Victor Hugo
NUESTRA SEÑORA DE PARÍS
INDICE
LIBRO PRIMERO
I. La gran sala
II. Pierre Gringoire
III. Monseñor el Cardenal
IV. Maese Jacques Coppenole
V. Quasimodo
VI. La Esmeralda
LIBRO SEGUNDO
I. De Caribdis a Escila
II. La plaza de Gréve
III. Besos para golpes
IV. Los inconvenientes de ir tras una bella mujer de noche por las calles
V. Prosiguen los inconvenientes
VI. La jarra rota
VII. Una noche de bodas
LIBRO TERCERO
I. Nuestra señora
II. París a vista de pájaro
LIBRO CUARTO
I. Las almas piadosas
II. Claude Frollo
III. Immanis pecoris custos immanior ipse
IV. El perro y el dueño
V. Continuación de Claude Frollo
VI. Impopularidad
LIBRO QUINTO
I. Abbas beati Martini
II. Esto matará aquello
LIBRO SEXTO
I. Ojeada imparcial a la antigua magistratura
II. El agujero de las ratas
III. Historia de una torta de levadura de maíz
IV. IV. Una lágrima por una gota de agua
V. Fin de la historia de la torta de maíz
LIBRO SÉPTIMO
I. Del peligro de confiar secretos a una cabra
II. Un sacerdote y un filósofo hacen dos
III. Las campanas
IV. 'ANAГKH
V. Los dos hombres vestidos de negro
VI. Del efecto que pueden producir siete palabrotas lanzadas al aire
VII. El fantasma encapuchado
VIII. Utilidad de las ventanas que dan al río
LIBRO OCTAVO
I. El escudo convertido en hoja seca
II. Continuación del escudo transformado en hoja seca
III. Fin del escudo transformado en hoja seca
IV. Larciate ogni speranza
V. La madre
VI. Tres corazones de hombre distintos
LIBRO NOVENO
I. Fiebre
II. Jorobado, tuerto y cojo
III. Sordo
IV. Loza cristal
V. La llave de la puerta roja
VI. Continuación de la llave de la puerta roja
LIBRO DÉCIMO
I. Gringoire tiene algunas buenas ideas
II. Haceos truhán.
III. ¡Viva la alegría!
IV. Un torpe amigo
V. El retiro donde el rey de Francia reza sus horas
VI. Llamita en Baguenaud
VII. ¡Ayúdanos Chateaupers!
LIBRO UNDÉCIMO
I. El zapatito
II. La creatura bella bianco vestita (Dance)
III. El casamiento de Febo
IV. Casamiento de Quasimodo
Cuando hace algunos años el autor de este libro visitaba o, mejor aún, cuando rebuscaba por la catedral de Nuestra Señora, encontró en un rincón oscuro de una de sus torres, y grabada a mano en la pared, esta palabra:
'ANAΓKH (1)
Aquellas mayúsculas griegas, ennegrecidas por el tiempo y profundamente marcadas en la piedra, atrajeron vivamente su atención. La clara influencia gótica de su caligrafía y de sus formas, como queriendo expresar que habían sido escritas por una mano de la Edad Media, y sobre todo el sentido lúgubre y fatal que encierran, sedujeron, repito, vivamente al autor.
Se interrogó, trató de adivinar cuál podía haber sido el alma atormentada que no había querido abandonar este mundo sin antes dejar allí marcado (en la frente de la vetusta iglesia) aquel estigma de crimen o de condenación. Más tarde los muros fueron encalados o raspados (ignoro cuál de estas dos cosas) y la inscripción desapareció. Así se tratan desde hace ya doscientos años estas maravillosas iglesias medievales; las mutilaciones les vienen de todas partes tanto desde dentro, como de fuera. Los párrocos las blanquean, los arquitectos pican sus piedras y luego viene el populacho y las destruye.
Así pues, fuera del frágil recuerdo dedicado por el autor de este libro, hoy no queda ya ningún rastro de aquella palabra misteriosa grabada en la torre sombría de la catedral de Nuestra Señora; ningún rastro del destino desconocido que ella resumía tan melancólicamente.
El hombre que grabó aquella palabra en aquella pared hace siglos que se ha desvanecido, así como la palabra ha sido borrada del muro de la iglesia y como quizás la iglesia misma desaparezca pronto de la faz de la tierra.
Basándose en esa palabra, se ha escrito este libro.
Marzo de 1834
1. Esta palabra griega que significa «fatalidad» será utilizada más tarde por Victor Hugo como título del capítulo IV del libro VII.
NOTA AÑADIDA A LA EDICIÓN DEFINITIVA (1832)
Erróneamente se ha anunciado que esta edición iba a ser aumentada con varios capítulos nuevos. Debía haberse dicho inéditos. Si al decir nuevos se entiende hechos de nuevo, los capítulos añadidos a esta edición no son nuevos. Fueron escritos al mismo tiempo que el resto de la obra, datan de la misma época y proceden d la misma inspiración, pues siempre han formado parte del manuscrito de Nuestra Señora de París. Además resulta difícilmente comprensible para el autor un posterior añadido de trozos nuevos a una obra de este tipo.
Estas cosas no se hacen a capricho. Una novela nace, según él, de una forma, en cierto modo necesaria, y ya con todos sus capítulos, y un drama nace ya con todas sus escenas. No se crea que qüeda nada al arbitrio en las numerosas partes de ese todo, de ese misterioso microcosmo que se llama drama o novela. El injerto o la soldadura prenden mal en obras de este carácter que deben surgir de un impulso único y mantenerse sin modificaciones.
Una vez terminada la obra, no cambiéis de opinión, no la modifiquéis. Cuando se publica un libro, cuando el sexo de la obra ha sido reconocido y proclamado, cuando la criatura ha lanzado su primer grito, ya ha nacido, ya está ahí, tal y como es, ni el padre ni la madre podrían ya cambiarla, pues pertenece ya al aire y al sol y hay que dejarla vivir o morir tal cual es. ¿Que el libro no está conseguido? ¡Qué se le va a hicer! No añadáis ni un solo capítulo a un libro fallido. ¿Que está incompleto? Habría que haberlo completado al coñcebirlo. No consçguiréis enderezar un árbol torcido. ¿Que vuestra novela es tísica?, ¿que no es viable?, pues no conseguiréis insuflarle el hálito que le falta. ¿Que vuestro drama ha nacido cojo? Creedme, no le pongáis una pierna de madera.
El autor mestra un gran interés en que el público conozca muy bien qe los capítulos aquí añadidos no han sido escritos expresamente para esta reimpresión y que si, en ediciones precedentes no han sido publicados, sé debe a razones muy sencillas.
Cuando se imprimía por primen vez Nuestra Señora de París, se extravió la carpeta que contenía esos tres capítulos y, o se escribían de nuevo, o se renunciaba a éllos. El autor consideró que los dos únicos capítulos —de los tres extraviados— que podrían haber tenidocierto interés por su extensión, se referían al arte y a la hisroniá y que, por tanto, no afectaban para nada al fondo del drama y de la novela. El público no habría echado en falta su desaparición y únicamente él, el autor, estaría en el secreto de esta omisión; así, pues, decidió suprimirlos y, puestos a confesarlo todo, hay que decir también que, por pereza, retrocedió ante la tarea de rehacer esos tres capítulos perdidos. Le habría sido más fácil escribir una nueva novela.
Pero ahora, encontrados ya, aprovecha la primera ocasión para restituirlos a su sitio. Esta es, pues, su obra completa tal como la soñó y tal como la escribió, buena o mala, frágil o duradera, pero como él la desea.
No hay duda de que estos capítulos tendrán poco valor a los ojos de lectores, muy juiciosos por lo demás, que sólo han buscado en Nuestra Señora de París el drama, la novela, pero quizás otros lectores no consideren inótil estudiar el pensamiento estético y filosófico oculto en el libro, y se complazcan, al leerlo, en desentrañar algo más que la novela en sí misma y —perdónesenos las expresiones un tanto ambiciosas— escudriñar la técnica del historiador y los adjetivos del artista, a través de la creación, mejor o peor, del poeta.
Es para esos lectores sobre todo para quienes los capítulos afiadidos en esta edición completarán Nuestra Señora de París, si admitimos que merece la pena que esta obra sea completada.
El autor se ocupa en uno de estos capítulos de la decadencia y muerte de la arquitectura actual que, en su opinión, es casi inevitable; esta opinión desgraciadamente se encuentra muy arraigada en él y la tiene muy meditada. Siente, sin embargo, la necesidad de expresar su más vivo deseo de que el futuro le desmienta, pues conoce que el arte en cualquiera de sus manifestaciones puede confiar por completo en las nuevas generaciones cuyo genio comienza ya a sentirse y a apuntar en los talleres del arte. La semilla está en el surco y la cosecha será ciertamente hermosa. Teme sin embargo, y se podrán descubrir las razones en el segundo tomo de esta edición, que la savia haya podido retirarse de este viejo terreno de la arquitectura que durante tantos siglos ha sido el mejor terreno para el arte.
Existe hoy sin embargo entre los jóvenes artistas tanta vitalidad, tanta fuerza y, si cabe, tanta predestinación, que en nuestras escuelas de arquitectura, a pesar de contar con un profesorado detestable, están surgiendo alumnos que son excelentes; algo así como aquel alfarero del que habla Horacio que pensando en hacer ánforas producía pucheros... Currit rota, urceus exit (2)
2 La rueda (del alfarero) gira, sale un cántaro. Arte Poética de Ovidio. La frase completa es: Estamos comenzando a hacer un ánfora, ¿por qué no nos sale más que un cántaro de la rueda que gira?
Pero en cualquier caso y cualquiera que sea el futuro de la arquìtectura y la forma con que nuestros jóvenes arquitectos den solución en su día a sus problemas artísticos, conservemos los monumentos antiguos, mientras esperamos la creación de otros nuevos. Inspiremos al país, si es posible, el amor a la arquitectura nacional. El autor declara ser éste uno de los objetivos principales de este libro y también uno de los objetivos principales de su vida.
Quizás Nuestra Señora de París haya podido abrir perspectivas nuevas sobre el arte En la Edad Media, ese arte maravilloso y hasta ahora desconocido de unos y, lo que es peor, menospreciado por otros; sin embargo el autor se encuentra.muy lejos de creer realizada la tarea que voluntariamente se ha impuesto. Ha defendido en más de una ocasión la causa de nuestra vieja arquitectura y ha denunciado en voz alta muchas profanaciones, muchas demoliciones y muchas irreverencias, y seguirá haciéndolo. Se ha comprometido a volver con frecuencia sobre este tema y lo hará; se mostrará incansable defensor de nuestros edificios históricos atacados encarnizadamente por nuestros iconoclastas de escuelas y de academias, pues es lastimoso comprobar en qué manos ha caído la arquitectura de la Edad Media y de qué manera los presuntuosos conservadores de edificios históricos tratan las ruinas de este arte grandioso. Es incluso vergonzante que nosotros, hombres sensibles a él, nos limitemos a abuchear sus actuaciones. No aludimos aquí únicamente a lo que acaece en las provincias, sino a lo que se perpetra en París, ante nuestras puertas, bajo nuestras ventanas, en la gran ciudad, en la ciudad culta, en la ciudad de Ja prensa de la palabra y del pensamiento. Para terminar estas notas, no podemos evitar el señalar alguno de estos hechos vandálicos, proyectados a diario, iniciados y realizados tranquilamente ante nuestros ojos a la vista del público artista de París, frente a la crítica desconcertada ante tamaña audacia. Acaba de ser derribado el arzobispado, un edificio de gusto dudoso, y el daño no habría sido grande si no fuera porque con el arzobispado ha sido también demolido el obispado, resto curioso del siglo xiv que el arquitecto encargado de su derribo no ha sabido distinguir del conjunto. Así ha arrancado el trigo y la cizafla, ¡qué más da! Se habla también de arrasar la admirable capilla de Vincennes para hacer con sus piedras no sé qué fortificación que para nada habría necesitado Daumesnil. Mientras que, a base de grandes sumas se está restaurando el palacio Borbón, ese viejo caserón, se están destrozando por los vendavales del equinocio los magníficos vitrales de la Santa Capilla.
Hace ya días que han puesto unos andamios en la Torre Saint Jacques‑de‑la‑Boucherie y cualquier día caerá bajo la piqueta. Se ha encontrado un albañil para levantar una casita blanca entre las venerables torres del palacio de justicia y otro para castrar Saint Germain‑des‑Prés, la abadía feudal de los tres campanarios; y se encontrará otro, no lo dudéis, para acabar con Saint‑Germain-L'Auxerrois. Todos estos albañiles se creen arquitectos y llevan uniformes verdes y son pagados minuciosamente por la prefectura. En fin, causan todos los perjuicios que el mal gusto es capaz de concebir.
Cuando escribo estas líneas, uno de ellos ¡deplorable espectáculo!, está encargado de las Tullerías, otro de ellos marca de costurones el rostro de Philibert Delorme (3) y no es ciertamente uno de los menores escándalos de nuestros días el ver con qué desvergüenza la amazacotada arquitectura de este hombre destroza una de las más delicadas fachadas renacentistas (4).
París, 20 de octubre de 1832
3. Arquitecto que construyó las Tullerías, bajo el reinado de Enrique II.
4. Hace referencia a Fontaine, arquitecto restaurador del palacio de las Tullerías.
LIBRO PRIMERO
I
LA GRAN SALA
Hace hoy (1) trescientos cuarenta y ocho años, seis meses y diecinueve días que los parisinos se despertaron al ruido de todas las campanas repicando a todo repicar en el triple recinto de la Cité, de la Universidad y de la Ville.
De aquel 6 de enero de 1482 la historia no ha guardado ningún recuerdo. Nada destacable en aquel acontecimiento que desde muy temprano hizo voltear las campanas y que puso en movimiento a los burgueses de París; no se trataba de ningún ataque de borgoñeses o picardos, ni de ninguna reliquia paseada en procesión; tampoco de una manifestación de estudiantes en la Viña de Laas ni de la repentina presencia de Nuestro muy temido y retpetado reñor, el Rey, ni siquiera de una atractiva ejecución publica, en el patíbulo, de un grupo de ladrones o ladronas por la justicia de París. No lo motivaba tampoco la aparición, tan familiar en el París del siglo XV, de ninguna atractiva y exótica embajada, pues hacía apenas dos días que la última de estas cabalgatas, precisamente la de la embajada flamenca, había tenido lugar para concertar el matrimonio entre el Delfín y Margarita de Flandes, con gran enojo, por cierto, de monseñor el Cardenal de Borbón.que, para complacer al rey, hubo de fingir agrado ante todo el rústtco gentío de burgomaestres flamencos y hubo de obsequiarles en su palacio de Borbón con una atractiva representación y una entretenida farsa, mientras una fuerte lluvia inundaba y deterioraba las magníficas tapicerías colocadas a la entrada para la recepción de la embajada.
1. Nota de Víctor Hugo en la página del título de su manuscrito: «He escrito las tres o cuatro primeras páginas de Nuestra Señora de Parír el 25 de julio de 1830. La revolución de julio me interrumpió. Después vino al mundo mi querida pequeña Adela (¡bendita sea!) y continúo escribiendo Nuertra Señora de Parír el primero de septiembre; la obra se terminó el 15 de enero de 1831.» Adela nació el segundo día de la revolución.
Lo que aquel 6 de enero animaba de tal forma al pueblo de París, como dice el cronista Jehan de Troyes, era la coincidencia de la doble celebración, ya de tiempos inmemoriales, del día de Reyes y la fiesta de los locos.
Ese día había de encenderse una gran hoguera en la plaza de Grévez(2), plantar el mayo en el cementerio de la capilla de Braque y representar un misterio(3) en el palacio de justicia.
La víspera, al son de trompetas y tambores, criados del preboste de París, ataviados de hermosas sobrevestas de camelote co. for violeta, y con grandes cruces blancas bordadas en el pecho, habían ya hecho el pregón por las plazas y calles de la villa y una gran muchedumbre de burgueses y de burguesas acudía de todas partes, desde horas bien tempranas, hacia alguno de estos tres lugares mencionados, escogiendo según sus gustos la fogata, el mayo o la representación del misterio. Conviene precisar, como elogio al tradicional buen juicio de los curiosos de París, que la mayoría de la gente tomaba partido por la hoguera, lo que era muy propio dada la época del año o por el misterio que por ser representado en la gran sala del palacio, cubierta y bien cerrada, se encontraba al abrigo y que la mayor parte dejaba de lado al pobre «mayo» mal florido, temblando de frío y solito bajo el cielo de enero en el cementerio de la capilla de Braque.
(2) Lo que hoy es la plaza del Hótel de ville (Ayuntamiento) se conocía como plaza de Grève hasta 1830. Bajaba suavemente hasta el río Sena. En la Edad Media era el punto de reunión de los obreros sin trabajo.
Bajo el antiguo régimen, los burgueses y demás gentes del pueblo que habían sido condenados a muerte,eran ahorcados en esta plaza. Los nobles o personajes de relieve eran decapitados allí mismo con hacha o con espada, y los culpables de herejía eran quemados vivos, así como muchos de los acusados de brujería. A los asesinos se les colocaba en la «rueda» y a los acusados de crímenes de lesa majestad se les descuartizaba.
(3) Parece como si Víctor Hugo mezclase deliberadamente (para dar quizás mayor densidad a las fiestas de gran regocijo popular) épocas y fiestas diversas. Así, tenemos en efecto que la Edad Media celebraba el carnaval durante dos meses y el autor ha unido estas celebraciones con la «plantación del mayo», que en su origen era un árbol verde adornado de cintas que se plantaba con mucha pompa el primero de mayo. La fiesta del seis de enero tenía en la Edad Media un gran relieve popular y la fiesta de los locos (heredera de las antiguas saturnales) se situaba en fecha variable entre diciembre y enero. Estaba, en principio, reservada al bajo clero, que en ella encontraba motivos para protestar contra las más altas jerarquías. Degeneró y acabó siendo prohibida, aunque era más bien una prohibición de derecho que no de hecho.
Los comentaristas resaltan que aquí, como un porn más adelante, al hablar del teatro medieval, Víctor Hugo confunde los misterios ‑de tema religioso‑ y las moralitér o rotier ‑representaciones profanas de tema moral o de reflexión.
La afluencia de gente se concentraba sobre todo en las avenidas del Palacio de justicia pues se sabía que los embajadores flamencos, Ilegados dos días antes, iban a asistir a la representación del misterio y a la elección del papa de los locos que se iba a realizar precisamente en aquella misma sala.
No era nada fácil aquel día poder entrar en la Gran Sala, famosa ya por ser considerada la sala cubierta más grande del mundo (si bien es cierto que Sauval no había aún medido la gran sala del palacio de Montargis).
La plaza del palacio, abarrotada de gente, ofrecía a los curiosos que se encontraban asomados a las ventanas, la impresión de un mar, en donde cinco o seis calles, como si de otras tantas desembocaduras de ríos se tratara, vertían de continuo nuevas oleadas de cabezas. Las oleadas de tal gentío, acrecentadas a cada instante, chocaban contra las esquinas de las casas, que surgían, como si de promontorios se tratara, en la configuración irregular de la plaza.
En el centro de la alta fachada gótica del palacio,la gran escalinata utilizada sin cesar por un flujo ascendente y descendente de personas, interrumpido momentáneamente en el rellano, se expandía en oleadas hacia las dos rampas laterales. Pues bien, esa escalinata vertía gente incesantemente hacia la plaza como una cascada sus aguas en un lago.
Los gritos, las risas, el bullicio de la muchedumbre, producían un inmenso ruido y un clamor incesante. De vez en cuando el bullicio y el clamor se acrecentaban y el continuo trasiego de la multitud hacia la escalera provocaba avalanchas motivadas tanto pot los empujones de algún arquero, al abrirse camino, como por el cocear del caballo de algún sargento del preboste enviado al lugar para restablecer orden; tradición admirable esta que los prebostes(4) han dejado a los condestables, éstos a su vez a los mariscales y así hasta los gendarmes de nuestros días.
4. El preboste era, en general, un oficial de la gendarmería. Tenía a su cargo diversas funciones de policía general o judicial. Existían el preboste real, el preboste de los mercaderes, etcétera.
Ante las puertas, en las ventanas, por las luceras o sobre los tejados, pululaban millares de rostros burgueses, tranquilos y honrados que contemplaban el palacio observando el gentío y contentándose sólo con eso; la verdad es que existe mucha gente en París que se satisface con el espectáculo de ser espectadores, pues a veces ya es suficiente entretenimiento el contemplar una maravilla tras la cual suceden cosas.
Si nos fuera permitido a nosotros, hombres de 1830, mezclarnos con el pensamiento a estos parisinos del siglo XV, y penetrar con ellos, zarandeados y empujados en aquella enorme sala del palacio, tan estrecha aquel 6 de enero de 1482, no habría dejado de ser interesante y encantador el espectáculo de vernos rodeados de cosas que,por ser tan antiguas, las hubiéramos considerado como nuevas.
Si el lector nos lo permite, vamos a intentar evocar con el pensamiento la impresión que habría experimentado al franquear con nosotros el umbral de aquella enorme sala y verse rodeado por una turba vestida con jubón, sobrevesta y cota...
En primer lugar zumbidos de orejas y deslumbramiento en los ojos. Por encima de nuestras cabezas una doble bóveda ojival artesonada con esculturas de madera pintada en azul y con flores de lis doradas y bajo nuestros pies un pavimento de mármol alternando losas blancas y negras. A nuestro lado un enorme pilar y luego otro y otros más, hasta siete pilares en la extensión de aquella enorme sala sosteniendo en la mitad de su anchura los arranques de la doble bóveda y, en torno a los cuatro primeros pilares, tiendas de comerciantes deslumbrantes de vidrios y de oropeles y, en torno a las tres últimas, bancos de madera de roble, gastados ya y pulidos por las calzas de los pleiteantes y las togas de los abogados.
Rodeando la sala y a lo largo de sus muros entre las puertas, entre los ventanales, entre los pilares, la fila interminable de las estatuas de todos los reyes de Francia, desde Faramundo: los reyes holgazanes con los brazos caídos y los ojos bajos; los reyes valerosos y batalladores con sus manos y sus cabezas orgullosamente dirigidas al cielo. Además, en las altas ventanas ojivales, vitrales de mil colores y en los amplios accesos a la sala, riquísimas puertas delicadamente talladas y en conjunto, bóvedas, pilares, muros, chambranas, artesonados, puertas, estatuas, todo recubierto de arriba a abajo por una espléndida pintura azul y oro que, un porn descolorida en la época en que la vemos, había casi desaparecido bajo el polvo y las telarañas en el año de gracia de 1549 en que Du Breul la admiraba todavía.
Imaginemos ahora esa inmensa sala oblonga, iluminada por la claridad tenue de un día de enero, invadida por un gentfo abigarrado y bullicioso deambulando a lo largo de los muros y girando en torno a sus siete pilares y obtendremos así una idea, un tanto confusa aún, del conjunto del cuadro cuyos detalles más curiosos vamos a intentar resaltar.
Es claro que si Ravaillac no hubiera asesinado a Enrique IV, no habría habido pruebas del proceso Ravaillac depositadas en la escribanía del Palacio de justicia, ni tampoco cómplices interesados en su desaparición, ni incendiarios obligados, a falta de algo mejor, a pegar fuego a la escribanía para hacerlas desaparecer ni a incendiar el Palacio de justicia para hacer desaparecer la escri‑. banía y en fin, en buena lógica tampoco se habría producido el incendio de 1618 y el viejo palacio permanecería aún en pie con su inmensa sala y podría yo decir al lector: «Id a verla» y así unos y otros evitaríamos: yo hacerla y él leer una descripción quizás no muy buena. Todo esto viene a probar que los grandes acontecimientos tienen consecuencias incalculables.
También es cierto en primer lugar que Ravaillac no tenía cómplices y en segundo lugar que sus cómplices, de haberlos tenido, claro, no habrían estado implicados en el incendio de 1618. Existen otras dos explicaciones muy plausibles. La primera, la gran estrella en llamas de un pie de ancha y de un codo de alta que, como todo el mundo sabe, cayó del cielo sobrè el palacio el siete de marzo pasada la media noche; en segundo lugar, está la cuarteta de Theophile: «Certes, ce fut un triste jeu, / Quand à Paris dame justice, / Pour avoir mangé trop d'epice, / se mit tout le palais en feu» (5).
5. Sin duda fue un triste juego, / Cuando en París la Señora justicia, Por haber comido demasiadas especias, / Puso fuego a todo su palacio.
Se piense lo que se piense de esta triple explicación política, física o poética del incendio del Palacio de justicia en 1618, lo cierto es que desgraciadamente éste se produjo.
Hoy, a causa de esta catástrofe, queda muy poco del palacio, gracias también a las sucesivas restauraciones que se han realizado y que han acabado con lo que el fuego había respetado. Queda muy poca cosa ya de la que fue primera residencia de los reyes de Francia, muy poca cosa de este palacio, hermano mayor del Louvre, de este palacio en el que en tiempos de Felipe el Hermoso buscaban los restos de las magníficas construcciones realizadás por el rey Roberto y descritas por Hergaldo. Casi todo ha desaparecido. ¿Qué se ha hecho del salón de la Cancillería en el que el rey San Luis «consumó su matrimonio»? ¿Y del jardín en donde él mismo administraba justicia «revestido de una cota. de camelote, con una sobrevesta de Tiritaña, sin mangas, y con una túnica de sándalo negro sobre los hombros, echado en un hermoso tapiz y con Joinville al lado»?(6) ¿Dónde está la cámara del Emperador Segismundo? ¿Y la de Carlos IV? ¿Y la de Juan sin Tierra? ¿Dónde aquella escalinata desde la que Carlos VI promulgó su edicto de gracia? ¿Y la losa en la que Marcel degolló, en presencia del Delffn, a Robert de Clermont y al mariscal de Champagne? ¿Y la portilla donde fueron rotas las bulas del antipapa Benedicto y por donde se marcharon los que las habían traído, castrados y encapirotados, con mofas y cantando la palinodia por todo París? ¿Y la gran sala con sus dorados, sus azules, sus ojivas, sus estatuas y pilares y su bóveda inmensa toda esculpida? ¿Y la cámara dorada? ¿Y el león de piedra que había en la entrada con la cabeza baja y la cola entre las piernas, como los leones del trono de Salomón en actitud sumisa como cuadra a la fuerza cuando se encuentra ante la justicia? ¿Y las hermosas puertas? ¿Y los bellísimos vitrales? ¿Y los herrajes cincelados que provocaban la envidia de Biscornette? ¿Y las delicadas obras de ebanistería de Du Hancy?... ¿Qué han hecho el tiempo y los hombres de tales maravillas? ¿Qué hemos recibido por todo eso, por toda esta historia gala, por todo este arte gótico?
Por lo que al arte se refiere, las pesadas cimbras rebajadas de M. de Brosse, este torpe arquitecto del pórtico de Gervais y, en cuanto a la historia, los recuerdos parlanchines del gran pilar en donde aún resuenan los comadreos de los Patru (7).
No es mucho, la verdad, pero volvamos a la auténtica gran sala del verdadero y viejo palacio.
Las dos extremidades de este gigantesco paralelogramo estaban ocupadas, una por la famosa mesa de mármol, tan larga, tan ancha, tan gruesa como jamás se vio ‑dicen los viejos pergaminos en un estilo que hubiera provocado el apetito de Gargantúa‑, Hremejante loncha de mármol en el mundoH, otra por la capilla en donde Luis XI se había hecho esculpir de rodillas ante la Virgen y a donde había hecho llevar sin preocuparle un ápice los dos nichos vacíos que dejaba en la fila de las estatuas reales, las de Carlomagno y San Luis, dos santos a los que suponía él gran influencia en el cielo por haber sido reyes de Francia.
6. Jean Sire de joinville escribió, solicitado por la reina Juana mujer de Felipe el Hermoso, una Historia de San Luis (Luis IX, rey de Francia de 1226 a 1270, hijo de Luis VIII y de Blanca de Castilla). Dentro de esa historia de San Luis, uno de los pasajes más celebrados es el del rey administrando justicia en el jardín de Vincennes, o en el jardín al que se hace alusión en el texto.
7. Olivier Patru, famoso abogado y profesor de Boileau (1604‑1681).
La capilla aún nueva, construida hace apenas seis años, tenía ese gusto encantador de arquitectura delicada, de escultura admirable, finamente cincelada, que define en Francia el fin del gótico y continúa hasta mediados del siglo XV1 en esas fantasías espiendorosas del Renacimiento. El pequeño rosetón abierto sobre el pórtico era una obra maestra de delicadeza y de gracia, habríase dicho una estrella de encaje.
En el centro de la sala frente a la puerta, se alzaba un estrado de brocado de oro, adosado al muro, en donde se había abierto un acceso privado mediante una ventana al pasillo de la cámara dorada para la legación flamenca y los demás invitados de relieve a la representación del Misterio.
En esa mesa de mármol, según la tradición, debía representarse el misterio y a cal fin había sido ya preparada desde la mañana. La rica plancha de mármol muy rayada ya por las pisadas, sostenía una especie de tablado bastante alto, cuya superficie superior, bien visible desde toda la sala, debía servir de escenario y cuyo interior, disimulado por unos tapices, serviría de vestuario a los diferentes personajes en la obra. Una escalera, colocada sin disimulo por fuera, comunicaría el escenario y el vestuario y sus peldaños asegurarían la entrada y salida de los actores. No había personaje alguno, ni peripecia, ni golpe de teatro que no necesitara servirse de aquella escalera ¡inocente y adorable infancia del arte y de la tramoya!
Cuatro agentes del bailío del palacio, guardianes forzosos de todos los placeres del pueblo, tanto en los días de fiesta como en los días de ejecución, permanecían de pie en cada una de las cuatro esquinas de la mesa de mármol.
La representación tenía que comenzar tras la última campanada de las doce del mediodía en el gran reloj del palacio. No era muy pronto precisamente para una representación teatral, pero había sido preciso acomodarse al horario de los embajadores flamencos.
Ocurría, sin embargo, que todo aquel gentío estaba allí desde muy temprano y no pocos de aquellos curiosos temblaban de frío desde el amanecer ante la gran escalinata del palacio. Los había incluso que afirmaban haber pasado la noche a la intemperie, tumbados ante el gran portón, para tener la seguridad de entrar los primeros. La muchedumbre crecía por momentos y, como el agua que rebasa el nivel, empezaba a trepar por los muros, a agolparse en torno a los pilares, a amontonarse en las cornisas, en las balaustradas de los ventanales y en todos los salientes y relieves de la fachada. Por todo ello las molestias, la impaciencia, el aburrimiento, la libertad de un día de cinismo y de locura, las discusiones que surgían por un brazo demasiado avanzado, un zapato demasiado apretado el cansancio de la larga espera, daban ya, bastante antes de la hora de llegada de los embajadores, un ambiente enconado y agrio al bullicio de toda aquella gente encerrada, apiñada,empujada, pisoteada y sofocada. No se oían más que quejas e improperios contra los flamencos y el preboste de los comerciantes, contra el cardenal de Borbón y el bailío de palacio, contra Margarita de Austria(8), contra los alguaciles, o contra el frío, el calor, o el mal tiempo, o el obispo de París o contra el papa de los locos, las pilastras las estatuas... contra una puerta cerrada o una ventana abierta. Todo ello para gran diversión de bandas de estudiantes o de lacayos que, diseminados entre la multitud, se aprovechaban del malestar general para, con sus bromas, provocar y aguijonear, por decirlo de alguna manera, aquel mal humor general.
8. Margarita de Austria era la «prometida» del delfín y tenía, a la sazón, tres años.
Había entre otros un grupo de estos alegres demonios que, después de haber destrozado la cristalera de un ventanal, se había sentado descaradamente en la repisa y desde allí lanzaban sus miradas y sus burlas, tanto a los de adentro, como a los de afuera.
Por sus gestos, sus risas estentóreas, por las llamadas burlonas que se hacían de una a otra parte de la sala, se deducía con facilidad que para aquellos estudiantes no contaba el cansancio que invadía al resto de los asistentes y que disfrutaban con el espectáculo que se producía ante sus ojos esperando que aquello continuara.
‑¡Por mi alma que vos sois Joanner Frollo de Molendino! ‑exclamó uno de ellos dirigiéndose a una especie de diablejo rubio, de buen ver y cara de picaro, que se apoyaba en las hojas de acanto de uno de los capiteles‑. Vos sois el que llaman Juan del Molino, por vuestros dos brazos y vuestras dos piernas que se asemejan a las aspas movidas por el viento. ¿Desde cuándo estáis ahí?
‑Por todos los diablos ‑respondió Joanner Frollo‑, más de cuatro horas llevo ya y espero me sean descontadas de mi tiempo en el purgatorio. Me he oído a los cuatro sochantres del rey de Sicilia entonar el versículo primero de la misa mayor de las siete en la Santa Capilla.
‑Son magníficos ‑replicó el otro‑, y su voz es más aguda aún que sus bonetes. Antes de fundar una misa para San Juan, el Rey debería haberse informado de si a San Juan le gusta el latín cantado con acento provenzal.
‑¡Sólo lo ha hecho para dar empleo a esos malditos chantres del Rey de Sicilia! ‑exclamó secamente una vieja del gentío, situada bajo el ventanal‑. ¡No está mal! ¡Mil libras parisinas por una misa!, ¡y por si fuera poco con cargo al arrendamiento de la pesca de mar del mercado de París!
‑Calma, señores ‑replicó un grave personaje, rechoncho que se tapaba la nariz junto a la vendedora de pescado‑, había que fundar una misa, ¿no?, ¿o queréis que el rey vuelva a enfermar?
‑Así se habla, sire Gille Lecornu, maestro peletero y vestidor del Rey ‑exclamó el estudiante desde el capitel.
Una carcajada de todos los estudiantes acogió el desafortunado nombre del pobre peletero y vestidor real.
‑El Cornudo ¡Gil Cornudo! ‑decían unos.
‑Cornutus et hirsutus ‑replicaba otro.
‑Pues claro ‑añadía el diablejo del capitel‑, ¿de qué se ríen? Es el honorable Gil Cornudo, hermano de maese Juan Cornudo, preboste del palacio del Rey, a hijo de maese Mahiet Cornudo, portero primero del Parque de Vincennes, burgueses todos de París y todos casados de padres a hijos.
La algazara aumentaba y el obeso peletero del rey, sin decir palabra, procuraba sustraerse a las miradas que le clavaban de todos los lados, pero en vano sudaba y resoplaba pues, como una cuña que se clava en la madera, todos sus esfuerzos no servían sino para encajar su oronda cara roja de ira y de despecho en los hombros de quienes le rodeaban. Finalmente uno de ellos, gordo y bajo, y honrado como él, salió en su ayuda:
‑¡Maldición! ¡Estudiantes hablando así a un burgués! En mis tiempos se los habría azotado y con palos que luego habrían servido para quernarlos.
Al oír esto, toda la banda se rió a carcajadas.
‑¡Hala! ¿Quién canta tan fino? ¿Quién es ese pájaro de mal ágüero?
‑¡Toma!, ¡si yo le conozco!: es maese André Musnier.
‑¡Claro!, como que es uno de los cuatro libreros jurados de la Universidad! -dijo otro.
‑Todo es cuádruple en esa tienda ‑añadió un tercero‑: las cuatro naciones(9), las cuatro facultades, las cuatro fiestas, los cuatro procuradores, los cuatro electores, los cuatro libreros.
9 Los estudiantes estaban repartidos en cuatro especies de «congregaciones»: Francia, Picardía, Normandía, Alemania, que eran a la vez Cofradías, asociaciones y organismos administrativos.
‑Pues habrá que armarles un follón de todos los demonios ‑dijo Jean Frollo.
‑Musnier, te quemaremos los libros.
‑Musnier, apalearemos a tus lacayos.
‑Musnier, nos meteremos con tu mujer, con la gorda de la señora Oudarda que está tan fresca y alegre como si estuviera viuda.
‑¡Que el diablo os lleve! ‑masculló maese André Musnier.
‑Maese Andrés‑ dijo Juan Frollo, colgado aún de su capitel‑, o te callas o me tiro encima.
Entonces maese Andrés levantó la vista como para medir la altura del pilar y el peso del guasón, multiplicó su peso por el cuadrado de la velocidad y se calló.
Juan, dueño ya del campo de batalla, dijo altaneramente:
‑Te aseguro que lo haré aunque sea hermano de un archidiácono. ¡Vaya gentuza nuestros señores de la Universidad! ¡Ni siquiera han sabido hacer respetar nuestros privilegios en un día como el de hoy! Porque en la Ville tenemos hoy el fuego y el mayo; misterio, papa de los locos y flamencos en la Cité, y en la Universidad, nada.
‑¡Aunque la plaza Maubert es lo suficientemente grande! ‑dijo uno de los estudiantes que estaban sentados en la repisa de la ventana.
‑¡Abajo el rector, los electores y los procuradores! ‑gritó Juan.
‑Habrá que hacer otra fogata esta tarde en el Champ‑Gaillard, con todos los libros de maese Andrés ‑replicó el otro.
‑¡Y con los pupitres de los escribas!
‑¡Y con las varas de los bedeles!
‑¡Y con las escupideras de los decanos!
‑¡Y con las arcas de los electores!
‑¡Y con los escabeles del rector!
‑¡Fuera! ‑replicó, zumbón, el pequeño Juan‑, fuera maese Andrés, bedeles y escribas. ¡Fuera teólogos, médicos y decretistas! ¡Fuera los procuradores, fuera los lectores, fuera el rector!
‑¡Es el fin del mundo! ‑murmuró maese Andrés, tapándose los oídos.
‑A propósito, ¡mirad, el rector! ¡Miradle ahí, en la plaza! ‑gritó uno de los de la ventana y todos se volvieron a mirar hacia la plaza.
‑¿Es de verdad nuestro venerable rector, maese Thibaut? ‑preguntó Juan Frollo del Molino, que no podía ver lo que ocurría en la plaza, por estar asido a uno de los pilares interiores.
‑Sí, sí ‑respondieron los otros‑; seguro que es él, el rector.
En efecto, en aquel momento el rector y todos los representantes de la Universidad se dirigían en grupo hacia la embajada y estaban cruzando la plaza del palacio.
Los estudiantes, apiñados en la ventana, les saludaron al pasar con mofas y aplausos irónicos. El rector, que encabezaba la comitiva, recibió.la primera andanada, que no fue pequeña.
‑¡Buenos días, señor rector!; ¡hola a los buenos días!
‑¿Cómo así por aquí, jugador empedernido? ¿Así que habéis dejado vuestra partida de dados?
‑¡Mira cómo trota en su mula! ¡Pero si sus orejas son más grandes que las de ella!
‑¡Hola, hola! ¡A los buenos días, señor rector Thibaut!
‑¡Tybalde aleator!(10); ¡jugador, viejo imbécil!
‑¡Que dios os guarde! ¿Os han salido seis dobles esta noche?
‑¡Mírale! ¡Mira qué cara arrugada y pastosa de tanto jugar a los dados!
‑¿A dónde vais así Tybalde ad dados(11), de espalda a la Universidad, trotando hacia la Ville?
‑Seguro que va a buscar su tugurio de la calle Thibautodé(12) ‑exclamó Juan del Molino.
Toda la banda acogió la rechifla con voz de trueno y aplausos furiosos.
‑Vais a buscar vuestro tugurio de la calle Thibautodé, ¿no es así, señor rector, jugador del demonio?
Después les tocó a los demás dignatarios.
‑¡Fuera los bedeles! ¡Fuera los maceros!
‑Eh, oye, Robin Poussepain, ¿quién es ese tipo?
‑¡Pero si es Gilbert de Sully, Gilbertus Soliaco, el canciller del colegio de Autun.
‑Eh, tú que estás mejor situado que yo, toma mi zapato y tíraselo a la cara.
‑Saturnalitias mittimut ecce nucets(13).
‑¡Mueran los seis teólogos con sus sobrepellizas blancas!
‑Ah, ¿pero son los teólogos?; creí que eran las seis ocas blancas que Santa.Genoveva regaló a la Ville por el feudo de Roogny.
10. Thibaut, jugador de dados.
11. Thibaut de los dados (en latín macarrónico).
12. Thibaut‑aux‑dés; Thibaut de los dados (juego de palabras en francés).
13. Mira, te envío nueces de las saturnales (Marcial, Epigramru, VII, 91, 2). La gente se tiraba nueces durante las saturnales romanas.
‑¡Fuera los médicos!
‑¡Fuera diputados y cardenales!
‑¡Ahí va mi birrete, canciller de Santa Genoveva! ¡Me hicisteis una faena! ¡Os digo que es cierto!, mi puesto en la nación de Normandía se lo dio al pequeño Ascanio Falzaespada, de la pro‑, vincia de Burges, que era italiano.
‑¡Es una injusticia! ‑gritaron los demás estudiantes‑. ¡Fuera el Canciller de Santa Genoveva!
‑Eh, eh, ¡Fijaos! Es Maese Joaquin de Ladehors.
‑¡Anda! y Luis Dahuille y Lamberto Hoctement.
‑¡Que el diablo se lleve al procurador de la nación alemana!
‑¡Y a los capellanes de la Santa Capilla con sus mucetas grises! ¡Cum tunicis grisis!
‑¡Seu de pellibus grisis funatis!(14)
‑¡Mira los maestros en artes! ¡Bonitas capas negras! ¡Qué bonitas capas rojas!
‑¡Mira!, ¡Parecen la cola del rector! Se diría que es un dux veneciano ataviado para sus bodas con el mar.
‑Eh, Juan, mira: ¡Los canónigos de Santa Genoveva!
‑¡Al diablo la canonjía!
‑Y ahora el Abad Claud Choart. Doctor Claudio Choart, ¿buscáis acaso a María Giffarde? La hallaréis en la calle Glatigny, preparando el lecho del rey de los ribaldos.
‑Paga sus cuatro denarios; quatuor denarios.
‑Aut unum bombum(15).
‑¿Queréis que os.lo haga gratis?
‑¡Compañeros! maese Simon Sanguin, elector de la Picardía, con su mujer a la grupa.
‑Port equitem sedet altra cura (16).
‑¡Ánimo, maese Simon!
‑¡Buenos días señor elector!
‑¡Buenas noches señora electora!
‑¡Qué suerte tienen de verlo todo!‑, suspiraba Joannes de Molendino, agarrado aún a la hojarasca de su capitel y mientras tanto el librero jurado de la Universidad maese Andrés Musnier, hablaba al oído del peletero real, maese Gil Lecornu.
‑Os digo que éste es el fin del mundo, jamás se han visto tales desmanes entre los estudiantes y todo ello es debido a los malditos inventos modernos que echan todo a perder; las artillerías las serpentinas, las bombardas, pero sobre todo la imprenta, esa peste llegada de Alemania. Ya no se hacen libros ni manuscritos, la imprenta hunde a la librería. Esto es el fin del mundo.
14. Con sus tunicas grises, o forradas de pieles grises.
15. O una bomba.
16. El caballero lleva a la grupa la negra preocupacines.
‑Yo ya lo había observado en el aumento de yentas de terciopelo ‑dijo el peletero.
Justo entonces sonaron las doce.
‑¡Ah...! ‑coreó la multitud al unísono. Los estudiantes se caIlaron y se produjo luego un enorme revuelo, un movimiento continuo de pies y de cabezas, carraspeos conscantes... Todo el mundo se acomodó, se situó, se colocó, se agrupó. Se produjo luego un silencio con las cabezas levantadas, las bocas abiertas y las miradas fijas codas en la mesa de mármol, pero no aparecía nadie en la mesa. Los cuatro guardías del bailío seguían allí, tiesos a inmóviles como cuacro estatuas. Las miradas se dirigieron hacia el estrado, reservado a la legación flamenca, mas la puerta permanecía cerrada y el estrado vacío. Todo aquel gentío no esperaba más que ores cosas desde bien temprano: que dietan las dote, que apareciera la legación flamenca y que empezara el misterio; y hasta ahora sólo habían dado las dote. Aquello era por demás.
Esperaron todos uno, dos, tres, cinco minutos, un cuarto de hora y nada; el estrado concinuaba desierto y el escenario vacío. A la impaciencia siguió la cólera; se protestaba en voz baja todavía, con gesto irritado: ¡el miscerio!, ¡el misterio! murmuraba apagadamence el gentío; el ambience se iba calentando. Una cempestad, aunque de momento sólo eran cruenos, se estaba preparando entre aquella multitud y fue Juan del Molino quien produjo el primer chispazo:
‑¡El misterio ya y al diablo los flamencos! ‑dijo a voz en grito enroscándose al capitel como una culebra. La genre aplaudió con Bran calor.
‑El misterio ‑repitieron todos‑; ¡al diablo con Flandes!
‑Queremos el misterio inmediatamente ‑dijo el estudiance‑, o a fe mía que colgamos al bailío a guisa de farsa y representación.
‑¡Así se habla! ‑exclamó la muchedumbre‑, y empecemos por colgar a los guardias‑. Una Bran aclamación acogió estas palabras al tiempo que los cuacro pobres diablos palidecieron y se miraban incrédulos.
La genre se avalanzó sobre ellos, y veían cómo la débil balaustrada de madera que les separaba se curvaba y cedía ante la presión del gencío.
La situación era crícica.
‑¡A ellos! ¡A ellos! ‑gritaban de todas partes. Justo en ese momento la tapicería del vestuario, ya descrita, se levantó y dio paso a un personaje ante cuya vista cesó súbitamente todo y la cólera se trocó en curiosidad como por arte de magia.
‑¡Silencio! ¡Silencio!
El personaje, nada tranquilo y temblando como una hoja, avanzó hacia la mesa de mármol, haciendo reverencias a diestro y siniestro, que parecían más bien genuflexiones a medida que se iba acercando.
Ya la calma se había restablecido un tanto y sólo se oía ese ligero murmullo que surge siempre entre el silencio de la multitud.
Y el personaje comenzó a hablar:
‑Señores burgueses, señoritas burguesas: vamos a tener el honor de declamar y representar ante su eminencia el señor cardenal un bellísimo paso que lleva por título El recto juicio de Nuestra Señora la Virgen María y en él yo hago el papel de Júpiter. Su eminencia acompaña ahora a la muy honorable embajada de monseñor el duque de Austria que se encuentra en estos momentos oyendo el discurso del Señor Rector de la Universidad en la puerta de Baudets. En cuanto llegue su Eminencia el Cardenal, daremos comienzo a la represenracióm
Nada menos que la intervención de Júpiter fue, pues, necesaria para salvar a los cuatro desdichados guardias del bailío de palacio.
Si hubiéramos tenido la dicha de haber inventado esta historia verídica y por consiguiente ser los responsables de ella ante nuestra señora la crítica, no podría habérsenos aplicado el precepto clásico Nec dens intersit(17). Por otra parte el traje de júpiter era muy atractivo y contribuyó no poco a calmar al gentío, atrayendo hacia él su atención. Júpiter estaba vestido con una brigantina cubierta de terciopelo negro adornada con clavos dorados a iba tocado con un bicoquete guarnecido de botones de plata dorada y, de no ser por el maquillaje y la espesa barba que le tapaban cada uno la mitad de la cara, o por el rollo de cartón dorado cuajado de lentejuelas y cintas relucientes que empuñaba en su mano y en el que cualquier experto habría reconocido fácilmente el rayo, o, si no hubiera sido por sus piernas, color carne, con cintas entrecruzadas al estilo griego, se le podría haber tomado, tal era la seriedad de su atuendo, por un arquero bretón de la guardia del señor de Berry.
17. Y que no intervenga ningún Dios (Horacio, Arte poética, 190)
II
PIERRE GRINGOIRE (18)
Sin embargo, mientras hablaba, la satisfacción y la admiración provocadas por su vestimenta se iban poco a poco desvaneciendo y al llegar a aquella desafortunada conclusión: «En cuanto llegue su eminencia el cardenal, daremos comienzo a la representación», su voz fue apagada por un trueno de gritos y abucheos.
‑¡Empezad ahora mismo! ¡Queremos el misterio(19) ahora mismo! ‑gritaba el populacho y más alta que ninguna sobresalía la voz de Juan de Molendino, traspasando el griterío como el pífano en una cencerrada de Niza.
‑Que comience ahora mismo ‑chillaba el estudiante.
‑¡Fuera Júpiter y el cardenal de Borbón! ‑vociferaban Robin Poussepain y los otros estudiantes encaramados en la ventana.
‑¡Que empiece ya la comedia! ‑repetía el gentío‑. ¡Ahora mismo! ¡Inmediatamente! ¡El saco y la cuerda para los cómicos y el cardenal!
El pobre Júpiter, desconcertado, amedrentado, pálido de terror bajo el maquillaje, dejó caer su rayo, se quitó el bicoquete y saludaba tembloroso y balbuciente: ‑Su eminencia... los embajadores... Margarita de Flandes...‑ no sabía qué decir. En el fondo su preocupación era ser colgado. ,
Colgado por el populacho si no empezaban o por el cardenal si lo hacían; en cualquier caso su conclusión era siempre la misma: una horca.
Por fortuna alguien vino a sacarle de aquella incertidumbre y a asumir la responsabilidad del momento.
18. Pierre Gringoire fue un personaje real, nacido en Normandía (1475‑1538), al que Victor Hugo reviste con rasgos de fantasía. Dentro del teatro profano escribió, en 1512, Le jeu du prince der rot , su obra más celebrada, cuya traducción sería: El drama (o paso, o representación) del príncipe de los locos.
19 Véase la nota 3 de este libro. Debería llamarlo «moralité», que sería referente al teatro profano. Esta denominación correspondería al sentido moral y crítico que encierran estas obras. Aquí, para conservar en lo posible fidelidad al texto original, lo hemos traducido por misterio (aunque a veces, para evitar repeticiones, hemos empleado paso, auto o comedia).
Un individuo, que permanecía de pie del lado de acá de la balaustrada, en un espacio libre en torno a la mesa de mármol, y en el que nadie hasta entonces había reparado, pues su figura alta y delgada quedaba totalmente oculta a la vista tras el pilar en el que se apoyaba; este individuo alto, delgado, pálido, rubio, todavía joven aunque se le veían ya arrugas en las sienes y en las mejillas, con ojos vivaces y una boca sonriente, con ropa larga negra, muy gastada y llena de brillo, se acercó a la mesa de mármol e hizo una seña al pobre cómico; pero éste, excitado y nervioso, no le veía.
El recién llegado avazó unos pasos:
‑¡Júpiter! ‑le dijo‑. ¡Mi querido lúpiter!
El comediante seguía sin enterarse. Entonces el hombre rubio, impacientado ya, le gritó casi a la cara.
‑¡Miguel Giborne!
‑¿Quién me está llamando? ‑preguntó Júpiter sobresaltado, como saliendo de un sueño.
‑Yo ‑respondió el personaje de negro.
‑¡Ah! ‑dijo Júpiter.
‑Comenzad ahora mismo; complaced al público. Yo calmaré al bailío; dejadlo de mi cuenta, y él se encargará de tranquilizar al cardenal.
Júpiter pudo por fin respirar.
‑¡Señores burgueses! ‑gritó con toda la fuerza de sus pulmones a la multitud que seguía abucheándole. ¡Vamos a comenzar ahora mismo!
‑Evoe, Jupiter; plaudite, cives (20) ‑exclamaron los estudiantes.
‑Aplaudid, aplaudid ‑gritaba el pueblo. A esto siguió una salva de aplausos atronadora que Júpiter aprovechó para colarse bajo la tapicería.
Sin embargo el desconocido personaje que tan mágicamente acababa de trocar la tempestad en bonanza, como dice nuestro viejo y querido Corneille, había vuelto a la penumbra de su pilar y allí habría permanecido invisible, inmóvil y mudo, como hasta entonces, de no haberle sacado de aquel sitio dos mujeres que, por hallarse en primera fila, habían observado su breve coloquio con Miguel Giborne, Júpiter.
‑Maestro ‑dijo una de ellas haciéndole señas para que se acercara.
20. ¡Bravo, Júpiter! Aplaudid, ciudadanos.
‑Callaos, querida Lienarda ‑le dijo su compañera, una moza guapa, lozana y muy endomingada‑. No es un letrado sino un seglar, así que no hay que llamarle maestro sino micer.
‑¡Eh, micer! ‑dijo Lienarda.
El desconocido se acercó a la balaustrada.
‑¿Qué se les ofrece, señoritas? ‑preguntó con cortesía.
‑¡Oh!, nada, nada ‑dijo Lienarda un canto turbada‑. Es que mi amiga Gisquette la Gencienne desea hablaros.
‑¡Oh!, no ‑prosiguió Gisquette ruborizada‑. Es que Lienarda os ha llamado maestro y yo le he indicado que tenía que decir micer.
Las dos jóvenes bajaron la vista y el otro, interesado en entablar conversación, las miraba sonriente.
‑Entonces, ¿no tenéis nada más que decirme, señoritas?
‑¡Oh, no, no!, nada más ‑respondió Gisquette.
‑No, no; nada más ‑añadió Lienarda.
El apuesto joven hizo ademán de retirarse, pero a las dos curiosas no les seducía abandonar la presa.
‑Micer ‑dijo abiertamente Gisquette, con el ímpetu de una exclusa que se abre o de una mujer que coma partido por algo‑: ¿Conocéis a ese soldado que va a hacer el papel de Nuestra Señora la Virgen, en la representación del misterio?
‑¿Os referís al papel de Júpiter? ‑dijo el desconocido.
‑¡Claro, claro! ‑dijo Lienarda‑. ¡Mira que es tonta! Entonces, ¿conocéis a Júpiter?
‑¿A Miguel Giborne?, claro, señora.
‑¡Vaya barba que lleva! ‑añadió Lienarda.
‑¿Va a ser bonito lo que van a decir?
‑Muy bonito ‑respondió sin dudarlo el desconocido.
‑¿Qué va a ser? ‑preguntó Lienarda.
‑El buen juicio de Nuestra Señora, la Virgen. Una obrita que os gustará, señoritas y con moraleja al final.
‑Entonces, ¿va a ser diferente? ‑siguió Lienarda.
Se hizo un breve silencio que rompió el desconocido.
‑Es una obra totalmente nueva; sin estrenar aún.
‑Entonces ‑continuó Gisquette‑ ¿no es la misma que dieron hace dos años, cuando la llegada del señor legado, en la que intervenían tres muchachas que hacían de...
‑De sirenas ‑completó Lienarda.
‑Y salían desnudas del todo ‑añadió el joven.
Lienarda bajó púdicamente los ojos. Gisquette al verla hizo lo mismo. El joven prosiguió hablando sonriente:
‑Era muy bonito y muy agradable a la vista; lo de hoy es un auto moral, hecho especialmente para la señorita de Flandes.
‑¿Se cantarán serranillas? ‑preguntó Gisquette.
‑¡Ni hablar! ‑respondió el desconocido. Es una obrita moral; no hay que confundir los géneros; si fuese una farsa cómica, todavía.
‑Pues es una pena ‑dijo Gisquette‑; aquel día salían en la fuente de Ponceau hombres y mujeres salvajes que luchaban haciendo grandes gestos y cantando motetes y pastorelas.
‑Lo apropiado para un embajador ‑dijo secamente el desconocido‑, puede no serlo para una princesa.
‑Y cerca de ellos ‑interrumpió Lienarda‑, y muy bajo, unos cuantos instrumentos tocaban melodías muy bonitas.
‑Es verdad, y para refrescar a los que pasaban ‑decía Gisquette‑ la fuente manaba chorros de vino, de leche y de hipocras(21) para que bebiera quien quisiera
‑Y un poco más abajo del Ponceau ‑añadió Lienarda‑, en la Trinidad se representaba una pasión(22) con personajes pero sin hablar.
‑¡Ah, sí! Ya me acuerdo ‑dijo Gisquette‑; Jesús crucificado con los dos ladrones a su derecha y a su izquierda.
Entonces las dos jóvenes, excitadas por el recuerdo de la llegada del legado, comenzaron a hablar a la vez.
‑Y antes, en la Porte‑aux‑Peintres, habíamos visto a mucha gente toda muy bien vestida.
‑Y en la fuente de San Inocencio, ¿te acuerdas del cazador aquel que perseguía a una cierva con gran alboroto de trompas y perros?
‑Sí; y también en la carnicería de París; acuérdate de todos aquellos andamiajes que representaban la bastilla de Dieppe.
21. Bebida hecha con vino, azúcar, canela y otros ingredientes.
22. En el siglo xv las representaciones de la Pasión eran frecuentes. Empezaron haciéndose como una breve dramatización en el interior de las tglestas y luego, ante la amplitud y expectación que fueron adquiriendo, tuvieron que hacerse en el exterior. A este tipo de representaciones se las conoce con el nombre de misterios.
La tradición del misterio de la pasión se ha perpetuado incluso hasta nuestros días y aún son numerosas las representaciones que de ella se hacen a nivel popular.
En el siglo xv, las representaciones podían extenderse a lo largo de aratro o más días. Así El misterio de la pasión, de Arnoul Gréban, representado en 1450 en Paris, tenía 35.000 versos. Otro autor de relieve fue Jean Michel. En 1846, se representó en Angers su Misterio de la Pasión, dividido nada menos que en diez jornadas.
‑Y cuando pasaba el legado, ¿recuerdas, Gisquette?, dieron la señal de ataque y cortaron la cabeza a todos los ingleses.
‑Y también representaban algo junto a la puerta del Châtelet.
‑Y en el Pont‑au‑Change, que estaba también preparado para representaciones.
‑Y cuando pasaba el legado dieron suelta en el puente a más de doscientas docenas de los más variados pájaros. Era precioso, ¿verdad, Lienarda?
‑Pues hoy será más bonito aún, logró decir su interlocutor que ya estaba impacientado de tanto oírlas.
‑¿Nos prometéis que va a ser bonita la representación de hoy? ‑preguntó Gisquette.
‑¡Seguro! ‑respondió y añadió luego con cierto énfasis‑: Señoritas, yo soy el autor.
‑¿De verdad? ‑exclamaron, asombradas, las dos jóvenes a is vez.
‑De verdad ‑respondió el poeta pavoneándose un porn‑; es decir, lo hemos hecho entre los dos; Juan Marchand que ha serrado las tablas, ha construido el andamiaje y los decorados, y yo que he escrito la obra; me llamo Pierre Gringoire.
Ni el mismo autor del Cid habría dicho con tanto orgullo: Pierre Corneille(23).
Nuestros lectores habrán podido darse cuenta del tiempo transcurrido desde que Júpiter se escondió tras la tapicería, hasta el instante en que el autor de la nueva pieza hizo tales revelaciones ante la ingenua admiración de Gisquette y Lienarda.
Conviene también señalar como cosa extraña que todo aquel gentío que sólo unos minutos antes se mostraba tan tumultuoso, ahora esperaba pacientemente fiándose de las palabras del comediante. Esto confirma una verdad, comprobada a diario en nuestros teatros, y es que la mejor manera de conseguir que el público no se impaciente es prometerle que la función va a comenzar en seguida. Pero el estudiante Joannes no se había dormido.
23. Autor dramático del clasicismo francés (1606‑1684), que escribió, entre otras obras, El Cid, estrenada en 1637, y de muy directa inspiración, como buena parte de sus obras, en temas de autores y ambiente españoles; en esta ocasión de Las Mocedades del Cid, de Guillén de Castro, publicada en España en 1631.
Del Cid puede decirse que es la primera tragedia clásica de la literatura francesa y supuso la gloria para su autor que se vio ennoblecido por el rey Luis XIII.
‑¡Eh! ‑exclamó, en medio de aquella apacible espera, que había seguido al tumulto anterior‑. Por júpiter ¡Por la Virgen san tísima! ¡Saltimbanquis del demonio! ¿Pero estáis de broma? Venga ya, ¡la obra! ¡La obra!
No hizo falta más.
Del interior del tinglado empezó a sonar una música de ins trumentos graves y agudos, al tiempo que se corrían las cortinas l para dar paso a cuatro personajes muy maquillados y con vestimenta muy llamativa que comenzaron a subir por aquella empi nada escalera; una vez llegados al escenario, se colocaron en fila para saludar al público con grandes reverencias. La música cesó. i Comenzaba la representación del misterio.
Los cuatro personajes fueron largamente aplaudidos y, en medio de un silencio religioso, iniciaron un prólogo del que gusto samente vamos a excusar al lector pues, como ocurre aún en nuestros días, el público estaba mucho más pendiente de la vestimenta de los actores que del papel que recitaban y además es comprensible que así sea. Los cuatro iban vestidos de amarillo y blanco a partes iguales que se diferenciaban únicamente en la calidad del tejido: el primero era de brocado, oro y plata, el segundo de seda, el tercero de lana y el otro de lienzo. Además el primer personaje llevaba una espada en la mano, el segundo dos llaves doradas, el tercero una balanza y el cuarto una pala. Además, para completar su simbolismo y facilitar así la comprensión de las L teligencias más perezosas, se podía leer en grandes letras negraa bordadas: ME LLAMO NOBLEZA en la parte superior de la túnica del brocado; ME LLAMO CLERO, sobre la túnida de seda; ME LLAMO MERCANCÍA, en la de lana y ME LLAMO TRABAJO, en la parte inferior de la de tela.
Las túnicas más cortas indicaban claramente al espectador atento el sexo masculino de los que las llevaban así como su tocado que completaba la alegoría, mientras que las otras dos alegorías femeninas estaban representadas por túnicas más largas a iban tr cadas con caperuzas.
Había que carecer y muy mucho de imaginación para no llegar a interpretar, ayudados por la expbsición poética del prólogo, que el trabajo estaba casado con Mercancía a igualmente Clérigo con Nobleza y que además las dos felices parejas poseían como pa. trimonio común un delfín de oro para adjudicarle a la más bell de las mujeres. Juntos iban, pues, por el mundo a la búsqueda di tal belleza. Después de haber descartado sucesivamente a la reina Golconda, a la princesa Trebizonda, a la hija del Gran Khan deI Tartaria, etc., Trabajo y Clero, Nobleza y Mercancía, habían vi nido a descansar sobre la mesa de mármol del Palacio de Justicia y allí, ante tan honorable auditorio, exponían tantas máximas y sentencias como pudieran oírse en los exámenes de la facultad de bellas artes, como sofismas, sentencias, conclusiones, figuras y actas necesarias para obtener una licenciatura.
Todo aquello era hermoso ciertamente.
Pero entre toda aquella gente a quienes las cuatro alegorías vertían a porfía oleadas de metáforas, no había oídos más atentos, ni corazón más dispuesto, ni mirada más perspicaz, ni cuello más tenso que los oídos, la mirada, el cuello o el corazón del autor, nuestro bravo poeta Pierre Gringoire, el mismo que no había resistido poco antes al gozo de revelar su nombre a las dos guapas mozuelas. Había vuelto a su pilar y, desde allí, muy cerca de ellas, escuchaba, observaba y saboreaba.
Los generosos aplausos con que sé había acogido el comienzo de su prólogo, le resonaban aún en su interior y se encontraba totalmente absorto en esa especie de contemplación estática en la que un autor ve surgir, una a una, todas sus ideas, por boca de los actores, entre el silencio de todo el auditorio. ¡Feliz Pierre Gringoire!
Es penoso decirlo, pero este primer éxtasis se vio muy pronto turbado. Apenas si Gringoire había acercado a sus labios esa copa embriagadora de felicidad y de triunfo, cuando hubo ya de degustar una gota de amargura.
Un mendigo harapiento, a quien nadie daba limosna perdido entre tanta gente y que no se sentía satisfecho con lo robado, había decidido encaramarse a algún lugar bien visible para así atraer miradas y limosnas.
Así pues, se había subido, durante la recitación de los primeros versos del prólogo, apoyándose en el pilar del estrado, hasta la cornisa que bordeaba la balaustrada en su parte inferior, y allí estaba sentado, ante todo el gentío, en demanda de piedad y de limosna, mostrando sus harapos y una repugnante llaga que le cubría el brazo derecho. Por lo demás no decía ni una sola palabra.
Como permanecía en silencio, pudo leerse el prólogo sin ningtín inconveniente y ningún desorden se habría producido si la mala fortuna no hubiera permitido que Joannes, el estudiante, le descubriera, desde lo alto de su pilar, haciendo muecas y gesticulando. El verle así provocó en el festivo joven una risa contagiosa y, sin preocuparse de si interrumpía o no el espectáculo a importándole muy poco la atención de los espectadores, gritó alegremente.
‑¡Caramba! ¡Mira ese canijo tullido a donde se ha subido para pedir limosna!
Quien haya lanzado una piedra a una charca llena de ranas o haya hecho un disparo en medio de una bandada de pájaros puede hacerse una idea del efecto que aquellas palabras incongruentes provocaron en medio del silencio general de la sala.
Gringoire se estremeció como sacudido por una descarga eléctrica. El prólogo se cortó y todas las cabezas se volvieron de golpe hacia el mendigo que, lejos de desconcertarse por el incidente, vio en él la mejor ocasión para una buena cosecha y se puso a decir con tono lastimero, medio cerrando los ojos.
‑¡Una caridad por el amor de Dios!
‑¡Que el diablo me lleve! ‑exclamó Joannes, ¡pero si es Clopin Trouillefou! Qué, amigo, ¿tanto te molestaba tu herida de la pierna que has tenido que pasártela al brazo?
Y al decir esto lanzó con la habilidad de un mono un ochavo en el mugriento sombrero que el mendigo extendía con su brazo llagado. El mendigo recibió sin inmutarse la limosna y el sarcasmo, y prosiguió con un tono lastimero:
‑¡Una caridad por el amor de Dios!
Este episodio había distraído enormemente al auditorio y un buen número de espectadores, Robin Poussepain y los otros estudiantes, aplaudían alegremente al dúo tan original que acababan de improvisar, en medio del prólogo, el estudiante con su voz chillona y el mendigo con su imperturbable salmodia.
Gringoire estaba indignadísimo y, una vez rehecho de su estupor, se desgañitaba gritando casi a los cuatro actores en escena:
‑¡Seguid, demonios, seguid!‑ sin dignarse echar siquiera una mirada de desdén a aquellos provocadores.
En aquel instante sintió que alguien le tiraba de la capa; se volvió un tanto malhumorado y se esforzó en forzar una sonrisa, que bien lo merecía la ocasión, pues se trataba del bonito brazo de Gisquette la Gencienne que, a través de la balaustrada, solicitaba de esta manera su atención.
‑Señor, ¿van a continuar con la representación?
‑¡Claro! ‑respondió Gringoire, extrañado por cal pregunta.
‑Entonces, micer, tendríais la gentileza de explicarme...
‑¿Lo que van a decir? ‑le interrumpió Gringoire‑. Pues sí; escuchadlos...
‑No, no ‑dijo Gisquette‑; lo que han dicho hasta ahora.
Gringoire dio un respingo como alguien a quien le hurgan en una herida.
‑¡Lo que hay que oír! Niña tonta y obtusa‑, masculló entre dientes.
Desde entonces Gisquette dejó de interesarle lo más mínimo.
Pero los comediantes habían obedecido a las invectivas de Gringoire, y el público, al ver que seguían hablando y actuando, se puso nuevamente a escuchar aunque ya había perdido un tanto el interés de la pieza con aquel corte tan bruscamente producido entre las dos partes. Así lo comentaba en voz baja el mismo Gringoire.
Poco a poco la tranquilidad fue completa pues el estudiante no decía ya nada más y el mendigo debía estar contando las monedas que había en su sombrero. La obra seguía, pues, nuevamente su ritmo.
Se trataba en realidad de una pieza muy bonita que hoy mismo, con algún arreglo, podría representarse y con éxito. La exposición, un poco larga quizás y un canto hueca, conforme a las reglas, era sencilla. Gringoire, en el cándido santuario de su fuero interno, admiraba su claridad y su precisión. Como es de suponer, los cuatro personajes alegóricos se mostraban ya un tanto cansados de haber recorrido las tres partes del mundo sin llegar a Poder deshacerse, en justicia, de su delfín de oro. Al llegar a este punto, comenzaron a hacer mil alabanzas del maravilloso pez con delicadas alusiones al prornetido(24) de Margarita de Flandes, a la sazón tristemente recluido en Amboise y sin llegar a imaginar todavía que Trabajo, Clero, Nobleza y Mercancía ‑acababan de dar la vuelta al mundo justamente por él.
24. Se refiere a Carlos VIII, que entonces contaba con doce años solamente.
Así, pues, el mencionado delfín era joven, apuesto, gallardo y sobre todo ‑origen magnífico de todas las virtudes reales‑ era hijo del león de Francia.
Confieso que esta atrevida metáfora es magnífica y que la historia natural del teatro, en un día de alegrías y de epitalamios regios, no tiene por qué rechazar que un delfín pueda ser hijo de un león. Son justamente esos raros y pindáricos cruces los que prueban el entusiasmo.
Pero para que no todo sean alabanzas hay que decir que el poeta debería haber desarrollado su original idea en algo menos de los doscientos versos que empleó, aunque fuese obligado, por disposición del preboste, hacer durar la representación del misterio desde el mediodía hasta las cuatro y ¡algo hay que decir para llenar ese tiempo! Además el público lo escuchaba pacientemente.
De pronto, en medio de una discusión entre la señorita Mercancía y doña Nobleza, justo en el instance mismo en el que maese Trabajo pronunciaba aquel verso admirable: «Onc ne vis daps les bois béte plus triomphante» (25). La puerta del estrado, tan in. convenientemente cerrada hasta entonces, se abrió en el momento más inoportuno, haciendo coincidir el último verso con la vos resonante del ujier que anunció secamente:
‑Su eminencia el Cardenal de Borbón.
25. Jamás se vió en los bosques bestia más triunfante.
MONSEÑOR EL CARDENAL
Pobre Gringoire! El estruendo de todos los bombazos de L noche de San Juan o la descarga cerrada de veinte arcabuces o la detonación de aquella famosa traca de la Tour de Billy que, durante el asedio de París aquel domingo 29 de septiembre de 1465, mató de golpe a siete borgoñeses, o la explosión de toda la pólvora almacenada en la Porte du Temple, le habrían desgarrado con menos rudeza los oídos, en aquel momento solemne y democrático, que aquellas breves palabras, salidas de la boca del ujier: «Su eminencia el Cardenal de Borbón.»
No es que Pierre Gringoire temiese a monseñor el Cardenal o le desdeñara pues no tenía ni esa cobardía ni ese atrevimiento; era un verdadero ecléctico, como hoy se diría; era uno de esos espíritus elevados y firmes, moderados y serenos, que siempre saben mantener el justo medio (stare in dimidio rerum) y que son verdaderos filósofos liberales y razonables, sin negar su categoría a los cardenales. Raza preciosa y nunca extinguida la de estos filósofos a quienes la prudencia, como si de una nueva Adriana se tratara, parece haber dado un ovillo de hilo, que, porn a poco, van devanando desde el origen del mundo a través del laberinto de los aconteceres humanos.
Aparecen en todas las épocas, siempre los mismos, es decir conformes al tiempo en que viven y, sin contar a nuestro Pierre Gringoire que sería su representante en el siglo XV, si llegáramos a concederle la categoría que merece sería ciertamente el espíritu de estos filósofos el que animaba al padre du Breul cuando escribía, allá en el siglo XVI, estas palabras, sublimes en su ingenuidad y dignas de cualquier siglo: «Soy parisino de origen y parrhisino en el hablar, puesto que en griego Parrhisia significa libertad de hablar y ésta la he utilizado incluso con sus eminencias los cardenales, el tío y el hermano del príncipe de Conty: siempre con respeto a su categoría y sin ofender a nadie de su séquito que resulta en todas las ocasiones muy numeroso.»
Así, pues, no existía ni odio al cardenal, ni desdén hacia su presencia en la impresión desagradable que ésta produjo en Pierre Gringoire. Antes al contrario, nuestro poeta tenía el buen juicio suficiente y una blusa demasiado raída para no conceder la necesaria importancia al hecho que muchas de las alusiones de su prólogo, particularmente la glorificación del delfín, como hijo del león de Francia, fueran a ser recogidas por el eminentísimo oído del cardenal. Sin embargo, no es el interés ciertamente el que priva en la naturaleza de los poetas. Copsiderando que la entidad de un poeta pueda estat catalogada con la calificación de diez al ser analizada por un químico ‑o farmacopolizada como diría Rabelais‑, la encontraría compuesta por una parte de interés y nueve de amor propio. Ahora bien, en el momento de abrir la puerta al cardenal, las nueve partes del amor propio de Gringoire, hinchadas y tumefactas por la admiración popular, se hallaban en un estado prodigioso de crecimiento, bajo cuya presión desaparecería, ahogada, esa mínima molécula de interés que acabamos de citar como componente de los poetas; ingrediente precioso por otra parte, lastre de realismo y de humanidad, sin cuya existencia no podrían pisar la tierra.
Gringoire gozaba al sentir, al ver, al palpar, podríamos decir, la presencia de un gran público ‑de pícaros y de bribones en buena parte, es cierto, pero de un gran público al fin‑, de un público estupefacto, petrificado y como asfixiado ante las inconmensurables tiradas que brotaban sin cesar de cada una de las panes de su epitalamio.
Puedo asegurar que él mismo compartía la aprobación general y que, opuestamente a La Fontaine, que en la representación de su comedia El florentino preguntaba: «¿Quién es el zopenco que ha compuesto esta comedia?» Gringoire habría preguntado gustosamente: «¿De quién es esta obra maestra?» Júzguese, pues, el efecto que en él produjo la brusca a intempestiva aparición del cardenal.
Desgraciadamente ocurrió lo que él temía ya que la aparición de su eminencia trastornó a los espectadores. Todas las cabezas se volvieron hacia el estrado y ya no había manera de entenderse:
‑¡El cardenal! ¡El cardenal! ‑repetían a coro, interrumpiendo por segunda vez el desventurado prólogo.
El cardenal se detuvo un momento en el umbral, paseando indiferente su mirada por todo el auditorio, hecho que provocó el delirio. Todos pretendían verle mejor y empujaban a los demás y metían sus cabezas por entre los hombros de los de delante.
Se trataba de un personaje de gran relieve y el verle era más importante que cualquier representación. Carlos, cardenal de Borbón, arzobispo y conde de Lyon, primado de las Galias, estaba a la vez emparentado con Luis XI por parte de su hermano Pedro, señor de Beaujeu, casado con la hija mayor del rey. También emparentaba con Carlos el Temerario por parte de su madre Agnés de Borgoña. Ahora bien, el rasgo dominante, el rasgo que distinguía y definía el carácter del primado de las Galias, era su espíritu cortesano y su devoción al poder.
Podemos imaginar los innumerables apuros que este doble parentesco le habían acarreado, los escollos y tempestades que su barca espiritual tuvo que sortear para no estrellarse ni con Luis ni con Carlos; ese Caribdis y ese Escila que habían devorado nada menos que al duque de Nemours y al condestable de Saint‑Paul. Gracias al cielo se había defendido bien en aquella travesía y había conseguido llegar a Roma sin tropiezos. Pero aunque se encontrara ya a salvo, en puerto, o precisamente por eso mismo, nunca recordaba sin inquietud los diversos avatares de su vida política, tan laboriosa siempre y con tantos contratiempos. Tenía la costumbre de decir que el año de 1476 había sido para él, el negro y Marco, ya que en ese mismo año, habían muerto su madre, la duquesa de Bourbonnais y su primo el duque de Borgoña, y que un luto le había consolado del otro.
Además era también un buen hombre; Ilevaba una vida alegre, de cardenal, y degustaba con placer los vinos reales de Challuau. Tampoco despreciaba a Ricarda la Garmoise, ni a Tomasa la GaiIlarde y prefería dar limosna a lindas jóvenes más que a mujeres ya viejas; razones todas ellas por las que caía muy simpático al populacho de Paris.
No se desplazaba si no era rodeado de una pequeña corte de obispos y ábates de alto linaje, galantes, decididos y prestos a divertirse si la ocasión lo requería. En más de una ocasión las beatas de Saint‑Germain‑d'Auxerre, al pasar, anochecido ya, bajo las ventanas iluminadas de la residencia del Borbón, se habían escandalizado al oír que las mismas voces que habían cantado las vísperas durante el día, salmodiaban ahora, entre un entrechocar de copas, el proverbio báquico de Renedicto XII, aquel papa que añadió una tercera corona a la tiara: «Bibamus papaliter» (26).
26. Bebamos a tu papa. Benedicto XII, papa de Aviñón, 1334‑1342. Este piadoso benedictino fue administrador íntegro, pero los historiadores italianos lo pintan con gran inclinación hacia la buena comida y los buenos vinos. De ahl la indicación de Víctor Hugo.
Su popularidad, tan justamente adquirida, le preservó de un mal recibimiento por parte de la multitud que poco antes se mostraba tan disconforme con su retraso y muy poco dispuesta a respetar a un cardenal, justo en el mismo día en que iban a elegir a un papa. Pero los parisinos son poco rencorosos y cotno además se había comenzado la representación sin su presencia, era como si los buenos burgueses hubieran quedado un poco por encima de él, y se áaban por satisfechos.
Por otra parte, como el cardenal era un hombre apuesto y llevaba un hermoso ropaje de color rojo, que le iba muy bien, tenía de parte suya a las mujeres, es decir, a la mitad del auditorio. Tampoco sería justo ni de buen gusto chillar a un cardenal por haberse hecho esperar, tratándose de un hombre tan apuesto y al que tan bien le iban los ropajes de color rojo.
Así que entró, saludó luego a la asistencia, con esa sonrisa hereditaria que los grandes tienen para con el pueblo, y se dirigió lentamente hacia su butaca de terciopelo escarlata con aspecto de estar pensando en otras cosas.
Su cortejo ‑al que vamos a llamar su estado mayor‑ de obispos y de ábates siguió hacia el estrado, con gran revuelo y curiosidad por parte de la asistencia.
La gente presumía señalándolos, diciendo a quién de todos ellos conocía: uno indicaba quién era el obispo de Marsella, Alaudet, si no recuerdo mal; otro señalaba al chantre de Saint‑Denis o a Robert de Lespinasse, abad de Saint‑Germain‑des‑Prés, hermano libertino de una de las amantes de Luis XI..., todo ello, en fin, dicho con errores y cacofonías. Los estudiantes, por su parte, seguían con sus palabrotas; era su día; la fiesta de los locos; su fiesta saturnal; la orgía anual de la curia y de las escuelas. Ese día no existían salvajadas a las que no se tuviese derecho, como si de cosas sagradas se tratara. Además se hallaban entre el gentío muchas mujeres alegres, como Simona Quatrelivres, Inés la Gadina o Robin Piédebou; así que, lo menos que se podía hacer en aquella fecha, era decir salvajadas, maldecir de Dios de vez en cuando, sobre todo estando, como estaban, en buena compañía de gentes de iglesia y de chicas alegres. No se privaban de ello y, en medio de todo aquel jaleo, se oían blasfemias y procacidades, salidas de todas aquellas lenguas desatadas de clérigos y estudiantes, que habían estado amordazadas durante el resto del año, por temor al hierro rojo de San Luis. ¡Cómo se burlaban de él en el propio Palacio de Justicia! ¡Pobre San Luis!
Arremetían contra los recién llegados al estrado y atacaban al de sotana negra o blanca, gris o violeta. Joannes Frollo de Molendino, como hermano que era de un archidiácono, había arremetido osadamente contra la sotana roja y cantaba a voz en grito, clavando sus ojos descarados en el cardenal: «Capra repelta mero».(27)
27. Capa llena de vino. Refiriéndose a la cappa magna de los cardenales.
Todos estos detalles que, para edificación del lector, exponemos al desnudo, estaban de cal manera mezclados con el bullicio general que prácticamente quedaban ahogados antes de llegar al estrado reservado a los personajes. Ademas el cardenal no se habría sentido muy impresionado por los excesos de aquel día, dado el arraigo que el pueblo tenía por estas tradiciones. Le preocupaba mucho más y su aspecto así lo denotaba, algo que le seguía de cerca y que hizo su aparición en el estrado casi al mismo tiempo que él: la delegación flamenca.
No es que él fuera un político profundo ni que le preocuparan nada las posibles consecuencias de la boda de su señora prima, Margarita de Borgoña con su señor primo Carlos, el delfín de Viena, ni cuánto pudieran durar las buenas relaciones, un tanto deterioradas ya, entre el duque de Austria y el rey de Francia, ni cómo tomaría el rey de Inglaterra este desdén hacia su hija. Todo eso le inquietaba muy porn y no le impedía degustar cada noche el buen vino de las cosechas reales de Chaillot, sin sospechar que acaso algunos frascos de aquel vino (un porn revisado y corregido, es aerto, por el médico Coictier), cordialmente ofrecidos a Eduardo IV por Luis XI, librarían un buen día a Luis XI de Eduardo IV.
La muy honorable embajada de monseñor el duque de Austria no traía al cardenal ninguna de las preocupaciones reseñadas. Le preocupaba más bien en otros aspectos porque, en efecto, era bastante penoso y ya hemos aludido a ello en este mismo libro, el verse obligado a festejar y a acoger con buen semblante, él, Carlos de Borbón, a unos burgueses de poca monta; él, todo un cardenal, a unos simples regidores; él, un francés, amable degustador de buenos vinos, a unos flamencos, vulgares bebedores de cerveza; y todo ello en público. Era ciertamente uno de los gestos más fastidiosos que nunca habría hecho para complacer al rey.
Así, pues, cuando el ujier anunció con su voz sonora: «Sus señorías, los enviados del señor duque de Austria», él se volvió hacia la puerta, con las más cuidadosas maneras del mundo. Ni que decir tiene que, al verlos, toda la sala hizo lo mismo.
Entonces fueron entrando de dos en dos ‑con una seriedad que contrastaba con el ambience petulante del co'rtejo eclesiástico del cardenal de Borbón‑ los cuarenta y ocho embajadores de Maximiliano de Austria, figurando en cabeza el muy reverendo padre Jehan, abad de Saint‑Bertain, canciller del Toisón de Oro y Jacques de Goy, señor de Dauby, gran bailío de Gante. Se produjo en la asamblea un gran silencio, acompañado de risas reprimidas al escuchar todos aquellos nombres estrambóticos y todos aquellos títulos burgueses que cada personaje comunicaba imperturbablemente al ujier, para que éste los anunciase inmediatamente, mezclando y confundiendo sus nombres y títulos.
Eran maese Loys Roelof, magistado de la villa de Lovaina, micer Clays d'Estuelde, concejal de Bruselas, micer Paul de Baeust, señor de Voirmizelle presidente de Flandes; maese Jean Coleghens, burgomaestre de la villa de Anvers; maese George de la Moere, primer magistrado de la villa de Gante; micer Gheldof Van der Hage, primer concejal de los parchones de la misma villa... y el señor de Bierbecque y Jean Pinnock y Jean Dymaerzelle..., etc., bailíos, magistrados, burgomaestres; burgomaestres, magistrados y bailíos, tiesos todos, envarados, almidonados, endomingados con terciopelos y damascos con birretes de terciopelo negro y grandes borlas bordeadas con hilo de oro de Chipre; honorables cabezas después de todo; dignas y severas figuras del mismo corte de las que Rembrand pinta tan serias y graves sobre el fondo negro en su Ronda de Noche; personajes todos que llevaban inscrito en su frente que Maximiliano de Austria había tenido razón en confiarse de lleno, como decía en su manifiesto, a su buen sentido, valor, experiencia, lealtad y hombría de bien.
Pero había una excepción: se trataba de un personaje de rostro fino, inteligente, astuto, con una especie de hocico de mono y diplomático, ante quien el cardenal dio tres pasos a hizo una profunda reverencia y que tan sólo se llamaba Guillermo Rym, consejero y pentionario de la villa de Gante.
Muy pocas personas conocían entonces la identidad de Guillermo Rym, raro genio que, de haber vivido en tiempos de la revolución, habría brillado con luz propia, pero que en el siglo xv se veía reducido a actuar soterradamente y a vivir en las intrigas, como dice el duque de Saint‑Simon.
Era muy estimado por el intrigante más destacado de Europa.
Maquinaba familiarmente con Luis XI y con frecuencia metía la mano en los proyectos secretos del rey.
De rodo esto, claro, era ignorante aquel gentío que se maravillaba viendo cómo su cardenal hacía reverencias a aquel enclenque personaje del bailío flamenco.
MAESE JACQUES COPPENOLE
MIENTRAS el pensionario de Gante y su eminencia el cardenal cambiaban una profunda reverencia y algunas palabras en voz baja, un hombre alto, fornido de hombros y de cara larga, pretendía entrar al mismo tiempo que Guillermo. Habríase dicho un dogo persiguiendo a un zorro. Su gorro de fieltro y su chaqueta de cuero chocaban con los cuidados terciopelos y las finas sedas de su entorno. Juzgándole por un palafrenero cualquiera, el ujier le detuvo.
‑¡Eh, amigo! ¡No se puede pasar!
El hombre de la chaqueta de cuero le rechazó de un empujón.
‑¿Qué pretende este tipo? ‑preguntó con un tono de voz, que atrajo la atención de la sala hacia el extraño coloquio‑. ¿No ves quién soy?
‑¿Vuestro nombre? ‑preguntó el ujier.
Jacques Coppenole.
‑¿Vuestros títulos?
‑Calcetero; del comercio conocido por Las trey cadenetar, en Gante.
El ujier quedó desconcertado. Pase el anunciar concejales y burgomaestres, pero anunciar a un calcetero... era demasiado. El cardenal estaba sobre ascuas. El pueblo escuchaba y miraba. Dos días Ilevaba su eminencia intentado peinar a aquellos osos flamencos para hacerlos un porn más presentables en público; pero aquella inconveniencia era ya demasiado. Guillermo Rym, con su fina sonrisa, se acercó al ujier.
‑Anunciad a maese Jacques Coppenole, secretario de los concejales de la villa de Gante ‑le sugirió en voz baja.
‑Ujier ‑confirmó el cardenal en alta voz‑, anunciad a maese Jacques Coppenole, secretario de los concejales de la ilustre villa de Gante.
Esto fue un error porque Guillermo Rym, él solo, habría arreglado aquel embrollo, pero Coppenole había oído las palabras del cardenal.
‑¡Ni hablar! ¡Por los clavos de Cristo! ‑gritó con su voz de trueno‑. ¿Jacques Coppenole, calcetero! ¿Me has oído, ujier?, ni más ni menos. ¡Por los clavos de Cristo! Calcetero es bastante importante y más de una vez monseñor el archiduque ha venido a mi comercio.
Estallaron risas y aplausos, pues cosas así las comprende y las aplaude en seguida el pueblo de París.
Conviene saber que Coppenole era un hombre del pueblo y pueblo era el público allí congregado; por eso la comunicación entre ambos había sido rápida; casi como un chispazo. Aquella altiva salida del calcetero flamenco, humillando a la gente de la corte, había removido en el corazón de aquellos plebeyos no sé qué sentimiento de orgullo y dignidad, todavía un tanto impreciso en el siglo xv. Aquel calcetero, que acababa de plantarle cara al cardenal, era como ellos, era de su clase, y representaba ciertamente un sentimiento agradable para unos pobres infelices, acostumbrados al respeto y a la obediencia hacia los criados mismos de los guardias del bailío o del abad de Santa Genoveva, servidor a su vez del cardenal.
Coppenole saludó con altivez a su eminencia que, a su vez devolvió el saludo a aquel poderoso burgués, temido de Luis XI. Después, mientras Guillermo Rym, hombre prudente y maligno, como dice Philippe de Comines, les seguía con una sonrisa burlona y de superioridad, se dirigió cada uno a su sitio; el cardenal nervioso y preocupado, Coppenole tranquilo y altivo, pensando sin duda que, después de todo, su título de calcetero era tan importante como cualquier otro y que María de Borgoña, madre de esta Margarita, cuyas bodas concertaba hoy Coppenole, le hubiera temido menos como cardenal que como calcetero. ¿Por qué? Pues porque un cardenal no habría podido amotinar a los ganteses contra los partidarios de la hija de Carlos el Temerario. Tampoco habría servido un cardenal para animar a la muchedumbre con upas palabras y que ésta resistiera a sus lágrimas y a sus ruegos, cuando la señorita de Flandes fue a suplicar por ellos ante el pueblo al pie mismo del patíbulo. El calcetero sin embargo sólo tuvo que levantar su brazo, revestido de cuero, para hacer rodar vuestras dos cabezas, ilustrísimos señores Guy de Hymbercourt y canciller Guillermo Hugonet.
Pero aún no había pasado todo para el pobre cardenal; aún tenía que apurar hasta la última gota el cáliz de la mala compañía en que se encontraba.
Seguro que el lector no se habrá olvidado del descarado mendigo, colocado desde el comienzo del prólogo a los bordes del estrado cardenalicio. La llegada de tan ilustres huéspedes no le había desplazado de aquel lugar y, mientras prelados y embajadores se apretujaban como auténticos arenques flamencos en los asientos de la tribuna, él se había puesto cómodo, cruzando tranquilamente sus piernas sobre el arquitrabe. Era de una insolencia increíble, no observada en principio por nadie, pues la atención se centraba en otros puntos; tampoco él estaba pendiente de lo que ocurría en la sala y balanceaba su cabeza con una despreocupación de napolitano, repitiendo de vez en cuando, entre el rumor general: «Una limosna, por caridad.»
Seguramente había sido el único de entre los asistentes que no se había dignado volver la cabeza cuando el altercado entre Coppenole y el ujier. Ahora bien, quiso la casualidad que el maestro calcetero de Gante, con quien el pueblo simpatizaba ya vivamente y en quien todas las miradas estaban clavadas, fuera a sentarse precisamente en la primera fila del estrado, encima del mendigo; y la sorpresa no fue pequeña cuando todos pudieron ver cómo el embajador flamenco, después de haber examinado al extravagance tipo sentado bajo sus olos, le daba una palmada amistosa en el hombro cubierto de harapos. El mendigo se volvió y los dos rostros reflejaron la sorpresa, el reconocimiento y la alegría... Después sin preocuparse para nada de los espectadores, el calcetero y el lisiado se pusieron a hablar en voz baja apretándose las manos, mientras que los andrajos de Clopin Trouillefou, extendidos sobre el paño dorado del estrado, daban más bien la impresión de un gusano en una naranja.
La originalidad de esta escena tan singular provocó tales rumores de locura y de satisfacción entre el gentío que no pasó mucho tiempo sin que el cardenal se apercibiera de ello. Entonces se asomó y, no pudiendo ver desde donde estaba, más que de una manera muy incómoda a imperfecta, la casaca ignominiosa de Trouillefou, dedujo claramente que el mendigo andaba pidiendo limosna e, indignado por su audacia, exclamó:
‑Señor bailío del palacio, hacedme el favor de lanzar a ese tipejo al río.
‑¡Por los clavos de Cristo!, señor cardenal ‑dijo Coppenole, sin dejar la mano de Clopin‑: ¡Si es uno de mis amigos!
‑¡Bravo! ¡Bravo! ‑gritaron todos. Desde entonces maese Coppenole gozó en París, como en Gante, de un gran prettigio entre el pueblo pues la.r personas como él lo tienen cuando actúan con eta desenvoltura, dire Philippe de Comines.
El cardenal se mordió los labios y, volviéndose hacia su vecino, el abad de Santa Genoveva, le dijo a media voz:
‑Valientes embajadores nos envía el señor archiduque para anunciarnos a su madame Margarita.
‑Vuestra eminencia ‑le respondió el abad‑ se excede en cortesías con estos cochinos flamencos. Margaritas ante porcos.
‑Más bien habría que decir ‑le respondió el cardenal con una sonrisa‑: Porcos ante Margaritam.
Todo el cortejo de sotanas se maravilló con aquel juego de palabras, lo que tranquilizó un tanto al cardenal pues con ello había quedado en paz con Coppenole, al ser también aplaudido su retruécano.
Permítasenos preguntar a aquellos de nuestros lectores que tienen capacidad de generalizar una imagen y una idea, si se imagínan claramente el espectáculo que ofrecía, en el instance en que solicitamos su atención, aquel enorme paralelogramo que era la gran sala del palacio. En el centro, adosado al muro occidental, un amplio y magnífico estrado de brocado de oro por el que van entrando en procesión, por una puertecilla en arco de ojiva, graves personajes anunciados uno tras otro por la voz chillona de un ujier. En los primeros bancos se ven ya muchas y venerables figuras vestidas de armiño, terciopelo y escarlata. En torno al estrado, que permanece silencioso y digno, surge frente a él, por debajo de él, por todas partes, un gran gentío y un rumor confuso de voces. Miles de miradas populares y miles de murmullos se dirigen hacia cada parte del estrado, pues el espectáculo es ciertamente curioso y atrae la atención de los espectadores. Pero, ¿qué es esa especie de tablado, con cuatro fantoches embadurnados encima y otros cuatro debajo, que se ve allá, al fondo? ¿Quién es aquel hombre de blusón negro y de figura pálida que se encuentra junco al tablado? ¡Ay, querido lector! Es Pierre Gringoire y su prólogo. Nos habíamos olvidado de él y era eso lo que él se temía.
Desde la entrada del cardenal, Gringoire no había cesado de preocuparse por su prólogo. Primero había pedido a los actores, que se habían quedado cortados, que continuasen y que alzasen su voz; después, al ver que nadie escuchaba, les había hecho callar y, desde entonces, hacía ya prácticamente más de un cuarto de hora, andaba agitándose, moviéndose de un‑ lado para otro, hablando con Gisquette y Lienarda y animando en fin a los espectadores más próximos a que le escuchasen, pero todo era en vano, pues nadie dejaba de mirar al cardenal, a la embajada flamenca y al estrado, único centro de atracción de todas las miradas.
Hay que decir, y lo hacemos con pena, que el prólogo comenzaba ya a aburrir ligeramente al auditorio, en el momento en que su eminencia había venido a distraer la atención de una manera tan terrible.
Después de todo, tanto en el estrado como en la mesa de mármol, tenía lugar el mismo espectáculo: el conflicto entre Trabajo, Clero, Nobleza y Mercancía. Además muchos de los allí presentes preferían sencillamente verlos vivos; respirando, actuando, en car. ne y hueso, en la embajada flamenca o en aquella corte episcopal, bajo el ropaje del cardenal o la chaqueta de cuero de Coppenole; prefería verlos a lo vivo que maquillados o, por decirlo así, disecados bajo sus ropajes amarillos y blancos con que les había disfrazado Gringoire.
Éste, sin embargo, al ver que la calma había renacido, imaginó una estratagema que habría podido arreglarlo todo.
‑Señor ‑dijo volviéndose hacia uno de los espectadores más próximos, un hombre de aspecto pacífico y un poco rechoncho‑. ¿Y si recomenzamos?
‑¿Cómo? ‑dijo aquel hombre.
‑Eso; que si seguimos con la representación ‑dijo Gringoire.
‑Como os plaza ‑respondió el hombre.
Esta semi aprobación le fue suficiente a Gringoire que, tomando la iniciativa, comenzó a vociferar intentando pasar lo más posible por un espectador.
‑¡Que recomience el misterio! ¡Que recomience!
‑¡Demonios! ‑dijo Joannes de Molendino‑, ¿qué es lo que dicen allá abajo? ‑la verdad es que Gringoire hacía tanto ruido como cuatro‑. Pero bueno, amigos, ¿no ha terminado aún el misterio? ¿Y quieren empezarlo otra vez? ¡Ni hablar! ¡No hay derecho!
‑¡Ni hablar!, ¡ni hablar! ‑gritaron los estudiantes. ¡Fuera! ¡Fuera el misterio!
Pero Gringoire se multiplicaba y chillaba más fuerte que ellos.
‑¡Que empiece! ¡Que empiece!
Todo aquel ruido atrajo la atención del cardenal.
‑Señor bailío del palacio ‑dijo a un hombre alto, vestido de negro que se encontraba a unos pasos de él‑. ¿Esos villanos están acaso metidos en la pila del agua bendita para armar tanto jaleo?
El bailío del palacio era algo así como un magistrado ar.fibio; una especie de murciélago del orden judicial y, a la vez, algo de rata y de pájaro, de juez y de soldado.
Se aproximó a su eminencia y, no sin temer su enojo, intentó explicarle, entre balbuceos, la incongruencia del pueblo; que hacía ya tiempo que habían dado las doce sin que su eminencia hubiera hecho su aparición, y que los comediantes se habían visto obligados a comenzar sin su presencia.
El cardenal se echó a reír.
‑A fe mía que el señor rector de la Universidad debería haber hecho otro tanto. ¿Qué opináis vos, micer Guillermo Rym?
‑Monseñor ‑respondió‑, debemos darnos por satisfechos con habernos librado de la mitad de la comedia; eso hemos salido ganando.
‑¿Pueden, pues, esos rufianes proseguir su farsar ‑preguntó el bailío.
‑Que sigan, que sigan ‑dijo el cardenal‑; me da lo mismo; mientras tanto voy a leer el breviario.
El bailío se acercó al borde del estrado y, haciendo con su mano un gesto de silencio gritó:
‑¡Burgueses y villanos todos! Para satisfacción de quienes quieten que recomience la representación y de los que desean ver cómo acaba, su eminencia ordena que prosiga.
Tuvieron, pues, que resignarse ambos bandos, aunque público y autor guardaron por ello un cierto rencor hacia el cardenal.
Así que los personajes continuaron su representación con la esperanza de Gringoire de que su obra fuera oída hasta el final y esta esperanza y otras de sus ilusiones se vieron decepcionadas porque, si bien se había conseguido restablecer el silencio entre el auditorio, no se había fijado Gringoire en que, cuando el cardenal dio la orden de proseguir, el estrado no se encontraba aún Ileno y que, después de la legación flamenca, seguían llegando nuevos personajes integrantes del cortejo. Gringoire seguía, pues, con su prólogo mientras el ujier iba anunciando nombres y cargos de los recién llegados, organizándose, como es lógico, un bullicio considerable.
Imaginemos el efecto que pueden producir durante la representación de una obra de teatro los chillidos de un ujier, lanzando a voz en grito, entre dos rimas, cuando no entre dos hemistiquios, paréntesis como éste:
‑¡Maese Jacques Charmolue, procurador real en los tribunales de la Iglesia!
‑Jehan de Harlay, escudero, caballero de la ronda y vigilancia nocturnas de la ciudad de París!
‑¡Micer Galiot de Genoilhac, caballero, señor de Brussac, jefe de los artilleros del rey!
‑¡Maese Dreux Raguier, inspector de las aguas y bosques del rey nuestro señor en los territorios franceses de Champagne y de Brie!
‑¡Maese Denis Lemercier, encargado de la casa de ciegos París!... etcétera.
Todo aquello era insoportable para Gringoire. Aquel extraño cortejo, que impedía por completo la representación, le indignaba tanto más, cuanto que se daba cuenta de que el interés por la obra iba acrecentándose, y de que sólo faltaba para el éxito el sec oída.
No era fácil imaginar una trama tan ingeniosa y tan dramática como la de aquella pieza. Los cuatro personajes del prólogo se lamentaban de la inutilidad de su incesante búsqueda, cuando la diosa Venus en persona, vera incensu patuit dea(28), se apareció ante ellos vestida con una espléndida túnica, bordada con el bajel de la villa de París.
28. Por su misma forma de andar se reconoció a la diosa (Virgilio, Eneida, I, 405).
Venía a reclamar para sí misma el delfín prometido a la más hermosa y era apoyada en sus pretensiones por Júpiter, cuyos truenos se oían retumbar en los vestuarios. Ya la diosa iba a conseguir su deseo es decir, iba para expresarlo sin metáforas, a desposarse con el delfín, cuando una joven vestida de damasco blanco y llevando en su mano una margarita ‑clarísima personificación de la señorita de Flandes‑ se presentó, dispuesta a disputárselo a Venus.
Efectos de teatro y peripecias diversas después de una larga controversia. Venus, Margarita y los demás personajes deciden someterlo al recto juicio de la Santísima Virgen(29). Quedaba aún otro papel, el de don Pedro, rey de Mesopotamia, pero resultaba difícil con tantas interrumpciones el poder determinar su importancia.
29 Ésta es justamente la circunstancia que da el título a la obra El recto juicio de Nuestra Señora la Virgen María.
Todos ellos habían subido al escenario por la escalerilla a la que ya antes hemos hecho alusión, pero ya no había remedio y nadie podía ya comprender ni sentir los valores y la belleza de la obra. Era como si, a la entrada del catdenal, un hilo invisible y mágico hubiera atraído todas las miradas, desde la parte meridional en donde estaba la mesa de mármol, hasta la parte occidental en donde estaba el estrado. No había nada capaz de quitar el hechizo al auditorio y todas las miradas seguían atentas a la llegada de nuevos personajes; y sus malditos nombres, sus caras, su atuendo le producían una diversión continua. Era desolador aquello. Salvo Gisquette y Lienarda que se volvían hacia Gringoire cuando éste las tiraba de la manga, salvo aquel personaje paciente y rechoncho que se encontraba a su lado, nadie escuchaba, nadie se preocupaba para nada de la pobre farsa. Gringoire sólo veía los rostros de perfil.
¡Con cuanta amargura veía derrumbarse paso a paso todo aquel tinglado de gloria y de poesía! ¡Y pensar que aquella multitud había estado a punto de revelarse contra el bailío del palacio, impaciente por ver su obra! ¡Y ahora que estaba representándose no les importaba! ¡Una representación que había comenzado entre el clamor unánime del pueblo! ¡Eternos flujo y reflujo del fervor popular! ¡Y pensar que habían estado a punto de lanzarse contra los guardias del bailío! ¡Qué no habría dado él, Gringoire, por volver de nuevo a esos dulces momentos del comienzo!
Con la llegada de todos los embajadores había cesado aquel brutal monólogo del ujier y el poeta pudo por fin respirar. Los actores habían ya recornenzado valientemente, cuando he aquí que maese Coppenole, el calcetero, se levanta de pronto y, ante la atención de toda la sala, Gringoire le oye pronunciar esta abominable arenga.
‑Señores burgueses y terratenientes de París, ¡En el nombre de Dios! Me estoy preguntando qué hacemos aquí. Estoy viendo allá, en aquel escenario, a gentes que parece que quieren pegarse y desconozco si es a eso a lo que vosotros llamáis mi.cterio pero, en cualquier caso, no es divertido. ¡Pelean con las palabras y nada más! Hace ya un buen rato que espero impaciente el primer golpe y no lo veo; son cobardes que sólo se ofenden con injurias. ¡Deberían haber traído a luchadores de Londres y de Rotterdam para saber lo que es bueno! Se habrían dado tales puñetazos que podrían oírse desde la plaza. Pero esos dan pena. ¡Si al menos nos hubieran dado una danza morisca o algo por el estilo! A mí me habían hablado de otra cosa; me habían prometido una fiesta de locos con la elección de un papa. También nosotros tenemos nuestro papa de los locos en Gante y en esto ¡voto al diablo!, no os vamos a la zaga. Os voy a decir cómo lo hacemos: nos reunimos, como vosotros, un gentío enorme, y luego, uno por uno, van metiendo su cabeza por un agujero, que da al lugar en donde se encuentra el público, y comienzan a hacer muecas. El que haya hecho la mueca más fea queda nombrado papa por aclamación popular. Os aseguro que es muy divertido. ¿Queréis elegir vuestro papa a la manera de mi tierra? Siempre será menos latoso que escuchar a estos charlatanes quienes, por cierto, también podrán entrar en el juego, si se deciden a hacer su mueca en el agujero. ¿Qué dicen a esto, señores burgueses? Hay aquí suficiente muestra grotesca de ambos sexos para divertirnos a is flamenca y somos lo suficientemente feos para hacer bonitas muecas.
Gringoire le habría respondido si la indignación, la cólera y la estupefación, no le hubiesen dejado mudo. Pero, como además la propuesta del popular calcetero fue acogida con tan enorme entusiasmo por los burgueses ‑halagados al oírse llamar terratenienter‑ todo habría resultado inútil. No había más que seguir la corriente y Gringoire se cubrió la cara con las manos, lamentando no disponer de un manto, para taparse la cabeza como el Agamenón de Tumanto(30).
(30). Fue un pintor griego, nacido en el 400 antes de Cristo, cuyo cuadro más célebre era un sacrificio de Ifigenia, donde se veía a Agamenón cubriéndose el rostro.
V
QUASIMODO
En un abrir y cerrar de ojos todo se preparó para poner en práctica la idea de Coppenole. Burgueses, estudiantes y curiales se pusieron a trabajar y como escenario para las muecas se eligió una pequeña capilla que se hallaba frente a la mesa de mármol. Después se rompió uno de los cristales del bello rosetón situado sobre la puerta, dejando libre un círculo de piedra por donde se decidió que los participantes deberían meter la cabeza. Para llegar a él bastaba con subirse a dos toneles, cogidos no se sabe en dónde y puestos uno sobre otro sin apenas estabilidad. Se reglamentó también que cada candidato, hombre o mujer (también podía elegirse una papisa), con el fin de que no se pudieran ver sus muecas antes de meter la cabeza por aquella lucera, se cubriera el rostro y lo mantuviera tapado en la capilla hasta el momento de su aparición. La capilla se llenó en muy poco tiempo con un buen número de concursantes tras los cuales se cerró la puerta.
Coppenole desde su sitio del estrado daba las órdenes, dirigía, lo arreglaba todo. En medio de aquel bullicio, el cardenal, tan desconcertado como Gringoire, so pretexto de resolver unos asuntos y de asistir a las vísperas, se retiró junto con su séquito, sin que la muchedumbre, tan vivamente agitada en el momento de su llegada, lamentara mínimamente su ausencia. Fue Guillermo Rym el único en advertirla. La atención popular, igual que hace el sol, proseguía su curso y recorría la sala de parte a parte, después de detenerse unos instantes en el centro. La mesa de mármol y el estrado habían atraído la atención, pero ahora le tocaba el turno a la capilla de Luis XI. Se había dado rienda suelta a la locura y ya no se veían más que flamencos y populacho.
Comenzaron las muecas. La primera cara que apareció por aquel agujero o tragaluz con párpados enrojecidos y con la boca tan abierta como unas fauces y con tantas arrugas en la frente como las botas de los húsares del imperio, provocó tan ruidosas risotadas, que el mismo Homero habría confundido a aquellos villanos con dioses del Olimpo. Pero aquella sala no era, ni mucho menos, el Olimpo y el pobre Júpiter de Gringoire lo sabía mejor que nadie. Se sucedieron la segunda, la tercera y otras muecas más, y siempre provocaban las risotadas y el jolgorio de la multitud. Era como si aquel espectáculo tuviera algo de embriagador o de fascinante difícil de ser transmitido al lector de nuestros días.
Habría que imaginarse una serie de rostros que presentaran sucesivamente todas las formas geométricas, desde el triángulo hasta el trapecio, desde el cono al poliedro, todas las expresiones humanas, desde la cólera hasta la lujuria; todas las edades, desde las arrugas de un recién nacido, hasta las de una vieja moribunda; Codas las fantasmagorías religiosas, desde el fauno hasta Belcebú; todos los perfiles de animales, desde unas fauces hasta un pico desde el morro al hocico. Imaginemos aún los mascarones del PontNeuf o las pesadillas pétreas salidas de la mano de Germain Pilon(31), adquiriendo vida y espíritu y acercándose para miraros frente a frente con sus ojos de fuego; o imaginad todos los disfraces del carnaval de Venecia sucedibndose ante el cristal de vuestro catalejo. En una palabra: un calidoscopio humano.
31 Estos mascarones del Pont‑Neuf, atribuidos a Germain Pilon, haan impresionado mutho a Víctor Hugo y los cita en varias partes de s obras.
Aquella orgía era cada vez más propiamente flamenca. Un cuadro de Teniers nos daría aún una idea harto imperfecta. Imaginemos más bien, en auténtica bacanal, una de las batallas pintadas por Salvator Rosa. Allí no quedaban ya ni estudiantes, ni embajadores, ni burgueses, ni hombres, ni mujeres. No había ya ningún Clopin Trouillefou, ni Gilles Lecornu, ni Marie Quatrelivres, ni Robin Poussepain; todo se borraba en el libertinaje colectivo. La gran sala no era sino un inmenso horno de desvergüenza y jovialidad, en donde cada boca era un grito, cada ojo un destello de luz, cada rostro una mueca y cada individuo una postura.
Todo allí gritaba y rugía; los extraños rostros que llegaban, uno tras otro, al rosetón a hacer sus muecas, eran como teas encen‑
didas echadas en aquel enorme brasero que era la sala y, de todo aquel gentío en efervescencia, subía como el vapor de un horno, un rumor agrio, agudo, duro y silbante como las alas de un moscardón.
‑¡Hala! ¡Maldición!
‑¡Mira ésa! ¡Fíjate qué cara!
‑¡Bueno! ¡No es para tanto!
‑¡Otra! ¡Que salga otra!
‑¡Guillemette Maugerepuis, mira ese motro de toro! ¡Sólo le faltan los cuernos! ¿No será tu marido?
‑¡Otro! ¡Que salga otro!
‑¡Por la barriga del papa! ¡Qué cara es ésa!
‑¡Eh eh! ¡Eso es trampa! ¡Eso no es la cara! ¡Sólo se puede enseñar la cara!
‑¡Esa condenada de Perrette Callebotte es capaz de todo! ‑¡Bravo! ¡Bravo!
‑¡Uff! ¡Me ahogo!
‑¡Mira! ¡A ése ~o le caben las orejas por el agujero!... Pero seamos justos con nuestro amigo jehan. En medio de aquel alboroto, aún se le veía en lo alto del pilar, como a un grumete en su gavia. Bregaba con una furia incteíble. De su boca totalmente abierta se escapaban gritos incomprensibles, no porque la intensidad del clamor general los ahogase, sino porque seguramente iban más allá del límite de la escala perceptible de los sonidos agudos: las doce mil vibraciones de Sauveur o las ocho mil de Biot (32).
32 Joseph Sauveur (1653‑1716) fue, a pesar de su sordera, el creador de la acvstica musical, calculando el número de vibraciones de un sonido. Fue sordomudo hasta los seis años.
Jean Biot, astrónomo y matemático, vino, entre otros, a España para la medición del meridiano.
Gringoire, por su parte, después de aquellos momentos de abatimiento, había conseguido rehacerse y se mostraba decidido a hacer frente a cualquier adversidad.
‑Continuad, repetía una vez más a sus comediantes, auténticas máquinas parlantes y, dando grandes pasos ante la mesa de mármol, le entraban deseos de acercarse también a la lucera de la capilla, aunque no fuera más que para darse el gusto de hacerle una mueca de burla a aquel pueblo ingrato.
«Nada de venganzas que serían indignas de nosotros; lucharemos hasta el fin», se repetía, «porque el influjo que la poesía tiene sobre el pueblo es muy grande y acabaré por interesarles. Veremos quién gana si las vulgaridades o las bellas letras.»
Pero, ¡ay!, sólo él quedó como espectador de su propia obra y ahora era todavía peor que antes pues ya sólo veía las espaldas de la gente. Esto no es totalmente cierto, pues aquel hombre paciente y rechoncho, a quien ya había consultado poco antes, miraba aún al escenario. Gisquette y Lienarda hacía ya rato que habían desertado.
Gringoire se emocionó hasta el fondo de su corazón ante la fidelidad de aquel espectador y se acercó a él para hablarle, pero hubo de sacudirle fuertemente, pues el pobre se había adormilado, apoyado en la balaustrada.
‑Muchas gracias, señor ‑le dijo Gringoire.
‑¿De qué señor? ‑contestó el otro con un bostezo.
‑Ya me doy cuenta de que todo ese ruido os impide oír a gusto la obra ‑le dijo Gringoire‑. Tranquilizaos porque os prometo que vuestro nombre pasará a la posteridad. ¿Cómo os llamáis?
‑Renault Château, guardasellos del Châtelet de Paris, para serviros.
‑Señor, sois aquí el único representante de las musas ‑dijo Gringoire.
‑Muchas gracias; sois muy amable ‑añadió el guardasellos del Châtelet.
‑Sois el único que ha escuchado la obra, ¿qué os ha parecido?
‑Vaya ‑respondió el rechoncho magistrado, un tanto adormilado aún‑: interesante, bastante buena en realidad.
Hubo de contentarse Gringoire con tal elogio pues una atronadora salva de aplausos, en medio de un griterío ensordecedor, puso fin a su conversación. Se había, por fin, elegido el papa de los locos.
‑¡Viva!, ¡viva! ‑gritaba la multitud.
En efecto, la mueca que en aquel momento triunfaba en el hueco del rosetón era algo formidable.
Después de tantas caras hexagonales o pentagonales y heteróclitas que habían pasado por la lucera sin culminar el ideal grotesco, formado en las imaginaciones exaltadas por la orgía sólo la mueca sublime que acababa de deslumbrar a la asamblea habría sido capaz de arrancar los votos necesarios. Hasta el mismo maese Coppenole se puso a aplaudir y Clopin Trouillefou, que también había participado ‑y sólo Dios sabe cuán horrible es la fealdad de su rostro‑ se confesó vencido y lo mismo haremos nosotros, pues es imposible transmitir al lector la idea de aquella nariz piramidal, de aquella boca de herradura, de aquel olo izquierdo, tapado por una ceja rojiza a hirsuta, mientras que el derecho se confundía totalmente tras una enorme berruga, o aquellos dientes amontonados, mellados por muchas partes, como las almenas de un castillo, aquel belfo calloso por el que asomaba uno de sus dientes, cual colmillo de elefante; aquel mentón partido y sobre todo la expresión que se extendía por todo su rostro con una mezcla de maldad, de sorpresa y de tristeza. Imaginad, si sois capaces, semejante conjunto.
La aclamación fue unánime. Todo el mundo se dirigió hacia la capilla y sacaron en triunfo al bienaventurado papa de los locos y fue entonces cuando la sorpresa y la admiración llegaron al colmo, al ver que la mueca no era tal; era su propio rostro.
Más bien toda su persona era una pura mueca. Una enorme cabeza erizada de pelos rojizos y una gran joroba entre los hombros que se proyectaba incluso hasta el pecho. Tenía una combinación de muslos y de piernas tan extravagante que sólo se tocaban en las rodillas y, además, mirándolas de frente, parecían dos hojas de hoz que se juntaran en los mangos; unos pies enormes y unas manos monstruosas y, por si no bastaran todas esas deformidades, tenía también un aspetto de vigor y de agilidad casi terribles; era, en fin, algo así como una excepción a la regla general, que supone que, canto la belleza como la fuerza, deben ser el resultado de la armonía. Ése era el papa de los locos que acababan de elegir; algo así como un gigante roto y mal recompuesto.
Cuando esta especie de cíclope apareció en la capilla, inmóvil, macizo, casi tan ancho como alto, cuadrado en .ru base, como dijera un gran hombre(33), el populacho lo reconoció inmediatamente por su gabán rojo y violeta cuajado de campanillas de plata y sobre todo por la perfección de su fealdad, y comenzó a gritar como una sola voz:
‑¡Es Quasimodo, el campanero! ¡Es Quasimodo, el jorobado de Nuestra Señora! ¡Quasimodo, el tuerto! ¡Quasimodo, el patizambo! ¡Viva! ¡Viva!
(33) Frase de Napoleón, aunque, naturalmente, en sentido muy alejado del que nos ocupa.
Fíjense si el pobre diablo tenía motes en donde escoger:
‑¡Que tengan cuidado las mujeres preñadas! ‑gritaban los estudiantes.
‑¡O las que tengan ganas de estarlo! ‑añadió Joannes.
Las mujeres se tapaban la cara.
‑¡Vaya cara de mono! ‑decía una.
‑Y seguramente tan malvado como feo ‑añadió otra.
‑Es como el mismo demonio ‑porfiaba una tercera.
‑Tengo la desgracia de vivir junto a la catedral y todas las noches le oigo rondar por los canalones.
‑¡Como los gatos!
‑Es cierto; siempre anda por los tejados.
‑Nos echa maleficios por las chimeneas.
‑La otra noche vino a hacerme muecas por la claraboya y me asustó tanto que creí que era un hombre.
‑Estoy segura de que se reúne con las brujas; la otra noche me dejó una escoba en el canalón.
‑¡Uf! ¡Qué cara tan horrorosa tiene ese jorobado!
‑Pues, ¡cómo será su alma!
Los hombres, por el contrario, aplaudían encantados.
Quasimodo, objeto de aquel tumulto, permanecía de pie a la puerta de la capilla, triste y serio, dejándose admirar.
Un estudiante, Robin Poussepain creo que era, se le acercó burlón, chanceándose un porn de él y Quasimodo no hizo sino cogerle por la cintura y lanzarle a diez pasos por encima de la gente sin inmutarse y sin decir una palabra.
Entonces maese Coppenole, maravillado, se acercó a él.
‑¡Por los clavos de Cristo! ¡Válgame San Pedro! Nunca he visto nadie tan feo como tú y creo que eres digno de ser papa aquí y en Roma. Al mismo tiempo, y un canto festivamente, le pasaba la mano por la espalda. Como Quasimodo no se movía, Coppenole prosiguió:
‑Eres un tipo con quien me gustaría darme una comilona, aunque me costase una moneda nueva de doce tornesas. ¿Te hace?
Quasimodo no contestaba.
‑¡Por los clavos de Cristo! ¿Pero eres sordo o qué?
Y en efecto, Quasimodo era sordo.
Sin embargo, estaba empezando a impacientarse por los modales de Coppenole y de pronto se volvió hacia él, con un rechinar de dientes tan terrible, que el gigante flamenco retrocedió como un buldog ante un gato. Se hizo entonces a su alrededor un círculo de miedo y de respeto de, por lo menos, unos quince pasos de radio. Una vieja aclaró entonces a maese Coppenole que Quasimodo era sordo.
‑¡Sordo! ‑dijo el calcetero con una enorme carcajada flamenca‑. ¡Por los clavos de Cristo! Es un papa perfecto.
‑Yo le conozco ‑dijo Jehan, que había bajado por fin de su capitel para ver a Quasimodo de más cerca‑; es el campanero de mi hermano el archidiácono.
‑¡Hola, Quasimodo!
‑¡Demonio de hombre! ‑dijo Robin Poussepain, un tanto contusionado aún por su caída‑: Aparece aquí y resulta que es~ jorobado; se echa a andar y es patizambo; lo mira y es tuerto;
hablas y es sordo. ¿Pues cuándo habla este Polifemo?
‑Cuando quiere ‑respondió la vieja‑; es sordo de tanto tocar las campanas, pero no es mudo.
‑Menos mal ‑observó Jehan.
‑¡Ah!y tiene un ojo de más ‑añadió Pierre Poussepaia,
‑No ‑dijo juiciosamente Jehan‑. Un tuerto es mucho más incompleto que un ciego, pues sabe lo que le falta.
Mientras tanto todos los mendigos los lacayos, los ladrones i junto con los estudiantes habían ido a buscar en el armario de la I curia la tiara de cartón y la toga burlesca del papa de los locos.
Quasimodo se dejó vestir sin pestañear con una especie de do. cilidad orgullosa. Después le sentaron en unas andas pintarrajeadas, y doce oficiales de la cofradía de los locos se lo echaron a hombros. Una especie de alegría amarga y desdeñosa iluminó enton ces la cara triste del cíclope, al ver bajo sus pies deformes agueIlas cabezas de hombres altos y bien parecidos.
Después se puso en marcha aquella vociferante procesión‑de andrajosos para siguiendo la costumbre dar la vuelta por el inte rior de las galerías del palacio, antes de hacerlo por las plazas y calles de la Villa.
VI
LA ESMERALDA
Informamos encantados a nuestros lectores que durance toda esta escena Gringoire y su obra habían aguantado bravamente. Los actores, espoleados por él, habían continuado recitando y el no había cesado de escucharlos. Se había resignado ante aquel enorme vocerío y decidió llegar hasta el final con la esperanza de un cambio de actitud por parte del público. Este fulgor de esperanza se reavivó al comprobar cómo Quasimodo, Coppenole y el cortejo ensordecedor del papa de los locos salían de la sala, en medio de una gran algarada, seguidos ávidamente por el gentío que se precipitó tras ellos.
Menos mal ‑se dijo‑; ya era hora de que todos esos alborotadores se largaran. Por desgracia todos los alborotadores lo formaban todo el público y, en un abrir y cerrar de ojos, la sala quedó vacía.
A decir verdad, todavía quedaban algunos espectadores; unos dispersos, otros agrupados junto a los pilares. Mujeres, viejos o niños cansados del tumulto y del jaleo. Algunos estudiantes se habían quedado a caballo en las cornisas de las ventanas y miraban lo que ocurría en la plaza.
Bueno ‑pensó Gringoire‑, hay gente bastante para escuchar mi obra; no son muchos, pero es un público selecto, un público culto.
Poco después debía oírse una sinfonía, encargada de producir un gran efecto a la llegada de la Santísima Virgen y entonces él cayó en la cuenta de que se habían llevado la orquesta para la procesión de los locos.
‑Saltaos esa parte ‑les dijo estoicamente.
Se acercó poco más tarde a un grupo de gentes que le parecía interesado en la obra y... he aquí una pequeña muestra de la conversación que cogió al vuelo.
‑Maese Cheneteau, ¿conocéis la residencia de Navarra, la que pertenecía al señor de Nemours?
‑Sí; ¿la que estaba frente a la capilla de Braque? (34)
‑Pues bien, el fisco se la ha alquilado a Guillaume Alixandre, el historiador, por seis libras y ocho sueldos parisinos al año.
‑¡Cómo suben los alquileres!
En fin ‑se dijo Gringoire‑; seguro que hay otros que están escuchando con más atención.
‑¡Camaradas! ‑gritó de pronto uno de aquellos tipos de la ventana: ¡La Esmeralda! ¡Está en la plaza la Esmeralda!
Estas palabras produjeron un efecto mágico y la poca gente que aún quedaba en la sala se precipitó hacia las ventanas, subiéndose a los muros para ver, al mismo tiempo que repetían: ¡la Esmeralda! ¡La Esmeralda!
Desde la plaza se oía un gran ruido de aplausos.
‑Pero, ¿qué es eso de la Esmeralda? ‑preguntaba Gringoire, juntando las manos desesperadamente‑. ¡Dios mío! Parece que ahora les ha tocado el turno a las ventanas ‑volvióse hacia la mesa de mármol y vio que la representación se había interrumpido de nuevo. Era justo el momento en que Júpiter tenía que aparecer con su rayo; pero Júpiter se había quedado inmóvil, al pie del escenario.
‑¡Miguel Giborne! ‑le gritó irritado el poeta‑. ¿Qué haces ahí? Te toca a ti. Sube ahora mismo.
34. Se trata de la capilla fundada por Arnauld de Braque donde se plataba el «mayo» al que ya se ha hecho alusión.
‑No puedo ‑dijo Júpiter‑; un estudiante acaba de llevarse la escalera.
Gringoire miró y vio que efectivamente era así y que esta circunstancia cortaba toda la comunicación de la obra entre el nudo y el desenlace.
‑¡Qué simpático! ‑murmuró entre dientes‑. ¿Y para qué ha cogido la escalera?
‑Para poder asomarse y así ver a la Esmeralda ‑respondió compungido Júpiter‑. Vino y dijo: ¡Anda! ¡Una escalera que no sirve para nada y se la llevó!
Fue el golpe de gracia. Gringoire lo recibió con resignación.
‑¡Podéis iros todos al diablo! ‑dijo a los comediantes‑; y si me pagan a mí, cobraréis también vosotros.
Y se retiró cabizbajo, pero el último de todos, como un general que ha luchado con valor. Luego, mientras bajaba por las tortuosas escaleras del palacio, iba mascullando entre dientes:
‑¡Maldita retahíla de asnos y buitres! ¡Vienen con la idea de asistir al misterio y... nada! Todo el mundo les preocupa: Clopin Trouillefou, el cardenal, Coppenole, Quasimodo..., ¡el mismísimo demonio incluso!, pero de la Virgen María no quieren saber nada. Si lo llego a saber... ¡Vírgenes os habría dado yo a vosotros, papanatas! ¡Y yo que había venido con la idea de ver los rostros y sólo las espaldas he podido ver! ¡Ser poeta para tener el éxito de un boticario! En fin; también Homero hubo de pedir limosna por las calles de Grecia y Nasón(35) murió en el exilio entre los moscovitas, pero... que me lleven todos los demonios si entiendo lo que han querido decir con su Esmeralda. ¿Qué significa esa palabra? Debe ser una palabra egipcia (36).
35 Nasón, es decir, Ovidio, fue desterrado por orden de Octavio Augusto a la Costa del mar Negro, pero no entre los moscovitas sino entre los getas; y allí murió.
36 Con el nombre genérico de egipcio se viene a designar en francés a todos los nómadas, como bohemios, gitanos, zíngaros...
LIBRO SEGUNDO
DE CARIBDIS A ESCILA
Anochese muy pronto en enero y cuando Gringoire salió del palacio, las calles estaban ya desiertas. Aquella oscuridad le agradó y se impacientaba ya por llegar a alguna callejuela sombría y desierta, para poder allí meditar a sus anchas y para que el filósofo hiciera la primera cura en la herida abierta del poeta. En aquellos momentos la filosofía era su único refugio, pues además no sabía a dónde ir. Después del estrepitoso fracaso de su intento teatral no se atrevía a volver a la habitación que ocupaba en la calle Grenier‑sur‑l'Eau frente al Port‑au‑Foin. El pobre hombre había contado con lo que el preboste le pagaría por su epitalamio para, a su vez, liquidar con maese Guillaume DoulxSire, encargado de los arbitrios de las reses de pezuña partida de París, los seis meses de alquiler que le debía; es decir, doce sueldos parisinos. Doce veces más que todo lo que él tenía, incluidas sus calzas y su camisa. Después de pensar un momento, cobijado provisionalmente bajo el portillo de la prisión del tesorero de la Santa Capilla, en qué lugar podría pasar aquella noche, teniendo como tenía a su disposición todos los empedrados de París, se acordó de que la semana anterior había visto en la calle de la Savaterie, a la puerta de un consejero del parlamento, una de esas piedras que sirven de escalones para poder subirse a las mulas, y de haber pensado que, en caso de necesidad, podría servir de almohada a un mendigo o a un poeta, y dio gracias a la providencia por haberle sugerido tan buena idea; pero, cuando se preparaba para atravesar la plaza del palacio y adentrarse en aquel tortuoso laberinto de las calles de la Cité, por donde serpentean todas esas viejas hermanas que son las calles de la Barilleirie, de la Vieille Draperie, de la Savaterie, de la juiverie, etc., que aún se mantienen hoy con sus casas de nueve pisos, vio la procesión del papa de los locos que salía también del palacio, enfilando casi su mismo camino, con acompañamiento de gran griterío de antorchas encendidas, y la orquestilla del pobre Gringoire. A su vista se reavivaron las heridas de su amor propio y huyó. En la amarga desgracia de su aventura dramática, todo recuerdo de ese día le agriaba y le abría de nuevo su llaga.
Quiso pasar entonces por el puente de Saint‑Michel por el que corrían unos muchachuelos tirando petardos y cohetes.
‑¡Al diablo todos los cohetes! ‑dijo Gringoire y se encaminó hacia el Pont‑au‑Change.
Habían colgado, en las casas situadas a la entrada del puente, tres telas que representaban al rey, al delfín y a Margarita de Flandes, y otros seis paños más pintados esta vez con retratos del duque de Austria del cardenal de Borbón, del señor de Beaujeu, de doña Juana de Francia así como del bastardo del Borbón y no sé qué otro más; todos ellos iluminados con antorchas para ser vistos por la multitud.
‑¡Buen pintor ese Jean Fourbault! ‑dijo Gringoire con un profundo suspiro, dando la espalda a todas aquellas pinturas para adentrarse en una calle oscura que surgía ante él. Tan solitaria parecía que pensó que, metiéndose en ella, podría escapar a todo el bullicio y a todos los ruidos de la fiesta.
Apenas hubo dado unos pasos, cuando sus pies tropezaron contra algo y cayó al suelo, era el ramo del mayo que los de la curia habían depositado por la mañana a la puerta del presidente del parlamento, en honor a la solemnidad de aquel día. Gringoire aguantó heroicamente aquel contratiempo y levantándose se dirigió hacia el río. Después de dejar tras de sí la torrecilla civil y la torre de lo criminal, caminó a lo largo del muro de los jardines reales por la orilla no pavimentada, en donde el barro le llegaba hasta los tobillos; llegó a la parte occidental de la isla de la Cité, se paró a mirar el islote del Passeur‑aux‑Vaches(1), desaparecido actualmente, con el caballo de bronce y el Pont‑Neuf(2). Entre las sombras de aquel islote, parecía como una masa negra al otro lado del estrecho paso de agua blancuzca que le separaba de ella. Podía adivinarse por los rayos de una lucecita, una especie de cabaña en forma de colmena, en donde el barquero del ganado se cobijaba por las noches.
1. Barquero de las vacas.
2. El islote: actualmente la punta o el extremo del Vert‑Galant en donde termina, río abajo, la isla de la Cité. La estatua de Enrique IV a la que se hace alusión fue erigida en 1614. Era la primera vez que se exponía en Francia, a la veneración pública, la representación de un personaje contemporáneo (Enrique IV, primer monarca de la casa de Borbón, rey de Navarra abjuró, recuérdese su frase «Parfs bien vale una misa», y fue nombrado Rey de Francia en 1583). Promulgó en 1598 el Edicto de Nantes, garantizando a los protestantes la libertad de culto. Fue asesinado por Ravaillac en 1610.
‑¡Ay feliz barquero que no sueñas con la gloria ni compones epitalamios! ‑pensó Gringoire‑. ¿Qué te importan a ti las bodas de los reyes o las duquesas de Borgoña% ¡Para ti no hay más margaritas que las que crecen en el campo y que sirven de alimento a tus vacas! Y a mí, poeta, me abuchean y paso frío y debo doce sueldos por el alquiler, y las suelas de mis zapatos están tan gastadas y transparentes que podrían muy bien utilizarse como cristales para tu farol. ¡Gracias, barquero del ganado, porque tu cabaña me permite descansar la vista y me hace olvidar París!
La explosión de un doble petardo, surgido bruscamente de la cabaña del barquero, le despertó de aquella especie de ensueño lírico en que se había sumido. Se trataba del barquero que sin duda quería también participar en las alegrías de aquella fecha y que había lanzado un cohete artificial.
Aquella explosión puso a Gringoire la piel de gallina.
‑¡Maldita fiesta! ¿No podré librarme de ti ni siquiera aquí, junto al barquero?
Luego miró cómo el Sena corría a sus pies y un terrible pensamiento cruzó por su mente.
‑¡Con cuanto placer me lanzaría al agua si no estuviera tan fría! ‑y tuvo entonces una reacción desesperada; puesto que no podía escapar ni al papa de los locos ni a las pinturas de Jehan Fourbault, ni a los ramos del «mayo» ni a los petardos, ni a los cohetes, lo mejor sería participar de lleno en la fiesta y acercarse a la plaza de Gréve. Al menos, pensaba, allí podré encontrar un tizón de la fogata para calentarme y podré cenar algunas migas de los tres enormes escudos de armas hechos con azúcar que habrán colocado presidiendo la mesa para el banquete público de la villa.
LA PLAZA DE GRÈVE(3)
HOY día no quedan de la plaza de Grève, tal como existía entonces, más que algunos vestigios perceptibles apenas, como la atractiva torrecilla del ángulo norte de la plaza, cubierta por un encalado vulgar que borra las aristas de las esculturas y que incluso desaparecerá absorbida por esas nuevas construcciones que están acabando con todas las viejas fachadas de París.
3. Véase la nota 2 del libro primero.
Quienes como nosotros no pasan por la plaza de Grève sin echar una ojeada de nostalgia y de simpatía a esa pobre torrecilla, estrangulada entre dos caserones de tiempos de Luis XV, pueden construir en su imaginación el conjunto de edificios al que pertenecía a imaginar íntegra la vieja plaza gótica del siglo xv.
Era, como lo es hoy, un trapecio irregular, limitada en una de sus partes por el muelle y por una serie de casas altas, estrechas y sombrías en las otras tres.
De día, podía admirarse la diversidad de sus edificaciones, esculpidas en piedra o talladas en madera, representando muestras completas de los diferentes modelos de arquitectura doméstica de la Edad Media, remontándose desde el siglo XV hasta el XI, desde el crucero que comenzaba a destronar la ojiva, hasta el arco románico, de medio punto, que había sido reemplazado por el arco ojival y que se extendía aún por el primer piso de aquella vieja casa de la Tour Roland que hace ángulo entre el Sena y la plaza, por el lado de la calle de la Tannerie.
De noche sólo se distinguía, entre la masa de edificios, la silueta negra de los tejados desplegando en torno a la plaza su cadena de angulos agudos. Y es que una de las diferencias más palpables entre las ciudades de antes y las de ahora, es que ahora las fachadas dan a las plazas y a las calles y antes eran los hastiales o los piñones los que daban a las plazas; es decir, que las casas han dado media vuelta desde hace dos siglos.
En el centro, en la parte oriental de la plaza, se veía una construcción maciza, con mezcla de estilos, formada por tres viviendas superpuestas y que era conocida por los tres nombres que definen su historia, su destino y su arquitectura: la casa del delfín, por haberla habitado el delfín Carlos V; la mercancía, por haber servido de ayuntamiento, y la casa de los pilares, a causa de unos gruesos pilares que sustentaban sus tres plantas.
Los ciudadanos encontraban en ella todo lo que una buena villa, como París, necesitaba: una capilla para rezar a Dios, una audiencia para juzgar, y parar en caso necesario los pies a los agentes del rey, y un desván, provisto de buena artillería, pues los burgueses de París saben que con frecuencia no basta con rezar y pleitear para defender los privilegios de su ciudad, sino que es necesario también disponer, en los desvanes del ayuntamiento, de Buenos arcabuces, aunque estén mohosos.
La plaza de Grève tenía ya entonces ese aspecto siniesto que le confieren el recuerdo que ella misma evoca y el ayuntamiento de Dominique Boccador, sombrío sustituto de la casa de los pilares. Conviene añadir que un patíbulo y una picota o, como eran llamados entonces, una justicia y una escala erigidos juncos en medio de la plaza, tampoco contribuían mucho a no fijar la mirada en una plaza tan fatal, lugar de agonía de tanta gente y en donde cincuenta años más tarde iba a nacer la fiebre de San Vallier, enfermedad provocada por el horror al cadalso, monstruosa como ninguna otra enfermedad, por tener su origen no en Dios sino en los hombres.
Es un consuelo, dicho sea de paso, el pensar que la pena de muerte que hace trescientos años llenaba con sus ruedas de hierro; con sus patíbulos de piedra y con todos sus permanentes instrumentos de suplicio, fijos en el suelo, la plaza de Grève o los mercados o la plaza Dauphine o la Croix‑du‑Trahoir o el mercado de los cerdos y el horrible Montfaucon y la plaza de los gatos y la puerta de Saint‑Denis y Champeaux; además de los que existían en la Puerta Baudets y en la Puerta de Saint Jacques; todo ello sin contar las numerosss escalas de los prebostes, del obispo, de los capítulos, de los abades, de los priores con derecho a administrar justicia, sin contar tampoco las condenas a morir ahogado en el Sena; es consolador que hoy, perdidas ya todas las piezas de su armadura, su derroche de suplicios, sus condenas de imaginación y fantasía, su cámara de torturas, a la que cada cinco años se añadía una cama de cuero en la prisión del Gran Châtelet, esa antigua soberana de la sociedad feudal, eliminada casi de nuestras leyes y de nuestras villas, atacada en todos los códigos, expulsada de plaza en plaza; es consolador en verdad que, después de todo esto, sólo tenga en nuestro inmenso París un rincón vergonzoso en la plaza de Gréve, una miserable guillotina, furtiva, vergonzante y siempre temerosa de ser sorprendida en flagrante delito, por la rapidez con que desaparece después de haber cumplido su misión.
III
BESOS PARA GOLPES
Cuando Pierre Gringoire llegó a la plaza de Grève se encontraba aterido. Había dado un rodeo por el Pont‑aux‑Meuniers (Puente de los molineros) para así evitar la multitud concentrada en el Pont‑au‑ Changes(Puente del cambio) y las pinturas de Jean Fourbault; pero las ruedas de los molinos del obispo le habían salpicado al pasar y su blusón estaba empapado. Le parecía además que el fracaso de su obra le hacía aún más friolero y por eso apresuró la marcha para llegar antes a la gran fogata de la fiesta que ardía con un fuego impresionante en medie de la plaza. Una multitud considerable se apiñaba a su alrededor
‑¡Malditos parisinos! ‑se dijo para sí pues Gringoire, como verdadero poeta dramático que era, utilizaba con alguna frecuencia estos monólogos‑. ¡Y además no me dejan acercarme al fuego, ahora que necesito un hueco al calor! ¡Mis zapatos se han calado y esos malditos molinos me han puesto pingando! ¡Demonio de obispo y sus molinos! ¡Ya me gustaría saber para qué quiere un obispo tantos molinos! ¿Querrá hacerse obispo molinero? Si para ello necesita mi bendición, se la doy a él, a su catedral y a sus molinos. ¿Me dejarán un sitio junto al fuego todos esos mirones? ¿Qué pintarán ahí? ¡Calentarse! ¡Pues vaya cosa! ¡Menudo espectáculo mirar cómo se van quemando un centenar de leños!
Fijándose un poco mejor se dio cuenta de que el círculo era un poco más ancho de lo necesario para calentarse y que toda aquella gente estaba allí concentrada por algo más que por el simple hecho de ver cómo se quemaba un buen montón de leños.
En un buen espacio libre, abierto entre el fuego y el gentío, una joven estaba bailando.
Tan fascinado se quedó ante aquella deslumbradora visión que, por muy poeta iróntco o por muy filósofo escéptico que se considerara, no fue capaz de distinguir a primer golpe de vista si en realidad se trataba de un ser humano, de un hada o de un ángel.
No era muy alta, pero lo parecía por la finura de su talle, que se erguía atrevido con agilidad; era morena pero se adivinaba que a la luz del día su tez debía tener ese reflejo dorado de la.s mujeres andaluzas y romanas. Sus pies, pequeños, también parecían andaluces. Se diría que estaban presos, pero cómodos a la vez, en sus graciosos zapatos. Bailaba y giraba como un torbellino sobre ina vieja alfombra persa y, cada vez que se acercaba en sus giros vertiginosos, sus ojos negros lanzaban destellos de luz.
Todo el mundo tenía sus ojos clavados en ella y la miraba boquiabierto. En efecto, al verla danzar así, al ritmo del pandero, con sus dos hermosos brazos jugando por encima de la cabeza, ina, grácil y vivaz como una avispa, con su corpiño dorado, su restido de mil colores lleno de vuelos, con sus hombros desnulos, sus piernas estilizadas que la falda, al hincharse, dejaba asonar con frecuencia; su pelo negro, su mirada de fuego, parecía ina criatura sobrenatural.
‑En verdad ‑pensaba Gringoire‑, es una salamandra, una ninfa, una diosa o una de las bacantes del monte Menaleo(6). En aquel momento una de las trenzas de la «salamandra» soltó y una moneda de latón que la sujetaba rodó por el suelo. ‑¡Ah, no! ‑se dijo Gringoire‑: ¡Es una gitana!
Todo su entusiasmo se había esfumado.
Nuevamente se puso a bailar y cogiendo del suelo dos sables, )s apoyó de punta en su frente, haciéndolos girar en un sentido, al tiempo que ella lo hacía en el otro. Se trataba de una gitana efectivarnente y, a pesar del desencanto de Gringoire, el conjunto aquel que la gente estaba presenciando se hallaba cargado de belleza y de magia. La fogata iluminaba con su resplandor crudo y ojizo que se reflejaba, tembloroso en los rostros de la mucheiumbre y en la frente morena de la joven. Al fondo de la plaza se adivinaba un reflejo pálido y vacilante de sombras, contra la vieja fachada negra de la Maison aux Piliers (7) y contra los brazos de piedra de la horca.
7. La casa de los pilares.
6 Monte de Arcadia consagrado al culto de Baco. Los recuerdos de la antigüedad y el ocultismo contemporáneo, con sus propios cultos, forman una mezcla muy característica de la Edad Media, y constante en Nuestra Señora de París.
Entre los mil rostros que este fulgor teñía de escarlata había uno que parecía absorto, como ningún otro, en la contemplación de la bailarina. Se trataba de una figura de hombre, austera, serena, sombría. Aquel hombre, cuya ropa quedaba oculta por la gente que le rodeaba, no tendría más allá de los treinta y ctnco años; era calvo y apenas si algún mechón de pelo ralo y gris aparecía en sus sienes. Su frente se veía surcada de incipientes arrugas, pero los ojos hundidos denotaban una juventud extraordinaria, una vida ardorosa y una profunda pasión. Los mantenía prendidos en la gitana y mientras la alocada joven de dieciséis años bailaba y revoloteaba para satisfacción de todos, los pensarnientos de aquel hombre se tornaban más sombríos. A veces una sonrisa y un suspiro se encontraban juntos en sus labios, resultando la sonrisa más dolorosa que el suspiro.
La muchacha se detuvo por fin, ladeante, y el pueblo la aplaudió con delirio.
‑Djali ‑dijo de pronto la gitana.
Entonces Gringoire vio llegar a una linda cabrita blanca, espabilada, ágil, lustrosa, con cuernos dorados, pezuñas doradas y un collar dorado. No la había visto hasta entonces pues había estado echada todo el rato en un rincón de la alfombra, mirando bailar a su ama.
‑¡Djali!, ahora te toca a ti ‑dijo la bailarina. Y sentándose entregó graciosamente el pandero a la cabra.
‑¡Djali! ‑continuo‑; ¿en qué mes del año estamos?
La cabra levantó su pata delantera y golpeó una vez en el pandero. Era el primer mes del año, en efecto, y la multitud aplaudió.
‑¡Djali! ‑dijo la joven volviendo el pandero al revés‑. ¿En qué día del mes estamos?
La cabrita levantó su patita dorada y golpeó seis veces el pandero.
‑¡Djali! ‑prosiguió la gitana cambiando nuevamente la posición del pandero‑. ¿Qué hora es?
Djali golpeó siete veces el pandero, justo además en el instance en que daban las siete en el reloj de la Mairon‑aux‑Piliers.
La gente estaba maravillada.
‑¡Hay brujería en esto! ‑dijo una voz siniestra en el gentío. Era la del hombre calvo, que no había apartado sus ojos de la gitana.
La joven se estremeció y se volvió hacia él, pero los aplausos de la gente sofocaron aquella exclamación; incluso consiguieron borrarla de su mente porque la gitana continuó con su cabra.
‑¡Djali! ¿Cómo hace maese Guichard Grand‑Retny, el capitán de los pistoleros (8) de la villa en la procesión de la Candelaria?
Djali, apoyándose en sus patas traseras, comenzó a balar y a andar con lal gracia y tan seriamente que todo el círculo de espectadores se echó a reír ante esta parodia del celo del capitán de los pistoleros.
‑¡Djali! ‑prosoguió la joven, animada por su creciente éxito‑. ¿Cómo predica maese Jacques Charmolue, procurador del rey en los tribunales de la Iglesia?
La cabra se puso nuevamente de pie, bailando y moviendo sus patas delanteras de una manera tan extraña que, exceptuando su mal francés y su mal latín, era el mismo Jacques Charmolue, con sus gestos, con su acento y en definitiva con sus mismas formas de actuar.
Y la multitud aplaudía a rabiar.
‑¡Sacrilegio y profanación se llama a eso! ‑exclamó de nuevo la voz de aquel hombre.
8. La pistola era entonces un arma blanca ‑daga o puñal‑ así llamada por ser fabricada en Pistoia, en la Toscana; es solo a partir del siglo XVI cuando este nombre comienza a designar arma de fuego.
La gitana se volvió de nuevo hacia él.
‑¡Ah!, ¡es ese hombre ruin otra vez! ‑y luego, haciendo una mueca con la boca, en un gesto que debía serle familiar, giro sobre sus talones y se dispuso a recoger en su pandereta los donativos del público.
Llovían las monedas, los ochavos, las de plata, grandes y pequeñas, sueldos... Cuando pasó ante Gringoire, éste se llevó la mano al bolsillo, en un gesto un canto distraído, y ella se detuvo.
‑¡Demonio! ‑dijo el poeta, al no encontrar más que el fondo de su bolsillo, es decir, nada. Sin embargo, allí estaba la hermosa joven mirándole con sus negros ojos, mientras esperaba con la pandereta tendida hacia él. Gringoire sudaba la gota gorda. El Perú le habría dado, si lo hubiera tenido en el bolsillo, pero Gringoire no tenía el Perú, ni tan siquiera se había aún descubierto América.
Por suerte, un pequeño incidente fortuito vino a sacarle de apuros.
‑¡Quieres largarte ya, saltamontes egipcio! ‑gritó una voz agria, desde el lado más sombrío de la plaza.
La joven se volvió asustada. No se trataba ahora de la voz de aquel hombre calvo, sino de una voz de mujer, con tinte de maldad.
Aquel grito que canto asustó a la gitana provocó sin embargo la risa de un grupo de niños que rondaba por allí.
‑Es la prisionera de la Tour‑Roland ‑decían entre risas‑; es la gruñona de la Sachette; seguro que aún no ha cenado; dadle alguna sobra del convite de la ciudad ‑y todos se dirigieron hacia la Maiton aux Piliers.
Gringoire aprovechó aquel momento de duda y turbación de la bailarina para desaparecer. Los gritos de los críos le recordaron su vientre vacío y corrió hacia la mesa del banquete, pero las piernas de aquellos pilluelos eran más rápidas que las suyas y, cuando llegó, habían ya arrasado con todo y no quedaba ni un triste pastelillo de los de a cinco perras la libra. Sólo se veían en la pared unas esbeltas flores de lis, entremezcladas con algún rosal, pintadas hacia 1434 por Mathieu Biterne. ¡Como cena era bien poco!, y resultaba muy fastidioso acostarse sin cenar aunque, bien mirado, peor era no cenar y no tener en dónde dormir. Ése era su problema: ni pan ni techo. Se veía acosado por doquier y la fortuna no se le mostraba nada propicia. Hacía tiempo que Gringoire estaba convencido de que Júpiter creó a los hombres en un acceso de misantropía y que, durante toda su vida, el sabio tendrá su filosofía en estado de sitio y acosada por el destino. En cuanto a él, nunca el cerco había sido tan completo. Oía cómo su estómago tomaba posiciones y no le parecía conveniente que el hambre y la mala fortuna asediaran de cal forma a la filosofía.
Este melancólico pensamiento le absorbía cada vez con más fuerza, cuando una extraña canción, Ilena de dulzura, le sacó bruscamente de sus ensueños. Era otra vez la gitana que se había puesto a cantar. Su voz y su danza eran como su belleza, encantadoras, aunque difíciles de definir. Eran algo así como una especie de pureza, de sonoridad, como algo etéreo y volátil. Era una continua eclosión de melodías, de cadencias originales, de tonos sencillos, mezclados con notas agudas y vibrantes de gamas y arpegios que hubieran incluso confundido a un ruiseñor. Eran suaves modulaciones de la voz que subían y bajaban como el pecho de la joven cantante. Su bello rostro seguía con una agilidad singular todos los caprichos de su canto desde la inspiración más original hasta la más casta dignidad. Parecía a veces una loca y a veces una reina.
La letra de sus canciones pertenecía a una lengua desconocida para Gringoire y que incluso debía serlo también para ella por la escasa relación que parecía existir entre la música y la letra.
Estos cuatro versos, por ejemplo, eran cantados por ella con una loca alegría:
Un cofre con gran riqueza
Hallaron dentro un pilar,
Dentro del, nuevas banderas
Con figuras de espantar
y poco después, ante el acento que dio a esta estancia:
Alarabes de cavallo
Sin poderse menear
Con espadas, y los cuellos
Ballestas de buen echar(9).
9. Son versos sacados de un antiguo romancero español que hablaban sobre la entrada del rey Rodrigo en Toledo publicado en 1821 por Abel Hugo, hermano del escritor, y no sin faltas de ortografía. Los dos últimos versos por ejemplo, tienen este texto:
Con espadas a los cuellos
Ballestas de bien tirar.
Gringoire sentía que se le saltaban las lágrimas. La canción transpiraba una alegría singular y la muchacha daba la sensación de estar cantando como lo hacen los pájaros, despreocupada y con serenidad.
La canción de la bohemia había turbado las ensoñaciones de Gringoire, a la manera con que un cisne turba la calma del estanque. La escuchaba con una especie de arrebaco y de olvido de todo. Era el primer momento que pasaba sin sufrir, desde hacía muchas horas. Pero ese momento fue más bien corto, pues la misma voz de aquella mujer, que ya antes interrumpiera la danza de la gitana, lo hizo de nuevo gritando desde el mismo oscuro rincón de la plaza.
‑Quieres callarte, cigarra del infierno.
La pobre cigarra se calló del todo y Gringoire se tapó los oídos y exclamó:
‑¿Quién es esa maldita sierra mellada que viene a romper la lira?
Los demás espectadores murmuraban como él y más de uno dijo en voz alta:
‑¡Al diablo la Sachette!
Y la invisible vieja, aguafiestas, habría tenido motivos para arrepentirse de sus agrestones a la gitana si los espectadores no se hubieran distraído en esos momentos con la procesión del papa de los locos que, tras su largo recorrido por las,calles de la villa, venía a desembocar en la plaza de Grève rodeado de antorchas y bullicio.
Esta procesión que vimos iniciarse y partir desde el palacio se habría acrecentado al paso reclutando a toda clase de merodeadores y vagos de París que se sumaban a ella. Por eso, a su llegada .a la plaza de Grève, presentaba un aspecto más que respetable. En primer lugar, desfilaba Egipto; iba a la cabeza el duque de Egipto, a caballo, con sus condes sujetándole la brida y los estribos; detrás, egipcios y egipcias, mezclados todos, con sus hijos, gritando, cargados sobre los hombros.
Todos ellos, conde, duque y pueblo, vestidos de harapos y de oropel. Seguía a continuación el reino del hampa(10), o lo que es igual, todos los ladrones de Francia, situados por orden de importancia, de menor a mayor.
10. La descripción del mundo del hampa que Hugo hace a continuación tiene una base, en cuanto a los elementos utilizados, en la descripción de la corte de los milagros de Sauval. Muchos escritores del siglo xtx principalmente Balzac, han utilizado con frecuencia el tema de los truhanes, con su argot y sus organizaciones secretas de los bajos fondos.
Desfilaban así, de cuatro en cuatro, con sus enseñas respectivas para indicar sus categorías y los grados de aquella extraña facultad. Casi todos estaban lisiados; quienes cojos, quienes mancos, los vagos, los concheros, los hubertinos, los epilépticos, los calvos, los locos, los libertinos, los calaveras, los ruines, los ventajistas, los canijos, los mercachifles, los marrulleros, los huérfanos, los encapuchados...(11) toda una relación, en fin, como para cansar al mismo Homero. En el centro del cónclave de los encapuchados era difícil descubrir al rey del hampa, el gran coërre, acurrucado en un carrito, tirado por dos enormes perrazos.
Detrás del reino del hampa venía el imperio de Galilea. GuiIlaume Rousseau, emperador de este imperio, desfilaba majestuoso vestido de una túnica púrpura manchada de vino, precedido de unos bufones que iban batiéndose y danzando; rodeado de sus maceros de sus servidores y de sus pasantes del tribunal de cuentas. En último lugar, desfilaban los curiales con sus «mayos» coronados de flores, sus hábitos negros, su música digna de un aquelarre y sus enormes velones de cera amarilla. En el centro de toda esta multitud, los grandes dignatarios de la cofradía de los locos llevaban sobre sus hombros unas andas más recargadas de cirios que el relicario de Santa Genoveva(12) en época de peste. Sobre las andas replandecía con báculo, capa y mitra, el nuevo papa de los locos, el campanero de Nuestra Señora, Quasimodo el jorobado.
11. A título orientativo, damos una exposición aproximada de los diferentes dignatarios del reino del hampa, con la traducción aproximada de sus nombres:
Concheror: Falsos peregrinos de Santiago, con sus conchas como distintivo.
Hubertinor: Decían haber sido mordidos por lobos rabiosos y sanados por San Huberto.
Epilépticos: Falsos epilépticos que echaban espuma por la boca, ayudándose de jabón en ella introducido.
Calvor o tirloror: Que se decían curados de la tiña, en sus peregrinaciones.
Los locos: Iban de cuatro en cuatro, siempre acompañados de sus botellas.
Los ruiner: Siempre ayudados por sus muletas (falsos cojos en muchas ocasiones).
Ventajirtas: O ganchos que fingían perder o ganar en el juego para atraer a otros ingenuos.
Huérfanor: Los mendigos más jóvenes.
Encapuchador: Pretendían, falsamente, tener la lepra.
12. Santa Genoveva es la patrona de París. En el año 451, Atila atraviesa el Rhin con casi 700.000 hombres. Se acerca a París y sus habitantes, presos por el pánico, comienzan a huir. Entonces, Genoveva, una joven consagrada a Dios, les tranquiliza, convencida de que París será respetada gracias a la protección divina. Los hunos dudaron sobre la acción a seguir y por fin se dirigieron hacia Orleáns, al sur de París. Entonces, la ciudad reconoció a Genoveva como su patrona. Diez años después, son los francos los que asedian París. La ciudad está a punto de entregarse, rendida por el hambre, pero Genoveva logra escapar a la vigilancia enemiga y se aprovisiona de víveres y vuelve con la misma suerte con que había conseguido escapar. La acción se considera milagrosa. A su muerte, en el año 512, se la entierra junto a Clodoveo en la basílica que éste había construido en el 510.
Cada cuerpo de la grotesca procesión tenía su música particular. Así los egipcios hacían sonar sus tímpanos y sus tambores africanos. Los hampones, raza muy poco musical, no pasaban de la viola, del cuerno y del rabel gótico del siglo XII. Tampoco el imperio de Galilea les superaba en gran cosa. Apenas si se distinguía en su música algún primitivísimo rabel, con notas que no iban más allá del re‑la‑mi; sin embargo, donde se desplegaban con más vigor, en medio de una impresionante cacofonía, todas las excelencias musicales de la época, era en torno al papa de los locos. Eran notas agudas del rabel, contra‑altos y bajos del rabel, sin olvidar, claro está, las flautas y el cobre. Que no lo olviden los lectores: se trataba de la orquesta de Gringoire.
Es muy difícil hacerse una idea del grado de regocijo orgulloso al que había llegado, en el trayecto del palacio a la Gréve, el repulsivo y triste rostro de Quasimodo. Era sin duda la primera satisfacción de amor propio jamás experimentada por él pues hasta entonces sólo humillaciones había recibido, o desdén por su condición o por lo repulsivo de su persona. Por muy sordo que fuera, no cabe duda de que saboreaba, como auténtico papa, todas las aclamaciones de la multitud, a la que odiaba porque también él se sentía odiado por ella.
¡Poco le importaba que sus súbditos se redujeran a un montón de locos, tullidos, ladrones o mendigos! Daba igual pues, en cualquier caso, constituían un pueblo y él era su soberano y por ello tomaba en serio todos aquellos aplausos burlones, aquellas deferencias grotescas, entre los que podía entreverse un cierto trasfondo de miedo real entre el gentío, pues el jorobado era un gigantón y, aunque zambo, era bastante ágil y también irascible a pesar de su sordera; tres cualidades para moderar lo ridículo.
Era difícil, por otra parte, conocer si el nuevo papa de los locos era consciente de sus propios sentimientos y de los que él mismo inspiraba en la gente, pues el espíritu que habitaba su cuerpo fallido debía ser forzosamente algo incompleto y sordo también.
Por eso sus impresiones, al verse así, ante la gente, eran muy confusas a imprecisas. Lo que dominaba más claramente era una sensación de orgullo y su manifestación más clara era la alegría. Existía como un halo en torno a aquella sombría y contrahecha criatura.
Por todo esto hubo miedo y sopresa cuando, en el momento en que Quasimodo, ebrio de orgullo, pasaba triunfalmente ante la Maison‑aux‑Piliers, un hombre surgió de pronto de entre el gentío y le arrancó de las manos con un gesto de cólera el báculo de madera dorada, representación de su loca dignidad papal. Aquel hombre tan temerario era el personaje calvo que se encontraba poco antes entre los espectadores que admiraban a la gitana, y que la había dejado helada al proferir aquellas palabras de amenaza y odio.
Llevaba ropa de eclesiástico y hasta Gringoire, que no le había reconocido hasta entonces, se fijó en él al salir de entre el gentío.
‑¡Anda! ‑dijo con sorpresa‑, ¡pero si es mi maestro en ciencias(13), dom Claude Frollo, el archidiácono! ¿Qué diablos está haciendo con ese horrible tuerto? ¡Le va a destrozar Quasimodo!
13. En ciencias ocultas, como la astrología, la alquimia, la magia, con las que Claudio Frollo se hallaba muy relacionado.
Y efectivamente surgió un grito de terror cuando el enorme Quasimodo se tiró de las andas. Muchas mujeres volvieron la vista para no ver cómo destrozaba al archidiácono. Se avalanzó sobre él pero, al verle así, de cerca, se echó de rodillas a sus pies. El clérigo le quitó la tiara, le rompió el báculo y le rasgó su capa de relumbrón.
Quasimodo siguió de rodillas, humilló la cabeza y juntó las manos en ademán de súplica. Luego se entabló entre ambos un extraño diálogo de gestos y de signos porque ninguno de los dos hablaba. El clérigo, de pie, irritado, con gesto amenazador a imperativo y Quasimodo prosternado humillado y suplicante, cuando la verdad es que, con un solo dedo, podría haber aplastado al clérigo.
Finalmente el archidiácono sacudió con violencia los hombros de Quasimodo y le hizo una seña para que se levantara y éste se levantó.
Entonces la cofradía de los locos, repuestos ya de esos momentos de estupor, quiso defender a su papa, tan bruscamente destronado. Los egipcios, los hampones y los curiales se acercaron vociferando en torno al clérigo.
Entonces Quasimodo se colocó ante él, protegiéndole, al mismo tiempo que enseñaba sus músculos y sus puños de atleta y, enfrentándose a los asaltantes, les mostró sus dientes, cual tigre enfurecido.
El clérigo recobró su sombría seriedad, hizo una seña a Quasimodo y se retiró, silencioso, precedido del gigantón que iba apartando a la gente a su paso.
Cuando llegaron al final de la plaza, después de atravesar la multitud, la nube de curiosos y de desocvpados pretendió seguirlos; entonces Quasimodo se colocó detrás del archidiácono, mirando a la gente y marchaba de espaldas, corpulento, agresivo, monstruoso a hirsuto como él era; tensando sus músculos, pasándose la lengua por sus dientes de jabalí, gruñendo como una bestia salvaje y haciendo amago de avalanzarse sobre sus perseguidores con los gestos o con la mirada.
Desaparecieron los dos por una calleja estrecha y tenebrosa y nadie se arriesgó en su persecución, pues la nueva visión de Quasimodo rechinando los dientes daba la sensación de cerrar la entrada.
‑¡Es algo increíble! ‑dijo Gringoire‑, pero, ¿en dónde diablos encontraré algo para cenar?
IV
UNA BELLA MUJER DE NOCHE
POR LAS CALLES
Gringoire por lo que pudiera pasar, quiso seguir a la gitana. La había visto tomar, con su cabra, la calle de la Coutellerie y él había hecho lo mismo.
‑¿Y por qué no? ‑se dijo.
Gringoire, filósofo práctico de las calles de París, se había dado cuenta de que nada es tan propicio al ensueño como seguir a una mujer bella sin saber a dónde va. Existe en esta abdicación voluntaria del libre albedrío, en esta fantasía, que a su vez se sotnete a otra fantasía, una mezcla de independenaa fantástica y de obediencia ciega, un no sé qué intermedio entre la libertad y la esclavitud, que agradaba a Gringoire. En efecto, su espíritu era esencialmente mixto, complejo a indeciso, interesado en todos los temas y pendiente un poco de todas las propensiones humanas, pero neutralizando cada una de ellas con su contraria.
Le gustaba compararse a la tumba de Mahoma, atraída en sentidos contrarios por dos piedras de imán, dudando eternamente entre lo alto y lo bajo, entre la bóveda y el suelo, entre la caída y la elevación entre, el cenit y el nadir.
Si Gringoire viviera en nuestros días ¡qué bien sabría mantenerse en un término medio entre lo clásico y lo romántico!, pero no era lo suficientemente primitivo como para vivir trescientos años y era una lástima. Su ausencia es un vacío que hoy día lamentamos.
Por otra parte, para seguir por las calles a los transeúntes (y sobre todo a las transeúntes), cosa que Gringoire hacía con cierta frecuencia, lo mejor es no saber en dónde va uno a dormir.
Iba, pues, pensativo detrás de la muchacha, que aceleraba el paso y hacía ir al trote a su cabritilla al ver que la gente se recogía ya y que las tabernas, únicos establecimientos abiertos aquel día se iban cerrando.
Después de todo, iba pensando Gringoire, en algún lugar tendrá que dormir y las gitanas suelen tener buen corazón. ¡Quién sabe si...!, y él llenaba esos puntos suspensivos con no se sabe muy bien qué ideas peregrinas.
Sin embargo, de vez en cuando, al pasar junto a los últimos grupos de burgueses que se despedían ya para retirarse, cogía al vuelo algún retazo de sus conversaciones que venían a romper la lógica de sus optimistas hipótesis.
A veces se trataba de dos viejos que comentaban...
‑Maese Thibaut Fernicle, ¿sabéis que hace frío?
¡Gringoire lo sabía bien desde el comienzo del invierno!
‑Ya lo creo maese Bonifacio Disome. ¿Tendremos un invierno como el de hace tres años, el del 80, en el que la madera costó a ocho sueldos el haz?
‑¡Bah! ¡Eso no eso no fue nada, maese Thibaut! ¿Se acuerda de aquel invierno de 1407, que no paró de helar desde San Martín hasta la Candelaria? Lo hacía con tal fuerza que hasta la pluma del parlamento se helaba a cada tres palabras y por eso hubo que suspender las actuaciones de la justicia...
Un porn más allá eran unas vecinas a la ventana, alumbradas con candiles que el viento hacía chisporrotear.
‑¿Vuestro marido os ha contado ya la desgracia, señora Boudraque?
‑No. ¿De qué se trata, señora Tourquant?
‑Del caballo del señor Gilles Godin, el notario del Châtelet, que se ha desbocado, al ver a los flamencos y la procesión, y ha tirado por los suelos a maese Philipot Avrillot, oblato de los celestinos.
‑¿De verdad?
‑Ya lo creo.
‑¡Un caballo burgués! ¡Quién lo iba a pensar! ¡Si al menos hubiera sido un caballo del ejército!
Y se iban cerrando las ventanas y Gringoire, distraído con las conversaciones, perdía el hilo de sus ideas.
Por suerte lo volvía a encontrar en seguida y enlazaba sin dificultad, gracias sobre todo a la bohemia que, con su cabra, marchaba por delante; eran dos delicadas finas y encantadoras criaturas, en las que admiraba sus pequeños pies, sus lindas formas, sus graciosos ademanes, confundiendo casi a las dos en su imaginación, al considerarlas mujeres por su inteligencia y su amistad y cabritillas por su ligereza y agilidad y por la destreza de sus andares.
Las calles se iban haciendo cada vez más oscuras y solitarias. Hacía bastante tiempo que había sonado el toque de queda y sólo se veía ya, muy de cuando en cuando, a un transeúnte por las calles o una luz en las ventanas.
Gringoire se había internado, siguiendo a la egipcia, en aquel dédalo inextricable de callejuelas, encrucijadas y callejones sin salida, que rodean el antiguo sepulcro de los inocentes y que se asemeja a un ovillo enmarañado por un gato.
‑Desde luego estas callejuelas tienen muy poca lógica ‑decía Gringoire, perdido en esos mil caminos, que venían a desembocar en ellos mismos, y que la joven daba la impresión de conocer tan bien, moviéndose entre ellos con pasos ligeros sin la más pequeña duda.
En cuanto a él, no habría tenido la menor idea del lugar en donde se encontraba, si no hubiera sido porque, al paso, a la vuelta de una calleja, descubrió la masa octogonal de la picota del mercado, cuyo tejadillo abierto destacaba vivamente su silueta negra contra una ventana iluminada aún en la calle Verdelet.
Hacía ya un ratito que la joven se había dado cuenta de que la seguían y varias veces había vuelto hacia él su cabeza con cierta preocupación. Incluso una vez se había parado en seco y, aprovechando un rayo de luz que se escapaba de la puerta entreabierta de una panadería, le había mirado fijamente de arriba a abajo.
Después Gringoire había visto hacer a la gitana la mueca aquella que debía resultarle familiar, y había seguido su camino.
La mueca dio que pensar a Gringoire pues había burla y desdén en aquel gesto, hasta cierto punto gracioso, y por eso comenzó a bajar la cabeza y a contar los adoquines, siguiendo a la joven a una distancia mayor cuando, al doblar una calle, en donde momentáneamente la había perdido de vista, oyó un grito penetrante.
Apresuró el paso. La calle estaba totalmente a oscuras; sin embargo, una lamparita que ardía en una hornacina a los pies de la Virgen, en un rincón de la calle permitió a Gringoire distinguir a la gitana debatiéndose en los brazos de dos hombres que procuraban ahogar sus gritos. La cabritilla, asustada, bajaba los cuernos y se ponía a balar.
‑¡Socorro! ¡A mí la ronda! ¡Socorro, guardianes! ‑gritó Gringoire al mismo tiempo que se dirigía valientemente hacia allí. Uno de los que sujetaban a la joven se volvió hacia él; era la formidable figura de Quasimodo.
Gringoire no emprendió la huida pero tampoco dio un paso más adelante.
Quasimodo se llegó hasta él y de un revés lo lanzó a cuatro pasos contra el empedrado; luego se adentró rápidamente hacia la oscuridad llevándose a la joven bajo el brazo como si fuera un echarpe de seda, seguido de su compañero; mientras la pobre cabra corría tras ellos balando quejumbrosa.
‑¡Asesinos! ¡Socorro! ‑gritaba la desdichada gitana.
‑¡Alto ahí, miserables! ¡Soltad a esa mujer! ‑dijo con voz de trueno un caballero que surgió de repente de una plazuela próxima. Se trataba de un capitán de los arqueros, armado de pies a cabeza y con un espadón en la mano.
Arrancó a la bohemia de los brazos de Quasimodo, estupefacto; la colocó de través en la silla de montar y en el momento en que el terrible jorobado, recuperado de la sorpresa, se lanzaba sobre él para recuperar a su presa, surgieron quince o más arqueros que seguían a su capitán armados todos con espadas.
Se trataba de un escuadrón de la guardia real que hacía la contrarronda por orden de micer Roberto d'Estouteville, guardián del prebostazgo de París.
Entre todos cercaron a Quasimodo, lo cogieron y lo ataron. Rugía, echaba espuma por la boca, mordía y, si no hubiera sido de noche, podemos estar seguros de que su horripilante cara, más repulsiva aún por hallarse encolerizado, habría puesto en fuga a todo el escuadrón. Pero, por la noche, carecía de su arma más temible; su fealdad.
Su compañero se escabulló durante la refriega.
La gitana se irguió con elegancia en la silla del oficial, apoyó sus dos manos en los hombros del capitán y le miró fijamente durante unos segundos, como encantada de su atractivo aspecto y de la ayuda que acababa de prestarle. Después, rompiendo a hablar la primera, le dijo haciendo más dulce aún su dulce voz: ‑¿Cómo os llamáis, señor gendarme?
-Capitán Febo de Cháteaupers para serviros, preciosa res pondió el capitán irguiéndose.
‑Gracias ‑le dijo.
Y mientras el capitán se entretenía atusándose su bigote a la borgoñona, ella se deslizó hasta el suelo, desde el caballo, como una flecha que cae a tierra y huyó tan rápidamente, que un relámpago habría tardado más en desvanecerse.
‑¡Por el ombligo del papa! ‑dijo apretando las ligaduras de Quasimodo‑. A fe mía que habría preferido quedarme con la mozuela.
‑¡Qué queréis capitán! ‑dijo uno de los guardias‑. La pájara ha levantado el vuelo pero nos queda el murciélago.
V
Gringoire, aturdido por la caída, se había quedado en el suelo ante la hornacina de la Virgen que había en la calle y, poco a poco, iba recobrándose. Primero estuvo algunos minutos flotando, como medio perdido en una especie de semi‑inconsciencia, bastante atractiva, en dohde la vaga representación de la gitana y de su cabra se confundían con el peso del puño de Quasimodo. Sin embargo, esta situación no se prolongó demasiado, pues sintió muy pronto una viva impresión de frío en la parte de su cuerpo que se encontraba en contacto con el empedrado y que acabó por espabilarle y sacar su espíritu a la superficie.
‑¿De dónde me viene esta frialdad? ‑se preguntó bruscamente, y fue entonces cuando comprobó que se hallaba sobre una
corriente de agua que fluía por la calle, procedente de las casas. ‑Demonio de cíclope jorobado ‑masculló entre dientes intentando levantarse, sin conseguirlo, pues se encontraba aún un tanto aturdido y demasiado magullado. Así que hubo de quedarse en el suelo, resignado, sonándose con la mano que le quedaba libre.
‑¡Entre el fango de París! ‑pensaba, seguro ya de que aqueIlo iba a ser su lecho «¿y qué hacer en un lecho sino meditar?»(14)‑. El fango de.París apesta pues debe contener cantidad de sales volátiles y vitrosas; eso es, al menos, lo que piensan maese Nicolás Flamel y los herméticos (15)
14. Es, modificado, un verso de una fábula de La Fontaine.
15. Nicolás Flamel (1310‑1418). Escribano de la universidad de quien decía que sus grandes riquezas eran debidas a sus conocimientos de alquimia y de brujería.
Esta palabra le trajo súbitamente al espíritu la idea del archidiácono Claude Frollo y recordó la escena violenta que había entrevisto cuando la zíngara se debatía entre dos hombres. Había otro más con Quasimodo y la figura altiva del archidiácono se dibujó confusamente en su recuerdo.
‑¡Sería muy extraño!‑ y comenzó a reconstruir sobre esa base y con esos datos un fantástico edificio de hipótesis, un castillo de cartas filosófico, para volver en seguida a la realidad, al sentirse de nuevo en contacto con el agua de la calle.
Aquel sitio se hacía cada vez más insoportable, pues cada molécula del agua que corría por la calle robaba otra molécula de calor a los riñones de Gringoire y el equilibrio entre la temperatura del cuerpo y la del arroyuelo aquel empezaba a establecerse de una manera bastante ruda.
Otro inconveniente totalmente distinto surgió de improviso pues un grupo de muchachetes, un grupo de esos pequeños salvajes que desde siempre han correteado por las calles de París con el nombre de pilluelos y que, ya cuando nosotros mismos éramos niños, nos tiraban piedras al salir de la escuela, porque no íbamos sucios ni desharrapados como ellos; una panda de estos rapaces se dirigía, entre risas y gritos, hacia la plaza en donde estaba Gringoire, sin importarles nada el sueño de los vecinos. Llevaban a rastras una especie de saco y, sólo con el ruido de sus zuecos, se habría despertado hasta un muerto.
Gringoire, que aún no lo estaba del todo, se incorporó a medias.
‑¡Eh! ¡Annequin Dandéche! ¡Eh! ¿Jean Pincebourde! ‑chillaban a voz en grito‑; el viejo Eustaquio Moubon, el viejo ferretero de la esquina, acaba de morirse y hemos cogido su jergón y vamos a hacer una hoguera con él; hoy es el día de los flamencos. Y fueron a tirar el jergón justo encima de Gringoire, hasta donde habían llegado sin haberle visto. Uno de ellos le sacó un puñado de paja y fue a encenderlo en la lamparilla de la Virgen.
‑¡Dios me valga! ‑susurró Gringoire‑. ¡Pues no voy a pasar calor ni nada!
La situación era crítica ya que se encontraba entre el fuego y el agua; realizó un esfuerzo casi sobrenatural, como el de un falsificador que intenta escapar cuando quieren quemarle. Logró ponerse de pie y lanzando el jergón contra los pilluelos aquellos, se escapó.
‑¡Santa María! ‑gritaron asustados‑; es el fantasma del ferretero que ha vuelto ‑y también ellos echaron a correr.
El jergón se adueñó del campo de batalla. Belforét, el tío Le Juge y Corrozet aseguran que al día siguiente fue recogido con gran pompa por el cura del barrio y guardado como parte del tesoro de la iglesia de Saint Opportune, con lo que el sacristán consiguió unas buenas propinas hasta 1789 a costa del gran milagro de la estatua de la Virgen de la esquina, en la calle Mauconseil que, aquella memorable noche del 6 al 7 de enero había con su sola presencia exorcizado al difunto Eustaquio Moubon quien, para hacer una travesura al diablo en el momento de la muerte, había ocultado astutamente su alma en el jergón.
VI
LA JARRA ROTA
Después de haber escapado a todo correr, sin saber hacia dónde, y darse más de un coscorrón contra alguna esquina; después de saltar unos cuantos arroyuelos y atravesar bastantes callejones y plazas en busca de una salida por entre el entramado del viejo mercado y después de explorar en su miedo lo que el bello latín llama tota via, cheminum et viaria, nuestro poeta se detuvo de pronto, primeramente por el cansancio y luego por el dilema que acababa de venirle al espíritu:
‑Me parece, maese Pierre Gringoire ‑se dijo apoyando el dedo en la frente‑ que estáis corriendo como un chalado. Aquellos pilluelos han debido asustarse al veros tanto como vos lo habéis hecho al verlos. Tengo la impresión, os digo, de que habéis oído el ruido de sus zuecos alejándose hacia el sur, mientras vos lo hacéis hacia el norte. Así que una de dos: o han huido y entonces el jergón que olvidaron con el miedo va a ser esa cama confortable que estáis buscando desde esta mañana y que la Virgen os envía milagrosamente en recompensa de esa «moralidad» que habéis intentado representar, o bien los rapaces esos no han huido, y entonces han debido pegarle fuego al jergón, en cuyo caso podéis aprovecharlo para alegraros, secaros y calentaros. Sea como sea, fuego o cama, ese jergón es un regalo del cielo y se me ocurre que, a lo mejor, la santísima Virgen de la esquina de la calle de Mauconseil se ha llevado a Eustaquio Maubon sólo para eso y en ese caso sería una locura que huyerais así, a toda prisa, cual un picardo ante un francés, dejándoos atrás lo que andáis buscando con tantas ganas. ¡Sería de tontos!
Así que echó marcha atrás y por todos los medios, olfateando como un perro y escuchando con todo interés, intentó dar con el bendito jergón, pero todo fue en vano. Todo eran cruces de calles, callejones sin salida, bifurcaciones en las que nunca llegaba a orientarse con seguridad... En fin, se encontraba más perdido en aquella maraña de callejuelas de lo que se habría encontrado en el laberinto del hotel de las Tournelles; así que, agotada ya su paciencia, exclamó solemnemente:
‑¡Malditas encrucijadas! Seguro que las ha hecho el diablo a imitación de su propio tridente.
Más tranquilo ya después de esta exclamación, tras observar un resplandor rojizo al fondo de una larguísima y estrecha callejuela, sintió que su moral se acrecentaba.
‑¡Alabado sea Dios! ¡Si es allá, al fondo! ¡Si es mi jergón el que está ardiendo! ‑y, cual navegante que zozobra en medio de la noche, añadió piadosamente‑: ¡Salve, salve, marls stella!
No podríamos decir, en verdad, a quién iba dirigida aquella letanía, si a la Virgen o al jergón.
No habría aún dado dos pasos pot aquella larga calleja, sin pavimentar llena de barro y en pendiente, cuando observó algo que le pareció muy singular y es que no estaba desierta. Acá y allá, a lo largo de la misma, grupos de masas vagas a imprecisas se dirigían hacia el resplandor vacilante del fondo de la callejuela, como esos torpes insectos, que se arrastran pot la noche entre las hierbas, hacia la hoguera de un pastor.
Nada le hace a uno tan aventurero como el no tenet un cuarto. Gringoire, pues, siguió avanzando hacia el resplandor y pronto alcanzó a una de aquellas larvas que se arrastraban perezosamente siguiendo a las demás. Al llegar vio que no era otra cosa que un miserable lisiado, sin piernas, que se servía de sus manos para andar, dando una especie de saltos, como una araña herida a la que sólo le quedan dos patas.
Precisamente cuando pasaba al lado de aquella araña con rostro humano, alzó hacia él una voz plañidéra.
‑¡La buona mancia, signor! ¡La buona mancia! (16)
‑Vete al diablo ‑dijo Gringoire‑, y que me lleve a mí también si entiendo lo que dices. Y siguió adelante.
Alcanzó a otra de aquellas masas ambulantes y la examinó con atención. Se trataba esta vez de un tullido, cojo y manco al mismo tiempo. Lo era de tal modo, que el complicadísimo sistema de muletas y de piernas de madera que le sostenía, le daba el aspecto de un andamiaje de albañilería en marcha. Gringoire, que gustaba de hacer comparaciones nobles y clásicas, le comparó a unas trébedes vivas de la fragua de Vulcano. Igual que el anterior, le saludó a su paso poniéndole el sombrero a la altura del mentón, como una bacía de barbero, gritándole:
‑Señor caballero; para comprar un troso de pan(17).
‑Parece que también éste habla, pero lo hace en una lengua tan rara que, si él mismo la entiende, es más feliz que yo.
Luego, golpeándose la frente pot una repentina asociación de ideas, dijo:
‑¡A propósito! ¿Qué diablos querrían decir esta mañana con aquello de su Esmeralda(18)
16. Caridad, señor, caridad. (En italiano.)
17. En español, en el original.
18. En español, en el original.
Quiso acelerar el paso pero pot tercera vez algo le cortó el camino. Ese algo, o mejor, ese alguien era un ciego; un ciego bajito y barbudo, con cara de judío que, maniobrando en torno a él con el bastón y guiado pot un enorme perro, le lanzó con un acento húngaro:
‑Facitote caritatem.
‑¡Menos mall ‑dijo Pierre Gringoire‑; pot fin doy con alguien que me habla en cristiano. Debo tener cara de limosnero para que todos me pidan limosna, teniendo en cuenta el estado de debilidad en que se encventra mi bolsa.
‑Mi querido amigo ‑dijo volviéndose hacia el ciego‑, hace ya una semana que vendl mi última camisa, y para decírtelo mejor, en la lengua de Cicerón que tan bien entiendes: Vendidi hebdomade nuper trantita meam ultimam chemiram.
Dicho lo cual, dio la espalda y siguió andando; pero el ciego aceleró el paso a su ritmo y hete aquí que el lisiado y el tullido aparecen también a buen ritmo, y con gran estrépito de escudillas y de muletas contra el empedrado; y así los tres, empujándose tras el pobre Gringoire, se pusieron a entonar su cantinela.
‑¡Caritatem! ‑decía el ciego.
‑¡La buona mancia! ‑decía el tullido; y el cojo empalmaba esa musiquilla con su:
‑¡Un pedaso de pan!
‑Esto es la torre de Babel ‑decía Gringoire, tapándose las orejas y echando a correr. Pero también el ciego y el tullido y el cojo corrían tras él y, a medida que iba internándose en la calle, empezaron a pulular a su alrededor más cojos y más tullidos y más ciegos y mancos y tuertos y leprosos, enseñando sus llagas. Unos salían de los portales, otros de las callejas aledañas, otros más de algún tragaluz o de algún sótano, mugiendo todos o rugiendo y chillando, cojeando, renqueando o arrastrándose hacia la luz y revolcándose entre el fango, coal babosas después de llover.
Gringoire, a quien aún seguían sus tres perseguidores, no sabiendo en qué podía parar todo aquello, corría, asustado, empujando y tirando a cojos y ciegos, saltando por encima de más lisiados o pisando a quien se ponía delante, como aquel capitán inglés que fue a encallar en un banco de cangrejos.
Pensó en volver sobre sus pasos, pero era ya demasiado tarde, pues toda aquella legión tapaba casi por completo la calle, y los tres mendigos seguían acosándole. Así que continuó hacia adelante, empujado al mismo tiempo por aquella oleada irresistible, por el miedo y por una especie de vértigo que le hacía ver aquello como una horrible pesadilla.
Por fin alcanzó el extremo de la calle, que desembocaba en una gran plaza en donde mil luces dispersas titilaban, envueltas en la niebla de la noche. Gingoire entró en ella corriendo con la idea de zafarse, por rapidez, de los tres espectros lisiados que casi se habían otra vez agarrado a él.
‑¿Onde vas, hombre?(19) ‑le gritó el cojo soltando las dos muletas y acercándose a él con las dos piernas más sanas que jamás hubieron corrido por las calles de París.
Mientras tanto el tullido, el que no tenía piernas, se puso de pie ante la sorpresa de Gringoire; le plantó en la cabeza su pesado cuenco y el ciego le miraba frente a frente con ojos centelleantes.
‑¿En dónde me hallo? ‑preguntó el poeta aterrorizado.
‑En la Corte de los Milagros(20) ‑respondió un cuarto fantasma que se les había juntado.
‑Por mi alma que así debe ser pues compruebo que los cojos corren y que los ciegos ven, pero, ¿en dónde está el Salvador?
19. En español, en el original.
20. La Corte de los Milagros se encontraba en el barrio des Halles, entre la calle Réaumur y la plaza du Caire actuales (en el antiguo París había una docena de Cortes de los Milagros). En el siglo xvii, bajo Luis XIV, se llegó a liquidar casi por completo.
21. Había dos fortalezas en París, el gran Châtelet y el pequeño Châtelet. El primero fue demolido en 1802 y estaba emplazado en la orilla derecha del Sena, frente al Pont‑au‑Change. Era la sede de la jurisdicción de lo criminal del prebostazgo de París. El pequeño Chitelet estaba situado en la orilla izquierda y servía de prisión. Se demolió en 1782.
Como respuesta obtuvo una carcajada siniestra. El desdichado se encontraba de verdad en la temible Corte de los Milagros, en donde ningún hombre prudente se habria decidido a entrar a tales horas. Círculo mágico en el que los soldados del Châtelet(21) o los guardias del prebostazgo, que se aventuraban por allí, desaparecían hechos pedazos. Ciudad de ladrones, horrible verruga, surgida en la cara de París, cloaca de donde salía cada mañana para volver a esconderse por la noche ese torrente de vicios de mendicidad y de miseria, que siempre existe en las calles de las grandes urbes; colmena monstruosa a la que volvían por la noche, con su botín, todos los zánganos del orden social; falso hospital en donde el bohemio, el fraile renegado, el estudiante perdido, los indeseables de todas las nacionalidades: españoles, italianos, alemanes... de todas las religiones: judíos, cristianos, mahometanos, idólatras, cubiertos de llagas simuladas, mendigos de día que son bandidos por las noches; inmenso vestuario en donde se vestían y se cambiaban todos los adores de la eterna comedia que el robo, la prostitución y el asesinato representaban sobre el adoquinado de París.
Se trataba de una gran plaza irregular y mal pavimentada, como lo eran entonces todas las plazas de París. Algunas fogatas encendidas aquí y allá, en torno a las cuales hormigueaban grupos extraños. Todo era movimiento y gritos. Se oían risas estentóreas, Ilantos de niños, voces de mujeres. Las manos, las cabezas de todas aquellas gentes, recortadas en negro sobre el fondo luminoso de las fogatas, se perfilaban en mil gestos extraños. A veces, en el suelo, en donde tremolaban las llamas, mezcladas con grandes sombras indefinidas, se podía ver pasar un perro que parecía un hombre o a un hombre que parecía un perro. Los límites de las razas y de las especies parecían borrarse en aquella ciudad, como en un pandemonium pues hombres, mujeres, animales, sexo, edad, salud y enfermedad, todo parecía patrimonio común en aquel pueblo; todo se hallaba junto, mezclado, confundido, superpuesto y todos, en fin, participaban de todo.
El resplandor vacilante y débil de aquellas fogatas permitía a Gringoire distinguir, en medio de su turbación, en torno a toda la inmensa plaza, un horrible cuadro de casas viejas cuyas fachadas, carcomidas, deformadas, mugrientas, tenían un par de luceras encendidas en cada una.
Todo ello le parecía, en medio de las sombras, como enormes cabezas de viejas colocadas en círculo, ceñudas y monstruosas, contemplando un aquelarre.
Era para él como un mundo nuevo, desconocido, inaudito, deforme, reptil, increíble y fantástico. Se sentía cada vez más aterrado, sujeto por los tres mendigos, como si fueran tenazas, en medio de un gentío ensordecedor, con caras que se encrespaban y ladraban.
El infortunado Gringoire intentaba recobrar su presencia de ánimo para saber si era sábado, pero sus esfuerzos eran vanos, pues el hilo de su pensamiento y de su memoria se había roto. Dudaba ya de todo; fluctuaba entre lo que veía y lo que sentía y se hacía siempre la misma pregunta.
‑Si yo soy, ¿esto es también?, y si esto es, ¿yo soy también?
En aquel momento surgió un grito muy claro de entre el bullicio increíble que le rodeaba.
‑¡Llevémosle ante el rey! ¡Llevémosle ante el rey!
‑¡Virgen santa! ‑murmuró Gringoire‑. El rey aquí será un chivo(22).
22. Forma que, se decía, tomaba el diablo, principalmente en los aquelarres. Víctor Hugo dice en una nota para los documentos de Nuertra Señora de Parír que «el diablo para reunir el aquelarre, hace aparecer, entre nubes, a un chivo que sólo es visto por los brujos».
‑¡Al rey! ¡Al rey! ‑repitieron todas las voces.
Le llevaron a rastras, disputándose entre ellos por arrastrarle con sus garras, pero ninguno de los tres mendigos soltó su presa y se la arrancaron a los demás rugiendo:
‑¡Es nuestro!
El jubón casi destrozado del poeta rindió en aquella lucha su último suspiro.
Al atravesar la horrible plaza su vértigo desapareció y unos pocos pasos más allá recobró el sentido de la realidad. Comenzaba a familiarizarse con el ambience de aquel lugar. En el primer momento, de su cabeza de poeta, o más sencillamente o más prosaicamente, de su estómago vacío se había elevado una especie de vapor que, al expandirse entre él y las cosas, no le había permitido más que entreverlas, envueltas en la bruma incoherente de su pesadilla, en esas tinieblas de los sueños que deforman todos los contornos, que hacen gesticular a todas las formas, que hacen que los objetos se amontonen a grupos desmesurados, transformando las cosas en quimeras y a los hombres en fantasmas. Poco a poco, a esta alucinación le fue siguiendo una visión menos turbada y menos deformante, y lo real iba abriéndose paso a su alrededor; le golpeaba los ojos, chocaba contra sus pies a iba desmontando pieza a pieza toda aquella espantosa creación de la que en principio se creyó rodeado.
Había que darse cuenta de que no iba caminando por la laguna Estigia sino por el fango; de que no eran demonios quienes le llevaban cogido sino ladrones y que no se jugaba el alma sino la vida (puesto que carecía de ese precioso conciliador que actúa tan eficazmente entre el bandido y el hombre honrado y que se llama bolsa) y finalmente cuando observó más de cerca y con más sangre fría la juerga aquella de la plaza se dio cuenta de que no era un aquelarre sino una reunión de taberna.
Porque, en efecto, la corte de los milagros no era sino una taberna de truhanes enrojecida tanto por el vino como por la sangre.
El espectáculo que se ofreció a sus ojos cuando su harapienta escolta le dejó, al fin, no era el más propicio para pensamientos poéticos, aunque se tratara de una poesía infernal; antes al contrario era aquella situación la realidad más prosaica y vulgar de la taberna. Si no estuviésemos en el siglo xv habría que decir que Gringoire había descendido de Miguel Ángel a Callot(23).
En torno a la gran hoguera que ardía en una enorme losa redonda y que envolvía con sus llamas las patas al rojo de unas trébedes, vacías por el momento, se habían colocado aquí y allá algunas mesas carcomidas; las habían puesto al azar, sin orden ninguno, sin que ningún lacayo, versado en geometría, se hubiera dignado ajustar un poco su paralelismo o al menos preocupado de que no se cortasen en ángulos tan poco usuales. Encima de aquellas mesas relucían algunas jarras rebosando vino y cerveza y a su alrededor se agrupaban muchos rostros báquicos, rojos de fuego y de vino. Había un hombre de voluminoso vientre y de cara jovial que besaba ruidosamente a una mujerzuela ya bien entrada en carnes. Había también un falso soldado, un marrullero como se decía entre ellos, que deshacía, silbando, los vendajes de su falsa herida y que desentumecía su rodilla, sana y fuerte, cubierta desde la mañana con mil ligaduras. Otro encanijado hacía lo contrario: preparaba con celidonia y sangre de buey su pierna de Dios(24) para el día siguiente. Dos mesas más allá un conchero, con su hábito de peregrino, recitaba las quejas de la Santa Reina sin olvidar la salmodia y su tono nasal. Más allá un hubertino recibía lecciones de epilepsia de un viejo espumoso que le enseñaba el arte de echar espumarajos masticando un pedazo de jabón. A su lado, un hidrópico se deshinchaba, lo que obligaba a taparse la nariz a cuatro o cinco ladronas que se disputaban en la misma mesa un niño robado aquella misma noche. Circunstancias todas que dos siglos más tarde «parecieron tan ridícular a la corte» como dice Sauval «que sirvieron de entretenimiento al rey y como tema al real ballet de 'La Noche', dividido en cuatro partes y bailado en el teatro del Petit‑Bourbon. Jamás ‑añade un testigo ocular de 1653‑ las súbitas metamorfosis de la corte de los milagros han sido tan acertadamente representadas. Benserade nos había preparado para ellas con unos versos muy galantes.»
23. Gran pintor y grabador francés de gran influencia (1592‑1653).
24 Así llamaban a los miembros con heridas simuladas.
Las risotadas y las canciones obscenas se oían por doquier y cada cual se ocupaba de sí mismo criticando y maldiciendo sin escuchar a los demás. Se brindaba continuamente con las jarras de vino y las pendencias surgían ya en ese mismo instante, arreglándose mediante peleas con las jarras melladas.
Un enorme perro tumbado junto a la hoguera miraba impasible y había también algunos críos que participaban en aquella orgía. El niño que habían robado lloraba sin parar; otro niño, de unos cuatro años, bien gordito y sentado en un banco con las piernas colgando, no decía una palabra, un tercero extendía por la mesa, con un dedo, la cera líquida que iba fluyendo de una vela y el último, un niñito, en cuclillas entre el fango, estaba casi metido en un caldero que rascaba con una teja y del que sacaba unos sonidos que harían desmayarse a Stradivarius.
Había también un tonel junto al fuego con un mendigo sentado encima. Era el rey en su trono.
Los tres que sujetaban a Gringoire le llevaron ante el tonel y toda aquella bacanal se quedó en silencio, excepto el niño aquel que seguía dándole al caldero.
Gringoire con la vista baja no se atrevía ni a respirar.
‑Hombre, quítate el sombrero (25) ‑le dijo uno de los tres tipos que le sujetaban y, antes de que hubiera comprendido lo que quería decir, el otro se lo había quitado ya. Era un triste gorro, la verdad, pero valía aún para el sol o en caso de lluvia. Gringoire suspiró.
25. En español et. el original.
El rey entonces desde lo alto del tonel le dirigió la palabra:
‑¿Quién es este bribón?
Gringoire se estremeció. Aquella voz, aunque acentuada por el tono de amenzada, le recordó otra voz que aquella misma mañana había dado el primer golpe a su misterio, diciendo con voz gangosa en medio del auditorio: Una caridad, por favor. Entonces levantó la cabeza y vio que, en efecto, se trataba de Clopin Trouillefou.
Clopin Trouillefou, revestido de sus insignias reales, no llevaba ni un harapo de más ni de menos y la llaga de su brazo había desaparecido y llevaba en la mano uno de esos látigos hechos con correas de cuero de los que utilizaban entonces los alguaciales de vara para concentrar a la gente y que se llamaban boulayes. Llevaba en la cabeza una especie de gorro redondo y cerrado por arriba, aunque resultaba difícil saber si se trataba de una chichonera para niños o de una corona real, pues podía pasar muy bien por ambas cosas.
Sin embargo, Gringoire, sin saber por qué, había recobrado alguna esperanza al reconocer en el rey de la corte de los milagros al maldito pordiosero de la Gran Sala.
‑Señor ‑musitó‑‑‑. Monseñor..., Sire..., ¿cómo debería Ilamaros? ‑dijo al fin al haber llegado al punto culminante de su crescendo y no saber ya cómo subir ni cómo bajar.
‑Monseñor, majestad o camarada, Ilámame como quieras, pero rápido. ¿Qué puedes alegar en tu defensa?
‑¿En tu defensa? ‑pensó Gringoire‑; esto no me gusta ‑y continuó entre tartamudeos‑: Yo soy el que esta mañana...
‑¡Por las uñas del diablo! Dime tu nombre y nada más, bribón. Escucha: estás ante tres poderosos soberanos: yo, Clopin Trouillefou, rey de Thunes, sucesor del gran Coësre, supremo soberano del reino del hampa; aquel viejo amarillo que ves allá con un trapo ceñido a la cabeza es Mathias Ungadi‑Spicali, duque de Egipto y de Bohemia. Y ese gordinflón que no nos escucha y que está acariciando a esa ramera, es Guillermo Rousseau, emperador de Galilea. Has entrado en el reino del hampa sin ser de los nuestros; has violado los privilegios de nuestra ciudad y en consecuencia debes ser castigado, a menos que seas capón, franc‑mitou o escaldado, es decir, en el argot de la gente honrada: ladrón, mendigo o vagabundo. ¿Eres algo de eso? Justifícate; dinos tus cualidades.
‑¿Cualidades? ¡Ay! ‑dijo Gringoire‑ no tengo ese honor; sólo soy autor...
‑¡Basta! ‑cortó Trouillefou sin dejarle acabar‑. Vas a ser colgado. ¡Es algo muy sencillo, honrados señores burgueses! Igual que tratáis a los nuestros en vuestro mundo así os tratamos nosotros en el nuestro. Las leyes que aplicáis a los truhanes, os las aplican a vosotros los truhanes. ¿Que son malas? La culpa es vuestra. Es bueno el ver de vez en cuando upa mueca de honrado burgués por encima del collar de cáñamo; eso lo hace todo más honorable; así que... ¡ánimo, amigo!; reparte alegremente tus harapos a esas señoritas. Te vamos a colgar para divertir a los truhanes y tú les vas a dar tu bolsa para que puedan beber. Si quieres hacer alguna mogiganga ahí encontrarás junto al gran mortero un buen reclinatorio de piedra que hemos robado en Saint‑Pierre‑aux‑Boeufs. Te quedan cuatro minutos para encomendarle tu alma a Dios.
Desde luego, la arenga resultó formidable.
‑¡Así se habla, a fe mía! Clopin Trouillefou predica como nuestro santo padre, el papa ‑exclamó el emperador de Galilea rompiendo la jarra para calzar la mesa.
‑Señores emperadores y reyes ‑dijo Gringoire con sangre fría (no sé cómo había recobrado la firmeza y hablaba con gran decisión)‑; no sabéis lo que estáis diciendo. Yo me llamo Pierre Gringoire y soy el poeta que ha escrito la moralidad, esa obra que se ha representado esta mañana en la gran sala del palacio.
‑¡Ah! ¿Eres tú? ‑dijo Clopin‑. Yo estaba allí. ¡Por todos los santos! ¿Y qué pasa, camarada? ¿El que esta mañana nos hayas aburrido es una razón para que no lo colguemos esta noche?
Me va a costar salir con bien de ésta ‑pensó Gringoire‑, pero hizo aún un último intento‑: No veo por qué no vais a colocar a los poetas entre los truhanes cuando Esopo fue un vagabundo, Homero fue un mendigo, Mercurio era un ladrón...
Clopin le interrumpió.
‑Creo que quieres alelarnos con esos conjuros: ¡Venga ya; menos cuento y déjate ahorcar!
‑Perdóneme el rey de Thunes ‑replicó Gringoire, disputando el terreno palmo a palmo‑; creo que merece la pena... ¡Un momento!... escuchadme... No querréis condenarme sin haberme escuchado.
Su temblorosa voz quedaba ahogada por el bullicio que había a su alrededor. El niño seguía rascando su caldero con más furor que nunca y para colmo una vieja acababa de poner encima de las trébedes una sartén llena de sebo que chisporroteaba al fuego con un ruido como el que haría una cuadrilla de niños persiguiendo a una máscara.
Pero Clopin Trouillefou pareció conferenciar un momento con el duque de Egipto y con el emperador de Galilea, que estaba completamente borracho y luego gritó malhumorado:
‑¡Silencio! ‑y como ni el caldero ni la sartén podían oírle y seguían con su dúo, saltó del tonel abajo y largó una patada al caldero que rodó más de diez pasos con niño y todo y otro puntapié a la sartén, volcando todo el aceite en el fuego, y luego volvió gravemente a su trono sin preocuparse de los suspiros ahogados del niño ni de los gruñidos de la vieja cuya cena se había convertido en una bella y blanca llamarada.
Trouillefou hizo una señal y el duque, el emperador, los escoltas y los falsos leprosos vinieron a colocarse a su alrededor formando un semicírculo, en el que Gringoire, todavía fuertemente sujeto, ocupaba el centro. Era aquél un semicírculo de harapos, de andrajos, de relumbrón, de horquillas, de hachas, de piernas sucias de vino, de fuertes brazos desnudos, de caras sórdidas, sin lustre y embrutecidas. En medio de esta tabla redonda de la bellaquería, Clopin Trouillefou, como el dogo de aquel senado, como el rey de la pradera, como el papa de aquel cónclave, dominaba todo, primero desde la altura de su tonel y además por un algo de altanería y de ferocidad que brillaba en sus pupilas y que hacía corregir en su perfil salvaje el tipo bestial de la raza de los truhanes; habríase dicho una cabeza de jabalí entre hocicos de cerdos.
‑¡Escuchadme! ‑dijo a Gringoire acariciándose el deforme mentón con su mano callosa‑; no entiendo por qué razón no has de ser colgado; es cierto que tal cosa parece repugnarte y es sencillamente porque vosotros, los burgueses, no estáis acostumbrados. Le dais demasiada importancia al asunto; y además no te deseamos ningún mal. ¿Quieres el medio de librarte de esto por el momento? Hazte de los nuestros.
Podemos imaginar el efecto que semejante propuesta produjo en Gringoire cuando veía ya que la vida se le escapaba y comenzaba a perder toda esperanza. Se agarró, pues, a ella, con todas sus fuerzas.
‑Ya lo creo que sí ‑dijo.
‑¿Estás de acuerdo en enrolarte con los cortabolsas?
‑Con los cortabolsas, exactamente ‑respondió Gringoire. ‑¿Te reconoces miembro de la francoburguesía? (26)
‑De la francoburguesía.
‑¿Sujeto del reino del hampa?
‑Del reino del hampa.
‑¿Truhán?
‑Truhán.
‑¿Con toda el alma?
‑Con toda mi alma.
‑Quiero que sepas ‑prosiguió el rey‑ que no por eso vas a dejar de ser colgado.
‑¡Diablos! ‑dijo el poeta.
‑Lo que ocurre es que serás colgado más adelante, con más ceremonia, con cargo a la buena villa de París, en una bonita horca de piedra y por los honrados burgueses. Es un consuelo.
‑Como vos digáis ‑respondió Gringoire.
‑Hay más ventajas pues, en calidad de francoburgués, no tendrás que pagar ni el impuesto de lodos, ni el de pobres, ni el de farolas a los que están sujetos los burgueses de París.
‑Que así sea ‑añadió el poeta‑; consiento en ello. Soy truhán, hampón, francoburgués, cortabolsas y todo lo que queráis, aunque yo era todo eso antes, señor rey de Thunes, pues soy filósofo: et omnia in philosophia, omnes in philosopho continentur(27), como vos sabéis muy bien.
27 Y todas esas cosas están contenidas en la filosofla y todos los horn bres en el filósofo.
26. Habitante de la ciudad que no paga impuestos.
El rey de Thunes frunció las cejas.
‑¿Por quién me tomas, amigo? ¿Qué argot de judío de Hungría nos cantas? No conozco el hebrero, pero no hay que ser judío para ser ladrón y yo incluso ya ni robo; estoy por encima de esas cosas; yo mato. Cortacuellos sí, no cortabolsas.
Gringoire trató de deslizar alguna excusa en medio de aquellas palabras que la cólera hacía más cortantes:
‑Os pido perdón monseñor, pero no es hebrero es latín.
‑Te repito que no soy judío ‑gritó encolerizado Clopin‑, y ¡te juro que lo haré colgar, vientre de sinagoga! Igual que a ese pequeño mendigo de Judea que 'está junto a ti y que un día espero clavar en un mostrador como una moneda falsa que es.
Al decir esto se refería, señalándole con el dedo, al pequeño y barbudo judío húngaro que se había acercado a Gringoire soltándole lo de Facitote caritatem, y que como no conocía otra lengua, miraba con sorpresa cómo el mal humor del rey se desbordaba sobre él.
Por fin monseñor Clopin se calmó.
‑Bribón ‑le dijo‑ ¿Quieres entonces ser truhán?
‑Sin duda ‑respondió Gringoire.
‑No todo consiste en querer ‑dijo el verdugo Clopin‑; la buena voluntad no añade ninguna cebolla a la sopa y no sirve más que para ir al paraíso y el paraíso nada tiene que ver con el hampa. Debes probarnos que sirves para algo si de verdad deseas ser admitido en el hampa y para empezar tienes que registrar y robar al maniquí.
‑Haré todo lo que os plazca ‑aseguró Gringoire.
Clopin hizo una señal y algunos de los truhanes se marcharon del círculo para volver momentos más tarde con dos postes terminados en la parte inferior por dos espátulas con armazón que les permitía fácilmente sostenerse en el suelo. Sobre la parte superior de ambos postes atravesaron una viga con lo que se formó un bonito patíbulo portátil, erigido ante Gringoire en un abrir y cerrar de ojos. Nada le faltaba pues hasta tenía una cuerda balanceándose graciosamente en la viga.
‑¿Qué se propondrán? ‑se preguntaba Gringoire no sin cierta inquietud, cuando un ruido de campanillas que empezó a sonar en aquel momento puso fin a su ansiedad. Se trataba de un maniquí que los truhanes habían colgado por el cuello de una cuerda; una especie de espantapájaros vestido de rojo con tal cantidad de campanillas y de cascabeles que se habría podido enjaezar con ellos a más de treinta mulas castellanas.
Aquellas mil campanillas tintinearon un rato, al mover la cuerda, después fueron apagándose poco a poco hasta que dejaron de oírse cuando el maniquí hubo recobrado la inmovilidad total, siguiendo la ley del péndulo, que ha destronado a la clepsidra y al reloj de arena.
Entonces Clopin, indicando a Gringoire un viejo taburete tambaleante, colocado bajo el maniquí, le dijo:
‑Súbete encima.
‑¡Por todos los diablos! ‑le objetó Gringoire‑ Me voy a romper la cabeza, pues vuestro escabel cojea como un dístico de Marcial; tiene una pata de hexámetro y otra de pentámetro.
‑Sube ‑repitió Clopin.
Gringoire subió por fin al escabel y después de unos cuantos equilibrios de la cabeza y de los brazos, consiguió encontrar el cen. tro de gravedad.
‑Ahora ‑prosiguió el rey de Thunes‑, enrosca el pie derecho alrededor de tu pierna izquierda y ponte de puntillas sobre el pie izquierdo.
‑Monseñor ‑dijo Gringoire‑, ¿os proponéis de verdad que me rompa algo?
Clopin movió la cabeza.
‑Escúchame, amigo, y no hables tanto. Voy a explicarte en dos palabras en qué consiste el juego. Vas a ponerte de puntillas como te he dicho y así podrás llegar al bolsillo del muñeco; le registrarás y cogerás una bolsa que hay en él. Si lo haces todo sin que llegue a oírse el ruido de ningún cascabel, será perfecto y podrás ser un truhán como nosotros y así sólo nos quedará ya molerte a palos durante ocho días.
‑¡Que el diablo me lleve! ¡Ni hablar! ‑dijo Gringoire. ¿Y si ,hago sonar las campanillas?
‑Entonces lo colgaremos. ¿Está claro?
‑No entiendo nada ‑respondió Gringoire.
‑Escúchame otra vez. Tienes que registrar al muñeco y quitarle la bolsa pero si, en esta operación, se oye una sola campanilla, serás ahorcado. ¿Lo entiendes ahora?
‑Bueno; hasta ahora está claro, ¿y después?
‑Si consigues quitarle la bolsa sin que se oiga ninguna campanilla, entonces ya eres un truhán y serás molido a palos durance ocho días seguidos. ¿Lo entiendes ya todo, sin ninguna duda?
‑No, monseñor, no lo entiendo. Vamos a ver: en el peor de los casos, colgado; y en el mejor, apaleado; entonces, ¿qué ventajas tengo yo?
‑¿Y convertirte en truhán no tiene importancia? ¿No significa nada para ti? Si te molemos a palos es por tu bien, para endurecerte el cuerpo.
‑Un gran placer; muchas gracias ‑replicó el poeta.
‑Venga ya; aceleremos ‑dijo el rey dando una patada al tonel, que resonó como un tambor‑. Registra al muñeco y acabemos, pero que quede claro una vez más: si se oye un solo cascabel pasas a ocupar el sitio del maniquí.
La banda de hampones aplaudió fuertemente aquellas palabras de Clopin y se fueron colocando todos alrededor de la horca con unas risotadas tan despiadadas que Gringoire comprendió que les divertía demasiado, para no temer lo peor. No le quedaba, pues, la más minima esperanza salvo la remotísima posibilidad de salir con bien de aquella terrible prueba, así que decidió comer el riesgo no sin antes dirigir una ferviente súplica al muñeco al que iba a desvalijar, convencido de que sería más fácil de enternecer que los truhanes.
Aquellos miles de cascabeles con sun lengüecitas de cobre se le antojaban fauces abiertas de áspides, prestas a morder y a silbar.
‑;Oh! ‑se decía bajito a sí mismo‑ ¿Será posible que mi vida dependa de la más pequeña vibración del más pequeño de estos cascabeles? ¡Oh! ‑añadía juntando sun manos‑: ;Campanilla! ¡No tembléis, no vibréis, no cascabeléis!
Aún tuvo una última intentona con Trouillefou.
‑¿Y si se levanta un poco de brisa? ‑le preguntó.
‑Te colgaremos ‑respondió sin dudar.
Visto que no había aplazamiento ni tregua ni escapatoria posible, tomó valientemente una decisión. Enroscó el pie derecho en la pierna izquierda, se puso de puntillas sobre el pie izquierdo y estiró el brazo; pero, en el instance en que iba a tocar al maniquí, su cuerpo, apoyado sólo en un pie, se desequilibró al moverse el taburete, que sólo tenía tres, y entonces instintivamente se apoyó en el maniquí y fue a parar al suelo aturdido por los fatales tintineos de las mil campanillas del maniquí que, al tirar de él, cedió primero y, girando después sobre sí mismo, se balanceó majestuosamente entre los don postes.
‑¡Maldición! ‑gritó al caer y se quedó como muerto con la cara contra el suelo, pero seguía oyendo el terrible carillón y la risa diabólica de los truhanes y la voz de Trouülefou que decía:
‑Levantadme a este tipejo y colgadle sin más historian.
Se levantó y vio que ya habían descolgado el muñeco para hacerle sitio.
Los truhanes le subieron al tabuerete y Clopin se le acercó; le puso la soga al cuello y dándole anon golpecitos en el hombro le dijo:
‑Ahora ya no te escapas ni aunque tuvieses las tripas del papa.
La palabra gracia se quedó cortada en los labios de Gringoire. Paseó la mirada en torno a él pero no había ninguna esperanza; todos reían.
‑Bellevigne de l'Etoile ‑dijo el rey de Thanes a un corpulento truhán que salió de las filas‑: súbete a la viga.
Bellevigne de l'Etoile subió ágilmente a la viga transversal y un instance más tarde, Gringoire, aterrorizado, levantó la vista y le vio, en cuclillas, en la viga, por encima de su cabeza.
‑Ahora ‑prosiguió Clopin Trouillefou‑, cuando yo dé una palmada, tú, André le Rouge retirarás el taburete de un rodillazo; tú, François Chante‑Prune lo colgarás de los pies del bribón y tú, Bellevigne, lo echarás sobre sun hombros; pero todos al mismo ciempo, ¿entendido?
Gringoire sintió un escalofrío.
‑¿Ya estáis? ‑dijo Clopin a los tres truhanes, prestos a lanzarse sobre Gringoire como tres arañas sobre una wosca. El pobre condenado tuvo anon momentos de espera horribles mientras Clopin empujaba tranquilamente con el pie hasta el fuego anon trozos de sarmiento que se habían quedado fuera del alcance de las llamas‑. ¿Ya estáis? ‑repitió, separando sun manos para dar una palmada. Un segundo más y todo acabado.
Pero se detuvo como iluminado por una idea repentina.
‑¡Un momento! ‑dijo‑; se me olvidaba..., no tenemos costumbre de colgar a un hombre sin preguntarle antes si hay alguna mujer que le quiera. Camarada, aún te queda un último recurso: o te casas con una truhana o la cuerda.
Esta ley gitana, por extraña que pueda parecer al lector, está aún vigente en la legislación inglesa. Ved si no Burington's Observations.
Gringoire respiró pues era, en la última media hora, la segunda vez que se salvaba; por eso no se confió demasiado.
‑¡Eh! ‑gritó Chopin, puesto de pie en su barrica=, ¡eh!, ¡mujeres, hembras! ¿Hay entre vosotras, desde la bruja hasta la gata, una bribona que se quiera quedar con este bribón? ¡Tú, Colette, la Chamaronne! ¡Elisabeth Trouvain! ¡Tú, Simone Jodouyne! ¡Marie Piédebou! ¡Thonne la Longue! ¡Bérarde Fanouel! ¡Michelle Genaille! ¡Claude Rongeoreille! ¡Mathurine Girorou! ¡Tú, Isabeau la Thierrye! ¡Venid todas a ver! ¡Un hombre por nada! ¿Quién lo quiere?
Gringoire, en el estado en que se encontraba, no debía estar muy apetitoso y las truhanas no se sintieron precisamente atraídas por aquella propuesta y el desventurado las oía decir:
‑No, no, colgadle; así disfrutaremos todas.
Sin embargo, tres de ellas salieron de entre las filas y se acercaron a olfatearle. La primera era una muchacha gorda de cara cuadrada que examinó con mucha atención el deplorable jubón del filósofo. Su blusón estaba ya muy viejo y tenía más agujeros que un asador de castañas.
La moza puso mala cara al verlo:
‑¡Vaya tela vieja! ‑y se dirigió a Gringoire‑ ¿dónde tienes la capa?
‑Se me ha perdido ‑dijo Gringoire.
‑¿Y el sombrero?
‑Me lo han quitado...
‑¿Y los zapatos?
‑Empiezan a fallarles la suela.
‑¿Y tu bolsa?
‑Ay, ¿mi bolsa? ‑suspiró Gringoire‑ no me queda ni un denario parisino.
‑Anda, que lo cuelguen y da las gracias ‑replicó la truhana dándole la espalda.
La segunda, vieja, negruzca, arrugada y repulsiva, con una fealdad que llamaba la atención en la corte de los milagros, dio una vuelta alrededor de Gringoire. A éste le entró miedo de que pu'diera quedarse con él pero, por fortuna, dijo ella entre dientes:
‑Está muy flaco‑ y se alejó.
La tercera era una joven lozana y nada fea.
‑¡Sálvame! ‑le dijo por lo bajo el pobre diablo.
Ella le miró un instante un canto apiadada, luego bajó los ojos, se cogió la falda con la mano y se quedó indecisa. Él seguía con la vista todos sus movimientos, pues representaba su último fulgor de esperanza.
‑No ‑dijo al fin la joven‑; Guillaume Longuejoue me zurraría ‑y volvió al grupo.
‑Camarada ‑le dijo Clopin‑; no tienes suerte.
Se puso de pie encima del tonel y dijo, imitando el tono y las maneras de un subastador, con gran regocijo de los presentes: ¿nadie lo quiere? ¡A la una, a las dos, a las tres! ‑y volviéndose hacia la horca hizo un gesto con la cabeza‑: «Adjudicado».
Bellevigne de l'Etoile, Andry le Rouge y François Chance‑Prune se acercaron a Gringoire.
En aquel momento se elevó un clamor entre los hampones: ¡La Esmeralda! ¡La Esmeralda!
Gringoire se echó a temblar y se volvió hacia el lado de donde procedía el clamor. La multitud se separó y dio paso a una pura y resplandeciente figura. Era la gitana.
‑¡La Esmeralda! ‑dijo Gringoire, estupefacto, en medio de sus emociones, sintiendo cómo esa palabra mágica era capaz de aglutinar todos los recuerdos del día.
Hasta en la corte de los milagros parecía ejercer su imperio y encanto aquella extraña criatura. A su paso, hampones y hamponas se ponían calmadamente en fila y hasta sus rostros brutales se iluminaban bajo sus miradas.
Se aproximó al sentenciado con paso ligero seguida por su cabrita Djali. Gringoire estaba ya más muerto que vivo. La Esmeralda le examinó un momento en silencio.
‑¿Vais a ahorcar a este hombre? ‑preguntó a Clopin con mucha seriedad.
‑Sí, hermana ‑le respondió el rey de Thunes‑; a menos que ttí le tomes por marido.
‑Lo tomo ‑respondió.
En este punto Gringoire creyó firmemente que había estado soñando desde la mañana y que ésta no era sino la continuación de su sueño. La situación, aunque bastante graciosa, no era por ello menos violenta.
Soltaron el nudo corredizo y bajaron del escabel al poeta, el cual no tuvo más remedio que sentarse; tan viva era su emoción.
El duque de Egipto, sin pronunciar una sola palabra, trajo un cántaro de arcilla; la gitana se lo ofreció a Gringoire pidiéndole que lo lanzara contra el suelo. Así lo hizo, y la jarra se rompió en cuatro trozos(28).
‑Hermano ‑dijo entonces el duque de Egipto, imponiendo las manos en su frente‑: ella es tu mujer; hermana, él es tu marido durante cuatro años. ¡Marchaos!
28. Cuando una gitana se casaba, toda la ceremonia consistía en romper un jarro de arcilla ante el hombre del que quería ser compañera y así vivían juntos tantos años como los fragmentos en que se hubiera roto el jarro. Al cabo de ese tiempo los esposos quedaban libres de nuevo y podían separarse o romper otra vez una nueva jarra.
VII
UNA NOCHE DE BODAS
Poco después nuestro poeta se encontraba en un pequeño aposento con bóveda de ojiva, cerrado y caliente, ante una mesa que parecía estar pidiendo alimentos a una alacena colgada al lado; con la perspectiva de una buena cama y frente a una bonita muchacha. La aventura le parecía, desde luego, obra de encantamiento y estaba empezando a considerarse un personaje de cuento de hadas, por lo que de vez en cuando miraba a su alrededor como buscando la carroza de fuego arrastrada por dos aladas quimeras; el único medio capaz de trasladarle en tan poco tiempo del averno al paraíso.
A veces miraba también con obstinación los agujeros de su jubón para asirse así a la realidad y poder seguir haciendo pie, pues ése era el único contacto con la sierra ya que su razón estaba lanzada hacia los cielos de la fantasía.
La muchacha no parecía prestarle mucha atención: se movía de aquí para allá, cambiando de sitio una silla, hablando con su cabra y haciendo de vez en cuando su graciosa mueca con la boca; por fin se sentó junto a la mesa y Gringoire pudo contemplarla a gusto.
Lectores: todos habéis sido niños alguna vez y quizás os consideráis felices de serlo aún. Sin duda, habéis perseguido en más de una ocasión (por mi parte los mejores días los he empleado en ello) de matorral en matorral, a la orilla de un arroyo en un día de sol, a alguna linda libélula, verde o azul, zigzagueante y rozando casi con su vuelo todas las ramas.
Conservaréis también el recuerdo de vuestro pensamiento amoroso y de vuestra mirada atraída hacia ese remolino azul y púrpura de sus alas cuyo centro era una leve forma flotante, apenas visible por la rapidez de sus movimientos. Ese ser aéreo, confusamente percibido entre temblores vivísimos de alas, os parecía quimérico, imaginario, imposible de tocar, imposible casi de contemplar. Pero cuando por fin la libélula se posaba en un junco del arroyo y podíais entonces examinarla, conteniendo el aliento, sus largas alas de gasa, su alargado cuerpo de esmaltes, sus dos globos de cristal, ¡qué asombro no sentíais y qué temor de que nuevamente aquella forma quimérica desapareciera de nuevo entre sombras! Recordad aquellas impresiones y podréis llegar a comprender lo que sentía Gringoire al contemplar en forma visible y palpable a la Esmeralda que hasta aquel momento sólo había logrado entrever a través de remolinos de danza, de canciones y de bullicio.
‑Aquí está la Esmeralda‑ se decía cada vez más sumido en sus ensoñaciones‑. Ésta es ‑pensaba siguiéndola vagamente con la mirada‑. ¡Una criatura celestial! ¡una bailarina callejera! ¡Tanto y tan poco! Ella ha sido quien le ha dado esta mañana el golpe de gracia a mi misterio y quien esta noche me salva la vida. ¡Mi ángel malo y mi ángel de la guarda! ¡Una hermosa mujer, desde luego!, y que debe amarme con locura para haberse quedado conmigo como lo ha hecho. A propósito ‑dijo levantándose de pronto con ese sentimiento de lo real que constituía el fondo de su carácter y de su filosofía‑, todavía no sé muy bien cómo han pasado las cosas, pero soy tu marido.
Con esta idea en su cabeza y en sus ojos, Gringoire se acercó a la muchacha de una manera tan marcial y tan galante que la joven retrocedió.
‑¿Qué queréis de mí? ‑le preguntó.
‑¿Por qué me lo preguntáis, mi adorable Esmeralda? ‑le respondió Gringoire con un acento tan apasionado que hasta él mismo se sorprendía al oír su voz.
La gitana abrió más sus grandes ojos y dijo:
‑No sé lo que queréis decir.
‑¡Cómo! ‑repuso Gringoire enardeciéndose cada vez más y pensando que, después de todo, sólo tenía que habérselas con una virtud de la corte de los milagros‑. ¿No soy tuyo, mi dulce amiga?, y tú no era mía acaso? ‑le dijo asiéndola con toda ingenuidad por la cintura. La blusa de la gitana se deslizó entre sus manos como una anguila. Dio luego un salto hasta el otro extremo de la estancia; se agachó para erguirse a continuación con una navaja en la mano con cal rapidez que Gringoire no tuvo tiempo de ver de dónde la había sacado. Se mostraba excitada y altiva, con los labios apretados y resoplando por la nariz; sus mejillas se habían encendido y su mirada centelleaba. Al mismo tiempo su cabrita blanca se había colocado ante ella y hacía frente a Gringoire con sus dos bonitos cuernos, dorados y puntiagudos. Todo había tenido lugar en un abrir y cerrar de ojos.
La libélula se había transformado en avispa y estaba dispuesta a picar.
Nuestro filósofo estaba perplejo mirando alelado canto a la cabra como a la muchacha.
‑¡Virgen Santa! ‑exclamó cuando la sorpresa le permitió hacerlo‑. ¡Vaya par de flamencas!
‑Debes ser un tipo muy osado.
‑Perdón, señorita ‑añadió Gringoire con una sonrisa‑. ¿Por qué me habéis tomado entonces por marido?
‑¿Habrías querido que lo dejara colgar?
‑Entonces ‑siguió el poeta, desalentado ya de sus esperanzas amorosas‑, ¿sólo habéis pensado en salvarme de la horca al casaros conmigo?
‑¿Y qué otro pensamiento podría,haber tenido?
Gringoire se mordió los labios diciéndose: Bueno, pues no soy tan triunfante como creía en las cosas de Cupido, pero entonces, ¿por qué haber roto aquel pobre jarro?
Todavía estaban prestos a la defensa la navaja de Esmeralda y los cuernos de la cabra.
‑Señorita Esmeralda, capitulemos ‑dijo el poeta‑, no soy escribano del Châtelet y no quiero complicaros por el hecho de Ilevar una daga en París, en contra de las ordenanzas y las prohibiciones del señor preboste, pero no debéis ignorar que Noël Lescripvain ha sido multado hace ocho días a pagar diez sueldos parisinos por haber llevado un chafarote; pero eso no me importa y lo que quiero deciros es que os juro por la parte del paraíso que me pueda corresponder que no me acercaré a vos sin vuestro permiso y aprobación pero, por favor, dadme algo para cenar.
En el fondo Gringoire, como monsieur Lespréaux, se mostraba muy poco voluptuoso y no era del estilo de esos caballeros y mosqueteros que toman a las jóvenes por asalto. En el amor como en todas las cosas prefería contemporizar y situarse en un término medio.
Pensaba además que una buena cena en amistosa intimidad y con hambre, como era su caso, podía resultar un entreacto excelente entre el prólogo y el desenlace para una aventura amorosa.
La Zíngara no respondió pero hizo su mohín desdeñoso, irguió el cuello como un pájaro y se echó a reír haciendo desaparecer el lindo puñal de la misma manera que había aparecido, sin que Gringoire hubiera podido ver dónde guardaba la abeja su aguijón.
Unos instantes más tarde había ya en la mesa un pan de centeno, una loncha de tocino, algunas manzanas rugosas y una jarra de cerveza. Gringoire se puso a comer con tal ímpetu que ante el tintineo furioso que hacía su tenedor de hierro al rozar contra la loza se habría dicho que todo su amor se había trocado en apetito.
La muchacha, sentada ante él, le miraba hacer en silencio, visiblemente abstraída por otros pensamientos que le provocaban a veces una sonrisa; al mismo tiempo su mano acariciaba la cabeza de la cabra que se hallaba suavemente apresada entre sus rodillas.
Una vela de cera amarilla iluminaba aquella escena de voracidad y de ensueño pero, una vez apaciguados los primeros balidos de su estómago, le invadió una falsa vergüenza al ver que no quedaba más que una manzana.
‑¿Vos no coméis, señorita Esmeralda?
Ella respondió moviendo negativamente la cabeza y su mirada perdida se detuvo en la bóveda de la estancia.
¿Qué le preocupará? ‑se preguntó Gringuire mirando al mismo punto en que ella fijaba su vista‑. No puede ser el gesto de ese enano esculpido en el centro de la bóveda. ¡Qué diablo! Yo soy más importante.
‑¡Eh, señorita! ‑dijo alzando la voz.
Pero ella no parecía oírle.
Insistió de nuevo, un poco más alto esta vez.
‑¡Señorita Esmeralda!
Trabajo inútil. La mente de la joven se encontraba en otra parte y la voz de Gringoire carecía de fuerza para hacerla volver. Por suerte la cabra se puso a balar en aquel momento y a mordisquear cariñosamente la manga de su ama.
‑¿Qué te ocurre, Djali? ‑dijo vivamente la zíngara sobresaltada.
‑Tiene hambre ‑dijo Gringoire encantado de recomenzar la conversación.
Y la Esmeralda se puso a desmigar pan que Djali comía graciosamente en el hueco de su mano.
Gringoire, no queriendo darle tiempo para volver a sus ensoñaciones, lanzó una pregunta delicada.
‑¿Entonces no me queréis como marido?
‑No ‑le reapondió la joven mirándole a la cara.
‑¿Y como amante?
La Esmeralda hizo su mohín con la boca y respondió:
‑No.
‑¿Y como amigo?
Entonces le miró fijamente y tras un momento de reflexión le dijo:
‑Quizás.
Ese quizás tan caro a los filósofos enardeció a Gringoire.
‑¿Conocéis lo que es la amistad? ‑le preguntó.
‑Sí ‑respondió la gitana‑. Sí; es como ser hermano y hermana; como dos almas que se tocan sin confundirse; como los dedos de una mano.
‑¿Y el amor? ‑inquirió Gringoire.
‑¡El amor! ‑dijo con una voz trémula y con ojos brillantes‑: Es como ser dos en uno; como un hombre y una mujer confundidos en un ángel; es como el cielo.
Mientras hablaba así, la bailarina se mostraba tan hermosa y llamaba tan singularmente la atención de Gringoire que no pudo evitar una comparación entre su belleza y el exotismo oriental de sus palabras.
Sus labios sonrosados esbozaban una sonrisa; su frente cándida y serena se ensombrecía a veces por sus pensamientos, como un espejo se empaña con el aliento, y en sus largas pestañas negras flotaba una luz inefable que iluminaba su perfil con la misma delicadeza que Rafael iba a encontrar más tarde en esa intersección mística de virginidad, maternidad y divinidad.
Gringoire sin embargo no se detuvo ahí.
‑¿Cómo hay que hacer entonces para agradaros?
‑Hay que ser un hombre.
‑¿Y entonces, qué es lo que yo soy?
‑Un hombre lleva yelmo en la cabeza, espada en la mano y espuelas de oro en los talones.
‑Bueno ‑dijo Gringoire. Así que sin caballo no hay hombre que valga. ¿Amáis a alguien?
‑¿Con amor verdadero?
‑Con amor verdadero.
Permaneció pensativa un momento y respondió con una expresión muy particular.
‑Lo sabré muy pronto.
‑¿Por qué no esta misma noche? ‑solicitó con ternura el poeta‑: ¿Por qué no a mí?
Ella le miró entonces gravemente.
‑Sólo podría amar a un hombre que pudiera protegerme.
Gringoire se ruborizó y encajó la respuesta como pudo.
Era evidente que la joven quería aludir a la escasa ayuda que él le había prestado en la circunstancia crítica de hacía apenas dos horas. Entonces, semioculto entre otras vivencias de la noche, le surgió aquel recuerdo y se golpeó la frente.
‑A propósito, señorita, perdonad mi distracción, pues debería haber comenzado por ahí. ¿Cómo os las habéis arreglado para libraros de las garras de Quasimodo?
La pregunta hizo estremecerse a la gitana.
‑¡Oh! ¡Aquel horrible jorobado! ‑dijo cubriéndose el rostro con las manos y al mismo tiempo se echó a temblar como aterida de frío.
‑Horrible, en efecto.
Gringoire seguía sin embargo con su pregunta.
‑Pero, ¿cómo conseguisteis libraros de él?
La Esmeralda sonrió, luego suspiró y se quedó en silencio.
‑¿Sabéis por qué os seguía? ‑insistió Gringoire, intentando continuar en el tema y dando un rodeo.
‑No lo sé ‑respondió la joven y añadió con viveza‑: También vos me seguíais. ¿Por qué?
‑En realidad ‑respondiole Gringoire‑ ni yo mismo lo sé.
Se produjo un silencio. Gringoire rayaba la mesa con el cuchillo. La muchacha sonreía y parecía mirar algo a través de la pared y de pronto se puso a esbozar esta canción:
Cuando las pintadas aves
Mudas están, y la tierra...(29)
29. En español en el original. Versos pertenecientes a un antiguo romance español que narra la entrada en Toledo del rey Rodrigo.
La Esmeralda se interrumpió aquí bruscamente y comenzó a hacer caricias a Djali.
‑Es muy bonita vuestra cabra ‑le dijo Gringoire.
‑Es mi hermana ‑le respondió ella.
‑¿Por qué os llaman la Esmeralda? ‑inquirió el poeta.
‑No lo sé.
‑Alguna razón habrá.
Entonces sacó de su pecho una especie de saquito oblongo que llevaba colgado al cuello mediante una cadena de cuentas de azabache que exhalaba un penetrante olor a alcanfor. Estaba recubierto de seda verde y llevaba en su centro un gran abalorio verde que imitaba a una esmeralda.
‑Quizás sea a causa de esto ‑dijo.
Gringoire quiso tocar el saquito y la Esmeralda retrocedió. ‑No te toques; es un amuleto y podrías romper el hechizo o éste perjudicarte a ti.
La curiosidad despertaba cada vez un mayor interés en el poeta.
‑¿Quién os lo ha dado?
Ella le puso un dedo en la boca y guardó otra vez el amuleto en su seno. Gringoire seguía acosándola con preguntas a las que ella apenas contestaba.
‑¿Qué quiere decir esa palabra, la Esmeralda?
‑No lo sé ‑repetía.
‑¿A qué lengua pertenece?
‑Creo que al egipcio.
‑Estaba seguro ‑dijo Gringoire‑: ¿No sois francesa?
‑No lo sé.
‑¿Conocéis a vuestros padres?
Entonces ella se puso a entonar una vieja melodía:
Mon père est l'oiseau,
ma mére est l'oiselle,
je passe l'eau sans nacelle,
je passe l'eau sans bateau.
Ma mère est l'oiselle,
Mon père est l'oiseau (30).
30. Mi padre es el pájaro / Pájara es mi madre / paso el agua sin barca/ paso el agua sin barco. / Pájara es mi madre / mi padre es el pájaro.
‑Está bien ‑dijo Gringoire‑, ¿qué edad teníais al llegar a Francia?
‑Yo era muy pequeña.
‑¿Vinisteis a París?
‑No; a París viene el año pasado. Cuando entrábamos por la Puerta Papal vi volar por los aires la curruca de los cañaverales y me dije: el invierno va a ser duro.
‑Y lo ha sido ‑dijo Gringoire, encantado de conseguir hacerla hablar‑. Lo he pasado soplándome los dedos. ¿Tenéis acaso el don de la profecía?
Ella volvió a su laconismo.
‑No.
‑Ese hombre al que llamáis el duque de Egipto, es el jefe de vuestra tribu.
‑Sí.
‑Pues ha sido él quien nos ha casado, le hizo observar el poeta.
Ella volvió a hacer su mohín de siempre y dijo:
‑Si ni siquiera conozco tu nombre.
‑¿Mi nombre? ¿Quieres saberlo?; escucha: me llamo Pierre Gringoire.
‑Pues yo conozco uno más bonito ‑le dijo ella.
‑¡No seáis mala! ‑contestó el poeta‑; pero no me importa, pues no me enfadaré. Quizás cuando me conozcáis mejor lleguéis a amarme. Pero me habéis contado vuestra vida con tal confianza que me siento casi obligado a hacer lo mismo. Así que os diré que me llamo Pierre Gringoire y que soy hijo del arrendador de la casa del notario de Gonesse; que a mi padre lo colgaron los borgoñones y a mi madre le abrieron el vientre los picardos cuando el sitio de París hace ya más de veinte años. Así que yo era huérfano a los seis y aprendí a andar las calles de París, aunque no comprendo cómo pude sobrevivir hasta los dieciséis con las cuatro ciruelas que me daba una frutera o con las cortezas de pan que me daba algún panadero... Por las noches me las arreglaba para que me detuvieran los guardias y así podía dormir sobre un mal jergón aunque, como podéis comprobar, nada de esto me impidió crecer y adelgazar. En invierno me calentaba tomando el sol bajo los porches del hotel de Sens y siempre me pareció ridículo que las hogueras de San Juan se reservasen para la canícula. A los dieciséis años quise empezar a trabajar en serio y desde entonces lo he intentado todo: primero me hice soldado, pero no era lo bastante valiente; después me hice monje, pero sin ser lo bastante devoto y además no me gusta beber. Desesperado ya, entré como aprendiz de carpintero, pero carecía también de la fuerza suficiente. La verdad es que lo que más me gustaba era ser maestro y, aunque no sabía leer, nunca creí que eso fuera un gran inconvenience. Al cabo de cierto tiempo llegué a la conclusión de que no servía para nada y entonces, totalmente convencido de lo que quería, me hice poeta y rimador. Cuando uno es un vagabundo siempre se puede coger ese oficio y mejor es eso que robar, como me aconsejaban algunos de los bribones de mis amigos. Por suerte un buen día encontré a dom Claude Frollo, el reverendo archidiácono de la iglesia de Nuestra Señora, que se interesó por mí y, gracias a él, hoy me puedo considerar un verdadero letrado, conocedor del latín, desde los oficios de Cicerón hasta el martirologio de los padres celestinos, y no soy negado ni para la escolástica ni para la poética ni para la rítmica y tampoco se me da mal la hermética. Por otra parte, soy también el autor del misterio que se ha representado hoy, con gran éxito y gran concurrencia de público, nada menos que en la Gran Sala del palacio. He escrito además un libro de más de seiscientas páginas sobre aquel prodigioso cometa de 1465, que volvió loco a un hombre y también he tenido otros éxitos. Veréis: como entiendo algo de caza, trabajé en aquella bombarda de Jean Maugue que, como sabéis, reventó en el puente de Charenton el día del ensayo matando a veinticuatro curiosos. Fijaos que no soy un mal partido y conozco muchas gracias y muy interesantes para enseñar a vuestra cabra cómo imitar al obispo de Paris, ese maldito fariseo cuyos molinos salpican a todo el que cruza por el puente de los molineros. Además mi misterio me reportará buen dinero contante. Si me pagan. En fin, me pongo a vuestras órdenes con mi inteligencia, mis conocimientos y mi sabiduría. Dispuesto estoy, señorita, a vivir con vos castamente o alegremente, como más os plazca, o bien como marido y mujer, si así lo queréis, o como hermano y hermana, si os parece mejor.
Gringoire se calló en espera de los efectos producidos por su perorata, pero la Esmeralda seguía con la vista fija en el techo.
‑Febo ‑dijo a media voz‑, y luego volviéndose al poeta‑: ¿Qué quiere decir Febo?
Sin comprender muy bien la relación que pudiera haber entre su alocución y semejante pregunta, no se sintió molesto de poder dar nuevas pruebas de su erudición y respondió pavoneándose:
‑Es una palabra latina que quiere decir Sol.
‑¿Sol? ‑dijo ella.
‑Es también el nombre de un apuesto arquero que era un dios ‑añadió Gringoire.
‑¡Dios! ‑repitió la zíngara, imprimiendo a su acento un algo de ensoñación y de apasionamiento.
En aquel momento uno de sus brazaletes cayó al suelo. Gringoire se agachó presto para recogerlo y cuando se incorporó, la gitana y su cabra habían desaparecido. Oyó el ruido de un cerrojo al cerrarse. Era una pequeña puerta que comunicaba sin duda con una estancia vecina y que se cerraba por fuera.
‑¡Si al menos me hubiera dejado una cama! ‑dijo nuestro filósofo.
Dio una vuelta a la estancia y no encontró ningún mueble apropiado para dormir excepto un arcón de madera, bastante largo con la tapa repujada y que al tumbarse daba a Gringoire más o menos la misma sensación que debió experimentar Micromegas(31) al tumbarse sobre los Alpes.
31. Personaje de una obra de Voltaire.
‑Bueno ‑se dijo, acomodándose como mejor pudo‑. Habrá que resignarse, pero la verdad que es una noche de bodas bien rara. ¡Qué lástima! Había en aquella boda del cántaro roto algo de ingenuo y de ancestral que me seducía.
I
NUESTRA SEÑORA (1)
Todavía hoy la iglesia de Nuestra Señora de París continúa siendo un sublime y majestuoso monumento, pero por majestuoso que se haya conservado con el tiempo, no puede uno por menos de indignarse ante las degradaciones y mutilaciones de todo tipo que los hombres y el paso de los años han infligido a este venerable monumento, sin el menor respeto hacia Carlomagno que colocó su primera piedra, ni aun hacia Felipe Augusto que colocó la última.
(1) Primitivamente Nuestra Señora de París fue un templo galorromano, luego basílica cristiana y más tarde iglesia románica. La actual iglesia catedral de Nuestra Señora fue fundada por el obispo Maurice de Sully que quiso dar a la ciudad una catedral digna de su grandeza. Su construcción se inicia en 1163 con aportaciones eclesiásticas y ofrendas reales. El pueblo participa también generosamente con sus brazos y esfuerzos: taIlistas, forjadores, escultores, cristaleros trabajan dirigidos por Jean de Chelles y Pierre Montreuil, que fue también el arquitecto de la Santa Capilla de París. Los planos originales son por fin culminados hacia 1345. Vamos a hacer una brevísima relación de acontecimientos históricos relacionados con esta catedral: fue depositaria de la corona de espinas, antes de que se terminara la Santa Capilla, construida a este efecto por San Luis (Luis IX de Francia). En ella tuvieron lugar en 1302 los primeros estados generales del reino con Felipe el Hermoso. Aunque Enrique IV dijo más tarde KParís bien vale una miss», antes tuvo lugar en Nuestra Señora su cvrioso matrimonio con Margarita de Valois; ella sola en el coro y él, como hugonote, esperando a la puerta, en el exterior. Durante la revolución la catedral se dedicó al cvlto de la razón y sirvió también, en cierto modo, de almacén de piensos y de forraje. En ella fue coronado Napoleón como emperador en 1804 por el papa Pío VII. Muy abandonada en el curso de los tiempos fue, en buena parte motivada por la popularidad de la novela de Vícto• Hugti, ordenada en 1814 una restauración general, bajo el gobierno de la monarquía de Julio. Viollet‑le‑Duc se ocupó de la obra a hizo una restauración muy completa de estatuaria, vidrieras, bóvedas, pórticos, coro y procedió incluso a la edificación de la flecha posterior (90 metros). Estos trabajos se prolongaron hasta 1864 y fueron por cierto bastante criticados en su época.
La plaza del Parvis, que da acceso a la catedral y a la que canto se alude en esta obra fue el lugar de muchas representaciones de teatro religioso de la Edad Media, como el «cmisterio» de San Teófilo o la pasión de Jean Michel o de Arnould Greban, con sus más de 30.000 versos y más de diez jornadas de representación.,
Desde otro punto de vista, anecdótico y actual, la plaza del Parvis marca el kilómetro cero de las carreteras nacionales que salen de París.
En el rostro de la vieja reina de nuestras catedrales, junto a cualquiera de sus arrugas, se ve siempre una cicatriz. Tempus edax, homo edacior(2), expresión que yo trauciría muy gustosamente: el tiempo es ciego; el hombre es estúpido.
2. El tiempo devasta, pero el hombre es el mayor devastador. (Ovidio, Metamorfosis.)
Si para examinar con el lector, dispusiéramos, una a una, de las distintas huellas destructoras impresas en la vieja iglesia, las producidas por el tiempo resultarían muy inferiores a las provocadas por los hombres, especialmente por los hombres dedicados al arte.
Tengo forzosamente que referirme a estos hombres dedicados al arte pues, en este sentido, han existido individuos con el título de arquitectos a lo largo de los dos últimos siglos.
En primer lugar y para no citar más que algunos ejemplos capitales, hay seguramente en la arquitectura muy pocas páginas tan bellas como las que se describen en esta fachada, en donde al mismo tiempo pueden verse sus tres pórticos ojivales, el friso bordado y calado con los veintiocho nichos reales y el inmenso rosetón central, flanqueado por sus dos ventanales laterales, cual un sacerdote por el diácono y el subdiácono; la grácil y elevada galería de arcos trilobulados sobre la que descansa, apoyada en sus finas columnas, una pesada plataforma de donde surgen las dos torres negras y robustas con sus tejadillos de pizarra. Conjunto maravilloso y armónico formado por cinco plantas gigantescas, que ofrecen para recreo de la vista, sin amontonamiento y con calma, innumerables detalles esculpidos, cincelados y tallados conjuntados fuertemente y armonizados en la grandeza serena del monumento. Es, por así decirlo, una vasta sinfonía de piedra; obra colosal de un hombre y de un pueblo; una y varia a la vez, como las Ilíadas y los Romanceros de los que es hermana; realización prodigiosa de la colaboración de todas las fuerzas de una época en donde se perciben en cada piedra, de cien formas distintas, la fantasía del obrero, dirigida por el genio del artista; una especie de creación humana, poderosa y profunda como la creación divina, a la que, se diría, ha robado el doble carácter de múltiple y de eterno.
Y lo que decimos de su fachada conviene a la iglesia entera; y lo que decimos aquí de la iglesia catedral de París conviene a todas las iglesias de la cristiandad en la Edad Media, pues todo se armoniza en este arte, originado en sí mismo, lógico y equilibrado. Medir el dedo de un pie es medir al gigante entero.
Pero volvamos a la fachada de Nuestra Señora tal como se nos aparece hoy, cuando acudimos piadosamente a admirar la belleza serena y poderosa de la catedral que aterroriza, al decir de los cronistas: quae mole .sua terrorem inquit spectantibus (3).
Tres cosas importantes se echan en falta hoy en la fachada: primero, la escalinata de once peldaños que la elevaban antiguamente sobre el suelo; después la serie inferior de estatutas que ocupaban los nichos de los tres pórticos y la serie superior de los veintiocho reyes más antiguos de Francia, que guarnecían la galería del primer piso desde Childeberto hasta Felipe Augusto, que sostenía en su mano «la manzana imperial».
La escalinata ha desaparecido con el tiempo al irse elevando lenta pero progresivamente el nivel del suelo de la Cité. Pero aun devorando uno a uno esos once peldaños que conferían al monumento una altura majestuosa, el tiempo ha dado a la iglesia más quizás de lo que le ha quitado, pues ha sido precisamente el tiempo el que ha extendido por su fachada esta pátina de siglos que hace de la vejez de los monumentos la edad de su belleza. Pero ¿quién ha echado abajo las dos hileras de estatuas? ¿Quién ha vaciado los nichos? ¿Quién ha tallado en medio del pórtico central esa ojiva nueva y bastarda? ¿Quién se ha atrevido a colocar esa pesada a insípida puerta de madera esculpida en estilo Luis XV junto a los arabescos de Biscornette?' Los hombres, los arquitectos, los artistas de nuestros días.
3 Pues su mole inspira terror a los espectadores (Du Breul).
4 Forjador famoso.
5 Colocada en 1413, tenía una altura de 9 metros. En 1785 fue retirada sin saber por qué ni por quién.
Y dentro del edificio, ¿quién ha derribado la colosal estatua de San Cristóbal(5), conocida entre las estatuas como lo es entre las salas la del gran palacio o la flecha de Estrasburgo entre los campanarios? ¿Y los miles de estatuas que existían entre las columnas de la nave central del coro, en las más variadas posturas; de rodillas, de pie, a caballo; hombres, mujeres, niños, reyes, obispos, gendarmes; unas de madera, otras de piedra, de mármol, de oro, de plata, de cobre a incluso de cera? ¿Quién las ha barrido brutalmente? Seguro que no ha sido el tiempo.
¿Y quién ha reemplazado el viejo altar gótico, espléndidamente recargado de relicarios y de urnas, por ese pesado sarcófago de mármol con nubes y cabezas de ángeles, que se asemeja a un ejemplar desaparecido del Val‑de‑Grace o de los Inválidos? ¿Quién ha sellado tan absurdamente ese pesadísimo anacronismo de piedra al pavimento carolingio de Hercandus?(6) ¿No fue acaso Luis XIV, en cumplimiento del voto de Luis XIII?(7) ¿Y quién ha puesto esas frías cristaleras blancas en lugar de aquellos vitrales de «color fuerte» que hacían que los ojos maravillados de nuestros antepasados no supieran decidirse entre el gran rosetón del pórtico y las ojivas del ábside? ¿Y qué diría un sochantre al ver ese embadurnamiento amarillo con el que nuestros vandálicos arzobispos han enjabelgado su catedral?
Recordaría que ése era el color con el que el verdugo pintaba los edificios «infames»; se acordaría del hotel del Petit‑Bourbon, también embadurnado totalmente de amarillo por la traición del condestable; pero de un amarillo después de todo, dice Sauval, de tan buena calidad y pintado tan a conciencia que en más de un siglo no se le ha podido quitar la pintura. Creería que aquel lugar sagrado era un lugar infame y huiría de allí. Y si subimos a las torres, sin detenernos en las mil barbaries de todo género, ¿qué ha sido de aquel pequeño y encantador campanario que descansaba en la intersección del crucero y que con la misma elegancia y la misma arrogancia que su vecina la flecha ‑también destruida‑ de la Santa Capilla, se clavaba en el cielo más alto que las torres, decidido, agudo, sonoro, calado como un encaje?
Un arquitecto de buen gusto (1787) lo cercenó y creyó que bastaría cubrir la llaga con ese enorme emplaste de plomo que parece la tapa de una cacerola(8).
6. Cuadragésimo segundo obispo de París en la época de Carlomagno.
7. Hace referencia a la época de Luis XIII que consagró Francia a la Virgen a hizo la promesa de renovar la decoración del coro a causa de su desesperación por no haber tenido hijos tras veintitrés años de matrimonio. Luis XIV inauguró los trabajos en 1699. La piedad de Coustou data de 1723. Posteriormente, salvo la piedad, Viollet‑le‑Duc restableció en lo que pudo el primitivo estado (véase nota 1 de este libro).
8. La flecha, originaria de 1220,fue posteriormente repuesta por Viollet‑le‑Duc en 1859.
Así ha sido tratado en todas partes este maravilloso arte de la Edad Media, sobre todo en Francia. Tres clases de lesiones pueden distinguirse en sus ruinas y cualquiera de ellas le afecta con distinta gravedad: primeramente el tiempo que lo ha dañado insensiblemente por muchas partes y ha enmohecido su superficie; después las revoluciones políticas y religiosas que, ciegas y encolerizadas por naturaleza, se han lanzado tumultuosamente sobre él y han desgarrado su riquísimo revestimiento de esculturas, de tallas, agujereado sus rosetones, quebrado sus collares de arabescos y estatuillas y arrancando sus estatuas, por causa, a veces, de sus coronas y a veces de sus mitras; y, en fin, las modas cada vez más grotescas y estúpidas que, a partir de las anárquicas desviaciones del Renacimiento, se han venido sucediendo en la inevitable decadencia de la arquitectura. Las modas han causado mayores males que las revoluciones, pues han cortado por lo sano, han atacado al esqueleto mismo del arte, han cortado, segado, desorganizado, anulado el edificio, tanto en la forma como en su simbolismo, tanto en su organización lógicz como en su belleza y además han reconstruido, pretensión esta que, al menos, no habían tenido ni el tiempo, ni las revoluciones. En aras del buen gusto, ellas han organizado descaradamente, en las heridas de la arquitectura gótica, sus miserables adornos de un día, sus cintas de mármol, sus pompones de metal; una verdadera lepra ornamental, de volutas, de vueltas, de encajes, de guirnaldas, de franjas, de llamas, de piedra, de nubes de bronce, de amorcillos regordetes, de querubines mofletudos, que empiezan a devorar el rostro del arte en el oratorio de Catalina de Médicis y lo hacen expirar dos siglos más tarde, atormentado y gesticulante en el gabinete de la Dubarry.
Para resumir, pues, los aspectos que acabamos de indicar, tres clases de estragos desfiguran hoy la arquitectura gótica(9): arrugas y verrugas en la epidermis constituyen la obra del tiempo; brutalidades, contusiones y fracturas son los efectos de las revoluciones, desde Lutero hasta Mirabeau; pero las mutilaciones, amputaciones, dislocaciones del armazón, rertauraciones, todo esto lo ha causado el trabajo griego, romano, y bárbaro de los profesores, según Vitrubio y Vignole.
9 Como estudioso y descubridor de la Edad Media, Víctor Hugo cvestiona el arte renacentista. En una ocasión dijo «es el anochecer lo que confundimos con el amanecer» refiriéndose al Renacimiento.
Todo este arte magníficamente creado por los vándalos ha sido asesinado por los académicos. A los daños causados por el correr de los siglos o por las revoluciones que devastan al menos con imparcialidad y grandeza, ha venido a unírseles una caterva de arquitectos colegiados, patentados, jurados y juramentados que degradan a conciencia y con mal gusto el arte sustituyendo, a la mayor gloria del Partenón, los encajes góticos de la Edad Media, por las escarolas de Luis XIV. Es la coz del aslio al león que agoniza; es el viejo roble que no sólo es podado sino que además es picado, mordido y deshecho por las orugas.
¡Qué lejos de nuestra época la de Robert Cenalis cuando comparando Nuestra Señora de París con el famoso templo de Diana de Éfeso, tan alabado por lo.r antiguor paganos, inmotalizado por Erostrato, encontraba la catedral gala «más sobresaliente en longitud, anchura, altura y estructuraa!
Nuestra Señora de París no es, por lo demás, lo que pudiera llamarse un monumento completo, definitivo, catalogado; tampoco es una iglesia románica ni mucho menos una iglesia gótica ni un edificio prototipo. Nuestra Señora de París no tiene, como la abadía de Tournus, esa fortaleza maciza y grave, ni la redonda y amplia bóveda, ni la desnudez fría, ni la sencillez majestuosa de los edificios que tienen su origen en el arco de medio punto. No es tampoco, como la catedral de Bourges, el resultado magnífico, ligero, multiforme, denso, erizado y eflorescente de la ojiva. Es imposible clasificarla entre esa antigua familia de iglesias sombrías, misteriosas, bajas, como aplastadas por el medio punto, casi egipcias, si no fuera por la techumbre; jeroglíficas, sacerdotales, simbólicas, más cargadas en sus adornos de rombos y de zigzás que de fiores, con más flores por adorno que animales y con mayor preferencia hacia los animales que hacia los hombres; es más la obra del arquitecto que la del obispo; representa la primera transformación del arte, cargado aún de disciplina teocrática y militar, que tiene su raíz en el bajo imperio y se detiene en Guillermo el Conquistador (10).
10 Guillermo el Conquistador, siglo XI. Hijo de Roberto el Diablo, duque de Normandía y que llegó a ser Rey de Inglaterra. Personaje de gran relieve en la historia francesa.
No es posible tampoco colocar a nuestra catedral entre la otra familia de iglesias altas, estilizadas, aéreas, ricas en vitrales y en esculturas, de formas agudas y atrevidas, comunales y burguesas cual símbolos políticos, o libres y caprichosas y desenfrenadas cual obras de arte. A este grupo pertenece la segunda transformación de la arquitectura; es decir: la que no participa ya de lo jeroglífico ni de lo inmutable ni sacerdotal sino de ese concepto artístico, progresista y popular, que se origina con la vuelta de las cruzadas y termina con Luis XI(11). Nuestra Señora de París no es de pura raza románica como las primeras ni de pura raza árabe como las segundas(12). Es un edificio de transición. Cuando el arquitecto sajón acababa de levantar los primeros pilares de la nave, la ojiva, que venía de las cruzadas, surge conquistadora y triunfante sobre los amplios capiteles románicos, que estaban preparados para soportar únicamente arcos de medio punto y dueña ya desde entonces, campeó por el resto de la iglesia. Poco experta y tímida en sus inicios, se ensancha, se contiene y no se atreve aún a manifestarse lanzándose y elevándose en flechas y en lancetas como lo harán más adelante tantas y tan maravillosas catedrales. Se diría que no puede olvidar la existencia de sus pesados pilares románicos.
11 La muerte de San Luis IX (1270) marca el fin de las cruzadas. Fue rey de Francia desde 1461 hasta 1483. Nuestra Señora de París se levanta en el lugar de una basílica cristiana que ocupaba, a su vez, el lugar de un templo romano, en la mayor de las tres islas que hay sobre el Sena. Maurice Sully inició la construcción del coro en 1163; otras naves y la fachada se terminaron en el año de 1200 por el obispo Eudes de Sully y las torres estaban ya acabadas en el 1245. las capillas de las naves y las del coro se hacen a continuación, dirigidas por el arquitetto Jean de Chelles. La fachada norte y la sur se terminan hacia 1260 y la catedral puede considerarse como terminada en 1345.
12. La arquitectura que llamamos gótica y que es, según dicen, de los árabes (Fénélon en su carta a la academia). El propio Víttor Hugo hace alusión a este mismo concepto del origen árabe del arte gótico en sus Odat y baladar...: «c...La ojiva nos ha venido de Oriente... se nos ha dicho siempre.»
Por otra parte, los edificios de transición del románico al gótico no son menos preciosos para el estudio que los tipos puros, pues sin ellos se habría perdido el matiz del arte que ellos expresan y que es como el injerto de la ojiva en el medio punto.
Nuestra Señora de París es particularmente una curiosa muestra de esa variedad. Cada cara, cada piedra del venerable monumento es no sólo una página de la historia de su país sino también una página de la historia de la ciencia del arte. Para no precisar aquí más que algunos detalles importantes diremos, como ejemplo, que la pequeña Puerta Roja llega casi a los límites de las delicadezas góticas del siglo xv, mientras que los pilares de la nave, por su yolumen y su peso, se retrotraen hasta los tiempos de la abadía carolingia de Saint‑Germain‑des‑Prés. Podría creerse que seis siglos separan la puerta de los pilares y hay, entre los herméticos, quienes creen encontrar en los símbolos del gran pórtico un compendio satisfactorio de su ciencia y que la iglesia de Saint jacques‑de‑la‑Boucherie era un jeroglífico completo; y así, la abadía románica, la iglesia filosofal, el arte gótico y el sajón, el macizo pilar redondo que recuerda a Gregorio VII, el simbolismo hermético mediante el cual Nicolás Flamel preludiaba ya a Lutero, la unidad papal, el cisma, Saint‑Germain‑des‑Prés, Saint Jacques‑de‑la‑Boucherie, todo ello estaría fundido, combinado y amalgamado en la catedral de Nuestra Señora, esta iglesia central y generadora entre las viejas iglesias de París de una especie de quimera, por hallarse compuesta con la cabeza de una, con los miembros de otra, con la grupa de otra más y con un porn de todas ellas al fin.
Debemos repetir otra vez que estas construcciones híbridas son muy interesantes tanto para el artista como para el historiador o para el amante del arte. Hacen sentir hasta qué punto la arquitectura es algo primitivo, al demostrar, como también lo demuestran los vestigios ciclópeos, las pirámides de Egipto, las gigantescas pagodas hindúes, que las más grandes construcciones arquitectónicas no son tanto productos individuales como auténticas obras sociales; que son más bien la creación del pueblo con su trabajo que el genio de un solo hombre; el sedimento que deja un país, la acumulación que van formando los siglos, el poso de las evaporaciones sucesivas de la sociedad humana; en una palabra: especies en formación. Cada oleada en el tiempo deposita su aluvión, cada raza superpone una capa en el monumepto, cada individuo aporta su grano de arena. Así lo hacen los castores, así las abejas y así lo hace el hombre. Babel, el gran símbolo de la arquitectura, es una gran colmena.
Los grandes edificios como las grandes montañas son obra de los siglos. Con frecuencia el arte se transforma cuando ellos están en plena construcción: Pendent opera interrupta(13), y continúan tranquilamente siguiendo las normas de la nueva moda. El nuevo arte coma el monumento como lo encuentra, se incrusta en él, lo asimila, lo desarrolla según su fanrasía y lo termina si puede hacerlo; pero todo ello sin molestias, sin esfuerzos, sin reacciones, siguiendo una ley natural y tranquila; es como un injerto que se hace, una savia nueva que circula, una vegetación que renace. Es verdad que, en las sucesivas soldaduras de dos artes, en las diferentes plantas de un mismo edificio, existe materia suficiente para buen número de gruesos volúmenes a incluso para una historia natural de la humanidad. El hombre, el artista, el individuo desaparecen por completo ante esas grandes masas sin nombre de autor en las que la inteligencia humana toda queda resumida y simplificada; es como si el tiempo fuese el arquitecto y el pueblo el albañil.
13. Los trabajos interrumpidos quedan en suspenso (Virgilio, Eneida, IV‑88.)
Como aquí no consideramos más que la arquitectura europea cristiana, esta hermana menor de las grandes obras del Oriente, se nos aparece como una inmensa formación dividida en tres zonas bien delimitadas que se superponen: la zona románica(14), la zona gótica y la zona renacentista que podríamos definir como grecorromana.
La capa románica, la más antigua y profunda, está ocupada por el arco de medio punto, que reaparece traído por la columna griega hacia la capa moderna y más elevada que es el Renacimiento. La ojiva se encuentra entre las dos. Los edificios que pertenecen exclusivamente a una de estas tres capas son perfectamente diferentes; unos y completos en sí mismos. Es la abadla de Jumièges, es la catedral de Reims y es la Santa Cruz de Orleáns. Pero las tres zonas se amalgaman y se mezclan por los bordes como los colores en el espectro solar. De ahí los monumentos complejos, los edificios de matices y de transición. El uno es románico por los pies, gótico en el cuerpo y grecorromano en la cabeza; es porque se ha tardado seiscientos años en construirlo. Esta variedad es poco frecuente. El torreón de Etampes es una buena muestra de ello. Los monumentos de dos estilos son más repetidos, como Nuestra Señora de Paris, edificio ojival que se entronca por sus primeros pilares en el período románico de donde proceden también el pórtico de Saint‑Denis y la nave de Saint‑Germain‑desPrés. También lo son la encantadora sala capitular, semigótica, de Boscherville, en donde la capa románica le llega hasta la cintura y la catedral de Rouen que sería totalmente gótica si no bañara la extremidad de su flecha central en la zona del Renacimiento(15). En cualquier caso todos estos matices y diferencias sólo afectan al exterior de los edificios; es como si el arte cambiara de piel pues siempre queda respetada totalmente la constitución de la iglesia cristiana; se mantiene siempre la misma armazón interna, la misma disposición lógica de sus partes. Sea cual sea el envoltorio de esculturas y los trabajos de talla de una catedral, siempre se encuentra debajo de él, al menos en una fase de germen y de rudimento, la basílica romana que repite ya eternamen:e su planta, según un mismo sistema. Siempre indefectiblemente vemos dos naves que se cortan en cruz, y cuya extremidad superior redondeada en ábside, forma el coro. Siempre tienen dos naves laterales, para las procesiones por el interior y para las capillas, que sirven de ambulatorios laterales, a los dos lados de la nave central, con la que tienen comunicación por medio de los intercolumnios.
14. También llamada, según los lugares y los climas, lombarda, sajona y bizantina que representan cuatro arquitecturas hermanas y paralelas, teniendo cada una sus caracteres particulares, pero derivando todas ellas de la bóveda de medio punto. (Nota de Victor Hugo.)
15 Esta parte de la flecha, de madera, fue consumida por el fuego en 1823. (Nota de Victor Hugo.)
Partiendo de ahí, el número de capillas, de pórticos, de campanarios y de agujas se modifica hasta el infinito según la fantasía del siglo del pueblo mismo o del arte en sí, puesto que, una vez asegurada la prestación del culto, la arquitectura obra como mejor le place, combinando, según el logaritmo que le convenga, estatuas, vidrieras, rosetones, arabescos, encajes, capiteles o bajorrelieves; y de ahí la variedad tan prodigiosa de exteriores en estos edificios cuyo fondo está presidido por el orden y por la unidad. El tronco del árbol es inmutable aunque la vegetación sea caprichosa.
II
PARÍS A VISTA DE PÁJARO(16)
Hemos intentado reparar para el lector esta admirable iglesia de Nuestra Señora de París y hemos expuesto someramente la mayor parte de las bellezas que tenía en el siglo XV y que hoy le faltan: pero hemos omitido la principal; el panorama que sobre París se tenía entonces desde lo alto de sus torres.
16. Este capítulo fue escrito del 18 de enero al 2 de febrero de 1831 después de terminada la novela el 15 de enero de 1831.
Cuando, después de haber subido a tientas durante mucho tiempo por la tenebrosa espiral que atraviesa perpendicularmente la espesa muralla de campanarios, se desembocaba por fin en una de las dos plataformas inundadas de luz y de aire, el cuadro que por codas partes se extendía bajo los ojos era bellísimo; era un espectáculo rui generis del que sólo pueden hacerse una idea aquellos lectores que hayan tenido la fortuna de ver una villa gótica entera, completa, homogénea como todavía existen algunas en Nuremberg, en Baviera, Vitoria, en España, o incluso algunas muestras más reducidas, siempre que estén bien conservadas, como Vitré en Bretaña o Nordhausen en Prusia.
Aquel París de hace trescientos cincuenta años, el París del siglo Xv, era ya una ciudad gigante. Generalmente, los parisinos nos equivocamos con frecuencia acerca del terreno que desde entonces creemos haber ganado. París, desde Luis XI, apenas si ha crecido en poco más de una tercera parte; claro que también ha perdido en belleza lo que ha ganado en amplitud. París ha nacido, como se sabe, en esa vieja isla de la Cité, que tiene forma de cuna, siendo sus orillas su primera muralla y el Sena su primer foso. Durante varios siglos siguió existiendo como isla, con dos puentes, al norte el uno y al sur el otro, y dos cabezas de puente que eran al mismo tiempo sus puertas y sus defensas: el Grand Châtelet en la orilla derecha y el Petit Châtelet en la orilla izquierda. Más tarde, a partir de los reyes de la tercera dinastía, encontrándose demasiado estrecho en su isla, y no pudiendo casi revolverse, París cruzó el río y entonces, más allá del Grand Châtelet y más allá también del Petit Chátelet, empezó a cercar el campo por ambos lados del Sena un primer recinto amurallado y con torres; aún quedaban en el siglo pasado algunos vestigios de aquel primitivo cierre, pero hoy no nos queda sino el recuerdo y, acá o allá, alguna tradición, como la Porte Baudets o Baudoyer, Porta Bagauda.
Poco a poco la ola de nuevas construcciones, empujada siempre desde el corazón de la villa hacia afuera, desborda, desgasta, roe y borra aquel primitivo recinto. Felipe Augusto le hace un nuevo dique encerrando a París en una cadena circular de torreones altos y sólidos. Durante más de un siglo las casas se arraciman, se amontonan y van elevando su altura dentro de aquel reducto como se eleva el agua de un embalse. Empiezan a hacerse profundas, piso sobre piso, unas sobre otras, y surgen cada vez más altas como la savia comprimida y quieren todas asomar la cabeza por encima de sus vecinas para respirar un poco de aire. Las calles se hacen más profundas y estrechas y las plazas se van Ilenando hasta desaparecer, hasta que, imposibilitadas de contenerse, saltan por encima de las murallas de Felipe Augusto(17) y se esparcen alegremente por la llanura sin orden alguno, como unas fugitivas, y una vez allí van organizándose, se acondicionan y se crean jardines en el llano. A partir de 1367 la villa se extiende con tal fuerza por los suburbios que se hace necesaria una nueva muralla, principalmente por la orilla derecha. Carlos V construye esa muralla(18). Pero una ciudad como París está sometida a un crecimiento continuo y es precisamente este tipo de ciudades el que se convierte en capital del país pues son como embudos en donde convergen todas las vertientes geográficas, políticas morales a intelectuales de un país; en ellas desembocan todas las pendientes naturales de un pueblo; son como pozos de civilización, por decirlo de algún modo, o sumideros en donde el comercio, la industria, la inteligencia, la población y en fin, todo lo que es savia, todo lo que es vida y alma en una nación se va filtrando y amasando sin cesar, gota a gota, siglo a siglo. Este recinto que mandó hacer Carlos V corre, pues, la misma suerte que el de Felipe Augusto ya que a finales del siglo Xv empieza a ser superado y queda desbordado, y el arrabal se extiende más allá y así hasta el XVI en el que existe una impresión de retroceso. Así, a simple vista, parece que se reduce cada vez más hacia la vieja ciudad, pero resulta sólo una impresión debida al enorme crecimiento exterior que ha sufrido la ciudad nueva. Así pues, a partir del siglo Xv, para no ir más lejos, París había superado los tres círculos concéntricos de murallas, que, en tiempos de Juliano el Apóstata, se encontraban, es un decir en germen entre el Grand Châtelet y el Petit Chátelet. La desbordante ciudad había hecho sucesivamente sus cuatro cinturones, como un niño que crece y hace pequeñas y estalla sus ropas del año anterior. En la época de Luis XI todavía podían verse en algunos lugares restos de torreones, restos de antiguas murallas, que surgían por entre aquel mar de casas, como las cimas de algunas colinas en épocas de gran inundación o como archipiélagos del viejo París sumergido bajo el nuevo.
Desde entonces, desgraciadamente, París ha seguido transformándose a nuestra vista, pero sólo ha superado un recinto más, el de Luis XV; muralla miserable de barro y de adobe, digna del rey que ordenó construirla y del poeta que la ha cantado.
Le mur murant Paris, rend Paris murmurant(19).
17. Esta muralla fue construida entre 1180 y 1210.
18 En aquella época, finales del siglo xtv (1370), París se extendía sobre 440 Ha y contaba con 150.000 habitantes; hoy tiene más de 11.000 Ha y más de tres millones de habitantes.
19. Juego de palabras que, al no producirse en español, pierde gran parte de su sentido epigramático. Su traducción podría ser: eEl muro que mura (amuralla) París, hace murmurar a París.»
En el siglo XV, París se hallaba aún dividida en tres villas claramente separadas, teniendo cada una su fisonomía propia, su especialidad, sus costumbres y hábitos, sus privilegios y su propia historia: La Cité, la Universidad y la Ville. La Cité, que ocupaba la isla, era la más antigua, la menos importante y a la vez madre de las otras dos, apretujada entre ellas y, que se nos perdone la comparación, como una viejecita entre dos mozas jóvenes y hermosas. La Universidad se extendía por la orilla izquierda del Sena, desde la Tournelle hasta la Tour de Nesle, puntos que, en el París de hoy, corresponden, uno al Mercado de Vinos y otro a la Casa de la Moneda. Su recinto abarcaba ampliamente la zona en donde Juliano había construido sus termas así como la montaña de Santa Genoveva(20). El punto culminante de esta curva de murallas era la Porte Papale, que corresponde hoy, más o menos, al actual emplazamiento del Panteón. La Ville, que era la mayor de estas tres partes de París, ocupaba la orilla derecha. El muelle sobre el Sena, interrumpido a veces y cortado en varios lugares, corría a lo largo del río desde la Tour de Billy hasta la Tour du Bois, aproximadamente lo que hoy se extiende entre el Grenier d'Abondance y las Tullerías. A esos cuatro puntos en que el Sena cortaba los muros de la capital, la Tournelle y la Tour de Nesle, en la orilla izquierda, y la Tour de Billy y la Tour de Bois, en la orilla derecha, se les conocía preferentemente con el nombre de las cuatro torres de París. La Ville se introducía en las tierras de labranza más profundamente que la Universidad. El punto en donde acababa el recinto de la Ville (el de Carlos V) se encontraba en las puertas de Saint‑Denis y de Saint‑Martin, cuyo emplazamiento aún se mantiene en nuestros días.
20. Santa Genoveva es la patrona de París. Véase nota 12 del libro segundo.
Como hemos dicho, cada una de estas tres grandes divisiones de París era una ciudad en sí misma, pero una ciudad demasiado especial para ser completa; una ciudad que no podría existis sin las otras dos y con tres aspectos bien diferenciados en cada una: en la Cité abundaban las iglesias, en la Ville los palacios y los colegios en la Universidad.
Pasando por alto las originalidades de menor relieve del viejo París y los caprichos del derecho de servidumbre y no tomando más que, desde un punto de vista muy general, el conjunto de jurisdicciones comunales, debemos decir que la isla pertenecía al obispo, la orilla derecha al preboste de los mercaderes y la orilla izquierda al rector; y que el preboste de París, oficial real y no municipal, mandaba en todo aquel conjunto. La Cité tenía Nuestra Señora, la Ville el Louvre y el ayuntamiento y la Universidad la Sorbona. A la Ville pertenecían también los mercados como a la Cité el hospital y a la Universidad el Pré‑aux‑Clercs. Los delitos cometidos por los estudiantes en la orilla izquierda, en el Préaux‑Clercs, eran juzgados en la isla, en el Palacio de justicia, y eran castigados en la orilla derecha, en Montfaucon; a menos que el rector interviniera, sintiéndose suficientemente fuerte, en épocas de debilidad real, pues se consideraba privilegio entre los estudiantes el ser ahorcados en su propio «feudo».
La mayoría de estos privilegios, dicho sea de paso, y los había mucho mejores que el que acabamos de citar, habían sido arrancados a los reyes mediante revueltas y motines ‑siempre ha sido así‑, pues es sabido que los reyes nunca han concedido nada que no les haya sido previamente arrancado por el pueblo. Existe un viejo documento que, a propósito de la fidelidad, dice esto mismo de una manera bien candorosa: Civibur fidelitat in reger, quae tamen aliquoties reditionibur interrupta, multa peperit privilegia.(21)
21. La lealtad de los ciudadanos para con los reyes, aunque interrumpida a veces por las revueltas, les ha proporcionado muchos privilegios.
En el siglo XV el Sena bañaba cinco islas en el recinto de París: la isla de Louviers en donde había entonces árboles y en donde ya no hay más que madera, la isla de las vacas y la isla de Nuestra Señora las dos deshabitadas, salvo alguna vieja casucha, y ambas feudo del obispo (en el siglo XVII, de las dos islas se hizo una sola que hoy conocemos con el nombre de isla de San Luis) y finalmente la Cité con el islote del barquero de las vacas, en su punta, cubierto más tarde por el terraplén del Pont‑Neuf. Cinco puentes contaba entonces la Cité; tres a la derecha, el Pont Notre‑Dame y el Pont‑au‑Change, de piedra los dos, y el Pont‑aux‑Meuniers, éste de madera; otros dos a la izquierda; le Petit‑Pont, de piedra, y el Pont Saint‑Michel, de madera. Todos ellos con casas. La Universidad tenía seis puertas, construidas por Felipe Augusto, y eran, a partir de la Tournelle, la Porte Saint‑Victor, la Porte Bordelle, la Porte Papale la de Saint‑Jacques, la de Saint‑Michel y la de Saint‑Germain. La Ville, por su parte, contaba con otras seis, construidas éstas por Carlos V y eran, a partir de la Tour de Billy, la Porte Saint‑Antoine, la Porte du Temple, la de Saint‑Martin, la de Saint‑Denis, la de Montmartre y la Porte de Saint‑Honoré. Todas ellas eran sólidas y hermosas pues su belleza no las hacía menos fuertes. Un foso ancho y profundo, de rápidas corrientes en época de crecidas y procedente del Sena, bañaba los muros en torno a París. Por la noche eran cerradas todas sus puertas y cortado el río en los dos extremos de la ciudad mediante gruesas cadenas. París dormía tranquilo.
A vista de pájaro, esas tres partes, la Cité, la Universidad y la Ville, presentaban cada una, una maraña inextricable de calles curiosamente entremezcladas; sin embargo, a primera vista, podía descubrirse que entre las tres formaban un solo cuerpo, cruzado por dos largas calles paralelas sin interrupción, y casi en línea recta, que atravesaba a la vez los tres burgos de un extremo a otro y de sur a norte, perpendicularmente al Sena, uniéndolos, mezclándolos y que servían para comunicar y para trasvasar continuamente a las gentes de unos con las gentes de los otros; haciendo, en fin, una sola ciudad con los tres barrios.
La primera de estas calles iba desde la puerta de Saint‑Jacques hasta la de Saint‑Martin. La llamaban calle de Saint Jacques en la Universidad, calle de la judería en la Cité y calle de Saint‑Martin en la Ville. Cruzaba dos veces el agua por le Petit Pont y por el Pont de Notre Dame. La segunda, llamada calle de la Harpe en la orilla izquierda, calle de la Barillerie en la Isla, calle de Saint Denis en la orilla derecha y que en uno de los brazos del Sena era Pont Saint‑Michel y en el otro Pont‑au‑Change, iba desde la Porte de Saint‑Michel, en la Universidad, hasta la Porte de Saint-Denis en la Ville. En una palabra: denominadas de cien maneras diferentes, eran siempre las dos calles madres, las dos arterias de París. Todas las demás venas de la triple ciudad venían a ellas bien a alimentarse o bien a vaciarse.
Independientemente de estas dos arterias diametrales que atravesaban París de parte a parte, a lo ancho, y que eran comunes a la Cité, la Ville y la Universidad, tenían cada una su calle mayor particular, que se extendía en la dirección Norte‑Sur, paralela al Sena y que cruzaba en ángulo recto las dos arterias. Así, en la ViIle, se bajaba en línea recta desde la Porte de Saint‑Antoine a la Porte de Saint‑Honoré y en la Universidad desde la Porte SaintVictor a la Porte Saint‑Germain. Esas dos grandes vías, al cruzarse con las dos primeras, formaban el nudo sobre el que descansaba, entrecruzado y apretado en todos los sentidos la red, el dédalo de las calles de París. En el dibujo indescifrable de esa red podían distinguirse además, observando atentamente, corno dos ramos, alargado uno hacia la Universidad y el otro hacia la Ville, dos manojos de calles más anchas que se extendían entre los puentes y las puertas.
Todavía hoy se conserva algo de aquel plan geométrico.
Pero, ¿bajo qué aspecto se presentaba este conjunto visto desde las torres de Nuestra Señora en 1482? Vamos a intentar describirlo.
Para el espectador que llegaba jadeante a aquellas alturas, representaba, de entrada, una deslumbrante impresión de tejados, de chimeneas, de calles, de puentes, de plazoletas, de flechas y de campanarios. Todo se agolpaba ante los ojos al mismo tiempo; el aguilón tallado, los tejadillos puntiagudos, la torrecilla colgada entre dos esquinas de los muros, la pirámide de piedra del siglo xI, el obelisco de pizarra del xv, un torreón desnudo y redondo, la torre cuadrada y calada de una iglesia; todo lo grande y lo pequeño y lo aéreo y lo macizo. La mirada se perdía durante mucho tiempo en la profundidad de aquel laberinto, en donde todo tenía su originalidad, su razón, su genio, su gracia, su belleza; en donde todo tenía contactos con el arte, desde la más pequeña casita encalada y esculpida con vigas exteriores, puerta rebajada y pisos salientes, hasta el Louvre real que tenía por entonces toda una hilera de torres. Pero las principales masas que se distinguían cuando la vista comenzaba a adaptarse a aquel aímulo de edificios eran, comenzando por la Cité: la isla que, como dice Sauval aprovechando algún acierto de estilo entre el fárrago de expresiones que utiliza «está hecha como un gran navío encallado en el cieno y varado río abajo hacia el centro del Sena.H
Acabamos de decir que en el siglo xv este navío estaba agarrado a las dos orillas del río por cinco puentes. Este perfil de barco había ya sorprendido a los escribas heráldicos, pues de ahí procede y no del asedio de los normandos, según Favyn y Pasquier, el bajel que blasona el viejo escudo de armas de París. Para quien sabe descifrarlo, un blasón es como un enigma; es un lenguaje. Toda la historia de la segunda mitad de la Edad Media figura en los blasones así como en el simbolismo de las iglesias románicas figura toda la historia de su primera mitad. Los blasones son los jeroglíficos del feudalismo después de los de la teocracia.
La Cité se ofrecía, pues, a sus ojos con la popa hacia levante y la proa hacia el poniente. Vuelto hacia la proa, se veía un numerosísimo rebaño de viejos tejados sobre los que sobresalía arqueado el ábside emplomado de la Santa Capilla, semejando la grupa de un elefante cargando con su torre; sólo que en esta ocasión, la torre era la flecha más audaz, la más elaborada, la más labrada, la más calada que nunca se haya visto en el cielo a través de su cono de encaje. En la plaza que hay delante de Nuestra Señora, una hermosa plaza con casas antiguas, venían a desembocar tres calles. La fachada arrugada y ceñuda del Hótel‑Dieu y su tejado, que se diría cubierto de postillas y de verrugas, se asomaba al lado sur de la plaza; y a la derecha, a la izquierda, a oriente y a occidente, en ese estrecho recinto de la Cité, se elevaban los campanarios de sus veintiuna iglesias, de todas las épocas, de todos los estilos, de todos los tamaños, desde la baja y carcomida campánula románica de Saint‑Denys‑du‑Pas, carcer Glaucini, hasta las finas agujas de Saint‑Pierre‑aux‑Boeufs y de Saint Landry. Detrás de Nuestra Señora se extendían hacia el norte el claustro con sus galerías góticas; hacia el sur el palacio semirrománico del obispo y hacia levante la punta desierta del Terrain. Entre aquel amontonamiento de casas, la vista distinguía por sus altas mitras de piedra calada que coronaban entonces, a nivel del tejado, las ventanas más altas del palacio, el hotel que la ciudad ofreció, bajo el rey Carlos VI, a Juvenal de los Ursinos, y un poco más allá los barracones alquitranados del Marché‑Palus; más alejos aún el ábside nuevo de Saint‑Germain‑le‑Vieux, agrandado en 1458 con un trozo de la calle de los Febues; y se veía también, de vez en cuando, un cruce de calles, Ileno de gente, una picota, erguida en una esquina, un hermoso trozo de pavimento de la época de Felipe Augusto, un enlosado rayado ya por los cascos de los caballos en medio de la calle y mal reemplazado en el siglo xvi por un pobre empedrado, llamado pavimento de la liga; un patio trasero abandonado con una torrecilla calada como se hacían en el siglo XV y como todavía puede verse una en la calle de los Bourdonnais. A la derecha de la Santa Capilla se veía, en fin, hacia poniente, y bien asentado con su grupo de torres al borde del agua, el Palacio de justicia. Las arboledas de los jardines del rey, que cvbrían la punta occidental de la Cité, octiltaban el islote del barquero. En cuanto al agua, apenas si se la podía ver a ambos lados de la Cité pues el Sena se ocultaba bajo los puentes y éstos se escondían bajo las casas.
Y cuando la mirada se perdía más allá de los puentes, cuyos tejados enmohecidos antes de tiempo por la humedad del río aparecían verdosos, si se dirigía a la izquierda, hacia la Universidad, el primer edificio que saltaba a la vista era un sólido grupo de torres, el Petit‑Châtelet cuya gran puerta, totalmente abierta, devoraba el extremo del Petit‑Pont, y más tarde, recorriendo aún con la mirada de levante a poniente, de la Tournelle a la Tour de Nesle, se descubría un largo cordón de casas con vigas esculpidas, con ventanas de vidrios coloreados. Sobresaliendo en cada planta el interminable zigzag de los piñones burgueses, cortados con frecuencia por la boca de una calle o, a veces, por el frente o por el codo de algún palacete de piedra que, como un gran señor entre un grupo de villanos, se extendía gustoso en patios y jardines, en alas y en estancias por entre aquellos grupos de casas apiñadas y encogidas. Cinco o seis de aquellas mansiones daban al muelle del Sena, desde la residencia de Lorraine que compartía con los Bernardinos el gran recinto contiguo a la Tournelle, hasta la mansión de Nesle cuya torre principal era uno de los mojones límite de París, y cuyos tejados puntiagudos recogían durante tres meses al año, entre los triángulos negros de sus pizarras, el reflejo escarlata del sol poniente.
Este lado del Sena era, por lo demás, el menos comercial de los dos pues los estudiantes lo ocupaban bulliciosamente en número muy superior a los artesanos y no puede decirse que existiera malecón, propiamente hablando, más que desde Pont‑Saint‑Michel hasta la Tour de Nesle. El resto de las orillas del Sena era o bien terreno perdido, como más allá de los Bernardinos, o bien un conglomerado de casas tocando casi el agua, igual que pasaba entre los dos puentes.
Había gran algazara de lavanderas que chillaban, hablaban y cantaban durante todo el día a lo largo de la orilla y que golpeaban fuertemente la ropa como en nuestros días. No es ésta una de las menores alegrías de París.
La Universidad formaba un bloque a simple vista, constituyendo de un extremo a otro un conjunto homogéneo y compacto. Sus mil tejados juntos, angulosos, unidos entre sí, casi todos iguales geométricamente, ofrecían desde lo alto el aspecto de una cristalización de la misma sustancia. El caprichoso cauce de calles no cortaba muy desproporcionadamente todo este conjunto de casas y los cuarenta y dos colegios estaban diseminados por allí de forma bastante equilibrada y se encontraban un porn por codas partes. Las techumbres variadas y graciosas de estos bellos edificios eran del mismo gusto artístico que los tejados normales que por allí se veían sobresaliendo, eso sí, sobre ellos pero, en definitiva, eran variaciones al cuadrado o al cubo del mismo conjunto geométrico. Hacían más complicado el conjunto, pero sin modificarlo; lo completaban sin cambiarlo, pues la geometría es armonía. Algunos hermosos hoteles sobresalían por aquí y por allí entre las pintorescas buhardillas de la orilla izquierda, como la residencia de Nevers la de Roma o la de Reims, todas desaparecidas ya. La residencia de Cluny subsiste aún para consuelo del artista, aunque hace algunos años han recortado estúpidamente su torre. Cerca de Cluny, se encontraban las termas de Juliano, un palacio romano con bonitos arcos cimbrados. Había también numerosas abadías, de belleza más piadosa, y de una grandeza más grave y serena que las residencias pero no menos bellas ni majestuosas.
Las primeras que chocaban a la vista eran las de los Bernardinos con sus tres campanarios, la de Santa Genoveva(22), cuya torre cuadrada aún existente hace echar de menos el conjunto que falta; la Sorbona, mitad colegio, mitad monasterio de la que aún sobrevive una admirable nave, el bello claustro cuadrado de los Maturinos; su vecino, el claustro de San Benito entre cuyos muros se han dado prisa en la chapuza de construir un teatro entre la séptima y la octava edición de este libro(23); los Franciscanos con sus tres fachadas en piñón, yuxtapuestas; los Agustinos, cuya graciosa aguja formaba después en la Tour de Nesle la segunda crestería de este lado de París por la parte occidental. Los colegios, que constituyen en efecto el eslabón intermedio entre el claustro y el mundo, se encontraban un poco a mitad de camino entre las residencias y las abadías, dentro de este aspecto monumental del que venimos hablando, exhibiendo una severidad plena de elegancia, un