El Capital 

 tomo III

Karl Marx

 
 

PREFACIO

 

Por fin logro dar al público el libro III de la obra maestra de Marx, el remate de la parte teórica. Al editar el libro II, en 1885, estaba persuadido de que la edición del III sólo presentaría algunas dificultades técnicas, con excepción de determinados capítulos muy im­portantes. Así ha sido, en efecto; pero entonces no podía formar­me una idea de las dificultades que habían de plantearme precisa­mente estos capítulos, los más importantes de todos, ni de otros obstáculos surgidos posteriormente y que contribuyeron también a retrasar la aparición del libro.

      En primer lugar, lo que más vino a entorpecer mi labor fue una afección bastante larga de la vista, que redujo a un mínimum durante años enteros mi jornada de trabajo y que aún hoy me im­pide, como no sea en casos excepcionales, coger la pluma para escribir con luz artificial. Venían a sumarse a éstos otros trabajos indeclinables: reediciones y traducciones de anteriores trabajos de Marx y míos, con la consiguiente labor de revisión, prólogos, adiciones, no pocas veces imposibles sin nuevos estudios, etc. Sobre todo, la edición inglesa del libro I, de cuyo texto soy yo responsable en segunda instancia y que, por tanto, me ha tomado mucho tiempo. Quien siga un poco de cerca el enorme incremento de la literatura socialista internacional durante los diez años últimos y sobre todo el aumento del número de traducciones de las anteriores obras de Marx y mías comprenderá la razón que me asiste al ale­grarme de que sea tan limitado el número de idiomas en que mí intervención puede ser útil a los traductores y en que, por tanto, tengo el deber de no rehusar mí ayuda para la revisión de sus trabajos.

      Por otra parte, el incremento de la literatura no era sino un síntoma del correspondiente desarrollo del propio movimiento obre­ro internacional. Y éste me imponía también nuevos deberes. Desde los primeros días de nuestra actuación pública había recaído sobre Marx y sobre mí una buena parte del trabajo de relacionar los movimientos nacionales de los socialistas y obreros en los distintos países; este trabajo crecía a medida que iba fortaleciéndose el mo­vimiento en su conjunto. También en este aspecto llevaba Marx la carga principal del trabajo; pero, al morir él, esta labor, cada vez más intensa, vino a pesar sobre mí. Entretanto, se ha convertido en norma, y tiende, afortunadamente, a convertirse cada vez más, el régimen de trato directo entre los distintos partidos obreros na­cionales; a pesar de ello, mi intervención personal en estos asuntos se ve reclamada todavía con mayor frecuencia de lo que yo querría, en gracia a mis trabajos teóricos. Sin embargo, para quien como yo ha actuado durante más de cincuenta años en este movimiento, los trabajos relacionados con él constituyen un deber indeclinable, que reclama ser cumplido puntualmente. En nuestra agitada época, ocurre como en el siglo XVI: en las materias relacionadas con los intereses públicos, sólo existen teóricos puros en el campo de la reac­ción, y eso es lo que explica que estos señores no sean tampoco verdaderos teóricos, sino simples apologistas de esta reacción.

        El hecho de que yo viva en Londres hace que en el invierno estas relaciones de partido se mantengan casi siempre por carta y en el verano, por lo general, personalmente. Esto, y la necesidad de seguir la marcha del movimiento en un número cada vez mayor de países y en una cantidad cada vez más numerosa de órganos de prensa, explica la imposibilidad en que me hallo, de dedicarme a trabajos que no toleran ninguna interrupción fuera de los meses del invierno, principalmente los tres primeros del año. Cuando se tienen ya más de setenta años, las fibras cerebrales de Meynert en que se condensa la capacidad de asociación, trabajan con una lentitud fasti­diosa ya no se vencen tan fácil y tan rápidamente como antes las in­terrupciones en los trabajos teóricos difíciles. Por eso, cuando, por no haber podido terminar completamente el trabajo de un invierno, me veía obligado a reanudarlo al siguiente, era, en gran parte, como si lo emprendiese de nuevo, y esto fue lo que me ocurrió principal­mente con la sección quinta, la más difícil.

       Como el lector podrá ver por los datos que doy a continuación, el trabajo de redacción del libro III ha diferido esencialmente del requerido por el II. Para este libro se contaba con un primer proyecto, que además estaba muy incompleto. Por regla general, los comienzos de cada capítulo estaban redactados con bastante cui­dado y en la mayoría de los casos trabajados desde el punto de vista del estilo. Pero, conforme se avanzaba en la lectura, más esquematizada y llena de lagunas aparecía la redacción, más digre­siones contenía sobre puntos secundarios surgidos en el curso de la investigación para darle ulteriormente su ordenación definitiva, más largos y embrollados se presentaban los períodos, en los que se expresaban pensamientos escritos in statu nascendi. (1) En varios sitios, la escritura y la redacción denotan con harta cla­ridad la manifestación y los progresos graduales de una de aquellas enfermedades debidas al exceso de trabajo que iban entorpeciendo poco a poco la labor creadora de Marx y que, por último, le in­capacitaban por completo para trabajar durante temporadas ente­ras. Nada tenía de extraño. Entre los años de 1863 y 1867, Marx: no sólo había preparado el proyecto de los libros II y III de su obra y terminado el I para la imprenta, sino que, además, había desarrollado la labor gigantesca relacionada con la fundación y el desarrollo de la Asociación Internacional de Trabajadores. Y ya en 1864 y 1865 se presentaron los primeros síntomas de aquellos trastornos de su salud a los que se debe que Marx no pudiese dar, personalmente, los últimos toques a los libros II y III de El Capital

       Mi trabajo comenzó dictando todo el manuscrito a base del original, que hasta para mí resultaba no pocas veces bastante difícil descifrar, para obtener una copia legible, lo que requirió un tiempo considerable. Comenzó entonces el verdadero trabajo de redacción. Mi labor se ha limitado a lo estrictamente indispensable; he pro­curado conservar todo lo posible el carácter del primer proyecto siempre que la claridad lo consentía, sin tachar tampoco las distin­tas repeticiones siempre que aclaren el tema, como suele hacer Marx, en otro aspecto o con otra formulación. Allí donde mis correcciones o adiciones traspasan los límites de la simple labor de redacción, o donde no he tenido más remedio que asimilarme el material de hechos suministrado por Marx, aunque procurando atenerme lo más posible a su espíritu en las conclusiones a que llego, pongo todo el pasaje entre paréntesis cuadrados* y lo señalo con mis iniciales, para distinguirlo. En las notas de pie de página puestas por mí faltan a veces los paréntesis cuadrados, pero es mía la respon­sabilidad de todas aquellas notas al pie, en las cuales figuran las iniciales de mi nombre.

        Como suele ocurrir y es lógico que ocurra en un primer proyecto, aparecen en el manuscrito numerosas referencias a puntos, que más adelante se habrán de desarrollar, sin que la promesa así formulada aparezca cumplida siempre. He creído necesario respetar en todo caso estas referencias, puesto que expresan los propósitos del autor con vistas a una elaboración futura.

        Pasemos ahora al detalle.

        El manuscrito principal sólo podía utilizarse con grandes res­tricciones, en lo tocante a la primera sección. Comienza con los cálculos matemáticos de la relación entre la cuota de plusvalía y la cuota de ganancia (que forman el capítulo III del libro);  en cambio, el tema que constituye nuestro capítulo I aparece tratado en el manuscrito más tarde y de un modo ocasional. Vinieron a ayudarnos en este punto dos esbozos de revisión, de unas ocho páginas en tamaño folio cada una, que tampoco en ellos se con­tiene una redacción muy coherente. Han sido tomadas por mí como base para lo que aquí aparece como capítulo I. El II se basa en el manuscrito principal. Para el III nos encontramos con toda una serie de trabajos matemáticos completos y también con todo un cuaderno, casi completo, procedente de la época del setenta, en que se estudia en forma de ecuaciones la relación entre la cuota de plusvalía y la cuota de ganancia. Mi amigo Samuel Moore, a quien se debe también la mayor parte de la traducción inglesa del libro I, se prestó, preparar para mí este cuaderno, tarea para la que se hallaba mucho mejor preparado que yo, como antiguo matemático de la Universidad de Cambridge. A base de su resumen y teniendo en cuenta a veces el manuscrito principal, se redactó el capítulo III. Para el capítulo IV no se contaba más que con el título. Como el punto tratado en él: “Los efectos de la rotación sobre la cuota de ganancia, tiene una importancia decisiva, lo redacté yo por mi cuenta, razón por la cual todo este capítulo figura en el texto entre paréntesis cuadrados. Al redactar este capítulo resultó que la fórmula que se da en el capítulo III para la cuota de ganancia ne­cesitaba ser sometida a una modificación para regir con carácter general. A partir del capítulo V, el resto de la sección tiene como única fuente el manuscrito principal, aunque también en este punto han sido necesarias muchas transposiciones y adiciones.

       Para las tres secciones siguientes pude atenerme casi exclusiva­mente, salvo lo referente al estilo, al manuscrito original. Algunos  pasajes, relacionados en su mayoría con los efectos de la rotación, hubieron de ser revisados en consonancia con el capítulo IV inter­polado por mí; estos pasajes aparecen también entre paréntesis cua­drados y con mis iniciales.

       La mayor dificultad proviene de la sección quinta, que trata el problema más complicado de todo el libro. Y fue preci­samente al llegar a la exposición de este punto cuando Marx se vio asaltado por uno de aquellos accesos de la grave enfermedad de que hemos hablado más arriba. No teníamos delante, pues, en esta parte de la obra, un proyecto terminado, ni siquiera un esquema cuyos rasgos generales pudieran irse completando, sino simplemente un conato de elaboración del problema, que en más de una ocasión acaba en un montón desordenado de notas, observaciones y documen­taci6n en forma de extractos. Al principio intenté completar esta sección, como en cierto modo había logrado hacer con la primera, por el método de llenar las lagunas y de desarrollar los fragmentos simplemente esbozados, con el fin de obtener sobre poco más o menos todo lo que el autor se había propuesto ofrecer en ella. Tres veces por lo menos lo intenté, habiendo fracasado en todas ellas, y el tiempo que esto me hizo perder fue una de las causas princi­pales del retraso con que sale esta parte de la obra. Por último, me convencí de que por este camino no conseguiría nada. Habría tenido que recorrer la masa verdaderamente enorme de literatura publicada sobre este tema, y al final habría resultado algo que no sería la obra de Marx. No me quedó otro remedio que destruir en cierto modo lo hecho y limitarme a ordenar del mejor modo posible las notas existentes y completarlas con las adiciones más indispensables. Así pude terminar en la primavera de 1893 el tra­bajo principal para esta sección.

       De los capítulos que forman esta sección, los numerados XXI a XXIV aparecían elaborados en lo fundamental. Los capítulos XXV y XXVI exigían una selección de los datos documentales y la incor­poración de materiales que figuraban en otros pasajes. Los capí­tulos XXVII y XXIX podían reproducirse casi íntegramente con arreglo al manuscrito, mientras que el capítulo XXVIII, por el con­trario, requería ser reagrupado de otro modo en ciertos pasajes. Pero la verdadera dificultad comenzaba a partir del capítulo XXX. Desde aquí, se trataba ya de ordenar debidamente no sólo el material de los datos documentales, sino también el razonamiento, interrum­pido a cada paso por frases intercaladas, por digresiones, etc., para reanudarse, a veces de pasada, en otro sitio. Así pudo formarse el capítulo XXX, mediante transposiciones y eliminaciones de pasajes para los que se encontró cabida en otras partes. El capítulo XXXI aparecía redactado ya de un modo más coherente. Pero luego en el manuscrito venía una larga sección titulada “La confusión”, for­mada por toda una serie de extractos de los informes parlamentarios sobre la crisis de 1848 y 1857, en que se recogen y a veces se glosan brevemente y con rasgos humorísticos las declaraciones de veintitrés hombres de negocios y economistas sobre el dinero y el capital, el reflujo del oro, el exceso de especulación, etcétera. En ellas se expresan, ya a través de las preguntas o a través de las respuestas, sobre poco más o menos todas las ideas admitidas en la época acerca de las relaciones entre el dinero y el capital, y la  “confusión” que aquí se revela sobre lo que en el mercado monetario se consideraba como dinero y capital era lo que Marx preten­día exponer crítica y satíricamente. Después de muchos intentos, hube de convencerme de que no era posible elaborar este capítulo; el material, principalmente el glosado por Marx, ha sido utilizado siempre que se ha encontrado lugar adecuado.

         Siguen en un orden bastante completo, los materiales incluidos por mí en el capítulo XXXII, e inmediatamente un nuevo cúmulo de extractos de informes parlamentarios sobre todos los posibles temas tratados en esta sección, mezclados con observaciones más o menos largas del autor. Hacía el final, los extractos y las glosas van concentrándose cada vez más en la dinámica de los metales preciosos y del curso del cambio, para terminar de nuevo con toda una serie de temas adicionales. En cambio, los “Elementos precapita­listas” (capítulo XXXVI) aparecían perfectamente elaborados.

       A base de todos estos materiales, comenzando por “La con­fusión” y en la medida en que no habían sido utilizados en otros pasajes, he reunido los capítulos XXXIII a XXXV. Para ello he tenido necesidad, naturalmente, de poner importantes interpola­ciones para enlazar las ideas. Cuando estas adiciones no tienen un carácter puramente formal, aparecen expresamente señaladas como mías. De este modo conseguí, por fin, incluir en el texto todas las manifestaciones del autor que se referían de un modo o de otro al problema estudiado; sólo dejé a un lado una pequeña parte de los extractos que, o bien se limitaban a repetir cosas ya expuestas en otros sitios, o se referían a puntos sobre los que no se trataba de cerca en el manuscrito.

       La sección sobre la renta del suelo aparecía elaborada de un modo mucho más completo, aunque no ordenada ni mucho menos, como lo revela ya el hecho de que Marx, en el capítulo XLIII (que es, en el manuscrito, el último fragmento de la sección sobre la renta del suelo), considere necesario recapitular brevemente el plan de toda la sección. Cosa tanto más deseable para la labor del editor cuanto que el manuscrito comienza con el capítulo XXXVII al que siguen los capítulos XLV‑XLVII, y sólo luego vienen los  capítulos XXXVIII‑XLIV. Lo que más me dio que hacer fueron los cuadros ilus­trativos de la renta diferencial II y el descubrir que en el capítulo XLIII no se había investigado para nada el tercer caso, aquí tratado, de esta renta diferencial.

       Marx había emprendido en la década del setenta, estudios es­peciales completamente nuevos para esta sección de la renta del suelo. Se había pasado varios años estudiando y extractando en su lengua original los datos estadísticos indispensables sobre la “reforma” de 1861 en Rusia y otras publicaciones sobre la pro­piedad territorial que le fueron suministradas del modo más com­pleto deseable por algunos amigos rusos y que se proponía poner a contribución al elaborar de nuevo esta sección. Dada la variedad de formas que presentan en Rusia tanto la propiedad de la tierra como la explotación del productor agrícola, Rusia habría de desempeñar en la sección sobre la renta del suelo el mismo papel que, en el libro I, jugó Inglaterra en el trabajo asalariado industrial. Desgraciadamente, no le fue dado llevar este plan a ejecución.

      Finalmente, la sección séptima aparecía redactada en su integridad, pero sólo en forma de primer proyecto, cuyos períodos interminables era necesario desdoblar para poder darla a la im­prenta. Del último capítulo sólo existe la primera parte. Marx había proyectado exponer aquí las tres grandes clases de la sociedad capitalista desarrollada: terratenientes, capitalistas y asalariados co­rrespondientes a las tres grandes formas de renta –renta del suelo, ganancia y salario–; la lucha de clases inseparable de su existencia, como el resultado efectivo del período capitalista. Marx solía re­servar estas síntesis finales para la última redacción, poco antes de entregar sus obras a la imprenta y siempre los más nuevos resultados históricos le suministraban, con una regularidad estricta y con la actualidad deseada, los argumentos para sus razonamientos teóricos.

       Las citas y pasajes probatorios son aquí, como lo eran ya en el libro II, mucho menos abundantes que en el I. Las citas del libro I se refieren siempre a las páginas de la 2° y 3°, edición. Cuando el manuscrito se remite a las manifestaciones teóricas de economistas anteriores, se limita casi siempre a indicar el nombre del autor reservando citar el pasaje correspondiente para la re­dacción final. Yo he dejado, naturalmente, la cosa así. Entre los informes parlamentarios, sólo han sido utilizados cuatro, pero éstos bastante copiosamente. Son los siguientes:

      1.  Reports from Committees (de la Cámara de los Comunes), t.VIII, Commercial Distress, t I, parte I, 1847‑48. Minutes of Evidence Cit. así: Commercial Distress 1847‑48.

      2.  Secret Committee of the House of Lords on Commercial Distress 1847. Report printed 1848. Evidence printed 1857. Cit. así: Commercial Distress 1848–57.

      3.  Report: Bank Acts, 1857. Idem 1858. Informes del Co­mité de la Cámara de los Comunes sobre los efectos de las Leyes Bancarias de 1844 y 1845. Con declaraciones de testigos. Cit. así: Bank Acts (a veces también Bank Committee) 1857 o 1858.

       El libro IV –la historia de la teoría de la plusvalía– será abordado por mí tan pronto como me sea materialmente posible.

*

        En el prólogo al libro II de El Capital hube de entenderme con ciertos señores que habían armado un gran griterío porque creían haber descubierto “en Rodbertus la fuente secreta de Marx y un predecesor suyo muy superior a él”. Les brindé allí la posi­bilidad de demostrar “lo que podía dar de sí la economía rodbertiana”, invitándoles a probar “cómo, no ya sin infringir la ley del valor, sino, por el contrarío, a base de ella, puede y debe for­marse una cuota media de ganancia”. Ninguno de aquellos se­ñores que entonces, por razones subjetivas u objetivas y general­mente por causas cualquier cosa menos científicas, ponían por las nubes al buen Rodbertus como un astro económico de primera magnitud, se ha dignado contestar la pregunta que les formulábamos. En cambio, ha habido otros que han considerado que valía la pena ocuparse de este problema.

       En su crítica del tomo II (publicada en Conrads Jahrbücher, XI, 5, 1885, pp. 452‑65), el profesor W. Lexis recoge la pre­gunta, aunque sin querer darle una respuesta directa. Dice: “La solución de aquella contradicción [entre la ley ricardiano–marxista del valor y la cuota media de ganancia igual] es imposible sí se toman aisladamente las distintas clases de mercancías y se sostiene que su valor es igual a su valor de cambio y éste igual o proporcio­nal a su precio”. Sólo es posible, según él, sí se “renuncia para las distintas clases concretas de mercancías a medir el valor por el trabajo y sólo se enfoca la producción de mercancías en conjunto y su distribución entre las clases globales de los capitalistas y los obreros... La clase obrera sólo obtiene una parte del producto global..., la otra parte, correspondiente a la clase capitalista, constituye en sentido marxista el producto sobrante y también, por tanto..., la plusvalía. Ahora bien, los miembros de la clase capitalista se distribuyen entre sí esta plusvalía global no con arreglo al número de obreros que para ellos trabajan, sino en proporción a la magnitud del capital invertido por ellos, incluyéndose también como valor–capital el de la tierra”. Los valores ideales marxistas, determinados por las unidades de trabajo que se contienen en las mercancías, no corresponden a los precios, pero “pueden conside­rarse como el punto de partida de una transposición que conduce a los precios reales. Estos se determinan por el hecho de que ca­pitales iguales exigen ganancias iguales”. Esto hará que algunos capitalistas obtengan por sus mercancías precios más altos que sus valores ideales, mientras que otros obtienen precios más bajos. “Pero como las mermas y los recargos de la plusvalía se compensan recíprocamente en el seno de la clase capitalista, el volumen global de la plusvalía será el mismo que si todos los precios fuesen proporcionales a los valores ideales de las mercancías.”

       Como se ve, aquí no se resuelve ni de lejos el problema, pero si se plantea en conjunto de un modo exacto, aunque un tanto desmadejado y achatado. Es, en realidad, más de lo que podíamos esperar de alguien que, como el autor, se presenta con cierto or­gullo como un “economista vulgar”; es incluso sorprendente, si lo comparamos con los frutos de otros economistas vulgares que más adelante examinaremos. Es cierto que la economía vulgar sustentada por este autor es algo especial. Nos dice que si bien la ganancia del capital puede derivarse por el método de Marx, nada obliga a abrazar esta concepción. Por el contrario. La eco­nomía vulgar ofrece una explicación que es, por lo menos, más plausible: “los vendedores capitalistas, el productor de materias primas, el fabricante, el comerciante al por mayor, el pequeño comerciante, obtienen ganancias en sus negocios vendiendo más caro de lo que compran, es decir, recargando en un cierto tanto por ciento el precio propio de costo de sus mercancías. El obrero es el único que no puede imponer este recargo de valor, pues su des­favorable situación le obliga a vender su trabajo al capitalista por el precio que le cuesta a él mismo, o sea, por el sustento necesa­rio... Pero estos recargos de precio se mantienen íntegramente frente a los obreros asalariados como compradores y determinan la transferencia de una parte del valor de la producción total a la clase capitalista”.

      Ahora bien, no hace falta un gran esfuerzo mental para darse cuenta de que esta explicación de la ganancia capitalista dada por los “economistas vulgares”, conduce prácticamente a los mismos resulta­dos que la teoría marxista de la plusvalía: de que los obreros se en­cuentran según la concepción de Lexis exactamente en la misma “si­tuación desfavorable” que según Marx; de que en ambos casos salen igualmente estafados, puesto que cualquiera que no sea obrero puede vender sus mercancías más caras de lo que valen y el obrero no, y de que sobre la base de esta teoría puede construirse un socialismo vulgar tan plausible, por lo menos, como el que aquí en Inglaterra se ha construido sobre la base de la teoría del valor de uso y de la utilidad–límite de Jevons–Menger. Y hasta llego a sospechar que si el señor George Bernard Shaw conociese esta teoría de la ganancia tendería ambas manos hacía ella, se despediría de Jevons y Karl Menger y reconstruiría sobre esta roca la iglesia fabiana del porvenir.

        En realidad, esta teoría no es sino una transcripción de la de Marx. ¿De dónde salen los medios para costear todos los recargos de los precios? Del “producto global” de los obreros. Para lo cual la mercancía “trabajo” o fuerza de trabajo, como la llama Marx, se vende por menos de su precio. Pues si todas las mercancías tienen como característica común el venderse por más de su costo de producción y de ello se exceptúa únicamente el trabajo, el cual se vende por su precio de producción exclusivamente, ello quiere decir que se vende por menos del precio que constituye la norma en este mundo de la economía vulgar. La ganancia extraordinaria que esto procura al capitalista individual o a la clase capitalista en su conjunto consiste y sólo puede, en última instancia, producirse por el hecho de que el obrero, después de reproducir el sustituto del precio de su trabajo, tiene que crear además una parte del producto por la que no se le paga, el producto sobrante, producto del trabajo no retribuido, la plusvalía. Lexis es un hombre extraordinariamente cauto en la elección de sus palabras. No dice nunca directamente que la concepción que acabamos de exponer sea la suya; suponien­do que lo sea, es claro como la luz del sol que no estamos ante uno de esos economistas vulgares del montón de los que él mismo dice que cada uno de ellos no es, a los ojos de Marx, “en el mejor de los casos, más que un seso hueco sin remedio”, sino ante un marxista disfrazado de economista vulgar. ¿Se trata de un disfraz consciente o inconsciente? Es éste un problema psicológico que aquí no nos interesa. Quien quisiera ahondar en él tendría también que investigar, tal vez, por qué en un determinado momento un hombre tan capaz como indudablemente lo es Lexis pudo salir en defensa de una necedad como el bimetalismo.

         El primero que realmente intentó resolver el problema fue el Dr. Conrad Schmidt, en su obra La cuota media de ganancia, sobre la base de la ley marxista del valor (Stuttgart, Dietz ed., 1889). Schmidt procura poner los detalles de la formación de los precios en el mercado en consonancia tanto con la ley del valor como con la cuota media de ganancia, El producto obtenido por el capitalista industrial le resarce, ante todo, del capital por él desembolsado, y en segundo lugar le entrega un producto sobrante por el que no ha pagado nada. Pero, para poder obtener este producto sobrante tiene que lanzar su capital a la producción, es decir, tiene que em­plear una determinada cantidad de trabajo materializado que le permita apropiarse de este producto sobrante. Para el capitalista es, pues, el capital por él desembolsado la cantidad de trabajo mate­rializado socialmente necesaria para procurarse el producto sobrante. Y lo mismo puede decirse de cualquier otro capitalista industrial. Ahora bien, como con arreglo a la ley del valor, los productos se cambian entre sí en proporción al trabajo socialmente necesario para su producción, y como para el capitalista el trabajo necesario para la creación de su producto sobrante consiste precisamente en el trabajo pretérito acumulado en su capital, llegaremos a la conclusión de que los productos sobrantes se cambian en proporción a los capitales necesarios para su producción y no en proporción al trabajo realmente materializado en ellos. La parte correspondiente a cada unidad de capital será, por tanto, igual a la suma de todas las plusvalías producidas dividida entre la suma de los capitales in­vertidos para producirlas. Según esto, capitales iguales arrojarán en el mismo período de tiempo ganancias iguales, resultado que se obtendrá añadiendo el precio de costo así calculado del producto sobrante al precio de costo del producto pagado, para vender a este precio recargado ambos productos, el pagado y el no retribui­do. De este modo queda establecida la cuota medía de ganancia, sin perjuicio de que los precios medios de las distintas mercancías sean determinados, como entiende Schmidt, por la ley del valor.

         Es una construcción extraordinariamente ingeniosa, cortada en un todo por el patrón hegeliano. Pero comparte con la mayoría de las construcciones hegelianas el destino de ser falsa. Entre el producto sobrante y el producto retribuido no existe ninguna dife­rencia: si la ley del valor ha de regir también directamente para los precios medios, ambos tienen que venderse con arreglo al tra­bajo socialmente necesario para su producción e invertido en ella. La ley del valor va dirigida desde el primer momento contra el criterio procedente del mundo de ideas capitalistas de que el tra­bajo pretérito acumulado en que consiste el capital no es simple­mente una determinada suma de valor creado, sino que es también, como factor de la producción y de la creación de ganancia, creador de valor, fuente de más valor que el que por sí encierra;  la ley del valor sienta el hecho de que esta cualidad sólo corresponde al tra­bajo vivo. Es sabido que los capitalistas esperan obtener ganancias iguales en proporción al volumen de los capitales por ellos emplea­dos y consideran, por tanto, su desembolso de capital como una especie de precio de costo de su ganancia. Pero Schmidt, al valerse de esta idea para poner por medio de ella en consonancia los precios calculados con arreglo a la cuota media de ganancia con la ley del valor, incorpora a esta ley, como factor determinante, una idea que se halla en total contradicción con ella.

       Una de dos: o el trabajo acumulado constituye un factor crea­dor de valor junto al trabajo vivo, en cuyo caso la ley del valor no rige, o no crea valor, y entonces la argumentación de Schmidt es incompatible con la ley del valor.

       Schmidt se desvió del camino derecho cuando estaba ya muy cerca de la solución, por creerse obligado a encontrar una fórmula matemática cualquiera que permitiese demostrar la consonancia exis­tente entre el precio medio de cualquier mercancía suelta y la ley del valor. Pero el hecho de que al llegar aquí, ya muy cerca de la meta, se dejase llevar por derroteros falsos, no obsta para que el resto de su folleto acredite con cuánta inteligencia sabe llegar a conclusiones nuevas, partiendo de los dos primeros libros de El Capital. Le cabe el honor de haber descubierto por su cuenta la explicación acertada para resolver el problema, no resuelto hasta entonces, de la tendencia de la cuota de ganancia a descender, coinci­diendo con la explicación que da Marx en la sección tercera de este libro que ahora ve la luz; y lo mismo por lo que se refiere a la derivación del beneficio comercial partiendo de la plusvalía indus­trial y a toda una serie de observaciones sobre el interés y la renta del suelo, con las que se adelanta a puntos de vista desarrollados por Marx en las secciones cuarta y quinta de este libro III.

        En un trabajo posterior (Neue Zeit, 1892‑93, núms. 3 y 4) intenta Schmidt llegar a la solución del problema por otro camino. Viene a sostener que es la concurrencia la que establece la cuota media de ganancia, al hacer que los capitales invertidos en ramas de producción que arrojan una ganancia inferior a la medía emigren a otras cuya ganancia supera a la normal. La idea de que la con­currencia es la gran niveladora de las ganancias, no es nueva. Lo que ahora intenta Schmidt demostrar es que esta nivelación de las ganancias es idéntica a la reducción del precio de venta de mercan­cías producidas en exceso al tipo de valor que la sociedad, con arreglo a la ley del valor, puede pagar por ellas. Pero tampoco este camino puede conducir a la meta. El porqué se desprende bastante bien de la exposición del propio Marx en este libro III.

        Abordó el problema, después de Schmidt, P. Fireman (en Con­rads Jabrbücher, Tercera Serie [1892], III, p. 793). No he de entrar a examinar las observaciones de este autor sobre otros aspec­tos de la exposición de Marx. No ha sabido comprender que Marx, donde él cree que define, se limita a desarrollar cosas existentes, sin que haya que buscar en él definiciones acabadas y perfectas, vale­deras de una vez para todas. Allí donde las cosas y sus mutuas relaciones no se conciben como algo fijo e inmutable, sino como algo sujeto a mudanza, es lógico que también sus imágenes men­tales, los conceptos, se hallen expuestos a cambios y transformacio­nes, que no se las enmarque en definiciones rígidas, sino que se las desarrolle en su proceso histórico o lógico de formación. Así enfocado el problema, se verá claro por qué Marx, al comienzo del libro I –en que arranca de la producción simple de mercancías como de la premisa histórica de que parte, para luego, arrancando de esta base, arribar al capital–, toma como punto de partida pre­cisamente la simple mercancía y no una forma conceptual e histó­ricamente secundaría, o sea, la mercancía modificada ya por el ca­pitalismo, cosa que Fireman no acierta en absoluto a comprender. Pero dejemos a un lado estas y otras cosas secundarias que podrían servir de base a diversas objeciones, y vayamos por derecho al fondo del problema. Mientras que la teoría le enseña al autor que la plusvalía, partiendo de una cuota de plusvalía dada, es proporcional al número de fuerzas de trabajo empleadas, la ex­periencia le enseña que, partiendo de una cuota media de ganancia dada, la ganancia es proporcional a la magnitud del capital global invertido. Fireman explica esto diciendo que la ganancia es un fenómeno puramente convencional (lo que en él quiere decir: un fenómeno peculiar de una determinada formación social, que de­saparecerá al desaparecer ésta); su existencia se halla vinculada sen­cillamente a la existencia del capital, éste, cuando es lo suficiente­mente fuerte para arrancar una ganancia, se ve obligado por la concurrencia a arrancar una cuota de ganancia igual para todos los capitales. Sin una cuota igual de ganancia no podría concebirse una producción capitalista; partiendo ya del supuesto de esta forma de producción, la masa de ganancia de cada capitalista individual, a base de una cuota de ganancia dada, sólo puede depender del volumen de su capital. Por otra parte, la ganancia consiste en plus­valía, en trabajo no retribuido. ¿Cómo se opera aquí la trans­formación de la plusvalía, cuya magnitud es proporcional a la explo­tación del trabajo, en ganancia, cuyo volumen se ajusta al volumen del capital necesario para obtenerla? “Sencillamente por el hecho de que en todas las ramas de producción en que mayor es la pro­porción entre el... capital constante y el capital variable las mer­cancías se venden por encima de su valor, lo que a su vez significa que en aquellas ramas de producción en que la razón de capital constante a capital variable = c: v es la menor de todas las mer­cancías, se venden por debajo de su valor y solamente se venden por lo que valen en aquellas en que la razón c:v representa una deter­minada magnitud medía... Esta disparidad entre los distintos precios y sus valores respectivos, ¿contradice al principio del valor? En modo alguno, pues el hecho de que los precios de algunas mer­cancías excedan del valor a medida que los de otras caen por debajo de él, no impide que la suma total de los precios sea igual a la suma total de los valores..., con lo que “en última instancia” ­se borra la disparidad. Esta disparidad representa una “perturba­ción”, y “en las ciencias exactas las perturbaciones sujetas a cálculo no suelen considerarse como la negación de una ley”.

           Consúltense, en relación con esto, los pasajes correspondientes de Marx, en el capítulo IX del presente libro, y se advertirá que, en efecto, Fireman ha puesto aquí el dedo en la llaga. Pero, des­pués de este descubrimiento, Fireman necesitaba dar todavía muchos pasos para llegar a la solución total y tangible del problema, como lo demuestra la acogida tan fría que su importante artículo encontró y que no merecía, ciertamente. Muchos eran los que se intere­saban por este problema, pero todos ellos temían quemarse los dedos. Y la explicación de esto no está solamente en la forma incompleta bajo la cual expone Fireman su hallazgo, sino también en los defectos innegables tanto de su modo de concebir la doctrina marxista como de la crítica general que hace de ella, basándose en aquella concepción.

        Donde quiera que se presenta la ocasión de ponerse en ridículo a propósito de algún problema difícil, aparece indefectiblemente el profesor Julius Wolf, de Zurich. Según él (Conrads Jahrbücher, Tercera Serie, II, pp. 352 ss.), todo este problema se resuelve con la plusvalía relativa. La producción de la plusvalía relativa des­cansa en el incremento del capital constante con respecto al varia­ble. “Un aumento de capital constante presupone un aumento de la capacidad productiva de los obreros. Pero como este aumento de capacidad productiva (a través del abaratamiento de los medios de subsistencia) trae consigo un aumento de plusvalía, se establece una relación directa entre la creciente plusvalía y la parte cada vez mayor que representa el capital constante dentro del capital global.

         Mayor capital constante un aumento de la productividad del trabajo. Por tanto, de acuerdo con Marx, sí el capital variable permanece inmóvil y el capital constante aumenta, aumenta necesa­riamente la plusvalía. Es un problema que se nos plantea.”

        No importa que Marx diga, en cien pasajes del libro I de su obra, exactamente lo contrario de esto, no importa que la afirmación de que según Marx la plusvalía relativa aumenta al dis­minuir el capital variable con relación al capital constante sea de un atrevimiento que no puede calificarse en términos académi­cos; el señor Julius Wolf demuestra en todas y cada una de sus líneas que no ha aprendido absoluta ni relativamente lo más mínimo de la plusvalía absoluta ni de la relativa; no importa que él mismo diga: “a primera vista, parece como sí uno se encontrase metido en una red de absurdos”, tesis que, dicho sea de paso, es la única verdad que se contiene en todo su artículo. Todo esto no importa nada. El señor Julius Wolf se siente tan orgulloso de su genial descubrimiento que no puede por menos de cantar loas pós­tumas a Marx por él, atribuyéndole su propio e insondable absurdo y ensalzándolo como “una nueva prueba de la agudeza y la am­plitud de visión con que está trazado su [de Marx] sistema crítico de la economía capitalista”.

       Pero aún hay algo mejor: “Ricardo ha afirmado asimismo –dice el señor Wolf– que a igual desembolso de capital, igual plusvalía (ganancia) y a igual inversión de trabajo, igual plusvalía (en cuanto a la masa) . El problema estaba en saber cómo podía ponerse lo uno en consonancia con lo otro. Pero Marx no reconoció nunca el problema bajo esta forma. Marx ha demostrado induda­blemente (en el tercer tomo) que la segunda afirmación no se deriva incondicionalmente de la ley del valor, sino que, lejos de ello, contradice a su ley del valor, debiendo por tanto... des­echarse abiertamente.” Y enseguida pasa a investigar cuál de nos­otros dos se ha equivocado, sí Marx o yo. No admite, natural­mente, la posibilidad de que es él mismo el que se equivoca.

            Sería ofender a mis lectores y desconocer totalmente la comicidad de esta situación sí malgastase ni una sola palabra acerca de este esplendoroso pasaje. Sólo añadiré lo siguiente: con la misma audacia con que este autor pudo ya decir por aquel entonces: lo que “Marx ha demostrado indudablemente en el tomo III”, apro­vecha la ocasión para echar a rodar un supuesto chisme profesoral según el cual la obra de Conrad Schmidt a que nos hemos referido más arriba ha sido “directamente inspirada por Engels”. ¡Señor Julius Wolf! Es posible que en el mundo en que usted vive y labora sea corriente que el hombre que plantea públicamente un problema a los demás apuntes en secreto a sus amigos íntimos la solución. No quiero poner en duda la capacidad de usted para cosas como esta. Pero en el mundo en que yo me muevo no se necesita descender a miserias de ese tipo. Y creo que el prólogo que estoy escribiendo es una buena prueba de ello.

         Apenas murió Marx, apareció en la Nuova Antología (abril de 1883) un artículo del señor Achille Loria acerca de él: el artículo es, primero, una biografía repleta de datos falsos, y luego una crítica de las actividades públicas, políticas y literarias de Marx. La concepción materialista de la historia sostenida por Marx es falseada y tergiversada aquí de un modo muy concienzudo, que delataba una gran finalidad. Hoy, la finalidad perseguida está ya clara. En 1886, publicó el mismo señor Loria un libro titulado La teoría económica della costituzione política, en el que proclama ante el mundo asombrado, como un descubrimiento propio, aque­lla teoría marxista de la historia desfigurada por él en 1883 de un modo tan completo y tan deliberado. Es cierto que la teoría de Marx queda reducida aquí a un nivel bastante pobre y que los casos y ejemplos históricos aducidos por el señor Loria en apoyo de sus doctrinas abundan en deslices que no se perdonarían a un alumno de cuarto año de Instituto, pero ¿qué importa todo eso? Lo importante es que el descubrimiento según el cual las situaciones y los acontecimientos políticos encuentran siempre y por todas partes su explicación en las correspondientes situaciones económicas, no fue hecho, ni mucho menos, según demuestra la obra que comentamos, por Marx en 1845, sino por el señor, Loria en 1886. Por lo menos, así lo ha hecho creer a sus compatriotas y también a algunos franceses, ya que su libro vio también la luz en Francia, lo que le permite pavonearse ahora en Italia como el autor de una nueva y trascendental teoría sobre la historia, hasta que los socialistas italianos encuentren el tiempo necesario para des­pojar al illustre Loria de las plumas de pavo real robadas con que se adorna.

        Pero esto no es más que un pequeño botón de muestra de las maneras del señor Loria. Nos asegura que todas las teorías de Marx descansan sobre un sofisma consciente (un consaputo sofisma), que Marx no rehuye los paralogismos aun a sabiendas de que lo son (sapendoli tali), etc. Y después de toda una serie de san­deces por el estilo, encaminadas a hacer creer a sus lectores que Marx es un arribista como un Loria cualquiera que busca conseguir sus efectillos por medio de las mismas trampas de nuestro profesor paduano, ya puede revelarles un importante secreto, con lo cual nos lleva de nuevo al problema de la cuota de ganancia.

       El señor Loria dice: según Marx, la masa de plusvalía (que el señor Loria identifica aquí con la ganancia) producida en una empresa industrial capitalista debe ajustarse al capital variable em­pleado en ella, ya que el capital constante no arroja ganancia al­guna. Pero esto choca con la realidad, pues en la práctica la ga­nancia no se ajusta al capital variable solamente, sino al capital en su conjunto. El propio Marx se da cuenta de esto (I, capítulo XI) y reconoce que en apariencia los hechos se hallan en contradicción con su teoría. Pero, ¿cómo resuelve él esta contradicción? Remitiendo a sus lectores a un tomo de su obra que aún no ha aparecido. Refiriéndose a este tomo, ya Loria se había adelantado a decir a sus lectores, hace algún tiempo, que no creía que Marx hubiese pensado ni por un momento en escribirlo. Pues bien, ahora exclama con aire de triunfo: “no me equivocaba yo, pues, al afirmar que este segundo tomo con que Marx no cesaba de ame­nazar a sus contradictores sin que jamás apareciese no era tal vez más que un recurso ingenioso empleado por Marx a falta de argumentos científicos (un ingegnoso spediente ideato dal Marx a sostituzione degli argomenti scientifici)”. Quien, después de leer esto, no quede convencido de que Marx es un estafador científico digno de codearse con l’illustre Loria, no tiene enmienda.

        Sabemos, pues, que según el señor Loria la teoría marxista de la plusvalía es absolutamente incompatible con el hecho de la cuota general igual de ganancia. Por fin, vio la luz el segundo tomo y en él la pregunta públicamente formulada por mí sobre este punto concreto, precisamente. Si el señor Loria fuese uno de nuestros tí­midos alemanes, se sentiría un poco perplejo. Pero él es un des­carado meridional, procedente de un clima cálido, en que la imper­turbabilidad es, como él mismo podría decir, una condición en cierto modo natural. El problema de la cuota de ganancia ha quedado públicamente planteado. El señor Loria lo había declarado públi­camente insoluble. Y he aquí que ahora se supera a sí mismo re­solviéndolo públicamente.

      Esta maravilla se opera en los Conrads Jabrbücher, Nueva Serie, t. XX, pp. 272 ss., en un artículo sobre la obra de Conrad Schmidt citada más arriba. Después de haber aprendido en Schmidt cómo se produce la ganancia comercial, todo lo ve claro de pronto. “Ahora bien, como la determinación del valor por el tiempo de trabajo supone una ventaja para los capitalistas que invierten en salarios una parte mayor de su capital, el capital improductivo [debería decir comercial] de estos capitalistas privilegiados debe conseguir un in­terés [debería decir ganancia] más alto y traducirse en la igualdad entre los distintos capitalistas industriales. Así, si por ejemplo los capitalistas industriales A, B y C emplean 100 jornadas de tra­bajo cada uno, invierten en la producción 0, 100 y 200 de capital constante y el salario de 100 jornadas de trabajo contiene 50 jor­nadas de trabajo, cada capitalista obtendrá una plusvalía de 50 jornadas de trabajo y la cuota de ganancia es del 100% para el primero, del 33,3 % para el segundo y del 20% para el tercero. Pero si viene un cuarto capitalista, D, que acumula un capital im­productivo de 300 que reclama de un A interés [una ganancia] con un valor de 40 jornadas de trabajo y de B con un valor de 20 jornadas de trabajo, la cuota de ganancia de los capitalistas A y B descenderá al 20% como la de C, y D obtendrá, con un ca­pital de 300, una ganancia de 60, es decir, una cuota de ganancia del 20 %, igual que los demás capitalistas.”

         Véase, pues, con qué sorprendente destreza, en un abrir y cerrar de ojos, resuelve el illustre Loria el mismo problema que hace diez años había declarado insoluble. Desgraciadamente, no nos revela el secreto de qué es lo que permite al “capital improductivo” no sólo arrancar a los industriales esta ganancia extraordinaria que rebasa los límites de la cuota de ganancia medía, sino además quedarse con ella, exactamente lo mismo que el terrateniente se queda con la parte que rebasa la ganancia normal del arrendatario, en concepto de renta del suelo. En realidad, los comerciantes percibirían, según esto, de los industriales, un tributo absolutamente análogo a la ren­ta del suelo, instaurando así la cuota media de ganancia. Induda­blemente, el capital comercial constituye, como todo el mundo sabe, sobre poco más o menos, un factor muy esencial en la instauración de la cuota general de ganancia. Pero sólo un aventurero literario a quien en el fondo de su alma se le da una higa de toda la eco­nomía puede permitirse afirmar que posee la fuerza mágica de absor­ber toda la plusvalía que exceda de la cuota general de ganancia, y además antes de que ésta se halle establecida, convirtiendo el so­brante en renta del suelo para sí mismo, sin necesidad de que medie ninguna clase de propiedad territorial. No menos asombrosa es la afirmación de que el capital comercial logra descubrir aquellos in­dustriales cuya plusvalía no hace más que cubrir exactamente la cuota de ganancia media y se atribuye como un honor el mitigar en cierto modo la suerte de estas desgraciadas víctimas de la ley marxista del valor, al venderles sus productos gratis e incluso sin la menor provisión de fondos. Hace falta ser un prestidigitador consumado para imaginarse que Marx necesita recurrir a artes tan lamentables.

       Pero cuando el illustre Loria brilla en todo su esplendor es al compararlo con sus competidores nórdicos, con el señor Julius Wolf por ejemplo, aunque tampoco éste es un recién llegado. ¡Qué poquita cosa nos parece este autor, al lado del italiano, a pesar de su libro tan gordo sobre El socialismo y el orden social capitalista! ¡Cuán torpe, y hasta casi me atrevería a decir que cuán modesto, aparece el señor Wolf, comparado con el noble desenfado con que el maestro proclama como la evidencia misma que Marx, ni más ni menos que otros autores, era un sofista, un paralogista, un fanfarrón y un charlatán tan grande como el propio señor Loria y que no tiene inconveniente en engañar al público, diciéndole que dará remate a su teoría en un tomo posterior, el cual sabe muy bien que no puede ni quiere publicar. Un descaro sólo comparable a la suavidad de anguila con que se desliza a través de las situaciones imposibles, un desprecio verdaderamente heroico a los puntapiés recibidos, una rapidez vertiginosa para apropiarse los frutos del trabajo ajeno, un estrépito imponente de charlatán para la reclame, una hábil organización de la fama por medio del truco de la ca­maradería: ¿quién podría ponerle el pie delante, en todas estas artes?

        Italia es el país del clasicismo. Desde aquella época grande en que se encendió en Italia la antorcha del mundo moderno, este país ha producido una serie de caracteres grandiosos con una per­fección clásica insuperable, desde el Dante hasta Garibaldi. Pero también la época de la humillación y la dominación extranjera ha dejado allí como recuerdo caracteres clásicos, entre los que figu­ran dos tipos bien definidos: el de Sganarell y el de Dulcamara. La unidad clásica de estos dos personajes la vemos plasmada hoy en nuestro illustre Loria.

       Para terminar, he de llevar a mis lectores al otro lado del océa­no. En Nueva York hay un médico, el Dr. George C. Stiebeling, que ha encontrado otra solución del problema, por cierto extraor­dinariamente simple. Tan simple, que nadie ha querido aceptarla, ni de este ni de aquel lado del mar, lo cual ha provocado la in­dignación de nuestro médico, quien en una serie interminable de folletos y artículos de revistas publicados en ambos continentes, clama del modo mas amargo contra esta injusticia. Es cierto que en la Neue Zeit se le ha dicho que toda su solución está basada en un error de cálculo. Pero este reparo no podía convencer a nuestro hombre: también Marx cometió errores de cálculo y a pesar de ello tiene razón en lo fundamental. Veamos, pues, en qué consiste la solución del Dr. Stiebeling.

      Supongamos que existen dos fábricas que trabajen al mismo tiempo y con el mismo capital, pero con una proporción distinta de capital constante y variable. Supongamos que el capital global (c + v) sea = y llamando x a la diferencia existente en cuanto a la proporción entre el capital constante y el variable. En la fábrica I, y = c + v; en la fábrica II, y = (c ‑ x) + (v + x). La cuota de plusvalía en la fábrica I será, por tanto,

         p

  =––––––

        v

y en la fábrica II

        p

  =–––––.

     v + x

Llamo ganancia (g) a la plusvalía total (p) que viene a incrementar en un período de tiempo dado el capital global y o c + v; por tanto, g = p. La cuota de ganancia será, por tanto en la fábrica I

        g              p

=––––––  o ––––––

       y           c + v

y en la fábrica II también

     g                         p

–––––– o  –––––––––––––––,

    y            (c – x) + (v + x)

es decir, también

       p

=–––––.

   c + v

El... problema se resuelve, pues, de tal modo que a base de la ley del valor, empleando el mismo capital y el mismo tiempo, pero con masas desiguales de trabajo vivo, cuotas distintas de plusvalía dan una cuota media igual de ganancia (G. C. Stiebeling, La ley del valor y la cuota de ganancia, Nueva York, John Heinrich).

        Aun a riesgo de echar a perder un cálculo tan hermoso y tan claro, no tenemos más remedio que dirigir al Dr. Stiebeling una pregunta: ¿por qué sabe que la suma de la plusvalía producida por la fábrica I es exactamente igual a la suma de la plusvalía produ­cida por la fábrica II? Cuando habla de c, v, y, x, es decir, de todos los demás factores que entran en el cálculo, nos dice expre­samente que son iguales para ambas fábricas, pero de p no dice una palabra. Y del simple hecho de que indique las dos cantidades de plusvalía con el signo algebraico p, no se deduce, ni mucho menos, que sean iguales. Cuando el Dr. Stiebeling identifica bue­namente la ganancia g con la plusvalía, da por sentado precisamente lo que se trata de demostrar. Ahora bien, aquí sólo pueden darse dos casos: o bien las dos cantidades p son iguales, es decir, ambas fábricas producen la misma cantidad de plusvalía y, por tanto, si los capitales empleados son iguales, la misma cantidad de ganan­cia, en cuyo caso el Dr. Stiebeling da por supuesto ya de antema­no lo que trata de demostrar. O bien una de las dos fábricas produce una cantidad mayor de plusvalía que la otra, y entonces todo su cálculo se viene a tierra.

       El Dr. Stiebeling no ha escatimado esfuerzo ni gasto para levantar sobre este error inicial de cálculo montañas enteras de cál­culos, exhibiéndolos ante el público. Puedo asegurarles, por si ello sirviera para su tranquilidad, que casi todos estos cálculos son igual­mente erróneos y que allí donde excepcionalmente no lo son prueban precisamente todo lo contrario de lo que se proponen demostrar.

 

      Así, por ejemplo, la comparación entre los censos norteamericanos de 1870 y 1880 le indica el descenso de la cuota de ganancia, a pesar de lo cual reputa este hecho totalmente falso y cree deber corregir, basándose en la práctica, la teoría marxista de una cuota de ganancia estable, igual siempre a sí misma. Pues bien, de la sección tercera de este libro III que ahora se publica se deduce pre­cisamente que esta “la cuota fija de ganancia” atribuida a Marx es una pura entelequia, y que la tendencia al descenso de la cuota de ganancia obedece a causas diametralmente opuesta a las indicadas por el Dr. Stiebeling. No dudamos que el Dr. Stiebeling obra mo­vido por excelentes intenciones, pero cuando se quieren tratar problemas científicos, hay que aprender ante todo a leer las obras que se pretende utilizar tal y como el autor las ha escrito, y sobre todo sin atribuirles cosas que en ellas no figuran.

         Resultado de toda esta investigación: en lo que al problema planteado se refiere, sólo la escuela marxista ha aportado resultados positivos. Fireman y Conrad Schmidt podrán, cada cual por su lado, sentirse muy satisfechos de sus propios trabajos.

 

                                                                                         F. ENGELS

                       Londres, 4 de octubre de 1894.  

 

 

 

* En esta edición, siempre entre paréntesis redondos (Ed.).


 

SECCIÓN PRIMERA

 

LA TRANSFORMACIÓN DE LA PLUSVALÍA EN GANANCIA Y DE LA CUOTA DE PLUSVALÍA EN CUOTA DE GANANCIA

 

CAPÍTULO I

 

COSTO DE PRODUCCIÓN Y GANANCIA

 

En el libro I se investigaron los fenómenos que ofrece el proceso de producción capitalista considerado de por sí, como proceso directo de producción, prescindiendo por el momento de todas las influencias secundarias provenientes de causas extrañas a él. Pero este proceso directo de producción no llena toda la órbita de vida del capital. En el mundo de la realidad aparece completado por el proceso de circulación, sobre el que versaron las investigaciones del libro II. En esta parte de la obra, sobre todo en la sección tercera, al examinar el proceso de circulación, como mediador del proceso social de reproducción, veíamos que el proceso de la producción capitalista considerado en su conjunto representa la unidad del proceso de producción y del proceso de circulación. Aquí, en el libro III, no se trata de formular reflexiones generales acerca de esta unidad, sino, por el contrarío, de descubrir y exponer las formas concretas que brotan del proceso de movimiento del capital considerado como un todo. En su movimiento real, los capitales se enfrentan bajo estas formas concretas, en las que tanto el perfil del capital en el proceso directo de producción como su perfil en el proceso de circulación no son más que momentos específicos y determinados. Las manifestaciones del capital, tal como se desarrollan en este libro, van acercándose, pues, gradualmente a la forma bajo la que se presentan en la superficie misma de la sociedad a través de la acción mutua de los diversos capitales, a través de la concurrencia, y tal como se reflejan en la conciencia habitual de los agentes de la producción.

El valor de toda mercancía producida por métodos capitalistas, M, se expresa en esta fórmula: M = c + v + p. Si descontamos del valor del producto la plusvalía p, obtendremos un simple equivalente o valor de reposición en forma de mercancía, destinada a resarcir el valor–capital desembolsado en los elementos de producción c + v.

Si la fabricación de un determinado artículo supone, por ejemplo, una inversión de capital de 500 libras esterlinas, así distribuidas: 20 libras para desgaste de medios de trabajo, 380 libras para materiales de producción y 100 libras para fuerza de trabajo, y suponemos que la cuota de plusvalía es del 100 %, obtendremos que el valor del producto = 400c + 100v + 100p = 600 libras esterlinas.

Descontando las 100 libras esterlinas de plusvalía, queda un valor–mercancía de 500 libras, que se limita a reponer el capital de 500 libras, desembolsado. Esta parte de valor de la mercancía, que repone el precio de los medios de producción consumidos y de la fuerza de trabajo empleada, no hace más que reponer lo que la mercancía ha costado al capitalista y representa, por tanto, para él, el precio de costo de la mercancía.

Claro está que una cosa es lo que la mercancía cuesta al capitalista y otra cosa lo que cuesta el producir la mercancía. La parte del valor de la mercancía formada por la plusvalía no le cuesta nada al capitalista, precisamente porque es al obrero a quien cuesta trabajo no retribuido. Sin embargo, como dentro de la producción capitalista, el propio obrero, una vez que entra en el proceso de producción, pasa a ser por sí mismo un ingrediente del capital productivo en funciones y perteneciente al capitalista y éste, por tanto, el verdadero productor de mercancías, es natural que se considere como el precio de costo de la mercancía lo que para él es el precio de costo. Llamando al precio de costo pc, la fórmula M = c + v + p se convertirá así en la fórmula M = pc + p, o lo que es lo mismo, el valor de la mercancía = al precio de costo + la plusvalía.

La agrupación de las distintas partes de valor de la mercancía que se limitan a reponer el valor–capital invertido en su producción bajo la categoría del precio de costo expresa, por tanto, el carácter específico de la producción capitalista. El costo capitalista de la mercancía se mide por la inversión de capital; el costo real de la mercancía, por la inversión de trabajo. El precio de costo capitalista de la mercancía difiere, por tanto, cuantitativamente, de su valor, de su precio de costo real; es menor que el valor de la mercancía, pues si M = pc + p, pc = Mp. Esto por una parte. Por otra, el precio de costo de la mercancía no es, ni mucho menos, una rúbrica exclusiva de la contabilidad capitalista, la sustantivación de esta parte del valor se impone prácticamente en todo proceso de producción efectiva de mercancías, pues el proceso de circulación se encarga de hacer revertir constantemente la forma de mercancía que presenta esa parte del valor a la forma de capital productivo, por donde el precio de costo de la mercancía tiene que rescatar constantemente los elementos de producción consumidos para producirla.

En cambio, la categoría del precio de costo no tiene absolutamente nada que ver con la creación del valor de la mercancía ni con el proceso de valorización del capital. Sí sé que 5/6 del valor de la mercancía, de 600 libras esterlinas, o sean, 500 libras, sólo representan un equivalente, el valor destinado a reponer el capital de 500 libras esterlinas desembolsado, y sólo alcanzan, por tanto, para reponer los elementos materiales de este capital, esto no me dirá cómo se han producido estos 5/6 del valor de la mercancía que constituyen su precio de costo, ni la sexta parte restante, que representa su plusvalía. Sin embargo, la investigación demostrará que, en la economía capitalista, el precio de costo reviste la falsa apariencia de una categoría propia de la producción mundial.

Pero volvamos a nuestro ejemplo. Supongamos que el valor producido por un obrero en una jornada social media de trabajo represente una suma de dinero de 6 chelines = 6 marcos. En este caso, el capital desembolsado de 500 libras esterlinas [10,000 chelines] = 400c + 100v, será el producto de valor de 1,666 2/3 jornadas de trabajo de diez horas, de las cuales 1,333 1/3 jornadas de trabajo se plasmarán en el valor de los medios de producción = 400c y 333 1/3 en el valor de la fuerza de trabajo = 1 00v. Por tanto, partiendo de la cuota de plusvalía del 100 % que se da por supuesta, la producción de la mercancía que se trata de crear costará una inversión de fuerza de trabajo = 100v + 100p = 666 2/3 jornadas de trabajo de diez horas.

Sabemos, además (véase libro I, cap. VII, p. 172) que el valor del producto nuevamente formado de 600 libras esterlinas, se halla integrado por dos partes: 1º por el valor del capital constante de 400 libras esterlinas invertido en medios de producción y que reaparece en el producto; 2º por un valor de 200 libras esterlinas nuevamente producido. El precio de costo de la mercancía = 500 libras esterlinas, incluye las 400c que reaparecen y la mitad del valor de 200 libras esterlinas nuevamente producidas (= 100v), o sean, dos elementos del valor de las mercancías completamente distintos en cuanto a su origen.

Gracias al carácter útil y adecuado a un fin del trabajo invertido durante las 666 2/3 jornadas de diez horas, el valor de los medios de producción consumidos (o sean 400 libras esterlinas) se transfiere de estos medios de producción. al producto. Por tanto, este valor antiguo reaparece como parte integrante del valor producto, pero no nace en el proceso de producción de esta mercancía. Si existe ahora como parte integrante de la mercancía es, pura y simplemente, porque ya existía antes como parte integrante del capital desembolsado. Por consiguiente, el capital constante desembolsado es repuesto por la parte del valor de la mercancía que él mismo añade al valor de ésta. Este elemento del precio de costo tiene, pues, un doble sentido: por una parte, entra en el precio de costo de la mercancía por ser parte integrante del valor de la mercancía que repone el capital desembolsado: por otra parte, sólo forma parte integrante del valor de la mercancía por representar el valor del capital desembolsado, o porque los medios de producción cuestan tanto o cuánto.

Todo lo contrario de lo que ocurre con la otra parte integrante del precio de costo. Las 666 2/3 jornadas de trabajo invertidas durante la producción de mercancías crean un valor nuevo de 200 libras esterlinas. Una parte de este valor nuevo se limita a reponer el capital variable desembolsado de 100 libras esterlinas, o sea, el precio de la fuerza de trabajo empleada. Pero este valor–capital desembolsado no entra en modo alguno en la formación del valor nuevo. Dentro del desembolso de capital la fuerza de trabajo cuenta como valor, pero dentro del proceso de producción funciona como creadora de valor. El valor de la fuerza de trabajo que figura dentro del capital desembolsado cede su puesto, dentro del capital productivo en proceso real y efectivo de funcionamiento, a la misma fuerza de trabajo viva, creadora de valor.

La diferencia entre estas distintas partes integrantes del valor de las mercancías que forman en conjunto el precio de costo salta a la vista tan pronto como se presenta un cambio en cuanto a la magnitud del valor del capital constante desembolsado en un caso, y en otro del capital variable invertido. Supongamos que el precio de los mismos medios de producción o el capital constante aumente de 400 libras a 600 o disminuya, por el contrarío, a 200 libras. En el primer caso, no sólo aumentará el precio de costo de la mercancía de 500 libras a 600c + 100v == 700, sino que el mismo valor de la mercancía aumentará de 600 libras a 600c + 100v + 100p = 800 libras. En el segundo caso, no sólo disminuirá el precio de costo de 500 libras a 200c + 100v = 300 libras, sino que disminuirá también el mismo valor de la mercancía de 5,600 libras a 200c + 100v + 100p = 400 libras. Como el capital constante desembolsado transfiere al producto su propio valor, el valor del producto, en igualdad de circunstancias, aumenta o disminuye a la par con la magnitud absoluta de aquel valor–capital. Supongamos, por el contrario, en igualdad de circunstancias, que el precio de la misma masa de fuerza de trabajo aumente de 100 libras a 150 o, por el contrario, que disminuya a 50. Es indudable que en el primer caso el precio de costo aumentará de 500 libras a 400c + 150v = 550 libras esterlinas, y que en segundo caso disminuirá de 500 libras a 400c + 50v = 450 libras, pero el valor de las mercancías permanecerá invariable en ambos casos = 600 libras; la fórmula, en el primer caso, será == 400c + 150v + 50p; el, segundo = 400c + 50v + 150p. El capital variable desembolsado no añade al producto su propio valor. Su valor es sustituido más bien en el producto, por otro valor nuevo creado por el trabajo. Por consiguiente, los cambios que se produzcan en la magnitud absoluta de valor del capital variable, siempre y cuando que sólo expresen cambios en cuanto al precio de la fuerza de trabajo, no afectan en lo más mínimo a la magnitud absoluta del valor de las mercancías, puesto que no alteran para nada la magnitud absoluta del valor nuevo creado por la fuerza de trabajo en acción. Estos cambios sólo afectan a la proporción de magnitudes entre las dos partes integrantes del valor nuevo, una de las cuales representa la plusvalía y la otra repone el capital variable, entrando, por tanto, en el precio de costo de la mercancía.

Lo único común a las dos partes integrantes del precio de costo, en nuestro caso 400c + 100v, es, simplemente, que ambas son partes del valor de la mercancía que reponen capital desembolsado.

Sin embargo, los verdaderos términos del problema, que son éstos, aparecen necesariamente invertidos cuando se los enfoca desde el punto de vista de la producción capitalista.

El régimen capitalista de producción se distingue del régimen de producción basado en la esclavitud, entre otras cosas, en que en él el valor o precio de la fuerza de trabajo se presenta como el valor o precio del trabajo mismo, o sea, como el salario (libro I, cap. XVII, p. 486). La parte variable del desembolso de capital se presenta, por tanto, como capital desembolsado en salarios, como un valor–capital que paga el valor o el precio de todo el trabajo invertido en la producción. Supongamos, por ejemplo, que una jornada social media de trabajo de diez horas se materialice en una masa de dinero de 6 chelines: en este caso, el desembolso de capital variable de 100 libras esterlinas será la expresión en dinero de un valor producido en 333 1/3 jornadas de trabajo de diez horas. Pero este valor de la fuerza de trabajo comprada que figura en el desembolso de capital no forma parte del capital puesto real mente en funciones. En el proceso de producción, es la fuerza viva de trabajo la que ocupa su lugar. Si el grado de explotación de ésta es, como ocurre en nuestro ejemplo, el 100%, se gastará en 666 2//3 jornadas de trabajo de diez horas y añadirá, por tanto, al producto un valor nuevo de 200 libras esterlinas. Pero en el desembolso de capital, el capital variable de 100 libras esterlinas figura como capital invertido en salarios o como precio del trabajo ejecutado durante 666 2/3 días, a razón de diez horas diarias. Dividiendo 100 libras esterlinas entre 666 2/3 obtenemos como precio de la jornada de trabajo de diez horas la cifra de 3 chelines, producto del valor de cinco horas de trabajo.

Comparando ahora el capital desembolsado por una parte, y por otra el valor de la mercancía, llegamos al siguiente resultado:

I. Desembolso de capital de 500 libras esterlinas = 400 libras esterlinas de capital invertido en medios de producción (precio de los medios de producción) + 100 libras esterlinas de capital invertido en trabajo (precio de 666 2/3 jornadas de trabajo o de los salarios correspondientes).

II. Valor mercancías de 600 libras esterlinas = precio de costo de 500 libras esterlinas (400 libras esterlinas, precio de los medios de producción invertidos + 100 libras esterlinas, precio de las 666 2/3 jornadas de trabajo empleadas) + 100 libras esterlinas de plusvalía.

En esta fórmula, la parte de capital invertida en trabajo sólo se distingue de la parte de capital invertida en medios de producción, en algodón o en carbón, por ejemplo, por el hecho de que se destina a pagar un elemento de producción materialmente distinto, pero no, ni mucho menos, porque, desempeñe un papel funcionalmente distinto en el proceso de creación de valor de la mercancía y también, por tanto, en el proceso de valorización del capital. El precio de los medios de producción reaparece en el precio de costo de la mercancía tal y como figuraba ya en el capital desembolsado, y reaparece precisamente por el empleo útil y adecuado a un fin que se da a estos medios de producción. Del mismo modo reaparece en el precio de costo de la mercancía el precio o salario de las 666 2/3 jornadas de trabajo invertidas en su producción, y por la misma razón exactamente, porque esta masa de trabajo se invierte en una forma útil y adecuada a un fin. Aquí sólo vemos valores existentes, acabados –las partes de valor del capital desembolsado que entran en la formación del producto de valor–, pero no un elemento creador de valor nuevo. La diferencia entre el capital constante y el variable ha desaparecido. El costo de producción global de 500 libras esterlinas tiene ahora la doble significación siguiente: primero, es la parte del valor–mercancía de 600 1. st. que reemplaza al capital de 500 libras gastado en la producción de la mercancía: segundo: este elemento del valor–mercancía existe, a su vez, sólo porque existía antes como costo de producción de los elementos de producción utilizados –medios de producción y trabajo–, es decir en tanto que desembolso de capital. El valor–capital reaparece como costo de producción de la mercancía porque ella ha sido gastada como valor–capital, y en la medida que lo fuera.

El hecho de que las distintas partes integrantes de valor del capital desembolsado se inviertan en elementos de producción materialmente distintos, en medios de trabajo, materias primas y auxiliares y trabajo, quiere decir, simplemente, que el precio de costo de la mercancía debe volver a comprar estos elementos de producción materialmente distintos. Pero en lo que se refiere a la formación del precio de costo, sólo se acusa en este punto una diferencia: la que media entre el capital fijo y el capital circulante. En nuestro ejemplo, se calculaban 20 libras esterlinas para desgaste de los medios de trabajo (400c = 20 libras esterlinas para desgaste de los medios de trabajo + 380 libras para materiales de producción). Si el valor de estos medios de trabajo antes de la producción de la mercancía era = 1,200 libras esterlinas, este valor existe después de su producción bajo dos formas distintas: 20 libras esterlinas como parte del valor–mercancías y 1,200–20, o sean, 1,180 libras como valor restante de los medios de trabajo que siguen, al igual que antes, en posesión del capitalista, o como elemento de valor no de su capital–mercancía, sino de su capital productivo. A diferencia de lo que ocurre con los medios de trabajo, los materiales de producción y los salarios se invierten totalmente en la producción de la mercancía, por cuya razón su valor se transfiere también íntegramente al valor de la mercancía producida. Ya hemos visto cómo estas distintas partes integrantes del capital desembolsado mantienen con respecto a la rotación sus formas de capital fijo y circulante.

El desembolso de capital es, por tanto, = 1,680 libras esterlinas: capital fijo = 1,200 libras esterlinas más capital circulante = 480 libras (= 380 libras en materiales de producción más 100 libras en salarios).

En cambio, el precio de costo de la mercancía sólo es = 500 libras esterlinas (20 libras por desgaste del capital fijo más 480 libras de capital circulante).

Sin embargo, esta diferencia entre el precio de costo de la mercancía y el desembolso de capital sólo viene a confirmar una cosa, a saber: que el precio de costo de la mercancía se halla formado exclusivamente por el capital realmente invertido en su producción.

En la producción de la mercancía se invierten medios de trabajo por valor de 1,200 libras esterlinas, y de este valor–capital invertido sólo se pierden en la producción 20 libras esterlinas. Por tanto, el capital fijo empleado sólo entra parcialmente en su producción. En cambio, el capital circulante empleado entra íntegramente en el precio de costo de la mercancía, pues se invierte íntegramente en su producción. ¿Y qué prueba esto sino que el capital fijo y circulante consumidos entran por igual en el precio de costo de la mercancía en proporción a la magnitud de su valor y que esta parte integrante del valor de la mercancía sólo brota del capital invertido en su producción? Sí no fuese así, no podría comprenderse por qué el capital fijo de 1,200 libras desembolsado no añade también al valor del producto, en vez de las 20 libras esterlinas que pierde en el proceso de producción, las 1,180 libras que no pierde en él.

Esta diferencia entre el capital fijo y el capital circulante en lo tocante al cálculo del precio de costo sólo viene, pues, a confirmar el aparente origen del precio de costo como derivado del valor–capital desembolsado o del precio que cuestan al mismo capitalista los elementos de producción desembolsados, incluyendo el trabajo. Por otra parte, el capital variable invertido en fuerza de trabajo, se identifica siempre aquí expresamente, en lo tocante a la creación de valor, bajo la rúbrica de capital circulante, con el capital constante (con la parte del capital invertida en materiales de producción), con lo cual se consuma la mixtificación del proceso de valorización del capital.1

Hasta aquí sólo hemos examinado un elemento del valor de la mercancía: el precio de costo. Ahora debemos fijarnos en lo otra parte integrante del valor de la mercancía: el remanente sobre el precio de costo, o sea, la plusvalía. La plusvalía es, pues, ante todo, el remanente del valor de la mercancía sobre su precio de costo. Pero, como el precio de costo es igual al valor del capital desembolsado, a cuyos elementos materiales revierte también constantemente, resultará que este remanente de valor es un incremento de valor del capital invertido en la circulación de la mercancía y que refluye de su circulación.

Ya veíamos más arriba que aunque p, la plusvalía, sólo surgiese de un cambio de valor de v, del capital variable, y originariamente sólo fuese, por tanto, un incremento del capital variable, después de finalizar el proceso de producción representa asimismo un incremento de valor de c + v, del capital global desembolsado. La fórmula c + (v + p), que indica que p se produce por la transformación de un determinado valor–capital v invertido en fuerza de trabajo en una magnitud fluida, es decir, de una magnitud constante en una magnitud variable, se representa asimismo como (c + v) + p. Antes de la producción, teníamos un capital de 500 libras esterlinas. Después de la producción, tenemos el capital de 500 libras mas un incremento de valor de 100 libras esterlinas.2

Sin embargo, la plusvalía no representa solamente un incremento con respecto a la parte del capital desembolsado que entra en el proceso de valorización, sino también con respecto a la parte que no entra en él; representa, por tanto, un incremento de valor no sólo con respecto al capital desembolsado que el precio de costo de la mercancía repone, sino también con respecto a todo el capital invertido en la producción. Antes de la producción, teníamos un valor–capital de 1,680 libras esterlinas: 1,200 libras de capital fijo invertido en medios de trabajo, de las cuales solamente entran en el valor de la mercancía las 20 libras de desgaste, más las 580 libras esterlinas de capital circulante invertidas en materiales de producción y salarios. Después del proceso de producción, tenemos 1,180 libras esterlinas como parte integrante del valor del capital productivo mas un capital–mercancías de 600 libras esterlinas. Sumando estas dos cantidades de valor, tenemos que el capitalista posee ahora un valor de 1,780 libras esterlinas. Si de él se descuenta el capital global de 1,680 libras esterlinas desembolsado, quedará un incremento de valor de 100 libras. Estas 100 libras esterlinas de plusvalía representan, pues, un incremento de valor con respecto al capital de 1,680 libras desembolsado, ni más ni menos que con respecto a la fracción de 500 libras desembolsada durante la producción.

Ahora, el capitalista comprende claramente que este incremento de valor brota de las operaciones productivas realizadas con el capital, es decir, del capital mismo, puesto que no existía antes del proceso de producción y existe después. Por lo que se refiere al capital desembolsado en la producción, parece como si la plusvalía fuese algo distinto de éste, de sus elementos de valor consistentes en medios de producción y en trabajo.

En efecto, estos elementos son los que entran en la formación del precio de costo. Añaden al valor del producto sus valores existentes como desembolsos de capital y no se distinguen como magnitudes de capital constante y variable. Esto se ve de un modo tangible sí suponemos por un momento que todo el capital desembolsado consiste exclusivamente en salarios o se halla formado exclusivamente por el valor de los medios de producción. En el primer caso, tendríamos en vez del valor–mercancías 400c + 100v + 100p, el valor–mercancías 500v + 100p. El capital de 500 libras esterlinas invertido en salarios es el valor de todo trabajo empleado en la producción del valor–mercancías de 600 libras esterlinas y constituye, por tanto, el precio de costo de todo el producto. Pero la formación de este precio de costo a través del cual el valor del capital desembolsado reaparece como parte integrante de valor del producto es el único fenómeno que conocemos en la formación de este valor–mercancías. No sabemos cómo surge la parte integrante de 100 libras esterlinas que representa la plusvalía. Y exactamente lo mismo ocurre en el segundo caso, en que el valor de las mercancías sería = 500c + 100p. En ambos casos, sabemos que la plusvalía brota de un valor dado, pues este valor se ha desembolsado bajo la forma de capital productivo, ya sea en forma de trabajo o en forma de medios de producción. Pero, por otra parte, el valor–capital desembolsado no puede formar la plusvalía por la razón de que ha sido desembolsado y constituye, por tanto, el precio de costo de la mercancía. Precisamente por representar el precio de costo de la mercancía no representa plusvalía, sino solamente un equivalente, un valor destinado a reponer el capital desembolsado. Lo cual quiere decir que en cuanto constituye plusvalía no la constituye en su condición específica de capital gastado, sino de capital desembolsado y, por tanto, invertido. Así pues, la plusvalía brota tanto de la parte del capital desembolsado que entra en el precio de costo de la mercancía como de la parte que no entra en él; brota, en una palabra, tanto de los elementos fijos como de los elementos circulantes del capital empleado. El capital total actúa materialmente como creador de producto, lo mismo los materiales de producción que el trabajo. El capital entra materialmente, en su conjunto, en el proceso real de trabajo, aunque sólo una parte de él entre en el proceso de valorización. Es ésta tal vez, precisamente, la razón de que sólo contribuya parcialmente a la formación del precio de costo y contribuya, en cambio, totalmente a la formación de la plusvalía. Sea de ello lo que quiera, lo cierto es que la plusvalía brota simultáneamente de todas las partes que forman el capital invertido. Es una deducción que podría abreviarse todavía más, expresándola en los términos tan toscos como simplistas en que la expresa Malthus: “El capitalista espera el mismo beneficio de todas las partes del capital adelantado por él.”3

Así representada, como vástago del capital global desembolsado, la plusvalía reviste la forma transfigurada de la ganancia. Por tanto, una suma de valor constituye capital cuando se invierte para obtener una ganancia4 o, lo que es lo mismo, la ganancia se produce cuando una suma de valor se invierte como capital. Si llamamos a la ganancia g, tendremos que la fórmula M = c + v + p = pc + p se convierte en la fórmula M = pc + g, lo que quiere decir que el valor de la mercancía = precio de costo + la ganancia.

Por consiguiente, la ganancia, tal como aquí se nos presenta, es lo mismo que la plusvalía, aunque bajo una forma mixtificada, la cual responde, sin embargo, necesariamente, al régimen de producción capitalista. Como en la formación aparente del precio de costo no se manifiesta ninguna diferencia entre el capital constante y el variable, es natural que la raíz de la transformación del valor producida durante el proceso de producción se desplace del capital variable al capital en su conjunto. Al aparecer el precio de la fuerza de trabajo, en uno de los polos, bajo la forma transfigurada del salario, la plusvalía aparece en el otro polo bajo la forma transfigurada de la ganancia.

Hemos visto que el precio de costo de la mercancía es menor que su valor. Como M = pc + p, resulta que pc = Mp. La fórmula M = pc + p se reduciría a esta otra más simple: M = pc, es decir, valor de la mercancía = precio de costo de la mercancía, sí p = 0, caso que jamás se da dentro de la producción capitalista, aunque en circunstancias especiales de coyuntura del mercado el precio de venta de las mercancías pueda descender hasta el nivel de su precio de costo e incluso por debajo de él.

Por consiguiente, cuando la mercancía se vende por su valor, se realiza una ganancia igual al remanente de su valor sobre su precio de costo, igual por tanto a toda la plusvalía que en el valor de la mercancía se contiene. Pero el capitalista puede vender la mercancía con ganancia aunque la venda por menos de su valor. Mientras su precio de venta exceda de su precio de costo, aunque sea inferior a su valor siempre se realizará una parte de la plusvalía contenida en ella: siempre se obtendrá, por consiguiente, una ganancia. En nuestro ejemplo, el valor de la mercancía es = 600 libras esterlinas y el precio de costo = 500 libras. Sí la mercancía se vende por 510, 520, 530, 560 o 590 libras esterlinas, se venderá por 90, 80, 70, 40 o 10 libras respectivamente, menos de su valor, pero dejará, a pesar de ello, una ganancia de 10, 20, 30, 60 o 90 libras. Entre el valor de la mercancía y su precio de costo cabe, evidentemente, una serie indeterminada de precios de venta. Cuanto mayor sea el elemento de la mercancía consistente en plusvalía, mayor será también el margen práctico de estos precios intermedios.

Esto no sólo explica toda una serie de fenómenos cotidianos de la concurrencia, como, por ejemplo, ciertos casos de venta a bajo precio (underselling), la baja anormal de precios de las mercancías en determinadas ramas industriales,5 etc. En esta diferencia entre el valor y el precio de costo de la mercancía y en la consiguiente posibilidad de vender la mercancía con ganancia por debajo de su valor tiene, además, su base la ley fundamental de la concurrencia capitalista, que hasta ahora los economistas no han sabido comprender, la ley que rige la cuota general de ganancia y los llamados precios de producción, por ella determinados.

El límite mínimo del precio de venta de la mercancía lo traza su precio de costo. Si la mercancía se vende por debajo de su precio de costo, los elementos del capital productivo que se hayan consumido no podrán reponerse íntegramente a base del precio de venta. Y sí este proceso persiste, llegará a desaparecer el valor–capital desembolsado. Aunque no hubiese otras razones, el capitalista tendría que sentirse inclinado a considerar, por este solo motivo, el precio necesario para la simple conservación de su capital. Pero a esto se añade el hecho de que el precio de costo de la mercancía es el precio de compra que el propio capitalista ha pagado por su producción y, por tanto, el precio de compra que el mismo proceso de producción determina. El remanente de valor o plusvalía que se realiza al vender la mercancía es considerado por el capitalista, por tanto, como un remanente de su precio de venta sobre su valor y no como un remanente de su valor sobre su precio de costo, como si la plusvalía contenida en la mercancía no se realizase mediante su venta, sino que surgiese directamente de ella. Ya hemos analizado de cerca esta ilusión en el libro I, cap. IV, 2 (contradicciones de la fórmula general [ pp. 119–129]). Volvamos ahora por un momento a la forma en que vuelven a exponerla Torrens y otros autores como si representase un progreso de la economía política con respecto a Ricardo.

“El precio natural, consistente en el costo de producción o, dicho en otros términos, en el capital invertido en la producción o fabricación de la mercancía, no puede en modo alguno incluir la ganancia...Si un arrendatario invierte 100 quarters de trigo para sembrar su tierra y obtiene a cambio 120 quarters, los 20 quarters que el producto deja de remanente sobre la inversión constituirán su ganancia, pero sería absurdo considerar como parte de su inversión este remanente o esta ganancia ... El fabricante invierte una determinada cantidad de materias primas, herramientas y medios de subsistencia para el trabajo y obtiene a cambio una determinada cantidad de mercancías terminadas. Estas mercancías tienen que poseer necesariamente un valor de cambio mayor que las materias primas, herramientas y medios de subsistencia que ha habido que desembolsar para producirlas." De donde Torrens deduce que el remanente del precio de venta sobre el precio de costo, o sea, la ganancia, surge del hecho de que los consumidores, "mediante el intercambio directo o indirecto (circuitous), entregan una determinada parte de todos los ingredientes del capital mayor de la que cueste su producción.”6

En realidad, el remanente sobre una magnitud dada no puede formar parte de esta magnitud: por tanto, la ganancia, que es un remanente del valor de la mercancía sobre lo desembolsado por el capitalista no puede formar parte de este. desembolso. Si, por consiguiente, en la formación del valor de la mercancía no entra más elemento que el valor desembolsado por el capitalista, como puede salir de la producción más valor del que entró en ella? De la nada no puede salir algo. Torrens rehuye esta creación de la nada desplazando el problema de la órbita de la producción a la órbita de la circulación de mercancías. La ganancia, dice Torrens, no puede derivarse de la producción, pues de otro modo formaría ya parte del costo de producción y no representaría un remanente sobre él. Pero si no existiese ya antes del cambio de mercancías le contesta Ramsay, no podría derivarse tampoco de él. La suma de valor de los productos cambiados no cambia, evidentemente, por el hecho de que se cambien los productos cuya suma de valor es. Después del cambio sigue siendo la misma que era antes. Advertiremos que Malthus se remite expresamente a la autoridad de Torrens7 a pesar de que por su parte desarrolla de otro modo la venta de las mercancías por encima de su valor; mejor dicho, no la desarrolla de modo alguno, pues todos los argumentos de esta clase se reducen, infaliblemente, en el fondo, al peso negativo, tan famoso en su tiempo, del flogisto.

Dentro de una sociedad dominada por la producción capitalista, hasta los productores no capitalistas se hallan bajo el imperio de las ideas del capitalismo. En su última novela, Los campesinos, expone Balzac de un modo verdaderamente magnífico, con una concepción profunda de la realidad, cómo el pequeño campesino, para ganarse la buena voluntad del usurero, se cree obligado a realizar diversos trabajos gratis para él, sin creer que con ello le regala nada, puesto que su trabajo no supone ningún desembolso de dinero. El usurero, por su parte, mata as! dos pájaros de un tiro. Se ahorra el pago de un salario y, al mismo tiempo, va envolviendo cada vez más en la red de la araña al campesino, cuya ruina se acentúa a medida que tiene que dejar de trabajar su tierra para trabajar la de otro.

La idea absurda de que el precio de costo de la mercancía constituye su valor real y la plusvalía proviene de la venta de la mercancía por más de lo que vale; de que, por tanto, las mercancías se venden por su valor cuando su precio de venta es igual a su precio de costo, es decir, igual al precio de los medios de producción consumidos en ellas más el salario, ha sido proclamada a todos los vientos por Proudhon, con esa su proverbial charlatanería disfrazada de ciencia, como un secreto recién descubierto del socialismo. La reducción del valor de las mercancías a su precio de costo constituye, en efecto, la base sobre que descansa su Banco popular. Ya hemos visto más arriba que las diferentes partes de valor del producto toman cuerpo en partes proporcionales de éste. Sí por ejemplo (ver libro I, cap. VIII, 2, p. 180) el valor de 20 libras de hilados representa 30 chelines –supongamos, 24 chelines de medios de producción, 3 chelines de fuerza de trabajo y 3 chelines de plusvalía– esta plusvalía podrá concebirse también como 1/10 del producto = 2 libras de hilados. Esto quiere decir que sí las 20 libras de hilados se venden por su precio de costo, o sea, por 27 chelines, el comprador recibe gratis 2 libras de hilados o, lo que es lo mismo, vende la mercancía 1/10 menos de su valor; el obrero no por ello deja de rendir trabajo de más: lo que ocurre es que ahora lo rinde para el comprador del hilado y no para su productor capitalista, Sería absolutamente falso suponer que si todas las mercancías se vendiesen por sus precios de costo el resultado sería realmente el mismo que si todas ellas se vendiesen por encima de su precio de costo, pero por su valor. En efecto, aunque el valor de la fuerza de trabajo, la duración de la jornada de trabajo y el grado de explotación del trabajo fuesen en todos los casos los mismos, las masas de plusvalía contenidas en los valores de las diversas clases de mercancías difieren en absoluto según la distinta composición orgánica de los capitales desembolsados para producirlas.8

 

 

NOTAS AL PIE DEL CAPÍTULO 1 DEL TOMO III

 

1 A qué confusión puede dar lugar esto en las cabezas de los economistas lo vimos ya en el libro I, cap. VII 3, pp. 182 ss., a la luz del ejemplo de N. W. Senior.

 

2 "Sabernos ya, en efecto, que la Plusvalía no es más que el resultado de los cambios de valor que se operan con v, es decir, con la parte del capital invertida en fuerza de trabajo; que, por tanto v + p = v + s v (v mas incremento de v) . Lo que ocurre es que los cambios reales del valor y la proporción en que el valor cambia aparecen oscurecidos por el hecho de que, al crecer la parte variable, crece también el capital total desembolsado. De 500 se convierte en 590” (libro I, cap. VII, I, p. 172).

 

3 Malthus, Principles of Political Economy, 2ª ed., Londres, 1836, pp. 267 268.

 

4 “Capital es aquello que se desembolsa para obtener una ganancia". Malthus, Definitions in Political Economy, Londres, 1827, p. 86.

 

5 Ver libro I, cap. XVIII, pp. 494 ss.

 

6 R. Torrens, An Essay on the Production of Wealth, Londres, 1821. pp. 51 53, p. 349.

 

7 Malthus, Definitions on Political Economy, Londres, 1853, pp. 70 y 71.

 

8 "Las masas de valor y de plusvalía producidas por capitales distintos están, suponiendo que se trate de valores dados y de grados de explotación de la fuerza de trabajo iguales, en razón directa a las magnitudes de la parte variable de aquellos capitales, es decir, de las partes invertidas en fuerza de trabajo viva." (Libro I, cap. IX, p 262.)


 

Capítulo II

 

LA CUOTA DE GANANCIA

 

La fórmula general del capital es D – M – D'; es decir, una suma de valor es lanzada a la circulación para sacar de ella una suma de valor mayor. El proceso que engendra esta suma de valor mayor es la producción capitalista; el proceso que la realiza, la circulación del capital. El capitalista no produce la mercancía por la mercancía misma, en gracia al valor de uso que encierra ni con vistas a su consumo personal. El producto que en realidad interesa al capitalista no es el producto material de por sí, sino el remanente de valor que deja el producto después de cubrir el valor del capital consumido en él. El capitalista desembolsa el capital total sin preocuparse del distinto papel que sus diversas partes integrantes desempeñan en la producción de plusvalía. Desembolsa por igual todas estas partes integrantes, no sólo para reproducir el capital desembolsado, sino para producir un remanente de valor sobre ese capital. Y para transformar el valor del capital variable por él desembolsado en un valor superior no tiene más que un medio: cambiarlo por trabajo vivo, explotar el trabajo vivo. Para ello necesita disponer al mismo tiempo de las condiciones indispensables para la realización de este trabajo, de los medios de trabajo y el objeto sobre que éste ha de recaer, de maquinaria y materias primas , es decir, necesita convertir en condiciones de producción una determinada suma de valor de la que es poseedor. El capitalista sólo es capitalista, sólo puede acometer el proceso de explotación del trabajo, siempre y cuando que sea propietario de las condiciones de trabajo y se enfrente como tal al obrero, como simple poseedor de fuerza de trabajo. Ya más arriba, en el libro I, hemos visto que es precisamente el hecho de que estos medios de producción pertenezcan a los no obreros el que convierte a los obreros en obreros asalariados y a los no obreros en capitalistas [ver tomo I. pp. 131–655 s.].

Tanto da que el capitalista crea desembolsar el capital constante para obtener una ganancia del capital variable o que, por el contrario, vea en el desembolso del capital variable el medio de valorizar el capital constante; es decir, que invierta el dinero en salarios para realzar el valor de las máquinas y las materias primas o que, al revés, invierta el dinero en maquinaria y materias primas para poder explotar el trabajo. En efecto, aunque sólo es la parte variable del capital la que engendra plusvalía, la engendra única y exclusivamente a condición de que se desembolsen también las demás partes integrantes del capital, las condiciones de producción del trabajo. Como el capitalista sólo puede explotar el trabajo mediante el desembolso del capital y sólo puede valorizar el capital constante mediante el desembolso del capital variable, es lógico que ambas partes se le representen conjuntamente, tanto más cuanto que el grado real de su ganancia no se halla determinado por la proporción con el capital variable exclusivamente, sino por su proporción con el capital total; es decir, no por la cuota de la plusvalía, sino por la cuota de la ganancia, la cual, como veremos, puede permanecer invariable y expresar, sin embargo, distintas cuotas de plusvalía.

Del costo del producto forman parte todos los elementos integrantes de su valor pagados por el capitalista o por los que lanza un equivalente a la producción. Este costo debe reponerse para poder conservar simplemente el capital o reproducirlo en su primitiva magnitud.

El valor contenido en la mercancía es igual al tiempo de trabajo que cuesta su producción, trabajo cuya suma se halla formada por dos partes: trabajo pagado y trabajo no retribuido. En cambio, el costo de la mercancía para el capitalista se reduce a la parte del trabajo materializado en ella y pagado por él. El trabajo sobrante contenido en la mercancía no cuesta nada al capitalista, aunque al obrero le cueste trabajo, ni más ni menos que el retribuido y a pesar de que crea valor exactamente lo mismo que éste y entra al igual que él en la mercancía como elemento creador de valor. La ganancia del capitalista proviene, pues, del hecho de que se halla en condiciones de vender algo por lo que no ha pagado nada. La plusvalía o, en su caso, la ganancia, consiste precisamente en el remanente del valor de la mercancía sobre su precio de costo, es decir, en el remanente de la suma total de trabajo contenida en la mercancía después de cubrir la suma de trabajo retribuido que en ella se encierra. La plusvalía es, pues, cualquiera que sea la fuente de donde provenga, un remanente sobre el capital global desembolsado. Por consiguiente este remanente guarda con el capital global una relación que se expresa por el quebrado

 

P

C

 

llamando C al capital total. Obtendremos así la cuota de ganancia

 

P =

P

C =

c + v

 

a diferencia de la cuota de plusvalía

 

P

v

 

La cuota de plusvalía, medida por el capital variable se llama cuota de plusvalía; la cuota de plusvalía, medida por el capital total se llama cuota de ganancia. Son dos medidas distintas de la misma magnitud, que expresan proporciones o relaciones distintas de la misma magnitud como consecuencia de la distinta medida aplicada.

La transformación de la plusvalía en ganancia debe derivarse de la transformación de la cuota de ganancia, y no a la inversa. En realidad, fue la cuota de ganancia lo que sirvió, históricamente, de punto de partida. Plusvalía y cuota de plusvalía son, en términos relativos, lo invisible y lo esencial que se trata de investigar, mientras que la cuota de ganancia y, por tanto, la forma de la plusvalía como forma de ganancia se manifiestan en la superficie de los fenómenos.

Por lo que al capitalista individual se refiere, es evidente que lo único que a él le interesa es la relación entre la plusvalía o el remanente de valor que deja el precio de venta de sus mercancías y el capital total desembolsado para producirlas; en cambio, le tiene sin cuidado la relación que pueda existir entre este remanente y sus conexiones internas con los elementos concretos del capital. Lejos de ello, lo que le interesa es que esta relación y estas conexiones internas queden en la sombra.

Aunque el remanente del valor de la mercancía sobre su precio de costo nace en el proceso directo de producción, sólo se realiza en el proceso de circulación. La apariencia de que surge en el proceso de circulación se refuerza por el hecho de que en realidad el que este remanente se realice o no y el grado en que se realice depende, dentro de la concurrencia, del mercado real, de las condiciones del mercado. Huelga detenerse a explicar aquí que cuando una mercancía se vende por encima o por debajo de su valor sólo cambia la distribución de la plusvalía, sin que este cambio, en cuanto a la distribución de las distintas proporciones en que diversas personas se reparten la plusvalía, altere en lo más mínimo ni la magnitud ni la naturaleza de ésta. En el proceso real de la circulación no sólo se operan los cambios estudiados en el libro II, sino que estos cambios coinciden con la concurrencia real, con la compra y venta de las mercancías por encima o por debajo de su valor, y así nos encontramos con que la plusvalía realizada por el capitalista individual depende tanto de la mutua especulación entre los diversos capitalistas como de la explotación directa del trabajo.

En el proceso de circulación entra en acción, además del tiempo de trabajo, el tiempo de circulación, que limita así la masa de la plusvalía realizable en un determinado período de tiempo. Intervienen además, de un modo determinante, en el proceso directo de producción, otros factores que provienen de la circulación. Ambos procesos, el proceso directo de producción y el proceso de circulación, se entrecruzan y entrelazan constantemente, desdibujando con ello continuamente sus características diferenciales. La producción de la plusvalía como la del valor en general deriva del proceso de circulación, como más arriba hemos visto, nuevas notas determinantes; el capital recorre el ciclo de sus transformaciones; finalmente abandona, por decirlo así, su vida orgánica interior para discurrir bajo relaciones en que ya no se enfrentan el capital y el trabajo, sino de una parte, los capitales y de otra parte los individuos, considerados simplemente como compradores y vendedores; el tiempo de circulación y el tiempo de trabajo se entrecruzan en su órbita y ambos parecen así determinar por igual la plusvalía. La forma originaria en que se enfrentan el capital y el trabajo asalariado se disfraza por la ingerencia de relaciones en apariencia independientes de ella; ahora, la plusvalía ya no aparece como producto de la apropiación de tiempo de trabajo, sino como el remanente del precio de venta de la mercancía sobre su precio de costo, por lo cual se tiende fácilmente a ver en éste su valor intrínseco (valeur intrinsèque), por donde la ganancia se presenta como el remanente del precio de venta de la mercancía sobre su valor inmanente.

Es cierto que durante el proceso directo de producción la naturaleza de la plusvalía se le revela constantemente a la conciencia del capitalista como su codicia de apropiarse tiempo de trabajo de otros, etc., puesto ya de manifiesto al estudiar la plusvalía. Sin embargo: 1º El proceso directo de producción no es de por sí más que un factor que tiende a desaparecer y a convertirse constantemente en el proceso de circulación, como éste en aquél, con lo cual la intuición más o menos clara, formada en el proceso de producción, de la fuente de la ganancia creada en ella, es decir, de la naturaleza de la plusvalía, aparece a lo sumo como una idea equiparable a la concepción de que el remanente realizado proviene de causas independientes del proceso de producción, de la propia circulación, es decir, de un movimiento inherente al mismo capital e independiente de sus relaciones con el trabajo. Incluso economistas modernos como Ramsay, Malthus, Senior, Torrens, etc., aducen directamente estos fenómenos como pruebas de que el capital, en su existencia puramente material, independientemente de sus relaciones sociales con el trabajo, que son precisamente las que lo convierten en capital, constituye una fuente independiente de plusvalía, paralelamente al trabajo e independientemente de él. 2º En la rúbrica de los costos, entre los que figuran los salarios, al igual que el precio de las materias primas, el desgaste de la maquinaria, etc., la extorsión de trabajo no retribuido aparece simplemente como un ahorro en el pago de uno de los artículos que entran en los costos de la producción, como reducción del pago de una determinada cantidad de trabajo, exactamente lo mismo que se ahorraría si se comprasen más baratas las materias primas o se redujese el desgaste de la maquinaría. De este modo, la extorsión de trabajo sobrante pierde su carácter específico, su relación específica con la plusvalía se oscurece, y a estimular y facilitar este resultado contribuye, como se puso de manifiesto en el libro I, sección VI [pp. 482–488] el hecho de que el valor de la fuerza de trabajo se exponga bajo la forma del salario.

La relación del capital se mixtifica al presentar a todas sus partes por igual como fuente del valor remanente (ganancia).

El modo como la plusvalía se convierte en la forma de ganancia mediante la transición a través de la cuota de ganancia, no es sino la prolongación de la inversión de sujeto y objeto operada ya durante el proceso de producción. Ya velamos allí cómo todas las fuerzas productivas subjetivas del trabajo se presentaban como fuerzas productivas del capital [ver tomo I, p. 288). Por una parte, el valor, el trabajo pretérito que domina sobre el trabajo vivo, se personifica en el capitalista; por otra parte, el obrero aparece, a la inversa, como una fuerza de trabajo objetivada, como una simple mercancía. Y esta relación invertida hace surgir necesariamente, ya en el plano de las simples relaciones de producción, una idea invertida congruente, una conciencia transpuesta, que los cambios y modificaciones del verdadero proceso de circulación se encargan luego de desarrollar.

Es, como puede estudiarse en la escuela ricardiana, un intento completamente invertido de presentar las leyes de la cuota de ganancia directamente como leyes de la cuota de plusvalía, o a la inversa. En la cabeza del capitalista estas dos clases de leyes se confunden, como es natural.

En la expresión

P

C

 

la plusvalía se mide por el valor del capital total desembolsado para su producción, una parte del cual se consume en ella y otra parte no hace más que emplearse. En realidad, la expresión

P

C

 

expresa el grado de valorización de todo el capital desembolsado, es decir, enfocándola en cuanto a la conexión conceptual, interna, y a la naturaleza de la plusvalía, indica la relación que guarda la magnitud de la variación del capital variable con la magnitud del capital total desembolsado.

De por sí, la magnitud de valor del capital total no guarda ninguna relación interna, al menos directamente, con la magnitud de la plusvalía. Si nos fijamos en sus elementos materiales, vemos que el capital total menos el capital variable, es decir, el capital constante, consiste en las condiciones materiales para la realización del trabajo, o sea, los medios de trabajo y los materiales de éste. Para que una determinada cantidad de trabajo se realice en mercancías y cree, por tanto, valor, hace falta una determinada cantidad de material y de medios de trabajo. Se establece, según el carácter especial del trabajo añadido, una determinada relación técnica entre la masa de trabajo y la masa de los medios de producción a la que se incorpora este trabajo vivo. En este sentido, media también una determinada relación entre la masa de la plusvalía o del trabajo sobrante y la masa de los medios de producción. Sí el trabajo necesario para la producción del salario son 6 horas diarias, el obrero deberá trabajar 12 horas diarias para rendir 6 horas de trabajo sobrante, siempre y cuando que haya de producir una plusvalía del 100 %. En 12 horas consumirá el doble de medios de producción que en 6. Pero no por ello la plusvalía añadida por él en 6 horas guarda en modo alguno una relación directa con el valor de los medios de producción consumidos en las 6 ni en las 12 horas. Este valor no interesa aquí en lo más mínimo; lo único que interesa es la masa técnicamente necesaria. El que las materias primas o los medios de trabajo empleados sean caros o baratos es de todo punto indiferente, con tal de que posean el valor de uso necesario y existan en las proporciones técnicamente indispensables con respecto al trabajo vivo que se trata de absorber. Si sabemos que en una hora se hilan x libras de algodón, que cuestan z chelines, sabemos también, naturalmente, que en 12 horas se hilarán 12 x libras de algodón = 12 z chelines, y podremos calcular la relación entre la plusvalía y el valor de 12 exactamente lo mismo que con respecto al valor de 6. Pero la relación entre el trabajo vivo y el valor de los medios de producción sólo interviene aquí cuando z chelines constituye el nombre de x libras de algodón, puesto que una determinada cantidad de algodón tiene un determinado precio y, por consiguiente, a la inversa, un determinado precio puede servir de índice de una determinada cantidad de algodón, mientras el precio de esta materia no cambie. Sí sabemos que para apropiarnos 6 horas de trabajo sobrante necesitamos hacer trabajar a los obreros durante 12 horas, es decir, necesitamos tener preparado algodón para 12 horas, y sabemos además el precio de esta cantidad de algodón necesaria para 12 horas de trabajo, existirá una relación indirecta entre el precio del algodón (como índice de la cantidad de algodón necesaria) y la plusvalía. Pero, a la inversa, partiendo del precio de la materia prima no se podrá deducir nunca la masa de materia prima que puede tejerse, por ejemplo, en una hora y no en 6. No existe, pues, una relación interna, necesaria, entre el valor del capital constante, ni por tanto, entre el valor del capital total ( = c + v ) y la plusvalía.

Partiendo de una cuota de plusvalía dada y de una magnitud dada de esta cuota, la cuota de ganancia no expresa sino lo que en realidad es: una medida distinta de la plusvalía, en la que se toma como base el valor del capital en su conjunto y no simplemente el valor de la parte del capital de la cual brota directamente mediante el cambio con el trabajo. Pero en la realidad (es decir, en el mundo de los fenómenos) las cosas ocurren al revés. Se parte de la plusvalía como de un factor dado, como del remanente del precio de venta de la mercancía sobre su precio de costo, siendo misterioso de dónde proviene este remanente, si de la explotación del trabajo en el proceso de producción, del lucro logrado sobre el comprador en el proceso de circulación, o de ambas cosas a la vez. Otro factor dado de que se parte también es la relación entre este remanente y el valor del capital total, o sea, la cuota de ganancia. El cálculo de este remanente del precio de venta sobre el precio de costo con relación al valor del capital total desembolsado es muy importante y natural, puesto que por este medio encontramos en realidad la proporción en que se ha valorizado el capital total o su grado de valorización. Partiendo de esta cuota de ganancia, no podrá deducirse, por tanto, ninguna relación específica entre el remanente y la parte del capital invertida en salarios. En un capítulo posterior veremos qué divertidos saltos de carnero tiene que dar Malthus en su intento de llegar a descubrir por este camino el secreto de la plusvalía y de la relación específica entre ésta y la parte variable del capital. Lo que indica como tal que la cuota de ganancia es más bien la relación homogénea que guarda el remanente con las dos partes iguales del capital, la cual no ofrece desde este punto de vista ninguna diferencia interna, fuera de la existente entre el capital fijo y el circulante. Y esta diferencia existe, pura y simplemente, porque el remanente se calcula de un doble modo. En efecto, se calcula primeramente como una magnitud simple: como el remanente sobre el precio de costo. Bajo esta primera forma, todo el capital circulante entra en el precio de costo, mientras que del capital fijo sólo entra el desgaste. En segundo lugar, tenemos la relación entre este remanente de valor y el valor total del capital desembolsado. Aquí entran en la cuenta tanto el valor de todo el capital fijo como el del capital circulante. Por tanto, el capital circulante entra las dos veces del mismo modo, mientras que el capital fijo entra una de las dos veces de distinto modo y la otra del mismo modo que el capital circulante. La diferencia entre el capital circulante y el capital fijo es, pues, la única que aquí se impone.

Por tanto, cuando el remanente, para expresarnos en términos hegelianos, se refleja en sí mismo o, dicho de otro modo, se caracteriza más de cerca por la cuota de ganancia, aparece como un remanente que el capital produce sobre su propio valor anualmente o en un determinado período de circulación.

Por consiguiente, si la cuota de ganancia difiere numéricamente de la cuota de plusvalía –mientras que plusvalía y ganancia son en realidad lo mismo e iguales numéricamente– la ganancia es, sin embargo, una forma transfigurada de la plusvalía, forma en la que se desdibujan y se borran su origen y el secreto de su existencia. En realidad la ganancia no es sino la forma bajo la que se manifiesta la plusvalía, la cual sólo puede ponerse al desnudo mediante el análisis, despojándola del ropaje de aquélla. En la plusvalía se pone al desnudo la relación entre el capital y el trabajo. En cambio, en la relación entre el capital y la ganancia, es decir, entre el capital y la plusvalía, tal como aparece, de una parte, como el remanente sobre el precio de costo de la mercancía realizado en el proceso de circulación y, de otra parte, como un remanente que ha de determinarse más concretamente por su relación con el capital total, aparece el capital como una relación consigo mismo, relación en la que se distingue como suma originaria de valor, del valor nuevo establecido por él mismo. Existe la conciencia de que este valor nuevo es engendrado por el capital a lo largo del proceso de producción y del proceso de circulación. Pero el modo como ocurre esto aparece mixtificado y como fruto de cualidades misteriosas inherentes al propio capital.

Cuanto más ahondamos en el proceso de valorización del capital más vemos mixtificarse la relación capitalista y menos se descubre el secreto de su organismo interno.

En esta sección, la cuota de ganancia se distingue numéricamente de la cuota de plusvalía; en cambio, la ganancia y la plusvalía se consideran como de la misma magnitud numérica, aunque bajo una forma diferente. En la sección siguiente veremos cómo sigue su curso el desdoblamiento y cómo la ganancia aparece también numéricamente como una magnitud distinta de la plusvalía.


 

Capítulo III

 

RELACIÓN ENTRE LA CUOTA DE GANANCIA Y LA CUOTA DE PLUSVALÍA

 

Como dijimos al final del capitulo anterior, partimos aquí, en toda esta sección I, del supuesto de que la suma de la ganancia que corresponde a un capital dado es igual a la suma total de la plusvalía producida por él en un determinado período de circulación. Por el momento, prescindimos, por tanto, del hecho de que, por una parte, esta plusvalía se desdobla en distintas formas secundarias: interés del capital, renta del suelo, impuestos, etc., y de que, por otra parte, en la mayoría de los casos no coincide ni mucho menos con la ganancia, tal como ésta se apropia en virtud de la cuota media general de ganancia, de la que hablaremos en la sección segunda.

Siempre y cuando que la ganancia se equipare cuantitativamente a la plusvalía, su magnitud y la magnitud de la cuota de ganancia se hallan determinadas por las relaciones de magnitudes numéricas simples, determinadas o determinables en cada caso concreto. La investigación se desarrolla, por tanto, por el momento, en un terreno puramente matemático.

Mantendremos en las fórmulas los signos empleados en los libros primero y segundo. El capital total C se divide en el capital constante c y el capital variable v y produce una plusvalía, p. La relación entre esta plusvalía y el capital variable desembolsado, o sea

 

p

v

 

es lo que llamamos cuota de plusvalía, designándola con la letra p’. Por tanto,

 

p

v

 

= p’ y p = p’v. Cuando esta plusvalía se refiere al capital total y no al capital variable solamente, se llama ganancia, (g), y la relación entre la plusvalía p y el capital total C, o sea,

 

p

C

 

se llama la cuota de ganancia, g’. Tenemos, pues:

 

 

 

P

 

P

g’

=

––

=

––––

 

 

C

 

c + v

 

y sí sustituimos p por su valor p’v tal como la hacíamos más arriba, tendremos que

 

 

 

 

v

 

 

v

g’

=

p’

––

=

p’

––––

 

 

 

C

 

 

c + v

 

ecuación que podría expresarse también con la proporción:

g’ : p’ = v : C;

la cuota de ganancia es a la cuota de plusvalía como el capital variable es al capital total.

De esta proporción se deduce que g’, la cuota de ganancia, es siempre menor que p’, la cuota de plusvalía, porque v, el capital variable, es siempre menor que C, la suma de v + c, del capital variable y el capital constante; exceptuando el único caso, prácticamente imposible, en que v = C, es decir, en que no existe capital constante, en que se produce sin medios de producción, en que, por tanto, el capitalista sólo desembolsa la suma necesaria para el pago de salarios.

Sin embargo, en nuestra investigación debe tenerse en cuenta toda otra serie de factores que influyen de un modo determinante en las magnitudes c, u y p y que, por tanto, debemos mencionar brevemente.

En primer lugar, el valor del dinero. Este podemos suponerlo siempre constante

En segundo lugar, la rotación. Este factor lo dejamos, por el momento, a un lado, pues su acción sobre la cuota de ganancia deberá ser estudiada en un capítulo posterior. (Aquí adelantaremos solamente un punto, a sabor, que la fórmula g’ = p’

 

v

C

 

sólo es rigurosamente exacta para un período de rotación del capital variable, pero nosotros la hacemos valedera para la rotación anual sin más que sustituir p’, la cuota simple de la plusvalía, por p’n, por la cuota anual de la plusvalía, indicando por n el número de rotaciones del capital variable al cabo de un año (véase libro II, cap. XVI, I [pp. 277–280] F.E.).

En tercer lugar, hay que tener en cuenta la productividad del trabajo, cuya influencia sobre la cuota de la plusvalía ha sido expuesta detalladamente en el libro I, sección IV [pp. 271–275]. Pero sobre la cuota de ganancia por lo menos sobre la de un capital individual, sí este capital individual, como se expone en el libro I, cap. X, pp. 271 s., trabaja con una productividad superior a la media social, si produce sus mercancías a un valor inferior al valor social medio de la misma mercancía, realizando así una ganancia extraordinaria, Pero este caso no lo tenemos en cuenta todavía aquí, pues en esta sección partimos aún del supuesto de que las mercancías se producen en las condiciones sociales normales y se venden por su valor. Partimos, pues, en cada caso concreto, de la premisa de que la productividad del trabajo permanece constante. En realidad, la composición de valor del capital invertido en una rama industrial, es decir, la relación concreta entre el capital variable y el constante, expresa en cada caso un determinado grado de productividad del trabajo. Por tanto, tan pronto como esta relación se modifica por causas que no sean el simple cambio de valor de los elementos materiales del capital constante o el cambio del salario, tiene que cambiar también necesariamente la productividad del trabajo, por cuya razón nos encontramos frecuentemente con que los cambios relacionados con los factores c, v y p implican también cambios en cuanto a la productividad del trabajo.

Y lo mismo ocurre con los otros tres factores: duración de la jornada de trabajo, intensidad del trabajo y salario. Su acción sobre la masa y la cuota de plusvalía ha sido expuesta por extenso en el libro I [cap. XV]. Se comprende, pues, que, aunque también por razones de simplificación, partamos siempre del supuesto de que estos tres factores permanecen constantes, los cambios relacionados con v y p pueden entrañar también cambios en cuanto a la magnitud de estos factores determinantes. Baste con recordar de pasada, a este propósito, que el salario influye sobre la magnitud de la plusvalía y el volumen de la cuota de ésta en sentido inverso que la duración de la jornada de trabajo y la intensidad del trabajo, y que el aumento del salario disminuye la plusvalía, mientras que la prolongación de la jornada de trabajo y la intensificación de éste la aumentan.

Supongamos, por ejemplo, que un capital de 100 produzca con 20 obreros, 10 horas de trabajo diarias y un salario semanal global de 20, 20 de plusvalía, tendremos que

 

80 c + 20 v + 20 p; p’ = 100 %, g’ = 20 %.

 

Supongamos ahora que la jornada de trabajo se prolongue, sin aumentar el salario, a 15 horas; el valor total producido por los 20 obreros aumentará, en estas condiciones, de 40 a 60 (10 : 15 = 40 : 60); como v, el salario pagado, sigue siendo el mismo, la plusvalía aumentará de 20 a 40 y así tendremos que

 

80 c +  20 v + 40 p; p’ = 200 %, g’ = 40 %.

 

En cambio si, con 10 horas de trabajo, el salario bajase de 20 a 12, tendríamos un producto total de valor de 40 como antes, pero distribuido de otro modo; v bajaría a 12, quedando por tanto el resto de 28 para p. Por donde tendríamos que

 

80 c + l2 v + 28 p; p’ = 233 1/3 %, g' = 28/92 = 30 10/23 %

 

Vemos, pues, que tanto la prolongación de la jornada de trabajo (o la intensificación del trabajo) como la baja del salario hacen que aumente la masa y, por tanto, la cuota de la plusvalía; y a la inversa, al subir el salario bajaría, en igualdad de condiciones, la cuota de la plusvalía. Sí, por tanto, v aumenta por efecto de una subida de salarios, esto no expresa una cantidad de trabajo mayor, sino la misma cantidad de trabajo pagada más cara; en este caso, p’ y g’ no aumentan, sino disminuyen.

Ya esto indica que no pueden operarse cambios en cuanto a la jornada de trabajo, la intensidad del trabajo o el salario que no vayan acompañados de cambios simultáneos en cuanto a v y p y a su proporción y también, por tanto, en cuanto a g’, o sea, a la proporción entre p y c + v, entre la plusvalía y el capital total; asimismo es claro que los cambios sobrevenidos en cuanto a la proporción entre p y v implican igualmente modificaciones en una por lo menos de las tres condiciones de trabajo señaladas.

Aquí se revela precisamente la relación orgánica especial del capital variable con el movimiento del capital total y su valorización, así como su distinción del capital constante. El capital constante, por lo que a la creación de valor se refiere, sólo interesa por el valor que encierra, siendo indiferente, para estos efectos, el que un capital constante de 1,500 libras esterlinas, por ejemplo, represente, supongamos, 1,500 toneladas de hierro a 1 libra esterlina, o 500 toneladas a 3 libras cada una. La cantidad de materia real en que tome cuerpo su valor es absolutamente indiferente para los efectos de la valorización y de la cuota de ganancia, la cual varía en razón inversa a este valor, cualquiera que sea la relación que exista entre el aumento o la disminución del valor del capital constante y la masa de los valores materiales de uso en que ese valor toma cuerpo.

No ocurre lo mismo con el capital variable. Lo que en éste interesa, primordialmente, no es el valor que encierra el trabajo materializado en él, sino este valor, pura y simplemente, como índice del trabajo total que pone en movimiento y que no se halla expresado en él; del trabajo total, cuya diferencia con respecto al trabajo expresado por él mismo, y por tanto pasado, es decir, la parte que forma la plusvalía, es tanto mayor cuanto menor es el trabajo encerrado en él. Supongamos que una jornada de trabajo de 10 horas equivalga a diez chelines = diez marcos. Si el trabajo necesario, destinado a reponer el salario, y por tanto el capital variable, = 5 horas = 5 chelines, el trabajo sobrante será 5 horas y la plusvalía = 5 chelines; sí el primero = 4 horas = 4 chelines, el trabajo sobrante será = 6 horas y la plusvalía = 6 chelines.

Por tanto, tan pronto como la magnitud de valor del capital variable deja de ser el índice de la masa de trabajo puesta en movimiento por él y cambia la medida misma de este índice, la cuota de la plusvalía cambia también, sólo que en sentido contrarío y en razón inversa.

Pasemos ahora a aplicar a los diferentes casos que pueden presentarse la anterior

 

 

v

ecuación de la cuota de ganancia g’ = p’

––

 

C

 

Haremos cambiar de valor sucesivamente a los distintos factores

 

 

v

 

de p’

––

y observaremos cómo repercuten estos cambios sobre la

 

C

 

 

cuota de ganancia. Obtendremos así diversas series de casos, que podremos considerar, bien como sucesivas causas modificadas de acción del mismo capital, bien corno distintos capitales coexistentes y comparados entre sí, como capitales invertidos, por ejemplo, en distintas ramas industriales o en diversos países. Por tanto, si se considerase forzada o prácticamente imposible la concepción de algunos de nuestros ejemplos como casos cronológicamente sucesivos del mismo capital, esta objeción desaparecería al concebirlos como capitales independientes comparados entre sí.

 

 

v

 

v

Separaremos, pues, el producto p’

––

en sus dos factores p’ y

––

 

C

 

C

 

empezaremos considerando a p’ como constante e investigando los

 

 

v

 

efectos de las posibles variaciones de

––

luego, consideraremos

 

C

 

 

 

v

 

constante el quebrado

––

y someteremos a p’

 

C

 

a las distintas variaciones posibles; finalmente, consideraremos variables todos los factores y agotaremos con ello todos los casos posibles de los que pueden derivarse las leyes que rigen la cuota de ganancia.

 

 

v

 

1. p' constante,

––

variable

 

C

 

 

Este caso, que abarca varías modalidades, puede expresarse con una fórmula general. Tomemos dos capitales C y C1, con sus respectivos capitales variables v y v1 con su cuota común de plusvalía p’ y las dos cuotas correspondientes de ganancia g’ y g’1, y tendremos que

 

v

 

v1

g' = p'

–– ;

g' 1 = p'

––

 

C

 

C 1

 

Relacionemos ahora entre sí a C y C1, y a v y v1; supongamos, por ejemplo, que el

 

 

C 1

 

valor del quebrado

–– =

E y el del quebrado

 

C

 

 

v 1

–– = e, y tendremos que C 1 = E C y v1 = e v. Y si en la ecuación anterior sustituimos

v

C 1 y v 1 por los valores así obtenidos, tendremos que

 

 

e v

  g' 1 = p'

––

 

EC

Pero de las dos ecuaciones anteriores podemos derivar otra fórmula, convirtiéndolas en la siguiente proporción:

 

 

v

v 1

v

v 1

g' : g'  = p'

–– : p'

–– =

–– =

––

 

C

C 1

C

C 1

 

Y como el valor de un quebrado sigue siendo el mismo cuando el numerador y el denominador se multiplican o se dividen por el mismo número, podemos reducir los quebrados

v

 

v

––

y

––

C

 

C 1

 

a tantos por ciento, es decir, sustituir los dos denominadores C y C 1, por 100. En este caso1,  tenemos que

v

 

v

 

v 1

 

v 1

 

––

=

––

y

––

=

––

y,

C

 

100

 

C

 

100

 

 

prescindiendo en esta proporción de los denominadores, llegaremos al siguiente resultado:

 

g' : g' l = v : v 1;

 

o sea, que en dos capitales cualesquiera que funcionen con la misma cuota de plusvalía, las cuotas de ganancia guardan entre si la misma proporción que los capitales variables, calculados en tantos por ciento de sus respectivos capitales totales.

 

v

Estas dos fórmulas abarcan los casos en que puede presentarse la variante de

––

 

C

Antes de entrar a investigar estos casos por separado, hemos de hacer una observación. Como C representa la suma de c y v, del capital constante y del capital variable, y como tanto la cuota de plusvalía como la cuota de ganancia se expresan generalmente en tantos por ciento, puede simplificares el cálculo reduciendo también a 100 la suma c + v, es decir, expresando también en tantos por ciento los factores c y v. En efecto, cuando se trata de determinar, no la masa, sino la cuota de ganancia, tanto da decir que un capital de 15,000, de los cuales 12,000 son capital constante y 3,000 capital variable, produce una plusvalía de 3,000, como decir, reduciendo este capital a tantos por ciento:

 

15,000 C = 12,000 c + 3,000v (+ 3,000 p)

 

100 C = 80 c + 20 v (+ 20 p).

 

La cuota de plusvalía, pues, en ambos casos, = 100 % y la cuota de ganancia = 20 %.

Y lo mismo ocurre sí comparamos entre sí dos capitales, si, por ejemplo, comparamos el anterior con otro capital:

 

12,000 C

=

10,800 c

+

1,200 v

(+ 1,200 p)

100 c

=

90c

+

10 v

(+ 10 p )

 

pues, en ambos casos, p’ = 100 % y g’ = 10 %, con la diferencia de que, en esta fórmula a base de tantos por ciento, la comparación con el capital anterior aparece mucho más clara.

En cambio, sí se trata de variaciones operadas dentro del mismo capital, la fórmula a base de tantos por ciento sólo podrá emplearse en casos excepcionales, pues casi siempre borra estas variaciones. Si un capital expresado en la fórmula de porcentaje:

 

80 c + 20 v + 20 p,

se convierte en otro expresado en la fórmula de porcentaje,

 

90 c + 10 v + 10 p,

no se ve si la nueva composición porcentual 90 c + l0 v obedece al descenso absoluto de v o al aumento absoluto de c o a ambas cosas simultáneamente. Para esto tenemos que tener delante las magnitudes numéricas absolutas. Y para la investigación de los siguientes casos concretos de variación interesa fundamentalmente saber cómo se han producido estos cambios, si los 80 c + 20 v se han convertido en 90 c + 10 v por el hecho de que, supongamos, los 12,000 c + 3,000 v se hayan convertido en 27,000 c + 3,000 v, sin alteración del capital variable (90 c + 10 v, expresado en tantos por ciento) o si el cambio se ha producido, por el contrario, porque, permaneciendo sin alteración el capital constante, haya disminuido el capital variable, pasando a ser la composición del capital de 12,000 c + 1,333 1/3 u (lo que, en tantos por ciento, daría la misma fórmula de 90 c + 10 u). Son éstos precisamente los casos que investigaremos sucesivamente, renunciando a lo que tiene de cómoda la fórmula porcentual o aplicándola solamente en segundo término.

 

a) p’ y C constantes, v variable

 

Si cambia la magnitud de v, C sólo podrá permanecer invariable siempre y cuando que la otra parte integrante de C, o sea, el capital constante c, cambie de magnitud por la misma suma pero en sentido contrario que v. Si C es originariamente = 80 c + 20 v + 100 y más tarde v desciende a 10, C sólo podrá permanecer = 100 siempre y cuando que c suba a 90; de este modo, 90 c + 10 v = 100. Dicho en términos generales: al convertirse v en v +/- d, es decir, en v más o menos d, c tiene que convertirse, para que se cumplan las condiciones del caso que examinamos, en c -/+ d; tiene que variar en la misma suma, pero en sentido contrario.

Cuando la cuota de plusvalía p’ permanezca invariable, pero el capital variable v, en cambio, se altere, tiene que cambiar asimismo la masa de la plusvalía, puesto que p = p’ v y en p’ v uno de los factores, v, cambia de valor.

Las premisas de nuestro caso dan, al lado de la ecuación originaria

 

 

v

g’ = p’

––

 

C

 

mediante la variación de v, la segunda ecuación

 

 

v 1

g’ 1 = p’

––

 

C

 

donde v se convierte en v1 y puede encontrarse g’ 1, la nueva cuota de ganancia que de ello se desprende.

Esta nueva cuota de ganancia puede encontrarse por medio de la correspondiente proporción:

 

v

 

v 1

 

g’ : g’ 1 = p’

––

: p’

––

= v : v 1

 

C

 

C

 

 

O sea, que, permaneciendo idénticos la cuota de plusvalía y el capital total, la cuota originaria de ganancia es a la cuota de ganancia que surge del cambio del capital variable como el capital variable primitivo es al capital variable modificado.

Si el capital primitivo era, como arriba,

 

 I, 15,000 C = 12,000 c + 3,000 v (+ 3,000 p), y ahora es

II, 15,000 C = 13,000 c + 2,000 v (+ 2,000 p), en ambos

casos tendremos que C = 15,000 y p’ = 100 %, y la cuota de ganancia de I, 20 %, será a la de II, l3 1/3 %, como el capital variable de I, 3,000, al de II, 2,000, es decir, 20 % : l3 1/3 % = 3,000 : 2,000.

Ahora bien, el capital variable puede aumentar o disminuir. Pongamos ante todo un ejemplo en que aumente. Supongamos que el capital originario se halle formado y funcione del modo siguiente:

I. 100 c + 20 v + 10 p, C = 120, p’ = 50 %, g’ = 8 1/3 %.

Supongamos ahora que el capital variable aumente a 30; en este caso, y según la hipótesis de que partimos, el capital constante deberá disminuir de 100 a 90, para que el capital total permanezca invariable = 120. La plusvalía producida, a base de la misma cuota de plusvalía del 50 %, deberá aumentar a 15. Por tanto, tendremos:

 

II. 90 c + 30 v + l5 p; C = 120, p’ = 50 %, g’ = l2 1/2 %.

 

Partamos ante todo del supuesto de que el salario permanezca invariable. En este caso, deberán permanecer también invariables los demás factores, la cuota de plusvalía, la jornada de trabajo y la intensidad de trabajo. Por tanto, el aumento de v (de 20 a 30) sólo podrá tener el sentido de que se empleen un cincuenta por ciento más de obreros. En este caso, aumentará también en el cincuenta por ciento, de 30 a 45, el producto valor total, distribuyéndose al igual que antes: 2/3 en salarios y 1/3 en plusvalía. Pero al mismo tiempo, al aumentar el número de obreros, el capital constante, el valor de los medios de producción, descenderá de 100 a 90. Estamos, por tanto, ante un caso de decreciente productividad del trabajo, combinado con un descenso combinado del capital constante; ¿es económicamente posible este caso?

En la agricultura y en la industria extractiva, donde es fácil comprender el descenso de la productividad del trabajo y, por tanto, el aumento del número de obreros empleados, este proceso –dentro de los límites de la producción capitalista y a base de ella– se halla vinculado, no al descenso, sino al aumento del capital constante. Aun cuando el descenso de c más arriba indicado obedeciese a una simple baja de precios, un capital suelto sólo podría operar el paso de I a II en circunstancias muy excepcionales. En cambio, tratándose de dos capitales independientes invertidos en distintos países o en distintas ramas de la agricultura o la industria extractiva, no tendría nada de sorprendente el que en un caso se empleasen más obreros (y, por tanto, más capital variable) y trabajasen con medios de producción menos valiosos o más escasos que en el otro caso.

Pero si abandonamos el supuesto de que el salario permanece idéntico y explicamos el aumento del capital variable de 20 a 30 por la subida del salario en el 50%, se presenta un caso completamente distinto. El mismo número de obreros –digamos, 20– sigue trabajando con los mismos medios de producción o con medios de producción reducidos solamente en proporciones insignificantes. Si la jornada de trabajo permanece invariable –a base de 10 horas, por ejemplo–, permanecerá invariable también el producto total de valor; seguirá siendo = 30. Pero estos 30 se invertirán en su totalidad para reponer el capital desembolsado de 30; desaparecerá, por tanto, la plusvalía. Sin embargo, se partía del supuesto de que la cuota de plusvalía permanecía constante, es decir, de que seguía siendo del 50 %, como en I. Pero esto sólo puede ocurrir si la jornada de trabajo se alarga en un 50 %, a 15 horas. Los 20 obreros producirán entonces, en las 15 horas, un valor de 45 y se cumplirán todas las condiciones necesarias:

 

II. 90 c + 30 v + l5 p; C = 120, p’ = 50 %, g’ = 12 ½ %

 

En este caso, los 20 obreros no necesitarán más medios de trabajo, herramientas, máquinas, etc., que en el caso I: sólo tendrán que aumentar en el 50 % las materias primas o las materias auxiliares. Por tanto, a base de una baja de precio de estas materias, el tránsito de I a II sería, bajo las premisas de que partimos, mucho más admisible, económicamente, para un capital aislado. Y el capitalista se resarciría, por lo menos en cierto modo, con una ganancia mayor de la pérdida sufrida por la depreciación de su capital constante.

Supongamos ahora que el capital variable baje en vez de subir. En este caso, no tendremos más que invertir nuestro ejemplo anterior, poner el nº II como capital primitivo y pasar de II a I.

II. 90 c + 30 v + l5 p se convertirá más tarde en

I. 100 c + 20 v + 10 p, siendo evidente que este trastrueque no altera en lo más mínimo las condiciones que rigen las respectivas cuotas de ganancia y la relación mutua que entre ellas existe.

v desciende de 30 a 20 porque se emplee 1/3 menos obreros aun aumentando el capital constante, tendremos ante nosotros el caso normal de la industria moderna: creciente productividad del trabajo, dominio de mayores masas de medios de producción por un número menor de obreros. En la sección III de este libro veremos que este movimiento se combina necesariamente con la baja simultánea de la cuota de ganancia.

Pero si v baja de 30 a 20 porque se emplee el mismo número de obreros pero con un salario más bajo, tendremos que, permaneciendo idéntica la jornada de trabajo, el producto total de valor seguirá siendo = 30 v + l5 p = 45; y como v ha descendido a 20, la plusvalía subirá a 25 y la cuota de plusvalía del 50 % al 125 %, lo que sería contrario al supuesto de que se parte. Para no salirnos de las condiciones de nuestro caso, la plusvalía, a base de una cuota del 50%, tiene que descender más bien a 10, bajando por tanto el producto total de valor de 45 a 30. lo cual sólo es posible acortando en 1/3 la jornada de trabajo. Y entonces tendremos, al igual que arriba:

 

100 c + 20 v + 10 p: p’ = 5 0 %, g’ = 8 1/3 %.

 

Huelga, indudablemente, decir que en la práctica no se dará este caso de reducción del tiempo de trabajo acompañada de la disminución del salario. Sin embargo, esto no tiene importancia. La cuota de ganancia es una función de distintas variables y, sí queremos saber cómo influyen estas variables sobre la cuota de ganancia, tenemos que investigar la influencia de cada una de ellas, lo mismo si esta influencia aislada es económicamente admisible en el mismo capital que sí no lo es.

b) p’ constante, v variable, C variable por la variación de v

Este caso sólo difiere del anterior en cuanto al grado. En vez de que c disminuya o aumente en la misma medida en que v aumente o disminuya, c permanece ahora constante. Pero, bajo las condiciones actuales de la gran industria y la agricultura, el capital variable sólo representa una parte relativamente pequeña del capital total, razón por la cual la disminución o el aumento de éste, en cuanto determinados por los cambios de aquél, tienen que ser también, necesaria y relativamente pequeños. Partiendo nuevamente de un capital:

 

I. 100 c + 20 v + l0 p; C = 120, p’ = 50 %, g’ = 8 1/3 %, este capital se convertiría, por ejemplo, en:

II. 100 c + 30 v + l5 p; C = 130, p’ = 50 %, g’ = 11 7/13 %.

 

El caso contrario, el de la disminución del capital variable, podría ilustrarse, a su vez, por el tránsito inverso de II a I.

Las condiciones económicas serian esencialmente las mismas que en el caso anterior y no haría falta, por tanto, repetirlas. El tránsito de I a II implica: reducción de la productividad del trabajo en un 50 % ; para dominar 100 c hará falta la mitad más de trabajo en II que en I. Este caso puede darse en la agricultura.2

Pero mientras que en el caso anterior el capital total permanecía constante por el hecho de que una parte del capital constante se convertía en variable, o a la inversa, aquí nos encontramos con que al aumentar el capital variable, se vincula el capital sobrante y, al disminuir, queda libre el capital antes invertido.

 

c) p’ y v constantes, c, y por tanto también C, variables

 

En este caso, la ecuación

 

 

v

 

c

g’ = p’

––

se convierte en g’1 = p’

––

 

C

 

C 1

 

y conduce, suprimiendo los factores que aparecen en ambos lados, a la siguiente proporción:

 

g’ 1 : g’ = C : C1 ;

 

a base de la misma cuota de plusvalía y de los mismos capitales variables, las cuotas de ganancia se comportan entre si a la inversa que los capitales totales.

Sí tenemos, por ejemplo, tres capitales o tres situaciones distintas del mismo capital, como sigue:

  I.   80 c + 20 v + 20 p; C = 100, p’ = 100 %, g’ =        20%:

 II. 100 c + 20 v + 20 p; C = 120, p’ = 100 %, g’ = 16 2/3 %;

III.   60 c + 20 v + 20 p; C =   80, p’ = 100 %, g’ =       25 %:

 

la proporción será la siguiente:

 

20 % : l6 2/3 % = 120 : 100 y 20 % : 25 % = 80 : 100.

 

 

v

La fórmula general antes establecida para las variaciones de

––

 

C

 

a base de p’ constante, era:

 

 

ev

 

v

g’ = p’

––

ahora se convierte en g’ 1 = p’

––

 

EC

 

EC 1

 

 

v 1

puesto que v no sufre modificación y, por tanto, el factor e =

––

 

C

 

se convierte aquí en = 1.

Como p’v = p a la masa de la plusvalía, y como p’ y v permanecen ambos constantes, p no resulta tampoco afectada por la variación de C; la masa de la plusvalía sigue siendo la misma antes y después de la variación.

Si c bajase hasta 0, tendríamos que g’ = p’, es decir, que la cuota de ganancia sería igual a la cuota de plusvalía.

Los cambios de c pueden provenir bien del simple cambio de valor de los elementos materiales del capital constante, bien de la distinta composición técnica del capital total, es decir, del cambio de la productividad del trabajo en la correspondiente rama de producción. En el segundo caso, la creciente productividad del trabajo social, consecuencia del desarrollo de la gran industria y de la agricultura, haría que el tránsito se operase en el sentido (véase ejemplo anterior) de III a I y de I a II. Una cantidad de trabajo que se paga con 20 y produce un valor de 40 empezaría dominando una masa de medios de trabajo por valor de 60; al aumentar la productividad, permaneciendo invariable el valor, los medios de trabajo utilizados ascenderían primero a 80 y luego a 100. La serie inversa determinaría un descenso de la productividad; la misma cantidad de trabajo podría poner en movimiento menos medios de producción y se restringiría el volumen de las operaciones, como puede ocurrir en la agricultura, en la minería, etc.

El ahorro de capital constante eleva, de una parte, la cuota de ganancia y, de otra parte, deja libre una parte de capital; tiene, pues, su importancia para el capitalista. Este punto, así como la influencia de los cambios de precios de los elementos del capital constante, sobre todo los de las materias primas, serán investigados más de cerca por nosotros en un lugar posterior.

Volvemos a encontrarnos aquí con que la variación del capital constante influye por igual sobre la cuota de ganancia cuando esta variación provocada por el aumento o la disminución de los elementos materiales de c que cuando obedece a un simple cambio de valor de los mismos.

 

d) p’ constante, v, c y C todos variables

En este caso, sigue siendo decisiva para la nueva cuota de ganancia la fórmula general que dábamos más arriba:

 

ev

g’ 1 = p’

––

 

EC

 

De donde se deduce que, permaneciendo invariable la cuota de plusvalía:

a) la cuota de ganancia disminuye cuando E es mayor que e, es decir, cuando el capital constante aumenta de tal modo, que el capital total aumenta en mayor proporción que el capital variable. Si un capital de 80 c + 20 u + 20 p pasa a la composición orgánica de

 

 

v

 

20

 

30

170 c + 30 v + 30 p, p’ sigue siendo = 100%, pero

––

baja de

––

a

––

 

C

 

100

 

200

 

a pesar de haber aumentado tanto v como C, y la cuota de ganancia desciende consiguientemente del 20 % al 15 %;

b) la cuota de ganancia sólo permanece invariable cuando e = E, es decir, cuando el

 

 

v

 

quebrado

–– ,

a pesar de variar aparentemente

 

C

 

 

conserva el mismo valor, o sea, cuando el numerador y el denominador pueden multiplicarse o dividirse por el mismo número 80 c + 20 v + 20 p y 160 c + 40 v + 40 p dan, palpablemente, la misma cuota de ganancia del 20 %, porque p’ sigue siendo = 100%

 

 

v

 

20

 

40

 

y

––

=

––

=

––

representan en ambos ejemplos el mismo valor;

 

C

 

100

 

200

 

 

c) la cuota de ganancia aumenta cuando e es mayor que E, es decir, cuando el capital variable aumenta en mayor proporción que el capital total. Si 80 c + 20 v + 20 p se convierte en 120 c + 40 v + 40 p, la cuota de ganancia aumentará del 20 al 25 %, porque,

 

 

v

 

20

 

permaneciendo p’ invariable,

––

=

––

aumenta para convertirse

 

C

 

100

 

 

 

20

 

en

––

es decir, aumenta de 1/5 a 1/4.

 

160

 

 

Cuando v y C cambian en la misma dirección, podemos interpretar este cambio de magnitudes en el sentido de que ambos factores cambian, hasta cierto grado, en la misma proporción, de tal modo que el quebrado,

 

v

 

––

permanece invariable. Por encima de este grado, sólo variaría uno de los dos, con lo

C

 

cual este caso, más complicado, quedaría reducido a uno de los casos anteriores más sencillos.

Si, por ejemplo, 80 c + 20 v + 20 p se convierten en 100 c + 30 v + 30 p, la proporción entre v y c y entre v y C seguirá siendo la misma, dentro de esta variación, hasta llegar a 100 c + 25 v + 25 p. Hasta este momento, permanecerá también invariable, por tanto, la cuota de ganancia. Podemos, pues, tomar ahora por punto de partida 100 c + 25 v + 25 p, y encontramos que v ha variado en 5 para subir a 30 v y, por tanto, que C ha aumentado de 125 a 130, con lo cual estaremos dentro del segundo caso, el de la simple variación de C. La cuota de ganancia, que primitivamente era del 20 %, aumenta, por esta adición de 5 v, a base de la misma cuota de plusvalía, hasta el 23 1/13 %.

La misma reducción a un caso más simple puede darse aun cuando v y C cambien de magnitud en sentidos opuestos. Volvamos a partir, por ejemplo, de 80 c + 20 u + 20 p y hagamos que esta proporción se convierta en la fórmula 110 c + 10 v + 10 p: con un cambio a base de 40 c + 10 v + 10 p la cuota de ganancia seguirá siendo la misma que al principio, o sea el 20 %. La adición de 70 c a esta fórmula intermedia hará que baje al 8 1/3 %. Con ello reduciremos, pues, el caso, como arriba, a un caso de variación de una sola variable, es decir, de c.

La variación simultánea de v, c y C no brinda, pues, ningún punto de vista nuevo y nos lleva siempre, en última instancia, al caso en que sólo varia un factor.

De hecho hemos agotado ya también el único caso que queda, o sea, aquel en que v y C conservan numéricamente la misma magnitud, pero operándose un cambio de valor en los elementos materiales que los integran, en que, por tanto, v indica una cantidad distinta de trabajo puesto en acción y c una cantidad distinta de medios de trabajo puestos en movimiento.

Supongamos que en 80 c + 20 v + 20 p los 20 v representen primitivamente el salario de 20 obreros, a razón de 10 horas de trabajo diarias, y que el salario de cada uno de ellos aumente de 1 a 1 1/4. En este caso, los 20 v cubrirán los salarios de 16 obreros solamente, en vez de 20. Pero si los 20 obreros, en 200 horas de trabajo, producían un valor de 40, los 16, en 10 horas diarias, es decir, en un total de 160 horas de trabajo, producirán solamente un valor de 32. Después de deducir 20 v para salarios, de los 32, sólo quedarán 12 para plusvalía, lo cual quiere decir que la cuota de ésta habrá descendido del 100 al 60 %. Pero como, según el supuesto de que se parte, la cuota de plusvalía debe permanecer constante, habrá que suponer que la jornada de trabajo se prolonga en 1/4, de 10 horas a l2 1/2 ; si 20 obreros, en 10 horas diarias = 200 horas de trabajo, producen un valor de 80, 16 obreros en l2 1/2 horas diarias = 200 horas, producirán el mismo valor y el capital de 80 c + 20 v seguirá produciendo una plusvalía de 20.

A la inversa: si los salarios bajan de tal modo que 20 v costeen los salarios de 30 obreros, p’ sólo podrá permanecer constante siempre y cuando que la jornada de trabajo de 10 horas descienda a 6 1/3. 20 x 10 = 30 x 6 2/3 = 200 horas de trabajo.

Hasta qué punto, partiendo de estas premisas opuestas, c puede permanecer idéntico en cuanto a la expresión de su valor en dinero y, sin embargo, representar la nueva cantidad de medios de producción que corresponde a las nuevas condiciones, es cosa que, en lo esencial, ha sido expuesta ya más arriba. Es éste un caso que sólo podrá admitirse excepcionalmente, en toda su pureza.

Por lo que se refiere al cambio de valor de los elementos integrantes de c, que aun aumentando o disminuyendo en cuanto a la masa, deje intacta la suma de valor representada por c, este cambio no afecta ni a la cuota de ganancia ni a la cuota de plusvalía, siempre y cuando que no lleve consigo un cambio de magnitud de v.

Con esto, hemos agotado todos los casos posibles de la variación de v, c y C dentro de nuestra ecuación. Hemos visto que la cuota de ganancia, permaneciendo idéntica la cuota de plusvalía, puede disminuir, permanecer invariable o aumentar, mientras que el más pequeño cambio en la proporción de v con respecto a c o a C basta para hacer que cambie también la cuota de ganancia.

Asimismo hemos visto que, en cuanto a la variación de v, se llega siempre a un limite en que la constancia de p’ es económicamente imposible. Como cualquier variación unilateral de c tiene necesariamente que llegar también a un límite en que v no pueda seguir permaneciendo constante, llegamos a la conclusión de que todas las posibles variaciones de

 

v

 

––

tropiezan con limites más allá de los cuales p’ tiene que convertirse también,

C

 

 

necesariamente, en un factor variable. Y esta acción mutua de las diversas variables de nuestra ecuación se acusará todavía más claramente en las variaciones de p’, en cuyo examen entramos ahora.

 

2. p’ variable

 

Obtendremos una fórmula general para expresar las cuotas de ganancia

 

v

 

correspondientes a distintas cuotas de plusvalía, lo mismo sí

––

permanece constante que

 

C

 

si varia, convirtiendo, la ecuación:

 

v

g’ = p’

––

 

C

 

en esta otra:

 

v 1

g’ 1 = p’ 1

––

 

C 1

 

en la que g’ 1, p’ 1, v 1 y C 1 indican los valores cambiados de g’, p’, u y C. Tenemos, entonces, que

 

v

 

v

g’ : g’ 1 = p’

––

: p’ 1

––

 

C

 

C 1

 

de donde llegamos a

 

p’ 1

 

v 1

 

C

 

g’ 1 =

––

x

––

x

––

x g’

 

p’

 

v

 

C 1

 

 

 

 

v

 

a) p’ variable,

––

constante.

 

C

 

 

En este caso, tenemos las ecuaciones:

 

v

 

v

g’ = p’

––

; g’ 1 = p’ 1

––

 

C

 

C

 

 

v

 

teniendo en ambas

––

el mismo valor. Por tanto, la proporción es:

 

C

 

 

g’ : g’ 1 = p 1 : p’ 1.

Las cuotas de ganancia de dos capitales de composición igual guardan entre sí la misma proporción que las correspondientes cuotas de plusvalía.

 

v

 

Como en el quebrado

––

no interesan las magnitudes absolutas de v y C, sino solamente la

 

C

 

proporción entre ambos factores, lo mismo puede decirse de todos los capitales de igual magnitud, cualquiera que su magnitud absoluta sea.

 

  80 c + 40 v + 20 p; C = 100, p’ = 100 %, g’ = 20 %

160 c + 20 v + 20 p; C = 200, p’ =   50 %, g’ = 10 %

100 % : 50 % = 20 % : 10 %

 

Si las magnitudes absolutas de v y C son las mismas en ambos casos, entre las cuotas de ganancia existirá, además, la misma proporción que entre las masas de ganancia:

g’ : g’1 = p’ v : p’1 v = p : p 1.

 

Por ejemplo:

80 c + 20 v + 20 p; p’ = 100 %, g’ = 20 %

80 c + 20 v + 10 p; p’ =    50%, g’ = 10 %

20 % : 10 % = 100 x 20 : 50 x 20 = 20 p : l0 p.

 

Ahora bien, es evidente que en capitales de la misma composición absoluta o porcentual la cuota de plusvalía sólo puede ser diferente sí varían los salarios, la duración de la jornada de trabajo o la intensidad de éste. En los tres casos:

 

  I. 80 c + 20 v + l0 p; p’ =    50 %, g’ = 10 %,

 II. 80 c + 20 v + 20 p; p’ = 100 %, g’ = 20 %,

III. 80 c + 20 v + 40 p; p’ = 200 %, g’ = 40 %,

 

se crea un producto total que en I es de 30 (20 v + l0 p), en II de 40 y en III de 60. Esto puede ocurrir de uno de estos tres modos.

En primer lugar, sí los salarios son distintos, es decir, si los 20 v expresan un número distinto de obreros en cada caso. Supongamos que en I se empleen 15 obreros a razón de 10 horas diarias y con un salario de 1 1/3 libras esterlinas y que produzcan un valor de 30 libras, de las cuales 20 reponen los salarios y las 10 restantes representan la plusvalía. Si el salario baja a 1 libra, podrán emplearse 20 obreros a 10 horas diarias, los cuales producirán un valor de 40 libras, de ellas 20 para cubrir los salarios y las 10 restantes corno plusvalía. Si el salario sigue bajando hasta 2/3 de libra, tendremos 30 obreros trabajando 10 horas diarias para producir un valor de 60 libras, de las cuales, después de deducir las 20 libras correspondientes a los salarios, quedarán 40 como plusvalía.

Este caso: composición porcentual constante del capital, jornada de trabajo constante, intensidad de trabajo constante y variación de la cuota de plusvalía determinada por las variaciones del salario, es el único en que responde a la verdad la hipótesis de Ricardo: “Las utilidades serán altas o bajas exactamente en proporción a que los salarios sean altos o bajos" (Ricardo, Principios de Economía Política, tomo I de Obras Completas, México, F. de C. E., 1959, pp. 20 21).

En segundo lugar, cuando difiera la intensidad del trabajo. En este caso, tendremos, por ejemplo, que 20 obreros, empleando los mismos medios de trabajo, producen en 10 horas diarias de labor, en 130, en II 40 y en III 60 unidades de una determinada mercancía, cada una de las cuales representará, aparte del valor de los medios de producción consumidos para producirla, un valor nuevo de 1 libra. Y como cada 20 unidades = libras esterlinas se destinarán a reponer los salarios invertidos, quedarán para la plusvalía: en I 10 unidades = 10 libras, en II 20 unidades = 20 libras y en III 40 unidades = 40 libras.

En tercer lugar, si la jornada de trabajo es de distinta duración. Sí 20 obreros, trabajando con la misma intensidad, trabajan en I nueve horas diarias, en II doce y en III dieciocho, la proporción entre sus productos respectivos será de 30 : 40 : 60 = 9 : 12 : 18, y como el salario es = 20 en los tres casos, quedará un margen de plusvalía de 10, 20 y 40 respectivamente.

El aumento o la disminución de los salarios obra, por tanto, en razón directa y el aumento o la disminución de la intensidad del trabajo y la prolongación o la reducción de la jornada obran en el mismo sentido sobre la cuantía de la cuota de plusvalía y,

 

v

 

consiguientemente, permaneciendo constante

–– ,

sobre la cuota de ganancia.

 

C

 

 

b) p’ y v variables, C constante

 

En este caso, rige la proporción siguiente

 

v

 

v 1

 

g’ : g’1 = p’

––

: p’1

––

= p’ v : p’1 v1 = p : p1

 

C

 

C

 

 

Existe entre las cuotas de ganancia la misma proporción que entre las respectivas masas de plusvalía.

La variación de la cuota de plusvalía, permaneciendo idéntico el capital variable, representaba un cambio en cuanto a la magnitud y a la distribución del producto de valor. La variación simultánea de v y p’ implica siempre, asimismo, una distribución distinta, pero no siempre un cambio de magnitud del producto de valor. Caben aquí tres casos:

a) la variación de v y p’ se efectúa en sentido distinto, pero a base de la misma magnitud; por ejemplo:

80 c + 20 v + 10 p. p’ =   50 %. g’ = 10 %

90 c + 10 v + 20 p, p’ = 200 %, g’ = 20 %.

 

El producto de valor es el mismo en ambos casos y también, por tanto, la cantidad de trabajo rendida; 20 v + l0 p = l0 v + 20 p = 30. La diferencia consiste, simplemente, en que en el primer caso se pagan 20 por salarios, quedando 10 solamente para plusvalía, mientras que en el segundo caso los salarios ascienden a 10 y la plusvalía se remonta, por tanto, a 20. Es éste el único caso en que, variando al mismo tiempo los factores v y p’, la variación no afecta para nada al número de obreros, a la intensidad del trabajo ni a la duración de la jornada.

b) La variación de p’ y v se opera también en sentido opuesto, pero no versando en ambos factores sobre la misma magnitud. En este caso, la variación de uno de los dos factores, u o p’, tiene que sobrepujar a la del otro.

  I. 80 c + 20 v + 20 p; p’ =    100 %, g’ = 20 %

 II. 72 c + 28 v + 20 p; p’ = 71 3/7 % g’ = 20 %

III. 84 c + 16 v + 20 p; p’ =    125 %, g’ = 20 %.

 

En I se paga con 20 v un producto de 40, en II uno de 48 con 28 v y en III uno de 36 con l6 v. Cambian tanto el producto de valor como los salarios: y el cambio del producto de valor indica cambio de la cantidad de trabajo rendida, es decir, cambio del número de obreros, de la duración de la jornada o de la intensidad de trabajo, o de varias de estas tres cosas al mismo tiempo.

90 c + 10 v + 10 p; p’ = 100 %, g’ = 10 %

80 c + 20 v + 30 p; p’ = 150 %, g’ = 30 %

92 c +   8 v +   6 p; p’ =   75 %, g’ =   6 %.

 

También aquí son distintos los tres productos de valor, pues oscilan entre 20, 50 y 14, y esta diferencia en cuanto a la magnitud de la cantidad de trabajo rendida en cada caso se reduce, a su vez, a la diferencia en cuanto al número de obreros, en cuanto a la duración del trabajo, en cuanto a la intensidad de éste o a varios de estos factores simultáneamente.

 

3. p’ v y C variables

 

Este caso no ofrece ningún punto de vista nuevo y se resuelve con la fórmula general establecida en II, o sea, la de p’ variable.

Los efectos de un cambio de magnitud de la cuota de plusvalía sobre la cuota de ganancia da, pues, corno resultante los siguientes casos:

 

v

 

1) g’ aumenta o disminuye en la misma proporción que p’ si

––

permanece constante.

 

C

 

 

80 c + 20 v + 20 p; p’ = 100 %, g’ = 20 %

80 c + 20 v + l0 p; p’  =   50 %, g’ = 10 %

100 % : 50 % = 20 % : 10 %.

 

 

v

 

2) g’ aumenta o disminuye en mayor proporción que p’

––

se desplaza en el mismo

 

C

 

sentido que p’, es decir, aumenta o disminuye si p’ aumenta o disminuye.

 

80 c + 20 v + l0 p; p’  = 50       % g’ = 10 %

70 c + 30 v + 20 p. p’ = 66 2/3 %,g’ = 20 %

50 % : 66 2/3 % < 10 % : 20 % 3

 

 

v

 

3) g’ aumenta o disminuye en menor proporción que p’

se desplaza en sentido

 

C

 

opuesto al de p’, pero en menor proporción.

 

80 c + 20 v + 10 p; p’ =   50 %, g' = 10 %

90 c +  l0 v +  l5 p; p’ = 150 %, g’ = 15 %

50 % : 150 % > 10 % : 15 %.

 

 

v

 

4) g’ aumenta aunque p’ disminuya o disminuye aunque ésta aumente, si

––

se

 

C

 

desplaza en sentido opuesto al de p’ y en mayor proporción que ésta.

 

80 c + 20 v + 20 p; p’ = 100 %, g’ = 20 %

90 c + l0 v + l5 p; p’  = 150 %, g’ = 15 %

 

p’ sube aquí del 100 % al 150 % y g’ desciende del 20 % al 15 %.

 

 

 

v

 

5) Finalmente, g’ permanece constante, aunque p’ aumente o disminuya, si

––

cambia de

 

C

 

magnitud en sentido opuesto, pero exactamente en la misma proporción que p’

 

Este último caso es el único que requiere cierta explicación. Como vimos más arriba,

 

v

 

a propósito de las variaciones de

––

una y la misma cuota de plusvalía puede traducirse

 

C

 

en las más distintas cuotas de ganancia; pues bien aquí vemos que una y la misma cuota de ganancia puede basarse en las más diversas cuotas de plusvalía. Pero mientras que, permaneciendo constante p’, cualquier cambio que se opere en la proporción de v a C basta para provocar una diferencia en cuanto a la cuota de ganancia, tratándose del cambio de magnitud de p’ tiene que producirse un cambio de magnitud exactamente igual, pero a la

 

v

 

inversa, de

––

para que la cuota de ganancia siga siendo la misma. Y este caso sólo

 

C

 

puede darse excepcionalmente con el mismo capital o con dos capitales distintos dentro del mismo país. Tomemos por ejemplo un capital

 

80 c + 20 v + 20 p : C = 100, p’ = 100 %, g’ = 20 %

 

y supongamos que los salarios disminuyan de tal modo, que pueda pagarse con l6 v el mismo número de obreros que antes costaba 20 v. En este caso, siempre y cuando que las demás condiciones permanezcan invariables y que queden libres los 4 v, tendremos:

 

80 c + l6 v + 24 p; C = 96,.p’ = 150 %, g’ = 25 %.

 

Para que g’ fuese = 20 %, , como antes, tendría que aumentar el capital total a 120 y el capital constante, por tanto, a 104:

 

104 c + l6 v + 24 p; C = 102, p’ = 150 %, g’ = 20 %.

 

Para que esto fuese posible sería necesario que, al mismo tiempo que la baja de los salarios, se operase un cambio en la productividad del trabajo que hiciese necesario este cambio en cuanto a la composición del capital, o bien que el valor en dinero del capital constante aumentase de 80 a 104; en una palabra, tendría que darse una coincidencia casual de condiciones, que sólo se da en casos excepcionales. En efecto, un cambio de p’ que no

 

v

 

determine al mismo tiempo un cambio de v y también, por tanto, de

––

sólo es concebible

 

C

 

en circunstancias muy concretas: tratándose de ramas industriales en las que sólo se emplee capital fijo y trabajo y en que el objeto sobre que el trabajo recae sea suministrado por la misma naturaleza.

En cambio, la cosa varía cuando se trata de comparar las cuotas de ganancia de dos países distintos. En efecto, aquí la misma cuota de ganancia expresa en la mayoría de los casos distintas cuotas de plusvalía.

De los cinco casos que hemos examinado se desprende: que un alza de la cuota de ganancia puede corresponder a una baja o a un alza de la cuota de plusvalía, una baja de la cuota de ganancia a un alza o a una baja de la cuota de plusvalía, y mantener la cuota de ganancia a su nivel puede corresponder a una cuota de plusvalía en alza o en baja, Ya hemos visto en el apartado I que una cuota de ganancia alta, baja o que conserva el mismo nivel, puede corresponder de la misma manera a una cuota de plusvalía constante.

*

La cuota de ganancia se determina, pues, por dos factores fundamentales, que son la cuota de plusvalía y la composición de valor del capital. Los efectos de estos dos factores pueden resumirse en pocas palabras del modo siguiente, pudiendo expresar la composición del capital en tantos por ciento, puesto que para el propósito que aquí nos guía no interesa saber de cuál de las dos partes del capital proviene el cambio:

Las cuotas de ganancia de dos capitales o del mismo capital en dos situaciones distintas sucesivas

son iguales:

1) cuando los dos capitales tengan la misma composición porcentual y la misma cuota de plusvalía;

2) cuando, teniendo distinta composición porcentual y distinta cuota de plusvalía, los productos de las respectivas cuotas de plusvalía en las partes variables porcentuales del capital (en p’ y v), es decir, las masas respectivas de plusvalía calculadas porcentualmente a base del capital total (p = p’v) sean iguales; dicho en otros términos, cuando en ambos casos se hallen en razón inversa entre sí los factores p’ y v.

 

Son distintas:

 

1) cuando, siendo igual la composición porcentual de los capitales, sean distintas las cuotas de plusvalía, allí donde exista entre ellas la misma proporción que entre las cuotas de ganancia.

2) cuando, siendo iguales las cuotas de plusvalía y distinta la composición porcentual de los capitales, exista entre ellas la misma proporción que entre las partes variables del capital;

 

3) cuando, siendo distintas las cuotas de plusvalía y la composición porcentual de los capitales, exista entre ellas la misma proporción que entre los productos p’v, es decir, que entre las masas de plusvalía calculadas a base del capital total.4

 

 

NOTAS AL PIE DEL CAP 3

 

1 Es decir, después de transponer toda la suma c + v + p a la forma porcentual, Pero esta transposición modifica también en su relación mutua las magnitudes de v y v1. Por consiguiente (siempre que C no sea = C1) la fórmula siguiente sólo rige para capitales en forma porcentual. Consúltese acerca de esto la observación que Marx hace a continuación, en el texto. (Nota de la Ed. alemana) .

 

2 El manuscrito dice aquí: "A investigar más tarde cómo se coordina este caso con la renta del suelo" [F. E.].

 

3 El signo < quiere decir aquí que el cambio de 50 con respecto a 66 2/3 es relativamente menor que el cambio de 10 con respecto a 20. Lo contrario de lo que significa el signo > en la fórmula siguiente. (Nota de la Ed. alemana.)

 

4 Figuran además en el manuscrito cálculos muy minuciosos sobre la diferencia: cuota de plusvalía menos cuota de ganancia (p' - g'), diferencia que presenta toda una serie de interesantes peculiaridades y cuyo movimiento indica los casos en que estas dos cuotas se alejan la una de la otra o se acercan mutuamente. Son movimientos que pueden representarse también por medio de curvas. Renuncio a insertar este material porque encierra poca importancia para los fines inmediatos de esta obra, bastando con llamar hacia este punto la atención de aquellos lectores que deseen desarrollarlo más. (F. E.)


 

Capítulo IV

EFECTO DE LA ROTACIÓN SOBRE LA CUOTA DE GANANCIA

 

El efecto de la rotación sobre la producción de plusvalía y también, por tanto, de ganancia, ha sido estudiada ya en el libro II. Podemos resumirla brevemente diciendo que el tiempo necesario para la rotación hace que no pueda emplearse simultáneamente en la producción todo el capital, razón por la cual una parte del capital se halla constantemente inactivo, bien en forma de capital–dinero, bien en forma de materias primas almacenadas, de capital–mercancías dispuesto para venderse, pero aún no vendido, o de títulos de crédito no vencidos aún; que el capital puesto en funciones en la producción activa, es decir, en la producción y apropiación de plusvalía, se ve reducido constantemente en esta parte y lo mismo, por consiguiente, la plusvalía producida y apropiada. Cuanto más corto es el período de rotación, menor es también esta parte ociosa del capital, comparada con el capital en su conjunto, y mayor, por tanto, siempre y cuando que las demás circunstancias permanezcan invariables, la plusvalía apropiada.

Ya expusimos detalladamente en el libro II [véanse pp. 277–293] cómo al acortarse el período de rotación o una de sus dos fases, la fase de la producción y la fase de la circulación, aumenta la masa de la plusvalía producida. Y como la cuota de ganancia sólo expresa la proporción entre la masa de plusvalía producida y el capital total invertido en su producción, es evidente que cualquier acortamiento del período de rotación, por pequeño que sea, hace que aumente la cuota de ganancia. Y lo que expusimos más arriba, en la sección segunda del libro II respecto a la plusvalía, es también aplicable a la ganancia y a la cuota de ganancia, sin que haya por qué repetirlo aquí. Subrayaremos solamente dos o tres aspectos fundamentales del problema.

El medio principal para acortar la fase de la producción consiste en aumentar la productividad del trabajo: lo que habitualmente se llama el progreso industrial. Como consecuencia de ella, tiene que aumentar necesariamente la cuota de ganancia, a menos que aumente simultáneamente en proporciones considerables el capital total invertido mediante la instalación de maquinaria más costosa, etc., haciendo que baje, por tanto, la cuota de ganancia, que ha de calcularse sobre el capital en su conjunto. Tal es el caso, indiscutiblemente, de muchos de los más recientes progresos de la metalurgia y de la industria química. Los métodos recién descubiertos por Bessemer, Siemens, Gilchrist–Thomas y otros para la preparación del hierro y del acero acortan y reducen al mínimo, con un gasto relativamente pequeño, procesos que antes eran muy largos y difíciles. La obtención de la alizarina o materia colorante de la rubia a base del alquitrán de la hulla permite lograr en unas cuantas semanas y con la misma instalación fabril empleada anteriormente para la obtención de materias colorantes derivadas de la hulla, un resultado idéntico al que antes requería años enteros; en efecto, la rubia necesitaba un año para desarrollarse y además había que dejar que las raíces madurasen durante varios años antes de proceder a la coloración.

El medio principal para acortar la fase de la circulación es el mejoramiento de las comunicaciones. Los últimos cincuenta años han operado en este respecto una revolución que sólo puede compararse con la revolución industrial de la segunda mitad del siglo pasado. Por tierra, los caminos macadamizados han sido deslazados por el ferrocarril; por mar, las rápidas y regulares líneas de vapores han hecho pasar a segundo plano la lenta e irregular navegación a vela, y todo el planeta se halla circundado hoy por una red de hilos telegráficos. Es ahora, en realidad, cuando el canal de Suez ha venido a abrir a la navegación de vapor el Asia oriental y Australia. Una remesa de mercancías que en 1847 necesitaba por lo menos doce meses para llegar al Asia oriental (véase libro II, p. 237) puede arribar hoy a su destino en otras tantas semanas. Los dos grandes focos de la crisis de 1825–1857, Norteamérica y la India, se han acercado de un 70 a un 90% a los países industriales de Europa gracias a esta conmoción de los medios de transporte a que nos estamos refiriendo, perdiendo con ello una gran parte de su capacidad explosiva. El tiempo de rotación de todo el comercio mundial se ha visto reducido en la misma proporción, duplicándose y hasta triplicándose la capacidad de acción del capital interesado . Huelga decir que esto no podía por menos de influir en la cuota de ganancia.

Para exponer en toda su pureza los efectos de la rotación del capital total sobre la cuota de ganancia, debemos suponer iguales todas las demás circunstancias que acompañan a los dos capitales comparados entre sí. Partimos, pues, de la hipótesis de que son iguales la cuota de plusvalía, la jornada de trabajo y la composición orgánica porcentual de ambos capitales. Partamos de un capital A formado por 80c + 20c = 100 C, que, con una cuota de plusvalía del 100%, describa dos rotaciones al año. Tendremos entonces el siguiente producto anual:

160c + 40v + 40p. Sin embargo, para obtener la cuota de ganancia no referimos estos 40p al valor–capital de 200 que describe la rotación, sino al capital desembolsado de 100, con lo cual llegamos al resultado de que g’ = 40%.

Comparemos con éste un capital B = 160c + 40v = 200 C, que operando con la misma cuota de plusvalía del 100%, sólo describa una rotación al año. Tendremos entonces que el producto anual es, como arriba:

160c + 40v + 40p. Pero ahora las 40p deben calcularse sobre un capital desembolsado de 200, lo que arroja solamente un 20% de cuota de ganancia, o sea, la mitad de la cuota del capital A.

Llegamos, pues, a la conclusión de que, en capitales de la misma composición orgánica porcentual, a base de la misma cuota de plusvalía y de la misma jornada de trabajo, las cuotas de ganancia de dos capitales se hallan entre sí en razón inversa a sus tiempos de rotación. Si en los dos casos comparados no coinciden la composición orgánica, la cuota de plusvalía, la jornada de trabajo o el salario, estas diferencias engendran otras en cuanto a la cuota de ganancia, pero estas variaciones no tienen nada que ver con la rotación ni nos interesan, por tanto, aquí en lo más mínimo; son diferencias estudiadas ya en el capítulo III.

El efecto directo que el acortamiento del tiempo de rotación ejerce sobre la producción de plusvalía y también, por tanto, de ganancia, consiste en que de ese modo se intensifica la acción del capital variable, acerca de lo cual debe consultarse el capítulo XVI del libro II: “La rotación del capital variable.” Veíamos allí que un capital variable de 500 que describe diez rotaciones al año se apropia durante este tiempo de tanta plusvalía como un capital variable de 5,000 que, a base de la misma cuota de plusvalía y del mismo salario, sólo gira una vez al año.

Tomemos un capital I, formado por 10,000 de capital fijo con un desgaste anual de 10% = 1,000 (500 de capital circulante y 500 de capital variable). Supongamos que, a base de una cuota de plusvalía del 100%, el capital variable gire diez veces al año. Para simplificar el problema, partiremos en todos los ejemplos siguientes del supuesto de que el capital constante circulante gira en el mismo tiempo que el variable, que es en efecto lo que en la práctica suele ocurrir. El producto de este período será así el siguiente:

 

100c (desgaste) + 500c + 500v + 500p = 1,600

y el producto total anual con las 10 rotaciones, será :

 

1,000c

(desgaste)

+

5,000c

+

5,000v

+

5,000p

=

16,000,

 

 

 

5,000

 

C

=

11,000, p

=

5,000, g

=

–––––––––

=

455/11%,

 

11,000

 

                                     

Tomemos ahora otro capital II: capital fijo 9,000, desgaste anual del mismo 1,000, capital constante circulante 1,000, capital variable 1,000, cuota de plusvalía 100%, número de rotaciones anuales del capital variable, 5. El producto de cada período de rotación del capital variable será, pues:

 

200c (desgaste) + 1,000c + 1,000v + 1,000p = 3,200,

y el producto anual total, en las cinco rotaciones:

1,000c

(desgaste)

+

5,000c

+

5,000v

+

5,000p

=

16,000,

 

 

5.000

 

C

=

11,000, p

=

5,000, g

=

––––––

=

455/11%.

 

11,000

 

                                     

Tomemos, finalmente, un capital III en el que no entre ningún capital fijo y entren, en cambio, 6,000 de capital constante circulante y 5,000 de capital variable. Supongamos que, a base de una cuota de plusvalía del 100%, este capital describa una rotación al año. El producto total en el año será, según esto:

 

6.000c

+

5,000v

+

5.000p

=

16,000,

 

 

 

5,000

 

C

=

11,000, p

=

5.000, g

=

–––––––

=

455/11%.

 

11,000

 

                             

Tenemos, pues, en los tres casos la misma masa anual de plusvalía = 5,000 y, puesto que el capital total es también el mismo en los tres casos, a saber = 11,000, la misma cuota de ganancia del 45 5/11%.

En cambio, si en el capital I nos encontrásemos con 5 rotaciones anuales solamente en vez de 10, cambiarían los términos del problema. El producto de una rotación sería entonces:

200c (desgaste) + 500c + 500v + 500p = 1,700.

Y el producto anual:

 

1,000c

(desgaste)

+

2,500c

+

2,500v

+

2,500p

=

8,500,

 

 

2,500

 

C

=

11,000, p

=

2,500; g’

=

––––––

=

228/11%.

 

11,000

 

                           

Al doblarse el tiempo de rotación, la cuota de ganancia queda reducida a la mitad.

Por tanto, la masa de plusvalía apropiada en el transcurso del año equivale a la masa de la plusvalía apropiada en un período de rotación del capital variable, multiplicada por el número de rotaciones de éstas que el capital describe durante un año. Si llamamos P a la plusvalía o ganancia apropiada durante el año, p a la plusvalía apropiada durante un período de rotación y n al número de rotaciones anuales del capital variable, tendremos que P = p n y la cuota anual de plusvalía P’ = pn, como hubimos de exponer ya en el libro II, cap. XVI, I [p. 290].

 

v

v

 

La fórmula de la cuota de ganancia

g’

=

p’

––––

=

p’

–––––

 

 

C

 

c

+

v

                     

sólo es exacta, naturalmente, cuando el v del numerador sea el mismo del denominador. En el denominador v representa la parte íntegra del capital total que se invierte por término medio en capital variable, en salarios. El v del numerador sólo se halla determinado momentáneamente por el hecho de que ha producido y se ha apropiado una determinada cantidad de plusvalía = p, cuya proporción

 

p

 

con él

––––

representa la cuota de plusvalía p’. Sólo por este medio

 

v

 

 

 

p

 

v

se convierte la ecuación

g’=

––––

en la otra

g

=

p

––––

 

c + v

 

c + v

               

El v del numerador se determina y precisa en el sentido de que tiene que ser necesariamente igual al v del denominador, es decir, a toda la parte variable del capital C. Dicho en otros términos, la ecuación

 

v

g

=

––––

sólo puede convertirse sin error en la ecuación g

=

p

––––

 

 

C

 

c + v

               

 

siempre y cuando que p represente la plusvalía producida en un período de rotación del capital variable. Si p sólo representa una parte de esta plusvalía, la ecuación p = pv será exacta, indudablemente, pero este v será aquí menor que el v de C = c + v, por ser menor que todo el capital variable invertido en salarios. Y si p implica más que la plusvalía de una rotación de v, tendremos que una parte de este v o su totalidad funciona dos veces, una vez en la primera rotación y otra vez en la segunda y en la siguiente; el v que produce la plusvalía y que representa la suma de todos los salarios abonados será, por tanto, mayor que el v de la fórmula c + v, y la cuenta resultará falsa.

Para que la fórmula de la cuota de ganancia anual sea exacta, debemos poner, en vez de la cuota de plusvalía simple, la cuota de plusvalía anual, es decir, en vez de p P’ o p’ n. Dicho en otros términos, debemos multiplicar p’, la cuota de plusvalía, –o, lo que viene a ser lo mismo, el capital variable v contenido en C– por n, es decir, por el número de rotaciones que este capital variable describe

 

 

v

 

al cabo del año y entonces tendremos que g’ =

pn

–––––,

 que es la

 

 

C

 

fórmula para calcular la cuota anual de ganancia.

Pero, en la mayoría de los casos, ni el propio capitalista sabe a cuánto asciende en un negocio el capital variable. Hemos visto ya en el capítulo VIII del libro II y veremos aún más adelante que la única diferencia que el capitalista percibe como esencial dentro de su capital es la diferencia entre el capital fijo y el capital circulante. Saca de la caja en que guarda la parte del capital circulante que tiene en su poder en forma de dinero, siempre y cuando que no lo guarde en el banco, el dinero necesario para abonar los salarios, de la que saca también el dinero para pagar las materias primas y auxiliares, abonando aquellas y estas partidas en la misma cuenta de caja. Además, aunque llevase una cuenta especial sobre los salarios abonados, esta cuenta registraría al final del año la suma pagada por este concepto, es decir, la suma v n, pero no el mismo capital variable v. Para averiguar éste, necesitaría establecer un cálculo especial, del que pondremos un ejemplo a continuación.

Tomaremos como base de él, la fábrica de hilados de algodón descrita en el libro I, p. 177 s, con sus 10,000 husos mule, dando por supuesto que las cifras indicadas para una semana del mes de abril de 1871 son válidas para todo el año. El capital fijo invertido en maquinaria era de 10,000 libras esterlinas. El capital circulante no se indicaba; supongamos que sean 2,500 libras, cifra bastante alta, pero justificada por la hipótesis, obligada siempre en estos casos, de que no media ninguna operación de crédito, es decir, de que no se emplea de un modo permanente ni transitorio ningún capital extranjero. El producto semanal se hallaba formado, en cuanto a su valor, por 20 libras esterlinas para desgaste de maquinaria, 358 libras de adelanto de capital constante circulante (alquiler, 6 libras; algodón, 342 libras esterlinas; carbón, gas, aceite, 10 libras esterlinas), 52 libras de capital variable, invertido en salarios, y 80 libras esterlinas de plusvalía. Es decir:

20c (desgaste) + 358c + 52v + 80p = 510.

El anticipo semanal de capital circulante era, pues, de 358c + 52v = 410, y su composición orgánica porcentual 87,3c + 12,7v. Aplicando esto a todo el capital circulante de 2,500 libras esterlinas, da 2,182 libras de capital constante y 318 libras de capital variable. Y como el desembolso total de salarios al año son 52 veces 52 libras esterlinas, o sea, 2,704 libras, resulta que el capital variable de 318 libras esterlinas describe casi exactamente 81/2 rotaciones al cabo del año. La cuota de plusvalía es 80/52 = 153 11/13%. A base de estos elementos calculamos la cuota de ganancia, sustituyendo en la

 

v

 

fórmula g’ = pn

––––

las letras por los valores correspondientes:

 

C

 

p’ = 15311/13, n = 81/2, v = 318, C, = 12,500, o sea:

 

318

 

g'

=

15311/13

X

81/2

X

–––––

=

33.27%.

 

12,500

 

                 

La prueba de esto la hacemos mediante el empleo de la simple

 

p

 

fórmula g’ =

–––––.

La plusvalía total o la ganancia durante el año

 

C

 

asciende a 80 X 52 libras esterlinas = 4,160 libras esterlinas, lo cual, dividido entre el capital total de 12,500 libras, da casi, como arriba, el 33,28%, una cuota de ganancia enormemente alta, que sólo se explica por las circunstancias momentáneas, extraordinariamente favorables (precios muy bajos del algodón y precios muy altos de los hilados) y que en realidad es seguro que no rige durante el año entero.

 

v

 

En la fórmula g’= pn

–––––,

 p’ n es, como queda dicho, lo que en

 

C

 

el libro II llamamos la cuota anual de plusvalía. Representa, en el caso anterior, 15311/13% X 81/2, o sea, exactamente, el 1,3079/13%. Por consiguiente, si ha habido un hombre de bien que se ha llevado las manos a la cabeza ante el ejemplo puesto en el libro II de una monstruosidad de cuota anual de plusvalía del 1,000%, se tranquilizará ahora tal vez ante el ejemplo, tomado de la práctica viva de Manchester, de una cuota anual de plusvalía que rebasa el 1,300%. Esta cuota de plusvalía no constituye nada raro en épocas de gran prosperidad, aunque hay que reconocer que estas épocas hace ya mucho tiempo que no existen.

Digamos de pasada que es éste un ejemplo de la composición efectiva del capital en la gran industria moderna. El capital total se divide en 12,182 libras esterlinas de capital constante y 318 libras de capital variable, lo que suma 12,500 libras esterlinas. O sea, en tantos por ciento, 971/2c + 21/2v = 100C. Sólo la cuadragésima parte del total se destina al pago de salarios, pero con una rotación de más de ocho veces al año.

Son pocos, indudablemente, los capitalistas a quienes se les ocurre hacer estos cálculos acerca de sus propios negocios; por eso las estadísticas silencian casi en absoluto la proporción entre la parte constante y la parte variable del conjunto del capital social. El censo norteamericano es el único que indica lo que puede indicar, en las condiciones actuales: la suma de los salarios abonados y de las ganancias obtenidas en cada rama industrial. Y aunque estos datos son muy dudosos, pues no tienen más base que las indicaciones no controladas de los propios industriales, son a pesar de ello altamente valiosos, y constituyen la única documentación de que disponemos sobre este problema. En Europa somos demasiado delicados para pedir a nuestros grandes industriales que nos hagan semejantes confidencias F. E.)


 

CAPITULO V

ECONOMÍA EN EL EMPLEO DEL CAPITAL CONSTANTE

1. Generalidades

 

El aumento de la plusvalía absoluta o la prolongación del trabajo sobrante, y por tanto, de la jornada de trabajo, sin que sufra alteración el capital variable, es decir, empleando el mismo número de obreros con él mismo salario nominal –siendo indiferente para estos efectos el que el sobretiempo se retribuya o no–, hace que descienda relativamente el valor del capital constante con relación al capital total y al capital variable y eleva así la cuota de ganancia, aun prescindiendo del incremento y de la masa de la plusvalía y de la cuota posiblemente ascensional de esta. El volumen de la parte fija del capital constante, edificios fabriles, maquinaria, etc., sigue siendo el mismo si se trabaja con él 16 horas, que si solamente se trabaja 12. La prolongación de la jornada de trabajo no requiere ninguna nueva inversión en lo que se refiere a esta parte, que es la más costosa del capital constante. A esto hay que añadir que el valor del capital fijo se reproduce así en una serie más corta de períodos de rotación, abreviándose, por tanto, el tiempo durante el cual hay que desembolsarlo para obtener una determinada ganancia. La prolongación de la jornada de trabajo aumenta, por consiguiente, la ganancia, aunque el sobretiempo se retribuya e incluso, hasta cierto límite, aunque se retribuya a un tipo más alto que las horas normales de trabajo. De aquí que la necesidad sin cesar creciente de aumentar el capital fijo sea, en el sistema industrial moderno, el acicate principal que mueva a los capitalistas ambiciosos a prolongar la jornada de trabajo.1

No ocurre lo mismo cuando se trata de una jornada de trabajo constante. En este caso, es necesario emplear uno de dos procedimientos. O aumentar el número de obreros, y con ellos, hasta cierto punto, la masa del capital fijo, de los edificios, de la maquinaria etc., para poder explotar una masa mayor de trabajo (pues aquí se prescinde de los descuentos de salario o de la reducción de éste por debajo de su límite normal). O allí donde se acreciente la intensidad del trabajo o se eleve la capacidad productiva de éste, tratando de obtenerse, en general, más plusvalía relativa, aumentará en las ramas industriales que empleen materias primas la masa de la parte circulante, ya que se elaborará una cantidad mayor de materias primas, etc., dentro de un período de tiempo dad; y, en segundo lugar, aumentará la cantidad de maquinaria puesta en movimiento por el mismo número de obreros, aumentando también, por tanto, esta parte del capital constante. El aumento de la plusvalía irá, pues, acompañado por un aumento del capital constante y la creciente explotación del trabajo llevará aparejado un encarecimiento de las condiciones de producción, por medio de las cuales se explota el trabajo, es decir, una inversión mayor de capital. Por consiguiente, en este caso la cuota de ganancia disminuye en uno de los lados cuando aumenta en el otro.

Hay toda una serie de gastos que son los mismos o casi los mismos con una jornada de trabajo larga que con una jornada de trabajo corta. Los gastos de vigilancia serán menores para 500 obreros durante 18 horas de trabajo que para 750 obreros durante 12 horas. “Los gastos de explotación de una fábrica que trabaja diez horas son casi los mismos que si trabaja doce horas” (Rep. of Insp. of Fact., Oct. 1848, p. 37). Los impuestos al estado y al municipio, los seguros contra incendio, el salario de diversos empleados permanentes, la depreciación de la maquinaria y toda otra serie de gastos de sostenimiento de una fábrica discurren invariables con una jornada de trabajo larga o corta; a medida que la producción se reduce, estos gastos aumentan relativamente a la ganancia (Rep. of Insp of Fact., Oct. 1862, p. 19).

El tiempo durante el cual se reproducen el valor de la maquinaria y otras partes integrantes del capital fijo no depende, prácticamente, de la materialidad de su duración, sino de la duración total del proceso de trabajo, en el transcurso del cual funcionan y son empleadas. Si los obreros tienen que trabajar 18 horas en vez de 12, esto supondrá tres días más a la semana, con lo cual una semana se convertirá en semana y media y dos años en tres. Y si el sobretiempo no se retribuye, resultará que los obreros entregarán gratis, además del tiempo normal de trabajo sobrante, una semana de cada tres y de cada tres años, uno. De este modo, aumentará en un 50% la reproducción de valor de la maquinaria y se conseguirá en 2/3 del tiempo que habría sido necesario en otras condiciones.

En esta investigación, al igual que haremos al analizar las oscilaciones de precios de las materias primas (cap. VI), partimos, para evitar complicaciones inútiles, del supuesto de que la masa y la cuota de la plusvalía constituyen factores dados,

Como hemos puesto ya de relieve al tratar de la cooperación, de la división del trabajo y de la maquinaria [ver tomo I, p. 280], la economía de las condiciones en gran escala obedece substancialmente al hecho de que estas condiciones funcionan como condiciones de un trabajo social, socialmente combinado, y, por tanto, como condiciones sociales del trabajo. Se consumen en el proceso de producción en régimen común, por el obrero colectivo, y no en forma desperdigada por una masa de obreros sin cohesión entre sí o que, a lo sumo, sólo cooperan directamente en pequeña escala. En una gran fábrica impulsada por uno o dos motores centrales, los gastos de sostenimiento de estos motores no aumentan en la misma proporción que su fuerza propulsora: de aquí su posible radio de acción; los gastos de la maquinaria de transmisión no aumentan en la misma proporción que la masa de las máquinas de trabajo a las que transmite el movimiento; el tronco de la máquina de trabajo misma no encarece en la misma proporción en que aumenta el número de las herramientas movidas por ella como sus órganos, etc. La concentración de los medios de producción supone al mismo tiempo una acumulación de edificios de todas clases, no sólo para la instalación de los talleres, sino también para almacenes, etc. Y otro tanto acontece con los gastos de combustible, alumbrado, etc. Otras condiciones de producción se mantienen inalterables lo mismo si son empleadas por pocos que si son empleadas por muchos.

Pero toda esta economía que se obtiene con la concentración de los medios de producción y con su empleo en masa presupone como condición esencial la acumulación y la cooperación de los obreros, es decir, la combinación social del trabajo. Obedece, por tanto, al carácter social del trabajo, lo mismo que la plusvalía surge del trabajo sobrante de cada obrero individual considerado de por sí. Las mismas mejoras constantes que pueden conseguirse y es necesario conseguir aquí responden única y exclusivamente a las experiencias y observaciones sociales que facilita y permite la producción del obrero colectivo combinado en gran escala.

Lo mismo puede decirse de la otra gran rama de la economía en las condiciones de producción. Nos referimos a la transformación de los residuos de la producción, de los llamados desperdicios, en nuevos elementos de producción de la misma rama industrial de que proceden o de otra; los procesos por medio de los cuales son lanzados de nuevo al ciclo de la producción, y, por tanto, del consumo –productivo o individual–, estos llamados residuos. Esta rama de ahorros, sobre la cual volveremos algo más en detalle ulteriormente, es también el resultado del trabajo social en gran escala. Es el volumen de masa de estos desperdicios, que corresponden a este tipo de trabajo, el que permite volver a convertirlos en objetos comerciales y, por consiguiente, en nuevos elementos de la producción. Sólo como desperdicios de una producción colectiva, y por tanto de una producción en gran escala, pueden adquirir esta importancia para el proceso de producción y convertirse en exponentes de valor de cambio. Estos desperdicios –prescindiendo del servicio que rindan como nuevos elementos de producción– abaratan, a medida que vuelven a venderse, los gastos de las materias primas, entre los cuales se incluyen siempre sus desperdicios normales, o sea, la cantidad que normalmente debe perderse en su elaboración. La disminución de los gastos de esta parte del capital constante aumenta proporcionalmente la cuota de ganancia, partiendo de una magnitud dada del capital variable y de una cuota dada de plusvalía.

A base de una plusvalía dada, la cuota de ganancia sólo puede aumentarse disminuyendo el valor del capital constante necesario para la reproducción de las mercancías. Cuando el capital constante entra en la producción de las mercancías, es su valor de uso, no su valor de cambio, lo que debe tomarse en consideración. La cantidad de trabajo que el lino pueda absorber en una hilandería no dependerá de su valor, sino de su cantidad, partiendo del grado de productividad del trabajo, es decir, de la fase del desarrollo técnico. Y asimismo la ayuda que una máquina pueda prestar, por ejemplo, a tres obreros dependerá no de su valor, sino de su valor de uso como tal máquina. En una fase del desarrollo técnico, puede ocurrir que una maquina mala resulte costosa y en otra fase puede resultar barata una máquina buena.

La ganancia acrecentada que un capitalista obtiene por el hecho de que se hayan abaratado, por ejemplo, el algodón y la maquinaria de hilar es el resultado de la productividad incrementada del trabajo, no en la rama de hilados ciertamente, pero sí en la construcción de maquinaria y en la de cultivo de algodón. Para materializar una cantidad dada de trabajo y, por tanto, para apropiarse una cantidad dada de trabajo sobrante, no se necesita ahora invertir tanto capital en las condiciones de trabajo. Disminuyen los gastos necesarios para apropiarse esta determinada cantidad de trabajo sobrante.

Ya hemos hablado del ahorro que se obtiene con el uso en común de los medios de producción por el obrero colectivo, que trabaja en una combinación social del proceso de producción. Más adelante examinaremos otros ahorros en cuanto a la inversión de capital constante, derivado del acortamiento del tiempo de circulación (donde constituye un factor material esencial el desarrollo de los medios de comunicación). Aquí debemos decir algo acerca de la economía que se obtiene mediante el mejoramiento constante de la maquinaria, y más concretamente: de su materia, empleando, por ejemplo, hierro en vez de madera; del abaratamiento de la maquinaria conforme va progresando la fabricación de máquinas en general, de tal modo que aunque el valor de la parte fija del capital constante aumente constantemente a medida que se desarrolla el trabajo en gran escala, no aumenta, ni mucho menos, en el mismo grado; 2 de las mejoras especiales que permiten a la maquinaria ya existente trabajar más barato y con mayor eficacia, como ocurre, por ejemplo, con las mejoras introducidas en la caldera de vapor, etc., sobre lo cual volveremos más en detalle un poco más adelante; de la reducción del coeficiente de desperdicios mediante maquinaria más perfecta.

Todo lo que reduce el desgaste de la maquinaria y del capital fijo en general durante un determinado período de producción no sólo abarata cada mercancía, ya que ésta reproduce en su precio la parte alícuota del desgaste que a ella corresponde, sino que además reduce la inversión alícuota de capital para este período. Los trabajos de reparación y otros gastos semejantes figuran en los cálculos, en la medida en que son necesarios, entre los gastos originales de la maquinaria. Su disminución como consecuencia de la mayor duración de la maquinaria reduce proporcionalmente su precio.

De todas las economías de esta clase podemos decir también, en gran parte, que sólo son posibles para el obrero combinado y que, con frecuencia, sólo pueden lograrse tratándose de trabajos realizados en una escala mayor aún, razón por la cual requieren una combinación aun mayor de obreros directamente en el proceso de producción.

Por otra parte, el desarrollo de la capacidad productiva del trabajo en una rama de producción, por ejemplo, en la producción de hierro, de carbón, de máquinas, en el ramo de la construcción, etc., que en parte pueda hallarse coordinada a su vez con los progresos en el campo de la producción espiritual, v. gr., en el campo de las ciencias naturales y de su aplicación, puede aparecer como una condición necesaria para la reducción del valor y, por tanto, de los gastos de los medios de producción en otras ramas industriales, por ejemplo, en la industria textil o en la agricultura. La cosa se comprende de suyo si se tiene en cuenta que la mercancía que surge como producto de una rama industrial entra en otras como medio de producción. Su mayor o menor baratura dependerá de la productividad del trabajo en la rama de producción de la que es producto y es al mismo tiempo condición, no sólo del abaratamiento de las mercancías que como medio de producción contribuye a producir, sino también de la reducción de valor del capital constante de que esta mercancía es aquí un elemento y, por tanto, de la elevación de la cuota de ganancia.

Lo característico de esta clase de economías del capital constante, fruto del desarrollo progresivo de la industria, es que la elevación de la cuota de ganancia en una rama industrial se debe aquí al desarrollo de la capacidad productiva del trabajo en otra rama. El capitalista se beneficia aquí, una vez más, con una ganancia que es producto del trabajo social, aunque no sea producto de los obreros directamente explotados por él. Aquel desarrollo de la capacidad productiva se reduce siempre, en última instancia, al carácter social del trabajo puesto en acción; a la división del trabajo dentro de la sociedad; al desarrollo del trabajo intelectual especialmente de las ciencias naturales. El capitalista lucra aquí con las ventajas de todo el sistema de la división social del trabajo. Es el desarrollo de la capacidad productiva del trabajo en su departamento exterior, en el departamento que le suministra medios de producción, lo que hace que disminuya relativamente el valor del capital constante empleado por el capitalista y lo que, por tanto, hace que aumente la cuota de ganancia.

Otro aumento de la cuota de ganancia es el que responde, no a la economía del trabajo que produce el capital constante, sino a la economía en el empleo del capital constante mismo. De una parte, la concentración de los obreros y su cooperación en gran escala ahorra capital constante. Los mismos edificios, las mismas instalaciones de combustible y alumbrado, etc., resultan relativamente más baratas cuando se conciben para un gran volumen de producción que cuando se proyectan para un volumen pequeño. Y lo mismo podemos decir de la maquinaria motriz y de producción. Aunque su valor aumente en términos absolutos, disminuye en términos relativos, es decir, en proporción al aumento progresivo de la producción y a la magnitud del capital variable o de la masa de la fuerza de trabajo que pone en movimiento. La economía que un capital consigue en su propia rama de producción consiste primordial y directamente en la economía del trabajo, es decir, en la reducción del trabajo retribuido de sus propios obreros; en cambio, la economía a que antes nos referíamos consiste en obtener del modo más económico, es decir, con los menores gastos posibles, a base de una escala de producción dada, esta mayor apropiación posible de trabajo ajeno no retribuido. Cuando esta economía no se basa en la ya mencionada explotación de la productividad del trabajo social empleado en la producción del capital constante, sino en la economía conseguida en el empleo del capital constante mismo, se derivará directamente de la cooperación y de la forma social del trabajo dentro de la misma rama concreta de producción o de la producción de la maquinaria, etc., en una escala en que su valor no aumente en el mismo grado que su valor de uso.

Son dos los puntos que deben ser tenidos en cuenta aquí: si el valor de c fuese = 0, g’ sería = p’ y la cuota de ganancia ascendería al máximo. En segundo lugar, lo importante para la explotación directa del trabajo mismo no es, ni mucho menos, el valor de los medios de explotación empleados, ni el del capital fijo ni el de las materias primas y auxiliares. El valor de cambio de la maquinaria, de los edificios, de las materias primas, etc., considerados como medios de absorción de trabajo, corno medios en los cuales o a través de los cuales se materializa el trabajo y también, por tanto, el trabajo sobrante, es en absoluto indiferente. Lo que exclusivamente interesa es, de una parte, su masa, en la medida en que es técnicamente necesaria para combinarse con una determinada cantidad de trabajo vivo, y de otra parte su idoneidad, es decir, el hecho de que se trate de buena maquinaria, de buenas materias primas y auxiliares. De la calidad de la materia prima depende, en parte, la cuota de ganancia. Un buen material arroja menos desperdicios y esto hace que se necesite una masa menor de materia prima para absorber la misma cantidad de trabajo. Además, una buena materia prima ofrece menor resistencia a la máquina con que se trabaja. Y esto repercute en parte también en la plusvalía y en la cuota de plusvalía. Con una materia prima de mala calidad el obrero necesita más tiempo para elaborar la misma cantidad; y a igualdad de salario, esto se traduce en una reducción del trabajo sobrante. Esto influye, además, muy considerablemente en la reproducción y acumulación del capital, las cuales, como se expuso en el tomo I, pp. 549 ss., dependen más aún de la productividad que de la masa del trabajo empleado.

Se comprende, pues, el empeño que los capitalistas ponen en economizar los medios de producción. El que no se pierda o dilapide nada, el que los medios de producción sólo se consuman del modo que la producción misma imponga, depende en parte del amaestramiento y la formación de los obreros y en parte de la disciplina que el capitalista ejerza sobre los obreros combinados, disciplina superflua en un tipo de sociedad en que los obreros trabajan por cuenta propia, como lo es ya hoy, casi totalmente, en el trabajo a destajo. Este empeño se manifiesta también, a la inversa, en la falsificación de los elementos de producción, que constituye uno de los recursos principales para reducir el valor del capital constante en proporción al capital variable y elevar así la cuota de ganancia, a lo cual hay que añadir, además, la venta de estos elementos de producción por encima de su valor, cuando este valor reaparece en el producto, como uno de los elementos importantes de la estafa. Este factor desempeña sobre todo una importancia decisiva en la industria alemana, cuyo principio fundamental es: la gente se alegrará de que les enviemos primero, buenas muestras y luego, malas mercancías. Sin embargo, estos fenómenos relacionados con la concurrencia no nos interesan para nada aquí.

Debe advertirse que este aumento de la cuota de ganancia logrado mediante la disminución del valor y, por tanto, del costo del capital constante, es absolutamente independiente del hecho de que la rama industrial en que eso ocurra cree productos de lujo, medios de subsistencia destinados al consumo de los obreros o medios de producción en general. Esta última circunstancia sólo sería importante en relación con la cuota de plusvalía, la cual depende esencialmente del valor de la fuerza de trabajo, es decir, del valor de los medios tradicionales de vida del obrero. Aquí, en cambio, partimos de la plusvalía y de la cuota de plusvalía como de factores dados. La relación existente entre la plusvalía y el capital total –relación que, a su vez, determina la cuota de ganancia– depende, entre otras circunstancias, exclusivamente del valor del capital constante, y en modo alguno del valor de uso de los elementos que lo forman.

El abaratamiento relativo de los medios de producción no excluye, naturalmente, la posibilidad de que aumente su suma absoluta de valor, pues el volumen absoluto en que se empleen aumentará en proporciones extraordinarias con el desarrollo de la capacidad productiva del trabajo y la creciente escala de la producción que lleva aparejada. La economía en el empleo del capital constante, cualquiera que sea el aspecto en que se considere, es en parte el resultado exclusivo del hecho de que los medios de producción funcionen y se consuman como medios de producción comunes del obrero combinado, de tal modo que esta economía aparece a su vez como un producto del carácter social del trabajo directamente productivo, y en parte es el fruto del desarrollo de la productividad del trabajo en aquellas ramas que suministran al capital sus medios de producción, de tal modo que cuando se enfoca el trabajo total frente al capital total y no sólo los obreros empleados por el capitalista X frente a este capitalista, esta economía se presenta de nuevo como producto del desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo social y la diferencia consiste sencillamente en que el capitalista X no se beneficia simplemente con la productividad del trabajo de su propio taller, sino con la de los talleres de los demás. Sin embargo, el capitalista considera la economía del capital constante como una condición completamente ajena al obrero y que no interesa en lo más mínimo a éste, con la que el obrero no tiene absolutamente nada que ver; en cambio, el capitalista ve siempre muy claro que el obrero tiene, indudablemente, algo que ver con el hecho de que el capitalista le compre mucho o poco trabajo por el mismo dinero (pues así es como se presenta ante su conciencia la transacción efectuada entre capitalista y obrero). Esta economía en el empleo de medios de producción, este método para alcanzar un resultado concreto con los menores gastos posibles, se revela en un grado todavía mayor que en las otras fuerzas inmanentes al trabajo como una fuerza inherente al capital y como un método peculiar y característico del régimen capitalista de producción.

Este modo de concebir las cosas es tanto menos sorprendente cuanto que se ajusta a la apariencia de los hechos, ya que el régimen capitalista encubre, en realidad, la trabazón interior con la completa indiferencia en que coloca al obrero frente a las condiciones de realización de su propio trabajo, como si se tratase de algo ajeno y extraño a él.

Primero. Los medios de producción que forman el capital constante representan solamente el dinero del capitalista (como el cuerpo del deudor romano representaba, según Linguet, el dinero de su acreedor) y sólo guardan relación con él, mientras que el obrero, al entrar en contacto con ellos en el proceso real de la producción, los utiliza simplemente como valores de uso de la producción, como medios de trabajo y materia de trabajo. Por consiguiente, el aumento y la disminución de este valor es cosa que afecta a sus relaciones con el capitalista tan poco como podría afectar, por ejemplo, el hecho de que trabaje en cobre o en hierro. Claro está que el capitalista, como más adelante veremos, gusta de considerar la cosa de otro modo cuando se efectúa un aumento de valor de los medios de producción y, por tanto, una disminución de la cuota de ganancia.

Segundo. En la medida en que estos medios de producción son, al mismo tiempo, dentro del proceso de producción capitalista, medios de explotación del trabajo, no preocupa en lo más mínimo al obrero, como no le preocupa al caballo el hecho de que el bocado y las riendas con que le gobiernan hayan costado caros o baratos.

Finalmente, como hemos visto más arriba [tomo I, p. 280 s.] el obrero adopta realmente ante el carácter social de su trabajo, ante su combinación con el trabajo de otros para un fin común, la actitud que se adopta ante un poder extraño; las condiciones de realización de esta combinación son para él una propiedad extraña cuya dilapidación le sería completamente indiferente si no se le obligase a economizarla. Otra cosa muy distinta ocurre en las fábricas pertenecientes a los mismos obreros, por ejemplo, en Rochdale.

Por consiguiente, casi huelga decir que cuando la productividad del trabajo en una rama de producción se traduce en el abaratamiento y en el mejoramiento de los medios de producción en otra rama, sirviendo por tanto para la elevación de la cuota de ganancia de ésta, esta trabazón general del trabajo social se les antoja a los obreros algo absolutamente ajeno a ellos y que sólo afecta al capitalista, el único que compra y se apropia estos medios de producción. El proceso de circulación, etc., se encargan de encubrir eficazmente el hecho de que el capitalista no hace más que comprar el producto de los obreros de una rama ajena de producción con el producto de los obreros de su propia rama y de que, por tanto, sólo dispone del producto de los otros obreros por apropiarse gratuitamente del de los suyos propios.

A esto hay que añadir que la producción en gran escala empieza a desarrollarse bajo la forma capitalista y otro tanto acontece con la furia de ganancias, de una parte, y de otra parte con la concurrencia, que obliga al máximo abaratamiento en la producción de mercancías, a la máxima economía en el empleo del capital constante, que aparece ahora como rasgo peculiar del régimen capitalista de producción, y, por tanto, como función del capitalista.

El régimen de producción capitalista conduce, de una parte, al desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo social y, de otra parte, a la economía en el empleo del capital constante.

La cosa no se limita, sin embargo, a levantar una barrera de extrañeza e indiferencia entre el obrero, personificación del trabajo vivo, en un lado, y en el otro el empleo económico, es decir, racional y ahorrativo de sus condiciones de trabajo. El régimen capitalista de producción, como corresponde a su carácter contradictorio y antagónico, da un paso más y dilapida la vida y la salud del obrero, considerando la degradación de sus mismas condiciones de vida como economía en el empleo del capital constante y, por tanto, como medio para la elevación de la cuota de ganancia.

Como el obrero pasa la mayor parte de su vida en el proceso de producción, las condiciones del proceso de producción son, en gran parte, condiciones de su proceso de vida activa, sus condiciones propias de vida, y la economía de estas condiciones de vida, un método para elevar la cuota de ganancia; exactamente lo mismo que veíamos más arriba [libro I, cap. VIII] que el agobio de trabajo, la transformación del obrero en una bestia de carga constituye un método para acelerar la propia valorización del capital, la producción de plusvalía. Esta economía se traduce en el hacinamiento de los obreros en locales estrechos y malsanos, lo que en términos capitalistas se conoce con el nombre de ahorro de edificios; en la concentración de maquinaria peligrosa en los mismos locales, sin preocuparse de instalar los necesarios medios de seguridad contra los peligros; en la omisión de todas las medidas de precaución obligadas en los procesos de producción que por su carácter son atentatorios para la salud o que, como en las minas, llevan aparejados peligros, etc. Esto, sin hablar de la ausencia de toda medida encaminada a humanizar, hacer agradable o simplemente soportable para el obrero el proceso de producción. Desde el punto de vista capitalista, esto sería un despilfarro absolutamente absurdo y carente de todo fin. La producción capitalista es siempre, pese a su tacañería, una dilapidadora en lo que se refiere al material humano, del mismo modo que en otro terreno, gracias al método de la distribución de sus productos por medio del comercio y a su régimen de concurrencia, derrocha los recursos materiales y pierde de un lado para la sociedad lo que por otro lado gana para el capitalista individual.

Del mismo modo que el capital tiene la tendencia a reducir el trabajo vivo en el empleo directo de éste, a trabajo necesario y a acortar constantemente el trabajo necesario para la elaboración de un producto mediante la explotación de las fuerzas sociales productivas del trabajo, es decir, a economizar todo lo posible el trabajo vivo directamente empleado, tiende también a emplear este trabajo reducido a lo estrictamente necesario en las condiciones más económicas, es decir, a reducir a su mínimo el valor del capital constante empleado. Si el valor de las mercancías se determina por el tiempo de trabajo necesario contenido en ellas y no por el tiempo de trabajo que en ellas se encierra, sea necesario o no, es el capital el que realiza esta determinación y el que, al mismo tiempo, acorta el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de una mercancía. De este modo se reduce a su mínimo el precio de la mercancía, reduciéndose al mínimo todas y cada una de las partes del trabajo necesario para su producción.

Cuando se habla de la economía en el empleo del capital constante, hay que distinguir varios aspectos. Si aumenta la masa y con ella la suma de valor del capital empleado, esto significa ante todo la concentración de mayor capital en una sola mano. Pero es precisamente esta masa mayor, empleada por una sola mano –a la que a menudo corresponde, el empleo de un número más elevado de obreros en cifras absolutas, aunque relativamente menor– la que permite esta economía del capital constante. Si nos fijamos en el capitalista individual, vemos que aumenta, principalmente con respecto al capital fijo, el volumen de la inversión necesaria de capital; pero con referencia a la masa de la materia elaborada y del trabajo explotado disminuye en términos relativos.

Pasamos ahora a desarrollar esto con unas cuantas ilustraciones concretas. Empezaremos por el final, por la economía en cuanto a las condiciones de producción, en la medida en que éstas aparecen conjuntamente como existencia y condiciones de vida del capital.

 

2. Ahorro en las condiciones de trabajo a costa de los obreros

 

Minas de carbón. Negligencia en las inversiones más necesarias. “Dada la concurrencia reinante entre los propietarios de minas de carbón..., no se hacen más que aquellas inversiones estrictamente necesarias para vencer las dificultades físicas más manifiestas; y la concurrencia entre los obreros de las minas, que generalmente exceden del número necesario, hace que éstos se expongan con gusto a grandes peligros y a las influencias más dañinas por un salario poco más elevado que el de los jornaleros de las inmediaciones, pues el trabajo en las minas permite, además, a los obreros emplear rentablemente a sus hijos. Esta doble concurrencia basta y aún sobra... para explicar que una gran parte de las minas se exploten con las instalaciones más deficientes de secado y ventilación, y no pocas veces con pozos mal construidos, con malos maderos, con maquinistas poco expertos, galerías y rampas mal trazadas y mal construidas; todo lo cual ocasiona una destrucción de vidas, de miembros y de salud, cuya estadística proyectaría una imagen espantosa” (First Report on Children's Employmen in Mines and Collieries, etc., 21 April 1829, p. 102). Hacia 1860, perecían todas las semanas, en las minas de carbón en Inglaterra, unos 15 hombres por término medio. Según la memoria sobre Coal Mines Accidents (6 de febrero de 1862), durante los diez años de 1852 a 1861 encontraron la muerte en estos trabajos 8,466 hombres. Y sin embargo, como la misma memoria dice, esta cifra se queda muy corta, ya que en los primeros años, cuando empezaban a actuar los inspectores y sus demarcaciones eran aún demasiado extensas, ocurrían muchos accidentes y muchas muertes sin que nadie las registrase. El hecho de que, a pesar de persistir aún una gran carnicería y de que el número de los inspectores es a todas luces insuficiente y su autoridad escasa, haya disminuido considerablemente el número de accidentes desde que se ha implantado la inspección, revela claramente la tendencia natural de la explotación capitalista. Estos sacrificios de vidas humanas se deben en la mayoría de los casos a la sucia avaricia de los propietarios de minas, los cuales se limitan no pocas veces, por ejemplo, a abrir un solo pozo, lo cual hace que no se establezca ventilación eficaz y, además, que no haya salida cuando el pozo queda taponado.

Si examinamos de cerca la producción capitalista, prescindiendo del proceso de la circulación y de los fenómenos de la concurrencia, vemos que procede con un sentido exagerado del ahorro cuando se trata del trabajo ya realizado, materializado en mercancías. En cambio es, mucho más que cualquier otro régimen de producción, una dilapidadora de hombres, de trabajo vivo, una dilapidadora no sólo de carne y sangre, sino también de nervios y cerebro. Es, es efecto, el derroche más espantoso de desarrollo individual lo único que asegura y lleva a efecto el desarrollo de la humanidad en el período histórico que precede directamente a la reconstitución consciente de la sociedad humana. Como la economía a que nos estamos refiriendo obedece toda ella al carácter social del trabajo, es precisamente ese carácter directamente social del trabajo lo que engendra este derroche de vida y salud de los obreros. En este sentido es característico el tema formulado por el inspector fabril B. Baker. “Merece ser examinado seriamente el problema de cómo podría evitarse mejor este sacrificio de vidas infantiles, provocado por el trabajo en masas concentradas (congregational labour)” (Rep. of Insp. of Fact. Oct. 1863, p. 157).

Fábricas. Se incluye aquí la ausencia de todas las medidas de precaución encaminadas a la seguridad, la comodidad y la salud de los obreros en las fábricas propiamente dichas. De aquí proviene una parte considerable de las bajas (muertos y heridos) comunicadas en los partes de guerra del ejército industrial (véanse los informes anuales sobre fábricas). Y asimismo la falta de espacio, de aire, etc.

Todavía en octubre de 1855 se quejaba Leonard Horner de la resistencia de numerosísimos fabricantes a aplicar las normas legales vigentes sobre dispositivos protectores, a pesar de que el peligro existente se ponía de manifiesto a cada paso con accidentes, no pocas veces fatales, y de que la instalación de seguridad que se requería no tenía nada de costoso ni perturbaba para nada la marcha de la industria (Rep. of Insp. of Fact. Oct. 1855, p. 6 [7]). La resistencia que los fabricantes oponían a estas y otras disposiciones legales encontraba un apoyo prestado de buena fe en los jueces honorarios de paz, llamados a decidir acerca de estos asuntos y que eran, en su mayoría, otros fabricantes o amigos de éstos. Qué clase de fallos emitían estos señores nos lo dice el juez superior Campbell con referencia a uno de ellos contra el que se recurrió en apelación ante él: “Esto no es una interpretación de la ley del parlamento, sino sencillamente su abolición”. (1. c., p. 11). En la misma memoria nos dice Horner que en muchas fábricas se ponía en marcha la maquinaria sin informar previamente de ello a los obreros. Y como siempre había algunos ocupados en las máquinas paradas, al encontrarse los dedos y las manos activos en ellas se producían de continuo accidentes por la simple omisión de una señal (1. c., p. 44). Los fabricantes habían organizado por aquel entonces, en Manchester, una trade–union para hacer resistencia a la legislación fabril, la llamada “National Association for the Amendment of the Factory Laws”, que en marzo de 1855, por medio de una cuota de 2 chelines por cada caballo de vapor había llegado a reunir una suma de más de 50,000 libras esterlinas, destinada a sufragar las costas procesales que originaban a sus miembros las denuncias judiciales de los inspectores fabriles y a litigar por iniciativa de la propia asociación. Tratábase de probar que killin no murder (4) cuando se hacía por razón de la ganancia. El inspector fabril de Escocia sir John Kincaid cuenta de una empresa de Glasgow que, utilizando el hierro viejo de su fábrica, dotó a toda su maquinaria de instalaciones de seguridad que le costaron en total 9 libras y 1 chelín. Si se hubiese afiliado a aquella asociación habría tenido que pagar por sus 110 caballos de fuerza 11 libras esterlinas, es decir, más de lo que había gastado en montar toda la instalación. Pero la National Association había sido fundada precisamente, en 1854, de un modo expreso, para hacer frente a la ley que ordenaba tales instalaciones. Los fabricantes no hicieron el menor caso de ella durante todo el período de 1844 a 1854. Al llegar a 1854, siguiendo órdenes de Palmerston, los inspectores fabriles conminaron a los fabricantes con la necesidad de atenerse a las disposiciones de la ley. Los fabricantes respondieron a ello creando inmediatamente su asociación, entre cuyos miembros más prominentes figuraban muchos que eran jueces de paz, llamados como tales a aplicar la ley. En abril de 1855 el nuevo ministro del Interior, sir George Grey, hizo una propuesta de transacción por virtud de la cual el gobierno se contentaría con medidas de seguridad casi exclusivamente nominales, pero la asociación rechazó también, indignada, esta fórmula de arreglo. El famoso ingeniero Thomas Fairbair no tuvo inconveniente en presentarse a servir de experto en diferentes procesos, poniendo su prestigio de parapeto para defender la economía y la libertad lesionada del capital. El jefe de la inspección fabril Leonard Horner veíase perseguido y mortificado, a cada paso, por los fabricantes.

Los dueños de fábricas no descansaron hasta que consiguieron una sentencia del Court of Queens Bench interpretando la ley de 1844 de tal modo que no fuesen necesarias instalaciones de seguridad para los bancos horizontales colocados a más de 7 pies de altura sobre el suelo. Finalmente, en 1856 lograron, por medio del beato Wilson Patten –uno de esos hombres devotos cuya ostentosa religiosidad está siempre dispuesta a prestar un servicio sucio a las gentes ricas–, hacer que se aprobase una ley parlamentaria que colmaba, por el momento, sus aspiraciones. En realidad, esta ley privaba a los obreros de toda protección especial y los remitía para casos de indemnización por los accidentes debidos a la maquinaria a los tribunales ordinarios (una verdadera burla, dadas las costas procesales existentes en Inglaterra), mientras que, por otra parte, mediante un precepto muy sutilmente formulado sobre el dictamen pericial necesario, hacía casi imposible que los fabricantes perdiesen ningún proceso. La consecuencia de esto fue el rápido incremento de los accidentes del trabajo. En el semestre que va de mayo a octubre de 1858, el inspector Baker registró en la estadística de accidentes un aumento del 21% con respecto solamente al semestre anterior. El 36,7% de estos accidentes hubieran podido evitarse, a su juicio. Es cierto que en los años de 1858 y 1859 disminuyó considerablemente el número de accidentes del trabajo en comparación con los registrados en 1845 y 1846, llegando la disminución hasta el 29%, con un aumento del 20% en las ramas industriales sometidas a la inspección. El litigio, en la medida en que ha sido resuelto hasta hoy (1865), lo ha sido principalmente mediante la introducción de nuevas maquinas en las que están instalados ya de suyo los aparatos de seguridad necesarios y que el fabricante acepta, porque no suponen para él un gasto extraordinario. Además, hubo algunos obreros que lograron una fuerte indemnización judicial por las amputaciones sufridas, consiguiendo que estas sentencias fuesen mantenidas en la suprema instancia (Rep. of Insp. of Fact., 30 April 1861, p. 31 y abril 1862, p. 17 [18]).

Esto, en lo que se refiere a la economía en cuanto a los medios para proteger la vida y la integridad corporal de los obreros (incluyendo entre ellos muchos niños) de los peligros que les amenazan directamente por trabajar junto a las máquinas.

Trabajo en locales cerrados. Sabido es hasta qué punto el afán de economizar sitio, y por tanto edificios, comprime a los obreros en locales estrechos. Y a esto hay que añadir la economía de medios de aireación. Ambas cosas, unidas a la larga duración de la jornada de trabajo, producen un gran aumento de las enfermedades de los órganos respiratorios y, en consecuencia, un aumento de la mortalidad. Los ejemplos siguientes están tomados de los informes sobre [sanidad pública], Public Health, 6th Rep. 1863; la memoria fue compilada por el Dr. John Simon, a quien conocemos bien por el tomo I.

Del mismo modo que la combinación de los obreros y su cooperación es lo que permite la aplicación de la maquinaria en gran escala, la concentración de los medios de producción y las economías en su empleo, es este trabajo masivo en común en locales cerrados y en condiciones no determinadas por la salud de los obreros, sino la más fácil elaboración del producto, es esta concentración en masa dentro del mismo taller la que, de una parte, es fuente de creciente ganancia para el capitalista, y al mismo tiempo, si no se compensa tanto mediante la reducción de la jornada de trabajo como con medidas especiales de precaución, causa del derroche de la vida y la salud de los obreros.

El Dr. Simon establece la siguiente regla, que prueba con una gran cantidad de datos estadísticos: “A medida que la población de una comarca se ve obligada a trabajar en común en locales cerrados aumenta, en igualdad de circunstancias, la cuota de mortalidad de este distrito por efecto de enfermedades de las vías respiratorias” (p. 23). La causa de ello consiste en la mala ventilación. “Y probablemente no existirá en toda Inglaterra una sola excepción a la regla de que en todo distrito en que funciona una industria importante explotada en locales cerrados basta la mortalidad intensiva de estos obreros para dar a la estadística de mortalidad de todo el distrito una preponderancia decisiva de las enfermedades pulmonares” (p. 23).

 

Distrito

Industria principal

Casos de muerte por enfermedades del pulmón entre los 15 y los 25 años calculando por cada 100,000 personas

 

 

Hombres

Mujeres

Berkhamstead

Tejidos de paja, a cargo de mujeres

219

578

Leighton Buzzard

Tejidos de paja, a cargo de mujeres

309

554

Newport Pagnell

Fabricación de puntillas, por mujeres

301

617

Towcester

Fabricación de puntillas, por mujeres

239

577

Yeovil

Fabricación de guantes, por mujeres en su mayoría

280

409

Leek

Industria sedera, en que predominan mujeres

437

856

Congleton

Industria sedera, en que predominan mujeres

566

790

Macclesfield

Industria sedera, en que predominan mujeres

593

890

Comarcas sanas

Agricultura

331

333

 

De la estadística de mortalidad con referencia a las industrias explotadas en locales cerrados e investigadas por la oficina de sanidad en los años de 1860 y 1861 se deduce lo siguiente: para el mismo número de hombres cuya edad oscila entre los 15 y los 55 años y a los que corresponden en los distritos agrícolas de Inglaterra 100 casos de muerte por tuberculosis y otras enfermedades de los pulmones, se registran las siguientes cifras de mortalidad: en Coventry, 163 casos de muerte por tuberculosis; en Blackburn y Skipton, 167; en Congleton y Bradford, 168; en Leicester, 171; en Leek, 182; en Macclesfield, 184; en Bolton, 190; en Nottingham, 192; en Rochdale, 193; en Derby, 198; en Salford y Ashton–under–Lyne, 203; en Leeds, 218; en Preston, 220 y en Manchester, 263 (p. 24). Pero aún es más pavorosa la imagen que arroja el cuadro anterior. En él se presentan los casos de muerte por enfermedades del pulmón distinguiendo entre ambos sexos desde los 15 a los 25 años y por cada 100,000 personas. Los distritos escogidos para hacer la investigación han sido aquellos en que sólo son mujeres las que trabajan en la industria explotada en locales cerrados, mientras que los hombres se dedican a todas las posibles ramas de trabajo.

En los distritos de la industria sedera donde es mayor el número de hombres que participan en el trabajo fabril, es también considerable su coeficiente de mortalidad. La cuota de mortalidad por tuberculosis, etc., en ambos casos revela aquí, como dice la memoria, “Las espantosas (atrocious) condiciones sanitarias en que se explota gran parte de nuestra industria sedera”. Es la misma industria sedera en que los fabricantes, invocando las condiciones sanitarias extraordinariamente favorables en que se desarrollaba, solicitaron, y en parte obtuvieron, que se les autorizase para hacer trabajar a niños menores de 13 años en una jornada de trabajo excepcionalmente larga (libro I, cap. VIII, 6 p. 248 s).

“Es posible que ninguna de las industrias investigadas hasta hoy, arroje un cuadro peor que el que traza el Dr. Smith de la industria de la confección... Los talleres, no