Immanuel
Kant
A Su Excelencia el real ministro del Estado, Barón de Zedlitz.
Señor:
Fomentar el progreso de las ciencias, en la parte en que cada uno puede hacerlo,
es trabajar en el interés de Vuestra Excelencia; pues éste se halla íntimamente
unido con aquéllas, no sólo por el elevado puesto de protector que ocupáis, sino
porque tenéis con las ciencias la íntima relación de un aficionado y de un
conocedor ilustrado de las mismas. Por eso hago uso del único medio que está en
cierto modo a mi alcance, para testimoniar mi agradecimiento por la confianza
con que Vuestra
Excelencia ha querido honrarme, considerándome capaz de contribuir en
algo a sus propósitos.
A la misma favorable atención con que Vuestra Excelencia honró la primera edición de esta obra, dedico ahora esta segunda; y le encomiendo al mismo tiempo también las demás circunstancias de mi vocación literaria. Soy con la más profunda veneración de Vuestra Excelencia súbdito y obediente servidor,
IMMANUEL KANT
Königsberg, el
23 Abril 1787
Prólogo
La razón humana tiene, en una especie de sus conocimientos, el destino particular de verse acosada por cuestiones que no puede apartar, pues le son propuestas por la naturaleza de la razón misma, pero a las que tampoco puede contestar, porque superan las facultades de la razón humana.
En esta perplejidad cae la razón sin su culpa. Comienza con principios, cuyo uso en el curso de la experiencia es inevitable y que al mismo tiempo se halla suficientemente garantizado por ésta. Con ello elévase (como lo lleva consigo su naturaleza) siempre más arriba, a condiciones más remotas. Pero pronto advierte que de ese modo su tarea ha de permanecer siempre inacabada porque las cuestiones nunca cesan; se ve pues obligada a refugiarse en principios que exceden todo posible uso de la experiencia y que, sin embargo, parecen tan libres de toda sospecha, que incluso la razón humana ordinaria está de acuerdo con ellos. Pero así se precipita en obscuridades y contradicciones; de donde puede colegir que en alguna parte se ocultan recónditos errores, sin poder empero descubrirlos, porque los principios de que usa, como se salen de los límites de toda experiencia, no reconocen ya piedra de toque alguna en la experiencia. El teatro de estas disputas sin término llámase Metafísica.
Hubo un tiempo en que esta ciencia era llamada la reina de todas las ciencias y, si se toma el deseo por la realidad, ciertamente merecía tan honroso nombre, por la importancia preferente de su objeto. La moda es ahora mostrarle el mayor desprecio y la matrona gime, abandonada y maltrecha, como Hecuba: modo maxima rerum, tot generis natisque potens - nunc trahor exul, inops. (Ovidio, Metamorfosis).
Su dominio empezó siendo despótico, bajo la administración de los dogmáticos. Pero como la legislación llevaba aún en sí la traza de la antigua barbarie, deshízose poco a poco, por guerra interior, en completa anarquía, y los escépticos, especie de nómadas que repugnan a toda construcción duradera, despedazaron cada vez más la ciudadana unión. Mas eran pocos, por fortuna, y no pudieron impedir que aquellos dogmáticos trataran de reconstruirla de nuevo, aunque sin concordar en plan alguno. En los tiempos modernos pareció como si todas esas disputas fueran a acabarse; creyóse que la legitimidad de aquellas pretensiones iba a ser decidida por medio de cierta Fisiología del entendimiento (del célebre Locke). El origen de aquella supuesta reina fue hallado en la plebe de la experiencia ordinaria; su arrogancia hubiera debido por lo tanto, ser sospechosa, con razón. Pero como resultó sin embargo que esa genealogía, en realidad, había sido imaginada falsamente, siguió la metafísica afirmando sus pretensiones, por lo que vino todo de nuevo a caer en el dogmatismo anticuado y carcomido y, por ende, en el desprestigio de donde se había querido sacar a la ciencia. Ahora, después de haber ensayado en vano todos los caminos (según se cree), reina el hastío y un completo indiferentísimo, madre del Caos y de la Noche en las ciencias, pero también al mismo tiempo origen, o por lo menos preludio de una próxima transformación e iluminación, si las ciencias se han tornado confusas e inútiles por un celo mal aplicado.
Es inútil en efecto querer fingir indiferencia ante semejantes investigaciones, cuyo objeto no puede ser indiferente a la naturaleza humana. Esos supuestos indiferentistas, en cuanto piensan algo, caen de nuevo inevitablemente en aquellas afirmaciones metafísicas, por las cuales ostentaban tanto desprecio, aun cuando piensen ocultarlas trocando el lenguaje de la escuela por el habla popular. Esa indiferencia empero, que se produce en medio de la prosperidad de todas las ciencias y que ataca precisamente aquella, a cuyos conocimientos -si pudiéramos adquirirlos- renunciaríamos menos fácilmente que a ningunos otros, es un fenómeno que merece atención y reflexión. Es evidentemente el efecto no de la ligereza, sino del Juicio maduro de la época, que no se deja seducir por un saber aparente; es una intimación a la razón, para que emprenda de nuevo la más difícil de sus tareas, la del propio conocimiento, y establezca un tribunal que la asegure en sus pretensiones legitimas y que en cambio acabe con todas las arrogancias infundadas, y no por medio de afirmaciones arbitrarias, sino según sus eternas e inmutables leyes. Este tribunal no es otro que la Crítica de la razón pura misma.
Por tal no entiendo una crítica de los libros y de los sistemas, sino de la facultad de la razón en general, respecto de todos los conocimientos a que esta puede aspirar independientemente de toda experiencia; por lo tanto, la crítica resuelve la posibilidad o imposibilidad de una metafísica en general, y determina, no solo las fuentes, sino también la extensión y límites de la misma; todo ello, empero, por principios.
Ese camino, el único que quedaba libre, lo he emprendido yo hoy y me precio de haber conseguido así apartar todos los errores que hasta ahora habían dividido la razón, oponiéndola a sí misma, cuando actuaba sin basarse en la experiencia. Y no es que haya eludido sus cuestiones, disculpándome con la incapacidad de la razón humana, sino que las he especificado todas por principios y, después de haber descubierto el punto de desavenencia de la razón consigo misma, las he resuelto a su entera satisfacción. Cierto que la contestación a esas cuestiones no ha recaído como pudiera esperarlo el exaltado afán dogmático de saber; pues este afán no podría satisfacerse más que con artes de magia, de que yo no entiendo. Pero tampoco es ese el destino natural de nuestra razón; y el deber de la filosofía era disipar la ilusión nacida de una mala inteligencia, aunque por ello hubiera que aniquilar tan preciada y amada ilusión. En este trabajo, ha sido mi designio el hacer una exposición detalladísima y me atrevo a afirmar que no ha de haber un solo problema metafísico que no esté resuelto aquí o al menos de cuya solución no se dé aquí la clave. Y, en realidad, es la razón pura una unidad tan perfecta, que si su principio fuera insuficiente para solo una de las cuestiones que le son propuestas por su propia naturaleza, habría desde luego que desecharlo, porque entonces no sería adecuado para resolver, con completa seguridad, ninguna otra.
Al decir esto, creo percibir en el rostro del lector una indignación mezclada con desprecio, por pretensiones al parecer tan vanidosas e inmodestas; y sin embargo, son ellas sin comparación más moderadas que las de cualquier autor del programa más ordinario, que se jacta de demostrar en él quizá la naturaleza simple del alma o la necesidad de un primer comienzo del mundo. Tal autor se compromete en efecto a extender el conocimiento humano más allá de todos los límites de la experiencia posible, cosa que, lo confieso, supera totalmente a mi facultad. En vez de eso, he de ocuparme solo de la razón misma y de su pensar puro, y no he de buscar muy lejos su conocimiento detallado, pues lo encuentro en mí mismo, y ya la lógica ordinaria me da un ejemplo de que todas sus acciones simples pueden enumerarse completa y sistemáticamente; solo que aquí se plantea la cuestión de cuanto puedo esperar alcanzar con ella, si se me quita toda materia y ayuda de la experiencia.
Esto es lo que tenía que decir sobre la integridad en la consecución de cada uno de los fines y la exposición detallada en la consecución de todos juntos; que no constituyen un propósito arbitrario, sino que la naturaleza del conocimiento mismo nos los propone como materia de nuestra investigación crítica.
Hay aún que considerar la certeza y la claridad, requisitos que se refieren a la forma, como exigencias esenciales que pueden, con razón, plantearse al autor que se atreve a acometer una empresa tan espinosa.
Por lo que toca a la certeza, he fallado sobre mí mismo el juicio siguiente: que en esta clase de consideraciones no es de ningún modo permitido opinar y que todo lo que se parezca a una hipótesis, es mercancía prohibida que a ningún precio debe estar a la venta, sino ser confiscada tan pronto como sea descubierta. Pues todo conocimiento que ha de subsistir a priori, se reconoce en que debe ser tenido por absolutamente necesario, y más aún una determinación de todos los conocimientos puros a priori, puesto que debe ser el modelo y por tanto el ejemplo mismo de toda certeza apodíctica (filosófica). Si esto a que me comprometo, lo he llevado a cabo en este punto, quede completamente abandonado al juicio del lector, porque al autor solo corresponde dar razones, mas no juzgar del efecto de las mismas sobre sus jueces. Pero para que nada pueda inocentemente ser causa de que se debiliten esas razones, séale permitido al autor advertir él mismo cuáles son los pasajes que pudieran ocasionar alguna desconfianza, aunque sólo se refieren al fin accesorio; de este modo quedará de antemano prevenido el influjo que la más mínima duda del lector en este punto pudiera tener sobre su juicio respecto al fin principal.
No conozco ningunas investigaciones que sean más importantes para desentrañar la facultad que llamamos entendimiento y, al mismo tiempo, para determinar las reglas y límites de su uso, que las que, en el segundo capítulo de la Analítica trascendental, he puesto bajo el título de Deducción de los conceptos puros del entendimiento; también me han costado más trabajo que ningunas otras, aunque no en balde, según creo. Ese estudio, dispuesto con alguna profundidad, tiene empero dos partes. Una se refiere a los objetos del entendimiento puro y debe exponer y hacer concebible la validez objetiva de sus conceptos a priori, por eso justamente es esencial para mis fines. La otra va enderezada a considerar el entendimiento puro mismo, según su posibilidad y las facultades cognoscitivas en que descansa, por lo tanto en sentido subjetivo; y aunque este desarrollo es de gran importancia para mi fin principal, no pertenece, sin embargo, esencialmente a él; porque la cuestión principal sigue siendo: ¿qué y cuánto pueden conocer el entendimiento y la razón, independientemente de toda experiencia? y no es: ¿cómo es posible la facultad de pensar misma? Como esto último es, por decirlo así, buscar la causa de un efecto dado y, en este sentido, tiene algo parecido a una hipótesis (aunque no es así en realidad, como lo demostraré en otra ocasión) parece como si este fuera el caso en que me tomo la libertad de opinar y en que el lector tiene que ser libre también de opinar de modo distinto. Considerando esto, debo prevenir al lector y recordarle que en el caso de que mi deducción subjetiva no llevase a su ánimo toda la convicción que espero, la objetiva sin embargo, que es la que aquí me importa principalmente, recibe todo su fuerza, para lo cual en todo caso puede ser bastante lo dicho en las páginas 235 a 241.
Finalmente, por lo que toca a la claridad, tiene el lector derecho a exigir primero la claridad discursiva (lógica) por conceptos, pero luego también una claridad intuitiva (estética) por intuiciones, esto es, por ejemplos u otras aclaraciones in concreto. De la primera me he cuidado suficientemente. Ello concernía a la esencia de mi propósito. Pero también ha sido la causa accidental de que no haya podido satisfacer a la segunda exigencia, que es justa aunque no tan estrecha como la primera. En el curso de mi trabajo he estado casi siempre indeciso sobre lo que en esto debía de hacer. Los ejemplos y aclaraciones parecíanme siempre necesarios y acudían por tanto realmente, en el primer bosquejo, colocándose en sus lugares adecuados. Vi empero bien pronto la magnitud de mi problema y la multitud de objetos que habrían de ocuparme, y como me apercibí de que estos solos, en discurso seco y meramente escolástico, iban ya a hacer la obra bastante extensa, parecióme improcedente engrosarla más aún con ejemplos y aclaraciones que sólo con una intención de popularidad son necesarios; tanto más cuanto que este trabajo no podía en modo alguno acomodarse al uso popular y los que propiamente son conocedores de las ciencias no necesitan tanto de ese aligeramiento, que aunque siempre agradable, podía resultar aquí incluso algo contrario al fin. El abate Terrasson dice, en verdad, que si se mide la magnitud de un libro no por el número de páginas, sino por el tiempo que se necesita para comprenderlo, podría decirse de más de un libro que sería mucho más corto si no fuera tan corto. Pero, por otra parte, cuando se endereza la intención de un autor a hacer comprensible un todo de conocimientos especulativos, extenso y sin embargo conexo según un principio, puede decirse con igual razón: más de un libro hubiera sido mucho más claro si no hubiera querido ser tan enteramente claro. Pues los auxilios para aclarar un punto, si bien son útiles en las partes, distraen empero a menudo del todo, no dejando al lector alcanzar pronto una visión de conjunto; con sus claros colores encubren, por decirlo así, y hacen invisible la articulación o armazón del sistema, que es lo más importante para poder juzgar de la unidad y solidez del mismo.
En mi opinión, puede servir al lector de no pequeño atractivo, unir su esfuerzo con el del autor, si tiene el propósito de llevar a cabo una obra grande e importante, completa y sin embargo duradera, según el bosquejo propuesto. Ahora bien, la metafísica, según los conceptos que de ella damos aquí, es la única de todas las ciencias que puede aspirar a una perfección semejante en poco tiempo y con poco trabajo, pero uniendo los esfuerzos de tal modo que no le quede a la posteridad más que arreglarlo todo por modo didáctico, según sus propósitos, sin poder por eso aumentar en lo más mínimo el contenido. Pues no es otra cosa que el inventario, sistemáticamente ordenado, de todo lo que poseemos por razón pura. Nada puede aquí pasarnos desapercibido, porque lo que la razón extrae enteramente por sí misma, no puede esconderse, sino que por la razón misma es traído a la luz, tan pronto como se ha descubierto el principio común de todo ello. La perfecta unidad de esa especie de conocimientos, obtenida por simples conceptos puros, sin que nada de experiencia, ni aún siquiera una intuición particular -que hubiera de conducir a experiencia determinada- pueda tener en ella influencia alguna para ampliarla y aumentarla, hace que esa incondicionada integridad no solo sea factible, sino también necesaria. Tecum habita et noris, quam sit tibi curta supellex (Persio).
Semejante sistema de la razón pura (especulativa) espero publicar yo mismo con el título de: Metafísica de la Naturaleza. La cual, aun cuando no tenga ni siquiera la mitad de la extensión, habrá de poseer sin embargo un contenido incomparablemente más rico que esta crítica, que ha tenido que exponer primero las fuentes y condiciones de su posibilidad y ha necesitado limpiar y aplanar un suelo mal preparado. Aquí espero de mi lector la paciencia e imparcialidad de un juez; allí en cambio la condescendencia y ayuda de un colaborador; pues por muy completamente que se expongan en la crítica todos los principios para el sistema, pertenece empero al pormenor del sistema mismo el que no falte ninguno de los conceptos deducidos; estos no se pueden traer a priori a comprobación, sino que han de ser buscados poco a poco. Además como allí (en la crítica) se agota toda la síntesis de los conceptos, se exigirá aquí (en el sistema) además que ocurra lo mismo en lo que se refiere al análisis, todo lo cual es fácil y más bien entretenimiento que trabajo.
Quédame aún que decir algo
referente a la impresión. Como se retrasó un tanto el comienzo de ella, no pude
recibir para revisarlos, más que la mitad de los pliegos, en donde encuentro
algunas erratas, que no perturban el sentido, excepto la que se encuentra en la
página 379, línea 4 por abajo, en donde debe leerse específico en lugar
de escéptico. La Antinomia de la razón pura, de la página 425 a la 461
está distribuida a modo de tabla poniendo a la izquierda lo que pertenece a la
tesis, y a la derecha lo que pertenece a la antítesis; lo arreglé
así para que tesis y antítesis puedan compararse una con otra con mayor
facilidad.
Prólogo de la segunda edición, en el año de 1787
Si la elaboración de los conocimientos que pertenecen a la obra de la razón, lleva o no la marcha segura de una ciencia, es cosa que puede pronto juzgarse por el éxito. Cuando tras de numerosos preparativos y arreglos, la razón tropieza, en el momento mismo de llegar a su fin; o cuando para alcanzar éste, tiene que volver atrás una y otra vez y emprender un nuevo camino; así mismo, cuando no es posible poner de acuerdo a los diferentes colaboradores sobre la manera cómo se ha de perseguir el propósito común; entonces puede tenerse siempre la convicción de que un estudio semejante está muy lejos de haber emprendido la marcha segura de una ciencia y de que, por el contrario, es más bien un mero tanteo. Y es ya un mérito de la razón el descubrir, en lo posible, ese camino, aunque haya que renunciar, por vano, a mucho de lo que estaba contenido en el fin que se había tomado antes sin reflexión.
Que la lógica ha llevado ya esa marcha segura desde los tiempos más remotos, puede colegirse, por el hecho de que, desde Aristóteles, no ha tenido que dar un paso atrás, a no ser que se cuenten como correcciones la supresión de algunas sutilezas inútiles o la determinación más clara de lo expuesto, cosa empero que pertenece más a la elegancia que a la certeza de la ciencia. Notable es también en ella el que tampoco hasta ahora hoy ha podido dar un paso adelante. Así pues, según toda apariencia, hállase conclusa y perfecta. Pues si algunos modernos han pensado ampliarla introduciendo capítulos, ya psicológicos sobre las distintas facultades de conocimiento (la imaginación, el ingenio), ya metafísicos sobre el origen del conocimiento o la especie diversa de certeza según la diversidad de los objetos (el idealismo, escepticismo, etc...), ya antropológicos sobre los prejuicios (sus causas y sus remedios), ello proviene de que desconocen la naturaleza peculiar de esa ciencia. No es aumentar sino desconcertar las ciencias, el confundir los límites de unas y otras. El límite de la lógica empero queda determinado con entera exactitud, cuando se dice que es una ciencia que no expone al detalle y demuestra estrictamente más que las reglas formales de todo pensar (sea este a priori o empírico, tenga el origen o el objeto que quiera, encuentre en nuestro ánimo obstáculos contingentes o naturales).
Si
la lógica ha tenido tan buen éxito, debe esta ventaja sólo a su carácter
limitado, que la autoriza y hasta la obliga a hacer abstracción de todos los
objetos del conocimiento y su diferencia. En ella, por tanto, el entendimiento
no tiene que habérselas más que consigo mismo y su forma. Mucho más difícil
tenía que ser, naturalmente, para la razón, el emprender el camino seguro de la
ciencia, habiendo de
ocuparse no sólo de sí misma sino de objetos. Por eso la lógica, como
propedéutica, constituye solo por decirlo así el vestíbulo de las ciencias y
cuando se habla de conocimientos, se supone ciertamente una lógica para el
juicio de los mismos, pero su adquisición ha de buscarse en las propias y
objetivamente llamadas ciencias.
Ahora bien, por cuanto en estas ha de haber razón, es preciso que en ellas algo sea conocido a priori, y su conocimiento puede referirse al objeto de dos maneras: o bien para determinar simplemente el objeto y su concepto (que tiene que ser dado por otra parte) o también para hacerlo real. El primero es conocimiento teórico, el segundo conocimiento práctico de la razón. La parte pura de ambos, contenga mucho o contenga poco, es decir, la parte en donde la razón determina su objeto completamente a priori, tiene que ser primero expuesta sola, sin mezclarle lo que procede de otras fuentes; pues administra mal quien gasta ciegamente los ingresos, sin poder distinguir luego, en los apuros, qué parte de los ingresos puede soportar el gasto y qué otra parte hay que librar de él.
La matemática y la física son los dos conocimientos teóricos de la razón que deben determinar sus objetos a priori; la primera con entera pureza, la segunda con pureza al menos parcial, pero entonces según la medida de otras fuentes cognoscitivas que las de la razón.
La matemática ha marchado por el camino seguro de una ciencia, desde los tiempos más remotos que alcanza la historia de la razón humana, en el admirable pueblo griego. Mas no hay que pensar que le haya sido tan fácil como a la lógica, en donde la razón no tiene que habérselas más que consigo misma, encontrar o mejor dicho abrirse ese camino real; más bien creo que ha permanecido durante largo tiempo en meros anteos (sobre todo entre los egipcios) y que ese cambio es de atribuir a una revolución, que la feliz ocurrencia de un sólo hombre llevó a cabo, en un ensayo, a partir del cual, el carril que había de tornarse ya no podía fallar y la marcha segura de una ciencia quedaba para todo tiempo y en infinita lejanía, emprendida y señalada. La historia de esa revolución del pensamiento, mucho más importante que el descubrimiento del camino para doblar el célebre cabo, y la del afortunado que la llevó a bien, no nos ha sido conservada. Sin embargo, la leyenda que nos trasmite Diógenes Laercio, quien nombra al supuesto descubridor de los elementos mínimos de las demostraciones geométricas, elementos que, según el juicio común, no necesitan siquiera de prueba, demuestra que el recuerdo del cambio efectuado por el primer descubrimiento de este nuevo camino, debió parecer extraordinariamente importante a los matemáticos y por eso se hizo inolvidable. El primero que demostró el triángulo isósceles (háyase llamado Thales o como se quiera), percibió una luz nueva; pues encontró que no tenía que inquirir lo que veía en la figura o aún en el mero concepto de ella y por decirlo así aprender de ella sus propiedades, sino que tenía que producirla, por medio de lo que, según conceptos, él mismo había pensado y expuesto en ella a priori (por construcción), y que para saber seguramente algo a priori, no debía atribuir nada a la cosa, a no ser lo que se sigue necesariamente de aquello que él mismo, conformemente a su concepto, hubiese puesto en ella.
La física tardó mucho más tiempo en encontrar el camino de la ciencia; pues no hace más que siglo y medio que la propuesta del judicioso Bacon de Verulam ocasionó en parte -o quizá más bien dio vida, pues ya se andaba tras él- el descubrimiento, que puede igualmente explicarse por una rápida revolución antecedente en el pensamiento. Voy a ocuparme aquí de la física sólo en cuanto se funda sobre principios empíricos.
Cuando Galileo hizo rodar por el plano inclinado las bolas cuyo peso había él mismo determinado; cuando Torricelli hizo soportar al aire un peso que de antemano había pensado igual al de una determinada columna de agua; cuando más tarde Stahl transformó metales en cal y ésta a su vez en metal, sustrayéndoles y devolviéndoles algo, entonces percibieron todos los físicos una luz nueva. Comprendieron que la razón no conoce más que lo que ella misma produce según su bosquejo; que debe adelantarse con principios de sus juicios, según leyes constantes, y obligar a la naturaleza a contestar a sus preguntas, no empero dejarse conducir como con andadores; pues de otro modo, las observaciones contingentes, los hechos sin ningún plan bosquejado de antemano, no pueden venir a conexión en una ley necesaria, que es sin embargo lo que la razón busca y necesita. La razón debe acudir a la naturaleza llevando en una mano sus principios, según los cuales tan sólo los fenómenos concordantes pueden tener el valor de leyes, y en la otra el experimento, pensado según aquellos principios; así conseguirá ser instruida por la naturaleza, mas no en calidad de discípulo que escucha todo lo que el maestro quiere, sino en la de juez autorizado, que obliga a los testigos a contestar a las preguntas que les hace. Y así la misma física debe tan provechosa evolución de su pensamiento, a la ocurrencia de buscar (no imaginar) en la naturaleza, conformemente a lo que la razón misma ha puesto en ella, lo que ha de aprender de ella de lo cual por si misma no sabría nada.
Solo así ha logrado la física entrar en el camino seguro de una ciencia, cuando durante tantos siglos no había sido más que un mero tanteo.
La metafísica, conocimiento especulativo de la razón, enteramente aislado, que se alza por encima de las enseñanzas de la experiencia, mediante meros conceptos (no como la matemática mediante aplicación de los mismos a la intuición), y en donde por tanto la razón debe ser su propio discípulo, no ha tenido hasta ahora la fortuna de emprender la marcha segura de una ciencia; a pesar de ser más vieja que todas las demás y a pesar de que subsistiría aunque todas las demás tuvieran que desaparecer enteramente, sumidas en el abismo de una barbarie destructora. Pues en ella tropieza la razón continuamente, incluso cuando quiere conocer a priori (según pretende) aquellas leyes que la experiencia más ordinaria confirma. En ella hay que deshacer mil veces el camino, porque se encuentra que no conduce a donde se quiere; y en lo que se refiere a la unanimidad de sus partidarios, tan lejos está aún de ella, que más bien es un terreno que parece propiamente destinado a que ellos ejerciten sus fuerzas en un torneo, en donde ningún campeón ha podido nunca hacer la más mínima conquista y fundar sobre su victoria una duradera posesión. No hay pues duda alguna de que su método, hasta aquí, ha sido un mero tanteo y, lo que es peor, un tanteo entre meros conceptos.
Ahora bien ¿a qué obedece que no se haya podido aún encontrar aquí un camino seguro de la ciencia? ¿Es acaso imposible? Mas ¿por qué la naturaleza ha introducido en nuestra razón la incansable tendencia a buscarlo como uno de sus más importantes asuntos? Y aún más ¡cuán poco motivo tenemos para confiar en nuestra razón, si, en una de las partes más importantes de nuestro anhelo de saber, no sólo nos abandona, sino que nos entretiene con ilusiones, para acabar engañándonos! O bien, si solo es que hasta ahora se ha fallado la buena vía, ¿qué señales nos permiten esperar que en una nueva investigación seremos más felices que lo han sido otros antes?
Yo debiera creer que
los ejemplos de la matemática y de la física, ciencias que, por una revolución
llevada a cabo de una vez, han llegado a ser lo que ahora son, serían bastante
notables para hacernos reflexionar sobre la parte esencial de la transformación
del pensamiento que ha sido para ellas tan provechosa y se imitase aquí esos
ejemplos, al menos como ensayo, en cuanto lo permite su analogía, como
conocimientos de razón, con la Metafísica. Hasta ahora se admitía que todo
nuestro conocimiento tenía que regirse por los objetos; pero todos los ensayos,
para decidir a priori algo sobre estos, mediante conceptos, por donde sería
extendido nuestro conocimiento, aniquilábanse en esa suposición. Ensáyese pues
una vez si no adelantaremos más en los problemas de la metafísica, admitiendo
que los objetos tienen que regirse por nuestro conocimiento, lo cual concuerda
ya mejor con la deseada posibilidad de un conocimiento a priori de dichos
objetos, que establezca algo sobre ellos antes de que nos sean dados. Ocurre
con esto como con el primer pensamiento de Copérnico quien, no consiguiendo
explicar bien los movimientos celestes si admitía que la masa toda de las
estrellas daba vueltas alrededor del espectador, ensayó si no tendría mayor
éxito haciendo al espectador dar vueltas y dejando en cambio las estrellas
inmóviles. En la metafísica se puede hacer un ensayo semejante, por lo que se
refiere a la intuición de los objetos. Si la intuición tuviera que regirse por
la constitución de los objetos, no comprendo como se pueda a priori saber algo
de ella. ¿Rígese empero el objeto (como objeto de los sentidos) por la
constitución de nuestra facultad de intuición?, entonces puedo muy bien
representarme esa posibilidad. Pero como no puedo permanecer atenido a esas
intuiciones, si han de llegar a ser conocimientos, sino que tengo que
referirlas, como representaciones, a algo como objeto, y determinar este
mediante aquéllas, puedo por tanto: o bien admitir que los conceptos, mediante
los cuales llevo a cabo esa determinación, se rigen también por
el objeto y entonces caigo de nuevo en la misma perplejidad sobre el modo como
pueda saber a priori algo de él; o bien admitir que los objetos o, lo que es lo
mismo, la experiencia, en donde tan sólo son ellos (como objetos dados)
conocidos, se rige por esos conceptos y entonces veo en seguida una explicación
fácil; porque la experiencia misma es un modo de conocimiento que exige
entendimiento, cuya regla debo suponer en mí, aún antes de que me sean dados
objetos, por lo tanto a priori, regla que se expresa en conceptos a priori, por
los que tienen pues que regirse necesariamente todos los objetos de la
experiencia y con los que tienen que concordar. En lo que concierne a los
objetos, en cuanto son pensados sólo por la razón y necesariamente, pero sin
poder (al menos tales como la razón los piensa) ser dados en la experiencia,
proporcionarán, según esto, los ensayos de pensarlos (pues desde luego han de
poderse pensar) una magnífica comprobación de lo que admitimos como método
transformado del pensamiento, a saber: que no conocemos a priori de las cosas
más que lo que nosotros mismos ponemos en ellas.
Este ensayo tiene un éxito conforme al deseo y promete a la metafísica, en su primera parte (es decir en la que se ocupa de conceptos a priori, cuyos objetos correspondientes pueden ser dados en la experiencia en conformidad con ellos), la marcha segura de una ciencia. Pues según este cambio del modo de pensar, puede explicarse muy bien la posibilidad de un conocimiento a priori y, más aún, proveer de pruebas satisfactorias las leyes que están a priori a la base de la naturaleza, como conjunto de los objetos de la experiencia; ambas cosas eran imposibles según el modo de proceder hasta ahora seguido. Pero de esta deducción de nuestra facultad de conocer a priori, en la primera parte de la metafísica, despréndese un resultado extraño y al parecer muy desventajoso para el fin total de la misma, que ocupa la segunda parte, y es a saber: que con esa facultad no podemos salir jamás de los límites de una experiencia posible, cosa empero que es precisamente el afán más importante de esa ciencia. Pero en esto justamente consiste el experimento para comprobar la verdad del resultado de aquella primera apreciación de nuestro conocimiento a priori de razón, a saber: que éste se aplica sólo a los fenómenos y, en cambio considera la cosa en sí misma, si bien real por sí, como desconocida para nosotros. Pues lo que nos impulsa a ir necesariamente más allá de los límites de la experiencia y de todos los fenómenos, es lo incondicionado, que necesariamente y con pleno derecho pide la razón, en las cosas en sí mismas, para todo condicionado, exigiendo así la serie completa de las condiciones. Ahora bien, ¿encuéntrase que, si admitimos que nuestro conocimiento de experiencia se rige por los objetos como cosas en sí mismas, lo incondicionado no pude ser pensado sin contradicción; y que en cambio, desaparece la contradicción, si admitimos que nuestra representación de las cosas, como ellas nos son dadas, no se rige por ellas como cosas en sí mismas, sino que más bien estos efectos, como fenómenos, se rigen por nuestro modo de representación? ¿Encuéntrase por consiguiente que lo condicionado ha de hallarse no en las cosas en cuanto las conocemos (nos son dadas), pero sí en ellas en cuanto no las conocemos, o sea como cosas en sí mismas? Pues entonces se muestra que lo que al comienzo admitíamos solo por vía de ensayo, está fundado. Ahora bien, después de haber negado a la razón especulativa todo progreso en ese campo de lo suprasensible, quédanos por ensayar si ella no encuentra, en su conocimiento práctico, datos para determinar aquel concepto trascendente de razón, aquel concepto de lo incondicionado y, de esa manera, conformándose al deseo de la metafísica, llegar más allá de los límites de toda experiencia posible con nuestro conocimiento a priori, aunque sólo en un sentido práctico. Con su proceder, la razón especulativa nos ha proporcionado por lo menos sitio para semejante ampliación, aunque haya tenido que dejarlo vacío, autorizándonos por tanto, más aún, exigiéndonos ella misma que lo llenemos, si podemos, con sus datos prácticos.
En
ese ensayo de variar el proceder que ha seguido hasta ahora la metafísica,
emprendiendo con ella una completa revolución, según los ejemplos de los
geómetras y físicos, consiste el asunto de esta crítica de la razón pura
especulativa. Es un tratado del método, no un sistema de la ciencia misma; pero
sin embargo, bosqueja el contorno todo de la ciencia, tanto en lo que se refiere
a sus límites, como también a su completa articulación interior. Pues la razón
pura especulativa tiene en sí esto de peculiar, que puede y debe medir su propia
facultad, según la diferencia del modo como elige objetos
para el pensar; que puede y debe enumerar completamente los diversos modos de
proponerse problemas y así trazar el croquis entero de un sistema de metafísica.
Porque, en lo que a lo primero atañe, nada puede ser atribuido a los objetos en
el conocimiento a priori, sino lo que el sujeto pensante toma de sí mismo; y, en
lo que toca a lo segundo, es la razón pura especulativa, con respecto a los
principios del conocimiento, una unidad totalmente separada, subsistente por sí,
en la cual cada uno de los miembros está, como en un cuerpo organizado, para
todos los demás, y todos para uno, y ningún principio puede ser tomado con
seguridad, en una relación, sin haberlo al mismo tiempo investigado en la
relación general con todo el uso puro de la razón. Por eso tiene la metafísica
una rara fortuna, de la que no participa ninguna otra ciencia de razón que trate
de objetos (pues la lógica ocúpase sólo de la forma del pensamiento en general);
y es que si por medio de esta crítica queda encarrilada en la marcha segura de
una ciencia, puede comprender enteramente el campo de los conocimientos a ella
pertenecientes y terminar por tanto su obra, dejándola para el uso de la
posteridad, como una construcción completa; porque no trata más que de
principios de las limitaciones de su uso, que son determinadas por aquellos
mismos. A esa integridad está pues obligada como ciencia fundamental, de ella
debe poder decirse: nil actum reputans, si quid superesset agendum.
Pero se preguntará: ¿cuál es ese tesoro que pensamos dejar a la posteridad con
semejante metafísica, depurada por la crítica, y por ella también reducida a un
estado inmutable? En una pasajera inspección de esta obra, se creerá percibir
que su utilidad no es más que negativa, la de no atrevernos nunca, con la razón
especulativa, a salir de los límites de la experiencia; y en realidad tal es su
primera utilidad. Ésta empero se torna pronto en positiva, por cuanto se
advierte que esos principios, con que la razón especulativa se atreve a salir de
sus límites, tienen por indeclinable consecuencia, en realidad, no una
ampliación, sino, considerándolos más de cerca, una reducción de
nuestro uso de la razón; ya que ellos realmente amenazan ampliar
descomedidamente los límites de la sensibilidad, a que pertenecen propiamente, y
suprimir así del todo el uso puro (práctico) de la razón. Por eso una crítica
que limita la sensibilidad, si bien en este sentido es negativa, sin embargo, en
realidad, como elimina de ese modo al mismo tiempo un obstáculo que limita y
hasta amenaza aniquilar el uso puro práctico, resulta de una utilidad positiva,
y muy importante, tan pronto como se adquiere la convicción de que hay un uso
práctico absolutamente necesario de la razón pura (el moral), en el cual ésta se
amplía inevitablemente más allá de los límites de la sensibilidad; para ello no
necesita, es cierto, ayuda alguna de la especulativa, pero sin embargo, tiene
que estar asegurada contra su reacción, para no caer en contradicción consigo
misma. Disputar a este servicio de la crítica su utilidad positiva, sería tanto
como decir que la policía no tiene utilidad positiva alguna, pues que su
ocupación principal no es más que poner un freno a las violencias que los
ciudadanos pueden temer unos de otros, para que cada uno vaque a sus asuntos en
paz y seguridad. Que espacio y tiempo son solo formas de la intuición sensible,
y por tanto sólo condiciones de la existencia de las cosas como fenómenos; que
nosotros además no tenemos conceptos del entendimiento y por tanto tampoco
elementos para el conocimiento de las cosas, sino en cuanto a esos conceptos
puede serles dada una intuición correspondiente; que consiguientemente nosotros
no podemos tener conocimiento de un objeto como cosa en sí misma, sino sólo en
cuanto la cosa es objeto de la intuición sensible, es decir como fenómeno; todo
esto queda demostrado en la parte analítica de la Crítica. De donde se sigue
desde luego la limitación de todo posible conocimiento especulativo de la razón
a los meros objetos de la experiencia. Sin embargo, y esto debe notarse bien,
queda siempre la reserva de que esos mismos objetos, como cosas en sí, aunque no
podemos conocerlos, podemos al menos pensarlos. Pues si no, seguiríase la
proposición absurda de que habría fenómeno sin algo que aparece. Ahora bien
vamos a admitir que no se hubiere hecho la distinción, que nuestra Crítica ha
considerado necesaria, entre las cosas como objetos de la experiencia y esas
mismas cosas como cosas en sí. Entonces el principio de la casualidad y por
tanto el mecanismo de la naturaleza en la determinación de la misma, tendría que
valer para todas las cosas en general como causas eficientes.
Por lo tanto, de uno y el mismo ser, v. g. del alma humana, no podría
yo decir que su voluntad es libre y que al mismo tiempo, sin embargo, está
sometida a la necesidad natural, es decir, que no es libre, sin caer en una
contradicción manifiesta; porque habría tomado el alma, en ambas proposiciones,
en una y la misma significación, a saber, como cosa en general (como cosa en sí
misma). Y, sin previa crítica, no podría tampoco hacer de otro modo. Pero si la
Crítica no ha errado, enseñando a tomar el objeto en dos significaciones, a
saber como fenómeno y como cosa en sí misma; si la deducción de
sus conceptos del entendimiento es exacta y por tanto el principio de la
casualidad se refiere sólo a las cosas tomadas en el primer sentido, es decir a
objetos de la experiencia, sin que estas cosas en su segunda significación le
estén sometidas; entonces una y la misma voluntad es pensada, en el fenómeno
(las acciones visibles), como necesariamente conforme a la ley de la naturaleza
y en este sentido como no libre, y sin embargo, por otra parte, en cuanto
pertenece a una cosa en sí misma, como no sometida a esa ley y por tanto como
libre, sin que aquí se cometa contradicción. Ahora bien, aunque mi alma,
considerada en este último aspecto, no la puedo conocer por razón
especulativa (y menos aún por la observación empírica), ni por tanto puedo
tampoco conocer la libertad, como propiedad de un ser a quien atribuyo efectos
en el mundo sensible, porque tendría que conocer ese ser como determinado según
su existencia, y, sin embargo, no en el tiempo (cosa imposible, pues no puedo
poner intuición alguna bajo mi concepto), sin embargo, puedo pensar la libertad,
es decir que la representación de ésta no encierra contradicción alguna, si son
ciertas nuestra distinción crítica de ambos modos de representación (el sensible
y el intelectual) y la limitación consiguiente de los conceptos puros del
entendimiento y por tanto de los principios que de ellos dimanan. Ahora bien,
supongamos que la moral presupone necesariamente la libertad (en el sentido más
estricto) como propiedad de nuestra voluntad, porque alega a priori principios
que residen originariamente en nuestra razón, como datos de ésta, y que serían
absolutamente imposibles sin la suposición de la libertad; supongamos que la
razón especulativa haya demostrado, sin embargo, que la libertad no se puede
pensar en modo alguno, entonces necesariamente aquella presuposición, es decir
la moral, debería ceder ante ésta, cuyo contrario encierra una contradicción
manifiesta, y por consiguiente la libertad y con ella la moralidad (pues su
contrario no encierra contradicción alguna, a no ser que se haya ya presupuesto
la libertad) deberían dejar el sitio al mecanismo natural. Mas para la moral no
necesito más sino que la libertad no se contradiga a sí misma y que, por tanto,
al menos sea pensable, sin necesidad de penetrarla más, y que no ponga pues
obstáculo alguno al mecanismo natural de una y la misma acción (tomada en otra
relación); resulta pues, que la teoría de la moralidad mantiene su puesto y la
teoría de la naturaleza el suyo, cosa que no hubiera podido ocurrir si la
crítica no nos hubiera previamente enseñado nuestra inevitable ignorancia
respecto de las cosas en sí mismas y no hubiera limitado a meros fenómenos lo
que podemos conocer teóricamente.
Esta
misma explicación de la utilidad positiva de los principios críticos de la razón
pura, puede hacerse con respecto al concepto de Dios y de la naturaleza simple
de nuestra alma. La omito sin embargo, en consideración a la brevedad. Así pues,
no puedo siquiera admitir Dios, la libertad y la inmortalidad para el uso
práctico necesario de mi razón, como no cercene al mismo tiempo a la razón
especulativa su pretensión de conocimientos transcendentes. Porque ésta, para
llegar a tales conocimientos, tiene que servirse de principios que no alcanzan
en realidad más que a objetos de la experiencia posible, y por tanto, cuando son
aplicados, sin embargo, a lo que no puede ser objeto de
la experiencia, lo transforman realmente siempre en fenómeno y declaran así
imposible toda ampliación práctica de la razón pura. Tuve pues que anular el
saber, para reservar un sitio a la fe; y el dogmatismo de la metafísica, es
decir el prejuicio de que puede avanzarse en metafísica, sin crítica de la razón
pura, es la verdadera fuente de todo descreimiento opuesto a la moralidad, que
siempre es muy dogmático. Así pues, no siendo difícil, con una metafísica
sistemática, compuesta según la pauta señalada por la crítica de la razón pura,
dejar un legado a la posteridad, no es éste un presente poco estimable.
Basta comparar lo que es la cultura de la razón mediante la marcha segura de una
ciencia, con el tanteo sin fundamento y el vagabundeo superficial de la misma
sin crítica; o advertir también cuanto mejor empleará aquí su tiempo una
juventud deseosa de saber, que en el dogmatismo corriente, que inspira tan
tempranos y poderosos alientos, ya para sutilizar cómodamente sobre cosas de
que no entiende nada y en las que no puede, como no puede nadie en el mundo,
conocer nada, ya para acabar inventando nuevos pensamientos y opiniones, sin
cuidarse de aprender las ciencias exactas. Pero sobre todo se
reconocerá el valor de la crítica, si se tiene en cuenta la inapreciable ventaja
de poner un término, para todo el porvenir, a los ataques contra la moralidad y
la religión, de un modo socrático, es decir por medio de la prueba clara de la
ignorancia de los adversarios. Pues alguna metafísica ha habido siempre en el
mundo y habrá de haber en adelante; pero con ella también surgirá una dialéctica
de la razón pura, pues es natural a ésta. Es pues el primer y más importante
asunto de la filosofía, quitarle todo influjo desventajoso, de una vez para
siempre, cegando la fuente
de los errores.
Tras esta variación importante en el campo de las ciencias y la pérdida que de
sus posesiones, hasta aquí imaginadas, tiene que soportar la razón especulativa,
todo lo que toca al interés universal humano y a la utilidad que el mundo ha
sacado hasta hoy de las enseñanzas de la razón pura, sigue en el mismo
provechoso estado en que estuvo siempre. La pérdida alcanza sólo al monopolio de
las escuelas, pero de ningún modo al interés de los hombres. Yo pregunto al
dogmático más inflexible si la prueba de la duración de nuestra alma después de
la muerte, por la simplicidad de la substancia; si
la de la libertad de la voluntad contra el mecanismo universal, por las
sutiles, bien que impotentes distinciones entre necesidad práctica subjetiva y
objetiva; si la de la existencia de Dios por el concepto de un ente realísimo
(de la contingencia de lo variable y de la necesidad de un primer motor) han
llegado jamás al público, después de salir de las escuelas y han tenido la menor
influencia en la convicción de las gentes. Y si esto no ha ocurrido, ni puede
tampoco esperarse nunca, por lo inadecuado que es el entendimiento ordinario del
hombre para tan sutil especulación; sí, en cambio, en lo que se refiere al alma,
la disposición que todo hombre nota en su naturaleza, de no poder nunca
satisfacerse con lo temporal (como insuficiente para las disposiciones de todo
su destino) ha tenido por sí sola que dar nacimiento a la esperanza de una vida
futura; si en lo que se refiere a la libertad, la mera presentación clara de los
deberes, en oposición a las pretensiones todas de las inclinaciones, ha tenido
por sí sola que producir la conciencia de la libertad; si, finalmente en lo que
a Dios se refiere, la magnífica ordenación, la belleza y providencia que brillan
por toda la naturaleza ha tenido,
por sí sola, que producir la fe en un sabio y grande creador del mundo,
convicción que se extiende en el público en cuanto descansa en fundamentos
racionales; entonces estas posesiones no sólo siguen sin ser estorbadas, sino
que ganan más bien autoridad, porque las escuelas aprenden, desde ahora, a no
preciarse de tener, en un punto que toca al interés universal humano, un
conocimiento más elevado y amplio que el que la gran masa (para nosotros
dignísima de respeto) puede alcanzar tan fácilmente, y a limitarse por tanto a
cultivar tan sólo esas pruebas universalmente comprensibles y
suficientes en el sentido moral. La variación se refiere pues solamente a las
arrogantes pretensiones de las escuelas, que desean en esto (como hacen con
razón en otras muchas cosas) se las tenga por únicas conocedoras y guardadoras
de semejantes verdades, de las cuales sólo comunican al público el uso, y
guardan para sí la clave (quodmecum nescit, solus vult scire videri). Sin
embargo se ha tenido en cuenta aquí una equitativa pretensión del filósofo
especulativo. Éste sigue siempre siendo el exclusivo depositario de una ciencia,
útil al público que la ignora, a saber, la crítica de la razón, que no
puede nunca hacerse popular. Pero tampoco necesita serlo; porque, así como el
pueblo no puede dar entrada en su cabeza como verdades útiles, a los bien
tejidos argumentos, de igual modo nunca llegan a su sentido las objeciones
contra ellos, no menos sutiles. En cambio, como la escuela y asimismo todo
hombre que se eleve a la especulación, cae inevitablemente en argumentos y
réplicas, está aquella crítica obligada a prevenir de una vez para siempre, por
medio de una investigación fundamentada de los derechos de la razón
especulativa, el escándalo que tarde o temprano ha de sentir el pueblo, por las
discusiones en que los metafísicos (y, como tales, también al fin los
sacerdotes) sin crítica se complican irremediablemente y que falsean después sus
mismas doctrinas.
Sólo por medio de esta crítica pueden cortarse de raíz el
materialismo, el fatalismo, el ateísmo, el descreimiento de los librepensadores,
el misticismo y la superstición, que pueden ser universalmente dañinos,
finalmente también el idealismo y el escepticismo, que son peligros más para las
escuelas y que no pueden fácilmente llegar al público. Si los gobiernos
encuentran oportuno el ocuparse de los negocios de los sabios, lo más conforme a
su solícita presidencia sería, para las ciencias como para los hombres,
favorecer la libertad de una crítica semejante, única que puede dar a las
construcciones de la razón un suelo firme, que sostener el ridículo despotismo
de las escuelas, que levantan una gran gritería sobre los peligros públicos,
cuando se rasga su tejido, que el público sin embargo, jamás ha conocido y cuya
pérdida por lo tanto no puede nunca sentir.
La
crítica no se opone al proceder dogmático de la razón en su conocimiento puro
como ciencia (pues ésta ha de ser siempre dogmática, es decir, estrictamente
demostrativa por principios a priori, seguros), sino al dogmatismo, es decir, a
la pretensión de salir adelante sólo con un conocimiento puro por conceptos (el
filosófico), según principios tales como la razón tiene en uso desde hace
tiempo, sin informarse del modo y del derecho con que llega a ellos. Dogmatismo
es, pues, el proceder dogmático de la razón pura, sin previa crítica de su
propia facultad. Esta oposición, por lo tanto, no ha de favorecer la
superficialidad charlatana que se otorga el pretencioso nombre de ciencia
popular, ni al escepticismo, que despacha la metafísica toda en breves
instantes. La crítica es más bien el arreglo previo necesario para el momento
de una bien fundada metafísica, como ciencia, que ha de ser desarrollada por
fuerza dogmáticamente, y según la exigencia estricta, sistemáticamente, y, por
lo tanto, conforme a escuela (no popularmente). Exigir esto a la crítica es
imprescindible, ya que se obliga a llevar su asunto completamente a priori, por
tanto a entera satisfacción de la razón especulativa. En el desarrollo de ese
plan, que la crítica prescribe, es decir, en el futuro sistema de la
metafísica, debemos, pues, seguir el severo método del famoso Wolf, el más
grande de todos los filósofos dogmáticos, que dio el primero el ejemplo (y así
creó el espíritu de solidez científica, aún vivo en Alemania) de cómo,
estableciendo regularmente los principios, determinando claramente los
conceptos, administrando severamente las demostraciones y evitando audaces
saltos en las consecuencias, puede emprenderse la marcha segura de una ciencia.
Y por eso mismo fuera él superiormente hábil para poner en esa situación una
ciencia como la metafísica, si se le hubiera ocurrido prepararse el campo
previamente por medio de una crítica del órgano, es decir, de la razón
pura misma: defecto que no hay que atribuir tanto a él como al modo de pensar
dogmático de su tiempo y sobre el cual los filósofos de este, como de los
anteriores tiempos, nada tienen que echarse en cara. Los que rechacen su modo de
enseñar y al mismo tiempo también el proceder de la crítica de la razón pura, no
pueden proponerse otra cosa que rechazar las trabas de la Ciencia, transformar
el trabajo en juego, la certeza en opinión y la filosofía en filodoxia.
Por lo que se refiere a esta segunda edición, no he querido, como es justo, dejar pasar la ocasión, sin corregir en lo posible las dificultades u obscuridades de donde puede haber surgido más de una mala interpretación que hombres penetrantes, quizá no sin culpa mía, han encontrado al juzgar este libro. En las proposiciones mismas y sus pruebas, así como en la forma e integridad del plan, nada he encontrado que cambiar; cosa que atribuyo en parte al largo examen a que los he sometido antes de presentar este libro al público, y en parte también a la constitución de la cosa misma, es decir a la naturaleza de una razón pura especulativa, que tiene una verdadera estructura, donde todo es órgano, es decir donde todos están para uno y cada uno para todos y donde, por tanto, toda debilidad por pequeña que sea, falta (error) o defecto, tiene que advertirse imprescindiblemente en el uso. Con esta inmutabilidad se afirmará también según espero, este sistema en adelante. Esta confianza la justifica no la presunción, sino la evidencia que produce el experimento, por la igualdad del resultado cuando partimos de los elementos mínimos hasta llegar al todo de la razón pura y cuando retrocedemos del todo (pues éste también es dado por sí mediante el propósito final en lo práctico) a cada parte, ya que el ensayo de variar aún sólo la parte más pequeña, introduce enseguida contradicciones no sólo en el sistema, sino en la razón universal humana.
Pero en la exposición hay aún mucho que hacer y he intentado en esta edición correcciones que han de poner remedio a la mala inteligencia de la estética (sobre todo en el concepto del tiempo) a la obscuridad de la deducción de los conceptos del entendimiento, al supuesto defecto de suficiente evidencia en las pruebas de los principios del entendimiento puro, y finalmente a la mala interpretación de los paralogismos que preceden a la psicología racional. Hasta aquí (es decir hasta el final del capítulo primero de la dialéctica trascendental) y no más, extiéndense los cambios introducidos en el modo de exposición, porque el tiempo me venía corto y, en lo que quedaba por revisar, no han incurrido en ninguna mala inteligencia quienes han examinado la obra con conocimiento del asunto y con imparcialidad. Éstos, aun que no puedo nombrarlos aquí con las alabanzas a que son acreedores, notarán por sí mismos en los respectivos lugares, la consideración con que he escuchado sus observaciones. Esa corrección ha sido causa empero de una pequeña pérdida para el lector, y no había medio de evitarla, sin hacer el libro demasiado voluminoso. Consiste en que varias cosas que, si bien no pertenecen esencialmente a la integridad del todo, pudiera, sin embargo, más de un lector echarlas de menos con disgusto, porque pueden ser útiles en otro sentido, han tenido que ser suprimidas o compendiadas, para dar lugar a esta exposición, más comprensible ahora, según yo espero. En el fondo, con respecto a las proposiciones e incluso a sus pruebas, esta exposición no varía absolutamente nada. Pero en el método de presentarlas, apártase de vez en cuando de la anterior de tal modo, que no se podía llevar a cabo por medio de nuevas adiciones. Esta pequeña pérdida que puede además subsanarse, cuando se quiera, con solo cotejar esta edición con la primera queda compensada con creces, según yo espero, por la mayor comprensibilidad de ésta.
He
notado, con alegría, en varios escritos públicos (ora con ocasión de dar cuenta
de algunos libros, ora en tratados particulares), que el espíritu de exactitud
no ha muerto en Alemania. La gritería de la nueva moda, que practica una genial
libertad en el pensar, lo ha pagado tan sólo por poco tiempo, y los espinosos
senderos de la crítica, que conducen a una ciencia de la razón pura, ciencia de
escuela, pero sólo así duradera y por ende altamente necesaria, no han impedido
a valerosos clarividentes ingenios, adueñarse de ella. A estos hombres de
mérito, que unen felizmente a la profundidad del conocimiento el talento de una
exposición luminosa (talento de que yo precisamente
carezco), abandono la tarea de acabar mi trabajo, que en ese respecto puede
todavía dejar aquí o allá algo que desear; pues el peligro, en este caso, no es
el de ser refutado, sino el de no ser comprendido. Por mi parte no puedo de aquí
en adelante entrar en discusiones, aunque atenderé con sumo cuidado a todas las
indicaciones de amigos y de enemigos, para utilizarlas en el futuro desarrollo
del sistema, conforme a esta propedéutica. Cógenme estos trabajos en edad
bastante avanzada (en este mes cumplo sesenta y cuatro años); y si quiero
realizar mi propósito, que es publicar la metafísica
de la naturaleza y la de la moralidad, como confirmación de la exactitud de la
crítica de la razón especulativa y la de la práctica, he de emplear mi tiempo
con economía, y confiarme, tanto para la aclaración de las obscuridades,
inevitables al principio en esta obra, como para la defensa del todo, a los
distinguidos ingenios, que se han compenetrado con mi labor. Todo discurso
filosófico puede ser herido en algún sitio aislado (pues no puede presentarse
tan acorazado como el discurso matemático); pero la estructura del sistema,
considerada en unidad, no corre con ello el menor peligro, y abarcarla con la
mirada, cuando el sistema es nuevo, es cosa para la cual hay pocos que tengan la
aptitud del espíritu y, menos aún, que posean el gusto de usarla, porque toda
innovación les incomoda. También, cuando se arrancan trozos aislados y se
separan del conjunto, para compararlos después unos con otros, pueden
descubrirse en todo escrito, y más aún si se desarrolla en libre discurso,
contradicciones aparentes, que a los ojos de quien se confía al juicio de otros,
lanzan una luz muy desfavorable sobre el libro. Pero quien se haya adueñado de
la idea del todo, podrá resolverlas muy fácilmente. Cuando una teoría tiene
consistencia, las acciones y reacciones que al principio la amenazaban con
grandes peligros, sirven, con el tiempo, solo para aplanar sus asperezas y si
hombres de imparcialidad, conocimiento y verdadera popularidad se ocupan de
ella, proporciónanle también en poco tiempo la necesaria elegancia.
Königsberg, Abril de 1787.
Introducción
- I -
De la distinción del conocimiento puro y el empírico
No hay duda alguna de que todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia. Pues ¿por dónde iba a despertarse la facultad de conocer, para su ejercicio, como no fuera por medio de objetos que hieren nuestros sentidos y ora provocan por sí mismos representaciones, ora ponen en movimiento nuestra capacidad intelectual para compararlos, enlazarlos, o separarlos y elaborar así, con la materia bruta de las impresiones sensibles, un conocimiento de los objetos llamado experiencia? Según el tiempo, pues, ningún conocimiento precede en nosotros a la experiencia y todo conocimiento comienza con ella.
Mas si bien todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia, no por eso origínase todo él en la experiencia. Pues bien podría ser que nuestro conocimiento de experiencia fuera compuesto de lo que recibimos por medio de impresiones y de lo que nuestra propia facultad de conocer (con ocasión tan sólo de las impresiones sensibles) proporciona por sí misma, sin que distingamos este añadido de aquella materia fundamental hasta que un largo ejercicio nos ha hecho atentos a ello y hábiles en separar ambas cosas.
Es pues por lo menos una cuestión que necesita de una detenida investigación y que no ha de resolverse enseguida a primera vista, la de si hay un conocimiento semejante, independiente de la experiencia y aún de toda impresión de los sentidos. Esos conocimientos llámanse a priori y distínguense de los empíricos, que tienen sus fuentes a posteriori, a saber, en la experiencia.
Aquella expresión, empero, no es bastante determinada para señalar adecuadamente el sentido todo de la cuestión propuesta. Pues hay algunos conocimientos derivados de fuentes de experiencia, de los que suele decirse que nosotros somos a priori partícipes o capaces, de ellos, porque no los derivamos inmediatamente de la experiencia, sino de una regla universal, la cual, sin embargo, hemos sacado de la experiencia. Así, de uno que socavare el fundamento de su casa, diríase que pudo saber a priori que la casa se vendría abajo, es decir, que no necesitaba esperar la experiencia de su caída real. Mas totalmente a priori no podía saberlo. Pues tenía que saber de antemano por experiencia que los cuerpos son pesados y por tanto que cuando se les quita el sostén, caen.
En lo que sigue,
pues, entenderemos por conocimientos a priori no los que tienen lugar
independientemente de esta o aquella experiencia, sino absolutamente de toda
experiencia. A estos opónense los conocimientos empíricos o sea los que no son
posibles más que a posteriori, es decir por experiencia. De entre los
conocimientos a priori llámanse puros aquellos en los cuales no se mezcla nada
empírico. Así por ejemplo, la proposición: todo cambio tiene su causa, es una
proposición a priori, mas no es pura, porque el cambio es un concepto que no
puede ser sacado más que de la experiencia.
- II -
Estamos en posesión de ciertos conocimientos a priori y aun el entendimiento común no está nunca sin conocimientos de esa clase.
Trátase aquí de buscar una característica por la que podamos distinguir un
conocimiento puro de uno empírico. Cierto es que la experiencia nos enseña que
algo está constituido de este u otro modo, pero no que ello no pueda ser de
otra manera. Así pues, primero: si se encuentra una proposición que sea pensada
al mismo tiempo con su necesidad, es entonces un juicio a priori; si además no
está derivada de ninguna otra que no sea a su vez valedera como proposición
necesaria, es entonces absolutamente a priori. Segundo: la experiencia no da
jamás a sus juicios universalidad verdadera o
estricta, sino sólo admitida y comparativa (por inducción), de tal modo que se
debe propiamente decir: en lo que hasta ahora hemos percibido no se encuentra
excepción alguna a esta o aquella regla.
Así
pues si un juicio es pensado con estricta universalidad, de suerte que no se
permita como posible ninguna excepción, entonces no es derivado de la
experiencia, sino absolutamente a priori. La universalidad empírica es pues solo
un arbitrario aumento de la validez: que, de valer para la mayoría de los casos,
pasa a valer para todos ellos, por ejemplo en la proposición: todos los cuerpos
pesados. Pero en cambio cuando un juicio tiene universalidad estricta, ésta
señala una fuente particular de conocimiento para aquel juicio, una facultad del
conocimiento a priori. Necesidad y
universalidad estrictas son pues, señales seguras de un conocimiento a priori y
están
inseparablemente unidas. Mas como, en el uso, es a veces más fácil mostrar la
contingencia que la limitación empírica de los juicios, o a veces también es más
claro mostrar la universalidad ilimitada, atribuida por nosotros a un juicio,
que su necesidad, es de aconsejar el uso separado de ambos criterios, cada uno
de los cuales por sí es infalible.
Es fácil mostrar
ahora que hay realmente en el conocimiento humano juicios necesarios y
universales, en el más estricto sentido, juicios por tanto puros a priori. Si se
quiere un ejemplo sacado de las ciencias, no hay más que fijarse en todas las
proposiciones de la matemática. Si se quiere un ejemplo del uso más ordinario
del entendimiento, puede servir la proposición: todo cambio tiene que tener una
causa. Y aun en este último ejemplo, encierra el concepto de causa tan
manifiestamente el concepto de necesidad del enlace con un efecto y de
universalidad estricta de la regla, que se perdería completamente, si se le
quisiera derivar, como hizo Hume, de una conjunción frecuente entre lo que
ocurre y lo que precede y de una costumbre nacida de ahí (por tanto de una
necesidad meramente subjetiva) de enlazar representaciones. Y también, sin
necesidad de semejantes ejemplos para demostrar la realidad de principios puros
a priori en nuestro conocimiento, podría mostrarse lo indispensable que son
éstos para la posibilidad de la experiencia misma y por tanto exponerlos a
priori. Pues ¿de dónde iba a sacar la experiencia su certeza si todas las
reglas, por las cuales progresa, fueran empíricas y por ende contingentes? Por
eso no se puede fácilmente dar a
éstas el valor de primeros principios. Podemos empero contentarnos aquí con
haber expuesto el uso puro de nuestra facultad de conocer, como un hecho, con
todas sus señales. Pero no sólo en juicios, sino también en conceptos muéstrase
que algunos tienen un origen a priori. Prescindid poco a poco, en el concepto
que la experiencia os da de un cuerpo, de todo lo que es en él empírico: color,
dureza o blandura, peso, impenetrabilidad; siempre queda el espacio que aquel
cuerpo (que ahora ha
desaparecido por completo) ocupaba; de este no podéis prescindir. De igual modo,
si en vuestro concepto empírico de todo objeto, corporal o incorporal,
prescindís de todas las propiedades que os enseña la experiencia, no podréis sin
embargo suprimirle aquella por la cual lo pensáis como substancia o como
adherente a una substancia (aunque este concepto encierra más determinación que
el de un objeto en general). Así pues, tenéis que confesar, empujados por la
necesidad conque se os impone ese concepto, que tiene un lugar en vuestra
facultad de conocer a priori.
- III -
La filosofía necesita una ciencia que determine la posibilidad, los principios y la extensión de todos los conocimientos a priori.
Pero hay algo más importante aún que lo antes dicho, y es que ciertos conocimientos abandonan incluso el campo de todas las experiencias posibles y, mediante conceptos para los cuales no puede ser dado en la experiencia ningún objeto correspondiente, parece que amplifican la extensión de nuestros juicios por encima de todos los límites de la experiencia.
Y
precisamente en estos últimos conocimientos, que se salen del mundo de los
sentidos y en donde la experiencia no puede proporcionar ni hilo conductor ni
rectificación alguna, es donde están las investigaciones de nuestra razón, que
nosotros consideramos, por su importancia, como mucho más excelentes y sublimes
en su intención última que todo lo que el entendimiento puede aprender en el
campo de los fenómenos. Y aún en ellas nos atrevemos a todo, corriendo el
peligro de errar, antes
que abandonar investigaciones tan importantes por motivo de duda o por
menosprecio e indiferencia.
Estos problemas inevitables de la razón pura son Dios, la libertad y
la inmortalidad. La ciencia empero, cuyo último propósito, con todos sus
armamentos, se endereza sólo a la solución de esos problemas, llámase
metafísica, cuyo proceder, al comenzar, es dogmático, es decir, que sin previo
examen de la capacidad o incapacidad de la razón para una empresa tan grande,
emprende confiada su realización.
Ahora bien, parece natural que tan pronto como se ha abandonado
el campo de la experiencia, no se levante un edificio con conocimientos que se
poseen sin saber de donde y sobre el crédito de principios, cuyo origen no se
conoce, sin antes haber asegurado, por medio de cuidadosas investigaciones, la
fundamentación de dicho edificio; y que, por lo tanto se habrá lanzado hace
tiempo la cuestión de cómo el entendimiento puede llegar a todos esos
conocimientos a priori, y qué extensión, validez y valor pueden tener. Nada, en
realidad, es más natural, si por natural se entiende
lo que debiera ocurrir equitativa y racionalmente. Mas si se entiende lo que
ocurre de costumbre, entonces nada más natural y más comprensible que el que esa
investigación no se haya hecho en tanto tiempo. Pues una parte de esos
conocimientos, los matemáticos, está de antiguo en posesión de la certidumbre y
da de ese modo una esperanza favorable para los otros, aunque éstos sean de una
naturaleza totalmente distinta. Además, cuando se ha salido del círculo de la
experiencia, hay seguridad de que no ha de venir la experiencia a refutarnos. El
encanto que nos produce ampliar
nuestros conocimientos es tan grande, que no nos detiene en nuestra marcha más
que el tropiezo con una contradicción clara. Ésta, empero, puede evitarse; basta
con hacer cuidadosamente las invenciones, que no por eso dejan de ser
invenciones. La matemática nos da un brillante ejemplo de cuán lejos podemos ir
en el conocimiento a priori, independientemente de la experiencia. Ahora bien
ella se ocupa, es cierto, sólo de objetos y conocimientos que se pueden exponer
en la intuición. Pero esta circunstancia pasa fácilmente desapercibida, porque
esa intuición puede ella misma ser dada a priori y por tanto se distingue a
penas de un mero concepto puro. Arrebatado por una prueba semejante del poder de
la razón, el afán de acrecentar nuestro conocimiento no ve límites.
La paloma ligera que hiende en su libre vuelo los aires, percibiendo su
resistencia, podría forjarse la representación de que volaría mucho mejor en el
vacío. De igual modo abandonó Platón el mundo sensible, porque éste pone al
entendimiento estrechas limitaciones y se arriesgó más allá, en el espacio vacío
del entendimiento puro, llevado por las alas de las ideas. No notó que no ganaba
camino alguno con sus esfuerzos; pues no tenía, por decirlo así, ningún apoyo,
ninguna base sobre que hacer fuerzas y en que poder emplearlas para poner el
entendimiento en movimiento. Es un destino habitual de la razón humana en la
especulación, el acabar cuanto antes su edificio y sólo después investigar si el
fundamento del mismo está bien afirmado. Pero entonces se buscan toda clase de
pretextos para quedar contentos de su solidez o incluso para excusarse de hacer
esa prueba tardía y peligrosa. Mas lo que nos libra de todo cuidado y de toda
sospecha durante la construcción y nos promete una aparente solidez es lo
siguiente. Una gran parte, quizá la mayor parte de la labor de nuestra razón,
consiste en análisis de los conceptos que ya tenemos de los objetos. Ella nos
proporciona una multitud de conocimientos que, aunque no son más que
aclaraciones o explicaciones de lo que ya estaba pensado en nuestros conceptos
(aunque sólo de un modo confuso), son apreciados sin embargo, al menos según la
forma, al igual que conocimientos nuevos, aunque, por la materia o el
contenido, no amplían, sino sólo dilucidan los conceptos que tenemos.
Ahora bien,
como ese proceder nos da un verdadero conocimiento a priori, que tiene un
progreso seguro y útil, la razón sin notarlo ella misma, introduce
subrepticiamente por debajo de esa engañosa ilusión, afirmaciones de muy otra
especie, añadiendo, y esto a priori, a conceptos dados otros enteramente
extraños, sin que se sepa cómo llega a hacerlo y sin dejar que venga ni siquiera
a las mientes semejante pregunta.
Por eso quiero al comenzar, tratar enseguida de la distinción de esas
dos especies de conocimiento.
- IV -
De la distinción de los juicios analíticos y
sintéticos
En
todos los juicios en donde se piensa la relación de un sujeto con el predicado
(refiriéndome sólo a los afirmativos, pues la aplicación a los negativos es
luego fácil), es esa relación posible de dos maneras. O bien el predicado B
pertenece al sujeto A como algo contenido (ocultamente) en ese concepto A; o
bien B está enteramente fuera del concepto A, si bien en enlace con el mismo. En
el primer caso llamo el juicio analítico; en el otro sintético. Los juicios
analíticos (los afirmativos) son
pues aquellos en los cuales el enlace del predicado con el sujeto es pensado
mediante identidad.
Aquéllos, empero, en que este enlace es pensado sin identidad, deben
llamarse juicios sintéticos. Los primeros pudieran también llamarse juicios de
explicación, los segundos juicios de ampliación, porque aquéllos no añaden nada
con el predicado al concepto del sujeto, sino que lo dividen tan sólo, por medio
de análisis, en sus conceptos-partes, pensados ya (aunque confusamente) en él;
los últimos en cambio añaden al concepto del sujeto un predicado que no estaba
pensado en él y no hubiera
podido sacarse por análisis alguno. Por ejemplo, si yo digo: todos los cuerpos
son extensos, es éste un juicio analítico. Pues no he de salir fuera del
concepto que uno al cuerpo, para hallar la extensión como enlazada con él, sino
que tan sólo tengo que analizar aquel concepto, es decir, tomar conciencia de la
multiplicidad que siempre pienso en él, para encontrar en esa multiplicidad
dicho predicado; es pues un juicio analítico. En cambio si yo digo: todos los
cuerpos son pesados, entonces el predicado es algo enteramente distinto de lo
que pienso en el mero concepto de un cuerpo en
general. La adición de un predicado semejante da pues un juicio sintético.
Los
juicios de experiencia, como tales, son todos sintéticos. Sería efectivamente
absurdo fundamentar en la experiencia un juicio analítico, pues no he de salir
de mi concepto para formular el juicio y no necesito para ello, por lo tanto,
testimonio alguno de la experiencia. La proposición: un cuerpo es extenso, es
una proposición que subsiste a priori y no es juicio alguno de experiencia.
Pues antes de ir a la experiencia, tengo ya en el concepto todas las
condiciones para mi juicio, y del concepto puedo sacar el predicado por medio
del principio de contradicción, pudiendo asimismo tomar conciencia al mismo
tiempo, de la necesidad del juicio, cosa que la experiencia no podría enseñarme.
En cambio, aunque yo no incluya en el concepto de un cuerpo en general el
predicado de a pesantez, aquel concepto sin embargo señala un objeto de la
experiencia por medio de una
parte de la misma, a la cual puedo yo añadir aún otras partes de esa misma
experiencia como pertenecientes a la primera. Puedo conocer antes analíticamente
el concepto de cuerpo, mediante los caracteres de la extensión, de la
impenetrabilidad, de la figura, etc... que todos son pensados en ese concepto.
Ahora bien, si amplifico mi conocimiento y me vuelvo hacia la experiencia, de
donde había separado ese concepto de cuerpo, encuentro, unida siempre con los
anteriores caracteres, también la pesantez, y la añado, pues, como predicado,
sintéticamente a aquel concepto. Es pues en la experiencia en donde se funda la
posibilidad de la síntesis del predicado de la pesantez con el
concepto de cuerpo, porque ambos conceptos, aun cuando el uno no está contenido
en el otro, sin embargo, como partes de un todo (a saber, la experiencia que es
ella misma una unión sintética de las intuiciones) pertenecen uno a otro, si
bien sólo por modo contingente.
Pero en los juicios sintéticos a priori falta enteramente esa ayuda. Si he de
salir del concepto A para conocer otro B, como enlazado con él, ¿en qué me
apoyo? ¿Mediante qué es posible la síntesis, ya que aquí no tengo la ventaja de
volverme hacia el campo de la experiencia para buscarlo? Tómese esta
proposición: todo lo que sucede tiene una causa. En el concepto de algo que
sucede pienso ciertamente una existencia, antes de la cual precede un tiempo,
etc..., y de aquí pueden sacarse juicios analíticos. Pero el concepto
de una causa [está enteramente fuera de aquel concepto y] me ofrece algo
distinto del concepto de lo que sucede y no está por tanto contenido en esta
última representación. ¿Cómo llego a decir de lo que sucede en general algo
enteramente distinto y a conocer como perteneciente a ello [y hasta
necesariamente] el concepto de causa, aún cuando no se halle contenido en ello?
¿Cuál es aquí la incógnita x, sobre la cual se apoya el entendimiento cuando
cree encontrar fuera del concepto A un predicado B extraño a aquel concepto y lo
considera, sin embargo, enlazado con él? La experiencia no puede ser, porque el
principio citado añade esta segunda representación a la primera, no sólo con más
universalidad de la que la experiencia puede proporcionar, sino también con la
expresión de la necesidad y, por tanto, enteramente a priori y por meros
conceptos. Ahora bien, en semejantes principios sintéticos, es decir, de
amplificación, descansa todo el propósito último de nuestro conocimiento
especulativo a priori; pues los analíticos, si bien altamente importantes y
necesarios, lo son tan sólo para alcanzar aquella claridad de los conceptos, que
se exige para una síntesis segura y extensa, que sea una adquisición
verdaderamente nueva.
- V -
En todas las ciencias
teóricas de la razón están contenidos juicios sintéticos a priori como
principios.
Los juicios matemáticos son todos ellos sintéticos.- Esta proposición parece haber escapado hasta ahora a los analíticos de la razón humana y hasta hallarse en directa oposición a todas sus sospechas, aunque es cierta irrefutablemente y muy importante en sus consecuencias. Pues habiendo encontrado que las conclusiones de los matemáticos se hacen todas según el principio de contradicción (cosa que exige la naturaleza de toda certeza apodíctica), persuadiéronse de que también los principios eran conocidos por el principio de contradicción; en lo cual anduvieron errados, pues una proposición sintética, si bien puede ser conocida por medio del principio de contradicción, no lo es nunca en sí misma, sino sólo presuponiendo otra proposición sintética de la cual pueda ser deducida.
Hay que notar, ante
todo, que las proposiciones propiamente matemáticas son siempre juicios a
priori y no empíricos, pues llevan consigo necesidad, la cual no puede ser
derivada de la experiencia.
Mas si no se quiere admitir esto, ¡muy bien!, entonces limito mi
proposición a la matemática pura, cuyo concepto lleva ya consigo el contener no
un conocimiento empírico, sino tan sólo un conocimiento puro a priori.
Podría pensarse al principio que la proposición: 7 + 5 = 12, es una proposición
meramente analítica, que se sigue del concepto de una suma de siete y de cinco,
según el principio de contradicción. Pero, cuando se considera más de cerca, se
encuentra que el concepto de la suma de 7 y 5 no encierra nada más que la
reunión de ambos números en uno sólo, con lo cual no se piensa de ningún modo
cuál sea ese número único que comprende los otros dos. El concepto de doce no
es, en modo alguno, pensado ya en el pensamiento de aquella reunión de siete y
cinco, y por mucho que analice mi concepto de una suma semejante posible, no
encontraré en él el número doce. Hay que salir de esos conceptos, ayudándose con
la intuición que corresponde a uno de ellos, por ejemplo, los cinco dedos o bien
(como Segner en su Aritmética) cinco puntos, y así poco a poco añadir las
unidades del cinco, dado en la intuición, al concepto del siete. Pues tomo
primero el número 7 y, ayudándome como intuición de los dedos de mi mano para el
concepto del 5, añado las unidades, que antes había recogido para constituir el
número 5, poco a poco al número 7, siguiendo mi imagen,
y así veo surgir el número 12. Que 5 ha de añadirse a 7, es cierto que lo he
pensado en el concepto de una suma = 7 + 5; pero no que esa suma sea igual al
número 12. La proposición aritmética es, por tanto, siempre sintética y de esto
se convence uno con tanta mayor claridad cuanto mayores son los números que se
toman, pues entonces se advierte claramente que por muchas vueltas que le demos
a nuestros conceptos, no podemos nunca encontrar la suma por medio del mero
análisis de nuestros conceptos y sin ayuda de la intuición.
De igual modo, ningún principio de la geometría pura es analítico. Que la línea recta es la más corta entre dos puntos, es una proposición sintética. Pues mi concepto de recta no encierra nada de magnitud, sino sólo una cualidad. El concepto de lo más corto es enteramente añadido y no puede sacarse, por medio de ningún análisis, del concepto de línea recta; la intuición tiene pues que venir aquí a ayudarnos y por medio de ella tan sólo es posible la síntesis.
Algunos pocos principios, que los geómetras presuponen, son ciertamente analíticos y descansan en el principio de contradicción; pero, como las proposiciones idénticas, tampoco sirven más que como cadena del método y no como principios, por ejemplo, a = a, el todo es igual a sí mismo, o bien (a + b) > a, el todo es mayor que la parte. Y aun estos mismos, aunque valen según meros conceptos, no son admitidos en la matemática más que porque pueden ser expuestos en la intuición.
Lo que comúnmente nos hace creer aquí que el predicado de esos juicios apodícticos está ya en nuestro concepto y que el juicio es, por tanto, analítico, es tan sólo la ambigüedad de la expresión.
Tenemos efectivamente que pensar, en un concepto dado, un cierto predicado, y esa necesidad yace ya en los conceptos. Mas la cuestión no es qué debemos pensar en el concepto dado, sino qué es lo que pensamos realmente en él, aunque obscuramente; y entonces se muestra que el predicado pende de aquel concepto necesariamente, es cierto, pero no como pensado en el concepto mismo, sino por medio de una intuición, que tiene que añadirse al concepto.
2º. La ciencia de la naturaleza (Fhysica) contiene juicios sintéticos a priori como principios.- Quiero adelantar tan sólo un par de proposiciones como ejemplos: que en todas las transformaciones del mundo corporal la cantidad de materia permanece inalterada, o que en toda comunicación del movimiento tienen que ser siempre iguales la acción y la reacción. En ambas, no sólo la necesidad y por ende el origen a priori está claro, sino que se ve claramente también que son proposiciones sintéticas. Pues en el concepto de materia no pienso la permanencia, sino sólo la presencia de la materia en el espacio, llenándolo. Así, pues, salgo realmente del concepto de materia, para pensar a priori unido a él, algo que no pensaba en él. La proposición no es, por tanto, analítica, sino sintética y, sin embargo, pensada a priori. Así también en las demás proposiciones, que constituyen la parte pura de la física.
3º. En la
metafísica, aun no considerándola más que como una ciencia sólo ensayada hasta
ahora, pero indispensable, sin embargo, por la naturaleza de la razón humana,
deben estar contenidos conocimientos sintéticos a priori. No se trata en ella de
analizar solamente y explicar así analíticamente los conceptos que nos hacemos a
priori de ciertas cosas, sino que queremos ampliar nuestro conocimiento a
priori, para lo cual tenemos que servirnos de principio s tales que añadan al
concepto dado algo que no estaba contenido en él, saliendo de él por medio de
juicios sintéticos a priori, y llegando tan lejos, que la experiencia misma no
puede seguirnos. Ejemplo, la proposición: el mundo tiene que tener un primer
comienzo. Y otras más. Y así la metafísica consiste, al menos según su fin, en
proposiciones sintéticas a priori.
- VI -
Problema general de la razón pura
Mucho se gana ya cuando se logra reducir a la fórmula de un solo problema una multitud de investigaciones. Pues de ese modo no solo se facilita el propio trabajo, determinándolo con exactitud, sino también el juicio de cualquier otra persona, que quiera examinar si hemos cumplido o no nuestro propósito. Pues bien, el problema propio de la razón pura está encerrado en la pregunta: ¿Cómo son posibles juicios sintéticos a priori?
Si
la metafísica hasta ahora ha permanecido en un estado tan vacilante de
inseguridad y contradicciones, es porque el pensamiento no se planteó este
problema, ni aun quizá siquiera la diferencia entre los juicios analíticos y los
sintéticos. Ahora bien, la metafísica se mantendrá en pie o se derrumbará, según
la solución que se le dé a este problema o que se demuestre que la posibilidad
de que quiere obtener explicación, no tiene en realidad lugar. David Hume, que
entre todos los filósofos fue el que más se acercó a este problema, aunque sin
pensarlo, ni con mucho, con suficiente determinación y en su universalidad,
sino quedándose en la proposición sintética del enlace del efecto con su causa (principium
causalitatis),creyó haber demostrado que semejante proposición es enteramente
imposible a priori y, según sus conclusiones, todo lo que llamamos metafísica
vendría a ser una mera ilusión de supuesto conocimiento racional de lo que en
realidad sólo de la experiencia está sacado y ha recibido por el hábito la
apariencia de la necesidad. Jamás hubiera caído en semejante afirmación,
destructora de toda filosofía pura, si hubiese tenido ante los ojos nuestro
problema en su universalidad; pues entonces hubiera visto que, según su
argumento, tampoco podría
haber matemática pura, porque ésta encierra seguramente proposiciones sintéticas
a priori; y de hacer esta afirmación le hubiera guardado su buen entendimiento.
En la solución del anterior problema está al mismo tiempo comprendida la posibilidad del uso puro de la razón en la fundación y desarrollo de todas las ciencias que encierran un conocimiento a priori teórico de los objetos, es decir, la contestación a estas preguntas:
¿Cómo es posible la matemática pura?
¿Cómo es posible la física pura?
Como estas ciencias están realmente dadas, puede preguntarse sobre ellas: ¿cómo son posibles?
Pues que tienen que ser posibles queda demostrado por su realidad. Pero en lo que se refiere a la metafísica, su marcha, hasta ahora defectuosa, puede hacer dudar a cualquiera, con razón, de su posibilidad; porque, además, no se puede decir de ninguna de las presentadas hasta ahora que, en lo que toca a su fin esencial, se halle realmente dada ante nosotros.
Ahora bien; esa especie de conocimiento ha de considerarse también como dada en cierto sentido, y la metafísica es real, sí bien no como ciencia, como disposición natural al menos (metaphysica naturalis).
Pues la razón humana va irresistiblemente, sin que a ello la mueva la mera
vanidad del saber mucho, impulsada por necesidad propia, a cuestiones tales que
no pueden ser contestadas por ningún uso empírico de la razón, ni por principios
sacados de la experiencia; y así realmente, por cuanto la razón en los hombres
se extiende hasta la especulación, ha habido siempre alguna metafísica y la
habrá siempre. Acerca de ésta se plantea pues la cuestión: ¿Cómo es posible la
metafísica, en el sentido de una disposición natural?, es decir, ¿cómo las
preguntas que se hace la razón pura a sí
misma y a las que se siente impulsada, por propia necesidad, a contestar de la
mejor manera que pueda, surgen de la naturaleza de la razón humana universal?
Mas como en todos los ensayos hechos hasta ahora para contestar a esas preguntas naturales (v. g. si el mundo tiene un comienzo o existe desde toda eternidad, etc.), se han encontrado siempre contradicciones inevitables, no podemos atenernos a la mera disposición natural a la metafísica, es decir, a la facultad pura misma de la razón, de donde siempre nace alguna metafísica (sea cual sea), sino que ha de ser posible llegar sobre ello a alguna certidumbre o sobre el saber o sobre el no saber de los objetos, es decir, a una decisión sobre los objetos de sus preguntas o sobre la capacidad e incapacidad de la razón de juzgar acerca de esos objetos. Así pues, o bien a extender con confianza nuestra razón pura, o bien a ponerle determinadas y seguras limitaciones. Esta última pregunta, emanada del problema universal anterior, sería con razón la siguiente: ¿cómo es posible la metafísica como ciencia?
La crítica de la razón conduce pues, en último término, necesariamente a la ciencia; el uso dogmático de la misma, sin crítica, conduce, en cambio, a afirmaciones que carecen de fundamento, frente a las cuales se pueden oponer otras igualmente ilusorias y, por tanto, al escepticismo.
Tampoco puede esta ciencia ser de una longitud grande, descorazonadora, porque
no tiene que tratar de los objetos de la razón, cuya multiplicidad es infinita,
sino sólo de sí misma, de problemas que nacen en su seno y que le son propuestos
no por la naturaleza de las cosas que son distintas de ella, sino por su propia
naturaleza; pues entonces, habiendo primero conocido completamente su propia
facultad, en consideración de los objetos que puedan presentársele en la
experiencia, tiene que
serle fácil determinar completa y seguramente la extensión y los límites de su
uso, cuando se ensaya más allá de todos los límites de la experiencia.
Se
puede pues y se debe considerar como no acaecidos todos los intentos hechos
hasta ahora para llevar a cabo dogmáticamente una metafísica. Pues lo que en
unos u otros haya de analítico, es decir, mera descomposición de los conceptos
que residen a priori en nuestra razón, no es el fin de la metafísica, sino
solamente un preparativo para la metafísica propiamente dicha, o sea para
extender el conocimiento a priori sintéticamente; y eso no sirve para ello, pues
no muestra más que lo que se halla contenido en esos conceptos, pero no cómo
nosotros llegamos a priori a esos conceptos para luego poder determinar también
su uso valedero en consideración de los objetos de todo conocimiento en general.
No hace falta tampoco mucha abnegación para sacrificar todas esas pretensiones,
pues las contradicciones innegables y, en el uso dogmático, inevitables también,
de la razón consigo misma, han despojado ya desde hace tiempo a la metafísica
de su autoridad. Más perseverancia hará falta para no dejarse vencer
interiormente por la dificultad, y exteriormente por la resistencia, que se
oponen a fomentar, por medio de un tratamiento enteramente opuesto al usado
hasta ahora, la pujanza, por fin saludable y fructífera, de una ciencia
imprescindible para la razón humana, ciencia cuyas ramas pueden podarse pero
cuya raíz no puede cortarse nunca.
-VII -
Idea y división de una ciencia particular, bajo el nombre de crítica de la razón pura
De todo esto se deduce la
idea de una ciencia particular que puede llamarse crítica de la razón pura.
Pues razón es la facultad que proporciona los principios del conocimiento a
priori. Por eso es razón pura aquella que contiene los principios para conocer
algo absolutamente a priori. Un organon de la razón pura sería un conjunto de
los principios según los cuales todos los conocimientos puros a priori pueden
ser adquiridos y realmente establecidos. La detenida aplicación de un
organonsemejante nos proporcionaría un sistema de la razón pura. Mas como éste
es muy solicitado y sin embargo no sabemos aún si aquí también es posible en
general una ampliación de nuestro conocimiento y en qué casos lo es, resulta
que no podemos considerar una ciencia del mero juicio de la razón pura, sus
fuentes y límites, más que como la propedéutica para el sistema de la razón pura
Ésta no debería llamarse doctrina sino sólo crítica de la razón pura y su
utilidad sería realmente solo negativa [en consideración de la especulación]y
serviría no para la ampliación sino sólo para la depuración de nuestra razón, y
la guardaría de los errores; en lo cual se habría ganado ya mucho.
Llamo transcendental todo conocimiento que se ocupa en general no
tanto de objetos como de nuestro modo de conocerlos, en cuanto éste debe ser
posible a priori. Un sistema de semejantes conceptos se llamaría Filosofía
transcendental. Ésta empero es a su vez demasiado para el comienzo. Pues como
una ciencia semejante debe contener por completo no sólo el conocimiento
analítico sino también el sintético a priori, resulta demasiado extensa en
cuanto se refiere a nuestro propósito, ya que no podemos llevar el análisis sino
hasta el punto en que nos es absolutamente necesario, para penetrar en
toda su extensión los principios de la síntesis a priori, que es solamente de lo
que tenemos que tratar. Esta investigación, que no podemos propiamente llamar
doctrina, sino sólo crítica transcendental, porque tiene como propósito no la
ampliación de los conocimientos, sino solo la rectificación de los mismos, y
debe proporcionar la piedra de toque del valor o no valor de todos los
conocimientos a priori, es lo que aquí nos ocupa ahora. Una crítica semejante es
según eso una preparación, en lo posible, para un organon y, si éste no resulta
bien, por lo menos, para un canon, según el cual en todo caso podría ser
expuesto en adelante, tanto analítica como sintéticamente, el sistema completo
de la filosofía de la razón pura, consista éste en una ampliación o una
limitación de su conocimiento. Y esto es posible; más aún: puede decirse que un
sistema semejante no ha de tener una extensión muy grande, y que cabe esperar
terminarlo completamente. En efecto, de antemano podemos colegirlo, porque aquí
constituye el objeto no la naturaleza de las cosas, que es inagotable, sino el
entendimiento que juzga sobre la naturaleza de las cosas, y aún este a su vez
sólo en consideración de sus conocimientos a priori, cuya provisión no puede
permanecer oculta para nosotros, ya que no podemos buscarla fuera, y, según toda
probabilidad es bastante pequeña para poder ser enteramente recogida, juzgada en
su valor o no valor y reducida a una exacta apreciación. [Menos aún podrá
esperarse aquí una crítica de los libros y sistemas de la razón pura, sino
solamente la de la facultad pura misma de la razón. Sólo sobre la base de una
crítica semejante, encuéntrase una piedra de toque segura para apreciar el
contenido filosófico de las obras antiguas y modernas en esa especialidad; de lo
contrario el historiador y juez sin autoridad falla su juicio sobre las
afirmaciones infundadas de los demás, por medio de las suyas que no tienen
tampoco mejor base].
La filosofía transcendental es la idea de una ciencia para la cual la crítica de la razón pura debe bosquejar todo el plano, de un modo arquitectónico, es decir por principios, con garantía completa de la integridad y certeza de todas las partes que constituyen ese edificio. [Ella es el sistema de todos los principios de la razón pura].
El que la crítica
no se llame Filosofía transcendental, obedece tan sólo a que para ser un
sistema completo debía contener también un detallado análisis de todo el
conocimiento humano a priori. Es cierto que nuestra crítica debe desde luego
presentar una enumeración completa de todos los conceptos madres, que
constituyen el referido conocimiento puro. Mas es justo que se abstenga del
detallado análisis de esos conceptos mismos, como también de la recensión
completa de los que de ellos se derivan; porque por una parte ese análisis no
sería adecuado a nuestro fin, ya que no tiene las dificultades que se hallan en
la síntesis, para la cual propiamente está hecha toda la crítica, y por otra
parte porque sería contrario a la unidad del plan cargar con la responsabilidad
de que fueran completos ese análisis y esa derivación, pudiéndose
dispensar de ellos por lo que respecta a su propósito. Esa integridad del
análisis como de la derivación, que habrían de hacerse sobre los conceptos a
priori que luego se han de proporcionar, puede en cambio completarse fácilmente,
una vez que esos conceptos estén ya en nuestro poder, como amplios principios de
la síntesis y nada falte de lo que toca a ese propósito esencial.
A la crítica de la razón pura pertenece según eso todo lo que constituye la filosofía transcendental, y es la idea completa de la filosofía transcendental, pero no esta ciencia misma; porque la crítica no adelanta en el análisis más que lo necesario para el completo juicio del conocimiento sintético a priori.
El
principal cuidado que hay que tener en la división de una ciencia semejante, es
que no debe entrar en ella ningún concepto que contenga algo empírico, esto es:
que el conocimiento a priori sea enteramente puro. Por esa aunque los principios
supremos de la moralidad y los conceptos fundamentales de la misma son
conocimientos a priori, no pertenecen sin embargo a la filosofía transcendental;
porque si bien no ponen como fundamento de sus preceptos los conceptos de placer
y dolor, de apetitos e inclinaciones, etc... todos de origen empírico, sin
embargo, con el concepto del
deber, que como obstáculo debe ser superado o, como excitante, no debe
convertirse en motivo, tienen necesariamente que introducirlos en la
construcción del sistema de la moralidad pura. Por eso la filosofía
transcendental es una filosofía de la razón pura, meramente especulativa. Pues
todo lo práctico, por cuanto encierra motivos, se refiere a sentimientos, los
cuales pertenecen a las fuentes empíricas del conocimiento.
Ahora bien, si desde el punto de vista universal de un sistema en general se quiere hacer la división de esa ciencia, entonces ésta que ahora exponemos debe contener primero una doctrina elemental, y segundo una metodología de la razón pura. Cada una de estas partes principales tendría sus divisiones, cuyos fundamentos sin embargo no se pueden exponer aún. Como introducción o recuerdo previo parece que sólo es necesario lo siguiente: que hay dos ramas del conocimiento humano, que quizá se originen en una raíz común, pero desconocida para nosotros, y son a saber, la sensibilidad y el entendimiento. Por medio de la primera nos son dados objetos; por medio de la segunda son los objetos pensados. Ahora bien, por cuanto la sensibilidad debe contener representaciones a priori, que constituyan la condición bajo la cual nos son dados objetos, pertenecerá a la Filosofía transcendental. La doctrina transcendental de los sentidos correspondería a la primera parte de la ciencia de los elementos, porque las condiciones bajo las cuales tan sólo son dados los objetos del conocimiento humano, preceden a las condiciones bajo las cuales los mismos son pensados.
Primera parte de la Doctrina elemental transcendental
La estética transcendental
- 1 -
Sean cualesquiera el modo y los medios con que un conocimiento se refiera a sus objetos, la referencia inmediata -que todo pensar busca como medio- se llama intuición. Pero ésta no se verifica sino en cuanto el objeto nos es dado. Mas esto, a su vez, no es posible [para nosotros hombres por lo menos], sino mediante que el objeto afecte al espíritu de cierta manera. La capacidad (receptividad) de recibir representaciones por el modo como somos afectados por objetos, llámase sensibilidad. Así, pues, por medio de la sensibilidad nos son dados objetos y ella sola nos proporciona intuiciones; por medio del entendimiento empero son ellos pensados y en él se originan conceptos. Pero todo pensar tiene que referirse ya directa, ya indirectamente [mediante ciertas características] en último término a intuiciones, por lo tanto, en nosotros a la sensibilidad, porque ningún objeto puede sernos dado de otra manera.
El efecto de un objeto
sobre la capacidad de representación, en cuanto somos afectados por él, es
sensación. Aquella intuición que se refiere al objeto por medio de la sensación,
llámase empírica.
El objeto indeterminado de una intuición empírica, llámase fenómeno.
En el fenómeno, llamo materia a lo que corresponde a la sensación; pero lo que hace que lo múltiple del fenómeno pueda ser ordenado en ciertas relaciones, llámolo la forma del fenómeno.
Como aquello en donde las sensaciones pueden ordenarse y ponerse en una cierta forma, no puede, a su vez, ser ello mismo sensación, resulta que si bien la materia de todos los fenómenos no nos puede ser dada más que a posteriori, la forma de los mismos, en cambio, tiene que estar toda ella ya a priori en el espíritu y, por tanto, tiene que poder ser considerada aparte de toda sensación.
Llamo puras (en sentido transcendental) todas las representaciones en las que no se encuentre nada que pertenezca a la sensación. Según esto, la pura forma de las intuiciones sensibles en general, en donde todo lo múltiple de los fenómenos es intuido en ciertas relaciones, se hallará a priori en el espíritu. Esta forma pura de la sensibilidad se llamará también ella misma intuición pura. Así, cuando de la representación de un cuerpo separo lo que el entendimiento piensa en ella, como substancia, fuerza, divisibilidad, etc..., y separo también lo que hay en ella perteneciente a la sensación, como impenetrabilidad, dureza, color, etc., entonces réstame de esa intuición empírica todavía algo, a saber, extensión y figura. Éstas pertenecen a la intuición pura, la cual se halla en el espíritu a priori y sin un objeto real de los sentidos o sensación, como una mera forma de la sensibilidad.
A la ciencia de todos los principios a priori de la sensibilidad, llamo yo Estética transcendental. Tiene que haber, por tanto, una ciencia semejante, que constituya la primera parte de la doctrina elemental transcendental, en oposición a aquella otra que encierra los principios del pensar puro y se llama lógica transcendental.
Así, pues, en la estética transcendental aislaremos primeramente la
sensibilidad, separando de ella todo lo que el entendimiento, con sus conceptos,
piensa en ella, para que no nos quede nada más que la intuición empírica. En
segundo término, separaremos aún de ésta todo cuanto pertenece a la sensación,
para que no nos quede nada más que la intuición pura y la mera forma de los
fenómenos, que es lo único que la sensibilidad a priori puede proporcionar. En
esta investigación se hallará que hay, como principios del conocimiento a
priori, dos puras formas de la intuición sensible, a saber,
espacio y tiempo, con cuya consideración vamos ahora a ocuparnos.
Primera sección de la Estética transcendental.
Del espacio.
- 2 -
Exposición metafísica de este concepto
Por medio del sentido
externo (propiedad de nuestro espíritu) nos representamos objetos como fuera de
nosotros y todos ellos en el espacio. En él es determinada o determinable su
figura, magnitud y mutua relación. El sentido interno, mediante el cual el
espíritu intuye a sí mismo o intuye su estado interno, no nos da, es cierto,
intuición alguna del alma misma como un objeto; pero, sin embargo, es una forma
determinada, bajo la cual tan sólo es posible una intuición de su estado
interno, de modo que todo lo que pertenece a las determinaciones internas es
representado en relaciones de tiempo.
Exteriormente no puede el tiempo ser intuido, ni tampoco el espacio, como algo
en nosotros. ¿Qué son, pues, espacio y tiempo? ¿Son seres reales? ¿Son sólo
determinaciones o también relaciones de las cosas, tales que les corresponderían
a las cosas en sí mismas, aun cuando no fuesen intuidas? O se hallan sólo en la
forma de la intuición y, por tanto, en la constitución subjetiva de nuestro
espíritu, sin la cual no podrían esos predicados ser atribuidos a ninguna cosa?
Para dilucidar esto vamos a
exponer primeramente el concepto del espacio [Por exposición (expositio)
entiendo la
representación clara (si bien no detallada) de lo que pertenece a un concepto;
metafísica es la exposición, cuando encierra aquello que representa al concepto
como dado a priori].
1) El espacio no es un concepto empírico sacado de experiencias externas. Pues para que ciertas sensaciones sean referidas a algo fuera de mí (es decir, a algo en otro lugar del espacio que el que yo ocupo), y asimismo para que yo pueda presentarlas como fuera [y al lado]unas de otras, por tanto no sólo como distintas, sino como situadas en distintos lugares, hace falta que esté ya a la base la representación del espacio. Según esto, la representación del espacio no puede ser tomada, por experiencia, de las relaciones del fenómeno externo, sino que esta experiencia externa no es ella misma posible sino mediante dicha representación.
2) El espacio es una representación necesaria, a priori, que está a la base de todas las intuiciones externas. No podemos nunca representarnos que no haya espacio, aunque podemos pensar muy bien que no se encuentren en él objetos algunos. Es considerado, pues, el espacio como la condición de la posibilidad de los fenómenos y no como una determinación dependiente de éstos, y es una representación a priori, que necesariamente está a la base de los fenómenos externos.
3)
El espacio no es un concepto discursivo o, según se dice, universal, de las
relaciones de las cosas en general., sino una intuición pura. Pues primeramente
no se puede representar más que un único espacio, y cuando se habla de muchos
espacios, se entiende por esto sólo una parte del mismo espacio único. Estas
partes no pueden tampoco preceder al espacio uno, que lo comprende todo, como si
fueran, por decirlo, así, sus componentes (por donde la composición del espacio
fuera posible). Por el contrario sólo en él pueden ser pensadas. Él es
esencialmente uno; lo múltiple en él y,
por tanto también el concepto universal de espacios en general, se origina sólo
en limitaciones. De aquí se sigue que en lo que a él respecta, una intuición a
priori (que no es empírica) sirve de base a todos los conceptos del mismo. Así
todos los principios geométricos, v. g. que en un triángulo dos lados juntos son
mayores que el tercero, no son nunca deducidos de los conceptos universales de
línea y triángulo, sino de la intuición; y ello a priori, con certeza
apodíctica.
4)
El espacio es representado como una magnitud infinita dada. Ahora bien, hay que
pensar todo concepto como una representación que está contenida en una multitud
infinita de diferentes representaciones posibles (como su característica común)
y, por lo tanto, que las comprende debajo de sí; mas ningún concepto, como tal,
puede ser pensado como si encerrase en sí una infinita multitud de
representaciones. Sin embargo, así es pensado el espacio (pues todas las partes
del espacio en el infinito son a la vez). Así, pues, la originaria
representación del espacio es intuición a priori y no concepto.
- 3 -
Exposición trascendental del concepto del espacio
Entiendo por exposición transcendental la explicación de un concepto como un principio por donde puede conocerse la posibilidad de otros conocimientos sintéticos a priori. Para este propósito, se requiere: 1º., que esos conocimientos salgan realmente del concepto dado; 2º., que esos conocimientos no sean posibles más que bajo la presuposición de un modo dado de explicación de ese concepto.
La Geometría es una ciencia que determina las propiedades del espacio sintéticamente y, sin embargo, a priori. ¿Qué tiene que ser pues la representación del espacio para que sea posible semejante conocimiento de él? Tiene que ser originariamente intuición, porque de un mero concepto no se pueden sacar proposiciones que vayan más allá del concepto. Esto es, sin embargo, lo que ocurre en la Geometría (v. Introducción V). Pero esa intuición tiene que hallarse en nosotros a priori, es decir, antes de toda percepción de un objeto y ser, por tanto, intuición pura, no empírica. Porque las proposiciones geométricas son todas apodícticas, es decir, están unidas con la conciencia de su necesidad, como por ejemplo: el espacio solo tiene tres dimensiones. Ahora bien, semejantes proposiciones no pueden ser juicios empíricos o de experiencia, ni ser deducidas de esos juicios.
(Introducción II).
Mas, ¿cómo puede estar en el espíritu una intuición externa que precede a los objetos mismos y en la cual el concepto de estos últimos puede ser determinado a priori? Manifiestamente no puede estar de otro modo que teniendo su asiento en el sujeto, como propiedad formal de éste de ser afectado por objetos y así de recibir representación inmediata de estos últimos, es decir, intuición. Esto es, sólo como forma del sentido externo en general.
Por tanto, sólo nuestra explicación hace concebible la
posibilidad de la geometría como conocimiento sintético a priori. Todo modo de
explicación que no proporcione esto, aunque en apariencia tenga con él alguna
semejanza, puede distinguirse seguramente de él por esas características.
Conclusiones sacadas de los conceptos anteriores
a) El espacio no representa ninguna propiedad de cosas en sí, ni en su relación recíproca, es decir, ninguna determinación que esté y permanezca en los objetos mismos aún haciendo abstracción de todas la condiciones subjetivas de la intuición. Pues ni las determinaciones absolutas ni las relativas pueden ser intuidas antes de la existencia de las cosas a quienes corresponden; por tanto, no pueden ser intuidas a priori.
b) El espacio no es otra cosa que la forma de todos los fenómenos del sentido externo, es decir, la condición subjetiva de la sensibilidad, bajo la cual tan sólo es posible para nosotros intuición externa.
Mas como la receptividad del sujeto para ser afectado por objetos, precede necesariamente a todas las intuiciones de esos objetos, se puede comprender cómo la forma de todos los fenómenos puede ser dada en el espíritu antes que las percepciones reales y, por tanto, a priori y cómo ella, siendo una intuición pura en la que todos los objetos tienen que ser determinados, puede contener principios de las relaciones de los mismos, antes de toda experiencia.
No
podemos, por consiguiente, hablar de espacio, de seres extensos, etc., más que
desde el punto de vista de un hombre. Si prescindimos de la condición
subjetiva, bajo la cual tan sólo podemos recibir intuición externa, a saber, en
cuanto podemos ser afectados por los objetos, entonces la representación del
espacio no significa nada. Este predicado no es atribuido a las cosas más que
en cuanto nos aparecen, es decir, en cuanto son objetos de la sensibilidad. La
forma constante de esa receptividad que llamamos sensibilidad, es una condición
necesaria de todas las relaciones en donde los objetos pueden ser intuidos como
fuera de nosotros, y, si se hace abstracción
de esos objetos, es una intuición pura que lleva el nombre de espacio. Como no
podemos hacer de las condiciones particulares de la sensibilidad condiciones de
la posibilidad de las cosas, sino sólo de sus fenómenos, podemos decir que el
espacio comprende todas las cosas que pueden aparecernos exteriormente, pero no
todas las cosas en sí mismas, sean o no intuidas, o séanlo por un sujeto
cualquiera. Pues no podemos juzgar de las intuiciones de otros seres pensantes;
no podemos saber si están sujetas a las mismas condiciones, que limitan nuestras
intuiciones y son para nosotros de validez universal. Si nosotros añadimos la
limitación de un juicio al concepto del sujeto, vale el juicio entonces,
incondicionalmente. La proposición: «todas las cosas están unas junto a otras en
el espacio», vale con la limitación siguiente: cuando esas cosas son tomadas
como objetos de nuestra intuición sensible. Si añado aquí la condición al
concepto y digo: «todas las cosas, como fenómenos externos, están en el espacio
unas al lado de otras», entonces vale esta regla universalmente y sin
limitación. Nuestras exposiciones enseñan, por consiguiente, la realidad (es
decir, validez objetiva) del espacio en lo que se refiere a todo aquello que
puede presentársenos exteriormente como objeto; enseñan, empero, también la
idealidad del espacio, en lo que se refiere a las cosas, cuando la razón las
considera en sí mismas, es decir, sin referencia a la constitución de nuestra
sensibilidad.
Afirmamos, por tanto, la realidad empírica del espacio (en lo que se
refiere a toda experiencia exterior posible), aunque admitimos la idealidad
transcendental del mismo, es decir, que no es nada, si abandonamos la condición
de la posibilidad de toda experiencia y lo consideramos como algo que está a la
base de las cosas en sí mismas.
Pero fuera del espacio no hay ninguna otra representación subjetiva y referida a algo exterior, que pueda llamarse objetiva a priori. Pues de ninguna de ellas pueden deducirse, como de la intuición en el espacio, proposiciones sintéticas a priori. Por eso, hablando con exactitud, no les corresponde idealidad alguna, aunque coinciden con la representación del espacio en que sólo pertenecen a la constitución objetiva del modo de sentir, v. g. de la vista, del oído, del tacto mediante las sensaciones de color, sonido, temperatura, las cuales, siendo sólo sensaciones y no intuiciones, no dan a conocer en sí objeto alguno y menos aún a priori.
El
propósito de esta observación es sólo impedir que se le ocurra a nadie explicar
la afirmada idealidad del espacio con ejemplos del todo insuficientes, pues v.
g. los colores, el sabor, etc... son considerados con razón no como propiedades
de las cosas, sino sólo como modificaciones de nuestro sujeto, que incluso
pueden ser diferentes en diferentes hombres. En efecto en este caso, lo que
originariamente no es más que fenómeno, v. g. una rosa, vale como cosa en sí
misma en el entendimiento empírico, pudiendo sin embargo aparecer, en lo que
toca al color, distinta a distintos
ojos. En cambio, el concepto transcendental de los fenómenos, en el espacio, es
un recuerdo crítico de que nada en general de lo intuido en el espacio es cosa
en sí, y de que el espacio no es forma de las cosas en sí mismas, sino que los
objetos en sí no nos son conocidos y lo que llamamos objetos exteriores no son
otra cosa que meras representaciones de nuestra sensibilidad, cuya forma es el
espacio, pero cuyo verdadero correlativo, es decir la cosa en sí misma, no es
conocida ni puede serlo. Mas en la experiencia no se pregunta nunca por ella.
Segunda sección de la Estética transcendental. Del
tiempo
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Exposición metafísica del concepto del tiempo
1) El tiempo no es un
concepto empírico que se derive de una experiencia. Pues la coexistencia o la
sucesión no sobrevendría en la percepción, si la representación del tiempo no
estuviera a priori a la base. Solo presuponiéndola es posible representarse que
algo, sea en uno y el mismo tiempo (a la vez) o en diferentes tiempos (uno
después de otro).
2) El tiempo es una representación necesaria que está a la base de todas las intuiciones. Por lo que se refiere a los fenómenos en general, no se puede quitar el tiempo, aunque se puede muy bien sacar del tiempo los fenómenos. El tiempo es pues dado a priori. En él tan sólo es posible toda realidad de los fenómenos. Estos todos pueden desaparecer; pero el tiempo mismo (como la condición universal de su posibilidad) no puede ser suprimido.
3)
En esta necesidad a priori fúndase también la posibilidad de principios
apodícticos de las relaciones de tiempo o axiomas del tiempo en general. Éste no
tiene más que una dimensión; diversos tiempos no son a la vez, sino unos tras
otros (así como diversos espacios no son unos tras otros, sino a la vez). Estos
principios no pueden ser sacados de la experiencia, pues ésta no les daría ni
estricta universalidad, ni certeza apodíctica. Nosotros podríamos sólo decir:
eso enseña la percepción común;
más no: así tiene que suceder. Esos principios valen como reglas bajo las cuales
en general son posibles experiencias y nos instruyen antes de la experiencia y
no por medio de la experiencia.
4) El tiempo no es un concepto discursivo o, como se le llama, universal, sino una forma pura de la intuición sensible. Diferentes tiempos son sólo partes del mismo tiempo. La representación que no puede ser dada más que por un objeto único, es intuición. Tampoco la proposición: «diferentes tiempos no pueden ser a la vez», podría deducirse de un concepto universal. La proposición es sintética y no puede originarse sólo en conceptos. Ella está pues inmediatamente contenida en la intuición y representación del tiempo.
5)
La infinidad del tiempo no significa otra cosa sino que toda magnitud
determinada del tiempo es sólo posible mediante limitaciones de un tiempo único
fundamental. Por eso la representación primaria tiempo tiene que ser dada como
ilimitada. Pero cuando hay algo en lo cual las partes mismas y toda magnitud de
un objeto solo pueden ser representadas determinadamente, mediante limitación,
entonces, la representación total no puede ser dada por conceptos (pues éstos
sólo contienen representaciones parciales) sino que ha de fundarse en una
intuición inmediata.
- 5 -
Exposición transcendental del concepto del tiempo
Sobre esto puedo referirme al núm. 3 en
donde, para abreviar, he puesto ya lo que es propiamente transcendental, entre
los artículos de la exposición metafísica. Aquí añado que el concepto del cambio
y con él el concepto del movimiento (como cambio de lugar) no son posibles sino
mediante y en la representación del tiempo; que si esa representación no fuese
intuición (interna) a priori, no podría concepto alguno, fuere el que fuere,
hacer comprensible la posibilidad de un cambio, es decir de un enlace de
predicados contradictoriamente opuestos (v. g. el ser en un lugar y el no ser
esa misma cosa en el mismo lugar) en uno y en el mismo objeto. Sólo en el tiempo
pueden
hallarse ambas determinaciones contradictoriamente opuestas en una cosa, a
saber una después de otra. Así pues nuestro concepto del tiempo explica la
posibilidad de tantos conocimientos sintéticos a priori, como hay en la teoría
general del movimiento, que no es poco fructífera.
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Conclusiones sacadas de estos conceptos
a)
El tiempo no es algo que exista por sí o que convenga a las cosas como
determinación objetiva y, por lo tanto, permanezca cuando se hace abstracción de
todas las condiciones subjetivas de su intuición. Pues en el primer caso sería
algo que, sin objeto real, sería, sin embargo, real. Mas en lo que al segundo
caso se refiere, siendo una determinación u ordenación inherente a las cosas
mismas, no podría preceder a los objetos como su condición, ni ser intuido y
conocido a priori mediante proposiciones sintéticas. Sin embargo, esto último
ocurre perfectamente, si el tiempo no es nada más
que la condición subjetiva bajo la cual tan sólo pueden intuiciones tener lugar
en nosotros. Pues entonces esa forma de la intuición interna puede ser
representada antes de los objetos y, por lo tanto, a priori.
b) El tiempo no es nada más que la forma del sentido interno, es decir, de la intuición de nosotros mismos y de nuestro estado interno. Pues el tiempo no puede ser una determinación de fenómenos externos; ni pertenece a una figura ni a una posición, etc., y en cambio, determina la relación de las representaciones en nuestro estado interno. Y, precisamente, porque esa intuición interna no da figura alguna, tratamos de suplir este defecto por medio de analogías y representamos la sucesión del tiempo por una línea que va al infinito, en la cual lo múltiple constituye una serie, que es sólo de una dimensión; y de las propiedades de esa línea concluimos las propiedades todas del tiempo, con excepción de una sola, que es que las partes de aquella línea son a la vez, mientras que las del tiempo van siempre una después de la otra. Por aquí se ve también, que la representación del tiempo es ella misma intuición, pues que todas sus relaciones pueden expresarse en una intuición externa.
c) El tiempo es la condición formal a priori de todos los fenómenos en general. El espacio, como forma pura de toda intuición externa, está limitado, como condición a priori, sólo a los fenómenos externos. En cambio todas las representaciones, tengan o no cosas exteriores como objetos, pertenecen en sí mismas al estado interno, como determinaciones del espíritu, y este estado interno se halla bajo la condición formal de la intuición interna, por lo tanto del tiempo. De donde resulta que el tiempo es una condición a priori de todo fenómeno en general y es condición inmediata de los fenómenos internos (de nuestra alma) y precisamente por ello condición inmediata también de los fenómenos externos. Si puedo decir a priori: todos los fenómenos externos están determinados en el espacio y según las relaciones del espacio a priori, puedo decir, por el principio del sentido interno, con toda generalidad: todos los fenómenos en general, es decir, todos los objetos de los sentidos son en el tiempo y están necesariamente en relaciones de tiempo.
Si
hacemos abstracción de nuestro modo de intuirnos interiormente y de comprender
mediante esa intuición, todas las intuiciones externas en la facultad de
representación; si por tanto tomamos los objetos tales y como puedan ser ellos
en sí mismos, entonces el tiempo no es nada. Sólo tiene validez objetiva con
respecto a los fenómenos, porque tales son ya las cosas que admitimos como
objetos de nuestros sentidos; pero el tiempo no es objetivo si hacemos
abstracción de la sensibilidad de
nuestra intuición y, por tanto, del modo de representación que nos es peculiar y
hablamos de cosas en general. El tiempo es, pues, solamente una condición
subjetiva de nuestra (humana) intuición (la cual es siempre sensible, es decir,
por cuanto somos afectados por objetos) y no es nada en sí, fuera del sujeto.
Sin embargo, en consideración de todos los fenómenos y, por tanto, también de
todas las
cosas que se nos pueden presentar en la experiencia, es necesariamente objetivo.
No podemos decir:
todas las cosas están en el tiempo; porque en el concepto de las cosas en general se hace abstracción de todo modo de intuición de las mismas, siendo éste sin embargo la propia condición bajo la cual el tiempo pertenece a la representación de los objetos. Ahora bien, si se añade la condición al concepto y se dice: todas las cosas, como fenómenos (objetos de la intuición sensible) están en el tiempo, entonces el principio tiene exactitud objetiva y universalidad a priori.
Nuestras afirmaciones enseñan, pues, la realidad empírica del tiempo, es decir,
su validez objetiva con respecto a todos los objetos que pueden ser dados a
nuestros sentidos. Y como nuestra intuición es siempre sensible, no puede nunca
sernos dado un objeto en la experiencia, que no se encuentre bajo la condición
del tiempo. En cambio, negamos al tiempo toda pretensión a realidad
absoluta,,esto es, a que, sin tener en cuenta la forma de nuestra intuición
sensible, sea inherente en absoluto a las cosas como condición o propiedad.
Tales propiedades que convienen a las cosas en sí, no pueden sernos dadas nunca
por los sentidos. En esto consiste, pues, la idealidad transcendental
del tiempo, según la cual éste, cuando se hace abstracción de las condiciones
subjetivas de la intuición sensible, no es nada y no puede ser atribuido a los
objetos en sí mismos (sin su relación con nuestra intuición) ni por modo
subsistente ni por modo inherente. Sin embargo, esta idealidad, como la del
espacio, no ha de compararse con las subrepciones de la sensación, porque en
éstas se presupone que el fenómeno mismo, en quien esos predicados están
inherentes, tiene realidad objetiva, cosa que aquí desaparece enteramente,
excepto en cuanto es meramente empírica, es decir, que aquí se
considera el objeto mismo, sólo como fenómeno: sobre esto véase la nota anterior
de la sección primera.
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Explicación
Contra esta teoría que concede al tiempo realidad empírica, pero le niega la absoluta y transcendental, presentan una objeción los entendidos, con tanta unanimidad, que me hace pensar que ha de hacerla también naturalmente todo lector para quien no sean habituales estas consideraciones.
Dice la
objeción como sigue: las mutaciones son reales (esto lo demuestra el cambio de
nuestras propias representaciones, aunque se quisieran negar todos los fenómenos
externos con sus mutaciones). Las mutaciones, empero, no son posibles más que en
el tiempo; el tiempo, pues, es algo real. La contestación no ofrece dificultad.
Concedo todo el argumento. El tiempo es, desde luego, algo real, a saber: la
forma real de la intuición interna. Tiene, pues, realidad subjetiva en lo
tocante a la experiencia interna; es decir, tengo realmente la representación
del tiempo y de mis determinaciones
en él. Es pues, real, no como objeto, sino considerado como el modo de
representación de mí mismo como objeto. Mas si yo mismo u otro ser pudiese
intuirme sin esa condición de la sensibilidad, esas mismas determinaciones, que
nos representamos ahora como mutaciones, nos darían un conocimiento en el cual
no se hallaría la representación del tiempo y, por ende, tampoco de la mutación.
Subsiste, pues, su realidad empírica como condición de todas nuestras
experiencias. Sólo la realidad absoluta no le puede ser concedida, por lo
anteriormente dicho. No es más que la forma
de nuestra intuición interna. Si se quita de él la particular condición de
nuestra sensibilidad, desaparece también el concepto del tiempo. El tiempo,
pues, no es inherente a los objetos mismos, sino sólo al sujeto que los intuye.
Pero la causa por la cual esa objeción vuelve con tanta unanimidad, en boca de
quienes, por cierto, nada pueden, sin embargo, oponer a la teoría de la
idealidad de espacio, es ésta: que no confiaban en poder demostrar
apodícticamente la realidad absoluta del espacio, porque frente a ellos está el
idealismo, según el cual, no es posible demostrar estrictamente la realidad de
los objetos exteriores. Pero, en cambio, la del objeto de nuestro sentido
interno (yo mismo y mi estado) es inmediatamente clara por la conciencia.
Aquellos objetos externos podrán ser mera apariencia; este objeto interno empero
es, según su opinión, innegablemente algo real. Pero no pensaron que ambos,
objetos, el externo y el interno, sin que se pueda discutir su realidad como
representaciones, pertenecen, sin embargo, solo al fenómeno, el cual tiene
siempre dos lados, el uno cuando el objeto es considerado en sí mismo
(prescindiendo del modo de intuirlo, por lo cual su modo de ser, precisamente
por eso, permanece siempre problemático) y el otro cuando se mira a la forma de
la intuición de ese objeto, forma que ha de buscarse no en el objeto en sí
mismo, sino en el sujeto a quien éste aparece, aunque corresponde, sin embargo,
necesaria y realmente al fenómeno de ese objeto.
Espacio y tiempo son, por tanto, dos fuentes de conocimiento de las cuales a priori podemos extraer diferentes conocimientos sintéticos; la matemática pura nos da un ejemplo brillante, por lo que se refiere a los conocimientos del espacio y sus relaciones. Ambas, tomadas juntas, son formas puras de toda intuición sensible y, por eso, hacen posibles proposiciones sintéticas a priori. Mas esas fuentes de conocimiento a priori determinan sus límites precisamente por eso (porque son meras condiciones de la sensibilidad) a saber: que se refieren sólo a objetos en cuanto son considerados como fenómenos, mas no representan cosas en sí mismas. Aquellos fenómenos solos constituyen el campo de su validez y cuando nos salimos de ellos, no podemos hacer uso alguno objetivo de esas fuentes. Esa realidad del espacio y del tiempo deja incólume la certeza del conocimiento de experiencia: pues estamos ciertos de él, pertenezcan necesariamente esas formas a las cosas en sí mismas o a nuestra intuición. En cambio, los que sostienen la realidad absoluta del espacio y del tiempo, admítanla como subsistente o solo inherente, tienen que hallarse en contradicción con los principios de la experiencia misma. Pues, si se deciden por lo primero (partido que generalmente adoptan los que investigan matemáticamente la naturaleza), tienen que admitir dos nadas eternas, infinitas, existentes por sí (el espacio y el tiempo) que existen (sin que, sin embargo, ninguna realidad exista) sólo para comprender dentro de sí todo lo real. Si se deciden por el segundo partido (al cual pertenecen algunos que investigan metafísicamente la naturaleza) y consideran el espacio y el tiempo como relaciones de los fenómenos (al lado o después unos de otros) abstraídas de la experiencia, si bien confusamente representadas en la separación, entonces tienen que negar a las teorías matemáticas a priori, en lo que se refiere a cosas reales (v. g. en el espacio) su validez o, al menos, la certeza apodíctica. Porque ésta no puede tener lugar a posteriori y los conceptos a priori del espacio y del tiempo, según esta opinión, son sólo creaciones de la imaginación, cuya fuente ha de buscarse realmente en la experiencia, con cuyas relaciones, abstraídas, ha hecho la imaginación algo que, si bien contiene lo universal de las mismas, no puede, sin embargo, tener lugar sin las restricciones que la naturaleza ha enlazado con ellas. Los primeros ganan tanto que abren el campo de los fenómenos para las afirmaciones matemáticas, en cambio, confúndense mucho, por esas mismas condiciones, cuando el entendimiento quiere salir de ese campo. Los segundos ganan, es cierto, en lo que a esto último se refiere, puesto que las representaciones de espacio y tiempo no les cierran el camino cuando quieren juzgar de los objetos no como fenómenos, sino sólo en relación al entendimiento; mas, en cambio, ni pueden señalar el fundamento de la posibilidad de conocimientos matemáticos a priori (ya que les falta una intuición a priori verdadera y con valor objetivo), ni poner las leyes de la experiencia en necesaria concordancia con aquellas afirmaciones. En nuestra teoría de la verdadera constitución de esas dos formas originarias de la sensibilidad, quedan remediadas ambas dificultades.
En
fin, se comprende también claramente que la estética transcendental no pueda
contener más que esos dos elementos, a saber: espacio y tiempo. Todos los demás
conceptos, en efecto, que pertenecen a la sensibilidad, incluso el del
movimiento, que reúne ambas partes, presuponen algo empírico. El movimiento
presupone percepción de algo que se mueve. Mas en el espacio, considerado en sí,
nada es móvil; lo móvil tiene que ser algo que no se encuentra en el espacio
más que por experiencia; por lo tanto, un dato empírico. De igual modo no puede
la estética transcendental contar el concepto de la variación entre sus datos a
priori; pues el tiempo mismo no muda, sino algo que está en el tiempo. Así,
pues, se exige, además, la percepción de alguna existencia y
de la sucesión de sus determinaciones, por ende, la experiencia.
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Observaciones generales a la Estética transcendental
1.) Primeramente será necesario explicar lo más claramente posible cuál es nuestra opinión respecto de la constitución fundamental del conocimiento sensible en general, para prevenir toda mala interpretación acerca de ella.
Hemos querido decir, pues, que toda nuestra intuición no es nada más que la
representación del fenómeno; que las cosas que intuimos no son en sí mismas lo
que intuimos en ellas, ni tampoco están constituidas sus relaciones en sí
mismas como nos aparecen a nosotros; y que si suprimiéramos nuestro sujeto o aún
sólo la constitución subjetiva de los sentidos en general, desaparecerían toda
constitución, todas relaciones de los objetos en el espacio y el tiempo, y aún
el espacio y el tiempo mismos que, como fenómenos, no pueden existir en sí
mismos, sino sólo en nosotros. ¿Qué son los
objetos en sí y separados de toda esa receptividad de nuestra sensibilidad? Esto
permanece para nosotros enteramente desconocido. No conocemos más que nuestro
modo de percibirlos, que nos es peculiar, y que no debe corresponder
necesariamente a todo ser, si bien sí a todo hombre. Mas de éste tan sólo hemos
de ocuparnos. El espacio y el tiempo son las formas puras de ese modo de
percibir; la sensación, en general, es la materia. Aquellas podemos sólo
conocerlas a priori, es decir, antes de toda percepción real y por eso se llaman
intuiciones puras; la sensación, empero, es, en nuestro conocimiento, lo que
hace que éste sea llamado conocimiento a posteriori, es decir, intuición
empírica. Aquellas formas penden de nuestra sensibilidad con absoluta necesidad,
sean del modo que quieran nuestras sensaciones; éstas pueden ser muy diferentes.
Aunque pudiéramos elevar esa nuestra intuición al grado sumo de claridad, no por
eso nos acercaríamos más a la constitución de los objetos en sí mismos. Pues, en
todo caso, no haríamos más que conocer completamente nuestro modo de intuición,
es decir, nuestra sensibilidad, y aun ésta siempre bajo las condiciones de
espacio y tiempo,
originariamente referidas al sujeto. Pero jamás podremos conocer lo que son los
objetos en sí, por luminoso que sea nuestro conocimiento del fenómeno, que es
lo único que nos es dado.
Por
lo tanto, decir que nuestra sensibilidad toda no es más que la representación
confusa de las cosas, representación que encierra solamente lo que les conviene
a las cosas en sí mismas, aunque en tal amontonamiento de caracteres y
representaciones parciales, que no podemos analizarlo con clara consciencia, es
falsear el concepto de sensibilidad y de fenómeno, haciendo inútil y vacía toda
la teoría de éstos. La diferencia entre una representación clara y una confusa
es una diferencia
meramente lógica y no toca al contenido. Sin duda el concepto de derecho usado
por el
entendimiento común, contiene las mismas cosas que una especulación sutil extrae
y desarrolla, sin que en el uso común y práctico tenga nadie consciencia de esas
múltiples representaciones contenidas en ese pensamiento. Mas no por eso puede
decirse que el concepto común sea sensible y encierre un mero fenómeno, pues el
derecho no puede en modo alguno aparecer como fenómeno, sino que su concepto
yace en el entendimiento y representa una constitución (la moral) de las
acciones, que les corresponde en sí mismas. En cambio la representación de un
cuerpo no encierra en la intuición nada
que pueda convenir a un objeto en sí, sino contiene el fenómeno de algo y el
modo como nosotros somos afectados por ese algo; y esa receptividad de nuestra
capacidad de conocimiento se llama sensibilidad y sigue siendo totalmente
diferente del conocimiento del objeto en sí mismo, aunque se penetre en el
fenómeno hasta el mismo fondo.
La filosofía Leibnizo-Wolfiana ha colocado pues todas las investigaciones acerca de la naturaleza y el origen de nuestros conocimientos, bajo un punto de vista enteramente erróneo, considerando la diferencia entre la sensibilidad y lo intelectual como meramente lógica, cuando manifiestamente es transcendental y toca no sólo a la forma de claridad o confusión, sino al origen y al contenido de los conocimientos; por modo tal que en la primera no es sólo que conocemos confusamente la constitución de las cosas en sí mismas, sino que no la conocemos de ninguna manera y, tan pronto como suprimimos nuestra constitución subjetiva, no hallamos en parte alguna ni podemos hallar ya el objeto representado, con las propiedades que lo confirió la intuición sensible, porque precisamente esa constitución subjetiva determina la forma del objeto como fenómeno.
Distinguimos por lo demás en los fenómenos, lo que depende esencialmente de la
intuición y vale para todo sentido humano en general, de aquello otro que les
corresponde sólo casualmente, por no ser valedero para la relación de la
sensibilidad en general, y sí sólo para una particular posición u organización
de este o aquel sentido. Y entonces decimos del primer conocimiento, que
representa el objeto en sí mismo, del segundo que sólo su fenómeno. Mas esa
diferencia es sólo empírica. Si permanecemos en ella (como suele ocurrir) y no
consideramos aquella intuición empírica a su vez como mero fenómeno (como
debiera ocurrir), de tal modo que en ella no se encuentra nada que se refiera a
una cosa en sí misma, entonces está perdida nuestra distinción transcendental y
entonces creemos conocer las cosas en sí mismas, aunque por doquiera (en el
mundo sensible), y aún en la investigación más profunda de sus objetos, no
tenemos conocimiento más que de fenómenos. Así por ejemplo diremos que el arco
iris es un mero fenómeno cuando llueve y sale el sol y que la lluvia es la
cosa en sí misma; y esto es exacto, siempre que entendamos este último concepto
en su sentido físico, es decir como aquello que, en la experiencia universal y
bajo las distintas posiciones respecto a los sentidos, está sin embargo
determinado en la intuición así y no de otro modo. Pero si tomamos el elemento
empírico en general y sin preocuparnos de la coincidencia del mismo con todo
sentido humano, preguntamos si representa también un objeto en sí mismo (no las
gotas de lluvia, pues éstas, como fenómenos, son ya objetos empíricos), entonces
la cuestión de la referencia de la representación al objeto es transcendental, y
no sólo esas gotas son meros fenómenos, sino también su figura redonda y hasta
el espacio en que caen no son nada en sí mismos, sino meras modificaciones o
fundamentos de nuestra intuición sensible; el objeto transcendental empero
permanece desconocido para nosotros.
El segundo asunto importante de nuestra estética transcendental es que no sólo como hipótesis aparente conquista algún favor, sino que es tan cierta e indudable como puede exigirse a una teoría que debe servir de organon. Para hacer plenamente luminosa esa certeza, vamos a elegir un caso en el cual su validez puede hacerse patente y servir para aclarar más lo dicho en el nº 3.
Supongamos que el espacio y el tiempo sean objetivos en sí mismos y condiciones
de la posibilidad de las cosas en sí mismas. Se ve entonces primero: que de
ambos resultan proposiciones a priori apodícticas y sintéticas en gran número,
sobre todo del espacio, que por eso vamos a investigar aquí preferentemente como
ejemplo. Como las proposiciones de la geometría son conocidas sintéticamente a
priori y con certeza apodíctica, pregunto yo: ¿de dónde sacáis semejantes
proposiciones? y ¿sobre qué se apoya nuestro entendimiento para llegar a
semejantes verdades absolutamente necesarias y universalmente valederas? No hay
más camino que o por medio de conceptos o por medio de intuiciones; pero ambos
son dados a priori o a posteriori. Estos últimos, a saber los conceptos
empíricos, así como aquello en que se fundan, la intuición empírica, no pueden
dar proposición sintética alguna, a no ser que sea solo empírica, es decir,
proposición de experiencia, que por tanto no puede encerrar nunca necesidad y
absoluta universalidad, cosa que es sin embargo lo característico de todas las
proposiciones de la geometría. Queda el primero y único modo, que
sería alcanzar semejantes conocimientos por medio de conceptos o intuiciones a
priori; pero es claro que por meros conceptos no se puede alcanzar conocimiento
alguno sintético, sino sólo analítico.
Tomad
la proposición siguiente: con dos líneas rectas no se puede encerrar ningún
espacio, por tanto ninguna figura es posible. Tratad de deducirla del concepto
de línea recta y de número dos. O tomad esta otra: que con tres líneas rectas es
posible una figura y tratad del mismo modo de deducirla de esos conceptos.
Vuestros esfuerzos serán vanos y os veréis obligados a refugiaros en la
intuición, como también hace siempre la geometría. Os dais pues un objeto en la
in tuición. ¿De qué especie es
esta intuición? ¿Es pura a priori o empírica? Si fuera esto último, nunca
podría salir de ella una proposición universalmente valedera y menos aún
apodíctica, pues la experiencia no puede proporcionar nunca semejantes
proposiciones. Tenéis pues que dar vuestro objeto a priori en la intuición y
fundar en éste vuestra proposición sintética. Ahora bien, si no hubiera en
vosotros una facultad de intuir a priori; si esa condición subjetiva no fuera,
según la forma, al mismo tiempo la condición universal a priori, bajo la cual
tan sólo el objeto de esa intuición (exterior) misma es posible; si el objeto
(el triángulo) fuera algo en sí mismo, sin relación a vuestro sujeto, ¿cómo
podríais decir que lo que yace necesariamente en vuestras condiciones subjetivas
para construir un triángulo, tiene que convenir también al triángulo en sí
mismo? Pues a vuestros conceptos (de tres líneas) no podríais añadir nada nuevo
(la figura) que hubiese necesariamente de hallarse en el objeto; porque éste es
dado antes de nuestro conocimiento y no por él. Así pues si el espacio (y
también el tiempo) no fuese una mera forma de vuestra intuición, que contiene
las condiciones a priori bajo las cuales
solamente las cosas pueden ser para vosotros objetos exteriores (que, sin esas
condiciones subjetivas no son nada en sí) no podríais decidir nada
sintéticamente y a priori sobre objetos exteriores. Es pues, indudablemente
cierto y no sólo posible o verosímil, que el espacio y el tiempo, como
condiciones necesarias de toda experiencia (externa e interna) son solo
condiciones subjetivas de toda nuestra intuición, en relación con las cuales,
por tanto, todos los objetos son meros fenómenos y no cosas dadas por sí en ese
modo; de esos fenómenos pueden decirse por lo tanto a priori muchas cosas, en lo
que toca a la forma de los mismos; pero no se puede nunca decir lo más mínimo de
la cosa en sí misma, que está a la base de esos fenómenos.
II.
Para confirmar esta teoría de la idealidad del sentido externo como del interno
y por tanto de todos los objetos de los sentidos como meros fenómenos, puede
servirnos muy bien la siguiente observación: que lo que en nuestro conocimiento
pertenece a la intuición (exceptuando por lo tanto el sentimiento de placer y
dolor y la voluntad, que no son conocimientos) no encierra nada más que meras
relaciones de los lugares en una intuición (extensión), cambio de los lugares
(movimiento) y leyes según las cuales es determinado ese cambio (fuerzas
motoras). Más ¿qué es lo que está presente en el lugar? o ¿qué es lo eficiente
en las cosas mismas a parte del cambio de lugar? Nada de esto nos es dado en las
citadas relaciones. Por meras relaciones no es conocida una cosa en sí misma;
así pues, hay que juzgar que, puesto que mediante el sentido externo no nos son
dadas más que meras representaciones de relación, ese sentido no puede tampoco
contener más que la relación de un objeto con el sujeto en su representación y
no lo interno que convenga al objeto en sí. Lo mismo ocurre con la intuición
interna. No sólo constituyen en ella las representaciones de los sentidos
externos, la materia propia conque ocupamos nuestro espíritu, sino que el tiempo
en el cual ponemos esas representaciones, y que precede a la conciencia de las
mismas en la experiencia, estando en su base como condición formal del modo como
las colocamos en el espíritu, encierra ya las relaciones de sucesión, de
simultaneidad y de aquello que es simultáneo con la sucesión (lo permanente).
Ahora bien, lo que, como representación, puede preceder a toda acción de pensar
algo, es la intuición y, si no encierra nada más que relaciones, es la forma de
la intuición; la cual, no representando nada sino por cuanto algo es puesto en
el espíritu, no puede ser otra cosa que el modo como el espíritu es afectado
por la propia actividad, a saber, por ese poner sus representaciones y, por lo
tanto, por sí mismo; es decir, que es un sentido interior según su forma. Todo
lo que es representado por un sentido es siempre fenómeno y o no se admite el
sentido interno, o el sujeto, que constituye el objeto de dicho sentido, no
puede ser representado por él, más que como fenómeno y no al modo como juzgaría
el sujeto de sí mismo si su intuición fuese mera actividad propia, es decir,
intelectual Aquí toda la dificultad estriba tan sólo en cómo un sujeto pueda
intuirse a sí mismo interiormente; mas esta dificultad es común a toda teoría.
La conciencia de sí mismo (apercepción) es la simple
representación del yo y si mediante ella sola todo lo múltiple en el sujeto
fuese dado por propia actividad, entonces la intuición interna sería
intelectual. En el hombre, esa conciencia exige una percepción interna de lo
múltiple que es dado anteriormente en el sujeto; y el modo como ese múltiple es
dado en el espíritu sin espontaneidad tiene que llamarse -teniendo en cuenta esa
distinción- sensibilidad. Si la facultad de ser consciente ha de aprehender lo
que está en el espíritu, tiene entonces que afectarle y sólo de ese modo puede
producir una intuición de sí misma, cuya forma empero, anteriormente en el
espíritu, determina en la representación del tiempo el modo cómo lo múltiple
está
reunido en el espíritu; y entonces, éste se construye a sí mismo, no como él
representaría, siendo inmediatamente activo por sí mismo, sino según el modo
cómo es afectado por dentro; consiguientemente no como es, sino como se aparece
a sí mismo.
III. Al decir que en el espacio y en el tiempo la intuición de los objetos exteriores y también la propia intuición del espíritu representan ambas cosas tal como afectan a nuestros sentidos, es decir, tal como aparecen, no quiere esto decir que esos objetos sean una mera apariencia. Pues en el fenómeno son siempre considerados los objetos, y aun las cualidades que les atribuimos, como algo realmente dado; sólo que en cuanto esa cualidad depende del modo de intuición del sujeto, en la relación del objeto dado con él, diferénciase dicho objeto, como fenómeno, de sí mismo como objeto en sí. Así, no digo: los cuerpos parecen solamente estar fuera de mí, o: mi alma parece solamente estar dada en mi conciencia propia, cuando afirmo que la cualidad del espacio y del tiempo (según la cual, como condición de la existencia de cuerpos y alma, pongo estas cosas) está en mi modo de intuir y no en esos objetos en sí. Sería culpa mía si hiciese una mera apariencia de lo que debería considerar como fenómeno. Mas esto no ocurre según nuestro principio de la idealidad de todas nuestras intuiciones sensibles; más bien, cuando se atribuye a aquellas formas de representación una realidad objetiva, entonces es cuando no se puede evitar que todo se convierta por ello en mera apariencia. Pues si consideramos el espacio y el tiempo como cualidades que, según su posibilidad, tienen que hallarse en las cosas en sí, y reflexionamos en los absurdos en que nos vemos entonces complicados -puesto que dos cosas infinitas, que no son substancias ni algo realmente inherente a las substancias, y que, sin embargo, existen y hasta han de ser la condición necesaria de la existencia de todas las cosas, seguirían siendo, aunque se suprimiesen todas las cosas existentes-entonces- no podemos censurar al bueno de Berkeley por haber rebajado los cuerpos a meras apariencias; es más, nuestra propia existencia (que, de ese modo, resultaría depender de la realidad de un imposible como el tiempo), debería tornarse en mera apariencia, absurdo que nadie hasta ahora ha querido cargarse en cuenta.
IV.
En la teología natural, en donde se piensa un objeto que no sólo no puede ser
para nosotros objeto de intuición, sino que no puede ser para sí mismo, en modo
alguno, objeto de intuición sensible, se ha tenido sumo cuidado de excluir de
toda su intuición las condiciones del tiempo y del espacio (pues todo su
conocimiento ha de ser siempre intuitivo y no pensamiento, pues siempre el
pensamiento demuestra limitaciones). Mas ¿con qué derecho puede hacerse esto si
el espacio y el tiempo han sido considerados antes como formas de las cosas en
sí mismas y aun como tales formas, que como condiciones de la existencia de las
cosas a priori, subsisten, aunque se hayan suprimido las cosas mismas? En
efecto, como condiciones de su existencia en general, deberían serlo también de
la existencia de Dios. Si no se quiere hacer de ellas formas objetivas de todas
las cosas, no queda más sino hacerlas formas subjetivas de nuestro modo de
intuir tanto interno, como externo; el cual se llama sensible porque no es
originario, es decir, porque no es tal, que por medio de él la existencia misma
del objeto de la intuición sea dada (éste no puede convenir, según lo que
conocemos, más que el ser primero), sino que depende de la existencia del objeto
y por lo tanto no es posible más que en cuanto la facultad de representación del
sujeto es afectada por el objeto.
Tampoco es necesario que limitemos el modo de intuir en el espacio y el tiempo, a la sensibilidad del hombre; puede ser que todo ser finito pensante tenga necesariamente que coincidir en esto con el hombre (aunque no lo podemos decidir). Mas no por esa validez universal deja de ser sensibilidad, porque es intuición derivada (intuitus derivatus) y no originaria (intuitus originarius) y por tanto no intelectual; ésta, por el fundamento que acabamos de exponer, parece convenir sólo al ser primero, nunca empero a un ser dependiente según su existencia y según su intuición (determinada por su existencia en relación con objetos dados). Esta última observación, sin embargo, debe considerarse sólo como aclaración a nuestra teoría estética, no como fundamento de prueba.
Conclusión de la Estética transcendental
Aquí tenemos ya una de las partes necesarias para la solución del problema
general de la filosofía transcendental: ¿cómo son posibles proposiciones
sintéticas a priori? Constituyen esta parte las intuiciones puras a priori,
espacio y tiempo, en las cuales, cuando haciendo un juicio a priori queremos
salir del concepto dado, encontramos aquello que no puedes ser descubierto a
priori en el concepto, pero sí en la intuición que le corresponde y puede ser
sintéticamente enlazado con el primero; estos juicios por dicha razón no pueden
extenderse, sin embargo, más que a objetos de los
sentidos y valen sólo para objetos de la experiencia posible.
Segunda parte de la Doctrina elemental transcendental
La lógica transcendental
Introducción
Idea de una lógica transcendental
- I -
De la lógica en general
Nuestro conocimiento se origina en dos fuentes fundamentales del espíritu; la primera es la facultad de recibir representaciones (la receptividad de las impresiones), la segunda es la facultad de conocer un objeto mediante esas representaciones; por la primera nos es dado un objeto, por la segunda es éste pensado en la relación con aquella representación (como mera determinación del espíritu).
Intuición y conceptos constituyen, pues, los elementos de todo nuestro conocimiento; de tal modo que ni conceptos sin intuición, que de alguna manera les corresponda, ni intuición sin conceptos, pueden dar un conocimiento. Ambos son o puros o empíricos. Empíricos, cuando una sensación (que presupone la presencia real del objeto) está contenida en ellos; puros, cuando con la representación no se mezcla sensación alguna. Esta última puede llamarse la materia del conocimiento sensible. Por eso la intuición pura encierra solamente la forma bajo la cual algo es intuido; y el concepto puro, sólo la forma del pensar un objeto en general. Sólo intuiciones puras o conceptos puros son posibles a priori; conceptos o intuiciones empíricas sólo son posibles a posteriori.
Llamaremos
sensibilidad a la receptividad de nuestro espíritu para recibir
representaciones, en cuanto éste es afectado de alguna manera; llamaremos en
cambio entendimiento a la facultad de producir nosotros mismos representaciones,
o a la espontaneidad del conocimiento. Nuestra naturaleza lleva consigo que la
intuición no pueda ser nunca más que sensible, es decir, que encierre sólo el
modo como somos afectados por objetos. En cambio es el entendimiento la facultad
de pensar el objeto de la intuición sensible. Ninguna de estas propiedades ha
de preferirse a la otra. Sin
sensibilidad, no nos sería dado objeto alguno; y sin entendimiento, ninguno
sería pensado.
Pensamientos sin contenido son vanos, intuiciones sin conceptos son ciegas. Por eso es tan necesario hacerse sensibles los conceptos (es decir, añadirles el objeto en la intuición), como hacerse comprensibles las intuiciones (es decir, traerlas bajo conceptos). Ambas facultades o capacidades no pueden tampoco trocar sus funciones. El entendimiento no puede intuir nada, y los sentidos no pueden pensar nada. Sólo de su unión puede originarse conocimiento. No por eso, sin embargo, es lícito confundir la aportación de cada uno, sino que hay fuertes motivos para separar y distinguir cuidadosamente unos y otros. Por eso distinguimos la ciencia de las reglas de la sensibilidad en general, es decir, la estética, de la ciencia de las reglas del entendimiento en general, es decir, la lógica.
Ahora bien, la lógica puede a su vez tomarse en dos sentidos; o como lógica del
uso general del entendimiento, o como lógica del uso particular del mismo. La
primera encierra las reglas del pensar, absolutamente necesarias, sin las cuales
no hay uso alguno del entendimiento, y se dirige, pues, a él sin tener en cuenta
la diferencia entre los objetos a que pueda referirse. La lógica del uso
particular del entendimiento encierra las reglas para pensar rectamente sobre
una cierta especie de objetos. Aquélla
puede llamarse lógica elemental; ésta, en cambio, es el organon de tal o cual
ciencia. Esta última suele, en las escuelas, ir por delante como propedéutica de
las ciencias, aunque, según la marcha de la razón humana, es lo último a que
ésta llega, cuando ya la ciencia está desde hace tiempo hecha, y necesita sólo
la última mano para su comprobación y perfección. Pues hay que conocer los
objetos ya en un grado bastante elevado, para dar las reglas de cómo pueda
llevarse a cabo una ciencia de ellos.
La
lógica general es o lógica pura o lógica aplicada. En la primera hacemos
abstracción de todas las condiciones empíricas bajo las cuales nuestro
entendimiento se ejercita, v. g., del influjo de los sentidos, del juego de la
imaginación, de las leyes de la memoria, de la fuerza de la costumbre, de la
inclinación,. etc., y por lo tanto, también de las fuentes de los prejuicios y,
en general, de todas las causas que pueden originar o introducir en nosotros
ciertos conocimientos, porque éstas se refieren al entendimiento sólo bajo
ciertas circunstancias de su aplicación y para conocerlas es necesario la
experiencia. Una lógica general, pero pura, tiene sólo que ocuparse de
principios a priori y es un canon del entendimiento y de la razón; pero sólo
por lo que se refiere a la parte formal de su uso, sea el contenido el que
quiera (empírico o transcendental). Mas la lógica general se llama luego
aplicada cuando se refiere a las reglas del uso del entendimiento, bajo las
condiciones subjetivas empíricas que nos enseña la psicología. Tiene pues,
principios empíricos, si bien es general en cuanto
se ocupa del uso del entendimiento, sin distinción de objetos. Por eso no es ni
un canon del entendimiento en general, ni un organon de ciencias particulares,
sino solamente un katharticon del entendimiento común.
En la lógica general, la parte que ha de constituir la doctrina pura de la razón debe, pues, separarse enteramente de la parte que constituye la lógica aplicada (aunque siempre general). La primera sola es propiamente ciencia, si bien corta y seca y tal como la exige la exposición escolástica de una doctrina elemental del entendimiento. En ésta no deben los lógicos perder de vista nunca dos reglas:
1) Como lógica general, hace abstracción de todo contenido del conocimiento intelectual y de la diferencia de sus objetos y no se ocupa de nada más que de la mera forma del pensar.
2) Como lógica pura, no tiene principios empíricos. Por lo tanto, no toma nada (como a veces se ha creído) de la psicología, la cual, pues, no tiene influjo alguno en el canon del entendimiento. En una doctrina demostrada y todo en ella tiene que ser enteramente cierto a priori.
Lo
que yo llamo lógica aplicada (contrariamente a la significación ordinaria de
esta palabra, según la cual ha de contener ciertos ejercicios para los cuales la
lógica pura da la regla) es una representación del entendimiento y de las reglas
de su uso necesario in concreto, a saber, bajo las condiciones contingentes del
sujeto, que pueden impedir o facilitar ese uso y que todas ellas sólo
empíricamente son dadas. Trata de la atención, de sus obstáculos y sus
consecuencias, del origen del error, del estado de duda, del escrúpulo, de la
convicción, etc. La lógica general y pura guarda con ella la misma relación que
la moral -que contiene sólo las leyes morales necesarias de una voluntad
libre en general- guarda con la teoría propia de la virtud, que considera esas
leyes bajo los obstáculos de los sentimientos, inclinaciones y pasiones a que
los hombres, más o menos, están sometidos, y no puede nunca proporcionar una
ciencia verdadera y demostrada, porque, igual que aquella lógica aplicada,
necesita principios empíricos y psicológicos.
- II -
De la lógica transcendental
La
lógica general hace abstracción, como hemos visto, de todo contenido del
conocimiento, es decir, de toda referencia del conocimiento al objeto y
considera solamente la forma lógica en la relación de los conocimientos entre
sí, es decir, la forma del pensamiento en general. Ahora bien, así como hay
intuiciones puras y empíricas (según demuestra la estética transcendental), así
también podría hallarse una distinción entre un pensar puro y un pensar empírico
de los objetos. En este caso, habría una lógica en la cual no se hiciera
abstracción de todo contenido del conocimiento; pues aquella lógica que
encerrase sólo las reglas del pensar puro de un objeto, excluiría todos los
conocimientos que tuvieran un contenido empírico. Esta lógica se referiría
también al origen de nuestros conocimientos de los objetos, por cuanto ese
origen no puede ser atribuido a los objetos. En cambio, la lógica general no se
preocupa del origen del conocimiento, pues no considera las representaciones
-sean desde un principio dadas a priori en nosotros mismos o séannos sólo
empíricamente dadas- más que por las leyes según las cuales el entendimiento las
usa en relación mutua, cuando piensa; es decir, que trata sólo de la forma del
entendimiento que puede ser proporcionada a las representaciones, cualquiera que
sea su origen.
Y aquí hago yo una observación que extiende su influjo a todas las consideraciones posteriores y que no deberá perderse de vista, a saber: que no todo conocimiento a priori ha de llamarse transcendental. Sólo aquél por el cual conocemos que ciertas representaciones (intuiciones o conceptos) son empleadas o son posibles solamente a priori y cómo lo son, debe llamarse transcendental (es decir, que se refiere a la posibilidad del conocimiento o al uso del mismo a priori). Por eso ni el espacio ni ninguna determinación geométrica a priori del espacio es una representación transcendental; sólo puede llamarse transcendental el conocimiento de que esas representaciones no tienen un origen empírico y la posibilidad de que una determinación geométrica a priori se refiera, sin embargo, a priori a objetos de la experiencia. De igual modo el uso del espacio para los objetos en general sería también transcendental; mas si se limita sólo a los objetos de los sentidos, llámase empírico. La distinción de lo transcendental y de lo empírico pertenece, pues, sólo a la crítica de los conocimientos y no se refiere a la relación de éstos con su objeto.
Esperando pues, que, pueda haber quizá conceptos que se refieran a priori a
objetos, o como intuiciones puras o sensibles, sino sólo como acciones del
pensar puro, que sean, por tanto, conceptos, pero cuyo origen no sea empírico ni
estético, nos hacemos de antemano la idea de una ciencia del entendimiento puro
y del conocimiento racional, por la cual pensamos enteramente a priori objetos.
Semejante ciencia, que determinase el origen, la extensión y la validez objetiva
de esos conocimientos, tendría que llamarse lógica transcendental, porque no
trata sino de las leyes del entendimiento y de la razón. Pero solamente en
cuanto son referidas a objetos a priori y no, como la
lógica general, a los conocimientos racionales, empíricos o puros, sin
distinción.
- III -
De la división de la lógica general en analítica y
dialéctica
La antigua y famosa pregunta con que se creía estrechar a los lógicos y se trataba de ponerlos en la alternativa o de dejarse sorprender en un miserable dialelo o de confesar su ignorancia y por ende la vacuidad de todo su arte, es la siguiente: ¿qué es la verdad? La definición nominal de la verdad, a saber: que es la coincidencia del conocimiento con su objeto, se concede aquí y se presupone. Se desea empero saber cuál sea el criterio general y seguro de la verdad de cada conocimiento.
Es ya una prueba grande y necesaria de prudencia y de penetración, el saber lo que razonablemente se haya de preguntar. Pues cuando la pregunta es en sí absurda y exige contestaciones innecesarias, tiene a veces el inconveniente, a parte de avergonzar al que la hace, de conducir al que la oye sin fijarse bien en ella, a contestaciones absurdas y de dar a ambos el aspecto ridículo que los antiguos expresaban diciendo: uno ordeña al macho y otro tiene el jarro.
Si
verdad consiste en la coincidencia de un conocimiento con su objeto, entonces
ese objeto debe, por lo mismo, distinguirse de otros; pues un conocimiento es
falso cuando no coincide con el objeto a que se refiere, aunque encierre algo
que pueda quizá valer para otros objetos. Ahora bien, un criterio general de la
verdad sería el que fuese valedero para todos los conocimientos en general, sin
distinción de objetos. Pero es bien claro que como en ese criterio se hace
abstracción de todo contenido del conocimiento (referencia a su objeto) y la
verdad concierne precisamente a ese
contenido, resulta enteramente imposible y absurdo preguntar por una
característica de la verdad de ese contenido de los conocimientos y, por tanto,
es imposible dar una nota suficiente y al mismo tiempo general de la verdad.
Como más arriba hemos denominado materia del conocimiento al contenido del
mismo, habrá que decir: de la verdad del conocimiento, según la materia, no se
puede pedir característica alguna general, porque ello es contradictorio en sí
mismo.
Mas
por lo que se refiere al conocimiento según la mera forma (con exclusión de todo
contenido), es también claro que la lógica, en cuanto indica las reglas
universales y necesarias del entendimiento, tiene que exponer, precisamente en
esas reglas, criterios de la verdad. Pues lo que contradice a esas reglas es
falso, porque el entendimiento entonces se opone a sus reglas generales del
pensar, por tanto a sí mismo. Pero estos criterios se refieren sólo a la forma
de la verdad; es decir del pensar en general, y en ese sentido son enteramente
exactos, mas no suficientes. Pues aun cuando un conocimiento sea enteramente
conforme a la forma lógica, es decir, aunque no se contradiga a sí mismo, puede
sin embargo contradecir al objeto. Así pues el criterio meramente lógico de la
verdad, a saber la coincidencia de un conocimiento con las leyes universales y
formales del entendimiento y de la razón, es la conditio sine qua non, y por
tanto la condición negativa de toda verdad. Pero más allá no puede ir la lógica;
la lógica no tiene medios para descubrir el error que se refiere no a la forma,
sino al contenido.
La
lógica general resuelve en sus elementos la función formal del entendimiento y
de la razón y expone dichos elementos como principios de todo juicio lógico de
nuestro conocimiento. Esta parte de la lógica puede pues llamarse analítica y
por eso es la piedra de toque, negativa al menos, de la verdad; ya que, ante
todo, hemos de examinar y apreciar según estas reglas todo conocimiento en su
forma, antes de investigarlo en su contenido, para decidir si encierra verdad
positiva con respecto al
objeto. Mas como la mera forma del conocimiento, por mucho que coincida con las
leyes lógicas, no basta ni mucho menos para constituir la verdad material
(objetiva) del conocimiento, nadie puede, con la lógica sólo, atreverse a
juzgar sobre objetos y afirmar nada, sin antes haber obtenido fuera de la lógica
información fundada acerca de ellos, para luego tratar de utilizar y enlazar esa
información en un todo coherente, según leyes lógicas o, mejor todavía, para
examinarla según las leyes lógicas. Sin
embargo hay algo tan seductor en la posesión de ese arte ilusorio de dar a todos
nuestros
conocimientos la forma del entendimiento (aun cuando en lo que se refiere al
contenido del mismo pueda ser harto pobre y vacío) que aquélla lógica general
aunque es sólo un canon para el juicio, ha sido usada como un organon, por
decirlo así, para la producción real o al menos para la ficción de afirmaciones
objetivas; y de ese modo, en realidad lo que se ha hecho ha sido usarla
abusivamente. La lógica general, como supuesto organon, llámase dialéctica.
Por
muy diferente que haya sido la significación en que los antiguos empleaban este
nombre de una ciencia o de un arte, puede colegirse por el uso real que hacen
de la dialéctica que ésta no era, entre ellos, más que la lógica de la
apariencia, un arte sofístico para dar a su ignorancia o incluso a sus
premeditadas ficciones el color de la verdad, imitando el método de sólida
fundamentación que prescribe la lógica y ando su tópica como paliativo de toda
ficción vana. Puede pues, notarse, como advertencia segura y útil: que la lógica
general, considerada como organon, es siempre una
lógica de la apariencia, es decir, dialéctica. Pues como no nos enseña nada
sobre el contenido del conocimiento, sino sólo las condiciones formales de la
concordancia con el entendimiento, las cuales por lo demás, en lo que se refiere
a los objetos, son enteramente indiferentes, resulta que la pretensión de usarla
como un instrumento (organon) para extender los conocimientos y ampliarlos, al
menos ficticiamente, no conduce más que a una palabrería vana que afirma lo que
se quiere con alguna apariencia o ataca también según el capricho.
Semejante enseñanza no es en modo alguno conforme a la dignidad de la filosofía.
Por eso se ha preferido añadir a la lógica esa denominación de dialéctica, como
crítica de la apariencia dialéctica; y como tal queremos que se entienda también
aquí.
- IV -
De la división de la lógica transcendental en
analítica y dialéctica transcendentales
En
una lógica transcendental aislamos el entendimiento (como antes hemos aislado la
sensibilidad en la Estética transcendental) y destacamos de nuestro conocimiento
tan sólo la parte del pensar que tiene su origen sólo en el entendimiento. El
uso de ese conocimiento puro descansa, empero, en la condición de que, en la
intuición, nos sean dados objetos a los que puede aplicarse dicho conocimiento.
Pues sin intuición, carece de objetos todo conocimiento y, entonces, queda
enteramente vacío. La parte, por lo tanto, de la lógica transcendental, que
expone los elementos del conocimiento puro del entendimiento y los principios
sin los cuales no se puede nunca pensar un objeto, es la analítica
transcendental y al mismo tiempo una lógica de la verdad. Pues ningún
conocimiento puede contradecirla sin que al mismo tiempo pierda todo contenido,
es decir toda referencia a algún objeto, y por ende toda verdad. Mas como es muy
atractivo y seductor usar solos ese conocimiento puro del entendimiento y esos
principios y aún usarlos más allá de los límites de la experiencia (la cual sin
embargo es la única que nos puede proporcionar la materia (objetos) a que
pueden aplicarse aquellos conceptos puros del entendimiento) cae el
entendimiento en el peligro de hacer, mediante sutilezas vanas, un uso material
de los principios meramente formales del entendimiento puro, y de juzgar, sin
distinción, sobre objetos que no nos son dados, y que, hasta quizá no puedan
sernos dados de manera alguna. No debiendo ser propiamente más que un canon para
el juicio del uso empírico, resulta usada abusivamente esa analítica, cuando la
hacemos valer como el organon de un uso universal e ilimitado y cuando nos
atrevemos, con el solo entendimiento puro, a juzgar sintéticamente sobre objetos
en general, y a afirmar y a decidir acerca de ellos. En este
caso, pues, sería dialéctico el uso del entendimiento puro. La segunda parte de
la lógica
transcendental debe ser, por tanto, una crítica de esa ilusión dialéctica y se
llama Dialéctica transcendental; no como arte de suscitar dogmáticamente una
ilusión semejante (arte, desgraciadamente muy fácil, de numerosas charlatanerías
metafísicas), sino como una crítica del entendimiento y de la razón, respecto de
su uso hyperfísico, para descubrir la falsa ilusión de sus infundadas
arrogancias y rebajar esas sus pretensiones de descubrir y ampliar (pretensiones
que piensa alcanzar mediante principios transcendentales) reduciéndolas a un
mero juicio y a una cautela del entendimiento pero contra ilusiones sofísticas.
Primera división
De la lógica transcendental
Analítica transcendental
Esta analítica es la descomposición de todo nuestro conocimiento a priori en los elementos del conocimiento puro del entendimiento. Para esto importan los siguientes puntos:
1) que los conceptos sean conceptos puros y no empíricos; 2) que no pertenezcan a la intuición y a la sensibilidad, sino al pensar y al entendimiento; 3) que sean conceptos elementales y se distingan bien de los deducidos o compuestos de ellos; 4) que su tabla sea completa y que llenen por completo el campo todo del entendimiento puro. Ahora bien, esta integridad de una ciencia no puede admitirse como segura por evaluación aproximativa de un agregado obtenido simplemente por ensayos; sólo es posible mediante una idea conjunta del conocimiento a priori del entendimiento y mediante la división de los conceptos que lo constituyen, división determinada por esa idea; por lo tanto, solo es posible mediante su conexión en un sistema. El entendimiento puro se separa enteramente no sólo de todo lo empírico sino de toda sensibilidad. Es pues una unidad subsistente por sí misma, que se basta a sí misma y que ningún añadido de fuera puede aumentar. Por eso el conjunto de su conocimiento constituirá un sistema que ha de ser comprendido y determinado bajo una idea, sistema cuya integridad y articulación puede proporcionar al mismo tiempo una piedra de toque para la exactitud y la autenticidad de todos los conocimientos que convengan en él. Toda esta parte de la lógica transcendental consiste en dos libros; el primero comprende los conceptos, el segundo los principios del entendimiento puro.
Libro primero
De la analítica transcendental
Analítica de los conceptos
Entiendo por analítica de los conceptos, no el
análisis de los mismos o el procedimiento usual en las investigaciones
filosóficas de descomponer en su contenido los conceptos que se ofrecen y
traerlos a claridad, sino el análisis, menos intentado aún, de la facultad misma
del entendimiento, para inquirir la posibilidad de los conceptos a priori,
buscándolos en el solo entendimiento, como lugar de su nacimiento, y analizando
el uso puro, en general, de este último. Tal es el tema propio de una filosofía
transcendental, pues lo demás es el tratamiento lógico de los conceptos en la
filosofía en
general. Perseguiremos, pues, los conceptos puros en sus primeros gérmenes y
rudimentos en el entendimiento humano, en los cuales yacen preparados, hasta
que, desarrollados con ocasión de la experiencia y libertados, por ese mismo
entendimiento, de las condiciones empíricas, que les son inherentes, sean
expuestos en su pureza.
PRIMER CAPÍTULO
De la analítica de los conceptos
Del hilo conductor para el descubrimiento de todos los conceptos puros del entendimiento
Cuando ponemos en juego una facultad de conocimiento, manifiéstanse, tras
múltiples ocasiones, diversos conceptos, que dan a conocer esa facultad y pueden
reunirse en una lista más o menos extensa, dado que la observación de aquellos
conceptos haya sido larga, o penetrante. Pero ¿dónde acaba esta investigación?
Ello es cosa que con este procedimiento por decirlo así mecánico, no puede nunca
determinarse con seguridad. Ni estos conceptos, así buscados ocasionalmente, se
descubren en orden y unidad sistemática, sino que, al cabo, son emparejados por
la mera semejanza y
ordenados, según la cantidad de su contenido, desde los más simples hasta los
más compuestos, en series que no tienen nada de sistemáticas, si bien han sido
obtenidas en cierto modo metódicamente.
La
filosofía transcendental tiene la ventaja -pero también la obligación- de buscar
sus conceptos según un principio; porque surgen, puros y sin mezcla, del
entendimiento como unidad absoluta y por eso tienen que conexionarse entre sí
según un concepto o idea. Semejante conexión empero proporciona una regla, por
la cual puede determinarse a priori el lugar de cada concepto puro del
entendimiento y la integridad de todos en conjunto; lo cual, si no, dependería
del capricho o del azar.
PRIMERA SECCIÓN
Del hilo conductor transcendental para el descubrimiento de todos los conceptos puros del entendimiento
Del uso lógico del entendimiento en general
El
entendimiento fue definido más arriba sólo negativamente, como una facultad no
sensible de conocimiento. Ahora bien, no podemos, sin la sensibilidad, tener
intuición alguna. El entendimiento pues no es una facultad de intuición. Mas
fuera de la intuición no hay otro modo de conocer, sino por conceptos. Por
tanto, el conocimiento de todo entendimiento, por lo menos humano, es un
conocimiento por conceptos, no intuitivo, sino discursivo. Todas las
intuiciones, como sensibles que son, descansan en afecciones; los conceptos, en
funciones. Mas por función entiendo la unidad de la
acción que consiste en ordenar diversas representaciones bajo una común. Los
conceptos se fundan pues en la espontaneidad del pensar; como las intuiciones
sensibles en la receptividad de las impresiones. De estos conceptos no puede el
entendimiento hacer otro uso que el de juzgar por medio de ellos. Como ninguna
representación se refiere inmediatamente al objeto, a no ser la intuición,
resulta que un concepto no se refiere nunca inmediatamente a un objeto, sino a
alguna otra representación del mismo (sea intuición o incluso ya concepto). El
juicio pues es el conocimiento mediato de un objeto; por lo tanto, la
representación de una representación del mismo. En cada juicio
hay un concepto que vale para muchos y entre esta multitud comprende también una
representación dada, que se refiere entonces inmediatamente al objeto. Así, por
ejemplo, en el juicio: todos los cuerpos son divisibles, el concepto de
divisible se refiere a diversos otros conceptos; pero entre éstos se refiere
aquí particularmente al concepto de cuerpo y éste a ciertos fenómenos que se nos
ofrecen. Estos objetos son pues representados mediatamente, por medio del
concepto de divisibilidad. Todos los juicios son, según esto, funciones de la
unidad entre nuestras representaciones, puesto que, en lugar de una
representación inmediata, se usa para el conocimiento del objeto otra más
elevada, que comprende en sí aquélla y otras más; y así son recogidos en uno
muchos conocimientos posibles. Mas podemos reducir a juicios todas las acciones
del entendimiento, de modo que el entendimiento en general puede representarse
como una facultad de juzgar. Pues, según lo que antecede, es una facultad de
pensar. Pensar es conocer por conceptos. Los conceptos empero se refieren, como
predicados de posibles juicios, a alguna representación de un objeto aún
indeterminado. Así el concepto de cuerpo significa algo, v. g. metal, que puede
ser conocido por aquél concepto. Así pues no es concepto sino porque, bajo él,
otras representaciones son contenidas, por medio de las cuales puede referirse a
objetos. Es pues el predicado para un posible juicio: v. g.
todo metal es un cuerpo. Las funciones del entendimiento pueden pues ser
halladas todas, si podemos exponer completamente las funciones de la unidad en
los juicios. La sección siguiente hará ver que esto puede muy bien llevarse a
cabo.
SEGUNDA SECCIÓN
Del hilo conductor para el descubrimiento de todos los conceptos puros del entendimiento
- 9 -
De la función lógica del entendimiento en los juicios
Si
hacemos abstracción de todo contenido de un juicio en general y atendemos sólo a
la mera forma del entendimiento en él, encontramos que la función del pensar, en
el juicio, puede reducirse a cuatro rúbricas, cada una de las cuales encierra
tres momentos. Pueden representarse cómodamente en la siguiente tabla.
1
CANTIDAD DE LOS JUICIOS
Universales.
Particulares.
Singulares.
2
CUALIDAD
Afirmativos.
Negativos.
Infinitos.
3
RELACIÓN
Categóricos.
Hipotéticos.
Disyuntivos.
4
MODALIDAD
Problemáticos.
Asertóricos.
Apodícticos.
Como esta división parece apartarse de la técnica habitual de los lógicos, en algunos puntos, aunque no esenciales, no serán inútiles las siguientes observaciones, para prevenir alguna mala interpretación.
1ª. Los lógicos dicen con razón que, en el uso de los juicios para los
raciocinios pueden tratarse los juicios singulares como los universales. Pues
precisamente porque no tienen extensión alguna, su predicado no puede referirse
sólo a algo de lo que está contenido en el concepto del sujeto y exceptuarse de
lo demás. Vale ese predicado para aquél concepto sin excepción, exactamente como
si fuera un concepto común con una extensión para cuya total significación
valiese el predicado. Si
comparamos en cambio un juicio singular con otro común, simplemente como
conocimiento según la magnitud, entonces se hallará con éste en la misma
relación que la unidad con la infinidad, y por tanto será en sí mismo
esencialmente distinto de éste. Así pues, si estimo un juicio singular (iudicium
singulare) no sólo según su validez interior, sino también como conocimiento en
general, según la magnitud que tiene, en comparación con otros conocimientos,
entonces es desde luego distinto de los juicios comunes (judicia communia) y
merece ocupar un lugar especial en una tabla completa de los momentos del pensar
en general (aunque no seguramente en la lógica que se limite al uso de los
juicios entre sí).
2ª. De igual modo tenían que distinguirse, en una lógica transcendental, los juicios infinitos de los afirmativos, aún cuando en la lógica general cuéntanse entre éstos y no forman un miembro especial de la división. Esta lógica hace, en efecto, abstracción de todo contenido del predicado (aunque sea negativo) y atiende tan sólo a si éste es atribuido u opuesto al sujeto. Aquella otra lógica, en cambio, considera el juicio también según el valor o contenido de esa afirmación lógica hecha por medio de un predicado meramente negativo y la ganancia que proporciona respecto del conocimiento todo. Si yo dijera del alma que no es mortal, evitaría al menos un error, mediante un juicio negativo.
Mas con
la proposición siguiente: el alma es inmortal, he afirmado realmente, según la
forma lógica, colocando el alma en la ilimitada extensión de los seres
inmortales. Ahora bien, como de toda la extensión de seres posibles lo mortal
constituye una parte y lo inmortal la otra, resulta que mediante mi proposición
no digo otra cosa sino que el alma es una de las infinitas cosas que quedan
cuando elimino lo mortal en su totalidad. Pero de esta manera limítase la esfera
infinita de todo lo posible, por
cuanto lo mortal queda excluido de ella y el alma queda colocada en la extensión
restante de su espacio. Mas este espacio, a pesar de esa exclusión, sigue siendo
infinito; distintas partes del mismo pueden aún ser excluidas, sin que por ello
el concepto del alma aumente en lo más mínimo y se determine afirmativamente.
Estos juicios infinitos, por su extensión lógica, son pues realmente sólo
limitativos, respecto del contenido del conocimiento en general; y en ese
sentido no pueden omitirse en la tabla transcendental de todos los momentos del
pensar en los juicios, porque la función que el entendimiento ejerce en ellos
puede quizá ser importante en el campo de su conocimiento puro a priori.
3ª. Todas las relaciones del pensar en los juicios, son: a) del predicado con
el sujeto, b) del fundamento con la consecuencia, c) del conocimiento dividido y
de todos los miembros de la división entre sí. En la primera especie de juicios
considéranse sólo dos conceptos, en la segunda dos juicios, en la tercera varios
juicios en relación unos con otros. La proposición hipotética siguiente: «si
existe una justicia perfecta, el malo impenitente es castigado», encierra
propiamente la relación de dos proposiciones, la primera: «existe una justicia
perfecta», y la segunda: «el malo impenitente es castigado». Aquí queda
indeciso si ambas proposiciones son verdaderas en sí. Sólo la consecuencia es lo
pensado mediante este juicio. Por último, el juicio disyuntivo encierra una
relación de dos o más proposiciones, unas con otras, pero no una relación de
consecuencia, sino de oposición lógica, en cuanto que la esfera de la una
excluye la de la otra, mas al mismo tiempo de comunidad, en cuanto que todas
juntas llenan la esfera del conocimiento propio; una relación, por tanto, de las
partes de la
esfera de un conocimiento, puesto que la esfera de cada parte es un complemento
de la esfera de la otra, para el conjunto total del conocimiento propio, como v.
g. «el mundo existe o por un ciego azar o por interior necesidad o por una causa
exterior». Cada una de esas proposiciones asume una parte de la esfera del
conocimiento posible acerca de la existencia de un mundo en general, y todas
juntas, toda la esfera. Excluir el conocimiento de una de esas esferas,
significa incluirlo en las restantes; e incluirlo en una esfera significa
excluirlo de las restantes. Así pues, en un juicio disyuntivo, hay cierta
comunidad de conocimientos que consiste en que se excluyen recíprocamente unos a
otros; mas por eso mismo, en conjunto, determinan todos el verdadero
conocimiento, constituyendo el contenido total de un único conocimiento dado. Y
esto es lo único que hallo necesario observar aquí para entender mejor lo que
sigue.
4ª. La modalidad de los juicios es una función muy especial de los mismos que
se caracteriza por no contribuir en nada al contenido del juicio (pues fuera de
la cantidad, cualidad y relación, nada queda ya que constituya el contenido del
juicio), y referirse tan sólo al valor de la cópula, en relación con el pensar
en general. Problemáticos son aquellos juicios en los cuales el afirmar o negar
se admite sólo como posible (voluntario). Asertóricos, cuando es considerado
como real (verdadero).
Apodícticos son aquellos en los cuales se advierte como necesario(59).
Así los dos juicios cuya relación constituye el juicio hipotético (antecedens y
consequens), como también aquellos en cuya acción recíproca consiste el
disyuntivo (miembros de la división) son todos problemáticos. En el ejemplo
anterior, la proposición: «existe una justicia perfecta», no está dicha
asertóricamente, sino sólo pensada como un juicio voluntario, que es posible que
alguien admita, y sólo su consecuencia es asertórica. Por eso esos juicios
pueden ser manifiestamente falsos y sin embargo, tomados problemáticamente, ser
condiciones del conocimiento de la verdad. Así el juicio: «el mundo existe por
un ciego azar», en el juicio disyuntivo, tiene sólo una significación
problemática, a saber, que alguien admita esta proposición, por un momento, y
sirve sin embargo (como indicación del camino falso entre el número de todos los
que se pueden seguir) para encontrar el camino verdadero. La proposición
problemática es pues aquella que expresa sólo posibilidad lógica (que no es
objetiva); es
decir, una elección libre para dejar valer una proposición semejante, una
admisión meramente caprichosa de la misma en el entendimiento. La asertórica
dice realidad lógica o verdad, como v. g., en un raciocinio hipotético el
antecedente en la mayor se presenta problemático; en la menor, asertórico, y
muestra que la proposición está ya enlazada con el entendimiento, según las
leyes de éste. La proposición apodíctica piensa el juicio asertórico como
determinado por esas leyes del entendimiento mismo y, por tanto, como afirmando
a priori; y de esa manera expresa necesidad lógica. Ahora bien, como aquí todo
se incorpora gradualmente al entendimiento, de tal modo que primero se juzga
algo problemáticamente, luego se admite asertóricamente como verdadero y por
último se afirma como enlazado inseparablemente con el entendimiento, es decir,
como necesario y apodíctico, resulta que se puede decir que las tres funciones
de la modalidad son otros tantos momentos del pensar en general.
TERCERA SECCIÓN
Del hilo conductor para el descubrimiento de todos los conceptos puros del entendimiento
-10 -
De los conceptos puros del entendimiento o categorías
La
lógica general hace abstracción, como hemos repetido muchas veces, de todo
contenido del conocimiento y espera que le sean dadas representaciones por otro
conducto, sea éste el que fuere, para transformarlas en conceptos, lo cual
sucede analíticamente. En cambio, la lógica transcendental tiene ante sí un
múltiple de la sensibilidad a priori, que la estética transcendental le ofrece,
para dar a los conceptos puros del entendimiento una materia, sin la cual
quedaría esa lógica sin contenido
alguno y por tanto sería enteramente vana. Ahora bien, el espacio y el tiempo
encierran un múltiple de la intuición pura a priori, pero pertenecen a las
condiciones de la receptividad de nuestro espíritu, bajo las cuales tan sólo
puede éste recibir representaciones de objetos, que por lo tanto han de afectar
siempre también al concepto de los mismos. Mas la espontaneidad de nuestro
pensar exige que ese múltiple sea primero recorrido, recogido y reunido para
hacer de él un conocimiento. A esta
acción llamo síntesis.
Entiendo empero por síntesis, en el sentido mas general, la acción de añadir
diferentes representaciones unas a otras y comprender su multiplicidad en un
conocimiento. Semejante síntesis es pura cuando lo múltiple no es dado
empíricamente sino a priori (como lo múltiple en el espacio y el tiempo). Antes
de todo análisis de nuestras representaciones, han de ser éstas dadas primero y
ningún concepto puede originarse, en su contenido, analíticamente. Mas la
síntesis de un múltiple (sea
dado empíricamente o a priori) produce primero un conocimiento que puede bien al
principio ser todavía grosero y confuso y por tanto que necesita del análisis;
pero la síntesis es propiamente la que colecciona los elementos para los
conocimientos y los une en un cierto contenido; es pues lo primero a que hemos
de atender, si queremos juzgar sobre el primer origen de nuestro conocimiento.
La síntesis en general es, como veremos más adelante, el mero efecto de la imaginación, función ciega aunque indispensable del alma, sin la cual no tendríamos conocimiento alguno, mas de la cual rara vez llegamos a ser conscientes. Pero reducir esa síntesis a conceptos, ésta es una función que corresponde al entendimiento y por la cual, y solo entonces, éste nos proporciona el conocimiento en la propia significación de esta palabra.
La síntesis pura, en su representación general, da el concepto puro del entendimiento. Entiendo empero por esta síntesis, la que descansa en un fundamento de la unidad sintética a priori: así nuestra numeración (en los grandes números es ello sobre todo notable) es una síntesis según conceptos, porque ocurre según un fundamento común de unidad. (v. g. la decádica). Bajo este concepto es pues necesaria la unidad en la síntesis de lo múltiple.
Analíticamente son diferentes representaciones reducidas bajo un concepto (de
este tema trata la lógica general). Mas reducir a conceptos no las
representaciones, sino la pura síntesis de las representaciones, es lo que
enseña la lógica transcendental. Lo primero que tiene que sernos dado, para el
conocimiento de todos los objetos a priori, es lo múltiple de la intuición pura;
la síntesis de ese múltiple por la imaginación es lo segundo, pero esto no da
aún conocimiento alguno. Los conceptos que dan unidad a esa síntesis pura y
consisten sólo en la representación de esa unidad sintética necesaria, hacen lo
tercero para el conocimiento de un objeto que se presenta, y descansan
en el entendimiento.
La
misma función que da unidad a las diferentes representaciones en un juicio, da
también unidad a la mera síntesis de diferentes representaciones en una
intuición, y esa unidad se llama, con expresión general, el concepto puro del
entendimiento. El mismo entendimiento pues, y mediante las mismas acciones por
las cuales produjo en los conceptos la forma lógica de un juicio por medio de la
unidad analítica, pone también, por medio de la unidad sintética de lo múltiple
en la intuición en general, un contenido transcendental en sus representaciones,
por lo cual llámanse éstas conceptos
puros del entendimiento, que se refieren a priori a objetos, cosa que la lógica
general no puede llevar a cabo.
De
esta manera se originan precisamente tantos conceptos puros del entendimiento
referidos a priori a objetos de la intuición en general, como funciones lógicas
en todos los juicios posibles hubo en la tabla anterior; pues el entendimiento
queda enteramente agotado por las referidas funciones y su facultad totalmente
abrazada. Vamos a llamar a esos conceptos categorías, según Aristóteles, pues
que nuestra intención es la misma que la suya, en un principio, si bien se aleja
mucho de ella en su desarrollo.
T A B L A DE L A S C A T E G O R Í A S
1
DE LA CANTIDAD
Unidad.
Pluralidad.
Totalidad.
2
DE LA CUALIDAD
Realidad.
Negación.
Limitación.
3
DE LA RELACIÓN
Inherencia y subsistencia
(Substantia et accidens).
Causalidad y dependencia
(Causa y efecto).
Comunidad (acción recíproca
entre el agente y el paciente).
4
DE LA MODALIDAD
Posibilidad - imposibilidad.
Existencia - no existencia.
Necesidad - contingencia.
Tal es el inventario de todos los conceptos primariamente puros
de la síntesis, contenidos en el entendimiento a priori y por los cuales tan
sólo es éste un entendimiento puro, pues que solo por ellos puede comprender
algo, en lo múltiple de la intuición, es decir pensar un objeto de la misma.
Esta división se ha producido sistemáticamente por un principio común, a saber
la facultad de juzgar (que es tanto como la facultad de pensar), y no ha surgido
rapsódicamente de una rebusca de los conceptos puros, emprendida a la buena de
Dios; en esta última no se puede nunca estar seguro de que la enumeración sea
completa, pues que sólo es concluida por inducción, sin pensar que de este modo
nunca se comprende por qué precisamente éstos y no otros son los conceptos que
residen en el entendimiento puro. El intento de Aristóteles de rebuscar esos
conceptos fundamentales era digno de un hombre penetrante. Mas como Aristóteles
no tenía principio alguno, los recogía conforme le iban ocurriendo, juntando
primero diez que denominó categorías (predicamentos). Más tarde creyó haber
encontrado otros cinco, que añadió con el nombre de postpredicamentos. Mas su
tabla siguió siendo imperfecta. Además encuéntranse en ella algunos modos de la
sensibilidad pura (quando, ubi, situs, como también prius, simul), y uno
empírico (motus), que no pertenecen a este registro-matriz del entendimiento;
hay también algunos conceptos derivados, puestos entre los primordiales (actio,
passio) y algunos de estos últimos faltan enteramente.
A propósito de éstos, hay que observar también que las categorías, como verdaderos conceptos-raíces del entendimiento puro, tienen también sus conceptos puros derivados, que no pueden de ningún modo pasarse por alto en un sistema completo de la filosofía transcendental. Me limitaré sin embargo a citarlos en este ensayo meramente crítico.
Séame permitido dar a esos conceptos puros(aunque derivados) del entendimiento, el nombre de predicables del entendimiento puro (en oposición a los predicamentos). Cuando se tienen los conceptos originarios y primitivos, es fácil añadir los derivados y subalternos y componer así enteramente el árbol genealógico del entendimiento puro. Como aquí no se trata de la integridad del sistema, sino tan sólo de los principios para un sistema, remito este complemento a otro trabajo. Pero puede conseguirse este propósito bastante bien, tomando los manuales de ontología y subordinando v. g. a la categoría de causalidad los predicables de la fuerza, de la acción, de la pasión; a la de la comunidad, los de la presencia, de la resistencia; a los predicamentos de la modalidad, los del nacer, del morir, de la mutación, etc... Las categorías, enlazadas con los modos de la sensibilidad pura o enlazadas entre sí, dan una gran multitud de conceptos derivados a priori, cuya anotación y, si es posible, completa enumeración sería un trabajo útil y no desagradable, pero dispensable aquí.
Me
abstengo a propósito de dar aquí las definiciones de esas categorías, aun cuando
estoy en posesión de ellas. Más tarde descompondré estos conceptos hasta el
grado que sea suficiente, con relación a la metodología que ahora me ocupa. En
un sistema de la razón pura se me podrían exigir con razón; pero aquí harían
sólo perder de vista el punto principal de la investigación, provocando dudas y
ataques que se pueden muy bien dejar para otro trabajo, sin que ello reste nada
al propósito esencial. Sin embargo de lo poco que he adelantado sobre ese punto,
aparece bien claro que no
solamente es posible sino fácil hacer un vocabulario completo, con todas las
explicaciones exigibles.
Ahí
están ya los departamentos; no hay más que llenarlos y una tópica sistemática
como la presente no permite fácilmente que se falle el lugar en dónde pertenece
propiamente cada concepto y deja ver fácilmente al mismo tiempo el lugar que
está aún vacío.
- II -
Sobre esta tabla de las categorías pueden hacerse consideraciones interesantes, que pudieran quizá tener consecuencias importantes con respecto a la forma científica de todos los conocimientos de razón. Esta tabla es en efecto no poco útil en la parte teórica de la filosofía y hasta indispensable para bosquejar completamente el plan de la totalidad de una ciencia, en cuanto descansa en conceptos a priori, y dividirla matemáticamente según determinados principios, como se desprende claramente de que la referida tabla contiene por completo todos los conceptos elementales del entendimiento y hasta la forma de un sistema de los mismos en el entendimiento humano y por consiguiente da noticia de todos los momentos de una ciencia especulativa cualquiera y aun de su ordenación, como en otro lugar he dado un ejemplo de ello. He aquí algunas de dichas observaciones.
Primera observación: que esa tabla, que contiene cuatro clases de conceptos del entendimiento, puede dividirse primeramente en dos divisiones, cuya primera se dirige a objetos de la intuición (tanto pura como empírica) y la segunda a la existencia de esos objetos (en relación o unos con otros o con el entendimiento).
La primera clase la llamaría yo la de las categorías matemáticas, la segunda la de las dinámicas. La primera clase no tiene, como se ve, correlatos algunos; los cuales se hallan sólo en la segunda clase. Esta diferencia debe de tener un fundamento en la naturaleza del entendimiento.
Segunda observación: que en todos sentidos hay un mismo número de categorías en cada clase, a saber tres, lo cual invita también a la reflexión, pues, por lo demás, toda división a priori por conceptos tiene que ser dicotómica. Hay que añadir además que la tercera categoría de todas las clases se origina por el enlace de la primera con la segunda de su clase.
Así
la totalidad no es otra cosa que la multiplicidad considerada como unidad; la
limitación, no otra cosa que la realidad enlazada con la negación; la comunidad
es la causalidad de una substancia en la determinación de las otras
recíprocamente y, finalmente, la necesidad no es otra cosa que la existencia que
es dada por la posibilidad misma. Mas no se piense que por eso la tercera
categoría sea un concepto meramente derivado y no un concepto-raíz del
entendimiento puro. Pues el enlace de la primera con la segunda, para producir
el tercer concepto, exige un acto particular del entendimiento que no es
idéntico al que se realiza en el primero y en el segundo. Así el concepto de un
número (que pertenece a la categoría de la totalidad) no es siempre posible allí
donde estén los conceptos de la pluralidad y de la unidad (v. g. en la
representación del infinito); ni porque yo enlace el concepto de una causa con
el de una substancia, comprendo enseguida el concepto de influjo, es decir, de
cómo una substancia pueda ser causa de algo en otra substancia. Se ve pues
claramente que
para ello se exige un acto especial del entendimiento; igual ocurre en las
demás categorías.
Tercera observación: únicamente en una categoría, la de la comunidad, que se
halla bajo el tercer título, no se ve tan claramente como en las demás, la
coincidencia con la forma correspondiente de un juicio disyuntivo, en la tabla
de las funciones lógicas. Para asegurarse de esta coincidencia, hay que observar
que en todos los juicios disyuntivos, la esfera (la multitud de todo lo que se
halla contenido en él) es representada como un todo dividido en partes (los
conceptos subordinados) y
como el uno no puede estar contenido bajo el otro, están pensados como
coordinados unos a otros y no subordinados, de tal modo que se determinan uno a
otro, no unilateralmente como en una serie, sino recíprocamente, como en un
agregado.
Ahora bien, pensamos un enlace semejante en un conjunto de cosas, cuando la una no está subordinada como efecto a la otra como causa de su existencia, sino coordinada a la otra, al mismo tiempo, y recíprocamente como causa respecto de la determinación de la otra (v. g. en un cuerpo cuyas partes se atraen y se repelen recíprocamente); ésta es una especie de enlace muy distinta de la que se encuentra en la mera relación de causa a efecto (fundamento a consecuencia), en la cual la consecuencia no determina recíprocamente a su vez el fundamento y por ende no constituye con éste (como el creador del mundo) un todo. El entendimiento, cuando piensa una cosa como divisible, sigue el mismo proceder que cuando se representa la esfera de un concepto dividido; y así como en esto último los miembros de la división se excluyen unos a otros y sin embargo están enlazados en una esfera, así también se representa el entendimiento las partes de la cosa como partes, cuya existencia (como substancias) sobreviene a cada una exclusivamente de las demás, y sin embargo están enlazadas como en un todo.
-12 -
Mas, en la filosofía transcendental de los antiguos, encuéntrase otro capítulo
que contiene conceptos puros del entendimiento, los cuales, aun cuando no se
cuentan entre las categorías, debían sin embargo, según ellos, valer como
conceptos a priori de objetos, en cuyo caso aumentarían el número de las
categorías, lo cual no puede ser. Esos conceptos están expresados en la
proposición, tan famosa entre los escolásticos: quodlibet ens est unum, verum,
bonum. Ahora bien, aun cuando el uso de ese principio, en lo que se refiere a
las consecuencias (que producían tan sólo proposiciones
tautológicas), era muy mísero, tanto que en los tiempos modernos suele
concedérsele un lugar en la metafísica casi tan sólo por una especie de honor,
sin embargo un pensamiento que tanto tiempo se ha conservado, por muy vano que
parezca ser, merece que se investigue su origen y justifica la suposición de que
tiene en alguna regla del entendimiento su fundamento, pero que, como suele
ocurrir, este fundamento ha sido falsamente traducido. Esos supuestos predicados
transcendentales de las cosas no son más que exigencias lógicas y criterios de
todo conocimiento de las cosas en general, y ponen a la base de ese
conocimiento las categorías de la cantidad, a saber: unidad, pluralidad y
totalidad; sólo que éstas, que deberían propiamente ser tomadas materialmente,
como pertenecientes a la posibilidad de las cosas mismas, usábanlas los antiguos
en realidad sólo en su sentido formal, como pertenecientes a la exigencia
lógica, con respecto de todo conocimiento, y sin embargo hacían
inconsideradamente de esos criterios del pensar propiedades de las cosas en sí
mismas. En primer lugar, en todo conocimiento de un objeto, la unidad del
concepto, que se puede llamar unidad cualitativa, por cuanto se piensa en ella
sólo la unidad de la conexión de lo múltiple de
los conocimientos, es algo así como la unidad del tema en un drama, un discurso,
una fábula. En segundo lugar, la verdad respecto de las consecuencias: cuantas
más consecuencias verdaderas salen de un concepto dado, tantas más
características hay de su objetiva realidad. Esto podría llamarse la pluralidad
cualitativa de las notas, que pertenecen a un concepto como fundamento común (no
pensadas en él como magnitud). Finalmente, en tercer lugar, la perfección, que
consiste en que, inversamente, esa pluralidad en conjunto conduce de nuevo a la
unidad del concepto y coincide
enteramente con éste y no con otro, lo cual puede llamarse integridad
cualitativa (totalidad). De donde se advierte claramente que esos criterios
lógicos de la posibilidad del conocimiento en general, transforman aquí las tres
categorías de la magnitud, en las cuales la unidad en la producción de la
cantidad es tomada de un modo absolutamente homogéneo, y las emplean sólo con el
propósito de enlazar también trozos heterogéneos de conocimiento en una
conciencia, por medio de la cualidad de un conocimiento como principio. Así el
criterio de la posibilidad de un concepto (no del objeto del mismo) es
la definición, en la cual la unidad del concepto, la verdad de todo lo que puede
derivarse inmediatamente de él, y finalmente la integridad de lo que ha sido
sacado de él, constituyen lo exigible para la formación de todo el concepto. O
también: el criterio de una hipótesis es la inteligibilidad del fundamento
explicativo admitido o su unidad (sin hipótesis subsidiaria), la verdad
(coincidencia consigo mismo y con la experiencia) de las consecuencias, que han
de sacarse de él, y finalmente la integridad de ese fundamento explicativo para
las consecuencias, que no nos muestran ni más ni menos que lo que fue admitido
en la hipótesis y devuelven a posteriori analíticamente lo que fue pensado a
priori sintéticamente, coincidiendo con ello. Así los conceptos de unidad,
verdad y perfección, no completan la tabla transcendental de las categorías,
como si ésta fuera incompleta, sino que, dejando a un lado enteramente la
relación de esos conceptos con objetos, reducen el manejo de ellos a las reglas
lógicas generales de la coincidencia del conocimiento consigo mismo.
SEGUNDO CAPÍTULO
De la analítica de los conceptos
De la deducción de los conceptos puros del
entendimiento
PRIMERA SECCIÓN
- 13 -
De los principios de una deducción transcendental en
general.
Los maestros de derecho, al hablar de facultades y pretensiones, distinguen en un asunto jurídico la cuestión sobre lo que es de derecho (quid juris) de la que se refiere al hecho (quid facti) y, al exigir prueba de ambas, llaman deducción a la primera, que expone la facultad o la pretensión jurídica. Empleamos una multitud de conceptos empíricos, sin oposición de nadie, y nos consideramos autorizados, aun sin deducción, a darles un sentido y significación imaginada, porque tenemos siempre la experiencia a mano para demostrar su objetiva realidad. Hay sin embargo también conceptos usurpados, como v. g. felicidad, destino, que, si bien corren con casi general indulgencia, caen sin embargo a veces bajo la pregunta: ¿quid juris? y entonces nos vemos en no poca perplejidad acerca de su deducción, no pudiendo adelantar ningún fundamento claro de derecho, ni por la experiencia ni por la razón, mediante el cual se aclarase la legitimidad de su uso.
Mas entre los muchos conceptos que constituyen la trama abigarrada del conocimiento humano, hay algunos que también están determinados para el uso puro a priori (enteramente independiente de toda experiencia) y la legitimidad de éstos necesita siempre una deducción; porque para mostrar que su uso, es conforme a derecho, no bastan pruebas sacadas de la experiencia, siendo sin embargo necesario saber cómo esos conceptos pueden referirse a objetos, no tomados de ninguna experiencia. Por eso llamo deducción transcendental de los conceptos a priori la explicación del modo como esos conceptos a priori pueden referirse a objetos; y ésta se distingue de la deducción empírica, que señala el modo como un concepto ha sido adquirido por experiencia y reflexión sobre la experiencia. Por tanto, la deducción empírica no se refiere a la legitimidad sino al hecho (Factum) de donde se ha originado la posesión.
Ahora tenemos ya dos clases de conceptos de muy distinta especie, los cuales sin embargo concuerdan unos con otros en que ambas clases se refieren enteramente a priori a objetos; son, a saber, los conceptos del espacio y del tiempo, como formas de la sensibilidad, y las categorías, como conceptos del entendimiento. Tratar de dar de ellos una deducción empírica sería un trabajo totalmente vano; pues lo distintivo de su naturaleza consiste precisamente en que se refieren a sus objetos, sin haber tomado de la experiencia nada para la representación de éstos. Si una deducción de ellos es necesaria, tendrá pues que ser siempre transcendental.
Sin
embargo, de estos conceptos, como de todo conocimiento, se puede buscar en la
experiencia, si no el principio de su posibilidad, al menos las causas
ocasionales de su producción; entonces las impresiones de los sentidos dan el
primer empuje para que se abra toda la fuerza de conocimiento respecto de ellos
y se lleve a cabo la experiencia; ésta encierra dos elementos muy heterogéneos,
a saber, una materia para el conocimiento, por los sentidos, y una cierta forma
para ordenar dicha materia, por la fuente interior del puro intuir y del puro
pensar, los cuales, con ocasión de la primera,
son puestos en ejercicio y producen conceptos. La indagación de los primeros
esfuerzos que realiza nuestro poder de conocimiento, para elevarse desde las
percepciones particulares hasta conceptos universales, tiene sin duda alguna una
gran utilidad y hay que agradecer al famoso Locke el haber abierto el camino el
primero. Pero una deducción de los conceptos puros a priori no se lleva nunca a
cabo por ese medio, pues no está de ningún modo en esa vía, porque en razón de
su uso futuro, que debe ser enteramente independiente de la experiencia, han de
presentar esos conceptos una carta de naturaleza bien distinta de la que los
hace provenir de experiencias. Esa derivación fisiológica, que se ha ensayado y
que propiamente no puede llamarse deducción, porque concierne a una quaestionem
facti, quiero denominarla, por eso, la explicación de la posesión de un
conocimiento puro. Es pues claro que de éste no puede haber más que una
deducción transcendental y de ningún modo una empírica y que esta última, en lo
que se refiere a los conceptos puros a priori, no es más que una serie de
ensayos vanos en que sólo puede ocuparse quien no ha comprendido la naturaleza
enteramente peculiar de esos conocimientos.
Ahora bien, aunque se admita que el único modo de una posible deducción del
conocimiento puro a priori es el que se haga por vía transcendental, no por eso
se ve claramente que esa deducción sea tan absolutamente necesaria. Más arriba
hemos perseguido hasta sus fuentes los conceptos del espacio y del tiempo,
mediante una deducción transcendental, y hemos explicado y determinado su
validez objetiva a priori. Sin embargo, la geometría sigue su paso seguro, por
entre conocimientos a priori, sin que pueda exigirle la filosofía un certificado
de la procedencia pura y conforme a ley, de su concepto fundamental del espacio.
Mas el uso del concepto no se refiere en esa ciencia más que al mundo exterior
de los sentidos, de cuya intuición es el espacio la forma pura y en donde por
tanto todo conocimiento geométrico, ya que se funda en intuición a priori tiene
evidencia inmediata y los objetos son, por el conocimiento mismo, dados a priori
(según su forma) en la intuición. En cambio con los conceptos puros del
entendimiento comienza la necesidad inevitable de buscar la deducción
transcendental, no solo de ellos mismos, sino también del espacio; porque, como
no hablan de objetos con predicados de la intuición y la sensibilidad, sino con
predicados del pensar puro a priori y se refieren a los objetos en general, sin
las condiciones de la sensibilidad y no se fundan en la experiencia, ni pueden
señalar, en la intuición a priori, objeto alguno sobre el cual funden su
síntesis, antes de toda experiencia, resulta que no sólo despiertan sospechas
acerca de la validez objetiva y las limitaciones de su uso, sino que hacen
también equívoco aquél concepto del espacio, porque tienden a usarlo por encima
de las condiciones de la intuición sensible; por lo cual fue necesario dar más
arriba una deducción transcendental de este concepto. Así el lector tiene que
convencerse de la imprescindible necesidad de esta deducción transcendental,
antes de dar un solo paso en el campo de la razón pura, porque si no andará como
ciego y, después de errar de acá para allá, tendrá que volver a la ignorancia
primera le donde partió. Mas ha de considerar también, de antemano, claramente,
la inevitable dificultad, para no quejarse luego de obscuridad allí donde es el
asunto mismo el que está profundamente escondido, o sentirse demasiado pronto
hastiado en la tarea de apartar obstáculos; porque se trata o de abandonar
enteramente todas las pretensiones de conocimiento que tiene la razón pura, su
más preciado campo, el que pasa los límites de toda experiencia posible, o de
llevar a la perfección esta investigación crítica.
Hemos podido hacer comprender más arriba, sin gran trabajo, que los conceptos del espacio y del tiempo, como conocimientos a priori, tienen que referirse sin embargo necesariamente a objetos y hacen posible un conocimiento sintético de estos, independientemente de toda experiencia. Pues como sólo mediante esas formas puras de la sensibilidad puede un objeto sernos aparente, es decir ser un objeto de la intuición empírica, así resulta que espacio y tiempo son intuiciones puras, que encierran a priori la condición de la posibilidad de los objetos como fenómenos, y la síntesis en el espacio y el tiempo tienen validez objetiva.
Las
categorías del entendimiento, en cambio, no nos representan las condiciones bajo
las cuales objetos son dados en la intuición; por tanto pueden desde luego
sernos objetos aparentes sin que hayan necesariamente de referirse a funciones
del entendimiento y sin que este entendimiento haya de contener las condiciones
a priori de dichos objetos. Por donde se muestra aquí una dificultad que no
hemos encontrado en el campo de la sensibilidad; y es a saber: ¿Cómo condiciones
subjetivas del pensar han de tener validez objetiva, es decir, deben ofrecer
condiciones de la posibilidad de todo
conocimiento de los objetos? Pues sin funciones del entendimiento pueden desde
luego darse fenómenos en la intuición. Tomo v. g., el concepto de causa, el cual
significa una especie particular de síntesis, ya que tras algo (A) se pone,
según una regla, algo (B), enteramente diferente. No es claro a priori por qué
unos fenómenos hayan de tener algo semejante (pues no se puede dar como prueba
de ello experiencias, ya que la validez objetiva de ese concepto tiene que
poderse exponer a priori); queda por tanto indeciso a priori si semejante
concepto no será acaso totalmente vacío sin encontrar en ninguna parte objeto
alguno entre los fenómenos. Pues que los objetos de la intuición sensible
tienen que ser conformes a las condiciones formales de la sensibilidad, que
están en el espíritu a priori, se advierte claramente porque si no, no serían
objetos para nosotros; pero que además hayan de ser conformes a las condiciones
que necesita el entendimiento para la unidad sintética del pensar, ésa es ya una
conclusión que no es tan fácil de ver. Pues los fenómenos podrían muy bien, en
todo caso, estar hechos de tal suerte que el entendimiento no los hallase
conformes a las condiciones de su unidad y andar todo en confusión tal que, v.
g., en la serie consecutiva de los fenómenos nada se
ofreciese que nos proporcionase una regla de la síntesis y que correspondiese
por tanto al concepto de causa y efecto, el cual entonces sería enteramente
vano, nulo y sin sentido. Los fenómenos no obstante ofrecerían a nuestra
intuición objetos; pues la intuición no necesita de ningún modo de las funciones
del pensar.
Y
quien piense librarse de la pesadumbre de estas investigaciones diciendo que la
experiencia ofrece sin cesar ejemplos de semejante regularidad de los fenómenos,
que dan ocasión bastante para separar de ella el concepto de causa y justificar
al mismo tiempo la validez objetiva de este concepto, no advierte que el
concepto de causa no puede originarse de esa manera sino que o se funda
enteramente a priori en el entendimiento o hay que abandonarlo del todo como una
mera fantasía. En efecto este concepto exige enteramente que algo (A) sea de tal
modo que otro algo (B) le siga
necesariamente y según una regla absolutamente universal. Los fenómenos
proporcionan ciertamente casos, por los cuales es posible una regla según la
cual algo acontece habitualmente; pero nunca que dicho acontecimiento sea
necesario. Por eso tiene la síntesis de la causa y el efecto una dignidad, que
no se puede expresar empíricamente, y es a saber: que el efecto no sólo se añade
a la causa sino que es puesto por ésta y es consecuencia de ésta. La estricta
universalidad de la regla no es tampoco una propiedad de las reglas empíricas,
las cuales, por inducción, no pueden alcanzar más que una universalidad
comparativa, es decir, una extensa posibilidad de aplicación. Ahora bien, el
uso de los conceptos puros del entendimiento variaría enteramente si se las
tratara sólo como productos empíricos.
-14 -
Tránsito a la deducción transcendental de las
categorías
No
hay más que dos casos posibles, en los cuales puedan coincidir las
representaciones sintéticas con sus objetos, referirse necesariamente unas a
otros y por decirlo así salirse al encuentro. O que sea el objeto el que hace
posible la representación, o que ésta sea la que hace posible el objeto. Si
ocurre lo primero, entonces la relación es empírica y la representación no es
nunca posible a priori.
Y éste es el caso de los fenómenos por lo que se refiere a cuanto en
ellos pertenece a la sensación.
Mas si
ocurre lo segundo, puesto que la representación en sí misma (aquí no se trata de
su causalidad mediante la voluntad) no produce su propio objeto, según la
existencia, habrá de ser la representación entonces determinante a priori, en lo
que se refiere al objeto, cuando sólo por ella sea posible conocer algo como un
objeto. Hay empero dos condiciones bajo las cuales tan sólo es posible el
conocimiento de un objeto: primeramente intuición, por la cual es dado el
objeto, pero sólo como fenómeno; y en segundo lugar, concepto, por el
cual es pensado un objeto que corresponde a esa intuición. Mas de lo que
antecede resulta claramente que la primera condición, a saber la condición bajo
la cual tan sólo pueden ser intuidos objetos, está, en realidad, a priori en el
espíritu como base de los objetos según su forma. Con esta condición formal de
la sensibilidad concuerdan pues necesariamente todos los fenómenos, porque sólo
por ella pueden ser aparentes, es decir, ser empíricamente intuidos y dados.
Ahora bien, se pregunta si no preceden también conceptos a priori
como condiciones, bajo las cuales tan sólo algo es, no intuido, pero sí pensado
como objeto en general; porque entonces todo conocimiento empírico de los
objetos es necesariamente conforme a esos conceptos, porque, sin presuponerlos,
nada es posible como objeto de la experiencia. Mas toda experiencia contiene,
además de la intuición de los sentidos, por la cual algo es dado, un concepto de
un objeto, que está dado o aparece en la intuición; según esto, a la base de
todo conocimiento de experiencia, habrá, como sus condiciones a priori,
conceptos de objetos en general; por consiguiente la validez objetiva de las
categorías, como conceptos a priori, descansará en que sólo por ellas es posible
la experiencia (según la forma del pensar). Pues entonces se referirán
necesariamente y a priori a objetos de la experiencia, porque solo mediante
ellas puede, en general, ser pensado un objeto de la experiencia.
La
deducción transcendental de todos los conceptos a priori tiene pues un
principio, hacia el cual debe enderezarse la investigación toda, y es a saber:
que esos conceptos tienen que ser conocidos como condiciones a priori de la
posibilidad de la experiencia (ya sea de la intuición que se encuentra en ella,
o del pensamiento). Conceptos que proporcionan el fundamento objetivo de la
posibilidad de la experiencia, son necesarios, precisamente por ello. Mas el
desarrollo de la experiencia, en donde
se encuentran, no es su deducción (sino su ilustración), porque entonces no
serían más que contingentes. Sin esa primordial referencia a la experiencia
posible, en donde se presentan todos los objetos del conocimiento, no podría
comprenderse la referencia de los conceptos a algún objeto.
El
famoso Locke, a quien faltó hacer esta consideración, habiendo hallado en la
experiencia conceptos puros del entendimiento, los derivó de la experiencia y
sin embargo procedió con tanta inconsecuencia que se atrevió a ensayar de
obtener con ellos conocimientos que pasan muy por encima de los límites de toda
experiencia. David Hume conoció que para poder hacer esto último, era necesario
que esos conceptos tuviesen su origen a priori. Pero no pudo explicarse como sea
posible que el entendimiento tenga que pensar, como necesariamente enlazados en
el objeto, conceptos que, en sí, en el entendimiento, no están
enlazados, y no cayó tampoco en la cuenta de que acaso el entendimiento, por
medio de esos conceptos mismos, pudiera ser el creador de la experiencia en
donde sus objetos son hallados; así pues, apremiado por la necesidad, hubo de
derivarlos de la experiencia (a saber, de una necesidad subjetiva, que se
origina en la experiencia por frecuente asociación, y que luego consideramos
falsamente como objetiva, y es la costumbre), pero procedió después con gran
consecuencia, declarando que es imposible franquear los límites de la
experiencia con esos conceptos y con los principios a que ellos dan lugar. Pero
la derivación empírica que ambos autores verificaron, no se compagina con la
realidad de los conocimientos
científicos a priori que poseemos, a saber: la matemática pura y la ciencia
universal de la naturaleza, y por tanto queda refutada por el hecho (Factum).
El
primero de esos dos hombres ilustres abrió ancho campo al misticismo; porque la
razón, en cuanto advierte que se le concede permiso, no consiente ya mantenerse
en sus limitaciones, por mucho que se le encomie la moderación. El segundo
entregóse enteramente al escepticismo, porque había creído descubrir que era una
ilusión de nuestra facultad de conocer lo que universalmente se tenía por razón.
Estamos ahora en el punto de hacer el ensayo de gobernar la razón felizmente por
entre esos dos escollos, señalándole sus determinados límites y conservando sin
embargo abierto para ella todo el campo de su actividad adecuada.
Sólo quiero dar antes la definición de las categorías. Son conceptos de un
objeto en general, por medio de los cuales la intuición de éste es considerada
como determinada con respecto a una de las funciones lógicas en los juicios. Así
la función del juicio categórico es la de la relación del sujeto con el
predicado, v. g., todos los cuerpos son divisibles. Mas con respecto al uso
meramente lógico del entendimiento, queda indeterminado a cuál de los dos
conceptos se ha de dar la función del sujeto y a
cuál la del predicado. Pues se puede decir también: algo divisible es cuerpo.
Mas, por medio de la categoría de substancia, cuando pongo bajo ella el concepto
de cuerpo, queda determinado que su intuición empírica en la experiencia tiene
que ser considerada siempre sólo como sujeto, nunca como mero predicado; y así
en todas las restantes categorías.
SEGUNDA SECCIÓN
De la deducción de los conceptos puros del entendimiento
Deducción transcendental de los conceptos puros del
entendimiento
- 15 -
De
la posibilidad de un enlace en general
Lo
múltiple de las representaciones puede ser dado en una intuición, que es
meramente sensible, es decir, mera receptibilidad; y la forma de esa intuición
puede estar a priori en nuestra facultad de representación, sin ser, sin
embargo, otra cosa que el modo como el sujeto es afectado. Pero el enlace
(conjunctio) de un múltiple en general no puede nunca venir a nosotros por medio
de los sentidos, y no puede tampoco, por lo tanto, estar contenido al mismo
tiempo en la forma pura de la intuición sensible; pues es un acto de la
espontaneidad de la facultad representativa y como esta facultad debe llamarse
entendimiento, a diferencia de la sensibilidad, resulta que todo enlace, seamos
o no conscientes de él, sea un enlace de lo múltiple de la intuición o de varios
conceptos, y, en el primer caso, de la intuición empírica o de la no empírica,
es una acción del entendimiento, que vamos a designar con la denominación
general de síntesis, para hacer notar así, al mismo tiempo, que no podemos
representarnos nada como enlazado en el objeto, sin haberlo enlazado previamente
nosotros mismos, y de todas las representaciones, es el enlace la única que no
es dada por medio de objetos, sino que sólo por el sujeto mismo puede ser
ejecutada, por ser un acto de su actividad
propia. Fácilmente se advierte que esa acción ha de ser originariamente una e
igualmente valedera para todo enlace y que la descomposición (análisis), que
parece ser su contrario, la presupone, sin embargo, siempre; pues allí donde el
entendimiento previamente no ha enlazado nada, no puede tampoco descomponer
nada, porque sólo por el entendimiento ha tenido que darse a la facultad de
representación algo como enlazado.
Mas el concepto del enlace contiene, además del concepto de lo múltiple y de la síntesis del mismo, también el de la unidad. Enlace es la representación de la unidad sintética de lo múltiple.
La representación de esa unidad no puede por tanto nacer del enlace; más bien es ella la que hace posible el concepto del enlace, viniendo a añadirse a la representación de lo múltiple. Esa unidad que precede a priori a todos los conceptos del enlace, no es aquella categoría de la unidad, pues todas las categorías se fundan en funciones del juicio; en estas empero se piensa ya enlace y por lo tanto unidad de conceptos dados. La categoría presupone pues ya enlace. Así pues tenemos que buscar esa unidad (como unidad cualitativa, más alto, a saber en aquello que contiene el fundamento de la unidad de diferentes conceptos en el juicio, por lo tanto, de la posibilidad del entendimiento, incluso en su uso lógico.
- 16 -
De la unidad originariamente sintética de la
apercepción
El
yo pienso tiene que poder acompañar a todas mis representaciones; pues, si no,
sería representado en mí algo que no podría ser pensado, lo cual significa tanto
como decir que la representación sería, o bien imposible o al menos nada para
mí. La representación que pueda ser dada antes de todo pensar, llámase
intuición. Así pues todo múltiple de la intuición tiene una relación necesaria
con el yo pienso, en el mismo sujeto en donde ese múltiple es hallado. Esa
representación empero es un acto de la espontaneidad, es decir, que no puede ser
considerada como perteneciente a la sensibilidad. Denomínola apercepción pura,
para distinguirla de la empírica, o también
apercepción originaria, porque es aquella autoconciencia que, produciendo la
representación yo pienso (que tiene que poder acompañar a todas las demás y que
es una y la misma en toda conciencia), no puede ser deducida de ninguna otra. A
su unidad doy el nombre de unidad transcendental de la autoconciencia, para
señalar la posibilidad del conocimiento a priori nacido de ella. Pues las
múltiples representaciones, que son dadas en una cierta intuición, no serían
todas ellas mis representaciones, si no perteneciesen todas ellas a una
autoconciencia, es decir, que, como representaciones mías (aunque no sea yo
consciente de ellas como tales), tienen que conformarse necesariamente con la
condición bajo la cual tan sólo pueden coexistir en una autoconciencia
universal, pues de otro modo no me pertenecerían todas absolutamente. De este
enlace originario pueden sacarse muchas consecuencias.
A
saber; esa continua identidad de la apercepción de un múltiple dado en la
intuición, contiene una síntesis de las representaciones y no es posible sino
por medio de la conciencia de esa síntesis. Pues la conciencia empírica, que
acompaña a diferentes representaciones, es en sí dispersa y sin relación con la
identidad del sujeto. Para que esa relación suceda no basta pues con que a cada
representación acompañe yo conciencia, sino que he de añadir una a la otra y ser
consciente de la síntesis de las mismas. Así pues, sólo porque puedo enlazar en
una conciencia un múltiple de
representaciones dadas, es posible que me represente la identidad de la
conciencia en esas representaciones mismas, es decir, que la unidad analítica de
la apercepción no es posible sino presuponiendo alguna unidad sintética. El
pensamiento siguiente: «estas representaciones dadas en la intuición me
pertenecen todas», significa, según eso, tanto como: «las reúno en una
autoconciencia o puedo, al menos, reunirlas». Y aunque no es todavía la
conciencia de la síntesis de las representaciones, sin embargo presupone la
posibilidad de esta última, es decir, que sólo porque puedo comprender en una
conciencia lo múltiple de las representaciones, llamo a todas estas mis
representaciones; pues si no, tendría un yo tan abigarrado y diferente, como
representaciones tuviese conscientes. La unidad sintética de lo múltiple de las
intuiciones, como dada a priori es pues el fundamento de la identidad de la
apercepción misma, que precede a priori a todo mi pensamiento determinado. Mas
el enlace no está en los objetos y no puede ser tomado de ellos, v. g. mediante
la percepción, y recogido así en el entendimiento; sino que es obra del
entendimiento, el cual no es más que la facultad de enlazar a priori y reducir
lo múltiple de representaciones dadas bajo la unidad de la apercepción. Este
principio es el más alto en todo el conocimiento humano.
Este principio, empero, de la necesaria unidad de la apercepción, aunque es
idéntico y, por tanto, proposición analítica, declara sin embargo necesaria una
síntesis de lo múltiple dado en una intuición, sin cuya síntesis no puede ser
pensada aquella completa identidad de la autoconciencia. Pues por medio del yo
como representación simple, nada múltiple es dado; éste no puede ser dado más
que en la intuición, que es diferente del yo, y sólo por medio de un enlace
puede ser pensado en una conciencia. Un entendimiento en el cual todo lo
múltiple fuese dado, a la vez, mediante la
autoconciencia, intuiría; el nuestro sólo puede pensar y tiene que buscar la
intuición en los sentidos.
Soy pues
consciente del yo idéntico, con respecto a lo múltiple de las representaciones,
dadas a mí en una intuición, porque a todas ellas llamo mis representaciones,
que constituyen una sola. Mas esto significa que soy consciente a priori de una
síntesis necesaria de las mismas, que se llama la unidad
sintética originaria de la apercepción, bajo la cual están todas las
representaciones, dadas a mí, pero bajo la cual también tienen ellas que ser
reducidas por medio de una síntesis.
-17 -
El principio de la unidad sintética de la apercepción
es el principio supremo de todo uso del entendimiento
El principio supremo de la posibilidad de toda intuición, con respecto a la sensibilidad, era, según la estética transcendental: que todo lo múltiple de aquélla se halla bajo las condiciones formales del espacio y del tiempo. El principio supremo de la misma con respecto al entendimiento es: que todo lo múltiple de la intuición se halla bajo las condiciones de la unidad sintética originaria de la apercepción. Bajo el primero de estos principios están todas las múltiples representaciones de la intuición, por cuanto nos son dadas; y están bajo el segundo, por cuanto tienen que poder ser enlazadas en una conciencia; pues sin ésta nada puede ser pensado o conocido, porque las representaciones dadas no tienen en común el acto de la apercepción: «yo pienso», y no serían por él comprendidas en una autoconciencia.
Entendimiento es, hablando en general, la facultad de los conocimientos. Éstos consisten en la determinada referencia de las representaciones dadas a un objeto. Objeto empero es aquello en cuyo concepto lo múltiple de una intuición dada es reunido. Ahora bien, toda unión de representaciones exige unidad de la conciencia en la síntesis de las mismas. Consiguientemente la unidad de la conciencia es lo que constituye la referencia de las representaciones a un objeto, por tanto su validez objetiva y consiguientemente aquello por lo cual llegan a ser conocimientos y sobre lo cual descansa la posibilidad del entendimiento mismo.
El
primer conocimiento puro del entendimiento, aquél sobre el que se funda todo su
uso posterior, y que es también al mismo tiempo enteramente independiente de
todas las condiciones de la intuición sensible, es pues el principio de la
unidad sintética originaria de la apercepción. Así la mera forma de la intuición
sensible externa, el espacio, no es aún conocimiento alguno; sólo proporciona lo
múltiple de la intuición a priori para un conocimiento posible. Mas para conocer
algo en el espacio, v. g. una
línea, tengo que trazarla, y así llevar a cabo sintéticamente un determinado
enlace de lo múltiple dado; de tal modo, que la unidad de esa acción es al mismo
tiempo la unidad de la conciencia (en el concepto de una línea) y por ella tan
sólo es conocido un objeto (un determinado espacio). La unidad sintética de la
conciencia es pues una condición objetiva de todo conocimiento; no que yo la
necesite sólo para conocer un objeto, sino que es una condición bajo la cual
tiene que estar toda intuición, para llegar a ser objeto para mí, porque de otro
modo, y sin esa síntesis, lo múltiple no se uniría en una conciencia.
Esta última proposición misma es, como he dicho, analítica, aún cuando hace de la unidad sintética una condición de todo pensar; pues sólo dice que todas mis representaciones en cualquier intuición dada tienen que estar bajo la condición por la cual tan sólo puedo yo contarlas, en la identidad de mí mismo, como mis representaciones, y por tanto comprenderlas, bajo la expresión general: «yo pienso», como enlazadas sintéticamente en una apercepción.
Mas este principio no es sin embargo un principio para todo entendimiento posible en general, sino sólo para aquél, cuya pura apercepción en la representación: «yo soy»no proporciona nada múltiple.
Aquél otro entendimiento, cuya autoconciencia proporcionase al mismo tiempo lo múltiple de la intuición, un entendimiento, por cuya representación existiesen al mismo tiempo los objetos de esa representación, no necesitaría acto alguno particular de la síntesis de lo múltiple, para la unidad de la conciencia. Pero el entendimiento humano necesita ese acto porque piensa solamente, y no intuye.
Mas para el entendimiento
humano es aquél principio inevitablemente el primero, de tal modo que el
entendimiento humano no puede formarse el menor concepto de otro entendimiento
posible, ya sea uno que intuya por sí mismo, ya sea uno que aunque provisto de
intuición sensible, la tenga de otra especie que la que se base en el espacio y
el tiempo.
-18 -
Qué sea la unidad objetiva de la autoconciencia
La
unidad transcendental de la apercepción es la que une en un concepto del objeto
todo lo múltiple dado en una intuición. Por eso llámase objetiva y debe
distinguirse de la unidad subjetiva de la conciencia, que es una determinación
del sentido interno, por la cual lo múltiple de la intuición es dado
empíricamente para aquel enlace. Que yo pueda empíricamente tener conciencia de
lo múltiple como simultáneo o como sucesivo, es cosa que depende de
circunstancias o condiciones empíricas.
Por eso la unidad empírica de la conciencia, por asociación de las
representaciones, se refiere a un fenómeno y es enteramente contingente. En
cambio, la forma pura de la intuición en el tiempo, como mera intuición en
general, que contiene un múltiple dado, se halla bajo la unidad originaria de la
conciencia, exclusivamente por la referencia necesaria de lo múltiple de la
intuición a un yo pienso, y por lo tanto por la síntesis pura del
entendimiento, la cual está a priori a la base de la empírica.
Aquella unidad es la única objetivamente valedera; la unidad empírica
de la apercepción, que nosotros aquí no consideramos y que sólo es derivada in
concreto de la primera, bajo condiciones dadas, no tiene más que una validez
subjetiva. Unos enlazan la representación de cierta palabra con una cosa, otros
con otra cosa; y la unidad de la conciencia, en aquello que es empírico, no es
necesaria y universalmente valedera con respecto a lo que es dado.
-19 -
La forma lógica de todos los juicios consiste en la
unidad objetiva de la apercepción de los conceptos contenidos en ellos
Nunca ha podido satisfacerme la explicación que los lógicos dan del juicio en general. Según ellos dicen, es el juicio la representación de una relación entre dos conceptos. Sin disputar aquí con ellos acerca del defecto de su explicación, que en todo caso, conviene sólo a los juicios categóricos, y no a los hipotéticos y disyuntivos (estos últimos no contienen una relación entre conceptos, sino entre juicios), hago notar tan sólo (prescindiendo de que muchas consecuencias desgraciadas se han originado en ese defecto de la lógica), que no se determina en qué consiste esa relación.
Pero si yo investigo más exactamente la referencia de los conocimientos dados en
todo juicio y la distingo, como perteneciente al entendimiento, de la relación
según leyes de la imaginación reproductiva (relación que tiene sólo una validez
subjetiva), entonces hallo que un juicio no es otra cosa que el modo de reducir
conocimientos dados a la unidad objetiva de la apercepción. Para eso está la
cópula «es», en los juicios, para distinguir la unidad objetiva de
representaciones dadas, de la subjetiva. Pues esa cópula señala la referencia de
las representaciones a la apercepción originaria y la
unidad necesaria de las mismas, aun cuando el juicio sea empírico y por tanto
contingente, como v. g.: los cuerpos son pesados. Con esto no quiero decir que
esas representaciones pertenezcan necesariamente unas a otras en la intuición
empírica, sino que pertenecen unas a otras, mediante la unidad necesaria de la
apercepción, en la síntesis de las intuiciones, es decir, según principios de la
determinación objetiva de todas las representaciones, por cuanto puede de ella
salir conocimiento, principios que todos ellos son derivados del de la unidad
transcendental de la apercepción. Sólo así
se transforma esa relación en juicio, es decir, en una relación objetivamente
valedera y se distingue suficientemente de la relación de esas mismas
representaciones, en la cual hubiere sólo validez subjetiva, v. g., según leyes
de la asociación. Según estas últimas podría yo decir solamente, cuando sostengo
un cuerpo, que siento una presión del peso; y no podría decir: el cuerpo, él, es
pesado, lo cual significa que estas dos presentaciones están enlazadas en el
objeto, es decir sin distinción del estado del sujeto, y no sólo yuxtapuestas en
la percepción (por mucho que ésta se repita).
-20 -
Todas las intuiciones sensibles están bajo las
categorías, que son las condiciones bajo las cuales solamente lo múltiple de
aquellas intuiciones puede comprenderse en una conciencia
Lo
múltiple dado en una intuición sensible está necesariamente bajo la unidad
sintética originaria de la apercepción; porque sólo mediante ésta, es posible la
unidad de la intuición . Aquella acción empero del entendimiento, por medio de
la cual lo múltiple de representaciones dadas (sean intuiciones o conceptos) es
reducido bajo una apercepción en general, es la función lógica de los juicios .
Todo lo múltiple pues, en cuanto es dado en una intuición empírica, está
determinado con respecto a una de las funciones lógicas en los juicios, por
medio de la cual es reducido a una conciencia en general. Mas las categorías no
son otra cosa que esas mismas funciones en los juicios,
en cuanto lo múltiple de una intuición dada está determinado con respecto a
ellas . Así pues lo múltiple en una intuición dada se halla necesariamente bajo
categorías.
-21 -
Observación
Una
multiplicidad, contenida en una intuición que llamo mía, es representada, por la
síntesis del entendimiento, como perteneciente a la necesaria unidad de la
autoconciencia, y esto sucede mediante la categoría. Ésta demuestra, pues, que
la conciencia empírica de lo múltiple dado de una intuición se halla bajo una
autoconciencia pura a priori, del mismo modo que la intuición empírica se halla
bajo
una intuición pura, que igualmente tiene lugar a priori. En la proposición
anterior está hecho pues el comienzo de una deducción de los conceptos puros del
entendimiento, en la cual, puesto que las categorías se originan sólo en el
entendimiento, dependientemente de la sensibilidad, debo hacer abstracción
también del modo cómo lo múltiple para una intuición empírica es dado, y solo
fijarme en la unidad que se añade a la intuición por el entendimiento, mediante
la categoría. Más adelante se mostrará por la manera cómo en la sensibilidad es
dada la intuición empírica, que la unidad de la
misma no es otra que la que la categoría, según lo antes dicho en el 20,
prescribe a lo múltiple de una intuición dada en general, y habiendo pues
explicado su validez a priori con respecto a todos los objetos de nuestros
sentidos, sólo entonces será realizado por completo el propósito de la
deducción.
Pero no podía, en la prueba anterior, hacer abstracción de una parte; y es que
lo múltiple para la intuición tiene que ser dado aún antes de la síntesis del
entendimiento e independientemente de ella ¿Cómo? Esto queda aquí indeterminado.
Pues si quisiera pensar un entendimiento que por sí mismo intuyese (como v. g.
un entendimiento divino que no se representase objetos dados, sino por cuya
representación fuesen los objetos mismos al mismo tiempo dados o producidos),
entonces, con respecto a un conocimiento semejante, no tendrían significación
alguna las categorías. Éstas son sólo
reglas para un entendimiento, cuya facultad toda consiste en pensar, es decir en
la acción de reducir a la unidad de la apercepción la síntesis de lo múltiple,
que le es dado por otra parte en la intuición, entendimiento pues que no conoce
nada por sí, sino que ordena y enlaza tan sólo la materia para el conocimiento,
la intuición, que tenía que serle dada por el objeto. Pero el fundamento de esa
peculiaridad de nuestro entendimiento, que consiste en llevar a cabo la unidad
de la apercepción a priori, mediante solas las categorías y con esa precisa
especie y ese preciso número de categorías, es tan imposible de exponer como el
fundamento de por qué tenemos precisamente estas y no otras funciones del
juicio, o de por qué el espacio y el tiempo son las únicas formas de nuestra
intuición posible.
-22 -
La categoría no tiene otro uso para el conocimiento de
las cosas que su aplicación a objetos de la experiencia
Pensar un objeto y conocer un objeto no es, pues, lo mismo. En el conocimiento
hay efectivamente dos partes; primero el concepto, por el cual en general un
objeto es pensado (la categoría) y segundo la intuición por la cual el objeto es
dado; pues si al concepto no pudiese serle dada una intuición correspondiente,
sería un pensamiento según la forma, pero sin ningún objeto, no siendo posible,
por medio de él, conocimiento de cosa alguna; porque no habría nada ni podría
haber nada a que pudiera aplicarse mi pensamiento. Ahora bien, toda intuición
posible para nosotros es
sensible (estética); así pues el pensamiento de un objeto en general, por medio
de un concepto puro del entendimiento, no puede llegar a ser en nosotros
conocimiento más que cuando ese concepto puro del entendimiento es referido a
objetos de los sentidos. La intuición sensible es o bien intuición pura (espacio
y tiempo) o bien intuición empírica de aquello que, en el espacio y en el
tiempo, es representado inmediatamente como real por la sensación. Mediante
determinación de la primera podemos adquirir conocimiento a priori de objetos
(en la matemática), pero sólo según su forma
como fenómenos; permanece aún indeciso si puede haber cosas que hayan de ser
intuidas en esa forma. Por consiguiente, todos los conceptos matemáticos no son
por sí conocimientos; a no ser que supongamos que hay cosas que no se pueden
exponer para nosotros más que en la forma de aquella intuición pura sensible.
Pero no se dan cosas en el espacio y en el tiempo sino en cuanto que son
percepciones (representaciones acompañadas por sensación), y, por tanto, sólo
mediante representación empírica. Por consiguiente, los conceptos puros del
entendimiento, aún cuando son aplicados a intuiciones a priori (como en la
matemática), no producen conocimiento más que en
cuanto este conocimiento (y por tanto también, por medio de él, los conceptos
puros del
entendimiento) pueden ser aplicados a intuiciones empíricas. Por consiguiente,
las categorías no nos proporcionan, por medio de la intuición, conocimiento
alguno de las cosas, a no ser tan sólo por su posible aplicación a la intuición
empírica, es decir, que sirven sólo para la posibilidad del conocimiento
empírico. Éste empero se llama experiencia. Por consiguiente, no obtienen las
categorías uso para el conocimiento de las cosas, más que en cuanto estas son
admitidas como objetos de experiencia posible.
-23 -
La
proposición anterior es de la mayor importancia; pues determina los límites del
uso de los conceptos puros del entendimiento, con respecto a los objetos, del
mismo modo que la Estética transcendental determinó los límites del uso de la
forma pura de nuestra intuición sensible. Espacio y tiempo valen como
condiciones de la posibilidad de que nos sean dados objetos, no más que para
objetos de los sentidos, por tanto, sólo de la experiencia. Por encima de esos
límites, nada representan; pues están solo en los sentidos y no tienen, fuera de
ellos, realidad alguna. Los conceptos puros del entendimiento están libres de
esta limitación y se extienden a objetos de la intuición en general, sea
semejante o no a la nuestra, con tal solamente de que sea sensible y no
intelectual. Mas esa extensión de los conceptos, mayor que la de nuestra
intuición sensible, no nos sirve para nada. Pues son entonces conceptos vanos de
objetos, de los cuales no podemos juzgar, ni siquiera si son posibles o no; son
meras formas del pensamiento, sin realidad objetiva, porque no disponemos de
ninguna intuición, a la cual pueda aplicarse la unidad sintética de la
apercepción, que sólo aquellas formas contienen, y por cuya aplicación pueden
determinar un objeto. Nuestra intuición
sensible y empírica es la única que puede proporcionarles sentido y
significación.
Si
admitimos pues como dado el objeto de una intuición no sensible, podemos desde
luego representarlo por medio de todos los predicados que están ya en la
presuposición de que no le conviene nada de lo perteneciente a la intuición
sensible: que no es extenso o no está en el espacio, que la duración del mismo
no es tiempo, que en él no hay variación (sucesión de determinaciones en el
tiempo), etc. Mas no es propiamente conocimiento el exponer tan sólo lo que no
es la intuición del objeto, sin poder decir lo que en ella está contenido; pues
entonces no he representado la posibilidad de un objeto para mi concepto puro
del entendimiento, porque no he
podido dar intuición alguna que le corresponda sino sólo decir que la nuestra no
vale para él. Pero lo principal aquí es que ni una sola categoría podría
aplicarse a ese algo: por ejemplo el concepto de una substancia, es decir, de
algo que solo puede existir como sujeto y nunca empero como mero predicado; y no
sabría si puede haber alguna cosa que corresponda a esa determinación del
pensamiento, si una intuición empírica no me diese el caso de la aplicación. Mas
ya se hablará posteriormente de esto.
-24 -
De la aplicación de las categorías a objetos de los sentidos en general
Los conceptos puros del entendimiento se refieren, mediante el
mero entendimiento, a objetos de la intuición en general, sin que se determine
si es la nuestra o alguna otra, aunque ha de ser sensible; pero por eso
precisamente son meras formas del pensamiento, por las cuales no se conoce
objeto alguno determinado. La síntesis o enlace de lo múltiple en los mismos se
refirió solo a la unidad de la apercepción y era por eso el fundamento de la
posibilidad del conocimiento a priori, por cuanto descansa en el
entendimiento y por tanto no sólo es transcendental sino también puramente
intelectual.
Pero como en nosotros hay una cierta forma de la intuición sensible a priori, que descansa en la receptividad de la facultad representativa (sensibilidad), puede el entendimiento, como espontaneidad, determinar el sentido interno, mediante lo múltiple de representaciones dadas, conforme a la unidad sintética de la apercepción, y pensar así la unidad sintética de la apercepción de lo múltiple de la intuición sensible a priori, como la condición bajo la cual todos los objetos de nuestra intuición (la humana) necesariamente tienen que estar; mediante esto, pues, reciben las categorías, como meras formas de pensamiento, realidad objetiva, es decir aplicación a objetos que pueden sernos dados en la intuición, pero solo como fenómenos; pues solo de éstos podemos tener intuición a priori.
Esta síntesis de lo múltiple de la intuición sensible, que es a priori posible y necesaria, puede llamarse figurada (synthesis speciosa), a diferencia de aquella que con respecto a lo múltiple de una intuición en general sería pensada en la mera categoría y se llama enlace del entendimiento (synthesis intellectualis); ambas son transcendentales, no sólo porque actúan a priori, sino también porque fundan la posibilidad de otro conocimiento a priori.
Mas
la síntesis figurada, cuando se refiere simplemente a la unidad originariamente
sintética de la apercepción, es decir, a la unidad transcendental pensada en las
categorías, debe llamarse la síntesis transcendental de la imaginación, a
diferencia del enlace meramente intelectual. Imaginación es la facultad de
representar en la intuición un objeto aún sin que esté presente. Mas como toda
nuestra intuición es sensible, pertenece la imaginación a la sensibilidad, por
la condición subjetiva bajo la cual tan sólo puede ella dar a los conceptos
puros del entendimiento una intuición correspondiente; pero, sin embargo, en
cuanto que su síntesis es un ejercicio de la espontaneidad, la cual es
determinante y no, como el sentido, meramente determinable y puede por lo tanto
determinar el sentido, según su forma, conforme a la unidad de la apercepción,
es la imaginación en este respecto una facultad de determinar a priori la
sensibilidad, y su síntesis de las intuiciones, conforme a las categorías, debe
ser la síntesis transcendental de la imaginación, la cual es un efecto del
entendimiento en la
sensibilidad y la primera aplicación del mismo (al mismo tiempo fundamento de
todas las demás), a objetos de la intuición posible para nosotros. Como síntesis
figurada, distínguese de la intelectual (que se hace sin la imaginación, solo
por el entendimiento). En cuanto la imaginación empero es espontaneidad, la
llamo también a veces imaginación productiva, distinguiéndola así de la
reproductiva, cuya síntesis está exclusivamente sometida a leyes empíricas, a
saber, las de la asociación y por eso en nada contribuye a la explicación de la
posibilidad del conocimiento a priori y por tanto no pertenece a la filosofía
transcendental, sino a la psicología.
* * *
Éste es el momento de explicar la paradoja que hubo de extrañar al lector en la exposición de la forma del sentido interno. Es esta paradoja la de que ese sentido nos expone a la conciencia no como somos nosotros mismos, sino como nos aparecemos, porque nosotros no hacemos más que intuirnos como somos afectados interiormente; y esto parece ser contradictorio, pues que nosotros tenemos así que comportarnos como pacientes respecto de nosotros mismos; por eso, en los sistemas de psicología se suele considerar el sentido interno como idéntico a la facultad de la apercepción (que nosotros hemos distinguido cuidadosamente).
Lo
que determina el sentido interno es el entendimiento y su originaria facultad de
enlazar lo múltiple de la intuición, es decir, de reducirlo bajo una apercepción
(como aquello en que descansa su misma posibilidad). Mas como el entendimiento
en nosotros hombres no es una facultad de la intuición, y aunque ésta fuese dada
en la sensibilidad, no puede acogerla en sí para enlazar, por decirlo así, lo
múltiple de su propia intuición, resulta que su síntesis, cuando se le considera
por sí
solo, no es más que la unidad de la acción, de la que tiene conciencia como tal,
aun sin sensibilidad, interiormente, con respecto a lo múltiple que, según la
forma de la intuición de ésta, puede serle dado.
El
entendimiento ejerce pues, bajo la denominación de síntesis transcendental de la
imaginación, aquella acción sobre el sujeto pasivo, cuya facultad él es; de la
cual decimos con razón que por ella es afectado el sentido interno. La
apercepción y su unidad sintética está tan lejos de ser idéntica al sentido
interno, que aquella, como fuente de todo enlace, se refiere a lo múltiple de
las intuiciones en general y, bajo el nombre de las categorías, a objetos en
general, antes de toda intuición sensible;
en cambio, el sentido interno encierra la mera forma de la intuición, pero sin
enlace de lo múltiple en la misma, por tanto no encierra aún ninguna intuición
determinada, la cual es sólo posible por la conciencia de la determinación de lo
múltiple, mediante la acción transcendental de la imaginación (influjo sintético
del entendimiento sobre el sentido interno) que he llamado la síntesis figurada.
Y
esto lo percibimos siempre en nosotros. No podemos pensar una línea, sin
trazarla en el pensamiento; ni pensar un círculo, sin describirlo; ni
representar las tres dimensiones del espacio, sin hacer salir desde el mismo
punto tres líneas perpendiculares. No podemos representar el tiempo mismo sin
que, por el trazado de una línea recta (que debe ser la representación externa
figurada del tiempo) atendamos simplemente a la acción de la síntesis de lo
múltiple, por la cual determinamos
sucesivamente el sentido interno, atendiendo así a la sucesión de esa
determinación en el mismo. El movimiento, como acción del sujeto (no como
determinación de un objeto), por consiguiente la síntesis de lo múltiple en el
espacio, si hacemos abstracción de éste y atendemos sólo a la acción por la cual
determinamos el sentido interno según su forma, es el que produce el concepto de
la sucesión. El entendimiento pues no encuentra en este sentido interno ese
enlace de lo múltiple, sino que lo produce, al afectar dicho sentido. Pero ¿cómo
el yo que piensa es distinto del yo que se intuye a sí mismo (ya que puedo
representarme aún otro modo de intuición al menos como posible), y sin embargo
es idéntico a él como el mismo sujeto? ¿Cómo, pues, puedo decir: «yo, en tanto
que inteligencia y sujeto pensante, me conozco a mí mismo como objeto pensado,
en cuanto además me soy dado en la intuición, como los demás fenómenos, no como
soy ante el entendimiento, sino como me aparezco»? Estas preguntas no encierran
ni más ni menos dificultad que la de cómo pueda ser yo
para mí mismo, en general, un objeto de la intuición y de las percepciones
interiores. Mas ello tiene realmente que ser así, como puede exponerse
claramente, si se deja al espacio el valor de una mera forma pura de los
fenómenos del sentido externo, considerando que no podemos representar el tiempo
-que no es sin embargo objeto alguno de intuición externa- más que con la imagen
de una línea, en cuanto la trazamos, sin cuyo modo de exposición no podríamos
conocer la unidad de su dimensión; de igual manera tenemos siempre que tomar la
determinación de los períodos o de las épocas, para todas las
percepciones internas, de aquello que las cosas exteriores nos presentan de
mudable, por consiguiente tenemos que ordenar las determinaciones del sentido
interno, como fenómenos en el tiempo, precisamente del mismo modo que ordenamos
en el espacio las del sentido externo; por lo tanto, si acerca de estas últimas
concedemos que sólo conocemos objetos en cuanto somos exteriormente afectados,
debemos también confesar que, en el sentido interno, sólo nos intuimos tales
como somos interiormente afectados por nosotros mismos, es decir que, en lo que
a la
intuición interna se refiere, conocemos nuestro propio sujeto como fenómeno, no
empero según lo que es en sí mismo.
-25 -
En
cambio, en la síntesis transcendental de lo múltiple de las representaciones en
general, por tanto en la unidad sintética originaria de la apercepción, tengo
conciencia de mí mismo, no como me aparezco ni tampoco cómo soy en mí mismo,
sino solamente de que soy. Esa representación es un pensamiento, no una
intuición). Ahora bien, como para el conocimiento de nosotros mismos se exige
-además de la acción del pensar, que reduce a la unidad de la apercepción lo
múltiple de toda
intuición posible- una determinada especie de intuición, por la cual es dado ese
múltiple, así resulta que mi propio ser no es ciertamente fenómeno (y mucho
menos mera ilusión), pero la determinación de mi existencia sólo puede ocurrir
según la forma del sentido interno, en el modo particular como lo múltiple, que
yo enlazo, es dado en la intuición interna; según esto pues, no tengo
conocimiento, alguno de mí mismo, tal como soy, sino sólo tal como me aparezco a
mí mismo. Tener de sí mismo conciencia no es pues, ni con mucho, un
conocimiento de sí mismo, prescindiendo de todas las categorías que constituyen
el pensar de un objeto en general por enlace de lo múltiple en una apercepción.
Así como para el conocimiento de un objeto distinto de mí, necesito, además del
pensamiento de un objeto en general (en la categoría), una intuición, por la
cual determino aquél concepto general, de igual modo necesito también para el
conocimiento de mí mismo, además de la conciencia o además de pensarme, una
intuición de lo múltiple en mí, por la cual determino aquel pensamiento; y yo
existo como inteligencia, que tiene conciencia tan sólo de su facultad de
enlazar, pero que, sometida, con respecto a lo múltiple que debe enlazar, a una
condición restrictiva llamada sentido interno, no puede hacer intuible aquel
enlace sino según relaciones de tiempo, las cuales están fuera de los conceptos
propiamente dichos del entendimiento, y no puede por tanto conocerse más que
como se aparece a sí misma, con referencia a una intuición (que no puede ser
intelectual y dada por el mismo entendimiento), y no como se conocería, si su
intuición fuera intelectual.
-26 -
Deducción transcendental del posible uso universal
empírico de los conceptos puros del entendimiento
En la deducción metafísica, quedó mostrado el origen de las categorías a priori, en general, por su completa concordancia con las funciones lógicas universales del pensar; en la transcendental empero fue expuesta la posibilidad de las mismas como conocimientos a priori de objetos de una intuición en general . Ahora debe explicarse la posibilidad de conocer a priori, por categorías, los objetos que puedan presentarse a nuestros sentidos, no según la forma de su intuición, sino según las leyes de su enlace, la posibilidad pues de prescribir la ley, por decirlo así a la naturaleza y de hacerla incluso posible. Pues sin esa su capacidad no se vería bien cómo todo lo que pueda presentarse a nuestros sentidos tiene que caer bajo las leyes que se originan a priori del solo entendimiento.
Ante todo, advierto que por síntesis de la aprehensión entiendo la composición de lo múltiple en una intuición empírica, por la cual se hace posible la percepción, es decir la conciencia empírica de la misma (como fenómeno).
Tenemos formas de la intuición sensible a priori, tanto externa como interna, en las representaciones del espacio y del tiempo y la síntesis de la aprehensión de lo múltiple del fenómeno debe siempre serles conforme, porque no puede ella misma ocurrir más que según aquella forma.
Pero el espacio y el tiempo no son sólo representados a priori como
formas, sino como intuiciones mismas (que encierran un múltiple), con la
determinación pues de la unidad de ese múltiple en ellas (véase la Estética
transcendental). Así pues la unidad de la síntesis de lo múltiple, fuera o
dentro de nosotros, y por ende también cierto enlace, al que ha de ser conforme
todo lo que deba ser determinadamente representado en el espacio o en el tiempo,
está ya dado al mismo tiempo a priori, con (y no en) esas intuiciones, como
condición de la síntesis de toda aprehensión. Esta unidad
sintética empero no puede ser otra que la del enlace de lo múltiple de una
intuición dada en general, en una conciencia originaria, conforme a las
categorías, aplicada sólo a nuestra intuición sensible.
Por consiguiente toda síntesis, mediante la cual incluso la percepción se hace posible, está bajo las categorías; y como la experiencia es conocimiento por medio de percepciones encadenadas, son pues las categorías condiciones de la posibilidad de la experiencia y valen por tanto a priori también para todos los objetos de la experiencia.
* * *
Así, pues, cuando por ejemplo de la intuición empírica de una cosa, por
aprehensión de lo múltiple en ella, hago una percepción, tengo a la base la
necesaria unidad del espacio y de la intuición sensible exterior en general y
dibujo, por decirlo así, su figura, conforme a esa unidad sintética de lo
múltiple en el espacio. Pero esa misma unidad sintética, si hago abstracción de
la forma del espacio, tiene su asiento en el entendimiento y es la categoría de
la síntesis de lo homogéneo en una intuición en
general, es decir, la categoría de la magnitud, a la cual por tanto tiene que
ser completamente conforme aquella síntesis de la aprehensión, es decir la
percepción.
Cuando percibo (en otro ejemplo) el agua que se hiela, aprehendo dos estados (el
líquido y el sólido), como tales, que se hallan uno frente a otro en una
relación de tiempo. Pero en el tiempo que pongo a la base del fenómeno como
intuición interna, me represento necesariamente la unidad sintética de lo
múltiple, sin la cual aquella relación no podría ser determinadamente dada en
una intuición (con respecto a la sucesión del tiempo). Ahora bien, esa unidad
sintética, como condición a priori bajo la cual enlazo lo múltiple de una
intuición en general, es, si hago abstracción de la forma constante de mi
intuición interna o sea del tiempo, la categoría de la causa, por la cual,
cuando la aplico a mi sensibilidad, determino en el tiempo en general,
según su relación todo lo que ocurre.
Así pues la aprehensión en semejante suceso y por tanto el suceso
mismo, según la posible percepción, se halla bajo el concepto de la relación de
los efectos y las causas; y así en todos los demás casos.
* * *
Las categorías son conceptos que prescriben leyes a priori a los fenómenos y, por tanto, a la naturaleza como conjunto de todos los fenómenos (natura materialiter spectata); ahora bien, como esas leyes no son deducidas de la naturaleza, ni se rigen por ella como su modelo (pues si no serían meramente empíricas), se pregunta: ¿cómo hay que comprender que la naturaleza tenga que regirse por ellas, es decir cómo pueden ellas determinar a priori el enlace de lo múltiple de la naturaleza, sin tomarlo de ésta? Aquí está la solución de este enigma.
El
que las leyes de los fenómenos en la naturaleza deban coincidir con el
entendimiento y su forma a priori, es decir, con su facultad de enlazar lo
múltiple en general, no es más extraño que el que los fenómenos mismos deban
coincidir con la forma de la intuición sensible a priori. Pues las leyes no
existen en los fenómenos, sino en relación con el sujeto a quien los fenómenos
son inherentes, por cuanto ese sujeto tiene entendimiento; de la misma manera
que los fenómenos no existen en sí, sino
sólo relativamente el mismo ser, por cuanto tiene sentidos. A las cosas en sí
mismas correspondería necesariamente su legalidad, aun fuera de un entendimiento
que las conociese. Pero los fenómenos son sólo representaciones de las cosas,
que existen desconocidas en lo que puedan ser en sí. Mas como meras
representaciones, no se sujetan a otra ley de encadenamiento que a aquella que
prescribe el entendimiento encadenante. Ahora bien, la que encadena lo múltiple
de la intuición sensible es la imaginación, que depende del entendimiento por la
unidad de su síntesis intelectual y
depende de la sensibilidad por la multiplicidad de la aprehensión. Mas como de
la síntesis de la aprehensión depende toda percepción posible y como esa misma
síntesis empírica depende de la transcendental y, por tanto, de las categorías,
deben todas las percepciones posibles -y, por ende, también todo lo que pueda
llegar a la conciencia empírica, es decir, todos los fenómenos de la
naturaleza, según su enlace- hallarse bajo las categorías, de las cuales depende
la naturaleza (considerada sólo como naturaleza en general) como el fundamento
originario de su necesaria legalidad (como natura formaliter spectata). Pero la
facultad pura del entendimiento, de prescribir a priori, por meras categorías,
leyes a los fenómenos, no alcanza a más leyes que a aquellas en que
descansa una naturaleza en general, como legalidad de los fenómenos en el
espacio y en el tiempo.
Las leyes particulares, puesto que se refieren a fenómenos
empíricamente determinados, no pueden ser deducidas completamente de las
primeras, si bien todas se hallan bajo éstas. Tiene que sobrevenir la
experiencia para que podamos conocerlas en general; pero sólo aquellas leyes a
priori nos dan enseñanza de la experiencia en general y de lo que pueda ser
conocido como objeto de la misma.
-27 -
Resultado de esta deducción de los conceptos del
entendimiento
No podemos pensar
objeto alguno a no ser por categorías; no podemos conocer objeto alguno pensado,
a no ser por intuiciones que correspondan a aquellos conceptos. Ahora bien,
todas nuestras intuiciones son sensibles y ese conocimiento, por cuanto es dado
el objeto del mismo, es empírico.
Mas conocimiento empírico es experiencia. Por consiguiente ningún
conocimiento a priori nos es posible, a no ser tan sólo de objetos de
experiencia posible.
Pero ese conocimiento, que queda limitado meramente a objetos de la experiencia,
no por eso está todo él tomado de la experiencia, sino que, tanto las
intuiciones puras como los conceptos puros del entendimiento son elementos del
conocimiento que se encuentran a priori en nosotros. Ahora bien, dos son los
caminos por donde una coincidencia necesaria de la experiencia con los conceptos
de sus objetos puede ser pensada: o la experiencia hace posible estos conceptos
o estos conceptos
hacen posible la experiencia. Lo primero no tiene lugar en lo que toca a las
categorías (tampoco a la intuición pura sensible); pues aquellas son conceptos a
priori, por tanto independientes de la experiencia (la afirmación de un origen
empírico sería una especie de generatio aequivoca). Por consiguiente, sólo resta
lo segundo (por decirlo así un sistema de la epigénesis de la razón pura): que
las categorías, por el lado del entendimiento, contengan los fundamentos de la
posibilidad de toda
experiencia en general. Mas ¿cómo hacen posible la experiencia y qué principios
de la posibilidad de la misma proporcionan en su aplicación a los fenómenos? Lo
enseñará el capítulo siguiente del uso transcendental del Juicio.
Si
alguien quisiera proponer entre los dos únicos caminos citados un término medio,
a saber: que no son ni principios primeros a priori, pensados en sí mismos, de
nuestro conocimiento, ni tampoco tomados de la experiencia, sino disposiciones
subjetivas para el pensar, sembradas en nosotros con nuestra existencia y
dispuestas por nuestro Creador de tal suerte que su uso concuerda exactamente
con las leyes de la Naturaleza, por las cuales va haciéndose la experiencia (una
especie de sistema de
preformación de la razón pura), entonces (además de que en semejante hipótesis
no se ve en donde hayamos de poner término a esa suposición de disposiciones
predeterminadas para juicios futuros) hay algo decisivo contra el referido
término medio y es que en ese caso faltaría a las categorías la necesidad, que
pertenece esencialmente a su concepto. Pues, por ejemplo, el concepto de la
causa, que expresa la necesidad de una consecuencia bajo la presuposición de una
condición, sería falso, si no descansare más que una caprichosa y subjetiva
necesidad, predispuesta en nosotros, de enlazar
ciertas representaciones empíricas según una regla semejante de relación.
No podría yo decir: el
efecto está para mí enlazado con la causa, en el objeto (es decir
necesariamente), sino: estoy dispuesto de tal manera que no puedo pensar esa
representación más que encadenada así; y esto precisamente es lo que más desea
el escéptico, pues entonces todo nuestro conocimiento de supuesta objetiva
validez de nuestros juicios no es más que simple ilusión y no faltarían gentes
que no quisieran confesar esa necesidad subjetiva (que tiene que ser sentida);
por lo menos con nadie se podría discutir sobre aquello que descansa solamente
en el modo como el sujeto está organizado.
Breve concepto de esta deducción
Es la exposición de los conceptos puros del entendimiento (y con ellos de todo conocimiento teórico a priori), como principios de la posibilidad de la experiencia; es la exposición de la experiencia como determinación de los fenómenos en el espacio y en el tiempo en general; por último es la exposición de esta determinación, por el principio de la unidad sintética originaria de la apercepción, como la forma del entendimiento en relación con el espacio y el tiempo como formas originarias de la sensibilidad.
* * *
Hasta aquí me ha parecido necesaria la división en párrafos, porque tratábamos de conceptos elementales. Ahora que queremos explicar el uso de los mismos, podrá la exposición seguir, sin párrafos, en continuado curso.
LIBRO SEGUNDO
De la Analítica transcendental
Analítica de los principios
La lógica general se halla construida sobre un plan que concuerda exactamente con la división de las facultades superiores de conocer. Éstas son: entendimiento, juicio y razón. Aquella doctrina trata pues, en su analítica, de conceptos, juicios y raciocinios, de conformidad precisamente con las funciones y el orden de aquellas potencias del espíritu que se comprenden bajo la denominación amplia de entendimiento.
Como la referida lógica hace abstracción de todo contenido del conocimiento (sea puro o empírico) y se ocupa tan sólo de la forma del pensar en general (conocimiento discursivo), puede comprender también en su parte analítica el canon para la razón, cuya forma tiene su precepto seguro, el cual puede ser conocido a priori, sin traer a consideración la naturaleza particular del conocimiento usado en ella, por mera descomposición de la razón en sus momentos.
La lógica transcendental, puesto que se halla limitada a un determinado contenido, a saber, solamente a los conocimientos puros a priori, no puede seguir a la otra en esa división. Pues se muestra que el uso transcendental de la razón no es objetivamente válido y por tanto no pertenece a la lógica de la verdad, es decir a la analítica, sino que como lógica de la ilusión exige una parte especial del edificio doctrinal escolástico, bajo el nombre de Dialéctica transcendental.
Entendimiento y juicio tienen pues su canon del uso objetivamente valedero y por tanto verdadero en la lógica transcendental y pertenecen a su parte analítica. Pero la razón, en sus ensayos de decir algo sobre objetos a priori y extender el conocimiento más allá de los límites de la experiencia posible, es enteramente dialéctica y sus afirmaciones ilusorias no son propias para introducirlas en un canon como el que debe contener la Analítica.
La Analítica de los principios será pues tan sólo un canon para el juicio, a quien enseña a aplicar los conceptos del entendimiento -que contienen la condición para reglas a priori- a los fenómenos.
Por esta causa,
aunque tomo propiamente por tema los principios del entendimiento, usaré la
denominación de doctrina del juicio, por donde este tema queda señalado con
mayor exactitud.
Introducción
Del Juicio transcendental en general
Si
el entendimiento en general se define como la facultad de las reglas, será el
Juicio la facultad de subsumir bajo reglas, es decir de distinguir si algo se
halla o no bajo una regla dada (casus datae legis). La lógica general no tiene
preceptos para el juicio y no puede tenerlos. Pues como hace abstracción de todo
contenido del conocimiento, no le resta más quehacer sino descomponer
analíticamente la mera forma del conocimiento en conceptos, juicios y
raciocinios, y establecer así reglas formales de todo uso del entendimiento.
Ahora bien si quisiera enseñar en general cómo ha de
subsumirse bajo esas reglas, es decir, como se ha de distinguir si algo se halla
o no bajo ellas, no podría hacerlo a su vez más que mediante una regla. Ésta
empero, precisamente por ser una regla, exige de nuevo una instrucción del
Juicio; y así se advierte que, si bien el entendimiento es capaz de recibir
enseñanza y ser armado de reglas, el Juicio en cambio es un talento particular
que no puede ser enseñado, sino sólo ejercitado. Es pues lo específico del
llamado ingenio natural, cuyo defecto no
puede sustituir escuela alguna; pues aunque esta puede ofrecer y, por decirlo
así, injertar en un entendimiento limitado reglas abundantes tomadas del
conocimiento de otros, sin embargo facultad de usar correctamente de ellas tiene
que pertenecer al aprendiz mismo y ninguna regla de las que pudieran
prescribírsele en ese sentido, está asegurada contra un mal uso, si falta ese
don natural. Así un médico, un juez, un político puede tener en la cabeza muchas
hermosas reglas patológicas, jurídicas o políticas, y ser en ello un gran
maestro; y sin embargo puede suceder que en la aplicación tropiece fácilmente,
ya sea porque le falte Juicio natural (aunque no entendimiento) y si bien puede
conocer lo general in abstracto, no pueda distinguir si un caso in concreto,
pertenece o no a la regla, ya sea también porque no se ha adiestrado para ese
Juicio con bastantes ejemplos y verdadero ejercicio. Ésta es la única y gran
utilidad de los ejemplos, que afinan el Juicio. Pues en lo que se refiere a la
exactitud y precisión del conocimiento del entendimiento, más bien perjudican
comúnmente, porque sólo raras veces llenan adecuadamente la condición de la
regla (como casus in terminis), y además debilitan a menudo el esfuerzo del
entendimiento para conocer, según su suficiencia, reglas en general e
independientemente de las circunstancias empíricas, y acostumbran a usarlas más
bien como fórmulas que como principios. Así los ejemplos son como los vehículos
del Juicio, sin los cuales no puede pasar quien carece de talento natural.
Ahora bien, si la lógica general no puede dar preceptos al Juicio, con la
transcendental no ocurre lo mismo; de tal modo que hasta parece que esta última
tiene como propia función el rectificar y asegurar, por medio de reglas
determinadas, el Juicio en el uso del entendimiento puro. Pues para proporcionar
al entendimiento amplificación en el campo de los conocimientos puros a priori,
como doctrina, por tanto, la filosofía parece no ser necesaria y hasta más bien
ser perjudicial, porque
después de todos los ensayos hechos hasta ahora, poco o ningún terreno se ha
ganado; pero como crítica, para prevenir los malos pasos del juicio (lapsus
judicii) en el uso de los pocos conceptos puros del entendimiento, que tenemos,
para eso (aunque la utilidad sea sólo negativa) hay que apelar a la filosofía
con su penetración y su arte para someterlo todo a examen.
Pero la filosofía transcendental tiene de característico que, además de la regla (o más bien de la condición universal de las reglas) dada en el concepto puro del entendimiento, puede mostrar al mismo tiempo a priori el caso al que deben dichas reglas ser aplicadas. La causa de la ventaja que, en esta parte, ofrece sobre todas las demás ciencias doctrinales (excepto la matemática) consiste precisamente en que trata de conceptos que deben referirse a priori a sus objetos; por tanto su validez objetiva no puede ser expuesta a posteriori, pues esto dejaría intacta aquella dignidad, sino que debe al mismo tiempo exponer, en características generales pero suficientes, las condiciones bajo las cuales pueden ser dados objetos en concordancia con esos conceptos, sin lo cual éstos quedarían sin contenido alguno y serían por tanto meras formas lógicas y no conceptos puros del entendimiento.
Esta doctrina transcendental del Juicio contendrá dos capítulos: el primero que trata de la condición sensible bajo la cual tan sólo pueden ser usados los conceptos puros del entendimiento, es decir, del esquematismo del entendimiento puro; el segundo de sus juicios sintéticos que fluyen de los conceptos puros del entendimiento bajo esas condiciones a priori, y están a la base de todos los demás conocimientos a priori, es decir, de los principios del entendimiento puro.
Doctrina transcendental del Juicio (o Analítica de los principios)
PRIMER CAPÍTULO
Del esquematismo de los conceptos puros del
entendimiento
En todas las subsunciones de un objeto bajo un concepto, tiene que ser la representación del primero homogénea con el segundo, es decir el concepto debe contener aquello que es representado en el objeto a subsumir en él; esto precisamente es lo que significa la expresión: «un objeto está contenido en un concepto». Así el concepto empírico de un plato tiene homogeneidad con el concepto puro geométrico de un círculo, pues que la redondez, pensada en éste, puede intuirse en aquél.
Mas
los conceptos puros del entendimiento, si los comparamos con intuiciones
empíricas (y aun en general sensibles), son enteramente heterogéneos y no pueden
jamás ser hallados en intuición alguna. ¿Cómo es pues posible la subsunción de
éstas en aquellos y por ende la aplicación de la categoría a los fenómenos, ya
que nadie dirá: esta categoría, por ejemplo la causalidad, puede también ser
intuida por los sentidos y está contenida en el fenómeno? Esta cuestión, tan
natural e importante, es propiamente la causa que hace necesaria una doctrina
transcendental del Juicio, para mostrar la posibilidad por la cual pueden
conceptos puros del entendimiento ser aplicados a
fenómenos en general. En todas las demás ciencias en donde los conceptos, por
los cuales el objeto es pensado en general, no son tan distintos y heterogéneos
de aquellos que representan in concreto ese objeto como es dado, es innecesario
dar una explicación especial respecto a la aplicación del concepto puro al
objeto.
Es pues claro que tiene que haber un tercer término que debe de estar en homogeneidad por una parte con la categoría y por otra parte con el fenómeno, y hacer posible la aplicación de la primera al último. Esa representación medianera ha de ser pura (sin nada empírico) y sin embargo, por una parte, intelectual y por otra, sensible. Tal es el esquema transcendental.
El
concepto del entendimiento encierra unidad pura sintética de lo múltiple en
general. El tiempo, como condición formal de lo múltiple del sentido interno,
por lo tanto, del encadenamiento de todas las representaciones, encierra un
múltiple a priori en la intuición pura. Ahora bien, una determinación
transcendental del tiempo es homogénea con la categoría (que constituye la
unidad de la misma), por cuanto es universal y descansa en una regla a priori.
Pero por otra parte es homogénea con el
fenómeno, por cuanto el tiempo está contenido en toda representación empírica de
lo múltiple. Por eso una aplicación de la categoría a los fenómenos será posible
por medio de la determinación transcendental del tiempo que, como esquema de los
conceptos puros del entendimiento, sirve de término medio para subsumir los
fenómenos en la categoría.
Después de lo que se ha explicado en la deducción de las categorías, es de
esperar que nadie tenga duda en decidir la cuestión de si esos conceptos puros
del entendimiento son de uso meramente empírico o también de uso transcendental,
es decir, si sólo como condiciones de una experiencia posible se refieren a
priori a fenómenos o si, como condiciones de la posibilidad de las cosas en
general, pueden ser extendidos a objetos en sí mismos (sin alguna restricción a
nuestra sensibilidad).
Pues ya hemos visto que los conceptos son enteramente imposibles y no
pueden tener significación alguna, si un objeto no es dado a ellos o al menos a
los elementos de que constan; que por tanto no pueden dirigirse a cosas en sí
(sin tomar en cuenta si pueden y cómo pueden sernos dados); que además el único
modo como nos son dados objetos es la modificación de nuestra sensibilidad; y
finalmente que los conceptos puros a priori, además de la función del
entendimiento en la categoría, deben contener a priori condiciones formales de
la sensibilidad (sobre todo del sentido interno), que encierran la condición
universal bajo la cual tan sólo puede la categoría ser aplicada a cualquier
objeto. Esa condición formal y pura de la sensibilidad, a la cual el concepto
del entendimiento en su uso está restringido, vamos a llamarla esquema de ese
concepto del entendimiento y llamaremos esquematismo del entendimiento puro al
proceder del entendimiento con esos esquemas.
El
esquema es en sí mismo tan sólo un producto de la imaginación; pero ya que la
síntesis de esta última tiene por objeto no una intuición única, sino la unidad
en la determinación de la sensibilidad, hay pues que distinguir el esquema de la
imagen. Así cuando pongo cinco puntos uno tras de otro....., es esto una imagen
del número cinco. En cambio, cuando sólo pienso un número en general, que puede
ser cinco o ciento, ese pensamiento es más la representación de un método para
representar, conforme a un cierto concepto, una muchedumbre, (v. g. mil) en una
sola imagen, que esta imagen
misma, la cual en este último caso, difícilmente podría yo abarcar con la vista
y comparar con el concepto. A esa representación de un procedimiento universal
de la imaginación para proporcionar su imagen a un concepto es a la que yo llamo
el esquema de ese concepto.
En
realidad, a la base de nuestros conceptos puros sensibles no hay imágenes de los
objetos, sino esquemas. Al concepto de un triángulo en general no podría nunca
adecuarse imagen alguna del mismo. Pues no alcanzaría la universalidad del
concepto, que hace que éste valga para todos, rectángulos o no, sino que estaría
siempre limitado a una parte de esa esfera. El esquema del triángulo no puede
nunca existir en otra parte que en el pensamiento y significa una regla de la
síntesis de la imaginación respecto a las figuras puras en el espacio. Mucho
menos aún alcanza nunca un objeto de la experiencia, o imagen del mismo, el
concepto empírico, sino que éste se refiere siempre
inmediatamente al esquema de la imaginación, como una regla de la determinación
de nuestra intuición conforme a un cierto concepto universal. El concepto de
perro significa una regla según la cual mi imaginación puede dibujar en general
la figura de cierto cuadrúpedo, sin estar limitada a alguna particular figura
que la experiencia me ofrece, o a la imagen posible que puedo exponer in
concreto.
Éste esquematismo de nuestro entendimiento, respecto de los fenómenos
y de su mera forma, es un arte recóndito en las profundidades del alma humana,
cuyo verdadero manejo difícilmente adivinaremos a la naturaleza y pondremos al
descubierto. Todo lo que podemos decir es lo siguiente: la imagen es un producto
de la facultad empírica de la imaginación productiva, el esquema de los
conceptos sensibles (como el de las figuras en el espacio) es un producto y como
un monograma de la imaginación pura a priori, por el cual y según el cual se
hacen posibles las imágenes; éstas empero tienen que enlazarse con el concepto
mediante el esquema que ellas indican y no son en sí enteramente congruentes con
él mismo. En cambio el esquema de un concepto puro del entendimiento es algo que
no puede ser puesto en imagen alguna; es solo la síntesis pura, conforme a una
regla de la unidad, según conceptos en general y que expresa la categoría; es un
producto transcendental de la imaginación, que se refiere a la determinación del
sentido interno en general, según condiciones de su forma (el tiempo), respecto
de todas las representaciones, en cuanto éstas en conformidad con la unidad de
la apercepción, deben ser comprendidas a priori en un concepto.
Sin detenernos en un árido y fastidioso análisis de lo exigido para los esquemas transcendentales de los conceptos puros del entendimiento en general, vamos a exponerlos mas bien por el orden de as categorías y en conexión con ellas.
La imagen pura de todas las magnitudes (quantorum) ante el sentido externo, es el espacio; la de todos los objetos de los sentidos en general es, empero, el tiempo. El esquema puro de la magnitud (quantitatis), como concepto del entendimiento, es el número, que es una representación que comprende la adición sucesiva de uno a uno (homogéneo). Así el número no es otra cosa que la unidad de la síntesis de lo múltiple de una intuición homogénea en general, por la cual produzco yo el tiempo mismo en la aprehensión de la intuición.
Realidad es, en el concepto puro del entendimiento, lo que corresponde a una
sensación en general, aquello pues cuyo concepto en sí mismo señala un ser (en
el tiempo); negación, aquello cuyo concepto representa un no-ser (en el tiempo).
La oposición de ambos sucede pues en la diferencia del mismo tiempo, como tiempo
lleno o tiempo vacío. Puesto que el tiempo es sólo la forma de la intuición, por
tanto de los objetos como fenómenos, así lo que en éstos corresponde a la
sensación es la materia transcendental de todos los objetos, como cosas en sí
(la cosidad, realidad). Ahora bien,
toda sensación tiene un grado o magnitud por la cual puede llenar más o menos el
mismo tiempo, es decir, el sentido interno con respecto a la misma
representación de un objeto, hasta que cesa en nada (0 = negatio). Por eso hay
una relación y conexión o, más bien, un tránsito de la realidad a la negación,
que hace de toda realidad un quantum representable; y el esquema de una realidad
como cantidad de algo, en cuanto este algo llena el tiempo, es precisamente esa
continua y uniforme producción de la misma en el tiempo, al descender, en el
tiempo, desde la sensación que tiene un cierto grado, hasta la desaparición de
la sensación, o al ascender poco a poco desde la negación hasta la magnitud de
la sensación.
El esquema de la substancia es la permanencia de lo real en el tiempo, es decir la representación de lo real como un substrato de la determinación empírica del tiempo en general, el cual permanece mientras todo lo demás cambia (El tiempo no transcurre, sino que en él transcurre la existencia de lo mudable. Al tiempo pues, que es él mismo inmutable y permanente, corresponde en el fenómeno lo inmutable de la existencia, es decir la substancia, y sólo en ella puede la sucesión y la simultaneidad de los fenómenos ser determinadas según el tiempo).
El esquema de la causa y de la causalidad de una cosa en general es lo real, al cual, si es puesto a capricho, sigue siempre algo distinto. Consiste pues en la sucesión de lo múltiple, por cuanto se halla sometida a una regla.
El esquema de la realidad (acción recíproca) o de la causalidad recíproca de las substancias con respecto a sus accidentes, es la simultaneidad de las determinaciones de uno con las de otro, según una regla universal.
El esquema de la posibilidad es la concordancia de la síntesis de diferentes representaciones con las condiciones del tiempo en general (v. g. que lo contrario no puede ser simultáneo en una cosa, sino sólo sucesivo); es pues la determinación de la representación de una cosa en algún tiempo.
El esquema de la realidad es la existencia en un determinado tiempo.
El esquema de la necesidad es la existencia de un objeto en todo tiempo.
Se
ve pues por todo esto que el esquema de las categorías de la cualidad contiene y
hace representable la producción (síntesis) del tiempo mismo en la sucesiva
aprehensión de un objeto; el esquema de la cualidad contiene y hace
representable la síntesis de la sensación (percepción) con la representación del
tiempo, o la ocupación plena del tiempo; el de la relación, contiene y hace
representable la relación de las percepciones entre sí en todo tiempo (es decir
según una regla de la determinación del tiempo), y por último el esquema de la
modalidad y sus categorías contiene y hace
representable el tiempo mismo como el correlato de la determinación de un
objeto, según pertenezca y cómo pertenezca al tiempo. Los esquemas pues no son
nada más que determinaciones a priori del tiempo, según reglas, y éstas, según
el orden de las categorías, se refieren a la serie del tiempo, al contenido del
tiempo, a la ordenación del tiempo y por último al conjunto del tiempo, con
respecto a todos los objetos posibles.
Así se ve bien que el esquematismo del entendimiento, por medio de la síntesis transcendental de la imaginación, no viene a parar a otra cosa que a la unidad de todo lo múltiple de la intuición en el sentido interno y así, indirectamente, a la unidad de la apercepción como función que corresponde al sentido interno (receptividad). Los esquemas de los conceptos puros del entendimiento son pues las verdaderas y únicas condiciones que permiten proporcionar a esos conceptos una relación con los objetos y por ende una significación y las categorías, al cabo, no tienen más uso posible que uno empírico, pues que sólo sirven para someter fenómenos a reglas universales de síntesis, mediante fundamentos de una unidad necesaria a priori (a causa de la necesaria reunión de toda conciencia en una apercepción originaria) y capacitar esos fenómenos de ese modo para un enlace general en una experiencia.
Pero todos nuestros conocimientos están en el conjunto de toda la experiencia posible y la verdad transcendental, que precede a toda verdad empírica y la hace posible, consiste en la referencia universal a toda la experiencia posible.
Mas
se advierte también enseguida que si bien los esquemas de la sensibilidad son
los que realizan las categorías, sin embargo también las restringen, es decir,
las limitan a condiciones que están fuera del entendimiento (en la
sensibilidad). Por eso es el esquema propiamente el fenómeno (Phaenomenon) o
concepto sensible de un objeto, en concordancia con la categoría (Numerus est
quantitas phoenomenon, sensatio realitas phaenomenon, constans et perdurabile
rerum substantia phaenomenon, aeternitas necessitas phaenomenon etc...) Si
eliminamos una condición restrictiva, amplificamos, según parece, el concepto
anteriormente restringido; así debieran las
categorías, en su significación pura, sin ninguna condición de la sensibilidad,
valer para las cosas en general, tales como ellas son, mientras que sus esquemas
sólo las representarían como ellas aparecen, teniendo las categorías así una
significación independiente de todo esquema y mucho más extensa. Y en realidad
conservan, los conceptos puros del entendimiento una significación, aun después
de haber separado toda condición sensible; pero es una significación solamente
lógica, la significación de la simple unidad de representaciones, a la cual
empero ningún objeto es dado y por
tanto ninguna significación que pudiera proporcionarnos un concepto del objeto.
Así por ejemplo la substancia, si eliminamos la determinación sensible de la
permanencia, no significaría nada más que un algo que puede ser pensado como
sujeto (sin ser predicado de otra cosa). Mas con esa representación nada puedo
hacer, porque no me señala qué determinaciones tiene esa cosa que ha de valer
como sujeto primero. Así pues, sin los esquemas, son las categorías solamente
funciones del entendimiento para conceptos, y no representan objeto alguno. Esta
significación se las da luego la
sensibilidad que realiza el entendimiento, restringiéndolo al mismo tiempo.
Doctrina transcendental del Juicio (o Analítica de los principios)
SEGUNDO CAPÍTULO
Sistema de todos los principios del entendimiento puro
En
el anterior capítulo hemos considerado el Juicio transcendental solo según las
condiciones generales bajo las cuales está autorizado para usar los conceptos
puros del entendimiento en juicios sintéticos. Nuestro tema es ahora exponer en
enlace sistemático los juicios que el entendimiento, con esa crítica cautela,
lleva a cabo realmente a priori; para ello deberá darnos sin duda nuestra tabla
de las categorías la dirección natural y segura. Pues precisamente la referencia
de las categorías a la
experiencia posible es la que debe constituir todo conocimiento puro a priori
del entendimiento y la relación de las categorías con la sensibilidad en general
expondrá todos los principios transcendentales del uso del entendimiento,
íntegros y en un sistema.
Los principios a priori tienen ese nombre no sólo porque contienen los fundamentos de otros juicios, sino también porque no se fundan ellos mismos en otros conocimientos más altos y generales.
Sin embargo esa propiedad no los dispensa siempre de una prueba. Pues aunque ésta no pudiera llevarse objetivamente por estar más bien a la base de todo conocimiento de su objeto, sin embargo, esto no impide que sea posible y hasta necesario producir una prueba, sacándola de las fuentes subjetivas de la posibilidad de un conocimiento del objeto en general, porque la proposición, si no, despertaría siempre la más grave sospecha de ser una afirmación obtenida por sorpresa.
En
segundo lugar, nos limitaremos a aquellos principios que se refieren a las
categorías. Los principios de la estética transcendental, según los cuales el
espacio y el tiempo son las condiciones de la posibilidad de todas las cosas,
como fenómenos, así como la restricción de esos principios, a saber: que no
pueden referirse a cosas en sí mismas, no pertenecen al delimitado campo de
nuestra investigación. Tampoco los principios matemáticos constituyen parte
alguna de este sistema, porque son sacados de la intuición solamente y no de los
conceptos puros del entendimiento; sin embargo su
posibilidad, ya que son juicios sintéticos a priori, hallará lugar aquí
necesariamente, no ciertamente para demostrar su exactitud y certeza apodíctica,
cosa que no necesitan, sino para hacer comprensible y deducir la posibilidad de
semejantes evidentes conocimientos a priori.
Pero tendremos que hablar también del principio de los juicios analíticos y ello en oposición al de los sintéticos, que es precisamente el objeto de nuestro tema; porque precisamente esa oposición libra la teoría de los últimos de toda mala inteligencia y la pone ante los ojos claramente en su naturaleza peculiar.
Primera sección del sistema de los principios del entendimiento puro
Del principio supremo de todos los juicios analíticos
Sea
cual fuere el contenido de nuestro conocimiento y el modo como éste se refiera
al objeto, es condición universal, aunque sólo negativa, de todos nuestros
juicios, que no se contradigan a sí mismos; sin lo cual esos juicios en sí
mismos (aun sin referencia al objeto) no son nada. Mas aunque no haya en nuestro
juicio contradicción alguna, puede sin embargo el juicio enlazar los conceptos
como el objeto no lo comporta o también sin que haya fundamento alguno, ni a
priori ni a posteriori,
que justifique semejante juicio; y así un juicio, a pesar de estar libre de
contradicción interna, puede aún ser o falso o falto de fundamento.
La proposición: «a ninguna cosa conviene un predicado que la contradiga», llámase principio de contradicción y es un criterio universal, aunque meramente negativo, de toda verdad; por lo cual pertenece solamente a la lógica, pues vale para los conocimientos como conocimientos en general, prescindiendo de su contenido, y dice que la contradicción los aniquila enteramente y los suprime.
Pero de ese principio puede hacerse también un uso positivo, es decir, no sólo para excluir la falsedad y el error (en cuanto descansan en la contradicción) sino también para conocer la verdad.
Pues, si el juicio es analítico, sea afirmativo o negativo, tiene que ser siempre conocida su verdad suficientemente según el principio de contradicción. Pues lo contrario de aquello que en el conocimiento del objeto incide y es pensado como concepto, tendrá siempre correctamente que ser negado, pero el concepto mismo del objeto habrá de ser afirmado, porque su contrario contradiría al objeto.
Por eso debemos dar al principio de contradicción el valor de principio universal y plenamente suficiente de todo conocimiento analítico; pero su importancia y utilidad, como criterio suficiente de la verdad, no va más lejos. Pues el que ningún conocimiento pueda contrariarlo, hace que ese principio sea conditio sine qua non, pero no fundamento, que determine la verdad de nuestro conocimiento. Como nos ocupamos propiamente sólo de la parte sintética de nuestro conocimiento, tendremos siempre cuidado de no hacer nunca nada contra este principio inviolable, mas no podremos nunca esperar de él conclusión alguna acerca de la verdad de esa especie de conocimiento.
Pero hay una fórmula de ese principio famoso, aunque desprovisto de todo contenido y simplemente formal, que encierra una síntesis que se ha mezclado con él por imprevisión y en modo totalmente innecesario. Dice esa fórmula: «es imposible que algo sea y no sea al mismo tiempo».
Aparte
de que aquí se introduce superfluamente la certeza apodíctica (con la palabra
imposible), que debe de suyo desprenderse de la proposición, ésta queda afectada
por la condición del tiempo, como si dijéramos: Una cosa, A, que es algo, B, no
puede en el mismo tiempo ser no-B; pero puede muy bien ser ambas cosas (B y
no-B) sucesivamente. Un hombre, por ejemplo, que es joven no puede ser al mismo
tiempo viejo; pero puede ser en un tiempo joven y en otro tiempo no joven, es
decir, viejo.
Ahora bien, el principio de contradicción, como principio meramente
lógico, no debe limitar sus expresiones a las relaciones de tiempo; por eso esa
fórmula es contraria a la intención del principio.
La mala
inteligencia proviene tan sólo de que un predicado de una cosa ha sido separado
primero del concepto de ella y después se une lo contrario a ese predicado, lo
cual no produce nunca contradicción con el sujeto, sino con sus predicados
enlazados sintéticamente al sujeto, y la produce sólo cuando el primero y
segundo predicado son afirmados al mismo tiempo. Si yo digo: «Un hombre que es
ignorante no es sabio», hay que añadir la condición «al mismo tiempo»; pues el
ignorante en un momento dado puede muy bien ser sabio en otro. Pero si digo:
«Ningún ignorante es sabio», esta proposición es analítica, porque la
nota (ignorancia) entra a constituir también el concepto del sujeto y entonces
la proposición negativa es clara inmediatamente por el principio de
contradicción, sin que haya de añadirse la condición: «al mismo tiempo». Ésta es
la causa por la cual he variado antes la fórmula del principio de tal modo que
la naturaleza de una proposición analítica quede claramente expresada.
Segunda sección del sistema de los principios del entendimiento puro
Del principio supremo de todos los juicios sintéticos
La explicación de la posibilidad de los juicios sintéticos es un problema de que no tiene que ocuparse para nada la lógica general, ni siquiera conocer su nombre. Pero en una lógica transcendental es el asunto más importante de todos y aun el único, si se habla de la posibilidad de juicios sintéticos a priori, como asimismo de las condiciones y extensión de su validez. Pues una vez terminado ese asunto puede la lógica transcendental satisfacer perfectamente su propósito, a saber: determinar la extensión y los límites del entendimiento puro.
En el juicio analítico permanezco dentro del concepto dado, para decidir algo sobre él. ¿Es afirmativo? Pues entonces atribuyo a ese concepto sólo aquello que era ya pensado en él. ¿Es negativo? Entonces excluyo de él solamente su contrario. Pero en el juicio sintético debo salir del concepto dado para considerar, en relación con éste, algo totalmente distinto de lo en él pensado, relación que no es nunca ni de identidad ni de contradicción y por la cual no puede conocerse en el juicio mismo ni la verdad ni el error.
Concedido, pues, que se deba salir de un concepto dado para compararlo sintéticamente con otro, queda un tercer requisito, en el cual solamente puede originarse la síntesis de ambos conceptos.
Y ¿qué es
este tercer requisito sino el medium de todos los juicios sintéticos? Sólo hay
un conjunto, en el cual están contenidas todas nuestras representaciones, es a
saber: el sentido interno y la forma del mismo a priori: el tiempo. La síntesis
de las representaciones descansa en la imaginación, pero la unidad sintética de
las mismas (que se requiere para el juicio), descansa en la unidad de la
apercepción. Aquí habrá pues que buscar la posibilidad de los juicios sintéticos
y, como las tres contienen las fuentes de las representaciones a priori,
también habrá que buscar aquí la posibilidad
de los juicios sintéticos puros y aun serán estos necesarios por esos
fundamentos, si ha de llevarse a cabo, un conocimiento de objetos que descanse
solamente en la síntesis de las representaciones.
Si
un conocimiento ha de tener realidad objetiva, es decir, referirse a un objeto y
poner en el mismo significación y sentido, debe el objeto poder ser dado de
alguna manera. Sin eso, son los conceptos vanos y aunque en realidad hemos
pensado, nada hemos conocido por ese pensamiento; no hemos hecho sino jugar con
representaciones. Darse un objeto -si ello no ha de entenderse sólo
mediatamente, sino como exponerlo inmediatamente en la intuición- no es otra
cosa que referir su representación a la experiencia (real o al menos posible).
El espacio y el tiempo mismos, tan puros de
todo lo empírico como son estos conceptos, y tan cierto como es que son
representados enteramente a priori en el espíritu, carecerían de validez
objetiva, de sentido y significación si no se mostrara su uso necesario en los
objetos de la experiencia; es más, su representación es un simple esquema que se
refiere siempre a la imaginación reproductiva, que evoca los objetos de la
experiencia, sin los cuales carecerían de significación; y así ocurre con todos
los conceptos sin distinción.
La posibilidad de la experiencia es pues lo que da a todos nuestros conocimientos a priori realidad objetiva. Ahora bien, la experiencia descansa en la unidad sintética de los fenómenos, es decir, en una síntesis según conceptos del objeto de los fenómenos en general, sin la cual la experiencia no sería siquiera conocimiento, sino una rapsodia de percepciones, incapaces de juntarse en una contextura según reglas de una conciencia (posible) continuamente enlazada y, por tanto, en la unidad transcendental y necesaria de la apercepción. La experiencia tiene, pues, como fundamento, principios de su forma a priori, a saber: reglas universales de la unidad, en la síntesis de los fenómenos, cuya objetiva realidad como condiciones necesarias puede siempre mostrarse en la experiencia y aun en su posibilidad. Fuera de esa referencia, empero, son enteramente imposibles, las proposiciones sintéticas a priori, porque no tienen el tercer requisito, a saber: un objeto en el cual la unidad sintética de sus conceptos, pueda mostrar realidad objetiva.
Por eso, aunque conocemos del espacio en general o de las figuras que la imaginación productiva dibuja en él, muchas cosas a priori en juicios sintéticos, de suerte que realmente no necesitamos para ello experiencia alguna, este conocimiento no sería nada, sería ocuparse con una mera fantasía, si el espacio no hubiera de considerarse como la condición de los fenómenos que constituyen la materia de la experiencia externa; por eso esos juicios sintéticos puros se refieren, aunque sólo mediatamente, a la experiencia posible o más bien a la posibilidad misma de la experiencia y sólo en ello fundamentan la validez objetiva de su síntesis.
Ya que la experiencia, pues, como síntesis empírica es en su posibilidad la única especie de conocimiento que da realidad a toda otra síntesis, tiene ésta también, como conocimiento a priori, verdad (coincidencia con el objeto) sólo porque no encierra más que lo necesario para la unidad sintética de la experiencia en general.
El principio supremo de todos los juicios sintéticos es pues: todo objeto está bajo las condiciones necesarias de la unidad sintética de lo múltiple de la intuición en una experiencia posible.
De
esa manera, los juicios sintéticos a priori son posibles cuando las condiciones
formales de la intuición a priori, la síntesis de la imaginación y la necesaria
unidad de la misma, en una apercepción transcendental, son referidas por
nosotros a un conocimiento de experiencia posible en general y decimos: las
condiciones de la posibilidad de la experiencia en general son al mismo tiempo
condiciones de la posibilidad de los objetos de la experiencia y tienen por ello
validez objetiva en
un juicio sintético a priori.
Tercera sección del sistema de los principios del entendimiento puro
Representación sistemática de todos los principios
sintéticos del mismo
Que
en general existan principios, es cosa que debemos atribuir exclusivamente al
entendimiento puro, el cual no es sólo la facultad de las reglas, con respecto a
lo que acontece, sino aun la fuente misma de los principios, según la cual todo
(cuanto pueda presentársenos como objeto) se halla necesariamente bajo reglas,
porque sin éstas nunca podría sobrevenir a los fenómenos conocimiento alguno de
un objeto correspondiente. Las mismas leyes naturales, si se consideran como
principios
del uso empírico del entendimiento, llevan consigo al mismo tiempo una expresión
de necesidad, por lo tanto la sospecha al menos de que han sido determinadas por
fundamentos valederos a priori y antes de toda experiencia. Pero sin distinción
hállanse todas las leyes de la naturaleza bajo superiores principios del
entendimiento, ya que se limitan a aplicar éstos a determinados casos del
fenómeno. Estos principios solos dan pues el concepto, que contiene la condición
y como el exponente para una regla en general; la experiencia empero da el caso
que se halla bajo la regla.
Propiamente no puede haber peligro de que se tomen los principios meramente
empíricos por principios del entendimiento puro, o recíprocamente; pues la
necesidad según conceptos -que distingue a éstos últimos y cuya falta se percibe
fácilmente en cualquier proposición empírica, por mucho valor universal que
tenga- puede sin dificultad prevenir esa confusión. Pero hay principios puros a
priori, que yo sin embargo no quisiera atribuir propiamente al entendimiento
puro, porque no están sacados de conceptos puros, sino de intuiciones puras
(aunque por medio del entendimiento); el
entendimiento empero es la facultad de los conceptos. La matemática posee tales
principios; pero su aplicación a la experiencia y por tanto su validez objetiva
y aun la posibilidad de semejante conocimiento sintético a priori (la deducción
del mismo) descansa sin embargo siempre en el entendimiento puro.
Por eso, entre mis principios no enumeraré los de la matemática, pero sí aquellos en que se funda la posibilidad y validez objetiva a priori de esta ciencia y que por lo tanto pueden considerarse como Principium de esos principios, y van de los conceptos a la intuición, no de la intuición a los conceptos.
En
la aplicación de los conceptos puros del entendimiento a la experiencia posible,
el uso de su síntesis es matemático o dinámico; pues se dirige unas veces a la
intuición, otras a la existencia de un fenómeno en general. Las condiciones a
priori de la intuición son empero totalmente necesarias, respecto de una
experiencia posible, mientras que las de la existencia de los objetos de una
posible intuición empírica son en sí sólo contingentes. Por eso los principios
del uso matemático tendrán necesidad incondicionada, o sea apodíctica; los del
uso dinámico, en cambio, tendrán ciertamente
también el carácter de una necesidad a priori, mas sólo bajo la condición del
pensar empírico, en una experiencia; por lo tanto, sólo en modo mediato e
indirecto, sin contener por consiguiente aquella inmediata evidencia (puesta a
salvo sin embargo su certeza. referida en general a la experiencia) que es
propia de los primeros. Todo esto empero podrá juzgarse mejor al terminar este
sistema de los principios.
La tabla de las categorías nos da la pauta natural para la tabla de los principios, porque éstos no son otra cosa que las reglas del uso objetivo de aquellas. Todos los principios del entendimiento puro son pues:
1
Axiomas de la intuición.
2
Anticipaciones de la percepción.
3
Analogías de la experiencia.
4
Postulados del pensar empírico en general.
Estas denominaciones las he elegido con cuidado, para que no pasen desapercibidas las diferencias respecto a la evidencia y el empleo de estos principios. Mas pronto se verá que, en lo que se refiere tanto a la evidencia como a la determinación de los fenómenos a priori, según las categorías de la cantidad y de la cualidad (si se atiende tan solo a la forma de estas últimas), los principios de las mismas se distinguen de los otros dos considerablemente, en que si bien todos son susceptibles de una certeza plena, la de aquellos es intuitiva y la de éstos sólo discursiva. Por eso llamaré a aquellos principios matemáticos y a éstos dinámicos. Pero se ha de advertir que aquí no me refiero ni a los principios de la matemática en un caso, ni a los principios de la dinámica general (física) en el otro, sino solamente a los del entendimiento puro con relación al sentido interno (sin distinción de las representaciones dadas en él), por medio de los cuales todos aquellos reciben su posibilidad. Los he denominado pues más bien por su aplicación que por su contenido. Y paso a su consideración, en el mismo orden en que han sido presentados en la tabla.
1.- AXIOMAS DE LA INTUICIÓN
Su principio es: Todas las intuiciones son magnitudes extensivas.
Prueba:
Todos los fenómenos contienen, según su forma, una intuición en el espacio y el
tiempo, que está a priori a la base de todos ellos. No pueden pues ser
aprehendidos, o sea recogidos en la conciencia empírica, sino por medio de la
síntesis de lo múltiple, mediante la cual se producen las representaciones de un
determinado espacio o tiempo; es decir, por medio de la composición de lo
semejante y la conciencia de la unidad sintética de ese múltiple (semejante). La
conciencia empero de lo semejante múltiple en la intuición en general, en cuanto
por ella es posible la representación de un objeto, es el concepto de una
magnitud (quanti). Así pues, la percepción misma de un objeto
como fenómeno es sólo posible mediante la misma unidad sintética de lo múltiple
de la intuición sensible dada, por la cual la unidad de la composición de lo
múltiple semejante es pensada en el concepto de una magnitud, es decir: los
fenómenos son todos ellos magnitudes y magnitudes extensivas, porque, como
intuiciones en el espacio o en el tiempo, tienen que ser representadas por la
misma síntesis por la cual el espacio y el tiempo son en general determinados.
Llamo magnitud extensiva aquella en que la representación de las partes hace
posible la representación del todo (y la precede, pues, necesariamente). No
puedo representarme una línea, por pequeña que sea, sin trazarla con el
pensamiento, es decir sin producir todas sus partes poco a poco, desde un punto,
y así dibujar esa intuición. Lo mismo ocurre con el tiempo, por corto que sea.
Pienso en el tránsito sucesivo de un momento a otro, por donde, mediante todas
las partes de tiempo y su adición, prodúcese finalmente una determinada magnitud
de tiempo. Como la mera intuición de todos
los fenómenos es el espacio o el tiempo, todo fenómeno, como intuición, es una
magnitud extensiva, puesto que no puede ser conocido más que mediante una
síntesis sucesiva de parte a parte en la aprehensión. Todos los fenómenos son
pues ya intuidos como unos agregados (muchedumbre de partes dadas
anteriormente), lo cual no ocurre en toda especie de magnitudes, sino sólo en
las que son aprehendidas y representadas por nosotros extensivamente.
En esta síntesis sucesiva de la imaginación productiva en la creación de figuras fúndase la matemática de la extensión (geometría) con sus axiomas, que expresan las condiciones de la intuición sensible a priori, bajo las cuales tan sólo puede realizarse el esquema de un concepto puro del fenómeno exterior, por ejemplo: «entre dos puntos no hay más que una recta posible», «dos rectas no encierran un espacio», etc... Éstos son los axiomas que se refieren propiamente sólo a magnitudes (quanta) como tales.
Pero en lo que se refiere a la magnitud (quantitas), es decir a la respuesta que
se da a esta pregunta: ¿Cómo es de grande tal cosa?, no hay para ella axiomas en
el sentido propio, aunque varias de esas proposiciones son sintéticas e
inmediatamente ciertas (indemonstrabilia). Pues la proposición siguiente:
cantidades iguales, añadidas o sustraídas a cantidades iguales, dan cantidades
iguales, es analítica, porque tengo inmediatamente conciencia de la identidad de
una y otra producción de magnitud; los axiomas empero han de ser proposiciones
sintéticas. En cambio las proposiciones
evidentes de la relación numérica, si bien son sintéticas, no son universales,
como las de la geometría, y por eso no pueden llamarse axiomas, sino fórmulas
numéricas. La proposición: 7 + 5 = 12 no es analítica. Pues ni en la
representación de 7, ni en la de 5, ni en la representación de la composición de
ambas pienso yo el número 12; no se trata aquí de que yo deba pensarlo en la
adición de ambas, pues en la proposición analítica la cuestión es sólo la de si
yo pienso realmente el predicado en la representación del sujeto). Pero aunque
sintética, es sin embargo una proposición particular. Por cuanto se atiende aquí
sólo a la síntesis de lo semejante (las unidades), no puede la síntesis ocurrir
más que de una única manera, aunque el uso de esos números es luego universal.
Cuando yo digo: con tres líneas, dos de las cuales juntas son mayores que la
tercera, se puede trazar un triángulo, tengo la mera función de la imaginación
productiva, que puede trazar las líneas más largas y más cortas y hacer que se
encuentren en todos los ángulos que quiera. En cambio el número 7 no es posible
más que de una única manera y así mismo el número 12, producido por la síntesis
del primero con 5. Semejantes proposiciones no deben pues, llamarse axiomas
(pues habría infinitos de éstos) sino fórmulas numéricas.
Este principio transcendental de la matemática de los fenómenos da a nuestro conocimiento a priori una gran ampliación. Pues sólo él es el que hace que la matemática pura sea aplicable en toda su precisión a objetos de la experiencia, cosa que sin ese principio no se vería por sí misma claramente y hasta ha ocasionado más de una contradicción. Los fenómenos no son cosas en sí mismas. La intuición empírica es sólo posible por medio de la pura (del espacio y del tiempo); lo que la geometría dice, pues, de ésta, vale sin objeción para aquella y los subterfugios que suponen que los objetos de los sentidos pueden no ser conformes a las reglas de la construcción en el espacio (v. g. de la infinita divisibilidad de las líneas o de los ángulos) deben desaparecer. Pues de ese modo se negaría al espacio, y con él a la vez a toda la matemática, validez objetiva, y no se sabría por qué y hasta dónde es aplicable a los fenómenos. La síntesis de los espacios y tiempos, como síntesis de la forma esencial de toda intuición, es, al mismo tiempo, lo que hace posible la aprehensión del fenómeno, y por lo tanto toda experiencia externa y por consiguiente también todo conocimiento de los objetos de la misma; y lo que la matemática, en su uso puro, demuestra de aquella (forma), vale también necesariamente para ésta (experiencia externa). Toda objeción a esto es insistente argucia de una razón mal instruida que, erróneamente, piensa separar los objetos de los sentidos, de la condición formal de nuestra sensibilidad y, aunque sólo son fenómenos, se los representa como objetos en sí mismos, dados al entendimiento; si así fueran, de seguro que no podríamos conocer nada de ellos sintéticamente a priori, y por tanto tampoco mediante puros conceptos del espacio; y la ciencia que determina éstos, la geometría, no sería posible.
2.- ANTICIPACIONES(81) DE LA PERCEPCIÓN
Su principio es: en todos los fenómenos, lo real, que es un objeto de la sensación, tiene magnitud intensiva, o sea un grado.
Prueba:
Percepción es la conciencia empírica, es decir, una conciencia en la cual al
mismo tiempo hay sensación. Los fenómenos, como objetos de la percepción, no son
intuiciones puras (meramente formales), como el espacio y el tiempo (pues éstas
no pueden ser percibidas en sí). Contienen pues, sobre la intuición, además, las
materias para algún objeto en general (por donde, en el espacio o en el tiempo,
algo existente es representado), o sea lo real de la sensación, como
representación meramente subjetiva; en ésta sólo podemos tener conciencia de que
el sujeto está afectado y referimos esa representación subjetiva a un objeto en
general. Ahora bien, de la conciencia empírica a
la pura es posible un cambio gradual, en el cual lo real desaparezca
enteramente, quedando sólo una conciencia formal (a priori) de lo múltiple en el
espacio y el tiempo. Es pues posible una síntesis de la producción cuantitativa
de una sensación, desde su comienzo, en la intuición pura = 0, hasta una
magnitud cualquiera. Como la sensación en sí no es una representación objetiva,
y en ella no está ni la intuición del espacio, ni la del tiempo, no le
corresponderá magnitud extensiva, pero sí alguna magnitud (en la aprehensión de
la sensación, en la cual la conciencia empírica puede ascender, en
cierto tiempo, desde nada = 0, hasta su medida dada), esto es, una magnitud
intensiva, en correspondencia con la cual deberá atribuir a todos los objetos de
la percepción, en cuanto ésta contiene sensación, una magnitud intensiva o sea
un grado del influjo sobre el sentido.
Todo conocimiento, por medio del cual puedo conocer y determinar a priori lo que
pertenece al conocimiento empírico, puede llamarse anticipación; y sin duda es
ésta la significación con que Epicuro usaba su término de . Mas como hay algo en
los fenómenos que nunca es conocido a priori y que por lo tanto constituye la
diferencia peculiar entre el conocimiento empírico y el conocimiento a priori,
es a saber, la sensación (como materia de la percepción), se sigue de aquí que
ésta es propiamente la que no puede ser anticipada. En cambio, las
determinaciones puras en el espacio y el
tiempo, tanto respecto de la figura como de la magnitud, podemos llamarlas
anticipaciones de los fenómenos, porque representan a priori todo cuanto pueda
siempre darse a posteriori en la experiencia. Pero suponiendo que se encuentre
algo, sin embargo, que se pueda conocer a priori en toda sensación, como
sensación en general (sin que se dé una particular), esto merecería ser llamado
anticipación, en sentido excepcional; porque parece extraño anticiparse a la
experiencia en aquello
precisamente que se refiere a su materia, la cual sólo en ella puede recogerse.
Y así ocurra aquí realmente.
La aprehensión mediante la mera sensación llena sólo un momento (si no considero la sucesión de muchas sensaciones). Considerada como algo en el fenómeno, esto es, como algo cuya aprehensión no es una síntesis sucesiva que pase de las partes a la representación total, no tiene pues magnitud extensiva; la falta de sensación en el mismo momento, representaría este momento como vacío, por lo tanto igual a 0. Ahora bien, lo que en la intuición empírica corresponde a la sensación, es realidad (realitas phaenomenon); lo que corresponde a la falta de la misma, es negación, = 0. Mas toda sensación es capaz de una reducción, de tal modo que puede decrecer y, poco a poco, desaparecer.
Por tanto, entre la realidad en el fenómeno y la negación, hay una conexión continua de muchas posibles sensaciones intermedias; la diferencia entre una y otra es siempre más pequeña que la diferencia entre la sensación dada y el cero o negación total. Esto es: lo real en el fenómeno tiene siempre una magnitud, pero ésta no se halla en la aprehensión, ya que la aprehensión mediante la mera sensación ocurre en un momento y no por medio de la síntesis sucesiva de muchas sensaciones, y por tanto no va de las partes al todo. Tiene pues una magnitud, pero no extensiva.
Ahora bien, llamo magnitud intensiva a aquella que es aprehendida sólo como unidad y en la cual la multiplicidad no puede ser representada más que por aproximación a la negación, al 0. Así toda realidad en el fenómeno tiene magnitud intensiva, es decir, un grado. Si se considera esa realidad como causa (sea de la sensación o de otra realidad en el fenómeno, v. g., de un cambio), entonces el grado de la realidad, como causa, se llama momento, por ejemplo: el momento de la gravedad; porque el grado señala sólo la magnitud, cuya aprehensión no es sucesiva, sino momentánea. Esto, empero, lo trato aquí sólo de pasada, pues no me ocupo por ahora de la causalidad.
Así, pues, toda sensación, y por tanto toda realidad en el fenómeno, por pequeña que sea, tiene un grado, es decir, una magnitud intensiva, que siempre puede disminuir; y entre realidad y negación hay una continua conexión de realidades posibles y de posibles percepciones más pequeñas. Todo color, v. g. el rojo, tiene un grado, el cual, por pequeño que sea, nunca es el más pequeño; y lo mismo ocurre con el calor, el momento de la gravedad, etc...
La propiedad que tienen las magnitudes, de que ninguna parte de ellas es la más pequeña posible (parte simple), se llama continuidad. El tiempo y el espacio son quanta continua, porque no puede darse parte alguna que no esté inclusa entre límites (puntos y momentos) y por tanto toda parte es a su vez un espacio o un tiempo. El espacio se compone pues de espacios y el tiempo de tiempos. Los untos y los momentos son sólo límites, es decir, sitios de su limitación; los sitios, empero, suponen ya esas intuiciones que han de limitar o determinar y ni el espacio ni el tiempo puede componerse de meros sitios, considerados como partes que pudieran darse antes del espacio o del tiempo. Esas magnitudes pueden llamarse también fluyentes porque la síntesis (de la imaginación productiva) en su producción es un progreso en el tiempo, cuya continuidad suele señalarse particularmente por medio de la expresión fluir, pasar.
Todos los fenómenos en general son según esto magnitudes continuas, tanto según
su intuición, en la cual son extensivas, como según la mera percepción
(sensación y por tanto realidad) en la cual son intensivas. Si la síntesis de lo
múltiple del fenómeno es interrumpida, entonces es ella un agregado de muchos
fenómenos (y no propiamente fenómeno como un quantum), el cual es producido no
por medio de la mera progresión de la síntesis productiva de un cierto modo,
sino por repetición de una síntesis que siempre cesa. Si llamo quantum de dinero
a 13 táleros, es mi denominación exacta,
siempre que entienda por ello el contenido de un marco de plata fina; pues éste,
en todo caso, es una magnitud continua, en la cual no hay parte alguna que sea
la mínima, sino que cualquier parte podría constituir una moneda, la cual a su
vez contendría materia para monedas aún más pequeñas. Mas si mi denominación
significa 13 táleros redondos, es decir, otras tantas piezas de moneda (sea cual
fuere su contenido de plata), entonces es improcedente llamar a eso un quantum
de táleros y debe decirse
que es un agregado, es decir, un número de piezas de moneda. Ahora bien, en todo
número debe haber una unidad como base; por eso es el fenómeno, considerado como
unidad, siempre un quantum y, como tal, un continuo.
Si
pues todos los fenómenos, considerados extensiva o intensivamente, son
magnitudes continuas, la proposición siguiente: «todo cambio (tránsito de una
cosa de uno a otro estado), es continuo» podría demostrarse aquí fácilmente y
con evidencia matemática, si la causalidad de un cambio en general no estuviera
totalmente fuera de los límites de una filosofía transcendental y no supusiera
principios empíricos. Pues el que sea posible una causa que mude el estado de
las cosas, es decir las determine a lo opuesto de cierto estado dado, es cosa de
la que el entendimiento a priori no nos da
indicio alguno; no solamente porque no ve la posibilidad de ello (pues esa
visión nos falta en muchos conocimientos a priori) sino porque la variabilidad
se refiere solamente a ciertas determinaciones de los fenómenos, que sólo la
experiencia puede enseñar, mientras que su causa hay que hallarla en lo
inmutable. Mas como no tenemos ante nosotros nada de que podamos valernos, sino
los conceptos fundamentales puros de toda experiencia posible, entre los cuales
no debe haber nada empírico, resulta que no podemos, sin alterar la unidad del
sistema, anticipar nada de la ciencia universal de la
naturaleza, que está edificada sobre ciertas experiencias fundamentales.
Sin embargo no faltan pruebas de la gran influencia que tiene este principio nuestro para anticipar percepciones y aun para suplir su falta, impidiendo todas las conclusiones falsas que pudieran sacarse por ausencia de percepción.
Si toda realidad en la percepción tiene un grado, entre el cual y la negación hay una infinita serie de grados, siempre menores, y sin embargo cada sentido debe tener un grado determinado de receptividad de las sensaciones, resulta que no hay percepción alguna posible, y por tanto experiencia alguna posible, que muestre una total falta de toda realidad en el fenómeno, sea inmediata, sea mediatamente (cualquiera que sea la vuelta que se dé en el razonamiento), es decir que de la experiencia nunca puede sacarse una prueba del espacio vacío o de un tiempo vacío. Pues la falta total de realidad, en la intuición sensible, en primer lugar no puede ser percibida, y en segundo lugar no puede ser deducida de ningún fenómeno singular, ni de la diferencia de grado de su realidad, y por último, no debe ser nunca admitida para explicar ésta. Pues si bien la intuición toda de un determinado espacio o tiempo es por completo real, es decir, ninguna parte de la misma es vacía, sin embargo, como toda realidad tiene su grado que, en una y la misma magnitud extensiva del fenómeno, puede disminuir hasta nada (el vacío) por infinitos estadios, debe de haber infinitos grados diferentes con los cuales se llene espacio o tiempo y las magnitudes intensivas deben poder ser, en diferentes fenómenos, mayores o menores, aun cuando la magnitud extensiva de la intuición sea igual.
Vamos a dar un ejemplo. Casi todos los físicos, al percibir una gran diferencia
en la cantidad de materia de diversa especie, en un mismo volumen (ora por el
momento de la gravedad o peso, ora por el momento de la resistencia, frente a
otras materias en movimiento), sacan unánimemente la conclusión siguiente: ese
volumen (magnitud extensiva del fenómeno), en todas las materias, tiene que
estar vacío, si bien en diferente medida. ¿Quién creyera nunca que estos
físicos, en su mayor parte
mecánicos y matemáticos, fundan esa conclusión suya exclusivamente en una
suposición metafísica, que tanto se precian de evitar? Pues lo hacen cuando
admiten que lo real en el espacio (no puedo llamarlo aquí impenetrabilidad o
peso, porque éstos son conceptos empíricos) es en todas partes idéntico y no
puede distinguirse más que por magnitud extensiva, es decir, por muchedumbre. A
esta suposición, para la cual no pueden tener en la experiencia fundamento
alguno y que por lo tanto es meramente metafísica, opongo yo una
prueba transcendental, la cual ciertamente no ha de explicar la diferencia en la
ocupación del espacio, pero en cambio suprime por completo la supuesta necesidad
de aquella suposición, según la cual no puede explicarse la referida diferencia
más que admitiendo espacios vacíos; mi modo de ver tiene, además, la ventaja de
que pone el entendimiento en libertad para pensar esa diferencia de alguna otra
manera, si es que la explicación física hace necesaria para esto alguna
hipótesis. Pues, como vemos, aunque espacios iguales estén completamente
ocupados
por diferentes materias, hasta no dejar, en ninguno de ellos, un solo punto en
donde no se hallen presentes espacio y materia, sin embargo, todo lo real, en la
misma cualidad, tiene su grado (de resistencia o de peso) y éste puede, sin
disminución de la magnitud extensiva o muchedumbre, ser más y más pequeño, hasta
el infinito, antes de que la cualidad llegue al vacío y desaparezca. Así una
expansión, que ocupa un espacio, por ejemplo un calor y del mismo modo cualquier
otra realidad (en el fenómeno) puede disminuir de grado hasta el infinito, sin
dejar en lo más mínimo vacía la más
pequeña parte de ese espacio, y no por eso dejará de ocupar el espacio, con ese
su pequeño grado, lo mismo que otro fenómeno con otro grado mayor. Mi intención
aquí no es, en modo alguno, la de sostener que tal ocurre en efecto con la
diversidad de materias en su peso específico, sino sólo exponer, por un
principio del entendimiento puro, que la naturaleza de nuestras percepciones
hace posible una explicación semejante, y que se yerra cuando se admite que lo
real del fenómeno es igual
en grado y sólo se diferencia por la agregación y la magnitud extensiva de ésta,
como también se yerra cuando se afirma esto por virtud de un supuesto principio
del entendimiento a priori.
Sin
embargo esta anticipación de la percepción tiene siempre algo de extraño para el
investigador acostumbrado a lo transcendental y hecho por ende a la
circunspección; suscita cierta duda sobre cómo el entendimiento pueda anticipar
una proposición sintética como es la del grado de todo lo real en los fenómenos
y por tanto la de la posibilidad de distinguir interiormente la sensación misma,
cuando se hace abstracción de su cualidad empírica. Así pues no es indigna de
ser resuelta la cuestión
siguiente: ¿cómo puede el entendimiento pronunciarse aquí sintéticamente, a
priori, sobre fenómenos y aun anticiparlos en lo que es propia y meramente
empírico, en lo que toca a la sensación?
La
cualidad de la sensación es siempre meramente empírica y no puede ser
representada a priori (v. g. colores, gusto, etc.) Pero lo real que corresponde
en general a las sensaciones, en oposición a la negación = 0, representa tan
sólo algo cuyo concepto contiene en sí un ser, y no significa nada más que la
síntesis en una conciencia empírica en general. En el sentido interno
efectivamente puede la conciencia empírica elevarse desde 0 hasta cualquier
grado mayor, de tal modo que una y la misma magnitud extensiva de la intuición
(v. g. superficie iluminada) produzca una sensación igualmente
grande que un agregado de muchas otras (menos iluminadas) juntas. Se puede pues
hacer por completo abstracción de las magnitudes extensivas del fenómeno y
representarse sin embargo en la mera sensación, en un momento, una síntesis de
incremento uniforme, desde 0 hasta la conciencia empírica dada. Todas las
sensaciones por tanto son dadas como tales solo a posteriori; pero su propiedad
de tener un grado puede ser conocida a priori, Es de notar que en las magnitudes
en general no conocemos a priori, más que una sola cualidad, la continuidad;
pero en toda cualidad (lo real de los fenómenos) no podemos conocer a priori más
que la cantidad intensiva de la misma, o
sea que tienen un grado; todo lo demás queda para la experiencia.
3.- ANALOGÍAS DE LA EXPERIENCIA
Su principio es: la experiencia es posible sólo mediante la representación de un enlace necesario de las percepciones.
Prueba:
La
experiencia es un conocimiento empírico, es decir un conocimiento que determina
un objeto por percepciones. Es pues una síntesis de las percepciones, que no
está contenida ella misma en la percepción, sino que contiene la unidad
sintética de lo múltiple de la percepción en una conciencia; esta unidad
sintética constituye lo esencial de un conocimiento de los objetos de los
sentidos, es decir de la experiencia (no sólo de la intuición o sensación de los
sentidos). Ahora bien en la experiencia las percepciones se refieren unas a
otras de un modo meramente casual, sin que de las percepciones mismas se
desprenda necesidad alguna de su enlace, ni pueda desprenderse, porque la
aprehensión es sólo una conjunción de lo múltiple de la intuición empírica; pero
en ella no se encuentra representación alguna de la necesidad de la existencia
enlazada de los fenómenos, que ella junta en el espacio y el tiempo. Mas como la
experiencia es un conocimiento de los objetos por percepciones y, por
consiguiente, en ella debe ser representada la relación en la existencia de lo
múltiple, no tal como se junta en el tiempo, sino tal como es objetivamente en
el tiempo; como, además el tiempo mismo no puede ser percibido, resulta que la
determinación de la existencia de los objetos en el tiempo no puede ocurrir más
que por medio de su enlace en el tiempo en general, y por tanto sólo por medio
de conceptos enlazadores a priori. Ahora bien, como éstos siempre al mismo
tiempo llevan consigo necesidad, la experiencia solo es posible mediante una
representación del enlace necesario de las
percepciones.
Los tres modos del tiempo son: permanencia, sucesión y simultaneidad. Por eso hay tres reglas de todas las relaciones de tiempo entre los fenómenos, por las cuales puede determinarse a cada uno su existencia con respecto a la unidad de todo tiempo, y esas tres reglas preceden a toda experiencia y la hacen posible.
El
principio general de las tres analogías descansa en la unidad necesaria de la
apercepción con respecto a toda posible conciencia empírica (de la percepción)
en todo tiempo; por consiguiente, puesto que esa unidad está a priori en la
base, descansa en la unidad sintética de todos los fenómenos según su relación
en el tiempo. Pues la apercepción originaria se refiere al sentido interior (el
conjunto de todas las representaciones), y a priori a la forma del mismo, es
decir, a la relación de
la conciencia múltiple empírica en el tiempo. En la apercepción originaria debe
ser unido todo ese múltiple, según sus relaciones de tiempo; pues eso dice la
unidad transcendental de la apercepción a priori, bajo la cual se halla todo
cuanto debe pertenecer a mi conocimiento (es decir, a la unidad de mi
conocimiento), y por tanto, puede llegar a ser un objeto para mí. Esta unidad
sintética en la relación temporal de todas las percepciones, unidad que está
determinada a priori, es pues la siguiente ley: que todas las determinaciones
empíricas de tiempo deben estar bajo reglas de la
determinación general del tiempo; y las analogías de la experiencia de que ahora
vamos a tratar, deben ser esas reglas.
Estos principios tienen de particular que no se refieren a los fenómenos ni a la
síntesis de la intuición empírica de éstos, sino solamente a la existencia de
ellos y a la relación de unos con otros, con respecto a esa su existencia. Ahora
bien, el modo como algo es aprehendido en el fenómeno, puede ser determinado a
priori de tal suerte que la regla de su síntesis pueda dar al mismo tiempo esa
intuición a priori, en cualquier ejemplo empírico propuesto, es decir, pueda
efectuarla, sacándola de la regla. Pero la existencia de los fenómenos no puede
ser conocida a priori y, aunque por este
camino pudiéramos llegar a sacar en conclusión alguna existencia, no la
conoceríamos sin embargo determinadamente, es decir, no podríamos anticipar lo
que diferencia su intuición empírica de otras.
Los
dos principios anteriores, que llamé matemáticos porque dan derecho a aplicar la
matemática a los fenómenos, referíanse a los fenómenos según su mera posibilidad
y enseñaban cómo éstos, tanto en lo que se refiere a su intuición, como también
a lo real de su percepción, podrían ser producidos según reglas de una síntesis
matemática; por eso, tanto en uno como en otro principio, pueden usarse las
magnitudes numéricas y con ellas la determinación del fenómeno como magnitud.
Así por ejemplo,
podré componer el grado de las sensaciones producidas por la luz solar, con unas
200.000 iluminaciones de la luna, por ejemplo y darlo así determinado a priori,
es decir, construirlo. Por eso podemos llamar constitutivos esos primeros
principios.
Muy
de otro modo acontecerá con los principios que deben reducir a priori bajo
reglas la existencia de los fenómenos. Pues como ésta no se puede construir, no
podrán referirse más que a la relación de la existencia y no podrán dar más que
principios regulativos. No hay que pensar aquí pues ni en axiomas, ni en
anticipaciones; cuando una percepción nos sea dada en una relación de tiempo
con otras (aunque sean indeterminadas), no podrá decirse a priori cuál y cuán
grande sea esta otra percepción, sino cómo, según la existencia, está enlazada
necesariamente con aquella, en este modo del tiempo. En la filosofía significan
las analogías algo muy diferente de lo que representan en la matemática. En
ésta, son fórmulas que expresan la igualdad de dos relaciones de magnitud y
siempre constitutivamente, de suerte que, dados tres miembros de la proporción,
el cuarto es dado por ello, es decir puede ser construido. Pero en la filosofía,
la analogía es la igualdad de dos relaciones no
cuantitativas sino cualitativas, en la cual, dados tres miembros, sólo puedo
conocer y dar a priori la relación con el cuarto, pero no ese cuarto miembro
mismo, si bien tengo una regla para buscarlo en la experiencia y una señal para
reconocerlo en ella. Una analogía de la experiencia será pues sólo una regla,
según la cual, de las percepciones debe surgir unidad de la experiencia (no a la
manera de la percepción misma, como intuición empírica en general); esa regla
debe valer como principio de los objetos (los fenómenos) no constitutiva, sino
sólo regulativamente. Lo propio acontece con los
postulados del pensar empírico en general, que se refieren juntamente a la
síntesis de la mera intuición (de la forma del fenómeno), a la de la percepción
(de la materia del mismo) y a la de la experiencia (de la relación de esas
percepciones), esto es, que son sólo principios regulativos y se distinguen de
los matemáticos, que son constitutivos, no ciertamente en la certeza, que en
ambos está asegurada a priori, pero sí en el modo de evidencia, es decir, en lo
intuitivo de la misma (por ende también en la demostración).
Mas lo que hemos recordado en todos los principios sintéticos y debe notarse aquí preferentemente es lo siguiente: que estas analogías tienen su única significación y validez no como principios del uso transcendental del entendimiento, sino sólo del uso empírico del mismo, y por lo tanto solo pueden ser demostradas como tales principios empíricos; que por consiguiente los fenómenos no deben subsumirse bajo las categorías, sin más ni más, sino sólo bajo sus esquemas.
Pues si
los objetos a los cuales deben referirse estos principios fueran cosas en sí
mismas, sería totalmente imposible conocer sintéticamente a priori nada de
ellas. Pero no son más que fenómenos, cuyo conocimiento completo, al cual deben
venir a parar en último término todos los principios a priori, es solamente la
experiencia posible; por consiguiente esos principios no pueden tener otro fin
que las condiciones de la unidad del conocimiento empírico, en la síntesis de
los fenómenos; pero esta síntesis no es pensada más que en el esquema del
concepto puro del entendimiento y la categoría
contiene la función, no restringida por condición alguna sensible, de la unidad
de esa síntesis en general. Así pues por medio de estos principios, quedaremos
autorizados a juntar, según una analogía, los fenómenos con la unidad lógica y
universal de los conceptos y por tanto ciertamente a servirnos de la categoría
en el principio mismo, pero, en su ejecución (en la aplicación a los fenómenos)
deberemos poner, en lugar del principio, el esquema de la categoría, como clave
de su uso, o más bien colocarlo al lado de la categoría, como condición
restrictiva, bajo el nombre de fórmula del principio.
A) Primera analogía
PRINCIPIO DE LA PERMANENCIA DE LA SUBSTANCIA(87)
En todo cambio de los fenómenos permanece la substancia, y el quantum de la misma no aumenta ni disminuye en la naturaleza.
Prueba:
Todos los fenómenos son en el tiempo, en el cual como substrato (como forma
permanente de la intuición interna), pueden ser representadas tanto la
simultaneidad como la sucesión. El tiempo pues, en el cual debe ser pensado todo
cambio de los fenómenos, queda y no cambia, porque es aquello en lo cual pueden
representarse la sucesión o simultaneidad como determinaciones del tiempo. El
tiempo, empero, por sí mismo no puede ser percibido. Por consiguiente, en los
objetos de la percepción, es decir, en los fenómenos, debe hallarse el substrato
que representa el tiempo en general y, en el cual, todo cambio o toda
simultaneidad puede ser percibido en la aprehensión, mediante la relación de los
fenómenos con ese substrato. El substrato empero de todo lo real, es decir, de
lo perteneciente a la existencia de las cosas, es la substancia, en la cual todo
cuanto pertenece a la existencia puede ser pensado sólo como determinación. Por
consiguiente lo permanente, en relación con lo cual solamente pueden ser
determinadas todas las relaciones temporales de los fenómenos, es la substancia
en el fenómeno, es decir lo real del mismo que, como substrato de todo cambio,
queda siempre lo mismo. Puesto que esta substancia, en la existencia, no
puede cambiar, así tampoco su quantum en la naturaleza no puede ni aumentar ni
disminuir.
Nuestra aprehensión de lo múltiple del fenómeno es siempre sucesiva y por tanto siempre cambiante. Así pues, por ésta solamente no podemos nunca determinar si ese múltiple, como objeto de la experiencia, es simultáneo o se sucede, de no haber en su base algo que existe siempre, es decir, algo que queda y permanece, no siendo el cambio y la simultaneidad sino otros tantos modos (del tiempo) de ese algo, modos de existir ese permanente. Sólo en lo permanente son pues posibles relaciones de tiempo (pues simultaneidad y sucesión son las únicas relaciones en el tiempo), es decir lo permanente es el substrato de la representación empírica del tiempo mismo y en ese substrato tan sólo es posible una determinación de tiempo. La permanencia expresa el tiempo en general como el correlato constante de toda existencia de los fenómenos, de todo cambio y de todo acompañamiento.
Pues el
cambio no alcanza al tiempo mismo, sino sólo a los fenómenos en el tiempo (como
tampoco la simultaneidad es un modo del tiempo mismo, en el cual no hay partes
simultáneas, sino que todas son sucesivas). Si se quisiera atribuir al tiempo
mismo una sucesión, habría que pensar otro tiempo en el cual fuese posible esa
sucesión. Sólo mediante lo permanente recibe la existencia, en diferentes partes
de la serie temporal sucesiva, una magnitud llamada duración. Pues en la mera
sucesión, la
existencia está siempre desapareciendo y comenzando y jamás tiene la menor
magnitud. Sin ese permanente no hay pues relación alguna de tiempo. El tiempo
en sí mismo, empero, no puede ser percibido; por tanto ese permanente en los
fenómenos es el substrato de toda determinación de tiempo, y por consiguiente
también la condición de la posibilidad de toda unidad sintética de las
percepciones, es decir de la posibilidad de la experiencia; y en ese permanente
puede toda existencia y todo cambio en el tiempo ser considerado sólo como un
modo de la existencia de aquello que queda y permanece. Así pues, en todos los
fenómenos, lo permanente es el objeto mismo, es decir la substancia
(phaenomenon); todo, empero, cuanto cambia o puede cambiar, pertenece sólo al
modo como esa substancia o esas substancias existen y, por lo tanto a sus
determinaciones.
Encuentro que en todos los tiempos no sólo el filósofo, sino el mismo
entendimiento común ha pre-supuesto siempre esa permanencia, como un substrato
de todo cambio de los fenómenos y ha de admitirla siempre como indudable; sólo
que el filósofo se expresa sobre esto con alguna mayor determinación, diciendo:
en todas las alteraciones del mundo queda la substancia y sólo cambian los
accidentes. Más de una proposición tan sintética como es ésta, no hallo ni aún
tan sólo el ensayo de una prueba, y hasta ocurre que esa proposición se
encuentra rara vez en el sitio que le corresponde,
encabezando las leyes puras y totalmente a priori de la naturaleza. En realidad
la proposición de que la substancia es permanente, es una tautología. Pues solo
esta permanencia es el fundamento para que apliquemos al fenómeno la categoría
de la substancia, y se hubiera debido demostrar que en todos los fenómenos hay
algo permanente, en lo cual lo mudable no es más que la determinación de su
existencia. Mas como una prueba semejante no puede darse nunca dogmáticamente,
es decir por conceptos, pues se refiere a una proposición sintética a priori; y
como nunca se pensó en que proposiciones semejantes no son valederas más que en
relación con la experiencia posible y por tanto sólo puedan ser probadas
mediante una deducción de la posibilidad de esta última; por eso no hay que
admirarse de que estando siempre puesta a la base de toda experiencia (puesto
que se siente su necesidad en el conocimiento empírico) no haya sido sin embargo
nunca demostrada.
Preguntaron a un filósofo: «¿cuánto pesa el humo?» Y él contestó: «Del peso de
la madera quemada restad el peso de la ceniza sobrante, y tendréis el peso del
humo». Suponía, pues, incontestable que aún en el fuego no perece la materia
(substancia), sino que sólo la forma de la misma sufre una modificación. De la
misma manera la proposición: «De nada, nada adviene», no era más que otra
consecuencia del principio de la permanencia o, más bien, de la existencia
ininterrumpida del propio sujeto en los fenómenos. Pues si aquello que, en el
fenómeno, se quiere llamar substancia, ha de ser el substrato propio de toda
determinación de tiempo, entonces toda
existencia, tanto en el tiempo pasado como en el futuro, debe poder ser
determinada únicamente en ese substrato. Por eso, si podemos dar a un fenómeno
el nombre de substancia, es sólo porque suponemos su existencia en todo tiempo,
lo cual no queda aún bien expresado en la voz permanencia, que se refiere más al
tiempo futuro. Pero la interior necesidad de permanecer está inseparablemente
enlazada con la necesidad de haber sido siempre y puede por tanto conservarse la
expresión. «Gigni de nihilo nihil; in nihilum nil posse reverti» eran dos
proposiciones que los antiguos enlazaban inseparablemente y que hoy,
por mala inteligencia, suelen algunos separar, porque se imaginan que se
refieren a cosas en sí mismas y que la primera podría acaso ser contraria a la
dependencia del mundo respecto de una causa suprema (aún incluso según su
substancia); pero este temor es innecesario, ya que aquí se trata sólo de
fenómenos en el campo de la experiencia, cuya unidad nunca sería posible si
advirtiésemos que pueden surgir cosas nuevas (según su substancia). Porque
entonces desaparecería
lo que únicamente puede representar la unidad del tiempo, a saber: la identidad
del substrato, como aquello en donde solamente halla todo cambio la unidad
constante. Esta permanencia empero no es otra cosa que el modo de representarnos
la existencia de las cosas (en el fenómeno).
Las determinaciones de una substancia, que no son otra cosa que modos particulares de existir la misma, llámanse accidentes. Son siempre reales, porque tocan a la existencia de la substancia (las negaciones son sólo determinaciones que expresan el no-ser de algo en la substancia). Ahora bien, si se atribuye a eso que es real en la substancia una existencia particular (v. g. al movimiento como accidente de la materia), entonces llámase esta existencia inherencia, para distinguirla de la existencia de la substancia, llamada subsistencia. Pero de aquí nacen muchas malas inteligencias y es más preciso y más exacto considerar que el accidente es sólo el modo como la existencia de una substancia es determinada positivamente. Sin embargo, en virtud de las condiciones del uso lógico de nuestro entendimiento, es inevitable separar, por decirlo así, aquello que en la existencia de una substancia puede variar, mientras que la substancia permanece, y considerarlo en relación con lo propiamente permanente y radical; así pues, esta categoría, bajo el título de las relaciones, es mas bien la condición de las relaciones, que no algo que contenga ello mismo una relación.
Sobre esta permanencia se funda también la justificación del concepto de alteración. Nacer y morir no son alteraciones de lo que nace o muere. Alteración es un modo de existir que sigue a otro modo de existir uno y el mismo objeto. Por eso, todo lo que se altera es permanente y sólo cambia su estado. Como este cambio toca sólo a las determinaciones que pueden acabar o empezar, podemos decir con una expresión que parece algo paradójica: sólo lo permanente (la substancia) se altera, lo mudable no sufre alteración alguna, sino cambio, puesto que unas determinaciones acaban y otras empiezan.
Alteración no puede por tanto ser percibida más que en substancias, y el nacer o
morir en absoluto, sin que ello se refiera a una mera determinación de lo
permanente, no puede ser percepción posible, porque precisamente ese permanente
es el que hace posible la representación de un tránsito de un estado a otro y
del no-ser al ser, los cuales, por tanto, no pueden ser conocidos empíricamente
más que como determinaciones cambiantes de lo permanente. Admitid que algo
empiece a ser en
absoluto; entonces necesitáis tener un punto del tiempo, un momento en que ello
no era. Pero este momento ¿a qué lo referís, en qué lo fijáis, como no sea en
aquello que ya existe? Porque un tiempo vacío antecedente no es objeto alguno de
percepción. Pero si enlazáis ese nacer con cosas que ya existían y que duran
hasta que nace lo que nace, entonces esto último no es más que una determinación
de lo primero, considerado como permanente. Otro tanto ocurre con el morir; pues
éste presupone la representación empírica de un tiempo sin fenómenos.
Las substancias (en el fenómeno) son los substratos de todas las determinaciones del tiempo. El nacer de unas y el morir de otras, suprimiría incluso la única condición de la unidad empírica del tiempo, y los fenómenos se referirían entonces a dos clases de tiempo, en los cuales, uno junto a otro, correría la existencia; lo cual es absurdo. Pues sólo hay un tiempo, en el cual los diferentes tiempos deben colocarse no juntos, sino unos tras otros.
Así pues la permanencia es una condición necesaria para que los fenómenos sean determinables como cosas u objetos en una experiencia posible. Mas ¿cuál es el criterio empírico de esta necesaria permanencia y con ella de la substancialidad de los fenómenos? Sobre esto tendremos más tarde ocasión de decir lo necesario.
B) Segunda analogía
PRINCIPIO DE LA SUCESIÓN SEGÚN LA LEY DE LA CAUSALIDAD
Todas las alteraciones suceden según la ley del enlace entre causa y efecto.
Prueba:
(El
anterior principio ha demostrado que todos los fenómenos de la sucesión no son
más que alteraciones, es decir, un sucesivo ser y no-ser de las determinaciones
de la substancia que permanece, por consiguiente, el ser de la substancia, que
sigue al no-ser de la misma o el no-ser de la substancia que sigue a la
existencia o, con otras palabras: que el nacer y el morir de la substancia misma
no tienen lugar. Ese principio hubiera podido también expresarse así: Todo
cambio (sucesión) de los fenómenos, es sólo alteración; pues nacer o morir la
substancia, no son alteraciones de la misma, ya que el concepto de alteración
supone que uno y el mismo sujeto, con dos opuestas
determinaciones, existe y, por tanto, permanece. Tras esta previa advertencia,
viene la prueba).
Yo
percibo que se suceden fenómenos unos a otros, es decir que un estado de cosas
es en un tiempo y que su contrario era en un estado anterior. Propiamente pues
enlazó dos percepciones en el tiempo. Mas enlazar no es obra del mero sentido y
de la intuición, sino el producto aquí de una facultad sintética de la
imaginación, que determina el sentido interior respecto de la relación de
tiempo. Mas la imaginación puede enlazar los dos estados citados de dos maneras,
precediendo uno u otro en el tiempo; pues el tiempo no puede ser percibido en sí
mismo y con respecto a él no puede
determinarse por decirlo así empíricamente en el objeto lo que precede y lo que
sigue. Tengo pues solamente conciencia de que mi imaginación pone una cosa antes
y otra después pero no de que en el objeto un estado preceda al otro; o con
otras palabras: la mera sensación deja indeterminada la relación objetiva de los
fenómenos sucesivos. Para que sea conocida como determinada, tiene que ser
pensada la relación entre ambos estados de tal manera, que por ella quede
determinado con necesidad cual de ellos debe ponerse antes y cual después y no a
la inversa. El concepto, empero, que contenga una necesidad de unidad sintética,
no puede ser más que un concepto puro del entendimiento, que no está en la
percepción; es aquí el concepto de la relación de causa a efecto, cuyo primer
término determina al segundo en el tiempo como consecuencia y no como algo que
pudiera preceder meramente en la imagen (o aun no ser percibido en parte
alguna). Así pues sólo porque sometemos la sucesión de los fenómenos, y por ende
toda alteración, a la ley de la casualidad, es posible la experiencia misma o
sea el conocimiento empírico de los fenómenos; por consiguiente estos mismos,
como objetos de la experiencia, no son posibles más que por esa misma ley.
La
aprehensión de lo múltiple del fenómeno es siempre sucesiva. Las
representaciones de las partes siguen unas a otras. Si se siguen también o no en
el objeto, es un segundo punto de la reflexión, que no está contenido en el
primero. Ahora bien; puede llamarse objeto a todo y aun a toda representación,
en cuanto tenemos conciencia de ella; pero lo que esta palabra ha de significar
en los fenómenos, no en cuanto éstos (como representaciones) son objetos, sino
en cuanto sólo designan un
objeto, es tema de una investigación más honda. En cuanto sólo como
representaciones son ellos al mismo tiempo objetos de la conciencia, no se
diferencian en nada de la aprehensión, es decir de la recepción en la síntesis
de la imaginación, y hay que decir entonces: lo múltiple de los fenómenos es
siempre producido sucesivamente en el espíritu. Si los fenómenos fuesen cosas en
sí mismas, nadie podría comprender, por la sucesión de las representaciones,
cómo la multiplicidad de éstas está enlazada en el objeto. Pues tenemos que
habérnoslas sólo con nuestras representaciones; cómo sean
posibles las cosas en sí mismas (sin referirnos a las representaciones por medio
de las cuales nos afectan), es cosa que cae totalmente fuera de nuestra esfera
de conocimiento. Pero aun cuando los fenómenos no son cosas en sí mismas y sin
embargo son lo único que puede sernos dado para el conocimiento, debo mostrar
qué especie de enlace en el tiempo corresponde a lo múltiple de los fenómenos
mismos, mientras que la representación de ese múltiple es siempre sucesiva en la
aprehensión. Así por ejemplo, la aprehensión de lo múltiple en el fenómeno de
una casa, que está ante mí, es sucesiva. La cuestión es ahora si lo múltiple de
esa casa es también en sí sucesivo, cosa que
nadie seguramente concederá. Pero en cuanto elevo mi concepto de objeto hasta su
significación transcendental, la casa ya no es una cosa en sí misma, sino sólo
un fenómeno, es decir, una representación cuyo objeto transcendental es
desconocido. ¿Qué entiendo pues por esta pregunta de cómo lo múltiple en el
fenómeno mismo (que no es nada en sí mismo) puede estar enlazado? Aquí, lo que
está en la aprehensión sucesiva es considerado como representación; y el
fenómeno, que me es dado, aun cuando no es más que un conjunto de esas
representaciones, es considerado como el
objeto de ellas, con el cual debe concordar mi concepto, que yo saco de las
representaciones de la aprehensión. Pronto se ve que, como la verdad es la
concordancia del conocimiento con el objeto, sólo cabe preguntar aquí por las
condiciones formales de la verdad empírica, y el fenómeno, contrapuesto a las
representaciones de la aprehensión, no puede ser representado como objeto de
éstas, distinto sin embargo de ellas, más que si esta aprehensión está sometida
a una regla que la distingue de toda otra aprehensión y hace necesaria una
especie de enlace de lo múltiple. Lo que, en el fenómeno, contiene la condición
de esa regla necesaria de la aprehensión, es el objeto.
Continuemos empero con nuestro tema. Que algo sucede, es decir, que algo, o un
estado, que antes no era, adviene, no puede percibirse empíricamente, como no
preceda un fenómeno que no contenga en sí ese estado; pues una realidad
consecutiva a un tiempo vacío y por lo tanto un nacimiento no precedido por un
estado de cosas anterior, no puede ser aprehendido, como no puede tampoco serlo
el tiempo vacío. Toda aprehensión de un suceso es pues una percepción que sigue
a otra. Pero, como en toda síntesis de la aprehensión está esto constituido como
he mostrado antes en el fenómeno de una casa, resulta que no se distingue por
ese medio una de otra. Mas advierto
también que, si en un fenómeno, que contiene un suceso, llamo A al estado
precedente de la percepción y B al siguiente, en la aprehensión el estado B sólo
puede seguir a A y la percepción A no puede seguir, sino sólo preceder a B. Sea
por ejemplo un barco que desciende el curso de un río. Mi percepción de su
posición más baja sigue a la percepción de su posición más alta y es imposible
que en la aprehensión de este fenómeno sea el barco percibido primero más abajo
y luego más arriba: en la corriente. Así pues, el orden en la sucesión de las
percepciones en la aprehensión es aquí
determinado y ésta se halla enlazada con ese orden. En el ejemplo anterior de la
casa, podían mis percepciones en la aprehensión comenzar por el tejado y
terminar en el suelo; pero también podían comenzar abajo y terminar arriba y del
mismo modo podía aprehender lo múltiple de la intuición empírica de izquierda a
derecha o de derecha a izquierda. En la serie de estas percepciones, no había
pues ningún orden determinado, que hiciera necesario empezar la aprehensión por
un sitio, para enlazar empíricamente lo múltiple. En cambio, esta regla se
encuentra siempre en la percepción de lo
que sucede, y hace que el orden de las percepciones consecutivas (en la
aprehensión de ese fenómeno) sea necesario.
Así
pues, en nuestro caso, tendré que deducir la sucesión subjetiva de la
aprehensión, de la sucesión objetiva de los fenómenos; porque si no, aquella es
totalmente indeterminada y no distingue a un fenómeno de otro. Aquella, por sí
sola, no demuestra nada acerca del enlace de lo múltiple en el objeto, porque es
totalmente caprichosa. Ésta, pues, consistirá en el orden de lo múltiple del
fenómeno, según el cual la aprehensión de lo uno (lo que sucede) sigue según una
regla a la aprehensión de lo otro (lo que antecede). Sólo por esto estoy
autorizado a decir del fenómeno mismo, y no solamente de mi aprehensión, que en
él se encuentra una sucesión; lo cual significa que
yo no puedo disponer mi aprehensión sino precisamente según esa sucesión.
Así
pues, según esta regla, lo que precede en general a un suceso, debe contener la
condición, de una regla según la cual siempre y necesariamente sigue ese suceso;
pero, recíprocamente, no puedo retroceder del suceso y determinar (mediante
aprehensión) lo que precede. Pues del momento siguiente no retrocede ningún
fenómeno hacia el momento anterior; pero sí se refiere a algún momento anterior;
en cambio el tránsito de un tiempo dado al tiempo determinado siguiente es
necesario. Por eso, puesto que lo que sigue es algo, debo necesariamente
referirlo en general a alguna
otra cosa, que anteceda, y a la cual siga necesariamente, esto es, según una
regla; de tal suerte que el suceso, como condicionado, indica con seguridad
alguna condición, la cual determina el suceso.
Supongamos que a un suceso no le preceda ninguna cosa, a la cual el suceso deba seguir según una regla; entonces toda sucesión de la percepción estaría meramente en la aprehensión, es decir, sería meramente subjetiva, pero no quedaría determinado de esa manera qué debe ser lo antecedente y qué lo siguiente de las percepciones. De este modo sólo tendríamos un juego de representaciones, que no se referiría a ningún objeto, es decir, que por medio de nuestra percepción no se distinguiría un fenómeno de otro, según la relación de tiempo, porque la sucesión en el acto de aprehender es en todas partes idéntica y nada habría en el fenómeno que la determinase de modo que quedara como objetivamente necesaria. Por lo tanto, no diré que en el fenómeno se suceden dos estados, sino sólo que una aprehensión sigue a la otra; lo cual es algo meramente subjetivo y no determina objeto alguno y por lo tanto no puede valer por conocimiento de algún objeto (ni siquiera en el fenómeno).
Cuando conocemos, pues, que algo sucede, suponemos siempre que alguna cosa antecede, a la cual el suceso sigue según una regla. Pues sin esto, no diría yo que el objeto sigue; porque la mera secuencia en mi aprehensión, si no está determinada por una regla, con relación a un antecedente, no legitima una secuencia en el objeto. Así, pues, cuando mi síntesis subjetiva (de la aprehensión) la convierto en objetiva, ocurre ello siempre con referencia a una regla, según la cual, los fenómenos son determinados en su secuencia, es decir, tal como ocurren, por el estado anterior; sólo bajo esta suposición es posible la experiencia de algo que sucede.
Ciertamente todo esto parece contradecir cuantas observaciones han sido hechas
acerca de la marcha que sigue nuestro uso del entendimiento. Según esas
observaciones, las secuencias coincidentes (percibidas y comparadas por
nosotros) de muchos sucesos a fenómenos antecedentes, son las que nos conducen a
descubrir una regla, según la cual, ciertos sucesos siguen siempre a ciertos
fenómenos; y así tenemos ocasión de hacernos el concepto de causa. Así asentado,
este concepto sería meramente empírico, y la regla que proporciona de que todo
cuanto ocurre tiene una causa, sería tan contingente como la experiencia misma;
su universalidad y necesidad serían entonces
simplemente imaginadas y carecerían de verdadera validez universal, porque
estarían fundadas no a priori, sino sólo sobre inducción. Pero ocurre aquí lo
mismo que con otras representaciones puras a priori (v. g. espacio y tiempo),
que si podemos extraerlas de la experiencia como conceptos claros, es sólo
porque las hemos puesto en la experiencia y por medio de ellas hemos producido
la experiencia. Cierto es que la claridad lógica de esa representación de una
regla que determina la serie de los sucesos, como concepto de causa, sólo es
posible si en la experiencia hemos hecho uso de ella; pero una referencia a la
misma, como condición de la unidad sintética de los fenómenos en el tiempo, ha
sido, sin embargo, el fundamento de la experiencia misma y, por tanto, hubo de
precederle a priori.
Se trata, pues, de mostrar, en el ejemplo que nunca en la experiencia atribuiríamos al objeto la sucesión (de un acontecimiento cuando algo ocurre que no existía antes), distinguiéndola de lo subjetivo de nuestra aprehensión, si no fuera porque una regla fundamental nos obliga a observar ese orden de percepciones, mejor que otro; e incluso que esa obligación es propiamente la que hace posible la representación de una sucesión en el objeto.
Tenemos representaciones en nosotros, de las cuales podemos también adquirir
conciencia. Esta conciencia, empero puede extenderse cuanto quiera y ser todo lo
exacta o puntual que se quiera; siempre seguirán siendo representaciones, es
decir, determinaciones internas de nuestro espíritu en esta o aquella relación
de tiempo. Ahora bien, ¿cómo es que atribuimos un objeto a esas
representaciones, que, además de su realidad subjetiva, como modificaciones, les
conferimos no sé qué otra realidad objetiva? La significación objetiva no puede
consistir en la referencia a otra
representación (de aquello que se quería nombrar del objeto); pues entonces
renuévase la pregunta:
¿cómo
esta representación, a su vez, sale de sí misma y obtiene significación objetiva
sobre la subjetiva que le es propia, como determinación del estado del
espíritu? Si investigamos qué nueva propiedad proporciona a nuestras
representaciones la referencia a un objeto y cuál es la dignidad que estas así
reciben, hallamos que esa referencia se limita a hacer necesario el enlace de
las representaciones, de una cierta manera, y a someterlo a una regla; y
recíprocamente, sólo porque un cierto orden en la relación temporal de nuestras
representaciones es necesario, sobreviéneles
significación objetiva.
En
la síntesis de los fenómenos, lo múltiple de las representaciones se sucede
siempre uno a otro. Por medio de esta sucesión no es representado ningún
objeto, porque mediante esta sucesión, común a todas las aprehensiones, ninguna
cosa es distinguida de otra. Pero tan pronto como percibo, o presupongo, que en
esta sucesión hay una referencia al estado anterior, al cual sigue la
representación, según una regla, entonces se me representa algo como un suceso o
como algo que ocurre; es decir, conozco un objeto que debo situar en cierto
lugar determinado del tiempo, que no
puede ser otro, según el estado precedente. Cuando yo percibo, pues, que algo
sucede, en esa representación está contenido que algo antecede, pues
precisamente con referencia a este algo recibe el fenómeno su relación de
tiempo, que consiste en existir después de un tiempo anterior en que no era.
Pero su momento determinado, en esa relación, no lo puede recibir más que
suponiendo en el tiempo anterior algo, a lo cual sigue siempre, es decir, según
una regla; de donde se deduce: primero, que yo no puedo invertir la serie y
hacer que lo que sucede preceda a lo que sigue, y segundo, que
cuando el estado que precede está puesto, síguele necesaria e inevitablemente
aquel determinado suceso. Por eso ocurre que se produce un orden en nuestras
representaciones, en el cual lo presente (en cuanto ha llegado a ser) da
indicación de algún estado antecedente, como un correlato -aunque todavía
indeterminado- de este acontecimiento que es dado; correlato que se refiere a
este acontecimiento determinado, como su consecuencia, y lo enlaza
necesariamente consigo en la serie del tiempo.
Ahora bien, si es una ley necesaria de nuestra sensibilidad y, por lo tanto, una
condición formal de todas las percepciones, que el tiempo anterior determine
necesariamente el siguiente (ya que no puedo llegar al siguiente más que por el
antecedente), también es imprescindible ley de la representación empírica de la
serie temporal, que los fenómenos del tiempo pasado determinen toda existencia
en el siguiente y que no existan fenómenos, como sucesos, más que si otros
fenómenos determinan su existencia en el tiempo, es decir, la fijan según una
regla. Pues sólo en los
fenómenos podemos conocer empíricamente esa continuidad en la conexión de los
tiempos.
Para toda experiencia y su posibilidad, hace falta entendimiento; y lo primero que éste hace no es aclarar la representación de los objetos, sino hacer posible la representación de un objeto en general.
Ahora bien, esto ocurre porque el entendimiento traslada el orden temporal a los fenómenos y su existencia, reconociendo a cada uno de ellos, con el carácter de consecuencia, un lugar determinado a priori en el tiempo, con respecto a los fenómenos antecedentes; sin lo cual, el fenómeno no concordaría con el tiempo mismo que determina a priori su lugar a todas sus partes. Esta determinación del lugar, no puede sacarse de la relación de los fenómenos c