El Capital 

 tomo II

Karl Marx


 

 

 

INDICE GENERAL

Tomo Segundo

Prólogos

LIBRO SEGUNDO

EL PROCESO DE CIRCULACION DEL CAPITAL

 

Sección Primera

LA METAMORFOSIS DEL CAPITAL Y SU CICLO

I.                     EL CICLO DEL CAPITAL-DINERO

1.        Primera Fase: D-M

2.        Segunda Fase: Función del capital productivo

3.        tercera fase: M´ – D´

4.        El ciclo, visto en su conjunto

 

I.                     EL CICLO DEL CAPITAL PRODUCTIVO

II.                   reproducción simple

III.                 Acumulación y reproducción en escala ampliada

IV.                 Acumulación de dinero

V.                   Fondo de reserva

 

I.                     EL CICLO DEL CAPITAL MERCANCÍA

II.                   LAS TRES FÓRMULAS DEL PROCESO CÍCLICO

III.                 EL TIEMPO DE CIRCULACIÓN

IV.                 LOS GASTOS DE CIRCULACIÓN

1.        Gastos netos de circulación

a)       Tiempo de compra y de venta

b)       Contabilidad

c)       Dinero

1.        Gastos de conservación

a)       El almacenamiento en general

b)       El verdadero almacenamiento de mercancías

1.        Gastos de transporte

 

Sección Segunda

LA ROTACION DEL CAPITAL

 

I.                     TIEMPO DE ROTACIÓN Y NÚMERO DE ROTACIÓN

 

II.                   CAPITAL FIJO Y CAPITAL CIRCULANTE

III.                 Diferencias de forma

IV.                 Partes integrantes, reposición, reparación, acumulación del capital fijo.

 

I.                     LA ROTACIÓN GLOBAL DEL CAPITAL DESEMBOLSADO, CICLOS DE ROTACIÓN.

II.                   TEORÍAS SOBRE EL CAPITAL FIJO Y EL CAPITAL CIRCULANTE. LOS FISIÓCRATAS Y ADAM SMITH

III.                 TEORÍAS SOBRE EL CAPITAL FIJO Y EL CAPITAL CIRCULANTE. RICARDO

IV.                 EL PERÍODO DE TRABAJO

V.                   EL TIEMPO DE PRODUCCIÓN

VI.                 EL TIEMPO DE CIRCULACIÓN

VII.               CÓMO INFLUYE EL TIEMPO DE ROTACIÓN  DE LA MAGNITUD DEL CAPITAL DESEMBOLSADO.

VIII.             Período de trabajo igual a período de circulación

IX.                Período de trabajo mayor que el período de circulación

X.                  Período de trabajo menor que el período de circulación

XI.                Resultados

XII.              Cómo influyen los cambios de precios

 

I.                     LA ROTACIÓN DEL CAPITAL VARIABLE

II.                   La cuota anual de plusvalía

III.                 La rotación de un solo capital variable

IV.                 La rotación del capital variable, socialmente considerada.

 

I.                     LA CIRCULACIÓN DE LA PLUSVALÍA

II.                   Reproducción simple

III.                 Acumulación y reproducción ampliada

 

Sección Tercera

LA REPRODUCCIÓN  Y CIRCULACIÓN DEL CAPITAL SOCIAL EN CONJUNTO

 

I.                     INTRODUCCIÓN

II.                   Objeto de la investigación

III.                 Papel del capital dinero.

 

I.                     ESTUDIOS ANTERIORES SOBRE EL TEMA

II.                   Los Fisiócratas

III.                 Adam Smith

1)       Puntos de vista generales de Adam Smith

2)       Como descompone A. Smith el valor de cambio en v + p

3)       El capital constante

4)       El capital y la renta en A. Smith

5)       resumen

I.                     Autores posteriores

II.                   REPRODUCCIÓN SIMPLE

III.                 Planteamiento del problema

IV.                 Los dos sectores de la producción social

V.                   La circulación entre los dos sectores I (v + p) X Iic

VI.                 El cambio dentro del sector II. Medios de vida necesarios y artículos de lujo

VII.               Cómo media en los cambios la circulación de dinero

VIII.             El capital constante del sector I

IX.                El capital variable y la plusvalía en ambos sectores

X.                  El capital constante en ambos sectores

XI.                Ojeada retrospectiva a Adam Smith, Storch y Ramsay

XII.              Capital y renta: capital variable y salarios

XIII.            Reposición del capital fijo

1)       Reposición de la parte del valor de desgaste en forma de dinero

2)       Reposición del capital fijo en especie

3)       Resultados

I.                     La reproducción del capital-dinero

II.                   La teoría de la reproducción de Destutt de Tracy

III.                 LA ACUMULACION Y LA REPRODUCCION  EN ESCALA AMPLIADA

IV.                 La acumulación en el sector I

a)       Atesoramiento

b)       El capital constante adicional

c)       El capital variable adicional

I.                     La acumulación en el sector II

II.                   Exposición esquemática de la acumulación

a)       Primer ejemplo

b)       Segundo ejemplo

c)       Cambio de IIc con acumulación

I.                     Notas complementarias

 

APENDICES

 

Siete artículos de Federico Engels sobre el tomo primero de "El Capital"

V.I. Lenin. La Teoría de la Renta

V.I. Lenin. Sobre la caracterización del romanticismo económico

V.I. Lenin. La crisis

V.I. Lenin. Observación sobre el problema de la teoría de los mercados

V.I. Lenin. Insistiendo sobre el problema de la teoría de la realización

V.I. Lenin. Fragmento de la obra "El desarrollo del capitalismo en Rusia"

 

Notas explicativas

Indice Alfabético de nombres citados


 

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo

 

No era empresa fácil preparar para la imprenta el segundo libro de El Capital, consiguiendo, de una parte, que apareciese como una obra coherente y lo más acabada posible y, de otra, como obra exclusiva del autor y no del encargado de editarla. El gran número de versiones manuscritas existentes, fragmentarías la mayoría de ellas, acumulaba nuevas dificultades. Solamente una, a lo sumo (el manuscrito IV), ofrecía, hasta donde alcanzaba, una redacción lista para ser entregada a la imprenta; pero la mayor parte de ella había quedado anticuada, en cambio, por refundiciones de una época posterior. La gran masa de los materiales, aun cuando elaborada y acabada en cuanto al fondo, no lo estaba con respecto a la forma; aparecía redactada en ese lenguaje en que Marx solía componer sus notas: en un estilo descuidado, familiar, salpicado de expresiones y giros de crudo humorismo, de términos técnicos ingleses y franceses, y a ratos con frases y hasta con páginas enteras en inglés: eran las ideas del autor estampadas sobre el papel, en la forma en que se iban desarrollando en su cabeza. Junto a partes expuestas en todo detalle, otras, no menos importantes, apenas esbozadas: el material de hechos que había de documentar las afirmaciones, reunido, pero apenas ordenado, y mucho menos elaborado; muchas veces, al final de un capítulo, en la impaciencia por pasar al siguiente, un par de frases nada más, simplemente esbozadas, como jalón del desarrollo truncado del pensamiento; por último, la consabida letra, que a veces ni el propio autor era capaz de descifrar.

Yo me he limitado a reproducir lo más textualmente posible los manuscritos, variando el estilo tan sólo en aquellos casos en que estaba seguro de que el propio Marx lo habría hecho, e interpolando frases explicativas de nexo y de transición exclusivamente en los casos en que ello era de todo punto necesario y en que, además. el sentido estaba perfectamente claro. Las frases cuya interpretación sólo ofrecía una duda muy remota, he preferido reproducirlas al pie de la letra. Las refundiciones e interpolaciones introducidas por mí no llegarán, en total, a más de diez páginas impresas, y tienen siempre un carácter puramente formal.

La mera enumeración de los materiales manuscritos legados por Marx para el libro II demuestra con qué tremendo rigor con que severa actitud crítica para consigo mismo se esforzaba aquel hombre en ahondar hasta la última perfección sus grandes descubrimientos económicos, antes de darlos a la publicidad; esta actitud crítica para consigo mismo rara vez le permitía adaptar la exposición, por su contenido y su forma, a su horizonte visual, que los nuevos estudios iban ampliando constantemente. Veamos ahora cuáles son estos materiales:

En primer lugar, un manuscrito titulado "Contribución a la crítica de la economía política", 1,472 cuartillas en cuarto en 23 cuadernos, escrito de agosto de 1861 a junio de 1863. Es la continuación del primer cuaderno del mismo título publicado en Berlín en 1859. Trata hasta agotarlos, en las cuartillas 1–220 (cuadernos I–V) y luego en las páginas 1,159–1,472 (cuadernos XIX–XXIII); los temas de la conversión del dinero en capital que se investigan en el libro I de la obra y es la primera versión con que contamos acerca de estos temas. Las páginas 973–1,158 (cuadernos XVI–XVIII) se ocupan del capital y la ganancia, de la cuota de ganancia, del capital comercial y del capital–dinero; es decir, de temas que luego habrán de desarrollarse en el manuscrito del libro III. En cambio, los temas tratados en el libro II. al igual que muchos de los que se tratarán más tarde en el libro III, no aparecen todavía agrupados de un modo especial. Estos temas son tratados de pasada, sobre todo en la sección que forma el cuerpo principal del manuscrito: páginas 220–972 (cuadernos VI–XV): "Teorías sobre la plusvalía." En esta sección se contiene una historia crítica detallada de lo que constituye el punto cardinal de la economía política: la teoría de la plusvalía, y junto a ella desarrolla el autor, polemizando con sus antecesores, la mayoría de los puntos que más tarde habrán de investigarse, de un modo especial y en su concatenación lógica. en los manuscritos de los libros II y III. Es mi propósito editar como libro IV de El Capital la parte critica de este manuscrito, después de eliminar de él los numerosos pasajes incluidos ya en los libros II y III. Este manuscrito es algo verdaderamente precioso, pero inutilizable para la presente edición del libro II.

Viene luego, por su fecha el manuscrito del libro III, escrito, por lo menos en su mayor parte, en 1864 y 1865. Hasta que no hubo terminado, en lo esencial, este manuscrito, Marx no acometió la redacción del libro I. del volumen primero de la obra, publicado en 1867. Este manuscrito del libro III es el que me ocupo en la actualidad de preparar para la imprenta.

Del período siguiente –el posterior a la publicación del libro I–, tenemos, para el libro II, una colección de cuatro manuscritos en folio, señalados por el propio Marx con los números 1 al IV. El manuscrito 1 (150 páginas), que data probablemente de 1865 ó 67, es la primera redacción independiente, aunque más o menos fragmentaria, del libro II, en su orden actual. Tampoco de este manuscrito era posible utilizar nada. El manuscrito III está formado, en parte por un conjunto de citas y referencias a los cuadernos de extractos de Marx –la mayoría de ellas relativas a la primera sección del libro II– y en parte por el estudio de algunos puntos concretos y principalmente por la critica de las tesis de A. Smith sobre el capital fijo y el capital circulante y sobre la fuente de la ganancia; figura en él, además, un estudio de la relación entre la cuota de plusvalía y la cuota de ganancia, que pertenece al libro III. Las referencias han suministrado pocos hallazgos nuevos, y las versiones, tanto las del libro II como las del III, habían quedado ya superadas por redacciones posteriores, razón por la cual hubieron de dejarse a un lado, en su mayoría. El manuscrito IV es una elaboración, lista para ser entregada a la imprenta, de la sección primera y de los primeros capítulos de la sección segunda del libro II, y lo hemos utilizado también cuando le ha llegado el turno. Aunque se comprobó que había sido redactado antes que el manuscrito II, se le podía utilizar con ventaja para la parte correspondiente de dicho libro, por ser más acabado de forma; bastaba con incorporarle algunas adiciones del manuscrito II. Este último manuscrito es la única versión más o menos acabada del libro II y data del 1870. Las notas para la redacción final, a que enseguida nos referimos, dicen expresamente: "Debe tomarse como base la segunda versión."

Después de 1870, sobrevino una nueva pausa, debida principalmente a enfermedades. Como de costumbre, Marx ocupó este tiempo en estudios: agronomía, el régimen rural norteamericano y principalmente ruso, el mercado de dinero y el sistema bancario, y por último las ciencias naturales, la geología y la fisiología, y sobre todo ciertos trabajos matemáticos emprendidos por cuenta propia, forman el contenido de los numerosos cuadernos de extractos de esta época. A comienzos de 1877, Marx sintióse ya lo suficientemente repuesto para acometer de nuevo su trabajo más importante. Algunas referencias y notas de los cuatro manuscritos ya mencionados como base para una refundición del libro II, cuyo comienzo se contiene en el manuscrito V (56 páginas en folio), datan de fines de marzo de 1877. Este manuscrito contiene los primeros cuatro capítulos y aparece todavía poco desarrollado; algunos puntos esenciales se tratan en notas al pie del texto; la materia está reunida más bien que ordenada, pero es la última exposición completa de esta parte, la más importante de la sección primera. Un primer intento de sacar de aquí una redacción apta para ser entregada a la imprenta lo tenemos en el manuscrito VI (posterior a octubre de 1877 y anterior a julio del 78); solamente 17 páginas en cuarto, que abarcan la mayor parte del primer capítulo, y un segundo ensayo –el último– en el manuscrito VII, "2 de julio de l878", 7 páginas en folio solamente.

Por aquel entonces, Marx parecía haberse dado ya cuenta de que no alcanzaría a elaborar de un modo capaz de satisfacerle plenamente los libros II y III, si no se operaba un cambio completo en su estado de salud. En efecto, los manuscritos V a VII presentan con harta frecuencia las huellas de una lucha violenta contra las enfermedades que le atenazaban. El fragmento más difícil de la sección primera aparece redactado de nuevo en el manuscrito V; el resto de la sección primera y toda la sección segunda (con excepción del capitulo XVII) no presentaban grandes dificultades teóricas: en cambio, el autor consideraba la sección tercera, la reproducción y circulación del capital social, apremiantemente necesitada de una nueva elaboración. En efecto, en el manuscrito II se estudiaba la reproducción, primero sin tener en cuenta la circulación en dinero que le sirve de vehículo y luego tomando ésta en consideración. Era necesario eliminar esto y, en general, reelaborar toda la sección de modo que se ajustase al horizonte visual ampliado del autor. De este modo, surgió el manuscrito VIII, un cuaderno de 70 páginas en cuarto solamente; pero basta confrontar la sección III, en el texto impreso, después de dejar a un lado los fragmentos interpolados del manuscrito II, para darse cuenta de todo lo que Marx fue capaz de condensar en tan poco espacio.

Tampoco este manuscrito es más que un estudio previo del tema, con la finalidad primordial de fijar y desarrollar los nuevos puntos de vista logrados en relación con el manuscrito II y omitiendo los puntos acerca de los cuales no había nada nuevo que decir. También aquí se incorpora y amplía un fragmento esencial correspondiente al capítulo XVII de la sección segunda y que, en cierto modo, entra ya en la sección tercera. La ilación lógica se interrumpe con frecuencia y la exposición aparece a ratos llena de lagunas y es, sobre todo al final, absolutamente fragmentaria. Pero lo que Marx se propuso decir aparece dicho, de un modo o de otro.

Tales son los materiales con que contamos para la composición del libro II y de los cuales, según una frase de Marx a su hija Eleanor poco antes de morir, yo debía "sacar algo". He asumido este encargo dentro de los límites más estrictos; siempre que ello me ha sido posible, he limitado mi intervención simplemente a elegir entre las diversas redacciones. Para esto, he seguido siempre la norma de tomar como base la última redacción existente, cotejándola con las anteriores. Sólo la sección primera y la tercera –sobre todo ésta– opusieron verdaderas dificultades, es decir, dificultades no meramente técnicas, a la aplicación de este criterio. He procurado resolverlas, ateniéndome exclusivamente al espíritu del autor.

He traducido la mayoría de las citas que figuran en el texto, cuando se trata de documentación de hechos o en aquellos casos en que, como sucede tratándose de pasajes de A. Smith, el original se halla al alcance de todo el que quiera molestarse en investigar la cosa a fondo. Solamente en el capítulo X hube de renunciar a ello, ya que aquí el autor critica directamente el texto inglés. Las referencias al libro I tornan como base la paginación de la segunda edición, la última publicada en vida de Marx.

Para el libro III, sólo he contado –aparte de la primera versión contenida en el manuscrito titulado "Contribución, etc.", de los fragmentos ya mencionados que figuran en el manuscrito III y de algunas notas breves que de vez en cuando se insertan en los cuadernos de extractos– con los siguientes materiales: el citado manuscrito en folio de 1864–65, elaborado en el mismo grado de perfección aproximadamente que el manuscrito II del libro II, y finalmente un cuaderno del año 1875: la relación entre la cuota de plusvalía y la cuota de ganancia, desarrollada matemáticamente (en ecuaciones). La preparación de este libro para la imprenta avanza rápidamente. En la medida en que puedo emitir ya un juicio, creo que, sí se exceptúan algunas secciones, ciertamente muy importantes, sólo habré de tropezar, para dar cima a la obra, con dificultades de carácter técnico.

Creemos que es éste el lugar indicado para rebatir una acusación que se ha formulado contra Marx; acusación que al principio sólo se apuntaba en voz baja y por contadas personas, y que hoy, después de muerto Marx, los socialistas de cátedra y de Estado y sus seguidores hacen circular por ahí como un hecho establecido: la acusación de que Marx se limitó a plagiar a Rodbertus. Acerca de esto ya he tenido ocasión de decir en otro lugar1 lo que más urgía decir, pero es ahora cuando podré aportar las pruebas documentales decisivas.

Esta acusación a que nos referimos aparece formulada por vez primera, que yo sepa, por R. Meyer, Emanzipationshampf des vierten Standes, p. 43: "De estas publicaciones (es decir, de !as publicaciones de Rodbertus, que se remontan a la segunda mitad de la década del treinta) ha tomado Marx, como puede probarse, la mayor parte de su crítica." Mientras no se me presenten otras pruebas, tengo que suponer que toda la "fuerza probatoria" de esta afirmación consiste en que así se lo ha asegurado Rodbertus al señor Meyer. En 1879 aparece en escena el propio Rodbertus y escribe a J. Zeller (Zeitschrift für die gesammte Staatswissenschaft, Tubinga, 1879, p. 219), refiriéndose a su obra Zur Erkenntnis urserer staatswirtschaftlichen Zustände (1842), en los términos siguientes: "Se dará usted cuenta de que ella (la argumentación desarrollada allí) ha sido utilizada ya... muy bonitamente por Marx, naturalmente sin citarme." Su editor póstumo, T. Kozak, repite, sin pararse en averiguaciones, esta cháchara de Rodbertus (Das Kapital, por Rodbertus, Berlín, 1884. Introducción, p. XV). Finalmente, en las Briefe und sozialpolitische Aufsätze del Dr. Rodbertus–Jagetzow, editados por R. Meyer en 1881, Rodbertus dice, sin andar con rodeos: "Hoy, me veo saqueado por Schäffle y Marx, sin que ni siquiera me mencionen" (carta núm. 60, p. 134). Y en otro pasaje, la pretensión de Rodbertus cobra contornos aún más rotundos: "En mí tercera carta social, he puesto de manifiesto, sustancialmente lo mismo que Marx, sólo que de un modo mucho más breve y más claro, de dónde nace la plusvalía del capitalista" (carta núm. 48, p. 111 ).

Marx no se enteró jamás de estas acusaciones de plagio que se le hacían. En su ejemplar del libro Der Emanzipationskampf sólo estaban cortadas por la plegadera las páginas referentes a la Internacional; el resto de la obra hube de abrirlo yo mismo después de su muerte. La revista de Tubinga, ni siquiera llegó a verla. Las Briefe, etc., a R. Meyer las ignoraba igualmente, y cuando yo paré la atención en el pasaje relativo al "saqueo" fue ya en el año 1884 y gracias al propio señor Dr. Meyer. En cambio, Marx conocía la carta núm. 48, porque el señor Meyer había tenido la gentileza de regalarle el original a su hija menor. Marx, a cuyos oídos habían llegado, indudablemente, algunos rumores misteriosos acerca de la pretendida fuente secreta de su crítica, es decir, de Rodbertus, me la enseñó diciéndome que, por fin, esta carta le brindaba un testimonio auténtico acerca de las pretensiones de Rodbertus; que si no pretendía más, esto a él, a Marx, no le preocupaba gran cosa, y que no había tampoco inconveniente en dejarle a Rodbertus la satisfacción de pensar que su exposición era la más breve y la más clara. En realidad, Marx entendía que con esta carta de Rodbertus quedaba liquidado el asunto.

Y tenía perfecta razón para entenderlo así; tanto más cuanto que, según me consta positivamente, Marx ignoró toda la obra literaria de Rodbertus hasta el año 1859 aproximadamente, en que su propia crítica de la economía política estaba ya perfilada, no sólo en líneas generales, sino incluso en cuanto a sus más importantes pormenores. Marx comenzó sus estudios económicos en París, en 1843, por los grandes ingleses; de los alemanes, sólo conocía a Rau y a List, y con ellos tenía de sobra. Ni Marx ni yo supimos una palabra de la existencia de Rodbertus hasta que en 1848 nos vimos en la necesidad de criticar, en la Neue Rheinische Zeitung, sus discursos como diputado renano y sus actos como ministro. Tan ignorantes estábamos de su persona, que hubimos de preguntar a los diputados renanos quién era aquel señor Rodbertus que aparecía convertido en ministro de la noche a la mañana. Pero tampoco ellos supieron revelarnos nada de sus trabajos económicos. En cambio, la Misére de la Philosophie, 1847, y las conferencias sobre Trabajo asalariado y capital pronunciadas en Bruselas en 1847 y publicadas en 1849 en los números 264–69 de la Neue Rheinische Zeitung, demuestran que Marx sabía ya perfectamente, por aquel entonces, sin necesidad de la ayuda de Rodbertus, no sólo de dónde proviene, sino también cómo "nace la plusvalía del capitalista". Fue allá por el año 1859 cuando Marx se enteró, por Lassalle, de que existía también un Rodbertus economista y cuando descubrió en el Museo Británico su "Tercera carta social".

Tales son los hechos. Veamos ahora qué hay de cierto en lo tocante a las ideas que Marx, según se dice, ha "saqueado" a Rodbertus. "En mi tercera carta social –dice Rodbertus–, he puesto de manifiesto sustancialmente lo mismo que Marx, sólo que de un modo más breve y más claro, de dónde nace la plusvalía del capitalista." El punto cardinal es, por tanto, la teoría de la plusvalía; y, en realidad, nadie seria capaz de decir qué otra cosa podría Rodbertus reivindicar de Marx como propiedad suya. Rodbertus se hace aparecer, pues, aquí como el verdadero autor de la teoría de la plusvalía, pretendiendo que Marx se la ha saqueado.

Pues bien; ¿qué nos dice la tercera carta social [p. 87] respecto al nacimiento de la plusvalía? Nos dice, sencillamente, que la "renta", término en el que el autor sintetiza la renta del suelo y la ganancia no nace de un "recargo de valor" sobre el valor de la mercancía, sino "como consecuencia de una deducción de valor que se le impone al salario; en otros términos, porque el salario sólo representa una parte del valor del producto del trabajo" y porque allí donde la productividad del trabajo es suficiente, "no necesita ser igual al valor natural de cambio de su producto, con objeto de que quede un remanente para la reposición del capital (!) y para la renta". Sin que se nos diga qué "valor natural de cambio" del producto es ése en el que no queda ningún remanente para la "reposición del capital", es decir, para la reposición de las materias primas y del desgaste de las herramientas.

Afortunadamente, tenemos la posibilidad de comprobar la impresión que este sensacional descubrimiento de Rodbertus causó a Marx. En el cuaderno X, pp. 445 ss., del manuscrito titulado "Contribución a la crítica, etc.", nos encontramos con una "digresión" titulada "El señor Rodbertus. Una nueva teoría de la renta del suelo". Es el único punto de vista desde el cual se examina aquí la tercera carta social. Marx liquida la teoría rodbertiana de la plusvalía en general con esta observación irónica: "El señor Rodbertus empieza investigando el aspecto que presenta un país en que la posesión de la tierra y la del capital no se hallan separadas, para llegar luego al resultado importante de que la renta (por la cual entiende toda la plusvalía) equivale simplemente al trabajo no retribuido o a la cantidad de productos en que toma cuerpo."

Ahora bien, la humanidad capitalista se ha pasado varios siglos produciendo plusvalía y, poco a poco ha ido formándose, además, una idea acerca del nacimiento de ésta. La primera noción fue la que brotó de la práctica mercantil inmediata: la de que la plusvalía nacía de un recargo sobre el valor del producto. Esta idea predominaba entre los mercantilistas, pero ya James Steuart se dio cuenta de que, sí fuese así, lo que unos ganaban tenían necesariamente que perderlo otros. A pesar de eso, esta idea siguió apuntando todavía durante mucho tiempo, sobre todo entre los socialistas; fue A. Smith quien la desplazó de la ciencia clásica.

En su Riqueza de las Naciones, libro 1, cap. VI, se dice: "Tan pronto como el capital se acumula en poder de personas determinadas, algunas de ellas procuran regularmente emplearlo en dar trabajo a gentes laboriosas, suministrándoles materiales y alimentos, para sacar provecho de la venta de su producto o del valor que el trabajador añade a los materiales." Este "se resuelve en dos partes; una de ellas paga el salario de los obreros, y la otra las ganancias del empresario, sobre el fondo entero de materiales y salarios que adelanta." Y un poco más adelante: "Desde el momento en que las tierras de un país se convierten en propiedad privada de los terratenientes, éstos, como los demás hombres, desean cosechar donde nunca sembraron, y exigen una renta hasta por el producto natural del suelo..." El obrero "ha de pagar al terrateniente una parte de lo que su trabajo produce o recolecta. Esta porción, o lo que es lo mismo, el precio de ella, constituye la renta de la tierra".

En el citado manuscrito "Contribución a la critica, etc.", p. 253;. Marx comenta así este pasaje: "Para A. Smith, la plusvalía, es decir, el trabajo sobrante, el remanente de trabajo invertido y materializado en la mercancía después de cubrir el trabajo retribuido, cuyo equivalente es el salario, constituye por tanto la categoría general de que la ganancia propiamente dicha y la renta del suelo no son más que modalidades."

Más adelante, libro 1, cap. VIII, dice también A. Smith:

"Tan pronto como la tierra se convierte en propiedad privada, el propietario exige una parte de todo cuanto producto obtiene o recolecta en ella el trabajador. Su renta es la primera deducción que se hace del producto del trabajo aplicado a la tierra. Rara vez ocurre que la persona que cultiva la tierra disponga de lo necesario para mantenerse hasta la recolección. La subsistencia que se le adelanta procede generalmente del capital de un amo, el granjero que lo emplea, y que no tendría interés en ocuparlo sino participando en el producto del trabajador... este beneficio viene a ser la segunda deducción que se hace del producto del trabajo empleado en la tierra. El producto de cualquier otro trabajo está casi siempre sujeto a la misma deducción de un beneficio. En todas las artes y manufacturas, la mayor parte de los operarios necesitan de un patrón que les adelante los materiales de su obra, los salarios y el sustento hasta que la obra se termina. El patrón participa en el producto del trabajo de sus operarios, o en el valor que el trabajo incorpora a los materiales, y en esta participación consiste su beneficio."

Glosa de Marx (manuscrito p. 256): "En este pasaje, A. Smith presenta lisa y llanamente la renta del suelo y la ganancia del capital como simples deducciones hechas sobre el producto del obrero o sobre el valor de su producto, e iguales a la cantidad de trabajo añadida por él a las materias primas. Pero esta deducción sólo puede consistir, como el propio A. Smith pone en claro con anterioridad, en la parte del trabajo que el obrero añade a las materias primas después de cubrir la cantidad de trabajo que su salario se limita a resarcir o arroja un equivalente de éste; dicho en otros términos, no puede consistir más que en plusvalía, en trabajo no retribuido."

Como vemos, ya A. Smith sabía "de dónde nace la plusvalía del capitalista" y, además, la del terrateniente; Marx lo reconoce sinceramente ya en 1861, mientras Rodbertus y todo el tropel de sus admiradores, que brotan como las setas bajo la lluvia caliente de estío del socialismo de Estado, parecen haberlo olvidado en absoluto.

"Sin embargo –prosigue Marx–, A. Smith no diferencia la plusvalía de por sí, como categoría propia, de las formas específicas bajo las que se presenta como ganancia y renta del suelo. De aquí todos los errores y los defectos de que adolece su investigación, y más aún la de Ricardo." Frase ésta que podría ser aplicada literalmente a Rodbertus. Su "renta" es, sencillamente, la suma de la renta del suelo + la ganancia; de la renta del suelo se forma una teoría totalmente falsa, y la ganancia la toma, sin molestarse en lo más mínimo, tal y como la encuentra en sus predecesores. En cambio, la plusvalía de Marx es la forma general de la suma de valor que se apropian sin equivalencia los poseedores de los medios de producción, suma que se descompone en las formas específicas, transformadas, de ganancia y renta del suelo, con arreglo a leyes muy peculiares, que Marx fue el primero en descubrir. Estas leyes se desarrollan en el libro III, donde se verá por vez primera cuántos eslabones son necesarios para llegar de la comprensión de la plusvalía en general a la de su transformación en ganancia y renta del suelo, es decir, a la comprensión de las leyes que rigen el reparto de la plusvalía en el seno de la clase capitalista.

Ricardo va ya bastante más allá que A. Smith. Basa su concepción de la plusvalía en una nueva teoría del valor, que aunque aparecía ya como un conato en A. Smith se perdía nuevamente entre los desenvolvimientos de este autor y que habría de constituir, el punto de partida de toda la ciencia económica posterior. De la determinación del valor de la mercancía por la cantidad de trabajo materializado en ella, deriva Ricardo la distribución entre obrero y capitalista de la cantidad de valor añadida a las matearías primas por el trabajo, su división en salario y ganancia (es decir, aquí, plusvalía). Demuestra que el valor de las mercancías es siempre el mismo, por mucho que cambie la proporción entre estas dos partes; ley a la que sólo admite excepciones aisladas. Establece, incluso, algunas leyes fundamentales acerca de la proporción inversa entre el salario y la plusvalía (concebida bajo la forma de ganancia), aunque en una formulación demasiado general (Marx, El Capital, I, cap. XV, I) [435–438], y demuestra la renta del suelo como un remanente que en determinadas circunstancias se desprende de la ganancia. Rodbertus no se remonta por encima de Ricardo en ninguno de estos dos puntos. Las contradicciones internas de la teoría de Ricardo, que condujeron al fracaso a su escuela, pasaron completamente inadvertidas para Rodbertus o sólo sirvieron para inducirle (Zur Erkenntniss, etc., p. 130), a reivindicaciones utópicas, y no a soluciones económicas.

Pero la teoría ricardiana del valor y de la plusvalía no necesité esperar a que apareciese la obra Zur Erkenntniss, etc., de Rodbertus para ser utilizada en un sentido socialista. En la p. 495 del primer tomo de El Capital encontramos citado el estudio "The possessors of surplus produce or capital", tomado de una obra titulada The Source and Remedy of the National Difficulties. A letter to Lord John Rusell, Londres, 1821. En esta obra, hacia cuya importancia hubiera debido llamar la atención, por si sola, la expresión de "surplus produce or capital" y que es un folleto de 40 páginas, arrancado por Marx al olvido, se dice:

"Cualquiera que sea lo que al capitalista le corresponda (desde el punto de vista del capitalista), sólo puede apropiarse el trabajo excedente (surplus labour) del obrero, pues el obrero necesita vivir" (p. 23). Pero, cómo viva el obrero y cuán grande pueda ser, por tanto, el trabajo excedente apropiado por el capitalista, es una cosa muy relativa. "Si el capital no disminuye de valor en la proporción en que aumenta de volumen, el capitalista estrujará al obrero el producto de cada hora de trabajo por encima del mínimo que el obrero necesita para vivir... El capitalista puede, en último término, decirle al obrero: no comas pan, pues puedes vivir comiendo nabos y patatas; hasta este punto hemos llegado" (p. 24). "Si se puede hacer que el obrero se alimente de patatas en vez de pan, es indiscutible que se podrá arrancar un producto mayor a su trabajo; es decir, sí el obrero para vivir de pan, necesita retener para su sustento y el de su familia el trabajo del lunes y del martes, alimentándose de patatas sólo retendrá para si la mitad del lunes, con lo cual el resto del lunes y todo el martes quedarán libres en provecho del Estado o para el capitalista"(p. 26). "Todos están de acuerdo (it is admited) en que los intereses abonados a los capitalistas, sea en forma de renta o en forma de réditos o de ganancia comercial o industrial, se pagan a costa del trabajo de otros" (p. 23). He aquí, pues, toda la "renta" de Rodbertus, con la diferencia de que en vez de "renta", aquí se dice intereses.

Glosa de Marx (manuscrito "Contribución a la crítica, etc.", p. 852): "Este folleto casi desconocido –que apareció por la época en que empezaba a hacerse célebre el `increíble chapucero' MacCulloch– representa un progreso muy notable ton respecto a Ricardo. Define directamente la plusvalía o 'ganancia', como Ricardo la llama (y también, con frecuencia, producto excedente, surplus product) o interest, como lo llama el autor del folleto, como surplus labour, trabajo excedente, como el trabajo que el obrero rinde gratis, después de cubrir la cantidad de trabajo que sirve para reponer el valor de su fuerza de trabajo y que, por tanto, produce un equivalente para su salario. Tan importante como era reducir el valor al trabajo, era reducir la plusvalía (surplus value) materializada en un producto excedente (surplus product) a trabajo excedente (surplus labour).

            Esto aparece ya dicho, en efecto, en Adam Smith y constituye una fase fundamental en la evolución de Ricardo. Pero no aparece nunca expresado y plasmado en ellos en forma absoluta." Y más adelante, en la p. 859 del manuscrito, se dice: "Por lo demás, el autor sigue aferrado a las categorías económicas anteriores a él. En Ricardo la confusión de plusvalía y ganancia conduce a contradicciones desagradables. Exactamente lo mismo le ocurre a él, que bautiza la plusvalía con el nombre de interés del capital. Es cierto que le lleva a Ricardo la ventaja de que, en primer lugar, reduce toda la plusvalía a trabajo excedente, y de que, además, aunque llame a la plusvalía interés del capital, hace resaltar, al mismo tiempo, que entiende por interest of capital la forma general de la plusvalía, a diferencia de sus formas específicas, renta, interés y ganancia comercial e industrial. Pero vuelve a tomar el nombre de una de estas formas específicas, el interest, como el nombre de la forma general. Y esto basta para que vuelva a reincidir en la vieja jerga [slang, dice el manuscrito] económica."

Este último pasaje le viene a nuestro Rodbertus como anillo al dedo. También él se aferra a las categorías económicas anteriores. Y bautiza a la plusvalía con el nombre de una de sus modalidades transformadas, a la que, además, da una gran vaguedad: la renta. El resultado de estas dos pifias es que reincida en la vieja jerga económica, que no lleve adelante de un modo crítico su progreso respecto a Ricardo y que, en vez de eso, se deje inducir a hacer de su conato de teoría, antes de que ésta se haya desprendido del cascarón, la base de una utopía, que, como siempre, llega tarde. El folleto de referencia se publicó en 1821 y se adelanta ya plenamente a la "renta" rodbertiana de 1842.

El folleto comentado por Marx no es más que la avanzada extrema de toda una literatura que en la década del veinte endereza la teoría ricardiana del valor y de la plusvalía, en interés del proletariado contra la producción capitalista, combatiendo a la burguesía con sus propias armas. Todo el comunismo de Owen, en la medida en que reviste una forma económico–polémica, se basa en Ricardo. Y junto a él encontramos toda una serie de escritores, entre los cuales Marx se limita, ya en 1847, a citar unos cuantos en contra de Proudhon (Misére de la Philosophie, p. 49): Edmonds, Thompson, Hodgskin, etc., etc., "y cuatro páginas más de etcéteras". Entre este sinnúmero de obras, citaré una, tomada al azar: An Inquiry into the Principles of the Distribution of Wealth, most conducive to Human Happiness, por William Thompson; nueva edición, Londres, 1850. La primera edición de esta obra, escrita en 1822, se publicó por vez primera en 1824. También aquí se define constantemente, y con palabras bastantes contundentes, la riqueza apropiada por las clases no productoras como deducción del producto del obrero. "La aspiración constante de lo que llamamos sociedad ha consistido en mover al obrero productivo, por el engaño o la persuasión, por la coacción o el terror, a trabajar percibiendo la parte más pequeña posible del producto de su propio trabajo" (p. 28). "¿Por qué el obrero no ha de percibir todo el producto absoluto de su trabajo?" (p. 32). "Esta compensación que los capitalistas le arrancan al obrero productivo bajo el nombre de renta del suelo, o de ganancia, se le reclama por el uso de la tierra o de otros objetos... Puesto que todas las materias físicas sobre las cuales o por medio de las cuales puede poner en práctica su capacidad de producción el obrero productivo desposeído, al que no se le deja más que su capacidad de producir, se hallan en posesión de otros cuyos intereses son antagónicos a los suyos y cuyo consentimiento es condición previa para su trabajo, ¿no depende y no tiene necesariamente que depender de la buena voluntad de estos capitalistas la parte de los frutos de su propio trabajo que se le deje como remuneración de éste (p. 125)... en proporción a la magnitud del producto retenido, ya se dé... a estos desfalcos el nombre de impuestos, el de ganancia o el de robo?" (p. 126). etcétera

Confieso que siento, al escribir estas líneas, un poco de vergüenza. Pase el que la literatura inglesa anticapitalista de las décadas del veinte y del treinta sea tan absolutamente ignorada en Alemania, a pesar de que ya en la Misére de la Philosophie, Marx alude directamente a ella y de que en el primer tomo de El Capital cita repetidas veces algunas de estas publicaciones: el folleto de 1821, a Ravenstone, a Hodgskin, etc. Pero el hecho de que no sólo el literatus vulgaris que se agarra desesperadamente a los faldones de la levita de Rodbertus, ese literato "que no ha aprendido realmente nada", sino incluso el profesor de oficio que "se jacta de erudición" haya olvidado su economía clásica hasta el punto de poder acusar seriamente a Marx de copiar de Rodbertus, cosas que pueden leerse ya en A. Smith y en Ricardo, demuestra cuán bajo ha caído hoy, en Alemania, la economía oficial.

¿Qué es, entonces, lo que Marx dice de nuevo acerca de la plusvalía? ¿Cómo se explica que la teoría de la plusvalía de Marx haya desencadenado una tormenta repentina, y además en todos los países civilizados, mientras que las teorías de todos sus predecesores socialistas, incluyendo a Rodbertus, se esfumaron sin dejar rastro?

Podríamos explicar esto a la luz de un ejemplo sacado de la historia de la química.

A fines del siglo pasado, imperaba todavía en la química, como es sabido, la teoría flogística, la cual explicaba el proceso de toda combustión, a base de un cuerpo, hipotético, un combustible absoluto que según ella se desprendía en ese proceso y al que se daba el nombre de flogisto. Esta teoría bastaba para explicar la mayoría de los fenómenos conocidos por aquel entonces, aunque para ello, en ciertos casos, fuera necesario violentar un poco la cosa. En 1774, Priestley descubrió una clase de aire "tan puro o tan exento de flogisto que, a su lado, el aire corriente parecía estar ya corrompido". Y le dio el nombre de aire desflogistizado. Poco después, Scheele encontró en Suecia la misma clase de aire y demostró su existencia en la atmósfera. Descubrió, además, que desaparecía al quemar un cuerpo en él o en aire corriente, razón por la cual le dio nombre de "aire ígneo". "Estos resultados le llevaron a la conclusión de que la combinación que se produce por la unión del flogisto con una de las partes integrantes del aire (es decir, en el proceso de combustión) no es otra cosa que fuego o calor, que se escapa por el vidrio."2

Tanto Priestley como Scheele habían descubierto el oxígeno, pero no sabían lo que tenían en la mano. Seguían aferrados a las categorías "flogísticas" anteriores a ellos. En sus manos, el elemento llamado a echar por tierra toda la concepción flogística y a revolucionar la química, estaba condenado a la esterilidad. Pero Priestley comunicó enseguida su descubrimiento a Lavoisier, en París, y Lavoisier se puso a investigar, a la luz de este nuevo hecho, toda la química flogística, hasta que descubrió que la nueva clase de aire era, en realidad, un nuevo elemento químico; que en la combustión no interviene ningún misterioso flogisto que se escape del cuerpo en ignición, sino que es el nuevo elemento el que se combina con el cuerpo que arde, y de este modo puso de pie toda la química, que bajo su forma flogística estaba de cabeza. Y aunque, como él mismo lo afirma, no presentó el oxígeno al mismo tiempo que los otros e independientemente de ellos, Lavoisier es, a pesar de ello, con respecto a los otros dos, el verdadero descubridor del oxígeno, ya que aquéllos no hicieron más que tropezar con el nuevo elemento sin sospechar siquiera qué era aquello en que tropezaban.

Pues bien; la relación que medía entre Lavoisier y Priestley y Scheele es la misma que media, en lo tocante a la teoría de la plusvalía, entre Marx y sus predecesores. La existencia de esa parte de valor del producto a que hoy damos el nombre de plusvalía, habíase comprobado mucho antes de Marx; y asimismo se había expresado, con mayor o menor claridad, en lo que consiste, a saber: en el producto del trabajo por el que quien se lo apropia no paga equivalente alguno. Pero no se pasaba de ahí. Los unos –los economistas burgueses clásicos– investigaban, a lo sumo, la proporción en que el producto del trabajo se repartía entre el obrero y el poseedor de los medios de producción. Los otros –los socialistas– encontraban este reparto injusto y buscaban medios utópicos para corregir la injusticia. Pero, tanto unos como otros seguían aferrados a las categorías económicas anteriores a ellos.

Fue entonces cuando apareció Marx. Y apareció en directa contraposición con todos sus predecesores. Allí donde éstos veían una solución, Marx vio solamente un problema. Vio que aquí no se trataba ni de aire desflogistizado ni de aire ígneo, sino de oxígeno; que no se trataba ni de la simple comprobación de un hecho económico corriente, ni del conflicto de este hecho con la eterna justicia y la verdadera moral, sino de un hecho que estaba llamado a revolucionar toda la economía y que daba –a quien supiera interpretarlo– la clave para comprender toda la producción capitalista. A la luz de este hecho, investigó todas las categorías anteriores a él, lo mismo que Lavoisier había investigado a la luz del oxígeno todas las anteriores categorías de la química flogistica. Para saber qué era la plusvalía, tenía que saber qué era el valor. Y el único camino que se podía seguir, para ello, era el de someter a crítica, ante todo, la propia teoría del valor de Ricardo. Y así, Marx investigó el trabajo en su función creadora de valor y puso en claro por vez primera qué trabajo y por qué y cómo crea valor, descubriendo que el valor no es otra cosa que trabajo de esta clase cristalizado, punto éste que Rodbertus no llegó jamás a comprender. Luego, Marx investigó la relación entre la mercancía y el dinero y demostró cómo y por qué, gracias a la cualidad de valor inherente a ella, la mercancía y el cambio de mercancías tienen necesariamente que engendrar la antítesis de mercancía y dinero; su teoría del dinero cimentada sobre esta base, es la primera teoría completa, hoy tácitamente aceptada por todo el mundo. Investigó la conversión del dinero en capital y demostró que este proceso descansa en la compra y venta de la fuerza de trabajo. Y, sustituyendo el trabajo por la fuerza de trabajo, por la cualidad creadora de valor, resolvió de golpe una de las dificultades contra las que se había estrellado la escuela de Ricardo: la imposibilidad de poner intercambio de capital y trabajo en consonancia con la ley ricardiana de la determinación del valor por el trabajo. Sentando la distinción del capital en constante y variable, consiguió por vez primera exponer hasta en sus más pequeños detalles y, por tanto, explicarlo, el proceso de la formación de plusvalía en su verdadero desarrollo, cosa que ninguno de sus predecesores había logrado: estableció, por este camino, una distinción entre dos clases de capital de la que ni Rodbertus ni los economistas burgueses habían sido capaces de sacar nada en limpio y que, sin embargo, nos da la clave para resolver los problemas económicos más intrincados, como lo demuestra palmariamente, una vez más, este libro II y lo demostrará más aún, según se verá en su día, el libro III. Siguió investigando la misma plusvalía y descubrió sus dos formas: la plusvalía absoluta y la relativa, señalando el papel distinto, pero decisivo en ambos casos, que la plusvalía desempeña en el desarrollo histórico de la producción capitalista. Y, sobre la base de la plusvalía, desarrolló la primera teoría racional del salario que poseemos y trazó por vez primera las líneas generales para una historia de la acumulación capitalista y para una exposición de su tendencia histórica.

¿Y Rodbertus? Después de leer todo esto, ve en ello –economista de tendencia, como siempre– un "asalto a la sociedad", le parece que él ha dicho de un modo mucho más breve y más claro de dónde nace la plusvalía y encuentra, finalmente, que todo esto se amolda, indudablemente, a "la actual forma de capital", es decir, al capital tal como existe históricamente, pero no al "concepto del capital", es decir, a la idea utópica que del capital se ha formado el señor Rodbertus. Exactamente lo mismo que sucedía al vejo Priestley, que hasta su muerte ponía la mano en el fuego por el flogismo, sin querer saber absolutamente nada del oxígeno. Con la diferencia de que Priestley fue realmente el primero que tropezó con el oxígeno, mientras que Rodbertus, con su plusvalía, o mejor dicho con su "renta", no hizo más que volver a descubrir un lugar común, y de que Marx, al contrario que los predecesores de Lavoisier, jamás afirmó haber sido el primero en descubrir el hecho de la existencia de la plusvalía.

Las demás aportaciones de Rodbertus en materia de economía. se hallan al mismo nivel de ésta. Su elaboración de la plusvalía hasta convertirla en un concepto utópico, fue criticada ya por Marx, sin proponérselo, en la Misére de la Philosophie; y cuanto restaba por decir acerca de esto, ha sido dicho por mí en el prólogo a la traducción alemana de la citada obra. La tendencia a las crisis comerciales por el déficit de consumo de la clase obrera la encontramos ya en los Nouveaux Principes de l'Économie Politique de Sismondi, libro IV, capítulo IV.3 Sólo que Sismondi no pierde de vista nunca el mercado mundial, mientras que el horizonte de Rodbertus queda encerrado dentro de las fronteras prusianas. Sus especulaciones sobre si el salario proviene del capital o de la renta son puro escolasticismo y quedan definitivamente liquidadas con la sección tercera de este libro II de El Capital. Su teoría de la renta es propiedad exclusiva suya y podrá seguir sesteando tranquilamente hasta que vea la luz el manuscrito de Marx en que se hace la crítica de ella. Finalmente, sus proposiciones encaminadas a emancipar la propiedad territorial de la vieja Prusia de la opresión del capital son también completamente utópicas; en ellas se elude, en efecto, la única cuestión práctica que aquí se ventila: la cuestión de saber cómo el terrateniente de la vieja Prusia puede ingresar, digamos, 20,000 marcos un año con otro y gastar, por ejemplo, 30,000, sin contraer deudas.

La escuela ricardiana fracasó hacía 1830 por culpa de la plusvalía. El problema que ella no fue capaz de resolver siguió siendo un problema sin solución, con harta mayor razón, para su sucesora, la economía vulgar. He aquí los dos puntos contra los cuales Ricardo y su escuela se estrellaron:

Primero. El trabajo es la medida del valor. Sin embargo, el trabajo vivo, al ser cambiado por capital, presenta un valor inferior al del trabajo materializado por el que se cambia. El salario, el valor de una determinada cantidad de trabajo vivo, es siempre inferior al valor del producto creado por esta misma cantidad de trabajo vivo o en que ésta toma cuerpo. Así formulado, el problema es, en efecto, insoluble. Marx lo plantea en sus verdaderos términos y, al plantearlo así, lo resuelve. No es el trabajo el que tiene un valor. Como actividad creadora de valor que es, el trabajo no puede tener un valor especial, lo mismo que la gravedad no puede tener un peso especial, ni el calor una temperatura especial, ni la electricidad un voltaje especial. Lo que se compra y se vende como mercancía no es el trabajo, sino la fuerza de trabajo. Al convertirse en mercancía, su valor se rige por el trabajo encarnado en ella como producto social y equivale al trabajo socialmente necesario para su producción y reproducción. La compra y venta de la fuerza de trabajo sobre la base de este valor suyo no contradice, por tanto, en modo alguno, a la ley económica del valor.

Segundo. Según la ley ricardiana del valor, dos capitales que emplean la misma cantidad de trabajo vivo y con la misma remuneración, producen en tiempos iguales –suponiendo que todas las demás circunstancias sean idénticas– productos de igual valor y plusvalía o ganancia en cantidad también igual. Pero sí emplean cantidades desiguales de trabajo vivo, no pueden producir una plusvalía, o, como dicen los ricardianos, una ganancia de tipo igual. Pues bien, lo que ocurre es precisamente lo contrario. En realidad, capitales iguales, cualquiera que sea la cantidad, pequeña o grande, de trabajo vivo que empleen, producen en tiempos iguales por término medio, ganancias iguales. Se encierra aquí, por tanto, una contradicción a la ley del valor, contradicción descubierta ya por Ricardo, y que su escuela fue también incapaz de resolver. Rodbertus vio también esta contradicción; pero, en vez de resolverla, la convirtió en uno de los puntos de partida de su utopía (Zur Erkenntnis, etc., p. 131). La tal contradicción había sido ya resuelta por Marx en el manuscrito titulado "Contribución a la crítica, etc."; la solución se encuentra, con arreglo al plan de El Capital, en el libro III. Aún habrán de pasar varios meses antes de su publicación. Por tanto, los economistas que pretenden descubrirnos en Rodbertus la fuente secreta de Marx y un precursor aventajado de éste, tienen aquí una ocasión de demostrarnos lo que puede dar de sí la economía rodbertiana. Si son capaces de explicarnos cómo, no ya sin infringir la ley del valor, sino sobre la base precisamente de esta ley, puede y debe formarse una cuota medía de ganancia igual, entonces discutiremos mano a mano con ellos. Pero, tienen que darse prisa. Las brillantes investigaciones contenidas en este libro II de El Capital y los novísimos resultados a que llegan en terrenos que hasta aquí apenas había pisado nadie, no son más que las premisas para el contenido del libro III, en el que se desarrollan los resultados finales de la exposición marxista del proceso social de reproducción, sobre la base capitalista. Cuando este libro III vea la luz, ya casi nadie se acordará de que existió un economista llamado Rodbertus.

Marx tenía el propósito, que repetidas veces me expuso, de dedicar a su esposa los libros II y III de El Capital.

 

FEDERICO ENGELS

 

Londres, 5 de mayo de 1885, cumpleaños de Marx.

 

Esta segunda edición es, substancialmente, una reproducción literal de la primera. Me he limitado a corregir las erratas de imprenta, a subsanar algunos descuidos de estilo y a suprimir algunos párrafos breves que no contenían más que repeticiones.

La labor de preparación del manuscrito del tercer libro, en la que he tropezado con dificultades completamente inesperadas, está a punto de terminar. Si gozo de salud, este volumen podrá ser entregado a la imprenta en el próximo otoño.

 

F. ENGELS

 

Londres. 15 de julio de 1893.


 

Sección Primera

LAS METAMORFOSIS DEL CAPITAL Y SU CICLO

 

Capitulo I

 

EL CICLO DEL CAPITAL – DINERO

 

El proceso cíclico1 del capital se desarrolla en tres fases, que forman, según se ha expuesto en el libro I, la siguiente serie:

Primera fase: El capitalista aparece en el mercado de mercancías y en el mercado de trabajo como comprador; su dinero se invierte en mercancías; recorre el acto de circulación D – M.

Segunda fase: Consumo productivo por el capitalista de las mercancías compradas. Aquél actúa como productor capitalista de mercancías; su capital recorre el proceso de producción. El resultado es: una mercancía de valor superior al de los elementos que la producen.

Tercera fase: El capitalista retorna al mercado como vendedor, sus mercancías se convierten en dinero; recorren el acto de circulación MD.

Por tanto, la fórmula que expresa el ciclo del capital–dinero es: D – M... P... M'D'. Los puntos indican la interrupción del proceso de producción y M' y D' representan M y D incrementados por la plusvalía.

En el libro I sólo se trató de la primera fase y de la tercera en la medida en que ello era necesario para la comprensión de la segunda fase del proceso de producción del capital. No se examinaron, por tanto, las diversas formas que reviste el capital en sus distintas fases y que unas veces asume y otras abandona en sus repetidos ciclos. Estas formas son las que constituyen aquí el objeto inmediato de nuestra investigación.

Para concebir las formas en su estado puro, hay que prescindir, por el momento, de todos los factores que no tienen nada que ver con el cambio de formas y la plasmación de estas formas como tales. Por eso, aquí partimos del supuesto de que las mercancías se venden por su valor, y de que esto se realiza, además, en circunstancias invariables. Por la misma razón, hacemos también caso omiso de las variaciones de valor que durante el proceso cíclico pueden producirse.

 

1. Primera fase: D – M 2

 

D M representa la inversión de una suma de dinero en una suma de mercancías: para el comprador, la conversión de su dinero en mercancías, para el vendedor, la conversión de sus mercancías en dinero. Lo que hace que esta operación, que forma parte de la circulación general de mercancías represente al mismo tiempo una etapa funcionalmente determinada del ciclo independiente de un capital individual, no es la forma de la operación, sino su contenido material, el carácter especifico de uso de las mercancías que pasan a ocupar el lugar del dinero. Estas mercancías son, de una parte, medios de producción, de otra fuerza de trabajo; es decir, los factores materiales y personales de la producción de mercancías, cuyo carácter específico tiene que corresponder, naturalmente, a la clase de artículos que se trata de producir. Si llamamos a la fuerza de trabajo T y a los medios de producción , Mp, tendremos que la suma de mercancías que se compra, M = T + Mp, o, expresado más concisamente,

 

 

T

 

M

<

 

:D – M

 

 

Mp

 

 

sí analizamos su contenido, se convierte, por tanto, en

 

 

 

T

D – M

<

 

 

 

Mp

 

o lo que es lo mismo, D – M se desdobla en D – T y D – Mp; la suma de dinero D se divide en dos partes: una de ellas se destina a comprar fuerza de trabajo, la otra a comprar medios de producción. Estas dos series de compradores actúan en dos mercados completamente distintos: una, en el mercado de mercancías, que se invierte D, la fórmula

 

 

 

T

D – M

<

 

 

 

Mp

 

expresa, además, una relación cuantitativa altamente característica.

Sabemos que el valor o precio de la fuerza de trabajo se le paga a su poseedor, a quien la ofrece en venta como mercancía, en forma de salario, es decir, como el precio correspondiente a una suma de trabajo que encierra, además, trabajo sobrante; de modo que si, por ejemplo, el valor de un día de fuerza de trabajo equivale a 3 marcos, producto de cinco horas de trabajo, en el contrato celebrado entre comprador y vendedor éste figurará como el precio o salario de diez horas de trabajo, supongamos. Si se contratan, por ejemplo, 50 obreros en idénticas condiciones, resultará que todos ellos juntos deberán suministrar diariamente al comprador 500 horas de trabajo, la mitad de las cuales, o sean, 250 horas de trabajo = 25 jornadas de trabajo de diez horas, consiste exclusivamente, según la hipótesis de que partimos, en trabajo sobrante. La cantidad y el volumen de los medios de producción que se compren deberán ser suficientes para poder emplear esta masa de trabajo.

Por tanto, la fórmula

 

 

T

D – M

<

 

 

 

Mp

 

no expresa solamente la proporción cualitativa según la cual una determinada suma de dinero, por ejemplo 422 libras esterlinas, se invierte en determinados medios de producción y en la fuerza de trabajo que a ellos corresponde, y viceversa, sino también la proporción cuantitativa entre la parte del dinero invertida en fuerza de trabajo (T) y la parte invertida en medios de producción (Mp), proporción que responde de antemano a la suma de trabajo excedente que un determinado número de obreros debe rendir.

Así, por ejemplo, sí en una fábrica de hilados el salario semanal de 50 obreros es de 50 libras esterlinas, habrá que invertir en medios de producción 372 libras, suponiendo que sea éste el valor de los medios de producción que convierta en hilo un trabajo semanal de 3,000 horas, 1,500 de las cuales representan trabajo excedente.

Por ahora, no interesa para nada saber hasta qué punto la aplicación del trabajo excedente arroje, en diversas ramas industriales, un suplemento de valor en forma de medios de producción. Lo que interesa es que la parte del dinero invertida en medios de producción –los medios de producción comprados, en la fórmula D – Mp– sea, bajo cualesquiera circunstancias, suficiente; es decir esté bien calculada de antemano, se movilice en la proporción adecuada. Dicho de otro modo, la masa de los medios de producción debe bastar para absorber la masa de trabajo, para que ésta pueda transformarla en producto. Sí no contase con medios de producción suficientes el comprador, no tendría a qué dedicar el trabajo excedente de que dispone; su derecho a disponer de este trabajo no le servirá de nada. Y, por el contrario, si existiesen más medios de producción que trabajo disponible, el trabajo no los absorbería y, por tanto, no se transformarían en producto.

Una vez que se realiza la operación

 

 

 

T

D – M

<

 

 

 

Mp

 

el comprador no dispone solamente de los medios de producción y de la. fuerza de trabajo para producir un artículo útil, sino que dispone, además, de un caudal de fuerza de trabajo, de una cantidad de trabajo mayor de la que necesita para reponer el valor de la fuerza de trabajo, y al mismo tiempo de los medios de producción indispensables para realizar o materializar esta suma de trabajo: dispone, por tanto, de los factores necesarios para producir artículos de un valor superior al de sus elementos de producción, o sea, una masa de mercancías que encierran una plusvalía. El valor desembolsado por él en forma de dinero reviste ahora, por tanto, una forma natural que le permite realizarse como valor preñado de plusvalía (en forma de mercancías). Dicho en otros términos, aparece en el estado o bajo la forma de capital productivo, de capital dotado de la propiedad de crear valor y plusvalía. Al capital que adopta esta forma lo llamamos P.

El valor de P es = valor de T + Mp, = D invertido en T y Mp. D representa el mismo valor–capital que P, aunque bajo una modalidad distinta, a saber: la de valor–capital en dinero o en forma de dinero, la de capital–dinero.

Por tanto, la operación de la circulación general de mercancías que empleamos en la fórmula

 

 

T

D – M

<

 

 

 

Mp

o, empleando la forma general, D – M, suma de compras de mercancías es, al mismo tiempo, como fase del proceso cíclico independiente del capital, la transformación del valor del capital de su forma–dinero en su forma productiva o, más concisamente, la conversión del capital–dinero en capital productivo. Por consiguiente, en la fase del ciclo que ahora estamos examinando, el dinero aparece como primer exponente del valor del capital y, por tanto, el capital–dinero como la forma en que el capital se desembolsa.

Como capital–dinero, reviste una forma que le permite realizar las funciones del dinero, que son, en el caso a que nos referimos, las funciones de medio general de compra y de medio general de pago. (Esta última en la medida en que la fuerza de trabajo, aunque comprada de antemano, sólo se paga después de emplearse. Cuando los medios de producción no existen en el mercado ya dispuestos para ser aplicados, sino que hay que encargarlos, el dinero funciona también, en la forma D – Mp, como medio de pago.) Esta propiedad no proviene del hecho de que el capital–dinero sea capital, sino del hecho de ser dinero.

De otra parte, el valor del capital en forma de dinero sólo puede desempeñar las funciones propias del dinero; exclusivamente éstas. Lo que convierte a estas funciones del dinero en funciones de capital es el papel concreto que desempeñen en el proceso del capital y también, por tanto, la concatenación de la fase en que aparecen con las demás fases de su ciclo. Así, por ejemplo, en el caso a que nos estamos refiriendo, el dinero se invierte en mercancías cuya combinación constituye la forma natural del capital productivo y que, por tanto, encierra ya de un modo latente, es decir, en cuanto a la posibilidad, el resultado del proceso capitalista de producción.

Una parte del dinero que en la fórmula

 

 

 

T

D – M

<

 

 

 

Mp

 

realiza la función de capital–dinero pasa a desempeñar, al efectuarse esta misma circulación, una función en la que su carácter de capital desaparece, quedando en pie su carácter de dinero. La circulación del capital–dinero D se descompone en D – Mp y DT, en compra de medios de producción y compra de fuerza de trabajo. Examinemos concretamente la última operación. D – T es la compra de la fuerza de trabajo por el capitalista y la venta de la fuerza de trabajo –aquí, podemos decir la venta del trabajo, puesto que se presupone la forma del salario– por el obrero que la aporta. Lo que es para el comprador D – M ( =D – T) es aquí, como en toda compra, para el vendedor (para el obrero) TD ( = MD), la venta de su fuerza de trabajo. Es la primera fase de la circulación o primera metamorfosis de la mercancía (libro I, cap. III, 2 a) [ pp. 64 ss. ]; es, por parte del vendedor del trabajo, la conversión de su mercancía en la forma–dinero. El dinero así obtenido lo va invirtiendo el obrero, poco a poco, en una suma de mercancías destinadas a satisfacer sus necesidades, en artículos de consumo. Por tanto, la circulación global de su mercancía reviste la fórmula TD – M; es decir, en primer lugar TD ( = MD) y en segundo lugar D – M; o sea, la forma general de la circulación simple de mercancías MD – M, en la que el dinero figura como simple medio transitorio de circulación, como mero intermediario en el cambio de una mercancía por otra.

DT es la fase característica de la conversión del capital–dinero en capital productivo, ya que constituye la condición esencial para que el capital desembolsado en forma de dinero se convierta realmente en capital, en valor creador de plusvalía. D – Mp no tiene más finalidad que facilitar la realización de la masa de trabajo comprada por medio de D – T. Por tanto, desde este punto de vista, la fórmula D – T fue expuesta en el libro I, sección II: transformación del dinero en capital. [pp. 103–129]. Aquí, debemos examinar el problema desde otro punto de vista, refiriéndonos especialmente al capital–dinero como forma de manifestarse el capital.

La fórmula D – T es considerada, en general, como característica del régimen capitalista de producción. Pero no, ni mucho menos, como se ha pretendido hacer creer, por el hecho de que la compra de la fuerza de trabajo sea un contrato de compra en el que se estipula la entrega de una cantidad de trabajo mayor de la que se necesita para reponer el precio de la fuerza de trabajo, el salario; es decir, por el hecho de que la entrega de trabajo sobrante constituya la condición fundamental para la capitalización del valor desembolsado o, lo que es lo mismo, para la producción de plusvalía, sino más bien en cuanto a la forma que existe, toda vez que bajo la forma del salario se compra trabajo con dinero, y esta operación se reputa característica de la economía pecuniaria.

Una vez más, nos encontramos con que no es lo irracional de la forma lo que debe considerarse característico. Lejos de ello, este aspecto formal pasa inadvertido. Lo irracional consiste en que el trabajo, elemento creador de valor, no puede tener de por sí valor alguno; en que, por tanto, una determinada cantidad de trabajo no puede tampoco tener un valor que se exprese en un precio, en su equivalencia a una determinada cantidad de dinero. Ya sabemos que el salario no es más que una forma disfrazada, forma en la que, por ejemplo, el precio de un día de fuerza de trabajo aparece como, el precio del trabajo realizado por ella durante un día, con lo cual el valor producido por aquella fuerza de trabajo en 6 horas de trabajo, supongamos, se expresa como el valor de su función o trabajo de 12 horas.

La fórmula D – T se considera como lo característico, como el cuño de la llamada economía pecuniaria, porque aquí el trabajo aparece como la mercancía de su poseedor y el dinero, por tanto, como comprador, es decir, por razón del régimen propio del dinero (o sea, de la compra y la venta de una actividad humana). Sin embargo, el dinero funcionaba ya desde mucho antes como comprador de lo que se llamaban servicios, sin que por ello D se convirtiese en capital–dinero y sin que, por tanto, se transformase el carácter general de la economía.

Al dinero le es de todo punto indiferente el que se le invierta en esta o en la otra clase de mercancías. Es la forma general de equivalencia de todas las mercancías, las cuales indican ya por sus precios que representan, idealmente. una determinada suma de dinero, que esperan verse convertidas en dinero y que sólo entonces, al trocarse en dinero, asumen la forma bajo la cual pueden cambiarse en valores de uso para sus poseedores. Por tanto, cuando la fuerza de trabajo aparece en el mercado, a partir de un determinado momento, como una mercancía de su poseedor, vendida en forma de pago del trabajo, en forma de salario, su compra y venta no se distingue absolutamente en nada de la compra y venta de cualquier otra mercancía. Lo característico no es, por tanto, el que la mercancía fuerza de trabajo pueda ser comprada; es el hecho de que aparezca como una mercancía.

Mediante la fórmula

 

 

T

D – M

<

 

 

 

Mp

 

mediante la transformación del capital–dinero en capital productivo, el capitalista obtiene la combinación de los factores materiales y personales de la producción, en la medida en que estos factores consisten en mercancías. Para que el dinero pueda convertirse por vez primera en capital productivo o funcionar por vez primera como capital–dinero para su poseedor, tiene que empezar por comprar los medios de producción, los edificios en que se ha de trabajar, la maquinaria, etc., antes de comprar la fuerza de trabajo; pues tan pronto como ésta se halla a su disposición, necesita disponer de los medios de producción adecuados para poder emplearla como fuerza de trabajo.

Así se plantea la cosa, en lo tocante al capitalista.

En lo que atañe al obrero, su fuerza de trabajo sólo puede empezar a funcionar productivamente a partir del momento en que, al ser vendida, se la pone en contacto con los medios de producción. Por tanto, antes de su venta existe separada de los medios de producción, de las condiciones materiales necesarias para su empleo. En este estado de separación, no se la puede emplear ni directamente para la producción de valores de uso destinados a su poseedor ni para la producción de mercancías de cuya venta puede vivir éste. Pero, tan pronto como, al ser vendida, entra en contacto con los medios de producción, pasa a formar parte del capital productivo de su comprador, exactamente lo mismo que aquéllos.

Por consiguiente, aunque en el acto D – T el poseedor del dinero y el poseedor de la fuerza de trabajo se enfrentan tan sólo como comprador y vendedor respectivamente, como el poseedor del dinero y el poseedor de la mercancía, es decir, aunque en este aspecto su relación se desarrolla exclusivamente en el plano del dinero, el comprador aparece de antemano, al mismo tiempo, como poseedor de los medios de producción, que constituyen las condiciones materiales necesarias para que el poseedor de la fuerza de trabajo pueda emplearla de un modo productivo. Dicho en otros términos, estos medios de producción se enfrentan con el poseedor de la fuerza de trabajo como una propiedad ajena. De otra parte, el vendedor del trabajo aparece frente a su comprador como una fuerza de trabajo ajena que tiene que ponerse bajo sus órdenes, incorporarse a su capital, para que éste pueda actuar realmente como capital productivo. Por tanto, en el momento en que ambas partes se enfrentan en el acto D – T (o enfocándolo del lado del obrero, TD), existe ya , se da por supuesta la relación de clase entre capitalista y obrero asalariado. Es ésta una relación de compra y venta, de dinero; pero una compra y una venta en las que el comprador actúa ya como capitalista y el vendedor como obrero asalariado y que tiene como premisa el hecho, de que las condiciones necesarias para la realización de la fuerza de trabajo –los medios de vida y los medios de producción– aparecen separados, como propiedad ajena, del poseedor de aquélla.

Aquí, no nos interesa saber cómo se produce esta separación. La separación existe desde el momento en que se efectúa la operación D – T. Lo que nos interesa es el hecho de que si la fórmula D – T aparece como una función del capital–dinero o el dinero se presenta aquí como una modalidad del capital, no es, ni mucho menos, porque el dinero actúe, en este caso, como medio de pago de una actividad humana encaminada a un efecto útil, de un servicio; es decir, no por la función propia del dinero como medio de pago. Si el dinero puede invertirse en esta forma es, sencillamente, porque la fuerza de trabajo se halla separada de sus medios de producción (incluyendo los medios de vida, como medios de producción de la propia fuerza de trabajo) y porque este divorcio sólo puede remediarse de un modo: vendiendo la fuerza de trabajo al poseedor de los medios de producción. Lo cual quiere decir que los frutos de la fuerza de trabajo, cuyos límites no coinciden, ni mucho menos, con los límites de la cantidad de trabajo necesaria para la reproducción de su propio precio, le pertenecen al comprador. La relación de capital surge durante el proceso de producción, pura y simplemente, porque existe ya en el mismo acto de circulación, en las distintas condiciones económicas fundamentales en que se enfrentan el comprador y el vendedor, en sus relaciones de clase. No es el dinero el que engendra, por su naturaleza, esta relación; es, por el contrario, la existencia de esta relación la que convierte la simple función del dinero en función de capital.

Al estudiar el concepto del capital–dinero (por el momento, sólo nos interesa este concepto en relación con la función concreta que le vemos desempeñar aquí), suelen emparejarse o mezclarse dos errores. En primer lugar, las funciones que el valor capital desempeña como capital–dinero, y que puede desempeñar, precisamente, por revestir la forma–dinero, se atribuyen erróneamente a su carácter de capital, siendo así que se deben exclusivamente a la forma–dinero que el valor capital reviste, a su modalidad de dinero. En segundo lugar (a la inversa), el contenido específico de la función del dinero, que la convierte al mismo tiempo en una función de capital, se atribuye a la naturaleza del dinero (confundiéndose, por tanto, el dinero con el capital), cuando en realidad presupone condiciones sociales inherentes a la operación D–T y que no van implícitas, ni mucho menos, en la simple circulación de mercancías ni en la correspondiente circulación del dinero.

La compra y venta de esclavos es también, en cuanto a su forma, compra y venta de mercancías. Pero el dinero no podría ejercer esta función si no existiese la esclavitud. Hay que partir de la existencia de la esclavitud, para que el dinero pueda invertirse en comprar esclavos. En cambio, para hacer posible la esclavitud no hasta con que el comprador disponga de dinero.

El hecho de que la venta de la propia fuerza de trabajo (bajo la forma de venta del propio trabajo o del salario) no aparezca como un fenómeno aislado, sino como la premisa socialmente decisiva sobre que descansa la producción de mercancías y de que, por tanto, el capital–dinero cumpla en una escala social la función

 

T

D–M  <

 

 

Mp

estudiada aquí, presupone ciertos procesos históricos vienen a romper la asociación primitiva de los medios de producción con la fuerza de trabajo; procesos históricos por efecto de las cuales se enfrentan la masa del pueblo, los obreros, como no propietarios, y los no obreros como propietarios de estos medios de producción. Nada interesa, para estos efectos, saber qué forma revestía aquella asociación antes de romperse: si el propio obrero figuraba, como un medio de producción entre tantos otros o era, por el contrario, propietario de ellos.

Por tanto, el hecho que sirve de base, aquí, al acto

 

T

D–M  <

 

 

Mp

es la distribución; no la distribución en sentido corriente, la distribución de medios de consumo, sino la distribución de los elementos de la misma producción, por medio de la cual los factores materiales se concentran en un lado, mientras que la fuerza de trabajo, aislada de ellos, se concentra en el otro.

Por consiguiente, los medios de producción, la parte material del capital productivo, tienen que existir ya como capital frente al obrero para que el acto D–T pueda convertirse en un acto social de carácter general.

Ya hemos visto más arriba que la producción capitalista, una vez instaurada, no se limita, en su desarrollo, a reproducir esta separación, sino que la va ampliando en proporciones cada vez mayores, hasta convertirla en el régimen social imperante. Pero el problema presenta, además, otro aspecto. Para que el capital pueda formarse y apoderarse de la producción, el comercio y, por tanto, la circulación de mercancías, necesitan alcanzar cierto grado de desarrollo, el cual supone, al mismo tiempo, un cierto grado de desarrollo de su producción, pues no se pueden lanzar a la circulación, como mercancías, estos o aquellos artículos a menos que se produzcan ya como tales mercancías, es decir, con destino a la venta. Y la producción de mercancías no aparece como el carácter normal, predominante, de la producción hasta que no se establece sobre la base de la producción capitalista.

Los terratenientes rusos, que hoy, a consecuencia de la llamada emancipación de los campesinos, tienen que explotar su agricultura mediante obreros asalariados en vez de explotarla a base de siervos sujetos a trabajos forzados, se quejan de dos cosas. En primer lugar, de falta de capital–dinero. Dicen, por ejemplo, que antes de vender la cosecha, necesitan pagar a una gran masa de jornaleros, lo cual hace que escasee el elemento primordial: el dinero contante. Para explotar sobre una base capitalista la producción, hay que disponer constantemente de un capital en forma de dinero, destinado precisamente al pago de los salarios. Pero éste es un mal que tiene, para los terratenientes, fácil remedio. Con el tiempo maduran las uvas. Con el tiempo, el capitalista industrial dispone no sólo de su dinero, sino también de l'argent des autres. (1)

Pero aún es más elocuente la segunda queja: la de que, aun disponiendo de dinero, no es posible disponer en cantidad suficiente y en el momento apetecido de las fuerzas de trabajo necesarias, ya que el régimen de propiedad comunal de los pueblos sobre la tierra hace que el bracero ruso no se halle todavía plenamente divorciado de sus medios de producción y no sea, por tanto, un “jornalero libre” en el pleno sentido de la palabra. Y la existencia de “jornaleros libres” en una escala social es condición indispensable para que la operación D–M, transformación del dinero en mercancía, pueda concebirse como transformación del capital–dinero en capital productivo.

Se comprende, pues, por sí mismo, que la fórmula en que se expresa el ciclo del capital–dinero: D–M... P... M'D' presupone la existencia del capital en forma de capital productivo, y, por tanto, la forma del ciclo de este tipo de capital.

 

2. Segunda fase. Función del capital productivo

El ciclo del capital que aquí estudiamos, comienza con el acto de circulación D–M, con la transformación del dinero en mercancías, con la compra. Ahora hay que completar la circulación con la metamorfosis inversa, con la operación M–D, con la transformación de la mercancía en dinero, con la venta. Pero el resultado inmediato de la operación

 

T

D–M <

 

 

Mp

es el interrumpir la circulación del valor–capital desembolsado en forma de dinero. Al convertirse el capital–dinero en capital productivo, el valor del capital reviste una forma natural bajo la cual no puede seguir circulando, sino que tiene que destinarse al consumo, a un consumo productivo. El uso de la fuerza de trabajo, el trabajo, sólo puede realizarse trabajando. El capitalista no puede volver a vender al propio obrero como mercancía porque no es su esclavo y, además, porque sólo ha comprado el uso de su fuerza de trabajo por un determinado tiempo. Y, por otra parte, sólo puede utilizar la fuerza de trabajo haciendo que ésta emplee los medios de producción para crear mercancías. El resultado de la primera fase es, por tanto, el comienzo de la segunda, de la fase productiva del capital.

Esta operación se expresa por la fórmula

 

T

D–M  <

...P,

 

Mp

en la que los puntos indican que la circulación del capital se interrumpe, pero su proceso cíclico continúa, saliendo de la órbita de la circulación de mercancías para entrar en la órbita de la producción. La primera fase, la transformación del capital–dinero en capital productivo, no tiene, pues, más misión que dar paso y servir de prólogo a la segunda fase, a la función del capital productivo.

La operación

 

T

D–M  <

 

 

Mp

presupone no sólo que el individuo que la efectúa dispone de valores bajo una forma útil cualquiera, sino, además, que dispone de ellos en forma de dinero, que es un poseedor de dinero. Pero la operación consiste precisamente en desprenderse del dinero, y quien la realiza sólo puede seguir siendo poseedor de dinero siempre y cuando que éste vuelva a refluir a sus manos implicite por el propio acto con que se desprende de él. Y, como el dinero sólo puede refluir a sus manos mediante la venta de mercancías, aquella operación supone en él la cualidad de productor de mercancías.

D–T. El obrero asalariado sólo vive de la venta de su fuerza de trabajo. El sustento –el propio sustento– de ésta supone un consumo diario. Por tanto, habrá que pagar al obrero, constantemente, en pequeños plazos, con objeto de que pueda repetir las compras necesarias para su propio sustento, la operación T–D–M o M–D–M. Por consiguiente, frente al obrero, el capitalista tiene que actuar constantemente como capitalista de dinero, su capital tiene que funcionar constantemente como capital–dinero. De otra parte, para que la masa de los productores directos, la masa de los obreros asalariados, pueda efectuar la operación T–D–M, tiene que encontrarse constantemente con los medios de vida necesarios en forma susceptible de compra, es decir, en forma de mercancías. Como se ve, este estado de cosas requiere ya un grado considerable de circulación de los productos como mercancías y, por tanto, de desarrollo de la producción mercantil. Tan pronto como la producción a base de trabajo asalariado se generaliza, la producción de mercancías pasa a ser también, necesariamente, la forma general de la producción. Esta, una vez que adquiere carácter general, determina, a su vez, una división progresiva del trabajo social; es decir, una especialización progresiva del producto elaborado como mercancía por un determinado capitalista, el desdoblamiento cada vez mayor de procesos de producción complementarios en procesos de producción independientes. En el mismo grado en que se desarrolla D–T, se desarrolla, por tanto, D–Mp; es decir, en la misma medida la producción de medios de producción se disocia de la producción de la mercancía para la que aquéllos sirven, y los medios de producción aparecen, a su vez, frente a todo productor de mercancías, como otras tantas mercancías que él no produce, sino que compra al servicio de su proceso concreto de producción. Proceden de ramas de producción totalmente aparte de este proceso y explotadas con carácter independiente, y son absorbidas por su rama propia de producción como mercancías, es decir, tienen que ser compradas. Las condiciones materiales de la producción de mercancías se le presentan, en proporciones cada vez mayores, como productos de otros productores de mercancías, como mercancías. Y en el mismo grado en que esto ocurre, el capitalista tiene que actuar como capitalista de dinero o, lo que es lo mismo, crece la proporción en que su capital tiene que funcionar como capital–dinero.

De otra parte, las mismas circunstancias que determinan la condición fundamental de la producción capitalista –la existencia de una clase obrera asalariada– exigen que toda la producción de mercancías adquiera forma capitalista. A medida que ésta se desarrolla, descompone y disuelve todas las formas anteriores de producción, que, encaminadas preferentemente al consumo directo del productor, sólo convierten en mercancía el sobrante de lo producido. La producción capitalista de mercancías hace de la venta del producto el interés primordial, sin que, al principio, esto afecte aparentemente al mismo modo de producción, que es, por ejemplo, el primer efecto que el comercio capitalista mundial ejerce en pueblos como China, India, Arabia, etc. Pero allí donde echa raíces, destruye todas las formas de la producción de mercancías basadas en el trabajo del propio productor o concebidas simplemente a base de vender como mercancías los productos sobrantes. Empieza generalizando la producción de mercancías y luego va convirtiendo, poco a poco, toda la producción de mercancías en producción capitalista.3

Cualesquiera que sean las formas sociales de la producción, sus factores son siempre dos: los medios de producción y los obreros. Pero tanto unos como otros son solamente, mientras se hallan separados, factores potenciales de producción. Para poder producir en realidad, tienen que combinarse. Sus distintas combinaciones distinguen las diversas épocas económicas de la estructura social. En el caso presente, el divorcio entre el obrero libre y sus medios de producción constituye el punto de partida dado, y ya hemos visto cómo y bajo qué condiciones se combinan ambos factores en manos del capitalista, a saber: como modalidades productivas de su capital. El proceso efectivo en que entran, asociados de este modo, los elementos personales y materiales creadores de mercancías, el proceso de producción, se convierte, por tanto, de por sí, en una función del capital, en el proceso capitalista de producción, cuyo carácter ha sido estudiado detalladamente en el libro I de esta obra. Toda empresa de producción de mercancías es, al mismo tiempo, una empresa de explotación de la fuerza de trabajo; pero, bajo la producción capitalista de mercancías, la explotación se convierte en un sistema formidable, que, al desarrollarse históricamente con la organización del proceso de trabajo y los progresos gigantescos de la técnica, revoluciona toda la estructura económica de la sociedad y eclipsa a todas las épocas anteriores.

Por el distinto papel que desempeña durante el proceso de producción en la creación de valor y, por tanto, en la producción de plusvalía, los medios de producción y la fuerza de trabajo, considerados como modalidades del capital desembolsado, se distinguen como capital constante y capital variable, respectivamente. En cuanto diversas partes integrantes del capital productivo, se distinguen también en que los primeros, pertenecientes al capitalista, son capital si yo aun fuera del proceso de producción, mientras que la fuerza de trabajo sólo dentro de éste constituye una modalidad del capital individual. Si la fuerza de trabajo sólo es una mercancía en manos de su vendedor, del obrero asalariado, en cambio, sólo es capital en manos de su comprador, del capitalista, a quien se adjudica su uso temporal. Los medios de producción sólo se convierten en encarnación material del capital productivo, o en capital productivo, en el momento en que se les incorpora la fuerza de trabajo, como modalidad personal de aquél. La fuerza humana de trabajo no es por naturaleza capital, como no lo son tampoco, por la misma razón, los medios de producción. Sólo adquieren este carácter social específico bajo determinadas condiciones, históricamente dadas, del mismo modo que sólo bajo estas condiciones los metales preciosos revisten el carácter de dinero, y éste el de capital–dinero.

Al funcionar, el capital productivo consume sus propios elementos, para transformarlos en una masa de productos de valor superior. Y como la fuerza de trabajo sólo actúa como uno de sus órganos, el remanente que deja el valor del producto creado por el trabajo excedente, después de cubrir el valor de los elementos que lo integran, es también fruto del capital. El trabajo que rinde de más la fuerza de trabajo es trabajo gratis para el capital y constituye, por tanto, la plusvalía del capitalista, un valor que no le cuesta ningún equivalente. Por tanto, el producto no es simplemente una mercancía, sino una mercancía preñada de plusvalía. Su valor es = P + Pv, igual al valor del capital productivo P invertido en su producción más la plusvalía Pv engendrada por él. Supongamos que esta mercancía consista en 10,000 libras de hilo, y que en su elaboración se hayan invertido medios de producción por valor de 372 libras esterlinas y fuerza de trabajo por valor de 50 libras. Los hilanderos, al transformar la materia prima en hilo, habrán transferido a éste el valor de los medios de producción absorbidos por su trabajo y cifrados en 372 libras esterlinas y un valor nuevo, con arreglo al trabajo empleado, que calcularemos en 128 libras. Es decir, que las 10,000 libras de hilo representarán un valor de 500 libras esterlinas.

3. Tercera fase: M'–D'

La mercancía se convierte en capitalmercancías como modalidad funcional del valor del capital ya valorizado que brota directamente, del propio proceso de producción. Si la producción de mercancías se efectuase sobre bases capitalistas en toda su extensión social, toda mercancía, lo mismo el hierro que los encajes de Bruselas, lo mismo el ácido sulfúrico que los cigarros, formaría parte, por el solo hecho de serlo, de un gran capital–mercancías. El problema de saber qué clases de cosas, dentro del ejército de las mercancías, están llamadas, por su naturaleza, a ascender al rango de capital y cuáles otras condenadas a no salir de las filas de las mercancías rasas, es una de esas encantadoras torturas a que gusta de someterse la economía escolástica.

Cuando reviste la forma de las mercancías, el capital tiene necesariamente que cumplir la función propia de éstas. Los artículos que lo forman, artículos producidos de por sí para el mercado, tienen necesariamente que ser vendidos, convertidos en dinero; tienen, por tanto, que pasar por la operación M–D.

Supongamos que la mercancía del capitalista consiste en 10,000 libras de hilo de algodón. Si para producir este hilo se han consumido medios de producción por valor de 372 libras esterlinas y se ha creado un valor nuevo de 128 libras, el hilo tendrá un valor de 500 libras esterlinas, valor que se expresará como precio en la misma suma. Este precio se realiza por medio de la venta M–D. ¿Qué es lo que convierte, al mismo tiempo, esta sencilla operación, propia de toda circulación de mercancías, en una función del capital? No es ningún cambio operado dentro de ella, ni que guarde relación con su carácter de uso, ya que, como objeto útil, la mercancía pasa al comprador; el cambio no afecta tampoco a su valor, pues éste no experimenta ningún cambio de magnitud. Se trata, sencillamente, de un cambio de forma. Antes, el valor en cuestión existía en forma de hilo; ahora, existe en forma de dinero. Se advierte así una diferencia esencial entre la primera fase D–M y la última fase M–D. Allí, el capital desembolsado funciona como capital–dinero, ya que, mediante la circulación, se invierte en mercancías de valor de uso específico. Aquí, la mercancía sólo puede funcionar como capital siempre y cuando que el proceso de producción le haya impreso ya este carácter antes de comenzar su circulación. Durante el proceso de hilado, los hilanderos crean, en forma de hilo, un valor de 128 libras esterlinas. De ellas, calculamos que 50 libras esterlinas son simplemente la equivalencia de lo invertido por el capitalista en fuerza de trabajo; las 78 libras restantes –suponiendo un grado de explotación de la fuerza de trabajo del 156 por 100– forman la plusvalía. Por tanto, el valor de las 10,000 libras de hilo encierra, en primer lugar, el valor del capital productivo P consumido, cuya parte constante = 372 libras esterlinas y cuya parte variable = 50 libras esterlinas y la suma de ambas = 422 libras esterlinas = 8,440 libras de hilo. Y el valor del capital productivo P es = M, al valor de los elementos que lo integran y que en la fase D–M aparecen ante el capitalista como mercancías en manos de sus vendedores. En segundo lugar; el valor del hilo encierra una plusvalía de 78 libras esterlinas = 1,560 libras de hilo. Por tanto, M, como expresión de valor de las 10,000 libras de hilo, es =M + D M, es decir, M más un incremento de M (= 78 libras esterlinas), que llamaremos m, puesto que existe bajo la misma forma de mercancía en que se presenta ahora el primitivo valor M. Por consiguiente, el valor de las 10,000 libras de hilo = 500 libras esterlinas es = M + m = M'. Lo que convierte a M, como expresión de valor de las 10,000 libras esterlinas, en M' no es su magnitud absoluta de valor (500 libras esterlinas), pues ésta, lo mismo que en las demás M, se halla determinada, como expresión de valor de cualquier otra suma de mercancías, por la magnitud del trabajo materializado en ella. Es su magnitud relativa de valor, su magnitud de valor comparado con el valor del capital P consumido en su producción. Este valor es el que se halla contenido en ella, más la plusvalía arrojada por el capital productivo. Su valor excede del valor de aquel capital y este excedente de valor es la plusvalía m. Las 10,000 libras de hilo representan el valor del capital valorizado, enriquecido con una plusvalía, como producto del proceso capitalista de producción. M' expresa una relación de valor, la relación entre el valor de la mercancía producida y el capital invertido en su producción; expresa, por tanto, el total de su valor, formado por el valor del capital y la plusvalía. Las 10,000 libras de hilo sólo son capital–mercancías, M', como forma transformada del capital productivo P; sólo lo son, por tanto, dentro de una concatenación que, de momento, no se da más que en el ciclo de este capital individual o para el capitalista que dedica su capital a producir hilo. Es, por decirlo así, solamente una relación interna, no una relación externa, la que convierte estas 10,000 libras de hilo, como exponente de valor, en un capital–mercancías; su sello capitalista no está en la magnitud absoluta de su valor, sino en su magnitud relativa, en su magnitud de valor comparada con la que representaba el capital productivo contenido en ellas antes de haberse convertido en mercancía. Si, por tanto, las 10,000 libras de hilo se vendiesen por su valor de 500 libras esterlinas, este acto de circulación, considerado de por sí sería = M–D, sería la simple transformación de un valor invariable de la forma mercancía en la forma dinero. Pero, considerado como fase especial dentro del ciclo de un capital individual, este mismo acto es la realización del valor del capital de 422 libras esterlinas encerrado, en la mercancía más la plusvalía de 78 libras esterlinas que se le añade; es, por tanto, M'–D´, la transformación del capital en mercancías, de su forma mercancía, en su dinero .4

Ahora bien, la función de M' es la propia todo producto que constituye una mercancía: convertirse en dinero, venderse, recorrer la fase de circulación M–D. Mientras el capital ya valorizado persiste en su forma de capital–mercancías, mientras permanece inmóvil en el mercado, el proceso de producción se paraliza. El capital no funciona ni como creador de productos ni como creador de valor. Según el diverso grado de rapidez con que abandone su forma de mercancías y revista su forma de dinero, o sea, según la celeridad de las ventas, el mismo valor–capital actuará en grado muy desigual como creador de productos y de valor y aumentará o disminuirá la escala de la reproducción. En el libro I hemos visto cómo el grado de acción de un capital dado depende de potencias del proceso de producción independientes, hasta cierto punto, de su propia magnitud de valor. Aquí, vemos que el proceso de circulación pone en acción nuevas potencias de su grado de eficiencia, de su expansión y contracción, independientes de la magnitud de valor del capital.

Además, la masa de mercancías M', como exponente del capital valorizado, tiene que pasar por la metamorfosis M'D' en toda su extensión. La cantidad de lo vendido es, aquí, un factor esencial. La mercancía individual figura solamente como parte integrante de la masa total de mercancías. Las 500 libras esterlinas de valor existen en forma de 10,000 libras de hilo. Si el capitalista sólo consigue vender 7,440 libras por su valor de 372 libras esterlinas, no hará más que reponer el valor de su capital constante, el valor de los medios de producción invertidos; si logra vender 8,440 libras, reembolsará solamente el valor de todo el capital desembolsado. Para realizar una plusvalía necesita vender más, y para realizar la plusvalía total de 78 libras esterlinas (= 1,560 libras de hilo), tiene que vender las 10,000 libras de hilo en su totalidad. Con las 500 libras esterlinas en dinero sólo obtiene, pues, el equivalente de la mercancía vendida; la transacción realizada por él, dentro del plano de la circulación, se reduce simplemente a la fórmula M–D. Si hubiese abonado a sus obreros, en concepto de salario, 64 libras esterlinas en vez de 50, su plusvalía sería solamente de 64 libras esterlinas, en vez de 78 y el grado de explotación del 100 por 100 solamente, en vez del 156 por 100; pero el valor de su hilo permanecería invariable; variaría únicamente la relación entre sus distintas partes; el acto de circulación M–D seguiría siendo la venta de 10,000 libras de hilo por 500 libras esterlinas, es decir, por su valor.

M' = M + m (= 422 libras esterlinas + 78 libras esterlinas). M es igual al valor de P, o sea del capital productivo, y éste igual al valor de D, desembolsado en D–M , es decir, para comprar los elementos de producción; en nuestro ejemplo, = 422 libras esterlinas. Si la masa de mercancías se vende por su valor, tendremos que M = 422 libras esterlinas y m = 78 libras esterlinas, valor del producto excedente, o sea de 1,560 libras de hilo. Llamando d a m expresado en dinero, resultará que M'D' = (M + m) – (D + d), por donde el ciclo D–M... P... M'D', en su forma explícita, corresponderá a la fórmula

 

T

D–M  <

...P...

 

Mp

(M + m) – (D + d).

En la primera fase, el capitalista retira artículos de uso del mercado de mercancías en sentido estricto y del mercado de trabajo; en la tercera fase, devuelve mercancías al mercado, pero sólo a uno de ellos, al mercado de mercancías en sentido estricto. Y si, con sus mercancías vuelve a retirar del mercado más valor del que primitivamente incorporó a él, es sencillamente, porque lanza a él, en mercancías, un valor mayor del que primitivamente le sustrajo. Incorporó a él el valor D y sustrajo de él la equivalencia M; ahora lanza a él M' + m y retira de él la equivalencia D + d. D equivalía, en nuestro ejemplo, al valor de 8,440 libras de hilo; pero lo que lanza al mercado son 10,000 libras de hilo, es decir, un valor mayor del que sacó de él. Por otra parte, si lanza al mercado este valor incrementado es gracias a la plusvalía creada en el proceso de producción (como parte alícuota del producto, expresada en el producto excedente) mediante la explotación de la fuerza de trabajo. La masa de mercancías sólo se convierte en capital–mercancías exponente del valor del capital valorizado, como producto de este proceso. Mediante la operación M'–D' se realiza tanto el valor del capital desembolsado como la plusvalía. La realización de ambos coincide en la serie de ventas o en la venta, hecha de un golpe, de la masa total de mercancías que se expresa en M'–D'. Pero la operación de circulación M'–D' difiere con respecto al valor del capital y la plusvalía, en el sentido de que expresa en cada uno de ellos una fase distinta de la circulación, una etapa distinta en la serie de metamorfosis que dentro de la circulación tienen que recorrer. La plusvalía m, sólo viene al mundo dentro del proceso de producción. Por consiguiente, aparece por vez primera en el mercado de mercancías y concretamente en forma de mercancía; es su primera forma de circulación, y, por tanto, el acto md es su primer acto de circulación o su primera metamorfosis, la cual tiene que ser complementada, por consiguiente, con el acto de circulación opuesto o con la metamorfosis inversa, dm.5

Otra cosa acontece con la circulación que el valor del capital M realiza en el mismo acto de circulación M'D', que es, para él, el acto de circulación M–D, en el que M = P, igual al D primitivamente desembolsado. Ha iniciado su primer acto de circulación como D, como capital–dinero, y retorna, mediante el acto M–D, a la misma forma; ha recorrido, por tanto, las dos fases opuestas de la circulación: 1) D–M y 2) M–D, y reviste nuevamente la forma en que puede comenzar de nuevo el mismo proceso cíclico. Lo que para la plusvalía es la primera transformación de la forma mercancía en la forma dinero, es para el valor del capital el retorno o el retroceso a su forma primitiva de dinero.

Mediante la operación

 

T

D–M  <

 

 

Mp

 el capital–dinero se invierte en una suma equivalente de mercancías, T y Mp. Estas mercancías no funcionan de nuevo como mercancías, como artículos de venta. Su valor existe ahora, en manos de su vendedor, del capitalista, como valor de su capital productivo, P. Y en la función de P, al consumirse productivamente, se convierten en una clase de mercancías materialmente distintas de los medios de producción, en hilo, en una mercancía en la que su valor no sólo se mantiene, sino que se acrecienta, pasando de 422 libras esterlinas a 500. Con esta metamorfosis real, las mercancías retiradas del mercado en la primera fase D–M son sustituidas por otras distintas de ellas en cuanto a la materia y en cuanto al valor y que ahora funcionan como mercancías, debiendo, por tanto, convertirse en dinero y ser vendidas. Aquí, el proceso de producción sólo aparece, por consiguiente, como una interrupción del proceso de circulación del valor–capital, que hasta ahora sólo ha recorrido la primera fase, D–M. No recorre la segunda y última fase, M–D, hasta que M se transforma en cuanto a la materia y en cuanto al valor. Pero, en lo que se refiere al valor–capital, considerado de por sí, sólo sufre, en el proceso de producción, una modificación de su forma de uso. En T y Mp existía bajo la forma de 422 libras esterlinas de valor; ahora, existe bajo la forma de 422 libras esterlinas de valor correspondientes a 8,440 libras de hilo. Si nos limitamos, pues, a examinar las dos fases del proceso de circulación del valor–capital considerado separadamente de su plusvalía, vemos que atraviesa 1) por D–M y 2) por M–D, en la que la segunda M reviste una forma útil distinta, pero representa el mismo valor que la primera; por tanto, D–M–D, es una forma de circulación que, por virtud del doble cambio de lugar de la mercancía en sentido opuesto, por virtud de la transformación del dinero en mercancía y de ésta en dinero, determina necesariamente el retorno del valor desembolsado como dinero a su forma–dinero: su reversión a dinero.

El mismo acto de circulación M'D', la segunda y definitiva metamorfosis del valor–capital desembolsado en forma de dinero, el retorno a la forma–dinero, es, para la plusvalía contenida también en el capital–dinero y realizada asimismo mediante su transformación en dinero, la primera metamorfosis, la transformación de la forma–mercancía en la forma–dinero, M–D, la primera fase de la circulación.

Dos cosas hay, por tanto, que observar aquí. En primer lugar, que la reversión final del valor del capital a su forma primitiva de dinero es una función del capital–mercancías. En segundo lugar, que esta función lleva implícita la primera transformación de la plusvalía, que abandona su primitiva forma de mercancías para revestir la forma de dinero. La forma del dinero desempeña, pues aquí, un doble papel: de una parte, es la forma recobrada de un valor primitivamente desembolsado en dinero y, por tanto, el retorno a la forma de valor con que se inició el proceso; y es, de otra parte, la primera forma transformada de un valor que empieza lanzándose a la circulación en forma de mercancías. Si las mercancías que forman el capital–mercancías se venden por su valor, como damos por supuesto aquí, M + m se convierte en el equivalente D + d; bajo esta forma, D + d (422 + 78 = 500 libras esterlinas), existe ahora en manos del capitalista el capital–mercancías ya realizado. El valor–capital y la plusvalía existen ahora como dinero y, por tanto, bajo la forma del equivalente general.

Al final del proceso, el valor del capital reaparece, por consiguiente, bajo la misma forma en que entró en él; está, por tanto, en condiciones de volver a iniciarlo y recorrerlo como capital–dinero. Precisamente por eso, porque la forma inicial y final de proceso es la del capital–dinero (D), es por lo que nosotros llamamos ciclo del capital–dinero a esta forma del proceso cíclico. Lo que cambia, al final, no es la forma, sino simplemente la magnitud del valor desembolsado.

D + d no son más que una suma de dinero de una determinada cuantía; en nuestro ejemplo, de 500 libras esterlinas. Pero, como resultado del ciclo del capital, como capital en mercancías realizado, esta suma de dinero encierra el valor del capital y la plusvalía; y aquí estos dos factores no aparecen ya mezclados, como en el hilo, sino el uno al lado del otro. Su realización le ha dado a cada uno de ellos forma de dinero independiente. 211/250 del total representan el valor del capital, equivalente a 422 libras esterlinas, y 39/250 la plusvalía: 78 libras esterlinas. Este desdoblamiento, conseguido mediante la realización del capital–mercancías, no tiene solamente el sentido formal de que enseguida, hablaremos, sino que adquiere cierta importancia en el proceso de reproducción del capital, según que d se convierta total o parcialmente en D o no se convierta; es decir, según que siga funcionando o no como parte integrante del valor del capital desembolsado. Pueden también recorrer d y D procesos de circulación totalmente distintos.

En D' el capital ha retornado a su forma primitiva, D, a su forma de dinero, pero bajo una forma en la que se ha realizado ya como capital.

En primer lugar, existe una diferencia cuantitativa. D representaba 422 libras esterlinas, mientras que D' representa ahora 500 libras esterlinas y esta diferencia se expresa en D... D', en los dos extremos cuantitativamente distintos del ciclo, cuyo movimiento sólo se indica con los puntos... D' es > D', D'–D = Pv, a la plusvalía. Pero, como resultado de este ciclo D... D', ahora sólo existe D', que es el producto con el que se cancela su proceso de formación. D' existe ahora con propia sustantividad, independientemente del proceso que lo ha hecho surgir. Este proceso ha caducado ya, cediendo el puesto a D'.

Pero D' como D + d, 500 libras esterlinas equivalentes a 422 libras esterlinas de capital desembolsado más un incremento de 78 libras esterlinas representa, al mismo tiempo, una relación cualitativa, aunque ésta sólo exista como relación entre las partes de una suma de nombre idéntico, es decir, como relación cuantitativa. D, el capital desembolsado, que vuelve a presentarse bajo su forma primitiva (422 libras esterlinas), existe ahora como capital realizado. No sólo se ha conservado, sino que, además, se ha realizado como capital, el cual se distingue como tal de d (78 libras esterlinas), que guarda con él la relación de su producto, de su fruto, de un incremento engendrado por él. Se ha realizado como capital, por haberse realizado como un valor que engendra otro valor. D' existe como relación de capital; D ya no aparece simplemente como dinero, sino que funciona expresamente como capital–dinero expresado como valor valorizado, es decir. como valor que tiene la propiedad de valorizarse, de engendrar más valor del que él mismo encierra. D funciona como capital por su relación con otra parte de D' que la aportada por él mismo, producida por él como causa y que es el efecto engendrado por él. Así, D' aparece como una suma de valor diferenciada de por sí, funcionalmente (conceptualmente) distinta por sí misma y que expresa la relación de capital.

Pero esto se expresa solamente como resultado, sin los eslabones del proceso cuyo resultado es.

Las partes de valor no se distinguen cualitativamente, como tales, unas de otras, fuera del caso en que se presentan como valores de diversos artículos, de objetos concretos, bajo diversas formas útiles y, por tanto, como valores de diversas mercancías, diferencia ésta que no brota de ellas mismas como meras partes de valor. En el dinero desaparecen todas las diferencias entre las mercancías, precisamente porque el dinero es la forma de equivalencia común a todas ellas. Una suma de 500 libras esterlinas está formada por otros tantos elementos de nombre idéntico de 1 libra. Y como en la simple existencia de esta suma de dinero se borran las huellas de sus orígenes y desaparece todo rastro de la diferencia específica que las diversas partes integrantes del capital presentan en el proceso de producción, la diferencia sólo existe bajo la forma conceptual de una suma principal (principal, en inglés) = al capital desembolsado de 422 libras esterlinas y a un excedente de valor de 78 libras. Supongamos que D' sea, por ejemplo = 110 libras esterlinas, de las cuales 100 = D, suma principal, y 10 = Pv, plusvalía. Entre las dos partes integrantes de la suma de 110 libras esterlinas media una identidad absoluta, es decir, una homogeneidad conceptual completa. 10 libras esterlinas, no importa cuáles, representarán siempre 1/11 de la suma total de 110 libras, ya sean 1/l0 de la suma principal desembolsada de 100 libras esterlinas o el excedente de 10 libras que queda después de cubierta aquella suma. La suma principal y la suma accesoria, el capital y la suma adicional, pueden representarse, por tanto, como fracciones de la suma total; en nuestro ejemplo, 10/11 constituyen la suma principal o capital, l/11 la suma adicional. La forma que reviste aquí, al final de su proceso, el capital realizado, en su expresión en dinero es, pues, la expresión indistinta de la relación de capital.

Cierto que esto es aplicable también a (= M + m). Pero con la diferencia de que M', donde M y m no son tampoco más que partes proporcionales de valor de la misma masa homogénea de mercancías, hace referencia a su origen P, del que es producto directo, mientras que en D', forma derivada directamente de la circulación, ha desaparecido toda relación directa con P.

La diferencia carente de sentido entre la suma principal y la suma adicional contenida en D' en cuanto resultado del movimiento D... D', desaparece inmediatamente, tan pronto como D' vuelve a funcionar activamente como capital–dinero es decir, cuando no se inmoviliza como expresión en dinero del capital industrial valorizado. El ciclo de capital–dinero no puede comenzar jamás por D' (a pesar de que D' funciona ahora como D), sino que comienza siempre por D; es decir, no puede comenzar nunca como expresión de la relación de capital, sino que comienza siempre, exclusivamente, como forma de desembolso del valor del capital. Tan pronto como las 500 libras esterlinas se desembolsan nuevamente como capital para ser valorizadas de nuevo, son un punto de partida en vez de un punto de retorno. Ahora, se desembolsa, no un capital de 422 libras esterlinas, sino un capital de 500, más dinero que antes, más valor–capital, pero la relación entre las dos partes integrantes desaparece, del mismo modo que hubiese podido funcionar como capital desde el primer momento la suma de 500 libras esterlinas en vez de la de 422.

El aparecer como D' no es una función activa del capital–dinero; eso es más bien función de D'. Ya en la simple circulación de mercancías 1) M1 D, 2) D–M2, D sólo empieza a funcionar activamente en el segundo acto D–M2; su aparición como D es, simplemente, resultado del primer acto, gracias al cual se presenta como forma transformada de M1. Es cierto que la relación de capital contenida en D', la relación entre una de sus partes, como valor del capital, y la otra como su incremento de valor, adquiere importancia funcional a partir del momento en que, por la repetición constante del ciclo D... D', D´ se desdobla en dos circulaciones: circulación de capital y circulación de plusvalía; es decir, a partir del momento en que las dos partes cumplen funciones distintas no sólo desde el punto de vista cuantitativo, sino también desde el punto de vista cualitativo, D por un lado y por el otro d. Pero, considerada de por sí, la forma D... D' no incluye el consumo del capitalista, sino que sólo implica, expresamente, la propia valorización del capital y la acumulación, en la medida en que ésta se expresa, por el momento, en el incremento periódico del capital–dinero constantemente desembolsado de nuevo.

Aunque fórmula carente de sentido del capital, D' = D + d sólo es, al mismo tiempo, el capital–dinero en su forma realizada, como dinero que ha parido dinero. Pero esto no debe confundirse con la función del capital–dinero en la primera fase

 

T

D–M  <

 

 

Mp

En esta primera fase, D circula como dinero. Sólo funciona como capital–dinero porque sólo en su estado de dinero puede cumplir funciones de dinero, invertirse en los elementos de P que se enfrentan con él como mercancías, en T y Mp. En este acto de circulación, funciona solamente como dinero; pero como este acto es la primera fase del valor del capital circulante, es al mismo tiempo función del capital–dinero, gracias a la forma específica de uso de las mercancías T y Mp que con él se compran. En cambio, D', integrado por D, por el valor del capital, y por d, por la plusvalía engendrada por él, expresa el valor del capital valorizado, la finalidad y el resultado, la función de todo el proceso cíclico del capital. El hecho de que exprese este resultado bajo forma de dinero, como capital en dinero realizado, no se debe a que sea la forma en dinero del capital, capital en dinero, sino, por el contrario, a que es capital en dinero, capital en forma de dinero, a que el capital ha abierto al proceso bajo esta forma, ha sido desembolsado en forma de dinero. La revisión a la forma de dinero es, como hemos visto, función del Capital en mercancías M' y no del capital en dinero. Y, por lo que se refiere a la diferencia de D' con respecto a D, esta diferencia (d) no es más que la forma en dinero de m, el incremento de M; D' sólo es = D + d porque M' era = M + m. Por tanto, esta diferencia y la relación entre el valor del capital y la plusvalía parida por él existe ya y se expresa en M' antes de que ambos se transformen en D', es decir, en una suma de dinero en la que ambas partes de valor cobran existencia independiente la una de la otra y pueden, por tanto, emplearse en funciones independientes y distintas.

D' no es más que el resultado de la realización de M'. Ambos, M' y D' son, pura y exclusivamente, formas distintas, la forma mercancía y la forma dinero, del valor del capital valorizado; ambos tienen de común el ser eso: el valor del capital valorizado. Ambos son capital realizado porque, aquí, el valor del capital existe como tal junto con la plusvalía, fruto distinto de él y conservado por él, a pesar de que esta diferencia sólo se expresa en la forma distinta de la relación entre dos partes de una suma de dinero o de un valor contenido en mercancías. Pero, como expresiones del capital en relación con y a diferencia de la plusvalía engendrada por él, es decir, como expresiones del valor valorizado, D' y M' son lo mismo y expresan lo mismo, sólo que bajo forma distinta; no se distinguen como capital–dinero y capital–mercancías, sino como dinero y mercancía. En cuanto representan valor valorizado, capital empleado como capital, no hacen más que expresar el resultado de la función del capital productivo, de la única función en que el valor del capital pare valor. Lo que tienen de común es que ambos, el capital–dinero y el capital–mercancías, son modalidades del capital. Uno es capital en forma de dinero, otro capital en forma de mercancías. Por tanto, las funciones específicas que los distinguen no pueden ser otras que las diferencias que median entre la función del dinero y la función de la mercancía. El capital–mercancías, como producto directo del proceso capitalista de producción, recuerda su origen y es, por tanto, en su forma, más racional, menos carente de sentido que el capital–dinero, que no conserva el menor vestigio de este proceso, ya que en el dinero desaparece siempre toda forma específica de uso de la mercancía. Donde se esfuma su forma peregrina sólo es, pues, allí donde el mismo D' funciona como capital–mercancías, donde es el producto directo de un proceso de producción y no la forma transfigurada de este producto; es decir, en la producción del mismo material–dinero. Tratándose de la producción de oro, por ejemplo, la fórmula sería:

 

T

D–M  <

...P ...D´ (D+d),

 

Mp

donde D' figura como producto en mercancías porque P suministra más oro del que se ha desembolsado en los elementos de producción del oro en el primer D, en el capital en dinero. Aquí, desaparece, por tanto, lo irracional de la expresión D... D' (D' + d), donde una parte de una suma de dinero aparece engendrando otra parte de la misma suma.

 

4. El ciclo, visto en su conjunto

Hemos visto que el proceso de circulación, al terminar la primera fase

 

T

D–M  <

 

 

Mp

se interrumpe en P, donde las mercancías T y Mp, compradas en el mercado, se consumen como los elementos materiales y el valor del capital productivo; el producto de este consumo es una nueva mercancía, , transformada en cuanto a materia y en cuanto a valor. El proceso de circulación interrumpido, D–M, necesita ser complementado por el proceso M–D. Pero, como exponente de esta segunda y definitiva fase de la circulación, aparece M', una mercancía diferente en cuanto a la materia y en cuanto a valor de la primera, M. Por tanto, la serie de la circulación puede representarse así: 1) D–M1; 2) M'2D', donde, en la segunda fase, la primera mercancía, M'1, es sustituida por otra, M'2, de valor superior y de forma útil distinta durante la interrupción determinada por la función de P, o sea, la producción de M' con los elementos de M, modalidades del capital productivo P. En cambio, la primera forma en que se nos manifestaba el capital (libro I, cap. IV, 1, pp. 110 118), D–M–D' (descompuesta así: 1) D–M1; 2) M1D'), nos presenta dos veces la misma mercancía. Es, ambas veces, la misma mercancía, en la que se convierte el dinero en la primera fase y que en la segunda fase vuelve a convertirse en una cantidad mayor de dinero. A pesar de esta diferencia esencial, ambas circulaciones tienen de común el que en su primera fase el dinero se convierte en mercancía y en la segunda fase la mercancía en dinero, con lo cual el dinero invertido en la primera fase revierte, por tanto, en la segunda. De una parte, tienen de común esta reversión del dinero a su punto de partida; de otra parte, las identifica también el excedente de dinero que revierte sobre el dinero anticipado. En este sentido, la fórmula D–M... M'–D' se contiene también en la fórmula general D–M–D'.

Otra observación podemos registrar aquí, y es que en las dos metamorfosis que integran la circulación, D–M y M'–D', se enfrentan y se sustituyen mutuamente valores de la misma magnitud y que existen simultáneamente La alteración de valor es exclusiva de la metamorfosis P, del proceso de producción, que aparece, por tanto, como la metamorfosis real del capital, a diferencia de las metamorfosis de la circulación, que son metamorfosis puramente formales.

Examinemos ahora, en conjunto, el recorrido D–M...P... M'–D' o su forma explícita

 

T

D–M  <

...P ...M´ (M+m)–D´(D´+d).

 

Mp

El capital aparece, aquí, como un valor que recorre una cadena de transformaciones coherentes y condicionadas las unas por las otras, una serie de metamorfosis que representan otras tantas fases o etapas de un proceso total. Dos de estas fases caen dentro de la órbita de la circulación, una dentro de la órbita de la producción. En cada una de estas fases, el valor del capital reviste una forma distinta, a la que corresponde una distinta función especial. En este recorrido, el valor desembolsado no sólo se mantiene, sino que crece, aumenta en magnitud. Por último, en la etapa final recobra la misma forma que presentaba al comenzar el proceso en su conjunto. Este proceso, en su conjunto, constituye, por tanto, un proceso cíclico.

Las dos formas que reviste el valor del capital dentro de sus fases de circulación son la del capitaldinero y la del capitalmercancías; la forma propia de la fase de producción es la del capital productivo. El capital que, a lo largo de su ciclo global, reviste y abandona de nuevo estas formas, cumpliendo en cada una de ellas la función correspondiente es el capital industrial, industrial, en el sentido de que abarca todas las ramas de producción explotadas sobre bases capitalistas.

Capital en dinero, capital en mercancías y capital productivo no son, pues, clases independientes de capital cuyas funciones se hallen adscriptas a ramas industriales asimismo independientes y separadas las unas de las otras. Son, pura y simplemente, formas funcionales específicas del capital industrial, formas que éste va asumiendo sucesivamente.

El ciclo del capital sólo se desarrolla normalmente mientras sus distintas fases se suceden sin interrupción. Si el capital se inmoviliza en la primera fase D–M, el capital en dinero queda paralizado como tesoro; si se inmoviliza en la fase de la producción, quedarán paralizados, de un lado, los medios de producción, mientras de otro lado la fuerza de trabajo permanecerá ociosa; si se inmoviliza en la última fase M'D' las mercancías almacenadas sin vender pondrán un dique a la corriente de la circulación.

Por otra parte, la naturaleza del asunto exige que el propio ciclo se encargue de retener el capital, durante cierto tiempo, en las distintas fases del proceso. En cada una de sus fases, el capital industrial se halla vinculado a una determinada forma, como capital–dinero, capital productivo y capital–mercancías. Y sólo después de realizar la función correspondiente a cada una de esas formas, asume aquélla bajo la que puede pasar ya a una nueva fase de transformación. Para esclarecer esto, hemos dado por supuesto, en nuestro ejemplo, que el valor–capital de la masa de mercancías creada en el proceso de producción es igual a la suma total del valor primitivamente desembolsado en dinero; o, dicho en otros términos, que todo el valor–capital desembolsado en dinero pasa de golpe de cada fase a la siguiente. Pero, ya hemos visto (libro I, cap. VI, pp.. 160–170), que una parte del capital constante, los medios de trabajo en sentido estricto (las máquinas, por ejemplo), sirve, una y otra vez, en un número mayor o menor de repeticiones de los mismos procesos de producción y que, por tanto, sólo transfiere fragmentariamente su valor al producto. Hasta qué punto esta circunstancia modifica el proceso cíclico del capital, lo veremos más adelante. Aquí, baste con saber lo siguiente. En nuestro ejemplo, el valor del capital productivo = 422 libras esterlinas incluía solamente el desgaste de los edificios fabriles, de la maquinaria, etc., calculado por término medio; es decir, solamente la parte de valor que en la transformación de 10,600 libras de algodón en 10,000 libras de hilo transfieren a éste, al producto de un proceso semanal de trabajo de hilado de 60 horas. Entre los medios de producción en que se invierte el capital constante de 372 libras esterlinas desembolsado, figuraban también, por tanto, los edificios, la maquinaria, etc., como si no se hubiese hecho otra cosa que alquilarlos en el mercado por una cantidad semanal. Pero esto no hace cambiar en lo más mínimo los términos del problema. Para transferir al producto todo el valor de los medios de trabajo comprados y consumidos durante este tiempo, no tenemos más que multiplicar la cantidad de hilo producida en una semana (10,000 libras) por el número de semanas que entran en una determinada serie de años. Y, entonces, se ve claro que el capital–dinero desembolsado no hace más que transformarse en estos medios; es decir, no tiene más remedio que salir de la primera fase D–M, para poder funcionar como capital productivo P. Asimismo es claro, en nuestro ejemplo, que la suma de valor–capital de 422 libras esterlinas incorporada al hilo durante el proceso de producción no puede entrar en la fase de circulación M'–D' como parte integrante del valor de las 10,000 libras de hilo antes de que el producto esté terminado. El hilo no puede venderse antes de estar hilado.

En la fórmula general, el producto de P se considera como un objeto material distinto de los elementos del capital productivo, como un objeto que lleva una existencia aparte del proceso de producción, una forma útil distinta de las de los elementos de la producción. Y así ocurre siempre, cuando el resultado del proceso de producción es un objeto, incluso cuando una parte del producto vuelve a entrar como elemento en el nuevo proceso de producción. Así, por ejemplo, el trigo utilizado como simiente sirve para su propia producción, pero el producto es exclusivamente e trigo; presenta, por tanto una forma distinta de la de los otros elementos empleados: la fuerza de trabajo, los instrumentos, el abono. Hay, sin embargo, ramas industriales independientes donde el producto del proceso de producción no es un objeto nuevo, una mercancía. Entre ellas, la única que tiene una importancia económica es la industria de comunicaciones, tanto la industria específica del transporte de personas y mercancías como la destinada a la mera transmisión de noticias, cartas, telegramas, etc.

A. Chuprov,6 dice, refiriéndose a esto: “El fabricante puede empezar produciendo artículos, para luego buscar consumidores (su producto, una vez que sale del proceso de producción como producto terminado, entra en la circulación como una mercancía desgajada de aquél). La producción y el consumo aparecen aquí como dos actos separados en el espacio y en el tiempo. En la industria del transporte, que no crea productos nuevos, sino que se limita a trasladar personas y cosas, estos dos actos se confunden; los servicios (el desplazamiento de lugar) tienen necesariamente que consumirse en el mismo momento en que se producen. Por eso el radio en que el ferrocarril puede buscar sus clientes se extiende, a lo sumo, a 50 verstas (53 kms.) a un lado y otro.”

El resultado –ya se transporten personas o mercancías– es el cambio operado en su existencia dentro del espacio, por ejemplo, el que el hilo se halle ahora en la India en vez de hallarse en Inglaterra, en el lugar de su fabricación.

Pero lo que la industria del transporte vende es este mismo desplazamiento de lugar. El efecto útil producido se halla inseparablemente unido al proceso del transporte, que es el proceso de producción de esta industria. Personas y mercancías viajan en el medio de transporte, y este viaje, este desplazamiento de un lugar a otro, constituye precisamente el proceso de producción efectuado. Aquí, el efecto útil sólo puede consumirse durante el proceso de producción; no existe como un objeto útil distinto de este proceso que sólo funcione como artículo comercial, que sólo circule como mercancía después de su producción. Pero el valor de cambio de este efecto útil se determina, como el de cualquier otra mercancía, por el valor de los elementos de producción consumidos en él (fuerza de trabajo y medios de producción) más la plusvalía creada por el trabajo excedente de los obreros que trabajan en la industria del transporte. En lo que se refiere a su consumo, este efecto útil funciona también exactamente lo mismo que las demás mercancías. Si se consume individualmente, su valor desaparece con el consumo; si se consume productivamente, de tal modo que sea, a su vez, una fase de producción de la mercancía transportada, su valor se transfiere a ésta como valor adicional. La fórmula para la industria del transporte sería, por tanto,

 

T

D–M  <

...P–D´

 

Mp

ya que aquí se paga y se consume el mismo proceso de producción y no un producto separable de él. Presenta, pues, casi exactamente la misma forma que la de la producción de los metales preciosos, con la diferencia de que aquí D' es una forma transfigurada del efecto útil creado durante proceso de producción y no una forma natural del oro o de la plata producidos durante este proceso y arrojados por él.

El capital industrial es la única forma de existencia del capital en que es función de éste no sólo la apropiación de la plusvalía o del producto excedente, sino también su creación. Este capital condiciona, por tanto, el carácter capitalista de la producción; su existencia lleva implícita la contradicción de clase entre capitalistas y obreros asalariados. A medida que se va apoderando de la producción social, revoluciona la técnica y la organización social del proceso de trabajo, y con ellas el tipo histórico–económico de sociedad. Las otras modalidades de capital que aparecieron antes de ésta en el seno de estados sociales de producción pretéritos o condenados a morir, no sólo se subordinan a él y se modifican con arreglo a él en el mecanismo de sus funciones, sino que ya sólo se mueven sobre la base de aquél, y por tanto viven y mueren, se mantienen y desaparecen con este sistema que les sirve de base. El capital–dinero y el capital–mercancías, en la medida en que aparecen, con sus funciones, como exponentes de una rama propia de negocios al lado del capital industrial, no son más que modalidades de las distintas formas funcionales que el capital industrial asume unas veces y otras abandona dentro de la órbita de la circulación, modalidades substantivadas y estructuradas unilateralmente por la división social del trabajo.

El ciclo D... D' se entreteje, de una parte, con la circulación general de mercancías, brota de ella y entra en ella y forma parte de ella. De otra Parte, constituye, para el capitalista individual, un movimiento propio e independiente del valor del capital, movimiento que en parte se opera dentro de la circulación general de mercancías y en parte al margen de ella, pero conservando siempre su carácter independiente. En primer lugar, porque sus dos fases D–M y M'D', enclavadas en la órbita de la circulación, tienen, como fases del movimiento del capital, caracteres funcionalmente determinados: en la fase D–M, M aparece materialmente determinada en cuanto fuerza de trabajo y medios de producción; en la fase M'–D', se realiza el valor del capital + la plusvalía. En segundo lugar, P, el proceso de producción, abarca el consumo productivo. En tercer lugar, el retorno del dinero a su punto de partida convierte el movimiento D... D' en un movimiento cíclico que se cierra sobre sí mismo.

Por consiguiente, de una parte, todo capital individual constituye en sus dos fases de circulación D–M y M'–D' un agente de la circulación general de mercancías, en la que funciona o con la que está entrelazado como dinero o como mercancía, lo que le convierte en eslabón de la serie general de metamorfosis del mundo de las mercancías. De otra parte, sigue, dentro de la circulación general, su propio ciclo independiente, en el que la órbita de la producción constituye una fase transitoria y en el que retorna a su punto de partida bajo la misma forma en que salió de él. Y, dentro de su propio ciclo, que incluye su metamorfosis real en el proceso de producción, cambia al mismo tiempo su magnitud de valor. No retorna simplemente como valor en dinero, sino como valor en dinero aumentado, acrecentado.

Finalmente, si examinamos la fórmula D–M... P... M'D' como forma específica del proceso cíclico del capital junto a las otras formas que más tarde se investigarán, veremos que se caracteriza por lo siguiente:

1) Este ciclo aparece como el ciclo del capitaldinero, porque el capital industrial bajo su forma dinero, como capital en dinero, constituye el punto de partida y el punto de retorno de su proceso en conjunto. De por sí, la fórmula expresa que aquí el dinero no se invierte como dinero, sino que simplemente se desembolsa, es decir, que no es más que la forma–dinero del capital, capital en dinero. Expresa, además, que el fin en sí, el factor determinante del movimiento es el valor de cambio, y no el valor de uso. Precisamente porque la forma–dinero del valor es la forma independiente y tangible en que se manifiesta, la forma de circulación D...D', cuyo punto de partida y cuyo punto final es el dinero efectivo, el hacer dinero, expresa del modo más tangible el motivo propulsor de la producción capitalista. El proceso de producción no es más que el eslabón inevitable, el mal necesario para poder hacer dinero. Por eso todas las naciones en que impera el sistema capitalista de producción se ven asaltadas periódicamente por la quimera de querer hacer dinero sin utilizar como medio el proceso de producción.

2) La etapa de producción, la función de P, representa, en este ciclo, la interrupción de las dos fases de la circulación D–M... M'D', que a su vez no es más que un agente mediador de la circulación simple D–M–D'. El proceso de producción aparece dentro de la forma del mismo proceso cíclico, formal y expresamente, como lo que es en el sistema capitalista de producción: como un simple medio para la valorización del capital desembolsado, lo cual quiere decir que el fin último de la producción es el enriquecimiento como tal.

3) Como la cadena de las fases comienza con D–M, el segundo eslabón de la circulación es M'–D'; por tanto, el punto de partida es D, el capital–dinero que se trata de valorizar, y el punto final D' el capital en dinero valorizado D + d, donde D figura como capital realizado junto a su vástago d. Esto distingue al ciclo D de los otros dos ciclos P y M', en un doble sentido. De una parte, por la forma–dinero de los dos extremos; y el dinero es la forma independiente y tangible en que se manifiesta el valor, el valor del producto en su forma de valor independiente, en la que desaparece todo rastro del valor de uso de las mercancías. De otra parte, la forma P... P no es necesaria para P... P' (P + p) y en la forma M'... M' no se percibe absolutamente ninguna diferencia de valor entre los dos extremos. Lo que, por tanto, caracteriza a la fórmula D... D' es, de una parte el que el valor del capital constituye aquí el punto de partida y el valor del capital valorizado el punto de retorno, con lo que el desembolso del valor del capital aparece, en este caso, como medio y el valor del capital valorizado como fin de toda la operación; de otra parte, el que esta relación se expresa bajo la forma de dinero, sustantiva del valor, y por tanto el capital–dinero como dinero que pare dinero. La producción de plusvalía por el valor no se expresa solamente como el eje de este proceso, sino que aparece además, expresamente, bajo la forma reluciente de dinero.

4) Puesto que D', el capital–dinero realizado, como resultado de M'–D' de la fase complementaria y última de D–M, aparece en absoluto, bajo la misma forma con que comenzaba su primer ciclo, puede reanudar el mismo ciclo tal y como brota de él, como capital–dinero acrecentado (acumulado): D' = D + d; y, por lo menos en la forma de D... D', no se expresa que, al repetirse el ciclo, la circulación de d se desdoble de la de D. Por tanto, si nos fijamos en su forma primera, antes de repetirse, desde un punto de vista formal, vemos que el ciclo del capital–dinero sólo expresa el proceso de valorización y de acumulación. Aquí el consumo sólo se expresa como consumo productivo por

 

T

D–M  <

 

 

Mp

que es lo único que va implícito en este ciclo del capital individual D–T es, por parte del obrero, T–D o M–D; es, por tanto, la primera fase de la circulación, que sirve de medio para su consumo individual: T–D–M (medios de vida). La segunda fase D–M ya no cae dentro del ciclo del capital individual; pero éste le sirve de introducción y la da por supuesta, toda vez que el obrero, para encontrarse en el mercado constantemente como materia explotable a disposición del capitalista, necesita ante todo vivir, es decir, sustentarse mediante el consumo individual. Pero aquí, este consumo es algo que se da, simplemente, por supuesto como condición del consumo productivo de la fuerza de trabajo por el capital; es decir, solamente en la medida en que el obrero, mediante su consumo individual, se mantiene y se reproduce como fuerza de trabajo. Pero los Mp, las verdaderas mercancías que entran en el ciclo, no son más que el material nutritivo del consumo productivo. El acto T–D hace posible el consumo individual del obrero, la transformación de los medios de vida en carne y sangre suya. Claro está que también el capitalista para poder actuar como tal tiene que existir, y por tanto vivir y consumir. Para ello, sólo necesitaría, en rigor, consumir como cualquier obrero, sin que por tanto esta forma del proceso de circulación presuponga más. Expresado desde el punto de vista formal, ni esto siquiera, puesto que la fórmula termina con D', es decir, con un resultado que puede volver a funcionar inmediatamente como capital–dinero acrecentado.

En M'–D' se contiene directamente la venta de M'; pero M'–D', que es de un lado una venta, es también, de otro lado, D–M, una compra, y en última instancia la mercancía sólo es comprada en razón a su valor de uso, para entrar en el proceso de consumo (prescindiendo de ventas intermedias), ya se trate de un proceso de consumo individual o productivo, según la naturaleza del artículo comprado. Pero este consumo no entra en el ciclo del capital individual del que M' es producto; lejos de ello, este producto es repudiado por el ciclo como la mercancía que se trata de vender. La M' se destina expresamente al consumo ajeno. Por eso en los apóstoles del mercantilismo (basado en la fórmula D–M... P... M' D') nos encontramos con sermones tan prolijos sobre la necesidad de que el capitalista individual sólo consuma como un obrero, del mismo modo que las naciones capitalistas deben dejar que las naciones necias devoren sus mercancías y se entreguen al proceso del consumo, mientras aquéllas hacen del consumo productivo la misión de su vida. Son sermones que recuerdan con frecuencia, por su forma y por su contenido, prédicas ascéticas muy análogas de los padres de la Iglesia.

El proceso cíclico del capital es, por tanto, la unidad de circulación y producción, la suma de ambas. En cuanto que las dos fases D–M y M'–D' son actos de circulación, la circulación del capital forma parte de la circulación general de mercancías. Pero como secciones funcionalmente determinadas, como fases del ciclo del capital, que no pertenece solamente a la órbita de la circulación, sino también a la órbita de la producción, el capital recorre dentro de la circulación general de mercancías su propio ciclo. La circulación general de mercancías le sirve, en la primera fase, para asumir la forma en que puede funcionar como capital productivo; en la segunda, para desechar la forma de mercancía bajo la cual no puede renovar su ciclo: y, al mismo tiempo, para permitirle separar su propio ciclo de capital de la circulación de la plusvalía con que se ha acrecentado.

El ciclo del capital en dinero es, por consiguiente, la forma más unilateral y, por tanto, la más palmaría y la más característica en la que se manifiesta el ciclo del capital industrial, cuya finalidad y cuyo motivo propulsor: la valorización del valor, el hacer dinero y la acumulación, saltan aquí a la vista (comprar para vender más caro). El hecho de que la primera fase sea D–M hace que resalte también el mercado de mercancías como origen de los elementos del capital productivo y, en general, la circulación, el comercio, como los factores que condicionan el proceso capitalista de producción. El ciclo del capital en dinero no es solamente producción de mercancías; este ciclo sólo brota por medio de la circulación, presupone la circulación. Así lo indica ya el que la forma D, propia de la circulación, aparezca como la primera forma. y como la forma del valor del capital desembolsado, cosa que no ocurre en las otras dos formas del ciclo.

El ciclo del capital–dinero sigue siendo la expresión genérica del capital industrial en cuanto que implica siempre la valorización del valor desembolsado. En P... P, la expresión en dinero del capital sólo se manifiesta como precio de los elementos de producción, es decir, simplemente como un valor expresado en dinero aritmético, bajo cuya forma figura en la contabilidad.

D... D' se convierte en una forma específica del ciclo del capital industrial tan pronto como el nuevo capital reunido se desembolsa como dinero y se retira en la misma forma, ya sea porque se transfiera de una rama de negocios a otra, o porque el capital industrial se retire del negocio en que se había colocado. Esto implica la función de capital de la plusvalía primeramente desembolsada bajo forma de dinero, y se destaca del modo más palmario cuando ésta funciona en otro negocio que aquel de que proviene. D... D' puede ser el primer ciclo del capital: puede ser el último; puede presentarse como la forma del capital social en conjunto; es la forma del capital que se invierte de nuevo, ya sea como un capital nuevamente acumulado en forma de dinero, ya sea como un capital antiguo que se convierte totalmente en dinero para transferirlo de una rama de producción a otra.

Como forma constantemente implícita en todos los ciclos, el capital–dinero recorre este ciclo precisamente respecto a la parte del capital que engendra la plusvalía, respecto al capital variable. La forma normal de adelantar los salarios es el pago en dinero; y este pago tiene que renovarse constantemente a corto plazo, porque el obrero vive al día. Por eso el capitalista tiene que enfrentarse constantemente con el obrero como capitalista de dinero y su capital como capital–dinero. Aquí no cabe, como en la compra de los medios de producción y en la venta de las mercancías productivas, una compensación directa o indirecta (en la que la gran masa del capital–dinero sólo figura, de hecho, bajo forma de mercancías y el dinero bajo forma de dinero aritmético, desembolsándose en metálico solamente la cantidad necesaria para compensar los saldos). Por otro lado, una parte de la plusvalía procedente del capital variable es desembolsada por el capitalista para su consumo privado en el comercio al por menor, en cuyos recovecos se desembolsa siempre en metálico, bajo la forma–dinero de la plusvalía. La cuantía, grande o pequeña, de esta parte de la plusvalía no hace cambiar para nada la cosa. El capital variable reaparece constantemente como capital–dinero invertido en salarios (D–T) y como plusvalía que se desembolsa para atender a las necesidades privadas del capitalista. Por consiguiente, tanto D, en cuanto valor del capital variable desembolsado como d, en cuanto su incremento, se ven necesariamente retenidos ambos en forma de dinero para ser invertidos bajo la misma forma.

La fórmula DM... P... M'–D' con su resultado D' = D + d envuelve en su forma un engaño, encierra un carácter ilusorio, que nace de la existencia del valor desembolsado y valorizado bajo su forma de equivalente, el dinero. Lo que se destaca no es la valorización del valor, sino la forma–dinero de este proceso, el hecho de que, al final, se extraiga de la circulación más valor en forma de dinero del que primitivamente se desembolsó; es decir, el aumento de la masa de oro y plata perteneciente al capitalista. El llamado sistema monetario no hace más que expresar la forma irracional D–M–D', un movimiento que se opera exclusivamente dentro de la circulación y, por tanto, sólo puede explicar los dos actos: 1) D–M y 2) M–D', alegando que, en el segundo acto, M se vende por encima de su valor y por tanto sustrae a la circulación más dinero del que se había lanzado a ella por medio de su compra. En cambio, la fórmula D–M... P... M'–D', fijada como fórmula exclusiva, sirve de base al sistema mercantil más desarrollado, en el que aparece como elemento necesario no sólo la circulación de mercancías, sino también su producción.

El carácter ilusorio de D–M... P... M'–D' y la interpretación ilusoria correspondiente aparecen tan pronto como esta forma se plasma como un solo acto y no como un acto que fluye y se renueva constantemente; tan pronto como se la considera, no como una de las formas del ciclo, sino como su forma exclusiva. Pero ella misma apunta ya a otras formas.

En primer lugar, todo este ciclo presupone el carácter capitalista del propio proceso de producción y como base, por tanto, este proceso de producción y el régimen social específico condicionado por él. D–M =

T

D – M              ; pero D – T presupone la existencia de obreros

Mp

asalariados y, por tanto, de los medios de producción como parte del capital productivo; por consiguiente, presupone ya el proceso de trabajo y de valorización, es decir, el proceso de producción, como función del capital.

En segundo lugar, al repetirse el acto D... D', el retorno a la forma–dinero tiende a desaparecer, lo mismo que la forma–dinero en la primera fase. D–M desaparece para ceder el puesto a P. Los nuevos y constantes desembolsos en dinero, al igual que el constante retorno de éste como dinero, aparecen como factores que tienden a desaparecer dentro del ciclo.

En tercer lugar,

GRAFICO EL CICLO DEL CAPITAL.JPG o TIF

En la segunda repetición del ciclo aparece ya el ciclo P... M'–D'. De este modo, D–M... P, antes de cerrarse el segundo ciclo de D, y todos los demás ciclos pueden examinarse bajo la forma de P... M´–D–M... P, por donde D–M, como primera fase del primer ciclo, sólo constituye la preparación, llamada a desaparecer, del ciclo constantemente repetido del capital productivo, como ocurre en efecto con el capital industrial invertido por vez primera bajo la forma de capital–dinero.

De otra parte, antes de cerrarse el segundo ciclo de P, se describe el primer ciclo M'–D'. D–M... P... M' (más concisamente, M'... M'), el ciclo del capital–mercancías. De este modo, la primera forma encierra ya las otras dos, con lo cual desaparece la forma–dinero en cuanto que no es una simple expresión de valor, sino expresión de valor bajo la forma de equivalente, de dinero.

Finalmente, si tomamos un capital individual que se presenta como un capital nuevo y que recorre por vez primera el ciclo D–M... P... M'–D, D–M será la fase preparatoria, la avanzada del primer proceso de producción que este capital individual efectúa. Por tanto, esta fase D–M no se presupone, sino que es sentada o condicionada por el mismo proceso de producción. Pero esto se refiere solamente a este capital individual. La forma general del ciclo del capital industrial es el ciclo del capital–dinero, siempre dando por supuesto el sistema capitalista de producción, es decir, dentro de un régimen social condicionado por la producción capitalista. Por tanto, el proceso capitalista de producción se da por supuesto como una premisa, si no dentro del primer ciclo del capital en dinero de un capital industrial invertido por vez primera, fuera de él; la existencia constante de este proceso de producción presupone el ciclo constantemente renovado de P... P. Esta premisa aparece ya en la primera fase

 

T

D–M  <

 

 

Mp

puesto que, de una parte, esto presupone la existencia de la clase asalariada y, de otra parte, lo que es para el comprador de los medios de producción, en la primera fase, D–M es para su vendedor M'–D'; es decir, que en M' van ya implícitos el capital–mercancías y la mercancía misma como resultado de la producción capitalista, y por tanto la función del capital productivo.

 

 

NOTAS AL PIE CAP 1, TOMO 2 EL CAPITAL

 

1 Del manuscrito II

2 A partir de aquí, manuscrito VII, comenzado el 2 de julio de 1878.

3. Hasta aquí. manuscrito VII. A partir de aquí, manuscrito VI.

4. Hasta aquí, manuscrito VI. A partir de aquí, manuscrito V.

5. Y esto, cualquiera que sea el modo como separemos el valor del capital y la plusvalía. En 10,000 libras de hilado se encierran 1,560 libras = 78 libras esterlinas de plusvalía, y en una libra de hilado = 1 chelín se contienen igualmente 2,486 onzas = 1,872* peniques de plusvalía.

* En la 1ª edición y en las pruebas de imprenta corregidas por Engels dice 1,728. Debe decir 1,872, como figura en el manuscrito de Marx, con letra de Engels. (Ed.)

6. A. Chuprov, Shelesnodoroshnoe joziaistuv [Economía ferroviaria], Moscú, 1875. pp. 69 y 70.

 


 

CAPITULO II

EL CICLO DEL CAPITAL PRODUCTIVO

 

El ciclo del capital productivo presenta esta fórmula general. P... M´–D–M... P. Este ciclo representa la función periódicamente renovada del capital productivo, es decir, la reproducción, o sea, su proceso de producción como proceso de reproducción, en lo que a la valorización se refiere; no sólo la producción, sino la reproducción periódica de plusvalía; la función del capital industrial en su forma productiva, no como una función ejecutada una sola vez, sino como función repetida periódicamente, recomenzando por el mismo punto de partida. Una parte de M' puede volver a entrar directamente en el mismo proceso de trabajo en concepto de medios de producción (en ciertos casos, en ramas de inversión del capital industrial); con ello, no se hace más que evitar que su valor se convierta en dinero efectivo o en signos monetarios y sólo cobre expresión independiente como dinero aritmético. Esta parte de valor no entra en la circulación. De este modo, se incorporan al proceso de producción valores que no figuran en el proceso de circulación. Lo mismo ocurre con la parte de M' que el capitalista consume en especie, como parte de producto excedente. Sin embargo, en la producción capitalista es una parte insignificante; sólo tiene alguna importancia, si acaso, en la agricultura.

En esta forma, saltan inmediatamente a la vista dos cosas.

Primero. Mientras que en la primera forma D... D' el proceso de producción, la función de P, interrumpe la circulación del capital en dinero y sólo aparece como mediador entre sus dos fases D–M y M'–D', aquí todo el proceso de circulación del capital industrial, todo su movimiento dentro de la fase de circulación, constituye una interrupción y es, por tanto, simplemente, una etapa intermedia entre el capital productivo que abre el ciclo como primer extremo y el que lo cierra bajo la misma forma, es decir, bajo la forma en que va a recomenzar. La verdadera circulación aparece como simple etapa intermedia de la reproducción periódicamente renovada y continua a través de su renovación.

Segundo. La circulación en su conjunto aparece bajo la forma opuesta a la que reviste en el ciclo del capital en dinero. Allí era: D–M–D (D–M. M–D), prescindiendo de la determinación de valor; aquí es, prescindiendo también de la determinación de valor, M–D–M (M–D. D–M), es decir, la forma de la circulación simple de mercancías.

 

1. Reproducción simple

Examinemos, pues, para comenzar, el proceso M'–D'–M que discurre entre los extremos P... P dentro de la órbita de la circulación.

El punto de partida de esta circulación es el capital–mercancías: M' = M + m = P + m. La función del capital–mercancías M'D' (la realización del valor capital contenido en él = P, que ahora existe como parte integrante de las mercancías M, y la de la plusvalía contenida también en él, que existe como parte integrante de la misma masa de mercancías en el valor m) fue examinada en la primera forma del ciclo. Pero allí constituía la segunda fase de la circulación interrumpida y la fase final de todo el ciclo. Aquí, constituye la segunda fase del ciclo, pero la primera fase de la circulación. El primer ciclo termina con D', y como D', lo mismo que el primitivo D, puede volver a iniciar como capital en dinero el segundo ciclo, no era necesario seguir analizando, por el momento, si los D y d (la plusvalía) contenidos en D' seguían su marcha juntos o emprendían rutas distintas. Esto sólo hubiera sido necesario si hubiésemos seguido estudiando el primer ciclo en su renovación. Pero este punto debe ser resuelto en el ciclo del capital productivo porque de ello depende, incluso, la determinación de su primer ciclo y porque M'D' aparece en él como la primera fase de la circulación, que ha de completarse con D–M. De esta decisión depende el que la formula represente una simple reproducción o una reproducción en escala ampliada. Con arreglo a esta decisión cambiará, por tanto, el carácter del ciclo.

Comencemos, pues, por la reproducción simple del capital productivo. Para ello, partiremos, como en el capítulo primero, del supuesto de que las circunstancias permanecen invariables y de que las mercancías se compran y se venden por su valor. Toda la plusvalía es absorbida, bajo este supuesto, por el consumo personal del capitalista. Tan pronto como se opera la transformación del capital–mercancías M' en dinero, la parte de la suma de dinero que representa el valor del capital sigue circulando en el ciclo del capital industrial; la otra parte, que es plusvalía convertida en oro, entra en la circulación general de mercancías, es circulación de dinero que parte del capitalista, pero funciona al margen de la circulación de su capital individual.

En nuestro ejemplo, teníamos un capital en mercancías M' de 10,000 libras de hilo con un valor de 500 libras esterlinas; de ellas, 422 libras esterlinas son el valor del capital productivo y prosiguen, como forma en dinero de 8,440 libras de hilo, la circulación de capital iniciada por M', mientras que la plusvalía de 78 libras esterlinas, forma–dinero de 1,560 libras de hilo, remanente del producto de mercancías, sale de esta órbita de circulación y recorre una ruta aparte dentro de la circulación general de mercancías.

 

ver gráfico CIRCULACION GENERAL DE MERCANCIAS EN FORMATO JPG

 

d–m representa una serie de compras realizadas por medio del dinero que el capitalista invierte, ya en verdaderas mercancías, ya en servicios para el cuidado de su respetable persona o de su familia. Estas compras se efectúan de un modo desperdigado y en diferentes fechas. Por tanto, este dinero existe, temporalmente, en forma de un acopio de dinero destinado al consumo corriente, o sea, de un tesoro, puesto que el dinero, cuando su circulación se interrumpe, asume la forma de tesoro. Su función como medio de circulación, en la que va implícita también su forma transitoria de tesoro, no entra en la circulación del capital bajo su forma de dinero.

El supuesto de que partimos es el de que todo el capital desembolsado pasa siempre, en bloque, de una de sus fases a la otra y de que, por tanto, aquí el producto en mercancías de P encierra el valor total del capital productivo P = 422 libras esterlinas + la plusvalía creada durante el proceso de producción = 78 libras esterlinas. En nuestro ejemplo, en que se trata de un producto discreto en mercancías, la plusvalía existe bajo la forma de 1,560 libras de hilo; lo mismo que, si lo calculásemos sobre la base de 1 libra de hilo, revestiría la forma de 2,496 onzas de hilo. En cambio, si el producto en mercancías fuese, por ejemplo, una máquina de 500 libras esterlinas y con la misma proporción de valor, una parte del valor de esta máquina equivaldría, indudablemente a 78 libras esterlinas, pero estas 78 libras sólo existirían dentro de la máquina en conjunto. La máquina no podría dividirse en valor capital y plusvalía sin hacerla pedazos, destruyendo con ello su utilidad y, por tanto, su valor. Por consiguiente, esas dos partes integrantes del valor sólo pueden representarse idealmente como partes integrantes de la materialidad de la mercancía y no como elementos independientes de la mercancía , al modo como cada libra de hilo puede representarse como un elemento separable y una mercancía independiente dentro de las 10,000 libras. En el primer caso, hay que vender íntegramente la mercancía global, el capital–mercancías, la máquina, para que pueda iniciar su órbita propia de circulación. En cambio, si el capitalista vende 8,440 libras de hilo, la venta de las 1,560 libras restantes constituirá una circulación totalmente aparte de la plusvalía con arreglo a la forma m (1,560 libras de hilo)–d (78 libras esterlinas) = M (artículos de consumo). Pero los elementos de valor de cada parte alícuota del producto hilo de 10,000 libras pueden representarse en partes del producto, exactamente lo mismo que en el producto en su totalidad. Del mismo modo que estas 10,000 libras de hilo se pueden dividir en valor del capital constante (c), 7,440 libras de hilo con un valor de 372 libras esterlinas, valor del capital variable (v), 1,000 libras de hilo con un valor de 50 libras esterlinas, y plusvalía (p), 1,560 libras de hilo equivalente a 78 libras esterlinas, cada libra de hilo puede dividirse en c = 11,904 onzas con un valor de 8,928 peniques, v = 1,600 onzas de hilo con un valor de 1,200 peniques y p = 2,496 onzas de hilo con un valor de 1,872 peniques. El capitalista podría también, conforme fuese realizando, en ventas sucesivas, las 10,000 libras de hilo, ir consumiendo sucesivamente los elementos de plusvalía contenidos en las porciones sucesivas de la mercancía, realizando de este modo, también sucesivamente, la suma de c + v. Pero esta operación supone igualmente, en último término, la venta total de las 10,000 libras de hilo y, por tanto, la reposición del valor de c y v mediante la venta de 8,440 libras (libro I, cap. VII, pp. 179–182).

En todo caso, la operación M'–D' infunde tanto al valor del capital contenido en M' como a la plusvalía una existencia separable, la existencia de sumas de dinero distintas; D es, en ambos casos, lo mismo que d, la forma realmente transformada del valor, que en un principio, en M', sólo cobra expresión propia, expresión ideal, como precio de la mercancía.

md–m es una simple circulación de mercancías cuya primera fase md va implícita en la circulación del capital en mercancías M'–D', y por tanto en el ciclo del capital; en cambio su fase complementaria dm cae ya fuera de este ciclo, como fase aparte de él dentro de la circulación general de mercancías. La circulación de M y m, de valor del capital y plusvalía, se desdobla después de la transformación de M' en D'. De donde se deduce, por tanto:

Primero. Puesto que la fórmula M'D' = D'– (D + d) realiza el capital en mercancías, el movimiento de valor de capital y plusvalía contenido en M'D', movimiento todavía indistinto y encarnado en la misma masa de mercancías, se puede desdoblar, ya que ambos poseen ahora forma independiente, como sumas de dinero.

Segundo. Si este desdoblamiento se produce, invirtiéndose como renta del capitalista, mientras D, como forma funcional del valor capital, prosigue la ruta que le traza el ciclo, el primer acto M'D', en conexión con los actos siguientes D–M y d–m, podrá representarse como las dos circulaciones distintas M–D–M y m–d–m; series ambas que, según la forma general, caen dentro del campo de la circulación ordinaria de mercancías.

Por lo demás, en la práctica, tratándose de mercancías que forman una unidad física y no son susceptibles de división, las partes integrantes del valor se aíslan de un modo ideal. Así por ejemplo, en Londres, en el negocio de construcciones explotado en su mayor parte a crédito, los anticipos hechos al contratista de la obra dependen de la fase en que ésta se encuentre. Ninguna de estas fases constituye una casa, sino simplemente una parte, ya materializada, de una casa futura en construcción, que representa, por tanto, a pesar de su existencia material, un fragmento puramente ideal de la casa en conjunto, pero lo suficientemente real, sin embargo, para poder servir de garantía para nuestros anticipos. (Véase acerca de esto más adelante, capítulo XII).

Tercero. Si el movimiento del valor capital y de la plusvalía, movimiento que en M y en D es todavía común, sólo se desdobla parcialmente (de tal modo que una parte de la plusvalía no se gaste como renta) o no se desdobla, en absoluto, se operará en el mismo valor capital una modificación dentro de su ciclo y antes de que éste finalice. En nuestro ejemplo, el valor del capital productivo era de 422 libras esterlinas. Por tanto, si continúa a D–M, supongamos, como 480 o 500 libras esterlinas, recorrerá las últimas fases del ciclo como un valor superior en 58 o en 78 libras esterlinas al valor inicial. Y esto puede ir unido, al mismo tiempo, a un cambio en su proporción de valor.

M'D', la segunda fase de la circulación y la fase final del ciclo I (D... D'), es, en nuestro ciclo, la segunda fase del mismo y la primera de la circulación de mercancías. En lo que a la circulación se refiere, tiene que ser, pues, completada por la fórmula D'M'. Pero la operación M'D' no sólo ha remontado ya el proceso de valorización (que es aquí la función de P, la primera fase), sino que, además, su resultado, el producto en mercancías M', se halla ya realizado. Por consiguiente, el proceso de valorización del capital, así como la realización del producto en mercancías en que se traduce el valor del capital valorizado, queda terminado con la operación M'D'.

Partimos, pues, del supuesto de que la reproducción simple, es decir, del supuesto de que d–m se desglosa completamente de D–M. Y, como ambas circulaciones, lo mismo m–d–m que M–D–M, pertenecen, en cuanto a su forma general, a la circulación de mercancías (y no presentan, por tanto, ninguna diferencia de valor entre los extremos), resulta fácil concebir el proceso capitalista de producción, al modo como lo hace la economía vulgar, como una simple producción de mercancías, de valores de uso destinados a una clase cualquiera de consumo y que el capitalista sólo produce para reponerlos por mercancías de otro valor de uso o para cambiarlos por ellas, que es lo que la economía vulgar falsamente sostiene.

M' aparece desde el primer momento como capital–mercancías, y la finalidad de todo el proceso, el enriquecimiento (la valorización), lejos de excluir un consumo del capitalismo que va creciendo a medida que crece la magnitud de la plusvalía (y, por tanto, también la del capital), lleva implícita esta posibilidad.

En efecto, en la circulación de la renta del capitalista la mercancía producida m (o la fracción ideal correspondiente del producto en mercancías M') sólo sirve para convertirla primeramente en dinero y luego, por medio de éste, en otra serie de mercancías destinadas al consumo privado. Pero, no debe perderse de vista aquí el pequeño detalle de que m es el valor en mercancías que al capitalista no le ha costado nada obtener, materialización de la plusvalía, por cuya razón aparece en escena primitivamente como parte integrante del capital–mercancias M'. Por tanto, este mismo m se halla, ya por su propia existencia, vinculado al ciclo del valor capital en marcha, y si éste se paraliza o sufre una perturbación cualquiera, no sólo se restringe o cesa en absoluto el consumo de m, sino que al mismo tiempo, se paraliza o se altera la venta de la serie de mercancías que han de reponer a m. Y lo mismo ocurre si la operación M'D' fracasa o sólo logra venderse una parte de M'.

Como hemos visto, mdm, como circulación de la renta del capitalista, sólo entra en la circulación del capital mientras m es una parte del valor de , del capital en su forma funcional de capital en mercancías; tan pronto como adquiere existencia independiente por medio de la operación dm, es decir, al realizarse toda la fórmula mdm, no se incorpora al movimiento del capital desembolsado con él en la medida en que la existencia del capital presupone la existencia del capitalista, y ésta está condicionada por su consumo de plusvalía.

Dentro de la circulación general, M' por ejemplo el hilo, funciona solamente como mercancía; pero, como factor de la circulación del capital, funciona como capital–mercancías, forma ésta que el valor del capital asume y abandona alternativamente. Después de ser vendido al comerciante, el hilo se aleja del proceso cíclico de aquel capital cuyo producto es, pero, a pesar de ello, sigue girando como mercancía dentro de la órbita de la circulación general. La circulación de la misma masa de mercancías continúa, a pesar de haber dejado ya de constituir un factor dentro del ciclo independiente del capital del hilandero. La verdadera metamorfosis definitiva de la masa de mercancías lanzada por el capitalista a la circulación, M–D, su desgajamiento final para entrar en la órbita del consumo, puede, por tanto, aparecer completamente desligada en el tiempo y en el espacio de la metamorfosis en la que esta masa de mercancías funciona como su capital–mercancías. La misma metamorfosis ya operada en la circulación del capital es la que tiene que operarse todavía en la órbita de la circulación general.

El hecho de que el hilo entre de nuevo en el ciclo de otro capital industrial no hace cambiar para nada los términos del problema. La circulación general abarca tanto la red de los ciclos de las distintas fracciones independientes del capital social, es decir, el conjunto de los capitales aislados, como la circulación de los valores que no han sido lanzados al mercado como capital y de aquellos que se destinan al consumo individual.

La relación existente entre el ciclo del capital considerado como parte de la circulación general y en cuanto constituye un eslabón de un ciclo independiente se revela asimismo si nos fijamos en la circulación de D' = D + d. D, como capital en dinero, continúa el ciclo del capital. d, como gasto de rentas (d–m) entra en la circulación general, pero se sale del ciclo del capital. Sólo se incorpora a éste la parte que funciona como capital adicional en dinero. En m–d–m, el dinero funciona solamente como moneda; la finalidad de esta circulación es el consumo individual del capitalista. Y es característico del cretinismo de la economía vulgar el que considere esta circulación, que no entra en el ciclo del capital –la circulación de la parte del producto del valor consumida como renta–, como el ciclo característico del capital.

En la segunda fase, D–M, volvemos a encontrarnos con el valor del capital D = P (igual al valor del capital productivo, que abre aquí el ciclo del capital industrial) desnudo de plusvalía, es decir, con la misma magnitud de valor que en la primera fase del ciclo del capital en dinero DM. A pesar de haber cambiado de sitio, la función del capital en dinero, en que ahora se ha transformado el capital en mercancías, sigue siendo la misma, a saber: convertirse en Mp y T, en medios de producción y fuerza de trabajo.

El valor capital en su función de capital–mercancías M´–D' ha recorrido, pues, al mismo tiempo que m–d, la fase M–D, pasando ahora a la fase complementaria

 

 

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T

D – M

 

 

 

 

Mp

 

.

La fórmula de su circulación en conjunto es, por tanto ésta: M – D –

 

 

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T

 M

 

 

 

 

Mp

Primero. El capital en dinero D se presentaba en la forma I (ciclo D... D') como la forma primitiva en la que se desembolsaba el capital; aquí, se presenta desde el primer momento como parte de la suma de dinero en que se ha transformado el capital en mercancías en la primera fase de circulación M'D'; es decir, como la transformación de P, del capital productivo, en forma de dinero, conseguida mediante la venta del producto en mercancías. Aquí, el capital existe desde el primer momento como forma no originaria ni final del valor del capital, ya que la fase D–M, que viene a cerrar la fase MD, sólo puede efectuarse abandonando una vez más la forma–dinero. Por tanto, la parte de D–M que es, al mismo tiempo, DT no se presenta tampoco como un simple desembolso de dinero mediante la compra de fuerza de trabajo, sino como un desembolso en que se le adelantan a la fuerza de trabajo, en forma de dinero, las mismas 1,000 libras de hilo con un valor de 50 libras esterlinas, que constituyen una parte del valor en mercancías creado por la fuerza de trabajo. El dinero que aquí se le adelanta al obrero no es más que la forma equivalente transformada de una parte del valor en mercancías producido por él. Y ya por este solo hecho, el acto D–M, considerado como D–T no es, ni mucho menos, la reposición de una mercancía en forma útil, sino que implica otros elementos independientes de la circulación general de mercancías como tal.

D' aparece como la forma transformada de M', que a su vez es producto de las funciones anteriores de P, del proceso de producción; es decir, que la suma total de dinero D' no es más que la expresión en dinero del trabajo pretérito. En nuestro ejemplo, 10,000 libras de hilo = 500 libras esterlinas, producto del proceso de la hilatura; de ellas, 7,440 libras de hilo = al capital constante desembolsado c = 372 libras esterlinas; 1,000 libras de hilo = al capital variable desembolsado v = 50 libras esterlinas y 1,560 libras de hilo = a la plusvalía p = 78 libras esterlinas. Si de D' sólo se desembolsa nuevamente el capital primitivo = 422 libras esterlinas, suponiendo que las demás condiciones permanezcan invariables, el obrero sólo percibirá, en la operación DT, una parte de las 10,000 libras de hilo producidas durante esta semana (el valor en dinero de 1,000 libras de hilo) como adelanto para la semana siguiente. Como resultado de MD, el dinero es siempre expresión de un trabajo pretérito. En la medida en que el acto complementario D–M se efectúa inmediatamente en el mercado de mercancías y, por tanto, D se cambia por mercancías existentes y que figuran en el mercado, esa acto es, nuevamente, el trueque de trabajo pretérito de una forma (dinero) en otra (mercancías). Pero el acto DM es distinto en el tiempo del acto M–D. Puede ocurrir, por excepción, que sea simultáneo, como ocurre, por ejemplo, cuando el capitalista que realiza el acto D–M y el capitalista para quien este acto es M–D cambian simultáneamente sus mercancías y D sólo interviene para saldar la diferencia. La diferencia en el tiempo entre la ejecución de M–D y la de D–M puede ser más o menos considerable. Y aunque, como resultado del acto M–D, D representa trabajo pretérito, en lo que se refiere al acto D–M puede representar la forma transformada de mercancías que no figuran todavía en el mercado, sino que figurarán en el porvenir, toda vez que D–M no necesita operarse hasta que M no se ha producido de nuevo. Del mismo modo, D puede representar mercancías que hayan de producirse al mismo tiempo que la M cuya expresión en dinero es aquél. Así, por ejemplo, en el cambio D–M (compra de medios de producción), puede ocurrir que el carbón se compre antes de salir de la mina. Siempre que figure como acumulación de dinero y no se gaste como renta, d puede representar, por ejemplo, algodón que no se produzca hasta el año próximo. Lo mismo ocurre con la inversión de la renta del capitalista, d–m. Y lo mismo con el salario T = 50 libras esterlinas; este dinero no es solamente la forma dinero del trabajo pretérito de los obreros, sino que es, al mismo tiempo, un pago a cuenta del trabajo presente o futuro, del trabajo que se está realizando o que habrá de realizarse. El obrero puede comprar con este dinero una chaqueta que no se confeccione hasta la semana siguiente. Así ocurre, principalmente, con la gran mayoría de los medios de vida necesarios que tienen que consumirse casi inmediatamente, en el momento mismo de su producción, a trueque de perderse. De este modo, el obrero percibe, al recibir el dinero con que se le paga su salario, la forma transformada de su propio trabajo futuro o del de otros obreros. Con una parte de su trabajo pretérito, el capitalista le hace un pago a cuenta de su propio trabajo futuro. Es su propio trabajo presente o futuro el que forma el fondo todavía no existente con que se le paga su trabajo pretérito. Aquí, desaparece por entero la idea de la formación de un fondo.

 

Segundo. En la circulación 

 

 

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T

M – D – M

 

 

 

 

Mp

el mismo dinero cambia dos veces de lugar; el capitalista lo recibe primero como vendedor y se desprende de él como comprador; la transformación de la mercancía en forma dinero sólo sirve para convertirla nuevamente de la forma–dinero en la forma mercancía; por tanto, la forma dinero del capital, su existencia como capital–dinero, es, en este proceso, un factor llamado a desaparecer; o, dicho de otro modo, el capital–dinero, mientras el proceso está en marcha, sólo actúa como medio de circulación cuando sirve de medio de compra; cuando aparece como medio de pago es, exclusivamente, cuando los capitalistas realizan compras mutuas entre sí; es decir, cuando se trata, simplemente, de saldar la diferencia.

Tercero. La función del capital dinero, ya sirva como simple medio de circulación o como medio de pago, es la de actuar exclusivamente de mediador para sustituir M por T y Mp, es decir, para sustituir el hilo, el producto en mercancías fruto del capital productivo (después de deducir la plusvalía que puede gastarse como renta) por sus elementos de producción; o sea, la de hacer revertir el valor del capital de su forma mercancía a los elementos constitutivos de ésta; por consiguiente, en último término se limita a servir de mediador para la reversión del capital–mercancías a capital productivo.

Para que el ciclo se efectúe normalmente, es necesario que M' se venda por su valor y en su totalidad. Además, la fórmula MD–M no implica solamente la reposición de una mercancía por otra, sino además su reposición dentro de condiciones iguales de valor. Aquí, partimos del supuesto de que ocurre así. Pero, en la realidad, los valores de los medios de producción varían; la producción capitalista lleva precisamente consigo un cambio constante de las condiciones de valor, aunque sólo sea por el cambio constante en cuanto a la productividad del trabajo que caracteriza a este régimen de producción. Aquí, nos limitaremos a señalar este cambio de valor de los factores de producción, que habrá de ser estudiado más adelante. La transformación de los elementos de producción en productos–mercancías, de P en M', se opera en la órbita de la producción, la reversión de M' a P en la órbita de la circulación. Le sirve de medio la metamorfosis simple de la mercancía. Pero su contenido es un factor del proceso de reproducción considerado en su conjunto. La fórmula M–D–M, como forma de circulación del capital, implica un cambio de materias funcionalmente determinado. El cambio M–D–M supone, además, que M = a los elementos de producción de la cantidad de mercancías M' y que éstos mantengan su primitiva relación de valor; se parte, pues, del supuesto no sólo de que las mercancías se venden por su valor, sino además, de que no experimentan cambio alguno de valor durante el ciclo; en otro caso, el proceso no puede desarrollarse normalmente.

En la fórmula D... , D es la forma primitiva del valor del capital, forma que éste abandona para volver a asumirla. En la fórmula P... M'–D'–M... P, D no es más que la forma adquirida en el proceso y que vuelve a abandonarse en el transcurso de éste. Aquí, la forma dinero sólo aparece como forma independiente de valor del capital llamada a desaparecer; el capital en forma de M' tiene miedo a asumirla como la forma de D' a abandonarla, tan pronto como se ha albergado en ella, para revestir nuevamente la forma del capital productivo. Mientras permanece bajo la forma dinero no funciona como capital, y por tanto no se valoriza; el capital permanece inmóvil. D actúa aquí como medio de circulación, pero como medio de circulación del capital. La sombra de independencia que la forma dinero del valor capital presenta en la primera forma de su ciclo (en la forma del capital–dinero) desaparece en esta segunda forma, la cual constituye con ello la crítica de la forma I y la reduce a una mera forma. Si la segunda metamorfosis DM tropieza con obstáculos (si, por ejemplo, escasean en el mercado los medios de producción), se interrumpe el ciclo, el curso del proceso de reproducción, exactamente lo mismo que si el capital se inmovilizase bajo la forma de capital–mercancías. Pero con esta diferencia: bajo la forma dinero puede sostenerse durante más tiempo que bajo la forma perecedera de capital–mercancías. En primer lugar, ha funcionado bajo forma de dinero, de capital dinero; pero deja de ser mercancía y valor de uso en general si se la retiene demasiado tiempo en su función de capital–mercancías. Y en segundo lugar, bajo la forma de dinero puede asumir, en vez de su primitiva forma de capital productivo, otra distinta, mientras que como M' no se mueve del sitio

La fórmula M'–D'–M sólo implica para M, en cuanto a su forma, actos de circulación que son factores de su reproducción, pero la reproducción real de M, en la que se convierte M', es necesaria para que la operación M'–D'–M se efectúe; sin embargo, ésta se halla condicionada por procesos de reproducción al margen del proceso de reproducción del capital individual representado por M.

 

En la forma I

 

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T

D – M

 

 

 

 

Mp

no hace más que preparar la primera transformación del capital–dinero en capital productivo; en la forma II, la reversión a capital productivo del capital–mercancías; por tanto, siempre que la base de inversión del capital industrial siga siendo la misma, la reversión del capital en mercancías a los mismos elementos de producción que lo engendraron. Aquí aparece, por tanto, al igual que en la forma I, como fase preparatoria del proceso de producción, sólo que como retorno a éste, como renovación de él, y, por consiguiente, como precursor del proceso de reproducción y también, por tanto, de la repetición del proceso de valorización.

Debemos observar una vez más que D–T no representa un simple cambio de mercancías, sino la compra de una mercancía, T, destinada a la producción de plusvalía, del mismo modo que DMp no es más que el procedimiento materialmente indispensable para la consecución de ese fin,

 

Al efectuarse la operación

 

 

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T

D – M

 

 

 

 

Mp

D vuelve a convertirse en capital productivo, en P, y el ciclo comienza de nuevo.

La forma explícita de P... M'–D'–M... P es, por tanto, ésta:

 

INSERTAR GRAFICO CONVERSION DE CAPITAL

 

La conversión del capital–dinero en capital productivo es compra de mercancías para la producción de mercancías. El consumo sólo entra dentro de la órbita del propio capital mientras se trata de este consumo productivo; su condición es que, por medio de las mercancías consumidas de este modo, se cree plusvalía. Y esto es algo muy distinto de la producción, e incluso de la producción de mercancías, cuya finalidad es asegurar la existencia de los productos; un cambio de una mercancía por otra, condicionado así por la producción de plusvalía, es algo completamente distinto de lo que es de por si el cambio de productos –el que no interviene más mediador que el dinero–. Pero así es como enfocan la cosa los economistas, para probar que no cabe superproducción.

Además del consumo productivo de D, que se convierte en T y Mp, el ciclo encierra el primer eslabón de D–T, que es para el obrero T–D = M–D. De la circulación del obrero T–D–M, que incluye su consumo, sólo el primer eslabón, como resultado de D–T, entra en el ciclo del capital. El segundo acto, a saber: DM, no entra en la circulación del capital individual, a pesar de brotar de ella. Pero la clase capitalista necesita de la existencia constante de la clase obrera y también, por consiguiente, del consumo del obrero, a que sirve de medio la operación D–M.

El acto M'–D' sólo presupone, tanto para la continuación del ciclo del valor capital como para el consumo de la plusvalía por el capitalista, que M' se convierta en dinero, se venda. Si se compra, sólo es, naturalmente, porque el artículo es un valor de uso, apto por tanto para un consumo de cualquier clase, sea productivo o individual. Pero si M' sigue circulando, por ejemplo, en manos del comerciante que ha comprado el hilo, esto, por el momento, no afecta para nada a la continuación del ciclo del capital individual que ha producido el hilo y se lo ha vendido al comerciante. El proceso sigue su curso en su totalidad, y con él el consumo individual de capitalista y obrero por él condicionado. Este punto es importante para el estudio de las crisis.

En efecto, tan pronto como M' se vende, se convierte en dinero, puede revertir a los factores reales del proceso de trabajo, y, por tanto, del proceso de reproducción. Por consiguiente, el hecho de que M' sea comprada por el consumidor definitivo o por el comerciante que pretende venderla de nuevo, no hace cambiar para nada, directamente, el asunto. El volumen de las masas de mercancías creadas por la producción capitalista lo determina la escala de la producción y la necesidad de que ésta se extienda constantemente, y no un círculo predestinado de oferta y demanda, de necesidades que se trata de satisfacer. La producción en masa sólo puede tener como comprador directo, aparte de otros capitalistas industriales, al comerciante al por mayor. Dentro de ciertos límites, el proceso de reproducción puede desarrollarse sobre la misma escala o sobre una escala ampliada, aunque las mercancías creadas por él no entren realmente en la órbita del consumo individual ni en la del consumo productivo. El consumo de las mercancías no va implícito en el ciclo del capital del que brotan. Así por ejemplo, tan pronto como se vende el hilo, el ciclo del valor del capital que el hilo representa puede iniciarse de nuevo, cualquiera que sea la suerte que corra, por el momento, el hilo vendido. Mientras el producto se venda, desde el punto de vista del productor capitalista todo se desarrolla normalmente. El ciclo del valor del capital, representado por él, no se interrumpe. Y si este proceso se amplía –lo que supone que se amplíe también el consumo productivo de los medios de producción–, esta reproducción del capital puede ir acompañada por un consumo (y, consiguientemente, por una demanda) individual ampliado por parte de los obreros, puesto que el consumo productivo le sirve de introducción y de medio. De este modo, la producción de plusvalía, y con ella el consumo individual del capitalista, pueden crecer y hallarse en el estado más floreciente todo el proceso de reproducción, y, sin embargo, existir una gran parte de mercancías que sólo aparentemente entran en la órbita del consumo y que en realidad quedan invendidas en manos de los intermediarios, es decir, que, de hecho, se hallan todavía en el mercado. Una oleada de mercancías sigue a la otra, hasta que por último se comprueba que la oleada anterior no ha sido absorbida por el consumo más que en apariencia. Los capitales en mercancías se disputan unos a otros el lugar que ocupan en el mercado. Los rezagados, para vender, venden por debajo del precio. Aún no se han liquidado las oleadas anteriores de mercancías, cuando vencen los plazos para pagarlas los que las tienen en su poder se ven obligados a declararse insolventes o a venderlas a cualquier precio para poder pagar. Estas ventas no tienen absolutamente nada que ver con el verdadero estado de la demanda. Tienen que ver únicamente con la demanda de pago, con la necesidad absoluta de convertir las mercancías en dinero. Es entonces cuando estalla la crisis. Esta se manifiesta, no en el descenso inmediato de la demanda de tipo consuntivo, de la demanda para el consumo individual, sino en el descenso del intercambio de unos capitales por otros, del proceso de reproducción del capital.

Si las mercancías Mp y T, en que se invierte D, para poder cumplir su función como capital–dinero, como valor capital destinado a transformarse nuevamente en capital productivo; si estas mercancías, tienen que comprarse o pagarse en distintos plazos, y, por tanto, la fórmula D–M representa una serie de compras y pagos sucesivos, una parte de D efectuará el acto D–M mientras otra parte perdura en su estado de dinero para poder efectuar otros actos simultáneos o sucesivos D–M en el momento indicado por las condiciones del propio proceso. Esta parte de D es sustraída temporalmente a la circulación para poder entrar en acción, cumplir su función, en un momento determinado. Este almacenamiento del dinero; es, en tales casos, una función determinada por su circulación y al servicio de ella. Su existencia como fondo de compra y de pagos, la suspensión de su movimiento, el estado de su circulación interrumpida, es, en estos casos, un estado en que el dinero ejerce una de sus funciones como capital–dinero. Como capital–dinero, pues en estos casos hasta el dinero que permanece temporalmente inmóvil forma parte del capital–dinero D (de D'd = D), de la parte de valor del capital en mercancías, el cual = a P, al valor del capital productivo, que constituye el punto de partida del ciclo. Por otra parte, todo el dinero sustraído a la circulación reviste forma de tesoro. La forma tesoro se convierte, pues, aquí en función del capital–dinero, exactamente lo mismo que en la fórmula D–M se convierte en función del capital–dinero la función del dinero como medio de compra y de pago, sencillamente porque el valor capital existe allí en forma de dinero, porque el estado de dinero es allí el estado del capital industrial en una de sus fases, estado impuesto por la concatenación del ciclo. Pero aquí vuelve a corroborarse, al mismo tiempo, que el capital–dinero no desempeña dentro del ciclo del capital industrial más funciones que las funciones del dinero y que estas funciones sólo adquieren, al propio tiempo, la significación de funciones de capital mediante su concatenación con otras fases de este ciclo.

El papel de D' como relación entre d y D, como relación del capital, no es, directamente, función del capital–dinero, sino del capital–mercancías M', que, a su vez, como relación entre m y M sólo expresa el resultado del proceso de producción, del proceso de propia valorización del valor del capital operado dentro de aquél.

Si la marcha del proceso de circulación tropieza con obstáculos y D, por circunstancias exteriores, la situación del mercado, etc., se ve obligado a suspender su función D–M y a permanecer por más o menos tiempo en su estado de dinero, nos hallamos de nuevo ante un estado de atesoramiento del dinero, que se da también en la circulación simple de mercancías, cuando el tránsito de M–D a D–M se ve interrumpido por circunstancias exteriores. Es un atesoramiento involuntario. En nuestro caso, el dinero adquiere así la forma de un capital–dinero inmóvil, latente. Pero, por el momento, no entraremos en los detalles de este fenómeno.

Sin embargo, la permanencia del capital–dinero en su estado de dinero aparece en ambos casos como el resultado de un movimiento interrumpido, ya sea con arreglo a su fin o en contra de él, voluntaria o involuntariamente, conforme a su función o en contra de ella.

 

II. Acumulación y reproducción en escala ampliada

Como las proporciones en que se puede ampliar el proceso de producción no son arbitrarias, sino que se hallan sujetas a razones técnicas, puede ocurrir y ocurre con frecuencia que la plusvalía realizada, aunque se destine a la capitalización, aumente (acumulándose, por tanto, en las proporciones necesarias), a fuerza de repetirse los distintos ciclos, hasta adquirir el volumen con que puede ya realmente funcionar como capital adicional o entrar en el ciclo del valor–capital en funciones. La plusvalía se convierte así en tesoro y constituye, bajo esta forma, un capital–dinero latente. Latente, porque mientras conserve la forma de dinero no puede actuar como capital.1 Por donde el atesoramiento aparece aquí como un factor que va implícito en el proceso capitalista de acumulación, como un factor inherente a él, pero al mismo tiempo substancialmente distinto de él. En efecto, la formación de un capital–dinero latente no amplía el propio proceso de reproducción. Por el contrario, si aquí se forma un capital–dinero latente, es porque el productor capitalista no puede ampliar directamente la escala de su producción. Si vende su producto excedente a un productor de oro o de plata que lanza a la circulación nuevas cantidades de estos metales o, lo que es lo mismo, a un comerciante que, a cambio de una parte del producto excedente nacional, importa del extranjero cantidades adicionales de oro o plata, su capital en dinero latente pasará a formar un incremento del tesoro de oro o de plata nacional. En todos los demás casos, las 78 libras esterlinas, por ejemplo, que eran, en manos del comprador, medios de circulación, adoptan en manos del capitalista la forma de tesoro: todo se reduce, por tanto a que cambie la distribución del tesoro nacional de oro o de plata.

Si el dinero funciona en las transacciones de nuestro capitalista como medio de pago (porque el comprador haya de pagar la mercancía solamente en un plazo más o menos largo), el producto excedente destinado a ser capitalizado no se convertirá en dinero, sino en créditos, en títulos de propiedad sobre un equivalente, que tal vez se halla ya en posesión del comprador o que acaso éste tiene simplemente en perspectiva. No entrará en el proceso de reproducción del ciclo, como no entra el dinero invertido en valores que rinden un interés, etc., aunque pueda entrar en el ciclo de otros capitales industriales.

Todo el carácter de la producción capitalista está determinada por la valorización del valor del capital desembolsado, es decir, en primer lugar, por la producción de la mayor cantidad posible de plusvalía; y en segundo lugar (véase libro I, cap. XXII, pp. 525–556 ss), por la producción de capital y consiguientemente por la transformación de la plusvalía en capital. Pero, a su vez, la acumulación o producción en escala ampliada, que, como medio para una producción cada vez más extensa de plusvalía y, por tanto, para el eriquecimiento del capitalista, aparece como la finalidad personal de éste y va implícitamente en la tendencia general de la producción capitalista, se convierte, al desarrollarse –como hemos demostrado en el libro I–, en una necesidad para todo capitalista individual. El acrecentamiento constante de su capital pasa a ser condición para que este capital siga existiendo. Pero aquí no tenemos para qué volver más en detalle sobre lo ya expuesto.

Hemos estudiado primeramente la reproducción simple, partiendo del supuesto de que toda la plusvalía se gastaba como renta. En la realidad, bajo circunstancias normales, nunca se puede gastar como renta más que una parte de la plusvalía, destinando el resto a la capitalización, lo cual no es óbice para que la plusvalía producida dentro de determinados períodos se gaste íntegramente o se capitalice en su totalidad. Sacando la media del movimiento –que es lo único que puede hacer la fórmula general–, vemos que ocurren ambas cosas. Sin embargo, para no complicar la fórmula es preferible suponer que se acumula toda la plusvalía. La fórmula

 

 

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T

P... M'–D–M

 

 

 

 

Mp

 

 expresa un capital productivo que se reproduce en mayor escala y con mayor valor y que inicia su segundo ciclo o, lo que es lo mismo, renueva el primero, como un capital productivo acrecentado. Tan pronto como comienza este segundo ciclo, volvemos a encontrarnos con P como punto de partida; sólo que este P es un capital productivo mayor que el primero. Así, si en la fórmula D... D' el segundo ciclo comienza por , D' funcionará como D, como capital–dinero desembolsado de una determinada magnitud; será un capital–dinero mayor que aquel con que comenzó el primer ciclo, pero toda referencia a su acrecentamiento por medio de la capitalización de plusvalía se borra tan pronto como aparece en función de capital–dinero desembolsado. Su origen queda cancelado y desaparece bajo la forma de un capital dinero que comienza su ciclo. Y lo mismo , a partir del momento en que funciona como punto de partida de un nuevo ciclo.

Si comparamos P... con D... D' o con el primer ciclo, vemos que no tienen, uno y otro, en modo alguno, la misma significación. De por sí, como ciclo aislado, D... D' expresa simplemente que D, el capital–dinero (o el capital industrial en su ciclo de capital–dinero) es dinero que pare dinero, valor que pare valor, fuente de plusvalía. En cambio, en el ciclo de P el proceso de valorización queda ya consumado al terminarse la primera fase, la del proceso de producción, y después de recorrer la segunda fase (la primera fase de la circulación) M'–D', el valor del capital + la plusvalía existen ya como un capital en dinero realizado, como D' término final del primer ciclo. El hecho de haberse producido plusvalía se expresa, en la fórmula primeramente estudiada de P... P (véase forma explícita, t. II, p. 71), por m–d–m, que en su segunda fase cae ya fuera de la circulación del capital y representa la circulación de la plusvalía como renta. Bajo esta forma, en que todo el movimiento aparece representado por P... P, sin que por tanto exista diferencia alguna de valor entre los dos puntos extremos, la valorización del valor adelantado, la creación de plusvalía, se expresa exactamente lo mismo que en D... D'; con la diferencia de que el acto M'–D', que aparece como la última fase de D... D' y como la segunda fase del ciclo, es, en P... P, la primera fase de la circulación.

En P... P', P' no expresa que se ha producido plusvalía, sino que la plusvalía producida ha sido capitalizada; expresa, por tanto, que se ha acumulado capital y que, por consiguiente, P', a diferencia de P, está formado por el valor del capital primitivo más el valor del capital acumulado con sus operaciones.

D', como simple punto final de D... D', lo mismo que M', tal como aparece dentro de todos estos ciclos, no expresa de por sí el movimiento, sino su resultado: la valorización del valor del capital realizada en forma de mercancía o en forma de dinero, y, por tanto, el valor del capital como D + d o como M + m, como la relación entre el valor del capital y su plusvalía, considerado éste como su vástago. Expresan este resultado como distintas formas de circulación del valor del capital valorizado. Pero ni en la forma M' ni en la forma D' la valorización operada es, de por sí, función ni del capital–dinero ni del capital–mercancías. Como formas o modalidades especiales y distintas, que corresponden a funciones especiales del capital industrial, el capital dinero sólo puede ejercer funciones de dinero y el capital–mercancias funciones de mercancía, y la diferencia que entre ellos existe es, simplemente, la que existe entre la mercancía y el dinero. Por las mismas razones, el capital industrial, en su forma de capital productivo, sólo puede estar formado por los mismos elementos que cualquier otro proceso de trabajo productivo: por un lado, las condiciones materiales de trabajo (los medios de producción); por otro, la fuerza de trabajo empleada productivamente, con arreglo a un fin. Y, así como en la órbita de la producción el capital industrial sólo puede existir con la composición que corresponde al proceso de producción en general, y, por tanto, también al proceso no capitalista de producción, en la órbita de la circulación sólo puede existir bajo las dos formas correspondientes de mercancía y dinero. Pero, como la suma de los elementos de producción se manifiesta desde el primer momento como capital productivo por el hecho de que la fuerza de trabajo es fuerza de trabajo ajena comprada por el capitalista a su propio poseedor, del mismos modo que compra los medios de producción a otros poseedores de mercancías; como, por tanto, el proceso de producción se manifiesta también de por sí como función productiva del capital industrial, el dinero y la mercancía aparecen también como formas de circulación del mismo capital industrial y sus funciones como funciones de circulación de éste, que sirven de introducción a las funciones del capital productivo o brotan de él. Su concatenación como formas funcionales que el capital industrial tiene que recorrer en las distintas fases de su proceso cíclico es lo que hace que la función del dinero y la función de la mercancía sean aquí, al mismo tiempo, funciones del capital–dinero y del capital–mercancías. Es falso, por tanto, querer atribuir a su carácter de capital las cualidades y funciones específicas que caracterizan al dinero como dinero y a la mercancía como mercancía; como también es falso, a la inversa, pretender atribuir las cualidades del capital productivo a su modalidad de existencia bajo la forma de medios de producción.

Tan pronto como D´ o M' se plasman como D + d, M + m, es decir, como la relación entre el valor del capital y la plusvalía considerada como su vástago, esta relación se expresa en ambos, una vez en forma de dinero y otra vez en forma de mercancía, sin que por ello la cosa cambie en lo más mínimo. Por tanto, esta relación no brota de cualidades y funciones que correspondan al dinero como tal ni a la mercancía como tal. La cualidad que caracteriza al capital es, en ambos casos, expresada solamente como resultado, la de ser valor que pare valor. M' es siempre el producto de la función de P, y D' simplemente la forma de M' transformada en el ciclo del capital industrial. Por tanto, tan pronto como el capital en dinero realizado reanuda su función específica como capital–dinero, deja de expresar la relación de capital contenida en D = D' + d. Si la fórmula D... D' está ya recorrida y D' inicia de nuevo el ciclo éste no figura ya como D', sino como D, aun cuando se capitalice toda la plusvalía contenida en aquél. El segundo ciclo comienza, en nuestro ejemplo, con un capital en dinero de 500 libras esterlinas, en vez de comenzar con 422 como en el primero. El capital en dinero con que se abre el ciclo excede en 78 libras esterlinas al del ciclo anterior. Esta diferencia existe cuando se compara un ciclo con otro, pero no existe dentro de cada ciclo por separado. Las 500 libras esterlinas adelantadas como capital–dinero, de las cuales 78 existían antes como plusvalía, desempeñan exactamente el mismo papel que las 500 libras esterlinas con las que otro capitalista abre su primer ciclo. Y lo mismo ocurre con el ciclo del capital productivo. El P' acrecentado aparece, al reanudarse el ciclo, como P, exactamente lo mismo que P en la reproducción simple P... P.

En la fase

 

 

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T

D'–M'

 

 

 

 

Mp

la magnitud acrecentada sólo el indicada por M', pero no por T' ni por Mp'. Pero, como M es la suma de T más Mp, M' indica ya que la suma de T más Mp contenida en ella es mayor que el primitivo P. Además, la fórmula T' y Mp' sería falsa, pues, como sabemos, el crecimiento del capital lleva aparejado un cambio de su composición de valor, en el transcurso del cual el valor de Mp aumenta, mientras que el de T disminuye siempre en términos relativos y con frecuencia, además, en términos absolutos.

 

III. Acumulación de dinero

El que d, la plusvalía convertida en dinero, se incorpore de nuevo, inmediatamente, al valor del capital en proceso para que de este modo pueda entrar en el proceso cíclico con la magnitud D` en unión del capital D, depende de circunstancias independientes de la mera existencia de d. Si se trata de emplear a d como capital–dinero en un segundo negocio independiente del otro, es evidente que para ello deberá ascender a la cuantía mínima que ese negocio requiere. Si de lo que se trata es de ampliar el negocio primitivo, hay que tener en cuenta, asimismo, que las condiciones de los factores materiales de P y su proporción de valor deberán reunir también una determinada cuantía mínima con respecto a d. Todos los medios de producción que operan en este negocio guardan entre sí no sólo una determinada relación cualitativa, sino también una determinada relación cuantitativa, un volumen proporcional. Estas proporciones materiales y las correspondientes relaciones de valor de los factores que entran en el capital productivo, determinan el volumen mínimo que debe tener d para poder invertirse en medios adicionales de producción y en fuerza adicional de trabajo, o en los primeros solamente, como incremento del capital productivo. Así, por ejemplo, el industrial hilandero no puede aumentar el número de sus husos sin adquirir al mismo tiempo el número correspondiente de cardadores y de aparatos de preparación de hilado, aparte del aumento de inversión en algodón y en salarios que esta ampliación del negocio supone. Por eso, para poder llevar a cabo esta ampliación, es necesario que la plusvalía ascienda ya a una suma regular (1 libra esterlina por cada huso nuevamente adquirido, es lo que suele calcularse). Mientras d no alcance esta cuantía mínima, el ciclo del capital tendrá que repetirse varias veces, hasta que la suma de los d sucesivamente creados por él pueda funcionar en unión de D es

decir, en

 

 

<

T

D'–M'

 

 

 

 

Mp

 

Simples cambios de detalle introducidos, por ejemplo, en las máquinas de hilar y que las hagan más productivas exigen ya un desembolso mayor de material de hilado, una ampliación de las máquinas preparatorias, etc. d se va acumulando, pues entre tanto, y su acumulación no es función suya, sino el resultado de repetidos procesos P... P. Su propia función es la de perdurar en su estado de dinero hasta que, gracias a los repetidos ciclos de valorización, es decir, desde fuera, se acreciente lo bastante para alcanzar la cuantía mínima indispensable para poder desempeñar su función activa, la cuantía sin la cual no puede entrar realmente como capital–dinero, y en su caso como parte acumulada del capital en dinero D en funciones, en la función de éste. Durante el intervalo, se va acumulando y sólo existe bajo la forma de un tesoro en formación, en desarrollo. La acumulación de dinero, el atesoramiento, aparece aquí, por tanto, como un proceso que va aparejado transitoriamente a la verdadera acumulación, a la ampliación de la escala en la que opera el capital industrial. Transitoriamente, pues mientras el tesoro se mantiene en su estado de tesoro, no funciona como capital, no toma parte en el proceso de acrecentamiento, sigue siendo una suma de dinero que aumenta pura y simplemente porque, sin intervención suya, el dinero existente se va guardando en el mismo cajón.

La forma del tesoro es, simplemente, la forma de dinero que no se halla en circulación, de dinero cuya circulación se ha interrumpido y que, por tanto, se guarda en su forma de dinero. El proceso de atesoramiento es común a toda la producción de mercancías y como fin último sólo desempeña un papel en sus formas precapitalistas rudimentarias. Pero aquí, el tesoro se presenta como forma del capital–dinero y el atesoramiento como un proceso que acompaña transitoriamente a la acumulación del capital puesto que y en cuanto que el dinero figura aquí como dinero en capital latente; puesto que el atesoramiento, el estado de tesoro de la plusvalía existente en forma de dinero, representa una fase preparatoria para la transformación de la plusvalía en capital verdaderamente operante, fase funcionalmente determinada y que se desarrolla al margen del ciclo del capital. Es, pues, por este su destino, capital en dinero latente, razón por la cual la cuantía que deba alcanzar para poder entrar en el proceso se hallará determinada por la composición de valor que presente en cada caso el capital productivo. Pero, mientras permanece en estado de tesoro, no funciona aún como capital–dinero, es todavía capital en dinero–inmóvil; no, como antes, un capital–dinero cuya función ha quedado interrumpida, sino un capital–dinero que no es aún apto para su función.

Aquí, nos fijamos en la acumulación de dinero en su forma primitiva y real, como verdadero tesoro de dinero. Pero, puede existir también en forma de saldo acreedor o de créditos a favor del capitalista que ha vendido M'. No es éste el lugar indicado para estudiar las demás formas que este capital–dinero latente puede revestir durante el intervalo, incluso como dinero que pare dinero, por ejemplo, bajo la forma de depósito a interés en un banco o de letras de cambio o valores de cualquier clase. La plusvalía realizada en dinero ejerce en estos casos funciones especiales de capital fuera del ciclo del capital industrial del que ha brotado; funciones que, en primer lugar, no tienen nada que ver con aquel ciclo de por si y que, en segundo lugar, son funciones de capital distintas de las funciones del capital industrial y que aún no han sido estudiadas aquí.

 

IV. Fondo de reserva

En la forma que acabamos de examinar, el tesoro en que toma cuerpo la plusvalía es un fondo de acumulación de dinero, la forma dinero que reviste transitoriamente la acumulación de capital, y, en este sentido, condición también de ésta. Pero este fondo de acumulación puede prestar, asimismo, servicios accesorios especiales, es decir, entrar en el proceso cíclico del capital sin que éste revista la forma de P... P', es decir, sin que la reproducción capitalista se amplíe.

Si el proceso M'–D' se prolonga más allá de su duración normal, si, por tanto, el capital–mercancías tarda más tiempo del normal en convertirse en dinero o si, aun habiéndose operado esta transformación, el precio de los medios de producción en que debe invertirse el capital–dinero rebasa, por ejemplo, el nivel que tenía al comenzar el proceso, el tesoro que funciona como fondo de acumulación podrá destinarse a ocupar el lugar del capital–dinero o de una parte de éste. El fondo de acumulación en dinero sirve así como fondo de reserva para contrarrestar las interrupciones del ciclo.

Como tal fondo de reserva, difiere del fondo de medios de compra y de pago a que nos referimos en el ciclo de P... P. Estos son una parte del capital–dinero operante (por tanto, modalidades de una parte del valor del capital operante en general), cuya parte sólo entra en funciones en distintos plazos, unos detrás de otros. En la continuidad del proceso de producción, se va formando constantemente un capital de reserva en dinero, para hacer frente a pagos contraídos hoy, por ejemplo, que sólo habrán de hacerse efectivos pasado cierto tiempo y como resultado de la venta de grandes masas de mercancías, para volver a comprar otras con posterioridad; en estos intervalos, existe, por tanto, constantemente, una parte del capital circulante en forma de dinero. En cambio, el fondo de reserva no es parte integrante del capital operante, capital–dinero, sino parte del capital que se halla en una fase preliminar de su acumulación, de la plusvalía que no se ha convertido aún en capital activo. Por lo demás, fácilmente se comprende que el capitalista, cuando se ve apurado, no se para a investigar, ni mucho menos, por las funciones específicas del dinero que tiene en la mano, sino que echa mano de aquello de que dispone, para mantener en marcha el proceso cíclico de su capital. Así, en nuestro ejemplo, D = 422 libras esterlinas, D' = 500 libras esterlinas. La existencia de una parte del capital de 422 libras esterlinas como fondo de medios de pago y de compra, como remanente en dinero, responde al cálculo de que, si las circunstancias permanecen invariables, este remanente entrará íntegramente en el ciclo y, además, bastará para atender a las necesidades de éste. Pero el fondo de reserva es una parte de las 78 libras esterlinas de plusvalía; este fondo sólo puede entrar en el proceso cíclico del capital de 422 libras esterlinas de valor siempre y cuando que este ciclo se efectúe bajo circunstancias que no permanezcan idénticas, pues es una parte del fondo de acumulación y figura aquí sin que la escala de la reproducción se amplíe.

El fondo de acumulación en dinero es ya existencia del capital–dinero latente; es, por tanto, transformación del dinero en capital–dinero.

La fórmula general del ciclo del capital productivo, que condensa la reproducción simple y la reproducción en escala ampliada, es ésta:

 

                  

Si P = P, D en 2) = D'–d; si P = P' D en 2) será mayor que D'–d; es decir, que d se ha convertido, total o parcialmente, en capital en dinero.

El ciclo del capital productivo es la forma bajo la cual la economía clásica estudia el proceso cíclico del capital industrial.

 

Notas al pie del cap 2

1. La expresión “latente” está tomada de la idea física del calor latente, que en la actualidad ha sido eliminada casi totalmente por la teoría de la transformación de la energía. De aquí que Marx, en la sección tercera de la obra (redacción posterior) sustituya este termino por otro tomado de la idea de la energía potencial: por el término de “capital potencial” o, por analogía con la velocidad virtual de D'Alembert, “capital virtual”. (F. E.)

 


 

CAPITULO III

 

EL CICLO DEL CAPITAL–MERCANCIAS

 

 

La fórmula general del ciclo del capital–mercancías es:

 

M’– D’– M... P... M’

 

M’ aparece no sólo como producto, sino, además, como premisa de los dos ciclos anteriores, puesto que lo que D – M implica para un capital lo implica ya M' – D' para el otro, por lo menos en la medida en que una parte de los medios de producción es, a su vez, producto en mercancías de otros capitales individuales que se hallan en su ciclo correspondiente. Así, por ejemplo, en nuestro caso el carbón, las máquinas, etc. representan capital–mercancías del explo­tador de la mina, del capitalista fabricante de maquinaria, etc. Además, en el capítulo I, 4 veíamos que ya en la primera repetición de D... D’, ya antes de que se cerrase este segundo ciclo del ca­pital en dinero, se da por supuesto no sólo el ciclo P... P sino además el ciclo M’... M’.

Si la reproducción se opera en escala ampliada, la M’ final será mayor que la M’ inicial, por cuya razón la designaremos así: M’’.

La diferencia entre la tercera forma y las dos primeras se revela en dos cosas.

Primero. En que aquí la circulación total, con sus dos fases opuestas, abre el ciclo, mientras que en la forma I la circulación es interrumpida por el proceso de producción y en la forma II la cir­culación total, con sus dos fases complementarias entre sí aparece solamente como mediadora del proceso de reproducción, constitu­yendo por tanto el movimiento intermedio entre P... P. En D... D’, la forma de circulación es D – M. . M’ – D’ = D –M– D’. En P... P, es la inversa: M’– D’.– D – M = M –D – M. En M’ – M’ reviste también esta última forma.

Segundo. En la repetición de los ciclos I y II, aun cuando los puntos finales D’ y P’ constituyen los puntos iniciales del ciclo re­novado, desaparece la forma en que nacieron. D’ = D + d, P’ = P + p reanuda el nuevo proceso como D y P. Pero en la forma III el punto de partida M debe designarse como M’, aun cuando el ciclo se renueve en la misma escala, por la razón siguiente. En la forma I, tan pronto como D’ abre en cuanto tal un nuevo ciclo, opera como capital–dinero D, como desembolso del valor del capital valorizable en forma de dinero. La cuantía del capital–dinero des­embolsado, acrecentada por la acumulación operada en el primer ciclo, ha aumentado. Pero el hecho de que la cuantía del capital–dinero desembolsado sea de 422 libras esterlinas o de 500 no hace cambiar para nada el hecho de que se trata de un simple valor–capital. Aquí, D’ ya no existe como capital valorizado o preñado de plusvalía, como relación de capital. Es en el transcurso del proceso donde ha de valorizarse. Y lo mismo ocurre con P... P’; P’ tiene que seguir operando siempre como P, como valor–capital destinado a producir plusvalía, y renovar el ciclo. En cambio, el ciclo del capital–mercancías no se abre como un valor–capital puro y simple, sino con un valor–capital incrementado en forma de mercancías, incluyendo desde el primer momento no sólo el ciclo del valor del capital existente en forma de mercancías, sino también el de la plusvalía. Por tanto, si se opera bajo esta forma una reproducción simple, aparecerá al final un M' de la misma magnitud que al comienzo. Si una parte de la plusvalía entra en el ciclo del capital, aunque al final del ciclo aparezca, en vez de M' M", un M' mayor, el ciclo siguiente se abrirá nuevamente con M', lo que significa que el que inicia su nuevo ciclo es un M' mayor que en el ciclo precedente, con un valor–capital acu­mulado mayor, y por consiguiente con una plusvalía nueva relativa­mente más grande. En todo caso, M' abre siempre el ciclo como un capital –mercancías = valor del capital + plusvalía.

M' como M no aparece dentro del ciclo de un capital industrial aislado como forma de este capital, sino como forma de otro capital industrial, siempre y cuando que los medios de producción sean pro­ducto de éste. El acto D – M (es decir, D – Mp) del primer ca­pital es, en este segundo capital, M' – D'.

En el acto de circulación

 

 

T

D–M  <

 

 

Mp

 

 T y Mp se comportan idénticamente mientras son mercancías en manos de sus vendedores, en manos del obrero que vende su fuerza de trabajo y del poseedor, de los medios de producción que vende estos medios. Para el comprador, cuyo dinero opera aquí como capital–dinero, esos factores sólo operan como mercancías, mientras no han sido compradas por él, es decir, mientras se enfrentan con su capital existente en forma de dinero, como mercancías pertenecientes a otros. Mp y T sólo se distinguen aquí en cuanto que Mp, en manos de su vendedor, = M', es decir, que puede ser capital si Mp, forma de mercancías de su vende­dor, = M'– o, lo que viene a ser lo mismo, puede ser capital si Mp es la forma de mercancías de su capital, mientras que T, para el obre­ro, no es nunca más que una mercancía y sólo se convierte en capital en manos del comprador, como parte integrante de P.

Por consiguiente, M' no puede nunca abrir un ciclo como simple M, como simple forma de mercancías del valor del capital. Como capital–mercancías, es siempre una doble cosa. Desde el punto de vista del valor de uso, es el producto de la función de P, en nuestro ejemplo hilo, cuyos elementos T y Mp, que surgen como mercancías de la circulación, no fueron más que los factores de producción de este producto. En segundo lugar, desde el punto de vista del valor, es el valor del capital P, más la plusvalía engendrada en la fun­ción de P.

M = P = valor–capital sólo en el propio ciclo de M' puede y debe separarse de la parte de M' en que existe plusvalía, del producto excedente en que se alberga la plusvalía, ya sean materialmente separables, como en el hilo, o no lo sean, como en la máquina. Tan pronto como M' se convierte en D', puede efectuarse la separación.

Sí el producto total mercancías puede descomponerse en produc­tos parciales homogéneos con existencia independiente, como por ejemplo, nuestras 10,000 libras de hilo; si por tanto, el acto M’–D’ puede representar una suma de ventas efectuadas sucesivamente, el valor–capítal que reviste forma de mercancías podrá operar como M, desligarse de M' antes de que se realice la plusvalía, y, por tanto, antes de, que se realice M' en su totalidad.

De las 10,000 libras de hilo equivalente a 500 libras esterlinas, el valor de 8,440 libras es = 422 libras esterlinas = valor del ca­pital separado de la plusvalía. Si el capitalista sólo vende, por el momento 8,440 libras de hilo por 422 libras esterlinas, estas 8,440 libras de hilo equivaldrán a M, al valor del capital en forma de mercancías; el producto excedente de 1,560 libras de hilo contenido además en M' = plusvalía de 78 libras esterlinas, sólo circularía después; el capitalista podría, por tanto, efectuar la operación

 

 

 

T

M–D–M  <

 

 

Mp

 

antes de la circulación del producto excedente m–d–m.

O bien, suponiendo que vendiese primero 7,440 libras de hilo en 372 libras esterlinas y luego 1,000 libras de hilado en 50 libras esterlinas, con la primera parte de M podrían reponerse los medios de producción (el capital constante c) y con la segunda parte de M el capital variable v, la fuerza de trabajo, desarrollándose lo demás como queda expuesto.

Pero sí se realizan esas ventas sucesivas y las condiciones del ciclo lo consienten, el capitalista, en vez de desglosar M' en c + v + p, podrá hacer también este desglose en partes alícuotas de M'.

Por ejemplo, 7,440 libras de hilo = 372 libras esterlinas, que representan, como partes de M' (10,000 libras de hilado = 500 libras esterlinas) el capital constante, se pueden descomponer, a su vez, en 5.535,360 libras de hilado con un valor de 276,678 libras esterlinas, que reembolsan simplemente el capital constante, el valor de los medios de producción invertidos en las 7,440 libras de hilado, 744 libras de hilado con un valor de 37,200 libras esterlinas, para reponer exclusivamente el capital variable, y 1.160,640 libras de hilado con un valor de 58,032 libras esterlinas como producto exce­dente en que se encierra la plusvalía. Es decir, que de las 7,440 libras vendidas puede reponer el valor del capital encerrado en ellas con la venta de 6.279,360 libras de hilado al precio de 313,968 libras esterlinas, gastando como renta el valor del producto excedente, o sean 1.160,640 libras = 58,032 libras esterlinas.

También podría dividir las 1,000 libras de hilo =50 libras es­terlinas = el capital variable, y venderlas así: 744 libras de hilado 37,200 libras esterlinas, capital constante correspondiente a 1,000 libras de hilo; 100 libras de hilado en 5,000 libras esterlinas, capital variable de ídem; o sean 844 libras de hilado en 42,200 libras es­terlinas, para reponer el capital constante contenido en 1,000 libras de hilado; y, finalmente, 156 libras de hilado al precio de 7,800 libras esterlinas, que representan el producto excedente encerrado en ellas y, en concepto de tal, pueden gastarse.

Por último, podría, si logra venderlas, descomponer las 1,560 libras de hilado que aún le quedan, con un valor de 78 libras ester­linas, de tal modo que la venta de 1.160,640 libras de hilado al precio de 58,032 libras esterlinas, reponga el valor de los medios de producción contenidos en las 1,560 libras de hilado y 156 libras de hilado con un valor de 7,800 libras esterlinas el capital variable; en total, 1.160,640 libras de hilado = 65,832 libras esterlinas, re­posición de todo el capital desembolsado; finalmente, el producto excedente, 243,360 libras de hilado = 12,168 libras esterlinas, es lo que puede gastarse como renta.

Y, al igual que todos y cada uno de los elementos c, v y p con­tenidos en el hilo, también cada libra de hilado de por sí, con su valor de 1 chelín = 12 peniques, puede descomponerse en los mismos elementos que la integran.

 

c = 0.744    libras hilado   =          8.928 peniques

v =  0.100       “       “         =          1.200       “

p =  0.156       “       “   =         1.872       “

–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

 c   x   v   x   p =  1             libras hilado  =      12 peniques

 

Sí sumamos los resultados de las tres anteriores ventas parciales obtenemos el mismo resultado que si se vendiesen de una vez las 10,000 libras de hilado.

 

Tenemos como capital constante:

 

en  1°  venta:

  5.535,360

libras   hilado

=       276,768

libras esterlinas

 “   2°     “

     744,000

   “          “

=         37,200

    “           “

 “   3°     “

  1.160,640

   “          “

=         58,032

    “           “

           Total

  7.440,000

libras  hilado

=       372,000

libras esterlinas

 

      En capital variable:

 

en  1°  venta:

     744,000

libras  hilado

=         37,200

libras esterlinas

  “   2°     “

     100,000

   “         “

=           5,000

    “           “

  “   3°     “

     156,000

   “         “

=           7,800

    “           “

            Total

  1.000,000

libras hilado

=         50,000

libras esterlinas

 

       En plusvalía:

 

en  1°  venta:

  1.160,740

libras hilado

=         58,032

libras esterlinas

 “   2°     “

     156,000

   “        “

=           7,800

    “          “

 “   3°     “

     243,360

   “        “

=         12,168

    “          “

            Total

  1.560,100

libras hilado

=         78,000

libras esterlinas

 

       Resumiendo:

 

  Capital constante:

       7,440 libras hilado

=       372       libras esterlinas

       “        variable:

       1,000     “       “

=         50           “          “

   Plusvalía

       1,560     “       “

=         78           “          “

                    Total

1.560,000     “       “

=   78,000      libras esterlinas

 

      M'–D' no es, de por si, más que la venta de 10,000 libras de hilado. Las 10,000 libras de hilado son una mercancía, ni más ni menos que otro hilo cualquiera. Lo que al comprador le interesa es el precio de 1 chelín la libra o 500 libras esterlinas las 10,000 libras. Y sí, al tratar, ahonda en los elementos integrantes del valor, es con la pérfida intención de demostrar que la libra de hilado podría venderse a menos de 1 chelín dejando todavía una buena utilidad al vendedor. Pero la cantidad de hilado que compre dependerá de sus necesidades; si se trata, por ejemplo, del propietario de una fá­brica de tejidos, dependerá de la composición del capital que tenga empleado en la fábrica textil, y no de la del capital del fabricante de hilados a quien compra. Las relaciones en que M' tiene, de una parte, que resarcir el capital absorbido por ella (o en sus respectivas partes integrantes) y, de otra parte, servir como producto excedente, ya sea para gastarlo como plusvalía, ya para destinarlo a la acumu­lación del capital, sólo existen en el ciclo del capital, cuya forma mercancía son las 10,000 libras de hilado. Nada tienen que ver con la venta, como tal. Aquí partimos, además, del supuesto de que M' se vende por su valor, de que, por tanto, se trata solamente de transformar su forma de mercancía en forma dinero. Como forma funcional dentro del ciclo de este capital concreto, con el que el capital productivo ha de reembolsarse, lo decisivo es, naturalmente, saber si y hasta qué punto difieren entre si, en la venta, el precio y el valor, cosa que no interesa para nada aquí, donde sólo se trata de examinar las simples diferencias de forma.

En la forma I, D... D', el proceso de producción aparece inter­calado entre las dos fases contrapuestas y complementarias entre si; termina antes de que se inicie la fase final M'D'. El dinero se adelanta como capital, se invierte primeramente en los elementos de producción, se transforma luego en el producto–mercancía y, por último, este producto–mercancía se convierte nuevamente en dinero. Es un ciclo comercial y ya terminado, que tiene como resultante el dinero, utilizable para todo. Esto crea, pues, simplemente, la posi­bilidad de que el ciclo comience de nuevo. D... P... D' puede ser, bien el último ciclo que, retirándose del negocio, ponga término a la función de un capital individual, o bien el primer ciclo de un capital nuevo que entra en funciones. La marcha general del pro­ceso es aquí D... D', de dinero a más dinero.

En la forma II, P... M' – D' – M... P (P') , el proceso total de circulación sigue a la primera P y precede a la segunda; pero se desarrolla en un orden inverso al de la forma I. El primer P es el capital productivo y su función el proceso de producción como premisa del proceso de circulación subsiguiente. En cambio, el P final no es el proceso de producción; es, simplemente, la reaparición del capital industrial bajo su forma de capital productivo. Y lo es, concretamente, como resultado de la inversión, efectuada en la última fase de la circulación del capital en T + Mp, en los factores sub­jetivos y objetivos que, unidos, constituyen la forma de existencia del capital productivo. Al final, el capital, sea P o P’ vuelve a pre­sentarse bajo una forma en que tiene necesariamente que funcionar de nuevo como capital productivo, ejecutar el proceso de producción. La forma general del movimiento P... P es la forma de la repro­ducción y no revela la valorización en cuanto finalidad del proceso, como ocurre tratándose de D... D'. Por eso a la economía clásica le es más fácil prescindir de la forma capitalista concreta del proceso de producción y presentar como finalidad del proceso la producción como tal, es decir, la tendencia a producir la mayor cantidad posible y con la mayor baratura y a cambiar lo producido por la mayor cantidad posible de los más diversos productos, en parte pata renovar la producción (D – M) y en parte para el consumo (D – M). Para lo cual, puesto que aquí D y d sólo se presentan como medios de circulación llamados a desaparecer, se pueden pasar por alto las características tanto del dinero como del capital–dinero, y todo el proceso aparece entonces como un proceso sencillo y natural, es decir, con la naturalidad del vacuo racionalismo. Tratándose del capital–mercancías se olvida también, de vez en cuando, la ganancia, y se la hace figurar, cuando se trata del ciclo de producción en conjunto, simplemente como mercancía, y, tratándose de las partes integrantes del valor, como capital–mercancías. Con ello, la acu­mulación aparece, naturalmente del mismo modo que la producción.

 

En la forma III, M'–D'–M... P... M', abren el ciclo las dos fases del proceso de circulación, y en el mismo orden que en la forma II, P...P; sigue luego P y al igual que en la forma I, con su función, el proceso de producción; con el resultado de ésta, M', se cierra el ciclo. Como en la forma II con P, como mera reaparición del capital productivo, aquí termina con M', como rea­parición del capital –mercancías; y, así como en la forma II el capital, en su forma final P, tiene que volver a iniciar el proceso como pro­ceso de producción, aquí, al reaparecer el capital industrial bajo la forma de capital–mercancías, tiene que comenzar de nuevo el ciclo con la fase de circulación M'–D'. Ambas formas del ciclo son importantes, puesto que no terminan con D', con el capital valorizado y convertido de nuevo en dinero. Ambas tienen, por tanto, que seguirse desarrollando e incluyen, por consiguiente, la producción. El ciclo total, en la forma III, es M'...M'.

Lo que distingue la tercera forma de las dos primeras es que el capital valorizado, no el primitivo, el capital que se trata de valo­rizar, sólo aparece como punto de partida de su valorización en este ciclo. M', como relación de capital, constituye aquí el punto de partida y, como tal, ejerce una acción determinante sobre todo el ciclo, pues incluye, ya en su primera fase, tanto el ciclo del capital como el de la plusvalía, y la plusvalía, si no en todo ciclo por sepa­rado, por lo menos en el promedio de ellos, tiene que gastarse par­cialmente como renta, recorriendo el proceso de circulación m–d–m, y en parte funcionar como elemento de la acumulación del capital.

En la forma M'... M', va implícito el consumo de todo el producto de mercancías como condición para el normal desarrollo del ciclo del capital. El consumo individual del obrero y el consumo individual de la parte no acumulada del producto excedente abarca todo el consumo individual. El consumo entra, pues, en conjunto –como consumo individual y como consumo productivo–, como condición, en el ciclo M'. El consumo productivo (en el que va implícito también, en realidad, el consumo individual del obrero, puesto que la fuerza de trabajo es, dentro de ciertos límites, un producto constante del consumo individual del obrero) se efectúa a través de cada capital individual de por sí. El consumo individual –fuera de los límites en que es necesario para la existencia del capitalista individual– sólo se da por supuesto como acto social, nunca como acto del capitalista individual.

En las formas I y II, el movimiento de conjunto aparece como movimiento del capital desembolsado. En la forma III, es el capital valorizado, bajo la forma del producto total en mercancías, lo que constituye el punto de partida, y presenta la forma de capital en movimiento, de capital–mercancías. Este movimiento sólo se des­dobla en dos: movimiento de capital y movimiento de rentas, después de transformarse en dinero. La distribución de todo el producto social, al igual que la distribución especial del producto para todo capital individual en mercancías, destinando una parte al fondo individual de consumo y otra al fondo de reproducción, va implícita, en esta forma, en el ciclo del capital.

D . . D' lleva implícita una posible ampliación del ciclo, según el volumen del d que entre en el ciclo renovado.

En P...P, P puede comenzar el nuevo ciclo con el mismo valor e incluso con menos, y, sin embargo, representar una repro­ducción en escala superior, por ejemplo, cuando ciertos elementos de las mercancías se abaraten al intensificarse la productividad del trabajo. Y, por el contrario, en el caso inverso, puede ocurrir que un capital productivo superior en cuanto a su valor represente una reproducción en una escala materialmente inferior: por ejemplo, cuando los elementos de producción se encarezcan. Y lo mismo en lo que se refiere a M'...M’.

En M'... M’, la producción presupone la existencia de capital en forma de mercancías; y este capital reaparece como premisa dentro del mismo ciclo, en la segunda M. Si esta M no se ha producido o reproducido aún, el ciclo se interrumpe; es necesario que esta M se reproduzca, en su mayor parte, como M' de otro capital industrial. En este ciclo, M' existe como punto de partida, punto de transición y punto final del movimiento: aparece, por tanto, constantemente. Es condición constante del proceso de reproducción.

M'... M' se distingue por otra razón de las formas I y II. Nota común a los tres ciclos es que la forma con que el capital inicia su proceso cíclico constituye también la forma en que lo termina, revistiendo así de nuevo la forma inicial con que abre otra vez el mismo ciclo. La forma inicial D, P, M' es siempre la forma en que se adelanta el capital (en III, con la plusvalía que lo incrementa) y, por tanto, su forma originaria en lo que al ciclo se refiere; la forma final D', P, M' es siempre la forma transformada de una forma funcional que la precede en el ciclo y que no es la forma originaría.

Así, en I, D' es la forma transformada de M'; en II, la P final forma transformada de D (en I y II, esta transformación se opera por medio de un simple fenómeno de la circulación de mercancías, por medio de un desplazamiento formal de la mercancía y el dinero) ; en III, M' es la forma transformada de P, del capital productivo. Pero aquí, en III, hay que tener en cuenta dos cosas: primera, que la transformación no afecta solamente a la forma funcional del ca­pital, sino también a su volumen de valor; segunda, que esta transformación no es simplemente el resultado de un mero desplazamiento formal producido en el proceso de circulación, sino de una transfor­mación efectiva experimentada por la forma de uso y el valor de las mercancías integrantes del capital productivo en el curso del proceso de producción.

Cualquiera de los tres ciclos I, II y III presupone la forma del extremo inicial D, P, M’, la forma que reaparece en el extremo final se halla establecida, y por tanto condicionada por la serie de metamorfosis del propio ciclo. M', como punto final de un ciclo de capital industrial individual sólo presupone la forma P, no perte­neciente a la circulación, del mismo capital industrial del que es producto. D', como punto final en I, como forma transformada de M' (M' – D'), presupone a D en manos del comprador como exis­tente al margen del ciclo D ,... D', incorporado a él mediante la venta de M' y convertido así en su propia forma final. Del mismo modo, en II la P final presupone a T y Mp (M) como existentes al margen e incorporados a él como forma final por medio de D – M. Pero, prescindiendo del último extremo, ni el ciclo del capital individual en dinero presupone la existencí3 del capital en dinero en general, ni el del capital productivo individual presupone el del capital productivo en su ciclo. En I, D puede ser el primer capital en dinero y en II P el primer capital productivo que aparezca en la escena histórica, pero en III

 

 

                                     T

 

 

    M  ––       D  ––  <   

...  P ...M’

                                      M’

    ––  D’                       Mp

 

 

     m  ––       d  ––   m

 

 

 

 

 

M se presupone dos veces al margen del ciclo. Primeramente, en el ciclo

 

 

 

T

M´–D´–M  <

 

 

Mp

 

Esta M, en la parte integrada por Mp, es mercancía en manos del vendedor; es, de por sí, capital en mercancías, en cuanto producto de un proceso capitalista de producción; y, aunque no lo sea, aparece como capital en mercancías en manos del comerciante. Luego, en la segunda m de m – d – m, que tiene también que existir como mercancía para poder ser comprada. En todo caso, trátese o no de capital –mercancías, T y Mp son mercan­cías ni más ni menos que M' y se comportan entre sí como mer­cancías. Lo mismo ocurre con la segunda m en mdm. Por tanto, en la medida en que M' = M (T + Mp), sus elementos integrantes son mercancías, debiendo reponerse en la circulación por otras mercancías iguales; del mismo modo que en mdm la segunda m tiene que reponerse en la circulación por otras mercancías iguales.

Además, sobre la base del régimen capitalista de producción como régimen dominante, toda mercancía en manos del vendedor tiene que ser, necesariamente, capital–mercancías. Y lo sigue siendo en manos del comerciante, o se convierte en tal, si antes no lo era. O bien tiene que ser una mercancía –por ejemplo, artículos importados ­que sustituya a un capital–mercancías primitivo y que, por tanto, se límite a darle otra forma de existencia.

 

      Los elementos–mercancias T y Mp que forman el capital pro­ductivo P no presentan, como modalidades de existencia de éste, la misma forma con que aparecen en los distintos mercados de mer­cancías en que hay que adquirirlos. Aquí, aparecen reunidos y esta unión les permite actuar como capital productivo.

El hecho de que M sólo aparezca como premisa de M en esta forma III, dentro del propio ciclo, tiene su explicación en qué el punto de partida es el capital en forma de mercancías. El ciclo se abre con la inversión de M' (siempre y cuando que actúe como valor–capital, incrementado o no por la adición de plusvalía) en las mercancías que constituyen sus elementos de producción. Esta in­versión engloba todo el proceso de circulación M – D – M ( = T + Mp) y es resultado de éste; M aparece, pues, aquí, en los dos extremos, pero el segundo extremo, cuya forma M le viene dada de fuera, del mercado de mercancías, por la operación D – M, no es el último extremo del ciclo, sino simplemente el término que abarca sus dos primeras fases, el proceso de circulación. Su resultado es P, cuya función se inicia entonces, el proceso de producción. Y es como resultado de éste y no del proceso de circulación como M' aparece al final del ciclo y bajo la misma forma que el extremo inicial M'. En cambio, en D... D', P... P, los extremos finales D' y P' son resultado directo del proceso de circulación. Por tanto, aquí D', por una parte, y por la otra P sólo al final se presuponen en otras manos. Siempre y cuando que el ciclo se desarrolle entre los extremos, ni D, en un caso, ni P, en el otro –la existencia do D como dinero ajeno y de P como proceso de producción de otro–, aparecen como premisa de estos ciclos. Por el contrarío, M'... M' presupone a M (= T + Mp) como mercancías ajenas en manos ajenas que el proceso inicial de circulación atrae al ciclo e incorpora al capital productivo, como resultado de cuya función M' se convierte en la forma final de aquél.

Pero, precisamente porque el ciclo M’... M' presupone, dentro de su desarrollo, otro capital industrial en forma de M (= T + Mp) (y Mp engloba otros diversos capitales, por ejemplo, en nuestro caso, máquinas, carbón, aceite, etc.), exige que se le considere no sólo como forma general del ciclo, es decir, como la forma social bajo la que puede ser considerado todo capitalista industrial indi­vidual (fuera de su primera Inversión), y, por tanto, no sólo como una forma de movimiento común a todos los capitalistas indus­triales individuales, sino también como la forma en que se mueve la suma de los capitales individuales, o lo que es lo mismo, el capital global de la clase capitalista; movimiento en el que el de todo capital industrial individual no es más que un movimiento parcial entre­lazado con los demás y condicionado por ellos. Si nos fijamos, por ejemplo, en el producto global anual de mercancías de un país y analizamos el movimiento por el cual una parte de él resarce el ca­pital productivo en todas las empresas individuales y otra parte es absorbida por el consumo individual de las distintas clases, con­sideraremos la forma M'... M' como forma de movimiento tanto del capital social como de la plusvalía engendrada por éste, o bien, en su caso, del producto excedente. El que el capital social = a la suma de los capitales individuales (incluyendo los capitales por acciones y el capital del Estado, en la medida en que los gobiernos emplean trabajo asalariado productivo en minas, ferrocarriles, etc., es decir, en la medida en que actúan como capitalistas industriales) y el movimiento global del capital social = a la suma algebraica de los movimientos de los capitales individuales, no excluye en modo alguno la posibilidad de que este movimiento, como movimiento del capital individual aislado, ofrezca otros fenómenos que el mismo movimiento enfocado en cuanto parte del movimiento del capital social en su conjunto, y, por tanto, enlazado con los movimientos de las demás partes, ni la de que resuelva al mismo tiempo problemas cuya solución debe darse por supuesta cuando se estudia el ciclo de un capital individual concreto, en vez de desprenderse de él.

M'... M' es el único ciclo en que el valor–capital primitiva­mente desembolsado constituye solamente una parte del extremo con­ que se inicia el movimiento y en que éste se anuncia ya desde el primer momento como movimiento total del capital industrial: tanto de la parte del producto que resarce el capital productivo como de la parte que constituye el producto excedente y que, en la generalidad de los casos, se destina, en parte, a gastarse como renta y, en parte, a funcionar como elemento de la acumulación. En la medida en que la inversión de plusvalía como renta entre en este ciclo, en la misma medida entra también en él el consumo individual. Pero, además, éste queda incluido también en él por el hecho de que el punto de partida M, mercancía, existe ya como un artículo de uso cualquiera; y todo artículo producido con métodos capitalistas es un capital–mercancías, lo mismo sí su forma de uso está destinada al consumo productivo que sí está destinada al consumo individual, o a ambas cosas o a la vez. D... D' sólo indica aquí el lado del valor, la valorización del capital desembolsado, como finalidad de todo proceso; P... P (Y) el proceso de producción del capital como proceso de reproducción, permaneciendo idéntica o aumentando la magnitud del capital productivo (acumulación) ; M'... M' abarca desde el primer momento el consumo productivo y el individual, puesto que ya en su extremo inicial se manifiesta como norma de la producción capitalista de mercancías; el consumo pro­ductivo y la valorización que en él se encierra aparece solamente como una rama de su movimiento. Finalmente, como puede ocurrir que M' exista bajo una forma de uso no susceptible de entrar nueva­mente en un proceso cualquiera de producción, queda dicho desde el primer momento que las diversas partes integrantes del valor de M' expresadas en partes del producto tienen que ocupar un lugar distinto según que M'... M' aparezca como forma del movimiento del capital social en conjunto o como movimiento independiente de un capital industrial individual. En todas estas características que le distinguen, este ciclo no queda nunca encerrado dentro de sí mismo, como ciclo aislado de un capital meramente individual.

En la fórmula M'... M', el movimiento del capital –mercancías, es decir, del producto global producido por métodos capitalistas, aparece al mismo tiempo como premisa del ciclo independiente del capital individual y como condicionado a su vez por éste. Por consiguiente, si concebimos esta fórmula en lo que tiene de carac­terístico, no podemos ya contentarnos con pensar que las metamor­fosis M' – D' y D – M son, por una parte, fases funcionalmente determinadas dentro de la metamorfosis del capital, y por otra esla­bones de la circulación general de las mercancías. Es necesario poner en claro cómo las metamorfosis de un capital individual se entre­lazan con las de otros capitales individuales y con la parte del pro­ducto global destinada al consumo individual. Por eso, al analizar el ciclo del capital industrial individual tomamos como base, prefe­rentemente, las dos primeras formas.

El ciclo M'... M' aparece como forma de un capital indivi­dual aislado, por ejemplo, en la agricultura, donde los cálculos se hacen de una cosecha a otra. En la forma II se parte de la siembra, en la forma III de la cosecha, o, para emplear la terminología de los fisiócratas, en la primera se toman como punto de partida los avances (adelantos), en la tercera las reprises (los ingresos). En la forma, III el movimiento del valor–capital aparece de antemano sola­mente como una parte del movimiento de la masa general de pro­ductos, mientras que en las formas I y II el movimiento de M' sólo constituye una fase dentro del movimiento de un capital aislado.

En la forma III, las mercancías que se encuentran en el mercado constituyen la premisa constante del proceso de producción y repro­ducción. Si, por tanto, nos fijamos en esta forma, parecerá que todos los elementos del proceso de producción provienen de la circulación de las mercancías y consisten exclusivamente en éstas. Esta concepción unilateral pasa por alto los elementos del proceso de producción independientes de los elementos–mercancías.

Como en M'... M' el punto de partida es el producto total (el valor total), resultará que aquí (prescindiendo del comercio ex­terior) sólo puede operarse la reproducción en escala ampliada, siem­pre y cuando que la productividad permanezca idéntica, si en '.a parte del producto excedente destinada a ser capitalizada se encierran ya los elementos materiales del capital productivo adicional; es decir, que, siempre que la producción de un año sirva de premisa a la del siguiente o siempre que esto pueda realizarse dentro del año simultáneamente con el proceso de la reproducción simple, cabe producir inmediatamente producto excedente bajo una forma que le permita actuar como capital adicional. Si la productividad aumenta, no hará más que aumentar la materia del capital, sin que aumente su valor; pero, con ello, suministrará el material adicional necesario para la valorización.

La fórmula M'... M' es la que sirve de base al Tableau éco­nomique de Quesnay, y el hecho de haber elegido esta fórmula y no la de P... P, por oposición a la fórmula D... D' (fórmula aislada sobre la que se construye el sistema mercantilista) indica el grande y certero tacto con que aquellos economistas procedían.

 

 

Notas no tiene el capítulo 3


 

CAPITULO IV

 

LAS TRES FORMULAS DEL PROCESO CICLICO

 

Las tres fórmulas pueden exponerse así, llamando Pc al proceso de circulación en su conjunto.

I) DM... P... M’D’

II) P... Pc... P

III) Pc... P (M’).

 

Resumiendo las tres fórmulas en su unidad, vemos que todas las premisas del proceso aparecen como su resultado, como premisa producida por él mismo. Todos los momentos aparecen aquí como punto de partida, punto de transición y punto de retorno. El proceso en su conjunto se presenta como una unidad del proceso de producción y del proceso de circulación; el proceso de producción sirve de mediador del proceso de circulación,. y viceversa.

Nota común a los tres ciclos es la valorización del valor como finalidad determinante, como motivo propulsor. En I esto se expresa en la misma fórmula. La fórmula II arranca de P, del mismo proceso de valorización. En la fórmula III el proceso arranca del valor valorizado y termina con el valor que se valoriza, aun cuando el movimiento se repita en la misma fase.

En la medida en que M – D es para el comprador D – M y D – M es M – D para el vendedor, la circulación del capital sólo representa la metamorfosis corriente de la mercancía, pudiendo aplicársele las leyes sobre la masa de dinero circulante expuestas, a propósito de aquélla (libro I, cap. III , 2 [pp. 69 – 93]). Pero, si no nos atenemos a este lado formal del problema y enfocamos la conexión real existente entre las metamorfosis de los distintos capitales individuales, concibiendo en realidad la conexión entre los ciclos de los capitales individuales como la conexión entre los distintos movimientos parciales del proceso de reproducción del capital global de la sociedad, vemos que éste no puede explicarse por el simple cambio de forma entre dinero y mercancía.

En un círculo que se halle constantemente en rotación, todo punto es al mismo tiempo punto de partida y de retorno. Si la rotación se interrumpe, ya no ocurre eso. Por eso hemos visto, no sólo que todo ciclo especial presupone (implícitamente) el otro, sino, además, que la repetición del ciclo bajo una forma lleva implícita la descripción del ciclo en las demás formas. Por donde toda la diferencia aparece como una diferencia puramente formal y también como una diferencia meramente subjetiva, que sólo existe para quien la contempla.

En la medida en que cada uno de estos ciclos se considera como forma especial del movimiento que recorren diversos capitales industriales individuales, esta diferencia sólo existe, en efecto, como algo puramente individual. Pero, en realidad, todo capital industrial individual aparece bajo las tres formas al mismo tiempo. Los tres ciclos, las formas de reproducción de las tres modalidades del capital, se desarrollan continuamente de un modo paralelo. Una parte del valor–capital que ahora funciona, por ejemplo, como capital–mercancías se convierte en capital–dinero, pero al mismo tiempo que esto ocurre, otra parte sale del proceso de producción y entra en la circulación como nuevo capital–mercancías. De este modo, se describe constantemente la forma cíclica M'... M'; y lo mismo ocurre con las otras dos formas. La reproducción del capital en cada una de sus formas y en cada una de sus fases presenta la misma continuidad que la metamorfosis de estas formas y el curso sucesivo a través de las tres fases. Por tanto, aquí el ciclo en su conjunto constituye una unidad real de sus tres formas.

Partimos, aquí, del supuesto de que el capital se presenta en toda la magnitud de su valor, íntegramente, como capital–dinero, como capital productivo o como capital–mercancías. Así, por ejemplo, las 422 libras esterlinas aparecen primeramente, en su totalidad, como capital–dinero, luego se convierten íntegramente también en capital productivo y por último aparecen bajo la forma del capital–mercancias: hilados por valor de 500 libras esterlinas (de las cuales 78 son plusvalía). Las diferentes fases del capital forman aquí otras tantas interrupciones. Mientras, por ejemplo, las 422 libras esterlinas permanecen bajo la forma–dinero, es decir, hasta que se efectúan las compras D – M (T + Mp), el capital en bloque existe y funciona simplemente como capital–dinero. Al convertirse en capital productivo, deja de funcionar como capital–dinero y como capital–mercancías. Todo su proceso de circulación se interrumpe, lo mismo que se interrumpe todo su proceso de producción tan pronto como empieza a funcionar en una de las dos fases circulatorias, bien como D o como M. De este modo, el ciclo P... P aparece no sólo como la renovación periódica del capital productivo, sino también como la interrupción de su función, del proceso de producción, hasta que el proceso de circulación se termina; en vez de discurrir de un modo continuo, la producción se efectúa a saltos y sólo se renueva en plazos de duración fortuita, según que las dos fases del proceso circulatorio se recorran con mayor rapidez o mayor lentitud. Es lo que ocurre, por ejemplo, tratándose de un artesano chino que sólo trabaja para clientes particulares y cuyo proceso de producción se interrumpe hasta que llegan nuevos encargos.

En realidad, esto es aplicable a cada una de las partes del capital que se hallan en movimiento, y todas ellas lo van recorriendo por turno. Las 10,000 libras de hilado, por ejemplo, son el producto semanal de un fabricante de hilados. Estas 10,000 libras de hilado salen por entero de la órbita de producción y entran en la de circulación; el valor–capital contenido en ellas tiene que convertirse íntegramente en capital–dinero, y mientras permanezca bajo esta forma no puede entrar de nuevo en el proceso de producción; tiene que entrar previamente en la órbita de circulación y volver a convertirse en los elementos del capital productivo T + Mp. El proceso cíclico del capital es, pues, constante interrupción, abandono de una fase para entrar en la siguiente, superación de una forma y existencia bajo otra distinta; y cada una de estas fases no sólo condiciona la otra, sino que al mismo tiempo la excluye.

Sin embargo, la característica de la producción capitalista, determinada por su base técnica, aunque no siempre incondicionalmente asequible, es la continuidad. Veamos, pues, cómo ocurren las cosas en la práctica. Mientras las 10,000 libras de hilado, por ejemplo, aparecen en el mercado como capital–mercancías y se convierten en dinero (ya actúe éste como medio de pago, como medio de compra o simplemente como dinero aritmético), entra en el proceso de producción, ocupando su lugar, nuevo algodón, nuevo carbón, etc., nuevo capital que ha abandonado, por tanto, su forma–dinero y su forma  mercancías para recobrar la forma de capital productivo y abordar la función que le corresponde como tal; a la par que las primeras 10,000 libras de hilado se convierten en dinero, vemos que otras 10,000 libras de hilado anteriores recorren ya la segunda fase de su proceso de circulación y dejan de ser dinero para recobrar la forma propia de los elementos del capital productivo. Todas las partes integrantes del capital van recorriendo por turno el proceso cíclico y se hallan simultáneamente en diferentes fases del mismo. Así, el capital industrial aparece simultáneamente, en la continuidad de su ciclo, en todas las fases de éste y revistiendo las respectivas formas funcionales que a ellas corresponden. La parte que se convierte por primera vez de capital–mercancías en dinero abre el ciclo M'... M', mientras que el capital industrial, como un todo en movimiento, ha recorrido ya ese ciclo. Con una mano se desembolsa dinero y con la otra se recibe, la iniciación del ciclo D... D' en un punto es, a la par, su retorno en otro. Y lo mismo puede decirse del capital productivo.

El verdadero ciclo del capital industrial, en su continuidad, no es, por tanto, solamente la unidad del proceso de circulación y del proceso de producción, sino la unidad de sus tres ciclos. Pero, para ello, es necesario que cada una de las diferentes partes del capital vaya recorriendo sucesivamente las distintas fases del ciclo, pase de una fase, de una forma funcional a otra; que el capital industrial, como el conjunto de todas estas partes, aparezca, por tanto, simultáneamente, en las diferentes fases y funciones, describiendo con ello los tres ciclos al mismo tiempo. La sucesión de las diversas partes se halla aquí condicionada por su yuxtaposición, es decir, por la división del capital. Así, en el sistema fabril ramificado, el producto aparece en las diferentes fases de su proceso de fabricación con la misma continuidad que en la etapa de tránsito de una fase de producción a otra. Y como el capital industrial individual representa una determinada magnitud que depende de los medios del capitalista y que supone un determinado mínimum para cada rama industrial, su división deberá hallarse presidida por ciertas cifras proporcionales. La magnitud del capital existente condiciona el volumen del proceso de producción y éste, a su vez, el volumen del capital–mercancías y del capital–dinero, allí donde éstos funcionan al lado del proceso de producción. Y la yuxtaposición que condiciona la continuidad de la producción sólo existe a través del movimiento de las partes del capital, en que éstas van recorriendo sucesivamente las diferentes fases. La yuxtaposición, es, a su vez, simple resultado de la sucesión. Si, por ejemplo, M'D' se estanca en una de sus partes, si la, mercancía, supongamos, es invendible, se interrumpirá el ciclo de esta parte y no se efectuará la sustitución por sus medios de producción; las sucesivas partes que brotan como M' del proceso de producción encontrarán bloqueado su cambio de función por la que las precede. Si esta situación se mantiene durante algún tiempo. la producción se restringirá y se estancará todo el proceso. Por tanto, todo lo que paralice la sucesión descoyunta también la yuxtaposición y el estancamiento producido en una de las fases determina un estancamiento mayor o menor en todo el ciclo, no sólo en el de la parte de capital estancada, sino en el del capital individual en su conjunto.

La forma inmediata bajo la que aparece el proceso es la de una sucesión de fases, de tal modo que el paso del capital a una nueva fase se halla condicionado por su salida de otra. Por eso todo ciclo especial tiene como punto de partida y punto de retorno una de las formas funcionales del capital. Por otra parte, el proceso en su conjunto representa en efecto la unidad de los tres ciclos, que son las diversas formas en que se expresa la continuidad del proceso. El ciclo de conjunto aparece como el ciclo especifico en cada forma funcional del capital, y cada uno de estos ciclos condiciona la continuidad del proceso de conjunto; el proceso cíclico de una forma funcional condiciona el de la otra. Es una condición necesaria para el proceso total de producción, especialmente en lo que se refiere al capital social, que sea al mismo tiempo proceso de reproducción y, por tanto, el ciclo de cada uno de sus momentos. Las diversas fracciones del capital recorren sucesivamente las diversas fases y formas funcionales. Cada forma funcional, aunque en ella se exprese constantemente una parte distinta del capital, recorre así, simultáneamente con las otras, su propio ciclo. Una parte del capital, que cambia constantemente, que constantemente se reproduce, existe como capital–mercancías que se convierte en dinero; otra parte, como capital–clínero que se convierte en capital productivo; otra, como capital productivo que se convierte en capital–mercancias. La existencia constante de todas estas tres formas se halla condicionada precisamente por el ciclo del capital total pasando por estas tres fases.

Considerado en su conjunto, el capital aparece, pues, simultáneamente y coexistiendo en el espacio en sus diferentes fases. Pero cada una de sus partes pasa constantemente y por turno de una fase a otra, de una a otra forma funcional, funcionando sucesivamente a través de todas. Estas formas son, pues, formas fluidas, cuya simultaneidad se halla determinada por su sucesión. Cada una de estas formas sigue a la otra y la precede, por donde el retorno de una parte del capital  una forma se halla condicionado por el retorno a otra forma de otra parte del capital. Cada parte describe continuamente su propio proceso, pero es siempre otra parte del capital la que se halla bajo esta forma, y estos procesos especiales no son más que momentos simultáneos y sucesivos del proceso total.

Es la unidad de los tres ciclos y no la interrupción de que hablábamos más arriba, la que realiza la continuidad del proceso total. El capital global de la sociedad posee siempre esta continuidad, y su proceso representa siempre la unidad de los tres ciclos.

En cuanto a los capitales individuales, la continuidad de la reproducción se ve, a trechos, más o menos interrumpida. En primer lugar, las masas de valor aparecen frecuentemente distribuidas, en diversas épocas, en porciones desiguales entre las distintas fases y formas funcionales del capital. En segundo lugar, estas porciones pueden distribuirse de distinto modo según el carácter de la mercancía que se trate de producir y, por tanto, según la rama concreta de producción en que se invierta el capital. En tercer lugar, en aquellas ramas de producción que dependen de la estación del año, la continuidad puede verse más o menos interrumpida por las condiciones naturales (agricultura, pesca del arenque, etc.) o por razones de carácter convencional, como ocurre, por ejemplo, en los llamados trabajos estacionales. Donde con mayor regularidad y uniformidad se desarrolla el proceso es en las fábricas y en las minas. Sin embargo, esta diversidad de las ramas de producción no se traduce en ninguna diferencia en lo tocante a las formas generales del proceso cíclico.

El capital, como valor que se valoriza, no encierra solamente relaciones de clase, un determinado carácter social, basado en la existencia del trabajo como trabajo asalariado. Es un movimiento, un proceso cíclico a través de diferentes fases, que, a su vez, se halla formado por tres diferentes etapas. Sólo se le puede concebir, pues, como movimiento, y no en estado yacente. Quienes consideran una pura abstracción le sustantivación del valor olvidan que el movimiento del capital industrial es precisamente esta abstracción hecha realidad. El valor recorre aquí diferentes formas, diversos movimientos, en los que se conserva y al mismo tiempo se valoriza, se incrementa. Como por ahora sólo nos interesa la forma del movimiento, no tenemos en cuenta las revoluciones que puede sufrir en su proceso cíclico el valor–capital; pero es evidente que, pese a todas las revoluciones del valor, la producción capitalista sólo existe y puede s existiendo mientras el valor–capital se valoriza, es decir, mientras describe su proceso cíclico como valor sustantivado, mientras, por tanto, las revoluciones del valor son dominadas y niveladas de algún modo. Los movimientos del capital aparecen como actos del capitalista industrial individual, en el sentido de que es éste quien actúa como comprador de mercancías y de trabajo, como vendedor de mercancías y capitalista productivo, haciendo posible, por tanto, mediante sus actos, la realización del ciclo. Si el capital social experimenta una revolución de valor, puede ocurrir que su capital individual sea afectado por ella y sucumba, por no poder hacer frente a las condiciones de esta conmoción de valor. Cuanto más agudas y frecuentes son las revoluciones del valor, más se impone la acción automática del valor sustantivado, con la violencia de un proceso elemental de la naturaleza, frente a la previsión y los cálculos del capitalista individual, más se supedita el curso de la producción normal a la especulación anormal, mayor es el peligro que amenaza la existencia de los capitales individuales. Estas revoluciones periódicas del valor vienen, pues, precisamente a confirmar aquello que se quiere que contradigan, a saber: la sustantivación que adquiere el valor en cuanto capital y que se mantiene y agudiza a través de sus movimientos.

Esta sucesión de las metamorfosis del capital en acción implica la comparación constante de los cambios de magnitud de valor del capital operados en el ciclo con su valor originario. La sustantivación del valor frente a la fuerza creadora de valor, o sea, la fuerza de trabajo, se inicia con el acto D – T (compra de la fuerza de trabajo) y se realiza, como explotación de la fuerza de trabajo, durante el proceso de producción; pero. dicha sustantivación del valor no reaparece en este ciclo, en que el dinero, la mercancía, los elementos de producción, no son más que otras tantas formas alternativas del valor–capital en acción y la magnitud pasada de valor se compara con la actual magnitud modificada del capital.

El valor–dice Bailey en contra de la sustantivación del valor que caracteriza el régimen capitalista de producción y que éste trata como obra de la ilusión de ciertos economistas–– es una relación entre mercancías existentes al mismo tiempo, pues sólo éstas pueden cambiarse entre sí.” Esto lo dice Bailey como argumento contra la posibilidad de comparar los valores de las mercancías en distintas épocas, comparación que, fijando el valor del dinero de una vez para cada época, sólo representa una comparación entre la inversión de trabajo necesaria en unas épocas y otras para producir la misma clase de mercancías. Esto responde a su confusión general según la cual valor de cambio = valor, es decir, según la cual la forma del valor es el valor mismo; según esto, los valores de las mercancías dejarán de ser comparables entro sí tan pronto como dejen de  funcionar activamente como valores de cambio, es decir, en cuanto no sean realmente cambiables entre el. Bailey no sospecha, pues, ni remotamente que el valor sólo funciona como valor–capital o como capital mientras en las distintas fases de su ciclo, que no son en modo alguno simultáneas, sino sucesivas, permanezca idéntico a si mismo y pueda compararse consigo mismo.

Para mantener en su pureza la fórmula del ciclo, no basta suponer que las mercancías se venden por su valor, sino que hay que partir, además, de la premisa de que las demás circunstancias en que esto ocurre permanecen invariables. Tomemos por ejemplo, la fórmula P... P, prescindiendo de todas las revoluciones técnicas que pueden operarse dentro de del  proceso de producción y que pueden depreciar el capital productivo de un determinado capitalista, prescindiendo igualmente de la posible repercusión de un cambio de los elementos de valor del capital productivo sobre el valor del capital–mercancías existente, que puede aumentar o disminuir cuando exista una reserva de él. Supongamos que M', las 10,000 libras de hilado, se venden por su valor de 500 libras esterlinas: 8.440 libras = 422 libras esterlinas reponen el valor–capital contenido en M'. Pero si sube el valor del algodón, el del carbón, etc. (puesto que aquí prescindimos de las simples oscilaciones de los precios), es posible que estas 422 libras esterlinas ya no sean suficientes para reponer íntegramente los elementos del capital productivo; en este caso, será necesario un capital–dinero adicional, la vinculación de capital–dinero. Y, por el contrario, si los precios de aquellos elementos bajan, una parte del capital–dinero quedará disponible. El proceso sólo discurre de un modo enteramente normal cuando las relaciones de valor permanecen constantes; discurre de hecho mientras se superan las perturbaciones producidas en la repetición del ciclo; cuanto mayores sean las perturbaciones, mayor capital–dinero deberá poseer el capitalista industrial para poder esperar a que la nivelación se produzca; y como al desarrollarse la producción capitalista, se amplía la escala de todo proceso individual de producción, y con él la magnitud mínima del capital que ha de desembolsarse, esta circunstancia se añade a las otras que tienden a convertir la función del capitalista industrial, cada vez más, en un monopolio de grandes capitalistas pecuniarios, individuales o asociados.

Observaremos de pasada que, si se produce un cambio de valor de los elementos de producción, se manifiesta una diferencia entre la forma D ... D’, de una parte, y P... P y M'... M’, de otra parte.

En D... D’, fórmula del capital recién invertido, que se manifiesta primeramente como capital–dinero, la baja de valor de los medios de producción, por ejemplo de las materias primas, materias auxiliares, etc., hará que sea necesario un desembolso menor dé capital–dinero que antes de producirse la baja para iniciar un negocio de una determinada extensión, puesto que el volumen del procesode producción (siempre y cuando que el desarrollo de la fuerza productiva no se altere), depende de la masa y del volumen de los medios de producción que una determinada cantidad de fuerza de trabajo puede manejar, pero no del valor de estos medíos de producción ni del de la fuerza de trabajo (este último sólo influye en la magnitud de la valorización). Y a la inversa. Si se produce un alza de valor de los elementos de producción de las mercancías que constituyen los elementos del capital productivo, será necesario contar con un capital–dinero mayor para emprender un negocio de un volumen dado. Tanto en uno como en otro caso, estos cambios sólo afectan la cantidad del capital–dinero que necesite invertirse, en el primer caso, queda una parte del capital–dinero disponible; en el segundo caso, queda vinculada una parte del capital–dinero, siempre y cuando que la afluencia de nuevos capitales industriales individuales se desarrolle del modo habitual en una rama de producción dada.

Los ciclos P... P y M'... M' sólo se presentan como D... D' cuando el movimiento de P y M' sea al mismo tiempo acumulación; es decir, cuando el dinero adicional se convierta en capital–dinero. Prescindiendo de este caso, resultan afectados de otro modo que D'... D’ por el cambio de valor de los elementos que forman el capital productivo; volvemos a hacer caso omiso, aquí, de la repercusión de este cambio de valor sobre las partes integrantes del capital encuadradas en el proceso de producción. Aquí, no es la inversión primitiva la que resulta directamente afectada, sino un capital industrial sujeto a su proceso de reproducci6n y no a su primer ciclo; por tanto,

 

 

T

M’...M <

 

 

Mp

 

la reversión del capital –mercancía a  sus elementos de producción, cuando éstos representan mercancías. En la baja de valor (o, en su caso, de precio), pueden darse tres casos: que el proceso de reproducción se siga desarrollando en la misma escala, en cuyo caso queda disponible una parte del capital–dinero anterior y se produce un incremento del capital–dinero sin que exista verdadera acumulación (producción en escala ampliada) ni se opere la transformación de d (plusvalía) en fondo de acumulación, que es el fenómeno que la inicia y la acompaña; que el proceso de reproducción se amplíe en una escala mayor de la que en otro caso se aplicaría, siempre y cuando que las proporciones técnicas lo consientan; finalmente, que se produzca un mayor almacenamiento de materias primas, etc.

El alza de valor de los elementos destinados a reponer el capital–mercancías produce el efecto contrario. En este caso, la reproducción ya no se opera con su volumen normal (se trabaja, por ejemplo, menos tiempo), o se hace necesario movilizar un capital–dinero adicional para mantenerla con su volumen anterior (vinculación de capital–dinero) ; o bien el fondo de acumulación en dinero, si existe, sirve en todo o en parte, no para ampliar el proceso de reproducción, sino para mantenerlo en la escala antigua. Esto supone también vinculación de capital–dinero, con la diferencia de que aquí el capital–dinero adicional no procede de fuera, del mercado de dinero, sino de los propios recursos del capitalista industrial.

Puede ocurrir, sin embargo, que en P... P y M'... M’ se presenten circunstancia modificativas. Sí, por ejemplo, nuestro fabricante de hilados de algodón tiene grandes existencias de este artículo (y, por tanto, una gran parte de su capital productivo invertida en forma de existencias de algodón), una parte de su capital productivo resultará depreciada por la baja de los precios del algodón; en cambio, si estos precios suben, subirá también de valor esta parte de su capital productivo. Por otra parte, si ha inmovilizado grandes masas de capital en forma de capital–mercancias, por ejemplo, de hilados de algodón, ocurrirá que la baja del algodón depreciará una parte de su capital –mercancías y también, por tanto, de su capital encuadrado en el proceso cíclico; y, por el contrario, una subida del precio del algodón la hará subir. Finalmente, en el proceso

 

 

T

M’–D–M <

 

 

Mp

 

si M' –D, realización del capital–mercancías, se opera antes de sobrevenir el cambio de valor de los elementos de M', esto sólo afectará al capital del modo considerado en el primer caso, o sea, en el segundo acto circulatorio

 

 

T

D–M <

 

 

Mp

 

en cambio, si se produce antes de la realización de M' – D, la baja del precio del algodón, siempre y cuando que las demás circunstancias permanezcan invariables, determinará una baja proporcional del precio de los hilados y, a la inversa, un alza de aquél, el alza correspondiente de éste. La acción ejercida sobre los distintos capitales individuales invertidos en la misma rama de producción puede ser muy distinta, según las distintas circunstancias en que operen. La disponibilidad o la vinculación del capital–dinero pueden responder, asimismo, a las diferencias de duración del proceso de circulación y también, por tanto, al ritmo circulatorio. Esto lo veremos, sin embargo, cuando estudiemos lo referente a la rotación. Lo único que aquí nos interesa es la distinción real que se manifiesta, con respecto al cambio de valor de los elementos del capital productivo, entre D... D' y las otras dos formas del proceso cíclico.

 

En la fase de circulación

 

T

D–M <

 

 

Mp

 

dentro ya de la época de producción capitalista avanzada y, por tanto, predominante, una gran parte de las mercancías que forman el elemento Mp, los medios de producción, serán capital–mercancías ajeno, puesto en funciones. Por consiguiente, desde el punto de vista del vendedor, estaremos ante la forma M' – D', o sea, ante la transformación del capital–mercancías en capital–dinero. Pero esto no rige con carácter absoluto. Por el contrario. Dentro de su proceso de circulación, en que el capital industrial funciona como dinero o como mercancía, el ciclo del capital industrial, ya sea capital–dinero o capital–mercancias, se entrecruza con la circulación de mercancías de los más diversos tipos sociales de producción, siempre y cuando que sean, al mismo tiempo; sistemas de producción de mercancías. No importa que la mercancía sea producto de un tipo de producción basado en la esclavitud o del trabajo de campesinos (chinos, ryots indios etc.), de un régimen comunal (Indias orientales holandesas) o de la producción del; estado (como ocurre en ciertas épocas primitivas de la historia de Rusia, basadas en la servidumbre), de pueblos semisalvajes dedicados a la caza, etc.; cualquiera que sea su origen, se enfrentan como mercancías y dinero al dinero y a las mercancías que representan el capital industrial y entran tanto en el ciclo de éste como en el de la plusvalía contenida en el capital–mercancías, siempre y cuando que ésta se invierta como renta; entran, por tanto, en las dos ramas de circulación del capital–mercancías. El carácter del proceso de producción de que procedan es indiferente, para estos efectos; funcionan como tales mercancías en el mercado y entran como mercancías tanto en el ciclo del capital industrial como en la circulación de la plusvalía adherida a él. Es, pues, su carácter universal, la existencia del mercado como mercado mundial, lo que caracteriza el proceso de circulación del capital industrial. Y lo que decimos de las mercancías ajenas, es también aplicable al dinero ajeno; del mismo modo que el capital–mercancías sólo funciona frente a él como mercancía, este dinero sólo actúa frente a él como dinero; aquí, el dinero funciona como dinero mundial.

Hay que observar, sin embargo, dos cosas:

Primero. Tan pronto como se realiza el acto D – Mp, las mercancías (Mp) dejan de ser mercancías para convertirse en una de las modalidades del capital industrial en su forma funcional de P, de capital productivo. Con ello, sus orígenes quedan borrados; ya sólo existen como modalidades de existencia del capital industrial, incorporadas a él. Queda en pie, sin embargo, la necesidad de la reproducción para poder reponerlas, y, en este sentido, podemos decir que el régimen capitalista de producción se halla condicionado por los tipos de producción que quedan al margen de su fase de su desarrollo. No obstante, la tendencia del régimen capitalista es la de ir convirtiendo toda la producción, dentro de lo posible, en producción de mercancías; el medio principal de que se vale para ello consiste, precisamente en incorporarlas de este modo a su proceso circulatorio. La producción de mercancías, al llegar su fase de desarrollo, es la producción capitalista de mercancías. La intervención del capital industrial estimula en todas partes esta transformación, que lleva aparejada la de todos los productores directos en obreros asalariados.

Segundo. Las mercancías que entran en el proceso de circulación M capital industrial (entre las cuales se cuentan también los medios necesarios de sustento, en que se invierte el capital variable después de pagados los salarios a los obreros, con vistas a la reproducción de la fuerza de trabajo), cualquiera que sea su origen, la forma social M proceso de producción de que proceden, se enfrentan ya al capital industrial bajo la forma de capital–mercancías, bajo la forma de capital comercial, el cual abarca, por su misma naturaleza, mercancías procedentes de todos los sistemas de producción.

El régimen capitalista de producción presupone la producción en gran escala y, como consecuencia de ello, la venta en gran escala también. presupone, por tanto, la venta al comerciante y no directamente al consumidor individual. Cuando este consumidor sea, a su vez, consumidor productivo, es decir, capitalista industrial; o, dicho en otros términos, cuando el capital industrial de una rama de producción suministre medios de producción a otra rama, se operará también (en forma de encargo, etc.) la venta directa de un capitalista industrial a muchos. En este sentido, todo capitalista industrial es vendedor directo, su propio comerciante, papel que, por lo demás, desempeña también cuando vende a otros comerciantes.

El comercio de mercancías como función del capital comercial se da por supuesto y se desarrolla cada vez más, a medida que se desarrolla la producción capitalista. Por eso partimos a veces de él, para ilustrar algunas de las manifestaciones concretas del proceso capitalista de circulación; sin embargo, en el análisis general de éste, admitimos la venta directa sin interposición de comerciantes, puesto que ésta desfigura determinados aspectos del movimiento.

Veamos cómo expone el problema Sismondi, con cierto simplismo:

“El comercio emplea un capital considerable que, considerado a primera vista, no parece formar parte integrante del capital cuyo movimiento hemos descrito en detalle. El valor del paño amontonado en los almacenes del comerciante en paños no parece, a primera vista, que tenga nada que ver con la parte de la producción anual que el rico entrega como salario al pobre para hacerle trabajar. Sin embargo, este capital no hace más que reponer el otro, de que hemos hablado. Para esclarecer los progresos de la riqueza, hemos seguido los pasos de este capital desde su creación hasta su consumo, El capital empleado, por ejemplo, en la fabricación de paños nos ha parecido que era siempre el mismo; al cambiarse por la renta del consumidor, se dividía en dos partes solamente: una que representa ' como ganancia, la renta del fabricante; otra que, como salario, representa la renta de los obreros mientras producen nuevo paño.

   “Sin embargo, no tardó en comprenderse que era más ventajoso para todos el que las diferentes, partes de este capital se sustituyesen mutuamente y que, suponiendo que para la circulación total en fabricante y consumidor bastasen 100,000 táleros, esta suma se distribuyese por igual entre el fabricante, el comerciante al por mayor y el tendero. El primero realizaba con la tercera parte solamente de dicha suma la misma obra que habría realizado con la suma total, porque en el momento de terminar su fabricación encontraba al comerciante dispuesto a comprársela mucho antes de lo que habría encontrado al consumidor directo. Por su parte, el capital del comerciante al por mayor se vela sustituido mucho antes por el del tendero... La diferencia entre la suma de salarios desembolsada y el precio de compra para el último consumidor constituirla la ganancia de los capitales. Esta se dividirla entre el fabricante, el comerciante y el tendero, una vez que hubiesen repartido entre sí sus funciones, y el trabajo rendido sería el mismo, a pesar de exigir tres personas y tres partes de capital en vez de una” (Nouveaux principes, I parte, pp. 139 s.). “Todos [los comerciantes] participaban indirectamente en la producción, pues, teniendo ésta como tiene por objetivo el consumo, no se la puede considerar terminada antes de que el producto entre en la órbita del consumidor” (ob. cit., p. 137).

Al estudiar las formas generales del ciclo, y en general en todo este libro II, partirnos siempre del supuesto de que el dinero es dinero metálico, con exclusión del dinero simbólico, de los simples signos de valor que son especialidad de ciertos estados, y del dinero–crédito, que aún no ha llegado a desarrollarse. En primer lugar, porque éste es el proceso histórico: el dinero–crédito no tiene importancia alguna o tiene solamente una importancia secundaría en la primera época de la producción capitalista. En segundo lugar, porque la necesidad de este proceso histórico se halla comprobada también teóricamente por el hecho de que todo lo que hasta hoy han expuesto críticamente acerca de la circulación del dinero–crédito Tooke y otros autores los obliga a remitirse siempre al punto de vista de cómo se planteara el problema a base de la circulación metal. No debe olvidarse que el dinero metálico puede actuar de dos modos: como medio de compra y como medio de pago. Sin embargo, para simplificar el problema, en este libro II partimos generalmente del supuesto de que sólo funciona en la segunda de estas dos formas.

El proceso de circulación del capital industrial, que sólo representa una parte de su proceso cíclico individual, se halla regido, cuando sólo actúa como un proceso dentro de la circulación general de mercancías, por las leyes generales expuestas más arriba (libro I. Cap. III [ pp. 58 ss.] ) . La misma masa de dinero, 500 libras esterlinas, por ejemplo, va poniendo sucesivamente en circulación más capitales industriales (o capitales individuales, en su forma de capitales–mercancías) cuanto mayor es la velocidad de circulación del dinero es decir, cuanto más rápidamente recorre cada capital individual la serie de sus metamorfosis de mercancías o de dinero. Por tanto, la misma masa de valor de capital  requerirá para su circulación tanto menos dinero cuanto máis funcione éste como medio de pago, cuanto más, por ejemplo en la reposición de un capital–mercancías por sus medios de producción, se límite a pagar simples saldos, y cuanto más cortos sean los plazos de pago, por ejemplo en el pago de salarios. Por otra parte, siempre y cuando que el ritmo de la circulación y todas las demás circunstancias permanezcan invariables, la masa del dinero que debe circular como capital–dinero, se determina por la suma de precios de las mercancías (el precio multiplicado por la masa de mercancías) o, partiendo de la masa y los valores de las mercancías como factores dados, por el valor del mismo dinero.

Pero las leyes de la circulación general de mercancías sólo rigen allí donde el proceso de circulación del capital forma una serie de actos de circulación simples, no donde éstos constituyen etapas funcionalmente determinadas del ciclo de los capitales industriales individuales.

Para poner esto en claro, lo mejor es examinar el proceso de circulación en su conexión ininterrumpida, tal como aparece en las dos formas:

 

                                 M  ––

                    T

 

D –– M  <         ... P  (P’)

       II)   P... M’       ––  D’

                    Mp

 

 

                                 m  ––

d ––  m

 

                                M ––

                    T

 

D –– M  <        ... P... M’

      III)  M’              ––  D’

                    Mp

 

 

                                m ––

d ––  m

 

      Como serie de actos de circulación en general, el proceso de circulación (ya lo consideremos como M – D – M o como D – M D), sólo representa las dos series contrapuestas de metamorfosis de mercancías, cada una de las cuales encierra la metamorfosis opuesta por parte de la mercancía ajena o del dinero ajeno que se contrapone a ella.

M – D por parte del poseedor de mercancías es D – M por parte del comprador; la primera metamorfosis de la mercancía en M – D es la segunda metamorfosis de la mercancía que se presenta como D; y a la inversa, en D – M. Por tanto, lo que se ha dicho acerca del entrelazamiento de la metamorfosis de la mercancía en una fase con la de otra mercancía en otra fase es aplicable a la circulación del capital, siempre y cuando que el capitalista funcione como comprador y vendedor de la mercancía y, por tanto, su dinero como dinero frente a una mercancía ajena o como mercancía frente a un dinero ajeno. Pero este entrelazamiento no es a la par expresión del entrelazamiento de las metamorfosis de los capitales.

En primer lugar, D – M (Mp) puede representar, como hemos visto, un entrelazamiento de las metamorfosis de distintos capitales individuales. Por ejemplo, el capital–mercancías del fabricante de hilados de algodón, o sean los hilados mismos, es sustituido en parte por carbón. Una parte de su capital reviste la forma de dinero y se invierte luego en forma de mercancías, mientras que el capital del productor capitalista de carbón–reviste la forma de mercancías, invirtiéndose, por tanto, en forma de dinero; el mismo acto de circulación representa aquí las metamorfosis contrapuestas de dos capitales industriales (pertenecientes a dos distintas ramas de producción) y, por tanto, el entrelazamiento de las series de metamorfosis de estos capitales. Sin embargo, como hemos visto, el elemento Mp en que se invierte D no necesita ser un capital–necesita haber sido producido por un capitalista. Es siempre, de un lado D – M y del otro M – D, pero no es siempre un entrelazamiento de metamorfosis de capital. Además, D T, la compra de fuerza de trabajo, no es nunca entrelazamiento de metamorfosis de capital, pues la fuerza de trabajo, aunque sea la mercancía del obrero, no se convierte en capital hasta que se vende al capitalista. Por otra parte, en el proceso M' – D’ no es necesario que D’ sea capital–mercancías transformado; puede ser la mercancía fuerza de trabajo convertida en dinero (salario) o un producto creado por un trabajador independiente, por un esclavo, un siervo o una comunidad.

En segundo lugar, tratándose del papel funcionalmente determinado que desempeña cada metamorfosis dentro del proceso de circulación de un capital individual, no rige ni mucho menos la norma de que representa la metamorfosis opuesta correspondiente en el ciclo de otro capital, siempre y cuando que partamos del supuesto de que toda la producción del mercado mundial se desarrolla por causa capitalistas. Por ejemplo, en el ciclo P ,puede ocurrir que el elemento D’ que convierte en dinero el elemento M' sólo sea, por parte del comprador, la realización monetaria de su plusvalía (cuando se trate de mercancías que sean

 artículos de consumo) ; o que en

 

T

D´–M <

 

 

Mp

 

(donde, por tanto, el capital entra acumulado) sólo sea, para el vendedor de Mp, la reposición de su desembolso de capital. Y puede asimismo ocurrir que no entre para nada en su circulación de capital, como sucede cuando deriva hacia su inversión como renta.

Por consiguiente, no son simples entrelazamientos de metamorfosis de la circulación de mercancías, comunes a los actos de la circulación del capital y a los de cualquier otra circulación de mercancías, los que indican cómo se sustituye mutuamente en el proceso circulatorio –tanto con respecto al capital como con respecto a la plusvalía –las distintas partes integrantes del capital global de la sociedad de  los capitales individuales no son más nuestros tantos elemento