Miguel Cervantes

ENTREMESES[LT1] 

 

 

Prólogo al lector

 

No puedo dejar, lector carísimo, de suplicarte me perdones si vie­res que en este prólogo salgo algún tanto de mi acostumbrada modes­tia. Los días pasados me hallé en una conversación de amigos, donde se trató de comedias y de las cosas a ellas concernientes, y de tal mane­ra las sutilizaron y atildaron que, a mi parecer, vinieron a quedar en punto de toda perfección. Trató se también de quién fue el primero que en España las sacó de mantillas y las puso en toldo y vistió de gala y apariencia; yo, como el más viejo que allí estaba, dije que me acordaba de haber visto representar al gran Lope de Rueda, varón insigne en la representación y en el entendimiento. Fue natural de Sevilla y de oficio batihoja, que quiere decir de los que hacen panes de oro; fue admirable en la poesía pastoril, y en este modo, ni entonces ni después acá ningu­no le ha llevado ventaja; y aunque por ser muchacho yo entonces, no podía hacer juicio firme de la bondad de sus versos, por algunos que me quedaron en la memoria, vistos ahora en la edad madura que tengo, hallo ser verdad lo que he dicho; y si no fuera por no salir del propósito del prólogo, pusiera aquí algunos que acreditaran esta verdad. En el tiempo de este célebre español, todos los aparatos de un autor de co­medias se encerraban en un costal y se cifraban en cuatro pellicos blancos guarnecidos de guadamecí dorado y en cuatro barbas y cabe­lleras y cuatro cayados, poco más o menos. Las comedias eran unos coloquios como églogas, entre dos o tres pastores y alguna pastora; aderezábanlas y dilatábanlas con dos o tres entremeses, ya de negra, ya de rufián, ya de bobo o ya de vizcaíno: que todas estas cuatro figuras y otras muchas hacía el tal Lope con la mayor excelencia y propiedad que pudiera imaginarse. No había en aquel tiempo tramoyas, ni desa­fibs de moros y cristianos, a pie ni a caballo; no había figura que salie­se o pareciese salir del centro de la tierra por lo hueco del teatro, al cual componían cuatro bancos en cuadro y cuatro o seis tablas encima, con que se levantaba del suelo cuatro palmos; ni menos bajaban del cielo nubes con ángeles o con almas. El adorno del teatro era una

manta vieja, tirada con dos cordeles de una parte a otra, que hacía lo que llaman vestuario, detrás de la cual estaban los músicos, cantando sin guitarra algún romance antiguo. Murió Lope de Rueda, y por hom­bre excelente y famoso le enterraron en la iglesia mayor de Córdoba (donde murió), entre los dos coros, donde también está enterrado aquel famoso loco Luis López.

Sucedió a Lope de Rueda, Navarro, natural de Toledo, el cual fue famoso en hacer la figura de un rufián cobarde; éste levantó algún tanto más el adorno de las comedias y mudó el costal de vestidos en cofres y en baúles; sacó la música, que antes cantaba detrás de la man­ta, al teatro público; quitó las barbas de los farsantes, que hasta enton­ces ninguno representaba sin barba postiza, e hizo que todos representasen a cureña rasa, si no eran los que habían de representar los viejos u otras figuras que pidiesen mudanza de rostro; inventó tramo­yas, nubes, truenos y relámpagos, desafios y batallas; pero esto no llegó al sublime punto en que está ahora.

Y esto es verdad que no se me puede contradecir, y aquí entra el salir yo de los límites de mi llaneza: que se vieron en los teatros de Madrid representar Los tratos de Argel, que yo compuse; La destruc­ción de Numancia y La batalla naval, donde me atreví a reducir las comedias a tres jornadas, de cinco que tenían; mostré o, por mejor decir, fui el primero que representase las imaginaciones y los pensa­mientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso aplauso de los oyentes; compuse en este tiempo hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza: corrieron su carrera sin silbos, gritas ni baraúndas. Tuve otras cosas en que ocupar­me; dejé la pluma y las comedias, y entró luego el monstruo de natu­raleza, el gran Lope de Vega, y alzóse con la monarquía cómica. Avasalló y puso debajo de su jurisdicción a todos los farsantes; llenó el mundo de comedias propias, felices y bien razonadas, y tantas que pasan de diez mil pliegos los que tiene escritos, y todas, que es una de las mayores cosas que puede decirse, las ha visto representar u oído decir por lo menos que se han representado; y si algunos, que hay muchos, no han querido entrar a la parte y gloria de sus trabajos, todos juntos no llegan en lo que han escrito a la mitad de lo que él solo.

Pero no por esto, pues no lo concede Dios todo a todos, dejen de tener en precio los trabajos del doctor Ramón, que fueron los más después del gran Lope; estímense las trazas artificiosas en todo extre­mo del lincenciado Miguel Sánchez; la gravedad del doctor Mira de Amescua, honra singular de nuestra nación; la discreción e innumera­bles conceptos del canónigo Tárraga; la suavidad y dulzura de don Guillén de Castro; la agudeza de Aguilar; el rumbo, el tropel, el boato, la grandeza de las comedias de Luis Vélez de Guevara, y las que ahora están en jerga del agudo ingenio de don Antonio de Galarza, y las que prometen Las fullerías de amor, de Gaspar de Avila: que todos estos y otros algunos han ayudado a llevar esta gran máquina al gran Lope.

Algunos años ha que volví yo a mi antigua ociosidad, y pensando que aún duraban los siglos donde corrían mis alabanzas, volví a com­poner algunas comedias; pero no hallé pájaros en los nidos de antaño; quiero decir que no hallé autor que me las pidiese, puesto que sabían que las tenía, y así las arrinconé en un cofre y las consagré y condené al perpetuo silencio. En esta sazón me dijo un librero que él me las comprara si un autor de título no le hubiera dicho que de mi prosa se podía esperar mucho, pero que del verso nada; y si voy a decir la ver­dad, cierto que me dio pesadumbre el oírlo y dije entre mí: «O yo me he mudado en otro, o los tiempos se han mejorado mucho; sucediendo siempre al revés, pues siempre se alaban los pasados tiempos.» Tomé a pasar los ojos por mis comedias y por algunos entremeses míos que con ellas estaban arrinconados, y vi no ser tan malas ni tan malos que no mereciesen salir de las tinieblas del ingenio de aquel autor a la luz de otros autores menos escrupulosos y más entendidos. Aburríme y vendíselas al tal librero, que las ha puesto en la estampa como aquí te las ofrece; él me las pagó razonablemente; yo cogí mi dinero con sua­vidad, sin tener cuenta con dimes ni diretes de recitante s. Querría que fuesen las mejores del mundo, o a lo menos razonables; tú lo verás, lector mío, y si hallares que tienen alguna cosa buena, en topando a aquel mi maldiciente autor, dile que se enmiende, pues yo no ofendo a nadie, y que advierta que no tienen necedades patentes y descubiertas, y que el verso es el mismo que piden las comedias, que ha de ser, de los tres estilos, el ínfimo, y el que el lenguaje de los entremeses es propio de las figuras que en ellos se introducen, y que para enmienda de todo esto le ofrezco una comedia que estoy componiendo y la inti­tulo El engaño a los ojos, que, si no me engaño, le ha de dar contento. Y con esto, Dios te dé salud y a mí paciencia.

 

 

Dedicatoria at Conde de Lemos

 

Ahora se agoste o no el jardín de mi corto ingenio, que los frutos que él ofreciere, en cualquier sazón que sea, han de ser de V. E., a quien ofrezco el de estas comedias y entremeses, no tan desabridos, a mi parecer, que no puedan dar algún gusto; y si alguna cosa llevan razonable es que no van manoseados ni han salido al teatro, merced a los farsantes que, de puro discretos, no se ocupan sino en obras grandes y de graves autores, puesto que tal vez se engañan. Don Quiote de la Mancha queda calzadas las espuelas en su segunda parte para ir a besar los pies a V. E. Creo que llegará quejoso, porque en Tarragona le han asendereado y malparado; aunque, por sí o por no, lleva información hecha de que no es él el contenido en aquella historia, sino otro su­puesto, que quiso ser él y no acertó a serlo. Luego irá el gran Persiles, y luego Las semanas del jardín, y luego la segunda parte de La Gala­tea, si tanta carga pueden llevar mis ancianos hombros; y luego y siempre irán las muestras del deseo que tengo de servir a V. E., como a mi verdadero señor, y firme y verdadero amparo, cuya persona, etc.

 

 

Criado de V. Exc.

          Miguel de Cervantes Saavedra

 

Entremés del Juez de los divorcios

 

(Sale EL JUEZ, y otros dos con él, que son ESCRIBANO y PROCURADOR, y siéntase en una silla; salen EL VEJETE Y MARIANA, su mujer.)

 

MARIANA. Aun bien que está ya el señor juez de los divorcios sentado en la silla de su audiencia. Desta vez tengo de quedar dentro o fuera; desta vegada tengo de quedar libre de pedido y alcabala, como el gavilán.

VEJETE. Por amor de Dios, Mariana, que no almodonees tanto tu negocio; habla paso, por la pasión que Dios pasó; mira que tienes atro­nada a toda la vecindad con tus gritos; y, pues tienes delante al señor juez, con menos voces le puedes informar de tu justicia.

JUEZ. ¿Qué pendencia traéis, buena gente?

MARIANA. Señor, ¡divorcio, divorcio, y más divorcio, y otras mil veces divorcio!

JUEZ. ¿De quién, o por qué, señora?

MARIANA. ¿De quién? Deste viejo, que está presente.

JUEZ. ¿Por qué?

MARIANA. Porque no puedo sufrir sus impertinencias, ni estar contino atenta a curar todas sus enfermedades, que son sin número; y no me criaron a mí mis padres para ser hospitalera ni enfermera. Muy buen dote llevé al poder desta espuerta de huesos, que me tiene consu­midos los días de la vida; cuando entré en su poder, me relumbraba la cara como un espejo, y agora la tengo con una vara de frisa encima. Vue sa merced, señor juez, me descase, si no quiere que me ahorque; mire, mire los surcos que tengo por este rostro, de las lágrimas que derramo cada día, por vernie casada con esta anotomía.

JUEZ. No lloréis, señora; bajad la voz y enjugad las lágrimas, que yo os haré justicia.

MARIANA. Déjeme vuesa merced llorar, que con esto descanso. En los reinos y en las repúblicas bien ordenadas, había de ser limitado el tiempo de los matrimonios, y de tres en tres años se habían de deshacer, o confirmarse de nuevo, como cosas de arrendamiento, y no que hayan de durar toda la vida, con perpetuo dolor de entrambas par­tes.

JUEZ. Si ese arbitrio se pudiera o debiera poner en prática, y por dineros, ya se hubiera hecho; pero especificad más, señora, las ocasio­nes que os mueven a pedir divorcio.

MARIANA. El ivierno de mi marido, y la primavera de mi edad; el quitarme el sueño, por levantarme a media noche a calentar paños y saquillos de salvado para ponerle en la ijada; el ponerle, ora aquesto, ora aquella ligadura, que ligado le vea yo a un palo por justicia; el cuidado que tengo de ponerle de noche alta cabecera de la cama, jara­bes lenitivos, porque no se ahogue del pecho; y el estar obligada a sufrirle el mal olor de la boca, que le güele mal a tres tiros de arcabuz.

ESCRIBANO. Debe de ser alguna muela podrida.

VEJETE. No puede ser, porque lleve el diablo la muela ni diente que tengo en toda ella.

PROCURADOR. Pues ley hay que dice, según he oído decir, que por sólo el mal olor de la boca se puede descasar la mujer del marido, y el marido de la mujer.

VEJETE. En verdad, señores, que el mal aliento que ella dice que tengo, no se engendra de mis podridas muelas, pues no las tengo, ni menos procede de mi estómago, que está sanísimo, sino desa mala intención de su pecho. Mal conocen vuesas mercedes a esta señora; pues a fe que, si la conociesen, que la ayunarían o la santiguarían. Veinte y dos años ha que vivo con ella mártir, sin haber sido jamás confesor de sus insolencias, de sus voces y de sus fantasías, y ya va para dos años que cada día me va dando vaivenes y empujones hacia la sepultura, a cuyas voces me tiene medio sordo, y, a puro reñir, sin juicio. Si me cura, como ella dice, cúrame a regañadientes; habiendo de ser suave la mano y la condición del médico. En resolución, seño­res, yo soy el que muero en su poder, y ella es la que vive en el mío, porque es señora, con mero mixto imperio, de la hacienda que tengo.

MARIANA. ¿Hacienda vuestra? Y ¿qué hacienda tenéis vos, que no la hayáis ganado con la que llevaste s en mi dote? Y son mío la mitad de los bienes gananciales, mal que os pese; y dellos y de la dote, si me muriese agora, no os dejaría valor de un maravedí, porque veáis el amor que os tengo.

JUEZ. Decid, señor: cuando entrastes en poder de vuestra mujer, ¿no entrastes gallardo, sano, y bien acondicionado?

VEJETE. Ya he dicho que ha veinte y dos años que entré en su poder, como quien entra en el de un cómitre calabrés a remar en gale­ras de por fuerza, y entré tan sano, que podía decir y hacer como quien juega a las pintas.

MARIANA. Cedacico nuevo, tres días en estaca.

JUEZ. Callad, callad, nora en tal, mujer de bien, y andad con Dios; que yo no hallo causa para descasaros; y, pues comistes las ma­duras, gustad de las duras; que no está obligado ningún marido a tener la velocidad y corrida del tiempo, que no pase por su puerta y por sus días; y descontad los malos que ahora os da, con los buenos que os dio cuando pudo; y no repliquéis más palabra.

VEJETE. Si fuese posible, recebiría gran merced que vuesa mer­ced me la hiciese de despenarme, alzándome esta carcelería; porque, dejándome así, habiendo ya llegado a este rompimiento, será de nuevo entregarme al verdugo que me martirice; y si no, hagamos una cosa:

enciérrese ella en un monesterio, y yo en otro; partamos la hacienda, y desta suerte podremos vivir en paz y en servicio de Dios lo que nos queda de la vida.

MARIANA. ¡Malos años! ¡Bonica soy yo para estar encerrada! No sino llegaos a la niña, que es amiga de redes, de tornos, rejas y escuchas; encerraos vos que lo podréis llevar y sufrir, que ni tenéis ojos con qué ver, ni oídos con qué oír, ni pies con qué andar, ni mano con qué tocar: que yo, que estoy sana, y con todos mis cinco sentidos ca­bales y vivos, quiero usar dello s a la descubierta, y no por brújula, como quínola dudosa.

ESCRIBANO. Libre es la mujer.

PROCURADOR. Y prudente el marido; pero no puede más.

JUEZ. Pues yo no puedo hacer este divorcio, quia nullam invenio causam.

 

(Entra UN SOLDADO bien aderezado, y su mujer DOÑA GUIOMAR.)

GUIOMAR. ¡ Bendito sea Dios!, que se me ha cumplido el deseo que tenía de yerme ante la presencia de vuesa merced, a quien suplico, cuando encarecidamente puedo, sea servido de descasarme déste.

JUEZ. ¿Qué cosa es déste? ¿No tiene otro nombre? Bien fuera que dijérades siquiera: «deste hombre». GUIOMAR. Si él fuera hom­bre, no procurara yo descasarme.

JUEZ. Pues ¿qué es?

GUIOMAR. Un leño.

SOLDADO. [Aparte.] Por Dios, que he de ser leño en callar y en sufrir. Quizá con no defenderme ni contradecir a esta mujer, el juez se inclinará a condenarme; y, pensando que me castiga, me sacará de cautiverio, como si por milagro se librase un cautivo de las mazmorras de Tetuán.

PROCURADOR. Hablad más comedido, señora, y relatad vuestro negocio, sin improperios de vuestro marido, que el señor juez de los divorcios, que está delante, mirará rectamente por vuestra justicia.

GUIOMAR. Pues ¿no quieren vuesas mercedes que llame leño a una estatua, que no tiene más acciones que un madero?

MARIANA. Ésta y yo nos quejamos sin duda de un mismo agra­vio.

GUIOMAR. Digo, en fin, señor mio, que a mí me casaron con este hombre, ya que quiere vuesa merced que así lo llame, pero no es este hombre con quien yo me casé.

JUEZ. ¿Cómo es eso?, que no os entiendo.

GUIOMAR. Quiero decir, que pensé que me casaba con un hom­bre moliente y corriente, y a pocos días me hallé que me había casado con un leño, como tengo dicho; porque él no sabe cuál es su mano derecha, ni busca medios ni trazas para granjear un real con que ayude a sustentar su casa y familia. Las mañanas se le pasan en oír misa y en estarse en la puerta de Guadalajara murmurando, sabiendo nuevas, diciendo y escuchando mentiras; y las tardes, y aun las mañanas tam­bién, se va de casa en casa de juego, y allí sirve de número a los miro­nes, que, según he oído decir, es un género de gente a quien aborrecen en todo estremo los gariteros. A las dos de la tarde viene a comer, sin que le hayan dado un real de barato, porque ya no se usa el darlo; vuél­vese a ir; vuelve a media noche; cena si lo halla; y si no, santíguase, bosteza y acuéstase; y en toda la noche no sosiega, dando vueltas. Pregúntole qué tiene. Respóndeme que está haciendo un soneto en la memoria para un amigo que se le ha pedido; y da en ser poeta, como si fuese oficio con quien no estuviese vinculada la necesidad del mundo.

SOLDADO. Mi señora doña Guiomar, en todo cuanto ha dicho, no ha salido de los límites de la razón; y, si yo no la tuviera en lo que hago, como ella la tiene en lo que dice, ya había yo de haber procurado algún favor de palillos de aquí o de allí, y procurar yerme, como se ven otros hombrecitos aguditos y bulliciosos, con una vara en las manos, y sobre una mula de alquiler, pequeña, seca y maliciosa, sin mozo de mulas que le acompañe, porque las tales mulas nunca se alquilan sino a faltas y cuando están de nones; sus alforj itas a las ancas, en la una un cuello y una camisa, y en la otra su medio queso, y su pan y su bota; sin añadir a los vestidos que trae de ita, para hacellos de camino, sino unas polainas y una sola espuela; y, con una comisión y aun comezón en el seno, sale por esa Puente Toledana raspahilando, a pesar de las malas mañas de la harona, y, a cabo de pocos días, envía a su casa algún pernil de tocino y algunas varas de lienzo crudo; en fin, de aque­llas cosas que valen baratas en los lugares del distrito de su comisión, y con esto sustenta su casa como el pecador mejor puede; pero yo, que, ni tengo oficio, ni beneficio, no sé qué hacerme, porque no hay señor que quiera servirse de mí, porque soy casado; así que me será forzoso suplicar a vuesa merced, señor juez, pues ya por pobres son tan enfa­dosos los hidalgos, y mi mujer lo pide, que nos divida y aparte.

GUIOMAR. Y hay más en esto, señor juez: que, como yo veo que mi marido es tan para poco, y que padece necesidad, muérome por remedialle, pero no puedo, porque, en resolución, soy mujer de bien, y no tengo de hacer vileza.

SOLDADO. Por esto solo merecía ser querida esta mujer; pero, debajo deste pundonor, tiene encubierta la más mala condición de la tierra; pide celos sin causa; grita sin por qué; presume sin hacienda; y, como me ve pobre, no me estima en el baile del rey Perico; y es lo peor, señor juez, que quiere que, a trueco de la fidelidad que me guar­da, le sufra y disimule millares de millares de impertinencias y desa­brimientos que tiene.

GUIOMAR. ¿Pues no? ¿Y por qué no me habéis vos de guardar a mí decoro y respeto, siendo tan buena como soy?

SOLDADO. Oid, señora doña Guiomar: aquí delante destos seño­res os quiero decir esto: ¿Por qué me hacéis cargo de que sois buena, estando vos obligada a serlo, por ser de tan bueno s padres nacida, por ser cristiana y por lo que debéis a vos misma? ¡Bueno es que quieran las mujeres que las respeten sus maridos porque son castas y honestas; como si en solo esto consistiese, de todo en todo, su perfección; y no echan de ver los desaguaderos por donde desaguan la fineza de otras mil virtudes que les faltan! ¿Qué se me da a mi que seáis casta con vos misma, puesto que se me da mucho, si os descuidáis de que lo sea vuestra criada, y si andáis siempre rostrituerta, enojada, celosa, pensa­tiva, manirrota, dormilona, perezosa, pendenciera, gruñidora, con otras insolencias deste jaez, que bastan a consumir las vidas de docientos maridos? Pero, con todo esto, digo, señor juez, que ninguna cosa destas tiene mi señora doña Guiomar; y confieso que yo soy el leño, el inhá­bil, el dejado y el perezoso; y que, por ley de buen gobierno, aunque no sea por otra cosa, está vuesa merced obligado a descasarnos; que desde aquí digo que no tengo ninguna cosa que alegar contra lo que mi mujer ha dicho, y que doy el pleito por concluso, y holgaré de ser condenado.

GUIOMAR. ¿Qué hay que alegar contra lo que tengo dicho? Que no me dais de comer a mí, ni a vuestra criada, y monta que no son muchas, sino una, y aun esa sietemesina, que no come por un grillo.

         ESCRIBANO. Sosiéguense; que vienen nuevos demandantes.

(Entra uno vestido de médico, y es CIRUJANO; y ALDONZA DE MINJACA, su mujer.)

CIRUJANO. Por cuatro causas bien bastantes, vengo a pedir a vuesa merced, señor juez, haga divorcio entre mí y la señora Aldonza de Minjaca, mi mujer, que está presente.

JUEZ. Resoluto venís; decid las cuatro causas.

CIRUJANO. La primera, porque no la puedo ver más que a todos los diablos; la segunda, por lo que ella se sabe; la tercera, por lo que yo me callo; la cuarta, porque no me lleven los demonios, cuando desta vida vaya, si he de durar en su compañía hasta mi muerte.

PROCURADOR. Bastantísimamente ha probado su intención.

MINJACA. Señor juez, vuesa merced me oiga, y advierta que, si mi marido pide por cuatro causas divorcio, yo le pido por cuatrocien­tas. La primera, porque, cada vez que le veo, hago cuenta que veo al mismo Lucifer; la segunda, porque fui engañada cuando con él me casé; porque él dijo que era médico de pulso, y remaneció cirujano, y hombre que hace ligaduras y cura otras enfermedades, que va a decir desto a médico, la mitad del justo precio; la tercera, porque tiene celos del sol que me toca; la cuarta, que, como no le puedo ver, querría estar apartada dél dos millones de leguas.

ESCRIBANO. ¿Quién diablos acertará a concertar estos relojes, estando las ruedas tan desconcertadas?

MINJACA. La quinta...

JUEZ. Señora, señora, si pensáis decir aquí todas las cuatrocientas causas, yo no estoy para escuchallas, ni hay lugar para ello; vuestro negocio se recibe a prueba, y andad con Dios; que hay otros negocios que despachar.

CIRUJANO. ¿Qué más pruebas, sino que yo no quiero morir con ella, ni ella gusta de vivir conmigo?

JUEZ. Si eso bastase para descasarse los casados, infinitísimos sacudirían de sus hombros el yugo del matrimonio.

(Entran uno vestido de GANAPAN, con su caperuza cuarteada.)

 

GANAPAN. Señor juez: ganapán soy, no lo niego, pero cristiano viejo, y hombre de bien a las derechas; y, si no fuese que alguna vez me tomo del vino, o él me toma a mí, que es lo más cierto, ya hubiera sido prioste en la cofradía de los hermanos de la carga; pero, dejando esto aparte, porque hay mucho que decir en ello, quiero que sepa el señor juez que, estando una vez muy enfermo de los vaguidos de Baco, prometí de casarme con una mujer errada. Volví en mí, sané, y cumplí la promesa, y caséme con una mujer que saqué de pecado; púsela a ser placera; ha salido tan soberbia y de tan mala condición, que nadie llega a su tabla con quien no riña, ora sobre el peso falto, ora sobre que le llegan a la fruta, y a dos por tres les da con una pesa en la cabeza, o adonde topa, y los deshonra hasta la cuarta generación, sin tener hora de paz con todas sus vecinas ya parleras; y yo tengo de tener todo el día la espada más lista que un sacabuche, para defendella; y no gana­mos para pagar penas de pesos no maduros, ni de condenaciones de pendencias. Querría, si vuesa merced fuese servido, o que me apartase della, o por lo menos le mudase la condición acelerada que tiene en otra más reportada y más blanda; y prométole a vuesa merced de des­cargalle de balde todo el carbón que comprare este verano; que puedo mucho con los hermanos mercaderes de la costilla.

CIRUJANO. Ya conozco yo a la mujer deste buen hombre, y es tan mala como mi Aldonza; que no lo puedo más encarecer.

JUEZ. Mirad, señores: aunque algunos de los que aquí estáis ha­béis dado algunas causas que traen aparejada sentencia de divorcio, con todo eso, es menester que conste por escrito, y que lo digan testi­gos; y así, a todos os recibo a prueba. Pero ¿qué es esto? ¿Música y guitarras en mi audiencia? ¡Novedad grande es ésta!

(Entran dos músicos.)

 

Músicos. Señor juez, aquellos dos casados tan desavenidos que

vuesa merced concertó, redujo y apaciguó el otro día, están esperando

a vuesa merced con una gran fiesta en su casa; y por nosotros le envían

a suplicar sea servido de hallarse en ella y honrallos.

JUEZ. Eso haré yo de muy buena gana, y pluguiese a Dios que todos los presentes se apaciguasen como ellos.

PROCURADOR. Desa manera, moriríamos de hambre los escri­banos y procuradores desta audiencia; que no, no, sino todo el mundo ponga demandas de divorcios, que al cabo, al cabo, los más se quedan

como se estaban, y nosotros habemos gozado del fruto de sus penden­cias y necedades.

MÚSICOS. Pues en verdad que desde aquí hemos de ir regocijan­do la fiesta.

(Cantan los músicos.)

 

«Entre casados de honor,

cuando hay pleito descubierto,

más vale el peor concierto

que no el divorcio mejor.

Donde no ciega el engaño

simple, en que algunos están,

las riñas de por San Juan

son paz para todo el año.

Resucita allí el honor,

y el gusto, que estaba muerto,

donde vale el peor concierto

más que el divorcio mejor.

Aunque la rabia de celos

es tan fuerte y rigurosa,

si los pide una hermosa,

no son celos, sino cielos.

Tiene esta opinión Amor,

que es el sabio más experto:

que vale el peor concierto

más que el divorcio mejor.

 

Entremés det Rufián viudo llamado Trampagos

 

(Sale TRAMPAGOS con un capuz de luto, y con él, VADEMÉCUM, su criado con dos espadas de esgrima.)

TRAMPAGOS           ¿Vademécum?

VADEMÉCUM          ¿Señor?

TRAMPAGOS           ¿Traes las morenas?

VADEMÉCUM          Tráigolas.

TRAMPAGOS           Está bien: muestra y camina,

                                   Y saca aquí la silla de respaldo,

                                   con los otros asientos de por casa.

VADEMÉCUM          ¿Qué asientos? ¿Hay algunos por ventura?

TRAMPAGOS           Saca el mortero, puerco, el broquel saca,

                                   Y el banco de la cama.

VADEMÉCUM          Está impedido;

                                   Fáltale un pie.

TRAMPAGOS           ¿Y es tacha?

                          ¡Y no pequeña!

                                   (Entrase VADEMÉCUM.)

 

TRAMPAGOS           ¡Ah Pericona, Pericona mía,

                                   Y aun de todo el concejo! En fin, llegóse                                 10

                                   El tuyo: yo quedé, tú te has partido,

                                   Y es lo peor que no imagino adónde;

                                   Aunque, según fue el curso de tu vida, 

                                   Bien se puede creer piadosamente

                                   Que estás en parte... aun no me determino                              15

                                   De señalarte asiento en la otra vida.

                                   Tendréla yo, sin ti, como de muerte.

                                   ¡Que no me hallara yo a tu cabecera

                                   Cuando diste el espíritu a los aire s,

                                   Para que le acogiera entre mis labios,                                      20

                                   Y en mi estómago limpio le envasara!

                                   ¡Miseria humana! ¿Quién de ti confia?

                                   Ayer fui Pericona, hoy tierra fría,

                                   Como dijo un poeta celebérrimo.

                                   ( Entra CHIQUIZNATE, rufián.)

 

CHIQUIZNATE         Mi so Trampagos, ¿es posible sea                                           25

                                   Voacé tan enemigo suyo,

                                   Que se entumbe, se encubra y se trasponga

                                   Debajo desa sombra bayetuna

                                   El sol hampesco? So Trampagos, basta

                                   Tanto gemir, tantos suspiros bastan;                                        30

Trueque voacé las lágrimas corrientes

En limosnas y en misas y oraciones

Por la gran Pericona, que Dios haya;

Que importan más que llantos y sollozos.

TRAMPAGOS           Voacé ha garlado como un tólogo,                                          35

Mi señor Chiquiznaque; pero, en tanto

Que encarrilo mis cosas de otro modo,

Tome vuesa merced, y platiquemos

Una levada nueva.

CHIQUIZNATE         So Trampagos,

                                   No es éste tiempo de levadas: llueven                          40

                                   han de llover hoy pésames adunia,

                                   ¿hémonos de ocupar en levadicas?

                                   (Entra VADEMÉCUM con la silla, muy vieja y rota.)

 

VADEMÉCUM          ¡Bueno, por vida mía! Quien le quita

                                   A mi señor de líneas y posturas,

                                   Le quita de los días de la vida.                                                45

TRAMPAGOS           Vuelve por el mortero y por el banco,

                                   Y el broquel no se olvide, Vademécum.

VADEMÉCUM          Y aun trairé el asador, sartén y platos.

                                   (Vuélvese a entrar.)

TRAMPAGOS           Después platicaremos una treta,

                                   Única, a lo que creo, y peregrina;

                                   Que el dolor de la muerte de mi ángel,                                     50

                                   Las manos ata y el sentido todo.

CHIQUIZNAQUE      ¿De qué edad acabó la mal lograda?

TRAMPAGOS           Para con sus amigas y vecinas,

                                   Treinta y dos años tuvo.

CHIQUIZNATE         ¡Edad lozana!                                                                         55

TRAMPAGOS           Si va a decir verdad, ella tenía

                                               Cincuenta y seis; pero, de tal manera

                                               Supo encubrir los años, que me admiro.

                                               ¡Oh, qué teñir de canas! Oh, qué rizos,

                                               Vueltos de plata en oro los cabellos!                                       60

A seis del mes que viene hará quince años

Que fue mi tributaría, sin que en ellos

Me pusiese en pendencia ni en peligro

De yerme palmeadas las espaldas.

                                   Quince cuaresmas, si en la cuenta acierto,                               65

Pasaron por la pobre desde el día

Que fue mi cara, agradecida prenda,

En las cuales sin duda susurraron

A sus oídos treinta y más sermones,

Y en todos ellos, por respeto mío,                                          70

Estuvo firme, cual está a las olas

Del mar movible la inamovible roca.

¡Cuántas veces me dijo la pobreta,

Saliendo de los trances rigurosos

De gritos y plegarias y de ruegos,                                           75

Sudando y trasudando: «¡Plega al cielo,                                 

Trampagos mío, que en descuento vaya

De mis pecados lo que aquí yo paso

Por ti, dulce bien mío!»

CHIQUIZNAQUE      ¡Bravo triunfo!

                                   ¡Ejemplo raro de inmortal firmeza!                                          80

                                   ¡Allá lo habrá hallado!

TRAMPAGOS           ¿Quién lo duda?

                                   Ni aun una sola lágrima vertieron

                                   Jamás sus ojos en las sacras pláticas,

                                               Cual si de esparto o pedernal su alma

                                   Formada fuera.

CHIQUIZNAQUE      ¡Oh, hembra benemérita                                                         85

                                   De griegas y romanas alabanzas!

                                   ¿De qué murió?

TRAMPAGOS           ¿De qué? Casi de nada:

                                   Los médicos dijeron que tenía

                                   Malos los hipocondrios y los hígados,

                                   Y que con agua de taray pudiera                                             90

                                   Vivir, si la bebiera, setenta años.

CHIQUIZNAQUE      ¿No la bebió?

TRAMPAGOS           Murióse.

CHIQUIZNAQUE      Fue una necia.

                                   ¡Bebiérala hasta el día del juicio,

                                   Que hasta entonces viviera! El yerro estuvo

                                   En no hacerla sudar.

                                   Sudó once veces                                                                    95

(Entra VADEMÉCUM con los asientos  referidos.)

 

CHIQUIZNAQUE      ¿Y aprovechóle alguna?

TRAMPAGOS           Casi todas:

Siempre quedaba como un ginjo verde,

Sana como un peruétano o manzana.

CHIQUIZNAQUE      Dícenme que tenía ciertas fuentes

                                   En las piernas y brazos.

TRAMPAGOS           La sin dicha                                                                            100

Era un Aranjüez; pero, con todo,

Hoy come en ella la que llaman tierra,

De las más blancas y hermosas carnes

Que jamás encerraron sus entrañas;

Y, si no fuera porque habrá dos años                                     105

Que comenzó a dañársele el aliento,

                                   Era abrazarla como quien abraza

                                               Un tiesto de albahaca o clavellinas.

CHIQUIZNAQUE      Neguijón debió ser, o corrimiento,

                                               El que dañó las perlas de su boca,

                                   Quiero decir, sus dientes y sus muelas.

TRAMPAGOS           Una mañana amaneció sin ellos.

VADEMÉCUM          Así es verdad; mas fue deso la causa

                                   Que anocheció sin ellos. De los finos,

                                    Cinco acerté a contarle; de los falsos,                                   115                                     

                                   Doce disimulaba en la covacha.

TRAMPAGOS           ¿Quién te mete a ti en esto, mentecato?

VADEMÉCUM          Acredito verdades.

TRAMPAGOS           Chiquiznaque,

                                   Ya se me ha reducido a la memoria

                                    La treta de denantes; toma, y vuelve                                     120

                                               Al ademán primero.

VADEMÉCUM          Pongan pausa

                                   Y quédese la treta en ese punto,

                                   Que acuden moscovitas al reclamo:

                                   La Repulida viene y la Pizpita,

                                    Y la Mostrenca, y el jayán Juan Claros.                                  125

TRAMPAGOS           Vengan en hora buena: vengan ellos

                                               En cien mil norabuenas.

(Entran LA REPULIDA, LA PIZPITA, LA MOSTRENCA, y el rufián JUAN

CLAROS.)

 

JUAN                         En las mismas

                                   Esté mi sor Trampagos.

REPULIDA                 ¡Quiera el cielo

                                   Mudar su escuridad en luz clarísima!

                                   Desollado le viesen ya mis lumbres                                          130

                                   De aquel pellejo lóbrego y escuro.

MOSTRENCA           ¡Jesús, y qué fantasma noturnina!

                                   Quítenmele delante.

VADEMÉCUM          ¿Melindricos?

TRAMPAGOS           Fuera yo un Polifemo, un antropófago,

                                   Un troglodita, un bárbaro Zoílo,                                              135

                                   Un caimán, un caribe, un comevivos,                                                                                      Si de otra suerte me adomara, en tiempo

                                   De tamaña desgracia.

JUAN                         Razón tiene.

TRAMPAGOS           ¡He perdido una mina potosisca,

                                               Un muro de la hiedra de mis faltas,                                          140

                                   Un árbol de la sombra de mis ansias!

JUAN                          Era la Pericona un pozo de oro.

TRAMPAGOS           Sentarse a prima noche, y, a las horas

                                   Que se echa el golpe, hallarse con sesenta

                                   Numos en cuartos, ¿por ventura es barro?                              145

                                   Pues todo esto perdí en la que ya pudre.

REPULIDA                 Confieso mi pecado: siempre tuve

                                   Envidia a su no vista diligencia.

                                               No puedo más; yo hago lo que puedo,

                                   Pero no lo que quiero.

PIZPITA                     No te penes,                                                                           150

                                               Pues vale más aquel que Dios ayuda,

                                               Que el que mucho madruga: ya me entiendes.

VADEMÉCUM          El refrán vino aquí como de molde;

                                   ¡Tal os dé Dios el sueño, mentecatas!

MOSTRENCA           Nacidas somos; no hizo Dios a nadie                                      155

A quien desamparase. Poco valgo;

Pero, en fin, como y ceno, y a mi cuyo

Le traigo más vestido que un palmito.

Ninguna es fea, como tenga brios;

Feo es el diablo.

VADEMÉCUM          Alega la Mostrenca                                                                 160

Muy bien de su derecho, y alegara

Mejor si se añadiera el ser muchacha

Y limpia, pues lo es por todo estremo.

CHIQUIZNAQUE      En el que está Trampagos me da lástima.

                                               Vestíme este capuz: mis dos lanternas

                                               Convertí en alquitaras.

VADEMÉCUM          ¿De aguardiente?

TRAMPAGOS           Pues ¿tanto cuelo yo, hi de malicias?

VADEMÉCUM          A cuatro lavanderas de la puente

Puede dar quince y falta en la colambre;

Miren qué ha de llorar, sino aguaardiente.                               170

JUAN                         Yo soy de parecer que el gran Trampagos

Ponga silencio a su contino llanto

Y vuelva al sicut erat in principio,

Digo a sus olvidadas alegrías;

Y tome prenda que las suyas quite,                                         175

Que es bien que el vivo vaya a la hogaza,

Como el muerto se va a la sepultura.

REPULIDA                 Zonzorino Catón es Chiquiznaque.

PIZPITA                     Pequeña soy, Trampagos, pero grande

                                   Tengo la voluntad para servirte;                                               180

                                   No tengo cuyo, y tengo ochenta cobas.

REPULIDA                 Yo ciento, y soy dispuesta y nada lerda.

MOSTRENCA           Veinte y dos tengo yo, y aun veinticuatro,

                                   Y no soy mema.

REPULIDA                 ¡Oh mi Jezúz! ¿Qué es esto?

                                               ¿Contra mi la Pizpita y la Mostrenca?                          185

                                   ¿En tela quieres competir conmigo,

                                   Culebrilla de alambre, y tú, pazguata?

PIZPITA                     Por vida de los huesos de mi abuela,

                                               Doña Maribobales, mondaníspolas,

                                   Que no la estimo en un feluz morisco.                          190

                                   ¡Han visto el ángel tonto almidonado,

                                               Cómo quiere empinarse sobre todas!

MOSTRENCA           Sobre mí no, a lo menos, que no sufro

                                   Carga que no me ajuste y me convenga.

JUAN                         Adviertan que defiendo a la Pizpita.                                         195

CHIQUIZNAQUE      Consideren que está la Repulida

                                   Debajo de las alas de mi amparo.

VADEMÉCUM          Aquí fue Troya, aquí se hacen rajas;

                                               Los de las cachas amarillas salen;

                                               Aquí, otra vez, fue Troya.

REPULIDA                 Chiquiznaque,                                                             200

                                   No he menester que nadie me defienda;

                                   Aparta, tomaré yo la venganza,

                                   Rasgando con mis manos pecadoras

                                   La cara de membrillo cuartanario.

JUAN                         ¡Repulida, respeto al gran Juan Claros!                                   205

PIZPITA                     Dejala, venga: déjala que llegue

                                   Esa cara de masa mal sobada

                                   (Entra UNO muy alborotado.)

 

UNO                           Juan Claros, ¡la justicia, la justicia!

                                     El alguacil de la justicia viene

                                     La calle abajo.

                                   (Éntrase luego.)

 

JUAN                          ¡Cuerpo de mi padre!

                                    ¡No paro máa aquí!                                                               210

TRAMPAGOS            Ténganse todos;

                                    Ninguno se alborote: que es mi amigo

                                     El alguacil; no hay que tenerle miedo.

                                    (Torna a entrar.)

 

UNO                           No viene acá, la calle abajo cuela.

                                    (Vase.)

 

CHIQUIZNAQUE      El alma me temblaba ya en las carnes,                                    215

                                    Porque estoy desterrado.

TRAMPAGOS            Aunque viniera,

                                    No nos hiciera mal, yo lo sé cierto

                                    Que no puede chillar, porque está untado.

VADEMÉCUM           Cese, pues, la pendencia, y mi sor sea

                                    El que escoja la prenda que le cuadre                                     220

                                    O le esquine mejor.

REPULIDA                 Yo soy contenta.

PIZPITA                      Y yo también

MOSTRENCA            Y yo.

VADEMÉCUM           Gracias al cielo,

                                    Que he hallado a tan gran mal tan gran remedio.

TRAMPAGOS           Abúrrome, y escojo.

MOSTRENCA           Dios te guíe.

REPULIDA                 Si te aburres, Trampagos, la escogida                                     225

                                   También será aburrida.

TRAMPAGOS           Errado anduve;

                                   Sin aburrirme escojo.

MOSTRENCA           Dios te guíe.

TRANPAGOS            Digo que escojo aquí a la Repulida.

JUAN                         Con su pan se la coma, Chiquiznaque.

CHIQUIZNAQUE      Y aun sin pan, que es sabrosa en cualquier mo­do.                   230

REPULIDA                 Tuya soy: ponme un clavo y una S

                                   En estas dos mejias.

PIZPITA                     ¡Oh hechicera!

MOSTRENCA           No es sino venturosa: no las envidies,

                                   Porque no es muy católico Trampagos,

                                    Pues ayer enterró a la Pericona,                                              235

                                   Y hoy la tiene olvidada.

REPULIDA                 Muy bien dices.

TRAMPAGOS           Este capuz arruga, Vademécum,

                                   Y dile al padre que sobre él te preste

                                   Una docena de reäles.

VADEMÉCUM          Creo

                                   Que tengo yo catorce.

TRAMPAGOS           Luego, luego,                                                                          240

                                   Parte, y trae seis azumbres de lo caro.

                                   Alas pon en los pies.

VADEMÉCUM          Y en las espaldas.

(Éntrase VADEMÉCUM con el capuz, y queda en cuerpo TRAMPAGOS.)

 

TRAMPAGOS           ¡Por Dios, que si durara la bayeta,

                                   Que me pudieran enterrar mañana!

REPULIDA                 ¡Ay lumbre destas lumbres, que son tuyas,                              245

                                   Y cuán mejor estás en este traje,

                                   Que en el otro sombrío y malencónico!

                                   (Entran dos músicos, sin guitarras.)

 

MUSICO 1º                Tras el olor del jarro nos venimos

                                   Yo y mi compadre.

TRAMPAGOS           En hora buena sea.

                                   ¿Y las guitarras?

MUSICO 1º                En la tienda quedan;                                                                250

                                   Vaya por ellas Vademécum.

MUSICO 2º                Vaya:

                                   Mas yo quiero ir por ellas.

MUSICO 1º                De camino,

                                   (Entrase el un músico.)

 

                                               Diga a mi oíslo que, si viene alguno

                                   Al rapio rapis, que me aguarde un poco;

                                   Que no haré sino colar seis tragos                                         255

                                   Y cantar dos tonadas y partirme;

                                   Que ya el señor Trampagos, según muestra,

                                   Está para tomar armas de gusto.

                                    (Vuelve VADEMÉCUM.)

VADEMÉCUM          Ya está en el antesala el jarro.

TRAMPAGOS           Traile.

VADEMÉCUM          No tengo taza.

TRAMPAGOS            Ni Dios te la depare.                                                            260

                                    El cuerno de orinar no está estrenado;

                                    Tráele, que te maldiga el cielo santo;

                                    Que eres bastante a deshonrar un duque.

VADEMÉCUM           Sosiéguese; que no ha de faltar copa,

                                    Y aun copas, aunque sean de sombreros                              265

[Aparte.] A buen seguro que éste es churrullero.

(Entra UNO, como cautivo, con una cadena al hombro, y pónese a mirar a todos muy atento, y todos a él.)

REPULIDA                 ¡Jesús! ¿Es visión ésta? ¿Qué es aquésto?

¿No es éste Escarramán? Él es, sin duda.

¡Escarramán del alma, dame amores,

Esos brazos, coluna de la hampa!                                           270

TRAMPAGOS           ¡Oh Escarramán, Escarramán amigo!

                                   ¿Cómo es esto? ¿A dicha eres estatua?

                                   Rompe el silencio y habla a tus amigos.

PIZPITA                     ¿Qué traje es éste y qué cadena es ésta?

                                   ¿Eres fantasma, a dicha? Yo te teco,

                                   Y eres de carne y hueso.

MOSTRENCA           Él es amiga;

                                   No lo puede negar, aunque más calle.

ESCARRAMÁN        Yo soy Escarramán, y estén atentos

                                   Al cuento breve de mi larga historia.

                        (Vuelve EL BARBERO con dos guitarras, y da la una al compañero)

 

                                   Dio la galera al traste en Berbería                                            280

                                   Donde la furia de un jüez me puso

                                   Por espalder de la siniestra banda;

                                   Mudé de cautiverio y de ventura;

                                   Quedé en poder de turcos por esclavo;

                                   De allí a dos meses, como al cielo plugo                                  285

                                   Me levanté con una galeota;

                                   Cobré mi libertad y ya soy mío.

                                   Hice voto y promesa inviolable

                                   De no mudar de ropa ni de carga

                                   Hasta colgarla de los muros santos                                          290

                                   De una devota ermita, que en mi tierra

                                   Llaman de San Millán de la Cogolla;

                                   Y este es el cuento de mi extraña historia;

                                   Digna de atesorarla en mi memoria.

                                   La Méndez no estará ya de provecho,                                     295

                                   ¿Vive?

JUAN                         Y está en Granada a sus anchuras.

CHIQUIZNAQUE      ¡Allí le duele al pobre todavía!

ESCARRAMÁN        ¿Qué se ha dicho de mí en aqueste mundo,

                                   En tanto que en el otro me han tenido

                                   Mis desgracias y gracia?

MOSTRENCA           Cien mil cosas:                                                            300

                                   Ya te han puesto en la horca los farsantes.

PEZPITA                     Los muchachos han hecho pepitoria

                                   De todas tus medulas y tus huesos.

REPULIDA                 Hante vuelto divino; ¿qué más quieres?

CHIQUIZNAQUE      Cántante por las plazas, por las calles;                         305

                                   Báilante en los teatros y en las casas;

                                   Has dado que hacer a los poetas,

                                   Más que dio Troya al mantuano Títiro.

JUAN                         Óyente resonar en los establos.

REPULIDA                 Las fregonas te alaban en el río;                                              310

                                   Los mozos de caballos te almohazan.

CHIQUIZNAQUE      Túndete el tundidor con sus tijeras;

                                   Muy más que el potro rucio eres famoso.

MOSTRENCA           Han pasado a las Indias tus palmeos,

                                   En Roma se han sentido tus desgracias,                                   315

                                   Y hante dado botines sine numero.

VADEMÉCUM          Por Dios que te han molido como alheña,

Y te han desmenuzado como flores,

Y que eres más sonado y más mocoso

Que un reloj y que un niño de dotrina.                         320

De ti han dado querella todos cuantos

Bailes pasaron en la edad del gusto,

Con apretada y dura residencia;

                                   Pero llevó se el tuyo la excelencia.

ESCARRAMÁN        Tenga yo fama, y hágame pedazos;                                         325

                                   De Efeso el templo abrasaré por ella.

                        (Tocan de improviso los músicos, y comienzan a cantar este romance.)

 

MÚSICOS                  «Ya salió de las gurapas

                                   El valiente Escarramán,

                                   Para asombro de la gura,

                                   Y para bien de su mal.»                                                          330

ESCARRAMÁN        ¿Es aquesto brindarme por ventura?

                                   ¿Piensan se me ha olvidado el regodeo?

                                               Pues más ligero vengo que solía;   

                                    Si no, toquen, y vaya, y fuera ropa.

PIZPITA                      ¡Oh flor y fruto de los bailarines!                                           335

                                    Y ¡qué bueno has quedado!

VADEMÉCUM           Suelto y limpio.

JUAN                          Él honrará las bodas de Trampagos.

ESCARRAMAN         Toquen; verán que soy hecho de azogue.

MÚSICOS                  Váyanse todos por lo que cantare,

                                    Y no será posible que se yerren.                                           340

ESCARRAMAN         Toquen; que me deshago y que me bullo.

REPULIDA                 Ya me muero por verle en la estacada.

MÚSICOS                  Estén alerta todos.

CHIQUIZNAQUE      Ya lo estamos.

                                    (Cantan.)

 

MÚSICOS                  «Ya salió de las gurapas

                                    El valiente Escarramán,                                                         345

                                    Para asombro de la gura,

                                    Y para bien de su mal.

                                    Ya vuelve a mostrar al mundo

                                    Su felice habilidad,

                                    Su ligereza y su brío,                                                            350

                                    Y su presencia reäl.

                                    Pues falta la Coscolina,

                                    Supla agora en su lugar

                                    La Repulida, olorosa

                                    Más que la flor de azahar;                                                    355

                                    Y, en tanto que se remonda

                                    La Pizpita sin igual,

                                    De la gallarda el paseo

                                    Nos muestre aquí Escarramán.»

(Tocan la gallarda; dánzala ESCARRAMAN, que le ha de hacer el hailarin, y,

en habiendo hecho una mudanza, prosíguese el romance.)

 

                                    «La Repulida comience,                                                       360

                         Con su brío, a rastrear,

                         Pues ella fue la primera

                         Que nos le vino a mostrar.

                         Escarramán la acompañe;

                         La Pizpita otro que tal,                                                           365

                         Chiquiznaque y la Mostrenca,

                         Con Juan Claros el galán.

                         ¡Vive Dios que va de perlas!

                         No se puede desear

                         Mas ligereza o mas garbo,                                                      370

                         Más certeza o más compás.

                         ¡A ello, hijos, a ello!

                         No se puede alabar

                         Otras ninfas ni otros rufos,

                         Que nos puedan igualar.                                                         375

                         ¡Oh, qué desmayar de manos!

                         ¡Oh, qué huir y qué juntar!

                         ¡Oh, qué nuevos laberintos,

                         Donde hay salir y hay entrar!

                         Muden el baile a su gusto,                                                      380

                         Que yo le sabré tocar:

                         El canario o las gambetas,

                         O Al villano se lo daban

                         Zarabanda o Zambapalo,

                         El Pésame dello y más;                                                         385

                         El rey don Alonso el Bueno,

                         Gloria de la antigüedad.»

ESCARRAMÁN         El canario, si le tocan,

                                    A solas quiero bailar.

MÚSICOS                  Tocaréle yo de plata;                                                             390

                                    Tú de oro le bailarás.                                                            

(Toca el canario, y baila solo ESCARRAMÁN; y, en habiendole bailado, diga.)

                        

ESCARRAMÁN         Vaya el villano a lo burdo,

                                    Con la cebolla y el pan,

                                    Y acompáñenme los tres.

MÚSICOS                  Que te bendiga San Juan.                                                       395

(Bailan el villano, como bien saben, y, acabado el villano, pida ESCARRAMÁN el baile que quisiere, y, acabado, diga TRAMPAGOS.)

TRAMPAGOS            Mis bodas se han celebrado

                                    Mejor que las de Roldán.

                                    Todos digan como digo:

                                    ¡Viva, viva Escarramán!

TODOS                       ¡Viva, viva!                                                                            400

                                   

 

 

 

Entremés de La elección de los alcaldes de Daganzo

 

(Salen EL BACHILLER PESUÑA; PEDRO ESTORNUDO, escribano;

PANDURO, regidor, y ALONSO ALGARROBA, regidor.)

PANDURO                 Rellánense, que todo saldrá a cuajo,                                       1

Si es que lo quiere el cielo benditísimo.

ALGARROBA            Mas echémoslo a doce, y no se venda.

PANDURO                 Paz, que no será mucho que salgamos

Bien del negocio, si lo quiere el cielo.                          5

ALGARROBA            Que quiera, o que no quiera, es lo que importa.

PANDURO                 ¡Algarroba, la luenga se os deslicia!

Habrad acomedido y de buen rejo,

Que no me suenan bien esas palabras:

«Quiera o no quiera el cielo.» Por San Junco,             10

Que, como presomís de resabido,

Os arrojáis a trochemoche en todo.

ALGARROBA            Cristiano viejo soy a todo ruedo,

Y creo en Dios a pies jontillas.

BACHILLER               Bueno;

No hay más que desear.

ALGARROBA            Y si por suerte                                                                       15

Hablé mal, yo confieso que soy ganso,

Y doy lo dicho porno dicho.

ESCRIBANO          Basta;

No quiere Dios, del pecador más malo,

                                    Sino que viva y se arrepienta.

ALGARROBA            Digo

Que vivo y me arrepiento, y que conozco                               20

Que el cielo puede hacer lo que él quisiere,

Sin que nadie le pueda ir a la mano,

Especial cuando llueve.

PANDURO                 De las nubes,

Algarroba, cae el agua, no del cielo.

ALGARROBA            ¡Cuerpo del mundo! Si es que aquí venimos                           25

                                    A reprochar los unos a los otros,

                                    Díganmoslo; que a fe que uno no le falte

                                    Reproches a Algarroba a cada paso.

BACHILLER               Redeamus ad rem, ¿señor Panduro

                                    Y señor Algarroba; no se pase                                               30

                                    El tiempo en niñerías escusadas.

                                    ¿Juntámonos aquí para disputas

                                    Impertinentes? ¡Bravo caso es éste,

                                    Que siempre que Panduro y Algarroba

                                    Están juntos, al punto se levantan                                            35

                                    Entre ellos mil borrascas y tormentas

                                    De mil contraditorias intenciones!

ESCRIBANO              El señor bachiller Pesuña tiene

                                    Demasiada razón. Véngase al punto,

                                    Y mírese qué alcaldes nombraremos                                       40

                                    Para el año que viene, que sean tales,

                                    Que no los pueda calumniar Toledo,

                                    Sino que los confirme y dé por buenos,

                                    Pues para esto ha sido nuestra junta.

PANDURO                 De las varas hay cuatro pretensores:                                       45

                                    Juan Berrocal, Francisco de Humillos,

                                    Miguel Jarrete y Pedro de la Rana;

                                    Hombres todos de chapa y de caletre,

                                    Que pueden gobernar, no que a Dagonazo,

                                    Sino a la misma Roma.

ALGARROBA            A Romanillos                                                                         50

ESCRIBANO              ¿Hay otro apuntamiento? ¡Por San pito,

                                    Que me salga del corro!

ALGARROBA            Bien parece

                                    Que se llama Estornudo el escribano,

                                    Que así se le encarama y sube el humo.

                                    Sosiéguese, que yo no diré nada.

PANDURO                 ¿Hallarse han, por ventura, en todo el sorbete?

ALGARROBA            ¿Qué es sorbe, sorbe-huevos? Orbe diga

El discreto Panduro, y serle ha sano.

PANDURO                 Digo que en todo el mundo no es posible

Que se hallen cuatro ingenios como aquestos                          60

De nuestros pretensores.

ALGARROBA            Por lo menos,

Yo sé que Berrocal tiene el más lindo Distinto.

ESCRIBANO              ¿Para qué?

ALGARROBA            Para ser sacre

En esto de mojón y cata-vinos.

En mi casa probó los días pasados                                         65

Una tinaja, y dijo que sabía

El claro vino a palo, a cuero y hierro.

Acabó la tinaja su camino

Y hallóse en el asiento della un palo

Pequeño, y dél pendía una correa                                           70

De cordobán y una pequeña llave.

ESCRIBANO              ¡ Oh rara habilidad! ¡Oh raro ingenio!

Bien puede gobernar, el que tal sabe,

                                    A Alanís y a Cazalla, y aun a Esquivias.

ALGARROBA            Miguel Jarrete es águila.

BACHILLER               ¿En qué modo?                                                                      75

ALGARROBA            En tirar con un arco de bodoques.

¿Qué, tan certero es?

ALGARROBA            Es de manera,

Que, si no fuese porque los más tiros

Se da en la mano izquierda, no habría pájaro

En todo este contorno.

BACHILLER               ¡Para alcalde,                                                                         80

Es rara habilidad y necesaria!

ALGARROBA            ¿Qué diré de Francisco de Humillos?

Un zapato remienda como un sastre.

Pues ¿Pedro de la Rana? No hay memoria

Que a la suya se iguale; en ella tiene                                        85

Del antiguo y famoso perro de Alba

Todas las coplas, sin que letra falte.

PANDURO                 Éste lleva mi voto.

ESCRIBANO              Y aun el mío.

ALGARROBA            A Berrocal me atengo.

BACHILLER               Yo a ninguno

                                    Si es que no dan más pruebas de su ingenio,                           90

                                    A la jurisprudencia encaminadas.

ALGARROBA            Yo daré un buen remedio, y es aqueste:

Hagan entrar los cuatro pretendientes,

Y el señor Bachiller Pesuña puede

Examinarlos, pues del arte sabe,                                             95

Y, conforme a su ciencia, así veremos

Quién podrá ser nombrado para el cargo.

ESCRIBANO              ¡Vive Dios, que es rarísima advertencia!

PANDURO                 Aviso es que podrá servir de arbitrio

Para su Jame stad; que, como en corte                                   100

Hay potra-médicos, haya potra-alcaldes.

ALGARROBA            Prota, señor Panduro, que no potra.

PANDURO                 Como vos no hay fiscal en todo el mundo.

ALGARROBA            ¡Fiscal, pese a mis males!

ESCRIBANO              ¡Por Dios santo

                                    Que es Algarroba impertinente!

ALGARROBA            Digo                                                                                      105

Que, pues se hace examen de barberos,

De herradores, de sastres, y se hace

De cirujanos y otras zarandajas,

También se examinasen para alcaldes,

Y, al que se hallase suficiente y hábil                                       110

Para tal menester, que se le diese

Carta de examen, con la cual podría

El tal examinado remediarse;

Porque de lata en una blanca caja

                                    La carta acomodando merecida,                                            115

                                    A tal pueblo podrá llegar el pobre,

                                    Que le pesen a oro; que hay hogaño

                                               Carestía de alcaldes de caletre

En lugares pequeños casi siempre.

BACHILLER               Ello está muy bien dicho y bien pensado.                                120

Llamen a Berrocal, entre, y veamos

Dónde llega la raya de su ingenio.

ALGARROBA            Humillos, Rana, Berrocal, Jarrete,

Los cuatro pretensores, se han entrado.

(Entran estos cuatro labradores.)

                                    Ya los tienes presentes.

BACHILLER               Bien venidos                                                                          125

                                    Sean vuesas mercedes.

BERROCAL                Bien hallados

                                    Vuesas mercedes sean.

PANDURO                 Acomódense,

                                    Que asientos sobran.

HUMILLO                  Siéntome, y me siento

JARRETE                    Todos nos sentaremos, Dios loado.

RANA                         ¿De qué os sentís, Humillos?

HUMILLOS                De que vaya                                                                          130

                                    Tan a la larga nuestro nombramiento.

                                    ¿Hémoslo de comprar a gallipavos,

A cántaros de arrope y a abiervadas,

Y botas de lo añejo tan crecidas,

Que se arremetan a ser cueros? Díganlo,                                135

Y pondráse remedio y diligencia.

BACHILLER               No hay sobornos aquí; todos estamos

                                    De un común parecer, y es, que el que fuere

                                    Más hábil para alcalde, ése se tenga

                                    Por escogido y por llamado.

RANA    Bueno;                                                                                      140

        Yo me contento.

BERROCAL                Y Yo.

BACHILLER               Mucho en buen hora.

HUMILLOS                También yo me contento.

JERRETE                     Dello gusto.

BACHILLER               Vaya de examen, pues.

HUMILLOS                De examen venga.

BACHILLER               ¿Sabéis leer, Humillos?

HUMILLOS                No, por cierto,

                                    Ni tal se probará que en mi linaje                                            145

Haya persona tan de poco asiento,

Que se ponga a aprender esas quimeras,

Que llevan a los hombres al brasero,

Y a las mujeres a la casa llana.

Leer no sé, mas sé otras cosas tales,                                      150

Que llevan al leer ventajas muchas.

BACHILLER               Y ¿cuáles cosas son?

HUMILLOS                Sé de memoria

Todas cuatro oraciones, y las rezo

Cada semana cuatro y cinco veces.

RANA                         Y ¿con eso pensáis de ser alcalde?                                         155

HUMILLOS                Con esto, y con ser yo cristiano viejo,

                                    Me atrevo a ser un senador romano.

BACHILLER               Está muy bien. Jarrete diga agora

         Qué es lo que sabe.

JARRETE                    Yo, señor Pesuña,

         Sé leer, aunque poco; deletreo,                                              160

Y ando en el be-a-ba bien ha tres meses,

Y en cinco más daré con ello a un cabo;

Y, además desta ciencia que ya aprendo,

Sé calzar un arado bravamente.

Y herrar, casi en tres horas, cuatro pares                                165

De novillos briosos y cerreros;

  Soy sano de mis miembros, y no tengo

           ordez ni cataratas, tos ni reumas,

Y soy cristiano viejo como todos,

Y tiro con un arco como un Tulio.                                          170

ALGARROBA            ¡Raras habilidades para alcalde,

                                   Necesarias y muchas!

BACHILLER              Adelante.

                                   ¿Qué sabe Berrocal?

BERROCAL               Tengo en la lengua

Toda mi habilidad, y en la garganta;

No hay mojón en el mundo que me llegue:                              175

Sesenta y seis sabores estampados

Tengo en el paladar, todos vináticos.

ALGARROBA            Y ¿quiere ser alcalde?

BERROCAL               Y lo requiero;

Pues cuando estoy armado a lo de Baco,

Así se me aderezan los sentidos,                                             180

Que me parece a mí que en aquel punto

Podría prestar leyes a Licurgo

Y limpiarme con Bártulo.

PANDURO                ¡Pasito,

                                    Que estamos en concejo!

BERROCAL               No soy nada

                                   Melindroso ni puerco; sólo digo

                                   Que no se me malogre mi justicia,

                                   Que echaré el bodegón por la ventana.

BACHILLER              ¿Amenazas aquí? ¡ Por vida mia,

                                   Mi señor Berrocal, que valen poco!

                                   ¿Qué sabe Pedro Rana?

                                   Como Rana,                                                                           190

RANA                        Habré de cantar mal; pero, con todo

                                   Diré mi condición, y no mi ingenio.

                                   Yo, señores, si acaso fuese alcalde,

                                   Mi vara no sería tan delgada

Como las que se usan de ordinario;                                           

De una encina o de un roble la haría

Y gruesa de dos dedos, temeroso

Que no me la encorvase el dulce peso

De un bolsón de ducados, ni otras dádivas,

O ruegos, o promesas, o favores,          

Que pesan como plomo, y no se sienten

Hasta que os han brumado las costillas

Del cuerpo y alma; y, junto con aquesto,

Sería bien criado y comedido,

Parte severo y nada riguroso;

Nunca deshonraría al miserable

Que ante mí le trujesen sus delitos;

Que suele lastimar una palabra

De un juez arrojado, de afrentosa,

Mucho más que lastima su sentencia,

Aunque en ella se intime cruel castigo.

No es bien que el poder quite la crianza,

Ni que la sumisión de un delincuente

Haga al juez soberbio y arrogante.

ALGARROBA            ¡Vive Dios, que ha cantado nuestra Rana

     Mucho mejor que un cisne cuando muere!

PANDURO                 Mil sentencias ha dicho censorinas.

ALGARROBA            De Catón Censorino; bien ha dicho

                                               El regidor Panduro.

PANDURO                ¡ Reprochadme!

ALGARROBA            Su tiempo se vendrá.

ESCRIBANO             Nunca acá venga.

¡Terrible inclinación es, Algarroba,

     La vuestra en reprochar!

ALGARROBA            No más, so escriba.

ESCRIBANO             ¿Qué escriba, fariseo?

BACHILLER              ¡Por San Pedro,

Que son muy demasiadas demasías

                           Estas!

ALGARROBA            Yo me burlaba.

ESCRIBANO                         Y yo me burlo.                                                                                                   225

BACHILLER              Pues no se burlen más, por vida mia.

ALGARROBA            Quien miente, miente.

ESCRIBANO             Y quien verdad pronuncia,

                                   Dice verdad.

ALGARROBA            Verdad.

ESCRIBANO             Pues punto en boca.

HUMILLOS               Esos ofrecimientos que ha hecho Rana,

                                   Son desde lejos. A fe que si él empuña                                    230

                                   Vara, que él se trueque y sea otro hombre

                                   Del que ahora parece.

BACHILLER              Está de molde

                                   Lo que Humillos ha dicho.

HUMILLOS               Y más añado:

                                   Que si me dan la vara, verán cómo

                                   No me mudo, ni trueco, ni me cambio                         235

BACHILLER              Pues veis aquí la vara, y haced cuenta

                                   Que sois alcalde ya.

ALGARROBA            ¡Cuerpo del mundo!

                                   ¿La vara le dan zurda?

HUMILLOS               ¿Cómo zurda?

ALGARROBA            Pues ¿no es zurda esta vara? Un sordo o mudo

                                   Lo podrá echar de ver desde una legua.                                  240

HUMILLOS               ¿Cómo, pues, si me dan zurda la vara,

                                   Quieren que juzgue yo derecho?

ESCRIBANO             El diablo

                                   Tiene en el cuerpo este Algarroba; ¡miren

                                   Dónde jamás se han visto varas zurdas!

                                   (Entra uno.)

 

UNO                           Señores, aquí están unos gitanos                                             245

Con unas gitanillas milagrosas;

Y aunque la ocupación se les ha dicho

En que están sus mercedes, todavía

Porfian que han de entrar a dar solacio

                                   A sus mercedes.

BACHILLER              Entren, y veremos                                                                   250

                                   Si nos podrán sevir para la fiesta

                                   Del Corpus, de quien yo soy mayordomo.

PANDURO                Entren mucho en buena hora.

BACHILLER              Entren luego.

HUMILLOS               Por mí, ya los deseo.

JARRETE                   Pues yo, ¡pajas!

RANA                        ¿Ellos no son gitanos? Pues advierten                          255

                                   Que no nos hurten las narices.

UNO                           Ellos.

                                   Sin que los llamen, vienen; ya están dentro.

(Entran los musicos gitanos, y dos gitanas bien aderezadas, y al son deste

romance, que hande cantar los músicos, ellas dancen)

MÚSICOS                  «Reverencia os hace el cuerpo,

                                   Regidores de Daganzo,

                                   Hombres buenos de repente                                                   260

                                   Hombres buenos de pensado;

                                   De caletre prevenidos

                                   Para proveer los cargos

                                   Que la ambición solicita

                                   Entre moros y cristianos.                                                         265

                                   Parece que os hizo el cielo,

                                   El cielo, digno, estrellado,

                                   Sansones para las letras,

                                   Y para las fuerzas Bártulos.»

JARRETE                   Todo lo que se canta toca historia.                                          270

HUMILLOS               Ellas y ellos son únicos y ralos.

ALGARROBA            Algo tiene de espesos.

BACHILLER              Ea, sufficit.

MÚSICOS                  «Como se mudan los vientos,

                                   Como se mudan los ramos,

                                   Que, desnudos en invierno,                                                     275

                                   Se visten en el verano

Mudaremos nuestros bailes

Por puntos, y a cada paso,

Pues mudarse las mujeres

No es nuevo ni extraño caso.                                                 280

¡ Vivan de Daganzo los regidores,

Que parecen palmas, puesto que son robles!»

(Bailan.)

 

JARRETE                   ¡Brava troya, por Dios!

HUMILLOS               Y muy sentida.

BERROCAL               Éstas se han de imprimir, para que quede

                                   Memoria de nosotros en los siglos                                           285

                                   De los siglos. Amén.

BACHILLER              Callen, si pueden.

                                   «Vivan y revivan,

Y en siglos veloces

Del tiempo los días

Pasen con las noches,                                                            290

Sin trocar la edad,

Que treinta años forme,

Ni tocar las hojas

De sus alcornoques.

Los vientos, que anegan                                                         295

Si contrarios corren,

Cual céfiros blandos

En sus mares soplen.

¡ Vivan de Daganzo los regidores,

                                   Que palmas parecen, puesto que son robles!»

BACHILLER              El estribillo en parte me desplace;                                            300

                                   Pero, con todo, es bueno.

BERROCAL               Ea, callemos.

MÚSICOS                  «Pisaré yo el polvico,

                                   A tan menudico,

                                   Pisaré yo el polvó,

                                   A tan menudó.»                                                                     305

PANDURO                 Estos músicos hacen pepitoria

                                    De su cantar.

HUMILLOS                Son diablos los gitanos.

MÚSICOS                  «Pisaré yo la tierra

                                    Por más que esté dura,

                                    Puesto que me abra en ella                                                     310

                                    Amor sepultura,

                                    Pues ya mi buena ventura

                                    Amor la pisó

                                    A tan menudó.»

                                    «Pisaré yo lozana                                                                   315

                                    El más duro suelo,

                                    Sien él acaso pisas

                                    El cual que recelo;

                                    Mi bien se ha pasado en vuelo,

                                    Y el polvo dejó                                                                                  320

                                   A tan menudó.»

                                   (Entra UN SOTA SACRISTÁN, muy mal endeliñado)

 

SACRISTÁN              Señores regidores, ¡voto a dico,

                                   Que es de bellacos tanto pasatiempo!

                                   ¿Así se rige el pueblo, noramala,

                                   Entre guitarras, bailes y bureos?                                              325

BACHILLER              ¡Agarrale, Jarete!

JARRETE                   Ya le agarro.

BACHILLER              Traigan aquí una manta; que, por Cristo,

                                   Que se ha de mantear este bellaco,

                                   Necio, desvergonzado e insolente,

                                   Y atrevido además.

SACRISTÁN              ¡Oigan, señores!                                                                     330

ALGARROBA            Volverá con la manta a las volantas.

                                   (Éntrase ALGARROBA.)

 

SACRISTÁN              Miren que les intimo que soy présbiter.

BACHILLER              ¿Tú presbitero, infame?

SACRISTÁN              Yo presbítero,

                                    O de prima tonsura, que es lo mismo.

PANDURO                Agora lo veredes, dijo Agrajes.

SACRISTÁN                  No hay Agrajes aquí.

BACHILLER                        Pues habrá grajos

                                   Que te piquen la lengua y aun los ojos.

RANA                        Dime desventurado: ¿qué demonio

                                   Se revistió en tu lengua? ¿Quién te mete

                                   A ti en reprehender a la justicia?                                              340

                                   ¿Has tú de gobemar a la república?

Métete en tus campanas y en tu oficio;

Deja a los que gobieman, que ellos saben

Lo que han de hacer, mejor que no nosotros.

                                   Si fueren malos, ruega por su enmienda;                                  345

Si buenos, porque Dios no nos los quite.

BACHILLER              Nuestro Rana es un santo y un bendito.

                                   (Vuelve ALGARROBA; trae la manta.)

ALGARROBA            No ha de quedar por manta.

BACHILLER              Asgan, pues, todos,

                                   Sin que queden gitanos ni gitanas.

                                   ¡Arriba, amigos!

SACRISTÁN                       ¡Por Dios, que va de veras!

                                   ¡Vive Dios, si me enojo, que bonito                                         350

                                   Soy yo para estas burlas! ¡Por San Pedro

Que están descomulgados todos cuantos

Han tocado los pelos de la manta!

RANA                        Basta, no más; aquí cese el castigo;                                         355

                                   Que el pobre debe estar arrepentido.

SACRISTÁN                  Y molido, que es más. De aquí adelante

Me coseré la boca con dos cabos

De zapatero.

RANA                        Aqueso es lo que importa.

BACHILLER              Vénganse los gitanos a mi casa,                                               360

                                   Que tengo qué decilles.

GITANOS                  Tras ti vamos.

BACHILLER              Quedarse ha la elección para mañana,

                                   Y desde luego doy mi voto a Rana.

GITANOS                  ¿Cantaremos, señor?

BACHILLER              Lo que quisiéredes.

PANDURO                No hay quien cante cual nuestra Rana canta.                           365

JARRETE                   No solamente canta, sino encanta.

                                   (Éntranse cantando: «Pisaré yo el polvico...»)

 

 

Entremés de La guarda cuidadosa

 

(Sale UN SOLDADO a lo pícaro, con muy mala banda y un antojo, y

detrás dél UN MAL SACRISTÁN.)

 

SOLDADO. ¿Qué me quieres, sombra vana?

SACRISTÁN. No soy sombra vana, sino cuerpo macizo.

SOLDADO. Pues, con todo eso, por la fuerza de mi desgracia, te conjuro que me digas quién eres y qué es lo que buscas por esta calle.

SACRISTÁN. A eso te respondo, por la fuerza de mi dicha, que soy Lorenzo Pasillas, sota-sacristán desta parroquia, y busco en esta calle lo que hallo, y tú buscas y no hallas.

SOLDADO. ¿Buscas por ventura a Cristinica, la fregona desta ca­sa?

SACRISTÁN. Tu dixisti.

SOLDADO. Pues ven acá, sota-sacristán de Satanás.

SACRISTÁN. Pues voy allá, caballo de Ginebra.

SOLDADO. Bueno: sota y caballo; no falta sino el rey para tomar las manos. Ven acá, digo otra vez. ¿Y tú no sabes, Pasillas, que pasado te vea yo con un chuzo, que Cristinica es prenda mía?

SACRISTÁN. ¿Y tú no sabes, pulpo vestido, que esa prenda la tengo yo rematada, que está por sus cabales y por mía?

SOLDADO. ¡Vive Dios, que te dé mil cuchilladas, y que te haga la cabeza pedazos!

SACRISTÁN. Con las que le cuelgan de sas calzas, y con los dese vestido, se podrá entretener, sin que se meta con los de mi cabeza.

SOLDADO. ¿Has hablado alguna vez a Cristina?

SACRISTÁN. Cuando quiero.

SOLDADO. ¿Qué dádivas le has hecho?

SACRISTÁN. Muchas.

SOLDADO. ¿Cuántas y cuáles?

SACRISTÁN. Dile una destas cajas de carne de membrillo, muy grande, llena de cercenaduras de hostias, blancas como la misma nieve, y de añadidura cuatro cabos de velas de cera, asimismo blancas como un armiño.

SOLDADO. ¿Qué más le has dado?

SACRISTÁN. En un billete envueltos, cien mil deseos de servirla.

SOLDADO. Y ella ¿cómo te ha correspondido?

SACRISTÁN. Con darme esperanzas propincuas de que ha de ser mi esposa.

SOLDADO. Luego ¿no eres de epístola?

SACRISTÁN. Ni aun de completas. Motilón Soy, y puedo casar­me cada y cuando me viniere en voluntad; y presto lo veredes.

SOLDADO. Ven acá, motilón arrastrado; respóndeme a esto que preguntarte quiero. Si esta mochacha ha correspondido tan altamente, lo cual yo no creo, a la miseria de tus dádivas, ¿cómo corresponderá a la grandeza de las mías? Que el otro día le envié un billete amoroso, escrito por lo menos en un revés de un memorial que di a su Majestad, significándole mis servicios y mis necesidades presentes (que no cae en mengua el soldado que dice que es pobre), el cual memorial salió decretado y remitido al limosnero mayor; y, sin atender a que sin duda alguna me podía valer cuatro o seis reales, con liberalidad increíble, y con desenfado notable, escribí en el revés dél, como he dicho, mi bi­llete; y sé que de mis manos pecadoras llegó a las suyas casi santas.

SACRISTÁN. ¿Hasle enviado otra cosa?

SOLDADO. Suspiros, lágrimas, sollozos, parasismos, desmayo, con toda la caterva de las demonstraciones necesarias que para descu­brir su pasión los buenos enamorados usan y deben de usar en todo tiempo y sazón.

SACRISTÁN. ¿Hasle dado alguna música concertada?

SOLDADO. La de mis lamentos y congojas, las de mis ansias y pesadumbres.

SACRISTÁN. Pues a mí me ha acontecido dársela con mis cam­panas a cada paso, y tanto, que tengo enfadada a toda la vecindad con el continuo ruido que con ellas hago, sólo por darle contento y porque sepa que estoy en la torre ofreciéndome a su servicio; y, aunque haya de tocar a muerto, repico a vísperas solenes.

SOLDADO. En eso me llevas ventaja, porque no tengo qué tocar, ni cosa que lo valga.

SACRISTÁN. ¿Y de qué manera ha correspondido Cristina a la infinidad de tantos servicios como le has hecho?

SOLDADO. Con no yerme, con no hablarme, con maldecirme cuando me encuentra por la calle, con derramar sobre mí las lavazas cuando jabona y el agua de fregar cuando friega; y esto es cada día, porque todos los días estoy en esta calle y a su puerta; porque soy su guarda cuidadosa; soy, en fin, el perro del hortelano, etcétera. Yo no la gozo, ni ha de gozarla ninguno mientras yo viviere; por eso, váyase de aquí el señor sota-sacristán, que, por haber tenido y tener respeto a las órdenes que tiene, no le tengo ya rompidos los cascos.

SACRISTÁN. A rompérmelos como están rotos esos vestidos, bien rotos estuvieran.

SOLDADO. El hábito no hace al monje; y tanta honra tiene un soldado roto por causa de la guerra, como la tiene un colegial con el manto hecho añicos, porque en él se muestra la antigüedad de sus estu­dios; ¡y váyase, que haré lo que dicho tengo!

SACRISTÁN. ¿Es porque me ve sin armas? Pues espérese aquí, señor guarda cuidadosa, y verá quién es Callejas.

SOLDADO. ¿Qué puede ser un Pasillas?

SACRISTÁN. Ahora lo veredes, dijo Agrajes.

(Entrase el SACRISTÁN.)

SOLDADO. ¡Oh, mujeres, mujeres, todas, o las más, mudables y antojadizas! ¿Dejas, Cristina, a esta flor, a este jardín de la soldadesca, y acomódaste con el muladar de un sota-sacristán, pudiendo acomo­darte con un sacristán entero, y aun con un canónigo? Pero yo procura­ré que te entre en mal provecho, si puedo, aguando tu gusto, con ojear desta calle y de tu puerta los que imaginare que por alguna vía pueden ser tus amantes; y así vendré a alcanzar nombre de la guarda cuidado­sa.

(Entra UN MOZO con su caja y ropa verde, como estos que piden limosna para alguna imagen.)

 

MOZO. ¡ Den por Dios, para la lámpara del aceite de señora Santa Lucía, que les guarde la vista de los ojos. ¡Ha de casa! ¿Dan limosna?

SOLDADO. ¡Hola, amigo Santa Lucía! Venid acá. ¿Qué es lo que queréis en esa casa?

MOZO. ¿Ya vuesa merced no lo ve? Limosna para la lámpara del aceite de señora Santa Lucía.

SOLDADO. ¿Pedís para la lámpara, o para el aceite de la lámpa­ra? Que, como decís limosna para la lámpara del aceite, parece que la lámpara es del aceite, y no el aceite de la lámpara.

MOZO. Ya todos entienden que pido para aceite de la lámpara, y no para la lámpara del aceite.

SOLDADO. ¿Y suelen-os dar limosna en esta casa?

MOZO. Cada día, dos maravedís.

SOLDADO. ¿Y quién sale a dároslos?

MOZO. Quien se halla más a mano; aunque las más veces sale una fregoncita que se llama Cristina, bonita como un oro.

SOLDADO. ¿Así que es la fregoncita bonita como un oro?

MOZO. ¡Y como unas pelras!

SOLDADO. ¿De modo que no os parece mal a vos la muchacha?

MOZO. Pues aunque yo fuera hecho de leño, no pudiera parecer­me mal.

SOLDADO. ¿Cómo os llamáis? Que no querría volveros a llamar Santa Lucía.

MOZO. Yo, señor, Andrés me llamo.

SOLDADO. Pues, señor Andrés, esté en lo que quiero decirle:

tome este cuarto de a ocho, y haga cuenta que va pagado por cuatro días de la limosna que le dan en esta casa y suele recebir por mano de Cristina; y váyase con Dios, y séale aviso que por cuatro días no vuel­va a llegar a esta puerta ni por lumbre, que le romperé las costillas a coces.

MOZO. Ni aun volveré en este mes, si es que me acuerdo; no to­me vuesa merced pesadumbre, que ya me voy. (Vase.)

SOLDADO. ¡No, sino dormíos, guarda cuidadosa!

(Entra OTRO mozo vendiendo ypregonando tranzaderas holanda, de

Cambray, randas de Flandes y hilo portugués.)

 

UNO. ¿Compran tranzaderas, randas de Flandes, holanda, cam­bray, hilo portugués?

(CRISTINA, a la ventana.)

 

CRISTINA. ¡Hola, Manuel!, ¿traéis vivos para unas camisas?

UNO. Sí traigo; y muy buenos.

CRISTINA. Pues entrá, que mi señora los ha menester.

SOLDADO. ¡Oh, estrella de mi perdición, antes que norte de mi esperanza! Tranzaderas, o como os llamáis, ¿conocéis aquella doncella que os llamó desde la ventana?

UNO. Sí conozco. Pero, ¿por qué me lo pregunta vuesa merced?

SOLDADO. ¿No tiene muy buen rostro y muy buena gracia?

UNO. A mí así me lo parece.

SOLDADO. Pues también me parece a mí que no entre dentro de-sa casa; si no, ¡por Dios que ha de molelle los huesos, sin dejarle nin­guno sano!

UNO. ¿Pues no puedo yo entrar adonde me llaman para comprar mi mercadería?

SOLDADO. ¡Vaya, no me replique, que haré lo que digo, y lue­go!

UNO. ¡ Terrible caso! Pasito, señor soldado, que ya me voy. (Vase ManueL)

(CRISTINA, a la ventana.)

 

CRISTINA. ¿No entras, Manuel?

SOLDADO. Ya se fue Manuel, señora la de los vivos, y aun seño­ra la de los muertos, porque a muertos y a vivos tienes debajo de tu mando y señorío.

CRISTINA. ¡Jesús, y qué enfadoso animal! ¿Qué quieres en esta calle y en esta puerta?

(Entrase CRISTINA.)

SOLDADO. Encubrióse y púsose mi sol detrás de las nubes.

 (Entra UN ZAPATERO con unas chinelas pequeñas, nuevas, en la

mano, y, yendo a entrar en casa de CRISTINA, detiénele el SOLDADO.)

SOLDADO. Señor bueno, ¿busca vuesa merced algo en esta casa?

ZAPATERO. Sí busco.

SOLDADO. ¿Y a quién, si fuere posible saberlo?

ZAPATERO. ¿Por qué no? Busco a una fregona que está en esta casa, para darle estas chinelas que me mandó hacer.

SOLDADO. ¿De manera que vuesa merced es su zapatero?

ZAPATERO. Muchas veces la he calzado.

SOLDADO. ¿Y hale de calzar ahora estas chinelas?

ZAPATERO. No será menester; si fueran zapatillos de hombre, como ella los suele traer, si calzara.

SOLDADO. ¿Y estás, están pagadas, o no?

ZAPATERO. No están pagadas; que ellas me las ha de pagar ago­ra.

SOLDADO. ¿No me haría vuesa merced una merced, que sería para mí muy grande, y es que me fiase estas chinelas, dándole yo pren­das que lo valiesen, hasta desde aquí a dos días, que espero tener dine­ros en abundancia?

ZAPATERO. Sí haré, por cierto. Venga la prenda, que, como soy pobre oficial no puedo fiar a nadie.

SOLDADO. Yo le daré a vuesa merced un mondadientes que le estimo en mucho, y no le dejaré por un escudo. ¿Dónde tiene vuesa merced la tienda, para que vaya a quitarle?

ZAPATERO. En la calle Mayor, en un poste de aquéllos, y llá­mome Juan Juncos.

SOLDADO. Pues, señor Juan Juncos, el mondadientes es éste, y estímele vuesa merced en mucho, porque es mío.

ZAPATERO. ¿Pues una biznaga que apenas vale dos maravedís, quiere vuesa merced que estime en mucho?

SOLDADO. ¡Oh, pecador de mi! No la doy yo sino para recuerdo de mí mismo; porque, cuando vaya a echar mano a la faldriquera y no halle la biznaga, me venga a la memoria que la tiene vuesa merced y

vaya luego a quitalla; sí a fe de soldado, que no la doy por otra cosa; pero, si no está contento con ella, añadiré esta banda y este antojo: que al buen pagador no le duelen prendas.

ZAPATERO. Aunque zapatero, no soy tan descortés que tengo de despojar a vuesa merced de sus joyas y preseas; vuesa merced se quede con ellas, que yo me quedaré con mis chinelas, que es lo que me está más a cuento.

SOLDADO. ¿Cuántos puntos tienen?

ZAPATERO. Cinco escasos.

SOLDADO. Más escaso Soy yo chinelas de mis entrañas, pues no tengo seis reales para pagaros, ¡Chinelas de mis entrañas! Escuche vuesa merced, señor zapatero, que quiero glosar aquí de repente este verso, que me ha salido medido: Chinelas de mis entrañas.

ZAPATERO. ¿Es poeta vuesa merced?

SOLDADO. Famoso, y agora lo verá; estéme atento.

Chinelas de mis entrañas.

 

GLOSA

Es amor tan gran tira­no,

Que, olvidado de la fe

Que le guardo siempre en vano,

Hoy con la funda de un pie,

Da a mi esperanza de mano.

Estas son vuestras hazañas,

Fundas pequeñas y hu­rañas;

Que ya mi alma imagina

Que sois, por ser de

Cristina,

Chinelas de mis entra­ñas.

 

 

ZAPATERO. A mí poco se me entiende de trovas; pero éstas me han sonado tan bien, que me parecen de Lope, como lo son todas las cosas que son o parecen buenas.

SOLDADO. Pues, señor, ya que no lleva remedio de fiarme estas chinelas, que no fuera mucho, y más sobre tan dulces prendas, por mi mal halladas, llévelo, a lo menos, de que vuesa merced me las guarde hasta desde aquí a dos días, que yo vaya por ellas; y por ahora, digo, por esta vez, el señor zapatero no ha de ver ni hablar a Cristina.

ZAPATERO. Yo haré lo que me manda el señor soldado, porque se me trasluce de qué pies cojea, que son dos: el de la necesidad y el de los celos.

SOLDADO. Ése no es ingenio de zapatero, sino de colegial trilin­güe.

ZAPATERO. ¡Oh, celos, celos, cuán mejor os llamaran duelos, duelos!

(Entrase el ZAPATERO.)

 

SOLDADO. No, sino no seáis guarda, y guarda cuidadosa, y ve­réis cómo se os entran mosquitos en la cueva donde está el licor de vuestro contento. Pero ¿qué voz es ésta? Sin duda es la de mi Cristina, que se desenfada cantando cuando barre o friega.

(Suenan dentro platos, como que friegan, y cantan.)

 

 

Sacristán de mi vida,

tenme por tuya, y,

fiado en mi fe,

canta alleluia

 

SOLDADO. ¡Oídos que tal oyen! Sin duda el sacristán debe de ser el brinco de su alma. ¡Oh platera, la más limpia que tiene, tuvo o tendrá el calendario de las fregonas! ¿Por qué, así como limpias esa loza talaveril que traes entre las manos, y la vuelves en bruñida y tersa plata, no limpias esa alma de pensamientos bajos y sota-sacristaniles?

(Entra EL AMO de CRISTINA.)

AMO. Galán, ¿qué quiere o qué busca a esta puerta?

SOLDADO. Quiero más de lo que sería bueno, y busco lo que no hallo. Pero ¿quién es vuesa merced, que me lo pregunta?

AMO. Soy el dueño desta casa.

SOLDADO. ¿El amo de Cristinica?

AMO. El mismo.

SOLDADO. Pues lléguese vuesa merced a esta parte, y tome este envoltorio de papeles; y advierta que ahí dentro van las informaciones de mis servicios, con veinte y dos fees de veinte y dos generales debajo de cuyos estandartes he servido, amén de otras treinta y cuatro de otros tantos maestres de campo que se han dignado de honrarme con ellas.

AMO. ¡Pues no ha habido, a lo que yo alcanzo, tantos generales ni maestres de campo de infantería española de cien años a esta parte!

SOLDADO. Vuesa merced es hombre pacífico, y no está obligado a entendérsele mucho de las cosas de la guerra. Pase los ojos por esos papeles, y verá en ellos, unos sobre otros, todos los generales y maes­tres de campo que he dicho.

AMO. Yo los doy pasados y vistos; pero, ¿de qué sirve darme cuenta desto?

SOLDADO. De que hallará vuesa merced por ellos ser posible ser en verdad una que agora diré, y es, que estoy consultado en uno de tres castillos y plazas, que están vacas en el reino de Nápoles; conviene a saber: Gaeta, Barleta y Rijobes.

AMO. Hasta agora, ninguna cosa me importa a mí estas relacio­nes que vuesa merced me da.

SOLDADO. Pues yo sé que le han de importar, siendo Dios ser­vido.

AMO. ¿En qué manera?

SOLDADO. En que, por fuerza, si no se cae el cielo, tengo de sa­lir proveído en una destas plazas, y quiero casarme agora con Cristini­ca; y, siendo yo su marido, puede vuesa merced hacer de mi persona y de mi mucha hacienda como cosa propria; que no tengo de mostrarme desagradecido a la crianza que vuesa merced ha hecho a mi querida y amada consorte.

AMO. Vuesa merced lo ha de los cascos más que de otra parte.

SOLDADO. ¿Pues sabe cuánto le va, señor dulce? Que me la ha de entregar luego, luego, o no ha de atravesar los umbrales de su casa.

AMO. ¿Hay tal disparate? ¿Y quién ha de ser bastante para qui­tarme que no entre en mi casa?

(Vuelve el SOTA-SACRISTÁN PASILLAS, armado con un tapador de tinaja y una espada muy mohosa, viene con él OTRO SACRISTÁN, con un morrión y una vara o palo, atado a él un rabo de zorra.)

 

SACRISTÁN. ¡Ea, amigo Grajales, que éste es el turbador de mi sosiego!

GRAJALES. No me pesa sino que traigo las armas endebles y al­go tiernas; que ya le hubiera despachado al otro mundo a toda diligen­cia.

AMO. ¡Ténganse, gentiles hombres! ¿Qué desmán y qué aceci­namiento es éste?

SOLDADO. ¡Ladrones! ¿A traición y en cuadrilla? ¡ Sacristanes falsos, voto a tal que os tengo que horadar, aunque tengáis más órdenes que un Ceremonial! ¡Cobarde! ¿A mí con rabo de zorra? ¿Es notarme de borracho, o piensas que estás quitando el polvo a alguna imagen de bulto?

GRAJALES. No pienso sino que estoy ojeando los mosquitos de una tinaja de vino.

(A la ventana, CRISTINA y su AMA.)

CRISTINA. ¡Señora, señora, que matan a mi señor! Más de dos mil espadas están sobre él, que relumbran que me quitan la vista.

ELLA. Dices verdad, hija mía; Dios sea con él; santa Úrsola, con las once mil vírgines, sea en su guarda. Ven, Cristina, y bajemos a socorrerle como mejor pudiéremos.

AMO. ¡Por vida de vuesas mercedes, caballeros, que se tengan, y miren que no es bien usar de superchería con nadie!

SOLDADO. ¡Tente, rabo, y tente, tapadorcillo! no acabéis de despertar mi cólera, que, si la acabo de despertar, os mataré, y os co-meré, y os arroj aré por la puerta falsa dos leguas más allá del infierno!

AMO. ¡Ténganse, digo; si no, por Dios que me descomponga de modo que pese a alguno!

SOLDADO. Por mí, tenido soy; que te tengo respeto, por la ima­gen que tienes en tu casa.

SACRISTÁN. Pues, aunque esa imagen haga milagros, no os ha de valer esta vez.

SOLDADO. ¿Han visto la desvergüenza deste bellaco, que me viene a hacer cocos con un rabo de zorra, no habiéndome espantado ni atemorizado tiros mayores que el de Dio, que está en Lisboa?

(Entran CRISTINA y su SEÑORA.)

ELLA. ¡Ay, marido mío! ¿Estáis, por desgracia, herido, bien de mi alma?

CRISTINA. ¡Ay desdichada de mí! Por el siglo de mi padre, que son los de la pendencia mi sacristán y mi soldado.

SOLDADO. Aun bien que voy a la parte con también dijo: «mi soldado».

AMO. No estoy herido, señora, pero sabed que toda esta penden-cia es por Cristinica.

ELLA. ¿Cómo por Cristinica?

AMO. A lo que yo entiendo, estos galanes andan celosos por ella.

ELLA. ¿Y es esto verdad, muchacha?

CRISTINA. Sí, señora.

ELLA. ¡Mirad con qué poca vergüenza lo dice! Y, ¿hate deshon­rado alguno dellos?

CRISTINA. Sí, señora.

ELLA. ¿Cuál?

CRISTINA. El sacristán me deshonró el otro día, cuando fui al Rastro.

ELLA. ¿Cuántas veces os he dicho yo, señor, que no saliese esta muchacha fuera de casa; que ya era grande, y no convenía apartarla de nuestra vista? ¿Qué dirá ahora su padre, que nos la entregó limpia de polvo y de paja? ¿Y dónde te llevó, traidora, para deshonrarte?

CRISTINA. A ninguna parte, sino allí en mitad de la calle.

ELLA. ¿Cómo en mitad de la calle?

CRISTINA. Allí, en mitad de la calle de Toledo, a vista de Dios y de todo el mundo, me llamó de sucia y de deshonesta, de poca ver­güenza y menos miramiento, y otros muchos baldones deste jaez; y todo por estar celoso de aquel soldado.

AMO. Luego ¿no ha pasado otra cosa entre ti ni él sino esa deshonra que en la calle te hizo?

CRISTINA. No por cierto, porque luego se le pasa la cólera.

ELLA. ¡ El alma se me ha vuelto al cuerpo, que le tenía ya casi de­samparado!

CRISTINA. Y más, que todo cuanto me dijo fue confiado en esta cédula que me ha dado de ser mi esposo, que la tengo guardada como oro en paño.

AMO. Muestra; veamos.

ELLA. Leedla alto, marido.

AMO. Así dice: «Digo yo, Lorenzo Pasillas, sota-sacristán desta parroquia, que quiero bien, y muy bien, a la señora Cristiana de Perra­zes; y en fee desta verdad, le di ésta, firmada de mi nombre, fecha en Madrid, en el cimenterio de San Andrés, a seis de mayo deste presente año de mil y seiscientos y once. Testigos: mi corazón, mi entendi­miento, mi voluntad y mi memoria. LORENZO PASILLAS.» ¡Gentil manera de cédula de matrimonio!

SACRISTÁN. Debajo de decir que la quiero bien, se incluye todo aquello que ella quisiere que yo haga por ella; porque quien da la vo­luntad, lo da todo.

AMO. ¿Luego, si ella quisiese, bien os casaríades con ella?

SACRISTÁN. De bonísima gana, aunque perdiese la expectativa de tres mil maravedís de renta, que ha de fundar agora sobre mi cabeza una agüela mía, según me han escrito de mi tierra.

SOLDADO. Si voluntades se toman en cuenta, treinta y nueve dí­as hace hoy que, al entrar de la Fluente Segoviana, di yo a Cristina la

mía, con todos los anejos a mis tres potencias; y si ella quisiere ser mi esposa, algo irá a decir de ser castellano de un famoso castillo, a un sacristán no entero, sino medio, y aun de la mitad le debe de faltar algo.

AMO. ¿Tienes deseo de casarte, Cristinica?

CRISTINA. Sí tengo.

AMO. Pues escoge, destos dos que se te ofrecen, el que más te agradare.

CRISTINA. Tengo vergüenza.

ELLA. No la tengas; porque el comer y el casar ha de ser a gusto proprio, y no a voluntad ajena.

CRISTINA. Vuesas mercedes, que me han criado, me darán ma­rido como me convenga; aunque todavía quisiera escoger.

SOLDADO. Niña, échame el ojo; mira mi garbo; soldado soy, castellano pienso ser; brío tengo de corazón; soy el más galán hombre del mundo; y por el hilo deste vestidillo, podrás sacar el ovillo de mi gentileza.

SACRISTÁN. Cristina, yo soy músico, aunque de campanas; para adornar una tumba y colgar una iglesia para fiestas solenes, ningún sacristán me puede llevar ventaja; y estos oficios bien los puedo ejer­citar casado, y ganar de comer como un príncipe.

AMO. Ahora bien, muchacha: escoge de los dos el que te agrada; que yo gusto dello, y con esto pondrás paz entre dos tan fuertes com­petidores.

SOLDADO. Yo me allano.

SACRISTÁN. Y yo me rindo.

CRISTINA. Pues escojo al sacristán.

(Han entrado los músicos.)

 

AMO. Pues llamen esos oficiales de mi vecino el barbero, para que con sus guitarras y voces nos entremos a celebrar el desposorio, cantando y bailando; y el señor soldado será mi convidado.

SOLDADO. Acepto:

 

«Que, donde hay fuerza de he­cho,

Se pierde cualquier derecho».

 

 

MÚSICOS. Pues hemos llegado a tiempo, éste será el estribillo de nuestra letra.

(Cantan el estribillo.)

 

SOLDADO.

«Siempre escogen las mujeres

Aquello que vale menos,

Porque excede su mal gusto

A cualquier merecimiento.

Ya no se estima el valor,

Porque se estima el dinero,

Pues un sacristán prefieren

A un roto soldado lego.

Mas no es mucho: que ¿quién vio

Que fue su voto tan necio,

Que a sagrado se acogiese,

Que es de delincuentes puerto?

Que adonde hay fuerza, etc.»

 

SACRISTÁN

«Como es proprio de un soldado

Que es sólo en los años viejo,

Y se halla sin un cuarto

Porque ha dejado su tercio,

Imaginar que ser puede

Pretendiente de Gaiferos,

Conquistando por lo bravo

Lo que yo por manso adquiero,

No me afrentan tus razones,

Pues has perdido en el juego;

Que siempre un picado

tiene Licencia para hacer fieros.

Que adonde, etc.»

(Entranse cantando y bailando)

 

 

Entremés del Vizcaíno fingido

 

( SOLÓRZANOy QUIÑONES.)

 

SOLÓRZANO. Estas son las bolsas, y, a lo que parecen, son bien parecidas, y las cadenas que van dentro, ni más ni menos. No hay sino que vos acudáis con mi intento: que, a pesar de la taimería desta sevi­llana, ha de quedar esta vez burlada.

QUIÑONES. ¿Tanta honra se adquiere, o tanta habilidad se muestra en engañar a una mujer, que lo tomáis con tanto ahínco y po­néis tanta solicitud en ello?

SOLÓRZANO. Cuando las mujeres son como éstas, es gusto el burlallas; cuanto más que esta burla no ha de pasar de los tejados arri­ba; quiero decir que ni ha de ser con ofensa de Dios ni con daño de la burlada; que no son burlas las que redundan en desprecio ajeno.

QUIÑONES. Alto; pues vos lo queréis, sea así. Digo que yo os ayudaré en todo cuanto me habéis dicho, y sabré fingir tan bien como vos, que no lo puedo más encarecer. ¿Adónde vais agora?

SOLÓRZANO. Derecho en casa de la ninfa; y vos no salgáis de casa, que yo os llamaré a su tiempo.

QUIÑONES. Allí estaré clavado, esperando.

(Éntranse los dos.)

(Salen DOÑA CRISTINA y DOÑA BRÏGIDA: Cristina sin manto, y

BRÍGIDA con él, toda asustada y turbada.)

 

CRISTINA. ¡Jesús! ¿Qué es lo que traes, amiga doña BRÏGIDA, que parece que quieres dar el alma a su Hacedor?

BRÏGIDA. ¡Doña Cristina, amiga, hazme aire, rocíame con un poco de agua este rostro, que me muero, que me fino, que se me arran­ca el alma! ¡Dios sea conmigo! ¡Confesión a toda priesa!

CRISTINA. ¿Qué es esto? ¡Desdichada de mi! ¿No me dirás, amiga, lo que te ha sucedido? ¿Has visto alguna mala visión? ¿Hante dado alguna mala nueva de que es muerta tu madre, o de que viene tu marido, o hante robado tus joyas?

BRÏGIDA. Ni he visto visión alguna, ni se ha muerto mi madre, ni viene mi marido, que aun le faltan tres meses para acabar el negocio donde fue, ni me han robado mis joyas; pero hame sucedido otra cosa peor.

CRISTINA. Acaba, dímela, doña Brígida mía; que me tienes tur­bada y suspensa hasta saberla.

BRÏGIDA. ¡Ay, querida, que también te toca a ti parte deste mal suceso! Límpiame este rostro, que él y todo el cuerpo tengo bañado en sudor más frío que la nieve. ¡Desdichadas de aquellas que andan en la vida libre, que, si quieren tener algún poquito de autoridad, granjeadas de aquí o de allí, se la dejarretan y se la quitan al mejor tiempo!

CRISTINA. Acaba, por tu vida, amiga, y dime lo que te ha suce­dido, y qué es la desgracia de quien yo también tengo de tener parte.

BRÏGIDA. ¡Y cómo si tendrás parte! Y mucha, si eres discreta, como lo eres. Has de saber, hermana, que, viniendo agora a verte, al pasar por la puerta de Guadalajara, oí que, en medio de infinita justicia y gente, estaba un pregonero pregonando que quitaban los coches, y que las mujeres descubriesen los rostros por las calles.

CRISTINA. ¿Y esa es la mala nueva?

BRÏGIDA. Pues para nosotras, ¿puede ser peor en el mundo?

CRISTINA. Yo creo, hermana, que debe de ser alguna reforma­ción de los coches; que no es posible que los quiten de todo punto. Y será cosa muy acertada, porque, según he oído decir, andaba muy de­caída la caballería en España, porque se empanaban diez o doce caba­lleros mozos en un coche y azotaban las calles de noche y de día, sin acordárseles que había caballos y jineta en el mundo; y, como les falte la comodidad de las galeras de la tierra, que son los coches, volverán al ejercicio de la caballería, con quien sus antepasados se honraron.

BRÏGIDA. ¡Ay, Cristina de mi alma! Que también oí decir que, aunque dejan algunos, es con condición que no se presten, ni que en ellos ande ninguna... ya me entiendes.

CRISTINA. Ese mal nos hagan; porque has de saber, hermana, que está en opinión, entre los que siguen la guerra, cuál es mejor, la caballería o la infantería, y hase averiguado que la infantería española lleva la gala a todas las naciones. Y agora podremos las alegres mostrar a pie nuestra gallardía, nuestro garbo y nuestra bizarría, y más yendo descubiertos los rostros, quitando la ocasión de que ninguno se llame a engaño si nos sirviese, pues nos ha visto.

BRÏGIDA. ¡Ay, Cristina! ¡No me digas eso! ¡Qué linda cosa era ir sentada en la popa de un coche, llenándola de parte a parte, dando rostro a quien y como y cuando quería. Y en Dios y en mi ánima te digo, que cuando alguna vez me le prestaban, y me vía sentada en él con aquella autoridad, que me desvanecía tanto, que creía bien y ver­daderamente que era mujer principal, y que más de cuatro señoras de título pudieran ser mis criadas.

CRISTINA. ¿Veis, doña Brígida, cómo tengo yo razón en decir que ha sido bien quitar los coches, siquiera por quitarnos a nosotras el pecado de la vanagloria? Y más, que no era bien que un coche igualase a las no tales con las tales; pues viendo los ojos estranjeros a una per­sona en un coche, pomposa por galas, reluciente por joyas, echaría a perder la cortesía, haciéndosela a ella como si fuera a una principal señora. Así que, amiga, no debes acongoj arte, sino acomoda tu brío y tu limpieza, y tu manto de Soplillo sevillano, y tus nuevos chapines, en todo caso, con las virillas de plata, y déjate ir por esas calles; que yo te aseguro que no falten moscas a tan buena miel, si quisieres dejar que a ti se lleguen: que engaño en más va que en besarla durmiendo.

BRÏGIDA. Dios te lo pague, amiga, que me has consolado con tus advertimientos y consejos; y en verdad que los pienso poner en prácti­ca, y pulirme y repulirme, y dar el rostro a pie, y pisar el polvico a tan menudico, pues no tengo quien me corte la cabeza; que este que pien­san que es mi marido, no lo es, aunque me ha dado la palabra de serlo.

CRISTINA. ¡Jesús! ¿Tan a la sorda y sin llamar se entra en mi ca­sa? Señor, ¿qué es lo que vuestra merced manda?

(Entra SOLÓRZANO.)

SOLÓRZANO. Vuestra merced perdone el atrevimiento, que la ocasión hace al ladrón: hallé la puerta abierta, y entréme, dándome ánimo al entrarme, venir a servir a vuestra merced, y no con palabras, sino con obras; y si es que puedo hablar delante desta señora, diré a lo que vengo y la intención que traigo.

CRISTINA. De la buena presencia de vuestra merced, no se pue­de esperar sino que han de ser buenas sus palabras y sus obras. Diga vuestra merced lo que quisiere, que la señora doña BRÏGIDA es tan mi amiga, que es otra yo misma.

SOLÓRZANO. Con ese seguro y con esa licencia, hablaré con verdad; y con verdad, señora, soy un cortesano a quien vuestra merced no conoce.

CRISTINA. Así es la verdad.

SOLÓRZANO. Y ha muchos días que deseo servir a vuestra mer­ced, obligado a ello de su hermosura, buenas partes y mejor término; pero estrechezas, que no faltan, han sido freno a las obras hasta agora, que la suerte ha querido que de Vizcaya me enviase un grande amigo mío a un hijo suyo, vizcaíno, muy galán, para que yo le lleve a Sala­manca y le ponga de mi mano en compañía que le honre y le enseñe. Porque, para decir la verdad a vuestra merced, él es un poco burro y tiene algo de mentecapto; y añádesele a esto una tacha que es lástima decirla, cuanto más tenerla, y es que se toma algún tanto, un si es no es del vino; pero no de manera que de todo en todo pierda el juicio, puesto que se le turba; y cuando está asomado, y aun casi todo el cuer­po fuera de la ventana, es cosa maravillosa su alegría y su liberalidad:

da todo cuanto tiene a quien se lo pide y a quien no se lo pide; y yo querría que, ya que el diablo se ha de llevar cuanto tiene, aprovechar­me de alguna cosa, y no he hallado mejor medio que traerle a casa de vuestra merced, porque es muy amigo de damas, y aquí le de sollare­mos cerrado como a gato; y para principio traigo aquí a vuestra merced esta cadena en este bolsillo, que pesa ciento y veinte escudos de oro, la cual tomará vuestra merced y me dará diez escudos agora, que yo he menester para ciertas co sillas, y gastará otros veinte en una cena esta noche, que vendrá acá nuestro burro o nuestro búfalo, que le llevo yo por el naso, como dicen, y a dos idas y venidas se quedará vuestra merced con toda la cadena, que yo no quiero más de los diez escudos de ahora. La cadena es bonísima y de muy buen oro, y vale algo de hechura. Héla aquí; vuestra merced la tome.

CRISTINA. Beso a vuestra merced las manos por la que me ha hecho en acordarse de mí en tan provechosa ocasión; pero, si he de decir lo que siento, tanta liberalidad me tiene algo confusa y algún tanto sospechosa.

SOLÓRZANO. ¿Pues de qué es la sospecha, señora nia?

CRISTINA. De que podrá ser esta cadena de alquimia; que se suele decir que no es oro todo lo que reluce.

SOLÓRZANO. Vuestra merced habla discretísimamente, y no en balde tiene vuestra merced fama de la más discreta dama de la corte; y hame dado mucho gusto el ver cuán sin melindres ni rodeos me ha descubierto su corazón; pero para todo hay remedio, si no es para la muerte. Vuestra merced se cubra su manto, o envíe si tiene de quién fiarse, y vaya a la Platería, y en el contraste se pese y toque esa cadena; y cuando fuera fina, y de la bondad que yo he dicho, entonces vuestra merced me dará los diez escudos, harále una regalaría al borrico, y se quedará con ella.

CRISTINA. Aquí, pared y medio, tengo yo un platero mi conoci­do, que con facilidad me sacará de duda.

SOLÓRZANO. Eso es lo que yo quiero, y lo que amo y lo que estimo, que las cosas claras Dios las bendijo.

CRISTINA. Si es que vuestra merced se atreve a fiarme esta ca­dena en tanto que me satisfago, de aquí a un poco podrá venir, que yo tendré los diez escudos en oro.

SOLÓRZANO. ¡Bueno es eso! ¿Fío mi honra de vuestra merced y no le había de fiar la cadena? Vuestra merced la haga tocar y retocar; que yo me voy, y volveré de aquí a media hora.

CRISTINA. Y aun antes, si es que mi vecino está en casa.

(Entrase SOLÓRZANO.)

BRÏGIDA. Esta, Cristina mía, no sólo es ventura, sino venturón llovido. Desdichada de mí, y qué desgraciada que soy, que nunca topo quien me dé un jarro de agua sin que me cueste mi trabajo primero. Sólo me encontré el otro día en la calle a un poeta, que de bonísima voluntad y con mucha cortesía me dio un soneto de la historia de Píra­mo y Tisbe, y me ofreció trecientos en mi alabanza.

CRISTINA. Mejor fuera que te hubieras encontrado con un gino­vés que te diera trecientos reales.

BRÏGIDA. Sí, por cierto, ¡Ahí están los ginoveses de manifiesto y para venirse a la mano, como halcones al señuelo! Andan todos malen­cónicos y tristes con el decreto.

CRISTINA. Mira, BRÏGIDA, desto quiero que estés cierta: que vale más un ginovés quebrado que cuatro poetas enteros. Mas, ¡ay!, el viento corre en popa; mi platero es éste. ¿Y que quiere mi buen veci­no? Que a fe que me ha quitado el manto de los hombros, que ya me le quería cubrir para buscarle.

(Entra el PLATERO.)

PLATERO. Señora doña Cristina, vuestra merced me ha de hacer una merced: de hacer todas sus fuerzas por llevar mañana a mi mujer a la comedia, que me conviene y me importa quedar mañana en la tarde libre de tener quien me siga y me persiga.

CRISTINA. Eso haré yo de muy buena gana; y aun si el señor ve­cino quiere mi casa y cuanto hay en ella, aquí la hallará sola y desem­barazada; que bien sé en qué caen estos negocios.

PLATERO. No, señora; entretener a mi mujer me basta. Pero ¿qué quería vuestra merced de mí, que quería ir a buscarme?

CRISTINA. No más sino que me diga el señor vecino qué pesará esta cadena, y si es fina, y de qué quilates.

PLATERO. Esta cadena he tenido yo en mis manos muchas ve­ces, y sé que pesa ciento y cincuenta escudos de oro de a veinte y dos quilates; y que si vuestra merced la compra y se la dan sin hechura, no perderá nada en ella.

CRISTINA. Alguna hechura me ha de costar, pero no mucha.

PLATERO. Mire cómo la concierta la señora vecina que yo le ha­ré dar, cuando se quisiere deshacer della, diez ducados de hechura.

CRISTINA. Menos me ha de costar, si yo puedo; pero mire el ve­cino no se engañe en lo que dice de la fineza del oro y cantidad del peso.

PLATERO. ¡Bueno sería que yo me engañase en mi oficio! Digo, señora, que dos veces la he tocado eslabón por eslabón, y la he pesado; y la conozco como a mis manos.

BRÏGIDA. Con eso nos contentamos.

PLATERO. Y por más señas, sé que la ha llegado a pesar y a to­car un gentil hombre cortesano que se llama Tal de Solórzano.

CRISTINA. Basta, señor vecino; vaya con Dios, que yo haré lo que me deja mandado. Yo la llevaré y entretendré dos horas más, si fuere menester; que bien sé que no podrá dañar una hora más de entre­tenimiento.

PLATERO. Con vuestra merced me entierren, que sabe de todo, y adiós, señora mía.

(Entrase el PLATERO.)

 

BRÏGIDA. ¿No haríamos con este cortesano Solórzano, que así se debe llamar sin duda, que truj ese con el vizcaíno para mi alguna ayuda de costa, aunque fuese de algún borgoñón más borracho que un zaque?

CRISTINA. Por decírselo no quedará; pero vesle, aquí vuelve:

priesa trae; diligente anda; sus diez escudos le aguijan y espolean. (Entra SOLÓRZANO.)

SOLÓRZANO. Pues, señora doña Cristina, ¿ha hecho vuestra merced sus diligencias? ¿Está acreditada la cadena?

CRISTINA. ¿Cómo es el nombre de vuestra merced, por su vida?

SOLÓRZANO. Don Esteban de Solórzano me suelen llamar en mi casa. Pero, ¿por qué me lo pregunta vuestra merced?

CRISTINA. Por acabar de echar el sello a su mucha verdad y cortesía. Entretenga vuestra merced un poco a la señora doña Brígida, en tanto que entro por los diez escudos.

(Entrase CRISTINA.)

BRÏGIDA. Señor don Solórzano, ¿no tendrá vuestra merced por ahí algún mondadientes para mí? Que en verdad no soy para desechar, y que tengo buenas entradas y salidas en mi casa como la señora doña Cristina; que, a no temer que nos oyera alguna, le dijera yo al señor Solórzano más de cuatro tachas suyas: que sepa que tiene las tetas como dos alforjas vacías, y que no le huele muy bien el aliento, porque se afeita mucho; y con todo eso la buscan, solicitan y quieren; que estoy por arañarme esta cara, más de rabia que de envidia, porque no hay quien me dé la mano, entre tantos que me dan del pie; en fin, la ventura de las feas...

SOLÓRZANO. No se desespere vuestra merced, que si yo vivo, otro gallo cantará en su gallinero.

(Vuelve a entrar CRISTINA.)

 

CRISTINA. He aquí, señor don Esteban, los diez escudos, y la cena se aderezará esta noche como para un príncipe.

SOLÓRZANO. Pues nuestro burro está a la puerta de la calle, quiero ir por él. Vuestra merced me le acaricie, aunque sea como quien toma una píldora.

(Vase SOLÓRZANO.)

BRÏGIDA. Ya le dije, amiga, que trujese quien me regalase a mí, y dijo que sí haría, andando el tiempo.

CRISTINA. Andando el tiempo en nosotras no hay quien nos re­gale, amiga; los pocos años traen la mucha ganancia, y los muchos la mucha pérdida.

BRÏGIDA. También le dije cómo vas muy limpia, muy linda, y muy agraciada, y que toda eras ámbar, almizcle y algalia entre algodo­nes.

CRISTINA. Ya yo sé, amiga, que tienes muy buenas ausencias.

BRÏGIDA.

parte.] ¡Mirad quién tiene amartelados, que vale más la suela de mi botín que las arandelas de su cuello! Otra vez vuel­vo a decir: la ventura de las feas...

(Entran QUIÑONES y SOLÓRZANO.)

QUIÑONES. Vizcaíno, manos bésame vuestra merced, que mán­deme.

SOLÓRZANO. Dice el señor vizcaíno que besa las manos de vuestra merced y que le mande.

BRÏGIDA. ¡Ay, qué linda lengua! Yo no la entiendo a lo menos, pero paréceme muy linda.

CRISTINA. Yo beso las del mi señor vizcaíno, y más adelante.

QUIÑONES. Pareces buena, hermosa; también noche esta cena­mos; cadena quedas, duermes nunca, basta que doyla.

SOLÓRZANO. Dice mi compañero que vuestra merced le parece buena y hermosa; que se apareje la cena; que él da la cadena, aunque no duerma acá, que basta que una vez la haya dado.

BRÏGIDA. ¿Hay tal Alejandro en el mundo? Venturón, venturón y cien mil veces venturón.

SOLÓRZANO. Si hay algún poco de conserva, y algún traguito del devoto para el señor vizcaíno, yo sé que nos valdrá por uno ciento.

CRISTINA: ¡Y cómo si lo hay! Y yo entraré por ello y se lo daré mejor que al Preste Juan de las Indias.

(Entrase CRISTINA.)

QUIÑONES. Dama que quedaste, tan buena como entraste. BRÏGIDA. ¿Qué ha dicho, señor Solórzano? SOLÓRZANO. Que la dama que se queda, que es vuestra merced,

es tan buena como la que se ha entrado.

BRÏGIDA. ¡Y cómo que está en lo cierto el señor vizcaíno! A fe que en este parecer que no es nada burro.

QUIÑONES. Burro el diablo; vizcaíno ingenio queréis cuando te­nerlo.

BRÏGIDA. Ya le entiendo: que dice que el diablo es el burro, y que los vizcaínos cuando quieren tener ingenio le tienen.

SOLÓRZANO. Así es, sin faltar un punto.

(Vuelve a salir CRISTINA con un criado o criada, que traen una caja de conserva, una garrafa con vino, su cuchillo y servilleta.)

 

CRISTINA. Bien puede comer el señor vizcaíno, y sin asco, que todo cuanto hay en esta casa es la quinta esencia de la limpieza.

QUIÑONES. Dulce conmigo, vino y agua llamas bueno; santo le muestras; ésta le bebo y otra también.

BRÏGIDA. ¡Ay, Dios, y con qué donaire lo dice el buen señor, aunque no le entiendo!

SOLÓRZANO. Dice que con lo dulce también bebe vino como agua; y que este vino es de San Martín, y que beberá otra vez.

CRISTINA. Y aun otras ciento; su boca puede ser medida.

SOLÓRZANO. No le den más, que le hace mal, y ya se le va echando de ver; que le he yo dicho al señor Azcaray que no beba vino en ningún modo, y no aprovecha.

QUIÑONES. Vamos, que vino que subes y bajas, lengua es gri­llos y corma es pies. Tarde vuelvo, señora; Dios que te guárdate.

SOLÓRZANO. ¡Miren lo que dice, y verán si tengo yo razón!

CRISTINA. ¿Qué es lo que ha dicho, señor Solórzano?

SOLÓRZANO. Que el vino es grillo de su lengua y corma de sus pies; que vendrá esta tarde, y que vuestras mercedes se queden con Dios.

BRÏGIDA. ¡Ay, pecadora de mí, y cómo que se le turban los ojos y se trastraba la lengua! ¡Jesús, que ya va dando traspiés! ¡Pues monta que ha bebido mucho! La mayor lástima es ésta que he visto en mi vida. ¡ Miren qué mocedad y qué borrachera!

SOLÓRZANO. Ya venía él refrendado de casa. Vuestra merced, señora Cristina, haga aderezar la cena, que yo le quiero llevar a dormir el vino, y seremos temprano esta tarde.

(Entranse el vizcaíno y SOLÓRZANO.)

 

CRISTINA. Todo estará como de molde; vayan vuestras merce­des en hora buena.

BRÏGIDA. Amiga Cristina, muéstrame esa cadena, y déjame dar con ella dos filos al deseo. ¡Ay, qué linda, qué nueva, qué reluciente y qué barata! Digo, Cristina, que sin saber cómo ni cómo no, llueven los bienes sobre ti, y se te entra la ventura por las puertas, sin solicitalla. En efeto, eres venturosa sobre las venturosas; pero todo lo merece tu desenfado, tu limpieza y tu magnífico término: hechizos bastantes a rendir las más descuidadas y esentas voluntades; y no como yo, que no soy para dar migas a un gato. Toma tu cadena, hermana, que estoy para reventar en lágrimas, y no de envidia que a ti te tengo, sino de lástima que me tengo a mí.

(Vuelve a entrar SOLÓRZANO.)

 

SOLÓRZANO. ¡ La mayor desgracia nos ha sucedido del mundo!

BRÏGIDA. ¡Jesús! ¿Desgracia? ¿Y qué es, señor Solórzano?

SOLÓRZANO. A la vuelta desta calle, yendo a la casa, encon­tramos con un criado del padre de nuestro vizcaíno, el cual trae cartas y nuevas de que su padre queda a punto de espirar, y le manda que al momento se parta, si quiere hallarle vivo. Trae dinero para la partida, que sin duda ha de ser luego. Yo le he tomado diez escudos para vues­tra merced, y velos aquí, con los diez que vuestra merced me dio de­nantes, y vuélvaseme la cadena, que si el padre vive, el hijo volverá a darla, o yo no seré don Esteban de Solórzano.

CRISTINA. En verdad que a mí me pesa, y no por mi interés, sino por la desgracia del mancebo, que ya le había tomado afición.

BRÏGIDA. Buenos son diez escudos ganados tan holgando; tó­malo s, amiga, y vuelve la cadena al señor Solórzano.

CRISTINA. Véla aquí, y venga el dinero; que en verdad que pen­saba gastar más de treinta en la cena.

SOLÓRZANO. Señora Cristina, al perro viejo nunca tus tus; estas tretas, con los de las galleruzas, y con este perro a otro hueso.

CRISTINA. ¿Para qué son tantos refranes, señor Solórzano?

SOLÓRZANO. Para que entienda vuestra merced que la codicia rompe el saco. ¿Tan presto se desconfió de mi palabra, que quiso vuestra merced curarse en salud y salir al lobo al camino, como la gansa de Cantipalos? Señora Cristina, lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su dueño. Venga mi cadena verdadera, y tómese vuestra merced su falsa, que no ha de haber conmigo transformaciones de Ovidio en tan pequeño espacio. ¡Oh hideputa, y qué bien que la amol­daron, y qué presto!

CRISTINA. ¿Qué dice vuestra merced, señor mio, que no le en­tiendo?

SOLÓRZANO. Digo que no es ésta la cadena que yo dejé a vues­tra merced, aunque le parece; que ésta es de alquimia, y la otra es de oro de a veinte y dos quilates.

BRÏGIDA. En mi ánima, que así lo dijo el vecino, que es platero.

CRISTINA. ¿Aun el diablo sería eso?

SOLÓRZANO. El diablo o la diabla, mi cadena venga, y dejémo­nos de voces, y escúsense juramentos y maldiciones.

CRISTINA. El diablo me lleve, lo cual querría que no me llevase, si no es ésa la cadena que vuestra merced me dejó, y que no he tenido otra en mis manos. ¡Justicia de Dios, si tal testimonio se me levantase!

SOLÓRZANO. Que no hay para qué dar gritos, y más estando ahí el señor Corregidor, que guarda su derecho a cada uno.

CRISTINA. Si a las manos del Corregidor llega este negocio, yo me doy por condenada; que tiene de mí tan mal concepto, que ha de tener mí verdad por mentira, y mi virtud por vicio. Señor mío, si yo he tenido otra cadena en mis manos sino aquesta, de cáncer las vea yo comidas.

(Entra un ALGUACIL.)

ALGUACIL. ¿Qué voces son estas, qué gritos, qué lágrimas y qué maldiciones?

SOLÓRZANO. Vuestra merced, señor alguacil, ha venido aquí como de molde. A esta señora del rumbo sevillano le empeñé una cadena, habrá una hora, en diez ducados, para cierto efecto; vuelvo agora a desempeñarla, y, en lugar de una que le di, que pesaba ciento y cincuenta ducados de oro de veinte y dos quilates, me vuelve ésta de alquimia, que no vale dos ducados; y quiere poner mi justicia a la venta de la Zarza, a voces y a gritos, sabiendo que será testigo desta verdad esta misma señora, ante quien ha pasado todo.

BRÏGIDA. ¡Y cómo si ha pasado!, y aun repasado; y en Dios y en mi ánima que estoy por decir que este señor tiene razón; aunque no puedo imaginar dónde se pueda haber hecho el trueco, porque la cade­na no ha salido de aquesta sala.

SOLÓRZANO. La merced que el señor alguacil me ha de hacer es llevar a la señora al Corregidor, que allá nos averiguaremos.

CRISTINA. Otra vez torno a decir que, si ante el Corregidor me lleva, me doy por condenada.

BRÏGIDA. Sí, porque no estoy bien con sus huesos.

CRISTINA. ¡Desta vez me ahorco! ¡Desta vez me desespero! ¡Desta vez me chupan brujas!

SOLÓRZANO Ahora bien; yo quiero hacer una cosa por vuestra merced, señora Cristina, siquiera porque no la chupen brujas, o por lo menos se ahorque: esta cadena se parece mucho a la fina del vizcaíno; él es mentecapto y algo borrachuelo; yo se la quiero llevar y darle a entender que es la suya, y vuestra merced contente aquí al señor algua­cil y gaste la cena desta noche, y sosiegue su espíritu, pues la pérdida no es mucha.

CRISTINA. ¡Págueselo a vuestra merced todo el cielo! Al señor alguacil daré media docena de escudos, y en la cena gastaré uno, y quedaré por esclava perpetua del señor Solórzano.

BRÏGIDA. Y yo me haré rajas bailando en la fiesta.

ALGUACIL. Vuestra merced ha hecho como liberal y buen caba­llero, cuyo oficio ha de ser servir a las mujeres.

SOLÓRZANO. Vengan los diez escudos que di demasiados.

CRISTINA. Helos aquí, y más los seis para el señor alguacil.

(Entran dos Músicos, y QUIÑONES, el vizcaíno.)

 

MÚSICOS. Todo lo hemos oído, y acá estamos.

QUIÑONES. Ahora sí que puede decir a mi señora Cristina: ma­móla una y cien mil veces.

BRÏGIDA. ¿Han visto qué claro que habla el vizcaíno?

QUIÑONES. Nunca hablo yo turbio, si no es cuando quiero.

CRISTINA. ¡Que me maten si no me la han dado a tragar estos bellacos!

QUIÑONES. Señores músicos, el romance que les di y que saben, ¿para qué se hizo?

MÚSICOS

«La mujer más avisada,

O sabe poco, o no nada.

La mujer que más presume

De cortar como navaja

Los vocablos repulgados

Entre las godeñas pláticas;

La que sabe de memoria,

A Lo Fraso y a Diana,

Y al Caballero del Febo,

Con Olivante de Laura;

La que seis veces al mes

Al gran Don Quijote pasa,

Aunque más sepa de aquesto,

O    sabe poco, o no nada.

La que se fia en su ingenio,

Lleno de fingidas trazas,

Fundadas en interés

Y en voluntades tiranas;

La que no sabe guardarse,

Cual dicen, del agua mansa,

Y se arroja a las corrientes

Que ligeramente pasan;

La que piensa que ella sola

Es el colmo de la nata

En esto del trato alegre,

    O sabe poco, o no nada.»

 

 

CRISTINA. Ahora bien, yo quedo burlada, y, con todo esto con­vido a vuestras mercedes para esta noche.

QUIÑONES. Aceptamos el convite, y todo saldrá en la colada.

 

Entremés del Retablo de las maravi­llas

 

(Salen CHANFALLA y la CHIRINOS.)

CHANFALLA. No se te pasen de la memoria, Chirinos, mis ad­vertimientos, principalmente los que te he dado para este nuevo em­buste, que ha de salir tan a luz como el pasado del llovista.

CHIRINOS. Chanfalla ilustre, lo que en mi fuere tenlo como de molde; que tanta memoria tengo como entendimiento, a quien se junta una voluntad de acertar a satisfacerte, que excede a las demás poten­cias; pero dime: ¿de qué te sirve este Rabelín que hemos tomado? Nosotros dos solos, ¿no pudiéramos salir con esta empresa?

CHANFALLA. Habíamosle menester como el pan de la boca, pa­ra tocar en los espacios que tardaren en salir las figuras del Retablo de las Maravillas.

CHIRINOS. Maravilla será si no nos apedrean por solo el Rabe­lín, porque tan desventurada criaturilla no la he visto en todos los días demivida.

(Entra EL RABELÏN.)

RABELÏN. ¿Hase de hacer algo en este pueblo, señor Autor? Que ya me muero porque vuestra merced vea que no me tomó a carga ce­rrada.

CHIRINOS. Cuatro cuerpos de los vuestros no harán un tercio, cuanto más una carga. Si no sois más gran músico que grande, medra­dos estamos.

RABELÏN. Ello dirá; que en verdad que me han escrito para en­trar en una compañía de partes, por chico que soy.

CHANFALLA. Si os han de dar la parte a medida del cuerpo, casi será invisible. -Chirinos, poco a poco estamos ya en el pueblo, y éstos que aquí vienen deben de ser, como lo son sin duda, el Gobernador y los Alcaldes. Salgámosles al encuentro, y date un filo a la lengua en la piedra de la adulación; pero no despuntes de aguda.

 

(Salen el GOBERNADOR y BENITO REPOLLO, alcalde, JUAN CASTRADO, regidor, y PEDRO CAPACHO, escribano.)

Beso a vuestras mercedes las manos. ¿Quién de vuestras mercedes es el Gobernador deste pueblo?

GOBERNADOR. Yo soy el Gobernador. ¿Qué es lo que queréis, buen hombre?

CHANFALLA. A tener yo dos onzas de entendimiento, hubiera echado de ver que esa peripatética y anchurosa presencia no podía ser de otro que del dignísimo Gobernador deste honrado pueblo, que, con venirlo a ser de las Algarrobillas, los deseche vuestra merced.

CHIRINOS. En vida de la señora y de los señoritos, si es que el señor Gobernador los tiene.

CAPACHO. No es casado el señor Gobemador. CHIRINOS. Para cuando lo sea, que no se perderá nada. GOBERNADOR. Y bien, ¿qué es lo que queréis, hombre honra­do?

CHIRINOS. Honrados días viva vuestra merced, que así nos hon­ra. En fin, la encina da bellotas; el pero, peras; la parra, uvas, y el hon­rado, honra, sin poder hacer otra cosa.

BENITO. Sentencia ciceronianca, sin quitar ni poner un punto. CAPACHO. Ciceroniana quiso decir el señor alcalde Benito Re­pollo.

BENITO. Siempre quiero decir lo que es mejor, sino que las más veces no acierto. En fin, buen hombre, ¿qué queréis?

CHANFALLA. Yo, señores míos, soy Montiel, el que trae el Re­tablo de las Maravillas. Hanme enviado a llamar de la corte los señores cofrades de los hospitales, porque no hay autor de comedias en ella, y perecen los hospitales, y con mí ida se remediará todo.

GOBERNADOR. ¿Y qué quiere decir Retablo de las Maravillas?

CHANFALLA. Por las maravillosas cosas que en él se enseñan y muestran, viene a ser llamado Retablo de las Maravillas; el cual fabricó y compuso el sabio Tontonelo debajo de tales paralelos, rumbos, astros y estrellas, con tales puntos, caracteres y observaciones, que ninguno puede ver las cosas que en él se muestran, que tenga alguna raza de confeso, o no sea habido y procreado de sus padres de legítimo matri­monio; y el que fuere contagiado destas dos tan usadas enfermedades, despídase de ver las cosas, jamás vistas ni oídas, de mi retablo.

BENITO. Ahora echo de ver que cada día se ven en el mundo co­sas nuevas. ¡Y qué! ¿Se llamaba Tontonelo el sabio que el Retablo compuso?

CHIRINOS. Tontonelo se llamaba, nacido en la ciudad de Tonto­nela; hombre de quien hay fama que le llegaba la barba a la cintura.

BENITO. Por la mayor parte, los hombres de grandes barbas son sabihondos.

GOBERNADOR. Señor regidor Juan Castrado, yo determino, de­bajo de su buen parecer, que esta noche se despose la señora Teresa Castrada, su hija, de quien yo soy padrino, y, en regocijo de la fiesta, quiero que el señor Montiel muestre en vuestra casa su Retablo.

JUAN. Eso tengo yo por servir al señor Gobemador, con cuyo pa­recer me convengo, entablo y arrimo, aunque haya otra cosa en contra­rio.

CHIRINOS. La cosa que hay en contrario es que, si no se nos pa­ga primero nuestro trabajo, así verán las figuras como por el cerro de Úbeda. ¿Y vuestras mercedes, señores Justicias, tienen conciencia y alma en esos cuerpos? ¡Bueno sería que entrase esta noche todo el pueblo en casa del señor Juan Castrado, o como es su gracia, y viese lo contenido en el tal Retablo, y mañana, cuando quisiésemos mostralle al pueblo, no hubiese ánima que le viese! No, señores; no, señores; ante omnia nos han de pagar lo que fuere justo.

BENITO. Señora Autora, aquí no os ha de pagar ninguna Antona ni ningún Antoño; el señor regidor Juan Castrado os pagará más que honradamente, y si no, el Concejo. ¡Bien conocéis el lugar, por cierto! Aquí, hermana, no aguardamos a que ninguna Antona pague por no so­tros. CAPACHO. ¡Pecador de mí, señor Benito Repollo, y qué lejos da del blanco! No dice la señora Autora que pague ninguna Antona, sino que le paguen adelantado y ante todas cosas, que eso quiere decir ante omnia.

BENITO. Mirad, escribano Pedro Capacho, haced vos que me ha­blen a derechas, que yo entenderé a pie llano. Vos, que sois leído y escribido, podéis entender esas algarabías de allende, que yo no.

JUAN. Ahora bien, ¿contentarse ha el señor Autor con que yo le dé adelantados media docena de ducados? Y más, que se tendrá cuida­do que no entre gente del pueblo esta noche en mi casa.

CHANFALLA. Soy contento, porque yo me fío de la diligencia de vuestra merced y de su buen término.

JUAN. Pues véngase conmigo. Recibirá el dinero, y verá mi casa y la comodidad que hay en ella para mostrar ese Retablo.

CHANFALLA. Vamos, y no se les pase de las mientes las calida­des que han de tener los que se atrevieren a mirar el maravilloso Reta­blo.

BENITO. A mi cargo queda eso, y séle decir que, por mi parte, puedo ir seguro a juicio, pues tengo el padre alcalde; cuatro dedos de enjundia de cristiano viejo rancioso tengo sobre los cuatro costados de mi linaje: ¡miren si veré el tal Retablo!

CAPACHO. Todos le pensamos ver, señor Benito Repollo.

JUAN. No nacimos acá en las malvas, señor Pedro Capacho.

GOBERNADOR. Todo será menester, según voy viendo, señores Alcalde, Regidor y Escribano.

JUAN. Vamos, Autor, y manos a la obra, que Juan Castrado me Hamo, hijo de Antón Castrado y de Juana Macha; y no digo más, en abono y seguro que podré ponerme cara a cara y a pie quedo delante del referido retablo.

CHIRINOS. ¡Dios lo haga!

(Entranse JUAN CASTRADO y CHANFALLA.)

GOBERNADOR. Señora Autora, ¿qué poetas se usan ahora en la corte, de fama y rumbo, especialmente de los llamados cómicos? Por­que yo tengo mis puntas y collar de poeta, y pícome de la farándula y carátula. Veinte y dos comedias tengo, todas nuevas, que se veen las unas a las otras; y estoy aguardando coyuntura para ir a la corte y enri­quecer con ellas media docena de autores.

CHIRINOS. A lo que vuestra merced, señor gobernador, me pre­gunta de los poetas, no le sabré responder; porque hay tantos que qui­tan el sol, y todos piensan que son famosos. Los poetas cómicos son los ordinarios y que siempre se usan, y así no hay para qué nombrallos. Pero dígame vuestra merced, por su vida: ¿cómo es su buena gracia? ¿Cómo se llama?

GOBERNADOR. A mí, señora Autora, me llaman el Licenciado Gomecillos.

CHIRINOS. ¡Válame Dios! ¡Y que vuesa merced es el señor Li­cenciado Gomecillos, el que compuso aquellas coplas tan famosas de Lucifer estaba malo y Tómale mal defuera!

GOBERNADOR. Malas lenguas hubo que me quisieron ahijar esas coplas, y así fueron nias como del Gran Turco. Las que yo com­puse, y no lo quiero negar, fueron aquellas que trataron del diluvio de Sevilla; que, puesto que los poetas son ladrones unos de otros, nunca me precié de hurtar nada a nadie: con mis versos me ayude Dios, y hurte el que quisiere.

(Vuelve CHANFALLA.)

CHANFALLA. Señores, vuestras mercedes vengan, que todo está a punto, y no falta más que comenzar.

CHIRINOS. ¿Está ya el dinero in corhona?

CHANFALLA. Y aun entre las telas del corazón.

CHIRINOS. Pues doite por aviso, Chanfalla, que el Gobernador es poeta.

CHANFALLA. ¿Poeta? ¡Cuerpo del mundo! Pues dale por enga­ñado, porque todos los de humor semejante son hechos a la mazacona:

gente descuidada, crédula y no nada maliciosa.

BENITO. Vamos, Autor, que me saltan los pies por ver esas ma­ravillas.

(Entranse todos.)

(Salen JUANA CASTRADA y TERESA REPOLLA, labradoras: la

una como desposada, que es la CASTRADA.)

 

CASTRADA. Aquí te puedes sentar, Teresa Repolla amiga, que tendremos el Retablo enfrente; y pues sabes las condiciones que han de tener los miradores del Retablo, no te descuides, que sería una gran desgracia.

TERESA. Ya sabes, Juana Castrada, que soy tu prima, y no digo más. ¡Tan cierto tuviera yo el cielo como tengo cierto ver todo aquello que el Retablo mostrare! ¡Por el siglo de mi madre que me sacase los mismos ojos de mi cara si alguna desgracia me aconteciese! ¡Bonita soy yo para eso!

CASTRADA. Sosiégate, prima, que toda la gente viene.

(Entran el GOBERNADOR, BENITO REPOLLO, JUAN

CASTRADO, PEDRO CAPACHO, EL AUTOR y LA AUTORA,y EL MÚSICO, y otra gente del pueblo, y UN SOBRINO de Benito, que ha de ser aquel gentil hombre que baila.)

 

CHANFALLA. Siéntense todos; el Retablo ha de estar detrás deste repostero, y la Autora también, y aquí el músico.

BENITO. ¿Músico es éste? Métanle también detrás del repostero, que, a trueco de no velle, daré por bien empleado el no oílle.

CHANFALLA. No tiene vuestra merced razón, señor alcalde Re­pollo, de descontentarse del músico, que en verdad que es muy buen cristiano, y hidalgo de solar conocido.

GOBERNADOR. ¡Calidades son bien necesarias para ser buen músico!

BENITO. De solar, bien podrá ser; mas de sonar, abrenuncio.

RABELÏN. ¡ Eso se merece el bellaco que se viene a sonar delante de...!

BENITO. ¡Pues por Dios, que hemos visto aquí sonar a otros mú­sicos tan...!

GOBERNADOR. Quédese esta razón en el de del señor Rabel y en el tan del Alcalde, que será proceder en infinito, y el señor Montiel comience su obra.

BENITO. ¡Poca balumba trae este autor para tan gran Retablo!

JUAN. Todo debe de ser de maravillas.

CHANFALLA. ¡Atención, señores, que comienzo! -~Oh tú, quien quiera que fuiste, que fabricaste este Retablo con tan maravilloso arti­ficio, que alcanzó renombre de las Maravillas: por la virtud que en él se encierra, te conjuro, apremio y mando que luego incontinenti mues­tres a estos señores algunas de las tus maravillosas maravillas, para que se regocijen y tomen placer sin escándalo alguno! Ea, que ya veo que has otorgado mi petición, pues por aquella parte asoma la figura del valentísimo Sansón, abrazado con las colunas del templo para derriba­11e por el suelo y tomar venganza de sus enemigos. ¡Tente, valeroso caballero; tente, por la gracia de Dios Padre! ¡No hagas tal desaguisa­do, porque no cojas debajo y hagas tortilla tanta y tan noble gente co­mo aquí se ha juntado!

BENITO. ¡Téngase, cuerpo de tal conmigo! ¡Bueno sería que, en lugar de habernos venido a holgar, quedásemos aquí hechos plasta! ¡Téngase, señor Sansón, pesia a mis males, que se lo ruegan buenos!.

CAPACHO. ¿Veisle vos, Castrado?

JUAN. ¿Pues no le había de ver? ¿Tengo yo los ojos en el colo­drillo?

GOBERNADOR.

parte.] ¡Milagroso caso es éste! Así veo yo a Sansón ahora, como el Gran Turco. Pues en verdad que me tengo por legítimo y cristiano viejo.

CHIRINOS. ¡Guárdate, hombre, que sale el mesmo toro que mató al ganapán en Salamanca! ¡Échate, hombre; échate, hombre; Dios te libre, Dios te libre!

CHANFALLA. ¡Échense todos, échense todos! ¡Húcho ho!, !hú­choho!, !húchoho!

(Echanse todos, y alborótanse.)

 

BENITO. ¡El diablo lleva en el cuerpo el torillo! Sus partes tiene de hosco y de bragado. Si no me tiendo, me lleva de vuelo.

JUAN. Señor Autor, haga, si puede, que no salgan figuras que nos alboroten; y no lo digo por mí, sino por estas mochachas, que no les ha quedado gota de sangre en el cuerpo, de la ferocidad del toro.

CASTRADA. ¡Y cómo, padre! No pienso volver en mí en tres dí­as; ya me vi en sus cuernos, que los tiene agudos como una lesna.

JUAN. No fueras tú mi hija, y no lo vieras.

GOBERNADOR. [Aparte.] Basta; que todos ven lo que yo no veo; pero al fin habré de decir que lo veo, por la negra honrilla.

CHIRINOS. Esa manada de ratones que allá va, deciende por lí­nea recta de aquellos que se criaron en el arca de Noé; dello s son blan­cos, dello s albarazados, dello s jaspeados y dello s azules; y, finalmente, todo son ratones.

CASTRADA. ¡Jesús! ¡Ay de mí! ¡Ténganme, que me arrojaré por aquella ventana! ¿Ratones? ¡Desdichada! Amiga, apriétate las faldas, y mira no te muerdan; ¡Y monta que son pocos! ¡Por el siglo de mi abuela, que pasan de milenta!

REPOLLA. Yo sí soy la desdichada, porque se me entran sin re­paro ninguno. Un ratón morenico me tiene asida de una rodilla. ¡ Soco­rro venga del cielo, pues en la tierra me falta!

BENITO. Aun bien que tengo gregüecos: que no hay ratón que se me entre, por pequeño que sea.

CHANFALLA. Esta agua, que con tanta priesa se deja descolgar de las nubes, es de la fuente que da origen y principio al río Jordán. Toda mujer a quien tocare en el rostro, se le volverá como de plata bruñida, y a los hombres se les volverán las barbas como de oro.

CASTRADA. ¿Oyes, amiga? Descubre el rostro, pues ves lo que te importa. ¡Oh, qué licor tan sabroso! Cúbrase, padre; no se moje.

JUAN. Todos nos cubrimos, hija.

BENITO. Por las espaldas me ha calado el agua hasta la canal maestra.

CAPACHO. Yo estoy más seco que un esparto.

GOBERNADOR. [Aparte.] ¿Qué diablos puede ser esto, que aún no me ha tocado una gota donde todos se ahogan? ¿Mas si viniera yo a ser bastardo entre tantos legítimos?

BENITO. Quítenme de allí aquel músico; si no, voto a Dios que me vaya sin ver más figura. ¡Válgate el diablo por músico aduendado, y qué hace de menudear sin cítola y sin son!

RABELÏN. Señor alcalde, no tome conmigo la hincha, que yo to­co como Dios ha sido servido de enseñarme.

BENITO. ¿Dios te había de enseñar, sabandija? ¡Métete tras la manta; si no, por Dios que te arroje este banco!

RABELÏN. El diablo creo que me ha traído a este pueblo.

CAPACHO. ¡Fresca es el agua del santo río Jordán! Y aunque me cubrí lo que pude, todavía me alcanzó un poco en los bigotes, y aposta-ré que los tengo rubios como un oro.

BENITO. Y aun peor cincuenta veces.

CHIRINOS. Allá van hasta dos docenas de leones rapantes y de osos colmeneros. Todo viviente se guarde, que, aunque fantásticos, no dejarán de dar alguna pesadumbre, y aun de hacer las fuerzas de Hér­cules, con espadas desenvainadas.

JUAN. Ea, señor Autor, ¡cuerpo de nosla! ¿Y agora nos quiere llenar la casa de osos y de leones?

BENITO. ¡Mirad qué ruiseñores y calandrias nos envía Tontone­lo, sino leones y dragones! Señor Autor, o salgan figuras más apaci­bles, o aquí nos contentamos con las vistas, y Dios le guíe, y no pare más en el pueblo un momento.

CASTRADA. Señor Benito Repollo, deje salir ese oso y leones, siquiera por nosotras, y recebiremos mucho contento.

JUAN. Pues, hija, ¿de antes te espantabas de los ratones, y agora pides osos y leones?

CASTRADA. Todo lo nuevo aplace, señor padre.

CHIRINOS. Esa doncella que agora se muestra tan galana y tan compuesta es la llamada Herodías, cuyo baile alcanzó en premio la cabeza del Precursor de la vida. Si hay quien la ayude a bailar, verán maravillas.

BENITO. ¡Esta sí, cuerpo del mundo!, que es figura hermosa, apacible y reluciente. ¡Hideputa, y cómo que se vuelve la mochacha! - Sobrino Repollo, tú que sabes de achaque de castañetas, ayúdala, y será la fiesta de cuatro capas.

SOBRINO. Que me place, tío Benito Repollo.

(Tocan la zarabanda.)