Emilio O La Educacion 

 

Jean Jacques Rousseau

 

Cronología de Jean-Jacques Rousseau

1712 El 28 de junio nace en Ginebra Jean-Jacques Rousseau, hijo del relojero Isaac Rousseau. Su madre, Suzanne Bernard, muere el 7 de julio a consecuencia del parto.

1717 Isaac Rousseau vende la casa que poseía en el barrio aristocrático de Ginebra, el barrio alto, y traslada a su familia al barrio de Saint-Ger­vais, instalándose en la calle de Contance.

1718-1719 Primeras lecturas en compañía de su pa­dre. En "Les Confessions", Rousseau dirá que Plutarco se convirtió en su lectura favorita una vez que acabó con todas las novelas que había en la casa.

1722 El padre tiene una pelea con un capitán francés, M. Gautier, que tenía parientes en el Consejo. Ante el riesgo de ir a parar a prisión, prefiere abandonar Ginebra y expatriarse. Jean-Jacques entra en pensión en casa del pastor Lambercier en Bossey, cerca de Ginebra. Según el propio Rousseau fue allí para aprender latín y todas esas menudencias farragosas con las que se le acompaña bajo el nombre de educación.

1724 Jean-Jacques vuelve a Ginebra y vive con su tío Gabriel Bernard. Entra como aprendiz con un escribano y más tarde con un grabador del que guardará mal, recuerdo.

 1728   El 14 de marzo y al encontrarse, a la vuelta de un paseo, cerradas las puertas de la ciudad, de­cide marcharse de Ginebra. Va a parar a Con­fignon (Saboya) donde un cura católico le da cobijo. El 21 de marzo, recomendado por el cura, se presenta en Annecy, en casa de Mme. de Warens. Es enviado al hospicio de catecúme­nos de Turín donde abjura del protestantismo y se convierte al catolicismo. Entra como criado al servicio de Mme. de Vercellis y al cabo de tres meses, del conde de Gouven.

1729 Rousseau vuelve a casa de Mme. de Warens. Pasa algunas semanas en el seminario de An­necy.

1730-1731 Entre agosto de 1730 y abril de 1731, Rous­seau enseña música en Lausanne y en Neuchá­tel. Tras andar por Suiza en compañía de un monje griego es recogido por el marqués de Bonac, embajador de Francia en Soleure. En julio de 1731 viaja por primera vez a París y entra como preceptor en casa del coronel Go­dard. Breve viaje a Lyon y reencuentro con Mme. de Warens en Chambéry. Mme. de Wa­rens le procura un puesto de empleado en el ca­tastro. Esboza la comedia "Narcisse ou l'Amant de soi-même"

1732 Deja el trabajo en el catastro de Saboya y co­mienza a dar lecciones de música.

1734-1737 Reemplaza a Claude Anet en sus funciones de amante y hombre de confianza de Mme. de Warens. Frecuentes viajes: Besançon, Lyon, Gre­noble y, por motivos de salud, Montpellier.

1738-1739 Regresa a Chambéry donde, según él, en­cuentra su puesto ocupado. Vive relegado en las Charmettes realizando estudios autodidácti­cos de materias científicas, musicales y litera­rias. Intenta conseguir del gobernador de Sabóya una pensión dirigiéndole una memoria autobio­gráfica.

1740 Rousseau se traslada a Lyon. Preceptor de los hijos de M. de Mably. Escribe un "Projet pour l'éducation de M. de Sainte-Marie".

1741  Vuelta a las Charmettes.

1742  Rousseau viaja a París y lee a la Academia su "Projet concernant   des nouveaux signes pour la musique". Conoce a Diderot y a Condillac.

1743  En el mes de enero publica su "Dissertation sur la musique moderne". Trabaja como secretario de M. Dupin. En el mes de julio marcha a Ve­necia como secretario de M. de Montaigu, em­bajador de Francia. Compone su ópera "Les Muses Galantes".

1744  En el mes de agosto es despedido, a causa de sus frecuentes altercados con el embajador, de la Embajada en Venecia y vuelve a París.

1745 Conoce a Thérése Levasseur. Retoca la ópera "Les Fétes de Ramire", de Voltaire y  Rameau. 1746 En otoño va con los Dupin a Chenonceaux; ayuda a éstos a preparar una refutación de "L'Esprit des Lois". Compone "L'allée de Syl­vie". Nace su primer hijo que es depositado en la Beneficencia pública.

1747 Escribe la comedia "L'Engagement temeraire". Muerte de su padre Isaac Rousseau.

1748-1749 Conoce a Mme. d'Epinay. Redacta para la Enciclopedia artículos sobre música. Elabora un proyecto de hoja periódica, "Le Parsifleur". Co­noce a D'Alambert y a Grimm.

Diderot se encuentra encarcelado en el casti­llo de Vincennes. Rousseau va a visitarle. Según cuenta en "Les Confessions", era verano y ha­cía mucho calor. Para no recorrer demasiado rápido las dos leguas que separaban París del castillo de Vincennes y no agotarse, cogió la costumbre de ir leyendo. Un día encuentra en el "Mercure de France" la pregunta que la Academia de Dijon proponía para el año si­guiente: "Si el progreso de las ciencias y de las artes ha contribuido a corromper o a depurar las costumbres". Escribe su "Discours sur les Sciences et les Arts" y lo envía a Dijon. El tra­bajo había sido supervisado por Diderot.

1750 La Academia de Dijon premia el trabajo de Rousseau que se publica en noviembre.

1751 Nace su tercer hijo que va a parar, como los dos anteriores, y los otros dos que le siguieron, a la Beneficencia pública. Surgen las primeras polémicas en torno al "Discours sur les Sciences et les Arts". Publica su carta a Grimm sobre las polémicas. En la polémica participaron, entre otros, el "abbé" Raynal, Stanislas Leszczynski rey de Polonia, el canónigo Joseph Gautier, su antiguo amigo de Lyon Charles Bordes y Le Cat.

1752 Renuncia al puesto de cajero que tenía con M. Dupin de Francueil y decide vivir con indepen­dencia y pobreza el poco tiempo que, según él, le quedaba por vivir, dedicándose a copista de música. El 18 de octubre se representa en Fon­tainebleau "Le Devin du village", ópera al estilo italiano. El rey da una cita a Rousseau quien por timidez y desconfianza no se presenta. En el mes de diciembre el Théâtre Français pone en escena su comedia "Narcisse".

1753 En la llamada "querelle des bouffons", Rous­seau toma partido por los italianos y publica, en el mes de noviembre, su "Lettre sur la Musique Française". Los partidarios de la música fran­cesa ahorcan a Rousseau en efigie. El Consejo de Ministros habla de encarcelarlo.

1754 Rousseau marcha a Ginebra en compañía de Thérése Levasseur. Vuelve a convertirse al pro­testantismo y recupera así sus derechos como ciudadano de Ginebra. Elabora el "Discours sur l'origine et les fondements de l'inégalité parmi les hommes" en respuesta a la pregunta de la Academia de Dijon del año anterior.

1755 Publicación en Holanda, por el librero Rey a quien había conocido en Ginebra, del "Discours sur les origines de l'inégalité". También publi­ca, en "L'Encyclopédie, el artículo sobre "Eco­nomía Política" en que preconiza la educación pública bajo las reglas dictadas por el gobierno. Emprende la redacción de fragmentos auto­biográficos. Correspondencia cordial con Voltai­re. Proyecta sus "Instituciones políticas".

1756 A principios de abril. Rousseau, en compañía de Thérése Levasseur; se instala en "L'Ermitage", propiedad de Mme. d'Épinay cerca de Montmo­rency. Trabaja en la redacción de "Extraits et Jugements" de las obras del "abbé" de Saint­Pierre y en la "Lettre sur la Providente" diri­gida a Voltaire. Esboza la "Nouvelle Héloïse" y también un libro cuyo título era "La Morale sensitive ou le Matérialisme du sage".

1757 Comienzan las disputas con Diderot. Conoce a Sophie d'Houdetot. Se pelea con Grimm. A final de año Rousseau abandona "L'Ermitage" y se instala en Mon-Louis, en el pueblo de Montmo­rency.

1758 En febrero escribe la "Lettre á d'Alambert sur les spectacles" en respuesta al artículo que d'Alambert había escrito el año anterior sobre Ginebra para la "Enciclopedia". La "Lettre" se publicará a fin de año. Correspondencia con el doctor Tronchin a propósito de la educación. Primera versión de la "Profession de foi du vicaire saboyard", que como tantas otras 'de sus obras tiene un marcado carácter autobiográfico. Comienza la redacción de "L'Emile". Ruptura definitiva con Diderot y con Mme. d'Épinay.

1759 Rousseau se instala en la residencia del duque de Luxembourg, en el   Petit Cháteau de Mont­morency, donde termina la primera versión de "L'Emile". Le ofrecen un puesto en el "Journal des Savants" que no acepta por considerarlo poca cosa.

1760 Trabaja en el "Contrat Social" y redacta dos versiones más de "L'Emile". La versión defini­tiva la entregará a Mme. de Luxembourg.

1761 A principios de año sale a la venta en París "La Nouvelle Héloïse". "Preface de la Nouvelle Héloïse, ou entretien sur les romans". Termina el "Contrat Social". Inútiles intentos de bús­queda de su primogénito. Rey, el librero de Ams­terdam, empieza a imprimir "L'Emile".

1762 En enero, Rousseau escribe las cuatro "Lettres á M. de Malesherbes". En abril se publica en Amsterdam "Le Contrat Social" prohibiéndose de inmediato su entrada en Francia. A finales de mayo se pone en venta en París "L'Emile". La Sorbona censura el libro, el Parlamento lo condena y el 9 de junio se decreta la detención de Rousseau, que huye a Suiza. El 14 de junio llega a Yverdon, en territorio de Berna. El Pe­queño Consejo de Ginebra condena "L'Emile" y "Le Contrat Social" y los confisca. Es expulsa­do del territorio de Berna y debe refugiarse en Motiers-Travers, principado de Neuchátel, que dependía del rey de Prusia. Muerte de Mme. de Warens. Los Estados de Holanda, el Consejo escolar de Berna y el arzobispo de París con­denan "L'Emile". Rousseau escribe, en defensa de L'Emile, la "Lettre á Christophe de Beau­mont, archevéque de París.

1763 Rousseau renuncia a la ciudadanía de Ginebra y adquiere la de Neuchátel. Se publican las "Lettres écrites de la campagne" del fiscal gene­ral Tronchin. "Projet de Constitution pour la Corse". En Ginebra, polémica entre "Represen­tants" y "Négatifs" a propósito de la obra de Rousseau.

1764 Respondiendo a Tronchin, y parodiando el títu­lo de su obra, Rousseau publica las "Lettres écrites sur la montagne". A final de año Vol­taire lanza contra Rousseau el panfleto anónimo titulado "Le Sentiment des Citoyens" en el que revela cómo éste había abandonado a sus hijos. Rousseau comienza a redactar "Les Confessions" y a dedicarse a la botánica. De esta afición quedarán sus famosos herbarios.

1765 Las "Lettres écrites de la Montagne" son con­denadas en La Haya y en París. Apedrean la casa donde Rousseau vive en Motiers. Se refu­gia en la isla de Saint-Pierre, en el lago de Bien­ne. Las autoridades de Berna lo expulsan. Mar­cha á Strasbourg con intención de llegar a Berlín. Permanece un tiempo indeciso en Stras­bourg hasta que se decide por volver a París con intención de ir a Inglaterra. A finales de año Rousseau se encuentra en París bajo la protección del príncipe de Conti.

1766 El 4 de enero sale de París rumbo a Inglaterra en compañía de David Hume. De enero a marzo vive en Londres, después en Chiswick. A fines de marzo se instala en Wootton, Straffordshire. Trabaja en la redacción de "Les Confessions". En el mes de julio se pelea (por corresponden­cia) con Hume. Voltaire ridiculiza a Rousseau en su "Lettre au Dr. J.-J. Pansophe". Hume, Mme. d'Épinay y Diderot se aprestan a defen­derse contra la posible publicación de "Les Con­fessions",

1767 El rey de Inglaterra, Jorge III, le concede una pensión. En el mes de mayo Rousseau abandona precipitadamente Wootton y regresa a Francia bajo el nombre de "M. Jacques". Se instala en casa del marqués de Mirabeau en Fleury-sous-Meudon y después en casa del príncipe de Conti en Trye-le-Château bajo el nombre de "M. Re­nou". Publicación del "Dictionaire de Musique". Acaba la primera parte de "Les Confessions"° 1768 De su correspondencia se deduce que Rousseau padece manía persecutoria: se cree víctima de un complot universal. Entrega a Mme. de Nadillac, abadesa de Gomerfontaine, diversos manuscri­tos; entre ellos, una parte de "Les Confessions". Abandona Trye y bajo la protección del prín­cipe de Conti viaja, durante los meses de junio y julio, a París, Lyon, Grenoble (donde es acla­mado) y finalmente, Bourgoin, en el Dauphiné. Escribe, en la puerta del albergue donde se hos­peda, el "Sentiment du public sur mon comete dans les divers états qui le composent". El 30 de agosto contrae matrimonio civil con Thérése Le­vasseur. Trabaja en una continuación de "L'Emi­le": "Emile et Sophie ou les Solitaires".

1769  Rousseau se instala en Monquin, cerca de Bour­goin. Se dedica a la botánica y a la música. En noviembre continúa la redacción de "Les Con­fessions".

1770 En abril, Rousseau marcha a Lyon y vuelve a firmar con su nombre abandonando el seudó­nimo de "M. Renou". En junio se instala en París, pide a Mme. de Nadillac los manuscritos que le había confiado y termina el libro XII de "Les Confessions". A finales de año da lecturas públicas de "Les Confessions" en casa del mar­qués de Pezay y del poeta Dorat. Se dedica a su antiguo oficio de copista de música,

1771 Nuevas lecturas públicas de "Les Confessions en casa del príncipe real de Suecia y en casa de la condesa de Egmont. En el mes de mayo la policía prohibe las lecturas. Escribe sus "Con­sidérations sur le-Gouvernement de Pologne". Encuentro con Bernardin de Saint-Pierre.

1772-1775 Rousseau comienza a escribir "Rousseau juge de Jean-Jacques, Dialogues". Se gana la vida como copista de música. Redacta la intro­ducción a su "Dictionnaire des termes d'usage en botanique".

1776  Rousseau termina los "Dialogues" e intenta inú­tilmente colocar un ejemplar sobre el altar ma­yor de Notre-Dame. Comienza a escribir "Les Réveries du promeneur solitaire", divididas en "promenades".

1777  Continúa escribiendo "Les Réveries" y abandona su oficio de copista de música.

1778 De enero a abril redacta las tres últimas "pro­menades". Remite a Paul Moultou una copia de "Les Confessions". El 20 de mayo se instala en Ermenonville, en casa del marqués de Girardin. El 2 de julio muere Rousseau en Ermenonville, donde es enterrado.

 

Libro Primero[1]

Todo es perfecto cuando sale de las manos de Dios, pero todo degenera en las manos del hombre. Obliga a una tierra a que dé lo que debe producir otra, a que un árbol dé un fruto distinto; mezcla y confunde los climas, los elementos y las estaciones, mutila su perro, su caballo y su esclavo; lo turba y desfigura todo; ama la deformidad, lo monstruoso; no quiere nada tal como ha salido de la naturaleza, ni al mismo hombre, a quien doma a su capricho, como a los árboles de su huerto.

De otra forma, todo sería peor, ya que nuestra es­pecie no quiere ser formada a medias. En el estado en que están las cosas, un hombre abandonado desde su nacimiento a sí mismo sería el más desfigurado de los mortales; las preocupaciones, la autoridad, la nece­sidad, el ejemplo, todas las instituciones sociales, en las que estamos sumergidos, apagarían en él su natural modo de ser y no pondrían nada en su lugar que lo sustituyese. Sería como un arbolillo que el azar ha hecho nacer en medio de su camino y que los transeún­tes, sacudiéndolo en todas direcciones, lo matan.

Es a ti a quien me dirijo, tierna y prudente madre, que has sabido evitar la gran ruta y librar del choque de las opiniones humanas al naciente arbolillo[2]. Cul­tiva y riega la tierna 'planta antes de que se muera; de ese modo, sus frutos ya sazonados serán un día tu delicia. Forma a su debido tiempo un círculo alrededor del alma de tu hijo; luego puedes levantar otro, pero sólo tú debes poder apartar la valla.

Se consiguen las plantas con el cultivo, y los hom­bres con la educación. Si el hombre naciera grande y fuerte, su talla y su fuerza le serían inútiles hasta que aprendiera a servirse de ellas y, luego, abandonado a sí mismo, se moriría de miseria antes de que los demás comprendiesen sus necesidades. Hay quien se queja del estado de la infancia, y no se da cuenta de que la raza humana habría perecido si el hombre no hubiese empe­zado siendo un niño.

Nacemos débiles, necesitamos ser fuertes, y al na­cer carecemos de todo y se nos debe proteger; nace­mos torpes y nos es esencial conseguir la inteligencia. Todo esto de que carecemos al nacer, tan imprescindi­ble en la adolescencia, se nos ha dado por medio de la educación.

La educación nos viene de la naturaleza, de los hom­bres o de las cosas. El desenvolvimiento interno de nuestras facultades y de nuestros órganos es la educación de la naturaleza; el uso que aprendemos a hacer de este desenvolvimiento o desarrollo por medio de sus enseñanzas, es la educación humana, y la adquirida por nuestra propia experiencia sobre los objetos que nos afectan, es la educación de las cosas.

Cada uno de nosotros está formado por tres clases de maestros. El discípulo que en su interior tome las lecciones de los tres de forma contradictoria, se educa mal y nunca está de acuerdo consigo mismo; sólo cuan­do coinciden y tienden a los mismos fines logra su meta y vive consecuentemente. Sólo éste estará bien educado.

Según esto, de las tres diferentes educaciones, la de la naturaleza no depende de ningún modo de nosotros; la de las cosas está en parte en nuestra mano, y sólo en la de los hombres es donde somos los verdaderos maestros, aunque únicamente por suposición, porque, ¿quién puede esperar que ha de dirigir por completo los razonamientos y las acciones de todos cuantos a un niño se acerquen?

Por lo mismo que la educación es un arte, casi es imposible su logro, puesto que de nadie depende el concurso de causas indispensables para él. Todo cuanto puede conseguirse a fuerza de diligencia es aproximar­se más o menos al propósito, pero se necesita suerte para conseguirlo.

¿Qué propósito es éste? Pues el mismo que se propone la naturaleza, lo que ya hemos indicado. Puesto que el concurso de las tres educaciones es necesario a su perfección, nosotros no podemos hacer nada que di­rija a las otras dos sobre la primera, la que nos ofrece la naturaleza. Mas como la palabra «naturaleza» puede tener un sentido muy vago, conviene que la fijemos con claridad.

La naturaleza, nos dicen, no es otra cosa que el há­bito[3]. ¿Qué significa esto? ¿No existen hábitos adquiridos forzosamente y que nunca ahoga la naturaleza? Tal es, por ejemplo, el de aquellas plantas que se evita su crecimiento vertical. La misma planta obedece la inclinación a la que fue obligada, mas la savia no cambia su primitiva dirección, y si continúa la vege­tación, la planta vuelve a su crecimiento vertical. Esto mismo sucede con las inclinaciones de los seres huma­nos. En tanto persisten en un mismo estado, pueden conservar las que provienen de la costumbre y son menos naturales, pero cambia y vuelve lo natural cuan­do la costumbre adquirida por la fuerza deja de actuar. La educación no es más que un hábito. ¿Pero no hay personas que olvidan y pierden su educación y otras que la mantienen? ¿De dónde proviene esta diferencia?

Si circunscribimos el nombre de naturaleza a los hábi­tos conformes a ella, podemos excusar este galimatías. 1 Nosotros nacemos sensibles, y desde nuestro naci­miento estamos afectados de diversas maneras por los objetos que nos rodean. Cuando nosotros tenemos, por decirlo así, la conciencia de nuestras sensaciones, esta­mos dispuestos a escudriñar o esquivar los objetos que las producen, según nos sean agradables o desagrada­bles, según la conveniencia o la discrepancia que ha­llamos entre nosotros y estos objetos, y, por último, según nuestro criterio sobre la idea de felicidad o de perfección que nos ofrece la razón. Estas disposiciones crecen y se fortalecen a medida que son más sensibles y más claras, pero, presionadas por nuestros hábitos, las alteran nuestras opiniones. Antes de esta mutación, son las que yo doy el nombre de naturaleza.

Por tanto lo deberíamos todo a estas disposiciones primitivas, y así podría ser si nuestras tres educacio­nes fueran distintas, pero, ¿qué hemos de hacer cuando son opuestas y en vez de educar a uno para sí propio le quieren educar para los demás? La armonía, enton­ces, resulta imposible, v forzados a oponernos a la natu­raleza o a las instituciones sociales, es forzoso elegir entre formar a un hombre o a un ciudadano, no pudien­do hacer al uno y al otro a la vez.

Toda sociedad parcial, cuando es íntima y bien uni­da, se aparta de lo grande. Todo patriota es duro con los extranjeros; ellos no son más que hombres, y no valen nada a su modo de ver[4].

Este inconveniente es inevitable, pero tiene poca im­portancia. Lo esencial está en ser bueno con las gentes con quienes se vive.

Los espartanos eran ambiciosos. avaros e inicuos, pero el desinterés, la equidad y la concordia reinaban dentro de sus muros. Desconfiad de los cosmopolitas que van lejos a buscar en sus libros obligaciones que no se dignan cumplir en torno de ellos. Esa filosofía la practican los tártaros, sin importarles el bien de sus vecinos.

El hombre de la naturaleza lo es todo para sí; él es la unidad numérica, el entero absoluto, que no tiene más relación que consigo mismo o con su semejante. El hombre civilizado es una unidad fraccionaria que determina el denominador y cuyo valor expresa su rela­ción con el entero, que es el cuerpo social.

Las buenas instituciones sociales son aquellas que poseen el medio de desnaturalizar al hombre, quitarle su existencia absoluta para reemplazarla por otra rela­tiva, y transportar el yo dentro de la unidad común; de tal manera que cada particular no se crea un entero, sino parte de la unidad, y sea sensible solamente en el todo. Un ciudadano de Roma no era ni Cayo ni Lucio; era un romano que amaba exclusivamente a su patria por ser la suya. Por cartaginés se reputaba Ré­gulo, como un bien que era de sus amos, y en calidad de extranjero se resistía a tomar asiento en el senado romano; fue preciso que se lo ordenara un cartaginés. Se indignó de que se le quisiera salvar la vida. Venció y regresó triunfante a morir en el suplicio. Me parece que esto no tiene mucha relación con los hombres que conocemos.

El lacedemonio Paderetes se presentó para ser admi­tido en el Consejo de los trescientos, y, rechazado, se volvió a su casa, contento de que hubiese en Esparta trescientos hombres de más mérito que él. Supongo que esta demostración fue sincera, y no hay motivo para no creerlo. He aquí un ciudadano.

Una espartana tenía cinco hijos en el ejército, y aguardaba noticias de la batalla. Llega un ilota, y ella le pregunta temblando. «Vuestros cinco hijos han muer­to.» «Vil esclavo, ¿te pregunto yo eso? Nosotros hemos alcanzado la victoria.» La madre corre hacia el templo y da gracias a los dioses. He aquí una ciudadana.

Aquel que, en el orden civil, quiere conservar la pri­macía de los sentimientos naturales, no sabe lo que quiere. Siempre en contradicción consigo y fluctuando entre sus propensiones y sus deberes, no será jamás ni hombre ni ciudadano, ni será bueno para él ni para los demás. Será uno de los hombres actuales, un fran­cés, un inglés, un burgués; no será nada.

Para ser algo, y para ser uno propio y siempre el mismo, importa decidir el partido que uno debe tomar, hacerlo resueltamente y seguirlo con firmeza. Yo espe­ro que se me presente este prodigio para saber si es hombre o ciudadano, o cómo se las apaña para ser a la vez ambas cosas.

De estos objetos necesariamente opuestos devienen dos formas de instituciones contrarias: la una pública y común, la otra particular y doméstica.

Si queréis formaros una idea de la educación pública, leed la República, de Platón. No es, pues, una obra de política, como piensan los que juzgan los li­bros por su título, sino es el más excelente tratado de educación que se haya escrito.

Cuando quieren hablar de un país fantástico, se cita con frecuencia la institución de Platón; mucho más quimérica me parecería la de Licurgo si nos la hubiera dejado solamente en un escrito. Platón ha depurado el corazón del hombre; Licurgo lo ha desnaturalizado.

La institución pública tampoco existe, y no puede existir, pues donde no hay patria, tampoco puede haber ciudadanos. Los dos vocablos patria v ciudadano deben borrarse de las lenguas modernas. Yo sé la razón, pero no quiero expresarla, porque no importa para mi tema.

No considero institución pública esos establecimien­tos irrisorios llamados colegios[5]. Tampoco tengo en cuenta la educación del mundo, porque, como se propo­ne dos fines contrarios, ninguno de los dos consigue; no sirve más que para hacer dobles a los hombres, que con la apariencia de proporcionar beneficios a los demás, jamás hacen nada que no sea en provecho propio. Pero como estas muestras son comunes a todo el mundo, a nadie engañan, y son, por lo tanto, trabajo perdido.

De estas contradicciones nace aquella que experimen­tamos continuamente en nosotros mismos. Llevados por la naturaleza y por los hombres por caminos contra­rios, y forzados a distribuir nuestra actividad en dis­tintas proyecciones, tomamos una dirección compuesta que ni a una ni a otra resolución nos lleva. De tal modo combatidos y fluctuantes durante el curso de nuestra vida, la terminamos sin haber podido ponernos de acuerdo con nosotros mismos v sin haber sido buenos para nosotros ni para los demás.

Falta por último la educación doméstica o la de la naturaleza. Pero, ¿qué reportará a los demás un hom­bre educado cínicamente para él? Si los dos fines que nos proponemos pudieran unificarse borrando las con­tradicciones del hombre, eliminaríamos un gran obstácu­lo para su felicidad. Faltaría, para juzgar de ello, ver al hombre del todo formado, observar sus inclinacio­nes, ver sus progresos y seguirle; en una palabra, sería indispensable conocer al hombre natural. Creo que se darán algunos pasos en esta investigación después de leer este escrito.

Para formar este hombre raro, ¿qué tenemos que hacer nosotros? Mucho, sin duda. Se ha de evitar lo que se ha hecho. Cuando sólo se trata de navegar con­tra el viento, se bordea, pero si está alborotado el mar y se quiere permanecer en el sitio, es preciso echar el ancla. Cuida, joven piloto, que no se te escape el cable, arrastre el ancla y derive el navío antes de que lo adviertas.

En el orden social, donde todas las plazas están seña­ladas, cada uno debe estar educado para la suya. Si un particular formado para su puesto se sale de él, ya no vale para nada. La educación sólo es útil en cuanto se conforma la fortuna con la vocación de los padres; en cualquier otro caso es perjudicial para el alumno, aunque no sea más que por las preocupaciones que le proporciona. En Egipto, donde los hijos estaban obligados a seguir la misma profesión de sus padres, tenía un fin determinado, pero entre nosotros, donde sólo las jerarquías subsisten, y los hombres pasan fre­cuentemente de una a otra, nadie está seguro de si educando a su hijo para su estado no lo verifica contra él mismo.

En el orden natural, los hombres son todos iguales; luego, su vocación común es el estado del hombre, y quien hubiere sido bien criado para éste, no puede de­sempeñar mal los que con él se relacionan. Que destine mi discípulo a la espada, a la iglesia o a la abogacía, poco me importa. Antes de la vocación de sus padres, la naturaleza le llama a la vida humana. El oficio que quiero enseñarle es el vivir. Cuando salga de mis ma­nos, yo estoy de acuerdo, en que no será ni magistra­do, ni soldado, ni sacerdote; primeramente será hom­bre, todo cuanto debe ser un hombre y sepa serlo, si fuera necesario, tan bien como el que más, y aunque la fortuna quiera hacerle cambiar de situación, él siem­pre se encontrará en la misma. Occupavi te, Fortuna, atque cepi; omnesque aditus tuos interclusi, ut ad me aspirare non poses.

Nuestro verdadero estudio es el de la condición hu­mana. Aquel de nosotros que mejor sabe sobrellevar los bienes y los males de esta vida es, a mi parecer, el más educado, de donde se deduce que la verdadera educación consiste menos en preceptos que en ejerci­cios. Desde que empezamos a vivir, comienza nuestra instrucción; nuestra educación se inicia simultáneamen­te con nosotros; nuestro primer preceptor es nuestra nodriza. Por eso la palabra educación tenía antigua­mente un significado que ya ha desaparecido; quería decir alimento. Educit obstetrix, dice Varrón; educat nutrix, instituit paedagogus, docet magister. Así la edu­cación, la institución v la instrucción son tres cosas tan diferentes en su objeto como institutriz, preceptor y maestro. Pero estas distinciones son mal entendidas, ya que el niño, para ser bien conducido, no debe tener más que un guía.

Esto, pues, hace generalizar nuestros puntos de vista y considerar en nuestro discípulo el hombre abstracto, el que está expuesto a todas las eventualidades de la vida humana. Si los hombres nacieran ligados al suelo de un país, si la misma estación durara todo el año, si cada uno dispusiera de su fortuna de tal modo que jamás pudiera cambiar, la práctica establecida sería buena para ciertos modos de ver. El niño educado para su estado, no saliendo jamás del mismo, no se vería expuesto a los inconvenientes de otro distinto. Mas teniendo en cuenta la inestabilidad de las cosas huma­nas, mirando el espíritu inquieto y revoltoso de este siglo, que lo trastorna todo a cada generación, ¿puede concebirse un método más insensible como el de educar a un niño como si jamás hubiese de salir de su habi­tación y tuviera que vivir siempre rodeado de su gente? Si este desgraciado da un solo paso en la tierra, sí baja un escalón, está perdido. Esto no es enseñarles a so­portar el dolor, sino ejercitarle a sentirlo.

Se sueña en conservar al niño, pero eso no es sufi­ciente; debieran enseñarle a conservarse cuando sea hombre, a soportar los golpes de la desgracia, a arras­trar la opulencia y la miseria, a vivir, si es necesario, en los hielos de Islandia o en las ardientes rocas de Malta. Inútil es tomar precauciones para que no muera, pues al fin tiene que morir, y aunque no sea su muerte un resultado de vuestros cuidados, aun serán éstos mal entendidos. Se trata menos de impedir morir que de hacerle vivir. Vivir no consiste en respirar, sino saber hacer uso de nuestros órganos, de nuestros sentidos, de nuestras facultades, de todas las partes de nosotros mismos que dan el sentimiento de nuestra existencia. El hombre que más ha vivido no es el que tiene más años, sino el que más aprovechó la vida. Uno que murió al nacer se le enterró a los cien años; mejor le hu­biera sido morir en su *juventud si por lo menos hu­biera vivido hasta este tiempo.

Toda nuestra sabiduría consiste en preocupaciones serviles; todos nuestros usos no son otra cosa que su­jeción, tormento y violencia. El hombre civilizado nace, vive y muere en la esclavitud. Cuando nace se le cose en una envoltura; cuando muere se le mete en un ataúd, y en tanto que él conserva la figura humana vive encadenado por nuestras instituciones.

Se dice que algunas parteras pretenden dar una forma más conveniente a la cabeza de los recién naci­dos apretándosela, ¡y se lo permiten! Tan mal están nuestras cabezas del modo como Dios las formó que nos las modelan las parteras por fuera y los filósofos por dentro. Los caribes son la mitad más felices que nosotros.

Apenas el niño ha salido del vientre de su madre, y apenas disfruta de la facultad de mover y extender sus miembros, cuando se le ponen nuevas ligaduras. Le envuelven, le ponen a dormir con la cabeza fija, las piernas estiradas y los brazos colgando; le cubren de lienzos y vendajes de toda especie que le privan del cambio de posición. Feliz si no le han apretado hasta el punto de privarle de respirar y si se ha tenido la precaución de acostarle de lado con el fin de que los líquidos que debe sacar por la boca, ya que no le queda libertad de mover la cabeza de lado, para facilitar la salida de los mismos.

El niño recién nacido tiene necesidad de extender y mover sus miembros para sacarlos del adormecimiento en que han estado, a causa del envoltorio, durante tanto tiempo. Los estiran, es verdad, pero les impiden el movimiento; sujetan hasta la cabeza con capillos, como si tuviesen miedo de que den señales de vida.

Así el impulso de las partes internas del cuerpo que tienden al crecimiento encuentran un obstáculo insu­perable a los movimientos que esas partes requieren.

niño hace continuamente esfuerzos inútiles que apu­ran sus fuerzas o retardan su progreso. Estaba menos estrecho, menos ligado, menos comprimido dentro del vientre de la madre que en sus pañales. No veo lo que ha ganado con nacer.

La inacción, la presión en que retienen los miem­bros de un niño, no pueden favorecer en nada la circu­lación de la sangre y de los humores, es estorbar que se fortalezca o crezca la criatura y alterar su consti­tución. En los países donde no practican estas extra­vagantes precauciones, los hombres son todos altos, fuertes y bien proporcionados. Los países en los cuales se fajan los niños son aquellos done abundan los joro­bados, cojos, raquíticos, malatos y contrahechos de toda especie. Por miedo a que los cuerpos queden de­formados con la libertad de los movimientos, se dan prisa a realizarlo, poniéndolos en prensa, y los dejarían lisiados para impedir que se estropeasen.

Una violencia tan cruel, ¿no podría influir en su humor lo mismo que en su temperamento? Su primer sentimiento es de dolor y de pena; no hallan otra cosa que obstáculos en todos los movimientos de que tienen necesidad; más desgraciados que un criminal esposado, hacen esfuerzos inútiles, se irritan y gritan. ¿Decís que sus primeras voces son llantos? Así lo creo, pues desde que nacen los atormentáis; los primeros regalos que reciben de vosotros son cadenas; los primeros trata­mientos que conocen son los tormentos. No quedándo­les otra cosa libre que la voz, ¿cómo no han de hacer uso de ella para quejarse? Gritan por el daño que les estáis haciendo, pero vosotros gritaríais más si del mismo modo estuvierais agarrotados. ¿De dónde viene un uso tan irracional? De otra costumbre inhumana. Cuando las madres desdeñan su primer deber, no que­riendo criar a sus hijos, tienen que confiarlos a las mujeres mercenarias, las cuales se convierten en ma­dres de niños extraños, porque la naturaleza nada les dice; sólo han buscado el medio de ahorrarse trabajo. Habría sido necesario hallarse en continua vigilancia estando el niño libre, pero bien sujeto se le deja en un rincón sin preocuparse de sus gritos. Con tal que no haya pruebas de la negligencia de la nodriza, con tal que no se rompa el niño un brazo o una pierna, ¿qué importa que se muera o se quede enfermo mien­tras viva? Conque conserve sus miembros a costa de su cuerpo, la nodriza queda disculpada.

Esas dulces madres que se desprenden de sus hijos para vivir alegremente las diversiones de la villa, ¿saben qué tratamiento recibe su hijo en la aldea? A la menor molestia que sobreviene, se le suspende de un clavo como un paquete de trapos, y mientras la nodriza se dedica a sus quehaceres, el desgraciado resta así crucificado. Todos los que han sufrido esa situación tenían el rostro amoratado, el pecho fuerte­mente comprimido privando la circulación de la sangre, que subía a la cabeza, y creían que el paciente estaba tranquilo porque carecía de fuerza para gritar. Yo ignoro cuántas horas un niño puede estar en esta posición sin perder la vida, pero temo que está muy cerca de perderla. He aquí, según yo creo, una de las mayores utilidades del fajado.

Se opina que los niños en libertad pueden adquirir malas posiciones y hacer movimientos que perjudi­quen a la buena conformación de sus miembros. Este es uno de tantos vanos razonamientos de nuestra falsa sabiduría, y que ninguna experiencia ha confirmado.

Entre multitud de niños de los pueblos, que son más sensatos que nosotros, son criados con toda la libertad de sus miembros, y no se ve ni uno que se hiera ni se estropee, pues no podrían dar a sus movi­mientos la fuerza que les resultase peligrosa, y cuando toman una posición violenta, el dolor les advierte en seguida que la cambien.

Nosotros aún no hemos pensado en fajar a los pe­rritos ni a los gatos. ¿Observamos algún inconveniente en esta negligencia? Los niños son más pesados, de acuerdo, pero también son en proporción más débiles. Si casi no se pueden mover, ¿cómo se han de estropear? Si se les tendiese de espaldas, se morirían en esta pos­tura, como la tortuga, sin que consiguieran girarse.

No contentas con haber dejado de amamantar a sus hijos, las mujeres ya no quieren en adelante con­cebir y la consecuencia es natural. Tan pronto como es fatigoso el estado de madre, se encuentra el modo de librarse de él; quieren hacer una obra inútil para retornar continuamente a ella, y es en perjuicio de la especie el atractivo dado para la multiplicación: Este uso, junto a otras causas de despoblación, nos indica la próxima suerte de Europa. Las ciencias, las artes, la filosofía y las costumbres que ésta engendra no tar­darán en convertir a Europa en un desierto; será poblada de animales feroces, y con esto no habrá cam­biado mucho la clase de habitantes.

Yo veo algunas veces el pequeño manejo de algunas mujeres jóvenes que fingen un deseo de criar ellas mismas a sus hijos; pero saben lograr que se les in­sista para lo contrario, haciendo intervenir a los espo­sos, a los médicos y especialmente, a las madres. Un marido que se atreva a consentir que su esposa nutra a su hijo, es hombre perdido; le tildarán como a un asesino que quiere deshacerse de ella. Hay maridos prudentes que sacrifican el amor paterno en aras de la paz. Gracias a que se hallan en las aldeas mujeres más abnegadas que las vuestras, más agradecidas debéis estar si el tiempo que les queda libre a esas esposas no lo llenan complaciendo a otros hombres.

El deber de las mujeres no es dudoso, pero se dis­cute si es igual para los niños que los críe una u otra mujer.

Esta cuestión, de que son jueces los médicos, la tengo yo resuelta a satisfacción de las mujeres[6]; pienso que vale más que mame el niño la leche de una nodriza sana que la de una madre achacosa, si hubiese de temer nuevos males de la misma sangre de que procede.

No obstante, ¿puede mirarse esta cuestión solamente bajo el aspecto físico? ¿Necesita menos el niño del cuidado de su madre que de su pecho? Otras mujeres, y hasta animales, le podrán dar la leche que ésta le niega, pero la solicitud maternal no hay nada que pueda suplirla. La que cría el niño ajeno en vez del suyo, es mala madre; ¿cómo, pues, puede ser una buena nodriza? Podrá llegar a serlo, pero paulatinamente; será necesario que el hábito corrija la naturaleza, mientras que el niño mal cuidado tendrá ocasión de morirse cien veces antes de que su nodriza le tome el cariño de madre.

De esta última ventaja nace un inconveniente que por sí solo sería suficiente para quitar a toda mujer sensible el propósito de que su hijo lo críe otra, pues es ceder parte del derecho de madre, el dejar que su hijo quiera a otra mujer tanto como a ella o más, por­que, ¿no debo yo el afecto de hijo a la que tuvo para mí los afanes de madre?

La forma cómo se remedia este inconveniente con­siste en inspirar a los niños el desprecio de sus no­drizas y tratarlas como a simples sirvientas. Finaliza­do el servicio, les quitan la criatura o las despiden, y a fuerza de desaires la privan de que vaya a ver a su hijo de leche, para que, al cabo de algunos años, si lo ve, no lo conozca. Se engaña la madre que piensa que puede ser sustituida y que con su crueldad repara su negligencia, y así, en lugar de criar un hijo tierno, cría un hijo de leche despiadado, enseñándole la ingratitud e induciéndole a que un día abandone a la que le dio la vida, como a la que le alimentó con la leche de sus pechos.

¡Cuánto machacaría yo sobre este punto si no per­diera el ánimo al tener que insistir vanamente en tan útiles consejos! Esto tiene conexión con muchas más cosas de lo que uno cree. ¿Queréis volver a cada uno hacia sus primeros deberes? Comenzad por las madres y quedaréis sorprendidos de los cambios producidos. Todo deviene sucesivamente de esta primera deprava­ción; todo el orden moral queda alterado, lo natural se extingue en todos los corazones, el interior de las casas es menos vivaz; el tierno espectáculo de una familia naciente ya no produce apego a los maridos ni aten­ciones a los extraños; es menos respetada la madre cuyos hijos confía a otra mujer, no hay vida fami­liar, los vínculos de la sangre no los fortalece la cos­tumbre; no hay padres, ni madres, ni hijos, ni herma­nos, ni hermanas; si apenas se conocen entre sí, ¿cómo se han de querer? Cada uno sólo piensa en sí mismo. Por haberse convertido el hogar en una triste soledad, nace la necesidad de ir a divertirse a otra parte.

Cuando las madres se dignen criar a sus hijos, las costumbres se reformarán en todos los corazones y se repoblará el Estado; este primer punto, este punto único lo reunirá todo. El contraveneno más eficaz con­tra las malas costumbres es el atractivo de la vida doméstica; acaba siendo grata la pesadez de los niños, logrando que los padres se necesiten más, se amen más uno a otro y estrechen entre ambos el lazo conyugal. Cuando la familia es viva y animada las tareas domés­ticas son la ocupación más querida para la mujer y más suave el desahogo del marido. Corregido de este modo tal abuso, resultaría pronto una reforma gene­ral y en breve la naturaleza recuperaría todos sus de­rechos. Una vez las mujeres vuelvan a ser madres, también los hombres volverán a ser padres y maridos. Razonamientos superfluos; el hastío mismo de los pla­ceres del mundo no atrae nunca a éstos. Las mujeres han cesado de ser madres y nunca más lo serán ni querrán serlo. Aun cuando quisieran, apenas si po­drían; hoy que se halla establecido el uso contrario, cada una tendría que pelear contra la oposición de todas sus conocidas, coaligadas contra un ejemplo que las unas no han dado y que no quieren seguir las otras.

Se encuentran, por consiguiente, todavía algunas mu­jeres jóvenes de buena índole que, desafiando la tiranía de la moda con bravura, desempeñan con una virtuosa intrepidez este deber tan dulce que su naturaleza les impone. Puede aumentar su número por la atracción de los bienes destinados a las que lo cumplen.

Fundándome en las consecuencias que ofrece el más simple razonamiento, y sobre las observaciones que jamás he visto desmentidas, me atrevo a prometer a esas dignas madres un apego sólido y constante por parte de sus maridos, una verdadera ternura filial en sus hijos, la estima y el respeto público, felices partos sin accidentes y sin consecuencias, una salud fuerte y vigorosa, y, por último, el placer de verse un día imi­tadas por sus hijas y citadas como ejemplo.

El sitio de la madre es el lugar del niño. Entre ellos los deberes son recíprocos, y si son mal desempeña­dos de un lado, serán descuidados del otro. El niño debe amar a su madre antes de que sepa que es su obligación amarla. Si la voz de la sangre no está forti­ficada por el hábito y los cuidados, se extingue en los primeros años y el corazón muere antes de nacer, por así decirlo. He ahí cómo desde los primeros pasos nos apartamos de la naturaleza.

Uno se sale todavía por una ruta opuesta cuando las madres, en vez de desatender los cuidados mater­nales, los toman con exceso, cuando hace de su niño su ídolo, que ella aumenta y nutre su debilidad para impedir que la sienta, con la esperanza de sustraerle de las leyes de la naturaleza aparta todo choque penoso, sin pesar cuánto, por cualquiera de las incomodidades que ella le ha preservado un momento, acumula para el futuro accidentes y peligros sobre su cabeza, y cuán bárbara es esta preocupación de prolongar la flaqueza de la infancia bajo las fatigas de los hombres forma­dos. Thetis, para hacer a su hijo invulnerable, dice la fábula, «le sumió en las aguas de la laguna Estigia». Esta alegoría es bella y clara. Las crueles madres de que yo hablo hacen lo contrario: a fuerza de sumergir a sus niños en la blandura, los preparan para el sufri­miento; abren los poros a toda especie de males, que seguirán sufriendo cuando sean adultos.

Observad la naturaleza y seguid el camino trazado por ella. La naturaleza ejercita continuamente a los niños; endurece su temperamento con todo género de pruebas y les enseña muy pronto qué es pena y qué dolor. Los dientes que les nacen les dan fiebre, violen­tos cólicos les dan convulsiones, y tienen accesos de tos, los gusanos les atormentan, la plétora les corrom­pe la sangre, en la que fermentan varias levaduras y son la causa de peligrosas erupciones. Casi toda la pri­mera edad es enfermedad y peligro; la mitad de los niños mueren antes de los ocho años. Hechas las prue­bas, el niño ha ganado fuerzas, y tan pronto como puede hacer uso de la vida, tiene más vigor al prin­cipio.

Si esta es la regla de la naturaleza, ¿por qué se hace oposición a ella? ¿Cómo no nos damos cuenta de que queriendo corregirla se destruye su obra y se obsta­culiza la eficacia de sus afanes? Hacer en lo exterior lo que realiza ella en lo interior, dicen que es redoblar el peligro, mientras que, por el contrario, es hacer burla de él y agotarlo. La experiencia nos muestra que mueren más niños criados con delicadeza que los otros. Mientras no sean rebasadas sus fuerzas, menos se arries­ga con ejercitarlas que con no ponerlas a prueba.

Acostumbradlos por tanto a sufrir golpes que se verán obligados a soportar un día; endureced sus cuer­pos habituándolos a la inclemencia de los climas y los elementos, al hambre, a la sed, a la fatiga. Antes de que el cuerpo haya contraído costumbres, se les dan sin riesgo las que se quieran, pero una vez que toma consistencia, toda alteración es peligrosa. Un niño so­portará cambios que no resistiría un hombre; sus fi­bras, blandas y flexibles, toman sin esfuerzo la forma que se les da; más endurecidas las del hombre, no cambian sin violencia. Se puede, pues, hacer robusto a un niño sin exponer su vida y su salud, y aun cuando corriese algún peligro, no se debería vacilar. Puesto que los peligros son inseparables de la vida humana, ¿qué mejor cosa podemos hacer que arrostrarlos en la época en que menos inconvenientes presentan? Un niño es más precioso a medida que crece. Al precio de su vida se unen los de los cuidados que ha costado; a la pérdida de su existencia se junta el sentimiento de la muerte. Por tanto, vigilando sobre su conservación debe pensarse particularmente en el tiempo venidero y ar­marle contra los males de la juventud :antes de que llegue a ella, puesto que si aumenta el valor de la vida hasta la edad en que es útil, ¿no sería una locura apar­tar algunos peligros durante la infancia, para que tenga que defenderse de ellos, muy aumentados, en la edad de la razón? ;Son ésas las lecciones del maestro?

El destino del hombre es el de sufrir siempre. El cuidado mismo de su conservación va unido al sufri­miento. Feliz es el que en su infancia no conoce otros males que los físicos; males mucho menos crueles, me­nos dolorosos que los otros, y que con mucha menos frecuencia nos obligan a renunciar a la vida. Nadie se mata por los dolores de gota; solamente los del ánimo nos producen la desesperación. Sentimos compasión por la suerte de la infancia, cuando tendríamos que llorar por la nuestra. Nuestros males más graves nos vienen de nosotros mismos.

Grita un niño al nacer y pasa su primera infancia llorando. Tan pronto se le mueve o halaga para acallar­le como se le amenaza o castiga para imponerle silen­cio. O hacemos lo que le place o exigimos de él lo que queremos; o nos sujetamos a sus antojos o lo suje­tamos a los nuestros; o ha de dictar leyes o ha de obedecerlas. De esta forma son sus primeras ideas las del dominio y las de servidumbre. Ya manda antes de saber hablar, y obedece antes de poder obrar; se le castiga sin que pueda conocer sus yerros, o antes de que sea capaz de cometerlos. De esta manera, es como se infiltran en su joven corazón y con rapidez las pa­siones que se achacan a la naturaleza, y, después de haberle criado malo, se lamentan de su mala crianza.

Así, un niño que ha estado seis o siete años en manos de mujeres, mártir de los caprichos de ellas y de los suyos, luego que le han obligado a aprender esto y lo otro, después de haber recargado su memoria con palabras que no puede comprender, o con cosas que no le sirven para nada; luego de haber ahogado su índole natural con las pasiones que han sido sembradas en él, ponen en manos de un preceptor a este ser fic­ticio que acaba de desarrollar los gérmenes artificiales que ya están desarrollados, y le instruye en todo, me­nos en conocerse, menos en dar frutos propios y en saber vivir v labrar su felicidad. Por último, este niño esclavo y tirano a la vez, lleno de ciencia y carente de razón, flaco de cuerpo y de espíritu por igual, es pues­to en contacto con el mundo, descubriendo su inep­titud, su soberbia y todos sus vicios, lo que hace que se compadezca la miseria y la perversidad humana. Es una equivocación, porque este es el hombre de nues­tros desvaríos, pero muy distinto el de la naturaleza.

Si queréis que él guarde su forma original, conser­vadla desde el momento que viene al mundo. Tan pron­to como nazca amparadle y no le soltéis hasta que sea hombre, o nunca lograréis nada. Así como la verdadera nodriza es la madre, el verdadero preceptor es el padre. Que ambos se pongan de acuerdo en el orden de sus funciones como en su sistema, y que pase el niño de las manos de ella a las de él. Será mejor educado por un padre con juicio y de limitados alcances que por el más hábil maestro del mundo, pues el celo suplirá mejor al talento que el talento al celo.

Mas los quehaceres, los asuntos, los deberes... ¡Ah, las obligaciones! Sin duda que la obligación de padre es la última[7]. No nos extrañe que un hombre cuya mujer ha desdeñado la cría del fruto de su unión, des­deñe educarle. No hay pintura que sea más encantadora que la de la familia, pero un sólo rasgo mal trazado desfigura todos los demás. Si a la madre le falta salud para amamantar a su hijo, al padre le sobrarán que­haceres para ser preceptor.

Alejados y dispersos los hijos en pensiones, en con­ventos, en colegios, pondrán en otra parte el cariño de la casa paterna o volverán a ella con el hábito de no sentir afecto por nada. Los hermanos y las herma­nas casi no llegan a conocerse. Cuando estén todos reunidos ceremoniosamente, podrán ser muy corteses entre sí, mas su trato será como entre extraños. Falta la intimidad entre los parientes, de tal modo que la sociedad familiar no produce el dulzor de la vida, y recurre, para suplirlo, a las malas costumbres. ¿Qué hombre es tan estúpido que no sepa ver la cadena de todo esto?

Un padre, cuando engendra y nutre a sus hijos, no cumple más que la tercera parte de su misión. El debe hombres a su especie, a la sociedad; hombres sociables y ciudadanos al Estado. Todo hombre que puede pagar esta triple deuda y no lo hace es culpable, y más cul­pable cuando solamente la paga a medias. Quien no pueda cumplir los derechos de padre, carece del dere­cho de serlo. No hay ni pobreza, trabajos ni respetos humanos que le dispensen de mantener a sus hijos y de educarlos por sí mismo. Lectores, me podéis creer. Yo pronostico que a cualquiera que tenga entrañas y abandone tan sacrosantos deberes, derramará durante mucho tiempo amargas lágrimas por su error y jamás hallará consuelo.

Pero, ¿qué hace ese hombre rico, este padre de fa­milia tan ocupado, y precisado, según dice, a dejar a sus niños abandonados? Paga a otro hombre para que le reemplace de unos deberes que resultan una carga para él. ¡Alma mezquina! ¿Crees que con dinero das a tu hijo otro padre? Pues le engañas, ya que ni si­quiera le das un maestro; ese es un sirviente y muy pronto formará otro como él. Se razona mucho sobre las cualidades de un buen preceptor. La primera que le exigiría, y esta sola supone otras muchas, es que no fuese un hombre vendible. Hay quehaceres tan no­bles que no se pueden realizar por dinero sin mos­trarse indigno de su ejercicio. Tal es la del guerrero, tal es la del maestro. Pues, ¿quién ha de educar a mi hijo? Ya te lo he dicho: tú mismo. «Yo no puedo.» ¿No puedes? Pues consíguete un amigo; yo no veo otro medio. Un maestro, ¡qué alma tan sublime! Es una cosa verdaderamente cierta que para formar a un hom­bre se debe ser padre, o más que hombre. Esta es la misión que encargáis gustosamente a un asalariado.

Cuanto más uno piensa, más se apercibe de nuevas dificultades. Haría falta que el preceptor hubiera sido educado para su alumno y los criados para el amo; que todos cuantos a él se acerquen hubieran recibido las impresiones que le deben comunicar, y de educa­ción en educación fuera necesario remontar hasta no se sabe dónde. ¿Cómo puede un niño ser bien educado por quien no ha sido bien educado?

¿No es posible hallar este raro mortal? Lo ignoro. ¿Quién sabe, en estos tiempos de envilecimiento, hasta qué grado de virtud se puede todavía encumbrar el alma humana? Pero supongamos que hemos hallado este portento. Contemplando lo que debe realizar, nos daremos cuenta de lo que debe ser. Anticipadamente se me figura que un padre que conociese todo cuanto vale un buen maestro se resolvería a no buscarle, de­bido a que le daría más trabajo el hallarlo que llegar a serlo él mismo. ¿Quiere tener un amigo? Eduque a su hijo para que lo sea, y queda así excusado de bus­carlo en otra parte, puesto que la naturaleza ha reali­zado ya la mitad de la obra.

Un hombre, de quien no sé otra cosa más que su Jerarquía, me propuso que educara a su hijo. Indudablemente fue muy honroso para mí, pero al recibir mi negativa, en lugar de quejarse elogió mi prudencia. Si yo hubiera aceptado el ofrecimiento y fallado en mi método, habría resultado mala la educación, pero si hu­biera acertado, el resultado habría sido peor: su hijo hubiera abominado de su título de príncipe.

Estoy tan persuadido de lo descomunales que son las obligaciones de un preceptor, y conozco tan bien mi incapacidad, que jamás aceptaré semejante cargo sea quien sea el que me lo ofrezca; incluso el interés de la amistad sería para mí un nuevo motivo para negarme. Después de haber leído este libro, me parece que habrá muy pocos que me hagan tal ofrecimiento. y suplico a los que pudieran pensarlo que no se tomen la molestia de hacerlo, puesto que les resultaría inútil En otra ocasión realicé una prueba bien cumplida de esta profesión, y estoy completamente seguro de mi incapacidad para el mencionado cargo, y si debido a mi talento resultara idóneo, mi estado me dispensaría de la misma. He pensado que estaba obligado a este manifestación pública dirigida a los que, a mi juicio no me aprecian lo bastante para admitir que estoy en lo cierto y que soy sincero en mis decisiones.

Incapaz para desenvolverme bien en la más útil tarea; osaré probar la más fácil, y, como otros tantos, en lugar de servirme de las manos para realizar mi tra­bajo lo haré por medio de la pluma, tratando de ser claro. Se da por sabido que en las empresas de esta clase, el autor, a sus anchas siempre en sistemas que no tiene obligación de practicar, sin gran esfuerzo da muchos y excelentes preceptos de imposible ejecución, y por no descender a cosas sin importancia y a ejem­plos, hasta lo que enseña no se puede poner en prác­tica por no haber enseñado su aplicación. Por eso he tomado la determinación de escoger a un alumno imagi­nario y a suponer que poseo la edad, la salud, los cono­cimientos y todo el talento que conviene para prepa­rar su educación, conduciéndolo desde el instante de su nacimiento hasta el punto en que, ya hombre for­mado, se gobierne por sí mismo. Este método lo con­sidero útil para evitar que un autor que desconfía de sí mismo se extravíe en visiones, ya que en cuanto se aparta de la práctica ordinaria pone en práctica la suya en su alumno, y pronto verá, o lo verá el lector, si es que no lo ha visto él, si sigue los progresos de la infancia y la ruta natural del corazón humano.

Esto es lo que he procurado realizar en todas las dificultades que se me han presentado. Con el fin de no dar demasiado volumen inútilmente al libro, me he limitado a contar los principios cuya verdad debe ser clara para todos, mas en lo referente a las pruebas, las he puesto en práctica en mi Emilio, he procurado hacer ver detalladamente y con toda precisión cómo era posible poner en práctica lo que yo había afirmado. Por lo menos éste es el plan que me he propuesto se­guir; ahora es de la competencia del lector decidir si le he dado un buen remate.

Resulta que hasta el momento he hablado poco de Emilio, debido a que en mis primeras máximas de educación, aunque son contrarias a las actualmente usadas, son tan evidentes que no es fácil que un hom­bre de razón las niegue con seguridad. Mas al paso que voy, mi alumno, guiado de otra forma que los vues­tros, ya no es un niño corriente, y precisa por tanto de un régimen propio y peculiar para él. Aparece des­pués en escena más frecuentemente, y en los últimos tiempos casi ni un instante le pierdo de vista, hasta que pueda prescindir de mí, por más que pretenda ha­cerlo antes.

No me refiero en este momento a un buen maes­tro; doy por supuestas sus buenas cualidades y creo a la vez que las poseo yo totalmente. Esta obra, con su lectura, hará ver cuán pródigo soy para conmigo.

Advertiré solamente, contra la opinión general, que el maestro debe ser joven y hasta el límite en que pueda ser un hombre de juicio. Desearía hasta que fue­se un niño, si fuese posible; que pudiera ser un cama­rada suyo, y ganarse de esta forma su confianza, parti­cipando incluso en sus diversiones. Existe tal discre­pancia entre la infancia y la edad madura, que jamás se logrará un afecto sólido a tanta distancia. Los niños, a veces, son complacientes con los viejos, pero jamás el cariño entra hacia ellos.

Se pretende muchas veces que el preceptor sea un hombre que ya haya educado a otro niño. Mas debe tenerse en cuenta que esto es pedir demasiado; un mismo hombre no puede educar más que a uno sola­mente; si fuera necesario educar a dos para acertar en la educación del segundo, ¿qué razón tuvo para hacerse cargo del primer alumno?

Habría adquirido experiencia para mejorar su obra, pero ya no le sería posible. El maestro que ha cum­plido una vez esta misión y haya acertado en conocer todos sus inconvenientes, pierde el ánimo para inten­tar de nuevo la misma empresa, y si ha fracasado en la primera prueba, no es ningún buen presagio para la segunda.

Estoy de acuerdo en que es muy diferente el acom­pañar a un joven durante cuatro años que el ser su conductor por espacio de veinticinco. Vosotros dais un preceptor a vuestro hijo ya completamente formado, y yo pretendo que lo tenga ya antes de su nacimiento. Pensáis que un maestro puede cambiarse cada cinco años, pero el preceptor de mi imaginación debe ser siempre el mismo. Hacéis una distinción entre el pre­ceptor y el ayo, y esto es otra de las equivocaciones vuestras. ¿Hacéis tal vez alguna distinción entre alum­no y discípulo? Solamente se debe enseñar una cien­cia a los niños, que es la de los deberes del hombre. Esta ciencia es única, y diga lo que quiera Jenofonte de la educación de los persas, no se puede dividir. Por otra parte, yo daré siempre el nombre de ayo con preferencia al de preceptor, al maestro de esta cien­cia, puesto que no es lo mismo instruir que conducir. No se deben dar preceptos, sino hacer de manera que los encuentre el alumno.

Si sé debe elegir el ayo con tanto cuidado, éste tiene derecho a escoger a su alumno, sobre todo cuando se trate de un modelo que proponer. Esta elección no puede tener por base el ingenio y el carácter del niño, que permanecen desconocidos hasta el fin de la obra, y que acojo antes de su nacimiento. Si me fuera posi­ble escoger, iría en busca de un entendimiento ordina­rio, igual al que imagino en mi alumno. Solamente pre­cisan de educación los hombres vulgares, y sólo su educación debe servir de ejemplo para sus semejantes; para lo demás se educan a pesar de las contrariedades.

Para la cultura de los hombres las condiciones del país no son de ningún modo indiferentes; solamente en los climas templados pueden llegar a ser todo cuan­to de ellos se puede exigir; resulta completamente des­ventajosa la educación en los climas extremados. El ser humano no es un ser inmóvil como el árbol, y el hombre que sale de un punto extremo para trasladarse al otro tiene que doblar el camino del que ha salido para alcanzar el mismo lugar que el primero.

Si el que habita en un país templado va sucesiva­mente de un extremo al otro, aún saca claras ventajas, debido a que, recibiendo las mismas impresiones que los que salen desde un extremo, se aparta por consi­guiente la mitad menos de su natural constitución. En Laponia y en Guinea vive un francés, mas será muy distinta la vida de un negro en Tornea y la de un samoyedo en Benín. Parece también más imperfecta la condición cerebral en los habitantes de las regiones ex­tremas. La inteligencia de los europeos no la poseen los negros ni los lapones. De aquí que mi voluntad pre­fiera que mi alumno sea de una zona templada; de Francia, por ejemplo, mejor que de otra parte, con el fin de que pueda ser habitante de la tierra entera.

El hombre pobre no necesita educación; la de su estado es forzosa, y por lo tanto no puede tener otra; por el contrario, la que por su estado recibe el rico es la que menos le interesa para sí mismo y para la sociedad. La educación natural debe procurar que el hombre sea apto para todas las condiciones de la vida humana; por lo tanto es menos racional educar a un rico para que sea pobre que a un pobre para que sea rico, puesto que, en proporción al número de ambos estados, hay más ricos que empobrecen que pobres que se enriquezcan. Si escogemos a un rico estaremos segu­ros de haber hecho un hombre más, mientras que un pobre logra muchas veces hacerse hombre por sí solo.

Por tal motivo no me opondré a que Emilio sea de ilustre cuna, puesto que siempre será una víctima sacada de las garras de los prejuicios.

Emilio es huérfano. El que vivan su padre y su madre no influye en nada; si me he hecho cargo de todas sus obligaciones, justo es que me apropie todos sus derechos. Debe honrar a sus padres, pero a mí solamente debe obedecerme; esta es mi condición pre­via, o mejor dicho, la única.

Me veo obligado a añadir otra, que no es más que una derivación de la anterior: no podremos ser sepa­rados el uno del otro sin nuestro consentimiento. Esta es la condición esencial, y todavía creo que es tan indispensable el contacto entre el alumno y el ayo que ambos deberían ser inseparables, y que el destino de su vida fuera siempre un objeto común entre ellos. Tan pronto como advierten, aunque lejana, su separa­ción y se percatan del instante en que ambos han de ser extraños uno para otro, en realidad ya lo son, y pensando los dos en la época en que vivirán separa­dos, cada uno se labra su sistema y permanecen unidos a disgusto. El discípulo mira al maestro como el ver­dugo de su niñez; el maestro no ve en el discípulo mas que una carga pesada, y sólo desea librarse de ella. Aspiran a librarse el uno del otro, y careciendo de ca­riño mutuo, el uno pondrá poca vigilancia y la doci­lidad del otro quedará disminuida.

Pero si se consideran como obligados a pasar juntos la vida, les interesa hacerse amar uno del otro, y se aman de verdad. Cuando niño, el alumno no siente ninguna vergüenza de seguir al amigo que ha de tener durante toda su vida y cuando sea hombre, y el ayo pone todos sus afanes en el cultivo de su alumno, cuyos frutos ha de recoger. De esta manera, pone a interés para su ancianidad un fondo, que no es otra cosa que el mérito que da a su alumno.

Este trato convenido de antemano, supone un parto feliz, un niño bien conformado, robusto y sano. Un padre carece del derecho de escoger ni debe tener pre­ferencias en la familia que Dios le ha dado; todos sus hijos son igualmente suyos; les debe a todos la misma solicitud y el mismo cariño. Que sean deficientes o no, enfermos o robustos, cada uno de ellos es un depósito del cual debe dar cuenta a la mano de quien lo reci­bió, y el matrimonio es un contrato realizado con la naturaleza al mismo tiempo que entre los cónyuges. Pero el que se impone un deber que la naturaleza no ha impedido, se debe asegurar en adelante de los medios que colmen sus propósitos, pues de otra forma se hace culpable de lo que no habrá podido realizar. Aquel que se encarga de un alumno deforme enfer­mizo cambia su función de ayo por la de enfermero, y pierde el tiempo al tener que cuidar una vida inútil el que lo había destinado para aumentar su valor; se expone a ver a una madre desconsolada reprocharle un día la muerte de uno de los hijos que él habría conser­vado quizá durante mucho tiempo.

Yo no me encargaría de un niño enfermizo y acha­coso aunque pudiese vivir ochenta años. No quiero en­cargarme de un alumno siempre inútil para sí y para los demás, el cual se ocupa únicamente en conservarse y cuyo cuerpo perjudica a la educación del alma. ¿Qué realizaré en él, prodigando vanamente mis cuidados, si no doblar la pérdida de la sociedad y privarla de dos hombres en vez de uno? Que otro se encargue en mi lugar de este enfermo; yo consiento y apruebo su ca­ridad, pero mi misión no es ésa. Yo no sé el modo de enseñar a vivir a quien sólo piensa en librarse de la muerte.

Eso hace que el cuerpo sea vigoroso para que obe­dezca el alma; un buen sirviente debe ser robusto. Yo sé que la intemperancia excita las pasiones y extenúa el cuerpo; las mortificaciones producen con frecuencia los mismos efectos a los jóvenes por una causa opues­ta. Cuanto más débil es el cuerpo, más se impone; mas si es fuerte, mejor obedece. Todas las pasiones sensua­les moran en los cuerpos afeminados, y se irritan más cuanto menos pueden satisfacerlas.

Un cuerpo débil enflaquece el alma. De aquí el im­perio de la medicina, más pernicioso a los hombres que todos los males que pretende curar. Yo no sé por mí cuál es la enfermedad que nos curan los médicos, pero sé que ellos nos causan algunas que son muy fu­nestas: la cobardía, la pusilanimidad, la credulidad, el terror de la muerte; si nos curan el cuerpo, nos matan el coraje. ¿Qué nos importa que hagan andar a los que son unos cadáveres? Son hombres los que nos hacen falta, y uno no ve que salga ninguno de sus manos.

La medicina está de moda entre nosotros, y tiene que ser así. Es el entretenimiento de las gentes ocio­sas y desocupadas, que, no sabiendo cómo emplear el tiempo, lo emplean en conservarse. Si hubieran tenido la desgracia de nacer inmortales, serían los más mise­rables de los seres: una vida que no tuvieran jamás miedo de perderla, tampoco tendría para ellos valor alguno. Esta gente necesita médicos que los amenacen para halagarles y que les den cada día el único placer que son capaces de apreciar: el de no estar muertos.

Yo no deseo extenderme aquí sobre la vanidad de la medicina. Mi objetivo no es otro que el de consi­derarla bajo su aspecto moral. Yo no puedo por lo tanto privarme de observar que los hombres incurren sobre su uso en los mismos sofismas que los que se re­fieren a la búsqueda de la verdad. Suponen siempre que se trata a un enfermo que le curan, y que cuando se busca una verdad se encuentra. No se dan cuenta de que al contrapesar las ventajas de una curación que el médico ha realizado, quedan los cien enfermos que mata, y la ventaja de una verdad descubierta no com­pensa el daño que producen los errores en que caen al mismo tiempo. La ciencia que instruye y la medicina que cura son muy buenas, sin duda, pero la ciencia que engaña y la medicina que mata son funestísimas.

Aprendamos, pues, a distinguirlas. He aquí la nece­sidad de meditar. Si supiéramos ignorar la verdad, nun­ca nos seduciría la mentira; si no nos quisiéramos curar a despecho de la naturaleza, no moriríamos   jamás a manos del médico; estas dos abstenciones se­rían razonables y ganaríamos evidentemente sometién­donos a ellas. No discuto que la medicina no sea útil a algunos hombres, pero digo que es funesta para el género humano.

Se me dirá, como se hace continuamente, que las faltas son del médico, pero que la medicina en sí misma es infalible. Enhorabuena, y que venga ella sin el mé­dico, pues mientras vengan juntos habrá cien veces más riesgo en los errores del artista que esperanza de socorro en el arte.

Este arte mentiroso, hecho más por los males del espíritu que por los del cuerpo, no es más útil para los unos que para los otros; nos guarece menos nues­tras dolencias y nos imprime el terror hacia ellas; re­trasa menos la muerte y nos la hace sentir anticipa­damente; gasta la vida en lugar de prolongarla, y aun cuando lo hiciera, sería todavía en perjuicio de la es­pecie, puesto que nos desprende de la sociedad por los afanes que nos impone, por nuestras obligaciones v por los sustos que nos produce.

Es el conocimiento de los peligros lo que nos lo hace temer; quien se creyera invulnerable no tendría miedo de nada. A fuerza de armar contra el peligro, Aquiles, el poeta, le quita el mérito al valor; cualquier otro en su lugar hubiera -sido un Aquiles al mismo precio.

¿Queréis encontrar hombres de verdadero coraje? Buscadlos en los lugares donde no hay médicos, donde son ignoradas las consecuencias de las enfermedades y donde se piensa poco en la muerte. Naturalmente, el hombre sabe sufrir constantemente y muere en paz.

Son los médicos con sus recetas, los filósofos con sus preceptos, los sacerdotes con sus exhortaciones, los cuales le envilecen el corazón y le hacen despre­ocupar por la muerte.

Que se me dé un alumno que no tenga necesidad de todas estas gentes, o yo le rehúso. No quiero, pues, que otros echen a perder todos mis desvelos; deseo educarlo solo o no comprometerme a ello. El sabio Locke, quien había pasado una parte de su vida en el estudio de la medicina, recomendaba muchísimo que jamás se recetase a los niños por precaución o por ligeras incomodidades. Yo iría más lejos, y pido que no llamen a los médicos por mí; yo no les llamaría jamás para mi Emilio, a menos que su vida no esté en un peligro evidente, ya que entonces no pueden ha­cerle otro daño que matarle.

Yo sé perfectamente que el médico no dejará de sacar ventaja de esta dilación o tardanza. Si el niño muere, se le habrá llamado demasiado tarde; si se restablece, será él quien le habrá salvado. Pues que el médico triunfe, pero sobre todo que no sea llamado hasta el último extremo.

A falta de saber curarse, el niño debe saber estar enfermo; este arte suple al otro, y con frecuencia re­sulta mucho mejor; es el arte de la naturaleza. Cuando el animal está enfermo, sufre en silencio y se tiende quieto; ahora bien, no es mayor nunca el número de animales lánguidos que el de hombres. ¡Cuántos por la impaciencia, el temor, la inquietud y sobre todo por los medios, han muerto cuando la enfermedad sola no lo hubiera conseguido y que el tiempo habría curado! Se me contestará que los animales viven más confor­mes con la naturaleza y que están sometidos a menor número de males que nosotros. ¡Enhorabuena! Esta manera de vivir es precisamente la que voy a dar a mi alumno; por consiguiente, él debe sacar de ella el mismo provecho.

La única parte útil de la medicina es la higiene; aunque la higiene no es una ciencia, sino una virtud. La templanza y el trabajo son los dos verdaderos mé­dicos del hombre: el trabajo estimula su apetito, y la templanza le impide los abusos.

Para saber cuál es el régimen más útil para la salud y la vida, sólo hace falta saber el que siguen los pue­blos que son más sanos, más robustos y que viven más tiempo.

Si por las observaciones generales no se encuentra que el uso de la medicina da a los hombres una salud más fuerte v una mayor longevidad, podemos deducir que no es útil este arte, sino perjudicial, ya que em­plea el tiempo, los hombres y las cosas sin ningún provecho.

No solamente el tiempo que se pasa en conservar la vida es perdido, sino que lo es más cuando este tiem­po es empleado en atormentarnos, y peor que nulo es negativo; para calcular equitativamente, se debe restar del tiempo total de la vida. Ha vivido más el hombre que vive veinte años sin médico que el que ha vivido treinta años siendo su víctima. Habiendo realizado una y otra prueba, me creo con más derecho que nadie para legar a esta conclusión.

He aquí mis razones por las que deseo que mi dis­cípulo sea de constitución robusta y sana, y los prin­cipios para que se conserve de tal modo. No me entre­tendré en probar con detalle los beneficios que los tra­bajos manuales y los ejercicios reportan a la salud y al temperamento, lo cual nadie discute; las muestras de longevidad las ofrecen casi todos los hombres que han realizado más ejercicio y que mayores fatigas y afanes soportaron[8]. Tampoco me entretendré en una descripción de los cuidados que yo tomaría por este objetivo solamente; se verá que entran tan necesaria­mente dentro de mi sistema que es suficiente penetrar en su espíritu, para no extenderme en otras explica­ciones.

Con la vida comienzan las necesidades. Al recién na­cido le hace falta una nodriza. Si la madre consiente en cumplir su deber, se le darán por escrito sus instruc­ciones, aunque esta ventaja tiene su desventaja al estar el ayo un poco alejado de su alumno. Es de creer, sin embargo, que el interés de la criatura y la estimación de aquel a quien quieren confiar tan apreciado depósito, harán que la madre sea dócil a los consejos del maes­tro, y seguramente que lo que quiera realizar lo hará mejor que otra. Si tenemos necesidad de una nodriza, empecemos por escogerla bien.

Una de las muchas adversidades de las personas ri­cas es la de dejarse engañar en todo. Si juzgan mal a los hombres, ¿por qué nos admiramos? La riqueza es la que las corrompe, y en justo castigo son las prime­ras que reconocen el defecto del único instrumento que saben manejar. Todo está mal hecho en sus casas, dejando aparte lo que ellos hacen, y casi nunca hacen nada. Si se trata de buscar una nodriza, lo encargan a un comadrón. ¿Y qué resulta? Que la mejor es siem­pre la que mejor le ha pagado. No iré, pues, a consultar a un comadrón para Emilio; tendré buen cuidado en escogérmela yo mismo. Yo no razonaré con ventaja ni con tanta erudición como un cirujano, pero iré con mejor buena fe y mi celo me engañará menos que su avaricia.

Esta elección no es en sí un gran misterio; las reglas son conocidas, pero yo no sé si se debería poner un poco más de atención en el tiempo de la leche como se hace con su calidad. La leche nueva es serosa y debe ser casi aperitiva con el fin de purgar las reliquias de meconio que queda en los intestinos del recién nacido. Poco a poco la leche toma consistencia y se traduce en un alimento más sólido para digerirla el niño. Este es seguramente el motivo por el cual la naturaleza hace variar en las hembras de toda especie la consistencia de la leche según la edad que tenga el niño.

Se precisaría, pues, una nodriza recién parida para un niño recién nacido. Ya sé que esto ofrece inconve­nientes, pero así que se sale del orden natural todo son embarazos para obrar bien. La única salida cómoda es obrar mal, y por eso se la escoge.

Haría falta una nodriza tan sana de corazón como de cuerpo; la destemplanza de las pasiones puede alterar su leche tanto como la de los humores; además, ate­niéndose únicamente al aspecto físico, esto es no ver más que la mitad del objeto. La leche puede ser buena y la nodriza mala; un buen carácter es tan esencial como un buen temperamento. Si uno escoge una mujer viciosa, no digo que su hijo de leche contraerá sus vicios, pero sí afirmo que sufrirá sus efectos. ¿No le debe, además de la leche, solicitudes que exigen celo, paciencia, dulzura y limpieza? Si ella es glotona y des­templada, hará pronto que su leche sea corrompida; si es negligente y colérica, ¿cómo dejaremos a merced de ella a un pobre desventurado que no puede defen­derse ni quejarse? Jamás pueden ser buenos para rea­lizar cosas buenas las personas malas.

La elección de la nodriza con acierto importa tanto que no debe tener su hijo de leche más ama que ella, como no conviene tener otro profesor que no sea su ayo. Este modo de hacer es el de los antiguos, menos argumentadores y más sabios que nosotros. Después de dado el pecho a los niños de su sexo, nunca los desamparaban. He ah por qué en sus piezas teatrales la mayor parte de las confidentes son nodrizas.

Es imposible que un niño que pase por tantas ma­nos distintas salga bien educado. En cada cambio com­para secretamente a cada uno, terminando siempre en una disminución de afecto a los que le dirigen y por desechar su autoridad. Si llega a convencerse de que hay personas adultas que no tienen más razón que las pequeñas, se ha perdido todo, y desaparece toda espe­ranza de una buena educación. Un niño no debe conocer otros superiores que su padre y su madre, y a falta de éstos, su nodriza y su ayo, y todavía sobra uno, pero es inevitable esta partición; lo único que para reme­diarlo puede hacerse es que las personas de ambos sexos procedan con tan buen acuerdo que en lo que se refiera a él no sean más que uno.

Es indispensable que la nodriza viva con comodidad suficiente, que tome alimentos lo más nutritivos posible, pero que no varíe enteramente de método de vida, ya que una rápida y total mudanza, aunque redunde en una mejora, siempre es peligrosa para la salud, y puesto que su régimen acostumbrado la ha mantenido sana y robusta, no hay motivo para hacérselo variar.

Las campesinas comen menos carne y más legum­bres que las mujeres de las ciudades; este régimen ve­getal parece más adecuado para ellas y las criaturas. Si tienen hijos de leche procedentes de la ciudad, hacen que coman cocido, convencidas de que el potaje y el caldo de carne forman mejor quilo y producen más leche. Yo no soy en modo alguno de este parecer y me abona la experiencia, demostrándome que los niños así nutridos están más propensos al padecimiento de cóli­cos y a los gusanos que los otros.

Esto no es muy extraño, puesto que la sustancia ani­mal en putrefacción forma lombrices; lo que no sucede así con la vegetal. La leche, aunque elaborada en el cuerpo del animal, es una sustancia vegetal[9]; su aná­lisis lo demuestra, se vuelve fácilmente ácida, y lejos de dar algún vestigio alcalino volátil, como hacen las sustancias animales, da, como las plantas, una sal neu­tra esencial.

La leche de las hembras herbívoras es más dulce y más saludable que la de las carnívoras; formándose con una sustancia homogénea a la suya, conserva mejor su naturaleza y está menos sujeta a la putrefacción. Si se mira lo referente a la cantidad, todos saben que las sustancias farináceas hacen más sangre que la carne, y deben dar también más leche. No comparto la opi­nión de que un niño que no fuese destetado antes de tiempo, o que lo fuese con alimentos vegetales, pade­ciese nunca de gusanos.

Tal vez las leches vegetales estén más propensas a volverse agrias, mas yo estoy muy lejos de considerar la leche agria como alimento malsano; pueblos enteros que no usan otra viven muy sanos, y todo este aparato de absorbentes me parece pura charlatanería. Hay tem­peramentos a los cuales no conviene la leche, y enton­ces no se les puede hacer digerir ningún absorbente; los otros la digieren sin ninguno. Se recela de la leche cuajada, lo cual no debe inquietar, ya que es bien sabido que la leche se cuaja dentro del estómago.

Es así como se convierte en alimento de suficiente solidez para nutrir a los niños y a los pequeños anima­les; si no se cuaja de ninguna manera, no haré más que pasar y no los alimentará[10]. Es inútil cortar la leche, recurrir a absorbentes, ya que todo aquel que bebe leche digiere queso, y esto no tiene excepción al­guna. El estómago está hecho a propósito para cuajar la leche.

Pienso que en lugar de mudar el alimento común de las nodrizas, es suficiente con que se les dé con mayor abundancia y más escogido. No es por la natu­raleza de los alimentos la causa de que el magro se caliente, sino la forma de sazonarlos lo que los hace perniciosos. Reformad las normas de vuestra cocina, no hagáis fritos, ni manjares compuestos con manteca enrojecida al fuego; no arriméis a la lumbre la sal, los lacticinios ni la manteca; no sazonéis vuestras legum­bres cocidas hasta que se pongan hirviendo encima de la mesa, y la comida de vigilia, lejos de encender la sangre de la nodriza, le dará leche en abundancia y de la mejor calidad[11]. ¿Sería posible que siendo recono­cido el régimen vegetal como el mejor para la criatura, fuese para la nodriza mejor el animal? Esto es una contradicción.

Esto es sobre todo en los primeros años de la vida, cuando el aire ejerce una acción particular en la cons­titución de los niños; penetrando por todos los poros de su blanda y delicada piel, influye poderosamente en sus nacientes cuerpos, y les deja impresiones que jamás se borran. Yo no admitiría que se sacase a una nodriza de su lugar para encerrarla en una habitación de la ciudad y hacer que críe al niño en casa de sus padres; mejor que vaya a respirar el aire puro del campo que el corrompido de la ciudad. El tomará el estado de su nueva madre, habitará su rústica casa y el ayo le se­guirá. Que recuerde el lector que el preceptor no es ningún hombre pagado, sino el amigo del padre. Pero cuando ese amigo no se encuentra y ese traslado no resulta fácil, cuando nada de esto que se nos aconseja es factible, ¿qué debe hacerse en su lugar? Ya lo he dicho; para eso no son precisos los consejos.

Los hombres no son para que vivan amontonados en hormigueros, sino esparcidos sobre la tierra que de­ben cultivar. Mas ellos se reúnen y ellos se corrompen. Las enfermedades del cuerpo así como los vicios del alma, son el efecto infalible de esta concurrencia. El hombre es, de todos los animales, el que menos puede ,vivir en manada, y los hombres hacinados como car­neros se morirían en poquísimo tiempo. El aliento del hombre es mortal para sus semejantes. Esta expresión no es menos verdadera en sentido propio que en sentido figurado. Las ciudades son el sumidero de la especie humana. Al cabo de algunas generaciones perecen o de­generan; deben ser renovadas, y es siempre el campo lo que logra esta renovación. Enviad, pues, vuestros ni­ños a que se renueven, por decirlo así, y a que recuperen en el campo el vigor que se pierde respirando el aire contagioso de los lugares demasiado poblados. Las mu­jeres embarazadas que están en el campo se apresuran a volver a la ciudad cuando se les acerca la hora del parto, v deberían hacer todo lo contrario, especialmen­te aquéllas que quieren criar a su hijo; les costaría me­nos de lo que imaginan, y en una permanencia más natural a la especie, los placeres ligados a los deberes naturales les apartarían pronto de aquellos con quienes no se tiene relación alguna.

Desde luego, después del parto se lava el niño con agua tibia a la que se le añade ordinariamente vino.

Esta adición de vino no me parece necesaria. Como la naturaleza no produce ninguna cosa fermentada, es de creer que el uso de un líquido artificial no importa en nada a la vida de sus criaturas.

Por la misma razón, esta precaución de entibiar el agua no es indispensable; existen muchísimos países en los cuales, sin otros preparativos, lavan en los ríos o en el mar a los recién nacidos, pero afeminados los nuestros antes de nacer por la molicie de los padres, vienen al mundo con un temperamento ya fatigado, que de buen principio no conviene exponer a las pruebas que deben restablecerle. Solamente de una forma gra­dual pueden ser restituidos a su primitivo vigor. Co­mentemos conformándonos con el modo acostumbrado y paulatinamente iremos apartándonos de él. Lavad con frecuencia a los niños; su suciedad demuestra esta pre­cisión. Cuando no hacen otra cosa que enjugarlos, les castigan la piel, pero a medida que vayan tomando fuerza, se puede disminuir gradualmente el calor  del agua hasta que por último sean lavados sólo con agua fría, aunque sea helada. Con el fin de que no corran ningún peligro, conviene que la disminución de la tem­peratura sea lenta, y para esto sería bueno servirnos del termómetro.

Acostumbrado el niño al baño, ya no debe interrum­pirse, y es importante que siga bañándose durante toda la vida. No sólo debe considerarse como necesario para conservar la limpieza y la salud actual, sino como una precaución para dar más flexibilidad al tejido de las fibras y que éstas cedan sin riesgo o ni esfuerzo a los diversos grados de calor o frío, tal fin quisiera yo que cuando ya crecidito, el niño se acostumbrase poco a poco a bañarse en aguas calientes o frías, pero tole­rables. Así, después de estar habituado a soportar las diversas temperaturas del agua, siendo un fluido más denso, nos toca por más puntos y nos impresiona más, y el hombre sería casi insensible a las variaciones del aire[12].

Desde el momento en que el niño respira al salir de sus envoltorios, no admitáis que se le pongan otros que le vayan más estrechos o le opriman más. Nada de capillos, fajas ni pañales; las mantillas que sean fluc­tuantes y anchas, que dejen todos sus movimientos en libertad, y que no sean pesadas y le obstaculicen sus movimientos, ni tan calientes que le priven de las variaciones del aire[13]. Le gusta estar en una cuna grande, rellena de lana donde pueda realizar sus movi­mientos a su gusto y sin peligro. Cuando comience a fortalecerse, dejadle arrastrarse por la habitación; des­arrollando y extendiendo sus tiernos miembros, nos da­remos cuenta de cómo se van fortificando de día en día, y al establecer una comparación con otro niño del mismo tiempo y bien fajado, se quedará asombrado al observar la diferencia que existen en los adelantos de cada uno[14].

Hay que esperar la gran oposición por parte de las nodrizas, puesto que el niño bien agarrotado da menos trabajo que el que la obliga a velar continuamente. También en un traje abierto es preciso limpiarle con más frecuencia, ya que la suciedad es más visible con éste. Por último, la costumbre es un argumento que no se refutará jamás en ciertos pueblos a satisfacción de la plebe de todos los Estados.

No discutáis con las nodrizas; mandadlas, mirad cómo realizan lo mandado y no se omita nada para fa­cilitar en la práctica las operaciones que se les hayan prescrito. ¿Y por qué no tomar parte en estas obras?

En las nodrizas corrientes, donde no se mira más que la parte física con tal de que el niño viva y no enferme, poco importa lo demás, pero aquí, donde empieza con la vida la educación, desde que nace, el niño ya es discípulo no del ayo, sino de la naturaleza. El ayo no realiza otra cosa que estudiar con este primer maestro, y evitar que sean estériles sus afanes. Vigila a la cria­tura, la observa, la sigue, acecha con diligencia el pri­mer albor de su débil entendimiento, como al acercarse el primer cuarto de luna acechan los musulmanes el momento en que nace.

Nosotros nacemos capacitados para aprender, pero no sabiendo ni conociendo nada. El alma, encadenada en los órganos imperfectos y medio formados, ni si­quiera tiene la conciencia de su propia existencia. Los movimientos, los gritos del niño recién nacido, vienen de los efectos mecánicos, los cuales están desprovistos de conocimiento y de voluntad. Supongamos que un niño al nacer tuviera la estatura de un hombre hecho, que sale, por decirlo así, completamente provisto de armas del seno de su madre, como Palas salió del ce­rebro de Júpiter; este hombre-niño sería un perfecto imbécil, un autómata, una estatua inmóvil y casi insen­sible; no vería nada, no entendería nada, no conocería a nadie, ni sabría volver los ojos hacia lo que necesi­tase ver; no solamente no se apercibiría de ningún objeto fuera de él, sino que tampoco reportaría nin­guno al órgano del sentido que se lo hiciera distinguir; ni estarían los colores en sus ojos, ni los sonidos en sus oídos; no se hallarían sobre su cuerpo los cuerpos que tocase, ni tendría noción de que poseyera alguno; quedaría en su cerebro el contacto de sus manos, y en un solo punto quedarían reunidas todas sus sensacio­nes, las cuales únicamente tendrían existencia en el sen­sorio común; no tendría otra idea que la del Yo, a la que referiría todas sus sensaciones, y esta idea o modo de sentir sería lo único en que se diferenciaría de cualquier otro niño.

Este hombre formado de un golpe no sabría más que tenerse de pie; le haría falta mucho tiempo para aprender a sostenerse. Quizá no intentaría hacer él mis­mo el ensayo, y veríamos este cuerpo grande, fuerte y robusto fijo en un lugar como una peña, o arrastrarse, al igual que los cachorros de perro, por el suelo.

Sentiría el malestar de las necesidades sin conocer­las ni imaginar ningún medio para satisfacerlas. Aun­que estuviese rodeado de alimentos, no existe ninguna comunicación inmediata entre los músculos del estóma­go y los de los brazos y las piernas que le hiciera dar un paso para arrimarse a ellos o alargar la mano para cogerlos, y como su cuerpo habría tomado su incremen­to, y estarían completamente desarrollados todos sus miembros, carecería de la inquietud y de los continuos movimientos de los niños, y pudiera muy bien morir de hambre antes de moverse para buscar la comida. Por poco que se haya reflexionado sobre el orden y el progreso de nuestros conocimientos, no se podrá negar que con escasa diferencia sea éste el primitivo estado de ignorancia y estupidez natural del ser humano, antes de que aprenda algo por medio de la experiencia o de sus semejantes.

Se conoce, pues, o puede conocerse, el punto primero de donde sale cada uno de nosotros para llegar al común grado de inteligencia; ¿pero quién es el que conoce el otro extremo? Cada uno avanza más o menos según su genio, su gusto, sus necesidades, su talento, su celo, y las ocasiones que de abandonarse se presentan. Yo no sé que haya habido aún ningún filósofo tan atre­vido que dijese: «He ahí el término donde el hombre puede llegar y del cual nunca podrá pasar». Ignoramos lo que nuestra naturaleza nos permite ser; ninguno de nosotros ha medido la distancia que entre un hombre y otro puede mediar. Esta es el alma bajo la cual esta idea no se enardece jamás y que no se ha pronunciado nunca dentro de su orgullo: ¡A cuántos voy dejando atrás! ¡A cuántos puedo pasar aún! ¿Por qué un igual mío iría más lejos que yo?

Lo repito; la educación del hombre empieza al nacer; antes de hablar, de comprender, él ya se instruye. La experiencia precede a las lecciones; cuando conoce a su nodriza, tiene ya mucho adquirido. Uno se sorprendería del hombre, el más rústico, si siguiéramos sus progresos desde el momento en que nació hasta aquel en que se halla. Si se dividiese toda la ciencia humana en dos partes, la una común a todos los hombres y la otra propia de los sabios, la última sería muy pequeña com­parada con la primera.

Mas no nos detengamos mucho en las adquisiciones generales, ya que se hacen sin pensarlo, antes de que se tenga uso de razón, y porque, por otra parte, por las diferencias se nota el saber, y, como en las ecuaciones algebraicas, no se cuentan las cantidades comunes.

Los animales mismos adquieren también mucho. Tie­nen sentidos, y esto hace que aprendan a hacer uso de ellos; tienen necesidades y es preciso que aprendan a satisfacerlas; necesitan aprender a comer, a andar, a volar. Los cuadrúpedos que se aguantan de pie desde que nacen, no por eso saben andar; en sus primeros pasos se ve que hacen pruebas con inseguridad. Los jilgueros escapados de la jaula no saben volar debido a que nunca han volado. Todo es instrucción para los seres animados y sensibles, y si las plantas tuvieran mo­vimiento progresivo, sería necesario que tuvieran senti­dos y adquirieran conocimientos, sin lo cual en breve perecerían las especies.

Las primeras sensaciones de los niños son puramen­te afectivas, y solamente se distinguen en ellas placer o dolor, y no pudiendo andar ni asir, requieren mucho tiempo para formarse poco a poco las sensaciones re­presentativas que le muestran los objetos exteriores, pero aguardando que estos objetos se extiendan, se ale­jen, por así decirlo, de sus ojos, y toman ellos las dimen­siones y las figuras, el retorno de las sensaciones co­mienza a someterles al imperio del hábito; se ven sus ojos sin cesar volverse hacia la luz, y si la luz viene de lado, toman insensiblemente esta dirección, por lo que se debe tener cuidado de colocarles de cara a la luz, para que no se vuelvan bizcos ni se acostumbren a mi­rar de reojo. Acostumbrarlos a la oscuridad debe ha­cerse también cuanto antes, pues de lo contrario lloran y gritan así que dejan de ver la luz. El alimento y el sueño, muy exactamente medidos, les son necesarios al cabo de los mismos intervalos de tiempo, y pronto el deseo no les proviene de la necesidad, sino de la cos­tumbre, y el hábito añade otra necesidad a la natural, que es necesario evitar.

El sólo hábito que se debe dejar adquirir al niño es el de que no contraiga ninguno; que no lleve más en un brazo que en el otro; no acostumbrarle a presen­tar una mano más que la otra, a servirse más de ella para comer, a dormir o hacer tal o cual cosa a la mis­ma hora, a no poder estar solo ni de día ni de noche.

Preparad desde lejos el reino de su libertad y el uso de sus fuerzas, y dejando a su cuerpo el hábito natural, poniéndole en condiciones de ser siempre dueño de si mismo, y de hacer todas las cosas según su propia voluntad así que la tenga.

Desde que el niño comience a distinguir los objetos, es importante escoger bien los objetos que se le muestren. Naturalmente que todos los objetos nuevos inte­resan al hombre. Se siente tan débil que tiene miedo de todo lo que desconoce; el hábito de ver los objetos nuevos sin ser afectado por ellos, le destruye este mie­do. Los niños educados en casas limpias, donde no se consienten telarañas, tienen miedo a las arañas, y con frecuencia lo conservan cuando ya son mayores. Jamás he observado que ningún aldeano, sea hombre, mujer o niño, tenga miedo a las arañas.

¿Por que, pues, la educación de un niño no comienza antes de que hable y de que entienda, ya que la sola elección de los objetos que se le presentan es capaz de convertirle en un tímido o valiente? Quiero que se habitúe a ver objetos nuevos, animales feos, repugnan­tes y extraños, pero paulatinamente y a alguna distan­cia, hasta que se acostumbre a ellos, y al ver que otros los tocan; también él los toca. Si en su infancia ha visto sin asustarse sapos, culebras y cangrejos, verá sin espantarse, cuando sea mayor, cualquier otro ani­mal, ya que no hay seres que causen horror al que los ve todos los días.

Los niños tienen miedo de las máscaras. Yo comien­zo por mostrar a Emilio una máscara de una figura agradable; luego se la pongo delante de la cara- me echo a reír, todo el mundo se ríe, y el niño se ríe lo mismo que los demás. Despacio le acostumbro con ca­retas más feas, y por último con figuras horribles. Si he seguido bien la graduación, lejos de que le asuste la última, se reirá como con la primera; por consiguien­te no temo que le intimiden las máscaras.

Cuando en la despedida de Andrómaca y Héctor el pequeño Astinacte, asustado del penacho que flota so­bre el yelmo de su padre, no le conoce y se arroja al cuello de su nodriza dando gritos, y arranca a su ma­dre una sonrisa mezclada de lágrimas, ¿qué debe ha­cerse para quitarle el miedo? Precisamente lo que ha hecho Héctor, poner el yelmo en el suelo y acariciar al niño. En un momento más tranquilo no hubiera que­dado satisfecho con esto; le habría acercado el yelmo, jugando con las plumas para hacérselas tocar al niño; por último la nodriza habría cogido el yelmo y riéndo­se se lo hubiera colocado en la cabeza, si entonces la mano de una mujer hubiera osado tocar las armas de Héctor.

¿Se trata de acostumbrar a Emilio al ruido de un arma de fuego? Empiezo por quemar pólvora en la ca­zoleta de una pistola, y la llamarada instantánea y bri­llante divierte al niño con esta especie de relámpago; repito la misma operación con más cantidad de pólvora; cargo la pistola con poca pólvora, poco a poco y sin taco; luego aumento la carga, y por fin se acostumbra al ruido de los disparos, de los cohetes, y a las más fuertes detonaciones.

He recalcado que los niños raramente tienen miedo a los truenos, a no ser que sean realmente capaces de espanto e incomoden al órgano del oído; en otro caso no temen hasta que saben que el rayo algunas veces hiere o mata. Cuando sea la razón la causa de que se asusten, procurad que el hábito les aumente el ánimo. Mediante una lenta y bien graduada superación, el hom­bre y el niño acaban riendo intrépidos en todo.

En los inicios de la vida, cuando la imaginación y la memoria aún son inactivas, el niño sólo está atento a cuanto afecta a sus sentidos; las sensaciones, siendo los primeros materiales de sus conocimientos, se le de­ben ofrecer de un modo conveniente, o sea preparar su memoria para que un día las ofrezca en el mismo orden a su entendimiento, pero como sólo atiende a sus sen­saciones, es suficiente mostrarle primeramente con dis­tinción la conexión de estas mismas sensaciones con los objetos que las causan. El quiere tocarlo todo y ma­nejarlo; no nos opongamos a esta inquietud, ya que ello le sugiere un aprendizaje muy necesario. Es de este modo como aprende a sentir el calor, el frío, la dureza, la blandura, el peso y la ligereza de los cuerpos; a juz­gar de su tamaño, de su figura, y todas sus cualidades sensibles, mirando, palpando[15], escuchando, y sobre todo comparando la vista con el tacto, y apreciando con los ojos la sensación que causan sobre sus dedos.

Por el movimiento es como sabemos únicamente que hay cosas que no son extrañas, y sólo por nuestro pro­pio movimiento adquirimos la idea de la extensión. De­bido a que el niño no posee esta idea, tiende la mano, de un modo indistinto, para coger el objeto que tiene cerca como el que está a cien pasos. Este esfuerzo que hace os parece una señal de imperio, una orden que él da de que se aproxime el objeto, o a vosotros la de que se lo acerquéis, y, después de todo, esto es solamente que los mismos objetos que él veía al principio en su cerebro, y luego pegados a sus ojos, los ve ahora en el extremo de su brazo, y no se figura otra extensión que hasta donde puede alcanzar. Tiene, pues, necesidad del paseo frecuente, de que se le transporte de un lugar a otro, de hacerle sentir el cambio de lugar a fin de hacerle aprender a medir las distancias. Cuando empie­ce a conocerlas, entonces es necesario cambiar de mé­todo, y llevarle como queráis y no como quiere él, ya que tan pronto como ya no le engañan los sentidos, su esfuerzo procede de otra causa distinta. Este cambio es remarcable y necesita una explicación.

El malestar de las necesidades se manifiesta con sig­nos cuando la ayuda de otro es esencial para satisfacer­las. De ahí provienen los gritos de los niños; lloran mucho, y debe ser así.

Puesto que todas sus sensaciones son afectivas, cuan­do son agradables, las disfrutan en silencio; cuando son penosas, lo dicen en su lengua y piden alivio. Mientras están despiertos no pueden casi permanecer en un es­tado de indiferencia; duermen o están afectados por el sentimiento de dolor o de placer.

Todas nuestras lenguas son obra del arte. Se ha bus­cado durante mucho tiempo si existía una lengua natu­ral y común a todos los hombres; sin duda existe una, y es aquélla que los niños hablan antes de saber hablar  Esta lengua no es articulada, pero sí acentuada, sonora e inteligible. El uso de las nuestras nos la ha hecho abandonar hasta el punto de que nos hemos olvidado enteramente de ella. Estudiemos a los niños y pronto la volveremos a aprender.

Las nodrizas son profesoras en esta lengua; ellas en­tienden lo que dicen sus hijos de leche, les responden y dialogan con ellos, tienen conversaciones muy bien seguidas por ambos, y aunque pronuncian palabras, son voces absolutamente inútiles, debido a que no es el significado de la palabra lo que ellos entienden, sino el acento que la acompaña.

Al lenguaje de la voz se une el de los gestos, el cual no es menos enérgico. Este gesto no está en las débiles manos de los niños, sino en su semblante. Asombra la expresión que ya tienen estas mal formadas fisonomías; de un instante a otro mudan su semblante con una ra­pidez increíble; vemos en ellos la sonrisa, el deseo, el susto, que nacen y desaparecen como relámpagos; a cada instante parece una cara distinta.

Tienen los músculos del rostro más movibles que los nuestros; en cambio, sus opacos ojos casi no expre­san nada. Este debe ser el género de los signos corporales: en las muecas consiste la expresión de las sensa­ciones; la de los afectos reside en las miradas.

Como el primer estado del hombre es la miseria y la debilidad, sus primeras voces son el quejido y el llanto. El niño siente sus necesidades y no las puede satisfacer, y entonces implora el socorro ajeno por me­dio de gritos: si tiene hambre o sed, llora; si quiere dormir y no se le mueve, llora; si tiene mucho frío o mucho calor, llora; si desea moverse y se le tiene en reposo, llora.

Cuanto más su posición le incomoda, más frecuente­mente pide que se le mude. No posee más que un len­guaje, porque sólo conoce una clase de incomodidad; en la imperfección de sus órganos, no distingue la diversi­dad de impresiones, y todos los males no son para él otra cosa que una sensación de dolor.

De estos llantos que pudieran creerse tan poco dig­nos de atención, nace la primera relación del hombre con todo cuanto le rodea; aquí se forja el primer anillo de esta larga cadena de que el orden social está for­mado.

Cuando el niño llora, tiene algún deseo que no puede satisfacer: se examina esta necesidad, se la encuentra, y entonces se le sacia. Cuando no es hallada o no se le puede remediar, los llantos continúan y nos impor­tunan; halagamos al niño para que calle, le mecemos, le arrullamos para que se duerma; si no calla, nos eno­jamos, le amenazamos, y algunas nodrizas de mal genio a veces suelen pegarle. He ahí lecciones extrañas para su entrada en la vida.

No me olvidaré jamás de haber visto uno de estos incómodos llorones pegado por su nodriza; se calló al momento, y creí que se había asustado. Me dije para mí: será un alma servil que no obtendrá nada que no sea más que por el rigor. Me equivocaba; al desventu­rado le sofocaba la cólera, había perdido la respira­ción; le vi volverse amoratado. Un momento después vinieron los gritos agudos; todos los signos del resen­timiento, la desesperación, el furor de esta edad estallaban en su acento. Yo creí que expiraría en esta agitación. Si hubiera dudado que el sentimiento de justi­cia y de injusticia fuera innato en el corazón del hom­bre, este ejemplo me habría convencido. Estoy seguro de que un ascua que hubiera caído casualmente sobre la mano del niño, la hubiera sentido menos que el pe­queño golpe, pero dado con ánimo manifiesto de ha­cerle daño.

Esta disposición de los niños a enfadarse, al despe­cho, a la cólera, exige una gran atención. Boerhaave piensa que sus enfermedades son la mayor parte de la clase de las convulsivas, porque en el niño, siendo pro­porcionalmente más grande y más extenso que en los adultos su sistema nervioso, éste es más propenso a la irritación. Apartad de ellos con el mayor cuidado los domésticos que les provocan, les irritan y les impacien­tan; les son cien veces más peligrosos y funestos que las molestias del aire y de las estaciones. Mientras que los niños no hallen resistencia más que en las cosas y ja­más en las voluntades, ellos no serán iracundos ni colé­ricos y conservarán mejor la salud. Esta es una de las razones por la cual los niños de pueblo, más libres e independientes, están generalmente menos enfermos, son menos delicados, más robustos que los que pre­tenden educar mejor sujetándoles sin cesar; pero siem­pre hemos de pensar que existe mucha diferencia entre obedecerlos y el de quitarles sus gustos.

Los primeros llantos de los niños son ruegos; si no se les hace caso, se convierten pronto en órdenes; co­mienzan por hacerse asistir y terminan haciendo que los sirvan. Así, de su propia debilidad, de donde viene el sentimiento de su dependencia, nace en su origen la idea de imperio y dominio; mas esta idea, estando menos excitada por sus deseos que por nuestros servi­cios, comienza por hacer notar los efectos morales don­de la causa inmediata no está en la naturaleza, y se ve ya el porqué desde esta primera edad, e importa aclarar la intención secreta que dicta el gesto o el grito.

Cuando el niño tiende la mano con esfuerzo sin decir nada, cree que alcanzará el objeto debido a que él aún no distingue las distancias; está en un error, pero cuan­do se queja y grita al alargar la mano, entonces no se engaña más sobre la distancia, y manda al objeto que se acerque a él, o a nosotros que se lo llevemos. En el primer caso, llevadle hacia al objeto lentamente y me­diante pequeños pasos; en el segundo, no se le deben dar siquiera muestras de haberle entendido. Cuanto más grite, menos debe escuchársele. Importa acostumbrarle a su debido tiempo a no mandar a los hombres, ya que él no es su amo, ni a las cosas, pues tampoco le oyen.

Así, cuando un niño desea alguna cosa que ve y que uno quiere dársela, es mejor llevar el niño al objeto que traer el objeto al niño; saca de esta práctica una conclusión propia de su edad, y no hay otro medio de sugerírsela. El abate de Saint-Pierre llamaba niños gran­des a los hombres, y recíprocamente podríamos llamar a los niños hombres chicos.

Estas proposiciones tienen su verdad como senten­cias; como principios, ellas tienen necesidad de esclare­cimiento. Pero cuando Hobbes llamaba al niño malo un niño robusto, expresaba una cosa absolutamente contra­dictoria. Toda perversidad procede de debilidad; el niño, si es malo, es porque es débil; por lo tanto, si se le da fuerza será bueno; el que lo pudiese todo nunca haría nada mal. Entre todos los atributos de la Divinidad Om­nipotente, aquél sin el cual no podemos concebirla es el de la bondad. Todos los pueblos que han admitido dos principios, siempre han considerado el malo infe­rior al bueno; de otra forma habrían hecho una supo­sición absurda. Ved más adelante la Profesión de fe del Vicario saboyano.

La razón por sí sola nos enseña a conocer el bien y el mal. La conciencia que nos hace amar a uno y abo­rrecer a otro, aunque independiente de la razón, no se puede desenvolver sin ella. Antes de la edad en que se posee el uso de razón, obramos bien o mal ignorando si lo que hacemos es una cosa buena o mala; por con­siguiente, no hay moralidad en nuestras acciones, aun­que algunas veces la haya en la impresión que en nos­otros hacen las acciones de otros relativas a nosotros. Un niño quiere descomponer todo lo que ve; rompe lo que puede coger; lo mismo agarra a un pájaro que una piedra, sin saber lo que hace.

¿Por qué esto? Al instante la filosofía nos dicta la razón; son los vicios naturales: el orgullo, el espíritu de dominación, el amor propio la perversidad del hom­bre; el sentimiento de su debilidad podrá incitar al niño a la ejecución de actos de fuerza, y de probar en sí mismo su propio poder. Mas contemplad ese vie­jo deforme y achacoso, conducido por el curso de la vida humana a la debilidad de su infancia: no sola­mente queda inmóvil y pasible, sino que también quiere que nada cambie a su alrededor; la menor mudanza le turba y desasosiega y son sus deseos los de una calma universal.

¿Cómo una misma impotencia unida a las mismas pasiones produce efectos tan diferentes en las dos eda­des, si la causa primitiva no ha cambiado? ¿Y dónde podemos buscar esta diversidad de causas, si no está en la edad física de los dos individuos? El principio activo común a ambos se desenvuelve en el uno y se extingue en el otro; el uno se forma y el otro se destruye; el uno tiende a la vida y el otro a la muerte.

La actividad falleciente se concentra en el corazón del anciano; en el del niño es superabundante y se ex­tiende al exterior; se siente, por así decirlo, sobrado de vida para animar todo cuanto tiene a su alrededor. Que haga o deshaga, no tiene importancia; es suficiente que cambie el estado de las cosas, ya que todo cambio es una acción. Si parece que tiene más inclinación a destruir, no es por malicia, sino debido a que la acción es siempre lenta, y que aquello que destruye, siendo más rápido, se aviene mejor a su vivacidad.

Al mismo tiempo que el Autor de la naturaleza da a los niños este principio activo, cuida de que sea poco perjudicial, dejándoles poca fuerza para que se aban­donen. Pero en cuanto pueden mirar a las personas que tienen cerca como instrumentos a quienes poner en acción, se sirven de ellas para seguir sus inclinaciones y suplir su propia flaqueza. De este modo se vuelven in­cómodos, tiranos e imperiosos, perversos e indómitos; progresos que no proceden de un natural espíritu de dominación, sino que se les infunden, pues poca expe­riencia hace falta para conocer cuán agradable es obrar por impulso de otro.

Con la edad se adquieren fuerzas, y se hace uno me­nos inquieto, menos impulsivo, y se ponen, por decirlo así, en equilibrio el cuerpo y el alma, y la naturaleza sólo nos pide el movimiento necesario para nuestra con­servación. Pero no se extingue el deseo de mandar con la necesidad que le dio origen; el amor propio le exci­ta, y le halaga el imperio que el hábito fortalece; de este modo, el capricho sucede a la necesidad, y empiezan a echar raíces los prejuicios de la opinión.

Una vez conocido el principio, vemos con claridad el punto en que se abandona la senda de la naturaleza; sepamos lo que se debe hacer para no salir de ella.

Lejos de tener los niños fuerzas sobrantes, ni si­quiera tienen las necesarias para todo lo que les pide la naturaleza; por consiguiente, hay que dejarles el uso de todas cuantas les dé y de las que no pueden abusar. Primera máxima.

Es indispensable prestarles nuestra ayuda y suplir lo que les falta, sea inteligencia, sea fuerza, en todo lo que se refiera a necesidad física. Segunda máxima.

En la ayuda que se les preste, es necesario limitarse únicamente a la utilidad real, sin conceder nada al ca­pricho o al deseo infundado, pues los antojos no los atormentarán cuando no se les hayan dejado adquirir, siempre que no sean de carácter natural. Tercera má­xima.

Debemos estudiar con atención su lengua y sus sig­nos, pues como en esta edad no saben disimular, dis­tinguiremos en sus deseos lo que se debe a la naturale­za v lo que se debe a la opinión. Cuarta máxima.

Él espíritu de estas reglas es conceder a los niños más verdadera libertad y menos imperio, permitirles que actúen más por su cuenta y exilan menos de los demás. Acostumbrados desde muy pequeños a regular sus deseos con sus fuerzas, poco sentirán la privación de lo que no está en su mano conseguir.

Otra nueva e importantísima razón es dejar los cuer­pos y los miembros de los niños enteramente libres, con la única precaución de preservarlos del riesgo de que se caigan y apartar de su alcance todo lo que pueda herirles.

No hay duda alguna de que una criatura con los bra­zos y el cuerpo sueltos llorará menos que otra que esté envuelta con pañales. Al no sentir otras necesidades que las de orden físico, sólo llorará cuando sufra, y esto es útil, ya que se sabe de un modo exacto y fijo cuándo tiene necesidad de que se le ayude, y no debe dilatarse un instante el hacerlo, si es posible.

Pero si no podéis aliviarle, estaos quietos, sin mi­marle para que calle, puesto que vuestros cariños tam­poco le pueden remediar el dolor que sufre, pero él se acordará de lo que debe hacer para que le acaricien, y si logra una sola vez someteros a su voluntad, ya es vuestro dueño y todo se ha perdido.

Menos contrariados en sus movimientos, también llo­rarán menos los niños; menos importunados con sus llantos nos afanaremos menos en hacer que callen; con menos frecuencia amenazados o mimados, no serán tan medrosos ni tan tercos y permanecerán más a gusto en su estado natural. No tanto se irritan los niños porque se les deje llorar cuanto por el ansia de hacerlos callar; la prueba es que los niños más abandonados es­tán menos expuestos a desesperarse que los otros. Muy lejos estoy de pretender que se descuiden; al contra­rio, es conveniente prever sus necesidades y no dejar que sus gritos nos las adviertan, mas tampoco quiero que los cuidados que se tomen con ellos sean mal en­tendidos. ¿Por qué han de dejar de llorar si ven que con su llanto logran tantas cosas? Conocedores del aprecio en que se tiene su silencio, se guarden ellos muy bien de malgastarlo. Finalmente le dan tanto valor que no es posible pagárselo, y es entonces cuando lloran sin resultado, se esfuerzan, se desesperan y se ahogan de tanto gritar.

Los sollozos de un niño que no está sujeto ni en­fermo y a quien no le falta nada, no son otra cosa que llantos producidos por el hábito y por la obstinación; no son por efecto de la naturaleza, sino a causa de la nodriza, la cual, por no saber aguantar sus molestias, las multiplica, sin pensar que haciéndole callar hoy, le excita a que con mayor intensidad lo repita mañana.

El único medio para curar o prevenir esta costum­bre, es el de no dar ninguna importancia a su llanto. Nadie quiere realizar un trabajo inútilmente, ni aun las criaturas, que solamente son tozudos en sus expe­rimentos, pero si nuestra constancia supera a su ter­quedad, les viene el cansancio y no los repiten. De este modo se les ahorrarían muchas lágrimas y se acos­tumbrarían a no verterlas más que cuando el dolor fuere la causa.

De otra forma, cuando sólo lloran por capricho o por tozudez uno de los mejores medios es distraer al niño mostrándole algún objeto que le llame la atención y sea de su agrado, y así olvidan o se desvían de su tendencia a llorar. En estos quehaceres son expertas la mayor parte de las nodrizas, y cuando son usados a su debido tiempo, resultan de gran utilidad, pero es muy impor­tante que el niño no se dé cuenta de que lo que se le muestra no es con la intención de distraerle, y que se divierta ignorando que se esté pensando en él; y, en este segundo aspecto, la habilidad de las nodrizas es muy mediocre.

El destete de los niños se verifica, a veces, prema­turamente. La época oportuna del destete puede ser la de la salida de los dientes, lo que comúnmente es lento y doloroso. Entonces, de un modo instintivo, el niño se mete en la toca todo lo que coge. Se piensa facilitar la operación dándole para chupar algún cuerpo duro, como el marfil o un diente de lobo. Lo creo una equi­vocación. Los cuerpos duros, aplicados a las encías, en lugar de reblandecerlas, las endurecen y son el origen de un proceso más doloroso y difícil. Es preciso tomar siempre el ejemplo del instinto. Se puede observar que los perritos no ejercitan sus dientes en pedernales, hierro o huesos, sino en madera, en cuero, en trapos, en materias blandas y en otras cosas donde el diente deja su huella.

No se sabe ser simple en nada, ni aun en lo refe­rente a los niños. Cascabeles de oro y plata, corales, cristales de diferentes aspectos, juguetes de todo valor y de todas clases... ¡Cuántos adornos inútiles y perni­ciosos! Nada de eso. Fuera los cascabeles, fuera los ju­guetes; ramas de árbol con sus hojas y frutos, una cabeza de adormidera en la que se oigan sonar los gra­nos, un trozo de regaliz que el niño pueda chupar y mas­car le divertirán tanto como todos esos objetos magní­ficos, y no tendrán el inconveniente de acostumbrarle al lujo desde su nacimiento.       

Se sabe que la papilla no es un alimento muy sano. La leche cocida y la harina cruda dan origen a la acu­mulación de alimentos mal digeridos en el estómago, y por lo tanto no resultan convenientes para la diges­tión. La harina está menos cocida en la papilla que en el pan, y, además, no ha fermentado. Si se pretende dar al niño este alimento de forma absoluta, es con­veniente tostar antes la harina. En mi tierra hacen de esta forma una sopa muy sana y agradable, pero la nata de arroz y la sopa de pan son, a mi parecer, mucho mejores. El caldo de carne y la sopa también son ali­mentos de escaso valor y debe procurarse que su uso sea lo menos frecuente posible. Es conveniente que cuanto antes se acostumbren los niños a mascar, pues­to que es el verdadero modo de facilitar la dentición, y al comenzar a tragar, los jugos salivales, mezclados con los alimentos, facilitan la digestión.

Soy de la opinión que masquen primero frutas se­cas, con cáscara, y en vez de juguetes les daría men­drugos delgados y largos, o bizcochos semejantes al pan de Piémont. Después de reblandecerlo en la boca comen­zarían a tragar un poco, les nacerían los dientes de un modo insensible, y se hallarían destetados sin darse cuenta. Generalmente los hijos de los labradores poseen un estómago robusto y no se les desteta de otro modo.

Los niños oyen hablar desde que nacen, y no sola­mente se les habla antes de que entiendan lo que se les dice, sino antes de que puedan repetir las palabras que oyen. Su órgano, aún sin cultivar, se adapta lenta­mente a la imitación de los sonidos que oyen, y no se poseen pruebas de que tales sonidos realicen en su oído impresiones distintas a las producidas en el nuestro.

No creo que sea un error que la nodriza divierta al niño con canciones y cuentos alegres y variados, pero desapruebo que continuamente se le atolondre con una multitud de palabras inútiles, de las cuales sólo en­tiende su tono. Las articulaciones primeras que lleguen al oído del niño serán pocas, fáciles y distintas, repeti­das frecuentemente, y las que tengan una significación sensible, si es posible, mostrarán al niño el objeto en el mismo momento de ser pronunciadas. La desventu­rada facilidad que poseemos de contentarnos con pa­labras que no entendemos empieza antes de lo que se cree, y el estudiante en el aula escucha el verbo de su profesor como el niño la charla de su nodriza. Soy del parecer de que sería muy útil instrucción educarle de tal modo que no comprendiese una palabra.

Si uno quiere tratar de la formación de los idiomas, y de los primeros razonamientos de los niños, las re­flexiones se agrupan de una forma atropellada. Sea del modo que sea, aprenderán siempre a hablar del mismo modo, y todas las especulaciones filosóficas, resultan completamente inútiles.

Para comenzar, poseen una especie de gramática adecuada a su edad, cuya sintaxis está ajustada a re­glas más generales que las nuestras, y si la examinára­mos con atención, quedaríamos asombrados de la exac­titud con que siguen ciertas analogías, si se quiere con grandes defectos, pero muy regulares, y si no son admi­tidas es a causa de su mal sonido o porque la rechaza el uso. En cierta ocasión oí a un padre que reñía a su hijo de una forma muy áspera, porque decía: «no ca­beremos en la sala». Se ve claramente que el chico se­guía mejor la analogía que nuestras gramáticas, porque si decimos «cabemos», ¿por qué no se ha de decir «ca­beremos»? Constituye una pedantería insoportable y un trabajo inútil el ocuparse en hacer enmiendas a los niños en lo referente a todas estas faltas contrarias al uso, puesto que ellos mismos se enmiendan con el tiem­po. En su presencia procuremos siempre hablar con pureza, procuremos que se halle más a gusto con nos­otros que con los demás, y estemos seguros de que de un modo insensible nuestro lenguaje será el modelo del suyo, sin necesidad de ninguna corrección.

Pero es una exageración, de mayor importancia y nada fácil de precaver, el darse sobrada prisa en hacer que hable, como si temiéramos que no supiesen hablar por sí solos jamás. Tan imprudente precipitación causa un efecto completamente opuesto al que uno se propone. Los niños hablan más tarde y con más confusión. El cuidado que uno pone en todo cuanto hablan los libra o dispensa de su mala articulación, y como apenas abren la boca, muchos siguen toda su vida con una pronunciación defectuosa y un hablar confuso que les hace poco menos que ininteligibles. He convivido mucho tiempo con gentes de pueblo y jamás he oído tartamu­dear a ninguno, ni hombres, ni mujeres ni niños. ¿Cuál es la causa? ¿Es que sus órganos están construidos de otra forma que los nuestros? No, pero están mejor acostumbrados. En la terraza de enfrente de mi ventana juegan los muchachos del pueblo. Aunque quedan un poco lejos, llegan hasta mí sus voces con bastante per­fección, y reúno a veces excelentes anotaciones que me sirven como ejemplo para este libro. Frecuentemente se engaña mi oído en cuanto a sus años; escucho char­las de muchachos que deben tener diez años, pero ob­servo con más detención y veo la estatura y la fisono­mía de niños de tres o cuatro. No he sido yo el único que ha realizado esta experiencia; los de la ciudad que me hacen visitas y a quienes consulto, caen también en idéntico fallo.

El motivo de esto es que los muchachos de las gran­des urbes, hasta los cinco o seis años, criados en casa y al amparo del ama, no necesitan más que mascullar entre dientes para que les comprendan. En cuanto mue­ven los labios, los observan con detenimiento, les dictan palabras que repiten muy defectuosamente y esforzán­dose, y las personas que les rodean, adivinan mejor lo que han querido decir que lo que han dicho.

En el campo sucede de distinta forma. Una campesi­na no se está siempre al lado de su hijo, y éste se ve necesitado a decir con mucha claridad y en voz alta lo que necesita que comprendan. En los campos despa­rramados, los niños alejados de los padres y de los demás muchachos de su misma edad, se ejercitan en realizar pruebas de forma que les entiendan a mucha distancia, y a medir el timbre de su voz por la distancia que los separa de aquellos que desean que los oigan. De esta forma aprende a pronunciar con acierto, y no tartamudeando algunas sílabas al oído de una nodriza atenta. Así, cuando les pregunta algo el hijo de un pue­blerino, puede que la vergüenza les impida contestar, pero lo que manifieste lo hará con claridad, mientras que al niño de la ciudad el ama tiene que servirle de intérprete, pues sin esta ayuda no se le entenderá nada de lo que masculla[16].

Mientras el niño va creciendo este defecto debe co­rregirse en los colegios, y hablará con más claridad que los que se han criado en casa de sus padres. Pero lo que les impide que tengan una pronunciación tan clara como la de los lugareños es la necesidad de aprender de memoria muchas cosas y declamar en voz alta lo que han aprendido, porque cuando estudian se habitúan a pronunciar mal y negligentemente. Cuando recitan lo hacen aún peor; se ven obligados a buscar las pala­bras con esfuerzo, prolongan y arrastran las sílabas, y es posible que cuando la memoria vacila se dificulte igualmente la lengua. De esta forma se contraen, se conservan los vicios de pronunciación. Más adelante observaremos que Emilio no los contraerá, o no los deberá a esas causas.

Estoy de acuerdo en que los lugareños incurren en la exageración de que casi siempre elevan la voz más de lo que es conveniente, que pronuncian ásperamente, que poseen articulaciones rudas y violentas, que reali­zan una mala elección de términos, etc.

Sin embargo, primeramente me parece esta exagera­ción mucho menos viciosa que la otra, porque como la primera ley del que habla es conseguir que le compren­dan, no ser entendido es la mayor equivocación que pueda cometer. Enorgullecerse de no tener acento es enorgullecerse de quitar al lenguaje la gracia y la ener­gía. El acento es el espíritu del juicio, el que le da respiración y vida. Las palabras mienten más que el acento, y es por eso por lo que le temen las personas que pretenden ser bien educadas. Del estilo de decirlo todo en un mismo tono ha nacido el de burlarse de otro, sin que lo sepa el burlado. El acento desterrado ha sido sustituido por formas de pronunciar ridículas, afectadas, subordinadas a la moda, como se observa en los jóvenes de la corte de una manera especial.

Esta afectación en el modo de hablar y en las maneras es la causa de que generalmente resulte tan des­agradable para los de otras naciones al entrevistarse con un francés. En lugar de acento en el hablar, em­plea un tonillo especial, y no hay manera de que nadie se incline a su favor.

Estos ligeros defectos de acento, que tanto temor se tiene de que los adquieran los niños, no tienen sig­nificación alguna; son corregidos con la mayor facilidad, pero si se les permite una forma confusa de hablar, indecisa o tímida, ya nunca se enmiendan.

El hombre que aprendiese a hablar sin salir de los tocadores de las señoras, será mal comprendido al fren­te de un batallón, y poca autoridad tendrá delante de un pueblo amotinado. Primero haced que los niños aprendan a hablar con los hombres, y cuando sea nece­sario sabrán hablar con las mujeres.

Habiendo sido criados en el campo vuestros hijos con toda la rusticidad, habrán adquirido una voz de más sonoridad, no adquirirán el tartamudeo de los ni­ños de la ciudad, ni tampoco contraerán los vicios de tono y de expresión del lugar, ya que haciendo desde su nacimiento vida común niño y maestro, y de una ma­nera más exclusiva de día en día, con la corrección de su idioma tomará su precaución o borrará la impresión del de los labradores. Emilio hablará su lengua tan co­rrectamente como yo, pero con mayor claridad y muy mejorada articulación.

Si el niño quiere hablar, únicamente debe escuchar las palabras que sea capaz de entender y no debe pro­nunciar otras que las que pueda articular. Los esfuer­zos realizados para alcanzar su logro le excitan a repetir la misma sílaba, a fin de ejercitarse a pronunciarla con mayor claridad.

No debemos afanarnos mucho en adivinar lo que quiere decir cuando empieza a balbucear; el que pre­tenda que siempre sea escuchado, es una especie de im­perio, y el niño no debe ejercer ninguno; es suficiente darle lo que necesite lo antes posible, y a él le toca hacerse entender para pedir lo que sea. Tampoco pode­mos exigirle que hable, puesto que sin que se lo exijan ya sabrá hacerlo cuando conozca su utilidad por sí mismo.

Es notorio en los que empiezan a hablar muy tarde que jamás lo realizan con igual claridad que los de­más, pero no se les ha quedado entorpecido el órgano de la fonación a causa de haber empezado tarde a ha­blar, sino que, por el contrario, empiezan tarde debido a que nacieron con el órgano torpe. Y sin eso, ¿por qué habían de hablar más tarde que los demás?

¿Poseen quizá menos ocasiones o les excitan menos a ello? Muy al contrario; el desasosiego que ocasiona esta tardanza en cuanto la observan es motivo de que se afanen mucho más por hacerles medio pronunciar, que a los que antes han articulado, y este mal entendido afán puede ser la causa de que adquieran un hablar confuso, cuando con menos precipitación hubieran po­dido mejorarlo.

Los niños a quienes se les fuerza a que hablen lo más pronto posible no tienen tiempo de aprender a pro­nunciar bien ni de concebir con exactitud lo que les hacen decir, mas si se les deja, hacen primero ejercicios pronunciando las sílabas más fáciles y juntando con ellas poco a poco algunas significaciones, que por su mímica comprendemos, y antes de recibir nuestras pa­labras nos ofrecen las suyas, lo que hace que no las reciban sin que antes las comprendan. Como nadie les acosa para que las utilicen, comienzan observando bien la significación que les damos, y cuando están seguros de ellas, las admiten.

El mayor daño de la precipitación es obligar a ha­blar a los niños; no es que las primeras conversaciones que con ellos tengamos y las palabras primeras que di­gan no tengan para ellos ningún significado, sino que poseen otro distinto para nosotros, sin que lo conozca­mos; de forma que cuando al parecer nos responden con mucha exactitud, hablan sin entendernos y sin que les entendamos nosotros. Por lo que algunas veces nos cansan sus razones, porque les atribuimos ideas que no poseen. Esta falta de atención nuestra al verdadero significado que para los niños tienen las voces de que se sirven, es a mi parecer la causa de sus primeros errores, errores que aun después de corregidos, influyen en su inteligencia toda la vida. Más de una vez hallaré múltiples motivos para aclarar esto con ejemplos.

En cuanto sea posible, debe reducirse el vocabulario del niño. Es un gran inconveniente que tenga más voces que ideas y sepa decir más cosas que las que puede pensar. Creo que una de las razones porque los aldeanos tienen más exacto el entendimiento que los vecinos de las ciudades, consiste en la limitación de su diccionario. Tienen pocas ideas, pero las expresan acer­tadamente.

Los primeros desarrollos de la infancia se producen paralelamente; en el mismo tiempo casi el niño apren­de a hablar, a comer, a andar. Esta es propiamente la primera época de la vida. Antes, no es más de lo que era en el vientre de su madre; carece de ideas y de afectos, difícilmente le llega ninguna sensación, ni si­quiera tiene conciencia de su propia vida.

 

Viviret est vitae nescius ipse suae.

 

«El vive, pero aún no tiene conciencia de su vida.»

 

(Ovidio, Tristes, Lib. I.)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Libro Segundo

 

Este es el segundo plazo de la vida, y en el que propiamente termina la infancia, pues las voces in­fans y puer no son sinónimas. La primera está com­prendida en la otra y significa «que no puede hablar», de donde viene que en Valerio Máximo se encuentre puerum infantem. Pero yo continúo sirviéndome de esta palabra según el uso de nuestra lengua, hasta la edad en que adopta otros nombres.

Cuando los niños comienzan a hablar, lloran menos. Este progreso es natural: un lenguaje es substituido por el otro. Cuando pueden expresar que sufren por medio de palabras, ¿por qué lo harán sirviéndose de los gri­tos? Si entonces siguen llorando, se debe a la gente que les rodea. En cuanto Emilio diga «tengo daño» será porque siente agudos dolores que le hacen llorar.

Si el niño es delicado y sensible hasta llorar por nada, al darse cuenta de que- sus gritos son inútiles y no producen efecto, pronto agota sus lágrimas. Mientras llore, yo no me acerco a él, y cuando calla acudo a su lado. Pronto su manera de llamarme será la de callarse, o a lo más dará un solo grito. Esto es debido a que los niños juzgan su significación por el resultado sensible, única forma para hacerse entender, y cuando está solo, aunque el niño se haga algún daño, es muy raro que llore, a no ser que tenga esperanzas de que le oigan.

Si cae, si se hace un chichón, si le sale sangre por la nariz, si se da un golpe en los dedos, en lugar de acu­dir alarmado, me quedaré tranquilo, siquiera durante un rato. El mal ya está hecho y es preciso que lo so­porte y se habitúe; mi precipitación sólo serviría para asustarle más y para aumentar su sensibilidad. En el fondo, le atormenta más el temor que el golpe cuando se ha lastimado. Esta inquietud yo se la evitaré, puesto que dará importancia al mal según vea la que yo le doy; si me ve inquieto, que le consuelo y le compadezco, pensará que la cosa es grave, pero si me ve tranquilo, recobrará el sosiego y se creerá sano tan pronto como le desaparezca el dolor. Las primeras lecciones de valor se inician en esta edad, y padeciendo sin asustarse dolores leves, se aprende gradualmente a soportar los mayores.

En vez de estar atento a que Emilio no se haga daño, me disgustaría mucho que nunca se lo hiciera y crecie­se sin experimentar el dolor. Sufrir es lo primero que debe aprender, y lo que tendrá más necesidad de saber. Parece que los niños, por ser pequeños y débiles, no puedan aprender estas importantes lecciones sin sufrir daño. Si el niño cae al suelo, no se romperá una pierna; si se golpea con un bastón, no se romperá un brazo; si coge un hierro afilado, no apretará mucho, y no será honda la herida. No sé que nunca un niño al que se ha dejado en libertad se haya muerto ni se haya hecho un daño de consideración, a no ser que indiscretamente se le haya puesto en un sitio alto o dejado solo cerca del fuego, o que tenga en su poder instrumentos peligro­sos. ¿Qué decir de esos juguetes peligrosos con que se quiere que se distraigan los niños, para que cuando sean mayores e inexpertos, se crean muertos al pinchar­se con un alfiler, o se desvanezcan al ver una gota de sangre?

Esa manía pedantesca de enseñar siempre a los ni­ños lo que por sí mismos aprenderían mucho mejor, y olvidarnos de lo que sólo nosotros les podemos en­señar. ¿Hay nada más ridículo que tomarse la molestia de enseñarles a andar, como si se hubiera visto alguno que, por la negligencia de su nodriza, no supiera andar siendo mayor? ¡Cuántas personas, por el contrario, se ve que andan mal durante su vida precisamente porque no se les enseñó a caminar bien!

Emilio no tendrá ni burletes, ni canasta con ruedas, ni carretilla, ni andadores; desde que comenzara a po­ner un pie delante del otro, no se le tendrá más que en los sitios enlosados, y se hará que los cruce de prisa[17]. En lugar de dejarle en el aire viciado de una habitación, se le lleva diariamente a un prado, y que corra, que se tienda en el suelo, que caiga cien veces al día, así aprenderá antes a levantarse solo. El bienestar de la libertad compensa el daño de los golpes recibidos. Mi alumno sufrirá con frecuencia contusiones; en com­pensación, siempre estará alegre. Si los vuestros sufren menos golpes, en cambio están siempre contrariados, siempre encadenados y siempre tristes. Yo dudo que el provecho sea de su parte.

Otra evolución hace que a los niños les sea menos necesario el quejarse: es la del aumento de sus fuerzas. Poseyendo más poder para realizar las cosas por sí mismos, tienen con menor frecuencia necesidad de re­currir a los demás. Con su fuerza se desenvuelve el co­nocimiento que los hace capaces de dirigirla. Es en esta segunda evolución cuando empieza propiamente la vida del individuo; es entonces cuando él toma concien­cia de sí mismo. La memoria extiende el sentimiento de la identidad sobre todos los momentos de su existencia; se vuelve verdaderamente uno, él mismo, y por consi­guiente capaz de felicidad o de desgracia. Importa, pues, comenzar a considerarle aquí como un ser moral.

Aunque se asigne de un modo aproximado el más largo fin de la vida humana y las probabilidades que se tienen de aproximarse a este término, nada es más incierto que la duración de la vida en particular, y son muy pocos los que llegan al término supuesto. Los ma­yores peligros de la vida están en sus principios, y quien menos ha vivido, menos esperanza de vivir puede tener. De los niños que nacen, todo lo más la mitad llegan a la adolescencia, y quizá vuestro alumno no llegue a la edad del hombre.

¿Qué habrá que pensar, pues, de esa inhumana edu­cación que sacrifica el tiempo presente a un porvenir incierto, que carga con cadenas de toda especie a un niño, y lo tortura preparándole para una lejana época una ignota felicidad, la cual tal vez no disfrutará ja­más?

Aunque yo supusiera esta educación razonable en su objeto, ¿cómo ver sin indignación a unos pobres des­venturados sometidos a un yugo insoportable y condenados a trabajos continuos como galeotes, sin estar se­guros de obtener ningún fruto de tantos sufrimientos? La edad de la alegría se pasa entre llantos, castigos, amenazas y esclavitud. Por su bien, se atormenta al des­venturado, y no se dan cuenta que es a la muerte a quien llaman, y que le llegará en mitad de este triste aparato. ¿Quién sabe cuántos niños perecen víctimas de la extravagante sabiduría de un padre o de un maes­tro? Felices son en escapar así de su crueldad, ya que el único fruto que obtienen de tanta crueldad de la que han sido víctimas es morir sin lamentar una vida de la que únicamente han conocido los tormentos.

Hombres, sed humanos; es vuestro primer deber; sedlo en todos los estados, en todas las edades y por todo lo que no le es extraño al hombre. ¿Qué sabiduría tendréis fuera de la humanidad? Amad la infancia, fa­voreced sus juegos, sus deleites y su ingenuo instinto. ¿Quién de vosotros no ha sentido deseos alguna vez de retornar a la edad en que la risa no falta de los labios y en la cual el alma siempre está serena? ¿Por qué queréis evitar que disfruten los inocentes niños de esos rápidos momentos que tan pronto se marchan, y de un bien tan precioso del que no pueden excederse? ¿Por qué queréis colmar de amarguras y dolores esos prime­ros años tan cortos, que pasarán para ellos y ya no pueden volver para vosotros? Padres, ¿sabéis tal vez en qué instante la muerte espera a vuestros hijos? No motivéis nuevos llantos privándoles de los escasos momentos que la naturaleza les ofrece; tan pronto como puedan gozar del placer de la existencia, haced que dis­fruten de él, y que cuando llegue la hora en que Dios los llame, no mueran sin haber disfrutado de la vida.

¡Cuántas voces se van a levantar contra mí! ¡Oigo de lejos los clamores de esa falsa sabiduría que nos echa incesantemente fuera de nosotros, que desprecia siempre el tiempo presente, y, persiguiendo sin descanso un porvenir que huye a medida que nos adelantamos, y que a fuerza de querer trasladarnos adonde no esta­mos, nos transporta hacia donde no estaremos jamás!

Este es el tiempo, me contestaréis, de corregir las malas inclinaciones del hombre; en la edad de la infan­cia, en que las penas son menos sensibles, las cuales hace falta multiplicarlas con el fin de eludirlas en la edad de la razón. ¿Pero, quién os ha dicho que todo este arreglo está a vuestra disposición, y que todas esas bellas instrucciones con que agobiáis el débil en­tendimiento de un niño no le hayan de ser un día más perniciosas que útiles? ¿Quién os asegura que le evitáis algo con las penas que ahora le prodigáis? ¿Por qué le proporcionáis un mayor número de males que el que puede soportar su estado, sin tener la certeza de que los males presentes le servirán de alivio para los futu­ros? ¿Y cómo me probaréis que estas malas inclinacio­nes de las cuales queréis curarle no le vienen más de vuestros deseos mal entendidos que de la naturaleza? Infeliz previsión, que hace un ser actualmente misera­ble, sobre la bien o mal fundada esperanza de hacerle un día feliz. Y si estos razonadores vulgares confunden la licencia con la libertad, que aprendan a distin­guirlos.

Con el fin de no correr detrás de quimeras, no nos olvidemos tampoco de lo que conviene a nuestra con­dición. La humanidad tiene su puesto en el orden de las cosas; la infancia posee también el suyo en el orden de la vida humana; es indispensable considerar al hom­bre en el hombre, y al niño en el niño. Debemos asig­nar a cada uno su lugar y fijarle en el mismo, ordenar las pasiones humanas según la constitución del hom­bre, y es todo esto lo que nosotros podemos hacer para su bienestar. Lo restante depende de causas extrañas que no están en nuestro poder.

No sabemos lo que es la dicha o desdicha absoluta. Todo está mezclado en esta vida; uno no se complace con ningún sentimiento puro, ni permanecemos dos mo­mentos en el mismo estado. Las inclinaciones de nues­tras almas, como las modificaciones de nuestro cuerpo, están en un flujo continuo. El bien y el mal son comu­nes a todos, aunque en medidas diferentes. El más feliz es el que menos penas padece, y el más miserable es el que menos placeres disfruta. Siempre se poseen más sufrimientos que goces: he ahí la diferencia que es común a todos. La felicidad del hombre en este mundo no es otra cosa que un estado negativo; se la debe medir por la menor cantidad de males que se sufren.

Todo sentimiento de dolor es inseparable del deseo de librarse del mismo; toda idea de placer va unida al deseo de disfrutarlo; todo deseo supone privación, y todas las privaciones que sentimos son penosas; nues­tra miseria consiste, pues, en la desproporción entre nuestros deseos y la de nuestras facultades. Un ser sensible en el cual las facultades fuesen iguales a los deseos sería un ser absolutamente feliz.

¿En qué consiste, pues, la sabiduría o la ruta de la verdadera felicidad? Precisamente no está en disminuir nuestros deseos, ya que si estuvieran por debajo de nuestro poder, una parte de nuestras facultades queda­ría ociosa, y nosotros no gozaríamos de todo nuestro ser. Esto no consiste en otra cosa que extender nues­tras facultades, pues si nuestros deseos se extendieran al mismo tiempo en mayor cantidad, seríamos más in­felices. Pero esto es disminuir el exceso de los deseos sobre las facultades y poner en perfecta igualdad el poder y la voluntad. Solamente entonces es cuando to­das las fuerzas están en actividad; el ánimo, sin embargo, permanecerá tranquilo, y el hombre disfrutará de un justo equilibrio.

Es así como la naturaleza a primera vista lo ha constituido, ya que ella lo ha hecho todo de la mejor manera. No le da inmediatamente más que los deseos necesarios a su conservación y las facultades suficientes para satisfacerlas. Ha puesto todas las otras en el fondo de su alma como de reserva para desenvolverse a me­dida que las necesite. Es en este estado primitivo cuan­do el equilibrio del poder y del deseo se encuentran y cuando el hombre deja de ser desgraciado. Tan pron­to como sus facultades virtuales se ponen en acción, la imaginación, la más activa de todas, se despierta y las adelanta. Es la imaginación lo que extiende por nos­otros la medida de las cosas posibles, tanto si es en bien como en mal, y por consiguiente excita y nutre los deseos con la esperanza de satisfacerlos. Mas el objeto que parecía a primera vista estar al alcance de la mano huye tan velozmente que no se le puede perse­guir; cuando uno cree alcanzarlo, se transforma y se presenta a mucha distancia de nosotros. No viendo más el terreno ya recorrido, no lo contamos por nada; el que nos falta recorrer se nos ha aumentado y se extiende sin cesar. Así uno se rinde sin llegar a su término, y cuanto más nos acercamos hacia el goce, más la desgracia se aleja de nosotros. Por el contrario, cuanto más el hombre está cerca de su condición natural, más pequeña es la diferencia entre sus facultades y la de sus deseos, y por consiguiente está menos lejos de ser un hombre feliz. Jamás es menos miserable que cuando parece desprovisto de todo, pues la miseria no consiste en la privación de las cosas, sino en el de­seo o necesidad que uno siente de ellas.

El mundo real tiene sus límites y el imaginario es infinito; no pudiendo ensanchar el uno, estrechamos el otro, ya que sólo de su diferencia nacen todas las penas que nos hacen verdaderamente desgraciados. Separad la fuerza, la salud, y el buen testimonio de sí propio; todos los demás bienes de esta vida consisten en la opinión; si hacéis caso omiso de los dolores del cuerpo y de los remordimientos de conciencia, todos nuestros males son imaginarios. Este principio es común, se dirá; de acuerdo, pero su aplicación práctica no es nin­guna cosa común, y aquí únicamente se trata de la práctica.

Cuando se dice que el hombre es débil, ¿qué es lo que se pretende decir? La palabra debilidad indica una condición, una cualidad del ser al cual se aplica. Está donde la fuerza rebasa las necesidades; sea un insec­to, o un gusano, es un ser fuerte, pero aquel en el cual las necesidades exceden a la fuerza, sea un ele­fante o un león, un conquistador o un héroe, y aun­que sea un dios, éste es un ser débil. El ángel rebelde que desconoció su naturaleza era más débil que el ven­turoso mortal que vive en paz según la suya. El hombre es muy fuerte cuando está contento de ser lo que es, y es muy débil cuando quiere encumbrarse por encima de la humanidad. No penséis, pues, que dando más extensión a vuestras facultades queden dilatadas vues­tras fuerzas; por el contrario, disminuyen si vuestro orgullo toma mayor extensión que ellas. Midamos el radio de nuestra esfera, y quedémonos en el centro, como hace el insecto en medio de su tela; nos basta­remos siempre para nosotros mismos y no tendremos que lamentar nuestra flaqueza, ya que no la sentiremos jamás.

Todos los animales tienen exactamente las faculta­des necesarias para conservarse. Solamente el hombre las tiene superfluas. ¿No es bien extraño que esta su­perfluidad sea el instrumento de su miseria? En todos los países, los brazos de un hombre tienen más valor que el de su subsistencia. Si tuviera el suficiente juicio para despreciar este sobrante, siempre tendría lo nece­sario, porque nunca le sobraría nada. «Las grandes nece­sidades, dice Favorin, tienen su origen en los grandes bienes, y con frecuencia el mejor medio de adquirir las cosas que nos hacen falta consiste en privarnos de las que poseemos.» Es a fuerza de trabajar para aumentar nuestra felicidad como la convertimos en miseria. Todo hombre que no deseara más que vivir, sería feliz; por consiguiente, sería bueno, porque, ¿qué utilidad sacaría de ser malo?

Si nosotros fuésemos inmortales, seríamos los seres más miserables. Es duro morir, sin duda, mas es muy dulce saber que no viviremos siempre, y que las pena­lidades de esta vida han de terminar en otra mejor. Si nos ofrecieran la inmortalidad sobre la tierra, ¿quién es el que quisiera aceptar esta triste ofrenda?[18]. ¿Qué remedio, qué esperanza, qué consuelo nos quedaría contra los rigores de la suerte y contra las injusticias de los hombres? El ignorante, quien no prevé nada, aprecia poco el valor de la vida, y le asusta poco el perderla; el hombre ilustrado ve otros bienes que tienen mayor valor y los prefiere a la vida. Los hay de me­diana ciencia y una falsa sabiduría, quienes, prolongan­do sus miras hasta la muerte, y no más allá, la ven como el peor de los males. La necesidad de morir no es para el hombre sabio otra cosa que una razón para soportar las penas de la vida. Si no estuviéramos segu­ros de perderla un día, nos costaría mucho conservarla.

Todos nuestros males morales están en la opinión, excepto uno sólo, que es el delito, y éste depende de nosotros; nuestros males físicos o se destruyen o nos destruyen; nuestros remedios son el tiempo o la muer­te, pero padecemos tanto más cuanto menos sabemos padecer, y tenemos más prisa por curar nuestras dolen­cias que el que precisaríamos para tolerarlas. Vive se­gún la naturaleza, sé sufrido y despide a los médicos; no evitarás la muerte, cero no la sentirás más que una vez, en tanto que ellos la llevan cada día a tu turbada imaginación, y su arte engañador, en vez de prolongar tus días, te priva de su goce. Preguntaré siempre cuál es el verdadero bien que ha hecho este arte a los hom­bres. Algunos de los que han curado hubieran muerto, es verdad, pero quedarían con vida los millones que matan. Hombre sensato, no juegues, pues, en esta lo­tería, la mayor parte de las probabilidades están con­tra ti. Sufre, muérete o cúrate, pero sobre todo vive hasta tu última hora.

No hay más que locura y contradicción en las insti­tuciones humanas. Nos inquietamos más por nuestra vida a medida que el valor de la misma disminuye. Los viejos la temen más que los jóvenes; ellos no quie­ren perderla después que han hecho todo lo posible para gozarla; a los sesenta años es bien cruel morir antes de haber empezado a vivir. Se cree que el hom­bre tiene un vivo amor a su conservación, y esto es verdad, pero no se da cuenta de que este amor, tal como nosotros lo sentimos, es en gran parte la obra de los hombres.

Naturalmente, el hombre siente el afán de conser­varse mientras tiene los medios necesarios en su poder, mas así que estos medios le faltan, se tranquiliza y muere sin atormentarse inútilmente. La primera ley de la resignación nos viene de la naturaleza. Los salvajes, lo mismo que los animales, se debaten poco contra la muerte y expiran casi sin quejarse. Destruida esta ley, se forma otra que viene de la razón, pero pocos saben atraerla, y esa resignación ficticia jamás es tan llena y entera como la primera. ¡La previsión!, la previsión que nos lleva sin cesar más allá de nosotros, con fre­cuencia nos coloca a donde nunca llegaremos; he ahí el verdadero manantial de todas nuestras miserias.

¡Qué manía tiene un ser tan transitorio como el hombre de mirar siempre a lo lejos, hacia un porvenir que raramente viene, y de descuidar lo presente, donde está lo seguro! Manía tanto más funesta cuanto que ella aumenta incesantemente con la edad, y que los viejos, siempre desconfiados, previsores, avaros, prefie­ren rehusar lo hoy necesario que carecer de lo super­fluo dentro de cien años. De este modo nos ligamos a todo, y nos acogemos a todo; los tiempos, los lugares, los hombres, las cosas, todo cuanto está, todo lo que será, importa a cada uno de nosotros; nuestro propio individuo no es otra cosa que la menor parte de no­sotros mismos. Cada uno se extiende, por así decirlo, sobre la tierra entera, y deviene sensible sobre toda esa gran superficie. Es extraño que nuestros males se multipliquen en todos los puntos por donde nos pueden herir. ¡Cuántos príncipes se desconsuelan por la pér­dida de un país que no han visto ,jamás! ¡A cuántos comerciantes es suficiente tocarlos en las Indias para que alcen el grito en París![19].

¿Es la naturaleza la que lleva así a los hombres tan lejos de sí mismos? ¿Es ella quien quiere que cada uno aprenda su destino de los demás, y que algunas veces sea el último en aprenderlo, de tal forma que murió feliz o desgraciado, sin haberlo sabido jamás? Yo veo un hombre alegre, vigoroso y sano; su presencia inspira alegría, sus ojos anuncian el contento el bie­nestar, y trae consigo la imagen de la dicha. Lega una carta del correo, la mira el hombre feliz, es para él, la abre y la lee... Al momento cambia de actitud, pierde el color y cae desmayado. Vuelto en sí, llora, se agita, solloza, se arranca los cabellos, el eco repite sus cla­mores y parece acometido de horribles convulsiones.

¡Loco! ¿Qué daño te ha hecho este papel? ¿Qué miem­bro te ha roto? ¿Qué delito ha cometido en ti para que te pongas en ese estado?

Si la carta se hubiera perdido, si una mano cari­tativa la hubiera arrojado al fuego, me parece que ha­bría sido un problema extraño la suerte de este mortal, dichoso y desdichado a un tiempo. Se dirá que su des­dicha era real. Muy bien, pero él no la sentía. ¿Dónde estaba pues? Su felicidad era imaginaria. Ya compren­do: la salud, la alegría, la serenidad, el ánimo conten­to no son otra cosa que visiones. Nosotros no existi­mos ya donde estamos y existimos donde no estamos. ¿Merece la pena temerse tanto la muerte, siempre que no muera aquello en que vivimos?

¡Hombre!, encierra tu existencia dentro de ti, y no serás desgraciado. Quédate en el sitio que te marcó la naturaleza en la cadena de los seres, y nada te podrá forzar a que salgas de él; no des coces contra el duro aguijón de la necesidad, y no te agotes por resistir unas fuerzas que no te dispensó el cielo para ensanchar o prolongar tu existencia, sino para conservarla cómo y mientras él quisiese. Tu poderío y tu libertad al­canzan hasta donde rayan tus fuerzas naturales, pero no más allá; todo lo demás es mera esclavitud, ilusión, apariencia. Hasta la dominación es vil cuando se funda en la opinión, porque pende de las preocupaciones. Para conducirlos a tu albedrío es necesario que te con­duzcas por el suyo; si mudan ellas de modo de pensar, será forzoso que mudes tú de modo de obrar. A los que se acercan a ti, les basta con saber gobernar las opiniones del pueblo que crees tú que gobiernas, o de los privados que te gobiernan a ti, o las de tu fami­lia, o las tuyas propias; esos visires, esos cortesanos, esos sacerdotes, esos soldados, esos criados, y hasta los niños, , aunque tuvieras el superior ingenio de Temís­tocles[20], te van a llevar, como si fueras tú también una criatura, en medio de tus legiones. Haz lo que quie­ras; jamás tu autoridad real excederá a tus facultades reales. De manera que es preciso ver mediante ojos ajenos y querer por medio de la voluntad ajena. «Mis pueblos son mis vasallos», dices envanecido. Está bien, ¿pero tú qué eres, vasallo de tus ministros? Y tus mi­nistros, ¿qué son? Vasallos de sus secretarios, de sus danzas, criados de sus criados.

Tomadlo todo, usurpadlo todo, desparramad luego el dinero a manos llenas, levantad baterías de cañones, alzad patíbulos, encended hogueras, promulgad leyes, edictos, multiplicad los espías, los soldados, los verdu­gos, las cárceles, las cadenas. ¡Pobres hombrecillos! ¿Qué vale todo eso? Ni seréis mejor servidos, ni menos robados, ni menos engañados, ni más absolutos. Siem­pre repetiréis «queremos», y haréis siempre lo que quieran los demás.

El único que actúa según su propia voluntad es el que para realizarla no precisa del auxilio ajeno, de donde se deduce que el más apreciable de los bienes no es la autoridad, sino la libertad. El hombre verda­deramente libre solamente quiere lo que puede y hace lo que le conviene. Esta es mi máxima fundamental; trato de aplicarla a la infancia, y observaremos cómo se derivan de ella todas las reglas de educación.

La sociedad no solamente ha hecho al hombre más débil, privándole del derecho que tenía en sus propias fuerzas, sino procurando hacerlas insuficientes; de aquí que sus necesidades sean multiplicadas en razón direc­ta a su debilidad, y eso es lo que constituye la de la infancia comparada con la edad adulta. Si el hombre es un ser fuerte, el niño es débil, no es porque tenga el primero más fuerza que el segundo, sino porque el adulto puede naturalmente bastarse a sí mismo, y el niño no. De tal modo que el hombre debe poseer más voluntades y el niño más voluntariedades, entendién­dose por voluntariedad los deseos que no son verda­deras necesidades y que sólo pueden satisfacerse me­diante el auxilio ajeno.

Ya dije la razón de este estado de flaqueza; la natu­raleza la ha remediado con el cariño de los padres y de las madres, pero este cariño puede ser por exceso, por defecto y abusivo. Los padres que viven en el esta­do civil, y llevan a este estado a su hijo antes de la edad necesaria, aumentan sus necesidades y acrecien­tan su flaqueza en vez de disminuirla. Del mismo modo la aumentan exigiendo al niño lo que no haría la natu­raleza, y sujetan a la voluntad de los padres la poca fuerza de que dispone el niño para realizar o cumplir su propia voluntad, y así convierten por una y otra parte en esclavitud la dependencia recíproca en que les retiene a él su flaqueza y a ellos su cariño.

El hombre sabio permanece en su puesto, pero el niño que desconoce el suyo, no se puede mantener en él. Hay para nosotros mil maneras de salirse de un sitio, pero esta tarea no resulta nada fácil para los que le gobiernan y le deben retener. No debe ser ni bestia ni hombre, sino niño; ello hace que sienta su flaqueza, y no debe sufrir por tal causa; que dependa y no que obedezca, que pida y no que mande. Está sometido a los demás a causa de sus necesidades, porque éstos ven mejor que él lo que es más de su conveniencia y lo que puede ayudar a su conservación. Nadie tiene de­recho, ni siquiera su padre, a mandar a un niño lo que puede serle de algún provecho.

Antes que los prejuicios y las instituciones humanas hayan alterado nuestras inclinaciones naturales, la feli­cidad de los niños, así como la de los hombres, con­siste en el uso de su libertad, pero esta libertad está limitada en los primeros, debido a su debilidad. Aquel que hace lo que quiere es feliz si se basta a sí mismo, que es el caso el hombre que vive en estado de libertad aparente, semejante a la que en el estado social dis­frutan los hombres. No siendo posible vivir cada uno de nosotros de un modo independiente de los demás, volvemos otra vez al estado de miseria y debilidad. No­sotros fuimos hechos para ser hombres, pero las leyes y la sociedad nos han sumergido en la infancia. Los ricos, los reyes y los grandes, son todos unos niños que, viendo que tienen prisa para aliviar su miseria, arran­can de esta misma una vanidad pueril, y están todos confiados en los deseos que nunca alcanzarían si fueran hombres formados.

Estas consideraciones son importantes y sirven para resolver todas las contradicciones del sistema social. Hay dos clases de dependencia: la de la cosas, que nace de la naturaleza; la de los hombres, la cual es debida a la sociedad. La dependencia de las cosas, no poseyendo ninguna moralidad, no perjudica a la liber­tad ni engendra vicios; la dependencia de los hombres, siendo desordenada[21], los produce todos, y es por esto que el amo y el criado se corrompen mutuamente. Si existe algún medio para remediar este mal de la sociedad, es la de sustituir la ley al hombre y en ar­mar las voluntades generales con una fuerza real, mayor que la acción de toda voluntad particular. Si las leyes de las naciones pudieran poseer, como las de la natu­raleza, una inflexibilidad que ninguna fuerza humana ha podido vencer, la dependencia de los hombres vol­vería a ser la de las cosas; se reunirían en la repú­blica todas las ventajas del estado natural a las del estado civil; se juntaría, a la libertad del hombre exento de vicios, la moralidad que le levanta hacia la virtud.

Mantened al niño dentro de la sola dependencia de las cosas, y habréis seguido el orden de la naturaleza en el progreso de su educación. No ofrezcáis jamás a sus voluntades indiscretas más que obstáculos físicos ni castigos que no nazcan de las mismas acciones, y que se le recuerde cuando se presente la ocasión; sin de­fenderle de su mal hacer, es suficiente con estorbár­selo.

La experiencia o la impotencia por sí solas deben mantenerlo en el lugar de la ley. No complazcáis sus deseos porque lo pida, sino porque lo necesita. Que él no sepa, cuando obra, qué es obediencia, ni qué cosa es imperio cuando se trabaja por él; que sienta por igual su libertad en sus acciones y en las vuestras. Aportadle la fuerza que le falta, precisamente porque la necesita para ser libre y no para ser despótico. Y que, recibiendo vuestros servicios con cierta humilla­ción, aspire al momento en que pueda prescindir de ellos y tenga el honor de servirse a sí mismo.

La naturaleza tiene, para fortalecer el cuerpo y ha­cer que crezca, los medios que nunca deben ser con­trariados. No se le debe obligar a permanecer quieto cuando sienta ganas de andar, ni a que ande cuando quiera estar quieto. Cuando la voluntad de los niños no ha sido corrompida por nuestra culpa, ellos no quie­ren nada inútilmente. Hace falta que salten, que co­rran, y que griten cuando ellos tengan o sientan nece­sidad de ello. Todos sus movimientos provienen de las necesidades de su constitución, que busca el modo de fortificarse, pero se debe desconfiar de lo que ellos de­sean sin que por sí solos puedan ejecutarlo, y que los demás están obligados a realizar por ellos. Entonces cabe distinguir el cuidado con la verdadera necesidad, la necesidad natural del capricho que ya empieza a nacer, o de lo que no viene más que de la superabun­dancia de vida, de la cual hablé anteriormente.

Ya tengo dicho lo que procede hacer cuando un niño llora por obtener cualquier cosa. Sólo añadiré que desde el momento en que el niño puede pedir hablando lo que desea, y que para obtenerlo más pronto o para vencer una negativa, apoya con llantos su petición, ello le debe ser rehusado terminantemente. Si la necesidad es la causa que ha hecho que el niño hable, debéis conocerlo, y hacer al instante lo que pida, pero ceder a sus lágrimas, es excitarle a que las vierta, es ense­ñarle a que dude de vuestra voluntad y a creer que el insistir puede hacer más efecto sobre vosotros que vuestra misma benevolencia. Si él no os considera bue­nos, pronto él será malo; si os considera débiles, en breve él será terco; importa determinar siempre a su primera señal lo que no se le quiere negar. No seáis, pues, pródigos en rehusar, pero nunca las revoquéis.

Guardaos sobre todo de enseñar al niño vanas fór­mulas de cortesía, que le sirvan cuando lo desee de palabras mágicas, con el fin de sujetar a su voluntad a cuantos le rodean y conseguir al instante lo que pretende. En la educación ceremoniosa de los ricos, en la cual nunca falta el hacerlos cortésmente impe­riosos, preceptuándoles los términos que han de usar para que nadie se atreva a resistirles, no usan el tono ni los giros suplicantes; son tanto o más arrogantes cuando piden que cuando mandan, debido a que están seguros de que serán obedecidos. Uno ve en seguida que cuando ellos dicen: «Si usted quiere», significa «quiero», y «suplico a usted» es igual a «mando a us­ted». Admirable cortesía, que cambia el significado de las palabras, y con la que no se puede hablar como no sea en sentido imperativo. Yo, que temo menos que Emilio sea descortés que arrogante, prefiero que pida rogando «haz esto», que ordenando «yo ruego». Este no es el término que le importa, y del cual se vale, sino la significación que le da.

Hay un exceso de rigor y otro de indulgencia, y ambos deben evitarse igualmente. Si dejáis sufrir a los niños, os exponéis a que peligre su salud, incluso su vida, y al presente los hacéis miserables; si los pre­serváis con sobrado tiento de todo género de disgus­tos, les preparáis grandes miserias, los educáis delica­dos, sensibles, les sacáis del estado de hombres, al cual, a pesar vuestro, volverán un día. Por no exponerles a algunos males de la naturaleza, vosotros sois los arte­sanos de éstos, que aquélla no se los ha producido. Me diréis que caigo en el caso de aquellos malos padres a los cuales les reprochaba que sacrificasen la felicidad de sus hijos a la consideración de un tiempo que aún está lejos y al que acaso no lleguen.

Y no es así, porque la libertad que yo doy a mi alumno le resarce de las ligeras incomodidades a las que yo dejo que se exponga. Yo veo a unos pequeños traviesos jugando en la nieve, amoratados, tiritando y que apenas pueden mover los dedos. Son libres de irse á calentar y no lo hacen; si se les obligase a ello sentirían cien veces más los rigores del mandato que los del frío. ¿De qué os quejáis, pues? ¿Hago miserable a vuestro hijo no exponiéndole a otras incomodidades que las que él quiere sufrir? Le hago feliz en el mo­mento presente dejándole libre; le hago feliz preparán­dole para el futuro, armándole contra los males que él debe soportar. Si él pudiera escoger entre ser mi alumno o el vuestro, ¿pensáis que vacilaría un ins­tante?

¿Concebiréis que un ser pueda gozar de alguna feli­cidad verdadera fuera de su constitución? ¿No es sacar de ella a un hombre el querer exceptuarle igualmente de todos los males de su especie? Sí, yo lo sostengo, pues para experimentar los bienes grandes es necesa­rio que conozca los males pequeños. Si lo físico va demasiado bien se corrompe lo moral. El hombre que no conoce el dolor, no conocería ni la ternura de la humanidad ni la dulzura de la conmiseración; nada mo­verá su corazón, no será sociable, será un monstruo entre sus semejantes.

¿Sabéis cuál es el medio más seguro de hacer mise­rable a vuestro hijo? Acostumbrarle a conseguirlo todo, porque como crecen sin cesar sus deseos por la faci­lidad de complacerle, tarde o temprano os obligará, al no poderle satisfacer, a contentarle con una nega­tiva, y no estando acostumbrado, le causará más tor­mento que la privación de lo que desea. Primero querrá el bastón que lleváis, pronto querrá vuestro reloj, en seguida querrá el pájaro que vuela, la estrella que ve brillar... En fin, todo cuanto vea, y a menos de ser Dios, ¿cómo le vais a contentar?

Esto es una disposición natural del hombre de mirar como suyo todo cuanto está en su poder. En este sen­tido el principio de Hobbes tiene razón hasta cierto punto: multiplíquense con nuestros deseos los medios de satisfacerlos y cada uno se hará dueño de todo. Así el niño a quien basta con querer para obtener, se cree el amo del universo, mira a todos los hombres como esclavos suyos, y cuando un día se ven en la precisión de negarle algo, él, creyendo que todo es posible cuando da órdenes, toma la negativa como van acto de rebelión; todas las razones que se le dan en una edad incapaz de raciocinar no son sino meros pretextos, por todas partes ve mala voluntad, el sentimiento de una injusticia de que es víctima agria su carácter, odia a todo el mundo, y sin saber el grado de la complacen­cia, le indigna toda oposición.

¿Cómo creeré yo que un niño así dominado por la cólera y devorado por las más irascibles pasiones, pueda ser nunca feliz? ¿Feliz él, que es un déspota, y a la vez el más vil de los esclavos y la más miserable de las criaturas? Yo he visto a los niños educados de esta manera que querían destruir la casa de un empujón, que les diesen la veleta que veían en un campanario, que parasen la marcha de un regimiento para oír los tambores más tiempo, y rasgaban el aire con sus gri­tos, sin querer escuchar a nadie que tardase en com­placerles. En vano se esforzaban todos en complacer­les; irritándose sus deseos por la facilidad de obtenerlos, se obstinaban en cosas imposibles, y en todas partes sólo hallaban contradicciones, obstáculos, penas y dolo­res. Siempre riñendo, siempre rabiando, siempre furio­sos, pasan los días gritando y lamentándose. ¿Eran unos seres afortunados? La debilidad y la dominación reuni­das únicamente engendran locura y tristeza. De dos niños mimados, el uno golpea la mesa y el otro ordena que azoten el mar; tendrán que azotar y golpear mucho antes de vivir contentos.

Si estas ideas de mando y de tiranía les envilecen desde su infancia, ¿qué será cuando crezcan y comien­cen a extenderse y a multiplicarse sus relaciones con los demás hombres? Acostumbrados a ver que todo cede ante ellos, ¡qué sorpresa cuando, al invadir el mundo, vean que todo se les resiste y se sientan aplas­tados por el peso de un universo que pensaban mover a su antojo!

Sus insolentes ademanes y su pueril vanidad sólo les acarrean mortificaciones, desdenes y escarnios; be­ben afrentas como agua; pruebas crueles les demues­tran pronto que no conocen ni su estado ni sus fuer­zas; no pudiéndolo todo, creen que nada pueden. Tan­tos obstáculos desacostumbrados los desalientan, tantos desprecios les envilecen, y se vuelven cobardes, medro­sos, soeces, y tanto caen por debajo de sí mismos cuanto por encima se levantaron antes.

Volvamos a la regla primitiva. La naturaleza ha hecho a los niños para que fuesen amados y prote­gidos, ¿pero les hizo para que fueran obedientes y cre­yentes?, ¿les ha dado un aire imponente, una mirada severa, una voz áspera y amenazadora, con el fin de que infundieran miedo? Yo comprendo que los rugidos de un león espanten a los animales y que tiemblen al ver su terrible melena, pero jamás se ha visto un espec­táculo tan indecente, odioso y ridículo como el que presenta un cuerpo de magistrados con el jefe a la cabeza y en traje de ceremonia postrados ante un niño en mantillas, los cuales le discursean en términos pom­posos, y él, por toda respuesta, grita y babea.

Al considerar la infancia en sí misma, ¿existe en el mundo un ser más débil, más indefenso, más a merced de todo lo que le rodea, que sienta gran nece­sidad de piedad, de solicitud y protección que un niño? ¿No parece que si él muestra un semblante tan dulce y un gesto tan agradable es con el fin de que todo eso que se le acerca se interese por su debilidad y se apre­sure a socorrerle? ¿Pues qué hay más extraño, más contrario al orden, que ver a un niño imperioso y de mala condición ordenar a todos cuantos le rodean y tomar impunemente el tono de amo con aquellos que no tienen más que abandonarlo para que perezca?

Por otra parte, ¿quién no ve que la debilidad de la primera edad encadena a los niños de tantas maneras, que es bárbaro añadir a esta sujeción la de nuestros caprichos, privándole de una libertad tan limitada, de la que no puede abusar, tan inútil para él, y para no­sotros que se la hemos quitado? Si no existe objeto que sea tan digno de burla como un niño engreído, tampoco lo hay que merezca tanta piedad como un niño medroso. Puesto que con la edad de la razón empieza la servidumbre civil, ¿para qué hacer que le preceda la servidumbre privada? Consintamos que exis­ta un instante en la vida exento de este yugo que no nos impuso la naturaleza, y dejemos a la infancia el uso de la libertad natural que, por lo menos durante algún tiempo, la desvía de los vicios que se adquieren con la esclavitud. Vengan esos instructores severos, esos padres esclavos de sus hijos; vengan unos y otros con sus frívolas objeciones, y antes de hablar de mé­todos, escuchen y aprendan el de la naturaleza.

Vuelvo a la práctica; ya he dicho que nada debe conseguir vuestro hijo porque lo pida, sino porque lo necesite[22], y que no debe hacer nada por obediencia sino por necesidad; de forma que las voces obedecer y mandar se proscriban de su léxico, y más aún las de obligación y deber, pero las de fuerza, necesidad, impo­tencia y precisión deben ocupar un destacado lugar. Antes de la edad de la razón, no es posible tener nin­guna idea de los seres morales, ni de las relaciones sociales; por tanto se ha de evitar, hasta donde sea posible, el uso de las voces que las expresan, por temor a que el niño aplique inmediatamente a esas palabras ideas falsas, que luego no sabremos o nos será posible destruir. La primera idea falsa que entra en su cabeza es el germen del error y del vicio, por lo que es nece­sario poner mucha atención ante este primer paso. Haced que, mientras sólo le muevan las cosas sencillas, todas sus ideas se paren en las sensaciones; haced que por todas partes sólo el mundo físico distinga alre­dedor suyo; de lo contrario, estad seguros de que no os escuchará, o que se hará del mundo moral de que le habláis nociones fantásticas que no podréis borrar en adelante.

Discutir con los niños es la máxima fundamental de Locke, y actualmente es la más usada, pero me parece que no es el fruto que de ella se saca la que debe ha­cerla muy digna de crédito, y yo no veo nada más insensato que esos niños con quienes tanto se ha razo­nado. Entre todas las facultades del hombre, la razón, que por decirlo así es un compuesto de todas las demás, es lo que con más dificultad y lentitud se desarrolla, ¡y de ella se quieren apoyar para desarrollar las pri­meras! La obra maestra de una buena educación es formar a un hombre racional, ¡y se pretende educar a un niño por la razón! Eso es comenzar por el final, y querer hacer del instrumento la obra. Si los niños escu­chasen la razón, no habría necesidad de que fueran alumnos, pero con hablarles desde su más tierna edad una lengua que no entienden, los acostumbran a con­tentarse con palabras, a controlar todo cuanto les di­cen, a creerse tan sabios como sus maestros, a hacerse disputadores y revoltosos, y todo cuanto piensan obte­ner de ellos por motivos razonables, nunca lo obtienen sino por los de la codicia, el miedo o la vanidad, que siempre es necesario juntarlos.

He aquí la fórmula a la que poco más o menos se pueden reducir todas las lecciones de moral que se dan y puedan darse a los niños.

 

 

EL MAESTRO: No se debe hacer eso.

EL NIÑO: ¿Y por qué no se debe hacer?

EL MAESTRO: Porque está mal hecho.

EL NIÑO: ¡Mal hecho! ¿Qué está mal hecho?

EL MAESTRO: Lo que te prohiben.

EL NIÑO: ¿Y por qué es malo hacer lo que me pro­híben?

EL MAESTRO: Te castigarán por haber desobedecido.

EL NIÑO: Yo lo haré de manera que no sepan nada.

EL MAESTRO: Te espiarán.

EL NIÑO: Me esconderé.

EL MAESTRO: Te preguntarán.

EL NIÑO: Mentiré.

EL MAESTRO: No se debe mentir.

EL NIÑO: ¿Por qué no se debe mentir?

EL MAESTRO: Porque está mal hecho, etc.

 

 

He aquí el círculo inevitable; salid de él y el niño no os entenderá. ¿No son utilísimas estas instruccio­nes? Mucho celebraría saber con qué se podría susti­tuir este diálogo. El propio Locke se hubiera visto apu­rado. Conocer el bien y el mal, sentir la razón del porqué de los deberes del hombre no es cosa de niños.

La naturaleza quiere que los niños sean niños antes de ser hombres. Si nosotros queremos invertir este orden, produciremos frutos precoces que no tendrán madurez ni gusto y que no tardarán en corromperse; tendremos jóvenes doctores y viejos niños. La infancia tiene maneras de ver, de pensar, de sentir, que le son propias; no hay nada más insensato que quererlas sus­tituir por las nuestras; tanto equivale exigir que un niño tenga cinco pies de alto que juicio a los diez años. En efecto, ¿para qué le serviría la razón a esa edad? Ella es el freno de la fuerza, y el niño no necesita ese freno.

Tratando de inculcar a vuestros alumnos la idea de la obediencia, juntad a esa pretendida persuasión la fuerza y las amenazas, o, lo que es peor, los halagos y las promesas. Así, pues, movidos por el interés o impelidos por la fuerza, parece que han sido conven­cidos por la razón. Ven muy bien que la obediencia es ventajosa y la rebeldía se halla en detrimento, con lo que tienen conocimiento de una y de otra, pero como todo cuanto les mandáis es desagradable para ellos, y siendo por otra parte penoso obedecer la voluntad aje­na, se esconden para hacer la suya, convencidos de que obran bien si no se descubre su desobediencia, pero resueltos a confesar el mal, si los descubren, por temor a otro más grave. Como la razón del deber excede los alcances de esta edad, nadie hay en el mundo que se la pueda hacer verdaderamente palpable, pero el temor al castigo, la esperanza del perdón, la importunidad, el aturdimiento en las respuestas, les sacan todas las con­fesiones que les piden, y creen que los han convencido cuando no han hecho más que intimidarlos o fasti­diarlos.

¿A qué conclusión se llega? Primeramente, imponién­doles una obligación de la que no están convencidos, los exasperáis contra vuestra tiranía y los retraéis de que os amen les enseñáis a disimular, a ser falsos y embusteros para conseguir recompensas o evitar cas­tigos y, finalmente, acostumbrándolos a encubrir siem­pre con un motivo aparente otro secreto, vosotros mis­mos les dais medios de que abusen sin cesar e impi­den que conozcáis su verdadero carácter y os satisfa­gan con palabras vanas cuando se presenta la ocasión. Las leyes, me diréis, aunque obligatorias para la con­ciencia, acosan también a los adultos. Estoy de acuer­do, pero estos hombres, ¿qué son si no unos niños mimados por la educación?, precisamente lo que se ha de prevenir. Emplead la fuerza con los niños y la razón con los hombres; tal es el orden natural, pues el sabio no necesita leyes.

Tratad a vuestro alumno conforme a la edad. Po­nedle en su puesto y retenedle en él de manera que no haga tentativas para salirse. Entonces será práctico en la lección más importante, que es la sabiduría, antes de saber lo que es ésta. No le mandéis nunca nada, sea lo que sea, absolutamente nada, ni dejéis que imagine que pretendéis tener alguna autoridad sobre él. Que sólo sepa que él es débil y vosotros fuertes, que por su estado o el vuestro está necesariamente a vuestra mer­ced; que lo sepa, que lo aprenda, y que sienta pronto sobre su cabeza altiva el duro yugo que la naturaleza impone al hombre, el pesado yugo de la necesidad, bajo el cual es necesario que todo ser se rinda; que vea esta necesidad en las cosas, pero nunca en el ca­pricho[23] de los hombres; que el freno que le retenga sea la fuerza y no la autoridad. No le prohibáis las cosas de que deba abstenerse; evitad que las haga, sin explicación ni raciocinio; lo que le concedáis, conce­dédselo a la primera palabra que diga, sin inquirir, sin ruegos, y sobre todo sin condiciones. Conceded con gusto y no neguéis con repugnancia, pero que todas vuestras repulsas sean irrevocables; no os doblegue im­portunidad alguna; que el no que se pronuncie sea un muro de bronce, contra el cual, apenas haya probado el niño cinco o seis veces sus fuerzas, ya no intentará abatirlo.

De esta forma le haréis paciente, sereno, resignado, sosegado, aun cuando no haya alcanzado lo que quería, porque es natural en el hombre sufrir con paciencia la necesidad de las cosas, pero no la mala voluntad ajena. Las palabras «no hay más» son una respuesta que nunca irritó a ningún niño, a no ser que sospe­chase que era mentira. En cuanto a lo demás, es nece­sario o no exigir de él nada absolutamente o doble­garle desde el principio a una total obediencia. La educación peor es dejarle que fluctúe entre su voluntad y la vuestra y que le disputéis cuál de los dos ha de ser el amo. Yo quisiera cien veces mejor que él lo fuera siempre.

Muy extraño es que desde que se dedican los hom­bres a la educación de los niños, no hayan imaginado otra forma para conducirlos que la emulación, los celos, la envidia, la vanidad, el ansia, el miedo, las pasiones más peligrosas, las que más pronto fermentan y las más capaces de corromper al alma, aun antes de que esté formado el cuerpo. Cada instrucción prematura que quieren introducir en su cabeza, planta un vicio en lo interno de su corazón; instructores faltos de juicio piensan de buena fe que aciertan cuando los malean por enseñarles qué es la bondad, y luego nos dicen gravemente: «Así es el hombre». Sí, ese es el hombre que vosotros habéis formado.

Se han ensayado todos los instrumentos menos uno, precisamente el único que puede surtir efecto: la liber­tad bien aplicada. No conviene que se encargue de edu­car un niño quien no lo sepa conducir a donde quiera por las solas leyes de lo posible y lo imposible. La esfera del uno y del otro son para él igualmente desco­nocidas, y se ensancha o se estrecha a su alrededor como uno quiere. Solamente con el vínculo de la nece­sidad, sin que él exprese la menor queja, se le enca­dena, se le empuja o se le contiene; sólo con la fuerza de las cosas se le transforma en dócil y manejable, sin permitir que le penetre ninguna clase de germen, ya que al no producir ningún efecto, quedan aplacadas las pasiones.

No deis a vuestros alumnos lecciones verbales de ninguna clase, puesto que sólo deben recibirlas de la experiencia; tampoco les debéis imponer ningún casti­go, ya que ignora lo que puede significar culpabilidad; ni les obliguéis a pedir perdón, puesto que no tienen el poder indispensable para ofenderos. Careciendo de moralidad en sus acciones no pueden realizar ningún acto inmoral ni que sea merecedor de reprensión o de castigo.

Ya veo al lector impresionado al formar un juicio sobre este niño, estableciendo una comparación con los nuestros, pero se engaña. La sujeción continua en la cual tenéis a vuestros alumnos irrita su vivacidad, y cuanto más retraídos aparecen delante de vosotros, más revueltos están al librarse de vuestra presencia, ya que es indispensable, si les es posible, compensar los efectos producidos por el duro encogimiento en que los habéis retenido. Dos estudiantes de la ciudad producen más daños en un lugar que toda la juventud de un pueblo. Encerrad a un niño de la ciudad y a otro de una aldea en una habitación; el primero lo derribará y destrozará todo antes de que el segundo se haya movido de su sitio. ¿Por qué esto sucede de tal modo si no es porque uno corre a aprovecharse de su instante de licencia mientras el otro, convencido siempre de su libertad, no siente prisa para apropiár­sela? No obstante, los hijos de los aldeanos, que fre­cuentemente sufren los efectos de ciertas contemplacio­nes o violencias, están aún muy distanciados del estado en el cual yo deseo que se críen.

Pongamos por máxima incontestable que los prime­ros movimientos de la naturaleza son siempre rectos; no hay perversidad original en el corazón humano; no se halla en él un solo vicio que no se pueda averiguar cómo y por dónde se introdujo. La sola pasión natural en el hombre es el amor de sí mismo o el amor propio tomado en un sentido amplio. Este amor propio en sí, o en cuanto hace referencia a nosotros, es útil y bueno, y como carece de la relación indispensable con otro bajo este punto de vista, es naturalmente indife­rente; sólo por el uso que del mismo se hace y las relaciones que se le dan, se convierte en bueno o malo. Hasta que le guíe el amor propio, o sea la razón, es conveniente que un niño no haga nada porque le ven o le oyen, o sea con respecto a los demás, sino que debe actuar según los dictados de la naturaleza, y en­tonces no hará ningún acto que no sea bueno.

Con esto no quiero decir que jamás no cometa nin­gún destrozo ni que alguna vez se haga alguna herida, v si lo encuentra a mano, no rompa un mueble de valor. Podría hacer mucho daño sin obrar mal, ya que el acto malo depende de la intención con que se hace, v el niño jamás lo realizará con tal fin. Si una sola vez la tuviese, todo estaría ya perdido y sería malo, casi sin remedio.

Hay cosas que son malas a los ojos de la avaricia, pero que dejan de serlo a los ojos de la razón. Dejando a los niños con plena libertad de ejercitar su atolon­dramiento, es conveniente apartar de ellos todo cuanto pueda serles gravoso, y no ponerles al alcance de la mano ninguna cosa frágil y preciosa. Su estancia debe estar amueblada con muebles voluminosos y sólidos, sin espejos, porcelanas ni objetos de lujo.

En cuanto a mi Emilio, que educo en el campo, no habrá en su cuarto ningún otro objeto que los propios de otro muchacho campesino. ¿Qué utilidad tiene que se le adorne la habitación con tanto esmero, si tan pocos ratos estará en ella? Pero me equivoco, pues pronto veremos cómo la adorna por sí mismo y qué objetos aporta.

Si, a pesar de vuestras precauciones, el niño come­te algún desorden, como romper algún mueble, no le castiguéis por vuestra negligencia ni le riñáis; que no oiga una sola palabra de reprensión; no le dejéis com­prender que os ha molestado; haced como si se hu­biera roto el mueble por casualidad, y convenceos de que habéis logrado mucho si lográis libraros de hacerle ninguna amonestación.

¿Me atreveré a exponer aquí la mayor, la más importante, la más útil regla de toda la educación? No es la de ganar tiempo, sino, por el contrario, perderlo. Lectores corrientes, perdonadme mis paradojas; cuando se reflexiona, son indispensables, y a pesar de todo lo que se pueda decir, es preferible ser un hombre de paradojas que uno lleno de preocupaciones. El más peligroso tiempo de la vida humana es el que va desde el nacimiento hasta la edad de doce años, debido a que es cuando brotan los errores y los vicios, sin que haya aún ningún instrumento capaz de destruirlos, y cuando éste se obtiene, las raíces están tan profundas que ha pasado el tiempo propicio para arrancarlas. Si los niños saltaran de un solo golpe desde el pecho de la madre hasta la edad del uso de la razón, quizá podría serles conveniente la educación que se les da, pero, según el progreso natural, es necesario una que sea totalmente opuesta.

Haría falta que no hicieran uso de su alma hasta que ésta poseyera todas sus facultades, debido a que es imposible ver la llama que le presentáis cuando aún está en estado de ceguera, y que él siga, en la inmersa llanura de las ideas, una ruta que la razón señala con rasgos casi imperceptibles, incluso para los ojos más perspicaces.

La primera educación debe ser, pues, puramente ne­gativa, la cual no consiste en enseñar ni la virtud ni la verdad, sino en librar de vicios el corazón y el espí­ritu del error. Si pudierais no hacer nada, ni dejar hacer nada, si lograrais tener sano y robusto a vuestro alum­no hasta la edad de doce años, sin que supiera distin­guir su mano derecha de la izquierda, desde vuestras primeras lecciones se abrirían los ojos de su entendi­miento a la razón sin baches ni preocupaciones; nada habría en él que pudiera obstaculizar el buen resultado de vuestros afanes. De este modo, en vuestras manos se convertiría en el más sabio de los hombres, y omi­tiendo toda intervención en un principio, realizaríais un prodigio de educación.

Obrad de un modo totalmente opuesto del que se acostumbra actualmente y casi es seguro de que acer­taréis. Como los padres y los maestros no quieren que el niño sea niño, sino doctor, no ven el momento de enmendar, corregir, reprender, acariciar, amenazar, pro­meter, instruir... Obrad de un modo mejor, sed racio­nales y argumentad con vuestro alumno, especialmente con la finalidad de que apruebe lo que no es de su agrado, ya que el mal traer a la razón en cosas desa­gradables, termina por hacérsela fastidiosa y desacredi­tarla muy pronto en un alma que todavía no es capaz de entenderla. Haced que se ejerciten su cuerpo, sus órganos, sus sentidos y sus fuerzas, pero mantened ocio­sa su alma el mayor tiempo posible. Debéis sentir miedo a todos los afectos que sean anteriores al juicio que los valúa. Se deben contener las impresiones que le vengan del exterior, y para poner un estorbo al naci­miento del mal, no os deis prisa alguna en producir el bien, ya que éste nunca es real hasta que viene alum­brado por la razón.

Debéis ver todas las demoras como ventajas, por­que es ganar mucho, pues se avanza hasta el fin sin perder nada; dejad que madure la infancia en los niños. Por último, si se hiciera necesaria alguna lección, guar­daos de dársela hoy si podéis demorarla sin peligro hasta mañana.

Otra consideración que confirma la utilidad de este método es la del genio particular del niño, puesto que es indispensable conocerlo muy bien a fin de que se le pueda aplicar el régimen moral que mejor le con­viene. Cada espíritu tiene su forma propia según la cual necesita ser gobernado, y para obtener el fruto de los anhelos que se toman, es indispensable que sea gobernado por esta forma y no por otra. Hombre pru­dente, espía durante mucho tiempo la naturaleza, ob­serva minuciosamente a tu alumno antes que le digas una palabra, espera que primero se muestre con toda libertad el germen de su carácter, no le fuerces en ninguna cosa con el fin de observarle mejor por com­pleto. ¿Piensas que es perdida para el niño esta época de libertad? Todo lo contrario; será el mejor emplea­do; pues aprende tú a no perder un solo momento el tiempo más precioso, y si empiezas a actuar antes de saber lo que conviene hacer, obrarás a la ventura, te expondrás a que queden frustrados tus propósitos, ten­drás que volver atrás y te encontrarás más alejado de la meta que si no hubieras llevado tanta prisa para alcanzarla. No obres como el avaro, que por no perder nada, pierde mucho. Debes sacrificar en la edad pri­mera un tiempo que recuperarás con creces en una edad más avanzada. El médico prudente no ofrece de una manera atolondrada sus remedios desde la prime­ra visita, pues antes de recetar estudia el tempera­mento del enfermo; comienza tarde a curarle, pero le sana, mientras que el que se precipita le mata.

Pero, ¿dónde debemos colocar a este niño para edu­carle de este modo como un ser insensible, como un autómata? ¿Le colocaremos en la Luna o en una isla desierta? ¿Le apartaremos de todos los humanos? ¿El mundo no le ofrecerá de un modo continuo el espectáculo y el ejemplo de las pasiones? ¿No verá nunca otros niños de su edad? ¿No verá nunca a sus parien­tes, a sus vecinos, a su nodriza, a su ama, a su lacayo, a su mismo ayo, que al fin no ha de ser un ángel?

Esta objeción es fuerte y sólida. Pero, ¿os he dicho yo que sea una empresa fácil una educación natural? ¡Oh, hombres!, si habéis hecho difícil todo cuanto es bueno, ¿es culpa mía? Yo conozco estas dificultades, las confieso y quizá sean insuperables, pero siempre es verdad que, dedicándose a evitarlas, tienen un límite remediable. Yo marco la meta hacia donde debe diri­girse la carrera; no afirmo que se pueda llegar a ella, pero aseguro que el que se acerque más al final, es el que mayores ventajas sacará.

Debéis tener presente que antes de atreverse a co­menzar la empresa de formar un hombre es del todo imprescindible que uno mismo se haya hecho hombre, y hallar en sí mismo el ejemplo que se debe proponer. Mientras el niño carece aún de conocimiento, hay tiem­po para disponer todo lo que se le acerca, de tal forma que a sus primeras miradas no se le presenten otros objetos que los que le conviene ver. Haced que todo el mundo os respete, comenzando por obrar de suerte que todos los que os rodean os amen y procure cada uno complaceros. No podéis ser el árbitro del niño, si antes no lo sois de todo lo que le circunda, y jamás esta autoridad será suficiente si no lleva por cimientos el aprecio de la virtud. No se trata de vaciar el bol­sillo y de esparcir el dinero a manos llenas; nunca he visto que el dinero hiciera amar a nadie. No debe ser uno avaro ni duro, ni ha de compadecer la miseria que puede ser aliviada, pero es inútil abrir las arcas si al propio tiempo no se abre el corazón; de lo contrario, el de los demás permanecerá cerrado. Vuestro tiempo, vuestra solicitud, vuestro afecto, vosotros mismos, eso es lo que tenéis la obligación de dar, pues, aunque ha­gáis más, se ve claramente que vuestro dinero no sois vosotros. Existen testimonios de interés y de benevo­lencia de más eficacia y mayor provecho, que todas las dádivas. ¡Cuántos desgraciados y enfermos hay que precisan más de consuelos que de limosna! ¡Cuántos seres oprimidos hay a los cuales les sería más útil la protección que el dinero! Poned en paz a las personas que se indisponen, evitad los pleitos, convenced a los hijos de sus obligaciones y a los padres de la indul­gencia; promoved matrimonios felices, estorbad las ve­jaciones, usad con largueza del crédito de los parien­tes de vuestro alumno, amparando al débil a quien niegan justicia y que es oprimido por el poderoso. Sed un sustento firme de los desdichados. Procurad ser justos, humanos y benéficos; no hagáis solamente li­mosnas, sino también caridad, pues mejor alivian las obras de misericordia que el dinero. Si amáis a los otros, seréis también amados por ellos; servidlos y os servirán; sed hermano suyo y serán vuestros hijos.

Esta es una más de las razones por la cual yo quiero educar a Emilio en el campo, lejos de la chus­ma de criados, los últimos de los humanos después de sus amos; lejos de las disolutas costumbres de las ciudades, que el pulimentado barniz de que están cu­biertas hace atractivas a los niños. Los vicios de los campesinos, sin adorno y con toda su rusticidad selvá­tica, son más para rechazar que para seducir cuando no se tiene el menor interés en imitarlos.

En un pueblecito el ayo será mucho más dueño de los objetos que quiera poner delante del niño; su pres­tigio, sus palabras, su ejemplo, tendrán una autoridad que no pueden tener en la ciudad, debido a que sirve útilmente a todos, y también anhelan complacerle, pro­curan granjearse su cariño y se presentan delante del alumno como desea el maestro, y si no se corrigen sus vicios, procuran evitar el escándalo, que es todo lo que precisamos para el logro de nuestro objeto.

No culpéis a los demás de vuestros propios yerros, ya que menos corrompe a los niños el mal que ven que el que vosotros les enseñáis. Siempre con vuestros sermones, vuestra moral y pedantería, por cada idea que les insinuáis, creyendo que es buena, les ofrecéis otras veinte carentes de valor, y llenos de lo que tenéis en la cabeza, no os dais cuenta del efecto que producís en la suya. En este flujo de palabras que continua­mente les soltáis, ¿creéis que no haya una que la en­tiendan equivocadamente? ¿Pensáis que no comentan a su modo vuestras difusas explicaciones y que no en­cuentran materia para formar un sistema a su alcan­ce, y que, cuando llegue su momento, sabrán opo­neros?

Escuchad a uno de estos pequeños hombres a quie­nes se acaba de aleccionar; dejadle que hable, que haga preguntas, que disparate a su placer, ,y quedaréis asom­brados del extraño giro que vuestros razonamientos han metido en su cabeza; lo confunde todo, lo transfor­ma todo; os impacienta, os calláis o le hacéis callar. ¿Y qué puede pensar de este mutismo de un hombre que tanto se muere por hablar? Si alguna vez alcanza este triunfo y lo advierte, adiós educación; en este punto todo se acabó; ya no procura instruirse, pro­cura refutaros.

Maestros celosos, sed prudentes, sencillos, reserva­dos; no os apresuréis a obrar si no es en el caso de que vuestros actos sirvan de estorbo para que otros obren; lo repito continuamente: aplazad todo lo posi­ble una instrucción buena por temor de dar una mala. En esta tierra que la naturaleza hubiera hecho el pri­mer paraíso del hombre, debéis sentir miedo de no realizar el oficio del tentador, queriendo dar a la ino­cencia el conocimiento del bien y del mal; no pudien­do impedir que se instruya el niño con los ejemplos que ve, poned todo vuestro empeño en grabar en su ánimo estos ejemplos con la imagen que le convenga.

Las pasiones impetuosas producen un gran efecto en el niño que las presencia, debido a que tienen seña­les muy sensibles, las cuales le impresionan intensa­mente y le obligan a prestarles la mayor atención. La ira sobre todo es tan ruidosa en sus arrebatos, que si uno está a su lado, casi es imposible el no advertirla. Esto no obliga a pedir si es esta una ocasión propicia para que un pedagogo haga un gran discurso. Fuera los discursos, ni una palabra. Dejad que hable el niño; asombrado con el espectáculo, dejará de haceros pre­guntas. La respuesta es simple y se saca de los mismos objetos que han impresionado sus sentidos. Ve un ros­tro inflamado, unos ojos ardientes, un aire amenazador; oye gritos, y todo demuestra que su cuerpo no está en su verdadero estado natural. Decidle pausadamente y sin misterio: «Este pobre hombre está enfermo, tiene un exceso de fiebre». Y podéis aprovechar la ocasión de manifestarle, con pocas palabras, lo que son las en­fermedades y los efectos que producen, puesto que son una cosa natural y uno de los lazos de la necesidad hacia la cual se debe sentir obligado.

Podría ser que sobre esta idea, que no es falsa, ad­quiriera a su debido tiempo una repugnancia hacia los excesos de las pasiones, las cuales tendrá o considerará como enfermedades. ¿Creéis que una noción parecida, dada oportunamente, no producirá efectos más saluda­bles que el más plúmbeo sermón sobre la moral? Aho­ra observad las consecuencias de esta noción para el futuro: Estáis autorizado para tratar a un niño iras­cible como a un enfermo; le imponéis una dieta, hacéis que se asuste de sus nacientes vicios, que se le hagan odiosos, y quizá tendréis que recurrir a la severidad para curarle. Y si os sucede que en algún momento de irritabilidad perdéis la moderación que debéis con­servar tan cuidadosamente, no le ocultéis vuestro error; como una amorosa queja y con acento ingenuo, de­cidle: «Amiguito, me has puesto malo».

En lo que resta, es importante que todas las gra­cias que pueda producir en un niño la simplicidad de ideas, en las cuales está criado, jamás sean puestas de relieve en su presencia, ni se hable de ellas de manera que él pueda comprenderlo. Una explosión de risa indis­creta puede anular el trabajo de seis meses y causar un irreparable perjuicio para toda la vida. No me can­saré de repetir que para ser el árbitro del niño, es indispensable serlo de sí mismo. Yo me imagino a mi pequeño Emilio en el momento de más dureza de una riña entre dos vecinas, dirigiéndose a la más enfure­cida y diciéndole en tono compasivo: «Buena mujer, está usted enferma, y lo siento mucho». Esta piedad no dejará de producir un gran efecto entre los especta­dores, y tal vez entre las protagonistas de la pelea. Sin reírme, ni reñirle, ni elogiarle, me lo llevo de buen grado o por fuerza antes de que pueda darse cuenta de tal efecto, o por lo menos antes de que tenga tiempo para pensar en él, y a tal fin me apresuro a distraerle con otros objetos que le hagan olvidar lo sucedido lo más pronto posible.

Mi deseo no es, pues, entrar en detalles, sino sola­mente exponer las máximas generales y proporcionar ejemplos para las ocasiones difíciles. Yo tengo por im­posible que en el seno de la sociedad pueda llegar un niño a los doce años sin que se le den algunas ideas de las relaciones que existen de hombre a hombre y de la moralidad de los actos humanos. Es suficiente tener un gran cuidado de que no precise estas nociones hasta lo mas tarde posible, y cuando ya sean inevitables, que queden limitadas a la utilidad del momento, sólo con el fin de que no se considere el dueño de todo ni perjudique al prójimo sin ningún escrúpulo o por igno­rancia. Existen caracteres dulces y tranquilos que se pueden llevar muy lejos sin peligro alguno en su pri­mera inocencia, pero también los hay de naturaleza violenta cuya irascibilidad se manifiesta muy pronto, y es forzoso darse prisa en hacerlos hombres para no hallarnos en la obligación de tenerlos encadenados.

Nuestros primeros deberes se refieren a nosotros, y nuestros sentimientos primitivos se concentran en nosotros mismos; todos nuestros movimientos naturales se refieren primero a nuestra conservación y a nuestro bienestar. Así, el primer sentimiento de la justicia no nos viene de la que nosotros somos deudores, sino de la que nos deben; por ese motivo, hablar siempre de las obligaciones a los niños y nunca de sus derechos, comenzando por decirles lo contrario de lo que nece­sitan, cosa que no les interesa, ni pueden entender, es uno de los defectos comunes de la educación.

Si hubiera que conducir a uno de estos que acabo de suponer, diría: «Un niño nunca ataca a las personas, sino a las cosas»[24]; y muy pronto le enseña la expe­riencia a los que tienen más fuerza y más edad; pero las cosas no se defienden por sí mismas. La primera idea que se le debe sugerir es de que es de menos importancia la de la libertad que la de la propiedad, y para que él pueda adquirir esta idea, hace falta que sea dueño de algo: sus vestidos, sus muebles, sus juguetes, etc. Si sólo puede disponer de estas cosas, ignora por completo la causa de que estén en sus manos. Al decirle que las tiene porque se las han dado, no adelantamos nada, ya que para dar es necesario poseer; por consiguiente, existe una propiedad que es anterior a la suya, y es el principio de la propiedad lo que él quiere explicarse o compren­der, sin tener en cuenta que la donación es un conve­nio, y que el niño no puede saber todavía lo que es una convención[25]. Lectores, os ruego que notéis en este ejemplo y en otros cien mil, cómo saturando la ca­beza de los niños de palabras que carecen de signifi­cación para ellos, creen, erróneamente, que les han dado alguna instrucción.

Es menester, pues, llegar hasta el origen de la pro­piedad, puesto que de este punto debe originarse la primera idea de ella. El niño que vive en el campo tiene alguna noción de los trabajos agrícolas; para esto no precisa más que ojos y espacio, y tiene lo uno y lo otro. Es propio de todas las edades, y especialmente en la suya, el afán que tiene el hombre de crear, imitar, producir, y el de dar señales de actividad y poderío.

Por los principios anteriormente expuestos, yo no me opongo a su deseo; por el contrario, le favorezco, tomo parte en él, trabajo con él, no por hacer su gusto, como él cree, sino por hacer el mío; soy su mozo en la huerta, y mientras él va adquiriendo fuerzas, yo cavo la tierra; él toma posesión sembrando un haba, y en verdad que más sagrada y respetable es esta pose­sión que la que de la América meridional tomó Núñez de Balboa en nombre del rey de España, plantando su estandarte en las playas del mar del Sur.

Viene todos los días a regar las habas, y las vemos crecer llenos de alegría. Yo acreciento su júbilo dicién­dole: «Esto te pertenece», y explicándole el significado de la palabra pertenencia, procuro que comprenda que ha invertido en el cultivo un tiempo, su trabajo, su esfuerzo y por último su dedicación constante; que hay en esta tierra algo que es suyo, que puede reclamarlo contra quien sea, lo mismo que si él tratase de librar su brazo de la mano de otro hombre que se lo quisiera sujetar.

A lo mejor llega un día con la regadera en la mano. ¡Oh, espectáculo; oh, dolor! Todas las habas las han arrancado, la tierra removida y ni siquiera reconoce la plantación. ¡Ah!, ¿qué se ha hecho de mi trabajo, de mi obra, de mis sudores y afanes? ¿Quién me ha ro­bado mi caudal? ¿Quién me ha robado mis habas? El tierno corazón se subleva y el primer sentimiento de la injusticia vierte en él su áspera amargura; sale de sus ojos un caudal de lágrimas, y el desconsolado niño llena el aire de gritos y sollozos. Uno toma parte en su pena e indignación, e indagamos, nos informamos, tratamos de saber quien y cómo, hasta que descubri­mos que ha sido el hortelano, y le llamamos.

Pero ahora vemos que todo es distinto de lo que creímos. Al saber el hortelano el motivo de nuestra protesta, empieza a quejarse más violentamente que nosotros. «¿Con que son ustedes, señores, los que me han echado a perder mi trabajo? Yo había sembrado unos melones de Malta cuyas pepitas me habían dado como un tesoro; quería regalarles algunos cuando madurasen, y ahora, por sembrar sus malditas habas, han arrancado los melones que ya habían nacido,  sin que disponga de más pepitas de su clase. Me han ocasionado un perjuicio irreparable y se han privado del gusto de comer unos melones que habrían sido exquisitos.»

 

 

JUAN JACOBO: Dispénsenos usted, buen Roberto, por haberle malogrado su trabajo. Veo muy bien que hemos echado a perder sus esfuerzos, pero mandaremos a buscar otras pepitas de Malta y no trabajaremos la tierra sin asegurarnos antes de que no la cultiva otro.

ROBERTO: Bah, si es así, señores, ya pueden ustedes dedicarse a dormir, porque aquí ya no hay tierras baldías. Yo trabajo las que heredé de mi padre, como hacen otros aldeanos; todas las tierras que ven tienen dueño desde hace mucho tiempo.

EMILIO: Señor Roberto, ¿se perderán muchas veces las pepitas de melón?

ROBERTO: Perdóname, niño, pero no se pierden, por­que no tenemos muchos señoritos atolondrados como tú. Nadie toca el huerto de su vecino y cada uno res­peta el trabajo de los demás, para que también respeten el suyo.

EMILIO: Pero yo no tengo huerto.

ROBERTO: ¿Qué me importa a mí? Si tú te metes en el mío, te echaré, porque no quiero perder mi trabajo.

JUAN JACOBO: ¿No nos podríamos arreglar con el buen Roberto? Que nos dé a mi amiguito y a mí un rincón de su huerto, con la condición de que le daremos la mitad de lo que produzca.

ROBERTO: Yo se lo doy a ustedes sin condición, pero sepan que iré a levantar sus habas si tocan mis melones.

 

En este ensayo sobre la manera de inculcar a los niños las nociones primitivas, vemos cómo la idea de propiedad es natural al derecho del primer ocupante por el trabajo. Esto es claro, franco, sencillo y siempre al alcance del niño. Desde este punto, 'hasta llegar al derecho de propiedad y las permutas, no falta mas que un paso, y una vez dado ya no se debe seguir adelante. Es de observar cómo una explicación que he limi­tado en dos páginas, tal vez sea la materia de nuestro trabajo durante un año en el terreno práctico, puesto que en la carrera de las ideas morales no es posible su avance si no es con una gran lentitud, ni sobra el delicado cuidado que se ponga en asegurar firmemente cada uno de los pasos que se den. Jóvenes maestros, os suplico que meditéis sobre este ejemplo y tengáis presente que vuestras lecciones deben estar fundamen­tadas más en las acciones que en discursos, ya que los niños se olvidan fácilmente de cuanto han dicho y oído, y recuerdan muy bien lo que han realizado y les ha sucedido.

Más pronto o más tarde deben darse enseñanzas de esta clase, como he manifestado, según se apresure o retarde la necesidad de aleccionar por la índole pací­fica o revoltosa del alumno; la necesidad de enseñar es de una evidencia palpable, pero para no dejar nada importante en lo que se refiere a cosas dificultosas, daremos todavía otro ejemplo.

Vuestro desobediente niño estropea todo lo que toca, pero no debéis enfadaros y sólo procede desviar o apartar de él lo que puede echar a perder. ¿Rompe los muebles de los cuales ha de servirse? Pues no os deis prisa en darle otros, y procurad que sienta todo el daño de la privación. ¿Rompe los cristales de sus ven­tanas? Dejad que le dé el viento de día y de noche, sin preocuparos de sus resfriados, ya que más vale que se resfríe que no que siga con sus locuras. Nunca os quejaréis de las incomodidades que os produce, pero debéis procurar que sea él quien las sufra primero. Después, hacéis poner los cristales sin decirle nada. ¿Los vuelve a romper? Cambiad entonces de método; decidle con sequedad pero sin enojo: «Las ventanas son mías y quiero que no me moleste el aire». Luego le encerráis en un cuarto oscuro y sin ventanas. Después de tan extraño proceder, grita y alborota, pero nadie le hace el menor caso. Pronto se cansa, se aturde y cambia de sistema; ahora se lamenta y solloza, se pre­senta un criado y el alborotador le ruega que le saque de allí. Sin molestarse en buscar argumentos para com­placerle, responde el criado: «También yo tengo cris­tales que quiero conservar», y se marcha. Por último, transcurridas algunas horas en su encierro, el tiempo preciso para fastidiarse y no olvidar la lección, alguien irá a sugerirle la idea de que os proponga un conve­nio en virtud del cual no romperá más cristales a cambio de su libertad. No desea otra cosa; os hará llamar, acudiréis, hará su propuesta, y la admitiréis al instante, diciéndole: «Eso está muy bien pensado y los dos ganaremos; ¿por qué no se te ocurrió antes esa idea?». Después, sin exigir confirmaciones de su pro­mesa, le daréis un cariñoso abrazo y le llevaréis segui­damente a su aposento, considerando este convenio tan inviolable y sagrado como si se hubiera realizado bajo un solemne juramento. ¿Cuál será la idea que tendrá de esta forma de actuar, de la fe en los convenios y de su utilidad? O estoy equivocado o no hay en la tierra un niño, sino está corrompido de antemano, que pien­se en romper adrede un cristal. Dedúzcase de todo cuanto hemos manifestado el encadenamiento que existe en todo ello; cuando hacía un agujero para sembrar unas habas no pensaba que existía un calabozo en el cual no tardaría mucho en encerrarle su ciencia[26].

Estamos aquí en el mundo moral y ved ahí la huerta abierta al vicio; con los pactos y las obligaciones nacen la mentira y el engaño. Tan pronto como se adquiere la libertad de hacer lo que no se debe, procuramos ocultar lo que hemos hecho, de tal modo que el inte­rés nos obliga a prometer, y otro interés mayor tiene fuerza para que se viole la promesa; sólo se trata de violarla impunemente, siendo el recurso natural escon­derse y mentir. Al no haberse podido prevenir el vicio, hemos caído en la obligación de castigarlo. Estas son las miserias de la vida humana, las cuales tienen sus inicios con los errores.

He expuesto lo suficiente para que se comprenda que jamás se debe castigar a los niños como tal cas­tigo, sino que el castigo siempre les debe venir como natural consecuencia de una mala acción. No haréis, pues, discursos, contra la mentira, y no les castigaréis precisamente por haber mentido, sino que debéis pro­curar que cuando mientan recaigan todos sus efectos sobre ellos, como, por ejemplo, la de no creerles cuando dicen la verdad, o acusarles de algo que no han hecho, aunque ellos lo nieguen. Pero es necesario que antes expliquemos qué cosa es mentir a los niños, para que no se vean o se crean injustamente castigados.

Existen dos clases de mentiras: la de hecho, que se refiere a una acción pasada, y la de derecho, que es la que tiene relación con lo futuro. Cuando uno niega lo que ha realizado o afirma haber hecho lo que no hizo, y de un modo general habla a sabiendas contra la verdad de las cosas, la mentira pertenece a la pri­mera clase. La segunda está en la promesa que no se tiene intención de cumplir, y en manifestar una inten­ción contraria a la que se tiene. En algunos casos ambas mentiras pueden concretarse en una sola[27], pero aquí sólo las considero en lo referente a sus diferencian.

Aquel que siente la necesidad del auxilio de los de­más y continuamente le alcanza su benevolencia, no tiene ningún interés en engañarlos; por el contrario, tiene un evidente interés en que vean las cosas tal como son por temor de que se engañen en perjuicio suyo. Se ve claramente, pues, que la mentira de hecho no es natural a los niños, pero es la ley de la obedien­cia lo que despierta la necesidad de mentir, porque siendo la obediencia penosa, en secreto se la rehúye todo lo posible, y el interés por evitar la represión o el castigo puede más que la parodia de expresar la verdad. En la educación libre y natural, ¿por qué ha de mentir vuestro hijo? ¿Qué es lo que tiene que ocul­taron? Si no le reprendéis, no le castigáis por nada, ni exigís nada de él, ¿por qué os ha de ocultar lo que ha hecho, diciéndolo con la misma ingenuidad con que se lo diría a un camarada suyo? El no ve más peligro en confesarlo a uno o a otro.

La mentira de derecho todavía es menos natural, ya que las promesas de hacer o de abstenerse son actos convencionales que salen del campo natural y derogan la libertad. Pero debe tenerse presente que todas las obligaciones de los niños son de carácter nulo en sí mismas, debido a que, no pudiendo percibir las cosas más allá de lo presente, ignoran lo que hacen en el momento en que se obligan. Comprometiéndose, casi no es posible que mienta un niño, porque pensando solamente en salir del apuro del momento, le parece indiferente todo medio que carece de un efecto inme­diato, no promete nada cuando lo hace para un tiempo futuro, y estando su imaginación todavía adormecida, carece del poder necesario para extender su estado a dos épocas distintas. Si pudiese evitar unos azotes, o se le prometiera un paquete de dulces a condición de al día siguiente arrojarse por el balcón, lo prometería en el acto. Por la misma causa las leyes no toman en consideración ninguna de las obligaciones de los niños, y si los padres y los maestros más severos exigen que las cumplan, se debe a que se trata de cosas que debería realizar el niño, aun cuando no lo hubiera prome­tido.

No sabiendo el niño a lo que se obliga cuando pro­mete, se ve claramente que no se halla en condiciones de poder mentir. No podemos decir lo mismo cuando falta a una palabra, que es también una especie de mentira retroactiva, ya que él recuerda perfectamente que prometió cumplirla, pero de lo que no se da cuenta todavía es de la importancia que tiene. Fuera de pen­sar en el porvenir, no puede prever las consecuencias dé nada, y cuando incumple sus promesas, no hace nada que esté contra la razón de su edad.

De esto se deduce que las mentiras de los niños son la obra de los maestros, y querer que aprendan a decir la verdad no es más que enseñarles a mentir. Con el afán de dictarles reglas, gobernarles e instruirles, nunca hallan medios suficientes para conseguir sus propósitos; pretenden enlazar su espíritu con máximas infundadas, con preceptos faltos de razón, y prefieren que sepan su lección y mientan a que se queden ignorantes y sean veraces.

Nosotros, que sólo damos a nuestros alumnos lec­ciones prácticas, y que antes los preferimos buenos que sabios, no exigimos de ellos la verdad, por miedo a que la falseen, ni les obligamos a que prometan nada que pueda ser causa de caer en la tentación de no cumplir. Si se ha cometido durante mi ausencia algún disparate y yo ignoro quién ha sido, me abs­tendré de acusar a Emilio o de preguntarle: «¿Has sido tú?»[28]. Pues, ¿qué otra cosa haría con esto sino enseñarle a negar? Y si por su natural difícil me obliga a llegar a algún convenio con él, tomaré mis medidas de tal modo que la propuesta siempre proceda de él, y no de mí, y una vez se haya obligado, procuraré que siempre tenga un vivo interés en cumplir su palabra, y si alguna vez faltase a ella, que era mentira le pro­duzca molestias que vea que salen del mismo orden de las cosas y no de la venganza de su maestro. Pero, lejos de tener que recurrir a expedientes tan crueles, estoy casi seguro de que Emilio sabrá más tarde qué cosa es mentir, y que cuando lo sepa se quedará admi­rado y no comprenderá para qué puede ser buena la mentira. Es indiscutible que el hacer más independien­te su bienestar, tanto de la voluntad como del juicio ajeno, más aparto de él todo interés en mentir.

Cuando no se lleva prisa en instruir, tampoco debe­mos exigir, y se toma el tiempo suficiente para no exigir nada que esté fuera de razón. De este modo es como se va formando el niño y no se le echa a perder. Pero cuando un preceptor desconcertado, que no sabe qué hacer, le obliga a cada instante a que prometa esto o aquello, sin distinción, ni elección, ni medida, el niño, fastidiado y abrumado con todas estas pro­mesas, las descuida, se olvida de ellas las desdeña, y, por último, mirándolas como cláusulas de un vano for­mulario, tanto le da cumplirlas como rehusarlas. Si queréis que permanezca fiel en el cumplimiento de su palabra, es preciso que se le exija con mucha dis­creción.

El detalle en que acabo de entrar, referente a la mentira, puede ser aplicado bajo muchos aspectos a todas las otras obligaciones, que al mismo tiempo que las ordenan a los niños, se las hacen aborrecibles ade­más de impracticables. A causa de predicarles la virtud, les hacen amar todos los vicios, y les son inspirados prohibiéndoles que los contraigan. Cuando los quieren hacer piadosos, los llevan a que se aburran en la igle­sia, obligándoles a que balbuceen incesantemente oracio­nes entre dientes y a que aspiren a la dicha de no tener necesidad de encomendarse a Dios. Con el fin de inspirarles la caridad, les hacen dar limosna, como si los maestros tuviesen a menos al darla ellos mismos, olvi­dando que no es el niño quien debe dar, sino el maes­tro; por mucho afecto que tenga a su alumno, no le debe ceder este honor, y debe inculcarle que por su edad no es aún acreedor a él. La limosna es una acción del hombre que sabe el valor de lo que da y la nece­sidad que tiene de ella su semejante; por consiguiente, el niño, que ignora eso, está imposibilitado para la ad­quisición de algún mérito al dar limosna al necesitado. El da sin caridad ni beneficencia, casi avergonzado, basándose en el ejemplo de que sólo los niños dan limosna, y nunca los mayores.

Se debe tener presente que nunca hacen dar al niño otras cosas que aquellas cuyo valor desconoce: piezas de metal que lleva en el bolsillo y que sólo le sirven para eso. Antes daría un niño cien doblones que un pastel. Que se le diga a este repartidor tan espléndido que dé las cosas que más le gustan: sus juguetes, sus dulces, su merienda, y pronto veremos si habéis con­seguido que sea generoso.

Hay también otro recurso para esto, el cual consiste en devolverle al niño lo que ha dado, y pronto veremos que da aquello que sabe que se lo devolverán. Sólo he observado en los niños estas dos clases de generosi­dad: dar lo que de nada les sirve, o dar lo que están seguros que les restituirán. «Obrad de modo, dice Locke, que por experiencia se convenzan de que siempre el más liberal sale mejor librado»; eso es hacer el niño liberal en apariencia y avaro en realidad. Luego añade que así contraerán los niños el hábito de la liberali­dad; sí, de una liberalidad usuraria que da uno para sacar ciento. Se debe atender al hábito del alma, no al de las manos. A ésta se parecen todas las demás virtudes que enseñan a los niños. ¡Y por predicarles virtudes tan sólidas, consumen en la tristeza sus pri­mero años! Rechazad una educación tan sabia.

Maestros, dejad estas puerilidades, sed virtuosos y buenos y procurad que vuestros ejemplos queden gra­bados en la memoria de los alumnos, hasta que puedan penetrar profundamente en su tierno corazón. En lugar de exigirle a mi alumno obras de caridad, prefiero ha­cerlas yo en su presencia, y aún trataré de evitar que me imite, debido a que no es conveniente a su corta edad, ya que es importante que no considere las obli­gaciones de los hombres como costumbres de los niños.

Y si  al ver que auxilio a los pobres me hace preguntas sobre esto, y veo que es oportuno contestarle[29], le diré: «Amigo mío, esto es porque cuando los pobres consintieron en que hubiera ricos, los ricos prometieron ayudar a todos aquellos que ni con sus bienes ni con su trabajo se pudieran mantener». «Entonces, ¿también usted lo prometió?» «Claro que sí, porque sólo soy el dueño de los bienes que pasan por mis manos, con la condición de que no es absoluta mi propiedad.»

Después de oír este discurso (y ya se ha visto cómo debe prepararse al niño para que esté en condiciones de entenderlo), otro que no fuera Emilio caería en la tentación de imitar y se comportaría como un hombre rico, y en este caso procuraría ponerle algún estorbo para que no lo hiciera con ostentación; preferiría que me quitase mi derecho y se escondiera para hacer la dádiva. Por ser propio de su edad, sería el único fraude que yo le perdonaría.

Yo sé que las virtudes de imitación son como las de los monos, y que una buena acción, no porque lo es, sino porque la realizan los demás, no es moral­mente buena. Pero es necesario procurar que los niños imiten los actos cuyo hábito queremos que adquieran, puesto que a su edad todavía no siente nada su cora­zón, y mientras va llegando el tiempo del discernimien­to, pueden realizarlos por amor al bien. Sabemos que el hombre es un ser que imita a los demás, lo mismo que los animales. La propensión a imitar sale de la naturaleza bien ordenada, pero en la sociedad degenera en vicio. Imita el mono al hombre, a quien teme, y en cambio no imita de los animales, a los que desprecia, cree bueno todo lo que hace un ser superior a él. Entre los hombres sucede lo contrario; nuestros gra­ciosos de todas las especies imitan lo hermoso y bello para rebajarlo y hasta ridiculizarlo; convencidos íntima­mente de su ruindad, se proponen igualarse con los que valen más que ellos, y si se esfuerzan en imitar lo que les parece digno de admiración, en la elección de los objetos demuestran el mediocre gusto de los imitadores, los cuales prefieren antes engañar a los otros o elogiar su propio talento, que ilustrarse y me­jorar. El fundamento de la imitación entre nosotros viene del deseo de no ser siempre el mismo. Si yo salgo bien de mi empresa, mi Emilio no deseará hacer lo mismo; de este modo, será necesario renunciar al aparente bien que puede producir.

Adentraos en lo más íntimo de las reglas de vuestra educación y las hallaréis totalmente opuestas a la razón, particularmente en lo que se refiere a las vir­tudes y a las costumbres. La sola lección de moral que conviene a la infancia y la que más importancia tiene en todas las edades es la de no causar ningún mal a nadie. El mismo precepto de hacer el bien, cuan­do no está subordinado al otro, es peligroso, falso y contradictorio. ¿Quién hay que no haga el bien? Todo el mundo hace algo bueno, lo mismo el perverso como los otros, el cual hace un hombre dichoso a costa de cien miserables, y de aquí vienen todas nuestras cala­midades. Las más sublimes virtudes son negativas, y son también las más difíciles, porque van desprovistas de ostentación y ocupan un lugar más elevado que el mismo placer, tan dulce para el corazón del hombre, deseoso de que otro se vaya contento y satisfecho de nosotros.

¡Oh, cuánto bien hace a sus semejantes aquel que, si hay alguno, nunca hace mal! ¡Qué carácter tan ínte­gro y qué ánimo tan intrépido el suyo! Esto no con­siste en razonar sobre esta máxima, sino procurando ponerla en práctica, viendo lo que es noble y lo que se debe rechazar[30].

He aquí algunas breves ideas acerca de las precau­ciones con que quisiera yo que a los niños se les dieran las instrucciones que a veces no se les pueden negar, sin exponerlos a que hagan daño a los demás o a sí mismos, especialmente en contraer malos hábitos, que más tare serían difíciles de corregir, pero podemos estar seguros de que serán raras las veces que nos en­contraremos en esta necesidad con niños educados como deben serlo, debido a que no hay posibilidad de que se vuelvan indóciles, malos y embusteros, si no han arraigado en su corazón los vicios que los descarrían, de tal manera que cuanto llevo dicho sobre este punto, más que a las reglas se aplica a las excepciones, pero éstas son más comunes a medida que los niños tienen más ocasiones de salir de su estado y contraer los vicios de los hombres. Aquellos que en medio del bu­llicio del mundo se educan con precisión, les son nece­sarias unas instrucciones más precoces que a los que están educados en la soledad. Esa educación sería pre­ferible, aunque no hiciera otra cosa que dar tiempo para que madure la infancia.

Hay otro género de excepciones contrarias para aquellos que un feliz natural les hace superiores a su edad. Así como hay hombres que nunca salen de la infancia, hay otros, por así decirlo, que no se detienen en la niñez, y casi son hombres desde que nacen. El mal está en que esta última excepción es rarísima, muy difícil, y al figurarse cada madre que su niño puede ser un portento, termina convencida de que lo es en realidad, y aún hacen más, pues consideran como indi­cios extraordinarios los normales: la viveza, la impro­visación, el atolondramiento, las ingenuidades gracio­sas, señales características de la edad y que demues­tran con toda claridad que el niño no es otra cosa que niño. ¿Qué tiene de extraño que aquel a quien dejan hablar mucho v le permiten que diga lo que se le an­toje, que no se halla sujeto por consideraciones ni res­petos de ninguna clase, le salga por casualidad alguna feliz ocurrencia? Lo extraordinario sería que no tuvie­ra alguna, de la misma manera que lo sería el que un astrólogo, entre mil mentiras, no predijese alguna ver­dad. «Ellos mentirán tanto -decía Enrique IV-, que por último darán con la verdad.» Quien pretenda decir ingeniosidades, no tiene más que decir muchas tonte­rías. ¡Que Dios libre de todo mal a las personas que siguen la moda, las cuales no tienen otro mérito que el de imitar!

Los pensamientos más brillantes pueden estar en el cerebro de los niños, o mejor, que los dichos más agu­dos salidos de la boca de un niño, al igual que los diamantes de más valor puestos en sus manos, no son suyos, a pesar de tenerlos; puesto que en esta edad no hay propiedad verdadera de ninguna especie.

Las palabras que pronuncia un niño no tienen el mismo significado para él que para nosotros, ni les atribuye las mismas ideas, las cuales, si es que tiene algunas, permanecen en su cerebro sin orden ni cone­xión, por lo que en todo lo que piensa no hay nada que sea fijo ni seguro.

Si analizamos ese pretendido portento, en algunos momentos encontraremos en él un resorte de una actividad extremada, una claridad dé entendimiento que cala en el vacío; frecuentemente parece un entendi­miento flojo, decaído y como que esté cercado de una densa niebla. En unas ocasiones corre más que noso­tros, y en otras se queda parado. Hay momentos que diríamos que tiene un raro ingenio, y poco después ad­vertiríamos que es tonto, y siempre caeríamos en un error, ya que él es un niño. Es un aguilucho que vuela por un momento en el aire y luego vuelve a caer en su nido.

Tratadle, pues, como conviene a su edad, a pesar de las apariencias, y procurad no apurar sus fuerzas obli­gándolas a un excesivo ejercicio. Si observáis que se calienta este centro nuevo y os dais cuenta de que ya empieza a hervir, dejad que fermente libremente, pero no le excitéis nunca, para que no se evapore, y cuan­do se hubiesen evaporado los primeros alientos, debéis comprimir y contener los restantes, hasta que con los años quede todo transformado en calor vivificante y en verdadera fuerza. Si dejaseis de realizarlo, perderíais el tiempo y el trabajo, y destruiríais lo realizado, y des­pués de haberos extasiado locamente con todos estos vapores inflamables, sólo os quedaría un residuo caren­te de fuerza alguna.

De los niños atolondrados salen hombres vulgares; no conozco una observación más general y verdadera que ésta. No hay nada más difícil que distinguir en la infancia la verdadera estupidez de la aparente y enga­ñosa estupidez, que preanuncia las almas ánimos fuer­tes. Que tengan ambos extremos unos signos tan pare­cidos nos parece extraño a primera vista, pero es nece­sario que sea así, porque en una edad en la cual el hombre carece todavía de una verdadera idea, la dife­rencia que media entre el que está dotado de un ver­dadero ingenio y el que no tiene ninguno está en que éste sólo admite ideas falsas y el otro no halla ninguna verdadera y las desecha todas, pareciéndose al necio que no es capaz de nada, en que nada le conviene. La señal única capaz de hacer una distinción depende del azar, el cual suele presentar al último una idea a su alcance, mientras que el primero es el mismo siempre y en to­dos los casos. Catón el menor, durante su infancia, en su casa le creían imbécil porque era callado y terco. Pero su tío lo fue conociendo en la antecámara de Sila, y si no hubiese tenido esa oportunidad, tal vez le habría creído un necio hasta que hu­biera llegado al uso de razón; de no haber vivido César, quizá se hubiera tratado de visionario a Catón, quien precisó su funesto ingenio y previó de tan lejos sus proyectos. ¡Oh, cómo están expuestos a engañarse aque­llos que tan precipitadamente emiten una opinión so­bre los niños! Muchas veces resultan más niños que los mismos niños.

Ya en su edad avanzada traté a un hombre[31] que me honraba con su amistad, y era considerado corto de alcances por sus familiares y amigos. Esta excelente cabeza iba madurando en silencio, y de repente se reve­ló como un gran filósofo, y no dudo de que la posteri­dad le asignará un honroso y eminente lugar entre los que mejor han elucubrado, consagrándose entre los más profundos metafísicos de su siglo. Respetad a la infancia y no os deis prisa en juzgarla ni para el bien ni para el mal. Dejad que se declaren, se prueben y se confirmen durante largo tiempo las excepciones antes de que adoptéis métodos particulares. Esperad a que obre durante un largo tiempo la naturaleza antes de que vosotros os metáis a obrar en su lugar, a fin de que no impidáis la eficacia de sus operaciones. Decís que sois conocedores del valor que tiene el tiempo, que no queréis perderlo, y no os dais cuenta de que más se pierde haciendo un mal uso de él, que no haciendo que sea bien empleado, y que más lejos está de la sabiduría un niño mal instruido que otro que no ha recibido ninguna instrucción.

Os asustáis al ver que pierde sus primeros años sin hacer nada. ¿Cómo? ¿No es nada el ser feliz? ¿No es nada que pueda saltar, correr y jugar todo el día? Jamás en su vida estará más ocupado. Platón, en su República, que tan austera se considera, educa a los niños en fiestas, juegos, cánticos y pasatiempos; cuando les ha enseñado a divertirse bien, parece que ya lo tiene todo terminado, y Séneca, hablando de la antigua juventud romana, dice que siempre estaba en pie, y que jamás les enseñaba nada que no pudieran permanecer en pie. Cuando la juventud llegaba a la edad viril, ¿per­día algo con esa actitud, con esa aparente ociosidad? ¿Qué diríais de uno que por aprovechar toda la vida no quisiera dormir? Seguro que diríais que carece de sensatez, que no goza del tiempo que se le ofrece, y que por evitar el sueño se da prisa para alcanzar la muerte. Debéis pensar que aquí sucede lo mismo, y que la infancia es el sueño de la razón. Esta facilidad apa­rente que tienen los niños para aprender es la causa de que se pierdan. No nos damos cuenta de que esta misma facilidad nos demuestra que nada aprenden. Su cerebro, liso y pulimentado, refleja como si se tratara de un espejo los objetos que se le presenta, pero no re­tiene nada, nada le penetra. El niño repite las palabras, las ideas le llegan por reflejo; los que los escuchan las entienden, v él es el único que no sabe lo que dice.

Aunque la memoria y el raciocinio sean dos facul­tades esencialmente distintas, en realidad no se desarro­lla verdaderamente la una sin la otra. El niño no recibe ideas antes del uso de razón, sino solamente imágenes, y la diferencia entre unas a otras, consiste en que las imágenes no son otra cosa que pinturas absolutas de los objetos sensibles, y las ideas son nociones de los objetos determinados por sus relaciones. Una imagen puede existir sola en el alma que se la representa, pero toda idea supone otras. El que imagina, se limita a ver, y el que concibe, compara. Nuestras sensaciones son sólo pasivas, pero todas nuestras percepciones o ideas proceden de un principio activo que juzga. Demostra­remos esto más adelante.

No siendo los niños capaces de juicio, digo, pues, que no tienen verdadera memoria. Retienen sonidos, figuras, sensaciones, rara vez ideas y menos veces su relación entre sí. Quien me rebata diciendo que apren­den algunos principios de geometría, cree que ha de­mostrado el error de mis afirmaciones, cuando por el contrario, las confirman, pues demuestran que en vez de saber razonar por sí mismos, no son capaces de apropiarse la interpretación de otros. Seguido de cerca a esos pequeños geómetras en su método, y pronto ve­réis que sólo han retenido la impresión de la figura y los términos de la demostración. No son capaces de responder a la más pequeña objeción; basta con inver­tirles la figura, y se quedan totalmente desorientados. Todo esto nos demuestra que su inteligencia se limita a las sensaciones, sin llegar al entendimiento; su misma memoria no es más perfecta que sus otras facultades, puesto que casi siempre tienen que volver a aprender cuando son mayores las cosas cuyas palabras aprendie­ron de niños.

No obstante, estoy muy lejos de creer que los niños no razonen nada[32]. Por el contrario, se puede observar que razonan muy bien en todo lo que cono­cen y tiene relación con su presente y sensible interés. Pero es respecto a sus conocimientos en lo que nos engañamos, porque les atribuimos los que no poseen, y queremos que razonen sobre lo que son incapaces de comprender.

También nos engañamos cuando pretende­mos que valoren sobre consideraciones que no les atraen, como su interés por el futuro, su felicidad cuan­do sean hombres, el aprecio de que serán objeto en el futuro; discursos que dirigidos a seres carentes de pre­visión, no significan nada para ellos. Y todos los estu­dios a que se ven obligados estos pobres desventurados tratan asuntos que no están al alcance de su inteligen­cia. Júzguese, pues, la atención que les pueden dedicar.

Los pedagogos, que tan aparatosamente exponen las instrucciones que dan a sus discípulos, están imposibi­litados para hablar de otra forma; no obstante, por su modo de hacer uno se da cuenta de que piensan exac­tamente como yo, porque, al fin y al cabo, ¿qué es lo que les enseñan? Palabras, más palabras, y siempre palabras.

Entre la diversidad de ciencias que tanto se ufanan de enseñarles, tratan de no escoger las que les serían de un verdadero provecho, ya que serían ciencias de cosas y no realizarían los progresos debidos, sino en las que al parecer se saben cuando se conocen los térmi­nos: blasón, geografía, cronología, lengua, etc; estudios todos tan distantes del hombre, y especialmente del niño, que resultaría casi milagroso si algo de todo esto le pudiera ser útil sólo una vez en su vida.

Sé que es una cosa sorprendente el que mire como una de tantas inutilidades de la educación el estudio de los idiomas, pero se debe tener presente que aquí únicamente me refiero a los estudios en su primera edad, y creo que hasta llegar a los doce o quince años, ningún niño, si exceptuamos a los superdotados, ha aprendido verdaderamente los idiomas.

Si el estudio de las lenguas consistiera sólo en el aprendizaje de palabras, estaría de acuerdo en que este estudio podría serles conveniente a los niños, porque sólo consistiría en el aprendizaje de las figuras o de los sonidos, pero mudando las lenguas y los signos, tam­bién quedan modificadas las ideas que representan. Se forman las cabezas por las lenguas, y los pensamientos se tiñen del color de los idiomas. Sólo la razón es ge­neral; el raciocinio tiene en cada lengua su forma propia y peculiar, y esta diferencia, que podría ser la causa o efecto de los caracteres nacionales, radica en que en todas las naciones del mundo la lengua sigue las mis­mas vicisitudes que las costumbres, y con ellas se con­serva o se altera.

Entre estas diversas formas, el uso da una al niño, y es la única que conserva hasta la edad de razón. Para que pudiera tener dos, precisaría que supiera comparar las ideas. Se comprende fácilmente que si aún no está en la edad de concebirlas, tampoco puede estarlo para establecer comparaciones sobre ellas. Puede dar a cada cosa una infinidad de signos diferentes, pero no puede dar a cada idea más que una sola forma; esta es la causa de que sólo pueda aprender a hablar una sola lengua. A pesar de cuanto he manifestado, se me dice que aprenden muchas, lo que yo niego de una forma ro­tunda. He visto a algunos de estos portentosos niños que se figuraban que hablaban cinco o seis lenguas, y les he oído hablar de una forma sucesiva alemán con palabras latinas, francesas e italianas; en realidad, ma­nejaban cinco o seis diccionarios, pero no hablaban otro idioma que el alemán. En una palabra, se pueden dar a los niños todos los sinónimos que se quiera, se podrán cambiar sus voces, pero nunca su lengua, ya que jamás sabrán más que una.

Con la finalidad de que esta incapacidad no quede de manifiesto, los ejercitan preferentemente en las len­guas muertas, ya que no existen jueces que puedan re­cusarles. Como hace muchos siglos que se ha perdido su uso familiar nos limitamos a imitar cuanto hallamos escrito en los libros, y a eso es lo que muchos llaman hablarlas. Si éste es el latín y el griego de los maestros, uno ya se puede dar cuenta del conocimiento que pue­den tener los discípulos. Cuando apenas han aprendido de memoria algunos rudimentos y ni una palabra en­tienden, es cuando les preparan para redactar un dis­curso francés en palabras latinas; después, cuando es­tán más adelantados, les hacen escribir en prosa frases de Cicerón, y en verso muchas de Virgilio. Entonces se quedan convencidos de que hablan latín, pues nadie les va a contradecir.

Sea el estudio que sea, de nada valen los signos que representan si carecen de las ideas de las cosas que re­presentan. A pesar de ello, siempre limitan al niño a es­tos signos, sin que logren nunca que comprenda nada. Cuando pretenden que conozcan los mapas, sólo les en­señan nombres de ciudades, de países, de ríos, que el niño no concibe que existan en otra parte más que en el papel donde se los muestran. Recuerdo que vi, no sé dónde, una geografía que comenzaba así: «¿Qué es el mundo? Un globo de cartón». Esta es precisamente la geografía de los niños. Confirmo como una cosa incon­testable que, después de dos años de esfera y de cosmo­grafía, no hay ni un solo niño de diez años que, en virtud de las reglas que le han dado, supiera ir de París a Saint-Denis. Considero como incontestable que no hay uno que con un plano del jardín de su padre sepa seguir las vueltas y revueltas sin extraviarse. Esos son los doctores que saben a punto fijo la situación de Pekín, de Isfahan, de México y todos los países.

Oigo decir que es conveniente que se ocupen los ni­ños en estudios que sólo precisen de ojos, y así podría ser si hubiera estudios que no necesitasen más que ojos, pero yo no sé que haya ninguno.

Hay un error todavía más ridículo, el que les obliga a estudiar la Historia, imaginándose que está a su al­cance porque consideran que no es más que una simple recopilación de hechos. ¿Pero qué se entiende por hechos?

Consideran que las relaciones que los hechos histó­ricos determinan son tan fáciles de comprender, que sin un gran esfuerzo se puede formar una idea de ellos en el espíritu de los niños. Piensan que es posible se­parar el verdadero conocimiento de los sucesos de sus causas, de sus efectos, y que es tan pequeño el enlace de lo histórico con lo moral que puede conocerse per­fectamente el uno prescindiendo del otro.

Si en las acciones humanas no veis otra cosa que los movimientos externos y puramente físicos, no sé com­prender qué es lo que podéis aprender en la Historia. Afirmo que absolutamente nada; y privado su estudio de todo interés, no les produce ni gusto ni instrucción al­guna. Si queréis daros cuenta de las relaciones morales que presiden estas acciones, debéis procurar que vues­tros alumnos entiendan estas relaciones, y entonces ve­réis si la Historia está adecuada a su edad.

Lectores, tened siempre presente que quien os ha­bla no es un sabio ni un filósofo, sino un hombre sen­cillo, amante de la verdad, sin partido ni sistema al­guno; un solitario que al tener poca comunicación con los hombres, tiene menos ocasiones para empaparse de sus preocupaciones, quedándole de este modo más tiem­po para reflexionar sobre lo que le extraña cuando les trata. Mis principios tienen su fundamento en los he­chos más que en las razones, y entiendo que el daros algún ejemplo de mis observaciones os será muy útil para poneros en condiciones de juzgar sobre su ver­dad.

Estuve algunos días en el campo, en casa de una buena madre de familia que cuida con el mayor celo la educación de sus hijos. Una mañana que estaba yo presenciando las lecciones del mayor, su maestro, que le había instruido muy bien en la Historia antigua, al referirse a Alejandro le habló del suceso, tan sabido, del médico Filipo, del que hay una tabla muy merecida. El preceptor, hombre de mérito reconocido, hizo sobre la intrepidez de Alejandro muchas reflexiones que no me gustaron, pero para no ponerle en evidencia y em­pequeñecer el concepto que de él tenía su alumno, no quise contradecirle. Durante la comida, según es cos­tumbre, no dejaron de hacer hablar al chiquillo, quien con la viveza propia de su edad y con la ilusión de que le aplaudiesen, dijo una serie de necedades, y en­tre ellas algunos destellos de agudeza, que bastaron para que se olvidasen de sus errores. Luego, llegó el momento de explicar la historia de Filipo, que narró con mucho desparpajo. Después de los acostumbrados elogios que su madre anhelaba y el niño esperaba, se hicieron comentarios sobre lo que había expresado el pequeño. La mayoría reprochó la temeridad de Alejan­dro, y algunos, imitando al preceptor, exaltaron su va­lor y su entereza, lo cual me hizo ver que ninguno de los presentes sabía en qué consistía la belleza de su rasgo. Yo les dije que si en la acción de Alejandro hubo el menor valor o entereza, no fue más que una locura. Todos emitieron después una nueva opinión, y convinie­ron en que fue una locura. Cuando iba a responder, una mujer que estaba a mi lado y que no había despegado los labios, en voz baja me dijo: «Cállate, Juan Jacobo, que tampoco van a entenderte». La miré sorprendido y callé.

Después de la comida y sospechando por algunos in­dicios que el niño no había entendido nada de la histo­ria que tan bien nos había explicado, le cogí de la mano, dimos una vuelta por el jardín, empecé a hacerle pre­guntas, y vi que más que a los otros le parecía admira­ble el valor tan considerado por todo el mundo de Ale­jandro. ¿Pero sabéis en qué lo veía? En el de beberse de un trago un brebaje de muy mal gusto sin vacilar y sin que le asquease. Era natural, porque al mucha­cho le habían hecho beber un purgante hacía quince días, y le costó mucho tomárselo, pareciéndole que aún sentía aquel mal sabor en la boca; la muerte y el tó­xico no eran, a su entender, otra cosa que desagrada­bles sensaciones, y el único veneno que concebía eran las hojas de sen. Sin embargo, debo confesar que la entereza del héroe había impresionado mucho a su jo­ven corazón, y que ante la primera purga que le impu­sieron se dispuso a ser un Alejandro. Sin entrar en explicaciones que excedían a su capacidad, le alenté para que siguiera siempre dispuesto a afrontarlo todo, y me marché riéndome en mi interior de los padres y del preceptor que creen que enseñan historia a los niños. El hacerles repetir los nombres de reyes, impe­rios, guerras, conquistas y leyes no es nada difícil, pero cuan se trata de que tengan ideas claras sobre estas mismas palabras, no habrá mucha distancia de la con­versación del hortelano Roberto.

Quedándose descontentos algunos lectores con el «Cá­llate, Juan Jacobo», sospecho que me van a preguntar dónde hallo yo la sublimidad de Alejandro. Desdicha­dos. ¿Cómo la podréis entender si necesitáis que os la digan? En que Alejandro creía en la virtud, en que, a costa de su cabeza, a riesgo de su propia vida, era capaz su generosa alma de creer en ella. ¡Oh, qué brillante profesión de fe era la bebida de esta purga! Jamás ningún mortal hizo una profesión de fe tan su­blime. Si halláis algún Alejandro moderno, debéis mos­trármelo con unos rasgos parecidos.

Al no existir ninguna ciencia de las palabras, tam­poco existe ningún estudio apropiado a los niños; si ellos carecen de verdaderas ideas, tampoco tienen una verdadera memoria, pues no la llamo así a la que sólo retiene las sensaciones. ¿No es verdad que de nada les ha de servir imprimir en su cabeza un catálogo de signos que no representan nada para ellos? ¿Estos sig­nos no los aprenderán en el momento de aprender las cosas? ¿No es inútil que las tengan que aprender dos veces? Y dando vueltas sobre el mismo asunto, ¡cuán­tas preocupaciones les empiezan a inspirar queriendo que se tenga por ciencia palabras que para ellos carecen de significado alguno! Desde la primera palabra con la cual se satisface al niño, desde la primera cosa que aprende, debido a que otra persona se la enseña sin que él vea para qué sirve, se ha extrañado su juicio; tendrá que figurar entre los necios durante mucho tiempo an­tes de que supere esta pérdida[33].

Si la naturaleza da al cerebro del niño esa flexibili­dad que le capacita para recibir toda clase de impresio­nes, no será para que en él se impriman nombres de re­yes, fechas, términos heráldicos, de esfera, de geografía, y toda otra clase de palabras que para su edad carecen de todo significado y que de nada le sirven y con las cuales abruman su infancia. Que todas las ideas que puede concebir y le sean de utilidad, y todas cuantas se relacionen con su felicidad y deben darle en su mo­mento las luces sobre sus obligaciones, le queden gra­badas de una forma invariable y le sirvan para que se conduzca durante toda su vida del modo más conve­niente a su modo de ser y a sus facultades.

La especie de memoria que puede tener un niño no queda estancada porque no se estudie en libros; retiene y se acuerda de todo cuanto ve y oye, retiene en el inte­rior de su cabeza una idea de las acciones y los discur­sos de los hombres, y todo cuanto se acerca a él es el libro con el cual, sin pensar en ello, enriquece su memo­ria hasta que sea capaz de aprovecharla su razón. En saber elegir estos objetos, en la atención de presentarle continuamente los que pueda conocer y ocultarle los que debe ignorar, consiste el verdadero arte de cultivar en él esta primera facultad; de este modo le daremos un caudal de conocimientos que le servirán para su educación en la juventud y para su conducta en todo tiempo. Cierto que este método no conseguirá que haya niños portento, ni es para que se luzcan las ayas ni los preceptores, pero es capaz de formar hombres de juicio, robustos y de entendimiento sano, que sin haber sido la admiración de los demás cuando niños se convierten más tarde en hombres dignos de respeto.

Emilio nunca aprenderá nada de memoria, aunque sean las fábulas de La Fontaine, con todo su mérito, por­que las palabras de las fábulas han de ser de fábulas, como las de historia lo son de historia. ¿Cómo puede ser uno tan ciego que diga que las fábulas son la moral de los niños, sin tener en cuenta que el cuento divierte a los niños de una manera falsa o mentirosa, los cua­les, atraídos por la mentira, no advierten la verdad, y lo que se hace con el fin de que les sea grata la instruc­ción, les resulta un estorbo para aprovecharse de ella? Las fábulas pueden instruir a los hombres, pero a los niños debe decírseles siempre la verdad, sin tergiver­saciones de ninguna clase; cuando se la encubren con un velo, no se toman el trabajo de descorrerlo.

Si hacéis aprender a los niños las fábulas de La Fon­taine, os podréis dar cuenta en seguida de que no hay ni uno que las entienda; la verdad es que aún sería peor que las entendiesen, ya que es tan intrincada su moral, y tan desproporcionada a su edad, que más antes los llevaría al vicio que a la virtud. Otras paradojas, me diréis. Sea, pero vamos a ver si son verdades.

Aunque nos empeñemos mucho en hacer que las comprenda, yo afirmo que un niño no comprende las fá­bulas que le hacen aprender, porque la instrucción que de ellas queremos obtener no requiere que le inculque­mos ideas que él no puede apreciar, y su estilo poético, si bien le ayuda a que las aprenda de memoria, hace que aún las entienda con mayor dificultad, con lo que a costa de la claridad se sacrifica el deleite.

Prescindiendo de una gran cantidad de fábulas que son del todo ininteligibles y que carecen de provecho para los niños, y que demuestra el poco discernimiento que tienen los que les obligan a que las aprendan, debido a que están mezcladas con las demás, nos limitamos a aquellas que parece que el autor escribió exclusiva­mente para ellos.

Yo no conozco en toda la colección de La Fontaine más que cinco o seis fábulas donde brilla eminentemen­te la ingenuidad; de estas cinco o seis yo tomo, por ejemplo, la primera[34], puesto que la moral de esta fábula es propia de cualquier edad; los niños la apren­den con gusto, es una de las que mejor comprenden, y es por este motivo que el autor le ha dado la prefe­rencia y la ha colocado al comienzo de su libro. Supo­niendo que cumpla el objetivo de ser entendida por los niños, de ser de su gusto y de instruirles, esa fábula es seguramente su obra maestra, lo cual me permite seguirla y examinarla en pocas palabras.

 

 

EL CUERVO Y EL ZORRO

 

FÁBULA

 

 

Maestro cuervo, subido a un árbol.

 

 

Maestro, ¿qué significa esta palabra en sí misma? ¿Qué significado tiene delante de un nombre propio? ¿Cuál es el sentido que tiene?

¿Qué es un cuervo?

¿Qué es esto de que está subido a un árbol? Yo no he dicho subido a un árbol, sino sobre un árbol. Por consiguiente, hace hablar de las inversiones de la poesía y obliga a decir lo que es la prosa y lo que es verso.

 

Tenía en su pico un queso.

 

 

¿Qué es un queso? ¿Era un queso de Suiza, de Brie de Holanda? Si el niño no ha visto un cuervo, ¿qué ganáis con hablarle del cuervo? Si lo ha visto, ¿cómo puede comprender que retenga un queso en el pico? Valeos siempre de las imágenes, igual, como nos las muestra la naturaleza.

 

 

Señor zorro, por el olor atraído.

 

 

¡Todavía un señor!, pero es un buen título: él es señor consumado en su hogar. Es necesario explicar lo que es un zorro y distinguir su verdad natural del ca­rácter convencional que hay en las fábulas.

Atraído, engolosinado: esta palabra no es usada. Se debe explicarla; hay que decir que únicamente sirve para el verano. El niño preguntará por qué se le habla igual­mente en verso que en prosa. ¿Qué le responderéis?

Engolosinado por el olor de un queso. Este queso que retiene un cuervo encaramado en un árbol, debía oler mucho para que sintiese el zorro estando en un soto o en su madriguera. ¿Es así como ejercitáis a vues­tro alumno en este espíritu de crítica juiciosa que no se deja vencer por las buenas enseñanzas y sabe dis­cernir la verdad de la mentira en las narraciones de los otros?

 

 

Tiene él un lenguaje aproximado a éste.

 

 

Este lenguaje. ¿Los zorros hablan, entonces? ¿Ha­blan, pues, el mismo lenguaje que los cuervos? Sabio preceptor, ponte en guardia, pesa bien tu respuesta an­tes de darla; esto tiene más importancia de lo que tú has pensado.

 

 

Hola, buenos días, señor cuervo.

 

 

¡Señor! Título que el niño ve como una burla antes de que sepa que es un título de honor. Los que dicen «señor cuervo» harán bien en referir otros asuntos an­tes que razonar lo que han dicho.

 

 

¡Qué hermoso sois, me parecéis muy bello!

 

 

 

 

 

Ya está: redundancia inútil. El niño, viendo repetir la misma cosa expresada en otros términos, aprende a hablar con descuido. Si le habéis dicho que esta re­dundancia es un arte del autor, la cual entra en el deseo del zorro, que quiere multiplicar los elogios con las palabras, esta excusa será buena para mí, pero nunca lo será para mi alumno.

 

 

Sin mentir en vuestro gorjeo.

 

 

Sin mentir. ¿Se miente, pues, alguna vez? ¿Qué pen­sará el niño si vosotros le hacéis aprender que el zorro ha dicho «sin mentir», cuando él miente?

 

 

Respondería a vuestro plumaje.

 

Respondería. ¿Qué significado tiene esta palabra? En­señad al niño a comparar las cualidades que diferen­cian la vez del plumaje, y veréis cómo os entenderá.

 

 

Vos seréis el fénix de los habitantes de estos bosque.

 

El fénix. ¿Qué es un fénix? Nosotros aquí nos me­temos de pronto en la mentalidad antigua, cercana a la mitología.

Los habitantes de estos bosques. ¡Qué discurso tan figurado! La lisonja ennoblece su lenguaje y le da más dignidad con el fin de serle más seductor. ¿Un niño será capaz de entender esta delicadeza? ¿Sabe o puede

 

A estas palabras, el cuervo no se siente complacido.

 

 

Es preciso haber experimentado ya las pasiones muy fuertes para sentir esta expresión proverbial.

No olvidéis que, para entender este verso y toda la fábula, el niño debe saber lo que es eso de la bella voz del cuervo.

 

 

El abre su largo pico, deja caer su presa.

 

 

Este verso es admirable y su armonía nos propor­ciona imagen del mismo. Yo veo un grande y feo pico abierto, yo comprendo lo de caer el queso por entre las ramas, pero esta clase de belleza no existe para los niños.

 

 

El zorro se sorprende y dice "mi buen señor".

 

 

He aquí, pues, la bondad transformada en bestiali­dad. Seguramente que no se pierde el tiempo para ins­truir a los niños.

 

 

Sabed que todo es lisonja.

 

 

Es una máxima general y nosotros no somos más.

 

 

Vive a expensas de aquel que le escucha.

 

 

Jamás un niño de diez años ha entendido este verso.

 

 

Esta lección bien vale un queso, sin duda.

 

 

Esto se entiende, y el pensamiento es muy bueno. Pero aún habrá muy pocos niños que sepan comparar una lección con un queso y que no prefieran el queso a la lección. Se puede advertir que esta proposición no es más que una ridiculez. ¡Qué delicadeza para los ni­ños!

 

 

El cuervo, perplejo y confuso.

 

 

Otro pleonasmo, mas éste es inexcusable.

 

 

Jura, pero un poco tarde, que no se lo quitará más.

 

 

Jura. ¿Cuál es el torpe maestro que se atreve a ex­plicar al niño lo que es un juramento?

 

 

He aquí los detalles, mucho menos, sin embargo, que lo que hará falta para analizar todas las ideas de esta fábula y reducirlas a ideas simples y elementales.

¿Pero y quién es el que cree que precisa de este análisis para que sea comprendido por los niños? Nin­guno de nosotros es capaz de ponerse en el lugar de un niño. Vamos ahora a la parte moral.

¿Se puede considerar como una cosa buena la de instruir a un niño de seis años donde hay hombres que mienten y adulan según sus conveniencias? Lo más que se podría hacer seria educarle en la idea de que hay graciosos que se divierten con la ingenua vanidad de los niños, y luego se ríen de ellos, pero el queso lo echa a perder todo; tanto da que les enseñemos a que no se lo dejen caer del pico como que se lo hagan caer a otro. Esta es mi segunda paradoja, y no es la que tiene menos importancia. Deben ser observados los niños cuando aprenden las fábulas, y se verá que cuando se ven en la necesidad de aplicarlas, casi siempre lo hacen de un modo contrario al propuesto por el fabulista, y en lugar de enmendarse del defecto del cual éste quiere corregirlos, se inclinan por el amor al vicio, con lo cual se saca partido de los defectos de los demás. En la fá­bula que hemos analizado, los niños se burlan del cuer­vo, y todos se aficionan al zorro; en la de La cigarra y la hormiga, ¿creéis que rechazan el ejemplo de la ci­garra y de que toman el de la hormiga? A nadie le pla­ce ser desairado; siempre escogerán el papel brillante, que es la elección del amor propio, y la más natural. Pero ¡qué horrible lección para la infancia! El más inaudito de los fenómenos sería un niño cruel y avaro que supiera qué es lo que le piden y qué es lo que él niega.

En todas las fábulas en que uno de los personajes es el león o el águila, como sucede ordinariamente, es el que mas brilla, y por consiguiente el niño no deja de convertirse en león o en águila, y cuando está encargado de hacer algún reparto, instruido por su modelo, intenta por todos los medios quedárselo todo. Pero si el esca­rabajo hace caer del nido los huevos del águila, enton­ces el niño ya no quiere ser el águila, sino el escarabajo, aprendiendo de este modo a arrojar puñados de inmun­dicia a los que no se atreve a atacar limpiamente.

En la fábula El lobo flaco y el perro grueso, en lu­gar de la lección sobre sus deberes la prefiere sobre sus derechos. Jamás me olvidaré de una niña a quien vi que lloraba con el mayor desconsuelo al conocer esta fábula, prometiéndose a que fuese dócil. Nos costó mu­cho el averiguar la causa de su llanto. La pequeña no soportaba el estar siempre atada a su sillita, veía que tenía el cabello muy corto y lloraba porque no era lobo.

Se ve así de un modo palpable que la moral de la primera fábula para el niño no es otra cosa que una descarada adulación, la de la segunda abiertamente un alarde de inhumanidad, la tercera para sátira, y la cuar­ta una lección de independencia.

Aunque esta última resulte para mi alumno super­flua, no deja de ser un inconveniente para los alumnos. Dándoles preceptos que se contradicen los unos a los otros, no podéis esperar la recogida de frutos que sa­tisfagan vuestros afanes. Pero, quizá por la misma cau­sa que yo, no quiero admitir las fábulas en mi sistema educativo, aunque vosotros las conservéis en los vues­tros.

En la sociedad son indispensables dos morales dis­tintas: una que consiste en palabras y otra que es la producida por las acciones, en las cuales no encontra­mos ningún parecido. De la primera clase hallamos un ejemplo en el catecismo y de la segunda en las fábulas de La Fontaine para los niños.

Pongámonos de acuerdo, señor La Fontaine. Por mi parte prometo leeros con agrado y mucha atención, e instruirme con vuestras fábulas, debido a que confío en que no voy a equivocarme sobre su objeto, pero espero que me permitáis que mi alumno no estudie ninguna, hasta que me demostréis que le conviene apren­der cosas de las cuales no entiende ni la cuarta parte, y que en las que sea capaz de comprender algo, no tome el camino opuesto, y en lugar de enmendarse hu­yendo de lo que hace el burlado, no quiera imitar al burlador.

Librando de esta forma a los niños de todos sus de­beres, estoy convencido de que les quito los instrumen­tos que les torturan, que son los libros. El azote de la infancia es la lectura y casi no sabemos emplearla en otra cosa. Cuando tenga doce años Emilio apenas sa­brá qué es un libro. Pero es necesario, se me objetará, que por lo menos sepa leer. De acuerdo con esta opi­nión, pero necesario cuando le sea útil la lectura, pues pienso que hasta entonces únicamente  sirve para fasti­diarle.

Si nada debe exigirse de los niños por obediencia, se deduce que tampoco nada agradable ni útil pueden aprender como no sepan las ventajas que les significa, y entonces, ¿qué motivo les estimularía para aprender­lo? El arte de hablar y oír hablar a los ausentes, el de comunicarles sin intermediario nuestros sentimientos, voluntades y deseos, es un arte cuya utilidad puede ser evidente en todas las edades. ¿Por qué prodigio se ha convertido tan agradable y útil arte en tormento de la infancia? El haberla violentado a que se aplique contra su voluntad y el usarlo para cosas que no entiende. No se preocupa mucho un niño de perfeccionar el instru­mento con que le atormentan, pero consigue que ese instrumento sirva para su diversión, y pronto se dedi­cará a él aunque sea contra vuestra voluntad.

Se considera muy importante contar con los mejo­res métodos de enseñar a leer; se agrupan láminas y mapas y el cuarto de un niño parece un taller de im­prenta. Locke quiere que aprenda a leer con dados. ¿No es una invención exquisita? ¡Qué lástima! Hay un cami­no más firme que todos ésos y que siempre olvidan: el deseo de aprender. Debéis infundir al niño este deseo, dejad los cartones y los dados, pues cualquier método será bueno para él.

El interés actual es lo único que conduce con segu­ridad y nos lleva muy lejos. Algunas veces recibe Emi­lio de su padre, su madre, sus parientes, sus amigos, invitaciones para una comida, un paseo, una partida de pesca, una feria; las esquelas son breves, claras y bien escritas. Es indispensable uno que se las lea, y éste no se tiene siempre a mano, o paga con la misma moneda la falta de condescendencia que el pequeño tuvo con él el día antes; de este modo se deja pasar la oportuni­dad. Por último le leen la esquela, pero ya ha pasado el tiempo. ¡Ah, si hubiera sabido leer! Se reciben otras igualmente breves, siendo su contenido muy interesan­te. Ponemos todo el interés en descifrarlas; unas veces hallamos quien nos ayuda, y otras se niegan a ayudar. Con grandes esfuerzos hemos descifrado la mitad de la esquela; se trata de ir mañana a comer requesones..., pero no sabemos adónde ni con quién. ¡Cuántos esfuer­zos hacemos por leer lo demás! No creo que Emilio necesite muestras.

¿Hablaré ahora de cómo escribir? No, pues me da ver­güenza divertirme con estas nimiedades en un tratado de educación.

Sólo añadiré una palabra, la cual constituye una máxima importante, y es que por lo común alcanza uno con mucha facilidad y prontitud lo que no se da mucha prisa en alcanzar. Estoy casi seguro de que Emi­lio sabrá leer y escribir perfectamente antes de sus diez años, precisamente porque me importa muy poco que sepa hacerlo antes de los quince, pero preferiría que nunca supiera leer que comprar esta ciencia a cambio de todo cuanto pueda hacerla útil. ¿De qué le servirá la lectura cuando hayan conseguido que aburra para siempre la lectura? Id imprimís cavere oportebit, ne studia, qui amare nondum potest, oderit, et amaratu­dinem semel perceptam etiain ultra rudes annos refor­midet.

Al insistir sobre mi método inactivo, más reconozco que se esfuerzan los que me hacen objeciones. Si nada aprenden de vosotros vuestros alumnos, aprenderán de los demás. Si con la verdad no precavéis el error, apren­derán mentiras; las preocupaciones que tenéis miedo que sientan las recibirán de los que se les acerquen; se introducirán por todos sus sentidos o agotarán su razón antes de que esté formada, o, por el contrario, entorpecido su entendimiento por tan dilatada inacción quedará absorbido en la materia. Si le acostumbramos a que piense en su infancia, quedará privado de esta facultad para el resto de su vida.

A mí me parece que podría responder a estas obje­ciones con bastante facilidad, ¿pero, por qué tengo que responder siempre? Al responder a las objeciones, mi método es bueno por sí mismo; si no respondo, entonces no vale nada. Sigo adelante.

Si conforme al plan que acabo de trazar seguís las reglas directamente opuestas a las establecidas; si en lugar de llevar el entendimiento de vuestro alumno ha­cia remotas distancias; si en vez de extraviarle sin pa­rar en apartados climas, en otros siglos, en los extremos de la tierra, y hasta en los cielos, os dedicáis a retenerle siempre dentro de sí mismo, y a que esté atento a lo que de inmediato le toca, le hallaréis capaz de percep­ción, de memoria y hasta de raciocinio. Este es el or­den de la naturaleza. Al mismo tiempo que se va con­virtiendo en un ser activo el ser sensitivo, aumenta su discernimiento en proporción a sus fuerzas, y sólo con la fuerza que precisa para conservarse, recobra la fa­cultad especulativa propia para emplear en todos los usos este exceso de fuerza.

Si queréis cultivar la inteligencia de vuestro alum­no, cuidad bien de las fuerzas que "debe gobernar. De­béis procurar de forma continua que ejercite su cuer­po; hacerle robusto v sano, con el fin de hacerle ra­cional y un hombre cuerdo; que trabaje, corra, grite, que esté en movimiento siempre, que sea hombre por el vigor, y de este modo pronto lo será por la razón. Con este método es cierto que se embrutecería si siempre estuvieseis dirigiéndole y siempre diciéndole «Vete, quédate, haz esto, no hagas lo otro», puesto que si sus brazos son siempre conducidos por vuestra cabe­za, la suya le resulta inútil. Debéis tener siempre pre­sentes nuestras conclusiones; si sois un pedante, es inú­til que me leáis.

Creer que el ejercicio corporal es algo que perjudica, es uno de los mayores errores en que podemos caer, tanto si se refieren a las operaciones del espíritu como si no hubiera necesidad de que marcharan acordes es­tas dos operaciones, y no debiera dirigir siempre la una a la otra.

Sabemos que hay dos clases de hombres cuyos cuer­pos están en continuo ejercicio, pero uno no piensa en cultivar su inteligencia, como los aldeanos y los salva­jes. Estos son rústicos y desmañados; los otros son cé­lebres por su cordura, lo son también por la sutileza de su inteligencia; en general no existe un ente más torpe que un lugareño ni más listo que un salvaje. ¿De dónde viene esta diferencia? De que el primero hace siempre lo que le mandan, o lo que vio hacer a su padre, o lo que siempre ha hecho él mismo desde su niñez; siempre se guía por la práctica, y ocupado du­rante una vida casi maquinal en las mismas faenas, el hábito y la obediencia sustituyen en él a la razón.

Muy de otra forma ocurre con el salvaje; careciendo de apego a sitio alguno y no teniendo otra ley que la que le dicta su voluntad, se ve obligado a razonar cada una de sus acciones, y sin haber calculado previamen­te las consecuencias, ni se mueve ni da un paso. De esta forma, cuanto más ejercicio realiza su cuerpo más se ilustra su entendimiento; crecen al unísono su fuerza y su razón y aumentan la una merced a la otra.

Vamos a ver, sabio maestro, cuál de nuestros dos alumnos se parece al salvaje y cuál al campesino. El vuestro, que está sujeto a una autoridad, no realizará nada si no se le ordena; no se atreve a comer cuando tiene hambre, ni a beber cuando le atormenta la sed, ni a reírse cuando está alegre, ni a llorar cuando está triste, ni a presentar una mano por otra, ni a mover el pie si no se lo indican, y pronto no se atreverá a res­pirar sin seguir vuestras reglas. ¿Cómo queréis que piense si le tenéis acostumbrado a hacerlo vosotros por él? Estando seguro de vuestra precisión no necesita te­nerla él para nada. Viendo que os encargáis de su con­servación y de su bienestar, él se libra de este afán, somete su juicio al vuestro; todo lo que no le habéis prohibido lo verifica sin reflexión, sabiendo que con ello no corre riesgo de ninguna clase. ¿Qué necesidad tiene de aprender a prever la lluvia? El ya sabe que vosotros observaréis las nubes. ¿Para qué necesita pensar en su paseo? No tiene ningún temor de que dejéis pasar la hora de comer. Con tal de que no le prohibáis que coma, él come, y si es al revés, no come; dejando de atender las exigencias de su estómago, atiende las vues­tras.

Inútilmente hacéis flexible su cuerpo con la inac­ción, y no por eso haréis más claro su entendimiento; por el contrario, anuláis su razón haciendo que malgas­te la poca que tiene en las cosas que más inútiles le parecen. No comprobando para qué sirve, cree que no sirve para nada. Lo peor que le puede suceder, cuando discurre mal, es que le reprendan, y esto le sucede tan­tas veces que ya no hace ningún caso, ya no le asus­ta un peligro tan repetido.

A pesar de ello, halláis en él desparpajo; lo tiene, en efecto, para charlar con las mujeres, por el estilo de lo que ya he dicho anteriormente, pero si llega la oca­sión de que tenga necesidad de arriesgar su persona, de solucionar un problema difícil, observaréis que es cien veces más torpe que el hijo del más rústico labrador.

Pero mi alumno, o por decirlo mejor, el alumno de la naturaleza, habituado tempranamente a bastarse a sí mismo en lo posible, no tiene por costumbre recurrir a los demás, menos hacer gala de su mucho saber; en cambio, juzga, prevé, y reflexiona en todo lo que tiene alguna relación inmediata con él. No habla, pero actúa; no sabe una palabra de cuanto sucede en el mundo, pero sabe desenvolverse muy bien en todo lo que le afecta. Como está en movimiento continuamente, se ve preci­sado a observar muchas cosas, a conocer muchos efec­tos, y muy pronto adquiere experiencia, aprende las lec­ciones de la naturaleza y no la de los hombres, y eso le instruye más porque no ve intención de instruirle en ninguna parte, por lo que al mismo tiempo se ejercitan su espíritu y su cuerpo. Como actúa siempre de confor­midad con sus propias ideas, consigue dos ventajas: al mismo tiempo que se hace robusto y fuerte, se hace también racional y juicioso. Por este modo de obrar alcanza un día lo que se cree incompatible y que han reunido casi todos los grandes hombres: la fuerza del cuerpo y del espíritu, el talento de un sabio y el vigor de un atleta.

Joven maestro, te propongo un arte difícil, como es el de dirigir sin preceptos y lograrlo todo sin hacer nada. Estoy convencido de que este arte no es el apro­piado a tu edad, de que no es el más adecuado para que luzcas tu talento ni consigas el aprecio de los padres, pero debo repetirte que es el único para conseguir el fin educativo. Nunca alcanzarás el éxito de formar sa­bios si no formas primero tunantuelos, que era el sis­tema educativo de los espartanos; en vez de tener pe­gados los niños a los libros, les enseñaban a robar lo que tenían que comer.

Los espartanos, cuando mayores, no por eso eran hombres toscos. Nadie ignora la energía y la agudeza de sus reacciones. Habituados a vencer a sus enemigos, en toda clase de guerra los arrollaban, y los atenienses temían sus ocurrencias tanto como sus golpes.

En las educaciones más esmeradas manda el maes­tro y cree que dirige, y quien en efecto dirige es el niño, el cual se vale de lo que exigís de él para alcanzar de vosotros lo que se le antoja y lograr con ocho días de anticipación vuestra condescendencia por una hora de aplicación. A cada instante hay 'que llegar a conve­nios con él. Estos tratados que proponéis a vuestro modo, y que él ejecuta a su manera, siempre son en beneficio suyo, y de un modo especial si se cae en la torpeza de hacer constar, como una condición que ha de ser en beneficio, suyo, lo que está seguro que ha de alcanzar, tanto si cumple la condición que le ha sido impuesta como si deja de cumplirla. Generalmente el niño lee mucho mejor en el alma del maestro que éste en la del niño, y debe ser así, puesto que toda cuanta sagacidad hubiera puesto en cuidar de su conservación, el niño la emplea ahora en sacar su libertad natural de las cadenas de su tirano, mientras éste, que no tiene tanta urgencia e interés en adivinar lo que el otro piensa, algunas veces ve que le resulta más convenien­te dejarle abandonado a su pereza y a su vanidad.

Ya podéis daros cuenta de que seguís un camino opuesto al de vuestro alumno, que cree que él es siem­pre el dueño, pero debéis serlo vosotros de verdad. No hay ninguna sujeción más completa como la que posee todas las apariencias de libertad, ya que de este modo está cautiva la voluntad misma. ¿No está a vuestra dis­posición un pobre niño que nada sabe, que lo ignora todo? ¿No sois vosotros los que disponéis de todo lo que tiene relación con él y de todo lo que está cerca de él? ¿No están en vuestra mano, sin que él lo sepa, sus tareas, sus juegos, sus deleites, sus penas y todo lo de­más? No hay duda de que no debe hacer otra cosa que lo que él quiera, pero sólo lo que admitís que haga, pues no debe dar un paso sin que vosotros lo tengáis previsto, ni desplegar los labios sin que sepáis lo que va a decir.

Después podrá realizar los ejercicios corporales pro­pios de su edad, sin embrutecer su entendimiento, y luego, en vez de imaginar tretas para poder escapar de un imperio incómodo, veréis cómo se preocupa por sacar de todo el fruto más provechoso, y entonces que­daréis admirados de su agudeza para apropiarse de to­dos los objetos que estén a su alcance y disfrutar de las cosas sin la aprobación ajena.

Obrando de modo que sea dueño de su voluntad, no fomentaréis sus caprichos, y dejando que haga lo que quiera, pronto no hará más que lo que él debe hacer, y aunque esté su cuerpo en un continuo movimiento, al tratarse de su interés del momento os daréis cuenta de cómo se desenvuelve la razón de que es capaz y del modo más adecuado para él, mejor que con estudios de pura especulación.

De esta manera, viendo que no le contrariáis y po­niendo él su confianza en vosotros, además de no tener necesidad de ocultaros nada, no os engañará ni os men­tirá; se manifestará tal como es; tendréis ocasión de estudiarlo y de preparar las lecciones que queráis dar­le, sin que advierta que las está recibiendo.

Tampoco se habrá convertido en un espía de vues­tras costumbres movido por ninguna curiosidad, ni se sentirá complacido secretamente al cogeros en una falta. Este inconveniente que prevenimos es importante. Ya os he dicho repetidas veces que uno de los primeros afanes de los niños es el de poder descubrir la parte débil de sus dirigentes. Esta inclinación conduce a la malicia, pero no proviene de ella; nace de la necesidad de sortear una autoridad que les es enojosa. Ponen su empeño en sacudirse el yugo que les imponen y los agobia, y los defectos que hallan en sus preceptores les proporcionan los medios adecuados.. Mientras tanto, van adquiriendo el hábito de observar los defectos de los demás, y se complacen en encontrarlos. Se ve clara­mente que hemos evitado que se vea una sucesión de vicios en el corazón de Emilio, pues como no tiene ningún interés en encontrar mis defectos, no los bus­cará, ni deseará saber los de otros.

Todas estas prácticas parecen difíciles porque no se piensa en ellas, pero en el fondo no lo son. Hay motivos para suponeros con las luces precisas para desempeñar la profesión que habéis elegido,` y hay que creer que co­nocéis el natural progreso del corazón humano, que sabéis estudiar hacia qué se inclinará la voluntad de vuestro alumno observando los objetos que interesen a su edad y que haréis pasar por delante de sus ojos. Poseer los instrumentos y saber utilizarlos, ¿no es ser dueño de la operación?

Me opondréis los caprichos del niño, y no tenéis ra­zón. El capricho de los niños jamás ha sido obra de la naturaleza, sino de una defectuosa disciplina; ellos han obedecido o mandado, y he dicho cien veces que no debía ser ni lo uno ni lo otro. Vuestro alumno no ten­drá otros caprichos que los que le habréis permitido, y es justo que paguéis vuestras faltas. Me preguntaréis cómo se pueden remediar. Eso se soluciona con una con­ducta mejor y con mucha paciencia.

Yo me encargué durante algunas semanas de un niño acostumbrado no sólo a hacer su voluntad, sino tam­bién a que los demás se le sometieran, lo que quiere decir que le sobraba fantasía. El primer día, para poner a prueba mi benignidad, se quiso levantar a media no­che. Cuando mejor dormía yo, saltó de la cama, cogió su ropa y me llamó. Me' levanté y encendí la luz; él no deseaba más, pero al cabo de un cuarto de hora el sueño le venció y volvió a acostarse, muy satisfecho de su prueba. Dos días después la repitió con el mismo éxito, sin el menor signo de impaciencia en mí. Como me dio un abrazo al volverse a acostar, yo le dije sin destem­planzas: «Mi pequeño amigo, bien está, pero no vuelvas a hacerlo». Estas palabras espolearon su curiosidad, y a la noche siguiente, deseando saber si me atrevería a desobedecerle, volvió a levantarse a la misma hora y me llamó. Yo le pregunté qué deseaba. Me dijo que no po­día dormir. «Eso es peor», le contesté, y me quedé quieto. Me pidió que encendiese la luz. «¿Para qué?», y seguí quieto. Esta sobriedad comenzó a molestarle. A tientas fue a buscar el eslabón y fingió que encendía la yesca; yo no podía por menos de reírme oyendo los golpes que se daba en los dedos. Por último, persuadido de que no podría salirse con la suya, me trajo el esla­bón a la cama; yo le dije que no lo necesitaba, y me volví del otro lado. Entonces empezó a correr atolon­dradamente por la habitación, gritando, haciendo mucho ruido, dándose contra la mesa y las sillas unos golpes que ya cuidaba él de que no fueran muy fuertes, sin dejar de gritar, esperando que yo me alar­mase. Nada le valió, y vi que esperaba, que yo le repren­diese, lo que no consiguió, desconcertándole mi indife­rencia. Sin embargo, resuelto a vencer mi paciencia a fuerza de tenacidad, continuó su alboroto con tanto fruto que al fin me enfurecí, pero presintiendo que lo iba a echar todo a perder con mi importuno impulso, tomé otra determinación. Me levanté sin decir nada, busqué el eslabón, que no encontré, se lo pedí y me lo dio, con mucha satisfacción por haber triunfado. Cogí la yesca, encendí la luz, tomé de la mano a mi pequeño hombre, me lo llevé tranquilamente a un aposento in­mediato, cuyas ventanas estaban bien cerradas y donde no había nada que pudiere romper; le deje sin luz, cerré la puerta con llave y volví a acostarme sin haberle dicho una palabra. No hace falta decir cuál fue el es­cándalo, pero yo lo esperaba y no hice caso. Por último cesó el ruido, escuché, comprendí que se había resig­nado y me tranquilicé. Al día siguiente entré en el apo­sento y hallé a mi pequeño revoltoso tendido en una camita y durmiendo profundamente, que bien lo debía necesitar después de tanto alboroto.

La cosa no finalizó aquí. La madre supo que el niño había pasado gran parte de la noche fuera de su cama. En seguida se perdió todo, ya estaba el niño poco me­nos que muerto. Viendo que era una buena ocasión para vengarse, se hizo el enfermo, sin prever que no iba a ganar nada. Llamaron al médico. Desgraciadamen­te para la madre el médico era un gracioso que pro­curaba aumentar sus temores para reírse de ellos. Sin embargo, me dijo al oído: «Déjelo usted por mi cuenta; yo le aseguro que el niño quedará por algún tiempo curado de la fantasía de estar enfermo». En efecto, le prescribió una dieta y le prohibió salir de la habitación, encomendándolo al boticario. Yo sentía ver a la pobre madre, de quien se reían todos los de casa, excepto yo, a quien tomó odio, precisamente porque yo no la en­gañaba.

Después de muy duros reproches, me dijo que su hijo estaba delicado, que era el único heredero de su familia, que era preciso conservarle a cualquier precio y que no quería que lo contrariasen. En esto yo tam­bién estaba de acuerdo, pero ella entendía que no con­trariar al niño era obedecerle en todo. Comprendí que debía emplear con la madre la misma escuela que con el hijo, y con la mayor serenidad le dije: «Señora, no conozco la forma de educar a los herederos, y lo más importante es que no me interesa aprenderla; así es que usted deberá arreglárselas como mejor le parezca. Necesitaban de mí algún tiempo más; el padre se con­formó, la madre escribió al preceptor, pidiéndole que regresase pronto, y el niño, dándose cuenta de que no ganaba nada en turbarme el sueño ni con estar enfermo, decidió dormir y portarse bien.

No es posible imaginarse a cuántos caprichos seme­jantes había sometido el pequeño tirano a su desdicha­do ayo, pues su educación se llevaba delante de la madre, la cual no admitía que el heredero fuera desobe­decido en nada. A cualquier hora quería salir de casa, había que estar preparado para acompañarle, o más bien a seguirle, y siempre procuraba elegir el momento en que veía al ayo más ocupado. Quiso conseguir el mis­mo imperio conmigo, y vengarse por el día de reposo en que por fuerza tuvo que dejarme de noche. Yo me presté buenamente a todo; comencé por de mostrarle el placer que tenía en satisfacerle, y después, cuando fue cuestión de curarle de su fantasía, cambié de tác­tica. Fue indispensable primero que se diere cuenta de que la culpa era suya, y no fue difícil. Sabiendo que los niños sólo piensan en el presente, me tomé la fácil ventaja de la previsión, e hice que encontrara en casa una distracción que sabía que era muy de su gusto, y en el momento en que estaba más entusiasmado con ella, le propuse que diéramos un paseo, y no quiso; insistí y no me escuchó; fue necesario que yo me rin­diese, lo que le halagó mucho por lo que vio en mí de sumisión.

Pero al día siguiente me llegó mi turno. Se fastidió, pues yo lo había dispuesto todo para que aconteciera así, y fingí que estaba muy ocupado. Hacía falta esto para que se revolviese. No tardó en querer que dejase mi trabajo para que le llevase a paseo en seguida; yo me negué y él se obstinó. «No, le dije; como tú haces tu voluntad, yo haré la mía, y no quiero salir». «Está bien, replicó irritado: saldré solo». «Como te parezca», y con­tinué mi trabajo.

Se viste un poco intranquilo al ver que no me opon­go y no le imito. Preparado para salir, viene a despe­dirse y yo me despido de él; al oírle se habría creído que iba al fin del mundo. Sin inmutarse, le deseo buen viaje y aumenta su turbación. Sin embargo, se domi­na, y antes de salir le dice al criado que le siga, pero el criado está prevenido y le contesta que no tiene tiem­po, que ocupado por orden mía, antes debe obedecerme a mí que a él. Esta vez el niño ya no sabe dónde está. ¿Cómo puede comprender que le dejen salir solo cuan­do cree que sólo él importa a los demás y piensa que el cielo y la tierra desean su compañía? No obstante, comienza a sentir su fragilidad; se da cuenta de que se va a ver solo entre gente que le conoce, y prevé los peligros que puede correr; sólo le alienta la terque­dad; despacio y confuso baja la escalera y sale a la calle, tranquilizándole la esperanza de hacerme res­ponsable a mí si le ocurre algo.

Yo le aguardaba aquí y lo tenía todo previamente preparado, y como se trataba de una especie de escena pública, yo había conseguido el permiso del padre. Ape­nas ha dado algunos pasos oye a la derecha y a la iz­quierda frases que se refieren a él: «Vecino, ¡qué niño más hermoso!». «¿Adónde va solo? Se va a extraviar; voy a decirle que entre en casa.» «Vecino, id con cui­dado. ¿No veis que es un granujilla que lo han echado de su casa? No recojamos a los golfillos; dejadle ir donde quiera.» «Pues vaya con Dios y que El le proteja, pero sentiría que le ocurriese nada.» Un poco más lejos encuentra a unos pilluelos de casi su misma edad, que le cierran el paso y se burlan de él. Cuanto más avan­za, más obstáculos halla. Solo y sin protección, se da cuenta de que choca a todo el mundo, y no sin sor­presa comprueba que sus medias de seda y sus hebillas doradas no hacen que se le respete.

Sin embargo, uno de mis amigos, a quien él no co­nocía y al que yo había encargado que lo observara y le siguiera sin que él se apercibiera, se le acercó cuando lo vio necesario. Para ese papel, similar al del mayor­domo del duque en la ínsula de Sancho, precisaba un hombre hábil, y cumplió perfectamente. Sin asustarle ni desanimarle le hizo comprender tan bien la impru­dencia de su conducta, que me lo trajo al cabo de me­dia hora, confundido y sin atreverse a levantar los ojos.

Para rematar su desastrosa excursión, en el mismo instante en que entraba él, su padre bajaba la escalera para salir y le encontró. Tuvo que decir de dónde venía y por qué no iba yo con él[35]. El pequeño habría pre­ferido que se lo tragase la tierra. Sin perder el tiempo en reprenderle, su padre le dijo secamente: «Cuando usted quiera salir solo, puede hacerlo, pero como yo no quiero vagabundos en mi casa, cuando vuelva encontra­rá la puerta cerrada».

Yo le acogí sin reproches y sin burlarme de él, pero con mucha seriedad, y temiendo que sospechase que era juego todo lo que había acontecido, no le quise sacar a paseo aquel día, y al siguiente disfruté lo mío viendo que paseaba conmigo con un gesto de triunfo por de­lante de las mismas personas que el día anterior se ha­bían burlado de él porque le vieron solo. Por ahí se puede comprender que no me volvería a amenazar con salir sin ir conmigo.

Valiéndome de estos métodos y de otros parecidos, conseguí durante el poco tiempo que todavía seguí con él que hiciera todo lo que yo deseaba, sin mandarle nada, sin prohibirle nada, sin sermones ni exhortacio­nes y sin aburrirle con lecciones inútiles. Además, cuan­do yo hablaba, él estaba contento, pero mi silencio le inspiraba miedo, pues comprendía que había hecho algo que no estaba bien, y siempre sacaba una lección opor­tuna. Pero volvamos a lo nuestro.

Estos constantes ejercicios, abandonados de este modo a la sola dirección de la naturaleza, no sólo vigorizan el cuerpo sin entorpecer el espíritu, sino que, por el contrario, forman en nosotros la única especie de razón de que sea susceptible la primera edad y que es necesaria en todas. Nos enseñan a emplear bien nuestras fuerzas, las relaciones de nuestro cuerpo con los cuerpos que nos rodean y el uso de los instrumen­tos naturales que están a nuestra disposición y con­vienen a nuestros órganos. No hay torpeza mayor que la de educar a un niño en casa y bajo mirada de su madre, la cual, ignorando el peso y la resistencia, quiere arrancar un árbol o levantar una roca. La primera vez que salí de Ginebra quise seguir a un caballo que iba a galope, eché piedras contra el monte de Seleve, que estaba a dos leguas lejos; fui el hazmerreír de todos los niños de allí, que me tenían por un verdadero idio­ta. A los dieciocho años, en física se aprende qué es una palanca, y no hay ningún aldeano de doce que no sepa emplearla mejor que el primer mecánico de la Academia. Las lecciones que los escolares aprenden entre sí en los patios de los colegios les son más útiles que todas las que se les enseña en la clase.

Fijaos en un gato que entra por primera vez en una habitación: visita, observa, olfatea, no está ni un mo­mento quieto, no se fía de nada hasta que lo ha visto y reconocido todo. De igual modo obra un niño que comienza a andar y que se introduce, por decirlo así, dentro el espacio del mundo. Toda la diferencia estriba en que la vista del niño y la del gato coinciden en ob­servar las manos que le otorgó la naturaleza al primero v el sutil olfato con que dotó al segundo. Esta dispo­sición bien o mal cultivada hace a los niños hábiles o ineptos, torpes o dispuestos, atolondrados o pruden­tes.

Los primeros movimientos naturales del hombre se deben, pues, medir todo cuanto le rodea y experi­mentar en cada objeto que percibe todas las cualidades sensibles que puedan tener relación con él; su primer estudio es una especie de física experimental relativa a su propia conservación, sin que le desvíen los estu­dios especulativos antes de reconocer cuál es su sitio en la tierra. Mientras sus órganos delicados y flexibles se pueden ajustar sobre los cuerpos en que deben ac­tuar, y mientras sus sentidos todavía puros están exen­tos de ilusiones, es el momento de ejercitar unos y otros en las funciones que les son propias; es la ocasión de aprender a conocer las relaciones sensibles que las co­sas tienen con nosotros. Como todo lo que entra en el entendimiento humano viene por los sentidos, la prime­ra razón del hombre es una razón sensitiva, la cual sirve de base a la razón intelectual, y así nuestros pri­meros maestros de filosofía son nuestros pies, nuestras manos, nuestros ojos. Reemplazar con libros todo esto, no es aprender a pensar, sino aprender a servirnos de la razón de otro, aprender a creer mucho y no saber jamás nada.

Para cultivar un arte hay que empezar por procu­rarse sus instrumentos, y para poderlos emplear útil­mente es necesario hacerlos tan consistentes que resis­tan el uso. Por consiguiente, para aprender a pensar es preciso ejercitar nuestros miembros, nuestros sentidos y nuestros órganos, que son los instrumentos de nues­tra inteligencia, y para obtener todo el partido posible de estos instrumentos conviene que nuestro cuerpo, que nos los abastece, sea robusto y sano. En vez de que la verdadera razón del hombre se forme independiente­mente del cuerpo, es la buena constitución del cuerpo la que hace fáciles y seguras las operaciones del enten­dimiento.

Al demostrar cómo se ha de emplear la larga ociosidad de la infancia, explico detalles que parecerán ri­dículos. ¡Graciosas lecciones, me dirán, que según vues­tra propia crítica se limitan a enseñar lo que nadie ne­cesita aprender! ¿Por qué consumir el tiempo en ins­trucciones que se aprenden siempre por sí mismas y no cuestan penas ni cuidados? ¿Qué niño de doce años ig­nora todo cuanto queréis enseñar al vuestro, y, ade­más, lo que le han enseñado sus maestros?

Señores, os equivocáis; yo enseño a mi alumno un arte muy amplio, muy difícil y que seguramente los vuestros desconocen: es el arte de ser ignorante, pues la ciencia del que cree que no sabe más de lo que sabe, se reduce a muy poca cosa. Vosotros proporcionáis ciencia; muy bien, pero yo me ocupo del instrumento propio para conseguirla. Se dice que un día, enseñando los venecianos con mucha fatuidad el tesoro de San Marcos a un embajador de España, éste, por todo cum­plimiento, les dijo después de mirar debajo de la mesa: «Aquí no está la raíz». Yo no he visto jamás un precep­tor hacer ostentación de lo que sabe su discípulo sin que me haya dado tentaciones de decirle lo mismo.

Todos los que han reflexionado sobre la forma de vivir de los antiguos, imputan a sus ejercicios gimnás­ticos aquel vigor de cuerpo y alma que más sensible­mente los distingue de los modernos. La manera con que Montaigne apoya este asentimiento demuestra cuán penetrado de él estaba, y lo inculcaba de mil formas. Hablando de la educación de un niño, dice: «Para vigo­rizar el alma hay que robustecer los músculos; habi­tuándole al trabajo, se habitúa al dolor; acostumbrán­dole a la dureza de los ejercicios, se acostumbra a la dislocación, al dolor y a otros males». El inteligente Locke, el bondadoso Rollin, el sabio Fleuri, el pedante de Crouzas, que disienten mucho en todo lo demás, sólo están todos de acuerdo en un punto: ejercitar el cuerpo de los niños. Este es el más sensato de sus pre­ceptos, y el que siempre es y será más descuidado. Ya he hablado suficientemente de su importancia, y como no es posible ofrecer en esta materia mejores razones ni reglas más juiciosas que las que se encuentran en el libro de Locke, yo me contentaré con remitiros a él, después de tomarse la libertad de añadir algunas ob­servaciones mías.

Los miembros de un cuerpo que crece deben hallarse desahogados dentro del vestido; nada debe entorpecer sus movimientos ni su crecimiento, nada demasiado jus­to, ni pegado al cuerpo, ninguna ligadura. El vestido francés es incómodo e insano para los hombres y es sobre todo pernicioso para los niños. Los humores se paran y estancan sin poder circular con el sosiego au­mentado por la vida inactiva y sedentaria, se corrompen y dan lugar al escorbuto, una enfermedad que cada día se extiende más entre nosotros y que apenas conocían los antiguos, porque su modo de vestir y vivir los pre­servaba de ella. Lejos de poner remedio a este inconve­niente, el traje usual lo aumenta, y por quitar a los ni­ños algunas ligaduras, les aprieta todo el cuerpo. Lo mejor es que usen blusa el mayor tiempo posible, dar­les luego vestidos muy anchos y no empeñarse en que lleven el traje ajustado, lo cual sólo sirve para desfigu­rarlo. Sus defectos de cuerpo y alma provienen casi todos de una misma causa, el querer que sean hombres antes de tiempo.

Existen colores alegres y colores tristes; los alegres les gustan más a los niños, e igualmente les sientan me­jor, por lo que no veo la razón que impida seguir en esto lo que naturalmente les conviene; pero desde el mismo instante que prefieren un tejido porque es rico, ya está entregado su corazón al lujo, a las fantasías de la opinión, y este gusto no procede seguramente de ellos mismos. No es posible decir cuánto influye en la educación la elección de los vestidos y los motivos para escogerlos. No sólo hay madres ciegas que prometen a sus hijos recompensas que consisten en vestidos nue­vos, sino que también hay preceptores insensatos hasta tal punto que amenazan a sus alumnos con ponerles como castigo un traje más tosco y más sencillo. Si no estudiáis más, si no tenéis más cuidado con la ropa, os vestirán como a un chico del campo, que es lo mismo que si se les dijese: «Sabed que no es más el hombre que lo que le hace su traje, y que todo vuestro mérito consiste en el que lleváis». ¿Por qué nos sorprende que no se aproveche la juventud de lecciones tan llenas de sentido común, que solamente valora el adorno y el mérito por el exterior?

Si tuviera que extirpar de la mente de un niño imbuido de tales ideas, tendría gran cuidado en que fuesen los más incómodos sus más ricos vestidos, que estuviese siempre oprimido, siempre violento y siem­pre sujeto; procuraría que su alegría y su libertad cho­casen con su magnificencia, y sí quisiera ponerse a ju­gar con otros niños vestidos con más sencillez, se lo impediría. Por último le fastidiaría de tal manera y le hartaría de su empaque y le haría tan esclavo de su vestido dorado, que querría modificar su vida y se asus­taría menos del calabozo más negro que de los prepa­rativos de su engalanamiento. En tanto el niño no se haya convertido en esclavo de nuestras preocupaciones, su primer anhelo será siempre el de estar a gusto y li­bre; para él, el traje más precioso es siempre el que le vaya más cómodo y le sujete menos.

Entre los trajes los hay que son más propios para una actitud pasiva. Dejando ésta a los humores un curso igual y uniforme, debe preservar el cuerpo de las alte­raciones del aire; la otra le obliga a pasar continuamen­te de la agitación al reposo y del calor al frío, y le debe acostumbrar a las mismas alteraciones. De esto se deduce que las personas que permanecen muchas horas en el interior de sus casas y hacen una vida sedentaria, en todo tiempo deben llevar más ropa que las demás, con el fin de conservar su cuerpo en una temperatura uniforme, la misma aproximadamente en todas las es­taciones y en todas las horas del día. Por el contrario, los que siempre están expuestos al viento, al sol y a la lluvia; los que son muy activos y andan la mayor parte del día, para habituarse a todas las alteraciones del aire y grados de temperatura y no sentirse incómodos, de­ben llevar vestidos ligeros. Tanto a los unos como a los otros yo les aconsejaría que no cambien de traje con el cambio de las estaciones, y esta práctica constante será la que yo aplicaré con mi Emilio, sin que con esto quie­ra decir que en verano lleve un vestido de invierno, como las personas sedentarias, sino que en invierno lleve vestido de verano al igual que las que se dedican al trabajo. Esta costumbre, es la que siguió durante toda su vida Isaac Newton, quien vivió hasta los ochen­ta años.

En todas las estaciones debe llevarse el peinado con poca variación. Los antiguos egipcios llevaban siempre el cabello rapado; los persas llevaban la cabeza cubierta con grandes gorros y aún actualmente emplean espesos turbantes, cuyo uso, según Chardín, es indispensable debido al aire de aquel país. En otro lugar he anotado la distinción que hizo Herodoto en un campo de batalla entre los cráneos de los persas y el de los egipcios, y como es importante que los huesos de la cabeza se hagan más compactos, menos el cerebro, no sólo contra las heridas, sino también contra los resfriados, fluxiones y todas las impresiones del aire, debéis acostumbrar a vuestros hijos a que lleven la cabeza descubierta en invierno y en verano, de noche y de día. Y si por lim­pieza o porque no se les enreden los cabellos, les ponéis un gorro de noche, debe ser claro y semejante a la re­decilla con que los vasos se recogen el cabello. Ya se ve claramente que la mayor parte de las madres, más atentas a la observación de Chardin que a mis razones, piensan o creen que en todas partes existe el mismo aire de Persia, pero yo no he escogido a mi alumno europeo para convertirle en un asiático.

Generalmente sé abriga demasiado a los niños, y de un modo especial en sus primeros años. El obrar de esta forma les priva de endurecerse para el frío y para el calor; el frío muy intenso jamás les incomoda si los dejan expuestos a él desde muy temprano, pero el mucho calor les produce una extenuación inevitable porque el tejido de su cutis, todavía muy tierno, no permite el paso suficiente a la transpiración. Por tal causa es de notar que mueren más niños en el mes de agosto que en ningún otro del año. De aquí que la com­paración de los pueblos del Norte con los del Mediodía nos prueba que se hace más robusto el niño que so­porta el exceso de frío que el que soporta el exceso de calor. Pero a medida que el niño crece y que sus fibras se fortalecen se le debe acostumbrar paulatina­mente a resistir los rayos solares, y gradualmente se irá endureciendo para que no le afecten los ardores de la zona tórrida.

Locke, en medio de los preceptos varoniles y sensa­tos que nos ofrece, incurre en contradicciones impro­pias de un pensador tan consciente. El que quiere que se bañen los niños en verano en agua helada, prohíbe que cuando estén sudando beban agua fría y que se acues­ten en el suelo en sitios húmedos[36]. Pero si quiere que los zapatos de los niños se llenen de agua, sea cual sea el tiempo, ¿no permite lo mismo cuando los niños tengan calor? ¿Y no se puede hacer del cuerpo, con relación a los pies, las mismas inducciones que hace él de los pies con relación a las manos, y del cuerpo con relación al rostro? Si queréis, le diría, que todo el hom­bre sea rostro, ¿por qué tenéis en mal concepto el que diga yo que sea todo pies?

Para impedir que los niños beban cuando tienen calor, él prescribe que se les acostumbre a comer un trozo de pan antes de beber. El que tenga que dar de comer al niño cuando en realidad tiene sed, en verdad es muy extraño, puesto que sería lo mismo darle de beber cuando tenga hambre. Nunca creeré que nuestros primeros apetitos estén de tal forma desordenados has­ta el punto de que no puedan ser satisfechos sin que nos expongamos a la muerte. Si fuere así, el linaje humano se habría destruido cien veces antes de que supiera lo que había de hacerse para conservarlo.

Cada vez que Emilio tenga sed, quiero que se le dé de beber, pero agua pura y sin ninguna preparación, ni siquiera la de templarla, aunque esté sudoroso, y aunque estemos en el más fuerte rigor del invierno. La única precaución que recomiendo es la de distinguir la cali­dad de las aguas. Si el agua es de río, dádsela tal como sale; si es de fuente, es preciso que se deje algún tiempo al aire antes de beberla. En la estación del calor están calientes los ríos, lo que no sucede con las fuentes, las cuales no han recibido el contacto del aire; es preciso esperar a que el agua corresponda a la temperatura atmosférica. En invierno, por el contrario, el agua de las fuentes es menos dañosa que el agua de los ríos, pero no es ni natural ni frecuente que uno sude en invierno, sobre todo estando al aire libre, ya que el aire frío, pegando continuamente sobre la piel, rechaza el sudor y evita que se abran los poros de forma sufi­ciente para darle paso libre. Pero no pretendo que Emi­lio haga ejercicios en invierno junto a un buen fuego, sino fuera, a la intemperie, en pleno campo, en medio de los hielos. Mientras se calienta haciendo y tirando pelotas de nieve, dejémosle que beba cuando tenga sed, que continúe haciendo ejercicios después de beber y no temamos ningún accidente. Y si por alguna otra causa o ejercicio comienza a sudar y tiene sed, que beba frío incluso en ese tiempo. Haced de suerte que vaya lejos y que poco a poco busque su agua. Con el frío que sen­tirá durante el camino se habrá refrescado, v cuando beba no tendrá ya ningún peligro. Sobre todo tomad estas precauciones sin que él se dé cuenta. Yo desearía que él estuviera algunas veces enfermo, que se preocu­pase sin cesar de su salud.

Es necesario que los niños duerman mucho, porque hacen ejercicios violentos. Como uno es la consecuencia del otro, por eso necesitan de ambos. El tiempo de re­poso es la noche y así está señalado por la naturaleza. Es observación constante que el sueño es más tranquilo y más dulce mientras el sol está bajo el horizonte y que el aire caldeado con sus rayos no mantiene cal­mados nuestros sentidos. El hábito mas saludable es ciertamente el de levantarse y acostarse con el sol, de donde se deduce que en nuestros climas el hombre y los animales tienen, en general, necesidad de dormir más tiempo en invierno que en verano. Pero la vida civil no es tan simple, tan natural, tan exenta de revolucio­nes, de accidentes, que debamos acostumbrar al hom­bre a esta uniformidad hasta el punto de hacérsela ne­cesaria. Sin duda conviene someterse a reglas. No ablan­déis imprudentemente a vuestro alumno con la con­tinuidad de un apacible sueño nunca interrumpido. Abandonadle primero sin estorbo a la ley de la natura­leza, pero no olvidéis que en nuestros países debe ser superior a esta ley, que debe poder acostarse tarde y le­vantarse temprano, y desvelarse bruscamente, y pasar las noches de pie sin incomodarse. Comenzando desde muy pequeño, yendo siempre paulatinamente y por gra­dos, se habitúa el temperamento a las mismas cosas que le destruyen cuando le someten a ellas después de formado.

Es muy importante habituarse lo antes posible a dormir en camas un poco incómodas, y así nunca en­contrará una que le parezca mala. Generalmente la vida dura, después de acostumbrada a ella, aumenta nues­tras sensaciones gratas, y la vida fácil prepara una in­finidad de sensaciones desagradables. Las personas edu­cadas con excesiva delicadeza no pueden dormir si los colchones no son de pluma; las que están habituadas a acostarse sobre tablas, duermen en cualquier parte, pues no existe ninguna cama que sea dura para los que se quedan dormidos tan pronto como se acuestan.

Un mullido lecho, en el que se entierra uno entre plumas o envuelto en un edredón funde y derrite el cuerpo, por así decirlo. Los riñones muy abrigados se calientan, de lo que resultan frecuentemente el funda­mento de otros achaques y de un modo infalible dan origen a una complexión delicada que es su causa fun­damental.

La cama más apropiada es la que produce mejor sueño, y durante la jornada Emilio y yo nos la prepa­ramos. No precisamos que vengan esclavos de Persia para hacerla, puesto que cavando la tierra removemos nuestros colchones.

Por experiencia sé que cuando un niño está sano se le puede hacer dormir o velar, casi a nuestra voluntad. Cuando el niño ya se ha acostado y molesta con sus charlas a la sirvienta, ésta le dice «duérmete», que viene a ser lo mismo que si se le dijera «pórtate bien» cuando está enfermo. El mejor modo de hacerle dormir es molestarle. Debéis hablar mucho vosotros con el fin de que se vea obligado a callar, y se quedará dormido pronto; de algo sirven los sermones, y da el mismo resultado predicarle que mecerle, pero si hacéis uso durante la noche de este narcótico, procurad no emplearlo durante el día.

Yo despertaré alguna vez a Emilio, no porque tema que le perjudique dormir con exceso, sino para acos­tumbrarle a todo, incluso a que le despierten brusca­mente. Por lo demás, sería muy escaso mi talento para tal oficio si no supiera enseñarle que se despertara solo, y que se levantara, según mi voluntad, sin que yo le dijese una palabra.

Si no duerme bastante, le dejo entrever para el pró­ximo día una mañana enojosa, y tendrá por ganancia todo el tiempo que pueda dormir, y, si duerme mucho, le anuncio para cuando se levante una distracción de su gusto. Si deseo que se levante a una hora fija, le digo: «Mañana a las seis iremos a pescar o a pasear por tal sitio; ¿quieres venir?». El consiente, y me su­plica que le despierte; se lo aseguro o no se lo aseguro, según sea necesario; si se levanta tarde, ya no me en­cuentra. Sería muy extraño que así no aprendiera a despertarse por sí solo muy pronto.

Referente a lo demás, si se diera el caso de que un niño indolente tuviera tendencia a ser perezoso, debe­ríamos librarle de un vicio que le entorpecería, adminis­trándole un estimulante que le despertara. Debe com­prenderse que no es cuestión de hacerle obrar a la fuerza, sino de moverle mediante algún deseo que le excite, y este deseo cogido con juicio en orden a la naturaleza nos conduce a la vez a dos fines.

No hay nada que con un poco de habilidad no se consiga que les agrade a los niños, sin vanidad, sin emulación y sin celos. Su vivacidad, su espíritu de imi­tación son suficientes; sobre todo su alegría natural, instrumento que posee una segura asa y que ningún preceptor ha sabido manejar. En todos los juegos su­fren sin quejarse porque están persuadidos de que es solamente un juego, incluso ríen, lo que normalmente no sufrirían sin derramar lágrimas. Los ayunos, los golpes, las quemaduras y toda clase de fatigas, son las diversiones de los jóvenes indóciles, la prueba de que hasta el dolor tiene un condimento que le quita su amargura, pero no todos los maestros saben aderezar este guisado, ni acaso todos los discípulos pueden sa­borearlo sin hacer muecas. Me encuentro de nuevo, si no tengo cuidado, extraviado en excepciones.

Sin embargo, lo que no admite ninguna excepción es la sujeción del hombre al dolor, a los males de su es­pecie, a los accidentes y peligros de la vida; en fin, a la muerte. Cuanto más le familiaricemos con todas estas ideas, más le curaremos de la importuna sensi­bilidad que junta con el mal la impaciencia de aguan­tarlo, más le domesticaremos con los sufrimientos que todavía pueden alcanzarle, más le quitaremos, como ha­bría dicho Montaigne, el aguijón de la extrañeza, y también será su alma más invulnerable y dura, su cuer­po será la coraza que hará rebotar todos los dardos que pudieran herirle en lo vivo. Una sola tribulación será verdaderamente sensible para él, que es el morir, pero como la posibilidad de la muerte no es la muerte, apenas la sentirá como tal, y no morirá; él estará vivo o muerto, nada más. De él, el mismo Montaigne habría podido decir, como dijo de un rey de Marruecos, que nadie había vivido tan dentro de la muerte. La constan­cia y la firmeza son como las demás virtudes, aprendi­zajes de la infancia, pero no se enseñan a los niños haciéndoles aprender su nombre, sino haciéndoselos sa­borear antes de que sepan lo que son.

Pero, a propósito de morir, ¿cómo nos conduciremos con nuestro alumno en cuanto al peligro de las virue­las? ¿Se las inocularemos en su infancia o esperare­mos que se le contagien naturalmente? El primer par­tido, más conforme con nuestra práctica, garantiza el peligro de esta edad en que la vida es más hermosa, a riesgo de la que menos lo es, si puede calificarse de riesgo una inoculación bien dosificada.

Sin embargo, la segunda está más de acuerdo con mis principios generales; dejar obrar en todo a la natu­raleza, en los cuidados con que ella protege y que aban­dona así que el hombre trata de intervenir. El hombre de la naturaleza siempre está preparado; dejemos, pues, que ella le inocule, que elegirá mejor que nosotros el momento más adecuado.

No se deduzca de aquí que censuro la inoculación, porque el razonamiento en virtud del cual eximo de ella a mi alumno no es aplicable a los vuestros. Vues­tra educación los prepara a que no escapen de la pe­queña viruela en el momento que sean atacados; si dejáis que se contagien al azar, es probable que mueran. Observo que cuanto más necesaria es la inoculación en algunos países tanto más se resisten a ella, y la razón se deduce fácilmente. Apenas me dignaré tratar de esta cuestión referente a mi Emilio. Será inoculado o no lo será, según los tiempos, los lugares y las circunstancias, lo que es casi indiferente para él. Si le inoculamos las viruelas, obtendremos la ventaja de prever y conocer la enfermedad por anticipado, que ya es algo, pero si se contagia naturalmente, le habremos preservado del médico, que aún es más.

Ante una educación exclusiva que se encamina única­mente a establecer distinción entre los educados y la gente del pueblo, prefiero siempre las instrucciones más costosas a las más comunes y por eso mismo más útiles. De esta forma, todos los jóvenes educados con esmero aprenden a montar a caballo, porque cuesta caro; por el contrario, nadie aprende a nadar, que no cuesta nada, pues un artesano puede nadar tan bien como el prime­ro. No obstante, sin haber entrado en un picadero, cual­quiera monta a caballo, se mantiene firme, y se sirve de él para cuanto necesita, pero dentro del agua, el que no nada se ahoga, y nadie sabe nadar sin haber aprendido. Finalmente, nadie está obligado a montar a caballo bajo pena de la vida, pero ninguno está cierto de evitar el peligro de ahogarse, al que tantas veces nos exponemos. Emilio se desenvolverá en el agua como en tierra. ¡Así pudiera vivir en todos los elementos! Si fue­ra posible volar, haría de él un águila, y si fuera posi­ble endurecerle al fuego, haría de él una salamandra.

Se teme que un niño se ahogue cuando aprende a nadar; tanto si se ahoga al aprender o por no haber aprendido, la culpa siempre será vuestra. La vanidad es lo que nos hace temerarios, pero nadie lo es cuando se da cuenta de que no hay quien le vea. Emilio no lo sería, aunque le viera todo el universo. Como el ejer­cicio no depende del riesgo, en un canal del parque de su padre aprendería a cruzar hasta el Helesponto, pero es necesario habituarse al riesgo para aprender a per­der el miedo, y esta es parte esencial del aprendizaje de que acabo de hablar. Referente a lo demás, siempre atento a medir el peligro y a tomar parte en él, no tendré que temer imprudencias cuando normalice el cuidado de su conservación por el que debo a la mía.

Un niño es más pequeño que un hombre; no tiene ni su fuerza ni su razón, pero ve y oye tan bien como él o casi igual; posee el gusto tan sensible, aunque no sea tan delicado, y distingue tan bien los olores, aunque no sea para ellos tan sensible. Las primeras facultades que en nosotros se forman y perfeccionan, son los sen­tidos; por tanto son las primeras que deberían culti­varse y las únicas que se olvidan o que mas se des­cuidan.

Ejercitar los sentidos, no es sólo hacer uso de ellos, sino aprender a juzgar bien por ellos; aprender, por decirlo así, a sentir, porque no sabemos tocar, ver ni oír sino como hemos aprendido.

Hay un ejercicio puramente natural y mecánico que sirve para robustecer el cuerpo sin dar ninguna prefe­rencia al juicio. Nadar, correr, brincar, hacer bailar una peonza, arrojar piedras...; todo esto está muy bien, ¿pero es que sólo tenemos brazos y piernas? ¿No posee­mos también dos ojos y dos oreas? Y estos órganos, ¿son superfluos para el uso de los rimeros? No ejer­citéis solamente las fuerzas; ejercitad también todos los sentidos que las dirigen, sacad de ellos todo el partido posible, y después la impresión de uno por la de otro. Medid, contad, pesad, comparad. No empleéis la fuerza sin apreciar previamente la resistencia; haced siempre de tal forma que la estimación del efecto preceda al uso de los medios. Persuadid al niño de que jamás debe hacer esfuerzos insuficientes o superfluos. Si que­réis acostumbrarle a que prevea el efecto de todos sus movimientos, y que con su propia experiencia rectifique sus errores, ¿no se ve claramente que cuanto más in­tensa sea su actuación mayor será su discernimiento?

¿Se trata de mover un peso? Si se vale de una pa­lanca muy larga, gastará con exceso sobrado movimien­to por el contrario, si es muy corta, no tendrá la fuerza suficiente, y la experiencia le enseña a escoger precisamente la que necesita. Esta discreción no reba­sa su edad. ¿Se trata de llevar una carga? Si quiere cogerla tan pesada como la puede llevar, y no probarse con otra que sea imposible que la levante él, ¿no será necesario que a simple vista precise su peso? Cuando ya sepa comparar objetos de la misma materia y de distinto volumen, que escoja objetos de igual volumen y distintas materias, y será necesario que aprenda a comparar sus pesos específicos. Observé una vez a un joven muy bien educado, el cual no quiso creer antes de hacer la experiencia que un cubo lleno de astillas de encina pesase menos que lleno de agua.

Debemos tener en cuenta que no somos igualmente dueños de todos nuestros sentidos. Hay uno, el tacto, cuya acción no se suspende nunca mientras estamos despiertos, el cual está esparcido por toda la superficie de nuestro cuerpo como un vigilante que está atento para darnos el aviso de todo lo que puede afectarnos. Es también el sentido cuya experiencia, de grado o por fuerza, adquirimos más pronto, a causa de este ejer­cicio continuo, y por lo tanto menos necesidad tenemos de cultivarlo particularmente. No obstante, es de obser­var que los ciegos poseen el tacto más seguro y deli­cado que nosotros, pues porque carecen del auxilio de la vista, se ven forzados a sacar del primero de estos sentidos los juicios que nosotros sacamos del segundo. Por qué, pues, no hacemos prácticas de andar como ellos en la oscuridad, en conocer los cuerpos que po­dremos tocar, en emitir juicios sobre los objetos que nos rodean; en una palabra, en hacer de noche y sin luz todo lo que ellos hacen de día y sin ojos? Mientras brilla el sol, les aventajamos, pero en la oscuridad ellos son nuestros guías. Debemos tener presente que todos estamos ciegos durante la mitad de la vida, con la dife­rencia de que los verdaderos ciegos siempre saben con­ducirse, y nosotros no nos atrevemos a dar un paso en lo más oscuro de la noche. Me diréis que estamos en posesión de luces. ¿Y quién nos asegura que os han de seguir por todas partes cuando las necesitéis? Por mi parte, prefiero que Emilio lleve los ojos en la punta de sus dedos que tenerlos en la tienda de un cerero.

Si estáis encerrados en un edificio, y en plena oscu­ridad, al dar una palmada, por la resonancia veréis si es vasto o reducido el recinto, si estáis en el centro o en un rincón. A un paso de una pared, el aire nos causa otra sensación en el rostro. No salgáis de un sitio y corred continuamente de un lado a otro; si hay una puerta abierta, os lo advertirá una ligera corriente de aire. ¿Vais en un barco? Por la forma con que os dé el aire en el rostro os daréis cuenta no tan sólo de la direc­ción que lleváis, sino también si os lleva despacio o aprisa. Estas observaciones sólo pueden hacerse bien de noche, y lo mismo se puede decir de otras mil semejantes; por mucha atención que pongamos en ellas durante un día claro, siempre nos percataremos de que la vista nos ayudará o nos servirá de distracción. Pero hasta ahora aún no nos hemos servido de la mano ni del bastón. ¡Cuántos conocimientos oculares se pueden adquirir mediante el tacto, hasta sin tocar nada!

Muchos juegos nocturnos. Este consejo es más im­portante de lo que parece. De un modo natural la noche  asusta a los hombres, y también a veces a los anima­les[37]. Hay muy pocas personas que se libren de este tributo por medio de la razón, de los conocimientos, el talento y el valor. Yo he visto pensadores, espíritus fuertes, filósofos, intrépidos militares durante el día, que de noche temblaban como mujeres si oían el ruido de una hoja de árbol. Este miedo es atribuido a los cuentos de la nodriza, y se engañan, pues tienen una causa natural. ¿Cuál es esta causa? Es la misma que hace que los sordos sean desconfiados y que el vulgo sea supersticioso; es la ignorancia que tenemos de las cosas cercanas a nosotros y de lo que sucede en nuestro alrededor[38]. Ya que estoy acostumbrado a ver los objetos desde lejos y a prever sus impresiones de ante­mano, ¿cómo no he de imaginar mil seres, mil movi­mientos que me pueden perjudicar, sin que sea posible resguardarme de ellos cuando soy incapaz de ver lo que tengo cerca? Aunque esté seguro del sitio en que me hallo, nunca lo sé tan perfectamente como si lo viera; por consiguiente persiste siempre en mí un mo­tivo de temor del cual carecía en pleno día. No ignoro que un cuerpo extraño rara vez puede obrar en el mío sin que se anuncie con algún ruido; por eso, ¡qué alerta tengo siempre el oído! Al menor ruido, cuyo motivo desconozco, me fuerza el interés de mi conservación a que instantáneamente suponga todo cuanto me debe poner en cuidado, y, por lo tanto, todo lo que es capaz de asustarme.

Aunque no oiga nada absolutamente, no por eso me quedo sosegado, ya que también podrían sorprenderme sin hacer ruido. Es preciso que suponga las cosas como estaban antes, como deben estar todavía, que vea lo que no veo. Forzado de este modo a poner en ejercicio mi imaginación, pronto dejo de ser dueño de ella, y sirve para producirme más sobresalto de lo que había trabajado para serenarme. Si oigo vocerío, me parece que son ladrones; si no oigo nada, veo fantasmas; la vigilancia a que me obliga el afán de conservarme, so­lamente arranca en mí motivos de temor, y todo lo que debe tranquilizarme sólo existe en formas totalmente distintas. ¿De qué sirve pensar que nada hay que temer, si luego no hay nada que hacer?

Una vez que se ha encontrado la causa del mal, por sí misma indica el remedio. En todas las cosas el há­bito mata la imaginación, y sólo los objetos nuevos la despiertan. En los que vemos todos los días no es la imaginación lo que actúa, sino la memoria, y esa es la razón del axioma Ab assuetis non fit passio; «De las cosas acostumbradas no resulta pasión», debido a que las pasiones únicamente se encienden con el fuego de la imaginación. Por lo tanto, no discutáis con aquel a quien tratéis de curar del miedo a la oscuridad; debéis llevarle frecuentemente hacia sitios oscuros, y podréis estar seguros de que todos los argumentos de la filo­sofía serán de menos valor que los de esta costumbre. A los albañiles no les da vueltas la cabeza al andar por lo tejados, y no vemos que tenga miedo a la oscu­ridad el que se habitúa a ella.

Ved aquí otra nueva utilidad de los juegos noctur­nos que se añade a la primera, pero para que el niño se aficione a estos juegos, jamás habrá exceso si reco­miendo mucha alegría. No hay nada más triste que las tinieblas, no encerréis a vuestro hijo en un calabozo, y que entre en la oscuridad riéndose, que repita la risa antes de salir de ella y mientras esté en el paraje oscu­ro; que la idea de la diversión que ha dejado y que al salir volverá a encontrar le preserve de las fantásticas imágenes que pudieran acosarle.

Existe un término en la vida, y cuando se ha reba­sado, quien adelanta retrocede. Me doy cuenta de que he pasado ya de ese término. Vuelvo, por decirlo así, a empezar otra carrera. El vacío de la edad madura que temía se ha hecho sentir, evoco el dulce tiempo de mis primeros años. Al hacerme viejo, me vuelvo niño, y recuerdo con mayor placer lo que hacía cuando tenía diez años que lo que hice en los treinta. Debéis per­donarme, lectores, si de vez en cuando saco ejemplos de mí mismo, pues para llevar adelante este libro es necesario que me deleite con él.

Yo estaba en el campo, de huésped en casa de un ministro protestante llamado Lambercier, y conmigo también estaba un primo más rico que yo, a quien trataban como heredero, mientras que, lejos de mi pa­dre, yo no era más que un pobre huérfano. Mi primo Bernardo era miedoso, principalmente durante la noche. Yo me burlaba tanto de su miedo que, harto de mis bravuconerías, el señor Lambercier quiso poner a prue­ba mi valor. Una noche muy oscura de otoño me dio la llave del templo y me dijo que fuese a buscar en el púlpito la Biblia que él se había olvidado, y para azuzar mi amor propio añadió algunas palabras que me impi­dieran negarme a servirle.

Me fui sin luz, y si la hubiera llevado habría sido peor todavía; era indispensable pasar por el cemen­terio, y lo atravesé con decisión, pues cuando he estado a cielo abierto, nunca he tenido miedo de noche.

Cuando abrí la puerta de la iglesia oí en la bóveda cierto murmullo confuso que me pareció de voces hu­manas, lo cual empezó a minar mi pretendida ente­reza. Una vez abierta la puerta quise entrar, pero aún no había dado algunos pasos me detuve. Al percibir la oscuridad que reinaba en el gran recinto sentí tal terror que se me erizaron los cabellos. Retrocedo, salgo y echo a correr temblando. En el patio encontré un perro llamado «Sultán», cuyas caricias me reanimaron. Yo, avergonzado del susto, vuelvo atrás, procurando llevar conmigo al perro, pero no quiere seguirme. Cruzo co­rriendo el umbral de la puerta y entro en la iglesia. Pero apenas estuve dentro me volvió el miedo, y con tal fuerza que me desorienté, y aunque sabía muy bien que el púlpito estaba a la derecha, durante mucho rato lo busqué a la izquierda, me extravié entre los bancos, y no pudiendo dar con el púlpito ni con la puerta, sentí como si el miedo me paralizara. Por últi­mo doy con la puerta, logro salir del templo y me desvío como la vez primera, resolviendo que nunca volveré a entrar solo como no sea en pleno día.

Regresé a casa. Cuando iba a entrar oí que el señor Lambercier se reía a carcajadas. Entonces pienso que son para mí, y lleno de confusión al verme expuesto a ellas, dudo si abrir o no la puerta. En este inter­valo oigo que la hija del señor Lambercier, asustada con mi tardanza, dice a la sirvienta que tome el farol, y al señor Lambercier que salga a buscarme, escoltado por mi intrépido primo, al cual no hubieran dejado de atribuirle el honor de la expedición. En un momento venzo el miedo, y no me queda otro susto que el de que descubran mi fuga; corro, vuelo hacia el templo, y sin equivocarme, sin andar a tientas, llego al púlpito, subo, cojo la Biblia, bajo de un salto, doy otros tres y estoy fuera del templo, y hasta me olvido de cerrar la puerta; entro en el cuarto sin respiración, pongo la Biblia en el escritorio, azorado pero palpitando de gozo por haberme adelantado al auxilio que me preparaban.

Me preguntarán si expongo este rasgo como un mo­delo que debe seguirse y como ejemplo de la alegría que exijo en esta especie de ejercicios. No; lo recuer­do como prueba de que no existe otra cosa que haga cobrar más el ánimo al que está asustado con la som­bra de la noche que el oír en un aposento cercano una reunión donde se ríe y se conversa tranquilamente. Yo quisiera que en lugar de divertirse el preceptor con su alumno solo, se juntaran por las noches muchos chicos de buen humor; al principio no se les debería permitir ir separados, sino en grupos, y que ninguno se aven­turase yendo solo sin estar seguro de que no se asus­taría.

No hay nada más útil y agradable que semejantes juegos si son ordenados con un poco de habilidad. En una gran sala yo haría una especie de laberinto con mesas, taburetes, sillas y biombos. En las vueltas y revueltas de este laberinto colocaría, en medio de ocho o diez cajas con trampa, otra caja parecida llena de golosinas; designaría en términos claros pero precisos el sitio exacto donde está la caja buena; haría una indicación que bastase para que fuese distinguida por personas más atentas y menos atolondradas que los muchachos[39]; después de haber sorteado entre los contrincantes, los mandaría a buscar uno tras otro, hasta que encontrasen la caja buena, lo cual cuidaría yo de hacer más difícil a medida de su habilidad.

Figuraos un pequeño Hércules que llega con la caja en la mano, orgulloso de su hazaña. Pone la caja en­cima de la mesa y la abre con toda ceremonia. Oigo desde aquí las carcajadas y el griterío de la cuadrilla cuando, en vez de los dulces que se esperaban, se en­cuentran con un abejorro, un escarabajo, un carbón, una bellota, un nabo, u otra cosa así, muy bien puesta encima de una rama de helecho o de un lienzo. Otras veces, en un cuarto acabado de enjabelgar, se puede colgar muy cerca de la pared algún juguete. Apenas acabe de entrar el que la trae cuando, por poco que haya faltado a la condición puesta, el ala del som­brero, la punta del zapato, la falda o la manga del vestido manchados de blanco, nos demostrarán su poca maña. Con todo esto hay lo suficiente y hasta sobra en lo referente a juegos. Si tengo que decíroslo todo, no me sigáis leyendo.

¡Cuántas ventajas saca de noche a los demás un hombre educado de tal forma! Acostumbrados sus pies a pisar firme en las tinieblas, ejercitadas sus manos en aplicarse con facilidad a todos los cuerpos inmediatos, le conducirán sin dificultad en la más densa oscuridad. Llena su imaginación de los juegos nocturnos de su niñez, difícilmente creerá ver objetos temibles. Si cree oír carcajadas, para él serán de los niños, de sus an­tiguos camaradas y no de los duendes. Si se le presenta una reunión no será un aquelarre de brujas, sino el aposento de su preceptor. Como la noche le recuerda ideas alegres, para él jamás será horrorosa, y en vez de temerla la amará. ¿Se trata de una expedición mi­litar? El estará dispuesto a cualquier hora, lo mismo si tiene que ir solo que si tiene que ir con su tropa. Entrará en el campo de Saúl, lo recorrerá todo sin extraviarse y llegará sin ser visto. ¿Es necesario robar los caballos de Reso? Dirigíos a él sin recelo. Entre hombres educados de otra forma, no es probable que encontréis un Ulises.

He visto algunas personas que asustando a los niños quieren acostumbrarles a que pierdan el miedo de no­che. Este método es muy malo, ya que produce un efecto diametralmente opuesto al que se desea, y sólo sirve para que sean más medrosos. Ni la razón ni el hábito pueden serenarnos acerca de la idea de un peli­gro actual cuyo grado y especie no conocemos, ni sobre el temor a sorpresas que ya hemos experimentado. No obstante, ¿cómo nos podemos cerciorar de que nuestro alumno no estará nunca expuesto a semejantes aza­res? Me parece que el mejor consuelo que podemos darle para precaverlos es el siguiente. Yo le diría a mi Emilio: «Tú te hallas en el caso de una justa defensa, porque tu agresor no te permite que sepas si quiere hacerte daño o sólo meterte miedo, y como se ha puesto en un sitio ventajoso, ni siquiera la fuga es una solu­ción segura para ti. Entonces, coge con decisión al que te acometa de noche, hombre o animal, nada im­porta; apriétale, sujétalo con toda tu fuerza; si force­jea para librarse, sacúdele, no te quedes corto en tus golpes, y diga o haga lo que quiera, no le sueltes hasta que sepas quién o qué es; es presumible que entonces comprendas que no había mucho que temer, pero ese modo de tratar a los graciosos les tiene que escar­mentar».

Aunque sea el tacto entre todos nuestros sentidos el que más ejercitamos, sus deducciones, no obstante, per­manecen, como he indicado ya anteriormente, más im­perfectos y toscos que los otros, porque continuamente con su uso mezclamos el de la vista, y, alcanzando los ojos el objeto antes que la mano, el alma juzga casi siempre sin ella. En cambio, los juicios más seguros son los del tacto, precisamente por ser los más limita­dos, porque como no se extienden más allá de donde pueden alcanzar nuestras manos, ratifican el criterio de los demás sentidos, que se lanzan sobre objetos que apenas perciben, mientras que todo lo que percibe el tacto lo realiza bien. Se puede añadir que cuando se acomoda la fuerza de los músculos con la acción de los nervios, por una sensación simultánea unimos, con el juicio del temple, del tamaño y la figura, el del peso y la solidez. De esta manera, al mismo tiempo que el tacto es entre todos los sentidos el que mejor nos instruye de la impresión que en nuestro cuerpo pueden hacer los extraños, es también el que más frecuente­mente nos sirve y el que más pronto nos proporciona los conocimientos necesarios para nuestra conservación.

Puesto que el tacto habituado suple la vista, ¿por qué no ha de poder suplir también el oído hasta cierto límite una vez que los sonidos excitan en los cuerpos sonoros conmociones sensibles al tacto? Al poner una mano en la caja de un violoncelo somos capaces, sin el auxilio de los ojos y de los oídos, sólo por el modo de vibrar y estremecerse la madera distinguir si el tono del instrumento es grave o agudo, si procede de la prima o del bordón. Debe ejercitarse el sentido en estas diferencias, y no dudo de que con el tiempo lle­garía a ser tan sensible que se podría comprender un trozo de música por el tacto. Bajo esta hipótesis, se ve claramente con qué facilidad se podría hablar a los sordos mediante la música, porque como los tonos y los tiempos no son menos aptos para combinaciones regulares que las articulaciones y las voces, también pueden tomarse por elementos del discurso.

Hay ejercicios que embotan el sentido del tacto, ha­ciéndolo más obtuso, y por el contrario hay otros que lo aguzan y lo hacen más exquisito y delicado. Si uni­mos a los primeros mucho movimiento y fuerza a la continua impresión de los cuerpos duros, le dan aspe­reza a la piel y le quitan el sentimiento natural; los segundos varían este mismo sentimiento con un ligero y frecuente tacto, de tal suerte que el espíritu, atento a las impresiones continuamente repetidas, adquiere facilidad para juzgar todas sus modificaciones. Es sen­sible esta diferencia en los instrumentos musicales: la pulsación dura y atormentada del violoncelo, del con­trabajo y del mismo violín dan a los dedos más flexi­bilidad, pero endurece las yemas. La suave pulsación del clavicordio hace flexibles los dedos y a la vez más sensibles, por lo que es preferible.

Es conveniente que se endurezca la piel con las im­presiones del aire y que pueda arrostrar sus alteracio­nes, porque es el que defiende el resto. Aparte esto, no quisiera que aplicando la mano con excesiva fuerza a los mismos trabajos se llegara a endurecer, ni que una vez encallecida, la piel perdiese aquel tacto exqui­sito que deja comprender qué cuerpos tocamos, y según la clase de contacto a veces es la causa de que, en la oscuridad, nos estremezcamos de diversos modos.

¿Por qué tiene que llevar siempre mi alumno una piel de toro como plantilla de los pies? ¿Qué mal ha­bría en que la suya pudiera servirle de suela si fuese necesario? Se ve claramente que en este sentido la deli­cadeza de la piel nunca servirá de nada, y aún que mu­chas veces puede ser perjudicial. Cuando al despertar­se los ginebrinos a medianoche en la época más rigu­rosa del invierno se vieron con el enemigo dentro de la ciudad, hallaron más pronto sus fusiles que sus za­patos. Si ninguno hubiese podido andar descalzo, ¿quién sabe si Ginebra habría sido tomada? Debemos reparar al hombre contra los azares imprevistos. Emilio, por la mañana y en todo tiempo, anda descalzo por el apo­sento, por la escalera, por el jardín; en vez de reñirle, le imitaré, y sólo evitaré que en el suelo haya cristales. Pronto hablaré de los trabajos y juegos manuales. En cuanto a los demás, que aprenda a ejecutar todos los pasos que favorezcan las evoluciones del cuerpo, a to­mar en todas las posturas una actitud segura y sólida; que sepa saltar hacia delante, hacia arriba, subirse a un árbol, escalar una tapia, y que mantenga siempre el equilibrio, que todos sus movimientos y ademanes vayan ordenados por las leyes ponderales mucho antes de que la estática tenga que explicárselos. Por el modo con que apoye su pie en el suelo y descanse el cuerpo sobre la pierna, debe saber si su posición es buena o mala. Un andar seguro siempre tiene gracia y las pos­turas más firmes son también las más elegantes. Si yo

fuera profesor de baile, no haría las monerías de Mar­celo[40], las cuales están bien para el país donde él las hace, pero en lugar de enseñar a pernear a mi alumno, le llevaría junto a un pedregal y le diría cuál es la pos­tura necesaria, cómo debe ponerse la cabeza y el cuer­po, qué movimientos hay que hacer, de qué modo se ha de poner algunas veces el pie y otras la mano para subir con agilidad los senderos escarpados y ásperos, y lanzarse de punta a punta subiendo unas veces y ba­jando otras. Mejor le compararía con un gamo que con un bailarín de la ópera.

Al concentrar el tacto sus operaciones alrededor del hombre, mientras tiende la vista lejos de él, muchas veces resultan engañosas; de una sola mirada abarca el hombre la mitad de su horizonte. Con la cantidad de sensaciones simultáneas que provocan, ¿cómo se ha de equivocar en ninguna? Por lo tanto, la vista es el más defectuoso de nuestros sentidos, precisamente porque se extiende más y porque, quedándose muy atrás de los otros, son prontas ,y vastas sus operaciones para que puedan rectificarlas. Todavía hay más: las ilusiones de los otros, son prontas y vastas sus operaciones para llegar a conocer la extensión y comparar sus partes. Sin las falsas apariencias nada veríamos lejos; sin las gradaciones de luz y tamaño, no podríamos apreciar distancia alguna, o no la habría para nosotros. Si en dos árboles iguales nos pareciese el que dista cien pasos de nosotros tan alto y tan claro como el que está a diez, los creeríamos uno al lado del otro. Si dis­tinguiésemos las dimensiones de los objetos en su medida verdadera, no veríamos espacio ninguno y nos pare­cería que todo estaba encima.

Para juzgar del tamaño de los objetos y de su dis­tancia, sólo tiene el sentido de la vista una medida, la apertura del ángulo que forman en nuestros ojos, y como ésta es un efecto simple de una causa compuesta, el juicio que en nosotros provoca deja indeterminada cada causa particular, por lo que es forzosamente defec­tuosa. Porque, ¿cómo he de distinguir a simple vista si el ángulo bajo el cual veo un objeto más pequeño que el otro es porque el objeto es más pequeño o porque está más lejos?

Entonces, hay que seguir aquí un método contrario al anterior; doblar la sensación en vez de simplificar­la, o verificarla siempre por otra, sujetar el órgano visual al táctil, y reprimir, por decirlo así, la impetuo­sidad del primer sentido por el paso retrasado y regu­lado el segundo. Porque no nos acomodamos a esta práctica son muy inexactas nuestras medidas de valua­ción. No tenemos exactitud en el golpe de vista para precisar las alturas, las longitudes, las profundidades y las distancias, y la prueba de que no todo es culpa del sentido como de su uso, es que los ingenieros, los agri­mensores, los arquitectos, los albañiles, los pintores, generalmente tienen una visión mucho más segura que nosotros y aprecian con más exactitud las medidas de extensión, porque adquiriendo la experiencia con su oficio, que nosotros no tratamos de adquirir, rectifican el error del ángulo por las apariencias que le acompa­ñan y determinan más exactamente la relación de las dos causas de este ángulo.

Siempre es fácil obtener de los niños todo cuanto da movimiento al cuerpo sin causarle violencia. Existen mil medios para que se interesen por medir, conocer y valorar las distancias. Allí hay un cerezo muy alto; ¿qué haremos para coger cerezas. ¿Nos servirá la escalera del pajar? Allá hay un arroyo muy ancho; ¿cómo lo atravesaremos? ¿Alcanzará a las dos orillas una de las tablas del patio? Quisiéramos pescar desde nuestra ven­tana en los fosos de la finca; ¿cuántas brazas ha de tener nuestro cordel? Quisiera hacer un columpio en­tre estos dos árboles; ¿nos bastará con una cuerda de dos metros? Me dicen que en la otra casa nuestro apo­sento tendrá veinticinco pies cuadrados; ¿crees que nos conviene?, ¿será mayor que éste? Tenemos mucho ape­tito; allí hay dos mesones; ¿a cuál llegaremos antes para comer?

Se trataba de ejercitar en correr a un niño inda lente y perezoso, el cual no le tenía inclinación a ningún otro ejercicio, aunque le destinaban al estado militar; se había persuadido no sé cómo de que un hombre de su clase nada debía hacer ni saber y que su nobleza le debía servir de brazos, de piernas, y para toda clase de méritos. Casi ni la habilidad del mismo Chirón hubiera sido suficiente para hacer de ese niño un Aquiles de pies ligeros. La dificultad aumentaba por­ que yo no quería mandarle nada absolutamente, ha­biendo desterrado de mis derechos las exhortaciones, las promesas, las amenazas, la emulación y el deseo de lucirse. ¿Cómo había de actuar para inspirar en el niño el deseo de correr sin decirle nada? Correr yo habría sido un medio poco seguro y expuesto a inconvenien­tes; se trataba también de sacar de este ejercicio algún motivo de instrucción para él, a fin de que las opera­ciones del cuerpo y del juicio siempre estuvieran acor­des. Resolví, pues, hacer lo siguiente: Cuando iba con él a paseo por las tardes, algunas veces llevaba en mi bolsillo dos pasteles de una clase que a él le gus­taban mucho; nos comíamos cada uno el suyo durante el paseo[41], y nos volvíamos muy satisfechos. Un día vio que yo llevaba tres pasteles; el solo habría podido comerse seis sin esfuerzo; se comió en seguida el suyo y me pidió el tercero. «No -le respondí-; yo también me lo comería a gusto, o nos lo partiríamos, pero prefiero que se lo coma el que más corra de aquellos mu­chachos que están allí.» Les llamé, les enseñé el pastel y les di 'e mi condición; no deseaban otra cosa. Puse el paste sobre una roca, conviniendo que era la meta. Indiqué cuál era la carrera, y fuimos a sentarnos; al dar la señal, arrancaron los muchachos; el vencedor cogió el bollo y se lo comió en presencia de los espec­tadores y del vencido.

Esta diversión valía más que el pastel, pero no pren­dió al principio ni surtió efecto alguno. No me cansé ni me di prisa, pues la educación de los niños es un oficio en que hay que saber desperdiciar tiempo para ganarlo. Continuamos nuestros paseos; unas veces tomá­bamos tres pasteles,, otras cuatro, y de cuando en cuan­do había uno o dos para los corredores. Si no era muy grande el premio, tampoco los contendientes eran am­biciosos; el que lo ganaba era elogiado, felicitado, todo se hacía con entusiasmo. Para dar motivo a las evolu­ciones y aumentar el interés, señalaba una carrera más larga y admitía a muchos competidores. Apenas entra­ban en liza, todos los que pasaban formaban corro para verlos, animándoles con aclamaciones, gritos y palmadas; alguna vez vi a mi hombrecito que estaba dando saltos en su asiento, levantarse y gritar cuando uno iba a alcanzar o dejar atrás a otro; para él eran los juegos olímpicos.

No obstante, los corredores acostumbraban a valer­se de tretas; unos detenían a otros o bien se echaban al suelo, o tiraban piedras al pasar uno a otro. Esto me obligó a separarlos y que salieran de puntos dife­rentes, aunque igualmente distantes de la meta; pronto se verá el motivo de esta previsión, porque debo tener en cuenta los detalles de este importante asunto.

Cansado de ver que los demás siempre se comían los pasteles que tanto le gustaban, llegó a imaginar que el correr podía serle útil para algo, y viendo que también él tenía dos piernas, empezó a hacer pruebas a solas. Yo me guardé de darle a entender que lo sabía, pero vi que había logrado mi propósito con mi estra­tagema. Cuando consideró que ya era poseedor de la fuerza suficiente, y yo lo comprendí antes que él, em­pezó a importunarme para que le diera el pastel que quedaba; yo se lo niego, él porfía, y con gesto despe­chado me dice: «Está bien; póngalo usted sobre la roca, señale el campo y ya lo veremos». «Vaya -dije sonriendo-; ¿un caballero tiene necesidad de saber co­rrer? Tendrás más apetito y no tendrás nada que co­mer.» Picado con mi burla, se esforzó tanto que fue él quien ganó el premio, aunque la verdad es que yo había señalado una carrera corta y tuve la precaución de no admitir al que más corría. Ya dado este primer paso, se comprende fácilmente que no me resultó muy difícil continuar. Pronto tomó tanta afición a este ejer­cicio que, sin el objetivo de alcanzar ningún premio, casi estaba seguro de vencer a los otros, aunque el trecho que había que recorrer fuese muy largo.

Una vez alcanzada esta ventaja, dio por resultado otra en la cual yo no había pensado. Cuando eran pocas las veces que ganaba el premio, casi siempre se lo comía él solo, lo mismo que hacían sus contrincantes, mas cuando ya estuvo acostumbrado a la victoria, se hizo generoso y muchas veces se lo partía con los ven­cidos. Esto me obligó a verificar una observación moral, y me enseñó cuál fue el verdadero principio de la gene­rosidad.

Continué marcando en distintos sitios el punto desde donde cada uno debía comenzar a un mismo tiempo su carrera, y sin que él pensara en ello, hice desiguales las distancias, de tal manera que como tenía cada uno más camino que correr que el otro para llegar a la misma meta, se producía un agravio completamente visible para todos, pero, aunque dejaba a mi discípulo e escogiese, no sabía aprovecharse de esta ventaja importarle la distancia, siempre escogía el camino más llano, pero como yo preveía fácilmente su elec­ción, casi era yo el árbitro de hacer que perdiera o ganara el premio, y esto lo hacía para lograr más de un fin. Pero como mi intención era que advirtiese la diferencia, hacía lo posible para que él la notara, y aunque era indolente cuando estaba sosegado, era tan arrebatado en sus juegos y tan confiado, que me costó un trabajo indecible lograr que se diera cuenta de que yo no jugaba limpio. Cuando al fin lo conseguí, a pesar de su atolondramiento, se quejó de mi actuación. En­tonces yo le dije: «¿Qué quejas son ésas? Es un regalo que quiero hacer, ¿no soy o el dueño de poner las condiciones? ¿Quién te mana que corras? ¿Te he pro­metido señalar distancias iguales? ¿No eres libre de escoger? Escoge la más corta, puesto que nadie te lo prohíbe. ¿No te das cuenta de que tú eres el privi­legiado y que esa desigualdad de que te quejas es en beneficio tuyo si sabes sacar partido de ella?» Esto era claro, y lo comprendió, y para escoger se vio obligado a examinarlo con más atención. Primero quiso contar los pasos, pero la medida de los pasos de un niño es defectuosa y lenta, y por otra parte yo empecé a aumen­tarlas carreras en un mismo día, y convertida ya la afición en una especie de pasión, sentía perder el tiempo en medir las distancias que había que recorrer. La viva­cidad de la infancia es rebelde a las dilaciones, y lo que hizo, sin advertirlo él mismo, fue habituarse a ver mejor y a comprender las distancias. Entonces ya me costó muy poco mantenerle la afición y fomentarla. Por último, en pocos meses de pruebas y de errores corregidos, el compás visual se formó de tal modo que cuando yo le ponía un pastel en un sitio algo lejos, su ojeada era casi tan segura como la cadena de un agrimensor.

Como entre los sentidos el de la vista es uno cuyos juicios menos pueden separarse del alma, para apren­der a ver es necesario comparar durante mucho tiempo la vista con el tacto, a fin de acostumbrar al primero de estos sentidos a que nos dé cuenta fiel de las formas y las distancias, pues sin el tacto y sin el movimiento progresivo, los ojos más perspicaces no podrían darnos ninguna idea de la extensión. Para una ostra el universo entero no debe de ser más que un punto, y no le parecería otra cosa aunque la animase un espíritu hu­mano. Sólo a fuerza de andar, palpar, numerar y medir las dimensiones, aprendemos a valuarlas, pero si midié­semos siempre descansando el sentido en el instrumen­to, nunca se afinaría. Tampoco es necesario que repen­tinamente pase un niño desde la medida a la valuación; primero es necesario que comparando por partes lo que en un todo no puede comparar, a partes alícuotas exac­tas sustituya a las alícuotas por valuación, y en vez de aplicar la medida con la mano, se vaya acostum­brando a aplicarla únicamente con la vista. No obstante, quisiera yo que verificara sus primeras operaciones con medidas reales, con el fin de que enmendase sus erro­res, o si en el sentido le restase alguna falsa aparien­cia, aprendiese a rectificarla con más certero juicio. Hay medidas naturales que son casi las mismas en todas partes; los pasos de un hombre, el alcance de sus bra­zos, su estatura, etc. Cuando un niño valúa la altura de un piso puede servirle de metro su ayo; si quiere apreciar la altura de una torre, la compara con las casas; si quiere saber las leguas de distancia, que cuente las horas de camino y, sobre todo, nosotros no debemos realizar nada de esto por él, sino que debe actuar por si mismo.

No podría emitirse un juicio exacto acerca de la extensión y el tamaño de los cuerpos sin aprender al mismo tiempo a conocer sus figuras, y aun a imitarlas, porque en realidad esta imitación depende absoluta­mente de las leyes de la perspectiva, y no es posible valorar la extensión por las apariencias, sin alguna noción de estas leyes. Los niños, que son unos grandes imitadores, intentan dibujar, y yo quisiera que el mío cultivara este arte, no precisamente por el arte en sí, sino para que le diera actividad a la vista y elasticidad a la mano, pues generalmente importa muy poco que domine cualquier ejercicio, con tal que adquiera la perspicacia del sentido y el hábito que necesita el cuer­po. Me guardaré de ofrecerle un maestro de dibujo que sólo le dé imitaciones para que las copie, y que dibuje los dibujos de otro; quiero que no tenga otro maestro que la naturaleza, ni otro modelo que los obje­tos; que tenga presente el original y no el papel que lo representa; que copie una casa de una casa, un árbol de un árbol, un hombre de un hombre, para que se acostumbre a observar bien los cuerpos y sus apa­riencias, y no creer que las mentiras y las imitacio­nes convencionales son imitaciones verdaderas. También trataré de convencerle de que no debe trazar esbozos de memoria, sin tener delante los objetos, hasta que a fuerza de observaciones se imprima bien en su imagi­nación la forma exacta de ellos, pues podría alterar el conocimiento de las proporciones y la afición a las be­llezas naturales, sustituyendo la verdad de las cosas con figuras extravagantes y ridículas.

Me doy cuenta de que actuando de este modo pinta­rrajeará antes de hacer nada que represente algo, de que tardará mucho en dominar la elegancia de los con­tornos y el ágil trazo de los dibujantes, y que tal vez nunca percibirá los efectos pintorescos y el gusto depu­rado del dibujo, pero, en cambio, su golpe de vista será más justo, la mano más firme, un mejor conocimiento de las verdaderas relaciones de tamaño y los cuerpos naturales que median entre los animales, las plantas y la perspectiva. Esto es lo que yo pretendo conseguir, siendo mi deseo que sepa imitar menos y que logre el conocimiento de los objetos; quiero que sea capaz de hacerme ver una hoja de acanto y que dibuje bien el follaje de un capitel.

Por lo demás, tanto en este como en los otros ejer­cicios, no pretendo que se divierta mi alumno solo; con el fin de que le sea más grato, competiré con él de un modo continuo. No quiero que tenga otro compe­tidor que yo, pero lo seré sin riesgo; esto hará que sean interesantes nuestras tareas, sin que haya celos entre los dos. Tomaré el lápiz, siguiendo su ejemplo, y lo usaré al principio con tan poco acierto como él. Aun­ que fuese un Apeles, yo me convertiré en un pinta­monas. Empezaré dibujando un hombre como los que dibujan los muchachos en la pared; una barra cada brazo, otra cada pierna, y los dedos más gruesos que los brazos. Después de algún tiempo, el uno o el otro notaremos la desproporción; observaremos que la pier­na tiene un grosor, pero que varía de arriba abajo; que el brazo tiene una longitud determinada con rela­ción al cuerpo... En cuanto a los adelantos serán igua­les a los suyos, o me adelantaré tan poco que siempre le será fácil alcanzarme, y algunas veces dejarme atrás. Nos procuraremos colores y pinceles y haremos lo po­sible para imitar el colorido de los objetos, su aparien­cia y su figura; iluminaremos, pintaremos y embadur­naremos, pero en todos nuestros garabatos nunca deja­remos de estar al acecho de la naturaleza, ni haremos nada que no sea en presencia del maestro.

No hallábamos adornos para nuestro aposento, y ya los tenemos. Coloco marcos en nuestros dibujos, con cristales para que nadie los toque, y viendo que per­manecen en el estado en que los dejamos, que cada uno tenga interés en conservar y no descuidar los suyos. Los coloco por orden alrededor del cuarto; cada dibujo repetido veinte o treinta veces y demostrando cada ejemplar los adelantos del autor, desde el punto de que la casa no es más que un cuadro casi uniforme hasta aquel en que están representados con fidelidad su fa­chada, su perfil, sus proporciones y sus sombras. Estas gradaciones tienen que ofrecernos cuadros interesantes para nosotros, curiosos para los demás y avivar conti­nuamente nuestra emulación. A los primeros, a los di­bujos más toscos, les pongo marcos brillantes y dora­dos con el fin de darles mayor realce, pero cuando ya es más exacta la imitación y realmente bueno el dibujo, no le pongo más que un marco negro muy sen­cillo, ya que no precisa de otro adorno que el propio, y sería una lástima que el ribete absorbiera la atención que merece el objeto. De esta forma cada uno de no­sotros anhela ser merecedor de la honra del marco sen­cillo, y cuando uno quiera despreciar el dibujo del otro, le condenará el marco dorado. Algún día tal vez serán proverbiales entre nosotros estos marcos dorados, y quedaremos asombrados de que haya tantos que se hagan justicia haciéndoselos poner.

Yo he dicho que la geometría no está al alcance de los niños, pero es culpa nuestra. No sabemos compren­der que nuestro método no es el suyo, y que lo que para nosotros es el arte de discurrir, para ellos es el de ver. En vez de darles nuestro método, sería mejor que tomásemos el suyo, puesto que nuestro modo de aprender la geometría es un asunto de imaginación tanto como de raciocinio. Cuando la proposición está expuesta, es imprescindible imaginar la demostración, esto es, encontrar de qué proposición ya sabida debe ser consecuencia, y entre todas las que se pueden sacar de la misma, escoger precisamente aquélla de la cual se trata.

De este modo, el razonador más competente, como no se trate de un inventor, se quedará parado. ¿Pero qué sucede? Que en vez de hacer que hallemos la demos­tración, nos la dicta; que en vez de enseñarnos a enjui­ciar es el maestro quien enjuicia por nosotros y sólo se e ejercita nuestra memoria.

Naced figuras exactas, combinadlas, ponedlas una encima de otra, y examinad sus relaciones; hallaréis la geometría elemental yendo de observación en observa­ción, sin que se trate de definiciones, ni de problemas, ni de ninguna otra forma demostrativa, como no sea la simple superposición. Por mi parte, no pretendo en­señar la geometría a Emilio; debe ser él quien me la enseñe a mí; yo indicaré las relaciones y él las hallará, porque lo haré de tal forma que conseguiré que las halle. Por ejemplo, en lugar de servirme de un compás para trazar un círculo, lo trazaré con un clavito en el extremo de un hilo que gire sobre un eje. Luego, cuando yo quiera comparar unos radios con otros, Emilio se burlará de mí, y me hará ver que tendido siempre el mismo hilo no se pueden trazar distancias desiguales.

Si quiero medir un ángulo de sesenta grados, des­cribo, desde el vértice de este ángulo, no un arco, sino un círculo entero, porque con los niños no se debe suplir nada. Encuentro que la porción del círculo com­prendido entre los dos lados del ángulo es la sexta parte del círculo. Después, desde el mismo vértice, des­cribo otro círculo mayor, y me encuentro con que tam­bién este segundo arco es la sexta parte de su círculo. Describo un tercer círculo concéntrico, con el cual re­pito la misma prueba, y la continúo con nuevos círcu­los, hasta que Emilio, asombrado de mi estupidez, me advierta que cada arco, grande o pequeño, compren­dido en el mismo ángulo, ha de ser siempre la sexta parte de su círculo. Muy pronto llegaremos al uso del semicírculo graduado.

Con el fin de comprobar que los ángulos formados por dos oblicuas son iguales a dos rectos, se describe un círculo, y yo haré que Emilio note primero esto en el círculo, y le digo luego: «Si quitásemos el círculo y dejásemos las líneas rectas, ¿cambiarían de tamaño los ángulos?

Se descuida la exactitud de las figuras; se supone y se aplican a la demostración. Entre nosotros, por el contrario, jamás se tratará de demostración; nuestro más importante asunto será trazar un cuadrado muy perfecto y un círculo muy redondo. Para comprobar la exactitud de la figura, la examinaremos por todas sus propiedades sensibles, y esto nos dará motivo para des­cubrir cada día otras nuevas. Doblaremos por el diáme­tro los dos semicírculos, y por la diagonal las dos mi­tades del cuadrado; compararemos nuestras dos figu­ras, para ver aquella cuyos lados se adaptan con más exactitud, y por consiguiente está mejor hecha; deberemos discutir si debe existir siempre esta igualdad de partición en los paralelogramos, los trapecios... Algu­na vez realizaremos la prueba de adivinar el resultado de la experiencia antes de ejecutarla, y procuraremos encontrar sus razones.

Para mi alumno la geometría no es otra cosa que el arte de usar bien la regla y el compás sin que la con­funda con el dibujo, en el que jamás empleará ninguno de estos instrumentos. Se encerrarán balo llave la re­gla y el compás, y muy pocas veces permitiré que haga uso de ellos si no es por muy poco tiempo, para que no se acostumbre a embadurnar el papel, pero podre­mos llevar algunas veces nuestras figuras al ir de pa­seo, y hablaremos sobre lo que hayamos hecho o pre­tendamos hacer.

Nunca olvidaré el haber conocido en Turín a un joven que de niño le enseñaron las relaciones de los contornos y las superficies, dándole a escoger todos los días obleas isoperímetras de todas las figuras geomé­tricas. El pequeño goloso había apurado el arte de Ar­químedes con el fin de hallar la que más le convenía comer.

Cuando un niño juega al volante, ejercita la vista y el brazo; cuando pega con la correa a una peonza, aumenta su fuerza sirviéndose de ella, pero nada apren­de. Algunas veces he preguntado por qué no ejercita­ban a los niños en los juegos de destreza de los hom­bres: la pala, el mallo, el billar, el arco, la pelota, los instrumentos de música, y me han contestado que de estos juegos algunos excedían sus fuerzas, y que para los demás aún no estaban bastante formados sus miem­bros. No me parecen fundadas estas razones; aunque no tenga un niño la estatura de un hombre, viste exac­tamente como él. Con esto no quiero decir que juegue con las mismas bolas que nosotros en un billar de tres pies de alto, que juegue partidas de pelota, ni que pon­gan en sus delicadas manos una pala, sino que juegue en una sala cuyas vidrieras se protejan con rejas, que al principio se sirva de pelotas blandas, que sus pri­meras palas sean de madera, luego de piel y por último de cuerda de vihuela; que sean más tirantes según vaya progresando. Dais preferencia al volante porque cansa menos y carece de peligro, pero hacéis mal por dos motivos: El volante es un juego de mujeres, y todas huyen de una pelota en movimiento, pues su deli­cada piel no debe exponerse a las contusiones a que expondría su rostro. Pero nosotros, destinados a ser vigorosos, ¿tenemos la pretensión de serlo sin trabajo? ¿De qué defensa seremos capaces si no se nos acomete nunca? Siempre se juegan de una forma descuidada los juegos en que no se corre peligro, pero nada desen­tumece tanto los brazos como la necesidad de cubrirse la cabeza, ni agudiza tanto la vista como tener que pro­tegerse los ojos. Lanzarse de una punta de la sala a otra, calcular el bote de una pelota cuando está en el aire, devolverla con mano segura y vigorosa...; estos juegos tan convenientes al hombre todavía le sirven más para formarle.

Dicen que las fibras de un niño son muy débiles. Son menos resistentes, pero más flexibles; su brazo es débil, pero es un brazo y, guardando la proporción, debe hacerse con él todo lo que se hace con otra má­quina parecida. Los niños no tienen en las manos nin­guna destreza, y por eso yo quiero que la adquieran; un hombre que no tuviera más práctica que ellos, tam­poco la tendría; nosotros no podremos comprender el uso de nuestros órganos hasta después de haberlos em­pleado. Sólo con una larga experiencia aprenderemos a sacar partido de nosotros mismos, y esta experiencia es el verdadero estudio, al que no podemos aplicarnos demasiado pronto.

Todo lo que se hace es hacedero. Entonces, no hay nada más común que ver niños diestros y desenvuel­tos, con los miembros tan ágiles como los de un hom­bre. En casi todas las ferias los vemos que realizan equilibrios, que andan sobre las manos, que saltan y bailan en la cuerda. ¿Durante cuántos años las compa­ñías de niños han atraído con sus bailes espectadores a la Comedia italiana? ¿Quién no ha oído hablar en Italia y en Alemania de la compañía de pantomima del célebre Nicolini? ¿Ha observado alguien en estos niños movimientos menos desenvueltos, actitudes menos graciosas, oído menos fino, danza menos ligera que los danzarines formados por completo? Aunque tengan abul­tados, cortos y poco flexibles los dedos y las manos, y poco capaces de empuñar nada, ¿quita eso que mu­chos niños no sepan escribir y dibujar a la edad que otros no saben todavía sostener el lápiz o la pluma? Todo París se acuerda aún de la pequeña inglesita que teniendo solamente diez años hacía prodigios con el clavecín[42]. He visto en casa de un magistrado a su hijo, niño de ocho años, que se subía a la mesa des­pués de los postres, como una estatua en su pedestal, y tocar un violón casi tan grande como él, asombrando por su ejecución a los mismos artistas.

Todos estos ejemplos y otros cien mil prueban, me parece, que la ineptitud que se supone a los niños para que hagan nuestros ejercicios es imaginaria, y si no los practican es porque no se les ha enseñado.

5e me dirá que yo caigo aquí, con relación al cuer­po, en el defecto del cultivo prematuro que condeno en los niños con relación al espíritu. La diferencia es muy grande, porque uno de estos progresos es sólo apa­rente y el otro es real. He probado que el espíritu o el entendimiento que parecen tener, no lo tienen, pero hacen, mejor o peor, lo que ellos se proponen hacer. Por otra parte, se debe pensar siempre que todo esto no es o no debe ser más que un juego, dirección fácil y voluntaria de los movimientos que la naturaleza le pide, variar sus entretenimientos para que les sean más agradables, sin que el más pequeño contratiempo los convierta en trabajo, porque, ¿en qué se distraerán que no puedan convertirlo en un objeto de instrucción para ellos? Y cuando no se pueda conseguir que se diviertan sin inconveniente y que el tiempo pase, su progreso en cualquier cosa no importa de momento, pues de vez en cuando es preciso aprender necesaria­mente una cosa, Y hágase lo que se haga, nunca es posi­ble conseguirlo sin contrariedad, sin desgana y sin abu­rrirse.

Lo que ya he expuesto sobre los dos sentidos cuyo uso es más continuo e importante, puede servir de ejem­plo para el modo de ejercitar los otros. Lo mismo se aplican la vista y el tacto a los cuerpos quietos que a los que se mueven, pero como únicamente la ondula­ción del aire puede mover el sentido del oído, sólo los cuerpos en movimiento hacen ruido o suenan, y si todo estuviese quieto nunca oiríamos nada. De noche, pues, cuando nos movemos si nos place, no debemos temer otros cuerpos que los que se mueven, y nos importa aguzar el oído para juzgar por la sensación que éste nos transmite, si el cuerpo que la causa es grande o pequeño, si está cerca o lejos y si es débil o fuerte su pulsación. Las sacudidas del aire están sujetas a reper­cusiones que lo reflejan, que repiten la sensación con sus ecos y hacen que se oiga el cuerpo ruidoso o sonoro en otro sitio de donde se encuentra. Si aplicamos el oído al suelo en un llano o en un valle, oímos las voces de los hombres o las pisadas de los caballos desde mucho más lejos que cuando estamos en pie.

Del mismo modo que hemos comparado la vista con el tacto, será bueno comparar la vista con el oído, y saber cuál de las dos impresiones llegará antes a su órgano. Cuando uno percibe el fogonazo de un cañón, todavía está a tiempo de protegerse del tiro, pero así que oye el ruido ya no tiene tiempo, pues la bala está encima. Podemos juzgar la distancia a que se encuen­tra una tempestad por el tiempo que media entre el relámpago y el trueno. Procurad que el niño conozca todas estas experiencias, que realice las que están a su alcance y que las demás las halle por inducción, pero si hay que decírselas, prefiero cien veces que las ignore.

Poseemos un órgano que corresponde al oído, el de la voz, pero carecemos de uno que corresponda a la vista, ni repetimos los colores como los sonidos. Otro medio para cultivar el primer sentido es ejercitar el órgano activo y el pasivo, uno y otro.

El hombre está dotado de tres clases de voz, a saber, la voz hablada o articulada, la voz cantada o melo­diosa y la voz patética o acentuada, que es el lenguaje de las pasiones y el que anima el canto y la palabra. El niño posee estas tres clases de voz como el hombre, pero no las sabe mezclar entre sí; él, como nosotros, ríe, chilla, se lamenta, gime, pero no sabe amalgamar estas inflexiones con las otras dos voces. Una música perfecta es la que mejor reúne las tres voces. Los niños son incapaces de esta música y su canto nunca tiene alma. Del mismo modo, en la voz hablada su idioma no tiene acento; gritan pero no acentúan, y así como en sus razonamientos hay poco acento, hay poca energía en su voz. Nuestro alumno tendrá el habla todavía más simple y más sencilla, porque las pasiones no se han despertado y no se mezclará el lenguaje de ellas con el suyo. No le queráis que aprenda papeles de tra­gedia y de comedia, ni enseñarle, como dicen, a de­clamar. El tendrá sobrado juicio para comprender que es imposible dar tono a cosas que no puede entender y expresión a efectos que nunca experimentó.

Enseñadle a hablar lisa y llanamente, a que articule bien, a pronunciar exactamente sin afectación, a cono­cer y a seguir el acento gramatical y la fonética, a dar siempre el tono de voz para que se le entienda, pero no a dar más de lo que sea preciso, defecto común en los niños educados en los colegios; en ningún caso debe haber nada superfluo.

Igualmente en el canto que su voz sea justa, igual, flexible, sonora; su oído sensible a la medida y a la armonía, pero nada más. La música imitativa y  tea­tral no es para su edad; no querría que cantase m pa­labras, y si quisiera cantar procuraría componer can­ciones adecuadas a su edad y tan sencillas como sus ideas.

Se comprende que no me doy tan poca prisa en que aprenda a leer lo escrito, menos me la daré a enseñarle a leer música. Desviemos de su cerebro toda atención pesada y no nos precipitemos para fijar su entendi­miento sobre signos de convención. Confieso que esto presenta alguna dificultad aparente, porque aunque a primera vista parezca que no es más necesario conocer alas notas para saber cantar, que conocer las letras para saber hablar, hay, sin embargo, la diferencia de que cuando cantamos no enunciamos sino las ajenas, y para enunciarlas preciso es que sepamos leerlas.

Pero, primeramente, en lugar de leerlas puede oír­las, y un canto se expresa con más precisión al oído que a los ojos. Además, para saber bien la música, no basta repetirla; es necesario componerla, lo uno se ha de aprender con lo otro, sin lo cual nunca se sabe bien. Ejercitad a vuestro pequeño músico a que pri­mero haga frases regulares y muy cadenciosas, a que luego las ligue entre sí con una modulación muy sen­cilla, y finamente a que note sus distintas relaciones como una puntuación correcta, lo cual se hace con una buena elección de cadencias y pausas. Sobre todo, nun­ca un canto extravagante, patético, ni expresivo; siem­pre melodía cantable y sencilla, que derive de las cuerdas esenciales del tono y que de tal manera mar­que el bajo, que la sienta y la acompañe el niño sin dificultad, porque para formarse el oído y la voz no se debe cantar más que con el clavecín.

Para señalar mejor los sonidos, los articulamos cuan­do pronunciamos, y de aquí se deriva el uso de solfear con ciertas sílabas. Para distinguir los grados hay que dar nombres a estos grados y a sus diferentes términos fijos, de donde proceden los nombres de los intervalos e igualmente las letras del alfabeto con que se señalan las teclas del piano, y las notas de la escala «C» y «A» designan sonidos fijos, invariables, que siempre dan las mismas teclas. Otra cosa son «Ut» y «La». «Ut» es cons­tantemente la tónica de un modo mayor o la mediante de un modo menor; «La» es constantemente la tónica de un modo menor o la sexta nota de un modo mayor. Así las notas señalan los términos inmutables de las relaciones de nuestro sistema musical, y las sílabas se­ñalan los términos homólogos de las relaciones seme­jantes en diversos tonos; las letras indican las teclas y las sílabas los grados del modo. Los músicos fran­ceses han embrollado de extraña manera estas distin­ciones confundiendo el sentido de las sílabas con el de las letras, y doblando inútilmente los signos de las teclas, sin haber dejado ninguno para expresar las cuer­das de los tonos, de forma que para ellos «Ut» y «C» son siempre la misma cosa, y no es tal ni debe ser, porque, entonces, ¿para qué sirve «C»? Por eso, su modo de solfear es excesivamente difícil, sin que sea provechoso para nada y sin dar ninguna idea clara al entendimiento, pues por este método las dos sílabas «Ut» y «Mi», por ejemplo, también pueden significar una tercera mayor, menor, superflua o defectuosa. ¿Por qué extraña fatalidad en el país donde se escriben los mejores libros sobre música se la aprende más difí­cilmente?

Debemos seguir con nuestro alumno una práctica más sencilla y clara, que no haya para él más de dos formas, cuyas relaciones sean siempre las mismas y siempre indicadas con las mismas sílabas. Cuando cante o toque un instrumento, debe saber establecer su modo en cada uno de los doce tonos que pueden servir de base, y tanto si modula en «C», en «D», en «G», etc., que sea siempre el final «Ut» o «La», según el modo. Obrando de esta manera siempre os entenderá; las re­laciones esenciales de la manera de ajustarse cuando cante o toque, las tendrá siempre presentes, su ejecu­ción será más limpia y más rápidos sus progresos. Nada tan fuera de lugar como lo que llaman los franceses solfeo natural, lo cual significa que las ideas propias son desviadas, sustituidas por otras que no hacen más que desorientar al alumno. La forma más natural con­siste en solfear por transposición, cuando el modo está transportado. Pero tenemos sobrada música; se la po­déis enseñar como mejor os plazca con tal de que no sea otra cosa que un simple pasatiempo.

Ya tenemos conocimiento del estado de los cuerpos extraños con relación al nuestro, de su peso, figura, solidez, tamaño, distancia, temple, quietud y movimien­to. También sabemos cuáles son los que nos conviene acercar o desviar lo que hemos de realizar con el fin de vencer su resistencia, o bien oponerles una que nos guarde de lo que nos perjudique, pero no es suficiente con todo esto; nuestro cuerpo se agota continuamente y necesita una continua renovación. Aunque poseamos la facultad de transformar los cuerpos en nuestra pro­pia sustancia, no es indiferente la elección, ya que no todo es alimento para el hombre, y entre las sustancias que pueden serlo, no le convienen todas por igual, pues debe tenerse en cuenta la constitución de su especie, el clima en que vive, su temperamento particular y el régimen de vida que le señala su estado.

Moriríamos de hambre o por envenenamiento si para escoger los alimentos que necesitamos tuviésemos que esperar a que nos enseñase la experiencia el modo de conocerlos y de elegirlos, pero la bondad suprema, que del deleite de los seres sensibles hizo el instrumento de su conservación, nos avisa de cuanto es conveniente a nuestro estómago mediante la sensación agradable a nuestro paladar. De una forma natural, para el hom­bre no existe nada más seguro que su propio apetito, y observándolo en su estado primitivo no vacila en afirmar que los alimentos que más agradables le pare­cen sean también los más convenientes a su salud.

Pero aún hay más. El autor de todas las cosas no solamente proveyó las necesidades que nos dio, sino también las que nos buscamos nosotros mismos, y para que siempre vayan juntos el deseo y la necesidad, hace que nuestros gustos se modifiquen y se alteren según nuestro modo de vivir. Cuanto más nos alejamos del estado de la naturaleza, con mayor gradación per­demos nuestros gustos naturales, o dicho de otra forma, el hábito forma en nosotros una segunda naturaleza, con la cual sustituimos de una forma totalmente com­pleta a la primera.

De esto que hemos expuesto se deduce que los gustos más naturales deben ser también los más sencillos, de­bido a que son los que con mayor facilidad se trans­forman, mientras que agitándose y complicándose, gra­cias a nuestros caprichos, toman ya una forma invaria­ble. El hombre que todavía no es de ningún país, se apropiará sin ninguna dificultad las costumbres del país al que vaya, pero el de un determinado país no se habituará a las de otro.

En todos los sentidos esto me parece exacto, y aún más cuando se aplica al sentido del gusto. La leche es nuestro primer alimento, y sólo de una forma gradual nos vamos acostumbrando a los sabores fuertes, pero al principio nos repugnan. Frutas, legumbres, hierbas y algunas carnes asadas sin condimento y sin sal eran los banquetes de los hombres primitivos[43]; la pri­mera vez que un salvaje bebe vino, hace una mueca y lo echa, y hasta entre nosotros, el que ha vivido hasta los veinte años sin probar alcoholes fuertes, es incapaz después de acostumbrarse a ellos; seríamos todos abste­mios si no nos hubieran dado vino en nuestros primeros años. Por último, cuanto más sencillos son nuestros gustos mayor universalidad alcanzan, y lo que más repugnancia suele ocasionar son los manjares compues­tos. ¿Hemos visto que a alguien le repugnen el agua y el pan? Esta es la norma de la naturaleza, y también será la nuestra. Hagamos que el niño conserve lo más posible su primitivo gusto, que su alimento sea sencillo y común, y que su paladar sólo se familiarice con sabo­res poco fuertes, sin caer en un gusto exclusivo.

No examino aquí si un modo de vivir es más o menos sano que otro, porque no lo considero bajo este aspecto. Me es suficiente, para preferirlo, el que está más de conformidad con la naturaleza, y el que con mayor facilidad puede ajustarse a otro cualquiera. Los que sostienen que se debe acostumbrar a los niños al alimento que les será propio cuando sean hombres, me parece que piensan mal. ¿Por qué causa debe ser el mismo alimento siendo tan distinto el método de vida? A un hombre extenuado por el trabajo, los cuidados y las penas, le son indispensables unos alimentos que le re­pongan; un niño que viene de jugar, y cuyo cuerpo en la época del crecimiento, necesita una alimen­tación abundante que le suministre muchas vitaminas. Por otra parte, el hombre tiene estado, empleo y domi­cilio, ¿pero quién puede estar seguro de la suerte que le espera a un niño? No le debemos dar ninguna forma tan determinada que para cambiarla tenga que hacer un gran esfuerzo. No hagamos que pueda morirse de hambre en otro país, si no lleva un cocinero francés, ni que diga un día que sólo en Francia saben comer. ¡Vaya elogio! Yo diría lo contrario de los franceses, que no saben comer, porque para que les plazcan los alimento, necesitan un arte muy especial para que sean gustosos.

Entre nuestras varias sensaciones, la del gusto es la que generalmente nos impresiona más, y por eso juzgamos con mayor interés y acierto sobre las sustan­cias que deben convertirse en parte de la nuestra, que las que no hacen más que acercársele. Existen mil cosas para el tacto, para el oído y para la vista, pero casi nada es distinto para el gusto.

Por otra parte, la actividad de este sentido es física y material; es el único que nada le dice a la imagi­nación, o por lo menos aquel en cuyas sensaciones tiene menos parte, mientras que la imaginación y la imita­ción mezclan frecuentemente lo moral con la impresión de los demás. Por esta causa, generalmente los cora­zones tiernos y voluptuosos, así como los caracteres afectuosos y verdaderamente sensibles, son agitados fá­cilmente por los otros sentidos, en tanto que el sentido del gusto no los conmueve. Por esta causa parece que el sentido del gusto es inferior a los demás, y la incli­nación que nos entrega a él más despreciable, por lo que yo deduzco que el medio que más conviene para gobernar a los niños es el de tentarles por la boca. El impulso de la gula tiene preferencia al de la vanidad, puesto que la gula es un apetito de la naturaleza, que pende inmediatamente del sentido, y la vanidad es obra de la opinión, sujeta al capricho de los hombres y a todo género de abusos. La gula es la pasión de la in­fancia, pero no resiste a ninguna otra, y a la menor rivalidad desaparece. Creedme; demasiado pronto deja­rá el niño de pensar en lo que coma, y si tiene su corazón lleno, no le pedirá mucho el paladar. Una vez llegado a hombre, una infinidad de afectos impetuosos reducirán la gula y no harán más que excitar la vani­dad, porque esta pasión sola se aprovecha de las demás, y al fin acaba con ellas. Algunas veces he observado a las personas que hacían mucho caso de los buenos bocados, y en cuanto se despertaban ya pensaban en lo que debían comer aquel día, y describían con más puntualidad un banquete que Polibio una batalla. Y he observado que todos estos pretendidos hombres eran niños de cuarenta años sin vigor ni consistencia; fruges connumere nati. La gula es el vicio de los corazones que no tienen sustancia. El alma de un glotón está en su paladar; sólo nació para comer; en su estúpida incapacidad, únicamente en la mesa se siente a gusto y no entiende más que de platos. Dejémosle sin envidia alguna esa afición, pues más le vale esa que otra, lo, mismo para nosotros que para él.

El temor a que arraigue la gula en un niño que sea capaz de algo, es una precaución de un entendimiento de pocos alcances. La infancia solamente piensa en lo que come; los adolescentes ya no se ocupan de eso, pues para ellos todo es bueno y otras atenciones les absorben. Sin embargo, yo no quisiera que hiciéramos un imprudente uso de un tan mezquino resorte, y que como recompensa por una buena acción le premiásemos con un buen plato. Mas ya que en la infancia todo debe consistir en juegos y alegres pasatiempos, no veo por qué causa los ejercicios puramente corporales no se les pueda recompensar con algo material y sensible. Si un niño mallorquín, viendo una cesta colgada de un árbol, la echa abajo con la honda, ¿no es justo que se apro­veche y repare con un buen almuerzo la fuerza que ha gastado en conseguirla?[44]. Si un niño espartano, arrostrando el peligro de cien azotes, se mete con astu­cia en una cocina, roba una vulpeja viva, se la lleva envuelta en la ropa, y arañado, mordido, sangrando, y por no sufrir la vergüenza de que le cojan, se deja despedazar las entrañas sin parpadear, sin gemir, ?no es justo que al fin se aproveche de su presa y que se la coma después que ella se le ha comido? Jamás debe servir de recompensa una buena comida, pero ¿por qué no ha de serlo alguna vez del esfuerzo que por ganarla ha hecho? Emilio no mira el pastel que he puesto sobre la roca como un premio por haber corrido bien, pero sabe que el único medio de alcanzarlo es llegar antes que otro.

Con esto no se contradicen las máximas que dejo sentadas sobre la sencillez de los manjares, puesto que halagando el apetito de los niños solamente se trata de darles una satisfacción y no de excitar su glotonería, y esto se consigue con lo más corriente, si no se trata de aumentar la sensibilidad para el gusto. El continuo apetito, excitado por la necesidad de crecimiento, es un guisado seguro que para ellos es equivalente a otros muchos. Frutas, queso, algún bollo un poco más sa­broso que el pan común, y principalmente el modo de distribuirlo con sobriedad, es suficiente para llevar ejér­citos de niños hasta el fin del mundo, sin que les nazca ninguna afición a los sabores fuertes ni haya el peligro de un empacho.

Una prueba entre otras que demuestran cómo la afición a comer carne no es natural en el hombre, la en­contramos en la indiferencia con que los niños la miran, y su preferencia por otros alimentos, como lac­ticinios, pasteles, frutos, etc. Es muy importante con­servarles esta afición primitiva y no convertirlos en carnívoros; si esto no se realiza por su salud, debe ser para mejorar su carácter, puesto que, expliquen como quieran la experiencia, la verdad está en que general­mente los que comen mucha carne son más crueles y feroces que los otros hombres; esto ha sido compro­bado en todos los tiempos y países. Es una cosa muy notable la humanidad inglesa[45]. Por el contrario, los gauros son los más pacíficos de los hombres[46]. Todos los salvajes son crueles y sus costumbres no les incitan a que lo sean; por lo tanto, esta crueldad proviene de sus alimentos; van a la guerra como a la caza y tratan a los hombres del mismo modo que si se tratara de osos. Se da el caso de que en Inglaterra no son admi­tidos como testigos los carniceros ni los cirujanos[47]. Los perversos salvajes se endurecen para los homicidios bebiendo sangre. Homero pinta a los cíclopes como comedores de carne, como hombres horrorosos, y a los lotófagos como un pueblo tan amable que en cuanto se había probado su trato, el huésped se olvidaba de su país para seguir viviendo con ellos.

«Me preguntas -decía Plutarco- por qué se abste­nía Pitágoras de comer carne, pero yo te pregunto qué espíritu era el del hombre que primero acercó a su boca un trozo de carne muerta, que con los dientes rompió los huesos de una bestia muerta, que hizo que le sirvieran plato de cuerpos muertos, de cadáveres, y que tragó miembros que un instante atrás mugían, ba­laban, andaban y veían. ¿Cómo pudo con su mano cla­var un hierro en el corazón de un ser sensible, sopor­tar sus ojos una muerte y ver sangrar, desollar y des­membrar a un pobre animal indefenso? ¿Cómo pudo contemplar el jadear de las carnes, cómo su olor no le trastornó el corazón, ni sentir repugnancia y asco? ¿Cómo no le embargó el horror cuando limpió la podre de las heridas y la negra y cuajada sangre que las cubría?

 

 

»Por tierra arrastran pieles desolladas,

Mugen al fuego carnes espetadas,

Que el hombre se come sin sufrir,

Y en su vientre las oye gemir.

 

 

»Esto fue lo que tuvo que imaginar y sentir la vez primera que el hombre venció su naturaleza para cele­brar este horrible banquete; la primera vez que tuvo hambre de una bestia viva, que quiso comer de un animal que aún pacía, y que dijo cómo había de dego­llar, de despedazar, de cocer la oveja que le lamía las manos. De los que empezaron estos crueles banquetes, no de los que les rehuyen, es de quienes hay que asom­brarse, aunque los primeros pudieran justificar su inhu­manidad con disculpas a las que no podemos recurrir nosotros, y que por lo tanto nos hacen cien veces más inhumanos que ellos.

»Mortales amados de los dioses, nos dirían aquellos hombres primitivos, comparad los tiempos, observad cuán felices sois vosotros y cuán miserables éramos nosotros. Recién formada la tierra, el aire cargado de vapores, aún no eran dóciles al orden de las estaciones; insegura la corriente de los ríos, por todas partes arra­saban las riberas; estanques y lagos y hondos marjales inundaban las tres cuartas partes de la superficie del orbe, y el otro cuarto era ocupado por riscos y selvas estériles. La tierra no daba de sí ningún fruto sazo­nado; carecíamos de toda clase de aperos e ignorába­mos el arte de servirnos de ellos, y por consiguiente para quien nada había sembrado, nunca le llegaba el tiempo de la cosecha. Así, invariablemente, nos acosaba el hambre. En invierno, nuestros manjares eran el hele­cho v la corteza de los árboles. Algunas raíces tiernas de brezo y de grama eran nuestro regalo, y cuando los hombres podían hallar algún hayuco; algunas bellotas o nueces, bailaban de gozo alrededor de un roble o de un haya, al son de alguna rústica cantinela, llamando madre y nodriza a la tierra. Estas eran sus fiestas, sus únicos juegos; todo lo demás de la vida humana sólo era dolor, penalidad y miseria.

»Por último, cuando por estar yerma y desnuda la tierra, no nos ofrecía nada, viéndonos obligados a mal­tratar la naturaleza para nuestra conservación, nos co­mimos a los compañeros de nuestra miseria antes de vernos obligados a morir con ellos. Mas a vosotros, hombres crueles, ¿qué es lo que os fuerza a derramar sangre? Observad la gran cantidad de bienes de que estáis rodeados, la cantidad de frutos que ofrece la tierra, las riquezas que producen los campos y las viñas, la cantidad de animales que brindan su leche para alimentarnos y su vellocino para que nos sirva de abri­go. ¿Qué más pedís? ¿Qué furia os incita a cometer tantas muertes, estando hartos de víveres y llenos de otros bienes? ¿Por qué mentís contra nuestra madre, acusándola de que no puede alimentaros? ¿Por qué pecáis contra Ceres, inventora de las sagradas leyes, y contra el gracioso Baco, consolador de los mortales, como si sus pródigos dones no fuesen suficientes para la conservación del linaje humano? ¿Cómo tenéis valor para mezclar en vuestras mesas huesos con los frutos más suaves, y para comer con la leche la sangre de los animales que os la dieron? Las panteras y los leo­nes, a los que vosotros llamáis fieras, actúan forzados por su instinto, y para poder vivir se ven obligados a matar a los demás brutos. Mas vosotros, que sois cien veces más fieros que ellos, resistís sin ninguna necesidad vuestro instinto con el fin de entregaros a vuestras crue­les delicias. No son los animales que coméis los que se comen a los demás; a los animales carniceros, a los cuales vosotros imitáis, no os los coméis, pero os co­méis a los que no perjudican a nadie y son inocentes y mansos, y son vuestros amigos, de los cuales os servís y pagáis sus servicios devorándolos.

»¡Oh, matador contra la naturaleza! Si te empeñas en creer que la naturaleza te crió para devorar a tus semejantes, a seres de carne y hueso, que como tú sien­ten y viven, vence el horror que a tan espantosos ban­quetes te conduce; mátalos tú, digo con tus propias manos, sin hierro y sin ningún, cuchillo; destrózalos con tus uñas, como hacen los leones y los osos; muerde a ese toro, hazle pedazos, clávale tus garras; cómete a ese cordero vivo, devora sus carnes humeantes y bébete con su alma su sangre. ¿Te estremeces? ¿No te atreves a sentir cómo entre tus dientes palpita una carne viva? ¡Hombre compasivo, que empiezas matan­do al animal, y luego te lo comes, para que muera dos veces! No te quedas satisfecho con eso; todavía te re­pugna la carne muerta, no te la puedes meter en las entrañas; es forzoso que sea transformada al fuego: cocerla, asarla, sazonarla con ingredientes que la dis­fracen; acudes a pasteleros, a cocineros, a otros hom­bres que te quiten el horror de la muerte, y te preparen cuerpos muertos, para que, engañado el sentido del gusto con estos disfraces, no deseches lo que te horro­riza, y comas con deleite cadáveres cuyo aspecto ni los ojos hubieran podido sufrir.»

Aunque este trozo sea un asunto ajeno al mío, no he tenido la fuerza suficiente para resistir la tentación de copiarlo, y opino que habrá pocos lectores que lo consideren inoportuno.

En cuanto a lo demás, cualquiera que sea el régimen que adoptéis para los niños, con tal que los acostum­bréis a manjares comunes y sencillos, dadles libertad para que coman, corran y jueguen a su placer, y estad seguros de que nunca comerán con exceso ni estarán hartos, pero si los tenéis hambrientos la mitad del tiempo y encuentran el medio de burlar vuestra vigi­lancia harán todo lo posible para resarcirse y comerán hasta saciarse. Si nuestra gula no tiene tasa, se debe a que le queremos imponer reglas distintas a las de la naturaleza. Siempre estamos arreglando, prescribien­do, añadiendo y quitando, haciéndolo todo con la ba­lanza en la mano, pero esa balanza no mide las nece­sidades de nuestro estómago, sino que sigue sus capri­chos. Ahora voy con mis elementos: en las casas de los aldeanos, el arca del pan y la despensa de la fruta nunca están cerrados, y lo mismo los mayores que los niños saben lo que son las indigestiones.

No obstante, si un niño comiese con exceso, lo cual, siguiendo mi método, no lo creo posible, resulta tan fácil entretenerle con pasatiempos de su gusto que lo­graríamos su mayor abstinencia sin que él lo advir­tiese. ¿Cómo es que se les pasa por alto a los precep­tores tan fáciles y eficaces medios? Cuenta Herodoto que encontrándose los lidios acosados por una cruel ca­restía, se les ocurrió inventar juegos y pasatiempos con los cuales entretenían, divirtiéndose, el hambre, pasando días enteros sin comer[48]. Tal vez hayan leído cien veces este pasaje los eruditos instructores, y no se les ha ocurrido que se puede aplicar a los niños. Quizá alguien me objetará que el niño no deja con agrado la comida para ir a estudiar su lección, y está en lo cierto, pero yo no pensaba que esto fuera una distracción; el olfato es, respecto al sentido del gusto, lo que la vista es respecto al tacto, que le precede y le advierte del modo que ha de mover tal o cual sustan­cia, y le dispone a que la busque o la evite, según la impresión que de antemano recibe de ella el olfato. He oído decir que entre los salvajes no causaban los olores la misma impresión que en nosotros, y juzgaban de un modo diferente los que eran buenos o malos. Es posible. Los olores, en sí mismos, son sensaciones débiles, las cuales mueven con mayor intensidad la ima­ginación y el sentido, e impresionan menos por lo que dan que por lo que prometen. Bajo este punto de vista, siendo por su modo de vivir tan diferentes los gustos de los otros, deben ser causa de que formen juicios muy opuestos sobre los sabores y, por consiguiente, sobre los olores que los anuncian. Con el mismo efecto debe un tártaro oler una habitación hedionda de un caballo muerto como un cazador nuestro una perdiz medio podrida.

Nuestras sensaciones ociosas, como la fragancia de un jardín con sus flores, no las pueden sentir los que encuentran su diversión andando, ni los que no traba­jan lo suficiente para hallar deleite en el descanso. Las personas que siempre tienen hambre, poco gusto pueden encontrar en aromas que no prometen comida.

El olfato es un sentido propio de la imaginación. Debido a que entona los nervios, debe de agitar tam­bién mucho el cerebro; por esta causa aviva instantá­neamente el temperamento, hasta que por último lo consume. Nos son muy conocidos los efectos que cau­san en el amor; no es el suave aroma de un tocador tan débil como se cree, y no sé si dar el parabién o compadecer al hombre poco sensible, a quien nunca hace palpitar el olor de las flores que lleva en el pecho su amada.

De este modo parece que no debe ser muy activo el olfato en la edad primera, cuando la imaginación, no estando aún animada por muchas pasiones, es poco capaz de emocionarse y todavía no se tiene la suficiente experiencia para prever con un sentido lo que otro nos promete. Esta consecuencia está confirmada por la observación, y es verdad que en la mayor parte de los niños todavía es obtuso v casi nulo este sen­tido, no porque no sea en ellos tan exquisita la sensa­ción como en los hombres, y hasta quizá lo sea más, sino porque no uniendo con ella ninguna otra idea, no se mueven de un modo fácil para sentir pena o dolor, y por lo tanto no los atormenta ni los halaga como a nosotros. Tengo el criterio de que sin salir del mismo sistema, ni recurrir a la anatomía comparada de ambos sexos, se encontraría fácilmente el motivo por el cual las mujeres sienten en general los olores con mayor intensidad que los hombres.

Se dice que los indígenas del Canadá adquieren desde niños un olfato tan sutil que, aunque tienen pe­rros, no se sirven de ellos para cazar, y consiguen lo mismo que los perros. Pienso que si enseñásemos a los niños a descubrir por el olfato su comida, como descubre el perro la caza, acaso conseguiríamos perfec­cionarles este sentido, pero no veo que puedan aplicarlo a cosas de mucha utilidad, como no sea para darles a conocer sus relaciones con el gusto, v la naturaleza ha cuidado de obligarnos a que nos enteremos de estas relaciones. La acción de este último sentido la ha hecho inseparable del otro, colocando cerca sus órganos y po­niendo en la boca una comunicación inmediata entre ambos, de tal modo que nada gustamos sin olerlo. Qui­siera, sin embargo, que no se alterasen estas relaciones naturales para engañar a un niño, falseando con un aroma grato lo desabrido de una purga, ya que enton­ces es demasiado grande la discordancia de los dos sentidos para que se pueda engañar, y como el sentido más activo absorbe el efecto del otro, no toma la purga con menos asco: éste se extiende ` a todas las sensa­ciones que al mismo tiempo le impresionan, y cuando se le presenta la más débil, su imaginación recuerda la otra; un suave aroma se convierte para