La isla misteriosa

 

 

1. LOS NAUFRAGOS DEL AIRE

 

1. Un globo a la deriva

 

-¿Remontamos?

-¡No, al contrario, descendemos!

-¡Mucho peor, señor Ciro! ¡Caemos!

-¡Vive Dios! ¡Arrojad lastre!

-Ya se ha vaciado el último saco.

-¿Se vuelve a elevar el globo?

-No.

-¡Oigo un ruido de olas!

-¡El mar está debajo de la barquilla!

-¡Y a unos quinientos pies!

Entonces una voz potente rasgó los aires y resonaron estas palabras:

-¡Fuera todo lo que pesa! ¡Todo! ¡Sea lo que Dios quiera!

Estas palabras resonaron en el aire sobre el vasto desierto de agua del Pacífico, hacia las cuatro de la tarde del día 23 de marzo de 1865.

Seguramente nadie ha olvidado el terrible viento del nordeste que se desencadenó en el equinoccio de aquel año y durante el cual el barómetro bajó setecientos diez milímetros. Fue un huracán sin intermitencia, que duró del 18 al 26 de marzo. Produjo daños inmensos en América, en Europa, en Asia, en una ancha zona de 1.800 millas, que se extendió en dirección oblicua al Ecuador, desde el trigésimo quinto paralelo norte hasta el cuadragésimo paralelo sur. Ciudades destruidas, bosques desarraigados, países devastados por montañas de agua que se precipitaban como aludes, naves arrojadas a la costa, que los registros del Bureau-Veritas anotaron por centenares, territorios enteros nivelados por las trombas que arrollaban todo lo que encontraban a su paso, muchos millares de personas aplastadas o tragadas por el mar; tales fueron los testimonios que dejó de su furor aquel huracán, que fue muy superior en desastres a los que asolaron tan espantosamente La Habana y Guadalupe, uno el 25 de octubre de 1810, otro el 26 de julio de 1825.

Al mismo tiempo en que tantas catástrofes sobrevenían en la tierra y en el mar, un drama no menos conmovedor se presentaba en los agitados aires.

En efecto, un globo, llevado como una bola por una tromba, y envuelto en el movi­miento giratorio de la columna de aire, recorría el espacio con una velocidad de noventa millas por hora, girando sobre sí mismo, como si se hubiera apoderado de él algún maelstrom aéreo.

Debajo de aquel globo oscilaba una barquilla, que contenía cinco pasajeros, casi invisi­bles en medio de aquellos espesos vapores, mezclados de agua pulverizada, que se prolonga­ban hasta las superficies del océano.

¿De dónde venía aquel aerostato, verdadero juguete de la tempestad? ¿En qué punto del mundo había sido lanzado? Evidentemente no había podido elevarse durante el huracán; pero el huracán duraba desde hacía cinco días, y sus primeros síntomas se manifestaron el 18. Así, pues, era lícito creer que aquel globo venía de muy lejos, porque no había recorrido menos de dos mil millas en veinticuatro horas.

En todo caso, los pasajeros no habían tenido medios para calcular la ruta recorrida desde su partida, porque no tenían punto alguno de comparación. Debió producirse el curioso hecho de que, arrastrados por la violencia de la tempestad, no lo sintieron.

Cambiaban de lugar y giraban sobre sí mismos, sin darse cuenta de esta rotación, ni de su movimiento en sentido horizontal. Sus ojos no podían penetrar la espesa niebla que se amontonaba bajo la navecilla. Alrededor de ellos todo era bruma. Tal era la opacidad de las nubes, que no hubieran podido decir si era de día o de noche. Ningún reflejo de luz, ningún ruido de tierras habitadas, ningún mugido del océano había llegado hasta ellos en aquella oscura inmensidad, mientras se habían sostenido en las altas zonas. Sólo su rápido descenso había podido darles conocimiento de los peligros que corrían encima de las olas.

No obstante, el globo, libre de pesados objetos, tales como municiones, armas, provi­siones, se había elevado hasta las capas superiores de la atmósfera a una altura de cuatro mil quinientos pies. Los pasajeros, después de haber reconocido que el mar estaba bajo la barquilla, encontrando los peligros menos temibles arriba que abajo, no habían vacilado en arrojar por la borda los objetos más útiles, y tratando de no perder nada de aquel fluido, de aquella alma de su aparato, que les sostenía sobre el abismo.

Transcurrió la noche en medio de inquietudes que hubieran sido mortales para otras almas menos templadas. Llegó después el día y con el día el huracán mostró tendencia a moderarse.

Desde el principio de aquel día, 24 de marzo, hubo algunos síntomas de calma. Al alba, las nubes más vesiculares habían remontado hasta las alturas del cielo. En algunas horas la tromba fue disminuyendo hasta romperse. El viento, del estado de huracán, pasó al gran fresco, es decir, que la celeridad de traslación de las capas atmosféricas disminuyó la mitad. Era aún lo que los marinos llaman “una brisa a tres rizos”, pero la mejoría en el desorden de los elementos no fue menos considerable.

Hacia las once, la parte inferior del aire se había despejado mucho. La atmósfera des­pedía esa limpidez húmeda que se ve, que se siente después del paso de los grandes meteoros. No parecía que el huracán hubiese ido más lejos en el oeste; al contrario, parecía que se había disipado por sí mismo; tal vez se había desvanecido en corrientes eléctricas, después de la rotura de la tromba, como sucede a veces a los tifones del océano Indico.

Pero hacia esa hora también se pudo comprobar de nuevo que el globo bajaba lenta­mente, por un movimiento continuo en las capas inferiores del aire. Parecía que se des­hinchaba poco a poco y que su envoltura se alargaba dilatándose, pasando de la forma esférica a la forma oval. Hacia mediodía, el aerostato se cernía a una altura de dos mil pies sobre el mar. Medía cincuenta mil pies cúbicos, y gracias a su capacidad había podido mantenerse largo tiempo en el aire, bien porque hubiese alcanzado grandes latitudes, bien porque se había movido siguiendo una dirección horizontal.

En aquel momento los pasajeros arrojaron los últimos objetos que aún pesaban en la barquilla, los pocos víveres que habían conservado, todo, hasta los pequeños utensilios que guardaban en sus bolsillos, y uno de ellos, alzándose sobre el círculo en el que se reunían las cuerdas de la red, trató de atar sólidamente el apéndice inferior del aerostato.

Era evidente que los pasajeros no podían mantener más el globo en las zonas altas y que les faltaba el gas.

¿Estaban, pues, perdidos?

En efecto, no era ni un continente, ni una isla lo que se extendía debajo de ellos. El espacio no ofrecía ni un solo punto para aterrizar, ni una superficie sólida en la que su áncora pudiera morder.

¡Era el inmenso mar, cuyas olas se chocaban con incomparable violencia! ¡Era el océa­no sin límites, hasta para ellos que lo dominaban desde lo alto y cuyas miradas abarcaban entonces un radio de cuarenta millas! ¡Era la llanura líquida, golpeada sin misericordia, azotada por el huracán, que les debía parecer como una multitud inmensa de olas desenfre­nadas sobre las cuales se hubiera arrojado una vasta red de crestas blancas! ¡Ni una tierra se veía, ni un buque!

Era menester, pues, a toda costa, detener el movimiento de descenso, para impedir que el aerostato se hundiese en medio de las olas, y en esa a todas luces urgente operación se ocuparon los pasajeros de la barquilla. Pero, a pesar de sus esfuerzos, el globo bajaba cada vez más, al mismo tiempo que se movía con extrema celeridad, siguiendo la dirección del viento, es decir, de nordeste a sudoeste.

Situación terrible la de aquellos infortunados. Evidentemente no eran dueños del aeros­tato. Sus tentativas no tuvieron resultado. La cubierta del globo se deshinchaba, el fluido se escapaba sin que fuera posible retenerlo. El descenso se aceleraba visiblemente y, a la una de la tarde, la barquilla no estaba suspendida a más de seiscientos pies sobre el océano.

Era, en efecto, imposible impedir la huida del gas, que se escapaba libremente por una rasgadura del aparato.

Aligerando la barquilla de todos los objetos que contenía, los pasajeros pudieron prolon­gar, durante algunas horas, su suspensión en el aire. Pero la inevitable catástrofe no podía tardar y, si no aparecía alguna tierra antes de la noche, los pasajeros, barquilla y globo habrían desaparecido definitivamente en las olas.

La sola maniobra que quedaba por hacer fue hecha en aquel momento. Los pasajeros del aerostato eran, sin duda, gente enérgica y sabían mirar la muerte cara a cara. No se oyó ni un solo murmullo escaparse de sus labios. Estaban decididos a luchar hasta el último segundo, y hacían todo lo que podían para retrasar su caída. La barquilla era una especie de caja de mimbre, impropia para flotar, y no había posibilidad de mantenerse en la superficie del mar, si caía.

A las dos el aerostato estaba apenas a cuatrocientos pies sobre las olas.

En aquel momento una voz varonil -la voz de un hombre cuyo corazón era inaccesible al temor-se oyó. A esta voz respondieron voces no menos enérgicas.

-¿Se ha arrojado todo?

-¡No! ¡Aún quedan dos mil francos en oro!

Un saquito pesado cayó entonces al mar.

-¿Se eleva el globo?

-¡Un poco, pero no tardará en volver a caer!

-¿Qué lastre nos queda?

-¡Ninguno!

-¡Sí!... ¡La barquilla!

-¡Acomodémonos en la red y, al mar, la barquilla!

Era, en efecto, el único y último medio de aligerar el aerostato. Las cuerdas que sos­tenían la barquilla al círculo fueron cortadas, y el aerostato, después de la caída de aquélla, remontó dos mil pies.

Los cinco pasajeros que se habían metido en la red, encima del círculo, y se sostenían en los hilos de las mallas miraban el abismo.

Es conocida la sensibilidad estática de los aerostatos. Bastaba arrojar el objeto más ligero para provocar un movimiento en sentido vertical. El aparato, flotando en el aire, obra como una balanza de exactitud matemática. Se comprende que, aligerado de un peso relativamente considerable, su movimiento sea importante y brusco. Fue lo que pasó en aquella ocasión. Pero, después de estar un instante equilibrado en las zonas superiores, el aerostato volvió a descender. El gas se escapaba por una rasgadura imposible de reparar.

Los pasajeros habían hecho todo lo posible. Ningún medio humano podía salvarles. Sólo tenían que contar con la ayuda de Dios.

A las cuatro el globo estaba a quinientos pies sobre la superficie de las aguas.

Se oyó un ladrido. Un perro, que acompañaba a los pasajeros, estaba asido, cerca de su dueño, a las mallas de la red.

-¡Top ha visto alguna cosa! -exclamó uno de los pasajeros.

Poco rato después se oyó una voz fuerte que decía:

-¡Tierra! ¡Tierra!

El globo, arrastrado sin cesar por el viento hacia el sudoeste, después del alba había franqueado una distancia considerable, unos centenares de millas, y una tierra elevada aca­baba, en efecto, de aparecer en aquella dirección.

Pero aquélla tierra se encontraba aún a treinta millas a sotavento. Faltaba más de una hora para llegar a ella, con la condición de no desviarse. ¡Una hora! ¿No se habría escapado ya el fluido que les quedaba?

¡Este era el problema! Los pasajeros veían distintamente aquel punto sólido, que era menester alcanzar a toda costa. Ignoraban lo que era, isla o continente, porque apenas sabían hacia qué parte del mundo el huracán los había arrastrado. ¡Pero aquella tierra, estuviese o no habitada, fuera o no hospitalaria, era su único refugio!

Cerca de las cuatro el globo no podía sostenerse. Rozaba la superficie del mar. Las crestas de las enormes olas habían lamido muchas veces la parte inferior de la red, haciéndola aún más pesada, y el aerostato no se levantaba sino a medias, como un pájaro que tiene plomo en las alas.

Media hora más tarde la tierra no estaba más que a una milla de distancia, pero el globo ajado, flojo, deshinchado, enrollado en gruesos pliegues, sólo conservaba gas en su parte superior.

Los pasajeros, asidos a la red, pesaban ya demasiado para él, y pronto, medio sumergidos en el mar, fueron golpeados por las furiosas olas. La cubierta del aerostato se infló entonces, y el viento lo empujó, como un buque con viento de popa. ¡Parecía que iban a llegar a la costa!

Pero, cuando no estaban más que a dos cables de distancia, resonaron gritos terribles, salidos de cuatro pechos a la vez. El globo, que, al parecer, no podía ya levantarse, acababa de dar un salto inesperado, a impulsos de un formidable golpe de mar. Como si hubiera sido aligerado súbitamente de una nueva parte de su peso, remontó a una altura de mil quinientos pies, y allí encontró una especie de remolino de viento que, en lugar de llevarlo directamente a la costa, le hizo seguir una dirección casi paralela a ella. En fin, dos minutos más tarde se acercaron oblicuamente y cayó sobre la arena de la orilla, fuera del alcance de las olas.

Los pasajeros se ayudaron los unos a los otros, logrando desprenderse de las mallas de la red. El globo, libre de aquel peso, fue recogido par el viento y, como un pájaro herido que encuentra un instante de vida, desapareció en el espacio.

La barquilla contenía cinco pasajeros, más un perro, y el globo sólo había arrojado cuatro sobre la orilla.

El pasajero que faltaba había sido evidentemente arrebatado por el golpe de mar, que, dando de lleno en la red, había permitido al aparato, aligerado de peso, llegar a tierra.

Apenas los cuatro náufragos -se les puede dar ese nombre--habían tomado tierra, todos, pensando en el ausente, exclamaron:

-¡Quizá podrá ganarla orilla a nado! ¡Salvémoslo! ¡Salvémoslo!

 

 

2. Cinco prisioneros en busca de libertad

 

No eran ni aeronautas de profesión ni amantes de expediciones aéreas los que el huracán acababa de arrojar en aquella costa: eran prisioneros de guerra, a los que su audacia había impulsado a fugarse en circunstancias extraordinarias. ¡Cien veces estuvieron a punto de perecer! ¡Cien veces su globo desgarrado hubiera debido precipitarlos en el abismo! Pero el cielo les reservaba un extraño destino, y el 20 de marzo, después de haberse fugado de Richmond, sitiada por las tropas del general Ulises Grant, se encontraron a siete millas de aquella ciudad de Virginia, principal plaza fuerte de los separatistas durante la terrible guerra civil de Secesión. Su navegación aérea había durado cinco días.

He aquí en qué circunstancias se realizó la evasión de los prisioneros, evasión que debía terminar como ya conocemos.

En el mes de febrero de 1858, en un golpe de mano intentado, aunque inútilmente, por el general Grant para apoderarse de Richmond, muchos de sus oficiales cayeron en poder del enemigo en la ciudad. Uno de los más distinguidos prisioneros pertenecía al Estado Mayor Federal y se llamaba Ciro Smith.

Ciro Smith, natural de Massachusetts, era ingeniero, un sabio de primer orden, al que el gobierno de la Unión había confiado durante la guerra la dirección de los ferrocarriles por el papel estratégico de los mismos. Americano del norte, seco, huesudo, esbelto, de unos cuarenta y cinco años, pelo corto y canoso, barba afeitada, con abundante bigote. Tenía una cabeza numismática, que parecía hecha para ser acuñada en medallas: los ojos ardientes, la boca seria, la fisonomía de un sabio de la escuela militar. Era uno de esos ingenieros que empiezan manejando el martillo y el pico, como esos generales que partieron de soldados rasos. Al mismo tiempo que agudeza de espíritu, poseía habilidad de manos. Sus músculos presentaban notables síntomas de tenacidad. Verdadero hombre de acción, al mismo tiempo que hombre de pensamiento, lo ejecutaba todo sin esfuerzo, bajo la influencia de una larga expansión vital, desafiando todo obstáculo. Muy instruido, muy práctico, muy campechano, para emplear una palabra de la lengua militar francesa. Tenía buen carácter, pues, conserván­dose siempre dueño de sí, en cualquier circunstancia, reunía las condiciones que determinan la energía humana: actividad de espíritu y de cuerpo, impetuosidad de deseo, fuerza de voluntad. Y su divisa hubiera podido ser la de Guillermo de Orange en el siglo XVII: “No tengo necesidad de esperar para acometer una empresa, ni de lograr el objeto para perse­verar.”

Al mismo tiempo Ciro Smith era el valor personificado. Había tomado parte en todas las batallas durante la guerra de Secesión. Tras haber empezado a las órdenes de Ulises Grant con los voluntarios del Illinois, había combatido en Paducah, en Belmont, en Pittsburg­-Landig, en el sitio de Corinto, en Port-Gibson, en la Rivera Negra, en Chattanooga, en Wildemes, sobre el Potomak, en todas partes y valerosamente. Fue un soldado digno del general que respondía: “¡Yo no cuento jamás mis muertos!” Y cien veces Ciro Smith había estado a punto de ser uno de aquellos que no contaba el terrible Grant. Sin embargo, en esos combates, donde se exponía tanto, la suerte le favoreció siempre, hasta que fue herido y hecho prisionero en el campo de batalla de Richmond.

A la vez que Ciro Smith otro personaje importante cayó en poder de los sudistas. Este era nada menos que el honorable Gedeón Spilett, corresponsal del “New York Herald”, encargado de seguir las peripecias de la guerra entre los ejércitos del Norte.

Gedeón Spilett era de esos cronistas ingleses o americanos, de los Stanley y otros, que no retroceden ante nada para obtener una información exacta y para transmitirla a su periódico rápidamente. Los periódicos de la Unión, tales como el “New York Herald”, constituyen verdaderas potencias, y sus enviados son los representantes con que cuentan. Gedeón Spilett figuraba entre los primeros enviados.

Hombre de mucho valor, enérgico, preparado a todo, lleno de ideas, habiendo recorrido el mundo entero, soldado y artista ágil en el consejo, resuelto en la acción, no temiendo penas, ni trabajo, ni peligros cuando se trataba de saber algo, para él primero, y para su periódico después, verdadero héroe de la curiosidad, de la información, de lo inédito, de lo desconocido, de lo imposible. Era uno de esos intrépidos observadores que escriben bajo las balas, “haciendo las crónicas bajo el fuego de los cañones, y para los que todos los peligros son un pasatiempo”.

El también había asistido a todas las batallas en primera fila, con el revólver en una mano y las cuartillas en la otra, y la metralla no hacía temblar su pluma. No cansaba los hilos con telegramas incesantes, como suelen hacer los que no tienen nada que decir. Sus notas, cortas, claras, daban luz sobre algún punto importante. Por otra parte, “el buen humor” no le faltaba. El, después de la acción de la Rivera Negra, queriendo a toda costa conservar su puesto junto a la ventanilla de la oficina telegráfica, para anunciar a su periódico el resultado de la batalla, telegrafió, durante dos horas, los primeros capítulos de la Biblia. Costó dos mil dólares al “New York Herald”, pero el “New York Herald” fue el primer informado.

Gedeón Spilett era alto y tenía unos cuarenta años. Unas patillas rubias tirando a rojo enmarcaban su rostro. Su mirada era tranquila, viva, rápida en sus movimientos; la mirada de un hombre que tiene la costumbre de percibir todos los detalles de un horizonte. Robusto y de buena salud, estaba acostumbrado a todos los climas, como la barra de acero en el agua fría.

Desde hacía diez años, Gedeón Spilett era el corresponsal oficial del “New York Herald”, al que enriquecía con sus crónicas y sus dibujos, ya que manejaba tan bien el lápiz como la pluma. Cuando fue hecho prisionero, estaba haciendo la descripción y el croquis de la batalla. Las últimas palabras anotadas fueron: “Un sudista me apunta con su fusil y...”

Y Gedeón Spilett se salvó, porque, siguiendo su invariable costumbre, salió de aquel peligro sin ningún arañazo.

Ciro Smith y Gedeón Spilett, que se conocían por su reputación, habían sido tras­ladados a Richmond. El ingeniero, que había curado de su herida, conoció al corresponsal durante su convalecencia. Aquellos dos hombres simpatizaron y se estimaron mutuamente.

Pronto su anhelo común no tuvo más que un objeto: volver al ejército de Grant y combatir en sus filas por la unidad federal.

Los dos americanos estaban decididos a aprovechar una ocasión; pero, aunque fueran libres en la ciudad, Richmond estaba tan vigilada que una evasión parecía imposible.

Acompañaba a Ciro Smith un criado, que era la fidelidad y la abnegación personificadas: un negro, nacido en las posesiones del ingeniero, de padres esclavos, pero que, desde hacía tiempo, Ciro Smith, abolicionista de ideas y de corazón, había emancipado. El esclavo, una vez libre, no quiso separarse de su amo. Le quería tanto, que hubiera dado la vida por él. Era un mozo de treinta años, ágil, hábil, inteligente, dulce y tranquilo, a veces sencillo, siempre sonriente, servicial y bueno. Se llamaba Nabucodonosor, pero respondía al nombre abreviado y familiar de Nab.

Al enterarse Nab de que su dueño había sido hecho prisionero, abandonó Massachusetts sin vacilar, llegó a Richmond y, a fuerza de astucia y destreza, después de arriesgar veinte veces su vida, penetró en la ciudad sitiada. No es posible describir la alegría de Ciro Smith al ver de nuevo a su criado y Nab al encontrar a su amo.

Aunque Nab pudo penetrar en Richmond, le hubiera sido muy difícil salir, porque eran vigilados de cerca los prisioneros federales. Había que aguardar una ocasión favorable para intentar una evasión con alguna probabilidad de éxito, y esta ocasión era difícil hallarla.

Entretanto, Grant continuaba sus enérgicas operaciones. La victoria de Petersburgo le había costado mucho. Sus fuerzas, unidas a las de Butler, no habían alcanzado ninguna victoria ante Richmond, y nada hacía presagiar que la libertad de los prisioneros estaba próxima. El corresponsal, a quien su cautividad no le proporcionaba ya un detalle interesante que anotar, no podía resistir más. Su idea fija era salir de Richmond a toda costa. Muchas veces intentó la aventura y fue detenido por obstáculos insuperables.

El sitio continuaba y los prisioneros tenían prisa por escaparse para unirse al ejército de Grant. Algunos sitiados no tenían menos deseos de escaparse, para reunirse con el ejército separatista, y entre ellos, un tal Jonathan Forster, furibundo sudista. Si los prisioneros federales no podían abandonar la ciudad, los confederados tampoco, porque el ejército del Norte los cercaba. El gobernador de Richmond no podía comunicarse con el general Lee y necesitaba urgentemente refuerzos. Jonathan Forster tuvo entonces la idea de elevarse en globo, para atravesar las líneas sitiadoras y llegar al campo de los separatistas.

El gobernador autorizó la tentativa. Un aerostato fue fabricado y puesto a disposición de Jonathan Forster, al que le debían acompañar en el viaje aéreo cinco compañeros armados para defenderse en donde aterrizaran, en caso de ser atacados, y víveres, por si la excursión se prolongaba.

La partida del globo había sido fijada para el 18 de marzo. Debía efectuarse durante la noche, y con un viento de nordeste de mediana fuerza los aeronautas creían que en pocas horas llegarían al cuartel general de Lee.

Pero el viento del nordeste no fue más que brisa; el día 18 pudo observarse que se convertiría en huracán. Sobrevino la tempestad, y la partida de Forster fue aplazada, ya que era imposible arriesgar el aerostato y a los ocupantes en medio de los desencadenados elementos.

El globo, hinchado en la plaza de Richmond, partiría al calmarse el viento, y en la ciudad había impaciencia porque la atmósfera no se modificaba.

Transcurrieron el 18 y el 19 de marzo sin que se produjera ningún cambio en la tormenta, y costó ímprobo trabajo mantener el globo amarrado y evitar que lo destrozara el huracán.

Pasó también la noche del 19 al 20; por la mañana, el huracán hacía que la partida fuera imposible.

Ese día se acercó al ingeniero Ciro Smith, en una de las calles de Richmond, un hombre a quien no conocía: era un marino llamado Pencroff, de treinta y cinco a cuarenta años de edad, fuerte, de rostro atezado, ojos vivos y parpadeantes, pero de buen aspecto. Pencroff era un norteamericano que había corrido todos los mares y le había sucedido todo lo que puede ocurrir a un bípedo sin plumas. Es inútil decir que era de carácter emprendedor, capaz de todo y que no se admiraba de nada. Pencroff, a primeros de año, había ido para asuntos particulares a Richmond, con un joven de quince años, Harbert Brown, de Nueva Jersey, hijo de su capitán, un huérfano al que amaba como a su propio hijo. No habiendo podido abandonar la ciudad antes de las primeras operaciones del sitio, se encontró bloqueado con gran disgusto y sólo pensaba escaparse como fuera. Conocía la reputación del ingeniero Ciro Smith y sabía que esperaba lo mismo que él deseaba. Así, pues, no vaciló en acercarse a él diciéndole sin rodeos:

-Señor Smith, ¿está usted cansado de Richmond? -El ingeniero miró al hombre que le hablaba así, y que añadió en voz baja-: Señor Smith, ¿quiere usted escapar?

-¿Cuando...? -respondió el ingeniero, y se puede afirmar que esta respuesta se le escapó, pues aún no había examinado al desconocido que le había dirigido la palabra.

Pero después de haber observado con una mirada penetrante la leal figura del marino, no pudo dudar de que se hallaba en presencia de un hombre honrado.

-¿Quién es usted? -preguntó.

Pencroff se dio a conocer.

-Bien -respondió Ciro Smith-. ¿Y cómo?

-Con ese globo holgazán que no hace nada, y que juraría que nos está invitando...

El marino no tuvo necesidad de acabar la frase. El ingeniero le había comprendido desde la primera palabra. Asió a Pencroff de un brazo y le llevó a su casa, donde el marino desarrolló su proyecto, muy sencillo. No arriesgaba más que su vida. El huracán estaba entonces en toda su violencia, pero un ingeniero diestro y audaz, como Ciro Smith, sabría conducir bien su aerostato. Si él, Pencroff, supiera manejarlo, no habría vacilado en partir (con Harbert, se entiende). ¡Había visto otras y no le asustaba una tempestad más!

Ciro Smith había escuchado al marino sin decir palabra, pero sus ojos brillaban. La ocasión se le presentaba y no quería dejarla escapar. El proyecto era muy peligroso, pero realizable. Durante la noche, a pesar de la vigilancia, podría acercarse al globo, deslizarse en la barquilla y cortar las cuerdas que le retenían. Claro está que se exponían a morir, pero también había alguna probabilidad de éxito, y aquella tempestad... Pero sin aquella tempes­tad el globo hubiera partido ya y la ocasión tan deseada no volvería quizá a presentarse.

-¡No estoy solo!... -contestó Ciro Smith.

-¿Cuántas personas quiere usted que le acompañen? -preguntó el marino.

-Dos: mi amigo Spilett y mi criado Nab.

-Tres -respondió Pencroff-, y Harbert y yo, cinco. El globo debía llevar seis...

-¡Vale! ¡Partiremos! -dijo Ciro Smith.

Aquel partiremos comprendía al corresponsal y, como éste por nada del mundo hubiera renunciado a su proyecto de evasión ni retrocedido ante ningún peligro, cuando el proyecto le fue comunicado, lo aprobó sin reserva. Solamente se admiraba de que aquella idea tan sencilla no se le hubiera ocurrido a él.

En cuanto a Nab, estaba dispuesto a seguir a su amo por donde quisiera ir.

-Hasta la noche -dijo Pencroff-. Pasearemos los cinco por allí como curiosos.

-Hasta la noche a las diez -respondió Ciro Smith-, y plegue al cielo que esta tempestad no se apacigüe antes de nuestra partida.

Pencroff se despidió del ingeniero y volvió a su casa, donde había dejado al joven Harbert Brown. Este niño conocía el plan del marino y esperaba con cierta ansiedad el resultado de su entrevista con el ingeniero. Cinco hombres iban a lanzarse al espacio en pleno huracán.

¡No! El huracán no se calmó, ni Jonathan Forster ni sus compañeros podían pensar en afrontar el peligro en aquella frágil barquilla. El día fue terrible. El ingeniero no temía más que una cosa: que el aerostato, amarrado al suelo e inclinado por las ráfagas de viento, se rompiera en mil pedazos. Durante muchas horas paseó por la plaza casi desierta, vigilando el aparato. Pencroff hacía otro tanto por su parte, con las manos en los bolsillos, bostezando como un hombre que no sabe cómo matar el tiempo, pero temiendo también que el globo se desgarrase o rompiera sus ligaduras y se levantara por los aires.

Llegó la noche. Espesas brumas pasaban como nubes rasando el suelo y una lluvia mezclada con nieve caía continuamente. Hacía frío. Una densa niebla pesaba sobre Rich­mond. Parecía que la violenta tempestad había puesto una tregua entre sitiadores y sitiados y que el cañón había callado ante los rugidos del huracán. Las calles estaban desiertas. No se había creído necesario, con aquel horrible tiempo, vigilar la plaza en la cual se agitaba el aerostato. Todo favorecía la partida de los prisioneros; ¡pero aquel viaje, en medio de ráfagas de viento desencadenadas!...

-¡Maldita marea! -se decía Pencroff, calándose de un puñetazo el sombrero que el viento disputaba a su cabeza-. ¡Pero, bah, la dominaremos!

A las nueve y media Ciro y sus compañeros llegaron por diversos sitios a la plaza, que los faroles del gas, apagados por el viento, dejaban a oscuras. No se veía ni el enorme aparato, casi enteramente tendido hacia el suelo. Sin contar los sacos de lastre que pendían de las cuerdas de la red, la barquilla estaba retenida por un fuerte cable pasado por una anilla fijada en el suelo y con los extremos atados a bordo.

Los cinco pasajeros se reunieron cerca de la barquilla. Era tal la oscuridad, que ellos mismos no se veían.

Sin pronunciar palabra, Ciro Smith, Gedeón Spilett, Nab y Harbert entraron en la barquilla, mientras que Pencroff, siguiendo las órdenes del ingeniero, desataba suavemente los saquitos de lastre. Esta operación duró unos instantes y el marino se reunió con sus compañeros.

El aerostato entonces estaba sólo retenido por el doble cable, y Ciro Smith no tenía más que dar la orden de partida.

En aquel momento un perro entró de un salto en la barquilla. Era Top, el perro del ingeniero, que, habiendo roto su cadena, había seguido a su amo. Ciro Smith, creyéndolo un exceso de peso, quiso echar al pobre animal.

-¡Bah, uno más! -dijo Pencroff, desatando de la barquilla dos sacos de lastre.

Después desamarró el doble cable, y el globo partió en dirección oblicua y desapareció, después de haber chocado su barquilla contra dos chimeneas que derribó con la violencia del golpe.

Se desencadenó un huracán espantoso. El ingeniero, durante la noche, no pudo pensar en descender y, cuando vino el día, toda vista de la tierra estaba interceptada por las brumas. Cinco días después una claridad dejó ver el inmenso mar debajo de aquel aerostato, que el viento arrastraba con una rapidez espantosa.

Sabemos que, de cinco hombres que habían partido el 20 de marzo, cuatro habían sido arrojados, cuatro días después, en una costa desierta, a más de seis mil millas de su país.

Y el que faltaba, al que aquellos cuatro supervivientes del globo corrían a socorrer, era su jefe natural, el ingeniero Ciro Smith.

 

 

3. Ha desaparecido Ciro Smith

 

El ingeniero había sido arrastrado por un golpe de mar fuera de la red, que había cedido. Su perro también había desaparecido, el fiel animal se había precipitado en socorro de su amo. -¡Adelante! -exclamó el corresponsal.

Y los cuatro, Gedeón Spilett, Harbert, Pencroff y Nab, olvidando el cansancio, empe­zaron sus pesquisas.

El pobre Nab lloraba de rabia y desesperación a la vez, temiendo haber perdido todo lo que él amaba en el mundo.

No había dos minutos de diferencia entre el momento en que Ciro Smith había desapa­recido y el instante en que sus compañeros habían tomado tierra. Estos podían, pues, esperar llegar a tiempo para salvarlo.

-¡Busquemos!, ¡busquemos! -exclamó Nab.

-Sí, Nab -contestó Gedeón Spilett-, y lo encontraremos.

-¿Vivo?

-¡Vivo!

-¿Sabe nadar? -preguntó Pencroff.

-¡Sí! -contestó Nab-. ¡Además, Top está con él!

El marino, oyendo mugir el mar, sacudió la cabeza.

Al norte de la costa y aproximadamente a media milla de donde los náufragos acababan de tomar tierra, había desaparecido el ingeniero. Si había nadado al punto más cercano del litoral, a media milla más allá estaría situado ese punto.

Eran cerca de las seis. La bruma acababa de levantar y la noche se hacía muy oscura. Los náufragos caminaban siguiendo hacia el norte la costa este de aquella tierra sobre la cual el azar los había arrojado, tierra desconocida, cuya situación geográfica no se podía determinar. El suelo que pisaban era arenoso, mezclado con piedras y desprovisto de toda especie de vegetación. Aquel suelo bastante desigual, lleno de barrancos, aparecía en ciertos sitios acribillado de pequeños hoyos, que hacían la marcha más penosa. Salían de estos agujeros grandes aves de pesado vuelo, huyendo en todas direcciones y que la oscuridad impedía ver. Otras, más ágiles, se levantaban en bandadas y pasaban como nubes. El marino suponía que eran gaviotas, cuyos silbidos agudos competían con los rugidos del mar.

De cuando en cuando los náufragos se paraban, llamando a gritos y escuchando, por si respondía de la parte del océano. Debían pensar, en efecto, que, si hubiesen estado próximos al lugar donde el ingeniero hubiera podido tomar tierra, los ladridos del perro Top, en caso de que Ciro Smith no estuviera en estado de dar señales de vida, llegarían hasta ellos. Pero ningún grito se destacaba sobre los mugidos de las olas y los chasquidos de la resaca. Entonces, la pequeña tropa emprendía su marcha adelante, registrando las menores anfrac­tuosidades del litoral.

Después de una marcha de veinte minutos, los cuatro náufragos se detuvieron ante una linde espumosa de olas. El terreno sólido faltaba. Se encontraban a la extremidad de un punto agudo, que el mar golpeaba con furor.

-Es un promontorio -dijo el marino-. Hay que volver sobre nuestros pasos, torciendo a la derecha, y así volveremos a tierra firme.

-Pero ¿y si está ahí? -respondió Nab señalando el océano, cuyas enormes olas blan­queaban en la oscuridad.

-¡Bueno, llamémoslo!

Y todos, uniendo sus voces, lanzaron un grito, pero nadie respondió. Esperaron un momento de calma y empezaron otra vez. Nada.

Los náufragos retrocedieron, siguiendo la parte opuesta del promontorio, en un suelo arenoso y roquizo. Sin embargo, Pencroff observó que el litoral era más escarpado, que el terreno subía, y supuso que debía llegar, por una rampa bastante larga, a una alta costa, cuya masa se perfilaba confusamente en la oscuridad. Había menos aves en aquella parte de la costa; el mar también se mostraba menos alterado, menos ruidoso, y la agitación de las olas disminuía sensiblemente. Apenas se oía el ruido de la resaca. Sin duda la costa del promonto­rio formaba una ensenada semicircular, protegida por su punta aguda contra la fuerza de las olas.

Siguiendo aquella dirección, marchaban hacia el sur, era ir por el lado opuesto de la costa en que Ciro Smith podía haber tomado tierra. Después de recorrer milla y media, el litoral no presentaba ninguna curvatura que permitiese volver hacia el norte. Sin embargo, aquel promontorio, del que habían doblado la punta, debía unirse a la tierra franca. Los náufragos, a pesar de que sus fuerzas estaban casi agotadas, marchaban siempre con valor, esperando encontrar algún ángulo que los pusiera en la primera dirección.

¡Cuál no fue su desesperación, cuando, después de haber recorrido dos millas, se vieron una vez más detenidos por el mar en una punta bastante elevada, formada de rocas resba­ladizas!

-¡Estamos en un islote! -dijo Pencroff-, ¡y lo hemos recorrido de un extremo a otro!

La observación del marino era justa. Los náufragos habían sido arrojados no sobre un continente ni una isla, sino sobre un islote, que no medía más de dos millas de longitud y cuya anchura era evidentemente poco considerable.

Aquel islote, árido, sembrado de piedras, sin vegetación, refugio desolado de algunas aves marinas, ¿pertenecía a un archipiélago más importante? No lo sabían. Los pasajeros del globo, cuando desde su barquilla percibieron la tierra a través de las brumas, no habían podido reconocer su importancia. Sin embargo, Pencroff, con su mirada de marino habituada a horadar en la oscuridad, creyó en aquel momento distinguir en el oeste masas confusas, que anunciaban una costa elevada.

Pero entonces no podía, a causa de aquella oscuridad, determinar a qué sistema simple o complejo pertenecía el islote. Tampoco era posible salir de él, puesto que el mar lo rodeaba. Había que aplazar hasta el día siguiente la búsqueda del ingeniero, que no había señalado su presencia por ningún sitio.

-El silencio de Ciro no prueba nada -dijo el corresponsal-. Puede estar desmayado, herido, en estado de no poder responder momentáneamente, pero no desesperemos.

El corresponsal emitió entonces la idea de encender en un punto del islote una hoguera, que pudiese servir de guía al ingeniero. Pero buscaron en vano madera o arbustos secos; allí no había más que arena y piedras.

Se comprende cuál sería el dolor de Nab y el de sus compañeros, que estaban vivamente unidos al intrépido Ciro Smith. Era demasiado evidente que se hallaban imposibilitados para socorrerlo; había que esperar el día. ¡O el ingeniero había podido salvarse solo y ya había encontrado refugio en un punto de la costa, o estaba perdido para siempre!

Las horas de espera fueron largas y penosas. Hacía mucho frío y los náufragos sufrían cruelmente, pero apenas lo notaban. No pensaban más que en tomar un instante de reposo; todo lo olvidaban por su jefe; queriendo esperar siempre, iban y venían por aquel islote árido, volviendo incesantemente a su punto norte, donde creían estar más próximos al lugar de la catástrofe. Escuchaban, chillaban, esperaban captar un grito, y sus voces debían trans­mitirse lejos, porque entonces reinaba cierta calma en la atmósfera, los ruidos del mar empezaban a disminuir.

Uno de los gritos de Nab pareció repetido por el eco. Harbert lo hizo observar a Pencroff, añadiendo:

-Es prueba que existe en el oeste una costa bastante cercana.

El marinero hizo un gesto afirmativo. Por otra parte, su vista no podía engañarle. Si había distinguido tierra, no había duda de que ésta existía.

Pero aquel eco lejano fue la sola respuesta provocada por los gritos de Nab, y la inmensidad, sobre toda la parte este del islote, quedó silenciosa.

Entretanto el cielo se despejaba poco a poco. Hacia las doce de la noche brillaron algunas estrellas y, si el ingeniero estaba allí, cerca de sus compañeros, hubiera podido ver que aquellas estrellas no eran las del hemisferio boreal. En efecto, la polar no aparecía en aquel nuevo horizonte: las constelaciones cenitales no eran las que estaban acostumbrados a ver en la parte norte del nuevo continente, y la Cruz del Sur resplandecía entonces en el polo austral del mundo.

Pasó la noche. Hacia las cinco de la mañana, el 25 de marzo, el cielo se tiñó ligeramente. El horizonte estaba aún oscuro, pero con los primeros albores del día una opaca bruma se levantó en el mar, por lo que el rayo visual no podía extenderse a más de veinte pasos. La niebla se desarrollaba en gruesas volutas, que se movían pesadamente.

Esto era un contratiempo. Los náufragos no podían distinguir nada alrededor de ellos. Mientras que las miradas de Nab y del corresponsal se dirigían hacia el océano, el marino y Harbert buscaban la costa en el oeste. Pero ni un palmo de tierra era visible.

-No importa -dijo Pencroff-, no veo la costa, pero la siento..., está allí..., allí... ¡Tan seguro como que tampoco estamos en Richmond!

Pero la niebla no debía tardar en desaparecer.

No era más que una bruma de buen tiempo. Un hermoso sol caldeaba las capas supe­riores, y aquel calor se tamizaba hasta la superficie del islote.

En efecto, hacia las seis y media, tres cuartos de hora después de aparecer el sol, la bruma se volvió más transparente: se extendía hacia arriba, pero se disipó por abajo. Pronto todo el islote apareció como si hubiera descendido de una nube, pues el mar se mostró siguiendo un plano circular, infinito hacia el este, pero limitado por el oeste por una costa elevada y abrupta.

¡Sí! ¡La tierra estaba allí! Allí la salvación, provisionalmente asegurada, por lo menos. Entre el islote y la costa, separados por un canal de una milla y media, una corriente rápida se precipitaba con ruido.

Sin embargo, uno de los náufragos, no consultando más que su corazón, se precipitó en la corriente, sin avisar a sus compañeros, sin decir palabra. Era Nab. Tenía ganas de llegar a aquella costa y remontarla hacia el norte. Nadie pudo retenerlo. Pencroff lo llamó, pero en vano. El periodista se dispuso a seguir a Nab.

Pencroff, yendo hacia él, le preguntó:

-¿Quiere usted atravesar el canal?

-Sí -contestó Gedeón Spilett.

-Pues bien, óigame -dijo el marino--. Nab basta y sobra para socorrer a su amo. Si nos metemos en ese canal, nos exponemos a que la corriente nos arrastre. Si no me equivoco, es una corriente de reflujo. Vea la marea baja sobre la arena. Armémonos de paciencia y, cuando el mar baje, quizá encontremos un paso vadeable...

-Tiene usted razón -respondió el corresponsal-. Separémonos lo menos posible.

Durante este tiempo Nab luchaba contra -la corriente. La atravesaba siguiendo una dirección oblicua. No se veían más que sus negros hombros emerger en cada momento. Se desviaba con mucha frecuencia, pero avanzaba hacia la costa. Empleó más de media hora en recorrer la milla y media que separaba el islote de la costa, y se aproximó a ésta a muchos pies del punto de donde había salido.

Nab tomó tierra en la falda de una alta roca de granito y se sacudió vigorosamente; después, corriendo, desapareció veloz detrás de unas rocas, que se proyectaban hacia el mar a la altura de la extremidad septentrional del islote.

Los compañeros de Nab habían seguido con angustia su audaz tentativa y, cuando se perdió de vista, dirigieron sus miradas hacia aquella tierra a la cual iban a pedir refugio, mientras comían algunos mariscos encontrados en la playa. Era una mala comida, pero algo alimentaba.

La costa opuesta formaba una vasta bahía, terminada al sur por una punta muy aguda, desprovista de toda vegetación y de un aspecto muy salvaje. Aquella punta venía a unirse al litoral por un dibujo bastante caprichoso y enlazado con altas rocas graníticas. Hacia el norte, por el contrario, la bahía se ensanchaba, formando una costa más redondeada, que corría del sudoeste al nordeste y que acababa en un cabo agudo. Entre estos dos puntos extremos, sobre los cuales se apoyaba el arco de la bahía, la distancia podía ser de ocho millas. A media milla de la playa, el islote ocupaba una estrecha faja de mar, y parecía un enor­me cetáceo, que sacaba ala superficie su espalda. Su anchura no pasaba de un cuarto de milla.

Delante del islote el litoral se componía, en primer término, de una playa de arena, sembrada de negras rocas, que en aquel momento reaparecían poco a poco bajo la marea descendente. En segundo término, se destacaba una especie de cortina granítica, tallada a pico, coronada por una caprichosa arista de una altura de trescientos pies por lo menos. Se perfilaba sobre una longitud de tres millas y terminaba bruscamente a la derecha por un acantilado que se hubiera creído cortado por la mano del hombre. En la izquierda, al contrario, encima del promontorio, aquella especie de cortadura irregular se desgarraba en bloques prismáticos, hechos de rocas aglomeradas y de productos de aluvión, y se bajaba por una rampa prolongada, que se confundía poco a poco con las rocas de la punta meridional.

En la meseta superior de la costa no se veía ningún árbol. Era una llanura limpia, como la que domina Cape-Town, en el cabo de Buena Esperanza, pero con proporciones más reducidas. Por lo menos, así aparecía vista desde el islote. Sin embargo, el verde no faltaba a la derecha, detrás del acantilado. Se distinguía fácilmente la masa confusa de grandes árboles, cuya aglomeración se prolongaba más allá de los límites de la vista. Aquel verdor regocijaba la vista, vivamente entristecida por las ásperas líneas del paramento de granito.

En fin, en último término y encima de la meseta, en dirección del nordeste y a una distancia de siete millas por lo menos, resplandecía una cima blanca, herida por los rayos solares. Era una caperuza de nieve, que cubría algún monte lejano.

No podía resolverse, pues, la cuestión de si aquella tierra formaba una isla o pertenecía a un continente. Pero, a la vista de aquellas rocas convulsionadas, que se aglomeraban sobre la izquierda, un geólogo no hubiera dudado en darles un origen volcánico, porque eran incon­testablemente producto de un trabajo plutoniano.

Gedeón Spilett, Pencroff y Harbert observaban atentamente aquella tierra, en la que iban a vivir, quizá largos años, y en la que tal vez morirían, si no se encontraban en la ruta de los barcos.

-¿Qué dices tú de eso, Pencroff? -preguntó Harbert.

-Que tiene algo bueno y algo malo, como todas las cosas -contestó el marino­-. Veremos. Pero observo que comienza el reflujo. Dentro de tres horas intentaremos pasar y, una vez allí, procuraremos arreglarnos y encontrar a Smith.

Pencroff no se había equivocado en sus previsiones. Tres horas más tarde, la mar bajó; el lecho del canal que habían descubierto estaba formado por arena en su mayor parte. No quedaba entre el islote y la costa más que un canal estrecho, que sin duda sería fácil de franquear.

En efecto, hacia las seis, Gedeón Spilett y sus dos compañeros se despojaron de sus vestidos, hicieron con ellos un hato que se pusieron en la cabeza y se aventuraron por el canal, cuya profundidad no pasaba de cinco pies. Harbert, para quien el agua era demasiado alta, nadaba como un pez y salió perfectamente. Los tres llegaron sin dificultad al litoral opuesto. Allí, el sol los secó rápidamente y volvieron a ponerse sus vestidos, que habían preservado del contacto del agua, y tuvieron una reunión.

 

4. Encuentran un refugio, las “Chimeneas”

 

Gedeón Spilett dijo al marino que le esperase allí, donde él volvería, y, sin perder un instante, remontó el litoral en la dirección que había seguido algunas horas antes el negro Nab. Después desapareció detrás de un ángulo de la costa, pues estaba impaciente por saber noticias del ingeniero.

Harbert hubiera querido acompañarlo.

-Quédate, muchacho -le dijo el marino. -Hay que preparar un campamento y ver si se puede encontrar para comer algo más sólido que los mariscos. Nuestros amigos tendrán ganas de comer algo a su regreso. Cada uno a su trabajo.

-Preparado, Pencroff -contestó Harbert.

-¡Bien! -repuso el marinero-. Procedamos con método. Estamos cansados y tenemos frío y hambre; hay que encontrar abrigo, fuego y alimento. El bosque tiene madera; los nidos, huevos; falta buscar la casa.

-Bueno -respondió Harbert-, yo buscaré una gruta en estas rocas y descubriré algún agujero en donde podremos meternos.

-Eso es -respondió Pencroff-. En marcha, muchacho.

Y caminaron sobre aquella playa que la marea descendente había descubierto. Pero, en lugar de remontar hacia el norte, descendieron hacia el sur. Pencroff había observado que, a unos centenares de pasos más allá del sitio donde habían tomado tierra, la costa ofrecía una estrecha cortadura, que sin duda debía servir de desembocadura a un río o a un arroyo. Por una parte, era importante acampar en las cercanías de un curso de agua potable, y por otra, no era imposible que la corriente hubiera llevado hacia aquel lado a Ciro Smith.

La alta muralla se levantaba a una altura de trescientos pies, pero el bosque estaba liso por todas partes, y su misma base, apenas lamida por el mar, no presentaba la menor hendidura que pudiera servir de morada provisional. Era un muro vertical, hecho de un granito durísimo, que el agua jamás había roído. Hacia la cumbre volaban infinidad de pájaros acuáticos, y particularmente diversas especies del orden de las palmípedas, de pico largo, comprimido y puntiagudo; aves gritadoras, poco temerosas de la presencia del hombre, que por primera vez, sin duda, turbaba su soledad. Entre las palmípedas, Pencroff reconoció muchas labbes, especie de goslands, a los cuales se da a veces el nombre de estercolaras, y también pequeñas gaviotas voraces, que tenían sus nidos en las anfractuosidades del granito. Si se hubiera disparado un tiro en medio de aquella multitud de pájaros, hubieran caído muchos; mas para disparar un tiro se necesitaba un fusil, y ni Pencroff ni Harbert lo tenían.

Por otra parte, aquellas gaviotas y los labbes eran muy poco nutritivos y sus mismos huevos tienen un sabor detestable.

Entretanto, Harbert, que había ido un poco más a la izquierda, descubrió pronto algunas rocas tapizadas de algas, que la alta mar debía recubrir algunas horas más tarde. En aquellas rocas, y en medio de musgos resbaladizos, pululaban conchas de dobles valvas, que no podían ser desdeñadas por gente hambrienta. Harbert llamó a Pencroff, que se acercó en seguida.

-¡Vaya! ¡Son almejas! -exclamó el marino-. Algo para reemplazar los huevos.

-No son almejas -respondió el joven Harbert, que examinaba con atención los moluscos adheridos a las rocas-; son litodomos.

-¿Y eso se come? -preguntó Pencroff.

-¡Ya lo creo!

-Entonces, comamos litodomos.

El marino podía fiarse de Harbert. El muchacho estaba muy fuerte en historia natural y había tenido siempre verdadera pasión por esta ciencia. Su padre lo había impulsado por este camino, haciéndole seguir los estudios con los mejores profesores de Boston, que tomaron afecto al niño, porque era inteligente y trabajador. Sus instintos de naturalista se utilizarían más de una vez en adelante, y, desde luego, no se había equivocado.

Estos litodomos eran conchas oblongas, adhéridas en racimos y muy pegadas a las rocas. Pertenecían a esa especie de moluscos perforadores que abren agujeros en las piedras más duras, y sus conchas se redondean en sus dos extremos, disposición que no se observa en la almeja ordinaria. Pencroff y Harbert hicieron un buen consumo de litodomos, que se iban abriendo entonces al sol. Los comieron como las ostras y les encontraron un sabor picante, lo que les quitó el disgusto de no tener ni pimienta ni condimentos de otra clase.

Su hambre fue momentáneamente apaciguada, pero no su sed, que se acrecentó después de haber comido aquellos moluscos naturalmente condimentados. Había que encontrar agua dulce, y no podía faltar en una región tan caprichosamente accidentada. Pencroff y Harbert, después de haber tomado la precaución de hacer gran provisión de litodomos, de los cuales llenaron sus bolsillos y sus pañuelos, volvieron al pie de la alta muralla.

Doscientos pasos más allá llegaron a la cortadura, por la cual, según el presentimiento de Pencroff, debía correr un riachuelo de altos márgenes. En aquella parte, la muralla parecía haber sido separada por algún violento esfuerzo plutoniano. En su base se abría una pequeña ensenada, cuyo fondo formaba un ángulo bastante agudo. La corriente de agua medía cien pies de larga y sus dos orillas no contaban más de veinte pies. La ribera se hundía casi directamente entre los dos muros de granito, que tendían a bajarse hacia la desembocadura; después daba la vuelta bruscamente y desaparecía bajo un soto a una media milla.

-¡Aquí, agua! ¡Allí, leña! -dijo Pencroff-. ¡Bien, Harbert, no falta más que la casa!

El agua del río era límpida. El marino observó que en aquel momento de la marea, es decir, en el reflujo, era dulce. Establecido este punto importante, Harbert buscó alguna cavidad que pudiera servir de refugio, pero no encontró nada. Por todas partes la muralla era lisa, plana y vertical.

Sin embargo, en la desembocadura del curso de agua y por encima del sitio adonde llegaba la marea, los aluviones habían formado no una gruta, sino un conjunto de enormes rocas, como las que se encuentran con frecuencia en los países graníticos, y que llevan el nombre de “chimeneas”.

Pencroff y Harbert se internaron bastante profundamente entre las rocas, por aquellos corredores areniscos, a los cuales no faltaba luz, porque penetraba por los huecos que dejaban entre sí los trozos de granito, algunos de los cuales se mantenían por verdadero milagro en equilibrio. Pero con la luz entraba también el viento, un viento frío y encalle­jonado, muy molesto. El marino pensó entonces que obstruyendo ciertos trechos de aquellos corredores, tapando algunas aberturas con una mezcla de piedras y de arena, podrían hacer las “chimeneas” habitables. Su plano geométrico representaba el signo tipográfico &. Aislado el círculo superior del signo, por el cual se introducían los vientos del sur y del oeste, podrían sin duda utilizar su disposición inferior.

-Ya tenemos lo que nos hacía falta -dijo Pencroff-y, si volvemos a encontrar a Smith, él sabrá sacar partido de este laberinto.

-Lo volveremos a ver, Pencroff -exclamó Harbert-, y, cuando venga, tiene que encon­trar una morada casi soportable. Lo será, si podemos poner la cocina en el corredor de la izquierda y conservar una abertura para el humo.

-Podremos, muchacho -respondió el marino-, si estas “chimeneas” nos sirven. Pero, ante todo, vayamos a hacer provisión de combustible. Me parece que la leña no será inútil para tapar estas aberturas a través de las cuales el diablo toca su trompeta.

Harbert y Pencroff abandonaron las “chimeneas” y, doblando el ángulo, empezaron a remontar la orilla izquierda del río. La corriente era bastante rápida y arrastraba algunos árboles secos. La marea era alta. El marino pensó, pues, que podría utilizar el flujo y el reflujo para el transporte de ciertos objetos pesados.

Después de andar durante un cuarto de hora, el marino y el muchacho llegaron al brusco recodo que hacía el río hundiéndose hacia la izquierda. A partir de este punto, su curso proseguía a través de un bosque de árboles magníficos que habían conservado su verdura, a pesar de lo avanzado de la estación, porque pertenecían a esa familia de coníferas que se propaga en todas las regiones del globo, desde los climas septentrionales hasta las comarcas tropicales. El joven naturalista reconoció perfectamente los “deodar”, especie muy numerosa en la zona del Himalaya y que esparce un agradable aroma. Entre aquellos hermosos árboles crecían pinos, cuyo opaco quitasol se extendía bastante. Entre las altas hierbas Pencroff sintió que su pie hacía crujir ramas secas, como si fueran fuegos artificiales.

-Bien, hijo mío -dijo a Harbert-; si por una parte ignoro el nombre de estos árboles, por otra sé clasificarlos en la categoría de leña para el hogar. Por el momento son los únicos que nos convienen.

La tarea fue fácil. No era preciso cortar los árboles, pues yacía a sus pies enorme cantidad de leña. Pero si combustible no faltaba, carecían de medios de transporte. Aquella madera era muy seca y ardería rápidamente; de aquí la necesidad de llevar a las Chimeneas una cantidad considerable, y la carga de dos hombres no era suficiente. Harbert hizo esta observación.

-Hijo mío -respondió el marino-, debe de haber un medio de transportar esa madera. ¡Siempre hay medios para todo! Si tuviéramos un carretón o una barca, la cosa sería fácil. -¡Pero tenemos el río! -dijo Harbert.

-Justo -respondió Pencroff-. El río será para nosotros un camino que marcha solo y para algo se han inventado las almadías.

-Pero -repuso Harbert-va en dirección contraria a la que necesitamos, pues está subiendo la marea.

-No nos iremos hasta que baje -respondió el marinero-y ella se encargará de trans­portar nuestro combustible a las Chimeneas. Preparemos mientras tanto los haces.

El marino, seguido de Harbert, se dirigió hacia el ángulo que el extremo del bosque formaba con el río. Ambos llevaban, cada uno en proporción de sus fuerzas, una carga de leña, atada en haces.

En la orilla había también cantidad de ramas secas, entre la hierba, que probablemente no había hollado la planta del hombre. Pencroff empezó a preparar la carga.

En una especie de remanso situado en la ribera, que rompía la corriente, el marino y su compañero pusieron trozos de madera bastante gruesos que ataron con bejucos secos, for­mando una especie de balsa, sobre la cual apilaron toda la leña que habían recogido, o sea la carga de veinte hombres por lo menos. En una hora el trabajo estuvo acabado, y la almadía quedó amarrada a la orilla hasta que bajara la marea.

Faltaban unas horas y, de común acuerdo, Pencroff y Harbert decidieron subir a la meseta superior, para examinar la comarca en un radio más extenso.

Precisamente a doscientos pasos detrás del ángulo formado por la ribera, la muralla, terminada por un grupo de rocas, venía a morir en pendiente suave sobre la linde del bosque. Parecía una escalera natural. Harbert y el marino empezaron su ascensión y, gracias al vigor de sus piernas, llegaron a la punta en pocos instantes, y se apostaron en el ángulo que formaba sobre la desembocadura del río.

Cuando llegaron, su primera mirada fue para aquel océano que acababan de atravesar en tan terribles condiciones. Observaron con emoción la parte norte de la costa, sobre la que se había producido la catástrofe. Era donde Ciro Smith había desaparecido. Buscaron con la mirada algún resto del globo al que hubiera podido asirse un hombre, pero nada flotaba. El mar no era más que un vasto desierto de agua. La costa también estaba desierta. No se veía ni al corresponsal ni a Nab. Era posible que en aquel momento los dos estuvieran tan distantes, que no se les pudiera distinguir.

-Algo me dice -exclamó Harbert-que un hombre tan enérgico como el señor Ciro no ha podido ahogarse. Debe estar esperando en algún punto de la costa. ¿No es así, Pencroff?

El marino sacudió tristemente la cabeza. No esperaba volver a ver a Ciro Smith; pero, queriendo dejar alguna esperanza a Harbert, contestó:

-Sin duda alguna nuestro ingeniero es hombre capaz de salvarse donde otro perecería. Entretanto observaba la costa con extrema atención. Bajo su mirada se desplegaba la are­na, limitada en la derecha de la desembocadura por líneas de rompientes. Aquellas rocas, aún emergidas, parecían dos grupos de anfibios acostados en la resaca. Más allá de la zona de escollos, el mar brillaba bajo los rayos del sol. En el sur, un punto cerraba el horizonte, y no se podía distinguir si la tierra se prolongaba en aquella dirección o si se orientaba al sudeste y sudoeste, lo que hubiera dado a la costa la forma de una península muy prolongada. Al extremo septentrional de la bahía continuaba el litoral dibujándose a gran distancia, si­guiendo una línea más curva. Allí la playa era baja, sin acantilados, con largos bancos de arena, que el reflujo dejaba al descubierto.

Pencroff y Harbert se volvieron entonces hacia el oeste, pero una montaña de cima nevada, que se elevaba a una distancia de seis o siete millas, detuvo su mirada. Desde sus primeras rampas hasta dos millas de la costa verdeaban masas de bosques formados por grupos de árboles de hojas perennes. A la izquierda brillaban las aguas del riachuelo, a través de algunos claros, y parecía que su curso, bastante sinuoso, le llevaba hacia los contrafuertes de las montañas, entre los cuales debía de tener su origen. En el punto donde el marino había dejado su carga comenzaba a correr entre las dos altas murallas de granito; pero, si en la orilla izquierda las paredes estaban unidas y abruptas, en la derecha, al contrario, bajaban poco a poco, las macizas rocas se cambiaban en bloques aislados, los bloques en guijarros y los guijarros en grava, hasta el extremo de la playa.

-¿Estamos en una isla? -murmuró el marino.

-En ese caso, sería muy vasta -respondió el muchacho.

-Una isla, por vasta que sea, siempre será una isla -dijo Pencroff.

Pero esta importante cuestión no podía aún ser resuelta. Era preciso aplazar la solución para otro momento. En cuanto a la tierra, isla o continente, parecía fértil, agradable en sus aspectos, variada en sus productos.

-Es una dicha -observó Pencroff-y, en medio de nuestra desgracia, tenemos que dar gracias a la Providencia.

-¡Dios sea loado! -respondió Harbert, cuyo piadoso corazón estaba lleno de reconoci­miento hacia el Autor de todas las cosas.

Durante mucho tiempo Pencroff y Harbert examinaron aquella comarca sobre la que los había arrojado el destino, pero era difícil imaginar, después de tan superficial inspección, lo que les reservaba el porvenir.

Después volvieron, siguiendo la cresta meridional de la meseta de granito, contorneada por un largo festón de rocas caprichosas, que tomaban las formas más extrañas. Allí vivían algunos centenares de aves que anidaban en los agujeros de la piedra. Harbert, saltando sobre las rocas, hizo huir una bandada.

¡Ah! -exclamó-, ¡no son ni goslands, ni gaviotas!

-¿Qué clase de pájaros son, entonces? -preguntó Pencroff-¡Aseguraría que son palomas!

-En efecto, pero son palomas torcaces o de roca -respondió Harbert-. Las conozco por la doble raya negra de su ala, por su cuerpo blanco y por sus plumas azules cenicientas. Ahora bien, si la paloma de roca es buena para comer, sus huevos deben ser excelentes, y por pocos que hayan' dejado en sus nidos...

¡No les daremos tiempo a abrirse sino en forma de tortilla! -contestó alegremente Pencroff.

-Pero ¿dónde harás tu tortilla? -preguntó Harbert-. ¿En un sombrero?

-¡Bah! -contestó el marino-, no soy un brujo para esto. Nos contentaremos con comerlos pasados por agua y yo me encargaré de los más duros.

Pencroff y el joven examinaron con atención las hendiduras del granito, y encontraron, en efecto, huevos en algunas. Recogieron varias docenas, que pusieron en el pañuelo del marino, y, acercándose el momento de la pleamar, Harbert y -Pencroff empezaron a descender hacia el río.

Cuando llegaron al recodo, era la una de la tarde. El reflujo había empezado ya y había que aprovecharlo para llevar la leña a la desembocadura. Pencroff no tenía intención de dejar­lo ir por la corriente sin dirección, ni embarcarse para dirigirlo. Pero un marino siempre vence los obstáculos cuando se trata de cables o de cuerdas, y Pencroff trenzó rápidamente una cuerda larga con bejucos secos. Ataron aquel cable vegetal al extremo de la balsa y, teniendo el marino una punta en la mano, Harbert empujaba la carga con la larga percha, mantenién­dola en la corriente.

El procedimiento dio el resultado apetecido. La enorme carga de madera, que el marino detenía marchando por la orilla, siguió la corriente del agua.

La orilla era muy suave, por lo que era difícil encallar. Antes de dos horas, llegó la embarcación a unos pasos de las Chimeneas.

 

 

5. Una cerilla les abre nuevas ilusiones

 

El primer cuidado de Pencroff, después que la pila de leña estuvo descargada, fue hacer las Chimeneas habitables, obstruyendo los corredores a través de los cuales se establecía la corriente de aire. Arenas, piedras, ramas entrelazadas y barro cerraron herméticamente las galerías de &, abiertas a los vientos del sur, aislando el anillo superior. Un solo agujero estrecho y sinuoso, que se abría en la parte lateral, fue dejado abierto, para conducir el humo fuera y que tuviese tiro la lumbre. Las Chimeneas quedaron divididas en tres o cuatro cuartos, si puede darse este nombre a cuevas sombrías, con las que una fiera apenas se habría contentado.

Pero allí no había humedad y un hombre podía mantenerse en pie, al menos en el cuarto del centro. Una arena fina cubría el suelo y podía servir perfectamente aquel asilo mientras se encontraba otro mejor.

Durante la tarea, Harbert y Pencroff hablaban:

-Quizá -decía el muchacho-nuestros compañeros habrían encontrado mejor instala­ción que la nuestra.

-¡Es posible -contestó el marino-, pero, en la duda, no te abstengas! ¡Más vale una cuerda más en tu arco que no tener ninguna!

-¡Ah! -prosiguió Harbert-, si traen a Smith, si lo encuentran, no me importa lo demás, y debemos dar gracias al cielo.

-¡Sí! -murmuraba Pencroff-. ¡Era todo un hombre!

-Era... -dijo Harbert-. ¿Es que desesperas de volverlo a ver?

-¡Dios me guarde de ello! -contestó el marino.

-Ahora -dijo-pueden volver nuestros amigos. Encontrarán un lugar confortable.

Faltaba establecer la cocina y preparar la cena; tarea sencilla y fácil. Al extremo del corredor de la izquierda, junto al estrecho orificio que se había dejado para chimenea, pusieron grandes piedras planas. El calor que no escapase con el humo sería suficiente para mantener dentro una temperatura conveniente. La provisión de leña fue almacenada en uno de los departamentos y el marino puso sobre las piedras de la hoguera algunos leños mezcla­dos con ramas secas.

El marino se ocupaba de este trabajo, cuando Harbert le preguntó si tenía cerillas. -Ciertamente -contestó Pencroff-, y añadiré felizmente, porque sin cerillas o sin yesca nos hubiéramos visto muy apurados.

-¡Bah! Haríamos fuego como los salvajes -contestó Harbert-, frotando dos pedazos de leña seca el uno contra el otro.

-Bueno, haz la prueba, y veremos si consigues otra cosa que romperte los brazos.

-No obstante, es un procedimiento muy sencillo y muy usado en las islas del Pacífico.

-No digo que no -contestó Pencroff-, pero los salvajes conocen la manera de usarlo y emplean madera especial, porque más de una vez he querido procurarme fuego de esa suerte y no lo he conseguido nunca. Confieso que prefiero las cerillas. ¿Dónde están mis cerillas?

Pencroff buscó en su chaleco la caja de cerillas, que no abandonaba nunca, ya que era un fumador rabioso. No la encontró. Buscó en los bolsillos del pantalón y tampoco halló nada, con lo cual llegó al colmo su estupor.

-¡Buena la hemos hecho! -dijo mirando a Harbert-. Se habrá caído de mi bolsillo y la he perdido. Tú, Harbert, ¿no tienes nada, ni eslabón, ni nada que pueda hacer fuego? -¡No, Pencroff!

El marino salió seguido del joven, rascándose la frente.

En la arena, en las rocas, cerca de la orilla del río, por todas partes buscaron con el mayor cuidado, pero inútilmente. La caja era de cobre y no hubiera podido escapar a sus miradas.

-Pencroff -preguntó Harbert-, ¿no has tirado la caja desde la barquilla?

-Ya me guardé bien -contestó el marino-; pero, cuando ha sido uno sacudido como nosotros por los aires, un objeto tan pequeño puede haber desaparecido. ¡Mi pipa! ¡Tam­bién me ha abandonado! ¡Diablo de caja! ¿Dónde puede estar?

-El mar se retira -dijo Harbert-; corramos al sitio donde tomamos tierra.

Era poco probable que se encontrase la caja, que las olas habían debido arrastrar por los guijarros durante la alta marea; sin embargo, nada se perdía con buscarla. Harbert y Pencroff se dirigieron rápidamente hacia el lugar donde habían tomado tierra el día anterior, a doscientos pasos más o menos de las Chimeneas.

Allí, entre los guijarros y entre los huecos de las rocas, registraron minuciosamente, pero en vano. Si la caja hubiera caído en aquella parte, habría sido arrastrada por las olas. A medida que el mar se retiraba, el marino registraba todos los intersticios de las rocas, sin encontrar nada. Era una pérdida grave en aquellas circunstancias, y por el momento, irrepa­rable.

Pencroff no ocultó su vivo descontento. Su frente se había arrugado gravemente y no pronunciaba ni una palabra. Harbert quería consolarle haciéndole observar que probable­mente las cerillas estarían mojadas por el agua del mar y que no valdrían.

-No -contestó el marino-. Están dentro de una caja de cobre que cierra muy bien. ¿Y, ahora, cómo nos las arreglaremos?

Ya encontraremos algún medio de procurarnos fuego -dijo Harbert-. Smith y Spilett no serán tan tontos como nosotros.

-Sí -respondió Pencroff-, pero mientras estamos sin fuego, y nuestros compañeros no encontrarán más que una triste cena a su vuelta.

-Pero -dijo vivamente Harbert-¡es imposible que no traigan cerillas o yesca!

-Lo dudo -respondió el marino sacudiendo la cabeza-. En primer lugar, Nab y Smith no fuman, y temo que Spilett haya preferido conservar su carnet y su lápiz en vez de la caja de cerillas.

Harbert no contestó. La pérdida de la caja era evidentemente un hecho sensible; sin embargo, el joven contaba con poder procurarse fuego de una manera u otra. Pencroff, hombre más experimentado, a quien no le asustaban las dificultades grandes y pequeñas, no era del mismo parecer; pero, de todos modos, no había más que un partido: esperar la vuelta de Nab y del periodista, renunciando a la cena de huevos, que quería prepararles. El régimen de carne cruda no le parecía, ni para ellos ni para él mismo, una perspectiva agradable.

Antes de volver a las Chimeneas, el marino y Harbert, previniendo el caso de que el fuego les faltara definitivamente, hicieron una nueva recogida de litodomos y volvieron silenciosamente a su morada. Pencroff, con los ojos fijos en el suelo, seguía buscando su caja. Remontó la orilla izquierda del río desde su desembocadura hasta el ángulo en que la almadía estaba amarrada; volvió a la meseta superior, la recorrió en todos los sentidos, y registró las altas hierbas y la orilla del bosque; pero en vano.

Eran las cinco de la tarde cuando Harbert y el marino entraron en las Chimeneas. Es inútil decir que registraron todos los corredores hasta los más oscuros rincones, y que tuvieron que renunciar decididamente a sus pesquisas.

Hacia las seis, en el momento en que el sol desaparecía detrás de las altas tierras del oeste, Harbert, que iba y venía por la playa, anunció la vuelta de Nab y de Gedeón Spilett.

¡Volvían solos! ... Al joven se le encogió el corazón; el marino no se había equivocado en sus presentimientos. ¡No habían encontrado al ingeniero Ciro Smith!

El corresponsal, al llegar, se dejó caer sobre una roca sin decir palabra. Rendido de cansancio y muerto de hambre, no tenía fuerzas para hablar.

En cuanto a Nab, sus ojos enrojecidos probaban cuánto había llorado, y las nuevas lágrimas que no podía retener decían demasiado claramente que había perdido toda espe­ranza.

El reportero hizo relación de las pesquisas que habían practicado para encontrar a Ciro Smith. Nab y él habían recorrido la costa en un espacio de más de ocho millas, y, por consiguiente, mucho más allá de donde se había efectuado la penúltima caída del globo, caída a la que siguió la desaparición del ingeniero y del perro Top. La playa estaba desierta. Ningún rastro, ningún vestigio. Ni un guijarro fuera de su sitio, ni un indicio sobre la arena, ni una señal de pie humano en toda aquella parte del litoral. Era evidente que ningún habitante frecuentaba aquella parte de la costa. El mar estaba también desierto como la orilla, y, sin embargo, era allí, a algunos centenares de pies de la costa, donde el ingeniero había encontrado su tumba.

En aquel momento, Nab se levantó y con una voz que denotaba los sentimientos de esperanza que quedaban en él exclamó:

-¡No!, ¡no!, ¡no está muerto! ¡No!, ¡no puede ser! ¡El, morir! Yo o cualquier otro hubiera sido posible, ¡pero él, jamás! ¡Es un hombre que sabe librarse de todo!

Después las fuerzas le abandonaron.

-¡Ah!, ¡no puedo más! -murmuró.

Harbert corrió hacia él.

-Nab -dijo el joven-, ¡lo encontraremos! ¡Dios nos lo devolverá! ¡Pero, entretanto, necesita reponerse! ¡Coma, coma un poco, se lo ruego!

Y, al decir esto, le ofrecía al pobre negro unos puñados de mariscos, triste e insuficiente alimento.

Nab no había comido desde hacía muchas horas, pero rehusó. Privado de su dueño, Nab ¡no quería ni podía vivir!

En cuanto a Gedeón Spilett, devoró los moluscos y después se tendió sobre la arena, al pie de una roca. Estaba extenuado, pero tranquilo.

Entonces Harbert se aproximó a él y, tomándole la mano, le dijo:

-Señor, hemos descubierto un abrigo en donde estará mejor que aquí. La noche se acerca; venga a descansar; mañana veremos...

El corresponsal se levantó y, guiado por el joven, se dirigió a las Chimeneas.

En aquel momento Pencroff se acercó a él y con el tono más natural del mundo le preguntó si por casualidad le quedaba alguna cerilla.

Gedeón Spilett se detuvo, registró sus bolsillos, no encontró nada y dijo: -Tenía, pero he debido tirarlas...

El marino llamó entonces a Nab, le hizo la misma pregunta y recibió la misma respuesta.

-¡Maldición! -exclamó el marino, sin contenerse.

El reportero lo oyó y, acercándose a él, le preguntó:

-¿No tiene una cerilla?

-Ni una, y por consiguiente no hay fuego.

-¡Ah! -exclamó Nab-, si estuviera mi amo, él sabría hacerlo.

Los cuatro náufragos quedaron inmóviles y se miraron no sin inquietud. Harbert fue el primero en romper el silencio diciendo:

-Señor Spilett, usted es fumador y siempre ha llevado cerillas. Quizá no ha buscado bien... Busque aún; una nos bastaría.

El periodista volvió a registrar los bolsillos del pantalón, del chaleco, del gabán, y al fin, con gran júbilo de Pencroff y no menos sorpresa suya, sintió un pedacito de madera en el forro del chaleco. Sus dedos lo habían sentido a través de la tela, pero no podían sacarlo. Como debía ser una cerilla y no había más, había que evitar se encendiese prematuramente.

-¿Quiere usted que yo la saque? -dijo el joven Harbert.

Y muy diestramente, sin romperlo, logró extraer aquel pedacito de madera, aquel mise­rable y precioso objeto, que para aquellas pobres gentes tenía tan grande importancia. Estaba intacto.

-¡Una cerilla! -exclamó Pencroff-. ¡Ah! Es como si tuviéramos un cargamento entero.

Lo tomó y, seguido de sus compañeros, regresó a las Chimeneas.

Aquel pedacito de madera que en los países habitados se prodiga con tanta indiferencia, y cuyo valor es nulo, exigía en las circunstancias en que se hallaban los náufragos una gran precaución. El marino se aseguró de que estaba bien seco. Después dijo: -Necesitaría un papel.

-Tenga usted -respondió Gedeón Spilett, que, después de vacilar, arrancó una hoja de su cuaderno.

Pencroff tomó el pedazo de papel que le tendía el periodista y se puso de rodillas delante de la lumbre. Tomó un puñado de hierbas y hojas secas y las puso bajo los leños y las astillas, de manera que el aire pudiera circular libremente e inflamar con rapidez la leña seca.

Dobló el papel en forma de corneta, como hacen los fumadores de pipa cuando sopla mucho el viento, y lo introdujo entre la leña. Tomó un guijarro áspero, lo limpió con cuidado y con latido de corazón frotó la cerilla conteniendo la respiración.

El primer frotamiento no produjo ningún efecto; Pencroff no había apoyado la mano bastante, temiendo arrancar la cabeza de la cerilla.

-No, no podré -dijo-; me tiembla la mano... La cerilla no se enciende... ¡No puedo..., no quiero!

Y, levantándose, encargó a Harbert que lo reemplazara.

El joven no había estado en su vida tan impresionado. El corazón le latía con fuerza. Prometeo, cuando iba a robar el fuego del cielo, no debía de estar tan nervioso. No vaciló, sin embargo, y frotó rápidamente en la piedra. Oyóse un pequeño chasquido y salió una ligera llama azul, produciendo un humo acre. Harbert volvió suavemente el palito de madera, para que se pudiera alimentar la llama, y después aplicó la corneta de papel; éste se encendió y en pocos segundos ardieron las hojas y la leña seca.

Algunos instantes después crepitaba el fuego, y una alegre llama, activada por el vigoroso soplo del marino, se abría en la oscuridad.

-¡Por fin! -exclamó Pencroff, levantándose-, ¡en mi vida me he visto tan apurado!

El fuego ardía en la lumbre formada de piedras planas; el humo se escapaba por el estrecho conducto; la chimenea tiraba, y no tardó en esparcirse dentro un agradable calor.

Mas había que impedir apagar el fuego y conservar siempre alguna brasa debajo de la ceniza. Pero esto no era más que una tarea de cuidado y atención, puesto que la madera no faltaba y la provisión podría ser siempre renovada en tiempo oportuno.

Pencroff pensó primeramente en utilizar la lumbre para preparar una cena más alimen­ticia que los litodomos. Harbert trajo dos docenas de huevos. El corresponsal, recostado en un rincón, miraba aquellos preparativos sin decir palabra. Tres pensamientos agitaban su espíritu. ¿Estaba vivo Ciro Smith? Si vivía, ¿dónde se hallaba? Si había sobrevivido a la caída, ¿cómo explicar que no hubiese encontrado medio de dar a conocer su presencia? En cuanto a Nab, vagaba por la playa como un cuerpo sin alma.

Pencroff, que conocía cincuenta y dos maneras de arreglar los huevos, no sabía cuál escoger en aquel momento. Se tuvo que contentar con introducirlos en las cenizas calientes y dejarlos endurecer a fuego lento.

En algunos minutos se verificó la cocción y el marino invitó al corresponsal a tomar parte de la cena. Así fue la primera comida de los náufragos en aquella costa desconocida. Los huevos endurecidos estaban excelentes, y como el huevo contiene todos los elementos indispensables para el alimento del hombre, aquellas pobres gentes se encontraron muy bien y se sintieron confortados.

¡Ah!, ¡si no hubiera faltado uno de ellos a aquella cena! ¡Si los cinco prisioneros escapados de Richmond hubieran estado allí, bajo aquellas rocas amontonadas, delante de aquel fuego crepitante y claro, sobre aquella arena seca, quizá no hubieran tenido más que hacer que dar gracias al cielo! ¡Pero el más ingenioso, el más sabio, el jefe, Ciro Smith, faltaba y su cuerpo no había podido obtener una sepultura! Así pasó el día 25 de marzo. La noche había extendido su velo. Se oía silbar el viento y la resaca monótona batir la costa. Los guijarros, empujados y revueltos por las olas, rodaban con un ruido ensordecedor.

El corresponsal se había retirado al fondo de un oscuro corredor, después de haber resumido y anotado los incidentes de aquel día: la primera aparición de aquella tierra, la desaparición del ingeniero, la exploración de la costa, el incidente de las cerillas, etc., y, ayudado por su cansancio, logró encontrar un reposo en el sueño.

Harbert se durmió pronto. En cuanto al marino, velando con un ojo, pasó la noche junto a la lumbre, a la que no faltó combustible. Uno solo de los náufragos no reposaba en las Chimeneas; era el inconsolable, el desesperado Nab, que, toda la noche y a pesar de las exhortaciones de sus compañeros que le invitaban a descansar, erró por la playa llamando a su amo.

 

6. Salieron de caza y a explorar la isla

 

El inventario de los objetos que poseían aquellos náufragos del aire arrojados sobre una costa que parecía inhabitada quedó muy pronto hecho.

No tenían más que los vestidos puestos en el momento de la catástrofe. Sin embargo, es preciso mencionar un cuaderno y un reloj, que Gedeón Spilett había conservado por des­cuido, pero no tenían ni un arma, ni un instrumento, ni siquiera una navaja de bolsillo. Los pasajeros de la barquilla lo habían arrojado todo para aligerar el aerostato.

Los héroes imaginarios de Daniel de Foe, o de Wyss, como los Selkirk y los Raynal, náufragos en la isla de Juan Fernández o el archipiélago de Auckland, no se vieron nunca en una desnudez tan absoluta, porque sacaban recursos abundantes de su navío encallado, granos, ganados, útiles, municiones, o bien llegaba a la costa algún resto de naufragio, que les permitía acometer las primeras necesidades de la vida. No se encontraban de un golpe absolutamente desarmados frente a la naturaleza. Pero ellos, ni siquiera un instrumento, ni un utensilio. Nada, tenían necesidad de todo.

Y si Ciro Smith hubiera podido poner su ciencia práctica, su espíritu inventivo al servicio de aquella situación, quizá toda esperanza no se hubiera perdido. Pero no era posible contar con Ciro Smith. Los náufragos no debían esperar nada más que de sí mismos y de la Providencia, que no abandona jamás a los que tienen fe sincera.

Pero, ante todo, ¿debían instalarse en aquella parte de la costa sin buscar ni saber a qué continente pertenecía, si estaba habitada, o si el litoral no era más que la orilla de una isla desierta?

Era una cuestión que había que resolver en el más breve tiempo. De su solución depen­derían las medidas a tomar. Sin embargo, siguiendo el consejo de Pencroff, resolvieron esperar algunos días antes de hacer la exploración. Era preciso preparar víveres y procurarse un alimento más fortificante que el de huevos o moluscos. Los exploradores, expuestos a soportar largas fatigas, sin un aposento para reposar su cabeza, debían, ante todo, rehacer sus fuerzas.

Las Chimeneas ofrecían un retiro provisional suficiente. El fuego estaba encendido y sería fácil conservar las brasas. De momento los mariscos -y los huevos no faltaban en las rocas y en la playa. Ya se encontraría modo para matar algunas de las gaviotas que volaban por centenares en la cresta de las mesetas, a palos o pedradas; quizá los árboles del bosque vecino darían frutos comestibles, y, en fin, el agua dulce no faltaba. Convinieron, pues, en que durante algunos días se quedarían en las Chimeneas, para prepararse a una exploración del litoral o del interior del país.

Aquel proyecto convenía particularmente a Nab.

Obstinado en sus ideas como en sus presentimientos, no tenía prisa en abandonar aquella porción de la costa, teatro de la catástrofe. No creía, no quería creer en la pérdida de Ciro Smith. No, no le parecía posible que semejante hombre hubiera acabado de una manera tan vulgar, llevado por un golpe de mar, ahogado por las olas, a algunos cientos de pasos de una orilla. Mientras las olas no hubieran arrojado el cuerpo del ingeniero a la playa; mientras él, Nab, no hubiera visto con sus ojos y tocado con sus manos el cadáver de su amo, no creería en su muerte. Y aquella idea arraigó en su obstinado corazón. Ilusión quizá, sin embargo, ilusión respetable, que el marino no quería destruir. Para Pencroff no había ya esperanza; el ingeniero había perecido realmente en las olas, pero con Nab no quería discutir. Era como el perro que no quiere abandonar el sitio donde está enterrado su dueño, y su dolor era tal que probablemente no sobreviviría.

Aquella mañana, 26 de marzo, después del alba, Nab se encaminó de nuevo hacia la costa en dirección norte, volviendo al sitio donde el mar, sin duda, había cubierto al infortu­nado Smith.

El almuerzo de ese día se compuso únicamente de huevos de paloma y de litodomos. Harbert había encontrado sal en los huecos de las rocas formada por evaporación, y aquella sustancia mineral vino muy a propósito.

Terminado el almuerzo, Pencroff preguntó al periodista si quería acompañarle al bosque donde Harbert y él iban a intentar cazar; pero, reflexionando después, convinieron en que era necesario que alguien se quedara para alimentar el fuego, y para el caso, muy probable, de que Nab necesitara ayuda. Se quedó el corresponsal en las Chimeneas.

-Vamos de caza, Harbert -dijo el marino-. Encontraremos municiones en nuestro camino y cortaremos nuestro fusil en el bosque.

Pero, en el momento de partir, Harbert observó que, ya que les faltaba la yesca, sería preciso reemplazarla por otra sustancia.

-¿Cuál? -preguntó Pencroff.

-Trapo quemado -contestó el joven-. Esto puede, en caso de necesidad, servir de yesca.

El marino encontró sensato el aviso. No tenía más inconveniente que el de necesitar el sacrificio de un pedazo de pañuelo. Sin embargo, la cosa valía la pena, y el pañuelo de grandes cuadros de Pencroff quedó en breve reducido por una parte al -estado de trapo medio quemado. Aquella materia inflamable fue puesta en la habitación central, en el fondo de una pequeña cavidad de la roca al abrigo de toda corriente y de toda humedad.

Eran las nueve de la mañana; el tiempo se presentaba amenazador y la brisa soplaba del sudoeste. Harbert y Pencroff doblaron el ángulo de las Chimeneas, no sin haber lanzado una mirada hacia el humo que salía de la roca; después subieron por la orilla izquierda del río.

Al llegar al bosque, Pencroff cortó del primer árbol dos sólidas ramas, que transformó en rebenques, y cuyas puntas afiló Harbert sobre una roca. ¡Qué no hubieran dado por tener un cuchillo!

Después, los dos cazadores avanzaron entre las altas hierbas, siguiendo la orilla del río. A partir del recodo que torcía su curso en el sudoeste, el río se estrechaba poco a poco y sus orillas formaban un lecho muy encajonado, cubierto por el doble arco de árboles. Pencroff, para no extraviarse, resolvió seguir el curso de agua que le había de llevar al punto de partida; pero la orilla no dejaba paso sin presentar algunos obstáculos; aquí, árboles cuyas ramas flexibles se doblaban hasta el nivel de la corriente; allí, bejucos o espinos que era preciso cortar a bastonazos. Con frecuencia, Harbert se introducía entre los troncos rotos, con la presteza de un gato, y desaparecía en la espesura. Pero Pencroff le llamaba pronto, rogándole que no se alejara.

Entretanto el marino observaba con atención la disposición y la naturaleza de los lu­gares. Sobre aquella orilla izquierda el suelo era llano y remontaba insensiblemente hacia el interior. Algunas veces se presentaba húmedo y tomaba entonces una apariencia pantanosa. Los cazadores sentían bajo sus pies como una red subyacente de estratos líquidos, que, por algún conducto subterráneo, debían desembocar en el río. Otras veces un arroyuelo corría a través de la espesura, arroyuelo que atravesaban sin gran esfuerzo. La orilla opuesta parecía ser más quebrada, y el valle, cuyo fondo ocupaba el río, se dibujaba en ella más claramente. La colina, cubierta de árboles dispuestos como en anfiteatro, formaba una cortina que interceptaba la mirada. En aquella orilla derecha la marcha hubiera sido difícil, ya que los declives bajaban bruscamente, y los árboles, curvados sobre el agua, no se mantenían sino por la fuerza de sus raíces.

Inútil es añadir que aquel bosque, como la costa ya recorrida, estaba virgen de toda huella humana. Pencroff no observó más que huellas de cuadrúpedos, señales recientes de animales, cuya especie no podía reconocer. Ciertamente, y ésta fue la opinión de Harbert, algunas de estas huellas eran de grandes fieras, con las cuales habría que contar; pero en ninguna parte se veía señal de un hacha sobre un tronco de árbol, ni los restos de un fuego extinguido, ni la marca de un pico; de lo cual debía felicitarse quizá, porque en aquella tierra, en pleno Pacífico, la presencia del hombre hubiera sido quizá más de temer que de desear.

Harbert y Pencroff apenas hablaban, porque las dificultades del camino eran grandes y avanzaban lentamente, así que al cabo de una hora de marcha habían recorrido apenas una milla. Hasta entonces la caza no había dado resultado. Sin embargo, algunos pájaros can­taban y revoloteaban entre las ramas y se mostraban muy asustadizos, como si el hombre les hubiera inspirado un justo temor. Entre otros volátiles, Harbert señaló, en una parte pan­tanosa del bosque, un pájaro de pico agudo y largo, que se parecía anatómicamente a un martín pescador; sin embargo, se distinguía de este último por su largo plumaje bastante áspero, revestido de un brillo metálico.

-Debe ser un jacamara -dijo Harbert, tratando de acercarse al animal hasta ponerla al alcance del palo.

-¡Buena ocasión de probar el jacamara -contestó el marino-, si ese pájaro se dejara asar!

En aquel momento, una piedra, diestra y vigorosamente lanzada por el joven, hirió al pájaro en el nacimiento del ala; pero el golpe no fue suficiente, pues el jacamara huyó con toda la ligereza de sus patas y desapareció.

-¡Qué torpe soy! -exclamó Harbert.

-¡No, no, muchacho! -contestó el marino-. El golpe ha sido bien dirigido y más de uno hubiera errado al pájaro. ¡Vamos, no te desanimes! ¡Ya lo cazaremos otro día!

La exploración continuó. A medida que los cazadores avanzaban, los árboles, más espa­ciados, eran magníficos, pero ninguno producía frutos comestibles. Pencroff buscaba en vano algunas palmeras que se prestan a tantos usos en la vida doméstica, y cuya presencia ha sido señalada hasta el paralelo cuarenta en el hemisferio boreal y hasta en el treinta y cinco solamente en el hemisferio austral. Pero el bosque no se componía más que de coníferas como los deodaras, las duglasias, semejantes a las que crecen en la costa nordeste de América, y abetos admirables, que medían ciento cincuenta pies de altura.

En aquel momento, una bandada de aves pequeñas, de un hermoso plumaje y cola larga y cambiante, salió entre las ramas, sembrando sus plumas, débilmente adheridas, que cubrie­ron el suelo de fino vellón. Harbert recogió algunas plumas y después de haberlas examinado dijo:

-Son curucús.

-Yo preferiría una gallina de Guinea o un pato -añadió Pencroff-; pero, en fin, ¿son buenos para comer?

-Son buenos y su carne es muy delicada -contestó Harbert-. Por otra parte, si no me equivoco, es fácil acercarse a ellos y matarlos a bastonazos.

El marino y el joven, deslizándose entre las hierbas, llegaron al pie de un árbol cuyas ramas más bajas estaban cubiertas de pajaritos. Los curucús esperaban el paso de los insectos de que se alimentaban. Se veían sus patas emplumadas agarradas fuertemente a las ramitas que les servían de apoyo.

Los cazadores se enderezaron entonces y, maniobrando con sus palos como una hoz, rasaron filas enteras de curucús, que, no pensando en volar, se dejaron abatir estúpidamente. Un centenar yacía en el suelo, cuando los otros huyeron.

-Bien -dijo Pencroff-, he aquí una caza hecha a propósito para cazadores como nosotros. ¡Se podrían coger con la mano!

El marino ensartó los curucús, como cogujadas, en una varita flexible, y continuaron la exploración. Observaron entonces que el curso del agua se redondeaba ligeramente, como formando un corchete hacia el sur, pero aquel redondeo no se prolongaba verdaderamente, porque el río debía tomar su origen en la montaña y alimentarse del derretimiento de las nieves que tapizaban las laderas del cono central.

El objeto particular de aquella excursión era, como ya se sabe, procurar a los huéspedes de las Chimeneas la mayor cantidad posible de caza. No se podía decir que se hubiera conseguido; por eso el marino proseguía activamente sus pesquisas y maldecía, cuando algún animal, que no había tiempo siquiera de reconocer, huía entre las altas hierbas. ¡Si al menos hubiera tenido al perro Top! ¡Pero el perro Top había desaparecido al mismo tiempo que su amo y probablemente perecido con él!

Hacia las tres de la tarde entrevieron nuevas bandadas de pájaros a través de ciertos árboles, cuyas bayas aromáticas picoteaban, entre otras, las del enebro. De pronto, un verdadero trompeteo resonó en el bosque. Aquellos extraños y sonoros sonidos eran produ­cidos por esas gallináceas llamadas tetraos. En breve se vieron algunas parejas de plumaje variado entre leonado y pardo y con la cola parda. Harbert reconoció los machos en las alas puntiagudas, formadas por las plumas levantadas de su cuello. Pencroff juzgó indispensable apoderarse de una; eran tan grandes como una gallina, y cuya carne equivale a la de estas aves; pero era difícil, porque no les dejaban acercar. Después de varias tentativas infructuo­sas, que no tuvieron otro resultado que asustar a los tetraos, el marino dijo al joven:

-Ya que no se les puede matar al vuelo, será preciso probar pescando con caña.

-¿Como una carpa? -exclamó Harbert, sorprendido de la proposición.

-Como una carpa -contestó gravemente el marino.

Pencroff había encontrado en las hierbas media docena de nidos de tetraos, y en cada uno, dos o tres huevos. Tuvo buen cuidado de no tocar aquellos nidos a los cuales sus propietarios no tardarían en volver. Alrededor de ellos imaginó tender sus varas, no con lazo, sino con anzuelo. Llevó a Harbert a alguna distancia de los nidos y allí prepararon sus aparatos singulares con el cuidado que hubiera tenido un discípulo de Isaac Walton.[1] Harbert seguía aquel trabajo con un interés fácil de comprender, dudando de su resultado. Hicieron las cañas de bejucos atados unos con otros, y de quince a veinte pies de longitud. Pencroff ató a los extremos de estas cañas, a guisa de anzuelo, gruesas y muy fuertes espinas, de punta encorvada, que le proporcionaron unas acacias enanas; y le sirvieron de cebo unos gruesos gusanos rojos que encontró en el suelo.

Hecho esto, Pencroff, pasando entre las hierbas y procurando ocultarse, colocó el extre­mo de sus varitas armadas de anzuelos cerca de los nidos de tetraos, y asiendo el otro extremo se puso en acecho con Harbert detrás de un árbol corpulento. Ambos esperaron pacientemente, pero Harbert no contaba con el éxito del invento de Pencroff.

Una media hora larga transcurrió, y, como había previsto el marino, volvieron a sus nidos varias parejas de tetraos. Saltaban picoteando el suelo y no presintiendo de ningún modo la presencia de cazadores, que, por otra parte, habían tenido buen cuidado de ponerse a sotavento de las gallináceas.

El joven se sintió en aquel momento vivamente interesado. Retuvo el aliento, y Pen­croff, con los ojos desencajados, la boca muy abierta y los labios avanzados como si fuera a comer un pedazo de tetrao, apenas respiraba.

Entretanto, las gallináceas se paseaban entre los anzuelos, sin preocuparse de ellos. Pencroff entonces dio pequeñas sacudidas que agitaron los gusanos, como si estuvieran vivos.

Seguramente en aquel momento el marino experimentaba una emoción más fuerte que la del pescador de caña, que no ve venir su presa a través de las aguas.

Las sacudidas llamaron pronto la atención de las gallináceas, que mordieron los an­zuelos.

Tres tetraos, muy voraces, sin duda, tragaron a la vez el cebo y el anzuelo. De pronto, Pencroff dio un tirón seco a su aparato, y el aleteo de las aves le indicó que habían sido cazadas.

-¡Hurra! -exclamó precipitándose hacia su caza, de la que se apoderó.

Harbert aplaudió. Era la primera vez que veía cazar pájaros con caña y anzuelo; pero el marino, muy modesto, afirmó que no era la primera vez que lo hacía, y que, por otra parte, no tenía el mérito de la invención.

-En todo caso -añadió-, en la situación en que nos encontramos, debemos esperar otros inventos más importantes.

Los tetraos fueron atados por las patas y Pencroff, contento de no volver con las manos vacías, y viendo que el día empezaba a declinar, juzgó conveniente volver a su morada.

La dirección que habían de seguir estaba indicada por el río; no había más que seguir su curso, y hacia las seis de la tarde, bastante cansados de su excursión, Harbert y Pencroff entraban en las Chimeneas.

 

 

7. No vuelve Nab y tienen que seguir a Top

 

Gedeón Spilett, inmóvil, con los brazos cruzados, estaba en la playa, mirando el mar, cuyo horizonte se confundía al este con una gran nube negra que subía rápidamente hacia el cenit. El viento era fuerte y refrescaba a medida que declinaba el día. Todo el cielo tenía mal aspecto y los primeros síntomas de una borrasca se manifestaban.

Harbert entró en las Chimeneas y Pencroff se dirigió hacia el corresponsal. Este estaba muy absorto y no lo vio llegar.

-Vamos a tener una mala noche, señor Spilett -dijo el marino-. Lluvia y viento suficientes para alegrar a los petreles.

El periodista, volviéndose, vio a Pencroff, y sus primeras palabras fueron las siguientes:

-¿A qué distancia de la costa cree usted que la barquilla recibió el golpe de mar que se ha llevado a nuestro compañero?

El marino, que no esperaba esta pregunta, reflexionó un instante y contestó:

-A dos cables, al máximo.

-Pero ¿qué es un cable? -preguntó Spilett.

-Cerca de ciento veinticuatro brazas o seiscientos pies.

-Por tanto -dijo el periodista-, Ciro Smith habrá desaparecido a mil doscientos pies de la costa.

-Aproximadamente -contestó Pencroff.

-¿Y su perro también?

-También.

-Lo que me admira -añadió el corresponsal-, admitiendo que nuestro compañero haya perecido, es que Top haya encontrado igualmente la muerte, y que ni el cuerpo del perro ni el de su amo hayan sido arrojados a la costa.

-No es extraño, con una mar tan fuerte -contestó el marino-. Por otra parte, quizá las corrientes los hayan llevado más lejos de la playa.

-¿Cree usted que nuestro compañero ha perecido en las olas? -preguntó una vez más el periodista.

-Es mi parecer.

-Pues el mío -dijo Gedeón Spilett-, salvo el respeto que debo a su experiencia, Pencroff, es que el doble hecho de la desaparición de Ciro y de Top, vivos o muertos, tiene algo inexplicable e inverosímil.

-Quisiera pensar como usted, señor Spilett -contestó Pencroff-. Desgraciadamente, mi convicción es firme.

Esto dijo el marino, volviendo hacia las Chimeneas. Un buen fuego crepitaba en la lumbre. Harbert acababa de echar una brazada de leña seca, y la llama proyectaba grandes claridades en las partes oscuras del corredor.

Pencroff se ocupó en preparar la comida. Le pareció conveniente introducir en el menú algún plato fuerte, ya que todos tenían necesidad de reparar sus fuerzas. Las sartas de curucús fueron conservadas para el día siguiente, pero desplumó los tetraos y, puestas en una varita las gallináceas, se asaron al fuego.

A las siete de la tarde Nab no había vuelto todavía. Aquella ausencia prolongada inquie­taba a Pencroff. Creía que le había ocurrido algún accidente en aquella tierra desconocida o que el desgraciado había cometido algún acto de desesperación; pero Harbert deducía de aquella ausencia consecuencias diferentes. Para él, si Nab no volvía, era porque alguna nueva circunstancia le había obligado a prolongar sus pesquisas; y toda novedad en este caso no podía ser más que en dirección de Ciro Smith. ¿Por qué Nab no habría vuelto si una esperanza cualquiera no lo retuviera? Quizá habría encontrado algún indicio, una huella de su paso, un resto de naufragio que le había puesto sobre la pista. Quizá seguía en aquel momento una pista verdadera y tal vez se hallaba al lado de su amo.

Así razonaba el joven y así habló. Sus compañeros le dejaron decir cuanto quiso; sólo el reportero lo aprobó con un gesto; mas, para Pencroff, lo más probable era que Nab había llevado más lejos que el día anterior sus pesquisas por el litoral y no podía estar aún de vuelta.

Entretanto, Harbert, muy agitado por vagos presentimientos, manifestó repetidas veces su intención de ir en busca de Nab; pero Pencroff le hizo comprender que sería inútil, que en aquella oscuridad y aquel tiempo tan malo no podría encontrar las huellas de Nab y que sería mejor esperar su vuelta; si al día siguiente no había aparecido el negro, Pencroff no titubearía en unirse a Harbert para ir a buscarlo.

Gedeón Spilett aprobó la opinión del marino sobre este punto, añadiendo que no debían separarse, y Harbert tuvo que renunciar a su proyecto; pero dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.

El periodista no pudo menos que abrazar al generoso joven.

El mal tiempo se había desencadenado. Una borrasca de sudeste pasaba sobre la costa con violencia. Se oía el reflujo del mar que mugía contra las primeras rocas a lo largo del litoral. La lluvia, pulverizada por el huracán, se levantaba como una niebla líquida, semejante a jirones de vapor que se arrastraban sobre la costa, cuyos guijarros chocaban violentamente, como carretones de piedras que se vacían. La arena, levantada por el viento, se mezclaba con la lluvia y hacía imposible la salida del punto de abrigo; había en el aire tanto polvo mineral como agua. Entre la desembocadura del río y el lienzo de la muralla, giraban con violencia grandes remolinos, y las capas de aire que se escapaban en aquel maelstrom, no encontrando otra salida que el estrecho valle en cuyo fondo corría el río, penetraban en él con irresistible violencia. El humo de la lumbre, rechazado por el estrecho tubo, bajaba frecuentemente llenando corredores y haciéndolos inhabitables.

Por eso, cuando los tetraos estuvieron asados, Pencroff dejó apagar el fuego y no conservó más que algunas brasas entre las cenizas.

A las ocho de la noche aún no había vuelto Nab; pero podía suponerse que aquel terrible tiempo le había impedido volver y que había tenido que buscar refugio en alguna cueva para esperar el fin de la tormenta o por lo menos la vuelta del día.

En cuanto a ir en su busca, tratar de encontrarlo en aquellas condiciones, era imposible.

La caza formó el único plato de la cena. Se comió con ganas aquella carne, que estaba excelente. Pencroff y Harbert, a quienes su excursión les había abierto el apetito, la devo­raron.

Después cada uno se retiró al rincón donde habían descansado la noche precedente. Harbert no tardó en dormirse cerca del marino, que se había tendido a lo largo, próximo a la lumbre.

Fuera, la tempestad, a medida que avanzaba la noche, tomaba proporciones mayores. Era un vendaval comparable al que había llevado a los prisioneros desde Richmond hasta aquella tierra del Pacífico; tempestades frecuentes durante la época del equinoccio, fecundas en catástrofes, terribles sobre todo en aquel ancho campo, que no ponía ningún obstáculo a su furor. Se comprende, pues, que una costa tan expuesta al este, es decir, directamente a los golpes del huracán y batida de frente, lo fuese con una fuerza de la cual ninguna descripción puede dar idea.

Por suerte, la agrupación de las rocas que formaban las Chimeneas era muy sólida. Eran enormes bloques de granito, de los cuales, sin embargo, unos, insuficientemente equilibrados, parecían temblar sobre su base. Pencroff sentía que bajo su mano, apoyada en la pared, tenían lugar unos estremecimientos; pero al fin, se decía, y con razón, que no había que temer nada y que aquel refugio improvisado no se hundiría. Sin embargo, oía el ruido de las piedras, arrancadas de la cima de la meseta y arrastradas por los remolinos de viento, que caían sobre la arena. Algunas rodaban sobre la parte superior de las Chimeneas o volaban en trozos cuando eran proyectadas perpendicularmente.

Por dos veces, el marino se levantó llegando al orificio del corredor para observar lo que ocurría fuera; pero aquellos hundimientos poco considerables no constituían ningún peligro y volvía a su sitio delante de la lumbre, cuyas brasas crepitaban bajo las cenizas.

A pesar de los furores del huracán, el ruido de la tempestad, el trueno y la tormenta, Harbert dormía profundamente. El sueño acabó por apoderarse de Pencroff, que en su vida de marino se había habituado a todas aquellas violencias. Solamente Gedeón Spilett había permanecido despierto, se reprochaba no haber acompañado a Nab, pues la esperanza no le había abandonado. Los presentimientos de Harbert no habían cesado de agitarlo, su pensa­miento estaba concentrado en Nab. ¿Por qué no había vuelto el negro? Daba vueltas en su cama de arena, fijando apenas su atención en aquella lucha de los elementos. A veces, sus ojos, fatigados por el cansancio, se cerraban un instante, pero algún rápido pensamiento los abría casi en seguida.

Entretanto la noche avanzaba. Podían ser las dos de la mañana, cuando Pencroff, pro­fundamente dormido entonces, fue sacudido vigorosamente.

-¿Qué pasa? -exclamó, incorporándose completamente despierto con la prontitud de las gentes de mar.

El periodista estaba inclinado sobre él y le decía:

-¡Escuche, Pencroff, escuche!

El marino prestó oídos y no distinguía ningún ruido distinto al de las ráfagas de viento. -Es el viento -dijo.

-No -contestó Gedeón Spilett, escuchando de nuevo-; me parece haber oído...

-¿Qué?

-Los ladridos de un perro.

-¡Un perro! -exclamó Pencroff, que se levantó de un salto.

-Sí, ladridos...

-¡No es posible! -contestó el marino-. Y por otra parte, cómo, con los mugidos de la tempestad...

-Escuche... -insistió el periodista.

Pencroff escuchó más atentamente, y creyó, en efecto, en un instante de calma, oír ladridos lejanos.

-¡Y bien! -dijo Spilett, oprimiendo la mano del marino.

-¡Sí, sí! -contestó Pencroff.

-¡Es Top! ¡Es Top! -exclamó Harbert, que se acababa de levantar, y los tres se lanzaron hacia el orificio de las Chimeneas.

Les costó trabajo salir; el viento los rechazaba; pero, por fin, salieron y no pudieron tenerse en pie sino asiéndose a las rocas. Se miraban sin poder hablar.

La oscuridad era absoluta; el mar, el cielo y la tierra se confundían en una igual intensidad de tinieblas. Parecía que no había un átomo de luz difundida en la atmósfera.

Durante algunos minutos el corresponsal y sus compañeros permanecieron así, como aplastados por la ráfaga, mojados por la lluvia, cegados por la arena. Después, oyeron una vez los ladridos en una calma de la tormenta y reconocieron que debían estar aún bastante lejos.

No podía ser más que Top el que ladraba así, pero ¿estaba solo o acompañado? Lo más probable era que estuviese solo, porque, admitiendo que Nab se hallara con él, se habría dirigido a las Chimeneas.

El marino oprimió la mano del periodista, del cual no podía hacerse oír, indicándole de aquel modo que esperase, y entró en el corredor.

Un instante después volvía a salir con una tea encendida y, agitándola en las tinieblas, lanzaba agudos silbidos.

A esta señal, que parecía esperada, los ladridos respondieron más cercanos y pronto un perro se precipitó en el corredor. Pencroff, Harbert y Gedeón Spilett entraron detrás de él. Echaron una brazada de leña seca sobre los carbones y el corredor se iluminó con una viva llama.

-¡Es Top! -exclamó Harbert.

En efecto, era Top, un magnífico perro anglonormando, que tenía de las dos razas cruzadas la ligereza de piernas y la finura del olfato, las dos cualidades por excelencia del perro de muestra. Era el perro del ingeniero Ciro Smith.

¡Pero estaba solo! ¡Ni su amo ni Nab lo acompañaban!

Pero ¿cómo lo había podido conducir su instinto hasta las Chimeneas, que no conocía aún? ¡Esto parecía inexplicable, sobre todo en medio de aquella negra noche y de tal tempestad! Pero aún había otro detalle más inexplicable: Top no estaba cansado, ni exte­nuado, ni sucio de barro o arena...

Harbert lo había atraído hacia sí y le acariciaba la cabeza con sus manos. El perro le dejaba y frotaba su cuello sobre las manos del joven.

-¡Si ha aparecido el perro, el amo aparecerá también! -dijo el periodista.

-¡Dios lo quiera! -contestó Harbert-. ¡Partamos! ¡Top nos guiará!

Pencroff no hizo ninguna objeción, comprendiendo que la llegada de Top desmentía sus conjeturas.

-¡En marcha! -dijo.

Pencroff recubrió con cuidado el carbón del hogar, puso unos trozos de madera bajo las cenizas, de manera que, cuando volvieran, encontraran fuego, y, precedido del perro, que parecía invitarlo con sus ladridos, y seguido del corresponsal y del joven, se lanzó fuera, después de haber tomado los restos de la cena.

La tempestad estaba entonces en toda su violencia y quizá en su máximum de inten­sidad. La luna nueva entonces, por consiguiente, en conjunción con el sol, no dejaba filtrar la menor luz a través de las nubes. Seguir un camino rectilíneo era difícil; lo mejor era dejarse llevar del instinto de Top; así lo hicieron. El reportero y el muchacho iban detrás del perro, y el marino cerraba la marcha. No hubiera sido posible cambiar unas palabras. La lluvia no era muy abundante, porque se pulverizaba al soplo del huracán, pero el huracán era terrible.

Sin embargo, una circunstancia favorecía felizmente al marino y a sus dos compañeros: el viento venía del sudeste y, por consiguiente, les daba de espalda. La arena, que se levan­taba con violencia, y que no hubiera podido soportarse, la recibían por detrás, y no vol­viendo la cara podían marchar sin que les incomodase. A veces caminaban más de prisa de lo que hubieran querido, para no caer; pero una inmensa esperanza redoblaba sus fuerzas; esta vez no corrían por la costa a la aventura. No dudaban de que Nab había encontrado a su amo y que había enviado a su fiel perro a buscarlos. Pero ¿estaba vivo el ingeniero, o Nab enviaba por sus compañeros para tributar los últimos deberes al cadáver del infortunado Smith?

Después de haber pasado el muro y la tierra alta de que se habían apartado prudente­mente, Harbert, el periodista, y Pencroff se detuvieron para tomar aliento. El recodo de las rocas los abrigaba contra el viento, y respiraron más tranquilos después de aquella marcha de un cuarto de hora, que había sido más bien una carrera.

En aquel momento podían oírse, responderse y, habiendo el joven pronunciado el nombre de Ciro Smith, Top renovó sus ladridos, como si hubiera querido decir que su amo estaba salvado.

-Salvado, ¿verdad? -repetía Harbert-. ¿Salvado, Top?

Y el perro ladraba para contestar.

Emprendieron de nuevo la marcha: eran cerca de las dos y media de la madrugada; la marea empezaba a subir e, impulsada por el viento, amenazaba ser muy fuerte. Las grandes olas chocaban contra los escollos y los acometían con tal violencia, que probablemente debían pasar por encima del islote, absolutamente invisible entonces. Aquel largo dique no cubría la costa, que estaba directamente expuesta a los embates del mar.

Cuando el marino y sus compañeros se separaron del muro, el viento los azotó de nuevo con extremado furor.

Encorvados, dando la espalda a las ráfagas, marchaban de prisa, siguiendo a Top, que no vacilaba en la dirección que debía tomar. Subían hacia el norte, teniendo a su derecha una interminable cresta de olas, que se rompían con atronador ruido, y a su izquierda una oscura comarca de la cual era imposible distinguir su aspecto; pero comprendían que debía ser relativamente llana, porque el huracán pasaba por encima de sus cabezas sin rebotar sobre ellos, efecto que se producía cuando golpeaba en la muralla de granito.

A las cuatro de la mañana podía calcularse que habían recorrido una distancia de cinco millas. Las nubes se habían elevado ligeramente y no lamían ya el suelo. Las ráfagas, menos húmedas, se propagaban en corrientes de aire muy vivas, más secas y más frías. Insuficiente­mente protegidos por sus vestidos, Pencroff, Harbert y Gedeón Spilett debían sufrir cruel­mente, pero ni una queja se escapó de sus labios. Estaban decididos a seguir a Top hasta donde quisiera conducirles el inteligente animal.

Hacia las cinco, comenzó a despuntar el día. Al principio, en el cenit, donde los vapores eran menos espesos, algunos matices grises ribetearon el extremo de las nubes, y pronto, bajo una banda opaca, una claridad luminosa dibujó netamente el horizonte del mar. La cresta de las olas se tiñó ligeramente de resplandores leonados, y la espuma se hizo más blanca. Al mismo tiempo, en la izquierda, las partes quebradas del litoral comenzaron a tomar un color confuso gris sobre fondo negro.

A las seis de la mañana era ya de día. Las nubes corrían con extrema rapidez en una zona relativamente alta. El marino y los compañeros estaban entonces a seis millas de las Chimeneas, siguiendo una playa muy llana, bordeada a lo largo por una fila de rocas, de las cuales emergían solamente las cimas, porque era la hora de pleamar. A la izquierda, la comarca que se veía cubierta de dunas erizadas de cardos ofrecía el aspecto salvaje de una vasta región arenosa. El litoral estaba poco marcado y no ofrecía otra barrera al océano que una cadena bastante irregular de montículos. Aquí y allí uno o dos árboles agitaban hacia el oeste las ramas tendidas hacia aquella dirección; y detrás, hacia el sudoeste, se redondeaba el lindero del último bosque.

En aquel momento Top dio signos inequívocos de agitación. Corría hacia delante, volvía hasta el marino y parecía incitarlo a ir más de prisa. El perro había abandonado entonces la playa impulsado por su admirable instinto y sin mostrar ninguna vacilación les metió entre las dunas.

Le siguieron. El país parecía estar absolutamente desierto, sin que ningún ser vivo lo animase.

La linde de las dunas, bastante ancha, estaba compuesta de montículos y colinas capri­chosamente distribuidas. Era como una pequeña Suiza de arena, y sólo un instinto prodi­gioso podía encontrar camino en aquel laberinto.

Cinco minutos después de haber abandonado la playa, el periodista y sus compañeros llegaron a una especie de excavación abierta en el recodo formado por una alta duna. Allí, Top se detuvo, dando un ladrido sonoro. Spilett, Harbert y Pencroff penetraron en aquella gruta.

Nab estaba arrodillado, cerca de un cuerpo tendido sobre un lecho de hierbas. Era el cuerpo del ingeniero Ciro Smith.

 

8. ¿Estaba vivo Ciro Smith?

 

Nab no se movía; el marino no le dijo más que una palabra.

-¡Vive! -exclamó.

Nab no respondió. Gedeón Spilett y Pencroff se pusieron pálidos. Harbert juntó las manos y permaneció inmóvil. Pero era evidente que el pobre negro, absorto en su dolor, no había visto a sus compañeros, ni entendido las palabras del marino.

El corresponsal se arrodilló cerca del cuerpo sin movimiento y aplicó el oído al pecho del ingeniero, después de haberle entreabierto la ropa. Un minuto, que pareció un siglo, transcurrió, durante el cual Spilett trató de sorprender algún latido del corazón.

Nab se había incorporado un poco y miraba sin ver. La desesperación no hubiera podido alterar más el rostro de un hombre. Nab estaba desconocido, abrumado por el cansancio, desencajado por el dolor. Creía a su amo muerto.

Gedeón Spilett después de una larga y atenta observación se levantó.

-¡Vive! -dijo.

Pencroff, a su vez, se puso de rodillas cerca de Ciro Smith; su oído percibió también algunos latidos y sus labios una ligera respiración que se escapaba de los del ingeniero.

Harbert, a una palabra que le dijo el corresponsal, se lanzó fuera para buscar agua, y encontró, a cien pasos de allí, un riachuelo límpido evidentemente engrosado por las lluvias de la noche pasada y que se filtraba por la arena. Pero no tenía nada para llevar el agua; ni una concha había en las dunas.

El joven tuvo que contentarse con mojar su pañuelo en el río y volvió corriendo.

Afortunadamente el pañuelo mojado bastó a Gedeón Spilett, que no quería más que humedecer los labios del ingeniero. Las moléculas de agua fresca produjeron un efecto casi inmediato. Un suspiro se escapó del pecho de Ciro Smith y pareció que quería pronunciar algunas palabras.

-¡Le salvaremos! -dijo el periodista.

Nab, que había recobrado la esperanza, al oír estas palabras, desnudó a su amo, a fin de ver si el cuerpo presentaba alguna herida. Ni la cabeza, ni el dorso, ni los miembros tenían contusiones ni desolladuras, cosa sorprendente, porque el cuerpo de Ciro Smith había debido ser arrastrado sobre las rocas; hasta las manos estaban intactas, y era difícil explicarse cómo el ingeniero no presentaba ninguna señal de los esfuerzos que había debido hacer para atravesar la línea de escollos.

Pero la explicación de esta circunstancia vendrá más tarde. Cuando Ciro Smith pudiese hablar, diría lo que había pasado. Por el momento, se trataba de volverle a la vida, y era probable que se consiguiera por medio de fricciones. Se las dieron con la camiseta del marino; y el ingeniero, gracias a aquel rudo masaje, movió ligeramente los brazos y su respiración comenzó a restablecerse de una manera más regular. Se habría muerto sin la llegada del corresponsal y de sus compañeros, no habría habido remedio para Smith.

-¿Creía usted muerto a su amo? -preguntó el marino a Nab.

-¡Sí, muerto! -respondió el negro-. Y si Top no les hubiera encontrado o no hubie­ran venido, habría enterrado aquí a mi amo y habría muerto después a su lado.

¡Qué poco había faltado para que pereciese Ciro Smith!

Nab contó entonces lo que había pasado. El día anterior, después de haber abandonado las Chimeneas, al rayar el alba, había subido la costa en dirección norte, y llegó a la parte del litoral que había visitado ya.

Allí, sin ninguna esperanza, según dijo, Nab había buscado entre las rocas y en la arena los más ligeros indicios que pudieran guiarle; había examinado sobre todo la parte de la arena que la alta mar no había recubierto, ya que en el litoral el flujo y el reflujo debían haber borrado toda huella. No esperaba encontrar a su amo vivo; buscaba únicamente su cadáver para darle sepultura con sus propias manos.

Sus pesquisas habían durado largo tiempo, pero sus esfuerzos fueron infructuosos. No parecía que aquella costa desierta hubiera jamás sido frecuentada por un ser humano. Las conchas a las cuales no podía el mar llegar, y que se encontraban a millones más allá del alcance de las mareas, estaban intactas; no había ni una concha rota. En un espacio de doscientas o trescientas yardas no existía traza de un desembarco antiguo ni reciente.

Nab se decidió, pues, a subir por la costa durante algunas millas, por si las corrientes habían llevado el cuerpo a algún punto más lejano. Cuando un cadáver flota a poca distancia de una playa llana, es raro que las olas no lo recojan tarde o temprano. Nab lo sabía y quería volver a ver a su amo una vez más.

-Recorrí la costa durante dos millas más, visité toda la línea de escollos de la mar baja, toda la arena de la mar alta y desesperaba de encontrar algo, cuando ayer, hacia las cinco de la tarde, me fijé en unas huellas que se marcaban en la arena.

-¿Huellas de pasos? -exclamó Pencroff.

-¡Sí! -contestó Nab.

-¿Y esas huellas empezaban en los escollos mismos? -preguntó el corresponsal.

-No -contestó Nab-, comenzaban en el sitio donde llegaba la marea, porque entre este sitio y los arrecifes las huellas debían haber sido borradas.

-Continúa, Nab -dijo Gedeón Spillet.

Cuando vi estas huellas, me volví loco. Estaban muy marcadas y se dirigían hacia las dunas. Las seguí durante un cuarto de milla, corriendo, pero cuidando no borrarlas. Cinco minutos después, cuando empezaba a anochecer, oí los ladridos de un perro. ¡Era Top, y Top me condujo aquí mismo, cerca de mi amo!

Nab terminó su relato ponderando su dolor al encontrar el cuerpo inanimado. Había tratado de sorprender en él algún resto de vida: ya que lo había encontrado muerto, lo quería vivo. ¡Todos sus esfuerzos había sido inútiles y no le quedaba otro recurso que tributar los últimos deberes al que amaba tanto!

Entonces se acordó de sus compañeros. Estos querrían, sin duda, volver a ver por última vez al infortunado ingeniero. Top estaba allí; ¿podría fiarse de la sagacidad del pobre animal? Nab pronunció muchas veces el nombre del corresponsal, que era, de los compa­ñeros del ingeniero, el más conocido de Top; después le mostró el sur de la costa, y el perro se lanzó en la dirección indicada.

Ya se sabe cómo, guiado por un instinto que casi podría considerarse sobrenatural, porque el animal no había estado nunca en las Chimeneas, Top había llegado.

Los compañeros de Nab habían escuchado el relato con extrema atención. Era para ellos inexplicable que Ciro Smith, después de los esfuerzos que había debido hacer para escapar de las olas, atravesando los arrecifes, no tuviera señal ni del menor rasguño; pero, sobre todo, lo que no acertaban a explicarse era que el ingeniero hubiera podido llegar a más de una milla de la costa, a aquella gruta en medio de las dunas.

-Nab -dijo el corresponsal-, ¿no has sido tú el que ha transportado a tu amo hasta este sitio?

-No, señor, no he sido yo -contestó Nab.

-Es evidente que Smith ha venido solo -dijo Pencroff.

-Es evidente -observó Gedeón Spilett-, ¡pero parece increíble!

No se podría obtener la explicación del hecho más que de boca del ingeniero, y para eso debía recobrar el habla. Felizmente la vida volvía al cuerpo de Ciro Smith. Las fricciones habían restablecido la circulación de la sangre y movió de nuevo los brazos, después la cabeza, y algunas palabras incomprensibles se escaparon de sus labios.

Nab, inclinado sobre él, lo llamaba, pero el ingeniero no parecía oírlo; sus ojos permane­cían cerrados. La vida no se revelaba en él más que por el movimiento; los sentidos no tenían aún parte.

Pencroff sintió mucho no tener fuego a mano ni medio de procurárselo, pues por desgracia había olvidado de llevarse el trapo quemado, que se hubiera inflamado fácilmente al choque de dos guijarros. En cuanto a los bolsillos del ingeniero, estaban absolutamente vacíos, excepción hecha de su chaleco, que contenía el reloj. Era preciso, pues, transportar a Ciro Smith a las Chimeneas lo más pronto posible. Este fue el parecer de todos.

Entretanto, los cuidados prodigados al ingeniero le devolverían el conocimiento antes de lo que podían esperar sus compañeros. El agua con la que humedecían sus labios lo reani­maba poco a poco. Pencroff tuvo la idea de mezclar con aquel agua un poco de sustancia de la carne de tetraos, que se había llevado. Harbert corrió a la playa y volvió con dos grandes moluscos bivalvos, y el marino compuso una especie de mixtura que introdujo en los labios del ingeniero, el cual pareció aspirarla ávidamente.

Entonces sus ojos se abrieron. Nab y el corresponsal estaban inclinados sobre él. -¡Señor! ¡Querido señor! -exclamó Nab.

El ingeniero lo oyó. Reconoció a Nab y Spilett, después a sus otros dos compañeros,

Harbert y el marino, y su mano estrechó ligeramente las de todos.

Se escaparon de sus labios algunas palabras, que sin duda había pronunciado ya, y que indicaban algunos pensamientos que atormentaban su espíritu.

Aquellas palabras, pronunciadas de un modo claro, fueron comprendidas aquella vez. -¿Isla o continente? -murmuró.

-¡Ah! -exclamó Pencroff, no pudiendo contener esta exclamación-. ¡Por todos los diablos! ¡Qué nos importa, mientras viva usted, señor Ciro! ¿Isla o continente? ¡Ya lo veremos después!

El ingeniero hizo una ligera señal afirmativa y pareció dormirse.

Respetaron aquel sueño y el corresponsal dispuso que el ingeniero fuera transportado del mejor modo posible. Nab, Harbert y Pencroff salieron de la gruta y se dirigieron hacia una alta duna coronada de algunos árboles raquíticos. En el camino el marino no podía menos de repetir:

-¡Isla o continente! ¡Pensar en eso, cuando no se tiene más que un soplo de vida! ¡Qué hombre!

Cuando llegaron a la cumbre de la duna, Pencroff y sus dos compañeros, sin más útiles que sus brazos, despojaron de sus principales ramas un árbol bastante endeble, especie de pino marítimo, medio destrozado por el viento; después, con aquellas ramas, hicieron una litera, que una vez cubierta de hojas y hierbas podía servir para transportar al ingeniero.

Fue obra de unos cuarenta y cinco minutos, y eran las diez de la mañana cuando Nab y Harbert volvieron al lado de Ciro Smith, de quien Gedeón Spilett no se había separado.

El ingeniero se despertaba entonces de su sueño, o mejor dicho, del sopor en que le habían dejado. Se colorearon sus mejillas, que hasta entonces habían tenido la palidez de la muerte; se incorporó un poco, miró alrededor suyo y pareció preguntar dónde se hallaba.

-¿Puede usted oírme sin cansarse, Ciro? -dijo el corresponsal.

-Sí -contestó el ingeniero.

-Mi parecer es -intervino el marino-que el señor Smith le escuchará mejor si vuelve a tomar un poco de esta gelatina de tetraos, porque es de tetraos, señor Ciro -añadió, presen­tándole un poco de aquella mixtura, a la cual añadió esta vez algunas partículas de carne.

Ciro Smith las comió, y los restos de los tetraos fueron repartidos entre los tres com­pañeros, a quienes atormentaba el hambre. Encontraron bastante parco el almuerzo.

-Bueno -dijo el marino-, vituallas tenemos en las Chimeneas, porque conviene que usted sepa, señor Ciro, que tenemos allá abajo, hacia el sur, una casa con cuartos, camas y hogar, y en la despensa algunas docenas de aves que nuestro Harbert llama curucús. La litera está arreglada y, cuando se sienta más fuerte, lo transportaremos a nuestra morada.

-Gracias, amigo mío -respondió el ingeniero-; aún esperaremos una hora o dos, y luego partiremos... Y entretanto, hable usted, Spilett.

El corresponsal hizo entonces el relato de lo que había pasado. Refirió los sucesos que debía ignorar Ciro Smith, la última caída del globo, el arribo a aquella tierra desconocida, que parecía desierta, cualquiera que fuese, ya isla o continente, el descubrimiento de las Chimeneas, las pesquisas que habían hecho para encontrar al ingeniero, la adhesión de Nab, y todo lo que se debía a la inteligencia del fiel Top, etc.

-Pero -preguntó Ciro Smith, con una voz aún débil-, ¿no me han recogido ustedes en la playa?

-No -contestó el corresponsal.

-¿Y no son ustedes los que me han traído a esta gruta?

-No.

-¿A qué distancia está esta gruta de los arrecifes?

-Poco más o menos a media milla -contestó Pencroff-, y si está usted admirado, no estamos nosotros menos sorprendidos de verlo aquí.

-En efecto -contestó el ingeniero, que se reanimaba poco a poco y tomaba interés en aquellos detalles-, en efecto; ¡es muy singular!

-Pero -repuso el marino-¿puede usted decimos lo que le ha pasado desde que le llevó el golpe de mar?

Ciro Smith reunió sus recuerdos. Sabía muy poco. El golpe de mar lo había arrancado de la red del aerostato. Primero se hundió, volvió a la superficie y en aquella semioscuridad sintió un ser viviente agitarse cerca de él. Era Top, que se había precipitado trás él. Levantó los ojos y no vio ya el globo, que, libre de su peso y el del perro, había partido como una flecha. Se encontró en medio de las olas irritadas, a una distancia de la costa que no debía ser menor de media milla. Trató de luchar contra las olas nadando con fuerza, mientras Top le sostenía por la ropa, pero una corriente muy fuerte lo arrastró hacia el norte, y después de media hora de esfuerzos inútiles se hundió, arrastrando a Top con él al abismo. Desde aquel momento hasta el que se encontró en brazos de sus amigos no se acordaba de nada.

-Sin embargo -dijo Pencroff-, usted debió ser arrojado a la playa, y debió tener fuerza para caminar hasta aquí, porque Nab ha encontrado huellas de pasos.

-Sí..., sin duda... -contestó el ingeniero reflexionando-. ¿Y ustedes no han visto huellas de seres humanos en esta costa?

-Ni rastro -advirtió el corresponsal-. Por otra parte, si por casualidad alguien le hubie­ra salvado, ¿por qué le habría abandonado después de librarlo del furor de las olas?

-Tiene usted razón, querido Spilett. Dime, Nab -añadió el ingeniero volviéndose hacia su criado-, ¿no habrás sido tú, en un momento de alucinación... durante el cual...? No, no, es absurdo... ¿Existen todavía algunas señales de pasos? -preguntó.

-Sí, señor -contestó Nab-, mire usted, a la entrada, a la vuelta misma de esta duna, en una parte abrigada por el viento y la lluvia. Las otras han sido borradas por la tempestad.

-Pencroff -repuso Ciro Smith-, ¿quiere usted tomar mis zapatos y ver si corresponden con esas huellas?

El marino hizo lo que le pedía el ingeniero. Harbert y él, guiados por Nab, fueron al sitio donde se hallaban las huellas, mientras que Ciro Smith decía al corresponsal:

-¡Han pasado aquí cosas inexplicables!

-Tiene razón -contestó el periodista

-Pero no insistamos en este momento, querido Spilett; ya hablaremos más tarde.

Un instante después el marino, Nab y Harbert volvían a entrar.

No había duda. Los zapatos del ingeniero correspondían exactamente a las huellas conservadas. Así, pues, Ciro Smith las había dejado sobre la arena.

-Entonces -dijo el ingeniero-, he sido yo el que experimentó esta alucinación que atribuía a Nab. Habré marchado como un sonámbulo, sin saber lo que hacía, y ha sido Top el que, guiado por su instinto, me ha conducido aquí después de haberme arrancado de las olas... ¡Ven, Top! ¡Querido perro!

El magnífico animal se adelantó hacia su amo, ladrando y haciéndole caricias que fueron devueltas con efusión.

Se convendrá en que no se podía dar otra explicación a los hechos, cuyo resultado había sido el salvamento de Ciro Smith, el cual era debido enteramente a Top.

Hacia mediodía, Pencroff preguntó a Ciro Smith si se hallaba en estado de que le transportaran, y el ingeniero, por toda respuesta, haciendo un esfuerzo que demostraba más voluntad que energía, se levantó. Pero tuvo que apoyarse en el marino, porque de otro modo hubiera caído.

-¡Bueno! ¡Bueno! --dijo Pencroff-. Acerquen la litera del señor ingeniero.

Llevaron la litera. Las ramas transversales habían sido recubiertas con musgo y hierbas. Se echó en ella Ciro Smith, y se dirigieron hacia la costa, yendo Pencroff en un extremo de la camilla y N,-b en el otro.

Tenían que recorrer ocho millas, pero como no se podía ir de prisa, y había que detenerse a menudo, era preciso contar un lapso de seis horas por lo menos antes de llegar a las Chimeneas.

El viento era cada vez más fuerte, pero no llovía. El ingeniero, tendido y recostado sobre un brazo, observaba la costa, sobre todo en la parte opuesta al mar. No hablaba, pero miraba, y ciertamente los contornos de aquella comarca con las quebraduras de terrenos, sus bos­ques, sus diversas producciones se grabaron en su ánimo. Sin embargo, al cabo de dos horas de camino el cansancio lo venció y se durmió en la litera.

A las cinco y media la pequeña comitiva llegó a la muralla, y poco después, delante de las Chimeneas.

Todos se detuvieron dejando la litera sobre la arena. Ciro Smith dormía profundamente y no se despertó.

Pencroff, con gran sorpresa y disgusto, pudo entonces observar que la terrible tempestad del día anterior había modificado el aspecto de los lugares. Habían tenido lugar sucesos importantes.

Grandes pedazos de roca yacían sobre la arena, y un espeso tapiz de hierbas marinas, fucos y algas cubría toda la playa. Era evidente que el mar, pasando sobre el islote, había llegado hasta el pie de la cortina enorme de granito.

Delante del orificio de las Chimeneas, el suelo, lleno de barrancos, había experimentado un violento asalto de olas.

Pencroff tuvo como un presentimiento que le atravesó el alma. Se precipitó en el corredor.

Pocos instantes después salía y permanecía inmóvil mirando a sus compañeros.

El fuego estaba apagado. Las cenizas no eran más que barro. El trapo quemado, que debía servir de yesca, había desaparecido. El mar había penetrado hasta el fondo de los corredores y todo lo había transformado y destruido dentro de las Chimeneas.

 

9. Fuego y carne

 

En pocas palabras Gedeón Spilett, Harbert y Nab fueron puestos al corriente de la situación.

Aquel incidente, que podía tener consecuencias funestas -por lo menos según el juicio de Pencroff-, produjo efectos diversos en los compañeros del honrado marino.

Nab, entregado por completo al júbilo de haber encontrado a su amo, no escuchó, o mejor dicho no quiso preocuparse de lo que decía Pencroff.

Harbert pareció participar en los temores del marino.

En cuanto al corresponsal, respondió sencillamente a las palabras de Pencroff:

-Le aseguro, amigo mío, que eso me tiene sin cuidado.

-Pero, repito, no tenemos fuego.

-¡Bah!

-Ni ningún modo de encenderlo.

-¡Bueno!

-Sin embargo, señor Spilett...

-¿No está Ciro aquí? -contestó el corresponsal-. ¿No está vivo nuestro ingenie­ro? ¡Ya encontrará medio de procurarnos fuego!

-¿Con qué?

-Con nada.

¿Qué podía replicar Pencroff? No respondió, porque al fin y al cabo participaba de la confianza que sus compañeros tenían en Ciro Smith. El ingeniero era para ellos un micro­cosmo, un compuesto de toda la ciencia e inteligencia humana. Tanto valía encontrarse con Ciro en una isla desierta como sin él en la misma industriosa ciudad de la Unión. Con él no podía faltar nada; con él no había que desesperar. Aunque hubieran dicho a aquellas buenas gentes que una erupción volcánica iba a destruir aquella tierra y hundirlos en los abismos del Pacífico, hubieran respondido imperturbablemente: ¡Ciro está aquí! ¡Ahí está Ciro!

Sin embargo, entretanto el ingeniero estaba aún sumergido en una nueva postración ocasionada por el transporte y no se podía apelar a su ingeniosidad en aquel momento. La cena debía ser necesariamente muy escasa. En efecto, toda la carne de tetraos había sido consumida, y no existía ningún medio de asar nada de caza. Por otra parte, los curucús que servían de reserva habían desaparecido. Era preciso, pues, tomar una determinación.

Ante todo, Ciro Smith fue trasladado al corredor central, donde le arreglaron una cama de algas y fucos casi secos. El profundo sueño que se había apoderado de Ciro podía reparar rápidamente sus fuerzas y mejor que lo hubiera hecho cualquier alimento abundante.

Había llegado la noche y, con ella, la temperatura, modificada por un salto de viento al nordeste, se enfrió bastante. Como el mar había destruido los tabiques construidos por Pencroff en ciertos puntos de los corredores, se establecieron corrientes de aire, que hicieron las Chimeneas inhabitables. El ingeniero se habría encontrado en condiciones bastante malas de no haberse desprendido sus compañeros de sus vestidos para cubrirlo cuidadosamente.

La cena aquella noche se compuso únicamente de litodomos, de los cuales Harbert y Nab hicieron recolección en la playa. Sin embargo, a los moluscos, el joven añadió cierta cantidad de algas comestibles, que recogió en altas rocas, cuyas paredes no mojaba el mar más que en la época de las grandes mareas. Aquellas algas pertenecían a la familia de las fucá­ceas, eran una especie de sargazos, que, secos, producen una materia gelatinosa bastante rica en elementos nutritivos. El corresponsal y sus compañeros, después de haber absorbido una canti­dad considerable de litodomos, chuparon aquellos sargazos y los encontraron muy agradables.

Conviene decir que en las playas asiáticas esta especie de algas entra mucho en la alimentación de los indígenas.

-A pesar de todo -dijo el marino-, ya es hora de que el señor Ciro nos preste su ayuda.

Entretanto, el frío se hizo muy vivo, y, para colmo de desdicha, no tenían ningún medio para combatirlo.

El marino, incómodo, trató por todos los medios posibles de procurarse fuego, y Nab le ayudó en aquella operación. Había encontrado musgos secos y, golpeando dos guijarros, obtuvo algunas chispas; pero el musgo no era bastante inflamable y no tomó, por otra parte, aquellas chispas, que, no siendo más que sílice incandescente, no tenían la consistencia de las que se escapan del acero y el pedernal. La operación, pues, no dio resultado.

Pencroff, aunque no tenía confianza en el procedimiento, trató luego de frotar dos leños secos el uno contra el otro, a la manera de los salvajes. Ciertamente si el movimiento que Nab y él hicieron se hubiera transformado en calor, según las teorías nuevas, habría sido sufi­ciente para hervir una caldera de vapor. El resultado fue nulo. Los pedazos de madera se calentaron, pero mucho menos que los dos hombres.

Después de una hora de trabajo, Pencroff, sudando, arrojó los pedazos de madera con despecho.

-¡Cuando me hagan creer que los salvajes encienden fuego de este modo -dijo-, hará calor en invierno! ¡Antes encenderé mis brazos frotando uno contra el otro!

El marino no tenía razón en negar la eficacia del procedimiento. Es cierto que los salvajes encienden la madera con un frotamiento rápido; pero no toda clase de madera vale para esta operación, y, además, tienen “maña”, según la expresión consagrada, y probable­mente Pencroff no la tenía.

El mal humor del marino no duró mucho. Harbert tomó los dos trozos de leña que Pencroff había arrojado con despecho y se esforzaba en frotarlos con rapidez. El robusto marino no pudo contener una carcajada viendo los esfuerzos del adolescente para obtener lo que él no había podido conseguir.

-¡Frota, hijo mío, frota! -dijo.

-¡Ya froto -contestó Harbert, riendo-, pero no tengo otra pretensión que calentarme en lugar de tiritar, y pronto tendré más calor que tú, Pencroff!

Esto fue lo que sucedió. De todos modos, hubo que renunciar aquella noche a procu­rarse fuego. Gedeón Spilett repitió por vigésima vez que Ciro Smith no se habría visto tan embarazado por tan poca cosa, y entretanto se tendió en uno de los corredores, sobre la cama de arena. Harbert, Nab y Pencroff lo imitaron, mientras que Top dormía a los pies de su amo.

Al día siguiente, 28 de marzo, cuando el ingeniero se despertó hacia las ocho de la mañana, vio a sus compañeros a su lado, que miraban su despertar, y, como la víspera, sus primeras palabras fueron:

-¿Isla o continente?

Como se ve, ésta era su idea fija.

-¡Otra vez! -respondió Pencroff-. No sabemos nada, señor Smith. -¿No saben nada aún?

-Pero lo sabremos -añadió Pencroff-, cuando usted nos haya servido de piloto en este país. -Creo que me encuentro en situación de probarlo -respondió el ingeniero, que sin grandes esfuerzos se levantó y se puso de pie.

-¡Muy bien! -exclamó el marino.

-Lo que me molestaba era el cansancio -respondió Ciro Smith-. Amigos míos, un poco de alimento y me pondré bien del todo. ¿Tienen ustedes fuego?

Aquella pregunta no obtuvo una respuesta inmediata; pero, después de algunos instan­tes, Pencroff dijo:

-¡Ay! ¡No tenemos fuego, o mejor dicho, señor Ciro, no lo volveremos a tener!

El marino hizo el relato de lo que había pasado la víspera, divirtiendo al ingeniero con la historia de una sola cerilla, y con su tentativa abortada para procurarse fuego a la manera de los salvajes.

-Lo tendremos -contestó el ingeniero-; y si no encontramos una sustancia análoga a la yesca...

-¿Qué? -preguntó el marino.

-Que haremos fósforos.

-¿Químicos?

-¡Químicos!

-No es difícil eso -exclamó el reportero, dando un golpecito en el hombre del marino.

Este no encontraba la cosa tan sencilla, pero no protestó. Todos salieron. El tiempo se había despejado; el sol se levantaba en el horizonte del mar y hacía brillar como pajitas de oro las rugosidades prismáticas de la enorme muralla.

El ingeniero, después de haber dirigido en torno suyo una rápida mirada, se sentó en una roca. Harbert le ofreció unos puñados de moluscos y de sargazos, diciendo: -Es todo lo que tenemos, señor Ciro.

-Gracias, hijo mío -respondió Ciro Smith-, esto será suficiente para esta mañana, por lo menos.

Y comió con apetito aquel débil alimento, que acompañó de un poco de agua fresca, cogida del río con una concha grande.

Sus compañeros lo miraban sin hablar. Después de haber satisfecho bien o mal su hambre y su sed, Ciro Smith dijo, cruzando los brazos:

-Amigos míos, ¿de modo que no saben si hemos sido arrojados a un continente o a una isla?

-No, señor Ciro -contestó el joven.

-Lo sabremos mañana -añadió el ingeniero-. Hasta entonces no tenemos nada que hacer.

-¡Sí! -replicó Pencroff.

-¿Qué?

-Fuego -dijo el marino, que también tenía su idea fija.

-Ya lo haremos, Pencroff -dijo Ciro Smith-. Mientras que ustedes me transportaban ayer, me pareció ver hacia el oeste una montaña que domina este país.

-Sí -contestó Gedeón Spilett-, una montaña que debe ser bastante elevada...

-Bien -repuso el ingeniero-. Mañana subiremos a la cima y veremos si esta tierra es una isla o continente. Hasta mañana, repito, no hay nada que hacer.

-¡Sí, fuego! -dijo aún el obstinado marino.

-¡Ya se hará fuego! -replicó Gedeón Spilett-. ¡Un poco de paciencia, Pencroff!

El marino miró a Gedeón Spilett con un aire que parecía decir: “¡Si es usted quien lo ha de hacer, ya tenemos para rato comer asado! “ Pero se calló.

Ciro Smith no había contestado. Parecía preocuparse muy poco por la cuestión del fuego. Durante algunos instantes permaneció absorto en sus reflexiones. Después volvió a tomar la palabra.

-Amigos míos -dijo-, nuestra situación quizá es muy deplorable, pero en todo caso también es muy sencilla. O estamos en un continente, y entonces, a costa de fatigas más o menos grandes, llegaremos a algún punto habitable, o bien estamos en una isla, y en este último caso: si la isla está habitada, tendremos que relacionarnos con sus habitantes; si está desierta, tendremos que vivir por nosotros mismos.

-¡Sí que es sencillita la cosa! -añadió Pencroff.

-Pero sea isla o continente -preguntó Gedeón Spilett-, ¿dónde le parece a usted que hemos sido arrojados?

-A ciencia cierta, no puedo saberlo -contestó el ingeniero-, pero presumo que nos encontramos en tierra del Pacífico. En efecto, cuando partimos de Richmond, el viento soplaba del nordeste, y su violencia prueba que su dirección no ha debido variar. Si esta dirección se ha mantenido de nordeste a sudoeste, hemos atravesado los Estados de Carolina del Norte, de la Carolina del Sur, de Georgia, el golfo de México, México, en su parte estrecha, y después una parte del océano Pacífico. No calculo menos de seis mil o siete mil millas la distancia recorrida por el globo, y por poco que el viento haya variado ha debido llevamos o al archipiélago de Mendana, o a las islas de Tuamotú, o, si tenía más velocidad de la que me parece, hasta la tierra de Nueva Zelanda. Si esta última hipótesis se ha realizado, nuestra repatriación será fácil, pues encontraremos con quienes hablar, ya sean ingleses o maorís. Si, al contrario, esta costa pertenece a alguna isla desierta de un archipiélago micro­nesio, quizá podremos reconocerlo desde lo alto del cono que domina este país, y entonces tendremos que establecernos aquí como si no debiéramos salir nunca.

-¡Nunca! -exclamó el corresponsal-. ¿Dice usted nunca, querido Ciro?

-Más vale ponerse desde luego en lo peor -contestó el ingeniero-; así se reserva uno la sorpresa de lo mejor.

-¡Bien dicho! -replicó Pencroff-. Debemos, sin embargo, esperar que esta isla, si lo es, no se encontrará precisamente situada fuera de la ruta de los barcos. ¡Sería verdadera­mente el colmo de la desgracia!

-No sabremos a qué atenernos sino después de haber subido a la cima de la montaña -añadió el ingeniero.

-Pero mañana, señor Ciro -preguntó Harbert-, ¿podrá soportar usted las fatigas de esta ascensión?

-Así lo espero -contestó el ingeniero-, pero a condición de que Pencroff y tú, hijo mío, os mostréis cazadores inteligentes y diestros.

-Señor Ciro -dijo el marino-, ya que habla usted de caza, si a mi vuelta estuviera tan seguro de poderla asar como estoy tan seguro de traerla...

-Tráigala usted de todos modos, Pencroff -dijo Ciro Smith.

Se convino, pues, que el ingeniero y el corresponsal pasarían el día en las Chimeneas, a fin de examinar el litoral y la meseta superior. Durante este tiempo, Nab, Harbert y el marino volverían al bosque, renovarían la provisión de leña y harían acopio de todo animal de pluma o de pelo que pasara a su alcance.

Partieron, pues, hacia las diez de la mañana: Harbert, confiado; Nab, alegre; Pencroff, murmurando para sí:

-Si a mi vuelta encuentro fuego en casa, es porque el rayo en persona habrá venido a encenderlo.

Los tres subieron por la orilla y, al llegar al recodo que formaba el río, el marino, deteniéndose, dijo a sus compañeros:

-¿Comenzaremos siendo cazadores o leñadores?

-Cazadores -contestó Harbert-; ya está Top en su sitio.

-Cacemos, pues -respondió el marino-; después volveremos aquí para hacer nuestra provisión de leña.

Dicho esto, Harbert, Nab y Pencroff, después de haber arrancado tres ramas del tronco de un joven abeto, siguieron a Top, que saltaba entre las altas hierbas.

Aquella vez los cazadores, en lugar de seguir el curso del río, se internaron directamente en el corazón mismo del bosque. Hallaron los mismos árboles que el primer día, pertene­cientes la mayor parte de ellos a la familia de los pinos. En ciertos sitios donde el bosque era menos espeso, había matas aisladas de pinos que presentaban medidas más considerables, y parecían indicar, por su altura, que aquella comarca era más elevada en latitud de lo que suponía el ingeniero. Algunos claros, erizados de troncos roídos por el tiempo, estaban cubiertos de madera seca, y formaban así inagotables reservas de combustible. Después, pasados los claros, el bosque se estrechó y se hizo casi impenetrable.

Guiarse en medio de aquellas masas de árboles, sin ningún camino trazado, era bastante difícil. Por esto el marino, de cuando en cuando, establecía jalones, rompiendo algunas ramas que debían señalarles el camino a su vuelta. Pero quizá no había hecho bien en no seguir el curso del río, como Harbert y él habían hecho en su primera excursión, porque después de una hora de marcha no se había dejado ver ni una sola pieza de caza. Top, co­rriendo bajo las altas hierbas, no levantaba más que avecillas a las cuales no se podían aproxi­mar. Los mismos curucús eran absolutamente invisibles, y probablemente el marino se vería forzado a volver a la parte pantanosa del bosque, en la cual había operado tan felizmente en su pesca de tetraos.

-¡Eh, Pencroff! -dijo Nab en tono algo sarcástico-, ¡si ésta es la caza que ha prometi­do llevar a mi amo, no necesitará fuego para asarla!

-Paciencia, Nab -contestó el marino-, ¡no faltará caza a la vuelta!

-¿No tiene confianza en el señor Smith?

-Sí.

-Pero no cree usted que hará fuego.

-Lo creeré cuando la madera arda en la lumbre.

-Arderá, puesto que mi amo lo ha dicho.

-¡Veremos!

Entretanto, el sol no había aún llegado al más alto punto de su curso en el horizonte. La exploración continuó y fue útilmente señalada por el descubrimiento que Harbert hizo de un árbol cuyas frutas eran comestibles. Era el pino piñonero, que producía un piñón excelente, muy estimado en las regiones templadas de América y Europa. Aquellos piñones estaban maduros y Harbert los señaló a sus dos compañeros, que comieron en abundancia.

-Vamos -dijo Pencroff-, tendremos algas a guisa de pan, moluscos crudos a falta de carne, y piñones para postre; tal es la comida de las personas que no tienen una cerilla en los bolsillos.

-No hay que quejarse -contestó Harbert.

-No me quejo -añadió Pencroff-, solamente repito que la carne brilla demasiado por su ausencia en estas comidas.

-No es ése el parecer de Top... -exclamó Nab, y corrió hacia un matorral en medio del cual había desaparecido el perro ladrando.

A los ladridos de Top se mezclaron unos gruñidos singulares.

El marino y Harbert habían seguido a Nab. Si había allí caza, no era el momento de discutir cómo podrían cocerla, sino cómo podrían apoderarse de ella.

Los cazadores, apenas entraron en la espesura, vieron a Top luchando con un animal, al que tenía por la oreja. El cuadrúpedo era una especie de cerdo de unos dos pies y medio de largo, de un color negruzco, pero menos oscuro en el vientre; tenía un pelo duro y poco espeso, y sus dedos, fuertemente adheridos entonces al suelo, parecían unidos por membranas.

Harbert creyó reconocer en aquel animal un cabiay, es decir, uno de los más grandes individuos del orden de los roedores.

Sin embargo, el cabiay no luchaba con el perro. Miraba estúpidamente con sus ojazos profundamente hundidos en una espesa capa de grasa. Quizá veía al hombre por primera vez.

Entretanto, Nab con su bastón bien asegurado en la mano iba a descargar un golpe al roedor, cuando éste, desprendiéndose de los dientes de Top, que no se quedó más que con un trozo de su oreja, dio un gruñido, se precipitó sobre Harbert, a quien hizo vacilar, y desapareció por el bosque.

-¡Ah, pillo! -exclamó Pencroff.

Inmediatamente los tres se lanzaron, siguiendo las huellas de Top, y en el momento en que iban a alcanzarlo, el animal desapareció bajo las aguas de un vasto pantano, sombreado por grandes pinos seculares.

Nab, Harbert y Pencroff se habían quedado inmóviles. Top se arrojó al agua, pero el cabiay, oculto en el fondo del pantano, no aparecía.

-Esperemos -dijo el joven-, ya saldrá a la superficie para respirar.

-¿No se ahogará? -preguntó Nab.

-No -contestó Harbert-, porque tiene los pies palmeados, y casi es un anfibio. Pero aguardemos.

Top había seguido nadando. Pencroff y sus dos compañeros fueron a ocupar cada uno un punto de la orilla, a fin de cortar toda retirada al cabiay, que el perro buscaba nadando en la superficie del pantano.

Harbert no se había equivocado. Después de unos minutos, el animal volvió a la super­ficie del agua. Top, de un salto, se lanzó sobre él y le impidió sumergirse de nuevo. Un instante después el cabiay, arrastrado hasta la orilla, había muerto de un bastonazo de Nab.

-¡Hurra! -exclamó Pencroff, que empleaba con frecuencia este grito de triunfo­-. Ahora sólo falta fuego, y este roedor será roído hasta los huesos.

Pencroff cargó el cabiay sobre sus espaldas y, calculando por la altura del sol que debían ser cerca de las dos de la tarde, dio la señal de regreso.

El instinto de Top no fue inútil a los cazadores que, gracias al inteligente animal, pudieron encontrar el camino ya recorrido. Media hora después llegaron al recodo del río.

Como había hecho la primera vez, Pencroff formó rápidamente una especie de almadía, aunque faltando fuego le parecía aquello una tarea inútil y, llevando la leña por la corriente, volvieron a las Chimeneas.

El marino estaba a unos cincuenta pasos de ellas; se detuvo, dio un hurra formidable y, señalando con la mano hacia el ángulo de la quebrada, exclamó:

-¡Harbert! ¡Nab! ¡Mirad!

Una humareda se escapaba en torbellinos de las rocas.

 

 

10. La subida a la montaña

 

Algunos instantes después los tres cazadores se encontraban delante de una lumbre crepitante. Ciro Smith y el corresponsal estaban allí. Pencroff los miró a uno y a otro alternativamente sin decir una palabra, con su cabiay en la mano.

-Ya lo está viendo, amigo -exclamó el corresponsal-. Hay fuego, verdadero fuego, que asará perfectamente esa magnífica pieza, con la cual nos regalaremos dentro de poco. -Pero ¿quién lo ha encendido? -preguntó Pencroff.

-¡El sol!

La respuesta de Gedeón Spilett era exacta. El sol había proporcionado aquel fuego del que se asombraba Pencroff. El marino no quería dar crédito a sus ojos, y estaba tan asom­brado, que no pensó siquiera en interrogar al ingeniero.

-¿Tenía usted una lente, señor? -preguntó Harbert a Ciro Smith.

-No, hijo mío -contestó éste-, pero he hecho una.

Y mostró el aparato que le había servido de lente. Eran simplemente los dos cristales que había quitado al reloj del corresponsal y al suyo. Después de haberlos limpiado en agua y de haber hecho los dos bordes adherentes por medio de un poco de barro, se había fabricado una verdadera lente, que, concentrando los rayos solares sobre un musgo muy seco, había determinado la combustión.

El marino examinó el aparato y miró al ingeniero sin pronunciar palabra. Pero su mirada era todo un discurso. Sí, para él, Ciro Smith, si no era un dios, era seguramente más que un hombre. Por fin, recobró el habla y exclamó:

-¡Anote usted eso, señor Spilett, anote eso en su cuaderno!

-Ya está anotado -contestó el corresponsal.

Luego, ayudado por Nab, el marino dispuso el asador, y el cabiay, convenientemente destripado, se asaba al poco rato, como un simple lechoncillo, en una llama clara y crepi­tante.

Las Chimeneas habían vuelto a ser habitables, no solamente porque los corredores se calentaban con el fuego del hogar, sino también porque habían sido restablecidos los tabi­ques de piedras y de arena.

Como se ve, el ingeniero y su compañero habían empleado bien el día. Ciro Smith había recobrado casi por completo las fuerzas y las había probado subiendo sobre la meseta superior. Desde ese punto, su vista, acostumbrada a calcular las alturas y las distancias, se había fijado durante largo rato en el cono, a cuyo vértice quería llegar al día siguiente. El monte, situado a unas seis millas al noroeste, le parecía medir tres mil quinientos pies sobre el nivel del mar. Por consiguiente, la vista de un observador desde su cumbre podía recorrer el horizonte en un radio de cincuenta millas por lo menos. Era, pues, probable que Ciro Smith resolviera fácilmente la cuestión de “si era isla o continente”, a la que daba, no sin razón, la primacía sobre todas las otras.

Cenaron regularmente. La carne del cabiay fue declarada excelente y los sargazos y los piñones completaron aquella cena, durante la cual el ingeniero habló muy poco. Estaba muy preocupado por los proyectos del día siguiente.

Una o dos veces, Pencroff expuso algunas ideas sobre lo que convendría hacer, pero Ciro

Smith, que era evidentemente un espíritu metódico, se contentó con sacudir la cabeza.

-Mañana -repetía-sabremos a qué atenernos y haremos lo que proceda en conse­cuencia.

Terminó la cena, arrojaron en el hogar nuevas brazadas de leña, y los huéspedes de las Chimeneas, incluso el fiel Top, se durmieron en un profundo sueño. Ningún incidente turbó aquella apacible noche, y al día siguiente (29 de marzo), frescos y repuestos, se levantaron dispuestos a emprender aquella excursión que había de determinar su suerte.

Todo estaba preparado para la marcha. Los restos del cabiay podían alimentar durante veinticuatro horas a Ciro Smith y a sus compañeros. Por otra parte, esperaban avituallarse por el camino. Como los cristales habían sido puestos en los relojes del ingeniero y del corresponsal, Pencroff quemó un poco de trapo que debía servir de yesca. En cuanto al pedernal, no debía faltar en aquellos terrenos de origen plutónico.

Eran las siete y media de la mañana, cuando los exploradores, armados de palos, aban­donaron las Chimeneas. Siguiendo la opinión de Pencroff, les pareció mejor tomar el camino ya recorrido a través del bosque, sin perjuicio de volver a otra parte. Esta era la vía más directa para llegar a la montaña. Volvieron, pues, hacia el ángulo sur y siguieron la orilla izquierda del río, que fue abandonada en el punto en que doblaba hacia el sudoeste. El sendero abierto bajo los árboles verdes fue encontrado y, a las nueve, Ciro Smith y sus compañeros llegaban al lindero occidental del bosque.

El suelo, hasta entonces poco quebrado, pantanoso al principio, seco y arenoso después, acusaba una ligera inclinación que remontaba del litoral hacia el interior de la comarca. Algunos animales fugitivos habían sido entrevistos bajo los grandes árboles. Top les hacía levantar, pero su amo lo llamaba en seguida, porque el momento no era propicio para perseguirlos. Más tarde ya se vería. El ingeniero no era un hombre que se distrajera ni se dejara distraer en su idea fija. Puede afirmarse que el ingeniero no observaba el país en su configuración, ni en sus producciones naturales: su único objeto era el monte que pretendía escalar y al que iba directamente.

A las diez hicieron un alto de algunos minutos. Al salir del bosque, el sistema orográfico del país había aparecido a sus miradas. El monte se componía de dos conos. El primero, truncado a una altura de unos dos mil quinientos pies, estaba sostenido por caprichosos contrafuertes, que parecían ramificarse como los dientes de una inmensa sierra aplicada al cuello. Entre los contrafuertes se cruzaban valles estrechos, erizados de árboles, cuyos úl­timos grupos se elevaban hasta la truncadura del primer cono. Sin embargo, la vegetación parecía ser menos abundante en la parte de la montaña que daba al nordeste y se divisaban lechos bastante profundos, que debían ser corrientes de lava.

Sobre el primero descansaba un segundo cono, ligeramente redondeado en su cima, que se sostenía inclinado, semejante a un inmenso sombrero inclinado sobre la oreja. Parecía formado de una tierra desnuda de vegetación, sembrada en muchas partes de rocas rojizas.

Convenía llegar a la cima del segundo cono y la arista de los contrafuertes debía ofrecer el mejor camino para la subida.

-Estamos en un terreno volcánico -había dicho Ciro Smith, y sus compañeros, siguién­dole, empezaron a subir poco a poco la cuesta de un contrafuerte, que, por una línea sinuosa y por consiguiente más franqueable, conducía a la primera meseta.

Los accidentes eran numerosos en aquel suelo, al que habían convulsionado evidente­mente las fuerzas plutónicas. Acá y allá se veían bloques graníticos, restos innumerables de basalto, piedra pómez, obsidiana y grupos aislados de esas coníferas que, algunos centenares de pies más abajo, en el fondo de estrechas gargantas, formaban espaciosas espesuras, casi impenetrables a los rayos del sol.

Durante la primera parte de la ascensión en las rampas inferiores, Harbert hizo observar las huellas que indicaban el paso reciente de fieras o de animales.

-Esos animales no nos cederán quizá de buena gana su dominio -dijo Pencroff.

-Bueno -contestó el reportero, que había cazado ya el tigre en India y el león en Africa-, procuraremos desembarazamos de ellos; pero, entretanto, andemos con precaución.

Iban subiendo poco a poco, pero el camino, que aumentaba con los rodeos que había que dar para superar los obstáculos que no podían ser vencidos directamente, se hacía largo. Algunas veces el suelo faltaba y se encontraban en el borde de profundas quebradas, que no podían atravesar sin dar rodeos. Volver sobre sus pasos, para seguir algún sendero practicable, exigía tiempo y fatiga a los exploradores. A mediodía, cuando la pequeña tropa hizo alto para almorzar al pie de un ancho bosquecillo de abetos, cerca de un pequeño arroyuelo que se precipitaba en cascadas, estaba a medio camino de la primera meseta, a la que no creían llegar hasta que hubiera caído la noche.

Desde aquel punto el horizonte del mar se ensanchaba, pero, a la derecha, la mirada detenida por el promontorio agudo del sudoeste no podía determinar si la costa se unía o no por un brusco rodeo a alguna tierra que estuviese en último término.

A la izquierda, el rayo visual se aumentaba algunas millas al norte; sin embargo, desde el noroeste, en el punto que ocupaban los exploradores, se encontraba y detenía absolutamente por la arista de un contrafuerte de forma extraña que formaba la base poderosa del cono central. No se podía presentir nada aún acerca de la cuestión que quería resolver Ciro Smith.

A la una continuaron la ascensión. Fue preciso bajar hacia el sudoeste y entrar de nuevo en los matorrales bastante espesos. Allí, bajo la sombra de los árboles, volaban muchas parejas de gallináceas de la familia de los faisanes. Eran los “tragopanes”, adornados de una papada carnosa que pendía de sus gargantas, y de dos delgados cuerpos cilíndricos en la parte posterior de sus ojos. Entre estas parejas, de la magnitud de un gallo, la hembra era uniforme­mente parda, mientras que el macho resplandecía con su plumaje rojo, sembrado de manchas blancas y redondas. Gedeón Spilett, con una pedrada, diestra y vigorosamente lanzada, mató a uno de los tragopanes, al cual Pencroff, a quien el aire libre le había abierto el apetito, vio caer con gran satisfacción.

Después de haber abandonado aquellos matorrales, los exploradores, ayudándose unos a otros, treparon por un talud muy empinado, que tendría unos cien pies, y llegaron a un piso superior, poco provisto de árboles, y cuyo suelo tenía una apariencia volcánica. Tratábase entonces de volver hacia el este, describiendo curvas que hacían las pendientes más practica­bles, porque eran ya más duras, y cada cual debía escoger con cuidado el sitio en donde posaba su pie. Nab y Harbert marchaban a la cabeza, Pencroff a retaguardia, y entre ellos, Ciro y el corresponsal. Los animales que frecuentaban aquellas alturas, y cuyas huellas no faltaban, debían pertenecer necesariamente a esas razas de pie seguro y de espina flexible, gamuzas o cabras monteses. Vieron algunos de ellos, pero no fue éste el nombre que les dio Pencroff, porque en cierto momento exclamó:

-¡Cameros!

Todos se detuvieron a cincuenta pasos de media docena de animales de gran corpulencia, con fuertes cuernos encorvados hacia atrás y achatados hacia la punta, de vellón lanudo, oculto bajo largos pelos de color leonado.

No eran cameros ordinarios, sino una especie comúnmente extendida por las regiones montañosas de las zonas templadas, a la que Harbert dio el nombre de muflas.

-¿Se puede hacer con ellos guisados y chuletas? -preguntó el marino.

-Sí -contestó Harbert.

-¡Pues, entonces, son carneros! -dijo Pencroff.

Aquellos animales permanecían inmóviles entre los trozos de basalto, mirando con ojos admirados, como si vieran por primera vez bípedos humanos. Después, despertándose súbita­mente su miedo, desaparecieron saltando entre las rocas.

-¡Hasta la vista! -les gritó Pencroff con un tono tan cómico, que Ciro Smith, Gedeón Spilett, Harbert y Nab no pudieron por menos que soltar la carcajada.

La ascensión continuó. Frecuentemente se observaban en ciertos declives huellas de lava muy caprichosamente estriada. Pequeñas solfataras cortaban a veces el camino que recorrían los expedicionarios y les era preciso seguir sus bordes. En algunos puntos el azufre había depositado bajo la forma de concreciones cristalinas, en medio de las materias que preceden generalmente a las erupciones de lava, puzolanas de granos irregulares y muy tostadas, cenizas blancas hechas de una infinidad de pequeños cristales feldespáticos.

En las cercanías de la primera meseta, formada por la truncadura del cono inferior, las dificultades de la ascensión fueron grandes.

Hacia las cuatro de la tarde, la extrema zona de los árboles había sido ya pasada, y no veían sino aquí o allá algunos pinos flacos y descarnados que debían tener la vida dura para resistir en aquellos parajes los grandes vientos del mar. Felizmente para el ingeniero y sus compañeros el tiempo era bueno y la atmósfera estaba tranquila, porque una violenta brisa, en una altitud de tres mil pies, hubiera impedido sus evoluciones. La pureza del cielo en el cenit se sentía a través de la transparencia del aire. Una perfecta calma reinaba alrededor de ellos. No veían ya el sol, entonces oculto por la vasta pantalla del cono superior que encubría la mitad del horizonte al oeste, y cuya sombra enorme, prolongándose hasta el litoral, crecía a medida que el radiante astro bajaba en su curso diurno. Algunos vapores, brumas más que nubes, empezaban a mostrarse al este, y se coloreaban con toda la gama espectral bajo las acciones de los rayos solares.

Quinientos pies solamente separaban a los exploradores de la meseta adonde querían llegar, a fin de establecer un campamento para pasar la noche; pero aquellos quinientos pies se alargaron hasta más de dos millas por los zigzags que tuvieron que describir. El suelo, por decirlo así, faltaba a sus pies. Las pendientes presentaban con frecuencia un ángulo tan abierto, que se deslizaban los pies por el lecho de lava, cuando las estrías, gastadas por el aire, no ofrecían un punto de apoyo suficiente. En fin, empezaba a oscurecer y era ya casi de noche, cuando Ciro Smith y sus compañeros, muy cansados por una ascensión de siete horas, llegaron a la meseta del primer cono.

Trataron entonces de organizar el campamento y de reparar sus fuerzas cenando primero y durmiendo después. Aquel segundo piso de la montaña se elevaba sobre una base de rocas, en medio de las cuales se encontraba fácilmente un abrigo. El combustible no era muy abundante; sin embargo, se podía obtener fuego por medio de musgos y hierbas secas que crecían en ciertas partes de la meseta. Mientras el marino prepara la lumbre con piedras que dispuso al efecto, Nab y Harbert se ocuparon de amontonar combustible. Volvieron pronto con su carga de leña; arrancaron algunas chispas al pedernal, que comunicaron fuego al trapo quemado, y, al soplo de Nab, se desarrolló en pocos instantes una llama bastante viva al abrigo de las rocas.

Aquel fuego no estaba destinado más que para combatir la temperatura un poco fría de la noche, y no fue empleado para cocer el faisán, que Nab reservaba para el día siguiente. Los restos del cabiay y algunas docenas de piñones formaron los elementos de la cena. No eran aún las seis y media cuando todo estaba terminado.

Ciro Smith tuvo entonces la idea de explorar, en la semioscuridad, aquel largo asiento circular, que soportaba el cono superior de la montaña. Antes de descansar, quería saber si aquel cono podría ser recorrido por su base, para el caso de que sus flancos, demasiado empinados, lo hicieran inaccesible hasta el vértice. Aquella cuestión no dejaba de preocu­parlo, porque era posible que, de la parte en que el sombrero se inclinaba, es decir, hacia el norte, la meseta no fuera practicable. Ahora bien, si no podía llegar a la cima de la montaña, y si por otra parte no se podía dar la vuelta a la base del cono, sería imposible examinar la parte occidental del país, y el objeto de la ascensión no se conseguiría.

Así, pues, el ingeniero, sin pensar en su cansancio, dejando a Pencroff y a Nab organizar las camas y a Gedeón Spilett anotar los incidentes del día, siguió la base circular de la meseta, dirigiéndose hacia el norte, acompañado de Harbert.

La noche era buena y tranquila, y la oscuridad poco profunda aún. Ciro Smith y el joven marchaban el uno junto al otro sin hablar. En ciertos sitios la meseta se ensanchaba mucho delante de ellos y pasaban sin molestia. En otros, obstruida por hundimientos, no ofrecía más que una estrecha senda, sobre la cual dos personas no podían caminar de frente. Después de una marcha de cerca de veinte minutos, Ciro y Harbert tuvieron que detenerse. A partir de aquel punto las pendientes de los dos conos se unían. No había base que separara las dos partes de la montaña y dar la vuelta al cono por unas pendientes inclinadas unos sesenta grados era imposible.

Pero si el ingeniero y el joven tuvieron que renunciar a seguir una dirección circular, en cambio comprendieron la posibilidad de emprender directamente la ascensión del cono.

En efecto, delante de ellos se abría una profunda cavidad en las paredes del cono: era la boca del cráter superior, el cuello, si se quiere, por el cual se escapaban materias eruptivas líquidas en la época en que el volcán estaba en actividad. Las lavas endurecidas, las escorias solidificadas formaban una especie de escalera natural, de anchos escalones, que debían facilitar el ascenso a la cima de la montaña.

Una mirada fue suficiente a Ciro Smith para reconocer aquella disposición y, sin vacilar, seguido del joven, se introdujo en la enorme boca, en medio de una oscuridad creciente. Tenían todavía una altura de mil pies que escalar. ¿Los declives interiores del cráter serían practicables? Ya lo verían. El ingeniero continuaría su marcha ascendente hasta que fuera detenido. Felizmente los declives, muy prolongados y sinuosos, describían anchas muescas en el interior del volcán y favorecían la marcha de la ascensión.

En cuanto al volcán, no podía dudarse que estaba completamente apagado; ni siquiera una humareda se escapaba de sus costados; ni una llama se descubría en las profundas cavidades; ni un gruñido, ni un murmullo, ni un estremecimiento salía de aquel pozo oscuro, que llegaba quizá hasta las entrañas del globo. La misma atmósfera, dentro del cráter, no estaba saturada de ningún vapor sulfuroso. No se trataba del sueño de un volcán, sino de su completa extinción.

La tentativa de Ciro Smith debía tener buen éxito. Poco a poco Harbert y él subieron por las paredes interiores, vieron ensancharse el cráter sobre su cabeza. El radio de aquella porción circular del cielo, comprendido entre los bordes del cono, se fue aumentando sensi­blemente. A cada paso que daban Ciro Smith y Harbert, nuevas estrellas aparecían en el campo de su visión. En el cielo austral brillaban magníficas constelaciones; en el cenit resplandecía con luz purísima la espléndida Antares del Escorpión y no lejos la Beta del Centauro, que se supone es la estrella más cercana del globo terrestre. Después, a medida que se ensanchaba el cráter, aparecían Fomalhaut de Piscis, el Triángulo austral y, por último, cerca del polo antártico del mundo, la resplandeciente Cruz del Sur, que reemplazaba a la Polar del hemisferio boreal.

Eran cerca de las ocho, cuando Smith y Harbert pusieron el pie en la cresta superior del monte, en la cima del cono.

La oscuridad era completa entonces y no permitía extender la vista en un radio mayor de dos millas. ¿Rodeaba el mar aquella sierra desconocida o se unía ésta al oeste con algún continente del Pacífico? No lo podían saber aún. Hacia el oeste, una nebulosa netamente marcada en el horizonte aumentaba las tinieblas, y la vista no podía descubrir si el cielo y el agua se confundían en una inmensa línea circular.

Pero en un punto de aquel horizonte brilló de improviso un vago resplandor, que descendió lentamente a medida que la nube subía hacia el cenit.

Era el cuarto creciente de la luna, próximo a desaparecer; pero su luz fue suficiente para marcar indistintamente la línea horizontal, entonces separada de la nube, y el ingeniero pudo ver la imagen temblorosa del astro reflejarse un instante en una superficie líquida.

Ciro Smith tomó la mano del joven y le dijo en tono muy grave:

-¡Una isla!

En aquel momento la luna creciente se extinguía en las olas.

 

11. Exploración de la isla. Situación

 

Media hora después, Ciro Smith y Harbert estaban de vuelta en el campamento. El ingeniero se limitó a decir a sus compañeros que la tierra donde el azar los había arrojado era una isla y que al día siguiente la explorarían. Después cada cual se arregló como pudo y, en aquel trozo de basalto, a una altura de dos mil quinientos pies sobre el nivel del mar y en una noche apacible, los “insulares” disfrutaron de un descanso profundo.

A la mañana siguiente, después de un frugal desayuno, compuesto de tragopán asado, el ingeniero subió a la cima del volcán para observar con atención la isla en que podrían estar prisioneros toda su vida, si se hallaba situada a mucha distancia de la tierra y no se encon­traba en la ruta de los barcos que visitaban los archipiélagos del océano Pacífico. Sus compañeros lo siguieron en su nueva exploración. También querían ver la isla que había de subvenir en lo sucesivo a todas sus necesidades.

Serían aproximadamente las siete de la mañana, cuando Ciro Smith, Harbert, Pencroff, Gedeón Spilett y Nab abandonaron el campamento. Indudablemente tenían confianza en sí mismos, pero el punto de apoyo de esta confianza no era el mismo en Ciro que en sus compañeros. El ingeniero tenía confianza, porque se sentía capaz de arrancar a aquella naturaleza salvaje todo lo necesario para su vida y la de sus compañeros, y éstos no temían nada precisamente porque Ciro estaba con ellos. Esta diferencia se comprenderá fácilmente. Pencroff, sobre todo, desde el incidente del fuego no había desesperado un instante, aun cuando se encontraba sobre una roca desnuda, si el ingeniero estaba con él en aquella roca.

-¡Bah! -decía-. Hemos salido de Richmond sin permiso de las autoridades, y un día u otro saldremos de un lugar donde nadie nos detiene.

Ciro Smith siguió el mismo camino que la víspera. Dieron la vuelta al cono por la meseta en que se apoyaba hasta la boca de la enorme grieta. El tiempo era magnífico. El sol brillaba en un cielo purísimo y cubría con sus rayos todo el flanco oriental de la montaña.

Llegaron al cráter. Era tal como el ingeniero lo había entrevisto en la oscuridad, es decir, un embudo que iba ensanchándose hasta una altura de mil pies sobre la meseta. Al pie de la grieta, anchas y espesas capas de lava serpenteaban por las laderas del monte y marcaban el camino con materias eruptivas hasta los valles inferiores, que formaban la parte septentrional de la isla.

El interior del cráter, cuya inclinación no pasaba de treinta y cinco a cuarenta grados, no presentaba dificultades ni obstáculos para la ascensión. Se encontraban en él señales de lavas muy antiguas, que probablemente se derramaban por la cima del cono antes que aquella grieta lateral les hubiese abierto una nueva vía.

En cuanto a la chimenea volcánica, que establecía la comunicación entre las capas subterráneas y el cráter, la vista no podía calcular su profundidad, porque se perdía en las tinieblas; pero no había duda sobre la extinción completa del volcán.

Antes de las ocho, Ciro Smith y sus compañeros se hallaban reunidos en la cima del cono, sobre una eminencia cónica que tenía en su borde septentrional.

-¡El mar! ¡El mar por todas partes! -exclamaron, como si sus labios no hubieran podido contener aquellas frases que los convertían en insulares.

El mar, en efecto, la inmensa sabana de agua circular les rodeaba. Tal vez subiendo a la cima del cono, Smith tenía la esperanza de descubrir alguna costa, alguna isla cercana, que la víspera no pudo ver por la oscuridad; pero nada apareció en los límites del horizonte, es decir, en un radio de cincuenta millas. ¡Ninguna tierra, ninguna vela! Aquella inmensidad estaba desierta y la isla ocupaba el centro de una circunferencia que parecía infinita.

El ingeniero y sus compañeros, mudos e inmóviles, recorrieron con la mirada en algunos minutos todos los puntos del océano; registraron aquel océano hasta sus más extremos límites, pero Pencroff, que poseía un poderoso poder visual, no vio nada y ciertamente, si hubiese aparecido alguna tierra, aunque sólo hubiera sido bajo forma de un tenue vapor, el marino la hubiera visto, porque eran dos verdaderos telescopios lo que la naturaleza había puesto bajo el arco de sus cejas.

Del océano dirigieron sus miradas sobre la isla, cuya totalidad dominaban, y la primera pregunta salió de labios de Gedeón:

-¿Qué extensión puede tener esta isla?

Realmente no parecía mucha en medio de aquel inmenso océano.

Ciro reflexionó un instante, observó atentamente el perímetro de la isla, teniendo en cuenta la altura a que se hallaba situada, y dijo luego:

-Amigos, creo no equivocarme dando al litoral de la isla un perímetro de más de cien millas.

-¿Y de superficie?

-Es muy difícil calcularla -replicó el ingeniero-, porque está caprichosamente ondulada.

Ciro no se había engañado en su cálculo, pues la isla tenía aproximadamente la misma extensión que la de Malta o la de Zarte en el Mediterráneo; pero a la vez mucho más irregular y menos rica en cabos, promontorios, puntas, bahías, ensenadas o abras. Su forma, verdade­ramente extraña, sorprendía y, cuando Gedeón Spilett, por indicación del ingeniero, dibujó los contornos, se encontró con que tenía la forma de un animal fantástico, una especie de pterópodo monstruoso que se hubiera dormido sobre la superficie del Pacífico.

Véase, en efecto, la configuración exacta de aquella isla, que importa dar a conocer, y cuya carta levantó el corresponsal con bastante precisión.

La parte este del litoral, es decir, aquella en donde los náufragos habían tomado tierra, se abría formando una vasta bahía terminada al sudeste por un cabo agudo, que Pencroff no había podido ver en su primera exploración. Al nordeste, otros dos cabos formaban la bahía, y entre ellos se abría un estrecho golfo que parecía la mandíbula abierta de algún formidable escualo.

Del nordeste al noroeste, la costa se redondeaba como el cráneo achatado de una fiera, para levantarse luego formando una especie de gibosidad que daba una figura muy precisa a aquella parte de la isla, cuyo centro estaba ocupado por la montaña volcánica.

Desde aquel punto el litoral se extendía regularmente al norte y al sur, abierto a los dos tercios de su perímetro por una estrecha ensenada, a partir de la cual terminaba en una larga cola, que parecía el apéndice caudal de un gigantesco cocodrilo.

Aquella cola formaba una verdadera península, que se alargaba por más de treinta millas dentro del mar, a contar desde el cabo sudeste de la isla, ya mencionado, y se redondeaba describiendo una rada avanzada, muy abierta, que formaba el litoral inferior de aquella tierra tan caprichosamente recortada.

En su menor anchura, es decir, en las Chimeneas y la ensenada visible en la costa occidental que le correspondía en latitud, la isla medía diez millas solamente; pero en su mayor anchura, desde la mandíbula del nordeste hasta la extremidad de la cola del sudoeste, no tenía menos de treinta millas.

En cuanto al interior de la isla, su aspecto general era el siguiente: muy frondosa en toda su parte meridional desde la montaña hasta el litoral y muy árida y arenosa en la parte septentrional. Entre el volcán y la costa este, Ciro Smith y sus compañeros se quedaron sorprendidos de ver un lago rodeado de verdes árboles, cuya existencia no podían siquiera sospechar. Visto desde aquella altura, parecía que el lago estaba al mismo nivel que el mar; pero, hechas las oportunas reflexiones, el ingeniero dijo que la altitud de aquella sabana de agua debía ser trescientos pies, puesto que la meseta que le servía de cuenca no era más que una prolongación de la costa.

-¿Entonces es un lago de agua dulce? -preguntó Pencroff.

-Necesariamente -contestó el ingeniero-, porque debe estar alimentado por las aguas que bajan de la montaña.

-Veo un riachuelo que desemboca en él -observó Harbert, señalando una estrecha corriente de agua que debía tener su origen en los contrafuertes del oeste.

-Es cierto -repuso Smith-; y puesto que ese riachuelo alimenta el lago, es probable que del lado del mar exista una desembocadura por la que se escape el exceso de agua. Lo veremos a nuestro regreso.

Aquel riachuelo, bastante sinuoso, y el río ya reconocido constituían el sistema hidro­gráfico o al menos todo el que se ofrecía a la vista de los exploradores. Sin embargo, era muy Posible que entre aquellos grupos de árboles que convertían en bosque inmenso dos tercios de la isla corriesen otros ríos hacia el mar. Avalaba esta suposición el hecho de que toda aquella región se mostraba rica y fértil, presentando magníficos ejemplares de la flora de las zonas templadas.

En la parte septentrional no se veía indicio de aguas corrientes; tal vez las hubiera estancadas en la parte pantanosa del nordeste, pero nada más. En aquella parte no se veía otra cosa que dunas, arenas y una aridez espantosa, que contrastaba con la opulencia de la mayor extensión de aquel suelo.

El volcán no ocupaba el centro de la isla, sino la región del nordeste y parecía marchar al límite de las dos zonas. Al sudoeste, al sur y al sudeste las primeras estribaciones de los contrafuertes desaparecían bajo masas de verdor. Al norte, por el contrario, se podían seguir sus ramificaciones, que iban a morir en las llanuras de arena. Este lado era el que había dado paso, en los tiempos de las erupciones, a la lava del volcán, según podía observarse por la larga calzada de lavas que se prolongaba hasta la estrecha mandíbula que formaba el golfo del nordeste.

Smith y sus compañeros permanecieron una hora en la cima de la montaña. La isla se desarrollaba ante sus miradas como un plano en relieve con sus diversos colores, verdes en los bosques, amarillos en las arenas y azules en las aguas. Su vista abarcaba todo el conjunto, sin que escapara a sus investigaciones nada más que la parte cubierta de verdor, la cuenca de los valles umbríos y el interior de las estrechas gargantas abiertas al pie del volcán.

Quedaba por resolver una grave cuestión, que debía influir singularmente en el futuro de los náufragos.

-¿Estaba la isla habitada?

Fue el corresponsal quien hizo esta pregunta, a la cual parecía que se podía responder negativamente después del minucioso examen que habían hecho de las diversas regiones de la isla.

En ninguna parte se veía obra alguna de la mano del hombre; ni un grupo de viviendas, ni una cabaña aislada, ni una choza de pescador en el litoral, ni la más ligera columna de humo que denunciase la presencia del hombre.

Es cierto que una distancia de treinta millas por lo menos separaba a los observadores de los puntos extremos, es decir, de la cola que se proyectaba al sudoeste, en la que ni la vista de águila de Pencroff hubiera podido descubrir una vivienda. Tampoco se podía levantar la cortina de verdor que cubría las tres cuartas partes de la isla para ver si ocultaba algún pueblo; pero, generalmente, los insulares, en los estrechos espacios que han surgido de las olas del Pacífico, suelen habitar en el litoral, y el litoral parecía completamente desierto.

Por lo tanto, hasta que la exploración no estuviese terminada, podía admitirse que la isla no estaba habitada.

Pero ¿la frecuentaban al menos en ciertas épocas los indígenas de las islas vecinas? Esta pregunta era muy difícil de contestar, pues en un radio de cincuenta millas no se veía tierra alguna. Pero una distancia de cincuenta millas podían franquearla sin dificultad los praos malayos o las piraguas polinesias. Todo dependía, pues, de la situación de la isla, de su aislamiento en el Pacífico o de su proximidad a los archipiélagos. ¿Podría Ciro Smith, que estaba desprovisto de instrumentos, precisar su posición en longitud y latitud? Sería muy difícil. En todo caso, era conveniente tomar algunas precauciones contra un desembarco posible de los indígenas vecinos.

La exploración de la isla estaba concluida, determinada su configuración, fijado su relieve, calculada su extensión y reconocida su hidrografía y su orografía. La disposición de los bosques y de las llanuras había sido anotada de una manera general en el plano levantado por el corresponsal; sólo faltaba descender de la montaña y explorar el terreno desde el triple punto de vista de sus recursos minerales, vegetales y animales.

Pero antes de dar a sus compañeros la señal de partida, Ciro Smith les dijo con voz reposada y grave:

-Este es, amigos míos, el estrecho rincón del mundo donde el Todopoderoso nos ha arrojado. Aquí tendremos que vivir quién sabe cuánto tiempo; pero también puede suceder que nos llegue pronto algún socorro imprevisto o que pase algún barco por casualidad... Digo por casualidad, porque esta isla es poco importante, no ofrece ni siquiera un puerto que pueda servir de escala a los buques, y es de temer que se encuentre situada fuera del rumbo que ordinariamente siguen, es decir, demasiado al sur para las naves que frecuentan los archipiélagos del Pacífico, y demasiado al norte para las que se dirigen a Australia doblando el cabo de Hornos. No quiero ocultaron cuál es nuestra verdadera situación.

-Y hace usted muy bien, mi querido Ciro -contestó el corresponsal-. Habla usted con hombres con quienes puede contar para todo, pues tienen absoluta confianza en usted. ¿No es cierto, amigos míos?

-Le obedeceré en todo, señor Ciro -dijo Harbert, estrechando la mano del ingeniero.

-¡Aquí y en todas partes será usted mi amo! -exclamó Nab.

-En cuanto a mí -dijo el marinero-, que pierda mi nombre si no ayudo en todo lo que sea necesario, y si usted quiere, convertiremos esta isla en una pequeña América. Levanta­remos edificios, construiremos ferrocarriles, instalaremos el telégrafo, y cuando esté entera­mente transformada, embellecida y civilizada, la ofreceremos al gobierno de la Unión. Sólo pido una cosa.

-¿Cuál? -preguntó el corresponsal.

-Que no nos consideremos náufragos, sino colonos que hemos venido aquí a colonizar. Ciro Smith se sonrió y la proposición del marino fue aceptada. Después dio las gracias a sus compañeros y añadió que contaban con su valor y con la ayuda del cielo.

-Pues bien, ¡en camino hacia las Chimeneas! -gritó Pencroff.

-Un momento, amigos míos -repuso el ingeniero-. Creo conveniente dar nombres a esta isla, a los cabos y a los promontorios y a las corrientes de agua que tenemos a la vista.

-¡Muy bien! -exclamó el corresponsal-. Esto simplificará en lo sucesivo las instruc­ciones que tenga usted que damos.

-En efecto -añadió el marino-, ya es algo poder decir adónde se va y de dónde se viene. A lo mejor se sabe que está uno en alguna parte.

-Las Chimeneas, por ejemplo -propuso Harbert.

-Justo -repuso Pencroff-. Ese nombre es muy adecuado y ya se me había ocurrido.

¿Daremos a nuestro campamento el nombre de Chimeneas, señor Ciro?

-Sí, Pencroff, puesto que lo han bautizado ustedes así.

-Bueno, en cuanto al resto, no será difícil darles nombres -continuó el marino, que estaba en vena-. Empleemos los mismos que Robinson, cuya historia me sé de memoria: la “Bahía de la Providencia”, la “Punta de los Cachalotes”, el “Cabo de la Esperanza fallida”...

-O bien los nombres de Smith, Spilett, Nab... -dijo Harbert.

-¡No, no! -interrumpió Nab, dejando ver sus dientes de brillante blancura.

-¿Por qué no? -replicó Pencroff-. El “puerto Nab” suena muy bien. ¿Y el “cabo Gedeón”?

-Yo preferiría nombres tomados de nuestro país -dijo el corresponsal-y que nos recordasen nuestra América.

-Sí -repuso Smith-, para los principales, las bahías o los mares, me adhiero a esa proposición. Así, por ejemplo, a la bahía del este podríamos llamarla “bahía de la Unión”; a esta ancha escotadura del sur, “bahía de Washington”; al monte en que nos hallamos en este momento, “monte Franklin”; al lago que se extiende ante nuestra vista, “lago Grant”; me parece esto lo mejor, amigos míos. Estos nombres nos recordarían nuestra patria y los ciudadanos que más la han honrado; mas para los ríos, golfos, cabos y promontorios que vemos desde lo alto de esta montaña, debemos buscar nombres que se avengan con su configuración particular, pues se nos grabarán más fácilmente en la memoria y serán al mismo tiempo más prácticos. La forma de la isla es demasiado extraña y nos podemos imaginar nombres que den una idea aproximada de su figura. En cuanto a las corrientes de agua que aún no conocemos, a las diversas partes de bosques que más adelante exploraremos y a las ensenadas que vayamos descubriendo, les pondremos nombres a medida que se vayan presentando. ¿Qué les parece a ustedes, amigos míos?

La proposición del ingeniero fue aprobada por unanimidad. La isla se presentaba a su vista como un mapa desplegado y no había más que poner un nombre a todos los ángulos entrantes y salientes y a todos los relieves. Spilett los anotaría a su tiempo y en lugar correspondiente y la nomenclatura geográfica de la isla sería definitivamente adoptada.

Desde luego se dieron los nombres de “bahía de la Unión” y “bahía de Washington” y monte Franklin” a los puntos designados por el ingeniero.

-Ahora -dijo el corresponsal-, propongo que a esa península que se proyecta al sud­oeste de la isla se la denomine “península Serpentina”, y “promontorio del Reptil” a la cola encorvada que la termina, porque es verdaderamente una cola de reptil.

-Aprobado -dijo el ingeniero.

-Ahora -dijo Harbert-, a ese otro extremo de la isla, ese golfo que se parece tan singularmente a una mandíbula abierta, le llamaremos el “golfo del Tiburón”.

-¡Bien dicho! -exclamó Pencroff-, y completaremos la imagen denominando “cabo de Mandíbula” a las dos partes que forman la boca.

-Pero hay dos cabos -observó el corresponsal.

-¡Es igual! -contestó Pencroff-, tendremos el cabo Mandíbula al norte y el cabo Mandíbula al sur.

-Ya están inscritos -respondió Gedeón Spilett.

-Falta dar nombre a la punta sudeste de la isla -dijo Pencroff.

-Es decir, al extremo de la bahía de la Unión -respondió Harbert.

-Cabo de la Garra -exclamó Nab-, que quería también, por su parte, ser padrino de algún sitio de sus dominios.

Y, en verdad, Nab había encontrado una denominación excelente, porque aquel cabo representaba la poderosa garra del animal fantástico que figuraba aquella isla tan singular­mente dibujada.

Pencroff estaba encantado del giro que tomaban las cosas, y las imaginaciones, un poco sobreexcitadas, pronto encontraron las denominaciones siguientes:

Al río que abastecía de agua potable a los colonos, y cerca del cual les había arrojado el globo, el nombre de “Merced”, verdadera acción de gracias a la Providencia.

Al islote sobre el cual los náufragos habían tomado tierra primeramente, el nombre de islote de Salvación.

A la meseta que coronaba la alta muralla de granito encima de las Chimeneas, y desde donde la mirada debía abrazar toda la vasta bahía, el nombre de meseta de Gran Vista.

En fin, a toda aquella masa de impenetrables bosques que cubrían casi toda la isla Serpentina, el nombre de bosques del “Far-West”.

La nomenclatura de las partes visibles y conocidas de la isla estaba casi terminada, y más tarde la completarían a medida que se hicieran nuevos descubrimientos.

En cuanto a la orientación de la isla, el ingeniero la había determinado aproximada­mente por la altura y la posición del sol, poniendo al este la bahía de la Unión y toda la meseta de la Gran Vista. Pero, al día siguiente, tomando la hora exacta de la salida y de la puesta del sol, y determinando su posición por el tiempo medio transcurrido entre su salida y su puesta, contaba fijar exactamente el norte de la isla, porque, a consecuencia de su situación en el hemisferio austral, el sol, en el momento preciso de su culminación, pasaba al norte, y no a mediodía, como, en un movimiento aparente, parece hacerlo en los lugares situados en el hemisferio boreal.

Todo estaba terminado y los colonos se disponían a bajar del monte Franklin para volver a las Chimeneas, cuando Pencroff exclamó:

-¡Somos unos aturdidos!

-¿Por qué? -preguntó Gedeón Spilett, que había cerrado su cuaderno. -¿Y nuestra isla? ¡Nos hemos olvidado de bautizarla!

Harbert iba a proponer darle el nombre del ingeniero y todos sus compañeros hubieran aplaudido la idea, cuando Ciro Smith dijo sencillamente:

-Démosle el nombre de un gran ciudadano, amigos míos, del que lucha en estos mo­mentos para defender la unidad de la República Americana. ¡Llamémosla Lincoln!

Tres hurras fueron la respuesta de la proposición del ingeniero.

Y aquella noche, antes de dormirse, los nuevos colonos hablaron de su país ausente; comentaban la terrible guerra que lo ensangrentaba y no dudaban que el Sur sería pronto sometido y que la causa del Norte, la causa de la justicia, triunfaría gracias a Grant, gracias a Lincoln.

Esto pasaba el 30 de marzo y no podían adivinar que dieciséis días después se cometería en Washington un crimen horrible, y que el Viernes Santo Abraham Lincoln caería herido de muerte por la bala de un fanático.

 

12. Exploración de la isla. Animales, vegetales, minerales

 

Los colonos de la isla Lincoln arrojaron una última mirada alrededor de ellos, dieron la vuelta al cráter por su estrecha arista y media hora después habían descendido a su campa­mento nocturno.

Pencroff pensó que era hora de almorzar y con este motivo se intentó arreglar los dos relojes de Ciro Smith y del corresponsal.

Al de Gedeón Spilett le había respetado el agua del mar, pues el periodista había sido arrojado sobre la arena, fuera del alcance de las olas. Era un instrumento excelente, un verdadero cronómetro de bolsillo, y Gedeón Spilett no había olvidado nunca darle cuerda cuidadosamente cada día.

El reloj del ingeniero se había parado, mientras Ciro Smith había estado exánime en las dunas.

El ingeniero le dio cuerda y, calculando por la altura del sol que aproximadamente debían ser las nueve de la mañana, puso su reloj en aquella hora.

Gedeón Spilett lo iba a imitar, cuando el ingeniero le cogió de la mano, diciéndole:

-No, no, querido Spilett, espere. Ha conservado usted la hora de Richmond, ¿no es eso?

-Sí.

-Por consiguiente, su reloj está puesto al meridiano de aquella ciudad, meridiano que sobre poco más o menos es el de Washington.

-Sin duda.

-Pues bien, consérvelo así. Conténtese usted con darle cuerda, pero no toque las agujas. Esto nos podrá servir.

“¿Para qué?”, pensó el marino.

Almorzaron con tanto apetito, que la reserva de caza y de piñones quedó totalmente agotada. Pero Pencroff no se inquietó por eso; ya se abastecerían por el camino. Top, cuya parte de alimento había sido muy escasa, sabría encontrar caza entre los matorrales. Además, el marino pensaba pedir sencillamente al ingeniero que fabricase pólvora y uno o dos fusiles de caza, en lo cual no creía que tuviera dificultad.

Al bajar de las mesetas, Ciro Smith propuso a sus compañeros que tomaran un nuevo camino para volver a las Chimeneas. Deseaba conocer el lago Grant, tan magníficamente encuadrado entre festones de árboles. Siguieron la cresta de uno de los contrafuertes, entre los cuales el creek, que alimentaba, tomaba probablemente su fuente. Al hablar, los colonos no empleaban más que los nombres propios que acababan de escoger, y esto facilitaba singularmente el cambio de sus ideas. Harbert y Pencroff, uno joven y otro algo niño, estaban encantados y, mientras andaban, el marino decía:

-¡Harbert, esto marcha! Es imposible que nos perdamos, porque, aunque tomemos el camino del lago Grant, aunque tomemos el río Merced a través del bosque de Far-West, llegaremos necesariamente a la meseta de la Gran Vista, y, por consiguiente, a la bahía de la Unión.

Se había convenido en que, sin formar un grupo compacto, los colonos no se apartarían demasiado los unos de los otros, porque sin duda algunos animales peligrosos habitaban aquellos espesos bosques de la isla, y era prudente andar con tiento. Generalmente Pencroff, Harbert y Nab marchaban en cabeza, precedidos de Top, que registraba los menores rin­cones. El corresponsal y el ingeniero iban juntos: Gedeón Spilett, pronto a anotar cualquier incidente, y el ingeniero, silencioso la mayor parte del tiempo, y sin apartarse del camino más que para recoger un mineral, un vegetal que ponía en su bolsillo sin hacer ninguna reflexión.

-¿Qué diablo recogerá? -murmuraba Pencroff-. Por más que miro, no veo nada que valga la pena de agacharse.

Hacia las diez, la pequeña tropa descendía las últimas rampas del monte Franklin. El suelo no estaba sembrado más que de matorrales y de raros árboles. Caminaban sobre una tierra amarilla y calcinada que formaba una llanura de una milla de extensión, que precedía al lindero del bosque.

Grandes trozos de basalto, que, según las experiencias de Bischof, ha necesitado para enfriarse trescientos cincuenta millones de años, cubrían la llanura, muy quebrada en ciertos sitios. Sin embargo, no había señales de lavas, las cuales se habían extendido por las laderas septentrionales.

Ciro Smith creía, pues, alcanzar sin incidente el curso del arroyo que, según él, debía correr entre los árboles por la línea de la llanura, cuando vio ir hacia él precipitadamente a Harbert, mientras que Nab y el marino se escondían detrás de las rocas.

-¿Qué ocurre, amigo mío? -preguntó Gedeón Spilett.

-Una humareda -contestó Harbert-. Hemos visto una humareda elevarse entre las rocas, a cien pasos de nosotros.

-¿Hombres en estos parajes? -exclamó el periodista.

-Evitemos que nos vean antes de saber quiénes son -contestó Ciro Smith-. Si hay indígenas en esta isla, más bien los temo que los deseo. ¿Dónde está Top?

-Top va delante.

-¿Y no ladra?

-No.

-Es raro. Sin embargo, trataremos de llamarlo.

En algunos instantes el ingeniero, Gedeón Spilett y Harbert se habían reunido con sus dos compañeros, y, como ellos, se ocultaron detrás de los trozos de basalto.

Top, llamado por un ligero silbido de su dueño, volvió, y éste, haciendo signo a sus compañeros de que esperasen, se deslizó entre las rocas.

Los colonos, inmóviles, esperaban con cierta ansiedad el resultado de aquella explora­ción, cuando les llamó Ciro Smith. Llegaron y les chocó desde luego el olor desagradable que impregnaba la atmósfera.

Aquel olor, cuya causa podía conocerse fácilmente, había bastado al ingeniero para adivinar de dónde provenía aquella humareda, que al principio le había alarmado.

-Este fuego -dijo-, o mejor dicho esta humareda, proviene de la naturaleza. No hay más que una fuente sulfurosa, que nos permitirá curar eficazmente nuestras laringitis.

-¡Vaya! -exclamó Pencroff-. ¡Qué desgracia que yo no esté resfriado!

Los colonos se dirigieron hacia el sitio de donde salía el humo, y allí vieron una fuente sulfurosa sódica, que corría con bastante abundancia entre las rocas y cuyas aguas despedían un fuerte olor a ácido sulfhídrico, después de haber absorbido el oxígeno del aire.

Smith metió la mano en el agua y la encontró untuosa al tacto; la probó y encomió su, sabor algo azucarado; y en cuanto a su temperatura, la calculó en 95º Fahrenheit (35º centígrados sobre cero). Le preguntó Harbert en qué basaba aquel cálculo y el ingeniero respondió:

-Sencillamente, en que metiendo la mano en esa agua no he experimentado sensación de frío ni de calor; luego está a la misma temperatura que el cuerpo humano, que es aproximadamente de 95° Fahrenheit.

No ofreciendo la fuente sulfurosa ninguna utilidad inmediata, los colonos se dirigieron hacia la espesura del bosque, que estaba a unos centenares de pasos.

Allí, según habían presumido, el arroyo paseaba sus aguas vivas y límpidas entre altas orillas de tierra rojiza, color que denunciaba la presencia del óxido de hierro. Este color hizo que se diera inmediatamente a la corriente de agua el nombre de arroyo Rojo.

No era más que un arroyuelo profundo y claro, formado por las aguas de la montaña, mitad río y mitad corriente, que aquí corría pacíficamente por la arena y murmurando sobre las puntas de las rocas, o precipitándose en cascada proseguía su curso hasta el lago en una longitud de milla y media, y en una anchura que variaba de 30 a 40 pies. Sus aguas eran dulces, lo que hacía suponer que las del lago lo fueran también, circunstancia feliz para el caso de que en sus inmediaciones se encontrase un sitio más a propósito para habitar que las Chimeneas.

En cuanto a los árboles que, algunos centenares de pasos más allá, sombreaban las orillas del arroyo, pertenecían la mayor parte a las especies que abundan en las zonas templadas de Australia o de Tasmania, y no a las de las coníferas que erizaban la parte de la isla ya explorada a algunas millas de la meseta de la Gran Vista.

En aquella época del año, es decir a primeros de abril, que en aquel hemisferio corres­ponde al mes de octubre, en los comienzos del otoño, todavía conservaban las hojas. Eran especialmente casuarinas y eucaliptos; algunos proporcionarían en la primavera próxima un maná azucarado, análogo al maná de Oriente. En los claros, revestidos de ese césped llamado tusac en Nueva Holanda, se veían grupos de cedros australianos; pero no parecía existir en la isla, cuya latitud sin duda era demasiado baja, el cocotero, que tanto abunda en los archipié­lagos del Pacífico.

-¡Qué lástima! -exclamó Harbert-. ¡Un árbol tan útil y que da tan hermosas nueces!

En cuanto a las aves, pululaban entre las ramas delgadas de los eucaliptos y las casua­rinas, que no molestaban el despliegue de sus alas, las cacatúas negras, blancas o grises, loros y papagayos de plumaje matizado y de todos los colores, reyezuelos de verde brillante y coronados de rojo, y lorís azules, que parecían no dejarse ver sino a través de un prisma y revoloteaban dando gritos ensordecedores.

De pronto resonó en medio de la espesura un extraño concierto de voces discordantes. Los colonos oyeron sucesivamente el canto de los pájaros, el grito de los cuadrúpedos y una especie de aullido que parecía escapado de los labios de un indígena.

Nab y Harbert se lanzaron hacia aquel sitio, olvidando los principios más fundamentales de la prudencia; mas, afortunadamente, no había allí fieras temibles ni indígenas peligrosos, sino sencillamente media docena de aves mofadoras y cantoras que fueron clasificadas como “faisanes de montaña”. Algunos garrotazos diestramente dirigidos terminaron con la escena de imitación, lo cual proporcionó una excelente caza para la cena.

Harbert vio también magníficas palomas de alas bronceadas, unas coronadas de un moño soberbio, las otras con matices verdes, como sus congéneres de Port-Macquaire; pero fue imposible cazarlas, como tampoco a varios cuervos y urracas que huían a bandadas pro­duciendo una hecatombe entre aquellos volátiles, pues los cazadores no disponían de más armas arrojadizas que piedras, ni más armas portátiles que el garrote, máquinas tan primitivas como ineficaces.

Esta ineficacia se demostró plenamente cuando una tropa de cuadrúpedos, corriendo de acá para allá, y a veces dando saltos de treinta pies, como verdaderos mamíferos voladores, salieron huyendo de entre los árboles, con tal rapidez y destreza, que parecían pasar de un árbol a otro como ardillas.

-¡Son canguros! -exclamó Harbert.

-¿Y eso se come? -preguntó Pencroff.

-En estofado es tan bueno como la carne de venado -contestó el corresponsal.

No había acabado Spilett de pronunciar estas frases, cuando el marino, seguido de Nab y de Harbert, se había lanzado en persecución de los canguros.

En vano los llamó el ingeniero, pero en vano también perseguían los cazadores aquellas piezas que parecían elásticas y saltaban y rebotaban como pelotas.

Al cabo de cinco minutos de carrera estaban sudando y la banda había desaparecido entre los árboles. Top no había tenido más éxito que sus amos.

-Señor Ciro -dijo Pencroff, cuando el ingeniero y el periodista se le unieron-, señor Ciro, ya ve usted que es indispensable fabricar fusiles. ¿Cree usted que será posible?

-Quizá -contestó el ingeniero-, pero empezaremos por fabricar arcos y flechas, y no dudo de que llegará usted a ser tan diestro en manejarlos como los cazadores australianos.

-¡Flechas, arcos! -dijo Pencroff con una mueca desdeñosa-. ¡Eso es bueno para los niños!

-No sea usted orgulloso, amigo Pencroff -contestó el corresponsal-. Los arcos y las flechas han valido durante siglos para ensangrentar el mundo. La pólvora es invención de ayer y la guerra es tan vieja como la raza humana, desgraciadamente.

-Señor Spilett, tiene usted razón -respondió el marino-. Hablo sin ton ni son. Dispén­seme.

Entretanto Harbert, entregado a su ciencia favorita, la historia natural, volvió a hacer recaer la conversación sobre los canguros.

-Por otra parte, esta especie no es la más difícil de cazar. Eran gigantes de piel gris; pero, si no me equivoco, existen canguros negros y encamados, canguros de rocas, canguros ratas, más difícil de cazarlos. Se cuentan una docena de especies...

-Harbert -replicó sentenciosamente el marino-, ¡no hay para mí más que una sola especie de canguros, el “canguro de asador”, y éste nos faltará esta tarde!

Los demás se rieron al oír la nueva clasificación de Pencroff. El bravo marino no ocultó su disgusto por verse reducido a comer faisanes cantores, pero la fortuna debía mostrarse una vez más complaciente con él.

En efecto, Top, comprendiendo que su interés estaba en juego, iba olfateando y bus­cando por todas partes con instinto duplicado y apetito feroz. Era probable que, si alguna pieza de caza caía en sus dientes, no quedaría ni pizca para los cazadores, pues en aquel momento Top cazaba por su propia cuenta; pero Nab lo vigilaba y hacía bien.

Hacia las tres de la tarde el perro desapareció entre la maleza y sordos gruñidos indi­caron pronto que había dado con algún animal.

Nab fue tras él y vio a Top devorando con avidez un cuadrúpedo, cuya naturaleza diez segundos después hubiera sido imposible reconocer en el estómago de Top. Pero, afortunada­mente, el perro había dado con una camada; había tres individuos y otros dos roedores, pues aquellos animales pertenecían a este orden, que yacían estrangulados en el suelo.

Nab reapareció triunfalmente, mostrando en cada mano uno de los roedores, cuyo tamaño era superior al de una liebre. Su piel, amarilla, estaba mezclada con manchas verdosas y su rabo existía en estado rudimentario.

Los colonos, que eran ciudadanos de la Unión, no podían vacilar en dar a los roedores el nombre que les convenía. Eran maras, especie de agutíes un poco más grandes que sus congéne­res de las comarcas tropicales, verdaderos conejos de América, con orejas largas, mandíbulas ar­madas en cada lado de cinco molares, lo cual los distingue precisamente de los agutíes.

-¡Hurra! -exclamó Pencroff-. El asado es seguro y ahora podemos volver a casa.

Continuaron la marcha interrumpida. El arroyo Rojo continuaba su curso de aguas límpidas bajo la bóveda de casuarinas, de las banksieas y los árboles de goma gigantescos. Liliáceas magníficas se elevaban unos veinte pies; otras especies arborescentes, desconocidas por el joven naturalista, se inclinaban sobre el arroyo, que se oía murmurar bajo aquella cúpula de verdor.

Sin embargo, el curso de agua se ensanchaba sensiblemente y Ciro Smith llegó a creer que llegaría pronto a su desembocadura. En efecto, al salir de un bosquecillo de hermosos árboles, apareció de nuevo.

Los exploradores habían llegado a la orilla occidental del lago Grant. El paraje valía la pena. Aquella extensión de agua, de una cincunferencia de unas siete millas y de una superficie de doscientos cincuenta acres, reposaba entre festones de árboles diversos. Hacia el este, a través de una cortina de verdura pintorescamente levantada en ciertas partes, aparecía un resplandeciente horizonte de mar. Al norte, el lago trazaba una curva ligeramente cón­cava, que contrastaba con la forma aguda de su punta inferior. Numerosas aves acuáticas frecuentaban las orillas del pequeño Ontario, cuyas mil isletas de su homónimo americano estaban representadas por una roca que surgía de su superficie a unos centenares de pies de la orilla meridional. Allí vivían en comunidad muchas parejas de martines pescadores, posadas sobre alguna piedra, graves, inmóviles, espiando los peces, lanzándose, sumergiéndose con un pequeño grito agudo y reapareciendo con la presa en el pico. En otros parajes, en las orillas y en el islote, se pavoneaban patos silvestres, pelícanos, gallinas de agua, picos-rojos, filedones provistos de una lengua en forma de pincel, y uno o dos ejemplares de esas aves espléndidas llamadas menuras, cuya cola se desarrolla como los montantes graciosos de una lira.

En cuanto a las aguas del lago, eran dulces, limpias, un poco oscuras y, por ciertas ebulliciones y los círculos concéntricos que se entrecruzan en su superficie, no se podía dudar de que abundaba la pesca.

-¡Es verdaderamente hermoso este lago! -dijo Gedeón Spileet-. ¡Y cualquiera viviría en sus orillas!

-¡Se vivirá! -contestó Ciro Smith.

Los colonos, queriendo entonces volver por el camino más corto a las Chimeneas, descendieron hasta el ángulo formado al sur por la unión de las orillas del lago. Allí abrieron, no sin gran trabajo, un camino a través de las malezas y aquella espesura que la mano del hombre no había aún apartado, y se dirigieron hacia el litoral buscando el norte de la meseta de la Gran Vista. Atravesaron dos millas en aquella dirección; después, pasada la última cortina de árboles, apareció la meseta, tapizada de un espeso césped, y más allá el mar infinito.

Para volver a las Chimeneas, fue suficiente atravesar oblicuamente la meseta en un espacio de una milla y descender hasta el codo formado por la primera vuelta del río Merced. Pero el ingeniero deseaba averiguar cómo y por dónde se escapaba el sobrante de las aguas del lago y continuó la exploración bajo los árboles durante una milla y media hacia el norte. Era probable, en efecto, que existiera un desagüe en alguna parte y sin duda a través de alguna abertura en el granito. El lago no era más que un inmenso receptáculo que se había llenado poco a poco por las aguas del arroyo y probablemente el sobrante corría hacia el mar por alguna salida. Si así era, el ingeniero pensaba que sería posible utilizar aquella salida y aprovecharse de su fuerza, actualmente perdida. Prosiguieron, pues, por las orillas del lago Grant, remontando la llanura; pero, después de haber andado una milla en aquella dirección, Ciro Smith no había podido descubrir el desagüe, que, no obstante, debía existir.

Eran las cuatro y media. Los preparativos de la comida exigían que los colonos regre­saran a sus moradas. La pequeña tropa volvió sobre sus pasos por la orilla izquierda del río de la Merced. Ciro Smith y sus compañeros llegaron a las Chimeneas.

Encendieron el fuego y Nab y Pencroff, a los cuales fueron naturalmente designadas las funciones de cocineros, el uno en su calidad de negro, el otro en su calidad de marino, prepararon en breve un asado de agutí, que comieron con bastante apetito.

Terminada la comida, en el momento en que cada cual se preparaba para dormir, Ciro Smith sacó de su bolsillo pequeños pedazos de diferentes especies de minerales y se limitó a decir:

-Amigos, éste es mineral de hierro, éste es de pirita, éste de arcilla, esto es cal, esto es carbón. He aquí lo que nos da la naturaleza, y ésta es la parte que ha tomado en el trabajo común. ¡Mañana haremos el nuestro!

 

 

13. Primeros utensilios y alfarería Cálculo de la latitud de la isla

 

-Y bien, señor Ciro, ¿por dónde vamos a empezar? -preguntó a la mañana siguiente Pencroff al ingeniero.

-Por el principio -contestó Smith.

Y, en efecto, por el principio tenían que empezar los colonos. No poseían ni los útiles necesarios para hacer herramienta alguna, y no se encontraban en las condiciones de la naturaleza, que teniendo tiempo econoniza fuerzas. Les faltaba tiempo, puesto que debían subvenir inmediatamente a las necesidades de la vida y, si aprovechando la experiencia adquirida no debían inventar nada, tenían por lo menos que fabricarlo todo. Su hierro y su acero se hallaban todavía en estado mineral, su vajilla en estado de barro, sus lienzos y sus vestidos en estado de materias textiles.

Por lo demás, preciso es decir que los colonos eran hombres en la fuerte acepción de la palabra. El ingeniero Smith no hubiera podido ser secundado por compañeros más inteli­gentes ni más adictos y celosos. Los había sondeado y conocía sus aptitudes.

Gedeón Spilett, periodista de talento, que lo había estudiado todo para poder hablar de todo, debía contribuir con su inteligencia y con sus manos a la colonización de la isla. No retrocedería ante ninguna dificultad, y, cazador apasionado, haría un oficio de lo que hasta entonces había sido para él un deporte.

Harbert, buen muchacho, notablemente instruido en las ciencias naturales, sería utilí­simo para la causa común.

Nab era la adhesión personificada. Diestro, inteligente, infatigable, robusto, dotado de una salud de hierro, entendía algo de trabajos de fragua y prestaría muy útiles servicios a la colonia.

En cuanto a Pencroff, había sido marinero en todos los mares, carpintero en los talleres de construcción de Brooklyn, ayudante de sastre en los buques del Estado, jardinero y cultivador en sus temporadas de licencia, y, como buen marino, dispuesto a todo y útil para todo.

Habría sido verdaderamente difícil reunir cinco hombres iguales para luchar contra la suerte y más seguros de triunfar.

Por el principio, había dicho Ciro Smith, y el principio de que hablaba era la construcción de un aparato que pudiese servir para transformar las sustancias naturales. Es conocido el papel del calor en esas transformaciones; por consiguiente, el combustible, vegetal o mineral, era inmediatamente utilizable. Tratábase, pues, de construir un horno para utilizarlo.

-¿Para qué servirá ese homo? -preguntó Pencroff.

-Para hacer las vasijas que necesitamos -contestó Smith.

-¿Y con qué vamos a hacerlo?

-Con ladrillos.

-¿Y los ladrillos?

-Con arcilla. Manos a la obra, amigos míos. Para evitar los transportes estableceremos el taller en el sitio mismo de la producción. Nab llevará provisiones y no nos faltará fuego para asar los alimentos.

-Cierto -repuso el corresponsal-, pero ¿y si fuesen los alimentos los que nos faltasen por carecer de instrumentos de caza?

-¡Ah!, ¡si tuviera un cuchillo! -exclamó el marinero.

-¿Qué harías con él? -le preguntó el ingeniero.

-Pues haría un arco y flechas y tendríamos abastecida la despensa.

-Sí, un cuchillo..., una hoja cortante... -murmuró el ingeniero como hablando consigo mismo.

Al mismo tiempo miró a Top, que iba y venía por la playa.

-¡Top, aquí! -gritó, animándose su mirada.

El perro acudió corriendo en cuanto oyó la voz de su amo. Ciro le tomó la cabeza y le quitó el collar que llevaba y que rompió en dos partes.

-¡Aquí tenemos dos cuchillos, Pencroff! -dijo luego.

El marinero contestó con dos sonoros hurras.

El collar de Top estaba hecho de una ligera lámina de acero templado; bastaba afilarle primero con una piedra de asperón para aguzar el lado cortante y quitarle luego el filván con un asperón más fino. Este género de roca arenisca abundaba en la playa, y dos horas después las herramientas de la colonia se componían de dos láminas cortantes, a las cuales fue fácil poner un mango de madera muy fuerte.

La conquista de esta primera herramienta fue saludada como un triunfo; conquista preciosa, en efecto, y hecha muy oportunamente.

Se pusieron en marcha. El propósito de Smith era llegar a la orilla occidental del lago, donde la víspera había advertido la existencia de la tierra arcillosa, de la que tomó una muestra.

Siguieron por la orilla del Merced, atravesaron la meseta de la Gran Vista y, después de haber recorrido cinco millas, llegaron a un claro situado a doscientos pasos del lago Grant.

Por el camino Harbert había descubierto un árbol cuyas ramas emplean los indios de la América Meridional para hacer sus arcos. Era el crejimba, de la familia de las palmeras o que no dan frutos comestibles. Cortaron varias ramas largas y rectas, despojáronlas de sus hojas y con el cuchillo las dejaron finas por los extremos y gruesas por el centro. Así, sólo les faltaba encontrar una planta a propósito para formar la cuerda del arco, y la hallaron en una especie perteneciente a la familia de las malváceas, un hibiscus heterophyllus, que da fibras de una tenacidad tan notable, que pueden compararse con los tendones de los animales. Pencroff construyó de este modo arcos de gran alcance, a los cuales sólo faltaban las flechas, pero éstas eran fáciles de hacer con ramas rectas y rígidas sin nudosidades; lo que no podía encontrarse tan fácilmente era la punta que debía armarlas, es decir, una sustancia que pudiera reemplazar al hierro. El marino pensó, sin embargo, que, habiendo hecho él cuanto estaba de su parte, la casualidad le proporcionaría lo que faltaba.

Los colonos llegaron al terreno que el día antes habían recorrido. Se componía de la arcilla figulina que sirve para fabricar ladrillos y tejas; arcilla, por consiguiente, muy ade­cuada para la operación que se quería llevar a cabo.

La mano de obra no presentaba ninguna dificultad: bastaba purificar la figulina con arena, moldear los ladrillos y cocerlos al calor de un fuego alimentado con leña.

Ordinariamente los ladrillos se hacen con moldes, pero el ingeniero se contentó con fabricarlos a mano. Emplearon todo el día y el siguiente en este trabajo. La arcilla empapada en agua y amasada después con los pies y las manos de los manipuladores fue dividida en prismas de igual tamaño. Un obrero práctico puede hacer, sin máquina, hasta diez mil ladrillos en doce horas, pero en los dos días de trabajo los cinco alfareros de la isla Lincoln no hicieron más que tres mil, que fueron alineados hasta que estuviesen secos y en condi­ciones de ser cocidos, lo cual no tendría lugar hasta tres o cuatro días después.

El día 2 de abril se ocupó Ciro Smith en fijar la orientación de la isla. La víspera había anotado con exactitud la hora en que el sol había desaparecido del horizonte, teniendo en cuenta la refracción, y aquella mañana anotó con no menos cuidado la salida; entre la puesta y la salida habían transcurrido doce horas y veinticuatro minutos; luego seis horas y doce minutos después de su salida, el sol debía pasar aquel día por el meridiano, y el punto de cielo que ocupase en aquel momento sería el norte.

A dicha hora anotó Ciro aquel punto y, señalando dos árboles que habían de servirle de jalones, obtuvo un meridiano invariable para sus operaciones ulteriores.

Durante los dos días que precedieron la cocción de los ladrillos, se ocupó la colonia en hacer provisión de leña, cortando ramas alrededor del claro del bosque y recogiendo toda la madera que había caído de los árboles.

Al hacer esto, descubrieron caza en los alrededores y se aprovecharon del descubri­miento, puesto que Pencroff poseía ya algunas docenas de flechas, armadas con puntas muy fuertes, que les proporcionó Top llevando un puerco espín, bastante malo como caza, pero de incalculable valor por las púas de que estaba erizado. Pencroff ajustó sólidamente aquellas púas al extremo de las flechas, asegurando la dirección por medio de plumas de cacatúas.

El corresponsal y Harbert pronto fueron diestros tiradores de arco, y por lo tanto la caza de pelo y de pluma abundó en las Chimeneas, no faltando cabiayes, palomas, agutíes y gallináceas.

La mayor parte de aquellos animales fueron matados en la parte del bosque situada en la orilla izquierda del río de la Merced, y a la cual se había dado el nombre de bosque del Jacamar, en recuerdo del ave que Pencroff había perseguido en su primera exploración.

La caza se la comieron fresca, pero conservaron los perniles de los cabiayes ahumándolos con leña verde, después de haberlos aromatizado con hojas odoríferas.

Sin embargo, el alimento de los colonos era siempre asado y deseaban oír cantar en el hogar una olla sencilla, mas antes era preciso tenerla, y por consiguiente que se hiciese el horno donde había de cocerse.

Durante estas excursiones, que no se hicieron más que en un radio muy reducido alrededor del tejar, los cazadores vieron huellas de pasos recientes de animales de gran tamaño, armados de garras poderosas, cuya especie no pudieron reconocer. El ingeniero les recomendó, por tanto, la mayor prudencia, porque era probable que el bosque contuviese fieras peligrosas.

Esta recomendación fue muy prudente, pues Gedeón Spilett y Harbert vieron un día un animal que parecía un jaguar. Por fortuna la fiera no les atacó, porque de otro modo tal vez no hubieran escapado sin heridas graves. Pero cuando tuvieran un arma formal, es decir, uno de esos fusiles que Pencroff reclamaba, Spilett prometía hacer una guerra encarnizada a las fieras y purgar de ellas la isla.

Durante aquellos días no se hizo nada para dotar a las Chimeneas de algunas comodi­dades, porque el ingeniero pensaba descubrir o fabricar, si era necesario, una morada más conveniente. Se contentaron con extender sobre la arena de los corredores frescos lechos de musgo y hojas secas, y sobre esos lechos, bastante primitivos, los trabajadores, cansados, dormían con profundo sueño.

Se calculó el cómputo de los días transcurridos en la isla de Lincoln, desde que habían llegado los colonos, teniendo desde entonces una cuenta regular con el tiempo. El día 5 de abril, miércoles, haría doce días que el viento arrojó a los náufragos sobre el litoral.

El 6 de abril, al rayar el alba, el ingeniero y sus compañeros estaban reunidos en el claro del bosque y en el sitio en que iba a verificarse la cocción de los ladrillos. Naturalmente la operación debía hacerse al aire libre y en hornos, o más bien la aglomeración de los ladrillos seria un horno enorme que habría de cocerse a sí mismo. El combustible, hecho de fajinas bien preparadas, fue dispuesto en el suelo, rodeándolo de muchas filas de ladrillos secos que formaron pronto un grueso cubo, al exterior del cual se dejaron algunos respiraderos. Aquel trabajo duró todo el día y hasta que oscureció no se dio fuego a las fajinas.

Aquella noche nadie se acostó, velando cuidadosamente para que el fuego no se apagara ni disminuyera.

La operación duró cuarenta y ocho horas y tuvo éxito. Fue preciso entonces dejar enfriar la masa humeante, y durante aquel tiempo, Nab y Pencroff, guiados por Ciro Smith, acarrearon sobre unas parihuelas hechas de ramas enlazadas muchas cargas de carbonato de cal, piedras comunes que se encontraban abundantemente al norte del lago. Estas piedras, descompuestas por el calor, dieron una cal viva, muy crasa y abundante, tan pura como si hubiera sido producida por la calcinación de la greda o del mármol. Mezclada con arena, cuyo efecto es atenuar la reducción de la pasta, cuando se solidificó aquella cal, produjo una excelente argamasa.

De estos diversos trabajos resultó que el 9 de abril el ingeniero tenía a su disposición cierta cantidad de cal bien preparada y algunos millares de ladrillos.

Comenzó, pues, sin perder un instante, la construcción de un horno, que debía servir para cocer los diferentes utensilios indispensables para el uso doméstico. Esto se llevó a cabo sin dificultad.

Cinco días después el horno fue cargado con hulla, cuyo nacimiento había descubierto el ingeniero, a cielo abierto, hacia la embocadura del arroyo Rojo, y los primeros humos se escaparon de una chimenea de veinte pies de altura. El claro del bosque se había transfor­mado en fábrica y Pencroff empezaba a creer que de aquel horno iban a salir todos los productos de la industria moderna.

Lo primero que fabricaron los colonos fue una vajilla de barro muy a propósito para la cocción de alimentos. La primera materia fue la arcilla del suelo, con la cual Smith mezcló un poco de cal y de cuarzo. En realidad aquella pasta constituía el verdadero barro de pipa, y con ella se hicieron pucheros, tazas, para las cuales sirvieron de molde varios cantos de formas convenientes, grandes jarros, cántaros y cubetes para contener el agua, etc. La forma de estos objetos era defectuosa y fea, pero, después que se hubieron cocido a una alta temperatura, la cocina de las Chimeneas se halló provista de cierto número de utensilios tan preciosos, como si hubiera entrado en su composición el más hermoso caolín.

Aquí debemos advertir que Pencroff, deseoso de saber si aquella arcilla así preparada justificaba su nombre de barro de pipa, se fabricó algunas pipas bastante burdas, que halló admirables, y a las cuales no faltaba más que el tabaco. Esta era una gran privación para Pencroff.

“Pero el tabaco vendrá como todas las cosas”, repetía para sí en sus momentos de confianza absoluta.

Los trabajos que hemos reseñado duraron hasta el 15 de abril y no se puede decir que per­dieron el tiempo. Los colonos, convertidos en alfareros, no hicieron más que vajilla de cocina.

Cuando conviniese a Ciro Smith transformarlos en herreros, serían herreros. Pero siendo el día siguiente domingo, y domingo de Pascua, todos convinieron en santificar aquel día con el descanso. Aquellos norteamericanos eran hombres religiosos, fieles observadores de los preceptos de la Biblia, y la situación en que se encontraban no podía menos de desarrollar sus sentimientos de confianza en el Autor de todas las cosas.

En la noche del 15 de abril volvieron todos a las Chimeneas. El resto de vajilla fue llevado a su sitio y el horno se apagó, esperando un nuevo destino. La vuelta fue señalada por un incidente afortunado: el descubrimiento que hizo el ingeniero de una sustancia que podía reemplazar la yesca.

Esta sustancia esponjosa y aterciopelada proviene de ciertos hongos del género políporo. Convenientemente preparada es muy inflamable, sobre todo cuando ha sido antes saturada de pólvora o cocida en una disolución de nitrato o clorato de potasa. Pero hasta entonces no se había encontrado ninguno de aquellos políporos ni de otros hongos que pudieran reem­plazarlos.

Aquel día el ingeniero, habiendo reconocido cierta planta del género artemisa, que cuenta entre sus principales especies el ajenjo, el toronjil, el estragón, el jengibre, etc., arran­có varios tallos y, presentándolos al marinero, le dijo:

-Tome, Pencroff, esto le va a poner contento.

Pencroff miró atentamente la planta revestida de pelos sedosos y largos, cuyas hojas estaban cubiertas de un suave vello parecido al algodón.

-¿Y qué es esto, señor Ciro? -preguntó-. ¡Bondad del cielo! ¿Es tabaco?

-No -respondió Ciro-, es artemisa china para los sabios y para nosotros será yesca.

En efecto, aquella artemisa convenientemente desecada, dio una sustancia inflamable, sobre todo cuando el ingeniero la hubo impregnado de aquel nitrato de potasa que la isla tenía en abundancia en muchas capas, y que no era más que el salitre.

Aquella noche todos los colonos, reunidos en la habitación central, cenaron convenien­temente; Nab había preparado un guisado de agutí y jamón de cabiay aromatizado, al cual se unieron tubérculos cocidos del Caladium macrorhizum, especie de planta herbácea de la familia de las aráceas, y que bajo la zona tropical habría tenido una forma arborescente. Aquellos rizomas tenían un excelente sabor, eran muy nutritivos y semejantes a la sustancia que se vende en Inglaterra bajo el nombre de sagú de Portland, pudiendo en cierto modo reemplazar el pan, del que estaban enteramente privados los colonos de la isla Lincoln.

Terminada la cena, y antes de entregarse al sueño, Ciro Smith y sus compañeros salieron a tomar el aire por la playa. Eran las ocho de la noche, noche que se anunciaba magnífica. La luna, que había entrado en el plenilunio cinco días antes, no había aparecido aún, pero el horizonte se argenteaba ya con esos matices suaves y pálidos que podrían llamarse el alba lunar. En el cenit austral las constelaciones circumpolares resplandecían, y entre todas, aquella Cruz del Sur, a la cual el ingeniero, pocos días antes, saludaba desde la cima del monte Franklin.

Ciro Smith observó la espléndida constelación, que tiene en su cima y en su base dos estrellas de primera magnitud, en el brazo izquierdo una estrella de segunda, y en el derecho una de tercera.

Después de haber reflexionado, preguntó a Harbert:

-¿No estamos a 15 de abril?

-Sí, señor -contestó el joven.

-Pues bien, si no me equivoco, mañana será uno de los cuatro días del año en los cuales el tiempo verdadero se confunde con el tiempo medio, es decir, mañana, con corta diferencia de segundos, el sol pasará por el meridiano precisamente cuando los relojes señalen las doce. Si el tiempo es bueno, creo que podré obtener la longitud de la isla con una aproximación de pocos grados.

-¿Sin instrumentos ni sextante? -preguntó Gedeón Spilett.

-Sí -continuó el ingeniero-. Ya que la noche es tan clara, voy a ver ahora mismo si puedo obtener su latitud calculando la altura de la Cruz del Sur, es decir, del polo austral, por encima del horizonte. Ya comprenderán ustedes, amigos míos, que antes de emprender los trabajos de una instalación en regla, no basta haber averiguado que esta tierra es una isla, sino que es necesario hacer lo posible por averiguar a qué distancia está situada, tanto del continente americano, como del australiano, como de los principales archipiélagos del Pa­cífico.

-En efecto -dijo el corresponsal-, en vez de construir una casa, puede ser preferible construir un buque, si por ventura no estuviésemos más que a un centenar de millas de alguna costa habitada.

-Por eso mismo -repuso Ciro Smith-voy a tratar de obtener esta noche la latitud de la isla Lincoln, y mañana al mediodía procuraré averiguar la longitud.

Si el ingeniero hubiera podido disponer de un sextante, aparato que permite medir con exactitud la distancia angular de los objetos por reflexión, la operación no habría ofrecido dificultad alguna. Aquella noche, por la altura del polo, y al día siguiente por el paso del sol por el meridiano, habría tenido las coordenadas de la isla; pero faltando el aparato, era necesario suplirlo de otro modo.

Ciro Smith volvió a las Chimeneas, y allí, al resplandor del hogar, cortó dos reglas y unió una a otra por uno de sus extremos, de manera que formasen una especie de compás, cuyos extremos pudieran abrirse o cerrarse. El punto de unión estaba fijo por medio de una fuerte espina de acacia que Ciro tomó de la leña seca.

Terminado el instrumento, volvió el ingeniero a la playa, y como era preciso tomar la altura del polo por encima de un horizonte netamente marcado, es decir, de un horizonte de mar, y como el cabo de la Garra le ocupaba el horizonte del sur, tuvo que ir en busca de una estación más a propósito. La mejor hubiera sido sin duda el litoral expuesto directamente al sur, pero había que atravesar el río de la Merced, entonces muy profundo, y ésta era una dificultad grave.

Por consiguiente, Ciro Smith resolvió hacer una observación desde la meseta de la Gran Vista, reservándose tomar su altura sobre el nivel del mar; altura que pensaba calcular al día siguiente por medio de un simple procedimiento de geometría elemental.

Los colonos se trasladaron a la meseta subiendo por la orilla izquierda del río de la Merced y se colocaron en el límite que se orientaba al nordeste y sudeste, es decir, en la línea de rocas caprichosamente cortadas que formaban la orilla del río.

Aquella parte de la meseta dominaba en unos cincuenta pies las alturas de la orilla derecha, que bajaban por una doble pendiente hasta el extremo del cabo de Garra y hasta la costa meridional de la isla.

Ningún obstáculo detenía, pues, las miradas, que abarcaban el horizonte en una semicir­cunferencia, desde el cabo hasta el promontorio del Reptil. Al sur, este horizonte, iluminado desde su parte inferior por las primeras claridades de la luna, se destacaba vivamente sobre el cielo y podía ser notado con gran exactitud.

En aquel momento la Cruz del Sur se presentaba al observador en posición inversa, marcando la estrella Alfa su base, que es la más próxima al polo austral.

Esta constelación no está situada tan cerca del Polo Antártico como la estrella Polar lo está del Polo Artico.

La estrella Alfa está a unos 27° aproximadamente del primero, pero Ciro Smith lo sabía y tenía en cuenta esta distancia para su cálculo. También cuidó de observarla en el momento en que pasaba por el meridiano inferior, lo cual debía simplificar su operación.

Dirigió, pues, una rama de su compás de madera sobre el horizonte de mar, y la otra sobre la estrella Alfa, como hubiera hecho con dos anteojos de un círculo repetidor, y la abertura de las dos ramas le dio la distancia angular que separaba a la estrella Alfa del horizonte. A fin de fijar de una manera inmutable el ángulo obtenido, sujetó por medio de espinas las dos tablillas de su aparato sobre una tercera que situó transversalmente, de suerte que la abertura se mantuviese sólidamente.

Hecho esto, sólo faltaba calcular el ángulo obtenido, trayendo la observación al nivel del mar, de manera que se tomara en cuenta la depresión del horizonte, para lo cual era preciso medir la altura de la meseta.

El valor de este ángulo daría así la altura de la estrella Alfa, y por consiguiente, la del polo por encima del horizonte, es decir, la latitud de la isla, puesto que la latitud de un punto del globo es siempre igual a la altura del polo sobre el horizonte de aquel punto.

La realización de estos cálculos se aplazó para la mañana siguiente y a las diez de la noche todos dormían profundamente.

 

14. Se determina la longitud y la latitud de la isla

 

Al día siguiente, 16 de abril, domingo de Pascua, los colonos salían de las Chimeneas al amanecer y procedían al lavado de su ropa interior y a la limpieza de sus vestidos. El ingeniero pensaba hacer jabón cuando hubiera obtenido las materias necesarias para la sapo­nificación, sosa o potasa, y grasa o aceite. La cuestión de la renovación del guardarropa debía ser tratada en tiempo y lugar oportunos. En todo caso, los vestidos podían durar aún seis meses más, porque eran de tela fuerte y podían resistir el desgaste de los trabajos manuales. Pero todo dependía de la situación de la isla respecto de las tierras habitadas, situación que debía determinarse aquel mismo día, si lo permitía el tiempo.

El sol, levantándose sobre un horizonte puro, anunciaba un día magnífico, uno de esos hermosos días de otoño, que son como la última despedida de la estación calurosa.

Había que completar los elementos de las observaciones hechas la víspera midiendo la altura de la meseta de la Gran Vista sobre el nivel del mar.

-¿No necesitará usted un instrumento análogo al que le sirvió ayer? -preguntó Harbert al ingeniero.

-No, hijo mío, no -contestó éste-. Vamos a proceder de otro modo y de una manera casi tan exacta.

Harbert, que gustaba de instruirse en todo, siguió al ingeniero, el cual se apartó del pie de la muralla de granito bajando hasta el extremo de la playa, mientras Pencroff, Nab y el corresponsal se ocupaban en diversos trabajos.

Ciro Smith se había provisto de una especie de pértiga de unos doce pies de longitud, que había medido con la exactitud posible, comparándola con su propia estatura, cuya altura conocía poco más o menos. Harbert llevaba una plomada que le había dado el ingeniero, es decir, una simple piedra atada al extremo de una hebra flexible.

Al llegar a veinte pies del extremo de la playa, a unos quinientos pies de la muralla de granito, que se levantaba perpendicularmente, Ciro Smith clavó la pértiga uno o dos pies en la arena, calzándola con cuidado, y por medio de la plomada consiguió ponerla perpendicu­larmente al plano de horizonte.

Hecho esto, retrocedió la distancia necesaria para que, echado sobre la arena, el rayo visual, partiendo de su ojo derecho, rozase a la vez el extremo de la pértiga y la cresta de la muralla. Después marcó cuidadosamente aquel punto con un jalón pequeño.

-¿Conoces los primeros principios de la geometría? -dijo luego, dirigiéndose a Har­bert.

-Un poco, señor Ciro -contestó el joven, que no quería comprometerse demasiado.

-¿Recuerdas bien las propiedades de dos triángulos semejantes?

-Sí -contestó Harbert-. Sus lados homólogos son proporcionales.

-Pues bien, hijo mío, acabo de construir dos triángulos semejantes, ambos rectángulos: el primero, el más pequeño, tiene por lados la pértiga perpendicular, la distancia que separa el jalón del extremo inferior de la pértiga y el rayo visual por hipotenusa; el segundo tiene por lados la muralla perpendicular, cuya altura se trata de medir, la distancia que separa el jalón del extremo inferior de esta muralla y mi rayo visual, que forma igualmente su hipo­tenusa, la cual viene a ser la prolongación de la del primer triángulo.

-¡Ah!, señor Ciro, ya comprendo -exclamó Harbert-. Así, como la distancia del jalón a la base de la pértiga es proporcional a la distancia del jalón a la base de la muralla, del mismo modo la altura de la pértiga es proporcional a la altura de esa muralla.

-Eso es, Harbert -contestó el ingeniero-, y, cuando hayamos medido las dos primeras distancias, conociendo la altura de la pértiga, no tendremos que hacer más que un cálculo de proporción, el cual nos dará la altura de la muralla y nos evitará el trabajo de medirla directamente.

Tomaron las dos distancias horizontales por medio de la pértiga, cuya longitud sobre la arena era exactamente de diez pies. La primera distancia era de quince pies, que mediaban entre el jalón y el punto en que la pértiga estaba metida en la arena.

La segunda distancia entre el jalón y la base de la muralla era de quinientos pies.

Terminadas estas medidas, Ciro y el joven volvieron a las Chimeneas.

Allí el ingeniero tomó una piedra plana que se había llevado en sus precedentes excur­siones, especie de pizarra sobre la cual era fácil trazar números con una almeja, y estableció la proporción siguiente:

 

15:500::10:x

 

500 X 10 = 5.000

 

5.000     = 333'33

   15

 

Quedó, pues, averiguado que la muralla de granito medía 333 pies de altura.

Ciro Smith tomó entonces el instrumento que había hecho la víspera, y cuyas dos ramas, por su separación, le daban la distancia angular de la estrella Alfa al horizonte. Midió exactamente la abertura de aquel ángulo en una circunferencia que dividió en trescientas partes iguales. Ahora bien, aquel ángulo era de diez grados; luego la distancia angular total entre el polo y el horizonte, añadiéndose los 27° que separan a Alfa del Polo Antártico, y reduciendo al nivel del mar la altura de la meseta sobre la cual se había hecho la observación, era de 37°. Ciro Smith dedujo que la isla de Lincoln estaba situada en el grado 37 de latitud austral, o teniendo en cuenta, a causa de la imperfección de los instrumentos, un error de cinco grados, debería estar situada entre el paralelo 35 y el 40.

Faltaba obtener la longitud para completar las coordenadas de la isla, y esto fue lo que se propuso el ingeniero determinar a las doce del mismo día, es decir, en el momento en que el sol pasara por el meridiano.

Se decidió que aquel domingo se emplearía en un paseo, o más bien en una exploración de aquella parte de la isla situada entre el norte del lago y el golfo del Tiburón, y que, si el tiempo lo permitía, se extendiera el reconocimiento hasta la vuelta septentrional del cabo Mandíbula Sur; se almorzaría en las dunas y no regresarían hasta la tarde.

A las ocho y media de la mañana, la pequeña caravana seguía la orilla del canal. Del otro lado, en el islote de la Salvación, muchas aves se paseaban. Eran somorgujos de la especie llamada maneos, que se distinguen perfectamente por su grito desagradable, algo parecido al rebuzno de asno. Pencroff no las consideraba sino desde el punto de vista comestible, y supo, con cierta satisfacción, que su carne, aunque negruzca, era bastante apetitosa. Arrastrándose por la arena se podían ver también grandes anfibios, focas sin duda, que parecían haber elegido el islote como refugio. No era posible examinar aquellos animales desde el punto de vista alimenticio, porque su carne aceitosa es pésima; sin embargo, Ciro Smith observó con atención y, sin descubrir sus ideas, anunció a sus compañeros que próximamente harían una visita al islote.

La orilla que seguían los colonos estaba sembrada de innumerables conchas, algunas de las cuales habrían hecho la felicidad de un aficionado a malacología. Había, entre otras, faisanelas, terebrátulas, trigonias, etc.; pero lo que debía ser más útil fue un banco de ostras, descubierto en la baja marea, y que Nab señaló entre las rocas, a cuatro millas, poco más o menos, de las Chimeneas.

-Nab no ha perdido el día -dijo Pencroff, observando el banco de ostras que se extendía a larga distancia.

-Es un feliz descubrimiento -dijo el corresponsal-, y si, como se dice, cada ostra pone al año de 50.000 a 60.000 huevos, tendremos una reserva inagotable. -Yo creo, sin embargo, que la ostra no es muy nutritiva.

-No -respondió Ciro Smith-. La ostra contiene muy poca materia azoada, y si un hombre tuviera que alimentarse con ellas exclusivamente, necesitaría por lo menos de quince a dieciséis docenas diarias.

-Bueno -repuso Pencroff-. Comeremos docenas y docenas antes de agotar el banco. ¿No sería bueno tomar algunas para almorzar?

Y sin esperar respuesta a su proposición, sabiendo que estaba aprobada de antemano, el marino, ayudado por Nab, arrancó cierta cantidad de aquellos moluscos. Pusiéronlos en una especie de red hecha de fibras de hibisco perfeccionada por Nab, y que contenía provisiones para el almuerzo, y luego continuaron subiendo por la costa entre las dunas y el mar.

De vez en cuando Smith consultaba su reloj, a fin de prepararse a tiempo para la observación solar que debía hacerse a las doce.

Toda aquella parte de la isla era muy árida, hasta la punta que cerraba la bahía de la Unión, y que había recibido el nombre de cabo Mandíbula Sur. No se veía más que arena y conchas mezcladas con restos de lava. Algunas aves marinas frecuentaban aquella desolada costa, gaviotas, grandes albatros y patos silvestres, que excitaron con justa razón el apetito de Pencroff, el cual trató de matar algunos a flechazos, pero sin resultado, porque no se detenían en ninguna parte, y habría sido preciso derribarlos al vuelo.

El marino, en vista del mal resultado de sus tentativas, dijo al ingeniero:

-Ya ve usted, señor Ciro, que, mientras no tengamos uno o dos fusiles de caza, nuestro material dejará todavía mucho que desear.

-Cierto, Pencroff -contestó el corresponsal-, pero eso sólo depende de usted. Propor­ciónenos hierro para los cañones, acero para las baterías, salitre, carbón y azufre para la pólvora, mercurio y ácido azótico para el fulminante y plomo para los balas, y creo yo que Ciro nos hará fusiles de primera clase.

-¡Oh! -dijo el ingeniero-, todas estas sustancias se podrían encontrar sin duda en la isla; pero un arma de fuego es un instrumento delicado para el que se necesitan herramientas de gran precisión. En fin, veremos más adelante.

-¡Qué lástima -exclamó Pencroff-que hayamos tenido que arrojar al mar todas las armas que llevaba la barquilla y todos los utensilios y hasta las navajas de los bolsillos!

-Si no los hubiéramos arrojado, Pencroff, seríamos nosotros los que habríamos ido al fondo del mar -dijo Harbert.

-Es verdad, muchacho -contestó el marino.

Después, pasando a otra idea, añadió:

-Pero, ahora que pienso en-ello, ¿qué dirían Jonatán, Forster y sus compañeros cuando vieron a la mañana siguiente la plaza vacía por haber volado su máquina?

-Lo que menos me importa es saber lo que han podido pensar esos señores -dijo el corresponsal.

-Pues yo fui el que tuvo la idea -repuso Pencroff satisfecho.

-¡Magnífica idea, Pencroff! -añadió Gedeón Spilett-. ¡Sin ella, no estaríamos donde estamos!

-Prefiero estar aquí que en manos de los sudistas -exclamó el americano-, sobre todo habiendo el señor Ciro tenido la bondad de acompañarnos.

-Y yo también lo prefiero -dijo el corresponsal-. Por lo demás, ¿qué nos falta? Nada.

-Nada, excepto... todo -replicó Pencroff, soltanto una carcajada-. Pero un día u otro ya encontraremos el medio de salir de aquí.

-Y más pronto quizá de lo que ustedes imaginan -dijo entonces el ingeniero-, si la isla de Lincoln está situada a una distancia media de algún archipiélago habitado o de algún continente, cosa que sabremos antes de una hora. No tengo mapa del Pacífico, pero mi memoria ha conservado un recuerdo bastante claro de su parte meridional. La latitud que he obtenido ayer pone a la isla de Lincoln entre Nueva Zelanda, al oeste, y la costa de Chile, al este; pero entre estas dos tierras la distancia es de 6.000 millas. Falta, pues, determinar qué punto ocupa la isla en este gran espacio de mar, y esto es lo que nos dirá dentro de poco la longitud, según espero, con bastante aproximación.

-¿No es el archipiélago de las Pomotu el más próximo a nosotros en latitud? -pregun­tó Harbert.

-Sí -contestó el ingeniero-, pero la distancia que de él nos separa es mayor de 1.200 millas.

-¿Y por allí? -dijo Nab, que seguía la conversación con gran interés y cuya mano indicaba la dirección del sur.

-Por allí, nada -contestó Pencroff.

-Nada, en efecto -añadió el ingeniero.

-Dígame usted, Ciro -preguntó el corresponsal-, ¿y si la isla de Lincoln se encuentra nada más a 200 o a 300 millas de Nueva Zelanda o Chile?

-Entonces -contestó el ingeniero-, en vez de hacer una casa, haremos un buque y el capitán Pencroff se encargará de dirigirlo.

-¡Claro que sí, señor Ciro! -exclamó el marino-; estoy preparado a hacerme capitán tan pronto como usted haya encontrado el medio de construir una embarcación capaz de navegar por alta mar.

-La construiremos, si es necesario -contestó Ciro Smith.

Mientras hablaban aquellos hombres, que verdaderamente no dudaban de nada, se acer­caba la hora de la observación. ¿Cómo se compondría Ciro Smith para averiguar el paso del sol por el meridiano de la isla sin ningún instrumento? Era éste el problema que Harbert no podía resolver.

Los observadores se hallaban entonces a una distancia de seis millas de las Chimeneas, no lejos de aquella parte de las dunas en que habían encontrado al ingeniero, después de su enigmática salvación. Hicieron alto en aquel sitio y lo prepararon todo para el almuerzo, porque eran las once y media. Harbert fue a buscar agua dulce al arroyo que corría allí cerca y la trajo en un cántaro del que Nab se había provisto.

Durante aquellos preparativos Ciro Smith lo dispuso todo para su observación astronó­mica. Eligió en la playa un sitio despejado, que el mar, al retirarse, había nivelado perfecta­mente. Aquella capa de arena muy fina estaba tersa como un espejo, sin que un grano sobresaliese entre los demás. Poco importaba, por otra parte, que fuese horizontal o no, ni tampoco que la varita que Ciro plantó en ella se levantase perpendicularmente. Por el contrario, el ingeniero la inclinó hacia el sur, es decir, del lado opuesto al sol, porque no debe olvidarse que los colonos de la isla de Lincoln, por lo mismo que la isla estaba situada en el hemisferio austral, veían el astro radiante describir su arco diurno por encima del horizonte del norte y no por encima del horizonte del sur.

Harbert comprendió entonces el procedimiento que iba a emplear el ingeniero para averiguar la culminación del sol, es decir, su paso por el meridiano de la isla o, en otros términos, el mediodía del lugar. Se valdría de la sombra proyectada sobre la arena por la vara plantada en ella; medio que, a falta de instrumento, le daría una aproximación conveniente para el resultado que quería obtener.

En efecto, cuando aquella sombra llegase al mínimun de su longitud, sería el mediodía preciso, y bastaría seguir el extremo de aquella sombra para reconocer el instante en que, después de haber disminuido sucesivamente, comenzara a prolongarse. Inclinando la vara del lado opuesto al sol, Ciro Smith alargaba la sombra, y por consiguiente, sus modificaciones serían más fáciles de observar. En efecto, cuanto mayor es la aguja de un cuadrante, mejor puede seguirse el movimiento de su punta. La sombra de la vara no era, en efecto, más que la aguja de un cuadrante.

Cuando creyó llegado el momento, Smith se arrodilló sobre la arena, y por medio de jalones de madera que fijaba en ella, comenzó a apuntar la disminución sucesiva de la sombra de la varita. Sus compañeros, inclinados sobre él, seguían la operación con gran interés.

El corresponsal tenía su cronómetro en la mano, pronto a decir la hora que marcase, cuando la sombra llegase al mínimun de longitud. Además, como Ciro Smith operaba el 16 de abril, día en el cual se confunden el tiempo medio y el tiempo verdadero, la hora dada por Gedeón Spilett sería la hora verdadera de Washington en aquel momento, lo cual simplifi­caría el cálculo.

El sol se inclinaba lentamente; la sombra de la vara iba disminuyendo poco a poco y, cuando pareció a Ciro Smith que comenzaba a aumentar, preguntó: -¿Qué hora es?

-Las cinco y un minuto -contestó inmediatamente Spilett.

No había más que anotar con números la operación, cosa facilísima, como se ve: había cinco horas de diferencia, en números re4ondos, entre Washington y la isla de Lincoln, es decir, que eran las doce en punto en la isla de Lincoln cuando eran las cinco de la tarde en Washington. Ahora bien, el sol, en su movimiento aparente alrededor de la tierra, recorre un grado cada cuatro minutos, o sea quince grados por hora; quince grados multiplicados por cinco horas daban 75 grados.

Así, pues, estando Washington a los 77° 3' 11” o digamos a los 77° del meridiano de Greenwich, que los norteamericanos, lo mismo que los ingleses, toman por punto de partida de las longitudes, se concluía que la isla estaba situada a los 77° más 750 al oeste del meridiano de Greenwich, es decir, hacia los 152° de longitud oeste.

Ciro Smith anunció este resultado a sus compañeros y, teniendo en cuenta los errores de observación como los había tenido respecto de la latitud, creyó poder afirmar que la isla de Lincoln debía estar entre el grado 35 y el 37 de latitud y el 150 y 155 de longitud oeste del meridiano de Greenwich.

El error posible que se atribuía a la observación era, como se ve, de cinco grados en los dos sentidos, que a 60 millas por grado podía dar un error de 300 millas en latitud o en longitud para el cálculo exacto.

Pero este error no debía influir en el partido que convenía tomar.

Era evidente que la isla de Lincoln se hallaba a tal distancia de toda tierra o archipiélago, que no era posible aventurarse a atravesar semejante distancia en una sencilla y frágil canoa. En efecto, los cálculos la situaban por lo menos a mil doscientas millas de Tahití y de las islas del archipiélago de Pomotú, a más de mil ochocientas millas de Nueva Zelanda, y a más de cuatro mil quinientas de la costa americana.

Y cuando Ciro Smith consultaba su memoria, no recordaba en modo alguno una isla que ocupara en aquella parte del Pacífico la situación señalada a la isla de Lincoln.

 

15. Se convierten en metalúrgicos

 

Al día siguiente, 17 de abril, las primeras palabras del marino fueron para preguntar a Gedeón Spilett:

-Y bien, ¿qué vamos a hacer hoy?

-Lo que quiera el señor Ciro -contestó el corresponsal.

Los compañeros del ingeniero habían sido hasta entonces alfareros y en adelante iban a ser metalúrgicos.

La víspera, después del almuerzo, se había llevado a cabo la exploración hasta la punta del cabo Mandíbula, distante unas siete millas de las Chimeneas. Allí concluía la extraña serie de dunas y el suelo tomaba un aspecto volcánico. No se veían altas murallas como en la meseta de la Gran Vista, sino un bordado extraño y caprichoso, que formaba el marco de aquel estrecho golfo comprendido entre dos cabos y el compuesto de materias minerales vomitadas por el volcán. Los colonos, al llegar a aquella punta, habían retrocedido, y al caer la noche entraban de regreso en las Chimeneas; pero no se entregaron al sueño hasta que estuvo resuelta definitivamente la cuestión de si debían abandonar la isla de Lincoln o permanecer en ella.

Era una distancia considerable, 1.200 millas separaban la isla del archipiélago de las Pomotú. Una canoa no habría sido suficiente para atravesar, sobre todo al acercarse la mala estación; así lo declaró Pencroff. Ahora bien, construir una canoa, aun teniendo los útiles necesarios, era una obra difícil y, careciendo de herramientas, era preciso comenzar por hacer martillos, hachas, azuelas, sierras, barrenas, cepillos, etc., lo que exigía bastante tiem­po. Se decidió, pues, invernar en la isla de Lincoln y buscar una morada más cómoda que las Chimeneas para pasar en ella los meses de invierno.

Ante todo se trataba de utilizar el mineral de hierro, del cual el ingeniero había obser­vado algunos yacimientos en la parte nordeste de la isla, y de convertir aquel mineral en hierro o en acero.

El suelo no contiene generalmente los metales en estado de pureza; en su mayor parte se hallan combinados con el oxígeno o con el azufre. Precisamente las dos muestras recogidas por Ciro Smith eran una de hierro magnético no carbonatado, y la otra de pirita o sulfuro de hierro. El primero, o sea óxido de hierro, había que reducirlo por medio del carbón, es decir, desembarazarlo del oxígeno para utilizarlo en estado de pureza. Esta reducción debía hacerse sometiendo el mineral mezclado con carbón a una alta temperatura, ya por el método catalán, rápido y fácil, que tiene la ventaja de transformar directamente el mineral en hierro con una sola operación, bien por el método de los altos hornos, que cambia primero el mineral en fusión y después la fusión en hierro, quitándole el tres o cuatro por ciento de carbón, que se ha combinado con ella.

Ahora bien, ¿qué necesitaba Ciro Smith? Hierro y no fundición, y debía buscar el método más rápido de reducirlo. Por lo demás, el mineral que había recogido era por sí mismo muy puro y rico, o sea ese mineral oxidulado, que, hallándose en masas confusas de un color gris oscuro, da un polvo negro, se cristaliza en octaedros regulares, produce los imanes naturales y sirve en Europa para elaborar esos hierros de primera calidad que tan abundantemente producen Suecia y Noruega. No lejos de aquel yacimiento se hallaba otro de carbón de piedra ya explorado por los colonos. De aquí la facilidad para el tratamiento del mineral, pues estaban cerca de los elementos de fabricación. Esto es lo que constituye también la prodigiosa riqueza de las explotaciones del Reino Unido, donde la hulla sirve para hacer el metal extraído del mismo suelo y al mismo tiempo que ella.

-¿Así, pues, señor Ciro -dijo Pencroff-, vamos a trabajar mineral de hierro?

-Sí, amigo mío -contestó el ingeniero-, y para eso, si a usted no le parece mal, comenzaremos a cazar focas en el islote.

-¡A cazar focas! -exclamó el marino volviéndose hacia Gedeón Spilett-. ¿Nece­sitamos focas para fabricar hierro?

-Cuando lo dice el señor Ciro... -contestó el corresponsal.

El ingeniero había salido ya de las Chimeneas y Pencroff se preparó para la caza de las focas, sin haber obtenido más explicaciones.