y cuando en breve la estaca estaba a punto de arder en el
fuego, verde como estaba, y .resplandecía terriblemente, me acerqué y la saqué
del fuego, y mis compañeros me rodearon, pues sin duda un demón les infundiá
gran valor. Tomaron la aguda estaca de olivo y se la clavaron arriba en el ojo,
y yo hacía fuerza desde arriba y le daba vueltas. Como cuando un hombre taladra
con un trépano la madera destinada a un navío otros abajo la atan a ambos lados
con una correa y la madera gira continua, incesantemente , así hacíamos dar
vueltas, bien asida, a la estaca de punta de fuego en el ojo del Cíclope, y la
sangre corría por la estaca caliente. Al arder la pupila, el soplo del fuego le
quemó todos los párpados, y las cejas y las raíces crepitaban por el fuego. Como
cuando un herrero sumerge una gran hacha o una garlopa en agua fría para
templarla y ésta estride grandemente pues éste es el poder del hierro , así
estridía su ojo en torno a la estaca de olivo. Y lanzó un gemido grande,
horroroso, y la piedra retumbó en torno, y nosotros nos echamos a huir
aterrorizados.
«Entonces se extrajo del ojo la estaca empapada en sangre y, enloquecido, la
arrojó de sí con las manos. Y al punto se puso a llamar a grandes voces a los
Cíclopes que habitaban en derredor suyo, en cuevas por las ventiscosas cumbres.
Al oír éstos sus gritos, venían cada uno de un sitio y se colocaron alrededor de
su cueva y le preguntaron qué le afligía:
«"¿Qué cosa tan grande sufres, Polifemo, para gritar de esa manera en la noche
inmortal y hacernos abandonar el sueño? ¿Es que alguno de los mortales se lleva
tus rebaños contra tu voluntad o te está matando alguien con engaño o con sus
fuerzas?"
«Y les contestó desde la cueva el poderoso Polifemo:
«"Amigos, Nadie me mata con engaño y no con sus propias fuerzas."
«Y ellos le contestaron y le dijeron aladas palabras:
«"Pues si nadie te ataca y estás solo... es imposible escapar de la enfermedad
del gran Zeus, pero al menos suplica a tu padre Poseidón, al soberano."
«Así dijeron, y se marcharon. Y mi corazón rompió a reír: ¡cómo los había
engañado mi nombre y mi inteligencia irreprochable!
«El Cíclope gemía y se retorcía de dolor, y palpando con las manos retiró la
piedra de la entrada. Y se sentó a la puerta, las manos extendidas, por si
pillaba a alguien saliendo afuera entre las ovejas. ¡Tan estúpido pensaba en su
mente que era yo! Entonces me puse a deliberar cómo saldrían mejor las cosas ¡si
encontrará el medio de liberar a mis compañeros y a mí mismo de la muerte..! Y
me puse a entretejer toda clase de engaños y planes, ya que se trataba de mi
propia vida . Pues un gran mal estaba cercano. Y me pareció la mejor ésta
decisión: los carneros estaban bien alimentádos, con densos vellones, hermosos y
grandes, y tenían una lana color violeta. Conque los até en silencio,
juntándolos de tres en tres, con mimbres bien trenzadas sobre las que dormía el
Cíclope, el monstruo de pensamientos impíos; el carnero del medio llevaba a un
hombre, y los otros dos marchaban a cada lado, salvando a mis compañeros. Tres
carneros llevaban a cada hombre.
»Entonces yo... había un carnero; el mejor con mucho de todo su rebaño. Me
apoderé de éste por el lomo y me coloqué bajo su velludo vientre hecho un
ovillo, y me mantenía con ánimo paciente agarrado con mis manos a su divino
vellón. Así aguardamos gimiendo a Eos divina, y cuando se mostró la que nace de
la mañana, la de dedos de rosa, sacó a pastar a los machos de su ganado. Y las
hembras balaban por los corrales sin ordeñar, pues sus ubres rebosaban. Su
dueño, abatido por funestos dolores, tentaba el lomo de todos sus carneros, que
se mantenían rectos. El inocente no se daba cuenta de que mis compañeros estaban
sujetos bajo el pecho de las lanudas ovejas. El último del rebaño en salir fue
el carnero cargado con su lana y conmigo, que pensaba muchas cosas. El poderoso
Polifemo lo palpó y se dirigió a él:
«"Carnero amigo, ¿por qué me sales de la cueva el último del rebaño? Antes jamás
marchabas detrás de las ovejas, sino que, a grandes pasos, llegabas el primero a
pastar las tiernas flores del prado y llegabas el primero a las corrientes de
los ríos y el primero deseabas llegar al establo por la tarde. Ahora en cambio,
eres el último de todos. Sin duda echas de menos el ojo de tu soberano, el que
me ha cegado un hombre villano con la ayuda de sus miserables compañeros,
sujetando mi mente con vino, Nadie, quien todavía no ha escapado te lo aseguro
de la muerte. ¡Ojalá tuvieras sentimientos iguales a los míos y estuvieras
dotado de voz para decirme dónde se ha escondido aquél de mi furia! Entonce sus
sesos, cada uno por un lado, reventarían contra el suelo por la cueva, herido de
muerte, y mi corazón se repondría de los males que me ha causado el vil Nadie."
«Así diciendo alejó de sí al carnero. Y cuando llegamos un poco lejos de la
cueva y del corral, yo me desaté el primero de debajo del carnero y liberé a mis
compañeros. Entonces hicimos volver rápidamente al ganado de finas patas, gordo
por la grasa, abundante ganado, y lo condujimos hasta llegar a la nave.
«Nuestros compañeros dieron la bienvenida a los que habíamos escapado de la
muerte, y a los otros los lloraron entre gemidos. Pero yo no permití que
lloraran, haciéndoles señas negativas con mis cejas, antes bien, les di órdenes
de embarcar al abundante ganado de hermosos vellones y de navegar el salino mar.
«Embarcáronlo enseguida y se sentaron sobre los bancos, y, sentados, batían el
canoso mar con los remos.
«Conque cuando estaba tan lejos como para hacerme oír si gritaba, me dirigí al
Cíclope con mordaces palabras:
«"Cíclope, no estaba privado de fuerza el hombre cuyos compañeros ibas a comerte
en la cóncava cueva con tu poderosa fuerza. Con razón te tenían que salir al
encuentro tus malvadas acciones, cruel, pues no tuviste miedo de comerte a tus
huéspedes en tu propia casa. Por ello te han castigado Zeus y los demás dioses."
«Así hablé, y él se irritó más en su corazón. Arrancó la cresta de un gran
monte, nos la arrojó y dio detrás de la nave de azuloscura proa, tan cerca que
faltó poco para que alcanzara lo alto del timón. El mar se levantó por la caída
de la piedra, y el oleaje arrastró en su reflujo, la nave hacia el litoral y la
impulsó hacia tierra. Entonces tomé con mis manos un largo botador y la empujé
hacia fuera, y di órdenes a mis compañeros de que se lanzaran sobre los remos
para escapar del peligro, haciéndoles señas con mi cabeza. Así que se inclinaron
hacia adelante y remaban. Cuando en nuestro recorrido estábamos alejados dos
veces la distancia de antes, me dirigí al Cíclope, aunque mis compañeros
intentaban impedírmelo con dulces palabras a uno y otro lado:
«"Desdichado, ¿por qué quieres irritar a un hombre salvaje?, un hombre que acaba
de arrojar un proyectil que ha hecho volver a tierra nuestra nave y pensábamos
que íbamos a morir en el sitio. Si nos oyera gritar o hablar machacaría nuestras
cabezas y el madero del navío, tirándonos una roca de aristas resplandecientes,
¡tal es la longitud de su tiro!"
«Así hablaron, pero no doblegaron mi gran ánimo y me dirigí de nuevo a él
airado:
«"Cíclope, si alguno de los mortales hombres te pregunta por la vergonzosa
ceguera de tu ojo, dile que lo ha dejado ciego Odiseo, el destructor de
ciudades; el hijo de Laertes que tiene su casa en Itaca."
«Así hablé, y él dio un alarido y me contestó con su palabra:
«"¡Ay, ay, ya me ha alcanzado el antiguo oráculo! Había aquí un adivino noble y
grande, Telemo Eurímida, que sobresalía por sus dotes de adivino y envejeció
entre los Cíclopes vaticinando. Éste me dijo que todo esto se cumpliría en el
futuro, que me vería privado de la vista a manos de Odiseo. Pero siempre esperé
que llegara aquí un hombre grande y bello, dotado de un gran vigor; sin embargo,
uno que es pequeño, de poca valía y débil me ha cegado el ojo después de
sujetarme con vino. Pero ven acá, Odiseo, para que te ofrezca los dones de
hospitalidad y exhorte al ínclito, al que conduce su carro por la tierra, a que
te dé escolta, pues soy hijo suyo y él se gloría de ser mi padre. Sólo él, si
quiere, me sanará, y ningún otro de los dioses felices ni de los mortales
hombres."
«Así habló, y yo le contesté diciendo:
«"¡Ojalá pudiera privarte también de la vida y de la existencia y enviarte a la
mansión de Hades! Así no te curaría el ojo ni el que sacude la tierra."
«Así dije, y luego hizo él una súplica a Poseidón soberano, tendiendo su mano
hacia el cielo estrellado:
«"Escúchame tú, Poseidón, el que abrazas la tierra, el de cabellera azuloscura.
Si de verdad soy hijo tuyo y tú te precias de ser mi padre , concédeme que
Odiseo, el destructor de ciudades, no llegue a casa, el hijo de Laertes que
tiene su morada en Itaca. Pero si su destino es que vea a los suyos y llegue a
su bien edificada morada y a su tierra patria, que regrese de mala manera: sin
sus compañeros, en nave ajena, y que encuentre calamidades en casa."
«Así dijo suplicando, y le escuchó el de azuloscura cabellera. A continuación
levantó de nuevo una piedra mucho mayor y la lanzó dando vueltas. Hizo un
esfuerzo inmenso y dio detrás de la nave de azuloscura proa, tan cerca que faltó
poco para que alcanzara lo alto del timón. Y el mar se levantó por la caída de
la piedra, y el oleaje arrastró en su reflujo la nave hacia el litoral y la
impulsó hacia tierra.
«Conque por fin llegamos a la isla donde las demás naves de buenos bancos nos
aguardaban reunidas. Nuestros compañeros estaban sentados llorando alrededor,
anhelando continuamente nuestro regreso. Al llegar allí, arrastramos la nave
sobre la arena y desembarcamos sobre la ribera del mar. Sacamos de la cóncava
nave los ganados del Cíclope y los repartimos de modo que nadie se fuera sin su
parte correspondiente.
«Mis compañeros, de hermosas grebas, me dieron a mí solo, al repartir el ganado,
un carnero de más, y lo sacrifiqué sobre la playa en honor de Zeus, el que reúne
las nubes, el hijo de Crono, el que es soberano de todos, y quemé los muslos.
Pero no hizo caso de mi sacrificio, sino que meditaba el modo de que se
perdieran todas mis naves de buenos bancos y mis fieles compañeros.
«Estuvimos sentados todo el día comiendo carne sin parar y bebiendo dulce vino,
hasta el sumergirse de Helios. Y cuando Helios se sumergió y cayó la oscuridad,
nos echamos a dormir sobre la ribera del mar.
«Cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, di orden a
mis compañeros de que embarcaran y soltaran amarras, y ellos embarcaron, se
sentaron sobre los bancos y, sentados, batían el canoso mar con los remos.
«Así que proseguimos navegando desde allí, nuestro corazón acongojado, huyendo
con gusto de la muerte, aunque habíamos perdido a nuestros compañeros.»
CANTO X
LA ISLA DE EOLO.
EL PALACIO DE CIRCE LA HECHICERA
Arribamos a la isla Eolia, isla flotante donde habita Eolo Hipótada, amado de
los dioses inmortales. Un muro indestructible de bronce la rodea, y se yergue
como roca pelada.
«Tiene Eolo doce hijos nacidos en su palacio, seis hijas y seis hijos mozos, y
ha entregado sus hijas a sus hijos como esposas. Siempre están ellos de banquete
en casa de su padre y su venerable madre, y tienen a su alcance alimentos sin
cuento. Durante el día resuena la casa, que huele a carne asada, con el sonido
de la flauta, y por la noche duermen entre colchas y sobre lechos taladrados
junto a sus respetables esposas. Conque llegamos a la ciudad y mansiones de
éstos. Durante un mes me agasajó y me preguntaba detalladamente por Ilión, por
las naves de los argivos y por el regreso de los aqueos, y yo le relaté todo
como me correspondía. Y cuando por fin le hablé de volver y le pedí que me
despidiera, no se negó y me proporcionó escolta. Me entregó un pellejo de buey
de nueve años que él había desollado, y en él ató las sendas de mugidores
vientos, pues el Cronida le había hecho despensero de vientos, para que amainara
o impulsara al que quisiera. Sujetó el odre a la curvada nave con un brillante
hilo de plata para que no escaparan ni un poco siquiera, y me envió a Céfiro
para que soplara y condujera a las naves y a nosotros con ellas. Pero no iba a
cumplirlo, pues nos vimos perdidos por nuestra estupidez.
«Navegamos tanto de día como de noche durante nueve días, y al décimo se nos
mostró por fin la tierra patria y pudimos ver muy cerca gente calentándose al
fuego. Pero en ese momento me sobrevino un dulce sueño; cansado como estaba,
pues continuamente gobernaba yo el timón de la nave que no se lo encomendé nunca
a ningún compañero, a fin de llegar más rápidamente a la tierra patria.
«Mis compañeros conversaban entre sí y creían que yo llevaba a casa oro y plata,
regalo del magnánimo Eolo Hipótada.
Y decía así uno al que tenía al lado:
«"¡Ay, ay, cómo quieren y honran a éste todos los hombres a cuya ciudad y tierra
llega! De Troya se trae muchos y buenos tesoros como botín; en cambio, nosotros,
después de llevar a cabo la misma expedición, volvemos a casa con las manos
vacías. También ahora Eolo le ha entregado esto correspondiendo a su amistad.
Conque, vamos, examinemos qué es, veamos cuánto oro y plata se encierra en este
odre."
«Así hablaban, y prevaleció la decisión funesta de mis compañeros: desataron el
odre y todos los vientos se precipitaron fuera, mientras que a mis compañeros
los arrebataba un huracán y los llevó llorando de nuevo al ponto lejos de la
patria. Entonces desperté yo y me puse a cavilar en mi irreprochable ánimo si me
arrojaría de la nave para perecer en el mar o soportaría en silencio y
permanecería todavía entre los vivientes. Conque aguanté y quedéme y me eché
sobre la nave cubriendo mi cuerpo. Y las naves eran arrastradas de nuevo hacia
la isla Eofa por una terrible tempestad de vientos, mientras mis compañeros se
lamentaban.
«Por fin pusimos pie en tierra, hicimos provisión de agua y enseguida comenzaron
mis compañeros a comer junto a las rápidas naves. Cuando nos habíamos hartado de
comida y bebida tomé como acompañantes al heraldo y a un compañero y me encaminé
a la ínclita morada de Eolo, y lo encontré banqueteando en compañía de su esposa
a hijos. Cuando llegamos a la casa nos sentamos sobre el umbral junto a las
puertas, y ellos se levantaron admirados y me preguntaron:
«"¿Cómo es que has vuelto, Odiseo? ¿Qué demón maligno ha caído sobre ti? Pues
nosotros te despedimos gentilmente para que llegaras a tu patria y hogar a donde
quiera que te fuera grato."
«Así dijeron, y yo les contesté con el corazón acongojado:
«"Me han perdido mis malvados compañeros y, además, el maldito sueño. Así que
remediadlo, amigos, pues está en vuestras manos."
«Así dije, tratando de calmarlos con mis suaves palabras, pero ellos quedaron en
silencio, y por fin su padre me contestó:
«"Márchate enseguida de esta isla, tú, el más reprobable de los vivientes, que
no me es lícito acoger ni despedir a un hombre que resulta odioso a los dioses
felices. ¡Fuera!, ya que has llegado aquí odiado por los inmortales."
«Así diciendo, me arrojó de su casa entre profundos lamentos. Así que
continuamos nagevando con el corazón acongojado, y el vigor de mis hombres se
gastaba con el doloroso remar, pues debido a nuestra insensatez ya no se nos
presentaba medio de volver.
«Navegamos tanto de día como de noche durante seis días, y al séptimo arribamos
a la escarpada ciudadela de Lamo, a Telépilo de Lestrigonia, donde el pastor que
entra llama a voces al que sale y éste le contesta; donde un hombre que no
duerma puede cobrar dos jomales, uno por apacentar vacas y otro por conducir
blancas ovejas, pues los caminos del día y de la noche son cercanos.
«Cuando llegamos a su excelente Puerto lo rodea por todas partes roca escarpada,
y en su boca sobresalen dos acantilados, uno frente a otro, por lo que la
entrada es estrecha , todos mis compañeros amarraron dentro sus curvadas naves,
y éstas quedaron atadas, muy juntas, dentro del Puerto, pues no se hinchaban
allí las olas ni mucho ni poco, antes bien había en torno una blanca bonanza.
Sólo yo detuve mi negra nave fuera del Puerto, en el extremo mismo, sujeté el
cable a la roca y subiendo a un elevado puesto de observación me quedé allí: no
se veía labor de bueyes ni de hombres, sólo humo que se levantaba del suelo.
«Entonces envié a mis compañeros para que indagaran qué hombres eran de los que
comen pan sobre la tierra, eligiendo a dos hombres y dándoles como tercer
compañero a un heraldo. Partieron éstos y se encaminaron por una senda llana por
donde los carros llevaban leña a la ciudad desde los altos montes. Y se toparon
con una moza que tomaba agua delante de la ciudad, con la robusta hija de
Antifates Lestrigón. Había bajado hasta la fuente Artacia de bella corriente, de
donde solían llevar agua a la ciudad. Acercándose mis compañeros se dirigieron a
ella y le pregtmtaron quién era el rey y sobre quiénes reinaba, Y enseguida les
mostró el elevado palacio de su padre. Apenas habían entrado, encontraron a la
mujer del rey, grande como la cima de un monte, y se atemorizaron ante ella.
Hizo ésta venir enseguida del ágora al ínclito Antifates, su esposo, quien tramó
la triste muerte para aquéllos. Así que agarró a uno de mis compañeros y se lo
preparó como almuerzo, pero los otros dos se dieron a la fuga y llegaron a las
naves. Entonces el rey comenzó a dar grandes voces por la ciudad, y los
gigantescos Lestrígones que lo oyeron empezaron a venir cada uno de un sitio, a
miles, y se parecían no a hombres, sino a gigantes. Y desde las rocas comenzaron
a arrojarnos peñascos grandes como hombres, así que junto a las naves se elevó
un estruendo de hombres que morían y de navíos que se quebraban. Además,
ensartábanlos como si fueran peces y se los llevaban como nauseabundo festín.
«Conque mientras mataban a éstos dentro del profundo Puerto, saqué mi aguda
espada de junto al muslo y corté las amarras de mi nave de azuloscura proa. Y,
apremiando a mis compañeros, les ordené que se inclinaran sobre los remos para
poder escapar de la desgracia. Y todos a un tiempo saltaron sobre ellos, pues
temían morir.
«Así que mi nave evitó de buena gana las elevadas rocas en dirección al ponto,
mientras que las demás se perdían allí todas juntas. Continuamos navegando con
el corazón acongojado, huyendo de la muerte gozosos, aunque habíamos perdido a
los compañeros.
«Y llegamos a la isla de Eea, donde habita Circe, la de lindas trenzas, la
terrible diosa dotada de voz, hermana carnal del sagaz Eetes: ambos habían
nacido de Helios, el que lleva la luz a los mortales, y de Perses, la hija de
Océano.
«Allí nos dejamos llevar silenciosamente por la nave a lo largo de la ribera
hasta un puerto acogedor de naves y es que nos conducía un dios. Desembarcamos y
nos echamos a dormir durante dos días y dos noches, consumiendo nuestro ánimo
por motivo del cansancio y el dolor. Pero cuando Eos, de lindas trenzas,
completó el tercer día, tomé ya mi lanza y aguda espada y, levantándome de junto
a la nave, subí a un puesto de observación por si conseguía divisar labor de
hombres y oír voces. Cuando hube subido a un puesto de observación, me detuve y
ante mis ojos ascendía humo de la tierra de anchos caminos a través de unos
encinares y espeso bosque, en el palacio de Circe. Asi que me puse a cavilar en
mi interior si bajaría a indagar, pues había vistó humo enrojecido.
«Mientras así cavilaba me pareció lo mejor dirigirme primero a la rápida nave y
a la ribera del mar para distribuir alimentos a mis compañeros, y enviarlos a
que indagaran ellos. Y cuando ya estaba cerca de la curvada nave, algún dios se
compadeció de mí -solo como estaba-, pues puso en mi camino un enorme ciervo de
elevada cornamenta. Bajaba éste desde el pasto del bosque a beber al río, pues
ya lo tenía agobiado la fuerza del sol. Así que en el momento en que salía lo
alcancé en medio de la espalda, junto al espinazo. Atravesólo mi lanza de bronce
de lado a lado y se desplomó sobre el polvo chillando y su vida se le escapó
volando. Me puse sobre él, saqué de la herida la lanza de bronce y lo dejé
tirado en el suelo. Entre tanto, corté mimbres y varillas y, trenzando una soga
como de una braza, bien torneada por todas partes, até los pies del terrible
monstruo. Me dirigí a la negra nave con el animal colgando de mi cuello y
apoyado en mi lanza, pues no era posible llevarlo sobre el hombro con una sola
mano y es que la bestia era descomunal. Arrojéla por fin junto a la nave y
desperté a mis compañeros, dirigiéndome a cada uno en particular con dulces
palabras:
«"Amigos, no descenderemos a la morada de Hades por muy afligidos que estemos ,
hasta que nos llegue el día señalado. Conque, vamos, mientras tenemos en la
rápida nave comida y bebida, pensemos en comer y no nos dejemos consumir por el
hambre."
«Así dije, y pronto se dejaron persuadir por mis palabras. Se quitaron de encima
las ropas, junto a la ribera del estéril mar, y contemplaron con admiración al
ciervo y es que la bestia era descomunal. Así que cuando se hartaron de verlo
con sus ojos, lavaron sus manos y se prepararon espléndido festín.
«Así pasamos todo el día, hasta que se puso el sol, dándonos a comer abundante
carne y delicioso vino. Y cuando se puso el sol y cayó la oscuridad nos echamos
a dormir junto a la ribera del mar.
«Cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa los reuní
en asamblea y les comuniqué mi palabra:
«"Escuchad mis palabras, compañeros, por muchas calamidades que hayáis
soportado. Amigos, no sabemos dónde cae el Poniente ni dónde el Saliente, dónde.
se oculta bajo la tierra Helios, que alumbra a los mortales, ni dónde se
levanta. Conque tomemos pronto una resolución, si es que todavía es posible, que
yo no lo creo. Al subir a un elevado puesto de observación he visto una isla a
la que rodea, como corona, el ilimitado mar. Es isla de poca altura, y he podido
ver con mis ojos, en su mismo centro, humo a través de unos encinares y espeso
bosque."
«Así dije, y a mis compañeros se les quebró el corazón cuando recordaron las
acciones de Antifates Lestrigón y la violencia del magnánimo Cíclope, el comedor
de hombres. Lloraban a gritos y derramaban abundante llanto; pero nada
conseguían con lamentarse. Entonces dividí en dos grupos a todos mis compañeros
de buenas grebas y di un jefe a cada grupo. A unos los mandaba yo y a los otros
el divino Euríloco. Enseguida agitamos unos guijarros en un casco de bronce y
saltó el guijarro del magnánimo Euríloco. Conque se puso en camino y con él
veintidós compañeros que lloraban, y nos dejaron atrás a nosotros gimiendo
también.
«Encontraron en un valle la morada de Circe, edificada con piedras talladas, en
lugar abierto. La rodeaban lobos montaraces y leones, a los que había hechizado
dándoles brebajes maléficos, pero no atacaron a mis hombres, sino que se
levantaron y jugueteaban alrededor moviendo sus largas colas. Como cuando un rey
sale del banquete y le rodean sus perros moviendo la cola pues siempre lleva
algo que calme sus impulsos , así los lobos de poderosas uñas y los leones
rodearon a mis compañeros, moviendo la cola. Pero éstos se echaron a temblar
cuando vieron las terribles bestias. Detuviéronse en el pórtico de la diosa de
lindas trenzas y oyeron a Circe que cantaba dentro con hermosa voz, mientras se
aplicaba a su enorme e inmortal telar ¡y qué suaves, agradables y brillantes son
las labores de las diosas! Entonces comenzó a hablar Polites, caudillo de
hombres, mi más preciado y valioso compañero:
«"Amigos, alguien no sé si diosa o mujer está dentro cantando algo hermoso
mientras se aplica a su gran telar que todo el piso se estremece con el sonido .
Conque hablémosle enseguida."
«Así dijo, y ellos comenzaron a llamar a voces. Salió la diosa enseguida, abrió
las brillantes puertas y los invitó a entrar. Y todos la siguieron en su
ignorancia, pero Euríloco se quedó allí barruntando que se trataba de una
trampa. Los introdujo, los hizo sentar en sillas y sillones, y en su presencia
mezcló queso, harina y rubia miel con vino de Pramnio. Y echó en esta pócima
brebajes maléficos para que se olvidaran por completo de su tierra patria.
«Después que se lo hubo ofrecido y lo bebieron, golpeólos con su varita y los
encerró en las pocilgas. Quedaron éstos con cabeza, voz, pelambre y figura de
cerdos, pero su mente permaneció invariable, la misma de antes. Así quedaron
encerrados mientras lloraban; y Circe les echó de comer bellotas, fabucos y el
fruto del cornejo, todo lo que comen los cerdos que se acuestan en el suelo.
«Conque Euríloco volvió a la rápida, negra nave para informarme sobre los
compañeros y su amarga suerte, pero no podía decir palabra con desearlo mucho ,
porque tenía átravesado el corazón por un gran dolor: sus ojos se llenaron de
lágrimas y su ánimo barruntaba el llanto. Cuando por fin le interrogamos todos
llenos de admiración, comenzó a contarnos la pérdida de los demás compañeros:
«"Atravesamos los encinares como ordenaste, ilustre Odiseo, y encontramos en un
valle una hermosa mansión edificada con piedras talladas, en lugar abierto. Allí
cantaba una diosa o mujer mientras se aplicaba a su enorme telar; los compañeros
comenzaron a llamar a voces; salió ella, abrió las brillantes puertas y nos
invitó a entrar. Y todos la siguieron en su ignorancia, pero yo no me quedé por
barruntar que se trataba de una trampa. Así que desaparecieron todos juntos y no
volvió a aparecer ninguno de ellos, y eso que los esperé largo tiempo sentado."
«Así habló; entonces me eché al hombro la espada de clavos de plata, grande, de
bronce, y el arco en bandolera, y le ordené que me condujera por el mismo
camino, pero él se abrazó a mis rodillas y me suplicaba, y, lamentándose, me
dirigía aladas palabras:
« “No me lleves allí a la fuerza, Odiseo de linaje divino; déjame aquí, pues sé
que ni volverás tú ni traerás a ninguno de tus compañeros. Huyamos rápidamente
con éstos, pues quizá podamos todavía evitar el día funesto".
«Así habló, pero yo to contesté diciendo:
«"Euríloco, quédate tú aquí comiendo y bebiendo junto a la negra nave, que yo me
voy. Me ha venido una necesidad imperiosa."
«Así diciendo, me alejé de la nave y del mar. Y cuando en mi marcha por el valle
iba ya a llegar a la mansión de Circe, la de muchos brebajes, me salió al
encuentro Hermes, el de la varita de oro, semejante a un adolescente, con el
bozo apuntándole ya y radiante de juventud. Me tomó de la mano y, llamándome por
mi nombre, dijo:
«"Desdichado, ¿cómo es que marchas solo por estas lomas, desconocedor como eres
del terreno? Tus compañeros están encerrados en casa de Circe, como cerdos,
ocupando bien construidas pocilgas. ¿Es que vienes a rescatarlos? No creo que
regreses ni siquiera tú mismo, sino que te quedarás donde los demás. Así que,
vamos, te voy a librar del mal y a salvarte. Mira, toma este brebaje benéfico,
cuyo poder te protegerá del día funesto, y marcha a casa de Circe. Te voy a
manifestar todos los malvados propósitos de Circe: te preparará una poción y
echará en la comida brebajes, pero no podrá hechizarte, ya que no lo permitirá
este brebaje benéfico que te voy a dar. Te aconsejaré con detalle: cuando Circe
trate de conducirte con su larga varita, saca de junto a tu muslo la aguda
espada y lánzate contra ella como queriendo matarla. Entonces te invitará, por
miedo, a acostarte con ella. No réchaces por un momento el lecho de la diosa, a
fin de que suelte a tus compañeros y te acoja bien a ti. Pero debes ordenarla
que jure con el gran juramento de los dioses felices que no va a meditar contra
ti maldad alguna ni te va a hacer cobarde y poco hombre cuando te hayas
desnudado”.
«Así diciendo, me entregó el Argifonte una planta que había arrancado de la
tierra y me mostró su propiedades: de raíz era negra, pero su flor se asemejaba
a la leche. Los dioses la llaman moly, y es difícil a los hombres mortales
extraerla del suelo, pero los dioses lo pueden todo.
«Luego marchó Hermes al lejano Olimpo a través de la isla boscosa y yo me dirigí
a la mansión de Circe. Y mientras marchaba, mi corazón revolvía muchos
pensamientos. Me detuve ante las puertas de la diosa de lindas trenzas, me puse
a gritar y la diosa oyó mi voz. Salió ésta, abrió las brillantes puertas y me
invitó a entrar. Entonces yo la seguí con el corazón acongojado. Me introdujo e
hizo sentar en un sillón de clavos de plata, hermoso, bien trabajado, y bajo mis
pies había un escabel. Preparóme una pócima en copa de oro, para que la bebiera,
y echó en ella un brebaje, planeando maldades en su corazón.
«Conque cuando me lo hubo ofrecido y lo bebí aunque no me había hechizado ,
tocóme con su varita y, llamándome por mi nombre, dijo:
«"Marcha ahora a la pocilga, a tumbarte en compañía de tus amigos."
«Así dijo, pero yo, sacando mi aguda espada de junto al muslo, me lancé sobre
Circe, como deseando matarla. Ella dió un fuerte grito y corriendo se abrazó a
mis rodillas y, lamentándose, me dirigió aladas palabras:
«"¿Quién y de dónde eres? ¿Dónde tienes tu ciudad y tus padres? Estoy
sobrecogida de admiración, porque no has quedado hechizado a pesar de haber
bebido estos brebajes. Nadie, ningún otro hombre ha podido soportarlos una vez
que los ha hebido y han pasado el cerco de sus dientes. Pero tú tienes en el
pecho un corazón imposible de hechizar. Así que seguro que eres el asendereado
Odiseo, de quien me dijo el de la varita de oro, el Argifonte que vendría al
volver de Troya en su rápida, negra nave. Conque, vamos, vuelve tu espada a la
vaina y subamos los dos a mi cama, para que nos entreguemos mutuamente unidos en
amor y lecho."
«Así dijo, pero yo me dirigí a ella y le contesté:
«"Circe, ¿cómo quieres que sea amoroso contigo? A mis compañeros los has
convertido en cerdos en tu palacio, y a mí me retienes aquí y, con intenciones
perversas, me invitas a subir a tu aposento y a tu cama para hacerme cobarde y
poco hombre cuando esté desnudo. No desearía ascender a tu cama si no aceptaras
al menos, diosa, jurarme con gran juramento que no vas a meditar contra mí
maldad alguna."
«Así dije, y ella al punto juró como yo le había dicho. Conque, una vez que
había jurado y terminado su promesa, subí a la hermosa cama de Circe.
«Entre tanto, cuatro siervas faenaban en el palacio, las que tiene como
asistentas en su morada. Son de las que han nacido de fuentes, de bosques y de
los sagrados ríos que fluyen al mar. Una colocaba sobre los sillones cobertores
hermosos y alfombras debajo; otra extendía mesas de plata ante los sillones, y
sobre ellas colocaba canastillas de oro; la tercera mezclaba delicioso vino en
una crátera de plata y distribuía copas de oro, y la cuarta traía agua y
encendía abundante fuego bajo un gran trípode y así se calentaba el agua. Cuando
el agua comenzó a hervir en el brillante bronce, me sentó en la bañera y me
lavaba con el agua del gran trípode, vertiendola agradable sobre mi cabeza y
hombros, a fin de quitar de mis miembros el cansancio que come el vigor. Cuando
me hubo lavado, ungido con aceite y vestido hermosa túnica y manto, me condujo e
hizo sentar sobre un sillón de clavos de plata, hermoso, bien trabajado y bajo
mis pies había un escabel. Una sierva derramó sobre fuente de plata el aguamanos
que llevaba en hermosa jarra de oro, para que me lavara, y al lado extendió una
mesa pulimentada. La venerable ama de llaves puso comida sobre ella y añadió
abundantes piezas escogidas, favoreciéndome entre los presentes. Y me invitaba a
que comiera, pero esto no placía a mi ánimo y estaba sentado con el pensamiento
en otra parte, pues mi ánimo presentía la desgracia. Cuando Circe me vio sentado
sin echar mano a la comida y con fuerte pesar, colocóse a mi lado y me dirigió
aladas palabras:
«"¿Por qué, Odiseo, permaneces sentado como un mudo consumiendo tu ánimo y no
tocas siquiera la comida y la bebida? Seguro que andas barruntando alguna otra
desgracia, pero no tienes nada que temer, pues ya te he jurado un poderoso
juramento."
«Así habló, y entonces le contesté diciendo:
«"Circe, ¿qué hombre como es debido probaría comida o bebida antes de que sus
compañeros quedaran libres y él los viera con sus ojos? Conque, si me invitas
con buena voluntad a beber y comer, suelta a mis fieles compañeros para que
pueda verlos con mis ojos."
«Así dije; Circe atravesó el mégaron con su varita en las manos, abrió las
puertas de las pocilgas y sacó de allí a los que parecían cerdos de nueve años.
Después se colocaron enfrente, y Circe, pasando entre ellos, untaba a cada uno
con otro brebaje. Se les cayó la pelambre que había producido el maléfico
brebaje que les diera la soberana Circe y se convirtieron de nuevo en hombres
aún más jóvenes que antes y más bellos y robustos de aspecto. Y me reconocieron
y cada uno me tomaba de la mano. A todos les entró un llanto conmovedor -toda la
casa resonaba que daba pena , y hasta la misma diosa se compadeció de ellos. Así
que se vino a mi lado y me dijo la divina entre las diosas:
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, marcha ya a tu
rápida nave junto a la ribera del mar. Antes que nada, arrastrad la nave hacia
tierra, llevad vuestras posesiones y armas todas a una gruta y vuelve aquí
después con tus fieles compañeros."
«Así dijo, mi valeroso ánimo se dejó persuadir y me puse en camino hacia la
rápida nave junto a la ribera del mar. Conque encontré junto a la rápida nave a
mis fieles compañeros que lloraban lamentablemente derramando abundante llanto.
Como las terneras que viven en el campo salen todas al encuentro y retozan en
torno a las vacas del rebaño que vuelven al establo después de hartarse de
pastar (pues ni los cercados pueden ya retenerlas y, mugiendo sin cesar
corretean en torno a sus madres), así me rodearon aquéllos, llorando cuando me
vieron con sus ojos. Su ánimo se imaginaba que era como si hubieran vuelto a su
patria y a la misma ciudad de Itaca, donde se habían criado y nacido. Y,
lamentándose, me decían aladas palabras:
«"Con tu vuelta, hijo de los dioses, nos hemos alegrado lo mismo que si
hubiéramos llegado a nuestra patria Itaca. Vamos, cuéntanos la pérdida de los
demás compañeros."
«Así dijeron, y yo les hablé con suaves palabras:
«"Antes que nada, empujaremos la rápida nave a tierra y llevaremos hasta una
gruta nuestras posesiones y armas todas. Luego, apresuraos a seguirme todos,
para que veáis a vuestros compañeros comer y beber en casa de Circe, pues tienen
comida sin cuento."
«Así dije, y enseguida obedecieron mis ordenes. Sólo Euríloco trataba de
retenerme a todos los compañeros y, hablándoles, decía aladas palabras:
«"Desgraciados, ¿a dónde vamos a ir? ¿Por qué deseáis vuestro daño bajando a
casa de Circe, que os convertirá a todos en cerdos, lobos o leones para que
custodiéis por la fuerza su gran morada, como ya hizo el Cíclope cuando nuestros
compañeros llegaron a su establo y con ellos el audaz Odiseo? También aquéllos
perecieron por la insensatez de éste."
«Así habló; entonces dudé si sacar la larga espada de junto a mi robusto muslo
y, cortándole la cabeza, arrojarla contra el suelo, aunque era pariente mío
cercano. Pero mis compañeros me lo impidieron, cada uno de un lado, con suaves
palabras:
«"Hijo de los dioses, dejaremos aquí a éste, si tú así lo ordenas, para que se
quede junto a la nave y la custodie. Y a nosotros llévanos a la sagrada mansión
de Circe."
«Así diciendo, se alejaron de la nave y del mar. Pero Euríloco no se quedó
atrás, junto a la cóncava nave, sino que nos siguió, pues temía mis terribles
amenazas.
«Entre tanto, Circe lavó gentilmente a mis otros compañeros que estaban en su
morada, los ungió con brillante aceite y los vistió con túnicas y mantos. Y los
encontramos cuando se estaban banqueteando en el palacio. Cuando se vieron unos
a otros y se contaron todo, rompieron a llorar entre lamentos, y la casa toda
resonaba. Así que la divina entre las diosas se vino a mi lado y dijo:
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, no excitéis más el
abundance llanto, pues también yo conozco los trabajos que habéis sufrido en el
ponto lleno de peces y los daños que os han causado en tierra firme hombres
enemigos. Conque, vamos, comed vuestra comida y bebed vuestro vino hasta que
recobréis las fuerzas que teníais el día que abandonasteis la tierra patria de
la escarpada Itaca; que ahora estáis agotádos y sin fuerzas; con el duro vagar
siempre en vuestras mientes. Y vuestro ánimo no se llena de pensamientos
alegres, pues ya habéis sufrido mucho."
«Así dijo, y nuestro valeroso ánimo se dejó persuadir. Allí nos quedamos un año
entero día tras dia , dándonos a comer carne en abundancia y delicioso vino.
Pero cuando se cumplió el año y volvieron las estaciones con el transcurrir de
los meses ya habían pasado largos días , me llamaron mis fieles compañeros y me
dijeron:
«"Amigo, piensa ya en la tierra patria, si es que tu destino es que te salves y
llegues a tu bien edificada morada y a tu tierra patria."
«Así dijeron, y mi valeroso ánimo se dejó persuadir. Estuvimos todo un día,
hasta la puesta del sol, comiendo carne en abundancia y delicioso vino. Y cuando
se puso el sol y cayó la oscuridad, mis compañeros se acostaron en el sombrío
palacio. Pero yo subí a la hermosa cama de Circe y, abrazándome a sus rodillas,
la supliqué, y la diosa escuchó mi voz. Y hablándole, decía aladas palabras:
«"Circe, cúmpleme la promesa que me hiciste de enviarme a casa, que mi ánimo ya
está impaciente y el de mis compañeros, quienes, cuando tú estás lejos, me
consumen el corazón llorando a mi alrededor."
«Así dije, y al punto contestó la divina entre las diosas:
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, no permanezcáis más
tiempo en mi palacio contra vuestra voluntad. Pero antes tienes que llevar a
cabo otro viaje; tienes que llegarte a la mansión de Hades y la terrible
Perséfone para pedir oráculo al alma del tebano Tiresias, el adivino ciego, cuya
mente todavía está inalterada. Pues sólo a éste, incluso muerto, ha concedido
Perséfone tener conciencia; que los demás revolotean como sombras."
«Así dijo, y a mí se me quebró el corazón. Rompí a llorar sobre el lecho, y mi
corazón ya no quería vivir ni volver a contemplar la luz del sol.
«Cuando me había hartado de llorar y de agitarme, le dije, contestándole:
«"Circe, ¿y quién iba a conducirme en este viaje? Porque a la mansión de Hades
nunca ha llegado nadie en negra nave."
«Así dije, y al punto me contestó la divina entre las diosas:
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, no sientas
necesidad de guía en tu nave. Coloca el mástil, extiende las blancas velas y
siéntate. El soplo de Bóreas la llevará, y cuando hayas atravesado el Océano y
llegues a las planas riberas y al bosque de Perséfone esbeltos álamos negros y
estériles cañaverales , amarra la nave allí mismo, sobre el Océano de profundas
corrientes, y dirígete a la espaciosa morada de Hades. Hay un lugar donde
desembocan en el Aqueronte el Piriflegetón y el Kotyto, difluente de la laguna
Estigia, y una roca en la confluencia de los dos sonoros ríos. Acércate allí,
héroe así te lo aconsejo , y, cavando un hoyo como de un codo por cada lado, haz
una libación en honor de todos los muertos, primero con leche y miel, luego con
delicioso vino y en tercer lugar, con agua. Y esparce por encima blanca harina.
Suplica insistentemente a las inertes cabezas de los muertos y promete que,
cuando vuelvas a Itaca, sacrificarás una vaca que no haya parido, la mejor, y
llenarás una pira de obsequios y que, aparte de esto, sólo a Tiresias le
sacrificarás una oveja negra por completo, la que sobresalga entre vuestro
rebaño. Cuando hayas suplicado a la famosa rata de los difuntos, sacrifica allí
mismo un carnero y una borrega negra, de cara hacia el Erebo; y vuélvete para
dirigirte a las corrientes del río, donde se acercarán muchas almas de difuntos.
Entonces ordena a tus compañeros que desuellen las víctimas que yacen en tierra
atravesadas por el agudo bronce, que las quemen después de desollarlas y que
supliquen a los dioses, al tremendo Hades y a la terrible Perséfone. Y tú saca
de junto al muslo la aguda espada y siéntate sin permitir que las inertes
cabezas de los muertos se acerquen a la sangre antes de que hayas preguntado a
Tiresias. Entonces llegará el adivino, caudillo de hombres, que te señalará el
viaje, la longitud del camino y el regreso, para que marches sobre el ponto
lleno de peces."
«Así dijo, y enseguida apareció Eos, la del trono de oro. Me vistió de túnica y
manto, y ella; la ninfa, se puso una túnica grande, sutil y agradable, echó un
hermoso ceñidor de oro a su cintura y sobre su cabeza puso un velo. Entonces
recorrí el palacio apremiando a mis compañeros con suaves palabras, poniéndome
al lado de cada hombre:
«"Ya no durmáis más tiempo con dulce sueño; marchémonos, que la soberana Circe
me ha revelado todo."
«Así dije, y su valeroso ánimo se dejó persuadir. Pero ni siquiera de allí pude
llevarme sanos y salvos a mis compañeros. Había un tal Elpenor, el más joven de
todos, no muy brillante en la guerra ni muy dotado de mientes, que, por buscar
la fresca, borracho como estaba, se había echado a dormir en el sagrado palacio
de Circe, lejos de los compañeros. Cuando oyó el ruido y el tumulto, levantóse
de repente y no reparó en volver para bajar la larga escalera, sino que cayó
justo desde el techo. Y se le quebraron las vértebras del cuello y su alma bajó
al Hades.
«Cuando se acercaron los demás les dije mi palabra:
«"Seguro que pensáis que ya marchamos a casa, a la querida patria, pero Circe me
ha indicado otro viaje a las mansiones de Hades y la terrible Perséfone para
pedir oráculo al tebano Tiresias."
«A sí dije, y el corazón se les quebró; sentáronse de nuevo a llorar y se
mesaban los cabellos. Pero nada consiguieron con lamentarse.
«Y cuándo ya partíamos acongojados hacia la nave y la ribera del mar derramando
abundante llanto, acercóse Circe a la negra nave y ató un carnero y una borrega
negra, marchando inadvertida. ¡Con facilidad!, pues ¿quién podría ver con sus
ojos a un dios comiendo aquí o allá si éste no quíere?»
CANTO XI
DESCENSUS AD INFEROS
«Y cuando habíamos llegado a la nave y al mar, antes que nada empujamos la nave
hacia el mar divino y colocamos el mástil y las velas a la negra nave.
Embarcamos también ganados que habíamos tomado, y luego ascendimos nosotros
llenos de dolor, derramando gruesas lágrimas. Y Circe, la de lindas trenzas, la
terrible diosa dotada de voz, nos envió un viento que llenaba las velas, buen
compañero detrás de nuestra nave de azuloscura proa. Colocamos luego el aparejo,
nos sentamos a lo largo de la nave y a ésta la dirigían el viento y el piloto.
Durante todo el día estuvieron extendidas las velas en su viaje a través del
ponto.
«Y Helios se sumergió, y todos los caminos se llenaron de sombras. Entonces
llegó nuestra nave a los confines de Océano de profundas corrientes, donde está
el pueblo y la ciudad de los hombres Cimerios cubiertos por la oscuridad y la
niebla. Nunca Helios, el brillante, los mira desde arriba con sus rayos, ni
cuando va al cielo estrellado ni cuando de nuevo se vuelve a la tierra desde el
cielo, sino que la noche se extiende sombría sobre estos desgraciados mortales.
Llegados allí, arrastramos nuestra nave, sacamos los ganados y nos pusimos en
camino cerca de la corriente de Océano, hasta que llegamos al lugar que nos
había indicado Circe. Allí Perimedes y Euríloco sostuvieron las víctimas y yo
saqué la aguda espada de junto a mi muslo e hice una fosa como de un codo por
uno y otro lado. Y alrededor de ella derramaba las libaciones para todos los
difuntos, primero con leche y miel, después con delicioso vino y, en tercer
lugar, con agua. Y esparcí por encima blanca harina.
«Y hacía abundantes súplicas a las inertes cabezas de los muertos, jurando que,
al volver a Itaca, sacrificaría en mi palacio una vaca que no hubiera parido, la
que fuera la mejor, y que llenaría una pira de obsequios y que, aparte de esto,
sacrificaría a sólo Tiresias una oveja negra por completo, la que sobresaliera
entre nuestros rebaños.
«Luego que hube suplicado al linaje de los difuntos con promesas y súplicas,
yugulé los ganados que había llevado junto a la fosa y fluía su negra sangre.
Entonces se empezaron a congregar desde el Erebo las almas de los difuntos,
esposas y solteras; y los ancianos que tienen mucho que soportar; y tiernas
doncellas con el ánimo afectado por un dolor reciente; y muchos alcanzados por
lanzas de bronce, hombres muertos en la guerra con las armas ensangrentadas.
Andaban en grupos aquí y allá, a uno y otro lado de la fosa, con un clamor
sobrenatural, y a mí me atenazó el pálido terror.
«A continuación di órdenes a mis compañeros, apremiándolos a que desollaran y
asaran las víctimas que yacían en el suelo atravesadas por el cruel bronce, y
que hicieran súplicas a los dioses, al tremendo Hades y a la terrible Perséfone.
Entonces saqué la aguda espada de junto a mi muslo, me senté y no dejaba que las
inertes cabezas de los muertos se acercaran a la sangre antes de que hubiera
preguntado a Tiresias.
«La primera en llegar fue el alma de mi compañero Elpenor. Todavía no estaba
sepultado bajo la tierra, la de anchos caminos, pues habíamos abandonado su
cadáver, no llorado y no sepulto, en casa de Circe, que nos urgía otro trabajo.
Contemplándolo entonces, lo lloré y compadecí en mi ánimo, y, hablándole, decía
aladas palabras:
« “Elpenor, ¿cómo has bajado a la nebulosa oscuridad? ¿Has llegado antes a pie
que yo en mi negra nave?"
«Así le dije, y él, gimiendo, me respondió con su palabra:
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, me enloqueció el
Destino funesto de la divinidad y el vino abundante. Acostado en el palacio de
Circe, no pensé en descender por la larga escalera, sino que caí justo desde el
techo y mi cuello se quebró por la nuca. Y mi alma descendió a Hades.
«Ahora te suplico por aquellos a quienes dejaste detrás de ti, por quienes no
están presentes; te suplico por tu esposa y por tu padre, el que te nutrió de
pequeño, y por Telémaco, el hijo único a quien dejaste en tu palacio: sé que
cuando marches de aquí, del palacio de Hades, fondearás tu bien fabricada nave
en la isla de Eea. Te pido, soberano, que te acuerdes de mí allí, que no te
alejes dejándome sin llorar ni sepultar, no sea que me convierta para ti en una
maldición de los dioses. Antes bien, entiérrame con mis armas, todas cuantas
tenga, y acumula para mí un túmulo sobre la ribera del canoso mar ¡desgraciado
de mí! para que te sepan también los venideros. Cúmpleme esto y clava en mi
tumba el remo con el que yo remaba cuando estaba vivo, cuando estaba entre mis
compañeros."
«Así habló, y yo, respondiéndole, dije:
«“ Esto lo cumpliré, desdichado, y realizaré."
«Así permanecíamos sentados, contestándonos con palabras tristes; yo sostenía mi
espada sobre la sangre y, enfrente, hablaba largamente el simulacro de mi
compañero.
«También llegó el alma de mi difunta madre, la hija del magnánimo Autólico,
Anticlea, a quien había dejado viva cuando marché a la sagrada Ilión. Mirándola
la compadecí en mi ánimo, pero ni aun así la permití, aunque mucho me dolía,
acercarse a la sangre antes de interrogar a Tiresias.
«Y llegó el alma del Tebano Tiresias en la mano su cetro de oro , y me
reconoció, y dijo:
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, ¿por qué has
venido, desgraciado, abandonando la luz de Helios, para ver a los muertos y este
lugar carente de goces? Apártate de la fosa y retira tu aguda espada para que
beba de la sangre y te diga la verdad."
«Así dijo; yó entonces volví a guardar mi espada de clavos de plata, la metí en
la vaina, y sólo cuando hubo bebido la negra sangre se dirigió a mí con palabras
el irreprochable adivino:
«"Tratas de conseguir un dulce regreso, brillante Odiseo; sin embargo, la
divinidad te lo hará difícil, pues no creo que pases desapercibido al que sacude
la tierra. Él ha puesto en su ánimo el resentimiento contra ti, airado porque le
cegaste a su hijo. Sin embargo, llegaréis, aun sufriendo muchos males, si es que
quieres contener tus impulsos y los de tus compañeros cuando acerques tu bien
construida nave a la isla de Trinaquía, escapando del ponto de color violeta, y
encontréis unas novillas paciendo y unos gordos ganados, los de Helios, el que
ve todo y todo lo oye. Si dejas a éstas sin tocarlas y piensas en el regreso,
llegaréis todavía a Itaca, aunque después de sufrir mucho; pero si les haces
daño, entonces te predigo la destrucción para la nave y para tus compañeros. Y
tú mismo, aunque escapes, volverás tarde y mal, en nave ajena, después de perder
a todos tus compañeros. Y encontrarás desgracias en tu casa: a unos hombres
insolentes que te comen tu comida, que pretenden a tu divina esposa y le
entregan regalos de esponsales.
«"Pero, con todo, vengarás al volver las violencias de aquéllos. Después de que
hayas matado a los pretendientes en tu palacio con engaño o bien abiertamente
con el agudo bronce, toma un bien fabricado remo y ponte en camino hasta que
llegues a los hombres que no conocen el mar ni comen la comida sazonada con sal;
tampoco conocen éstos naves de rojas proas ni remos fabricados a mano, que son
alas para las naves. Conque te voy a dar una señal manifiesta y no te pasará
desapercibida: cuando un caminante te salga al encuentro y te diga que llevas un
bieldo sobre tu espléndido hombro, clava en tierra el remo fabricado a mano y,
realizando hermosos sacrificios al soberano Poseidón un carnero, un toro y un
verraco semental de cerdas vuelve a casa y realiza sagradas hecatombes a los
dioses inmortales, los que ocupan el ancho cielo, a todos por orden. Y entonces
te llegará la muerte fuera del mar, una muerte muy suave que te consuma agotado
bajo la suave vejez. Y los ciudadanos serán felices a tu alrededor. Esto que te
digo es verdad."
«Así habló, y yo le contesté diciendo:
«"Tiresias, esto lo han hilado los mismos dioses. Pero, vamos, dime esto e
infórmame con verdad: veo aquí el alma de mi madre muerta; permanece en silencio
cerca de la sangre y no se atreve a mirar a su hijo ni hablarle. Dime, soberano,
de qué modo reconocería que soy su hijo." ,
«Así hablé y él me respondió diciendo:
«"Te voy a decir una palabra fácil y la voy a poner en tu mente. Cualquiera de
los difuntos a quien permitas que se acerque a la sangre te dirá la verdad, pero
al que se lo impidas se retirará."
«Así habló, y marchó a la mansión de Hades el alma del soberano Tiresias después
de decir sus vaticinios.
«En cambio, yo permanecí allí constante hasta que llegó mi madre y bebió la
negra sangre. Al pronto me reconoció y, llorando, me dirigió aladas palabras:
«"Hijo mío, cómo has bajado a la nebulosa oscuridad si estás vivo? Les es
difícil a los vivos contemplar esto, pues hay en medio grandes ríos y terribles
corrientes, y, antes que nada, Océano, al que no es posible atravesar a pie si
no se tiene una fabricada nave. ¿Has llegado aquí errante desde Troya con la
nave y los compañeros después de largo tiempo? ¿Es que no has llegado todavía a
Itaca y no has visto en el palacio a tu esposa?"
«Así habló, y yo le respondí diciendo:
«"Madre mía, la necesidad me ha traído a Hades para pedir oráculo al alma del
tebano Tiresias. Todavía no he llegado cerca de Acaya ni he tocado nuestra
tierra en modo alguno, sino que ando errante en continuas dificultades desde al
día en que seguí al divino Agamenón a Ilión, la de buenos potros, para luchar
con los troyanos.
«"Pero, vamos, dime esto e infórmame con verdad: ¿Qué Ker de la terrible muerte
te dominó? ¿Te sometió una larga enfermedad o te mató Artemis, la que goza con
sus saetas, atacándote con sus suaves dardos? Háblame de mi padre y de mi hijo,
a quien dejé; dime si mi autoridad real sigue en su poder o la posee otro
hombre, pensando que ya no volveré más. Dime también la resolución y las
intenciones de mi esposa legítima, si todavía permanece junto al niño y conserva
todo a salvo o si ya la ha desposado el mejor de los aqueos."
«Así dije, y al pronto me respondió mi venerable madre:
«"Ella permanece todavía en tu palacio con ánimo afligido, pues las noches se le
consumen entre dolores y los días entre lágrimas. Nadie tiene todavía tu hermosa
autoridad, sino que Telémaco cultiva tranquilamente tus campos y asiste a
banquetes equitativos de los que está bien que se ocupe un administrador de
justicia, pues todos le invitan.
«"Tu padre permanece en el campo, y nunca va a la ciudad, y no tiene sábanas en
la cama ni cobertores ni colchas espléndidas, sino que en invierno duerme como
los siervos en el suelo, cerca del hogar y visten su cuerpo ropas de mala
calidad , mas cuando llega el verano y el otoño... tiene por todas partes
humildes lechos formados por hojas caídas, en la parte alta de su huerto fecundo
en vides. Ahí yace doliéndose, y crece en su interior una gran aflicción
añorando tu regreso, pues ya ha llegado a la molesta vejez.
«"En cuanto a mí, así he muerto y cumplido mi destino: no me mató Artemis, la
certera cazadora, en mi palacio, acercándose con sus suaves dardos, ni me
invadió enfermedad alguna de las que suelen consumir el ánimo con la odiosa
podredumbre de los miembros, sino que mi nostalgia y mi preocupación por ti,
brillante Odiseo, y tu bondad me privaron de mi dulce vida."
«Así dijo, y yo, cavilando en mi mente, quería abrazar el alma de mi difunta
madre. Tres veces me acerqué mi ánimo me impulsaba a abrazarla , y tres veces
voló de mis brazos semejante a una sombra o a un sueño.
«En mi corazón nacía un dolor cada vez más agudo, y, hablándole, le dirigí
aladas palabras:
«"Madre mía, ¿por qué no te quedas cuando deseo tomarte para que, rodeándonos
con nuestros brazos, ambos gocemos del frío llanto, aunque sea en Hades? ¿Acaso
la ínclita Perséfone me ha enviado este simulacro para que me lamente y llore
más todavía?"
«Así dije, y al pronto me contestó mi soberana madre:
«"¡Ay de mí, hijo mío, el más infeliz de todos los hombres! De ningún modo te
engaña Perséfone, la hija de Zeus, sino que ésta es la condición de los mortales
cuando uno muere: los nervios ya no sujetan la carne ni los huesos, que la
fuerza poderosa del fuego ardiente los consume tan pronto como el ánimo ha
abandonado los blancos huesos, y el alma anda revoloteando como un sueño. Conque
dirígete rápidamente a la luz del día y sabe todo esto para que se lo digas a tu
esposa después."
«Así nos contestábamos con palabras. Y se acercaron pues las impulsaba la
ínclita Perséfone cuantas mujeres eran esposas e hijas de nobles. Se congregaban
amontonándose alrededor de la negra sangre y yo cavilaba de qué modo preguntaría
a cada una. Y ésta me pareció la mejor determinación: saqué la aguda espada de
junto a mi vigoroso muslo y no permitía que bebieran la negra sangre todas a la
vez. Así que se iban acercando una tras otra y cada una de ellas contaba su
estirpe.
«A la primera que vi fue a Tiro, nacida de noble padre, la cual dijo ser hija
del eximio Salmoneo y esposa de Creteo el Eólida, la que deseó al divino Enipeo
que se desliza sobre la tierra como el más hermoso de los ríos.
Andaba ella paseando junto a la hermosa corriente de Enipeo, cuando el que
conduce su carro por la tierra tomó la figura de éste y se acostó junto a ella
en los orígenes del voraginoso río. Y los cubrió una ola de púrpura semejante a
un monte, encorvada, y escondió al dios y a la mujer mortal. Desató el dios su
virginal ceñidor y le infundió sueño y, después que hubo llevado a cabo las
obras de amor, la tomó de la mano, le dijo su palabra y la llamó por su nombre:
"Alégrate, mujer, por este amor, pues cuando pase un año parirás hermosos hijos,
que no son estériles los concúbitos de los inmortales. Por tu parte, cuídate de
ellos y nútrelos. Ahora, marcha a casa, contente y no me nombres. Yó soy
Poseidón, el que sacude la tierra." Así habló y se sumergió en el ponto lleno de
olas. Y ella, grávida, acabó pariendo a Pelias y Neleo, los cuales fueron
poderosos servidores de Zeus. Pelias habitaba en Jolcos, rico en ganado, y el
otro en la arenosa Pilos. A sus demás hijos los parió de Creteo esta reina entre
las mujeres: a Esón, Feres y Mitaón, guerrero ecuestre.
«Después de ésta vi a Antíope, hija de Asopo, que también se gloriaba de haber
dormido entre los brazos de Zeus y parió a dos hijos, Anfión y Zeto, quienes
fueron los fundadores del reino de Tebas, la de siete puertas, y la dotaron de
torres, que sin torres no podían habitar la espaciosa Tebas por muy póderosos
que fueran.
«Después de ésta vi a Alcmena, la mujer de Anfitrión, la que parió al invencible
Heracles, feroz como león, uniéndose al gran Zeus, entre sus brazos.
«Y a Mégara, la hija del valeroso Creonte, a la que. tuvo como esposa el hijo de
Anfitrión"', indomable siempre en su valor.
«También vi a la madre de Edipo, la hermosa Epicasta, la que cometió una acción
descomedida, por ignorancia de su mente, al casarse con su hijo, quien, después
de dar muerte a su padre, se casó con ella (los dioses han divulgado esto
rápidamente entre los hombres). Entonces reinaba él sobre los cadmeos sufriendo
dolores por la funesta decisión de los dioses en la muy deseable Tebas, pero
ella había descendido al Hades, el de puertas poderosamente trabadas, después de
atar una alta soga al techo de su elevado palacio, poseída de su furor. Y dejó a
Edipo numerosos dolores para el futuro, cuantos llevan a cumplimiento las
Erinias de una madre.
«También vi a la hermosísima Cloris, a quien desposó Neleo en otro tiempo por
causa de su hermosura, dándole innumerables regalos de esponsales; era la hija
menor de Anfión Jasida, el que en otró tiempo imperaba con fuerza en Orcómenos
de los Minios. Ella imperaba en Pilos y le dio a luz hijos ínclitos, Néstor y
Cromio y el arrogante Periclimeno. Y después de éstos parió a la hermosa Peró,
objeto de admiración para los mortales, a quien todos los vecinos pretendían,
mas Neleo no sé la daba a quien no hubiera robado de Filace los cuernitorcidos
bueyes carianchos de Ificlo, difíciles de robar. Sólo un irreprochable adivino
prometió robarlas, pero lo trabó el pesado Destino de la divinidad y las crueles
ligaduras y los boyeros del campo. Cuando ya habían pasado los meses y los días,
por dar la vuelta el año, y habían pasado de largo las estaciones, sólo entonces
lo desató de nuevo la fuerza de Ificlo cuando le comunicó la palabra de los
dioses Y se cumplía la decisión de Zeus.
«También vi a Leda, esposa de Tíndaro, la cual dio a luz dos hijos de poderosos
sentimientos, Cástor, domador de caballos, y Polideuces, bueno en el pugilato, a
quienes mantiene vivos la tierra nutricia; que incluso bajo tierra son honrados
por Zeus y un día viven y otro están muertos, alternativamente, pues tienen por
suerte este honor, igual que los dioses.
«Después de ésta vi a Ifimedea, esposa de Alceo, la cual dijo que se había unido
a Poseidón y parido dos hijos aunque de breve vida , Otón, semejante a los
dioses y el ínclito Efialtes. La tierra nutricia los crió los más altos y los
más bellos, aunque menos que el ínclito Orión. Éstos vivieron nueve años, su
anchura era de nueve codos y su longitud de nueve brazas; amenazaron a los
inmortales con establecer en el Olimpo la discordia de una impetuosa guerra;
intentaron colocar a Osa sobre Olimpo y sobre Osa al boscoso Pelión, para que el
cielo les fuera escalable, y tal vez lo habrían conseguido si hubieran alcanzado
la medida de la juventud. Pero los aniquiló el hijo de Zeus, a quien parió Leto,
de lindas trenzas, antes de que les floreciera el vello bajo las sienes y su
mentón se espesara con bien florecida barba.
«También vi a Fedra, y a Procris, y a la hermosa Ariadna, hija del funesto
Minos, a quien en otro tiempo llevóTeseo de Creta al elevado suelo de la sagrada
Atenas, pero no la disfrutó, que antes la mató Artemis en Dia, rodeada de
corriente, ante la presencia de Dioniso.
«También vi a Mera, y a Climena, y a la odiosa Erifile, la que recibió estimable
oro a cambio de su marido.
«No podría enumerar a todas, ni podría nombrar a cuántas esposas vi de héroes y
a cuántas hijas. Antes se acabaría la noche inmortal. También es hora de dormir
o bien marchando junto a la rápida nave con mis compañeros, o bien aquí. La
escolta será cosa vuestra y de los dioses.»
Así dijo Odiseo, todos enmudecieron en medio del silencio, y estaban poseídos
como por un hechizo en el sombrío palacio. Y entre ellos comenzó a hablar Arete,
de blancos brazos:
«Feacios, ¿cómo os parece este hombre en hermosura y grandeza y en pensamientos
bien equilibrados en su interior? Huésped mío es, pero todos vosotros
participáis del mismo honor. No os apresuréis a despedirlo ni le privéis de
regalos, ya que lo necesita. Muchas cosas buenas tenéis en vuestros palacios por
la benignidad de los dioses.»
Y entre ellos habló el anciano héroe Equeneo él era el más anciano de los
feacios .
«Amigos, las palabras de la prudente reina no han dado lejos del blanco ni de
nuestra opinión. Obedecedla, pues. De Alcínoo, aquí presente, depende el obrar y
el decir.»
Y Alcínoo le respondió a su vez y dijo:
« Cierto, esta palabra se mantendrá mientras yo viva para mandar sobre los
feacios amantes del remo: que el huésped acepte, por mucho que ansíe el regreso,
esperar hasta el atardecer, hasta que complete todo mi regalo, y la escolta será
cuestión de todos los hombres, y sobre todo de mí, de quien es el poder sobre el
pueblo.»
Y respondiendo dijo el magnánimo Odiseo:
«Poderoso Alcínoo, señalado entre todo tu pueblo, si me rogarais permanecer
hasta un año incluso, y me dispusierais una escolta y me entregarais espléndidos
dones, lo aceptaría y, desde luego, me sería más ventajoso llegar a mi querida
patria con las manos más llenas. Así, también sería más honrado y querido de
cuantos hombres me vieran de vuelta en Itaca.»
Y de nuevo le respondió Alcínoo diciendo:
«Odiseo, al mirarte de ningún modo sospechamos que seas impostor y mentiroso
como muchos hombres dispersos por todas partes, a quienes alimenta la negra
tierra, ensambladores de tales embustes que nadie podría comprobarlos.. Por el
contrario, hay en ti una como belleza de palabras y buen juicio, y nos has
narrado sabiamente tu historia, como un aedo: todos los tristes dolores de los
argivos y los tuyos propios. Pero, vamos, dime e infórmame con verdad si viste a
alguno de los eximios compañeros que te acompañaron a Ilión y recibieron la
muerte allí. La noche esta es larga, interminable, y no es tiempo ya de dormir
en el palacio. Sigue contándome estas hazañas dignas de admiración. Aún
aguantaría hasta la divina Eos si tú aceptaras contar tus dolores en mi
palacio.»
Y respondiéndole habló el muy astuto Odiseo:
«Poderoso Alcínoo, señalado entre todo tu pueblo, hay un tiempo para los largos
relatos y un tiempo también para el sueño. Si aún quieres escuchar, no sería yo
quien se negara a narrarte otros dolores todavía más luctuosos: las desgracias
de mis compañeros, los cuales perecieron después; habían escapado a la luctuosa
guerra de los troyanos, pero sucumbieron en el regreso por causa de una mala
mujer.
«Después que la casta Perséfone había dispersado aquí y allá las almas de las
mujeres, llegó apesadumbrada el alma del Atrida Agamenón y a su alrededor se
congregaron otras, cuantas junto con él habían perecido y recibido su destino en
casa de Egisto. Reconocióme al pronto, luego que hubo bebido la negra sangre, y
lloraba agudamente dejando caer gruesas lágrimas. Y extendía hacía mí sus
brazos, deseoso de tocarme, pero ya no tenía una fuerza firme, ni en absoluto
fuerza, cual antes había en sus ágiles miembros. Al verlo lloré y lo compadecí
en mi ánimo y, dirigiéndome a él, le dije aladas palabras:
«"Noble Atrida, soberano de tu pueblo, Agamenón, ¿qué Ker de la triste muerte te
ha domeñado? ¿Es que te sometió en las naves Poseidón levantando inmenso soplo
de crueles vientos?, ¿o te hirieron en tierra hombres enemigos por robar bueyes
y hermosos rebaños de ovejas o por luchar por tu ciudad y tus mujeres?"
«Así dije, y él, respondiéndome, habló enseguida:
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, no me ha sometido
Poseidón en las naves levantando inmenso soplo de crueles vientos ni me hirieron
en tierra hombres enemigos, sino que Egisto me urdió la muerte y el destino, y
me asesinó en compañía de mi funesta esposa, invitándome a entrar en casa,
recibiéndome al banquete, como el que mata a un novillo junto al pesebre. Así
perecí con la muerte más miserable, y en torno mío eran asesinados cruelmente
otros compañeros, como los jabalíes albidenses que son sacrificados en las
nupcias de un poderoso o en un banquete a escote o en un abundante festín. Tú
has intervenido en la matanza de machos hombres muertos en combate individual o
en la poderosa batalla, pero te habrías compadecido mucho más si hubieras visto
cómo estábamos tirados en torno a la crátera y las mesas repletas en nuestro
palacio, y todo el pavimento humeaba con la sangre. También puede oír la voz
desgraciada de la hija de Príamo, de Casandra, a la que estaba matando la
tramposa Clitemnestra a mi lado. Yo elevaba mis manos y las batía sobre el
suelo, muriendo con la espada clavada, y ella, la de cara de perra, se apartó de
mí y no esperó siquiera, aunque ya bajaba a Hades, a cerrarme los ojos ni juntar
mis labios con sus manos. Que no hay nada más terrible ni que se parezca más a
un perro que una mujer que haya puesto tal crimen en su mente, como ella
concibió el asesinato para su inocente marido. ¡Y yo que creía que iba a ser
bien recibido por mis hijos y esclavos al llegar a casa! Pero ella, al concebir
tamaña maldad, se bañó en la infamia y la ha derramado sobre todas las hembras
venideras, incluso sobre las que sean de buen obrar."
«Así habló, y yo me dirigí a él contestándole:
«"¡Ay, ay, mucho odia Zeus, el que ve a lo ancho, a la raza de Atreo por causa
de las decisiones de sus mujeres, desde el principio! Por causa de Helena
perecimos muchos, y a ti, Clitemnestra te ha peparado una trampa mientras
estabas lejos."
«Así dije, y él, respondiéndome, se dirigió a mí:
«"Por eso ya nunca seas ingenuo con una mujer, ni le reveles todas tus
intenciones, las que tú te sepas bien, mas dile una cosa y que la otra
permanezca oculta. Aunque tú no, Odiseo, tú no tendrás la perdición por causa de
una mujer. Muy prudente es y concibe en su mente buenas decisiones la hija de
Icario; la prudente Penélope. Era una joven recién casada cuando la dejamos al
marchar a la guerra y tenía en su seno un hijo inocente que debe sentarse ya
entre el número de los hombres; ¡feliz él! Su padre lo verá al llegar y él
abrazará a su padre ésta es la costumbre , pero mi esposa no me permitió
siquiera saturar mis ojos con la vista de mi hijo, pues me mató antes. Te voy a
decir otra cosa que has de poner en tu pecho: dirige la nave a tu tierra patria
a ocultas y no abiertamente, pues ya no puede haber fe en las mujeres.
«"Pero vamos, dime e infórmame con verdad si has oído que aún vive mi hijo en
Orcómenos o en la arenosa Pilos, o junto a Menelao en la ancha Esparta, pues
seguro que todavía no está muerto sobre la tierra el divino Orestes."
Así dijo, y yo, respondiendo, me dirigí a él:
«"Atrida, ¿por qué me preguntas esto? Yo no sé si vive él o está muerto, y es
cosa mala hablar inútilmente."
«Así nos contestábamos con palabras tristes y estábamos en pie acongojados,
derramando gruesas lágrimas. Llegó después el alma del Pelida Aquiles y la de
Patroclo, y la del irreprochable Antíloco y la de Ayax, el más hermoso de
aspecto y cuerpo entre los dánaos después del irreprochable hijo de Peleo.
Reconocióme el alma del Eacida de pies veloces y, lamentándose, me dijo aladas
palabras:
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, desdichado, ¿qué
acción todavía más grande preparas en tu mente? ¿Cómo te has atrevido a
descender a Hades, donde habitan los muertos, los que carecen de sentidos, los
fantasmas de los mortales que han perecido?"
«Así habló, y yo, respondiéndole, dije:
«"Aquiles, hijo de Peleo, el más excelente de los aqueos, he venido en busca de
un vaticinio de Tiresias, por si me revelaba algún plan para poder llegar a la
escarpada Itaca; que aún no he llegado cerca de Acaya ni he desembarcado en mi
tierra, sino que tengo desgracias continuamente. En cambio, Aquiles, ningún
hombre es más feliz que tú, ni de los de antes ni de los que vengan; pues antes,
cuando vivo, te honrábamos los argivos igual que a los dioses, y ahora de nuevo
imperas poderosamente sobre los muertos aquí abajo. Conqúe no te entristezcas de
haber muerto, Aquiles."
«Así hablé, y él, respondiéndome, dijo:
«"No intentes consolarme de la muerte, noble Odiseo. Preferiría estar sobre la
tierra y servir en casa de un hombre pobre, aunque no tuviera gran hacienda, que
ser el soberano de todos los cadáveres, de los muertos. Pero, vamos, dime si mi
hijo ha marchado a la guerra para ser el primer guerrero o no. Dime también si
sabes algo del irreprochable Peleo, si aún conserva sus prerrogativas entre los
numerosos mirmidones, o lo desprecian en la Hélade y en Ptía porque la vejez le
sujeta las manos y los pies, pues ya no puedo servirle de ayuda bajo los rayos
del sol, aunque tuviera el mismo vigor que en otro tiempo, cuando en la amplia
Troya mataba a los mejores del ejército defendiendo a los argivos. Si me
presentara de tal guisa, aunque fuera por poco tiempo, en casa de mi padre,
haría odiosas mis poderosas e invencibles manos a cualquiera de aquellos que le
hacen violencia y lo excluyen de sus honores."
«Así habló, y yo, respondiendo, me dirigí a él:
« "En verdad, no he oído nada del ilustre Peleo, pero te voy a decir toda la
verdad sobre tu hijo Neoptólemo ya que me lo mandas , pues yo mismo lo conduje
en mi cóncava y equilibrada nave desde Esciro en busca de los aqueos de hermosas
grebas. Desde luego, cuando meditábamos nuestras decisiones en torno a la ciudad
de Troya, siempre hablaba el primero y no se equivocaba en sus palabras. Sólo
Néstor, igual a un dios, y yo lo superábamos. Y cuando luchábamos los aqueos en
la llanura de los troyanos, nunca permanecía entre la muchedumbre de los
guerreros ni en las filas, sino que se adelantaba un buen trecho, no cediendo a
ninguno en valor. Mató a muchos guerreros en duro combate, pero no te podría
decir todos ni nombrar a cuántos del ejército mató defendiendo a los argivos;
pero sí cómo mató con el bronce al hijo de Telefo, al héroe Euripilo, mientras
muchos de sus compañeros sucumbían a su alrededor por causa de regalos
femeninos. Siempre lo vi el más hermoso, después del divino Memnón. Y cuando
ascendíamos al caballo que fabricó Epeo los mejores entre los argivos (a mí se
me había enconmendado todo: el abrir la bien trabada emboscada o cerrarla), en
ese momento los demás jefes de los dánaos y los consejeros se secaban las
lágrimas y temblaban los miembros de cada uno, pero a él nunca, vi con mis.ojos
ni que le palideciera la hermosa piel, ni que secara las lágrimas de sus
mejillas. Y me suplicaba insistentemente que saliéramos del caballo, y apretaba
la empuñadura de la espada y la lanza pesada por el bronce, meditando males
contra los troyanos. Después, cuando ya habíamos devastado la escarpada ciudad
de Príamo, con una buena parte y un buen botín, ascendió a la nave incólume y no
herido desde lejos par el agudo bronce, ni de cerca en el cuerpo a cuerpo, como
suele suceder a menudo en la guerra, cuando Ares enloquece indistintamente."
«Así. hablé, y el alma del Eácida de pies veloces marchó a grandes pasos a
través del prado de asfódelo, alegre porque le había dicho que su hijo era
insigne.
«Las demás almas de los difuntos estaban entristecidas y cada una preguntaba por
sus cuitas. Sólo el alma de Ayax, el hijo de Telamón, se mantenía apartada a lo
lejos, airada por causa de la victoria en la que lo vencí contendiendo en el
juicio sobre las armas de Aquiles, junto a las naves. Lo estableció la venerable
madre y fueron jueces los hijos de los troyanos y Palas Atenea. ¡Ojalá no
hubiera vencido yo en tal certamen! Pues por causa de estas armas la tierra
ocultó a un hombre como Ayax, el más excelente de los dánaos en hermosurá y
gestas después del irreprochable hijo de Peleo.
«A él me dirigí con dulces palabras:
«"Áyax, hijo del irreprochable Telamón. ¿Ni siquiera muerto vas a olvidar tu
cólera contra mí por causa de las armas nefastas? Los dioses proporcionaron a
los argivos aquella ceguera, pues pereciste siendo tamaño baluarte para los
aqueos. Los aqueos nos dolemos por tu muerte igual que por la vida del hijo de
Peleo. Y ningún otro es responsable, sino Zeus, que odiaba al ejército de los
belicosos dánaos y a ti te impuso la muerte. Ven aquí, soberano, para escuchar
nuestra palabra y nuestras explicaciones. Y domina tu ira y tu generosó ánimo."
«Así dije, pero no me respondió, sino que se dirigió tras las otras almas al
Erebo de los muertos. Con todo, me hubiera hablado entonces, aunque airado o yo
a él pero mi ánimo deseaba dentro de mi pecho ver las almas de los demás
difuntos.
«Allí vi sentado a Minos, el brillante hijo de Zeus, con el cetro de oro
impartiendo justicia a los muertos. Ellos exponían sus causas a él, al soberano,
sentados o en pie, a lo largo de la mansión de Hades de anchas puertas.
«Y despuës de éste vi al gigante Orión persiguiendo por el prado de asfódelo a
las fieras que había matado en los montes desiertos, sosteniendo en sus manos la
clava toda de bronce, eternamente irrompible.
«Y vi a Ticio, al hijo de la Tierra augusta, yaciendo en el suelo. Estaba
tendido a lo largo de nueve yugadas, y dos águilas posadas a sus costados le
roían el hígado, penetrando en sus entrañas. Pero él no conseguía apartarlas con
sus manos, pues había violado a Leto, esposa augusta de Zeus, cuando ésta se
dirigía a Pito a través del hermoso Panopeo.
«También vi a Tántalo, que soportaba pesados dolores, en pie dentro del lago;
éste llegaba a su mentón, pero se le veía siempre sediento y no podía tomar agua
para beber, pues cuantas veces se inclinaba el anciano para hacerlo, otras
tantas desaparecía el agua absorbida y a sus pies aparecía negra la tierra, pues
una divinidad la secaba. También había altos árboles que dejaban caer su fruto
desde lo alto perales, manzanos de hermoso fruto, dulces higueras y verdeantes
olivos , pero cuando el anciano intentaba asirlas con sus manos, el viento las
impulsaba hacia las oscuras nubes.
«Y vi a Sísifo, que soportaba pesados dolores, llevando una enorme piedra entre
sus brazos. Hacía fuerza apoyándose con manos y pies y empujaba la piedra hacia
arriba, hacia la cumbre, pero cuando iba a trasponer la cresta, una poderosa
fuerza le hacía volver una y otra vez y rodaba hacia la llanura la desvergonzada
piedra. Sin embargo, él la empujaba de nuevo con los músculos en tensión y el
sudor se deslizaba por sus miembros y el polvo caía de su cabeza.
«Después de éste vi a la fuerza de Héracles, a su imagen. Éste goza de los
banquetes entre los dioses inmortales y tiene como esposa a Hebe de hermosos
tobillos, la hija del gran Zeus y de Hera, la de sandalias de oro.
«En torno suyo había un estrépito de cadáveres, como de pájaros, que huían
asustados en todas direcciones. Y él estaba allí, semejante a la oscura noche,
su arco sosteniendo desnudo y sobre el nervio una flecha, mirando alrededor que
daba miedo y como el que está siempre a punto de disparar. Y rodeando su pecho
estaba el terrible tahalí, el cinturón de oro en el que había cincelados
admirables trabajos osos, salvajes jabalíes, leones de mirada torcida, combates,
luchas, matanzas, homicidios. Ni siquiera el artista que puso en este cinturón
todo su arte podría realizar otra cosa parecida. Me reconoció al pronto cuando
me vio con sus ojos y, llorando, dijo aladas palabras:
« “Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, ¡también tú andas
arrastrando una existencia desgraciada, como la que yo soportara bajo los rayos
del sol! Hijo de Zeus Cronida era yo y, sin embargo, tenía una pesadumbre
inacabable. Pues estaba sujeto a un hombre muy inferior a mí que me imponía
pesados trabajos. También me envió aquí en cierta ocasión para sacar al Perro,
pues pensaba que ninguna otra prueba me sería más difícil. Pero yo me llevé al
Perro a la luz y lo saqué de Hades. Y me escoltó Hermes y la de ojos brillantes,
Atenea."
«Así habló y se volvió de nuevo a la mansión de Hades. Yo, sin embargo, me quedé
allí por si venía alguno de los otros héroes guerreros, los que ya habían
perecido. También habría visto a hombres todavía más antiguos a quienes mucho
deseaba ver, a Teseo y Pirítoo, hijos gloriosos de los dioses, pero se empezaron
a congregar multitudes incontables de muertos con un vocerío sobrenatural y se
apoderó de mí el pálido terror, no fuera que la ilustre Perséfone me enviara
desde Hades la cabeza de la Gorgona, del terrible monstruo.
«Entonces marché a la nave y ordené a mis compañeros que embarcaran enseguida y
soltaran amarras. Y ellos embarcaron rápidamente y se sentaron sobre los remos.
«Y el oleaje llevaba a la nave por el río Océano, primero al impulso de los
remos y después se levantó una brisa favorable. »
CANTO XII
LAS SIRENAS ESCILA Y CARIBDIS.
LA ISLA DEL SOL. OGIGIA
Cuando la nave abandonó la corriente del río Océano y arribó al oleaje del ponto
de vastos caminos y a la isla de Eea, donde se encuentran la mansión y los
lugares de danza de Eos y donde sale Helios, la arrastramos por la arena, una
vez llegados. Desembarcamos sobre la ribera del mar, y dormidos esperamos a la
divina Eos.
«Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, envié a
unos compañeros al palacio de Circe para que se trajeran el cadáver del difunto
Elpenor. Cortamos enseguida unos leños y lo enterramos apenados, derramando
abundante llanto, en el lugar donde la costa sobresalía más. Cuando habían
ardido el cadáver y las armas del difunto, erigimos un túmulo y, levantando un
mojón, clavamos en lo más alto de la tumba su manejable remo. Y luego nos
pusimos a discutir los detalles del regreso.
«Pero no dejó Circe de percatarse que habíamos llegado de Hades y se presentó
enseguida para proveernos. Y con ella sus siervas llevaban pan y carne en
abundancia y rojo vino. Y colocándose entre nosotros dijo la divina entre las
diosas:
«"Desdichados vosotros que habéis descendido vivos a la morada de Hades; seréis
dos veces mortales, mientras que los demás hombres mueren sólo uná vez. Pero,
vamos, comed esta comida y bebed este vino durante todo el día de hoy y al
despuntar la aurora os pondréis a navegar; que yo os mostraré el camino y os
aclararé las incidencias para que no tengáis que lamentaros de sufrir desgracias
por trampa dolorosa del mar o sobre tierra firme."
«Así dijo, y nuestro valeroso ánimo se dejó persuadir. Así que pasamos todo el
día, hasta la puesta del sol, comiendo carne en abundancia y delicioso vino. Y
cuando se puso el sol y cayó la oscuridad, mis compañeros se echaron a dormir
junto a las amarras de la nave. Pero Circe me tomó de la mano y me hizo sentar
lejos de mis compañeros y, echándose a mi lado, me preguntó detalladamente. Yo
le conté todo como correspondía y entonces me dijo la soberana Circe:
«"Así es que se ha cumplido todo de esta forma. Escucha ahora tú lo que voy a
decirte y lo recordará después el dios mismo.
«"Primero llegarás a las Sirenas, las que hechizan a todos los hombres que se
acercan a ellas. Quien acerca su nave sin saberlo y escucha la voz de las
Sirenas ya nunca se verá rodeado de su esposa y tiernos hijos, llenos de alegría
porque ha vuelto a casa; antes bien, lo hechizan éstas con su sonoro canto
sentadas en un prado donde las rodea un gran montón de huesos humanos
putrefactos, cubiertos de piel seca. Haz pasar de largo a la nave y, derritiendo
cera agradable como la miel, unta los oídos de tus compañeros para que ninguno
de ellos las escuche. En cambio, tú, si quieres oírlas, haz que te amarren de
pies y manos, firme junto al mástil que sujeten a éste las amarras , para que
escuches complacido, la voz de las dos Sirenas; y si suplicas a tus compañeros o
los ordenas que te desaten, que ellos te sujeten todavía con más cuerdas.
«"Cuando tus compañeros las hayan pasado de largo, ya no te diré cuál de dos
caminos será el tuyo; decidelo tú mismo en el ánimo. Pero te voy a decir los
dos: a un lado hay unas rocas altísimas, contra las que se estrella el oleaje de
la oscura Anfitrite. Los dioses felices las llaman Rocas Errantes. No se les
acerca ningún ave, ni siquiera las temblorosas palomas que llevan ambrosía al
padre Zeus; que, incluso de éstas, siempre arrebata alguna la lisa piedra,
aunque el Padre (Zeus) envía otra para que el número sea completo. Nunca las ha
conseguido evitar nave alguna de hombres que haya llegado allí, sino que el
oleaje del mar, junto con huracanes de funesto fuego, arrastran maderos de naves
y cuerpos de hombres. Sólo consiguió pasar de largo por allí una nave surcadora
del ponto, la célebre Argo, cuando navegaba desde el país de Eetes. Incluso
entonces la habría arrojado el oleaje contra las gigantescas piedras, pero la
hizo pasar de largo Hera, pues Jasón le era querido.
«"En cuanto a los dos escollos, uno llega al vasto cielo con su aguda cresta y
le rodea oscura nube. Ésta nunca le abandona, y jamás, ni en invierno ni en
verano, rodea su cresta un cielo despejado. No podría escalarlo mortal alguno,
ni ponerse sobre él, aunque tuviera veinte manos y veinte pies, pues es piedra
lisa, igual que la pulimentada. En medio del escollo hay una oscura gruta vuelta
hacia Poniente, que llega hasta el Erebo, por donde vosotros podéis hacer pasar
la cóncava nave, ilustre Odiseo. Ni un hombre vigoroso, disparando su flecha
desde la cóncava nave, podría alcanzar la hueca gruta. Allí habita Escila, que
aúlla que da miedo: su voz es en verdad tan aguda como la de un cachorro recién
nacido, y es un monstruo maligno. Nadie se alegraría de verla, ni un dios que le
diera cara. Doce son sus pies, todos deformes, y seis sus largos cuellos; en
cada uno hay una espantosa cabeza y en ella tres filas de dientes apiñados y
espesos, llenos de negra muerte. De la mitad para abajo está escondida en la
hueca gruta, pero tiene sus cabezas sobresaliendo fuera del terrible abismo, y
allí pesca explorándolo todo alrededor del escollo , por si consigue apresar
delfines o perros marinos, o incluso algún monstruo mayor de los que cría a
miles la gemidora Anfitrite. Nunca se precian los marineros de haberlo pasado de
largo incólumes con la nave, pues arrebata con cada cabeza a un hombre de la
nave de oscura proa y se lo lleva.
«"También verás, Odiseo, otro escollo más llano cerca uno de otro . Harías bien
en pasar por él como una flecha. En éste hay un gran cabrahigo cubierto de
follaje y debajo de él la divina Caribdis sorbe ruidosamente la negra agua. Tres
veces durante el día la suelta y otras tres vuelve a soberla que da miedo.
¡Ojalá no te encuentres allí cuando la está sorbiendo, pues no te libraría de la
muerte ni el que sacude la tierra! Conque acércate, más bien, con rapidez al
escollo de Escila y haz pasar de largo la nave, porque mejor es echar en falta a
seis compañeros que no a todos juntos."
«Así dijo, y yo le contesté y dije:
«"Diosa, vamos, dime con verdad si podré escapar de la funesta Caribdis y
rechazar también a Escila cuando trate de dañar a mis compañeros."
«Así dije, y ella al punto me contestó, la divina entre las diosas:
«"Desdichado, en verdad te placen las obras de la guerra y el esfuerzo. ¿Es que
no quieres ceder ni siquiera a los dioses inmortales? Porque ella no es mortal,
sino un azote inmortal, terrible, doloroso, salvaje e invencible. Y no hay
defensa alguna, lo mejor es huir de ella, porque si te entretienes junto a la
piedra y vistes tus armas contra ella., mucho me temo que se lance por segunda
vez y te arrebate tantos compañeros como cabezas tiene. Conque conduce tu nave
con fuerza e invoca a gritos a Cratais, madre de Escila, que la parió para daño
de los mortales. Ésta la impedirá que se lance de nuevo.
«"Luego llegarás a la isla de Trinaquía, donde pastan las muchas vacas y pingües
rebaños de ovejas de Helios: siete Tebaños de vacas y otros tantos hermosos
apriscos de ovejas con cincuenta animales cada uno, No les nacen crías, pero
tampoco mueren nunca. Sus pastoras son diosas, ninfas de lindas trenzas, Faetusa
y Lampetía, a las que parió para Helios Hiperiónida la diosa Neera. Nada más de
parirlas y criarlas su soberana madre, las llevó a la isla de Trinaquía para que
vivieran lejos y pastorearan los apriscos de su padre y las vacas de rotátiles
patas.
«"Si dejas incólumés estos rebaños y te ocupas del regreso, aun con mucho sufrir
podréis llegar a Itaca, pero si les haces daño, predigo la perdición para la
nave y para tus compañeros. Y tú, aunque evites la muerte, llegarás tarde y mal,
después de perder a todos tus compañeros."
«Así dijo y, al pronto, llegó Eos, la de trono de oro.
«Ella regresó a través de la isla, la divina entre las diosas, y yo partí hacia
la nave y apremié a mis compañeros para que embarcaran y soltaran amarras. Así
que embarcaron con presteza y se sentaron sobre los bancos y, sentados en fila,
batían el canoso mar con los remos. Y Circe de lindas trenzas, la terrible diosa
dotada de voz, envió por detrás de nuestra nave de azuloscura proa, muy cerca,
un viento favorable, buen compañero, que hinchaba las velas. Después de disponer
todos los aparejos, nos sentamos en la nave y la conducían el viento y el
piloto.
«Entonces dije a mis compañeros con corazón acongojado:
«"Amigos, es preciso que todos y no sólo uno o dos conozcáis las predicciones
que me ha hecho Circe, la divina entre las diosas. Así que os las voy a decir
para que, después de conocerlas, perezcamos o consigamos escapar evitando la
muerte y el destino.
«"Antes que nada me ordenó que evitáramos a las divinas Sirenas y su florido
prado. Ordenó que sólo yo escuchara su voz; mas atadme con dolorosas ligaduras
para que permanezca firme allí, junto al mástil; que sujeten a éste las amarras,
y si os suplico o doy órdenes de que me desatéis, apretadme todavía con más
cuerdas."
«Así es como yo explicaba cada detalle a mis compañeros.
«Entretanto la bien fabricada nave llegó velozmente a la isla de las dos Sirenas
pues la impulsaba próspero viento . Pero enseguida cesó éste y se hizo una
bonanza apacible, pues un dios había calmado el oleaje.
«Levantáronse mis compañeros para plegar las velas y las pusieron sobre la
cóncava nave y, sentándose al remo, blanqueaban el agua con los pulimentados
remos.
«Entonces yo partí en trocitos, con el agudo bronce, un gran pan de cera y lo
apreté con mis pesadas manos. Enseguida se calentó la cera pues la oprimían mi
gran fuerza y el brillo del soberano Helios Hiperiónida y la unté por orden en
los oídos de todos mis compañeros. Éstos, a su vez, me ataron igual de manos que
de pies, firme junto al mástil sujetaron a éste las amarras y, sentándose,
batían el canoso mar con los remos.
«Conque, cuando la nave estaba a una distancia en que se oye a un hombre al
gritar en nuestra veloz marcha , no se les ocultó a las Sirenas que se acercaba
y entonaron su sonoro canto:
«"Vamos, famoso Odiseo, gran honra de los aqueos, ven aquí y haz detener tu nave
para que puedas oír nuestra voz. Que nadie ha pasado de largo con su negra nave
sin escuchar la dulce voz de nuestras bocas, sino que ha regresado después de
gozar con ella y saber más cosas. Pues sabemos todo cuanto los argivos y
troyanos trajinaron en la vasta Troya por voluntad de los dioses. Sabemos cuanto
sucede sobre la tierra fecunda."
«Así decían lanzando su hermosa voz. Entonces mi corazón deseó escucharlas y
ordené a mis compañeros que me soltaran haciéndoles señas con mis cejas, pero
ellos se echaron hacia adelante y remaban, y luego se levantaron Perimedes y
Euríloco y me ataron con más cuerdas, apretándome todavía más.
«Cuando por fin las habían pasado de largo y ya no se oía más la voz de las
Sirenas ni su canto, se quitaron la cera mis fieles compañeros, la que yo había
untado en sus oídos, y a mí me soltaron de las amarras.
«Conque, cuando ya abandonábamos su isla, al pronto comencé a ver vapor y gran
oleaje y a oír un estruendo. Como a mis compañeros les entrara el terror,
volaron los remos de sus manos y éstos cayeron todos estrepitosamente en la
corriente. Así que la nave se detuvo allí mismo, puesto que ya no movían los
largos remos con sus manos.
«Entonces iba yo por la nave apremiando a mis compañeros con suaves palabras,
poniéndome al lado de cada uno:
«"Amigos, ya no somos inexpertos en desgracias. Este mal que nos acecha no es
peor que cuando el Cíclope nos encerró con poderosa fuerza en su cóncava cueva.
Pero por mis artes, mi decisión y mi inteligencia logramos escapar de allí y
creo que os acordaréis de ello. Así que también ahora, vamos, obedezcamos todos
según yo os indique. Vosotros sentaos en los bancos y batid con los remos la
profunda orilla del mar, por si Zeus nos concede huir y evitar esta perdición; y
a ti, piloto, esto es lo que te ordeno ponlo en lo interior, ya que gobiernas el
timón de la cóncava nave : mantén a la nave alejada de ese vapor y oleaje y
pégate con cuidado a la roca no sea que se te lance sin darte cuanta hacia el
otro lado y nos pongas en medio del peligro."
«Así dije y enseguida obedecieron mis palabras. Todavía no les hablé de Escila,
desgracia imposible de combatir, no fuera que por temor dejaran de remar y se me
escondieran todos dentro.
«Entonces no hice caso de la penosa recomendación de Circe, pues me ordenó que
en ningún caso vistiera mis armas contra ella. Así que vestí mis ínclitas armas
y con dos lanzas en mis manos subí a la cubierta de proa, pues esperaba que allí
se me apareciera primero la rotosa Escila, la que iba a llevar dolor a mis
compañeros. Pero no pude verla por lado alguno y se me cansaron los ojos de
otear por todas partes la brumosa roca.
«Así que comenzamos a sortear el estrecho entre lamentos, pues de un lado estaba
Escila, y del otro la divina Caribdis sorbía que daba miedo la salada agua del
mar. Y es que cuando vomitaba, todo ella borbollaba como un caldero que se agita
sobre un gran fuego la espuma caía desde arriba sobre lo alto de los dos
escollos , y cuando sorbía de nuevo la salada agua del mar, aparecía toda
arremolinada por dentro, la roca resonaba espantosamente alrededor y al fondo se
veía la tierra con azuloscura arena.
«El terror se apoderó de mis compañeros y, mientras la mirábamos temiendo morir,
Escila me arrebató de la cóncava nave seis compañeros, los que eran mejores de
brazos y fuerza. Mirando a la rápida nave y siguiendo con los ojos a mis
compañeros, logré ver arriba sus pies y manos cuando se elevaban hacia lo alto.
Daban voces llamándome por mi nombre, ya por última vez, acongojados en su
corazón. Como el pescador en un promontorio, sirviéndose de larga caña, echa
comida como cebo a los pececillos (arroja al mar el cuerno de un toro montaraz)
y luego tira hacia fuera y los coge palpitantes, así mis
compañeros se elevaban palpitantes hacia la roca.
«Escila los devoró en la misma puerta mientras gritaban y tendían sus manos
hacia mí en terrible forcejeo. Aquello fue lo más triste que he visto con mis
ojos de todo cuanto he sufrido recorriendo los caminos del mar. Cuando
conseguimos escapar de la terrible Caribdis y de Escila, llegamos enseguida a la
irreprochable isla del dios donde estaban las hermosas carianchas vacas y los
numerosos rebaños de ovejas de Helios Hiperión.
«Cuando todavía me encontraba en la negra nave pude oír el mugido de las vacas
en sus establos y el balar de las ovejas. Entonces se me vino a las mientes la
palabra del adivino ciego, el tebano Tiresias, y de Circe de Eea, quienes me
encomendaron encarecidamente evitar la isla de Helios, el que alegra a los
mortales.
«Así que dije a mis compañeros acongojado en mi corazón:,
«"Escuchad mis palabras, compañeros que tantas desgracias habéis sufrido, para
que os manifieste las predicciones de Tiresias y de Circe de Eea, quienes me
encomendaron encarecidamente evitar la isla de Helios, el que alegra a los
mortales, pues me dijeron que aquí tendríamos el más terrible mal. Conque
conducid la negra nave lejos de la isla."
«Así dije y a ellos se les quebró el corazón.
«Entonces Euriloco me contestó con odiosa palabra:
«"Eres terrible, Odiseo, y no se cansa tu vigor ni tus miembros. En verdad todo
lo tienes de hierro si no permites a tus compañeros agotados por el cansancio y
por el sueño poner pie a tierra en una isla rodeada de corriente, dónde
podríamos prepararnós sabrosa comida. Por el contrario, les ordenas que anden
errantes por la rápida noche en el brumoso ponto, alejándose de la isla. De la
noche surgen crueles vientos, azote de las naves. ¿Cómo se podría huir del total
exterminio si por casualidad se nos viene de repente un huracán de Noto o de
Céfixo de soplo violento, que son quienes, sobre todo, destruyen las naves por
voluntad de los soberanos dioses? Cedamos, pues, a la negra noche y preparémonos
una comida quedándonos junto a la rápida nave. Y al amanecer embarcaremos y
lanzaremos la nave al vasto ponto,"
«Así dijo Euríloco y los demás compañeros aprobarón sus palábras, Entonces me di
cuenta de que un demón nos preparaba desgracia y, hablándoles, dije aladas
palabras:
«"Euríloco, mucho me forzáis, solo como estoy. Pero, vamos, juradme al menos con
fuerte juramento que si encontramos una vacada o un gran rebaño de ovejas,
nadie, llevado de funesta insensatez, matará vaca u oveja alguna. Antes bien;
comed tranquilos el alimento que nos dio la inmortal Circe."
«Así dije y todos juraron al punto tal como les había dicho. Así que cuando
habían jurado y completado su juramento, detuvimos en el cóncavo Puerto nuestra
bien construida nave, cerca de agua dulce; desembarcaron mi compañeros y se
prepararon con habilidad la comida.
«Luego que habían arrojado de sí el deseo de comida y bebida, comenzaron a
llorar pues se acordaron enseguida por los compañeros a quienes había devorado
Escila, arrebatándlos de la cóncava nave; y mientras lloraban, les sobrevino un
profundo sueño.
«Cuando terciaba la noche y declinaban los astros, Zeus, el que amontona las
nubes, levantó un viento para que soplara en terrible huracán y cubrió de nubes
tierra y mar. Y se levantó del cielo la noche.
«Cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, anclamos
la nave arrastrándola hasta una gruta, donde estaba el hermoso lugar de danza de
las Ninfas y sus asientos.
«Entonces los convoqué en asamblea y les dije:
«"Amigos, en la rápida nave tenemos comida y bebida; apartémonos de las vacas no
sea que nos pase algo malo, que estas vacas y gordas ovejas pertenecen a un dios
terrible, a Helios, el que lo ve todo y todo lo oye."
«Así dije y su valeroso ánimo se dejó persuadir.
«Durante todo un mes sopló Noto sin parar y no había ningún otro viento, salvo
Euro y Noto. Así que, mientras mis compañeros tuvieron comida y rojo vino, se
mantuvieron alejados de las vacas por deseo de vivir; pero cuando se consumieron
todos los víveres de la nave, pusiéronse por necesidad a la caza de peces y
aves; todo lo que llegaba a sus manos, con curvos anzuelos, pues el hambre
retorcía sus estómagos.
«Yo me eché entonces a recorrer la isla para suplicar a los dioses, por si
alguno me manifestaba algún camino de vúelta; y, cuando caminando por la isla ya
estaba lejos de mis compañeros, lavé mis manos al abrigo del viento y supliqué a
todos los dioses que poseen el Olimpo. Y ellos derramaron el dulce sueño sobre
mis párpados.
«Entonces Euríloco comenzó a manifestar a mis compañeros esta funesta decisión:
«"Escuchad mis palabras, compañeros que tantos males habéis sufrido. Todas las
clases de muerte son odiosas para los desgraciados mortales, pero lo más
lamentable es morir de hambre y arrastrar el destino. Conque, vamos, llevémonos
las mejores vacas de Helios y sacrifiquémoslas a los inmortales que poseen el
vasto cielo. Si llegamos a Itaca, nuestra patria, edificaremos a Helios Hiperión
un esplendido templo donde podríamos erigir muchas y excelentes estatuas.
«"Pero si, irritado por sus vacas de alta cornamenta, quiere destruir nuestra
nave . y los demás dioses les acompañan prefiero perder la vida de una vez, de
bruces contra una ola, antes que irme consumiendo poco a poco en una isla
desierta."
«Así dijo Euríloco y los demás compañeros aprobaron sus palabras. Así que se
llevaron enseguida las mejores vacas de Helios, de por allí cerca pues las
hermosas vacas carianchas de rotátiles patas pastaban no lejos de la nave de
azuloscura proa. Pusiéronse a su alrededor e hicieron súplica a los dioses,
cortando ramas tiernas de una encina de elevada copa pues no tenían blanca
cebada en la nave de buenos bancos. Cuando habían hecho la súplica, degollado y
desollado las vacas, cortaron los muslos y los cubrieron de grasa a uno y otro
lado y colocaron carne sobre ellos. No tenían vino para libar sobre las víctimas
mientras se asaban, pero libaron con agua mientras se quemaban las entrañas.
Cuando ya se habían quemado los muslos y probaron las entrañas, cortaron en
trozos lo demás y lo ensartaron en pinchos.
«Entonces el profundo sueño desapareció de mis párpados y me puse en camino
hacia la rápida nave y la ribera del mar. Y, cuando me hallaba cerca de la
curvada nave, me rodeó un agradable olor a grasa. Rompí en lamentos e invoqué a
gritos a los dioses inmortales:
«"Padre Zeus y demás dioses felices que vivís siempre; para mi perdición me
habéis hecho acostar con funesto sueño, pues mis compañeros han resuelto un
tremendo acto mientras estaban aquí."
«En esto llegó Lampetía, de luengo peplo, rápida mensajera a Helios Hiperión,
para anunciarle que habíamos matado a sus vacas. Y éste se dirigió al punto a
los inmortales acongojado en su corazón:
«"Padre Zeus y los demás dioses felices que vivís siempre, castigad ya a los
compañeros de Odiseo Laertíada que me han matado las vacas ¡obra impía! , con
las que yo me complacía al dirigirme hacia el cielo estrellado y al volver de
nuevo hacia la tierra desde el cielo. Porque si no me pagan una recompensa
equitativa por las vacas, me hundiré en el Hades y brillaré para los muertos."
«Y contestándole dijo Zeus, el que reúne las nubes:
«"Helios, sigue brillando entre los inmortales y los mortales hombres sobre la
tierra nutricia, que yo lanzaré mi brillante rayo y quebraré enseguida su nave
en el ponto rojo como el vino."
«Esto es lo que yo oí decir a Calipso, de hermoso peplo, y ella decía que se lo
había oído a su vez a Hermes.
«Conque, cuando bajé hasta la nave y el mar, los reprendí a unos y otros
poniéndome a su lado, pero no podíamos encontrar remedio las vacas estaban ya
muertas. Entonces los dioses comenzaron a manifestarles prodigios: las pieles
caminaban, la carne mugía en el asador, tanto la cruda como la asada. Así es
como las vacas cobraron voz.
«Durante seis días mis fieles compañeros prosiguieron banqueteándose y
llevándose las mejores vacas de Helios, pero cuando Zeus Cronida nos trajo el
séptimo, dejó el viento de lanzarse huracanado y nosotros embarcamos y empujamos
la nave al vasto ponto no sin colocar el mástil y extender las blancas velas.
«Cuando abandonamos la isla y ya no se divisaba tierra alguna sino sólo cielo y
mar, el Cronida puso una negra nube sobre la cóncava nave y el mar se oscureció
bajo ella. La nave no pudo avanzar mucho tiempo, porque enseguida se presentó el
silbante Céfiro lanzándose en huracán y la tempestad de viento quebró los dos
cables del mástil. Cayó éste hacia atrás y todos los aparejos se desparramaron
bodega abajo. En la misma proa de la nave golpeó el mástil al piloto en la
cabeza, rompiendo todos los huesos de su cráneo y, como un volatinero, se
precipitó de cabeza contra la cubierta y su valeroso ánimo abandonó los huesos.
«Zeus comenzó a tronar al tiempo que lanzaba un rayo contra la nave, y ésta se
revolvió toda, sacudida por el rayo de Zeus, y se llenó de azufre. Mis
compañeros cayeron fuera y, semejantes a las cornejas marinas, eran arrastrados
por el oleaje en torno a la negra nave. Dios les había arrebatado el regreso.
«Entonces yo iba de un lado a otro de la nave, hasta que el huracán desencajó
las paredes de la quilla y el oleaje la arrastraba desnuda. El mástil se partió
contra ésta, pero, como había sobre aquél un cable de piel de buey, até juntos
quilla y mástil y, sentándome sobre ambos, me dejé llevar de los funestos
vientos.
«Entonces Céfiro dejó de lanzarse huracanado y llegó enseguida Noto trayendo
dolores a mi ánimo, haciendo que volviera a recorrer de nuevo la funesta
Caribdis.
«Dejéme llevar por el oleaje durante toda la noche y al salir el sol llegué al
escollo de Escila y a la terrible Caribdis. Ésta comenzó a sorber la salada agua
del mar, pero entonces yo me lancé hacia arriba, hacia el elevado cabrahigo y
quedé adherido a él como un murciélago. No podía apoyarme en él con los pies
para trepar, pues sus raíces estaban muy lejos y sus ramas muy altas ramas
largas y grandes que daban sombra a Caribdis. Así que me mantuve firme hasta que
ésta volviera a vomitar el mástil y la quilla, y un rato más tarde me llegaron
mientras estaba a la expectativa. Mis maderos aparecieron fuera de Caribdis a la
hora en que un hombre se levanta del ágora para ir a comer, después de juzgar
numerosas causas de jóvenes litigantes. Dejéme caer desde arriba de pies y manos
y me desplomé ruidosamente sobre el oleaje junto a mis largos maderos, y sentado
sobre ellos, comencé a remar con mis brazos. El padre de hombres y dioses no
permitió que volviera a ver a Escila, pues no habría conseguido escapar de la
ruina total.
«Desde allí me dejé llevar durante nueve días, y en la décima noche los dioses
me impulsaron hasta la isla de Ogigia, donde habitaba Calipso de lindas trenzas,
la terrible diosa dotada de voz que me entregó su amor y sus cuidados.
«Pero, ¿para qué te voy a contar esto? Ya os lo he narrado ayer a ti y a tu
fuerte esposa en el palacio, y me resulta odioso volver a relatar lo que he
expuesto detalladamente.»
CANTO XIII
LOS FEACIOS DESPIDEN A ODISEO.
LLEGADA A ITACA
Así habló, y todos enmudecieron en el silencio; estaban poseídos como por un
hechizo en el sombrío palacio. Entonces Alcínoo le contestó y dijo:
«Odiseo, ya que has llegado a mi palacio de piso de bronce, de elevado techo,
creo que no vas a volver a casa errabundo otra vez por mucho que hayas sufrido.
En cuanto a vosotros, cuantos acostumbráis a beber en mi palacio el rojo vino de
los ancianos escuchando al aedo, os voy a hacer este encargo: el forastero ya
tiene, en un arca bien pulimentada, oro bien trabajado y cuantos regalos le han
traído los consejeros de los feacios. Démosle también un gran trípode y una
caldera cada hombre, que nosotros después os recompensaremos recogiéndolo por el
pueblo, pues es doloroso que uno haga dones gratis.»
Así habló Alcínoo y les agradó su palabra. Y se marchó cada uno a su casa con
ganas de dormir.
Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, se
apresuraron hacia la nave llevando el bronce propio de los guerreros.
Y la sagrada fuerza de Alcínoo, marchando en persona, colocó todo bien bajo los
bancos de la nave, no fuera que causaran daño a alguno de los compañeros durante
el viaje cuando se apresuraran moviendo los remos.
Luego marcharon al palacio de Alcínoo y dispusieron el almuerzo. La sagrada
fuerza de Alcínoo sacrificó entre ellos un buey en honor de Cronida Zeus, el que
oscurece las nubes, el que gobierna a todos. Quemaron los muslos y se
repartieron gustosos un magnífico banquete; y entre ellos cantaba el divino
aedo, Demódoco, venerado por su pueblo. Pero Odiseo volvía una y otra vez su
cabeza hacia el resplandeciente sol, deseando que se pusiera, pues ya pensaba en
el regreso. Como cuando un hombre desea vivamente cenar cuando su pareja de
bueyes ha estado todo el día arrastrando el bien construido arado por el campo
la luz del sol se pone para él con agrado, ya que se va a cenar, y sus rodillas
le duelen al caminar , así se puso el sol con agrado para Odiseo.
Y volvió a dirigirse a los feacios amantes del remo y, dirigiéndose sobre todo a
Alcínoo, dijo su palabra:
«Poderoso Alcínoo, el más ilustre de tu pueblo, haced una libación y devolvedme
a casa sin daño. Y a vosotros, ¡salud! Ya se me ha proporcionado lo que mi ánimo
deseaba, una escolta y amables regalos que ojalá los dioses, hijos de Urano,
hagan prosperar. ¡Que encuentre en casa, al volver, a mi irrepochable esposa
junto con los míos sanos y salvos! Vosotros quedaos aquí y seguid llenando de
gozo a vuestras esposas legítimas y a vuestros hijos; que los dioses os repartan
bienes de todas clases y que ningún mal se instale entre vosotros.»
Así habló y todos aprobaron sus palabras y aconsejaban dar escolta al forastero,
porque había hablado como le correspondía. Entonces Alcínoo se dirigió a un
heraldo:
« Pontónoo, mezcla una crátera y reparte vino a todos en el palacio, para que
demos escolta al forastero hasta su tierra patria después de orar al padre
Zeus.»
Así habló, y Pontónoo mezcló el vino que alegra el corazón y se lo repartió a
todos, uno tras otro. Y libaron desde sus mismos asientos en honor de los dioses
felices, los que poseen el ancho cielo.
El divino Odiseo se puso en pie, colocó una copa de doble asa en manos de Arete
y le dijo aladas palabras:
«Sé siempre feliz, reina hasta que te lleguen la vejez y la muerte que andan
rondando a los hombres. Yo vuelvo a casa, goza tú en este palacio entre tus
hijos, tu pueblo y el rey Alcínoo.»
Así hablando el divino Odiseo traspasó el umbral. Y la fuerza de Alcínoo le
envió un heraldo para que le condujera hasta la rápida nave y la ribera del mar.
También le envió Arete a sus esclavás, a una con un manto bien lavado y una
túnica, a otra le dio un arca adornada para que la llevara y otra portaba trigo
y rojo vino.
Cuando arribaron a la nave y al mar, sus ilustres acompañantes colocaron todo en
la cóncava nave, la bebida y la comida toda, y para Odiseo extendieron una manta
y una sábana en la cubierta de proa, para que durmiera sin despertar. Subió él y
se acostó en silencio, y ellos se sentaron en los bancos, cada uno en su sitio,
y soltaron el cable de una piedra pérforada. Después se inclinaron y batían el
mar con el remo.
A Odiseo se le vino un sueño profundo a los párpados, sueño sosegado, delicioso,
semejante en todo a la muerte. Y la nave... como los cuadrúpedos caballos se
arrancan todos a la vez en la llanura a los golpes del látigo y elevándose
velozmente apresuran su marcha, así se elevaba su proa y un gran oleaje de
púrpura rompía en el resonante mar. Corría ésta con firmeza, sin estorbos; ni un
halcón la habría alcanzàdo, la más rápida de las aves. Y en su carrera cortaba
veloz las olas del mar portando a un hombre de pensamientos semejantes a los de
los dioses que había sufrido muchos dolores en su ánimo al probar batallas y
dolorosas olas, pero que ya dormía imperturbable, olvidado de todas sus penas.
Y cuando despuntó el más brillante astro, el que avanza anunciando la luz de Eos
que nace de la mañana, la nave se acercó para fondear en la isla.
En el pueblo de Itaca hay un puerto, el de Forcis, el viejo del mar, y en él hay
dos salientes escarpados que se inclinan hacia el puerto y que dejan fuera el
oleaje producido por silbantes vientos; dentro, las naves de buenos bancos
permanecen sin amarras cuando llegan al término del fondeadero. Al extremo del
puerto hay un olivo de anchas hojas y cerca de éste una gruta sombría y amable
consagrada a las ninfas que llaman Náyades. Hay dentro cráteras y ánforas de
piedra y también dentro fabrican las abejas sus panales. Hay dentro grandes
telares de piedra donde las ninfas tejen sus túnicas con púrpura marina ¡una
maravilla para velas! y también dentro corren las aguas sin cesar. Tiene dos
puertas, la una del lado de Bóreas accesible a los hombres; la otra, del lado de
Noto, es en cambio sólo para dioses y no entran por ella los hombres, que es
camino de inmortales. Hacia allí remaron, pues ya lo conocían de antes, y la
nave se apresuró a fondear en tierra firme, como a media altura ¡tales eran las
manos de los remeros que la impulsaban! Éstos descendieron de la nave de buenos
bancos y levantando primero a Odiseo de la cóncava nave, le colocaron sobre la
arena, rendido por el sueño, junto con su manta y resplandeciente sábana.
También sacaron las riquezas que los ilustres feacios le habían donado cuando
volvía a casa por voluntad de la magnánima Atenea.
Conque colocaron todo junto, cerca del tronco de olivo, lejos del camino no
fuera que algún caminante cayera sobre ello y lo robara antes de que Odiseo
despertase , y se volvieron a casa.
Pero el que sacude la tierra no se había olvidado de las amenazas que había
hecho al divino Odiseo al principio y preguntó la decisión de Zeus:
«Padre Zeus, ya no tendré nunca honores entre los dioses inmortales si los
mortales no me honran, los feacios que, además, son de mi propia estirpe. Yo
pensaba que Odiseo regresaría a casa después de mucho sufrir el regreso no se lo
había quitado del todo porque tú se lo prometiste desde el principio , pero los
feacios lo han traído durmiendo en rápida nave sobre el ponto y lo han dejado en
Itaca. Le han entregado además innumerables regalos, bronce y oro en abundancia
y ropa tejida, tantos como jamás habría sacado de Troya si hubiera vuelto
incólume con su parte sorteada del botín.»
Y le contestó y dijo el que reúne las nubes, Zeus:
«¡Ay, ay, poderoso dios que sacudes la tierra, qué cosas has dicho! Nunca lo
deshonrarán los dioses. Sería difícil despachar sin honores al más antiguo y
excelente. Si alguno de los hombres, cediendo a su violencia y poder, no lo
honra, tienes y tendrás siempre tu compensación. Obra como desees y sea
agradable a tu ánimo.»
Y le contestó Poseidón, el que sacude la tierra:
«Enseguida actuaría, oh tú que oscureces las nubes, como dices, pero estoy
siempre acechando tu cólera y procurando evitarla. Con todo, quiero ahora
destruir en el brumoso ponto la hermosa nave de los feacios en su viaje de
vuelta, para que se contengan y dejen de escoltar a los hombres. Quiero también
ocultar su ciudad toda bajo un monte» Y le contestó y dijo el que reúne las
nubes, Zeus:
«Amigo mío, creo que lo mejor será que, cuando todo el pueblo esté contemplando
desde la ciudad a la nave acercándose, coloques cerca de tierra un peñasco
semejante a una rápida nave, para que todos se asombren y puedas ocultar su
ciudad bajo un gran monte.»
Luego que oyó esto Poseidón, el que sacude la tierra, se puso en camino hacia
Esqueria, donde los feacios nacen, y allí se detuvo. Y la nave surcadora del
ponto se acercó en su veloz carrera. El que sacude la tierra se acercó, la
convirtió en piedra y la estableció firmemente, como si tuviera raíces,
golpeándola con la palma de su mano. Y se alejó de allí. Los feacios de largos
remos se dirigían mutuamente aladas palabras, hombres célebres por sus naves, y
decía uno así mirando al que tenía al lado:
«Ay de mí, ¿quién ha encadenado en el ponto a la rápida nave en su regreso a
casa? Ya se la veía del todo.»
Así decía uno pues no sabían cómo había sucedido. Entonces Alcínoo habló entre
ellos y dijo:
«¡Ay, ay, en verdad ya me ha alcanzado el antiguo presagio de mi padre, quien
aseguraba que Poseidón se irritaría con nosotros por ser prósperos acompañantes
de todo el mundo! Decía que algún día destruiría en el brumoso ponto una hermosa
nave de los feacios al volver de una expedición, y que ocultaría nuestra ciudad
bajo un monte. Así decía el anciano y todo se está cumpliendo ahora. Conque,
vamos, obedeced todos lo que yo os señale: dejad de acompañar a los mortales
cuando alguien llegue a nuestra ciudad. Sacrificaremos a Poseidón doce toros
escogidos, por si se compadece y no nos oculta la ciudad bajo un enorme monte.»
Así habló y ellos sintieron miedo y prepararon los toros. Así es que suplicaban
al soberano Poseidón los jefes y consejeros de los feacios, en pie, rodeando el
altar.
En esto se despertó el divino Odiseo acostado en su tierra patria, pero no la
reconoció pues ya llevaba mucho tiempo ausente. La diosa Palas Atenea esparció
en torno suyo una nube, la hija de Zeus, para hacerlo irreconocible y contarle
todo, no fuera que su esposa, ciudadanos y amigos le reconocieran antes de que
los pretendientes pagaran todos sus excesos. Por esto, todo le parecía distinto
al soberano, los largos caminos, los puertos de cómodo anclaje, las elevadas
rocas y los verdeantes árboles.
Así que se puso en pie de un salto y comenzó a mirar su tierra patria. Dio un
grito lastimero, golpeó sus muslos con las palmas de las manos y entre lamentos
decía su palabra:
«Ay de mí, ¿a qué tierra de mortales he llegado? ¿Son acaso soberbios, salvajes
y carentes de justicia, o amigos de los forasteros y con sentimientos de piedad
hacia los dioses?. ¿A dónde llevo tantas riquezas?, ¿por dónde voy a marchar?
¡Ojalá me hubiera quedado junto a los féacios! También podría haberme llegado a
otro rey de los muy poderosos y quizá éste me habría recibido como amigo y
escoltado de vuelta a casa, porque ahora no sé dónde dejar esto ni voy a dejarlo
aquí, no sea que se me convierta en botín de otro. iAy!, ¡ay!, en verdad no eran
del todo prudentes ni justos los jefes y consejeros de los feacios, quienes me
han traído a otra tierra. Decían que me iban a llevar a Itaca, hermosa al
atardecer, pero no lo han cumplido. Que Zeus los castigue, el dios de los
suplicantes, el que vigila a todos los hombres y castiga a quien yerra.
«Pero, ea, voy a contar mis riquezas y a contemplarlas, no sea que se marchen
llevándose algo en la cóncava nave.»
Así diciendo, se puso a contar los hermosos trípodes y calderos y el oro y la
hermosa ropa tejida. Pero no echó nada de menos. Y sentía dolor por su tierra
patria caminando por la ribera del resonante mar, en medio de lamentos.
Conque se le acercó Atenea, semejante en su aspecto a un hombre joven, un pastor
de rebaños delicado como suelen ser los hijos de los reyes, portando sobre sus
hombros un manto doble, bien trabajado. Bajo sus brillantes pies llevaba
sandalias y en sus manos un venablo.
Alegróse al verla Odiseo y fue a su encuentro; y hablándole dirigió aladas
palabras:
«Amigo, puesto que eres el primero a quien encuentro en este país, ¡salud! No te
me acerques con aviesas intenciones, salva esto y sálvame a mí, pues te lo pido
como a un dios y me he acercado a tus rodillas. Dime esto en verdad para que yo
lo sepa: ¿qué tierra es ésta, qué pueblo, qué hombres viven aquí? ¿Es una isla
hermosa al atardecer o la ribera de un continente de fecunda tierra que se
inclina hacia el mar?
Y la diosa de ojos brillantes, Atenea, se dirigió a él a su vez:
«Eres tonto, forastero, o vienes de lejos si me preguntas por esta tierra. No
carece de nombre, no. La conocen muy muchos, tanto los que habitan hacia la
aurora y el sol como los que se orientan hacia la brumosa oscuridad. Cierto que
es escarpada y difícil para cabalgar, pero tampoco es excesivamente pobre,
aunque no extensa: en ella se produce trigo sin medida y también vino. Siempre
tiene lluvia y floreciente rocío; alimenta buenas cabras y buenos toros; hay
madera de todas clases y abrevaderos inagotables. Por eso, forastero, el nombre
de Itaca ha llegado incluso hasta Troya, que aseguran se encuentra muy lejos de
la tierra aquea.»
Así habló, y el sufridor, el divino Odiseo, sintió gozo y alegría por su tierra
patria: así se lo había dicho Palas Atenea, la hija de Zeus, el que lleva égida.
Y hablándole le dijo aladas palabras (aunque no la verdad) y, de nuevo, tomó la
palabra, controlando continuamente en el pecho su astuto pensamiento:
«He oído sobre Itaca incluso en la extensa Creta, lejos, más allá del Ponto. Y
ahora he llegado yo con estas riquezas. He dejado otro tanto a mis hijos y ando
huyendo, pues he matado a Ortíloco, hijo de Idomeneo, el que vencía en la
extensa Creta a los hombres comerciantes con sus rápidos pies. Quería éste
privarme de todo mi botín conseguido en Troya, por el que sufrí dolores probando
guerras y dolorosas olas, porque no servía complaciente a su padre en el pueblo
de los troyanos, sino que mandaba yo sobre otros compañeros. Y lo alcancé con mi
lanza guarnecida de bronce cuando volvía del campo, emboscándome cerca del
camino con un amigo. La oscura noche cubría el cielo nadie nos vio , y le
arranqué la vida a escondidas. Así que, luego de matarlo con el agudo bronce, me
dirigí a una nave de ilustres fenicios y les supliqué, entregándoles abundante
botín, que me dejaran en Pilos o en la divina Elide, donde dominan los epeos,
pero la fuerza del viento los alejó de allí muy contra su voluntad, pues no
querían engañarme.
«Así que hemos llegado por la noche después de andar a la deriva. Remamos con
vigor hasta el puerto y ninguno de nosotros se acordó de almorzar por más que lo
ansiábamos. Conque descendimos todos de la nave y nos acostamos. A mí se me vino
un dulce sueño, cansado como estaba, y ellos, sacando mis riquezas de la cóncava
nave, las dejaron cerca de donde yo yacía sobre la arena.
«Y embarcando se marcharon a la bien habitada Sidón. Así que yo me quedé atrás
con el corazón acongojado.»
Así dijo y sonrió la diosa de ojos brillantes, Atenea, y lo acarició con su
mano. Tomó entonces el aspecto de una mujer hermosa y grande, conocedora de
labores brillantes, y le habló y dijo aladas palabras:
«Astuto sería y trapacero el que te aventajara en toda clase de engaños, por más
que fuera un dios el que tuvieras delante. Desdichado, astuto, que no te hartas
de mentir, ¿es que ni siquiera en tu propia tierra vas a poner fin a los engaños
y las palabras mentirosas que te son tan queridas? Vamos, no hablemos ya más,
pues los dos conocemos la astucia: tú eres el mejor de los mortales todos en el
consejo y con la palabra, y yo tengo fama entre los dioses por mi previsión y
mis astucias. Pero ¡aun así, no has reconocido a Palas Atenea, la hija de Zeus,
la que te asiste y protege en todos tus trabajos, la que te ha hecho querido a
todos los feacios! De nuevo he venido a ti para que juntos tramemos un plan para
ocultar cuantas riquezas te donaron los ilustres feacios al volver a casa por mi
decisión, y para decirte cuántas penas estás destinado a soportar en tu bien
edificada morada. Tú has de aguantar por fuerza y no decir a hombre ni mujer, a
nadie, que has llegado después de vagar; soporta en silencio numerosos dolores
aguantando las violencias de los hombres.»
Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:
«Es difícil, diosa, que un mortal te reconozca si contigo topa, por muy
experimentado que sea, pues tomas toda clase de apariencias. Ya sabía yo que
siempre me has sido amiga mientras los hijos de los aqueos combatíamos en Troya,
pero desde que saqueamos la elevada ciudad de Príamo y nos embarcamos y un dios
dispersó a los aqueos no lo había vuelto a ver, hija de Zeus. No te vi embarcar
en mi nave para protegerme de desgracia alguna, sino que he vagado siempre con
el corazón acongojado hasta que los dioses me han librado del mal, hasta que en
el rico pueblo de los feacios me animaste con tus palabras y me condujiste en
persona hasta la ciudad. Ahora te pido abrazado a tus rodillas (pues no creo que
haya llegado a Itaca hermosa al atardecer sino que ando dando vueltas por alguna
otra tierra y creo que tú me has dicho esto para burlarte y confundirme), dime
si de verdad he llegado a mi patria.»
Y le contestó la diosa de ojos brillantes, Atenea:
«En tu pecho siempre hay la misma cordura. Por esto no puedo abandonarte en el
dolor, porque eres discreto, sagaz y sensato. Cualquier otro que llegara después
de andar errante, marcharía gustosamente a ver a sus hijos y esposa en el
palacio; sólo tú no deseas conocer ni enterarte hasta que hayas puesto a prueba
a tu mujer, quien permanece inconmovible en el palacio mientras las noches se le
consumen entre dolores y los días entre lágrimas. En verdad, yo jamás desconfié,
pues sabía que volverías después de haber perdido a todos sus compañeros, pero
no quise enfrentarme con Poseidón, hermano de mi padre, quien había puesto el
rencor en su corazón irritado porque le habías cegado a su hijo.
«Pero, vamos, te voy a mostrar el suelo de Itaca para que te convenzas. Este es
el puerto de Forcis, el viejo del mar, y éste el olivo de anchas hojas, al
extremo del puerto. Cerca de él, la gruta sombría, amable, consagrada a las
ninfas que llaman Náyades. Es la cueva amplia y sombría donde tú solías
sacrificar a las Ninfas numerosas hecatombes perfectas. Y éste es el monte
Nérito, revestido de bosque.»
Así diciendo, la diosá dispersó la nube y apareció el país ante sus ojos.
Alegróse entonces el sufridor, el divino Odiseo, y se llenó de gozo por su
patria y besó la tierra donadora de grano. Luego suplicó a las Ninfas levantando
sus manos:
«Ninfas Náyades, hijas de Zeus, nunca creí que volvería a veros. Alegraos con mi
suave súplica, volveré a haceros dones como antes si la hija de Zeus, la diosa
Rapaz, me permite benévola que viva y hace crecer a mi hijo.»
Y se dirigió a él la diosa de ojos brillantes, Atenea:
«Cobra ánimo, no te preocupes ahora de esto; coloquemos ahora mismo tus riquezas
en lo profundo de la divina gruta a fin de que se conserven intactas y pensemos
para que todo salga lo mejor posible.»
Así hablando, la diosa se introdujo en la sombría gruta buscando un escondrijo
por ella, mientras Odiseo la seguía de cerca llevando todo, el oro y el sólido
bronce y los bien fabricados vestidos que le habían donado los feacios. Conque
colocó todo bien y arrimó un peñasco a la entrada Palas Atenea, la hija de Zeus,
el que lleva égida. Y sentándose los dos junto al tronco del olivo sagrado,
meditaban la muerte para los soberbios pretendientes. La diosa de ojos
brillantes, Palas Atenea, comenzó a hablar:
«Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo, rico en ardides, piensa cómo vas a
poner tus manos sobre los desvergonzados pretendientes que llevan ya tres años
mandando en tu palacio, cortejando a tu divina esposa y haciéndole regalos de
esponsales, aunque ella se lamenta continuamente por tu regreso y da esperanzas
a todos y hace promesas a cada uno enviándoles recados, si bien su mente
revuelve otros planes.»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
«¡Ay, ay! ¡Conque he estado a punto de perecer en mi palacio con la vergonzosa
muerte del Atrida Agamenón si tú, diosa, no me hubieras revelado todo, como es
debido! Vamos, trama un plan para que los haga pagar y asísteme tú misma
poniendo dentro de mí el mismo vigor y valentía que cuando destruimos las
espesas almenas de Troya. Si tú me socorrieras con el mismo interés, diosa de
ojos brillantes, sería capaz de luchar junto a ti contra trescientos hombres,
diosa soberana, siempre que me socorrieras benevolente.»
Y la diosa de ojos brillantes, Palas Atenea, le contestó:
«En verdad, estaré a tu lado y no me pasarás desapercibido cuando tengamos que
arrostrar este peligro. Conque creo que mancharán con su sangre y sus sesos el
maravilloso pavimento los pretendientes que consumen tu hacienda.
«Vamos, te voy a hacer irreconocible para todos: arrugaré la hermosa piel de tus
ígiles miembros y haré desaparecer de tu cabeza los rubios cabellos; lo cubriré
de harapos que te harán odioso a la vista de cualquier hombre y llenaré de
legañas tus antes hermosos ojos, de forma que parezcas desastroso a los
pretendientes, a tu esposa y a tu hijo, a quienes dejaste en palacio.
«Llégate en primer lugar al porquero, el que vigila tus cerdos, quien se
mantiene fiel y sigue amando a tu hijo y a la prudente Penélope. Lo encontrarás
sentado junto a los cerdos; éstos están paciendo junto a la Roca del Cuervo,
cerca de la fuente Aretusa, comiendo innumerables bellotas y bebiendo agua
negra, cosas que crían en los cerdos abundante grasa. Detente allí, siéntate a
su lado y pregúntale por todo, mientras yo voy a Esparta de hermosas mujeres a
buscar a tu hijo Telémaco, Odiseo, pues ha marchado a la extensa Lacedemonia
junto a Menelao para preguntar noticias sobre ti, por si aún vives.»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
«¿Por qué no se lo dijiste, si conoces todo en tu interior? ¿Acaso para que
también él sufriera penalidades vagando por el estéril ponto mientras los demás
consumen mí hacienda?»
Y le contestó la diosa de ojos brillantes, Palas Atenea:
«No te préocupes demasiado por él. Yo misma lo escolté para que cosechara fama
de valiente marchando allí. En verdad, no sufre penalidad alguna, está en el
palacio del Atrida y tiene de todo a su disposición. Cierto que unos jóvenes le
acechan en negra nave con intención de matarlo antes de que regrese a tu tierra,
pero no creo que esto suceda antes de que la tierra abrace a alguno de los
pretendientes que consumen tu hacienda. »
Hablando así, lo tocó Atenea con su varita: arrugó la hermosa piel de sus ágiles
miembros e hizo desaparecer de su cabeza los rubios cabellos; colocó sobre sus
miembros la piel de un anciano y llenó de legañas sus antes hermosos ojos. Le
cubrió de andrajos miserables y una túnica desgarrada, sucia, ennegrecida por el
humo, y le vistió con una gran piel, ya sin pelo, de veloz ciervo; le dio un
cayado y un feo zurrón rasgado por muchos sitios y con la correa retorcida.
Así deliberaron y se separaron los dos; y ella marchó luego a la divina
Lacedemonia en busca del hijo de Odiseo.
CANTO XIV
ODISEO EN LA MAJADA DE EUMEO
Entonces él se puso en camino desde el puerto a través de un sendero escarpado
en lugar boscoso por las cumbres, hacia donde Atenea le había manifestado que
encontraría al divino porquero, el que cuidaba de su hacienda más que los demás
siervos que el divino Odiseo había adquirido. Y lo encontró sentado en el
pórtico, donde tenía edificada una elevada cuadra, hermosa y grande, aislada, en
lugar abierto. El porquero mismo la había edificado para los cerdos de su
soberano ausente, lejos de su dueña y del anciano Laertes, con piedras de
cantera, y lo había coronado de espino; tendió fuera una empalizada completa,
espesa y cerrada, sacando estacas de lo negro de una encina.
Dentro de la cuadra había construido doce pocilgas, unas junto a otras, para
encamar a las cerdas, y en cada una se encerraban cincuenta cerdas, todas
hembras que habían ya parido. Los cerdos dormían fuera y eran muy inferiores en
número, pues los habían diezmado los divinos pretendientes con sus banquetes: el
porquero les enviaba cada vez el mejor de sus robustos cebones, trescientos
sesenta en total.
También dormían a su lado cuatro perros, semejantes a fieras, que alimentaba el
porquero, caudillo de hombres.
Este andaba entonces sujetando a sus pies unas sandalias después de cortar una
moteada piel de buey. Los demás porqueros, tres en total, habían marchado cada
uno por su lado con los cerdos en manada; al cuarto lo había enviado Eumeo a la
fuerza a la ciudad para que llevara un cebón a los soberbios pretendientes a fin
de que lo sacrificaran y saciaran con la carne su apetito.
De pronto los perros de incesantes ladridos vieron a Odiseo y corrieron hacia él
ladrando. Entonces Odiseo se sentó astutamente y el cayado se le escapó de las
manos.
Allí, sin duda, en su propia cuadra habría sufrido un dolor vergonzoso, pero el
porquero, siguiéndolos con veloces pies, se lanzó a través del portico la piel
cayó de sus manos y a grandes voces dispersó a los perros en varias direcciones
con una espesa pedrea. Y se dirigió al soberano:
«Anciano, por poco te han despedazado los perros en un instante y quizá me
habrías culpado a mí. También a mí me han dado los dioses dolores y lamentos,
pues sentado lloro a mi divino soberano y cebo cerdos para que se los coman
otros. En cambio, él andará errante por pueblos y ciudades extranjeras
mendigando comida si es que vive aún y contempla la luz del sol.
«Pero sígueme, vayamos a mi cabaña, anciano, para que también tú sacies el
apetito de comer y beber y me digas de dónde eres y cuántas penas has tenido que
sufrir.»
Así diciendo, lo condujo a su cabaña el divino porquero; le hizo entrar y
sentarse, extendió maleza espesa y encima tendió la piel de una hirsuta cabra
salvaje, su propia yacija, grande y peluda. Alegróse Odiseo porque lo había
recibido así y le dijo su palabra llamándolo por su nombre:
«Forastero, ¡que Zeus y los demás dioses inmortales te concedan lo que más
vivamente deseas, ya que me has acogido con bondad!»
Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:
«Forastero, no es santo deshonrar a un extraño, ni aunque viniera uno más
miserable que tú, que de Zeus son los forasteros y mendigos todos. Nuestros
dones son pequeños, pero amistosos, pues la naturaleza de los siervos es tener
siempre miedo cuando dominan nuevos soberanos. En verdad, los dioses han
impedido el regreso de quien me habría estimado gentilmente y otorgado cuanto un
dueño bondadoso suele conceder a su siervo una casa, un lote de tierra y una
esposa solicitada , cuando éste se esfuerza por él y un dios hace prosperar sus
labores, como está haciendo prosperar el trabajo en el que yo me mantengo
activo. Por esto me habría beneficiado mucho mi soberano si hubiera envejecido
aquí, pero ha muerto ¡así pereciera por completo la raza de Helena, pues aflojó
las rodillas de muchos hombres! , pues también mi soberano marchó por causa del
honor de Agamenón a Ilión, de buenos potros, para combatir a los troyanos.»
Hablando así, sujetó enseguida su túnica con el ceñidor y se puso en camino de
las pocilgas donde tenía encerradas las manadas de cochinillos. Tomó dos de allí
y los sacrificó, quemó, troceó y atravesó con asadores. Y, después de asar
todos, se los ofreció a Odiseo calientes en sus mismos asadores y extendió
blanca harina. Después mezcló vino agradable como la miel en su cuenco y se
sentó enfrente, y animándole decía:
«Come ahora, forastero, lo que es dado comer a los siervos, cochinillo, que de
los cebones se encargan los pretendientes, sin miedo a la venganza divina ni
compasión. No aman los dioses felices las acciones impías, sino que honran la
justicia y las obras discretas de los hombres. Es cierto que son enemigos y
hostiles quienes invaden una tierra ajena, por más que Zeus les conceda el
botín, pero cuando vuelven repletos a las naves para regresar a su patria,
incluso a éstos les sobreviene un pesado temor a la venganza divina. Sin duda,
los pretendientes deben conocer porque quizá hayan oído la palabra de algún dios
la triste muerte de Odiseo, pues no quieren cortejar con justicia ni volver a
sus posesiones, y con gusto devoran entre excesos la hacienda,
despreocupadamente. Todas las noches y días que nos manda Zeus sacrifïcan
víctimas, no sólo una ni sólo dos ovejas; y el vino... lo consumen a cántaros,
sin mesura. Y es que la fortuna de Odiseo era inmensa; ninguno de los héroes del
oscuro continente ni de la misma Itaca poseía tanta. Ni veinte hombres juntos
tienen tanta abundancia. Te voy a echar la cuenta: doce rebaños en el
continente, otros tantos de ovejas, otros tantos de cerdos y cabras apacientan
para él pastores asalariados y sus propios pastores. Aquí se alimentan en total
once numerosos rebaños de cabras en el extremo de la isla, pues se las vigilan
hombres de bien. Todos los días, sin excepción, cada uno de éstos lleva a los
pretendientes un animal, la mejor de sus gordas cabras. Y yo vigilo y protejo
estos cerdos y les hago llegar el mejor de ellos, eligiéndolo bien. »
Así habló mientras Odiseo comía la carne y bebía el vino con voracidad, en
silencio. Y estaba sembrando la desgracia para los pretendientes.
Cuando acabó de almorzar y saciar su apetito con la comida, le entregó Eumeo un
cuenco repleto de vino en el que solía él beber. Aquél lo recibió y se alegró en
su interior y, hablando, le dijo aladas palabras:
«Amigo, ¿quién te compró con sus bienes, tan rico y poderoso como dices?
Aseguras que ha perecido por causa del honor de Agamenón; dime su nombre por si
lo conozco ¡siendo como es! Seguro que Zeus y los demás dioses inmortales saben
si te puedo hablar de él porque lo haya visto, pues he vagado mucho.»
Y le contestó el porquero, caudillo de hombres:
«Anciano, ningún caminante que viniera con noticias de él lograría persuadir a
su esposa y querido hijo, que los vagabundos suelen mentir por mor del sustento
y no gustan de decir verdad. Todo caminante que llega al pueblo de Itaca se
llega a mi dueña para decirle mentiras. Claro que ella lo acoge con amor y le
pregunta detalladamente, y las lágrimas se deslizan de sus mejillas lamentándose
por él, como es propio de mujer que ha perdido a su marido en tierra extraña.
«Puede que tú también, anciano, inventes cualquier cuento con tal de que alguien
te regale una túnica y un manto. Pero seguro que los perros y las veloces aves
están tratando de arrancar la piel de sus huesos y su alma le ha abandonado, o
puede que lo hayan devorado los peces en el mar y sus huesos anden tirados por
tierra, revueltos entre la arena. Así es como ha muerto él, y a todos los suyos,
y sobre todo a mí, sólo nos queda tristeza para el futuro. Que no podré nunca
encontrar a un soberano tan bueno adonde quiera que vaya, ni aunque vuelva a
casa de mi padre y mi madre, donde un día nací y ellos me criaron. Y es que no
es tan grande mi dolor por ellos aunque mucho deseo verlos en mi tierra patria
como es la añoranza que me ha invadido por Odiseo ausente. No me atrevo,
forastero, a nombrarlo incluso ausente ¡tanto me estimaba y se preocupaba por
mí! , pero lo llamo amigo aunque se encuentre lejos.»
Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:
«Amigo, puesto que lo niegas por completo y crees que nunca volverá, tu corazón
anda ya sin esperanza. Pero yo lo voy a decir y no a tontas, sino con jurameto
que Odiseo viene de camino hacia acá. Este será el don por mi buena nueva cuando
haya llegado él: vestidme con un manto y una túnica hermosas; no antes, pues no
te aceptaría por más necesitado que estuviera. Que para mí es más odioso que las
puertas de Hades el que por ceder a su pobreza cuenta mentiras. Sea testigo Zeus
antes que ningún otro dios y la mesa de hospitalidad y el hogar del
irreprochable Odiseo al que acabo de llegar. En verdad todo esto se cumplirá tal
como anuncio: dentro de este mismo año llegará Odiseo; cuando acabe este mes y
entre otro, volverá a casa y hará pagar a cuantos deshonran a su esposa a
ilustre hijo.»
Y contestando le dijiste, porquero Eumeo:
«Anciano, no te voy a conceder ese don por tu buena nueva ni va a regresar ya
Odiseo a casa, pero bebe gustoso y volvamos nuestros recuerdos a otro lado; no
me traigas esto a la memoria, que mi ánimo se llena de dolor cada vez que
alguien me recuerda a mi fiel soberano.
«Dejemos, pues, el juramento, aunque ¡ojalá vuelva Odiséo! como quiero yo y
quieren Penélope, el anciano Laertes y Telémaco, semejante a los dioses. También
ahora me lamento sin consuelo por el hijo que engendró Odiseo, por Telémaco.
Cuando los dioses lo criaron semejante a un retoño, ya decía yo que no sería en
nada inferior, entre los hombres, a su querido padre, admirable en cuerpo y
aspecto; pero alguno de los inmortales o quizá de los hombres debe haberle
dañado la bien equilibrada mente, pues ha marchado a la divina Pilos en busca de
noticias de su padre, y los ilustres pretendientes lo acechan al volver a casa
para que desaparezca sin gloria de Itaca la progenie del divino Arcisio. Pero
dejemos a éste, ya sea sorprendido, ya escape porque el Cronida tienda su mano
sobre él.
«Vamos, cuéntame ahora, anciano, tus propias desgracias y dime con verdad para
que yo lo sepa: ¿quién y de dónde eres entre los hombres? Dónde se encuentran tu
ciudad y tus padres? ¿En qué barco has llegado? ¿Cómo te han traído hasta Itaca
los marineros y quiénes se preciaban de ser? Porque no creo que hayas llegado
aquí a pie».
Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo: .
«En verdad, te voy a contestar con exactitud. Ni aunque tuviéramos por mucho
tiempo comida y dulce bebida para celebrar un festín dentro de tu cabaña
mientras los demás continúan su labor podría yo fácilmente, ni siquiera en un
año entero, acabar la narración de cuantas penalidades ha soportado mi ánimo por
voluntad de los dioses. Mi raza procede de Creta lo digo bien alto y soy hijo de
un hombre rico. Numerosos hijos legítimos nacieron de su esposa en el palacio y
fueron criados, pero a mí me parió una madre comprada, una concubina, aunque mi
padre, Cástor Hilacida, de cuya rata me precio de ser, me estimaba igual que a
sus legítimos. Como un dios era venerado éste en el pueblo de Creta por su
abundancia, riqueza y vigorosos hijos. Pero las Keres de la muerte se lo
llevaron a las moradas de Hades y sus magnánimos hijos sortearon la hacienda y
se la repartieron, entregándome a mí una nonada y una casa. Caséme con mujer de
casa rica por mis muchas virtudes, que no era yo inútil ni temeroso de luchar.
Pero ya se ha acabado todo, aunque viendo la caña seca te darás cuenta, pues un
gran infortunio me abruma.
«En verdad, Ares y Atenea me concedieron audacia y hombría. Cada vez que elegía
para el combate a hombres sobresalientes, sembrando desgracias para el enemigo,
jamás mi valeroso corazón puso los ojos en la muerte, sino que, saltando el
primero, solía matar con mi lanza a cuantos enemigos no se igualaran a mis pies.
Así era yo en el combate.
«En cambio, no me agradaba la labor ni el cuidado de la hacienda que suele criar
hijos brillantes: siempre me gustaron las naves remeras, los combates, los bien
torneados venablos y las flechas, cosas funestas que suelen causar espanto en
los demás. Sin embargo, la divinidad puso en mi alma estos intereses, que cada
hombre se complace en un trabajo. Antes de que los hijos de los aqueos
desembarcaran en Troya, ya me había puesto nueve veces al frente de hombres y
naves de veloces proas contra gentes de otras tierras. Y conseguía mucho botín,
del que elegía lo mejor, y también me tocaba mucho en suerte. Así que
rápidamente prosperó mi casa y me convertí en un hombre temido y respetado en
Creta.
«Pero cuando Zeus, que ve a lo ancho, dispuso la luctuosa expedición que iba a
aflojar las rodillas de muchos hombres, nos dieron órdenes a mí y al ilustre
Idomeneo de capitanear las naves que marchaban a Ilión. No había medio de
negarse, nos lo impedían las duras habladurías del pueblo. Allí combatimos nueve
años los hijos de los aqueos, pero al décimo destruimos la ciudad de Príamo y
volvimos a casa en las naves; y un dios dispersó a los aqueos. Entonces fue
cuando el providence Zeus meditó desgracias contra mí, miserable. Había
permanecido sólo un mes complaciéndome con mis hijos y legítima esposa, cuando
mi ánimo me impulsó a hacer una expedición a Egipto después de equipar bien mis
naves en compañía de mis divinos compañeros.
«Equipé nueve naves y enseguida se congregó la dotación. Durante seis días
comieron en mi casa mis leales compañeros; les ofrecí numerosas víctimas para
que las sacrificaran en honor de los dioses y prepararan comida para sí. Conque
el séptimo día zarpamos tranquilamente de la extensa Creta impulsados por un
Bóreas fresco, agradable, como si navegáramos por una corriente. Ninguna nave se
me dañó, nosotros estábamos sanos y salvos, y a las naves las dirigían el viento
y los pilotos.
«A los cinco días llegamos al Egipto de buena corriente y atraqué mis bien
equilibradas naves en este río. Entonces ordené a mis leales compañeros que se
quedaran junto a ellas para vigilarlas y envié espías a lugares de observación
con orden de que regresaran, pero éstos, cediendo a su ambición y dejándose
arrastrar por sus impulsos, saquearon los hermosos campos de los egipcios, se
llevaron a las mujeres y niños y mataron a los hombres. Pronto llegó el griterío
a la ciudad, así que al escucharlo se presentaron al despuntar la aurora.
Llenóse la llanura toda de gentes de pie y a caballo y del estruendo del bronce.
Zeus, el que goza con el rayo, indujo a mis compañeros a huir cobardemente y
ninguno se atrevió a dar el pecho. Por todas partes nos rodeaba la destrucción;
allí mataron con agudo bronce a muchos de mis compañeros y a otros se los
llevaron vivos para forzarlos a trabajar sus campos.
«Entonces Zeus puso en mi mente el siguiente plan (¡ojalá hubiera muerto
saliendo al encuentro de mi destino allí en Egipto, pues todavía me tenía que
tender sus brazos la desgracia!): al punto quité de mi cabeza el bien trabajado
yelmo y de mis hombros el escudo y arrojé de mi brazo la lanza. Lleguéme frente
al carro del rey y besé sus rodillas. Él me protegió y se compadeció de mí y,
sentándome en su carro, me condujo a su palacio con lágrimas en mis ojos. Cierto
que muchos trataron de acosarme con sus lamas deseando matarme pues estaban muy
enfurecidos , pero el rey me protegió por temor a la cólera de Zeus
Hospitalario, el que se irrita sobremanera por las obras malvadas.
«Allí mé quedé siete años y conseguí reunir mucha riqueza entre los egipcios
pues todos me regalaban. Pero cuando se acercó el octavo año cumpliendo su ciclo
llegó un hombre fenicio conocedor de mentiras, un laña que ya había causado
perjuicios a muchos hombres. Éste me convenció para marchar a Fenicia, donde
tenía su casa y posesiones. Allí permanecí durante un año completo junto a él,
pero cuando pasaron meses y días en el ciclo del año y pasaron las estaciones me
envió a Libia en una nave surcadora del ponto, tramando falacias para que
llevara con él una mercancía, pero en realidad con intención de venderme y
cobrar inmensa fortuna. Le seguía en la nave a la fuerza pues ya barruntaba yo
algo. Ésta corría impulsada por un Bóreas fresco, agradable, a la altura del
centro de Creta. Y Zeus nos preparaba la perdición.
«Cuando por fin dejamos atrás Creta y no se veía tierra alguna, sino sólo cielo
y mar, el Cronida puso una oscura nube sobre la cóncava nave y bajo ella se
oscureció el ponto. Y Zeus comenzó a tronar al tiempo que lanzaba un rayo contra
la nave. Y esta se revolvió toda sacudida por el rayo de Zeus y se Ilenó de
azufre. Todos cayeron fuera de la nave y, semejantes a las cornejas marinas eran
arrastrados por las olas en torno a la nave. Dios les había arrebatado el
regreso. En cuanto a mí..., afligido como estaba, el mismo Zeus puso entre mis
manos el mástil gigantesco de la nave de azuloscura proa para que escapara una
vez más de la perdición. Así que, trabado al mástil, me dejaba llevar de los
funestos vientos. Durante nueve días me dejé llevar y al décimo una gran ola
rodante me acercó era noche cerrada a la tierra de los tesprotos, donde me
acogió sin pagar precio el héroe Fidón, el rey de los tesprotos.
«Acercóseme su hijo cuando ya estaba yo agotado por la imtemperie y el cansancio
y me llevó a casa sosteniéndome en su brazo hasta que llegó al palacio de su
padre, donde me vistió de manto y túnica.
«Allí fue donde supe de Odiseo, pues el rey me dijo que estaba hospedándolo y
agasajándolo a punto de volver a su tierra patria. Además, me mostró cuantas
riquezas había conseguido Odiseo reunir bronce y oro y bien trabajado hierro. En
verdad, podrían éstas alimentar a otro hombre hasta la décima generación:
¡tantos tesoros tenía depositados en el palacio del rey! Me dijo que Odiseo
había marchado a Dodona para escuchar la voluntad de Zeus, el que habla desde la
divina encina de elevada copa, para enterarse si debía volver a las claras u
ocultamente al próspero pueblo de Itaca, después de tantos años de ausencia. Y
juró ante mí, mientras hacía una libación en su palacio, que ya tenía dispuesta
una nave y compañeros que lo escoltarían hasta su tierra patria. Pero a mí me
despidió antes, pues resultó que una nave de tesprotos estaba a punto de zarpar
hacia Duliquia, rica en grano. Les ordenó que me enviaran gentilmente al rey
Acasto, pero les agradó más una malvada decisión sobre mi persona, para que aún
estuviera más cerca de la perdición. Así que cuando la nave surcadora del ponto
se había alejado bastante de tierra urdieron contra mí la esclavitud; me
despojaron de túnica y manto y echaron sobre mí miserables andrajos y una mala
túnica rasgada, lo que estás viendo ahora con tus ojos.
«Llegaron al atardecer a los campos de Itaca, hermosa al atardecer. Una vez
allí, me ataron fuertemente a la nave de buenos bancos con un bien torneado
cable y descendiendo precipitadamente a la ribera del mar se dispusieron a
cenar. Pero los mismos dioses, sin duda, aflojaron mis ligaduras fácilmente.
Cubrí mi cabeza con los andrajos y, deslizándome por el pulido timón hasta dar
de pechos en el mar, comencé a nadar con ambos brazos como si fueran remos, y
pronto estuve fuera de su alcance. Salí del agua por donde hay un bosque de
verdeantes encinas y caí desplomado. Los tesprotos me buscaron aquí y allá,
dando grandes gritos, pero como no les interesara molestarse más, embarcaron de
nuevo en su cóncava nave. Conque han sido los dioses mismos los que me han
ocultado fácilmente y me han hecho llegar al establo de un hombre prudente, pues
mi destino es que viva aún.»
Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:
«Ay, desdichado forastero, de verdad que has conmovido mi ánimo al contarme
detalladámente tus sufrimientos y vagabundeos, pero no creo que sean razonables
tus palabras y no vas a convencerme de cuanto has dicho sobre Odiseo. ¿Por qué
tienes que mentir en vano siendo como eres? Yo mismo reconozco el regreso de mi
soberano; muy odioso debió de hacerse a los ojos de todos los dioses cuando no
lo dejaron morir entre los troyanos ni en brazos de los suyos, una vez que hubo
concluido la guerra. Entonces le habría construido una tumba el ejército
panaqueo y habría él cobrado gran fama para su hijo, pero ahora se lo han
llevado las Harpías sin gloria alguna. Así que yo ando solitario entre mis
cerdos y no me acerco a la ciudad, si no me ordena ir la prudente Penélope
cuando llega alguna noticia. Entonces todos se sientan a preguntar detalles,
tanto los que sienten dolor por la larga ausencia de su soberano como los que se
alegran consumiendo su hacienda sin pagar. Pero a mí no me agrada ir allá a
preguntar desde que me engañó con sus palabras un etolio que llegó a mi casa,
vagabundo de muchas tierras, tras haber dado muerte a un hombre. Yo le agasajé y
él me aseguró que lo había visto en casa de Idomeneo, en Creta, reparando las
naves que le habían quebrado los vendavales. También me aseguró que volvería
para el verano o el otoño con muchas riquezas en compañía de sus divinos
compañeros.
«Conque no me halagues con mentiras ni trates de encantarme también tú, anciano
sufridor, una vez que la divinidad lo ha traído junto a mí. Si lo respeto y
agasajo no es por eso, sino por veneración a Zeus Hospitalario y por compasión
hacia ti.»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
De verdad que tienes un ánimo desconfiado cuando no consigo persuadirte y no
logro convencerte ni siquiera con juramento.
«Pero, vamos, hagamos un pacto y que sean testigos los dioses que poseen el
Olimpo: si vuelve tu soberano a esta casa, vísteme con manto y túnica y envíame
a Duliquio, donde place a mi ánimo; pero si no vuelve tu soberano, como afirmo,
ordena a las esclavas que me despeñen desde una gran roca para que todo mendigo
se guarde de mentir.»
Y le contestó y dijo el divino porquero:
«Forastero, ¡había yo de tener a los ojos de los hombres buena fama y virtud
ahora y para siempre, si después de introducirte en mi cabaña y darte dones de
hospitalidad te matara y arrebatara la vida! ¡Con buenos sentimientos iba yo
después a dirigir mis plegarias a Zeus Cronida!
«Pero ya es hora de cenar; pronto tendré dentro a mis compañeros para preparar
en la cabaña sabrosa comida.»
Esto se decían uno a otro, cuando se acercaron cerdos y porqueros. Los
encerraron para que se acostaran por grupos y se levantó un inenarrable
estruendo de cerdas acomodándose en las pocilgas.
Después, el divino porquero daba estas órdenes a sus compañeros:
«Traed el mejor cerdo para que se lo sacrifique al forastero de lejanas tierras,
que también nosotros tendremos parte, los que ya llevamos tiempo soportando
miserias por culpa de los cerdos de blancos dientes, pues otros se comen nuestro
esfuerzo sin pagarlo.»
Así diciendo, partió leña con su implacable bronce y ellos metieron un cerdo
bien gordo de cinco años, poniéndole junto al hogar. Y el porquero no se olvidó
de los inmortales, pues estaba dotado de noble corazón. Así que arrojó al fuego,
como primicias, unos pelos de la cabeza del cerdo de blancos dientes y oró a
todos los dioses para que volviera el prudence Odiseo a casa.
Luego levantó el cerdo y lo golpeó con una rama de encina que había dejado al
hacer leña. Y el alma abandonó a éste. Así que lo degollaron, chamuscaron y
trocearon, y el porquero envolvió los trozos en gorda grasa, miembro por
miembro, y arrojó algunos al fuego rebozándolos en harina de cebada; después los
partieron y atravesaron con pinchos, los asaron con cuidado y sacaron y pusieron
sobre la mesa de trinchar. Levantóse el porquero para distribuirlos pues su
corazón conocía la equidad y dividió todo en siete partes: una la ofreció, al
tiempo que oraba, a las Ninfas y a Hermes, el hijo de Maya, y las demás las
distribuyó a cada uno. Odiseo recibió contento con el alargado lomo del cerdo de
blancos dientes, pues éste fortaleció el ánimo del soberano, y dirigiéndose a
Eumeo dijo el prudence Odiseo:
«¡Ojalá, Eumeo, seas tan querido al padre Zeus como lo eres de mí, pues, siendo
como soy, me has distinguido con tus bienes.»
Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:
«Come, desdichado forastero, y alégrate con todo lo que tienes a tu alcance, que
dios te dará unas cosas y otras las dejará pasar, según le cumpla a su ánimo,
pues lo puede todo.»
Así diciendo, ofreció las primicias a los dioses que han nacido para siempre y,
luego de libar, puso rojo vino en manos de Odiseo, el destructor de ciudades,
que se hallaba sentado junto a su porción.
También les repartió pan Mesaulio, a quien había adquirido el porquero mismo,
una vez que se hubo ausentado su soberano y se quedó sólo, lejos de su dueña y
del anciano Laertes. Se lo había comprado a los tafios con su propio dinero.
Y ellos echaron mano de los alimentos que tenían delante y, cuando hubieron
arrojado de sí el deseo de comer y beber, les retiró Mesaulio el pan y se
dispusieron a ir al lecho, saciados de pan y carne.
Y llegó una noche desapacible, noche sin luna, que Zeus estuvo lloviendo toda
ella, pues soplaba un fuerte Céfiro que siempre trae lluvia. Entonces se dirigió
Odiseo a ellos para poner a prueba al porquero, por ver si se quitaba el manto y
se lo entregaba o incitaba a uno de sus compañeros, ya que tanto se preocupaba
de él:
«Escuchadme ahora, Eumeo y todos vosotros, compañeros; os voy a decir mi palabra
con una súplica, pues me ha impulsado el perturbador vino, el que hace cantar y
reír suavemente incluso al más prudente, el que induce a danzar y hace soltar
palabras que estarían mejor no dichas. Pero ya que he empezado a hablar, no voy
a ocultároslo. ¡Ojalá fuera yo joven y mi vigor no estuviera trabado como cuando
marchamos a poner una emboscada junto a Troya! Iban como jefes Odiseo y el
Atrida Menelao y junto a ellos mandaba yo como tercero, pues ellos me lo
ordenaron. Cuando ya habíamos llegado a la empinada muralla de la ciudad nos
apostamos entre espesos espinos, en un cañaveral bajo nuestras armas y se nos
vino una noche desapacible, glacial, pues caía el Bóreas. Así que se nos vino de
arriba una nieve helada, como escarcha, y el hielo se condensaba en nuestros
escudos. Todos tenían mantos y túnicas y dormían apaciblemente cubriendo sus
hombros con los escudos, pero yo había dejado al marchar mi manto a unos
compañeros por imprevisión, pues no creía que iría a tener frío en absoluto; así
que había partido sólo con mi escudo y una escarcela brillante. Cuando ya estaba
terciada la noche y los astros declinaban, me dirigí a Odiseo, que estaba a mi
lado, tocándolo con mi codo y él enseguida prestó oidos "Laertiada de linaje
divino, Odiseo rico en ardides, ya no me contaré más entre los vivos pues me
está doblegando el temporal, que no tengo manto. Un dios me ha engañado para que
viniera con una sola túnica y ahora ya no hay escape posible."
«Así dije y él enseguida echó mano a esta treta ¡cómo era el hombre para decidir
y combatir! y hablando en voz baja me dijo su palabra: "Calla, no te oiga alguno
de los aqueos." Así diciendo se apoyó sobre el codo y levantando la cabeza dijo
su palabra: "Escuchadme, los míos: acaba de venirme un sueño divino mientas
dormía. Nos hemos alejado demasiado de las naves, que vaya alguien a decir al
Atrida Agamenón, pastor de su pueblo, si ordena que vengan más hombres desde las
naves." Así dijo y enseguida se levantó Toante, hijo de Andremón, y dejando su
rojo manto echó a correr hacia las naves. Así que yo me acosté con alegría
envuelto en su manto y se mostró Eos de trono de oro. ¡Ojalá fuera yo joven y mi
vigor no estuviera trabado, pues quizá alguno de los porqueros me daría un manto
en esta cuadra tanto por amor como por respeto a un hombre valeroso!, que ahora
me desprecian por tener mala ropa sobre mi cuerpo.»
Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:
«Anciano es una irreprochable historia la que has contado y no creo que hayas
dicho palabra inútil, fuera de lugar. Por eso no vas a carecer de vestido ni de
cosa alguna de la que está bien que tengan los desdichados suplicantes que nos
salen al encuentro; pero cuando amanezca sacudirás tus andrajos, pues no hay
aquí muchos mantos ni túnicas de recambio para cubrirse, que cada hombre tiene
sólo uno. Mas cuando venga el querido hijo de Odiseo, él te dará un manto y una
túnica y te enviará a donde tu corazón lo empuje.»
Así diciendo, se levantó y le tendió un camastro cerca del fuego y le puso
encima pieles de ovejas y cabras.
Echóse allí Odiseo y sobre él arrojó Eumeo un manto grueso y grande que tenía de
repuesto para cuando se levantara terrible temporal.
Así que allí se acostó Odiseo, y los jóvenes a su lado. Pero al porquero no le
gustaba dormir lejos de la piara, por lo que se aprestó a salir y Odiseo se
alegró por lo mucho que se cuidaba de su hacienda, aunque él estaba lejos.
Primero se echó a los fuertes hombros la aguda espada y luego se vistió un
grueso manto que le protegiera del viento; tomó la piel de un cabrón bien gordo
y un agudo venablo que le protegiera de perros y hombres; y se puso en camino,
deseando dormir, hacia el lugar donde dormían los machos, bajo una cóncava roca,
al abrigo del Bóreas.
CANTO XV
TELÉMACO REGRESA A ITACA
Entre tanto había marchado Palas Atenea hacia la extensa Lacedemonia para
sugerir el regreso al ilustre hijo del magnánimo Odiseo y ordenarle que
regresara.
Y encontró a Telémaco y al brillante hijo de Néstor durmiendo en el pórtico del
glorioso Menelao, aunque en verdad sólo al hijo de Néstor dominaba el dulce
sueño, que a Telémaco no lo sujetaba el blando sueño y en la noche inmortal
agitaba en su interior la angustia por su padre. Se acercó Atenea, la de ojos
brillantes y le dijo:
«Telémaco, no está bien vagar más tiempo lejos de casa dejando allí tus bienes y
a hombres tan soberbios. ¡Cuidado, no vayan a repartirse y devorarlo todo
mientras tú haces un viaje baldío! Vamos, apremia a Menelao, de recia voz
guerrera, para que te despida, a fin de que encuentres a tu ilustre madre
todavía en casa, que ya su padre y hermanos andan empujándola a que se case con
Eurímaco, pues éste aventaja a todos los pretendientes en regalarla y en
aumentar su dote. Guárdate de que no se lleve de casa, contra tu voluntad, algún
bien. Pues ya sabes cómo es el alma de una mujer: está dispuesta a acrecentar la
casa de quien la despose olvidando y despreocupándose de sus primeros hijos y de
su esposo, una vez que ha muerto.
«Conque ponte en camino y deja todo en manos de la esclava que te parezca la
mejor, hasta que los dioses te den una esposa ilustre.
«Te voy a decir algo más, ponlo en tu interior: los más nobles de los
pretendientes te han puesto emboscada en el paso entre Itaca y la escarpada
Same, deliberadamente, pues desean matarte antes de que llegues a tu tierra
patria. Pero no creo que esto suceda antes de que la tierra abrace a alguno de
los pretendientes que se comen tu hacienda. Así que aleja de las islas tu bien
construida nave y navega por la noche, pues te enviará viento favorable aquel de
los inmortales que te custodia y protege. Tan pronto como hayas llegado a la
ribera de Itaca, envía la nave y a tus compañeros a la ciudad y tú marcha
primero junto al porquero, el que vigila los cerdos y te es fiel. Pasa allí la
noche y envíale a la ciudad para que anuncie a la prudente Penélope que estás a
salvo y has llegado de Pilos.»
Hablando asi marchó hacia el lejano Olimpo. Despertó Telémaco al hijo de Néstor
de su dulce sueño empujándole con el pie y le dijo su palabra:
«Despierta, Pisístrato, hijo de Néstor, unce al carro los caballos de una sola
pezuña a fin de apresurar nuestro viaje.»
Y le contestó Pisfstrato, el hijo de Néstor:
«Telémaco, no es posible conducir en la oscura noche, aunque estemos ansiosos de
ponernos en camino. Pronto despuntará la aurora. Esperemos a que el héroe Atrida
Menelao, ilustre por su lanza, nos traiga sus dones, los ponga en el carro y nos
despida con palabras amables; que un huésped se acuerda cada día del hombre que
te ha acogido si éste le ha ofrecido su amistad.»
Así habló y al punto apareció Eos de trono de oro.
Y se les acercó Menelao, de recia voz guerrera, levantándose del lecho de junto
a Helena de lindas trenzas.
Cuando lo vio el hijo de Odiseo vistió apresuradamente sobre su cuerpo la
brillante túnica, echó sobre sus resplandecientes hombros un gran manto y se
dirigió a la puerta. Y colocándose a su lado le dijo el querido hijo de Odiseo:
«Atrida Menelao, vástago de Zeus, pastor de tu pueblo, despídeme ya a mi querida
patria, pues mi ánimo desea regresar.»
Y le contestó Menelao, de recia voz guerrera:
«Telémaco, no te detendré más tiempo si deseas volver, que también a mí me
irrita quien recibe a ún huésped y te ama en exceso o en exceso te aborrece.
Todo es mejor si es moderado. La misma bajeza comete quien anima a su huésped a
que se vaya, cuando éste no quiere hacerlo, que quien se lo impide cuando lo
desea. Hay que agasajar al huésped cuando está en tu casa, pero también
despedirlo si lo desea. Mas espera a que traiga mis hermosos dones y los ponga
en el carro, dones hermosos lo verás con tus propios ojos , y a que diga a las
mujeres que preparen en palacio un almuerzo de cuanto aquí abunda. Que es honor
y gloria, al tiempo que provecho, el que os marchéis por la tierra inmensa
después de almorzar. Si deseas volver por la Hélade y el centro de Argos, para
que yo mismo te acompañe, unciré mis caballos y te conduciré por las ciudades de
los hombres. Nadie nos despedirá con las manos vacías, sino que nos darán algo
para llevarnos un trípode de buen bronce, un jarrón o dos mulos o una copa de
oro.»
Y Telémaco le contestó con sensatez:
«Atrida Menelao, vástago de Zeus, caudillo de tu pueblo, quiero volver ya a mis
cosas, pues no he dejado al venir ningún vigilante de mis posesiones; no quiero
que por buscar a mi padre vaya a perderme yo, o que me desaparezca del palacio
algún tesoro de valor.»
Luego que le oyó Menelao, de recia voz guerrera, ordenó a su esposa y esclavas
que preparasen en palacio un almuerzo de cuanto allí abundaba. Acercósele
después Eteoneo, hijo de Boeto, tras levantarse de la cama pues no habitaba
lejos , y le ordenó Menelao, de recia voz guerrera, que encendiera fuego y asara
carne. Y aquél no desobedeció.
Menelao ascendió a su perfumado dormitorio, pero no sólo, que junto a él
marchaban Helena y Megapentes. Cuando habían llegado adonde tenía sus tesoros el
Atrida Menelao, tomó una copa de doble asa y ordenó a su hijo Megapentes que
llevara una crátera de plata. Helena habíase detenido junto a sus areas donde
tenía peplos multicolores que ella misma había bordado. Tomó uno de éstos y se
lo llevó Helena, divina entre las mujeres, el más hermoso por sus adornos y el
más grande brillaba como una estrella y estaba encima de los demás.
Conque atravesaron el palacio hasta que llegaron junto a Telémaco. Y le dijo el
rubio Menelao:
«Telémaco, ¡ojalá Zeus, el tronador esposo de Hera, lo lleve a término el
regreso tal como tú tu pretendes! En cuanto a los dones..., te voy a entregar el
más hermoso y estimable de cuantos tesoros tengo en casa. Te voy a dar una
crátera trabajada, toda ella de plata, con los bordes fundidos con oro, obra de
Hefesto me la dió el héroe Fédimo, rey de los sidonios, cuando su palacio me
cobijó al regresar yo allí. Esto quiero regalarte a ti.»
Hablando así, puso en sus manos la copa de doble asa el héroe Atrida; luego el
vigoroso Megapentes le acercó una crátera de plata. También se le acercó Helena,
de lindas mejillas, con el peplo en sus manos, le dijo su palabra y le llamó por
su nombre:
«También yo, hijo mío, te entrego este regalo, recuerdo de las manos de Helena,
para que se lo lleves a tu esposa en el momento de la deseada boda, y que
permanezca junto a tu madre en palacio hasta entonces. Que llegues feliz a tu
bien edificada morada y a tu tierra patria.»
Así diciendo lo puso en sus manos y él lo recibió gozoso. Lo tomó después el
héroe Pisístrato y lo puso en la caja del carro, no sin admirarlo con toda su
alma.
Después el rubio Menelao los condujo hasta el salón y ambos se sentaron en
sillas y sillones. Y una esclava derramó sobre fuente de plata el aguamanos que
llevaba en hermosa jarra de oro para que se lavaran y a su lado extendió una
mesa pulimentada. Y la venerable ama de llaves puso comida sobre ella y añadió
abundantes piezas escogidas favoreciéndoles entre los que estaban presentes. El
hijo de Boeto repartía la carne y distribuía las porciones, y el hijo del
ilustre Menelao escanciaba el vino. Echaron ellos mano de los alimentos que
tenían delante y, cuando habían arrojado de sí el deseo de comer y beber,
Telémaco y el brillante hijo de Néstor uncieron los caballos, subieron al carro
de variados colores y lo condujeron fuera del portico y de la resonante galería.
Y el rubio Menelao salió tras ellos llevando en su mano derecha rojo vino en
copa de oro, para que marcharan después de hacer libación.
Se colocó delante de los caballos y dijo como despedida:
«¡Salud, muchachos!, y transmitid mis saludos a Néstor, pastor de su pueblo,
pues fue conmigo tierno como un padre mientras los hijos de los aqueos
combatíamos en Troya.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Vástago de Zeus, de verdad que al llegar comunicaremos a aquél todo, según nos
lo has dicho. ¡Ojalá al volver yo a Itaca encontrara a Odiseo en casa y pudiera
decirle que vengo de junto a ti y he ganado toda tu amistad!, pues llevo regalos
hermosos y buenos.»
Mientras así hablaba le voló un pájaro por la derecha, un halcón que llevaba
entre sus garras a un enorme ganso blanco, doméstico, de algún corral pues le
seguían gritando hombres y mujeres ; y el halcón se acercó a aquéllos y se lanzó
por la derecha, frente a los caballos. A1 verlo se llenaron de contento y
alegróseles a todos el ánimo.
Y entre ellos comenzó a hablar Pisfstrato, el hijo de Néstor:
«Piensa, Menelao, vástago de Zeus, caudillo de tu pueblo, si es para nosotros o
para ti para quien ha mostrado el dios este presagio.»
Así dijo, y Menelao, amado de Ares, se puso a cavilar para poder contestarle
oportunamente después de pensarlo.
Pero Helena, de largo peplo, tomándole delantera dijo su palabra:
«Escuchadme, voy a hacer una predicción tal como los inmortales me lo están
poniendo en el pecho y como creo que se va a cumplir. Del mismo modo que este
halcón ha venido del monte y arrebatado al ganso mientras se alimentaba en la
casa donde está su progenie y sus padres, así Odiseo, después de mucho sufrir y
mucho vagar, llegará a casa y los hará pagar, o quizá ya está en casa sembrando
la muerte para todos los pretendientes.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«¡Ojalá lo disponga así Zeus, el tronante esposo de Hera! En este cáso te
invocaría también allí como a una diosa.»
Así dijo y sacudió con el látigo a los caballos. Y éstos se lanzaron velozmente
hacia la llanura precipitándose por la ciudad.
Y arrastraron el yugo por ambos lados durance todo el día. Se puso el sol y
todos los caminos se llenaron de sombra cuando llegaron a Feras, a casa de
Diocles, hijo de Ortíloco, a quien Alfeo engendró. Allí pasaron la noche y éste
les entregó dones de hospitalidad.
Cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, uncieron
sus caballos y ascendieron al carro de variados colores y lo condujeron fuera
del pórtico y de la resonante galería. Restalló el látigo para que partieran y
los caballos se lanzaron muy a gusto. Por fin llegaron a la elevada ciudad de
Pilos y Telémaco se dirigió al hijo de Néstor:
«Hijo de Néstor, ¿podrías cumplir mi palabra si me haces una promesa?, ya que
nos preciamos de tener viejos lazos de hospitalidad por el amor de nuestros
padres, además de ser de la misma edad, y este viaje nos habrá de unir más. No
me lleves más allá de la nave, déjame aquí mismo, no sea que el anciano me
retenga contra mi voluntad en su palacio por mor de agasajarme. Y tengo que
llegar pronto.»
Así habló y el hijo de Néstor deliberó en su interior cómo cumpliría su palabra,
como le correspondía. Mientras así pensaba, parecióle mejor volver sus caballos
hacia la rápida nave y la ribera del mar. Así que puso en la popa los
hermosísimos dones, vestidos y oro, que Menelao le había dado y apremiándole
decía aladas palabras:
«Embarca enseguida y ordénaselo a tus compañeros antes que llegue yo a casa y se
lo anuncie al anciano; tal como tiene de irritable el ánimo no lo dejará ir,
antes bien vendrá él en persona a buscarte y te aseguro que no volvería de
baldío, y se irritaría sobremanera.»
Así hablando torció sus caballos de hermosas crines hacia la ciudad de los
Pilios y arribó enseguida a casa.
Entretanto, Telémaco apremiaba a sus compañeros con estas órdenes:
«Poned en orden los aparejos, compañeros, en la negra nave, y embarquemos para
acelerar el viaje.»
Así habló y ellos lo escucharon y obedecieron. Conque embarcaron y se sentaron
sobre los bancos.
Ocupábase él en esto, así como en orar y hacer sacrificio a Atenea junto a la
proa, cuando se le acercó un forastero, uno que había huido de Argos por haber
dado muerte a alguien, un adivino. Por linaje era descendiente de Melampo, quien
en otro tiempo vivió en Pilos, criadora de ganados, habitando con extrema
prosperidad un palacio entre los pilios. Luego marchó a otras tierras huyendo de
su patria y del magnánimo Neleo, el más noble de los vivientes, quien le retuvo
por la fuerza muchos bienes durante un año completo. Todo este tiempo estuvo en
el palacio de Fílaco encadenado con dolorosas ligaduras, padeciendo grandes
sufrimientos por causa de la hija de Neleo y la pesada ceguera que puso en su
mente Erinis, la diosa horrenda.
Pero consiguió escapar de la muerte y terminó llevándose a Pilos, desde Filace,
sus mugidores bueyes. Así que castigó al divino Neleo por su acción indigna y
llevó a casa mujer para su hermano. Y marchó luego a otras tierras, a Argos,
criadora de caballos, pues su destino era que habitara allí reinando sobre
numerosos argivos. Allí tomó mujer y construyó un palacio de elevado techo. Y
engendró a Antifates y Mantio, robustos hijos. Antifates engendró al magnánimo
Oicleo, y Oicleo a su vez a Anfiarao, salvador de su pueblo, a quien amó de
corazón Zeus, portador de égida y Apolo dispensó numerosas pruebas de amistad.
Pero no llegó al umbral de la vejez, sino que pereció en Tebas por la traición
de una mujer. Y sus hijos fueron Alcmeón y Anfíloco. Mantio, por su parte,
engendró a Polífides y a Clito. Pero, ¡ay!, que a Clito se lo llevó Eos, de
hermoso trono, por ser tan bello, así que Apolo hizo adivino al magnánimo
Polífides, el mejor de los hombres, una vez que hubo muerto Anfiarao. Pero,
irritado con su padre, emigró a Hiperesia y, poniendo allí su morada,
profetizaba para todos los hombres.
De éste era hijo el que se acercó entonces a Telémaco y su nombre era
Teoclímeno. Lo encontró haciendo libación y súplicas sobre la rápida, negra
nave, y le dirigió aladas palabras:
«Amigo, ya que te encuentro sacrificando en este lugar, te ruego por las
ofrendas y el dios, e incluso por tu propia cabeza y la de los compañeros que te
siguen, me digas la verdad y nada ocultes a mis preguntas: ¿de dónde eres?
¿Dónde se encuentran tu ciudad y tus padres?»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«En verdad, forastero, te voy a hablar sinceramente. De origen soy itacense y mi
padre es Odiseo si es que alguna vez ha existido; ahora, desde luego, ha
perecido con triste muerte. Por esto he tomado compañeros y una negra nave para
preguntar por mi padre, largo tiempo ausente.»
Y Teoclímeno, semejante a los dioses, le dijo a su vez:
«Así estoy también yo, huido de mi patria por matar a un hombre de mi propia
tribu. Muchos son mis hermanos y parientes en Argos, criadora de caballos, y
mucho es su poder sobre los aqueos. Por evitar la muerte y la negra Ker ando
huyendo de éstos, que mi destino es vagar entre los hombres. Conque admíteme en
tu nave, ya que he llegado a ti como suplicante; cuidado no me maten, pues creo
que me andan persiguiendo.»
Y Telémaco a su vez le contestó discretamente:
«No, no te rechazaré de mi equilibrada nave si tanto lo deseas. Conque sígueme,
te agasajaremos con lo que tengamos.»
Así hablando, tomó de sus manos la lanza de bronce y la tendió sobre la cubierta
de la curvada nave, y también él ascendió a la nave surcadora del ponto. Luego
que se hubo sentado en la proa, puso a Teoclímeno a su lado y soltaron amarras.
Telémaco ordenó a sus compañeros que se aplicaran a los aparejos y éstos le
obedecieron con prontitud. Así que levantaron el mástil de abeto y lo encajaron
en el hueco travesaño, lo amarraron con cables y extendieron las blancas velas
con correas bien trenzadas de piel de buey. Y la de ojos brillantes, Atenea, les
envió un viento favorable, que se abalanzó impetuoso por el éter, para que la
nave recorriera rápidamente en su carrera la salada agua del mar.
Pasaron bordeando Crunos y el río Calcis, de hermosa corriente. Se puso el sol y
todos los caminos se llenaron de sombra, y la nave dio proa a Feas impulsada por
el viento favorable de Zeus y pasó junto a la divina Elide, donde dominan los
epeos. Desde allí enfiló Telémaco hacia las Islas Puntiagudas cavilando si
conseguiría escapar o sería sorprendido.
Entre tanto, Odiseo y el divino porquero se daban a comer en la cabaña y junto a
ellos comían otros hombres. Cuando habían echado de sí el deseo de comer y
beber, se dirigió a ellos Odiseo tratando de probar si el porquero aún le
seguiría agasajando gentilmente y le ordenaba quedarse en la majada o si le
despachaba a la ciudad:
«Escúchame, Eumeo, y también vosotros, todos sus compañeros. Al amanecer deseo
ponerme en camino hasta la ciudad para mendigar. No quiero ser ya un peso para
ti y los compañeros. Pero dame indicaciones y un buen compañero que me guíe, que
me lleve hasta allí. En la ciudad vagaré por mi cuenta, por si alguien me larga
un vaso de vino y un mendrugo. También me presentaré en el palacio del divino
Odiseo para dar noticias a la prudente Penélope y quizás me acerque a los
soberbios pretendientes por si me dan de comer, que tienen alimentos en
abundancia. Con diligencia haría yo cuanto quisieran, porque te voy a decir una
cosa y tú ponla en tu mente y escúchame : por la gracia de Hermes, el mensajero,
el que da gracia y honor a las obras de los hombres, ningún hombre podría
competir conmigo en habilidad para remejer el fuego y quemar leña seca, para
trinchar, asar y escanciar; en fin, para cuanto los plebeyos sirven a los
nobles.»
Y tú, porquero Eumeo, le dijiste irritado:
«Ay, forastero, ¿por qué te ha venido a la mente ese proyecto? Lo que tú deseas
en verdad es morir allí si pretendes mezclarte con el grupo de los
pretendientes, cuya soberbia y violencia han llegado al férreo cielo. No son
como tú los que sirven a aquéllos; son jóvenes bien vestidos de manto y túnica,
siempre brillantes de cabeza y rostro quienes les sirven. Y las bien
pulimentadas mesas están repletas de pan y carne y de vino. Conque quédate aquí.
Nadie te va a molestar mientras estés conmigo, ni yo ni los compañeros que
tengo. Y cuando llegue el querido hijo de Odiseo te vestirá de manto y túnica y
te despedirá a donde tu corazón te empuje.»
Y le contestó a continuación el sufridor, el divino Odiseo:
«¡Ojalá, Eumeo, llegues a ser tan amado del padre Zeus como tu eres de mí por
librarme del vagabundeo y de la miseria! Que no hay nada peor para el hombre que
ser vagabundo; por culpa del maldito estómago sufren pesares los hombres a
quienes les llega el vagar, la desgracia y el dolor. Pero ya que me retienes y
aconsejas que aguarde a aquél, háblame de la madre del divino Odiseo y de su
padre, a quien aquél abandonó cuando se acercaba al umbral de la vejez; dime si
viven aún bajo los rayos del sol o ya han muerto y están en la morada de Hades.»
Y le contestó el porquero, caudillo de hombres:
«En verdad, huésped, te voy a hablar con toda sinceridad. Laertes vive todavía,
aunque todos los días le pide a Zeus morir en su palacio, pues se lamenta
terriblemente por su ausente hijo y por su prudente esposa que le dejó afligido
al morir y le puso en la más cruel vejez. Ella murió de dolor por su ilustre
hijo, de muerte cruel ¡que nadie muera así de quienes viviendo aquí conmigo me
son amigos y obran como amigos! Mientras ella vivió, aunque entre dolores, me
agradaba hablarle y preguntarle, ya que ella me había criado junto con Ctimena
de luengo peplo, ilustre hija suya, a quien parió la última de sus hijos. Junto
con ésta me crié y poco menos que a ésta me quería su madre. Pero cuando
llegamos ambos a la amable juventud, entregaron a Ctimena como esposa a alguien
de Same, recibiendo una buena dote, y a mí me vistió de hermosos túnica y manto
y, dándome calzado para mis pies, me envió al campo. Y me amaba de corazón.
Ahora echo en falta todo aquello, pero con todo, los dioses felices están
haciendo prosperar la labor de la que me ocupo. De aquí como y bebo a incluso
doy a los necesitados, pero no me es dado oír las palabras ni las obras de mi
dueña desde que ha caído sobre el palacio esa peste de hombres soberbios. Y eso
que los siervos necesitamos mucho hablar con la dueña y conocer todas las
órdenes y comer y beber e, incluso, llevarnos algo al campo; cosas, en fin, que
alegran siempre el corazón de los siervos.»
Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:
«¡Ay, ay!, así que ya de pequeño, porquero Eumeo, anduviste errante lejos de tu
patria y de tus padres. Vamos, dime –y cuéntame con verdad si fue devastada la
ciudad de amplias calles en que habitaban tu padre y tu venerable madre, o si te
capturaron hombres enemigos cuando te hallabas solo junto a tus ovejas o bueyes
y te trajeron en sus naves a venderte en casa de este hombre, quien seguro que
entregó un precio digno de ti.»
Y a su vez le contestó el porquero, caudillo de hombres:
«Forastero, ya que me preguntas esto e inquieres, escucha en silencio, goza y
recuéstate a beber vino. Interminables son estas noches: hay para dormir y para
escuchar complacido. No tienes por qué acostarte antes de tiempo, que el mucho
dormir es dañino. De los demás, si a alguien le impulsa el corazón, que salga a
acostarse y al despuntar la aurora desayúnese y conduzca los cerdos del dueño.
Pero nosotros gocemos con nuestras tristes penas, recordándolas mientras bebemos
y comemos en mi cabaña, que también un hombre goza con sus penas cuando ya tiene
mucho sufrido y mucho trajinado. Así que te voy a contar lo que me preguntas.
«Hay una isla llamada Siría no sé si la conoces de oídas por cima de Ortigia,
donde el sol da la vuelta; no es excesivamente populosa, pero es buena, cría
buenos pastos y buenos animales, abunda en vino y en trigo. La pobreza jamás se
acerca al pueblo y las odiosas enfermedades tampoco rondan a los mortales. Sólo
cuando envejecen sus habitantes en la ciudad se acerca Apolo, el del arco de
plata, junto con Artemis, y los matan acechándolos con sus suaves dardos. Allí
hay dos ciudades y todo está repartido entre ellas. Sobre las dos reinaba mi
padre, Ktesio Ormenida, semejante a los inmortales.
«Conque un día llegaron allí unos fenicios, célebres por sus naves, unos lañas,
llevando en su negra nave muchas maravillas. Mi padre tenía en palacio una mujer
fenicia, hermosa y grande, conocedora de labores brillantes. Entonces los muy
taimados fenicios la sedujeron. Cuando estaba lavando, un fenicio se unió con
ella en amor y lecho junto a la cóncava nave, cosa que trastorna la mente de las
hembras, incluso de la que es laboriosa. Luego le preguntó quién era y de dónde
procedía, y ella le habló enseguida del palacio de elevado techo de su padre:
"Me precio de ser de Sidón, abundante en bronce, y soy hija del poderoso y rico
Arybante, pero me raptaron unos piratas de Tafos cuando volvía del campo y me
trajeron a casa de este hombre para venderme, y él pagó un precio digno de mí."
«Y le contestó el hombre que se había unido a hurtadillas con ella: "Bien
podrías volver con nosotros a casa para que puedas ver el palacio de elevado
techo de tu padre y madre y a ellos mismos, que todavía viven y se los llama
ricos." Y la mujer se dirigió a él y le contestó con su palabra: "Bien podría
ser así, marineros, pero sólo si me queréis asegurar con juramento que me
llevaréis intacta a casa." Así dijo y todos juraron como ella les pidió.
«Conque cuando habían concluido su juramento, de nuevo les dijo y contestó con
su palabra: "Chitón ahora, que ninguno de vuestros compañeros me dirija la
palabra si me encuentra en la calle o junto a la fuente, no sea que alguien vaya
a casa y se lo cuente al viejo y éste lo barrunte y me sujete con dolorosas
ligaduras y a vosotros os prepare la muerte. Así que retened mis palabras en
vuestra mente y apresurad la compra de lo necesario para el viaje. Y cuando la
nave se encuentre llena de alimentos, que alguien venga al palacio con rapidez
para comunicármelo. Os traeré oro, cuanto halle a mano, y estoy dispuesta a
daros otras cosas como pasaje: en efecto, yo cuido en palacio del hijo de este
hombre, un crío ya muy despierto, pues corretea conmigo hasta la puerta. Podría
llevármelo a la nave y os produciría un buen precio si vais a venderlo a
cualquier parte en el extranjero." Así diciendo, marchó al hermoso palacio.
«Los fenicios permanecieron todo el año con nosotros y llenaron su negra nave
con bienes mercados. Y cuando su cóncava nave ya estaba cargada para volver,
enviaron un mensajero a la mujer para que les diera el recado. Llegó al palacio
de mi padre un hombre muy astuto con un collar de oro engastado con electro. Las
esclavas del palacio y mi venerable madre lo palpaban con sus manos y lo
contemplaban con sus ojos, prometiendo un buen precio. Y él hizo una seña a la
mujer sin decir palabra y luego marchó a la cóncava nave. Ella me tomó de la
mano y me sacó fuera. Encontró en el pórtico copas y mesas de unos convidados
que frecuentaban la casa de mi padre. Habíanse marchado éstos a la asamblea y al
lugar de reunión del pueblo, así que escondió tres copas en su regazo y se las
llevó y yo en mi inocencia la seguía. Se puso el sol y todos los caminos se
llenaron de sombra, cuando, marchando a buen paso, llegamos al ilustre puerto
donde estaba la veloz nave de los fenicios.
«Embarcaron haciéndonos subir a los dos y navegaban los húmedos caminos. Y Zeus
envió viento favorable.
«Durante seis días navegamos sin parar, día y noche, y cuando el Cronida Zeus
nos trajo el séptimo día, Artemis Flechadora alcanzó a la mujer y ésta se
desplomó con ruido sobre la sentina como una gaviota del mar. Así que la
arrojaron por la borda para que fuera pasto de focas y peces y yo quedé solo
acongojado en mi corazón.
«El viento que los llevaba y el agua los impulsaron a Itaca, donde Laertes me
compró con su dinero. Así es como llegué a ver con mis ojos esta tierra.»
Y Odiseo, de linaje divino, le contestó con su palabra:
«Eumeo, mucho en verdad has conmovido mi corazón dentro del pecho al contar
detalladamente cuánto has sufrido, pero también Zeus te ha puesto un bien al
lado de un mal, ya que llegaste sufriendo mucho al palacio de un hombre bueno
que te proporciona gentilmente comida y bebida, y llevas una existencia
agradable.
«En cambio, yo he llegado aquí después de recorrer sin rumbo muchas ciudades de
mortales.»
Esto es lo que se contaban mutuamente y se echaron a dormir, pero no mucho
tiempo, un poquito sólo, porque enseguida se presentó Eos, de trono de oro.
En esto los compañeros de Telémaco, ya en tierra, desataron las velas, quitaron
el mástil rápidamente y se dirigieron luego remando hacia el fondeadero.
Arrojaron el ancla y amarraron el cable; luego desembarcaron sobre la ribera del
mar, se prepararon el almuerzo y mezclaron rojo vino. Y cuando habían echado de
sí el deseo de comer y beber, comenzó Telémaco a hablarles con discreción:
«Llevad vosotros la negra nave a la ciudad, que yo voy a inspeccionar los campos
y los pastores. Por la tarde bajaré a la ciudad después de ver mis labores. Y al
amanecer os voy a ofrecer un buen banquete de carnes y agradable vino como
recompensa por el viaje.»
Y Teoclímeno, semejante a los dioses, se dirigió a él:
«¿Adónde iré yo, hijo mío? ¿A qué palacio voy a ir de los que dominan en la
pedregosa Itaca? ¿Acaso marcharé directamente a tu palacio y al de tu madre?»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«En otras circunstancias te pediría que fueras a nuestro palacio y no echarías
en falta dones de hospitalidad , pero será peor para ti, pues yo voy a estar
ausente y mi madre no podrá verte, que no se deja ver a menudo en la casa ante
los pretendientes, sino que trabaja su telar lejos de éstos en el piso de
arriba. Así que te diré de un hombre a cuya casa podrías ir: Eurímaco, hijo
brillante del prudente Pólibo, a quien los itacenses miran como a un dios, pues
es con mucho el más excelente y quien más ambiciona casar con mi madre y
conseguir la dignidad de Odiseo. Pero sólo Zeus Olímpico, el que habita en el
éter, sabe si les va a proporcionar antes de las nupcias el día de la
destrucción.»
Cuando así hablaba le sobrevoló un pájaro por la derecha, un halcón, veloz
mensajero de Apolo. Desplumaba entre sus patas una paloma y las plumas cayeron a
tierra entre la nave y el mismo Telémaco.
Conque Teoclímeno, llamándolo aparte, lejos de sus compañeros, le tomó de la
mano, le dijo su palabra y le llamó por su nombre:
«Telémaco, este pájaro te ha volado por la derecha no sin la voluntad del dios,
pues al verlo de frente me he percatado que era un ave agüeral. Así que no
existe otra estirpe más regia que la vuestra en el pueblo de Itaca. Siempre
seréis dominadores.»
Y Telémaco le contestó a su vez discretamente:
«Forastero, ¡ojalá se cumpliera esa palabra! Pronto sabrías de mi afecto y mis
muchos dones, de forma que cualquiera que te encontrara te llamaría dichoso.»
Dijo, y se dirigió a Pireo, fiel compañero:
«Pireo Clitida, tú eres quien más me has obedecido de estos compañeros en lo
demás; lleva también ahora al forastero a tu casa y agasájale gentilmente y
respétalo hasta que yo llegue.»
Y Pireo, famoso por su lanza, le contestó:
« Telémaco, aunque te quedes aquí mucho tiempo yo me llevaré a éste y no echará
en falta dones de hospitalidad.»
Así diciendo, subió a la nave y apremió a los compañeros para que embarcaran
también ellos y soltaran amarras. Conque subieron y se sentaron sobre los
bancos. Telémaco ató bajo sus pies hermosas sandalias y tomó su ilustre lanza,
aguzada con agudo bronce, de la cubierta del navío. Los compañeros soltaron
amarras y echando la nave al mar enfilaron hacia la ciudad como se lo había
ordenado Telémaco, el querido hijo del divino Odiseo.
Y sus pies lo llevaban veloz, dando grandes zancadas, hasta que llegó a la
majada donde tenía las innumerables cerdas, con las que pasaba la noche el
porquero, que era noble, que conocía la bondad hacia sus dueños.
CANTO XVI
TELÉMACO RECONOCE A ODISEO
En esto Odiseo y el divino porquero se preparaban el desayuno al despuntar la
aurora dentro de la cabaña, encendiendo fuego habían despedido a los pastores
junto con las manadas de cerdos. Cuando se acercaba Telémaco, no ladraron los
perros de incesantes ladridos, sino que meneaban la cola.
Percatóse el divino Odiseo de que los perros meneaban la cola, le vino un ruido
de pasos y enseguida dijo a Eumeo aladas palabras:
«Eumeo, sin duda se acerca un compañero o conocido, pues los perros no ladran,
sino que menean la cola. Y oigo ruido de pasos.»
No había acabado de decir toda su palabra, cuando su querido hijo puso pie en el
umbral. Levantóse sorprendido el porquero y de sus manos cayeron los cuencos con
los que se ocupaba de mezclar rojo vino. Salió al encuentro de su señor y besó
su rostro, sus dos hermosos ojos y sus manos; y le cayó un llanto abundante.
Como un padre acoge con amor a su hijo que vuelve de lejanas tierras después de
diez años, a su único hijo amado por quien sufriera indecibles pesares, así el
divino porquero besó a Telémaco, semejante a los inmortales, abrazando todo su
cuerpo como si hubiera escapado de la muerte. Y, entre lamentos, decía aladas
palabras:
«Has venido, Telémaco, como dulce luz. Creía que ya no volvería a verte más
cuando marchaste a Pilos con tu nave. Vamos, entra, hijo mío, para que goce mi
corazón contemplándote recién llegado de otras tierras. Que no vienes a menudo
al campo ni junto a los pastores, sino que te quedas en la ciudad, pues es grato
a tu ánimo contemplar el odioso grupo de los pretendientes.»
Y Telémaco le contestó a su vez discretamente:
«Así se hará, abuelo, que yo he venido aquí por ti, para verte con mis ojos y
oír de tus labios si mi madre está todavía en palacio o ya la ha desposado algún
hombre; que la cama de Odiseo está llena de telarañas por falta de quien se
acueste en ella.»
Y se dirigió a él el porquero, caudillo de hombres:
«¡Claro que permanece ella en tu palacio con ánimo paciente! Las noches se le
consumen entre dolores y los días entre lágrimas.»
Así diciendo, tomó de sus manos la lanza de bronce. Entonces Telémaco se puso en
camino y traspasó el umbral de piedra, y cuando entraba, su padre le cedió el
asiento. Pero Telémaco le contuvo y dijo:
«Sientate, forastero, que ya encontraremos asiento en otra parte de nuestra
majada. Aquí está el hombre que nos lo proporcionará.»
Así diciendo, volvió a sentarse. El porquero le extendió ramas verdes y por
encima unas pieles, donde fue a sentarse el querido hijo de Odiseo. También les
acercó el porquero fuentes de carne asada que habían dejado de la comida del día
anterior, amontonó rápidamente pan en canastas y mezcló en un jarro vino
agradable. Y luego fue a sentarse frente al divino Odiseo.
Conque echaron mano de los alimentos que tenían delante y cuando habían arrojado
de sí el deseo de comer y beber, Telémaco se dirigió al divino porquero:
«Abuelo, ¿de dónde ha llegado este forastero? ¿Cómo le han traído hasta Itaca
los marineros? ¿Quiénes se preciaban de ser? Porque no creo que haya llegado a
pie hasta aquí.»
Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:
«En verdad, hijo, te voy a contar toda la verdad. De origen se precia de ser de
la vasta Creta y asegura que ha recorrido errante muchas ciudades de mortales.
Que así se lo ha hilado el destino. Ahora ha llegado a mi majada huyendo de la
nave de unos tesprotos y yo te lo encomiendo a ti; obra como gustes, se precia
de ser tu suplicante.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Eumeo, en verdad has dicho una palabra dolorosa. ¿Cómo voy a recibir en mi casa
a este huésped? En cuanto a mí, soy joven y no confío en mis brazos para
rechazar a un hombre si alguien lo maltrata. Y en cuanto a mi madre, su ánimo
anda cavilando en su interior si permanecerá junto a mí y cuidará de su casa por
vergüenza del lecho de su esposo y de las habladurías del pueblo, o si se
marchará ya en pos del más excelente de los aqueos que la pretenda y le ofrezca
más riquezas.
«Pero ya que ha llegado a tu casa, vestiré al forastero con manto y túnica,
hermosos vestidos, y le daré afilada espada y sandalias para sus pies y le
enviaré a donde su ánimo y su corazón lo empujen. Pero si quieres, retenlo en la
majada y cuídate de él, que yo enviaré ropas y toda clase de comida para que no
sea gravoso ni a ti ni a tus compañeros. Sin embargo, yo no la dejaría ir adonde
están los pretendientes pues tienen una insolencia en exceso insensata , no sea
que le ultrajen y a mí me cause una pena terrible; es difícil que un hombre,
aunque fuerte, tenga éxito cuando está entre muchos, pues éstos son, en verdad,
más poderosos.»
Y le dijo el sufridor, el divino Odiseo:
«Amigo puesto que me es permitido contestarte , mucho se me ha desgarrado el
corazón al escuchar de vuestros labios cuántas obras insolentes realizan los
pretendientes en el palacio contra tu voluntad, siendo como eres. Dime si te
dejas dominar de buen grado o es que te odia la gente del pueblo, siguiendo una
inspiración de la divinidad, o si tienes algo que reprochar a tus hermanos, en
los que un hombre suele confiar cuando surge una disputa por grande que sea.
¡Ojalá fuera yo así de joven con los impulsos que siento o fuera hijo del
irreprochable Odiseo u Odiseo en persona que vuelve después de andar errante!
pues aún hay una parte de esperanza . ¡Que me corte la cabeza un extranjero si
no me convertía en azote de todos ellos, presentándome en el megaron de Odiseo
Laertíada! Pero si me dominaran por su número, solo como estoy, preferiría morir
en mi palacio asesinado antes que ver continuamente estas acciones vergonzosas:
maltratar a forasteros y arrastrar por el palacio a las esclavas, sacar vino
continuamente y comer el pan sin motivo, en vano, para un acto que no va a tener
cumplimiento».
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Forastero, te voy a hablar sinceramente. No me es hostil todo el pueblo porque
me odie, ni tengo nada que reprochar a mis hermanos, en los que un hombre suele
confiar cuando surge una disputa, por grande que sea. Que el Cronida siempre dio
hijos únicos a nuestra familia: Arcisío engendró a Laertes, hijo único, y a
Odiseo lo engendró único su padre; a su vez Odiseo, después de engendrarme sólo
a mí, me dejó en el palacio sin poder disfrutarme.
«Ello es que cuantos nobles dominan en las islas, Duliquio, Same y la Boscosa
Zante, y cuantos mandan en la escarpada Itaca pretenden a mi madre y arruinan mi
hacienda. Ella no se niega a este odioso matrimonio ni es capaz de poner un
término, así que los pretendientes consumen mi casa y creo que pronto acabarán
incluso conmigo mismo. Pero en verdad esto está en las rodillas de los dioses.
«Abuelo, tú marcha rápido y di a la prudente Penélope que estoy a salvo y he
llegado de Pilos. Entre tanto, yo permaneceré aquí y tú vuelve después de darle
a ella sola la noticia; que no se entere ninguno de los demás aqueos, pues son
muchos los que maquinan la muerte contra mí.»
Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:
«Lo sé, me doy cuenta, se lo ordenas a quien lo comprende. Pero, vamos, vamos,
dime y contéstame con verdad si hago el mismo camino para anunciárselo al
desdichado Laertes, quien mientras tanto ha estado vigilando entre lamentos la
labor de Odiseo y comía y bebía con los esclavos cuando su ánimo le empujaba a
ello. En cambio, ahora desde que tú marchaste a Pilos con la nave, dicen que ya
ni come ni bebe ni vigila la labor, sino que permanece sentado entre llantos y
se le seca la piel pegada a los huesos.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Es triste, pero lo dejaremos aunque nos duela, que si todo dependiera de los
mortales, primero elegiríamos el día del regreso del padre. Conque marcha con la
noticia y no andes por los campos en busca de Laertes. Ahora bien, dirás a mi
madre que envíe a escondidas a la despensera y pronto, pues ésta se lo puede
comunicar al anciano.»
Así dijo y apremió al porquero. Tomó éste las sandalias y atándolas a sus pies
se dirigió hacia la ciudad. No se le ocultó a Atenea que el porquero Eumeo había
salido de la majada y se acercó allí asemejándose a una mujer hermosa y grande,
conocedora de labores brillantes.
Se detuvo a la puerta de la cabaña y se le apareció a Odiseo.
Telémaco no la vio ni se percató pues los dioses no se hacen visibles a todos
los mortales , pero la vieron Odiseo y los perros, aunque no ladraron, sino que
huyeron espantados entre gruñidos a otra parte de la majada.
Atenea hizo señas con sus cejas, diose cuenta el divino Odiseo y salió de la
habitación junto a la larga pared del patio. Se puso cerca de ella y Atenea le
dijo:
«Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides; manifiesta ya tu
palabra a tu hijo y no se la ocultes más, a fin de que preparéis la muerte y Ker
para los pretendientes y marchéis a la ínclita ciudad. Tampoco yo estaré mucho
tiempo lejos de ellos, pues estoy ansiosa de luchar.»
Así dijo Atenea y lo tocó con su varita de oro. Primero puso en su cuerpo un
manto bien limpio y una túnica, y aumentó su estatura y juventud. Luego volvió a
tornarse moreno, sus mandíbulas se extendieron y de su mentón nació negra barba.
Cuando hubo realizado esto, marchó Atenea y Odiseo se encaminó a la cabaña. Su
hijo se asombró al verlo y volvió la vista a otro lado no fuera un dios, y
hablándole dijo aladas palabras:
«Forastero, ahora me pareces distinto de antes; tienes otros vestidos y tu piel
no es la misma. En verdad eres un dios de los que poseen el vasto Olimpo. Sé
benevolente para que te entregue en agradecimiento objetos sagrados y dones de
oro bien trabajado. Cuídate de nosotros.»
Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:
«No soy un dios ¿por qué me comparas con los inmortales? sino tu padre por quien
sufres dolores sin cuento soportando entre lamentos las acciones violentas de
esos hombres.»
Así hablando besó a su hijo y dejó que el llanto cayera a tierra de sus
mejillas, pues antes lo estaba conteniendo, siempre inconmovible.
Y Telémaco aún no podía creer que era su padre , le dijo de nuevo contestándole:
«Tú no eres Odiseo, mi padre, sino un demón que me hechiza para que me lamente
con más dolores todavía, pues un hombre no sería capaz con su propia mente de
maquinar esto si un dios en persona no viene y le hate a su gusto y fácilmente
joven o viejo. Que tú hace poco eras viejo y vestías ropas desastrosas, en
cambio ahora pareces un dios de los que poseen el vasto cielo.»
Y contestándole dijo Odiseo rico en ardides:
« Telémaco, no está bien que no te admires muy mucho ni te alegres de que tu
padre esté en casa. Ningún otro Odiseo te vendrá ya aquí, sino éste que soy yo,
tal cual soy, sufridor de males, muy asendereado, y he llegado a los veinte años
a mi patria. En verdad esto es obra de Atenea la Rapaz que me convierte en el
hombre que ella quiere pues puede : unas veces semejante a un mendigo y otras a
un hombre joven vestido de hermosas ropas, que es fácil para los dioses que
poseen el vasto cielo exaltar a un mortal o arruinarlo.»
Así hablando se sentó, y Telémaco, abrazado a su padre, sollozaba derramando
lágrimas. A los dos les entró el deseo de llorar y lloraban agudamente, con más
intensidad que los pájaros pigargos o águilas de curvadas garras , a quienes los
campesinos han arrebatado las crías antes de que puedan volar. Así derramaban
ellos bajo sus párpados un llanto que daba lástima. Y se hubiera puesto el sol
mientras sollozaban, si Telémaco no se hubiera dirigido enseguida a su padre:
«Padre mío, ¿en qué nave te han traído a Itaca los marineros?, ¿quiénes se
preciaban de ser?, pues no creo que hayas llegado aquí a pie.»
Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:
«Desde luego, hijo, te voy a decir la verdad. Me han traído los feacios,
célebres por sus naves, quienes escoltan también a otros hombres que llegan
hasta ellos. Me han traído dormido sobre el ponto en rápida nave y me han
depositado en Itaca, no sin entregarme brillantes regalos bronce, oro en
abundancia y ropa tejida . Todo está en una gruta por la voluntad de los dioses.
Así que por fin he llegado aquí por consejo de Atenea, para que decidamos sobre
la muerte de mis enemigos. Conque, vamos, enumérame a los pretendientes para que
yo vea cuántos y quiénes son, que después de reflexionar en mi irreprochable
ánimo te diré si podemos enfrentarnos a ellos nosotros dos sin ayuda, o buscamos
a otros.»
Y Telérnaco le contestó discretamente:
«Padre, siempre he oído la fama que tienes de ser buen luchador con las manos y
prudente en tus resoluciones, pero has dicho algo extesivamente grande ¡me
atenaza la admiración! , pues no sería posible que dos hombres lucharan contra
muchos y aguerridos.
»Respecto a los pretendientes no son una decena ni sólo dos, sino muchas más.
Enseguida sabrás su número: de Duliquio son cincuenta y dos jóvenes selectos y
le siguen seis escuderos ; de Same proceden veinticuatro hombres, de Zante
veinte hijos de aqueos y de Itaca misma doce, todos excelentes, con quienes
están el heraldo Medonte, el divino aedo y dos siervos conocedores de los
servicios del banquete. Si nos enfrentáramos a todos ellos mientras están
dentro, temo que no podrías castigar aunque hayas vuelto sus violencias en forma
amarga y terrible.
»Pero si puedes pensar en alguien que nos defienda, dímelo, alguien que con
ánimo amigo nos sirva de ayuda.»
Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:
«Te to diré; ponlo en tu pecho y escúchame. Piensa si Atenea en unión del padre
Zeus nos pueden defender o tengo que pensar en otro aliado.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Excelentes en verdad son los dos aliados de que me hablas, pues se apuestan
arriba, entre las nubes, y ambos dominan a los hombres y a los dioses
inmortales.»
Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:
«Sí, en verdad no estarán mucho tiempo lejos de la fuerte lucha cuando la fuerza
de Ares juzgue en mi palacio entre los pretendientes y nosotros. Pero tú marcha
a casa al despuntar la aurora y reúnete con los soberbios pretendientes, que a
mí me conducirá después el porquero bajo el aspecto de un mendigo miserable y
viejo.
«Si me deshonran en el palacio, que tu corazón soporte el que yo reciba malos
tratos, aunque me arrastren por los pies hasta la puerta o incluso me arrojen
sus dardos. Tú mira y aguanta, pero ordénales, eso sí, que repriman sus
insensateces dirigiéndote a epos con palabras dulces. Aunque no te harán caso,
pues ya tienen a su lado el día de su destino. Te voy a decir otra cosa que has
de poner en tus mientes: cuando Atenea, de muchos pensamientos, lo ponga en mi
interior, te haré señas con la cabeza; tú entonces calcula cuántas arenas
guerreras hay en el mégaron y sube a depositarlas en lo más profundo de la
habitación del piso de arriba. Cuando te pregunten los pretendientes
ansiosamente, contéstales con suaves palabras: "Las he retirado del fuego, pues
ya no se parecen a las que dejó Odiseo cuando marchó a Troya, que están
manchadas hasta donde las llega el aliento del fuego. Además el Cronida ha
puesto en mi pecho una razón más importante: no sea que os llenéis de vino y
levantando una disputa entre vosotros, lleguéis a heriros mutuamente y a llenar
de vergüenza el banquete y vuestras pretensiones de matrimonio; que el hierro
por sí sólo arrastra al hombre." Luego deja sólo para nosotros dos un par de
espadas y otro de lamas y dos escudos para nuestros brazos, a fin de que los
sorprendamos echándonos sobre ellos. Te voy a decir otra cosa y tú ponla en tu
interior : si de verdad eres mío y de mi propia sangre, que nadie se entere de
que Odiseo está en casa; que no lo sepa Laertes ni el porquero, ni ninguno de
los siervos ni siquiera la misma Penélope, sino solos tú y yo. Conozcamos la
actitud de las mujeres y pongamos a prueba a los siervos, a ver quién nos honra
y quién no se cuida y te deshonra, siendo quien eres.»
Y contestándole dijo su ilustre hijo:
«Padre, creo que de verdad vas a conocer mi coraje y enseguida , pues no es
precisamente la irreflexión lo que me domina. Pero, con todo, no creo que
vayamos a sacar ganancia ninguno de los dos. Te insto a que reflexiones, pues
vas a recorrer en vano durante un tiempo los campos para probar a cada hombre,
mientras ellos devoran tranquilamente en palacio nuestros bienes, insolentemente
y sin cuidarse de nada. Te aconsejo, por el contrario, que trates de conocer a
las siervas, las que te deshonran y las que te son inocentes. No me agradaría
que fuéramos por las majadas poniendo a prueba a los hombres; ocupémonos después
de esto, si es que en verdad conoces algún presagio de Zeus, portador de égida.»
Mientras así hablaban, arribó a Itaca la bien trabajada nave que había traído de
Pilos a Telémaco y compañeros.
Cuando éstos entraron en el profundo puerto, empujaron a la negra nave hacia el
litoral y sus valientes servidores les llevaron las armas. Luego llevaron a casa
de Clitio los hermosos dones y enviaron un heraldo al palacio de Odiseo para
comunicar a Penélope que Telémaco estaba en el campo y había ordenado llevar la
nave a la ciudad para que la ilustre reina no sintiera temor ni derramara
tiernas lágrimas.
Encontráronse el heraldo y el divino porquero para comunicar a la mujer el mismo
recado y, cuando ya habían llegado al palacio del divino rey, fue el heraldo
quien habló en medio de las esclavas.
«Reina, tu hijo ha llegado.»
Luego el porquero se acercó a Penélope y le dijo lo que su hijo le había
ordenado decir. Cuando hubo acabado todo su encargo, se puso en camino hacia los
cerdos abandonando los patios y el palacio.
Los pretendientes estaban afligidos y abatidos en su corazón; salieron del
mégaron a lo largo de la pared del patio y se sentaron allí mismo, cerca de las
puertas. Y Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó a hablar entre ellos:
«Amigos, gran trabajo ha realizado Telémaco con este viaje; ¡y decíamos que no
lo llevaría a término! Vamos, botemos una negra nave, la mejor, y reunamos
remeros que vayan enseguida a anunciar a aquéllos que ya está de vuelta en
casa.»
No había terminado de hablar, cuando Anfínomo volviéndose desde su sitio, vio a
la nave dentro del puerto y a los hombres amainando velas o sentados al remo. Y
sonriendo suavemente dijo a sus compañeros:
«No enviemos embajada alguna; ya están aquí. O se lo ha manifestado un dios o
ellos mismos han visto pasar de largo a la nave y no han podido alcanzarla.»
Así dijo, y ellos se levantaron para encaminarse a la ribera del mar. Enseguida
empujaron la negra nave hacia el litoral y sus valientes servidores les llevaron
las armas. Marcharon todos juntos a la plaza y no permitieron que nadie, joven o
viejo, se sentara a su lado. Y comenzó a hablar entre ellos Antínoo, hijo de
Eupites:
«¡Ay, ay, cómo han librado del mal los dioses a este hombre! Durante días nos
hemos apostado vigilantes sobre las ventosas cumbres, turnándonos continuamente.
Al ponerse el sol, nunca pasábamos la noche en tierra sino en el mar, esperando
en la rápida nave a la divina Eos, acechando a Telémaco para sorprenderlo y
matarlo. Pero entre tanto un dios le ha conducido a casa.
Con que meditemos una triste muerte para Telémaco aquí mismo y que no se nos
escape, pues no creo que mientras él viva consigamos cumplir nuestro propósito,
que él es hábil en sus resoluciones y el pueblo no nos apoya del todo.
«Vamos, antes de que reúna a los aqueos en asamblea..., pues no creo que se
desentienda, sino que, rebosante de cólera, se pondrá en pie para decir a todo
el mundo que le hemos trenzado la muerte y no le hemos alcanzado. Y el pueblo no
aprobará estas malas acciones cuando le escuche. ¡Cuidado, no vayan a causamos
daño y nos arrojen de nuestra tierra y tengamos que marchar a país ajeno !
Conque apresurémonos a matarlo en el campo lejos de la ciudad, o en el camino.
Podríamos quedarnos con su bienes y posesiones repartiéndolas a partes iguales
entre nosotros y entregar el palacio a su madre y a quien case con ella, para
que se lo queden. Pero si estas palabras no os agradan, sino que preferís que él
viva y posea todos sus bienes patrios, no volvamos desde ahora a reunirnos aquí
para comer sus posesiones; que cada uno pretenda a Penélope asediándola con
regalos desde su palacio, y quizá luego case ella con quien le entregue más y le
venga destinado. »
Así habló y todos quedaron en silencio. Entonces se levantó y les dijo Anfínomo,
ilustre hijo de Niso, el soberano hijo de Aretes (éste era de Duliquio, rica en
trigo y pastos, y capitaneaba a los pretendientes; era quien más agradaba a
Penélope por sus palabras, pues estaba dotado de buenas mientes)... Con
sentimientos de amistad hacia ellos se levantó y dijo:
«Amigos, yo al menos no desearía acabar con Telémaco, pues la raza de los reyes
es terrible de matar. Así que conozcamos primero la decisión de los dioses. Si
la voluntad del gran Zeus lo aprueba, yo seré el primero en matarlo y os
incitaré a los demás, pero si los dioses tratan de impedirlo, os aconsejo que
pongáis término.»
Así dijo Anfínomo y les agradó su palabra. Se levantaron al punto y se
encaminaron a casa de Odiseo y llegados allí se sentaron en pulidos sillones.
Entonces Penélope decidió mostrarse ante los pretendientes, poseedores de
orgullosa insolencia, pues se había enterado de que pretendían matar a su hijo
en palacio se lo había dicho el heraldo Medonte, que conocía su decisión. Se
puso en camino hacia el mégaron junto con sus siervas y cuando hubo llegado
junto a los pretendientes, la divina entre las mujeres, se detuvo junto a una
columna del bien labrado techo, sosteniendo delante de sus mejillas un grueso
velo. Censuró a Antínoo, le dijo su palabra y le llamó por su nombre:
«Antínoo, insolente, malvado; dicen en Itaca que eres el mejor entre tus
compañeros en pensamiento y palabra, pero no eres tal. ¡Ambicioso!, por qué
tramas la muerte y el destino para Telémaco y no prestas atención a los
suplicantes, cuyo testigo es Zeus? No es justo tramar la muerte uno contra otro.
¿Es que no recuerdas cuando tu padre vino aquí huyendo por terror al pueblo,
pues éste rebosaba de ira porque tu padre, siguiendo a unos piratas de Tafos,
había causado daño a los tesprotos que eran nuestros aliados? Querían matarlo y
romperle el corazón y comerse su mucha hacienda, pero Odiseo se lo impidió y los
contuvo, deseosos como estaban. Ahora tú te comes sin pagar la hacienda de
Odiseo, pretendes a su mujer y tratas de matar a su hijo, produciéndome un gran
dolor. Te ordeno que pongas fin a esto y se lo aconsejes a los demás.»
Y Eurímaco, hijo de Pólibo, le contestó:
«Hija de Icario, prudente Penélope, cobra ánimos. No te preocupes por esto. No
existe ni existirá ni va a nacer hombre que ponga sus manos sobre tu hijo
Telémaco, al menos mientras yo viva y vean mis ojos sobre la tierra. Además, te
voy a decir otra cosa que se cumplirá: pronto correría la sangre de ése por mi
lanza pues también a mí Odiseo, el destructor de ciudades, sentándome muchas
veces sobre sus rodillas me ponía en las manos carne asada y me ofrecía rojo
vino. Por esto Telémaco es para mí el más querido de los hombres y te ruego que
no temas su muerte al menos a manos de los pretendientes; en cuanto a la que
procede de los dioses, ésa es imposible evitarla.»
Así habló para animarla, aunque también él tramaba la muerte contra Telémaco.
Entonces Penélope subió al brillante piso de arriba y lloraba a Odiseo, su
esposo, hasta que Atenea de ojos brillantes le puso dulce sueño sobre los
párpados.
El divino porquero llegó al atardecer junto a Odiseo y su hijo cuando éstos se
preparaban la cena, después de sacrificar un cerdo de un año. Entonces Atenea se
acercó a Odiseo Laertíada y tocándole con su varita le hizo viejo de nuevo y
vistió su cuerpo de tristes ropas, para que el porquero no lo reconociera al
verlo de frente y fuera a comunicárselo a la prudente Penélope sin poder
guardarlo para sí.
Telémaco fue el primero en dirigirle su palabra:
«Ya has llegado, Eumeo: ¿qué se dice por la ciudad? ¿Han vuelto ya los
arrogantes pretendientes de su emboscada, o todavía esperan a que yo vuelva a
casa?»
Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:
«No tenía yo que inquirir ni preguntar eso al bajar a la ciudad. Mi ánimo me
empujó a comunicar mi recado y volver aquí de nuevo. Pero se encontró conmigo un
veloz enviado de tus compañeros, un heraldo que habló a tu madre antes que yo.
También sé otra cosa, pues la he visto con mis ojos: al volver para acá había ya
atravesado la ciudad en el lugar donde está el cerro de Hermes cuando vi entrar
en nuestro puerto una veloz nave; había en ella numerosos hombres y estaba
cargada de escudos y lanzas de doble punta. Pensé que eran ellos, pero no lo sé
con certeza.»
Así habló, y sonrió la sagrada fuerza de Telémaco dirigiendo los ojos a su
padre, evitando al porquero. Cuando habían acabado del trajin de preparar la
comida, cenaron y su ánimo no se vio privado de un alimento proporcional. Y una
vez que habían arrojado de sí el deseo de comer y beber, volvieron su
pensamiento al dormir y recibieron el don del sueño.
CANTO XVII
ODISEO MENDIGA ENTRE LOS PRETENDIENTES
Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de los dedos de rosa, calzó
Telémaco bajo sus pies hermosas sandalias, el querido hijo del divino Odiseo,
tomó la fuerte lanza que se adaptaba bien a sus manos deseando marchar a la
ciudad y dijo a su porquero:
«Abuelo, yo me voy a la ciudad para que me vea mi madre, pues no creo que
abandone los tristes lamentos y los sollozos acompañados de lágrimas, hasta que
me vea en persona. Así que te voy a encomendar esto: lleva a la ciudad a este
desdichado forastero para que mendigue allí su pan el que quiera le dará un
mendrugo y un vaso de vino , pues yo no puedo hacerme cargo de todos los
hombres, afligido como estoy en mi corazón. Y si el forastero se encoleriza,
peor para él, que a mí me place decir verdad.»
Y contestándole dijo el astuto Odiseo:
«Amigo, tampoco yo quiero que me retengan. Para un pobre es mejor mendigar por
la ciudad que por los campos y me dará el que quiera , pues ya no soy de edad
para quedarme en las majadas y obedecer en todo a quien da las órdenes y los
encargos. Conque, marcha, que a mí me llevará este hombre, a quien has ordenado,
una vez que me haya calentado al fuego y haya solana. Tengo unas ropas que son
terriblemente malas y temo que me haga daño la escarcha mañanera, pues decís que
la ciudad está lejos.»
Así dijo, y Telémaco cruzó la majada dando largas zancadas; iba sembrando la
muerte para los pretendientes.
Cuando llegó al palacio, agradable para vivir, dejó la lanza que llevaba junto a
una elevada columna y entró en el interior, traspasando el umbral de piedra.
La primera en verlo fue la nodriza Euriclea, que extendía cobertores sobre los
bien trabajados sillones y se dirigió llorando hacia él. A su alrededor se
congregaron las demás siervas del sufridor Odiseo y acariciándolo besaban su
cabeza y hombros.
Salió del dormitorio la prudente Penélope, semejante a Artemis o a la dorada
Afrodita, y echó llorando sus brazos a su querido hijo, le besó la cabeza y los
dos hermosos ojos y, entre lamentos, decía aladas palabras:
«Has llegado, Telémaco, como dulce luz. Ya no creía que volvería a verte desde
que marchaste en la nave a Pilos, a ocultas y contra mi voluntad, en busca de
noticias de tu padre. Vamos, cuéntame cómo has conseguido verlo.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Madre mía, no despiertes mi llanto ni conmuevas mi corazón dentro del pecho, ya
que he escapado de una muerte terrible. Conque, báñate, viste tu cuerpo con ropa
limpia, sube al piso de arriba con tus esclavas y promete a todos los dioses
realizar hecatombes perfectas, por si Zeus quiere llevar a cabo obras de
represalia.
«Yo marcharé al ágora para invitar a un forastero que me ha acompañado cuando
volvía de allí. Lo he enviado por delante con mis divinos compañeros y he
ordenado a Pireo que lo lleve a su casa y lo agasaje gentilmente y honre hasta
que yo llegue.»
Así habló, y a Penélope se le quedaron sin alas las palabras. Así que se bañó,
vistió su cuerpo con ropa limpia y prometió a todos los dioses realizar
hecatombes perfectas por si Zeus quería llevar a cabo obras de represalia.
Entonces Telémaco atravesó el mégaron portando su lanza y le acompañaban dos
veloces lebreles. Atenea derramó sobre él la gracia y todo el pueblo se admiraba
al verlo marchar. Y los arrogantes pretendientes le rodearon diciéndole buenas
palabras, pero en su interior meditaban secretas maldades. Telémaco entonces
evitó a la muchedumbre de éstos y fue a sentarse donde se sentaban Méntor,
Antifo y Haliterses, quienes desde el principio eran compañeros de su padre. Y
éstos le preguntaban por todo. Se les acercó Pireo, célebre por su lanza,
llevando al forastero a través de la ciudad hasta la plaza. Entonces Telémaco ya
no estuvo mucho tiempo lejos de su huésped, sino que se puso a su lado. Y Pireo
le dirigió primero aladas palabras:
«Telémaco, envía pronto unas mujeres a mi casa para que te devuelva los regalos
que te hizo Menelao.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Pireo, en verdad no sabemos cómo resultará todo esto. Si los pretendientes me
matan ocultamente en palacio y se reparten todos los bienes de mi padre,
prefiero que tú te quedes con los regalos y los goces antes que alguno de ellos.
Pero si consigo sembrar para éstos la muerte y Ker, llévalos alegre a mi casa,
que yo estaré alegre.»
Así diciendo condujo a casa a su asendereado huésped. Cuando llegaron al palacio
agradable para vivir, dejaron sus mantos sobre sillas y sillones y se bañaron en
bien pulimentadas bañeras. Después que las esclavas les hubieron bañado, ungido
con aceite y puesto mantos de lana y túnicas, salieron de las bañeras y fueron a
sentarse en sillas. Y una esclava derramó sobre fuente de plata el aguamanos que
llevaba en hermosa jarra de oro para que se lavaran, y a su lado extendió una
mesa pulimentada. Y la venerable ama de llaves puso comida sobre ella y añadió
abundantes piezas, favoreciéndolas entre los que estaban presentes. Entonces la
madre se sentó frente a él, junto a una columna del mégaron, se reclinó en un
asiento y revolvía entre sus manos suaves copos de lana. Y ellos echaron mano de
los alimentos que tenían delante.
Cuando habían arrojado de sí el deseo de comer y beber, comenzó a hablar entre
ellos la prudente Penélope:
«Telémaco, en verdad voy a subir al piso de arriba y acostarme en el lecho que
tengo regado de lágrimas desde que Odiseo partió a Ilión con los Atridas. Y es
que no has sido capaz, antes de que los arrogantes pretendientes llegaran a esta
casa, de hablarme claramente del regreso de tu padre, si es que has oído algo.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Madre, te voy a contar la verdad. Marchamos a Pilos junto a Néstor, pastor de
su pueblo, quien me recibió en su elevado palacio y me agasajó gentilmente, como
un padre a su hijo recién llegado de otras tierras después de largo tiempo. Así
de amable me recibió junto con sus ilustres hijos. Me dijo que no había oído
nunca a ningún humano hablar sobre Odiseo, vivo o muerto, pero me envió junto al
Atrida Menelao, famoso por su lanza, con caballos y un carro bien ajustado. Allí
vi a la argiva Helena, por quien troyanos y argivos sufrieron mucho por voluntad
de los dioses. Enseguida me preguntó Menelao, de recia voz guerrera, qué
necesidad me había llevado a la divina Lacedemonia y yo le conté toda la verdad.
«Entonces, contestándome con su palabra, dijo: "¡Ay, ay! ¡Conque querían dormir
en el lecho de un hombre intrépido quienes son cobardes! Como una cierva acuesta
a sus dos recién nacidos cervatillos en la cueva de un fuerte león y mientras
sale a pastar en los hermosos valles, aquél regresa a su guarida y da vergonzosa
muerte a ambos, así Odiseo dará vergonzosa muerte a aquéllos. ¡Padre Zeus,
Atenea y Apolo, ojalá que siendo como cuando en la bien construida Lesbos se
levantó para disputar y luchó con Filomeleides, lo derribó violentamente y todos
los aqueos se alegraron! Ojalá que con tal talante se enfrentara Odiseo con los
pretendientes: corto el destino de todos sería y amargas sus nupcias. En cuanto
a lo que me preguntas y suplicas, no querría apartarme de la verdad y engañarte.
Conque no te ocultaré ni guardaré secreto sobre lo que me dijo el veraz anciano
del mar. Este dijo que lo había visto sufriendo fuertes dolores en el palacio de
la ninfa Calipso, quien lo retenía por la fuerza, y que no podía regresar a su
tierra patria porque no tenía naves provistas de remos ni compañeros que le
acompañaran por el ancho lomo del mar. Así me dijo el Atrida Menelao, famoso por
su lanza, y luego de acabar su relato regresamos. Los inmortales me concedieron
un viento favorable y me escoltaron velozmente hasta mi patria.»
Así habló y conmovió el ánimo de Penélope.
Entonces Teoclímeno, semejante a los dioses, comenzó a hablar entre ellos:
«Esposa venerable de Odiseo Laertíada, en verdad él no sabe nada; escucha mi
palabra, pues te voy a profetizar con veracidad y no voy a ocultarte nada. ¡Sea
testigo Zeus, antes que los demás dioses, y la mesa de hospitalidad y el hogar
del irreprochable Odiseo, al que he llegado, de que en verdad Odiseo ya está en
su tierra patria, sentado o caminando, sabedor de estas malas acciones y
sembrando la muerte para todos los pretendientes. Este es el augurio que yo
observé, y me hice oír de Telémaco mientras estaba en la nave de buenos bancos».
Y le contestó la prudente Penélope:
«Forastero, ¡ojalá se cumpliera esta tu palabra! Entonces conocerías mi amistad
enseguida y numerosos regalos de mí, hasta el punto de que cualquiera que
contigo topara te llamaría dichoso.»
Así hablaban unos con otros.
Los pretendientes, por su parte, se complacían arrojando discos y venablos ante
el palacio de Odiseo, en el sólido pavimento donde acostumbraban, llenos de
arrogancia. Pero cuando fue la hora de comer y les llegaron de todas partes del
campo los animales que les traían los de siempre, se dirigió a ellos Medonte
(éste era quien más les agradaba de los heraldos y solía acompañarlos al
banquete):
«Mozos, una vez que todos habéis complacido vuestro ánimo con los juegos,
dirigíos al palacio para preparar el almuerzo, que no es cosa mala yantar a su
tiempo.»
Así habló y ellos se pusieron en pie y marcharon obedeciendo su palabra. Cuando
llegaron a la bien edificada morada dejaron sus mantos en sillas y sillones y
sacrificaron grandes ovejas y gordas cabras; sacrificaron cebones y un toro del
rebaño para preparar su almuerzo.
Entre tanto Odiseo y el divino porquero se disponían a marchar del campo a la
ciudad y comenzó a hablar el porquero, caudillo de hombres:
«Forastero, puesto que deseas marchar hoy mismo a la ciudad, como recomendó mi
soberano (que yo, desde luego, preferiría dejarte para vigilar la majada, pero
tengo respeto por mi amo y temo que me reprenda después y en verdad son duras
las reprimendas de los amos), marchemos ya, pues el día está avanzado y quizá
sea peor esperar a la tarde.»
Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:
«Lo sé, me doy cuenta, se lo dices a quien lo comprende. Conque marchemos y tú
sé mi guía. Dame un bastón si es que tienes uno cortado para que me apoye, pues
decís que el camino es muy resbaladizo.»
Así dijo y echó a sus hombros el sucio zurrón desgarrado por muchas partes, en
el que había una correa retorcida. Entonces Eumeo le dio el deseado bastón y se
pusieron los dos en camino, quedando perros y pastores para guardar la majada.
Eumeo condujo hacia la ciudad a su soberano, que se asemejaba a un miserable y
viejo mendigo, que se apoyaba en su bastón y cubría su cuerpo con vestidos que
daban pena. Cuando en su marcha por el empinado sendero se encontraban cerca de
la ciudad y llegaron a una fuente labrada de hermosa corriente, a donde iban por
agua los ciudadanos (la habían construido Itaco, Nerito y Polictor en el centro
de un bosque de álamos negros que crecían con su agua; era completamente redonda
y de lo alto de una piedra caía agua fría, y encima de ella había un altar de
las Ninfas, donde solían sacrificar todos los ciudadanos), allí se topó con
ellos Melantio, hijo de Dolio, que conducía las cabras, las que sobresalían
entre todo el ganado, para festín de los pretendientes; y con él marchaban dos
pastores.
Cuando los vio 1es reprendió de palabra y llamándolos por su nombre les dijo
algo atroz e inconveniente que hizo saltar el corazón de Odiseo:
«Vaya, vaya, un desgraciado conduce a otro desgraciado; es claro que dios
siempre lleva a la gente hacia los de su calaña. ¿Adónde, miserable porquero,
llevas a ese gorrón, a ese mendigo pegajoso, a ese aguafiestas? Arrimará los
hombros a muchas puertas para rascarse mientras pide mendrugos, que no espadas
ni calderos. Si me lo dieras a mí para vigilante de mi majada, para mozo de
cuadra y para llevar brezos a mis chivos, quizá bebiendo leche de cabra echaría
gordos muslos. Pero ahora que ha aprendido esas malas artes no querrá ponerse a
trabajar, que preferirá mendigar por el pueblo y alimentar su insaciable
estómago. Conque te voy a decir algo que se va a cumplir: si se acerca a la casa
del divino Odiseo, sus tortillas van a romper muchas banquetas que lloverán
sobre su cabeza desde las manos de esos hombres, pues va a ser su blanco por la
casa.»
Así habló, y al pasar a su lado, el insensato dio una patada a Odiseo en la
cadera, aunque no consiguió echarlo fuera del camino, sino que éste se mantuvo
firme. Entonces Odiseo dudaba entre arrancarle la vida saltando tras él con el
palo o levantarle y tirarle de cabeza contra el suelo, pero se aguantó y se
contuvo. El porquero, en cambio, se encaró con él y le reprendió, y levantando
las manor suplicó así:
«Ninfas de la fuente, hijas de Zeus, si alguna vez Odiseo quemó en vuestro honor
muslos de corderos o cabritos cubriéndolos con gorda grasa, cumplidme este
deseo: que vuelva este hombre conducido por un dios. Seguro que él acabaría con
toda la insolencia que ahora pasea por la ciudad, mientras malos pastores acaban
con los ganados.»
Y le contestó Melantio, el cabrero:
«¡Ay, ay, qué cosa ha dicho este perro urdidor de intrigas! Me lo voy a llevar
algún día lejos de Itaca en negra nave de Buenos bancos para que me entreguen
por él un buen precio, porque ¡ojalá Apolo, el de arco de plaza, alcance hoy
mismo a Telémaco dentro del palacio o sucumba a manos de los pretendientes, lo
mismo que Odiseo ha perdido en tierras lejanas el día de su regreso!»
Así diciendo, los dejó caminando lentamente; en cambio, él se puso en camino y
llegó enseguida a la morada del rey. Entró y sentó entre los pretendientes,
frente a Eurímaco, pues a éste era a quien más estimaba. Pusieron junto a él una
porción de carne los que servían y la venerable ama de llaves le llevó pan y se
lo dejó al lado para que lo comiera.
Odiseo y el divino porquero se detuvieron en su caminar; les llegaba el sonido
de la sonora lira, pues Femio se había puesto a cantar para ellos. Entonces
Odiseo tomó de la mano al porquero y le dijo:
«Eumeo, a lo que parece ésta es la hermosa morada de Odiseo, pues se destaca
tanto que se la puede ver fácilmente entre otras muchas. Una estancia sigue a la
otra, su patio está cercado con muro y cornisa y sus puertas bien firmes son de
doble hoja. Ningún hombre podría rendirla por la fuerza. Me parece que muchos
hombres se están banqueteando dentro, pues se levanta un olor a grasa y resuena
la lira, a la que los dioses han hecho compañera del banquete.»
Y contestando le dijiste, porquero Eumeo:
«Con facilidad lo has percatado, que no eres sandio tampoco en lo demás. Pero,
vamos, pensemos cómo actuar. Entra tú primero en la agradable morada y mézclate
con los pretendientes, que yo me quedaré aquí; o, si quieres, quédate tú y
entraré yo primero. Pero no te quedes parado mucho tiempo, no sea que te vea
alguien fuera y te tire algo o te eche. Esto es to que te aconsejo que
consideres.»
Y le contestó luego el sufridor, el divino Odiseo:
«Lo sé, me doy cuenta, se lo dices a quien comprende. Con que marcha tú primero
y yo me quedaré aquí, que ya sé lo que son golpes y pedradas. Mi ánimo es
paciente, pues he sufrido muchos males en el mar y la guerra; que venga esto
después de aquello. Cuando tiene apetito, no es posible acallar al maldito
estómago que tantas desgracias suele acarrear a los hombres; por culpa suya
incluso las bien entabladas naves se preparan para surcar el estéril mar
portando la desgracia a hombres enemigos.»
Así hablaban entre sí. Entonces un perro que estaba tumbado enderezó la cabeza y
las orejas, el perro Argos, a quien el sufridor Odiseo había criado, aunque no
pudo disfrutar de él, pues antes se marchó a la divina Ilión. Al principio le
solían llevar los jóvenes a perseguir cabras montaraces, ciervos y liebres, pero
ahora yacía despreciado una vez que se hubo ausentado Odiseo entre el estiércol
de mulos y vacas que estaba amontonado ante la puerta a fin de que los siervos
de Odiseo se lo llevaran para abonar sus extensos campos. Allí estaba tumbado el
perro Argos, lleno de pulgas. Cuando vio a Odiseo cerca, entonces sí que movió
la cola y dejó caer sus orejas, pero ya no podia acercarse a su amo. Entonces
Odiseo, que le vio desde lejos, se enjugó una lágrima sin que se percatara Eumeo
y le preguntó:
«Eumeo, es extraño que este perro esté tumbado entre el estiércol. Su cuerpo es
hermoso, aunque ignoro si, además de hermoso, era rápido en la carrera o, por el
contrario, era como esos perros falderos que crían los señores por lujo.»
Y contestándole dijiste, porquero Eumeo:
«Este perro era de un hombre que ha muerto lejos de aquí. Si su cuerpo y obras
fueron como cuando lo dejó Odiseo al marchar a Troya, pronto lo admirarías al
contemplar su rapidez y vigor, que nunca salía huyendo de ninguna bestia en la
profundidad del espeso bosque cuando la perseguía pues también era muy diestro
en seguir el rastro. Pero ahora lo tiene vencido la desgracia, pues su amo ha
perecido lejos de su patria y las mujeres no se cuidan de él; que los siervos,
cuando los amos ya no mandan, no quieren hacer los trabajos que les
corresponden, pues Zeus, que ve a lo ancho, quita a un hombre la mitad de su
valía cuando le alcanza el día de la esclavitud.»
Así diciendo entró en la morada, agradable para vivir, y se fue derecho por el
mégaron en busca de los ilustres pretendientes. Y a Argos le arrebató el destino
de la negra muerte al ver a Odiseo después de veinte años.
Telémaco, semejante a los dioses, fue el primero en ver al porquero avanzar por
la casa y enseguida le hizo señas invitándole a ponerse a su lado. Eumeo echó
una ojeada, tomó una banqueta que estaba cerca (donde se solía sentar el
trinchante para repartir abundante carne entre los pretendientes cuando se
banqueteaban en el palacio) y llevándoselo lo puso junco a la mesa de Telémaco y
se sentó. Entonces el heraldo tomó una porción, sacó pan del canasto y se lo
ofreció.
Enseguida, detrás de Eumeo, entró en el patio Odiseo semejante a un miserable y
viejo mendigo que se apoyaba en su bastón y cubría su cuerpo con ropas que daban
pena, sentóse sobre el umbral de madera de fresno dentro de las puertas y se
apoyó en la jamba de madera de ciprés que un artesano había pulimentado
hábilmente y enderezado con la plomada. Telémaco llamó junto a sí al porquero y
le dijo mientras cogía un pan entero del hermoso canasto y cuanta carne le cupo
en las manos:
«Lleva esto al forastero y ofréceselo, y aconséjale que vaya recorriendo todos
los pretendientes y les pida, que no es buena la vergüenza para el hombre
necesitado.»
Así dijo; echó a andar el porquero cuando hubo oído su palabra y, poniéndose
cerca, le dijo aladas palabras:
«Forastero, Telémaco te entrega esto y te aconseja que vayas recorriendo todos
los pretendientes y les pidas, que dice que no es buena la vergüenza para un
hombre necesitado.»
Y contestándole dijo el astuto Odiseo:
«Soberano Zeus, ¡que Telémaco sea próspero entre los hombres y obtenga todo
cuanto anhela en su corazón!»
Así dijo; tomólo en sus dos manos y lo puso a sus pies, sobre el sucio zurrón; y
lo comió mientras cantaba el aedo en el palacio.
Cuando lo había comido terminó el divino aedo y los pretendientes comenzaron a
alborotar en el palacio.
Entonces Atenea se puso cerca de Odiseo Laertíada y lo apremió a que recogiera
mendrugos entre los pretendientes y pudiera conocer quiénes eran rectos y
quiénes injustos, aunque ni aun así iba a librar a ninguno de la muerte. Así que
se puso en marcha para mendigar de izquierda a derecha a cada uno de ellos,
extendiendo sus manos a todas partes como si fuera un mendigo de siempre. Los
pretendientes le daban compadecidos, se admiraban de él y se preguntaban unos a
otros quién podría ser y de dónde vendría. Entonces habló entre ellos Melantio,
el cabrero:
«Escuchadme, pretendientes de la ilustre reina, sobre este forastero, pues yo lo
he visto ya antes. En realidad lo ha traído aquí el porquero, aunque no sé de
cierto de dónde se precia de ser su linaje.»
Así dijo, y Antínoo reprendió al porquero:
«Porquero ilustre, ¿por qué lo has traído a la ciudad? ¿Es que no tenemos
suficientes vagabundos, mendigos pegajosos, aguafiestas? ¿O es que te parecen
pocos los que se reúnen aquí para comer la hacienda de tu señor y has invitado
también a éste?»
Y contestándole dijiste, porquero Eumeo:
«Antínoo, con ser noble no dices palabras justas. Pues ¿quién sale a traer de
fuera un forastero como no sea uno de los servidores del pueblo, un adivino, un
curador de enfermedades o un trabajador de la madera, o incluso un aedo
inspirado que complazca con sus cantos? Estos sí, éstos son los hombres a
quienes se invita a venir sobre la extensa tierra, pero nadie invitaría a un
vagabundo a que le importune.
«Y es que tú has sido siempre entre todos los pretendientes el más duro para con
los siervos de Odiseo, y en especial para conmigo. Ahora que a mí no me importa
mientras me viva en el palacio la prudente Penélope y Telémaco, semejante a los
dioses.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Calla, no me contestes a éste con tantas palabras. Antínoo acostumbra a
provocar continuamente con palabras duras e incluso incita a los demás.»
Así dijo, y dirigió a Antínoo aladas palabras:
«Antínoo, en verdad tu cuidas de mí como un padre de su hijo al aconsejarme que
arroje del palacio al forastero con palabra tajante; que no cumpla dios esto.
Toma algo y dáselo; no lo veo con malos ojos, sino que te ordeno que lo hagas. Y
no tengas temor por causa de mi madre ni de ninguno de los siervos que hay en la
casa del divino Odiseo. Aunque creo que es otro pensamiento el que albergas en
tu pecho, pues prefieres comer tú a destajo antes que dárselo a otro.»
Y Antínoo le contestó y dijo:
«¡Telémaco fanfarrón, incapaz de reprimir tu ira, qué cosa has dicho! Si todos
los pretendientes le dieran tanto como yo, su casa lo retendría durante tres
meses lejos de aquí.»
Así dijo, y tomándolo de debajo de la mesa, le enseñó el escabel sobre el que
apoyaba sus brillantes pies mientras se daba al banquete. Pero todos los demás
le dieron y llenaron su zurrón de pan y carne. Iba ya Odiseo por el pavimento a
probar los regalos de los aqueos, cuando se detuvo junto a Antínoo y le dijo su
palabra:
«Dame, amigo, que no me pareces el menos noble de los aqueos, sino el más
excelente, pues te asemejas a un rey. Por ello tienes que darme incluso más
comida que los demás y yo diré tu nombre por la infinita tierra. También yo
habité en otro tiempo en casa rica y daba a menudo a un vagabundo así, de
cualquier ralea que fuera y cualquier cosa que llegara precisando. Tenía miles
de esclavos y otras muchas cosas con las que los hombres viven bien y se les
llama ricos. Pero Zeus Cronida me arruinó pues debió de quererlo así enviándome
con unos errantes piratas a Egipto, camino largo, para que pereciera. Atraqué
mis cuvadas naves en el río Egipto. Entonces ordené a mis leales compañeros que
se quedaran junto a ellas para vigilarlas y envié espías a puestos de
observación con orden de que regresaran, pero éstos, cediendo a su ambición,
saquearon los hermosos campos de los egipcios, se llevaron a las mujeres y
tiernos niños y mataron a los hombres. Pronto llegó el griterío a la ciudad, así
que, al escucharlo, se presentaron al despuntar la aurora: llenóse la llanura
toda de gente de a pie y a caballo y del estruendo del bronce. Zeus, el que goza
con el rayo, indujo a mis compañeros a huir cobardemente y ninguno se atrevió a
dar el pecho. Por todas partes nos rodeaba la destrucción. Allí mataron con
agudo bronce a muchos de mis compañeros y a otros se los llevaron vivos para
forzarlos a trabajar sus campos, pero a mí me llevaron a Chipre y me entregaron
a un forastero que dio con nosotros, a Dmator Jasida, quien gobernaba con fuerza
en Chipre. Desde allí he llegado aquí después de sufrir desgracias».
Y Antínoo le contestó y dijo:
«¿Qué dios nos ha traído aquí esta peste, esta ruina del banquete? Quédate ahí
en medio, lejos de mi mesa, no sea que tengas que volver enseguida al amargo
Egipto y a Chipre, que eres un mendigo audaz y desvergonzado. Te pones ante
éstos, uno tras otro, y todos te dan atolondradamente, pues no tienen moderación
ni sienten compasión al regalar cosas ajenas que tienen en abundancia a su
disposición.»
Y le contestó retirándose el astuto Odiseo:
«¡Ay, ay, que a tu gallardía no se añade también la cordura! En verdad, no
darías ni siquiera sal de tu propia hacienda a quien se te acercara si, estando
en casa ajena, no has podido tomar un poco de pan para darme, y eso que tienes
en abundancia a tu disposición.»
Así habló; Antínoo se irritó más aún en su corazón y mirándole torvamente le
dirigió aladas palabras:
«Ahora es cuando creo que no vas a retirarte con bien atravesando el mégaron, ya
que estás injuriándome.»
Asi habló, y, tomando el escabel, se lo tiró al hombro derecho, acertándole en
el extremo de la espalda. Odiseo se mantuvo en pie, firme como una roca, y el
golpe de Antínoo no le hizo perder pie, pero movió la cabeza en silencio
meditando secretos males.
Se retiró para sentarse en el umbral, dejó el bien lleno zurrón y comenzó a
hablar a los pretendientes:
«Escuchadme, pretendientes de la ilustre reina, para que os diga lo que mi ánimo
me ordena dentro del pecho. No es grande el dolor en las entrañas ni la pena
cuando un hombre es golpeado luchando por sus posesiones, sus toros o sus
blancas ovejas. Pero Antínoo me ha golpeado por causa del miserable estómago, el
maldito estómago que proporciona males sin cuento a los hombres. Conque, si en
verdad existen dioses y Erinis de los mendigos, que el término de la muerte
alcance a Antínoo antes de su matrimonio.»
Y Antínoo hijo de Eupites, le replicó:
«Siéntate a comer tranquilo, forastero, o lárgate a otra parte, no sea que los
jóvenes te arrastren por el palacio, por lo que dices, asiéndote del pie o del
brazo y te llenen todo de arañazos.»
Asi habló, y todos ellos se indignaron sobremanera. Y uno de los jóvenes
orgullosos decía así:
«Antínoo, cruel, no has hecho bien en golpear al pobre vagabundo, si es que
existe un dios en el cielo. Que los dioses andan recorriendo las ciudades bajo
la forma de forasteros de otras tierras y con otros mil aspectos, y vigilan la
soberbia de los hombres o su rectitud.»
Así le dijeron los pretendientes, pero él no prestaba atención a sus palabras.
Telémaco hacía crecer en su corazón un gran dolor por su padre golpeado, pero no
dejó caer a tierra lágrima alguna de sus párpados, sino que movió la cabeza en
silencio, meditando secretos males.
Cuando la prudente Penélope oyó que el forastero había sidó golpeado en el
palacio dijo a sus siervas:
«¡Ojalá Apolo, de ilustre arco, te alcance también a ti de esta forma!»
Y la despensera Eurínome dijo:
«¡Ojalá se diera cumplimiento a nuestras maldiciones! Ninguno de éstos llegaría
vivo hasta la aurora de hermoso trono.»
Y la prudente Penélope le dijo:
«Tata, todos son enemigos, pues maquinan maldades, pero Antínoo sobre todos se
asemeja a una negra Ker. Ese pobre forastero vaga por la casa pidiendo a los
hombres, pues le obliga la pobreza; todos han llenado su zurrón y le han dado,
pero éste le ha alcanzado con un escabel en el hombro derecho.»
Así hablaba ella con sus esclavas, sentada en el dormitorio, mientras comía el
divino Odiseo. Entonces llamó junto a sí al divino porquero y le dijo:
«Ve, divino Eumeo, y ordena al forastero que venga para saludarlo y preguntarle
si ha oído hablar sobre el sufridor Odiseo o lo ha visto con sus ojos pues
parece un hombre muy asendereado. »
Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:
«Reina, ojalá se callaran los aqueos; este sí que hechizaría tu corazón con lo
que cuenta. Yo lo he tenido tres noches y tres días en mi cabaña (pues fue a mí
a quien llegó primero después de huir de una nave), pero todavía no ha terminado
de contarme sus desgracias. Como cuando un hombre contempla embelesado a un aedo
que canta inspirado por los dioses y conoce versos deseables para los hombres y
éstos desean escucharle sin cesar siempre que se pone a cantar , así me ha
hechizado éste sentado en mi morada. Asegura que es huésped de Odiseo por parte
de padre y que habitaba en Creta, donde está el linaje de Minos. Ha llegado de
allí sufriendo penalidades, después de mucho rodar, y afirma haber oído sobre
Odiseo vivo y cercano, en el rico pueblo de los tesprotos; y trae a casa
numerosos tesoros.»
Y le dijo la prudente Penélope:
«Marcha, invítalo a venir aquí para que me lo cuente en persona. Que se
diviertan éstos fuera o aquí en la casa, puesto que su ánimo está alegre: y es
que sus bienes están intactos en su palacio; se los comen los siervos, en cambio
ellos vienen todos los días a nuestro palacio y, sacrificando toros y ovejas y
gordas cabras, se banquetean y beben el rojo vino sin mesura. Todo se está
perdiendo, pues no hay un hombre como Odiseo para apartar de su casa esta peste.
Si Odiseo llegara a su sierra patria haría pagar enseguida, junto con su hijo,
las violencias de estos hombres.»
Así habló, y Telémaco lanzó un gran estornudo y toda la casa resonó
espantosamente. Rióse Penélope y dirigió a Eumeo aladas palabras:
«Marcha y haz venir frente a mí al forastero. ¿No ves que mi hijo ha estornudado
ante mis palabras? Por esto no puede dejar de cumplirse la muerte para todos los
pretendientes; nadie podrá alejar de ellos la muerte y las Keres. Voy a decirte
otra cosa que has de poner en tu interior: si reconozco que todo lo que dice es
cierto, le vestiré de túnica y manto, hermosos vestidos.»
Así habló; marchó el porquero luego que hubo escuchado su palabra y, poniéndose
cerca, le dijo aladas palabras:
«Padre forastero, te llama la prudente Penélope, la madre de Telémaco. Su ánimo
la impulsa a preguntarte por su esposo, ya que ha sufrido muchas penas. Y si
reconoce que todo lo que le dices es cierto, te vestirá de túnica y manto, cosas
que más necesitas. También podrás alimentar tu vientre pidiendo comida por el
pueblo, y te dará quien lo desee.»
Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:
«Eumeo, contaría enseguida toda la verdad a la hija de Icario, a la prudente
Penélope -pues sé muy bien sobre aquél y hemos recibido un infortunio semejante
, pero temo a la multitud de los terribles pretendientes, cuya soberbia y
violencia ha llegado al férreo cielo. Además, cuando ese hombre me hizo daño
golpeándome al cruzar el salón y sin hacer yo nada malo , ni Telémaco ni ningún
otro me protegió. Por esto aconsejo a Penélope que se quede en sus habitaciones
por mucho que desee salir hasta la puesta del sol. Pregúnteme entonces sobre el
día del regreso de su esposo, sentada muy cerca del fuego, pues tengo unos
vestidos que dan pena y bien lo sabes tú, que ya te supliqué antes que a nadie.»
Así habló, y marchó el porquero cuando hubo escuchado su palabra. Cuando
atravesaba el umbral le dijo Penélope:
« ¿No me lo traes, Eumeo? ¿Qué es lo que ha pensado el vagabundo? ¿Es que tiene
mucho miedo de alguien o se avergüenza por otros motivos de cruzar la casa? Malo
es un vagabundo vergonzoso.»
Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:
«Ha hablado como le corresponde y dice lo que pensaría cualquier otro que quiere
evitar la soberbia de esos hombres altivos. Conque te aconseja que esperes hasta
la puesta del sol. Y es que será para ti mucho mejor, reina, que estés sola
cuando dirijas tu palabra al forastero o le escuches.»
Y le contestó la prudente Penélope:
«No piensa como insensato el forastero, sea como fuere, pues entre los mortales
hombres no hay quienes maquinen semejantes maldades, llenos de arrogancia.»
Así habló ella, y el divino porquero marchó hacia la multitud de los
pretendientes, una vez que le hubo manifestado todo. Luego dirigió a Telémaco
aladas palabras, manteniendo cerca su cabeza para que no se enteraran los demás:
«Amigo, yo me marcho a vigilar los cerdos y todo aquello, tu sustento y el mío.
Ocúpate tú aquí de todo. Antes que nada mira por tu seguridad y piensa la forma
de que no te pase nada, que muchos de los aqueos andan meditando males. ¡Ojalá
los destruya Zeus antes de que nos llegue la desgracia!»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Así será, abuelo. Márchate después de merendar pero vuelve al amanecer y trae
hermosas víctimas, que yo y los inmortales nos cuidaremos de todo esto.»
Así habló; el porquero se sentó de nuevo sobre la bien pulida banqueta y después
de saciar su apetito con comida y bebida se puso en marcha hacia los cerdos,
abandonando el patio y el mégaron lleno de comensales.
Y éstos gozaban con la danza y el canto, pues ya había caído la tarde.
CANTO XVIII
LOS PRETENDIENTES VEJAN A ODISEO
En esto llegó un mendigo del pueblo que solía pedir por la ciudad de Itaca y
sobresalía por su vientre insaciable, por comer y beber sin parar. No tenía
vigor ni fortaleza, pero su cuerpo era grande al mirarlo. Su nombre era Arneo,
que se lo puso su soberana madre el día de su nacimiento, pero todos los jóvenes
le llamaban Iro, porque solía ir de correveidile cuando alguien se lo mandaba.
Cuando llegó, empezó a perseguir a Odiseo por su casa y le insultaba diciendo
aladas palabras:
«Viejo, sal del pórtico, no sea que te arrastre por el pie. ¿No has oído que
todos me hacen guiños incitándome a que te arrastre? Yo, sin embargo, siento
vergüenza. Conque levántate, no sea que nuestra disputa llegue a las manos.»
Y mirándole torvamente dijo el muy astuto Odiseo:
«Desgraciado, ni te hago daño alguno ni te dirijo la palabra, y no siento
envidia de que alguien te dé, aunque recojas muchas cosas. Este umbral tiene
cabida para los dos y no tienes por qué envidiar lo ajeno. Me pareces un
vagabundo como yo y son los dioses los que dan fortuna. Pero no me provoques a
luchar, no sea que me irrites y, con ser viejo, te empape de sangre el pecho y
los labios. Así tendría más tranquilidad para mañana, pues no creo que volvieras
por segunda vez al palacio de Odiseo Laertíada.»
Y el vagabundo Iro le contestó airado:
«¡Ay, ay, qué deprisa habla este gorrón que se parece a una vieja ennegrecida
por el hollín! Y eso que podría yo pensar en dañarle golpeándolo con las dos
manos y arrancar todos los dientes de sus mandíbulas, como los de un cerdo
devorador de mieses, y tirarlos al suelo. Ponte el ceñidor para que todos vean
que luchamos; aunque ¿cómo podrías luchar con un hombre más joven?»
Así es como se iban encolerizando sobre el pulimentado pavimento, delante de las
elevadas puertas. La sagrada fuerza de Antínoo oyó a los dos y sonriendo
dulcemente dijo a los pretendientes:
«Amigos, nunca hasta ahora nos había tocado en suerte una diversión como la que
dios nos ha traído a esta casa. El forastero e Iro están incitándose mutuamente
a llegar a las manos. Así que empujémosles enseguida.»
Así dijo y todos comenzaron a reírse; rodearon a los andrajosos mendigos y les
dijo Antínoo, hijo de Eupites:
« Escuchadme, ilustres pretendientes, mientras os hablo. Hay en el fuego unos
vientres de cabra, éstos que hemos dejado para la cena llenándolos de grasa y de
sangre. El que venza de los dos y resulte más fuerte podrá levantarse él mismo y
coger el que quiera. Además, podrá participar siempre de nuestro banquete y no
permitiremos que ningún otro mendigo se nos acerque a pedir.»
Así dijo Antínoo y les agradó su palabra. Entonces el astuto Odiseo les dijo con
intenciones engañosas:
«Amigos, no es posible que un viejo luche con un hombre más joven, sobre todo si
está abrumado por el infortunio, pero el perverso vientre me empuja a que
sucumba ante sus golpes. Conque, vamos, juradme todos con firme juramento que
nadie prestará ayuda a Iro y me golpeará con mano pesada injustamente,
haciéndome sucumbir ante éste por la fuerza.»
Así dijo, y todos juraron como les había pedido. Así que cuando habían
completado su juramento dijo entre ellos la sagrada fuerza de Telémaco:
«Forastero, si tu corazón y tu valeroso ánimo te empujan a defenderte de éste,
no temas a ninguno de los aqueos, pues tendrá que luchar contra muchos más quien
te mate. Yo soy quien te hospeda y los dos reyes Antínoo y Eurímaco, ambos
discretos, aprueban mis palabras.»
Así dijo, y todos asintieron. Así que Odiseo ciñó sus miembros con los andrajos
y dejó al descubierto unos muslos grandes y hermosos y al descubierto quedaron
sus anchos hombros, su torso y sus pesados brazos.
Entonces Atenea se puso a su lado y fortaleció los miembros del pastor de su
pueblo. Todos los pretendientes se asombraron muy mucho y uno decía así al que
tenía al lado:
«Pronto este Iro va a dejar de ser Iro y tener la desgracia que se ha buscado;
¡menudos muslos deja ver el viejo a través de sus andrajos!»
Así decían, y el corazón le dio un vuelco a Iro de mala manera. Pero aun así los
escuderos le ciñeron y arrastraron a la fuerza atemorizado. Y sus carnes le
temblaban en todo el cuerpo. Entonces Antínoo le dijo su palabra y le llamó por
su nombre:
«¡Ojalá no existieras, fanfarrón, ni hubieras nacido si tanto tiemblas y temes a
éste, a un viejo abrumado por el infortunio que le ha alcanzado! Pero te voy a
decir algo que se va a cumplir: Si éste te vence y resulta más fuerte, te meteré
en negra nave y te enviaré al continente, al rey Equeto, azote de todos los
mortales, para que te corte la nariz y las orejas con cruel bronce y arrancando
tus miembros se los arroje a los perros para que se los coman crudos.»
Así dijo, el temblor se apoderó todavía más de sus miembros y lo arrastraron
hacia el medio. Y los dos extendieron sus brazos.
Entonces, el sufridor, el divino Odiseo, dudó entre derribarlo de forma que su
alma le abandonara al caer o derribarlo suavemente y extenderlo en el suelo. Y
mientras así dudaba le pareció más ventajoso derribarlo suavemente para que los
aqueos no sospecharan nada. Así que levantando ambos los brazos, Iro golpeó a
Odiseo en el hombro derecho y Odiseo golpeó el cuello de Iro bajo la oreja y
rompió por dentro sus huesos. Al punto bajó por su boca la negra sangre y cayó
al suelo gritando. Pateaba contra el suelo y hacía rechinar sus dientes, y los
ilustres pretendientes levantaron sus manos y se morían de risa. Entonces Odiseo
le asió por el pie y lo arrastró a lo largo del pórtico hasta llegar al patio y
las puertas de la galería. Lo dejó sentado contra la cerca del patio, le puso el
bastón entre las manos y le dirigió aladas palabras:
«Quédate ahí sentado para espantar a cerdos y perros, y no pretendas ser jefe de
forasteros y mendigos, miserable como eres, no sea que te busques un mal todavía
mayor.»
Así diciendo echó a sus hombros el sucio zurrón rasgado por muchas partes, en el
que había una correa retorcida, volvió al umbral y se sentó. Los pretendientes
entraron riéndose suavemente y le felicitaban con sus palabras, y uno de los
jóvenes arrogantes decía así:
«Forastero, que Zeus y los demás dioses inmortales te concedan lo que más desees
y sea caro a tu corazón, pues has hecho que este insaciable deje de vagabundear
por el pueblo. Pronto lo llevaremos al continente, al rey Equeto, azote de todos
los mortales.»
Así decían y el divino Odiseo se alegró con el presagio. Entonces Antínoo le
puso al lado un gran vientre lleno de grasa y sangre. También Anfínomo puso a su
lado dos panes que tomó de la cesta, le ofreció vino en copa de oro y dijo:
«Salud, padre forastero; que seas rico y feliz en el futuro, pues ahora estás
envuelto en numerosas desgracias.»
Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:
«Anfínomo, de verdad que me pareces discreto, siendo hijo de tal padre, pues he
oído la fama que tiene Niso de Duliquia de ser gallardo y rico. Dicen que eres
hijo de éste y pareces hombre discreto. Por eso te voy a decir algo préstame
atención y escúchame : nada cría la tierra más endeble que el hombre de cuantos
seres respiran y caminan por ella. Mientras los dioses le prestan virtud y sus
rodillas son ágiles, cree que nunca en el futuro va a recibir desgracias; pero
cuando los dioses felices le otorgan miserias, incluso éstas tiene que
soportarlas con ánimo paciente contra su voluntad. Pues el pensamiento de los
hombres terrenos cambia con cada día que nos trae el padre de hombres y dioses.
También en otro tiempo yo estuve a punto de ser rico y feliz entre los hombres,
pero cometí numerosas violencias cediendo a mi fuerza y poder por confiar en mi
padre y mis hermanos. Por esto ningún hombre debe ser nunca injusto, sino
retener en silencio los dones que los dioses le hagan.
«Estoy viendo a los pretendientes maquinar acciones semejantes, trasquilando los
bienes y deshonrando a la esposa de un hombre que, te aseguro, no estará ya
mucho tiempo lejos de los suyos y su patria, por el contrario, está cerca.
Conque ¡ojalá un dios te saque de aquí y lleve a casa para no tener que
enfrentarte con aquél el día que regrese a su tierra patria!; que creo no va a
ser sin sangre la contienda entre él y los pretendientes, cuando haya entrado en
su hogar.»
Así habló, después de hacer libación bebió el delicioso vino y volvió a
depositar la copa en manos del conductor de su pueblo. Éste marchó por el
palacio acongojado en su corazón moviendo la cabeza, pues ya veía en su interior
la perdición. Pero ni aun así consiguió escapar a la muerte, que también a éste
sujetó Atenea bajo los brazos de Telémaco para que sucumbiera con fuerza a su
lanza.
Y volvió a sentarse en el sillón de donde se había levantado.
Entonces la diosa de ojos brillantes, Atenea, puso en la mente de la hija de
Icario, la prudente Penélope, la idea de aparecer ante los pretendientes, a fin
de que ensanchara aún más el corazón de éstos y resultara aún más respetable que
antes a los ojos de su esposo e hijo. Sonrió sin motivo, dijo su palabra a la
despensera y la llamó por su nombre:
«Eurínome, mi ánimo desea, aunque nunca antes lo deseó, mostrarme ante los
pretendientes por odiosos que me sigan siendo. Voy a decir a mi hijo una palabra
que quizá le resulte provechosa: que no se mezcle con los pretendientes, quienes
le hablan bien, pero por detrás le piensan mal.»
Y Eurínome, la despensera, le dirigió su palabra:
«Sí, todo esto lo dices como te corresponde, hija. Conque ve y di a tu hijo tu
palabra y nada le ocultes, pero antes lava tu cuerpo y pinta tus mejillas. No
vayas con el rostro tan empapado de llanto, que es cosa mala andar siempre entre
penas. Tu hijo es ya tan grande como pedías a los inmortales verlo, cubierto de
barba.»
Y le contestó la prudente Penélope:
«Eurínome, no digas, por más que te cuides de mí, que lave mi cuerpo y unja mis
mejillas con aceite, que los dioses que ocupan el Olimpo me arrebataron la
belleza el día que aquél se marchó en las cóncavas naves. Pero dile a Autónoe e
Hipodamia que vengan, a fin de que me acompañen por el palacio. No quiero
presentarme sola ante hombres, pues siento vergüenza.»
Así dijo, y la anciana atravesó el mégaron para dar el recado a las mujeres y
apremiarlas a que marcharan.
Entonces Atenea, la diosa de ojos brillantes, concibió otra idea: derramó sobre
la hija de Icario dulce sueño y ésta echóse a dormir en la misma silla y todos
los miembros se le aflojaron. Entretanto, la divina entre las diosas le otorgó
dones inmortales para que los aqueos se admiraran al verla. En primer lugar
limpió su hermoso rostro con la belleza inmortal con que suele adornarse
Citerea, de linda corona, cuando comparte el deseable coro de las Gracias.
También la hizo más alta y más fuerte a la vista y la hizo más blanca que el
marfil tallado. Realizado esto, sè alejó la divina entre las diosas y llegaron
del mégaron las siervas de blancos brazos, acercándose con vocerío.
Entonces abandonó el sueño a Penélope, frotóse las mejillas con sus manos y
dijo:
«¡Qué blando letargo ha cubierto mis sufrimientos! Ojalá la casta Artemis me
proporcionara una muerte así de blanda ahora mismo, para no seguir consumiendo
mi vida con corazón acongojado en la nostalgia de las muchas virtudes de mi
marido, pues era el más excelente de los aqueos.»
Así diciendo, abandonó el brillante piso de arriba, pero no sola, que la
acompañaban dos siervas. Cuando llegó juntó a los pretendientes la divina entre
las mujeres se detuvo junto a una columna del ricamente labrado techo,
sosteniendo ante sus mejillas un grueso velo. Y una diligente sierva se colocó a
cada lado. Las rodillas de los pretendientes se debilitaron allí mismo pues
había hechizado su corazón con el deseo y todos desearon acostarse junto a ella
en la cama.
Entonces se dirigió a Telémaco, su querido hijo:
«Telémaco, ya no tienes voluntad ni juicio firmes. Cuando eras niño regías tus
intereses aún mejor que ahora; en cambio, ahora que eres grande y has alcanzado
la medida de la juventud y eso que cualquiera pensaría que eres hijo de un
hombre rico mirando tu talla y hermosura, un ser de otro sitio , y no tienes
voluntad ni juicio como es debido. ¡Qué acción es esta que se ha producido en el
palacio...!, y tú que has permitido que se ultrajara a este forastero... ¿Qué
pasaría si un huésped alojado en nuestro palacio recibiera este doloroso trato?
Seguro que la vergüenza y el escarnio de las gentes serían para ti.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Madre mía, no me voy a indignar porque te irrites conmigo, que pienso en mi
interior y sé muy bien cada cosa, lo bueno y lo malo, aunque hasta ahora he sido
todavía un niño. Pero no puedo pensar en todo con discreción, pues me asustan
éstos que se sientan a mi lado maquinando maldades y yo no tengo quien me ayude.
El altercado entre el forastero e Iro se ha producido no por voluntad de los
pretendientes, sino porque aquél era más vigoroso.
«¡Ojalá por Zeus padre, Atenea y Apolo que los pretendientes inclinaran su
cabeza vencidos, en el patio los unos, dentro de la casa los otros, y se les
aflojaran los miembros de la misma forma que el desdichado Iro está ahora
sentado con la cabeza gacha, semejante a un borracho, sin poder tenerse en pie
ni volver a casa, pues sus miembros están flojos.»
Así se decían uno a otro. Y Eurímaco se dirigió a Penélope con palabras:
« Hija de Icario, prudente Penélope, si te contemplaran todos los aqueos de
Argos de Yaso, serían muchos más los pretendientes que se banquetearan desde el
amanecer en vuestro palacio, pues sobresales entre las mujeres por tu forma y
talla y por el juicio que tienes dentro bien equilibrado.»
Y le contestó luego la prudente Penélope:
«Eurímaco, en verdad han destruido los inmortales mis cualidades forma y cuerpo
, el día en que los aqueos se embarcaron para Ilión, y con ellos estaba mi
esposo Odiseo. Si al menos viniera él y cuidara mi vida, mayor sería mi gloria y
yo más bella, pero estoy afligida, pues son tantos los males que la divinidad ha
agitado contra mí. Cuando marchó Odiseo abandonando su tierra patria, me tomó de
la mano derecha por la muñeca y me dijo: "Mujer, no creo que vuelvan incólumes
de Troya todos los aqueos de buenas grebas, que dicen que los troyanos son
buenos luchadores, tanto lanzando el venablo como las flechas o montando en
veloces caballos, los cuales pueden decidir rápidamente una gran contienda
cuando está equilibrada. Por esto, no sé si va a librarme dios o perecerá en la
misma Troya. Cuida tú aquí de todo; presta atención a mis padres en el palacio
como ahora, o todavía más, cuando yo esté lejos. Cuando veas que mi hijo ya
tiene barba, cásate con quien desees y abandona tu casa." Así dijo aquél y todo
se está cumpliendo. Llegará la noche en que el odioso matrimonio salga al
encuentro de esta desgraciada a quien Zeus ha quitado la felicidad. Pero me ha
llegado al corazón esta terrible aflicción: no suele ser así al menos antes no
lo era el comportamiento de los pretendientes que quieren cortejar a una mujer
noble, hija de un hombre rico, rivalizando entre sí; suelen llevar vacas y rico
ganado para festín de los amigos de la novia y entregar a ésta brillantes
presentes, pero no comerse sin pagar una hacienda ajena.»
Así habló, y se llenó de alegría el sufridor, el divino Odiseo porque trataba de
arrancar regalos y hechizar sus corazones con blandas palabras, mientras su
mente revolvía otras intenciones.
Entonces Antínoo, hijo de Eupites, se dirigió a ella:
«Hija de Icario, prudente Penélope, recibe los dones que quieran traerte los
aqueos pues no es bueno rechazar un regalo , que nosotros no iremos a trabajo ni
a parte alguna hasta que te desposes con el mejor de los aqueos.»
Así habló Antínoo y les agradó su palabra. Así que cada uno envió a un heraldo
para que trajera presentes. A Antínoo le trajo su heraldo un gran peplo hermoso,
bordado y con doce broches todos de oro encajados en sus bien dobladas
corchetas. A Eurímaco le trajo enseguida un collar adornado de oro, engarzado
con ámbar, como un sol. Sus siervos le llevaron a Euridamente dos pendientes con
tres perlas, grandes como moras, que despedían una gracia sin cuento. De casa de
Pisandro, el soberano hijo de Polictor, trajo un siervo una gargantilla, hermoso
adorno. Cada uno de los aqueos llevó su hermoso regalo. Entonces subió la divina
entre las mujeres al piso superior y a su lado las siervas portaban los
hermosísimos presentes.
Los pretendientes se entregaron a la danza y al deseable canto y esperaron a que
llegara la tarde, y cuando estaban gozando se les echó encima la oscura tarde.
Entonces colocaron tres parrillas en el palacio para que les alumbraran, y en
ellas madera seca, muy seca, reseca, recién cortada con el bronce, y la
mezclaron con teas. Y las siervas del sufridor Odiseo se alternaban para
alumbrar. Entonces les dijo el mismo hijo de los dioses, el muy astuto Odiseo:
«Siervas de Odiseo, señor vuestro largo tiempo ausente, marchad a las
habitaciones de la venerable reina y moved la rueca junto a ella y divertidla
sentadas en su estancia, o cardad copos de lana en vuestras manos, que yo me
quedaré aquí para ofrecer luz a todos éstos. Aunque quieran aguardar a Eos, de
hermoso trono, no me rendirán, que tengo mucho aguante.»
Así dijo, y ellas se echaron a reír mirándose unas a otras. Entonces empezó a
censurarle con palabras de reproche Melanto de lindas mejillas (la había
engendrado Dolio, pero la crió Penélope y la cuidaba como a una hija y le daba
juguetes, pero ni aun así sentía lástima en su corazón por Penélope, sino que
solía acostarse y hacer el amor con Eurímaco). Ésta, pues, reprendió a Odiseo
con palabras ultrajantes:
« Desgraciado forastero, estás tocado en tus mientes; no quieres ir a dormir a
casa del herrero ni al albergue público, sino que te quedas aquí y hablas mucho
con audacia, en medió de tantos hombres, sin sentir miedo en tu corazón. Seguro
que el vino se ha apoderado de tus entrañas, o quizá siempre es así tu juicio y
dices sandeces. Acaso estás fuera de ti por vencer a Iro, el vagabundo? Cuidado,
no se levante contra ti alguien más fuerte que Iro y, golpeándote en la cabeza
con pesadas manos, te arrastre fuera del patio manchado de sangre.»
Y mirándola torvamente, le dijo el muy astuto Odiseo:
«Perra, voy a ir a contar a Telémaco lo que estás diciendo, para que te corte en
pedazos.»
Así diciendo, espantó a las mujeres con sus palabras y se pusieron en camino por
el palacio, y sus miembros estaban flojos por el terror, pues pensaban que había
dicho la verdad. Entonces Odiseo se puso junto a las parrillas ardientes para
alumbrarlos y dirigía su mirada a todos ellos, pero su corazón revolvía dentro
del pecho lo que no iba a quedar sin cumplimiento.
Y Atenea no permitió que los esforzados pretendientes contuvieran del todo los
escarnios que laceran el corazón, para que el dolor se hundiera todavía más en
el ánimo de Odiseo Laertíada. Así que Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó a hablar
ultrajando a Odiseo y produjo risa a sus compañeros:
«Escuchadme, pretendientes de la famosa reina, mientras os digo lo que mi
corazón me ordena dentro del pecho. Este hombre ha llegado a casa de Odiseo no
sin la voluntad de los dioses, que me parece que la luz de las antorchas sale de
su misma cabeza, pues no le queda ni un solo pelo.»
Así dijo, y luego se dirigió a Odiseo, destructor de ciudades:
«Forastero, ¿querrías servirme como jornalero, si te acepto, en el extremo del
campo (y tu jornal será suficiente), para construir cercas y plantar elevados
árboles? Te ofrecer